Libro N°. 3090. París Era Una Fiesta. Hemingway, Ernest.
© Libro N°. 3090. París Era Una Fiesta. Hemingway, Ernest. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © A Moveable Feast
Versión Original: © París Era Una Fiesta. Ernest Hemingway
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PARÍS ERA UNA FIESTA
Ernest Hemingway
Si
tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te
acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una
fiesta que nos sigue.
De
una carta de Ernest Hemingway a un amigo (1950).
NOTA
Ernest
empezó a escribir este libro en Cuba en el otoño de 1957, lo trabajó en Ketchum
(Idaho) en el invierno de 1958-59, se lo llevó a España en nuestro viaje de
1959, y siguió con el libro de vuelta a Cuba y luego a Ketchum, a fines de
otoño. Lo terminó en la primavera de 1960 en Cuba, después de una interrupción
para escribir otro libro, El verano peligroso, que trataba de la violenta
rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín por las plazas de toros
españolas en 1959. Retocó el libro en el otoño de 1960 en Ketchum. El libro
trata de los años que van de 1921 a 1926, en París.
Mary
Hemingway
PREFACIO
Por
razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e
impresiones no se les ha dado cabida en este libro. Hay secretos, y hay cosas
que todo el mundo sabe y de que todo el mundo ha escrito y sin duda volverá a
escribir.
No
se encontrará mención del Stade Anastasie, donde los boxeadores servían de
camareros a las mesas entre árboles, y el ring estaba en el jardín. Ni de los
entrenamientos con Larry Gains, ni de los grandes combates a veinte asaltos en
el Cirque d'Hiver. Ni de buenos amigos como fueron Charlie Sweeney, Bill Bird y
Mike Strater, ni de André Masson ni de Miró. No se dice palabra de nuestros
viajes a la Selva Negra, ni de las exploraciones de un día por los bosques que
tanto nos gustaban, alrededor de París. Sería estupendo que todo hubiera cabido
en el libro, pero por ahora nos quedamos con las ganas.
Si
el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero
siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz. sobre
las cosas que fueron antes contadas como hechos.
ERNEST
HEMINGWAY
San
Francisco de Paula, Cuba, 1960.
I
UN
BUEN CAFÉ EN LA PLACE SAINT-MICHEL
Para
colmo, el mal tiempo. Se nos echaba encima en un solo día, al acabarse el
otoño. Teníamos que cerrar las ventanas de noche por la lluvia, y el viento
frío arrancaba las hojas a los árboles de la place Contrescarpe. Las hojas se
pudrían de lluvia por el suelo, y el viento arrojaba lluvias al gran autobús
verde en la parada de término, y el Café des Amateurs se llenaba y el calor y
el humo de dentro empañaban los cristales. Era un café tristón y mala sombra, y
allí se agolpaban los borrachos del barrio y yo me guardaba de entrar porque
olía a cuerpo sucio y la borrachera olía a acre. Los hombres y mujeres que
frecuentaban el Amateurs andaban bebidos casi siempre, o sea siempre que el
dinero les alcanzaba; generalmente pedían vino, litros o medios litros. Había
anuncios de aperitivos con nombres raros, pero casi nadie era bastante rico, o
en todo caso echaban un cimiento de aperitivo para luego edificar su trompa de
vino. A las borrachas las llamaban poivrottes, que quiere decir alcohólico,
pero en mujer.
El
Café des Amateurs era la sentina de la rué Mouffetard, aquel encanto de
callejuela con tiendas y puestos de mercado que iba a la place Contrescarpe. En
las viejas casas de vecindad, los retretes en cuclillas, uno en cada piso dando
a la escalera, con las dos eminencias en forma de zapato a cada lado del
agujero, de cemento y con una cuadrícula para que el locataire no resbalara, se
vaciaban en sentinas a las que vaciaban de noche con una bomba y volcaban en la
cuba de un carro de caballos. En verano, con todas las ventanas abiertas,
oíamos la bomba y el olor era fuerte. Los carros con las cubas iban pintados en
marrón y azafran, y rué Cardinal-Lemoine arriba, a la luz de la luna, los
cilindros con ruedas tras sus caballos parecían cuadros de Braque. Pero nadie
vaciaba el Café des Amateurs, y el amarillo aviso en la pared que daba los
horarios y las penas de ordenanza para la embriaguez pública se veía cagado de
moscas y desdeñado en la medida misma en que los clientes eran permanentes y
malolientes.
Toda
la tristeza de la ciudad se nos echó encima de pronto con las primeras lluvias
frías de invierno, y al pasear no se les veía remate a los caserones blancos,
sólo el negro húmedo de la calle y las puertas cerradas de los tenduchos, los
herbolarios, las tiendas de papelería y periódicos, la comadrona (de segunda
clase), y el hotel donde Verlaine murió y yo tenía alquilado un cuarto en el
último piso y allí trabajaba.
Calculé
que eran seis u ocho tramos hasta el último piso y que hacía mucho frío, y me
sabía cuánto valían unas cuantas ramitas de pino, más tres haces de teas atadas
con alambre y largas como medio lápiz, y cuando el fuego de las ramitas prende
en las teas hay que tener uno de aquellos haces de leña medio húmeda, y con
menos no se enciende a la chimenea como para calentar el cuarto. De modo que
pasé a la otra acera y miré al tejado aguantando lluvia, para ver si había
chimeneas con humo y qué tal salía el humo. Pero no se veía ningún humo y pensé
que la chimenea estaría fría y el tiro iba a ser un problema, y a lo mejor el
cuarto se me llenaba de humo y desperdiciaba la leña y el dinero se me iba en
nada, y eché a andar bajo la lluvia. Pasé ante el Lycée Henri-Quatre y aquella
iglesia antigua de Saint-Etienne-du-Mont y por la place du Panthéon que el
viento barría, y doblé a la derecha para guarecerme y al fin alcancé el lado de
sotavento del boulevard Saint-Michel, y aguanté caminando más allá del Cluny en
la esquina del boulevard Saint-Germain, hasta que llegué a un buen café que ya
conocía, en la Place Saint-Michel.
Era
un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a
secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la
banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del
bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba
escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y
frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento. Por entonces, ya los fines de
otoño se me habían echado encima de niño y de muchacho y de joven, y, puestos a
describirlos, en unos lugares salía mejor que en otros. A eso se le llama
trasplantarse, pensé, y a lo mejor les conviene tanto a las personas como a
otras especies cuando crecen. Pero en mi cuento los amigos bebían unas copas y
me entró sed y pedí un ron Saint James. Sabía a maravilla con aquel frío y
seguí escribiendo, sintiéndome muy bien y sintiendo que el buen ron de la
Martinica me corría, cálido, por el cuerpo y por el espíritu.
Una
chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy
linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se
acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro
como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.
La
miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o
meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la
puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.
El
cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro
ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para
mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían
rizándose en el platillo de mi copa.
Te
he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque
nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este
cuaderno y de este lápiz.
Luego
otra vez a escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya
lo escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni
guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto de ron Saint
James sin darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo
cansado. Leí el último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y
se había marchado. Por lo menos que esté con un hombre que valga la pena,
pensé. Pero me dio tristeza.
Cerré
la libreta con el cuento dentro y me la metí en el bolsillo de la cartera, y
pedí al camarero una docena de portuguesas y media jarra del blanco seco que
allí servían. Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste
y contento, como si hubiera hecho el amor, y aquella vez estaba seguro de que
era un buen cuento, aunque para saber hasta dónde era bueno había que esperar a
releerlo al día siguiente.
Comiendo
las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco
fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el
frío líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás
la sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes.
Ya
que el mal tiempo había llegado, nos convenía cambiar un poco París por un
lugar donde aquella lluvia fuera nieve cayendo entre pinos y cubriendo la
carretera y las laderas empinadas, a una altura bastante para que la nieve nos
crujiera al andar de vuelta a casa por la noche. Al pie de Les Avants había un
chalet con una pensión estupenda, donde estaríamos juntos y con los libros y
calientes en la cama juntos por la noche con las ventanas abiertas y las
estrellas brillando. Era el lugar que nos convenía. Viajar en tercera no es
caro. La pensión cuesta poco más de lo que gastamos en París.
Dejando
el cuarto de hotel donde escribía quedaba sólo el alquiler de 74 rué
Cardinal-Lemoine que era nominal. Tenía trabajo hecho para periódicos de
Toronto que todavía no había cobrado. Cosas para periódicos las podía escribir
en cualquier lugar y de cualquier humor, y el dinero del viaje lo teníamos.
Tal
vez, lejos de París, podría escribir sobre París tal como en París era capaz de
escribir sobre Michigan. Pero no me daba cuenta de que eso era prematuro,
porque todavía no conocía París bastante bien. Aunque llegó un día en que fue
verdad. En todo caso, la cosa entonces era marcharnos si mi mujer quería, y
terminé las ostras y el vino y pagué la cuenta, y tomé el camino más corto para
subir a la Montagne Sainte-Geneviève atravesando la lluvia, que por entonces,
era ya un fenómeno climático local mientras que antes nos transformaba la vida,
y llegué al piso en la cumbre de la loma.
—Me
parece muy buen idea, Tatie —dijo mi mujer. Tenía una cara de modelado suave y
los ojos y la sonrisa se le iluminaban ante cada decisión ofrecida, como si
fuera un regalo de valor—. ¿Cuándo nos marchamos?
—Cuando
quieras.
—Yo
quiero en seguida. ¿No lo sabes ya?
—A
lo mejor se pone estupendo y claro cuando volvamos. Muchas veces es una
maravilla cuando se pone claro y frío.
—Sí
que se pondrá de maravilla —dijo ella—. Me hace mucha ilusión. Has tenido una
buena idea.
II
MISS
STEIN DA ENSEÑANZAS
Cuando
volvimos a París los días eran claros y fríos y de maravilla. La ciudad se
había puesto en armonía con el invierno, vendían leña buena en la carbonería de
enfrente, y muchos cafés buenos habían puesto braseros fuera, de modo que
podíamos sentarnos al calor de las terrazas. Teníamos el piso caliente y
alegre. En la chimenea quemábamos boulets, que eran polvo de carbón comprimido
en forma de huevo, y por las calles era hermosa la luz de invierno. Ya nos
habíamos acostumbrado a los árboles desnudos rayando el cielo, y paseábamos por
la gravilla rociada de las sendas del Luxemburgo bajo el viento vivo y claro.
Si nos conformábamos con los árboles sin hojas podíamos mirarlos como
esculturas, y los vientos de invierno se veían soplar en los estanques y estaba
su soplo en los surtidores a la luz límpida. Todas las distancias se nos hacían
cortas, ahora que volvíamos de las sierras.
Gracias
al cambio de altura, si alguna vez notaba las pendientes de las lomas era con
agrado, y era un gusto subir hasta el último piso del hotel donde me encerraba
a trabajar, en un cuarto con vistas a todos los tejados y chimeneas de aquel
barrio en pendiente. La chimenea del cuarto tenía buen tiro y se estaba
caliente y se trabajaba a gusto. Me subía mandarinas y castañas asadas en
bolsas de papel, y comía las mandarinas menudas y arrojaba mondas y escupía las
pipas al fuego, y cuando tenía hambre comía también castañas tostadas. Siempre
tenía hambre, de tanto andar y frío y trabajar. En el cuarto guardaba una
botella de kirsch que trajimos de la montaña, y echaba un trago de kirsch
cuando se acercaba el fin de un cuento o el fin de una jornada de trabajo.
Cuando daba por concluido el trabajo de un día, guardaba el cuaderno o los
papeles en el cajón de la mesa y si quedaban mandarinas me las metía en el
bolsillo. Se hubieran helado por la noche en aquel cuarto.
Era
una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el
trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa
tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que
seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando
empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la
chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo
observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y
pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo
único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase
tan verídica como sepas.» De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir
de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una
frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me
ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba
que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner
en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En
aquel cuarto tome la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me
fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba
una disciplina buena y severa.
En
aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir,
desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día
siguiente. Así mi subconsciente haría su parte de trabajo y entretanto yo
escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte; y aprendería, con
suerte, y leería para no pensar en mi trabajo y volverme impotente para
rematarlo. Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual
entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego
estaba libre para pasear por todo París.
Podía
elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del
Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el museo del Luxemburgo, donde
estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu de Paume.
Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los
demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de
Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que
escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento
encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de
aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a
nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo,
cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía
Gertrude Stein, en el 27 de la rué de Fleurus.
Mi
mujer y yo visitamos a Miss Stein, y tanto ella como la amiga con quien vivía
estuvieron muy cordiales y amistosas, y nos gustó mucho aquel gran estudio con
sus cuadros de primera. Era como una de las mejores salas de un museo
admirable, con la diferencia de que allí había una gran chimenea y se estaba
caliente y cómodo, y nos daban bien de comer y té y holandas naturales de
ciruelas rojas o amarillas o de moras silvestres. Eran aguardientes aromáticos
e incoloros, que traían en jarras de cristal tallado y servían en copitas
minúsculas, y tanto el quetsche como la mirabelle o la framboise sabían a los
frutos de que provenían, un sabor transformado en fuego discreto y reservado
que al ponerlo en la lengua se soltaba y nos confortaba con su calidez.
Miss
Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una
labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía
alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión
de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con sus ropas y su
cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante, peinado
en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha.
Miss Stein hablaba sin parar y al principio de nuestra amistad no hablaba más
que de personas y de lugares.
Su
compañera tenía una voz muy agradable, era pequeña y muy morena, peinada como
Juana de Arco en los dibujos de Boutet de Monvel, y de nariz muy ganchuda.
Estaba haciendo un bordado cuando nuestra primera visita, y siguió con su labor
mientras atendía a la comida y la bebida y daba conversación a mi mujer. Su
costumbre era sostener un diálogo y escuchar otros dos e intervenir a menudo en
un diálogo que no era el suyo. Más adelante me explicó que ella estaba
encargada de dar conversación a las esposas. Mi mujer y yo nos dimos cuenta de
que a las esposas sólo se las toleraba. Pero Miss Stein y su amiga nos eran
simpáticas, aunque la amiga asustaba un poco. Los cuadros y los pasteles y los
aguardientes eran de verdadera maravilla. Al parecer también a ellas les éramos
simpáticos y nos trataban como si fuéramos niños muy buenos y bien educados y
precoces, y tuve la impresión de que nos perdonaban el estar enamorados y
casados (con el tiempo, ya nos enmendaríamos), y cuando mi mujer las invitó
para el té, aceptaron.
Cuando
vinieron a casa pareció que todavía nos cogían más cariño, pero tal vez fuera
porque el piso era tan pequeño y nos acercaba mucho más unos a otros. Miss
Stein se sentó en la cama que era un somier en el suelo y quiso ver los cuentos
que tenía escritos y le gustaron salvo uno que se titulaba «Allá en el Michigan
».
—Es
bueno —dijo—, eso no se discute. Pero es inaccrochable, no se puede colgar.
Quiero decir que es como un pintor que pinta un cuadro y luego cuando hace una
exposición no puede colgarlo en público y nadie se lo va a comprar porque
tampoco pueden colgarlo en una habitación.
—¿Pero
no piensa usted que tal vez no sea indecente, que uno pretende sólo emplear las
palabras que los personajes emplearían en la realidad? ¿Que hacen falta esas
palabras para que el cuento suene a verdadero, y no hay más remedio que
emplearlas? Son necesarias.
—Es
que no se trata de eso —dijo ella—. Uno no debe escribir nada que sea
inaccrochable. No se saca nada con hacer eso. Es una acción mala y tonta.
Ella
por su parte quería que la publicaran en el Atlantic Monthly, según me dijo, y
estaba segura de conseguirlo. Dijo que yo no era bastante buen escritor para
aquella revista o para el Saturday Evening Post aunque tal vez tuviera un
estilo nuevo de escribir a mi manera, pero lo primero que tenía que meterme en
la cabeza era no escribir cuentos que fueran inaccrochables. No se lo discutí
ni intenté volver a explicar la intención de mis diálogos. Era asunto mío y me
interesaba más escuchar que hablar. Aquella tarde nos enseñó también el modo de
comprar cuadros.
—Uno
puede comprarse vestidos o cuadros —dijo—. Eso es todo. Hay que ser riquísimo
para permitirse ambas cosas a la vez. Dele poca importancia al vestir y no le
dé ninguna a la moda, cómprese vestidos cómodos y que duren, y con lo ahorrado
en vestir podrá comprar cuadros.
—Pero
es que aunque no me compre otro traje en mi vida —dije—, nunca tendré dinero
para comprar los Picassos que quisiera.
—No,
claro. No está a su alcance. Usted tiene que comprar a pintores de su edad, a
chicos de su quinta. Ya les conocerá. Se encontrarán por el barrio. Siempre
salen nuevos pintores serios y buenos. Pero lo que importa no son los trajes
que usted pueda comprarse. Se tratará siempre de su esposa. Vestir a una mujer
es lo que sale caro.
Vi
que mi mujer procuraba no mirar a las extrañas ropas de batalla con que Miss
Stein se cubría, y que lo lograba. Las dos señoritas nos dejaron sin retirarnos
su favor a lo que me pareció, y fuimos invitados a volver al 27 de la rué de
Fleurus.
Algún
tiempo después yo fui invitado a pasar por el estudio a cualquier hora después
de las cinco, todo el invierno. Encontré a Miss Stein en el Luxemburgo. No
logro recordar si estaba paseando a su perro, ni siquiera si tenía un perro
entonces. Yo me estaba paseando a mí mismo, porque entonces no podíamos
mantener ni perro ni gato, y mis únicos gatos conocidos eran los de los cafés o
restaurantillos, o los grandes gatos que se hacían admirar en las ventanas de
las porterías. Más adelante, a menudo encontré a Miss Stein con su perro en los
jardines del Luxemburgo, pero me parece que por entonces todavía no lo tenía.
En
todo caso, con perro o sin perro acepté su invitación, y me acostumbré a
dejarme caer por el estudio, y ella me servía siempre el eau-de-vie natural, y
ponía puntillo en servirme otra copa, y yo miraba los cuadros y charlábamos.
Los cuadros me entusiasmaban y la charla era muy buena. Ella hacía el gasto y
me hablaba de pintura moderna y de los pintores, más como personas que como
pintores, y me hablaba de su propia obra. Me enseñó los muchos tomos que tenía
manuscritos y que su compañera iba pasando a máquina. Dedicar cada día cierto
tiempo a escribir la hacía feliz, pero a medida que la fui conociendo mejor me
di cuenta de que para sostener su felicidad hacía falta que aquella producción
diaria, incesante pero variable según su energía, se publicara y tuviera éxito.
La
crisis no era todavía aguda cuando la conocí, gracias a que tenía publicados
tres relatos perfectamente inteligibles para todo el mundo. Uno de ellos,
«Melanctha», era muy bueno, y unas muestras buenas de sus experimentos de
estilo se habían publicado en un volumen y las habían elogiado los críticos que
eran amigos o conocidos suyos. Ella tenía tanta personalidad que cuando quería
ganarse a alguien no había modo de resistirse, y muchos críticos que la
visitaron y vieron sus cuadros dieron por buenos escritos suyos que no
alcanzaban a comprender, simplemente porque ella les entusiasmaba como persona
y porque tenían confianza en su sentido crítico. Por otra parte en cuestiones
de ritmo y de emplear palabras en repetición ella había descubierto verdades válidas
y valiosas, y sabía comentarlas.
Pero
le repugnaba el trabajo peonero de retocar y corregir, y contra la obligación
de hacerse entender se sublevó, por mucha que fuera su necesidad de que la
publicaran y la aceptaran oficialmente, sobre todo en el libro increíblemente
largo que tituló The Making of Americans.
El
libro empezaba espléndidamente, marchaba muy bien por un largo trecho con
pasajes de brillantez majestuosa, y luego se prolongaba interminablemente con
repeticiones que un escritor más concienzudo y menos gandul hubiera tirado a la
papelera. Llegué a conocerme la obra muy bien cuando convencí (o la verdad, tal
vez obligué) a Ford Madox Ford a publicarla por entregas en The Transatlantic
Review, sabiendo que duraría más que la revista. Tuve que corregir en vez de
Miss Stein todas las galeradas de la revista, porque ése era trabajo que no la
hacía feliz.
Todo
eso se escondía todavía en años por venir, una tarde de frío en que pasé frente
a la portería y crucé el viejo patio para alcanzar el calor del estudio.
Aquella tarde, Miss Stein me dio enseñanza sexual. Habíamos llegado ya a
querernos mucho y yo a aprender la lección de que cada cosa que yo no
entendiera tenía probablemente su miga. Miss Stein pensaba que en materia
sexual yo era un ser primitivo, y debo admitir que me quedaban prejuicios
contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. La conocía
como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar
dispuesto a usarlo cuando se encontraba en compañía de vagabundos, en los días
en que la palabra de «lobo» ya tenía un sentido obsceno en América, pero no
designaba precisamente, como ahora, a un obseso por las mujeres. Desde mis días
en Kansas City, me sabía muchos términos y frases inaccrochables, y sabía lo
que ocurre en muchos lugares de aquella ciudad y de Chicago y en los barcos que
cruzan los grandes lagos de la frontera. Sometido a interrogatorio por Miss
Stein, probé de explicarle que cuando uno era un muchacho y andaba en compañía
de hombres, uno tenía que estar dispuesto a matar un hombre, y saber cómo se
hace y realmente sentirse capaz de hacerlo, si no quería verse molestado por
decirlo con un término accrochable. Si uno se sentía capaz de matar, los demás
se daban cuenta pronto y le dejaban a uno en paz, pero siempre había ciertas
situaciones a las que uno no debía dejarse llevar ni por la fuerza ni por la
trampa. Hubiera podido expresarme con mayor vividez usando un dicho
inaccrochable que oí a lobos en los barcos de los lagos: «Que cosan las rajas,
yo entro por los ojos.» Pero siempre cuide mi lenguaje ante Miss Stein, aunque
un dicho verdadero hubiera podido aclarar o expresar mejor mi prejuicio.
—Sí,
Hemingway, sí —decía ella—. Pero usted vivía en un medio de delincuentes y de
pervertidos.
No
me puse a discutírselo, aunque mi opinión era que yo había vivido en un mundo
como los que se dan por ahí, y en el había gentes de toda clase y yo procuré
entenderles, aunque a algunos no pude tomarles cariño y por algunos todavía me
quedaba odio.
—¿Y
qué me dice usted del viejo de modales exquisitos y apellido ilustre, que en
Italia me visitaba en el hospital y me traía botellas de Marsala o de Campari y
se portaba perfectamente hasta que un buen día tuve que decirle a la enfermera
que nunca más le dejara entrar en mi cuarto? —pregunté.
—Ésos
son enfermos que no pueden retenerse, y usted debiera compadecerles.
—¿Debo
compadecer a Fulano? —pregunté, y dije el nombre, pero le da tanto gusto
decirlo él mismo que me parece que no hay necesidad de que lo diga yo por él.
—No.
Es un vicioso. Es un corruptor y de verdad vicioso.
—Pero
dicen que es buen escritor.
—No
lo es —dijo ella—. Es un charlatán que corrompe por el placer de corromper, y
arrastra a los demás a otras prácticas viciosas. A las drogas, por ejemplo.
—¿Y
el sujeto de Milán a quien debo compadecer no estaba acaso queriendo
corromperme?
—Vaya,
no diga tonterías. ¿Quién va a corromperle a usted? ¿Quién corrompe a un joven
como usted, que bebe alcohol de quemar, con una botella de Marsala? No, hombre,
era un viejo desgraciado que no podía gobernarse. Estaba enfermo y no podía
retenerse y usted debería compadecerle.
—Ya
lo compadecí —dije—. Pero me decepcionó porque sus modales exquisitos me habían
impresionado.
Tomé
otro sorbo del aguardiente y compadecí al viejo y miré al Picasso que era un
desnudo de una chica con una cesta de flores. No era yo quien había iniciado
aquella conversación, y me pareció que se ponía peligrosa. Casi nunca había
ninguna pausa en una conversación con Miss Stein, pero estábamos en una pausa y
ella quería decirme algo y llené mi copa.
—La
verdad, Hemingway, en esta cuestión es usted un ignorante —dijo ella—. Sólo ha
conocido a delincuentes convictos y a enfermos y viciosos. El punto decisivo es
el que el acto que cometen los homosexuales masculinos es feo y repelente, y
luego se dan asco a sí mismos. Se emborrachan y se drogan para apagar el asco,
pero su acto les repugna y siempre están cambiando de partenaires y nunca
logran ser verdaderamente felices.
—Ya
veo.
—Entre
mujeres es lo contrario. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y
luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.
—Ya
veo —dije—. ¿Pero qué me dice de Fulana?
—Es
una viciosa —sentó Miss Stein—. Es viciosa de verdad, y claro, no logra
sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora.
—Ya
comprendo.
—¿Está
seguro de que lo comprende?
Se
presentaban tantas cosas que comprender en aquellos días, y me sentí aliviado
cuando cambiamos de conversación. El parque estaba ya cerrado de modo que tuve
que andar por la rué de Vaugirard y dar la vuelta a todo el parque. Daba una
sensación de tristeza ver el parque cerrado y cercado y me ponía triste darle
la vuelta en vez de atravesarle y tenía prisa por llegar a la rué
Cardinal-Lemoine y meterme en casa. Y un d.ía que había empezado tan claro. Al
día siguiente habría que trabajar como una bestia. El trabajo lo cura casi
todo, pensaba yo entonces y lo pienso ahora. Luego caí en la cuenta de que para
dar gusto a Miss Stein yo no tenía que curarme más que de ser joven y querer a
mi mujer. No me sentía triste en absoluto cuando llegué a casa, y comuniqué mi
reciente sabiduría a mi mujer. Por la noche nos sentimos felices con la
sabiduría que ya teníamos y con otras nuevas sabidurías que habíamos adquirido
en las montañas.
III
«UNE
GÉNÉRATION PERDUE»
Nada
más fácil de adquirir que e! hábito de pasar por el 27 de la rué de Fleurus al
caer la tarde, por amor a la lumbre y los cuadros magníficos y la conversación.
Muchas veces yo era el único visitante, y Miss Stein estuvo siempre muy amable
y por un tiempo estuvo cariñosa. Cuando yo volvía de un corto viaje a una
conferencia política o al próximo Oriente o a Alemania, enviado por el
periódico canadiense o por la agencia de noticias para la que trabajaba, ella
me hacía contar todas las anécdotas divertidas. Siempre había incidentes
chuscos que le gustaban, y le encantaban también los cuentos de un cómico
macabro, lo que los alemanes llaman humor de horca. Miss Stein quería estar al
tanto de la parte alegre de lo que ocurría por el mundo; nunca las partes reales,
nunca las partes malas.
Yo
era joven y no melancólico, y en los peores momentos ocurrían siempre cosas
extravagantes y cómicas, y a Miss Stein le gustaba oírlas contar. De otras
cosas yo no hablaba, pero las escribía por mi cuenta.
Cuando
no había viaje reciente que contar, pero me dejaba caer por la rué de Fleurus
al terminar mi trabajo, a veces procuraba que Miss Stein hablara de libros.
Mientras estaba trabajando en algo mío, me resultaba necesario leer al acabar
de escribir. Si uno sigue pensando en lo que escribe, pierde el hilo y al día
siguiente no hay modo de continuar. Yo necesitaba hacer ejercicio, cansarme el
cuerpo, y además era buena cosa hacer el amor con la persona que uno amaba. No
había nada mejor que eso. Pero luego, vacío, era una necesidad leer para no
pensar en el trabajo ni preocuparse hasta el momento de reemprenderlo. Por
entonces ya me había adiestrado a no secar nunca el pozo de lo que escribo, y a
pararme siempre cuando todavía queda algo en lo hondo del pozo, y a dejar que
por la noche lo volvieran a llenar las fuentes de que se nutre.
Para
no pensar en lo que estaba escribiendo, muchas veces después del trabajo leía
cosas de escritores de aquel momento, tales como Aldous Huxley o D. H. Lawrence
o cualquier libro nuevo que encontraba en la librería de Sylvia Beach o en un
puesto de los quais.
—Huxley
es un cadáver —me dijo una vez Miss Stein—. ¿Por qué va usted a leer a un
cadáver? ¿No se da cuenta de que es un cadáver?
Yo
no sabía entonces darme cuenta de que era un cadáver, y dije que sus libros me
divertían y me distraían de pensar.
—Debería
usted leer sólo lo verdaderamente bueno o lo francamente malo.
—Me
he pasado todo este invierno y el otro invierno leyendo libros verdaderamente
buenos y el próximo invierno lo pasaré igual, y los libros francamente malos no
me gustan.
—¿A
qué leer esa basura? Es basura puesta en conserva, créame, Hemingway. Obra de
un cadáver.
—Me
gusta estar al tanto de lo que escriben por ahí —dije—. Y me distrae de lo que
yo escribo.
—¿Qué
otras cosas está leyendo?
—A
D. H. Lawrence —dije—. Tiene cuentos muy buenos, uno que se llama «El oficial
prusiano».
—Intenté
leer sus novelas. No hay modo. Es sentimental e insensato y risible. Tiene un
estilo de enfermo.
—Hijos
y amantes y El pavo blanco me gustaron —dije—. Bueno, el segundo tal vez no
tanto. Lo que no pude terminar son las Mujeres enamoradas.
—Ya
que no le gusta leer lo malo, le recomendaré una cosa que le absorberá y que es
una maravilla en su género. Tiene que leer a Marie Belloc Lowndes.
Nunca
había oído hablar de ella, pero Miss Stein me prestó The Lodger, esa maravilla
de relato basado en Jack el Destripador, y además otro libro de un crimen en un
pueblo cerca de París que estoy seguro que es Enghien-les-Bains. Eran dos
libros espléndidos para después del trabajo, con personajes verosímiles y con
una acción y un terror que nunca suenan a hueco. Eran perfectos para leer
cuando uno había pasado el día trabajando, y me leí todos los Belloc Lowndes
que existían. Pero un buen día se me acabaron, y además ninguno estaba a la
altura de aquellos dos primeros, y no encontré nada tan bueno para llenar los
vacíos del día o de la noche hasta que salieron las primeras buenas cosechas de
Simenon.
Me
parece que a Miss Stein le hubiera gustado el buen Simenon (el primero que yo
leí fue o L’écluse numéro 1 o La maison du canal), pero no estoy seguro porque
en la época en que frecuenté a Miss Stein no le gustaba leer en francés aunque
le encantaba hablarlo. Fue Janet Flanner quien me pasó los dos primeros Simenon
que leí. Ella tenía afición a leer francés y había descubierto a Simenon cuando
el hombre aún hacía reportajes de crímenes.
En
los tres o cuatro años en que fuimos buenos amigos no logro recordar que
Gertrude Stein hablara bien de ningún escritor a no ser que hubiera escrito en
favor de ella o hecho algo en beneficio de su carrera, salvo en el caso de
Ronald Firbank y más tarde de Scott Fitzgerald. Cuando empecé a tratarla no
decía nada de Sherwood Anderson como escritor, pero hablaba con fervor de su
persona y de sus grandes ojos de italiano hermosos y cálidos, y de su bondad y
su encanto. A mí me importaban un bledo sus grandes ojos de italiano hermosos y
cálidos, pero me gustaban mucho algunos cuentos suyos. Eran sencillos de estilo
y a veces muy hermosos de estilo, y conocía muy bien a las gentes sobre las que
escribía y sentía por ellas una honda cordialidad. Miss Stein no quería hablar
de sus cuentos y siempre volvía a su persona.
—¿Y
qué me dice de sus novelas? —le pregunté. Pero ella no quería hablar de las
obras de Anderson, de la misma manera que no quería hablar de Joyce. Si alguien
mencionaba dos veces a Joyce en su casa, no se le invitaba nunca más. Era como
si uno está hablando con un general y le habla bien de otro general. Es un
error que después de haberlo cometido una sola vez uno aprende a no repetir.
Claro que a un general siempre se le puede hablar bien de otro general que ha
sido derrotado por el general a quien uno habla. El general con quien uno habla
hará elogios magníficos del general derrotado y luego se le caerá la baba
contando con todo detalle cómo le derrotó.
Los
cuentos de Anderson eran demasiado buenos para que resultara un acierto
tomarlos como tema de conversación. Yo estaba dispuesto a hablar a Miss Stein
de cómo me desconcertaba la maldad de las novelas de Anderson, pero sería otra
metedura de pata porque significaría criticar a uno de los más leales
defensores de Miss Stein. Cuando al fin él se descolgó con una novela llamada
Dark laughter, tan atrozmente mala y boba y afectada que no pude contenerme y
la parodié en Torrentes de Primavera, Miss Stein se enfadó de verdad. Yo había
atacado a alguien que formaba parte de su escenografía. Pero antes hubo un
largo período en que por esa parte no vinieron enfados. Ella misma se puso a
elogiar a Anderson con prodigalidad en cuanto se vio que era un escritor acabado.
Miss
Stein estaba furiosa contra Ezra Pound porque se había sentado con demasiado
abandono en una silla pequeña y frágil, y sin duda incómoda y que es muy
posible le ofrecieran adrede, y la torció o la rompió. El hecho de que él fuera
un gran poeta y un hombre cordial y generoso, y que cabía perfectamente en una
silla de tamaño normal, no se le tenía en cuenta. Las razones de su antipatía a
Ezra, según ella las expone con destreza y malicia, se las inventó años más
tarde.
