Libro N°. 3091. Pasos Sobre Cristal. Banks, Iain.
© Libro N°. 3091. Pasos Sobre Cristal. Banks, Iain. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Walking on Glass, MacMillan, Londres, 1985
Versión Original: © Pasos Sobre Cristal. Iain Banks
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PASOS SOBRE CRISTAL
Iain Banks
PRIMERA
PARTE
La
Vía Theobald
Avanzó
por los corredores blancos, pasando por delante de los tableros de anuncios con
sus ofertas de alquiler de habitaciones minúsculas o venta de coches usados, el
bar en donde la gente ocupaba todas las mesas, un agujero en el pavimento
blanco tapado con una vieja silla debajo de la cual había una tubería en donde
resplandecía una antorcha de soplete y un hombre andaba a gatas, y antes de
marcharse echó una mirada a su reloj:
MA
28 pm 3:33
Se
detuvo en los escalones durante unos segundos, sonriendo ante las cifras que
mostraba la esfera del reloj. Tres tres tres. Un buen presagio. Hoy sería un
día favorable, un día en el cual sucederían muchos acontecimientos.
Afuera
estaba luminoso, incluso después de la opaca claridad del marmóreo corredor. El
aire era cálido, levemente húmedo pero no sofocante. Hoy la caminata resultaría
placentera. Esto también le alegraba, ya que no deseaba llegar a la casa de
ella acalorado y sin aliento; no hoy, no con ella al final de la caminata, no
con aquella sutil pero inequívoca promesa esperándole allí, dispuesta.
Graham
Park salió de la Escuela a la ancha y gris acera y aprovechando un alto del
tráfico cruzó a trote corto la Vía Theobald en dirección norte. Al llegar
frente al pub Ciervo Blanco aminoró la marcha, sujetando a un costado sin
dificultad su gran portafolio negro por su única asa. Llevaba retratos de ella.
Miró
al cielo, por encima de las abigarradas torres de los medianos edificios de
oficinas, y sonrió a sus tristes fragmentos deslustrados por el hollín de la
ciudad.
Hoy
las cosas parecían más nuevas, más brillantes, más reales, como si todo el
ambiente que le había rodeado hasta aquel momento, completamente conocido y
natural, hubiera estado compuesto por actores moviéndose torpemente detrás de
un delgado telón, esforzándose por salir, y ahora aparecían con una expresión
de triunfo congelada en el rostro, las manos extendidas, consiguiendo al fin
salir a escena. Halló este arrebato de amor juvenil casi embarazoso debido a su
intensidad; era algo que le satisfacía tener, que estaba resuelto a ocultar, y
poco proclive a examinar. Le era suficiente con saber que estaba allí, y de
algún modo su propio aspecto trivial era tranquilizador. Qué importaba que los
demás sintieran de la misma manera en ese preciso instante; jamás sería
exactamente como éste, jamás sería idéntico. Deleitarse en él, pensó, ¿por qué
no?
Un
hombre exhausto y desaliñado se hallaba recostado de espaldas contra la pared
de otro de los edificios altos y grises de ladrillo. A pesar del calor que
hacía llevaba puesto un grueso abrigo de color gris y verde, y uno de sus
zapatos tenía un agujero en la punta del pie, revelando que no llevaba
calcetines. Sostenía dos enormes cajas de champiñones. Era la clase de
espectáculo —el pobre, el raro— que por lo general sobresaltaba a Graham.
Había
tanta gente extraña en Londres. Tantos pobres y decrépitos, la metralla que aún
continuaba diseminándose, heridas ambulantes de la sociedad. Usualmente estas
personas representaban para él un agobio y una amenaza, si bien en realidad
tenían poco con que amenazar y mucho de que temer. Pero hoy no; hoy aquel
viejo, acalorado debido a su grueso abrigo, que entornaba los ojos desde su
demacrado rostro y rodeada con sus pegajosas manos las dos cajas de champiñones
de dos libras cada una apenas si era interesante, lo justo como para ser objeto
de un dibujo. Pasó junto a la oficina de correos, en donde un joven negro, alto
y bien vestido, se hallaba hablando consigo mismo. Esta vez tampoco sintió
temor. Comprendió que quizá después de todo en realidad era, ligeramente, el
paleto que con tanto empeño evitaba ser. Se había propuesto tan intensamente
ser incrédulo y precavido que tal vez se encontraba en el extremo opuesto,
viendo una amenaza en cada cosa que la gran ciudad podía ofrecer. Únicamente
ahora, con la promesa de la fortaleza que ella podría darle, se podía permitir
el lujo de pensar acerca de sí mismo de una manera tan minuciosa (en la ciudad
hay que llevar puesta una coraza, hay que saber en dónde se está parado).
Había
optado por un acercamiento cínico y reservado, y ahora podía ver que a pesar de
toda la indemnidad que esto le reportaba —a pesar de los temores de su madre,
ahí estaba él, en su segundo año, todavía solvente, con el corazón intacto, sin
haber sufrido ningún atraco e incluso progresando en sus estudios— toda defensa
tenía su precio, y él había pagado con el distanciamiento, con la
incomprensión. Quizás el joven negro no estaba loco; la gente suele hablar
consigo misma. Quizás el viejo con el zapato roto no fuese un sujeto arruinado
con los puños repletos de setas robadas; tal vez se trataba de una persona
común y corriente a la cual se le habían descosido los zapatos aquel mediodía
mientras hacía las compras. Observó el estrepitoso tráfico, y por encima de
éste a través de las vallas la verde frondosidad de los Alojamientos Gray, que
aparecía en su visión por la derecha. Recordaría este día, esta caminata.
Incluso si ella no... incluso si todas sus ilusiones, sus esperanzas no se...
ah, pero eso no iba a suceder. Podía intuirlo.
—Deja
de fantasear, Park, no te llevará a nada.
Se
giró rápidamente hacia el lugar de donde provenía la voz y vio a Slater,
bajando a saltos los escalones de la Biblioteca Holborn, el cual llevaba
puestos unos tejanos con una pernera más corta que la otra y calzaba un
lustroso zapato negro en un pie y en el otro llevaba una bota alta hasta la
rodilla; los tejanos habían sido cortados a medida, por lo que una pernera
terminaba normalmente sobre el zapato en un dobladillo hilvanado, mientras que
la otra se detenía deshilachada justo por encima de la parte superior de la
bota. Lucía con ostentación su gastada chaqueta sobre una camisa negra y una
pajarita también negra, la cual parecía tener engastadas un montón de diminutas
y opacas piedrecitas rojas. Sobre su cabeza descansaba una gorra de tartán,
predominantemente roja. Graham observó a su amigo y se echó a reír. Slater le
correspondió con una mirada de aparente frialdad.
—No
veo la causa de semejante hilaridad.
—Tienes
aspecto de... —Graham sacudió la cabeza, señalando con una mano los tejanos y
el calzado de Slater, mientras echaba una ojeada a su gorra.
—El
aspecto que tengo —dijo Slater acercándose y cogiendo a Graham del codo para
que continuaran caminando—, es de alguien que ha descubierto un viejo par de
botas de piloto de la RAF en un puesto del mercado de Camden.
—Y
las hubiera cosido a navajazos —dijo Graham, mirando las piernas de Slater al
tiempo que libraba su brazo del ligero asimiento.
Slater
sonrió, introduciendo sus manos en los bolsillos de sus mutilados tejanos.
—Con
esto no haces más que demostrar tu ignorancia, jovencito. Si te hubieras fijado
con atención, o supieras lo bastante, habrías podido apreciar que éstas son, de
hecho, unas botas de piloto especialmente diseñadas las que, con la ayuda de
unas cuantas cremalleras, se convierten en lo que sin duda, en los cuarenta,
representaban un bonito par de zapatos. Este artilugio servía para que si el
intrépido aviador era derribado sobre territorio enemigo mientras realizaba una
operación de bombardeo, pudiera deshacerse fácilmente de las cañas de sus botas
y tener un par de zapatos de aspecto civil, haciéndose pasar así por un nativo
y escapar de esos temibles hombres de las SS enfundados en sus ceñidos
uniformes negros. Yo tan sólo he adaptado...
—Estás
ridículo —le interrumpió Graham.
—Ya
salió el puritano —dijo Slater. Ahora caminaban lentamente; a Slater nunca le
gustaba apresurarse. Graham apenas si se hallaba impaciente, y sabía que era
mejor no tratar de apremiar a Slater. Había salido con bastante tiempo por
delante, no tenía motivos para darse prisa. Su deleite duraría un poco más—. Ni
siquiera comprendo la razón por la cual me atraes —dijo Slater, luego miró de
cerca el rostro del otro muchacho y añadió sarcásticamente—. ¿Me estás
escuchando, Park?
Graham
sacudió la cabeza, y con una leve sonrisa dijo:
—Sí,
te estoy escuchando. Pero no te esfuerces en usar conmigo tus mañas de
afeminado.
—Oh,
Dios mío, excusadme —dijo Slater melodramáticamente, abanicándose con una
mano—, estoy ofendiendo al pobre muchacho heterosexual. Menor de veintiún años
también: ¡oh, di que no es cierto!
—Eres
un impostor, Richard —dijo Graham, girándose para mirar a su amigo—. A veces
pienso que en realidad ni siquiera eres gay. De todos modos —continuó diciendo,
intentando acelerar un poco el paso—, ¿qué has estado haciendo? Hace varios
días que no das señales de vida.
—Ah,
cambiamos de tema —se rio Slater, mirando hacia adelante. Haciendo una mueca se
pasó la mano por el corto y rizado cabello negro que sobresalía debajo de su
gorra de tartán. Su delgado y pálido rostro se contrajo mientras decía: —Pues,
no entraré en detalles desagradables... en las facetas más básicas de la
existencia, pero en un aspecto más inocente si bien menos gratificante, te diré
que he estado intentando seducir a ese adorable chico Dickson durante toda la
última semana. Ya sabes: aquel con semejantes espaldas.
—¿Qué?
—dijo Graham desdeñosamente, con fastidio—. ¿Ese sujeto alto del primer curso
con el pelo aclarado? Es un memo.
—Hmm,
bien —dijo Slater, moviendo la cabeza hacia uno y otro costado, un gesto que
tanto podía significar aprobación como negación—, una configuración obtusa,
ciertamente, y no excesivamente despierta, pero esas espaldas. Dios mío. ¡Esa
cintura, esas caderas! No me interesa su cabeza; del cuello para abajo es un
genio.
—Imbécil
—dijo Graham.
—El
problema está —reflexionó Slater— en que o no se da cuenta de mis intenciones,
o no les da importancia. Y tiene ese horrendo amigo, llamado Claude... no me
canso de repetirle lo muy mundano que me parece que es, pero aún no lo ha
captado. Pero no cabe duda de que es obtuso. El otro día le pregunté qué le
parecía Magritte, y pensó que le estaba hablando sobre una chica de primer
curso. Y no puedo alejarle de Roger. Me moriré si descubro que es gay. Quiero
decir, si es que ha llegado ahí primero. Estoy seguro de que Roger no es nada
estúpido, es su amigo, el apestoso.
—Ja,
ja —dijo Graham. Siempre se sentía ligeramente incómodo cuando Slater hablaba
acerca de su homosexualidad, aunque su amigo rara vez era explícito y Graham
apenas si se veía directamente implicado; por lo que él recordaba, tan sólo
había conocido a uno de los supuestamente numerosos amantes de Slater.
—¿Sabes?
se me ha ocurrido una idea realmente buena —dijo Slater, iluminándosele
repentinamente el rostro mientras atravesaban la calle John.
—Graham
hizo rechinar sus dientes. —¿De qué se trata esta vez? ¿Otra nueva religión, o
tan sólo un método para hacer montones de dinero? ¿O ambas cosas?
—Ésta
es una idea literaria.
—Si
te refieres a Las playas del amor, ya la conozco.
—Aquello
tenía un gran argumento. No, en esta oportunidad no se trata de una ficción
romántica.
Se
detuvieron en la esquina de la calle de los Alojamientos Gray, esperando a que
cambiaran las luces del semáforo. Un par de punkies situados en la acera de
enfrente, que también esperaban a cruzar, señalaban riéndose al absorto Slater.
Graham echó una mirada al cielo y suspiró.
—Imaginaos,
si lo queréis —dijo Slater en un tono dramático, abriendo sus brazos de par en
par—, un...
—Sé
breve —le dijo Graham.
Slater
se mostró dolido.
—Es
una especie de futuro bizantino, un imperio tecnócrata degenerado con...
—Oh,
no, otra vez ciencia ficción.
—Pues
te equivocas, no es eso exactamente, sabelotodo —dijo Slater—. Es una...
fábula. Si quiero, también podría convertirla en un cuento de hadas. De todos
modos. Estamos en la capital del imperio; un cortesano inicia un romance con
una de las princesas; como las demandas de ella y del Emperador le ocupan
demasiado de su tiempo, secretamente se hace suplantar por un androide en las
interminables ceremonias de la corte y en las aburridas recepciones; nadie se
da cuenta del cambio. Más adelante mejora el cerebro del androide para que éste
pueda participar en las expediciones de caza y en las audiencias privadas,
incluso en los debates del Consejo de Ministros con el Emperador presente, y
así poder él holgar más tiempo con la princesa. Pero durante uno de estos
escarceos amorosos muere debido a un excesivo gasto de energías. El androide
continúa cumpliendo con sus deberes cortesanos y hasta se convierte en un
confidente de confianza del Emperador, y la princesa descubre que en realidad
es mejor amante que el original. El androide puede llevar a cabo cualquier
encomienda debido a que no precisa dormir jamás. Pero con el tiempo desarrolla
una conciencia, y tiene que contarle al Emperador la verdad. El Emperador
sonríe, y abriendo en su pecho un panel de control, le dice: «Pues, por una
curiosa coincidencia...» Fin del relato. Muy bueno, ¿no? ¿Qué te ha parecido?
Graham
inspiró profundamente, meditó, y luego dijo:
—Esos
pilotos: los que podían disimular sus botas. ¿Qué hacían con sus uniformes?
—Frunció seriamente el entrecejo.
Slater
se detuvo, con una expresión de horror y confusión en el rostro.
—¿Qué?
—dijo estupefacto.
Repentinamente
Graham se dio cuenta —con una leve e inquietante sensación en su estómago— de
que se hallaban justo delante de un lugar que siempre le había causado
aprehensión.
Se
trataba tan sólo de una pequeña tienda de marcos que vendía grabados y posters,
además de pantallas para lámparas de un relativo buen gusto, pero era el nombre
lo que guardaba para Graham connotaciones desagradables: Stocks. Aquel nombre
le daba escalofríos.
Stock
era su rival, la gran amenaza, la nube que pendía sobre él y Sara. Stock, el
sujeto de la moto, la desconocida figura del macho embutido en cuero negro que
representaba la imagen de Némesis. (Graham había buscado su nombre en el listín
telefónico de Londres; encontró una columna y media de ellos; lo suficiente
para unas cuantas coincidencias, aun en una ciudad de seis millones y medio de
habitantes.)
—¿...
tiene que ver con lo otro? —le estaba diciendo Slater.
—Es
que se me ha ocurrido de pronto —dijo Graham a la defensiva. Deseaba no
habérsele ocurrido tomarle el pelo a Slater.
—No
has prestado atención a nada de lo que te he contado —dijo Slater con un
resuello. Graham le indicó con la cabeza que debieran seguir caminando.
—Por
supuesto que sí —dijo. Pasaron frente al puesto de fruta de Terry, con su olor
a fresas frescas, luego una farmacia. Ahora se hallaban en la confluencia de la
calle Clerkenwell con la Avenida Rosebery. Del lado de los edificios de los
Alojamientos Gray, los cuales llevaban hasta la Avenida, se levantaba una
elevada cerca de tablas verdes que sobresalía sobre parte de la calzada,
resguardando algún trabajo de pavimentación. Graham y Slater se encaminaron por
el estrecho callejón formado por la degradada obra de mampostería y la madera
pintada; Graham observó los sucios cristales de las resquebrajadas ventanas;
unos descoloridos carteles de propaganda política se agitaban en la tenue
brisa.
—¿Pero
no te parece divertido? —preguntó Slater, tratando de circundarle para
inspeccionar su rostro. Graham evitó los ojos de su amigo. Se preguntaba si
Slater tenía la intención de acompañarle durante todo el trecho, o si sólo se
dirigía a la Galería Air, frente a la cual justo caminaban en aquel momento, y
en donde él solía pasar algunas tardes. A Graham no le importaba que Slater
supiera lo de Sara —después de todo, había sido él quien los había presentado—
pero aquel día no quería compartirlo con nadie. Además, le turbaban las miradas
que los transeúntes le dirigían a Slater, a pesar de que su amigo parecía no
advertirlas. Lo menos que podría hacer, pensó Graham, era quitarse esa ridícula
gorra de tartán.
—Es...
está bien —consintió mientras salían del pasadizo formado por los deteriorados
edificios y la cerca verde—, pero... —miró a Slater sonriendo— no dejes de lado
tus obligaciones.
—¡Y
tú no me repitas mis propias frases, joven inexperto!
—De
acuerdo —dijo Graham, volviendo a mirar a Slater—. Concéntrate en la cerámica.
—Haces
que me sienta una vasija.
—Eso
es de tu cosecha.
—Oh,
vaya —dijo Slater—; de acuerdo, touché, qué más da de todos modos. —Se detuvo
ante el paso para peatones que llevaba a la Avenida Rosebery y por la cual se
iba al edificio cuadrado de ladrillos rojos de la Galería Air. Graham se giró
para mirarle de frente—. ¿Pero no te ha gustado mi último argumento?
—Pues,
—dijo Graham lentamente, juzgando que sería mejor decir algo agradable—, es
bueno, pero tal vez precise algo más de elaboración.
—Ajá
—dijo Slater, dando un paso atrás y haciendo girar sus ojos. Luego volvió a
acercarse, con los ojos entrecerrados, pegando su rostro casi junto al de
Graham, por lo que éste tuvo que retraerse un poco—. Algo de elaboración, ¿eh?
Pues veo difícil que la Galería Nacional de Retratos te pida un encargo cuando
yo sea famoso.
—¿Te
diriges hacia allí? —señaló Graham la acera opuesta de la calle.
Slater
se movió con indolencia y asintió con la cabeza, mirando la galería el otro
lado de la calle.
—Supongo
que sí. Estás tratando de librarte de mí, ¿no es eso?
—No,
para nada.
—Claro
que sí. Me has estado apresurando durante todo el camino.
—De
ninguna manera —protestó Graham—. Lo que sucede es que tú caminas despacio.
—Te
estaba hablando.
—Bueno,
yo puedo caminar y escuchar al mismo tiempo.
—Oh,
vaya, el multifacético hombre de la Escuela de Arte. De todos modos, no te
inquietes; te apuesto a que sé adónde te diriges.
—No
me digas —Graham se esforzó por mostrarse ingenuo.
—Sí,
te lo puedo decir —dijo Slater—. Deja de fingir esa postura indiferente. —Sobre
su rostro apareció una sonrisa similar a una mancha de aceite sobre el agua
quieta—. ¿Estás pirrado por nuestra Sara, no es cierto?
—Oh,
profundamente —dijo Graham, tratando de sobreactuar; pero podía ver que Slater
no se dejaba engañar. Pero no era así; no se trataba de algo tan vulgar, o
incluso si lo fuera no se debía hablar sobre ello de aquella manera; no en ese
momento, todavía no.
—Ellas
no se lo merecen, chico —dijo Slater, sacudiendo su cabeza con tristeza y
conocimiento—. Te dejará plantado. Tarde o temprano lo hará. Ellas siempre lo
hacen.
Graham
se alegró un poco a causa de aquella alusión directa; no era más que misoginia
homosexual, y ni siquiera algo tan genuino como eso, sino tan sólo otra de las
actuaciones de Slater. Se rio meneando la cabeza.
Encogiéndose
de hombros, Slater dijo:
—Bien,
al menos sabes que cuando te dejen en la estacada siempre puedes venir
corriendo a refugiarte en mí. —Se palmeó su hombro derecho con el brazo
opuesto—. Tengo unos hombros muy buenos sobre los cuales llorar.
—No
—se rio Graham— mientras sigas usando esa gorra, camarada. —Slater entrecerró
los ojos y se ajustó sobre la cabeza su gorra de tartán—. Bien —continuó
diciendo Graham apresuradamente—, en verdad ahora tengo que marcharme —y
comenzó a dar unos pasos hacia atrás.
—De
acuerdo, entonces —suspiró Slater con añoranza—. Haz todas las cosas que yo
jamás soñaría hacer, pero no te olvides de lo que te ha dicho tu Tío Richard.
—Haciendo una mueca, le lanzó a Graham un beso, y despidiéndose con un ademán
cruzó la calle aprovechando que no había tráfico. Graham le saludó también con
la mano y luego se alejó—. ¡Graham! —exclamó súbitamente Slater desde la acera
de enfrente. Graham, con un suspiro, se giró para mirar.
Slater
se hallaba en la entrada de la galería, en frente de uno de sus grandes
ventanales. Colocó una mano en el bolsillo de su chaqueta y a continuación su
pajarita se iluminó; las piedrecitas rojas eran en realidad luces. Se encendían
y se apagaban. Slater comenzó a reírse mientras Graham, meneando su cabeza, se
encaminaba cuesta arriba por la Avenida Rosebery.
—¡Un
destello fugaz! —gritó Slater a lo lejos.
Graham
se rio para sus adentros, pero hubo de detener sus zancadas debido a un
motociclista de cabellos largos y sucio mono que empujaba delante suyo a través
de la calzada una gran moto Guzzi con objeto de introducirla en el patio de los
edificios conocidos como Plaza Rosebery. Graham observó secretamente al hombre
de la motocicleta, y a continuación sacudió su cabeza diciéndose a sí mismo que
no fuera tan estúpido. Aquel individuo no se parecía en nada a Stock, la moto
era muy distinta de la enorme BMW negra que conducía Stock, y de cualquier modo
los presagios eran una tontería. A Stock se le había acabado el tiempo; era
algo de lo cual estaba seguro después de la conversación telefónica mantenida
con Sara aquella mañana.
Inspiró
profundamente y relajó sus hombros, pasando el gran portafolio negro de una
mano a la otra. ¡Qué azul tan intenso el del cielo! ¡Qué día maravilloso! Todo
a su alrededor le hacía vibrar, no importaba lo que fuese; la luminosidad de
aquel día de junio, el olor de la comida barata y de los gases de escape; el
canto de los pájaros, la charla de los transeúntes. Nada saldría, nada podría
salir mal hoy; deseó encontrar un local de apuestas y apostar algo de dinero a
un caballo, tan afortunado se sentía, tan animado, tan en armonía.
El
señor Smith
¡Despedido!
Con
los labios apretados, puños cerrados, ojos entreabiertos, la respiración
contenida, erguido, su estómago firme, el pecho afuera, los hombros echados
hacia atrás, Steven Grout salió precipitadamente del almacén del cual acababa
de ser echado, marchándose para siempre de su estúpido trabajo y de toda
aquella detestable gente. Llegó hasta un coche aparcado junto al bordillo de la
acera, se detuvo, inspiró profundamente, y continuó caminando. Qué más daba el
nombre de la calle, pensó; tan sólo lo cambiarían. Observando los coches,
autobuses, furgonetas y camiones que pasaban delante de él, calculó la
distancia que había hasta el próximo coche aparcado el cual le resguardaría de
ellos.
Habían
estado arreglando el pavimento de la acera, y le era dificultoso sincronizar
sus pasos para que el medio de cada pie cayese exactamente sobre las juntas que
separaban a los adoquines, pero con un poco de concentración y unos cuantos
juiciosos pasos cortos lo consiguió; más adelante se encontró con un largo
surco azul grisáceo de asfalto en donde obviamente habían reparado una tubería,
y optó seguir caminando por allí, despreocupándose de los adoquines y de las
juntas que los separaban.
Aún
se sentía acalorado y pegajoso del ataque de la Pistola Microondas. Volvió a
recordar, nuevamente, el enfrentamiento en la oficina del señor Smith.
Naturalmente,
él ya sabía que ellos usarían la Pistola Microondas en su contra; ellos siempre
lo hacían cuando él estaba frente a alguien, cada vez que se hallaba en una
situación de desventaja y precisaba toda la ayuda posible, cada vez que iba a
una entrevista para conseguir un trabajo, o para ser interrogado por los de la
Seguridad Social e incluso por los empleados de la Oficina de Correos. En esas
ocasiones era cuando ellos la empleaban en su contra. A veces la empleaban
cuando estaba esperando ser atendido por un camarero, o incluso también
mientras aguardaba a poder cruzar una calle con mucho tráfico, pero
principalmente sucedía cuando hablaba con algún funcionario público.
Había
reconocido los síntomas mientras se hallaba de pie en la oficina del señor
Smith.
Las
palmas de la mano le sudaban, su frente estaba húmeda y le causaba picor,
sentía escalofríos, su voz era temblorosa y el corazón le latía rápidamente; lo
estaban asando con la Pistola Microondas, bañándole con sus malignas
radiaciones, recalentándole para que sudara copiosamente y pareciese un niño
nervioso.
¡Bastardos!
Jamás había encontrado la Pistola, naturalmente; ellos eran muy listos, muy
listos y lo suficientemente habilidosos. Había desistido de seguir entrando de
improviso en las habitaciones contiguas, de subir o bajar corriendo las
escaleras para inspeccionar, de estirar la cabeza fuera de las ventanas para
buscar helicópteros merodeadores, pero sabía bien que ellos estaban en alguna
parte, sabía lo que se proponían.
Por
lo tanto tuvo que permanecer allí de pie, en la oficina del Supervisor de
Operarios Camineros del Almacén del Departamento de Carreteras del Ayuntamiento
de Islington de la calle Siete Hermanas, sudando como un cerdo y preguntándose
por qué no le despedían y acababan con aquello de una vez por todas, mientras
escuchaba al señor Smith y los ojos le lastimaban y comenzaba a percibir su
propio olor corporal.
—...
en donde todos esperamos que ésta no sea una situación reincidente, Steve —dijo
el señor Smith, hablando monótona y nasalmente desde detrás del astillado
escritorio en su oficina de cielos rasos bajos en la primera planta del
almacén—, y de que seas capaz de afianzar tu puesto aquí mediante una positiva
relación de trabajo con el resto de la brigada, quienes, para ser justo, y
estoy seguro de que tú serás el primero en reconocerlo, han hecho todo lo
posible para, pues...
El
señor Smith, un hombre de aproximadamente cuarenta años con unas bolsas blandas
debajo de los ojos, se apoyó sobre el papel secante del escritorio observando
la importante pluma con la cual jugueteaba nerviosamente entre sus dedos.
Steven contempló hipnotizado la pluma durante unos segundos.
—Yo
realmente creo... eh... Steve; oh, y por favor no dudes en intervenir si
piensas que tienes algo que expresar; esto no es un tribunal de la inquisición.
Quiero que participes en esta conversación de un modo significativo si así
crees que podremos, eh, resolver...
¿De
qué estaba hablando? No estaba seguro de haber oído correctamente. ¿Algo acerca
de un Tribunal de Inquisición? ¿Qué era eso? ¿A qué se refería? No sonaba a
algo que pudiese encajar en este periodo, ambiente, edad o comoquiera que se
llame. ¿Acaso el señor Smith podía ser otro Guerrero, o incluso un Atormentador
de jerarquía mucho más importante de lo que él se pensaba?
¡Dios!
¡Aquellos bastardos y aquella Pistola! Ahora podía comenzar a sentir cómo el
sudor le goteaba por las arrugas de su frente y sobre sus cejas. Pronto
empezaría a caer sobre su nariz, ¿y después qué? ¡Ellos pensarían que estaba
llorando! ¡Era algo intolerable! ¿Por qué simplemente no le echaban? Sabía qué
era lo que deseaban hacer, lo que habían planeado hacer, ¿entonces por qué
simplemente no lo hacían?
—...
resolver este aparente atolladero de alguna forma viable, propicia al eficiente
funcionamiento del departamento. No me parece que yo sea una persona
particularmente severa, Steve; creemos que los demás apreciarán...
Steven
se hallaba de pie en medio de la oficina con todos los sentidos alerta,
sosteniendo firmemente su casco protector debajo del brazo derecho, el cual
mantenía próximo a su costado. Con el rabillo del ojo podía alcanzar a ver a
Dan Ashton, capataz de la brigada y delegado sindical. Ashton estaba apoyado,
con sus gruesos y bronceados brazos cruzados, contra el marco de la puerta.
Tendría cerca de cincuenta años, pero era tan apto como el operario más viejo
de la brigada; ahora sonreía molesto, con la gorra echada hacia atrás sobre su
cabeza, y de su boca colgaba un cigarrillo liado y humedecido sin encender.
Grout pudo percibir su intenso olor incluso por encima del perfume Aramis del
señor Smith.
Ashton
tampoco había simpatizado con él jamás. Ninguno de ellos lo había hecho, ni
siquiera los pocos que no se reían continuamente de él, fastidiaban o gastaban
bromas pesadas.
—...
pasado por alto a fin de no perjudicarte, pero en vista de lo sucedido, me temo
que este incidente con el canal y el gato tendrá que ser el último... eh...
Steve. Según me ha comunicado el señor Ashton —Smith señaló con la cabeza al
hombre más viejo, quien frunciendo los labios le devolvió el gesto—, el señor
ah... —el señor Smith buscó durante unos segundos entre los papeles que tenía
encima del escritorio—, ... ah sí, el señor Partridge tuvo que ir al hospital
para aplicarse una vacuna antitetánica y que le diesen unos puntos después de
que le hubieses golpeado con una pala. Ahora bien, no creemos que vaya a
presentar una denuncia, pero debes comprender que si lo hace tendrías de hecho
que enfrentarte a una acusación por agresión, y si agregamos a esto todas las
demás advertencias de palabra o escritas que se te han hecho, todas dentro,
lamento decírtelo Steve —el señor Smith se reclinó en su asiento con un suspiro
y volvió a examinar unos cuantos papeles más de su escritorio, sacudiendo su
cabeza mientras lo leía—, de un intervalo de tiempo muy corto considerando el
lapso de tu contratación con nosotros, y más si tenemos en cuenta los
anteriores traspiés en...
¡Partridge!
Ojalá le hubiera arrancado la cabeza. ¡Insultarle a él de aquella manera! ¿Un
bastardo, no era así? ¿Un loco? ¿Un simplón, eh? Ese gordo cockney con sus
estúpidos tatuajes, su forma de ser jocosa y sus chistes obscenos; ¡debería
haberle arrojado al canal!
El
sudor se le estaba acumulando en las cejas, preparándose para deslizarse en
cualquier momento por su nariz y formar en su punta una gota de rocío que tanto
podía quedarse allí colgando de un modo obvio y hacerle estornudar, como
forzarle a llamar la atención al intentar secárselo. Secarse las cejas también
sería un signo de debilidad, pensó; ¡no lo haría jamás! ¡Que vieran su altivo
desprecio! ¡No conseguirían doblegarle, oh no! No les daría a ellos esa
satisfacción.
—...
estimando que con tus palabras no habías tenido en realidad la intención de
ofender a nadie, sólo que no puedo encajar esta versión de los hechos con las
de tus compañeros de trabajo, Steve, quienes insisten, me temo, en que estabas
completamente decidido a rellenar el canal con el asfalto asignado a
Colebrook... eh... a la calle Colebrook, de hecho. En cuanto al gato de la
señora Morgan, todo lo que podemos hacer es...
¡Le
estaban hablando de gatos, a él! ¡Uno de los tiranos más poderosos de la
historia de la existencia, y ellos hablando acerca de malditos gatos! ¡Oh, como
se deshonraba a los poderosos, aquello era demasiado!
El
sudor se liberó de su ceja derecha. No rodó por su nariz; fue a parar en cambio
directamente al ojo. Una terrible, furiosa e impotente cólera le invadió,
creándole la necesidad de comenzar a golpear, chillar y gritar. Aunque no podía
hacer eso; tenía que mantener la calma, a pesar de la Pistola Microondas, y tan
sólo responder, en caso de que fuera imprescindible. Disciplina; eso era lo
importante.
—...
con lo cual debo asumir que no tienes nada que agregar? —dijo el señor Smith, y
dejó de hablar. Grout contuvo la respiración; ¿esperaban que él dijera algo?
¿Por qué razón la gente no era más clara? ¿Con qué fin, sin embargo? Tenía que
terminar con todo aquello lo más pronto posible.
—Tan
sólo estaba bromeando —se oyó decir.
¡Lo
había dicho sin pensarlo! Pero era verdad; solamente era una señal de su
estupidez —¿o de su temor?— que le tomaran tan en serio. ¡Naturalmente que no
había pensado en rellenar el maldito canal! ¡Aun cuando hubiese habido
suficiente asfalto en la parte posterior de la furgoneta aquello le habría
llevado todo el día! Fue tan sólo una broma colérica debido a que el resto de
la brigada, y en particular Ashton, no estaban de acuerdo con él acerca de la
mejor manera de rellenar agujeros. ¡Pero ya verían; esos agujeros que habían
tapado al comienzo del turno matinal en la calle Mayor pronto demostrarían que
él estaba en lo cierto!
Naturalmente,
sabía que no iba a lograr nada diciendo lo que pensaba, pero a veces no podía
remediarlo. Tenía que advertir a las personas cuando éstas no hacían las cosas
correctamente.
Era
más de lo que él podía soportar ver tanta estupidez a su alrededor y tener que
padecerla en silencio. Aquello le volvería loco, que era en realidad lo que
ellos deseaban, enviarle a un lugar en donde aún sería mucho más difícil
descubrir la Clave; una institución, un hospital en donde a uno lo atiborraban
con toda clase de drogas repugnantes para estupidizarlo deliberadamente como a
los demás. Eso formaba parte de su plan, por supuesto; dejar que él buscase una
vía de escape, pero solo. Si encontraba a otros como él, a otros Guerreros,
ellos tendrían una excusa para encerrarle. Era diabólicamente astuto.
—...
que en verdad excusen tus actos, Steve. Porque hablemos claramente; no creo que
a la señora Morgan, o a su gato, les importe demasiado —dijo el señor Smith, y
en su rostro apareció una leve sonrisa mientras dirigía una mirada a Dan
Ashton, quien gruñendo con aprobación agachó la cabeza en tanto Smith
continuaba hablando —el hecho de que tú estuvieras bromeando o totalmente
convencido.
El
sudor se liberó de su otra ceja, deslizándose en el ojo izquierdo de Grout.
Parpadeó furiosamente, casi cegado; sus ojos estaban enrojecidos y le escocían.
¡Intolerable!
—...
escribiendo el parte de tu última advertencia, pero para ser sinceros, Steve, y
no deseo de ninguna manera que te lo tomes como una intimidación,
verdaderamente creo que tendrás que modificar substancialmente tu actitud si es
que...
—¡Muy
bien! —gritó Steven con voz ronca, sacudiendo su cabeza, inspirando con
dificultad y parpadeando todo a un mismo tiempo—. ¡El desprecio que siento...
que siento por todos vosotros es infinito! ¡Por lo tanto renuncio! ¡No os daré
esa satisfacción! ¡Me marcho; renuncio; me doy por vencido! ¡Ahí tiene, lo he
dicho antes que usted! ¡No me diga que no he sido capaz; soy más fuerte de lo
que se piensa! —podía percibir cómo le temblaban sus labios; se esforzó por
dominarse. El señor Smith lanzó un suspiro, apoyándose sobre su escritorio.
—Veamos,
Steve... —comenzó a decir cansadamente.
—¡Se
acabó tanta confianza! —gritó Grout, fuera de sí—. A partir de ahora para usted
soy «señor Grout». ¡Estoy renunciando, entrégueme mis papeles! Exijo mis
papeles; ¿dónde están mis papeles? —Grout avanzó hacia el escritorio del señor
Smith. Smith, sorprendido, se echó atrás sobre el respaldo de su silla. Grout
vio que intercambiaba miradas con Dan Ashton, y le pareció que el hombre más
viejo le hacía un gesto, alguna especie de señal, al señor Smith. Lo cierto era
que el capataz ya no seguía recostado contra el batiente; ahora se hallaba
parado debidamente, con los brazos colgando a cada lado del cuerpo. Tal vez
pensaba que él tenía la intención de agredir al señor Smith; ¡pues bien, que
estuviesen alerta! ¡Ya les demostraría quién era! Ninguno de ellos le asustaba.
—En
realidad creo que estás actuando de un modo un poco precipitado en... —comenzó
a decir el señor Smith, pero Steven le interrumpió.
—¡Creo
haberle pedido mis papeles, si es tan amable! No me iré sin mis papeles. ¡Y mi
dinero! ¿Dónde están? ¡Conozco mis derechos!
—Steve,
me parece que estás dando por sentado... —comenzó a decir el señor Smith,
empujando ligeramente hacia atrás su silla. La luz del sol hizo brillar la
discreta placa de Supervisor prendida a la solapa de su chaqueta.
—¡Basta
ya! —gritó Steven. Volvió a retroceder un paso y levantó su mano derecha como
si fuera a descerrajar un golpe encima del escritorio del señor Smith.
El
casco protector, que había estado sujetando debajo de su brazo derecho, se
escapó de su sitio y fue a parar al suelo, rodando brevemente. Steven se agachó
con rapidez para recogerlo y al enderezarse se dio un fuerte golpe con el borde
del escritorio del señor Smith. Se frotó repetidamente la cabeza, sintiendo que
se le ponía la cara roja. ¡Maldita Pistola!
El
señor Smith se había incorporado. Dan Ashton se hallaba inclinado a un costado
del escritorio, susurrándole a su jefe algo al oído. Mientras se frotaba su
doliente cabeza, Grout les lanzó a ambos una mirada feroz. ¡Oh, no era difícil
darse cuenta de lo que estaban tramando!
—Pues
—comenzó a decir el señor Smith, dirigiéndose a Grout con una expresión
afligida en el rostro—, si es eso lo que realmente deseas, Steve...
Dan
Ashton esbozó una ligera sonrisa.
Así
que finalmente había ganado. No les permitió la satisfacción de poder
despedirle ahí mismo; les había mostrado el desprecio que sentía por ellos...
¡que sufran!
A
continuación le invadió un extraño y feroz regocijo, y en realidad no había
escuchado nada de lo que Ashton o Smith le dijeron. Le dieron unos cuantos
papeles, y enviaron a alguien al cajero para que le trajese su paga (abultaba
considerablemente en el bolsillo de la cadera; mientras caminaba no dejaba de
palmearlo; tan sólo para asegurarse de que aún seguía allí) y entre tanto tuvo
que firmar algunos papeles. Él no quería firmar nada, pero ellos le dijeron que
no le pagarían a menos que lo hiciese, así que simuló leer cuidadosamente los
papeles y luego los firmó.
Después
de esto Ashton quiso hablar con él afuera, e incluso le ofreció su mano para
despedirse, a lo cual Steven respondió lanzándole un escupitajo a los pies y
haciéndole un gesto grosero.
—Jodido
cabrón —le había dicho Ashton, lo cual era muy típico de él. Steven le
respondió que era un ignorante malhablado, y guardando rápidamente en los
bolsillos de su pantalón los papeles y formularios se marchó.
—¡Oye!
—le gritó Ashton detrás suyo mientras avanzaba a zancadas por la calle Siete
Hermanas, la cabeza bien alta—. Tu P45. ¡Se te ha caído!
Eso
fue al menos lo que Steven creyó haber oído; podría tratarse de otro número,
pero era algo por el estilo. Había mirado hacia atrás, y pudo ver a Ashton en
la entrada del almacén agitando en su mano un trozo de papel. Grout volvió a
girarse, enderezó su espalda, y alzando la cabeza se marchó con altivez,
ignorando significativamente a Ashton.
Ashton
salió en su búsqueda; Steven le oyó trotar a sus espaldas, por lo que echó a
correr ignorando los gritos del hombre hasta que finalmente lo dejó atrás.
Ashton le gritó una última cosa, pero Steven se hallaba demasiado lejos,
inspirando profundamente, con una expresión de triunfo en el rostro. Había
conseguido alejarse de ellos. Se trataba de una huida insignificante, de un
pequeño ensayo, pero tenía su importancia.
A
pesar de que aún continuaba enfurecido con ellos, ahora caminaba con una
sensación de felicidad por haberse marchado, feliz por haber salvado algo de
otro de sus intentos por oprimirle, por hacer que se sintiese miserable, por
llevarle a la desesperación.
¡No
lograrían sus propósitos con tanta facilidad! Le habían asediado con el horror
y la estupidez, con toda esa parafernalia llamada excesos humanos, y su meta
era someterle, degradarle cada vez más de la gloriosa condición de la cual
había caído, pero no lo conseguirían. Estaban tratando de acabar con su
resistencia, pero fracasarían; él encontraría la Clave, encontraría la Salida y
escaparía de esta... broma, de esta horrible y solitaria prisión para Héroes;
les dejaría a todos detrás para ocupar nuevamente el sitio que le correspondía
en la grandiosa realidad.
Había
Caído, pero volvería a Surgir.
En
algún lugar se había librado una guerra. Él no sabía dónde. No se trataba de un
lugar al cual necesariamente se podía llegar viajando desde aquí, Londres,
Tierra, fines del Siglo Veinte, pero existía en alguna parte, en otro tiempo.
Fue la guerra final, el último enfrentamiento entre el Bien y el Mal, y él
había desempeñado un papel importante en esta guerra. Pero algo salió mal, fue
traicionado, perdió una batalla contra las fuerzas del caos y le arrojaron del
verdadero campo de batalla para que languideciera aquí, en este lugar inmundo
al cual ellos llamaban «vida».
Por
una parte era un castigo, por otra una prueba. Podía fracasar por completo,
naturalmente, y ser degradado aún más, sin ninguna esperanza de poder
escaparse. Eso era lo que ellos esperaban, los que controlaban todo aquel
espectáculo inmoral: los Atormentadores.
Parecía
que ellos quisieran que él intentara desenmascarar su farsa, que les hiciera
frente diciendo: —Muy bien, conozco vuestro juego, así que podéis dejar de
seguir fingiendo. Salid de donde quiera que estéis y terminemos de una vez por
todas. —Pero a él no le engañaban. Había aprendido la lección de niño, cuando
los demás se rieron de sus palabras y le mandaron a ver al psiquiatra de la
escuela. No lo intentaría por segunda vez.
Se
preguntó cuántas de aquellas personas que se hallaban encerradas en los
manicomios del país —o del mundo, llegado el caso— eran en realidad Guerreros
caídos que o se habían destrozado debido al esfuerzo de tener que vivir en este
infierno, o simplemente no acertaron en su elección y pensaron que la prueba
era tan sólo conocer el juego y luego tener el coraje de hacer frente al
desafío.
Pues
bien, él no iba a terminar como uno de esos pobres desgraciados. Averiguaría
sus intenciones, hallaría la Salida. Y quizá no se conformaría únicamente con
escapar; tal vez destruiría también todo el execrable dispositivo de su
mecanismo de pruebas y encarcelamientos —esta «vida»— mientras lo tuviera a
mano.
Ahora
comenzaba a sentirse mareado. Todavía le faltaban unos diez pasos para llegar
al próximo coche aparcado, cuyo espacio conformado por la distancia entre sus
ejes le permitiría resguardarse de las barras-láser del tráfico circulante.
Todo
el tráfico, cada uno de los vehículos que pasaban a su lado estaban equipados
con rayos láser en sus ejes; éstos podían alcanzarle en las piernas a menos que
él estuviera por encima de su nivel, o protegido por una pared, o entre las
ruedas de un coche aparcado, o conteniendo el aliento. Naturalmente, sabía que
el rayo láser no hería; no era posible verlos y no causaban daño por sí mismos,
pero a él no le cabía duda de que se trataba de otro de los métodos empleados
por ellos —los Atormentadores— para intimidarle. Todo esto lo sabía por sus
sueños, y por haber pensado mucho acerca del tema. De niño había hecho lo
mismo, pero jugando; buscaba algo que hiciera la vida más interesante, que le
confiriese un propósito... después comenzó a soñar sobre todo esto, a darse
cuenta de que era real, de que el inicio de aquel juego se debía a un rasgo
clarividente. Ahora tenía que hacerlo; si intentaba desistir sentía una cosa
horrible y desagradable, aun cuando no fuera más que para ver cómo caminar por
la calle respirando «normalmente». Se parecía a la sensación que solía tener en
su infancia cuando jugaba a otro juego, el cual consistía en cerrar los ojos y
caminar una cierta distancia a lo largo de la amplia senda de un parque, por
ejemplo. No importa cuán seguro podía haber estado antes de cerrar sus ojos de
que delante de él había mucho espacio, no importa lo convencido que se sentía
mientras caminaba con los ojos cerrados de que no estaba desviándose hacia un
costado y que pisara asfalto en vez de césped, con todo le era difícil, casi
imposible, caminar en esas condiciones más de veinte pasos. Estaba seguro,
convencido, de que se llevaría por delante un árbol, un poste o un rótulo en el
cual no había reparado, incluso pensaba que alguien le había estado observando
escondido detrás de un árbol y saltaría de improviso asestándole un puñetazo en
la nariz.
Mejor
mantener los ojos bien abiertos; mejor confiar en los propios instintos y hacer
respiraciones profundas entre los coches aparcados. No era posible ser
excesivamente cuidadoso.
Llegó
junto al coche y se detuvo a su lado, respirando profundamente. Después de
comprobar que no había ningún andamiaje se quitó el casco protector, secándose
el sudor de la frente. El casco había sido otro de sus descubrimientos, otra de
sus buenas ideas. Sabía lo vulnerables que eran las cabezas de las personas, y
cuán importante era la suya. Estaba convencido de que a ellos les encantaría
arreglar un pequeño «accidente» con una llave inglesa o un ladrillo caídos
desde algún edificio, o para que aún fuera más verosímil, desde un andamiaje.
Por lo tanto, desde hacía tiempo que salía de su casa con el casco protector
puesto. No importaba la clase de trabajo, o qué otra cosa estuviera haciendo,
jamás se quitaba el casco a la intemperie. Los de la brigada se habían mofado
de él; ¿quién se creía que era? le dijeron. Sólo los ingenieros pretenciosos lo
llevaban puesto a todas partes, no sus obreros. ¿O acaso le temía a las
palomas? ¿Estaba perdiendo el pelo al mismo tiempo que el seso? Ja ja. Que se
rieran de él. Jamás consiguieron que se lo sacase. En su cuarto guardaba dos
cascos de repuesto en caso de que alguna vez se le perdiera el habitual, o
alguien se lo robase. Anteriormente esto también le había sucedido.
Se
puso a caminar de nuevo, pisando cuidadosamente sobre las juntas que separaban
los adoquines. De cualquier modo, un andar cauteloso y uniforme era muy
importante. Bueno para la respiración y para el ritmo del corazón. La gente se
quedaba a veces mirándole saltar de un adoquín a otro, luego dar unos
melindrosos pasos cortos, con el rostro teñido de extraños colores mientras se
le acababa el aire contenido en sus pulmones, sudando debajo del casco
protector que no evidenciaba por ninguna parte el emplazamiento de una obra en
construcción, pero a él no le importaba. Algún día se arrepentirían.
Mientras
caminaba, se preguntaba lo que haría ese día con su recién estrenada libertad.
Tenía mucho dinero; quizá se emborracharía... los pubs abrirían pronto. Supuso
que debería ir a registrarse; que los de la oficina de desempleo supieran que
otra vez estaba sin trabajo. Deseó recordar qué era lo que se debía hacer
cuando uno quería inscribirse como desocupado, pero siempre lo olvidaba.
Obviamente, todo el sistema de desempleo de la Seguridad Social había sido
creado para confundirle, irritarle y desmoralizarle. Se esforzaba por tomar
apuntes, detallar todos los distintos pasos que se suponía que uno debía dar,
los formularios que había que rellenar, las oficinas a las que tenía que
acudir, las personas que era necesario ver, pero siempre lo olvidaba. De todas
formas, cada vez que sucedía se decía que sería la última; esta vez encontraría
un trabajo muy bueno en el cual todo marcharía a la perfección y sus talentos
serían reconocidos y la gente le respetaría con lo cual sorprendería a sus
Atormentadores, por lo tanto no había ninguna razón para pasar por todo el
pesado y estúpido asunto de tener que volver a registrarse. Se preguntaba
vagamente si debía regresar a la pensión de la señora Short en busca de pluma y
papel.
Decidió
regresar a su cuarto. Allí siempre se sentía bien, y por otra parte deseaba
darse un buen baño; sentía la necesidad de librarse de todo su sudor y
pegajosidad, de quitarse toda la suciedad y el grafito de su cara y de sus
manos. En la pensión de la señora Short le sería posible hacerlo. Le ayudaría a
recobrar las fuerzas volver a estar con sus libros, su cama y sus cosas. Podría
volver a consultar a la Evidencia; eso sería fantástico. Podría comenzar a
releer un libro.
Poseía
un gran número de libros. En su mayor parte eran de Ciencia Ficción o Fantasía.
Hacía tiempo que se había dado cuenta de que si deseaba descubrir alguna pista
sobre la ubicación de la Salida, el paradero o identidad de la Clave, con
probabilidad la hallaría en esta clase de literatura. Lo sabía por la manera en
que se sentía atraído hacia ella.
Se
trataba de una pista sin importancia para sosegarle, algo que ellos se podían
permitir, pero quizá fuese útil. Obviamente, ellos creían que permitiendo que
algo así se divulgara, tendrían la excusa para hacerle encerrar si a él alguna
vez se le ocurría desenmascarar su fraude.
—¡Ajá!
—podrían decir—. Está loco; lee demasiada ciencia ficción. Un majadero;
encerrémosle y mantengámoslo bajo sedación para que de una vez por todas deje
de importunar. —Así era como funcionaban sus mentes.
Con
aquella suposición pretendían despacharle, pero él era más inteligente que
ellos. Se había comprado toda la ficción fantástica más «irreal» que encontró y
que pudo permitirse; según las reglas ellos debían haber ocultado allí en
alguna parte una pista. Un día de éstos abriría cualquier libro —probablemente
alguna nueva trilogía con magos y espadas— y algo que leyese allí le haría
tomar conciencia de lo que él sabía permanecía encerrado en algún lugar de su
cerebro. Podría ser el nombre de un personaje (ya había uno que a él le sonaba
particularmente familiar; era uno de sus trocitos de Evidencia), o tal vez la
descripción de un lugar o la sucesión de eventos... todo lo que precisaba era
esa Clave.
Ellos
lo llamaban escapismo. ¡Oh, no cabía duda de que eran realmente astutos!
Su
cuarto estaba repleto de libros; gruesos y ajados libros de bolsillo de
portadas llamativas y con las puntas de sus páginas dobladas. Se hallaban en el
suelo apilados unos sobre otros debido a que no tenía ninguna estantería
adecuada. El suelo de su cuarto se asemejaba a un laberinto hecho con torres de
libros; éstos formaban verdaderas paredes que se alzaban sobre la delgada
alfombra y el agujereado linóleo, de modo que para desplazarse de un lado a
otro tan sólo le quedaban unos estrechos corredores. Podía ir de la cama a la
ventana y a la mesa, al aparador, a la puerta, al hogar y al lavabo, pero
únicamente a través de ciertas rutas. Hacer la cama era incómodo. Abrir los
cajones del aparador completamente requería mucho cuidado. Llegar allí
borracho, en especial cuando era incapaz de hallar el interruptor de la luz,
resultaba horrendo; al despertarse se enfrentaba con una visión parecida a
Manhattan después de un grave terremoto. En libros de bolsillo.
Pero
valía la pena. Precisaba ambas vías de escape; la bebida, porque le ayudaba a
evadirse, le ofrecía una salida momentánea de su hedionda realidad... y los
libros porque le calmaban, le daban esperanzas. En ocasiones los libros podrían
absorberle, pero también era posible que en ellos encontrase la Clave.
El
coche hacia el cual se encaminaba para hacer su siguiente inspiración
repentinamente se fue. Steven maldijo para sus adentros y tuvo que subir a una
pared baja que estaba por encima de la altura de las barras-láser para volver a
respirar. Luego bajó de la pared y continuó caminando.
Algún
día ya les demostraría quién era él. A todas esas personas que le habían
ridiculizado, ofendido, desorientado, rechazado. Incluso a aquellas cuyos
nombres ya había olvidado. Cuando descubriese la Clave iría a por ellos.
Personas como el señor Smith, Dan Ashton y Partridge. Él iba a encontrar esa
Salida, pero no se marcharía hasta hallarles nuevamente y darles su castigo.
Tarde o temprano pagarían.
Ni
siquiera eran capaces de aceptar una broma. Había arrojado una palada de
asfalto en el canal y se desmoralizaron por completo. No fue culpa suya haberse
desquitado con el gato. Reconocía que no debió haber golpeado al animal, pero
estaba furioso. Luego Partridge quiso luchar con él, afirmando más tarde que
tan sólo había intentado «sujetarle». Partridge también se enfureció muy
pronto, debido a que mientras forcejeaba con Steven de sus pantalones se cayó
una revista que fue a parar sobre el camino de sirga del canal y los otros
hombres al recogerla vieron que se trataba de una revista de sado-masoquismo
por lo que todos aquellos que aún no se hallaban riendo y gritando comenzaron a
tomarle el pelo; Partridge intentó sujetarle contra el suelo pero Steven pudo
liberarse y le golpeó fuertemente con la pala, todavía manchada con la sangre
del gato despedazado, después de lo cual, con la revista hecha jirones por los
otros hombres y Partridge revolcándose sobre el camino de sirga entre la sangre
del gato y casi cayéndose al canal, Dan Ashton dijo con calma que ya era
suficiente y que sería mejor que fueran a ver al señor Smith, el supervisor,
porque aquello no podía continuar así. No estaban cumpliendo el trabajo
estipulado.
Todo
había sido terriblemente sórdido, pero cuanto más pensaba en ello, más se
convencía de que, lejos de ser una desgracia, haber dejado el Departamento de
Carreteras era de hecho un verdadero paso hacia adelante. Después de todo no se
trataba de un trabajo interesante; en un principio había pensado que tendría
posibilidades de viajar, pero no fue así.
Finalmente
decidió que más tarde iría al pub. Aquel día debía celebrarlo. Y por dos
razones, se recordó a sí mismo. No es que se tratara de algo muy especial, de
hecho si uno se ponía a pensarlo no era nada que realmente valiera la pena ser
celebrado, pero hoy, veintiocho de junio, era el día de su cumpleaños.
Se
detuvo, frente a un coche, naturalmente, y observó su reflejo en el escaparate
de una tienda. Era alto y delgado. Tenía el cabello algo largo, lacio y de
color negro, el cual no se lavaba muy a menudo. Le sobresalía por debajo de su
casco protector rojo en mechones encrespados. Los pantalones le quedaban
ligeramente cortos, dejando al descubierto sus calcetines de nilón púrpura y
sus botas manchadas de alquitrán. Su camisa modelo Paisley no combinaba
demasiado bien con el jersey gris de Marks & Spencer que llevaba puesto a
modo de chaqueta, y sabía que tenía las uñas de sus manos sucias. Pero después
de todo era un buen disfraz, se dijo a sí mismo. Los Grandes Guerreros no
desean llamar mucho la atención cuando están planeando escapar del periodo de
castigo impuesto durante la guerra final.
Una
muchacha que estaba vistiendo maniquíes con ropa interior femenina del otro
lado del escaparate en el cual Steven se examinaba le dirigió una mirada
suspicaz y reprobatoria que él captó justo a tiempo. Recién entonces reparó en
las modelos a medio vestir y rápidamente se echó a andar, no sin antes hacer
una profunda respiración al amparo del coche aparcado.
—Feliz
cumpleaños —se dijo a sí mismo, para luego llevarse precipitadamente una mano a
la boca y mirar a su alrededor. ¿Pero qué estaba diciendo?
Ajedrez
unidimensional
Quiss
se detuvo cerca de la ventana más elevada de la escalera en espiral. A pesar
del tamaño, de su estructura fornida y de una aparente fortaleza de los
músculos, su viejo cuerpo no conservaba un buen estado físico, y tampoco se
mantenía demasiado caliente. El aire frío del castillo le hacía exhalar vapor
por la boca mientras intentaba recobrar el aliento. En la escalera de la torre
no había iluminación, y la única luz provenía de un ventanuco abierto ubicado
justo en donde los sinuosos escalones daban la vuelta. Las nubes de vapor
producidas por su respiración eran visibles gracias a la luz que llegaba desde
arriba, para luego desaparecer lentamente empujadas por una corriente de aire
proveniente de la misma fuente. Se preguntó si Ajayi ya habría terminado la
partida.
Probablemente
no. Mujeres embusteras. Lanzando un suspiro continuó subiendo las escaleras,
sujetándose con sus manos a la gruesa y congelada cuerda asegurada en la pared,
una concesión hecha por el castillo a su antiguo pedido de un asidero para no
resbalar en los escalones generalmente cubiertos de hielo.
Ajayi
aún continuaba en el cuarto de los juegos, acurrucada sobre la pequeña mesa con
su abrigo de piel, semejante a un enorme oso, sentada encima de un banquillo
oculto por las pieles y las vestimentas que le suavizaban sus avejentadas
facciones. No reparó en Quiss cuando éste apareció —jadeando intensamente— al
pie de las escaleras e hizo su entrada en el cuarto débilmente iluminado.
Recién pareció darse cuenta de su presencia cuando el hombre se acercó hasta su
silla y estuvo frente a ella, al otro lado de la pequeña mesa de cuatro patas
con su deslustrada gema roja en el centro. Ajayi sonrió y asintió con la
cabeza, tal vez al hombre, tal vez a la tenue y oscilante franja de casillas
que parecía estar suspendida en el aire encima de la pequeña mesa circular.
La
tenue franja de casillas —alternando el blanco y el negro, como diminutas tejas
separadas por sombra y niebla— se extendía sobre la mesa, a través del aire,
hasta desaparecer en las lejanas paredes laterales del amplio cuarto de juegos,
por encima de pizarras caídas y más allá de las columnas de hierro forjado
herrumbradas. La lisa hilera de casillas titiló ligeramente, lo suficiente como
para revelar que era una proyección, nada real; pero aunque era manifiesto que
la franja de casillas no era otra cosa que una imagen, en su superficie se
apoyaban no era otra cosa que una imagen, en su superficie se apoyaban unas
piezas de ajedrez hechas de madera blanca y negra aparentemente sólidas y
reales, las cuales se hallaban distribuidas sobre aquella extraña franja al
igual que centinelas en un muro fronterizo escaqueado.
Ajayi
miró a su compañero poco a poco, mientras su arrugado y viejo rostro se iba
contrayendo en una sonrisa. Quiss se quedó observándola. Quizá había en ella
algo de reptil, pensó. Quizá con el frío se aletargaba. Como si él ya no
tuviera demasiados problemas.
—¿Y
bien? —dijo la vieja.
—¿Y
bien qué? —dijo Quiss, aún sin haber recobrado el aliento luego de subir las
escaleras desde las plantas inferiores del castillo. ¿Por qué le hacía
preguntas a él? Era él quien tenía que formularlas. ¿Por qué todavía no había
terminado la partida? ¿Por qué razón continuaba allí sentada observando el
tablero?
—¿Qué
fue lo que dijeron? —preguntó pacientemente Ajayi, esbozando una leve sonrisa.
—Oh
—dijo Quiss, sacudiendo rápidamente su gran cabeza barbada como si todo el
asunto fuera de muy poca importancia para ser mencionado—, dijeron que ya
verían lo que se podía hacer. Yo les dije que si en breve no teníamos aquí
arriba más luz y calefacción volvería a despedazar a unos cuantos de ellos,
después de lo cual comenzaron a comportarse estúpidamente, y de todas formas se
olvidarán pronto de ello; siempre ha sido así.
—¿Quieres
decir que no has visto al senescal en persona? —dijo Ajayi. Parecía
decepcionada, y en su frente se formó una pequeña arruga.
—No.
Dijeron que estaba ocupado. Tan sólo vi a los pequeños bastardos. —Quiss se
sentó pesadamente en su diminuta silla, envolviéndose con más pieles para
calentarse. Contempló tristemente la brillante franja que flotaba en el aire
por encima de la mesilla. En el centro de su superficie exquisitamente tallada,
la gema, cuyo color era el de la sangre, resplandecía como algo ardiente.
Ajayi
señaló una de las piezas del ajedrez —una reina negra— y dijo:
—Vaya,
me parece que eres un poco brusco con ellos. De esa forma no conseguirás nada.
A propósito, creo que es jaque mate.
—No
te imaginas... —comenzó a decir Quiss, pero se detuvo con un sobresalto al
tomar conciencia de la última frase de su adversaria. Frunciendo seriamente el
entrecejo, escudriñó la estrecha línea de espacios blancos y negros que se
hallaban suspendidos en el aire delante de sus ojos—. ¿Qué? —dijo.
—Jaque
mate —volvió a decir Ajayi, con su voz ligeramente cascada e irregular—. Eso
creo.
—¿Dónde?
—dijo Quiss con indignación, acomodándose en su silla con una sonrisa que tanto
podía expresar enfado como alivio—. Eso es simplemente un jaque; ya me escaparé
de él. Mira. —Inclinándose rápidamente hacia adelante cogió un alfil blanco y
lo colocó en una casilla negra más distante, justo en frente de su rey. Ajayi
sonrió moviendo la cabeza; llevó su mano hacia un costado de la brillante
franja de casillas proyectada y pareció buscar torpemente algo invisible en el
aire. Sobre la superficie del extremadamente estrecho tablero apareció un
caballo negro, como si hubiera salido desde las profundas sombras. Quiss
inspiró para decir algo, pero luego se contuvo.
—Lo
siento —dijo Ajayi—, pero es mate. —Lo dijo de un modo tranquilo, aunque a
continuación deseó no haber abierto la boca. Se enfadó consigo misma, pero
Quiss se hallaba demasiado absorto contemplando el tablero —buscando
desesperadamente por todas partes piezas inexistentes que le fueran útiles—
para percatarse de lo que ella había dicho.
Ajayi
se echó hacia atrás en su banquillo desperezándose. Estiró ambos brazos a los
costados y arqueó el espinazo, preguntándose al mismo tiempo de una manera vaga
por qué había sido necesario o relevante darles semejantes cuerpos envejecidos.
Tal vez para que tuvieran siempre presente la noción del paso del tiempo, de la
mera mortalidad. Si así era, entonces se trataba de una medida redundante,
incluso en aquel extraño y particular lugar, incluso dada su curiosa y gélida
condición (mientras el castillo siguiera congelado, también ellos lo estarían;
mientras el castillo continuara desmoronándose pero ellos permanecieran en su
estasis, también sus esperanzas y sus posibilidades disminuirían). Se levantó
tiesamente de la mesa dirigiéndole una última mirada a la figura del hombre que
intentaba encontrar una salida a su situación irremediable, y luego se alejó
lentamente, cojeando un poco, a través del agrietado suelo de cristal del
cuarto hasta llegar al cortante frío del balcón.
Se
recostó flojamente contra un pilar rectangular en el centro de la fila de
pilares que separaban el cuarto de la terraza y fijó su vista en el blanco
paisaje.
Una
llanura cubierta de nieve se extendía hacia el infinito, en donde tan sólo los
débiles vestigios de luz revelaban alguna variación en aquel territorio casi
del todo estéril. A su derecha, Ajayi sabía que si se asomaba fuera del balcón
(lo cual no le gustaba hacer debido a que le tenía un poco de miedo a las
alturas), le sería posible ver la cantera y el principio de la delgada y
empequeñecida cadena de colinas, también cubiertas de nieve y sin árboles. No
se molestó en asomar la cabeza. No tenía ningún interés particular en ver las
colinas o la cantera.
—¡Aaah!
—exclamó Quiss a sus espaldas, dándole a ella el tiempo necesario para girarse
y ver cómo su brazo barría la superficie del tenue y artificial tablero en un
gesto que denotaba ira y frustración. Las piezas de ajedrez se desparramaron
por todas partes, pero tan pronto caían por debajo del nivel del tablero
desaparecían con un centelleo, como si fuesen a parar debajo de un tablón
invisible. Todas menos un par de caballos, los cuales se desvanecieron en el
mismo instante de perder el contacto con el tablero. Después de titilar durante
unos segundos el tablero también comenzó a desvanecerse gradualmente hasta
desaparecer del todo dejando a Quiss enfurecido contemplando desde su asiento
la pequeña mesa de madera. El débil destello proveniente de la gema que había
en el centro de su superficie afiligranada se obscureció hasta apagarse por
completo.
Ajayi
alzó las cejas, esperando que el hombre la mirase, pero no lo hizo; continuó
sentado, con el torso adelantado, un codo sobre su rodilla, el barbado mentón
apoyado sobre la otra mano.
—Jodidos
y estúpidos caballos —dijo finalmente, mirando malhumorado a la mesa.
—Bien
—dijo Ajayi, alejándose de la entrada abierta del balcón mientras se levantaba
una ligera brisa que hizo volar alrededor de sus botas una pequeña ráfaga de
nieve—, al menos la partida ha terminado.
—Pensé
que se trataba de un ahogo del rey —Quiss parecía hablarle a la mesa y no a su
adversaria—. Teníamos un acuerdo.
—De
esta manera hemos acabado más pronto. —Ajayi se sentó en el banquillo al otro
lado de la mesa. La luz del techo osciló sobre la madera tallada que Quiss
observaba con fijeza. Ajayi contempló a su compañero a través de la
semipenumbra. Quiss tenía una cara ancha de tez obscura, cubierta con pelos
moteados de color negro y blanco. Sus ojos se veían pequeños y amarillos, insertados
en un trazo de líneas profundas que parecían irradiarse de sus ojos como ondas
en las inmóviles aguas de una diminuta piscina. Quiss siguió sin prestarle
atención, así que ella se dedicó a inspeccionar el cuarto, moviendo la cabeza
lenta y resignadamente.
Era
un espacio largo, amplio y muy obscuro, con muchos pilares. Casi toda la luz
provenía de la abertura del balcón. Debería haber estado iluminado desde arriba
y abajo, pero de hecho esto no pasaba, y fue en parte por esta razón, y también
porque hacía más frío de lo normal, por lo que Quiss había ido en busca una
hora atrás de alguno de los ayudantes del castillo. Se suponía que les pediría
cortésmente que aumentasen la calefacción en su nivel, pero basándose en sus
palabras, Ajayi sospechaba que otra vez había actuado de un modo brusco y
amenazador. Tendría que haber ido ella, pero su pierna nuevamente estaba rígida
e inflamada y dudaba de haber podido con las escaleras.
Observó
el cielo raso, en donde una de las numerosas y extrañas columnas se insertaba
en el opaco y grueso vidrio verde. Una forma solitaria, que difundía una luz
lechosa, se movió sinuosamente por encima de su cabeza en las frías y lóbregas
aguas.
Una
de las muchas peculiaridades del castillo era que la iluminación interior
provenía de varias especies de peces luminiscentes.
—¿Dónde
está la campana? —dijo repentinamente Quiss, enderezándose en el asiento y
mirando a su alrededor. Se incorporó lo más rápido que le permitieron las
gruesas pieles y sus músculos achacosos, apartó de un puntapié algunos trozos
de pizarra y un par de libros que se esparcieron por el suelo transparente,
yendo a inspeccionar un pilar que se hallaba a pocos metros de distancia—. Otra
vez la han cambiado de sitio —refunfuñó. Luego se dirigió a mirar en otros
pilares y columnas cercanas, arrastrando las botas sobre el pavimento de losas
de cristal—. Ajá —dijo, desde las profundidades del cuarto, casi fuera del
alance de la vista, no muy lejos de la angosta escalera de caracol por la cual
había subido hacía unos minutos. Mientras Quiss tiraba del cordón del timbre
Ajayi oyó un lejano chirrido.
La
mujer recogió del suelo un pequeño y delgado trozo de pizarra que encontró
junto a la base de un pilar cercano. Lo examinó de ambos lados, tratando de
comprender las curiosas marcas garabateadas sobre su superficie negra y verde,
preguntándose en vano de qué parte de las paredes se habría desprendido. Al
mismo tiempo se friccionó la espalda; inclinarse le había producido dolor.
Quiss
se acercó pasando junto a otra pequeña mesa, si bien más alta, situada en el
extremo opuesto del cuarto, sobre la cual descansaba una palangana de hojalata
con un par de tazas sucias y algunos vasos rajados debajo de un grifo goteante.
El grifo estaba unido a un caño ligeramente torcido que salía de una pared
aparentemente hecha de papel comprimido de modo muy compacto. Quiss se sirvió
un vaso de agua y se lo bebió.
De
vuelta en la mesa de juegos se sentó en su silla de respaldo recto y comenzó a
mirar fijamente a Ajayi, quien dejó a un lado el trozo de pizarra que estaba
examinando.
—Desde
luego la maldita cosa no debe estar funcionando —dijo Quiss con voz áspera.
Ajayi no le hizo caso. Tiró de sus pieles para abrigarse mejor. El viento gemía
a través del ventanal del balcón.
El
castillo tenía dos nombres, como correspondía a su doble propiedad. Quiss
llamaba a su parte Castillo Puertas, y Ajayi a la suya Castillo Legado. Ninguno
de los dos nombres poseía un significado concreto. Hasta donde ellos sabían,
era la única cosa que existía en aquel lugar, dondequiera que «aquel lugar»
estuviese. Todo lo demás era nieve; la planicie blanca.
Habían
estado allí... no sabían cuanto tiempo. Quiss apareció primero, y al cabo de un
periodo, cuando se dio cuenta de que allí no existía ni el día ni la noche sino
tan sólo una luz sin brillo, monótona, siempre presente al otro lado de las
ventanas, comenzó a contar el número de veces que dormía. Llevaba el registro
con unas muescas que hacía en el suelo de una pequeña celda, su dormitorio,
ubicada en un corredor fuera del cuarto de juegos. Actualmente había en el
suelo de vidrio cerca de quinientas muescas.
Ajayi
llegó, aparentemente fue depositada una noche sobre uno de los altos y planos
techos salpicados de grava del castillo, cuando Quiss llevaba hechas ochenta y
tres muescas. Aquel «día» se dieron de cara uno con otro, y estuvieron
encantados de encontrarse. Quiss no había tenido otra compañía que la de los
tímidos y diminutos ayudantes del castillo, y a Ajayi le complació hallar a
alguien que supiera orientarse en el gélido y amenazante fragmento de roca,
hierro, vidrio, pizarra y papel que era el castillo.
Al
cabo de poco tiempo descubrieron que habían pertenecido a bandos distintos en
las Guerras Terapéuticas, pero aquello no originó muchos roces. Ambos conocían
este sitio de oídas, y sabían la razón por la que estaban allí. Tenían
conciencia de lo que habían hecho y sabían lo difícil que sería escapar; sabían
que se precisaban mutuamente.
