Libro N°. 3092. Patrullas Selenitas. Cummings, Ray.
© Libro N°. 3092. Patrullas Selenitas. Cummings, Ray. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Brigands of the Moon
Versión Original: © Patrullas Selenitas. Ray Cummings
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PATRULLAS SELENITAS
Ray Cummings
Capítulo
I
Nuestra
nave, el vehículo espacial Planetara, cuyo puerto de origen era el Gran Nueva
York, traía y llevaba correo y pasajeros de Venus a Marte. Debido a necesidades
astronómicas, nuestros vuelos eran irregulares. En la primavera del año 2070,
con ambos planetas próximos a la Tierra, íbamos a hacer dos viajes completos de
ida y vuelta. Era un atardecer de mayo y acabábamos de llegar al Gran Nueva
York, procedentes de Grebhar, Estado Independiente de Venus, y con sólo cinco
horas de estancia aquí en puerto, partiríamos aquella misma noche a las cero
horas para Ferrok-Shahn, capital de la Unión Marciana.
No
hicimos más que llegar a la pista de aterrizaje que me encontré con un mensaje
urgente en clave convocándonos a Dan Dean y a mí en la Sección de Policía de
las Oficinas Centrales. Dan «Snap» Dean era uno de mis más íntimos amigos. Era
el operador de radio-electrón del Planetara. Un muchacho pelirrojo, pequeño y
delgado, de risa pronta y fácil y con un tipo de ingenio que hacía que agradara
a todo el mundo.
La
cita en la oficina del coronel de Policía, Halsey, nos sorprendió. Dean me echó
un vistazo.
—Tú
no abriste ninguna cámara con tesoros, ¿no es verdad, Gregg?
—También
te buscan a ti —repliqué.
Se
echó a reír.
—Bueno,
puede gritarme como un guardagujas de tráfico y sin embargo mi vida privada
seguirá perteneciéndome.
No
se nos ocurría nada por lo que pudiera llamársenos. Había ya semioscurecido
cuando abandonamos el Planetara en dirección a la oficina de Halsey. No fue un
trayecto largo. Fuimos en el monoriel superior, bajándonos en la ciudad
subterránea en Park Circle 30.
Nunca
habíamos estado antes en la oficina de Halsey y nos encontramos que era un
lugar lóbrego de forma abovedada en uno de los pasillos más profundos. La
puerta se alzó.
—Gregg
Haljan y Daniel Dean.
—Entren
—dijo el guarda apartándose a un lado.
Debo
confesar que mi corazón latía aceleradamente cuando entramos. La puerta se
cerró bajándose detrás de nosotros. Era un pequeño departamento iluminado con
luz azul... una habitación revestida de acero como una cámara acorazada.
El
coronel Halsey estaba sentado junto a su escritorio y también estaba allí el
enorme, corpulento y de tez rojiza capitán Carter (nuestro comandante en el
Planetara). Aquello nos sorprendió: no le habíamos visto abandonar la nave.
Halsey
nos sonrió con gravedad. El capitán Carter nos habló con calma siniestra:
—Sentaros,
muchachos.
Nos
sentamos. Había una alarmante solemnidad en esto. Si hubiera sido culpable de
cualquier cosa imaginable, me habrían atemorizado. Sin embargo, las palabras de
Halsey me tranquilizaron.
—Se
trata de la Expedición a la Luna de Grantline. A pesar de nuestro secreto la
noticia se ha divulgado. Deseamos saber cómo. ¿Pueden decírnoslo?
El
enorme volumen del capitán Carter (tenía aproximadamente mi estatura) se elevó
sobre nosotros, que estábamos sentados delante de la mesa de Halsey:
—Si
vosotros, muchachos, lo habéis dicho a alguien, alguna cosa, dijisteis
inadvertidamente la más ligera indicación sobre ello...
Snap
sonrió con alivio; pero inmediatamente volvió a ponerse solemne:
—Yo
no dije nada. ¡Ni una palabra!
—¡Tampoco
yo! —declaré.
¡La
Expedición a la Luna de Grantline! No se nos había ocurrido pensar en aquello
como en una razón para esta llamada. Johnny Grantline era uno de nuestros
íntimos amigos. Había organizado una expedición de exploración a la Luna.
Deshabitada, con su superficie inhóspita, inaccesible, sin aire y sin agua, la
Luna (aun cuando estuviera tan cerca de la Tierra) era visitada muy raramente.
Ninguna nave regular se detenía jamás allí, y en los últimos años habían
fracasado algunos grupos de exploradores.
Pero
existían rumores persistentes de que sobre la Luna había ricos minerales de un
valor fabuloso esperando ser descubiertos, lo cual ya había ocasionado algunas
complicaciones interplanetarias. Los agresivos marcianos no habrían tenido
mayor placer que el explorar la Luna, pero los Estados Unidos del Mundo, que
habían llegado a ser una realidad en el año 2067, les advirtieron muy
seriamente en contra. La Luna era un territorio de la Tierra, proclamamos, y la
protegeríamos como tal.
Sin
embargo, se llegó a la comprensión por nuestro Gobierno de que, cualesquiera
que pudieran ser las riquezas de la Luna, deberían ser denunciadas
inmediatamente y guardadas por alguna compañía de buena reputación de la
Tierra. Y cuando lo solicitó Johnny Grantline, con la riqueza de su padre y con
su propio expediente de logros científicos, el Gobierno se alegró de
concedérselo.
La
expedición de Grantline había partido hacía seis meses. El Gobierno de Marte
había accedido a nuestro ultimátum, sin embargo se sabía que habían sido
financiados bandoleros en secreto con desconocimiento del Gobierno, y por esta
causa nuestra expedición fue mantenida en secreto.
Que
mis palabras no ofendan a ningún marciano que se encuentre con ellas. Me
refiero a la historia de nuestra Tierra solamente. La expedición de Grantline
estaba ahora en la Luna. No se había soltado una palabra. Uno no puede mandar
un helios, aunque sea en clave, sin que todo el universo se entere de que había
exploradores en la Luna. Y por qué estaban allí podría imaginárselo cualquiera
fácilmente.
¡Y
ahora el coronel Halsey nos estaba diciendo que la noticia era conocida! El
capitán Carter nos escudriñaba de cerca; sus ojos, que relampagueaban bajo las
peludas cejas blancas, le arrancarían un secreto a cualquiera.
—¿Están
seguros? Una chica de Venus, tal vez, ¡con su maldita atracción seductora! ¿Una
palabra suelta, estando vosotros, muchachos, aturdidos por el alcolite?
Le
aseguramos que habíamos sido cuidadosos. ¡Cielos!, yo sabía que lo había sido.
Ni un cuchicheo, incluso con Snap, sobre el nombre de Grantline durante seis
meses o más.
—¿Estamos
aislados aquí, Halsey? —preguntó bruscamente el capitán Carter.
—Sí.
Puedes hablar tan libremente como gustes. Un rayo de escucha oculto nunca
podría alcanzarnos.
Nos
hicieron preguntas. Finalmente quedaron satisfechos de que, aunque el secreto
se había propalado, no fuese por nuestra culpa. Mientras les oía hablar de esto
se me ocurrió preguntarme por qué se preocupaba Carter. Yo no estaba enterado
de que él conociese la aventura de Grantline. Ahora comprendía las razones por
las que el Planetara, en cada uno de sus últimos viajes, había maniobrado de
forma de pasar muy cerca de la Luna. Había sido acordado con Grantline que si
él necesitaba ayuda o tenía algún mensaje importante, se pondría en contacto
local con nuestra nave a su paso. Y esto lo sabía Snap, y nunca lo había
mencionado, ni incluso a mí.
—Bien
—estaba diciendo Halsey—, aparentemente no podemos culparles, pero el secreto
se ha descubierto.
Snap
y yo nos miramos el uno al otro. ¿Qué podrían hacer? ¿Qué se atreverían a
hacer?
El
capitán Carter nos dijo bruscamente:
—Mirad,
muchachos. Ahora tengo la posibilidad de hablaros claramente. Fuera, en
cualquier parte fuera de estas paredes, puede estar centrado un rayo oculto de
escucha. ¿Lo sabían? Uno no puede nunca ni incluso atreverse a susurrar desde
que ese maldito rayo fue inventado.
Snap
abrió la boca como si fuera a decir algo pero se volvió atrás. Mi corazón me
martilleaba. El capitán Carter prosiguió:
—Sé
que puedo confiar en vosotros dos más que en ninguno otro a mis órdenes en el
Planetara.
—¿Qué
quiere decir con eso? —pregunté—. ¿Qué...?
—Justamente
lo que he dicho —me interrumpió.
—Lo
que quiere decir, Haljan —aclaró Halsey sonriendo torvamente—, es que las cosas
no siempre son lo que parecen ser estos días. El Planetara es un vehículo
público. Ustedes llevan... ¿cuántos, son Carter?... ¿treinta o cuarenta
pasajeros en el viaje de esta noche?
—Treinta
y ocho —dijo Carter.
—Hay
treinta y ocho personas apuntadas para el vuelo de esta noche a Ferrok-Shahn
—repitió Halsey lentamente—. Y algunos pudieran no ser lo que parecen —levantó
una delgada mano oscura—. Tenemos información... —hizo una pausa—. Confieso que
no sabemos casi nada... apenas algo más que lo necesario para alarmarnos.
—Deseo
que usted y Dean permanezcan alerta —interrumpió el capitán Carter—. Una vez
que estemos en el Planetara nos será difícil hablar con libertad, pero estad
atentos. Dispondré las cosas para que estemos doblemente armados.
¡Palabras
largas y perturbadoras! Halsey continuó:
—Me
dicen que George Prince está inscrito para el viaje. Le sugiero, Haljan, que le
tenga bajo una observación especial. Sus obligaciones a bordo del Planetara le
dejan relativamente libre, ¿no es verdad?
—Sí
—asentí. Con el primer y segundo oficial de servicio, y con el capitán a bordo,
mi rutina era sobre poco más o menos la de un alumno no graduado.
—¿George
Prince? —pregunté—. ¿Quién es?
—Un
ingeniero mecánico —dijo Halsey—. Un funcionario subalterno de la Earth
Federated Catalyst Corporation. Pero se unió a malas compañías... concretamente
marcianos.
Nunca
había oído hablar de este George Prince, aunque, naturalmente, conocía de sobra
la Federated Catalyst Corporation. Un trust paraestatal que controlaba
virtualmente el total suministro a la Tierra de radiactum, el mineral
catalizador que estaba revolucionando la industria.
—Estaba
en el Departamento de Automoción —señaló Carter—. ¿Han oído hablar de la
Federated Radiactum Motor?
Desde
luego que sí. Era un descubrimiento e invento reciente de la Tierra, que
utilizaba el radiactum como su combustible.
—¿Qué
estrellas tiene que ver esto con Johnny Grantline? —preguntó Snap.
—Mucho
—repuso Halsey suavemente—, o tal vez nada. Pero hace años George Prince se vio
comprometido en algunas transacciones más bien poco éticas. Desde entonces lo
hemos tenido bajo custodia. Se sabe que está en relaciones amistosas poco
comunes con varios marcianos de mala reputación en el Gran Nueva York.
—¿Y
qué?
—Lo
que ustedes no saben —explicó Halsey—, es que Grantline esperaba encontrar
radiactum en la Luna.
Abrimos
la boca con asombro.
—Exactamente
—dijo Halsey—. La malograda expedición de Ballon creyó que lo habían encontrado
en la Luna, poco después de que se hubiera descubierto su valor. Un nuevo tipo
de mineral... un filón de eso está allí en alguna parte, sin duda alguna.
—¿Comprenden
ustedes ahora por qué sospechamos de este George Prince? Tiene un expediente
criminal. Tiene un conocimiento total sobre los minerales radiactivos. Está
asociado con marcianos de mala reputación. Una importante compañía marciana ha
puesto a punto recientemente una máquina de radiactum para competir con nuestro
motor en la Tierra. Existe muy poco radiactum disponible en Marte, y nuestro
Gobierno no permitirá que nuestros propios suministros sean exportados. ¿Qué
cree usted que esa compañía de Marte pagaría por unas pocas toneladas de
radiactum altamente radiactivo tal como Grantline podría haber descubierto en
la Luna?
—Pero
—objeté— ésa es una compañía marciana de buena fama. Está respaldada por el
Gobierno de la Unión Marciana. El Gobierno de Marte no se atrevería...
—¡Naturalmente
que no! —exclamó sardónicamente el capitán Carter—. ¡No abiertamente! Pero si
las patrullas marcianas tienen un suministro de radiactum el que no me imagine
de dónde venga no importa mucho. La compañía marciana lo compraría. ¡Y eso lo
sabe usted tan bien como yo!
Halsey
añadió:
—Y
George Prince, según me informaron mis agentes, parece que sabe que Grantline
está en la Luna. Sumad uno y uno, muchachos. Las pequeñas chispas indican la
corriente oculta.
—¡Más
que eso! George Prince sabe que hemos llegado a un acuerdo para que el
Planetara se detenga en la Luna y traiga el mineral de Grantline... Éste es su
último viaje este año, y estoy convencido que esta vez tendrá noticias de
Grantline. Probablemente les hará la señal cuando pasen junto a la Luna en su
viaje de ida y a la vuelta se detendrán en la Luna y transportarán todo el
mineral de radiactum que Grantline tenga preparado. El vehículo de Grantline es
demasiado pequeño para el transporte de mineral.
La
voz de Halsey se volvió amargamente sarcástica:
—¿No
les parece raro que George Prince y algunos de sus amigos marcianos dé la
casualidad que estén inscritos como pasajeros para este viaje?
En
el silencio que siguió, Snap y yo nos miramos el uno al otro. Halsey añadió
bruscamente:
—Tenemos
la ficha de George Prince de aquella vez que le arrestamos hace cuatro años. Se
la mostraré a ustedes.
Abrió
bruscamente su gabinete y dijo a su ayudante que esperaba:
—Proyecte
la figura de George Prince.
Casi
inmediatamente, la imagen resplandeció sobre la pantalla delante de nosotros.
Permanecía sonriendo amargamente ante nosotros mientras repetía la fórmula
oficial:
«Mi
nombre es George Prince. Nací en el Gran Nueva York, hace veinticinco años.»
Observé
la imagen televisada de George Prince. Se erguía sombrío en el negro uniforme
de detenido, siluetado claramente contra el telón de fondo de contraste de un
vivo escarlata. Un individuo moreno, casi afeminadamente hermoso, bastante por
debajo de la estatura media... el listón de tallar indicaba cinco pies cuatro
pulgadas. Fino y delgado. Pelo negro largo y ondulado, cayéndole en torno a las
orejas. Un rostro pálido, bien afeitado y realmente hermoso, casi sin barba. Lo
miré de cerca. Una cara que hubiera sido hermosa sin el toque de masculinidad
de sus pesadas cejas negras y su barbilla firmemente dibujada. Su voz, cuando
habló, era grave y suave, pero al final, al terminar con las palabras: «¡Soy
inocente!», hizo ostentación de fuerte masculinidad. Sus ojos estaban
sombreados de largas pestañas de mujer, por casualidad se encontraron con los
míos. «Soy inocente.» Sus curvados labios sensuales se distendieron en torva
expresión de burla ...
Halsey
oprimió un botón. Se volvió a Snap y a mí mientras su ayudante corría el telón,
ocultando la negra pantalla.
—Bien,
ése es. No tenemos nada tangible contra él, pero diré esto: Es un individuo
inteligente, uno de los que se debe de temer. No lo pregonaré desde los
altavoces de un estadium, pero si está tramando algún complot, ha sido
demasiado inteligente para mis agentes.
Hablamos
durante otra media hora, y luego el capitán Carter nos despidió. Dejamos la
oficina de Halsey con las palabras finales de Carter resonándonos en los oídos:
«Pase lo que pase, muchachos, recordad que confío en vosotros...»
Snap
y yo decidimos ir paseando parte del camino de vuelta a la nave. Era
escasamente más de media milla a través de este pasadizo subterráneo hasta
donde podríamos coger el ascensor vertical directo a las pistas de aterrizaje.
Echamos
a andar por el nivel más bajo. Una vez fuera del aislamiento de la oficina de
Halsey no osábamos hablar de este asunto. No sólo oídos eléctricos, sino
cualquier otro posible instrumento de espionaje podía estar enfocado sobre
nosotros. El pasillo iba a doscientos pies o más por debajo del nivel del
suelo. A esta hora de la noche la sección comercial estaba comparativamente
desierta. Los almacenes y las arcadas de las oficinas todas estaban cerradas.
El
ruido de nuestras pisadas retumbaba sobre el piso de metal mientras nos
apresurábamos por él. Me sentía deprimido y oprimido. Como si tuviera sobre mí
unos ojos espiándome. Durante algún tiempo caminamos en silencio, cada uno
ocupado con el recuerdo de lo que había ocurrido en la oficina de Halsey.
—¿Qué
es eso? —preguntó de pronto Snap agarrándome.
—¿Dónde?
—musité.
Nos
detuvimos en una esquina. Aquí había un portal. Snap me empujó dentro. Pude
notar cómo temblaba de excitación.
—¿Qué
es? —pregunté con un susurro.
—Nos
están siguiendo. ¿Oyes algo?
—¡No!
Sin
embargo pensé que ahora podía oír algo. Ruido de vagas pisadas. Un roce. Un
microscópico ruido como si algún aparato estuviera dentro de nuestro alcance.
Snap
estaba revolviendo en su bolsillo.
—Espera!
Tengo un par de detectores de baja frecuencia.
Puso
las pequeñas pantallas contra sus oídos. Pude oír una aguda inhalación de aire.
Luego me cogió, tirándome sobre el suelo de metal del portal.
—¡Atrás,
Gregg! ¡Atrás!
Apenas
podía oír sus murmullos. Nos agazapamos tan adentro del portal como pudimos. Yo
estaba armado. Mi permiso oficial para llevar el lapicero de rayos térmicos me
permitía llevarlo siempre conmigo. Lo saqué ahora, pero no había nada a que
disparar. Sentí cómo Snap me pegaba los auriculares a mis oídos. ¡Y ahora oí
algo! Una intensificación de las tenues pisadas que había creído oír antes.
¡Había
algo que nos seguía! El corredor estaba en penumbra, pero claramente visible, y
tan lejos como pude ver estaba vacío. Pero había alguna cosa aquí. ¡Algo
invisible! Ahora podía oír cómo se movía. Arrastrándose hacia nosotros. Quité
los auriculares de mis oídos.
—¿Tienes
un teléfono local? —murmuró Snap.
—Sí.
Estableceré el contacto para que nos den la luz de la calle.
Oprimí
la señal de peligro, dando nuestra situación al operador. En un segundo tuvimos
luz. La calle y todos sus alrededores estalló en un brillante resplandor
actínico. ¡La cosa amenazadora se nos reveló! Una figura con una negra capa
agazapada a unos treinta pies de distancia en el corredor.
Snap
no estaba armado, pero sacó las manos amenazadoramente. La figura, que pudiera
no estar al corriente de las medidas de seguridad de nuestra ciudad, fue cogida
totalmente por sorpresa. Una figura humana, de siete pies de alto por lo menos
y, por lo tanto, juzgué que sería un marciano.
La
capa negra le cubría la cabeza. Dio un paso hacia nosotros, dudó, y se volvió
confuso.
La
aguda voz de Snap estaba pidiendo ayuda. El sonido del silbato de un policía
sonó próximo a nosotros. ¡La figura se estaba alejando! Mi lapicero de rayos lo
tenía en la mano y oprimí su llave. El diminuto rayo térmico rasgó el aire,
pero fallé. La figura tropezó, pero no cayó. Vi un brazo desnudo gris salir de
la capa, extenderse para guardar el equilibrio. O tal vez mi lapicero de rayos
rozara su brazo. El brazo de piel gris de un marciano.
Snap
estaba gritando.
—¡Dale
otro! —pero la figura pasó detrás del resplandor actínico y desapareció.
Nos
detuvieron en el torbellino del corredor durante diez minutos o más con las
explicaciones oficiales. Luego un mensaje de Halsey nos dejó en libertad. El
marciano que nos había estado siguiendo dentro de su capa invisible no fue
cogido.
Por
último escapamos de la multitud y anduvimos nuestro camino de vuelta
hacia
el Planetara, donde los pasajeros se estaban ya reuniendo para la salida del
viaje hacia Marte.
Capítulo
II
El
capitán Carter, el doctor Frank, cirujano de la nave, y yo, permanecimos en el
balcón de la torreta blindada del Planetara, observando a los pasajeros que
llegaban. Faltaba poco para las cero horas y la superficie de la pista era un
remolino de confusión. Las escaleras mecánicas, una vez las últimas mercancías
estuvieron a bordo, fueron retiradas. Pero la plataforma estaba abarrotada con
los equipajes de los viajeros que venían, los funcionarios interplanetarios de
aduanas e impuestos con sus equipos de rayos X y Z, y los pasajeros mismos,
puestos en fila para la inspección de salida.
Desde
esta altura las luces de la ciudad se extendían con fulgores azules y amarillos
debajo de nosotros. Los aviones locales de los particulares venían a posarse a
nuestra plataforma como pájaros. Treinta y ocho pasajeros para Marte en este
viaje, pero ese maldito deseo de todos los amigos y parientes de despedir a los
que parten trajo un ciento o más de gente extra que se apelotonaba entre
nuestros puntales y aumentaba los problemas de todo el mundo.
Carter
estaba demasiado absorbido por sus deberes para que pudiera permanecer mucho
tiempo con nosotros. Pero el doctor Frank y yo nos encontrábamos aquí, en la
torreta, sin otra cosa que hacer más que observar.
El
doctor Frank era un hombrecillo de cincuenta años, delgado y moreno, de aspecto
elegante con su uniforme azul y blanco. Lo conocía bien; habíamos hecho varios
vuelos juntos. Americano... y me imagino que de ascendencia judía. Un hombre
agradable y un médico y cirujano competente. Él y yo siempre habíamos sido
buenos amigos.
—Abarrotado
—comentó—. Johnson dice que son treinta y ocho. Confío en que sean viajeros
experimentados. Este mal de la presión es una incomodidad horrible... me hace
andar toda la noche de un lado para otro asegurando a mujeres aterrorizadas que
no se van a morir. En el último viaje, al salir de la atmósfera de Venus...
Se
abismó en el lúgubre relato de sus problemas con los pasajeros con enfermedad
del espacio. Pero yo no estaba de humor para escucharle. Mi vista estaba en la
pasarela, por la cual, por encima del costado brillante plateado de la nave,
subían los pasajeros y sus amigos en pequeños grupos. La cubierta superior ya
estaba abarrotada con éstos.
El
Planetara, como suelen ser estos vehículos, no era un navío grande. De cuerpo
cilíndrico, con cuarenta pies de bao mayor y doscientos setenta y cinco pies de
largo. La superestructura de los pasajeros —no más de un ciento de pies de
largo— estaba situada en el centro de la nave. Una cubierta estrecha protegida
metálicamente, y con grandes ventanas de ojo de buey, rodeaba la
superestructura. Algunas de las cabinas daban directamente a la cubierta y las
otras tenían puertas a los pasillos interiores. Había media docena de salones
públicos, pequeños pero lujosos.
El
resto de la nave estaba dedicado al almacenaje de la carga y a los
compartimientos de maquinaria y control. Por delante de la estructura de
pasajeros el nivel de cubierta continuaba, bajo el domo cilíndrico del techo,
hasta la proa. El observatorio de la torre posterior, las cabinas de los
oficiales, la sala de navegación del capitán Carter y el despacho del doctor
Frank estaban aquí. De forma similar, bajo el domo de popa, estaba la torreta
de vigilancia de popa y las series de departamentos de energía.
Por
encima de la superestructura estaban enlazados como una tela de araña de metal
una gran confusión de puentes, escalerillas y balcones. La torreta en la que el
doctor Frank y yo estábamos ahora, estaba situada precisamente aquí. A
cincuenta pies de distancia, como un nido de pájaros, la sala de instrumentos
de Snap se erguía unida al metal del puente. El techo del domo, con las
ventanas de glasite cerradas ahora, se elevaba en agudo pináculo para cubrir la
porción media más alta del navío.
Abajo,
en el casco principal, recorrían todo lo largo de la nave unos pasillos
metálicos iluminados con luz azul. Los departamentos de almacenaje de
mercancías, salas de control de gravedad, sistemas de renovación de aire,
calefactores, ventiladores y mecanismos de presión... todos estaban situados
allí. Y las cocinas, los departamentos de despensa y las habitaciones de la
tripulación. Este viaje llevábamos una tripulación de diecisiete personas, sin
contar los oficiales de navegación, el sobrecargo, a Snap Dean y al doctor
Frank.
Los
pasajeros que subían a bordo parecían una buena representación de lo que
usualmente son los que parten de viaje para Ferrok-Shahnn La mayoría eran
terráqueos... y marcianos de regreso. El doctor Frank me señaló uno. Un enorme
marciano ataviado de gris, un individuo de siete pies de alto.
—Se
llama Set Miko —comentó el doctor—. ¿Oyó alguna vez hablar de él?
—No
—contesté—. ¿Debería conocerle?
—Bueno...
—el doctor se contuvo, como si lamentara haber hablado.
—Nunca
oí hablar de él —repetí lentamente.
Se
hizo un silencio embarazoso entre nosotros.
Había
pocos pasajeros de Venus. Vi uno de ellos mientras subía la pasarela y la
reconocí. Una chica que viajaba sola. La habíamos traído de Grehbar, en el
penúltimo viaje. La recordaba. Era un tipo de chica sumamente atractivo, donde
la mayoría lo son. Su nombre era Venza, y hablaba bien inglés. Una cantante y
bailarina que había sido importada al Gran Nueva York para cumplir algún
contrato teatral, y había sido todo un éxito en la gran avenida Blanca.
Subía
la pasarela detrás del mozo, y al levantar la vista nos vio al doctor Frank y a
mí en la torreta y nos dedicó una sonrisa y agitó su blanco brazo a modo de
saludo.
El
doctor Frank se echó a reír.
—¡Por
los dioses de la ruta del espacio, si es Alta Venza! ¿Viste esa mirada, Gregg?
Era por mí, no por ti..
—Pudiera
ser —repliqué—, pero lo dudo... Venza es totalmente imparcial.
Me
pregunté qué podría llevar a Venza ahora a Marte. Me alegraba de verla. Era
divertida, educada. Había viajado mucho y hablaba inglés con un estilo familiar
y teatral más característico del Gran Nueva York que de Venus, y a pesar de su
aspecto ligero me confiaría más en ella que en cualquier otra chica de Venus
que conozca.
Sonaron
las sirenas de partida y los amigos y parientes de los pasajeros se
apelotonaron junto a la pasarela de salida, dejando libre la cubierta. No había
visto a George Prince subir a bordo. Me pareció verle entonces en la pista de
aterrizaje bajándose de un coche particular. Una figura pequeña y menuda. Los
aduaneros le rodearon y sólo me dejaban ver su cabeza y hombros. Un rostro
hermoso y femenino, con largo cabello negro hasta la base del cuello. Llevaba
la cabeza descubierta, con la capucha de su abrigo de viaje echada hacia atrás.
Le
miraba fijamente, y vi que el doctor Frank también estaba mirando fijamente,
pero ninguno de nosotros habló.
—¿Qué
le parece si bajamos a cubierta, doctor? —dije de pronto siguiendo un impulso.
Asintió.
Bajamos a la habitación baja de la torreta y gateamos por la escalerilla hasta
el nivel de la cubierta superior. La parte de arriba de la pasarela de llegada
estaba próxima a nosotros. George Prince subía por la pasarela precedido por
dos maleteros que se inclinaban bajo el peso del equipaje de mano. Le había
reconocido por el tipo que viera en la oficina de Halsey.
Y
entonces, con gran sorpresa, descubrí que estaba confundido. Era una chica la
que subía a bordo. La luz de arco sobre la pasarela la iluminaba claramente
cuando estuvo a mitad de camino. Una chica con su capucha echada hacia atrás y
el rostro enmarcado en espeso cabello negro. Ahora me daba cuenta que no era un
corte de pelo masculino; sino que largas trenzas le colgaban por debajo del
capuchón.
El
doctor Frank debió haber notado mi asombro.
—Una
pequeña beldad, ¿no es verdad?
—¿Quién
es?
Estábamos
de pie, apoyados contra la pared de la superestructura. Un pasajero estaba
cerca de nosotros... el marciano a quien el doctor Frank había llamado Miko.
Estaba remoloneando por aquí, evidentemente para observar cómo la chica subía a
bordo, pero cuando miré hacia él, apartó la vista y se alejó de forma
disimulada.
—Estoy
en el A22 —dijo la chica al maletero cuando llegó a cubierta—. Mi hermano está
a bordo desde hace un par de horas.
—Ésa
es Anita Prince —respondió a mi pregunta el doctor Frank.
Pasaba
muy cerca de nosotros por la cubierta, siguiendo al mozo, cuando tropezó y casi
se cayó. Yo era el más próximo a ella. Me adelanté de un salto y la sostuve.
Sosteniéndola
con mis brazos en torno a ella, la levanté y la puse de nuevo en pie. Se había
torcido un tobillo y se mantuvo en equilibrio hasta que le desapareció el dolor
al cabo de un momento.
—Estoy
bien... ¡gracias!
A la
tenue luz de la cubierta iluminada de azul me encontré con sus ojos. La estaba
sosteniendo con un brazo que la rodeaba. La sentí pequeña y suave contra mí. Su
rostro enmarcado en el negro y espeso cabello, me sonreía. Un rostro pequeño y
ovalado... hermoso... aunque de firme barbilla y marcado con el sello de su
propia personalidad. Ésta no era una belleza vacía.
—Estoy
bien, muchísimas gracias...
Me
di cuenta de que no la había soltado y sentí cómo sus manos me apartaban. Y
luego, pareció durante unos instantes que se rendía y se apretaba. Y me
encontré con su sorprendida mirada. Unos ojos como una noche púrpura con el
resplandor nebuloso de la luz de las estrellas en ellos. Me oí a mí mismo
diciendo: «¡Perdone! Sí, claro...», y la solté.
Me
dio las gracias de nuevo, y siguió a los maleteros a lo largo de la cubierta.
Cojeaba ligeramente.
Durante
un instante había estado pegada a mí. Un breve mensaje de algo, de sus ojos a
los míos... y de los míos a los de ella. Los poetas escriben que el amor puede
nacer de una mirada tal como ésta. El primer encuentro, al otro lado de todas
las barreras de las cuales el amor surge sin buscarlo, espontáneo... retador,
algunas veces. Y los trovadores de la antigüedad cantarían: «Una mirada fugaz;
un contacto; dos corazones latiendo aceleradamente... y el amor ha nacido.»
Creo
que con Anita y conmigo debió de ser algo así.
Permanecí
mirándola, sin darme cuenta cómo el doctor Frank me observaba con burlona
sonrisa. Y en aquel momento, no más de un cuarto después de las cero horas,
partió el Planetara. Con las ventanas del domo cerradas firmemente, nos
elevamos de la pista de aterrizaje y nos remontamos sobre la reluciente ciudad.
La fosforescencia de los tubos electrónicos era como la cola de un cometa
detrás de nosotros, mientras nos deslizábamos hacia arriba.
Capítulo
III
A
las seis de la mañana, hora oriental de la Tierra, que era por la que nos
guiábamos, Snap Dean y yo estábamos solos en su sala de instrumentos, situada
sobre el retículo de encima de cubierta del Planetara, encerrados en la comba
del domo, que nos rodeaba como una gran ventana de observatorio, a unos veinte
pies por encima del techo de este cubículo de metal.
El
Planetara aún seguía dentro de la sombra de la Tierra. El firmamento (espacio
negro interestelar con sus resplandecientes estrellas blancas, rojas y
amarillas) se extendía rodeándonos. La Luna, con casi todo su disco iluminado,
colgaba, como una enorme pelota de plata, sobre nuestro cuarto de proa. Detrás
de ella, a un lado, flotaba Marte como la punta roja de un rescoldo de cigarro
en la oscuridad. La Tierra, detrás de nuestra popa, aparecía rojiza y apenas
visible... una esfera gigantesca marcada por las configuraciones de sus océanos
y continentes. Sobre uno de los limbos una nota de luz de sol se reflejaba en
las crestas de las montañas con un brillo creciente rojo amarillento.
Y
entonces surgimos fuera del cono de sombra. El sol, con su reluciente corona,
se abrió paso a través de la oscuridad detrás de nosotros. La Tierra se
encendió en un enorme y fino creciente con cuernos.
Para
Snap y para mí las magnificencias de los cielos nos resultaban demasiado
familiares para que las observáramos. Y, particularmente en este viaje, no
estábamos de humor para considerarlas. Había estado en la sala de radio varias
horas. Una vez que el Planetara hubiera partido y que había acabado mis pocas
tareas rutinarias, no podía pensar en otra cosa que en el consejo de Halsey y
Carter: «Tened cuidado. Y en especial... vigilad a George Prince.»
No
había visto a George Prince, pero había visto a su hermana, a la que ni Carter
ni Halsey se habían preocupado de nombrar, y mi corazón aún saltaba con el
recuerdo.
El
doctor Frank, evidentemente tenía pocos problemas con los pasajeros enfermos
por la presión, ya que los compensadores del Planetara eran muy eficientes.