Estábamos
de vuelta del Canadá y vivíamos en la rué Notre-Dame-des-Champs y Miss Stein y
yo éramos todavía buenos amigos, cuando ella lanzó el comentario ése de la
generación perdida. Tuvo pegas con el contacto del viejo Ford T que entonces
guiaba, y un empleado del garaje, un joven que había servido en el último año
de la guerra, no puso demasiado empeño en reparar el Ford de Miss Stein, o tal
vez simplemente le hizo esperar su turno después de otros vehículos. El caso es
que se decidió que el joven no era sérieux, y que el patron del garaje le había
reñido severamente de resultas de la queja de Miss Stein. Una cosa que el
patron dijo fue: «Todos vosotros sois une génération perdue.»
—Eso
es lo que son ustedes. Todos ustedes son eso —dijo Miss Stein—. Todos los
jóvenes que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida.
—¿De
veras? —dije.
—Lo
son —insistió—. No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse...
—¿Estaba
borracho ese joven mecánico? —pregunté.
—Claro
que no.
—¿Usted
me ha visto alguna vez borracho?
—No.
Pero sus amigos son unos borrachos.
—A
veces me he emborrachado —dije—. Pero no la visito a usted cuando estoy
borracho.
—Desde
luego que no. No dije eso.
—El
patron de ese muchacho estaba probablemente borracho a las once de la mañana
—dije—. Así le salen de hermosas las frases.
—No
me discuta, Hemingway —dijo Miss Stein—. No le hace ningún favor. Todos ustedes
son una generación perdida, exactamente como dijo el del garaje.
Cuando,
luego, puse las palabras del garajista referidas por Miss Stein como epígrafe
de mi primera novela, procuré equilibrarías con una cita del Eclesiastés. Pero
aquella noche, mientras caminaba de vuelta a casa, pensé en el muchacho del
garaje y me pregunté si alguna vez le habrían transportado en uno de aquellos
vehículos que reparaba, precisamente en un Ford T cuando los tenían convertidos
en ambulancia. Me acordé de cómo se quemaban sus frenos bajando por las
carreteras de montañas con toda una carga de heridos hasta que para frenar
había que poner la primera y finalmente la marcha atrás, y de cómo los últimos
ejemplares que quedaban fueron despeñados por una pendiente, vacíos, para que
tuvieran que remplazarlos por grandes Fiat con buenos cambios en H y con frenos
metálicos. Pensé en Miss Stein y en Sherwood Anderson y en lo que significan el
egoísmo y la pereza mental frente a la disciplina, y me dije: ¿quién trata a
quién de generación perdida? Y cuando llegué a la altura de la Closerie des
Lilas y la luz daba en mi viejo amigo, la estatua del mariscal Ney blandiendo
su espada con las sombras de los árboles en su bronce, y allí estaba él bien
sólito y nadie seguía su avance y en menudo fregado se metió en Waterloo, pensé
que todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y
siempre se perderán, y me senté en la Closerie para hacer compañía a la estatua
y me tomé una cerveza muy fría antes de volver a casa, al piso de encima de la
serrería. Pero mientras me estaba allí sentado frente a mi cerveza, mirando la
estatua y pensando en los muchos días que Ney pasó peleando en retaguardia en
la retirada de Moscú, cuando Napoleón ya había tomado la delantera en el coche
con Caulaincourt, me acordé de que Miss Stein había sido una amiga buena y
cariñosa y qué hermosas cosas decía de Apollinaire y contando su muerte en el
día del armisticio en 1918 cuando la multitud chillaba por la calle «À bas
Guillaume», y Apollinaire en su delirio creía que iba por él, y me dije, voy a
hacer cuanto esté en mi mano por serle útil y para que se den cuenta de que ha
escrito cosas muy buenas, y lo haré siempre que pueda con la ayuda de Dios y de
Mike Ney. Pero al cuerno con sus sermones de generación perdida y con toda la
porquería de etiquetas que cualquiera puede ir por ahí pegando. Cuando llegué a
casa y crucé el patio y subí las escaleras y me encontré a mi mujer y a mi hijo
y a F. Puss que era el gato de mi hijo, todos contentos y con un fuego en la
chimenea, le dije a mi mujer:
—Sabes,
Gertrude es una buena mujer, al fin y al cabo.
—Claro
que lo es, Tatie.
—Pero
a veces dice la mar de disparates.
—Nunca
la he oído hablar —dijo mi mujer—. Yo soy una esposa. A mí me da conversación
su amiga.
IV
SHAKESPEARE
AND COMPANY
En
aquellos días no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de
Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia
Beach, en el 12 de la rué de 1’Odéon. En una calle que el viento frío barría,
era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y
estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de
escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e
incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida. Sylvia tenía
una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una
bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño
que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus
orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que
llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las
conversaciones, y le gustaba bromear y contar chistes. Nadie me ha ofrecido
nunca más bondad que ella.
La
primera vez que entré en la librería estaba muy intimidado y no llevaba encima
bastante dinero para suscribirme a la biblioteca circulante. Ella me dijo que
ya le daría el depósito cualquier día en que me fuera cómodo y me extendió una
tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera.
No
había razón para que ella confiara en mí. No me conocía, y la dirección que le
di, en el 74 de la rué Cardinal-Lemoine, no era como para inspirar optimismo.
Pero Sylvia estuvo encantadora, sonriente y cordial, y a sus espaldas, subiendo
hasta el techo y entrando en la trastienda que daba al patio, se desplegaban,
estante tras estante, las riquezas de la librería.
Empece
por Turguéniev y me llevé los dos tomos de los Apuntes de un cazador más uno de
los primeros libros de D. H. Lawrence, creo que era Hijos y amantes, y Sylvia
me dijo que me llevara más libros si lo deseaba. Escogí la traducción de
Constance Garnett de La guerra y la paz, y El jugador y otras narraciones, de
Dostoievski.
—Tardará
usted en volver si tiene que leerse todo eso —dijo Sylvia.
—Volveré
a pagarle —dije—. Tengo dinero en casa.
—No,
si no es por eso —dijo—. Me paga cuando le vaya bien.
—¿Cuándo
viene por aquí Joyce? —pregunté.
—Si
viene, acostumbra a ser a última hora de la tarde —dijo—. ¿No le conoce usted?
—De
vista, en Michaud, cuando comía con su familia —dije—. Pero no le he visto bien
porque no se debe mirar a la gente cuando comen, y además Michaud es caro.
—¿Come
usted en casa?
—Ahora
sí, la mayoría de las veces —dije—. Tenemos una buena cocinera.
—No
hay ningún restaurante cerca de donde vive usted, ¿verdad?
—No.
¿Cómo lo sabe usted?
—Larbaud
vivía por allí —dijo—. Le gustaba mucho el barrio salvo por eso.
—Para
encontrar un restaurante bueno y barato hay que ir más allá del Panteón.
—Yo
conozco poco aquel barrio. Nosotros comemos en casa. Tiene usted que venir
alguna vez con su esposa.
—Antes
de invitarme, espere a que le pague —dije—. Pero se lo agradezco mucho.
—No
lea con prisas —dijo.
El
piso de la rué Cardinal-Lemoine tenía dos habitaciones sin agua caliente y sin
más dispositivo higiénico que un recipiente con antiséptico, que de todos modos
no era molesto para una persona acostumbrada a las letrinas de los patios del
Michigan. Con su buena vista, y con su buen colchón y somier que armaban una
cama cómoda aunque baja, y cuadros que nos gustaban en las paredes, era un piso
alegre y simpático. Al llegar con mis libros le conté a mi mujer mi maravilla
de hallazgo.
—Pero
Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde —dijo ella.
—Claro
que voy a ir —dije—. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los
muelles.
—Iremos
por la rué de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos los
escaparates.
—Estupendo.
Podemos ir a cualquier parte y nos metemos en un café nuevo donde nadie nos
conozca y tomaremos una copa.
—Podemos
tomar dos copas.
—Entonces
también podemos cenar en alguna parte.
—Eso
no. No olvides que hay que pagar en la librería.
—Bueno,
volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos
vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el
escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.
—Y
vo te querré siempre a ti y tú siempre a mí.
—Siempre.
Y a nadie más.
—Seremos
felices toda la tarde y toda la noche. Y ahora vamos a almorzar.
—Estoy
muerto de hambre —dije—. He estado trabajando en el café y no he tomado más que
un cortado.
—¿Qué
tal el trabajo?
—Me
parece que bien. Veremos. ¿Qué hay para comer?
—Unos
rábanos, y un buen foie de veau con puré de patatas y escarola. Y tarta de
manzana.
—Y
tendremos para leer todos los libros del mundo y cuando nos marchemos de viaje
nos los podremos llevar.
—¿Hay
derecho a hacer eso?
—Claro
que sí.
—¿Tiene
también a Henry James?
—Claro
que sí.
—Hombre
—dijo ella—. Qué suerte encontrar eso.
—Siempre
estamos de suerte —dije, y como un necio no toqué madera. Y en un piso que
tenía madera por todas partes.
V
GENTE
DEL SENA
Se
podían seguir varios caminos para bajar hasta el río desde lo alto de la rué
Cardinal-Lemoine. El más corto consistía en seguir calle abajo, pero era una
pendiente empinada, y después de dar en el llano y atravesar el tráfico denso
al comienzo del boulevard Saint-Germain uno desembarcaba en un barrio aburrido,
asomando al río por un muelle sórdido y ventoso que tenía a la derecha la Halle
aux Vins. La tal Halle no era un mercado como cualquier otro de París sino una
especie de almacén de puerto franco donde se guardaba vino mediante el pago de
cierto impuesto, y de fuera era tan deprimente como un cuartel o un campo de
concentración.
Atravesando
un brazo del Sena se llegaba a la Île Saint-Louis, con sus calles estrechas y
sus viejas casas altas y hermosas, pero en vez de cruzar el río uno podía
doblar a la izquierda y caminar a lo largo de los muelles, viendo al otro lado
toda la longitud de la Île Saint-Louis y luego la Cité con Notre-Dame.
En
los puestos de libros que hay en el pretil de los muelles uno encontraba a
veces libros americanos recién publicados, y los vendían muy baratos. Entonces
el restaurante de la Tour d’Argent tenía encima unas cuantas habitaciones y las
alquilaban ofreciendo un descuento en el restaurante, y si los inquilinos al
marcharse dejaban algún libro en la habitación, el valet de chambre los vendía
a un puesto cercano y la dueña del puesto los daba por muy poco dinero. No
tenía ninguna confianza en los libros escritos en inglés, apenas pagaba nada
por ellos, y los revendía por un beneficio mínimo, pero rápido.
—¿Son
buenos? —me preguntó una vez cuando nos habíamos hecho amigos.
—A
veces se encuentra uno bueno.
—¿Y
cómo hay modo de distinguirlo?
—Yo
los distingo leyéndolos.
—Bueno,
pero es un juego de azar. ¿Y cuánta gente hay que sepa inglés?
—Guárdemelos
y yo les daré una ojeada.
—No.
No puedo guardarlos. Usted no pasa con regularidad. Está demasiado tiempo sin
venir. Tengo que venderlos en cuanto puedo. Nadie me garantiza que tengan algún
valor. Si resulta que no valen nada, me quedo sin venderlos.
—¿Y
cómo distingue usted si un libro francés vale algo?
—Primero,
depende de si tiene ilustraciones. Luego, según que las ilustraciones sean
buenas o malas. Luego está la encuadernación. Si un libro es bueno, el que lo
compra se lo hace encuadernar bien. Los libros ingleses vienen todos
encuadernados, pero mal. No hay modo de formarse un juicio.
Pasado
aquel puesto cerca de La Tour d’Argent, para encontrar otro que vendiera libros
americanos e ingleses había que llegar al Quai des Grands-Augustins. Allí se
encontraban varios, hasta más allá del Quai Voltaire, que tenían libros
comprados al personal de los hoteles de la Rive Gauche, sobre todo al hotel
Voltaire que tenía una clientela más rica que los otros. Un día, a otra dueña
de puesto que también era amiga mía le pregunté si alguna vez los mismos
propietarios iban a vender sus libros.
—Nunca
—me dijo—. Los tiran. Por eso sabemos que no tienen valor.
—Es
que muchas veces se los regaló algún amigo para leer en el barco.
—No
lo dudo —dijo—. Y muchos deben olvidarlos en el barco.
—Sí
—dije—. Y la compañía los recoge y los hace encuadernar y forman las
bibliotecas de los barcos.
—Bueno,
algo es algo —dijo—. Por lo menos así están bien encuadernados. Un libro bien
encuadernado sí que tiene valor.
Yo
paseaba por los muelles al terminar mi trabajo o cuando intentaba reflexionar y
organizarme las ideas. Me resultaba más fácil reflexionar mientras andaba y
hacía algo o mientras miraba a la gente hacer algún trabajo que supieran hacer
bien. En el extremo de la isla de la Cité, debajo del Pont-Neuf, donde está la
estatua de Henri-Quatre y la isla termina en punta afilada como una proa de
barco, había un jardincillo al borde del agua con unos hermosos castaños,
robustos y de copa ancha, y con las corrientes y remolinos que el Sena forma al
fluir se encuentran excelentes puntos de pesca. Uno baja al jardín por una
escalera, y puede observar a los pescadores que están allí mismo o debajo del
gran puente. Los puntos buenos para la pesca cambian según el nivel del río, y
me acuerdo de que los pescadores usaban cañas muy largas con varias secciones
enchufadas, pero pescaban con hilo muy fino y anzuelo ligero, con flotadores de
plumas, y exploraban con mucha pericia la parte de agua que les correspondía.
Siempre pescaban algo, y a veces hacían muy buena pesca de gobios, un pescado
que es una delicia en fritura, y yo era capaz de comerme sartenes enteras. Eran
pescados gordos y de pulpa suave, de sabor incluso mejor que la sardina fresca,
y nos los comíamos con espinas y todo.
Uno
de los mejores lugares para comerlos era un restaurante al aire libre, río
arriba, en Bas-Meudon, adonde íbamos cuando teníamos dinero para hacer una
excursión lejos de nuestro barrio. Se llamaba Le Pêche Miraculeuse y tenían un
espléndido vino blanco por el estilo del muscadet. Era un lugar salido de un
cuento de Maupassant, con un panorama de río de cuadro de Sisley. Pero no había
necesidad de llegar tan lejos para comer el goujon. Se comían muy buenas
frituras en la Île Saint-Louis.
Yo
conocía a varios pescadores de los que se ponían en los puntos buenos del Sena
entre la Île Saint-Louis y la place du Vert-Galant, y a veces cuando hacia un
día hermoso me compraba un litro de vino y un pan y salchichón y me sentaba al
sol a leer algún libro recién comprado también, y a mirar cómo pescaban.
Los
viajeros que escriben libros sobre París hablan de los pescadores del Sena como
si fueran unos chalados que nunca sacan nada, pero la verdad es que se trata de
una pesca seria y fructífera. La mayoría de los pescadores eran jubilados con
pequeñas pensiones que entonces todavía no sabían si iban a parar en nada con
la inflación, o fanáticos de la pesca que aprovechaban la primera jornada o
media jornada libre. Había mejor pesca en Charenton, donde el Marne desemboca
en el Sena, o río arriba o abajo de París, pero también se encontraba muy buena
pesca en París mismo. Yo no pescaba porque no tenía aparejo y prefería ahorrar
para irme de pesca a España. Además, entonces no sabía nunca cuándo iba a tener
un día libre o cuándo tendría que salir de viaje por cuenta del periódico, y no
quería enredarme en una pesca que a veces se daba bien y a veces se daba mal.
Pero la observaba con atención y era interesante y provechoso conocer la
técnica, y siempre me alegraba que hubiera pescadores en la ciudad, dedicados a
una pesca sensata y metódica, que llevaban buenas frituras a sus casas.
Con
los pescadores y toda la vida del río mismo, las hermosas gabarras con su vida
a bordo, los trenes de gabarras de los que tiraba un remolcador con chimeneas
que se plegaban para pasar bajo los puentes, los grandes olmos en los muelles
de piedra y los plátanos y en algunos puntos los álamos, y nunca me sentía solo
paseando por el río. Con tanto árbol en la ciudad, uno veía acercarse la
primavera de un día a otro, hasta que después de una noche de viento cálido
venía una mañana en que ya la teníamos allí. A veces, las espesas lluvias frías
la echaban otra vez y parecía que nunca iba a volver, y que uno perdía una
estación de la vida. Eran los únicos períodos de verdadera tristeza en París,
porque eran contra naturaleza. Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste.
Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los
árboles, a medida que las ramas se quedaban desnudas frente al viento y a la
luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería,
igual que sabía uno que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio,
cuando las lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una
persona joven muriera sin razón.
En
aquellos días, de todos modos, al fin volvía siempre la primavera, pero era
aterrador que por poco nos fallaba.
VI
UNA
FALSA PRIMAVERA
Cuando
llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era
encontrar el lugar donde uno pudiera ser feliz. Si estábamos solos, ningún día
podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera
sin límite. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas
personas que eran tan buenas como la misma primavera.
En
las mañanas de primavera, yo me ponía a trabajar temprano, mientras mi mujer
dormía todavía. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el empedrado de
la calle iba secándose tras la lluvia. El sol arrancaba la humedad a las
fachadas de enfrente. Las tiendas estaban todavía encerradas en sus postigos.
El cabrero subía por la calle al son de su flauta, y la mujer que vivía en el
piso encima del nuestro bajaba a la calle con un gran jarro. El cabrero escogía
una de sus cabras negras, de ubres pesadas, y la ordeñaba en el jarro, mientras
el perro arrimaba las demás cabras a la acera. Las cabras miraban a su
alrededor, torciendo el cuello como turistas en un panorama nuevo. El cabrero
cobraba y daba las gracias a la mujer, y subía calle arriba tocando la flauta,
y el perro guiaba a las cabras que meneaban los cuernos a cabezadas. Yo volvía
a concentrarme en mi trabajo, mientras la mujer subía las escaleras con su
jarro de leche de cabra. Iba calzada con las zapatillas de suela de fieltro,
como cuando hacía la limpieza del piso, y no se oían sus pasos, pero sí su
jadeo cuando se paraba en el rellano junto a nuestra puerta, y luego la puerta
de su piso al cerrarse. En todo el edificio, era la única vecina que compraba
la leche de cabra.
Una
mañana bajé a comprar un periódico de hípica. Incluso en el barrio más pobre se
podía comprar el periódico especializado en las carreras de caballos, pero en
días hermosos como aquél había que comprarlo temprano, antes de que se agotara.
Lo encontré en la rué Descartes, en la esquina de la place Contrescarpe. El
rebaño de cabras bajaba por la rué Descartes, y yo respiraba hondo mientras
volvía de prisa a casa y a mi trabajo, resistiendo la tentación de la aurora y
de seguir a las cabras calle abajo. Pero antes de ponerme a trabajar di una
ojeada al periódico. Había carreras en Enghien, el pequeño y bonito y
deshonesto hipódromo que frecuentábamos los no profesionales.
Aquel
día, pues, cuando concluí mi trabajo, nos fuimos a las carreras. Teníamos algún
dinero, recién recibido del periódico de Toronto que me empleaba, y queríamos
apostar si se presentaba la ocasión de una apuesta arriesgada, por un caballo
no favorito. Una vez en Auteuil, mi mujer había escogido un caballo que se
llamaba Chèvre d’Or y que podía dar ciento veinte por uno, y el caballo llegó a
tomar veinte largos de ventaja hasta que se cayó en el último salto, dando en
el suelo con nuestros ahorros de los que hubiéramos vivido seis meses. Desde
entonces, nuestro empeño era olvidar aquel salto. Fue una temporada en que
Íbamos ganando en las apuestas, hasta que se nos cayó Chèvre d’Or.
—¿Tenemos
bastante dinero para una apuesta seria, Tatíe? —me preguntó mi mujer.
—No.
No hagamos cá!culos. Vamos a las carreras y gastemos el dinero que tengo en el
bolsillo, y luego olvidémoslo. ¿Te gustaría más gastarlo de otro modo?
—Hombre
—dijo ella.
—Bueno,
claro. Ya me doy cuenta de que andamos apurados y de que a veces soy
quisquilloso y mezquino con el dinero.
—No
—dijo ella—. Pero...
Desde
luego, yo no había hecho nada por darle un poco de comodidad, y tenía que
reconocer que los apuros no eran cosa de broma. A la persona que trabaja y que
encuentra satisfacción en su trabajo, la pobreza no le preocupa. Los que sufren
son los otros. Para mí, las bañeras y las duchas y los retretes eran cosas sin
valor porque cualquier necio las tiene y además nosotros las teníamos también
cuando salíamos de viaje, lo cual ocurría a menudo. Para el uso ordinario,
siempre había los baños públicos al cabo de la calle, junto al río. Mi mujer no
se quejaba nunca por cosas así, como tampoco lloriqueaba porque Chèvre d’Or se
cayera. Sí lloró, me acuerdo, pero por el caballo y no por el dinero. Yo me
comporté como un estúpido cuando ella deseaba una chaqueta de piel de cordero
gris, que luego me gustó mucho cuando al fin pudo comprársela. Y en muchas
otras ocasiones fui un estúpido. Lo malo de la lucha contra la pobreza es que
el único modo de ganarla es no gastar. Y los que menos pueden olvidar esto son
los que piensan ahorrar en trajes para comprar cuadros. Claro que nosotros no
nos veíamos clasificados en la categoría de los pobres. No queríamos aceptar la
clasificación. Nos creíamos superiores, y en la clase de los ricos contábamos
sólo a ciertas personas que despreciábamos y mirábamos con justa desconfianza.
Para mí era la cosa más natural llevar chandail de boxeador para calentarme.
Las cuestiones de elegancia eran memeces de ricos. Nosotros comíamos bien y
barato, y bebíamos bien y barato, y juntos dormíamos bien y con calor, y nos
queríamos.
—No
es mala idea ir a las carreras —dijo mi mujer—. Hace tanto tiempo que no vamos.
Nos llevaremos de comer y una botella de vino. Voy a hacer unos buenos
sándwiches.
—Iremos
en tren, que es lo más barato. Pero si lo prefieres vamos a otra parte. De
todos modos, hoy lo pasaremos bien en cualquier parte. Hace un día maravilloso.
—No,
lo mejor es ir a las carreras.
—Si
prefieres emplear ese dinero en otra cosa...
—No
—cortó con arrogancia; sus hermosos altos pómulos eran una máscara de
arrogancia—. Con tanto vacilar, nos estamos dando importancia.
De
modo que tomamos el tren en la Gare du Nord, atravesamos la parte más sucia y
más triste de la ciudad, y anduvimos desde el apeadero hasta el oasis del
hipódromo. Llegamos temprano. Nos sentamos en mi gabardina, extendida encima
del césped recién cortado, y comimos y bebimos la botella de vino, mirando la
vieja tribuna, las taquillas de apuestas que eran de madera pintada marrón, el
verde de la pista, el verde más oscuro de las vallas, el espejeo sombrío de los
fosos de agua con los muros bajos de piedra encalada y los postes y barreras
también blancos, el recinto de los establos con sus árboles de hojas nuevas, y
los primeros caballos que guiaban al pesaje. Terminamos el vino y estudiamos el
programa de carreras que traía el periódico, y luego mi mujer se tendió en la
gabardina y se durmió, con el sol en la cara. Yo di una vuelta y encontré a un
conocido, uno que años atrás encontraba en el San Siro de Milán. Me recomendó
dos caballos.
—Bueno,
no es que sean una inversión segura —dijo—. Pero tampoco te van a salir muy
caros.
Por
el primer caballo apostamos la mitad del dinero que teníamos, y ganamos doce
por uno: saltó con hermoso estilo, tomó el mando de la carrera corriendo por el
borde exterior de la pista, y ganó por cuatro cuerpos de ventaja. Guardamos la
mitad del dinero, y la otra mitad la apostamos por el segundo caballo, que
arrancó muy rápido, estuvo en cabeza en todo el trecho de obstáculos, y en la
recta final fue perdiendo terreno a cada salto, y las dos fustas vibraban y el
favorito daba alcance a nuestro caballo, pero éste resistió y todavía cruzó en
cabeza la línea de meta.
Pedimos
unas copas de champaña en el bar, mientras esperábamos que anunciaran la
cotización de las apuestas.
—Eso
de las carreras le deja a uno agotado —dijo mi mujer—. ¿Viste cómo se le echaba
encima ese otro caballo?
—Todavía
me lo siento aquí en la barriga.
—¿Cuánto
nos darán?
—Lo
cotizaban a dieciocho por uno. Pero a lo mejor en el último momento han
apostado otros.
Pasaron
los caballos, y el nuestro estaba empapado y dilataba las narices para
resollar, mientras el jockey le daba palmadas.
—Pobrecillo
—dijo mi mujer—. A nosotros nos bastó con apostar.
Los
caballos se alejaron, y bebimos otra copa de champaña, y al fin salió la cifra
de nuestra ganancia: 85. Quería decir que daban ochenta y cinco francos por
cada diez.
—Tienen
que haber apostado una enormidad de dinero por ese caballo, a última hora
—dije.
Pero
el caso es que también nosotros ganábamos dinero, y era una suma grande para
nosotros, y resultaba que además de la primavera había llegado el dinero. Me
pareció que no podíamos desear más. Dividiendo aquel dinero en cuatro partes,
podíamos repartirnos la mitad entre los dos y dejar la otra mitad para capital
de carreras. Yo siempre guardaba el capital de carreras secreto y separado de
todo otro capital.
Otro
día del mismo año, en que llegamos de vuelta de un viaje y nos fuimos a no sé
qué hipódromo y volvimos a ganar, a la vuelta nos paramos en Prunier y nos
sentamos a una mesa en el bar, habiendo estudiado los precios de todas las
maravillas que anunciaban en la ventana. Comimos ostras y crabe à la mexicaine,
con unas copas de Sancerre. Ya de noche, atravesamos andando las Tullerías, y
nos paramos a mirar el Arc du Caroussel tras la negrura de los jardines, y al
fondo de toda aquella severa tiniebla se veían los faroles de la place de la
Concorde y la larga hilera de luces alejándose hacia el Arco de Triunfo. Luego
miramos la masa negra del Louvre, y dije:
—¿Crees
que es verdad eso de que los tres arcos están en línea recta? ¿Estos dos y el
Sermione de Milán?
—Yo
qué sé, Tatie. Si lo dicen, ellos lo sabrán. ¿Te acuerdas de cuando nos
asomamos al lado italiano del San Bernardo, y después de aquella subida por la
nieve nos encontramos en plena primavera, y tú y Chink y yo caminamos todo el
día de bajada hasta Aosta, y estábamos en plena primavera?
—Chink
lo tituló «la expedición al San Bernardo en zapatos de calle». ¿Te acuerdas de
los zapatos que llevabas?
—Pobrecillos
zapatos. ¿Te acuerdas de la copa de frutas que tomamos en el caté Biffi, en la
Galleria? ¿Aquel vino de Capri con melocotones y fresas silvestres, con hielo,
en un jarro alto de cristal?
—Entonces
se me ocurrió por primera vez que es muy raro eso de los tres arcos.
—Me
acuerdo del Sermione. Se parece mucho a este arco.
—¿Te
acuerdas de aquella posada en Aigle, aquel día en que tú y Chink os sentasteis
en el jardín a leer, mientras yo pescaba?
—Claro
que me acuerdo.
Yo
recordé el Ródano, estrecho y gris y lleno de agua de nieve, que tenía a cada
lado un curso de agua buena para las truchas: el Stockalper y el canal del
Ródano. Aquel día, el Stockalper estaba muy límpido ya, pero el canal del
Ródano seguía turbio.
—¿Te
acuerdas de que los castaños estaban en flor, y de cuando yo quise contaros un
chiste que a mí me parece me contó Jim Gamble, un chiste que trata de una
parra, y resultó que no pude acordarme?
—Sí.
Y tú y Chink no parabais de hablar sobre el modo de dar realidad a las cosas al
escribir, y de captarlas con todo lo que decíais. A veces tenía razón él y a
veces la tenías tú. Me acuerdo de todos los matices de luz que observabais, y
de todas las calidades de la materia y de todas las formas, y de lo que
discutíais.
Seguimos
andando y salimos del jardín por la puerta que da al Louvre y cruzamos la calle
y seguimos por el puente, y luego nos paramos para acodarnos en el pretil de
piedra y mirar abajo, al río.
—Los
tres discutíamos a propósito de cualquier cosa, siempre de cosas concretas, y
siempre nos tomábamos el pelo unos a otros —dijo Hadley—. Me acuerdo de todo lo
que hicimos y de todo lo que dijimos en todos los días de aquel viaje. Te lo
juro. De todo. En una conversación entre tú y Chink, yo tomaba parte. No era
como ser una esposa invitada en casa de Miss Stein
—Lo
que yo quisiera recordar es el chiste de la parra.
—No
vale la pena. Las parras tienen importancia, pero no los chistes.
—¿Te
acuerdas de que compre vino en Aigle y lo llevamos al chalet? Nos lo vendieron
en la posada. Dijeron que era un vino bueno con las truchas. Nos lo llevamos
envuelto en hojas de La gazette de Lucerne, me parece.
—El
vino de Sion era mejor. ¿Te acuerdas de que Madame Gangeswisch nos preparó las
truchas au bleu, en el chalet? Las truchas que pescaste eran estupendas, y
bebimos vino de Sion, y comimos en la terraza mirando a la pendiente de la
ladera. Al otro lado del lago se veía el Dent du Midi con nieve hasta media
ladera, y los árboles en la boca del Ródano, donde el río se mete en el lago.
—En
invierno y en primavera, siempre echamos de menos a Chink.
—Siempre.
Yo le echo mucho de menos, ahora que está tan lejos.
Chink
era un oficial de carrera, que al salir de Sandhurst fue enviado a Mons. Yo le
conocí en Italia, y durante muchos años fue nuestro mejor amigo, mío primero y
luego de los dos. Cuando tenía un permiso, se reunía con nosotros.
—Procurará
conseguir un permiso esta primavera. La semana pasada escribió de Colonia.
—Ya
lo sé. Tenemos que vivir en el presente, no perdernos ni un minuto sin gozarlo.
—En
el momento presente, sólo vemos el agua que da en los sillares del puente.
Levantemos la mirada, a ver qué encontramos.
Miramos,
y allí estaba todo: nuestro río y nuestra ciudad y la isla de nuestra ciudad.
—Tenemos
demasiada suerte —dijo ella—. Me da miedo. Me gustará que venga Chink. Él es
nuestro protector.
—Si
se lo dices, se enfadará.
—Claro.
—É1
piensa que es nuestro compañero de exploración.
—Lo
es. Pero no todos exploramos lo mismo. Dejamos el puente y alcanzamos nuestra
ribera.
—¿Tienes
hambre otra vez? —dije—. Tanto hablar y tanto andar.
—Desde
luego que tengo hambre. ¿Tú no?
—Vamos
a un restaurante de primera, y cenemos bien de verdad.
—Escoge.
—¿Michaud?
—Sí
que es de primera, y está a un paso.
Tomamos,
pues, por la rué des Saints-Pères hasta la esquina de la rué Jacob, parándonos
a mirar los escaparates de cuadros y de muebles. Antes de entrar en Michaud,
leímos la carta enmarcada junto a la puerta. Estaba lleno de gente, y nos
quedamos fuera en espera de que alguien se marchara, acechando las mesas donde
ya tomaban el café.
El
paseo nos había puesto hambrientos, y para nosotros comer en un sitio caro como
Michaud era una aventura llena de alegría. Allí estaba Joyce cenando con su
familia. Él y su esposa se sentaban de espaldas a la pared, y Joyce examinaba
la carta a través de sus gruesos lentes, acercándosela a la cara; a su lado se
sentaba Nora, que comía con apetito, pero sólo platos finos; Giorgio era
delgado, cuidaba mucho su aspecto, y su nuca se veía muy bien peinada; Lucía
tenía una gran belleza rizada, y era una muchacha no del todo desarrollada
todavía. Hablaban en italiano.
Mientras
esperábamos de pie, me pregunté si lo que habíamos sentido en el puente era
sólo hambre. Le planteé la duda a mi mujer y me contestó:
—Yo
que sé, Tatie. Hay tantas clases de hambre. En primavera hay todavía más. Pero
ahora ya ha pasado. Ponerse a recordar, eso sí que es una especie de hambre.
Yo
me estaba poniendo tonto, pero me salvé al mirar adentro y ver dos tournedos
que un camarero servía y darme cuenta de que tenía un hambre de la especie más
natural.
—Hoy
dijiste que tenemos suerte. Claro que la tenemos. Pero no olvides que un
experto nos aconsejó.
Ella
se echó a reír.
—No
pensaba en las carreras. Qué muchacho, que lo toma todo al pie de la letra.
Pensaba en otra clase de suerte.
—Me
parece que a Chink no le interesan los caballos —dije, elevando mi estupidez al
cubo.
—No.
Le interesarían si los montara él.
—¿Querrás
volver alguna vez a las carreras?
—Claro
que sí. Pero ahora podemos ir adonde nos dé la gana.
—¿De
verdad te gustará volver?
—Claro.
¿No te gusta a ti?
Cuando
al fin conseguimos entrar en Michaud, cenamos estupendamente. Pero al terminar
y quedarnos vacíos de hambre, aquella sensación que en el puente nos había
parecido era hambre seguía acuciándonos, y la sentíamos todavía cuando tomamos
el autobús de vuelta a casa. La sentíamos al entrar en el cuarto, y después de
meternos en la cama y hacer el amor a oscuras, la sensación estaba allí. Cuando
me desperté y miré la ventana abierta y vi la luz de la luna en los tejados de
las altas casas, allí estaba la sensación. Escondí la cara entre las sombras
rehuyendo la luna, pero no pude dormirme y seguí dándole vueltas a aquella
emoción. Los dos nos despertamos dos veces aquella noche, pero al fin mi mujer
durmió con dulzura, con la luz de la luna en su cara. Yo quería pensar en todo
aquello, pero estaba atontado. Tan sencilla que me había parecido la vida
aquella mañana, cuando me desperté y vi la falsa primavera, y oí la flauta del
hombre de las cabras, y salí a comprar el periódico de caballos.