Ambos
habían sido Promocionarios en sus respectivos bandos durante las Guerras (las
cuales no fueron, naturalmente, entre el Bien y el Mal, como siempre han
asumido los no combatientes de todas las especies, sino entre la Banalidad y el
Interés), y cuando terminaron su instrucción y adoctrinamiento se depositó en
ellos mucha confianza; pero los dos cometieron una torpeza, algo que puso en
tela de juicio su capacidad para un rango elevado, y ahora se hallaban en este
lugar, en el castillo, con un problema que resolver y partidas que jugar, siendo
aquella su última oportunidad; una probabilidad remota, un largo proceso de
apelación.
Y en
un paisaje remoto.
¿Qué
extraño arquitecto había diseñado aquel lugar? Una pregunta que Ajayi se hacía
de cuando en cuando. El castillo, que se alzaba sobre la planicie desde el
único afloramiento de roca, estaba construido principalmente de libros. Las
paredes eran casi todas de pizarra, aparentemente roca cristalizada en estado
normal producida por un proceso físico corriente de sedimentación aluvial. Pero
si se desprendía un pedazo de pizarra de las paredes del castillo —algo muy
fácil, dado que el castillo se derrumbaba lentamente— y se lo abría por la
mitad, cada cara revelaba una serie de cortes o trazos tallados, dispuestos en
renglones y columnas, y completados por lo que parecían ser pausas y signos de
puntuación. Quiss demolió una buena parte del castillo cuando descubrió esto,
reacio a creer que las piedras, cada una de ellas, que todos los miles de
metros cúbicos que conformaban al castillo, todos aquellos kilotones de roca
estuviesen en realidad saturados, repletos de ocultas e indescifrables
inscripciones. La hábil brigada de albañiles y constructores del castillo
todavía continuaba reparando los daños que había ocasionado el viejo al
desprender paredes enteras en su afán por probar que esos glifos ocultos eran
aberraciones aisladas, y no —como indudablemente lo eran— algo ubicuo. Esto
originó muchas quejas y protestas, ya que los albañiles consideraban que ya
tenían bastante con librar una batalla perdida contra el acelerado deterioro
del castillo para que encima los invitados les añadiesen más trabajo.
—¿Habéis
llamado? —dijo una voz insignificante y quebrada. Ajayi dirigió la vista hacia
la abertura de la escalera de caracol esperando ver a un ayudante, pero la voz
había provenido de detrás suyo, y pudo observar cómo el rostro de Quiss
comenzaba a enrojecerse, sus ojos muy abiertos, las arrugas a su alrededor
dilatadas al máximo.
—¡Lárgate!
—exclamó por encima del hombro de Ajayi en dirección al balcón. La mujer se
giró y vio que el cuervo rojo se hallaba situado en la balaustrada, agitando
sus alas como un hombre que trata de entrar en calor, observándoles con la
cabeza inclinada hacia un lado. Uno de sus brillantes ojos, parecido a un
pequeño botón negro, les miraba con fijeza.
—¿Así
que hemos abandonado la partida? —graznó el cuervo rojo—. Podría haberos dicho
que la Defensa Silesiana no funcionaba en el Ajedrez Unidimensional. ¿En dónde
habéis aprendido a...?
Quiss
se levantó dando un traspiés que casi le hace caer, y cogiendo del suelo un
trozo de pizarra suelto se lo arrojó al cuervo rojo, el cual con un chillido
esquivó el objeto y se alejó volando a través del frío y diáfano espacio que se
extendía debajo del balcón, su último graznido resonando al igual que una breve
carcajada. El trozo de pizarra se perdió detrás del ave, imitando pesadamente
su vuelo.
—¡Peste!
—dijo Quiss con desprecio, y luego volvió a sentarse en su asiento.
Los
cuervos y grajos que habitaban en las altas y deterioradas torres del castillo
podían hablar; se les habían dado las voces de los respectivos rivales, amantes
infieles y odiados superiores de Quiss y Ajayi. Aparecían de vez en cuando
provocando a la vieja pareja con burlas, recordándoles sus vidas pasadas y los
fracasos o errores por los que estaban en el castillo (aunque jamás entraban en
detalles; ni Quiss ni Ajayi sabían lo que había hecho el otro para merecer
estar allí. Ajayi sugirió un día que intercambiasen sus historias, pero Quiss
puso reparos). El cuervo rojo era el más malicioso y sarcástico, y provocaba
con igual eficiencia a cualquiera de los dos viejos. Quiss era el que se
enfurecía con mayor facilidad, por lo cual tendía a padecer más que su
compañera los insultos del ave. En ocasiones temblaba tanto a causa de la ira
como del frío.
Hacía
frío porque algo se había estropeado en la sala de calderas del castillo. El
sistema de calefacción perdía su potencia y precisaba reparación. Se suponía
que debía circular agua caliente por debajo y por encima de cada piso. En el
cuarto de juegos, sostenido por pilares de hierro y pizarra, el bajo cielo raso
de vidrio se apoyaba sobre una tracería de vigas de hierro. Dentro del vidrio
había agua, cerca de medio metro de agua salada ligeramente turbia que las
calderas se suponía debían mantener caliente. Lo mismo sucedía debajo del
vidrio del suelo; otro medio metro de agua gorgoteaba debajo de su transparente
y raspada superficie entre los pedestales de color pizarroso que soportaban a
las columnas. Alargadas burbujas de aire de aspecto gelatinoso se movían como
pálidas amebas debajo del falso hielo que simulaba ser el cristal.
En
el agua salada vivían peces luminosos. Se desplazaban a través de las suaves
corrientes del agua como largas y elásticas tiras fosforescentes, bañando las
habitaciones, corredores y torres del castillo con una penetrante luz que a
veces hacía difícil calcular las distancias y otorgaba al ambiente una especie
de aspecto brumoso. Al llegar Ajayi por primera vez el cuarto de juegos
mantenía una temperatura agradable gracias al cálido líquido que circulaba por
arriba y por abajo, así como también una placentera luz debida a los peces. En
aquel entonces el peculiar sistema parecía funcionar.
Pero
ahora algo no funcionaba correctamente, y casi todos los peces se habían
desplazado hacia los niveles inferiores del castillo en donde el agua aún se
conservaba caliente. Todas las veces que Quiss interrogó al encapado senescal
en las cocinas del castillo acerca de lo que sucedía y qué pensaba hacer al
respecto, éste le había mirado ceñudamente; se excusaba de mal humor y
comenzaba a hablarle sobre los efectos corrosivos del agua salada en las
cañerías y de lo difícil que era conseguir cualquier clase de materiales en
aquellos días —¿Qué días? Quiss perdía la calma. ¿No era que allí tenían un
solo día, o quizás había más pero sencillamente eran muy largos? En respuesta
el senescal se retiraba en silencio volviendo a ocultar su enjuto rostro en la
capucha de su capa negra, dejando al corpulento humano temblando en su sitio de
rabia impotente.
El
tiempo era otro problema en el Castillo Puertas. Cuanto más se acercaba uno a
un reloj más rápido pasaba. Si por el contrario uno se mantenía alejado, el
tiempo no sólo parecía detenerse sino que se atrasaba. Los relojes en el
castillo estaban parados, y también funcionaban erráticamente, unas veces más
rápido, otras más lentamente. En las cálidas profundidades del castillo había
enterrado un gran mecanismo de reloj, una especie de vasto montaje de
engranajes y chirriantes ruedas dentadas que hacía funcionar las esferas de
todos los relojes de aquella ruinosa bóveda. La energía era transmitida
mediante unas varas giratorias ocultas en las paredes desde el sistema central
hasta las esferas, retumbando en algunas partes, rechinando en otras, y siempre
goteando aceite en forma ubicua.
El
aceite se mezclaba con el agua salada caliente que se filtraba en diversos
puntos de los techos, y ésta era una de las razones por la que ellos pidieron
que se instalara un asidero en la estrecha escalera de caracol. El olor del
aceite y del agua salobre impregnaba el castillo, haciendo que Ajayi pensara en
viejos puertos y barcos.
Por
qué el tiempo tenía que pasar más de prisa cuando uno se acercaba a un reloj
era para los dos algo inexplicable, y ninguno de los camareros y ayudantes del
castillo tampoco lo sabían. Quiss y Ajayi llevaron a cabo experimentos,
utilizando velas idénticas encendidas al mismo tiempo, una muy cerca de la
esfera de un reloj, la otra junto a ellos en medio de la habitación; la vela
puesta junto al reloj se consumía dos veces más rápido. Formularon algunas
ideas vagas acerca de la posibilidad de emplear este efecto para acortar el
tiempo percibido que les llevaba jugar las partidas impuestas, pero los relojes
del castillo, o tal vez el mismo castillo, parecían reacios a cooperar. Si se
acercaba la mesa a un reloj, ésta dejaba de funcionar; la gema roja del centro
se apagaba, la proyección del tablero y de las piezas desaparecía. A esto se
añadía el hecho de la irregularidad de los relojes; a menudo trabajaban más
despacio, por lo que si uno se acercaba a ellos el tiempo pasaba mucho más
lentamente.
Cualquier
cosa que estuviera afectando la velocidad del tiempo parecía obedecer a una ley
opuesta a la exactitud, fenómeno que aparentemente emitían las esferas de todos
los relojes, mientras que a la vez del inmenso mecanismo central, oculto en
alguno de los muchos niveles inferiores del castillo, parecía emanar una
especie de efecto más generalizado, haciendo que abajo todo sucediera de un
modo más rápido.
Las
caóticas cocinas, en donde el senescal tenía su despacho y continuamente se
preparaban grandes cantidades de comida en la mayor confusión, bulla y
temperatura alta, parecían ser el sitio más afectado de todos. Mientras
esperaban sentados, Ajayi podía percibir el olor de la comida impregnado en el
raído abrigo de pieles de Quiss.
—Ah,
conque aquí están —dijo una voz insignificante.
Ajayi
miró, Quiss giró la cabeza, y ambos vieron al pie de la escalera de caracol a
uno de los ayudantes. Era bajo de estatura, aproximadamente la mitad de
cualquiera de los dos humanos. Vestía una especie de sotana gris mugrienta
anudada a la cintura con una cuerda roja. La sotana tenía una delgada capucha,
sujeta a la cabeza del ayudante por lo que parecía ser el ala de un viejo y
desgastado sombrero rojo; el ayudante la llevaba puesta a presión sobre su
cabeza, y la parte de arriba de la capucha dejaba ver lo que tendría que haber
sido la copa del sombrero. El rostro del ayudante estaba tapado con una máscara
de papier mâché, usada por todos los ayudantes y camareros. La expresión de la
máscara era de una desolada tristeza.
—Vaya,
mejor tarde que nunca —dijo Quiss con un gruñido.
—Lo
siento terriblemente —chilló el ayudante, acercándose con torpeza. Debajo del
dobladillo de su sotana revolotearon unas diminutas botas rojas muy lustrosas.
Se detuvo cerca de la mesa e hizo una reverencia, escondiendo sus pequeñas
manos enguantadas dentro de los puños de su vestidura—. Oh, bien, veo que
habéis terminado la partida. ¿Quién ganó?
—No
importa quién ganó —vociferó Quiss—. Sabes para qué te hemos llamado ¿no es
así?
—Sí,
sí, creo que sí. —El ayudante asintió con la cabeza, su voz aguda no del todo
segura como sus palabras—. ¿Tenéis una respuesta, no? —Alzó ligeramente sus
hombros, o inclinó un poco la cabeza, como temiendo ser golpeado si su
suposición era incorrecta.
—Sí,
tenemos una respuesta —dijo sarcásticamente Quiss. Luego lanzó una mirada a
Ajayi, quien sonriéndole hizo un ademán en dirección al pequeño ayudante.
Aclarándose la garganta, Quiss se inclinó hacia la menuda figura, la cual le
rehuyó aunque en realidad sin retroceder—. Bien —dijo Quiss—, la respuesta a la
pregunta es la siguiente: «En un mismo universo ambos no tienen cabida».
¿Entendido?
—Sí
—asintió el ayudante—, sí, creo que lo he entendido: «En un mismo universo
ambos no tienen cabida». Muy bien. Muy lógica. Me da la impresión de ser la
correcta. Eso es lo que yo creo. Me da la impresión...
—No
nos interesa tu opinión —le interrumpió Quiss, mostrando sus dientes y
acercándose aún más al pequeño ayudante, quien volvió a retraerse tan
marcadamente que Ajayi creyó que perdería el equilibrio y se caería de
espaldas—. Tan sólo cumple con tu tarea, y a ver si logramos salir de este
inmundo lugar.
—Sí,
se hará como usted diga, así se hará —dijo la menuda figura, en parte
asintiendo con la cabeza, en parte haciendo una reverencia, mientras retrocedía
hacia la escalera de caracol. Tropezó con un libro y casi se precipita contra
el suelo, pero consiguió mantenerse en equilibrio. Luego dio media vuelta y
desapareció en la obscuridad. Los dos oyeron a lo lejos el chapoteo de sus
pasos.
—Hmm
—dijo Ajayi—. Me pregunto qué hace, hacia dónde se dirige.
—A
quién le importa mientras la respuesta sea correcta —dijo Quiss, sacudiendo su
cabeza y rascándose el mentón. Luego se giró para volver a mirar el vano de las
escaleras envuelto en penumbras—. Apuesto a que el pequeño idiota se olvida.
—Oh,
yo no estaría tan segura.
—Pues,
yo sí. Quizá deberíamos seguirle. Descubrir hacia donde se dirige. Tal vez
pudiéramos poner en cortocircuito todo este ridículo proceso. —Se volvió hacia
Ajayi mirándola de un modo especulativo. La mujer frunció el entrecejo y dijo:
—A
mí no me parece que ésa sea una buena idea.
—Es
probable que la cosa resulte mucho más simple de lo que pensamos.
—¿Quieres
que apostemos algo? —dijo Ajayi.
Quiss
abrió la boca para hablar, pero luego se arrepintió. En cambio se aclaró la
garganta, y con un dedo regordete y medio amarillento siguió el trazo de
algunos de los motivos tallados en la superficie de la pequeña mesa que les
separaba a ambos.
—Podríamos
preguntárselo a uno de ellos. Pregúntaselo al ayudante cuando regrese; espera a
ver qué dice. Tal vez nos aclare alguna cosa.
—Si
ésa es la respuesta correcta, no tendríamos por qué preguntarle nada —dijo
Quiss, mirando a la vieja—. Recuerda que esta vez has contestado tú.
—Lo
recuerdo —dijo Ajayi—. La próxima te corresponderá a ti, si es que ésta no es
correcta, pero así es como acordamos que se haría; ha sido tan sólo una
cuestión de azar que me tocase el primer turno. Así es como acordamos hacerlo,
¿recuerdas?
—Eso
también fue idea tuya —dijo Quiss sin mirarla, bajando la vista para observar
cómo su dedo se movía entre los motivos tallados sobre la mesa.
—Te
pido que no comiences con recriminaciones —dijo Ajayi.
—No
lo haré. —Con los ojos muy abiertos, Quiss retiró sus manos y el tono de queja
de su voz repentinamente aguda le hizo recordar a Ajayi a un adolescente—.
Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a tener una oportunidad como ésta,
¿lo has pensado?
—Así
es como han sido dispuestas las cosas —dijo Ajayi—, yo no tengo la culpa de
eso.
—¿Acaso
he dicho que tuvieras la culpa de algo? —dijo Quiss.
Ajayi
se reclinó en su asiento, volviendo a colocarse los guantes. Observó con
desconfianza al hombre sentado del otro lado de la mesa.
—Pues
entonces de acuerdo —dijo.
Les
había llevado casi doscientos cincuenta días de los contados por Quiss
descubrir el modo de salir. Tenían que responder a una sola pregunta. Pero
primero debían jugar a una serie de extraños juegos, aprendiendo a su vez las
reglas de cada uno, y llegar a concluirlos sin hacer trampas ni
confabulaciones. Al finalizar cada juego tenían una oportunidad y tan sólo una
posibilidad para resolver el acertijo que se les planteaba. Éste era su primer
juego, y el primer intento de responder a la pregunta. El Ajedrez
Unidimensional no resultó tan difícil una vez que aprendieron las reglas, y
ahora su primera respuesta era conducida o transmitida o procesada —qué más
daba— por el pequeño ayudante de las diminutas botas rojas.
La
pregunta que habían tenido que responder era muy simple, y el senescal les dijo
que a él se le había informado que se trataba de una pregunta empírica, no una
meramente teórica, aunque también agregó que encontraba esto un poco difícil de
creer, al igual que los misteriosos poderes que generaban las Guerras no eran
capaces de controlar semejantes absolutos... La pregunta era la siguiente: ¿Qué
sucede cuando una fuerza imparable se encuentra con un objeto inmóvil?
Así
de simple. Nada más complicado o abstruso. Tan sólo eso. Ajayi pensó que se
trataba de una broma, pero hasta aquel momento todos los habitantes del
castillo, todos los ayudantes y camareros, un par de personajes secundarios que
habían descubierto, el mismo senescal, e incluso los siempre jocosos cuervos y
grajos que infestaban las derruidas plantas superiores trataban la cuestión con
suma seriedad. Aquél era en realidad el acertijo, y si su respuesta era
correcta podrían escapar del castillo, dejar para siempre aquel limbo para
volver nuevamente a sus puestos y obligaciones en las Guerras Terapéuticas con
la deuda saldada.
O si
no, podían matarse. Ésta era la alternativa de la cual no se hablaba (al menos
nadie hablaba de ella salvo el cuervo rojo, quien jovialmente sacaba el tema a
cada tercera o cuarta visita), era la manera fácil de salir de allí. Desde el
balcón del cuarto de juegos había una gran caída; el boticario del castillo
poseía un buen número de venenos y pócimas letales; existían una o dos puertas
traseras por donde era posible salir del castillo, y un estrecho sendero a
través de las escarpadas rocas y de la mampostería desprendida que rodeaban su
orlada base como si fuesen guijarros, y después una larga y fría caminata por
el nevado silencio...
En
ocasiones Ajayi se planteaba esta salida; no le parecía atractiva al momento,
sino para cuando —si así era— ya no hubiera ninguna esperanza, en algún tiempo
futuro. No obstante, se le hacía difícil imaginarse en un punto tal de
desesperación. Tendría que pasar mucho más tiempo, ella tendría que estar muy
hastiada de su viejo y helado cuerpo antes de que el suicidio se convirtiese en
una alternativa a tomar en cuenta. Por otra parte, si ella se iba, Quiss
quedaría abandonado. La autodestrucción de cualquiera de los dos significaba el
final de los juegos. El que se quedaba no podía jugar sólo ni encontrar a
alguien con quien jugar, y si no había una continuidad en los juegos tampoco
era posible responder al acertijo.
—Eh...
con su permiso... —Ambos se giraron hacia la escalera de caracol, desde cuya
obscuridad les espiaba el menudo ayudante con casi todo su cuerpo escondido
detrás de la pared curva.
—¿Y
bien? —dijo Quiss.
—Eh...
lamento... —dijo el ayudante con una voz insignificante.
—¿Qué?
—gritó Quiss, subiendo el tono de su voz. Ajayi respiró hondo y volvió a
sentarse en su banquillo. Ella lo había oído. Pensó que Quiss también lo había
oído pero que no quería admitirlo—. ¡Habla alto, desgraciado! —rugió Quiss.
—Ésa
no era —dijo el ayudante, de pie en el vano de la escalera. Aún continuaba
hablando bajo; Ajayi se descubrió a sí misma intentando captar sus palabras—,
ésa no era la respuesta correcta. En realidad lo...
—¡Mentiroso!
—temblando de furia, Quiss se levantó de su silla. El ayudante desapareció
pegando un chillido. Ajayi lanzó un suspiro. Miró a Quiss, quien se hallaba de
pie, con los puños apretados, y la vista fija en el distante y vacío vano de la
escalera. Después se giró hacia ella, haciendo revolotear a su alrededor las
tiras de piel de su abrigo—. ¡Tu respuesta, señora —le gritó—, tu respuesta; no
lo olvides!
—Quiss
—comenzó a decir ella con voz calma. El hombre sacudió su cabeza, y dándole un
puntapié a la pequeña silla sobre la cual había estado sentado, se marchó por
el corto pasillo hacia sus habitaciones. Antes de abandonar el cuarto de
juegos, se detuvo ante una de las paredes laterales, cuya estructura de pizarra
se hallaba cubierta de papel corriente y libros de cartón: el insatisfactorio
trabajo de aislamiento realizado por los albañiles. Quiss se lanzó contra la
pared, arrancando los descoloridos y amarillentos volúmenes y arrojándolos
detrás suyo al igual que un perro que cava un hoyo en la arena, vociferando
incoherentemente mientras daba terribles manotazos con los cuales dejaba sin
revestimiento a la pizarra verde y negra, rasgando las páginas de los libros,
que caían a sus espaldas sobre el sucio suelo de cristal como si fuesen nieve
tiznada.
Quiss
se marchó hecho un huracán dejando sola a Ajayi, quien a lo lejos oyó un
portazo. Se acercó hasta donde se encontraban esparcidos por el suelo los
libros arrancados violentamente, removiéndolos con la punta de su bota. Creyó
conocer algunas de las lenguas (era difícil asegurarlo con aquella mortecina
luz, y ella se hallaba demasiado tiesa como para agacharse), pero otros no le
resultaron familiares.
Ella
dejó las páginas en donde estaban, esparcidas por el obscuro suelo como copos
unidimensionales, y volvió a situarse junto a la ventaja del balcón.
Sobre
la interminable y monótona planicie blanca volaban en contraste una bandada de
pájaros negros. El mismo cielo se veía deprimido, sin perspectivas, gris, e
inalterable.
—¿Y
ahora qué? —se preguntó en voz baja. Tuvo un escalofrío y se estrechó
fuertemente con sus brazos. Su cabello corto se negaba a seguir creciendo y su
abrigo de pieles no tenía capucha. Tenía las orejas heladas. Lo que venía a
continuación ellos ya lo sabían porque se lo había dicho el senescal, y era
algo llamado Estratego Abierto. Dios sabe cuánto tiempo les llevaría aprender
eso y jugarlo, suponiendo que a Quiss le pasase el malhumor. El senescal había
murmurado algo acerca de que el próximo juego era lo más parecido a las mismas
Guerras, lo cual intranquilizó a Ajayi desde un principio. Eso daba la
impresión de ser terriblemente complejo, y a largo plazo.
Ella
le había preguntado al senescal de dónde provenían las ideas para aquellos
extraños juegos. Él respondió que de un sitio elegido por el Súbdito del
castillo, y había insinuado, o eso le pareció a ella, que existía otro modo de
llegar a este sitio, pero rehusó dar mayores detalles. Ajayi trataba de
cultivar el trato con el senescal (cuando su pierna inflamada y su espalda
tiesa le permitían bajar hasta los niveles del sótano que era donde usualmente
solía estar) en vista de que Quiss se había propuesto intimidarlo desde el
principio. Cuando el hombre se presentó por primera vez trató de sonsacarle
información sobre cómo evitar a uno de los camareros. Naturalmente no funcionó,
logrando tan sólo atemorizar a los demás.
Ajayi
sintió que le sonaban las tripas. Se acercaba la hora de la comida. En breve
aparecerían los camareros, si es que no estaban demasiado atemorizados por el
malhumor de Quiss. Maldición de hombre.
Estratego
Abierto, pensó, y volvió a sentir otro escalofrío.
—¡Te
aggepentigás! —graznó un cuervo que pasaba volando en círculo con sus alas
negras bien desplegadas, usando la voz de un antiguo y amargamente recordado
amante.
—Oh,
cállate —dijo ella entre dientes, y volvió a entrar.
SEGUNDA
PARTE
Avenida
Rosebery
El
puente que unía a la Avenida Rosebery con la calle Warner olía a pintura. El
pavimento estaba cubierto de polvo negro, el cual se acumulaba en los
intersticios del recién pintado pretil del puente. Graham confió en que lo
irían a pintar con gusto. Miró dentro de la plataforma colgante que utilizaban
los pintores para pintar la parte exterior del pretil, y vio una vieja radio
tan salpicada de pintura que podría haber pasado por un objeto de arte. El
hombre que se hallaba en la plataforma silbaba mientras iba enrollando un tramo
de cuerda.
Graham
se sintió extrañamente satisfecho ante aquella expresión de actividad alrededor
suyo; se sintió casi complacido de sí de que la gente pasara caminando a su
lado sin dirigirle una segunda mirada, al menos ahora que se había sacado de
encima a Slater. Él era una especie de célula vital en la corriente sanguínea
de la ciudad; diminuta pero importante; el portador de un mensaje, un punto de
expansión y cambio.
En
aquellos momentos ella ya le estaría esperando, dispuesta, o quizás estuviera
recién vistiéndose, o incluso todavía podía estar en la bañera o bajo la ducha.
Finalmente las cosas se encaminaban, los malos tiempos habían quedado atrás.
Stock estaba destituido. Ahora era su turno.
Se
preguntó cómo le vería ella actualmente. Cuando se conocieron a ella le pareció
gracioso, pensó, y también bastante amable. Ahora ya había tenido oportunidad
de conocerle mejor, así como de descubrir otros aspectos de su personalidad.
Tal vez estuviera enamorada de él. Por su parte, creía amarla. Podía imaginarse
a los dos viviendo juntos, incluso pensaba en el matrimonio. Él se ganaría la
vida como artista —al principio probablemente tendría que hacer publicidad
hasta que su nombre fuese conocido— y ella podría dedicarse a... cualquier cosa
que quisiera.
A su
izquierda había más edificios; locales de industria ligera y oficinas sobre los
cuales se levantaban apartamentos. Junto al flanco de la acera y justo frente a
la puerta abierta de un establecimiento llamado Taller Wells se hallaba
aparcado un enorme coche deportivo americano. Era un Trans Am. Al pasar a su
lado, Graham frunció el entrecejo, en parte debido a sus estridentes llantas
blancas rotuladas y al diseño agresivo, en parte porque le recordaba algo; algo
que tenía que ver con Slater, e incluso con Sara.
Finalmente
logró acordarse; exactamente había sido en la fiesta en que Slater le presentó
a Sara. La coincidencia divirtió a Graham.
Una
vaharada de olor a zapatos nuevos le invadió desde otro local cercano mientras
contemplaba el viejo reloj detenido cuyas dos esferas sobresalían sobre el
pavimento desde la primera planta del taller, sus manecillas congeladas en las
dos y veinte (echó una ojeada a su reloj y comprobó que en realidad eran las
15:49). Sonriendo para sus adentros, Graham rememoró aquella noche, en que
escuchaba otra de las historias de Slater que jamás sería vertida al papel.
—Pues
bien. Se trata de ciencia ficción. Resulta que hay un...
—Oh
no —dijo Graham. Ambos se hallaban de pie junto a la repisa de la chimenea en
la sala de estar de la gran casa que poseía Martin Hunter en Gospel Oak. El
señor Hunter —Martin para sus estudiantes— era uno de los catedráticos de la
Escuela de Arte, y ofrecía su acostumbrada y tardía fiesta de Navidad en el mes
de enero. Slater había sido invitado, y persuadió a Graham de que si le
acompañaba no iba a ser considerado un intruso. Habían traído entre los dos un
barril de vino y estaban bebiendo el vin de table tinto en vasos de plástico
medianos. Aparte de un poco de pan de ajo salado, ninguno había probado bocado
desde hacía varias horas; por lo tanto, y a pesar del hecho de que la fiesta
aún no se hubiera animado del todo, ambos sentían ya los efectos de la bebida.
En
el comedor habían quitado las alfombras para que la gente pudiera bailar, y
ahora la música sonaba a todo volumen. En la sala de estar la mayoría de los
invitados se hallaban sentados en canapés o almohadones. Los cuadros pintados
por Martin Hunter, grandes y chillones lienzos que parecían primeros planos de
minestrón vistos bajo los efectos de una poderosa droga alucinatoria, adornaban
las paredes.
—Presta
atención. Resulta que hay un grupo de extraterrestres llamados los Sproati que
deciden invadir la Tierra...
—Me
parece que eso ya se ha hecho —dijo Graham, bebiendo un sorbo de su vaso.
Slater comenzó a exasperarse.
—¿Quieres
dejarme acabar? —dijo. Llevaba puestos un par de zapatos grises, pantalones
abolsados blancos y algo que parecía ser un esmoquin de color rojo. Después de
haber bebido, continuó diciendo—: Pues bien, así que invaden la Tierra, pero lo
hacen para evadir impuestos, por lo que...
—¿Para
evadir impuestos? —dijo Graham, echándose hacia atrás y mirando a Slater a los
ojos. Slater se rio tontamente.
—Sí,
tienen que pasar gran parte del año galáctico fuera de la Vía Láctea o si no la
federación tributaria galáctica les persigue con los gigancréditos, pero en vez
de pagar unos costosos viajes intergalácticos acampan en algún apartado
planeta, siempre dentro de la galaxia, y allí se esconden, ¿comprendes? Pero:
algo les sale mal. Los extraterrestres vienen en una nave espacial camuflada de
Boeing 747 para no despertar las sospechas de los nativos, pero cuando
aterrizan en el aeropuerto Heathrow de Londres pierden todo su equipaje; todo
su armamento pesado va a parar a Miami y se mezcla con los efectos personales
de unos psiquiatras que asisten a un simposio internacional sobre fijación anal
después de la muerte, y: los freudianos se apoderan del mundo con las armas
high-tec incautadas. Las autoridades inmigratorias británicas encierran a todos
los Sproati; debido a una lectura errónea del espectrógrafo al planear la
operación habían ingerido demasiadas píldoras de tanino y se tornaron casi
negros. Por lo general su color es azul claro. Uno...
—¿Cuál
es su aspecto? —le interrumpió Graham. Slater pareció desconcertado, y a
continuación agitó su mano libre con displicencia.
—No
lo sé. Supongo que vagamente humano. De todas formas, uno de ellos logra
escaparse y se instala en un lavadero de coches abandonado en Hayes, Middlesex,
mientras que el resto muere de hambre en las celdas de internación.
—Para
tratarse de toda una especie, no parece que hubiera muchos de ellos...
—refunfuñó Graham mirando su vaso.
—Es
que son muy tímidos —siseó Slater—. ¿No podrías estarte un poco callado? Este
Sproati —a quien llamaremos Gloppo—...
Un
par de chicas hicieron su entrada en la sala desde el recibidor. Graham las
conocía de la Escuela de Arte; venían hablando y riéndose. Las observó para ver
si se fijaban en él y en Slater, pero no lo hicieron. Aquella noche estrenaba
sus nuevos pantalones negros de pana (eran un regalo de navidad de su madre.
Tuvo que explicarle cómo los quería; ¡ella hubiera sido capaz de comprarle unos
tejanos acampanados!), y creía estar muy bien con su camisa blanca como la
nieve, la chaqueta negra, las zapatillas blancas y su cabello obscuro
ligeramente rubio.
—Mira,
deja de mirar a esas hembras y presta atención; ¿sigues el hilo del argumento,
no es así? —Slater acercó su cara a la de Graham, que se hallaba reclinado
sobre la repisa de la chimenea.
Graham
se alzó de hombros, miró su vaso con vino tinto y dijo:
—Más
que seguir algo me siento como si me estuvieran persiguiendo.
—Oh,
très gracioso. —Slater sonrió de un modo afectado—. De cualquier forma, Gloppo
instala un cerebro en el lavadero de coches para así poder satisfacer sus
deseos sexuales con él —ya sabes, todos esos cepillos, rodillos, espuma y demás
cosas—, mientras que en Florida los Freudianos trabajan intensamente; prohíben
todos los símbolos fálicos incluyendo las palancas de mando, los Jumbo jet,
submarinos, cohetes y misiles. Las motocicletas deben conducirse montándose a
sentadillas y la servidumbre queda excluida; los paraguas enrollados, los
tejanos ajustados y las medias de tejido de punto también son prohibidas,
castigando a los infractores a llevar permanentemente pegados al cráneo un
walkman Sony con una cinta continua de los Grandes Éxitos de Barry Manilow...
exceptuando a los admiradores de Barry Manilow, que reciben en cambio una de
John Cage.
—¿Y
qué les pasa —dijo Graham, apuntando con un dedo a Slater, que frunció los
labios y comenzó a golpear impacientemente con su pie los contornos de la
chimenea— a aquellos que les gusta tanto Barry Manilow como John Cage?
Slater
hizo girar sus ojos.
—Esto
es Ciencia Ficción, Graham, no Monty Python. De todas formas, Gloppo descubre
que en su ausencia el lavadero de coches le ha sido infiel con un Trans Am azul
metálico...
—Creía
que eso era una línea aérea.
—Es
un coche. Ahora cállate. Gloppo descubre que el Trans Am ha estado follándose
al lavadero de coches...
—Y
que el lavadero de coches se ha montado al Trans Am —dijo Graham con una risa
tonta.
—¡Cállate!
Gloppo desconecta el lavadero de coches. A continuación...
Ahora
en la sala había más personas; grupos de hombres y mujeres, en su mayoría
jóvenes, de aproximadamente su edad, conversaban de pie, bebían y reían. Las
dos chicas que había visto anteriormente se hallaban hablando con otras chicas.
Graham esperó que los demás se dieran cuenta de que por el hecho de estar
hablando con Slater eso no quería decir que él también era gay. Asintiendo con
énfasis, Graham volvió a prestarle atención a Slater quien, hablando
apresuradamente, gesticulando con las manos, y los ojos brillantes, parecía
acercarse al final de su relato.
—...
cagado de miedo porque está a punto de ser desintegrado en partículas mucho más
pequeñas y radiactivas que el cerebro de Ronald Reagan, debe ir urgentemente al
excusado; por pura coincidencia sus excrementos se solidifican en el intenso
frío del espacio exterior y la nave espacial que le persigue a la mitad de la
velocidad de la luz choca contra ellos y es completamente destruida.
—Gloppo
y su compañero descubren las delicias del sexo oral, los Freudianos hacen volar
el mundo, aunque eso iba a suceder de todas maneras, después de lo cual
nuestros dos héroes viven para siempre una vida relativamente feliz. —Slater
esbozó una amplia sonrisa, inspiró profundamente y luego bebió un trago de su
bebida.
—¿Qué
te ha parecido? Es bueno ¿no es cierto?
—Pues...
—comenzó a decir Graham mirando hacia arriba.
—Nada
de bromas, joven guasón. Es estupendo, admítelo.
—Has
estado leyendo aquel libro —dijo Graham—. Ya sabes a cuál me refiero; aquél
acerca de ese sujeto...
—Específico
como siempre, Graham. Qué mente tan aguda; te expresas muy claramente. Estoy
admirado.
—Ya
sabes qué libro quiero decir —dijo Graham, bajando la vista hacia el bloqueado
hogar de la chimenea y haciendo chasquear sus dedos—. Ése que pusieron en la
televisión...
—Bien,
por lo visto nos estamos acercando —dijo Slater, inclinando la cabeza con aire
pensativo. Volvió a beber de su vaso.— En ése la Tierra también estalla...
eh... —Graham no dejaba de chasquear sus dedos. Durante unos instantes Slater
guardó silencio, observando con desdén cómo Graham chasqueaba los dedos, y
luego dijo cansadamente—: Graham, o te concentras en pensar el título del libro
del que estás hablando o dedicas todas tus energías a buscar trabajo de
camarero; no estoy seguro de que poseas aptitudes para hacer ambas cosas al
mismo tiempo.
—¡«La
Guía del Turista por el Universo»! —exclamó Graham.
—Por
la Galaxia —le corrigió Slater con severidad.
—Pues
se parece mucho.
—Nada
que ver. Lo que sucede es que tú no sabes reconocer a un verdadero talento
cuando lo tienes delante tuyo.
—Oh,
qué quieres que te diga... —Graham sonrió, mirando a las dos chicas de la
Escuela de Arte, que ahora se hallaban sentadas en el suelo en el otro extremo
de la habitación, hablando entre sí. Slater le dio una palmada en la frente.
—¡Otra
vez pensando con tus gónadas! Es algo patético. Aquí me tienes a tu entera
disposición; talentoso, guapo, adorable y cariñoso, y todo lo que se te ocurre
hacer es mirar como un bobo a ese par de estúpidas tías.
—No
hables tan alto, idiota —Graham —sintiéndose un poco borracho— le increpó a
Slater—. Te oirán. —Después de beber un trago fijó la vista en su compañero—. Y
deja de continuar alabándote. Puedes resultar muy pesado, sabes. Ya te he dicho
un millón de veces que no soy gay.
—Dios
mío —dijo Slater, inspirando y sacudiendo su cabeza—, ¿es que no tienes ninguna
ambición?
Al
recordarlo, aquel día de junio, Graham no pudo evitar sonreír. Incluso si no
hubiera conocido a Sara, pensó, aquella habría sido de todos modos una buena
fiesta. Los invitados eran amigables, había comida de sobra y, a juzgar por lo
que pudo observar, varias de las chicas presentes venían sin acompañante. Había
pensado sacar a bailar a una de las dos chicas —a la más atractiva— que
entraron en la habitación durante el monólogo de Slater, mientras éste le
estaba diciendo lo deseable que era Richard Slater.
Resultaba
curioso, pensó Graham; le parecía que la fiesta había tenido lugar hace ya
tiempo, no obstante mantenía su recuerdo mucho más fresco y real que muchas de
las cosas sucedidas durante la semana pasada. Al pensar en ello su respiración
se aceleró, mientras justo pasaba delante de un pequeño café frente al cual se
hallaban hablando un grupo de empleados de la cercana oficina de correos. Junto
a la acera estaba aparcado un enorme coche rojo de fabricación italiana. A
Slater seguro que le gustaría. Graham cruzó sonriendo la calle en dirección a
la oficina de correos, percibiendo el olor de la nueva capa de pintura.
Slater
vio a Sara de pie junto a la puerta de la habitación. Con el rostro iluminado,
depositó su vaso de plástico sobre la repisa de la chimenea. —¡Sara, querida!
—la llamó, y se dirigió hacia ella abriéndose paso a través de los grupos que
formaban diversas personas, saludándola con un abrazo. Ella no le correspondió,
pero cuando Slater se apartó en su rostro pudo apreciarse una leve sonrisa.
Graham la estaba observando, y vio que los ojos de la mujer vacilaron en su
dirección durante unos segundos. Slater la condujo por entre las personas hacia
donde se hallaba ubicado él junto a la repisa de la chimenea. A Graham se le
heló el corazón. La gente continuaba hablando y charlando despreocupadamente.
¿Acaso era el único en aquella habitación que la había visto?
Era
delgada y bastante alta. Su cabello negro y espeso se veía revuelto, como si
acabara de levantarse de la cama y no se lo hubiera cepillado. El rostro, y
todo el resto de piel al descubierto, era blanco. Llevaba puesto un vestido
negro, una prenda gastada con un breve y deshilachado encaje que la cubría como
si fuese espuma negra. Sobre el ligero vestido lucía una chaqueta china con
hombreras de colores brillantes, entre los cuales predominaba el rojo; bajo la
tenue luz de la habitación parecía como si resplandeciera. Medias enterizas
negras y zapatos de tacón bajo, también negros, completaban su indumentaria.
Mientras
se acercaba comenzó a quitarse los guantes. En la parte superior del pecho,
expuesto por el escote de un palmo de ancho del vestido negro, una extraña
marca blanca surcaba la piel, como si fuera un holgado collar arrancado y
dispuesto libremente por encima de sus hombros. Cuando estuvo más cerca Graham
pudo comprobar que se trataba de una cicatriz; el tejido cicatrizal era mucho
más blanco que la piel que la rodeaba. Tenía los ojos obscuros, los cuales
mantenía muy abiertos como en constante sorpresa, y muy tirante la piel que
cubría la zona comprendida entre el rabillo del ojo y sus pequeñas orejas.
Tenía los labios pálidos, tal vez demasiado carnosos para su pequeña boca, como
si se hubieran desangrado y a la vez estuvieran magullados. Jamás había visto
en su vida a nadie, o nada, tan hermoso; instantáneamente, en el tiempo que le
llevó a ella recorrer la habitación de un extremo a otro, Graham supo que la
amaba.
—Sara,
éste es el joven ingénu a quien he estado intentando seducir —dijo Slater,
presentando a Graham con un delicado giro de su mano—. Señor Graham Park, ésta
es la señora Sara ffitch. Absolutamente la cosa más deliciosa y elegante que
haya dado Shropshire después de... pues, después de mí.
Ella
se detuvo delante de Graham, con la cabeza un poco inclinada. El corazón de él
latía con demasiada intensidad. Debía de estar temblando. Sara miraba a Slater
por entre la mata de sus pelos negros; a continuación ladeó la cabeza, y
girando su rostro hacia él, le ofreció la mano. ¡Una señora! ¡Estaba casada!
Graham no podía creerlo. Por un instante, en una especie de última e
irreductible unidad de deseo, había vislumbrado un sentimiento, una urgencia
dentro suyo que no se creía capaz de afrontar, pero ahora este minúsculo y
corriente fragmento de información, aquellas pocas letras, habían conmutado sus
expectativas como si fueran una bombilla barata. (Hace dos veranos, durante
unas vacaciones en Grecia junto a un compañero de la escuela con el cual desde
entonces perdió todo contacto, había viajado en un pequeño, atestado y
destartalado tren hacia las afueras de Atenas, atravesando llanuras cubiertas
de matorrales bajo un sofocante calor. Resecas tierras de tonos ocres y
vestigios de arbustos se repetían monótonamente. El traqueteante vagón del tren
estaba repleto de turistas y mochilas, y de mujeres griegas vestidas de negro
con sus gallinas. De improviso su amigo Dave exclamó, «¡Mira!», y cuando él se
giró, durante unos instantes vislumbró tan sólo el canal de Corinto;
súbitamente un golfo dividió el paisaje, el cielo azul resplandecía, en la
distancia era posible ver un barco; el aire y la luz eran insondables. A
continuación volvió a aparecer la árida llanura.)
—Hola
—dijo ella, y apartando sus ojos de los de él, los bajó rápidamente hacia su
mano extendida. Graham tenía conciencia de Slater tomando aliento y ladeando su
cabeza hacia atrás como acostumbraba a hacerlo cuando giraba sus ojos, pero
antes de que éste pudiera decir algo, Graham asintió prontamente con la cabeza,
cambió el vaso de mano, y cogiendo la pequeña mano de la mujer se la estrechó
de un modo formal.
—Ah...
hola. —La mano de ella estaba fría. ¿Cuántos años tendría? ¿Andaría por los
veinticinco? Graham soltó su mano. Ella continuó mirándole. Incluso conservaba
una buena figura; Graham deseaba llorar, o cargarla sobre sus hombros y echar a
correr. ¿Qué era ella? ¿Cómo podía ponerlo en ese estado? La mujer continuó
mirándole. Unos ojos tan serenos, el iris que casi se confundía con la pupila.
Las obscuras cejas en forma de arco trazaban una perfecta línea matemática.
Podía olerla; una penetrante y remota fragancia a almizcle, como si fuera una
ventana abierta a un frondoso bosque de pinos.
—No
tienes por qué preocuparte —estaba diciendo ella, sonriéndole—. Richard en
realidad no me ha contado mucho sobre ti. —Sara giró su rostro hacia Slater,
quien había recuperado su vaso y les estaba observando a ambos con una sonrisa
afectada. El joven se alzó de hombros.
—Slater
ni siquiera —Graham tragó saliva, tratando de no seguir demostrando lo
asombrado que estaba—, me ha hablado de ti. —Ella sonrió ante sus palabras,
primero a él y después a Slater, y guardó los guantes negros en un bolsillo de
su acolchada chaqueta.
—Bien
—dijo, volviendo a mirarles nuevamente por turno, levantando la cabeza para
observar directamente a Graham—, si no es muy atrevido de mi parte, jóvenes,
¿os molestaría traerme algo de beber? Quise venir abastecida, pero lo puse en
el bolsillo equivocado de mi americana y se me deslizó por el forro descosido.
—De improviso arqueó sus cejas. Slater lanzó una carcajada.
—Qué
historia tan estupenda, Sara. Estoy seguro de que a nosotros nos hubiera dado
lo mismo el que no pensaras traer nada. —Se giró hacia Graham—. Para tu
conocimiento, Sara se viste al viejo estilo oxfam, por lo que es probable que
esté diciendo la verdad. —Miró a la mujer, la palmeó en la espalda y volvió a
colocar su vaso encima de la repisa de la chimenea—. ¡Permítame, señora!
—Slater se alejó en dirección al gentío que a aquellas alturas ya obstruía el
paso hacia la puerta. Graham repentinamente se dio cuenta de que la habitación
se hallaba atestada de personas, tornándose cada vez más sofocante. Sin
embargo, Slater había desaparecido y los dos estaban solos. ¡Entonces ella
agachándose, levantó un pie y comenzó a desabrocharse la tirilla de su zapato,
pero al no lograr hacer equilibrio, trató de sujetarse a él! Graham le ofreció
el brazo, y ella, aferrándose a su antebrazo, le miró brevemente emitiendo un
sonido que podría haber significado «gracias», y volvió a concentrarse en la
tirilla del zapato.
Graham
no podía creer que aquello le estuviera sucediendo a él. A decir verdad, al
contacto de ella todo su cuerpo se estremeció. Su corazón parecía estar
latiendo dentro de un enorme sitio desecado, en una caverna reverberante. Su
boca también estaba seca. Soltándose de su brazo, Sara le mostró con una
sonrisa el zapato que se había quitado. Lanzando una carcajada, dijo: —Mira.
¿Ves? Es vino.
Graham
esbozó una leve sonrisa —forzándola hasta donde podía— y observó el pequeño
zapato negro. La plantilla interior de cuero blanco, raída desde la punta hasta
el talón, tenía una mancha de color rojo pálido todavía húmeda. Ella lo acercó
aún más, riéndose de nuevo y bajando la cabeza como si tuviera vergüenza.
—Aquí
tienes, huele, si es que puedes soportarlo. —Su voz era profunda, ligeramente
ronca.
Graham
se esforzó por reírse, para ser sinceros, y asintió con la cabeza, sacudiéndola
de un lado a otro, consciente del ridículo que estaba haciendo.
—Ajá,
no hay duda de que es vino.
Un
terror se apoderó de él. No se le ocurría nada que decirle. Se descubrió a sí
mismo buscando con la mirada a Slater mientras ella se apoyaba sobre la repisa
de la chimenea, y calzándose el zapato volvió a sujetarlo con la tirilla. En el
vano de la puerta y por encima de las cabezas de los invitados apareció un
barril de vino. Graham vio aliviado cómo éste se acercaba en su dirección.
—Ah...
creo que ahí traen tu bebida —dijo, e indicó con un gesto de su cabeza a Slater
que se abría paso por entre las personas, bajando el barril y un vaso que
portaba; al ver a Sara y a Graham les dirigió una sonrisa.
—Le
he estado demostrando a Graham que en realidad sí tenía pensado traer algo de
vino pero que se me había roto la botella —dijo Sara mientras Slater, girándose
por unos instantes para saludar a alguien conocido, se acercaba a ellos.
Colocando el barril sobre la blanca repisa de la chimenea, puso el vaso debajo
del pequeño grifo y lo llenó casi hasta el borde.
—¿De
veras? Confío en que le habrás impresionado favorablemente.
—Aturdido
—dijo Graham nervioso, aunque a continuación deseó haberse tragado su sentir.
Ninguno de los otros dos pareció darle mayor importancia. Pero él se sentía
aturdido, y le era casi imposible imaginarse que aquello no resultara obvio
para cada una de las personas presentes en la habitación. Se llevó el vaso de
plástico a los labios y bebió un sorbo de vino, observando a Sara por encima
del borde del vaso.
—Pues
entonces, Sara —dijo Slater, apoyando el codo en el saliente de madera de la
repisa, y sonriéndole a la mujer de cutis pálido—, ¿qué tal estamos? ¿Cómo se
encuentra el viejo pueblo natal? —Slater se refería a Shrewsbury, si es que
Graham no recordaba mal. Slater dirigió una mirada a Graham—. Sara y yo fuimos
vecinos durante algún tiempo. Hasta creo que nuestros respectivos padres
tuvieron en mente la idea de que fuéramos el uno para el otro, aunque en
realidad jamás se atrevieron a expresarlo, claro está. —Slater lanzó un
suspiro, mirando a Sara de arriba a abajo. El corazón de Graham, o sus tripas,
algo en lo más profundo de su ser se sintió dolido mientras Slater continuaba
hablando.— No es que yo les diera motivos, naturalmente, aunque mirando a Sara,
en ocasiones casi desearía ser una lesbiana.
Graham
se echó a reír, pero cuando se dio cuenta de que estaba un poco fuera de lugar,
cortó la risa en seco. Volvió a ocultarse detrás del vaso de vino, mojando sus
labios con el líquido pero no bebiéndolo, pese a que tenía la garganta seca; se
emborracharía demasiado. No podía desacreditarse frente a esta mujer. ¿Tendría
la edad que él pensaba? ¿Hablaba Slater en serio cuando se refería a que de
niños habían sido una especie de novios, o tan sólo porque se acercaban en edad
sus padres tal vez pensaron...? Sacudió su cabeza durante un momento, tratando
de aclararse. Repentinamente la habitación se tornó sofocante y estrecha. Se
sintió claustrofóbico. De alguna parte de la casa provino un chillido; el
parloteo de las voces se acalló brevemente y Graham pudo sentir que las cabezas
se giraban en dirección a la puerta principal de la habitación.
—Sospecho
que ése es Hunter —dijo Slater con indiferencia, agitando una mano—. Su idea de
diversión radica en hacerle cosquillas a su esposa hasta que ésta moje las
bragas. Lo siento, Sara, te he interrumpido...
—No
tiene importancia —contestó ella—, tan sólo iba a decir que era un sitio
tedioso y horrible. Odio pasar allí los inviernos.
—Así
que te has venido aquí —dijo Slater. La mujer asintió.
—Estoy...
viviendo en la casa de Verónica por ahora, mientras ella pasa una temporada en
los Estados Unidos.
Graham
creyó percibir algo extraño en su voz.
—Dios
mío, ese atroz sitio en Islington —Slater la miró compasivamente—. Pobre
criatura.
—Es
mejor que el lugar en el cual estaba —dijo ella con calma. Tenía a Sara casi de
perfil; Graham podía ver la curva de su pómulo, el contorno de su nariz, y
mientras la estaba observando ella inclinó su cabeza muy lentamente, y su voz
volvió a sonarle alterada. Slater murmuraba algo para sus adentros con la vista
fija en su vaso.
—¿Entonces
finalmente le has dejado? —le preguntó Slater, y Graham sintió que los ojos se
le abrían desmesuradamente, sintió aquel estiramiento de la piel hacia las
orejas que había creído ver petrificado en el rostro de ella. ¿Dejado? ¿Estaba
separada? Fijó ansiosamente la vista en ella, luego en Slater, esforzándose por
no demostrar su curiosidad. Sara tenía la cabeza inclinada y miraba su vaso. En
realidad no había bebido mucho.
—Finalmente
—dijo ella, alzando la cabeza y sacudiéndola, no a modo de negación sino en una
especie de desafío, con lo cual su cabello enmarañado se agitó ligeramente.
—¿Y
qué sucedió con el otro? —dijo Slater. Ahora el tono de su voz era frío, se
expresaba de un modo deliberadamente vago. Sus ojos parecían ocultar algo, y
había en ellos una mirada que le hacían recordar, ligeramente, a los de Sara.
Graham se encontró inclinándose hacia adelante, tratando de oír su respuesta.
¿Ya había comenzado a hablar? Ambos hablaban en voz baja; en realidad ellos no
tenían intención de incluirle en la conversación, y además la habitación estaba
muy ruidosa; la gente gritaba y reía, el volumen de la música que provenía del
cuarto contiguo había sido subido.
—No
quiero hablar del tema, ¿de acuerdo, Richard? —dijo ella, y a Graham su voz le
pareció dolida. Sara se apartó apenas de Slater y bebió de su vaso hasta el
fondo. Sin sonreír, miró a Graham, aunque a continuación sus labios temblaron
levemente, formando una pequeña sonrisa.
Park,
eres un idiota, se dijo a sí mismo Graham, estás mirando a esta mujer como si
fuera el ET. Domínate, hombre. Le respondió con otra sonrisa. Slater emitió una
breve risa entrecortada, diciéndole luego a Graham:
—La
pobre Sara se casó con un sinvergüenza que tuvo el mal gusto de convertirse en
director de obras del sistema de alcantarillado. Como le anticipé, ahora que
ella le abandonó y ha dejado su vida privada hecha un verdadero desastre, tal
vez haga lo que usualmente todos los ejecutivos en semejantes circunstancias, y
se lance de cabeza a su trabajo.
Graham
empezó a reírse, a pesar de que pensaba que la broma en sí tenía muy poca
gracia, cuando descubrió a Sara darse vuelta rápidamente, depositar su vaso
sobre la repisa y mirarle fijamente, acercándose, el rostro surcado de líneas
severas, los ojos brillantes, cogiéndole del codo y girando la cabeza como
queriendo enfatizar que le hablaba a él, ignorando a Slater, diciendo:
—¿Te
apetece bailar?
—Vaya,
yo siempre tan bocón —dijo Slater tranquilamente para sí, mientras Sara le
quitaba el vaso a Graham depositándolo junto al suyo sobre la repisa y le
conducía, aturdido, sin protestar, por entre las personas en dirección a la
habitación de dónde provenía la música.
Así
pues bailaron. Graham no podía recordar ninguno de los discos, cintas o temas
que habían sonado. Cuando bailaron lento, sintió la calidez del cuerpo de ella
a través de las capas de ropa que ambos llevaban puesta. Hablaron, pero él no
recordaba sobre qué. Habían bailado sin parar. Graham se acaloró, sudó, y al
cabo de un rato los pies y los músculos comenzaron a dolerle, como si no
hubieran estado bailando sino corriendo, moviéndose compulsivamente en un
extraño y ruidoso bosque oscuro de árboles blandos que se agitaban; tan sólo
ellos dos.
Ella
continuó mirándole, y él trató de ocultar sus sentimientos, pero cuando
bailaron pegados uno al otro, Graham hubiera querido detenerse en un sitio y
permanecer allí de pie, boquiabierto; expresar mediante una completa
inmovilidad algo para lo cual no poseía la suficiente energía. Para tocarla,
acariciarla, olería.
Finalmente
regresaron a la otra habitación. Slater había desaparecido, al igual que el
barril de vino y el vaso de Sara. Ambos bebieron por turno del vaso de Graham.
Él trató de no mirarla con fijeza. Su piel se mantenía blanca, aun cuando ella
parecía irradiar una especie de calor, algo que él no dejaba de percibir y por
lo cual era invadido. La habitación ahora daba la impresión de estar menos
iluminada y de haber empequeñecido. La gente se movía, empujaba, reía y
gritaba; Graham apenas notaba su presencia. Alrededor del cuello de la
muchacha, la blanca cicatriz en forma de semicírculo parecía brillar en la
tenue luz, como si ella misma fuera algo luminoso.
—Bailas
bien —le dijo ella.
—Yo
no... —comenzó a decir Graham, aclarándose la garganta—, yo no suelo bailar
tanto. Quiero decir... —su voz se apagó. Sara sonrió.
—Dijiste
que pintabas. ¿Estudias en la Escuela?
—Sí.
Segundo curso —dijo él, y luego se mordió el labio. ¿Estaba tratando de
demostrarle cuantos años tenía? La gente a veces decía que tenía la cara de un
niño. En varias ocasiones tuvo que demostrar su edad para que le dejasen entrar
en un pub. ¿Qué edad tendría ella? ¿Qué edad creía ella que tenía él?
—¿Qué
es lo que dibujas? —le preguntó. Graham se encogió de hombros, relajándose un
poco; no era la primera vez que le hacían esta clase de preguntas.
—Lo
que ellos me dicen. Nos dan para hacer ejercicios. Pero a mí realmente...
—Graham,
¿quién es ésta preciosa criatura?
Al
oír la voz del señor Hunter, Graham se dio la vuelta desesperanzado. Su
anfitrión era un hombre corpulento y lúgubre, que le hacía recordar a Demis
Roussos. Llevaba puesto una especie de caftán de color marrón. Graham cerró los
ojos. El señor Hunter era aquello que aparentaba: un refugiado de los años
sesenta. Con su gorda mano apretó el hombro de Graham.
—Eres
un ganador insospechado, jovencito. —Se acercó hacia Sara, y casi la ocultó con
su cuerpo de la vista de Graham—. Graham está tan estupefacto contigo que sin
duda no será capaz de presentarnos. Yo soy Marty Hunter —(¿Marty? se dijo a sí
mismo Graham)— y me estaba preguntando si jamás se te ha ocurrido posar...
Justo
en aquel momento se apagaron las luces, la música se interrumpió arrastrando un
breve sonido grave, y la gente empezó a emitir ruidos animales.
—Oh
jodido infierno —Graham oyó decir al señor Hunter, y a continuación algo enorme
le rozó en la obscuridad diciendo—, eso es obra de Woodall; siempre desconecta
los conmutadores en las fiestas...
En
el preciso momento en que comenzaron a llamear las cerillas y a rasparse los
mecheros, Sara se adelantó emitiendo un siseo y se abrazó a él. Cuando
volvieron las luces, Graham únicamente se había atrevido a estrecharla entre
sus brazos. Ella volvió a apartarse sacudiendo la cabeza, que mantenía
inclinada hacia abajo, su perfume aún flotando entre ambos cuerpos. La música
volvió a sonar de nuevo, a la cual la gente recibió con una exclamación de
alivio.
—Lo
siento —le oyó decir a ella—, he sido una tonta. Me asusto de los truenos...
también. —Miró distraídamente hacia los costados buscando el vaso, pero lo
tenía Graham, así que se lo pasó—. Gracias —dijo, y bebió un trago.
—No
tienes por qué disculparte —dijo él—, ha sido muy agradable. —Sara alzó
brevemente la vista con una sonrisa vacilante, como si no le creyera. Graham se
lamió los labios, se acercó, y extendiendo su mano le tocó la suya, con la cual
ella ahora sostenía el vaso. Evitando mirarle a la cara, la muchacha continuó
con la vista fija en el vaso.— Sara, yo...
—¿Podríamos...?
—comenzó a decir ella, y a continuación le echó una rápida mirada, dejó el vaso
sobre la repisa y sacudiendo su cabeza dijo—: no me encuentro del todo bien...
—¿Cómo?
—dijo Graham preocupado, cogiéndola por los hombros.
—Lo
siento, puedo... —dijo dirigiéndose hacia la puerta, y Graham la ayudó a pasar
por entre la gente, apartándola de su paso con el codo. En el vestíbulo se
encontraron nuevamente con el señor Hunter, que sostenía entre sus brazos a un
relajado y aburrido gato negro. Al verles, el hombre frunció el entrecejo.
—Se
te ve bastante pálida —le dijo a Sara, y luego dirigiéndose a Graham continuó
diciendo—. ¿Tu amiga no estará por vomitar, no es cierto?
—No,
no lo estoy —dijo Sara en voz alta, levantando su cabeza—. No se inquiete; me
iré a acostar sobre la nieve o en cualquier otro lugar... —Sara hizo un ademán
como si fuera a marcharse, pero el señor Hunter la detuvo con un movimiento de
su mano.
—De
eso nada. Ruego que me perdones. Te encontraré... ya sé, venid conmigo.
—Dejando el gato encima de un viejo sofá que había sido corrido contra la pared
del vestíbulo, guió a Graham y a Sara en dirección hacia las escaleras.
Al
otro lado de la calle Farringdon, Graham cruzó la travesía Easton, en cuya
acera permanecía apoyada la plataforma colgante de otro pintor o limpiador de
ventanas, que por alguna razón estaba puesta de manera vertical, con varios
rollos de cuerda colocados pulcramente a su alrededor. Era verano; la época
para pintar y de los andamiajes. Había que tener las cosas terminadas antes de
que llegase el invierno. Se descubrió a sí mismo sonriendo, recordando
nuevamente aquel primer encuentro, aquella noche casi alucinógena. Pasó por
delante de una vieja de pie en medio de la acera, aparentemente mirando a un
hombre con muletas que esperaba cruzar la calle desde la acera de enfrente.
Casi automáticamente, Graham trató de imaginarse aquella escena dibujada.
—He
visto marcharse a Slater con un fornido y joven Romeo —dijo el señor Hunter
cuando llegaron al rellano de la segunda planta de aquella enorme casa—. ¿No
dependeréis de él para regresar a casa? —le preguntó a Graham. Éste negó con un
movimiento de cabeza. Por lo que él sabía, Slater ni siquiera conducía.
El
señor Hunter abrió una puerta cerrada con llave y encendió la luz del cuarto.
—Ésta
es la habitación de nuestra hijita; aquí podrás recostarte, jovencita. Y tú,
Graham, cuídala bien; luego le diré a mi esposa que suba para ver si precisáis
algo. —Sonriéndole primero a Sara y después a Graham, el señor Hunter se marchó
cerrando la puerta detrás suyo.
—Pues
bien —dijo Graham incómodo mientras Sara se sentaba en la pequeña cama—, aquí
estamos. —Mordiéndose el labio, se preguntó qué era lo que se suponía que debía
hacer ahora. Sara dejó descansar la cabeza entre sus manos. Graham observó la
negra mata de sus cabellos revueltos, deseándola, sintiendo temor. Ella alzó la
vista y le miró. Graham dijo: —¿Te encuentras bien? ¿Qué es lo que te sucede?
Es decir, ¿sientes... sientes dolores?
—Ya
se me pasará —le respondió ella—. Discúlpame, Graham; vuelve a la fiesta si lo
deseas. No es nada grave.
Graham
se puso tenso. Acercándose, se fue a sentar junto a ella al borde de la cama.
—Si
quieres que me vaya me iré... pero no me importa quedarme sentado aquí. No
quiero dejarte... sentada aquí sola. A menos que realmente lo desees. De todos
modos, no creo que me divierta allí, supongo que estaría pensando en ti. Yo...
Estuvo
a punto de poner el brazo alrededor de su cuello, pero ella se le adelantó
apoyando la cabeza sobre su hombro, con lo cual el perfume que despedían sus
cabellos le envolvió, haciéndole sentir ligeramente mareado. Parecía como que
ella fuera a desplomarse en cualquier momento; aquello no era un abrazo y sus
brazos yacían pesadamente. Tenía las manos apoyadas sobre su regazo, inertes
como los miembros de una muñeca. Graham la abrazó, sintiendo que temblaba.
Tragó con dificultad y se puso a mirar a su alrededor, los posters de Snoopy,
de caballos en soleadas praderas, de David Bowie y Duran Duran. En un rincón un
diminuto tocador blanco, reluciente y con frascos y potes bien ordenados,
parecía haber sido sacado de alguna casa de muñecas. Sara volvió a estremecerse
en sus brazos, y a él le pareció que podría estar llorando. Instintivamente
acercó la cabeza hacia sus cabellos.
Sara
levantó su cabeza, y Graham pudo ver que tenía los ojos secos. Puso sus manos
encima del cobertor y le miró a los ojos, inspeccionándole el rostro con una
expresión ansiosa, primero el ojo derecho, luego el izquierdo, después pasando
a su boca. Graham se sintió examinado, sondeado, y como una polilla frente a
una especie de antifaro en busca de un haz de sombra, deseando apartarse,
alejarse volando de la intensidad de aquellos escrutadores ojos negros.
—Lo
siento, Graham, no quisiera fastidiarte —dijo ella, volviendo a agachar la
cabeza—, tan sólo preciso a alguien en quien apoyarme, eso es todo. Estoy
pasando por un... oh —dijo ella sacudiendo la cabeza, desechando cualquier cosa
que hubiera estado a punto de contar. Graham puso su mano sobre la suya.
—Apóyate
en mí —le dijo—. Comprendo lo que te pasa. No tienes por qué preocuparte.
Sin
mirarle, Sara se acercó a él nuevamente y se reclinó contra su cuerpo.
Finalmente le rodeó suavemente la cintura con sus brazos, y permanecieron así
durante largo rato, mientras él escuchaba los sonidos de la fiesta, y sentía
—contra un costado, y dentro del perímetro que conformaba su brazo alrededor de
ella— el suave flujo y reflujo de su respiración. Por favor, por favor, señora
Hunter, no se le ocurra venir en este preciso instante. No ahora, no en este
perfecto y delicado momento.
Unos
pasos resonaron en las escaleras, y los latidos del corazón de Graham
parecieron querer imitarlos, pero los pasos se alejaron junto a unas risas.
Abrazando a Sara, se dejó envolver por su olor, confortado por su cercanía. Su
presencia y su perfume le hacían sentirse drogado; se sentía... de una manera
que jamás antes había experimentado.
Esto
es absurdo, se dijo a sí mismo. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué me ocurre? Ahora
mismo me siento más feliz, más satisfecho que en cualquier situación de éxtasis
postcoital. Aquellas noches de Somerset en coches de amigos, en casas ajenas, o
esa vez en un campo iluminado por la luna; todos mis encuentros hasta hoy,
meticulosamente apuntados y comparados; ninguno de ellos tenía importancia. Tan
sólo éste era el que contaba.
Dios
mío, qué payaso.
Enamorándome
en una vieja e irregularmente construida casa de Gospel Oak, Londres, durante
el mes de enero. ¿Qué posibilidades tengo de que ella alguna vez sienta lo
mismo? Jesús, estar así para siempre, vivir, estar juntos, abrazarla de este
modo en la cama alguna noche en que tuviera miedo de los truenos, y yo poder
reconfortarla, y ser reconfortado por ella.
Sara
se removió contra su cuerpo, y él, tomándolo por los suaves movimientos que
podría producir un niño dormido, bajó la vista sonriente, absorbiendo la lenta
ola de perfume que despedían sus alborotados cabellos negros; pero ella estaba
despierta, y alzando su cabeza se despegó de él un poco para mirarle, ante lo
cual Graham tuvo que ocultar rápidamente su sonrisa ya que no era algo que
deseara que ella viese.
—¿En
qué estás pensando? —le preguntó Sara. —Graham inspiró profundamente.
—Estaba
pensando —comenzó a decir lentamente, consciente de que ella aún le abrazaba de
la cintura (pero no; de pronto se llevó una de sus manos a la frente y se quitó
el cabello que le caía sobre los ojos; sin embargo, ¡luego la depositó en el
mismo lugar, estrechándola ligeramente contra su cuerpo!)— acerca de... de que
si por el vino dentro de un zapato se podía reconocer de qué clase era. Me
refiero al vino; el viñedo y la cosecha... este... si pertenece a la vertiente
sur o si aquel año la tierra resultó ser especialmente ácida.
Una
amplia sonrisa, que aflojó su vulnerable y tensionado rostro, apareció en el
blanco espacio rodeado por la obscura mata de pelo. El corazón de Graham
pareció saltar de alegría ante la diáfana belleza de ella y por el hecho de
haber sido el causante de aquel cambio. Sintió que abría su boca
involuntariamente, pero la volvió a cerrar sin pronunciar una sola palabra.
—O
también se podría organizar un concurso de catadores de champaña utilizando
pantuflas de dama —dijo ella riéndose. Graham asintió con una sonrisa. Lanzando
un suspiro, Sara cambió nuevamente de expresión, y dejando de abrazar a Graham,
se inclinó hacia adelante doblándose por la mitad.— Creo que preciso ir al
lavabo —dijo ella, dirigiéndole luego una mirada a Graham—. ¿Me esperarás?
—Esperaré
—dijo él, aunque demasiado solemne para su gusto. Sonrió, y volvió a posar su
mano sobre la de ella—. ¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Son
tan sólo los nervios. —Sacudió la cabeza, y mirando la mano de Graham dijo—:
Gracias por... pues, gracias. No tardaré. —Incorporándose velozmente, se
dirigió hacia la puerta y salió. Graham se desplomó hacia atrás en la cama,
observando el blanco cielo raso con los ojos muy abiertos.
En
toda su vida no había creído que algo así fuera posible. Uno ya no creía en
Papá Noel, en Ratoncito Pérez, en la omnisciencia paternal... y en toda aquella
clase de patrañas acerca del amor eterno que nos habían dicho que era el ideal.
La vida era sexo, infidelidad, divorcios. También estar locamente enamorado,
¿pero el amor a primera vista, oler, tocar? ¿Para él? ¿Qué se había hecho de
aquel cinismo cuidadosamente fomentado?
Permaneció
recostado en la cama, esperándola. Al cabo de un rato se levantó y comenzó a
pasearse por la habitación de techos altos, contemplando los posters
desplegados y los blandos juguetes, los dos viejos guardarropas, la pequeña
rama que imitaba a un árbol sobre el reborde de la ventana de la cual colgaban
unos vulgares y coloridos adornos. Graham tocó las largas cortinas de color
verde oscuro y echó una mirada al jardín y al otro lado de la casa, alta y
sombría. El cielo resplandecía con una extraña tonalidad amarillenta; manchas
de nieve cubrían de modo desigual el jardín. La puerta se abrió. Sonriendo,
Graham se giró.
Una
mujer alta, con aspecto de haber bebido bastante y embutida en un mono de color
rojo, se balanceaba en el umbral de la puerta sosteniéndose del marco exterior.
Su rostro era delgado y tenía los cabellos rubios.
—¿Te
encuentras bien, querido? —le preguntó a Graham, recorriendo la habitación con
la mirada. El muchacho esbozó una pequeña sonrisa.
—Me
encuentro bien, señora Hunter. La señora ffitch está eh... en el lavabo.
—Oh
—dijo la mujer. No creía recordarla; luego hizo memoria y se acordó de haberla
visto en el baile de fin de curso—. Pues entonces, nada. Bueno... no ensuciéis
la cama. —Apartándose, cerró la puerta. Graham permaneció mirando la puerta con
el ceño fruncido, preguntándose qué había querido decir con exactitud. Ésta se
abrió nuevamente, volviendo a aparecer la señora Hunter—. ¿Por casualidad no
habrás visto a mi marido? Soy la señora Hunter, la esposa de Marty.
Graham
sacudió la cabeza. Se sentía injustamente urbano; casi despreciativo con la
mujer borracha.
—No,
señora Hunter —dijo—, no desde hace bastante rato.
—Hmm
—masculló ella y se marchó. Graham permaneció unos instantes observando la
puerta, pero no sucedió nada más. Al otro lado la fiesta se desarrollaba
bulliciosamente. Le pareció oler a droga; a humo de marihuana o algo parecido.
Volvió a mirar nuevamente por el cristal de la ventana, observando de vez en
cuando en él el reflejo de la habitación. Echando un vistazo a su reloj, se
preguntó cuánto tiempo hacía que ella se había marchado. Le parecían siglos.
¿Debería ir a ver qué pasaba? ¿No le molestaría a ella? ¿Y si le hubiese
sucedido algo; podría haberse desmayado?