Deslizándome a través de los silenciosos salones y corredores metálicos, fui
hasta la puerta del A22. Estaba sobre el nivel de cubierta, en el diminuto
pasillo de los pasajeros, junto a la salida de la principal sala de recreo.
Sobre la rejilla del nombre, brillaban las letras: Anita Prince. Me quedé
mirando la cabina fijamente como un camarero con mis pantalones cortos blancos
y mi camisa de seda. ¡Anita Prince! Nunca había oído su nombre hasta esta
noche. Pero ahora me sonaba con música mágica, mientras lo susurraba.
Ella
estaba allí, sin duda alguna durmiendo, detrás de aquella pequeña puerta
metálica. Parecía como si esta pequeña rajilla ovalada fuera el camino para el
país de las hadas de mis sueños.
Me
volví. El recuerdo de la expedición a la Luna de Grantline me torturaba. George
Prince (el hermano de Anita) era el que nos había prevenido que vigiláramos.
Este renegado, asociado a marcianos de conducta dudosa, tramando Dios sabe qué.
Vi,
sobre la puerta adjunta, A20, George Prince. Escuché. En el profundo silencio
del interior de la nave no se oía ningún ruido procedente de estas cabinas.
Sabía
que la A20 no tenía ventanas. Pero la habitación de Anita tenía una ventana y
una puerta que daban a cubierta. Atravesé la sala de estar, pasé bajo su arco y
caminé a lo largo de la cubierta. La puerta y la ventana de este lado de la A22
estaban cerradas y oscuras. La cubierta estaba en la penumbra de las blancas
luces de las estrellas, que se veían por las portañolas laterales. Había sillas
aquí, pero todas estaban vacías. Por las ventanas de proa del arqueado domo
penetraba un rayo de luna, que alargaba las sombras por la cubierta. En la
esquina donde terminaba la superestructura me pareció ver una figura que se
escondía, como si estuviera observándome. Me dirigí en aquella dirección, pero
se había desvanecido.
Di
vuelta a la esquina y crucé la nave hasta el otro extremo. No había nadie a la
vista excepto el vigía sobre su puente en el retículo, arriba en la proa, y el
segundo oficial, de servicio sobre el balcón de la torreta, casi directamente
encima de mí.
Mientras
permanecía escuchando oí de pronto ruido de pisadas. De dirección de la proa
vino una figura: el sobrecargo Johnson.
—¿Refrescando,
Gregg? —me saludó.
—Sí
—contesté.
Me
cruzó y siguió hasta la próxima puerta del salón fumador.
Permanecí
un momento junto a una de las ventanas de cubierta, mirando a las estrellas; y
sin ninguna razón en absoluto, me di cuenta de que estaba tenso. Johnson era
famoso por su sueño regular... y era muy extraño en él que errara por la nave a
tal hora de la noche. ¿Había estado vigilándome? Me dije a mí mismo que era un
disparate. En este viaje sospechaba de todo el mundo y de todas las cosas.
Oí
otros pasos. El capitán Carter salió de su sala de derrota, que estaba situada
en el centro del espacio abierto de cubierta donde se estrechaba cerca de la
proa. Inmediatamente me uní a él.
—¿Quién
era ése? —medio me susurró.
—Johnson.
—¡Oh,
sí! —revolvió en su uniforme, mientras con la mirada barría la cubierta
iluminada por la luz de la luna—. Gregg..., coja esto —me entregó una pequeña
caja de metal, que yo escondí rápidamente dentro de la camisa.
—Un
aislador —añadió en voz baja—. Snap está en su oficina. Lléveselo, Gregg. Quede
con él, será una medida de seguridad, y puede ayudarle a tomar las fotografías
—apenas estaba susurrando—. No les acompañaré..., no merece la pena el que
parezca como que estamos haciendo algo fuera de lo normal. Si sus fotos indican
alguna cosa... o si Snap recibe algún mensaje..., tráiganmelo —y añadió en voz
alta—. Bueno, ahora hará bastante frío, Gregg.
Y se
alejó lentamente hacia su sala de derrota.
—¡Cielos,
qué alivio! —susurró Snap cuando se conectó la corriente.
Habíamos
instalado el aislador en su cubículo y dentro de su zona podríamos, al menos,
hablar con un cierto grado de libertad.
—¿Has
visto a George Prince, Gregg?
—No,
tiene la A20. Pero vi a su hermana. Snap, nadie nos la mencionó...
Snap
había oído hablar de ella, pero no sabía que estaba apuntada para este viaje.
—Una
verdadera belleza, según he oído. Es una maldita vergüenza para una chica
decente que tenga un hermano como ése.
Pude
mostrarme de acuerdo con él en eso...
Ahora
eran las seis de la mañana. Snap había estado ocupado toda la noche con los
radio-cosmos de rutina de la Tierra, que seguían nuestra partida. Tenía un
montón de ellos a su lado.
—¿Nada
de aspecto raro? —sugerí.
—No.
Nada en absoluto.
En
este momento no estábamos a más de sesenta y cinco mil millas de la superficie
de la Tierra. De pronto el Planetara se desvió de su trayectoria directa para
Marte. No había nada que pudiera suscitar los comentarios de los pasajeros por
su paso próximo a la Luna; normalmente aprovechábamos la atracción del satélite
para darnos un impulso adicional a la velocidad de partida.
Ahora
o nunca recibiríamos el mensaje de Grantline. Se creía que estaba en el lado de
la Luna que miraba a la Tierra. Mientras Snap se afanaba con su rutina,
inspeccioné la superficie de la Luna con nuestro lente.
Pero
no había nada. Copérnico y Kepler quedaban a plena luz del sol. Las alturas de
las montañas lunares y las profundidades de los áridos mares vacíos, aparecían
manchados de negro y blanco, claros y limpios. Esta Luna sin cambios estaba
horriblemente desolada y hostil. En la fábula, la luz de la luna podía rielar y
dar destellos para iluminar la sonrisa del enamorado; pero la realidad de la
Luna era fría y desierta. No había nada que mostrara a mis inquisidores ojos
dónde pudiera estar el intrépido Grantline.
—Nada
en absoluto, Snap.
Y
los instrumentos de Snap, afinados desde hacía una hora para recoger la más
leve señal, permanecían silenciosos.
—Si
ha concentrado alguna cantidad apreciable de mineral —comentó Snap—
recibiríamos los impulsos de sus radiaciones.
Pero
nuestra pantalla receptora permanecía oscura, sin alteraciones. Nuestro espejo
de rejilla proporcionaba imágenes ampliadas; el espectro, con su selección de
onda larga, dibujaba los niveles de las montañas y lentamente descendía a lo
más profundo de los mares. No había nada.
Sin
embargo, en aquellas cavernas de la Luna (un millón de millones de escondites
entre los despeñaderos de aquella superficie desgajada y desnuda), el encontrar
un punto de movimiento que pudiera ser la expedición de Grantline, ¡podría tan
fácilmente pasar desapercibida! ¿Podría tener el mineral aislado por temor de
que sus radiaciones traicionaran su presencia a observadores hostiles?
¿O
tal vez le había ocurrido algún desastre? O quizá no estuviera, después de
todo, en este hemisferio de la Luna...
Mi
imaginación, agudizada por la fantasía de la amenaza escondida que parecía
ceñirse por todos los rincones del Planetara en este viaje, se ofrecía llena de
temores por Johnny Grantline. Había prometido comunicar durante este viaje. Era
ahora, o tal vez nunca.
Llegaron
las seis y media y pasaron. Ahora ya habíamos pasado con mucho la sombra de la
Tierra. El firmamento relucía con su intenso esplendor; detrás de nosotros el
sol era una bola de donde brotaban llamas amarillo-rojizas. La Tierra colgaba
como una semiesfera enorme de tono rojizo oscuro.
Estábamos
a unas cuarenta mil millas de la Luna. Una pelota gigante y blanca... con todo
su disco visible a simple vista. Se balanceaba por encima de la proa y, en este
momento, mientras el Planetara se desviaba de su trayectoria hacia Marte, se
desplazó hacia un lado. Su luz relucía blanca y deslumbradora en nuestra
ventana.
Snap,
con su visera de celuloide roja, echada hacia atrás sobre la frente, trabajaba
sobre sus instrumentos.
—¡Gregg!
La
pantalla receptora estaba soltando ligeros destellos. !Las radiaciones la
estaban bombardeando! Relucía, brillaba fosforescentemente, y el registro
sonoro comenzó a producir sus pequeños zumbidos.
¡Rayos
gamma! Snap saltó a los diales. La potencia y la dirección pronto fueron
evidentes. ¡Una porción de mineral altamente radiactivo estaba concentrado
sobre este hemisferio de la Luna! Era inconfundible.
—¡Lo
consiguió, Gregg! Está...
Las
diminutas rejillas comenzaron a oscilar. Snap exclamó con aire triunfal:
—¡Aquí
sale! ¡Por Dios, al fin un mensaje!
Snap
lo descifró.
«¡Éxito!
Paren por mineral en su viaje de regreso. Les daremos nuestra situación
posteriormente. Éxito superior a las más optimistas esperanzas.»
—Eso
es todo —susurró Snap—. ¡Consiguió el mineral!
Estábamos
sentados en la oscuridad y, repentinamente, me di cuenta de que a través de la
ventana abierta, donde no existía zona de aislamiento, el aire silbaba
ligeramente. ¡Allí había una interferencia! Vi un pequeño remolino de chispas
púrpura. ¡Alguien —alguna radiación hostil desde la cubierta de abajo o desde
el puente del retículo que conducía a nuestra pequeña habitación—, alguien de
fuera estaba tratando de espiarnos!
Snap,
impulsivamente, se lanzó hacia los regeneradores para permitir entrar la luz de
fuera. Pero le detuve.
—¡Espera!
—desconecté nuestro aislador, abrí la puerta y salí al estrecho puente
metálico.
—¡Tú
queda ahí, Snap! —susurré. Luego añadí en alta voz—: Bien, Snap, me voy a la
cama. Me alegro que hayas despachado ese montón de trabajo.
Cerré
la puerta ruidosamente tras mí. El retículo de puentes metálicos parecía vacío.
Miré hacia el domo, hacia adelante y hacia popa. Veinte pies debajo de mí
estaba el techo metálico de la superestructura de la cabina. Debajo, a ambos
lados, se veía la cubierta. Toda estaba iluminada por la luz de la luna.
No
había nadie visible allí. Bajé la escalerilla. La cubierta estaba vacía. ¡Pero
algo se estaba moviendo en el silencio! ¡Un ruido de pasos se alejaba de mí,
andando por la cubierta! Los seguí; de pronto eché a correr, persiguiendo algo
que no podía ver. Se metió en el salón fumador.
Entré
de estampida. Y el sonido real apagó al fantasma. Johnson, el sobrecargo,
estaba sentado sólo aquí en la penumbra. Estaba fumando. Observé que su cigarro
tenía un largo trazo de frágil ceniza. No podía haber sido él al que iba
persiguiendo, pues estaba sentado allí totalmente tranquilo y era un individuo
pesado de cuello grueso que fácilmente se quedaba sin aliento. Pero ahora
estaba respirando con toda calma.
Se
irguió asombrado ante mi brusca aparición, y la ceniza se agitó, cayendo del
cigarro.
—¡Gregg!
Qué ¡Qué diablos...!
—Voy
a acostarme... —le dije tratando de sonreír—. Trabajé toda la noche ayudando a
Snap.
Pasé
por su lado y salí por la puerta que daba al corredor principal. Era el único
camino que el invisible merodeador podía haber elegido. Pero ahora era
demasiado tarde... No se oía nada. Me lancé dentro del salón principal. Estaba
vacío, oscuro y en silencio, un silencio roto ahora por un suave «click», como
el de una puerta de camarote que se cierra apresuradamente. Giré sobre mí mismo
y me encontré en un pequeño pasadizo transversal. Las puertas gemelas A20 y A22
quedaban delante de mí.
¡El
invisible escucha había entrado en una de estas habitaciones! Escuché en cada
uno de los paneles, pero dentro todo estaba en silencio.
El
interior de la nave resonó de pronto con la sirena del mayordomo... la llamada
para despertar a los pasajeros. Me asustó, y me alejé deslizándome suavemente.
Pero la sirena se calló, y en el silencio oí una suave voz musical:
—Despierta,
Anita, creo que es la llamada para el desayuno.
Y la
respuesta: «Muy bien, George.»
Capítulo
IV
Aquella
mañana no aparecí al desayuno. Estaba agotado y drogado por falta de sueño.
Estuve un momento con Snap, para contarle lo que había ocurrido. Luego busqué a
Carter. Tenía aislada su pequeña sala de derrota, y fuimos prudentes. Le dije
lo que Snap y yo habíamos descubierto: las radiaciones procedentes de la Luna
probaban que Grantline había reunido una considerable cantidad de mineral.
También le conté lo del mensaje de Grantline.
—Nos
detendremos en nuestro viaje de regreso, según él indicó, Gregg —se inclinó
aproximándose—. En Ferrok-Shahn voy a coger un cordón de Policía
Interplanetaria. El secreto se hará público, naturalmente, cuando nos
detengamos en la Luna. No tenemos derecho, incluso ahora, a viajar en este
navío tan indefenso como va.
Estaba
muy solemne. Y se mostró preocupado cuando le conté lo del espía invisible.
—¿Cree
que oyó el mensaje de Grantline? ¿Quién era? ¿Usted parece tener la impresión
de que era George Prince?
Le
dije que estaba convencido de que el merodeador entrara en la A20. Cuando
mencioné el hecho de que el sobrecargo parecía haber estado vigilándome a
primera hora de la noche, y que de nuevo estaba sentado en el salón de
fumadores cuando se escapó el espía, Carter pareció sobresaltarse.
—Johnson
es formal, Gregg.
—¿Sabe
él algo sobre este asunto de Grantline?
—No...,
no —replicó apresuradamente—. Usted no se lo ha mencionado, ¿no es verdad?
—Naturalmente
que no. Pero, ¿por qué Johnson no oyó al escucha? Y, de todas formas, ¿qué
estaba haciendo allí a aquella hora de la mañana?
El
capitán pasó por alto mi pregunta.
—Haré
que registren la suite de Prince... nunca seremos demasiado precavidos...
Acuéstese, Gregg, necesita descanso.
Me
dirigí a mi cabina. Estaba situada a popa, sobre la cubierta, cerca de la torre
del vigía de popa. Una habitación pequeña, de metal, con una silla, un pupitre
y una litera. Me aseguré que no había nadie en ella. Precinté la parrilla de
enrejado y la puerta, y coloqué el disparador de la alarma contra cualquier
apertura de ellas, y luego me acosté.
Me
despertó la sirena para la comida del mediodía. Había dormido pesadamente, pero
me sentía despejado.
Cuando
llegué al salón, encontré a los pasajeros ya reunidos en torno a mi mesa. Era
una habitación de bóveda baja con tubos de luz azul y amarilla. A los lados,
por las ventanas ovaladas, se veía la cubierta, con sus portañolas sobre el
costado del domo, a través de las cuales se percibía una vista del firmamento
estrellado. Estábamos felizmente en nuestra trayectoria hacia Marte y la Luna
no era más que un punto de luz al lado del creciente de la Tierra. Y, detrás de
ellas, nuestro Sol lanzaba sus destellos, aparentemente el astro mayor de los
cielos. Estaba a unos sesenta y ocho millones de millas de la Tierra a Marte.
Un vuelo, de ordinario, de unos diez días.
En
el comedor había cinco mesas, cada una de ellas con ocho asientos. Snap y yo
teníamos la misma mesa. Nos sentamos a los extremos, con los pasajeros a ambos
lados.
Snap
ya estaba en su sitio cuando llegué. Me dirigió un vistazo desde el otro lado
de la mesa, y, de forma alegre, me presentó a los otros tres hombres que ya
estaban sentados:
—Éste
es nuestro tercer oficial, Gregg Haljan. Un tipo alto y apuesto, ¿no es verdad?
Y tan agradable como es de bien parecido. Gregg, éste es Sero Ob Hahn.
Me
encontré con la sombría y penetrante mirada de un venusiano de edad media. Un
hombre bajo y ligeramente agraciado, de cabellos negros y lisos. Su rostro
afilado, acentuado por la prominente barba, era pálido. Usaba un ropaje blanco
y púrpura y sobre el pecho llevaba un adorno de platino, un objeto como una
cruz y una estrella, entrecruzadas.
—Me
alegro de saludarle, señor —su voz era dulce y profunda.
—Ob
Hahn —repetí—. Seguro que debía haber oído hablar de usted, sin duda, pero...
Afloró
una sonrisa a sus delgados labios grises:
—Esa
es una falta mía, no suya. Mi misión es que todo el universo oiga hablar de mí.
—Predica
la religión de los místicos venusianos —explicó Snap.
—Y
este caballero iluminado —dijo Ob Hahn irónicamente señalando a un hombre—
acaba de denominarlo, sensiblemente, fetichismo. La ignorancia...
—¡Oh,
oiga! —protestó el hombre de al lado de Ob Hahn—. Quiero decir que parece que
usted cree que quise decir algo ofensivo, y para decir la verdad...
—Tenemos
una discusión, Gregg —se rió Snap—. Éste es sir Arthur Conisten, un caballero
inglés, conferenciante y trotacielos... es decir, será un trotacielos; nos
contó que proyecta numerosos viajes.
El
alto inglés, con su traje blanco de hilo, se inclinó con un gesto de
asentimiento.
—Mis
cumplidos, señor Haljan. Confío en que no tenga fuertes convicciones
religiosas, pues en ese caso le haríamos su mesa... ¡muy desagradable!
El
tercer pasajero se había mantenido, evidentemente, al margen de la disputa.
Snap me lo presentó como Ranee Rankin. Era un americano, un individuo tranquilo
y rubio de treinta a cuarenta años.
Pedí
mi almuerzo y dejé que la discusión continuara.
—No
me molestarán —decía Snap—. Me encantan las discusiones. Usted decía, sir
Arthur...
—Quería
decir que creo que he dicho demasiado. Señor Rankin, usted es más diplomático.
Rankin
se echó a reír.
—Yo
soy un prestidigitador —me dijo—. Un actor de teatro. Trafico con trucos...
como engañar al auditorio... —su aguda mirada divertida estaba puesta en Ob
Hahn—. Este caballero de Venus y yo tenemos mucho en común que discutir.
—¡Qué
malo! —exclamó el inglés—. ¡Por Júpiter! ¡Realmente, señor Rankin, usted es un
poquito demasiado cruel!
Me
di cuenta que este viaje estábamos condenados a tener unas comidas turbulentas.
Me gusta comer tranquilo; siempre me molestan los pasajeros que discuten. Aún
quedaban tres sitios vacantes en nuestra mesa y me pregunté quién los ocuparía.
Pronto supe la respuesta... al menos la de un sitio. Rankin dijo calmosamente:
—¿Dónde
está la pequeña venusiana? —y su mirada se dirigió al asiento vacío a mi
derecha—. Venza, ¿no se llama así? Ella y yo vamos destinados al mismo teatro
en Ferrok-Shahn.
De
forma que Venza iba a sentarse a mi lado. Era una buena noticia. Diez días de
discusiones religiosas tres veces al día habrían sido intolerables. Pero la
animosa Venza podría ayudar.
—Ella
nunca come la comida del mediodía —dijo Snap—. Está en cubierta, tomando un
jugo de naranja. Me imagino que será el viejo cuento de la dieta, ¿eh?
Mi
atención se desvió por el salón. La mayoría de los sitios estaban ocupados. En
la mesa del capitán vi los objetivos de mi búsqueda: George Prince y su
hermana, uno a cada lado del capitán. Ahora veía a George Prince en la realidad
como un hombre que apenas representaba veinticinco años y, evidentemente, en
este momento estaba de buen humor. Su hermoso perfil limpiamente afeitado, con
sus poéticas ondas morenas, estaba vuelto hacia mí. Parecía haber poco de
malvado en él.
Y
veía a Anita Prince ahora como una pequeña belleza de pelo oscuro y ojos
negros, que se parecía muchísimo en los rasgos a su hermano. En aquel momento
acababa su comida. Se levantó, y él la siguió. Estaba vestida según la moda de
la Tierra, blusa blanca y chaqueta oscura, con unos pantalones que le llegaban
hasta la rodilla de color gris, llevando, como única nota de color, un cinturón
rojo. Al pasar junto a mí me dirigió una sonrisa.
Mi
corazón me estaba latiendo furiosamente. Contesté al saludo y me encontré con
la mirada casual de su hermano. Él también sonrió, como para dar a entender que
su hermana le había contado el servicio que le había hecho. ¿O era su sonrisa
un recuerdo irónico de cómo me había esquivado esta mañana cuando le perseguí?
Seguí
con la vista su pequeña figura vestida de blanco mientras acompañaba a Anita
fuera del salón. Y pensando en ella, deseé que Carter y Halsey pudieran estar
en un error. Cualquier cosa que fuese la que se estuviese tramando contra la
expedición de Grantline, confié en que George Prince fuera inocente de ella.
Sin embargo, sabía en el fondo de mi corazón que era una esperanza inútil.
Prince había sido el espía de fuera de la cabina de radio. No podía dudarlo.
Pero que su hermana desconocía lo que él hacía, estaba seguro.
Mi
atención fue atraída repentinamente a la realidad de nuestra mesa al oír la voz
suave de Ob Hahn diciendo:
—Pasamos
muy cerca de la Luna anoche, señor Dean.
—Sí
—contestó Snap—. Pasamos, ¿no es verdad? Siempre lo hacemos... es un problema
técnico de exigencias de la navegación interestelar. Explícalo, Gregg. Tú eres
un experto.
Aparté
a un lado el tema con una carcajada. Hubo un breve silencio y no pude evitar el
notar la extraña expresión de sir Arthur y nunca he visto una mirada tan
penetrante como la que me dirigió Ranee Rankin. ¿Estaban los tres enterados del
tesoro de Grantline en la Luna? De pronto me pareció que sí. Y, en aquel
instante, deseé fervientemente que hubieran pasado los diez días de viaje. El
capitán Carter tenía razón.
A la
vuelta deberíamos traer un cordón de Policía Interplanetaria a bordo.
Sir
Arthur rompió el embarazoso silencio.
—La
Luna, desde tan cerca, ofrecía una vista magnífica... aunque estaba demasiado
atemorizado con la enfermedad de la presión para que me levantara a verla.
Casi
había terminado ya mi apresurada comida, cuando me sorprendió otro incidente.
Los otros dos pasajeros de nuestra mesa entraron y ocuparon sus sitios. Una
chica y un hombre de Marte. La chica tenía el asiento de mi izquierda, con el
hombre a su lado. Todos los marcianos son altos. La chica era de
aproximadamente mi estatura, esto es, seis pies y dos pulgadas. El hombre medía
siete pies o más. Ambos usaban la túnica externa marciana. La chica echó la
suya hacia atrás. Sus miembros estaban cubiertos de una falsa cota de mallas.
Tenía el aspecto, como les gusta tener a todas las marcianas, de una muy
belicosa amazona. Pero era una chica bonita. Me sonrió con una mirada franca de
ojos escudriñadores.
—El
señor Dean dijo a la hora del desayuno que usted era alto y bien parecido. Lo
es.
Estos
marcianos eran hermanos. Snap me los presentó como Set Miko y Setta Moa (el
equivalente marciano de señor y señorita).
Este
Miko era, de acuerdo con nuestras medidas terráqueas, un tremendo gigante
oscuro, y no era delgado, como son la mayoría de los marcianos, pues este
individuo, para sus siete pies de estatura, casi tenía una constitución pesada.
Debajo de la túnica llevaba un justillo de cuero plegado y pantalones hasta la
rodilla, de los cuales salían las piernas, tan grises y peludas como pilares de
fuerza. Había entrado en el salón con aire jactancioso, haciendo resonar su
espada de adorno.
—Un
viaje agradable hasta el momento —me dijo mientras comenzaba su comida. Su voz
tenía el pesado sonido gutural característico de los marcianos. Hablaba un
inglés perfecto. Tanto los marcianos como la gente de Venus son por herencia
extraordinarios lingüistas.
Miko
y su hermana Moa tenían un deje de acento marciano, casi borrado por haber
vivido varios años en el Gran Nueva York.
La
sorpresa me vino al cabo de unos pocos minutos. Miko, absorto en atacar su
comida, inadvertidamente echó hacia atrás su túnica, dejando al descubierto su
antebrazo. Fue un instante solamente, luego volvió a cubrirlo hasta la muñeca.
Pero en aquel instante vi, sobre la carne gris, una fina quemadura que se había
vuelto roja. Una quemadura muy reciente... como si hubiera recibido en el brazo
el calor de un rayo proyectado por un lápiz.
Mi
imaginación volvió atrás. Tan sólo la última noche, en el pasillo de la ciudad,
Snap y yo habíamos sido seguidos por un marciano. Le había disparado con un
rayo de calor y me había parecido que le alcanzara en el brazo. ¿Era éste el
misterioso marciano que nos había seguido desde la oficina de Halsey?
Capítulo
V
Poco
después de aquella comida del mediodía me encontré a Venza sentada en cubierta,
a la luz de las estrellas. Yo había estado en el observatorio de proa, haciendo
las comprobaciones rutinarias de nuestra posición y calculándolas. Era, creo,
el más experto de los oficiales que manejaban las calculadoras matemáticas. El
localizar nuestra posición y anotar en la carta la trayectoria de nuestro rumbo
era, en condiciones normales casi todo lo que tenía que hacer. Y me llevaba
solamente unos pocos minutos cada doce horas.
Estuve
un momento con Carter en el aislamiento de su sala de derrota.
—¡Vaya
viaje! Gregg, me estoy volviendo como usted... demasiado imaginativo. Tenemos
un grupo normal de pasajeros, aparentemente, pero no me gusta el aspecto de
ninguno de ellos. Ese Ob Hahn, de su mesa...
—Un
individuo de aspecto astuto —comenté—. Él y el inglés son grandes discutidores.
¿Hizo registrar en la cabina de Prince?
Contuve
el aliento mientras esperaba la respuesta.
—Sí.
Nada raro entre sus cosas. Miramos en las dos, tanto en la de él como en la de
su hermana.
No
continué con eso. En su lugar le dije lo de la quemadura en el grueso brazo de
Miko.
—¡Ojalá
estuviéramos en Ferrok-Shahn! —dijo mirando fijamente—, Gregg, esta noche,
cuando los pasajeros estén dormidos, venga aquí a verme con el doctor Frank.
Podemos confiar en él.
—¿Sabe
sobre... sobre el tesoro de Grantline?
—Sí.
Y también lo saben Balch y Blackstone.
Balch
y Blackstone eran nuestros primer y segundo oficial.
—Nos
encontraremos aquí, Gregg... digamos sobre las cero horas. Debemos tomar
algunas precauciones.
Luego
se despidió.
Encontré
a Venza sentada en la esquina apartada de cubierta iluminada por la luz de las
estrellas. Había una tronera detrás de ella por la cual se veía el negro cielo
tachonado de resplandecientes estrellas. A su lado había un lugar vacío.
Me
saludó con la forma de saludo íntimo y alegre de Venus:
—¡Hola,
Gregg! Siéntate aquí, junto a mí. Me he estado preguntando cuándo vendrías en
pos mío.
Me
senté a su lado.
—¿Por
qué vas a Marte, Venza? Me alegro de verte.
—Muchas
gracias. También me satisface verte, Gregg. Un hombre tan guapo. No sabes que
de Venus a la Tierra, y no tengo duda que de todo Marte, no habrá un hombre que
me agrade más.
—Lengua
de trapo —me reí—. Nacida para halagar al macho... todas las chicas de tu mundo
—y añadí, ya serio—. No me contestaste a mi pregunta. ¿Qué te lleva a Marte?
—Un
contrato. Por las estrellas, ¿qué si no? Naturalmente, la posibilidad de hacer
un viaje contigo...
—No
seas tonta, Venza.
Disfrutaba
estando con ella. Miré fijamente su pequeña y delgada figura. Llevaba el largo
vestido gris separado a propósito, no tenía la menor duda, para mostrar sus
bien formadas piernas enfundadas en raso. Su negro cabello lo llevaba anudado
en un espeso moño en la parte de atrás del cuello; y sus labios, de color
carmín, estaban partidos por una atrayente sonrisa burlona. Su perfume exótico
me envolvía.
Me
miró de lado, por debajo de sus enormes pestañas negras.
—Sé
formal —añadí.
—Soy
formal. No estoy borracha. Embriagada por tí, pero no borracha.
—¿Qué
clase de contrato? —insistí.
—Un
teatro en Ferrok-Shahn. Mucho dinero, Gregg. Estaré allí un año —se enderezó en
el asiento para mirarme—. Hay un individuo aquí, en el Planetara, que dice que
se llama Ranee Rankin. De nuestra mesa. Un americano rubio, grande y bien
parecido. Dice que es prestidigitador. ¿Oíste alguna vez hablar de él?
—Eso
es lo que me dijo. No, nunca le oí nombrar.
—Tampoco
yo. Y creí que tenía noticias de todos los importantes. Está contratado para el
mismo teatro que yo. Un tipo de individuo simpático —hizo una pausa y luego
añadió—. Si él es un actor profesional, yo soy una aceitera de motores.
—¿Por
qué dices eso? —me había sorprendido.
Instintivamente
mi mirada recorrió la cubierta. Una terráquea y un pequeño venusiano estaban a
la vista, pero no al alcance de nuestras palabras.
—¿Por
qué tienes un aspecto tan furtivo? —me replicó—. Gregg, hay algo raro en este
viaje. No soy una tonta, ni tú, así que debes de saberlo tan bien como yo.
—Ranee
Rankin... —sugerí.
Se
inclinó hacia mí.
—Él
puede engañarte, pero no a mí... he conocido a demasiados prestidigitadores
—hizo una mueca—. Le desafié a que me hiciese algún juego. ¡Tendrías que
haberle visto evadiéndose!
—¿Conoces
a Ob Hahn? —la interrumpí.
Negó
con la cabeza.
—Nunca
oí hablar de él. Pero él me dijo demasiadas cosas al desayuno. ¡Por Satán, vaya
torrente de palabras que ese conductor de demonios puede proferir! Él y el
inglés no hacen muy buenas migas, ¿no es verdad?
Me
miró fijamente. No había contestado a su mueca ya que mi mente estaba ocupada
en curiosas fantasías. Las palabras de Halsey:
«Las
cosas no son siempre lo que parecen...» ¿Estaban estos pasajeros actuando?
¿Habían sido puestos aquí por George Prince? Y entonces pensé en Miko, el
marciano, y en la quemadura de su brazo.
—¡Baja,
Gregg! ¡No te vayas divagando de esa forma! —bajó la voz hasta que no fue más
que un susurro—. Hablaré en serio. Quisiera saber qué demonios está ocurriendo
a bordo de esta nave. Soy mujer y soy curiosa. Dímelo.
—¿Qué
quieres decir? —me defendí.
—Quiero
decir un montón de cosas. De lo que acabamos de hablar. ¿Y por qué estabas tan
excitado esta mañana poco antes del desayuno?
—¿Excitado?
—Gregg,
puedes confiar en mí —por primera vez estaba totalmente seria y se aseguró con
la mirada de que nadie estaba escuchando. Me puso una mano sobre mi brazo y
pude apenas oírla cuchichear—: Sé que ellos pudieran tener un rayo sobre
nosotros. Tendré cuidado.
—¿Ellos?
—Cualquiera.
Ocurre algo. Tú lo sabes. Estás en ello. Te vi esta mañana, Gregg, con los ojos
fijos alocadamente, persiguiendo un fantasma...
—¿Tú?
—¡...y
yo oí al fantasma! Unos pasos de hombre. Una capa invisible por deflección
magnética. Uno no puede engañar a un auditorio con eso, es demasiado vulgar. Si
Ranee Rankin intentó...
—¡No
divagues, Venza! —la así—. ¿Me viste?
—Sí.
La puerta de mi camarote estaba abierta. Estaba sentada fumando un cigarrillo.
Vi al sobrecargo en el salón de fumadores. Se veía desde...
—¡Espera!
¡Venza, aquel ladrón atravesó el fumador!
—Sé
que lo hizo. Pude oírle.
—¿Le
oyó el sobrecargo?
—Naturalmente.
El sobrecargo levantó la vista y siguió el ruido con la mirada. Pensé que era
extraño. Ni se movió. Y entonces apareciste tú y se hizo el inocente. ¿Por qué?
¿Qué es lo que ocurre?, eso es lo que deseo saber.
Contuve
el aliento:
—Venza,
¿a dónde fue el vagabundo? Puedes...
—En
la A20 —musitó tranquilamente—. Vi la puerta cómo se abría y cerraba. Incluso
me pareció ver su borrosa silueta —y añadió—. ¿Por qué iba a andar a
hurtadillas por ahí George Prince contigo persiguiéndole? ¿Y el sobrecargo
fingiéndose inocente? Y de todas formas ¿quién es ese George Prince?
El
enorme marciano Miko, con su hermana Moa venían paseando a lo largo de
cubierta. Nos saludaron al pasar.
—No
puedo explicarte nada ahora —susurré—. Pero tienes razón, Venza. Está
ocurriendo algo. ¡Escucha! De cualquier cosa que te enteres... cualquier cosa
que encuentres que te parezca rara... ¿querrás decírmela? Yo... bueno, confío
en ti. De verdad que confío, pero todo esto no es cuestión mía el decírtelo.
Los
sombríos lagos de sus pupilas estaban brillantes.
