Libro N°. 3089. Paris En El Siglo XX. Julio Verne.
© Libro N°. 3089. Paris En El Siglo XX. Julio Verne. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
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PARIS EN EL SIGLO XX
Julio Verne
CAPÍTULO I
La Sociedad General de Crédito Instruccional
El 13 de octubre de 1960, una parte de la población de París se reunía
en las numerosas estaciones del ferrocarril metropolitano, y se dirigía por los
distintos ramales hacia el antiguo emplazamiento del Campo de Marte.
Era el día de la distribución de premios en la Sociedad General
de Crédito Instruccional, enorme establecimiento de educación pública. Su
excelencia, el Ministro de Embellecimientos de París, debía presidir la
ceremonia.
La Sociedad General de Crédito Instruccional reflejaba
perfectamente las tendencias industriales del siglo: lo que cien años antes se
llamaba "progreso", había conseguido un desarrollo inmenso. El
monopolio, ese non plus ultra de la perfección, tenía en sus garras al país
entero; se multiplicaban las sociedades, se fusionaban, se organizaban; habrían
asombrado a nuestros padres por sus inesperados resultados.
No faltaba el dinero. Los ferrocarriles habían pasado de manos
particulares a las del Estado. Abundaban los capitales y más aún los
capitalistas a la caza de operaciones financieras o de negocios industriales.
No nos extrañemos, por eso, de lo mucho que habría sorprendido a
un parisiense del siglo diecinueve, entre otras maravillas, esta creación del
Crédito Instruccional. Esta sociedad llevaba unos treinta años funcionando
exitosamente bajo la dirección financiera del barón de Vercampin.
A fuerza de multiplicar las sedes de la Universidad, los liceos,
los colegios, las escuelas primarias, los pensionados de doctrina cristiana,
los cursos preparatorios, los seminarios, las conferencias, las salas de asilo,
los orfelinatos, por lo menos alguna instrucción se había filtrado hasta los
últimos estratos del orden social. Si bien ya casi nadie leía, por lo menos
todo el mundo sabía leer e incluso escribir; no había hijo de artesano
ambicioso o campesino desclasado que no pretendiera algún cargo en la
administración; el funcionarismo se desarrollaba en todas las formas posibles;
más tarde veremos qué legión de empleados el gobierno hacía marcar el paso, y
militarmente.
De momento sólo se trata de explicar cómo debieron aumentar los
medios de instrucción junto con la gente por instruir. ¿Acaso no se habían
inventado en el siglo diecinueve las sociedades inmobiliarias, las sucursales
de empresas, el crédito hipotecario, cuando se quiso rehacer una Francia nueva
y un nuevo París?
Ahora, construir e instruir era una y la misma cosa, lo era todo
para los hombres de negocios. La instrucción no se consideraba, en rigor, otra
cosa que un tipo distinto de construcción, aunque algo menos sólida.
Fue lo que pensó, en 1937, el barón de Vercampin, conocidísimo
por sus vastas empresas financieras. Tuvo la idea de fundar un colegio inmenso
en el cual el árbol del conocimiento pudiera desplegar todas sus ramas.
Dejaría, por cierto, al Estado el cuidado de podarlas, dirigirlas y
encadenarlas según sus fantasías. El barón fusionó los liceos de París y de
provincia, Sainte-Barbe et Rollin y las diversas instituciones particulares, en
un solo establecimiento; allí centralizó la educación de toda Francia; los
capitales respondieron a su llamado, pues presentó el negocio como una
operación industrial. La habilidad del barón era una garantía en materias
financieras. El dinero acudió a raudales. Se fundó la Sociedad.
Inició los negocios en 1937, durante el reino de Napoleón V.
Distribuyó cuarenta millones de ejemplares de su folleto. Allí se leía en la
primera página:
Société Générale de Crédit instructionnel, sociedad anónima
constituida ante M°. Mocquart y asociado, escribanos de París, el 6 de abril de
1937, y aprobada por decreto imperial del 19 de mayo de 1937. Capital social:
cien millones de francos, dividido en 100.000 acciones de 1.000 francos cada
una.
Directorio Barón de Vercampin, C., presidente, De Montaut, O.,
director del ferrocarril de Orléans. Vicepresidentes: Garassu, banquero.
Marqués d'Amphisbon, G.O., senador. Roquamon, coronel de la Gendarmería, G.C.
Dermangent, diputado. Frappeloup, director general de Crédito instruccional.
A continuación venían los estatutos de la Sociedad,
cuidadosamente redactados en lenguaje financiero. Ya se ha visto: en el
directorio no había el nombre de ningún sabio o profesor. Así todo resultaba
más tranquilizador para una empresa comercial.
Un inspector del gobierno supervigilaba las operaciones de la
Compañía, e informaba al Ministro de Embellecimientos de París.
La idea del barón era buena y singularmente práctica. Y tuvo un
éxito que superó todas las expectativas. En 1960, el Crédito instruccional no
tenía menos de 157.342 alumnos, a todos los cuales se les infundía la ciencia
por medios mecánicos.
Debemos confesar que el estudio de las humanidades y de las
lenguas muertas (incluido el francés) se había sacrificado bastante; el latín y
el griego no sólo eran lenguas muertas, sino enterradas; existía aún, por
mantener las formas, alguna clase de literatura, con pocos alumnos, de poca
envergadura y muy mal considerada. Los diccionarios, los textos, las
gramáticas, las antologías y las ediciones críticas, los autores clásicos, toda
la panoplia de De Viris, de los Quintus Curcius, de los Salustius, de los »tus
Livius, se pudría tranquilamente en las estanterías de la antigua casa
Hachette. Pero las nociones de matemáticas, los tratados descriptivos de
mecánica, de física, de química, de astronomía, de comercio, de finanzas, de
artes industriales, todo lo relacionado con las tendencias especulativas del
momento, circulaba en miles de ejemplares.
En suma, las acciones de la Compañía, decuplicadas en veintidós
años, valían ahora diez mil francos cada una.
No vamos a insistir en el floreciente estado del Crédito
instruccional; las cifras lo dicen todo, según un proverbio de los banqueros.
Hacia fines del siglo pasado, la Escuela Normal estaba en franca
decadencia; se presentaban pocos jóvenes a quienes la vocación condujera a las
letras; ya se habían visto muchos casos en que los mejores abandonaban el
atuendo de profesor para precipitarse en la multitud de periodistas y autores;
pero un espectáculo tan molesto ya no se reproducía: hacía diez años que los
estudios científicos se abarrotaban de candidatos a los exámenes de ingreso de
la Escuela.
Pero si de una parte los últimos profesores de griego y latín
terminaban de extinguirse en sus clases abandonadas, ¡qué posición, de otra
parte, las de los señores titulares de ciencias, y cómo se pavoneaban afectando
distinción!
Las ciencias se dividían en seis ramas: existía el jefe de la
división de matemáticas con los subjefes de aritmética, geometría y álgebra; el
jefe de la división de astronomía, el de mecánica, el de química y, en fin, el
más importante, el jefe de la división de ciencias aplicadas con sus subjefes
de metalurgia, de construcción de fábricas, de mecánica y de química aplicada a
las artes.
Las lenguas vivas, a excepción del francés, estaban de moda; se
les concedía una consideración especial; un filólogo apasionado habría podido
aprender allí las dos mil lenguas y los cuatro mil dialectos hablados en el
mundo entero. El subjefe de chino tenía gran cantidad de alumnos desde la
colonización de Cochinchina.
La Sociedad de Crédito instruccional poseía edificios inmensos,
construidos en el antiguo emplazamiento del Campo de Marte, ya inútil, pues
Marte no se tragaba ya el presupuesto. Era una ciudad completa, una verdadera
ciudad, con barrios, plazas, calles, palacios, iglesias, cuarteles, algo así
como Nantes o Burdeos; allí cabían hasta ciento ochenta mil personas,
incluyendo los maestros.
Un arco monumental daba acceso al gran patio de honor, llamado
estación de la instrucción, al cual rodeaban los pabellones de la ciencia. Los
refectorios, los dormitorios, la sala del concurso general (donde cabían
cómodamente tres mil alumnos) merecían una visita, pero ya no asombraban en
absoluto a personas acostumbradas durante cincuenta años a tantas maravillas.
Así pues, la multitud se precipitaba ávidamente a esta
distribución de premios, solemnidad siempre curiosa y que, entre parientes,
amigos y conocidos, interesaba a unas quinientas mil personas. La gente afluía
por la estación del ferrocarril de Grenelle, situada ahora al final de la rue
de l'Université.
Todo sucedía en orden a pesar de la gran afluencia de público;
los empleados del gobierno, menos controlados y por lo tanto menos
insoportables que los agentes de las antiguas compañías, dejaban abiertas todas
las puertas. Se había tardado ciento cincuenta años en reconocer esta verdad:
más vale multiplicar las posibilidades y no las restricciones de las grandes
multitudes.
La estación de instrucción se había preparado suntuosamente para
la Ceremonia, pero no hay gran lugar que no se llene, y muy pronto el patio de
honor estaba repleto.
El Ministro de Embellecimientos de París ingresó solemnemente a
las tres de la tarde, acompañado del barón de Vercampin y de miembros del
directorio. el barón se mantenía a la derecha de su excelencia; M. Frappeloup
tronaba a su izquierda; desde lo alto del estrado, la mirada se perdía por
sobre un océano de cabezas. Entonces estallaron estrepitosamente las diversas
músicas del establecimiento, en todos los tonos y a un tiempo con los ritmos
más irreconciliables. Esta cacofonía reglamentaria no pareció molestar por lo
demás a los doscientos cincuenta mil pares de orejas en que penetraba.
Empezó la ceremonia. Se hizo un silencio rumoroso. Era el
momento de los discursos.
Cierto humorista del siglo pasado, llamado Karr, trató como lo
merecen a los discursos más oficiales que latinos que se pronunciaban en las
distribuciones de premios; en la época que vivimos, este modo de burlarse no
habría tenido sentido, pues los fragmentos de elocuencia latina habían caído
por completo en desuso. ¿Quién los habría comprendido? ¡Ni siquiera el subjefe
de retórica!
Lo reemplazó, ventajosamente, un discurso en chino; varios
pasajes provocaron murmullos de admiración; una farragosa exposición sobre las
civilizaciones comparadas de las islas Sonda mereció hasta los honores de un
bis. Todavía entendían esas palabras. Finalmente, se levantó el director de
ciencias aplicadas. Momento solemne. Era el momento culminante.
El discurso, furibundo, recordaba los silbidos, los chirridos,
los gemidos, los mil ruidos desagradables que escapan de una máquina a vapor en
plena actividad; el empuje acelerado del orador parecía el volante disparado a
velocidad máxima; habría sido imposible dominar esta elocuencia de alta
presión, y las frases chirriantes engranaban unas con otras como ruedas
dentadas.
El director, para completar la ilusión, sudaba sangre y agua, y
lo envolvía una nube de vapor de la cabeza a los pies.
-¡Demonios! -exclamó, riendo y mirando a su vecino, un anciano
cuya esbelta figura manifestaba con toda claridad el desdén que le provocaban
estas tonterías oratorias-. ¿Qué te parece, Richelot?
Monsieur Richelot se contentó con alzar los hombros.
-Calienta demasiado -insistió el anciano, continuando la
metáfora-. Me dirás que tiene válvulas de seguridad. ¡Pero sí que sería un
molesto precedente que estallara un director de ciencias aplicadas!
-Bien dicho, Huguenin -respondió monsieur Richelot.
Pero interrumpieron vigorosamente a los dos conversadores. Los
hicieron callar. Se miraron. Sonreían. El orador, no obstante, continuaba a
pleno; se lanzó de cabeza en un elogio del presente en detrimento del pasado;
entonó la letanía de los descubrimientos modernos; dejó entrever, incluso, que
el porvenir poco tendría que hacer en este sentido; habló con benevolente
desprecio del pequeño París de 1860 y de la pequeña Francia del siglo
diecinueve; enumeró, recurriendo en gran escala a toda suerte de epítetos, las
gracias de su tiempo, las rápidas comunicaciones entre distintos puntos de la
capital, las locomotoras que atravesaban en todas direcciones el asfalto de los
bulevares, la fuerza motriz a domicilio, el ácido carbónico que había
destronado al vapor de agua, y, en fin, el océano, el océano que bañaba con sus
olas las riberas de Grenelle; fue sublime, lírico, ditirámbico, perfectamente
insoportable e injusto en suma, pues olvidaba que las maravillas del siglo
veinte germinaron en los proyectos del diecinueve.
Y aplausos frenéticos estallaron en el mismo lugar que ciento
setenta años antes había acogido con entusiasmo la fiesta de la federación.
Sin embargo, como todo debe terminar aquí abajo, incluso los
discursos, la máquina se detuvo. Los ejercicios oratorios habían concluido sin
accidente alguno; se procedió al reparto de los premios.
El tema de altas matemáticas propuesto en el concurso era éste:
"Dadas dos circunferencias 00', de un punto A situado en O
se lleva tangentes a 0'; se unen los puntos de contacto de estas tangentes; se
lleva la tangente en A a la circunferencia O; se pide el lugar del punto de
intersección de esta tangente con el segmento de contactos en la circunferencia
0'."
Todos comprendían la importancia de semejante teorema. Se sabía
que lo había resuelto, con un nuevo método, el alumno Gigoujeu (François
Némorin), de Briançon (Hautes Alpes). Aumentaron los "bravos" cuando
se recordó ese nombre; se lo pronunció setenta y cuatro veces en esa jornada
memorable; quebraron bancos en honor del laureado, lo cual, incluso en 1960,
sólo era una metáfora destinada a graficar los furores del entusiasmo.
Gigoujeu (François Némorin) ganó en estas circunstancias una
biblioteca de tres mil volúmenes. La Société de Crédit instructionnel hacía
bien las cosas.
No podríamos citar la infinita nomenclatura de las ciencias que
se estudiaban en este cuartel de la instrucción: un palmarés de la época habría
sorprendido grandemente a los tatarabuelos de esos jóvenes sabios. La
distribución proseguía sin pausa, y estallaban las burlas cuando algún pobre
diablo de la división de literatura, avergonzado apenas lo nombraban, recibía
un premio en el tema de latín o una mención por traducción del griego.
Pero hubo un momento en que las chanzas se redoblaron, en que la
ironía adquirió sus formas más desconcertantes. Ocurrió cuando Frappeloup hizo
oír las siguientes palabras:
-Primer premio de versificación latina: Dufrénoy (Michel
Jéróme), de Vannes (Morbihan).
La hilaridad fue general, en medio de observaciones de esta
especie:
-¡Premio de versos latinos!
-¡Fue el único que los hizo!
-¡Miren a ese socio del Pindo!
-¡Qué tal, cliente del Helicón!
-¡Pilar del Parnaso!
-¡Se presentará! ¡No se presentará!
Michel Jéróme Dufrénoy se presentó, sin embargo, y con gran
aplomo por lo demás; desafió las risas; era un joven rubio de aspecto
encantador, de hermosa mirada, directa, franca. Los cabellos largos le daban un
aire algo femenino. Le brillaba la frente.
Avanzó hasta el estrado. No recibió el premio; lo arrancó de las
manos del director. El premio consistía en un solo volumen: el Manual del buen
fabricante.
Michel miró despectivamente el libro. Lo lanzó a tierra y
regresó tranquilamente a su lugar, con la corona en la frente, sin haber besado
las mejillas oficiales de su excelencia.
-Bien -dijo M. Richelot.
-Muchacho valiente -agregó M. Huguenin. Surgieron murmullos por
todas partes; Michel los recibió con una sonrisa desdeñosa; volvió a su lugar
en medio de las burlas de sus condiscípulos.
Esta gran ceremonia acabó sin más inconvenientes hacia las siete
de la tarde; consumió quince mil premios y veintisiete mil menciones honrosas.
Los principales laureados de ciencias cenaron esa misma noche en
la mesa del barón de Vercampin, rodeados por los miembros del directorio y por
los grandes accionistas.
La alegría de estos últimos tenía explicación en las cifras. El
dividendo del ejercicio 1963 acababa de fijarse en 1.169 con 33 centavos por
acción. El interés actual ya había superado el valor de la emisión.
CAPÍTULO II
Vistazo global a las calles de París
Michel Dufrénoy siguió a la multitud, simple gota de agua del
río que la ruptura de las barreras tornaba torrente. Su animación se sosegaba.
El campeón de la poesía latina se volvía un joven tímido en medio de este
alboroto gozoso; se sentía solo, extranjero, como aislado en el vacío. Sus
condiscípulos avanzaban de prisa; él iba lento, vacilante, más huérfano aún en
esa reunión de padres satisfechos; parecía echar a faltar su trabajo, su
colegio, su maestro.
Sin padre ni madre, estaba obligado a regresar donde una familia
que no podía comprenderlo, seguro de ser mal acogido con su premio de
versificación latina.
"Está bien", se dijo, "¡coraje! ¡Aguantaré
estoicamente su mal humor! Mi tío es una persona positiva, mi tía, una mujer
práctica, mi primo un muchacho especulador; ya sé que les desagradan mis ideas
y yo mismo; ¿pero qué hacer? ¡Adelante!"
No se apresuraba, sin embargo. No era de esos escolares que se
precipitan a las vacaciones como los pueblos a la libertad. Su tío y tutor ni
siquiera había juzgado conveniente asistir a la distribución de premios; sabía
de qué era "incapaz" su sobrino, así decía, y habría muerto de
vergüenza de haberlo visto coronado como amado de las musas.
La multitud arrastraba al triste laureado; se sentía cogido por
la corriente como el hombre que está a punto de ahogarse.
"La comparación es exacta", pensaba. "Hete aquí
que estoy siendo impulsado hacia alta mar; allí serán precisas las virtudes de
un pez y sólo puedo aportar los instintos de un pájaro; me encanta vivir en el
espacio, en las regiones ideales donde ya nadie va, en el país de los sueños de
donde ni siquiera se regresa".
Sin dejar de reflexionar, herido y confuso, llegó a la estación
de Grenelle del ferrocarril metropolitano. Las vías avanzaban por la ribera
izquierda del río, por el bulevar Saint-Germain, que iba desde la estación de
Orléans hasta los edificios del Crédito instruccional. Allí torcía hacia el
Sena y lo atravesaba por el puente de Iéna, que se había revestido
adecuadamente para el servicio de la vía férrea, y se unía entonces al
ferrocarril de la ribera derecha; éste, por el túnel del Trocadero, desembocaba
en los Campos Elíseos y se incorporaba a la línea de los bulevares, que subía
hasta la plaza de la Bastilla y volvía a unirse a la vía férrea de la ribera
izquierda por el puente de Austerlitz.
Esta primera circunvalación de vías férreas enlazaba,
aproximadamente, el antiguo París de Luis XV por encima mismo del muro en que
aún sobrevivía este verso eufónico:
El muro que a París amura lo torna murmurante.
Una segunda línea férrea vinculaba entre sí los antiguos
faubourgs de París, y prolongaba en unos treinta y dos kilómetros los barrios
antaño situados más allá de los bulevares exteriores.
Siguiendo el curso del antiguo camino de cintura, un tercer
ferrocarril alcanzaba un recorrido de cincuenta y seis kilómetros.
Una cuarta red, en fin, unía la línea de fuertes y cubría una
extensión de más de cien kilómetros.
Ya se puede apreciar que París había roto el recinto de 1843 y
empezado a actuar en el Bois de Boulogne, las praderas de Issy, de Vanves, de
Billancourt, de Montrouge, de Ivry, de Saint-Mandé, de Bagnolet, de Pantin, de
Saint-Denis, de Clichy et de Saint-Ouen. Las alturas de Meudon, de Sévres, de
Saint-Cloud habían impedido que continuara invadiendo hacia el oeste. Los
límites de la capital actual estaban señalados por los fuertes de
Mont-Valérien, de Saint-Denis, de Aubervilliers, de Romainville, de Vincennes,
de Charenton, de Vitry, de Bicétre, de Montrouge, de Vanves y de Issy; una
ciudad de veintisiete leguas de contorno: había devorado por entero al
departamento del Sena.
Cuatro círculos concéntricos de vías férreas formaban, entonces,
la red metropolitana; se vinculaban entre sí por varios ramales que, en la
ribera derecha, seguían los bulevares Magenta y Malesherbes, ambos prolongados,
y en la ribera izquierda las calles Rennes y Fossés-SaintVictor. Se podía
circular con gran rapidez de un extremo a otro de París.
Esos ferrocarriles existían desde 1913; se habían hecho a costa
del Estado, según sistema propuesto en el siglo anterior por el ingeniero
Joanne.
En esa época se sometieron a la consideración del gobierno
numerosos proyectos. Este los hizo examinar por un consejo de ingenieros
civiles, pues los de puentes y caminos ya no existían desde 1889, fecha de la
clausura de la escuela politécnica. Pero estos señores disputaron durante mucho
tiempo sobre el asunto; unos querían establecer una red a nivel en las
principales calles de París; otros preferían redes subterráneas semejantes al
metro de Londres; pero el primero de estos proyectos habría obligado a crear
barreras que impidieran el paso de los trenes; y de ello podía resultar un
embrollo de peatones, carros y vehículos muy fácil de imaginar; el segundo
implicaba muy grandes dificultades de ejecución; por otra parte, la perspectiva
de hundirse en un túnel interminable no parecía nada atractiva para los
pasajeros. Todos los caminos que se habían trazado antaño en estas condiciones
deplorables debieron ser rehechos; entre ellos era recordado el camino del Bois
de Boulogne, cuyos puentes y pasos subterráneos obligaban a los viajeros a
interrumpir la lectura del periódico veintisiete veces en un lapso de
veintitrés minutos.
El sistema Joanne parecía reunir todas las cualidades: rapidez,
facilidad y bienestar. Y, en efecto, los ferrocarriles metropolitanos
funcionaban hacía ya cincuenta años, para satisfacción de todos.
El sistema consistía en dos vías separadas, una de ida y otra de
vuelta. No había posibilidad alguna de que los trenes se toparan en dirección
contraria.
Cada una de las vías se había establecido siguiendo el eje de
los bulevares, a cinco metros de las casas, por sobre el límite exterior de las
aceras; elegantes columnas de bronce galvanizado las sostenían y se vinculaban
entre ellas mediante armazones abiertos; esas columnas, cada cierto trecho, se
apoyaban en las casas de la ribera mediante arcadas transversales.
Este largo viaducto que sostenía la vía férrea formaba una
galería cubierta bajo la cual los paseantes hallaban abrigo contra la lluvia o
el sol; la calle asfaltada se reservaba a los vehículos; el viaducto unía, cual
magnífico puente, las principales calles que cortaban su ruta, y los rieles,
suspendidos a la altura de los primeros pisos, no ofrecían obstáculo a la
circulación.
Algunas casas ribereñas, transformadas en estaciones,
comunicaban con las vías por medio de largas pasarelas; y de ellas ascendía la
escalera doble que daba acceso a las salas de espera.
Las estaciones del tren de los bulevares estaban en el
Trocadero, en la Madelaine, en el bazar Bonne Nouvelle, en la calle del Temple
y en la plaza de la Bastilla.
El viaducto, sostenido por tan simples columnas, no habría
podido resistir los antiguos medios de tracción, que exigían locomotoras muy
pesadas; pero, gracias a la aplicación de propulsores nuevos, los trenes eran
muy livianos; pasaban cada diez minutos y cada uno llevaba mil viajeros en
coches veloces y cómodos.
Las casas ribereñas no sufrían por el vapor ni por el humo; por
una razón muy sencilla: no había locomotoras. Los trenes marchaban impulsados
por aire comprimido, según el sistema Williams que había impuesto Jobard,
famoso ingeniero belga que vivió a mediados del siglo diecinueve.
A lo largo de toda la vía, entre ambos rieles, había un tubo
vector de veinte centímetros de diámetro y dos milímetros de espesor; encerraba
un disco de hierro que se deslizaba en el interior por acción del aire
comprimido a varias atmósferas que entregaba la Société des Catacombes de
Paris. El disco, empujado a gran velocidad dentro del tubo, como bala dentro
del cañón, arrastraba consigo el primer coche del tren. ¿Pero cómo se unía el
coche con el disco encerrado dentro de un tubo cuyo interior no podía comunicarse
con el exterior? Mediante la fuerza electromagnética.
En efecto, el primer vagón llevaba entre las ruedas unos imanes
situados a derecha e izquierda del tubo, muy cerca pero sin tocarlo. Estos
imanes actuaban a través de las paredes del tubo sobre el disco de hierro .
Este se deslizaba y arrastraba al tren; el aire com-primido no podía escapar.
Cada vez que el tren debía detenerse, un empleado de la estación
del caso abría una llave, escapaba el aire y el disco se inmovilizaba. Apenas
se cerraba la llave, ingresaba el aire y el tren volvía a marchar de inmediato
y velozmente.
Así pues, con este sistema tan sencillo, de mantenimiento tan
fácil, no había ni humo ni vapor ni posibilidad de colisiones; pero sí que
había la seguridad de poder subir cualquier rampa; daba la impresión de que
estos caminos de hierro deberían haber existido desde siempre.
El joven Dufrénoy compró su boleto en la estación de Grenelle y
diez minutos más tarde se detenía en la estación de la Madeleine. Bajó al
bulevar y se encaminó hacia la calle Imperial, que se había trazado conforme al
eje de la ópera y hasta el jardín de las Tullerías.
La multitud llenaba las calles; estaba por llegar la noche; las
tiendas de lujo proyectaban resplandores de luz eléctrica a lo lejos; los
candelabros construidos según el sistema Way, mediante la electrificación de un
filamento de mercurio, brillaban con claridad in-comparable; estaban enlazados
entre sí por cables subterráneos; los cien mil faroles de París se encendían
simultáneamente.
Algunas tiendas atrasadas, sin embargo, continuaban fieles al
viejo gas de hidrocarburo; la explotación de nuevos yacimientos de hulla
permitía entregarlo, es verdad, a diez centavos el metro cúbico; pero la
compañía ganaba considerablemente, sobre todo con el reparto del gas para uso
mecánico.
Pues la mayoría de los innumerables vehículos que congestionaban
la calzada de los bulevares se movía sin caballos; avanzaban gracias a una
fuerza invisible, por medio de un motor que funcionaba con la combustión del
gas. Era la máquina Lenoir aplicada a la locomoción. La primera ventaja de esta
máquina, inventada en 1859, era que suprimía el precalentamiento, la caldera y
casi el combustible; para producir el movimiento
bastaba un poco de gas de alumbrado, mezclado con el aire que se
introducía bajo el pistón y que se encendía mediante una chispa eléctrica;
estaciones de aprovisionamiento de gas, situadas a distancia conveniente,
proveían del hidrógeno necesario a los vehículos; perfeccionamientos recientes
habían conseguido que se eliminara el agua destinada a la refrigeración del
cilindro de la máquina.
Y ésta era fácil, sencilla y manejable. El mecánico, sentado en
su asiento, guiaba un volante; un pedal, situado bajo sus pies, le permitía
modificar instantáneamente la marcha del vehículo.
Esos coches, que poseían la fuerza de un caballovapor, sólo
costaban al día un octavo de lo que gastaba un caballo; el consumo de gas,
controlado de manera precisa, permitía calcular el trabajo que hacía cada
vehículo, y los cocheros no podían engañar a la compañía como en otras épocas.
Esos coches a gas consumían grandes cantidades de hidrógeno; y
mucho más esos enormes carricoches, cargados de piedras y de materiales, a los
cuales impulsaba una fuerza de veinte a treinta caballos. El sistema Lenoir
poseía además la ventaja de no costar nada durante las horas de descanso, una
economía que no era posible efectuar con las máquinas a vapor, que devoraban
combustible incluso mientras estaban detenidas.
Los medios de transporte eran veloces y en calles menos
obstruidas que antaño, pues una disposición del Ministerio del Interior
prohibía que circulara después de las diez de la mañana todo tipo de carreta,
carromato o camión por calles que no fueran las reservadas para ese efecto.
Esas distintas mejoras venían muy bien en este siglo febril en
que la multiplicidad de negocios no dejaba reposo alguno ni permitía el menor
atraso.
Qué habría dicho uno de nuestros antepasados al ver esos
bulevares iluminados con un brillo comparable al del sol, esos miles de
vehículos que circulaban sin hacer ruido por el sordo asfalto de las calles,
esas tiendas ricas como palacios donde la luz se esparcía en blancas
irradiaciones, esas vías de comunicación amplias como plazas, esas plazas
vastas como llanuras, esos hoteles inmensos donde alojaban veinte mil viajeros,
esos viaductos tan ligeros; esas largas galerías elegantes, esos puentes que cruzaban
de una calle a otra, y en fin, esos trenes refulgentes que parecían atravesar
el aire a velocidad fantástica...
Se habría sorprendido mucho, sin duda; pero los hombres de 1960
ya no admiraban estas maravillas; las disfrutaban tranquilamente, sin por ello
ser más felices, pues su talante apresurado, su marcha ansiosa, su ímpetu
americano, ponían de manifiesto que el demonio del dinero los empujaba sin
descanso y sin piedad.
CAPÍTULO III
Una familia sumamente práctica
El joven llegó por fin donde su tío, monsieur Stanislas
Boutardin, banquero, director de la Société des Catacombes de Paris.
Este importante personaje vivía en una magnífica residencia de
la calle imperial, una enorme construcción de un maravilloso mal gusto, rota
por multitud de ventanas; un verdadero cuartel transformado en casa particular
nada imponente sino pesada. Las oficinas ocupaban la planta baja y los anexos.
"¡Y aquí parece que va a transcurrir mi vida!",
pensaba Michel mientras entraba. "¿Habrá que dejar toda esperanza en estas
puertas?"
Se sintió invadido por un invencible deseo de escapar lejos;
pero se contuvo, y apretó el botón eléctrico de la puerta de servicio; ésta se
abrió sin ruido, movida por un resorte oculto, y volvió a cerrarse por sí misma
después de dejar paso al visitante.
Un gran patio daba acceso a las oficinas, dispuestas en círculo
bajo un techo de vidrio opaco; al fondo había un gran estacionamiento donde
varios coches a gas esperaban las órdenes del amo.
Michel se encaminó hacia el ascensor, una especie de habitación
cuyo espacio interior contorneaba un gran diván de cuero; un criado de librea
color naranja estaba allí continuamente.
-Monsieur Boutardin -preguntó Michel.
-Monsieur Boutardin acaba de sentarse a la mesa, -respondió el
valet.
-Haga el favor de anunciar a monsieur Dufrénoy, su sobrino.
El servidor tocó un botón de metal situado en la pared, y el
ascensor se elevó suavemente hasta el primer piso, donde estaba el comedor.
El servidor anunció a Michel Dufrénoy.
Monsieur Boutardin, madame Boutardin y su hijo estaban comiendo;
se produjo un silencio profundo al entrar el joven; la cena lo esperaba y
comenzó de inmediato; a una señal del tío, Michel ocupó su lugar en el festín.
Nadie le hablaba. Ya se sabía, evidente-mente, de su desastre. No pudo comer.