Ni
siquiera sabía en dónde se encontraba el lavabo en aquella planta. Tan sólo
había utilizado una vez el que quedaba en la planta principal. ¿Debía salir en
su busca? Podría quedar como un entrometido, o abrir la puerta equivocada y
estorbar a sus ocupantes. Recorrió la habitación a trancos, luego se acostó con
las manos entrelazadas detrás de su cabeza. Pero enseguida volvió a
incorporarse y se dirigió hacia la ventana, esperando ver reflejado el
movimiento de la puerta al abrirse.
La
puerta se abrió; Graham se giró justo a tiempo para ver cómo ésta comenzaba a
cerrarse y por el vano desaparecía un rostro de hombre después de una breve
inspección.
—Oh,
perdón —dijo una voz. Del otro lado se oyó la risita nerviosa de una muchacha y
unos pasos que se alejaban. Una vez más, Graham volvió a ponerse de cara a la
ventana.
Finalmente,
con un dolor de vientre como si algo se estuviera retorciendo por dentro,
abandonó la habitación. Encontró el lavabo en la planta de abajo. Graham pensó:
seguro que la puerta estará abierta y en el cuarto no habrá nadie. Se ha
marchado. Yo no significo nada para ella.
Intentó
abrir la puerta. Estaba cerrada por dentro.
Seguro
que está ocupado por un hombre. Le respondió la voz de una mujer.
—Lo
siento; enseguida salgo.
—¿Sara?
—dijo Graham inseguro, con voz temblorosa. Hubo un silencio, los ojos le
escocieron. No es ella. No podría ser ella. Es imposible que sea ella.
—¿Graham?
Mira, lo siento de veras. Saldré en un minuto. Oh Dios, cómo lo siento.
—No,
no —dijo él, casi gritando; tenía que bajar un poco el tono de su voz—. No te
preocupes. No hay prisa. Esperaré... en... la habitación, ¿de acuerdo?
—Sí.
Sí, por favor. Cinco minutos más.
¡Estaba
allí! Subió las escaleras a saltos, de tres a cuatro escalones por vez, rezando
por que la habitación no hubiese sido ocupada en su ausencia por alguna pareja
enamorada, echándose en cara el haber desconfiado de ella. Ahora pensaría que
él no tenía confianza en ella.
La
habitación estaba vacía, tal como la había dejado. Se sentó en la cama, las
manos sobre su regazo, el corazón latiéndole fuertemente en el pecho. Fijó la
vista en la base de la puerta. Entro en éxtasis porque una mujer está en el
lavabo, pensó. Esto es suficiente para hacerme sentir que el mundo me
pertenece. ¿Podré contárselo a alguien? ¿A Slater, por ejemplo? ¿A mi madre?
¿Habrán ella y papá sentido lo mismo?
Sara
regresó. Se la veía más pálida que nunca. Respiraba con dificultad, de un modo
irregular. Sin hablarle se acostó en la cama. Le hacía sentirse atemorizado,
pero a medida que ella fue relajándose, tendida junto a él con los ojos
cerrados y el rostro volteado hacia su lado, otra cosa que emanaba de ella, un
frágil y expuesto erotismo hizo que se estremeciera de deseo. Oh Dios mío, me
siento como un violador. Ella se encuentra mal.
—¿Te
encuentras —Graham se atragantó con las palabras y comenzó de nuevo—. ¿Te
encuentras muy indispuesta? ¿Quieres que llame a una ambulancia?
—Indispuesta
—dijo ella sonriendo, con los ojos aún cerrados—. Es un término amable. —Abrió
los ojos y los fijó, parpadeando a causa de la luz, en Graham—. Me encuentro
bien, realmente. De veras que lo estoy. Son sólo los nervios; soy una mujer
llorona y probablemente debiera estar tomando valium, pero sería un fastidio.
Voy a salir por mis propios medios, ¿sabes? Tengo cosas por resolver. Siento
ser para ti una molestia.
—Tú
no me molestas —dijo Graham, sintiéndose satisfecho por el modo en que se había
expresado; cálido, seguro, sin aire protector, pero con afecto. ¿Lo había
percibido ella también así? Sara inclinó la cabeza y cerró nuevamente los ojos.
Comenzó a oler su vestido por encima de sus pechos.
—Deberás
disculparme —dijo repentinamente, con los ojos abiertos—. Huelo a un horrible
aftershave. —Graham se dio cuenta de que en efecto ella despedía un fuerte olor
a colonia. Sara le sonrió débilmente y se encogió de hombros—. Vomité. Esto es
todo lo que pude encontrar para tapar el olor. También me lavé los dientes,
pero todavía tengo el sabor... Dios mío, esto es detestable, Graham. Te estoy
utilizando de niñera. No ha sido mi intención.
—No...
tienes por qué atormentarte —dijo él sin fuerza.
Los
ojos de Sara volvieron a cerrarse.
—¿Si
te pido que apagues la luz no pensarás mal, no es cierto? —le preguntó—. Me
molesta a la vista.
—Por
supuesto que no —dijo él suavemente, dirigiéndose hacia la puerta.
A
oscuras era posible apreciar unas franjas de luz amarillenta que entraban por
la ventana. Sara era una mancha negra sobre la cama, un espacio en tinieblas.
Graham se sentó junto a ella, que alzó uno de sus brazos; y allí permaneció,
con los músculos en tensión. Con su brazo, ella gentilmente le hizo acostarse.
Ambos rostros quedaron enfrentados; próximos y borrosos.
—Graham,
esto es terrible —dijo ella, tan bajo que casi resultó inaudible—. Has sido tan
gentil conmigo y yo me estoy aprovechando de ti, pero todavía no tengo fuerzas
para marcharme. Creo que debes odiarme.
—Yo...
—comenzó a decir Graham, pero se tragó aquella declaración demasiado
precipitada, instintiva y sincera. Demasiado pronto—. No —insistió—, de ninguna
manera. —Cogió entre sus manos las de ella. Estaban muy calientes—. En realidad
esto es... —sacudió su cabeza, sin saber si ella podía verle, o sentir el
ligero balanceo de la cama— ...muy agradable —acentuó esta última palabra con
una breve risa de autodesvalorización, dándose cuenta de que estaba fuera de
lugar. Ella apretó sus manos.
—Gracias
—le susurró ella.
Estuvieron
así tendidos durante largo rato. Graham sentía una extraña y lejana confusión
en sus pensamientos, como si ya no pertenecieran a su propia mente y el
bullicio de la fiesta no fuera otra cosa que el rumor de su propia voz. Por
último, desistió del intento de analizar sus sentimientos, o siquiera de
comprenderlos, y optó por relajarse, esperando la pausada y regular respiración
que llamaba al sueño, sin estar del todo seguro de poder detectarla. En cierto
momento la puerta se abrió brevemente y una voz de hombre dijo «mierda», pero
Graham no le prestó la menor atención; sabía que no se trataba de nada que
pudiera perturbarles.
Graham
la sujetó entre sus brazos, inmóvil y cálida, pero poco después sintió en
aquella oscuridad como si no estuviera sujetando en realidad nada; tenía la
misma sensación que después de haber mantenido un miembro en la misma posición
durante demasiado tiempo, el cual de algún modo perdía toda referencia con el
cuerpo, y a pesar de que en los primeros instantes uno se esforzaba por mover
ese brazo o esa pierna no había forma de hacer propia aquella parte. Graham
continuó sujetándola, pero no sintió nada; ella estaba allí, y él era capaz de
distinguir las diferencias que les separaban, pero por alguna razón también la
sentía como una parte relajada de su propio cuerpo; una silenciosa mezcla de
identidades neutralizaba esta sensación, como la piel pálida, la cicatriz
blanca, las ropas negras y el cabello obscuro que se combinaban mutuamente, y
la unión resultante que era clara, invisible, nada.
Finalmente
ella se removió, le besó rápidamente en la frente y se incorporó, sentándose al
borde de la cama.
—Ahora
me siento mejor —dijo. Luego giró la cabeza para observar a Graham en la
obscuridad; él se quedó mirándola—. Es hora de que me vaya a casa —continuó
diciendo—. ¿Podrías llamarme un taxi? Ven; bajaremos juntos.
—Por
supuesto —dijo él sonriendo.
Al
encender la luz ésta brilló con demasiada intensidad. Sara bostezó y se rascó
la cabeza, despeinando aún más su cabello.
En
el vestíbulo, Graham pidió un taxi para ella que fuera hasta Islington.
—¿Hacia
dónde vas tú? —preguntó ella—. Si Islington no te cae muy lejos, tal vez
quieras aprovechar el taxi. La fiesta se había calmado un poco, pero todavía
quedaban muchos invitados. Un hombre y una mujer con atuendos punk dormían uno
en brazos del otro sobre el sofá del vestíbulo. Graham se encogió de hombros.
—Creo
que Islington me queda cerca —dijo. ¿Acaso le estaba invitando? Seguramente no.
Se veía angustiada.
—Lo siento,
pero no puedo invitarte. —Graham creyó que se le habían pasado las ansias, pero
ahora pudo comprobar que no era así.
—No
te preocupes —dijo vivamente—. Sí, Islington me queda bastante cerca. Yo pagaré
la mitad.
Ella
no le dejó pagar la mitad; él no opuso demasiada resistencia. Llegaron al sitio
en donde vivía ella, un tranquilo callejón sin salida. Graham dejó que el taxi
se fuera; no podía permitirse semejante lujo. Sara echó una mirada a una enorme
moto BMW aparcada junto al canto de la acera y luego hacia arriba, a una oscura
fila de casas altas. La luz amarillenta le otorgaba a su rostro el aspecto de
un fantasma.
—Vuelvo
a pedirte disculpas por lo de esta noche —dijo ella, acercándose. Graham alzó
los hombres. ¿Se besarían? Le parecía imposible—. Ojalá pudiera invitarte a
pasar.
—No
tiene importancia —dijo él, sonriendo. Su aliento formó entre ambos una nube de
vapor.
—Te
lo agradezco, Graham. Me refiero a que me hayas acompañado. He resultado una
molestia; ¿podrás perdonármelo? No me comporto siempre así.
—No
hay nada que perdonar. Ha sido magnífico. —Al oír esto, Sara se rio
silenciosamente. Graham volvió a alzarse de hombros, sonriendo
desesperanzadamente. Ella se le acercó, colocando su mano enguantada detrás de
su cuello.
—Eres
adorable —le dijo ella, y atrayendo su rostro le besó; tan sólo apoyó sus
labios, suaves, cálidos y húmedos, contra los suyos, pero fue mejor que
cualquier otro beso, mejor que su primer beso verdadero, y aquella sensación le
aturdió. Apenas tenía noción de lo que estaba haciendo. Abrió ligeramente su
boca, y la lengua de ella le tocó le labio superior para luego volver a
desaparecer; besándole rápidamente en la mejilla, Sara dio medio vuelta y se
encaminó hacia la puerta de entrada, buscando la llave en el fondo de un
pequeño bolso que había extraído de su viejo abrigo de pieles.
—¿Podremos
vernos otra vez? —profirió Graham con voz ronca.
—Naturalmente
—le respondió ella, como si se tratara de una pregunta tonta. Introdujo la
llave en la cerradura y abrió la puerta—. Todavía no he memorizado el número de
teléfono de aquí. Slater lo tiene. Chao. —Le sopló un beso; sus últimas
palabras, con la puerta abierta, las había susurrado. La puerta se cerró
sigilosamente. Graham vio cómo arriba una luz se encendía; luego todo volvió a
estar a oscuras.
Le
llevó cinco horas regresar caminando hasta Leyton, el sitio en donde se
alojaba. Hacía frío, y en cierto momento llovió ligeramente, tornándose luego
en aguanieve, pero a él no le importó. ¡Aquel beso! ¡Aquel «naturalmente»!
La
caminata fue épica. Algo que él jamás podría olvidar. Un día, o una noche,
volvería a hacerla de nuevo, volvería sobre sus pasos por el puro placer de la
nostalgia. Algún día, cuando ambos estuvieran juntos y él tuviese un buen
trabajo, cuando fuera dueño de su propia casa y de su coche y no necesitara
caminar o pudiera pagarse un taxi si así lo deseaba; por la memoria de los
viejos tiempos tomaría la misma ruta, tratando de recuperar los cambiantes
estados de éxtasis de aquella caminata en las opacas horas de la madrugada.
Casi
medio año después, durante el calor del verano, todavía era capaz de recordar
la sensación del aire frío sobre su piel, el modo en que se le habían congelado
las orejas, mientras él se reía sin parar a carcajadas, estirando sus brazos
hacia el nublado y obscuro cielo anaranjado.
Ahora
era capaz de reírse de aquello. Había pasado el tiempo y podía hacerse a la
idea de ese arrebato levemente absurdo. Ahora podía aceptarlo. Todavía le era
imposible creérselo por completo, en el sentido de que no podía creer que eso
le estuviera pasando a él, de que fuera tan vulnerable a un sentimiento tan
vulgar, casi trillado. Pero existía; él no podía —de ninguna manera— negarlo.
Graham
pasó junto a un taller abandonado de la Avenida Rosebery; los carteles
anunciaban grupos de rock y sus discos. El tráfico bullía y el sol azotaba,
pero Graham recordó el mes de enero, y un escalofrío le invadió el cuerpo ante
la memoria de aquella larga caminata.
Calle
de la Media Luna, se repitió a sí mismo incansablemente mientras caminaba
aquella noche. Ella vivía en la calle de la Media Luna (antes de marcharse se
había cuidado bien de memorizar su dirección, así que aunque Slater hubiera
perdido su número, ella no se perdería para él). Para Graham se convirtió en
una especie de canto, en un mantra; calle de la Media Luna, calle de la Media
Luna, calledelamedialuna...
Un
canto.
Una
letanía.
El
empleado Starke
¡Desocupado!
Se
sentó en una silla de plástico de la Oficina de Empleo. En aquellos lugares las
sillas eran todas iguales; lo comprobó en cada una de las oficinas de empleo y
en las de la Seguridad Social que había estado. No es que fueran exactamente
iguales; él había visto diferentes modelos, pero todas pertenecían a la misma
clase. Se preguntó si alguna de esas sillas estaba provista de un dispositivo
de seguridad contra las microondas.
Una
mujer le había estado atendiendo, pero ahora ya no estaba. Al parecer no se vio
capaz de arreglárselas con él. Probablemente ellos no se esperaban esto. No se
habían preparado de un modo adecuado.
Decidió
no regresar directamente a la pensión, ni dirigirse aún al pub. Eso era lo que
ellos esperaban que hiciera. Despedido hacía escasas horas, o mejor dicho
«renunciado», y con todo ese dinero; por supuesto, lo obvio hubiera sido irse a
casa o a beberse un trago. Ellos no se esperaban que él iría a la Oficina de
Empleo a solicitar trabajo. Por lo tanto, cuando vio el letrero en la calle
justo delante suyo, no dudó en entrar, sentarse y exigir ser atendido.
—¿Señor...?
—se dirigió a él un hombre. Traje ligero, cabello corto, cara cubierta de
pecas, pero con expresión de responsabilidad. Se sentó frente a Grout
aferrándose con ambas manos al inmenso papel secante blanco que casi recubría
la superficie del pequeño escritorio.
—¿Qué?
—dijo Grout receloso. No le había prestado atención.
—¿Su
nombre es...? —dijo el joven.
—Steven
—dijo Grout.
—Ah...
¿es su nombre de pila?
Inclinándose
hacia adelante, Grout colocó un puño sobre el escritorio y miró al hombre
fijamente a los ojos, entrecerrando los suyos, que brillaban de ira, mientras
le decía:
—¿Cuántos
más se cree que puedo tener?
El
joven pareció confundido y preocupado. Steven se cruzó de brazos y sintiéndose
triunfante se reclinó en su asiento. ¡Eso le había derrotado! Steven se echó
hacia atrás el casco protector. Aquello iba realmente sobre ruedas. Por una vez
sintió que era él quien llevaba la voz cantante, sin que ellos aún tuvieran
oportunidad de utilizar su Pistola Microondas; se sintió tranquilo y relajado.
De ellos dos, el que se veía más acalorado e inquieto era el joven empleado de
la Oficina de Empleo.
—¿Podríamos
empezar de nuevo? —dijo el joven, sacando una pluma y golpeando con una de sus
puntas su dentadura inferior. Sonreía impacientemente.
—Oh,
por supuesto —dijo graciosamente Steven—. Soy un experto en comienzos.
Adelante.
—Muy
bien —dijo el joven, inspirando.
—¿Cuál
es su nombre? —dijo repentinamente Grout, volviendo a inclinarse sobre el
escritorio.
El
joven empleado le contempló durante unos instantes.
—Starke
—dijo.
—Está
usted llamando la atención, o...
—Escuche,
señor —dijo seriamente el joven llamado Starke, depositando la pluma sobre el
escritorio—. Estoy intentando cumplir con mi trabajo; ahora bien...
¿enfocaremos este asunto de una forma sensata, o no? Porque si no, hay muchas
personas que...
—Y
usted escúcheme a mí, empleado Starke —dijo Grout, dando golpes con un dedo
encima del escritorio. Starke miró el dedo, por lo que tuvo que retirarlo al
recordar cuán sucias estaban sus uñas—. Soy un desocupado, sabe. Yo no tengo un
bonito y seguro puesto de funcionario con jubilación y... y otras cosas. Soy
una víctima de la recesión económica. A usted podrá parecerle una broma...
—Le
aseguro que...
—...
pero yo sé lo que sucede, y sé por qué estoy aquí y por qué lo está usted. Oh,
sí. No soy un estúpido. No se crea que podrá engañarme como a un niño. Conozco
la situación, como ellos suelen decir. Podré tener treinta y sie... treinta y
ocho años, pero soy capaz de «conectar» muy bien, y sé que no todo funciona «a
pedir de boca» como la gente se cree. A usted podrá parecerle una tarea fácil,
y quizá lo sea, pero a mí no se me engaña así como así, oh no. —Grout se relajó
en su silla, asintiendo enfáticamente con la cabeza. No siempre se expresaba
correctamente, y él era el primero en admitirlo, pero no se trataba tanto de lo
que uno decía, sino del modo en que lo hacía. Eso lo había dicho alguien
famoso.
—Bien,
señor, no seré capaz de ayudarle a menos que usted me permita hacerle ciertas
preguntas.
—Vale,
pues —dijo Grout, abriendo sus brazos de par en par y mirándole asombrado—,
adelante. Ya comprendo; estoy preparado. Pregunte lo que quiera.
Starke
lanzó un suspiro.
—Perfecto
—dijo—. ¿Cuál es su nombre?
—Grout
—dijo Steven.
—¿Es
ése su nombre de familia? —preguntó Starke.
Grout
lo meditó cuidadosamente. Siempre se confundía con estas cosas. ¿Qué era nombre
de familia y qué era nombre de pila? Era como peso neto y peso bruto; siempre
los mezclaba. ¿Por qué la gente no decía simplemente primero y segundo? Tan
sólo para confundirle, no cabía duda. Pero sin embargo, había una manera de
determinarlo. Si uno recibía el tratamiento de «señor», entonces el nombre que
venía después, el primero, debía de ser, por lógica, el nombre de familia... y
en cuanto al nombre de pila, es decir de bautismo, era fácil porque Bautista se
había llamado Juan Bautista, y por lo tanto el nombre de pila era obviamente el
segundo... y así era como podía deducirlo.
Este
procedimiento le pareció razonable, pero ahora que lo pensaba no estaba seguro
de si esta manera de recordarlo era la errónea o la acertada. Decidió optar por
lo seguro.
—Mi
nombre es Señor Steven Grout.
—Muy
bien —dijo Starke, apuntándolo—. ¿Se escribe igual que ese material que se usa
para unir ladrillos y cosas parecidas, no es así? —Starke levantó la vista.
Los
ojos de Steven se entrecerraron.
—¿Qué
está tratando de insinuar?
—Yo...
yo no...
—No
permitiré sus insinuaciones —dijo Steven, golpeando la parte delantera del
escritorio—. Me gustaría saber con qué derecho usted se dirige a mí con esa
clase de insinuaciones ¿eh? Contésteme.
—Yo...
—No,
no puede, ¿no es cierto? Y yo le diré el porqué. Porque yo no estoy aquí por
propia voluntad, ésa es la razón. Yo no soy uno de sus gorrones. Para su
información, jamás he elegido la vía fácil. He pasado por momentos muy duros
pero siempre manteniendo mi dignidad, y jamás permitiré que alguien me la
quite. No dependo de nadie y con los tiempos que corren eso es algo muy
valioso; incluso si no ha tenido los mismos problemas que yo, cosa que no creo,
ya que resulta completamente obvio, usted es el que está sentado del otro lado
haciendo las preguntas. Tiene que darse cuenta, empleado Starke...
—Yo
no soy...
—...
que estamos separados por un escritorio. —Palmeó la superficie del escritorio
para que comprendiera de qué estaba hablando—. Esto es un símbolo, ¿lo sabía?
—Grout se acomodó para dejar que sus palabras calaran hondo. Starke miró el
escritorio.
—Esto
es un escritorio, señor Grout.
—Es
un escritorio simbólico —dijo Grout, golpeándolo con su dedo—. Es un escritorio
simbólico porque establece entre usted y yo una separación, y así es como
funcionan las cosas. Siempre así. No intente convencerme de lo contrario. Como
ellos suelen decir, conozco la situación.
—Señor
Grout —dijo Starke con un suspiro, dejando otra vez la pluma—. Me temo que esta
entrevista no nos lleve en realidad a ninguna parte. Cuando usted llegó, habló
con mi colega la señorita Phillips...
—No
tuve tiempo de averiguar su nombre —dijo Grout, agitando desinteresadamente una
mano.
—Que
yo sepa, con ella tampoco llegó demasiado lejos, ¿no es cierto? Y ahora...
—¿Que
no llegué demasiado lejos? —dijo Grout—. ¿Que yo no llegué demasiado lejos? No
es mi trabajo llegar lejos, sino el de ustedes. Se supone que es usted quien
tiene que llegar lejos conmigo. Ustedes están entrenados en esta clase de
cosas, no yo —dijo Steven indignado, volviendo a golpear con su dedo la mesa a
modo de énfasis—. ¿Se piensa que recurro a esto a menudo, eh? Contésteme. Usted
piensa que tengo el hábito de venir a sitios como éste ¿no es eso? ¿Se atreve
nuevamente a insinuarme cosas?
—No
intento insinuar nada, señor Grout —dijo Starke, acomodándose en su silla.
Meneó la cabeza—. Estoy tratando... trataba de llevar adelante una entrevista,
y ahora trato de hacerle comprender que usted no hace nada para facilitar las
cosas. Primero agotó a mi colega...
—Le
aseguro que yo no le caía bien. Se comportó de un modo despectivo. Y eso es
algo que no toleraré —explicó Grout. Starke se encogió de hombros.
—Lo
que sea. Ahora usted ha hecho imposible que yo pudiese llevar adelante la
entrevista a pesar del hecho de que he sido extremadamente paciente...
—Yo
no estoy impidiéndole que lleve adelante su entrevista —dijo Grout, sacudiendo
su cabeza—. No es así. Haga sus preguntas, y yo las responderé. Adelante.
Pregunte lo que desee. Soy una persona muy cooperativa. Tan sólo que no
toleraré que se me trate despectivamente o ser objeto de insinuaciones.
El
joven se quedó mirándole unos instantes, luego alzó las cejas, y sentándose
derecho en su silla volvió a coger nuevamente su pluma.
—Muy
bien. Lo intentaremos una vez más. Su nombre es señor Steven Grout...
—Correcto
—asintió Steven.
—Si
no me equivoco, acaba de dejar su último empleo ¿no?
—Así
es.
—Y
desearía...
—No
—dijo Steven, adelantándose en su asiento y palmeando el escritorio mientras el
señor Starke se repantigaba con un suspiro en su silla, sacudiendo la cabeza y
esbozando una leve sonrisa—, porque lo hubiera querido. Venían a por mí desde
un principio. Querían deshacerse de mí todo el tiempo. Me perseguían. Me
forzaron a irme. Pero lo hice por propia voluntad. Jamás les daría semejante
satisfacción. Renuncié. Uno tiene su orgullo, sabe. No permití que me tratasen
en forma desconsiderada.
—Ajá
—dijo el señor Starke, sentándose derecho en su silla y pareciendo un poco más
interesado—, ¿así que renunció?
—Ciertamente.
No iba a permitir que ellos...
—En
este caso, señor Grout, deberá comprender que al renunciar queda sin opción al
beneficio del seguro contra desempleo por un periodo de...
—¿Qué?
—dijo Steven, incorporándose en su asiento—. ¿De qué está hablando? Era la
única cosa decente que podía hacer. Si usted se piensa que me iba a quedar
allí...
—Lo
siento, señor Grout, pero pensé que era necesario decírselo. Aún tiene que
inscribirse como desocupado, pero por las primeras...
—Oh
no —dijo Steven—, yo lo siento, eso no es suficientemente justo. He pagado mis
timbres fiscales. He pagado de acuerdo a lo que he ganado. No soy ni un gorrón
ni uno de esos inadaptados sociales. Soy un trabajador. Tal vez no en este
preciso momento, pero lo soy, y tanto que lo soy. Lo que sucede es que no iba a
dejar que me echaran. De ninguna manera —palmeó sobre el escritorio— iba a
darles esa satisfacción, ¿me comprende?
—Aprecio
el que usted haya dejado su empleo por propia voluntad, señor Grout, pero las
reglas especifican que si lo hace entonces tendrá que...
—Pues,
eso no está nada bien, lo siento —dijo Grout. Le habían descubierto. Estaba
empezando a acalorarse. El cuello de la camisa le picaba y podía sentir el
peculiar olor corporal que despedían sus axilas. El señor Starke sacudía su
cabeza.
—No
obstante...
—No
me venga con sus «no obstante», joven —dijo Grout, elevando la voz. La gente le
estaba mirando. Pudo comprobar que la luminosa Oficina de Empleo se hallaba
casi atestada. El sol penetraba por los ventanales, calentando el lugar. Pero
existía un calor corriente y un calor de microondas. A estas alturas él conocía
bien la diferencia. El calor corriente no ocasionaba comezón como el de
microondas. El calor corriente no provenía desde dentro como por lo visto lo
hacía el de microondas, afectándole a uno al momento. Decidió tratar de
ignorarlo, y dijo—: No me venga con sus «no obstante», oh no. Es algo que no le
toleraré.
Starke
lanzó una pequeña carcajada. ¡Una carcajada! ¡Así como así!
—Lo
siento, señor Grout, pero usted no es elegible para el beneficio del seguro de
desempleo. En cambio, recibirá un beneficio suplementario durante las primeras
seis...
—¿Que
lo siente? —dijo Grout—. Pues no se le ve muy apenado. Quiero saber por qué
razón se me victimiza.
—Nadie
le victimiza, señor Grout —dijo Starke—. Las reglas especifican que si alguien
abandona voluntariamente su empleo deberá aguardar seis semanas antes de
reclamar el beneficio del seguro de desempleo. Si es elegible, que sin duda
usted lo será, durante el Ínterin podrá solicitar el beneficio suplementario.
—¿Y
qué hay de mi dignidad? —dijo Steven en voz alta—. ¿Qué hay de ella, le
pregunto? ¿Eh? ¡Beneficio Suplementario, ya lo creo! He pagado mis timbres
fiscales. He pagado mis impuestos. Esto no es para nada justo.
—Comprendo
su postura, señor Grout, pero me temo que así es como está establecido.
Probablemente sea elegible para el beneficio suplementario; primero tendrá que
inscribirse...
—Pues,
no es para nada justo —dijo Grout, enderezándose en su silla y clavando un ojo
en Starke, intentando volver a voltear posiciones para así dejar de sentirse
incómodo y hacer que Starke se pusiera nuevamente a la defensiva—. Lo único que
sé es que estoy siendo victimizado. Como si no tuviera suficientes problemas
que resolver. Pero ésta no será la última gota; no se librarán de mí tan
fácilmente. No soy un simple...
—Mire,
si cree que ha sido injustamente despedido —dijo Starke—, puede dirigirse a...
—¡Ja!
—exclamó Grout—. Yo he sido injustamente todo. Empleado, desocupado, alojado,
tratado; todo. Pero jamás oirá de mí una queja. He aprendido bien la lección.
No le lleva a uno a ninguna parte. Es mejor conservar la dignidad. —Había
tenido la intención de explicárselo, pero tuvo la impresión de que estaba
derrotado. El empleado Starke llevaba la voz cantante. Era tan injusto. ¡Hay
que ver qué tipos! En el almacén no le habían dicho nada; no le habían dicho
nada acerca de la imposibilidad de cobrar el seguro de desempleo. Justo que
estaban a punto de echarle, dejaron que él mismo renunciara. Tal vez por unos
segundos más y ellos le hubieran despedido, ahorrándole pasar por esta
situación. ¡Tan sólo por unos segundos! ¡Los muy cerdos!
—Bien
—dijo Starke, y comenzó a explicarle a Steven los pasos a seguir para
inscribirse como desocupado.
Grout
no le prestaba atención. Observaba el rostro del joven, cuya expresión entre
aburrida, experimentada y profesional había visto cientos de veces.
Oyó
las palabras «P45» en el discurso de Starke, y el alma se le cayó al suelo. ¿No
era eso acaso lo que se le había caído? ¿O se confundía? Cuando se alejaba
corriendo del almacén, Ashton le había gritado algo que sonaba parecido. Oh,
oh. Una salva de microondas se abatió sobre él; sintió por todo su cuerpo el
embate de una desagradable calidez, y sintió que se le enrojecía el rostro. La
piel le picaba. ¡Maldición! Después de haber abandonado el almacén estaba tan
satisfecho, victorioso incluso, que se había olvidado por completo acerca del
impreso caído. Pero naturalmente; Dan Ashton le había perseguido con la
intención de dárselo.
O al
menos, se le ocurrió repentinamente, eso era lo que ellos querían que él
creyese. Él no se acordaba de haber recibido aquel impreso; lo más probable es
que ellos ni siquiera se lo hubieran dado. Si era tan importante, casi seguro
que no lo habían hecho. Lo mismo le sucedió con los talones del seguro de
desempleo la última vez que estuvo sin trabajo; lo hacían para acabar con su
resistencia. Podían decir todo lo que quisieran acerca de impresos mal
rellenados, direcciones incorrectas y todo el rollo; él sabía lo que en
realidad estaba sucediendo. Querían destruirle lentamente a toda costa.
Sin
duda, ellos no tenían que consultar con sus superiores —esos misteriosos
Controladores, fuesen humanos o no— para recibir instrucciones, ya que
probablemente estaban provistos de planes bien dispuestos y preparados. Así que
incluso si él conseguía despistarles, ellos siempre tendrían algún método para
maltratarle. ¡Malditos bastardos!
Había
veces, tenía que admitirlo, en las que deseaba que le dejaran sólo,
permitiéndole vivir su mediocre, insignificante e inútil vida en paz. Las cosas
no cambiarían mucho, pero podría resultar casi soportable si al menos dejasen
de atormentarle. Era un pensamiento innoble y desmerecedor, lo sabía, pero él
tan sólo era —por lo menos ahora— un humano, y por lo tanto víctima de las
debilidades humanas, cualquiera que hubiese sido su condición sobrehumana
durante la Guerra. Esto demostraba lo bien que ellos habían hecho su trabajo
que hasta él se permitía considerar un aspecto tan detestable. Habían pisoteado
de tal manera sus más altos pensamientos, su fe en sí mismo, que casi no
dudaría en cambiar por un poco de paz la posibilidad de volver a su previa y gloriosa
existencia.
¡Pero
él no se rendiría! ¡Ellos jamás ganarían!
A
pesar de todo, deseaba haber prestado un poco más de atención a los hechos que
se sucedieron cuando abandonaba el almacén, y así poder descubrir en el momento
su triquiñuela con respecto al asunto del impreso que se suponía él debía
perder. Se preguntó si ellos tendrían alguna otra clase de rayo con el cual
hacerle olvidar cosas, o lograr que su atención desvariara. El problema era,
pensó, mientras Starke seguía hablando, que sería muy difícil notar cuando
ellos estuvieran utilizando semejante dispositivo diabólico e imperceptible.
Aquello requería ser analizado en profundidad. ¿Pero qué hacer ahora?
Siempre
podía echar mano a la Venganza. Regresar allí a la manera de una misión
comando.
Desde
que había terminado la escuela de segunda enseñanza hallaba algún placer y
desahogo en desquitarse de ellos de maneras que obviamente no se esperaban.
Había arrojado piedras contra las ventanas de las oficinas o trabajos de donde
le despedían, mutiló edificios, raspó coches oficiales y estropeó sus capotas
(si bien lo hacía mayormente por su propia seguridad), y se dedicó a las
amenazas falsas de bomba por teléfono. No era gran cosa, y no cabía duda de que
ellos sabían muy bien cómo contrarrestarlas, pero aparte del hecho de que esas
venganzas indudablemente molestaban un poco a sus Atormentadores, haciendo que
su existencia y sus crueles propósitos no les resultasen tan fáciles, el mayor
efecto era sobre él. Aliviaba su frustración, daba rienda suelta a su cólera y
a su odio. Si hubiera intentado guardárselo, de una manera u otra hace tiempo
que habría explotado. Ellos hubiesen sido capaces de declararle alienado, o
bien él habría hecho algo tan terrible y criminal por lo cual terminaría en
prisión, siendo allí sodomizado y apuñalado; calladamente eliminado sin crear
alboroto ya que ahí dentro las reglas del juego eran diferentes. Al menos aquí
afuera tenían que amoldarse a cierta clase de normas, por más que se tratase de
normas que ellos podían modificar de acuerdo a sus necesidades (como aumentar
las tarifas de los autobuses justo cuando él acababa de encontrar aquel trabajo
en la alejada Brentford), pero en la prisión, incluso más que en un manicomio,
no existían límites para lo que ellos pudieran hacerle.
Starke
aún continuaba hablando, sacando papeles de los cajones del escritorio y
enseñándoselos a Grout, pero Steven ni estaba mirando ni escuchando. Sus ojos
brillaban mientras pensaba en la forma de vengarse de los sujetos de Islington.
Podría ir y remover durante la noche los trabajos de reparación que hubiesen
hecho y rellenar los baches con cemento. ¡Sacar aquello les costaría un trabajo
de narices! Y también podría hacer lo mismo con los baches que habían rellenado
aquella mañana en la calle Mayor. Dejaría aquellos que él había reparado, así
tendrían que tragarse sus palabras acerca de su inferioridad: ¡eso sería muy
satisfactorio!
Steven
se incorporó, ajustándose el casco firmemente sobre su cabeza. Starke le estaba
contemplando.
—¿Señor
Grout?
—¿Qué?
—dijo Steven bajando la vista, viendo nuevamente al joven empleado. Frunció el
entrecejo y sacudió su cabeza—. No se preocupe. Lo solucionaré más tarde. Ahora
tengo cosas que hacer. —Dio media vuelta y salió caminando. Starke le estaba
diciendo algo a sus espaldas.
Ya
les mostraría. No se saldrían con la suya. Se dio de cara con algunas de las
personas que se dirigían a hacer la cola para ser atendidas (ja ja; ¡sí que
había llegado justo antes de la hora punta), y salió nuevamente a la calle y al
luminoso sol.
Resolvería
más tarde el asunto del seguro de desempleo. De todos modos, tendría que
haberse dirigido a la Oficina de Empleo local en donde le conocían. No
importaba. Al menos tenía algunas ideas para su Venganza. Iría a su habitación,
se lavaría y cambiaría de ropas, después... después se bebería un trago y
seguiría pensando la forma en que iba a desquitarse de todos ellos. Tal vez
aquella misma noche organizaría una expedición punitiva, ya que «a hierro
caliente batir de repente». Era arriesgado, especialmente considerando que la
noche anterior había salido a poner azúcar en depósitos de combustible de
coches y motos, aunque sin embargo no tenía que descartar la idea. Lo pensaría
luego.
Haciendo
una profunda inspiración se encaminó hacia el coche aparcado más próximo.
Estratego
Abierto
Llegar
hasta las cocinas del castillo le tomó a Quiss más tiempo de lo esperado;
habían modificado algunos de los corredores y escaleras que conducían desde el
cuarto de los juegos hasta los niveles inferiores, y Quiss, encaminándose por
el camino habitual, se encontró torciendo imprevistamente hacia la izquierda y
entrando en un ventoso, desierto y resonante espacio desde el cual podía verse
la nevada planicie y las altas torres de madera de las minas de pizarra.
Rascándose la cabeza volvió sobre sus pasos, dejando que su olfato le guiara
hasta las caóticas cocinas del Castillo Puertas.
—Tú
—dijo, cogiendo a uno de los ayudantes de cocina que pasaba cargado con un
pesado cubo lleno de cierto líquido humeante. El diminuto pinche de cocina
lanzó un chillido y soltó el cubo que, cayendo estrepitosamente sobre el
pavimento sin volcarse, derramó un poco de su pegajoso contenido. Quiss levantó
al pequeño ayudante del cogote hasta que ambas caras estuvieron enfrentadas. Su
inexpresivo rostro enmascarado le miró fijamente. El borde verde alrededor de
su raída y manchada capucha parecía una gigante arandela, o un anillo alrededor
de un planeta bastante mugriento.
—¡Suélteme!
—El ayudante aulló y forcejeó, mientras alrededor de su cintura el cordón verde
se agitaba de un lado a otro—. ¡Socorro! ¡Socorro!
Quiss
le pegó un sacudión.
—Cállate...
espiroqueta —dijo—. Dime en donde puedo hallar al senescal en toda esta
confusión. —Sacudió repentinamente el cuerpo del ayudante e indicó con la
cabeza el sitio que tenían delante de ellos.
Quiss
estaba de pie junto al inicio de un tramo de escalera, justo en el límite
exterior del pandemónium que eran las cocinas del castillo. Éstas se hallaban
en lo más profundo de la estructura, alejadas de cualquier muro exterior. Eran
gigantescas; poseían un techo muy alto abovedado con tejas de pizarra sobre
pilares de hierro, y desde el lugar en donde permanecía Quiss, todas las
paredes salvo la que tenía justo detrás suyo eran invisibles: estaban ocultas
por los vahos ascendentes, humos y vapores provenientes de cientos de ollas,
cacerolas, tinas, hornos, sartenes, teteras, parrillas, marmitas y calderas.
La
luz provenía de unos prismas colgados del techo; grandes placas talladas de
cristal reflejaban la luz desde el exterior a través de largos, claros y vacíos
pasadizos que desembocaban en las tumultuosas cocinas. También atravesaban el
enmarañado techo, obscureciendo secciones enteras de la cilíndrica estructura,
conductos de humo retorcidos al igual que inmensas serpientes recubiertas de
metal, sus enrejadas bocas absorbiendo los vahos de la cocina y expeliéndolos
en las ventiladas alturas de alguna cementada torrecilla. El senescal le había
explicado a Quiss que el sistema de circulación de aire era generado por
algunos de los diminutos ayudantes del castillo de menor rango; movían molinos
de disciplina que estaban conectados a ventiladores parecidos a molinos de
agua. Quiss comenzó a sentir escozor en los ojos debido a la atmósfera cargada
de vapores, y mientras intentaba ver algo por entre las nubes grises, amarillas
y marrones producidas por los vahos ascendentes, pensó en sugerirle al senescal
—si alguna vez le encontraba— que de algún modo persuadiese a los pinches de
cocina encargados de aquellas ruedas ventiladoras que en vez de caminar debían
correr. Allí también hacía demasiado calor. Quiss ya sentía que comenzaba a
sudar, pese a haber dejado gran parte de sus pieles tendidas en lo alto de las
escaleras por las cuales había descendido hace tan sólo unos instantes.
—¡Yo
no sé cómo llegar hasta él! ¡No sé de qué me habla! —dijo retorciéndose el
ayudante. Sus pequeños pies enfundados en botas verdes imitaban los movimientos
de un corredor, si bien se encontraban a casi un metro de altura del suelo de
pizarra de la cocina.
—¿Cómo
dices? —rugió Quiss, salpicando de saliva la máscara que llevaba el pinche.
Sacudió a la criatura rudamente—. ¿Qué dices, miserable excreción?
—¡No
sé cómo llegar al despacho del senescal! ¡Ni siquiera sé de quién me habla!
—Entonces
—dijo Quiss, atrayendo el inexpresivo y desconsolado rostro al suyo—, ¿cómo es
que sabes que tiene un despacho?
—¡No
lo sabía! —respondió el otro con un chillido—. ¡Usted me lo dijo!
—No
es cierto.
—¡Sí
que lo es!
—No
—dijo Quiss, sacudiendo tan rudamente al ayudante que el ala de sombrero sin
copa que llevaba encima de su cabeza se cayó—, es —volvió a sacudirle, haciendo
que la capucha se deslizase de su cabeza y revelara la lisa continuación de la
máscara por encima del cráneo de la criatura, que agitó los brazos tratando de
volver a ponerse la capucha mientras Quiss terminaba de hablar—, cierto.
—¿Está
usted seguro? —dijo el pinche atontado.
—Absolutamente.
—Oh,
diablos.
—Por
lo tanto, ¿en dónde se encuentra?
—No
se lo puedo decir; no está permitido. Yo... ¡oh! ¡Por favor, no siga
sacudiéndome!
—Entonces
dime en dónde puedo hallar al senescal.
—¡Waaah!
—exclamó el pequeño ayudante.
—¡Gusano
escrofuloso! —vociferó Quiss; cogiendo al ayudante por los pies introdujo su
cabeza en el cubo que había estado cargando. Las humeantes gachas de avena se
derramaron sobre el suelo de la cocina. Dejó que el servidor forcejease y
patease durante unos instantes, luego lo volvió a alzar, lo sacudió, y le cogió
nuevamente del cogote. Como se estaba ensuciando las manos, se las limpió en
las ropas de la criatura.
—¿Y
bien? —dijo Quiss.
—¡Eso
ha sido horrible! —lloriqueó el ayudante.
—Lo
haré otra vez y te dejaré allí a menos que me digas en dónde puedo hallar al
senescal.
—¿Quién?
¡No! ¡No lo haga! Yo...
—¡Muy
bien! —dijo Quiss, y metió nuevamente la cabeza del pinche de cocina dentro del
cubo ahora medio vacío. Al rato lo volvió a halar hacia arriba. La cabeza de la
pequeña criatura colgaba indolentemente de sus hombros al igual que sus laxos
brazos.
—Le
diré una cosa —habló, respirando con cierta dificultad—. Por qué no buscamos
entre los dos a alguien a quien podamos preguntarle...
—¡No!
—gritó Quiss. Esta vez sostenía a la debilitada criatura por una de sus
piernas. Reconsideró la situación: en las cocinas no podía existir una
desorganización tan absoluta como para que los pinches ya no supieran a cargo
de quién estaban, o en dónde se hallaba su despacho. ¿O acaso las cosas se
habían deteriorado tanto? Sacudiendo la cabeza, Quiss pensó que aquello era un
triste espectáculo. El ayudante ya no forcejeaba. Miró hacia abajo recordándose
de lo que estaba haciendo y con una exclamación sacó al fláccido pinche del
cubo, chorreante de gachas. Lo sacudió un poco hasta que la criatura produjo un
gorgoteo y movió débilmente su cabeza—. ¿Estás dispuesto a hablar?
—Oh,
mierda, de acuerdo —dijo sin fuerzas el ayudante.
—Bien.
—Quiss se dirigió hasta una amplia zona de mesas de trabajo, hornillos,
fregaderos y comederos; sentó al pinche sobre una superficie plana, sólo para
que al cabo de unos instantes su trasero comenzara a humear; la criatura saltó
abruptamente lanzando un chillido. Quiss se excusó por haberle puesto encima de
un hornillo y le depositó sobre un escurridero, salpicándole el rostro
enmascarado con un poco de agua.
—Sucede
lo siguiente —dijo el pinche, secándose la máscara—. Aquí abajo hemos puesto en
marcha un nuevo régimen para hacer las cosas un poco más interesantes. Cuando
alguien nos hace preguntas hay entre nosotros unos que siempre dicen la verdad
y otros que dicen lo contrario. Algunos de nosotros damos respuestas correctas
y otros las damos falsas, ¿comprende?
—No,
no comprendo —dijo Quiss, mirando fijamente a la máscara. Al estar sentado
sobre una superficie elevada, sus cortas piernas sobresaliendo por fuera de la
pulida barandilla de bronce que servía tanto de barrera protectora alrededor de
los hornillos como de colgadero para los sucios trapos de la cocina, el pequeño
rostro del ayudante se hallaba casi a la misma altura que el del hombre. Quiss
aguardó a que el pinche recobrase el aliento, y mientras tanto se dedicó a
examinar nuevamente las cocinas.
Se
veían pocos ayudantes por los alrededores. Él estaba seguro de haber visto más
cuando llegó; les había visto correr aprisa por el lugar, llevando utensilios,
de pie sobre taburetes revolviendo mezclas humeantes, cortando cosas y
arrojando trozos y pedazos dentro de las ollas. Algunos de ellos habían estado
fregando los suelos; otros lavando platos y copas; otros cuantos tan sólo
corriendo, sin carga alguna, pero igual de veloces y resueltos.
Ahora
únicamente veía a unas cuantas figuras imprecisas, medio ocultas por los
vapores de las cocciones. Aquellos olores le hicieron arrugar la nariz; supuso
que los pequeños sinvergüenzas trataban de mantenerse alejados de su persona.
Deseó que se les quemase la comida. El pinche sentado sobre el escurridero
continuó hablando.
—Pues
bien, quiere decir que debe encarar el problema desde un punto de vista lógico,
¿me sigue? Es otra clase de juego. Para descubrir lo que desea saber, primero
tiene que elaborar las preguntas adecuadas: ¿comprende?
—Oh
—dijo dulcemente Quiss, mostrando una agradable sonrisa—, sí, ya veo.
—¿De
veras? —dijo el pinche animado, enderezándose en su sitio—. Qué bien.
Quiss
cogió al pequeño ayudante por la parte delantera de su hábito y acercó el
pálido rostro al suyo, haciendo que las botas verdes de la criatura se
restregasen contra la superficie del escurridero con un sonido cascabeleante.
—Me
dices cómo llegar al despacho del senescal —dijo suavemente Quiss—, o te
herviré vivo, ¿comprendes?
—Estrictamente
hablando, ésa no es una pregunta bien planteada —profirió en voz ronca el
pinche de cocina, sofocado por sus propias ropas que el puño de Quiss apretaba
cada vez con mayor fuerza.
—Estrictamente
hablando, a menos que me des las instrucciones correctas muy pronto estarás
muerto. —Asiendo al pinche y colocándoselo debajo del brazo, se alejó de la
entrada para encaminarse hacia el mismo centro de la cocina.
A su
alrededor los sonidos no dejaron de sonar, amortiguados tan sólo ligeramente
por los vahos y los humos; podía oír gritar instrucciones e improperios, el
ruido metálico de cucharones y espátulas gigantes, el siseo y chisporroteo de
las frituras, el bullir del agua y de las sopas, el rechinar de enormes
calderos arrastrados de un sitio a otro, el traqueteo semejante a una
ametralladora proveniente de las cuchillas. Por encima, aparte del sonido
susurrante de los conductos de aire, oía un ruido chirriante, entremezclado con
un ligero tintineo. Quiss alzó la vista y vio por arriba de su cabeza una
especie de sistema teleférico compuesto de tramos de cuerdas atadas y trozos de
cadena, deslizándose a través de pequeñas ruedas de metal insertadas en el
techo y transportando, mediante ganchos, copas, jarras, platos (ahora
comprendía el porqué del agujero en los bordes), tenedores, cucharas y
cuchillos de todas las clases. Navegaban y se balanceaban en las alturas con el
leve movimiento errático que les imprimía el teleférico que los acarreaba,
produciendo al chocar ocasionalmente unos con otros aquel sonido tintineante
apenas audible en el estrépito.
Quiss
oyó por entre la baraúnda unos rápidos pasos que se acercaban y delante suyo
vio cómo surgían de la bruma dos diminutos pinches de cocina que venían
corriendo en su dirección. El ayudante que iba último llevaba entre sus manos
algo que se parecía a una larga barra de pan y la utilizaba para golpear al
primero, que corría casi agachado, protegiéndose con sus pequeñas manos
enguantadas aquella parte de la cabeza en donde el pinche perseguidor
descargaba sus golpes con la barra de pan.
Al
ver delante de ellos a la alta figura humana de Quiss, se pararon en seco al
unísono a no más de tres metros de distancia. Le observaron resueltamente,
luego se miraron entre ellos, para finalmente operar una hábil inversión de
papeles; el pinche que portaba la barra de pan se la arrojó al otro, quien
cogiéndola comenzó a golpearle con ella mientras volvían a adentrarse en los
vapores por donde habían venido, siendo sus figuras —una casi doblada por la
cintura, la otra blandiendo la barra de pan— y el sonido de sus veloces pasos
rápidamente absorbidos por el oscilante velo.
Quiss
sacudió la cabeza y siguió su marcha, con el ahora sosegado pinche bien
arrebujado debajo del brazo. Avistó a unos cuantos más, los cuales al verle
pusieron pies en polvorosa desapareciendo a través de los humos de la cocina.
Quiss les llamó, pero ellos no regresaron. En aquel lugar, pensó Quiss, debían
rondar miles de esos pequeños ayudantes, camareros, pinches, albañiles,
mineros, mecánicos y peones; él entendía algo acerca de aprovisionamiento y
logística, y creía que las cocinas del castillo eran capaces de proveer cada
dos o tres horas diez comidas regulares para un ejército de cientos de miles.
Todo se veía demasiado grande, excesivamente abastecido para alimentar tan sólo
a ellos dos y a los atolondrados ayudantes, incluso si eran unos cuantos más de
los que había visto hasta aquel momento (y de todos modos, siempre se estaban
quejando de la escasez de personal).
Incluso
las proporciones parecían desacertadas. A juzgar por la altura de las encimeras
y del gran tamaño de los cucharones, ollas, sartenes y demás accesorios, las
cocinas daban la impresión de haber sido construidas a escala humana. De aquí
que los pinches tenían que subirse a pequeños taburetes cuando querían fregar
los platos, revolver sopas o controlar el desarrollo de las tareas. Quiss había
observado que cada uno poseía su propio taburete; los cargaban sobre sus
espaldas a todas partes donde iban, y Quiss pudo presenciar peleas bastante
violentas y amontonamientos a causa de disputas sobre la propiedad de una de
aquellas pequeñas plataformas de tres patas.
Finalmente
llegaron a una especie de encrucijada. Estaba fuera de vista desde el ancho
tramo de las escaleras por donde Quiss había entrado en las cocinas, hasta el
punto de que podría haber proseguido su marcha a través de los vapores, o haber
girado tanto a la izquierda como a la derecha, más allá de los enormes
hornillos sobre los cuales se apoyaban regordetes calderos repletos de algún
bullente y espumoso líquido. El metal de las cocinas, negro y cubierto de
hollín, estaba labrado con caras grotescas, de las cuales emanaba un intenso y
sofocante calor. Las cuencas de los ojos de aquellas distorsionadas caras
despedían un brillo rojo amarillento, como si se tratase de rayos luminosos resplandeciendo
por el ojo de una cerradura. Jirones de humo se filtraban por los costados de
las puertas de los hornos, añadiendo un aroma acre parecido a carbón quemado a
la mezcolanza de olores producidos por las ollas altas como un hombre que
bullían encima de las prominentes y aplanadas cocinas.
Quiss
echó una ojeada a su alrededor. Alcanzó a ver no muy lejos a otros cuantos
pinches, subidos sobre sus taburetes revolviendo ollas, limpiando cocinas o
puliendo los frentes de los hornos. Todos evitaban intencionadamente
encontrarse con su mirada, aunque Quiss percibía que le observaban con el
rabillo del ojo. Alzando al ayudante que traía debajo del brazo hasta que ambos
rostros estuvieron enfrentados, le preguntó:
—¿Por
dónde? —La criatura examinó el lugar y señaló hacia la izquierda.
—Por
allí.
Quiss
volvió a ponérselo debajo del brazo, dirigiéndose hacia la izquierda más allá
de las enormes cocinas negras, por entre su radiante calor. Los pinches que se
encontraban delante de él bajaron de sus banquetas desapareciendo rápidamente
en las brumas de la cocina.
—¿Está
seguro de que no desea hacer preguntas más complicadas? —dijo con voz apagada
el pequeño ayudante desde su costado. Quiss le ignoró—. Me refiero a que, «por
dónde», resulta un poco básico, no le parece?
—¿Ahora
por dónde? —Habían llegado a otra confluencia de vías, dejando a sus espaldas
las calderas, y ahora a cada lado se alzaban del suelo unos inmensos artesones
de piedra recubiertos de algo semejante al verdín. El ayudante, nuevamente en
posición vertical, se encogió de hombros.
—Izquierda.
Quiss
se encaminó en esa dirección con el pinche debajo del brazo, que dijo:
—No
me refería exactamente a eso; añadir al comienzo un simple «ahora» no cambia
mucho las cosas. Con todo respeto, me parece que usted aún no ha captado la
idea de la clase de preguntas que tiene que formular. Es muy fácil cuando se
coge práctica. Realmente, me sorprende; creía que estaba acostumbrado a
resolver este tipo de enigmas. Piénselo con cuidado.
—¿Aquí
por dónde?
—Por
allí. —El pinche indicó con su brazo lanzando un suspiro—. Probablemente le
estoy diciendo más de lo que debiera, pero considerando que le transmito
información sin que usted me la pida, no creo que pueda incluirse dentro de las
reglas. Lo único que le quiero decir es que tiene que hacer preguntas que si
bien aparentemente se refieren a cosas que desea hacer... o a sitios adonde
llegar, debieran en realidad revelarle la clase de persona que...
—¿Ahora
dónde?
—Otra
vez a la izquierda. ¿Comprende lo que quiero decir? Lo que en realidad
descubrirá es la verdadera condición de la persona que le facilita la
información, de modo que —Quiss escuchaba todo esto a medias mientras
observaba, suspicazmente, el traqueteante teleférico que por encima de su
cabeza seguía transportando copas y cubiertos—, es posible deducir dos cosas...
no, un momento, ahora que lo pienso lo que se deduce es... a ver... Déjeme
reflexionar.
Quiss
echó una mirada a las negras cocinas, a las curiosas caras fundidas en el
caliente metal, las ollas gigantes repletas de líquido. Emitiendo un temible
gruñido desde el fondo de su garganta, Quiss cogió al pinche de debajo de su
brazo y volvió a enfrentar el rostro enmascarado con el suyo.
—¡Enano
con cerebro de piojo, hemos vuelto al punto de partida!
—Bueno,
yo se lo advertí.
—¡Cretino!
—le espetó Quiss al rostro. A un costado vio un caldero cuya tapa se hallaba
colgada de una polea, y alzando a la criatura la lanzó dentro del enorme
recipiente. Los chillidos del pinche desaparecieron con una serie de pesados
chapoteos originados en la superficie del espeso líquido. Quiss se sacudió
ambas manos y dio media vuelta. Casi de inmediato se encontró rodeado por lo
que parecían ser centenares de pequeños ayudantes. Fluían desde todos los
puntos de la cocina en su dirección; era una marea de sucias y grises figuras
encapuchadas, cuyas botas de colores, cintos y alas de sombrero revoloteaban
por entre los vapores. Quiss experimentó una leve sensación de temor, luego una
furia salvaje, y estaba a punto de lanzarse a pelear —si tenía que morir lo
haría acompañado de tantos pequeños bastardos como pudiera llevarse por
delante— cuando se dio cuenta de que estos agitaban frenéticamente sus manos y
emitían sonidos llenos de disculpas y no de gritos amenazadores. Se relajó.
—¡Yo
le diré la verdad! ¡Yo le diré la verdad, se lo prometo! —gritó uno de ellos,
mientras halaba junto con otros ayudantes de los bordes inferiores de las pocas
pieles que aún llevaba puestas y de las perneras de sus calzones que
sobresalían por arriba de sus botas. Dejó que le guiaran en línea recta por
entre las hileras de calderos. Otros pinches corrían de un lado a otro con
escaleras y trozos de cuerda, trepando a la inmensa cocina y amontonándose en
el salpicado borde del caldero en donde, a juzgar por la cantidad de chapoteo y
chillidos, el pequeño ayudante aún continuaba con vida.
Quiss
fue conducido por los diminutos pinches de cocina a través de hornillos
amontonados, tinas centelleantes, calderos en ebullición, fogones y parrillas
al descubierto, filas de inmensas ollas a presión protegidas por mamparas
blindadas, por debajo de enormes tuberías gorgoteantes, con escapes de vapor y
en forma de «n» y por encima de las pulidas y abocardadas vías de un
ferrocarril de vía estrecha, hasta que finalmente avistó enfrente suyo una
pared y le hicieron subir una desvencijada escalera de madera que comunicaba
con una estrecha estructura transversal deteniéndose frente a una pequeña
puerta de madera empotrada en la pared. Uno de los ayudantes llamó a la puerta
y a continuación se escaparon todos, originando un llamativo despliegue de
botas multicolores por las estructuras de madera hasta que se desvanecieron en
la bruma. La puerta se hallaba abierta de par en par. El senescal del castillo
miraba a Quiss con ira.
Era
un hombre alto, delgado, de edad indeterminada, calvo y con la piel grisácea,
que vestía una larga túnica negra sin ornamentos a no ser por el pequeño
tenedor de plata con los dientes torcidos que colgaba de un trozo de bramante
alrededor de su cuello sobre la negra pechera de la túnica. Los ojos del
senescal eran alargados, aparentemente estirados hacia los costados como si sus
globos oculares fueran de la magnitud de unos puños apretados. En el ojo
derecho había dos pupilas, una en cada extremo de la córnea gris.
—¿Qué
sucede? —vociferó al ver allí a Quiss.
—Adivínelo
—dijo Quiss, colocando las manos en la cintura e inclinándose hacia adelante,
lanzándole una mirada feroz al senescal que bloqueaba con su cuerpo la entrada
al despacho—. Arriba aún no tenemos calefacción; nos estamos muriendo de frío y
no podemos dedicarnos a jugar este absurdo juego. Si no puede hacer que suba un
poco de calor, al menos déjenos que mudemos el cuarto de juegos unas plantas
más abajo.
—No
es posible. Las calderas están siendo reparadas. Muy pronto habrá máxima
potencia. Sea paciente.
—Es
difícil tener paciencia cuando uno se está muriendo de hipotermia.
—Los
operarios trabajan sin descanso.
—¿Para
recalentar nuestros cadáveres?
—Haré
que les lleven más abrigos.
—Apenas
si podemos caminar con los que ya llevamos puestos; ¿de qué servirían? ¿No
tiene ropa interior térmica, o tal vez estufas? ¿No podría mandar construir un
hogar? Podríamos alimentarlo con libros. Allí arriba hay de sobra.
—No
deben hacer eso —dijo el senescal sacudiendo la cabeza—. No hay dos iguales.
Son todos originales. No tenemos dos ejemplares de ninguno de ellos.
—Pues
sin embargo arden... podrían sin embargo arder bien. —Tenía que ser cauteloso.
Ya había quemado unas cuantas secciones de pared, y si se dignó bajar, a
regañadientes, fue tan sólo para contentar a Ajayi. Ella había protestado por
aquella destrucción, alegando que no debían quemar libros para calentarse
porque era detestable. Además, había añadido, si ellos se daban cuenta de que
podían conseguir mantenerse calientes tardarían mucho más tiempo en reparar el
sistema de calefacción. Eso crearía un mal precedente. Quiss había asentido
entre gruñidos.
—No
tardará mucho. Ordenaré que les lleven unos ladrillos calientes —dijo el
senescal.
—¿Qué?
—Grandes
ladrillos calientes; calentados al rojo en los hornos; ordenaré que se los
lleven con cada comida; debieran mantenerse hasta la siguiente entrega; con
ellos podrán calentarse las manos. Irradian una sorprendente cantidad de calor.
Cuando se entibian un poco se los puede poner en la cama; hará que estén muy
calentitos.
—¿Ladrillos
calientes? ¿Eso es todo lo que puede ofrecer? ¿Cuánto tardarán exactamente en
reparar las calderas?
El
senescal se alzó de hombros, estudió las tallas del borde de la puerta que
estaba sujetando y luego dijo:
—No
mucho. Ahora es mejor que vuelva a su juego. —A continuación, el senescal salió
de su habitación y cerrando rápidamente la puerta asió a Quiss por el
antebrazo. Le condujo nuevamente hasta las escaleras de madera—. Le mostraré
cómo salir.
—Encantado
—dijo Quiss—, y así de paso me aclara ciertas dudas. En primer lugar: ¿a dónde
va a parar toda esa comida? Aquí se la debe preparar en cantidades mucho
mayores de las necesitadas. ¿Qué es lo que hacen con ella?
—Reciclarla
—dijo el senescal mientras bajaban por las escaleras.
—Entonces,
¿para qué tomarse el trabajo de prepararla?
—Nunca
se sabe quién puede venir —dijo el senescal. Quiss le miró para ver si
realmente hablaba en serio. Una de las dos pupilas del ojo derecho del senescal
parecía estar observándole—. De cualquier modo, los mantiene bien entrenados
—continuó diciendo, dirigiéndole al alto y viejo hombre una sonrisa mientras
atravesaban las hileras de hornos, cocinas y fogones. Los pinches corrían de un
lado a otro, llevando escobas, cubos y cestas tapadas repletas de ingredientes.
No importaba cuán rápido iban o cuán urgente parecía ser su tarea: todos ponían
mucho cuidado en no estorbar el paso de Quiss o del senescal—. Sí. Les mantiene
ocupados. Evita que se metan en líos —terminó diciendo el hombre de piel parda.
Quiss
murmuró algo para sus adentros. Sí, eso podía comprenderlo, pero no por ello
dejaba de pensar que se trataba de un despilfarro mantener ocupados de esa
manera a los subordinados, y además no concordaba con las continuas excusas del
senescal y de sus ayudantes acerca de la falta de personal. Pero por ahora lo
dejaría pasar. —¿Y de dónde proviene? Lo único que veo crecer en este sitio son
malezas.
El
senescal volvió a alzarse de hombros.
—¿De
dónde proviene usted? —dijo sombríamente. Quiss entrecerró los ojos ante la
pupila que sin duda parecía estar mirándole por el rabillo. Pensó que tampoco
sería bueno insistir sobre aquel punto de vista.
Habían
llegado al sitio en donde Quiss atravesó los rieles del ferrocarril de vía
estrecha. Un pequeño tren, tirado de una diminuta máquina de vapor y que
incluía vagones de plataforma doble que transportaban cada uno tres calderos
cerrados herméticamente y siseantes, apareció rodando lentamente, sus ruedas
chirriando y matraqueando de tanto en tanto. Quiss y el senescal se detuvieron,
observando cómo el tren pasaba delante de ellos y desaparecía en los vapores de
las cocinas con una cacofonía de traqueteos, siseos y tintineos, emitiendo tan
sólo un único y sofocado pitido. Retomaron entonces la marcha, Quiss
reprimiendo una pregunta concerniente al destino del tren.
De
pronto, a su derecha, hubo en algún lugar una explosión sorda, y de entre la
bruma surgió un resplandor anaranjado como los rayos de una puesta de sol. Se
oyeron algunos gritos y lamentos. La nube anaranjada comenzó a desvanecerse
pero no desapareció. El senescal le dirigió una breve mirada pero no pareció
inquietarse demasiado, a pesar de que —al cabo de unos instantes— los pinches
que pasaban corriendo delante de ellos iban cargados de cubos de agua y de
arena, mantas, herramientas cortantes y camillas.
—Ése
es otro asunto —dijo Quiss, mientras se acercaban al sitio en donde había
arrojado al mentiroso ayudante dentro del caldero—. Con todo este equipo de
transporte que poseen aquí— y señaló hacia arriba el cable móvil que
transportaba los retintineantes cubiertos, curvándose por debajo de los
entremezclados conductos y de los prismas giratorios que colgaban del techo de
la cocina—, y no hablemos del mecanismo del reloj y del sistema de transmisión
y de la complicada instalación sanitaria en techos y suelos...
—¿Entonces?
—dijo el senescal.
Quiss
le miró ceñudamente y dijo:
—¿Cómo
es posible que no puedan traernos la comida caliente?
Justo
pasaban delante del recipiente al cual Quiss había arrojado al pequeño pinche.
Ése había sobrevivido a la penosa experiencia y se hallaba sentado, sucio y
tembloroso, siendo limpiado por algunos de sus colegas. Un cocinero subalterno
dirigía la limpieza de la cocina sobre la cual se asentaba el caldero y la
preparación de un nuevo potaje para reemplazar al que se había derramado. El
senescal se detuvo, observando con ojo crítico el desarrollo de la tarea. Los
pinches trabajaron todavía con mayor presteza. Aquel a quien Quiss había
arrojado dentro de las gachas al ver la enorme figura cubierta de pieles del
humano se puso a temblar con tanta fuerza que comenzó a esparcir restos de
sopa, al igual que un perro sacudiéndose agua.
—Pues
—dijo el senescal—, desde aquí hasta allí hay un buen trecho.
—Podrían
construir un montaplatos.
—Eso
sería... —el senescal dejó de hablar, observando a uno de los aprendices de
cocinero introducir un largo cucharón dentro del caldero del cual acababan de
rescatar al infortunado ayudante. El aprendiz se llevó el cucharón a la boca,
asintió apreciativamente y se dispuso a bajar por la escala mientras el
senescal continuaba diciendo— ...ir en contra de la tradición. Es un gran honor
para nuestros camareros llevarles las comidas a nuestros invitados. De ningún
modo puedo privarles de eso. Un montaplatos sería algo... —el aprendiz de
cocinero del cucharón ahora hablaba con el cocinero subalterno, que también
había probado el contenido del cucharón y asentía, al mismo tiempo que el
senescal completaba su frase— ...impersonal.
—¿Y
a quién le importa que sea impersonal? Éstas no son precisamente la clase de...
personas con las cuales me interesaría relacionarme de cualquier modo —dijo
Quiss, señalando a los ayudantes, camareros y pinches que les rodeaban en tanto
el cocinero subalterno se acercaba respetuosamente al senescal, saludándole con
una reverencia. El senescal se agachó ligeramente mientras el cocinero
subalterno trepaba a un taburete para susurrar algo en el oído de su amo. El
senescal dirigió una rápida mirada al tembloroso ayudante atendido por sus
compañeros, luego se alzó de hombros diciéndole algo al cocinero subalterno,
quien rápidamente se bajó del taburete dirigiéndose hacia los demás.
El
senescal miró a Quiss y dijo:
—Desgraciadamente
no sólo cuentan sus sentimientos. También tengo que pensar en el bienestar de
mi personal. Así es la vida. Ahora debo retirarme. —Dando media vuelta se
marchó, ignorando los gritos del pequeño y mojado ayudante mientras, después de
que el cocinero subalterno hubiera hablado con los otros pinches, señalado el
caldero, el cucharón y su propio vientre antes de indicar con la cabeza al
empapado ayudante, era cogido, entre pataleos, por los mismos pinches que
habían estado atendiéndole, empujado hacia arriba por la escala que aún se
hallaba apoyada sobre un costado del enorme caldero, y vuelto a ser arrojado
dentro. La tapa sujeta a la polea se cerró con un ruido estrepitoso.
Quiss
pateó el suelo con un gesto de frustración y luego se dirigió al lugar en donde
había dejado el resto de sus pieles, para continuar subiendo hasta los niveles
superiores del castillo.
Estratego
Abierto resultó ser finalmente un juego que consistía en ubicar piedras blancas
y negras en las cuadrículas de un gran mapa ocupando territorios. A él y a
Ajayi les llevó doscientos días —de acuerdo a su manera de calcular el tiempo—
aprender y poner en práctica las reglas de aquel juego. Nuevamente estaban a
punto de finalizar y él todavía tratando de hacer que reparasen el sistema de
calefacción. Desde el último juego había menguado tanto el calor como la
iluminación.
—Y
ahora supongo que tendré la culpa de que no hayan reparado inmediatamente la
calefacción —murmuró para sus adentros mientras caminaba por el angosto
pasillo. Ella le echaría la culpa. Pues bien, que lo hiciera; a él no le
molestaba. Con tal de que pudieran terminar pronto ese estúpido juego y que le
llegase el turno de responder a él. Ella podría quizás ser mejor jugando a
aquellos estúpidos juegos (piezas infinitas que tan sólo eran infinitas en una
dirección, desde un punto; ¡se las podía sostener de un extremo pero igual
continuaban siendo infinitas! ¡Demencial!), pero él estaba seguro de tener la
respuesta correcta, y una mucho más obvia y directa que la que había dado ella.
Jamás debió dejar que le convenciese de responder primera cuando estaban decidiendo
el modo de manejar toda esta situación. ¡Ella y su manera de hablar tan
agradable, sus argumentos «lógicos»! ¡Qué tonto que había sido!
—Sin
embargo esta vez lo conseguiremos —se dijo a sí mismo, mientras subía por el
serpenteante interior del castillo y las luces comenzaban a difuminarse y el
frío se hizo más intenso, obligándole a arroparse de nuevo con sus pieles—. Sí,
esta vez lo conseguiremos —lo conseguiré. Definitivamente.
Hablando
por lo bajo consigo mismo, el corpulento y viejo hombre cubierto con pelo
moteado subió torpemente las mal iluminadas plantas del castillo, abrigado en
sus pieles, esperanzas y temores.
La
solución del problema, la respuesta de Quiss al acertijo: «¿Qué sucede cuando
una fuerza imparable se encuentra con un objeto inmóvil?», fue:
—¡El
objeto inmóvil es derrotado; la fuerza siempre gana!
(El
cuervo rojo, apoyado sobre la balaustrada del balcón, cloqueó de risa. Ajayi
lanzó un suspiro.)
El
ayudante regresó al cabo de unos pocos minutos, enredándose con sus diminutas
botas rojas en el dobladillo de su túnica.
—Por
más que no me cause ningún placer ser el portador de malas noticias... —comenzó
a decir.
TERCERA
PARTE
La
calle Amwell
Una
sucesión de pesados camiones que pasaban con estruendo por la calle Amwell
sorprendieron a Graham al doblar por la Avenida Rosebery; eran unos inmensos
autocamiones grises con los laterales acanalados que transportaban canto o
ripio, dada la estela de polvo que dejaron detrás suyo en el aire casi inmóvil.
El camino comenzaba a hacerse un poco ascendente, por lo que Graham aminoró su
marcha. Prestó atención al tráfico, percibió la leve brisa cálida y cambiando
el portafolio de mano volvió a pensar en ella.
Después
de la fiesta, durante dos días le fue imposible encontrar a Slater y pasó todo
ese tiempo en un estado de ofuscamiento. El lunes, sin embargo, le halló en el
pequeño y humeante café bar de la calle León Rojo en donde por lo general solía
pasar la mayor parte de su periodo académico, y Graham le había invitado a
varias rondas de tazas de té y costoso salmón ahumado sobre pan de cereales,
mientras Slater le contaba de modo pausado y provocativo acerca de Sara.