—Eres
adorable, Gregg. No te preguntaré —estaba temblando de excitación—. Sea lo que
sea, quisiera estar en ello. Hay algo que puedo decirte ahora. Tenemos dos
jugadores de ventaja, de panes de oro, de primera clase a bordo. ¿Sabías eso?
—¿Quiénes
son?
—Shac
y Dud Ardley. Todos los policías del Gran Nueva York los conocen. Jugaron una
partida formidable esta mañana con ese inglés, sir Arthur. Le limpiaron media
libra de panes de oro de ocho pulgadas... un hermoso montoncito. Una partida
preparada, desde luego. ¡Esos individuos son más hábiles con los dedos de lo
que jamás osará ser Ranee Rankin!
Estaba
sentado mirándola fijamente. Esta chica era una mina de información.
—Y
Gregg, probé mis encantos con Shac y Dud. Hombres agradables, pero estúpidos.
Cualquier cosa que sea lo que ocurre, no están mezclados. Deseaban saber qué
clase de nave era ésta. ¿Por qué? Pues porque Shac tiene un bonito micrófono de
escucha y ha estado trabajando con él la pasada noche. Oyó como George Prince y
ese gigante de Miko discutían sobra la Luna.
—¡Venza!
Más bajo... —dije ahogadamente.
Contra
todo decoro en esta cubierta pública, ella pretendía arroparse conmigo, con los
cabellos tapándome la cara y sus labios casi tocándome la oreja.
—Algo
acerca de un tesoro en la Luna. Shac no pudo entender de qué se trataba. Y te
mencionaron. Después el sobrecargo se unió a ellos —sus palabras susurradas se
precipitaban una tras otra—. Un ciento de libras de panes de oro... ese fue el
precio del sobrecargo. Está con ellos... en lo que sea. Prometió hacer algo
para ellos.
—¿Sí?
—había callado y la azucé.
—Eso
es todo. La corriente de Shac se interrumpió.
—¡Dile
que lo intente de nuevo, Venza! Hablaré con él. ¡No! Mejor lo dejo solo.
¿Puedes conseguir que mantenga la boca cerrada?
—Creo
que podría hacer cualquier cosa que le dijera. ¡Es un hombre!
—Descubre
lo que puedas.
Se
apartó de mí de pronto.
—Allí
están Anita y George Prince.
Vinieron
hasta la esquina de cubierta, pero se volvieron. Venza descubrió mi mirada. Ya
la comprendió.
—¿Amas
a Anita Prince, Gregg? —estaba sonriendo—. Me gustaría que tú... Ojalá que
algún hombre guapo como tú me dirigiera una mirada como esa —se volvió
solemne—. Pudieras estar interesado en saber que ella te ama. Pude darme
cuenta. Pude verlo cuando te mencioné a ella esta mañana.
—¿A
mí? ¡Pero si casi no hemos hablado!
—¿Es
necesario? Nunca oí decir que lo fuera.
No
podía ver el rostro de Venza; de pronto se puso de pie, y cuando hice lo mismo,
me susurró:
—No
deberíamos ser vistos hablando tanto tiempo. Descubriré lo que pueda.
Seguí
con la mirada su figura descuidadamente vestida, mientras entraba en la arcada
del salón y desaparecía de vista.
Capítulo
VI
El
capitán Carter tenía el aspecto severo.
—De
forma que le han sobornado, ¿no es verdad? Vaya y tráigalo aquí, Gregg. Ahora
nos entenderemos con él.
Snap,
el doctor Frank, Balch, nuestro primer oficial y yo, estábamos en la cámara de
derrota del capitán. Eran las cuatro de la tarde por la hora de la Tierra, y
llevábamos dieciséis horas de viaje.
Encontré
a Johnson en su oficina, en la sala.
—El
capitán desea verte. Cierra.
Cerró
la ventanilla a una pasajera americana que estaba preguntando detalles sobre el
dinero marciano, y me siguió.
—¿Qué
ocurre, Gregg?
—No
sé.
En
cuanto entramos, el capitán cerró de golpe la puerta corrediza. La sala de
derrota estaba aislada. El zumbido de la corriente era evidente. Johnson lo
notó. Miró a los rostros hostiles del médico y de Balch y trató de
fanfarronear.
—¿Qué
es esto? ¿Va mal alguna cosa?
Carter
no malgastó palabras.
—Tenemos
información, Johnson, de que existe un complot secreto a bordo. Quiero saber lo
qué es. Supongo que me lo explicará.
El
sobrecargo pareció turbado.
—¿Qué
quiere decir? Tenemos jugadores de ventaja a bordo, si eso es...
—Al
infierno con eso —rezongó Balch—. ¡Usted ha tenido una entrevista secreta con
ese marciano, Set Miko, y con George Prince!
Johnson
miró ceñudamente por debajo de sus espesas cejas y luego las levantó con gesto
de sorpresa.
—¿De
veras? ¿Se refiere a que cambié su dinero? No me gusta su tono, Balch. ¡No
estoy bajo sus órdenes!
—¡Pero
está bajo las mías! —rugió el capitán—. ¡Vive Dios, yo soy el amo aquí!
—Bien,
no estoy discutiendo eso —repuso el sobrecargo suavemente—. Este individuo...
—No
estamos de humor para discutir —interrumpió el doctor—. Tapando el asunto...
—No
permitiré que se tape —exclamó el capitán.
Nunca
había visto a Carter tan colérico.
—Johnson,
usted ha estado actuando de forma sospechosa —añadió—. No me importa un comino
si tengo pruebas o no. ¿Se encontró o no se encontró con George Prince y el
marciano la pasada noche?
—No,
no los encontré. ¡Y no me importa decirle, capitán Carter, que su tono es
ofensivo!
—¿Lo
es? —Carter lo sujetó. Ambos eran hombres corpulentos. El pesado rostro de
Johnson se tornó de un rojo púrpura.
—¡Aparte
sus manos...! —empezaron a forcejear. Las manos de Carter trataban de registrar
los bolsillos del sobrecargo. Di un salto y pasé un brazo en torno del cuello
de Johnson, inmovilizándole.
—¡Despacio!
¡Le tenemos, Johnson!
Snap
trató de ayudarme.
—¡Adelante!
Golpéale en la cabeza, Gregg. ¡Ahora es tu oportunidad!
Lo
registramos. Un cilindro de rayos térmicos... que estaba justificado. Pero
encontramos un pequeño aparato de escucha de batería similar al que Venza había
mencionado que llevaba Shac, el jugador.
—¿Para
qué utiliza eso? —preguntó el capitán.
—¡No
le importa! ¿Es un delito? ¡Carter, haré que los directores de la línea le
despidan por esto! Aparten sus manos de mí... ¡Todos ustedes!
—¡Miren
esto! —exclamó el doctor Frank.
Del
bolsillo del pecho de Johnson sacó un documento doblado.
Era
un plano a escala de los corredores interiores del Planetara, las salas
inferiores del control y de maquinarias. Siempre estaba guardado en la caja
fuerte del capitán. Y con él, otro documento: los papeles de despacho de
aduanas... la contraseña secreta en clave para este viaje, para ser utilizada
si fuéramos requeridos por cualquier nave de la Policía interplanetaria.
—¡Dios
mío, eso estaba en la caja fuerte de mi cabina de radio! —tartamudeó Snap—. ¡Yo
soy el único en esta nave, a excepción del capitán, que tiene derecho a conocer
esa contraseña!
En
medio del silencio, preguntó Balch:
—¿Bien,
qué nos dice, Johnson?
El
sobrecargo aún seguía retador.
—No
contestaré a sus preguntas, Balch. A su debido tiempo explicaré... Gragg
Haljan, ¡me estás ahogando!
Le
aflojé, pero le di una sacudida.
—Mejor
hablabas. —Pero permanecía exasperantemente silencioso.
—¡Basta!
—explotó Carter—. Puede explicarlo cuando lleguemos a puerto. Mientras tanto lo
pondremos donde no haga más daño. Gregg, enciérralo en el calabozo.
Pasamos
por alto sus violentas protestas. El calabozo (en los viejos tiempos de los
barcos de mar en la Tierra, se llamaba barra) era la prisión de la nave. Una
habitación sin ventanas, blindada de acero, situada bajo cubierta en el extremo
de proa. Arrastré a Johnson que se debatía hasta allí, mientras el asombrado
vigía miraba desde la ventana del observatorio nuestras siluetas alargadas a la
luz de las estrellas.
—¡Cierra
el pico, Johnson! Si sabes lo que te conviene...
Estaba
armando un alboroto horroroso. Detrás de nosotros, donde la cubierta se juntaba
a la superestructura, media docena de pasajeros nos miraban sorprendidos.
—¡Haré
que te expulsen del servicio, Gregg Haljan!
Finalmente
se calló y lo arrojé por la gatera dentro del calabozo y precinté la escotilla
de cubierta sobre él. Me encaminaba a la sala de derrota cuando desde el
observatorio vino la voz del marinero vigía.
—¡Un
asteroide, Haljan! El oficial Blackstone le busca.
Me
dirigí apresuradamente al castillo del puente. Había un asteroide a la vista.
Ahora habíamos casi alcanzado nuestra velocidad máxima. Se aproximaba un
asteroide, tan peligrosamente cerca, que nuestra trayectoria sería
probablemente alterada. Oí la señal de Blackstone sonando en la sala de
control; y encontré a Carter mientras subía corriendo al puente conmigo.
—¡Ese
bandido! Le sacaremos más cosas, Gregg. ¡Vive Dios, que utilizaré drogas con
él... lo torturaré... sea legal o no!
No
teníamos tiempo para más discusiones. El asteroide se estaba aproximando
rápidamente. A través del lente ya ofrecía una vista grandiosa.
Nunca
había visto este diminuto mundo antes, ya que los asteroides son numerosos
entre la Tierra y Marte o hacia Venus.
A la
velocidad de casi cien millas por segundo el asteroide se aproximaba
vertiginosamente. A simple vista, al principio era una diminuta mota de polvo
de estrella, que pasaba desapercibido en el terciopelo negro sembrado de
piedras preciosas del espacio. Una mota. Luego un punto reluciente, blanco
plateado, reflejando la luz de nuestro sol sobre él.
Permanecí
con Carter y Blackstone sobre el castillo del puente. Era evidente que, a menos
que alteráramos nuestra trayectoria, el asteroide pasaría demasiado próximo
para estar seguros. Ya se sentía su atracción; desde las salas de control llegó
el informe de que nuestro rumbo estaba siendo alterado por esta nueva masa tan
cercana.
—¡Será
mejor que haga sus cálculos ahora, Gregg —me incitó Blackstone.
Tomé
los datos aproximados de los instrumentos de observación del castillo. Cuando
estuvimos en una nueva trayectoria con las placas de atracción y repulsión del
casco del Planetara situadas en su nueva posición, volví al puente de nuevo.
El
asteroide colgaba sobre nuestro cuarto de proa. A no más de veinte o treinta
mil millas de distancia. Ahora parecía una bola gigantesca que llenaba todo
aquel cuadrante de los cielos. Las configuraciones de sus montañas, sus tierras
y zonas de agua eran claramente visibles.
—Perfectamente
habitable —comentó Blackstone—, pero he buscado sobre todo el hemisferio con el
lente y no he visto ninguna señal de vida humana (ciertamente nada civilizado),
nada del estilo de ciudades.
Un
hermoso mundo pequeño, por su aspecto. Un globo diminuto venido de la región de
detrás de Neptuno. Pasamos velozmente el asteroide. Los pasajeros estaban todos
reunidos para ver pasar el pequeño mundo. Vi, no lejos de mí, a Anita, de pie
junto a su hermano y a la figura gigantesca de Miko con ellos. Media hora
después que el errático mundillo hubiera aparecido, y pasara velozmente, había
comenzado a disminuir detrás de nosotros. Una enorme media luna. Un cuadrante
más fino y pequeño. Un diminuto creciente, como un alfiler de plata para
adornar el pecho de una señora. Y luego fue una mota, un punto de luz
imperceptible entre la mirada de otros que revoloteaban en este gran vacío
negro.
El
incidente del paso del asteroide se había terminado. Me volví a la ventana de
cubierta. Mi corazón dio un salto. El momento por el que todo el día había
estado esperando subconscientemente, había llegado. Anita estaba sentada en una
silla de cubierta, momentáneamente sola. Tenía la mirada puesta en mí cuando
miré en su dirección y me sonrió como invitándome a unirme a ella.
Capítulo
VII
Señorita
Prince, ¿por qué van su hermano y usted a Ferrok-Shahn? Sus asuntos...
Incluso
mientras lo decía me estaba odiando a mí mismo por tal pregunta. A pesar de las
vivas imágenes que aparecían en mi mente mezcladas con rapsodias de amor,
surgía por encima mi necesidad de informarme sobre George Prince.
—¡Oh!
—contestó—. Para George esto es placer, no negocios —me dio la impresión que
una sombra había pasado por su rostro, pero fue tan solo un momento, y
sonreía—. Siempre deseamos viajar. Estamos solos en el mundo, sabe... nuestros
padres murieron cuando éramos niños.
—Le
gustará Marte. Hay muchas cosas interesantes que ver —comenté para llenar su
silencio.
—Sí,
tengo entendido eso —asintió—. Nuestra Tierra es tan parecida por todas partes,
como hecho todo por el mismo molde.
—Pero
hace cien o más años no era así, señorita Prince. He leído cuan diferente era
el pintoresco Oriente de... bueno, del gran Nueva York o de Londres, por
ejemplo...
—Los
transportes lo estropearon —me interrumpió con vehemencia—. Lo hicieron todo
igual... la gente tiene el mismo aspecto... viste lo mismo.
Charlamos
sobre este tema. Tenía una mente ávida y alerta, como la de un chiquillo por su
curiosidad, aunque extrañamente madura. Y sus modales eran ingenuamente serios.
Sin embargo, esta Anita Prince no era voluble. Tenía firmeza, una nota de vigor
masculino en su mandíbula y en sus ademanes.
—¡Si
yo fuera un hombre, qué maravillas podría llevar a cabo en esta época
maravillosa! —su sentido del humor le hizo que se riera de sí misma—. Es fácil
para una chica decir eso —añadió.
—Usted
tiene mayores portentos que llevar a cabo, señorita Prince —repuse
impulsivamente.
—¿Sí?
¿Cuáles son? —tenía una mirada clara muy franca y desprovista de coquetería. El
corazón me saltaba.
—¡Las
maravillas de la próxima generación! Un hijito formado según su propia
imagen...
¡Qué
locura esta charla vulgar e impetuosa! La terminé.
Pero
a ella no le pareció mal. Los pétalos rosa oscuro de sus mejillas se habían
cubierto de un rojo más profundo, pero se reía.
—Eso
es verdad —de pronto se puso seria—. No debería reír. Las maravillas de la
próxima... los avances del progreso humano siempre adelante... —su voz se fue
apagando. Apoyé una mano sobre su brazo. ¡Qué curioso hormigueo ese que los
poetas llaman amor! Quemaba y pasaba en oleadas a través de mis dedos
temblorosos a la carne de su antebrazo.
La
luz de las estrellas relucía en sus ojos. No parecía estar mirando fijamente a
la cubierta iluminada de plata, sino a los lejanos alcances del futuro.
Nuestro
momento. No más que un intenso momento que se nos concedió mientras estábamos
sentados allí con mi mano ardiendo sobre su brazo, como si ambos pudiéramos
vernos a nosotros mismos unidos en un nuevo individuo... un hijito, reflejo de
la dulce imagen de la madre y con la fuerza de su padre. Fue sólo un momento, y
luego había pasado. Sonaron pasos. Me eché hacia atrás. La figura gris y
gigantesca de Miko pasó, meciendo su enorme túnica, con el adorno de la espada
debajo. Su cabeza redonda, cortado el pelo al rape, iba descubierta. Nos miró
fanfarronamente al pasar, y dio la vuelta a la esquina de la cubierta. Nuestro
momento había terminado. Anita dijo convencionalmente:
—Ha
sido muy agradable charlar con usted señor Haljan.
—Tendremos
más ocasiones —dije.
—Diez
días... ¿Usted cree que llegaremos a Ferrok-Shahn según programa?
—Sí.
Eso creo... como le iba diciendo, señorita Prince, usted disfrutará en Marte.
Una gente rara que mira al futuro agresivamente.
Parecía
como si tuviera una sensación de opresión. Se revolvió ligeramente en su silla.
—Sí
lo son —dijo vagamente—. Mi hermano y yo conocemos muchos marcianos en el Gran
Nueva York —se detuvo repentinamente. ¿Lamentaba lo que había dicho? Así
parecía.
Miko
regresaba. Esta vez se paró.
—A
su hermano le gustaría verla, Anita. Me envió para que la llevase a su
habitación.
La
mirada que me dirigió tenía una nota de insolencia. Me puse derecho y me sacaba
una cabeza de alto.
—¡Oh!,
sí, iré —contestó Anita.
—La
veré de nuevo, señorita Prince —saludé con una reverencia—. Muchas gracias por
esta media hora agradable.
El
marciano la llevó alejándose. La pequeña figura de ella parecía la de un niño
con un gigante. Daba la impresión, mientras cruzaba la cubierta, en tanto yo
les miraba, que él la cogía ásperamente del brazo. Y que ella se apartaba de él
temblando de miedo.
Y no
entraron. Como para demostrar que simplemente me la había quitado, se paró
junto a una distante ventana de la cubierta y permaneció allí hablando con
ella. Una vez la levantó como uno levantaría un chiquillo y le mostró algún
objeto distante a través de la ventana.
¿Estaba
Anita atemorizada de este galanteo del marciano? ¿Y sin embargo, estaba unida a
él por alguna fuerza que pudiera tener sobre su hermano? Me sorprendió este
extraño pensamiento.
Capítulo
VIII
El
resto de la tarde y la velada fueron de total confusión para mí. Las palabras
de Anita, el contacto de mi mano sobre su brazo, el amplio campo que podíamos
tener por delante, como reflejo de un país encantado de felicidad que yo había
visto en sus ojos, y tal vez ella había visto en los míos... todo esto se
agitaba dentro de mí.
Después
de errar por el barco, tuve una breve consulta con el capitán Carter. Ahora
estaba genuinamente aprensivo. El Planetara solamente llevaba media docena de
proyectores de rayos térmicos, armas de corto alcance, unas pocas armas de
cinto, y algunas otras pasadas de moda, prácticamente armas anticuadas de
explosivos, además de proyectores de mano con la nueva luz curva de Benson.
Las
armas estaban todas en la sala de derrota de Carter, excepto las pocas que
llevábamos nosotros, los oficiales. Carter estaba atemorizado, pero de qué, no
estaba seguro. No había pensado que nuestro plan de parar en la Luna pudiera
afectar este viaje de ida. Había pensado que cualquier peligro se presentaría a
la vuelta, y entonces el Planetara habría estado adecuadamente guardado y
tripulado por soldados policías.
Pero
ahora estábamos prácticamente indefensos. Estuve un momento con Venza, pero no
tenía nada nuevo que comunicarme. Y durante media hora charlé con George
Prince. Parecía un joven alegre y agradable. Casi podía imaginarme que me caía
simpático. ¿O era debido a que era el hermano de Anita? Me contó cómo había
ansiado ir a Marte con ella. No, nunca había estado allá, me dijo.
Tenía
algún rasgo de la personalidad inocente y seria de Anita. ¿O era un pillo muy
inteligente, con oculta ironía en su suave voz y su risita que pudiera así
engañarme?
—Hablaremos
de nuevo Haljan. Usted me interesa... lo he pasado muy bien.
Se
alejó lentamente de mí, juntándose al melancólico Ob Hahn, con quien
inmediatamente le oí discutir de religión.
El
arresto de Johnson había provocado considerables comentarios entre los
pasajeros. Algunos pocos me habían visto arrastrarle hasta el calabozo. El
asunto había sido motivo de discusiones toda la tarde. El capitán Carter había
puesto un anuncio en el sentido de que en las cuentas de Johnson se había
encontrado serios errores, y que el doctor Frank, durante este viaje, actuaría
en su lugar.
Era
casi media noche cuando Snap y yo cerramos y sellamos la sala de radio y
emprendimos la marcha hacia la sala de derrota, donde nos íbamos a encontrar
con el capitán Carter y los otros oficiales. Los pasajeros se habían retirado
casi todos. Se estaba jugando una partida en el salón de fumadores, pero la
cubierta estaba casi desierta.
Snap
y yo íbamos caminando a lo largo de los corredores interiores. Las puertas de
los camarotes estaban todas cerradas. Nuestros pasos resonaban sobre el
enrejado metálico del suelo. Snap iba delante de mí. De pronto su cuerpo se
elevó por el aire. Subió como un globo hasta el techo, chocó contra él
suavemente, y de un solo salto vino volando hasta el suelo donde aterrizó...
—¿Qué
en la condenada...?
Se
estaba riendo mientras se ponía en pie. Pero fue una risa fugitiva. Sabíamos lo
que había pasado: ¡Los controles de gravedad artificial de la base de la nave,
que por fuerza magnética nos proporcionaba normalidad a bordo, habían sido
indebidamente tocados! Justo durante este instante, esta pequeña sección
particular de este corredor había estado desconectada. La pequeña masa del
Planetara flotando en el espacio, no tenía ninguna fuerza de atracción
apreciable sobre el cuerpo de Snap, y el impulso de su paso, cuando alcanzó la
zona no magnetizada del corredor, lo había lanzado contra el techo. La zona
estaba normal ahora, según lo comprobamos cuidadosamente Snap y yo.
—¡Eso
no funcionó mal por accidente, Gregg! —me dijo sujetándome—. Alguien...
Nos
lanzamos hacia la escalerilla de bajada más próxima. En la desierta sala baja,
el panel de controles estaba abandonado. Había aquí una veintena de diales y
llaves que gobernaban el magnetismo de las diferentes zonas de la nave. Tendría
que haber un operador nocturno, pero había desaparecido.
Entonces
lo vimos, yaciendo sobre el suelo, tendido boca abajo. En el silencio y
penumbra del fantástico resplandor de los tubos fluorescentes, permanecimos
inmóviles conteniendo nuestra respiración, escudriñando y escuchando. Aquí no
había nadie.
El
vigilante no estaba muerto. Yacía inconsciente por un golpe en la cabeza. Era
un individuo musculoso. Y en pocos minutos conseguimos hacerle revivir. Una
llamada lanzada por medio del zumbador trajo al doctor Frank de la sala de
derrota.
—¿Qué
ocurre?
—Alguien
estuvo aquí —expliqué apresuradamente—, experimentando con las llaves
magnéticas. Evidentemente no familiarizado con ellas... utilizando una u otra
para comprobar su funcionamiento y ver las reacciones sobre los diales.
Le
contamos lo que le había ocurrido a Snap en el pasillo. El vigilante no había
salido tan mal del lance, salvo una protuberancia en la cabeza hecha por el
invisible asaltante. Le dejamos curándose la cabeza, sentado beligerantemente
en su puesto, alerta a cualquier peligro y armado ahora con mi cilindro de
rayos térmicos.
—Pasan
cosas extrañas en este viaje —nos dijo—. Toda la tripulación lo sabe. Ahora
continúo, pero cuando regrese a casa dejaré esta navegación por las estrellas.
De todas formas yo sigo perteneciendo al mar.
Subimos
apresuradamente al nivel superior. Tendríamos ciertamente que planear algo en
esta conferencia en la sala de derrota. Este era el primer ataque tangible que
habían hecho nuestros adversarios.
Estábamos
sobre la cubierta de pasajeros en dirección a la sala de derrota, cuando los
tres nos detuvimos en seco, helados de terror. ¡A través de los departamentos
de los pasajeros había resonado un alarido! Un entrecortado grito de mujer
atemorizada. Había terror en él. O un grito de agonía, que resonó en el
silencio de las apagadas vibraciones de la nave totalmente horrible... Duró un
instante... y fue un solo grito prolongado; luego enmudeció abruptamente.
Y
con la sangre latiéndome en las sienes y corriendo como hielo por mis venas, lo
reconocí.
¡Anita!
Capítulo
IX
¡Santo
Dios!, ¿qué es eso? —el rostro del doctor Frank se había quedado blanco. Snap
parecía una estatua de horror.
La
cubierta estaba parcheada, como siempre, por el resplandor plateado de las
portañolas de cubierta. Las sillas estaban esparcidas por cubierta. El alarido
había cesado, pero ahora oíamos agitación dentro... el ruido de puertas de
cabinas que se abren, y preguntas de los pasajeros atemorizados.
Por
fin logré hablar.
—¡Anita!
¡Anita Prince!
—¡Adelante!
—gritó Snap—. ¡En su camarote, el A22! —se había lanzado hacia la arcada del
vestíbulo.
El
doctor Frank y yo le seguimos. Me di cuenta que pasábamos la puerta y ventana
de cubierta de la A22. Pero estaban a oscuras y evidentemente selladas desde el
interior. El oscuro vestíbulo parecía un torbellino, con los pasajeros de pie a
la puerta de sus cabinas.
—¡Vuelvan
a sus habitaciones! —grité—, queremos orden aquí... ¡Apártense!
Llegamos
a las puertas gemelas de la A22 y la A20. Ambas estaban cerradas. Ahora el
doctor Frank se nos había adelantado a Snap y a mí. Hizo una pausa al oír la
voz del capitán Carter detrás de nosotros.
—¿Fue
ahí dentro? ¡Esperen un momento!
Carter
se adelantó. Tenía un proyector de rayos térmicos de gran calibre en la mano.
Hizo señas de que nos apartáramos a un lado.
—Déjenme
entrar a mí primero. ¿Está la puerta precintada? Gregg, mantenga atrás a esos
pasajeros.
La
puerta no estaba precintada. Carter irrumpió dentro de la habitación. Le oí
como tartamudeaba: «¡Santo Dios!»
Snap
y yo rechazamos a tres o cuatro pasajeros. Y en aquel instante el doctor Frank,
que había estado en la habitación y saliera de nuevo, explicó:
—Ha
habido un accidente! ¡Gregg, vuelva! Snap, ayúdeme a mantener a la multitud
apartada —me apartó empujándome a la fuerza.
—Manténgalos
apartados —estaba gritando desde dentro Carter—. ¿Dónde está usted, Frank?
¡Vuelva acá! ¡Envíe un aviso a Balch!
El
doctor Frank volvió a entrar en la habitación y cerró de golpe la puerta de la
cabina sobre Snap y sobre mí. Yo no tenía armas, pero Snap, con éstas en la
mano, obligó a los pasajeros sobrecogidos de terror a que volvieran a sus
habitaciones.
Snap
les tranquilizó locuazmente; pero no sabía más sobre el hecho que yo mismo.
Moa, con una camisa de dormir ceñida fuertemente en torno a su delgada figura,
avanzó hacia mí.
—¿Qué
ha ocurrido, Set Haljan?
Miré
en derredor en busca de su hermano Miko, pero no le vi.
—Un
accidente —expliqué brevemente—. Vuelva a su habitación, órdenes del capitán.
Me
miró de lado y luego retrocedió. Snap estaba atemorizando a todo el mundo con
su cilindro. Balch llegaba precipitadamente.
—¡Qué
demonios! ¿Dónde está Carter?
—Ahí
dentro —golpeé sobre la A22. Se abrió cautelosamente. Solamente pude ver a
Carter, pero oí el murmullo de la voz del doctor Frank a través de la puerta de
conexión interior con la A20. El capitán gruñó:
—¡Lárguese,
Haljan! Oh, ¿Es usted, Balch? Entre —admitió al oficial más antiguo y cerró la
puerta de golpe sobre mí. E inmediatamente volvió a abrirla.
—Gregg,
mantenga a los pasajeros tranquilos. Dígales que todo va bien. La señorita
Prince se asustó... eso es todo. Luego vaya al castillo. Dígale a Blackstone lo
que ha ocurrido.
—Pero
si no sé lo que ha ocurrido.
Carter
estaba ceñudo y pálido. Susurró:
—¡Creo
que puede resultar ser un asesinato, Gregg! No, todavía no está muerta... el
doctor Frank está tratando... no permanezca ahí como un asno, hombre. ¡Vaya al
castillo! Compruebe nuestra trayectoria... no... espere...
El
capitán estaba casi incoherente.
—Espere
un minuto. ¡No quiero decir eso! Dígale a Snap que vigile su sala de radio.
Ármese usted y guarde nuestras armas.
—Si...
si ella muere... ¿nos avisará? —tartamudeé.
Me
miró de una forma extraña.
—Ahora
mismo iré allá, Gregg.
Cerró
la puerta con un golpe.
Seguí
sus órdenes, pero estaba como en un sueño de horror. El remolino de la nave se
calmaba gradualmente. Snap fue para la sala de radio; Blackstone y yo nos
sentamos en la diminuta sala de derrota; cuanto tiempo pasó no lo sé. Estaba
aturdido. ¡Anita herida! Podría morir... asesinada... Pero, ¿por qué? ¿Por
quién? ¿Había estado George Prince en su propia habitación cuando ocurrió el
ataque? Me parecía ahora recordar que oyera el suave murmullo de su voz, allá
dentro, con el doctor Frank.
¿Dónde
estaba Miko? Eso me atormentaba. No le había visto entre los pasajeros del
vestíbulo.
Carter
entró en la sala de derrota.
—Gregg,
váyase a la cama. Tiene un aspecto horrible.
—Per...
—No
está muerta. Puede vivir. El doctor Frank y su hermano están con ella. Están
haciendo lo que pueden, nos dijo lo que había ocurrido. Anita y George Prince
estaban ambos dormidos, cada uno en sus respectivas habitaciones. Alguien,
desconocido, había abierto la puerta de Anita que daba al corredor.
—¿No
estaba precintada?
—Sí.
Pero el intruso la abrió.
—¿La
voló? No creí que estuviera rota.
—No
estaba rota. De alguna forma el asaltante logró abrirla, y atacó a la señorita
Prince... le disparó en el pecho con un rayo térmico. En el pulmón izquierdo.
—¿Le
disparó?
—Sí.
Pero ella no vio quién lo hizo. Ni tampoco Prince. Su grito le despertó, pero
el intruso evidentemente escapó por la puerta del corredor de la A22, de la
misma forma que había entrado.
Permanecí
débil y agitado a la puerta de entrada de la sala de derrota. Anita estaba
muriendo; y todos mis sueños se desvanecían en el recuerdo de lo que pudieran
haber sido.
Me
alegré bastante de salir. Me echaría una hora y luego iría al camarote de
Anita. Le pediría al doctor Frank que me permitiera verla.
Me
dirigí a la cubierta de popa donde estaba situado mi cubículo. Mi mente estaba
ofuscada, pero algún instinto dentro de mí me hizo comprobar los sellos de la
puerta y de la ventana. Estaban intactos. Entré precavidamente, encendí las
luces de tubo amortiguadas, y busqué por la habitación. Tenía solamente una
litera mi diminuto pupitre, una silla y un guardarropa. Aquí no había ninguna
señal de ningún intruso. Puse la alarma a la puerta y a la ventana. Luego
conecté el audífono con la sala de radio.
—¿Snap?
—Sí.
Le
dije lo de Anita. Carter nos interrumpió desde la sala de derrota: «¡Dejen eso,
estúpidos!»
Corté.
Completamente vestido, me arrojé sobre la cama. Anita podría morir...
Debí
de haber caído en un torturado sueño. Me despertó el ruido del zumbador de la
alarma. ¡Alguien estaba revolviendo en mi puerta! El zumbador había cesado; el
merodeador de fuera debió de haber encontrado la forma de silenciarlo. Pero
había hecho su trabajo... me había despertado.
Había
apagado la luz. Mi cubículo estaba negro de Estigia. Un cilindro térmico estaba
encima de la repisa de la litera sobre mi cabeza. Lo busqué, lo cogí y lo saqué
suavemente.
Estaba
totalmente despierto. Alerta. Podía escuchar un débil chisporrotear... alguien
estaba fuera tratando de desprecintar la puerta. En la oscuridad, cilindro en
mano, me deslicé silenciosamente fuera de la litera. Me acurruqué junto a la
puerta. Esta vez iba a capturar o matar al merodeador nocturno.
El
chisporroteo era débilmente audible. El precinto de la puerta estaba rompiendo.
De un impulso alcancé la puerta y la abrí de una sacudida.
¡No
había nadie! El segmento de cubierta iluminado por la luz de las estrellas
estaba vacío. Pero yo salté y golpeé contra un cuerpo sólido, agazapado a la
entrada. Un gigante. ¡Miko!
Su
túnica metálica electronizada me quemó en las manos. Le embestí... casi tan
sorprendido como él. Disparé, pero el rayo térmico evidentemente no le alcanzó.
El choque de nuestro encuentro produjo un cortocircuito en su túnica; se
materializó a la luz de las estrellas. Fue un encuentro breve y salvaje. Me
golpeó el arma, haciéndola caer de mi mano. Él había dejado caer el soplete de
hidrógeno y trató de sujetarme, pero yo esquivé su presa.
—¡Así
que es usted!
—¡Silencio,
Gregg Haljan! Solamente deseo hablar.
Sin
previo aviso, el destello de un fogonazo surgió de un arma que empuñaba. Me
acertó. Corrió como hielo a través de mis venas y se apoderó de mis miembros
entumeciéndolos.
Caí
indefenso sobre cubierta, con los nervios y músculos paralizados. Mi lengua
estaba espesa e inerte, no podía hablar ni moverme. Pero podía ver a Miko
inclinándose sobre mí, y oírle:
—No
deseo matarle, Haljan. Le necesitamos.