Pero
París era una muy vieja ciudad y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era
sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de
la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi
lado bajo la luz de la luna.
VII
EL
FIN DE UNA AFICIÓN
Muchas
otras veces, aquel año y otros años, nos fuimos a las carreras cuando yo había
estado trabajando a primera hora de la mañana, y en las carreras Hadley se
divertía y a veces se entusiasmaba. Pero no era como subir por un prado de alta
montaña, más arriba del último bosque, ni como el andar de noche de vuelta al
chalet, ni como subir con Chink, nuestro mejor amigo, hasta un puerto tras el
cual se abría un nuevo país. Y en realidad, aquello no era siquiera afición a
las carreras de caballos. No era más que apostar por algún caballo. Pero
nosotros lo llamábamos ir a las carreras.
La
afición a las carreras nunca se interpuso entre nosotros. Sólo una persona era
capaz de tanto. Pero, durante mucho tiempo, la afición nos acompañó como un
amigo exigente. Eso, claro, juzgándola con benevolencia. Yo, que juzgaba con
tanta ferocidad a las personas y su capacidad destructiva, toleraba aquel amigo
que, como podía hacernos favores, era el más mentiroso, el más hermoso, el más
seductor, perverso y absorbente. Para extraer su beneficio y obtener provecho,
había que dedicarle todo el tiempo, y a mí tiempo no me sobraba. Pero encontré
una excusa para tratarle en el hecho de que a veces escribía sobre él. De todos
modos, al final, cuando perdí mis manuscritos, sólo quedó un cuento tratando de
las carreras de caballos, gracias a que el día antes lo mandé por correo.
Fui
acostumbrándome a ir solo a las carreras, y cada vez me obsesionaban más y me
hacían perder más tiempo. Aquella temporada, en cuanto podía me dedicaba a
seguir las carreras en dos hipódromos, el de Auteuil y el de Enghien. Para
apostar sobre la base del historial y la calidad real de cada caballo, había
que trabajar todo el día y al fin resultaba que el procedimiento no daba
dinero. Tanto cálculo no casaba más que en teoría. Por otra parte, no había más
que comprar un periódico y allí estaban los cálculos hechos.
Para
tener posibilidad de ganar había que mirar todas las carreras desde lo más alto
de las tribunas de Auteuil, corriendo para llegar allí antes de que dieran la
salida, y luego fijarse en lo que hacía cada caballo, y observar con atención
el caballo que tal vez hubiera podido ganar, pero no ganaba, y descubrir por
qué y cómo diablos el caballo no había hecho lo que debiera. Uno tenía que
seguir el juego de las apuestas y todos los movimientos de la cotización cada
vez que iba a tomar la salida un caballo por el que uno se interesaba, y luego
aprender a la perfección el modo de correr del caballo, y finalmente distinguir
los síntomas de que su propietario iba a exigirle el máximo rendimiento.
Siempre podía ocurrir que un caballo perdiera incluso dando su máximo; pero por
lo menos uno sabía entonces el limite de sus posibilidades. Todo aquello no era
un trabajo fácil, pero en Auteuil era hermoso ver las carreras día tras día, a
condición de no perderse ninguna carrera sin tongo con buenos caballos, hasta que
al fin uno conocía a la perfección el hipódromo y todos sus aspectos. Y lo que
ocurría al fin, era que uno se enredaba con demasiadas gentes, con jockeys y
con entrenadores y con propietarios y con demasiados caballos y demasiados
objetos.
En
principio, yo sólo apostaba por un caballo en el que tenía fe, y el caso es que
a veces encontré caballos en los que nadie creía salvo los hombres que los
entrenaban y los montaban, y aposté por ellos y me ganaron carrera tras
carrera. Al fin lo dejé porque me robaba demasiado tiempo y demasiada energía,
y vi que tenía la cabeza llena de las cosas que ocurrían en Enghien, sin contar
los hipódromos de carreras sin obstáculos.
Cuando
dejé de tomar las carreras como un trabajo serio, me quedé satisfecho, pero con
una sensación de vacío. Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y
lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el
vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede
llenarse descubriendo algo mejor. Incorporé el capital de apuestas al fondo de
gastos generales, y me sentí descansado y virtuoso.
El
día en que dejé las carreras pasé a la otra ribera y encontré a mi amigo Mike
Ward trabajando en la oficina de viajes del Guaranty Trust, que estaba entonces
en la esquina de la rué des Italiens con el boulevard des Italiens. Ingresé en
el banco el capital de apuestas, pero no lo dije a nadie. Ni siquiera lo añadí
al saldo de mi cuenta en el talonario, pero lo guardé en la memoria.
—¿Quieres
que comamos juntos? —pregunté a Mike.
—Claro
que sí, niño. Claro que quiero. ¿Pero qué le pasa hoy al niño? ¿No vas hoy a
las carreras?
—No.
Comimos
en el square Louvois, en un bistró sencillo muy bueno, y nos dieron un vino
blanco de maravilla. Al otro lado del square estaba la Bibliothèque Nationale.
—Tú
nunca fuiste muy aficionado a las carreras —dije a Mike.
—No.
Hace mucho tiempo que no voy.
—¿Por
qué lo dejaste?
—No
sé —contestó Mike—. Bueno, sí que lo sé. Desde luego que lo sé. Una cosa en la
que tienes que apostar para divertirte no merece la pena.
—¿No
vas nunca?
—A
veces, para una carrera grande. Una con caballos de primera.
Íbamos
comiendo rebanadas del buen pan del bistró, con pâté encima, y bebiendo el
vinillo blanco.
—¿Tuviste
mucha afición? —pregunté.
—Mucha.
—¿Has
descubierto algo más divertido?
—Las
carreras de bicicletas.
—No
me digas.
—Uno
se divierte sin necesidad de apostar. Ya verás.
—Los
caballos llevan demasiado tiempo.
—Demasiado.
Se comen todo el tiempo. Y no me gusta la gente que anda alrededor.
—A
mí llegó a interesarme mucho.
—Lo
comprendo. ¿Saldas con ganancia?
—Gané
bastante.
—Buen
momento para pararte, pues.
—Es
lo que he hecho.
—Se
hace difícil parar. Oye, niño, lo que vamos a hacer algún día es ir a las
carreras de bicicletas.
El
ciclismo resultó una cosa nueva y muy divertida, y como no sabía nada de
aquello la novedad me fascinaba. Pero no tomamos en seguida la afición. Llegó
más tarde, y al fin ocupó un puesto importante en nuestra vida, algún tiempo
después, cuando todo lo del primer período en París se nos vino al suelo.
Pero,
por un tiempo, nos bastó con quedarnos en nuestro barrio y no tener que
atravesar París para ir a los hipódromos, y apostar sólo por nuestra vida y
nuestro trabajo y por los pintores amigos, y no basar la vida en un juego de
azar disfrazado con otros nombres. He empezado muchas veces a escribir un
cuento sobre carreras de bicicletas, pero nunca me ha salido ninguno que fuera
tan bueno como son las carreras, las de velódromo cubierto o al aire libre
tanto como las de carretera. Pero algún día lograré meter en unas páginas el
Vélodrome d’Hiver con su luz que atravesaba capas y capas de humo, con la pista
de madera y sus empinados virajes, y el zumbido de los tubulares sobre la
madera cuando pasaban los ciclistas, y el esfuerzo y las tácticas y los corredores
desviándose arriba o abajo en la pista, convertidos en una parte de sus
máquinas. Lograré meter la impresión fantástica del medio fondo, el ruido de
las motos de los entrenadores con sus rodillos, y los entrenadores con sus
pesados cascos y sus teatrales trajes de cuero, que se inclinaban hacia atrás
para proteger a los ciclistas de la resistencia del aire, y los ciclistas con
sus cascos ligeros que se pegaban a los manillares, sus piernas que hacían
girar a gran velocidad los pedales, y las pequeñas ruedas delanteras se pegaban
al rodillo de la moto tras la cual se abrigaba el ciclista, y los duelos en que
se alcanzaba el colmo de la excitación, con el petardeo de las motos y con los
ciclistas corriendo codo a codo y rueda a rueda, arriba por el peralte y
lanzándose abajo y dando vueltas a una velocidad como para matarse, y de pronto
un hombre que no podía sostener la velocidad y se descomponía, y se le veía
chocar brutalmente contra la sólida muralla de aire de la que hasta entonces
había estado separado.
Había
tantas clases de carreras. Los sprints por eliminatorias hasta llegar a la
carrera final, en los que los dos corredores retenían durante largos segundos
su velocidad, cada cual esperando que el otro guiara el sprint y así obtener un
abrigo inicial, y luego las vueltas a medio paso hasta la zambullida final en
la fascinadora pureza de la velocidad. Había los programas de carreras a la
americana, con sus series de sprints que llenaban la tarde. Había las hazañas
de velocidad absoluta, cuando un hombre corría solitario durante una hora
contra el reloj, y había las terriblemente peligrosas y hermosas carreras de
cien kilómetros en los grandes peraltes de madera de la pista de quinientos
metros del Stade Buffalo, el velódromo al aire libre en Montrouge donde se
hacían las carreras tras moto. Estaba Linart, el gran campeón belga a quien
llamaban el Sioux por su perfil.que agachaba la cabeza para sorber aguardiente
caliente por un tubo de caucho unido a un termo que llevaba debajo del jersey,
y así cobraba fuerzas para el terrible arranque de velocidad de sus fines de
carrera. Había los campeonatos de Francia tras moto, en la pista de cemento de
seiscientos sesenta metros del Parc des Princes, en Auteuil, cerca del
hipódromo, que era la pista más peligrosa de todas, y allí vimos un día caer al
gran corredor Ganay, y oímos cómo se le aplastaba el cráneo dentro del casco,
tal como uno aplasta un huevo duro contra una piedra, en una merienda en el
campo, para quitar la cáscara. Tengo que escribir sobre el extraño mundo de las
carreras de seis días y las maravillas de las carreras por carretera en la alta
montaña. El francés es la única lengua en que se ha escrito bien sobre esto y
los términos son todos franceses, y por eso es difícil escribir en otra lengua.
Mike tenía toda la razón, uno no necesita apostar. Pero todo eso pertenece a
otra época de nuestra vida en París.
VIII
EL
HAMBRE ERA UNA BUENA DISCIPLINA
Si
uno vive en París y no come bastante, les aseguro que el hambre pega fuerte, ya
que todas las panaderías presentan cosas tan buenas en los escaparates, y la
gente come al aire libre, en mesas puestas en la acera frente a los
restaurantes, y uno ve y huele la buena comida. Y si uno había renunciado al
periodismo, y estaba escribiendo cosas por las que nadie en América daba un
real, y si al salir de casa uno decía que le habían invitado a comer pero no
era verdad, el mejor sitio para matar las horas de la comida era en el jardín
del Luxemburgo, porque uno no veía ni olía nada de comer en todo el trayecto
desde la plaza de l’Observatoire hasta la rué de Vaugirard. Y siempre podía uno
entrar en el museo del Luxemburgo, y los cuadros se afilaban y aclaraban y se
volvían más hermosos cuando uno los miraba con el vientre vacío y con la
ligereza que da el hambre. Teniendo hambre, llegué a entender mucho mejor a
Cézanne y su modo de componer paisajes. Muchas veces me pregunté si él tendría
también hambre cuando pintaba, pero me dije que si la tenía era seguramente
porque se le había olvidado la hora de la comida. Una de esas ideas
indocumentadas pero sugestivas que a uno se le ocurren cuando tiene sueño o
hambre. Más tarde, pense que Cézanne debía estar hambriento, pero de otra clase
de hambre.
Al
salir del Luxemburgo, uno podía bajar la estrecha rué Férou hasta la place
Saint-Sulpice, y tampoco se encontraba ningún restaurante, y estaba tranquila
la plaza, con sus árboles y sus bancos. Había una fuente con leones, y las
palomas andaban por el empedrado y se posaban en las estatuas de los obispos.
Estaba la iglesia, y en el lado norte de la plaza había tiendas que vendían
objetos de arte religioso y vestimentas sacerdotales.
A
partir de aquella plaza, era imposible seguir andando hasta el río sin pasar
frente a tiendas que ofrecían frutas o legumbres o vinos, y frente a panaderías
y confiterías. Pero, meditando cuidadosamente el itinerario, se podía dar la
vuelta a mano derecha de la iglesia de piedra gris y blanca hasta llegar a la
rué de l’Odéon, y doblar también a la derecha hacia la librería de Sylvia
Beach, y eran pocas las tiendas de comestibles que había en el camino. En la
rué de l’Odéon no había ningún lugar donde comer, a no ser que uno siguiera
hasta la plaza, donde había tres restaurantes.
Cuando
al fin alcanzaba el número 12 de la rué de l’Odéon, mi hambre estaba reprimida,
pero mis sentidos se habían puesto de nuevo en receptividad exacerbada. Las
fotos de la librería parecían diferentes, y me fijaba en libros que siempre me
habían pasado desapercibidos.
—¡Oh,
Hemingway, qué delgado está usted! —decía Sylvia—. ¿Come usted lo suficiente?
—Claro
que sí.
—¿Qué
almorzó usted hoy?
Se
me revolvía el estómago, y contestaba:
—Ahora
voy a casa, a almorzar.
—¿A
las tres de la tarde?
—¿Son
ya las tres? Se me pasó el tiempo sin darme cuenta.
—Adrienne
decía el otro día que quiere invitarles a cenar a usted y a Hadley. Invitaremos
también a Fargue. A usted le es simpático Fargue, ¿verdad? O a Larbaud. Usted
le tiene simpatía, estoy segura. O a cualquiera por quien usted sienta
verdadera simpatía. ¿No olvidará decírselo a Hadley?
—Ella
tendrá mucho gusto en ir.
—Les
mandaré un pneu. No trabaje usted tanto como para olvidarse de las comidas.
—No
lo haré.
—Y
ahora vaya a su casa, que se quedará sin comer.
—Me
guardarán la comida.
—No
tiene que comer frío. Le conviene una buena comida caliente.
—¿Ha
recibido correo para mí?
—Me
parece que no. Pero voy a mirar.
Miró,
y encontró un papel con una nota y puso cara de satisfacción, y abrió con llave
un cajón de su mesa.
—Llegó
esto cuando yo no estaba —dijo.
Era
una carta y tenía todo el aspecto de contener dinero.
—Wedderkop
—añadió Sylvia.
—Debe
ser del Querschnitt. ¿Vio usted a Wedderkop?
—No.
Pero vino cuando estaba George, y dejó esto. Ya hablará con usted, no se
preocupe. Debió pensar que lo mejor era pagar primero.
—Aquí
hay seiscientos francos. Dice que seguirán otros pagos.
—Qué
suerte que usted me hiciera mirar si había algo. Mi querido señor Buena Suerte.
—Lo
que menos comprendo es eso de que Alemania sea el único país donde consigo
colocar mis cosas. En el Querschnitt y en la Frankfurter Zeitung.
—Sí
que es curioso. Pero no se preocupe. Además no es verdad. Siempre le puede
colocar un cuento a Ford, para la Transatlantic Review —bromeó Sylvia.
—A
treinta francos por página. Pongamos que coloque un cuento cada tres meses en
la Transatlanlic. Un cuento de cinco páginas, resulta a ciento cincuenta
francos cada trimestre. Seiscientos francos al año.
—Pero
hombre, Hemingway, no piense en lo que sus cuentos rinden ahora. Lo importante
es que usted es capaz de escribirlos.
—Ya
sé. Desde luego que soy capaz de escribirlos. Pero nadie quiere comprarlos. No
he ganado ningún dinero desde que dejé el periodismo.
—Sus
cuentos se venderán. Ya ve que ahora mismo ha recibido dinero por uno.
—Perdóneme,
Sylvia. Perdone que hable de estas cosas.
—¿Qué
hay que perdonar? Usted puede siempre hablarme, de esto o de cua.quier otra
cosa. ¿No sabe usted que los escritores nunca hablan más que de sus propios
apuros? Pero prométame que no se preocupará, y que comerá lo suficiente.
—Se
lo prometo.
—Bueno,
vaya a su casa, pues, y almuerce.
Salí
a la rué de l’Odéon descontento conmigo mismo, por haberme quejado de mis
apuros. Hacía lo que hacía por mi propia voluntad, y luego lo hacía de un modo
estúpido. Aquel día hubiera debido comprarme un pan, y comerlo en vez de
quedarme sin almuerzo. Al pensarlo, sentía en la boca el sabor de la corteza
tostada. Pero la boca se queda seca, con pan y sin nada que beber. Maldito
quejicoso. Sucio farsante de santo y mártir, me dije a mí mismo. Dejas el
periodismo porque lo has decidido. Tienes crédito, y sabes que Sylvia te
prestaría dinero. Y además ya te lo ha prestado, y muchas veces. Y después de
los sablazos irás aflojando en otras cosas. Puedes ir diciendo que el hambre es
una maravilla, y que los cuadros parecen mejores cuando uno está hambriento. Pero
comer es otra maravilla. ¿Y sabes dónde vas a comer ahora?
Vas
a comel en Lipp. Comer y beber.
Caminé
aprisa hasta Lipp, y todos los objetos que mi estómago percibía con tanta
rapidez como mis ojos o mi nariz hacían más agradable el corto paseo. Había
poca gente en la brasserie, y cuando estuve sentado en la banqueta, con el
espejo a mi espalda y una mesa ante mí, el camarero me preguntó si quería
cerveza. Pedí un distingué, que era una gran jarra de cristal con un litro de
cerveza, y una ensalada de patatas.
La
cerveza estaba muy fría, y era un gusto beberla. Las pommes à 1’huile eran de
pulpa firme, marinadas en un delicioso aceite de oliva. Las sazoné con
pimienta, y las comí con pan mojado en el aceite. Después de beber el primer
largo trago de cerveza, seguí bebiendo y comiendo muy despacio. Terminadas las
pommes à 1’huile, pedí otra ración y un cervelas, o sea una salchicha parecida
a las de Frankfurt, pero muy grande, cortada en dos mitades y cubierta con una
salsa especial, a base de mostaza.
Rebañé
con pan todo el aceite y toda la salsa y bebí la cerveza despacio hasta que
empezó a entibiarse. Cuando la terminé pedí un demi, y observé cómo llenaban el
vaso de la espita del barril. Me pareció más frío todavía que el distingué, y
bebí la mitad del vaso.
No
podía decirse que yo estuviera preocupándome, pensé. Yo sabía que mis cuentos
eran buenos, y al fin iban a publicarlos en América. Cuando dejé de trabajar
para periódicos, tenía la plena seguridad de que mis cuentos iban a publicarse.
Pero todos los editores a quienes los mandé me devolvieron el manuscrito. Mi
confianza había surgido cuando Edward O’Brien me tomó el cuento «My Old Man»
para su antología anual de relatos cortos, y además me dedicó el volumen de
aquel año. Recordándolo, me reí y bebí otro sorbo de cerveza. Mi cuento no
había aparecido en revista, y O’Brien tuvo que violar todas sus normas para
incluirlo en su tomo. Volví a reír, y el camarero me miró de reojo. Lo
divertido del caso es que, al fin, O’Brien había escrito mal mi nombre. El cuento
que escogió era uno de los dos que me quedaron cuando todos mis manuscritos se
perdieron. A Hadley le robaron la maleta en la Gare de Lyon, cuando iba a
Lausanne y se llevaba todos mis manuscritos por darme una buena sorpresa, para
que yo pudiera trabajar en mis cosas en las montañas donde íbamos a pasar unas
vacaciones. Hadley se llevó los manuscritos originales y los puestos en limpio
a máquina y las copias al papel carbón, todo muy bien ordenado en carpetas de
cartulina. Uno de los dos cuentos se salvó porque Lincoln Steffens lo había
mandado al director de un periódico, y lo devolvieron. Viajaba en el correo
cuando me robaron lo demás. El otro cuento salvado era el que se titulaba «Up
in Michigan», que acababa de escribir el día en que Miss Stein nos visitó. Como
ella dijo que el relato era inaccrochable, nunca llegué a pasarlo a máquina. Se
quedó en un cajón a trasmano.
Después
de la estancia en Lausanne, pues, pasamos a Italia, y un d;'a mostré el cuento
que trataba de las carreras de caballos a O’Brien, un hombre amable y tímido,
pálido, con ojos azul claro y un pelo liso y lacio que se cortaba él mismo, que
entonces estaba en pensión en un monaslerio cerca de Rapallo. Yo pasaba por una
mala época y creía que nunca más volvería a ser capaz de escribir, y le mostré
el cuento a O’Brien como una curiosidad, en un impulso como el que uno tiene
cuando enseña, neciamente, la bitácora de un barco que ha perdido en un
inverosímil naufragio, o cuando exhibe la bota y hace un chiste sobre el pie
que tuvieron que amputarle de resultas de un accidente. Luego, cuando O’Brien
leyó el cuento, vi que le dolía más que a mí. Yo nunca había visto que nadie
sufriera por nada que no fuera una muerte o un dolor físico insoportable,
excepto a Hadley cuando me dijo que le habían robado los manuscritos. Mi mujer
lloraba y lloraba sin parar, y no se atrevía a decirme lo ocurrido. Yo le dije
que por muy grave que fuera el desastre, no podría valer la pena de tanto
llanto, y que dejara de preocuparse, que fuera lo que fuera ya se arreglaría.
Entre los dos lo arreglaríamos. Al fin me lo dijo. Aunque me lo aseguró no pude
creer que se hubiera llevado también las copias al papel carbón. Entonces yo
ganaba buen dinero de los periódicos. Pagué a un compañero para que hiciera mi
reportaje, y tomé el tren para París. Sí que era verdad, y me acuerdo demasiado
bien de lo que hice en la noche después de mi llegada al piso y de comprobar
que era verdad. Pero cuando estábamos en Italia, todo aquello había quedado
atrás, según Chink me había enseñado a no hacer nunca comentarios sobre las
bajas de un combate; de modo que le dije a O’Brien que no se lo tomara tan a
pecho. Probablemente me iba a resultar beneficiosa la pérdida de mis trabajos
de aprendiz, y en fin, le serví la clase de majaderías con que se levanta el
ánimo de una tropa. Dije que iba a ponerme en seguida a escribir otros cuentos.
Y en el momento en que lo dije creyendo que era sólo una mentira para que se
animara, me di cuenta de que iba a ser verdad.
Sentado
allí en Lipp, seguí pensando y recordé el primer cuento que logré escribir
después de la pérdida de mis manuscritos. Fue en Cortina d’Ampezzo, adonde
había vuelto a reunirme con Hadley, después de una temporada de esquí en
primavera, interrumpida para ir a hacer un reportaje a Renania y al Ruhr. Era
un cuento muy sencillo titulado «Out of Season», en el cual omití el verdadero
final, que era que el viejo protagonista se ahorcaba. Lo omití basándome en mi
recién estrenada teoría de que uno puede omitir cualquier parte de un relato a
condición de saber muy bien lo que uno omite, y de que la parte omitida
comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de
lo que se le ha dicho.
Bueno,
pensé, así me salen los cuentos ahora, que nadie los entiende. Si algo hay
seguro, es esto. El hecho cierto es que no hay ninguna demanda por mis cuentos.
Pero un día llegarán a entenderlos, como pasa siempre con la pintura. Sólo hace
falta tiempo, y sólo hace falta confianza.
Hay
que tomar un cuidado muy particular de uno mismo en las épocas en que uno tiene
que reducir la comida, para que el pensamiento no sea sólo un pensamiento de
hambriento. El hambre es una buena disciplina, y enseña mucho. Y mientras la
gente no entiende lo que uno escribe, uno está más adelantado que ellos. Lo que
ocurre es eso, pensé, que estoy tan adelantado que no me alcanza el dinero para
comer con regularidad. No sería mala cosa si esos que van detrás se acercaran
un poco.
Me
di cuenta de que tenía que escribir una novela. Pero parecía imposible
conseguirlo, precisamente cuando, esforzándome con gran dificultad, había
aspirado a meter en un solo párrafo el destilado de todo lo que sale en una
novela. Tenía que ponerme a escribir cuentos más extensos, y a entrenarme para
una carrera de larga distancia. Cuando escribí mi única novela anterior,
perdida también con la maleta que me robaron en la Gare de Lyon, yo tenía
todavía la facultad lírica de la adolescencia, tan perecedera y engañosa como
la propia juventud. Yo sabía que probablemente era una suerte haber perdido
aquella novela, pero sabía también que tenía que escribir otra. De todos modos,
iba a retrasarlo tanto como pudiera, hasta que no hubiera otro remedio. Y antes
matarme que escribir una novela porque era un medio de comer con regularidad.
Cuando tuviera que escribirla, sería porque no podía hacer otra cosa ni me
quedaba otra elección. De momento había que dejar que subiera la presión en la
caldera. Entretanto, escribiría un cuento largo sobre un asunto que conociera
bien.
Al
llegar a este punto, ya había pagado la nota y dejado la cervecería, y tomé por
la derecha y crucé la rué de Rennes, para no entrar en los Deux Magots a tomar
café. Andando por la rué Bonaparte, me fui a casa por el camino más corto.
¿Cuál
era el tema que yo conocía mejor, y que no había tratado todavía en alguno de
los manuscritos perdidos? ¿Qué conocía yo mejor, y qué tenía para mí más
importancia? Sobre este punto, no cabía la duda. La única duda que cabía, era
la del camino que había que escoger para llegar lo más pronto posible al lugar
de trabajo. Aquel día, el camino más corto llevaba de la rué Bonaparte a la rué
Guynemer, y luego a la rué d’Assas, y finalmente subía por la rué
Notre-Dame-des-Champs hasta la Closerie des Lilas.
Me
senté en una esquina mientras la luz del atardecer entraba pasando por encima
de mi hombro, y me puse a escribir en mi libreta. El camarero me trajo un café
crème, del que bebí la mitad cuando estuvo frío, y olvidé el resto en la mesa.
Cuando terminé de escribir, no quería alejarme de mi río, dejar de mirar las
truchas en el remanso y la superficie del agua henchida y lisa, que presionaba
contra la resistencia del puente de madera. El tema del cuento era la vuelta de
la guerra, pero a la guerra no se la mencionaba nunca.
Sin
embargo, a la mañana siguiente el río volvería a estar ante mí, y yo tendría
que construir el río y los campos y todo lo que tenía que ocurrir en el relato.
Se abría una serie de días que aquel trabajo llenaría enteramente. Era lo único
que importaba. En mi bolsillo estaba el dinero recibido de Alemania, de modo
que no había apuro. Cuando aquel dinero se terminara, llegaría otro.
Lo único
que yo tenía que hacer era conservar mi cabeza en buena forma, hasta que a la
mañana siguiente me pusiera otra vez a trabajar.
IX
FORD
MADOX FORD Y EL DISCÍPULO DEL DIABLO
La
Closerie des Lilas era el único buen café que había cerca de casa, cuando
vivíamos en el piso encima de la serrería, en el número 113 de la rué
Notre-Dame-des-Champs. Y era uno de los mejores cafés de París. En invierno se
estaba caliente dentro, y en primavera y otoño se estaba muy bien fuera, cuando
ponían mesitas a la sombra de los árboles junto a la estatua del mariscal Ney,
y las grandes mesas cuadradas bajo los toldos, en la acera del boulevard. Nos
hicimos buenos amigos de dos camareros del café. La gente del Dôme y de la
Rotonde nunca iban a la Closerie. No hubieran encontrado allí a nadie que les
conociera, y nadie les hubiera mirado con la boca abierta cuando entraban. Por
entonces, muchos iban a aquellos dos cafés en la esquina del boulevard Montparnasse
con el boulevard Raspail para ofrecerse como espectáculo público, y puede
decirse que aquellos cafés equivalían a las crónicas de sociedad, como
sustitutivos cotidianos de la inmortalidad.
En
tiempos anteriores, la Closerie des Lilas fue un café donde se reunían poetas
más o menos regularmente, y su último gran poeta era Paul Fort, a quien yo
nunca leí. El único poeta que yo vi allí es Blaise Cendrars, con su rota nariz
de boxeador y su manga vacía sujeta con un imperdible, que liaba los pitillos
con la mano que le quedaba. Era un buen compañero hasta que estaba demasiado
borracho, e incluso entonces, las mentiras que soltaba le hacían más
interesante que a otros sus relatos verídicos. Pero nunca vi a otro poeta en la
Closerie, y además a Cendrars sólo le encontré allí una vez. La mayoría de los
clientes eran señores viejos y barbudos, de ropas gastadas, que iban allí con
sus esposas o sus queridas, y algunos, pero no todos, llevaban en la solapa la
cintila roja de la Legión de Honor. Con optimismo, les clasificábamos a todos
como hombres de ciencia, como savants, y el tiempo que mataban con un aperitivo
era casi tan largo como el que mataban ante un café con leche otros señores de
trajes más gastados todavía, que iban allí con sus esposas o sus queridas y
mostraban la cintita violeta de las Palmas Académicas, lo cual no tenía nada
que ver con la Academia Francesa, y nosotros suponíamos que significaba eran
profesores o maestros.
En
conjunto, aquellas gentes componían un café agradable, ya que sólo se
observaban entre sí, y lo que les interesaba eran sus copas o sus tazas de café
o sus infusiones, sin contar los periódicos que estaban sujetos a sus varillas
de madera, y en aquel ambiente nadie se exhibía.
Había
también otros tipos de hombres, vecinos del barrio, que frecuentaban la
Closerie. Algunos llevaban en la solapa la cinta de la Croix de Guerre, y otros
la cinta amarilla y verde de la Médaille Militaire, y yo me fijaba en lo bien
que superaban las dificultades debidas a los brazos o las piernas que les
faltaban, y en la excelente calidad de sus ojos artificiales, y en lo muy
hábilmente que les habían rehecho la cara. En una cara cuyo porcentaje de
reconstrucción era alto, se veía siempre un brillo casi iridiscente, que
recordaba el de un esquí bien engrasado, y nosotros respetábamos a estos
clientes más que a los savants y los profesores, aunque bien podían estos
últimos haber servido también en la guerra sin sufrir mutilación.
En
aquellos días, no teníamos confianza en nadie que no hubiera estado en la
guerra, pero además no teníamos plena confianza en nadie, y a menudo imperaba
la opinión de que Cendrars no tenía por qué ponerse tan truculento a propósito
de su desvanecido brazo. El día en que le encontré allí, me alivió que la cosa
ocurriera a primera hora de la tarde, antes de que llegaran los clientes fijos
de la Closerie.
Otra
tarde, estaba yo sentado a una de las mesas de fuera, mirando cómo iba
cambiando el color de la luz que daba en los árboles y los edificios, y cómo
pasaban los grandes y lentos caballos que a menudo se veían por los boulevards
exteriores. La puerta del café se abrió a mi espalda, y un hombre salió y se
plantó a mi derecha, junto a mi mesa.
—De
modo que aquí está usted —dijo.
Era
Ford Madox Ford, según se hacía llamar entonces, porque desde la guerra había
repudiado su apellido alemán de Hueffer. Jadeaba a través de su hirsuto
mostacho manchado, y se erguía con rigidez, como si fuera un embudo ambulante,
puesto con la punta hacia abajo y bien trajeado.
—¿Permite
que me siente? —preguntó sentándose.
Miró
al boulevard con sus ojos de un azul desvaído. Las cejas y las pestañas eran
incoloras.
—Desperdicié
buenos años de mi vida por lograr que la matanza de estas bestias se hiciera en
forma humana —declaró.
—Ya
me lo ha dicho —repuse.
—No
creo habérselo dicho.
—Estoy
seguro.
—Muy
raro. Nunca se lo he dicho a nadie en mi vida.
—¿Quiere
usted beber algo?
El
camarero esperaba ante nosotros, y Ford pidió un Chambéry-cassis. El camarero,
que era alto y delgado y se peinaba con brillantina para cubrir su coronilla
calva, y ostentaba un gran mostacho en el viejo estilo del cuerpo de dragones,
repitió el pedido.
—No.
En vez de eso, tráigame una fine à l’eau —dijo Ford.
—Una
fine à l’eau para el señor —transmitió el camarero al mozo del mostrador.
Yo
evitaba siempre mirar a Ford en la medida de lo posible, y siempre retenía mi
aliento cuando me encontraba cerca de él en una estancia cerrada, pero aquella
tarde estábamos al aire libre, y además las hojas caídas volaban sobre la
acera, llegando por mi lado de la mesa y alejándose por el suyo, de modo que le
miré francamente. Me arrepentí, y miré a la acera de enfrente. La luz estaba
cambiando otra vez, y me había perdido el instante del cambio. Bebí un sorbo de
mi copa para comprobar si la proximidad de Ford le había dado mal sabor, pero
todavía estaba pura.
—Está
usted deprimido —dijo él.
—No.
—Sí
lo está. Le conviene salir más de casa. Vine a invitarle a las reunioncillas
que tenemos en ese divertido Bal Musette que hay cerca de la place
Contrescarpe, en la rué du Cardinal-Lemoine.
—Viví
dos años encima del baile ése, antes de que usted volviera a París.
—Qué
cosa más rara. ¿Está seguro?
—Sí
—afirmé—. Estoy seguro. El propietario de la sala del baile tenía también un
taxi, y cuando yo tenía que tomar un avión él me llevaba siempre al aeródromo,
y cada vez, antes de salir, entrábamos en la sala que estaba a oscuras, y
bebíamos una copa de vino blanco en el mostrador de cinc.