La cena no podía parecer más fúnebre; los criados cumplían sus
obligaciones sin hacer ruido; los platos subían en silencio por unos pozos
realizados en el espesor de las paredes; eran opulentos con algún matiz de
avaricia; parecían alimentar sin ganas a los comensales. En esta sala triste,
ridículamente dorada, se comía rápido y sin convicción. No importaba, en
efecto, alimentarse, sino ganar con qué alimentarse. Michel percibía el matiz;
se sofocaba.
Su tío tomó la palabra a los postres, por primera vez:
-Mañana, señor, a primera hora, tenemos que hablar. Michel se
inclinó, sin responder; un criado de color naranja lo condujo a su habitación;
el joven se acostó; el cielo raso, hexagonal, le recordaba una serie de
teoremas de geometría; soñó, a pesar suyo, con trián-gulos y con rectas que
caían desde lo alto, de costado. "Qué familia", se decía en sueños,
agitado. Monsieur Stanislas Boutardin era el producto natural de este siglo
industrial; había surgido en la lucha diaria, sin alcanzar su tamaño natural al
aire libre; hombre ante todo práctico, sólo hacía lo útil, convertía las
menores ideas en lo útil, con un deseo desmesurado de ser útil que terminaba en
egoísmo verdaderamente ideal; unía lo útil a lo desagradable, como habría dicho
Horacio; la vanidad penetraba sus palabras más aún que sus ademanes y jamás
habría permitido que su sombra lo adelantara; se expresaba en gramos y
centímetros y todo el tiempo llevaba consigo un bastón métrico, lo que le
concedía un gran conocimiento de las cosas de este mundo; despreciaba
formalmente las artes y sobre todo a los artistas y así creía dar a entender
que los conocía; para él, la pintura terminaba en el diseño industrial, el
diseño en el plano, la escultura en el molde, la música en el silbato de las
locomotoras, la literatura en los boletines de la Bolsa.
Este hombre, criado en la mecánica, explicaba la vida según los
engranajes y las transmisiones; se movía regularmente con el menor roce
posible, como un pistón en un cilindro perfectamente pulido; trasmitía su
movimiento uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados;
todos eran verdaderas máquinas-herramientas, de las cuales él, el gran motor,
extraía la mejor utilidad del mundo.
Naturaleza vil, en suma, incapaz de un gesto bueno (ni de uno
malo, por cierto); no estaba ni bien ni mal, insignificante, a menudo mal
peinado, chillón, horriblemente común.
Había hecho una enorme fortuna, si a eso se puede llamar hacer;
el impulso industrial del siglo lo arrastró; por ello agradecía a la industria,
a la cual adoraba como a una diosa; fue el primero que adoptó, para su casa y
para él mismo, los trajes de fierro hilado que aparecieron en 1934. Este tipo
de tejido, por lo demás, era suave al tacto como la cachemira, aunque poco
cálido, es cierto; pero uno se las arreglaba en invierno con un traje doble; y
cuando se oxidaban, bastaba lijarlos con una lima y volver a pintarlos con los
colores de moda.
Esta era la posición social del banquero: director de la
Sociedad de las Catacumbas de París y de la Fuerza Motriz a Domicilio.
Los trabajos de esta sociedad consistían en almacenar el aire en
esos inmensos subterráneos tanto tiempo inútiles; allí se lo enviaba a una
presión de cuarenta o cincuenta atmósferas, fuerza constante que los conductos
llevaban a los talleres, a las fábricas, a las fundiciones, a las hilanderías,
a las panaderías, a todos los lugares donde se precisaba acción mecánica. El
aire servía, como se ha visto, para mover los trenes sobre las vías férreas de
los bulevares. Mil ochocientos cincuenta y tres molinos de viento, situados en
las llanuras de Montrouge, lo proveían por medio de bombas a esos vastos
reservorios.
La idea, muy práctica sin duda, y que se fundaba en el empleo de
las fuerzas naturales, fue apoyada con entusiasmo por el banquero Boutardin; se
convirtió en el director de esta importante compañía, pero no por ello dejó de
ser miembro de quince o veinte directorios, vicepresidente de la Société des
Locomotives Remorqueuses, administrador de la Sucursal de Asfaltos Fusionados,
etc.
Hacía cuarenta años que había contraído matrimonio con
mademoiselle Athénais Dufrénoy, tía de Michel; era ella, en verdad, la digna y
desagradable compañera de un banquero, fea, espesa, con todo lo de una tenedora
de libros y de una cajera y nada de mujer; se ocupaba de la contabilidad,
manejaba la doble contabilidad y habría inventado una triple si hacía falta;
una verdadera administradora, la hembra de un administrador.
¿Amaba a monsieur Boutardin y era amada por él? Sí, en la medida
que pueden amar esos corazones industriales; una comparación puede servir para
terminar de describir a este par: ella era la locomotora y el conductor y
mecánico; él la mantenía en buenas condiciones, la frotaba, la aceitaba, y ella
había rodado así durante medio siglo con tanta sensibilidad e imaginación como
una Crampton.
No hace falta agregar que jamás se descarriló.
En cuanto al hijo: multipliquen a la madre por el padre y el
coeficiente será Athanase Boutardin, principal asociado de la banca Casmodage y
Cía.; un muchacho muy amable, que consideraba a su padre un modelo de alegría y
a su madre de elegancia. No había que decir algo espiritual en su presencia;
parecía que entonces se le tomaba el pelo, fruncía el ceño y miraba atónito. Se
había ganado el primer premio en bancos. Se puede decir que no sólo hacía
trabajar el dinero; lo convertía en renta perpetua; se palpaba en él al
usurero; pretendía casarse con una niña horrible cuya dote compensara
enérgicamente su fealdad. A los veinte años ya llevaba anteojos de montura de
aluminio. Su estrecha y rutinaria inteligencia lo llevaba a recurrir a la
astucia y a las trampas casi sin advertirlo. Uno de sus recursos involuntarios
era creer que no tenía un peso precisamente cuando nadaba en oro y billetes.
Era un verdadero villano, sin juventud, sin corazón, sin amigos. Su padre lo
admiraba mucho.
Y ésta era la familia, la trinidad doméstica, a la cual el joven
Dufrénoy iba a solicitar ayuda y protección. M. Dufrénoy, hermano de Mme.
Boutardin, poseía todas las delicadezas de sentimiento y las exquisiteces
espirituales que en su hermana se traducían por asperezas. Este pobre artista,
músico de gran talento, nacido para un siglo mejor, sucumbió de pena muy joven
y sólo legó a su hijo su inclinación por la poesía, sus aptitudes y sus
aspiraciones.
Michel creía tener en algún sitio un tío, cierto Huguenin, del
cual nunca se hablaba, uno de esos hombres instruidos, modestos, pobres,
resignados, que hacían ruborizarse a las familias opulentas; pero no prohibían
que Michel lo viera; tampoco lo conocían ni tenían el menor interés en
conocerlo.
La situación del huérfano estaba, pues, bastante restringida en
el mundo: por una parte, un tío incapaz de acercársele y ayudarlo, y por otra,
una familia repleta de las cualidades que apegan al dinero y con apenas corazón
para alcanzar a devolver la sangre a las arterias.
En todo ello no había razón alguna para agradecer a la
providencia.
Al día siguiente Michel bajó al despacho de su tío, una oficina
grave cubierta por una alfombra no menos seria. Allí se encontraba el banquero,
su mujer y el hijo. La cosa amenazaba solemnidad.
Monsieur Boutardin, de pie junto al hogar, con la mano en las
solapas y el pecho protuberante, se expresó en estos términos:
"Caballero, usted va a escuchar palabras que le ruego
retenga en la memoria. Su padre era un artista. La palabra lo dice todo. Me
gustaría creer que usted no ha heredado esos lamentables instintos. Pero he
advertido que hay en usted algunos gérmenes que conviene destruir. Nada usted
de buen grado en las arenas del ideal, y hasta ahora el mejor resultado de sus
esfuerzos ha sido ese premio de versos latinos que ayer ha tenido la
desvergüenza de aportarnos. Cuantifiquemos la situación. No tiene usted
fortuna, lo que es una desgracia; y por poco carece usted de padres. Ahora
bien, ¡no quiero poetas en la familia, escúchelo bien! No quiero nada de esos
individuos que escupen rimas al rostro de la gente; su familia es rica; no la
comprometa usted. Ahora bien, el artista no está lejos del bufón al que le doy
unos cuantos pesos para que me divierta la digestión. Usted me entiende. Nada
de talento. Capacidades. Pero como no he advertido en usted ninguna aptitud
particular, he decidido que ingresará en la casa bancaria Casmodage y Cía.,
bajo la alta dirección de su primo; siga su ejemplo; ¡trabaje para convertirse
en hombre práctico! Recuerde que una parte de sangre Boutardin corre por sus
venas y, para que recuerde del mejor modo mis palabras, cuídese de no olvidarlas".
Se puede apreciar que en 1969 no se había extinguido la raza de
Prudhomme; habían conservado las mejores tradiciones. ¿Qué podía responder
Michel a semejante discurso? Nada; calló entonces. Mientras, su tía y su primo
aprobaban moviendo el cráneo.
-Sus vacaciones -continuó el banquero- comienzan esta mañana y
terminan esta noche. Mañana deberá presentarse al jefe de la casa Casmodage y
Cía. Puede marcharse.
El joven se retiró del despacho de su tío; las lágrimas le
bloqueaban la vista; pero se repuso y se afirmó contra la desesperación.
"Sólo cuento con un día de libertad", se dijo.
"Por lo menos lo voy a usar a mi modo; tengo algunas monedas; empezaremos
por organizarnos una biblioteca con los grandes poetas y los autores ilustres
del siglo pasado. Cada tarde me consolarán del tedio de la jornada".
CAPÍTULO IV
Sobre algunos autores del siglo diecinueve y las dificultades
para conseguirlos
Michel salió de inmediato a la calle y se encaminó a la Librería
de los Cinco Lados del Mundo, inmenso galpón situado en la rue de la Paix y que
dirigía un alto funcionario del Estado.
"Allí deben estar sepultadas todas las producciones del
espíritu humano", se dijo el joven.
Penetró a un vasto vestíbulo en cuyo centro había una oficina de
telégrafos que comunicaba con los puntos más apartados de la tienda; circulaba
sin pausa una legión enorme de empleados; contrapesos adosados a las paredes
elevaban a los funcionarios hasta las estanterías más altas de las salas; una
considerable multitud asediaba la oficina y los servidores se doblaban bajo la
carga de los libros que trasportaban.
Michel, estupefacto, intentó en vano contar las innumerables
obras que cubrían las paredes. La mirada se le perdió por las galerías de este
establecimiento imperial.
"Nunca podré leer todo esto", pensaba mientras se
situaba en la fila del caso. Finalmente llegó al mostrador.
-¿Qué quiere, señor? -le dijo el jefe de la Sección Pedidos.
-Necesito las obras completas de Víctor Hugo, -respondió Michel.
El empleado abrió de par en par los ojos.
-¿Víctor Hugo? -exclamó-. ¿Qué ha escrito?
-Es uno de los grandes poetas del siglo diecinueve, quizás el
más grande -le aclaró el joven, ruborizándose.
-¿Lo conoces? -preguntó el empleado a otro empleado, el jefe de
la Sección de Investigaciones.
-Nunca lo oí nombrar -contestó este último-. ¿Está seguro del
nombre? -le preguntó ahora al joven.
-Completamente.
-Sí que es raro -replicó el funcionario-. Y mire que aquí
vendemos obras literarias. Pero, en fin, ya que está seguro... Rhugo, Rhugo...
-dijo ahora por el telégrafo.
-Hugo -repitió Michel-, ¿y podría pedirme también Balzac, De
Musset, Lamartine?
-¿Unos sabios?
-¡No! Unos autores.
-¿Vivos?
-Hace un siglo que murieron.
-Haremos todo lo posible por servirle, monsieur; pero creo que
la búsqueda no será larga sino inútil.
-Esperaré -dijo Michel.
Y se retiró a un rincón, abrumado. ¡Así que toda esa fama no
duraba un siglo! ¡Las orientales, las Meditaciones, las Primeras poesías, La
comedia humana, olvidadas, perdidas, inhallables, desconocidas, despreciadas!
Había, sin embargo, verdaderos cargamentos de libros que grandes
grúas a vapor bajaban a los patios, y los compradores se apretujaban en los
mostradores. Pero uno quería la Teoría de los roces en veinte volúmenes, otro
el Compendio de problemas eléctricos, aquél el Tratado práctico de engrase de
ruedas motrices y más allá otro pedía la Monografía del nuevo cáncer cerebral.
"¡Qué!", se decía Michel. "¡Pura ciencia!
¡Industria! Igual que en el colegio. ¡Y nada de arte! ¿Pareceré un insensato
pidiendo obras literarias? ¿Estaré loco?"
Michel reflexionó durante más de una hora; la búsqueda
continuaba y no dejaba de funcionar el telégrafo, y le pedían que confirmara
los nombres de los autores; se adentraron en las bodegas, en verdaderos
graneros; en vano. Había que renunciar.
-Monsieur -le dijo finalmente un empleado, el jefe de la Sección
de Respuestas-, no tenemos nada de eso. Esos autores seguramente han sido muy
poco conocidos en su tiempo; sus obras no se han reeditado...
-El tiraje de Nuestra Señora de París fue de quinientos mil
ejemplares -respondió Michel.
-Me encantaría creerle, monsieur, pero de los autores antiguos
que se han reimpreso actualmente tenemos a Paul de Kock, un moralista del siglo
pasado; parece que escribe bien, y si usted quiere...
-Buscaré en otra parte -contestó Michel.
-¡Oh! Paseará por todo París sin encontrar nada. Lo que no está
aquí no está en ninguna parte.
-Veremos -dijo Michel, y se alejó.
-Pero, monsieur -insistió el empleado, que por su celo habría
sido un muy digno vendedor detallista-, ¿no quiere obras de literatura
contemporánea? Tenemos algunas que han causado bastante ruido estos últimos
años; no se han vendido mal para ser libros de poesía...
-¡Ah! -exclamó Michel, interrumpiéndole-, ¿tienen poesía
moderna?
-Por supuesto. Y, entre otras, Las armonías eléctricas, de
Martillac, obra premiada por la Academia de Ciencias, las Meditaciones sobre el
oxígeno, de M. de Pulfasse, El paralelogramo poético, las Odas
descarbonatadas...
Michel no pudo escuchar más. Volvió a la calle, aterrado,
estupefacto. ¡Esa brizna de arte no había escapado del influjo pernicioso de su
tiempo! ¡La ciencia, la química y la mecánica irrumpían en el dominio de la
poesía!
,,¡Y leen esas cosas! ¡Las compran!" Mientras pensaba esto,
casi corría por las calles. "¡Y las firman! ¡Y las incluyen en las filas
de la literatura! ¡Y uno busca en vano un Balzac o un Víctor Hugo! ¿Dónde
encontrarlos? ¡Ah! ¡La biblioteca!"
Michel caminó rápidamente hasta la biblioteca imperial. Sus
edificios, notoriamente aumentados, ocupaban gran parte de la rue Richelieu,
desde la rue Neuve-des-Petits-Champs hasta la rue de la Bourse. Los libros,
amontonados sin pausa, habían provocado el hundimiento de las viejas paredes
del Hotel de Nevers. Cada año se imprimían cantidades fabulosas de obras
científicas; los editores no daban abasto y el Estado editaba directamente: los
novecientos volúmenes que dejara Carlos V, multiplicados mil veces, no habrían
dado la cifra actual de volúmenes apilados en la biblioteca; de los ochocientos
mil con que contaba en 1860 había pasado ahora a más de dos millones.
Michel se hizo indicar el sector reservado a la literatura, y
subió por la escalera de los jeroglíficos, que varios hombres estaban
restaurando con golpes de espátula.
Michel llegó a la sala de literatura y la encontró desierta.
Parecía más extraña ahora en su abandono que antaño cuando estaba repleta de
una multitud estudiosa. Aún la visitaban algunos extranjeros, como si fueran al
Sahara, y se les mostraba el lugar donde murió un árabe en 1875, en la misma
mesa que ocupó toda la vida.
Las formalidades para obtener una obra eran bastante
complicadas; el boletín, que firmaba el solicitante, debía contener el título
del libro, el formato, la fecha de publicación, el número de la edición y el
nombre del autor. Es decir, a menos que ya se fuera un sabio nadie llegaba a
saber; además, el solicitante debía indicar su edad, domicilio, profesión y
motivo de su consulta.
Michel cumplió las normas y entregó el boletín perfectamente en
regla al bibliotecario, que dormía; siguiendo su ejemplo, los ayudantes de la
sala roncaban todos, apoyados en mesas junto a la pared. Sus funciones se
habían convertido en verdaderas sinecuras equivalentes a ser acomodador del
Odeón.
El bibliotecario despertó sobresaltado y se quedó mirando al
audaz joven; leyó el boletín y pareció quedar atónito con el pedido; después de
reflexionar profundamente, para terror de Michel, lo envió donde un subalterno
que trabajaba cerca de la ventana en un pequeño escritorio solitario.
Michel se encontró ante un hombre de unos setenta años, de
mirada viva, aspecto sonriente, y la apariencia del sabio que parece ignorarlo
todo. Este modesto empleado cogió el boletín y lo leyó atentamente.
-¿Quiere autores del siglo diecinueve? -comentó-. Un gran honor
para ellos; vamos a poder quitarles el polvo. Decíamos que era usted... ¿Michel
Dufrénoy?
Al leer el nombre, el anciano levantó la cabeza.
-¡Eres Michel Dufrénoy! ¡Todavía no te había mirado!
-¿Usted me conoce?
-No te voy a conocer...
El anciano no pudo continuar; una auténtica emoción lo
embargaba; tendió la mano a Michel y éste, confiado, se la estrechó con fuerza.
-Soy tu tío -dijo el hombre, finalmente-, tu viejo tío Huguenin,
el hermano de tu pobre madre.
-¡Mi tío! ¡Usted! -exclamó Michel, emocionado.
-Tú no me conoces. Pero yo te conozco, muchacho. Estaba presente
cuando te entregaron ese magnífico premio de versificación latina. ¡El corazón
no me podía latir con más fuerza y tú ni lo sabías!
-¡Tío!
-No es culpa tuya, querido niño, lo sé. Yo me he mantenido
aparte, lejos de ti, para no perjudicar a la familia de tu tía; pero he seguido
paso a paso tus estudios, día a día. Me decía: no es posible que el hijo de mi
hermana, el hijo de un gran artista, no haya conservado los instintos poéticos
de su padre; y no me equivocaba, pues ahora vienes a pedirme los grandes poetas
de Francia. ¡Sí, hijo mío! ¡Te los voy a dar! ¡Los leeremos juntos! ¡Nadie nos
va a molestar! ¡Nadie nos mira! ¡Deja que te abrace por primera vez!
Y el anciano estrechó en sus brazos al joven, que se sentía
renacer con esas efusiones. Era ésa, hasta el momento, la emoción más dulce de
su vida.
-Pero, tío -preguntó-, ¿cómo te has mantenido al corriente de mi
vida?
-Hijo querido, tengo un amigo, un hombre valiente que te estima
mucho, el profesor Richelot; él me ha contado que eras de los nuestros; te he
visto trabajando; leí tu composición en versos latinos; era un tema algo
difícil de tratar, por los nombres propios: El Mariscal Pélissier en la torre
Malacoff. Pero en fin, la moda ha sido siempre la de los viejos temas
históricos, y, por mi fe, te las arreglaste muy bien.
-¡Oh! -sólo pudo decir Michel.
-Pero no -continuó el anciano sabio-, has hecho dos largos y dos
breves con Pelissierus, y un breve y dos largos con Malacoff, y así está bien.
¡Mira! Todavía recuerdo estos dos versos:
Iam Pelissiero pendenti ex turre Malacoff. Sebastopolitan
concedit Jupiter urbem...
¡Ah!, hijo mío, cuántas veces, si no fuera por esta familia que
me desprecia y que, al cabo, pagaba tu educación, cuántas veces te habría
alentado en tus inspiraciones... Pero ahora vendrás a verme, y pronto.
-Todas las tardes, tío, durante mis horas libres.
-Pero me parece que tus vacaciones...
-¡Vacaciones, tío! Mañana por la mañana empiezo a trabajar en el
banco de mi primo.
-¡Tú! ¡En un banco! -exclamó el anciano-. ¡Metido en negocios!
¡El colmo! ¿En qué te vas a convertir? ¡Un pobre hombre como yo no te servirá
de nada! ¡Ah! Hijo mío, con tus ideas, con tus aptitudes, has nacido con
demasiado retraso, no me atrevo a decir que muy pronto, porque tal como van las
cosas ni siquiera se nos permite esperar nada del porvenir...
-¿Pero no me puedo negar? ¿Acaso no soy libre? -¡No! No eres
libre. Monsieur Boutardin, desgraciadamente, es bastante más que tu tío; es tu
tutor; no quiero y no debo empujarte por un camino funesto; no, eres joven;
trabaja y logra independizarte, y entonces, si tus gustos no han cambiado, y si
todavía estoy en este mundo, ven a buscarme.
-Pero me horroriza el oficio de banquero -respondió Michel,
animado.
-Sin duda, hijo mío, y si tuviera sitio para dos en mi casa te
diría: ven, seremos felices; pero esa existencia no te llevaría a ninguna
parte, porque es necesario, absolutamente necesario, ir a alguna parte. ¡No!
¡Trabaja! Olvídame por unos años; te daría malos consejos; no cuentes a nadie
este reencuentro con tu tío; eso te podría perjudicar; no pienses en este
anciano que habría muerto hace mucho si no fuera porque tiene la agradable
costumbre de venir todos los días a reunirse con sus amigos de los estantes de
esta sala.
-Cuando sea libre -dijo Michel.
-¡Sí! En dos años más. Tienes dieciséis; serás mayor de edad a
los dieciocho; esperaremos; pero no olvides, Michel, que siempre te tendré
reservados un apoyo, un buen consejo y un buen corazón. Vendrás a verme -agregó
el anciano, contradiciéndose.
-Sí, sí, tío. ¿Dónde vives?
-¡Lejos, muy lejos! En Saint Denis; pero el ramal del bulevar
Malesherbes me deja a dos pasos de casa; allí tengo una habitación, pequeña y
fría, pero que será grande cuando tú vayas y cálida cuando estreche tus manos
entre las mías.
Y así continuó la conversación de tío y sobrino; el anciano
sabio quería reforzar en el joven las hermosas inclinaciones que admiraba;
estos deseos se manifestaban continuamente en sus palabras, que traicionaban
sus emociones; sabía muy bien cuánto había de falso, desclasado e imposible en
la situación de un artista.
Conversaron de todo; el buen hombre se planteó como un viejo
libro ante el joven, que lo vendría a hojear de vez en cuando; y realmente
gozaba contando las cosas de los tiempos idos.
Michel le explicó la finalidad de su visita a la biblioteca, y
le preguntó a su tío por las razones de la decadencia de la literatura.
-La literatura ha muerto, hijo mío -respondió el tío-. Contempla
estas salas desiertas y esos libros sepultados en el polvo; nadie lee nada; yo
sólo soy el cuidador de este cementerio, y está prohibida toda exhumación.
El tiempo pasó muy rápido mientras hablaban.
-¡Son las cuatro! -exclamó el tío-, nos tenemos que despedir.
-Le volveré a ver -le dijo Michel.
-¡Sí! ¡No! ¡Hijo mío! ¡No hablemos más de literatura! ¡Ni de
arte! ¡Acepta la situación tal cual está! Dependes de monsieur Boutardin en
primer lugar; sólo en segundo término eres sobrino del tío Huguenin.
-Permítame que lo acompañe -insistió el joven Dufrénoy.
-¡No! Nos podrían ver. Saldré solo.
-Hasta el próximo domingo, entonces, tío.
-Hasta el domingo, hijo querido.
Michel salió primero, pero esperó en la calle; vio que el
anciano se dirigía al bulevar caminando todavía muy erguido. Lo siguió de lejos
hasta la estación de la Madeleine.
" En fin", se dijo, "ya no estoy solo en el
mundo". Regresó a la residencia. La familia Boutardin, felizmente, cenaba
en la ciudad. Michel pasó tranquilamente en su habitación su primera y última
tarde de vacaciones.
CAPÍTULO V
Donde se habla de máquinas calculadoras y de cajas que se
defienden por si mismas
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Michel Dufrénoy se
encaminó a las oficinas de la banca Casmodage y Cía.; ocupaban una de esas
casas construidas sobre el emplazamiento de la vieja ópera de la rue
Neuve-Drout. Condujeron al joven a una vasto paralelogramo provisto de
artefactos de una singular estructura que no advirtió en un primer momento.
Parecían pianos formidables.
Michel miró entonces la oficina contigua y reparó en unas cajas
gigantescas: tenían aspecto de ciudadelas; poco les faltaba para tener almenas;
en cada una fácilmente podría haber alojado una guarnición de veinte hombres.
Miguel no pudo evitar estremecerse ante la vista de esos cofres
blindados y acorazados.
"Parecen a prueba de bombas", se dijo.
Un hombre de unos cincuenta años, con una pluma en la oreja, se
paseaba gravemente a lo largo de esos monumentos. Michel advirtió de inmediato
que el sujeto pertenecía a la familia de la gente de cifras, orden de los
Cajeros; ese individuo exacto, ordenado, gruñón y rabioso, encajaba con
entusiasmo y sólo pagaba sufriendo; parecía estimar que los pagos eran
robos que se hacían a su caja y que lo que recibía sólo era una
restitución. Unos sesenta funcionarios, despachantes y copistas escribían a
duras penas y calculaban bajo su alta dirección.
Michel debía ocupar un lugar entre ellos; un sirviente lo
condujo donde el personaje importante que lo esperaba.
-Monsieur -le dijo el Cajero-, lo primero es que olvide que
pertenece a la familia Boutardin. Es la orden. -Me parece perfecto -respondió
Michel.
-Comenzará su aprendizaje en la máquina N°- 4. Michel se volvió
y contempló la máquina N°- 4. Era una calculadora.
Hacía mucho que Pascal había construido un instrumento de esa
especie; en su tiempo su concepción pareció una maravilla. A partir de
entonces, el arquitecto Perrault, el conde de Stanhope, Thomas de Colmar,
Mauret y Jayet, le habían aportado importantes modificaciones.
La casa Casmodage poseía verdaderas obras maestras; esos
instrumentos parecían, en efecto, enormes pianos; apretando las teclas se
obtenían instantáneamente totales, restas, productos, cuocientes, proporciones,
cálculo de amortizaciones y de intereses compuestos para períodos infinitos y a
todas las tasas imaginables. ¡Las notas altas daban hasta el ciento cincuenta
por ciento! Nada había más maravilloso que estas máquinas, que habrían
derrotado sin dificultades a las Mondeux y a las [?].
Pero hacía falta saber manejarla, y Michel debía tomar lecciones
de digitado.
Ya se ve, estaba ingresando en un casa bancaria que recurría a
todos los adelantos de la mecánica y los adoptaba.
Por otra parte, en esta época, la abundancia de negocios y la
multiplicidad de correspondencia concedían una importancia extraordinaria al
más sencillo equipamiento.
El correo de la casa Casmodage movía por lo menos tres mil
cartas diarias, que salían para todos los rincones del mundo. Una máquina
Lenoir, de quince caballos de fuerza, copiaba sin pausa las cartas que
quinientos empleados le iban entregando.
Y sin embargo el telégrafo eléctrico habría debido disminuir
enormemente la cantidad de cartas, ya que nuevos perfeccionamientos permitían
una correspondencia directa con los destinatarios; el secreto se podía así
guardar y los negocios más considerables tratarse con seguridad a la distancia.
Cada casa poseía sus cables propios, que operaban según el sistema Wheatstone,
en uso en toda Inglaterra hacía tiempo. Innumerables valores que se cotizaban
en el mercado libre se inscribían por sí mismos en los paneles situados al
centro de las Bolsas de París, Londres, Francfort, Amsterdam, Turín, Berlín,
Viena, San Petersburgo, Constantinopla, Nueva York, Valparaíso, Calcuta,
Sydney, Pekín y Nouka-hiva.
Por otra parte, el telégrafo fotográfico, inventado en el siglo
pasado por el profesor Giovanni Caselli, en Florencia, permitía enviar a
cualquier parte el facsímil
de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de
cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia.
La red telegráfica cubría ya la superficie completa de los
continentes y el fondo de los mares; América se encontraba a la altura de
Europa, y en la experiencia solemne que se hizo en Londres en 1903 dos
científicos se pusieron en contacto después de hacer que sus despachos
recorrieran toda la faz de la tierra.
A nadie debería sorprender que en esa época de grandes negocios
aumentara vertiginosamente el consumo de papel; Francia, que fabricaba sesenta
millones de kilos hace cien años, gastaba ahora más de trescientos; nadie temía
que se fueran a agotar los trapos, pues se los había reemplazado, con ventaja,
por arbustos y árboles; y en el lapso de doce horas, los procesos de Watt y
Burgess convertían un trozo de materia prima en magnífico papel; los bosques ya
no se utilizaban para la calefacción; servían para imprimir.
La casa Casmodage fue una de las primeras que adoptó ese papel
derivado de maderas. y plantas análogas; cuando lo utilizaba para documentos
oficiales, billetes o acciones, lo modificaba con ácido gálico de Lemfelder que
lo volvía resistente a la acción de los agentes químicos de los falsificadores;
crecía la cantidad de ladrones junto con la de negocios; había que cuidarse.
Así era esta casa donde se concretaban enormes negocios. El
joven Dufrénoy iba a desempeñar allí un papel muy modesto; sería el primer
servidor de su máquina de calcular; ese mismo día asumió sus funciones.
El trabajo mecánico le resultaba sumamente difícil; carecía del
pertinente fuego sagrado, el artefacto funcionaba bastante mal bajo sus dedos;
un mes después cometía más errores que al principio; pero no enloqueció.
Lo controlaban severamente para terminar con sus veleidades de
independencia y sus instintos artísticos; no contó con un solo domingo o tarde
libre para visitar a su tío. Su único consuelo era escribirle a escondidas.
Muy pronto fue presa del desaliento y el disgusto;
verdaderamente se sentía incapaz de continuar con ese trabajo manual.
A fines de noviembre, ocurrió la siguiente conversación entre M.
Casmodage, Boutardin hijo y el Cajero: -Ese muchacho es soberanamente imbécil
-dijo el banquero.
-A decir verdad, estoy de acuerdo -respondió el Cajero.
-Es lo que antes se llamaba un artista -intervino Athanase- y
nosotros llamamos un insensato.
-La máquina resulta un instrumento peligroso en sus manos
-agregó el banquero-; nos entrega sumas en vez de restas y nunca ha conseguido
calcular ni siquiera un quince por ciento de interés...
-Es lamentable -dijo el primo.
-¿Y en qué podemos emplearlo? -preguntó el Cajero. -¿Sabe leer?