Me
levantó como un fardo en sus enormes brazos, y me transportó suavemente a
través de la desierta cubierta.
La
sala de radio de Snap, en el retículo bajo el domo, estaba diagonalmente sobre
nosotros. Una actínica luz blanca brotó de allí... nos iluminó, bañándonos.
Snap había estado despierto; había oído el ruido de nuestro encuentro.
Su
voz resonó estridente: «¡Alto! ¡Dispararé!» Su sirena de alarma resonó para
alertar a la nave. Su foco se mantuvo sobre nosotros.
Miko
corrió unos pocos pasos. Luego maldijo y me dejó caer, huyendo. Caí como un
saco de carburo sobre la cubierta. Mis sentidos se desvanecieron en la
oscuridad...
—Ahora
está bien.
Estaba
en la sala de derrota con el capitán Carter, Snap y el doctor Frank, que se
inclinaba encima de mí. El médico dijo:
—¿Puede
hablar ahora, Gregg?
Lo
intenté, mi lengua estaba espesa, pero se movía: «Sí». Pronto fui revivido. Me
senté, mientras el doctor Frank me frotaba vigorosamente.
—Estoy
bien —y les dije lo que había ocurrido.
—Sí,
lo sabemos —dijo el capitán Carter—. Y también fue Miko el que mató a Anita
Prince. Nos lo dijo antes de morir.
—¡Morir!...
—me puse de pie de un salto—. Ella... murió...
—Sí,
Gregg. Hace una hora. Miko entró en su camarote y trató de forzar su amor por
ella, pero le rechazó. Entonces la mató...
Me
dejó estupefacto. Y luego, como un torrente, me vino la idea. «Dice que Miko la
mató...»
Me
oí a mí mismo tartamudeando:
—Pero...
¡pero debemos atraparle! —concentré mis sentidos; una oleada de odio me
inundaba con un deseo salvaje de venganza.
—Pero,
por Dios, ¿dónde está él? ¿Por qué no le detienen? Lo cogeré... ¡Le mataré!
—¡Calma,
Gregg! —me cogió el doctor Frank.
El
capitán dijo suavemente:
—Sabemos
lo que siente, Gregg. Ella nos lo dijo antes de morir.
—¡Le
traeré aquí ante usted! Pero le mataré. ¡Se lo digo!
—No.
no lo hará, muchacho. No deseamos matarle, ni incluso atacarle. Todavía no. Le
explicaremos después.
Me
hicieron sentarme, calmándome...
Anita
había muerto. La puerta resplandeciente del jardín estaba cerrada. Una breve
mirada nos había hecho ver, a mí y a ella, lo que podría haber sido. Y ahora
estaba muerta...
Capítulo
X
Al
principio no había podido comprender por qué el capitán Carter deseaba dejar a
Miko en libertad. Dentro de mí estaba aquel grito de venganza, como si el
derribar a Miko aminorara de alguna forma mi propio dolor. Cualquiera que fuera
el propósito de Carter, Snap no lo conocía. Pero Balch y el doctor Frank
estaban en el secreto del capitán... todos, los tres, preparando algún plan de
acción.
Era
evidente de que por lo menos dos de nuestros pasajeros estaban en el complot de
Miko y George Prince y trataban de conocer lo que pudieran saber sobre las
actividades de Grantline en la Luna... planeando, sin duda, apoderarse del
tesoro cuando Planetara se detuviera en la Luna en su viaje de regreso. Yo
creía que podrían nombrar aquellos pasajeros enmascarados. Ob Hahn, supuesto
místico de Venus. Ranee Rankin, se llamaba a sí mismo prestidigitador
americano. Esos dos, Snap y yo estábamos de acuerdo, parecían sospechosos. Y
luego estaba el sobrecargo.
Me
senté durante un rato en la cubierta fuera de la sala de derrota con Snap.
Luego Carter nos hizo entrar, y nos sentamos escuchando mientras él, Balch y el
doctor Frank proseguían con su conferencia. Escuchándoles, no pude por menos de
estar de acuerdo de que nuestro mejor plan era proporcionarnos pruebas que
acusaran a todos los comprometidos en el complot. Miko, estábamos convencidos,
había sido el marciano que nos había seguido a Snap y a mí desde la oficina de
Halsey en el Gran Nueva York. George Prince había sido, sin duda, el invisible
merodeador de fuera de la sala de radio. Él sabía, y había dicho a los otros
que Grantline había encontrado el inapreciable metal en la Luna y que el
Planetara pararía allí en su viaje de regreso al hogar.
Pero
no podríamos encarcelar a George Prince por ser un merodeador. Ni teníamos la
más ligera evidencia posible contra Ob Hahn o Rankin. E incluso el sobrecargo
sería puesto en libertad por el Tribunal Interplanetario de Ferrok-Shahn cuando
escuchase nuestras pruebas.
Solamente
quedaba Miko. Podríamos arrestarlo por el asesinato de Anita. Pero si lo
hacíamos ahora, los otros serían puestos en guardia. La idea de Carter era
dejar a Miko que permaneciera en libertad durante algún tiempo y ver si
podíamos identificar e incriminar a sus compañeros. El asesinato de Anita
evidentemente no tenía nada que ver con el complot contra el tesoro de la Luna
de Grantline.
—¡Vaya!
—exclamó Balch— debe de haber (probablemente hay) grandes intereses marcianos
comprometidos en este asunto. Estos hombres de a bordo son solamente emisarios,
que están haciendo este viaje solamente para enterarse de lo que puedan. Cuando
lleguen a Ferrok-Shahn, darán su informe, y, entonces, tendremos un peligro
real en nuestras manos. Un navío ilegal podría fletarse desde Ferrok-Shahn para
llegar antes que nosotros a la Luna... ¡Y Grantline está sin la menor idea de
que exista peligro alguno!
Parecía
evidente. Los criminales sin escrúpulos en Ferrok-Shahn serían peligrosos en
verdad, una vez que conocieran estos detalles sobre Grantline. De forma que
ahora se decidió que en los restantes nueve días de nuestro viaje intentaríamos
procurarnos pruebas suficientes para arrestar a todos estos conspiradores.
—Les
tendré a todos encerrados cuando aterricemos —declaró ceñudamente Carter—. ¡No
darán ninguna información a sus jefes!
¡Ah,
los fútiles planes de los hombres!
Y
sin embargo, en aquel momento, nos parecían prácticos. Ahora íbamos todos
armados doblemente. Proyectores de balas y cilindros de rayos térmicos.
Teníamos varios micrófonos de escucha que pensábamos utilizar en la primera
ocasión que se presentara.
Solamente
habían transcurrido veinticuatro horas de este viaje accidentado. El Planetara
estaba a unos seis millones de millas de la Tierra, que relucía detrás de
nosotros como un tremendo gigante.
El
cuerpo de Anita había sido preparado para el entierro. Georges Prince aún
seguía en su habitación. Glutz, el afeminado y pequeño peluquero, que se
enriquecía actuando como doctor en belleza para las pasajeras y que, en su
juventud, había sido enterrador, había ido con el doctor Frank a preparar el
cadáver.
Existían
horribles detalles en los que trataba de no pensar. Permanecía sentado
entumecido en la sala de derrota.
Un
entierro astronómico... había pocos antecedentes de ello. Me arrastré hasta la
cubierta de popa donde, a las cinco de la mañana tuvo lugar la ceremonia.
Éramos
un pequeño grupo solemne, reunidos allí a la jaquelada luz de las estrellas con
la gran bóveda de los cielos en torno nuestro. Un proyector electrónico
desmantelado (necesario cuando se montaba un cañón de largo alcance) había sido
situado en una de las portañolas de cubierta.
Sacaron
el cuerpo. Permanecí apartado, mirando de mala gana al pequeño bulto, envuelto
como una momia en una pantalla de tela metálica. Un trozo de seda negra
permanecía sobre su rostro. Cuatro camareros de las cabinas la llevaban, y, a
su lado, caminaba George Prince. Le cubría un largo traje negro, pero su cabeza
iba descubierta. De pronto me recordó al antiguo personaje de teatro Hamlet. Su
pelo negro y ondulado; su pálido rostro finamente cincelado, ajustado ahora a
una estampa adusta de patricio. Y al mirar, me di cuenta que por mucho que
tuviera de villano este hombre, en este momento, caminando al lado del cuerpo
de su hermana, iba ahogado por el dolor. Sabíamos del cariño por su hermana,
con quien había vivido desde la niñez y, al verlo ahora, nadie podía dudarlo.
La
pequeña procesión se detuvo en un claro de luz de las estrellas junto a la
portañola. Posaron el cuerpo sobre un grupo de sillas. El capellán, vestido de
negro, levantado de su cama y todavía temblando por la excitación de esta
repentina muerte inexplicable a bordo, rezó una breve oración, corta y solemne.
Una
llamada: «Que el poderoso Señor de todos estos resplandecientes mundos guardase
el alma de esta dulce joven, cuyos restos mortales volvían ahora a Él.»
¡Ah!,
si alguna vez Dios parecía andar cerca, fue ahora, en este instante, sobre la
cubierta iluminada por la luz de las estrellas flotando en el negro vacío del
espacio.
Entonces
Carter, durante solo un instante, quitó la negra mortaja de su rostro. Vi a su
hermano mirar fijamente en silencio; le vi erguirse y depositar un beso...
luego se volvió. No quería mirar, pero me encontré a mí mismo moviéndome
lentamente hacia adelante.
¡Yacía
tan hermosa! Su rostro blanco y en calma y lleno de paz en la muerte. Se me
nubló la vista.
—Calma,
Gregg —me estaba susurrando Snap. Tenía un brazo en torno de mí—. Ven acá:
Amarraron
el sudario sobre su rostro. No le vi mientras metían el cuerpo en el tubo, lo
enviaban a través de la cámara de vacío y lo dejaban caer.
Un
momento más tarde lo vi, un paquete pequeño y alargado revoloteando en torno
nuestro. Estaba quizás a un ciento de pies de distancia, dando vuelta a nuestro
alrededor. Sostenido por la masa de Planetara, se había convertido
momentáneamente en nuestro satélite. Giraba en nuestro torno como una luna.
Horrible satélite que nos seguiría siempre, por las leyes de la naturaleza.
Después,
desde otro tubo de la proa, Blackstone hizo funcionar un pequeño proyector de
rayos zetaco. Su tenue luz aprisionó el paquete que flotaba, neutralizando su
envoltura metálica.
Salió
despedido en una tangente. Acelerando. Cayendo libre en el domo de los cielos.
Un cuadrilátero negro giratorio. Pero en un momento la distancia lo hizo
disminuir hasta convertirse en un punto. Una mota opaca de plata con él,
brillando sobre ella. Una mácula de polvo de la Tierra humano, cayendo libre...
Se
desvaneció Anita... se había ido.
Capítulo
XI
Me
volví apartándome de cubierta. ¡Miko estaba cerca de mí! ¡Así que se había
atrevido a mostrarse entre nosotros! Pero me di cuenta que él no podía tener
conocimiento de que nosotros supiéramos que él era el asesino. George Prince
había estado durmiendo y no había visto a Miko con Anita. Miko, con rabia
impulsiva, había disparado a la chica y había escapado. Sin duda alguna ahora
se estaba maldiciendo por haberlo hecho. Y muy bien podía suponer que Anita
había muerto sin recobrar el conocimiento y decir quién la había matado.
Ahora
me miraba de lado. Durante un instante pensé que se me acercaría para hablarme.
Aunque probablemente consideraba que no se sospechaba de él como el asesino de
Anita, se daba cuenta, naturalmente, que su ataque a mí era conocido. Debía de
preguntarse qué medidas iban a tomarse.
Pero
no se me acercó. Se alejó y fue adentro. Moa había estado cerca de él; y como
si lo hubiera convenido con él, me abordó.
—Deseo
hablarle, Gregg Haljan.
—Adelante.
Sentía
una aversión instintiva por esta marciana. Aunque no desagraciada. Más de seis
pies de alta, derecha y delgada. Pelo suave y rubio. Un rostro más bien
hermoso; no gris como el corpulento Miko, sino rosa y blanco; con labios
firmes, pero femeninos también. Ahora estaba sonriendo gravemente. Sus ojos
azules me miraban penetrantemente. Suavemente dijo:
—Un
hecho lamentable, Gregg Haljan. Y misterioso. No le preguntaría.
—¿Es
eso todo lo que tiene que decir? —pregunté.
—No.
Usted es un hombre apuesto, Gregg —atractivo para las mujeres— para cualquier
marciana.
Lo
dijo impulsivamente. En su cara se reflejaba la admiración por mí... un hombre
no puede pasarlo desapercibido.
—Gracias.
—Quiero
decir que me gustaría ser su amiga. Mi hermano Miko lamenta mucho lo que pasó
entre él y usted esta mañana. Solamente deseaba hablarle, y fue a la puerta de
su camarote...
—Con
una lámpara de soldar para romper su precinto —intervine.
Hizo
un gesto con la mano como para apartar aquello y prosiguió.
—Temía
que no le admitiera. Le dijo que no le haría daño.
—¡Y
por eso me lanzó uno de sus rayos marcianos paralizadores!
—Lo
lamenta.
Parecía
estar evaluándome, tratando, sin duda, de descubrir qué represalia sería tomada
contra su hermano. Tuve la seguridad de que Moa era tan activa como un hombre
en cualquier plan que estuviera fraguándose para capturar el tesoro de
Grantline. Miko, con su temperamento ingobernable, estaba haciendo cosas que
ponían sus planes en peligro.
—¿De
qué quería hablarme su hermano? —pregunté.
—De
mí —fue la sorprendente respuesta—. Yo lo envié. Una joven marciana va detrás
de lo que desea. ¿Sabía usted eso?
Giró
sobre sus talones y se alejó. Quedé confundido por aquello. ¿Era por eso por lo
que Miko me había derribado y me llevaba? No lo creía. No podía creer que todos
estos incidentes estuvieran desconectados de lo que nosotros sabíamos era la
principal tendencia oculta. Me deseaban, y habían tratado de capturarme para
alguna cosa.
El
doctor Frank me encontró solo, como un alma en pena.
—Acuéstese,
Gregg. Tiene un aspecto horroroso.
—No
tengo ganas de ir a la cama.
—¿Dónde
está Snap?
—No
lo sé. Estaba aquí hace un poco —no le había visto desde el entierro de Anita.
—El
capitán desea verle —dijo.
Dentro
de una hora la sirena levantaría a los pasajeros. Yo estaba sentado en una
esquina apartada de cubierta, cuando se acercó George Prince. Pasó junto a mí,
una figura vestida de oscuro, ligera y melancólica. Llevaba puestas botas altas
y gruesas. Una capucha le cubría la cabeza, pero cuando me vio la echó hacia
atrás y se dejó caer al lado mío.
Durante
un momento no habló. Su cara parecía pálida a la tenue luz de las estrellas.
—Ella
dijo que usted la amaba.
Su
voz suave sonaba gutural por la emoción.
—Sí
—dije contra mi voluntad. Allí parecía como si se formara un lazo que nos
uniera a este hermano desolado y a mí. Añadió tan suavemente que apenas podía
oírle:
—Eso
le hace, yo creo, casi mi amigo. Y usted pensaba que era mi enemigo.
Me
abstuve de contestar. Una lengua incauta hablando bajo las emociones es algo
peligroso. Y yo no estaba seguro de nada.
Él
prosiguió:
—Casi
mi amigo. Pues... nosotros dos la queríamos, y ella nos amaba a los dos —apenas
si estaba musitando las palabras—. Y hay a bordo uno a quien ambos odiamos.
—¡Miko!
—exclamé violentamente.
—Sí.
Pero no lo diga.
Otro
silencio cayó entre los dos. Echó hacia atrás las negras ondas de la frente.
—¿Tiene
usted un micrófono de escucha, Haljan?
—Sí
—dudé al contestar.
—Estaba
pensando... —se inclinó acercándose—. Si dentro de media hora puede utilizarlo
sobre la cabina de Miko... Le diría más que ningún otro. La cabina estará
aislada, pero encontraré la forma de desconectar ese aislamiento de forma que
usted pueda oír.
Así
que George Prince se había vuelto con nosotros. El choque de la muerte de su
hermana... él mismo aliado con el asesino... había sido demasiado para él.
¡Estaba con nosotros!
Aunque
su ayuda debía ser dada en secreto. Miko le mataría instantáneamente si llegara
a saberlo. Había estado vigilando la cubierta. Ahora se puso en pie.
—Creo
que eso es todo.
Mientras
se alejaba, yo murmuré: «Muchas gracias...»
El
nombre Set Miko brillaba sobre la puerta. Estaba en un corredor transversal
similar al A22. El corredor se dirigía desde el vestíbulo y daba a una pequeña
biblioteca circular.
La
biblioteca estaba vacía, y sin luz, en penumbra, con sólo luces reflejadas de
los pasillos próximos. Me agaché junto a un estuche cilíndrico. La puerta de la
habitación de Miko estaba a la vista.
Esperé
durante quizá quince minutos. No entró nadie. Luego me di cuenta de que sin
duda los conspiradores estaban ya allí. Posé mi diminuto aparato de escucha
sobre el suelo de la habitación-biblioteca, a mi lado, conecté su pequeña
batería y enfoqué el proyector. ¿Estaba aislada la habitación de Miko? No podía
decirlo. Había una pequeña rejilla de ventilación encima de la puerta. A través
de esta abertura, si la habitación estaba aislada, un pequeño resplandor o
brillo aparecería. Y habría un ligero zumbido. Pero a esta distancia yo no
podía ver u oír tales detalles, y temía aproximarme más. Una vez en el corredor
transversal, ni tendría ningún lugar donde ocultarme, ni forma de huida. Si
alguien se aproximaba a la puerta de Miko, estaría atrapado.
Conecté
la corriente al aparato. Recé para que si la corriente se encontraba con alguna
interferencia, el ligero ruido pasara desapercibido. George Prince había dicho
que buscaría la oportunidad de desconectar la habitación. Evidentemente, lo
había hecho. Inmediatamente capté los sonidos del interior; mis auriculares
vibraban con ellos. Y con dedos temblorosos sobre el pequeño dial en medio de
mis rodillas mientras estaba acurrucado en la oscuridad detrás del estuche
cilíndrico, lo sincronicé.
—Johnson
es un estúpido —era la voz de Miko—. Debemos de obtener la contraseña.
—Él
la cogió de la sala de radio —era una voz de hombre que al principio me
desconcertó, luego la reconocí: Ranee Rankin.
—Es
un estúpido —decía Miko—. Paseándose por esta nave como si llevara letras
reluciéndole en la frente: «Vigiladme... necesito que me vigilen». ¡Ah! ¡No es
de asombrarse el que le detuvieran!
—Nos
hubiera dado los documentos —dijo la voz de Rankin—. No debemos de
reprochárselo demasiado. ¿Qué daño...?
—Oh,
yo le libertaré —declaró Miko—. ¿Qué daño? Ese asno rebuznador nos hizo mucho
daño. Ha perdido la contraseña. Mejor lo hubiera dejado en la sala de radio.
Moa
estaba en la habitación. Su voz dijo:
—Tenemos
que conseguirla. El Planetara, en un viaje tan importante como éste pudiera
estar vigilado.
—Sin
duda que lo está —dijo Rankin suavemente—. Debemos conseguir la contraseña.
Cuando tengamos el control de esta nave...
Sentí
que un estremecimiento me recorría. ¿Estaban tramando probar de apoderarse de
la nave? ¿Ahora? Así parecía.
—Johnson
sin duda la aprendió de memoria —estaba diciendo Moa—. Cuando le saquemos...
—Hahn
tiene que hacer eso, cuando se dé la señal —añadió Miko—. George podría hacerlo
mejor, tal vez.
Y
entonces oí a George Prince por primera vez.
—Lo
intentaré.
—No
es necesario —dijo inesperadamente Miko.
No
podía ver lo que estaba ocurriendo. Una mirada, tal vez, que Prince no había
podido evitar dirigir a este hombre que había llegado a odiar. Miko sin duda la
viera, y le asaltó el violento carácter del marciano.
—¡Dejad
eso! —dijo apresuradamente Rankin.
—¡Déjale,
estúpido! ¡Siéntate!
Podía
oír el ruido de una pelea. Un golpe... un grito, medio contenido, de George
Prince.
—No
le haré daño —decía la voz de Miko—. ¡Pusilánime cobarde! ¡Miradle!
Odiándome... ¡Atemorizado!
Podía
imaginarme a George Prince sentado allí con el ansia de matar en el corazón, y
a Miko increpándole:
—¡Me
odia ahora, porque maté a su hermana!
—¡Silencio!
—exclamó Moa.
—¡No
callaré! ¿Por qué no iba a decirlo? Y te diré alguna cosa más, George Prince.
¡No era a Anita a quien disparaba, sino a ti! No tenía otras intenciones para
ella más que el amor. Si no te hubieras entrometido...
Esto
era diferente de lo que nos habíamos figurado. George Prince había entrado
desde su propia habitación, había intentado rescatar a su hermana, y en la
lucha, Anita había recibido el disparo en lugar de George.
—Yo
incluso ni sabía que le había alcanzado —estaba diciendo Miko—. Ni lo supe
hasta que oí decir que estaba muerta —y añadió burlonamente—: Confiaba en que
fuera a ti a quien diera, George. Y te diré esto: tú no me odias más de lo que
yo te odio a ti. Si no fuera por tu conocimiento de los minerales...
—¿Va
a ser esto una disputa personal? —interrumpió Rankin—. Creía que estábamos aquí
para planear...
—Está
planeado —dijo Miko secamente—. Doy órdenes. No proyectos. Ahora estoy
esperando el momento... —se detuvo.
—¿Sabe
Rankin que ningún daño ha de ocurrirle a Gregg Haljan? —dijo Moa.
—Sí
—contestó Rankin—. Y a Dean. Necesitamos a los dos, naturalmente. Pero uno no
puede hacer que Dean envíe mensajes si rehúsa hacerlo, ni que Haljan dirija la
nave.
—Sé
lo suficiente para dominarles —dijo torvamente Miko—. No me engañarán. Y me
obedecerán, no temas. Un pequeño toque de sulfúrico —su risa era horrible—.
Esto hace al más testarudo muy complaciente.
—Desearía
—dijo Moa— que tuviéramos a Haljan escondido a salvo. Si se le hiere... o se le
mata...
De
forma que era por eso por lo que Miko había tratado de capturarme. Para
mantenerme a salvo de forma que pudiera dirigir la nave.
Se
me ocurrió que debería ponerme en contacto con Carter inmediatamente. Había un
complot para apoderarse del Planetara... pero, ¿cuándo?
Quedé
helado del horror de la sorpresa.
Los
diafragmas en mis oídos resonaron con las palabras de Miko:
—He
fijado el momento para... dentro de dos minutos...
Parecía
que había sorprendido a Rankin y a George Prince tanto como a mí. Ambos
exclamaron:
—¡NO!
—¿No?
¿Por qué? ¡Todo el mundo está en sus puestos...!
—¡No!
—repitió Prince.
—Pero
podemos confiar en ellos —decía Rankin—. Los camareros... la tripulación...
—¡Ocho
de ellos son nuestros hombres! ¿No lo sabía Rankin? Han estado a bordo del
Planetara durante varios viajes. Oh, éste no es un asunto planeado
precipitadamente, incluso aunque os lo haya comunicado tan recientemente. Usted
y Johnson... ¡Vive Dios!
Hubo
un revuelo en el camarote. Me agazapé, tenso. ¡Miko había descubierto que había
sido desconectado el aislamiento! Evidentemente. Se había puesto de pie de un
salto. Oí cómo derribaban una silla y al marciano rugir:
—¡Está
desconectado! ¿Hiciste tú eso, Prince? Por Dios, que si yo pensara...
Mi
aparato quedó repentinamente mudo cuando Miko restableció el aislamiento. En la
confusión perdí los sentidos. Debería haber instantáneamente desconectado mis
vibraciones. Había una interferencia, parecía, en el espacio oscuro de la
rejilla del ventilador sobre la entrada de la habitación de Miko: un zumbido en
el aire, allí... un remolino de chispas.
Oí
con mis oídos, sin ayuda del auricular, el rugido de Miko por encima del
aislamiento.
—¡Santo
cielo! ¡Están escuchando!
El
alarido de las sirenas de mano sonó desde su camarote. Resonó en toda la nave.
¡Su señal! Oí cómo la contestaban desde algún punto lejano. Y luego un disparo:
un alboroto en los corredores inferiores...
¡El
ataque al Planetara había comenzado!
Me
puse de pie. Los gritos de los pasajeros sorprendidos sonaban y por todas
partes había comenzado el estruendo.
Permanecí
momentáneamente aturdido. La puerta del camarote de Miko se abrió
repentinamente. Él estaba allí, con Rankin, Moa y George Prince rodeándole. Me
vio.
—¡Tú,
Gregg Haljan!
Vino
hacia mí a saltos.
Capítulo
XII
Me
cogió totalmente por sorpresa. Hubo un instante en que permanecí entumecido,
buscando un arma desmañadamente en mi cinturón, sin decidirme entre correr o
hacer frente. Miko estaba a no más de veinte pies de mí. Contuvo su anterior
ímpetu. La luz de un tubo de encima de su cabeza le daba de lleno; vi en su
mano el cilindro proyector de su rayo paralizador.
Saqué
mi cilindro térmico del cinturón, y disparé sin apuntar. Mi diminuto destello
de calor brilló. Debió de haber rozado la mano de Miko. Su rugido de rabia y
dolor resonó por encima del tumulto. Dejó caer su arma; luego se agachó para
recogerla. Pero Moa se le anticipó. Había saltado y la cogió.
—¡Cuidado!
¡Estúpido! Me prometiste que no le harías daño.
Era
una confusión de acción rápida. Rankin había vuelto y se alejaba velozmente. Vi
a George Prince dar un traspié medio delante de Miko y Moa que luchaban. Y oí
ruido de pisadas a mi lado. Una mano me cogió, sacudiéndome.
Por
encima del alboroto, resonaba la voz de Prince:
—¡Gregg
Haljan!
Recuerdo
que tuve la impresión de que Prince estaba atemorizado. Había medio caído
delante de Miko. Y se oía la voz de éste:
—¡Soltadme!
Era
Balch quien me cogía.
—¡Gregg!
Por aquí... ¡Corre! ¡Sal de aquí! ¡Te matará con ese rayo!
El
rayo de Miko relampagueó, pero George Prince le había golpeado el brazo. No me
atreví a disparar de nuevo. Prince estaba en medio. Balch, que estaba
desarmado, me empujó violentamente hacia atrás.
—¡Gregg!
¡La sala de derrota!
Di
media vuelta y eché a correr, con Balch en pos mío. Prince había caído o había
sido derribado por Miko. Me siguió un destello desde el arma de Miko, pero
falló de nuevo. No me persiguió. En vez de eso echó a correr en dirección
opuesta, a través de la puerta lateral de la biblioteca.
Balch
y yo nos encontrábamos en la biblioteca. Por todas partes había pasajeros
atemorizados gritando. El lugar se encontraba en una confusión loca, mientras
resonaban por toda la nave los gritos.
—¡Para
la sala de derrota, Gregg!
—¡Volved
a vuestras habitaciones! —grité a los pasajeros.
Seguí
a Balch. Pasamos corriendo la arcada que conducía a cubierta. A la luz de las
estrellas vi figuras que se escabullían hacia popa, pero ninguna estaba próxima
a nosotros. La cubierta, por delante, estaba en penumbra con oscuras sombras.
Las ventanas y puerta de la sala de derrota parecían azul-amarillento por los
tubos de luz de dentro. Nadie parecía estar en cubierta en aquella parte. Y
entonces, cuando nos aproximábamos, vi más adelante, hacia la proa, la puerta
de la escotilla del calabozo abierta. Johnson había sido liberado.
Desde
una de las ventanas de la sala de derrota silbó un rayo térmico. No nos acertó
por poco. Balch gritó:
—¡Carter...
no dispare!
—Oh,
es usted, Balch... y Haljan... —exclamó el capitán.
Salió
a cubierta mientras nosotros nos precipitábamos dentro. Su brazo izquierdo
oscilaba, fláccido.
—Dios...
esto... —no siguió adelante. Desde el castillo de encima un diminuto reflector
se iluminó descubriéndonos. Teóricamente, Blackstone debiera de estar de
servicio allí con un patrón de ruta en los controles. Sin embargo, al mirar
hacia arriba, vi, iluminados por las luces de la tórrela, la figura de Ob Hahn
con sus vestiduras púrpuras y blancas, y a Johnson, el sobrecargo.
Y
sobre el balconcillo de la torreta, dos hombres caídos... Blackstone y el
patrón de ruta.
Johnson
estaba dirigiendo el reflector sobre nosotros. Y Hahn disparaba un rayo
marciano. Le dio a Balch, que estaba a mi lado. Cayó.
—¡Adentro...,
Gregg! ¡Entre!
Me
detuve para levantar a Balch. Brotó otro destello. Un rayo térmico esta vez.
Dio al caído Balch de lleno en el pecho, atravesándolo. El olor que su carne
quemada despedía hizo que me mareara. Estaba muerto. Dejé caer su cuerpo.
Carter me empujó dentro de la sala de derrota.
Dentro
de la pequeña habitación blindada de acero, Carter y yo corrimos la puerta,
cerrándola. Estábamos solos allí. El hecho había ocurrido en una forma tan
rápida que había cogido al capitán Carter, como a todos nosotros, totalmente
desprevenidos. Nos habíamos adelantado con el espionaje por medio de elementos
de escucha, pero no a este acto de bandolerismo. No había pasado más que un
minuto o dos desde que la sirena de Miko en su camarote había dado la señal de
ataque. Carter había estado en la sala de derrota. Blackstone estaba en la
torreta. Al principio de la confusión, Carter se había precipitado fuera para
ver cómo Hahn liberaba a Johnson del calabozo. Desde la ventana delantera de la
sala de derrota ahora podía ver donde Hahn con un soplete había roto los
precintos del calabozo. El soplete estaba tirado sobre cubierta. Había habido
un intercambio de disparos; el brazo de Carter estaba paralizado; Johnson y
Hahn habían escapado.
Carter
estaba tan confuso como yo. Simultáneamente había habido un encuentro en la
torreta. Blackstone y el patrón de ruta habían sido muertos. Al vigía le habían
disparado en su puesto de observación delantero. El cuerpo se balanceaba ahora
retorcido, medio dentro y medio fuera de la ventana.
Podíamos
ver a varios de los hombres de Miko —en otro tiempo miembros de nuestra
tripulación y del cuerpo de camareros— deslizándose desde el castillo a lo
largo del puente superior hacia la sala de radio oscura y silenciosa. Snap
estaba allí arriba. Pero, ¿estaba? La sala de radio brilló repentinamente con
una luz tenue, pero no había ninguna evidencia de lucha allí. La pelea parecía
principalmente desarrollarse debajo de cubierta, abajo en los corredores del
casco.
Una
mezcla de sonidos de horror llegó hasta nosotros. Alaridos, gritos y el siseo y
restallido de las armas de rayos. Nuestra tripulación (al menos aquellos que
eran leales) estaban ofreciendo resistencia abajo. Pero fue breve. Al cabo de
un minuto se había apagado. Los pasajeros, en el centro de la nave, en al
superestructura, continuaban gritando. Entonces, por encima de ellos, resonó el
rugido de Miko.
—¡Silencio!
Vayan a sus habitaciones y no se les hará daño.
Los
bandoleros en estos pocos minutos se habían apoderado del control de la nave.
Todo menos esta pequeña sala de derrota, donde, con la mayoría de las armas de
la nave, nos habíamos atrincherado Carter y yo.
—¡Dios,
Gregg, que nos haya ocurrido esto a nosotros!
Carter
estaba rebuscando entre las armas de la sala de derrota.
—Aquí,
Gregg. Ayúdeme. ¿Qué tiene usted? ¿Un rayo térmico? Eso es todo lo que tengo
dispuesto.
Me
sorprendió mientras le ayudaba a hacer las conexiones que Carter en esta crisis
era, en el mejor de los casos, un jefe eficiente. Su roja cara se había vuelto
salpicada de púrpura; y sus manos estaban temblando. Un competente capitán de
una pacífica nave de línea, ahora se encontraba perdido. Pero no podía
reprochárselo. Es fácil de decir que debiéramos haber tomado precauciones,
hecho esto o aquéllo, y salir triunfantes del ataque. Pero solamente los tontos
miran atrás y dicen: «Yo lo habría hecho mejor.»
Traté
de controlar mis nervios. La nave estaba perdida para nosotros a menos que
Carter y yo pudiéramos hacer algo. ¡Nuestras inútiles armas! Todas estaban
aquí... cuatro o cinco proyectores de mano de rayos térmicos que podían lanzar
un rayito a cien pies aproximadamente. Disparé uno diagonalmente hacia la
torreta donde Johnson estaba mirando burlonamente a nuestra ventana de atrás,
pero vio mi gesto y se dejó caer fuera de vista. El destello térmico pasó
inofensivamente y dio en la habitación de la torreta. Luego a través de la
ventana de la torreta apareció un destello brillante... una electrobarrera. Y
detrás de ella, apareció el suave rostro maligno de Hahn. Gritó hacia abajo:
—Tenemos
orden de respetarle la vida, Gregg Haljan... o sino le hubiéramos matado hace
tiempo.