—Nunca
me ha interesado la aviación —dijo Ford—. Usted y su esposa, arréglense para ir
al Bal Musette el sábado por la noche. Es un lugar muy alegre. Le dibujaré un
plano para que pueda encontrarlo. Yo lo descubrí por pura casualidad.
—Está
en la planta baja del número 74 de la rué Cardinal-Lemoine —dije—. Yo vivía en
el tercer piso.
—Es
una casa sin número —dijo Ford—. Pero la encontrará sin dificultad, si consigue
llegar hasta la place Contrescarpe.
Bebí
otro largo sorbo. El camarero había traído ia bebida de Ford, pero Ford le
rectificaba.
—No,
no pedí un coñac con soda —dijo, paciente, pero severo—. Pedí un vermouth Chambéry
con cassis.
—No
importa, Jean —dije—. Yo me quedaré con la fine. Tráigale al señor lo que pide
ahora.
—Lo
que pedí antes —corrigió Ford.
En
aquel momento, un hombre más bien demacrado que se cubría con una capa pasó por
la acera. Iba en compañía de una mujer alta, y echó una ojeada a nuestra mesa y
a las mesas vecinas, y luego siguió su camino por el boulevard.
—¿Vio
usted cómo le negué el saludo? —dijo Ford—. ¿Eh? ¿Vio cómo se lo negué?
—No.
¿A quién se lo negó?
—A
Belloc —dijo Ford—. ¡Ya lo creo que se lo negué! ¡ Y de qué modo !
—No
me fijé —dije—. ¿Y por qué le negó el saludo?
—Por
toda suerte de buenas razones —dijo Ford—. ¡Y de qué modo se lo negué!
Era
feliz, perfecta y completamente feliz. Yo no conocía a Belloc, pero tuve la
impresión de alguien que anda absorto en algún pensamiento, y la ojeada que dio
a nuestra mesa fue casi automática. Pero me apenó que Ford hubiera estado
grosero con él, ya que, siendo yo entonces un joven que iniciaba su educación,
sentía muy alto respeto por los escritores de más edad. Esto parece
incomprensible ahora, pero en aquellos días se daba mucho.
Pensé
que hubiera sido agradable que Belloc se hubiera sentado a nuestra mesa, y que
hubiera sido una buena ocasión para conocerle. El encuentro con Ford me había
estropeado la tarde, pero pensé que tal vez Belloc la hubiera arreglado un
poco.
—¿Por
qué diablos bebe usted coñac? —me preguntó Ford—. ¿No sabe que para un escritor
joven, ponerse a beber coñac es fatal?
—No
bebo muy a menudo —dije.
Me
esforcé por tener muy presente lo que Ezra Pound me había dicho de Ford: que no
había que maltratarle nunca, que había que recordar siempre que sólo decía
mentiras cuando estaba fatigado, que era un escritor bueno de verdad, y que
había sufrido terribles contratiempos conyugales. Me esforcé todo lo que pude
por tener presente todo aquello, aunque la pesada y resollante y abyecta
vecindad del propio Ford, tan cerca que podía tocarle, lo hacía difícil. Pero
me esforcé.
—Explíqueme
qué razones hay para retirarle el saludo a alguien —pedí.
Hasta
entoces, yo había creído que eso se hacía sólo en las novelas de marqueses que
escribía Ouida. Yo nunca fui capaz de leer una novela de Ouida, ni siquiera una
vez, en una estación de esquí en Suiza, cuando terminé todos mis libros al
tiempo que soplaba el viento húmedo del sur, y el hotel no tenía más que
novelas de Ouida abandonadas por algún cliente, en las viejas ediciones de
Tauchnitz de antes de la guerra. Pero cierto sexto sentido me decía que en las
novelas de aquella dama los personajes se niegan el saludo.
—Un
caballero —explicó Ford— le negará siempre el saludo a un rufián.
Bebí
a toda prisa un sorbo de brandy.
—¿Se
lo negará a un villano? —pregunté.
—Es
inconcebible que un caballero tenga relación alguna con un villano.
—¿O
sea que un caballero sólo retira el saludo a sus iguales? —seguí investigando.
—Naturalmente.
—¿Y
cómo entra un caballero en relación con un rufián?
—Uno
puede ignorar que lo sea, y a veces ocurre que un hombre se transforma en un
rufián.
—¿Que
es un rufián? —pregunté—. ¿Uno de esos seres que un caballero, so pena de su
honra, debe apalear hasta molerles los huesos?
—No
necesariamente —dijo Ford.
—¿Es
Ezra un caballero? —pregunté.
—Claro
que no —dijo Ford—. Es un americano.
—¿Nunca
puede un americano ser un caballero?
—Tal
vez lo sea John Quinn —explicó Ford—. Algunos hay, entre los embajadores.
—¿Myron
T. Herrick?
—Tal
vez.
—¿Era
Henry James un caballero?
—Estaba
muy cerca de serlo.
—¿Es
usted un caballero?
—Claro
que sí. He sido oficial de Su Majestad.
—Qué
complicado asunto —dije—. ¿Soy yo un caballero?
—Decididamente
no —afirmó Ford.
—¿Por
qué, pues, se sienta usted a mi mesa?
—Me
siento a su mesa porque le considero como un escritor joven que promete mucho.
Como un colega en literatura, realmente.
—Es
usted muy amable —dije.
—En
Italia, podría considerársele un caballero —concedió Ford con magnanimidad.
—¿Pero
no soy un rufián?
—Claro
que no, muchacho. ¿Quién dijo eso nunca?
—Pudiera
convertirme en un rufián —dije con tristeza—. Con tanto beber coñac. Cosas así
acabaron con Lord Harry Hotspur, en la novela de Trollope. Dígame, ¿era
Trollope un caballero?
—Claro
que no.
—¿Está
usted seguro?
—Pudiera
haber división de opiniones. Pero la mía es rotunda.
—¿Lo
era Fielding? Tenía el rango de juez.
—Técnicamente,
tal vez haya que contarle entre los caballeros.
—¿Y
a Marlowe?
—Desde
luego que no.
—¿Y
a John Donne?
—Era
un cura.
—Qué
fascinante es esta cuestión —dije.
—Me
complace su interés —dijo Ford—. Antes de irme, le acompañaré a beber otro
coñac con agua.
Cuando
Ford se marchó era ya de noche. Anduve hasta el quiosco y compré Paris-Sport
Complet, la última edición de la tarde del diario de hípica, que traía los
resultados de Auteuil, y el programa de las carreras del día siguiente en
Enghien. Émile, el camarero que estaba de turno remplazando a Jean, vino a mi
mesa para saber el resultado de la última carrera en Auteuil. Un gran amigo
mío, al que raras veces se veía por la Closerie, se acercó entonces y se sentó
a mi mesa, y precisamente cuando mi amigo le pedía a Émile su bebida, el
demacrado hombre de la capa, con la mujer alta, cruzó por la acera. Su mirada
resbaló por nuestra mesa y se desvió.
—Ése
es Hilaire Belloc —dije a mi amigo—. Ford estuvo aquí esta tarde, y le negó el
saludo.
—No
digas bobadas —dijo mi amigo—. Ése es Aleister Crowley, el de las misas negras.
Tiene fama de ser el hombre más malvado del universo.
—Lo
siento —dije.
X
NACE
UNA NUEVA ESCUELA
El
instrumental necesario se reducía a las libretas de lomo azul, a los dos
lápices y el sacapuntas (afilando el lápiz con un cortaplumas se echa a perder
demasiada madera), a los veladores de mármol, y al olor a mañana temprana y a
barrido y fregado y buena suerte. Para la buena suerte, había que llevar en el
bolsillo derecho una castaña de Indias y una pata de conejo. Hacía tiempo que
la pata de conejo había perdido su pelo, y los huesos y tendones relucían de
tanto frote. Las uñas rascaban a través del forro del bolsillo, y así uno se
acordaba de que allí seguía la buena suerte.
Ciertos
días la cosa marchaba tan bien que uno lograba construirse el campo y pasear
por el, y andando entre leña cortada salir a un claro del bosque, y subir por
una cuesta hasta otear las lomas, más allá de un brazo del lago. Tal vez
ocurriera que la mina del lápiz se rompía dentro del embudo del sacapuntas, y
uno recurría a la hojita del cortaplumas para expulsar el pedacito de
plombagina o tal vez para afilar cuidadosamente el lápiz con su buen filo, y
entonces metía uno el brazo por la correa de la mochila, en su salazón de
sudor, y levantaba la mochila y pasaba el otro brazo por la otra correa, y
sentía el peso repartiéndose por la espalda, y sentía las agujas de pino debajo
de los mocasines al echar a andar por la bajada hacia el lago.
Y en
aquel momento una voz se hacía oír:
—Hola,
Hem. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Pretendes escribir en un café?
Se
acabó la buena suerte, y uno cerraba la libreta. Era lo peor que podía ocurrir.
Más valía desde luego no perder los estribos, pero la conservación de estribos
no era entonces mi punto fuerte, de modo que dije:
—Joder
con el hijo de puta. ¿A qué vienes por aquí? ¿Te han echado de tus jodidos
barrios?
—Oye,
sin insultar. Me parece muy bien que te las eches de excéntrico, pero yo no voy
a pagar el pato.
—Vete
de aquí, tú y tu boca de mamón.
—Estamos
en un establecimiento público. Tengo tanto derecho a quedarme aquí como tú.
—¿Por
qué no te vuelves a hacer el marica a la Petite-Chaumière?
—Oh,
por favor, no te me pongas pelma.
Siempre
quedaba el recurso de marcharse, y confiar en que fuera sólo una visita
accidental: que el sujeto había entrado por casualidad, y que no iba a seguirle
una infestación. Claro que había otros cafés buenos para trabajar, pero estaban
lejos, mientras que aquél era el café de mi casa. No quería que me echaran de
la Closerie des Lilas. Ante aquella primera incursión, cabía la resistencia o
la retirada. Probablemente lo más cuerdo era la retirada, pero la ira entró en
crecida y dije:
—Oye.
Un chulo como tú se acomoda en cualquier parte. ¿Por qué tienes que venir a
emporcar un café respetable?
—Sólo
entré a tomar una copa. ¿Qué tienes que objetar?
—En
nuestro país, después de servirte rompían el vaso.
—Ya
me olvidaba de que tenemos un país a medias. Por lo que me cuentas, parece un
lugar de costumbres deliciosas.
Estaba
sentado a la mesa contigua. Un joven alto y gordo con gafas. Había pedido una
cerveza. Decidí no hacerle caso y probar a seguir escribiendo. De modo que no
le hice caso y escribí dos frases.
—No
hice más que saludarte.
Seguí
adelante y escribí otra frase. No se para fácilmente, cuando realmente está en
marcha y uno se encuentra bien metido.
—Te
has vuelto tan grande, que ya no se puede ni saludarte.
Escribí
otra frase que cerraba un párrafo, y leí el párrafo. Estaba bien todavía, y
escribí la primera frase del párrafo siguiente.
—Nunca
piensas en los demás, ni imaginas que también pueden tener sus problemas.
Las
lamentaciones no me estorban: las he oído toda mi vida. Pude perfectamente
seguir escribiendo, con aquel ruido no peor que muchos otros, y sin duda mejor
que el de Ezra cuando aprendía a tocar el bajón.
—Imagina
lo que representa querer ser escritor y sentir la vocación en todas las fibras
del cuerpo, y, sin embargo, fracasar siempre.
Seguí
escribiendo, y empecé otra vez a tener suerte además de lo otro.
—Imagínate,
haberse sentido atravesar por una corriente irresistible, y luego quedar mudo y
taciturno.
Mejor
eso que mudo y charlatán, pensé, y seguí escribiendo. El sujeto daba ya sus
notas altas, y las increíbles frases me calmaban como el chillido de un tablón
violado por una sierra mecánica.
—Estuvimos
en Grecia —le oí decir pasado algún tiempo.
Hacía
rato que sólo le escuchaba como a un ruido. Tenía trabajo adelantado, de modo
que podía dejarlo ya para proseguir al día siguiente.
—¿Qué
dices de Grecia? —le pregunté—. ¿Estás de vuelta o te quedaste allí?
—No
hagas indirectas vulgares —dijo—. ¿No quieres que te cuente lo demás?
—No.
Cerré
la libreta y me la metí en el bolsillo.
—¿No
te interesa saber cómo terminó?
—No.
—¿No
te interesa la vida, ni el sufrimiento de un ser humano?
—El
tuyo, no.
—Eres
brutal.
—Sí.
—Pensé
que tú me ayudarías, Hem.
—Lo
que me gustaría es pegarte un tiro.
—¿Serías
capaz de hacerlo?
—No.
El código penal lo prohíbe.
—Yo
haría cualquier cosa por ti.
—¿De
veras lo harías?
—Claro
que lo haría.
—Entonces
guárdate de volver a este café. De momento es lo único que te pido.
Me
levanté, y el camarero se acercó y pagué.
—¿Puedo
acompañarte hasta la serrería, Hem?
—No.
—Bueno,
ya nos veremos otro día.
—No
aquí.
—Desde
luego —dijo—. Queda prometido.
—¿Qué
escribes ahora? —cometí el error de preguntar.
—Escribo
lo mejor que puedo. Exactamente como haces tú. Pero es tan difícil.
—No deberías
escribir, puesto que no eres capaz. ¿Por qué andas lloriqueando por ahí?
Vuélvele a casa. Busca un empleo. Ahórcate. Pero no andes por ahí con tu rollo.
Nunca serás capaz de escribir.
—¿Por
qué me dices estas cosas?
—¿Nunca
te has oído a ti mismo hablar?
—Yo
hablo de escribir.
—Pues
te callas.
—Eres
cruel —dijo—. Todo el mundo me decía siempre que eres cruel y no tienes corazón
y estás pagado de ti mismo. Pero yo siempre te he defendido. No volveré a
defenderte, de ahora en adelante.
—Así
me gusta.
—¿Cómo
puedes ser tan cruel con un ser humano como tú?
—No
sé —dije—. Ove, ya que no eres capaz de escribir, ¿por qué no te dedicas a la
crítica?
—¿Te
parece?
—Sería
estupendo —le dije—. Siendo crítico, podrás escribir cuanto te venga en gana.
No tendrás que preocuparte porque una cosa no sale, o porque te has quedado
mudo y taciturno. Todo el mundo leerá lo que escribes y lo respetará.
—¿Crees
que puedo ser un buen crítico?
—No
sé si muy bueno. Pero puedes ser un crítico. Siempre encontrarás gentes que te
harán favores, y tú podrás hacer favores a tus gentes.
—¿Qué
quieres decir, con eso de mis gentes?
—Quiero
decir tus amigos.
—Oh,
ésos. Ésos ya tienen a sus críticos.
—No
tienes que ser por fuerza crítico de libros —dije—. Están las pinturas, el
teatro, el ballet, el cine...
—Me
revelas grandes posibilidades, Hem. Te lo agradezco muchísimo. Se pueden hacer
grandes cosas, ya lo veo. Y también es una obra de creación.
—Al
crear se le da demasiada importancia. Al fin y al cabo, a Dios le bastaron seis
días para crear el mundo, y al séptimo descansó.
—Y
desde luego, nada me impedirá dedicarme también a la literatura de creación.
—Nada.
Salvo que a lo mejor tu propia crítica te plantea un criterio de calidad
excesivamente severo e inalcanzable.
—Mis
criterios serán muy altos. No te quepa duda.
—Estoy
seguro.
Como
era ya un crítico, le invité a una copa y aceptó.
—Hem
—dijo; y me di cuenta de que era un critico de cuerpo entero, ya que empezaba
sus frases poniendo en vocativo el nombre de la persona a quien se dirigía—.
Con toda sinceridad, tengo que confesarte que tu estilo me parece demasiado
rígido.
—Qué
lástima.
—Hem:
es demasiado seco, demasiado descarnado.
—Malo,
malo.
—Hem:
demasiado rígido, demasiado seco, demasiado descarnado, se ven demasiado los
tendones.
Intimidado,
palpé la pata de conejo en mi bolsillo y prometí:
—Intentaré
que entre un poco en carnes.
—Fíjate
que no quiero decir que me guste obeso.
—Hal
—dije, para entrenarme a hablar como un crítico—. Me guardaré de la obesidad
mientras pueda.
—Me
alegra que estemos tan de acuerdo —dijo con magnanimidad.
—¿Te
acordarás de no volver por aquí cuando yo esté trabajando?
—Naturalmente,
Hem. Claro. A partir de ahora, yo tendré también mi café fijo.
—Eres
muy amable.
—Procuro
serlo —dijo.
Sería
muy interesante e instructivo que el joven se hubiera transformado en un
crítico famoso, pero las cosas no tomaron este rumbo, aunque tuve grandes
esperanzas por cierto tiempo.
No
creí que volviera al día siguiente, pero no quise arriesgarme, y por un día
dejé en paz a la Closerie. De modo que al día siguiente me levanté temprano,
herví las tetinas de caucho y las botellas de los biberones, compuse la mezcla
prescrita y la embotellé, di un biberón a Mr. Bumby y me puse a trabajar en la
mesa del comedor, cuando no había todavía nadie despierto salvo Mr. Bumby, F.
Puss el gato y yo. Eran dos compañeros tranquilos y agradables, y trabajé con
más facilidad que nunca. En aquellos días uno no tenía necesidad de nada, ni
siquiera de la pata de conejo, aunque siempre reconfortaba palparla en el
bolsillo.
XI
CON
PASCIN EN EL DÔME
Era
un atardecer muy agradable, y yo había trabajado de firme todo el día, y al fin
dejé el piso encima de la serrería y salí atravesando el patio con sus pilas de
madera, cerré la puerta, crucé la calle y entré por la puerta trasera de la
panadería que por delante daba al boulevard Montparnasse, y salí a la calle
después de pasar a través de todos los buenos aromas de pan que llenaban el
horno y la tienda. En la panadería ya tenían las luces encendidas, y afuera se
acababa el día, y caminé en la penumbra temprana hasta llegar al restaurante
del Nègre de Toulouse, donde guardaban nuestras servilletas a cuadros blancos y
rojos metidas en los servilleteros de madera y puestas en sus estanterías,
esperándonos a que fuéramos a comer. Leí el menú multicopiado en tinta violeta
y vi que el plato del día era cassoulet. Sólo leer el nombre ya me dio hambre.
Monsieur
Lavigne, el dueño, me preguntó qué tal marchaba mi trabajo y le dije que
marchaba muy bien. Dijo que me había visto trabajando en la terraza de la
Closerie des Lilas a primera hora de la mañana, pero no me había hablado porque
me vio muy ocupado.
—Parecía
usted un hombre perdido en la jungla —dijo.
—Cuando
trabajo, soy como un topo ciego.
—¿Pero
no estaba usted en la jungla, monsieur?
—En
la pradera —dije.
Luego
paseé por la calle, contento con el atardecer primaveral y con la gente que
pasaba junto a mí. En los tres cafés mayores vi a personas que conocía de vista
y a otras con las que había hablado alguna vez. Pero siempre había otras
personas a las que no conocía y que parecían mucho más simpáticas, y que en los
atardeceres, cuando se encendían las luces, se apresuraban hacia algún lugar
donde se reunirían para beber en compañía, para comer en compañía, y para luego
hacer el amor. Las gentes que había en los cafés mayores acaso pensaran en lo
mismo, o acaso se contentaban con estar sentados y beber y hablar y darse el
gusto de que los demás las vieran. Las personas qre a mí me eran simpáticas,
pero no conocía, iban a los grandes cafés porque allí podían estar solas y
estar juntas. Entonces los grandes cafés eran también baratos, y todos tenían
buena cerveza y los aperitivos costaban precios razonables, claramente marcados
en los platillos en que los servían.
En
aquel atardecer, yo meditaba estos sanos, pero escasamente originales
pensamientos, y me sentía extraordinariamente virtuoso porque había trabajado
bien y de firme en un día en que me moría de ganas de ir a las carreras. Pero
por entonces no tenía dinero para carreras, aunque siempre se podía ganar algún
dinero precisamente en las carreras, tomándoselo con empeño. No habían llegado
los días de las pruebas de saliva y otros métodos para descubrir a los caballos
artificialmente estimulados, y el doping se practicaba en gran escala. Pero eso
de apreciar las posibilidades de un caballo al que inyectan estimulantes, y
notar los síntomas en el paddock y dejarse guiar por percepciones que a veces
estaban al borde de lo extrasensorial, y luego descansar en aquellas
percepciones un dinero que uno no puede de ningún modo perder, no es manera
para que un joven que debe dar de comer a una esposa y un hijo haga carrera
mediante el trabajo de todo el día que es aprender a escribir en prosa.
De
cualquier modo que se mirara, seguíamos muy pobres, y yo ahorraba todavía por
medios tales como el de decir que me habían invitado a almorzar, y pasar dos
horas caminando por el jardín del Luxemburgo, y volver a contarle a mi mujer el
soberbio almuerzo. Cuando uno tiene veinticinco años y es un peso fuerte nato,
saltarse una comida pone muy hambriento. Pero también aguza todas las
percepciones, y un día me di cuenta de que entre mis personajes abundaban mucho
los que tenían grandes apetitos y les gustaba mucho comer y lo deseaban mucho,
y casi todos estaban pensando en beber una copa.
En
el Nègre de Toulouse bebíamos el buen vino de Cahors, en cuartillos o medias
jarras o jarras enteras, casi siempre diluyéndolo con algo así como un tercio
de agua. En casa, encima de la serrería, teníamos un vino de Córcega que
mostraba gran personalidad y un precio módico. Era un vino muy corso, y uno
podía diluirlo a partes iguales en agua, y seguir recibiendo sus
comunicaciones. O sea que en París se podía vivir muy bien por casi nada, y
saltándose una comida de vez en cuando y no comprando nunca ropas se podía
ahorrar y permitirse lujos.
Esquivé
el Select porque vi allí a Harold Stearns, y sabía que él iba a querer hablar
de caballos, aquellos animales en los que yo pensaba llenándome de complacencia
moral y de espiritualidad, porque eran las bestias pecaminosas de las que me
había librado. Pagado de mi crepuscular virtud, pasé ante los habitantes de la
Rotonde y, desdeñando el vicio y el instinto gregario, atravesé el boulevard y
me fui al Dôme. También el Dôme estaba lleno de gente, pero allí había algunas
personas que habían trabajado.
Había
chicas que aquel día habían trabajado de modelos, y había pintores que
trabajaron hasta quedarse sin luz, y había escritores que bien o mal habían
cumplido una jornada de trabajo, y había bebedores y personajes variados, y a
unos los conocía mientras los demás eran mera decoración.
Entré
y me senté a una mesa donde estaba Pascin con dos modelos que eran hermanas.
Pascin me hizo una seña con la mano, cuando yo estaba parado en la acera de la
rué Delambre, dudando si entrar a tomar una copa o no. Pascin era un pintor muy
bueno, y estaba borracho, de una borrachera sostenida y deliberada y llena de
sentido. Las dos modelos eran jóvenes y bonitas. Una era muy morena, menuda,
bien formada, con una viciosidad falsamente frágil. La otra era aniñada y
tonta, pero muy linda, en un estilo aniñado poco duradero. No estaba tan bien
formada como su hermana, pero es que aquella primavera no lo estaba nadie.
—La
hermana buena y la hermana mala —dijo Pascin—. Tengo dinero. ¿Qué quieres
beber?
—Una
caña de rubia —dije al camarero.
—Pide
un whisky. Tengo dinero.
—Me
gusta la cerveza.
—Si
de verdad te gustara la cerveza irías a Lipp. Supongo que has estado
trabajando.
—Sí.
—¿Marcha?
—Espero
que sí.
—Bien.
Así me gusta. ¿Y todo conserva su buen sabor?
—Sí.
—¿Cuántos
años tienes?
—Veinticinco.
—¿Quieres
tirártela? —miró a la hermana morena y sonrió—. Lo necesita.
—Ya
te la habrás tirado tú bastante por hoy.
Ella
me sonrió con abiertos labios.
—Tiene
muy mala lengua —dijo—. Pero es bueno.
—Puedes
llevártela arriba al estudio.
—No
seas cerdo —dijo la hermana rubia.
—¿Y
a ti quién te ha dicho algo? —le preguntó Pascin.
—Nadie.
Pero yo dije lo que pienso.
—Pongámonos
cómodos —dijo Pascin—. El serio joven escritor y el sabio y cordial viejo
pintor, y las dos hermosas muchachas, con toda la vida abierta ante ellos.
Allí
estuvimos sentados, y las chicas bebían sorbitos de sus bebidas, y Pascin se
tomó otra fine à l’eau y yo mi cerveza, pero nadie estaba cómodo excepto
Pascin. La morena estaba nerviosa y se exhibía como en un escaparate,
volviéndose de perfil y haciendo que la luz destacara las concavidades de su
cara, y enseñándome los pechos ceñidos por el jersey negro. Llevaba el pelo
corto, liso y negro como el de un oriental.
—Has
posado todo el día —le dijo Pascin—. ¿Hay alguna razón para que ahora sigas de
modelo de este jersey?
—Me
gusta —dijo ella.
—Pareces
una muñeca javanesa.
—No
lo dirás por los ojos —dijo ella—. Mi estilo es más complicado.
—Pareces
una pobrecilla muñeca pervertida.
—Tal
vez —dijo ella—. Pero estoy viva. Tú no llegas a tanto.
—Ya
lo veremos.
—Muy
bien —dijo ella—. Pero exijo pruebas.
—¿No
las tuviste hoy?
—Oh,
eso —dijo la chica volviéndose para recoger en su cara la última luz del
crepúsculo—. Te puso caliente lo que pintabas. Está enamorado de sus telas —me
explicó—. Siempre hace con ellas alguna porquería.
—Quieres
que te pinte y que te pague y que te joda para aclararme la cabeza, y que
además me enamore de ti —dijo Pascin—. Pobre muñeca tonta.
—A
usted le gusto, ¿verdad, monsieur? —me preguntó ella.
—Mucho.
—Pero
usted es mucho mayor que yo —dijo con tristeza.
—Todos
tenemos el mismo tamaño en la cama.
—No
es verdad —dijo su hermana—. Y ya estoy harta de esta conversación.
—Mira
—dijo Pascin—. Si piensas que estoy enamorado de las telas, mañana mismo te
pinto a la acuarela.
—¿Cuándo
cenamos? —preguntó la hermana—. ¿Y dónde?
—¿Cenará
usted con nosotros? —preguntó la chica morena.
—No.
Iré a cenar con ma légitime..
Así
se decía entonces. Ahora dicen ma régulière.
—¿Tiene
que ir?
—Tengo
que ir y quiero ir.
—Vete,
pues —dijo Pascin—. Y no te enamores de la máquina de escribir.
—Si
me lo noto, escribiré a lápiz.
—Mañana
a acuarelar —dijo—. De acuerdo, niñas, me tomo otra copa y luego cenamos donde
queráis.
—Chez
Vikings —dijo la morena.
—Yo
también —insistió la hermana.
—De
acuerdo —convino Pascin—. Buenas noches, jovencito. Que duermas bien.
—Lo
mismo te digo.
—Éstas
no me dejan dormir —dijo él—. Nunca duermo.
—Duerme
esta noche.
—¿Después
de los Vikings?
Hizo
una mueca, y llevaba el sombrero hacia atrás, encasquetado en la nuca. Se
parecía más a un personaje de revista de Broadway a fines de siglo, que a un
pintor excelente como era, y luego, cuando se hubo ahorcado, me gustaba
recordarle tal como estaba aquella noche en el Dôme. Dicen que las simientes de
todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que
bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono.
XII
EZRA
POUND Y SU BEL ESPRIT
Ezra
Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer
favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la
rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio
de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para
calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos
nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un
negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a
mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las
comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a
comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no
pude hacer nada por remediarlo.
Los
cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa,
con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo
Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que
Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra
también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no
valía nada. Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le
entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy
bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar
juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca
callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o
los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente
que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar
mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de
sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos
pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo
más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos,
basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las
familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún
modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más
cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le
daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus
teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre
como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han
sido muchos santos.
Ezra
quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su
estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba
desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo
suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy
buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía
intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el
pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo
hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico.
No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en
cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el
futuro.
Wyndham
Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y
se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y
ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una
charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o
un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no
hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un
artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy
engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las blocaba en la
palma de mi guante derecho.
Quise
dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que,
como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza
de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a
Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en
cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé
en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.
Nos
servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo
comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con
cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que
nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal,
como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la
dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo
resultaba repelente.
Caminando
de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y
encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de
pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas
describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el
primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.
—Hoy
he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca —dije a mi
mujer.
—Por
favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto
de comer.
Cosa
de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a
Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.
—Yo
le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y
se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale
de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y
apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el
cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.
De
modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más
amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo
había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y
mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me
los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio
de Ezra.
Ezra
era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría
en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe,
y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía
fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de
nuestra amitad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según
me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por
consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un
buen rendimiento poético.
Ezra
fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney,
que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido
amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un
salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete
griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente,
tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para
que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la
única con un templete griego en su jardín.
Ezra
me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había
permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción
encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus
ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr.
Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció
una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra
calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para
lodo el mundo.
Yo
metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el
titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas,
un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra
comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba
imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis
amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien
replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le
habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por
lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.
En
casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno
estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás
para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti.
¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía
a mi. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos
aunque nos lo implores de rodillas.
Mi
actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis
sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes
zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro
acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene
alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el
poema le ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió
para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que
preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su
jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al
Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo
visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el
templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo,
a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y
yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos
podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera
dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The
Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmenle perniciosa, como han
resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había
destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté
en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones
hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los
animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la
que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida
arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito
del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a
veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza
y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para
otro.
Me
hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al
Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las
apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho
mayor que mi primera intención.
XIII
UN
FINAL BASTANTE EXTRAÑO
El
modo como acabaron las relaciones con Gertrude Stein fue bastante extraño. Nos
habíamos hecho muy amigos y yo le había hecho varios favores en cosas
prácticas, tales como lograr que su largo libro empezara a publicarse por
entregas en la revista de Ford, y ayudar en la dactilografía del manuscrito y
la corrección de las pruebas, y empezábamos a ser amigos más íntimos de lo que
yo podía sensatamente desear. Nunca se saca gran cosa de que un hombre sea
amigo de una mujer célebre, aunque puede ser agradable antes de que se tuerza
hacia la suerte o la desgracia, y por lo regular todavía se saca menos cuando
se trata de escritoras realmente ambiciosas.
Una
vez me excusé por haber pasado cierto tiempo sin visitar el 27 de la rué de
Fleurus, alegando que no sabía si era probable que Miss Stein se encontrara en
casa, y entonces ella me dijo:
—Pero
hombre, Hemingway, aquí está usted en su casa. Lo digo con toda sinceridad,
créame. Entre siempre que quiera, y la doncella —la mencionó por su nombre,
pero lo he olvidado— le atenderá, y usted se instala a sus anchas hasta que yo
llegue.
No
abusé del ofrecimiento, pero a veces me dejaba caer por allí y la doncella me
servía una copa, y yo miraba los cuadros y si Miss Stein no aparecía daba las
gracias a la doncella y dejaba una nota y me iba. Cuando Miss Stein y una
compañera se disponían para un viaje al sur de Francia en el coche de Miss
Stein, ella me pidió que la visitara cierta tarde para despedirnos. Nos había
invitado a que Hadley y yo fuéramos a verla al lugar de sus vacaciones,
quedándonos en un hotel, pero nosotros teníamos otros planes y otros lugares
adonde queríamos ir. Naturalmente, no se dice esto con franqueza, sino que a
uno le gustaría mucho ir con los amigos y hará todo lo posible, y a última hora
no hay manera. Empecé a dominar el sistema para no obedecer a las invitaciones.
Tuve que aprenderlo. Mucho después, Picasso me dijo que cuando los ricos le
invitaban él aceptaba siempre porque así se ponían tan contentos, pero luego
salía un obstáculo y no había manera. De todos modos no lo decía por Miss
Stein, sino por gente muy distinta.
Hacía
un hermoso tiempo de primavera cuando bajé para mis adioses desde la plaza de
l’Observatoire, atravesando el Petit-Luxembourg. Los castaños de Indias estaban
en flor, y había muchos niños jugando en las sendas de gravilla mientras sus
niñeras se sentaban en los bancos, y vi a muchas palomas torcaces en los
árboles y además oía a otras que eran invisibles.
La
doncella abrió la puerta sin que yo tocara el timbre, y me dijo que entrara y
esperara. Miss Stein llegaría de un momento a otro. Era antes de mediodía, pero
la chica me sirvió una copa de aguardiente, la puso en mi mano y me guiñó el
ojo con alegría. El incoloro alcohol me sabía bien en la lengua, y lo tenía
todavía en la boca cuando oí a alguien que hablaba dirigiéndose a Miss Stein, y
nunca he oído a nadie dirigirse en tal forma a otra persona. A nadie, nunca, en
ninguna parte.
Luego
me alcanzó la voz de Miss Stein, defendiéndose y suplicando. Decía:
—Esto
no, cielo. No hagas esto. No, por favor, no hagas esto. Haré todo lo que me
pidas, pero no, cielo, esto no, por favor. No lo hagas. No, cielo, por favor,
no.
Tragué
la bebida y dejé la copa en la mesa y salí disparado hacia la puerta. La
doncella meneó el índice apuntándome y murmuró:
—No
se marche. Estará con usted en seguida.
—Tengo
que irme —dije.