Sí,
habían sido vecinos en Shrewsbury, pero naturalmente sólo se veían durante la
época de vacaciones, y tampoco se hicieron amigos hablando por encima de un
bonito y grotesco seto de jardín; él reparó por primera vez en ella desde la
casa que se había construido sobre un árbol del jardín de sus padres mientras
aprendía a montar en su nuevo poni en la finca de diez acres de bosque y pasto
bien cuidado que poseían los padres de Sara.
—¿Una
casa sobre un árbol? —dijo bromeando Graham—. ¿No es eso algo varonil?
—Querido,
jugaba a que era Jane y no Tarzán —le respondió con sarcasmo Slater.
Los
mejores años de Sara, continuó diciendo Slater, comenzaron después de que
hubiera terminado los estudios. En esos días era una golfa, había dicho,
suspirando con exagerada añoranza. Bebía Guiness, fumaba Gauloises y comía lo
que fuera siempre y cuando estuviese condimentado con mucho ajo. También
despedía un olor fuerte. Nunca salía sin su gran bolsa de mano. Dentro llevaba
patatas que colocaba en los tubos de escape de los coches lujosos, y un
impresionante y afilado cuchillo con el cual desgarraba las capotas de los
automóviles convertibles. Si era posible, se introducía en los coches por esos
mismos agujeros.
Se
emborrachaba a menudo y una vez se desvistió sobre el piano de un pub local.
(En uno de sus paseos por el canal, Graham le preguntó a Sara si aquello era
verdad. Ella había sonreído, bajando la vista mientras seguía caminando, para
finalmente admitir, un poco avergonzada, que todo aquello era cierto:
—Era
salvaje —asintió con su grave y pausada voz. En aquel momento Graham se sintió
dolido, igual que cuando Slater se lo contó por primera vez; deseaba haberla
conocido entonces, ser parte de su vida durante aquel tiempo. Se daba cuenta de
que estaba celoso del mismísimo tiempo.)
Era
tres años mayor que Slater; es decir que ahora tenía veintitrés años. Durante
los dos últimos años había estado casada con un hombre que realmente era
director de obras del sistema de alcantarillado (a Slater le ofendió
profundamente que Graham hubiese pensado que se había inventado aquel detalle
tan sólo para bromear). Ella se casó contra la voluntad de sus padres, con
quienes no se hablaba desde el día de la boda. De todos modos, tampoco se
llevaba muy bien con ellos; probablemente lo hizo nada más que para irritarles.
Era una lástima, porque sus padres no eran malas personas; al igual que los
suyos, se creían todo lo que leían en el Daily Telegrah.
Sara
poseía una única habilidad, o talento. A pesar de haber sido una alumna
mediocre (ni siquiera le permitieron presentarse a examen en la universidad de
Oxford), jamás descuidó sus lecciones de piano y de hecho tocaba muy bien ese
instrumento. Su horrible maridito no veía esto con buenos ojos sin embargo, y
vendió el piano un fin de semana en que ella se hallaba fuera en casa de unos
amigos. Pero eso no fue La Última Gota, ni mucho menos. La venta del piano
sucedió a los pocos meses de llevar casados. Ella tendría que haberle dejado
entonces, pero la muy obstinada persistió.
Cuando
no aparecieron los bebés el maridito se enfadó; le echó la culpa a ella. Sara
había intentado ser una buena esposa pero fracasó; las otras mujercitas con las
cuales se suponía que tenía que intimar para favorecer el ascenso de su esposo
eran insoportablemente estúpidas. Al ostracismo social le siguieron ataques de
tontera, el maridito comenzó a beber más de la cuenta, no le pegaba con
frecuencia pero se la pasaba insultándola y le dio por la pesca; desaparecía
fines de semana enteros con amigos que ella no conocía. Según él, andaba
pescando por los ríos, pero cada domingo por la noche traía a casa filetes de
pescado de mar y se cuidaba muy bien de vaciar los bolsillos de su ropa antes
de dársela a ella para que la lavase. Sara comenzó a sospechar.
Pasaba
sus fines de semana aquí en Londres, en el piso de Verónica, que ahora ocupa
mientras su amiga permanece por un año en la Universidad de California como
estudiante de intercambio. En uno de estos fines de semana conoció a Stock,
fotógrafo que trabajaba para el suplemento de color de un periódico, aunque
siempre bajo nombre falso para no pagar impuestos. Slater le había visto con su
moto BMW, pero jamás sin su casco protector; para él podía ser tanto un albino
como un rasta. Se parecía un poco a Darth Vader, el de La Guerra de las
Galaxias. sin su capa. Aparentemente era un sujeto celoso y malhumorado;
también estaba separado. No entendía cómo le podía gustar a Sara.
De
todas formas, Slater pensaba que aquello no iba a durar mucho, basándose
maliciosamente en el hecho de que ahora se veían con mayor frecuencia y no tan
sólo los fines de semana; Stock se quedaba a menudo a dormir en aquel horrible
y pequeño piso de Islington, pero Slater creía que Sara se podría cansar muy
pronto del viril hombre enfundado en cuero negro.
¿Esa
cosa alrededor de su cuello? Era una cicatriz sin duda; una marca de nacimiento
que se había hecho sacar en la adolescencia por si resultaba ser maligna. Sí,
él también la encontraba perversamente hermosa. Le había puesto a ella el apodo
«La Cicatrice».
Finalmente,
Slater le pasó el número de teléfono de su piso y Graham apuntó cuidadosamente
las siete cifras, verificándolas a continuación sin prestar atención a las
mezquinas observaciones de Slater acerca de la peculiar Sara y su espantoso
gusto para con los hombres o de la naturaleza adúltera y frívola de las mujeres
en general. Le propuso intercambiar las historias de lo que cada uno hizo
después de abandonar la fiesta, pero Graham no quiso saber nada, y así se lo
dijo a Slater mientras escribía el nombre de ella al costado de los números:
Sarah Fitch. Slater lanzó una carcajada, burlándose y señalando lo que Graham
había escrito.
—No
lleva una «f» mayúscula sino dos minúsculas. Al igual que la industria
británica, nuestra Sara está descapitalizada. Y Sara no lleva «h» final —dijo.
Graham
la llamó desde la Escuela ese mismo día y la encontró. Sara dijo que estaba
encantada de que la hubiera llamado; el sonido de su voz hizo temblar de
emoción a Graham. Ella estaba libre el siguiente jueves por la noche. Le citó a
las nueve en un pub llamado Camden Head. Esperaba que fuese.
Graham
salió de la cabina telefónica lanzando una exclamación de alegría.
Como
era su costumbre, ella llegó tarde, y sólo tuvieron una hora y media para
charlar ya que Sara tenía que marcharse pronto; además Graham se puso nervioso
y ella se veía cansada aunque también hermosa con sus pantalones de pana de
color rojo claro, el jubón sin mangas ni cuello y aquel magnífico y
deshilachado abrigo de pieles.
—Sabes,
me parece que me estoy enamorando de ti —le dijo Graham alrededor de las once,
mientras bebían.
Sara
le dirigió una sonrisa y sacudiendo la cabeza cambió de tema, mostrándose
distraída y mirando a su alrededor como si estuviese esperando a alguien.
Graham deseó haberse quedado callado.
Caminó
con él hasta la parada del autobús, no le permitió que la acompañase hasta su
piso y le dijo que no la siguiera; se fijaría y la haría enfadar. Le besó de
nuevo rápida y delicadamente.
—Lamento
no haber sido una gran compañía. Llámame pronto; la próxima vez seré puntual.
Aquello
le regocijó por dentro. Su sentido del tiempo parecía ser distinto del de la
demás personas. Ella tenía un tiempo propio; se regía por una especie de reloj
interno errático. Como una caricatura convencional de la puntualidad femenina,
siempre llegaba tarde. Pero acostumbraba a venir. Casi siempre. Al principio se
citaban durante los días de semana, en pubs no muy distantes de su apartamento.
Mayormente hablaban de cosas triviales; era un lento proceso de descubrimiento.
Graham deseaba saber todo lo que ella había hecho y sido, todo lo que pensaba,
pero Sara era reticente. Prefería hablar de películas, libros y discos, y
aunque parecía interesarse en él preguntándole por su vida, se sentía igual de
engañado que de complacido. Él la amaba, pero su amor, ese amor que deseaba que
fuese compartido parecía estar atascado, retenido en una primera fase, como si
estuviera hibernado hasta que pasase el invierno.
Jamás
le hablaba de Stock.
Graham
subió a pie por la calle Amwell. ¿Cómo te encuentras?, se preguntó a sí mismo.
Oh, estoy bien. Se miró las uñas de sus manos. Le llevó media hora
limpiárselas, empleando aguarrás, cepillo, así como agua y jabón. Además, había
sacado unas cuantas manchitas de pintura de su camisa. La crema Nivea de un
compañero le sirvió para suavizar un poco la raspada y reseca piel de sus
dedos. Las únicas manchas de sus manos que no quisieron desaparecer fueron las
de la tinta china que había utilizado el día anterior para terminar los dibujos
de Sara. Graham sonrió: se hallaba impregnado de ella.
Pasó
por delante de la entrada a un patio. Por encima colgaba flojamente una bandera
anunciando una kermesse. Miró nuevamente la bandera, memorizando sus trazos y
curvas, fijando lo que percibía para poder dibujarlo algún día. Era posible
sugerir cosas al dibujar una bandera caída, de modo tal que algunas letras y
palabras quedasen disimuladas y alteradas por los pliegues de la tela.
Recordó
la última vez que había estado por allí, en el mes de mayo, al poco tiempo de
haber comenzado a verla por las tardes y salir a dar largas caminatas a lo
largo del canal. Ese día llovía a cántaros; se trataba de un verdadero aguacero
mientras que los truenos retumbaban en los cielos que cubrían a la ciudad.
Graham estaba calado hasta los huesos, y esperó que esta situación le
permitiría finalmente el acceso a su apartamento; pero ella en ningún momento
le invitó a pasar.
Al
llegar allí había pulsado el timbre del interfono, esperando oír el sonido
distorsionado de su voz, pero fue en vano. Graham pulsó el timbre una y otra
vez. Salió otra vez a la calle, dejando que la lluvia le aguijonease en los
ojos, le empapara por completo, se le metiese dentro de la boca y de los ojos;
era una lluvia cálida, de gotas grandes y duras, que hacía que la ropa se le
pegase al cuerpo; erótica, que le aceleraba los latidos del corazón en una
repentina y tempestuosa fantasía sexual; ella le invitaría a subir... no, mejor
aún, ella aparecería en la calle y también mojándose hasta los huesos se le
acercaría, mirándole a los ojos... luego subirían juntos...
Nada.
Tuvo
que caminar hasta la calle Mayor, cerca de las paradas de autobús, para poder
hallar una cabina telefónica vacía. Una vez dentro del cubículo que olía a
orina, emanando vapor de su cuerpo y goteando agua de sus ropas, marcó el
número escuchando el sonido de la llamada, volvió a marcar, repitiéndose a sí
mismo los números como en una especie de canto, asegurándose cada vez que el
dedo estuviera en el orificio correcto del disco de marcar. A continuación el
doble repiqueteo: trr-trr: trr- trr: trr-trr. Graham permaneció escuchándolo,
tratando de inducirla a que cogiera el auricular; se la imaginaba regresando a
su apartamento; tal vez oyese sonar el teléfono desde la calle... ahora
introducía la llave en la cerradura de la puerta... ahora subía corriendo las
escaleras... ahora entraba en su piso a toda prisa, mojada, sin aliento, para
coger el auricular... ahora... ahora.
Trr-trr:
trr-trr: trr-trr.
Por
favor.
Le
dolía la mano, sentía la boca tensa debido a la mueca de angustia que exhibía,
el agua le chorreaba del cabello sobre el rostro y por la espalda. También le
goteaba del codo del brazo con el cual sostenía el auricular pegado a su oreja.
Contesta:contesta:contesta:trr-trr:trr-trr:trr-trr...
Fuera
de la cabina se estaba formando una cola. Seguía lloviendo, aunque con menor
intensidad. Una muchacha le golpeó el cristal desde afuera, Graham se giró,
ignorándola. Por favor contesta... trr-trr:trr-trr:trr-trr...
Finalmente
la puerta de la cabina se abrió. Una rubia con aspecto mojado, que llevaba
puesto un impermeable ennegrecido, le miraba furiosa.
—Eh,
tío, ¿a qué jugamos? Estoy esperando hace más de veinte minutos. ¡Y tú ni
siquiera has hecho una maldita llamada!
Sin
decir nada, Graham colgó el receptor y se encaminó hacia la parada del autobús.
Se había olvidado de sacar de la ranura del teléfono su moneda de diez peniques
y de recoger la pila de calderilla que tenía preparada encima de los listines
telefónicos. Tuvo ganas de vomitar.
Al
día siguiente, ella le pidió disculpas por teléfono; se había pasado todo el
día debajo de la ropa de cama escuchando a todo volumen en el walkman su cinta
favorita de David Bowie para ahogar el ruido de los truenos.
El
muchacho se puso a reír, queriéndola aún más por aquello.
Graham
pasó por delante de un pequeño puesto en donde vendían pasteles. Pensó en
comprarse uno, pero mientras le daba vueltas a la idea siguió caminando y luego
le pareció tonto hacer de nuevo todo aquel trecho por lo que no se compró nada,
a pesar de que el estómago le hacía ruidos. Había comido por última vez hacía
cuatro horas, en el mismo pequeño café en donde en enero Slater le habló de
Sara.
Graham
cruzó la calle. Se estaba acercando a la Plaza Clairmont, en lo alto de la
colina, donde las mansiones, una vez elegantes, luego deterioradas y ahora
reconstruidas, miraban hacia el bullicioso tráfico de la Vía Pentonville por
encima de las copas de los árboles. Graham cambió de mano su portafolio de
plástico. Dentro llevaba dibujos de Sara ffitch, y se sentía orgulloso de
ellos. Los dibujos estaban hechos con un nuevo estilo que había experimentado
últimamente, y pensaba que ahora lo dominaba bastante bien. Tal vez era un poco
apresurado para estar tan seguro, pero él creía que probablemente se trataba de
lo mejor que había dibujado hasta el momento. Esto le hacía sentir animado. Era
otra especie de presagio; una confirmación...
Un
día ellos dos tuvieron una conversación en dos niveles, de calle a ventana de
primer piso; fue en el mes de abril; era la segunda vez que él la iba a buscar
por la tarde para salir a dar un paseo a lo largo del canal.
Sara
se había asomado por la ventana después de que él hubiera pulsado el timbre del
interfono, sacando la cabeza por la parte inferior de la ventana de guillotina
y a través de unas cortinas color marrón obscuro.
—¡Hola!
—le gritó.
Graham
cruzó hasta el medio de la calle.
—¿Sales
a jugar? —dijo sonriendo y mirándola a contraluz. Justo entonces la parte
abierta de la ventana se soltó y fue a caer sobre ella; riéndose, Sara giró la
cabeza.
—¡Ay!
—exclamó.
—¿Te
encuentras bien? —le preguntó Graham. Ella asintió.
—No
me he lastimado. —Sara se meneó. Él tuvo que resguardarse los ojos para ver
mejor—. Creo que podré zafarme. Eso espero, porque si no me quedaré aquí
atrapada.
Graham
hizo una mueca de preocupación. Repentinamente pensó en cómo se la debía ver
desde el interior de la cocina con aquella postura inclinada; un horrible
pensamiento de índole sexual se le pasó por la cabeza e instintivamente buscó
con la mirada la enorme moto BMW negra, pero no la encontró. Jamás estaba allí
cuando ella le invitaba a que pasase a buscarla por su apartamento; los
mantenía a él y a Stock bien alejados uno del otro. Sara se rio nerviosamente.
—Siempre
me ocurren esta clase de cosas —dijo, y encogiéndose de hombros apoyó los codos
sobre el alféizar de la ventana con una sonrisa. Llevaba puesta una holgada y
gruesa camisa de lana a cuadros escoceses, la cual le daba aspecto de leñador.
—Qué
—dijo él—, ¿vienes a dar un paseo?
—¿Dónde
quieres ir? —dijo ella—. Tiéntame con algo.
—No
lo sé. ¿Te apetecería ir al canal?
—Quizá
—dijo ella, encogiéndose de hombros. Dejó de mirarle para escudriñar el
horizonte—. Ah —exclamó—, la Torre de la Oficina de Correos.
Graham
dirigió la vista hacia el suroeste, aun a sabiendas de que era imposible ver el
alto edificio desde la calle.
—¿Deseas
ir allí?
—Podríamos
ir al restaurante giratorio —dijo ella riéndose.
—Creo
que está cerrado —dijo Graham. Sara volvió a encogerse de hombros, estiró los
brazos hacia afuera y arqueó su espalda.
—¿Ah
sí? Qué fastidio de personas.
—De
todos modos estaba fuera de mi poder adquisitivo —dijo él bromeando—. Si tienes
hambre puedo invitarte a una hamburguesa con patatas fritas. ¿Qué te parece la
oferta?
—Vamos
al zoo —dijo ella, bajando la vista hasta él.
—¿Cerdo
hormiguero con patatas fritas, o chimpancé con patatas fritas? —dijo él. Sara
se rio y eso a Graham le hizo sentirse bien.
—Hoy
podríamos ir al zoo —dijo Sara.
—¿Realmente
quieres ir? —dijo él. Tenía entendido que la entrada costaba muy cara. Pero si
a ella le apetecía irían.
—No
lo sé —dijo alzando los hombros—. Creo que sí.
—El
canal pasa junto al zoo. Quizá tengamos que caminar bastante, pero será
agradable. Hay que atravesar Camden Lock. —A Graham le estaba comenzando a
doler el cuello de tanto mirar hacia arriba. Sara se aferró al borde del
alféizar, como si estuviera haciendo un esfuerzo con la región lumbar. Está
atrapada, pensó él, pero no lo quiere admitir. Orgullosa; desconcertada. Como
yo. Graham sonrió. Tal vez tendría que ir en busca de una escalera y
rescatarla. La idea no dejaba de ser divertida.
—¿Sabías
que el canal pasa justo por debajo de esta casa? —comentó ella.
Graham
negó con la cabeza.
—No.
¿Es cierto?
—Por
supuesto —asintió ella—. Justo por aquí debajo. Lo comprobé con el mapa. ¿No te
parece increíble?
—Quizá
haya un pasaje secreto.
—Podríamos
construir uno. Un túnel. —Su voz sonaba estridente; Graham quiso reírse de ella
pero no lo hizo. Ella comenzaba a sentirse molesta, avergonzada de haberse
quedado atrapada por la ventana, conversando mientras secretamente se esforzaba
por levantar la ventana trabada.
—¿Tienes
algún problema ahí arriba? —dijo él, tratando de mantener el rostro serio.
—¿Qué?
—dijo ella, agregando luego—: No, no, claro que no. —Se aclaró la garganta—.
Pues, ¿por qué no me cuentas que has estado haciendo estos días?
—Nada
importante —dijo sonriendo—, tan sólo esperando volver a verte. —Ella hizo una
mueca graciosa, emitiendo un ronquido parecido a una carcajada. Graham
continuó—. He dibujado algunos retratos tuyos.
—¿Ah
sí?
—Sin
embargo todavía no son lo suficientemente buenos. Creo que los voy a romper.
—¿De
veras?
—Eres
difícil de dibujar. —Graham miró a uno y otro lado de la calle—. ¿Algún día
posarás para mí debidamente?
—Querrás
decir indebidamente —le replicó Sara, riéndose.
—Mejor
aún. Pero tendrás que pasar un buen rato sin moverte.
—Quizá.
Algún día. Vale, está bien; sí, indudablemente. Lo prometo.
—Cuento
contigo.
—Hazlo.
—¿Vas
a bajar entonces? —dijo Graham.
Ella
estaba realmente atascada. Vio cómo giraba la cabeza, los hombros se le
tensaban y arqueaba nuevamente la espalda. Masculló algo que sonó parecido a
una maldición. Después volvió a mirarle, asintiendo con la cabeza.
—Sí,
sí, es sólo un segundo.
Graham
sonrió con alivio cuando Sara empujó hacia arriba la ventana, con la cabeza
inclinada y el pelo negro suelto a los costados. Tan sólo podía ver su cara
mientras volvía a subir a la acera. Ella lanzó un gruñido; la ventana chirrió.
Graham vio su rostro triunfante; con una amplia sonrisa y un saludo de su mano
desapareció, diciendo:
—Ah,
eso está mejor. Bajo en unos instantes.
Caminaron
hasta la esclusa de Camden; Sara no se sentía con ganas de ir demasiado lejos.
Pasaron la mayor parte de la tarde mirando posters en una tienda, y luego en un
café. Ella no quiso regresar a pie; cogieron el metro en Camden Town hasta la
estación Angel.
En
el viaje de metro, Graham le hizo algunas preguntas que siempre había deseado
hacerle y jamás se atrevió. El traqueteante vagón del metro le ofrecía una
especie de ruidoso anonimato que le hacía sentirse seguro.
Le
preguntó acerca de Stock; ¿era él la causa de que ella estuviera en Londres?
Sara
permaneció en silencio durante largo tiempo, finalmente sacudió la cabeza.
Había
venido a Londres para escaparse, para huir. La ciudad era lo suficientemente
grande como para poder ocultarse, para desaparecer, y de todas formas ella
conocía aquí a muy pocas personas; Slater era una. Stock también vivía aquí,
pero ella no se hacía ninguna ilusión, jamás las tuvo, sobre la continuidad de
esa relación. Ella se encontraba en Londres, había dicho, para ser ella misma,
para volver a encontrar su camino. Stock era... algo que ella necesitaba,
incluso todavía; algo en lo cual ella se apoyaba; sabía que se trataba de un
tipo que para nada influiría en las transformaciones y fluctuaciones de su
vida.
Sabía
que no eran el uno para el otro en realidad; ella no le amaba, pero todavía no
se sentía capaz de dejarle. Además, él no era de aquellos que se rendían
fácilmente.
Al
llegar aquí Sara dejó de hablar, como si pensase que había dicho más de la
cuenta. Al cabo de unos instantes miró a Graham y colocando su mano sobre la
mejilla de él, dijo:
—Lo
siento, Graham; eres muy amable conmigo, me encanta hablar contigo. Para mí es
muy importante. No sabes cuánto.
Graham
cogió su mano entre las suyas. Sara esforzó una pequeña sonrisa.
—Me
alegro de serte útil —dijo (trató de hablar en voz baja ya que había gente
cerca)—, pero no quiero ser para ti únicamente como un hermano.
Al
escuchar esto el rostro de Sara se endureció, y a Graham le pareció que el alma
se le caía a los pies como si percibiera que casi había estado a punto de decir
algo desatinado. Pero Sara volvió a sonreír, y dijo:
—Es
comprensible que tal vez no quieras volver a verme —bajando la vista hasta el
suelo y retirando su mano. Graham dudó unos instantes, pero luego colocó su
mano sobre el hombro de ella.
—No
quería decir eso —dijo—. Me encanta verte. Te extrañaría terriblemente si...
pues, si te fueras. —Hizo una pausa, mordiéndose brevemente el labio—. Pero no
sé qué es lo que te propones. No conozco tus planes; no sé si te quedas o te
marchas o qué harás. Simplemente me siento dudoso.
—Bienvenido
al club —dijo ella. Mirándole, tocó la mano que tenía apoyada sobre su hombro—.
Creo que me quedaré. Voy a inscribirme en el R.C.M. Si hubiera querido habría
tenido allí una vacante, hace tres... cuatro años atrás, pero no me presenté.
Ahora tal vez entre, si es que me aceptan.
Graham
se mordió el labio. Qué hacer: ¿admitir su ignorancia y preguntarle qué era el
R.C.M., o sencillamente asentir emitiendo algunos sonidos apreciativos?
—¿Y
qué harás allí exactamente? —le preguntó.
Encogiéndose
de hombros, Sara miró sus largos dedos, doblándolos.
—Piano.
Creo que aún pudo tocar. Aunque no practico como debiera. Tengo uno electrónico
que me dejó Verónica; bueno, en realidad es de uno de sus ex novios... su
mecanismo no está mal, pero no es lo mismo. —Inspeccionándose aún los dedos,
volvió a alzarse de hombros—. Ya veremos qué pasa.
Graham
respiró nuevamente, aliviado. Debía referirse al Real Conservatorio de Música.
Por supuesto; Slater le había mencionado sus aptitudes pianísticas.
—Algún
día tendrías que probar de tocar algo en uno de los pianos que hay en los pubs
—le dijo. Ella sonrió.
—Bien,
de todas maneras —dijo Sara, inspirando profundamente. Graham sintió a través
de la gruesa tela de su camisa a cuadros escoceses cómo movía el delgado
hombro—, por ahora todo lo que sé es que haré eso. Es probable que me quede
aquí durante los próximos dos o tres años. Eso creo. Todavía tengo que madurar
muchas cosas. Pero me alegra que estés aquí, me ayudas a pensar. —Sara le miró
a los ojos, como si estuviera buscando algo en ellos; el rostro pálido y las
espesas cejas hacían que sus obscuros ojos pareciesen vacíos, y al cabo de un
rato tuvo que dejar de mirarlos, apartando la vista con una sonrisa.
A
continuación, y sin ningún motivo, una especie de desesperación pareció
apoderarse de él haciéndole sentirse solo, utilizado y engañado, y por un
instante deseó hallarse lejos de aquella mujer esbelta y morena de rostro tenso
y delgados dedos. Aquella sensación desapareció, y Graham trató de imaginarse
por lo que ella estaría pasando, en qué medida le afectaba.
Con
un tirón el tren comenzó a aminorar la marcha. Graham tuvo la repentina y
curiosa imagen del tren irrumpiendo violentamente a través del barro y de
ladrillos en el canal que había debajo de la casa de Sara; como si habiéndose
desviado por un antiguo carril subterráneo en desuso que se alejaba de la
estación, se hubiera estrellado contra las penumbras y las aguas del viejo
canal bajo la colina. Trató de verse dibujando semejante escena, pero no pudo.
Sacudiendo la cabeza, se olvidó de su idea y miró de nuevo a Sara mientras el
tren se detenía en la estación. Ella se inclinó hacia adelante en su asiento,
sonriendo irónicamente.
—Graham,
siempre le he caído bien a la gente rápidamente, y por razones falsas. Tal vez
cambies de opinión cuando llegues a conocerme mejor. —Las puertas se abrieron;
Sara se incorporó, y mientras él también se levantaba, mientras salían juntos a
la plataforma, Graham sonrió confiadamente sacudiendo su cabeza.
—De
ningún modo —dijo.
Y
ahora, en el mes de junio, ¿cuánto mejor la conocía? Apenas un poco; la había
visto con alguna que otra disposición de ánimo, a veces más alegre, otras más
decaída. Únicamente floreció su atracción. Graham se veía a sí mismo tratando
de oler su pelo cuando estaban sentados juntos en algún pub, observando por el
rabillo del ojo sus pechos insinuados por debajo del mono o camiseta que
llevase puesta, deseando acariciarlos, cogerlos.
Pero
jamás parecía ser el momento apropiado; al final de cada encuentro ella le besaba
brevemente y él podía abrazarla, sintiendo sus brazos alrededor de su estrecha
espalda, su cuerpo levemente pegado al suyo, pero cuando sus manos se
deslizaban un poco más abajo de la región lumbar, o intentaba besarla más
intensamente, o abrazarla con mayor fuerza, ella enseguida se ponía tensa y se
apartaba, sacudiendo la cabeza. Aquellas limitaciones casi le hicieron darse
por vencido.
Y
ahora había sucedido eso. Todo parecía indicar que Stock ya no contaba, que
ella finalmente era libre, lo suficientemente fuerte como para vivir sin él,
para no depender de él y aceptar a Graham como —como algo más que— un amigo.
No
abrigues esperanzas, no demasiadas, se decía a sí mismo. Lo más probable es que
no sea lo que tú esperas. Graham se hallaba parado a un costado de la Vía
Pentonville, junto a una caja de empalme de teléfono que tenía pegados encima
carteles que anunciaban el espectáculo Woza Albert, y se dijo a sí mismo que no
debía esperar nada. Las esperanzas y los sueños siempre acababan evaporándose.
Pero
tenía demasiado presente el sonido de la voz de Sara por teléfono, con quien
había hablado esa misma mañana desde la Escuela.
—Esta
vez me gustaría invitarte —dijo ella—. Prepararé para los dos una ensalada, o
algo parecido.
—¿Te
refieres a subir a tu piso? —se rio él—. ¿Quiegges decig que estoy invitado a
entgagg dentgo? —dijo, de buen humor, imitando la voz de un francés de lo cual
se arrepintió casi al mismo tiempo de haber terminado. Ella le contestó con un
tono indiferente.
—Pues...
¿y por qué no, Graham?
Después
de aquello la garganta se le secó; no recordaba qué más había dicho.
La
señora Short
¡Inseguridad
Social!
En
aquel momento recordó que dentro de unos días debería pagarle a la señora Short
el mes de alquiler. Ahora tenía mucho dinero, ¿pero qué sucedería si tardaban
mucho en otorgarle el Seguro Social? ¿Y de todos modos, le darían lo
suficiente?
Grout
permaneció parado en la entrada de la casa de la señora Short, situada en la
calle Packington, en Islington. No se decidía a entrar; quizá antes debiera
pasar por un pub; resultaba mucho más fácil enfrentarse a la señora Short con
un trago encima. Finalmente se dijo a sí mismo que no debía ser tan estúpido;
en realidad no tenía ninguna obligación de pagarle el alquiler hasta final de
mes y hoy recién era el día veintiocho. Por otra parte, al ser el día de su
cumpleaños, se merecía alguna compensación. Entró sin pensarlo dos veces.
El
estrecho vestíbulo de la casa de la señora Short se hallaba en penumbra; la
pequeña ventana curva de la puerta de entrada estaba sucia de tizne, el color
de las paredes empapeladas era de marrón obscuro, y por lo visto la bombilla de
cuarenta vatios que solía poner la señora Short otra vez se había fundido.
Después de la luminosa calle, Grout era incapaz de ver nada. Vacilante se
encaminó hacia las escaleras y comenzó a subirlas; su cuarto se encontraba en
la tercera y última planta. La señora Short apareció de súbito en el rellano de
la segunda planta.
—Oh,
señor Grout, hoy regresa temprano —dijo, saliendo del Salón de la Televisión
(juego de sillas monocromo, con derecho a ser utilizado por los inquilinos
pagando un suplemento por la electricidad, la cual se apagaba a las doce en
punto).
La
señora Short se limpió las manos con un trapo y luego se las frotó sobre su
vestido de nilón; era una mujer robusta, un poco calva, de aproximadamente
cincuenta años. Llevaba el pelo recogido hacia atrás, tan tirante que Grout
juraba que los mechones sobre la frente estaban por ser arrancados de raíz, y
que por consiguiente la piel estirada era la causa de aquella expresión de
malévola sorpresa; tenía la impresión de que cuando la señora Short parpadeaba
sus demasiado alargados ojos no los lograba cerrar por completo. Debido a esa
razón parpadeaba tan a menudo y tenía los ojos enrojecidos.
—¿No
le habrán despedido nuevamente, señor Grout? —dijo la señora Short y lanzó una
carcajada, doblándose por la cintura y dando fustigazos con su trapo de
limpiar.
¡Maldición!
Grout no había pensado en aquello. ¿Qué podría decirle? Tenía unos pocos
preciosos segundos mientras la señora Short se reía y luego se secaba los ojos,
limpiándose la nariz con el trapo. De repente estornudó; ¡más preciosos
segundos! Permaneció de pie en su sitio. El tiempo se le había acabado.
—Ah
no —dijo. Bueno, era una contestación sucinta. Tal vez no del todo convincente,
él lo sabía, pero inequívoca. Apretó con fuerza sus labios.
—Pues
entonces, señor Grout, ¿qué es lo que le trae por aquí tan pronto? —dijo
sonriendo la señora Short. Las sutiles variaciones en el color del esmalte de
sus dientes postizos, reemplazados uno por uno a lo largo de los años luego de
que los originales perdiesen la batalla contra los bombones de menta que a la
señora Short tanto gustaban, llamaron la atención de los ojos de Steven que
dijo rápidamente:
—El
dentista. —Una idea brillante, pensó.
—Oh,
¿ha ido o está por ir? —La mujer adelantó su cabeza fijando la vista en su
boca. Él la cerró de inmediato.
—Tengo
que ir, muy pronto —murmuró.
—¿Y
qué le tiene que hacer? ¿Sacarle algún diente? ¿Empastárselo? Mi sobrina Pam
fue el otro día al dentista para que le arreglase un diente cariado; ¡éste le
tocó un nervio con el taladro! Ella lo mordió; no lo hizo con intención pero
cerró la boca. ¡La punta del taladro le perforó la boca! —A continuación la
señora Short se desternilló de risa. Steven observó con ansiedad si había lugar
detrás de la señora Short para poder pasar y escaparse por las escaleras, pero
no le fue posible. La señora Short dejó de reírse, buscó un pañuelo en el
bolsillo de su vestido pero al no encontrar ninguno volvió a usar el trapo de
limpiar con el cual se sonó la nariz. Después de inspeccionar brevemente el
hueco dejado por la nariz en el pañuelo, posó de nuevo la vista en Grout—.
¡Pobre mujerona! Estuvo una semana sin ir a trabajar. ¡Sólo podía comer a
través de una paja!
Confundiendo
la expresión inmóvil de Steven con miedo, se inclinó hacia adelante dándole un
golpecito con su trapo y dijo:
—Oh,
veo que le estoy asustando, ¿no es eso, señor Grout? Todos los hombres son
iguales; al menor dolor ya están fuera de combate. ¡Tendría que probar lo que
es un parto! ¡Ja! —La señora Short se rio, llenándosele los ojos de lágrimas
ante el recuerdo—. ¡Algo espantoso, señor Grout, pensaba que me iba a partir en
dos! ¿Gritar? ¡Pensé que me iba a morir! —La señora Short se rio de un modo
convulsivo, teniéndose que coger del pasamanos de la escalera para evitar que
su hilaridad la hiciese caer al suelo. Después de sacudir su trapo de limpiar
un par de veces se secó con él los ojos. Grout trató de medir la distancia que
había entre su casera y la pared del otro lado del pasamanos, comprobando si
aferrándose de este último podría tener espacio suficiente para escaparse
escaleras arriba a su cuarto. No lo había.
—Pues,
vaya —dijo, moviéndose paulatinamente para que viese que él quería subir—.
Mejor que suba a prepararme para ir al dentista. —Arrastrando torpemente los
pies, tuvo que ladearse para poder pasar con dificultad entre la señora Short y
la pared.
—Oh,
¿así que tiene que ir ahora? —dijo la señora Short, girándose para mirarle pero
aún obstaculizándole el paso—. En ese caso yo seguiré con mi limpieza. ¿Está
seguro que no desea que le limpie su cuarto, señor Grout? Ya sabe que para mí
no es ninguna molestia.
—Ah,
no, no muchas gracias —dijo Steven, tratando de apretarse contra la pared para
poder pasar alrededor de las abultadas caderas de la señora Short. Su espalda
se restregó en el descascarado barniz del viejo enmaderado.
—Creo
que encontraría su cuarto mucho más limpio y con menos polvo si me dejara hacer
a mí la limpieza, señor Grout, no lo dude. ¿Por qué no hacemos la prueba
durante un periodo de tiempo? —La señora Short le tocó ligeramente en las
costillas.
—No,
sinceramente, no —dijo Steven, frotándose el sitio en donde la señora Short le
había tocado. ¿Qué se sentía cuando a uno se le reventaba el bazo? La señora
Short no tenía por lo visto ninguna intención de dejarle pasar. Mirando con
desaprobación algo sobre el hombro de Steven, la mujer le pasó por allí su
trapo de limpiar—. No, yo realmente... —comenzó a decir Steven, y luego
estornudó.
—No
sufriría de tanta fiebre del heno si me dejara limpiarle su cuarto, señor
Grout. —La señora Short volvió a sacudir su trapo. El rostro de Steven se vio
rodeado por una mayor cantidad de las brillantes motas de polvo que le habían
hecho estornudar anteriormente.
—Realmente
debo ir a mi... —comenzó a decir, pero la señora Short le interrumpió.
—No,
no irá, señor Grout.
—¡Cuarto!
—dijo éste sin aliento. Señalando las escaleras y con un extraordinario
esfuerzo logró pasar a través del estrecho espacio que había entre la señora
Short y la pared, cayéndose casi en el otro extremo. La señora Short giró sobre
sí misma como la ametralladora de la torreta de un tanque y fijó su vista en
él.
—¿El
cuarto, señor Grout? ¿Desea que se lo limpie, entonces?
—No
—dijo Steven, alejándose de espaldas hacia el próximo tramo de las escaleras,
todavía mirando a la señora Short y esbozando una sonrisa con la boca cerrada—.
No, sinceramente —dijo—, yo me limpio mi propio cuarto, de veras. Se lo
agradezco, pero no, de veras.
La
señora Short continuaba sacudiendo la cabeza y su trapo de limpiar cuando él
finalmente logró subir el tramo curvo de las escaleras; Steven se pasó la mano
por la frente sudada, dio media vuelta y a toda prisa terminó de subir el resto
de los escalones, temblando y haciendo muecas mientras pensaba en la señora
Short.
En
su cuarto logró relajarse. Después de haberse lavado la cara y el torso en la
pequeña jofaina que había en un rincón del cuarto se sentó junto a la ventana.
Para llegar de la jofaina hasta la ventana, en donde desde una pequeña silla
podía contemplar la calle Packington, había tenido que superar cuatro esquinas
de ángulo llano y tres rectangulares de su laberinto de libros apilados sobre
el suelo.
Le
agradaba mirar a través de la ventana (hoy la tenía abierta; era un día
placentero) y a veces se pasaba tardes enteras del sábado o del domingo sentado
observando el tráfico y a los transeúntes, momentos en los que era invadido
lentamente por una extraña sensación de paz, como si fuera algo hipnótico, como
un trance; permanecía allí sentado, sin pensar o preocuparse o angustiarse por
nada, contemplando, la mente en blanco y libre de inquietudes, mientras los
coches circulaban y las personas caminaban y hablaban, y durante un ratito, por
entre aquella carencia de pensamientos, esa pérdida temporaria de su propia
personalidad, podía sentirse parte de aquel lugar, de aquella ciudad y gente y
especies y sociedad; se sentía como él imaginaba que las demás personas
corrientes, las personas que no eran como él y que no estaban allí para
atormentarle, deberían sentirse todo el tiempo.
Se
secó con su pequeña toalla; olía un poco mal, aunque no de manera ofensiva. Era
un olor agradable, como el de su cama.
Miró
por encima de las paredes de libros del laberinto que cubrían el suelo de su
cuarto. Las paredes de libros, las cuales intentaba mantener aproximadamente al
mismo nivel, le llegaban ya a la mitad del muslo, y Steven tenía miedo de que
muy pronto comenzarían a ser inestables. Naturalmente, si no recibía ningún
dinero no podría comprar más libros por una temporada, al menos hasta que no
encontrara un nuevo trabajo. Pero de todas formas, era deprimente pensar en el
caos resultante si los libros comenzaban a perder su estabilidad, y aunque
hubiera una forma de evitar este problema (que él se sentía muy orgulloso de
haber ideado) colocando los libros juntos como si fueran los ladrillos de una
pared en vez de apilados simplemente uno encima del otro, esto haría mucho más
difícil el sacar algún libro que quisiese volver a leer.
Este
pensamiento le infundió algo de miedo por lo que a toda prisa se dirigió por
entre los libros a la puerta de la habitación. Cerrándola con llave, cogió del
recargado colgador su mejor casco protector. Luego de ponérselo se sintió
reconfortado. Eligió un camino diferente para regresar a su silla junto a la
ventana y se sentó. ¿Qué haría ahora? Ir a tomar un trago. Eso es lo que se
suele hacer cuando uno termina de trabajar, o tiene montones de dinero. Lo sacó
de su bolsillo. En su mayor parte eran billetes de diez libras; había
muchísimos. Miró los grandes y marrones rectángulos de papel; la Reina se veía
atractiva, así como a él le gustaba pensar que su madre debía haber sido. Del
otro lado del billete, Florence Nightingale, que le hacía recordar a alguna de
las niñeras del hogar al cual fue de pequeño.
Volvió
a guardar el dinero, apiñándolo en su bolsillo trasero. Echó una mirada a su
cuarto, observando las paredes de libros, la pila de ropa a un costado de la
cama, la joroba de chaquetas, camisas, abrigo y corbatas colgada detrás de la
puerta, el gran ropero en donde al principio había guardado todos sus libros, y
de los cuales aún muchos se hallaban dentro de cajas de zapatos, el pequeño
velador sobre el que descansaban una botella de agua de plástico y el último
libro que estaba leyendo. El cuarto poseía un viejo hogar bloqueado, con sus
dos barras de calefacción eléctrica. Sobre la repisa se hallaba su colección de
emblemas de coches.
Tenía
cinco de Jaguar, ocho damas plateadas de Rolls-Royce, dos antiguos símbolos de
Austin, y una variada colección de salmones saltando, caballos de carrera,
perros con pedigrí y un jugador de criquet empuñando un bate. Para su
desilusión, todavía no había conseguido el emblema de un Bentley. En un extremo
de la repisa guardaba los símbolos de los Mercedes en una gran jarra. No estaba
realmente interesado en los símbolos de los Mercedes, pero por alguna razón su
iniciativa de aserrar los emblemas de los coches —por su propia seguridad— se
había visto complicada por el instinto del coleccionista de profundizar y
extender su colección.
Originalmente
se había sentido ofendido por los emblemas de los Jaguar; el felino en actitud
de saltar, no siempre presente en todos los coches, pero aún posible de ver su
sólida y verdadera forma en muchos de ellos, parecía haber sido diseñado para
hacerle sentir náuseas. La dama plateada estaba un poco mejor, pero algunos de
los emblemas hechos por la clientela eran horribles. Él creía que se trataba de
algo ilegal, pero cuando fue a la comisaría de la calle Mayor para denunciar
que la gente conducía aquellos coches con armas letales, el sargento de aspecto
aburrido apenas si le miró y finalmente le dijo que él no podía hacer gran cosa
por ello y que el caballero tendría que mirar a ambos lados de la calle antes
de cruzar (Steven quedó decepcionado, aunque por otra parte le impresionó mucho
que un policía le hubiese llamado «caballero»), Por regla general no eran
serviciales, y era obvio que al menos unos cuantos de ellos debían participar
en la conspiración del Tormento de Grout, pero así y todo, uno no podía dejar
de admirarles y tenerles respeto, y que le diesen a uno el trato de «caballero»
también estaba muy bien. Regresó unas semanas más tarde para denunciar el robo
de una bicicleta de la cual ni siquiera era dueño, tan sólo para que le
volvieran a llamar «caballero».
Con
frecuencia, sacar los emblemas de los coches resultaba peligroso. En varias
ocasiones casi había sido atrapado por dueños enfurecidos que salieron a la
calle al oír ruidos extraños en la oscuridad o pasos en una senda de grava.
Al
principio Steven se restringió al área más cercana; Islington, en especial
Canonbury, y las tranquilas calles alrededor de Highbury Fields. Luego los
golpes fueron más improductivos ya que la gente se cuidaba de no dejar sus
coches en sitios obscuros y sólo los aparcaban debajo de algún farol de la
calle, o eran más escrupulosos y guardaban los coches en sus caminos
particulares o garajes, cerrando siempre con llave los portones.
Por
consiguiente, sin separarse de su sierra para metales, Steven había ampliado su
área de operaciones, y ahora era capaz de actuar en cualquier parte desde la
City hasta Highgate, capturando jaguares, raptando damas plateadas y
embolsándose estrellas. Ciertamente se sentía mucho más seguro deambulando por
las calles, conteniendo la respiración entre los coches y camiones aparcados,
no perdiendo de vista los muros bajos o escalones de puerta elevados que
también le servían para escapar de los rayos láser de los vehículos en
movimiento, con la certeza de que aquellas rugientes trampas mortales ya no
eran en parte tan peligrosas gracias a su labor.
Más
tarde comenzó a cuestionar las motocicletas; éstas también podían ser muy
mortíferas. Por lo general eran conducidas por exhibicionistas suicidas, y le
bastaba oír su sonido para sentirse terriblemente asustado, por lo que comenzó
a odiar a las personas que las conducían.
Así
que se dedicó a poner azúcar en sus depósitos de gasolina; eso fue lo que había
estado haciendo la noche anterior, en la zona de Clerkenwell. Estuvo fuera
hasta las dos de la madrugada, y le persiguió un guardia de seguridad que le
había visto manosear el depósito de gasolina de una moto en un aparcamiento.
Steven regresó muy nervioso y excitado, y a pesar de que se sentía agotado
tardó bastante tiempo en dormirse. Tal vez ésa fue la causa de su
comportamiento alterado aquella mañana.
Bueno,
a él no le importaba; a quienes tendría que afectarles era a los del almacén.
Ya se acordarían de él cuando los hoyos que había reparado en la calle Mayor
permaneciesen mucho más tiempo intactos que los reparados por ellos. Era su
problema. Él no se arrepentía en lo más mínimo de azucarar los depósitos de
gasolina o arrancar las insignias de los coches. Después de todo, tampoco lo
hacía sólo para él. Si bien era cierto que él era la persona más importante,
también le estaba haciendo un favor a todo el mundo —por ejemplo, a esos
transeúntes que circulaban por la calle Packington.
Steven
colgó la pequeña toalla sobre el respaldo de la silla junto a la ventana. Buscó
entre la pila de ropa colgada detrás de la puerta hasta que finalmente encontró
una camisa bastante limpia y se la puso. Debajo de su cama guardaba un
desodorante en aerosol que solía ponerse cuando se acordaba, pero éste se le
había acabado la semana pasada y no se acordó de comprar uno nuevo. La camisa
se la metió dentro de los pantalones.
Cogió
de encima del velador su Caja de Evidencias y se fue a sentar junto a la
ventana. La Caja de Evidencias era un viejo estuche de cartón de whiski Black
& White que Steven había recogido en alguna parte. Dentro guardaba una
pequeña grabadora radio-cassette, un panfleto de una agencia inmobiliaria y un
atlas escolar, además de una buena cantidad de recortes de periódico
amarillentos.
Los
recortes eran principalmente de secciones del tipo «Créase o No»; artículos
graciosos y extravagantes, supuestamente sobre Historias Verdaderas que Steven
sabía no tenían ningún sentido; disparates inventados con los cuales querían
incitarle, hacer que diera la cara y les desafiase, que desenmascarara su
farsa. Pero él no se mostraría tan estúpido o poco cauteloso; se mantendría a
la sombra, recolectando la evidencia. Tal vez llegara el día en que podría
darle un verdadero uso, pero entre tanto le tranquilizaba.
Sacó
la grabadora y la puso en marcha. Había grabado los ruidos de la banda de
frecuencias de Onda Corta, llamados «estáticos». Pero él sabía de qué se
trataba realmente; escuchó el chirriante y profundo estrépito continuado,
reconociendo en él el incesante sonido de los pesados bombardeos durante la
Guerra. Se asombraba de que nadie más lo hubiera percibido. Eso no eran
descargas estáticas sino ruidos de motores. Él lo sabía. Se trataba de una
Filtración, un minúsculo desliz que ellos habían cometido y el cual permitía
que una parte de la realidad se introdujese en aquella falsa prisión de la
vida.
Respiró
profundamente, mirando hacia abajo la calle Packington, tratando de recordar o
imaginar lo que representaban aquellos monótonos e ilimitados sonidos; a través
de qué infinitos espacios y atmósferas volaban esas gigantescas naves, cuál era
su aparentemente inacabable misión, qué cargamento tan asombroso transportaban,
quién sería el amenazante enemigo que sufriría debajo de ellos su terrible
ataque. Apagó la cinta magnetofónica y luego la rebobinó.
La
siguiente muestra de evidencia era engañosa. Se trataba de un panfleto
anunciando las bondades de una firma inmobiliaria; la evidencia de la
filtración se hallaba en el nombre de sus propietarios. El nombre de los
agentes inmobiliarios era Hotblack Desiato y Grout sabía que era una
filtración. Estaba seguro de que ese nombre le hacía recordar algo de su
anterior vida, su vida real en la Guerra. Qué significaba en realidad ese
nombre, si se trataba después de todo de un nombre y en tal caso a qué amigo, enemigo,
lugar o cosa pertenecía, o si no era más que una frase, orden o instrucción, él
no lograba recordarlo, no importaba cuán intensamente pensaba sobre eso o por
el contrario cuán pacientemente esperaba a que su subconsciente le facilitara
la respuesta correcta. De todas formas, estaba seguro de que tenía un
significado. En algún momento, algo le había sucedido y se hallaba relacionado
con ese nombre.
Oh,
pero como de costumbre ellos eran muy hábiles, muy sutiles. Si aquel nombre no
era una Filtración entonces se trataba de una maniobra deliberada de sus
Atormentadores para provocarle. Ellos habían puesto aquella firma inmobiliaria
en la zona en la cual él vivía tan sólo para que no dejara de ver sus señales y
se sintiese constantemente amargado y frustrado a causa de su incapacidad de
recordar exactamente cuándo y dónde había oído aquel nombre con anterioridad.
De todos modos era un poco más de evidencia, aunque finalmente resultara ser
una Filtración que ellos no hubiesen planeado. Volvió a doblar la hoja de papel
y la depositó en la caja.
Extrajo
el atlas y lo abrió en la página del mapamundi. Había marcado con círculos
rojos lugares como Suez y Panamá, Gibraltar y los Dardanelos.
Soltó
una risotada de desprecio ante el ridículo intento de concebir un planeta de
aspecto razonable. ¿A quién creían ellos que podían engañar? ¿Así que daba la
casualidad de que los continentes se hallaban unidos, no es cierto? Muy listos.
Cualquier idiota podía darse cuenta de que se trataba de algo cuidadosamente
arreglado para ser natural. Había sido inventado. Él no sabía si realmente se
hallaba viviendo en un planeta con aquellas formas; pensaba que no, pero eso no
importaba. Incluso si, como a menudo sospechaba, el «mundo» en efecto terminaba
en las afueras del Gran Londres. La cuestión radicaba en que ellos estaban
tratando de hacer que la gente —él— creyese en aquella caricatura de mapa.
¡Cómo debían menospreciarle si esperaban que él aceptara aquello! Hervía por
dentro de sólo pensarlo. Pero ellos habían cometido un serio error; le habían
subestimado, pero no le doblegarían, no mientras él tuviera en su poder estas
evidencias que le servían de respaldo. Pasó las páginas del atlas hasta dar con
el sureste de Asia... sí, la isla Célebes aún tenía la forma de una letra de
algún alfabeto extraño (y además, cuanto más lo pensaba, más familiar le
parecía, por lo que a veces casi llegaba a creer que sabía lo que ésta
representaba, o que conocía su sonido, si es que su garganta humana o su
cerebro eran capaces de recrear semejante sonido remoto). Con una sonrisa de
satisfacción cerró el atlas; excusado y tranquilo. Volvió a guardar todo dentro
de la Caja de Evidencias y la colocó de nuevo encima del velador, en donde
cabía ordenadamente, después se acercó a la ventana, la cerró, y regresó por
entre las paredes de libros a la puerta, asegurándose de que llevaba en sus
bolsillos las llaves y el dinero.
Se
detuvo ante la puerta, dudando entre dejarse puesto su mejor casco protector o
ponerse el que usaba habitualmente. Se decidió por salir con el que llevaba
puesto. Era un casco de un precioso color azul intenso, con casi ninguna
raspadura o erosión, que llevaba adaptado por dentro un resistente tafilete de
piel. ¿Por qué no llevarlo? Hoy había que celebrarlo. Después de todo, era su
cumpleaños. Se preguntó si valía la pena decirle a la señora Short que era su
cumpleaños. No le parecía justo que nadie más lo supiera. Si se lo decía a la
señora Short, al menos habría alguien que le deseara «feliz cumpleaños» o «que
los cumpla muy feliz». Eso sería agradable. Sin decidirse todavía salió de su
cuarto, comprobando antes que no había dejado el fuego prendido, un enchufe
conectado o la luz encendida.
No
se encontró a la señora Short por el camino y en cierta forma esto le alivió.
Cuando atravesaba el vestíbulo en penumbras hacia la puerta de la calle, la
puerta de la señora Short se abrió súbitamente y apareció ella enfrente suyo,
con sus robustos brazos cruzados, la luz reflejándose en la estirada piel de su
frente.
—Ah,
conque aquí está, señor Grout. ¿Nos vamos al dentista, entonces?
—¿Cómo?
—dijo Steven tontamente, luego recordó—. Oh, claro, claro, así es. Humm...
—Cerró su boca para que la señora Short no le pudiese mirar adentro, no porque
pensara que ella sería capaz de ver algo en la obscuridad, pero uno nunca
sabía.
La
señora Short dijo:
—¿Supongo
que no estará dispuesto a pagarme ahora el alquiler, o me equivoco, señor
Grout? Lo digo en caso de que no le vuelva a ver hasta dentro de unos cuantos
días.
Steven
reflexionó acerca de eso. No ver a la señora Short por unos cuantos días. Qué
pensamiento tan placentero. Pero imposible. Sacudiendo su cabeza le respondió:
—No,
ahora no puedo, señora Short; en este momento no tengo suficiente dinero. Lo
tendré el... viernes —mintió, comenzando a sentirse acalorado. ¡Incluso en
aquellos instantes y en este sitio usaban contra él las microondas! Tenía una
de sus manos detrás de la espalda, con los dedos cruzados porque estaba
diciendo mentiras.
—Bueno,
si usted lo dice, señor Grout —dijo la señora Short, bajando la vista hasta sus
pantalones—. Es que como había visto ese bulto en su bolsillo trasero,
¿comprende? Y naturalmente, yo supuse que se trataba de mi alquiler.
Steven
sintió que abría los ojos desmesuradamente. No sabía qué decir: ¡la señora
Short lo había adivinado! ¡Estaba al corriente! De hecho —¡por supuesto!—,
ellos se lo dijeron. Probablemente los del almacén la llamaron por teléfono
apenas él se marchó. Ésa habrá sido una de las primeras cosas que seguramente
hizo la secretaria del señor Smith. ¡Idiota! ¿Cómo es que no se le había
ocurrido?
Steven
decidió que tendría que afrontarla descaradamente. No tenía ningún sentido
tratar de llegar ahora a una especie de compromiso. Era todo o nada. La señora
Short podría saberlo, pero por lo visto las reglas no le permitían demostrar
que estaba enterada, y por lo tanto sólo lo daba a entender.
—El
viernes —dijo Steven, asintiendo bruscamente con su cabeza—. El dinero el
viernes. Definitivamente. —Se acercó poco a poco a la ansiada puerta de la
calle, saludando a la señora Short con la cabeza mientras pasaba delante de
ella. La mujer le dirigió un rápido parpadeo de ojos. A menudo, Steven se había
preguntado si aquello no sería una especie de código. Se aclaró la garganta y
dijo—: No se preocupe, gracias. —Se palmeó el bolsillo trasero—. Son las
tarjetas del seguro dental —explicó. La señora Short asintió comprensivamente.
¡Estaba
fuera! Se hallaba sobre el escalón de la puerta, casi en la calle, y se había
escapado.
—Vaya
con cuidado, señor Grout, no sea cosa que le suceda algo.
—Oh por
supuesto —dijo Steven y, girándose, inspiró profundamente, poniéndose a
continuación en marcha.
—¿Está
seguro de que no quiere que le limpie el cuarto mientras está ausente, señor
Grout? —le gritó la señora Short desde la puerta que aún permanecía abierta
cuando Steven se encontraba a más de diez metros de distancia. Steven se sintió
atorado; se paró en seco, sus hombros se alzaron como si hiciera el ademán de
atajar un golpe. Dando media vuelta, miró el resuelto y sonriente rostro de la
señora Short, y sacudió violentamente su cabeza. En menos de treinta metros no
había ningún coche aparcado; el tráfico fluía por la calle en una rugiente
sucesión. Steven volvió a sacudir su cabeza.
—¿Qué
es lo que dice, señor Grout? —gritó la señora Short, llevándose una mano
regordeta y ahuecada a la oreja. Steven la contempló, con los ojos muy
abiertos, y sacudió la cabeza lo más violentamente que pudo—. No le oigo, señor
Grout —vociferó la señora Short. Steven se estaba quedando sin oxígeno.
Con
la cabeza gacha se encaminó de nuevo hacia la puerta de entrada, y subiéndose
al escalón para ponerse a salvo de los rayos lásser, le espetó a la señora
Short en plena cara:
—No,
muchas gracias, señora Short. Por favor, no limpie mi cuarto. Prefiero hacerlo
yo mismo.
—Bueno,
si está tan seguro... —dijo sonriendo la señora Short.
—Oh,
completamente —le aseguró Grout. Permaneció parado en su sitio, para ver si
ella cerraba la puerta, pero no lo hizo. Inspirando profundamente dijo—: Adiós
—y luego dio media vuelta. Se dirigió a toda prisa en dirección a la calle
Mayor, y no había hecho quizás cincuenta metros cuando a sus espaldas oyó, a lo
lejos, a la señora Short que le gritaba. No se molestó en girarse, pero escuchó
el distante grito de «¡adioós!» con una especie de repugnante alivio.
Dominó
sin puntos
Estaban
sentados en el exterior del balcón del cuarto de juegos en el área del Castillo
Puertas. Dentro resplandecía un poco de luz. La nieve del balcón se había
derretido por completo y alrededor de ellos soplaba constantemente una cálida,
húmeda y salada brisa, desde el cuarto hasta el espacio abierto más allá del
balcón. Quiss y Ajayi vestían unas ligeras túnicas y se hallaban sentados ante
la pequeña mesa de madera adornada con filigranas, deslizando sobre la
superficie tallada unas sencillas piezas blancas de marfil.
Ahora
hacía demasiado calor en el cuarto de juegos. Según sus cálculos, las calderas
del Castillo Legado habían sido reparadas hacía tan sólo treinta días, y según
el senescal, aún tenían que hacerles un «leve ajuste».
Desde
su sitio Ajayi podía ver la cantera. Pequeñas figuras negras se desplazaban por
los senderos y caminos cubiertos de nieve que conducían a las minas y pedreras,
y las carretas rodaban de un sitio a otro; las más cargadas y voluminosas
desaparecían de su visión detrás de un afloramiento de —Ajayi entornó los ojos
para tratar de ver mejor— pues, tanto podría ser de rocas como el mismo
castillo; ella no alcanzaba a diferenciarlo.
El
resto del paisaje era tan chato y uniforme como siempre. Una ráfaga de aire
caliente proveniente del horno que era el cuarto de juegos se arremolinó en
torno a ella, para luego desaparecer en el exterior. Un ligero estremecimiento
le recorrió el cuerpo. No había duda de que todo este calor y la sal estaban
causando estragos aún peores en la instalación sanitaria del castillo, y no
dentro de mucho, después de que las cosas volvieran a su normalidad junto con
un nivel aceptable de luz y calor, todo el sistema volvería a dejar de
funcionar, probablemente por un tiempo aún más prolongado. Mientras tanto ellos
jugaban a un juego llamado Dominó sin Puntos, el cual consistía en ubicar unas
lisas fichas de marfil en cierta forma lineal.
Ni
ella ni Quiss tenían una idea aproximada de cuándo terminarían de jugar, o
incluso si lo estaban haciendo correctamente, porque aunque ellos sabían que en
la versión original del juego las fichas de marfil tenían puntos, las suyas
estaban en blanco. Debían formar con ellas líneas, esperando que la pequeña
mesa con la brillante gema roja en su centro sobre la cual jugaban reconociese
que el valor que le habían asignado —al azar, naturalmente— a las fichas antes
de comenzar cada partida coincidiera de modo tal que el juego configurado por
Quiss y Ajayi resultase lógico; si los puntos aparecían repentinamente sobre la
superficie de las fichas, quería decir que lo habían hecho bien; una ficha de
un punto debía coincidir con otra también de un punto o de un punto doble, la
de dos puntos con otra ficha igual o de valor doble, y así sucesivamente. Era
el juego más frustrante que les había tocado jugar, y lo estaban jugando desde
hacía ciento diez días.
Ajayi
deliberadamente no pensaba en el tiempo que ya habían pasado en el castillo. No
tenía importancia. Se trataba de un instante de exilio, y nada más. Ajayi no
sabía cuánto recordaría si... cuando regresase a su puesto en las Guerras
Terapéuticas. Era un castigo extraño y las personas que lo habían experimentado
no estaban muy deseosas que digamos de hablar sobre él incluso si uno se topaba
con ellos, así que si bien tanto ella como Quiss tenían conocimiento del
castillo, lo que les sucedía a aquellos que lograban pasarlo con éxito no
estaba registrado en ninguna parte.
En
realidad no importaba cuánto tiempo hacía que estaban allí, siempre y cuando no
se desesperasen o enloqueciesen. Tan sólo tenían que seguir jugando y tratar de
responder correctamente las distintas preguntas, y finalmente saldrían.
Ajayi
miró a su compañero sin que éste se percatara. Quiss mezclaba las fichas de
dominó dirigiéndoles una mirada ceñuda, como si creyera posible intimidar a las
piezas de animal muerto para que formasen un juego correcto. Quiss, pensó
Ajayi, parecía estar soportándolo bastante bien. Aún se preocupaba por él,
porque su estilo apremiante e intimidatorio no tenía garantía de durar para
siempre en contra del a menudo impenetrable e insensato régimen del castillo.
Ella temía que lo que él se había fabricado no fuera más que una coraza. En
algún momento esa coraza tendría que ceder, así como ninguna fortaleza
construida era capaz de resistir a todos los asedios (cuando tuvieron que dar
su primera respuesta al acertijo, antes hablaron extensamente acerca de esa fundamental
vulnerabilidad de lo estático que era su propia dureza), por cuanto ella había
tratado de no acorazarse, intentando ir al curioso ritmo del castillo;
adaptarse a él, aceptarlo.
—Oh
por qué no comienzan de una vez por todas —dijo el cuervo rojo desde un
fragmento de asta situado a tres metros por encima de sus cabezas—. Me he
divertido más viendo follar a los caracoles.
—¿Por
qué no te vas a hacer precisamente eso? —le gruñó Quiss sin mirarle, mientras
cogía siete fichas de dominó boca abajo del montón entremezclado en el centro
de la pequeña mesa. Las siete fichas le cabían cómodamente en una de sus
manazas, como huesecillos perdidos entre los pliegues y arrugas de aquella
carne dura.
—Escucha,
barbagrís —dijo el cuervo rojo—, me han asignado la tarea de permanecer aquí y
fastidiaros, bastardos, y eso es lo que haré hasta que no tengáis el sentido
común, por no hablar de la decencia, considerando que habéis abusado gravemente
de la bienvenida con que se os recibió, de mataros. —A continuación la voz del
cuervo rojo imitó la de uno de los maestros menos queridos de Ajayi de sus días
escolares—. Ajayi, vieja fea, coge tus fichas y juega. No tenemos todo el día,
sabes. —Después de esta última frase el cuervo rojo emitió una risa ahogada.
Ajayi
permaneció en silencio. Eligió siete fichas de dominó, mordiéndose el labio
inferior mientras las recogía. La voz del ave realmente alteraba los nervios;
en realidad resultaba ridículo, pero el muy condenado era un imitador tan
molesto como fiel y dominaba un repertorio de odiosas voces del pasado.
Le
tocaba a Ajayi comenzar la partida. Cogió una de las fichas en blanco y la
colocó en el centro de la mesa. Se daba cuenta de que había algo en su manera
de inspeccionar las fichas antes de cada jugada que enfurecía a Quiss, quien
cogía la primera que tenía a mano. Sin embargo, por alguna razón, Ajayi
precisaba de aquel pretexto; era una de esas pequeñas cosas que le permitían
seguir adelante. No podía simplemente coger las fichas y sacárselas de encima
lo más rápido posible, para después volver a mezclarlas y comenzar una nueva
partida, aunque de aquel modo las partidas se acabaran más velozmente; eso era
muy mecánico, demasiado descuidado. Para ella también era importante creer que
cada siguiente partida sería la correcta, en la cual todo coincidiría y la
amalgama de las fichas tuviera lógica, dándoles así otra nueva oportunidad para
poder escapar de aquel sitio.
Por
lo tanto depositó su ficha cuidadosamente, con aire reflexivo. Quiss puso la
suya de inmediato, de una manera casi violenta. Ajayi se demoró pensando. Quiss
comenzó a impacientarse y con uno de sus pies daba ligeros golpes en el suelo.
Desde el fragmento de asta el cuervo dijo tosiendo:
—Joder,
otra vez con lo mismo. Espero que os hastiéis pronto y os suicidéis, así al
menos tendremos la oportunidad de recibir a personas divertidas.
—No
se puede decir que tú seas el más afable de los anfitriones, cuervo —dijo
Ajayi, depositando otra ficha de dominó.
—Idiota,
no soy tu anfitrión —dijo despectivamente el cuervo rojo—. Incluso una persona
como tú tendría que saberlo. Sabía que no tenías testículos, pero pensaba que
al menos poseías un mínimo básico de inteligencia.
Quiss
colocó bruscamente otra ficha blanca en el centro de la mesa, y Ajayi le
dirigió una mirada recelosa, tratando de adivinar si estaba conteniendo la risa
o no. Quiss se aclaró la garganta. Ajayi alzó la vista para mirar al cuervo
rojo.
—Oh
—dijo ella—, te guste o no, en cierto modo lo eres. Y a veces te comportas como
un anfitrión muy apropiado, porque ayudas a comprender la razón de este sitio,
así que —dejó de mirarle al oír los ligeros golpes del pie de Quiss sobre el
pavimento del balcón y se dedicó a estudiar las fichas de marfil que tenía en
su mano— aunque no te plazca, desempeñas bien tu papel.
(El
cuervo rojo se hallaba mirando a lo lejos el paisaje nevado y sacudía
tranquilamente su cabeza.)
—No
de un modo simpático —dijo Ajayi—, sino escrupuloso.
—Qué
montón de mierda —dijo el cuervo rojo mirándola, sacudiendo aún su cabeza—.
Mierda de vaca vieja. —Dejó de mirarla para volver a posar la vista en la
blanca planicie—. Crees estar sufriendo un castigo; y yo tengo que quedarme a
escuchar semejantes disparates. A veces me pregunto por qué me tomo la
molestia, lo juro. Debe haber maneras más fáciles de ganarse la vida.
Ajayi
miraba al cuervo con aire pensativo. Se preguntaba si habría una forma de
construir un arma con la cual eliminar al cuervo. ¿Qué más podrían agregarle a
su sentencia si lo hacían, y valía la pena realmente? Podía oír la bota de
Quiss contra el suelo, pero sin prestarle atención continuó observando al
cuervo rojo. Se había dado cuenta de que Quiss se reía disimuladamente cuando
el cuervo la estaba insultando, y no veía la razón por la cual debía
apresurarse en poner su ficha de dominó tan sólo para complacerle. El cuervo
también miró fijamente a Ajayi y al cabo de unos segundos se sacudió
furiosamente, desplegando un poco sus alas y estirando una de sus patas como si
la tuviera rígida.
—¡Venga!
—le chilló—. ¿A qué esperas? Por dios, mujer, ¿qué es lo que te detiene? ¿La
prevaricación o sencillamente tu estupidez? ¿O ambas cosas? Continúa con el
juego.
Ajayi
dejó de mirar al cuervo y eligiendo una de sus fichas la depositó
cuidadosamente encima de la superficie de la mesa. Sintió que se ruborizaba
ligeramente.
—No
me digas —le susurró Quiss, mientras se inclinaba sobre la mesa para poner su
próxima ficha—, que nuestro emplumado amiguito te ha ofendido... —y volvió a
echarse hacia atrás lanzando una mirada a los ojos de la vieja mujer. Ajayi
apartó sus ojos, sacudiendo lentamente la cabeza en tanto seleccionaba una
ficha de entre las que le quedaban en su mano.
—No
—dijo, cogiendo de la palma de su mano una de las piezas de marfil y
adelantándose para depositarla sobre la mesa, aunque luego cambió de opinión y
se la volvió a quedar, reconsiderándolo y rascándose el mentón con la otra
mano. Un exasperado sonido de sofoco les llegó desde arriba de sus cabezas.
—Esto
es absurdo —dijo el cuervo rojo—. Creo que me iré a contemplar los carámbanos.
No creo que sea más aburrido que esto. —A continuación, el cuervo desplegó sus
alas y se echó a volar, refunfuñando. Ajayi le observó alejarse. Desde las
almenas más altas otros cuervos y urracas bajaron volando y en bandada se
dirigieron en dirección a las minas de pizarra.
—Peste
—dijo Quiss. Haciendo tamborilear sus gruesos dedos sobre la superficie de la
mesa volvió a mirar a Ajayi, quien asintiendo con la cabeza colocó otra ficha
de dominó—. Me estaba preguntando —dijo Quiss, poniendo otra de sus piezas—, si
uno podía acercarse un poco más al meollo de la cuestión con aquel comentario.
Me refiero a cómo has venido a parar aquí. —Quiss miró furtivamente a su
compañera, quien captándolo se rio para sus adentros.
—Pues
—dijo ella, considerando las alternativas que tenía en su mano—, quizá sea hora
de que nos contemos por qué estamos aquí. Qué hicimos para que nos enviaran a
este sitio.
—Hmm
—dijo Quiss, aparentemente sin estar interesado en el tema—. Sí, supongo que
podríamos hacerlo. Tal vez hasta descubramos alguna pista para contestar
correctamente nuestra respuesta; me refiero a alguna coincidencia en
nuestros... motivos para estar aquí que nos ayude a salir. —Quiss alzó sus
cejas, poniendo una expresión como si quisiera decirle, «qué te parece la
idea». Ajayi creyó atinado no recordarle a Quiss que apenas llegada al castillo
ella le había hecho exactamente el mismo planteamiento de intercambiar sus
historias. En aquel entonces, Quiss se opuso rotundamente a hablar sobre las
desgracias personales de cada uno. Ajayi decidió que todo lo que podía hacer
(lo que mejor sería que se acostumbrase a hacer) era ser paciente.
—Pues,
podría ser una buena idea, Quiss. Si es que estás seguro de que no te importa
contármelo.
—¿A
mí? No, de ninguna manera, de ninguna manera —dijo rápidamente Quiss. Luego
hizo una pausa—. Eh... tú primera.
Ajayi
sonrió.
—Muy
bien —dijo ella, inspirando profundamente—, lo que sucedió fue que... yo era
edecán de nuestro Oficial de Filosofía, que en nuestro escuadrón tenía el rango
de Mariscal.
—Oficial
de Filosofía —dijo Quiss, asintiendo la cabeza con conocimiento.
—Así
es —dijo Ajayi—. Era un terrible entusiasta de la caza, y, un poco pasado de
moda, siempre que podía le apasionaba salir a los grandes espacios abiertos y
hacer las cosas a la antigua.