Mi
respuesta golpeó en su barrera con una lluvia de chispas, detrás de la cual
permaneció sin moverse.
—Gregg,
prueba con ésta —dijo Carter, entregándome otra arma.
Apunté
el viejo proyector de explosivos; Carter se agazapó a mi lado. Pero antes de
que pudiera oprimir el gatillo, desde algún lugar de la cubierta iluminada por
las estrellas un electrodestello me golpeó. Explotó el pequeño rifle, rota la
recámara. Caí hacia atrás sobre el suelo, sintiendo el hormigueo de la sacudida
de la corriente hostil. Tenía las manos ennegrecidas por la explosión de la
pólvora.
—Inutilizado.
¿Está herido? —dijo Carter, cogiéndome.
—No.
Las
estrellas a través de las ventanas del domo parecían dar vueltas. Un amplio
giro..., las sombras y los diseños de la cubierta iluminada por las estrellas
estaban todas cambiadas. El Planetara girando. Los cielos rotaban en un gran
giro circular de movimiento; luego quedaron fijos cuando cogimos nuestra nueva
trayectoria.
Hahn,
en la torreta de control, nos había hecho dar la vuelta. La Tierra y el Sol
brillaban sobre nuestro cuadrante de proa. La luz del Sol se mezclaba
rojo-amarillento con la brillante luz de las estrellas. Se oían las señales de
Hahn, y también cómo eran contestadas desde las salas de máquinas abajo. Los
bandoleros tenían el control total. Las placas de gravedad estaban fijadas en
la nueva posición: estábamos en nuestra trayectoria. Dirigiéndonos un punto o
dos desviados de la Tierra. ¿No nos dirigíamos a la Luna? Me sorprendió.
Carter
y yo no estábamos proyectando nada. ¿Qué había que planear? Estábamos bajo
observación. Un rayo paralizador marciano... o en un destello electrónico, con
mucho más mortífero que nuestras diminutas armas... nos hubieran golpeado en el
instante en que tratáramos de abandonar la sala de derrota.
Mis
pensamientos se vieron interrumpidos por un grito desde abajo de la cubierta.
En una esquina de la superestructura de la cabina apareció la figura de Miko.
Una proyección de radiaciones le colgaba en torno a él como un manto
resplandeciente. Se oyó su voz:
—Gregg
Haljan, ¿se rinde?
Carter
se puso en pie de un salto desde donde él y yo habíamos estado agachados.
Contra toda razón de seguridad se inclinó fuera de la ventana, agitando su
gigantesco puño.
—¿Rendirse?
¡No! Aquí soy yo el que manda, ¡pirata! ¡Bandido...! ¡Asesino!
Lo
arrastré hacia atrás precipitadamente.
—Por
amor de Dios...
Estaba
balbuceando, y por encima de ello se oyó la sardónica risa de Miko.
—¿Vamos
a discutir eso?
—¿Qué
quiere usted decir, Miko? —pregunté yo levantándome.
Detrás
de él apareció la alta figura delgada de su hermana. Le estaba sujetando. Él se
volvió violentamente.
—¡No
le haré daño a él! Gregg Haljan... ¿es esto una tregua? ¿No disparará? —estaba
cubriendo a Moa.
—No
—grité—. Por el momento, no. Una tregua.
—¿Qué
es lo que desea decir?
Podía
oír el murmullo de los pasajeros que estaban apelotonados en la cabina
guardados por los bandidos. George Prince, con la cabeza descubierta, pero
guarecido en su capa, apareció en un claro de luz detrás de Moa. Miró en mi
dirección y luego se retiró.
—Usted
debe rendirse —dijo a voces Miko—. Le necesitamos, Haljan.
—Sin
duda —me burlé.
—Vivo.
El matarle es fácil.
No
podía dudar de aquello. Carter y yo éramos poco más que ratas en una trampa...
Pero Miko deseaba cogerme vivo, eso no era tan simple. Añadió persuasivamente:
—Necesitamos
que pilote para nosotros. ¿Querrá?
—No.
—¿Quiere
ayudarnos, capitán Carter? Dígale a su cachorro, ese Haljan, que se rinda.
—Largo
de ahí —rugió Carter—. ¡No hay ninguna tregua!
Aparté
a un lado el proyector que tenía apuntado.
—Espere
un minuto, Miko. ¿Pilotarles adonde?
—Esa
es cuestión nuestra. Cuando salga aquí, le daré la ruta.
Me
di cuenta que toda esta plática era un truco de Miko para cogerme vivo. Había
hecho una seña. Hahn, que le observaba desde la ventanilla de la torreta, sin
duda alguna pasó una señal a los pasillos del casco. El control del
magnetizador bajo la sala de derrota fue alterado, nuestra gravedad artificial
desconectada. Sentí una repentina ligereza. Me así a la contraventana y
permanecí pegado. Carter fue sorprendido en un movimiento incauto. Fue lanzado
dentro de la habitación, batiendo los brazos y piernas.
Y al
otro lado de la sala de derrota, en la ventana opuesta, sentí más que vi la
silueta de algo. ¡Una figura casi invisible, pero no del todo, estaba tratando
de entrar trepando! Lancé el rifle vacío que estaba sosteniendo. Golpeó en algo
sólido en la ventana. En medio de un resplandor de chispas una figura
encapuchada de negro se materializó. ¡Un hombre había entrado trepando!
Resonó
su arma. Hubo un diminuto destello electrónico, mortalmente silencioso. El
intruso había disparado a Carter, acertándole. Carter soltó un grito raro.
Había descendido hasta el suelo, pero con el movimiento convulsivo cuando fue
alcanzado le lanzó al techo. Su cuerpo golpeó, se retorció, rebotó atrás y
quedó inerte sobre la rejilla del suelo casi a mis pies.
Me
cogí al alféizar. Al otro lado de la habitación, sin gravedad, el intruso
también se estaba sujetando. Su capucha, caída hacia atrás. Era Johnson.
—Le
maté, ¡el fanfarrón! Ahora para ti, señor tercer oficial Haljan.
Pero
no se atrevió a dispararme. Miko se lo había prohibido. Lo vi buscando debajo
de su capa, sin duda un rayo paralizador de pequeña potencia. Pero nunca llegó
a sacarlo. No tenía ningún arma al alcance. Me incliné hacia dentro de la
habitación aún sosteniéndome al alféizar, y doble mis piernas debajo de mí. Y
di una patada a la ventana.
La
fuerza me lanzó catapultado a través del espacio de la habitación como un
planeador. Golpeé en el sobrecargo. Nuestros cuerpos entrelazados luchando
rebotaron dentro de la habitación. Dimos contra el suelo, giramos como globos
contra el techo, le golpeamos con un brazo o una pierna y volvimos flotando.
¡Combate
grotesco y anormal! Como luchar en el agua sin notar el peso. Johnson empuñó el
arma, pero le retorcí su muñeca, y mantuve el brazo estirado de forma que no
pudiera apuntarla. Percibía la voz de Miko gritando desde la cubierta de fuera.
La
mano izquierda de Johnson se estaba ensañando en mi cara, con los dedos
tratando de hundirles en mis ojos. Nos abalanzamos hacia abajo.
Le
retorcí la muñeca. Dejó caer el arma, que cayó lejos. Traté de alcanzarla, pero
no pude... Entonces le agarré por el cuello. Yo era más fuerte que él y más
ágil. Traté de ahogarle, tenía su grueso cuello entre mis dedos. Daba patadas,
se revolvía y me laceraba brutalmente. Trató de gritar, pero terminó en un
estertor. Y entonces, cuando notó que le faltaba la respiración, subió las
manos en un esfuerzo de apartar las mías. Nos revolcamos contra el suelo.
Momentáneamente estuvimos derechos. Sentí cómo un pie tocaba en el suelo. Doble
las rodillas. Nos hundimos más y entonces di un fuerte impulso por una patada
hacia arriba Nuestros cuerpos entrelazados salieron disparados hacia el techo.
La cabeza de Johnson estaba encima de la mía. Golpeó el techo de acero de la
sala de derrota. Fue un golpe violento. Noté como repentinamente quedaba
fláccido. Le aparté y, doblando mi cuerpo, golpeé con un pie contra el techo.
Esto me envió diagonalmente hacia abajo hacia la ventana, donde me así.
Y vi
a Miko de pie sobre cubierta con un arma que me apuntaba.
Capítulo
XIII
¡Haljan!
¡Ríndase o disparo! Moa, dame uno más pequeño.
Tenía
en la mano un proyector demasiado grande. Su rayo me mataría. Si deseaba
cogerme vivo no dispararía. Me arriesgué.
—¡No!
—traté de arrastrarme debajo de la ventana. En el suelo estaba un proyector
automático donde lo había dejado caer Carter. Tiré por mí hacia abajo. Miko no
disparó. Alcancé el arma. Los cuerpos del capitán y de Johnson se habían
amontonado juntos sobre el suelo en el centro de la habitación.
Me
acoplé de nuevo a la ventana. Con el arma levantada miré cautelosamente fuera.
Miko había desaparecido. La cubierta, dentro de mi campo de vista, estaba
vacía.
¿Pero
lo estaba? Algo me decía que recelase. Me afirmé al alféizar dispuesto al
primer momento a empujarme hacia abajo. Hubo un movimiento en una sombra a lo
largo de la cubierta. Luego se levantó una figura.
—¡No
dispare, Haljan!
La
aguda orden, casi una súplica, detuvo la presión de mi dedo. Era el alto y
larguirucho inglés, sir Arthur Conisten, como se hacía llamar. ¡De forma que
también él era uno de los hombres de Miko!
—Si
usted dispara, Haljan, y me mata... Miko entonces seguro que le matará.
Desde
donde él había estado agazapado no podía dominar mi ventana. Pero ahora, a
continuación de sus aplacadoras palabras, repentinamente disparó. La poca
potencia del rayo, de haberme alcanzado, me habría derribado sin matarme. Pero
pasó por encima de mi cabeza cuando me dejé caer. Su destello hizo que mis
sentidos titubearan.
—¡Haljan!
—gritó Conisten.
No
contesté. Me preguntaba si se atrevería a aproximarse para comprobar si me
había alcanzado. Pasó un minuto. Luego otro. Me pareció oír la voz de Miko
afuera en cubierta, pero era un susurro microscópico etéreo próximo a mí.
—Le
vemos, Haljan. ¡Debe rendirse!
Tenía
situadas sobre mí sus vibraciones de escucha con proyección sonora. Repliqué en
voz alta.
—¡Vengan
a cogerme! ¡No podrán detenerme vivo!
Ciertamente
que protesto si esta acción mía en la sala de derrota pudiera parecer una
bravata. No tenía ningún deseo de morir. Había dentro de mí un deseo saludable
de vivir. Pero me parecía que resistiendo podía haber alguna posibilidad por
medio de la cual pudiera volver los acontecimientos en contra de estos
bandidos. Sin embargo, la razón me decía que no había esperanzas. No había duda
que los miembros leales de nuestra tripulación fueran asesinados. El capitán
Carter y Balch estaban muertos. Los vigías y patrón de ruta, también. Y
Blackstone.
Allí
quedaban solamente el doctor Frank y Snap. Todavía no conocía su suerte. Y
estaba George Prince. Él, tal vez, podría ayudarme si podía. Pero, en el mejor
de los casos, era un aliado dudoso.
—Usted
es muy estúpido, Haljan —susurró la voz de Miko. Y luego oí a Coniston:
—Escuche
esto: ¿por qué no habría detentarle un ciento de libras de láminas de oro? Las
palabras clave que le fueron quitadas a Johnson, quiero decir, ¿por qué no
decirnos dónde están?
¡De
forma que ésa era una de las nuevas dificultades de los bandidos! Snap había
cogido la hoja de las palabras de la clave cuando encerrábamos al sobrecargo en
el calabozo.
—Nunca
las encontrarán —dije—. Y cuando la nave de la policía nos aviste, ¿qué harán
ustedes entonces?
Las
posibilidades de una nave de policía eran de verdad muy pequeñas, pero los
bandidos evidentemente no lo sabían. Me pregunté de nuevo qué habrían hecho con
Snap. ¿Lo habrían capturado o todavía los mantenía a distancia?
Estaban
vigilando mis ventanas; en cualquier momento, bajo el disfraz de la charla,
podría ser atacado.
La
gravedad se restableció repentinamente en la habitación.
La
voz de Miko decía:
—Le
deseamos bien a usted, Haljan. Allí tiene su normalidad. Únase a nosotros. Le
necesitamos para que trace nuestra ruta.
—Y
un ciento de láminas de oro —insistió Coniston—. O más. Pues, este tesoro...
Pude
oír una maldición de Miko. Y luego su voz irónica:
—No
le molestaremos, Haljan. No hay prisa. A su debido tiempo tendrá hambre. Y
sueño. Entonces entraremos y le cogeremos. Y un poco de ácido sulfúrico le
ayudará a pensar diferente de nosotros...
Sus
vibraciones se apagaron. La atracción de la habitación era normal. Estaba solo
en la tenue penumbra del silencio, con los cuerpos de Carter y Johnson
confundidos sobre la rejilla. Me incliné para examinarlos. Ambos estaban
muertos.
Mi
aislamiento no fue roto esta vez. Los fuera de la Ley no realizaron ningún otro
ataque. Pasó media hora. La cubierta, fuera, lo que yo podía ver de ella,
estaba vacía. Balch yacía muerto fuera cerca de la puerta de la sala de
derrota. Los cuerpos de Blackstone y el patrón de rutas habían sido quitados de
la ventana de la torreta. Como un vigía de proa, uno de los hombres de Miko
estaba de servicio en la torreta más próxima. Hahn estaba en la torreta de
controles. La nave estaba siendo ordenadamente dirigida, volviendo atrás sobre
una nueva ruta. ¿Para la Tierra? ¿La Luna? No parecía así.
Encontré,
en la sala de derrota, un proyector de luz curva de Benson, que el pobre
capitán Carter había casi montado. Trabajé sobre él, lo apunté a través de mi
ventana de atrás a lo largo de la cubierta vacía, y lo hice entrar en el
vestíbulo. Sobre mi pantalla, la imagen del vestíbulo interior aparecía ahora
enfocada. Los pasajeros en el vestíbulo estaban amontonados en grupo.
Desmelenados, atemorizados, con Moa de pie vigilándolos. Los camareros les
estaban sirviendo la comida.
Sobre
un banco, yacían unos cuerpos. Algunos estaban muertos. Vi a Ranee Rankin.
Otros, evidentemente, sólo heridos. El doctor Frank se movía entre ellos,
atendiéndoles. Venza estaba allí, ilesa. Y vi a los jugadores, Shac y Dud,
sentados, con el rostro pálido, hablando en voz baja entre sí. Y al pequeño
encintado de Glutz, una figura encrespada sobre un taburete.
George
Prince estaba allí, de pie contra la pared, oculto en capa de luto, con ojos
alertas e inquietos. Y junto a la parte opuesta, la enorme figura dominante de
Miko permanecía de guardia. Pero faltaba Snap.
Una
breve ojeada. Miko vio mi luz Benson. Podía haber equipado con un rayo térmico
y disparar a lo largo de la luz curva de Benson en el vestíbulo.
Pero
Miko no me dio tiempo.
Deslizó
la puerta del vestíbulo cerrándola, y Moa saltó para cerrar la de mi lado. Mi
pantalla me mostraba solamente la cubierta vacía y la puerta.
Otro
intervalo. Había hecho planes. ¡Planes inútiles! Tal vez pudiera conseguir
entrar en la torreta y matar a Hahn. Tenía la capa invisible que Johnson había
utilizado. La cogí de su cuerpo. Su mecanismo podría ser reparado. Con ella
podría deslizarme por la nave, matar a estos bandidos uno a uno, quizá. George
Prince estaría conmigo. Los bandidos que habían estado actuando como camareros
o miembros de la tripulación no sabían pilotar; obedecerían mis órdenes.
Solamente tendría que matar a Miko, Coniston y a Hahn.
Desde
mi ventana podía vislumbrar la sala de radio. Y ahora, de pronto, oí la voz de
Snap:
—¡No!
¡Le digo que no!
Y a
Miko:
—Muy
bien, entonces probaremos con esto.
De
forma que Snap fuera capturado, pero no muerto. Sentí que me invadía el alivio.
Estaba en la sala de radio y Miko estaba con él. Pero mi alivio tuvo corta
duración. Después de un breve intervalo, se oyó un gemido de Snap. Flotó por
encima del silencio e hizo que me estremeciera.
Disparé
mi rayo Benson dentro de la sala de radio. Me mostró a Snap, yaciendo allí en
el suelo. Estaba atado con alambre. Su torso había sido desgarrado. Su lívida
faz aparecía espantosamente clara en mi luz.
Miko
se estaba inclinando por encima de él. Miko con su cilindro térmico no mayor
que un dedo. Su destello de aguja jugaba sobre el pecho desnudo de Snap. Podía
ver el horrible pequeño surco de humo elevándose y cómo Snap se retorcía y
sacudía, allí sobre su carne está el surco rojo y chisporroteante de los rayos
ultravioleta.
—¿Lo
dirá ahora?
—No.
Miko
se reía.
—Entonces
escribiré mi nombre un poco más profundo. ..
Un
carbonizado negro... un surco marcado en la carne trémula.
—¡Oh!
—el rostro de Snap se puso blanco como la tiza mientras apretaba sus labios
juntos.
—¿O
un poco de ácido? ¿No le hace daño realmente esta escritura al fuego? ¡Dígame
lo que hizo con estas palabras de la clave!
—¡No!
En
su absorción, Miko no notaba mi luz. Ni yo tuve el valor de tratar de disparar
a lo largo de ella. Estaba temblando. ¡Snap estaba siendo torturado!
Cuando
el rayo fue más profundo, Snap de pronto gritó. Pero terminó con un «¡No! No
mandaré ningún mensaje para usted...»
Había
sido solamente un momento. ¡En la ventana de la sala de derrota, al lado mío,
de nuevo apareció una figura! No silueta. Una persona viviente y sólida, sin
disfrazar por ninguna capa de invisibilidad. George Prince se había arriesgado
a mi fuego y se había arrastrado junto a mí.
—Haljan.
No me ataque.
Dejé
caer las conexiones de mi luz. Mientras impulsivamente me levantaba, vi a
través de la ventana la figura de Coniston sobre cubierta observando el
resultado de la aventura de Prince.
—Haljan...,
ríndase.
Prince
no hizo más que susurrarlo. Estaba de pie sobre cubierta, donde el bajo
alféizar de la ventana le tocaba en el pecho. Se inclinó sobre él.
—¡Está
torturando a Snap! Grite que se rinde.
Ya
me había pasado esa idea por mi mente. Otro grito de Snap me llenó de horror y
grité:
—¡Miko!
¡Basta!
Mi
voz se mezcló con las protestas de agonía de Snap. Entonces Miko me oyó. Su
cabeza y hombros aparecieron por la ventana ovalada de la sala de radio.
—¿Es
usted, Haljan?
—Logré
hacer que se rindiera —gritó Prince—. Le obedecerá si deja de torturar a Snap.
Creo
que el pobre Snap debía de haberse desmayado. Estaba silencioso. Grité:
—¡Deténgase!
Haré lo que usted ordene.
—Eso
está bien —se burló Miko—. Un trato, si usted y Dean me obedecen. Desármelo,
Prince, y sáquelo.
Miko
volvió a meterse en la sala de radio. Sobre cubierta, Coniston avanzaba, pero
cautelosamente, desconfiando de mí.
—Gregg.
George
Prince pasó una pierna por encima del alféizar y saltó ligeramente en la
penumbra de la sala de derrota. Su pequeña y fina figura se irguió junto a mí,
acercándose.
Un
momento, mientras estuvimos juntos, no había ningún rayo. Coniston no podía
vernos, no podía oír nuestros susurros.
—Gregg.
Era
una voz diferente, habiéndole desaparecido su tono gutural y ronco. Una dulce
súplica.
—Gregg...
Gregg, ¿no me conoces? Gregg... cariño...
Pero,
¿qué era esto? ¿No era George Prince? Alguien disfrazado y sin embargo tan
parecido a George Prince.
—Gregg,
¿no me conoces?
Apretándose
a mí. Un suave contacto sobre mi brazo. Los dedos unidos. Una oleada de calor,
una corriente de hormigueo estaba pasando entre nosotros.
El
recorrido de mis pensamientos instantáneos. Una mota de polvo humano de la
Tierra cayendo libre. Fue a George Prince a quien habían matado, el cuerpo de
George Prince disfrazado según el esquema de Carter y el doctor Frank,
enterrado a la guisa de su hermana.
Y
esta figura de negro que estaba tratando de ayudarme...
—¡Anita!
Anita, cariño...
—¡Gregg,
amor mío!
—¡Anita!
—mis brazos la rodearon, apreté mis labios contra los de ella, y sentí la
trémula ansia de la respuesta.
La
silueta de Conisten apareció en nuestra ventana. Ella me apartó y dijo con su
gangosa fanfarronería de divertida masculinidad:
—Le
tengo, sir Arthur. Nos obedecerá.
Sentí
su mirada de aviso. Me empujó hacia la ventana y dijo irónicamente:
—No
tenga miedo, Haljan. No será torturado, usted y Dean, si obedece nuestras
órdenes.
Me
agarró Coniston:
—¡Estúpidos!
Nos ocasionó muchos problemas. ¡Acompáñeme allá!
Me
sacudió bruscamente a través de la ventana. Me hizo marchar a lo largo de
cubierta, fuera, hacia el espacio de popa, abrió la puerta de mi cubículo, me
lanzó dentro y selló la puerta sobre mí.
—Miko
vendrá inmediatamente.
Permanecí
en la oscuridad de mi pequeña habitación, escuchando sus pasos que se alejaban.
Pero mi mente no estaba en él.
Todo
el universo en aquel instante había cambiado para mí.
¡Anita
estaba viva!
Capítulo
XIV
El
gigantesco Miko se irguió delante de mí. Había deslizado la puerta de mi
camarote cerrándola detrás de él. Permanecía de pie, con su cabeza levantada
próxima al techo. Había desechado la capa, y con sus ropas de cuero, y con
espada de adorno, tenía todo el aspecto de un bandido de la antigüedad. Llevaba
la cabeza descubierta y la luz de uno de los tubos le caía sobre su gris rostro
que sonreía burlonamente.
—¿Gregg
Haljan? Por fin ha recobrado el sentido común. ¿No quería que escribiera mi
nombre sobre su pecho? No le hubiera hecho eso a Dean si no me hubiera forzado.
Siéntese.
Había
estado sobre mi litera y me volví a sentar, siguiendo el gesto de su enorme
brazo peludo. Su antebrazo aparecía ahora descubierto y la cicatriz de una
pequeña quemadura podía verse claramente. Se dio cuenta de mi mirada.
—Cierto.
Usted hizo eso, Haljan, en el Gran Nueva York, pero no le guardo rencor. Ahora
deseo hablar con usted.
Miró
alrededor en busca de un asiento y cogió el pequeño taburete que estaba junto a
mi pupitre. En la mano sostenía un pequeño cilindro de rayos paralizadores
marcianos. Lo posó a su lado sobre el pupitre.
—Ahora
podemos hablar.
Permanecí
silencioso. Alerta. No obstante, mis ideas eran un torbellino. Anita estaba
viva, y se hacía pasar por su hermano. Y, con la alegría de esto, me vino un
estremecimiento. Por encima de todo, Miko no debía saberlo.
—Es
una gran suerte que le tengamos, Haljan.
Mis
pensamientos volvieron a la realidad. Miko estaba hablando con una presunción
de supuesta camaradería amistosa.
—Todo
va bien... y le necesitamos, como ya he dicho antes. No soy ningún tonto. Me he
dado cuenta de todo lo que ocurría a bordo de esta nave. Usted, de todos los
oficiales, es el más competente para las matemáticas de navegación. ¿No es así?
—Puede
ser.
—Es
modesto.
Revolvió
en el bolsillo de su chaqueta, sacando una hoja enrollada. La reconocí. Eran
los números de Blackstone. Los cálculos que Blackstone hiciera cuando habíamos
evitado el asteroide.
—Me
interesan éstos —prosiguió Miko—. Deseo que los compruebe. Y éste —extendió
otra hoja enrollada—. Son los cálculos de nuestra posición y nuestra
trayectoria. Hahn pretende que él es piloto. Hemos colocado las placas de
gravedad... vea, de esta forma.
Me
tendió los rollos. Me observaba penetrantemente mientras los ojeaba.
—¿Bien?
—dije.
—Está
ahorrando las palabras, Haljan. ¡Por todos los diablos de las líneas espaciales
que puedo hacerle hablar! Pero deseo estar en buenas relaciones.
Le
devolví los rollos. Me levanté. Estaba al alcance de su arma, pero con un gesto
de su enorme brazo me hizo sentarme de nuevo sobre la litera.
—¿Se
atreve? —luego sonrió—. ¡No lleguemos a los golpes!
Para
decir la verdad, la violencia física no me llevaría a ninguna parte. Tendría
que probar con la astucia. Y ahora veía que su cara estaba enrojecida y que sus
ojos tenían un brillo no natural. Había estado bebiendo, no lo suficiente para
emborracharle, pero sí bastante para hacerle hablar de forma triunfal.
—Hahn
puede que no sea un gran matemático —sugerí—, pero tiene a su sir Arthur
Coniston —me las arreglé para hacer una mueca sarcástica—. ¿Es ese su nombre?
—Casi.
Haljan, ¿querrá usted comprobar esas cifras?
—Sí,
pero ¿por qué? ¿Adonde vamos?
—¡Tiene
miedo que no se lo diga! —se echó a reír—. ¿Por qué no habría de hacerlo? Esta
gran aventura mía está saliendo perfectamente. Un botín enorme, Haljan. Cien
millones de dólares en láminas de oro. Seremos todos fabulosamente ricos...
—Pero
¿adonde vamos?
—Al
asteroide —dijo—. Debo librarme de estos pasajeros. No soy un asesino.
Con
media docena de muertes en la reciente pelea esto era poco convincente. Pero
evidentemente estaba hablando en serio. Parecía leer mis pensamientos.
—Mato
solamente cuando es necesario. Aterrizaremos sobre ese asteroide. Es un lugar
perfecto para abandonar a los pasajeros. ¿No es así? Les daré lo necesario para
vivir. Podrán hacer señales. Y dentro de un mes o así, cuando estemos
perfectamente a salvo y hayamos acabado nuestra aventura, una nave de la
policía, sin duda alguna que los rescatará.
—Y
luego, desde el asteroide —sugerí—, vamos a...
—A
la Luna, Haljan. ¡Qué adivinador más inteligente es usted! Coniston y Hahn
están calculando nuestra trayectoria. Pero no tengo gran confianza en ellos,
así que le necesito a usted.
—Me
tiene.
—Sí.
Le tengo. Le habría matado hace tiempo (soy un individuo impulsivo), pero mi
hermana me lo impidió.
Me
miró de lado de forma taimada.
—Parece
que usted le gusta a Moa de una forma singular.
—Gracias
—dije—. Me halaga.
—Ella
aún confía en que pueda ganarle realmente para unirse a nosotros —prosiguió—.
Las láminas de oro son una cosa maravillosa, y habría muchas para usted en este
asunto. Y ser rico y tener el amor de una mujer como Moa...
Hizo
una pausa. Yo estaba tratando de calibrarle, para conseguir de él toda la
información que pudiera, por lo que añadí, con otra sonrisa:
—El
hablar de Moa es prematuro. Le ayudaré a trazar su curso. Pero esta aventura,
como usted la llama, es peligrosa. Una nave de la policía...
—No
hay muchas —declaró—. Las posibilidades de que encontremos una son muy remotas
—hizo una mueca—. Usted lo sabe tan bien como yo. Y ahora tenemos esa
contraseña en clave... forcé a Dean a que me dijera dónde la había escondido.
Si fuéramos detenidos, nuestra respuesta con la contraseña eliminaría toda
sospecha.
—El
retraso del Planetara en Ferrok-Shahn —objeté— ocasionará alarma. Tendrá una
flota de naves policía detrás de usted.
—Eso
será dentro de dos semanas a partir de ahora —se sonrió—, y tengo una nave de
mi propiedad en Ferrok-Shahn. Está ahora allí esperando la señal, tripulada y
armada. Confío que con la ayuda de Dean podamos enviarles la señal. Se unirán a
nosotros en la Luna. No tenga miedo de ningún peligro, Haljan. Tengo grandes
intereses aliados a mí en este asunto. Mucho dinero. Lo hemos planeado
cuidadosamente.
Estaba
jugando descuidadamente con su cilindro y me observaba mientras yo permanecía
sentado dócilmente sobre la litera.
—¿Creía
que George Prince era el dirigente de esto? Un mero peón. Lo contraté hace un
año... sus conocimientos técnicos son valiosos para nosotros.
Mi
corazón me estaba latiendo aceleradamente y me esforcé en que no se notara.
Prosiguió tranquilamente:
—Le
dije que era un impulsivo. Casi maté a George Prince media docena de veces, y
él lo sabe —arrugó el entrecejo—. Me hubiera gustado haberle matado a él en vez
de a su hermana. Eso fue un error.
Había
una nota de verdadera preocupación en su voz. Luego añadió:
—Está
hecho... nada puede cambiarlo. George Prince me es útil. Su amigo Dean es otro.
Tuve problemas con él, pero ahora está dócil.
—No
sé si sus promesas significan algo o no para usted, Miko —dije abruptamente—.
Pero Prince dijo que no utilizaría más las torturas.
—No
las utilizaré. No, siempre que usted y Dean me obedezcan.
—Dígale
a Dean que estoy de acuerdo con eso. ¿Dice que le dio las palabras clave que le
quitó a Johnson?
—Sí.
¡Ese Johnson! ¿Me reprocha, Haljan, por la muerte de Carter? No necesita
hacerlo. Johnson se me ofreció para tratar de capturarles a ustedes, cogerlos a
ambos vivos. Mató a Carter porque estaba furioso con él. ¡Un tonto estúpido y
vengativo! Está muerto y me alegro de ello.
Mi
mente estaba en los planes de Miko, así que aventuré:
—Este
tesoro de la Luna... ¿Dijo que estaba en la Luna?
—No
se haga el tonto —replicó—. Sé tanto sobre Grantline como usted.
—Eso
es muy poco.
—Tal
vez.
—Tal
vez usted conozca más, Miko. La Luna es un lugar grande. ¿Dónde, por ejemplo,
está situado Grantline?
Contuve
la respiración. ¿Me diría eso? Una veintena de preguntas... de planes vagos
estaban en mi imaginación. ¿Qué conocimientos de matemáticas tenían estos
bandidos? Miko, Conisten, Hahn... ¿Podría engañarles? Si podía averiguar la
situación de Grantline en la Luna, y mantener el Planetara alejada de ella, por
error fingido en los planos. Ganar tiempo... y tal vez Snap pudiera encontrar
una oportunidad de hacer señales a la Tierra, de conseguir ayuda.
Miko
contestó a mi pregunta tan bruscamente como yo lo hiciera.
—No
sé dónde está situado Grantline. Pero lo descubriremos. No sospechará del
Planetara, de forma que cuando lleguemos cerca de la Luna, le haremos señales y
se lo preguntaremos. Podemos engañarle para que nos lo diga. ¿Cree que no sé lo
que está pensando, Haljan? Hay una clave secreta de señales acordada entre Dean
y Grantline. He forzado a Dean a confesarla. ¡Sin tortura! Prince me ayudó en
eso. Le convencí de que no me desafiara. Un individuo muy persuasivo George
Prince. Más diplomático de lo que lo soy yo. Tengo que reconocérselo.
Me
esforcé en mantener la voz en calma.
—Si
yo me uniera a usted, Miko (mi palabra, si alguna vez la doy, la encontrará de
fiar), diría que George Prince es muy valioso para nosotros. Usted debiera
refrenar su impulso. Él es la mitad que usted. Podría, alguna vez, sin
intención, herirle.
—Moa
dice eso. Pero no tema... —se echó a reír.
—Estaba
pensando —insistí—, que me gustaría tener una charla con George Prince.
¡Ah,
mi tumultuoso y alterado corazón! Pero estaba sonriendo tranquilamente. Y traté
de poner en mi voz una astuta nota de complicidad.
—Realmente
conozco muy poco sobre este tesoro, Miko. Si hubiera un millón o dos de hojas
de oro en él para mí...
—Tal
vez pudiera haberlas.
—¿Supongamos
que me permite hablar con Prince? Yo tengo algunos conocimientos científicos
sobre los poderes de este catalizador. Los conocimientos de Prince y los
míos... podríamos llegar a hacer un cálculo del valor del tesoro de Grantline.
Usted no lo sabe, sólo lo está suponiendo.
Hice
una pausa después de este locuaz estallido. Cualquier cosa que estuviera en la
mente de Miko, no podría decirlo. Pero bruscamente se levantó. Yo había dejado
mi litera, pero me hizo señas de volver.
—Siéntese.
Yo no soy como Moa. No confiaré en usted nada más que porque pretenda que sería
leal —recogió su cilindro—. Hablaremos de nuevo —hizo un gesto hacia los rollos
que había dejado sobré mi pupitre—. Trabaje con eso. Le juzgaré por los
resultados.
No
era ningún tonto este jefe de bandidos.
—Sí
—me mostré de acuerdo—. ¿Usted desea el curso verdadero hacia el asteroide?
—Sí.