Procuré
no oír nada más mientras me alejaba, pero la cosa continuaba y el único modo de
no oír era no estar allí. No era agradable oír a una, y las respuestas de la
otra eran peores.
Ya
en el patio, pedí a la doncella:
—Por
favor, diga que nos encontramos en el patio. Que yo no pude entretenerme,
porque un amigo ha caído enfermo. Desee a la señora buen viaje de mi parte. Ya
escribiré.
—Entendido,
monsieur. Qué lástima que tenga usted tanta prisa.
—Sí
—dije—. Qué lástima.
Y
así acabó todo para mí, de un modo bastante estúpido, aunque seguí haciendo
pequeños recados, aparecí cuando se me requería, llevé a gentes que eran
deseadas, y esperé mi despido, junto con la mayoría de los hombres amigos,
cuando llegó la época en que nuevas amistades se introdujeron. Daba pena ver
nuevos cuadros sin valor colgados al lado de los grandes cuadros, pero a mí ya
no me importaba. No me importaba un comino. Ella se peleó con todos los que la
queríamos excepto con Juan Gris, y con éste no pudo pelearse porque se había
muerto. Además me parece que a él no le hubiera importado porque ya nada le
importaba según se ve por sus últimos cuadros.
Finalmente,
ella se peleó también con los nuevos amigos, pero nosotros ya no seguíamos las
fluctuaciones de la situación. Llegó a parecerse a un emperador romano, lo cual
está muy bien si a uno le gusta que las mujeres se parezcan a emperadores
romanos. Pero Picasso la había retratado, y yo me acordaba muy bien de ella
cuando se parecía a una mujer friulana.
Por
fin, todo el mundo, o casi lodo el mundo, se reconcilió con ella para no
parecer pedante o resentido. Pero yo nunca pude reconciliarme de verdad, no
pude reconciliarme ni de corazón ni de cabeza. Esto, que la cabeza no sea capaz
de reconciliarse, es lo peor que pueda pasar. Pero aquel caso era más
complicado todavía.
XIV
EL
HOMBRE MARCADO PARA LA MUERTE
Aquella
tarde en que conocí a Ernest Walsh, el poeta, en el estudio de Ezra, al poeta
le acompañaban dos chicas con largos abrigos de visón, y afuera en la calle le
esperaba un largo coche reluciente, alquilado en el Claridge, con un chófer de
uniforme. Las chicas eran rubias y habían atravesado el Atlántico en el mismo
barco en que iba Walsh. El barco había llegado la víspera, y el poeta llevó las
chicas a visitar a Ezra.
Ernest
Walsh era moreno, vehemente, impecablemente irlandés, poético, y visiblemente
marcado para la muerte, tal como en las películas salen personajes marcados
para la muerte. Conversó con Ezra mientras yo hablaba con las chicas, que me
preguntaron si había leído los poemas de Mr. Walsh. No los había leído, y una
de ellas sacó un número, de verde cubierta, de la revista de Harriet Monroe,
Poetry: A Magazine of Verse, y me enseñó unos poemas de Walsh que la revista
traía.
—Le
pagan mil doscientos dólares por poema —dijo la muchacha.
—Por
cada poema —dijo la otra.
Si
mi memoria no fallaba, yo recibía doce dólares por página, en el mejor de los
casos, de la misma revista.
—Debe
ser un gran poeta —dije.
—A
Eddie Guest no le pagan tanto por sus canciones —me informó la primera chica.
—No
le pagan tampoco tanto a ese otro poeta. Ése, ya sabe usted.
—Kipling
—dijo su amiga.
—A
nadie más le pagan tanto —dijo la chica primera.
—¿Se
quedan en París mucho tiempo? —les pregunté.
—Pues
no. No puede decirse que por mucho tiempo. Vinimos con un grupo de amigos.
—Llegamos
en el barco ése, ya sabe usted. Pero en realidad no había nadie a bordo. Bueno,
claro que estaba Mr. Walsh.
—¿No
será Mr. Walsh el jugador, el célebre especialista de los naipes?
Ella
me miró con mirada decepcionada, pero comprensiva.
—No.
No necesita esas cosas. Pudiendo escribir poemas como los suyos...
—¿En
qué barco regresan ustedes?
—Bueno,
depende. Depende de los barcos y de otras muchas cosas. ¿Piensa usted regresar?
—No.
Aquí me defiendo.
—Este
barrio parece más bien pobre, de todos modos.
—Sí.
Pero no es mal barrio. Yo trabajo en los cafés, y de vez en cuando doy una
vuelta por los hipódromos.
—¿Puede
ir al hipódromo vestido así?
—No.
Éste es mi traje de café.
—Ah,
ya entiendo el truco —dijo una de las chicas—. Me gustaría conocer un poco esa
vida de cafés. ¿No te gustaría a ti, rica?
—Sí
me gustaría —contestó la otra chica.
Apunté
sus nombres en mi libreta de direcciones y prometí que las llamaría al
Claridge. Eran buenas chicas, y les dije adiós a ellas y a Walsh y a Ezra.
Walsh estaba todavía hablando a Ezra con gran vehemencia.
—No
se olvide —dijo la más alta de las dos chicas.
—Imposible
olvidarlo —dije, y les estrechó otra vez la mano a las dos.
La
primera vez que volví a tener noticias de Walsh fue cuando Ezra me contó que
para que pudiera dejar el Claridge tuvieron que pagarle la factura ciertas
damas devotas de la poesía y de los poetas marcados para la muerte y lo
siguiente, al cabo de algún tiempo, fue que había obtenido apoyo financiero de
otra fuente y que iba a fundar una nueva revista trimestral de la que sería
codirector.
Por
entonces el Dial, una revista literaria americana que dirigía Scofield Thayer,
daba un premio anual, me parece que de mil dólares, a un colaborador que
hubiera excelido en el ejercicio de las letras. En aquellos días era una suma
considerable para un escritor puro, aparte del prestigio, y el premio se había
dado ya a varias personas, todas ellas muy meritorias, naturalmente. Entonces,
una pareja podía vivir cómodamente y bien en Europa por cinco dólares al día, y
podía viajar.
Aquella
revista trimestral de la que Walsh iba a ser un director tenía en cartera,
según se decía, el proyecto de premiar con una suma muy apreciable al
colaborador cuya obra se considerara la mejor al cabo de cuatro números.
Si
la noticia circuló a base de chismorreo y rumor, y si hubo alguna confidencia
personal, no es cosa que pueda precisarse. Queremos esperar y creer siempre que
se procedió en todo con la mayor honradez. Ciertamente, nunca pudo afirmarse ni
imputarse nada contra la otra persona, compañera de Walsh en la dirección.
No
hacía mucho que yo había oído rumores de aquel supuesto premio, cuando Walsh me
invitó un día a almorzar en cierto restaurante que era el mejor y más caro de
los alrededores del boulevard Saint-Michel, y después de las ostras, que fueron
de las caras marennes planas y con un dejo a cobre, y no de las ordinarias y
baratas portugaises redondeadas, y después de una botella de Poully-Fuissé,
empezó a guiarme delicadamente hacia su terreno. Parecía como si estuviera
transformándome a mí en puta y transformándose él en mi chulo, tal como se
había transformado en el chulo de las putillas del barco, claro que suponiendo
que fueran putillas y que él fuera su chulo, y cuando me preguntó si me
gustaría comer otra docena de las ostras planas, como él las llamaba, dije que
tendría muchísimo gusto. Conmigo no se esforzaba por parecer marcado para la
muerte, y esto siempre era un alivio. Él sabía que yo sabía que él estaba
podrido, y no quiero decir podrido como los chulos sino podrido como los
tísicos que mueren de la tisis, y que yo sabía que estaba grave, y conmigo no
se esforzaba por toser, y ya que estábamos en la mesa yo se lo agradecía. Me
pregunté si comía las ostras planas según el mismo principio de las putas de
Kansas City, que estaban marcadas para la muerte y puede decirse que para todo,
y que siempre querían tragar esperma como soberano remedio contra la tisis;
pero no se lo pregunté. Empecé mi segunda docena de ostras planas,
levantándolas de su lecho de hielo machacado en la bandeja de plata, y observando
cómo sus increíbles sutiles bordes pardos reaccionaban y se encogían cuando les
caía encima el zumo de limón que yo estrujaba, y cortando el músculo que las
juntaba con la concha, y llevándomelas a la boca para masticarlas con minucia.
—Ezra
es un poeta grande, muy grande —dijo Walsh, mirándome con sus sombríos ojos
también de poeta.
—Sí
—dije—. Y muy buena persona.
—Noble
—dijo Walsh—. Noble de pies a cabeza. Comimos y bebimos en silencio, como
tributo a la nobleza de Ezra. Eché de menos a Ezra, y me hubiera gustado que
estuviera con nosotros. El tampoco comía marennes de ordinario.
—Joyce
es grande —dijo Walsh—. Grande. Grande.
—Grande
—dije—. Y un buen amigo.
Nos
habíamos hecho amigos en aquel maravilloso intervalo después de terminado el
Ulysses y antes de que Joyce empezara aquello que durante largos años se tituló
Work in Progress. Pensé en Joyce, y me acordé de muchas cosas.
—Deseo
que su vista mejore —dijo Walsh.
—Él
lo desea también —dije yo.
—Es
la tragedia de nuestra época —me comunicó Walsh.
—Todo
el mundo tiene algo estropeado —dije, procurando alegrar el banquete.
—Tú
no tienes nada.
Walsh
me arrojo encima todo su encanto y un poco más, y luego se marcó a sí mismo
para la muerte.
—¿Quieres
decir que no estoy marcado para la muerte? —pregunte, sin poder contenerme.
—No.
Tú estas marcado para la Vida —declaró, pronunciando la palabra con mayúscula.
—Espera
un poco —dije.
Walsh
quería comer un buen steak, un steak de rara calidad, y pedí dos tournedos con
salsa bearnesa. Pensé que la mantequilla le haría un efecto saludable.
—¿Qué
dirías de un vino tinto? —preguntó.
Vino
el sommelier y pedí un Châteauneuf-du-Pape. Luego iba a darme un paseo por los
muelles para eliminarlo. Walsh podía dormir su vino o hacer con él lo que le
gustara. Lo que es a mí, el vino no va a pesarme demasiado, pensé.
El
asunto gordo amaneció por fin, cuando acabábamos la carne y las patatas y
andábamos por los dos tercios del Cháteauneuf-du-Pape, que no es un vino de
mesa.
—Es
inútil andarse con rodeos —dijo Walsh—. Ya sabes que vas a tener el premio,
¿verdad?
—¿Yo?
—dije—. ¿Por qué?
—Vas
a recibirlo —dijo.
Se
puso a hablar de mi obra y yo me puse a no escucharle. Me daban angustia las
gentes que me hablaban de mi obra a la cara, y le miré y vi su expresión de
marcado para la muerte, y pensé, podrido que quieres pudrirme con tu podre. He
visto a batallones que caminaban por el polvo de la carretera hacia el frente,
y una tercera parte de aquellos hombres iban a la muerte o algo peor, y no se
veía en ellos ninguna marca particular, el polvo era el mismo para todos, y ahí
estás tú con tu aspecto de marcado para la muerte. Ahora quieres pudrirme a mí.
No pudras a los demás lo que no quieras que te pudran a ti. Lo único no podrido
era su muerte. Estaba al llegar, sin trampa.
—No
creo merecerlo, Ernest —le dije, divirtiéndome en llamarle por mi propio
nombre, que aborrezco—. Además, Ernest, no sería ético, Ernest.
—Es
curioso que tengamos el mismo nombre, ¿no te parece?
—Sí,
Ernest —dije—. Es un nombre del que debemos responsabilizarnos sin reservas.
Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad, Ernest?
—Sí,
Ernest —dijo.
Me
miró expresándome su completa, su morriñosa, su irlandesa comprensión, y
desplegando todo su encanto.
Por
consiguiente, fui siempre muy amable con él y con su revista, y cuando tuvo sus
hemoptisis y se fue de París, y me pidió que cuidara de la impresión de la
revista ya que los tipógrafos no sabían inglés, lo hice. Asistí a una de las
hemoptisis, era perfectamente auténtica, y me di cuenta de que iba a morirse
sin escapatoria, y en aquel momento, que era un momento difícil de mi vida, me
satisfacía ser en extremo amable con él, igual que me satisfacía llamarle
Ernest. Además, por su compañera en la dirección yo sentía simpatía y
admiración. Ella no me había prometido ningún premio. Ella sólo quería hacer
una buena revista y pagar bien a los colaboradores.
Un
día, pasado mucho tiempo, encontré a Joyce que se paseaba por el boulevard
Saint-Germain, tras haber pasado la tarde, solo, en el teatro. Le gustaba
escuchar a los actores, aunque no les veía. Me invitó a beber una copa con él,
y nos sentamos en los Deux Magots y pedimos jerez seco, aunque todos los
biógrafos escriben que él nunca bebió más que vino blanco de Suiza.
—¿Qué
me dice de Walsh? —preguntó Joyce.
—De
tal vivo, tal muerto —contesté.
—¿Le
prometió a usted aquel premio?
—Sí.
—Me
lo figuraba —dijo Joyce.
—¿Se
lo prometió a usted?
—Sí
—contestó Joyce, y después de un silencio preguntó—: ¿Se lo prometería a Pound,
qué le parece a usted?
—No
sé.
—Mejor
no preguntárselo —dijo Joyce.
Así
lo dejamos. Le conté a Joyce mi primer encuentro con Walsh en el estudio de
Ezra, con las chicas de los largos abrigos de pieles, y la anécdota le
divirtió.
XV
EVAN
SHIPMAN EN LA CLOSERIE DES LILAS
A
partir del día en que descubrí la librería de Sylvia Beach, me leí Turgéniev
entero, todo lo que había salido en inglés de Gógol, las traducciones de
Tolstoi por Constance Garnett, y las traducciones inglesas de Chéjov. En
Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine
Mansfield había escrito buenos cuentos, había incluso escrito grandes cuentos,
pero cuando quise leerla después de conocer a Chéjov me parecía oír los relatos
cuidadosamente artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede
contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un
escritor bueno y sencillo. La Mansfield era una especie de cuasi-cerveza. Mejor
beber agua. Pero Chéjov no era agua, salvo por su claridad. Tenía algunos cuentos
que parecían ser mero periodismo. Pero tenía otros maravillosos.
En
Dostoievski había cosas increíbles y que no se debían creer, pero había algunas
tan verdaderas que uno cambiaba a medida que las leía. La flaqueza y la locura,
la malignidad y la santidad, la insania del juego, estaban allí para que uno
las conociera como conocía el paisaje y los caminos en Turgéniev, y los
movimientos de tropas y el terreno y los oficiales y la tropa y el combate en
Tolstoi. Al lado de Tolstoi, lo que Stephen Crane escribió sobre la guerra
civil parecía la brillante fantasía de un muchacho enfermo que nunca había
estado en la guerra, pero había leído los relatos de batallas y las crónicas y
había mirado las fotos de Brady, todo lo que yo había leído y mirado de niño en
casa de los abuelos. Hasta conocer La Chartreuse de Parme, de Stendhal, nunca
leí nada que presentara la guerra tal como es excepto en Tolstoi, y el
maravilloso relato de Waterloo, por Stendhal, es un trozo episódico en un libro
que contiene mucho aburrimiento. Llegar a todo aquel nuevo mundo de literatura,
con tiempo para leer en una ciudad como París donde había modo de vivir bien y
de trabajar por pobre que uno fuera, era como si a uno le regalaran un gran
tesoro. Y uno podía llevarse consigo el tesoro cuando salía de viaje, y en las
montañas de Suiza y de Italia donde vivíamos antes de descubrir Schruns en el
alto valle del Vorarlberg en Austria, siempre estaban los libros, de modo que
vivíamos en el nuevo mundo recién descubierto, entre la nieve y los bosques y
los ventisqueros y los apuros del invierno y el cobijo del hotel Taube, todo
esto de día, y de noche podíamos vivir en el otro mundo maravilloso que los
escritores rusos nos regalaban. Al principio estaban los rusos. Luego
estuvieron todos los demás. Pero por mucho tiempo sólo estuvieron los rusos.
Me
acuerdo de que un día, cuando volvíamos con Ezra después de jugar al tenis en
el boulevard Arago, él me invitó a subir a su estudio para una copa, y allí le
pregunté qué pensaba sinceramente de Dostoievski.
—Si
tengo que serte franco, Hem —dijo Ezra—, nunca leo a los rusos.
Era
una contestación sin rodeos, como me las daba siempre Ezra cuando hablábamos,
pero no me gustó, porque aquél era el hombre que entonces me gustaba y me
convencía más como crítico, el hombre que creía en el mot juste, en la única
palabra que es correcto usar, el hombre que me había enseñado a desconfiar de
los adjetivos tal como más adelante yo aprendería a desconfiar de ciertas
personas en ciertas situaciones. Y yo quería saber su opinión sobre un hombre
que casi nunca usó el mot juste, pero que a veces daba a sus personajes una
vida como casi nadie lograba dar.
—No
te alejes de los franceses —dijo Ezra—. Tienes mucho que aprender de ellos.
—Ya
lo sé —dije—. Tengo mucho que aprender de todo el mundo.
Más
tarde, después de dejar el estudio de Ezra, caminé de vuelta a la serrería,
mirando desde la alta calle hacia el hueco en que terminaba, donde se veían los
árboles desnudos y detrás la lejana fachada del Café Bullier, tras el ancho del
boulevard Saint-Michel. Abrí la puerta y pasé entre la leña recién aserrada, y
dejé mi raqueta, guardada en su prensa, detrás de las escaleras que subían al
piso alto del pavillon. Llamé por la escalera, pero no había nadie en casa.
—La
señora ha salido, y también la bonne con el niño —me dijo la mujer del dueño de
la serrería.
Era
una mujer de mal carácter, obesa, de peinado llamativo. Le di las gracias.
—Vino
un joven y preguntó por usted —dijo, usando el término de jeune homme en vez de
monsieur—. Dijo que estaría en la Closerie des Lilas.
—Muchas
gracias —dije—. Si mi esposa vuelve, haga el favor de decirle que estoy en la
Closerie.
—Salió
con unos amigos —dijo la mujer.
Ajustándose
la bala roja, montada en sus altos tacones, cruzó el umbral de su propio
domaine sin molestarse en cerrar la puerta.
Bajé
por la calle entre las altas y manchadas y jaspeadas fachadas de las casas
blancas; torcí a la derecha al llegar al abierto y soleado cabo de la calle, y
me adentré en la penumbra rayada de sol de la Closerie.
No
había en la sala nadie que yo conociera, pero salí a la terraza y encontré a
Evan Shipman esperando. Era un buen poeta, que tenía afición y experiencia de
caballos, de literatura y de pintura. Se levantó y le vi alto y pálido y
delgado, con su camisa blanca sucia y de cuello raído, con su corbata
cuidadosamente anudada, con su gastado y arrugado traje gris, con sus manchados
dedos más oscuros que su pelo, con sus uñas ribeteadas y con su cordial y
humilde sonrisa que reprimía para no mostrar sus estropeados dientes.
—Estoy
muy contento de verte, Hem —dijo.
—¿Cómo
estás, Evan? —pregunté.
—Un
poco bajo —dijo—. Aunque me parece que aquello del Mazeppa me ha salido bien.
¿Y tú qué haces últimamente?
—Hombre,
me alegro —dije—. Me fui a jugar al tenis con Ezra, por eso no me encontraste
en casa.
—¿Qué
tal está Ezra?
—Muy
bien.
—Me
alegro. Sabes, Hem, me parece que a la dueña ésa de donde tú vives no le caigo
en gracia. No me dejó subir a esperarte.
—Ya
le hablaré.
—No,
no hace falta. Siempre puedo esperarte aquí. Es muy agradable estar al sol
ahora, ¿no te parece?
—Estamos
en pleno otoño. Me da la impresión de que no vas bastante abrigado para este
tiempo.
—Sólo
hace fresco por la noche —dijo Evan—. Un día de éstos empezaré a ponerme el
abrigo.
—¿Sabes
dónde lo tienes?
—No.
Pero lo tengo guardado en alguna parte. No lo perderé.
—¿Cómo
lo sabes?
—Porque
guardé el poema en el bolsillo—. Rió sinceramente, pero apretando los labios
para no enseñar los dientes—. Acompáñame a beber un whisky, por favor.
—Muy
bien.
—Jean
—se levantó Evan y llamó al camarero—. Dos whiskies, por favor.
Jean
vino con la botella y los vasos y dos platillos de diez francos y el sifón. No
midió con una copita y vertió whisky hasta llenar los vasos en más de tres
cuartos. Jean quería mucho a Evan, que a menudo le acompañaba y le ayudaba a
trabajar en su huerto de Montrouge, pasada la Porte d’0rléans, en los días
libres de Jean.
—No
tiene que exagerar —dijo Evan al alto y viejo camarero.
—¿Son
dos whiskies o no? —preguntó el camarero.
Añadimos
agua, y Evan dijo:
—Bebe
el primer sorbo con mucho cuidado, Hem. Bien administrados, estos vasos nos
pueden durar mucho.
—¿Y
qué, te cuidas un poco? —le pregunte.
—Si,
te lo juro. Pero hablemos de otra cosa, ¿no te parece?
No
había nadie más sentado en la terraza, y el whisky empezó a caldearnos a los
dos, aunque yo iba más preparado para el otoño que Evan, y llevaba mi chandail
de boxeo y encima una camisa y encima de la camisa un jersey azul de marinero
francés.
—He
estado pensando en Dostoievski —dije—. No acabo de entenderlo. ¿Cómo puede
escribir tan mal, tan increíblemente mal, y hacernos sentir tan hondamente?
—No
creo que sea la traducción —dijo Evan—. Pasado por esa mujer, Tolstoi es muy
buen escritor.
—De
acuerdo. No sé cuántas veces comencé La guerra y la paz y lo dejé, hasta
encontrar la traducción de Constance Garnett.
—Dicen
que se la puede mejorar. No lo dudo aunque no sé ruso. Pero ya sabemos lo que
son las traducciones. De todos modos, lo cierto es que la novela queda
fantástica, quizá la mejor que existe, y uno puede leerla y releerla.
—De
acuerdo —dije—. En cambio no puedes leer y releer a Dostoievski. Tenía Crimen y
Castigo en Schruns, en una temporada en que se nos acabaron los libros, y no
pude releerlo aunque no tenía nada que leer. Me dediqué a los periódicos
austríacos y a estudiar alemán hasta que encontramos algo de Trollope en la
edición Tauchnitz.
—Que
Dios bendiga a Tauchnitz —dijo Evan. El whisky había perdido su ardor, y
después de añadirle agua parecía simplemente una bebida demasiado fuerte.
—Mira,
Hem, Dostoievski era una mierda —prosiguió Evan—. De lo que escribe bien es de
mierda y de los santos. Sus santos son maravillosos. Lástima que no haya modo
de releerle.
—Voy
a probar otra vez con Los hermanos. Probablemente fue culpa mía.
—Se
pueden releer trozos. Se puede releer casi todo. Pero de pronto empieza a
ponerte furioso, por grande que sea.
—Bueno,
en todo caso tuvimos suerte de poder leerlo por primera vez, y tal vez saldrá
una traducción mejor.
—Pero
no te dejes tentar por ese hombre, Hem.
—Claro
que no. Yo quiero escribir de modo que haga efecto sin que el que lee se dé
cuenta, y así, cuanto más lea más efecto le hará.
—Estupendo.
Bebo a tu salud el wisky de Jean —dijo Evan.
—¿Qué
pasa?
—El
café cambia de dueño —dijo Evan—. Los nuevos propietarios quieren una clientela
diferente, que gaste dinero, y van a poner un bar americano. Los camareros
llevarán chaquetas blancas, figúrate tú, y les han dicho que se preparen a
afeitarse los bigotes.
—No
pueden hacerles eso a André y a Jean.
—No
deberían poder, pero lo harán.
—Jean
ha llevado bigote toda su vida. Es un bigote de dragón. Sirvió en un regimiento
de Caballería.
—Tendrá
que afeitárselo.
Bebí
el resto del whisky.
—¿Otro
whisky, monsieur? —vino Jean a preguntarme—. ¿Un whisky, monsieur Shipman?
Su
gran bigote de puntas caídas formaba parte de su cara descarnada y amable, y la
bola calva de su cabeza brillaba debajo de los hilos de pelo rígido que la
atravesaban.
—No
haga eso, Jean —le dije—. No se arriesgue.
—No
hay riesgo —nos dijo en voz baja—. Lo que hay es mucha confusión. Muchos se
despiden. Entendido, messieurs —dijo en voz alta.
Entró
en el café y volvió a salir equipado con la botella de whisky, dos grandes
vasos, dos platillos de diez francos fileteados en oro, y un sifón.
—No,
Jean —dije.
Puso
los vasos en los platillos y los llenó de whisky casi hasta el borde, y volvió
al café con lo que quedaba de la botella. Evan y yo hicimos chorrear un
poquitín de sifón en los vasos.
—Es
una suerte que Dostoievski no conociera a Jean —dijo Evan—. Hubiera podido
matarse bebiendo.
—¿Qué
haremos con estos vasos?
—Beberlos
—dijo Evan—. Son una protesta. Son acción directa.
Al
lunes siguiente, cuando por la mañana fui a trabajar a la Closerie, André me
sirvió un Bovril, que es una taza de extracto de buey disuelto en agua. André
era bajo y rubio, y donde antes estaba su mostacho cerdoso se veía un desnudo
labio de cura. Llevaba una chaqueta blanca de barman americano.
—¿Y
Jean?
—No
vendrá hoy.
—¿Cómo
se encuentra?
—Á
él le ha costado más resignarse. Sirvió toda la guerra en un regimiento de
Caballería pesada. Tuvo la Croix de Guerre y la Médaille Militaire.
—Nunca
me ha dicho que le hubieran herido tan gravemente.
—No.
no fue pur eso. Le hirieron, claro, pero la Médaille Militaire que le dieron
fue por lo otro. Por su valor.
—Dígale
que pregunté por el.
—Desde
luego —dijo Andre—. Espero que no tardará demasiado en resignarse.
—Dele
también recuerdos de Mr. Shipman.
—Mr.
Shipman está con el —dijo André—. Se fueron a trabajar al huerto.
XVI
UN
AGENTE DEL MAL
Lo
último que me dijo Ezra cuando dejó la rué Notre-Dame-des-Champs para marcharse
a Rapallo fue:
—Oye,
Hem, deseo que guardes este tarro de opio, y que se lo des a Dunning sólo en un
caso de verdadera necesidad.
Era
un gran tarro de cold-cream, y desenroscando el tapón vi que el contenido era
oscuro y viscoso y olía a opio muy crudo. Ezra me dijo que lo había comprado a
un príncipe indio, en la avenue de 1’Opéra cerca del boulevard des Italiens, y
que le había costado muy caro. Yo supuse que procedía del viejo bar del Trou-dans-le-Mur,
que durante la guerra y poco después fue un antro de desertores y de
traficantes en drogas. Era un bar muy estrecho pintado de rojo por fuera,
apenas más que un segmento de pasillo, en la rué des Italiens. En cierta época
comunicaba por una puerta trasera con las cloacas de París, y se decía que
saliendo por allí uno podía llegar hasta las catacumbas. Dunning era Ralph
Cheever Dunning, un poeta que fumaba opio y que se olvidaba de comer. En las
temporadas en que fumaba mucho sólo era capaz de beber leche, y entonces
escribía en terza rima o tercetos encadenados, lo cual le hacía simpático para
Ezra, que además encontraba otras cualidades en su poesía. Se entraba en su
casa por el mismo patio a que daba el estudio de Ezra, y Ezra me llamó pidiéndome
auxilio, un día en que Dunning se moría, pocas semanas antes de que Ezra dejara
París. La nota de Ezra decía: «Dunning se muere. Por favor, ven en seguida.»
Dunning.
tendido en la estera, parecía un esqueleto, y desde luego hubiera acabado
muriéndose por falta de alimentos, pero al fin convencí a Ezra de que son pocos
los que se mueren hablando en períodos bien redondeados, y de que nunca se
había visto a un hombre morir mientras hablaba en tercetos encadenados, y por
mi parte yo dudaba de que el propio Dante llegara a tanto. Ezra dijo que
Dunning no estaba hablando en tercetos encadenados, y reconocí que posiblemente
me sonaba a tercetos encadenados sólo porque yo estaba durmiendo cuando recibí
la nota de Ezra. Finalmente, después de una noche pasada con Dunning que
esperaba la llegaba de la muerte, dejamos el caso a cargo de un médico, y se
llevaron a Dunning a una cura de desintoxicación. Ezra se hizo responsable del
pago a la clínica, y movilizó en ayuda de Dunning a no sé cuántos amantes de la
poesía. A mí se me confió únicamente la entrega del opio si se producía un
momento de verdadera necesidad. Viniendo de Ezra, era una misión sagrada, y mi
mayor ambición era la de estar a la altura de las circunstancias y reconocer el
estado de verdadera urgencia. Se produjo al fin, cuando un domingo por la
mañana la portera de Ezra entró en el patio de la serrería y gritó hacia la
abierta ventana donde se me veía estudiando los programas de los hipódromos:
—Monsieur
Dunning est monté sur le toit et refuse catégoriquement de descendre.
Que
Dunning se hubiera subido al tejado del estudio y se negara categóricamente a
bajar, parecía representar un estado de notable urgencia, de modo que me proveí
con el tarro de opio y subí por la calle en compañía de la portera, que era una
mujer menuda y vehemente, muy agitada por la situación.
—¿Tiene
monsieur lo que se necesita? —preguntó.
—Desde
luego —aseguré—. No habrá ninguna dificultad.
—Monsieur
Pound piensa en todo —dijo ella—. Es la amabilidad en carne y hueso.
—Sí
que lo es —dije—. Y continuamente le echo de menos.
—Esperemos
que monsieur Dunning será razonable.
—Tengo
lo que hace falta —le aseguré.
Cuando
llegamos al patio a que daban los estudios, la portera dijo:
—Ya
ha bajado.
—Debe
de haber intuido que yo venía —dije.
Subí
por la escalera al aire libre que llevaba a la vivienda de Dunning y llamé a la
puerta. Me abrió. Estaba demacrado y parecía más alto que de ordinario.
—Ezra
me encargó que te diera esto —dije ofreciéndole el tarro—. Dijo que ya
comprenderás lo que es.
Tomó
el tarro y lo miró. Luego me lo tiró. El tarro me dio en el pecho o en el
hombro y rodó escaleras abajo.
—Hijo
de puta —dijo él—. Mal parido.
—Ezra
dijo que tal vez lo necesitaras —dije.
Replicó
disparándome una botella de leche.
—¿Estás
seguro de que no te hace falta? —pregunté.
Arrojó
otra botella de leche. Me batí en retirada, y me alcanzó en la espalda con otra
botella de leche. Luego cerró la puerta.
Recogí
el tarro, que sólo tenía una ligera raja, y me lo guardé en el bolsillo.
—No
pareció que le gustara el regalo de monsieur Pound —expliqué a la portera.
—Tal
vez ahora estará tranquilo.
—Tal
vez ya tenga él una provisión.
—Pobre
monsieur Dunning —dijo ella.
Los
amantes de la poesía que Ezra había organizado acudieron al fin en auxilio de
Dunning. Mi propia intervención y la de la portera no habían sido más que
fracasos. El tarro de supuesto opio que se había rajado lo guardé, envuelto en
papel de parafina y cuidadosamente atado, en una vieja bota de montar. Cuando,
unos años después, Evan Shipman me ayudó a recoger mis cosas de aquel piso que
dejaba definitivamente, encontramos el viejo par de botas de montar, pero el
tarro no estaba. No sé por qué me bombardearía Dunning con botellas de leche, a
no ser que se acordara de mi incredulidad en la noche en que murió por primera
vez, o que fuera una innata repugnancia por mi persona. Pero me acuerdo de la
intensa felicidad que la frase «Monsieur Dunning est monté sur le toit et
refuse categóriquement de descendre» comunicó a Evan Shipman. Vio en ella una
virtud simbólica. Yo no sé. Tai vez Dunning me tomó por un agente del mal o de
policía. Yo sólo sé que Ezra procuró favorecer a Dunning como favorecía a tanta
gente, y siempre deseé que Dunning fuera un poeta tan bueno como Ezra creía.
Para ser poeta, disparó una botella de leche con puntería muy buena. Pero Ezra,
que era un poeta muy grande, también jugaba muy bien al tenis. Evan Shipman,
que era un poeta muy bueno y realmente no sentía ninguna necesidad de que sus
poemas se publicaran, decidió que el caso de Dunning debía seguir envuelto en
misterio.
—En
nuestras vidas no hay bastante verdadero misterio, Hem —me dijo una vez—. En
estos tiempos, lo que más falta nos hace son el escritor realmente desprovisto
de ambición, y el poema inédito realmente bueno. Claro que está el problema de
comer.
XVII
SCOTT
FITZGERALD
Su
talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de
mariposa. Hubo un tiempo en que é1 no se entendía a sí mismo como no se
entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o
estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban
hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor
al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin
esfuerzo.
La
primera vez en mi vida en que encontré a Scott Fitzgerald, ocurrió algo muy
extraño. Muchas extrañas cosas ocurrieron con Scott, pero aquello no he podido
olvidarlo nunca. Él entró en el bar Dingo de la rué Delambre, donde yo estaba
sentado en compañía de algunos sujetos que eran compañías perfectamente malas,
y vino y se presentó y presentó a un hombre alto y simpático que estaba con él,
diciendo que era Dunc Chaplin, el famoso lanzador de béisbol. No se puede decir
que los campeonatos de béisbol en la Universidad de Princeton me hubieran
apasionado nunca, y nunca había oído hablar de Dunc Chaplin, pero era
exactamente lo que se llama un chico decente, y además no eslaba ni preocupado
ni nervioso ni agresivo, y me fue mucho más simpático que Scott.