—Yo
podía compartir con él su idea de volver a los orígenes y de reforzar
integralmente nuestra relación con la naturaleza —aunque se tratase de una
naturaleza ajena—, pero siempre le hice saber que creía que él llevaba las
cosas demasiado lejos. Me refiero a que jamás salía pertrechado con un equipo
de comunicación o de transporte, ni siquiera con armamento moderno. Todo lo que
teníamos era un par de anticuados rifles y nuestras propias piernas.
—Tú
le acompañabas —dijo Quiss.
—Tenía
que acompañarle —Ajayi se alzó de hombros—. Él decía que me llevaba porque le
gustaba discutir conmigo. Así que me acostumbré a participar en estas
expediciones con él, y me hice muy diestra en el arte de la retórica y
pasablemente hábil en el uso de armas primitivas con las cuales a él le
entretenía cazar. También me especialicé en rechazar sus insinuaciones, por lo
general muy poco ardorosas.
Un
día, próximo al anochecer en este... lugar... estábamos arrastrando
dificultosamente a través de una ciénaga una inmensa bestia herida que él
acababa de cazar, perseguidos por los insectos, agotados, sin poder contactar
con la escuadra hasta que no nos viniera a recoger un destacamento a
medianoche, mojados, hambrientos... bien, al menos yo lo estaba; él se lo
estaba pasando a lo grande... cuando de improviso se enganchó en la raíz
sumergida de un árbol o algo parecido, y por lo visto cuando perdió pie debía
tener su mano cerca del gatillo —su rifle era tan antiguo que ni siquiera tenía
seguro— por lo que se disparó a sí mismo en el pecho.
Estaba
muy malherido; aún consciente pero padeciendo muchos dolores (también opinaba
que en aquellas excursiones no debía llevar consigo medicamentos modernos). Yo
creí más conveniente sacarlo de la ciénaga y encontrar entre las brumas algunas
rocas en donde ampararnos, pero cuando intenté moverle él comenzó a quejarse a
gritos; entonces recordé que una vez había leído una historia en donde también
aparecían personas heridas con estas antiguas armas de proyectiles y a las
cuales les extraían las balas sin ninguna anestesia, y el método me pareció
bastante apropiado para aquellas circunstancias aunque probablemente no
sirviese de mucho, por lo que saqué una bala de mi propio rifle y se la puse
entre los dientes para que la mordiera mientras yo le arrastraba hacia las
rocas.
—¿Y
entonces? —dijo Quiss, al ver que Ajayi hacía una pausa. La mujer lanzó un
suspiro.
—Era
una bala explosiva. Le voló la cabeza apenas la mordió.
Dando
una palmada sobre su rodilla con la mano libre, Quiss comenzó a desternillarse
de risa.
—¿Es
verdad? ¿Explosiva? ¡Ja ja ja! —Quiss continuó dándose palmadas sobre la
rodilla, mientras se agitaba en su silla riéndose a carcajadas. Lloraba de risa
y tuvo que dejar sobre la mesa boca abajo las tres últimas fichas que le
quedaban para poder agarrarse el vientre con ambas manos.
—Sabía
que no iba a poder contar con tu apoyo moral —dijo secamente Ajayi, jugando
otra de sus piezas de marfil.
—Es
encantador —dijo Quiss, con la voz debilitada por la risa. Secándose las
lágrimas de sus ajadas mejillas, volvió a recoger las fichas—. Supongo que
estaría muerto —dijo, colocando sobre la mesa una de las piezas de dominó.
—¡Por
supuesto que estaba muerto! —exclamó Ajayi. Era la primera vez que le alzaba la
voz a Quiss o que le hablaba de mal modo, por lo que volvió a sentarse bastante
sorprendida. Trató de no mirarle ceñudamente por más que lo sentía, y continuó
con su historia—. Su cerebro se hallaba desparramado por casi toda la ciénaga.
Y encima mío.
—¡Ha
ha ha! —se rio compasivamente Quiss—. ¡Ja ja ja! —Con una amplia sonrisa
sacudió su cabeza y luego aspiró por la nariz.
—¿Y
qué me dices de ti? ¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó Ajayi. Quiss permaneció
callado. Miraba sus últimas dos fichas de dominó con el ceño fruncido.
—Hmm
—dijo.
—Yo
te he contado mi historia —dijo Ajayi—. Ahora te toca contarme la tuya.
—No
creo que en realidad te interese —dijo Quiss sin mirarla. Volvió a sacudir la
cabeza, con la vista aún posada sobre su mano—. Después de la tuya resulta un
poco anticlimática.
Quiss
levantó la vista con una expresión de apenada disculpa en su rostro, para
encontrarse con que Ajayi no sólo le estaba mirando con una furia que jamás le
había visto antes, pero también con una intensidad que él no hubiese imaginado
que ella poseyera. El hombre se aclaró la garganta.
—Hmm.
Bueno, por otra parte —dijo—, es bastante regular. —Dejó las fichas encima de
la mesa y colocando las manos sobre sus rodillas fijó la vista en la coronilla
de la cabeza de Ajayi—. Curiosamente parecida a la tuya, en cierto aspecto...
tal vez exista alguna conexión. De todos modos... también hubo un fusil de por
medio. —Se aclaró la garganta nuevamente, llevándose el puño a la boca y
tosiendo. Seguía con la mirada fija más allá de la coronilla de la cabeza de su
compañera, como si el cuervo rojo aún estuviera posado sobre el fragmento de
asta y él le hablase al ave, no a la mujer.
—Bien,
de todas formas... baste decir que después de una larga... ah... y ardua
campaña... a la cual, debo agregar, realmente nadie había tenido esperanzas de
sobrevivir, me encontraba junto con otros guardias de la unidad en la azotea
de... este inmenso palacio enclavado en la ciudad. Había unas celebraciones;
el... ah... este dignatario... bueno, en verdad se trataba de un príncipe;
aquel también era un lugar subdesarrollado y estábamos limitados por las leyes
a un armamento sumamente tosco, al igual que todo el resto del equipo y
material... pues este príncipe debía aparecer en... —Quiss miró brevemente a
Ajayi y luego recorrió con la vista el balcón en donde se hallaban sentados—...
en una especie de balcón parecido a éste —dijo poco convencido. A continuación
volvió a aclararse la garganta.
—Pues
bien, había una enorme muchedumbre esperando dar la bienvenida al príncipe; tal
vez eran un millón de nativos, todos armados hasta los dientes con horquillas,
mosquetes y cosas parecidas —estaban más o menos de nuestra parte, felices de
todas formas de que se hubiera acabado la lucha— mientras que nosotros
vigilábamos desde la azotea del palacio con unos cuantos modestos proyectiles
tan sólo para el caso de que los enemigos se lanzasen a un desesperado ataque
aéreo para quemar sus últimos cartuchos, aunque a nosotros aquello no nos
parecía muy probable.
»Supongo
que nosotros estábamos bastante... cómo diríamos... alegres y también lo
celebrábamos, de buen humor, contentos de estar con vida, bebiendo un poco... y
dos de nosotros —un capitán y yo— entre broma y broma, nos desafiamos a caminar
a lo largo de una especie de balaustrada que había en la azotea, justo por
encima del balcón en donde debía aparecer el príncipe y sus camaradas, así que
con los ojos cerrados comenzamos a caminar por ahí arriba, sosteniéndonos sobre
una pierna, bebiendo, y manteniendo el equilibrio con nuestras enormes
ametralladoras... suena un poco indisciplinado, ya lo sé, pero como estaba
diciendo... —Quiss tosió.
—Este
otro capitán y yo chocamos mientras caminábamos a lo largo del parapeto;
arremetimos el uno contra el otro con los ojos cerrados... naturalmente, a
nuestros camaradas les pareció muy gracioso, pero en tanto que el otro sujeto
caía hacia la explanada de la azotea en brazos de los demás oficiales
borrachos, yo caía en dirección contraria, más allá del borde de la azotea. Lo
único que había debajo mío era el balcón a diez metros de distancia y luego el
pavimento, otros veinte metros más. Perdiendo el equilibrio, pasé de largo y
dejé de ver a mis camaradas; pensé que era el final; estaba cayendo
verticalmente hacia mi propia muerte. Era hombre perdido. —Quiss echó una
rápida mirada a Ajayi observando su angustiada expresión, luego apartó los ojos
de ella y continuó hablando.
—Pero...
pues, como he dicho, yo sostenía entre mis manos una de esas enormes
ametralladoras, y sin pensarlo, supongo que por puro instinto, dirigí su cañón
hacia abajo abriendo fuego—. Quiss se aclaró ruidosamente la garganta,
sacudiendo su cabeza y entrecerrando los ojos—. El arma estaba dispuesta a la
velocidad de defensa antiaérea; casi se me escapa de las manos. Apenas si podía
controlarla, pero el culatazo fue lo bastante fuerte como para que pudiese
volver a recuperar el equilibrio y ponerme de pie sobre el parapeto antes de
agotar las balas del cargador. De esta manera me salvé.
El
único problema fue que mientras sucedía esto, el príncipe y su comitiva
salieron al balcón que había debajo y fueron saludados por esta lluvia de
proyectiles antiaéreos y sus respectivos casquillos. Maté al príncipe y a unos
cuantos de sus colegas, por no hablar de las varias docenas de personas de
entre la multitud.
—La
gente se enfureció. Fue un verdadero pandemónium; pánico y disturbios. El
palacio fue saqueado. Nos costó cuarenta días y media brigada controlar aquel
trastorno. Eso es todo. —Quiss se alzó de hombros, bajando la vista hacia la
mesa.
—Tu
historia suena mucho más dramática —dijo Ajayi, tratando de aparentar
seriedad—. Has estado al borde de la muerte. —Jugó su ficha de dominó.
—Oh,
sí —dijo Quiss, mirándola con una expresión vaga y distante—, durante medio
segundo me lo pasé fenomenal.
Ajayi
sonrió.
—Por
lo visto, compartimos un leve componente de irresponsabilidad y armas de fuego.
—Ajayi miró las ruinosas alturas del castillo que se asomaban por encima de
ellos—. Las coincidencias no parecen ser todo lo estrechas que uno quisiera,
pero aquí estamos. ¿Nos sirve de algo alguna de estas cosas?
—No
—dijo Quiss, sacudiendo tristemente su gran cabeza gris—, creo que no.
—Sin
embargo —dijo Ajayi—, me alegro de que ahora las conozcamos.
—Sí
—dijo Quiss, jugando su penúltima ficha. Luego tosió—. Siento... ah... haberme
reído. No estuvo bien. Malas maneras. Pido disculpas.
Tenía
la cabeza inclinada, por lo que no reparó en la expresión del viejo y arrugado
rostro de Ajayi, la cual le sonreía con verdadero afecto.
—No
tiene importancia, Quiss —dijo ella, sonriendo discretamente.
Su
estómago le hacía ruidos. Pronto sería la hora de comer. De aquí a un rato
probablemente aparecería un camarero. A veces los camareros tomaban sus órdenes
y traían los platos pedidos, en ocasiones traían algo completamente distinto,
otras veces no recogían las órdenes pero les servían aquello que de todas
formas ellos hubieran pedido. A menudo traían tanta comida que se quedaban
mirando alrededor desconcertados, como si estuviesen buscando a otros
comensales a quienes servir. Por lo menos las horas de las comidas eran fáciles
de predecir, y generalmente lo que servían resultaba satisfactorio.
De
todos modos, Ajayi deseaba descansar de las partidas. Aquel indeterminado
movimiento de fichas de marfil le aburría muy pronto y al cabo de un rato se
ponía inquieta con deseos de hacer cualquier otra cosa.
Durante
algún tiempo, cuando se lo permitían sus dolores de cintura y de piernas, había
explorado el castillo durante largas caminatas, las primeras veces siempre
acompañada de Quiss, quien conocía mejor la desigual configuración del lugar,
más tarde por lo general sola. Aunque sus huesos y articulaciones se quejaban
al subir las escaleras, Ajayi soportaba lo mejor que podía los dolores y de
todas formas se detenía frecuentemente a descansar para después continuar
caminando cansina a través de las vastas áreas del castillo, explorando sus
torrecillas, habitaciones, almenas, fustes de columnas y salones. Prefería
limitarse a las plantas superiores, en donde había menos movimiento de personas
y suponía que el ambiente del castillo era más... equilibrado.
Quiss
le había dicho que más abajo todo se tornaba en cierto modo caótico. Tal vez
las cocinas eran el peor sitio, aunque existían rincones mucho más extraños,
acerca de los cuales a Quiss no le gustaba hablar (Ajayi sospechaba que aquella
actitud no encerraba otra cosa que la sensación de poder típica en las personas
que conocen algo exclusivo, pero quizá también intentaba, de un modo desmañado,
protegerla de alguna cosa. En el fondo tenía buenas intenciones; por eso ella
no se lo recriminaba).
Sin
embargo, finalmente la laberíntica geografía interna del castillo dejó de
interesarle, y ahora restringía sus salidas a una que otra ocasión,
principalmente en la misma planta y sin alejarse mucho, más que nada para
estirar las piernas. Después de un tiempo, la inagotable y siempre cambiante
topografía del castillo terminó por deprimirla, si bien en un principio le
había parecido alentador el que uno jamás pudiera conocer el sitio
perfectamente, que jamás le aburriese, que estuviera siempre en constante
transformación; derrumbándose, siendo reconstruido, modificado y renovado.
Verse relegada para siempre a una forma humana que jamás cambiaría, prisionera
en la misma edad, esta jaula de células análoga a los cambios orgánicos de
desarrollo y decrepitud que revelaba el castillo le parecía en cierto modo algo
injusto; un desagradable recordatorio de una situación que quizá jamás volviese
a recuperar.
Ahora
ocupaba su tiempo libre leyendo. Sacaba libros de las paredes interiores del
castillo y los leía. Estaban escritos en diferentes idiomas, en su mayoría
lenguas del planeta sin nombre del cual era originario el Súbdito del castillo
y de donde aparentemente provenían todos los libros. Ajayi no comprendía
ninguno de estos idiomas.
Muchos
de los libros, no obstante, hechos en este particular globo, daban la
apariencia de ser traducciones a distintas —extrañas— lenguas, algunas de las
cuales Ajayi comprendía hasta cierto punto. Mientras leía, a menudo se
preguntaba si el nombre del mundo del Súbdito no era en realidad una especie de
pista; había sido cuidadosamente eliminado de cada uno de los libros del
castillo que lo mencionaba, cortado el espacio de todas las páginas en donde la
palabra debía haber estado escrita.
Ajayi
leía los libros que podía. Los cogía del sucio suelo del cuarto de juegos o de
las deterioradas paredes y columnas, a la mayor parte echándoles tan sólo un
vistazo, dejando caer o reemplazando aquellos cuyo idioma no podía entender,
examinando el resto y quedándose para leer los que le parecían interesantes.
Tan sólo uno de cada veinte o treinta libros era a su vez comprensible y
atrayente. A Quiss no le agradaba su nuevo pasatiempo, y le recriminaba que no
sólo ella perdía el tiempo, sino que también se lo hacía perder a él. Ajayi le
dijo que precisaba algo que la mantuviera en su sano juicio. Quiss aún
rezongaba, si bien difícilmente estaba libre de culpa. Todavía salía a dar sus
largos paseos por el castillo y a veces no regresaba hasta al cabo de varios
días. Ajayi intentó averiguar qué hacía, pero Quiss siempre reaccionaba de un
modo vago u hostil.
Por
lo tanto ella continuaba leyendo, y gradualmente, con la ayuda de algunos
libros ilustrados que había descubierto en una galería no muy distante,
intentaba aprender uno de los idiomas que con frecuencia se encontraba en los
libros y que por lo visto pertenecía a una de las lenguas del mundo del
Súbdito. Era difícil —casi como si lo fuera intencionalmente—, pero ella era
perseverante, y después de todo, le sobraba el tiempo.
THE
CAT SAT ON THE MAT. Bueno, no estaba mal para comenzar.
Ajayi
depositó sobre la mesa su última ficha de dominó. Quiss dudó antes de completar
el juego, sintiéndose repentinamente inseguro en cuál de los extremos de las
líneas de fichas colocar su última pieza.
La
mujer comenzaba a sentirse inquieta y pronto, pensó Quiss, sería la hora de
comer. Y aquella sería otra estúpida partida malgastada, como todas las demás,
no importaba de qué lado pusiese su ficha. Ya era tiempo de que hubiesen dado
con una solución, con un buen juego, una disposición lógica que satisficiera
cualquier clase de sutil mecanismo existente en el interior de la pequeña mesa.
Pero nada. ¿Acaso estaban haciendo algo incorrectamente? ¿Se les había olvidado
algo en su intento de escaparse? A ellos no les parecía posible ya que lo
verificaron hasta el cansancio.
Tal
vez lo que sucedía era que no tenían suerte.
Ya
iban por el tercer juego de fichas de dominó; en tres oportunidades aquel
ejercicio idiota le había frustrado tanto que sencillamente arrojó las fichas
por el balcón; una vez junto con su caja de marfil, otra sacudiendo la mesa por
encima del borde del balcón (Ajayi casi se muere del susto, recordó con
expresión sombría; pensó que él iría a tirar también la mesa, y aquélla era la
única; no había otra de repuesto. Si se la destruía o sufría algún grave
deterioro a ellos no se les permitiría seguir jugando las partidas, lo cual
quería decir que tampoco tendrían la posibilidad de dar respuestas), y la
última vez limpió la mesa de fichas de dominó con un único manotazo
desparramándolas a través de la ventruda balaustrada de pizarra del balcón. (De
cualquier modo, el senescal finalmente había dicho que haría que asegurasen la
mesa al suelo.)
¿Pero
qué esperaban ellos? Él era un hombre de acción. Este decadente y estreñido
palacio de los enigmas no era precisamente su lugar. A Ajayi parecía gustarle
por momentos, y a veces él tenía que permanecer sentado, lleno de impaciencia,
escuchándola exponer algún pensamiento matemático o filosófico que ella pensaba
podría ayudarles para salir de allí. Quiss no tenía intención de competir en un
terreno que de algún modo ella dominaba, pero a pesar de sus pocos
conocimientos de filosofía, a él le parecía que su relamido positivismo sonaba
demasiado desalmado y lógico como para tener utilidad en el mundo real. ¿De qué
servía tratar de analizar racionalmente aquello que era fundamentalmente
irracional (o a-racional como ella, pesando humos como de costumbre, a veces
admitía)? Era un modo de llegar a la desesperación y a la locura personal, y no
a una comprensión universal. Pero él no le plantearía semejante cosa a Ajayi;
seguro que ella le miraría con una sonrisa tolerante y le haría morder el
polvo. Uno debía conocer sus fuerzas; no atacar si se es más débil. Ésa era su
clase de filosofía; militar. Eso y aceptar que la vida era básicamente absurda,
injusta y —últimamente— sin sentido.
La
mujer leía muchísimo. Iba en declive, incluso tratando de entender uno de los
idiomas corrientes que había descubierto en los libros que cogía del suelo y de
las paredes del cuarto de juegos. Era una mala señal, Quiss lo presentía. Ella
comenzaba a dejarse estar, no se tomaba en serio los juegos que debían jugar. O
se los tomaba demasiado en serio; el camino equivocado. La apariencia adoptaba
el lugar de la realidad. Ella se estaba quedando en la superficie de los juegos
y no con su verdadero significado, así que en vez de terminar las partidas lo
más rápidamente posible para lograr su objetivo —otra explicación al acertijo—
se comportaba como si las jugadas, los movimientos y las aparentes opciones,
tuvieran importancia.
Él
no se daría por vencido, pero precisaba apartar de sí aquella sensación de
indiferencia y desesperanza que le transmitían los juegos y la mujer. Durante
un tiempo la había acompañado por el castillo, enseñándole los curiosos sitios
que había descubierto, los pocos personajes singulares que por allí pululaban
(el barbero neurótico era su favorito), pero gradualmente ella comenzó a salir
por su cuenta, luego por lo visto todo aquello le empezó a aburrir (o por
alguna razón a atemorizar, él no lo sabía) y dejó de hacerlo.
Él
continuaba visitando los niveles inferiores y demás plantas del castillo,
explorando las cocinas e incluso aún más abajo, tan abajo que pensaba que se
encontraba casi al mismo nivel de la llanura nevada, en las profundidades del
risco sobre el cual se asentaba el castillo. Allí abajo había algunas cosas
extrañas, y, pasado un cierto nivel, un sospechoso número de sólidas puertas
cerradas decoradas con bandas de metal.
Quiss
conocía a unos cuantos ayudantes, a los cuales en parte protegía y en parte
tenía aterrorizados, que le servían de guías. Les había dicho que si hacían lo
que él les pedía hablaría en su favor con el senescal, pero si se negaban haría
que los trasladasen a las minas de pizarra o a las expediciones recolectoras de
hielo. Fuera de estos sobornos y amenazas (promesas que no estaba en
disposición de cumplir ya que en estos asuntos no tenía ninguna influencia
sobre el senescal) contaba enteramente con su encanto personal.
Los
pequeños ayudantes le mostraron nuevos sitios dentro y por debajo del Castillo
Legado, e incluso le contaron cosas acerca de ellos; naturalmente ellos también
eran deportados de las Guerras, pero de una escala inferior a la de él y de
Ajayi. Hasta le revelaron tímidamente el secreto de su fisiología; Quiss
escuchaba con paciencia aunque de hecho sabía todo acerca de su constitución
física, habiéndose enterado de ello al poco tiempo de llegar al castillo y
cuando intentaba sonsacarle información a uno de ellos. Por lo tanto sabía que
estos soldados fracasados no poseían un cuerpo sólido; a aquel ayudante que
interrogó le había arrancado capa tras capa, manto tras manto, chaqueta tras
chaqueta, túnica tras túnica, quitándole capas cada vez más finas de guantes,
diminutos calcetines y ropajes, sacándole una máscara después de la otra para
encontrar dentro tan sólo más máscaras pequeñas, y de forma ubicua una especie
de material viscoso impregnado en todos los tejidos que en ciertas partes
actuaba como una mezcla de siliconas, de textura maleable pero que se partía
cuando se la golpeaba con fuerza. Todo este sobrenatural proceso de
despojamiento fue acompañado por los gritos, gradualmente decrecientes, del
desgraciado que le había servido para sus experimentos. Las partes del ayudante
que arrancaba y luego arrojaba al suelo continuaban moviéndose débil y
espontáneamente, como si estuvieran intentando volver a unirse, mientras que el
pedazo que aún sostenía entre sus manos, cada vez más pequeño, más enclenque, más
flaco, forcejeaba de manera infructuosa.
Finalmente
le quedó entre sus manos tan sólo una especie de bolsa fofa, algo parecido a un
globo de textura pegajosa del cual salía un fluido transparente e inodoro,
mientras que el resto de las capas y partes de ropa temblaban y se retorcían a
su alrededor sobre el cristalino suelo, atrayendo con sus movimientos a las
lentas y contorsionantes formas de los peces luminiscentes que nadaban por
debajo en las aguas. Por último, Quiss colgó todo aquel incoherente conjunto
sobre una cuerda provisional para que se secara. El viento agitaba las piezas
por lo que no podía decir si la criatura se hallaba de algún modo desmembrado
aún viva, o no. Unos cuantos cuervos se posaron sobre los restos, pero no por
mucho tiempo. Cuando Quiss intentó volver a juntas las distintas partes, éstas
comenzaron a despedir mal olor, así que las arrojó a un lado.
Les
había preguntado a los pequeños sirvientes si en las cocinas del castillo se
fabricaba —o en cualquier otra parte del castillo, llegado el caso— algo que
pusiera a un mozo alegre. Ya sabían; ¿borracho, feliz, aplastado, inconsciente?
¿Era posible?
Los
ayudantes le miraron desconcertados.
¿Alguna
bebida? ¿Algo fermentado? ¿Cocido o destilado; el alcohol que queda después de
evaporar el agua, o incluso congelándola... de fruta, vegetales o granos... no?
¿Tampoco sabían de plantas, que cuando se secaban las hojas...?
Las
pequeñas criaturas jamás habían oído hablar de aquellas cosas. Él les sugirió
que investigaran, que vieran si podían proveerse de algo. De tanto en tanto se
encontraba con alguno de ellos, hasta estaba totalmente seguro de que podría
identificarlos en medio de una multitud de ellos. No eran todos iguales, al fin
y al cabo; tenían distintas clases de manchas y chamuscones en sus pequeñas
vestiduras las cuales le ayudaban a identificarlos, y por supuesto el color de
sus botas parecía haber sido elegido para distinguirlos de las tareas que
realizaban dentro del servicio de servidumbre del castillo. Aquel crédulo grupo
con el cual había contactado trató de cumplir con sus deseos. Robaban comida de
las cocinas y escondían toda clase de utensilios debajo de sus mantos.
Intentaron poner en funcionamiento un alambique y una tina de fermentación,
pero no dio resultado. En algún rincón produjeron un líquido que hizo vomitar a
Quiss ni bien lo olió, y cuando les ordenó que le trajesen su equipo para que
él le echase un vistazo y lo hiciera funcionar correctamente, ellos le
explicaron que lo habían armado en el único lugar que pensaban estaba a salvo
de los fisgones ojos del senescal; sus propias habitaciones, en donde las
estrechas dimensiones de sus diminutas celdas y corredores le imposibilitaban
al senescal —y por lo tanto también a Quiss— poder entrar. Se negaban a
instalarlo en cualquier otro sitio. El senescal les haría cosas mucho peores a
ellos que aquellas con las cuales Quiss les amenazaba. ¿No sabía él que todo
esto era estrictamente ilegal y en contra de las reglas?
Esto
deprimió bastante a Quiss. Había pensado que en aquel lugar sería posible
olvidarse de la realidad de alguna forma. Tal vez creían que la realidad en el
Castillo Puertas era ya de por sí tan extraña que no había necesidad de ninguna
substancia para acrecentarla. Ésa era la forma de pensar que tenía Ajayi;
lógica pero sin base alguna, hasta incluso ingenua.
Entonces,
por casualidad, descubrió algo con lo cual realmente podía conseguir eso; una
realidad distinta. Pero no del modo que él esperaba.
Había
estado explorando sólo los niveles inferiores, más allá de las cocinas y del
gran mecanismo del reloj central. Las paredes eran de pura pizarra, excavadas
en la misma roca sobre la que se levantaba el castillo. La luz provenía de unos
tubos transparentes adaptados al techo, aunque hacía frío y todo estaba
bastante obscuro. Al llegar a una de las pesadas puertas atravesadas por tiras
de metal que tan a menudo veía en sus visitas a las plantas inferiores ésta, a
diferencia de las demás, se hallaba ligeramente abierta. Al pasar por delante
de ella había visto un destello de luz; se detuvo, miró a su alrededor y luego
tiró de la puerta.
Se
encontró con una pequeña habitación de techo bajo. Éste era de cristal al igual
que los de las plantas superiores, con unos cuantos especímenes mortecinos de
los peces-luz que nadaban lentamente de aquí para allá. El pavimento era de
roca. En la pared opuesta de la habitación había otra puerta, también
construida de madera y tiras de metal. El único objeto que había en la
habitación era un pequeño taburete situado justo en el centro de la misma.
Encima, en el techo de cristal, había algo parecido a un agujero.
Quiss
inspeccionó ambas direcciones del corredor. No se veía a nadie. Se deslizó
dentro de la habitación, observando que de hecho la puerta había sido cerrada,
pero por alguna razón el cerrojo no encajó en la abertura que le correspondía.
Cerró la puerta detrás suyo hasta que el cerrojo sobresaliente quedara cogido,
lo cual no impedía que desde afuera ésta se viera bien atrancada. Luego se puso
a explorar la pequeña habitación.
La
otra puerta estaba firmemente cerrada con llave. En el lugar no encontró otra
cosa que el pequeño taburete situado justo debajo del agujero en el techo de
cristal. Era similar a los taburetes sobre los cuales se paraban los pinches
para realizar sus tareas en las cocinas. El agujero en el techo era
completamente obscuro; parecía como si dentro del agujero hubiera algo que lo
protegía del brillo que emitían los peces luminiscentes. El agujero abarcaba un
sombreado círculo de un metro de diámetro aproximadamente y su contorno estaba
cubierto por una especie de piel, como si fuera un collar, lo bastante amplio
para que pudiera pasar una cabeza humana. Cautelosamente, Quiss se subió al
taburete y se puso a mirar.
Había
dos bandas de metal, aros de hierro que se agrandaban desde la sobrefaz
inferior de los flejes del techo de cristal, recubiertas por una almohadilla de
cuero. Las piezas de metal en forma de U se hallaban colgadas en cada lado del
agujero a un poco más de medio metro de distancia, sobresaliendo sus extremos
unos veinticinco centímetros por debajo del techo. Al mirarlas más de cerca,
Quiss vio que eran adaptables; se podían bajar o subir ligeramente y
acomodarlas más juntas o más separadas. A Quiss no le gustó su aspecto. Había
visto partes de instrumentos de tortura que vagamente se les parecían.
Escudriñó
hacia arriba el obscuro agujero del techo de cristal. Cuidadosamente tocó el
contorno de piel. Le daba la impresión de ser bastante ordinaria. Cogiendo el
extremo raído de la manga de su abrigo introdujo el ceñido puño dentro del
agujero. Lo volvió a sacar intacto y lo inspeccionó meticulosamente. Con una
mueca metió en la abertura un dedo meñique. Nada. Colocó la mano entera. Sintió
un tenue hormigueo, como cuando después de un paseo invernal la sangre vuelve a
circular por un miembro aterido de frío.
Quiss
contempló su mano. También se veía ilesa y el hormigueo había desaparecido. Con
vacilación acercó su cabeza al agujero, haciéndole cosquillas la piel en su
canosa cabeza. El agujero olía a... piel, si es que olía a algo. A continuación
introdujo su cabeza tan sólo hasta la mitad y la volvió a sacar rápidamente.
Había sentido sobre su piel una vaga sensación de hormigueo y una aún más
imprecisa impresión de luces dispersas.
Puso
su mano dentro del agujero una vez más, sintiendo sobre ella el hormigueo, y
después echó una mirada comprobatoria a la puerta. Esta vez introdujo la cabeza
entera dentro del agujero.
El
hormigueo desapareció rápidamente. La impresión de las diminutas luces
dispersas, más bien parecidas a un espacio bastante denso de estrellas,
permaneció, y daba lo mismo si mantenía los ojos abiertos como cerrados. Por un
momento creyó oír unas voces, pero no estaba seguro. Las luces eran inestables.
Le parecía que podía percibirlas individualmente, pero al mismo tiempo sentía
que había tantas —demasiadas— para contar, e incluso para que él fuera capaz de
verlas por separado. Además, tenía la inquietante impresión de que estaba
mirando la superficie de un globo; en un instante, aquello que estaba
observando de alguna manera se expandió delante de sus ojos y Quiss fue capaz
de apreciarlo en su totalidad. La cabeza le dio vueltas. Las luces parecían
atraerle y tenía la sensación de estar dejándose llevar hacia ellas, pero ésta
desaparecía en cuanto él luchaba contra el impulso. Luego consiguió volver a un
punto más sosegado.
Sacó
su cabeza del agujero. Se rascó la barbilla. Era muy extraño. Nuevamente
introdujo la cabeza. Ignorando momentáneamente las luces, chasqueó los dedos de
su mano. Desde la habitación tan sólo le llegó un débil sonido. Después buscó
los aros de hierro y pasó por ellos sus brazos, dejándose sostener tal como era
obvio que el aparejo debía ser utilizado.
Volvió
a sentir otra vez la atracción de aquellas luces y se dejó llevar hacia ellas,
enfocando toda su atención en un área. Descubrió que si pensaba en ellas podía
desplazarse hacia otras áreas. Era como si estuviera saltando en paracaídas,
capaz de seguir el rumbo que quisiera mientras caía.
Al
aproximarse al área de luces hacia la cual dirigía su atención, le pareció que
eran curiosamente similares al globo aunque más dilatadas. Aún tenía la
impresión de que le era posible vislumbrar demasiadas, de que por su aparente
tamaño no deberían verse tan separadas, pero al comprobar que se acercaba a la
superficie de donde supuestamente provenían las luces desechó esos
pensamientos. Trató de convencerse de que flotaba hacia el exterior de la
esfera, de que había comenzado a desplazarse desde su centro hacia afuera, pero
por alguna razón sintió que caía irremediablemente sobre una superficie
convexa.
Una
de las luces empezó a agrandarse; era una orbe de matices cambiantes y
multicolores, de aspecto celular, dividiéndose y subdividiéndose dentro de una
única membrana, y aun así las formas de la esfera daban la apariencia de unos
dibujos deformados, imágenes arrojadas al azar sobre una pantalla floja. Quiss
se sentía flotar alrededor de aquella curiosa y desproporcionada cosa, mientras
las demás luces se mantenían aparentemente a la misma distancia; aquel globo de
luz le atraía de un modo sobrenatural y percibía que de alguna manera sería
capaz de entrar en él sin que ninguno de los dos sufriera daño alguno.
Mientras
pensaba en todo esto tenía conciencia de que se hallaba de pie e inmóvil en la
habitación. Chasqueó sus dedos, tocó el borde del puño de su túnica y después
se indujo a entrar en la resplandeciente y cadenciosa esfera.
Era
como entrar caminando en una habitación inundada por la cháchara de voces e
imágenes caóticas y variables. Durante unos momentos se sintió confundido,
después creyó que comenzaba a vislumbrar contornos y formas reales dentro de la
incipiente mezcla.
Poco
a poco se fue relajando, preparándose para observar, cuando de repente todas
las imágenes y los sonidos parecieron conglutinarse, formar parte de una única
sensación, la cual también incluía la impresión del tacto, del gusto y del
olor. Quiss reaccionó en contra de esto y volvió a retornar a la sensación de
la ruidosa y ostentosamente caótica habitación. Volvió a relajarse, esta vez
con mayor cautela y lentitud. La extraña cristalización de sensaciones ocurrió
de nuevo, y lentamente Quiss tomó conciencia de una especie de proceso mental
distinto, de un conjunto de sensaciones, que al mismo tiempo que estaba
íntimamente cerca de él también permanecía absolutamente dividido.
La
verdad de lo que estaba sucediendo súbitamente le sobresaltó, paralizándole. Se
encontraba dentro de la cabeza de alguien.
Se
sentía tan asombrado que ni siquiera tuvo tiempo para rebelarse o disgustarse
verdaderamente ante la novedad; el completo interés por todo aquello le
absorbió hasta el punto de excitarle. Cambió ligeramente de posición el cuerpo,
sintiendo de una manera muy lejana, como si estuviera en un sueño, el
movimiento de su pie sobre el pequeño taburete en el cual estaba parado, sus
axilas acomodándose en los aros recubiertos de cuero en busca de una posición
más confortable.
Sintió
un breve mareo cuando a su alrededor la luz y el sonido comenzaron a expandirse
y luego un repentino y agudo sentimiento de ansiedad; miedo y angustia. Olió a
quemado, sintió el crudo y fuerte sonido de unos motores, vio a una distancia
tan próxima que le aterró vehículos de metal sobre ruedas (el miedo se
acrecentó, otra vez se sentía mareado y percibía que de algún modo perdía
contacto), luego alzó la vista, o fue la persona dentro de cuya cabeza se
encontraba, para ver un cielo tan azul que parecía una pulida y brillante
esfera azul, una inmensa, pareja y perfecta joya.
El
mareo le hizo tambalear (después se dio cuenta de que él —o su anfitrión—
estaba caminando), y una ola de miedo le impulsó enviándole afuera,
desprendiéndole, nuevamente al extraño, obscuro espacio salpicado de luces, con
el corazón latiendo violentamente, casi sin aliento.
Quiss
trató de recobrarse, chasqueó un par de veces sus dedos, de regreso en la
habitación real dentro del Castillo Puertas.
Consideró
vagamente dejar a un lado su pequeño experimento; había sido una experiencia
hostil y aterradora, pero decidió perseverar. Era algo demasiado fascinante
para dejarlo ahora, quizá jamás tendría otra oportunidad de explorar algo
parecido, y de todas formas no se iba a dejar llevar por un indisciplinado
arranque de cobardía, no él.
Se
dejó caer suavemente en otra de las blandas orbes de colores cambiantes y entró
en ella como la vez anterior. Tuvo la misma sensación de mareo, pero el miedo
no apareció.
Ahora
observaba un par de manos, una de ellas sostenía un ramo de tallos cortos
mientras que la otra cogía un tallo por vez plantándolo rápidamente y con
precisión en unos hoyos hechos en la tierra marrón. Eran sus brazos, los brazos
de la persona dentro de la cual estaba, quien vestía una especie de ropa
holgada y translúcida. Los brazos eran muy delgados. Él —o mejor dicho la otra
persona— se hallaba de pie, estirando aquella espalda dolorida, colocando un
brazo detrás de su espalda y estirándose nuevamente. Delante suyo podía ver a
un gran número de mujeres hacer lo mismo que él; encorvadas, plantando tallos
en la tierra. El paisaje estaba cruelmente iluminado por un elevado sol. La
tierra era de color marrón, y a lo lejos divisó unas chozas y algo que parecían
ser techos de paja. Más allá había unas colinas verdes, labradas con terrazas
que le hacían recordar a los macizos señalados en los mapas topográficos. Los
árboles eran altos, con troncos pelados y todas las hojas amontonadas en las
copas. El cielo era azul. Lo atravesaba una fina estela de vapor. También había
unas cuantas nubes absolutamente blancas. Le sonaron las tripas y se encontró
pensando en... ¿qué? En la criatura que llevaba en su vientre.
La
mujer cuyo cuerpo él había invadido volvió a agacharse. ¡Pues sí! Ahora que lo
pensaba podía sentir el peso en su pecho; ¡tetas! La criatura debía ser
pequeña, porque percibía su vientre (el de ella) normal, si bien un poco vacío
(y Quiss se dio cuenta de que en alguna parte de la mente de la mujer, ésta
pensaba en la comida que le esperaba dentro de un par de horas, una especie de
grano almacenado y cocido, después de la cual no se sentiría satisfecha; se
quedaría con hambre. Probablemente al igual que la criatura, y todos los
demás). ¡Una mujer!, pensó Quiss. Una campesina; una campesina hambrienta; ¡qué
extraño! Qué extraño era estar dentro de su cuerpo de esta manera, sin estar
realmente ni allí ni aquí, escuchando. Trató de percibir los sentimientos de la
mujer acerca de su propio cuerpo, mientras ella volvía a su labor, plantando
metódicamente los pequeños brotes verdes. Mascaba alguna cosa, su boca
masticaba una substancia imprecisa, aunque en verdad no estaba comiendo; era
algo entumecedor, algo que la ayudaba a disminuir la fatiga de su trabajo.
Qué
cosa tan, tan singular, seguía pensando Quiss. Y a pesar de que era el cuerpo
de una mujer, curiosamente no sentía gran diferencia con estar en el suyo;
mucha menos de lo que se hubiera imaginado. Tal vez porque no hacía un contacto
pleno, se dijo, pero por alguna razón tenía la impresión de que no era así. La
mujer no parecía ser totalmente consciente de sí misma. No estrictamente como
mujer. ¿Qué sucedería si...?
La
mujer movió involuntariamente su mano hacia su sexo, en realidad se frotaba las
ropas arrugadas en la zona de la entrepierna. La mujer se incorporó, casi
perpleja, y luego volvió a retomar su labor. Un dolor o un escozor, pensó ella.
Quiss se hallaba sorprendido; la mujer había obedecido a un simple pensamiento
suyo.
Quiss
se imaginó que a ella le picaba detrás de su rodilla derecha. La mujer se rascó
en ese sitio, rápidamente y con fuerza, casi sin detener el ritmo de su tarea.
¡Era fascinante!
A
continuación algo tiraba de la pierna de la mujer, pero ella no le prestó
atención. De hecho ni siquiera pareció darse cuenta. Quiss no lo comprendía; él
sí que era capaz de sentir los tirones. Eran tan insistentes y apremiantes...
luego recordó sobre qué se hallaba parado. Movió suavemente su cabeza mientras
volvía a orientarse mentalmente, y en seguida volvió a ser consciente del peso
debajo de sus brazos y sobre sus pies. Sacando sus brazos de los aros aterrizó
nuevamente en la habitación situada debajo del Castillo Puertas.
—¡No
haga eso! ¡No haga eso! —chilló un pequeño ayudante, saltando incansablemente
en el aire mientras tiraba de un extremo de su túnica—. ¡No puede hacer eso!
¡No está permitido!
—¡No
me digas lo que debo o no debo hacer... cerebro de pulga! —Dándole un puntapié
en el pecho, Quiss se sacó de encima al ayudante que fue a parar a lo lejos
sobre el pavimento de pizarra. El ayudante se incorporó velozmente y
ajustándose el ala de sombrero sobre su capucha lanzó una mirada a la puerta
abierta. Luego juntó sus diminutas manos, entrelazando los dedos recubiertos
con unos guantes amarillos.
—Por
favor, márchese —dijo—. Usted no tendría por qué estar aquí. No está permitido.
Lo siento, pero sencillamente no lo está.
—¿Por
qué no? —dijo Quiss, colgado de uno de los aros de hierro e inclinándose hacia
adelante para ver al pequeño ayudante.
—¡Sencillamente
porque no! —chilló, pegando saltos y agitando sus brazos. Quiss encontró
curioso el modo en que se yuxtaponían las bufonadas de la criatura con la
gélida expresión de dolorida tristeza plasmada en su máscara. La total ansiedad
que mostraba el ayudante le hizo pensar a Quiss que de alguna manera era el
responsable de haber dejado abierta la puerta. No le estaba rogando que se
fuera tan sólo por su bien; actuaba como un patán aterrorizado.
—En
realidad —dijo Quiss con indolencia, apoyando el peso de su cuerpo en el aro de
hierro del cual se sostenía, mientras miraba hacia abajo desde el borde del
agujero del techo de cristal—, he descubierto que se trata de una experiencia
fascinante. No veo la razón de tener que dejar de hacerlo tan sólo porque tú me
lo digas.
—¡Pero
debe marcharse! —exclamó el ayudante, sacudiendo los brazos y corriendo en
dirección a Quiss. Sin embargo, pensó dos veces antes de volver a tirar de su
túnica y se detuvo a un metro de distancia del taburete, saltando de un pie a
otro y retorciéndose violentamente las manos—. ¡Oh, debe marcharse! Usted no
tendría que estar aquí. No está permitido. Las reglas...
—Me
iré si me dices qué es esto —dijo Quiss, mirando ceñudamente a la pequeña
figura, que sacudió su cabeza con desesperación.
—No
puedo.
—Muy
bien. —Encogiéndose de hombros, Quiss hizo el ademán de volver a pasar sus
brazos nuevamente por los aros.
—¡No
no no nonono! —gimió el ayudante. De un salto se arrojó sobre las piernas de
Quiss como si le intentara derribar. Quiss bajó la vista. La criatura se
aferraba a sus canillas como un pequeño amante; podía sentir cómo temblaba.
Estaba aterrorizado; ¡qué encantador!
—Suelta
mis piernas —dijo Quiss pausadamente—. No me iré hasta que me digas qué es
esto. —Volvió a echar un vistazo hacia el obscuro agujero del techo. Sacudiendo
su pierna derecha, envió al tembloroso ayudante rodando por los suelos. La
criatura se sentó en la pizarra, colocó la cabeza entre sus manos y luego lanzó
una mirada a la puerta que Quiss había encontrado abierta. Incorporándose
rápidamente sacó una llave de su bolsillo, la colocó en la cerradura, le dio
una vuelta y empujando la puerta con cierta dificultad finalmente la cerró.
—¿Lo
promete? —dijo. Quiss asintió.
—Por
supuesto. Soy un hombre de palabra.
—Entonces,
de acuerdo. —El ayudante se acercó corriendo. Quiss se sentó en el pequeño
taburete. El ayudante permaneció de pie, frente a él—. No sé cómo lo llaman, o
incluso si tiene un nombre. Es un pez, según dicen, y sencillamente lo que hace
es estarse allí y... pues... piensa.
—Hmm,
¿así que piensa? —dijo Quiss con aire pensativo, frotándose la nuca. Se le
había quedado en el cuello de su túnica un poco de piel del collar del agujero;
quitándoselo, lo manoseó nerviosamente—. ¿Sobre qué piensa con exactitud?
—Pues...
—el ayudante parecía estar inquieto y confundido. Cambiaba el peso de su cuerpo
de uno a otro pie enfundado en botas amarillas— ... en realidad no piensa en
tanto como experiencia. Eso pienso.
—Sigue
pensando —dijo Quiss, sin impresionarse.
—Es
una especie de eslabón —dijo el ayudante con desesperación—. Nos une con alguna
persona... del... mundo del Súbdito.
—¡Ajá!
—dijo Quiss—. Ya me parecía.
—Pues
eso es todo —dijo el pequeño ayudante y comenzó a tirar de su manga, mientras
que con la otra mano señalaba la puerta que acababa de cerrar.
—Espera
un momento —dijo Quiss, soltándose de la mano de la criatura—. ¿Cuál es el
nombre de este sitio, el planeta del Súbdito?
—¡Yo
no lo sé!
—Hmm,
pues supongo que muy pronto lo descubriré —dijo Quiss, y mirando el agujero se
dispuso a subir al taburete. Agarrándose de uno de los aros de hierro puso un
pie encima del taburete. El ayudante saltaba sin parar, con los puños apretados
contra la pequeña y dura boca de su máscara.
—¡No!
—chilló—. ¡Se lo diré!
—¿Cómo
se llama, entonces?
—¡«Polvo»!
¡Se llama «Polvo»! —dijo el ayudante brincando—. Ahora márchese, por favor.
—¿Polvo?
—dijo Quiss, incrédulo. El ayudante se golpeó la cabeza con sus manos
enguantadas.
—Creo...
creo... —farfulló—, creo que hay algo que se pierde en la traducción.
—Y
esta cosa —Quiss señaló con la cabeza el agujero del techo de cristal—. Sirve
para vincularse con este lugar llamado Polvo. ¿No es cierto?
—¡Sí!
—¿Y
todas las personas de este planeta son... accesibles? ¿Todas esas luces que uno
ve al principio son personas distintas? ¿Cuántas? ¿Se puede penetrar en
cualquiera de ellas? ¿Ninguno de ellos es consciente de que alguien les
observa? ¿Esto les afecta a todos?
—Oooh
no —dijo el pequeño ayudante. Paró de brincar, dando la impresión de que iría a
desplomarse. Dejando caer los hombros, bajó su vista desesperadamente hacia el
suelo de pizarra. Luego se fue a sentar de espaldas contra la puerta—. Todas
las luces que se ven al principio son individuos. —Lanzó un suspiro y continuó
hablando más pausadamente en un tono de voz resignado—. Todos son asequibles y
pueden ser influidos. Hay aproximadamente cuatro billones de ellos.
—Hmm.
Sus cuerpos son parecidos a los nuestros.
—Sí,
es lo que correspondería. Después de todo, es nuestro Súbdito.
—¿De
allí es de donde proceden todos los libros?
—Sí.
—Ya
veo —dijo Quiss—. ¿Por qué?
—¿Por
qué qué? —dijo el pequeño ayudante, mirándole.
—¿Por
qué el eslabón? ¿Cuál es su finalidad?
El
pequeño ayudante ladeó la cabeza y se echó a reír. Quiss jamás había visto
antes a uno de ellos riéndose. La criatura dijo:
—¿Cómo
es posible que yo pueda saber eso? —Sacudió la cabeza y volvió a bajar la
vista—. Qué pregunta. —Súbitamente el ayudante se incorporó de un salto.
Girándose de prisa apoyó un costado de su cabeza contra la puerta. Después miró
a Quiss—. ¡Rápido; es el senescal! ¡Debe salir de aquí!
Abriendo
de prisa la cerradura, el ayudante empujó la puerta, resbalando sus pequeñas
botas en el suelo de pizarra debido al esfuerzo. Quiss se había puesto de pie,
pero no oía nada. Sospechó que el ayudante estaba intentando burlarse de él. La
criatura le miró implorante, con sus dos manos juntas.
—Por
su propio bien, hombre. Se quedará aquí para siempre; debe marcharse ahora
mismo.
Quiss
oyó una especie de grave retumbo del otro lado de la puerta. Sonaba como uno de
los principales ejes propulsores del gran reloj, escuchado a través de alguna
de las paredes más delgadas. Cuando entró en la habitación no los había
sentido. Quiss salió rápidamente al corredor y el ayudante le siguió pisándole
los talones. Entre ambos cerraron la pesada puerta. El ruido sordo dejó de
oírse. Mientras Quiss y el ayudante se encaminaban en direcciones opuestas (la
pequeña criatura se escurrió a través de una diminuta puerta situada en una
pared distante, y con un portazo desapareció), a lo largo del corredor se
expandió un torturado y chirriante sonido. Quiss avanzaba lentamente hacia el
origen de esta cacofonía; sonaba a metales raspándose entre sí. De un costado
de la pared surgió un haz de luz, y de una gran habitación cuadrada cuyos
portones de metal chirriaban al abrirse hacia los costados (Quiss creyó que era
un ascensor) emergió el senescal con un cortejo de pequeños subordinados
cubiertos con mantos negros. Al verle se detuvieron en el corredor. Quiss
observó que las criaturas rodeaban al senescal y por primera vez sintió un
genuino rechazo hacia los diminutos habitantes del castillo.
—¿Tal
vez podríamos acompañarle hasta los niveles a los cuales pertenece? —El tono de
voz del senescal era impasible. Quiss tuvo la impresión de que no quedaba otro
remedio; entró en el ascensor junto con el senescal y la mayoría de los
pequeños subordinados, el cual le depositó unas plantas más abajo del cuarto de
juegos. No hubo ningún otro comentario.
Desde
entonces trató de encontrar al ayudante que había conocido en la habitación, o
la misma habitación, pero no tuvo éxito. Pensó que probablemente habrían
reconstruido algunos de los corredores en aquellas plantas; en aquella área
recientemente se habían llevado a cabo muchas obras. También estaba
completamente seguro de que si por casualidad volvía a encontrar el mismo
sitio, la puerta estaría cerrada.
A
Ajayi no le contó nada sobre todo esto. Disfrutaba de saber cosas que ella
ignoraba. Que siguiera leyendo, y lamentándose de no conocer el nombre de aquel
misterioso lugar; ¡él lo sabía!
Quiss
jugó su última ficha de dominó. Ambos permanecieron mirando expectantes la
irregular configuración de las planas piezas de marfil como si esperasen que
sucediera algo. Lanzando un suspiro Quiss se dispuso a recoger las fichas para
comenzar otro juego. Tal vez convenciese a Ajayi de que jugaran otra partida
antes de que se retirara a comer, o a leer un libro. Ajayi se inclinó hacia
adelante y extendió una mano para dar a entender a su compañero que no
comenzara otra partida. Entonces se dio cuenta de que las fichas no se movían.
Quiss intentaba despegarlas de la superficie de la mesa sin conseguirlo y se
estaba enfureciendo.
—Y
ahora qué... —comenzó a decir, disponiéndose a levantar la mesa. Ajayi le
detuvo, colocando sus manos sobre los antebrazos de Quiss.
—¡No!
—dijo, mirándole fijamente a los ojos—. Esto tal vez quiera decir...
El
hombre comprendió al instante y rápidamente se levantó de su silla para entrar
al caldeado y luminoso cuarto de juegos. Para cuando regresó, después de haber
llamado al servicio de servidumbre, Ajayi se hallaba inclinada sobre la mesa
con una sonrisa en el rostro, observando cómo aparecían lentamente una serie de
puntos en las fichas de dominó que ellos habían jugado.
—¡Toma,
lo ves! —dijo Quiss sentándose, con el rostro brillante de sudor y triunfo.
Ajayi asintió alegremente con la cabeza.
—Dioz
—dijo una débil voz—, aquí dentwo haze un calow ezpantozo.
—Qué
rapidez —le dijo Quiss a un camarero que se asomó desde el luminoso interior
del cuarto de juegos. Éste asintió.
—Puez
—dijo la criatura—, en wealidad eztaba en camino hazia aquí pawa vew que
quewían pawa comew. Pewo zi lo dezean, puedo tomaw zu wespuezta.
A
Ajayi el camarero le hizo reír, hallando su impedimento para hablar mucho más
gracioso de lo que en realidad era. Supuso que debía ser que se encontraba de
muy buen humor. Quiss dijo:
—Con
mucho gusto; la respuesta es... —Quiss echó una mirada a Ajayi, quien asintió
con la cabeza, para después continuar diciendo—... ambos desaparecen en una
llamarada radioactiva. ¿Lo has comprendido?
—Amboz
dezapawezen en una llamawada wadioactiva. Zí, cweo que lo he compwendido.
Intentawé no tawdaw mucho; hazta luego... —El camarero dio media vuelta y se
alejó contoneándose por el cuarto de juegos, cabizbajo, repitiéndose en voz
baja la respuesta, con sus pequeñas botas azules centelleando debido al reflejo
de la luz de los peces que pasaba a través del suelo de cristal, mientras que
sus pasos y su voz se aceleraban estrambóticamente al pasar delante de la
esfera de un reloj.
—Vaya...
—dijo Quiss, reclinándose en su silla. Inspirando profundamente, entrelazó las
manos detrás de su cabeza y apoyó una de sus botas sobre la balaustrada del
balcón—, me parece que esta vez lo conseguiremos, ¿sabes? —Luego le dirigió una
mirada a Ajayi. La mujer se alzó de hombros y sonrió.
—Esperemos
que así sea.
Quiss
resopló ante aquella pusilánime falta de confianza y se puso a contemplar la
yerma planicie nevada. Sus pensamientos volvieron a aquella extraña experiencia
de la habitación situada en las profundidades del castillo. ¿Qué sentido tenía
aquel agujero, el planeta ridículamente llamado y el eslabón entre el castillo
y aquel lugar? ¿A qué se debía en realidad aquella capacidad de influir en las
personas para que hicieran cosas? (De mala gana había desechado la idea de que
él era el único que poseía semejante capacidad.)
Era
muy frustrante. Aún estaba en el proceso de conseguir que los ayudantes
confidentes le hablaran de este nuevo aspecto enigmático del castillo. A pesar
de todas sus amenazas y lisonjas, hasta ahora se habían mostrado muy poco
cooperadores. No cabía ninguna duda de que estaban asustados.
Se
preguntó cuán inalterable verdaderamente era la sociedad del castillo. Por
ejemplo, ¿sería posible para ellos —él— dar un golpe? ¿Después de todo, con qué
derecho divino el senescal dirigía aquel sitio? ¿Cómo había llegado al poder?
¿Cómo se dividían la supervisión del castillo ambos bandos de las Guerras?
Cualesquiera
que fuesen las respuestas, al menos le daban la oportunidad de pensar en otra
cosa aparte de los juegos. Tendría que haber otra manera de salir.
Sencillamente tendría que haberla; jamás se debía asumir que las cosas eran lo
que aparentaban ser. Era una lección que había aprendido hacía mucho tiempo.
Hasta las tradiciones cambian. Quizá este arruinado prodigio se estaba
acercando al borde de alguna especie de catástrofe, de algún cambio. Nadie
dudaba que antiguamente había cumplido con los propósitos de sus arquitectos,
tal vez habitado por un gran número de personas, intacto, sin desmoronarse,
mitad fortaleza mitad prisión... pero ahora Quiss podía percibir su penetrante
aire de decadencia, cuya tambaleante senilidad le convertía —si es que encontraba
el arma o la clave apropiada— en una presa fácil. El senescal impresionaba tan
sólo superficialmente; no había nadie más. Él —junto con la mujer— era la
persona más importante de aquel lugar, de eso estaba seguro. Todo estaba en
función de ellos, giraba en torno a ellos, tenía sentido porque ellos se
encontraban aquí, y eso en sí mismo era una forma de poder (así como de
comodidad: le agradaba sentir que formaba, del mismo modo que en las Guerras,
parte de una élite).
Ajayi
se sentó, dudando si esperar al pequeño camarero a que regresase o continuar
leyendo su libro. Se trataba de una curiosa historia acerca de un hombre, un
guerrero, perteneciente a una isla cercana a uno de los polos del planeta;
hasta donde ella había podido comprender la traducción que estaba leyendo, su
nombre era Grettir. Si no fuera porque le temía a la obscuridad, hubiese
resultado un personaje muy valiente. Ajayi tenía deseos de continuar leyendo,
no importa cuál resultase ser la contestación a su respuesta del acertijo. De
todas maneras, no podía imaginarse que por ahora sucediera algo.
Al
cabo de unos minutos continuaban allí sentados, en calma, abstraídos, cuando
desde las resplandecientes y ventiladas profundidades del cuarto de juegos una
tenue voz dijo:
—Lo
ziento...
CUARTA
PARTE
La
calle Penton
Delante
del pub Belvedere, situado en la calle Penton, había una mesa sobre la acera
tapando el hueco dejado por las puertas abiertas del sótano del local. Debían
estar esperando una entrega del cervecero, pensó Graham. La mesa, de madera y
fórmica, puesta encima del escotillón del sótano, le hizo recordar a la silla
que había visto en el pasillo de la Escuela poco antes de salir.
Le
faltaba poco para llegar a la cima de la pequeña colina detrás de la que se
ocultaba una línea de casas; el camino casi era plano. Por la calle Penton
circulaban algunos coches, pero después del bullicio de la Vía Pentonville, que
acababa de cruzar, aquello era muy tranquilo. En la acera de enfrente había
unas cuantas tiendas y un café. El área parecía no estar demasiado integrada
para poder saber si su colectividad estaba arruinada o no.
Un
ejemplar del periódico Sun de aquel día se enrolló entre los pies de Graham,
impulsado por una repentina ráfaga de viento. Desprendiéndose de él, dejó que
fuera a pegarse contra alguna cerca que bordeaba el camino. Recordó con una
sonrisa el comentario apoplético de Slater acerca de los lectores del Sun. Lo
mejor fue, pensó Graham, aquel día —hacía tan sólo un par de semanas— en que
estuvieron sentados en Hyde Park. Slater había decidido que como de todas
formas todos ellos pasarían el verano en la ciudad, tenían que quedar en verse,
y por consiguiente organizó un picnic para el sábado por la tarde, pronosticando
ese viernes que el día siguiente sería soleado y caluroso, cosa que acertó.
Slater
había invitado a Graham, Sara y a un sujeto joven que Graham supuso sería la
última conquista de Slater, un ex soldado de talla baja y musculoso llamado Ed.
Ed llevaba el cabello muy corto y vestía unos pantalones cortos hechos de
tejanos y una camiseta verde del ejército. Se hallaba sentado sobre la hierba
leyendo lentamente una novela de Stephen King.
Por
instigación de Slater habían estado hablando acerca de lo que harían si ganaran
un millón de libras. Sara se negó a participar; dijo que se lo preguntaran el
día en que los ganase. Ed lo pensó cuidadosamente y dijo que se compraría un
gran coche y un pub en las afueras de la ciudad. Slater no sabía que más podría
hacer, pero se le ocurrió una gran idea para gastar parte del dinero; ir al sur
de los Estados Unidos, alquilar un avión fumigador y un piloto voluntario,
llenar los depósitos con una mezcla de salsa picante y tinta negra indeleble, y
después sobrevolar el mayor desfile del Ku Klux Klan de aquel año. ¡Eso sí que
les haría llorar; pintaría a los desgraciados! ¡Hurra!
Graham
dijo que utilizaría el dinero para crear una obra de arte total... sería un
mapa de Londres, mostrando todas sus calles y casas, sobre el cual trazaría
—casualmente con tinta negra— el camino, la ruta de cada uno de los ciudadanos
de Londres durante aquel día, fuese por tren, metro, autobús, coche,
helicóptero, avión, silla de ruedas, barco, o a pie.
Sara
se rio, pero no de una manera poco amable. Ed creía que sería difícil
combinarlo. Slater tildó la idea de aburrida y dijo que continuaría siéndolo
por más que el mapa estuviese coloreado y/o se emplearan distintos tipos de
tintas para señalar el rastro, y de todos modos la suya era una mejor idea. A
Graham le pareció que Slater estaba un poco borracho por lo que no le contestó;
permaneció sentado con una expresión perspicaz en su rostro y luego le dirigió
una breve sonrisa a Sara, quien también le sonrió.
Ella
llevaba puesto un ligero vestido de verano, con un elegante escote subido, y un
gran sombrero blanco. Calzaba zapatos blancos de tacones altos y puntas
redondas, bastante anticuados e inestables, además de medias de seda o
imitación seda, o quizás medias enterizas de malla, las cuales a Graham le
parecían innecesarias en un día tan caluroso. Se hallaba recostada contra un
árbol y se la veía hermosa. Al levantar el brazo para apoyar su cabeza, Graham
dirigió una rápida y avergonzada mirada a la obscura mata de vello ensortijado
de su axila al descubierto.
Slater,
en pantalones blancos, chaqueta a rayas y un gastado sombrero de paja (paja
auténtica, pudo observar Graham), estaba sentado sobre la hierba con los brazos
cruzados, sosteniendo un vaso de plástico lleno de champaña (a Graham y a Sara
les dijo que trajeran algo para comer; él se presentó con una botella de dos
litros).
Del
dinero, pasaron a hablar de política:
—Edward
—dijo Slater—. ¡No lo dirás en serio!
Ed
se encogió de hombros y se acostó sobre la hierba, apoyando la cabeza rapada
contra su brazo doblado, mientras que con el otro puño sujetaba, doblado por el
lomo, la novela que estaba leyendo.
—Considero
que ella lo hace bien —dijo. Su acento recordaba vagamente al de la zona este
de Londres. Slater se dio una palmada en la frente con su mano libre.
—¡Dios
mío! ¡La estupidez de la clase trabajadora inglesa jamás termina de
sorprenderme! ¿Qué es lo que esos sanguinarios, acaparadores de dinero,
mezquinos... bastardos tienen que hacer para que te enfurezcas? ¡Por vida del
chápiro! ¿A qué estas esperando? ¿Una enmienda al Acta del Seguro de
Manufactura? ¿Un recargo obligatorio para todos los sindicalistas? ¿La pena de
muerte por limpiar ventanas mientras se espera cobrar el socorro de desocupado?
¡Dímelo, de veras!
—No
seas necio —dijo Ed alzándose de hombros—. No es culpa de ella; es la recesión
económica, ¿no es así? Los malditos laboristas no lo harían mejor; simplemente
nacionalizarían todo, ¿o me dirás que me equivoco?
—Edward
—dijo Slater con un suspiro—, creo que tienes un lugar asegurado en el Consejo
de Redacción de The Economist.
—Mira,
podrás seguir soltando todas las respuestas ingeniosas que quieras —dijo Ed,
aún leyendo, o al menos contemplando el libro de bolsillo—, pero la mayoría de
las personas simplemente no piensan como tú.
—Así
es —dijo Slater, siseando—. Pues al final del callejón Chancery hay unos baños
abiertos que quizá tengan la culpa de eso.
Ed
pareció desconcertado. Luego giró la cabeza hacia Slater.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Oh,
por el amor de dios —dijo Slater. Se dejó caer en la hierba melodramáticamente,
extendiendo hacia arriba la mano con la cual sostenía el champaña—. ¡Bingo!
—dijo jadeando.
En
pocos días habría elecciones generales. A Slater le costaba creer que la gente
realmente volvería a votar a los Conservadores. Graham no veía que la cosa
fuera tan terrible, pero se guardaba de decirlo; Slater le desacreditaría. En
cierto aspecto, Graham estaba de acuerdo con Ed; pensaba que no había nadie que
verdaderamente pudiera mejorar la situación económica del país. Ciertamente,
los Tories gastaban mucho en armas, especialmente en armamento nuclear, y tal
vez debieran gastar más en cosas como el Servicio de Sanidad, pero él admiraba
un poco a la señora Thatcher, y además había logrado una magnífica victoria en
las Malvinas. Sabía que era una tontería, pero cuando el Ejército entró en
Puerto Stanley él había sentido una especie de orgullo y envidia a la vez. Ed
no tenía ningún problema en decirle a Slater lo que pensaba; Graham no sabía si
sentir por él admiración o compasión. Cuando comprendió que probablemente a Ed
le daba lo mismo lo que él pudiera pensar, en cierto modo se sintió molesto.
Ed
se puso en pie.
—Bien,
creo que iré a alquilar un bote. ¿Queréis venir? —Primero miró a Slater, luego
a Graham y finalmente a Sara, quien sacudió su cabeza. Slater se hallaba
acostado en la hierba mientras Graham le observaba.
—Hay
una cola terriblemente larga —dijo Slater. Con anterioridad ya habían hablado
sobre si alquilar o no un bote.
—Si
no hacemos la cola no conseguiremos un bote —dijo Ed, alzándose de hombros.
Después metió el libro entre la cintura trasera de sus shorts y la región
lumbar. Slater continuó mirando al cielo sin decir nada—. Bueno —dijo Ed—, de
todos modos yo puedo hacer la cola. Si os apetece, podéis venir cuando no falte
mucho para mi turno. —Permaneció allí de pie.
—A
veces —dijo Slater, dirigiéndose al cielo—, creo que sería mejor que no
esperasen más y comenzaran la guerra. Una bomba de diez megatones para
Westminster en este mismo momento, y nosotros ni nos enteraríamos...
sencillamente nos volatizaríamos y nuestro polvo se mezclaría con la hierba y
la tierra y el agua y el barro y las rocas...
—Tan
sólo eres un maldito pesimista —dijo Ed—. A veces te pareces a uno de esos
anarquistas, sinceramente. —Con las manos en la cintura, asintió con su cabeza
mirando a Slater.
Slater
continuó contemplando el cielo. Luego dijo:
—Espero
que no irás a repetirme aquello de que en el Ejército hallaste un clima de
camaradería muy majo.
—Mierda.
—Ed se dio media vuelta sacudiendo su cabeza y enfiló en dirección a la
taquilla de los botes—. Pues si no tienes la puñetera intención de
defenderte...
Slater
permaneció acostado durante unos instantes, luego se incorporó de un salto
derramando un poco de su champaña. Ed se hallaba a diez metros de distancia.
Slater le dijo gritando:
—¡Pues,
cuando caiga y te estés friendo, espero solamente de que te acuerdes del día en
que tu puñetera idea te parecía maravillosa! —Ed no le respondió. Sin embargo,
las personas sentadas a poca distancia en sus sillas plegables y otras que se
estaban asoleando, le dirigieron una mirada.
—Sh
—dijo Sara con indolencia—. No lograrás nada gritándole de esa manera.
—Es
un idiota —dijo Slater, desplomándose nuevamente sobre la hierba.
—Tiene
derecho a pensar como quiera —dijo Graham.
—Oh,
no seas estúpido, Graham —le espetó Slater—. Lee el Sun todas las mañanas en el
autobús que coge para ir a trabajar.
—¿Y
bien? —dijo Graham.
—Pues,
mi estimado muchacho —dijo Slater, hablando con un rictus en la boca—, si todos
los días se pasa media hora metiéndose mierda en el cerebro, ¿qué otra cosa
puedes esperar de él que no sean ideas malolientes?
—Así
y todo, sigue teniendo derecho a pensar como quiera —dijo Graham, sintiéndose
torpe bajo la fría mirada escrutadora de Sara. Luego se dedicó a juguetear con
unas briznas de hierba, retorciéndolas entre sus dedos. Slater suspiró.
—Graham,
quizá podría admitírtelo si tuviera alguna idea propia, pero la cuestión es:
¿les interesa a los propietarios de la Fleet Street lo que pueda pensar Ed? ¿No
te parece? —Apoyándose sobre uno de sus codos, Slater miró a Graham desde una
postura más enhiesta. Graham hizo una mueca y se encogió de hombros.
—Esperas
demasiado de la gente —le dijo Sara a Slater. Éste la miró tapándose los ojos y
elevando una ceja.
—¿De
veras?
—No
son como tú. No tienen en realidad el mismo modo de pensar que el tuyo.
—Lo
que sucede es que no piensan —dijo Slater con un resoplido. Sara sonrió y a
Graham le alegraba que ella estuviera hablando; le permitía mirarla,
absorberla, sin que ninguno de los dos se sintiera avergonzado.
—Ahí
estamos —dijo Sara sonriendo—. Pues claro que piensan. Pero creen en otras
cosas, tienen prioridades diferentes, y la gran mayoría de ellos no aceptaría
un estado socialista, por mucho que éste subiera al poder o fuese perfecto.
—Slater soltó una risotada ante aquel comentario.
—Fantástico,
por lo tanto ahora se disponen a elegir cinco años más de recortes, pobreza y
nuevos métodos emocionantes de cómo incinerar a millones de seres humanos.
Indudablemente, algo muy alejado de tu estado socialista ideal; ¿qué es esto,
la escuela de sociología política del Marqués de Sade?
—Así
que reciben aquello que se merecen —dijo Sara—. ¿Por qué tienes que preocuparte
por sus vidas más que ellos?
—Oh,
joder —dijo Slater—, me rindo. —Volvió a desplomarse sobre la hierba. Sara miró
a Graham sonriendo, arqueando las cejas con un gesto conspirador. Graham rio
calladamente.
Le
hacía daño a los ojos mirarla. Por más que estaba sentada bajo la sombra del
árbol, la palidez de su piel, los zapatos brillantes, las medias, el vestido y
el sombrero reflejaban la radiante luz del cielo, haciendo que apenas pudiera
mantener los ojos abiertos sobre su resplandeciente figura.
Graham
bebió champaña. Aún estaba frío; Slater había traído la botella dentro de un
refrigerador portátil que se hallaba junto al tronco del árbol, a la sombra
como Sara. Slater se ofendió auténticamente al ver que Graham, a quien le había
encargado que trajera los vasos, se presentaba con unas simples copas de
plástico. Creyó que Graham comprendería.
Graham
había temido un poco que Slater se encontrara con Sara; ambos la vieron por
última vez a principios de aquella semana y Graham creía que quizá Slater se lo
había mencionado a ella. Un día en que Sara canceló repentinamente el paseo de
la tarde a lo largo del canal, él y Slater fueron juntos hasta la calle de la
Media Luna. Sara había sonado por teléfono brusca, casi angustiada, y eso le
dejó inquieto. De todos modos decidió caminar hasta allí, para estar en caso de
que hubiera algún problema. Slater también se mostró preocupado, tanto por la
obvia agitación de Graham como por el estado de Sara que Graham le había
descrito. A Graham no le molestó que su amigo le acompañara: se sentía
reconfortado por su compañía.
Después
de caminar un trecho, al llegar a la Vía Theobald Slater insistió en que
tomaran un autobús. Graham señaló que el 179 tan sólo les dejaría en King
Cross, lo cual no quedaba muy lejos de allí y además les alejaba de su rumbo.
Slater insistió en que no se desviarían tanto, y de todas maneras él no quería
andar mucho ya que llevaba puestos sus zapatos nuevos y le apretaban. En King
Cross paró un taxi. Graham dijo que no podría pagarlo... Slater le calmó
diciendo que no se preocupase; lo pagaría él. No era tan lejos.