Y por los dioses, le prevengo que le controlaré.
—Muy
bien —dije dócilmente—. Pero usted pregunte a Prince si desea mis cálculos
sobre las posibilidades de Grantline.
Le
dirigí a Miko una mirada astuta mientras estaba junto a la puerta. Luego añadí:
—Usted
piensa que es inteligente. Hay mucho que usted no sabe. Nuestra primera noche
fuera de la Tierra... las señales de Grantline... ¿No se le ocurrió a usted que
pudiera haber algunas cifras sobre este tesoro?
—¿Dónde
están? —le había sobresaltado.
—No
supondrá que fui lo suficientemente tonto como para registrarlas —dije
golpeándome ligeramente en la cabeza—. Usted pregúntele a Prince si desea
charlar conmigo. Cien millones o doscientos millones supondrían una enorme
diferencia, Miko.
—Lo
pensaré —retrocedió y selló la puerta, dejándome.
Pero
Anita no vino. Comprobé las cifras de Hahn, que eran casi correctas. Tracé una
trayectoria hacia el asteroide, que era casi la que llevábamos.
Conisten
vino por los resultados.
—Oiga,
no somos tan malos navegantes, ¿no es verdad? Creo que somos estupendos,
teniendo en cuenta nuestra inexperiencia. No está mal en absoluto, ¿eh?
—No.
No
me pareció prudente preguntarle sobre Prince.
—¿Tiene
hambre, Haljan?
—Sí.
Vino
un camarero con la comida. El taciturno Hahn permaneció a la puerta con un arma
apuntándome mientras comía. No se estaban arriesgando y eran prudentes en no hacerlo.
Pasó
el día. El día y la noche, todo del mismo aspecto aquí en la bóveda estrellada
del espacio. Pero de acuerdo con la rutina de la nave era de día. Y después
otro tiempo para dormir. Dormí mal, preocupado, tratando de hacer planes. Al
cabo de unas pocas horas nos estaríamos aproximando al asteroide.
La
hora de dormir ya casi había pasado. Mi cronómetro marcaba las cinco de la
mañana, hora original de partida de la Tierra. El sello de mi puerta crujió. La
puerta se abrió lentamente.
¡Anita!
Permaneció
allí con su capa envolviéndola. A cierta distancia, en la sombra de la
cubierta, Conisten paseaba lentamente.
—¡Anita!
—musité.
—¡Gregg,
cariño!
Se
volvió e hizo un gesto al bandido que vigilaba.
—No
tardaré mucho, Conisten.
Entró
y medio cerró la puerta, dejándola lo suficientemente abierta para que
pudiéramos asegurarnos que Coniston no se acercaba.
Retrocedí
a donde él no pudiera vernos.
—¡Anita!
Ella
se lanzó en mis brazos abiertos.
Capítulo
XV
¡Durante
un momento, por encima del pensamiento del próximo bandido (o la posibilidad de
un rayo de escucha dirigido sobre mi cubículo), durante el momento en que Anita
y yo nos abrazábamos, y nos susurrábamos esas cosas que pueden no significar
nada para el mundo, pero que eran todo un mundo para nosotros!
Luego
fue su juicio el que nos devolvió del resplandeciente país de las hadas de
nuestro amor a la siniestra realidad del Planetara.
—Gregg,
si están escuchando...
La
aparté. ¡Esta valiente máscara! Ni por mi vida ni por todas las vidas de la
nave, querría ponerla en peligro.
—¡Pero
los descubrimientos de Grantline! —dije en voz alta—. En su mensaje... vea acá,
Prince...
Coniston
estaba demasiado alejado sobre la cubierta para oírnos. Anita se acercó a la
puerta de nuevo y le hizo un gesto tranquilizador. Yo apoyé mi oído sobre la
abertura de la puerta y escuché en el espacio sobre la rejilla del ventilador
de encima de mi litera. El zumbido de una vibración tendría que ser audible en
aquellos puntos, pero no se oía nada.
—No
hay peligro —susurré, y ella se apretó a mí... tan pequeña a mi lado. Con la
capa negra apartada a un lado parecía que no podía pasar sin notar las curvas
de su figura de mujer. Era un juego peligroso el que estaba jugando. Su cabello
había sido cortado corto junto a la base de su cráneo, a la manera de su
hermano muerto. Sus pestañas habían sido recortadas; la línea de sus cejas
alterada, y ahora, a la luz de mi tubo que brillaba sobre su ansioso rostro,
pude observar otros cambios. Glutz, el pequeño especialista en belleza, estaba
en el secreto. Con habilidad plástica había alterado la forma de la
mandíbula... dándole masculinidad aquí.
—Fue...
fue al pobre George a quien Miko disparó —estaba susurrando.
Ahora
tenía la verdadera versión de lo que había ocurrido. Miko había tratado de
forzar sus galanteos sobre Anita. George Prince era un alfeñique cuya única
cualidad buena era su amor por su hermana. Algunos años atrás había caído en
malos pasos, había sido arrestado y luego despedido de su puesto en la
Federated Corporation. Había continuado con malas compañías en el Gran Nueva
York, en su mayor parte marcianos, y Miko le había conocido. Sus conocimientos
técnicos, y su práctica en la Federated Corporation, le hicieron útil para la
empresa de Miko. Y fue así que Prince se había unido a los bandidos.
De
todo esto Anita no había tenido conocimiento. Nunca le había agradado Miko,
pero parecía ser que el marciano tenía algún poder sobre su hermano, lo cual
preocupaba y atemorizaba a Anita.
Entonces
Miko se había enamorado de ella. A George no le gustó. Y aquella noche en el
Planetara, Miko había venido a llamar a la puerta de Anita y ella incautamente
le había abierto. Entró a la fuerza. Y cuando ella lo rechazó y forcejeó con
él, George había despertado.
Me
estaba susurrando ahora: «Mi habitación estaba a oscuras. Los tres estuvimos
luchando. George me sostenía... salió el disparo, y yo grité.»
Y
Miko había huido, sin saber a quién había alcanzado su disparo en la oscuridad.
«Y
cuando George murió, el capitán Carter quiso que yo le personificase. Lo
planeamos con el doctor Frank para tratar de saber lo que Miko y los otros
estaban haciendo, pues yo no sabía que el pobre George hubiera caído en tan
malos pasos.»
—Pero
te quiero, Gregg —me susurró—. Y quiero ser el primero en decirlo: te amo... te
amo.
Tuvimos
la sensatez de intentar un plan.
—Anita,
dile a Miko que discutimos los poderes múltiples del catalizador. Tratamos de
averiguar con cuánto cuidado habrá de ser transportado y cómo calcular su
valor. Tendrás que ser precavida e inteligente. Dile que calculamos el valor en
aproximadamente ciento treinta millones.
Repetí
lo que Miko me había dicho de sus planes. Lo sabía todo y Snap también lo
sabía. Había estado unos pocos momentos sola con Snap y me traía ahora un
mensaje de él: «Saldremos de ésta, Gregg.»
Con
Snap había trazado un plan. Estábamos Snap y yo; y Shac y Dud Ardley, en los
cuales sin duda alguna podíamos confiar, y el doctor Frank. Contra nosotros
estaban Miko y su hermana, Coniston y Hahn. Naturalmente, estaban los miembros
de la tripulación, pero nosotros éramos numéricamente los más fuertes en cuanto
a jefatura. Desarmados y vigilados ahora. Pero si pudiéramos libertarnos y
volver a capturar la nave...
Me
senté escuchando los ansiosos cuchicheos de Anita. Parecía hacedero. Miko no
confiaba del todo en George Prince; Anita ahora estaba desarmada.
—¡Pero
puedo proporcionaros una oportunidad! Puedo conseguir uno de sus cilindros de
rayos y un equipo de ropas invisibles.
Aquella
capa, que había sido ocultada en la habitación de Miko cuando Carter registrara
en su busca la A20, estaba ahora en la sala de derrota, junto al cuerpo de
Johnson, y había sido reparada. Anita creía que podría apoderarse de ella.
Trazamos
los detalles del plan. Anita se armaría a sí misma, y vendría a libertarme.
Juntos, con un rayo paralizador, podríamos deslizamos por la nave, dominando
uno a uno a estos bandoleros. Los dirigentes eran muy pocos. Una vez que
aquellos hubieran caído, podíamos forzar a la tripulación a que se mantuviera
en sus puestos. No había, dijo Anita, navegantes entre la tripulación de Miko.
No se atreverían a oponérsenos.
—Pero
tendrá que hacerse inmediatamente, Anita. Dentro de unas pocas horas estaremos
en el asteroide.
—Sí.
Iré ahora y trataré de conseguir las armas.
—¿Dónde
está Snap?
—Todavía
está en la sala de radio. Uno de la tripulación lo vigila.
Coniston
erraba por la nave. Todavía estaba paseando por cubierta y observando mi
puerta. Hahn estaba en la torreta. El vigía de la mañana de la tripulación
estaba en su puesto, y en los corredores de la nave. Los camareros estaban
preparando el desayuno. Había calculado Anita que eran nueve miembros
subordinados en total. Seis de ellos estaban pagados por Miko. Los otros tres
(nuestros hombres que no habían sido muertos en la lucha) se habían unido a los
bandidos.
—¿Y
el doctor Frank, Anita?
Estaba
en el vestíbulo. Todos los pasajeros estaban agrupados allí, con Miko y Moa
alternando en vigilarlos.
—Lo
arreglaré con Venza —susurró Anita rápidamente—. Ella lo dirá a los otros. El
doctor Frank ya lo sabe. Cree que puede hacerse.
La
posibilidad de hacerlo me asaltó nuevamente. Los bandidos estaban por necesidad
repartidos de uno en uno por la nave. Uno a uno, deslizándose bajo un manto
invisible, podría hacerles caer, y reemplazarles sin alarma a los otros.
Podríamos derribar al guarda de la sala de radio y liberar a Snap. En la
torreta podríamos asaltar a Hahn y reemplazarlo con Snap.
La
voz de Coniston fuera nos interrumpió:
—¡Prince!
Se
estaba aproximando. Anita se irguió junto a la puerta.
—Tengo
las cifras, Coniston. ¡Por Dios, que este Haljan está con nosotros! ¡Y es
inteligente! Creemos que totalizará ciento treinta millones. ¡Vaya un botín!
—Querido
Gregg, volveré pronto —susurró—. Podemos hacerlo... ¡Estáte dispuesto!
—¡Anita...,
cuídate! Si sospecharan que tú...
—Tendré
cuidado. Dentro de una hora, Gregg, o menos, estaré de vuelta... Perfectamente,
Coniston. ¿Dónde está Miko? Deseo verle. Permanezca donde está, Haljan. A su
debido tiempo Miko le mostrará su confianza dándole la libertad. Será rico,
como todos nosotros. No tema.
Salió
fanfarronamente a cubierta, hizo señas al bandido, y cerró de un golpe la
puerta del cubículo en mis narices.
Me
senté sobre la litera. Esperando. ¿Regresaría? ¿Tendría éxito?
Capítulo
XVI
Por
fin llegó. Supongo que no tardó más de una hora, pero tuve la sensación de que
fue una eternidad. Se oyó un ligero siseo en el sello de mi puerta, y se
deslizó el panel. Salté desde mi litera, donde había permanecido tenso en la
oscuridad.
—¿Prince?
—no me atreví a decir Anita.
—Gregg...
Era
su voz. Mientras se abría el panel, recorrí con la mirada la cubierta. Ni
Coniston ni ningún otro estaban a la vista, salvo la figura vestida de negro de
Anita, que entró en el camarote.
—¿Lo
conseguiste? —pregunté con un suave susurro.
Durante
un instante la abracé y la besé, pero me apartó con manos ágiles. Estaba sin
respiración.
—Sí,
lo tengo. Enciende algo... ¡Debemos apresurarnos!
En
la semioscuridad azul vi que llevaba uno de los cilindros marcianos. El de tipo
más pequeño; paralizaría pero no mataría.
—¿Solamente
uno, Anita?
—Sí.
Y esto...
Era
la capa invisible. La dejamos sobre la rejilla y le ajusté el mecanismo. Me la
puse, junto con la capucha, y conecté la corriente.
—¿Va
bien, Anita?
—Sí.
—¿Puedes
verme?
—No
—retrocedió un paso o dos—. No, desde aquí no, pero no debes permitir que se te
aproximen demasiado.
Luego
se acercó y extendió una mano tanteando hasta que me encontró.
Nuestro
plan era que la siguiera al salir. Si alguna persona nos vigilaba, solamente
vería la figura cubierta del supuesto George Prince y yo pasaría desapercibido.
La
situación de la nave seguía casi sin cambios. Anita se había apoderado del arma
y de la capa y se había deslizado hasta mi cubículo sin ser observada.
—¿Estás
segura de eso?
—Eso
creo, Gregg. Tuve cuidado.
Moa
estaba ahora en el vestíbulo, guardando a los pasajeros. Hahn estaba durmiendo
en la sala de derrota. Conisten estaba en el castillo y saldría ahora de
servicio, dijo Anita, ocupando Hahn su lugar. Había vigías en las torretas de
proa y de popa, y un guarda vigilando a Snap en la sala de radio.
—¿Está
dentro de la sala, Anita?
—¿Snap?
Sí.
—No...,
el guarda.
—El
guarda estaba sentado sobre el puente reticular a la puerta.
Eso
era una mala noticia. Ese guarda podía ver claramente toda la cubierta. Podría
sospechar al ver a George Prince yendo de un lado a otro y sería difícil poder
acercársele lo suficiente para atacarle. Este cilindro, sabía, tenía un alcance
efectivo de solamente unos veinte pies.
—Conisten
es el más inteligente, Gregg. Será el más difícil de atacar.
—¿Dónde
está Miko?
El
jefe de los bandidos había bajado hacía un momento a los corredores del casco.
Anita había aprovechado la oportunidad para venir junto a mí.
—Podemos
atacar a Hahn en la sala de derrota en primer lugar —susurré— y conseguir las
otras armas. ¿Están todavía allí?
—Sí.
Pero la cubierta de proa está muy iluminada, Gregg.
Nos
estábamos aproximando al asteroide. Su luz, como la de una luna brillante,
estaba iluminando ya el espacio de la cubierta de proa. Esto me hizo comprender
cuánta rapidez era necesaria.
Decidimos
bajar a los corredores interiores de la nave. Localizar a Miko, derribarle y
esconderle. Al no aparecer pronto sobre cubierta dejaría confusos a los demás,
especialmente ahora, con nuestro inminente aterrizaje sobre el asteroide, y,
aprovechándonos de esta confusión, trataríamos de liberar a Snap.
Estábamos
dispuestos. Anita deslizó mi puerta abriéndola y yo la seguí sigilosamente. La
silenciosa cubierta vacía estaba alternativamente oscura con sombras y
reluciente con parches de luz brillante de las estrellas. Entremezclado
aparecía un halo de la corona del Sol y, en la parte de proa, venía el
resplandor del suave brillo plateado del asteroide.
Anita
se volvió para sellar mi puerta y yo permanecí junto a ella envuelto en mi
capa, que producía un ligero zumbido. ¿Estaba invisible a esta luz? Casi
directamente por encima de nosotros, cerca por debajo del domo, estaba sentado
el vigía en su pequeña torreta. Le echó un vistazo a Anita.
En
el centro de la nave, muy por encima de la superestructura de la cabina,
colgaba oscura y silenciosa la sala de radio. El guarda, sobre el puente,
también estaba a la vista, y él también miró hacia abajo.
Fue
un instante tenso. Luego respiré de nuevo. No había ninguna alarma. Los dos
guardas contestaron al gesto de Anita.
Anita
dijo en voz alta, en dirección a mi camarote vacío:
—Miko
vendrá inmediatamente por usted, Haljan. Me dijo que deseaba que estuviera en
la torre de control para aterrizar sobre el asteroide.
Terminó
de sellar mi puerta y se volvió alejándose, y empezamos a caminar a lo largo de
la cubierta. La seguía. Mis pasos no producían ruido con las suelas elásticas
de mis zapatos. Anita marchaba con un ruidoso caminar. Cerca de la puerta de la
sala de fumadores, un pequeño pasaje inclinado nos conducía hacia abajo.
Entramos por él.
El
pasillo estaba tenuemente iluminado de azul. Lo pasamos y alcanzamos el
corredor principal, que iba a lo largo del casco. Era un pasadizo abovedado de
metal, al que daban las puertas de las salas de control. Tenues luces a
intervalos brillaban.
El
zumbido de la nave se oía aquí de forma más clara, ahogando el ligero sonido de
mi capa. Me deslicé detrás de Anita, con la mano debajo de la capa agarrando el
arma de rayos.
Nos
cruzó un camarero. Me aplasté a un lado para evitarlo.
—¿Dónde
está Miko, Ellis? —le preguntó Anita.
—En
la sala de ventilación, señor Prince. Había dificultades con la renovación de
aire.
Anita
asintió y prosiguió adelante. Pude haber derribado a aquel camarero cuando me
cruzó. ¡Oh, si lo hubiera hecho, cuan diferentes podrían haber sido las cosas!
Pero
parecía innecesario. Le dejé pasar y entró por una puerta próxima que conducía
a la cocina.
Anita
siguió caminando. ¡Si pudiéramos llegar hasta Miko estando solo! Repentinamente
se detuvo y volviéndose susurró:
—Gregg,
si están otros hombres con él, lo apartaré. Espera la oportunidad.
¡Cómo
las pequeñas cosas pueden deshacer los planes mejores! Anita no se había dado
cuenta de cuan próximo a ella la iba siguiendo y al volverse tan
inesperadamente hizo que chocáramos bruscamente.
—¡Oh!
—exclamó involuntariamente. Su mano extendida había cogido mi muñeca, agarrando
el electrodo que estaba allí. El contacto la quemó y ocasionó un cortocircuito
en mi ropa. Se produjo un chasquido y la corriente quemó los diminutos
fusibles.
¡Mi
invisibilidad había desaparecido! Quedé convertido en una figura alta,
encapuchada de negro y visible a la mirada de cualquiera que pudiera estar
cerca.
¡Futilidad
la de los planes humanos! ¡Tan cuidadosamente como lo habíamos proyectado!
Nuestros cálculos, nuestras esperanzas de lo que podríamos hacer, se vinieron
estrepitosamente abajo con este súbito desastre.
—¡Anita!
¡Corre!
Si
fuera visto con ella, entonces su propio disfraz probablemente sería
descubierto. Y eso, por encima de todo, sería el desastre.
—¡Anita,
aléjate de mí! ¡Puedo intentarlo solo!
Podía
ocultarme en algún sitio, y tal vez reparar la capa. O, dado que ahora estaba
armado, ¿por qué no lanzarme audazmente al ataque?
—Gregg,
tenemos que regresar a tu camarote —estaba aferrada a mí presa de pánico.
—No.
¡Corre! ¡Aléjate de mí! ¿No lo comprendes? ¡George Prince no tiene nada que
hacer conmigo aquí! ¡Te matarán!
—Gregg,
volvamos a cubierta.
La
empujé, los dos presa de confusión.
Desde
detrás de mí se oyó un grito. ¡Aquel maldito camarero! Había vuelto tal vez a
investigar lo que hacía George Prince en este corredor. Oyó nuestras voces. Su
grito en el silencio de la nave sonó horriblemente fuerte. Su figura, ataviada
de blanco, apareció en la próxima puerta. Estaba paralizado por la sorpresa de
verme. Y entonces se volvió y echó a correr.
Disparé
mi cilindro paralizador a través de la capa. ¡Le alcancé! Cayó. Empujé a Anita
violentamente.
—¡Corre!
Dile a Miko que venga... dile que oíste un grito. ¡No sospechará de ti!
—Pero,
Gregg...
—No
deben descubrirte. ¡Tú eres nuestra única esperanza, Anita! Me ocultaré,
arreglaré la capa, o volveré a mi camarote. Lo intentaremos de nuevo.
La
decidí. Se alejó por el corredor. Yo me volví en la otra dirección. El grito
del camarero podría no haber sido oído.
Entonces
comprendí una cosa. El camarero podía ser revivido. Era uno de los hombres de
Miko y al revivir le diría lo que había visto y oído. Se descubriría el disfraz
de Anita.
Un
asesinato a sangre fría, lo declaro, iba en contra de mis sentimientos, pero
era necesario. Me lancé sobre él y le golpeé el cráneo con el metal de mi
cilindro.
Me
erguí. El capuchón me había caído hacia atrás. Limpié mis manos ensangrentadas
en la inútil capa. Había aplastado el cilindro.
—¡Haljan!
¡Era
la voz de Anita! Tenía una aguda nota de horror y aviso. Me di cuenta de que en
el corredor, a unos cuarenta pies de distancia, Miko había aparecido con Anita
detrás de él. Su proyector de balas estaba apuntando. Pero Anita le tiró del
brazo.
El
estampido del explosivo fue agudamente ensordecedor en el espacio limitado del
corredor. Con un surtidor de chispas, el proyectil de plomo golpeó contra el
techo abovedado por encima de mi cabeza.
—¡Prince,
idiota! —Miko estaba luchando con Anita.
—¡Miko,
es Haljan! No le mate...
El
alboroto atrajo miembros de la tripulación. Venían corriendo por la oscura
puerta ovalada próxima a mí. Les arrojé el inútil cilindro, pero estaba
atrapado en el estrecho pasadizo.
Podría
haber luchado por abrirme camino. O Miko podría haberme disparado. Pero había
en eso el peligro de que Anita, en su horror, se traicionara a sí misma.
Retrocedí contra la pared.
—¡No
me mate! Vea, ¡no voy a luchar!
Levanté
los brazos y la tripulación, envalentonada y animosa bajo la mirada de Miko,
saltó a mí y me derribaron.
¡Los
fútiles planes humanos! Anita y yo los habíamos planeado cuidadosamente. ¡Y en
unos breves minutos de acción había llegado sólo a esto!
Capítulo
XVII
¡De
forma, Gregg Haljan, que no es tan leal como pretendía!
Miko
estaba lívido de rabia contenida. Me habían quitado la capa y me habían
arrojado de nuevo en mi cubículo. Miko, ahora, estaba ante mí, y junto a la
puerta Moa permanecía vigilándome. Y Anita estaba detrás de ella. Me senté en
la litera aparentemente desafiador y sombrío. Pero estaba alerta y tenso,
temiendo todavía que las emociones de Anita la pudieran traicionar a hacer
algo.
—No
tan leal —repitió Miko—. ¡Y estúpido! ¿Cómo logró salir de aquí? ¡Prince, usted
vino aquí!
El
corazón me estaba latiendo aceleradamente, pero Anita le replicó con habilidad.
—Vine
aquí para decirle lo que usted mandara. Para comprobar las últimas cifras de
Hahn y que estuviera dispuesto para ocuparse de los controles cuando nos
aproximáramos al asteroide.
—Bien.
¿Cómo salió?
—¿Cómo
había de saberlo? —se defendió. ¡Pequeña actriz! Su valor servía para calmar mi
miedo. Sostenía su capa ceñida a ella en la forma que hubieran esperado que
hiciera George Prince que acababa de enterrar a su hermana—. ¿Cómo habría de
saberlo, Miko? Sellé su puerta.
—¿Pero
lo hizo?
—Naturalmente
que lo hizo —intervino Moa.
—Pregunte
a sus vigías —dijo Anita—. Me vieron... les hice señas justo mientras la
cerraba.
—Me
habían enseñado a abrir puertas —me aventuré a decir, y me las compuse para
ofrecer una tímida y lúgubre sonrisa—. No lo intentaré de nuevo Miko.
No
se había dicho nada sobre el que hubiera matado al camarero, y daba gracias a
mi estrella ahora que estaba muerto.
—No
lo intentaré de nuevo —repetí.
Miko
y su hermana se cruzaron una mirada. Luego Miko dijo bruscamente:
—Usted
parece darse cuenta de que no es mi propósito matarle, y se jacta de ello.
—No
lo haré de nuevo —le dirigí una mirada a Moa, que me estaba mirando fijamente.
—Déjalo
conmigo, Miko... —sonrió—. Gregg Haljan, ahora no estamos a más de veinte mil
millas del asteroide y en este momento se están haciendo los cálculos de
desaceleración.
Eso
era lo que había llevado a Miko abajo, eso y un problema con el sistema de
ventilación, que pronto fue rectificado. Pero la desaceleración de la velocidad
de una nave cuando se aproximaba a su destino requería manipulaciones
delicadas. Estos bandidos estaban temerosos de su propia competencia. Eso era
evidente, y me dio confianza, puesto que se me necesitaba realmente. No me
harían daño. Excepto por el temperamento impulsivo de Miko, yo no estaba en
peligro... al menos no ahora, ciertamente.
—¡Creo
que le podré hacer comprender, Gregg —estaba diciendo Moa—, que tenemos
tremendas riquezas dentro de nuestro alcance!
—Lo
sé —dije con una idea repentina—. Pero hay muchos con quien dividir el
tesoro...
Miko
captó mi idea.
—¡Por
el infierno, este individuo pudo haber pensado que podría apoderarse de este
tesoro para él! ¡Porque es piloto!
—¡No
sea idiota, Gregg! —añadió Moa vehementemente—. ¡Usted no puede conseguirlo!
¡Habrá lucha con Grantline!
Mi
propósito se había realizado. Parecían ver en mí un ansioso fuera de la ley
como ellos. Como si pudiera haber alguna relación entre nosotros.
—Déjame
con él —insistió Moa.
—Durante
unos pocos minutos solamente —accedió Miko, y le ofreció un cilindro de rayos
térmicos que ella rechazó.
—No
le tengo miedo.
Miko
se volvió a mí.
—Dentro
de una hora nos estaremos aproximando a la atmósfera. ¿Se ocupará de los
controles?
—Sí.
Apretó
su pesada mandíbula. Sus ojos me perforaron.
—Usted
es un tipo extraño, Haljan. No puedo comprenderle. Ahora no estoy enfadado.
¿Cree usted que cuando estoy serio deseo decir lo que digo?
Sus
tranquilas palabras me produjeron un escalofrío por todo el cuerpo. Contuve mi
sonrisa.
—¡Sí!
—dije.
—Bien,
entonces le diré esto: ni por toda la bien intencionada interferencia de
Prince, o por que le guste a Moa, o por mi propia necesidad de su capacidad,
toleraré que me proporcione más problemas. La próxima vez le mataré. ¿Me cree?
—Sí.
—Eso
es todo lo que quiero decirle. Usted mató a mis hombres, y mi hermana dice que
no debo herirle. ¡No soy ningún niño para ser manejado por una mujer!
Sostuvo
su enorme puño delante de mi cara.
—¡Con
estos dedos le retorceré el cuello! ¿Lo cree?
—Sí
—ciertamente que sí lo creía.
Giró
sobre sus talones.
—Moa,
intenta introducir sentido común en su cabeza... confío en que lo hagas. Tráelo
al vestíbulo cuando hayas terminado. Venga, Prince, Hahn nos necesitará —hizo
una mueca riendo entre dientes—. ¡Hahn parece temer que caigamos en este
asteroide como un cometa loco que se fuera repentinamente por la tangente!
Anita
se apartó a un lado para dejarle pasar por la puerta. Pude ver su firme y
pálido rostro mientras le seguía por la cubierta. Luego Moa bloqueó la puerta,
encarándose conmigo.
—Siéntese
donde está, Gregg —se volvió para cerrar la puerta—. No le tengo miedo.
¿Debería tenerlo?
—No.
Vino
a sentarse a mi lado.
—Si
intentara abandonar esta habitación, el vigía de popa tiene órdenes de
atravesarle.
—No
tengo intención de abandonar esta habitación —repliqué—. No deseo suicidarme.
—Creí
que sí. Parece tener una mentalidad tan anticuada. Gregg, ¿por qué es usted tan
atolondrado?
—Ese
tesoro... —dije cautelosamente—. Ustedes son muchos a repartirlo. Tienen a
todos estos hombres en el Planetara. Y en Ferrok-Shahn, otros...
Hice
una pausa. ¿Me lo diría? ¿Podría hacerla hablar de aquella otra nave pirata que
Miko había dicho estaba esperando en Marte? Me preguntaba si habría podido
hacerles la señal. La distancia de aquí a Marte era grande, aunque en otros
viajes los mensajes de Snap habían llegado. Mi corazón se hundió ante la idea.
Nuestra situación era bastante desesperada. Los pasajeros pronto serían
arrojados sobre el asteroide: sólo quedaríamos Snap, Anita y yo. Podríamos
volver a capturar la nave, pero ahora lo dudaba. Mis pensamientos se volvían a
nuestra llegada a la Luna. Nosotros tres podríamos, tal vez, ser capaces de
desbaratar el ataque a Grantline, manteniendo a estos bandidos apartados hasta
que pudiera llegar ayuda desde la Tierra.
Pero
con otra nave de bandidos, totalmente tripulada y armada, que venía de Marte,
la situación sería inconmensurablemente peor. Grantline tenía unos veinte
hombres, y su campamento, sabía, estaría razonablemente fortificado. Sabía
también que Johnny Grantline lucharía hasta su último hombre.
—Me
gustaría contarle nuestros planes, Gregg —estaba diciendo Moa.
Tenía
la mirada fija en mi rostro. Los ojos penetrantes, pero ahora luminosos...
reflejaban una emoción en ellos que la embargaba. Pero exteriormente estaba
tranquila.
—Bien,
¿por qué no me los cuentas? —dije—. Si voy a ayudar...
—Gregg,
deseo que estés con nosotros, ¿no lo comprendes? Y realmente no somos muchos.
Mi hermano y yo estamos dirigiendo este asunto. Con tu ayuda, sería diferente.
—La
nave en Ferrok-Shahn...
Mis
temores se vieron confirmados.
—Creo
que nuestra señal les llegó. Dean lo intentó y Coniston le estuvo vigilando.
—¿Crees
que la nave está en camino?
—Sí.
—¿Dónde
se unirá a nosotros?
—En
la Luna. Estaremos allí dentro de treinta horas. Sus cifras lo indican, ¿no es
verdad?
—Sí
—contesté—. Y la otra nave, ¿cómo es de rápida?
—Muy
rápida. En ocho días... o tal vez nueve, alcanzará la Luna.
Parecía
bastante deseosa de hablar, y en verdad no había razón para que no lo
estuviera; yo no podía, y ella se daba cuenta, comunicar lo que supiera.
Ciertamente mi posición parecía desesperadamente irremediable.
—Tripulada...
—sugerí.
—Por
aproximadamente cuarenta hombres.
—¿Armados?
¿Proyectores de largo alcance?
—Haces
preguntas muy ansioso, Gregg.
—¿Por
qué no habría de hacerlas? ¿No crees que estoy interesado? —la toqué—. Moa,
¿nunca se te ocurrió, si alguna vez tú y Miko confiáis en mí... lo cual tú
no... que yo podría mostrar más interés en unirme a ti?
El
aspecto de su rostro me envalentonó.
—¿Pensaste
alguna vez en eso, Moa? ¿Y en hacer algún arreglo sobre mi parte en este
tesoro? Yo no soy como Johnson, para ser comprado por cien libras de láminas de
oro.
—Gregg,
me ocuparé de que tú obtengas tu parte. Seremos ricos los dos.
—Estaba
pensando, Moa... cuando mañana desembarquemos en la Luna, ¿dónde está nuestro
equipo?
La
Luna, con su carencia de atmósfera, necesitaba un equipo especial, y yo no
había oído nunca mencionar al capitán Carter que el Planetara llevara estos
aparatos.
Moa
se echó a reír.
—Hemos
localizado trajes y cascos... una variedad de aparatos adecuados, Gregg. Pero
no fuimos lo suficiente tontos como para salir del Gran Nueva York en este
viaje sin nuestros propios aparatos. Mi hermano, Coniston y Prince... todos
nosotros embarcamos cajas de mercancías consignadas a Ferrok-Shahn; y Rankin
lleva un equipaje especial marcado «aparatos de teatro».
Ahora
lo comprendía. Estos bandidos habían subido a bordo del Planetara con su propio
equipo lunar, encubierto como mercancías o equipaje personal. Embarcado bajo
fianza para ser inspeccionado por los funcionarios de impuestos de Marte.
—Ahora
está a bordo. Lo abriremos cuando dejemos el asteroide, Gregg. Estamos bien
equipados.
Se
inclinó hacia mí. Y repentinamente sus largos y finos dedos me cogieron por el
hombro.
—¡Gregg,
mírame!
La
miré en los ojos. Allí había pasión y su voz sonaba apasionada.
—Gregg,
te dije una vez que una chica marciana va detrás de lo que desea. Y tú eres lo
que deseo...
¡No
me iba a mí el jugar con las emociones de una mujer!
—Moa,
me halagas.
—Te
amo —me sostuvo mirándome fijamente—, Gregg...
Debí
de haber sonreído y me soltó bruscamente.
—¿Así
que lo crees divertido?
—No.
Pero en la Tierra...
—No
estamos en la Tierra. ¡Ni yo soy de la Tierra! —me estaba calibrando
penetrantemente. No había ninguna nota de súplica en su voz, sino de firme
autoridad, y la pasión se estaba convirtiendo en rabia—. Soy como mi hermano;
no te comprendo, Gregg Haljan. ¿Tal vez creas que eres inteligente?
—Tal
vez.
Hubo
un momento de silencio.
—Gregg,
te dije que te amaba. ¿No me contestas?
—No
—para decir la verdad no sabía qué clase de contestación podría ser la mejor.