Scott
era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y su cara de muchacho no se
sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy
rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca
irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la
boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una
nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser
hermoso, pero él lo era gracias al color del cutis, al pelo muy rubio y a la
boca. Una boca como para preocupar hasta que uno conocía bien a Scott, y
entonces como para preocupar todavía más.
Yo
tenía mucha curiosidad por conocerle y me había pasado el día trabajando de
firme, y parecía maravilloso que allí estuvieran conmigo Scott Fitzgerald y el
gran Dunc Chaplin, de quien nunca había oído hablar pero que de pronto era mi
amigo. Scott no paraba de hablar, y como me ponía nervioso lo que decía, ya que
se trataba de mis cuentos y de lo estupendos que eran, me puse a mirarle
atentamente y a observar en vez de escuchar. Entonces todavía estaba en
rigurosa vigencia el código según el cual las alabanzas eran la deshonra. Scott
pidió champán y lo bebimos él y Dunc Chaplin y yo, me parece que en compañía de
algunas de las malas compañías. No creo que ni Dunc ni yo siguiéramos muy de
cerca la marcha del discurso de Scott, porque se trataba de un discurso, y yo
no dejaba de observar a Scott. Era un hombre ligero pero no parecía en muy
buena forma, y se le notaba como una hinchazón en la cara. Su traje de señorito
le sentaba bien y estaba claro que salía de Brooks Brothers, y llevaba una
camisa blanca de cuello muy formalito, y una corbata de esas que los ingleses
se ponen con los colores de la banderita de su regimiento, y aquélla era nada
menos que del regimiento de los Guardias Reales. Creí conveniente decirle que,
hombre, que la corbata, porque en París los ingleses no escasean que digamos, y
a lo mejor uno se metía en el Dingo, y además allí al lado estaban dos, pero
luego pensé que a la puñeta y seguí observándole. Mas adelante se descubrió que
la corbata salía de una tienda de Roma.
Llegó
un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto
la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles, y no eran
pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que
tenía las piernas muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera alcanzado
cinco centímetros más. Terminada ya la primera botella de champán y empezada la
segunda, el discurso daba muestras de secarse.
Dunc
y yo empezábamos a sentirnos incluso más ensamblados que antes del champán, y
además era una suerte que el discurso se acabara. Hasta entonces, la idea que
yo tenía de mi grandeza como escritor es que era un secreto muy bien guardado
entre mi mujer y yo y esas pocas personas con las que se puede hablar. Qué
suerte que Scott hubiera llegado a la misma satisfactoria conclusión acerca de
mi grandeza, pero también era una suerte que su discurso empezara a ratear.
Pero después de la conferencia llegó el coloquio de preguntas y respuestas.
Fácil observarle sin escuchar la conferencia, pero en el coloquio no había
escape. Scott, según más adelante comprendí, creía que para poner en claro sus
dudas técnicas a un novelista le bastaba con preguntar llanamente a sus amigos
y conocidos. Sí que fue llano el interrogatorio.
—Óyeme,
Ernest —dijo—. ¿No te molesta que te tutee, verdad?
—Si
a Dunc no le importa.
—No
digas tonterías. Hablo en serio. Dime, ¿tú y tu mujer os fuisteis a la cama
antes de casaros?
—No
sé.
—¿Qué
quieres decir con eso de que no lo sabes?
—No
me acuerdo.
—No
me digas que no te acuerdas de algo tan importante.
—De
veras no lo sé —dije—. Qué raro, ¿verdad?
—Es
más que raro —dijo Scott—. No puede ser que no te acuerdes.
—Lo
siento. Es una lástima, ¿verdad?
—No
te hagas el memo como un inglés —dijo él—. Ponte serio y acuérdate.
—Al
cuerno —dije—. No me acuerdo.
—Podías
de verdad procurar acordarte.
Parece
que la conversación se caldea, pensé. Especulé si le servía a todo el mundo
aquel rollo, pero me pareció que no, porque le observé cómo sudaba al
elaborarlo. El sudor apareció en minúsculas gotitas encima de su largo y
perfecto e irlandés labio superior, y ésa fue la razón por la que dejé de
mirarle a la cara y registré el escaso largo de sus piernas, extendidas por el
taburete alto. Volví a mirarle la cara, y entonces ocurrió el extraño fenómeno.
Mientras
estaba allí sentado a la barra con la copa de champán en la mano, de pronto
pareció que la piel de la cara se le ponía tirante y que desaparecía su
hinchazón, y luego se puso todavía más tirante hasta que la cara pareció una
calavera. Los ojos se hundieron y se apagaron como muertos, los labios se
adelgazaron tirantes, y el color de la cara se fue, dejando un matiz de cera de
vela quemada. No fueron visiones mías. La cara se le convirtió realmente en una
calavera, o en una mascarilla mortuoria, ante mis ojos.
—Scott
—dije—, ¿te encuentras bien?
No
contestó, y la cara se le puso todavía más tirante.
—Tenemos
que llevarle a un puesto de socorro —dije a Dunc Chaplin.
—No.
No le pasa nada.
—Parece
que está muriéndose.
—No.
Siempre que se entrompa le pilla así.
Lo
metimos en un taxi, y yo estaba muy inquieto pero Dunc dijo que no ocurría nada
y que no me preocupara.
—Seguro
que se encuentra ya bien al llegar a casa —dijo.
Así
debió ocurrir, puesto que al encontrarme con Scott unos días más tarde en la
Closerie des Lilas le dije que era una lástima que la bebida le hubiera sentado
mal, que probablemente hablando y sin darnos cuenta bebimos demasiado de prisa,
y me contestó :
—¿Una
lástima? ¿Qué lástima? ¿Que me sentó mal? No sé de qué me hablas, Ernest.
—Me
refiero a la otra noche, en el Dingo.
—En
el Dingo nada me sentó mal. Pero rne daban la lata aquellos pelmazos de
ingleses que estaban contigo, y por eso me fui a casa.
—No
había ningún inglés en el bar. Salvo el barman.
—No
armes enigmas, hombre. Ya sabes de qué sujetos se trata.
Debió
volver luego al bar. O tal vez volvió otro día. O no, claro, entonces me acordé
de que había dos ingleses allí. Era verdad. Me acordé de quiénes eran.
Estuvieron aquella noche, en efecto.
—Sí
—dije—. Desde luego.
—Esa
chica de título falsificado que estaba tan impertinente, y ese memo borracho
que la acompañaba. Dijeron que eran amigos tuyos.
—Lo
son. Y es verdad que ella se pone a veces muy impertinente.
—Ya
ves. No lleva a ninguna parte armar misterios, sólo porque uno ha bebido unas
copas de vino. ¿Por qué diablos se te ocurrió armar tanto misterio? Nunca
hubiera creído que te diera por ese tipo de bromas.
—No
sé —dije; quise cambiar de tema, pero de pronto se me ocurrió una idea y
pregunté—: ¿Se pusieron impertinentes por tu corbata?
—¿Impertinentes
por mi corbata? No te entiendo. Llevaba una corbata de lazo negra, con una
camisa blanca de cuello blando. Nada que pudiera llamar la atención.
Entonces
sí que lo dejé. Scolt me preguntó por qué me gustaba el café aquel, y yo le
describí el lugar antes de que hicieran reformas, y él procuró que le gustara
también, y allí nos estuvimos sentados, yo a mi gusto y él procurando estar a
gusto, y él me hizo preguntas y me habló de escritores y editores y agentes y
críticos y George Horace Lorimer, y de la parte anecdótica y la económica en la
vida de un escritor de éxito, y estuvo cínico y divertido y muy alegre y
encantador y se hacía muy simpático, incluso si uno estaba en guardia frente a
los que se hacen simpáticos. Hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus
cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para
que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores. Dijo
que me daría a leer el libro nuevo, The Great Gatsby, en cuanto recuperara el
único ejemplar que tenía, y que había prestado a no sé quién. Oyéndole hablar
del libro no imaginaba uno lo bueno que éste era, salvo precisamente porque él
hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando han
hecho algo que está muy bien, y al fijarme deseé que recuperara pronto el libro
para poder leerlo yo.
Me
dijo Scott que según Maxwell Perkins, su agente, el libro no se vendía bien
pero tenía muy buena crítica. No recuerdo si fue aquel día o más tarde cuando
Scott me enseñó una reseña del libro por Gilbert Seldes, y no podía ser mejor.
Sólo podría ser mejor si Gilbert Seldes fuera mejor. Scott estaba sorprendido y
ofendido por la poca venta del libro, pero repito que no tenía entonces ninguna
amargura, y sobre la calidad del libro se le veía a la vez tímido y contento.
Aquella
tarde, mientras estábamos en la terraza de la Closerie des Lilas y veíamos caer
la tarde y pasar la gente por la acera y cambiar la luz gris del crepúsculo,
los dos whiskies con soda que bebimos no provocaron en él ninguna
transformación química. Yo la esperaba fijándome mucho, pero no soltó
discursos, y obró como una persona normal e inteligente y muy simpática.
Me
contó que él y Zelda, su mujer, habían tenido que abandonar en Lyon el
cochecito Renault que tenían, porque se les había echado encima tanta lluvia
que era incómodo guiarlo. Me pidió que le acompañara a Lyon: iríamos en tren y
recogeríamos el coche y volveríamos por carretera a París. Los Fitzgerald
tenían alquilado un piso amueblado en el 14 de la rué de Tilsitt, no lejos de
la Étoile. Estábamos a fines de primavera, y pensé que el campo estaría
entonces en su mejor forma, y que podía ser una excursión muy agradable. Scott
parecía tan simpático y tan razonable, y le vi beber dos whiskies fuertes sin
que ocurriera nada, y con su seducción y su apariencia de cordura parecía que
la otra noche en el Dingo había sido un sueño penoso. De modo que dije que le
acompañaría a Lyon cuando quisiera ir.
Quedamos
en encontrarnos al día siguiente, y nos encontramos y decidimos que nos
marcharíamos a Lyon en el expreso de la mañana. El tren salía a una hora cómoda
y era muy rápido. Si no recuerdo mal, sólo tenía una parada en Dijon.
Proyectábamos llegar a Lyon, hacer revisar el coche por un mecánico, cenar
bien, y a la mañana siguiente temprano salir de vuelta a París.
La
excursión me ilusionaba. Viajaría en compañía de un escritor de más edad y más
éxito, y el coche nos daría ocasión para largas conversaciones muy instructivas
para mí. Se me hace curioso recordar que entonces yo miraba a Scott como un
escritor de más edad, pero el hecho es que, no habiendo todavía leído The Great
Gatsby, me parecía un escritor mucho más viejo que yo. Le veía como autor de
unos cuentos que tres años antes resultaban divertidos cuando salían en el
Saturday Evening Post, pero no se me ocurrió que pudiera ser un escritor serio.
En nuestra conversación en la Closerie des Lilas, me contó que a veces escribía
un cuento que a él le parecía bueno, aunque en realidad no era más que un
cuento bueno para el Post, y que una vez escrito lo alteraba antes de mandarlo
a la dirección de la revista, porque sabía exactamente las vueltas y revueltas
que convertían un cuento en artículo de éxito. Me sobresalté, y le dije que
aquello era putear. Reconoció que era putear, pero dijo que tenía que hacerlo
porque las revistas le daban el dinero necesario para escribir libros decentes.
Dije que no me parecía que nadie pudiera escribir sin esforzarse por hacerlo lo
mejor posible, y a pesar de todo conservar su talento. Él dijo que, puesto que
primero escribía el cuento en su forma honrada, alterarlo y estropearlo luego
no le hacía ningún daño. El argumento no me convencía y hubiera querido
discutírselo, pero necesitaba una novela en que apoyar mi convicción, para
aducírsela y persuadirlo, y entonces yo no había escrito todavía ninguna
novela. A partir del momento en que empecé a despedazar mi estilo y a
desprenderme de toda facilidad y a probar de construir en vez de describir, mi
trabajo se había hecho apasionante. Pero me resultaba muy difícil, y no veía
modo de escribir una novela larga. A menudo necesitaba toda una mañana de
trabajo intenso para escribir un párrafo.
Mi
mujer, Hadley, se alegró mucho de que yo saliera de excursión con Scott, aunque
no se tomaba en serio las cosas de Scott que había leído. La noción que ella
tenía de un buen escritor se basaba en Henry James. Pero pensó que a mí me
convenía tomarme un descanso y dar una vuelta, aunque naturalmente lo que nos
hubiera gustado era tener dinero para comprarnos nosotros un coche y salir de
viaje juntos. Entonces no me parecía concebible que eso se realizara nunca.
Boni and Liveright me habían dado un anticipo de doscientos dólares por un
libro de relatos que iban a publicar en el otoño de aquel año, y mis cuentos
eran aceptados por la Frankfurter Zeitung y por Der Querschnitt de Berlín, y
por This Quarter y la Transatlantic Review de París, y vivíamos con gran
economía, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la Feria
de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la Feria de Valencia.
En
la mañana convenida con Scott, llegué a la Gare de Lyon con tiempo de sobras, y
le esperé ante la entrada a los andenes. Él tenía que traer los billetes. Se
acercó la hora de la salida y él no llegaba, y al fin compré un billete de
andén y caminé a lo largo del tren buscándole. No le vi, y cuando el largo tren
se puso en marcha subí de un salto y recorrí los pasillos, confiando que
estaría allí. Era un largo tren, y Scott no estaba. Expliqué el caso al
revisor, compré un billete de segunda ya que el tren no tenía tercera, y
pregunté al revisor cuál era el mejor hotel de Lyon. La única solución parecía
telegrafiar a Scott desde Dijon, y decirle que le esperaba en Lyon en tal
hotel. Si ya no estaba en casa, su mujer debía saber dónde transmitirle el
telegrama. Entonces yo no sabía que un hombre adulto pudiera perder un tren,
pero aquella excursión iba a enseñarme muchas cosas nuevas.
Por
aquellos días era yo muy irritable, pero pasado Montereau ya se me había
calmado la ira y era capaz de gozar del paisaje, y a mediodía almorcé bien en
el coche restaurante y bebí una botella de Saint Émilion, y pensé que aunque
había sido una solemne majadería embarcarme para un viaje confiando en una
invitación, y aunque la broma me estaba costando un dinero que necesitábamos
para ir a España, al fin y al cabo era una buena lección. Nunca antes me habían
invitado a un viaje con los gastos pagados, y al invitarme Scott me empeñé en
que dividiríamos los gastos de hotel y de las comidas. Pero entonces resultaba
que a lo mejor Fitzgerald ni siquiera aparecía (en mi ira, le degradé de Scott
y le pasé a Fitzgerald). Unos días después me alegré de que la cólera me
hubiera estallado al principio y luego se me calmara. No fue una excursión muy
indicada que digamos para una persona colérica.
En
Lyon supe que Scott había salido de París para Lyon, pero sin decir dónde
pensaba alojarse. Confirmé mi dirección, y la sirvienta que contestó al
teléfono dijo que se la comunicaría a Scott si él llamaba. Madame no se
encontraba bien y todavía descansaba. Llamé a todos los buenos hoteles de Lyon
pero no pude localizar a Scott, y luego fui a un café a tomar un aperitivo y
leer los periódicos. En el café encontré a un hombre que se ganaba la vida
comiendo fuego, y además torcía con pulgar e índice monedas que apretaba entre
sus mandíbulas desdentadas. Enseñaba las encías, magulladas pero en apariencia
firmes, y dijo que no era mal oficio el suyo. Le invité a una copa y tuvo mucho
gusto. Tenía una hermosa cara morena que rebrillaba cuando comía el fuego. Dijo
que Lyon era mal punto, tanto para comer fuego como para proezas de fuerza con
dedos y mandíbulas. Los falsos tragafuegos habían estropeado el oficio, y lo
seguirían estropeando mientras no les prohibieran ejercer. Dijo que él se había
pasado la tarde comiendo fuego y que no tenía dinero bastante para comer otra
cosa aquella noche. Le invité a beber otra copa para quitarse el sabor a
petróleo del fuego que tragaba, y le dije que podíamos cenar juntos si sabía
algún sitio bueno y barato. Dijo que conocía un sitio excelente.
Comimos
por muy poco dinero en un restaurante argelino, y me gustaron la comida y el
vino de Argelia. El tragafuegos era un buen hombre y era interesante verle
comer, ya que era capaz de mascar con las encías tan bien como la mayoría de la
gente hace con los dientes. Me preguntó cómo me ganaba yo la vida y dije que
estaba empezando a trabajar como escritor. Me preguntó qué escribía, y le dije
que cuentos. Dijo que él sabía muchos cuentos, algunos más horribles e
increíbles que todo lo que se había escrito en el mundo. Podría contármelos y
yo los pondría por escrito, y si ganaba algún dinero le daría a él la parte que
me pareciera equitativa. O mejor aún, podíamos irnos juntos a África del Norte
y él me guiaría al país del Sultán Azul, donde yo obtendría cuentos como nadie
había oído nunca.
Le
pregunté qué clase de cuentos eran, y me dijo que trataban de batallas,
ejecuciones, torturas, violaciones, horribles costumbres, increíbles prácticas,
orgías: todo lo que yo pudiera necesitar. Era ya hora de que yo volviera al
hotel y probara otra vez de encontrar a Scott, de modo que pagué la cuenta y
dije al argelino que seguramente volveríamos a encontrarnos algún día. Él dijo
que pensaba irse acercando a Marsella trabajando por el camino, y yo le dije
que tarde o temprano volveríamos a encontrarnos y que había tenido mucho gusto
en cenar con él. Le dejé ocupado en enderezar monedas torcidas y apilarlas en
la mesa, y me volví al hotel.
De
noche, Lyon no era precisamente una ciudad alegre. Era una ciudad grande,
pesada, de dinero sólido, y probablemente estaba muy bien para quien tuviera
dinero y le gustara aquel tipo de ciudades. Durante años oí hablar de los
maravillosos pollos que se comen en los restautantes de Lyon, pero aquella
noche cenamos cordero. Estaba muy bueno.
En
el hotel no se había recibido comunicación de Scott, y me fui a la cama en
aquel lujo desusado y me puse a leer el primer tomo de los Apuntes de un
cazador de Turgéniev, un ejemplar prestado por la librería de Sylvia Beach.
Hacía tres años que no me encontraba entre el lujo de un gran hotel, y abrí de
par en par las ventanas y apilé las almohadas para apoyar cabeza y hombros, y
fui feliz con Turgéniev en Rusia hasta que me dormí leyendo. A la mañana
siguiente me estaba afeitando para bajar a desayunar, cuando llamaron de la
conserjería diciendo que un caballero preguntaba por mí.
—Díganle
que suba, por favor —dije.
Seguí
afeitándome y escuchando los ruidos de la ciudad, que se había despertado
pesadamente al amanecer.
Scott
no subió, y finalmente nos reunimos en el vestíbulo.
—Siento
muchísimo que se haya producido este enredo —dijo—. Si me hubieras dicho en qué
hotel pensabas alojarte, nada hubiera ocurrido.
—No
tiene importancia —contesté, ya que teníamos mucho camino por recorrer y más
valía hacerlo en paz—. ¿En qué tren viniste?
—Uno
que salió poco después del tuyo. Era un tren muy cómodo, y no se por qué no
vinimos juntos.
—¿Has
desayunado?
—Todavía
no. No he hecho más que dar vueltas por la ciudad buscándote.
—Qué
pena —contesté—. ¿No te dijeron de tu casa que yo estaba aquí?
—No.
Zelda no se encontraba bien, y probablemente no hubiera debido dejarla sola.
Por ahora, este viaje es un desastre.
—Vamos
a desayunar y a buscar el coche y pongámonos en marcha —di je.
—Estupendo.
¿Desayunamos aqui?
—Será
más rápido ir a un café.
—Pero
aquí tenemos la seguridad de desayunar bien.
—Vale.
Tuvimos
un gran desayuno al modo americano, con jamón y huevos, y fue muy bueno. Pero
entre pedirlo, esperar a que lo trajeran, comerlo y esperar la cuenta, se pasó
cerca de una hora. Y en el momento en que el camarero llegaba con la cuenta,
Scott tuvo la idea de encargar que nos prepararan un almuerzo como para picnic.
Intenté convencerle de que lo dejara, diciéndole que podríamos comprar una
botella de Mâcon en Mâcon , y en cualquier charcutería unos embutidos para
hacer sándwiches. O si encontrábamos las tiendas cerradas al pasar por un
pueblo, siempre podríamos pararnos en cualquier restaurante. Pero Scott dijo
que yo le había dicho que los pollos de Lyon eran de primera, y que teníamos
que llevarnos un pollo. De modo que en el hotel nos prepararon un almuerzo, y
no se requirió más tiempo que cuatro o cinco veces el tiempo que nos hubiera
llevado comprarlo en una tienda.
Era
evidente que Scott había bebido algunas copas antes de reunirse conmigo, y como
parecía que todavía necesitaba otra, le pregunté si no quería que fuéramos al
bar a beberla antes de marchar. Me contestó que él nunca bebía por las mañanas,
y me preguntó si yo tenía costumbre de hacerlo. Dije que dependía por completo
de mi humor y de lo que tenía que hacer, y él dijo que si yo sentía necesidad
de una copa, él me acompañaría para que no tuviera que beber solo. De modo que
nos bebimos un whisky con Perrier en el bar mientras esperábamos el almuerzo, y
los dos nos sentimos mucho más a gusto.
Pagué
la cuenta de la habitación y del bar, aunque Scott quería pagarlo todo. Desde
el principio de aquel viaje se me formó un complejo de emociones sobre la
cuestión del dinero, y vi que en definitiva me sentía tanto más tranquilo
cuanto mayor era la parte que yo pagaba. Estaba gastando el dinero que habíamos
ahorrado para España, pero sabía que tenía crédito con Sylvia Beach y que podía
pedirle prestado lo que entonces malgastaba, y devolvérselo más adelante.
Al
llegar al garaje donde guardaban el coche de Scott, me llevé la sorpresa de que
el pequeño Renault era descapotable y no tenía capota. Me parece que la capota
se estropeó cuando desembarcaron el cochecito en Marsella, o en todo caso se
estropeó en Marsella por una razón u otra, y Zelda mandó que la quitaran y no
quiso que pusieran otra nueva. Scott me reveló que su mujer detestaba las
capotas de coche, y que habían viajado descapotados hasta Lyon, donde la lluvia
les detuvo. Por lo demás, el coche se encontraba en buen estado, y Scott pagó
la cuenta después de regatear las partidas de lavado, de engrase y de dos
litros de aceite. El mecánico del garaje me explicó que el coche necesitaba le
cambiaran los aros de los pistones, y que era evidente que lo habían hecho
circular sin aceite y sin agua. Me enseñó los puntos donde la pintura se había
quemado al recalentarse el motor. Dijo que si yo lograba convencer a Monsieur
de que encargara en París los aros, el coche, que después de todo era un buen
cochecito, no marcharía mal.
—Monsieur
no me permitió poner una capota —dijo.
—¿No?
—Uno
está obligado a tratar bien a un vehículo.
—Claro
que sí.
—¿Los
señores no llevan impermeables?
—No
—contesté—. Yo no sabía eso de la capota.
—Procure
que Monsieur se ponga serio —me pidió—. Al menos en lo que afecta al coche.
—Ah
—dije.
La
lluvia nos detuvo a cosa de una hora al norte de Lyon.
A.
lo largo del día, tuvimos que parar algo asi como diez veces por la lluvia.
Eran chaparrones fugaces, y unos duraban más y otros menos. Teniendo
impermeables, no hubiera sido desagradable conducir bajo aquella lluvia de
primavera. Pero como no los teníamos, nos guarecíamos debajo de los árboles o
nos parábamos en los cafés que bordeaban la carretera. Almorzamos
estupendamente con lo que llevábamos del hotel de Lyon, o sea con un excelente
pollo trufado y un pan delicioso y un vino blanco de Mâcon, y Scott se ponía
muy contento bebiendo el maconés blanco a cada parada que hacíamos. En Mâcon
compré otras cuatro botellas de excelente vino, y las iba descorchando a medida
que nos hacían falta.
Mi
sospecha es que Scott no había nunca bebido vino directamente de la botella, y
la cosa le excitaba como una expedición a los barrios bajos, o como se excita
una muchacha cuando por primera vez se arroja al mar sin traje de baño. Pero, a
primera hora de la tarde, a Scott empezó a entrarle preocupación por su salud.
Me contó los casos de dos personas que poco antes habían muerto de congestión
pulmonar. Las dos murieron en Italia, y los dos casos le habían impresionado
hondamente.
Le
dije que lo de congestión pulmonar no era más que un término anticuado para
decir pulmonía, y él me aseguró que yo estaba equivocado y disparataba. La
congestión pulmonar era una enfermedad específicamente europea, y yo no tenía
por qué enterarme de su existencia aun leyendo los libros de medicina de mi padre,
ya que en ellos se estudiaban solo las enfermedades específicamente americanas.
Dije
que mi padre estudió también en Europa. Pero Scolt explicó que en Europa la
congestión pulmonar era un fenómeno de aparición reciente, y que era imposible
que mi padre lo hubiera alcanzado. Explicó también que las enfermedades
difieren mucho de unas regiones de América a otras, y que si mi padre ejerciera
la medicina en Nueva York y no en el Middle West, muy otra sería la gama de
enfermedades con la que estaría familiarizado. Dijo «la gama», me acuerdo muy
bien.
Dije
que no era desacertada la observación de que ciertas enfermedades abundan en
determinadas zonas de los Estados Unidos y en cambio se ignoran en otras, y
cité como ejemplo la alta cifra de la lepra en Nueva Orleans, en contraste con
su baja incidencia, en aquel momento, en Chicago. Pero añadí que los médicos
tienen un sistema de intercambio de conocimientos y de información, y que por
cierto a propósito de aquella conversación me acordaba de haber leído en el
Journal of the American Medical Association un exhaustivo estudio sobre la
congestión pulmonar en Europa, que refería su historia remontándose hasta el
propio Hipócrates. Esto le dio ánimos por algún tiempo, y además le animé a que
bebiera otro trago del Mâcon, ya que un buen vino blanco, de cuerpo pero de
moderada fuerza alcohólica, podía decirse estaba indicado específicamente para
combatir la enfermedad.
Scott
se alegró un poco después de aquello, pero pronto empezó a decaer de nuevo, y
me preguntó si había modo de llegar a una gran ciudad antes de que se le
declararan la fiebre y el delirio con que, según yo le dije, se anuncia la
verdadera congestión pulmonar en su forma europea. Al decir esto, le aseguré
que mis palabras eran traducción de un artículo sobre la susodicha enfermedad,
que leí en una revista médica francesa una vez que me encontraba en el Hospital
Americano de Neuilly, esperando a que me cauterizaran la garganta. Un término
como el de «cauterizar» actuaba sobre Scott como un calmante. Pero de todos
modos quería saber cuándo llegaríamos a la ciudad. Dije que apretando un poco
tardaríamos de veinticinco minutos a una hora.
Scott
preguntó entonces si yo le tenía miedo a la muerte, y dije que a ratos sí y a
ratos menos.
Entonces
se puso a llover de veras, y en la primera aldea nos refugiamos en un café. No
recuerdo todos los detalles de aquella tarde, pero sé que cuando al fin
recalamos en un hotel, en una ciudad que debía ser Chalon-sur-Saône, era ya
tarde y las farmacias estaban cerradas. Scott se desnudó y se acostó en cuanto
llegamos al hotel. Dijo que no le importaba morir de congestión pulmonar. Lo
único que le angustiaba era saber quién iba a cuidar de Zelda y de la pequeña
Scotty. Yo realmente no veía modo de asumir la misión, ya que bastante apuro me
daba cuidar de mi mujer Hadley y del joven Bumby, pero dije que haría cuanto
estuviera en mi mano y Scott me dio las gracias. Me pidió que velara por que
Zelda no bebiera y por que Scotty tuviera una institutriz inglesa.
Mandamos
nuestras ropas a secar y nos quedamos en pijama. Fuera seguía lloviendo, pero
el ambiente del cuarto, con todas las luces encendidas, era alegre. Scott yacía
en la cama para conservar sus fuerzas y entablar combate con la enfermedad.
Tomé su pulso, que era de setenta y dos, y le puse la mano en la frente, que
estaba fría. Le ausculté el pecho y le hice respirar hondo, y el pecho daba un
buen sonido.
—Mira,
Scott —le dije—, tú estás perfectamente bien. Si quieres hacer lo más sensato
para no pillar un resfriado, te quedas en la cama y pido una limonada y un
whisky para cada uno, y tú te tomas una aspirina con lo tuyo, y ni siquiera
tendrás un resfriado de nariz.
—Remedios
de vieja comadre —dijo Scott.
—No
tienes temperatura. ¿Cómo diablos vas a tener una congestión pulmonar si ni
siquiera tienes temperatura?
—No
me chilles —dijo Scott—. ¿Cómo sabes que no tengo temperatura?
—Tienes
el pulso normal y la frente fría.
—Oh,
a ojo de buen cubero —dijo Scott con amargura—. Si de verdad eres un amigo,
consigúeme un termómetro.
—Estoy
en pijama.
—Manda
a buscarlo.
Llamé
al timbre. El camarero no acudió, y volví a llamar y salí al pasillo en busca
de alguien. Scott yacía con los ojos cerrados, respirando despacio y con
cuidado, y con su color de cera y sus facciones perfectas parecía el cadáver de
un joven cruzado. Ya me estaba hartando de la vida literaria, si aquello era la
vida literaria, y echaba de menos mi trabajo y sentía la soledad de muerte que
llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado. Estaba muy harto
de Scotl y de aquella necia comedia, pero busqué al camarero y le di dinero
para que comprara un termómetro y un tubo de aspirina, y pedí dos citrons
pressés y dos whiskies dobles. Intenté encargar una botella de whisky, pero
sólo servían copas.
De
vuelta al cuarto, vi que Scott seguía yaciendo como en su propia tumba,
esculpido como monumento de sí mismo, con los ojos cerrados y respirando con
ejemplar dignidad.
Al
oírme entrar habló:
—¿Conseguiste
el termómetro?
Me
acerqué y le puse la mano en la frente. No estaba fría como la tumba, pero
estaba fresca y sin sudor.
—No
—dije.
—Pensé
que lo traerías.
—Mandé
a buscarlo.
—No
es lo mismo.
—Claro
que no lo es. ¿Cómo va a ser lo mismo?
No
había modo de irritarse con Scott, como no hay modo de irritarse con un loco,
pero me entraba una cólera conmigo mismo, por haberme dejado enredar en aquella
memez. Sin embargo, había algo serio detrás de la farsa de Scott, y yo lo sabía
muy bien. En aquellos días, casi todos los borrachos morían de pulmonía,
enfermedad que ahora está casi eliminada. Pero uno no concebía que Scott fuera
un verdadero borracho, ya que le hacían efecto cantidades tan pequeñas de
alcohol.
En
Europa tomábamos el vino como cosa tan sana y normal como la comida, y además
como un gran dispensador de alegría y bienestar y felicidad. Beber vino no era
un esnobismo ni signo de distinción ni un culto; era tan natural como comer, e
igualmente necesario para mí, y nunca se me hubiera ocurrido pasar una comida
sin beber o vino o sidra o cerveza. Me gustaban todos los vinos salvo los
dulces o dulzones y los demasiados pesados, y nunca imaginé que si Scott
compartía conmigo unas pocas botellas de un vino blanco de Mâcon, seco y más
bien ligero, en él se iban a producir cambios químicos que le converlirían en
un majadero. Claro que bebimos el whisky con Perrier por la mañana, pero,
dentro de la ignorancia que yo tenía entonces sobre cuestiones de alcoholismo,
no podía concebir que un whisky hiciera daño a una persona que iba en un coche
descapotado bajo la lluvia. El alcohol tenía que oxidarse en muy poco tiempo.
Esperando
que el camarero trajera las cosas, me senté a leer un periódico y a terminar
una de las botellas de Mâcon que descorchamos en la última parada. Cuando uno
vive en Francia, siempre dispone de varios crímenes estupendos cuyo curso puede
seguir día tras día en los periódicos. Son como novelas por entregas y hay que
haberse leído los primeros capítulos, ya que no dan resúmenes de lo que
antecede como en las novelas por entregas americanas, aunque de todos modos una
novela americana tampoco les sabe tan bien a los que no han leído el tan
importante capítulo de apertura. Cuando uno está en Francia pero viajando los
periódicos pierden interés, ya que muchas veces falla la continuidad de los
variados crimes, affaires, o scandales, y además para que la cosa cobre toda su
gracia hay que leerla en un café. Aquella noche yo hubiera preferido
infinitamente estar en un café donde pudiera leer las ediciones de la mañana de
los periódicos de París y observar a la gente, y prepararme para la cena con
alguna bebida más autoritaria que el Mâcon. Pero ya que me tocaba estar de
mayoral del rebaño de Scott, me divertí como pude.
Cuando
entró el camarero con los dos vasos de limonada y hielo, con los whiskies y con
la botella de agua Perrier, me dijo que la farmacia estaba cerrada y que no
había modo de comprar un termómetro. Había conseguido que le prestaran una
aspirina. Le pedí que procurara le prestaran también un termómetro. Scott abrió
los ojos y dirigió al camarero una mirada irlandesa cargada de agüeros
funestos.
—¿Le
has hecho comprender que se trata de un caso serio? —me preguntó.
—Me
parece que lo comprende.
—Por
favor, precísalo.