-quiso averiguar M. Casmodage.
-Es de esperar -contestó Athanase, dudoso.
-Se lo podría utilizar en el Libro Grande; puede dictarle a
Quinsonnas, que necesita un ayudante.
-Tiene usted razón -confirmó el primo-; dictar es seguramente su
única habilidad. Porque escribe pésimo.
-Y en una época en que todo el mundo sabe escribir -agregó el
Cajero.
-Si no resulta en ese trabajo -observó M. Casmodage-, habrá que
dejarlo para limpiar los muebles.
-Y ojalá sirviera para eso -remachó el primo.
-Que venga -dijo el banquero.
Michel compareció entonces ante el temible triunvirato.
-Monsieur Dufrénoy -dijo el jefe de la casa, sonriendo con la
más despectiva de sus sonrisas-, su evidente incapacidad nos obliga a retirarlo
de la dirección de la máquina N° 4; los resultados que usted obtiene provocan
continuos errores en nuestros papeles; esto no puede continuar.
-Lo siento, señor... -empezó a decir Michel, fríamente.
-Sus disculpas son inútiles -continuó, con severidad, el
banquero-. Ya lo hemos destinado al Libro Grande. Me han dicho que usted sabe
leer. Va a dictar.
Michel no respondió. ¡Casi no le importaba! ¡El Libro Grande o
la Máquina! ¡Eran lo mismo! Preguntó cuándo cambiaría de cargo y se retiró.
-Mañana -alcanzó a decirle Athanase-. Le avisaremos a monsieur
Quinsonnas.
El joven salió de la oficina. No pensaba en el nuevo trabajo,
sino en ese Quinsonnas, cuyo mero nombre lo atemorizaba. ¿Quién podría ser?
¿Algún in
dividuo envejecido en la copia de artículos del Libro Grande,
que durante sesenta años ha pasado balanceando cuentas corrientes, aquejado de
la fiebre del saldo y frenético de partidas y contrapartidas? A Michel lo
asombraba que no hubieran reemplazado aún por una máquina al tenedor de libros.
No obstante, lo alegraba verdaderamente no ver más a su
calculadora; estaba orgulloso de haberla manejado mal; esa máquina tenía el
aspecto de un piano, no lo era y eso le repugnaba.
Michel, encerrado en su habitación, reflexionaba mientras
llegaba velozmente la noche. Se acostó, pero no pudo dormir; de su cerebro se
apoderó una especie de pesadilla. El Libro Grande se le presentó con
dimensiones fantásticas; sus hojas lo apresaban como si fuera una planta
disecada; o bien se sentía preso bajo el lomo encuadernado, que lo aplastaba
con sus refuerzos de cobre.
Se despertó, agitado, presa del deseo urgente de contemplar ese
formidable utensilio.
"Es infantil", se dijo, "pero así quedaré en
paz". Saltó del lecho sin hacer ruido, abrió la puerta de la habitación y
salió vacilando, tentando en la oscuridad con los brazos extendidos y los ojos
parpadeantes; avanzó por las oficinas.
Las enormes salas estaban oscuras y silenciosas, las mismas que
el estrépito de las monedas, el tintineo del oro, el roce de los billetes y el
chirrido de las plumas en el papel llenaban durante el día con los ruidos
propios de un banco. Michel avanzaba al azar, se perdía en el laberinto; no
tenía claro dónde se encontraba el Libro Grande; pero continuaba; tuvo que
atravesar la sala de máquinas; las alcanzó a ver entre las sombras.
"Duermen", se dijo, "ya no calculan".
Y seguía en ese viaje de reconocimiento, rozando con cajas
gigantescas, tropezando a cada paso.
De súbito sintió que el suelo cedía bajo sus pies y se produjo
un ruido espantoso; se cerraron estrepitosamente las puertas de las salas; los
cerrojos y los candados se consolidaron; silbidos ensordecedores surgían de
todas las cornisas; y repentinamente se iluminó toda la oficina; pero Michel
seguía descendiendo, precipitándose al parecer en un agujero sin fondo.
Desconcertado, lleno de espanto, quiso huir apenas le pareció
que el suelo se inmovilizaba. ¡Imposible! Estaba prisionero en una jaula de
hierro.
Y en ese momento advirtió que una serie de personas, a medio
vestir, corrían hacia él.
-Un ladrón -gritaba uno.
-¡Ya está preso! -vociferaba otro.
-¡Llamen a la policía!
Michel no tardó en notar que entre los testigos de su desastre
estaban M. Casmodage y el primo Athanase.
-¡Usted! -gritó el uno.
-¡Él! -gritó el otro.
-¡Iba a forzar la Caja!
-¡Lo único que faltaba!
-Debe ser sonámbulo -dijo alguien.
La mayor parte de los hombres en pijamas prefirieron sostener
esa opinión; así salvaban la honra del joven Dufrénoy. Y desenjaularon al
joven, víctima inocente de esas Cajas perfeccionadas que se defendían por sí
mismas.
En medio de la oscuridad, Michel había rozado con los brazos la
Caja de valores, sensible y pudorosa como una doncella; un sistema de seguridad
se había puesto a funcionar inmediatamente. Se entreabrió una plancha móvil en
el piso y al mismo tiempo se iluminaron con luz eléctrica las oficinas y se
cerraron con violencia las puertas. Los empleados, que despertaron con la
potente algarabía, se precipitaron hacia la caja, que ya había bajado hasta el
subsuelo.
-¡Esto le enseñará a no pasearse por donde no debe! -le dijo el
banquero al joven.
Michel, avergonzado, no halló qué decir. -¡Caramba qué aparato
más ingenioso! -exclamó Athanase.
-Pero no estará completo -le informó M. Casmodage- hasta que el
ladrón, depositado en un coche de seguridad, sea conducido, por la presión de
un resorte, a la prefectura de policía.
"Y sobre todo", pensó Michel, "hasta que la
máquina le aplique por sí misma el artículo del código penal relativo a los
robos con violencia".
Pero se guardó esta reflexión para sí mismo. Y se marchó en
medio de las carcajadas de los demás.
CAPÍTULO VI
Donde Quinsonnas aparece sobre las altas cumbres del Libro
Grande
Al día siguiente, Michel se encaminó hacia las oficinas de
contabilidad; pasó entre los murmullos irónicos de los funcionarios; su
aventura nocturna corría de boca en boca y nadie se molestaba en evitar la
risa.
Michel llegó a una sala inmensa coronada de una cúpula de vidrio
opaco; en el centro, sobre un pilar, se alzaba la obra maestra de la mecánica,
el Libro Grande del banco. Merecía el nombre de Grande con más razón que Luis
XIV; tenía siete metros de altura; un mecanismo inteligente permitía dirigirlo
como un telescopio, hacia todos los puntos cardinales; un sistema de pasarelas,
ingeniosamente combinado, se elevaba o bajaba según las necesidades del que
escribía.
En hojas blancas, de tres metros de largo, se iban
desarrollando, con letras de diez centímetros de alto, las operaciones diarias
de la casa. Las Cajas de Gastos Varios, los Ingresos Varios, las Cajas de
Negocios, destacadas en letras doradas, eran un verdadero placer para la gente
que gustaba de esas cosas. Otras tintas multicolores señalaban con precisión
los informes y la paginación; las cifras, por su parte, soberbiamente ordenadas
en columnas, separaban los francos, en tinta roja, de los centavos (hasta el
tercer decimal) en tinta verde.
Michel quedó atónito ante este monumento. Preguntó por M.
Quinsonnas.
Le mostraron un joven que estaba inclinado en la pasarela más
alta; subió por la escalera de caracol y en un instante llegó a la cima del
Libro Grande.
M. Quinsonnas estaba fundiendo una F mayúscula de treinta
centímetros de altura; lo hacía con incomparable seguridad.
-Monsieur Quinsonnas -dijo Michel.
-Acérquese por favor -respondió el tenedor de libros-. ¿Con
quién tengo el honor de hablar?
-Con monsieur Dufrénoy.
-¿Acaso es usted el héroe de una aventura nocturna que...?
-Así es -respondió Michel del mejor modo posible.
-Lo cual habla muy bien de usted -le dijo Quinsonnas-, pues debe
ser una persona honrada; un ladrón no se habría dejado prender. Esa es mi
opinión.
Michel miró atentamente a su interlocutor. ¿Se estaría burlando?
El aspecto terriblemente serio del tenedor de libros no daba lugar para tales
suposiciones.
-Estoy a sus órdenes -le dijo Michel.
-Y yo a las suyas -le contestó el copista.
-¿Qué tengo que hacer?
-Esto: dictarme clara y lentamente los artículos del diario que
voy pasando al Libro Grande. ¡No se equivoque! Acentúe donde corresponde. ¡Voz
potente! ¡Nada de errores! Basta uno y me ponen en la puerta.
No había más comentarios que hacer y el trabajo comenzó en
seguida.
Quinsonnas era un hombre de treinta años que a fuerza de
seriedad se las había arreglado para parecer de cuarenta. No obstante, bastaba
observarle un tiempo para advertir que bajo esa espantosa gravedad había un
talante jovial muy contenido y una espiritualidad de todos los demonios.
Michel, al cabo de tres días, creyó advertir algo de todo eso.
Y sin embargo la reputación de simple del joven tenedor de
libros, por no decir la fama que tenía de imbécil, se había consolidado
perfectamente en la oficina; de él se contaban historias que habrían hecho
palidecer las de Calino, en ese sentido, el más pintado de su tiempo. Pero
poseía dos cualidades que nadie discutía: su exactitud y una letra hermosa;
nada semejante a él había en La Grande Bâtarde ni tenía rivales en L'Anglaise
Retourné.
Su exactitud no podía ser más completa; gracias a su aparente
falta de inteligencia había podido eludir los dos reclutamientos que más
molestaban a un funcionario: el de jurado y el de la Guardia Nacional. Esas dos
grandes instituciones aún funcionaban en el año de gracia de 1960. Estas son
las circunstancias por las cuales Quinsonnas fue eliminado de las listas de una
y suprimido de los cuadros de la otra.
Aproximadamente un año antes, un sorteo le llevó a la banca de
los jurados; se trataba de un asunto muy grave, pero sobre todo muy largo; la
deliberación ya duraba ocho días; se esperaba terminarla de una vez; se estaba
interrogando a los últimos testigos; pero nadie contaba con Quinsonnas. En
plena audiencia, se levantó y solicitó que el presidente hiciera una pregunta
al acusado. Así se hizo, y el acusado respondió a la exigencia del jurado.
-Y bien -dijo Quinsonnas en voz alta-, es evidente que entonces
el acusado no es culpable.
¡Imaginen el efecto! El jurado tiene prohibido emitir opiniones
en el curso del juicio. ¡El juicio se puede anular entonces! La falta de
criterio de Quinsonnas obligó a empezar todo de nuevo. Y como el incorregible
jurado, involuntaria o quizás ingenuamente, caía siempre en el mismo error, no
se pudo terminar con la causa...
¿Qué se podía decir contra Quinsonnas? Era obvio que hablaba a
pesar suyo, impulsado por la emoción del debate. ¡Los pensamientos se le
escapaban! Era una enfermedad. Pero en fin, como la justicia debe seguir su
curso, lo eliminaron definitivamente de los jurados.
Muy distinto fue el caso con la Guardia Nacional. La primera vez
que lo pusieron de centinela en la puerta de su cuartel, cumplió con suma
seriedad su función; se instaló militarmente ante su garita, con el fusil a
punto y el dedo en el gatillo, listo para abrir fuego como si el enemigo fuera
a aparecer por la calle contigua. Naturalmente, al ver a un personaje tan
celoso de sus funciones, más de algún paseante inofensivo no pudo evitar una
sonrisa. Esto molestó al feroz guardia nacional; arrestó a uno, luego a dos, y
a tres; al cabo de sus dos horas de servicio había llenado el cuartel. Casi se
produjo una sublevación popular. ¿Qué se le podía achacar? Tenía derecho a
hacer lo que hizo.
¡Se creyó insultado! Tenía la religión de la bandera. Esto no
dejó de reproducirse en la guardia siguiente.
Y como no se consiguió moderar ni su celo ni su susceptibilidad,
muy honorables después de todo, se lo eliminó de los cuadros militares.
Quinsonnas pasaba por imbécil, pero observen cómo se las ingenió
para no formar parte ni de jurados ni de la Guardia Nacional.
Liberado de estas dos grandes cargas sociales, Quinsonnas se
convirtió en un modelo de tenedor de libros.
Michel dictó con regularidad durante un mes; el trabajo era
fácil, pero no le dejaba momento alguno de libertad; Quinsonnas escribía y de
vez en cuando lanzaba miradas de asombrosa espiritualidad al joven Dufrénoy,
especialmente cuando éste se ponía a declamar en tono inspirado los artículos
del Libro Grande.
"Extraño muchacho", se decía; "parece muy
superior a su oficio. ¿Por qué habrán puesto aquí a un sobrino de Boutardin?
¿Será para reemplazarme? ¡No es posible! ¡Si escribe como un gato! ¿Será
verdaderamente un imbécil? Tendré que aclarar el punto".
Michel, por su lado, se entregaba a reflexiones casi idénticas.
"Este Quinsonnas debe estar ocultando su juego", se
decía. "¡Es evidente que no ha nacido para estar trazando eternamente efes
y emes! Hace un momento se reía a carcajadas. ¿En qué estará pensando?"
Los dos camaradas del Libro Grande se observaban, entonces,
mutuamente; a veces se miraban con franqueza y transparencia y en sus ojos
brillaba una chispa comunicativa. Esto no podía durar así. Quinsonnas se moría
de deseos de preguntar y Michel de ganas de contestar; un buen día, sin saber
por qué, quizás por mera necesidad de expansión, Michel contó su vida; lo hizo
con abandono, lleno de sentimientos que había contenido demasiado tiempo. Es
muy probable que Quinsonnas se emocionara, pues estrechó cálidamente la mano de
su joven compañero.
-¿Y tu padre? -le preguntó. -Un músico.
-¿Qué? ¿Ese Dufrénoy que nos ha dejado las últimas páginas de
que puede enorgullecerse la música?
-El mismo.
-Fue un hombre genial -le dijo Quinsonnas, apasionadamente-,
pobre y desconocido; fue mi maestro.
-¡Tu maestro! -exclamó Michel, atónito.
-¡Está bien! ¡Sí! -exclamó también Quinsonnas, blandiendo la
pluma-. ¡Al diablo la reserva! Io son pictor! Soy músico.
-¡Un artista!
-¡Sí! ¡Pero no lo digas tan alto! No lo agradecerían -dijo
Quinsonnas, frenando el entusiasmo de su amigo. -Pero...
-Aquí soy copista. El tenedor de libros alimenta, de momento, al
músico...
Se interrumpió, mirando atentamente a Michel.
-¿Y? -dijo este último.
-Y... hasta que encuentre alguna idea práctica.
-¡En la industria! -replicó Michel, desilusionado.
-No, hijo mío -respondió paternalmente Quinsonnas-. En música.
-¿En la música?
-¡Silencio! ¡No me interrogues! Es un secreto. ¡Pero voy a
asombrar a este siglo! ¡No nos riamos! ¡En nuestra época, que es seria,
castigan la risa con la muerte! -Asombrar a su siglo -repitió mecánicamente
Michel.
-Ese es mi lema -aclaró Quinsonnas-. Asombrarlo, porque no se
puede encantarlo. He nacido como tú, con cien años de retraso. ¡Imítame,
trabaja! Gánate el pan, porque hay que lograr esa cosa innoble: comer. Si
quieres te enseñaré la vida; hace ya quince años que alimento mi individuo de
manera insuficiente, y he precisado de buen diente para despachar lo que el
destino me ha puesto en la boca. Pero en fin, uno se las arregla con las
mandíbulas. Felizmente he terminado con una especie de oficio. Es verdad que
tengo buena mano, como dicen. ¡Por Dios! ¡Si quedara manco! ¿Qué sería de mí?
¡Ni piano ni Libro Grande! ¡Bah! Con el tiempo se van a usar los pies. ¡Eh!
¡Eh! ¡Y pienso en ello! Y eso sí que podría asombrar al siglo. Michel no pudo
evitar reírse.
-No te rías, desgraciado -insistió Quinsonnas-. Está prohibido
en la casa Casmodage. ¡Mira! Parezco capaz de fundir las piedras y mi aspecto
puede helar la bahía de las Tullerías en pleno julio. Seguro que sabes que los
filántropos norteamericanos imaginaron hace un tiempo que se debería encerrar a
los presos en cárceles redondas para que ni siquiera tuvieran la distracción de
los ángulos. Y bien, hijo mío, la sociedad actual es redonda como esas
cárceles. También se aburre a todo trapo.
-Pero -dijo Michel-, me parece que en el fondo eres muy
alegre...
-Aquí no. Pero en casa es otra cosa. Vas a venir a verme. Te
haré buena música. ¡La de los viejos tiempos!
-Cuando quieras -contestó Michel, feliz-. Pero necesito estar
libre...
-¡Bien! Diré que necesitas lecciones de dictado. Pero nada más
de conversaciones subversivas en este lugar. Soy un rodaje, tú eres otro.
Funcionemos y volvamos a las letanías de la Santa Contabilidad.
-Casa de Varios -habló Michel.
-Caja de Varios -repitió Quinsonnas.
Y recomenzó el trabajo. La existencia del joven Dufrénoy se
modificó significativamente desde entonces; tenía un amigo; hablaba; podía
darse a entender, lo comprendían; era feliz como un mudo que hubiera recuperado
el habla. Las cumbres del Libro Grande ya no le parecían cimas desiertas;
respiraba allí con comodidad. Muy pronto los dos camaradas se habituaron a
tutearse.
Quinsonnas comunicaba a Michel todo lo que había adquirido por
experiencia, y éste, en sus insomnios, soñaba con los engaños de este mundo;
volvía por la mañana a la oficina inflamado con los pensamientos de la noche, e
interpelaba al músico que no conseguía callarlo.
No pasó mucho tiempo antes de que el Libro Grande ya no
estuviera al día.
-No vayas a cometer un error -no cesaba de repetirle
Quinsonnas-. Nos pueden expulsar.
-Pero no puedo dejar de hablarte -respondía Michel.
-Y bien -le dijo un día Quinsonnas-, hoy puedes venir a cenar a
casa. Vendrá mi amigo Jacques Aubanet.
-¡A tu casa! ¿Y el permiso?
-Ya lo tengo. ¿Dónde estábamos?
-Caja de Liquidaciones -dijo Michel.
-Caja de Liquidaciones -repitió Quinsonnas.
CAPÍTULO VII
Tres bocas inútiles para la sociedad
Terminada la jornada y cerrada la oficina, los dos amigos se
dirigieron a la casa de Quinsonnas, que quedaba en la rue Grange-aux-Belles;
hacia allá caminaban del brazo, feliz Michel por su libertad; daba pasos de
conquistador.
La rue Grange-aux-Belles quedaba lejos del banco; pero conseguir
alojamiento no era fácil en una capital demasiado pequeña para sus cinco
millones de habitantes; con tanta plaza ampliada, tanta avenida nueva y esa
multiplicación de bulevares, amenazaba faltar terreno para las casas
particulares. Lo que explicaba esta frase de la época: en París ya no hay
casas, sólo hay calles.
Había algunos barrios que no ofrecían una sola habitación a los
habitantes de la capital. Entre otros, la Cité, donde sólo se elevaban el
Tribunal de Comercio, el Palacio de justicia, la Prefectura de Policía, la
catedral, la morgue, instituciones según las cuales se podía ser declarado en
quiebra, condenado, preso, enterrado e incluso excluido. Los edificios habían
expulsado las casas.
Esto explicaba el precio excesivo del alojamiento actual; la
Compañía Imperial General Inmobiliaria poseía casi todo París; lo compartía con
el Crédito Hipotecario; y daba dividendos magníficos. Esta sociedad, organizada
por dos hábiles financistas del siglo diecinueve, los hermanos Péreire, también
era propietaria de las principales ciudades cíe Francia, de Lyon, Marsella,
Burdeos, Nantes, Estrasburgo y Lille, después de ir reconstruyéndolas poco a
poco. Sus acciones, duplicadas cinco veces, se cotizaban a 4.450 en el mercado
libre.
La gente de pocos recursos y que no quería alejarse mucho de los
lugares de trabajo, debía alojarse, entonces, en pisos altos; ganaba en
cercanía y perdía en altura; el asunto era de fatiga, no de tiempo.
Quinsonnas vivía en el piso doce de una vieja construcción con
escalera que un ascensor habría reemplazado ventajosamente. Pero, una vez en
casa, el músico no se encontraba nada mal.
Llegados a la rue Grange-aux-Belles, empezó a subir de
inmediato.
-No creas que vas a subir siempre -le dijo a Michel, que lo
seguía de prisa-. ¡Llegaremos! Nada es eterno en este mundo, ni siquiera las
escaleras. Ya estamos -exclamó, abriendo la puerta al cabo del agotador
ascenso.
E hizo pasar al joven a su "departamento", una
habitación de dieciséis metros cuadrados.
-Sin recepción -le dijo-. Eso sirve para la gente que hace
antesala, y como nunca se precipitará hasta este piso doce una multitud de
solicitantes, por la mera razón de orden físico de que nadie se precipita desde
abajo hacia arriba, he decidido prescindir de esa formalidad; por cierto,
también he suprimido el salón,
que habría hecho notar excesivamente la ausencia de un comedor.
-Pero estás muy bien instalado aquí -le dijo Michel.
-Y hay buen aire, no nos llega el amoníaco de las calles de
París.
-Aunque a primera vista parece pequeño -observó Michel.
-Y también lo parece a una segunda vista; pero me basta.
-Por lo menos está muy bien distribuido -comentó, riendo,
Michel.
-Bueno, madre -dijo Quinsonnas a una anciana que entró en ese
momento-. ¿Está lista la cena? Seremos tres que están muertos de hambre.
-Está en marcha, monsieur Quinsonnas -respondió la mujer de
servicio-. Pero no he podido poner los cubiertos: no hay mesa.
-Ni falta que hace -exclamó Michel, a quien le parecía estupenda
la perspectiva de cenar sobre las rodillas.
-¡Cómo que no hace falta! -replicó Quinsonnas-. ¿Tú te crees que
invito a mis amigos a cenar sin disponer de una mesa?
-Pero no veo -insistió Michel, mirando inútilmente en torno...
La habitación, en efecto, no contenía ni mesa ni lecho ni
armario ni cómoda ni sillas; no se veía ningún mueble a excepción de un gran
piano.
-No ves, parece ¡le dijo Quinsonnas¡. ¡Bien! ¿Has olvidado la
industria, esa buena madre, y la mecánica, esa buena hija? Aquí tienes la mesa
que pides.
Y mientras decía eso, se acercó al piano, apretó un botón e hizo
brillar -es la palabra adecuada- una mesa provista de bancas y en la cual tres
comensales podían instalarse cómodamente.
-Ingenioso -comentó Michel.
-Ha sido preciso recurrir a esto -le explicó el pianista-,
porque lo exiguo de los departamentos no permite tener muebles especiales.
Observa este complejo instrumento, producido por las Maisons Erard et Jeanselme
fusionnées. Sirve de todo y no ocupa lugar; y te puedo asegurar que el piano no
es más malo por ello.
En ese momento sonó el timbre de la puerta. Quinsonnas abrió y
anunció a su amigo Jacques Aubanet, empleado de la Compagnie Générale des Mines
en Mer. Y presentó, sin más ceremonias, a Michel y Jacques.
Jacques Aubanet, simpático joven de veinticinco años, se había
hecho muy amigo de Quinsonnas; como él, era un desclasado. Michel ignoraba en
qué tipo de trabajos ocupaba a sus empleados la Compagnie des Mines en Mer,
pero Jacques manifestaba un apetito formidable.
La cena, felizmente estaba lista; los tres jóvenes la devoraron;
después del primer instante de lucha con los comestibles, algunas palabras se
abrieron paso a través de los trozos de comida.
-Mi querido Jacques -dijo Quinsonnas-, deseaba presentarte a
Michel Dufrénoy para que conocieras a otro de los nuestros, otro de esos pobres
diablos a quienes la Sociedad se niega a dar empleo conforme a sus aptitudes,
otra de esas bocas inútiles que se encadenan para no alimentarlas.
-¡Ah! monsieur Dufrénoy es un soñador -observó Jacques.
-Un poeta, amigo mío. Y te pregunto qué habrá venido a hacer en
este mundo donde el primer deber del hombre es ganar dinero.
-Evidentemente -replicó Jacques- se ha equivocado de planeta.
-Amigos míos -dijo Michel-, no son ustedes muy entusiasmantes.
Pero comprendo estas exageraciones.
-Este muchacho -insistió Quinsonnas- espera, se entusiasma,
trabaja por los buenos libros, y cuando no lee a Hugo, Lamartine o Musset,
escribe para que lo lean a él. ¿Pero acaso ha inventado una poesía utilitaria,
una literatura que reemplace al vapor de agua o al freno instantáneo? ¿No?
¡Bien! ¡Cómete lo tuyo, hijo! ¿Quién te escuchará si no relatas algo asombroso?
Ya no es posible el arte, a menos que llegue a extremos imposibles. En estos
tiempos, Hugo tendría que leer sus Orientales equilibrándose en caballos de
circo, y Lamartine derramar sus Harmonies desde lo alto de un trapecio y cabeza
abajo.
-¡Un ejemplo! -gritó Michel, y saltó.
-Calma, muchacho -dijo el pianista-. Pregunta a Jacques si no
tengo razón.
Cien veces confirmó Jacques. Este mundo es un mercado, una feria
inmensa, y hay que divertirse con farsas groseras.
-Pobre Michel -dijo Quinsonnas, suspirando-. Su premio de
versificación latina lo va a liquidar.
-¿Pero qué quieres probar? -preguntó el joven.
-¡Nada! Sigues tu destino, después de todo. Eres
un gran poeta. He visto tus obras. Sólo te puedo decir que no
corresponden al gusto de este siglo.
-¿Cómo es eso?
-¡Sin duda! Tú utilizas temas poéticos, y eso es hoy un error en
poesía. Sólo hablas de praderas, valles, nubes, estrellas, del amor; todo eso
está gastado, ya no se usa.
-¿Y qué puedo decir entonces?
-¡Tienes que celebrar con tus versos las maravillas de la
industria!
-Jamás! -exclamó Michel.
-Ha dicho lo que tenía que decir -agregó Jacques.
-Veamos -continuó Quinsonnas-, ¿conoces la oda que coronaron el
mes pasado los cuarenta de Broglie que llenan la Academia?
-¡No!
-Bien. Escucha y que te aproveche. Estas son las dos últimas
estrofas:
El carbón lleva entonces su flama incendiaria
en los tubos ardientes de la enorme caldera.
El monstruo caliente no teme a rivales.
La máquina ruge de entusiasmo y temblores,
y expande el vapor y desarrolla sus fuerzas
de ochenta caballos.
Pero el conductor va bajando la pesada palanca,
se expande el tiraje y en el grueso cilindro,
veloz y gimiente, va corriendo el doble pistón.
La rueda patina. La velocidad va activándose.
Se escucha el silbato. ¡Salve locomotora
del sistema Crampton!
-Un horror -comentó Michel.
-Buen ritmo -agregó Jacques.
-Ahí la tienes, hijo mío -continuó el implacable Quinsonnas-.
Quiera el cielo que no te veas obligado a quedarte con tu talento, ojalá tomes
ejemplo de nosotros, que aceptamos lo evidente y esperamos tiempos mejores.
-¿Y Jacques también está obligado a ejercer un oficio que le
repugna?
-Jacques milita en una compañía industrial -respondió
Quinsonnas-, lo que no quiere decir que forme parte de un cuerpo militar.
-¿Qué me quieres decir con eso? -preguntó Michel.
-Quiere decir -le aclaró Jacques-, que me habría gustado ser
soldado.
-¡Soldado! -exclamó el joven, asombrado.
-¡Sí! Militar. Un oficio encantador, donde hace sólo cinco años
uno se ganaba la vida honorablemente.
-A menos que la perdieras aún más honorablemente -replicó
Quinsonnas-. En fin, esa carrera se acabó. Ya no hay más ejército. A menos que
uno quiera ser gendarme. En otra época, Jacques habría ingresado en la Escuela
Militar, se habría entrenado y, de combate en combate, habría llegado a general
como Turenne o a Emperador como Bonaparte. Pero ahora hay que renunciar a todo
eso.
-¡Bah! ¿Quién sabe? -insistió Jacques-. Francia, Inglaterra,
Rusia e Italia han licenciado a sus soldados, es verdad; en el siglo pasado se
perfeccionaron tanto las armas de guerra, el asunto se tornó tan ridículo, que
Francia no pudo dejar de reírse...
-Y habiendo reído -dijo Quinsonnas-, quedó desarmada.
-¡Sí! ¡Nada agradable! Te recuerdo que con la excepción de la
vieja Austria, todas la naciones de Europa han suprimido la milicia. ¿Pero han
suprimido acaso el espíritu de lucha de los hombres, el afán de conquista que
es tan propio de los gobiernos?
-Sin duda -contestó el músico.
-¿Y por qué?
-Porque la mejor razón que tenían esos instintos para seguir
existiendo era la posibilidad de satisfacerlos. Porque no hay nada que empuje
más a la batalla como la paz armada, conforme indica la sabiduría antigua.
Porque si suprimes los pintores deja de haber pintura, si los escultores acabas
con la escultura; si no hay más músicos, tampoco hay música; y si terminas con
los guerreros, se terminan también las guerras. Los soldados son artistas.
-¡Sí! ¡Por cierto! -exclamó Michel-. Habría preferido la milicia
antes que este trabajo horrible.
-¡Ah! Veo que te enfadas, pequeño -comentó Quinsonnas-. ¿No será
que quieres pelear?
-Batirse eleva el alma -respondió Michel, siguiendo a Stendhal,
uno de los grandes pensadores del siglo pasado.
-¡Sí! -dijo el pianista, que agregó-: ¿Y no hará falta demasiado
coraje para golpear con un sable?
-Seguro que hace falta bastante para golpear bien -contestó
Jacques.
-Y aún más para recibirlo -replicó Quinsonnas-. Por mi fe,
amigos, es posible que ustedes tengan razón en algún sentido, y yo los
empujaría a hacerse soldados si hubiera un ejército; con algo de filosofía,
puede ser un buen oficio. Pero, en fin, el Campo de Marte ahora es un colegio,
y hay que renunciar a batirse.
-Ya volverá -dijo Jacques-. Un buen día surgirá una complicación
inesperada...
-No creo en nada, amigo mío, porque las ideas belicosas se
acabaron y también las ideas honorables. Antaño en Francia se tenía miedo al
ridículo, y ya me dirás si todavía existe el honor... Ya nadie se bate en
duelo; eso pasó de moda; ahora se transa o se va a pleito. Ahora bien, si nadie
se bate por cuestiones de honor, ¿lo va a hacer por asuntos políticos? Si los
individuos ya no recurren a la espada, ¿por qué la van a desplegar los
gobiernos? Nunca hubo más batallas que en tiempos de los duelos, y si no hay
más duelistas tampoco habrá soldados.