En
el taxi, Slater súbitamente recordó algo; tenía un regalo para Graham. A
continuación buscó en el bolsillo de su chaqueta.
—Aquí
tienes —dijo, extendiéndole en su mano un objeto duro envuelto en papel de
seda. Mientras el taxi subía por la Vía Pentonville, Graham desenvolvió el
regalo. Era una pequeña figurilla de porcelana de una mujer desnuda, con
enormes pechos, las piernas abiertas y dobladas por las rodillas. La expresión
de su diminuto rostro era de completo éxtasis, los hombros echados hacia atrás
parecían querer elevar aún más sus pechos cónicos mientras que las manos las
tenía sobre las caderas, abiertas y delicadas, cada uno de sus dedos moldeado
cuidadosamente. Echándoles una rápida ojeada, sus genitales le parecieron a
Graham demasiado exagerados.
—¿Debo
suponer que se trata de una broma? —le dijo a Slater.
Slater
tomó la figurilla con una sonrisa y del bolsillo interior de su chaqueta sacó
un lápiz.
—No
—dijo—, es un sacapuntas; observa. —Dicho esto, introdujo el lápiz entre las
piernas de la figurilla.
Graham
apartó la vista, sacudiendo su cabeza.
—En
realidad, lo veo un poco de mal gusto.
—Jovencito,
tengo mucho más gusto que las anchoas en pasta de ajo —dijo Slater—.
Simplemente trataba de levantarte el ánimo.
—Oh
—dijo Graham, mientras el taxi doblaba hacia la izquierda—. Gracias.
—Vale
—dijo Slater, sentándose en el borde del asiento para comprobar que el chofer
del taxi tomaba el camino correcto que conducía a la calle de la Media Luna—.
Me he pasado varios días haciéndotelo.
—Te
he dicho gracias —replicó Graham—. Oh, dile que se detenga aquí; no quiero
acercarme demasiado. —Observó la calle para comprobar que Sara no estuviera por
allí; aún se hallaban en la calle Penton, pero nunca se sabía.
El
taxi se detuvo.
—Vayamos
a beber algo —dijo Slater.
—Te
tengo que decir algo —comentó Graham, mientras Slater le conducía al otro lado
de la calle a un pub llamado El Arcaduz Blanco.
—¿Qué
cosa?
—Te
has olvidado de cómo sacar las virutas. —Graham sostenía la figurilla de
porcelana delante del rostro de Slater. Éste miró con el ceño fruncido el
desproporcionado orificio. Tenía los labios apretados.
—Es
tu ronda; yo beberé una pinta de cerveza añeja —dijo, ubicándose en un asiento
junto a la ventana desde la cual podía verse el corto tramo de la calle Maygood
que iba a parar a la calle de la Media Luna.
Diez
minutos más tarde oyeron la moto de Stock. Ambos se pusieron de pie y miraron
por encima de las cortinas, las cuales colgaban de un raíl de bronce tapando la
mitad inferior de la ventana. Una gran moto negra BMW dobló por la calle
Maygood. La persona que la conducía iba vestida de cuero negro y llevaba puesto
un casco protector, también negro, con un visor completamente obscuro que le
cubría toda la cabeza.
—Vaya
—dijo Slater—, ése es nuestro hombre.
Graham
avistó brevemente la matrícula de la moto: STK 228T. Era la primera vez que
volvía a ver la moto desde aquella noche de enero en que conoció a Sara y
juntos llegaron allí en taxi. No se le ocurrió entonces mirar debidamente la
moto y siempre había evitado venir en esa dirección cuando sabía que estaba
Stock. Aparcando la moto, su conductor sacó las llaves y se dirigió —algo
vacilante, pensó Graham— hacia la puerta de la casa de Sara, introduciendo
luego la llave en su cerradura. Segundos más tarde había desaparecido.
—¿Crees
que medirá un metro ochenta? —dijo Graham, mirando a Slater mientras volvían a
sentarse. Slater asintió y bebió un trago.
—Fácilmente.
Parecía algo borracho. Sin embargo, qué buen pedazo, ¿no? —Slater movió sus
cejas teatralmente de arriba a abajo. Graham dejó caer sus hombros y miró hacia
afuera.
—¿Tienes
que recordármelo? —dijo. Slater le dio un ligero codazo.
—Muchacho,
no te lo tomes tan a pecho. Estoy completamente seguro de que todo se
solucionará. Créeme.
—¿En
realidad lo piensas? —dijo Graham, mirando a su amigo.
Slater
observó fijamente a Graham durante unos instantes, viendo cómo se mordía su
labio inferior, finalmente su propio labio tembló y sacudiendo la cabeza apartó
el rostro con una amplia sonrisa, tratando de disimular su risa.
—Pues,
para serte honesto, no, pero estaba intentando animarte. Por vida del chápiro,
¿cómo quieres que yo lo sepa?
—Jesús.
—Graham inspiró, terminando su media pinta de cerveza amarga. Luego se levantó,
suspirando. Slater le miró intranquilo.
—Dios
mío, no te habrás ofendido, ¿no es así?
—Tan
sólo voy a salir para tomar un poco de aire... y echar una ojeada. No tardaré
mucho.
—Sabes,
Oates —dijo Slater, dando un ligero golpe con su mano sobre la superficie de la
mesa—, tendrás que preparar esos cabos de remolque antes de que contratemos el
rompehielos. —Las últimas palabras apenas fueron comprensibles debido a que
Slater se derrumbó sobre la mesa, su cabeza apoyada sobre el antebrazo,
sacudiendo su espalda por la risa que resonaba amortiguada en el suelo. Algunos
de los viejos parroquianos del bar le miraron con suspicacia.
Graham
miró ceñudamente a Slater, preguntándose de qué demonios estaba hablando, y
luego se marchó a dar un rápido y furtivo paseo por detrás de la calle de la
Media Luna y por un callejón lateral, tratando de captar cualquier grito o
discusión que proviniera desde dentro del apartamento. No oyó nada. Regresó al
pub en donde Slater le había comprado otra pinta de cerveza.
Mientras
Graham se sentaba Slater comenzó a sacudir su cabeza y su cara se tornó roja;
en sus ojos aparecieron lágrimas y finalmente tuvo que decir farfullando:
—¡Esos
puñeteros bastardos noruegos! —Tendiéndose de lado encima del banco se dobló
por la mitad en un acceso de silenciosas y convulsivas risas. Graham se sentó,
sintiéndose atrozmente, odiando a Stock y a Slater y sintiendo náuseas al
pensar en lo que Sara podría estar haciendo en esos momentos, deseando en parte
que el dueño del local echase a Slater a la calle.
Pese
a sus temores, afortunadamente Slater no le había contado a Sara que ambos
estuvieron allí aquel día. De hecho, habían pasado varios días y ahora se
estaban emborrachando con champaña en el parque, y aunque Slater hablaba de
muchas cosas, eso no lo mencionó.
—Se
me ha ocurrido esta gran idea —anunció desde la hierba, sosteniendo en lo alto
la copa de plástico. Ya casi se les había terminado el champaña.
—¿Cuál?
—dijo Sara. Se hallaba recostada contra el árbol, la cabeza de Graham apoyada
sobre su hombro. Pretendía que estaba dormido para así poder mantener allí su
cabeza, cerca de su suave y cálida piel.
—Interdroga
—dijo Slater, haciendo un brindis al inmóvil cielo azul—. En tu casa se
presenta un día este hippie, se esfuerza por caerte bien y luego te pone en la
mano una bola arrugada de papel de aluminio...
—No
te olvides de apuntarme para el día del estreno —dijo Sara, riéndose
cortésmente. Graham también deseaba reír, pero no podía; mejor era permanecer
descansando allí, sentir cómo temblaba su adorable cuerpo contra su cabeza y
tocar...
Aún
recordaba aquella sensación; semanas más tarde todavía sentía escalofríos al
pensar en ello. Era como la primera vez que había dormido con una chica, en su
lejana Somerset. Al día siguiente, mientras estaba con sus amigos en un pub al
mediodía, mirando un partido de fútbol local, por la tarde, cenando con sus
padres, o más tarde en casa de un amigo mirando en la televisión una película,
continuaba recordando aquellas escenas; repentinamente, un recuerdo carnal
sobre la piel de esa muchacha le hacía estremecerse y la cabeza le daba
vueltas. Recordó, algo avergonzado, que había sido lo suficientemente ingenuo
como para preguntarse si aquel sentimiento podía ser amor. Por fortuna, jamás
le contó a nadie su experiencia.
Ahora
volvía a aparecérsele El Arcaduz Blanco, y Graham recordó lo desdichado que se
había sentido aquella tarde. Desde entonces tan sólo regresó allí, cuando sabía
que no se le esperaba, en una sola oportunidad. Al despedirse a mediodía de
Slater en el bar de la calle León Rojo, le dijo que se iba a su casa, pero de
hecho había ido allí, y al poco de llegar pudo ver cómo Stock aparecía montado
sobre su moto. Esta vez alcanzó a vislumbrar a Sara en el cuarto desde el cual
acostumbraba a saludarle después de que él pulsase el timbre del interfono.
Stock había entrado en el apartamento y entonces Sara desapareció del panorama.
Al
rato, Graham sintió náuseas y se marchó. Aquella noche se emborrachó solo en
Leyton y se la pasó vomitando.
Sin
embargo, el día en el parque fue agradable. Graham mantuvo su cabeza apoyada
sobre el hombro de Sara durante siglos, hasta que la espalda y el cuello
comenzaron a dolerle, pero a ella no pareció importarle, e incluso en un
momento le acarició el cabello, abstraída, con una mano cariñosa. Ed regresó un
poco más tarde; había estado haciendo media hora de cola.
—Tendríais
que haber venido cuando faltaba poco para mi turno —les dijo. Había comprado
unas pequeñas y regordetas latas de McEwan Export y les dio una a cada uno.
Luego se sentó a leer.
—¿Lo
veis? —dijo Slater a gritos desde su posición horizontal, con la voz un poco
afectada por todo el champaña que había bebido—. ¡En el fondo este hombre es un
puñetero socialista y ni siquiera se da cuenta de ello!
—¿Por
qué no lo dejas, Dick? —le dijo suavemente Ed.
—Me
ha llamado Dick —dijo sofocado Slater, recostándose boca abajo—. A mí: el
guardabosques comunal, superhomo, el rojillo pimpinela, el hombre con la
máscara de Fabergé; te haré la marca del Cero en tu prepucio, insolente...
—Chitón,
Slater —dijo Sara ffitch con una voz resonante, la cual zumbó en la cabeza de
Graham con una deliciosa sensación. Slater se tranquilizó; unos minutos más
tarde comenzó a roncar ligeramente.
Una
muchacha rubia y guapa, que vestía una falda elástica corta y un estrecho top
rosado a través del cual Graham podía apreciar el contorno de sus pezones, pasó
junto a él en la calle Penton. Graham la observó alejarse, pero sin que
resultase obvio.
Esto
era algo que siempre le había preocupado. No deseaba convertirse en un
sexópata, ¿pero cómo diablos se hacía para no mirar a una mujer atractiva?
Jamás les decía nada, ni intentaba tocarlas; nunca se le hubiera ocurrido algo
semejante; despreciaba a los imbéciles que hacían esa clase de cosas; le hacían
sentirse avergonzado de su condición de hombre; eran aquellos a los que Slater
acusaba de «tener el cerebro en sus escrotos»; pero mirar... siempre y cuando
no pusiera a la mujer en un apuro... no tenía nada de malo.
Especialmente
ahora, o quizá, con un poco de suerte, hasta ahora. En el plano sexual aquel
periodo había sido extraño y embarazoso. Le atormentaba —¡vaya desastre!— la cuestión
de la masturbación.
Encontraba
difícil, casi desagradable, pensar por las noches en la cama en Sara antes de
ir a dormir. Pero pensar en otras mujeres, sus anteriores experiencias
sexuales, le parecía impropio. Era algo absurdo, se trataba de una locura, era
como volver a estar otra vez en la pubertad, o peor aún; ni siquiera tenía
mucho sentido desde el punto de vista de sus creencias acerca de la fidelidad
sexual que había desarrollado hacía tiempo, pero ahí le tenían. Odiaba la idea
de tener que recurrir a la pornografía, incluso a la pornografía blanda, pero
casi había llegado a la conclusión de que tal vez sería mejor comprar una de
aquellas revistas satinadas de desnudos femeninos y aceptar la inhumana y
labial belleza de sus seductoras mujeres-imagen; al menos absolvería a la
liberación de su sexualidad de las responsabilidades del mundo real.
—Las
fantasías sexuales de la mayoría de las personas, sus deseos idealizados, están
hechos de arcilla —recordó haberle oído decir a Slater. Slater acababa de
descubrir que gran parte del peso de una revista de desnudos femeninos provenía
del caolín, la misma arcilla que se empleaba en una mezcla de morfina para
obturar los intestinos de las personas incontinentes. Graham creyó recordar que
Slater también había hablado acerca de las revistas pornográficas gay, pero la
cuestión era la misma.
De
todos modos, ¿qué importaba eso ahora? Quizá todo eso se acabaría; todas las
inquietudes, las esperas y las ansias insatisfechas. Se encontraba en la acera
de enfrente del pub; doblaría la esquina del corto tramo de la calle Maygood y
allí estaría la calle de la Media Luna.
Aquel
nombre le fascinaba.
Le
había sugerido un símbolo: Media. Luna.
El
señor Sharpe
¡Borracho!
Se
sentó en un banco de aquel pequeño pedazo triangular de tierra llamado
Islington Green. El señor Sharpe se sentó a su lado; ambos estaban bebiendo de
unas botellas de sidra de tamaño grande. El señor Sharpe fumaba un cigarrillo.
Steven se sentía completamente borracho.
—Me
refiero a que ellos —dijo el señor Sharpe, traspasando el aire con su
cigarrillo— no tienen el puñetero derecho de estar en donde están. Claro que no
lo tienen... ¿o me equivoco? —Steven sacudió su cabeza tan sólo por si el señor
Sharpe realmente le estaba haciendo una pregunta. No obstante, sus preguntas
eran mayormente retóricas. No podía recordar de qué estaba hablando ahora el
señor Sharpe. ¿Era sobre los judíos? ¿Los negros? ¿Los vagabundos?
El
señor Sharpe era un hombre pequeño de aproximadamente cincuenta y cinco años.
Se estaba quedando calvo y el color, entre gris y rosado, de la piel de su
rostro que no se afeitaba hacía días, le daban a sus ojos un tono amarillento.
Llevaba puesto un enorme y viejo abrigo y botas de trabajo. Se había acercado a
Grout en el pub Cabeza de Rocín. Por lo general Steven evitaba a los borrachos
de los pubs, y resultaba completamente obvio que aquel mediodía el señor Sharpe
era residente honorario en la Cabeza de Rocín, pero Steven también estaba muy
borracho, y además de la aparente preocupación del señor Sharpe por las
conspiraciones —Grout todavía no había desechado del todo la idea de encontrar
a un compañero exiliado que le ayudara a escapar juntos— también reveló ser un
hombre de auténtico buen corazón cuando Steven le confesó que ese día cumplía
años. De hecho, cuando el señor Sharpe le daba un prolongado apretón de manos y
le estaba deseando que los cumpliera muy feliz varias veces y en voz alta, sus
ojos se le llenaron de lágrimas.
A
partir de entonces Steven pagó casi todas las rondas, ya que el señor Sharpe no
tenía trabajo ni tampoco mucho dinero, pero a Steven no le importó. Le mostró
al señor Sharpe todo el dinero que poseía, explicándole que aquella era la
indemnización por su despido.
—Los
gremios —dijo el señor Sharpe, escupiendo involuntariamente—, los puñeteros
gremios; apuesto a que fueron los sindicatos, ¿no es verdad?
Grout
no estaba muy seguro de esto, pero le dijo al señor Sharpe que de todas formas
no se arrepentía. Naturalmente, le dijo que no podía gastarse todo el dinero,
ya que debía pagar el alquiler y la comida y alcanzarle hasta que recibiese el
dinero del seguro de desempleo. El señor Sharpe le dio la razón, pero que
anduviera con cuidado; el sitio estaba lleno de muchachos judíos listos y de
asaltantes negros; los muchachos judíos le estafarían y los negros le cortarían
la garganta a la menor oportunidad.
Cuando
el pub cerró a las tres de la tarde, se fueron a la plaza Green con un par de
botellas de cerveza que habían comprado antes de salir. Steven también le había
comprado al señor Sharpe un paquete de cigarrillos y cerillas.
—Eres
todo un señor, Steve, no hay ninguna duda; un señor —le había dicho el señor
Sharpe, y Steven casi se sintió tan bien como cuando aquel policía le trató de
«caballero». Sintiendo picor en los ojos, aspiró por la nariz.
Al
terminar sus botellas de cerveza, el señor Sharpe dijo que por qué no se
acercaban hasta el Marks & Sparks de Chapel Market y compraban unas
botellas de sidra. Era barata. De hecho, si Steve le daba el dinero; digamos
unas cinco libras... no, que fuesen diez, en vista de que él se sentía tan
magnánimo y Steve era un verdadero amigo... iría él mismo en busca de la
bebida, en vista de que Steve había sido tan generoso en el pub. Él le pagaría
el próximo miércoles, cuando recibiese su giro.
A
Steven le pareció honrado, por lo que le tendió al señor Sharpe dos billetes de
diez libras cada uno.
—Tenga
veinte —le dijo. Al señor Sharpe esto le cogió por sorpresa y volvió a recalcar
lo gentil que era Steven. Regresó de la tienda con cuatro botellas de sidra y
un cartón de cigarrillos.
Si
bien estaba borracho, Steven no se sentía tan malhumorado como era habitual en
él cuando bebía mucho; se sentía muy feliz, sentado en un banco de Islington
Green bajo los árboles mientras a su alrededor el tráfico fluía
inofensivamente. Era agradable tener a alguien con quien hablar, alguien que
uno sentía estaba de su parte, que no se burlaba ni se mostraba desdeñoso, que
simpatizaba con uno por el modo en que los demás lo trataban pero que no le
compadecía; alguien que le deseaba a uno un feliz cumpleaños. No le importaba
que fuese el señor Sharpe quien hablase siempre.
—Tomemos
el caso de personas como mi antiguo jefe, ¿no es así? —estaba diciendo el señor
Sharpe, dibujando en el aire con el humo del cigarrillo que sostenía entre sus
dedos—. Sabes, un buen tipo, un buen tipo; estricto pero justo; no se andaba
con vueltas con aquellos que llegaban tarde y todo eso, pero era recto, ¿sabes
a qué me refiero? Estaba en el comercio textil; tenía que tratar con un montón
de judíos. No le gustaba, por supuesto, pero así son los negocios, ¿no? El año
pasado tuvo que ir a la quiebra, ¿qué te parece? Nos tuvo que despedir a mí y a
los demás empleados, ¿comprendes? Básicamente era por la recesión, pero también
por culpa de los puñeteros sindicatos. Solía pasar de ellos, créeme; no quería
saber nada, lo cual me parece muy bien, pero suponía que ellos le habían jugado
sucio por detrás, y él era un tipo muy listo, ¿no es así? De todas formas, era
por culpa de la recesión, dijo, y que se sentía realmente apenado de tener que
despedirnos después de cómo le habíamos apoyado. Y claro que lo hicimos; cuando
unos años atrás nos había explicado los problemas por los cuales estaba
pasando, ¿acaso exigimos un aumento de sueldo? Incluso dejamos que el año
pasado nos recortaran la paga, hasta ese punto éramos capaces de llegar con tal
de conservar nuestros empleos, ¿te das cuenta? No como esos puñeteros miembros
del sindicato; nosotros éramos responsables, claro que sí. Realmente, fue un
golpe duro para el señor Inglis. Así es como se llamaba, ¿sabes? Inglis de
apellido, inglés de nacimiento, y a mucha honra, solía decir él. —El señor
Sharpe se puso a reír.
Steven
se quitó su casco azul y se secó el sudor de la frente. Pronto tendría que ir a
orinar. Era una suerte que al final de la plaza Green hubiera unos aseos.
—Sí,
era un buen tipo el señor Inglis. ¿Y sabes lo que me confesó? Me dijo que en
los últimos cinco años ni siquiera había tenido ganancias. Esos puñeteros
troskistas, mucho hablar acerca de los patrones y demás, pero en realidad no
saben un comino, ¿no es cierto? Lo sé porque uno de mis sobrinos es troskista,
¿lo puedes creer? Pequeño sindicalista; la última vez que le vi casi le saco
los malditos dientes; intentaba decirme que yo era uno de esos racistas, ¿lo
ves? «Oye hijo», le dije, «he trabajado con negros e incluso tuve amigos entre
ellos, lo cual probablemente es algo que tú jamás hayas hecho, y me llevaba muy
bien con algunos; eran jamaicanos —no esos despreciables paquistaníes— y con
algunos se podía hablar, pero eso no altera el hecho de que aquí hay
demasiados, y eso no le convierte a uno en racista, ¿no es así?» Pequeño
mequetrefe, le llamé. Sin tapujos. —El señor Sharpe asintió agresivamente con
la cabeza, rememorando la confrontación.
Steven
jugaba con la badana de cuero de su casco protector. Tenía calor. El sitio
parecía tranquilo para llevarlo puesto; por los alrededores no se veía ningún
andamiaje. Dejó su casco sobre el banco, entre él y el señor Sharpe, quien
continuó diciendo:
—¿En
dónde estaba? Oh, sí; el señor Inglis me confesó que en los últimos cinco años
no había tenido ganancias, pero la gente cree que porque uno tiene un
Rolls-Royce es un maldito millonario, ¿lo ves? Lo que ellos no saben es que el
coche no le pertenece, es de la compañía. Ni siquiera es suya su casa; es de su
esposa. Al tiempo tenía nada más que un Mini, pero no creo que los demás
comerciantes le tomasen en serio, de ninguna manera. Especialmente los judíos.
Steven
sacudió su cabeza, pensando que era el momento apropiado. No le había caído
nada bien aquella mención del Rolls-Royce. Pensó en advertirle al señor Sharpe
acerca de los peligros de destripamiento que comportaban los emblemas del
Rolls-Royce, pero después de considerarlo no le pareció apropiado.
—Pero
me alegra decir —dijo el señor Sharpe sonriendo y encendiendo otro cigarrillo—
que ha logrado recuperarse. Me lo encontré hace unos días cuando me hallaba
buscando trabajo; tiene un nuevo local en la calle Islington Park, confecciona
vestidos y repara maquinarias. Por supuesto, sólo tiene trabajando para él
mujeres inmigrantes, pero, como dice el señor Inglis, a él le gustaría tener
blancos trabajando en su negocio pero la gente se vuelve perezosa, ¿y acaso no
tiene razón? No encuentra mujeres blancas que quieran trabajar por ese salario,
¿y por qué? Porque el puñetero dinero que reciben del gobierno y algunos
trabajos esporádicos hace mucho más, ésa es la razón. Al señor Inglis le
encantaría volvernos a contratar a mí y a los otros para lo de las máquinas,
pero los puñeteros sindicatos le exigen un salario que él no puede pagar. El
señor Inglis tan sólo se puede permitir tener un par de tipos con experiencia,
y todo el resto pertenecen al YOP o como diablos se llame; ya sabes, aprendices
por los cuales el gobierno te paga para que les enseñes un oficio y todo eso.
Steven
asintió con la cabeza. Observó los movimientos de las ramas de los árboles cuya
sombra se reflejaba sobre la superficie pulida de su casco protector azul. Era
verdaderamente un tono de azul precioso. Recogió el casco del banco y lo puso
encima de su regazo.
—¡Y
ese estúpido sobrino mío, diciendo que no nos quitan el trabajo! Pobre tonto.
Creo que se droga; apuesto a que si uno le mira los brazos encontrará marcas de
pinchazos. Yo también fumé porros, sabes; cuando estuve en la marina, en alguno
de esos condenados países del tercer mundo... pero no me hizo ningún efecto y
de todas formas yo no era tan estúpido como para engancharme, jamás. No yo,
colega; para ser feliz no necesito más que una pinta de cerveza y un pitillo.
—El señor Sharpe le dio una chupada a su cigarrillo y después bebió un trago de
sidra.
Grout
estaba pensando en cajas de cerveza. Él había tenido una. Al principio le había
parecido una muy buena idea; una manera de dejar de buscar coches aparcados
todo el tiempo. Haría cerca de un año atrás, un día en que había salido a
buscar trabajo, se llevó consigo la caja de cerveza, hallada cierta noche
detrás de un pub. Cuando se quedaba sin oxígeno y por los alrededores no había
ningún coche aparcado ni muros bajos para protegerle de los rayos láser,
simplemente tenía que depositar la caja en el suelo y subirse a ella. ¡Por fin
estaba seguro!
Había
sido una brillante idea, pero los transeúntes le trataron como si fuera una
especie de maniático. Los jóvenes le gritaron cosas, las mujeres con niños le
evitaban, un grupo de chicos incluso se puso a seguirle. Finalmente terminó por
arrojar la caja al canal, cruelmente herido no sólo por la reacción de la
gente, sino también porque sabía que no poseía el suficiente carácter como para
enfrentarse a ellos; no era capaz de soportar tanto desprecio, tarde o temprano
se hubiese hundido.
Sí,
le había dolido, pero le agradaba saber que al menos la experiencia le había
servido para algo. Ahora sabía qué astutos podían ser, con qué cuidado se
esforzaban para que él no tuviese escapatoria. No le sería fácil vivir allí con
esa forma de ser ingenua. Tenía que concentrarse en la fuga, en hallar la
Clave, la Salida. Quizá debiera preguntarle al señor Sharpe acerca de Hotblack
Desiato. Parecía conocer un poco la zona, aunque Steven no recordaba haberle
visto antes ni en el pub Cabeza de Rocín ni en algún otro sitio... pero había
dicho que vivía en la localidad. Tal vez supiera algo.
Sí,
pensó, la caja de cerveza no había sido muy buena idea que digamos; les
demostró demasiado claramente que él estaba por encima de ellos, que les
despreciaba. Tendría que ser mucho más sutil.
—...
qué pequeño mequetrefe, ¿eh? Llamarme a mí racista... —continuaba diciendo el
señor Sharpe. Steven asintió con la cabeza nuevamente. Precisaba ir
urgentemente al lavabo. Cogió su casco protector y lo colgó de un extremo del
banco. Cuando depositó la botella de sidra sobre el asfalto, ésta se balanceó y
cayó rodando, derramando la bebida durante los segundos que le tomó volver a
recuperarla. Esta vez la dejó sobre el suelo con mayor cuidado.
—Vaya
—dijo.
—Eh,
Steve —dijo el señor Sharpe, golpeándole ligeramente con su botella—, no
querrás hacer eso. Es un líquido precioso. No te puedes permitir el lujo de
desperdiciarlo de esta manera, ¿no te parece? Ni siquiera en el día de tu
cumpleaños, ¿eh? —El señor Sharpe se rio. Steven también se rio y luego se
levantó del banco. La barriga le dolía un poco. Al incorporarse se tambaleó
levemente y con el pie derecho pateó la bolsa de plástico en donde se hallaban
las demás botellas de sidra y el cartón de cigarrillos que había comprado el
señor Sharpe.
—Con
cuidado —dijo el señor Sharpe riéndose, tratando de sujetar a Grout con una
mano.
—Tengo
que ir a los aseos —dijo Steven. Palmeó la mano del señor Sharpe y se puso en
marcha.
—¡Eh,
Steve, échate una por mí! —le gritó el señor Sharpe a sus espaldas y después se
rio. Steven también se rio.
No
se sentía muy mal, pero le costaba caminar correctamente; era como si tuviera
apendicitis o algo parecido. Iba caminando encorvado. Afortunadamente, los
aseos públicos no quedaban muy lejos.
Después
de orinar largamente se sintió mucho mejor. Sabía que estaba muy borracho, pero
no tenía ganas de vomitar. En realidad se sentía bastante bien. Era agradable
tener a alguien con quien hablar, alguien que parecía comprenderle. Se hallaba
contento por haber conocido al señor Sharpe. Steven se pasó suavemente la mano
por el pelo, peinándolo. Era una lástima que no hubiera en donde lavarse las
manos, las cuales tenía un poco pegajosas, pero qué más daba. Inspiró
profundamente varias veces para aclararse las ideas.
Cuando
salió del aseo se detuvo a mirar el Café Jim's, al otro lado de la calle. Tal
vez invitase al señor Sharpe a comer. Eso sería agradable. Haciendo ligeras
eses regresó al banco de la pequeña plaza. Allí había otros hombres, algunos de
los cuales tenían aspecto de pobres o desahuciados y Grout sintió lástima por
ellos.
Al
llegar junto al banco descubrió que el señor Sharpe se había marchado.
Steven
permaneció contemplando el banco, vacilante, tratando de acordarse si en
realidad aquél era el mismo. En un primer momento, si bien el banco parecía
estar ubicado en la misma posición, pensó que no podía serlo, porque no veía su
bonito casco azul colgado de un extremo. La bolsa de plástico y todo lo demás
también había desaparecido. Intrigado, miró a su alrededor los bancos más
cercanos. Tan sólo había sentados unos cuantos vagos. Steven se rascó la
cabeza. ¿Qué podría haber sucedido? Tal vez no era el mismo banco, tal vez se
encontraba en un lugar completamente diferente. Pero no, sobre el suelo había
diseminadas bastantes cenizas de cigarrillo y también una botella de sidra
vacía detrás del banco, junto al bordillo de cemento que separaba la senda de
asfalto del césped verde. Hasta su botella había desaparecido.
Miró
la escena que le rodeaba. El tráfico circulaba murmurante por la Vía Essex; los
rojos autobuses subían y bajaban por la calle Mayor. ¿Qué podría haber
sucedido? ¿Acaso la policía había confundido al señor Sharpe con un vagabundo y
se lo llevaron? Ciertamente, no los Atormentadores; no se atreverían a hacer
algo tan imprudente, tan en contra de las reglas, ¿serían capaces? ¿Simplemente
porque él y el señor Sharpe se entendían tan bien?
Continuó
buscando a su alrededor, pensando que de repente vería al señor Sharpe agitando
su mano, haciéndole señas para que viniera a terminar su sidra y dejara de
comportarse de esa manera tan estúpida. Tal vez el señor Sharpe se había
cambiado de banco; tenía que ser eso. Steven echó una mirada a todos los demás
bancos, pero todo lo que vio fue más vagos y desahuciados. ¿Le habrían hecho
algo al señor Sharpe?
Tenía
que tratarse de los Atormentadores. Era uno de sus trucos, una de sus tramposas
pruebas. Steven no creía que fueran los judíos, como había dicho el señor
Sharpe; él sabía que era obra de los Atormentadores. Ellos eran responsables de
esto. Sin embargo, él se las haría pagar, lo prometía. ¡Ahora mismo llegaría al
fondo de este asunto!
Se
acercó al vago más próximo, un viejo que se hallaba acostado sobre el césped.
Su largo cabello negro precisaba un buen lavado y a su alrededor tenía
desplegada toda una colección de bolsas de plástico.
—¿Qué
le sucedió a mi amigo? —dijo Grout. El vago abrió los ojos. Tenía el rostro muy
bronceado y sucio.
—Yo
no he hecho nada, hijo, nada de nada —dijo. ¡Un condenado borracho escocés!
pensó Grout.
—¿Qué
le sucedió? —insistió Grout.
—¿Qué,
hijo? —El escocés trató de incorporarse del suelo, pero no pudo—. No he visto
nada, lo juro. Estaba durmiendo. No he tocado nada, hijo. No me acuses a mí. De
verdad. Dormir no es un crimen, ¿sabes, hijo? He estado en el extranjero,
sabes, hijo, en otros países.
Grout
se sintió sorprendido por este último comentario, luego sacudió la cabeza.
—¿Está
seguro de no haber visto nada? —le preguntó cuidadosamente, demostrándole a
aquel escocés borracho que él al menos sabía hablar con corrección. A sus
últimas palabras les puso un leve tono de amenaza—. ¿Completamente seguro?
—Ajá,
estoy seguro, hijo —dijo el escocés—, estaba durmiendo; eso fue lo que estaba
haciendo. —El borracho parecía estar despertándose, haciendo un esfuerzo por
mejorar su pronunciación. Grout finalmente decidió que aquel hombre no debía
saber nada. Sacudiendo su cabeza, regresó junto al banco, deteniéndose detrás
de él, observando a su alrededor.
Un
vagabundo sentado en un banco no muy alejado orientado hacia la calle Mayor le
hacía señas con la mano. Grout se encaminó por la senda en dirección al hombre.
Éste era aún mucho más viejo y mugriento que el escocés roncando sobre el
césped, abrazado a una de sus bolsas de plástico. Dónde diablos estaba toda la
gente limpia, se dijo Grout.
—¿Busca
a su amigo, míster? —¡Dios mío! ¡Éste era irlandés! ¿Dónde estaban todos los
ingleses? ¿Por qué no enviaban a algunos de estos sujetos al lugar de donde
habían venido?
—Sí,
busco a mi amigo —dijo Steven fríamente, con cautela. El irlandés indicó con su
cabeza el vértice de la pequeña plaza triangular, en dirección a la parada de
autobuses que quedaba sobre la acera norte de la calle Mayor.
—Se
fue por allá. Se llevó con él sus cosas —dijo el irlandés.
Grout
se hallaba confundido.
—¿Por
qué? ¿Cuándo? —Volvió a rascarse la cabeza.
El
irlandés sacudió la cabeza.
—No
lo sé, míster. Ni bien usted se marchó a los aseos recogió todo y se fue; pensé
que ustedes habían discutido o algo así, eso es lo que pensé.
—Pero
mi casco... —dijo Grout, aún incapaz de comprender la razón por la cual el
señor Sharpe hubiera querido hacer una cosa semejante.
—¿Ese
objeto azul? —dijo el vago irlandés—. Lo puso en una bolsa.
—No...
—dijo Grout, desvaneciéndose su voz mientras se alejaba despacio en la
dirección que le había señalado el irlandés.
Abandonando
la pequeña plaza, esperó a que dejaran de pasar los coches y luego cruzó la Vía
hacia la otra acera de la calle Mayor, caminando más por la calle que por la
acera debido a que no llevaba puesto su casco y temía que se cayese algo sobre
su cabeza de algún edificio. Un terrible espasmo, un dolor, comenzó a roerle
las entrañas; se sentía igual que durante su estancia en el hogar, cuando todos
los niños de los cuales se había hecho amigo eran adoptados o enviados a otro
sitio y él seguía allí; del mismo modo que cuando se había perdido durante una
excursión al mar en Bournemouth. Esto no podía estar sucediéndome, no en mi
cumpleaños, pensaba. No en el día de mi cumpleaños.
Continuó
caminando por el costado de la calle, luego dobló la esquina dando un rodeo a
los coches aparcados de modo oblicuo y se dirigió hacia la parada de autobuses,
siempre buscando al señor Sharpe. Por alguna razón pensaba que el señor Sharpe
llevaría puesto el casco azul, y se dio cuenta de que durante todo el tiempo
había estado buscando eso y no al señor Sharpe, a quien, pensó, probablemente
no podría describir si un policía se lo hubiera pedido. Vagó por las calles,
con esa terrible sensación en las entrañas que aumentaba como si se tratara de
una cosa viva, retorciéndose, oprimiéndole. Las personas le atropellaban, en la
acera, junto a las paradas de los autobuses, en las rampas y fuera de los
autobuses; negros, blancos y asiáticos, hombres y mujeres, personas con
carritos de compras o bolsas con herramientas, mujeres con niños en cochecitos
o que eran llevados de la mano. Los niños mayores corrían de un lado a otro,
gritando y chillando. La gente comía hamburguesas en cajas de poliestireno,
patatas fritas de bolsas, acarreaban paquetes, eran viejas y jóvenes, gordas y
delgadas, altas y bajas, torpes y veloces; Steven comenzó a sentirse mareado,
como si el alcohol o el sofocante aire le estuviera disolviendo, como si el
dolor que sentía dentro suyo le estuviese estrujando como a una toalla mojada.
Avanzó tambaleándose, empujando a la gente, buscando su casco protector azul.
Sentía cómo se estaba disolviendo, cómo se le disecaba su identidad y se perdía
en aquella marea de rostros. Se detuvo junto al bordillo de la acera y
asegurándose de que no pasaba ningún autobús se puso a caminar por el carril
que éstos usaban para transitar, luego dobló y comenzó a desandar el camino por
donde había venido, alejándose de la multitud haciendo eses. Miró hacia atrás,
pero todavía no se acercaba ningún autobús que pudiera atropellarle al intentar
circular por su carril, tan sólo había tráfico más adelante, esperando con los
motores rugientes a que el semáforo cambiara de luz. Oyó cómo el motor de una
moto aceleraba y luego se ahogaba. Steven continuó caminando, en dirección
hacia la plaza; tal vez el señor Sharpe decidiese regresar. Los agujeros que él
había reparado tenían que estar por aquella zona...
Le
asaltaron los desapacibles ruidos de los motores. Steven los ignoró. El sonido
farfullante de una moto, un motor diesel acelerando. De repente, se sintió
durante unos momentos mareado y desorientado, invadido por el pánico y por la
incomprensible certeza de que ya había estado allí con anterioridad, que
aquello ya lo conocía. Alzó la vista al cielo por un segundo y se sintió
bambolear. La mente se le despejó y Steven no cayó en el tráfico circulante,
pero había faltado poco. Oyó entonces un terrible estruendo, como si un coche
hubiera chocado, pero probablemente no habría sido más que el ruido producido
por los camiones vacíos al pasar a gran velocidad sobre algún repecho o agujero
en la calle. Lentamente comenzó a darse la vuelta, aun sintiéndose extraño,
para ver si se trataba de uno de los agujeros reparados por Dan Ashton y la
brigada. Apostó a que lo era.
Una
mujer gritó desde la acera.
Steven
volvió a mirar aquel cielo tan azul y vio una cosa que se le aproximaba, como
si fuera un reflejo deslizándose sobre una brillante y redonda superficie azul.
Un cilindro
giratorio.
Una
moto y un camión con remolque pasaron aprisa por el costado. Steven permaneció
allí, paralizado, pensando; mi casco... mi casco...
El
acrobático barril de cerveza de aluminio cayó pesadamente encima de su cabeza.
Scrabble
Chino
Ajayi
y Quiss se hallaban sentados, envueltos en sus pieles, en una pequeña área
abierta cerca de la cima del Castillo Legado.
A un
costado de ellos se alzaban contra el brillante cielo gris unas cuantas torres
ruinosas y fracciones de plantas derruidas con sus cámaras y habitaciones, pero
la mayoría de los apartamentos estaban vacíos y eran inhabitables, tan sólo
buenos para las bandas de grajos. Por el suelo de aquel pequeño espacio abierto
en donde ellos se hallaban sentados había dispersas piedras y grandes losas de
pizarra. Unos cuantos árboles y arbustos atrofiados, poco más altos que la
maleza crecida, sobresalían de la mampostería, en su mayor parte caída o
resquebrajada. A uno y otro lado había ruinas de arcos y columnas y mientras
ambos jugaban al Scrabble Chino comenzó a nevar.
Quiss
levantó su cabeza lentamente, sorprendido. No podía recordar que nevara desde
hacía... mucho tiempo. Apartó de un soplido algunos de los secos y minúsculos
copos que se habían posado sobre la superficie del tablero. Ajayi ni siquiera
lo notó; se hallaba concentrada estudiando las dos últimas pequeñas teselas de
plástico apoyadas delante de ella sobre un trozo de madera. Les faltaba muy
poco para terminar.
Cerca
de ellos, posado sobre un picado y escamoso pilar, el cuervo rojo echaba
bocanadas de humo de un grueso cigarro verde. Había comenzado a fumar al mismo
tiempo que ellos dieron inicio a aquella partida de Scrabble Chino.
—Por
lo que veo aquí hay para rato —había dicho el ave—. Es mejor que me busque
algún otro entretenimiento. Tal vez contraiga cáncer de pulmón.
Quiss
le preguntó, de un modo casual, en dónde había conseguido aquellos buenos
cigarros. Más tarde se dijo a sí mismo que no tendría que haber sido tan tonto:
—¡Vete
a tomar por saco! —le respondió el cuervo rojo.
Repentinamente,
entre bocanadas de humo, el cuervo anunció desde el pilar:
—Me
gustaba aquel último juego. —Quiss ni siquiera se dignó mirarlo. Sosteniéndose
sobre una pata, el cuervo rojo se sacó del pico con la otra extremidad lo poco
que quedaba del puro. Se quedó mirando pensativamente el extremo incandescente.
Un copo de nieve se posó lentamente sobre su brasa, derritiéndose con un siseo.
El cuervo rojo levantó la cabeza mirando con recriminación al cielo, después
volvió a meterse el puro en el pico (con lo cual, al hablar, distorsionaba las
palabras de una manera extraña)— Sí, estaba bien el Estratego Abierto. Me
gustaba aquel tablero, el modo en que parecía expandirse interminablemente
hacia todas las direcciones. Vosotros dos parecíais verdaderos zopencos, os lo
prometo, de pie en medio de un tablero infinito que os llegaba hasta la
cintura. Dos auténticos gilipollas. El juego de dominó era muy estúpido.
Incluso éste resulta bastante aburrido. ¿Por qué no admiten la derrota? Jamás
conseguirán acertar la respuesta. Podríais arrojaros ahora al vacío. Será cosa
de un segundo. Maldición, a vuestra edad probablemente moriríais de conmoción
antes de estrellaros contra el puñetero suelo.
—Hmm
—dijo Ajayi, y Quiss se preguntó si había estado escuchando al ave. Pero la
mujer aún continuaba mirando con el ceño fruncido las teselas sobre la tablilla
de madera. Les hablaba a ellas, o a sí misma.
Si
Quiss contaba correctamente, en pocos días se cumpliría el día dos mil desde
que estaban juntos en el castillo. Naturalmente, recordó orgulloso, él ya vivía
allí cuando llegó ella.
Le
hacía bien llevar la cuenta de los días, calcular los aniversarios para luego
poder festejarlos. Los calculaba de acuerdo a una base numérica distinta. Base
cinco, base seis, siete, ocho, naturalmente, nueve, diez, doce y dieciséis. Por
lo tanto dos mil días harían una celebración cuádruple, ya que era divisible
por cinco, ocho, diez y dieciséis. Era una lástima que Ajayi no compartiera su
entusiasmo.
Quiss
se frotó lentamente la cabeza, sacándose algunos pequeños y fríos copos de
nieve. De un soplido también limpió el tablero. Si seguía nevando así, tal vez
pronto tendrían que volver a entrar. El cuarto de juegos les aburría y como el
clima parecía más templado, después de mucho insistir al senescal, finalmente
obtuvieron permiso para que la pequeña mesa con la gema roja fuese desbarretada
del suelo (un trabajo aparentemente simple que mantuvo ocupados a tres
ayudantes —a veces más— que constantemente discutían entre sí, equipados con
aceiteras, destornilladores, martillos, cortadoras de tornillos, pinzas, llaves
de tuercas y alicates, durante cinco días completos) y transportada hasta las
plantas superiores del castillo que conformaban, por abandono, gracias al
derrumbe de la arquitectura de los niveles más altos, el techo del castillo. En
esta especie de patio elevado, rodeado por árboles atrofiados, piedras caídas y
distantes torrecillas, habían estado jugando al Scrabble Chino durante los
últimos y extraños cincuenta días. El clima había sido benigno; sin viento,
ligeramente más cálido que antes (hasta aquel día) pero con el cielo siempre
gris, aunque se trataba de un gris luminoso.
—¡Quizá
sea primavera! —había exclamado Quiss entusiasmado— Quizá sea pleno verano
—había murmurado de mal humor Ajayi, con lo cual logró que Quiss se enfadara
con ella por ser tan pesimista.
Quiss
se rascó el cuero cabelludo. Lo sentía raro después de que el barbero del
castillo le hubiera cortado el cabello. No estaba muy seguro de que el pelo le
estuviera creciendo. Su mentón y sus mejillas, que durante mil novecientos días
estuvieron cubiertas por una barba cerdosa y entrecana, ahora se sentían lisas
al tacto, si bien aún arrugadas por la edad.
Quiss
emitió una divertida risita al pensar en el barbero del castillo, quien estaba
neurótico. Estaba neurótico porque su tarea era afeitar a todo hombre del
castillo que no se afeitaba a sí mismo. Quiss había oído hablar sobre este
curioso personaje mucho antes de conocerle; el senescal le informó de la
presencia del barbero poco después de que Quiss hubiese arribado al castillo,
en respuesta a su demanda sobre si vivían en aquel lugar seres humanos
relativamente comunes. Al principio, Quiss no le creyó al senescal; pensó que
el hombre de piel gris estaba bromeando. ¿Un barbero que afeita a todo aquel
que no se afeita a sí mismo? Quiss respondió que él no creía que semejante
persona existiese.
—Ésa
es una conclusión transitoria —le había dicho solemnemente el senescal— a la
que ha llegado el barbero.
Quiss
conoció al barbero mucho tiempo después, cuando exploraba las plantas centrales
del castillo. El barbero poseía una grande, espléndidamente equipada y casi sin
estrenar barbería, con una bonita vista de la planicie nevada. El barbero era
más alto y delgado que el senescal y su piel era de color negro intenso. Tenía
el cabello blanco y estaba medio calvo. Se afeitaba el lado derecho de su cuero
cabelludo completamente. En el lado izquierdo de la cabeza presentaba un bonito
peinado, o mediopeinado, de rizos blancos. También se afeitaba la ceja
izquierda, pero la derecha permanecía intacta. El bigote tan sólo le cubría la
mitad izquierda. La barba la tenía muy espesa y abundante en el lado derecho de
su cara; la otra mitad se hallaba pulcramente afeitada.
El
barbero llevaba puesto un grueso conjunto blanco inmaculado y un delantal del
mismo color. No hablaba el mismo idioma que Quiss, o se había olvidado de cómo
hablarlo, porque cuando Quiss entró en la barbería con travesaños de bronce y
con los sillones tapizados en piel roja simplemente se puso a danzar alrededor
suyo, señalando su cabello y su barba y silbando como un pájaro, mientras
agitaba al compás las manos y los brazos. Sacudió delante de Quiss una enorme
toalla blanca y mediante gestos implorantes trató de que se sentara en uno de
los sillones. Quiss, cauteloso y desconfiado de las personas que temblaban y se
sacudían demasiado a la menor ocasión, pero especialmente cuando se le querían
acercar con algo parecido a unas largas tijeras o una navaja de afeitar,
declinó el ofrecimiento. Más tarde, no obstante, descubrió que el barbero
poseía un pulso firme cuando encaraba sus obligaciones. El cabello del senescal
seguía creciendo y él se lo hacía cortar por el barbero.
Cien
días atrás, Quiss había enviado a un ayudante para que le comunicase al barbero
que él pasaría pronto a cortarse el pelo. O el pequeño criado no comprendió el
mensaje o hubo un malentendido con el barbero, o tal vez no podía esperar, pero
la cuestión fue que poco después se presentó en el cuarto de juegos, trayendo
consigo un equipo de barbero portátil. Quiss dejó que le cortase el cabello
mientras Ajayi observaba. El barbero pareció sentirse satisfecho, farfullando
alegremente para sus adentros mientras recortaba con destreza el jaspeado
cabello de Quiss y le afeitaba la barba.
Por
desgracia, el cuervo rojo también le había estado observando y no paró de
decirle a Quiss que el barbero podía cortarle el cuello muy profesionalmente si
él se lo pedía con amabilidad; después de todo, ¿qué alternativa tenía?
Volverse loco, o resbalarse en los escalones algún día...
Quiss
se pasó la mano por la barbilla, sintiendo todavía aquella suavidad —después de
cien días— novedosa y placentera.
No
tuvo suerte en conseguir que los ayudantes destilasen o fermentasen alguna
bebida alcohólica con las provisiones de la cocina. Y jamás volvió a encontrar
aquella puerta abierta, ni ninguna otra puerta abierta. Por entonces, todas las
puertas estaban cerradas con llave. La última cosa interesante que había
encontrado resultó ser otra estúpida broma, que él ni siquiera logró comprender
del todo.
Se
hallaba en las profundidades de las plantas inferiores del castillo, buscando
la puerta o al pequeño ayudante que le había descubierto dentro de la
habitación (aún seguía soñando con aquellos exóticos brazos marrones, con el
cielo azul cruzado por una estela de humo; ¡con aquel sol!), cuando oyó a lo
lejos un continuo y monótono ruido de latidos, proveniente de la red de túneles
y corredores.
Siguió
el sonido de aquellas pulsaciones hasta llegar a una zona en donde los suelos
de los corredores y de los nichos estaban cubiertos con una fina capa de polvo
gris, el cual también volaba por el aire. El suelo vibraba al compás de los
latidos. Por unos amplios y desgastados escalones bajó a un pasillo oblicuo y a
continuación el polvo le hizo estornudar.
Un
pequeño ayudante que calzaba botas grises pero que no llevaba el ala de
sombrero sobre su capucha pasó a toda prisa por el amplio pasillo al cual iban
a dar los escalones. Al ver a Quiss se detuvo.
—¿Puedo
ayudarle en algo? —chilló. Su voz era muy aguda pero al menos era cortés. Quiss
decidió aprovecharse de ello.
—Por
supuesto —dijo, tapándose la boca y la nariz con un extremo de su abrigo para
que no le entrase el polvo. Sintió que los ojos se le irritaban. Los latidos se
oían cada vez más cerca, y provenían de unas grandes puertas dobles situadas al
final del pasillo—. ¿Qué demonios es ese ruido? ¿De dónde sale todo este polvo?
El
ayudante le contempló calmadamente durante unos instantes y después dijo:
—Acompáñeme.
—El ayudante se encaminó hacia las puertas dobles. Quiss le siguió. Las puertas
dobles estaban hechas de plástico y a la altura de una cabeza humana tenían
unas claras inserciones, también de plástico. En una de las puertas había un
gran símbolo: D. A Quiss le hizo recordar una media luna. En la otra puerta,
del lado derecho, había este otro símbolo: P. El ayudante pasó rápidamente por
las puertas en una nube de polvo. Tosiendo, con el abrigo de pieles contra su
boca, Quiss sostuvo abierta una de las puertas y miró adentro.
Aquella
habitación era tan grande como una caverna, en donde cientos de ayudantes
corrían de un lado a otro por entre la nube de polvo. Allí había correas
transportadoras, grúas elevadoras y toneles, cubos, carretillas y un sistema de
ferrocarril de vía estrecha con rieles —que apenas se veían a través de la
polvorosa bruma— muy similares a los que Quiss había visto en las cocinas del
castillo. Todo el lugar estaba envuelto por una nube de aquel fino polvo gris y
temblaba y resonaba con el continuo latir estrepitoso que él había oído antes
desde más lejos. El ruido lo producía una única máquina gigantesca situada en
el mismo centro de la habitación. La máquina parecía estar hecha principalmente
de gruesas columnas de metal, una maraña de cables y alambres, y una compuerta
con engranajes de metal que subía y bajaba constantemente.
En
el centro de la máquina una cosa inmensa lanzaba destellos plateados al compás
del machacante ruido. Por encima del centro de la máquina, también al compás de
los latidos, un cilindro de metal plateado ascendía y descendía. Unos bloques
de piedra gris extrañamente labrados, o esculturas, entraban a la máquina por
un costado; por el otro costado salía polvo. Polvo y escombros. Los escombros
eran retirados por una cinta transportadora y vaciados en enormes contenedores
que Quiss apenas podía ver a lo lejos a causa del aire contaminado por el
polvo. Aparentemente el polvo tenía que ser aspirado por unos tubos extractores
dispuestos en el techo (similar, nuevamente, al sistema empleado en las
cocinas), pero por lo visto gran parte del polvo se escapaba a los orificios de
absorción. Quiss podía ver —por entre el denso polvo que había en el aire—
grandes montículos de polvo acumulados como olas congeladas alrededor de
contenedores y tramos finales de cintas transportadoras. En varios lugares,
pequeños ayudantes con botas grises echaban con palas el polvo gris dentro de
carretillas o en pequeños vagones parecidos a tolvas pertenecientes al
ferrocarril de vía estrecha. Otros ayudantes subían carretillas repletas de
polvo por planchas peligrosamente estrechas hasta el borde de los contenedores
gigantes y las descargaban allí; parte del polvo volvía a salir por oleadas.
Hasta
donde Quiss podía ver por entre la niebla gris, unos grandes cubos sacaban por
las bocas de los contenedores un fluido gris y viscoso, el cual vertían en
moldes dispuestos sobre las cintas transportadoras para después desaparecer
dentro de unas largas y siseantes máquinas; al otro extremo de estas máquinas
los moldes eran despojados de sus esculturas grises y transportados a mano o en
carreta por los ayudantes hacia otras cintas transportadoras, que a su vez iban
a parar a la machacante máquina del centro de la habitación...
—Por
todos los diablos, ¿qué es esto? —dijo Quiss incrédulamente, tosiendo a causa
del polvo.
—Esto
es de-pe —dijo el ayudante con modestia, de pie frente a Quiss y con los brazos
cruzados—. Éste es el centro nervioso de todo el castillo. Sin nosotros, todo
el lugar simplemente se pararía. —Hablaba con orgullo.
—¿Estás
seguro? —dijo Quiss, tosiendo. La pequeña criatura se puso rígida.
—¿Tiene
alguna otra pregunta? —dijo con frialdad. Quiss estaba mirando cómo los objetos
que había tomado por esculturas se desplazaban ininterrumpidamente a lo largo
de la cinta transportadora hacia su destrucción. Tenían unas formas curiosas:
5, 9, 2, 3, 4...
—Sí
—dijo señalando las hormas—, ¿qué se supone que son?
—Ésos
son —dijo con precisión el ayudante— números.
—A
mí no me parecen números.
—Pues
lo son —dijo con impaciencia la criatura—. En ellos radica toda la cuestión.
—¿Toda
la cuestión de qué? —dijo Quiss, riéndose y sofocándose al mismo tiempo. Se
daba cuenta de que era una molestia para el pequeño ayudante y pensó que
aquello era divertido. Ciertamente, él jamás había visto números con esa forma,
pero naturalmente podría tratarse de números de un idioma o sistema
desconocido.
—Toda
la cuestión de lo que hacemos aquí —dijo el ayudante, como si estuviera
tratando de ser más paciente de lo que en realidad sentía—. Ésta es la sala en
donde se trituran los números. Ésos son números —dijo, pronunciando con
claridad como si le estuviera hablando a un niño pequeño obstinadamente torpe,
e indicando con una mano la cinta transportadora—, y aquí es donde los
trituramos. Esa máquina es una trituradora de números.
—Hay
que estar loco —dijo Quiss, con la boca tapada por su abrigo.
—¿Cómo?
—dijo el ayudante, poniéndose aún más rígido y a continuación se irguió en toda
su, si bien modesta, altura. Quiss tosió nuevamente.
—Nada.
¿De qué hacéis los números? ¿Qué es ese material gris?
—Yeso
de Salt Lake City —dijo el pequeño ayudante, como si sólo un idiota pudiera
hacer semejante pregunta. Quiss le miró con el ceño fruncido.
—¿Qué
diablos es eso?
—Es
como el yeso de París, salvo que más obscuro —dijo el pequeño subordinado y a
continuación dio media vuelta y escapó a toda prisa por entre la niebla de
polvo gris. Sacudiendo su cabeza, Quiss tosió, soltando luego la puerta de
plástico que mantenía abierta.
Ajayi
todavía continuaba reflexionando sobre sus dos últimas teselas, sin decidirse
con cuál de ellas iba a jugar. Apoyando los codos sobre sus rodillas y la
cabeza entre sus manos, cerró los ojos con aire pensativo.
La
nieve se posaba sobre su fino cabello entrecano, pero ella aún no se había dado
cuenta de que nevaba. Su expresión de concentración se intensificó. Casi habían
acabado.
El
Scrabble Chino se jugaba sobre un tablero cuadriculado, parecido a una pequeña
porción del tablero del Estratego al cual habían jugado hacía más de cien días
atrás, pero en el Scrabble Chino uno debía colocar pequeñas teselas con
pictogramas en las casillas que formaban las líneas de la cuadrícula y no
pequeñas piedras sobre los intersticios. Esta vez no había tenido necesidad de
complicarse con cosas como las piezas infinitamente largas, pero el problema
residía en la elección de los pictogramas que le tocaban a cada uno al comienzo
del juego. Aparte de esto, tuvieron que aprender un idioma llamado chino.
Solamente
eso les había llevado más de setecientos días. Quiss estuvo varias veces a
punto de abandonar, pero de algún modo Ajayi logró convencerle de que siguiera
adelante; aquel nuevo idioma le apasionaba. Era como una clave, decía. Incluso
ahora podía leer mucho más.
Ajayi
volvió a abrir los ojos y examinó el tablero.
Los
significados y posibilidades de los pictogramas que tenía frente a ella le
ocupaban sus pensamientos, mientras trataba de encajar las dos últimas teselas
en alguna parte de aquella trama de líneas asimétricas que ella y Quiss habían
creado encima del pequeño tablero.
El
chino era un idioma difícil, incluso mucho más difícil que aquel que había
comenzado a estudiar y que llamaban inglés, pero ambos merecían el esfuerzo.
Incluso valían el esfuerzo de tener que arrastrar a Quiss por el mismo camino
educativo. Ella le había ayudado, persuadido, incitado, gritado e insultado
hasta que él logró captar el idioma en el cual tenían que jugar las partidas, e
incluso una vez dominados los elementos básicos ella aún tuvo que continuar
ayudándole a seguir adelante; Ajayi había sido capaz de deducir aproximadamente
qué teselas le quedaban a Quiss en la etapa final del juego, en parte la más
difícil, e intencionalmente dejó unas aperturas fáciles de completar para que
Quiss no se viera imposibilitado de deshacerse de las últimas teselas debido a
su conocimiento imperfecto del idioma. El resultado era que ahora ella se
encontraba atascada, incapaz de ver en dónde podría ubicar los dos últimos
pictogramas que le quedaban. Si no lograba encasillarlas en algún lugar, formar
uno o más nuevos significados, entonces tendrían que comenzar todo de nuevo. La
siguiente partida no les tomaría tanto tiempo como ésta, la cual llevaban
jugando desde hacía treinta días, pero a Ajayi le preocupaba que Quiss perdiese
la paciencia. Ya varias veces le había recriminado entre gruñidos que ella no
le había enseñado debidamente el idioma.
Pero
para Ajayi aquel idioma era un maravilloso y mágico regalo. Para ser capaces de
jugar correctamente, debían por supuesto comprender el chino, un idioma del
planeta del Súbdito del castillo, el planeta cuyo nombre todos los libros
parecían querer mantener en el anonimato. Por consiguiente, el senescal les
proveyó de un diccionario con pictogramas chinos y su equivalente en uno de los
idiomas comunes a ambos bandos de las Guerras Terapéuticas, un antiguo código
de batalla descifrado hacía tiempo, tan refinado que le permitió seguir siendo
útil como lenguaje mucho después de haber dejado de ser secreto.
Con
esta llave Ajayi podía acceder a cualquiera de los idiomas originales del
innominado globo. En pocos días encontró un diccionario chino-inglés y después
de eso comenzó a leer con mucha mayor soltura. Aprendió el chino para jugar y
el inglés para leer, junto con algunos otros idiomas, llegando a comprender con
relativa fluidez el sistema indoeuropeo mucho antes que las demás complicadas
lenguas orientales.
Era
como si todo el ruinoso y gigantesco castillo se hubiera vuelto de pronto
transparente; ahora tenía la posibilidad de leer y disfrutar una infinidad de
libros; delante de ella se desplegaba toda una cultura y una civilización
entera, para que ella la estudiase a su antojo. Ya había comenzado a aprender
francés, alemán, ruso y latín. Pronto pasaría al griego y con los conocimientos
de latín el italiano no representaría una gran dificultad (su inglés ya le
servía para acceder al antiguo idioma romano). El castillo había dejado de ser
la prisión que anteriormente era; ahora lo veía como una biblioteca, como un
museo de literatura, de alfabetismo, de idiomas. La única cosa que todavía le
inquietaba era que no había forma de traducir las inscripciones de las
pizarras. Aquellos símbolos crípticos y sepultados seguían sin querer decir
nada. Ajayi había registrado pared tras pared de libros, pero jamás encontró
mención alguna sobre aquellas extrañas y sencillas inscripciones que por alguna
razón estaban grabadas en la cara interna de la piedra veteada.
Pero
se trataba de una preocupación menor en comparación a la inmensa satisfacción
que sentía con su descubrimiento de la clave de las lenguas originales del
castillo. Había comenzado a leer metódicamente todos los clásicos del pasado
del planeta innominado, después de haber hallado un libro orientativo sobre la
literatura de ese mundo. Aparte de alguna ocasional incursión —para despertar
su apetito— era bastante estricta con ella misma en cuanto a seguir un orden
cronológico en las lecturas de los libros que había descubierto en sus
habitaciones. Ahora estaba comenzando, a la par que finalizaban aquella primera
y —eso esperaba— última partida de Scrabble Chino, con los dramaturgos de la
época isabelina en Inglaterra, hallándose bastante excitada con la perspectiva
de leer a Shakespeare, el cual esperaba con ansia que no defraudase sus
expectativas creadas por las exageradas alabanzas leídas en los últimos ensayos
críticos.
Aunque
había adelantado bastante, todavía se le escapaban muchas cosas; había libros
que aún no había encontrado, o que tenía que leer, una vez que terminase de
leer de cabo a rabo hasta el último periodo en que se siguieron publicando los
libros (o hasta donde habían registrado los archivos del castillo; Ajayi no
sabía qué podía haber sucedido; ¿había sido el mundo destruido por algún
cataclismo, pasaron a otra forma de comunicación, o acaso el castillo tan sólo
albergaba las obras producidas hasta cierto periodo histórico del mundo?).
—Vamos,
Ajayi —dijo Quiss suspirando—. He terminado hace siglos. ¿Qué es lo que te
retrasa tanto?
Ajayi
miró al anciano de cabello moteado, con sus mejillas afeitadas y el amplio
rostro lleno de arrugas. Ella arqueó una ceja, pero no dijo nada. Le hubiera
gustado pensar que su compañero estaba bromeando, pero temía que hablara en
serio.
—Sí,
a ver si te mueves —dijo el cuervo rojo—. Se me está apagando el cigarro por
culpa de esta puñetera nieve.
Fue
recién entonces cuando, levantando la cabeza, Ajayi se dio cuenta de que estaba
nevando. De algún modo había sido consciente de los esporádicos soplidos de
Quiss sobre el tablero, pero se encontraba tan concentrada tratando de hallar
un rincón, o dos, para sus restantes teselas que no percibió adecuadamente que
lo que Quiss soplaba era nieve.
—Oh
—dijo, dándose cuenta de súbito. Durante un instante miró a su alrededor
confundida. Se subió el cuello de su abrigo ciñéndoselo contra la garganta,
aunque si en algo había cambiado la temperatura desde que comenzó a nevar era
en que hacía ligeramente más calor, y no más frío. Miró el tablero frunciendo
el entrecejo y después volvió a mirar a Quiss— ¿No crees que será mejor que
volvamos al cuarto de juegos?
—Oh
dioses, no —dijo el cuervo rojo con una voz exasperada—, terminad esto de una
vez. Mierda. —Sacándose el puro de la boca observó su humedecido y negro
extremo, para después arrojarlo descuidadamente con un ligero movimiento de su
lustrosa pata negra—. No tiene sentido que os pregunte si tenéis fuego,
bastardos —murmuró, luego sacudió violentamente su cabeza, extendió a medias
las alas y desplegó su cola. A continuación se sacudió la nieve que le cubría
el lomo. Unas cuantas plumas rojas pequeñas cayeron flotando al blando suelo,
al igual que unos peculiares copos de sangre mezclados entre la nevada.
Ajayi
volvió a posar los ojos sobre el tablero.
Quiss
había perdido toda esperanza de llevar a cabo alguna clase de coup-de-château.
El senescal se hallaba en una posición inexpugnable, había descubierto, debido
a que estaba más allá del tiempo. Quinientos días atrás, algunos de los
ayudantes confidentes de Quiss se hallaban trabajando en las cocinas cuando una
cocina provisional se desplomó, dejando caer un inmenso caldero de guiso
hirviente encima del senescal, que en aquel momento justo pasaba por allí.
Media docena de pinches fueron testigos de lo que sucedió a continuación; en un
segundo el senescal desapareció tragado por la gigantesca olla de metal,
mientras que su contenido se derramaba por toda una sección de las cocinas. Dos
de los pequeños protegidos de Quiss se encontraban a tan sólo dos metros de
distancia y tuvieron que arrojarse dentro del fregadero en donde lavaban los
platos para salvar sus vidas de la humeante oleada de caldo hirviente.
Unos
instantes más tarde, el senescal aparecía caminando al otro lado del fregadero,
diciéndole al cocinero subalterno de aquella sección que encontrase a los
responsables de haber construido aquella cocina, les hiciera construir otra y
luego la utilizase para cocinarlos vivos. Luego se dirigió a su despacho como
si nada hubiera sucedido. Cuando se despejaron los restos de la cocina y del
caldero no encontraron ningún rastro de cadáver. Un pinche —aún pasmado— dijo
que el senescal sencillamente se había materializado delante suyo.
Quiss
no era un tonto. No había modo de luchar contra un poder semejante.
También
había abandonado la idea de intentar obstaculizar por algún medio el proceso
que se ponía en marcha cuando ellos terminaban un juego y respondían al
acertijo que se les había asignado. El cuervo rojo le contó lo que sucedería;
la última criatura del castillo que Quiss hubiera pensado fuese tan amigable,
pero obviamente el ave creía que contándoselo le desanimaría todavía más y por
consiguiente haría que Quiss entrase en un proceso de autodestrucción.
Quiss
no recordaba ahora toda la historia, pero se remontaba al pasado e incluía a un
camarero susurrando la respuesta en una habitación repleta de abejas que
construían una especie de nido que era comido por una cosa llamada el cuervo
mensajero y que después salía volando.
A
continuación aparecían más bestias curiosas, las cuales en su mayor parte
parecían terminar comiéndose unas a otras, luego un lugar sobre la superficie
de dondequiera que provenían éstas con miles de lagos minúsculos a donde se
encaminaban miles de animales para ser voluntariamente quemados, derritiéndose
el hielo de los lagos en una especie de secuencia que cierto satélite de
comunicación orgánico con un láser mensajero reconoce... después todo se
complicaba aún más.
En
otras palabras, era infalible. Encerrar o coercer de algún modo al camarero que
murmuraba secretamente tampoco tenía sentido; como última verificación,
quienquiera o cualquiera que viniese a recogerles del castillo preguntaría a
los cuervos y a las urracas qué era lo que habían visto, para asegurarse de que
no se había utilizado ninguna clase de trucos.
Todo
aquello, naturalmente, sucedía en una especie de tiempo falseado, razón por la
que, pese a la complejidad laberíntica del proceso contestador, ellos siempre
recibían el veredicto a su respuesta minutos más tarde. Quiss halló todo esto
muy deprimente.
Bueno,
al menos ya estaban por terminar este juego. Quizá, se dijo a sí mismo, esta
vez acertasen. Tan sólo les quedaba otra oportunidad para descifrar el
acertijo, lo cual en cierto modo era preocupante aunque por otro lado también
alentador. Tal vez ésta sería la correcta, tal vez finalmente lograsen
responder acertadamente y salir de aquel lugar.
Quiss
intentó pensar en las cosas en las que generalmente trataba de no pensar; las
cosas que al principio había echado tanto en falta que hacía daño pensar en
ellas. Ahora era capaz de pensar en ellas con mucha facilidad, sin
sufrimientos. Las buenas cosas de la vida, los diversos placeres de la carne y
de la mente, el júbilo de la batalla, recuerdos de conjuras y borracheras.
Todo
aquello había quedado atrás. Tenía la impresión de que todo aquello le había
sucedido a otra persona, a algún hijo joven o nieto, a una persona
completamente ajena. ¿No sería que estaba comenzando a pensar como un viejo?
Tan sólo porque lo aparentara físicamente no era motivo suficiente, pero tal
vez había una especie de presión de retroceso, un ciclo retroactivo de causa y
efecto que hacía que sus pensamientos se amoldasen gradualmente a la cáscara
que éstos ocupaban. Él no lo sabía. Quizás era sencillamente a causa de todo lo
que le había sucedido en el Castillo Puertas, todas las decepciones, todas las
oportunidades perdidas (aquellos brazos marrones de mujer, aquella brillante
promesa de la estela de vapor, aquel sol, ¡aquel sol en este lugar nublado!),
todo el caos y el orden, el aparente sinsentido y la supuesta locura gobernada
del castillo. Quizás uno se contagiaba al cabo de un tiempo.
Claro,
pensó, el castillo. Posiblemente le transformaba a uno en lo que era, en lo que
debía ser. Tal vez nos moldea, como aquellos números, en un eterno círculo de
destrucción y reencarnación. Efectivamente: desintegración y dispersión, un
epílogo al nacer... ¿por qué no? En cierto modo le daría lástima irse de allí.
Los pequeños ayudantes que utilizaba como contactos en las cocinas difícilmente
podían compararse a las excelentes tropas a las cuales estaba acostumbrado, o
incluso a los feroces mercenarios, pero poseían una movediza e ineficaz
atracción; le entretenían. Los iba a extrañar.
Le
entró la risa al recordar al barbero; también su encuentro con el maestro
albañil y con el superintendente de las minas; dos hombretones hoscos y
orgullosos que le hubiera gustado conocer mejor. Incluso el mismo senescal era
interesante una vez que se le persuadía para que entablase una conversación,
sin olvidar su habilidad para escaparse de las catástrofes.
¿Pero
toda una vida aquí, o quizá mucho más que una vida?
Súbitamente,
aquel pensamiento involuntario le llenó de una terrible y profunda
desesperación. Sí, extrañaría aquel lugar, si es que alguna vez lograban salir
de allí, de un modo extraño y retorcido, pero se trataba de una reacción
natural; como prisión sin duda era muy llevadera, y cualquier sitio que no
fuera atrozmente desagradable podía inspirar un sentimiento de nostalgia pasado
cierto tiempo, el necesario como para que el proceso de la memoria pudiese
seleccionar lo bueno y erradicar lo malo. Pero no se trataba de eso,
sencillamente no se trataba de eso.
Quedarse
en aquel lugar sería fracasar, rendirse, agravar y afirmar el error que había
cometido y por el cual se hallaba allí. Era un deber. No para con su bando o
para con sus camaradas; ellos no tenían nada que ver con esto. Era un deber
para consigo mismo.
¡Qué
extraño resultaba que tan sólo ahora, en este extraño sitio, pudiese comprender
plenamente una frase, una idea que había oído y desechado a lo largo de toda su
educación y entrenamiento!