Procuré
precisarlo, y el camarero dijo:
—Haré
lo que pueda.
—¿Le
diste bastante propina? —quiso saber Scott—. Trabajan sólo por las propinas.
—Ah,
no sabía —contesté—. Yo creía que el hotel les pagaba también un sueldo.
—No
quiero decir eso. Quiero decir que no te servirán si no les das una propina
fuerte. Casi todos son unos sinvergüenzas.
Me
acordé de Evan Shipman y del camarero de la Closerie des Lilas que tuvo que
afeitarse el bigote cuando pusieron un bar americano, y de que Evan trabajaba
en el huerto del camarero en Montrouge mucho antes de que ya conociera a Scott,
y de lo buenos amigos que éramos entonces los de la Closerie y de nuestra larga
amistad, y de los cambios que hubo y de lo que representaban para cada uno de
nosotros. Estuve a punto de hablarle a Scott de aquel problema de la Closerie,
aunque probablemente ya se lo había contado, pero me di cuenta de que le
importaban un comino los camareros y sus problemas y su amabilidad y sus
afectos. Por entonces Scott detestaba a los franceses, y como casi lo únicos
franceses con quienes tenía contacto eran camareros a los que no entendía,
taxistas, empleados de garaje y de hotel y porteras, tenía frecuentes ocasiones
para ofenderles e insultarles.
Todavía
detestaba a los italianos más que a los franceses, y no podía hablar de ellos
sin perder estribos, incluso cuando no había bebido. A los ingleses los
detestaba a menudo, pero a veces los toleraba y de cuando en cuando los
admiraba. No sé qué pensaría de los alemanes y de los austríacos. No sé si
había conocido nunca a ninguno, o a ningún suizo.
Volviendo
a la noche del hotel, mi mayor satisfacción era que Scott conservara su calma.
Mezclé la limonada con el whisky y se lo ofrecí con un par de aspirinas, y se
tomó las aspirinas sin protestar y con admirable serenidad, y se quedó bebiendo
a sorbitos. Tenía entonces los ojos abiertos y miraba a grandes lejanías. Me
quedé leyendo lo crímenes que traía el periódico y sintiéndome muy en paz,
demasiado en paz al parecer.
—Eres
un tío frío, ¿no te parece? —Preguntó Scott.
Al
mirarle comprendí que, si no en mi diagnóstico, por lo menos en mi receta me
había equivocado, y que el whisky iba a resultarnos muy pernicioso.
—¿Qué
quieres decir, Scott?
—Eres
capaz de sentarte tan tranquilo y leer tu porquería de periodicucho francés,
sin importarte un comino que yo agonice.
—¿Quieres
que llame a un médico?
—No.
No quiero un mierda de medicucho de aldea francés.
—¿Qué
deseas, pues?
—Quiero
tomarme la temperatura. Y luego quiero que nos sequen las ropas y que tomemos
un expreso para París, y llegar lo más pronto posible al Hospital Americano de
Neuilly.
—Las
ropas no estarán secas hasta mañana, y esta noche no hay expresos —dije—. ¿Por
qué no descansas y cenas un poco en la cama?
—Quiero
tomarme la temperatura.
El
latazo se prolongó largo tiempo, hasta que el camarero trajo un termómetro.
—¿No
pudo encontrar otro? —Pregunté al camarero.
Scott
cerró los ojos en cuanto entró el hombre, y tomó un aspecto tan sin remedio
como el de Camila. No he conocido nunca a una persona que se quedara tan
rápidamente sin sangre en la cara, y me pregunté dónde se la metería.
—Es
el único que hay en el hotel —contestó el camarero dándome el termómetro.
Era
un termómetro para baño, con un armazón de madera y metal calculado para que se
hundiera en el agua pero no hasta el fondo. Bebí un trago de whisky puro, y
abrí un momento la ventana para mirar la lluvia. Cuando me volví, Scott me
estaba observando. Sacudí el termómetro con gesto profesional y le dije:
—Tienes
suerle de que no sea un termómetro rectal.
—¿Dónde
se colocan los termómetros de este tipo?
—En
la axila —dije, y lo demostré abrigándolo en mi sobaco.
—No
trastornes lo que marca —dijo Scott.
Volví
a sacudir el termómetro con un solo brusco torcimiento de muñeca, y desabroché
la chaqueta del pijama de Scott y le metí el artefacto en el sobaco, y luego
volví a tocarle la frente y a tornarle el pulso. Él miraba fijamente al vacío.
El pulso era de setenta y dos. Le hice guardar el termómetro puesto durante
cuatro minutos.
—Creí
que sólo hacía falla un minuto —dijo Scott.
—Este
termómetro es muy grande —explique—. Hay que multiplicar por el cuadrado de la
longitud del termómetro. Además es un termómetro centígrado.
Finalmente
retire el termómetro y lo acerqué a la lamparilla.
—¿Cuánto
marca?
—Treinta
y siete con seis décimas.
—¿Y
lo normal qué es?
—Eso
es lo normal.
—¿Estás
seguro?
—Segurísimo.
—Prueba
contigo. Quiero estar seguro.
Sacudí
el termómetro y me desabroché el pijama y me puse el termómetro en el sobaco, y
me quedé mirando el reloj. Luego miré el termómetro.
—¿Cuánto
marca? —preguntó Scolt mientras yo examinaba el instrumento.
—Exactamente
lo mismo.
—¿Y
tú cómo te encuentras?
—Espléndidamente
—dije.
Intenté
recordar si treinta y siete con seis era realmente la temperatura normal. No es
que tuviera ninguna importancia, porque el termómetro, inmutable, se mantenía
en treinta grados.
Scott
se mostraba un poco suspicaz, de modo que le pregunté si quería que hiciéramos
otra comprobación.
—No
—dijo—. Es una suerte que me haya curado tan rápidamente. Siempre tuve gran
capacidad de recuperación.
—Ahora
estás bien —dije—. Pero me sentiré más tranquilo si te quedas en la cama y
cenas ligero, y mañana saldremos temprano.
Mi
plan era comprar impermeables por la mañana, pero para eso tenía que pedirle
dinero a Scott, y no tenía ganas de enredarme en una discusión en aquel
momento.
Pero
Scott no quiso quedarse en la cama. Quería levantarse y vestirse y bajar a
llamar a Zelda para tranquilizarla.
—¿Qué
razón tiene para no estar tranquila?
—Es
la primera noche que pasamos separados desde que nos casamos, y tengo que
hablarle. ¿No eres capaz de comprender la importancia que esto tiene para los
dos?
Yo
era muy capaz, pero no era capaz de comprender cómo pudieron dormir juntos la
noche anterior. De todos modos, no era cosa que me correspondiera discutir.
Scott bebió puro el whisky que no le puse en la limonada, de un gran trago, y
me dijo que pidiera otro whisky. Busqué al camarero y le devolví el termómetro,
y le pregunté cómo estaban nuestras ropas. Dijo que suponía estarían secas al
cabo de una hora.
—Haga
que el criado las planche, y así se secarán. No importa que queden algo
húmedas.
El
camarero nos trajo dos whiskies para que nos libráramos del resfriado, y bebí
el mío despacio y aconsejé a Scott que hiciera lo mismo. Me preocupaba en serio
que pudiera pillar un resfriado, porque vi que si llegaba a tanto habría que
ingresarle en una clínica. Pero la bebida le hizo sentirse maravillosamente por
un tiempo, y estuvo muy feliz desarrollando las trágicas sugestiones implícitas
en el hecho de que aquélla era la primera noche de separación entre él y Zelda,
desde el día en que se casaron. Finalmente, no pudo esperar más tiempo a
llamarla, y se puso la bata y bajó a telefonear.
Volvió
porque había mucha demora para la conferencia, y a poco entró el camarero con
otro par de whiskies dobles. Nunca hasta entonces le vi a Scott beber tanto,
pero no le hizo ningún efecto salvo el de volverle más animado y hablador, y se
puso a contarme su vida con Zelda. Dijo que la había conocido durante la
guerra, y que luego la perdió y la reconquistó, y me contó cómo llegaron a
casarse, y algo trágico que les había ocurrido en Saint-Raphaël, hacía más o
menos un año. Aquella primera versión que entonces me contó del enamoramiento
de Zelda y un aviador de la marina francesa era un relato verdaderamente
triste, y me parece que era un relato verídico. Luego me contó otras varias
versiones del hecho, como si lo estuviera ensayando para meterlo en una novela,
pero ninguna versión era tan triste como aquella primera, y yo siempre creí
aquélla, aunque la verídica podía ser cualquiera de las otras. Cada versión
estaba mejor contada que la anterior, pero ninguna resultaba tan entristecedora
como la primera.
Scott
sabía hablar y contar un relato. Hablando no tenía problemas de ortografía ni
de puntuación, y no daba la impresión de analfabetismo que daban sus cartas tal
como él las escribía. Fuimos amigos durante dos años antes de que aprendiera a
ortografiar mi nombre; pero después de todo es un nombre largo de ortografía
difícil, y posiblemente la ortografía se hacía más difícil a medida que pasaba
el tiempo, y aprecié mucho el que Scott llegara por fin a ortografiar el nombre
correctamente. También aprendió a ortografiar cosas más importantes, y procuró
pensar acertadamente sobre muchas más.
Aquella
noche, de todos modos, lo único que quería que yo conociera y comprendiera y
apreciara era lo ocurrido en Saint-Raphaël, y yo le seguí tan bien que me
parecía ver el pequeño hidroavión monoplaza y oír su zumbido, y ver la palanca
de saltos y el color del mar y la forma de los muelles de madera y la sombra
que proyectaban, y ver el bronceado de Zelda y el bronceado de Scott y el rubio
claro y el rubio oscuro de su pelo, y la tez oscura del muchacho que estaba
enamorado de Zelda. Pero no me atreví a formular la pregunta que me inquietaba,
a saber, que si aquello era verdad y todo había sucedido de aquel modo, ¿cómo
podía ser que Scott durmiera todas las noches en una misma cama con Zelda? Pero
tal vez era eso lo que daba al relato aquella calidad más triste que la de otro
relato, y después de todo tal vez Scott no se acordaba, como tampoco se
acordaba de la noche precedente.
Nuestras
ropas llegaron antes que la conferencia telefónica, y nos vestimos y bajamos a
cenar. Scott trastabillaba ya un poco, y miraba a las gentes de reojo con
cierta agresividad. Comimos caracoles muy buenos con una jarra de Fleury como
inicio de la cena, y cuando estábamos a la mitad del plato y del vino llegó la
conferencia. Scott desapareció por una hora y terminé comiéndome sus caracoles,
rebañando la salsa de mantequilla y ajo y perejil con migas de pan, y apuré la
jarra del Fleury. Cuando volvió le dije que pediría para él otra ración de
caracoles, pero no la quiso. Quería un plato sencillo. No le atrajo un steak,
ni tampoco hígado ni jamón, ni tampoco una tortilla. Quería pollo. A mediodía
habíamos comido muy buen pollo frío, pero estábamos todavía en la región famosa
por sus pollos, de modo que nos hicimos servir poularde de Bresse con una
botella de Montagny, un ligero y simpático vino del país. Scott comió muy poco
y apenas sorbió una copa de vino. Perdió el conocimiento allí a la mesa, con la
cabeza apoyada en las manos. Fue una cosa auténtica y sin comedia, e incluso me
pareció que procuraba no verter vasos ni romper nada. Entre el camarero y yo le
subimos al cuarto, y le acosté en la cama y le desvestí hasta dejarle en ropa
interior, colgué en la percha su traje, y le cubrí con las mantas. Abrí la
ventana y vi que hacía buen tiempo, y dejé abierto.
Bajé
al comedor a terminar mi cena, y reflexioné sobre el caso de Scott. Era
evidente que no podía beber nada, y que yo no había velado bien por él.
Cualquier cosa que bebiera parecía estimularle en exceso y luego envenenarle, y
pensé que al día siguiente reduciría la bebida al mínimo. Le diría que
estábamos de vuelta a París, y que yo necesitaba ponerme en forma para
escribir. No era verdad. Para ponerme en forma me bastaba no beber ni después
de la cena ni antes de escribir ni mientras escribía. Subí a mi cuarto y abrí
todas las ventanas y me dormí en cuanto me metí en la cama.
Al
día siguiente hizo un tiempo hermoso, y nos encaminamos a París atravesando la
Côte-d’Or con su aire recién limpio y con las lomas y los campos y los viñedos
frescos y nuevos, y Scott estaba muy alegre y feliz y rebosando salud, y me
contó los argumentos de todas y cada una de las novelas de Michael Arlen. Dijo
que a Michael Arlen no había que perderle de vista, y que podíamos aprender
mucho de él. Yo dije que no me sentía con fuerzas para leer aquellos libros.
Scott dijo que no hacía falta. Él me contaría los argumentos y me retrataría
los personajes. Y me sirvió una especie de exposición oral de una tesis de
doctorado sobre Michael Arlen.
Le
pregunté si la víspera había tenido buena comunicación telefónica con Zelda y
me contestó que no era mala, y que hablaron de muchísimas cosas. Con el
almuerzo pedí una botella del vino más ligero que pude encontrar, y le dije a
Scott que me haría un señalado favor si me impedía pedir otra, porque yo ya
estaba en plan de vuelta al trabajo y en ningún caso debía beber más de media
botella. Cooperó a las mil maravillas, y cuando me vio lanzar ojeadas nerviosas
a la botella que se terminaba, me cedió lo que le tocaba a él.
Cuando
le dejé en su casa y volví en taxi a la serrería, me pareció maravilloso ver de
nuevo a mi mujer, y nos fuimos a tomar una copa a la Closerie des Lilas.
Estábamos contentos como niños a los que han separado y que logran reunirse, y
le conté el viaje.
—¿Pero
nunca te divertiste ni aprendiste nada útil, Tatie?—preguntó mi mujer.
—Pude
aprender mucho sobre Michael Arlen, si hubiera escuchado, y he aprendido cosas
que todavía no tengo puestas en perspectiva.
—¿Es
Scott feliz alguna vez?
—Acaso.
—Pobre
hombre.
—Aprendí
una cosa.
—¿Cuál?
—Nunca
salgas de viaje con una persona que no amas.
—Estupendo.
—Sí.
Y nos marchamos a España.
—Sí.
Y faltan menos de seis semanas. Y este año no permitiremos que nadie nos
estropee el viaje, ¿verdad?
—No.
Y después de Pamplona nos iremos a Madrid y Valencia.
Ella
ronroneó como un gato.
—Pobre
Scott —dije.
—Pobre
todo el mundo —dijo Hadley—. Ricos los gatos que no tienen dinero.
—Tenemos
mucha suerte.
—Hay
que ser bueno y conservarla.
Para
tocar madera golpeamos los dos en la mesa, y el camarero vino a preguntar qué
queríamos. Pero lo que queríamos no podía dárnoslo ni él ni nadie, ni aparecía
golpeando en mesas de madera o en veladores de mármol, que es lo que aquello
era en realidad. Pero no lo sabíamos entonces, y nos sentíamos muy felices.
Uno
o dos días más tarde trajo Scott su libro. Tenía una sobrecubierta chillona, y
recuerdo que me avergonzaron la vulgaridad, el mal gusto y el bajo reclamo de
aquella presentación. Parecía la sobrecubierta para un mal libro de
science-fiction. Scott me dijo que no me fijara en la sobrecubierta, que el
motivo del dibujo era un anuncio que había junto a una carretera en Long Island
y que tenía importancia en el relato. Dijo que al principio le gustó aquella
sobrecubierta, pero que luego dejó de gustarle. Yo la retiré para leer el
libro.
Cuando
terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que
se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en
todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos
buenísimos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más,
tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan
bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro
todavía mejor. Entonces yo no conocía todavía a Zelda, y por consiguiente no
tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott. Pero pronto
íbamos a descubrirlas.
XVIII
LOS
GAVILANES NO COMPARTEN NADA
Scott
Fitgerald nos invitó a almorzar, con su esposa Zelda y con su niña, en su piso
de la rué de Tilsitt. No recuerdo gran cosa del piso, excepto que estaba mal
iluminado y mal aireado, y que en él no había nada que pareciera pertenecer a
los Fitzgerald, excepto la colección de los primeros libros de Scott
encuadernados en piel azul celeste, con los títulos en oro. También nos mostró
Scott un enorme libro de contabilidad, con la lista de todos los cuentos que
había publicado, año tras año, y la indicación de lo que le habían pagado por
cada cuento, más los derechos de adaptación cinematográfica, y las cifras de
venta y los derechos cobrados por todos sus libros. Todo estaba anotado con
tanto cuidado como el cuaderno de bitácora de un navio, y Scott nos lo enseñó
con una especie de orgullo impersonal, como si fuera un conservador de museo.
Scott estaba nervioso y hospitalario, y al mostrarnos la contabilidad de sus
ganancias parecía nos señalara el panorama que se abría desde su finca. No se
abría ningún panorama.
Zelda
tenía una resaca de espanto. Habían estado en Montmartre la noche antes, y se
habían peleado porque Scott no quería emborracharse. Me dijo que se había
resuelto a trabajar de verdad y a no beber, y Zelda le trataba como a un
aguafiestas o a un mala sombra. Ésos fueron los términos que ella empleó ante
nosotros, y hubo recriminaciones, y Zelda se ponía pelma insistiendo:
—No
es verdad. No hice eso. Que no es verdad, Scott. Al cabo de un momento, parecía
que se acordaba de algo divertido y se echaba a reír alegremente, sin
explicación.
Aquel
día no estaba Zelda todo lo guapa que debiera. Su hermoso pelo rubio oscuro
quedó estropeado por un tiempo a causa de una mala permanente que le hicieron
en Lyon, y miraba cansadamente y tenía las facciones crispadas y ajadas.
Estuvo
ceremoniosamente amable con Hadley y conmigo, pero una gran porción de su
persona parecía estar ausente y encontrarse todavía en la juerga de la que
había regresado aquella madrugada. Tanto ella como Scott parecían creer que
Scott y yo nos lo habíamos pasado divinamente en el viaje desde Lyon y estaba
celosa. «Vosotros dos os vais y os lo pasáis muy bien juntos. Lo justo sería
que yo también me divirtiera con nuestros amigos, aquí, en París», le dijo a
Scott. Scott se había puesto la máscara y asumido el papel de anfitrión
perfecto. Comimos un almuerzo muy malo, que el vino alegró un poco, pero no
mucho. La niña era rubia, gordinflona, bien formada y rebosante de salud, y
hablaba inglés con el acento plebeyo de Londres. Scott explicó que le habían puesto
a la niña un ama inglesa porque él quería que cuando fuera mayor hablara como
Lady Diana Manners.
Zelda
tenía ojos de gavilán y labios estrechos, y modales y acento de algún Estado
del Sur. Observando su cara, uno veía cómo su espíritu abandonaba la mesa y
escapaba a la juerga de la víspera, y luego volvía Zelda con ojos impenetrables
como los de un gato, pero los ojos se llenaban de contento al cabo de un
instante, y el contento recorría la línea fina de sus labios y se desvanecía.
Scott seguía encarnando el buen anfitrión jovial, y Zelda le miraba, y una
sonrisa feliz asomaba a sus ojos, y también a sus labios, a medida que Scott
iba dándole al vino. Algún tiempo después, llegué a conocer muy bien aquella
sonrisa. Significaba que Zelda se daba cuenta de que Scott no estaba ya en
condiciones de escribir.
Zelda
estaba celosa del trabajo de Scott, y cuando llegamos a conocerles bien nos
dimos cuenta de que la situación se ajustaba a un esquema regularmente
repetido. Scott tomaba la resolución de no embarcarse para las juergas de
borrachera que iban a durar toda la noche, y de hacer cada día un poco de
ejercicio y trabajar con regularidad. Se ponía a trabajar, y en cuanto se había
calentado y el trabajo marchaba bien, allí estaba Zelda quejándose de lo mucho
que se aburría, y arrastrándole a otra borrachera. Se peleaban y luego hacían
las paces, y él sudaba su alcohol en largas caminatas conmigo, y resolvía que
aquella vez sí que se ponía a trabajar de veras, y, en efecto, se ponía y el
trabajo se le daba bien. Y vuelta a empezar.
Scott
estaba muy enamorado de Zelda, y muy celoso. Muchas veces, en nuestras
caminatas, me contó aquello de cuando ella se enamoró de un piloto aviador de
la marina francesa. Pero desde entonces no le había dado ningún serio motivo de
celos, con ningún otro hombre. En aquella primavera, le daba motivos de celos
con otras mujeres, y cuando iban a una de aquellas juergas de Montmartre él
estaba muerto de miedo a perder su conocimiento o a que se perdiera el de ella.
Al principio, perder el conocimiento de resultas de la bebida había sido la
gran defensa de ambos. Se quedaban dormidos con sólo beber una cantidad de
licor o de champaña que poco efecto le hubiera hecho a un bebedor acostumbrado,
y cuando se quedaban dormidos dormían como niños. Les he visto perder el
conocimiento, no como si estuvieran borrachos sino como si les hubieran
anestesiado, y entonces sus amigos, o a veces un chófer de taxi, les metían en
la cama, y al despertarse estaban frescos y alegres, ya que no habían tomado
bastante alcohol para que pudiera enfermarles antes de dormirles.
Pero
en el momento de que estoy hablando, ya habían perdido aquella defensa natural.
Entonces Zelda aguantaba más bebida que Scott, pero Scott temía que ella
perdiera el conocimiento entre las gentes que frecuentaban aquella primavera, y
en los lugares a que iban. A Scott no le gustaban ni las gentes ni los lugares,
y para soportar a gentes y lugares tenía que beber más de lo que podía aguantar
sin perder el dominio de sí mismo, y luego tenía que seguir bebiendo para
mantenerse despierto a partir del momento en que ordinariamente se hubiera
tumbado. Total, que pocos intervalos de trabajo le quedaban.
Continuamente
intentaba trabajar. Cada día probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París, la
ciudad mejor organizada para que un escritor escriba, y continuamente pensaba
en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda podrían volver a ser felices
juntos. Pensaba en la Riviera, tal como era antes de que lo hubieran urbanizado
todo, con las maravillosas anchuras de mar azul y las playas de arena y las
anchuras de bosques de pinos y los montes del Esterel que alcanzaban el borde
del mar. Recordaba la región tal como era cuando él la descubrió con Zelda,
antes de que todo el mundo fuera allí de veraneo.
Scott
me habló de la Riviera y me dijo que mi mujer y yo debíamos ir allí el verano
siguiente, y que si íbamos él nos encontraría una casa que no fuera cara, y los
dos trabajaríamos como negros todo el día, pero nos bañaríamos y tomaríamos el
sol y nos pondríamos bronceados, y no íbamos a beber más que un solo aperitivo
antes del almuerzo y uno solo antes de la cena. Zelda sería feliz allí, decía
él. Le gustaba nadar y se zambullía como una campeona, y cuando aquel modo de
vida la hacía feliz sólo deseaba que él trabajara, y todo iba a marchar como un
modelo de disciplina. Él y Zelda y la niña iban a pasar el verano en la
Riviera.
Yo
trataba de convencerle de que escribiera sus cuentos tan bien como supiera, y
de que no hiciera truquitos para acomodarlos a una fórmula, según el mismo me
había explicado que hacía.
—Has
escrito una buena novela —le decía yo—. Y ahora no debes escribir basura.
—La
novela no se vende —contestaba—. Tengo que escribir cuentos, y tienen que ser
cuentos de éxito para las revistas.
—Escribe
el mejor cuento que puedas, y escríbelo tan bien como sepas.
—Ya
lo haré —decía.
Pero
según iban las cosas, suerte tenía si podía escribir de cualquier manera. No es
que Zelda hiciera nada por atraer a las gentes que la rondaban, y no había
peligro de que se liara, a lo que ella decía. Pero la divertían y Scott se
ponía celoso y tenía que acompañarla a todas partes. Aquello hacía polvo su
trabajo, y ella también tenía sus celos, y precisamente del trabajo de Scott
más que de nada.
Por
todo aquel fin de primavera y principio de verano, Scott hizo lo que pudo por
trabajar, pero sólo lo logró en breves arranques. Cuando nos encontrábamos
estaba siempre alegre, a veces desesperadamente alegre, y bromeaba con gracia y
era un buen compañero. Cuando pasaba algún mal rato, yo escuchaba sus
lamentaciones y probaba de hacerle comprender que si no se dejaba extraviar
lejos de lo que él era realmente, podría escribir como él sabía, y de que sólo
la muerte es irrevocable. Por entonces todavía era capaz de tomarse el pelo a
sí mismo, y yo pensaba que mientras le quedara esa capacidad no corría peligro.
En medio de todo aquello, escribió un cuento bueno, «The Rich Boy», y yo estaba
seguro de que era capaz de escribir incluso mejor, como, en efecto, hizo años
más tarde.
Nosotros
pasamos el verano en España, donde empecé una novela, y terminé el borrador
tras la vuelta a París, en septiembre. Scott y Zelda estuvieron en el Cap
d’Antibes, y cuando en otoño volví a verle en París, él estaba muy cambiado. La
Riviera no había servido para apartarle del alcohol, y entonces andaba borracho
de día y no sólo de noche. Le importaba un bledo que los demás estuvieran
trabajando, y se nos presentaba en el 113 de la rué Notre-Dame-des-Champs,
borracho, a cualquier hora del día o de la noche. Se había acostumbrado a
tratar con mucha grosería a sus inferiores o a cualquier persona que él
considerara como inferior.
Un
día cruzó la puerta de la serrería con su hija, porque el ama inglesa tenía
fiesta y él se ocupaba de la pequeña. Al llegar al pie de la escalera, la niña
dijo que quería ir al retrete. Scott empezó a desvestirla, y entonces el
propietario, que vivía en la planta baja, asomó y le dijo:
—Señor,
hay una cabinet de toilette frente a usted, a la izquierda de la escalera.
—Sí,
y allí voy a meterle a usted de cabeza, si sigue chillando —le dijo Scott.
Fue
difícil aguantarle durante todo aquel otoño, pero en los ratos en que no estaba
borracho logró empezar una novela. Pocas veces le vi sin que estuviera
borracho, pero en aquellas pocas veces estuvo siempre simpático, y bromeaba, y
a veces incluso bromeaba sobre sí mismo. Pero cuando se emborrachaba iba casi
siempre en mi busca y, dentro de su borrachera, estorbar mi trabajo le daba
casi tanto placer como a Zelda le daba estorbar el suyo. La cosa se prolongó
durante años pero, durante años también, no tuve ningún amigo tan leal como
Scott cuando no estaba borracho.
En
aquel otoño de 1925, le dolió que yo no le dejara leer el primer manuscrito de
mi novela, The Sun Also Rises1. Le expliqué que la intención de la obra no se
veía todavía, que tenía que revisarla y volver a escribirla, y que en tanto no
lo hubiera hecho no quería comentarla con nadie, ni que nadie la viera. Me fui
con mi mujer a Schruns, en el Vorarlberg de Austria, en cuanto cayó allí la
primera nevada.
Allí
volví a redactar la primera mitad de mi manuscrito, y si no recuerdo mal la
terminé en enero. Me la llevé a Nueva York y se la entregué a Max Perkins, de
la editorial Scribner’s, y volví a Schruns y acabé de revisar el libro. Cuando
Scott lo leyó, el manuscrito definitivo, una vez hechas todas las correcciones
y supresiones, había sido ya remitido a Scribner’s: esto ocurrió a fines de
abril. Recuerdo que bromeamos sobre la cosa, y que él estaba preocupado y
deseoso de ayudarme, como lo estaba siempre cada vez que yo terminaba algo.
Pero yo no quería que me ayudara mientras todavía tenía el libro a medio hacer.
En
tanto que nosotros estábamos en el Vorarlberg y mi novela se terminaba, Scott,
con su mujer y su hija, dejó París y marchó a una estación balnearia del bajo
Pirineo. Zelda había estado enferma, con la conocida dolencia intestinal que da
el beber demasiado champán, y a la que entonces se aplicaba el diagnóstico de
colitis. Scott no se emborrachaba, y empezaba a trabajar, y quería que en junio
fuéramos a reunimos con ellos en San Juan de Pie de Puerto2. Nos encontrarían
un chalet de alquiler barato, y esa vez sí que no se pondría a beber, y
volvería a ser todo como en mejores tiempos, y nadaríamos y nos pondríamos
fuertes y bronceados, y tomaríamos un solo aperitivo antes del almuerzo y otro
antes de la cena. Zelda estaba ya buena, y los dos eran felices, y la novela
marchaba bien. Scott recibía dinero de una adaptación teatral del Great Gatsby
que tenía mucho éxito y un productor iba a comprar los derechos para el cine y
no tenía ningún apuro. Zelda era una chica estupenda, y todo iba a funcionar
como un modelo de disciplina.
En
mayo estuve solo en Madrid, para trabajar, y a la vuelta hice el recorrido en
tren de Bayona hasta San Juan en tercera y muerto de hambre, porque bobamente
eché mal mis cuentas y se me acabó el dinero, y no pude comer nada después de
Hendaya, al entrar en Francia. El chalet que nos habían alquilado estaba muy
bien, y Scott tenía una casa muy hermosa no muy lejos, y me alegró mucho
reunirme con mi mujer que cuidaba del chalet estupendamente, y me alegró mucho
reunirme con los amigos, y el único aperitivo de antes del almuerzo estaba muy
bueno, y bebimos varios más. Aquella noche nos dieron una fiesta de bienvenida
en el Casino, cosa de nada, una fiesta íntima con sólo los MacLeish, los
Murphy, los Fitzgerald, y nosotros los del chalet. Nadie bebió ninguna bebida
más fuerte que el champán, y todo el mundo estuvo muy alegre, y evidentemente
era el lugar ideal para escribir. Íbamos a disponer de todo lo que un hombre
necesita para escribir, excepto de soledad.
Zelda
estaba hermosísima, y su bronce tenía un encantador tono dorado y el pelo era
de un bello oro oscuro, y se mostró muy cordial. Sus ojos de gavilán estaban
claros y serenos. Sentí que todo andaba bien y que al fin todo iba a tomar buen
cariz, y entonces ella se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su
gran secreto:
—Dime,
Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?
Entonces
nadie le dio importancia a la cosa. No era más que el secreto de Zelda, y lo
compartió conmigo, como un gavilán que compartiera algo con un hombre. Pero los
gavilanes no comparten nada. Scott no escribió nada más que valiera nada, hasta
que a ella la encerraron en un manicomio, y Scott supo que lo de su mujer era
locura.
XIX
UNA
CUESTIÓN DE TAMAÑO
Mucho
después, cuando Zelda sufría por primera vez lo que entonces se designaba con
el nombre de depresión nerviosa, Scott y yo coincidimos en París, y él me
invitó a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rué Jacob y de
la rué des Saints-Pères. Dijo que quería consultarme algo muy importante, algo
que para él contaba más que nada en el mundo, y me pedía le contestara la pura
verdad. Le prometí hacer lo que pudiera. Siempre que él me exigía la pura
verdad, cosa en todo caso difícil de alcanzar, y yo procuraba decírsela, lo que
yo le decía le ponía furioso, aunque muchas veces no se ponía furioso en
seguida, sino más tarde, y a veces mucho más tarde, después de cavilar sobre el
asunto. Mis palabras se convertían en algo que había que destruir, y a veces, a
ser posible, había que destruirme a mí de paso.
Con
el almuerzo bebió vino, pero no le afectó, y no llegó ya bebido, como
preparación para la entrevista. Hablamos de nuestro trabajo y de los amigos y
me pidió noticias de gentes a quienes no veía desde hacía tiempo. Comprendí que
estaba escribiendo algo bueno y que por varias razones el trabajo no le
resultaba fácil, pero que no era ése el asunto de su consulta. Esperé a que
asomara la cuestión sobre la cual yo debía pronunciar la pura verdad, pero no
lo descubrió hasta el fin de la comida, como si fuera un almuerzo de negocios.
Por
fin, mientras comíamos la tarta de cerezas y terminábamos la última jarra de
vino, me dijo:
—Ya
sabes que nunca me he acostado con ninguna mujer, salvo con Zelda.
—No,
no lo sabía.
—Creía
habértelo dicho.
—No.
Me has dicho muchas cosas, pero no esto.
—Bueno,
quiero consultarte sobre esto.
—Venga.
—Zelda
me dijo que con mi conformación nunca podré dejar satisfecha a ninguna mujer, y
que por esto tuvo ella su primer trauma. Dijo que es una cuestión de tamaño. Me
destrozó, y quiero saber la verdad.
—Vamos
al despacho.
—¿Qué
despacho?
—El
retrete, hombre.
Volvimos
a la sala del resturante y nos sentamos otra vez a la mesa.
—No
hay problema —dije—. Estás perfectamente conformado. No tienes ningún defecto.
Tú te miras de arriba y te ves en escorzo. Da una vuelta por el Louvre y fíjate
en las estatuas, y luego vete a casa y mírate de lado en el espejo.
—Tal
vez esas estatuas no sean exactas.
—No
están mal. Mucha gente se contentaría con menos.
—¿Pero
por qué lo dijo?
—Por
declararte en quiebra. Es el más viejo procedimiento que la humanidad ha
inventado para declarar en quiebra a un hombre. Mira, Scott, me pediste la
verdad, y podría decirte muchas cosas más, pero lo que te digo es la pura
verdad y es cuanto necesitas saber. Podías consultar a un médico.
—No
quería. Quería que tú me dijeras la verdad.
—¿Y
ahora no me crees?
—No
sé —dijo.
—Vamos
al Louvre —le dije—. Está enfrente, sólo tenemos que cruzar el puente.
Fuimos
al Louvre y miró las estatuas, pero le quedaban dudas respecto a sí mismo.