-Todo eso va a renacer -comentó Jacques.
-¿Y con qué objeto, ahora que el comercio vincula a los pueblos?
¿Acaso no tienen los ingleses, los rusos y los norteamericanos comprometidos en
nuestros bancos sus cheques, sus rublos y sus dólares? ¡La plata es el enemigo
del plomo y las balas de algodón lo son de las balas cónicas! Reflexiona,
Jacques. ¿Acaso los ingleses, negándonos un derecho que ellos usan, no se están
apoderando poco a poco de las grandes propiedades de Francia? Poseen tierras
inmensas, casi departamentos completos que no han conquistado sino que han
pagado. ¡Y esto es más seguro! Nadie ha tomado las precauciones del caso, se ha
dejado hacer. Esa gente va a llegar a poseer toda nuestra tierra. Será la
revancha por lo de Guillermo el Conquistador.
-Querido -replicó Jacques-, recuerda bien lo que te voy a decir,
y tú también, Michel, pues esta es la profesión de fe del siglo; se ha dicho en
el siglo diecinueve: qué me importa lo que haya en Montaigne, quizás en
Rabelais. Ahora se dice: ¿qué aporta tal cosa? Y bien, vendrá el día en que la
guerra aporte algo, como un negocio industrial, y entonces habrá guerra.
-¡Bueno! La guerra nunca ha aportado nada, sobre todo en
Francia.
-Porque se combatía por el honor y no por el dinero -dijo
Jacques.
-¿Acaso crees en una guerra de negociantes intrépidos?
-Sin duda. Mira a los norteamericanos y esa guerra espantosa de
1863.
-Está bien. Pero una guerra, un ejército que vaya al combate
motivado por el dinero no se va a componer de soldados, sino de ladrones de
espanto.
-Pero igual va a ser capaz de prodigios de valor -replicó
Jacques.
-De prodigios de depredaciones -le precisó Quinsonnas.
Y los tres jóvenes no pudieron menos que reír.
-Para concluir -continuó el pianista-, aquí están Michel, un
poeta, Jacques, un militar, y Quinsonnas, un músico. Y ahora no hay ni poesía,
ni milicia ni música. Verdaderamente somos unos estúpidos. La comida se ha
terminado; fue sustancial, por lo menos por su conversación. Pasemos a otros
ejercicios.
Limpiaron la mesa, la introdujeron de vuelta en su sitio, y el
piano tomó el lugar del honor.
CAPÍTULO VIII
Donde se trata de la música antigua y moderna y del uso práctico
de algunos instrumentos
-Por fin -exclamó Michel-, vamos a hacer un poco de música.
-Y nada de música moderna -dijo Jacques-, que es demasiado
difícil...
-Difícil de comprender -observó Quinsonnas-, pero no de hacer.
-¿Cómo? -preguntó Michel.
-Ahora te explico -dijo Quinsonnas-, y me voy a apoyar en un
ejemplo impactante. Michel, abre el piano, por favor.
El joven obedeció.
-Bien. Siéntate ahora sobre el piano, sobre las cuerdas.
-¿Cómo? Quieres que...
-Siéntate, te digo.
Michel se dejó caer sobre las teclas del instrumento. Se produjo
una armonía chirriante.
-¿Sabes lo que estás haciendo? -le preguntó el pianista.
-¡No tengo la menor duda!
-Inocente. Has hecho una armonía moderna.
-¡Es verdad! -dijo Jacques.
-¡Ahí tienes un acorde actual! Y lo más siniestro es que los
sabios de hoy se encargan de explicarlo científicamente. Antaño sólo algunas
notas se podían vincular entre sí; pero ahora se las ha reconciliado a todas y
ya no insultan. ¡Son demasiado educadas para eso!
-Pero no por ello son menos desagradables -observó Jacques.
-Qué quieres, amigo mío. Hemos llegado aquí por la fuerza de las
cosas. En el siglo pasado, cierto Richard Wagner, una especie de mesías a quien
no se ha crucificado bastante, fundó la música del futuro; y nosotros la
sufrimos; en su época ya se estaba supri-miendo la melodía y él juzgó
conveniente que también se expulsara la armonía; la casa quedó vacía.
-Pero -dijo Michel- es como si se pintara sin dibujo ni color.
-Precisamente -comentó Quinsonnas-. Hablas de pintura, pero la
pintura no es un arte francés. Viene de Italia y de Alemania y me hace sufrir
menos el verla profanada. Mientras que la música, hija de nuestras entrañas...
-Yo creía -dijo Jacques- que la música venía de Italia.
-Error, hijo mío. Hasta mediados del siglo dieciséis la música
francesa dominaba Europa. El hugonote Goudimel fue el maestro de Palestrina, y
las melodías más antiguas y más ingenuas son de las galias.
-Y ahora hemos llegado a este extremo -comentó Michel.
-Así es, hijo mío. Bajo el pretexto de fórmulas nuevas, una
partitura sólo se compone ahora de una frase única, prolongada, siseante,
infinita. En la ópera comienza a las ocho de la noche y termina a las doce
menos diez. ¡Y si se prolonga cinco minutos más, le cuesta una multa y doble
sueldo a la guardia a la dirección del teatro!
-¿Y nadie protesta?
-Hijo mío, ahora no se disfruta de la música; la gente se la
traga. Algunos artistas han luchado contra esto; tu padre fue uno de ellos;
pero después de su muerte, nadie ha escrito una sola nota digna de su nombre. O
bien sufrimos la nauseabunda melodía de la selva virgen, difusa, interminable e
imprecisa, o bien se producen estrépitos armoniosos como el que acabas de
ilustrarnos sentándote en el piano.
-¡Triste! -comentó Michel.
-Horrible -agregó Jacques.
-Y también, amigos míos -insistió Quinsonnas-, tienen que haber
notado las orejas que tenemos ahora...
-No -respondió Jacques.
-Comparen las orejas antiguas con las de la Edad Media, examinen
los cuadros y las estatuas, mídanlas y se van a asustar. Las orejas se agrandan
a medida que disminuye la talla humana. ¡Esto va a terminar bien! Los naturalistas
han ido a buscar muy lejos la causa de esta decadencia. La música sería la que
nos modifica estos apéndices; vivimos en un siglo de tímpanos endurecidos y de
oídos falseados. Comprenderán que no se escucha impunemente durante un siglo a
Verdi o a Wagner sin que se resientan las orejas y el oído.
-Este diablo de Quinsonnas da miedo -dijo Jacques.
-Pero todavía se ejecutan las obras maestras antiguas en la
ópera -intervino Michel.
-Ya lo sé -replicó Quinsonnas-. Sólo es cuestión de que repongan
Orfeo y Eurídice de Offenbach con los recitativos que agregó Giunaud a esa obra
maestra y es posible que con ello ganen algo de dinero gracias al ballet...
¡Este público ilustrado, amigos míos, quiere danza! Cuando se piensa que se ha
construido un monumento de veinte millones para hacer maniobrar a esa gente que
pasa saltando, realmente dan ganas de haber nacido como esas criaturas... Se ha
reducido Los Hugonotes a un acto, y apenas se alza el telón tenemos algún
ballet de moda; las mallas de baile se han vuelto de una transparencia perfecta
y esto alegra a nuestros financistas; la ópera, por lo demás, se ha convertido
en sucursal de la Bolsa; allí se grita igual; los negocios se transan en voz
alta y nadie se preocupa de la música... Y entre nos, la ejecución deja
bastante que desear...
-Mucho que desear -agregó Jacques-. Los cantantes rechiflan,
desbarran, aúllan, braman, hacen cualquier cosa menos cantar. ¡Un desastre!
Y qué decir de la orquesta -continuó Quinsonnas-. Ha decaído
completamente después que los instrumentos no bastan para alimentar al
instrumentista. ¡Ese sí que no es un oficio práctico! ¡Ah! Si se pudiera
utilizar la fuerza perdida de los pedales de un piano para vaciar de agua las
minas! ¡Si el aire que escapa de los vientos también sirviera para mover los
molinos de la Socíété des Catacombes! ¡Si el movimiento alternado del trombón
pudiera aplicarse a una sierra mecánica! Entonces sí que serían ricos y numerosos
los ejecutantes...
-Te burlas -exclamó Michel.
-De ningún modo -respondió Quinsonnas, muy serio-. No me
sorprendería que algún poderoso inventor no aparezca un día con algo así. La
inventiva se ha desarrollado mucho en Francia. Es casi lo único espiritual que
nos queda. Y por cierto que torna fantásticas las conversaciones. ¿Pero quién
sueña con divertirse? Aburrámonos unos a otros. ¡Esa es la norma!
-¿Y todo esto no tiene remedio? -preguntó Michel.
-Ninguno mientras reinen las finanzas y las máquinas. Y, sobre
todo, las máquinas.
-¿Por qué?
-Porque las finanzas tienen algo de bueno: pueden, por lo menos,
costear las obras maestras. Y hace falta comer por muy genio que uno sea. Los
genoveses, los venecianos, los florentinos en tiempos de Lorenzo el Magnífico,
banqueros y comerciantes, apoyaron las artes. Pero a los mecánicos no les
importa absolutamente nada que hayan existido Rafael, Ticiano, Veronese o
Leonardo. Les habrían hecho la competencia con procedimientos mecánicos y ellos
habrían muerto de hambre. ¡Ah! ¡La máquina! Como para horrorizarse de los
inventores y de las invenciones...
-Pero tú eres músico -dijo Michel-. Trabajas, Quinsonnas. Pasas
las noches con tu piano. ¡Niégate a ejecutar música moderna!
-¡Yo! ¡Qué ejemplo! Si hago lo mismo que los demás. Miren. Acabo
de terminar una obra según los gustos de hoy. Y creo que tendrá éxito si hallo
un editor.
-¿Y se llama?
-La Thilorienne, gran fantasía sobre la licuefacción del ácido
carbónico.
-¿Es posible? -casi gritó Michel.
-Escucha y decide -respondió Quinsonnas.
Se puso al piano. Más bien, se lanzó al piano. El desgraciado
instrumento entregó sonidos imposibles bajo sus dedos, bajo sus manos, bajo sus
codos; las notas entrechocaban y crepitaban como crujidos. Nada de melodía ni
de ritmo. El artista pretendía describir la última experiencia que costó la
vida a Thilorier.
-¡Eh! -gritaba-. ¡Escuchen! ¡Comprendan! ¡Asistan a la
experiencia del gran químico! ¿Se sienten dentro de su laboratorio? ¿No
advierten cómo se escapa el ácido carbónico? ¡Estamos ante una presión de
cuatrocientas noventa y cinco atmósferas! ¡El cilindro se agita! ¡Cuidado! ¡El
aparato va a estallar! ¡Sálvese quien pueda!
Y Quinsonnas, con un golpe de puño capaz de quebrar el marfil,
reprodujo la explosión.
-¡Uf! ¡Terminado! ¡Imitativo! ¡Bastante bello!
Michel estaba atónito. Jacques no podía contener la risa.
-Y esperas algo de ese fragmento -dijo Michel.
-Por supuesto -respondió Quinsonnas-. ¡Es de hoy! Todo el mundo
es químico. Me van a comprender. Pero la idea no basta; hace falta ejecutarla.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Jacques.
-¡Indudable! Quiero asombrar a mi siglo con mi modo de
ejecución.
-Pero me parece -insistió Michel-, que ejecutas el fragmento
estupendamente.
-¡Vamos, vamos! -dijo el artista, alzándose de hombros-. Si
todavía no domino la primera nota, y hace ya tres años que me preparo...
-¿Y qué más vas a hacer?
-Es mi secreto, hijos míos; no me lo pregunten; me creerían loco
y eso me va a desalentar. Pero les puedo asegurar que voy a superar el talento
de los Liszt, los Thalberg, los Prudent y los Schulhoff.
-¿Vas a agregar tres notas más que ellos en la segunda?
-preguntó Jacques.
-¡No! Pero quiero tocar el piano de una manera nueva que va a
maravillar al público. ¿Cómo? No se los puedo decir. Bastaría una alusión o una
indiscreción y me robarían la idea. La miserable manada de los imitadores se
precipitaría detrás, y quiero estar solo. Y esto exige un trabajo sobrehumano.
Cuando esté seguro habré conjurado la fortuna, y diré adiós al tenedor de
libros.
-Creo que estás loco -le dijo Jacques.
-¡No, no! No soy más que un insensato, lo que hace falta para
tener éxito. Pero volvamos a emociones más suaves e intentemos que reviva ese
pasado encantador para el que nacimos. ¡Amigos míos, ésta es la música
verdadera!
Quinsonnas era un gran artista. Tocaba con sentimiento y
profundidad, conocía todo lo que los siglos anteriores habían legado al
presente y que los legos no aceptaban. Se dedicó al arte desde muy niño, pasó
de maestro en maestro, completó con una voz dura, pero simpática, lo que le
faltaba a la ejecución. Desplegó ante sus amigos la historia de la música,
desde Rameau a Lully y de éste a Mozart, Beethoven y Weber, los fundadores del
arte; lloró con la dulce inspiración de Grétry y se entusiasmó con las páginas
soberbias de Rossini y Meyerbeer.
-Escuchen -decía-, éstos son los cantos olvidados de Guillermo
Tell, de Robert, de los Hugonotes; y ésta es la época amable de Herold y de
Auber, dos sabios que se honraban por no saber nada. ¿Y qué tiene que hacer la
ciencia en la música? ¿Tiene acceso a la pintu-ra? ¡No! Y pintura Y música son
una y la misma cosa. Así se entendía este gran arte en la primera mitad del
siglo diecinueve. No se buscaban fórmulas nuevas; nada hay nuevo ni por hallar
en música, como tampoco lo hay en el amor. ¡Encantadora prerrogativa de las
artes sensuales que son siempre jóvenes!
-Bien dicho -exclamó Jacques.
-Pero entonces -continuó el pianista-, algunos ambiciosos
sintieron la necesidad de sumergirse en caminos desconocidos y llevaron tras
ellos la música al abismo.
-¿Nos estás diciendo que no hay más músicos después de Meyerbeer
y Rossini? -preguntó Michel.
-¡Así es! -contestó Quinsonnas, modulando audazmente de re mayor
a mi bemol-. No te quiero hablar de Berlioz, el jefe de la escuela de los
impotentes cuyas ideas musicales se filtraron a folletines envidiosos. Pero
veamos algunos herederos de los grandes maestros. Escucha a Félicien David, un
especialista que los sabios actuales confunden con el rey David, primer arpista
de los hebreos... Disfruta con recogimiento las inspiraciones sencillas y
verdaderas de Massé, el último de los músicos con sentimientos y corazón, que
nos entregó en su Indienne la obra maestra de su época... Y aquí tenemos a
Gounod, el espléndido creador del Fausto, que murió poco después de hacerse
ordenar sacerdote de la Iglesia Wagneriana... Y aquí está el hombre del ruido
armónico, el héroe del estrépito musical, que construye su burda melodía como
se fabrica la literatura más burda, Verdi, el autor del inagotable Trovatore,
que tanto contribuyó a despistar el gusto de su siglo. Al fin vino Wagnerbe...
Quinsonnas, en ese instante, dejó que los dedos corrieran a un
ritmo incontenible, los dejó errar por los ensueños incomprensibles de la
Música Contemplativa, avanzando a intervalos abruptos, perdiéndose en esas
frases infinitas.
El artista había hecho resplandecer con talento incomparable los
grados sucesivos de su arte; doscientos años de música acababan de pasar bajo
sus dedos, y sus amigos escuchaban mudos, maravillados.
De súbito, en medio de una potente elucubración de la escuela
wagneriana, cuando el pensamiento sin rumbo se perdía sin retorno, cuando los
sonidos daban paso a ruidos cuyo valor musical ya no era apreciable, empezó a
cantar bajo las manos del pianista una cosa simple, melódica, de índole muy
suave, de sentimiento perfecto. Era la calma que sucedía a la tempestad, la
nota cordial después de los rugidos y los estruendos.
-¡Ah! -exclamó Jacques.
-Amigos míos -explicó Quinsonnas-, aún se ha producido un gran
artista, desconocido, que en sí mismo reunió el genio de la música. Esto es de
1947, el último suspiro de un arte que muere.
-¿Y es? -preguntó Michel.
-Es de tu padre, que fue mi maestro más querido...
-Mi padre -exclamó el joven, casi llorando.
-Sí. Escucha.
Y Quinsonnas reprodujo melodías que habrían rubricado Beethoven
o Weber, elevó la interpretación hasta lo sublime.
-¡Padre, padre! -repetía Michel.
-¡Sí! -exclamó en seguida Quinsonnas, cerrando el piano con
furia-. Y después de él, nada. Quién lo va a comprender ahora. Basta, hijos
míos, basta de regresos al pasado. Soñemos en el presente. ¡Que la industria
recobre su imperio!
Y diciendo esto, tocó el instrumento, el teclado bajó y dejó ver
una cama preparada y un toilette provisto de diversos utensilios.
-Miren bien lo que es capaz de inventar nuestra época: ¡Un
piano-cama-cómoda-toilette!
-Y mesa de noche -agregó Jacques. -Como dices, querido. ¡Está
completo!
CAPÍTULO IX
Una visita al tío Huguenin
Los tres jóvenes se hicieron muy amigos después de esa velada
memorable; constituían un pequeño mundo aparte en la vasta capital de Francia.
Michel pasaba los días en el Libro Grande; parecía resignado;
sólo le faltaba visitar al tío Huguenin para ser feliz; con él se habría
sentido dentro de una verdadera familia: el tío sería su padre y los dos
amigos, sus hermanos mayores. Solía escribir al viejo bibliotecario y éste le
contestaba lo mejor que podía.
Así transcurrieron cuatro meses; en la oficina parecían
contentos con Michel; el primo lo despreciaba un poco menos; Quinsonnas lo
elogiaba. El joven había hallado, era obvio, su camino: había nacido para
dictar.
El invierno pasó ni bien ni mal; los caloríferos y las chimeneas
a gas se encargaron de combatirlo exitosamente.
Llegó la primavera. Michel consiguió un día completo de
libertad. Era un domingo y decidió consagrarlo por entero al tío Huguenin.
Por la mañana, a las ocho, se marchó gozosamente de la casa
bancaria, feliz de poder respirar un poco más de oxígeno lejos del centro
financiero. Hacía buen tiempo. Abril renacía y preparaba flores nuevas con las
que las floristas lucharían ventajosamente. Michel se sentía revivir.
El tío vivía lejos; debió trasladar sus bártulos hasta donde
costara barato abrigarlos.
El joven Dufrénoy se encaminó a la estación de la Madeleine,
compró su boleto y subió a un imperial; dieron la señal de partida; el tren
subió por el bulevar Malesherbes, dejó muy pronto la pesada iglesia de
Saint-Augustin a su derecha y a su izquierda el parque Monceaux, que estaba
rodeado de magníficas construcciones; atravesó la primera y luego la segunda
red metropolitana, y se detuvo en la estación de la puerta de Asniéres, cerca
de las antiguas fortificaciones.
Había terminado la primera parte del viaje. Michel saltó a
tierra de inmediato, continuó por la rue d'Asniéres hasta la rue de la Révolte,
giró a la derecha, cruzó bajo el ferrocarril de Versalles y por fin llegó a la
esquina de la rue de Caillou.
Quedó frente a una casa de aspecto modesto, alta y llena de
gente; preguntó al conserje por M. Huguenin.
-Piso nueve, puerta derecha -respondió este importante
personaje, empleado del gobierno y nombrado directamente por la autoridad en
ese cargo de confianza.
Michel saludó, entró al ascensor y llegó en pocos segundos al
pasillo del noveno piso.
Tocó a la puerta. Vino a abrir monsieur Huguenin en persona.
-¡Tío! -exclamó Michel.
-¡Hijo mío! -respondió el anciano, abriendo los brazos-. ¡Aquí
estás, por fin!
-Sí, tío. Mi primer día de libertad es para ti.
-Gracias, hijo mío -respondió M. Huguenin, e hizo pasar al joven
a su departamento-. ¡Qué gusto de verte! Pero siéntate; quítate el sombrero;
ponte cómodo. Te quedas, ¿verdad?
-Todo el día, tío, si no te molesto.
-¡Cómo! ¿Molestarme? ¡Pero hijo! Te estaba esperando.
-¡Me esperabas! Pero no tuve tiempo de avisarte. Habría llegado
antes del aviso.
-Te he esperado todos los domingos, Michel. Y tu desayuno ha
estado allí en la mesa como está ahora.
-¿Es posible?
-Yo sabía que vendrías a ver a tu tío algún día. ¡Aunque has
tardado bastante!
-No tuve la oportunidad -respondió Michel, ansioso.
-Lo sé muy bien, querido muchacho, y no te culpo de nada; todo
lo contrario.
-¡Ah! ¡Qué feliz debes ser aquí! -dijo Michel, que miraba
envidiosamente alrededor.
-Veo que examinas a mis viejos amigos, los libros -observó el
tío Huguenin-. ¡Está bien! ¡Está bien! Pero comencemos por el desayuno. Luego
hablaremos de todo eso, aunque me he prometido no decirte nada de literatura.
-¡Oh, tío! -exclamó Michel en tono de súplica.
-Veamos. No se trata de eso. Dime qué haces, en qué te estás
convirtiendo. ¡En ese banco! ¿Acaso tus ideas...?
-Son las mismas de siempre, tío.
-¡Diablos! ¡A la mesa, entonces! ¡Pero me parece que todavía no
me has abrazado!
-¡Un abrazo, tío, un abrazo!
-¡Está bien! ¡Allá vamos, sobrino! Esto me hará bien; aún no
como nada; me dará más apetito.
Michel abrazó a su tío de todo corazón. Los dos se sentaron a la
mesa.
Sin embargo, el joven no podía dejar de mirar sus alrededores; y
había de más para picar su curiosidad de poeta.
La pequeña sala, que con el dormitorio formaba el conjunto del
departamento, estaba tapizada de libros; las paredes no se veían tras los
estantes; las viejas encuadernaciones ofrecían a la mirada el buen color que
bruñe el tiempo. Los libros, que apenas cabían, estaban invadiendo la
habitación contigua; se deslizaban por la puerta y se afirmaban en los dinteles
de las ventanas; los había sobre los muebles, en la chimenea y hasta al fondo
de los armarios entreabiertos; estos volúmenes preciosos no se parecían a esos
libros de ricos alojados en bibliotecas tan opulentas como inútiles; tenían
aspecto de sentirse en casa, de ser dueños del lugar, de estar cómodos a pesar
de apilados; por otra parte, no había el menor gramo de polvo, ningún doblez en
sus páginas ni una mancha en sus cubiertas; era evidente que una mano amiga los
cuidaba todas las mañanas.
Dos viejos sillones y una gastada mesa de tiempos del Imperio,
con sus esfinges doradas y sus haces romanos, constituían el amoblamiento de la
sala.
Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un
patio impedían que entrara; una sola vez en el año, el solsticio del 21 de
junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba
el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un
pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un
instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo;
después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año
siguiente.
El tío Huguenin conocía este rayo de luz, que era siempre el
mismo; lo acechaba, con el corazón palpitante, con la atención de un astrónomo;
se bañaba en su luz bienhechora, regulaba la hora de su viejo reloj a su paso,
y agradecía al sol por no haberlo olvidado. Era su propio cañón del Palais
Royal. ¡Pero sólo se presentaba una vez por año y no siempre, para colmo! El
tío Huguenin no olvidó de invitar a Michel a esta visita solemne del 21 de
junio; y Michel prometió no faltar a la fiesta.
Y comieron el desayuno, modesto, pero ofrecido con el corazón.
-Este es un día de gala -dijo el tío-. ¿Sabes con quién
cenaremos esta tarde?
-No, tío.
-Con tu profesor Richelot y su hija, mademoiselle Lucy.
-Por mi fe, tío, que me encantará ver a ese gran hombre.
-¿Y a mademoiselle Lucy?
-No la conozco.
-Pues la vas a conocer, sobrino, y te advierto que es
encantadora y no lo sabe. Así que no vayas a decírselo -agregó el tío Huguenin,
riendo.
-Por ningún motivo -comentó Michel.
-Y después de cenar, si les parece, saldremos los cuatro a dar
un buen paseo.
-¡Perfecto, tío! Y así el día resultará completo.
-Pero Michel, veo que ya no comes ni bebes nada.
-Pero si estoy comiendo, tío -contestó Michel, con la boca
llena-. ¡Salud!
-Por tu regreso, hijo mío. Porque cuando te marchas, siempre me
parece que va a ser por un largo viaje. ¡Ah! ¡Eso! Háblame un poco. ¿Cómo va tu
vida? Ya es hora de confidencias.
-Encantado, tío.
Michel refirió detalladamente los acontecimientos de su
existencia diaria, sus aburrimientos, su desesperación; habló de la máquina
calculadora, no omitió la aventura de la Caja perfeccionada; y, en fin, narró
sus mejores días en las alturas del Libro Grande.
-Allí -dijo- encontré mi primer amigo.
-¡Ah! Tienes amigos -comentó el tío Huguenin, frunciendo el
ceño.
-Tengo dos -replicó Michel.
-Es mucho si te engañan -comentó sentenciosamente el buen
hombre-, y bastante si te quieren.
-Pero, tío -exclamó Michel, animado-, ¡son artistas!
-Está bien -insistió el tío Huguenin, moviendo la cabeza-, es
una garantía, lo sé muy bien, porque las estadísticas de las cárceles dan
sacerdotes, abogados,
hombres de negocios, agentes de casas de cambio, banqueros,
escribanos... ¡Y ni un solo artista! Pero...
-Ya los vas a conocer, tío, y veras qué personas son.
-Con mucho gusto -respondió el tío Huguenin-. Estimo a la
juventud con la condición de que efectivamente sea joven. Los viejos
anticipados siempre me han parecido unos hipócritas.
-Yo respondo por ellos.
-Me parece que tus ideas no han cambiado, entonces, en el mundo
que frecuentas.
-Por el contrario -dijo el joven. -Te endureces en el pecado.
-Así es, tío.
-¡Entonces, desgraciado, confiesa tus últimas faltas!
-¡Ahora mismo, tío!
Y el joven, inspirado, recitó hermosos versos, bien pensados y
bien dichos, llenos de verdadera poesía.
-¡Bravo! -exclamó el tío Huguenin, entusiasmado-. ¡Bravo, hijo
mío! Todavía se hacen estas cosas. Hablas la lengua de los hermosos días del
pasado. ¡Oh! ¡Hijo mío! ¡Me haces gozar y sufrir a la vez!
El anciano y el joven se quedaron un instante en silencio.
-¡Basta! ¡Basta! -casi gritó el tío Huguenin-. Quitemos esta
mesa que molesta.
Michel ayudó al buen hombre, y el comedor volvió a ser solo
biblioteca.
-¿Y bien, tío? -preguntó Michel.
CAPÍTULO X
Gran revista de los autores franceses, que realizó
el tío Huguenin el domingo 15 de abril de 1961
-Y ahora vamos al postre -dijo el tío Huguenin, señalando los
estantes cargados de libros.
-Esto me devuelve el apetito -comentó Michel-. Devoremos.
El tío y el sobrino, tan joven el uno como el otro, empezaron a
hurgar en veinte sitios; pero M. Huguenin no tardó en poner un poco de orden en
el pillaje.
-Ven aquí -le dijo a Michel-, y comencemos por el principio. Hoy
no vamos a leer; vamos a mirar y a conversar. Será una revista más que una
batalla; imagina que eres Napoleón en el patio de las Tullerías y no en el
campo de Austerlitz. Pon las manos a tu espalda. Vamos a pasar entre las filas.
-Yo te sigo, tío.
-Hijo mío, recuerda que va a desfilar ante tu vista el ejército
más hermoso del mundo, y que no hay otra nación que te pueda ofrecer algo
semejante ni que haya conseguido tantas victorias sobre la barbarie.
-La Grande Armée de la literatura.
-Aquí tienes, en primera fila, acorazados con buen empaste, a
los veteranos del siglo dieciséis, Amyot, Ronsard, Rabelais, Montaigne,
Mathurin Regnier; se mantienen firmes en sus puestos, y todavía se puede
advertir su influencia original en esta hermosa lengua francesa que fundaron.
Pero, hay que decirlo, se batieron más por ideas que por formas. Y aquí cerca
hay un general que demostró mucho coraje, pero que sobre todo perfeccionó las
armas de su época.
-Malherbe -dijo Michel.
-El mismo. El que un día dijo que los cargadores de Port-au-foin
fueron sus maestros; allí recogió las metáforas y las expresiones eminentemente
galas; las pulió y adornó y así construyó esa bella lengua que tan bien se
hablaba en los siglos diecisiete, dieciocho y diecinueve.
-¡Ah! -exclamó Michel, mostrando un volumen único, de aspecto
rudo y orgulloso-. ¡Ese sí que fue un gran capitán!
-Sí, hijo mío, como Alejandro, César o Napoleón; este último lo
hubiera hecho príncipe. El viejo Corneille, un guerrero que se multiplicó, pues
sus ediciones clásicas son multitud; ésta que ves es la edición número
cincuenta y uno, y última, de sus obras completas; es de 1873; después no se lo
volvió a editar.
-Te habrá costado mucho conseguir estas obras.
-¡Al contrario! Todo el mundo se deshace de ellas. Aquí tienes
la edición número cuarenta y uno de las obras completas de Racine, la número
ciento cincuenta de Moliére, la número cuarenta de Pascal, la número doscientos
tres de La Fontaine. Son las últimas, tienen más de cien años, y ya son la
alegría de los bibliófilos. Estos grandes genios han cumplido su tiempo y ahora
están relegados a la categoría de curiosidades arqueológicas.
-Y en realidad -comentó el joven-, hablan un lenguaje que hoy
resulta incomprensible.
-¡Dices bien, hijo mío! Se ha perdido la hermosa lengua
francesa; la lengua que ilustres extranjeros como Leibniz, Federico el Grande,
Ancillon, Humboldt y Heine escogieron para expresar sus ideas, ese lenguaje
maravilloso que Goethe lamentaba no haber escrito, ese idioma elegante que pudo
ser griego o latín en el siglo quince, italiano bajo Catalina de Médicis o
gascón bajo Enrique IV, y que hoy es un argot horrible. Cada uno, olvidando que
una lengua vale más si mantiene la sobriedad, ha creado su propia jerga para
nombrar su cosa. Los botánicos, los especialistas en historia natural, los
físicos, los químicos y los matemáticos han compuesto horrorosas mezclas de
palabras; los inventores han extraído del vocabulario inglés los apelativos más
desagradables; los criadores para sus caballos, los jinetes para sus carreras,
los vendedores de automóviles para sus vehículos, los filósofos para su
filosofía..., todos parecen creer que el francés es demasiado pobre y se
entregan al extranjero. ¡Bien! ¡Tanto mejor! ¡Que olviden el francés! Es aún
más hermoso en su pobreza y no quiere enriquecerse si eso significa
prostituirse. Nuestra lengua, hijo mío, la de Malherbe, Moliére, Bossuet,
Voltaire, Nodier y Victor Hugo, es una hija bien educada y la puedes amar sin
temor, ya que los bárbaros del siglo veinte no han conseguido convertirla en
cortesana.