Algo que vio en mis ojos la hizo agitarse con furia. Sus dedos, con la fuerza
de un hombre en ellos, se clavaron en mi hombro. Me registraba con la mirada.
—¿Crees
que amas a alguna otra? ¿Es eso?
Aquello
era horriblemente sobrecogedor, pero ella no lo decía en ese sentido. Se
corrigió, con cáustica maldad.
—¡Aquella
pequeña Anita Prince! ¡Pensabas que la amabas! ¿No era eso?
—¡No!
Pero
no la engañé.
—¡Sagrado
recuerdo! ¡Su pequeña cara de rata y su suave voz como un ronroneo de gata
llorosa! ¿Es de eso de lo que te acuerdas, Gregg Haljan?
—¡Qué
tontería! —traté de reír.
—¿Lo
es? ¿Entonces por qué estás frío a mi tacto? ¿Soy yo, una joven descendiente de
los fogosos trabajadores marcianos, impotente para despertar a un hombre?
¡Una
mujer desdeñada! En todo el universo no puede haber un enemigo peor. Un veneno
increíble brotaba de sus ojos.
—¡Aquella
miserable criatura de aspecto de ratoncito! Le estuvo bien que la hubiera
matado mi hermano.
Aquello
me heló. Si Anita fuera desenmascarada, por encima de toda amenaza de galanteo
de Miko, sabía que el veneno de los celos de Moa era un peligro mayor.
—¡No
seas tonta, Moa! —dije desabridamente, y me sacudí su presa—. Te imaginas
demasiado. Te olvidas que yo soy un hombre de la Tierra y que tú eres una mujer
de Marte.
—¿Es
esa una razón por la cual no pudiéramos amarnos?
—No.
Pero nuestros instintos son diferentes. Los hombres de la Tierra han nacido
para la caza.
Sonreía.
Con el peligro de Anita había encontrado el corazón dispuesto para engañar a
esta amazona.
—Dame
tiempo, Moa. Me atraes.
—¡Mientes!
—¿Lo
crees? —le cogí el brazo con todo el poder de mis dedos; debí de lastimarla,
pero no lo demostró; su mirada estaba fija en mí firmemente.
—No
sé qué pensar, Gregg Haljan...
—Piensa
lo que te guste. Los hombres de la Tierra tienen fama de matar lo que aman
—dije sosteniendo mi presa.
—¿Deseas
que te tema?
—Tal
vez.
—Eso
es absurdo —me sonreía burlonamente.
La
solté y dije ansiosamente:
—Deseo
que te des cuenta que si me tratas bien, puedo ser de gran ayuda en esta
aventura. Habrá lucha y yo no tengo miedo.
Su
venenosa expresión se había dulcificado.
—¡Creo
que eso es verdad, Gregg!
—Y
vosotros necesitáis de mis conocimientos de navegación. Incluso ahora, yo
debiera estar en el castillo.
Me
levanté. Había medio esperado que me detuviera, pero no lo hizo.
—¿Vamos?
Se
levantó a mi lado. Su estatura hizo que su cara quedara al mismo nivel que la
mía.
—Creo
que no nos ocasionarás más problemas, Gregg.
—Naturalmente
que no. No estoy totalmente desprovisto de sentido común.
—Lo
has estado.
—Bueno,
pero eso se acabó —dudé y luego añadí—: Un hombre de la Tierra no se rinde al
amor mientras hay trabajo que hacer. Este tesoro...
Creo
que de todo lo que dije estas últimas palabras la convencieron. Me interrumpió:
—Eso
lo comprendo —sus ojos estaban ardiendo—. Cuando todo se haya acabado... cuando
seamos ricos..., entonces te pretenderé, Gregg. ¿Está dispuesto? —se volvió
alejándose.
—Sí.
Moa Debo llevar esa hoja con las últimas cifras de Hahn.
—¿Están
comprobadas?
—Sí
—cogí la hoja de encima de mi pupitre—. Hahn es bastante exacto, Moa.
—Y,
sin embargo, un tonto. Un tonto receloso.
Parecía
como si comenzara una cierta camaradería entre nosotros. Mi propósito era
establecerla.
—¿Vais
a abandonar al doctor Frank con los pasajeros? —pregunté.
—Sí.
—Pero
pudiera sernos de utilidad.
Moa
agitó la cabeza con decisión.
—Mi
hermano ha decidido que no. Nos libraremos del doctor Frank. ¿Estás preparado,
Gregg?
—Sí.
Abrió
la puerta. Su gesto tranquilizó al vigía, que estaba observando alerta desde la
torre de vigilancia de popa.
Salí
y la seguí a lo largo de cubierta, que ahora estaba reluciente por el
resplandor del próximo asteroide.
Capítulo
XVIII
Un
hermoso mundillo. Había pensado eso antes; y eso pensaba ahora mientras miraba
al asteroide que colgaba tan próximo por delante de nuestra proa. Un enorme y
fino creciente, con el Sol saliendo por un lado detrás de él. Un creciente de
plata, coloreado de rojo. Desde esta cercana posición ventajosa, todo el globo
del pequeño disco era visible. Los mares se extendían como grandes parches. La
convexidad de su disco aparecía claramente definida. ¡Un mundo tan pequeño!
Hermoso y limpio, guarnecido de zonas de nubes.
—¿Dónde
está Miko?
—En
el vestíbulo.
—¿Podemos
pararnos allí?
Moa
entró por la puerta del vestíbulo. Una escena tensa y extraña. Inmediatamente
vi a Anita. Su figura enropada acechaba desde una esquina disimulada; sus ojos
se fijaron en mí cuando Moa y yo entramos, pero no se movió. Los treinta y
tantos pasajeros estaban apelotonados en un grupo. Hombres solemnes de rostros
pálidos; mujeres atemorizadas. Algunas estaban sollozando. Una mujer de la
Tierra (una viuda joven) estaba sentada sujetando a su hijita y gimiendo con
histerismo incontrolado. La pequeña me conocía. Ahora, al aparecer yo, con mi
blanca chaqueta galonada de oro sobre los hombros, la niña pareció ver en mi
uniforme una señal de autoridad. Dejó a su madre y corrió hacia mí.
—Usted...
por favor, ¿querrá ayudarnos? Mi mamá está llorando...
Suavemente
la rechacé. Pero sentí entonces compasión por estos inocentes pasajeros,
destinados a embarcarse en este desgraciado viaje. Amontonados aquí en esta
cabina, con bandidos como piratas de la antigüedad guardándoles y esperando
ahora ser abandonados en un asteroide sin habitar que iba errante por el
espacio. Me invadió el sentido de la responsabilidad. Me volví a Miko. Estaba
apoyado con un gesto indolente, contra la pared, y jugueteaba con un cilindro
en la mano. Se me anticipó y fue el primero en hablar.
—¿De
forma, Haljan, que ésta te metió algo de sentido en la cabeza? ¿Ya no habrá más
problemas? Entonces vaya al castillo. Moa, continúa con él. Envía a Hahn aquí.
¿Dónde está ese pollino de Coniston? Pronto estaremos en la atmósfera.
—No
habrá más problemas por mi parte, Miko —dije—. Pero estos pasajeros, ¿qué
preparativos has hecho para ellos en el asteroide?
Me
miró sorprendido. Luego se rió.
—No
soy un asesino. La tripulación está preparando alimentos, todo de lo que
podemos prescindir. Se pueden construir ellos mismos un cobijo... y dentro de
unas pocas semanas serán recogidos.
El
doctor Frank estaba allí. Me encontré con su mirada, pero no habló. Sobre los
canapés del vestíbulo todavía yacían los cinco cuerpos. Rankin, que había sido
muerto por Blackstone en la lucha, un pasajero muerto y también una mujer y un
hombre heridos.
—El
doctor Frank llevará sus existencias de medicinas y se ocupará de los heridos
—añadió Miko—. Hay otros cuerpos entre la tripulación —su gesto era
despreciativo—. No les he enterrado. Los dejaremos en tierra; es más fácil de
esa forma.
Todos
los pasajeros me estaban mirando. Dije:
—No
tienen nada que temer. Les garantizo el mejor equipo que pueda
proporcionárseles —me volví a Miko—. ¿Les dará aparatos para que puedan hacer
las señales?
—Sí.
Vaya al castillo.
Me
volví, con Moa detrás de mí. De nuevo la niña corrió hacia mí.
—Venga...,
hable a mi mamá; está llorando.
Estaba
al lado opuesto de Miko, en la cabina. Coniston había aparecido en cubierta, lo
que ocasionó un ligero desvío de la atención. Se unió a Miko.
—Espera
—dije a Moa—. Te tiene miedo. Esto es humanidad.
Empujé
a Moa hacia atrás y seguí a la niña. Había visto que Venza estaba sentada junto
a la llorosa madre de la pequeña. Esto era una estratagema para poder hablarme.
Permanecí
delante de la aterrorizada mujer mientras la niña se pegaba a mis piernas y
dije suavemente:
—No
esté tan asustada. El doctor Frank se cuidará de usted. No hay peligro; estará
más segura en el asteroide que en esta nave —me incliné y le toqué el hombro—.
No hay peligro.
Estaba
entre Venza y la cabina abierta. Venza me susurró suavemente:
—Cuando
estemos desembarcando, Gregg, quisiera que armaras algún jaleo... cualquier
cosa... justo mientras las mujeres van a tierra.
—¿Por
qué? Naturalmente que tendrá alimentos, señora Francis.
—¡No
te preocupes por los detalles! Sólo confusión. Vete, Gregg... ¡no hables ahora!
—Cuida
de tu mamá —levanté a la niña y le di un beso.
Desde
enfrente de la cabina, la voz sardónica de Miko me hizo volverme.
—¡Sentimentalidad
enternecedora, Haljan! ¡Vaya a su puesto en el castillo!
Su
estridente nota de disgusto no toleraba demora. Posé a la niña y dije:
—Aterrizaremos
dentro de una hora. Confíe en eso.
Hahn
estaba en los controles cuando Moa y yo llegamos al castillo.
—¿Nos
hará aterrizar sin peligro, Haljan? —me preguntó ansiosamente.
—Miko
le necesita en el vestíbulo —y le aparté a un lado.
—¿Coge
el mando aquí?
—Sí.
No tengo más ganas de aplastarnos que usted, Hahn.
Suspiró
con alivio.
—Eso
es verdad, naturalmente. Yo no soy un experto para la entrada en la atmósfera.
—No
tenga miedo. Siéntate, Moa.
Le
hice señas al vigía de la torre de observación delantera y obtuve su gesto
rutinario. Toqué los timbres del corredor y pronto respondieron las señales
normales.
Me
volví a Hahn.
—Váyase,
¿no quiere? Dígale a Miko que las cosas están bien aquí.
La
pequeña figura oscura de Hahn, flexible como un leopardo dentro de sus
pantalones apretados y chaqueta ajustada, descartada ahora su túnica, bajó
ágilmente la escalerilla y cruzó la cubierta.
—Moa,
¿dónde está Snap? Por todos los infiernos... si ha sido herido...
Arriba,
sobre el puente de la sala de radio, el bandido guardián seguía sentado.
Entonces vi a Snap que estaba allí fuera sentado con él. Le saludé desde la
ventana del castillo y el gesto animoso de Snap me contestó. Su voz me llegó a
través de la plateada luz de la luna:
—Toma
tierra sin peligro, Gregg. ¡Éstos son raros navegantes aficionados!
Al
cabo de una hora estábamos bajando por la atmósfera del asteroide. La nave se
calentaba progresivamente. La presión subía. Me mantuve ocupado con los
instrumentos y los cálculos. Pero mis indicaciones eran rápidamente contestadas
desde abajo. La tripulación de bandidos hacía su parte de forma eficiente.
A
ciento cincuenta mil pies fijé las placas de gravedad en las combinaciones de
aterrizaje, y puse en marcha las máquinas electrónicas.
—¿Va
todo bien, Gregg?
Moa
estaba sentada a mi lado; sus ojos, con lo que parecía un destello de
admiración en ellos, seguían mis actividades rutinarias.
—Sí.
La tripulación trabaja bien.
Los
chorros electrónicos brotaron detrás de nosotros, como la cola de un cohete. El
Planetara recibió sus impulsos. En el aire rarificado, nuestra proa se elevó
ligeramente como un barco surcando un suave oleaje. A cien mil pies navegábamos
suavemente hacia adelante, con el casco para abajo, hacia la superficie del
asteroide, buscando un espacio para el aterrizaje.
Debajo
de nosotros había un pequeño mar. Un mar oscurecido, de un púrpura opaco en la
noche de allá abajo. Ocasionalmente aparecían verdosas islas, recortadas por
las blancas líneas de los rompientes. Detrás del mar, estaba visible una línea
de costa ondulada. Cabeceras rocosas, detrás de las cuales las laderas de las
montañas se elevaban en dentadas estribaciones verdosas. La luz del Sol
bordeaba las lejanas montañas; y en este momento ese mundillo de rápido girar
hizo avanzar la luz del Sol.
Era
de día debajo de nosotros. Nos deslizamos lentamente, bajando. Ahora estábamos
a treinta mil pies, por encima del resplandeciente océano azul. La línea de la
costa quedaba justo delante; verde con una abundante vegetación tropical;
plantas aéreas, con vainas y ricas floraciones como orquídeas.
Estaba
sentado en la ventana del castillo, mirando a través de mis prismáticos. Un
hermoso mundillo, aunque evidentemente deshabitado. Podía suponerse que todo
esto era vegetación que había brotado recientemente. Este asteroide había
venido desde el frío espacio interplanetario, lejos de nuestro sistema solar.
Unos pocos años atrás —como el tiempo podría ser medido astronómicamente, no
más que ayer—, este hermoso paisaje estaba congelado, blanco y desierto, con
una capa de hielo glacial. Pero las semillas de la vida, milagrosamente,
estaban aquí. ¡El milagro de la vida! Bajo la cálida y germinante luz del Sol,
el verdor había brotado.
—¿Puedes
encontrar un espacio para aterrizar, Gregg? —la pregunta de Moa me devolvió de
mis divagadoras fantasías. Vi una meseta clara, un raso amplio de helecho,
rodeado de foresta. La cima de un acantilado próximo miraba ceñudamente al mar.
—Sí.
Puedo hacer que aterricemos allí —se lo mostré con los prismáticos.
Toqué
las sirenas y descendimos más en espiral. Las cimas de las montañas quedaban
ahora próximas, por debajo de nosotros. Las nubes estaban por encima, como
blancas masas, y el cielo azul detrás de ellas. Un día de brillante luz solar.
Pero pronto, con nuestro progresivo avance, llegó la noche. La luz quedó detrás
del horizonte pronunciadamente convexo; el mar y la tierra se tornaron púrpura.
Era
una noche de brillantes estrellas; la Tierra era un resplandeciente punto de
luz azul-rojizo. Los cielos parecían girar visiblemente; dentro de una hora o
así sería de día otra vez.
En
la cubierta de proa había aparecido Conisten, al frente de media docena de
miembros de la tripulación. Aquellos transportaban cajas de alimentos y el
equipo que iba a ser dado a los pasajeros abandonados. Y preparaban la pasarela
de desembarque, aflojando los sellos de las ventanas laterales del domo.
Hacia
la cubierta de popa, junto a la puerta ovalada del vestíbulo, podía ver a Miko
de pie. Y de vez en cuando se oía el rugido de su voz a los pasajeros.
Mis
erráticos pensamientos volaban hacia la historia de la Tierra. De esta forma,
los antiguos viajeros de los mares de la superficie eran obligados por los
piratas a pasar la plancha, o se les desembarcaba, abandonándoles sobre alguna
hermosa isla desierta del océano tropical español.
Hahn
subió trepando por la escalerilla de nuestro castillo.
—¿Va
todo bien, Gregg Haljan?
—Vete
a tu trabajo —le dijo Moa con aspereza.
Retrocedió
y se unió al bullicio y confusión que ahora estaba empezando en cubierta. Me
asaltó la idea... podía hacer que aquella confusión resultara provechosa?
¿Sería posible, ahora, en el último momento, atacar a los bandidos? Snap aún
seguía sentado fuera de la puerta de la sala de radio. Pero su guardián estaba
alerta apuntando con un proyector. Y aquel guarda, vi, desde su posición,
dominaba toda la cubierta.
Y
también vi, ahora que los pasajeros eran conducidos en una hilera desde la
puerta oval del vestíbulo, que Miko había atado a todos los hombres, uniéndolos
con una cadena que rechinaba. Venían como una fila de convictos, caminando
hacia adelante y pararon en la cubierta abierta, cerca de la base del castillo.
La cara ceñuda del doctor Frank miró hacia mí.
Miko
ordenó a las mujeres y a los niños en un grupo al lado de los hombres
encadenados. Sus palabras llegaron hasta mí: «No están en ningún peligro.
Cuando aterricemos, tengan cuidado. Encontrarán que la fuerza de la gravedad es
muy diferente... éste es un mundo muy pequeño.» Encendí las luces de
aterrizaje; la cubierta se iluminó con el resplandor azul; los reflectores se
encendieron a los lados de nuestro casco. Ahora colgábamos a un centenar de
pies por encima del claro de la floresta. Corté los chorros electrónicos. Nos
equilibramos, con las placas de gravedad colocadas en posición normal, y
solamente la suave brisa de la noche nos daba un ligero desvío lateral. Esto lo
pude controlar con las hélices de dirección laterales.
A
pesar de toda la agitada rutina de aterrizaje, mi mente estaba en otras cosas.
Las palabras sueltas de Venza, antes en el vestíbulo. Tenía que organizar un
alboroto entre los pasajeros mientras desembarcaban. ¿Por qué? ¿Tenía ella y el
doctor Frank algunos desesperados propósitos para los últimos minutos?
Me
decidí a hacer lo que ella había dicho. Gritar o apagar las luces. Eso sería
fácil.
Me
alegraba de que fuera de noche. En verdad había calculado nuestro descenso de
forma que el aterrizaje se hiciera en la oscuridad. Pero, ¿con qué propósito?
Estos bandidos estaban muy alertas. No había nada que se me ocurriese pensar
hacer que nos proporcionara algo más que una probable muerte rápida bajo la
rabia de Miko.
—¡Bien
hecho, Gregg! —decía Moa.
Paré
la última de las hélices. Con apenas una sacudida perceptible, el
Planetara
tomó tierra, se elevó como una pluma y quedó sobre la planicie. La noche de
púrpura oscuro con las estrellas de arriba nos rodeaba. Dejé salir el aire de
nuestro interior a través del domo y las portañolas del casco, y admití el aire
nocturno del asteroide. Mis cálculos (por necesidad, meras aproximaciones
matemáticas) demostraron ser correctos. En temperatura y presión no hubo ningún
cambio radical cuando se deslizaron las ventanas del domo.
Habíamos
aterrizado. Cualquiera que fuese el propósito de Venza, su momento había
llegado. Pero también me daba cuenta de que a mi lado estaba Moa, muy alerta.
Había creído que estaba desarmada, pero no lo estaba. Se sentaba alejada de mí;
en su mano tenía un cuchillo de hoja larga y afilada.
—Has
hecho tu parte, Gregg —susurró tensamente—. Y la hiciste bien y cuidadosamente.
Ahora nos sentaremos aquí tranquilos y observaremos el desembarque.
El
guarda de Snap estaba de pie, vigilando atentamente. Los vigías de las torres
de proa y de popa estaban también armados; podía verles mirando penetrantemente
a la confusión de la cubierta iluminada de azul. La pasarela pasó por encima
del costado del casco y tocó la tierra.
—¡Basta!
—rugió Miko—. Los hombres primero. Hahn, echa a las mujeres atrás. Coniston,
amontona esos paquetes a un lado. Quítate de en medio, Prince.
Anita
estaba allá abajo. La vi en un extremo del grupo de mujeres. Venza estaba cerca
de ella.
Miko
la empujó.
—Quítate
de en medio Prince. Puedes ayudar a Coniston. Preparad las cosas para
desembarcarlas.
Cinco
de los camareros de la tripulación estaban a la cabeza de la pasarela. Miko me
gritó:
—Haljan,
mantenga normal la gravedad de la cubierta de la nave.
—Sí.
La
línea de hombres fue la primera en descender. El doctor Frank iba delante. Nos
dirigió una mirada de despedida a Snap y a mí mientras bajaba la pasarela con
los pasajeros encadenados detrás de él.
¡Abigarrada
procesión! Unos veinte hombres desgreñados y medio vestidos de esos mundos. El
cambio de la gravedad, más ligera sobre la pasarela, les sorprendió. El doctor
Frank botó hasta la altura de la barandilla bajo el ímpetu de su paso; se cogió
y se sostuvo. La línea osciló. En el débil resplandor de la iluminación azul,
parecía ilusorio, loco. Un sueño grotesco de hombres bajando una pasarela.
Llegaron
al claro de la foresta. Permanecieron oscilando, temerosos, al principio, de
moverse. La noche púrpura los envolvía y permanecían mirando a este extraño
mundo, su nueva prisión.
—Ahora
las mujeres.
Miko
iba empujando a las mujeres hacia la parte superior de la pasarela. Podía
sentir la mirada de Moa sobre mí. Su cuchillo relucía a la luz del castillo.
—Dentro
de unos pocos instantes puede llevarnos de nuevo, Gregg —murmuró de nuevo.
Me
sentía como el actor que espera su apunte entre los bastidores de algún drama
ampuloso, la trama del cual desconoce. Venza estaba próxima a la cabeza de la
pasarela. Algunas de las mujeres y niños estaban sobre ésta. Una mujer gritó.
Su niño se había deslizado de su mano, rebotando por encima de la barandilla y
había caído. O casi caído... había flotado sobre el suelo sacudiendo las
piernas y los brazos, yendo a parar luego sobre el oscuro helecho sin daño. Su
aterrorizado alarido llegó hasta nosotros.
Había
confusión en la pasarela. Venza, todavía sobre cubierta, parecía enviar una
mirada de súplica a la torre. ¿Mi apunte? Deslicé una mano hacia el tablero de
luces. Lo tenía cerca de las rodillas. Tiré de una llave. La cubierta iluminada
de azul, quedó a oscuras.
Recuerdo
un horrible instante de silencio tenso, y en la oscuridad a mi lado percibí el
movimiento de Moa. Sentí un estremecimiento de miedo instintivo... ¿Me clavaría
aquel cuchillo?
El
silencio de la cubierta a oscuras fue roto por una confusión de sonidos. Un
alboroto de voces; el grito de una pasajera; roce de pies y, por encima de
todo, el rugido de Miko.
—¡Queden
quietos! ¡Todos! ¡No se muevan!
Sobre
la pasarela de bajada era el caos. Las mujeres que desembarcaban se estaban
agarrando a la barandilla; alguna de ellas había, evidentemente, seguido hacia
adelante y había caído. Abajo, en el suelo, a la tenue luz púrpura de las
estrellas, pude ver confusamente la encadenada línea de hombres. Ellos también
estaban en confusión, tratando de empujarse entre sí hacia las mujeres caídas.
—¡Esos
tubos de luz! ¡Gregg Haljan! —rugió Miko—. ¡Por el Todopoderoso! Moa, ¿estás
ahí arriba? ¿Qué ocurre? Los tubos de luz...
¡Drama
oscuro de desconocida trama! Me pregunté si debería tratar de abandonar el
castillo. ¿Dónde estaba Anita? Había estado allá abajo sobre la cubierta,
cuando había apagado las luces.
Pensé
que veinte segundos habrían bastado. No me había movido. Pensé: «¿Snap está
metido en esto?»
El
cuchillo de Moa podía haberme apuñalado. Sentí su acometida junto a mí y, de
pronto, la sujeté, retorciéndole la muñeca. Pero ella tiró el cuchillo lejos.
Su fuerza era casi igual a la mía. Una de sus manos fue en busca de mi cuello y
con la otra tanteaba en la oscuridad.
Bruscamente
se encendió de nuevo la cubierta. Moa había encontrado la llave y la había
conectado.
Luchó
conmigo mientras yo trataba de alcanzar la llave. Miré abajo a cubierta. Miko
nos estaba observando. Moa jadeó:
—Gregg...
para. Si él te ve haciendo esto te matará.
La
escena abajo seguía casi sin cambios. Había respondido a mi apunte. ¿Con qué
propósito? Vi a Anita cerca de Miko. La última de las mujeres estaba sobre la
pasarela.
Había
dejado de luchar con Moa. Ésta se había sentado, jadeando, y luego gritó:
—Lo
siento, Miko. No ocurrirá de nuevo.
Miko
bramaba de rabia, pero estaba demasiado ocupado para preocuparse de mí; su ira
se digirió a los más próximos a él. Empujó a la última mujer violentamente por
la pasarela, haciéndola saltar y su cuerpo, con una atracción de la gravedad
equivalente a unas pocas libras de la Tierra, salió despedido y fue a caer
cerca de la oscilante línea de hombres. Miko se volvió.
—Quítate
de mi camino! —de un golpe de su enorme brazo derribó a Anita de lado—. Prince,
¡maldito seas, ayúdame con estas cajas!
Los
atemorizados camareros estaban levantando las cajas, baúles de almacenaje
metálicos de forma rectangular cada uno tan grande como un hombre, llenos de
alimentos empaquetados, herramientas y equipo.
—¡Vaya,
fuera de mi camino! ¡Todos!
Recobré
la respiración; Anita retrocedía ágilmente ante la furiosa acometida de Miko.
Se lanzó a los camareros. Tres de ellos sostenían una caja. Se la quitó y la
levantó por encima de la pasarela, la sostuvo un instante sobre su cabeza, con
sus macizos brazos como pilares grises debajo, y la arrojó. La caja disparada,
cayó; y luego, cuando pasó la zona de gravedad del Planetara, salió volando en
un arco tenso sobre el claro de la foresta y se aplastó sobre el rojizo
matorral.
—¡Dadme
otra!
Los
camareros le acercaron otra. Como un furioso titán, la arrojó. Y otra. Una a
una las cajas salieron volando y cayeron fuera.
—Ahí
va su alimento. ¡Recójanlo! ¡Haljan, haga los preparativos para marchar!
Sobre
la cubierta yacía el cadáver de Ranee Rankin, que los camareros habían sacado.
Miko lo cogió y lo lanzó.
—¡Toma!
¡Vete a tu último lugar de descanso!
Y
los otros cuerpos, Balch, Blackstone, el capitán Carter, Johnson... Miko los
tiró todos. Y a los patrones de ruta y aquellos de la tripulación que habían
sido muertos.
Los
pasajeros estaban ahora todos sobre el suelo: Allá abajo estaba en penumbra.
Traté de distinguir a Venza, pero no fui capaz. Pude ver la figura del doctor
Frank al final de la hilera de los pasajeros encadenados. Éstos estaban mirando
con horror a los cuerpos lanzados por encima de ellos.
—¿Dispuesto,
Haljan?
—¡Dile
que sí! —me apuntó Moa.
—¡Sí!
—grité.
¿Había
Venza fracasado en su desconocido propósito? Así parecía. Sobre el puente de la
sala de radio, Snap y su guardián permanecían como estatuas silenciosas en las
tinieblas iluminadas ligeramente de azul. El desembarco se había terminado.
—¡Cierren
las portañolas! —ordenó Miko. Se introdujo la pasarela plegándola con un
chasquido. La portañola y las ventanas del domo se deslizaron cerrándose. Moa
me siseó en el oído:
—Si
deseas venir, Gregg Haljan, comenzarás tu tarea.
Venza
había fracasado. Fuera lo que fuese, había quedado en nada. Abajo, en la
purpúrea foresta, desconectados ahora de la nave, nuestros últimos amigos
quedaban abandonados. Pude distinguirles a través del empañado domo cerrado
(solamente se veía un grupo oscilante y apelotonado). Pero mi fantasía me
retrataba esta última vista de ellos, el doctor Frank, Venza, Shac y Dud
Ardley.
Se
habían ido. Sólo quedábamos Snap, Anita y yo mismo.
Mecánicamente
estaba despegando. Oí las sirenas resonando abajo, con los ecos que se repetían
aquí en el castillo. Los controles respiratorios del Planetara se pusieron en
marcha; los equilibradores de la presión comenzaron a funcionar, y las placas
de la gravedad empezaron a situarse en las combinaciones de despegue.
La
nave estaba siseando y retemblando con esto, combinado con el rechinar de las
últimas portañolas del domo. Y la orden de Miko:
—¡Despegue,
Haljan!
Hahn
había estado mezclado con la confusión de la cubierta, aunque yo apenas lo
había notado. Coniston había permanecido abajo con la tripulación contestando a
mis señales. Hahn estaba ahora con Miko, mirando a través de una ventana de
cubierta. Anita estaba sola en otra.
—¡Despegue,
Haljan!
Primero
elevé suavemente la proa con una repulsión de las placas de este lado. Y
arranqué la máquina electrónica central. Su impulso desde popa nos hizo
deslizamos diagonalmente sobre los purpúreos árboles de la foresta.
El
claro se deslizó hacia abajo alejándose. Vislumbré por última vez un confuso
grupo amontonado de los pasajeros abandonados que nos miraban, dejados a su
suerte, solos en este mundo desierto.
Con
los tres motores en marcha, nos deslizamos suavemente hacia arriba. La foresta
daba la impresión de caer, como una extensión de copas de árboles púrpura
bordeados por la luz de las estrellas y la luz de la Tierra. La pronunciada
curvatura del horizonte parecía seguirnos hacia arriba. Di toda la potencia.
Subíamos en un ángulo de cuarenta grados, girando lentamente, con un grupo de
nubes por encima de nosotros a un lado, y el reluciente y pequeño mar debajo.
—Muy
bien, Gregg —a la luz del castillo los ojos de Moa me abrasaban—. No sé lo que
te proponías al apagar las luces de cubierta —sus dedos se me incrustaron en el
hombro—. Le diré a mi hermano que fue un error.
—Un
error... sí —dije.
—No
supo lo que fue. Pero ahora déjame a mí que lo arregle. ¿Comprendes? Le diré a
mi hermano eso. Tú dijiste: «En la Tierra un hombre podría matar lo que ama.»
¡Una mujer de Marte podría hacer eso! Guárdate de mí, Gregg Haljan.
Sus
ojos llenos de pasión me perforaban. ¿Amor? ¿Odio? El veneno de una mujer
rechazada... una mezcla de emociones desbordadas...
Me
libré de su presa e hice caso omiso de ella. Se sentó, silenciosa, observando
mis atareados movimientos: los cálculos de las condiciones de despegue,
presiones, temperaturas; comprobación de los instrumentos en el tablero delante
de mí...
Rutina
mecánica. Mi imaginación iba a Venza, y volvía atrás al asteroide. El errante
mundillo ya estaba disminuyendo para convertirse en una superficie convexa
detrás de nosotros. Venza, con su última actuación desconocida, había
fracasado. ¿Había fallado a mi apunte? Cualquiera que fuera mi papel, ahora
parecía que lo había representado horriblemente mal.
El
creciente de la Tierra en este momento estaba oscilando por encima de nuestra
proa. Salimos fuera de la sombra del asteroide, y apareció el resplandeciente y
llameante Sol. Con el lente podía ver nuestra diminuta Luna, que a simple vista
parecía acariciar el extremo de su madre la Tierra.
Estábamos
en nuestra trayectoria hacia la Luna. Mi imaginación saltó adelante, a
Grantline con su tesoro, sin sospechar de esta nave pirata. Y repentinamente,
por encima de todos los pensamientos sobre Grantline, me vino el temor por
Anita. Para decir la pura verdad, había sido, hasta el momento, un paladín muy
inepto, condenando al fracaso todo lo que intentaba, ¿Por qué no había
contribuido a hacer que Anita desertara sobre el asteroide? ¿No hubiera sido
mucho mejor para ella estar allí, esperando su oportunidad de rescate con el
doctor Frank, Venza y los otros?
¡Pero
no! ¡Yo no había, como un tonto, pensado en eso! Le había permitido permanecer
aquí a bordo, a la merced de estos fuera de la ley.
Y me
juré ahora que, por encima de todas las cosas, la protegería.
¡Juramento
inútil! ¡Si pudiera haber visto unas pocas horas por delante! Pero presentía la
catástrofe. Tuve un estremecimiento mientras seguía sentado en el puente
conduciendo dócilmente la nave a través de la atmósfera del asteroide, y
dirigiendo nuestra ruta hacia la Luna.
Capítulo
XIX
¡Inténtelo
de nuevo! ¡Por los infiernos, Snap Dean, si hace algo para hacernos fracasar,
morirá!
Miko
escudriñó los aparatos con ojos penetrantes. ¿Qué conocimiento técnico de
instrumentos de señales poseía este jefe de bandidos? Yo estaba tenso y helado
de temor mientras permanecía sentado en una esquina de la sala de radio,
observando a Snap. ¿Podría engañar a Miko? Snap, comprendí, estaba tratando de
engañarle.
La
Luna se extendía próxima, por debajo de nosotros. Mi carta de navegación,
comprobada hacía treinta minutos, indicaba que estábamos a escasamente treinta
mil millas por encima de la superficie de la Luna. Un cuadrante de plata. La
puesta del sol reflejaba en las montañas lunares arrojando sombras oblicuas
sobre las llanuras de la Luna. Todo el disco aparecía claramente visible. La
suave luz de la Tierra brillaba serena y pálida para iluminar la noche lunar.
El
Planetara estaba bañado en plata. Un resplandor de plata brillante se extendía
por la cubierta de proa, claro y limpio, y se estrellaba contra las negras
sombras. Había rodeado parcialmente la Luna, de forma que nos aproximáramos a
ella desde el lado de la Tierra.