—¡Ah!
—dijo Ajayi, interrumpiendo los pensamientos de Quiss. Alzando la vista vio
cómo la mujer se inclinaba sobre el tablero con la mano ahuecada y soplaba
sobre el tablero para despejarlo de los copos de nieve allí acumulados—. Ya
está —dijo, ubicando las teselas en un extremo de la cuadrícula y a
continuación sonriéndole orgullosa a su compañero. Quiss observó las dos
teselas recién colocadas.
—Por
lo tanto, se acabó —dijo, asintiendo con su cabeza.
—¿No
te parece que es bueno? —dijo Ajayi, señalando el juego.
Quiss
se encogió de hombros evasivamente. Ajayi sospechó que no había comprendido con
exactitud el significado de lo que estaba formado encima del tablero.
—Ya
está —dijo Quiss, sin mostrarse particularmente impresionado—. Terminamos la
partida. Eso es lo más importante.
—Vaya,
Jesús ha sido bondadoso —dijo el cuervo rojo—. Ya me estaba durmiendo. —Con un
revoloteo bajó del pilar derruido y se mantuvo flotando en el aire encima del
tablero, inspeccionándolo.
—No
sabía que podías hacer eso —le dijo Ajayi al ave; el batir de sus alas impedía
a la nieve caer sobre ellos y el tablero, creando ráfagas artificiales.
—Se
supone que no es algo que pueda hacer —dijo el cuervo abstraído, la mirada fija
en el tablero—. Pero también se supone que los cuervos no pueden hablar, ¿no es
así? Sí, pareciera estar correcto. Eso supongo.
Quiss
observó al cuervo aleteando enérgicamente por encima de sus cabezas. Ante su
desdeñosa aprobación de la partida le había respondido con una mueca. El ave
emitió un sonido parecido a un estornudo, luego dijo:
—¿Entonces,
cuál es vuestra contribución a la sabiduría del universo esta vez?
—¿Por
qué habríamos de decírtela? —dijo Quiss.
—¿Por
qué no? —dijo indignado el cuervo rojo.
—Pues...
—dijo Quiss, pensando—... porque no nos caes bien.
—Por
vida del chápiro, si sólo hago mi trabajo —dijo el cuervo rojo con una voz
auténticamente dolida. Ajayi tosió para disimular su risa.
—Oh,
díselo —dijo ella, agitando una mano.
Quiss
dirigió una mirada agria a la mujer y luego al ave, se aclaró la garganta y
dijo:
—Nuestra
respuesta es, «No se puede...» no, quiero decir «No hay tal cosa como esas
dos».
—Oh
—dijo el cuervo rojo, aún revoloteando en el aire, sin impresionarse—, guauu.
—¿Tienes
alguna respuesta mejor? —dijo Quiss agresivamente.
—Muchísimas,
pero no os diré ninguna, bastardos.
—Bueno
—dijo Ajayi, levantándose con esfuerzo y limpiándose la nieve de su abrigo—,
creo que es mejor que vayamos a llamar a un ayudante.
—No
te molestes —dijo el cuervo rojo—. Iré yo; será todo un placer. —Emitiendo una
risa entrecortada se alejó volando—. No hay tal cosa como esas dos, ja ja ja
ja... —pudieron oír que decía a lo lejos.
Ajayi
levantó la pequeña mesa junto con el tablero lentamente y ella y Quiss se
encaminaron, por entre los trozos de mampostería caídos, hacia las plantas
enteras, no demasiado distantes. Quiss observó cómo el cuervo rojo se alejaba
volando pausadamente a través de la nieve hasta que desapareció de su vista.
—¿Crees
que ha ido a decírselo a alguien?
—Quizá
—dijo Ajayi, sosteniendo cuidadosamente la mesita y prestando atención en donde
pisaba.
—¿Crees
que podemos confiar en él? —dijo Quiss.
—Probablemente
no.
—Hmm
—dijo Quiss, rascándose su liso mentón.
—No
te preocupes —dijo Ajayi, pisando un trozo de pizarra cuarteado mientras se
dirigían a refugiarse debajo de una arcada partida—, siempre se la podemos dar
a alguien otro.
—Hmm,
supongo que sí —dijo Quiss entrando en la arcada, caminando encima de algunas
de las columnas derrumbadas y fragmentos de techo. Al llegar debajo de la parte
del techo que aún se sostenía, Quiss resbaló sobre un trozo de hielo y con una
exclamación trató de aferrarse con una mano a una columna y con la otra a
Ajayi. En el intento golpeó el tablero.
Las
teselas se esparcieron por el suelo. Quiss se desplomó pesadamente.
—Oh,
Quiss —dijo Ajayi. Dejando rápidamente el tablero a un costado se acercó al
hombre que yacía tendido en el suelo, despatarrado, sobre unos trozos de hielo,
con la mirada fija en el techo abovedado de la arcada—. ¡Quiss! —dijo Ajayi,
arrodillándose dolorosamente al lado del hombre—. ¡Quiss!
Quiss
emitió un sonido estrangulado; su pecho subía y bajaba con rapidez. Su rostro
se había tornado gris. Ajayi se llevó ambas manos a la cabeza, sacudiéndola,
mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Quiss gorgoteó con los ojos fuera
de sus órbitas. Ajayi le cogió una mano y la sostuvo entre las suyas mientras
se inclinaba sobre él.
—Oh
Quiss...
El
hombre aspiró dificultosamente una gran bocanada de aire frío y levantando los
brazos se golpeó el pecho, luego trató de girarse sobre su costado. Al ver su
reacción Ajayi trató de ayudarle. Apuntalándose sobre su codo y con la
asistencia de Ajayi logró finalmente sentarse. Quiss comenzó a golpearse
débilmente la espalda. Ajayi lo hizo por él, con mayor fuerza. El hombre
asintió con la cabeza, su respiración volvía a ser más regular.
—Simplemente...
me quedé sin aliento... —dijo, sacudiendo la cabeza. Se limpió los ojos—. Ya
está... —dijo, inspirando con energía. Miró el tablero; las teselas se habían
desparramado—. Oh, mierda —dijo, cogiéndose la cabeza entre sus manos.
Ajayi
masajeó su ancha espalda a través de las gruesas vestimentas, diciendo:
—No
te preocupes por eso, Quiss. Lo que importa es que tú te encuentres bien.
—Pero
el... tablero, está hecho... un estropicio... —dijo jadeando.
—Yo
recuerdo cómo estaba, Quiss —dijo Ajayi, inclinándose hacia adelante y
hablándole al oído de un modo seguro y alentador—. Dios sabe durante cuánto
tiempo lo he estado estudiando. ¡Está fijado en mi memoria! ¿Te encuentras
bien? ¿Estás seguro?
—Me
encuentro bien; deja de... fastidiar —dijo Quiss con irritación, tratando de
sacarse de encima a Ajayi. La mujer se apartó de él, con las manos sobre su
regazo, la vista baja.
—Lo
siento —dijo ella, incorporándose de su posición arrodillada—. No era mi
intención molestar. —En cuclillas, comenzó a recoger con dificultad las piezas
del Scrabble esparcidas a un costado, sobre la nieve, y debajo del área del
techo de la arcada, cuya superficie de pizarra se hallaba cubierta de hielo.
—Maldito
hielo —dijo Quiss roncamente. Luego tosió y se frotó la nariz. Observó a la
mujer, quien se encontraba juntando cuidadosamente las teselas y colocándolas
sobre el tablero—. ¿Tienes un pañuelo? —le dijo.
—¿Qué?
Sí —dijo Ajayi, buscando entre los pliegues de su abrigo y extrayendo un
pequeño trozo de tela. Se lo alcanzó a Quiss, que se sonó con él la nariz
ruidosamente, devolviéndole a continuación el pañuelo. Ella lo dobló y volvió a
guardarlo, suspirando. Quería decirle que se pusiera de pie; podría resfriarse
estando sentado de aquella manera encima de la fría pizarra. Pero no deseaba
molestar.
Quiss
se levantó con cierta laboriosidad, gruñendo y despotricando. Ajayi le
observaba con el rabillo del ojo mientras recogía las piezas desparramadas,
dispuesta a ayudarle si él se lo pedía o a sujetarle prontamente si se caía.
Quiss se recostó contra una columna, frotándose la espalda y las nalgas.
Podían
morir con tanta facilidad, se recordó a sí misma Ajayi. Podrían estar asentados
en una edad, pero era añosa y frágil, sin duda una edad propensa a los
accidentes. Hasta aquel momento no habían sufrido ninguna caída grave, o
quebrado algún hueso, pero si se lastimaban les tomaría un tiempo largo
recuperarse. En una oportunidad, Ajayi le preguntó al senescal acerca de esto.
Su consejo fue:
—No
se caigan.
Le
pareció que ya tenía todas las teselas. Contó las que había sobre el tablero y
descubrió que aún faltaba una. Se incorporó con dificultad, arqueando su dolida
espalda, examinando la superficie nevada y los adoquines de pizarra.
—¿Las
tienes todas? —preguntó Quiss. Su rostro todavía estaba pálido, pero no tan
gris como antes. Ajayi sacudió la cabeza, mientras continuaba buscando
alrededor suyo.
—No.
Falta una. —Quiss también comenzó a inspeccionar con la vista el suelo de
pizarra.
—Tendría
que haberlo sabido. Ahora no nos dejarán responder al acertijo. Apuesto a que
tendremos que comenzar todo de nuevo. Seguramente. Eso es lo que sucederá.
Típico que suceda una cosa así. —Apartándose con ligereza, golpeó la columna
con su mano abierta, inspirando profundamente, la cabeza inclinada entre sus
hombros.
Ajayi
le dirigió una mirada y luego levantó la pequeña mesa para comprobar que no la
había puesto encima de la tesela faltante al depositarla sobre el suelo para
socorrer a Quiss. Pero la tesela no estaba allí.
—Ya
la encontraremos —dijo, buscando en la nieve amontonada. No se sentía tan
segura de ello como sus palabras dejaban entrever. No lo comprendía; ¿sería
posible que la tesela hubiese salido despedida tan lejos? Volvió a contar las
piezas que había sobre el tablero, y luego una vez más.
Ajayi
comenzaba a enfurecerse; en primer lugar con Quiss por haberse caído y por
rechazar su ayuda; con la tesela faltante; con el cuervo rojo, el senescal, los
ayudantes; con el castillo en sí. ¿Dónde podría estar la condenada cosa?
—¿Estás
segura de que las has contado bien? —dijo Quiss con voz cansada, aún apoyándose
contra la columna.
—Por
supuesto que sí, varias veces; falta una —dijo bruscamente Ajayi—. Ahora deja
de hacer preguntas estúpidas.
—No
hace falta que me arranques la lengua —dijo Quiss resentido—. Tan sólo trataba
de ayudar.
—Pues
entonces busca la tesela —dijo Ajayi. Era consciente de su humor y se odiaba
por ello. No podía perder el control de aquella forma, ni tratar bruscamente a
Quiss; no reportaría ningún bien. En aquellas circunstancias deberían
mantenerse unidos y no discutir como dos colegiales o una pareja en plan de
separación. Pero ella no podía evitarlo.
—Mira
—dijo Quiss con irritación—, no golpeé a propósito el puñetero tablero. Fue un
accidente. ¿O es que hubieses preferido que me rompiera el cuello?
—Por
supuesto que no —dijo Ajayi con cautela, tratando de no gritar ni de sonar
brusca—. No he dicho que lo hayas hecho deliberadamente. —No miraba a Quiss
sino que movía la cabeza de un lado para otro, inspeccionando todavía la nieve
y el suelo de pizarra, aparentemente empeñada en hallar la tesela faltante pero
con la mente puesta en las palabras; sabía que no descubriría la tesela por más
que ésta fuera bien visible; no estaba concentrada en la búsqueda.
—Quizá
habrías preferido que lo hubiese hecho, ¿no? —dijo Quiss—. ¿No?
Ajayi
levantó la vista y le miró. —Oh, Quiss, ¿cómo puedes decir una cosa semejante?
—Ajayi se sintió como si él le hubiera dado un puntapié. No tenía ninguna
necesidad de haberle dicho eso. ¿Qué era lo que le motivaba a decir esas cosas?
Quiss
simplemente resopló. Se apartó de la columna con el impulso de un brazo
tembloroso, y al moverse, la tesela faltante se desprendió del dobladillo de su
abrigo de pieles, adonde había ido a parar cuando ambos se cayeron. En el mismo
momento apareció una pequeña silueta en el extremo de la arcada, saliendo de
una de las puertas que conducían a la parte central del castillo. Ajayi y Quiss
primero dirigieron la vista a la tesela caída y luego en dirección al pequeño
ayudante. Agitando una mano, les llamó con una voz excitada:
—¿Han
dicho, «No hay tal cosa como esas dos»?
Ambos
se miraron entre sí. Ajayi trató de responder pero no pudo, teniendo que darse
unas palmadas en la parte superior de su pecho; su garganta parecía estar seca,
era incapaz de pronunciar ninguna palabra. Quiss asintió entusiasta.
—¡Sí!
—exclamó, mientras continuaba sacudiendo afirmativamente la cabeza.
El
ayudante también sacudió la cabeza.
—No
—dijo, y encogiéndose de hombros desapareció dentro del castillo.
Desde
algún lugar distante, por debajo de las ruinas, oyeron el graznido entrecortado
de una voz familiar.
QUINTA
PARTE
La
calle de la Media Luna
En
la esquina donde confluían las calles Maygood y Penton había una oficina de
empleo a donde iba la gente a registrarse para cobrar el socorro a desocupados.
En un letrero ponía: Puerta C apellidos A-K, Puerta D apellidos L-Z. Graham
pasó por delante con la vista fija en la calle de la Media Luna; buscaba la
curva de casas altas en donde vivía Sara ffitch. El estómago parecía darle
vueltas, tensionado por un nerviosismo anticipado. Se sentía tembloroso y
excitado; el aire, pesado y sofocante, repentinamente le pareció más
penetrante. Los colores adquirieron mayor contraste, los olores (a comida,
asfalto, gases de escape) se tornaron más intensos. Los edificios —casas
corrientes de tres plantas estilo Victoriano, ahora en su mayor parte
convertidas en apartamentos— se veían extraños, diferentes.
Su
corazón comenzó a latir más rápidamente al ver una moto aparcada delante de una
de las casas de la calle de la Media Luna, pero se trataba de la puerta
contigua a la de Sara y además no era una BMW negra sino una Honda roja.
Inspiró profundamente varias veces para tratar de aquietar su corazón. Luego
levantó la vista hacia la ventana por la cual Sara a veces se asomaba, pero
ella no estaba.
No
obstante, Sara estará dentro, se dijo a sí mismo. No se ha marchado. Estaba
allí. Y no ha cambiado de opinión.
Se
acercó al interfono y pulsó el timbre de su apartamento con decisión. Aguardó
unos instantes, mirando resueltamente el enrejado por donde saldría la voz de
ella. En pocos segundos.
Esperó.
Puso
su dedo sobre el botón y estuvo a punto de pulsarlo nuevamente, pero en el
último momento dudó, sin saber si esperar un poco más o no. Tal vez ella recién
se estaba despertando, o tomando una ducha; era posible. Había un montón de
razones por las cuales podía estar retrasándose. Se humedeció los labios, aún
con la vista fija en el enrejado. Volvió a acercar su dedo al botón con los
ojos cerrados. Tampoco esta vez se atrevió a pulsar.
Había
tiempo de sobra. Incluso si ella no estaba, él podía esperar; probablemente
habría salido tan sólo para comprar algo con que hacer la ensalada que dijo
haría para ambos.
Se
preguntó si debía llamar otra vez. Estaba comenzando a sentir el estómago
pesado, revuelto. Se imaginaba que alguien le miraba desde alguna de las casas
situadas en la esquina de la calle Maygood en aquel momento, contemplando su
espalda mientras él permanecía junto al interfono, esperando y esperando. El
enrejado produjo un ligero clic. —¿Dígame? —contestó una voz sin aliento. ¡Era
ella!
—Soy...
—dijo él, pero las palabras se le atragantaron a causa de la sequedad de su
boca. Rápidamente se aclaró la garganta—. Soy yo. Graham —¡Estaba allí, estaba
allí!
—Graham,
lo siento —dijo ella. Graham cerró los ojos con el corazón a punto de
estallarle. Ahora le diría que había cambiado de opinión—. Estaba tomando un
baño. —A continuación sonó el timbre eléctrico del interfono.
Graham
se quedó mirando por unos segundos la puerta, luego el interfono y finalmente
la zumbante puerta. Le dio un rápido empujón justo antes de que cesara el
zumbido. La puerta se abrió de par en par y entonces Graham entró.
Unos
escalones enmoquetados conducían a un apartamento en el sótano, cuya puerta
estaba situado justo en frente del apartamento de la planta baja. Graham subió
las escaleras; una moqueta barata pero alegre, pasamanos pintado de blanco,
paredes empapeladas con un color pastel descolorido. Alguien del piso de abajo
escuchaba un tema antiguo de los Beatles. Llegó al rellano de la primera
planta. Las escaleras subían hasta otro apartamento, pero la puerta de la
primera planta, su apartamento, se hallaba abierta. Luego de llamar entró,
mirando a su alrededor con ansiedad por si aquél no fuera el apartamento de
ella o la puerta se encontrase abierta por un descuido. En un cuarto a su
derecha sintió correr agua. Por debajo de la puerta se filtraba luz.
—¿Graham?
—dijo Sara.
—Hola
—exclamó Graham. Apoyando su portafolio contra una pared, fue a cerrar la
puerta que daba al rellano.
—Puedes
pasar, es por la izquierda. —La voz de Sara fue absorbida por el sonido del
agua corriendo. Cogiendo su portafolio, torció hacia la izquierda y se encontró
con una pequeña sala desordenada en donde había un sofá, sillas, aparato de
televisión, estéreo, estantes con libros y una mesita de café; en uno de los
extremos, situada sobre un desnivel no mucho más elevado y separada de la parte
central de la sala mediante una baranda de madera que ocupaba un tercio del
espacio del área, había una cocina; encimera, fregadero y nevera, una mesa
alargada, y detrás, con las cortinas corridas, cuyo encaje blanco se agitaba
levemente a causa de la brisa, estaba la ventana.
Dejó
su portafolio al costado del sofá. En el otro extremo había una mesilla sobre
la cual se hallaba apoyado el teléfono; Graham recordó aquella vez cuando había
sonado y sonado, mientras ella se escondía de los truenos debajo de la ropa de
cama. Atravesó la sala en dirección a la cocina, y subiendo la pequeña
plataforma revestida de linóleo se acercó al fregadero. Se lavó las manos
debajo del chorro de agua fría, mojándose también un poco la frente. Luego se
secó con un estropajo; no había toalla de mano. Estaba temblando.
Bajó
nuevamente al área enmoquetada y se detuvo, con el corazón latiéndole aprisa,
delante de las estanterías situadas detrás de la televisión. Allí vio un libro
que no había leído pero cuya adaptación había visto televisada. El Restaurante
del Confín del Universo era la segunda parte de una historia iniciada en La
Guía del Turista por el Universo: Slater le dijo que la BBC había hecho la
serie resumiendo los dos libros. Graham cogió el delgado volumen y lo hojeó
buscando un trozo en particular. Lo encontró a la mitad del libro. En la escena
aparecía un personaje llamado Hotblack Desiato que permanecía inanimado durante
un año por cuestiones de impuestos. Desiato era el nombre de una agencia
inmobiliaria en Islington, Graham había visto sus letreros; el escritor Douglas
Adams debía haber vivido en la zona.
Graham
volvió a dejar el libro en su sitio. Si bien era divertido, se trataba de una
lectura ligera; deseaba que Sara le encontrase leyendo algo más serio.
Había
una gran cantidad de libros tanto sobre temas interesantes como sobre temas
superficiales; libros repletos de citas, de críticas, recopilaciones de
hipérboles y eufemismos, listas de listas, libros repletos, sencillamente, de
hechos; libros sobre lo que había sucedido durante cada día del año, libros
sobre las últimas palabras, o sobre errores famosos, en su mayoría cosas
inservibles. Graham sabía lo que pensaba Slater acerca de esas obras.
Ciertamente tenía una opinión muy pobre; eran señales inequívocas de que el
Final estaba Próximo.
—¿Te
das cuenta? —le había dicho Slater cierto día del mes de marzo, sentados en el
pequeño y vaporoso café de la calle León Rojo—. Es una sociedad que está
poniendo sus asuntos en orden, preparándose para el final, trazando una línea
al pie de lo que ha creado. Toda esa propaganda sobre la bomba... nos estamos
convirtiendo en una sociedad necrófila, enamorada del pasado, que tan sólo ve
aniquilación en el futuro: una aniquilación por la cual sentimos fascinación
pero ante la que somos incapaces de hacer algo. ¡Vote a Thatcher! ¡Vote a
Reagan! ¡Destruyámonos de una vez por todas! ¡Hurra!
Graham
sacó de la estantería un libro sobre economía marxista, y abriéndolo más allá
de la mitad comenzó a leer. Leía las palabras, pero su significado era árido,
difícil, complejo, y le costaba arraigar los conceptos en su mente, los cuales
resbalaban al igual que el agua sobre una espalda untada de bronceador.
—Graham
—dijo Sara desde la entrada. Girándose, con el corazón latiéndole fuertemente,
la vio entrar en la sala con una toalla blanca enrollada sobre su cabeza a modo
de turbante y el cuerpo cubierto por un tenue albornoz azul. Sin su habitual
aura de cabello negro, el rostro se le veía pálido y excesivamente enjuto—. No
tardaré mucho. Por qué no tomas asiento. —Sara atravesó la sala hacia la
habitación del otro extremo, la cual Graham supuso debería ser el dormitorio.
Volvió a dejar el libro de economía en el estante.
Fue
a sentarse, y desde su asiento examinó la sala. Al cabo de un rato se incorporó
para inspeccionar la colección de discos. Todos parecían pasados de moda;
muchos discos antiguos de los Rolling Stones y también de Led Zeppellin y Deep
Purple: algunos del periodo intermedio de Pink Floyd y de los comienzos de Bob
Seeger. Lo último que había pertenecía a Meatloaf. Curioso. La colección debía
ser de la chica a quien en realidad pertenecía el apartamento y que ahora se
hallaba en los Estados Unidos.
Nuevamente
se dedicó a inspeccionar las estanterías.
En
aquel mismo momento, en la calle San Juan, cerca de los edificios de la Ciudad
Universitaria y aproximadamente a quinientos metros del cruce entre la Vía
Pentonville y la calle Mayor, una figura vestida de cuero negro que llevaba
puesto un casco protector, también negro, con un visor completamente obscuro,
se hallaba acuclillado al lado de una moto BMW RS 100 aparcada contra el borde
de la acera. El hombre de cuero negro se sentó, mirando hacia el norte,
dirección en la cual iba conduciendo cuando hacía un cuarto de hora a la moto
repentinamente comenzó a fallarle el encendido mientras se dirigía, según lo
convenido, a la calle de la Media Luna. Maldiciendo, volvió a inclinarse hacia
adelante, haciendo girar un pequeño destornillador sobre la montadura del
carburador. El número de matrícula de la moto era STK 228T.
Graham
cogió esta vez un libro de ética. Parecía ser la clase de libro con el que
quedaba bien ser encontrado leyendo. Slater, naturalmente, como en todas las
demás cosas, tenía su propio punto de vista con respecto a la ética. Su
filosofía de la vida, decía, se basaba en el hedonismo ético. Éste era el
sistema moral que virtualmente aplicaba en su vida a toda persona que se
respetaba, sin anteojeras y medianamente informada capaz de poner en
funcionamiento sus neuronas, lo que sucedía es que no eran conscientes de ello.
La ética hedonista admitía que llegado el caso uno disfrutase de las cosas,
pero antes que sumergirse de lleno en los placeres de la vida uno debía
comportarse de una manera racional y razonablemente responsable, sin perder
jamás de vista las cuestiones morales más usuales y sus manifestaciones en la
sociedad.
—Diviértete,
sé amable, descarrílate, y no dejes nunca de pensar, todo se reduce a esto
—había dicho Slater. Graham, asintiendo, notó que aquello no parecía tan
difícil como aparentaba.
Pronto
se aburrió del libro de ética, que en parte era aún mucho más intrincado y
confuso que el libro de economía, y lo puso de nuevo en su estante. Sentándose
en el sofá consultó su reloj; eran las cuatro y veinticinco. Recogió su
portafolio, colocándolo encima de su regazo. Pensó en sacar sus dibujos para
que cuando viniese Sara le encontrara mirándolos; incluso en hacer algunos
retoques finales; en el fondo de su portafolio también traía una pluma y un
lápiz. Pero cambió enseguida de idea. No poseía la habilidad natural de Slater
para actuar, esa facilidad de adaptarse a un personaje.
—Tendrías
que haber sido actor —le había dicho a Slater a finales del año pasado,
sentados frente a un par de tazas de té y unas pastas dulces y pringosas en la
granja Leslie.
—Lo
intenté —fue la quisquillosa respuesta de Slater—. Pero me echaron de la
escuela de arte dramático.
—¿Por
qué razón?
—¡Sobreactuaba!
—dramatizó Slater.
Graham
volvió a dejar el portafolio en el suelo. Se levantó, echó otra ojeada a su
reloj y luego fue hasta la ventana de la cocina. A través de las tenues
cortinas blancas pudo percibir el suave roce de una ligera brisa. Afuera, la
calle Maygood estaba en calma. Tan sólo había unos cuantos coches aparcados,
puertas cerradas y la habitual luz graneada del verano.
Una
mosca entró por la ventana y Graham la observó durante unos instantes mientras
volaba alrededor de la cocina, por encima de los fogones, haciendo círculos
frente a la puerta de la nevera, sobrevolando la superficie negra de la mesa
junto a la ventana, atravesando en todas direcciones el área del aparador.
Finalmente se posó sobre una de las sillas de plástico dispuestas alrededor de
la mesa.
Graham
observó cómo la mosca se limpiaba, estirando sus dos patas delanteras por
encima de su cabeza. Cogiendo una revista de la mesa, la enrolló hasta que
estuvo tensa, luego se acercó sigilosamente hacia la silla en donde se hallaba
la mosca. El insecto dejó de limpiarse; sus dos patas volvieron a posarse sobre
la superficie del respaldo de la silla. Graham se detuvo. La mosca permanecía
inmóvil. Graham se acercó a una distancia de tiro.
Alzando
la revista enrollada, tensionó sus músculos. La mosca no se movió.
—Graham
—dijo Sara desde la entrada—, ¿qué estás haciendo?
—Oh
—dijo, depositando la revista encima de la mesa—. Hola. —Se quedó parado en su
sitio sin saber qué hacer. La mosca se alejó volando.
Sara
llevaba puesto un amplio mono color verde oliva y por debajo una camiseta
negra. Calzaba un par de zapatillas rosadas. Aún tenía el cabello recogido,
sujeto por detrás de la cabeza con un cinta también rosada. Jamás la había
visto peinada de esa manera; parecía mucho más pequeña y delgada que siempre.
Su piel blanca resplandecía a la luz que entraba por la ventana. Los ojos
obscuros, con aquellos gruesos párpados parecidos a capuchas, le miraban con
atención desde el otro extremo de la sala. Sara estaba poniéndose el reloj; una
tira negra alrededor de su delgada muñeca.
—¿Has
llegado temprano, o es que mi reloj atrasa?— dijo Sara, fijándose en el suyo.
—No
creo que haya venido temprano —dijo Graham, mirando su reloj. Sara se alzó de
hombros y se acercó. Graham observó su rostro; sabía que jamás lograría
dibujarlo correctamente, que jamás le haría justicia. Era perfecto, preciso,
sin defectos, como si estuviese tallado en el más delicado de los mármoles con
una extrema elegancia y simplicidad en sus rasgos, aun cuando contenía una
promesa de tal suavidad, una transparencia palpable... De nuevo no puedo
quitarle los ojos de encima, se dijo Graham a sí mismo. Sara fue hasta el área
elevada de la cocina, aún manoseando la correa de su reloj, y miró por la
ventana durante unos segundos. Luego se giró hacia él.
Sara
le miró a los ojos y Graham se sintió de algún modo evaluado; inspirando
profundamente, ella señaló con la cabeza la mesa que les separaba.
—¿Nos
sentamos? —dijo. Aquello le sonó a Graham bastante formal. Sara corrió una de
las pequeñas sillas de plástico, de espaldas a la ventana, y se sentó. Observó
a Graham mientras éste también se sentaba. Tenía las manos sobre la mesa;
Graham puso las suyas igual que las de ella, abiertas como abanicos, con los
pulgares casi tocándose.
—¿A
qué hora vendrán los demás para la sesión espiritista? —le preguntó,
arrepintiéndose enseguida de ello. Sara le sonrió de una manera extraña y
distante. Graham se preguntó si había tomado algo; en cierto modo tenía el
aspecto plácido que a menudo solían tener las personas después de haber fumado
porros.
—No
he tenido tiempo para preparar la ensalada —dijo Sara—. ¿Te importa si antes
charlamos un poco?
—No;
adelante —dijo él. Algo pasaba; Graham se sintió mal. Sara no se comportaba
igual que siempre. No dejaba de contemplarle con aquella rara, inexpresiva y
escrutadora mirada la cual le hacía sentirse incómodo, provocando en él un
deseo de encogerse, de protección, de dejar de estar expuesto.
—Me
he estado preguntando, Graham —dijo ella pausadamente sin mirarle, dirigiendo
la vista hacia sus manos que yacían encima de la superficie negra de la mesa—,
cómo ves tú... a esta especie de relación que existe entre nosotros. —Sara le
miró fugazmente. Graham tragó saliva. ¿A qué se refería ella? ¿Sobre qué estaba
hablando? ¿Para qué?
—Pues,
yo... —Graham trató de pensar intensamente acerca de esto, pero no tenía tiempo
para reflexionar, para prepararse el tema. Con alguna advertencia previa podría
haber hablado sobre ello fácilmente y con perfecta naturalidad, pero una
pregunta tan abierta... se lo ponía muy difícil—. He disfrutado de ella, hasta
cierto punto —dijo. Observó el rostro de Sara, preparado para modificar la
forma en que se estaba expresando, incluso cambiar lo que estaba diciendo,
conforme a la recepción que tuvieran sus palabras en la blanca superficie del
rostro de ella. Sin embargo, Sara no le dio ninguna pista. Continuaba
observando sus pálidas y delgadas manos, sus ojos casi ocultos a la vista de
Graham bajo los párpados. Por encima del cuello cuadrado de su camiseta sobresalía
sobre su piel blanca un pequeño trozo de la pálida cicatriz.
—Quiero
decir, ha sido fantástico —dijo torpemente, después de hacer una pausa—.
Comprendía que tú tenías un... pues, que estabas enrollada con alguien, pero
yo... —Graham se calló la boca. No se le ocurría qué decir. ¿Por qué razón ella
le forzaba a esto? ¿Para qué tenían que hablar sobre esta clase de cosas?
¿Adónde quería llegar? Se sintió embaucado, ultrajado; las personas sensibles
ya no hablaban acerca de estas cosas, ¿no era así? Durante los últimos años se
había dicho, escrito y filmado mucha basura acerca de esto; todo aquel
disparate acerca del romanticismo, luego el irrealista idealismo ingenuo de los
años sesenta y el amplio evangelio de la nueva moralidad en los setenta... todo
eso ya había pasado; ahora las personas estaban menos predispuestas a hablar e
iban directo al grano. Cierta vez le comentó esto a Slater y habían coincidido
en sus opiniones. Graham creía que no se trataba de un punto muerto sino más
bien de un relajamiento para poder respirar. Slater pensaba que era otro
síntoma del Fin, pero para él poca cosa había que no lo significara.
—¿Crees
que me amas, Graham? —le preguntó Sara sin dirigirle la mirada. Graham frunció
el ceño. Por lo menos esta pregunta era más clara.
—Sí,
lo creo —dijo él lentamente. Pero le pareció desacertado. Éste no era el modo
en que él había imaginado decírselo. El atardecer, la claridad de la
habitación, la distancia interpuesta entre ellos por la mesa pintada de negro;
nada de eso armonizaba con lo que él tenía que decir, con aquello que él
deseaba decirle que sentía.
—Supuse
que dirías eso —dijo ella, sin apartar la vista de sus largos y blancos dedos
apoyados encima de la mesa. Su voz hizo estremecer a Graham.
—¿Por
qué me haces esta pregunta? —dijo Graham. Trataba de sonar un poco más alegre
de lo que en realidad se sentía.
—Es
que quiero saber... —comenzó a decir Sara— ...cuáles son tus sentimientos.
—No tengas
reparos —dijo Graham, riéndose. Sara le miró, blanca y serena, y la risa se le
cortó en seco, desapareciendo la sonrisa de su rostro. Graham se aclaró la
garganta. ¿Qué estaba sucediendo? Sara permaneció sentada en silencio durante
unos instantes, mientras inspeccionaba sus dedos apoyados sobre la mesa.
Graham
pensó que tal vez debería mostrarle los dibujos que había hecho de ella. Tal
vez ella estaba enfadada por algo, o simplemente deprimida por alguna causa.
Quizás debía intentar alejar de su mente esas preocupaciones. Sara dijo:
—Verás,
Graham, yo te he engañado. Nosotros. Stock y yo.
Graham
sintió que su estómago se enfriaba. La mención del nombre de Stock hizo que se
revolviera algo muy profundo en él; se trataba de la reacción visceral a un
antiguo y desarrollado temor mezclado con angustia.
—¿A
qué te refieres? —dijo él.
Sara
se encogió de hombros bruscamente, haciendo que se marcasen sus tendones en el
cuello al igual que cuerdas tensionadas.
—¿Sabes
lo que es un engaño, no es así, Graham? —Su voz sonaba extraña; no se parecía a
la de siempre. A Graham le dio la impresión de que todo esto ella ya lo había
reflexionado, que al igual que él había pensado de antemano las cosas que iba a
decir (pero ella, al tener la posibilidad de elegir el tema, estaba en
ventaja); por consiguiente sus palabras eran expresadas como la parte de un
actor, dichas utilizando su cuerpo tenso como escenario.
—Sí,
creo que sí —dijo él, debido a que ella estaba en silencio, y por lo visto no
seguirían adelante si él no le contestaba.
—Muy
bien —dijo ella, suspirando—. Siento que hayas sido engañado, pero había
razones. ¿Quieres que te las explique? —Sara le volvió a mirar, no más de un
segundo o dos.
—No
comprendo —dijo Graham, sacudiendo su cabeza, tratando, mediante la expresión
de su rostro, el tono de su voz, hacerle ver a Sara que no se tomaba todo
aquello tan seriamente como ella—. ¿A qué te refieres con «engañado»? ¿De qué
forma me has estado engañando? Siempre supe lo de Stock, tenía conocimiento de
vuestra relación, pero no estaba... pues, quizá no me hacía muy feliz que
digamos, pero yo no...
—¿Recuerdas
aquella vez que llovía y tú me llamaste desde... una cabina telefónica creo que
dijiste? —le interrumpió Sara.
Graham
sonrió.
—Por
supuesto, tú estabas escondida debajo de la ropa de cama escuchando una cinta
en el walkman a todo volumen para tapar el ruido de los truenos.
Sara
sacudió su cabeza de un modo rápido y breve, debido a lo cual el movimiento
pareció más un espasmo nervioso que una seña. Aún continuaba con la vista en
sus manos.
—No.
No, te equivocas. Lo que estaba haciendo debajo de la ropa de cama era follar
con Bob Stock. Como tú llamabas y llamabas, él finalmente... comenzó a seguir
la cadencia del timbre del teléfono. —Sara le miró a los ojos, con el rostro
serio, nada compasivo (mientras su estómago se retorcía de un modo doloroso).
Una sonrisa fría y hosca cruzó su rostro—. Como tercero en cuestión, resultaste
ser un amante realmente bueno. Ritmo y fuerza para resistir.
Graham
se quedó sin habla. No le había herido el hecho en sí de aquella revelación
inelegante sino el tono con que lo había contado; esa expresión cínica e
impasible, la voz sin modulaciones, como si esa calma externa fuese desmentida
por su cuello tensionado, por los espasmos de sus gestos y movimientos. Sara
continuó hablando:
—Aquella
vez que te hablé desde la ventana, cuando tú estabas en la calle y luego fuimos
a Camden Lock... tenía a Stock detrás mío: él fue quien me puso la ventana
sobre mi espalda. Solamente llevaba puesta aquella camisa. Me lo hizo por
detrás, ¿sabes? —Las comisuras de su boca se movieron intermitentemente,
retorciéndose a continuación en el intento de esbozar una leve sonrisa—.
Siempre me decía que algún día lo haría cuando él estuviese aquí y tú llamaras.
Yo le desafié a que lo hiciera. Fue muy... excitante. ¿Sabes?
Graham
sacudió la cabeza. Creía que iba a vomitar de un momento a otro. Esto era
absurdo, insano. Era como Slater lo ponía en sus bromas, igual que la mayoría
de las bromas machistas acerca de la impostura femenina. ¿Por qué? ¿Por qué
ella le estaba contando todo esto? ¿Qué esperaba que hiciera él?
Sara
se sentó en el extremo opuesto de la mesa redonda negra, su cabello fuertemente
recogido hacia atrás, aquel enjuto y traslúcido rostro llevado a su extremo,
alistándose para la lucha. Ahora le debía estar observando, pensó él, del modo
en que lo hacían los científicos con una rata; con el cerebro expuesto y cables
conectados a una máquina en donde sus ínfimos pensamientos eléctricos
titileaban y emitían señales, registrados por unas brillantes líneas verdes,
rollos de papel que se deslizaban suavemente y el débil garabateo metálico de
unas chirriantes plumas. No obstante, ¿por qué? ¿Por qué? (¿Podría la rata
comprender, si es que tuviera oportunidad, las razones por las cuales era
sometida a semejante crueldad?)
—Te
acuerdas —estaba diciéndole ella con una voz ronroneante—, ¿no es así?
—Yo...
recuerdo —dijo él, sintiéndose desecho, incapaz de mirarla, por lo que
permaneció con la vista en la superficie de la mesa y en algunas migas de pan
que había allí—. ¿Pero por qué? —dijo, mirándola. No pudo mantener durante
mucho tiempo sus ojos fijos en los de ella. Otra vez volvió a bajar la cabeza.
—...
incluso aquella primera vez —dijo Sara, ignorando su pregunta—, cuando nos
conocimos en la fiesta. Lo hicimos en el retrete. ¿Puedes creer que Stock
estaba allí dentro? Lo habíamos combinado de antemano. Él trepó por un caño de
desagüe. Cuando te dejé en aquella habitación fui a encontrarme con él. Eso era
lo que estaba haciendo en el cuarto de baño; follar en el suelo con Bob Stock.
—Sara pronunció cuidadosamente las últimas palabras.
—¿De
veras? —dijo Graham. Se había olvidado de todo, olvidado de todas las cosas que
sentía por ella. Sabía que volvería a sentirlas y que le dolerían, pero por
ahora las estaba apartando de su mente. No tenían ninguna importancia. Sara
había cambiado todas las reglas de juego, colocando a la relación que existió
entre ellos en una categoría completamente diferente. Graham erradicó por el
momento su antigua personalidad, la del joven herido, concentrándose lo mejor
que pudo, mientras que por dentro todo le daba vueltas debido al extremo poder
y alcance del cambio, a lo que se decía, a aquellas nuevas reglas, a aquel
papel al cual era forzado por motivos que ni siquiera comprendía—. ¿Pero por
qué? —dijo, tratando de no mostrarse herido, de adoptar la misma postura que
ella.
—Señuelo
—dijo Sara, quitándole importancia. Nuevamente volvió a mirarse los dedos,
extendiéndolos sobre la superficie negra—. Era la época de mi divorcio... mi
marido me estaba haciendo vigilar. Stock no podía permitirse verse
comprometido, pero nosotros no queríamos... podíamos dejar de vernos. Así que
decidimos usar a otro y fingir que tenía una relación amorosa conmigo. En
aquella fiesta te vieron que subías conmigo las escaleras; nos imaginamos que
quienquiera que me estuviera siguiendo vendría a la fiesta, de intruso.
Pensamos que daría por sentado que habíamos estado follando. Lo cual fue
cierto, naturalmente, pero con una pequeña excepción. Desde entonces te hemos
estado engañando. Lo siento, Graham. De todos modos, nuestro hombre no parece
estar siguiéndote. Tal vez le hayan retirado del caso o quién sabe qué. Tal vez
mi media naranja se cansó de seguir gastando dinero en mí; no me lo preguntes.
—Entonces
—dijo Graham, casi a punto de desmayarse, volviendo a sentarse en su silla
mientras se decía que no pasaba nada, tratando de hacer que sus labios dejaran
de temblar, con una mano apoyada en el respaldo (en donde, recordó sin saber
por qué, había estado posada la mosca), y la otra encima de la mesa, parecida a
algún extraño animal en un ruedo negro al lado de los pálidos dedos de ella.
Con su mano, que le temblaba ligeramente, rascó una mancha de pintura blanca
adherida a la obscura superficie de la mesa, mientras decía—: Ya no soy... de
ninguna utilidad, ¿no es eso?
—Suena
bastante despreciable, ¿no te parece? —dijo Sara. Todavía trataba de aparentar
calma, pero sus palabras sonaban recortadas. Graham se rio, sacudiendo su
cabeza.
—¡Oh
no; no, en absoluto! —Sintió que estaba a punto de ponerse a llorar pero se
contuvo, dispuesto a no revelarle lo que en realidad sentía. Siguió riéndose y
sacudiendo su cabeza, mirando cómo su dedo rascaba la mota de pintura blanca—.
No, de ninguna manera —dijo, encogiéndose de hombros.
Por
todo su cuerpo podía sentir una especie de hormigueo, como si la intensificada
noción de su previa exaltación estuviera con él, nuevamente, reunida en un
mismo sentido, y cada nervio de su piel recibiera el máximo estímulo, enviando
a su cerebro una masa de señales estáticas medias, un ruido blanco corpóreo que
daba la impresión de una acentuada, descuidada y exagerada habitualidad; un
paradigma que el dolor de la lucidez hacía pasar por normal.
—¿Por
lo tanto no fue más que una actuación? —dijo Graham, al cabo de un rato, al no
decir ella nada. Aún no podía mostrarle lo que sentía. Pensó intensamente que
podría tratarse de una especie de broma cruel, o incluso de una prueba, un
examen final antes de que se le permitiera un conocimiento más íntimo de
aquella mujer. No podía, no debía extralimitarse.
—Algo
parecido —admitió Sara, con un tono de voz deliberadamente indolente (Graham
tuvo la impresión de que ella se giraba de un modo muy tenue hacia la ventana,
como si estuviese escuchando algo)—, pero no lo he detestado. Tú me gustas
mucho, Graham, de veras. Pero al haberte elegido como señuelo, no quedaba otra
cosa que yo... o Stock pudiésemos hacer sino continuar con aquello. Tal vez
tendría que haberte dicho que no quería que nos viésemos más. Pero deseaba que
supieras la verdad. —Sara tragó un par de veces, observó sus manos encima de la
mesa y después las juntó.
Todavía
había esa frialdad impuesta en su voz, pensó Graham, rascando la mancha blanca
de pintura; no le estaba contando realmente toda la verdad. Ella deseaba ver su
reacción, de qué manera le afectaban las palabras. Graham se preguntó qué hacer
ahora. ¿Qué era lo que se podía hacer? ¿Ponerse a llorar? ¿Tornarse violento?
¿Simplemente levantarse y marcharse de allí?
La
miró rápidamente, apartando enseguida su vista de ella. Sara le observaba
silenciosa pero algo tensa. Graham volvió a mirar, percibiendo cerca de la
mandíbula de Sara, debajo de su oreja derecha, algo parecido a un tic. Por
encima de la pálida cicatriz, una vena de su cuello latía rápidamente. Graham
desvió la vista parpadeando los ojos.
No
perdería el ánimo, no podía. Ella no le vería llorar. Una enfurecida,
amenazadora y nociva parte de él, un profundo núcleo de odio animal deseaba
atacarla; abofetear y golpear aquel impasible rostro blanco; violarla, dejarla
destrozada y abatida; corresponderle en exceso en aquel horrible y pernicioso
juego que súbitamente ella había elegido jugar. La única parte en la que él
confiaba (la parte que le condujo hasta allí, a aquella situación, aun cuando
él no veía en ello falta alguna) también se rebelaba ante la idea de cualquier
tipo de agresión; abrazar cualquiera de las típicas reacciones sexuales,
adoptar cualquier forma de respuesta segregada era ...insuficiente. Sin
sentido. Como tampoco existía ninguna posibilidad de mantenerse en aquel juego
con (Graham trató de pensar en alguna palabra adecuada)... honor (era la única
palabra que se le ocurría, si bien era demasiado anticuada y envilecida,
históricamente demasiado maltratada para lo que él deseaba expresar. Pero en
más de un sentido, era lo único que tenía).
—¿Debo
suponer que ésta es la verdad, no es así? —dijo Graham, todavía con la voz
medio contagiada por la risa, mientras con el dedo continuaba rascando la mesa.
—¿Acaso
no me crees? —preguntó ella, haciendo hincapié en la primera palabra.
—Creo
que sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Para qué te tomarías la molestia de
decírmelo si no fuera verdad?
Sara
no le respondió. Graham sonrió vacuamente mientras observaba su dedo, aun
tratando de despegar de la negra superficie de la mesa aquella obstinada gota
seca de pintura blanca.
La
figura de negro giró la manija de admisión tratando de poner en marcha el motor
de su moto, pero éste tartamudeó, chirrió y casi pareció ahogarse. Durante unos
segundos siguió funcionando uniformemente aunque no de un modo perfecto, luego
volvió a vacilar, perdiendo potencia. El hombre le propinó un puntapié a la
moto, luego montó a horcajadas sobre ella acelerando el motor. Miró detrás suyo
en busca de un hueco en el tráfico. Embragó en primera velocidad y la moto dio
un tirón hacia adelante; el motor volvía a ahogarse. Avanzó irregularmente por
la calle mientras detrás de él los coches y camiones hacían sonar sus bocinas;
le dio más gasolina, pero cada vez que el motor trataba de acelerar algo le
hacía tartamudear y la moto disminuía su velocidad.
—¡Mierda!
—exclamó el hombre dentro de su casco—. Oh, Dios. —Con sus pies arrimó
nuevamente la moto al borde de la acera. Se bajó de un salto. ¿Tendría que ir a
la calle de la Media Luna caminando o corriendo?
—Pues
entonces, te espero —había dicho ella. Él se rio. Habían estado planeando el
modo de quitar a Graham de en medio de su relación.
—Allí
estaré —le aseguró él—, no te preocupes.
Besándole,
ella le dijo:
—Si
te retrasas quizá recurra al plan B. —Él le había preguntado que qué era eso.
—Primero
le doy lo que busca —dijo ella—, y luego le digo que desaparezca... —Con lo
cual él se había reído, recordaba ahora, sin demasiado entusiasmo.
Arrodillándose
sobre el pavimento, se quitó rápidamente los guantes y los arrojó a un costado,
y abriendo uno de los guardainfantes en la parte trasera de la moto extrajo el
juego de herramientas.
—Vamos,
Stock —se dijo a sí mismo—, tú puedes hacerlo, muchacho... —Luego cogió el
destornillador pequeño. Maldita moto. ¡No había podido elegir mejor momento
para dejarme colgado!
A él
le preocupaba, mayormente por la seguridad de ella, que Sara no fuese demasiado
dura con Graham antes de su llegada; se suponía que le diría que había decidido
seguir con Stock, no que le hiriese demasiado —lo cual era peligroso— con la
verdad acerca del modo en que ellos le utilizaron.
—¿Me
prometes que no le humillarás demasiado? —dijo él. Ella le había mirado en
calma durante algunos momentos y luego le dijo suavemente—:
—Le
decepcionaré poco a poco.
Por
encima de la moto vio venir a lo lejos por la acera a un muchacho de cabello
rubio. Durante unos segundos el corazón le latió rápidamente pensando que se
trataba de Graham Park, pero luego se dio cuenta de que no era él. Al posar de
nuevo su mirada en la moto, avistó algo extraño en la parte de arriba del
pulido depósito de gasolina de color negro. Volvió a echar otra ojeada, esta
vez más de cerca. Alrededor del cromado tapón de llenado había unos rasguños
recientes y restos de gránulos blancos. El tapón se abrió con facilidad, pero
no se lo podía trabar. Los gránulos blancos era pegajosos al tacto.
—Oh
mierda —dijo, inspirando.
—Pobre
Graham —dijo Sara ffitch, sonriendo entrecortadamente y torciendo la cabeza
hacia un lado como si tratara de llamar su atención.
—¿Y
por qué yo? —dijo Graham (y a pesar de todo deseó reírse, de la absoluta
ridiculez de sus palabras, de la falsedad de aquella situación, de la manera en
que, porque se trataba de un juego y de la clase de escena que sin duda ambos
habían visto retratados miles de veces en la cultura popular que les rodeaba,
él era incapaz de decir ciertas cosas, de dar tan sólo ciertas respuestas
viables).
—¿Por
qué no? —dijo Sara—. Había oído hablar de ti a... Slater. Creí que serías la
persona idónea a quien yo podría cautivar, ¿sabes?
Graham
asintió con un movimiento de cabeza.
—Lo
sé —dijo. Un pequeño fragmento de pintura blanca se había despegado de la mesa
negra, alojándose debajo de su uña.
—En
realidad no pensaba que irías a enamorarte de mí, pero supongo que en cierto
modo eso facilitó un poco las cosas. Sin embargo, lo siento por ti. Me refiero
a que no creo que podamos seguir viéndonos después de esto, ¿comprendes?
—Claro.
Claro. Creo que tienes razón. Naturalmente.
Graham
volvió a sacudir la cabeza, pero sin mirarla.
—No
parece... preocuparte demasiado.
—No
—dijo él alzándose de hombros, luego movió su cabeza. El fragmento restante de
pintura blanca pegado a la mesa no saldría. Retirando su mano, Graham miró a
Sara, luego se cruzó de brazos y juntó sus pies a la altura de los tobillos,
como si de repente tuviera frío—. Por lo tanto, ¿has estado fingiendo durante
todo este tiempo? —le preguntó.
—En
realidad no, Graham —dijo ella. Graham estaba mirando la superficie de la mesa,
pero creyó ver que Sara sacudía su cabeza—. No tuve necesidad de fingir
demasiado. Te dije algunas mentiras, pero jamás prometí gran cosa. No tenía que
esforzarme mucho. Tú me gustas. Ciertamente no estoy enamorada de ti, pero eres
bastante atractivo, bastante... encantador.
Graham
lanzó una breve y apagada carcajada ante aquella última palabra, sin duda un
tímido elogio. Y aquel «ciertamente»; ¿acaso tenía necesidad de decirlo, como
si a través de cada palabra y de cada matiz buscase herirle? ¿Qué clase de
reacción esperaba ella de él?
—Y
yo que te amaba, pensé que eras tan... —no pudo terminar la frase. Sabía que si
continuaba se pondría a llorar. Sacudió su cabeza, desviando la mirada para que
ella no pudiera ver sus ojos humedecidos.
—Sí,
lo sé —dijo Sara, suspirando artificialmente—, fue algo sucio, lo sé.
Terriblemente injusto. Pero por otro lado, cada uno consigue lo que se merece,
¿no?
—Eres
una zorra —le dijo él, mirándola a los ojos a través de un velo de lágrimas—,
una jodida ramera.
Algo
se modificó en el rostro de ella, como si finalmente el juego se hubiese puesto
más interesante; tal vez sus cejas se habían arqueado insignificantemente o
había reaparecido la leve sonrisa, ese torcido gesto en las comisuras de su
boca, pero cualquier cosa que hubiera sido, a Graham le impactó con la fuerza
de un golpe físico. No se enorgullecía de sus palabras, sabía cómo habían
sonado, cuál era su significado y trasfondo, pero no lo había podido evitar;
eran la única arma que tenía contra ella.
—Vaya
—dijo ella lentamente—, creo que eso es más de...
Graham
se puso de pie, respirando espasmódicamente, con los ojos ya secos pero
irritados, fijos en los de ella. Sara permaneció en su sitio mirándole
irónicamente, sus facciones, hasta ahora serenas, recorridas por alguna que
otra expresión de interés, incluso de temor.
—¿Qué
diablos te he hecho yo? —le dijo mirándola—. ¿Con qué derecho me haces esto a
mí? —El corazón le latía con fuerza; Graham sintió deseos de vomitar, temblaba
de rabia, pero todavía, todavía, aquello no le afectaba, mientras una pequeña
parte de él veía su inusual acceso de furia, escuchaba sus palabras,
divertidamente, con una especie de valoración crítica, algo no muy distinto de
lo que podía observar en los ojos de ella y leer en su rostro.
Sara,
sin dejar de mirarle, se alzó de hombros y tragó saliva.
—Tú
no me has hecho nada —dijo lentamente—, ni a mí ni a Stock. Por supuesto, no
teníamos ningún derecho. ¿Pero cambia eso en algo las cosas? ¿Realmente te hace
sentir peor?
Ella
le miró como si realmente le estuviera haciendo una pregunta muy importante,
algo a lo que no pudiese responder por sí sola y precisara dirigirse a él o a
alguien como él para preguntárselo.
—¿De
qué te servirá saberlo? —dijo él, moviendo la cabeza, inclinándose hacia ella
por encima de la mesa. Ahora se sentía más despejado para poder mirarla. Ella
no apartó sus ojos, y los abrió como si le recorriera un ligero temor. Graham
reparó nuevamente en las pulsaciones a un costado de su cuello, percibió el
rítmico movimiento de su camiseta por debajo del mono verde oliva. Era capaz
hasta de oler el aceite que ella se había puesto en el cuerpo después del baño,
aquel fresco olor a limpio. Sara volvió a alzarse bruscamente de hombros.
—Simple
curiosidad —dijo ella—. No tienes que explicármelo. Me imagino qué es lo que se
siente.
—¿Qué
diablos te propones? —Graham no podía evitar que sus palabras salieran con un
resuello, aquella rabia, el dolor por estar allí—. ¿Qué estás tratando de...?
¿Por qué tienes que hacerlo de esta manera?
—Oh,
Graham —suspiró ella, la respiración irregular, sacudiendo su cabeza—. No era
mi intención lastimarte, pero cuando pensé en lo que tenía que decirte, en cómo
habría de hacerlo... me di cuenta de que sólo había una manera. ¿Es que no lo
ves? —Sara le miró intensamente, casi con desesperación—. Simplemente eras
demasiado perfecto. Una vez iniciado aquello yo tan sólo tuve que adaptarme a
las circunstancias. En realidad no sé cómo explicártelo. Tú... tú te lo
buscaste. —Ella levantó una mano, como para atajar algo que él le hubiera
tirado, mientras continuaba diciendo—: Sí, sí, lo sé, suena terrible, es lo
que... es lo que dicen los violadores, ¿no es verdad? Pero así es como fue
contigo, Graham. Tu propia actitud me dio el derecho a actuar contigo de la
forma en que lo hice; simplemente por tu manera de ser. De lo único que eres
culpable es de haber sido inocente.
Graham
se la quedó mirando boquiabierto. Se acercó a ella por el costado de la mesa.
Sara permaneció sentada en su sitio; el pulso de la vena de su cuello se
aceleró, mientras se apretaba las manos encima de la mesa negra. Tenía la vista
fija en el lugar en donde él había estado sentado. Graham pasó por detrás de la
silla de ella hacia la ventana y miró la calle.
—Por
lo tanto debo marcharme —dijo él tranquilamente.
—Sí,
quiero que te marches. —El tono de su voz era tenue y penetrante.
—¿Quieres
que me vaya ya mismo? —preguntó todavía en voz baja.
Podría,
pensó él, arrojarme por la ventana, pero de aquí a la calle no hay mucha
distancia y, además, ¿por qué habría de permitirle a ella otra pequeña muestra
de pesadumbre y mal humor? O podría sacar estas cortinas y lanzarme sobre ella,
tapándole la boca con mi mano, arrojarla encima de la mesa, rasgar sus ropas,
ensartarla ahí... y jugar un papel distinto, así de simple. Podría alegar haber
sufrido una locura temporal a causa de los nervios; según el juez que le
tocara, tenía bastantes posibilidades de salir absuelto. Podría decir que no
hubo empleo de violencia (tan sólo ese instrumento romo de entre las piernas,
tan sólo aquel instrumento aún más desafilado de entre las orejas, tan sólo una
violencia secular, una antigua práctica cruel, lo último en placeres obscenos,
el goce deformado en dolor y aversión. Sí, sí, eso era; qué tortura tan perfecta;
un arquetipo para todas las máquinas hábilmente concebidas para que nosotros
los chicos podamos jugar. Astillar y destruir por dentro, sin dejar rastros o
magulladuras externas).
Ella
me sedujo. Su Señoría.
Sí,
ella me sedujo, y váyase a hacer puñetas. Su Señoría. No haría eso, ni a ella
ni a mí mismo. Siempre había pensado que Pilatos estuvo en lo cierto; hay que
lavarse las manos y dejar que el populacho lleve a cabo su roñoso deseo.
Slater, después de todo tengo el cerebro en el lugar adecuado. Graham se giró,
esperando en parte encontrarle a ella con un cuchillo de pan en la mano.
Pero
Sara continuaba en su silla, ofreciéndole la espalda, el cabello recogido en
una cola.
—Será
mejor que me vaya, entonces —dijo, con tan pocas esperanzas y sin entusiasmo
que su voz ni siquiera tembló. Se dirigió hacia el área enmoquetada de la sala
por detrás de ella y recogió su portafolio con los dibujos. Por un instante
pensó en dejarlos, pero el portafolio de plástico le hacía falta; sería un
gesto inútil dejarlo, o incluso sacar los dibujos de dentro.
Graham
fue hasta el vestíbulo; con el rabillo del ojo vio que ella no se movía. Seguía
sentada, inmóvil, observándole. Abrió la delgada y liviana puerta del
apartamento y bajó por las escaleras hasta la puerta de la calle. Luego cruzó
hasta la esquina de la calle Maygood y continuó derecho. Casi contaba con oír
su voz llamándole desde la ventana, y había decidido no girarse si ella lo
hacía, pero nada de eso sucedió y Graham simplemente continuó caminando.
Cuando
escuchó que la puerta de la calle se cerraba y luego el sonido de sus pasos
sobre la acera, Sara se hundió súbitamente en su asiento, como un muñeco flojo,
dejando caer la cabeza encima de sus sudados antebrazos, muy cerca de las manos
entrelazadas, al igual que si hubiera sufrido un desmayo. Tenía la vista
clavada en la suave y obscura superficie de la mesa. Su respiración comenzó a
regularse y su pulso se tornó más lento.
Volvió
a poner en marcha la moto, lanzándose al medio del tráfico, consiguiendo que a
sus espaldas se originase un coro de bocinas cuando el motor de nuevo comenzó a
fallar. Haciendo rechinar sus dientes, soltó unos tacos, sintió cómo el sudor
goteaba dentro del casco negro, luego nuevamente retorció la manija de
admisión. El tartamudeante motor de la moto recobró potencia y Stock se impulsó
hasta ponerse detrás de un camión de cerveza de plataforma amplia y plana con
unos cuantos barriles en su parte trasera. Aceleró la moto y adelantó al camión
de cerveza cuyos barriles de aluminio reflejaban el sol. Cuando estuvo a la par
de la cabina del conductor, el motor volvió a fallarle; logró ponerse delante
del camión pero luego tuvo que disminuir la velocidad. El motor del camión sonó
estridentemente justo detrás de sus espaldas. El motor ahogado de la moto no se
encendería; tendría que salirse a un costado de la calle. Esperó a que por su
izquierda dejaran de circular los coches para permitirle acercarse hasta el
borde de la acera, ignorando los insistentes bocinazos del camión de cerveza
Watney al cual él estaba reteniendo.
El
motor emitió unos ruidos y súbitamente arrancó con normalidad. Emitiendo un
siseo, Stock aceleró la moto y salió disparado hacia adelante. Detrás suyo,
desde la cabina del conductor, le llegaron algunos gritos. Llegaron al semáforo
del cruce entre la Vía Pentonville y la calle Mayor; para llegar a la calle de
la Media Luna, tendría que pasar el cruce y luego girar por el Paseo Liverpool.
Stock
esperó a que cambiaran las luces del semáforo. El camión de cerveza se detuvo a
su lado, con el conductor preguntándole a gritos que qué diablos estaba
haciendo. Stock no le respondió. Las luces del semáforo se pusieron verdes, el
camión partió a toda marcha, el motor de la moto se ahogó por completo. Stock
arrancó de nuevo y se lanzó detrás del camión hasta alcanzarle. Trató de
adelantarle, pero el conductor del camión pisaba el acelerador a fondo,
haciendo que el motor rugiese. La moto tartamudeó una vez más. Su motor
aceleró, perdió potencia, volvió a acelerar; la moto y el camión de cerveza
corrían con estruendo por el amplio tramo de la calle Mayor, el camión
impidiéndole a la moto poder desviarse hacia el Paseo Liverpool.
Stock
vio delante suyo un agujero en el asfalto (y tenía una vaga conciencia de la
gente sobre la acera, esperando a los autobuses, mientras sus rostros pasaban
rápidamente por el otro lado de la plataforma chata del camión). El agujero en
la calle delante suyo no era demasiado grande; logró evitarlo y los grumos del
poco consistente asfalto se esparcieron hacia los costados; Stock viró
bruscamente.
En
un primer momento pareció que el camión con los barriles de cerveza también
esquivaría el agujero, pero súbitamente se desvió hacia el agujero y la moto
—como si hubiera intentado evitar atropellar a alguien del lado de las paradas
de los autobuses—, golpeando pesadamente sus ruedas el irregular foso de la
calle con un estrepitoso y retumbante ruido, mientras que de la poco cargada y
repentinamente sacudida parte trasera del camión algo salió despedido en
dirección al cielo...
Graham
siguió caminando, bajo el riguroso sol del atardecer hacia la calle Penton,
atravesando una zona en donde la mayoría de los edificios habían sido
demolidos. A su alrededor todavía quedaban algunos vestigios de edificios;
hileras y corredores de hierros acanalados, brillando con un nuevo resplandor
bajo los rayos del sol, parados de punta alrededor de parajes polvorientos en
donde sólo crecía la maleza; a lo lejos se podían ver unas casas viejas,
derruidas, con los techos combados por el peso de los años y a los cuales
faltaban gran cantidad de tejas, ventanas gangrenadas por la humedad, vigas
carcomidas que aceleraban el aspecto desvencijado de las plantas superiores.
Aceras nuevas, o en proceso de pavimentación, polvo y arena. Graham contempló
los solares desiertos a través de los espacios entre los hierros acanalados. La
mayoría estaban cubiertos de malezas y cúmulos de desperdicios. En otros se
estaba construyendo; Graham vio los ladrillos desnudos y los amplios fosos con
el fondo de hormigón que servirían de cimientos; líneas de cordeles estirados
marcaban el nivel para los ladrillos.
Caminó
entre aquella confusión de polvo y hierro, viéndolo pero sin prestarle
atención, a través del aire levemente húmedo y de los sonidos del tráfico y de
las sirenas, a través del olor a cemento y basura podrida, en dirección al
Paseo Liverpool.
No
podía dejar de pensar que aquello que acababa de sucederle había sido algo en
lo cual su participación se reducía a la de mero observador; no se sentía como
parte activa. Era incapaz de valorarlo directamente, no podía enfrentarse a
ello en ninguno de sus aspectos personales, en un nivel relacionado con aquello
que él consideraba su verdadero ser. Se trataba de algo demasiado importante
para asimilarlo rápidamente; era como si un vasto ejército invasor finalmente
hubiera destrozado la puerta principal de una gran ciudad y se lanzara a
aplastar sus arruinadas defensas pero pudiendo hacerlo solamente a través de
ese punto, de modo que, mientras las fuerzas de ocupación se dispersaban por
las calles y las casas y la caída de la ciudad ya era algo inexorable, durante
un cierto tiempo parte de la ciudad no tenía inmediata conciencia de los hechos
y allí la vida continuaba casi con normalidad.
Al
llegar a la calle Mayor se encontró con un atasco en el tráfico y las azules
luces giratorias de una ambulancia aparcada a un costado de la parada de
autobuses; la gente se apiñaba en aquella dirección, tratando de ver lo que
sucedía por encima de sus cabezas, acercándose, curiosa por saber el motivo de
aquel trastorno. Graham no podía acercarse, no quería ver a nadie.
Pasó
por entre los coches parados, esperó a que el tráfico dejara de circular por el
despejado carril en dirección al sur y luego cruzó hasta la otra acera, en
donde había otro enorme solar con elevadas grúas apuntando hacia el cielo y el
viento levantaba nubes de polvo. Después se metió por unas calles más
estrechas, ignorando a los transeúntes, sujetando contra su cuerpo el
portafolio negro y caminando en dirección a unos árboles que alcanzaba a
vislumbrar delante de él.
Richard
Slater yacía en la cama con su hermana mayor, la mujer a quien Graham conocía
por Sra. Sara ffitch, pero cuyo nombre verdadero era Sra. Sarah Simpson-Wallace
(nacida Slater).
El
compartido y mezclado sudor de sus cuerpos se estaba secando. Sarah cogió otro
pañuelo de papel de la caja que había debajo de la cama, se limpió ligeramente
y lo arrojó empapado dentro de la cesta de desperdicios de tiras de mimbre
situada al pie de la cama. Luego se levantó, estirando los brazos y sacudiendo
su enredado cabello negro.
Slater
la observó. La había magullado nuevamente. En la parte superior de sus brazos y
debajo de sus nalgas, en las caras interna y externa de los muslos, se le
estaban formando unas obscuras marcas azules. También la había mordido en la
pálida cicatriz (en donde su sensibilidad casi era nula). En esta ocasión ella
no pudo reprimir un gimoteo; se había lamentado, pero —quizá porque se sentía
aliviada de no haber recibido ninguna venganza física por parte de Graham— hoy
no parecía sentirse con ánimos para quejarse. Sin embargo, Slater aún se sentía
culpable. Era demasiado rudo, y se despreciaba a sí mismo —y quizás incluso a
Sara— por ello. Jamás se había comportado de esa manera con nadie, ni siquiera
le apetecía ser de ese modo. Pero con ella no podía evitarlo. Necesitaba ser
así, deseaba apretarla, exprimirla, empalarla, sacudirla y golpearla con los
puños; dejarla marcada. O era esto o era algo frío, sin sentimientos, casi
masturbatorio.
¿Por
qué? se preguntó por milésima vez. ¿Por qué le hago esto a ella? ¿Por qué
preciso hacerlo? Sabía que en el fondo él no era así. Iba en contra de todas
sus creencias. ¿Entonces por qué?
Sarah
cogió de la cama una bata de seda azul y se la puso. Todavía calzaba las
zapatillas rosadas que se había puesto después de su baño.
Slater
lanzó un suspiro. Luego dijo:
—Nada
de eso altera el hecho de que no tendrías que haber llegado hasta ese extremo,
no sin que yo estuviera aquí.
Sarah
se encogió de hombros sin mirarle.
—Tengo
ganas de beber un poco de zumo de naranja —dijo ella—. ¿Te apetece?
—Sarah.
—¿Qué?
—Ella se giró para mirarle. Slater le dirigió una mirada acusadora. Sara le
respondió con una sonrisa—. Lo supe manejar —dijo—. Nada salió mal, ¿no es
verdad?
—Es
mucho más grande que tú. Podría haberse puesto violento. Después de todo,
querida, es un hombre. ¿Acaso no sabías que nosotros los tíos somos todos
iguales? —Slater no pudo evitar una sonrisa mientras lo decía.
—Afortunadamente,
tú no te pareces a ellos en nada —dijo Sarah, alejándose hacia el área que
ocupaban la sala y la cocina—. En nada —dijo desde allí—. Ni siquiera un poco.
Slater
permaneció acostado, y su cuerpo semitranspirado al rato se sacudió con un
escalofrío. Se levantó y cogió una hoja de papel del pequeño tocador que había
junto a la cama. Era un viejo volante del Partido Laborista, en blanco una de
sus carillas. Slater sacó una pluma del bolsillo de sus pantalones de cuero
—tirados en el suelo junto al mono y a la camiseta de Sara—, luego se sentó
sobre la cama y comenzó a escribir rápidamente con una letra clara y diminuta.
Escribió:
Querido
Graham:
Sé
lo que te ha contado Sarah. Pero me temo que no sea toda la verdad. De hecho,
yo soy Stock (como también lo fue Sarah una vez y que más adelante te
explicaré). Bob Stock no existe, yo soy el único.
Sarah
es mi hermana y mantenemos (¡horror de los horrores!) una relación incestuosa
desde hace aproximadamente unos seis años (creo que puedes echarle la culpa de
esto a las escuelas no-mixtas). Sarah está casada y su marido la estaba
haciendo seguir. Como no podía arriesgarme a que nos vieran juntos, me inventé
a Stock; la moto la escondía en un garaje que hay detrás de la Galería Air; uno
de los empleados me guardaba la ropa de cuero y el casco. Me vestía allí e iba
a visitar a Sarah con la moto, de incógnito y dando la apariencia de ser
terriblemente rudo.
Todo
iba viento en popa, pero no era suficiente; no era tan importante que
descubriesen que Sarah estuviese engañando a su marido como que averiguasen,
por lo menos hasta hace poco tiempo, con quién. Aparte del hecho de que lo que
hacemos es razonablemente ilegal, hubiera causado grandes disgustos a nuestros
padres. Como verás, querido papá era miembro del Parlamento del Partido
Conservador por la región de Salop West. Incluso quizá hayas oído hablar de él;
un padre de familia modélico, honrado, y todas esas cosas; es defensor del
Festival de la Luz, la Asociación Nacional de Espectadores y Oyentes (la chusma
de Mary Whitehouse), y de la Sociedad para la Prevención del Aborto.
Naturalmente, también está a favor de la ejecución en la horca.
Enterarse
de que sus dos hijos no tienen ningún problema en follar juntos hubiese
supuesto para el viejo, cuya reputación está basada en un disparatado moralismo
reaccionario, el fin de todo; ésta era una de las causas principales, pero
cuando Magie la Bruja anunció las elecciones, las cosas se tornaron un poco más
delicadas. De todos modos, volviendo a tu aparición en escena, supongo que
reconocerás la gravedad de la situación y nuestra necesidad de buscar alguna
otra salida para que yo no fuese reconocido. Precisábamos a otra persona para
que distrajera al sujeto que espiaba a Sarah. Te elegimos a ti. Perdón; te
elegí yo.
Seguro
que te preguntarás que por qué razón no podíamos dejar de vernos. Lo
intentamos. No fue posible. Sarah se casó para tratar de alejarse de todo esto
y yo me vine a vivir aquí, pero no dejábamos de pensar el uno en el otro; no
nos podíamos olvidar. Supongo que estamos predestinados el uno para el otro.