-Muy bien dicho, tío. Ahora comprendo la encantadora manía del
profesor Richelot, que desprecia la lengua vulgar de hoy y sólo habla un latín
afrancesado. Se burlan de él, pero el profesor tiene razón. ¿Pero acaso el
francés no se convirtió en la lengua de la diplomacia?
-¡Sí! ¡Para su daño! En 1678, durante el congreso de Nimega. Sus
cualidades de flexibilidad y claridad hicieron que se lo escogiera para la
diplomacia, que es la ciencia de la duplicidad, del equívoco y de la mentira. Y
así se fue poco a poco alterando y perdiendo. Verás que llegará el día en que
la cambiarán.
-¡Pobre francés! -exclamó Michel-. Me parece que Bossuet,
Fénélon y Saint-Simon ni siquiera lo reconocerían.
-¡Su hijo se ha descarriado! Mira lo que sucede por frecuentar
sabios, industriales, diplomáticos y otras malas compañías. ¡La disipación, la
degeneración! ¡Un diccionario de 1960, si pretende incluir todas las palabras
de uso actual, duplicaría a uno de 1860! Y puedes adivinar lo que encontrarías
allí. Pero volvamos a nuestra revista; no conviene tener demasiado tiempo a los
soldados en armas. -Allí hay una fila de hermosos volúmenes.
-Bellos y a veces buenos -dijo el tío Huguenin-. Es la edición
número cuatrocientos ochenta de las obras de Voltaire: espíritu universal, el
segundo en todos los géneros, según monsieur Joseph Prudhomme. Dijo Stendhal
que en 1978 Voltaire sería Vehículo y que los imbéciles a medias lo
convertirían en su Dios. Stendhal, felizmente, esperaba demasiado de las
generaciones futuras. ¿Imbéciles a medias? En realidad sólo hay imbéciles
completos, y a Voltaire no lo estiman más que a otros. Y, para seguir con la metáfora,
Voltaire, me parece, sólo era un general de escritorio. Sólo se batía en su
habitación, no se arriesgaba bas-tante. Sus humoradas, arma poco peligrosa al
cabo, fallaban a menudo y las gentes que mató han vivido finalmente más que él
mismo.
-¿Pero no fue un gran escritor?
-Sin duda, sobrino, era una verdadera encarnación de la lengua
francesa, la manejaba con elegancia, con ingenio, tal como antaño esos
sargentos derribaban muros en la sala de armas. Pero venía un conscripto, en el
terreno mismo del combate, y mataba a su maestro al primer golpe. Para decirlo
de una vez, y esto puede parecer sorprendente en un hombre que escribía tan
bien, Voltaire en realidad no era un valiente.
-Te creo -dijo Michel.
-Pasemos a otros -continuó el tío, y se acercó a una nueva fila
de soldados de aspecto severo y sombrío.
-Estos son los autores de fines del siglo dieciocho -comentó el
joven.
-¡Sí! Jean Jacques Rousseau, que ha dicho las cosas más hermosas
sobre el Evangelio, como Robespierre ha escrito los pensamientos más notables
sobre la inmortalidad del alma. ¡Verdadero general de la república, en
sandalias, sin guarniciones ni atuendo lleno de bordados! Pero consiguió
victorias admirables. Mira, allí cerca está Beaumarchais, un tirador de
vanguardia, que se entregó a fondo en esa gran batalla del 89 que la
civilización ganó a la barbarie. Desgraciadamente,
después se ha abusado un tanto de ella y ese demonio del
progreso nos ha llevado hasta donde estamos. -Quizás terminará por haber una
revolución en su contra -dijo Michel.
-Es posible -respondió el tío Huguenin-, y no dejará de ser
curioso. Pero no caigamos en divagaciones filosóficas y sigamos circulando
entre las filas. Aquí está un fastuoso jefe de ejércitos, que pasó cuarenta
años de su vida hablando de su modestia, Chateaubriand, al cual ni sus Memorias
de Ultratumba han conseguido salvar del olvido.
-Y por ahí está Bernardin de Saint-Pierre -dijo Michel-, cuyo
dulce relato, Paul et Virginie, ya no conmueve a nadie.
-¡Ay! -continuó el tío Huguenin-, hoy Paul sería banquero y se
dedicaría a la trata de blancas, y Virginie se casaría con el hijo de un
fabricante de resortes para locomotoras. ¡Mira! Aquí están las famosas memorias
de Monsieur de Talleyrand, que se publicaron, conforme exigió, treinta años
después de su muerte. Estoy seguro de que este hombre debe continuar de
diplomático allí donde esté; pero no creo que el diablo lo deje hacer mucho.
Más allá alcanzo a ver a un oficial que manejó muy bien la pluma y la espada,
un gran helenista, que escribió en francés como un contemporáneo de Tácito,
Paul-Louis Courier; cuando nuestra lengua se pierda, Michel, se la podrá
reconstruir enteramente con las obras de este notable escritor. Y aquí vemos a
Nodier, el amable, y a Béranger, un gran hombre de Estado que hizo canciones en
sus horas libres. Por fin veo que llegamos a esa generación brillante, que
escapó de la Restauración como del seminario y que hizo mucho ruido en la
calle. -¡Lamartine! -exclamó el joven-. Un gran poeta.
-Uno de los maestros de la literatura de imágenes, verdadera
estatua de Memnón que resuena a los rayos del sol. Pobre Lamartine, que después
de haber prodigado su fortuna en las causas más nobles y llegado a pobre en las
calles de una ciudad ingrata, prodigó su talento a sus acreedores, liberó a
Saint-Point de la plaga de las hipotecas, y murió de dolor viendo que su tierra
familiar, allí donde reposaban los suyos, era expropiada por una compañía de
ferrocarriles...
-Pobre poeta -repitió el joven.
-Junto a su lira -continuó el tío Huguenin-, puedes ver la
guitarra de Alfred de Musset. Ya no se la toca, y hay que ser un viejo fanático
como yo para gozar con las vibraciones de esas cuerdas laxas. Hemos ingresado a
la música de nuestro ejército.
-¡Ah! ¡Víctor Hugo! -gritó casi Michel-. Espero que lo contarás
entre nuestros grandes capitanes...
-Lo sitúo en primera fila, hijo mío, mientras agita la bandera
romántica en el puente de Arcole, vencedor de las batallas de Hernani, de Ruy
Blas, de Burgraves, de Marion. Como Bonaparte, ya era general en jefe a los
veinticinco años y derrotaba a los clásicos austríacos en cada encuentro.
Nunca, hijo mío, se combinó el pensamiento humano con una forma más vigorosa
como en el cerebro de este hombre, horno capaz de soportar las temperaturas más
altas. No conozco nada, ni en la antigüedad ni en los tiempos modernos, que lo
supere en violencia y riqueza imaginativas. Víctor Hugo es la más alta
expresión de la primera mitad del siglo diecinueve y jefe de una escuela que
jamás será igualada. Sus obras completas han tenido setenta y cinco ediciones y
ésta es la última. Lo han olvidado como a los demás, hijo mío. ¡No alcanzó a
matar a bastantes para que lo recordaran!
-¡Ah! Allí tienes los veinte volúmenes de Balzac -dijo Michel,
subiendo a un taburete.
-¡Sí! ¡Por cierto! Balzac es el primer novelista del mundo, y
muchos de sus personajes superan a los del mismo Molière. En nuestra época no
habría tenido el valor de escribir La Comedia Humana.
-Sin embargo -replicó Michel-, describió muchas costumbres de
villanos, y muchos de sus héroes no lo harían mal entre nosotros.
-Sin duda -respondió M. Huguenin-, pero dónde hallaremos un De
Marsay, unos Granville, unos Chesnel, Mirouét, Du Guénic, Montriveau, o un
caballero de Valois o La Chanterie, Maufrigneuse, unas Eugenia Grandet, o
Pierrette, personajes encantadores, nobles, inteligentes, valerosos,
caritativos, candorosos, que copiaba de la realidad y nunca inventaba... Es
verdad que no le faltaban personajes rapaces, como esos financistas que la
legalidad protege, y tanto ladrón amnistiado, como los Crevel, los Nucingen,
los Vautrin, los Corentin, los Hulot y los Gobseck.
-Me parece -dijo Michel, que pasó a otra fila-, que hay aquí
otro gran autor.
-¡Claro que sí! Es Alejandro Dumas, el Murat de la literatura, a
quien la muerte interrumpió cuando escribía su volumen número noventa y tres.
Fue el cuentista más divertido; su índole pródiga le permitió abusar de todo
sin hacerse daño; abusó de su talento, de su ingenio, de su verba, de su
impulso, de su fuerza física cuando se apoderó del polvorín de Soissons, de su
nacimiento, de su color, de Francia, de España, de Italia, de las riberas del
Rin, de Suiza, de Argelia, del Cáucaso, del monte Sinaí y de Nápoles sobre
todo, donde consiguió entrar a pesar de las dificultades. ¡Ah! ¡Personalidad
asombrosa! Se calcula que habría llegado a ver su ejemplar cuatro millones si
no se hubiera envenenado en la plenitud de su vida con un plato que él mismo
acababa de inventar.
-Un accidente molesto y fatal -comentó Michel-. ¿Y no hubo otras
víctimas?
-Desgraciadamente sí. Entre otras, Jules Janin, un crítico de la
época, que componía textos en latín para los periódicos. Ocurrió durante una
cena de reconciliación que le ofrecía Alejandro Dumas. Con ellos murió también
un escritor más joven, Monselet, de quien nos queda una obra maestra,
desafortunadamente inconclusa, el Dictionnaire des Gourmets, de cuarenta y
cinco volúmenes, y que sólo llegó hasta la efe, hasta la palabra
"farsa".
-Demonios -exclamó Michel-, eso prometía mucho. Aquí tenemos
ahora a Frédéric Soulié, atrevido soldado, bueno para golpes de mano y capaz de
superar una posición desesperada, a Gozlan, capitán de húsares, a Mérimée,
general de recámara, a SainteBeuve, superintendente de la milicia, director de
manutención, a Arago, sabio oficial de cierto genio, que supo hacerse perdonar
su ciencia. Mira, Michel, las obras de Georges Sand, genio maravilloso, uno de
los mayores escritores de Francia, finalmente condecorado en 1859, y a quien su
hijo le presentó la cruz.
-¿Y de quiénes son esos libros malagestados? -preguntó Michel,
señalando una larga serie de volúmenes que casi se ocultaban sobre una cornisa.
-Pasa rápido por ellos, hijo mío. Es la fila de los filósofos,
los Cousin, los Pierre Leroux, los Dumoulin y tantos otros; pero la filosofía,
que estuvo de moda un tiempo, ya no sorprende que no se la lea.
-¿Y éste?
-Renan, un arqueólogo que hizo bastante ruido; trató de acabar
con la divinidad de Cristo, y murió fulminado en 1873.
-¿Y este otro?
-Un periodista, un publicista, un economista, un tipo ubicuo, un
general de artillería más estruendoso que brillante, llamado Girardin.
-¿No era ateo?
-De ningún modo. Creía en sí mismo. ¡Mira! Allí cerca, un
personaje audaz, un hombre que habría vuelto a inventar la lengua francesa si
hacía falta, que hoy sería un clásico si aún se dieran sus clases, Louis
Veuíllot, el más vigoroso campeón de la iglesia romana, que murió excomulgado y
sorprendido por eso. Y allí está Guizot, austero historiador que en sus horas
libres se divertía comprometiendo el trono de los Orléans. ¿Ves esa enorme
compilación? Es la única véridique et trés authentique histoire de la Révolution
et de l´Empire, publicada en 1895 por orden del gobierno para acabar con las
incertidumbres que todavían plagan esta parte de nuestra historia. Para esta
obra han aprovechado bastante las crónicas de Thíers.
-¡Ah! -exclamó Michel-, allí están esos soldados que me parecen
siempre jóvenes y ardientes.
Así es. Es la caballería ligera de 1860, brillante, intrépida,
ruidosa, que se salta los prejuicios como si sólo se tratara de barreras, que
franquea las convenciones como si fueran apenas obstáculos, que cae y se
levanta y sigue corriendo y aunque le den en la cabeza no parece afectarse.
Allí está la obra maestra de la época, Madame Bovary, y La Bétise humaine, de
un tal Noríac, un tema inmenso que no ha podido agotar; y también veo a los
Assollant, los Aurevílly, los Baudelaire, los Paradol, los Scholl, soldados a
quienes conviene estar atentos nos guste o no nos guste, pues te tiran a las
piernas...
-Sólo con pólvora -comentó Michel.
-Con pólvora y balas, y eso duele. Pero mira, aquí hay un
muchacho a quien no faltaba el talento, un verdadero soldado de combate.
-¿About?
-Sí. Se jactaba, o, mejor, le decían que iba a ser un nuevo
Voltaire; con el tiempo es probable que le habría llegado cerca; en 1869,
desgraciadamente, un feroz critico lo mató en duelo, el terrible Sarcey.
-¿Y habría llegado lejos sin esa desgracia? -preguntó Michel.
-Nunca demasiado lejos -respondió el tío-. Y esos son, hijo mío,
los jefes principales de nuestro ejército literario: allá abajo están las últimas
filas de oscuros soldados cuyos nombres asombran a los lectores de viejos
catálogos; continúa la inspección, diviértete; allí cinco o seis siglos que
sólo esperan que alguien los mire.
Y así pasó la jornada. Michel dejaba de lado a los desconocidos
y volvía sobre los nombres ilustres, pero creando curiosos contrastes, cayendo
sobre un Gautier cuyo estilo vacilante había envejecido un tanto, y en seguida
sobre un Feydeau, el licencioso continuador de Louvert y de Laclos, pasando de
Champfleury a Jean Macé, el más ingenioso divulgador de la ciencia. Sus ojos
iban desde un Mery, que usaba del ingenio como un zapatero las botas, a pedido,
hasta un Banville, que el tío Huguenin calificaba tranquilamente de juglar de
las palabras; y más adelante encontró un Stahl, que editó tan cuidadosamente la
casa Hetzel, y un Karr, ese moralista espiritual que no obstante carecía de
ánimo para dejarse robar, [caía] sobre un Houssaye, que había servido en Rambouillet
y tomado de allí el estilo ridículo y el preciosismo, y sobre un SaintVictor,
aún restallante después de casi cien años.
Y después volvió al punto de partida. Cogió alguno de los libros
que más amaba, los abrió, leyó alguna frase aquí, una página allá, de otro sólo
las cabezas de capítulo y de otro sólo los títulos; respiró ese perfume
literario que le subía al cerebro como cálida emanación de los siglos idos,
estrechó la mano de todos esos amigos del pasado que habría conocido y amado si
hubiera tenido la audacia de nacer antes...
El tío Huguenin lo observaba hacer y rejuvenecía mirándolo.
-Y bien, en qué piensas -le preguntaba cuando lo veía inmóvil,
soñando.
-Pienso que este pequeño cuarto contiene lo suficiente para
hacer feliz a un hombre para siempre.
-¡Si sabe leer!
-Así lo entiendo yo, tío.
-Sí -insistió el tío-, pero con una condición.
-¿Cuál?
-¡Que no sepa escribir!
-Y eso por qué.
-Porque entonces, hijo mío, quizás tendría la tentación de
seguir las huellas de esos grandes escritores.
-¿Y dónde está lo malo? -insistió el joven, con entusiasmo.
-Estaría perdido.
-¡Ah! -exclamó Michel-. Me quieres dar consejos.
-¡No! El que merece aquí una lección soy yo mismo.
-¡Tú! ¿Por qué?
-Por haberte acercado a ideas locas. Te he hecho divisar la
Tierra prometida, hijo querido, y...
-¡Y me dejarás entrar!
-¡Sí! Siempre que me prometas algo.
-Prometido.
-Que sólo te pasearás por ella. No quiero que trabajes ese suelo
ingrato. Recuerda quién eres, dónde quieres llegar; y también quién soy yo y el
tiempo que hemos vivido los dos.
Michel no respondió; estrechó las manos de su tío; y éste, con
seguridad, se disponía a acumular la serie de sus grandes argumentos, cuando
tocaron a la puerta. M. Huguenin fue a abrir.
CAPÍTULO XI
Paseo al puerto de Grenelle
Era M. Richelot. Michel abrazó a su viejo profesor y faltó poco
para que cayera en los brazos de mademoiselle Lucy, que saludaba al tío
Huguenin; éste, afortunadamente, se hallaba en su puesto de recepcionista y
evitó este encantador tropiezo.
-¡Michel! -exclamó M. Richelot. -El mismo -dijo M. Huguenin.
-¡Ah! -dijo el profesor-. Vaya sorpresa jocunda y qué soirée se
anuncia más deleitosa.
-Dies albo notanda lapillo -replicó M. Huguenin. -Según nuestro
querido Flaccus -respondió M. Richelot.
-Mademoiselle -balbuceó el joven, saludando a la joven.
-Monsieur -contestó Lucy, con una reverencia no muy diestra.
-Candore notabilis albo -murmuró Michel, para gran alegría de su
profesor, que perdonó este cumplimento en lengua extranjera.
El joven había sido exacto, por lo demás; todo el encanto de la
joven quedaba descrito en ese delicioso hemistiquio de Ovidio. ¡Admirable por
el resplandor de su blancura! Mademoiselle Lucy tenía quince años, largos
cabellos rubios que le caían sueltos en la espal-da según la moda de los
tiempos; su frescura tenía algo de original, si esta palabra puede dar cuenta
de lo que en ella había de reciente, de puro, de apenas naciendo; sus ojos
llenos de miradas inocentes y profundamente azules, su coqueta nariz delicada y
casi trasparente, su boca húmeda y rosada, la gracia un tanto distante de su
cuello, sus manos frescas y sua-ves, el elegante perfil de su talle, encantaron
al joven y lo dejaron mudo de admiración. Esta joven era poesía viviente; él la
sentía más que la veía; le tocaba el corazón antes que los ojos.
El éxtasis amenazaba prolongarse indefinidamente; el tío
Huguenin lo advirtió, invitó a sentarse a sus visitantes, dejó ligeramente a
cubierto a la muchacha de las miradas del poeta, y volvió a hablar.
Amigos míos -dijo-, la comida no tardará en llegar. Podemos
esperarla conversando. Y bien, Richelot, hace casi un mes que no te veía. ¿Cómo
van las humanidades?
-¡No van! -respondió el viejo profesor-. Sólo tengo tres alumnos
en el curso de retórica. ¡Qué decadencia más torpe! Nos van a suprimir; y harán
bien.
-¡Suprimir! -exclamó Michel.
¿Es posible, de verdad? -preguntó el tío Huguenin.
-Muy probable -respondió M. Richelot-. Corre el rumor que van a
suprimir las cátedras de literatura en el curso 962; parece que la decisión ya
la tomaron en una asamblea general de accionistas.
"Y qué irá a pasar", pensaba el joven., que seguía
mirando a la joven.
-No puedo creer una cosa así -dijo el tío, frunciendo el ceño-;
no se atreverán.
-Se atreverán -insistió M. Richelot-, y será para mejor. A quién
le importan los griegos y los latinos, que a lo sumo sirven para proveer de
algunas raíces a las palabras de la ciencia moderna... Los alumnos ya no
comprenden estas lenguas maravillosas. Los veo tan estúpidos, a estos jóvenes,
que se me mezclan el disgusto con la desesperación.
-¿Pero cómo es posible que su clase se haya reducido a tres
alumnos? -dijo el joven Dufrénoy.
-Y tres que están de más -exclamó el profesor, encolerizado.
-Y que no corresponden al mercado -dijo el tío Huguenin-. Son un
cáncer.
-Un cáncer de primer orden -subrayó M. Richelot-. ¿Pueden creer
que uno de ellos me ha traducido hace poco jus divinum por jugo divino?
-¡Jugo divino! -exclamó el tio-. ¡Un ebrio en potencia!
-¡Y ayer! ¡Ayer mismo! Horresco referens, adivinen, si pueden,
cómo me han traducido este verso del cuarto canto de las Geórgicas: immanís
pecoris custos...
-Ya me lo imagino -dijo Michel.
-Me sonroja hasta las orejas -comentó M. Richelot.
-Vamos, dilo -pidió el tío Huguenin-. ¿Cómo se ha traducido este
pasaje en el año de gracia de 1961?
-Guardián de una pécora espantosa -respondió el viejo profesor,
cubriéndose el rostro.
El tío Huguenin no pudo contener las carcajadas; Lucy volvió el
rostro, sonriendo; Michel la miró, triste; M. Richelot no sabía dónde ponerse.
-¡Oh, Virgilio! -exclamó el tío Huguenin-. ¿Te lo habrías
imaginado?
-Ya lo ven, mis amigos -continuó el profesor-. Más vale no
traducir nada que traducir así. ¡Y en clase de retórica! Está bien que nos
supriman.
-¿Y qué hará usted, entonces? -preguntó Michel.
-Esto, hijo mío, es otro asunto; aún no ha llegado el momento de
resolverlo; y aquí vinimos a divertirnos...
-Bien, cenemos -dijo el tío.
Mientras preparaban la cena, Michel se entregó a una
conversación deliciosamente trivial con mademoiselle Lucy, una charla llena de
esas encantadoras inepcias bajo las cuales yace a veces un pensamiento
verdadero; a su edad, mademoiselle Lucy tenía derecho a ser mucho más madura
que Michel a los diecinueve; pero no se aprovechaba de esto. Las preocupaciones
por el futuro, sin embargo, le velaban el rostro puro y la tornaban seria.
Miraba a su abuelo, en quien toda su vida se resumía, con evidente inquietud.
Michel sorprendió una de esas miradas.
-Quiere mucho a M. Richelot -le dijo.
-Mucho, monsieur -respondió Lucy.
-Yo también, mademoiselle -agregó el joven.
Lucy enrojeció ligeramente al ver que su afecto y el de Michel
se reunían en un amigo común; era casi una mezcla de sus sentimientos más
íntimos con los sentimientos de otro. Michel lo advertía y no se atrevía a
mirarla.
Pero, con un formidable "a la mesa", el tío Huguenin
interrumpió este encuentro. Habían servido una hermosa cena, especialmente
encargada para la ocasión. Se sentaron al festín.
Una sopa de excelente carne de caballo, carne muy estimada hasta
el siglo dieciocho y vuelta a su fama en el veinte, dio cuenta del primer
apetito de los comensales; después vino un poderoso jamón de cordero, preparado
al azúcar y con una salsa nueva que mantenía el sabor de la carne y le agregaba
aromas exquisitos; y algunas legumbres originarias del Ecua-dor y aclimatadas
en Francia. El buen humor y la entrega del tío Huguenin, la gracia de Lucy, que
servía, la disposición sentimental de Michel, contribuyeron al encanto de esta
cena familiar. La habrían prolongado, pues terminó muy pronto; pero el corazón
debió ceder ante la satisfacción del estómago.
Se levantaron de la mesa.
-Ahora debemos terminar como corresponde este día tan agradable
-dijo el tío Huguenin.
-Vamos a pasear -pidió Michel.
-Perfecto -dijo Lucy.
-¿Pero a dónde? -dijo el tío.
-Al puerto de Grenelle -propuso el joven.
-De acuerdo. Acaba de llegar el Leviatán IV y podremos admirar
esa maravilla.
El pequeño grupo bajó a la calle. Michel ofreció el brazo a la
joven, y partieron hacia el ferrocarril de circunvalación.
El famoso proyecto de convertir a París en puerto de mar se
había realizado; por mucho tiempo nadie creyó en él; hubo muchos que visitaron
los trabajos del canal y se burlaron y los juzgaron inútiles. Pero al cabo de
unos diez años, los incrédulos debieron rendirse ante la evidencia.
La capital ya amenazaba convertirse en algo como un Liverpool en
el corazón de Francia; una larga hilera de bahías, excavadas en las vastas
llanuras de Grenelle y de Issy podían contener mil barcos de gran tonelaje. El
trabajo hercúleo de la industria parecía haber alcanzado con esto los límites
de lo posible.
Durante los siglos anteriores, bajo Luis XIV, bajo Luis Felipe,
a menudo se planteó esta idea de cavar un canal de París al mar. En 1863
autorizaron que una compañía hiciera, a su costa, estudios en Creil, Beauvais y
Dieppe; pero las pendientes obligaban a construir numerosas esclusas y hacían
falta muchos cursos de agua para alimentarlas; el Oise y el Béthune, los únicos
ríos disponibles en ese trazado, muy pronto parecieron insuficientes; la
compañía abandonó el proyecto.
El Estado retomó la idea sesenta y cinco años más tarde,
conforme a un sistema que ya se había propuesto en el siglo anterior, pero cuya
sencillez y lógica habían hecho que se lo descartara: se trataba de utilizar el
Sena, la arteria natural entre París y el océano.
Un ingeniero civil, de nombre Montanet, cavó un canal, en menos
de diez años, que partía en la llanura de Grenelle y terminaba un poco más
abajo de Rouen; medía ciento cuarenta kilómetros de largo por setenta metros de
ancho y veinte de profundidad; esto significaba un lecho que contenía ciento
noventa millones de metros cúbicos de agua; el canal no corría el riesgo de
secarse, pues los cincuenta mil litros por segundo que entrega el Sena bastaban
de más para alimentarlo. Los trabajos que se efectuaron en el lecho del río
permitieron que pasaran por él los navíos más grandes. La navegación desde El
Havre a París no ofrecía la menor dificultad.
Entonces existía en Francia, según el proyecto Dupeyrat, una red
de vías férreas paralelas a todos los canales. Poderosas locomotoras remolcaban
sin mayor esfuerzo a las barcazas y barcos de transporte.
Este sistema se aplicó en gran escala en el canal de Rouen, y
así se comprende la velocidad con que los navíos comerciales y los del Estado
remontaban hasta París.
El nuevo puerto era una construcción magnífica. Muy pronto el
tío Huguenin y sus huéspedes se paseaban sobre los muelles de granito, en medio
de una multitud de paseantes.
Existían dieciocho bahías, y solamente dos se habían reservado
para los navíos del gobierno, que estaban destinados a proteger las pesquerías
y las colonias francesas. Allí descansaban viejos modelos de fragatas
acorazadas del siglo diecinueve, que los arqueólogos admiraban sin entenderlas
mucho.
Esas máquinas de guerra habían llegado a tener proporciones
increíbles, aunque fácilmente explicables; pues durante cincuenta años hubo una
lucha ridícula entre coraza y bala, entre quién penetraba y quién resistía. Los
cascos de acero se volvieron tan gruesos y tan pesados los cañones, que las
naves terminaron por hundirse por el peso; este resultado terminó con la noble
rivalidad en los momentos en que las balas estaban a punto de demostrar su
superioridad sobre las corazas.
-Así se batían entonces -dijo el tío Huguenin, mostrando uno de
esos monstruos de hierro pacíficamente relegado al extremo de la bahía-. Uno se
encerraba en esas cajas de hierro y se trataba de hundir al otro o de ser
hundido.
-Pero el coraje individual tenía poco que hacer allí adentro
-comentó Michel.
-El coraje estaba calibrado, como los cañones -dijo el tío,
riendo-. Se batían las máquinas, no los hombres. Por esto se empezó a terminar
con las guerras, que parecían un asunto ridículo. Entiendo las batallas cuando
se luchaba cuerpo a cuerpo, cuando se mataba al enemigo con las propias
manos...
-Usted es sanguinario, monsieur Huguenin -dijo la joven.
-Nada de eso, querida hija, soy razonable, si cabe la razón en
todo esto; la guerra tenía su razón de ser entonces; pero desde que los cañones
tiran a ocho mil metros, y que la bala de un treinta y seis puede atravesar,
desde cien metros de distancia, treinta cuatro caballos puestos de costado y
sesenta y ocho hombres, tendréis que confesar que el coraje individual se
convirtió en un lujo.
-En efecto -insistió Michel-, las máquinas han acabado con el
coraje, los soldados son ahora unos mecánicos.
Durante esta conversación arqueológica sobre las guerras de
antaño, el paseo de los cuatro visitantes proseguía por las maravillas de las
bahías comerciales. Alrededor había una ciudad entera de cabarets donde los
marinos desembarcados gastaban nabab y disfrutaban de la opulencia de tierra.
Se escuchaban sus cantos roncos y vociferaciones muy marineras. Estos marineros
se sentían en casa en este puerto comercial en pleno centro de la llanura de
Grenelle, y tenían todo el derecho a gritar como quisieran. Formaban, desde
luego, una población aparte, que no se mezclaba en absoluto con la de los demás
barrios; era poco sociable. Se podría decir que El Havre estaba separada de
París, verdaderamente, por todo el largo del Sena.
Las radas comerciales se unían entre sí mediante puentes
giratorios que se movían en horas fijadas de antemano por medio de máquinas de
aire comprimido de la Société des catacombes. El agua desaparecía bajo el humo
de los navíos; la mayoría se movía por acción del vapor de ácido carbónico; no
había barco de tres mástiles, brick, goleta, bagre o bote que no contara con su
hélice; el viento ya no interesaba; había pasado de moda; nadie lo quería, y el
viejo Eolo se ocultaba avergonzado en su covacha.
La apertura de los canales de Panamá y de Suez había
multiplicado los negocios marítimos de larga distancia; las operaciones, libres
de todo monopolio y de trabas burocráticas, adquirieron un impulso inmenso; las
construcciones navales de todo tipo se multiplicaban. Era un magnífico
espectáculo, sin duda, ver esos vapores de todas las nacionalidades y de todos
los tamaños con sus pabellones multicolores desplegados; enormes bodegas
abrigaban las mercaderías cuya descarga se efectuaba por medio de las máquinas
más ingeniosas; unas confeccionaban los bultos, otras los pesaban, otras los
etiquetaban y otras los trasladaban a bordo; las construcciones, remolcadas por
locomoto-ras, se deslizaban a lo largo de los muelles de granito; los bultos de
lana y de algodón, los sacos de azúcar o de café, las cajas de té, todos los
productos de las cinco partes del mundo se apilaban en verdaderas montañas;
reinaba en el aire ese perfume su¡ géneris que se puede llamar el olor del
comercio; carteles multicolores anunciaban la partida de navíos para cada
rincón del globo, y todos los idiomas de la tierra de hablaban en este puerto
de Grenelle, el de mayor movimiento del universo.
La vista de la bahía, desde las alturas de Arcueil o de Meudon
era verdaderamente admirable; la mirada se perdía en esa selva de mástiles
empavesados en los días festivos; la torre de señales de mareas se elevaba a la
entrada del puerto y a su extremo un faro eléctri-co, sin gran utilidad,
perforaba la noche a ciento ochenta metros de altura. Era el monumento más alto
del mundo, y su haz luminoso llegaba a ciento veinte kilómetros; se lo podía
apreciar desde las torres de la catedral de Rouen.