—Lo
que cuenta no es el tamaño en reposo —le expliqué—. La cuestión es el tamaño
que adquiere. También es una cuestión de ángulo.
Le
expliqué el modo de utilizar una almohada, y unas cuantas cosas más que tal vez
le resultara útil saber.
—Hay
una chica —dijo— que parece sentir cariño por mí. Pero después de lo que Zelda
me dijo...
—Olvídate
de todo lo que Zelda te dijera —repuse—. Zelda está loca. No tienes ningún
defecto. Puedes tener confianza, y le darás a la chica todo lo que te pida. Lo
único que Zelda quiere es destrozarte.
—Tú
no conoces a Zelda.
—Bueno
—dije—. Dejémoslo. Pero me invitaste a almorzar para hacerme una pregunta, y he
procurado contestarte con sinceridad.
Todavía
le quedaban dudas.
—¿Quieres
que vayamos a mirar algún cuadro? —propuse—. ¿Entraste alguna vez aquí a ver
algo que no fuera La Gioconda?
—No
estoy de humor para cuadros —dijo—. Tengo una cita en el bar del Ritz.
Muchos
años después, en el bar del Ritz, mucho después de la segunda guerra mundial,
Georges, que ahora es el jefe del bar y que era un botones cuando Scott vivía
en París, me preguntó:
—Papa,
¿quién era ese Monsieur Fitzgerald sobre quien todo el mundo me pregunta?
—¿No
le conociste?
—No.
Recuerdo a toda la gente de aquel tiempo. Pero ahora sólo me preguntan sobre
ese señor.
—¿Y
qué les dices?
—Cualquier
cosa interesante, que les guste. Lo que desean oír. Pero dígame, ¿quién era?
—Fue
un escritor americano, que después de la otra guerra vivió algún tiempo en
París y en el extranjero.
—¿Pero
cómo es que no lo recuerdo? ¿Era un buen escritor?
—Escribió
dos libros muy buenos, y dejó sin terminar otro que según los entendidos
hubiera sido el mejor. También escribió algunos buenos cuentos cortos.
—¿Venía
mucho por el bar?
—Me
parece que sí.
—Pero
usted no venía por el bar, recién terminada la otra guerra. Me han dicho que
entonces era usted pobre y vivía en un barrio apartado.
—Cuando
tenía dinero iba al Crillon.
—También
lo sé. Me acuerdo muy bien de la vez que le conocí.
—Yo
también.
—Es
raro que no me acuerde de aquel señor —dijo Georges.
—Toda
la gente de entonces está muerta.
—Pero
uno no se olvida de una persona porque esté muerta, y todo el mundo me pregunta
sobre él. Dígame usted algo de él, para ponerlo en mis memorias.
—Bueno.
—Me
acuerdo de una noche en que usted vino con el barón von Blixen... ¿En qué año
sería? —dijo sonriendo.
—El
barón está muerto también.
—Sí.
Pero uno no le olvida. ¿Me comprende?
—Su
primera esposa escribía muy bien —dije—. Escribió tal vez el mejor libro sobre
África que he leido. Claro que sin contar el libro de Sir Ernest Baker, el que
trata de Los afluentes abisinios del Nilo. Ponlo en tus memorias, ya que ahora
te interesan los escritores.
—Gracias
—dijo Georges—. El barón no era de las personas que se olvidan. ¿Y cómo se
llama el libro?
—Memorias
de África —dije—. Blickie estaba muy orgulloso de los libros de su esposa. Pero
él y yo nos conocimos mucho antes de que ella escribiera ese libro.
—¿Y
ese Monsieur Fitzgerald sobre quien me preguntan todos?
—Fue
en los tiempos de Frank.
—Si.
Pero yo era el chasseur. Ya sabe usted cómo es un chasseur.
—Hablaré
de él en un libro que voy a escribir, de recuerdos sobre los primeros tiempos
en París. Me prometí a mí mismo que escribiría este libro.
—Buena
idea —dijo Georges.
—Le
presentaré exactamente tal como le recuerdo.
—Buena
idea —dijo Georges—. Y así, si venia por aquí, le recordaré. Después de todo,
uno no se olvida de la gente.
—¿Ni
de los turistas?
—De
ésos, sí, claro. ¿Pero no dijo usted que venía mucho por aquí?
—Era
un lugar que le gustaba mucho.
—Usted
le describe tal como le recuerda, y cuando yo lo lea, si venía por aquí le
recordaré.
—Veremos
—dije.
XX
PARÍS
NO SE ACABA NUNCA
Cuando
fuimos tres en vez de vivir los dos juntos y solos, el frío y el mal tiempo
terminaron por echarnos de París en invierno. Viviendo solos, no había
problema, una vez acostumbrados. Yo no tenía más que irme a escribir a un café,
y podía trabajar toda la mañana consumiendo un café con leche, mientras los
camareros limpiaban y barrían el café y la sala iba caldeándose. Mi mujer no
tenía reparo en irse a estudiar el piano a un lugar frío, y poniéndose muchos
jerseys iba entrando en calor a medidas que tocaba el piano, hasta que llegaba
la hora de volver a casa y cuidar de Bumby. Pero no era buena cosa lo de
llevarse un bebé al café en invierno, aunque fuera un bebé que nunca lloraba y
se fijaba en lo que ocurría a su alrededor y no se aburría nunca. Entonces no
se podían alquilar niñeras a horas, y Bumby tenía que quedarse encerrado en su
alta cama con barrotes, y se quedaba tan contento en compañía de su gran gato
cariñoso, llamado F. Puss. Ciertas personas decían que era peligroso dejar a un
niño con un gato. Los más ignorantes y supersticiosos decían que el gato
aspiraría el aliento del bebé y le dejaría seco. Otros, que el gato se tumbaría
encima del niño y que el peso le ahogaría. Pero F. Puss se acostaba al lado del
niño, en la alta jaula de la cama, y acechaba la puerta con sus grandes ojos
amarillos, y no dejaba que nadie se acercara al niño cuando estábamos fuera y
Marie, la femme de ménage, tenía que salir. No necesitábamos niñeras. F. Puss
era la niñera.
Con
todo, cuando uno es pobre, y realmente éramos pobres cuando dejé el periodismo
a nuestra vuelta del Canadá y cuando no lograba colocar mis cuentos, un
invierno en París resultaba demasiado para un bebé. Cuando tenía tres meses,
Mr. Bumby había cruzado el Atlántico Norte en un barquito de la Cunard que
hacía el trayecto en doce días, saliendo de Nueva York vía Halifax, en pleno
mes de enero. No lloró en todo el viaje, y reía divertido cuundo le cercábamos
en una barricada para que no se cayera con la mala mar. Pero nuestro dichoso
París era demasiado frío para él.
Nos
fuimos a Schruns, en el Vorarlberg de Austria. Se atravesaba Suiza y se llegaba
a la frontera austríaca en Feldkirch. El tren cruzaba por Liechtenstein y se
detenía en Bludenz, de donde partía un ramal secundario que corría a lo largo
de un río con guijarros y truchas, por un valle de cultivos y bosques, hasta
llegar a Schruns, una soleada villa con mercado, que tenía serrerías y tiendas
y posadas, y un buen hotel abierto todo el año, llamado el Taube, donde nos
alojábamos.
Las
habitaciones del Taube eran grandes y confortables, con grandes estufas,
grandes ventanas, y grandes camas con buenas mantas y edredones de pluma. Las
comidas eran sencillas y excelentes, y tanto el comedor como el bar entarimado
con madera estaban bien caldeados y eran acogedores. El valle era ancho y
abierto, de modo que había mucho sol. Entre los tres pagábamos de pensión
alrededor de dos dólares por día, y como el schilling austríaco iba bajando con
la inflación, habitación y comida nos iban costando cada vez menos. No había
inflación y miseria desesperadas como en Alemania. El schilling subía y bajaba,
pero a la larga iba bajando.
No
había ni telesquís ni funicular desde Schruns, pero había senderos de leñadores
y de pastores que, por distintos valles montañosos, subían hasta la alta
montaña. Uno subía a pie con los esquís a cuestas, y a partir del momento en
que la nieve se hacía demasiado profunda, se caminaba con los esquís puestos,
envueltos en pieles de foca. En lo alto de cada valle montañoso se encontraban
los grandes refugios del Club Alpino, destinados a los alpinistas veraniegos, y
allí se podía dormir y uno dejaba dinero por el valor de la leña que consumía.
A algunos refugios había que subir cargados con la leña, y cuando salíamos para
una excursión larga por la alta montaña y los ventisqueros, alquilábamos mozos
que nos ayudaran a cargar la leña y los víveres, y establecíamos una base. Los
más famosos refugios destinados a bases de alta montaña eran la Lindauer Hütte,
la Madlener Haus y la Wiesbadener Hütte.
Detrás
del hotel Taube había una especie de pendiente de adiestramiento que bajaba
entre huertos y prados, y había otra buena pendiente detrás del Tchagguns, al
otro lado del valle, donde había una hermosa posada con una excelente colección
de cuernos de gamo colgados en la sala del bar. Precisamente a espaldas de la
aldea de leñadores de Tchagguns, puesta en el borde del valle, arrancaba la
buena zona para esquiar e iba subiendo hasta en último término cruzar la sierra
y cabalgando el Silvretta pasar a la región de los Klosters.
Schruns
era un lugar sano para Bumby, que tenía una hermosa muchacha morena para
cuidarle y llevarle de paseo y a tomar el sol en su trineo, mientras Hadley y
yo teníamos todo un país nuevo que aprender, y todas las aldeas, y la gente de
la ciudad era muy cordial. Nos apuntamos los dos en la escuela de esquí alpino
que acababa de poner Herr Walther Lent, uno de los primeros campeones del esquí
en alta montaña, que había sido socio de Hannes Schneider, el gran esquiador
del Arlberg, en un negocio de ceras para esquí que abarcaba la escalada y todas
las clases de nieve. El sistema de enseñanza de Walther Lent era de alejar a
sus discípulos de las pendientes de adiestramiento en cuanto era posible, y
llevarlos de excursión a la alta montaña. Esquiar no era entonces lo que es
ahora, las fracturas en espiral no eran cosa corriente y conocida, y uno no
podía romperse una pierna. No había patrullas que recogieran a un herido. Por
otra parte, toda pendiente por la que uno bajaba, había que subirla antes a
pie. Eso le dotaba a uno de piernas capaces de sostenerle en la bajada.
Walther
Lent creía que toda la gracia del esquiar estaba en subir hasta la más alta
zona de sierras, donde no se encontraba a nadie y la nieve era virgen, y luego
pasar de una alta choza del Club Alpino a otra, por los puertos y ventisqueros
de los Alpes. No había que sujetarse el esquí, para no romperse una pierna. El
esquí tenía que ser lo primero en ceder, en caso de caída. Lo que a él le
gustaba de verdad era el esquiar en ventisqueros y sin cuerdas, pero para eso
había que esperar a la primavera, cuando las grietas estuvieran suficientemente
recubiertas.
A
Hadley y a mí nos gustaba mucho esquiar, desde que lo intentamos por primera
vez juntos en Suiza, y luego en Cortina d’Ampezzo, en las Dolomitas, cuando
Bumby estaba a punto de nacer. El medico de Milán le había permitido a Hadley
seguir esquiando, a condición de que le prometiera no caerse. Esto exigió una
cuidadosa selección de los terrenos y de los trayectos, y un control absoluto
de las acciones, pero ella tenía unas hermosas piernas de admirable robustez y
un perfecto dominio de los esquís, y nunca se cayó. Todos sabíamos entonces
distinguir las clases de nieve, y todo el mundo sabía correr en un hondo polvo
de nieve.
Nos
gustaba el Vorarlberg y nos gustaba Schruns. íbamos a fines de noviembre y nos
quedábamos hasta que se acercaba la Pascua. Esquiábamos siempre, a pesar de que
Schruns no estaba bastante alto para valer como estación de esquí salvo en
inviernos de mucha nieve. Pero la escalada a pie era una diversión, y a nadie
le asustaba en aquellos días. Uno echaba a andar con un ritmo fijo, muy por
debajo de la mayor velocidad a que uno podía subir, y se subía con facilidad y
con alegría y con orgullo por el peso de la mochila. La subida a la Madlener
Haus tenía un trecho empinado muy duro. Pero a la segunda vez ya se subía más
fácilmente, y al fin uno subía sin esfuerzo con un peso que doblaba el del
primer día.
Teníamos
siempre apetito, y cada comida era un acontecimiento. Bebíamos cerveza rubia o
negra, y vinos del año, y de vez en cuando vinos del año anterior. Los vinos
blancos eran los mejores. En cuanto a otras bebidas, había un kirsch hecho en
el valle, y un aguardiente destilado de la genciana que crecía en las montañas.
A veces nos daban de cenar liebre que conservaban en jarras con una espesa
salsa de vino tinto, y a veces caza mayor con compota de castañas. Con tales
platos bebíamos vino tinto aunque era más caro que el blanco, y el mejor
llegaba a costar veinte centavos el litro. El vino tinto ordinario era mucho
más barato, y lo subíamos en garrafas hasta la Madlener Haus.
Sylvia
Beach dejaba que nos lleváramos una provisión de libros para el invierno, y
podíamos jugar a los bolos con gente de la villa, en el pasillo que salía al
jardín de verano del hotel. Una vez o dos por semana se organizaba una partida
de póquer en el comedor del hotel, con todos los postigos bien cerrados y la
puerta con llave. Entonces los juegos de azar estaban prohibidos en Austria.
Jugaba yo con Herr Nels, el dueño del hotel; con Herr Lent, el de la escuela de
esquí; con un banquero local, y con el fiscal y el capitán de la Gendarmería.
Se jugaba metódicamente y eran todos buenos jugadores, excepto Herr Lent que
jugaba un poco alocado porque la escuela daba muy poco dinero. El capitán de la
Gendarmería levantaba un dedo a la altura de su oreja cuando oía que la pareja
de gendarmes de ronda se paraba ante la puerta, y nos quedábamos callados hasta
que se marchaban.
En
cuanto amanecía, en el frío de la mañana, la criada entraba en la habitación y
cerraba la ventana y encendía la gran estufa de porcelana. Luego se iba
caldeando el cuarto, y llegaba un desayuno de deliciosas confituras de frutas
con pan tierno o tostadas y grandes tazones de cafe, y huevos frescos y buen
jamón si uno lo pedía. Había un perro llamado Schnautz que dormía al pie de la
cama y era gran aficionado al esquí, y montaba en mi espalda o mi hombro cuando
yo me lanzaba pendiente abajo. También era amigo de Mr. Bumby y se iba de paseo
con el y con su niñera, caminando al lado del pequeño trineo.
Schruns
era buen lugar para trabajar. Lo sé porque allí hice el trabajo de corrección
más difícil que he hecho nunca, en el invierno de 1925 a 1926, cuando tuve que
enfrentarme con el borrador de The Sun Also Rises, que me había salido en un
sprint de seis semanas, y convertirlo en una novela. No me acuerdo de cuáles
fueron los cuentos que escribí allí, pero sé que varios me salieron bien.
Me
acuerdo de cómo la nieve crujía a nuestro paso cuando volvíamos de noche por la
carretera de la ciudad, en el frío, cargados con los esquís y los palos,
mirando las luces y luego viendo por fin las casas, y cuando nos cruzábamos con
alguien en la carretera nos saludaba con un «Grüss Gott». La Weinstube estaba
siempre llena de campesinos con botas claveteadas y ropas de montañero, y el
aire se colmaba de humo y el pavimento de madera estaba rayado por los clavos.
Muchos jóvenes habían servido en los regimientos alpinos de Austria, y yo y uno
llamado Hans, que trabajaba en la serrería y era cazador famoso, nos hicimos
amigos porque en la guerra habíamos estado en la misma zona del frente de
montaña italiano. Bebíamos todos en compañía y cantábamos canciones montañeras.
Me
acuerdo de las sendas que subían entre los huertos y los prados de las
alquerías situadas a flanco de sierra, encima de la ciudad, y me acuerdo de las
cálidas alquerías con sus grandes estufas y con las inmensas pilas de leña bajo
la nieve. En las cocinas, las mujeres trabajaban cardando e hilando la lana
para hacer un hilo negro y gris. Los tornos se hacían girar por medio de un
pedal, y al hilo no se le teñía. Era una lana natural a la que no habían quitado
la grasa, y las gorras y jerseys y largas bufandas que Hadley hizo con ella no
se empapaban nunca con la nieve.
Un
año por Navidades representaron una obra de Hans Sachs, que el maestro de
escuela dirigió. Era una buena obra, y para el periódico de la provincia
escribí una crítica de la representación, y el dueño del hotel me la puso en
alemán. Otro año, un antiguo oficial de la Armada alemana, de cabeza rapada y
cubierta de cicatrices, vino a dar una conferencia sobre la batalla de
Jutlandia. Unas diapositivas mostraban los movimientos de las dos flotas de
combate, y el oficial de la Armada usó un taco de billar como puntero para
apuntar a la cobardía de Jellicoe, y a veces se ponía tan colérico que la voz
se le quebraba. El maestro de escuela tenía miedo de que una estocada del taco
de billar atravesara la pantalla. Luego, el antiguo marino no lograba calmarse,
y todo el mundo se sentía incómodo en la Weinstube. Sólo el fiscal y el
banquero hicieron compañía al oficial, y bebieron los tres en una mesa aparte.
Herr Lent, que era renano, se negó a asistir a la conferencia. Había en el
hotel un matrimonio vienés que había venido a esquiar, pero no les gustaba la
subida a la alta montaña, y luego pasaron a Zurs donde según oí decir murieron
en una avalancha. El marido dijo que aquel conferenciante era típico de los
cerdos que habían destrozado a Alemania y que volverían a destrozarla al cabo
de veinte años. Su mujer le dijo en francés que se callara, que estamos en un
lugar remoto y nunca sabes con qué gentes puedes encontrarte.
Eso
fue el año en que tantos murieron en avalanchas. El primer desastre ocurrió en
las sierras de nuestro valle, en Lech del Arlberg. Un grupo de alemanes
proyectaba venir a esquiar con Herr Lent en las fiestas de Navidad. La nieve
llegó tarde aquel año, y los montes y laderas estaban todavía calientes por el
sol cuando cayó una enorme nevada. La nieve era profunda y en polvillo, y no se
adhería al suelo. Eran las condiciones más peligrosas para esquiar, y Herr Lent
telegrafió a los berlineses que no vinieran. Pero tenían entonces sus
vacaciones, y eran ignorantes y no les daban miedo las avalanchas. Llegaron a
Lech, y Herr Lent se negó a llevarles a esquiar. Uno de ellos le trató de
cobarde, y dijo que saldrían solos. Por fin Herr Lent les guió a la ladera más
segura que pudo encontrar. Cruzó él en primer lugar y los otros siguieron, y
todo el monte se vino abajo de golpe, cubriéndoles como la oleada de una marea.
Hubo que desenterrar a trece, y nueve de ellos estaban muertos. La escuela de
esquí alpino no andaba próspera antes de aquello, y después fuimos nosotros
casi los únicos alumnos. Estudiamos atentamente las avalanchas, sus distintos
tipos, el modo de evitarlas y lo que había que hacer al encontrarse cogido en
una. Casi todo el trabajo que hice aquel año lo hice cuando había avalanchas.
Lo
peor que recuerdo de aquel invierno de las avalanchas es un hombre al que
desenterraron. Se había acurrucado formando con los brazos un recinto ante su
cara, según nos enseñaron a hacer, para que quedara un hueco con aire para
respirar, cuando la nieve se levanta y le cubre a uno. Aquella avalancha fue
grande y nos llevó mucho tiempo desenterrar a todas las víctimas, y aquel
hombre fue el último que encontramos. Hacía poco tiempo que había muerto, y
tenía la carne del cuello arrancada y se veían los tendones y el hueso. Había
estado meneando la cabeza de un lado a otro, y la presión de la nieve le iba
cortando. En aquella avalancha, bloques de nieve vieja y compacta debieron
mezclarse con la ligera nieve reciente que se vino abajo. No pudimos determinar
si el hombre había hecho aquello adrede o si había tenido una ofuscación. De
todos modos el cura no quiso le enterraran en sagrado, ya que no había pruebas
de que fuera católico.
Viviendo
en Schruns, cuando queríamos subir hasta la Madlener Haus hacíamos primero el
largo ascenso hasta una posada donde dormíamos antes del último trayecto. Era
una vieja posada muy hermosa, y la madera de las paredes del comedor estaba
sedosa por años de pulimento. También lo estaban la mesa y las sillas.
Dormíamos muy juntos en la gran cama, bajo el edredón de pluma, con la ventana
abierta y las estrellas muy próximas y muy brillantes. De madrugada, después de
desayunar, nos cargábamos para el último ascenso y salíamos a la oscuridad, con
las estrellas muy próximas y muy brillantes y con los esquís al hombro. Nos
acompañaban mozos de cuerda, que llevaban unos esquís muy cortos y se cargaban
con cargas pesadas. Entre nosotros competíamos por ver quién podía acarrear una
carga mayor, pero no había modo de competir con los mozos de cuerda, unos
campesinos achaparrados y taciturnos que sólo hablaban el dialecto de Montafon.
Subían a paso seguido como caballos de carga, y al llegar a la cumbre, donde se
encontraba la choza del Club Alpino en un rellano junto al ventisquero nevado,
dejaban los paquetes arrimados a la pared de piedra del refugio, pedían más
dinero del precio convenido, y una vez obtenido un acuerdo por regateo se
ponían sus cortos esquís y se precipitaban pendiente abajo como gnomos.
Éramos
amigos de una muchacha alemana que se venía a esquiar con nosotros. Era una
estupenda esquiadora de alta montaña, menuda y bien formada, que era capaz de
llevar una mochila tan pesada como la mía, y llevarla más tiempo.
—Estos
mozos —dijo una vez— nos miran siempre como si previeran que nos van a bajar en
forma de cadáver. Y siempre convienen el precio para la escalada, pero nunca
dejan de pedir más.
En
los inviernos en Schruns yo me dejaba crecer la barba como protección contra el
sol que reverberaba en la nieve y me quemaba la piel de mala manera, y no me
molestaba en hacerme cortar el pelo. Una tarde en que corríamos en esquís por
las pistas de leñadores, Herr Lent me contó que los campesinos que me habían
visto por las cercanías de Schruns me llamaban «el Cristo Negro». Dijo que
algunos que frecuentaban la Weinstube me llamaban «el Cristo Negro que bebe
kirsch». Pero para los campesinos de la parte alta del Montafon, entre los que
alquilábamos los mozos de cuerda para subir a la Madlener Haus, eramos todos
unos demonios forasteros, que subíamos a la alta montaña cuando la buena gente
se encerraba en su casa. Que tuviéramos la cordura de subir antes del amanecer,
para evitar pasar por los puntos de avalanchas cuando el sol los hacía
peligrosos, no se nos tenía en cuenta. Demostraba sólo que éramos astutos como
lo son todos los demonios forasteros.
Recuerdo
el aroma de los pinos, y el dormir en montones de hojas de haya en las chozas
de los leñadores, y el esquiar por los bosques siguiendo algún rastro de liebre
o de zorro. En la alta montaña, más arriba de la zona arbolada, recuerdo que
una vez seguí el rastro de un zorro hasta que llegué a verle, y observé cómo
estaba quieto, con la pata delantera y luego se acurrucaba con cautela y
saltaba de pronto, y la alborotada albura de una perdiz blanca se alzaba de la
nieve y se alejaba y coronaba el puerto.
Recuerdo
todas las especies de nieve que el viento sabía elaborar, y sus formas de ser
traidoras cuando uno esquiaba. Y las ventiscas cuando estábamos encerrados en
la alta choza alpina, y el extraño mundo que de ellas resultaba, por el que
teníamos que encontrar una ruta con tanta cautela como si estuviéramos en país
nunca visto. Y era nunca visto, porque todo era nuevo y recién hecho. Y,
finalmente, hacia la primavera, llegaba la gran bajada por un ventisquero, el
descenso liso y recto, siempre recto si las piernas eran firmes, y los tobillos
doblados, y nosotros corriendo tan agachados, y venciéndonos hacia la
velocidad, zambulléndonos más y más en el callado silbido del polvillo
vibrante. Era una cosa mejor que volar y que todo lo del mundo, y nos hacíamos
capaces de cumplirla y gozarla gracias a las largas escaladas cargados con las
mochilas pesadas. No podíamos pagar para que nos subieran ni tomar un billete
hasta la cumbre. Y como para aquel fin trabajábamos todo el invierno, todo el
invierno contribuía a hacerlo posible.
Lo
malo es que durante el último invierno pasado en las montañas vino gente nueva
a meterse muy adentro en nuestras vidas, y desde entonces nada siguió igual. El
invierno anterior, el de las terribles avalanchas, pareció un feliz e inocente
invierno de la infancia, en comparación con aquel invierno, un invierno de
pesadilla que se disfrazaba como la mayor diversión nunca conocida, y con el
verano asesino que iba a seguirle. Fue el año en que aparecieron los ricos.
Los
ricos tienen una especie de pez piloto que les precede, y que a veces es algo
sordo y a veces algo cegato, pero que anda siempre husmeando, afable y
vacilante, antes de que lleguen. El pez piloto habla, y dice algo así como:
—Hombre,
qué quieres que te diga. No, claro, en el fondo no. Pero yo les quiero. Les
quiero a los dos. Sí, Hem, con toda sinceridad, te juro que les quiero a los
dos. Comprendo tu punto de vista, pero yo les quiero, y un día te darás cuenta
de que «ella» tiene un no sé qué, una calidad humana como raras veces se
encuentra (a «ella» la menciona por su nombre de pila, y lo pronuncia con
amor). Ya basta, Hem, no te pongas pelma y no quieras destruirlo todo. Les
quiero de verdad. A los dos, te lo juro. A «él» (designado por el apodo que le
daba su mamá cuando tenía tres años) le vas a tomar cariño en cuanto le
conozcas bien. Yo les quiero mucho, te lo digo yo.
Y
luego aparecen los ricos, y nada sigue igual que antes ni volverá a serlo
nunca. El pez piloto se marcha, desde luego. Siempre está yendo a alguna parte
o viniendo de alguna parte, y nunca se queda por mucho tiempo. Se mete en
política o en teatro y luego se sale, igual que se mete en los países y luego
se sale de ellos, y cuando es joven se mete en las vidas ajenas y se abre en
ellas una salida. Nadie le pesca, ni le pescan los ricos. No hay modo de
pescarle a él, y sólo a los que confían en él se les apresa y se les mata.
Tiene el insustituible adiestramiento temprano del hijo de tal, y un latente
amor al dinero, inconfesado por mucho tiempo. Termina siendo rico él mismo, y
cada dólar que gana le desplaza un grueso de dólar más a la derecha.
Los
ricos le querían y confiaban en él porque era tímido, cómico, construido según
un modelo clásico, e infalible en su actividad como pez piloto.
Cuando
hay dos personas que se quieren y son felices y alegres, y una de ellas o las
dos realizan una obra de auténtica calidad, la gente se siente atraída hacia la
pareja de un modo tan fatal como los pájaros migratorios son atraídos de noche
hacia un faro poderoso. Si aquellas dos personas estuvieran tan sólidamente
construidas como un faro, el fenómeno causaría muy poco daño, excepto a los
pájaros. Pero los que atraen a la gente de mundo por su felicidad y por su
talento acostumbran a tener poca experiencia. No saben cómo escapar al
avasallamiento y huir lejos. No siempre entienden la verdad de los ricos: los
atractivos ricos, los encantadores, los que se dejan querer en seguida, los
generosos, los comprensivos, los que no tienen defectos y dotan a cada día de
una cualidad festiva, y que, cuando han pasado arrancando el alimento que
necesitan, lo dejan todo más muerto que las raíces de una hierba hollada por
los caballos de Atila.
Los
ricos llegaban guiados por el pez piloto. Un año antes, no se hubieran acercado
por nada del mundo. Entonces no había ninguna certidumbre. La obra que se hacía
era igualmente buena y la felicidad era mayor, pero no se había publicado
todavía ninguna novela, de modo que no había modo de estar seguro. ¿Por qué
habían de hacerlo? Picasso sí que era un valor seguro, y lo era ya cuando ellos
no sabían todavía lo que es un cuadro. También estaban seguros de otro pintor.
Y de muchos otros. Pero aquel año estaban seguros también de mí, y les
transmitió la consigna el pez piloto que mandaron a cerciorarse de que serían
bien recibidos y de que yo no iba a cocear. El pez piloto era amigo nuestro,
naturalmente.
En
aquellos días yo confiaba en el pez piloto tanto como hubiera confiado en
Instrucciones Náuticas del Almirantazgo Británico para las Costas
Mediterráneas. Bajo el encanto aquellos ricos, me mostré tan confiado y tan
estúpido como un perro perdiguero que quiere salir de paseo con cualquier
hombre con una escopeta, o como un animal de circo que por fin cree haber
encontrado a un domador que le aprecia por sí mismo y por mor de su alma
inmortal. La idea de que todos los días debían ser festivos me pareció un
descubrimiento maravilloso. Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi
novela, que viene a ser lo más bajo en que puede caer un escritor, y mucho más
peligroso para su carrera de escritor que, para un esquiador, el esquiar sin
cuerda por los ventisqueros, antes de que las verdaderas nevadas de invierno
hayan recubierto las brechas del hielo. Me decían :
—Es
una cosa grande, Ernest. Una cosa grande de verdad. Tú mismo no puedes darte
cuenta de lo grande que es.
Y yo
meneaba el rabo de puro contento, y me zambullían en la charca de la vida
convertida en fiesta, a ver si hacía la gracia de volver con algún hermoso
pedazo de palo entre los dientes, en vez de pensar:
—Si
a esos hijos de tal les gusta lo que he escrito, algo podrido debe de haber
dentro.
Eso
hubiera pensado yo si hubiera sido capaz de reaccionar como un verdadero
profesional, aunque, si hubiera sido capaz de reaccionar como un verdadero
profesional, nunca les hubiera leído la novela.
Antes
de que llegaran los ricos a que me refiero, ya otros ricos nos habían
contaminado, usando la más vieja artimaña que el mundo conoce. Consiste en
lograr que una joven soltera se convierta por un tiempo en la mejor amiga de
otra joven que está casada, que se ponga a convivir con la esposa y con el
marido, y que, inconsciente e inocente e implacablemente, inicie una maniobra
para casarse con el marido. Cuando el marido es un escritor ocupado en un
trabajo arduo que le lleva mucho tiempo, y durante la mayor parte del día no
puede hacer compañía ni dar apoyo a su mujer, el plan parece estar lleno de
ventajas, hasta que se descubre cómo funciona el mecanismo. Al terminar su
jornada de trabajo, el marido se encuentra a su alrededor con dos muchachas
atractivas. Una es nueva y desconocida, y con un poco de mala suerte el marido
se encuentra enamorado de ambas a la vez.
Entonces,
en vez de los dos y su hijo, ahí tenemos a los tres. AI principio es divertido
y estimulante, y sigue siéndolo por largo tiempo. Todas las verdaderas maldades
nacen en estado de inocencia. Uno vive al día, y goza de lo que tiene y no se
apura. Uno empieza a decir mentiras, y no quisiera decirlas, y empieza el
desmoronamiento y cada día crece el peligro, pero uno va viviendo al día, como
en la guerra.
Tuve
que dejar Schruns e ir a Nueva York para ponerme de acuerdo con los editores.
Una vez listo el asunto en Nueva York, volví a París con el propósito de tomar
el primer tren que saliera de la Gare de 1’Est para Austria. Pero la chica de
quien me había enamorado estaba entonces en París, y no tomé el primer tren, ni
tampoco el segundo ni el tercero.
Cuando
al fin vi a mi mujer de pie junto a las vías, mientras el tren entraba en la
estación entre grandes pilas de troncos, antes hubiera querido haberme muerto
que haberme enamorado de otra. Ella sonreía, el sol daba en su hermosa cara
morena por la nieve y el sol, y su cuerpo era hermoso, y centelleaba el sol en
el oro rojizo de su pelo que era hermoso y había crecido cu desorden todo el
invierno, y de pie a su lado estaba Mr. Bumby, rubio y corpulento y con sus
mejillas rojas por el invierno, con el aspecto de un buen hijo del Vorarlberg.
—Oh
Tatie mío —dijo ella entre mis brazos—, qué suerte que estés de vuelta y que le
hayan salido tan bien los negocios con los editores. Te quiero tanto y te eché
tanto de menos.
Yo
la quería y no quería a nadie mas, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica
maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de
nuevo invulnerable, y el otro asunto no volvió a empezar hasta que, a fines de
la primavera, dejamos las sierras y volvimos a París.
Aquello
fue el final de la primera parte de París. París no volvería nunca a ser igual,
aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad.
Nunca volvimos al Vorarlberg, ni tampoco volvieron los ricos.
París
no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto
del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde
estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí.
París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que
allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando
éramos muy pobres y muy felices.
Fin
1.
Fiesta, en la traducción castellana (N. Del T.)
2.
La ruta seguida por Ernest Hemingway para ir de Madrid a Juan-les-Pins, y la
descripción de esta villa como «una estación balnearia de los bajos pirineos»,
son «más bien extravagantes», para decirlo en frase de Mr. Archibald MacLeish,
quien sin embargo ha tenido la amabilidad de confirmarnos que los Hemingway y
los Fitzgerald y otros amigos se reunieron en Juan-les-Pins en el verano de
1925, y de sugerirnos que tales incoherencias se deben al hecho de que el
presente libro es, como el prólogo advierte, «una obra de ficción». (N. del t.)