Creo
que estabas un poco enamorado de Sarah (aunque contigo era casi imposible
saberlo; podrías ir de cabeza por la chica pero no demostrar nada; jugando como
siempre al hombre frío) y si mi puñetera moto no me hubiese fallado (creo que
algún bastardo puso azúcar dentro del depósito de gasolina) te habríamos dejado
caer no tan duramente; yo tendría que haber aparecido con mi moto mientras
Sarah te estaría explicando en el apartamento que tú le gustabas demasiado para
enrollarse contigo ya que ella era básicamente una mala pécora y no se merecía
nada mejor que a alguien como Stock... bien, la idea en sí no era mala; tú te
apresurabas a salir por la puerta trasera mientras Sarah actuaba presa del
pánico; no correspondido pero limpio, sabiendo que Tú Eras Demasiado Bueno Para
Ella, y ella, una despreciable zorra, sólo merecedora de aquel mal sujeto.
Perfecto.
De
todas formas, como quizá te habrás enterado, las elecciones ya han pasado, y
nuestro padre resultó ser uno de los dos Tories que perdieron sus escaños en la
aplastante victoria de los Conservadores (se lo quitó un Liberal; qué
gracioso), por lo que se va a retirar de la política. Hasta donde yo sé, a
Sarah ya no la espían más, por lo que ya no hay razón alguna para un
subterfugio... lo siento.
¿Por
qué ese interés por proteger al viejo fascista?
¿Qué
puedo decir? Quizá sea cierto aquello de carne de su carne, pero si mi relación
con Sarah hubiera salido a la luz no sólo hubiéramos arruinado a nuestro padre
sino que también habríamos mandado a la tumba a nuestra madre, que no es una
mala persona. (Joder; ambos aún la queremos.)
En
otras palabras, lealtad familiar. Supongo que será eso.
Espero
que sepas apreciar nuestra minuciosidad; hasta hicimos posible que tú vieras a
«Stock» conmigo (¿en el pub; recuerdas?); ésa era Sarah, rellenada con tejanos
y camisas y caminando de puntillas con varias docenas de mis medias apiñadas en
la parte de atrás de mis botas.
No
sé cómo...
Sarah
regresó con dos vasos de zumo de naranja y un gran plato con trozos de pan
untados de paté, queso y miel.
—Aquí
tienes —dijo, depositando el plato y uno de los vasos sobre el pequeño tocador
junto a la cama—. ¿Qué estás escribiendo?
—Una
carta a Graham, contándole toda la verdad. Sin omisiones. Nada más que la
verdad —dijo Slater. Sarah le miró sin decir nada y bebió un trago de su vaso.
Slater
contempló la carta, leyendo las líneas de garabatos que él mismo había escrito
con el ceño fruncido.
—Sabes
—le dijo a su hermana—, me gustaría mucho poder enviarle esta carta.
—Si
has escrito, como dices, toda la verdad, no creo que puedas.
—Hmm.
Lo sé. Pero necesitaba escribirla igualmente. Para mí. —Slater miró a Sarah—.
Me siento todavía un poco tenso.
Ella
se acercó un poco más a la cama, observándole.
—¿Aún
estás preocupado por lo de aquel choque? —dijo.
Slater
dejó la pluma y la hoja de papel encima del tocador. Torneó sus ojos y luego se
llevó las manos a la cara.
—¡Sí,
sí! —dijo, entrelazando los dedos en su cabello y con la mirada en el cielo
raso, mientras Sarah continuaba observándole en calma—. ¡Oh Dios! ¡Espero que
no hayan apuntado el número!
—¿Cuál,
el de la moto? —dijo ella, bebiendo su zumo de naranja.
—¡Por
supuesto! —Slater sacudió su cabeza y apoyándose de nuevo sobre uno de sus
codos, releyó la carta que Graham jamás leería. ¿Qué más decir? ¿Cómo
terminarla? Sarah le observó durante unos instantes y luego se puso a
cepillarse el pelo. Al cabo de un rato, oyó el crujir de un papel, la pluma
golpeando encima de la superficie del tocador. Se giró para mirarle.
—¿Mejor?
—le preguntó, dejando a un lado el cepillo. Slater yacía sobre la cama, con la
hoja de papel arrugada en su mano extendida. Sacudió su cabeza, sin dejar de
mirar el cielo raso, y luego dejó que la bola de papel rodase de su mano. Al
mismo tiempo profirió en voz ronca—: ¡Capullo! —La bola de papel rodó por el
suelo. Sonriendo, Sarah pateó el papel con una de sus zapatillas rosadas en
dirección a la papelera.
Luego
se giró y comenzó a inspeccionarse en el espejo, tocando suavemente sus
morados.
—¿Se
te ha cruzado alguna vez por la cabeza —dijo Slater— la idea de que podríamos
estar endemoniados? Quiero decir que a pesar del hecho de que tú seas hermosa y
yo esté en mi sano juicio... sin embargo, por alguna horrible razón, quizás por
cuestiones genéticas, o de clase, nosotros...
—Jamás
he considerado siquiera alguna otra explicación —dijo Sarah, sonriendo, sin
dejar de observarse en el espejo. Slater lanzó una carcajada.
Realmente
la amaba. Era todo lo que se suponía que una relación entre hermano y hermana
debía ser, todo lo que quería decir la gente cuando se refería a que amaba a
alguien como a un hermano o a una hermana... era simplemente eso, aunque no lo
único. Él la deseaba. Al menos a veces, cuando no se odiaba a sí mismo por
desearla del modo en que lo hacía.
No
obstante, tal vez era posible. Tal vez podría llegar a amarla única y
convencionalmente como a una hermana. Después de todo, eso solo de por sí ya
era un privilegio. El sexo no era más que eso, ciertamente, si bien con ella
más intenso... más peligrosa la sensación que con otras; pero no mejor. De
hecho, peor, a causa del sentimiento de culpabilidad y aversión. Debería hacer
un esfuerzo; dejar que lo que le había sucedido a Graham, lo que ellos le
habían hecho fuese un acontecimiento trágico, casi una razón... por lo menos no
dejar que se desperdiciase...
Sarah
fue hasta el viejo tocadiscos mono que se encontraba sobre una mesita en un
extremo del dormitorio. Eligiendo su disco favorito de Bowie, puso el principio
del tema que más le gustaba, Let's Dance, canción que daba título al álbum. La
aguja cayó precisamente entre los dos surcos. El viejo altavoz crepitó
ligeramente; Sarah subió el volumen y puso el mecanismo del tocadiscos en
repetición.
Slater
se hallaba tendido de costado sobre la cama, observándola. Se olvidó del
accidente que había ayudado a causar, de Graham y del daño que le habían hecho,
mientras observaba cómo su hermana se meneaba delante del tocadiscos. La música
sonaba con fuerza, invadiendo la pequeña habitación; Sarah sacudió su cuerpo,
cubierto por la delgada bata azul de seda, justo a tiempo con la voz del
cantante. Slater sintió dentro suyo que otra vez comenzaba a desearla.
Sarah
conocía el tema perfectamente. Antes de que Bowie comenzase a cantar, justo
antes de las palabras «Let's dance», se giró hacia su hermano con una sonrisa,
y llevándose los delgados dedos a los hombros, abrió su bata de seda y la dejó
caer al suelo, la cual se acumuló en suaves pliegues alrededor de sus
zapatillas rosadas mientras ella sacudía la cabeza al compás de la música y
pronunciaba junto a la primera frase las palabras «Let's fuck...»
Y
por unos instantes, detrás de sus ojos, en donde él sentía que en realidad
vivía, fue invadido por una total desesperación, y por la absoluta necesidad de
ocultar de ella lo que sentía, de dejar de reflejarlo en su rostro.
De
pronto pareció interrumpirse, detenerse en un segundo congelado, con una
expresión de falso deleite y sorpresa sellada en el rostro, mientras que por
detrás, dentro de él, surgió un dolor al cual no pudo nombrar, como a su deseo,
junto a éste, abatiéndole.
Extracto
de la libreta del Detective Sargento Nichols; entrevista con Thomas Edward
PRITCHARD, Comisaría de Islington, 28/6/83.
P:
¿Dice que vio el número de matrícula de la moto, no es así?
R:
Oh sí, no hay duda de que me fijé en su número. Era STK 228 o algo parecido. O
una I o una T. Me parece que una T.
El
doctor Shawcross
El
señor Williams —Mike, como le gustaba que le llamasen— era el amigo de Steven
en el hospital. Llamaba al doctor Shawcross, «doctor Shock», porque decía que
si uno se portaba mal y no hacía lo que ellos le mandaban, le darían shocks
eléctricos. El señor Williams era divertido. Le hacía reír mucho a Steven. A
veces también podía ser cruel, como cuando había dejado caer aquellas arañas
encima del regazo de Harry, «el-tío-que-odia-a-las-arañas» (el señor Williams
había utilizado una palabra larga en vez de «el-tío-que-odia-a-las-arañas»,
pero Steven no recordaba cuál era). Aquello había sido cruel, especialmente
porque estaban cenando, pero también fue divertido.
Steven
fue acusado de haberlo hecho y recibió un castigo, pero ahora no podía
acordarse en qué había consistido el castigo.
Los
cuervos graznaron su nombre.
El
doctor Shawcross se hallaba sentado en su despacho mirando por la ventana los
árboles deshojados de la campiña del condado de Kent, observando a unos cuantos
cuervos agitar perezosamente sus alas sobre las ramas más altas, por encima de
los marrones campos pelados. Delante suyo tenía abierto sobre la mesa el
historial de Steven Grout. El doctor Shawcross tenía que escribir un informe
acerca de Steven, para los aseguradores de uno de los vehículos implicados en
el accidente que había motivado el ingreso de Grout allí, en la Unidad de Asilo
Dargate.
Era
el 16 de febrero de 1984 (el doctor Shawcross ya había apuntado la fecha en la
hoja de papel en la cual escribiría el informe). Hacía frío. Aquella mañana al
coche le había costado arrancar. El doctor Shawcross canturreó para sí con voz
apagada y se agachó hacia el suelo buscando su maletín. Echó una ojeada a los
anteriores informes sobre Grout mientras que con la mano derecha buscaba
torpemente su pipa y el tabaco. Una vez que los encontró comenzó a llenar de
tabaco su pipa.
Al
ver la fecha del accidente de Grout, el doctor Shawcross se quedó pensando:
junio veintiocho del año pasado. Suspiró. El verano parecía estar tan lejos,
pero al mismo tiempo tenía que escribir una ponencia para la conferencia de
Scarborough en junio; para eso sí que no faltaba mucho; apostaba a que llegaría
con el tiempo justo.
Steven
Grout (sin segundo apellido) había sufrido un accidente de tráfico el 28 de
junio de 1983. Un barril de cerveza le había caído en la cabeza después de
haber salido despedido de la parte trasera de un camión. Grout había caído a la
calzada y fue arrollado por un coche. Su cuero cabelludo resultó lacerado, y
había sufrido fractura de cráneo, de ambas clavículas y de la escápula
izquierda, además de múltiples fracturas en las costillas.
El
doctor Shawcross experimentó una extraña sensación de déjà vu, luego
súbitamente recordó que el otro día había leído en el periódico algo acerca del
juicio por el caso de este accidente (¿no había sido en el de ayer?). ¿No se
había visto envuelta alguna persona famosa, o alguien relacionado con alguna
persona famosa? Una figura pública, en todo caso, y una especie de escándalo.
No lograba recordar. Tal vez el periódico aún estuviera en su casa. Lo
verificaría al regresar por la noche, si es que se acordaba y Liz no lo había
tirado a la basura.
El
doctor Shawcross continuó leyendo los anteriores informes, llenando la pipa,
mientras se la ponía en la boca y buscaba las cerillas en cada uno de sus
bolsillos. Sus ojos pasaban rápidamente por encima de las hojas mecanografiadas
refrescándole la memoria, registrando en realidad tan sólo ciertas palabras y
frases importantes: cianosis... pecho golpeado... intubación... elevada presión
sanguínea intercraneal... Dexametasona y Manitol... pulso retardado... aumento
de la presión sanguínea... débil respuesta a estímulos dolorosos... ojos
desviados hacia afuera... probable contusión del lóbulo frontal... practicada
una traqueotomía en el ángulo del cuello...
El
doctor Shawcross tarareó para sí, abrió un cajón, rebuscó dentro y rápidamente
encontró una caja de cerillas. Encendió su pipa.
El
último informe sobre Grout era de cuando Grout se había recobrado más o menos
físicamente y se hallaba en la sala de rehabilitación de un hospital situado al
norte de Londres. Grout se encontraba completamente desorientado con respecto
al tiempo y al espacio, decía el informe. Había sido capaz de mantener una
conversación pero incapaz de recordar cualquier hecho por más de dos minutos;
no reconocía a las enfermeras que le atendían cada día.
El
doctor Shawcross lanzaba bocanadas de humo, y en una oportunidad tuvo que
apartar con una mano el humo de delante de sus ojos para poder seguir leyendo
(se suponía que tendría que haber dejado de fumar para año nuevo. Bueno, al
menos ahora no fumaba en casa. Bueno, casi nunca).
El
paciente fue mejorando paulatinamente; consciente y en alerta pero todavía
desorientado; marcado deterioro de su capacidad para leer y de la memoria;
recuerdos vagos del pasado (más tarde se supo que había pasado su infancia en
un asilo de niños), pero sin embargo la fecha era el 28 de junio de 1976.
En
el informe había una frase que se repetía de tanto en tanto, registrada durante
los distintos seguimientos y exámenes médicos y la alargada amnesia postraumática
de Grout: poco discernimiento dentro de su incapacidad... sin discernimiento
dentro de su incapacidad... falta de discernimiento dentro de su incapacidad...
aún sin discernimiento en su incapacidad...
Por
lo general Grout estaba bastante eufórico, siempre sonreía y sacudía la cabeza
o hacía la señal con el pulgar hacia arriba; cooperaba totalmente en sus
exámenes físicos y se mostraba ansioso por ser útil y cooperar en los tests de
memoria y demás pruebas de sus facultades mentales por los que le hacían pasar.
Pero mientras él se sentía completamente seguro de ser capaz de vivir por su
cuenta o de acometer un trabajo o una profesión, su pobre memoria y falta total
de empuje e iniciativa le hacían incompetente para todo lo que no fuera vivir
en aquel ambiente resguardado. Hasta tal punto llegaba su permanente
incapacidad, con pocas posibilidades, si es que alguna, de una mejoría en su
condición.
El
doctor Shawcross asintió con la cabeza. Así era. Había examinado a Steven
aquella misma mañana, y el hombre, aunque muy feliz y contento, no tenía
perspectivas de poder abandonar la Unidad en un próximo futuro. Continuaba
eufórico, si bien admitía cuando se le presionaba que su memoria no era la de
antes. El doctor Shawcross le había preguntado si recordaba haber ido a alguna
excursión con los otros miembros de la Unidad. Steven se quedó exageradamente
pensativo y dijo que creía recordar haber estado en Bournemouth, ¿o se
equivocaba? El doctor Shawcross sabía por el historial que Steven había ido un
día de excursión, pero ésta fue a la cercana localidad de Canterbury.
Le
contó una breve historia y le pidió que tratase de recordarla: un hombre
pelirrojo con un abrigo de color verde salió a dar un paseo con su perro
terrier en Nottingham. Luego le habló a Steven sobre sus adelantos desde su
ingreso en la Unidad en el mes de enero.
Al
cabo de cinco minutos le preguntó a Steven si recordaba la breve historia que
él le había contado. Steven frunció el ceño y se quedó pensativo durante un
rato. ¿Se trataba de un hombre calvo? le preguntó. El doctor Shawcross le dijo
que si no se acordaba de ningún color que hubiera aparecido en la historia.
Steven frunció nuevamente su frente. ¿El hombre no llevaba puesta una chaqueta
marrón? había dicho. El doctor Shawcross le insinuó que eso más bien parecía
una conjetura, lo cual Steven admitió con una tímida sonrisa.
El
doctor Shawcross fumaba su pipa produciendo con la boca una serie de ruiditos
amortiguados. Reclinándose contra el respaldo de su silla, volvió a mirar a
través de la ventana. El cielo estaba cubierto de nubes grises bajas.
Se
preguntó si nevaría, o llovería.
Steven
se encontraba en su sitio favorito.
Era
una especie de pequeño túnel situado debajo del terraplén de la línea de
ferrocarril que pasaba a lo largo del parque del hospital. Estrictamente
hablando estaba fuera del área del hospital, pero por muy poco. El túnel tenía
tan sólo unos quince o veinte metros, pero era agradable, obscuro y se hallaba
aislado ya que en ambos extremos crecían con exuberancia arbustos y árboles
pequeños. En la dirección que se hallaba sentado mirando Grout, hacia los
desnudos campos y las distantes hileras de árboles, en donde se veían unas
bajas colinas que tapaban la línea del mar, el extremo del túnel estaba tapiado
con un ladeado portón de madera invadido por las zarzas y pasto alto.
Steven
estaba sentado en un asiento de hierro; un asiento en forma de montura apoyado
sobre una vieja y herrumbrada cortadora de césped con la barra de remolque
rota. La cortadora de césped era una de las muchas cosas interesantes que había
en el obscuro y húmedo túnel de tierra. Había un viejo cubo de plástico de
color rosado pálido con el fondo rajado, cuatro postes de valla carcomidos por
los gusanos con tres clavos en espiga clavados en cada uno, una antigua batería
de coche sin la parte de arriba, una bolsa de plástico rota de Woolworth, dos
latas vacías y aplastadas de cerveza Skol, una lata intacta de Pepsi,
envolturas de diversos dulces, una vieja y humedecida caja de fósforos con tres
fósforos inservibles dentro, una página amarillenta del Daily Express con fecha
del 18 de marzo de 1980 y docenas de colillas de cigarrillos en diversos
estados de descomposición.
La
cortadora de césped era lo mejor, sin embargo, porque uno se podía sentar sobre
ella, bonita, seca y bastante cómoda, y desde donde podía verse la vegetación
al extremo del túnel, y el cielo, los árboles y los campos. Alrededor de los
árboles volaban los cuervos. Estas aves no dejaban de pronunciar su nombre con
graznidos.
Steven
era feliz. Hacía frío (llevaba puestas dos camisetas, dos jerseys y un abrigo
con capucha), y podía sentir en las posaderas el gélido hierro del asiento; su
aliento se convertía en nubes de vapor y como había perdido otra vez sus
guantes debía mantener las manos dentro de sus bolsillos, pero era feliz. Si
bien en el hospital se lo pasaba bien, le agradaba de tanto en tanto hacer sus
escapadas. El señor Williams le hacía reír, por sus bromas y las cosas
divertidas que decía.
A
veces salían todos de excursión durante el día, aunque Steven jamás lograba
recordar a qué sitio. Leía mucho. Libros importantes, si bien ahora no
recordaba sus títulos.
Steven
había sido feliz durante algún tiempo, luego fue infeliz (por lo visto parecía
recordar) y estuvo buscando cosas, pero ahora era feliz nuevamente. Le había
comentado esto al señor Williams, acerca de cuándo se había sentido infeliz y
buscaba cosas, y el señor Williams le dio una vieja y grande llave herrumbrada
y un letrero de plástico en donde ponía «Salida». Steven guardaba estos objetos
en su armario y en ocasiones los sacaba para contemplarlos.
En
su armario también tenía otras cosas; cosas del tiempo en que se había sentido
infeliz. Ellos le dieron aquellas cosas... en ese momento no podía recordar en
qué momento... pero él las había recibido... de todas formas, le habían
entregado una radio y un atlas, algunos libros y una especie de escultura de
metal de un león o tigre o algo parecido. Guardaba aquellas cosas porque no
estaba bien tirar lo que otras personas nos han dado, pero en realidad no las
quería.
El
señor Williams también le había regalado partes y piezas de algunos juegos.
Tenía una pieza de ajedrez que se parecía a un pequeño castillo y otra igual a
un pequeño caballo, unas fichas de plástico con letras o diminutos números
impresos y algunos trozos de plástico con puntos en uno de sus lados.
En
la vieja casa de campo en torno a la cual había crecido y expandido el hospital
desde su fundación después de la Segunda Guerra Mundial se encontraba la
biblioteca de la Unidad de Asilo. Allí había siempre un hombre y una mujer de
edad avanzada que jugaban a distintos juegos sobre una mesa de café. El señor
Williams solía quitarles piezas cuando éstos no estaban mirando, simplemente
por diversión. Naturalmente, más tarde se las devolvía, por lo que en realidad
no se trataba de un robo, ¡pero vaya, era gracioso ver cómo ambos se enfadaban!
Steven
pensaba que el señor Williams era un pícaro, pero le hacía reír y a Steven le
gustaba gozar de su confianza, además de sus bromas y de sus secretos. Le hacía
bien.
Los
cuervos volvieron a gritar su nombre, mientras revoloteaban por encima de los
campos arados, manchas negras recortadas sobre las brillantes nubes grises.
Steven sonrió, mirando a su alrededor el suelo de tierra del túnel esparcido
con objetos y papeles. Agachándose cogió la caja de fósforos con sus tres
fósforos inservibles dentro. A lo lejos oyó el pitido de un tren.
De
aquí a unos momentos pasaría por arriba de su cabeza un tren, por las vías que
se encontraban sobre el terraplén que daba forma al túnel. A Steven le agradaba
el ruido bullicioso y metálico que hacían los trenes sobre su cabeza. No era
nada atemorizador. Miró de soslayo las palabras escritas en la casi difuminada
cubierta de la caja de fósforos:
Fósforos
¡MARCA
ZEN!
de
McGuffin
contenido
medio: 2
Steven
no lo comprendió. Dio vuelta a la caja de fósforos y del otro lado se encontró
escrito un acertijo. Tampoco comprendió aquello. Se leyó lentamente las
palabras en voz alta: P: ¿Qué sucede cuando una fuerza imparable se encuentra
con un objeto inmóvil? R: La fuerza imparable se detiene, el objeto inmóvil se
mueve.
Steven
sacudió su cabeza y volvió a dejar la caja de fósforos en el suelo. Se
estremeció. Pronto sería la hora del té.
El
doctor Shawcross se rascó detrás de su oreja izquierda con el dedo, la frente
surcada de arrugas al igual que los campos arados de Kent. No sabía de qué otra
manera expresarlo, por lo cual escribió, terminando la oración y también el informe,
una frase extraída del historial: ...eufórico, pero todavía con absoluta falta
de discernimiento dentro de su incapacidad.
Steven
contempló la luz que se filtraba por uno de los extremos del túnel, mientras el
tren pasaba ruidosamente por encima de su cabeza haciendo vibrar levemente el
asiento de hierro de la cortadora de césped. Los cuervos graznaron su nombre,
sus ásperas voces no demasiado amortiguadas por el bullicio del tren:
«¡Ge-rout! ¡Ge-rout! ¡Ge-rout!»
Steven
era feliz.
Túnel
Quiss
se encontraba de pie en el parapeto del balcón, contemplando hacia abajo la
planicie nevada. Tenía la boca seca y su corazón latía con rapidez; estaba
temblando, y un tic nervioso aparecía de tanto en tanto en una de las comisuras
de su boca, mientras su cuerpo se balanceaba ligeramente, preparándose para
saltar.
Se
iba a suicidar porque había descubierto el secreto del castillo. Sabía en qué
se basaba, qué era lo que escondía; incluso sabía en dónde hallarlo y cuándo.
El cuervo rojo se lo había mostrado.
Habían
terminado de jugar al Túnel, el cual se basaba en un juego llamado Bridge. Cada
uno jugaba dos manos, utilizando naipes en blanco y teniendo que hacer algo
llamado bazas. El Túnel era igual que el Bridge jugado por debajo de la mesa, o
en la obscuridad. Al igual que en el Dominó sin Puntos, debían seguir los
mismos pasos del juego, con la esperanza de que con el tiempo jugarían una
partida en la que los naipes en blanco —a los cuales la pequeña mesa había
adscrito distintos valores, cambiándolos en cada nueva partida— terminasen
dispuestos sobre la mesa en una secuencia lógica, las «bazas» compuestas
correctamente por naipes que cuadrasen entre sí.
La
partida había terminado; después de mil días finalmente lo habían logrado, pero
aún se hallaban indecisos con respecto a qué respuesta dar al acertijo. Ninguna
de las opciones en las que ambos estaban de acuerdo les parecía la acertada. A
Quiss ya no le preocupaba. De todas formas, no cambiaría en nada las cosas. En
aquel lugar tan sólo se podía encontrar la muerte, esto es lo que el cuervo
rojo le había mostrado. Quiss observó la nieve que cubría los peñascos de
pizarra situados en la base del castillo. Era una caída de aproximadamente cien
metros. Durante unos instantes sentiría un ruido a viento, luego un poco de
frío, y por último le embargaría la ingravidez, entonces... la nada. Lo haría
ahora, pero antes tenía que prepararse. De hecho, Ajayi podría venir de un
momento a otro (como era habitual en ella había salido en busca de libros) y él
no deseaba que le viera allí. Mordiéndose el labio, se inclinó hacia adelante,
por encima del precipicio.
Esta
vez sin ametralladoras, pensó.
Había
estado en las profundidades del castillo.
Más
puertas cerradas. Los mismos y mal iluminados corredores vetustos. Sus pinches
no le ayudarían a buscar las llaves de las puertas; decían que no tenían
ninguna influencia sobre los custodios de las llaves, no conocían a ninguno de
ellos y si comenzaban a hacer preguntas inmediatamente serían sospechosos;
suponían que el senescal ya estaba enterado de la lealtad que profesaban a
Quiss, y meramente lo toleraba.
En
las pocas ocasiones en que Quiss se encontraba con algunos ayudantes en las
plantas inferiores del castillo, intentaba entablar con ellos una conversación;
pero los ayudantes se mostraban taciturnos, poco serviciales. Varias veces
pensó en dejar inconsciente a uno de ellos de un golpe para ver si tenía en su
poder alguna llave que le fuera útil, pero ni bien hubo insinuado que quizá
probara este método, los pinches que le eran leales comenzaron a chillar y a
suplicarle que no lo hiciese. Él y ellos serían castigados severamente si
intentaba abrir las puertas del castillo de esa manera. Los esbirros negros,
habían dicho con voces temblequeantes; los esbirros negros... Quiss supuso que
estarían hablando de los ayudantes que él había visto en una oportunidad
acompañando al senescal, el día en que encontró la puerta abierta y más tarde
ellos aparecieron en el chirriante ascensor. De mala gana desechó su idea de
conseguir una llave por la fuerza.
Quiss
caminó a lo largo del corredor. Se encontraba en el área general de la puerta
que había encontrado abierta hacía muchos, muchos días atrás. Le parecía
percibir muy lejanamente una especie de ruido machacón y sospechó que debía
estar cerca de la sala trituradora de números; de pe, como la había llamado el
irritable ayudante.
El
corredor se desplegó a una sección transversal dos veces más grande de lo que
Quiss recordaba era normal en el castillo. Adosado a una de las paredes había
un banco de pizarra frente a una hilera de doce altas y pesadas puertas con
bandas de metal.
Quiss
se sentía fatigado, por lo que se sentó en el banco mirando a través de la
penumbra las enormes y obscuras puertas.
—¿Cansado,
viejo? —le dijo una voz encima suyo. Quiss se giró descubriendo al cuervo rojo
posado sobre una estaca que sobresalía de la pared justo debajo del banco de
pizarra y casi pegada al alto techo abovedado.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —le preguntó, sorprendido de encontrarle en aquel sitio
tan profundo del castillo.
—Te
estoy siguiendo —dijo el cuervo.
—¿Y
a qué debo semejante honor?
—A
tu estupidez —dijo el cuervo rojo, desplegando sus alas como si se le hubieran
quedado rígidas. Uno de sus pequeños ojos lanzó un destello bajo la mortecina
luz de los tubos transparentes situados en la cima del techo.
—¿De
veras? —dijo Quiss. Si el cuervo rojo tan sólo quería insultarle, pues
adelante. Si deseaba hablar tendría que demostrarlo. Sospechó que quería
hablar. Se encontraba allí por alguna buena razón.
—Sí,
de veras —dijo con irritación el cuervo rojo. Dejándose caer desde la estaca,
aterrizó en medio del pavimento, justo enfrente de Quiss. El cuervo volvió a
doblar sus alas, levantando a su alrededor un poco de polvo—. Como no quieres
escuchar razones, tendré que restregarte la nariz contra ciertas cosas.
—¿Ah
sí? —dijo Quiss sin inmutarse. No le había gustado el tono de voz— ¿Qué
«cosas»?
—Puedes
llamarlas verdad —dijo el cuervo, escupiendo las palabras como pepitas de uva.
—¿Y
qué puedes saber tú sobre eso? —se mofó Quiss.
—Oh,
bastante, como tú mismo podrás comprobarlo, viejo. —La voz del cuervo rojo era
tranquila, mesurada y burlona—. Claro, eso si lo deseas.
—Depende
—dijo Quiss, mirándole con ceño fruncido—. ¿De qué estamos hablando
exactamente?
El
cuervo rojo sacudió su cabeza, indicando la pared y las puertas.
—Yo
puedo hacer que tú entres ahí. Puedo mostrarte lo que has estado buscando
durante todo este tiempo.
—¿De
veras puedes hacer eso? —dijo Quiss, perdiendo tiempo. Se preguntaba si el
cuervo estaría diciéndole la verdad. Si era así, ¿por qué a él?
El
ave, cuyo brillante plumaje se veía de color borgoña a causa de la penumbra,
asintió con un movimiento de su cabeza.
—Por
supuesto. ¿Quieres ver lo que hay detrás de las puertas?
—Sí
—dijo Quiss. No tenía sentido negarlo—. ¿A cambio de qué?
—Ah
—dijo el cuervo rojo, y Quiss pensó que si el ave pudiese sonreír lo hubiera
hecho—. Me tienes que dar tu palabra.
—¿Sobre
qué?
—Que
lo que te muestro lo hago bajo tu propia responsabilidad, que vas
voluntariamente comprendiendo sin ninguna influencia externa de mi parte o de
alguien otro que tal vez no desees regresar, o que desees suicidarte. Puedes no
hacerlo, naturalmente, pero si no regresas o te suicidas, me tienes que dar tu
palabra de que dirás que yo te había prevenido antes.
Quiss
entrecerró sus ojos e inclinándose hacia adelante apoyó un codo sobre su
rodilla, la cabeza sobre su mano. El mentón estaba áspero debido a su barba
cerdosa.
—Estás
diciendo que lo que quieres mostrarme tal vez me haga desear quedarme detrás de
estas puertas, o bien suicidarme.
—En
una palabra: más-o-menos —cloqueó el cuervo rojo.
—Pero
no usarás ningún truco sucio para influirme.
—No
hay necesidad.
—Pues
entonces te doy mi palabra.
—Muy
bien —dijo el cuervo rojo con cierta satisfacción. Batiendo una vez sus alas,
se elevó en el aire, y Quiss tuvo la impresión de que lo había hecho con mucha
facilidad, que las alas no lo habían impulsado de ninguna manera, que las había
agitado tan sólo para aparentar. El cuervo se alejó volando por el pasillo en
la misma dirección que había estado caminando Quiss. Desapareció detrás de una
distante esquina apenas visible en la penumbra.
Quiss
se incorporó, preguntándose si él debía de seguir a la criatura. Rascándose la
barbilla, observó la docena de puertas. El corazón comenzó a latirle con mayor
rapidez; ¿qué habría detrás de aquellas puertas? El cuervo rojo deseaba su
muerte y la de Ajayi; quería que ambos admitieran su derrota y dejasen de
esforzarse para adivinar el acertijo. Aquello era simplemente una parte de su
trabajo, si bien el pájaro aseguraba que realmente deseaba que ellos
desapareciesen porque le aburrían. El cuervo sabía que Quiss lo sabía, por lo
que era muy seguro que cualquier cosa que hubiera detrás de las puertas tendría
que afectar considerablemente a Quiss; tal vez lo suficiente como para
quebrantarle. Quiss estaba nervioso, excitado, aunque decidido. Estaba preparado
para recibir cualquier cosa que el cuervo rojo le arrojase, cualquier cosa que
tuviera que mostrarle. Todo aquello que le ayudase a encontrar una salida de
aquel sitio, o incluso que les ofreciese a él y a Ajayi una nueva perspectiva
de su situación, sería provechoso. Por otra parte, él sospechaba que el cuervo
rojo no sabía que él ya había estado detrás de una de esas puertas, aun cuando
sólo por corto tiempo. Si la revelación que le esperaba al otro lado de
aquellas pesadas puertas de madera y bandas de metal tenía algo que ver con el
agujero en el techo y el planeta llamado «Polvo», él entonces ya estaba
preparado.
De
la puerta más próxima a Quiss provino un clic. Al oír unos ligeros golpes se
acercó. En la puerta había una hendidura recubierta de metal que Quiss tomó por
un tirador. Cuando tiró de la puerta, ésta se abrió suave y lentamente,
revelando al cuervo rojo revoloteando en un largo pasillo iluminado por unos
pequeños globos resplandecientes colgados del techo.
—Bienvenido
—dijo el cuervo. A continuación se giró y salió volando pausadamente por el
pasillo—. Cierra la puerta y sígueme —le dijo. Quiss hizo lo que se le dijo.
Durante
diez minutos, el ave y el hombre estuvieron respectivamente volando y
caminando. El túnel se curvaba gradualmente hacia la izquierda. Era bastante
cálido. El cuervo rojo volaba en silencio a unos cinco metros delante de él.
Finalmente llegaron ante otra puerta, similar a aquella por la cual habían
entrado en el túnel. El cuervo se detuvo delante de ella.
—¡Discúlpeme!
—dijo, desapareciendo a través de la puerta. Quiss se quedó estupefacto. Tocó
la puerta para asegurarse de que no se trataba de una proyección; era sólida y
tibia. De la puerta provino otro clic. El cuervo rojo reapareció encima de la
cabeza de Quiss—. Vamos, ábrela —le dijo. Quiss tiró de la puerta. Con el
cuervo rojo detrás y por arriba de él, entró en un lugar extraño.
La
cabeza le dio vueltas; por un momento se sintió tambalear. Parpadeó y sacudió
la cabeza. En seguida se dio cuenta de que además de haber entrado en un lugar,
también se hallaba en un espacio abierto.
Era
como si estuviera de pie sobre un suelo plano y desierto, o en el deprimido
lecho de una laguna salada. Pero el cielo estaba tan cerca que se podía tocar,
como si la capa de nubes hubiera descendido a unos pocos metros de aquella
superficie salada o arenosa.
Detrás
suyo (Quiss se dio vuelta, mareado, buscando un punto de referencia en aquella
confusa inmensidad que se desplegaba delante de él) estaba la puerta por donde
acababa de entrar. Se hallaba empotrada en un muro que a primera vista le había
parecido derecho, pero que enseguida percibió que era curvo; parte de un
círculo gigante. El cuervo rojo continuaba revoloteando perezosamente encima de
él, observando con divertida malevolencia a Quiss mientras éste volvía a
enfrentarse con el espacio que tenía delante suyo.
El
suelo era de pizarra pulida y el cielo raso estaba compuesto de cristal, hierro
y agua como en las plantas superiores del castillo. Columnas de pizarra y
hierro soportaban el techo, situado a la misma altura que el de aquella
habitación que Quiss había descubierto hacía tanto tiempo, cuando encontró el
agujero en el techo de cristal con la criatura a su alrededor. Lo único que
faltaba era una de las cuatro paredes.
No
había mucha luz, tan sólo unos cuantos peces luminiscentes nadando
indolentemente sobre su cabeza y alrededor de él, pero era suficiente para ver
que el espacio en el cual se hallaba parecía no tener fin. Quiss fijó la mirada
en la distancia, pero todo lo que alcanzó a ver fueron pilares y columnas
haciéndose cada vez más y más pequeñas en aquellos abismos curvos y
comprimidos. Pilares y columnas y... personas. Había figuras humanas subidas a
pequeños taburetes o sentadas en sillas elevadas, con los brazos dentro de aros
de hierro, los hombros pegados contra la interminable superficie inferior del
techo de cristal. Algunas de las cosas que en un principio había pensado eran
pilares o columnas le dejaron asombrado al descubrir su equivocación; se
trataba de personas con sus cabezas metidas dentro del cielo raso, circundando
agujeros iguales a aquel en el cual él también había metido su cabeza,
brevemente, dentro de aquella ya remota habitación.
Volvió
a sacudir su cabeza, fijando la vista otra vez en la distancia. El estrecho
espacio entre el suelo y el techo desapareció por completo, y tan sólo quedó
una delgada línea empañada por la lejanía. La línea tenía un aspecto
ligeramente curvo, como el horizonte vacío de un mar visto desde un barco en
algún planeta oceánico. Quiss se sintió de nuevo mareado. Sus ojos se negaban a
aceptarlo; su cerebro, apresado en el corto espacio entre el suelo y el techo y
las supuestas paredes, pensaba en el espacio de una habitación. Pero si él se
encontraba en una habitación (y si esto no era una especie de proyección, o
incluso una burda ilusión con espejos) entonces sus paredes debían aparecer en
algún lugar por encima del horizonte.
Quiss
volvió a girarse, cuidadosamente, tratando de recordar sus primeros
entrenamientos para las Guerras, durante los cuales había realizado ejercicios
de equilibrio y desorientación que le dejaban con una sensación parecida a la
de ahora, y fijó nuevamente la vista en el muro negro que tenía detrás suyo y
la puerta cruzada con bandas de metal empotrada en él. Recorrió con la vista la
ligera curva del muro, intentando calcular el diámetro del círculo que éste
sugería. Debería tener varios kilómetros; suficiente para abarcar al castillo,
la cantera y sus minas. Este muro era la raíz del castillo, su cimiento. El
espacio infinito, una especie de vasto sótano.
—¿Qué
es este sitio? —dijo, y se sintió como si estuviera susurrando; su cerebro
había esperado algún eco, pero no se produjo ninguno. Era como hablar en un
espacio abierto. Mientras miraba a las personas paradas encima de los taburetes
y repantigadas en las altas sillas, el cuervo le dijo:
—Vayamos
a dar un paseo. Sígueme y te lo contaré. —El ave agitó sus alas lentamente y
Quiss le siguió despacio. Pasaron junto a una de las figuras de pie: un hombre,
vestido con pieles parecidas a las de él, pero mucho más viejo. El hombre
parecía enjuto. Un tubo salía de entre los pliegues de su abrigo a la altura de
la entrepierna e iba a parar a una jarra de piedra apoyada en el suelo. Pasaron
a su lado.
Quiss
se sintió atraído por algo en movimiento en la borrosa distancia. Tenía el
aspecto de un pequeño tren; un ferrocarril de vía estrecha con una pequeña
locomotora que arrastraba unos vagones con aspecto de contenedores. Era difícil
calcular la distancia, pero Quiss supuso que estaría por lo menos a unos
cuatrocientos metros de allí, dirigiéndose desde el castillo hacia el tenue
espacio de las personas paradas y las columnas sustentadoras. Recordó el tren
que había visto, hacía mucho tiempo, en las cocinas del castillo.
Quiss
miró a su alrededor, tratando de estimar la cantidad de personas que había en
aquel lugar. Parecía haber una persona por cada diez metros cuadrados.
Fascinado, se quedó mirándolas, viendo cientos y miles de figuras. Si la
densidad era la misma a lo largo de todo el espacio que borrosamente se
desplegaba delante suyo antes del punto de unión entre el techo y el suelo,
entonces debería haber...
—No
tiene nombre —dijo el cuervo rojo, volando delante de Quiss, su voz oyéndose a
lo lejos—. Creo que técnicamente pertenece al castillo. Hasta es probable que
sea considerado como el sótano. —Por un instante su voz se convirtió en un
cloqueo—. No tengo idea de cuán grande es este sitio. He volado en muchas de
sus direcciones a una distancia de diez mil aleteos y jamás vi ni siquiera una
pared. Todo es muy uniforme. Aparte de una gran concentración de líneas férreas
en el suelo. Lo que aquí ves es lo que verás en cualquier otra parte de este
lugar. Debe haber muchos cientos de millones de personas con sus cabezas
metidas dentro del techo, en esta especie de pecera invertida.
Quiss
no sabía lo que era una pecera, pero pensó que sería mejor fingir ignorancia
acerca de lo que aquellas personas hacían con sus cabezas metidas en el techo.
Se lo preguntó al cuervo.
—Hay
una especie de animal que descansa del otro lado de la concavidad de cristal en
donde la gente tiene metidas sus cabezas —dijo el cuervo rojo—. Este animal
transmite pensamientos a través del tiempo. Cada una de estas personas está
dentro de la cabeza de un ser humano del pasado.
—Comprendo
—dijo Quiss, esperando sonar más indiferente de lo que el cuervo rojo
esperaba—. ¿El pasado, dices? —Quiss se rascó el mentón. Aún no podía creer en
lo que estaba viendo; por más que caminaba sin chocarse con nada, una parte de
él aún esperaba darse de lleno con una pantalla de proyección o un muro.
El
cuervo rojo se giró con facilidad en el aire frente a Quiss y ahora volaba
hacia atrás, algo que parecía costarle tan poco esfuerzo como volar hacia
adelante o fumar un puro.
—¿Aún
no lo has adivinado, no es cierto? —le dijo a Quiss. En su voz, al igual que en
su inexpresivo rostro, había un dejo de afectación. Las vigas de hierro que
sujetaban el techo proyectaban líneas de sombra sobre el lento batir de sus
alas rojas.
—¿Adivinado
qué?
—Qué
es esto. En dónde te encuentras. El nombre de este lugar.
—¿Y
por qué no me lo dices tú? —dijo Quiss, deteniéndose. El pequeño tren había
desaparecido en la distancia. Sin embargo, le pareció poder oírlo; el chirrido
de las vías. Un susurro de este sonido parecía llenar el lugar, como si fueran
débiles voces.
—Hmm
—dijo el cuervo—, pues, tal vez no hayas oído hablar de él; en tiempos de las
Guerras Terapéuticas su recuerdo ya había sido perdido... De todas formas, como
quizás ya te hayas dado cuenta, esto es un planeta. Su nombre es Tierra.
Quiss
asintió con la cabeza. Sí, eso explicaba en parte lo que le había dicho aquel
pequeño ayudante en la habitación que él encontró abierta. ¡«Polvo», lo que hay
que oír!
—Así
es como se llama este lugar; es en donde se encuentra el castillo; en la
Tierra, próximo el fin de su vida planetaria. Dentro de unos cien millones de
años el sol se convertirá en un gigante rojo, tragándose a todos los planetas
de su sistema. Mientras tanto, sin luna y habiendo dejado de fluctuar y rotar,
únicamente con el castillo, que yo sepa, sobre su superficie y con todo
vestigio de las civilizaciones y especies anteriores de la humanidad destruido
o simplemente enterrado desde hace un billón de años debajo de las placas
continentales, será tu herencia.
—¿Mía?
—dijo Quiss. Mirando a su alrededor observó que a cierta distancia la suave
curvatura del muro del castillo se tornaba mucho más evidente que de cerca.
—Éste
—dijo el cuervo rojo— es uno de los dos destinos que te aguardan. Si lo deseas
puedes unirte a estas personas; ser como uno de ellos y soñar con el pasado,
dentro del cuerpo de quienquiera que elijas, remontándote a mil millones de
años atrás.
—¿Por
qué razón debiera, o no debiera querer elegir eso?
—Es
posible que quisieras elegirlo porque no deseas morir ahora. Es posible que lo
quieras rechazar porque tienes lo que llaman una conciencia civilizada. Verás,
cada una de estas personas trató, y fracasó, de hacer lo que tú y tu compañera
estáis intentando —y fracasaréis— hacer; escapar. Cada uno de ellos, todos
estos millones de individuos, es un fracaso. Desistieron del intento de
responder al acertijo que se les había designado, y mientras otros eligieron el
olvido, éstos optaron por vivir como parásitos de lo que el tiempo les ha
dejado, en las mentes de otras personas de tiempos remotos. Sienten lo que
otros han experimentado, incluso tienen la ilusión de poder alterar el pasado,
por lo que dan rienda suelta a su voluntad y aparentemente influyen en los
actos de sus anfitriones. Es una manera de postergar la muerte, de someterse a
una droga, de alejarse de la realidad negándose a enfrentar el fracaso de uno.
He oído decir que esto es mejor que nada, pero... —la voz del cuervo rojo se
desvaneció. Sus ojos pequeños como cuencas permanecieron fijos en Quiss.
—Comprendo
—dijo—. Vaya, debo decir que no me parece del todo tan deprimente.
—Sin
embargo, tal vez te lo parezca más adelante.
—Quizá
—dijo Quiss, fingiendo lo mejor que podía un aire indiferente—. ¿Debo suponer
que todas estas personas tienen que ser alimentadas, y que las cocinas del
castillo son tan grandes y hay tanto ajetreo porque deben abastecerlas?
—Oh,
muy bien —dijo el cuervo rojo con un dejo de sarcasmo—. Así es, envían pequeños
trenes desde las cocinas, llenos de sopas y guisos, hasta los confines del
lugar, dondequiera que éstos se hallen; algunos trenes se pierden durante años,
otros jamás regresan. Afortunadamente, estos pobres fracasados no precisan
mucho sustento, por lo que las cocinas del castillo pueden dar abasto, aunque
les iría mucho mejor si no se estuvieran entreteniendo con el tiempo
subjetivo... Hasta donde yo sé, este sótano universal se extiende alrededor del
planeta, y el castillo abastece a todas estas personas; tal vez existan otros
castillos; uno a veces escucha rumores. De todas formas, el castillo cuida de
estas personas en todos los sentidos. Se les ayuda a sacar la cabeza del
agujero y reciben un tazón del cual beben a sorbos, sentados, con los ojos en
blanco, como si estuvieran dormidos; luego vuelven como zombies a sus mundos
particulares. Sus excrementos son retirados en los mismos trenes. —El cuervo
rojo ladeó la cabeza, diciendo con cierta perplejidad en la voz—: ¿Pero no
encuentras todo esto un poco... tonto? Es lo que te espera, hombre. Aquí es
donde terminan casi todos, y muchos de ellos eran más inteligentes que tú. Si
quieres, puedes preguntárselo al senescal. Confirmará mis palabras. Muy pocos
escapan. Virtualmente ninguno.
—Sin
embargo, qué más da —dijo Quiss—, como tú dices, es mejor que nada.
—¿Convertirse
en parásito? ¿Terminar con tu cabeza metida dentro de alguna barata máquina del
tiempo? No lo puedo creer. Esperaba más, incluso de ti. Sabes, no te he
mentido. La verdad es suficientemente horrible. En realidad, estos zombies no
influyen verdaderamente a las personas en cuyas mentes habitan. El senescal
podrá decir lo que quiera, que con el tiempo la voluntad se acrecienta y que
estas personas son responsables de los súbitos impulsos en los primitivos seres
que persiguen, pero no son más que disparates. Las criaturas que hay alrededor
de los agujeros podrán hacerles creer eso, pero según los experimentos que yo
mismo he llevado a cabo todo indica claramente que lo único que existe es la
ilusión de este efecto... y de todas formas, ¿existe una explicación más
verosímil? Te diré una cosa: estas personas no valen más que muertas. Están
muertas dentro de su propio sueño.
—Pero
sigue siendo mejor que nada —insistió Quiss—. Indudablemente.
El
cuervo rojo permaneció en silencio durante un buen rato, agitando sus alas en
el aire delante de Quiss, mirándole con sus inexpresivos ojos negros.
Finalmente dijo: —Entonces, guerrero, no tienes alma.
Haciendo
un semicírculo alrededor suyo, el pájaro enfiló nuevamente hacia el muro negro
que formaba parte del castillo.
—Es
mejor que regresemos —dijo—. Si lo deseas, puedes preguntarle al senescal sobre
este sitio. Se pondrá furioso, pero no te castigará, y tampoco puede castigarme
a mí. Pregúntale —dijo el cuervo, batiendo sus alas en dirección al curvado
muro sobre el cual se sostenía el Castillo Puertas, el Castillo Legado—, lo que
quieras. Te confirmará que casi ninguna escapa, que la mayoría terminan aquí,
o, los valientes, los verdaderamente civilizados, se suicidan.
Finalmente
llegaron a la puerta, que aún se encontraba abierta de par en par. Mientras el
cuervo rojo flotaba en el aire a un costado de ella, Quiss pasó junto a los
pilares, columnas y personas soñando. Deteniéndose ante el mismo hombre vestido
con pieles y de pie sobre un taburete que había visto antes, le dijo al cuervo
rojo:
—Permíteme
hacerte una pregunta.
—Oh
sí, por supuesto, puedes examinarlo previamente —dijo el cuervo, volando en su
dirección— Hay uno vacío...
—No,
no —dijo Quiss, sacudiendo su cabeza y observando al ave que se había detenido
cerca de él. Quiss señaló con la cabeza al enjuto hombre de las pieles y con su
cabeza metida en el techo de cristal—. Me estaba preguntando si sabes algo
acerca de él. ¿Cuál es su nombre? ¿Desde cuándo está aquí?
—¿Cómo?
—dijo el cuervo rojo, un poco confuso, incluso irritado (Quiss disimuló la
sensación de triunfo que le recorría por todo el cuerpo)—. Oh, ha estado aquí
desde hace siglos —dijo, volviendo a recobrar su habitual compostura—. ¿El
nombre?... creo que Godot. Goriot. Gerout; o algo parecido. Los archivos no son
perfectos, ¿sabes? Un caso extraño... escucha, ¿seguro que no quieres probar lo
que se siente? Te puedo enseñar en donde...
—No
—dijo Quiss con firmeza, y se dirigió con brío hacia la puerta que conducía al
castillo—. No me interesa. Ahora regresemos.
Quiss
fue a ver al senescal, quien en medio del bullicio de las cocinas le confirmó
todo aquello que le había dicho el cuervo rojo.
—Por
lo tanto —dijo el senescal, obviamente disgustado—, ha visto lo que
probablemente le tiene reservado el destino, ¿y qué? ¿Qué puedo hacer ahora?
Simplemente pienso que ha sido afortunado en no aceptar la oferta del cuervo
rojo; una vez debidamente dentro de esas cosas nadie sale por propia voluntad;
demasiado seductor. Si alguien no viene en su rescate se quedaría allí para
siempre, interviniendo en cualquier aspecto de la excitación humana. Para
cuando uno se percata de los ruidos de su estómago ya está enganchado. Tan sólo
se sale para comer y comparado con lo que se acaba de dejar no es más que un
sueño gris.
Ése
era el propósito del cuervo rojo. Tentarle con uno de esos orificios y luego
dejarle solo. Y no confíe tampoco en todo lo que le ha dicho. Los orificios en
el techo permiten un control total de las mentes de los primitivos. No hay nada
que no pueda ser alterado. Cada mente contiene su propio universo. No podemos
estar seguros de nada. Eso es todo lo que puedo decir. Si desea entrar
oficialmente en ese sitio que ya ha visto informalmente, tendrá que notificarme
su rendición a través de los canales apropiados. Ahora váyase, por favor. —El
senescal le miró con severidad y luego subió por la desvencijada escalera de
madera que conducía a su despacho, lejos del continuo caos de las cocinas.
Quiss
regresó al cuarto de juegos, con las piernas exhaustas por el esfuerzo.
No
le contó nada a Ajayi.
Se
encontraba de pie en el parapeto del balcón.
Sí,
el cuervo rojo había tenido razón. No podía saberlo, jamás podría estar seguro,
probablemente sólo había exagerado la fealdad del destino de los soñadores para
impulsarle a que él probase la experiencia y así poder dejarle allí, pero a
pesar de todo había tenido razón acerca de los eventuales efectos de su
revelación.
El
recuerdo de aquel estrecho e ilimitado espacio debajo del castillo ocupó los
pensamientos de Quiss —y, lo que era más importante, sus sueños— durante casi
cien días con sus noches. Se había apoderado de él una profunda e
incomprensible depresión, pesándole como si llevase puesta una armadura. Se
sentía como un guerrero, envuelto en cadenas, hundiéndose en arenas
movedizas...
No
podía dejar de pensar en lo que había visto, en aquella vasta extensión delante
y debajo suyo, en la impresión de claustrofobia que le causó aquel infinito.
Tantas personas, tantas esperanzas fallidas, partidas perdidas, sueños
abandonados; y el castillo, una isla de posibilidades en medio de un océano de
oportunidades malogradas.
Aquella
imagen resplandeciente e ilusoria a la cual se había aferrado durante todos
estos días, esos brazos marrones, el cielo azul y la contrastada estela de
vapor, ahora se le aparecían tan sólo para herirle, para burlarse de él en sus
sueños. Su mente se hallaba perdida en aquel obscuro, silencioso e infinito
espacio; esa falta de límites que convertía su desesperación en una sensación
inacabable.
Sus
esperanzas, su determinación —antes tan agresiva, tan furiosa, enérgica y
poderosa— se había echado a perder por la indolencia; era incapaz de seguir
adelante.
La
influencia del castillo. Éste era su efecto, sobre aquellos que lo habitaban
como también sobre sí mismo. Agobiar, desgastar lentamente y al mismo tiempo
fusionar, corroyendo, agarrotando simultáneamente, al igual que agua cargada de
arena en alguna inmensa máquina. Quiss se sentía dentro de aquel sitio no más
importante que un grano de arena.
Miró
hacia abajo los riscos y la nieve, balanceándose sobre sus pies hacia atrás y
hacia adelante. Sintió un escalofrío y la mandíbula floja, por lo que apretó
sus dientes. El viento soplaba con fuerza y le hacía oscilar. Frío como un
glaciar, pensó, sonriendo tétricamente. Un glaciar de flujo lento. Una imagen
apropiada con la cual morirse, pensó, recordando la habitación de cristal
diluido, la última gota que eventualmente siguió a la revelación del cuervo
rojo. Ése había sido el verdadero activador, la razón por la cual se encontraba
de pie en este lugar.
Quiss
había descubierto otra habitación, hacía apenas unos cuantos días, en uno de
sus ahora infrecuentes paseos. Se hallaba caminando sin rumbo fijo, algo
habitual en él, cuando llegó a una habitación dentro de los gruesos muros en
donde soplaba el viento y la nieve entraba por las ventanas.
En
las ventanas había restos de marcos de metal; se dio cuenta de ello al asomarse
para mirar afuera y orientarse mediante el paisaje (si su sentido de la
orientación no le fallaba, desde allí tendría que ver las minas, pero en los
últimos tiempos cada vez se despistaba con mayor frecuencia).
Un
material parecido a brea clara sobresalía de casi todos los marcos vacíos, en
donde tan sólo quedaba un delgado borde de cristal sujeto al fondo de cada uno
de los hexágonos del marco de metal. El cristal que pisaba era obscuro. Miró la
ventana por fuera, entrecerrando sus ojos a causa del frío y concentrado viento
que soplaba a través del espacioso agujero. El suelo se elevaba ligeramente,
hacia las ventanas. Era de un material translúcido, como el hielo, y se
insertaba en las paredes por debajo de las ventanas. Quiss se agachó,
resoplando a causa del esfuerzo, para examinarlo, y finalmente terminó por
arrodillarse y rascar el suelo (debajo de la delgada capa de cristal había un
pavimento de pizarra). Golpeó ligeramente el material parecido a la brea pegado
a los marcos de la ventana, luego pasó un dedo sobre el cristal aún sujeto en
los marcos, por encima del alféizar, bajando por las lisas paredes hasta que
finalmente su dedo se deslizó hacia el suelo sin que la yema registrase en todo
su recorrido una rajadura, grieta o juntura.
El
cristal del fondo de los marcos, sobre el estrecho alféizar, en las paredes
debajo de las ventanas y del suelo estaba unido. Era un único cristal. Quiss
permaneció arrodillado con las manos apoyadas encima de su regazo, la mirada
perdida.
Recordó,
de tiempos inmemoriales, que el cristal —el corriente, hecho de arena— era
teóricamente un líquido, que en los viejos edificios los equipos de medición
muy sensibles podían detectar un adelgazamiento significativo en la parte de
arriba del panel y el correspondiente ensanchamiento en la parte de abajo, al
ceder el cristal gradualmente al incesante empuje de la gravedad. En el
Castillo Legado, al menos en ciertos lugares, el proceso sencillamente había
tenido tiempo para llegar más lejos. El cristal se había diluido —aún se estaba
diluyendo— de los marcos, por encima del alféizar, bajando por la pared hasta
el suelo.
Al
darse cuenta de aquello, y después de un rato, para su propio asombro, Quiss
comenzó a llorar.
Las
minas, de todos modos, no eran visibles a través de las ventanas; Quiss volvió
a perderse por el castillo, con la mente en blanco, hasta que por último llegó
al punto de partida, el cuarto de juegos desierto.
A
continuación se dirigió casi automáticamente hacia el balcón y allí se quedó
pensativo; vagamente sorprendido, casi de un modo ingenuo, por la facilidad con
que súbitamente había sido capaz de aceptar su propia muerte, e incluso
desearla.
Después
de todo, no había nada que valiera la pena.
Así
que trepó a la fría superficie de piedra del parapeto.
Ahora
comprendía lo que había querido decir el cuervo rojo con alma, y ahora esa
cualidad a-religiosa de carácter irreductible, esa individualidad, habría de
pronunciar su más profunda autoafirmación en su propia destrucción.
Quiss
cerró los ojos y se inclinó sobre el vacío.
Unos
brazos se aferraron a su cintura, tirando de él. Abrió los ojos y vio mientras
caía cómo el cielo se inclinaba, el muro del castillo en la parte de arriba del
balcón se torcía. Ajayi jadeó mientras ambos golpeaban pesadamente el suelo de
pizarra del balcón. Quiss salió rodando hasta el cálido cuarto de juegos,
golpeándose la cabeza contra el suelo de cristal.
Levantó
mareado la vista y vio a Ajayi tendida en el suelo del balcón, su pecho
moviéndose rítmicamente, los ojos muy abiertos, contemplándole. Estaba tratando
de incorporarse.
—Quiss...
A
gatas, Quiss extendió su mano y le golpeó con dureza en el rostro, enviándola
nuevamente al suelo.
—¡Déjame
solo! —gritó—. ¿Por qué no puedes dejarme solo? —Inclinándose, Quiss la
levantó. Su boca sangraba y tenía el rostro blanco. Ajayi lanzó una exclamación
y se protegió la cara con sus manos; Quiss la arrojó dentro del cuarto de
juegos y ella, tambaleándose, tropezó con unos libros, cayéndose de bruces en
el suelo. Quiss fue en su busca—. ¿No puedes dejarme solo, no es así? —dijo
sollozando. Sus ojos se estaban llenando de lágrimas, las manos y los brazos le
temblaban. Volvió a levantar a la mujer del suelo; ella se llevó las manos a la
cara, con los ojos levemente desviados, una mueca en el rostro; Quiss le dio
otra bofetada y Ajayi se desplomó sobre el suelo con un grito. Se disponía a
darle un puntapié a la figura llorosa, acurrucada sobre el suelo de cristal,
cuando vio, no muy lejos, la mesa de juegos con un mazo de naipes encima.
Quiss
se abalanzó sobre la pequeña mesa y cogiéndola por dos de sus patas regresó
junto a la mujer, quien con los ojos muy abiertos a causa del miedo, vio cómo
el hombre levantaba la mesa por encima suyo (Ajayi se contrajo, las manos
cubriendo su cabeza; los naipes se esparcieron por el suelo) y golpeaba con
ella el suelo a pocos centímetros de su cabeza, destrozando la mesa y causando
una rajadura en forma de telaraña de un metro de diámetro sobre la transparente
superficie del suelo.
La
mesa se desintegró; la pequeña gema roja engarzada en su centro se rompió en
mil pedazos, un entramado de filamentos brillosos explotó en la intrincada
superficie de la mesa, echando chispas durante unos segundos, para luego humear
y tornarse opacos, y las sólidas patas de la mesa se abrieron elásticamente,
partiéndose y revelando en su interior páginas impresas puestas a presión.
Quiss pateó los escombros y luego se giró, tapándose los ojos con sus manos y
sollozando.
Se
alejó a tropezones hacia el interior del cuarto.
Ajayi
levantó la vista, por encima de los restos de la mesa despedazada, y vio a
Quiss darse contra la pared de las escaleras de caracol. Bajó titubeante los
primeros escalones y desapareció. Ajayi volvió a respirar, tocándose
ligeramente el labio partido con el borde de su abrigo.
Se
sentó adecuadamente sobre la superficie de cristal, alejándose de la rajadura
ocasionada por la mesa por donde comenzaba a filtrarse el agua tibia y salada.
Estaba temblando.
Miró
los restos de la mesa.
Bien,
habían jugado su última partida; de eso no cabía la menor duda. Sin mesa, los
juegos no eran válidos. Por lo tanto, les quedaba tan sólo una única
posibilidad para responder.
Trató
de pensar con calma, preguntándose qué había sucedido para que Quiss quisiera
matarse. Ella no lo sabía. Últimamente se mostraba cada vez más displicente,
pero tampoco quería dar explicaciones, si es que las había. Ajayi esperó que se
le pasara; al igual que ella, Quiss ya había estado deprimido, pero durante los
últimos cien días su abandono fue en aumento y no deseaba hablar sobre ello ni
que le animasen. Tal vez no tendría que dejarle ahora solo, ¿pero qué podía
hacer? Si estaba decidido a acabar con su vida no había nada que ella realmente
pudiera hacer. Era su vida, estaba en su derecho. Quizá su comportamiento era
un poco egoísta.
Ajayi
se puso de pie temblando. Se sentía un poco mareada y el cuerpo le dolía en
varios lugares. Al menos no tenía nada roto; era algo por lo cual tendría que
estar agradecida.
Reparó
que las patas de la pequeña mesa habían sido hechas con libros. A algunos de
ellos les faltaban páginas o las cubiertas; trozos de ellos se hallaban
adheridos al enchapado de madera que los había revestido cuando aún formaban
parte de la mesa. Cada una de las tres patas estaba construida con uno o dos
libros. Los ejemplares estaban escritos en inglés.
Titus
Groan, leyó para sí en voz suave. El Castillo, Laberintos, El Juicio... A otro
libro le faltaba la página con el título. Con el ceño fruncido, miró por encima
los restos rasgados de la primera página.
Luego
examinó el resto de los libros. Éste era interesante. Ajayi había estado
buscando un par de ellos, sobre los que había leído en alguno de los manuales
literarios y de comentario de textos que empleaba para seleccionar los libros
que debía leer. No los había hallado en los lugares del castillo en los que
supuestamente tendrían que haber estado. Tal vez era significativo que hubieran
aparecido en cambio dentro de la mesa de juegos. Volvió a contemplar el libro
sin la página del título.
Decidió
leer primero aquel libro innominado. En todo caso, quizá le ayudara a
tranquilizarse, a olvidarse de ciertas cosas...
Sí,
pensó, mientras se dirigía hacia su taburete, primero leería éste y luego los
demás. Esperaba que Quiss se encontrara bien. Aún tenían que dar una última
respuesta.
Ajayi
se sentó.
Comenzó
a leer.
Después
de todo, ¿qué otra cosa podía hacer?
La
historia comenzaba así:
Avanzó
por los corredores blancos...
SEXTA
PARTE
La
verdad y sus consecuencias
Los
árboles se alzaban al costado del canal allí donde éste volvía a aparecer
después de pasar por el túnel, situado debajo de la colina que él acababa de
cruzar. Graham atravesó un pequeño portal, y por un sendero rodeado de césped y
flores llegó hasta el viejo camino de sirga. Una lejana parte de su mente
parecía susurrarle que él había seguido el curso del túnel por arriba de la
colina, que había caminado desde la casa de la calle de la Media Luna, la cual
se encontraba encima del túnel, hasta aquí, su desembocadura.
Un
repentino dolor puramente físico hizo que sus entrañas se encogiesen mientras
recordaba el día en que había estado hablando con ella desde la calle sobre el
pasaje secreto que comunicaba con el túnel... sacudió su cabeza para tratar de
expulsar aquel pensamiento.
Se
dio cuenta de que tenía que respirar profundamente, mucho más de lo que lo
había estado haciendo, para aclarar su mente y controlar su estómago. Se
hallaba de pie en una de las márgenes del canal, mirando el césped que crecía
al otro lado de las tranquilas aguas. Oyó a lo lejos el ruido del tráfico; la
sirena de una ambulancia, quizá se tratara de la misma que él había visto.
Buscó un lugar para sentarse, por lo que se puso a caminar a lo largo de la
senda hasta que llegó a un sitio en donde encontró alquitrán esparcido por el
suelo y unas manchas negras que parecían sangre seca en la polvorienta
superficie del camino; a su alrededor zumbaban las moscas.
Sobre
el césped vio tirada una revista rasgada. Al mirarla más de cerca, pudo ver las
nalgas de una mujer encima de un par de rodillas peludas. El trasero de la
mujer se hallaba ligeramente enrojecido; también aparecía una mano posada, muy
obviamente posada, no en movimiento, sobre ella. Mientras la contemplaba una
leve brisa pasó las páginas de la revista por él, tan forzadamente como
cualquier máquina de viento arrancando las hojas del calendario en alguna
película de Hollywood. Las otras fotografías de la revista eran casi todas
similares.
Graham
se giró, disgustado por algo más que el patético aunque relativamente
inofensivo fetiche de la revista, y vio una aglomeración de moscas remolineando
en el aire sobre algo oscuro que se hallaba entre la hierba; parecía la pata de
un animal.
Cerró
sus ojos, deseando llorar, una antigua parte suya dándose por vencida, deseando
entregarse a un instinto animal que hasta ahora había reprimido, pero ninguna
lágrima apareció, tan sólo una especie de resignada y desagradable amargura,
una amplia aversión por todo lo que le rodeaba, por todas las personas y sus
artificios y pensamientos, por todas sus estúpidas e inútiles aspiraciones.
Graham abrió sus ojos irritados, parpadeando con enfado.
Aquí
estaba; esto era lo que realmente importaba; aquí estaba nuestra civilización,
nuestros mil millones de años de evolución, aquí mismo; una sucia y manoseada
revista pornográfica y un animal doméstico descuartizado. Sexo y violencia,
ocupaciones mezquinas como todas nuestras vulgares fantasías.
El
dolor de vientre que había padecido antes le volvió a aparecer, áspero y
cortante como una cuchilla oxidada.
A
continuación comenzó a expandirse, como una especie de cáncer relámpago; era
una veloz repugnancia, un síndrome alérgico total dirigido hacia todo lo que le
rodeaba; hacia la mugrienta y destripada mundanidad de todas las cosas, la
pasmosa humillación de la existencia; todas las mentiras y los sufrimientos, el
asesinato legalizado, el robo privilegiado, los genocidios, los odios y las
asombrosas crueldades humanas, toda la famélica belleza de los florecientes
pobres y de los lisiados en cuerpo e inteligencia, todos los vagabundos que se
enfrentan a la vida en las ciudades y en el campo, los excitados fanáticos de
los credos y de cualquier fe, todo el torturado ingenio y el cuidadosamente
civilizado salvajismo de la tecnología del dolor y de las estructuras de la
avaricia; todas las ampulosas, rimbombantes, mierdosas palabras utilizadas para
justificar y explicar la profunda y tremenda desgracia de nuestra propia
crueldad y estupidez; todo se amontonó sobre él, dentro de él, como un peso en
la atmósfera, una enorme masa de aire encima incapaz de ser equilibrada por la
presión interna, de manera tal que se sintió de inmediato aplastado, destrozado
por dentro, aunque también dilatado; reventando a causa de la nauseabunda carga
de una vulgar y pomposa revelación.
Se
giró hacia el canal, sintiendo el vientre como si estuviera repleto de plomo.
Tenía la lengua hinchada; la garganta la sentía áspera, y su lengua, ese
instrumento de la articulación, como un gran saco envenenado, una especie de
glándula llena de desechos corporales, turgente de podredumbres, carnosa como
un cadáver abultado. Reprimió su deseo de vomitar, tratando de ignorar sus
temblorosas entrañas. Cogió su portafolios y a la orilla del canal extrajo las
largas hojas de papel.
Eran
los dibujos del rostro de ella, hechos con cientos de pequeños trazos que
conformaban entre ellos una trama, cuidadosamente dibujados con tinta china
negra. Graham pensó, incluso ahora, después de lo sucedido, que sin duda eran
los mejores trabajos que jamás había realizado.
Graham
los contempló, balanceándose sobre sus piernas, sintiéndose enfermo, enfermo
del estómago, del cerebro, comenzando a arrojar luego los dibujos uno por uno
en las calmas y límpidas aguas del oscuro canal. Se deslizaron por el aire,
algunos cayendo juntos, otros aterrizando por sí mismos, algunos con la cara
hacia arriba y otros con la cara hacia abajo, algunos obscurecidos por los
demás. Graham observó cómo el agua penetraba en ellos, haciendo que se corriera
la tinta negra a través de las muchas versiones de su rostro, mientras la lenta
corriente del canal se los llevaba gradualmente, alejándolos de él en dirección
a la desembocadura del túnel, nuevamente por debajo de la colina, las casas y
el lejano tráfico.
Graham
contempló esta marcha sintiéndose un poco mejor, pero aún con el dolor de
vientre, incapaz de llorar, y a continuación volvió a cerrar su portafolio.
Cuando estaba a punto de partir, cambió de opinión; regresó a la orilla del
canal y recogiendo la revista pornográfica también la arrojó al canal, luego
espantó con una mano a las moscas del ensangrentado fragmento de pata blanca y
negra, y cogiéndola por una uña saliente la lanzó hacia las aguas.
Observó
cómo todas las cosas flotaban en dirección a la boca del túnel; los grandes
rectángulos de papel, parecidos a hojas salpicadas de negro caídas de algún
extraño árbol de invierno; la revista, imitando a un pájaro muerto, con el
espinazo hundido, las páginas como alas desplegadas; el fragmento de pata
apenas manteniéndose a flote, con algunas moscas obstinadas aún revoloteando
sobre ella.
Después
pateó la polvorienta superficie del camino en donde había aquellas manchas de
sangre, enviándolas al canal con algunas piedras y cubriendo de polvo el agua.
Y mientras el polvo flotaba en el aire y en el agua, y volvía a asentarse
nuevamente sobre el sendero, Graham se alejó caminando; a lo largo del canal,
en dirección al pequeño portal, nuevamente hacia la ciudad.
Fin
Traducción de Jorge Lech Polianski
Ediciones del Serbal
Título original: Walking on Glass, MacMillan, Londres, 1985
Primera edición: 1989
© Iain Banks 1985
© 1989, edición española. Ediciones del Serbal S.A.
Guitard, 45 - 08014 Barcelona
Impreso en España
Depósito legal: B. 1422/89
Diseño gráfico: Marina Vilageliu, MMJ
Impresión: Romanyà Valls, Capellades (Barcelona)
ISBN 84-7628-055-6