El conjunto merecía ser admirado.
-Esto es hermoso de verdad -comentó el tío Huguenin.
-Un pulcro espectáculo -agregó el profesor.
-Si no contamos ni con el agua ni con el viento del mar -agregó
M. Huguenin-, por lo menos tenemos los navíos que el agua trae y que el viento
empuja.
Pero la multitud se apretujaba en un lugar; allí era muy difícil
acercarse; en los muelles de la rada más amplia apenas cabía el gigantesco
Leviatán IV, que acababa de llegar; el Great Fastern del siglo pasado ni
siquiera le habría servido de chalupa; venía de Nueva York, y los
norteamericanos podían jactarse de haber vencido a los ingleses; tenía treinta
mástiles y quince chimeneas; la máquina poseía una fuerza de treinta mil
caballos, de los cuales veinte mil se aplicaban a sus ruedas y diez mil a su hélice;
sus ferrocarriles interiores permitían circular velozmente por sus puentes; en
el intervalo entre mástil y mástil se podía admirar plazas con grandes árboles
cuya sombra cubría macizos de flores y céspedes; los elegantes podían cabalgar
por sus sinuosos senderos; tres metros de tierra vegetal extendida sobre
cubierta producían este parque flotante. El navío era un mundo, su marcha
conseguía resultados prodigiosos; cruzaba en tres días de Nueva York a
Southampton; medía setenta metros de ancho; su largo se puede calcular
fácilmente por el hecho siguiente: cuando el Leviatán IV tocaba con la proa el
sitio de desembarque, los pasajeros de popa aún debían recorrer más de
ochocientos metros para llegar a tierra firme.
-Muy pronto -comentó el tío Huguenin, paseándose bajo las
encinas y las acacias del puente-, van a construir ese fantástico navío
holandés cuyo bauprés estará en la isla Mauricio cuando el timón todavía esté
en la rada de Brest...
¿Admiraban Michel y Lucy esta gigantesca máquina tal como toda
esa gente asombrada? Lo ignoro; pero se paseaban conversando en voz baja, o
callando juntos, mirando al infinito. ¡Regresaron a la casa del tío Huguenin
sin haber notado ninguna de las maravillas del puerto de Grenelle!
CAPÍTULO XII
Opiniones de Quinsonnas sobre las mujeres
Un insomnio delicioso se apoderó de Michel la noche siguiente.
¿Para qué dormir? Más valía soñar despierto; y así lo hizo el joven,
concienzudamente, hasta el alba; sus pensamientos alcanzaron los últimos
límites de la poesía más etérea.
Por la mañana, bajó a las oficinas y subió a su montaña.
Quinsonnas lo esperaba. Michel estrechó, o, más bien, aplastó la mano de su
amigo; pero fue sobrio de palabras; reasumió el dictado, y dictó en un tono
ardiente.
Quinsonnas lo observaba, pero Michel evitaba sus miradas.
"Algo le sucede", se decía el pianista. "¡Qué
talante más extraño! Parece alguien que volviera de los países cálidos".
Y así transcurrió la jornada, uno dictando y el otro
escribiendo; y los dos observándose de soslayo. Y pasó un segundo día sin que
hubiera ningún intercambio de pensamientos entre ambos amigos.
"Allí abajo hay amor", pensaba el pianista,
"dejemos que se aposen sus sentimientos; hablará más adelante". Al
tercer día, Michel interrumpió súbitamente a Quinsonnas en medio de una
soberbia mayúscula.
-Amigo mío -le preguntó, ruborizándose-. ¿Qué piensas de las
mujeres?
"Así que era eso", se dijo el pianista, que no
respondió.
Michel insistió con su pregunta, enrojeciendo aún más.
-Hijo mío -respondió, muy serio, Quinsonnas, interrumpiendo el
trabajo-, es muy variable la opinión que podemos tener nosotros, los hombres,
de las mujeres. No creo por la mañana lo que creo por la tarde; la primavera
agrega a este tema otros aspectos que el otoño; la lluvia o el buen tiempo
pueden modificar en mucho mis doctrinas; mi digestión, en fin, puede tener una
influencia indudable en lo que yo sienta al respecto.
-Eso no es una respuesta -dijo Michel.
-Hijo, deja que te conteste con otra pregunta. ¿Crees que
todavía hay mujeres en la Tierra?
-¡Claro que sí! -exclamó el joven.
-¿Y las has encontrado por ahí?
-Todos los días.
-Veamos, conviene que nos pongamos de acuerdo -precisó el
pianista-. No me refiero a esos seres más o menos femeninos cuya finalidad es
contribuir a la propagación de la especie humana y que se va a terminar por
reemplazar por máquinas de aire comprimido. -Bromeas...
-Amigo, hablo con toda seriedad, aunque ya sé que esto se puede
prestar para algunas protestas.
-Vamos, Quinsonnas -replicó Michel-, seamos serios.
-¡No! ¡Divirtámonos! Pero, en fin, te repito mi propuesta: ya no
hay mujeres, se trata de una raza extinguida, como la del ornitorrinco y los
megaterios.
-Por favor, Michel...
-Déjame continuar, hijo mío; creo que antaño hubo mujeres, hace
muchísimo tiempo; los autores antiguos hablan de ellas en términos formales;
incluso mencionan que la parisiense sería la más perfecta de todas. Era, según
los viejos textos y retratos, una criatura encantadora y sin rival en el mundo;
reunía en sí misma los más perfectos vicios y las perfecciones más viciosas;
era una mujer en todo el sentido de la palabra. Pero poco a poco se empobreció
la sangre, decayó la raza, y los fisiólogos pudieron anotar esta deplorable
decadencia en sus escritos. ¿Has visto cómo los gusanos se transforman en
mariposas?
-Sí -dijo Michel.
-Bien. Fue al contrario: la mariposa se transformó en gusano. El
andar acariciante de la parisiense, su gracia bien torneada, su mirada
espiritual y tierna a un tiempo, su amable sonrisa, su cuerpo a punto y firme,
dieron paso a formas alargadas, flacas, áridas, descar-nadas y sin gracia, y a
una desenvoltura mecánica, metódica y puritana. El talle se aplanó, la mirada
se volvió austera, las articulaciones se anquilosaron; una nariz dura y rígida
descendió sobre labios demasiado finos; el paso se alargó; el ángel de la
geometría, antes tan pródigo en curvas atractivas, dejó a la mujer reducida al
rigor de la línea recta y de los ángulos agudos. La francesa se ha vuelto
norteamericana; habla con seriedad de asuntos serios, encara la vida con
frialdad, cabalga sobre el magro espinazo de las costumbres, se viste mal y sin
gusto, si hasta lleva sostenes de tela galvanizada que pueden resistir las
mayores presiones. Hijo mío, Francia ha perdido su verdadera superioridad; las
mujeres del siglo encantador de Luis XIV habían afeminado a los hombres; pero
después se pasaron al género masculino y ahora no valen ni para la mirada de un
artista ni para las atenciones de un amante...
-Caramba -exclamó Michel.
-Sí -replicó Quinsonnas-, observo que te ríes. ¡Crees tener algo
bajo la manga que me va a confundir! ¡Ya me tienes preparada la pequeña
excepción a la regla! ¡Bien! Verás que se confirma la regla, y punto. Mantengo
lo que te he dicho. E iré más lejos: no hay mujer, de ninguna clase social, que
no haya escapado a esta degradación de la raza. La coqueta humilde ha
desaparecido; la cortesana, que era por lo menos tan tierna como audaz, ahora
padece de grave inmoralidad; es falsa y tonta, pero gana fortunas en el orden y
en la economía, sin que nadie se arruine por ella. ¡Arruinarse! ¡Vamos! Esa
palabra ha envejecido. Todo el mundo se enriquece, hijo mío, menos el cuerpo y
el espíritu humanos.
-¿Me estás diciendo entonces que es imposible hallar una sola
mujer en esta época?
-Por supuesto. No hay ninguna menor de noventa y cinco años. Las
últimas murieron con nuestras abuelas. Sin embargo...
-¡Ah! ¿Sin embargo?
-Algo se puede encontrar en el fauburg Saint-Germain; en ese
rincón del inmenso París todavía se culti
va esa rara planta, esa puella desiderata, como diría tu
profesor; pero solamente allí.
-Así que insistes en esa creencia -le dijo Michel, sonriendo con
algo de ironía- de que la mujer es una raza extinguida.
-Pero, hijo mío, si los grandes moralistas del siglo diecinueve
ya presentían esta catástrofe. Balzac, que sabía mucho, se lo comentó a
Stendhal, en su famosa carta: la mujer, dice, es la Pasión y el hombre es la
Acción, y por este motivo adora el hombre a la mujer. Pero ahora los dos son la
acción y por eso no hay más mujeres en Francia.
-Está bien -dijo Michel-. ¿Pero qué piensas del matrimonio?
-Nada bueno.
-Pero dime algo.
-No me impresiona el matrimonio de nadie ni me importa el mío.
-Así que no piensas casarte.
-No, mientras no se establezca ese famoso tribunal que exigía
Voltaire para juzgar los casos de infidelidad, un tribunal con seis hombres y
seis mujeres y un hermafrodita que tenga el voto decisivo en caso de empate.
-Deja las bromas, por favor.
-No bromeo. ¡Esa sería la única garantía! ¿No recuerdas lo que
pasó hace un par de meses en el proceso por adulterio que le hizo monsieur de
Coutances a su mujer?
-¡No!
-El presidente preguntó a madame de Coutances por qué había
olvidado cumplir sus deberes: tengo
poca memoria, contestó ella. Y se la declaró inocente. ¡Y bien!
Francamente, esa respuesta merecía ese fallo.
-Olvida a madame de Coutances -dijo Michel- y volvamos al
matrimonio.
-Hijo mío, ésta es la verdad absoluta: si eres joven, te puedes
casar. Pero una vez casado, ya no puedes ser joven otra vez. Hay entonces entre
el estado de casado y el de soltero una diferencia espantosa.
-Pero Quinsonnas, ¿qué tienes, exactamente, contra el
matrimonio?
-Esto es lo que te puedo decir: el matrimonio me parece una
heroicidad inútil en una época en que la familia propende a destruirse, en que
el interés particular empuja a cada uno de sus miembros por caminos diversos,
en que la necesidad de enriquecerse a cualquier precio mata los sentimientos
del corazón; antes, según los autores antiguos, todo era diferente; si hojeas
los viejos diccionarios, te sorprenderá encontrar palabras como penates, lares,
hogar doméstico, interior, la compañera de la vida, etc.; pero esas expresiones
hace mucho que desaparecieron junto con las realidades que representaban. Ya no
se utiliza; parece que antaño los esposos (otra palabra en desuso) mezclaban
íntimamente su existencia; uno recuerda esas palabras de Sancho: ¡no es gran cosa
un consejo de mujer, pero seria un loco si no lo escuchara! Y se lo escuchaba.
Pero mira la diferencia: el marido de hoy vive lejos de su mujer; en la
actualidad habita en el club, allí desayuna, allí trabaja, cena y juega, y allí
se acuesta. Madame hace sus cosas por su lado. Monsieur la saluda como a una
extraña, si es que la encuentra por casualidad en la calle; la visita de vez en
cuando, aparece los lunes o los miércoles; a veces madame lo invita a comer,
rara vez a pasar la tarde; en fin, que se encuentran tan poco y se tutean tan
poco que uno llega a preguntarse si verdaderamente quedan herederos en este
mundo...
-Esto es casi cierto -comentó Michel.
-Completamente cierto, hijo mío -insistió Quinsonnas-. Ha
continuado la tendencia del siglo último: ya entonces se trataba de tener los
menos hijos que fuera posible, las madres se molestaban si veían que sus hijas
quedaban embarazadas muy pronto y los maridos jóvenes se desesperaban por haber
cometido tamaña barbaridad. Por otra parte, hoy ha disminuido notablemente el
número de hijos legítimos en beneficio de la multiplicación de hijos naturales;
estos últimos ya son la mayoría; muy pronto serán los dueños de Francia y
aplicarán la ley que impide la búsqueda de la paternidad.
-Eso me parece evidente -dijo Michel.
-Ahora bien, el mal, si esto es mal, existe en todas las clases
sociales; advierte que un viejo egoísta como yo no condena este estado de
cosas, sino que lo aprovecha; pero debía explicarte que el matrimonio ya no es
el arreglo de antes, y que las llamas del himen ya no sirven para hacer hervir
el agua en la olla.
-¿Y si por alguna razón improbable, imposible, llegaras a querer
casarte?
-Querido, antes trataré de hacerme millonario como los demás;
hace falta dinero para vivir esta gran existencia por partida doble; no hay
muchacha que se case que no tenga su peso en oro en los cofres paternales, y
una María Luisa con apenas doscientos cincuenta mil francos no encontraría un
hijo de banquero que la quisiera.
-¿Y un Napoleón?
-Hay muy pocos napoleones, hijo mío.
-Veo que tu matrimonio no te provoca el menor entusiasmo.
-No exactamente.
-¿Y te entusiasmaría el mío?
-Veremos -dijo el pianista, sin comprometerse.
-¿No dices nada?
-Te estoy observando -comentó, muy serio Quinsonnas.
-Y...
-Me preguntó por dónde voy a empezar a desligarte...
-¡A mí!
-¡Sí! ¡Insensato! ¿En qué te vas a convertir?
-En alguien feliz -respondió Michel.
-Razonemos. O tienes o no tienes genio. Si la palabra te
molesta, digamos talento. Si no lo tienes, los dos se morirán de miseria. Y si
lo tienes, la cosa cambia.
-¿Cómo es eso?
-Hijo mío, ¿no sabes que el genio, e incluso el talento, son una
enfermedad, y que la mujer de un artista se tiene que resignar al rol de
enfermera...?
-Pero encontré...
-Una hermana de la caridad. No hay otra posibilidad. Y no las
hay. Sólo existen ahora las primas de la caridad...
-La he encontrado, te dije que la encontré -insistió Michel, con
fuerza.
-¿Una mujer?
-¡Sí!
-¿Una joven?
-¡Sí!
-¿Un ángel?
-¡Sí!
-Muy bien, hijo mío, arráncale las plumas y ponla en una jaula,
o se te volará.
-Escúchame, Quinsonnas, se trata de una joven dulce, buena,
amante...
-¿Y rica?
-¡Pobre! A punto de quedar en la miseria. Sólo la he visto una
vez...
-¡Demasiado! Más valdría que la vieras a menudo...
-No te burles, amigo mío; es la niña de mi viejo profesor; ya
perdí la cabeza, la amo; conversamos como si nos conociéramos hace veinte años;
me va a amar, ¡es un ángel!
-¡Te repites! Pascal dijo que el hombre no es ni bruto ni ángel.
¡Bien! Ustedes dos, tú y tu hermosa, lo van a desmentir de manera furibunda...
-¡Quinsonnas!
-¡Cálmate! ¡No eres el ángel! ¿Es posible? ¡El! ¡Enamorado! ¡Y
pensar, a los diecinueve años, hacer lo que todavía a los cuarenta es una
tontería!
-Lo que es una bendición, si se es amado -respondió el joven.
-¡Basta! ¡Cállate! -exclamó el pianista-. ¡Cállate! ¡Me
exasperas! No digas una palabra más o...
Y Quinsonnas, verdaderamente irritado, golpeó con violencia las
páginas inmaculadas del Libro Grande. Las conversaciones sobre mujeres y el
amor pueden resultar, sin duda, interminables, y ésta podría haber durado hasta
la noche si no se hubiera producido un accidente terrible de consecuencias que
serían incalculables.
Al gesticular con tanta violencia, Quinsonnas golpeó sin querer
el enorme sifón que vertía las tintas multicolores, y unas olas rojas,
amarillas, verdes y azules se extendieron como torrentes de lava por las
páginas del Libro Grande.
Quinsonnas no pudo contener un grito terrible; temblaron las
oficinas. Creyeron que el Libro Grande se desmoronaba.
-Estamos perdidos -pudo decir Michel, con la voz alterada.
-Así es, hijo mío -agregó Quinsonnas-. La inundación avanza.
¡Sálvese quien pueda!
Pero en ese instante aparecieron en la sala de contabilidad
monsieur Casmodage y el primo Athanase. El banquero se dirigió al escenario del
crimen; quedó aterrado; abrió la boca y no pudo hablar; la cólera lo ahogaba.
¡Y había por qué enfadarse! Habían tachado ese libro maravilloso
donde se inscribían las enormes operaciones del banco. Habían manchado ese
recipiente precioso de los asuntos financieros, contaminado ese verdadero atlas
que contenía todo un mundo, mancillado, destrozado, arruinado, extinguido ese
monumento gigantesco que el conserje mostraba a los extranjeros los días
festivos. Su guardián, el hombre a quien se había confiado esa tarea sin igual,
traicionaba así su mandato. ¡El sacerdote deshonraba el altar con sus propias
manos!
M. Casmodage pensaba todas estas cosas horribles, pero no podía
hablar. En la oficina reinaba un silencio espantoso.
De súbito, M. Casmodage hizo un ademán hacia el desgraciado
copista; el gesto consistía en brazo extendido hacia la puerta, con tal fuerza,
convicción y voluntad que no había la menor posibilidad de equívoco. Ese
ademán, con palabras, habría dicho "¡salga de aquí!" en todos los
idiomas humanos. Quinsonnas descendió de las cimas hospitalarias donde había
pasado su juventud. Michel lo siguió y se acercó al banquero. -Monsieur -le
dijo-, yo soy el que...
Otro gesto del mismo brazo extendido, más tenso aún si es
posible, envió al que dictaba tras el copista. Entonces Quinsonnas se quitó
cuidadosamente las mangas de tela, cogió el sombrero, lo limpió con el codo, se
lo puso, y avanzó directamente donde el banquero.
Los ojos de éste lanzaban relámpagos; pero no conseguía tronar.
-Monsieur Casmodage y Cía. -dijo Quinsonnas, con su voz más
amable-, puede que usted crea que soy el autor de este crimen, pues eso es
haber deshonrado su Libro Grande. Pero lo debo dejar en el error. Tal como
todos los males de este mundo, son las mujeres las que han provocado esta
desgracia irreparable; culpe entonces a nuestra madre Eva y a su estúpido
marido; toda pena y sufrimiento de ellos nos viene, y si nos
duele el estómago es porque Adán comió manzanas crudas. Buenas tardes.
Y el artista se marchó seguido de Michel, mientras Athanase
sostenía del brazo al banquero, como Aarón sostenía a Moisés durante la batalla
con los amalecitas.
CAPÍTULO XIII
Donde se trata de la facilidad con que puede morir de hambre un
artista en el siglo XX
La situación del joven había cambiado notoriamente. Puestos en
su lugar, muchos habrían desesperado y, desde luego, no habrían contemplado las
cosas desde su punto de vista; ya no podía contar con la familia de su tío y se
sentía libre; lo habían expulsado del trabajo y le parecía haber salido de la
cárcel; le daban las gracias, y consideraba que era él quien debía dar mil
gracias. Sus preocupaciones no llegaban al punto de que se preguntara qué iba a
ser de él. Se sentía capaz de todo, omnipotente.
A Quinsonnas le costó bastante tranquilizarlo, pero hizo lo
posible por aminorar esa efervescencia.
-Ven a casa -le dijo-. Hay que dormir.
-Me acostaré cuando salga el sol -respondió Michel, con grandes
ademanes.
-Saldrá, por lo menos metafóricamente -comentó Quinsonnas-,
pero, físicamente, es de noche; y uno no duerme al aire libre; por lo demás ya
no hay estrellas hermosas; los astrónomos sólo se ocupan ahora de las que no se
ven. Vamos; hablaremos de esta situación.
-Hoy no -contestó Michel-. Me dirás cosas desagradables. Ya las
conozco. Y qué me puedes decir que ya no sepa. ¿Le vas a decir a un esclavo,
ebrio de sus primeras horas de libertad, "sabrás, amigo mío, que ahora te
vas a morir de hambre"?
-Tienes razón; me callaré por ahora; pero mañana...
-Mañana es domingo. ¿Quieres estropearme mi día de fiesta?
-¡Ah eso! No podremos hablar entonces.
-¡Sí! ¡Claro que sí! Uno de estos días.
-¡Una idea! -exclamó el pianista-. Mañana es domingo y podríamos
ir a ver a tu tío Huguenin. Me encantaría conocer a ese hombre valiente.
-De acuerdo.
-Pero nos dejarás que entre los tres busquemos una solución.
-¡Bien! Me parece bien -comentó Michel-, y seríamos harto
imbéciles si no encontramos una.
-Hum, hum -murmuró Quinsonnas, que se contentó con mover la
cabeza y no dijo más.
Al día siguiente, tomó un taxi a gas y fue a buscar a Michel;
éste lo esperaba; bajó, saltó al vehículo, y el mecánico puso la máquina en
movimiento; era una maravilla observar cómo el coche se dirigía velozmente a su
destino sin usar aparentemente ningún motor; Quinsonnas prefería este modo de
locomoción y casi no utilizaba los ferrocarriles.
Hacía buen tiempo; el taxi a gas circulaba por calles que apenas
empezaban a despertar, giraba con precisión en las esquinas, subía las rampas
sin dificultades y avanzaba a una maravillosa velocidad por las calles
asfaltadas.
Al cabo de veinte minutos ya habían llegado a la rue de Caillou.
Quinsonnas pagó la carrera, y los dos amigos subieron hasta el piso del tío
Huguenin.
El mismo abrió la puerta. Michel le saltó al cuello y le
presentó a su amigo Quinsonnas.
M. Huguenin acogió cordialmente al pianista, le mostró las
sillas a los visitantes y los invitó sin más trámites a desayunar.
-Pero, tío -dijo Michel-, yo tenía un proyecto.
-¿Y cuál es, hijo mío?
-Llevarte todo el día a pasear al campo.
-¡Al campo! -exclamó el tío-. ¡Pero si ya no hay campo, Michel!
-Es verdad -agregó Quinsonnas-. ¿Dónde has visto campo?
-Veo que monsieur Quinsonnas piensa lo mismo que yo -observó el
tío.
-Totalmente, monsieur Huguenin.
-Mira, Michel -continuó el tío-, el campo es los árboles, las
praderas, los arroyuelos, las llanuras y, sobre todo, la atmósfera. ¡Pero no
hay atmósfera en treinta kilómetros de París a la redonda! Nos burlábamos de la
de Londres, y con las diez mil chimeneas de las fábricas, con las industrias de
productos químicos, con el abono artificial, con los humos del carbón, con los
gases de todo tipo, con toda esa miasma industrial, nos hemos armado un aire
equivalente al del Reino Unido. Así que, a menos que vayamos lejos, muy lejos
para mis viejas piernas, no soñemos con respirar aire puro. Mejor que nos
quedemos tranquilamente en casa, cerremos bien las ventanas y desayunaremos lo
mejor que nos sea posible.
Y se hizo conforme a los deseos de M. Huguenin; se sentaron a la
mesa; comieron; conversaron de esto y lo otro. M. Huguenin observaba a
Quinsonnas, que no pudo dejar de decirle, a los postres:
-Francamente, monsieur Huguenin, qué bien se le ve en este
tiempo de caras siniestras; permítame que le estreche la mano.
-Monsieur Quinsonnas, hace mucho que lo conozco; este joven me
ha hablado más de una vez de usted; sabía que es de los nuestros, y le
agradezco a Michel por la visita; ha hecho muy bien en traerlo.
-¡Eh! ¡Eh! Monsieur Huguenin, en realidad soy yo quien lo ha
traído.
-¿Y qué ha pasado, entonces, Michel, para que él te haya traído
aquí?
-Monsieur Huguenin -insistió Quinsonnas-, traído no es la
palabra; habría que decir arrastrado.
-¡Oh! -exclamó Michel-. Quinsonnas es la exageración en persona.
-Pero, en fin -dijo el tío.
-Monsieur Huguenin -continuó el pianista-, mírenos bien.
-Los estoy mirando, señores.
-Veamos, Michel, vuélvete un poco para que tu tío nos pueda
examinar desde todos los ángulos.
-¿Y no me pueden decir el motivo de esta exhibición?
-Monsieur Huguenin, ¿no le parece que hay en nosotros algo de
esas personas que acaban de salir por una puerta?
-¿Salir por una puerta?
-¡Oh! ¡Pero...! Salir como se sale para siempre.
-¡Cómo! ¿Ha ocurrido una desgracia?
-¡La felicidad! -exclamó Michel.
-No seas niño -dijo Quinsonnas, alzándose de hombros-. Monsieur
Huguenin, estamos en la calle, o, mejor, sobre el asfalto de París.
-¿Es posible?
-¡Sí, tío! -respondió Michel.
-¿Y qué ha pasado?
-Se lo cuento, monsieur Huguenin.
Y Quinsonnas comenzó el relato de su catástrofe. Su modo de
narrar y de afrontar los acontecimientos y, en su caso, su exuberante
filosofía, arrancaron sonrisas involuntarias al tío Huguenin.
-Pero esto no tiene nada de gracioso -dijo.
-Tampoco es para llorar -agregó Michel.
-¿Y qué van a hacer?
-No nos preocupemos de mí -dijo Quinsonnas-, sino del niño.
-Y sobre todo -replicó el joven-, hablemos como si yo no hubiera
estado allí.
-Veamos el punto -siguió Quinsonnas-. Tenemos un muchacho que no
puede ser ni financista ni comerciante ni industrial. ¿Cómo se las va a
arreglar en este mundo?
-Este es el punto por resolver -acotó el tío-, y es
verdaderamente complicado; usted ha nombrado, señor, las tres únicas
profesiones actuales; y no veo que haya otras, a menos que...
-Propietario -dijo el pianista.
-¡Precisamente!
-¡Propietario! -casi gritó Michel, riendo a carcajadas.
-¡Y se burla! -protestó Quinsonnas-. Trata con imperdonable
ligereza una profesión tan lucrativa como honorable. ¿Has pensado alguna vez,
desgraciado, en lo que es un propietario? Amigo mío, si es aterrador lo que
contiene esa palabra. Cuando uno piensa en que un hombre, tu semejante, hecho
de carne y hueso, nacido de un hombre y de una mujer mortales, posee una
porción del globo... En que esa porción del globo le pertenece como su cabeza,
y a veces más todavía... En que nadie, ni tan solo Dios, puede quitarle esa
porción del globo que trasmite a sus herederos... En que tiene derecho a
excavarla, a desordenarla, a construir en ella según su fantasía... Que todo es
de él, el aire que la rodea, el agua que la riega ... Que puede quemar sus
árboles, beber de sus arroyos y comerse la hierba si le place... Que cada día
se dice "esta tierra que el Creador creó en el primer día del mundo me
pertenece en parte"; esta superficie del hemisferio es mía, muy mía, con
todo el aire respirable que hay encima y todos los kilómetros de estratos
terrestres que hay debajo. Pues este hombre es propietario hasta el centro
mismo del globo y sólo limita con su copropietario de las antípodas... Pero,
niño lamentable, tú jamás has reflexionado como para reír así, jamás has
calculado que un hombre que posee una simple hectárea tiene en su poder,
realmente, un cono gigantesco que encierra miles de metros cúbicos que sólo son
de él, de él, completamente de él...
Quinsonnas era magnífico, describía de manera fantástica. ¡Qué
ademanes! ¡Qué entonación! ¡Qué porte! Ilusionaba; era imposible no hacerle
caso; era el hombre que tenía los bienes bajo el sol. ¡Poseía!
-¡Ah! Monsieur Quinsonnas -exclamó el tío Huguenin-. ¡Es
soberbio! ¡Francamente debería ser propietario por el resto de la vida!
-¿Verdad, monsieur Huguenin? ¡Y este niño que se ríe!
-¡Sí! Me río -dijo Michel-, porque nunca me va a suceder que sea
propietario ni de un metro cúbico de terreno. A menos que el azar...
-¿Cómo? ¡El azar! -gritó el pianista-. No entiendes esa palabra
y te atreves a usarla.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que azar es una palabra que viene del árabe y
significa "difícil". Nada menos. Así que en este mundo sólo hay
dificultades que vencer. Y uno se las arregla con perseverancia e inteligencia.
-¡Así se habla! -dijo el tío Huguenin-. Veamos, Michel, ¿qué
piensas tú?
-No soy tan ambicioso, tío, y los miles de metros cúbicos de
Quinsonnas apenas me conmueven...
-Pero -acotó Quinsonnas-, una hectárea de tierra produce de
veinte a veinticinco hectolitros de trigo, y un hectolitro de trigo puede
rendir setenta y cinco kilos de pan. Medio año de alimentación a una libra por
día...
-¡Ah! Alimentarse, alimentarse -exclamó Michel-. Siempre la
misma canción.
-¡Sí, hijo mío, la canción del pan, que a menudo se canta con un
tono bastante triste.
-En fin, Michel -preguntó el tío Huguenin-, ¿qué quieres hacer?
-Si fuera completamente libre, tío, trataría de poner en
práctica esa definición de felicidad que leí no sé dónde y que incluye cuatro
condiciones.
-No es que quiera ser curioso, ¿pero cuáles son? -preguntó
Quinsonnas.
-La vida al aire libre -respondió Michel-, el amor de una mujer,
el desapego de toda ambición y la creación de belleza nueva.
-Bueno -comentó el pianista, riendo-, Michel ya ha cumplido con
la mitad del programa.
-¿Cómo es eso? -preguntó el tío Huguenin.
-¿La vida al aire libre? Ya está en la calle...
-Así es -dijo el tío.
-¿El amor de una mujer?
-Silencio -advirtió Michel, enrojeciendo.
-Está bien -murmuró M. Huguenin, con expresión amistosa.
-En cuanto a las otras dos condiciones -continuó Quinsonnas-, la
cosa es más difícil. Me parece demasiado ambicioso como para hablar de
desapego...
-Pero la creación de belleza nueva -insistió Michel, con
entusiasmo.
-Este soldado es capaz -comentó Quinsonnas.
-Mi pobre niño -dijo el tío, en tono bastante triste.
-Tío...
-No sabes nada de la vida y hay que aprender a vivir durante
toda la vida, ha dicho Séneca; te pido que por favor no te dejes arrastrar por
esperanzas insensatas; tienes que creer en los obstáculos.
-En efecto -volvió a hablar el pianista-, uno no está solo en el
mundo; tal como en la mecánica, uno es parte de infinidad de roces. Roces con
los amigos, con los enemigos, con los inoportunos, con los rivales. Uno está en
medio de mujeres, de la familia, de la sociedad. Un buen ingeniero debe
considerar todos los factores.
-Monsieur Quinsonnas tiene razón -dijo el tío Huguenin-, pero
precisemos un poco más las cosas, Michel; hasta ahora, que yo sepa, no te ha
ido muy bien en los asuntos financieros.
-¡Y por eso quiero seguir mis gustos y mis aptitudes!
-¡Tus aptitudes! -exclamó el pianista-. Francamente, en este
instante eres el espectáculo, triste, del poeta que se muere de hambre y que
sin embargo abriga esperanzas...
-Este diablo de Quinsonnas -comentó Michel-, tiene una manera
tan agradable de plantear las cosas...
-No me burlo, estoy dando argumentos. ¡Quieres ser artista en
una época donde el arte ha muerto!
-¡Muerto!
-Muerto y enterrado, con epitafio y urna funeraria. Ejemplo:
¿eres pintor? Bien. La pintura ya no existe. Ya ni siquiera hay cuadros. Ni en
el Louvre. Los restauraron con tanta sabiduría en el siglo pasado que todos se
arruinaron. La Sagrada Familia de Rafael ya sólo se compone de un brazo de la
Virgen y de un ojo de San Juan; y eso es bastante poco; Las bodas de Caná
muestran sólo un arco aéreo que toca en una viola que vuela. ¡Insuficiente! Los
Ticiano, Correggio, Giorgione, Leonardo, Murillo y los Rubens sufren de una
enfer-medad a la piel que les contagiaron sus médicos, y se están muriendo;
sólo contamos con sombras inasibles, líneas imprecisas, colores corroídos,
ennegrecidos, mezclados, en lo que eran cuadros espléndidos. Han dejado que se
pudran los cuadros y también los pintores. Hace cincuenta años que no hay una
sola exposición. ¡Menos mal!
-¿Menos mal? -repitió M. Huguenin.
-Sin duda, ya que el siglo pasado fue una época en que el
realismo progresó de una manera que finalmente resultó intolerable. Incluso se
cuenta que un tal Courbet, durante una de las últimas exposiciones, se expuso
él mismo, de cara a la pared, mientras cumplía con uno de los actos más
higiénicos pero menos elegantes... Como para que huyeran los pájaros de Zeuxis.
-¡Qué horror! -dijo el tío.
-Y después de eso fue un desastre -continuó Quinsonnas-. Así
pues, en el siglo veinte, ni pinturas ni pintores. ¿Y quedan escultores?
Tampoco. Pero si llegaron a instalar, en medio del patio del Louvre, a la musa
de la industria: una gran matrona en cuclillas sobre un cilindro industrial,
con un viaducto sobre las rodillas, con una mano en una bomba de agua y la otra
en un silbato, con un collar de pequeñas locomotoras y un pararrayos en la
cabeza...
-¡Qué barbaridad! Iré a ver esa obra maestra -dijo M. Huguenin.
-Vale la pena -continuó Quinsonnas-. Así que no hay escultores.
¿Y músicos? Ya conoces, Michel, mi opinión. ¿Harías literatura? ¿Pero quien lee
novelas? Ni siquiera los que las escriben, si uno se fija en el estilo. ¡No!
Todo eso ha terminado, acabó...
-Pero por lo menos quedarán, cerca del arte, las profesiones que
lo rodean -insinuó Michel.
-¡Ah! ¡Sí! Antes podías ser periodista; así era, en efecto,
cuando existía una burguesía que creía en los periódicos y hacía política.
¿Pero a quién le importa la política? ¿Y en el exterior? Pero si la guerra ya
no es posible y la diplomacia ha pasado de moda... ¿Y en el país? ¡Tranquilidad
absoluta! Ya no hay partidos políticos en Francia: los orleanistas se dedican
al comercio y los republicanos a la industria; apenas hay por allí algunos
legitimistas que se reúnen en torno a los Borbones de Nápoles y mantienen una
gacetilla para poder suspirar... El gobierno se ocupa de sus asuntos como un
buen comerciante, y paga regularmente sus gastos. ¡Hasta hay quien cree que
este año pagará dividendos! Las elecciones no apasionan a nadie; hijos de
padres diputados acceden al mismo cargo y lo ejercen legislando sin hacer
ruido, como esos niños sabios que sólo trabajan en sus habitaciones... ¡Como
para creer que candidato viene de cándido! Ante tal estado de cosas, ¿de qué
sirve el periodismo? ¡De nada!
-Todo eso es desgraciadamente así -dijo el tío Huguenin-. El
periodismo cumplió su ciclo.
-¡Sí! Como los que liberaron de Fontevrault o de Melun. Y no
volverá. Se abusó mucho, hace cien años, y ahora pagamos las consecuencias;
entonces ya casi nadie leía, pero todo el mundo escribía; en 1900, la cantidad
de periódicos de Francia, políticos o no, ilustrados o no, alcanzó los sesenta
mil. Se los escribía en todos los dialectos, para instruir a los campesinos, en
picardo, vasco, bretón, árabe... Sí, señores, había un diario en árabe, El
Centinela del Sahara, que los bromistas de la época llamaban el "diario
hebdromedario"... Y bien. Todo ese furor periodístico acabó con el
periodismo y por una razón muy simple: los escritores eran más numerosos que
los lectores...
-En esa época -comentó el tío Huguenin-, también había revistas
especializadas que se las arreglaban para sobrevivir.
-Sin duda -aclaró Quinsonnas-, pero a pesar de todas sus
cualidades, con ellas ocurrió como con el jumento de Roland: la gente que las
redactaba abusó del ingenio y la veta acabó por agotarse; nadie comprendía nada
finalmente. Por otra parte, esos amables escritores terminaron por matarse
entre ellos mismos; nunca hubo una mayor acumulación de críticas mal
intencionadas; había que poseer piel de elefante para resistir tanto. Los
exce-sos llevaron a la catástrofe y esas revistas se reunieron, en el olvido, con
el otro periodismo.
-¿Pero no hubo una crítica de calidad que se cuidaba de sí
misma? -preguntó Michel.
-Por supuesto -respondió Quinsonnas-. ¡Hubo verdaderos
príncipes! ¡Personas que vendían su talento y hasta lo revendían! Hacían
antesala en casa de los grandes señores, muchos de los cuales no desdeñaron
poner tarifa a los elogios; y pagaban y siguieron ha-ciéndolo hasta que un
suceso imprevisto vino a terminar radicalmente con estos sumos sacerdotes.
-¿Y qué fue eso?
-La aplicación en gran escala de un artículo del Código Penal.
Toda persona nombrada en un artículo tenía derecho a responder en el mismo
lugar y con igual cantidad de palabras. Los autores de obras de teatro, de
novelas, de libros de filosofía, de historia, empezaron a responder en masa a
sus críticos; cada uno tenía derecho a una cantidad de palabras, y usaba de su
derecho; los periódicos intentaron resistir, al principio, este proceso; se los
condenó; para que cupieran las respuestas, agrandaron el formato; pero los
inventores de maquinaciones no cejaron; no se podía hablar de nada sin provocar
una respuesta; y esto se convirtió en un abuso de tales dimensiones que terminó
por acabar con la crítica. Y con ella desapareció el último recurso del
periodismo.
-¿Pero qué podemos hacer entonces? -preguntó el tío Huguenin.
-¿Qué hacer? Esa es la pregunta de siempre, a menos que se sea
médico, si no se quiere ser industrial, comerciante o financista. ¡Pero que me
lleve el diablo! ¡Me parece que las enfermedades se están gastando y que si la
facultad no inocula algunas nuevas en la gente, se va a quedar sin pacientes! Y
qué decir de los tribunales... Ya no hay pleito; todo se transa; la gente
prefiere una mala transacción a un buen proceso; es más rápido y más
comercial...
-Pero me parece -dijo el tío- que todavía hay periódicos
financieros...
-Sí -respondió Quinsonnas-, pero no creo que Michel quiera
entrar en eso y hacer boletines, vestirse con la librea de un Casmodage o de un
Boutardin,
redondear los períodos, los decimales y los porcentajes, ser
sorprendido cada día en delito flagrante de equivocación, profetizar con aplomo
los acontecimientos partiendo del principio de que si la profecía no se cumple
se la olvidará y de que, si se cumple, elevará a las alturas el prestigio de su
perspicacia; no creo, en fin, que quiera aplastar sociedades rivales en
beneficio de un banquero... ¿Tú harías todo eso, Michel?
-¡No! Por cierto que no...
-No veo más empleos en el gobierno que de funcionario; en
Francia hay diez millones; calcula las posibilidades de progreso y ponte en
fila...
-Por mi fe -exclamó el tío- quizás sea lo más prudente.
-Quizás prudente -comentó el joven-, pero desesperado.
-Qué vamos a hacer, Michel.
-En esa nutricia reseña de profesiones -comentó Michel-,
Quinsonnas se olvidó de una.
-¿Y cuál es? -preguntó el pianista.
-La de autor dramático.
-¿Quieres hacer teatro?
-¿Por qué no? ¿Acaso el teatro no alimenta, por usar tu horrible
lenguaje?
-Está bien, Michel -respondió Quinsonnas-, en lugar de decirte
lo que pienso, trataré de que lo experimentes tú mismo. Te daré una nota de
recomendación para el director general del Depósito Dramático. Y tú verás.
-¿Y cuándo lo puedes hacer?
-Mañana a más tardar.
-De acuerdo. -De acuerdo.
-¿Esto va en serio? -preguntó el tío Huguenin.
-Completamente -respondió Quinsonnas-. Es posible que resulte;
en cualquier caso, ahora o dentro de seis mes, habrá que convertirse en
funcionario.
-Bien. Michel, te veremos. Pero usted, monsieur Quinsonnas,
usted está en la misma situación que este niño. ¿Le puedo preguntar qué piensa
hacer?
-¡Oh! Monsieur Huguenin -dijo el pianista-. No se preocupe por
mí. Michel sabe que tengo un gran proyecto.
-Sí -agregó el joven-. Y va a asombrar a su siglo.
-Asombrar a su siglo.
Ese es el noble propósito de mi vida. Creo que lo tengo bien
encaminado, y por lo demás cuento con ensayar en el extranjero. Allí, usted
sabe, se crean las grandes famas...
-Te vas a marchar -dijo Michel.
-Dentro de algunos meses -respondió Quinsonnas-, pero volveré
pronto.
-Que tenga suerte -le dijo el tío Huguenin, tendiendo la mano a
Quinsonnas, que se puso de pie-. Y gracias por la amistad con Michel.
-Si me acompaña -comentó el pianista-, le haré de inmediato la
carta de recomendación.
-Con mucho gusto -dijo el joven-. Adiós, tío.
-Adiós, hijo mío.
-Hasta pronto, monsieur Huguenin -dijo el pianista.
-Hasta pronto, monsieur Quinsonnas -contestó el buen hombre-, y
que la fortuna le sonría.
-¡Sonría! -exclamó Quinsonnas-. Mejor todavía, monsieur
Huguenin, yo quiero que la fortuna se ría a carcajadas.
CAPÍTULO XIV
El Gran Depósito Dramático
En una época donde todo se centralizaba, tanto el pensamiento
como la fuerza mecánica, parecía muy natural que se hubiera creado un Depósito
Dramático. En 1903 se presentaron unos hombres prácticos e industriosos que
obtuvieron la autorización y el privilegio para fundar esa importante sociedad.
Veinte años después pasó a manos del gobierno, y funcionaba a
las órdenes de un Director General, Consejero de Estado.
Los cincuenta teatros de la capital se proveían allí de obras de
todo tipo; algunas ya estaban compuestas; otras se hacían a pedido; alguna
destinada a un actor; otra, conforme a alguna idea.
La censura desapareció, por cierto, ante este estado de cosas, y
sus emblemáticas tijeras se oxidaron en el fondo de un cajón; el uso las había
gastado bastante, pero el gobierno se pudo ahorrar el gasto de afilarlas.
Los directores de los teatros de París y de provincia eran
funcionarios del Estado; se los designaba, remuneraba, jubilaba y condecoraba
según la edad y los servicios prestados.
Los actores estaban incluidos en el presupuesto, aunque aún no
eran empleados del gobierno; los viejos prejuicios se debilitaban día a día en
este sentido; su oficio formaba parte de las profesiones honorables; se los
presentaba más y más en los salones; compartían papeles con los invitados, y
habían terminado por ser gente de mundo; había grandes damas que competían con
las actrices y que llegaban a decirles durante la actuación frases de esta
índole:
"Usted vale más que yo, madame, la virtud le brilla en la
frente; yo sólo soy una cortesana miserable..."
Y otras gracias de ese tipo.
Había incluso un poderoso socio de la Comédie française que
representaba en su casa obras íntimas para las hijas de familia.
Todo esto realzaba mucho la profesión de actor.
La creación del Gran Depósito Dramático hizo desaparecer la
alicaída sociedad de autores; los empleados de la sociedad recibían sus
asignaciones mensuales, bastante elevadas por cierto, pero el Estado se
encargaba del pago.
Existía entonces la alta dirección de literatura dramática. Si
bien el Gran Depósito no producía obras maestras, por lo menos divertía a la
población dócil con obras pasables; no se representaba a los autores antiguos;
a veces, a modo de excepción, se montaba un Moliére en el Palais Royal,
acompañado de canciones y de burlas de los señores actores; pero habían
eliminado por completo a Hugo, Dumas, Ponsard, Augier, Scribe, Sardou,
Barriére, Meurice y Vacquerie; es verdad que antaño habían abusado quizás de su
talento para entusiasmar a su público; ahora bien, en una sociedad bien
organizada, el siglo debe, a lo más, marchar, pero no correr; y aquellas obras
tenían piernas y pulmones de animal veloz, lo cual no dejaba de ser peligroso.
Todo sucedía entonces en orden, como es propio de gente
civilizada; los actores-funcionarios vivían bien y no se agotaban; ya no había
poetas bohemios, esos genios miserables que parecen protestar eternamente
contra el orden de las cosas. ¿Quién podría quejarse de una organización que
mataba la personalidad de la gente y sólo entregaba al público un conjunto
literario suficiente para sus necesidades?
Alguna vez un pobre diablo que sentía en el corazón el fuego
sagrado trataba de penetrar allí; pero los teatros se le clausuraban; tenían
compromisos con el Gran Depósito Dramático. Entonces el poeta incomprendido
publicaba una hermosa comedia a su costa; nadie la leía y pasaban a ser presa
de esos pequeños seres de la familia de los roedores, los cuales quizás fueran
los más instruidos de su época si leían todo lo que iba a parar a sus dientes.
Michel Dufrénoy se encaminó finalmente, con la carta de
recomendación, al Gran Depósito, esa institución reconocida por decreto como
establecimiento de utilidad pública.
Las oficinas de la sociedad quedaban en la rue Neuve-Palestro y
ocupaban un viejo cuartel en desuso. Presentaron a Michel al Director.
Era sumamente serio, compenetrado de la importancia de sus
funciones; nunca se reía; no se inmutaba ni con las expresiones mejor logradas
de sus comedias; era a prueba de bombas; sus empleados le reprochaban que los
manejaba militarmente. Pero tenía que tratar a tanta gente... A autores de
comedias, a dramaturgos, folletinistas, libretistas; sin contar los doscientos
funcionarios de la oficina de copia, y la legión de claques.
Porque la administración proveía a los teatros según la índole
de las obras representadas; esos señores, muy disciplinados, estudiaban con la
ayuda de sabios profesores el delicado arte del aplauso y toda su gama de
matices.
Michel presentó la carta de Quinsonnas. El Director la leyó en
voz alta, y dijo:
-Monsieur, conozco muy bien a su protector y me encantaría serle
de utilidad; me habla de sus aptitudes literarias.
-Monsieur -respondió con modestia el joven-, todavía no he
producido nada.
-Tanto mejor, eso es un mérito para nosotros -dijo el Director.
-Pero tengo algunas ideas nuevas.
-Inútil, monsieur, no necesitamos novedades; aquí debe
desaparecer todo rasgo personal; deberá fundirse en un vasto conjunto que
produce obras promedio. Pero no me puedo apartar de las normas establecidas;
deberá rendir un examen de ingreso.
-Un examen -dijo Michel, asombrado.
-Sí. Una composición escrita.
-Bien, monsieur, estoy a sus órdenes.
-¿Está preparado para que sea hoy mismo?
-Cuando usted quiera, monsieur Director.
-Ahora mismo.
El Director dio órdenes y Michel se encontró muy pronto en una
habitación con pluma, papel, tinta y un tema de composición. Lo dejaron solo.
Quedó atónito. Esperaba hablar de algún período histórico,
resumir algún producto del arte dramático, analizar alguna obra maestra del
repertorio antiguo. ¡Qué muchacho!
Debía imaginar un momento teatral a partir de una situación
dada, un fragmento ingenioso y ligero que tuviera algún juego de palabras...
Se armó de coraje y trabajó lo mejor que pudo.
Su composición resultó débil e incompleta; el oficio, como se
dice aún, le faltaba; el efecto teatral era muy menguado, la frase resultaba
demasiado poética para una comedia y el juego de palabras, completamente
incomprensible.
Sin embargo, gracias a su protector, lo aceptaron con una
asignación de mil ochocientos francos. Como el efecto teatral era la parte
menos débil de su examen, lo designaron en la División de comedias.
El Gran Depósito Dramático era una organización maravillosa.
Tenía cinco grandes Divisiones:
1. Alta comedia y comedia de carácter.
2. Vaudeville propiamente tal.
3. Drama histórico y drama moderno.
4. Opera y ópera cómica.
5. Revistas, fantasías y encargos oficiales. La tragedia se
había suprimido.
Cada división poseía empleados especialistas; su nomenclatura
permitirá conocer poco a poco el mecanismo de esta gran institución donde todo
estaba previsto, ordenado y clasificado.
En treinta y seis horas se podía entregar una comedia o una
revista de fin de año.
Instalaron entonces a Michel en su oficina, en la primera
División.
Allí había empleados talentosos, dedicados uno a la Exposición,
otro a los Desenlaces, éste a las Salidas y aquél a las Entradas de los
personajes; uno mantenía la oficina de rimas ricas, cuando los versos eran
imprescindibles; otro, la de rimas corrientes para un simple diálogo de acción.
Existía también la especialidad de funcionarios, a la que
incorporaron a Michel; estos empleados, muy hábiles por lo demás, tenían la
misión de rehacer las obras de los siglos pasados; o bien las copiaban
directamente o bien alteraban los personajes.
De esta manera la administración acababa de obtener un inmenso
éxito en el teatro del Gimnasio con Le Demi-Monde ingeniosamente alterado; la
baronesa d'Ange se había convertido en una joven ingenua y sin experiencia que
no terminaba de caer en las redes de Nanjac; sin su amiga, madame de Jalin,
antigua amante de Nanjac, el golpe estaba listo; el episodio de los damascos y
la descripción de ese mundo de gente casada y en el cual jamás se veía a las
mujeres conmovía a la sala.
También había rehecho Gabrielle, pues el gobierno tenía interés
en manejar a las mujeres de los abogados en circunstancias que no comprendo
mucho. Julien iba a escapar del hogar con su amante, cuando su mujer,
Gabrielle, lo buscaba; y entonces le arma un cuadro tal de infidelidad con
perdición en el campo, borracheras con vino barato, camas de sábanas húmedas,
que Julien renuncia a su crimen por estas altas razones morales, y termina
diciendo "oh, madre de familia, oh, poeta, te amo".
Esta obra, titulada ahora Julien, hasta fue coronada por la
Academia.
Michel se sentía casi aniquilado a medida que iba penetrando los
secretos de esta gran institución; pero necesitaba ganar su remuneración, y muy
pronto se encontró a cargo de considerable trabajo.
Le pasaron, para que lo rehiciera, Nos intimes, de Sardou.
El desgraciado sudó sangre y agua; le gustaba esa obra con
Madame Caussade y sus amigas, envidiosas, egoístas y desenfrenadas; es verdad
que quizás se pudiera reemplazar al doctor Thozolan por una mujer sabia y que
en la escena de la violación Madame Maurice podría esgrimir los sonetos de
Madame Caussade. ¡Pero el desenlace! ¡Imposible! Michel podía romperse la
cabeza, pero no llegaría a conseguir que ese zorro famoso matara a Madame
Caussade.
Lo obligaron entonces a renunciar y a confesar su impotencia.
El Director supo de este resultado y se decepcionó. Resolvieron
probar al joven en el drama. ¡Quizás pudiera aportar algo!
Quince días después de su ingreso al Gran Depósito Dramático,
Michel Dufrénoy pasaba de la División de comedias a la de drama.
Esta División comprendía el gran drama histórico y el drama
moderno:
El primero incluía dos secciones de historia enteramente
distintas; una en que la historia real, seria, era recogida, palabra por
palabra, de los buenos autores; y otra en que se falseaba y desnaturalizaba
vergonzosamente la historia conforme a este axioma de un gran dramaturgo del
siglo diecinueve: "hay que violar a la historia para hacerle un
hijo".
¡Y se les hacía hermosos, en absoluto parecidos a su madre!
Los principales especialistas del drama histórico eran los
funcionarios encargados de los golpes teatrales de efecto, sobre todo en el
acto cuarto; se les entregaba la obra apenas esbozada y ellos la cosían
encarnizadamente; el empleado de los discursos llamados de las grandes damas
también detentaba un alto cargo en la administración.
El drama moderno incluía el de atuendo negro y formal y el de
trajes informales; a veces los dos géneros se fusionaban, pero a la
administración no le gustaba esta mezcla; podía perjudicar las costumbres de
los empleados y éstos se podían deslizar fácilmente cuesta abajo y poner en
boca de un elegante palabras dignas de un canalla. Esto, sin embargo, tropezaba
con la especialidad de conservador del argot.
Había cierta cantidad de empleados dedicados a asesinatos,
muertes violentas, envenenamientos y violaciones; uno de ellos no tenía igual
en el arte de hacer caer el telón en el momento preciso; bastaría un segundo de
atraso para dejar en mal pie al actor o a la actriz del caso.
Este funcionario, buen hombre por lo demás, de unos cincuenta
años, padre de familia, honorable y honrado, ganaba unos veinte mil francos y
hacía más de treinta años que ensayaba la escena de violación con incomparable
seguridad.
A Michel, apenas ingresado en esta División, le encargaron
rehacer enteramente el drama Amazampo o el Descubrimiento de la Quinquina, obra
importante que se presentó por primera vez en 1827.
No era un trabajo pequeño; se trataba de hacer una obra
esencialmente moderna, pero el descubrimiento era muy antiguo.
Los funcionarios encargados del trabajo sudaron la gota gorda;
la obra estaba en muy malas condiciones. Sus efectos estaban muy gastados, sus
hilos conductores muy podridos y su estructura muy debilitada por tantos años
de silencio en los estantes. Más habría valido hacer una obra nueva; pero las
órdenes de la administración eran formales: el gobierno quería presentar al
público este importante descubrimiento de antaño, de los tiempos en que
reinaban en París las fiebres. Se trataba, entonces, de poner a la altura de
los tiempos esa obra costara lo que costara.
El talento de los funcionarios se puso en juego. Fue un
verdadero tour de force, pero el pobre Michel casi no participó en esa obra
maestra; no aportó la menor idea; no supo explotar la situación; su nulidad era
absoluta en la materia. Decidieron que era un incapaz.
Enviaron un informe al Director, que no lo beneficiaba nada;
después de un mes de drama hubo que hacerlo descender a la tercera División.
"No sirvo para nada", se dijo el joven. "No tengo
ni imaginación ni ingenio. ¡Pero qué manera de hacer teatro es ésta!"
Y se desesperaba y maldecía esta organización; olvidaba que la
colaboración del siglo diecinueve contenía el germen de toda la institución del
Gran Depósito Dramático.
Y esto era colaboración elevada a centésima potencia. Michel
cayó entonces del drama al vaudeville. Allí estaban los hombres más alegres de
Francia; el encargado de las coplas rivalizaba con el que se ocupaba de los
chistes; la sección de situaciones confusas y de palabras groseras estaba bajo
la responsabilidad de un joven muy agradable. El departamento de juegos de
palabras funcionaba a la perfección. Existía además una oficina central de
elementos de ingenio, de apartes de doble sentido y de patadas en el trasero;
servía a todas las reparticiones de las cinco Divisiones; la administración no
toleraba el uso de una palabra extraña, a menos que ya se la hubiera usado
durante dieciocho meses por lo menos; conforme a sus órdenes, se trabajaba sin
cesar en el desplume del diccionario, y se efectuaba un relevamiento constante
de cuanta palabra, frase o galicismo, privado de su sentido habitual, pudiera
emplearse para algo imprevisto; el último inventario de la sociedad ofrecía un
activo de setenta y cinco mil juegos de palabras, un cuarto de los cuales eran
completamente nuevos y el resto todavía presentable. Aquellos se pagaban más
caros.
Gracias a esta economía, a esta reserva, a este depósito, los
productos de la tercera División resultaban excelentes.
Cuando se supo del poco éxito de Michel en las divisiones
superiores, se cuidaron de proponerle una parte fácil de la confección de
vaudevilles; no se le exigió que aportara ideas ni que inventara palabras; le
entregaron una situación que debía desarrollar.
Se trataba de un acto para el teatro del Palais Royal; se
apoyaba en una situación aún nueva en el teatro y llena de efectos seguros.
Sterne ya la había esbozado en el capítulo 73 del libro segundo de Tristram
Sbandy, en el episodio de Phutatorious.
Bastaba con el título para sospechar lo que venía: ¡Abotónate el
pantalón!
Se puede apreciar en seguida el partido que se podía sacar de
esta situación incómoda del hombre que ha olvidado satisfacer la exigencia más
imperiosa de la vestimenta masculina. Los terrores, el amigo que lo presenta en
un salón de un barrio elegante, la confusión de la dueña de casa... Y si a eso
se une la habilidad del actor que en cada momento puede hacer creer al público
que... y el divertido susto de las mujeres que... Había material para un gran
éxito.
Y bien, Michel, enfrentado a esta idea original, tuvo un ataque
de horror, y destrozó el escenario que le habían confiado...
"¡Oh!", se dijo, "no me voy a quedar un minuto
más en esta caverna. ¡Mejor morirse de hambre!" ¡Tenía razón! ¿Qué podía
hacer? ¿Ir a dar a la División de óperas y de óperas cómicas? Jamás habría
aceptado escribir los versos insensatos que exigían los músicos del momento!
¿Debía rebajarse al nivel de la revista, la fantasía y los
encargos oficiales?
Pero en esos casos hacía falta ser maquinista o pintor, y no
autor dramático, ingeniárselas para hallar un decorado nuevo y no otra cosa...
En estos géneros se había ido muy lejos con la física y la mecánica. Sobre la
escena se transportaban árboles verdaderos arraigados en cajas invisibles,
trozos completos de tierra, selvas naturales y edificios construidos en piedra.
Se representaba el océano con verdadera agua de mar, que se vaciaba todos los
días ante los espectadores y que se renovaba al día siguiente.
¿Se sentía capaz Michel de imaginar ese tipo de cosas? ¿Poseía
en sí mismo algo que le sirviera para actuar sobre las masas y las impulsara a
verter en las cajas de los teatros lo que les sobraba en los bolsillos? ¡No!
Cien veces no.
Sólo le quedaba una alternativa. Marcharse. Y eso hizo.
CAPÍTULO XV
Miseria
Durante su estadía en el Gran Depósito Dramático, de abril a
septiembre -cinco meses de decepciones y sobresaltos-, Michel no había olvidado
ni a su tío Huguenin ni a su profesor Richelot.
Pasó muchas tardes en casa de uno o del otro; las mejores tardes
de su vida; con el profesor hablaba del bibliotecario; con el bibliotecario no
hablaba del profesor, sino de su hija, de Lucy, y lo hacía lleno de
sentimiento.
-Mi vista no es muy buena -le dijo un día el tío-, pero me
parece ver que la amas.
-Sí, tío, como un loco.
-Ámala como loco, pero cásate con ella como un sabio; cuando...
-¿Cuándo podrá ser eso? -preguntó Miguel, temblando.
-Cuando consigas una posición estable; trata de hacerlo por
ella, si no te resulta por ti mismo.
Michel no dijo nada ante esas palabras; se sentía furioso.
-¿Pero Lucy te ama a ti? - le preguntó el tío otro día.
-No lo sé -dijo Michel-. ¿Pero de qué le serviría yo?
Verdaderamente no hay ningún motivo para que me ame.
Y esa tarde, después que le hicieron esa pregunta, Michel
parecía el más desgraciado de los hombres. No obstante, la joven ni siquiera se
preguntaba si el pobre muchacho tenía o no tenía una posición. De verdad, eso
no la preocupaba; se estaba acostumbrando poco a poco a ver a Michel, a
escucharlo, a esperarlo cuando no estaba; los dos hablaban de todo y de nada.
Los dos viejos los dejaban hacer. ¿Por qué impedirles amarse? No se lo decían.
Hablaban del porvenir. Michel no se atrevía a plantear la cuestión, quemante,
del presente.
-No sabes cuánto te voy a amar un día -le decía. Había en todo
ello un matiz que Lucy apreciaba, pero que era cuestión de tiempo y no convenía
resolver ahora.
Y después el joven se entregaba a toda su poesía; se sabía
escuchado, comprendido, y se volcaba por completo en el corazón de la joven.
Era él junto a ella; sin embargo, no le escribía versos a Lucy; era incapaz de
hacerlo; la amaba demasiado realmente; no com-prendía la alianza del amor y de
la rima, ni que se pudieran someter sus sentimientos a las exigencias de una
censura.
No obstante, por su cuenta, su poesía se impregnaba de esos
pensamientos tan queridos, y cuando le decía algunos versos a Lucy, ésta los
escuchaba como si ella misma los hubiera escrito; parecían responder siempre
una pregunta secreta que ella no se atrevía a plantear a nadie.
Una tarde, Michel le dijo, mirándola a los ojos:
-Está por llegar el día.
-¿Qué día? -preguntó la joven.
-El día en que voy a amarte.
-¡Ah! -exclamó Lucy.
Y más tarde, de vez en cuando, él le repetía:
-El día se acerca.
Y al fin, una hermosa tarde de agosto, le dijo:
-Ya ha llegado.
Y le tomó las manos.
-El día en que me vas a amar -murmuró la joven.
-El día en que te amo -agregó Michel.
Cuando el tío Huguenin y el profesor Richelot advirtieron que
los jóvenes habían llegado a esta página del libro, les dijeron:
-Ya está muy leído, hijos míos, cierren el volumen, y tú,
Michel, trabaja por los dos.
Y no hubo más fiesta de compromiso.
En esta situación, se comprende, Michel no hablaba de sus
trabajos. Cuando le preguntaban cómo iban las cosas en el Gran Depósito
Dramático, respondía con evasivas. No era el ideal; debía acostumbrarse; pero
ya lo conseguiría.
Los dos ancianos no veían más allá; Lucy adivinaba los
sufrimientos de Michel y lo alentaba del mejor modo que podía. Pero se
interesaba un poco, le importaba el tema.
Es de imaginar entonces el profundo desaliento y la
desesperación del joven cuando volvió a encontrarse a merced del azar. Hubo un
instante terrible, en que la existencia se le mostró bajo su aspecto verdadero,
con sus fatigas, sus decepciones, su ironía. Se sintió más pobre, más inútil,
más desclasado que nunca.
"¿Qué he venido a hacer en este mundo?", se
preguntaba. "Ni siquiera me han invitado. Me tengo que marchar".
Recordaba a Lucy y vacilaba.
Acudió donde Quinsonnas. Lo encontró cosiendo un saco, un saco
pequeño que una modesta bolsa para dormir habría mirado desdeñosamente.
Michel refirió su aventura.
-No me extraña nada -le dijo Quinsonnas-. No estás hecho para
ningún tipo de colaboración en gran escala. ¿Qué vas a hacer?
-Trabajar solo.
-¡Ah! -respondió el pianista-, ¿no has perdido el valor?
-Veremos. ¿Pero en qué estás tú, Quinsonnas?
-Me marcho.
-¿Te vas de París?
-Sí, y aún mejor. La fama francesa no se consigue en Francia; es
un producto extranjero que se importa; voy a conseguir que me importen.
-¿Pero dónde te vas?
-A Alemania. A asombrar a esos bebedores de cerveza y fumadores
de pipa. ¡Oirás hablar de mí! -¿Entonces ya cuentas con los medios?
-¡Sí!
-Pero hablemos de ti. Vas a luchar. Está bien. ¿Pero tienes
dinero?
-Algunos cientos de francos.
-Es poco. Te dejo mi alojamiento. Hay tres meses pagados.
-Pero...
-Perderías si no te quedas en él. Y he ahorrado mil francos.
Compartámoslos.
Jamás -le dijo Michel.
-Hijo mío, eres un imbécil. Te debería dar todo, y te ofrezco la
mitad. Pero son quinientos francos que te doy.
-Quinsonnas -dijo Michel, con lágrimas en los ojos.
-¡Lloras! ¡Tienes razón! Es la puesta en escena que corresponde
a la partida. ¡Tranquilo! ¡Voy a volver! ¡Vamos! ¡Un abrazo!
Michel se arrojó en brazos de Quinsonnas, que se había jurado no
emocionarse y que huyó para no traicionar sus sentimientos.
Michel se quedó solo. De inmediato decidió no contarle a nadie
su cambio de situación, ni a su tío ni al abuelo de Lucy. No tenía sentido
provocarles más impresiones violentas.
"Voy a trabajar, voy a escribir", se repetía, para
endurecerse. "Hay otros que han luchado y a los que este siglo ingrato se
ha negado a reconocer. Veremos".
Al día siguiente se hizo traer su escaso equipaje a la
habitación de su amigo, y puso manos a la obra. Quería publicar un libro de
poesías inútiles pero hermosas; trabajó sin pausa, casi en ayunas, pensando y
soñando; sólo dormía para seguir soñando.
No supo más de la familia Boutardin; evitaba pasar por las
calles que le pertenecían; imaginaba que lo iban a amonestar. Pero su tutor ni
pensaba en él; se había liberado de un imbécil, y se felicitaba por ello.
Su única felicidad, cuando dejaba la habitación, era visitar a
M. Richelot. No salía por ningún otro motivo. Iba a concentrarse en la
contemplación de la joven y a beber de esa fuente inagotable de poesía... ¡Cómo
la amaba! ¡Y, había que confesarlo, cómo era amado! Ese amor le colmaba la
existencia; no comprendía que hiciera falta otra cosa para vivir.
Sus recursos, sin embargo, se iban agotando poco a poco; y él no
lo advertía.
A mediados de octubre, una visita que hizo al viejo profesor lo
dejó muy afligido; encontró triste a Lucy y quiso saber la razón de esa pena.
Las clases habían vuelto a empezar en la Sociedad de Crédito
Instruccional; no habían suprimido la de retórica, es verdad; pero casi; M.
Richelot sólo tenía un alumno. ¡Uno solo! Si el alumno faltaba, ¿qué sería del
viejo profesor? No tenía fortuna. Y eso podría suceder cualquier día. Sólo le
darían las gracias.
-No hablo por mí -dijo Lucy-, pero me inquieta mi pobre abuelo.
-Voy a hacer algo -le dijo Michel.
Pero lo dijo con tan poca convicción que Lucy ni se atrevió a
mirarlo.
Michel sintió cómo el rojo de la impotencia le subía al rostro.
Y cuando estuvo solo, se dijo: "Haré lo posible. Ojalá
pueda cumplir mis promesas. Y ahora, ¡a trabajar!"
Y volvió a su habitación.
Pasaron muchos días. Muchas hermosas ideas eclosionaron en el
cerebro del joven y bajo su pluma adquirieron formas encantadoras. Por fin
terminó su libro, si se puede decir que un libro así se termina jamás. Tituló
Las esperanzas a su recopilación de poemas. Y había que engañarse mucho para
tener esperanzas todavía.
Y empezó a recorrer los editores. Inútil contar la escena
previsible que se producía con cada una de estas tentativas insensatas. Ni un
librero quiso leer su libro. Así le fue a su papel, su tinta y sus esperanzas.
Regresó desesperado. Sus ahorros se terminaban; pensó en su
profesor; buscó un trabajo manual; las máquinas remplazaban al hombre con
ventaja en todas partes; no hubo más recursos; en otra época habría vendido la
piel a cualquier hijo de familia obligado a la conscripción; ese tipo de
tráfico ya no existía.
Llegó el mes de diciembre, el mes en que se cumplen todos los
plazos; el mes del frío, la tristeza; el mes que termina con el año sin
terminar con los dolores, ese mes que casi sobra en todas las vidas. La palabra
más espantosa de la lengua francesa, la palabra miseria, se inscribía en la
frente de Michel. Sus ropas envejecieron y cayeron poco a poco como las hojas
de los árboles al comienzo del invierno; y no había primavera que las fuera a
recuperar.
Empezó a avergonzarse de sí mismo. Visitaba cada vez menos al
profesor y lo mismo a su tío; sentía la miseria; fingió tener trabajos
importantes, incluso inventó viajes; habría inspirado piedad si la piedad no
hubiera sido expulsada de la tierra en esa época egoísta. El invierno de 1961 a
1962 fue particularmente duro; superó a los de 1789, 1813 y 1829 por su rigor y
su duración.
El frío empezó en París el 15 de noviembre y las heladas
continuaron sin interrupción hasta el 28 de febrero; la nieve alcanzó una
altura de setenta y cinco centímetros y muy poco menos el hielo que cubría los
estanques y los ríos; el termómetro bajó a menos de veintitrés grados bajo cero
durante quince días seguidos. El Sena se cubrió de hielos durante cuarenta y
dos días y la navegación se interrumpió por completo.
Ese frío terrible fue general en Francia y en toda Europa; el
Rin, el Garona, el Loira, el Ródano se cubrieron de hielo; el Támesis se heló
hasta Gravesand, veinte kilómetros más arriba de Londres; el puerto de .
Ostende se solidificó y los carros lo podían atravesar circulando sin
dificultad sobre los hielos.
El invierno expandió sus rigores hasta en Italia, donde la nieve
fue muy abundante, y hasta Lisboa, donde las heladas duraron cuatro semanas, y
hasta Constantinopla, que quedó enteramente bloqueada.
La prolongación de esta temperatura produjo desastres funestos;
gran cantidad de personas pereció de frío; las disputas de los pueblos se
suspendieron; por la noche, la gente caía de frío en las calles. Los vehículos
dejaron de circular, los ferrocarriles se interrum-pieron y no sólo porque la
nieve obstaculizaba el paso, sino porque los conductores morían de frío sí
permanecían en las locomotoras.
La agricultura fue víctima principal de la calamidad inmensa;
perecieron las viñas, las higueras, los olivos de Provenza; los troncos de los
árboles estallaban a lo largo; hasta los juncos y los arbustos menores
sucumbían bajo la nieve.
La cosecha de trigo y de cebada se arruinó ese año.
Podrá imaginarse los espantosos sufrimientos de la población
pobre, a pesar de las medidas que tomó el Estado para aliviarlos; todos los
recursos de la ciencia resultaron insuficientes ante tamaña invasión; la
ciencia había domado el rayo, suprimido las distancias, sometido el tiempo y el
espacio a su voluntad, colocado las fuerzas más secretas de la naturaleza al
alcance de todos, controlado las inundaciones, dominado la atmósfera; pero nada
podía hacer contra ese enemigo terrible e invencible, el frío.
La caridad pública consiguió algo más, pero poco todavía, y la
miseria alcanzó los mayores extremos. Michel sufrió intensamente; carecía de
fuego y el combustible estaba fuera de su alcance. No se calentó con nada.
Muy pronto tuvo que reducir su alimentación a lo más
indispensable; llegó a consumir los productos más miserables.
Durante algunas semanas vivió gracias a un preparado que
entonces se hacía con el nombre de queso de papas; era una pasta homogénea
amasada y cocida; pero hasta eso le costaba caro.
El pobre diablo llegó a comer pan de la fécula disecada de
sustancias imprecisas que se conocían como el pan del hambre.
Pero el rigor de los tiempos hizo subir el precio y hasta esto
último le resultaba caro.
Durante enero, el mes más duro del invierno, Michel se vio
obligado a comer pan negro de hulla.
La ciencia había analizado minuciosamente el carbón de piedra,
que parece una verdadera piedra filosofal; encierra el diamante, la luz, el
calor, el aceite y mil otros elementos, ya que sus diversas combinaciones han
entregado setecientas sustancias orgánicas. Pero también contiene una
considerable cantidad de hidrógeno y carbono, los dos elementos nutritivos del
trigo, sin que haga falta mencionar las esencias que conceden gusto y aroma a
los frutos más sabrosos.
Con este hidrógeno y este carbono, cierto doctor Frankland hizo
pan, y éste era el pan más barato. Habrá que confesar que había que ser muy
fatal para morir de hambre; la ciencia no lo permitía. Michel no murió; ¿pero
cómo vivía?
Por poco que sea, el pan de hulla cuesta de todos modos algo, y
cuando literalmente no se puede trabajar, dos centavos no se encuentran sino de
manera limitada en un franco.
Michel llegó finalmente a su última moneda. La contempló un
tiempo, y después empezó a reír de manera siniestra. Tenía la cabeza dentro de
un círculo de fuego a causa del frío, y muy pronto empezó a encendérsele
también el cerebro.
"A dos centavos la libra de pan", se dijo, "y a
razón de una libra por día, me quedan alrededor de dos meses de pan de hulla
por delante. Pero nunca le he ofrecido nada a la pequeña Lucy. Le voy a comprar
mi primer ramo de flores con mi última moneda".
Y el desgraciado bajó a la calle, como un loco. El termómetro
marcaba veinte grados bajo cero.
CAPÍTULO XVI
El demonio de la electricidad
Michel avanzaba por las calles silenciosas; la nieve amortiguaba
los pasos de los escasos viandantes; los vehículos ya no circulaban; era de
noche. "¿Qué hora será?", se preguntó el joven.
"Las seis", le respondió el reloj del hospital
Saint-Louis.
"Un reloj que sólo sirve para medir los dolores",
pensó.
Continuó su camino con la misma idea fija: soñaba con Lucy;
pero, a pesar suyo, la joven se le escapaba de los pensamientos; no conseguía
retenerla con la imaginación; tenía hambre, sin duda. La costumbre.
El cielo resplandecía con una pureza incomparable en ese frío
intenso; el ojo se perdía en espléndidas constelaciones; Michel, sin saberlo,
estaba contemplando los Tres Reyes que se elevan en el horizonte del este en
medio de la magnífica Orión.
Hay mucha distancia entre las calles Grange-auxBelles y
Fourneaux; era casi como atravesar todo el viejo París. Michel cortó por un
atajo, llegó a la rue Faubourg-du-Temple y siguió en línea recta desde el
Cháteau d'Eau hacia Halles Centrales por la rue de Turbigo.
Desde allí, en algunos minutos, llegó al Palais Royal y se
internó bajo las galerías por el magnífico portal que se abre al extremo de la
rue Vivienne.
El jardín estaba sombrío y desierto; un inmenso tapiz blanco lo
cubría por entero, sin una mancha, sin una sombra.
"Sería un desastre pasar por ahí", se dijo Michel.
En ningún momento se le ocurrió pensar que también sería
glacial.
Al final de la galería de Valois vio una tienda, muy iluminada,
de flores; entró rápidamente y se encontró en un verdadero jardín de invierno.
Plantas extrañas, arbustos verdes, ramos de flores recientes; no faltaba nada.
El aspecto del pobre diablo no era muy atractivo; el Director
del Establecimiento no comprendía la presencia de ese joven mal vestido dentro
de su jardín. Era evidente. Michel comprendió.
-¿Qué quiere? -le dijo una voz, con brusquedad.
-Las flores que me pueda dar por esta moneda.
-¡Por esa moneda! -exclamó, desdeñoso, el comerciante-. ¡Y en
diciembre!
-Aunque sea una sola flor -le dijo Michel.
-¡Caramba! Hagamos una limosna -dijo el hombre, como para sí
mismo.
Y le dio al joven un ramo de violetas casi marchitas. Pero se
quedó con la moneda.
Michel salió. Experimentaba una peculiar sensación de irónica
satisfacción después de haber gastado su última moneda.
"Ya no tengo nada", exclamó, riendo con los labios;
pero los ojos seguían perdidos, sin expresión.
"¡Bien! ¡La pequeña Lucy va a estar contenta! ¡Hermoso
ramo!
Y se acercó a la cara esas pocas flores marchitas; y respiró ese
perfume ausente.
"Estará muy feliz por tener violetas en este gran
invierno". ¡Vamos!
Siguió avanzando, tomó por el puente Royal, penetró en el barrio
de los Inválidos y de la Escuela Militar (que conservaba ese nombre) y dos
horas después de haber dejado su habitación de la rue Grange-aux-Belles llegó a
la rue des Fourneaux.
El corazón le latía con fuerza; no sentía ni el frío ni la
fatiga.
"Estoy seguro de que me espera. Hace tanto que no la
veo".
Y se le ocurrió reflexionar en algo. "No quiero llegar
mientras estén cenando. No sería conveniente. Tendrían que invitarme. ¿Qué hora
será?"
"Las ocho", respondió la iglesia de Saint-Nicolas,
cuya flecha nítidamente recortada se dibujaba en el aire. "¡Oh!", se
dijo el joven. "A esta hora todo el mundo ha comido". Avanzó hacia el
número 49 de la calle; golpeó suavemente a la puerta; quería dar una sorpresa.
Se abrió la puerta. Se lanzó hacia la escalera; el portero lo detuvo.
-¿Dónde va usted? -preguntó, mientras lo examinaba de pies a
cabeza.
-Donde monsieur Richelot.
-No está.
-¡Cómo! ¿Cómo que no está?
-Ya no está más. Si usted lo prefiere así.
-¿Monsieur Richelot ya no vive aquí?
-¡No! Partió.
-¿Partió?
-Lo expulsaron.
-¿Lo expulsaron? -casi gritó Michel.
-Era uno de esas personas que nunca tenían el sueldo a tiempo.
Lo han apresado.
Apresado -dijo Michel, y le temblaba todo el cuerpo.
-Apresado y despachado.
-¿Dónde? -preguntó el joven.
-No lo sé -contestó el empleado del gobierno, que en esos
barrios sólo era de novena clase.
Michel, sin saber cómo, se encontró otra vez en la calle; se le
erizaron los cabellos; le vacilaba la cabeza; sentía miedo.
"Apresado", repetía, corriendo, "perseguido.
Entonces tiene frío, entonces tiene hambre".
Y el desgraciado, creyendo que todo lo que amaba quizás estaba
sufriendo, volvió a padecer los dolores del hambre y del frío que había
olvidado...
"¿Dónde están? ¿De qué viven? El abuelo no tenía nada, lo
deben haber expulsado del colegio. Su alumno lo abandonó, el miserable. Si yo
lo conociera..."
"¿Dónde están?", repetía a cada momento. "¿Dónde
están?", le repetía a algún caminante apresurado que lo miraba como a un
loco.
"Ella quizás cree que los he abandonado en la
miseria".
Las rodillas se le doblaron al pensar esto; estuvo a punto de
caer sobre la nieve endurecida; se mantuvo en pie con un esfuerzo desesperado;
no podía avanzar: corría; el exceso de dolor produce esas anomalías. Corrió sin
objeto, sin saber dónde; de pronto reco-noció los edificios del Crédito
Instruccional. Huyó horrorizado.
"¡Oh!", gritaba, "¡las ciencias!, ¡las
industrias!" Volvió sobre sus pasos. Durante una hora se perdió por los
hospicios que se acumulaban en ese extremo de París, Los Niños Enfermos, Los
jóvenes Ciegos, el hospital Marie-Thérése, Los Niños Perdidos, la ma-ternidad,
el hospital du Midi, de la Rochefoucauld, Cochin, Lourcine; no conseguía salir
de ese barrio del sufrimiento.
"Pero no quiero entrar a ninguno", se decía, como si
una fuerza lo empujara hacia adelante.
Entonces encontró los muros del cementerio de Montparnasse.
"Más vale aquí", pensó.
Y caminó como un ebrio en torno a ese campo de los muertos.
Por fin llegó, sin advertirlo, al bulevar Sebastopol, de la
ribera izquierda, pasó frente a la Sorbona, donde M. Flourens dictaba con gran
éxito todavía su curso, siempre ardoroso, siempre joven.
El pobre loco se encontró finalmente en el puente Saint-Michel;
la horrible fuente, completamente oculta bajo la costra helada, por completo
invisible, se veía entonces bastante mejor que habitualmente.
Michel, arrastrándose, siguió por el muelles de los Agustinos
hasta el puente Nuevo y allí, con la mirada perdida, se dedicó a observar el
Sena.
"Mal tiempo para la desesperación", se dijo. "Ni
siquiera se puede uno ahogar".
En efecto, el río estaba enteramente inmóvil; los vehículos lo
habrían podido atravesar sin peligro; numerosas tiendas se instalaban encima
durante el día y en distintos sitios encendían fuego.
Los magníficos trabajos de amurallamiento del Sena desaparecían
bajo la nieve amontonada; era la concreción de la gran idea que tuvo Arago en
el siglo diecinueve; un río embalsado proporcionaba a la ciudad de París una
fuerza de cuatro mil caballos que no costaba nada y que trabajaba sin
interrupción.
Las turbinas elevaban diez mil pulgadas de agua a cincuenta
metros de altura; una pulgada de agua equivale a veinte metros cúbicos cada
veinticuatro horas. Los habitantes pagaban entonces el agua ciento setenta
veces más barata que antes; contaban con mil litros por tres centavos, y cada
uno disponía de cincuenta litros diarios.
Por otra parte, como el agua estaba siempre disponible en las
tuberías, el riego de las calles se efectuaba sin problemas, y cada casa, en
caso de incendio, contaba con el agua suficiente y a gran presión.
Michel, que cruzaba la barrera, escuchó el sonido sordo de las
turbinas Fourneyron y Koechlin que continuaban funcionando bajo la costra de
hielo. Pero entonces, indeciso, pues sin duda tenía alguna idea que se le
escapaba, volvió sobre sus pasos; se encontró frente al Instituto.
Recordó entonces que la Academia Francesa no contaba con ningún
literato; el ejemplo de Laprade, que trató de inútil a Saint-Beuve a mediados
del siglo diecinueve, hizo que otros dos académicos se dieran el nombre de ese
pequeño personaje genial del que habla Sterne en Tristram Shandy, vol. I,
capítulo 21, p. 156, de la edición Ledoux y Terué de 1818; los literatos
decididamente se volvían muy mal educados y se terminó por designar solamente a
grandes personajes.
La visión de esa horrible cúpula de franjas amarillentas le hizo
muy mal al pobre Michel, y regresó al Sena; sobre su cabeza, el cielo estaba
lleno de alambres eléctricos que pasaban de una ribera a la otra y tendían una
especie de inmensa tela de araña hasta la Prefectura de Policía.
Huyó solo por sobre el río helado; la luna proyectaba ante sus
pasos una sombra intensa y repetía sus movimientos con ademanes desmesurados.
Pasó frente al muelle del Reloj, al Palacio de justicia;
franqueó el puente Change, de cuyos arcos colgaban hielos enormes; pasó más
allá del Tribunal de Comercio y del puente Notre-Dame y del puente de la
Reforma que comenzaba a curvarse; volvió al muelle. Se encontró a la entrada de
la morgue, abierta día y noche para vivos y muertos; entró maquinalmente como
si estuviera buscando algún ser querido; contempló los cadáveres grises,
verdosos, hinchados, tendidos sobre las mesas de mármol; vio en un rincón el
aparato eléctrico destinado a revivir a los ahogados a quienes quedaba algo de
vida.
"Y más electricidad", se dijo. Y huyó.
Allí estaba Notre-Dame; los vitrales resplandecían de luz, se
escuchaban cantos solemnes. Michel entró
en la vieja catedral. Terminaba el oficio. Michel quedó
deslumbrado al dejar las sombras de la calle.
El altar refulgía de lámparas eléctricas y rayos de la misma
naturaleza escapaban del cáliz que levantaba en sus manos el sacerdote...
"Siempre la electricidad", repitió "Incluso
aquí".
Y volvió a huir. Pero no lo bastante como para no alcanzar a
escuchar los rugidos del órgano impulsado por el aire comprimido de la Société
des Catacombes...
Michel estaba enloqueciendo; creía que lo perseguía el demonio
de la electricidad; volvió al muelle de Gréves y se hundió en un laberinto de
calles desiertas, cayó en la plaza Royal, allí donde la estatua de Victor Hugo
había desplazado a la de Luis XV; encontró adelante el nuevo bulevar Napoleón
IV, que se extendía hasta la plaza, en medio de la cual Luis XIV se lanza al
galope hacia el Banco de Francia; dobló la esquina y volvió por la rue
Notre-Dame des Victoires.
En la fachada de la calle que hace esquina con la plaza de la
Bolsa alcanzó a ver la placa de mármol en que se destacan estas palabras
grabadas en oro:
Recuerdo histórico.
En el
cuarto piso de esta casa
Victorien Sardou habító
entre 1859 y 1862.
Michel estaba finalmente ante la Bolsa, la catedral del tiempo,
el templo de los templos; el cuadrante eléctrico señalaba que faltaban quince
minutos para la medianoche.
"La noche no avanza", se dijo.
Caminó hacia los bulevares. Los faroles enviaban sus rayos de
luz intensa y blanca; había carteles trasparentes sobre los cuales la
electricidad escribía propaganda en letras de fuego que brillaban sobre las
columnas.
Michel cerró los ojos; se dejó rodear por la multitud que
vomitaban los teatros; llegó a la plaza de la ópera y contempló todos los
grupos de ricos que desafiaban el frío dentro de cachemiras y pieles; pasó
junto a la larga fila de coches a gas y escapó por la rue Lafayette.
Ante él había casi cuatro kilómetros en línea recta.
"Huyamos de todo este mundo", se dijo.
Y corrió, se arrastró, cayendo a veces y levantándose adolorido,
pero casi insensible; lo sostenía una fuerza superior a él mismo.
A medida que avanzaba, el silencio y el abandono renacían a su
alrededor. Sin embargo, veía a lo lejos algo como una luz inmensa; escuchó un
ruido formidable que no se podía comparar con nada.
Pero continuó, a pesar de todo; por fin llegó al centro mismo de
un estruendo espantoso, a una sala inmensa en la cual diez mil personas cabían
con comodidad; enfrente se leía, con letras de fuego:
Concierto eléctrico
¡Sí! ¡Concierto eléctrico! ¡Y qué instrumentos! Conforme a un
procedimiento húngaro, doscientos pianos comunicados unos con otros por medio
de una corriente eléctrica tocaban de consuno bajo las manos de un solo
artista. ¡Un piano con la potencia de doscientos!
"¡Huyamos! ¡Huyamos!", casi gritó el desgraciado,
perseguido por su tenaz demonio. "¡Fuera de París! ¡Quizás encuentre allí
el reposo!"
¡Y se arrastraba de rodillas! Después de dos horas de lucha
contra su propia debilidad, llegó al depósito de la Villette; allí se perdió;
creyó que enfilaba por la puerta de Aubervilliers e ingresó en la interminable
rue Saint-Maur; una hora después estaba junto a la prisión juvenil, en la
esquina de la rue de la Roquette.
Y allí había un espectáculo siniestro. Se estaba levantando un
patíbulo. Se preparaba una ejecución para el amanecer.
Varios obreros estaban alzando la plataforma; cantaban.
Michel quiso escapar de esa visión; pero chocó con una, caja
abierta. Al levantarse, vio una batería eléctrica.
¡Y recordó! Comprendió. Ya no se cortaban cabezas. Se fulminaba
con una descarga. Eso imitaba mejor la venganza celeste.
Michel volvió a gritar y desapareció.
Daban las cuatro de la madrugada en la iglesia de
Sainte-Marguerite.
CAPÍTULO XVII
Et in pulverem reverteris
¿Qué fue del desgraciado durante el resto de la noche? ¿Dónde dirigió
sus pasos el azar? ¿Se perdió sin poder abandonar esa capital siniestra, ese
París maldito? ¡Preguntas insolubles!
Hay que creer que giró sin cesar alrededor y en medio de las
innumerables calles que rodean el cementerio de Père-Lachaise, ya que el viejo
campo de los muertos se encontraba en pleno aumento demográfico. La ciudad se
extendía por el este hasta los fuertes de Aubervilliers y de Romainville.
Fuera como fuera, el hecho es que Michel, cuando el sol se elevó
sobre esa ciudad blanca, se encontraba en el cementerio.
Ya no tenía fuerzas para pensar en Lucy; se le congelaban las
ideas; parecía un espectro errante entre las tumbas; pero no un extranjero: se
sentía en casa.
Subió por la gran avenida y tomó hacia la izquierda por esas
callejas húmedas del cementerio bajo; los árboles, cargados de nieve, lloraban
sobre las tumbas brillantes; las piedras verticales que respetaba la nieve
ofrecían, solas, los nombres de los muertos.
Muy pronto apareció el monumento funerario de Eloísa y Abelardo;
en ruinas; tres columnas sostenían un arquitrabe carcomido; aún se mantenían de
pie como la Grecostasis del Foro Romano.
Michel miraba sin ver; un poco más lejos vio los nombres de
Cherubini, Habeneck, Chopin, Massé, Gounod, Reyer, en el rincón reservado para
los que vivieron de la música y que quizás murieron de ella; siguió avanzando.
Pasó delante de ese nombre incrustado en piedra, sin fecha, sin
penas grabadas a cincel, sin emblemas, sin fasto, ese nombre tan respetado en
su tiempo, el de La Rochefoucauld.
E ingresó en una aldea de tumbas coquetas como casas holandesas,
con reja pulida por delante, con peldaños pulidos con piedra pómez. Le dieron
ganas de entrar en ellas.
"Y descansar allí, reposar para siempre", pensó. Esas
tumbas recordaban todos los estilos de la arquitectura; había tumbas griegas,
romanas, etruscas, bizantinas, lombardas, góticas, renacentistas, del siglo
veinte, que se reunían igualadas; la unidad la daban esos muertos, todos
vueltos polvo, bajo el mármol, el granito o la cruz de madera negra.
El joven seguía avanzando; subía poco a poco la fúnebre colina;
quebrado por la fatiga, se apoyó en el mausoleo de Néranger y de Manuel; ese
cono de piedra, sin ornamentos ni escultura, aún estaba de pie como la pirámide
de Giza, seguía cubriendo a los dos amigos muertos.
A unos veinte pasos, el general Foy envejecía sobre ellos;
envuelto en su toga de mármol, parecía defenderlos todavía.
El desgraciado tuvo la idea, de súbito, de buscar entre esos
nombres; ningún epitafio alcanzaba a hablar a su espíritu de manera suficiente;
muchos estaban ilegibles, incluso los más fastuosos, en medio de emblemas
desaparecidos, manos unidas ahora distantes, escudos carcomidos; tumbas también
muertas.
No obstante, avanzaba, se perdía, volvía, se apoyaba en las
rejas de hierro, entreveía a Pradier, cuya Mélancolie de mármol caía en polvo,
a Desaugier, mutilado en su medallón de bronce; el recuerdo tumultuoso de sus
alumnos en el Gaspard Monge y la llorona velada de Etex aún se afirmaban en la
tumba de Raspail.
Siguió subiendo y flanqueó un monumento soberbio, de estilo
puro, de orgulloso mármol, al que enlazaban jóvenes apenas vestidas que corrían
y saltaban por un friso; allí leyó: "A Claiville, sus ciudadanos
agradecidos".
Continuó. No muy lejos se veía la tumba inconclusa de Alejandro
Dumas, de quien buscó toda la vida la tumba de otros.
Ya se encontraba en el sector de los ricos, que aún se daban el
lujo de opulentas apoteosis; allí se mezclaban descuidadamente los nombres de
mujeres honestas con los de famosas cortesanas que supieron economizar para un
mausoleo; había algunos monumentos que podían confundirse con casas de mala
reputación. Más allá se encontraban las tumbas de actrices sobre las cuales los
poetas del momento acudieron a verter vanidosamente sus versos desolados.
Michel se arrastró por fin hacia el otro extremo del cementerio,
donde un magnífico Donnery dormía el sueño eterno en un sepulcro teatral, cerca
de la sencilla cruz negra de Barriére, allí donde los poetas se citaban como en
una esquina de Westminster, allí donde Balzac emergía de su lienzo de piedra a
la espera de su estatua, donde ya no estaban ni siquiera los nombres de
Delavigne, Souvestre, Bérat, Plouvier, Banville, Gautier, Saint-Victor y de
cien otros más.
Más abajo, mutilado sobre su estela funeraria, Alfred de Musset
veía morir a su lado el árbol que nombrara en sus versos más dulces y más
llenos de suspiros.
En ese instante, el desgraciado recuperó la conciencia; se le
cayó el ramo de violetas; lo recogió y lo depositó, llorando, sobre la tumba
del poeta abandonado.
Y continuó subiendo más arriba, más alto, recordando y
sufriendo; divisó París a través de un claro entre los cipreses.
El monte Valérien se alzaba al fondo, a la derecha, Montmartre
seguía esperando el Partenón que los atenienses habrían situado en esa
acrópolis; a la izquierda, el Panteón, Notre-Dame, la Sainte-Chapelle, los
Inválidos, y, más lejos, el faro del puerto de Grenelle que elevaba su aguda
punta a ciento ochenta metros sobre la tierra.
Y abajo quedaba París y su acumulación de cien mil casas; entre
ellas surgían las chimeneas de diez mil fábricas.
Más abajo, el otro cementerio; desde allí, algunos grupos de
tumbas parecían pequeñas ciudades con sus calles, sus plazas, sus casas y sus
iglesias y catedrales; fragmentos de una tumba más vanidosa.
Arriba, en fin, estaban los grandes balones armados de
pararrayos, que acechaban el trueno, evitaban que cayera el rayo sobre casas
mal protegidas y protegían a París de su desastrosa cólera.
A Michel le habría gustado cortar las cuerdas que retenían esos
globos cautivos y que la ciudad se hundiera en un diluvio de fuego...
"¡Oh, París!", exclamó con un gesto de ira
desesperada.
"¡Oh, Lucy!", murmuró, y cayó desvanecido sobre la
nieve.
Fin