Miko,
durante algún tiempo, había estado a mi lado en el puente. No había visto a
Coniston ni a Hahn en las últimas horas. Había dormido y desperté despejado, y
había comido. Coniston y Hahn permanecían abajo, el uno o el otro, siempre con
la tripulación para ejecutar las órdenes que les transmitía por la sirena.
Luego vino Coniston a ocupar mi lugar en el puente, y yo fui con Miko a la sala
de radio.
—Usted
es competente, Haljan —había en su voz un tono de torva aprobación—. Usted
indudablemente no tiene ningún deseo de engañarme en este viaje.
Ciertamente
que no lo tenía. En el mejor de los casos es un trabajo delicado contender con
las complicaciones de los mecanismos celestes sobre una trayectoria
semicircular con velocidad retardada, y con una tripulación provisional
podríamos fácilmente vernos en verdaderas dificultades.
Nos
cernimos finalmente, con el casco hacia abajo, frente al hemisferio del disco
lunar que miraba hacia la Tierra. La gigantesca bola de la Tierra se extendía
detrás y por encima de nosotros... y el Sol sobre nuestro cuadrante de popa.
Con una velocidad de adelantamiento casi nula, nos balanceábamos, y Snap
comenzó a hacer señas al confiado Grantline.
Momentáneamente
mi trabajo se había terminado. Me senté a observar la sala de radio. Moa estaba
aquí, próxima a mi lado. Siempre sentía su mirada vigilante, de forma que
incluso necesitaba reprimir la exteriorización de mis emociones.
Miko
trabajaba con Snap. Anita también estaba aquí. Para Miko y para Moa era el
sombrío y taciturno George Prince, envuelto siempre en su negra capa de luto,
poco dispuesto a hablar, sentado solo, cavilando y hosco. Esto era lo que ahora
pensaban de Anita.
—¡Por
los infiernos, si usted intenta engañarme, Snap Dean! —repetía Miko.
La
pequeña habitación de metal, con su suelo de rejilla y bajo techo arqueado,
resplandecía con la luz de la Luna que entraba por sus ventanas. Las figuras
activas de Snap y Miko eran imitadas por las grotescas sombras deformadas sobre
las paredes. Miko, un gigante..., un ogro amenazador. Snap, pequeño y
alerta..., una figura delgada y menuda en sus blancos pantalones, amplio
cinturón y camisa blanca abierta por el cuello. Su cara estaba pálida y tensa
por la carencia de sueño y el tormento a que Miko le había sometido
anteriormente en este viaje. Pero sonreía ante las palabras del bandido, y
empujaba su cabello disperso por debajo de la roja visera.
La
habitación pasaba por largos períodos de mortal silencio mientras Miko y Snap
se inclinaban sobre los apilados grupos de instrumentos. Un silencio en el que
los latidos de mi propio corazón parecían hacer eco. No me atrevía a mirar a
Anita ni ella a mí. ¡Snap estaba tratando de hacer señales a la Tierra, no a la
Luna! Sus rejillas principales estaban puestas a la inversa. Las ondas de
infrarrojos, despedidas por la ventana de proa, iban en una frecuencia que Snap
y yo pensábamos que Grantline no podría recibir. Y por encima, contra la pared,
cerca de mí y aparentemente ignorada por Snap, había un diminuto emisor de
ultravioletas. Su ligero zumbido y los destellos de su pantalla habían pasado
desapercibidos hasta el momento.
¿Los
recogería alguna estación de la Tierra? Recé por que así fuera. Aquí había una
pantalla, del tamaño de una uña, que recibiría la contestación.
¿Podría
algún telescopio de la Tierra vernos? Lo dudaba. El punto de alfiler del casco
infinitesimal del Planetara estaría fuera del alcance de la vista.
Largos
silencios, rotos solamente por el ligero zumbido o susurro de los instrumentos
de Snap.
—¿Probaré
con los telex, Miko?
—Sí.
Le
ayudé con el espectro. En todos los niveles las placas no nos mostraban nada,
excepto las cicatrices y perforaciones de la superficie de la Luna. Trabajamos
durante una hora. No hubo nada. La desierta y fría noche sobre la Luna estaba
debajo de nosotros. Un toque de luz se desvanecía sobre los Apeninos. Arriba,
cerca del Polo Sur, Tycho con sus resplandecientes riachuelos abiertos se
levantaba como una ceñuda vejiga oscura.
Miko
se inclinó sobre una placa.
—¿Hay
algo ahí? ¿No es verdad?
¿Una
anormalidad sobre los torvos acantilados de Tycho? Así lo creímos, pero parecía
que no.
Otra
hora. No venía ninguna señal de la Tierra. Si las llamadas de Snap llegaban a
su destino no teníamos ninguna prueba. Repentinamente Miko se dirigió a mí
desde el otro extremo de la habitación. Me puse tenso y frío; Moa se agitó,
alerta a cualquier movimiento. Pero Miko no estaba interesado en mí. De un
golpe de su puño cerrado, derribó el emisor de ultravioletas, con sus bobinas y
espejos, en un montón tintineante sobre la rejilla del suelo a mis pies.
—¡No
necesitamos eso, sea lo que sea! —se frotó los nudillos donde las ondas
ultravioletas le habían alcanzado, y se volvió hoscamente hacia Snap.
—¿Dónde
están sus reflectores de rayos? Si el tesoro está expuesto...
El
conocimiento de este marciano era mucho mayor de lo que habríamos creído. Le
hizo una mueca sardónica a Anita.
—Si
nuestro tesoro está aquí, sobre este hemisferio, Prince, captaremos sus
radiaciones. ¿No cree eso? ¿O es Grantline demasiado precavido para dejarlo
expuesto?
Anita
habló con un cuidadoso y gutural tartajeo.
—Nos
llegaron bastantes radiaciones cuando pasamos por aquí en el viaje de ida.
—Deberías
de saberlo —hizo una mueca—. Un experto espía, Prince, tengo que
reconocérselo... Vamos, Dean, intente alguna otra cosa. Por Dios que si
Grantline no nos hace la señal, sería capaz de reprochárselo a usted... mi
paciencia se está acabando. ¿Nos acercaremos más, Haljan?
—No
creo que sirva de ayuda —repuse.
—Tal
vez no —asintió—. ¿Estamos detenidos?
—Sí
—estábamos suspendidos casi sin movimiento—. Si usted desea avanzar, puedo
hacerlo. Pero ahora necesitamos un destino sobre la superficie.
—Cierto,
Haljan —permaneció pensando—. ¿Penetraría un rayo zeta esos acantilados de los
cráteres? ¿Tycho, por ejemplo, desde este ángulo?
—Tal
vez —se mostró de acuerdo Snap—. ¿Cree que pudieran estar en la parte norte
interior de Tycho?
—Pueden
estar en cualquier parte —repuso Miko secamente.
—Si
usted cree eso —insistió Snap—, supóngase que dirigimos el Planetara sobre el
Polo Sur. Tycho, visto desde allí...
—¿Y
perder otro cuarto de día? —se burló Miko—. Envíe sus rayos zeta. Ayúdele a
montarlos, Haljan.
Me
dirigí a la caja de lentes del espectroheliógrafo. Parecía como si Snap
estuviera más bien reacio. ¿Era porque sabía que el campamento de Grantline
estaba escondido en la parte norte interna del gigantesco anillo de Tycho? Así
lo pensé. Pero Snap lanzó una mirada rara a Anita. Ella no la vio, pero yo sí,
y no pude comprenderla.
¡Mi
maldita y necia incapacidad! ¡Si sólo me hubiera dado cuenta del aviso!
—Aquí
—ordenó Miko—. Una veintena de diagramas de los rayos zeta. Les digo que pasaré
con un peine esta superficie si tenemos que permanecer aquí hasta que nuestra
nave venga desde Ferrok-Shahn para unirse a nosotros.
Los
bandidos marcianos estaban en camino. La señal de Miko había sido respondida.
Dentro de diez días, la otra nave de los bandidos, adecuadamente tripulada y
armada, estaría aquí.
Snap
me ayudó a conectar los rayos zeta. No se atrevió ni a musitarme, teniendo a
Moa siempre tan cerca. Y por la sonrisa sardónica de Miko, sabía que no
toleraría nada de nosotros ahora. Estaba armado hasta los dientes y también lo
estaba Moa.
Recuerdo
que varias veces Snap se había esforzado en tocarme significativamente. ¡Oh, si
nada más que hubiera advertido el aviso!
Terminamos
con nuestra conexión. El punto gris opaco del rayo zeta brilló a través de los
prismas para mezclarse con la luz de la Luna, que entraba por los lentes
principales. Permanecí con el mecanismo del obturador.
—¿El
mismo intervalo, Snap?
—Sí.
A mi
lado, me daba cuenta de la ligera reflexión del rayo zeta... un haz gris que
atravesaba la habitación y daba en la pared opuesta, proporcionándole un
aspecto irreal, ya que los rayos zeta se esforzaban en penetrar las paredes
metálicas de la habitación.
—¿Haré
una exposición? —pregunté.
Snap
asintió, pero aquel diagrama no se llevó nunca a cabo. Una exclamación de Moa
nos hizo volvernos a todos. ¡Los espejuelos gamma estaban vibrando! ¡Grantline
había recogido nuestra señal! Con lo que indudablemente era un equipo de
recepción intensificada que Snap no había creído que Grantline pudiera
utilizar, había captado los débiles rayos zeta, que Snap estaba enviando sólo
para engañar a Miko. Grantline había reconocido el Planetara y había apartado
las pantallas de enmascaramiento que rodeaban el mineral.
Y a
continuación llegó el mensaje de Grantline. No en el sistema secreto que había
convenido con Snap, sino, incautamente, en clave abierta. Pude leer en las
oscilantes placas y también pudo Miko.
Y lo
descifró triunfalmente en voz alta.
—«Sorprendidos
pero complacidos por su vuelta. Aproxímense semihemisferio norte región de
Arquímedes, cuarenta mil fuera próximas estribaciones Apeninos.»
El
mensaje se interrumpía. Pero aun así, ensombrecida su importancia, Miko
permanecía en el centro de la sala de radio, leyendo triunfalmente el pequeño
indicador. Su destello oscilaba sobre la escala que daba la casualidad que
estaba casi directamente encima de la cabeza de Anita. Vi cambiar la expresión
de Miko... Le invadió una mirada de sorpresa, de asombro.
—¿Por
qué...?
Boqueó.
Permaneció mirando fijamente. Mirando fijamente de una forma casi estúpida.
Mientras le contemplaba fascinado de horror, apareció sobre su pesado rostro
gris una mirada de amanecer de comprensión. Y oí la sorprendida aspiración de
Snap. Se acercó al espectro, donde continuaban zumbando todavía las conexiones
de los rayos zeta.
Pero
con un salto Miko le apartó a un lado.
—¡Usted
fuera de aquí! ¡Moa, vigílale! ¡Haljan, no se mueva!
De
nuevo Miko permanecía mirando fijamente. ¡Y ahora vi que estaba mirando a
Anita!
—¡Vaya,
George Prince! ¡Qué aspecto más raro tienes!
Anita
no se movió. Estaba sobrecogida de terror; había retrocedido contra la pared,
envuelta en su capa. La voz sardónica de Miko sonó de nuevo:
—¡Qué
aspecto tan extraño, Prince! —dio un paso hacia adelante.
Estaba
torvo y tranquilo. Horriblemente tranquilo. Deliberadamente. Recreándose en el
mal como un gran monstruo gris de forma humana que jugara con un fascinado
pájaro prisionero.
—Muévete
sólo un poco, Prince. Permite que la luz de los rayos zeta caiga más de frente.
La
cabeza de Anita estaba descubierta. Aquel pálido rostro como el de Hamlet.
¡Dios mío, la luz de los rayos zeta caía gris y penetrante sobre ella!
Miko
dio otro paso. Escudriñando. Sonriendo.
—¡Qué
sorprendente, George Prince! ¡Vaya, apenas puedo creerlo!
Moa
estaba armada ahora con un cilindro electrónico. A pesar de su asombro (cuyas
desbordantes emociones yo solamente podía imaginar), ella nunca apartó los ojos
de Snap y de mí.
—¡Atrás!
No se muevan ninguno de los dos! —nos siseó.
Entonces
Miko saltó sobre Anita como un gigantesco leopardo gris atacando.
—¡Fuera
con esa capa, Prince!
Permanecí
helado y confuso. Por fin se había dado cuenta. El débil rayo zeta había caído
por casualidad sobre el rostro de Anita. Penetró la carne y expuso, ligeramente
reluciente, la línea del hueso de su quijada, desenmascarando el arte de Glutz.
Miko
la cogió por las muñecas y la arrastró hacia adelante, más allá del destello de
la luz zeta, a la brillante luz de la Luna. Y le arrancó la capa. ¡Las suaves
curvas de su figura de mujer eran inconfundibles!
Y al
observarlas Miko toda su calma triunfal desapareció.
—¡Pero
Anita!
—¿De
forma que es eso? —oí a Moa musitar. Una mirada venenosa... un dardo de mí a
Anita y volvió a mí—. ¿De forma que es eso?
—¡Pero
Anita!
Los
enormes brazos de Miko la levantaron como si ella fuera un niño.
—¡De
forma que te tengo otra vez! ¡Desde la muerte, me la han devuelto!
—¡Gregg!
—el aviso de Snap y su garra sobre mi hombro me devolvieron cierta cordura. Me
había puesto tenso para saltar. Permanecí temblando, y Moa me golpeó con su
arma en la cara. Las rejillas estaban oscilando de nuevo con un mensaje de
Grantline. Pero no se le prestó atención.
En
el resplandor de la luz de la luna cerca de la ventana de proa, Miko sostenía a
Anita, mientras que sus enormes manazas la manoseaban con triunfantes caricias
posesivas.
—¡Así
que, Anita, me has sido devuelta!
Capítulo
XX
¡Luz
de la Luna sobre la Tierra que tan suavemente brillas para hacer romántica la
sonrisa de un amante! Pero la realidad de la noche lunar es frío más allá de la
humana comprensión. Silencio frío y oscuro. Torva desolación, terrible,
majestuosa... Una hosca majestad que incluso para los más intrépidos
espectadores humanos es inconcebiblemente repulsiva.
Y
ahora había humanos aquí. En esta desierta planicie entre Arquímedes y las
montañas, un pequeño cráter entre un millón de compañeros se distinguía esta
noche por la presencia de humanos. ¡El campamento de Grantline! Se arrebujaba
en la más profunda sombra púrpura sobre el lado de un hoyo en forma de cuenco,
un orificio crudamente circular con unas dos millas escasas de lado a lado de
su borde ondulado. Había una ligera luz aquí para señalar la presencia de
intrusos vivos. El claro resplandor azul de las luces de tubo Morrell bajo una
cubierta de glassite.
El
campamento de Grantline se erguía a mitad de subida de una de las paredes
verticales del pequeño cráter. El suelo roto, sembrado de piedras, de dos
millas de amplio, quedaba a quinientos pies por debajo del campo. Detrás de él,
el dentado y escarpado acantilado se elevaba otros quinientos hasta las alturas
del borde superior. Un amplio estante plano colgaba a mitad de altura del
acantilado, y sobre él Grantline había construido su pequeño grupo de
protecciones de glassite. Visto desde arriba, estaba el suelo del cráter
púrpura oscuro, el borde circular ascendente, donde la luz de la Tierra teñía
las cimas y los despeñaderos de un tono amarillento; y sobre el estante, como
un grupo apelotonado de nidos de pájaros, los domos de Grantline colgaban y
miraban hacia el valle interior.
El
aire aquí, sobre la superficie de la Luna, era despreciable... escasamente una
cincomilésima parte de la presión atmosférica al nivel del mar en la Tierra.
Pero dentro de las protecciones de glassite, debía ser mantenida la presión
normal de la Tierra. Atadas rígidamente las dobles paredes para soportar la
tendencia explosiva, al no tener presión externa para contrarrestarla. La
tremenda necesidad de equipo mecánico había sobrecargado la pequeña nave de
Grantline hasta el límite de su capacidad. Los instrumentos químicos de
fabricación de aire, los niveladores de presión, renovadores, mascarillas de
respiración, los sistemas de iluminación y mantenimiento de la temperatura de
un vehículo espacial, estaban aquí.
Allí
estaba el edificio principal de Grantline, alargado, bajo y rectangular a lo
largo del borde del farallón. Dentro de él, estaban las habitaciones donde
vivían, vestíbulo, comedor y cocina. Cincuenta pies por debajo, comunicados por
un estrecho pasadizo de glassite, había una estructura similar, aunque más
pequeña.
Las
salas de control mecánico, con sus mecanismos que producían zumbidos y
vibraciones, estaban aquí. Y la sala de instrumentos con los aparatos de
señales, transmisores y receptores, rejillas de espejos y audífonos de
diferentes clases. Y un electrotelescopio, pequeño pero moderno, con un domo
por encima como un pequeño observatorio terrestre.
Desde
este edificio de instrumentos, al lado del pasaje de conexión, cables de
alambre para la luz, y tubos de aire, cuerdas y montones de alambres de
instrumentos iban hasta la estructura principal... culebras grises sobre la
porosa roca gris de la Luna.
El
tercer edificio parecía un colgadizo apoyado contra la pared del farallón, una
barraca terciada de paredes de glassite de cincuenta pies de alto y doscientos
de largo. Debajo de ella, durante meses, los taladros de Grantline habían
excavado en el acantilado. Había túneles apuntalados aquí, adentrándose hacia
abajo en la veta de la roca.
El
trabajo se había terminado. Las perforadoras habían sido desmanteladas y
empaquetadas. A un extremo del farallón, estaba apilado el equipo de minería en
un grupo desordenado. Había un montón de mineral de rechazo donde Grantline lo
había ordenado tirar después que su primer proceso simple de refinado le
hubiera producido como desecho. Las escorias del mineral yacían como copos de
polvo gris esparcidos por las laderas del farallón. Camiones y vagonetas de
mineral se veían vacíos, evidencia muda de semanas y meses de trabajo que
habían realizado estos obreros con yelmo, luchando sobre este mundo sin aire y
hosco.
Pero
todo había terminado. El mineral catalizador estaba suficientemente
concentrado. Estaba (este tesoro) en una pila de setenta pies, detrás de un
colgadizo de glassite, con una jaula de alambres sobre él y una barrera
aislante que ocultaba su presencia.
La
barraca del mineral estaba a oscuras, pero los otros dos edificios estaban
iluminados. Y había pequeñas luces montadas a intervalos por el campamento y al
borde del farallón. Una escalerilla, con unas diminutas plataformas a unos
veinte pies una por encima de la otra, colgaban precariamente sobre la pared
del farallón, y bajaba los quinientos pies hasta el suelo del cráter; y, detrás
del campamento, subía por la dentada cara del acantilado hasta la altura
superior del borde, donde estaba situada la pequeña plataforma del
observatorio.
Tal
era el aspecto interior del campamento del tesoro de Grantline al comienzo de
esta noche lunar, cuando, sin conocimiento de Grantline o de sus. hombres, el
Planetara, con sus bandidos, se aproximaba. La noche había adelantado quizás un
sexto. Era de noche cerrada. Ni un asomo de una nube que ocultara el brillante
cielo estrellado. El cuadrante de la Tierra colgaba inmóvil como una gigante
luna madura sobre el cráter de Grantline. Una Tierra brillante, aunque no
hubiera aire en esta superficie lunar para propagar su luz. Solamente un
resplandor que se mezclaba con los focos de luz azul de los tubos sobre los
postes, a lo largo del farallón, y las radiaciones de los edificios iluminados.
Por
ninguna parte se veían indicios de movimiento en el silencioso campamento.
Entonces la puerta de presión regulada, en un extremo del edificio principal,
abrió sus diminutos cierres. Una figura inclinada salió. Se cerró la puerta. La
figura se enderezó y miró en torno del campamento. ¡Aspecto grotesco y
abotagardo de un hombre! Con yelmo, con capucha en domo redonda, que sugería un
antiguo buzo de los mares, y sin embargo tan engafado y protegido como un
guerrero con una máscara antigás del siglo veinte.
Se
paró ahora y desconectó los pesos metálicos que llevaban en los zapatos.
Luego
se irguió de nuevo, y con pasos de gigante fue saltando a lo largo del
farallón. ¡Una figura fantástica en la penumbra iluminada de azul! El sueño de
un niño, de rocas y precipicios y extrañas luces con una sola figura monstruosa
con botas de siete leguas.
Fue
a lo largo del borde con sus pasos de veinte pies, inspeccionó las luces, e
hizo algunos ajustes. Volvió y trepó con ágiles saltos por la escalerilla
gatera hasta el domo, en la cima del cráter. Una luz brilló allá arriba y luego
se extinguió.
Después
de un momento la figura enmascarada y protegida bajó saltando. El centinela del
exterior de Grantline hacía sus rondas. Regresó al edificio principal. Apretó
los pesos sobre los zapatos e hizo la señal.
Los
cierres se abrieron y la figura entró.
Era
el principio de la velada. Después de la hora de la comida y antes de la de
dormir, de acuerdo con la rutina del campamento que Grantline estaba
manteniendo. Las nueve de la tarde, hora terrestre de América Oriental,
registrada ahora por su cronómetro de la Tierra. En la sala de estar del
edificio principal, Johnny Grantline estaba sentado con una docena de sus
hombres dispersos por la habitación, matando el tiempo de la mejor manera que
podían durante las solitarias horas.
—Todo
como siempre. ¡Esta maldita Luna! Cuando volvamos a casa... si alguna vez lo
hacemos...
—Di
lo que quieras, Wilks. Pero gastarás tu parte de las láminas de oro y darás
gracias a tu constelación de que tuvieras la oportunidad de ganarlo.
—¡Déjalo
solo! Vamos, Wilks, echa una mano aquí. Este juego es aburrido para sólo tres.
El
hombre que había estado fuera apartó su yelmo y lo dejó descuidadamente sobre
el suelo, y soltó el traje.
—Vaya,
sacadme de aquí. No, no jugaré. No sé jugar a vuestro maldito juego sin apostar
nada.
Se
oyó una carcajada cuando Johnny Grantline le dirigió una penetrante mirada
desde donde estaba sentado, leyendo, en una esquina de la habitación.
—Órdenes
del jefe. No se toleran aquí jugadores de láminas de oro.
—Juega
una partida, Wilks —dijo suavemente Grantline—. Todos sabemos que es infernal
esto de estar sin hacer nada.
—Le
ha dado la luz de la Tierra —rió otro hombre—. Jefe, le digo que no deje salir
a ese individuo, Wilks, por la noche.
Un
grupo de hombres rudos aunque bonachones. Alegres y broncos en sus horas de
asueto. Pero había demasiado asueto aquí ahora. En los viejos tiempos, los
exploradores de las zonas polares habían tenido que competir con la inactividad
y la desesperación, pero a menos estaban sobre su mundo nativo. La hosquedad de
la Luna estaba corroyendo el valor de los hombres de Graníline: la irrealidad
de aquí, lo fantástico, aquellos horribles precipicios, el mortal silencio. Las
noches de casi dos semanas de tiempo en la Tierra, congelada por la mortal
frigidez del espacio. Los días de cielo negro, estrellas brillantes y llameante
el Sol, sin atmósfera que difundiera las radiaciones caloríficas de éste, tan
ligera sobre la desnuda superficie lunar que la temperatura exterior siempre
permanecía fría. Y día y noche siempre el amado disco de la Tierra colgando
inmóvil arriba, cerca del cénit. Desde el más fino creciente hasta Tierra
llena, luego de nuevo en menguante.
Todo
tan anormal, tan irracional y tan inquietante para los sentidos humanos.
Habiendo
acabado el trabajo de minería, la irritabilidad atacó a los hombres de
Grantline. Y tal vez, dado que la mente humana es una cosa tan maravillosa y
compleja, sentían aquellos hombres una sensación indefinible de desastre.
Johnny Grantline lo sentía. Pensó en ello ahora mientras estaba sentado en la
esquina de la habitación y observaba cómo forzaban a Wilks a una partida, y
sintió una fuerte premonición dentro de él. ¡Una irracional depresión
siniestra! Quitando el accidente que había inutilizado su pequeña nave
espacial, cuando había llegado a este pequeño agujero de cráter, su expedición
había ido bien. Sus instrumentos y la información que tenía de anteriores
exploradores, le habían permitido descubrir la veta catalizadora con solamente
un mes de búsqueda.
La
veta ahora estaba exhausta; pero el tesoro estaba aquí... ¡suficiente para
abastecer todas las necesidades de su Tierra! No quedaba nada sino esperar por
el Planetara. Los hombres estaban hablando de eso.
—Ahora
debe de estar bien a la mitad de camino de Ferrok-Shahn. ¿Cuándo se imaginan
que estará de vuelta para hacernos la señal?
—Dentro
de veinte días. Recogeremos su señal dentro de tres semanas. ¡Acuérdense de lo
que digo!
—Tres
semanas. ¡Dame sólo tres semanas de razonable salida y puesta de sol! ¡Esta
maldita Luna! Quieres decir, Williams, la próxima luz del sol.
—¡Ja!
Está inventando un lenguaje lunar. Llegarás a ser un hombre de la Luna.
Ole
Swenson, el enorme individuo rubio de los fiordos escandinavos, llegó y se tiró
al lado de Grantline.
—Creo
que se envenenan sin suficiente trabajo que hacer, jefe...
—Tres
semanas no es mucho tiempo. Ole.
—No.
Puede que no.
Desde
el otro lado de la habitación alguien estaba diciendo:
—Si
el Comet no se hubiera aplastado, maldito sea yo, pero pediría al jefe que
permitiera a algunos de nosotros volver con él.
—Cierra
el pico, Billy. Se aplastó.
—Todos
estuvisteis de acuerdo con las cosas como son —dijo Johnny con seguridad—.
Todos nosotros corrimos los mismos riesgos... voluntariamente.
Este
Johnny Grantline era un individuo pequeño y dinámico. Con poco aguante algunas
veces, pero siempre justo, y un perfecto conductor de hombres. De estatura era
casi tan pequeño como Snap, pero era de constitución fuerte, limpiamente
afeitado, ojos penetrantes, rostro de mandíbula cuadrada y un montón de pelos
oscuros despeinados. Un hombre de treinta y cinco años, aunque la decisión de
sus ademanes y el tranquilo dominio de su voz le hicieran parecer más viejo. Se
irguió ahora, inspeccionando la habitación de glassite iluminada de azul, con
su techo bajo próximo a las cabezas. Tenía las piernas arqueadas y en
movimiento parecía deslizarse con un andar de piernas rígidas, como el de
algunos capitanes de naves del mar de los tiempos pasados sobre la cubierta de
su oscilante barco. ¡Una figura de curioso aspecto! Camisa y pantalones de
gruesa franela, botas fuertemente pesadas y un voluminoso cinturón cargado de
metal en torno a la cintura.
—Cuando
llegue el tiempo de dividir este tesoro, todo el mundo se sentirá feliz, Ole
—dijo sonriendo a Swenson.
El
tesoro se había calculado ser el equivalente de noventa millones en láminas de
oro. Ciento diez millones en bruto, tal como estaba ahora, con veinte millones
a deducir por las Refinerías Federadas por reducirlo al grado común de uso
comercial. Noventa millones, con solamente un millón y medio para pagar los
gastos de la expedición y otro millón por la parte del Planetara. Un hermoso
premio.
Grantline
caminó a lo largo de la habitación con su balanceante paso.
—Animo,
muchachos. ¿Quién está ganando ahí? Oíd, muchachos...
El
zumbador de audífono le interrumpió; una llamada del hombre de servicio en la
sala de instrumentos del próximo edificio.
Grantline
conectó el receptor. La sala quedó en silencio. Cualquier llamada era
desacostumbrada... nunca pasaba nada aquí en el campamento. la voz del hombre
de servicio sonó en toda la habitación.
—¡Se
reciben señales! No son claras. ¿Viene aquí, comandante?
—¡Señales!
Nunca
había sido la costumbre de Grantline el forzar una disciplina innecesaria. Y
por eso no hizo ninguna objeción cuando todos los hombres del campamento se
lanzaron a través del pasadizo de conexión. Se amontonaron en la sala de
instrumentos, donde el tenso hombre de servicio estaba sentado ante sus
receptores de radio. La pantalla parabólica estaba oscilante.
El
hombre de servicio levantó la vista y se encontró con la mirada de Grantline.
—Lo
puse en la más alta intensidad, jefe. Debemos recogerla.
—¿De
escala baja, Peter?
—Sí.
Los más débiles infrarrojos. Los estoy elevando a pesar de que gasta mucho de
nuestra energía.
—Cáptalos
—dijo Grantline secamente.
—Recibí
una ligera oscilación de televisión hace un minuto... luego se desvaneció. Creo
que es el Planetara.
¡Planetara!
Repitieron a coro el grupo de hombres. ¿Cómo podía ser el Planetara.
Pero
era. La llamada se recibía en este momento.
Inconfundiblemente
el Planetara volvía de su viaje a Ferrok-Shahn.
—¿A
qué distancia está, Peter?
El
vigilante consultó las agujas de la escala de su dial.
—¡Cerca!
Rayos infrarrojos muy débiles. Pero cerca. Aproximadamente a treinta mil
millas, tal vez. Es Snap Dean llamando.
¡El
Planetara estaba aquí, a treinta mil millas! La excitación y el placer inundó
la habitación. ¡Había sido esperado ansiosamente tanto tiempo el Planetara!
La
excitación se comunicó a Grantline. No era propio de él ser imprudente; sin
embargo, ahora, por algunas agradables circunstancias imprevistas, había vuelto
el Planetara antes de tiempo. ¡Ciertamente, qué incauto fue Grantline!
—Levantad
la protección.
—Voy
yo. Mi traje está aquí.
Un
voluntario deseoso se abalanzó fuera de la protección.
—¿Puedes
emitir, Peter? —preguntó Grantline.
—Sí.
Con más potencia.
—Utilízala.
Johnny
dictó el mensaje de su situación que nosotros recibimos. En su excitación
olvidó el código secreto.
Pasó
un intervalo. No venía ningún mensaje de nosotros... sólo la señal de rutina de
Snap en los débiles infrarrojos, que nosotros confiábamos que Grantline no
recibiría.
Los
hombres amontonados en la sala de instrumentos alrededor de Grantline esperaban
en silencio, tensos. Entonces Grantline probó con la televisión de nuevo. Su
corriente debilitó las luces con la toma de los distribuidores, y enfrió la
habitación con un repentino escalofrío mortal mientras que el sistema de
aislamiento Brentz bajaba.
El
hombre de servicio parecía atemorizado.
—Reventará
nuestras paredes, comandante. La presión interna...
—Nos
arriesgaremos.
Recogieron
la imagen del Planetara. Brillaba claramente sobre la rejilla... la porción de
campo estrellado con una burbuja de la forma de un diminuto cigarro. Lo
suficientemente clara para ser inconfundible. ¡El Planetara! Ahora aquí, sobre
la Luna, casi directamente por encima de las cabezas, situado en lo que en la
escala del altímetro indicaba ser una fracción por debajo de las treinta mil
millas.
Los
hombres miraban en silencio. Venía el Planetara...
Pero
la aguja del altímetro permanecía inmóvil. El Planetara se sostenía inmóvil.
Un
bloqueo repentino recorrió la habitación. Los hombres permanecían con pálidos
rostros mirando fijamente la imagen del Planetara, y a la aguja del altímetro.
Ahora se movía. El Planetara estaba descendiendo. Pero no con un balanceo
ordenado.
La
pantalla lo mostraba claramente. La proa dirigida hacia arriba. Luego hacia
abajo. Pero al cabo de un momento osciló de nuevo y se volvió parcialmente de
revés. Se enderezó. Luego se balanceó de nuevo, como si estuviera borracho.
¡El
Planetara, sin control, caía!
Capítulo
XXI
En
el Planetara, dentro de la sala de radio, Moa seguía apuntando con su arma a
Snap y a mí. Miko sostenía a Anita, triunfante y posesivo. Entonces, mientras
ella luchaba, una rara amabilidad invadió a este extraño gigante marciano. Tal
vez la amaba realmente. Cada vez que lo recuerdo me parece así.
—Anita,
no me temas —la sostenía apartado de él—. No te haré daño, deseo tu amor —le
asaltó la ironía—. Y yo que creía que te había matado... Pero sólo fue a tu
hermano.
Se
volvió parcialmente. Me daba cuenta de cuan alerta estaba su atención. Hizo una
mueca.
—Contentos,
Moa. No les permitas que hagan ninguna tontería... ¿De forma, pequeña Anita,
que estabas disfrazada para espiarme? Eso estuvo mal que lo hicieras...
Anita
no había hablado. Se mantenía tensa y apartada de Miko. Me había lanzado una
mirada, sólo una. ¡Qué horrible problema había ocasionado esta catástrofe!
El
final del mensaje de Grantline había pasado desapercibido para todos nosotros.
Permanecimos tensos.
—¡Miren!
¡Grantline otra vez! —dijo bruscamente Snap.
Pero
las pantallas estaban ya inmóviles. Como no teníamos mecanismo de registro, el
resto del mensaje se había perdido.
No
recibimos ningún mensaje posterior. Hubo un intervalo mientras Miko esperaba,
sosteniendo a Anita en el hueco de su enorme brazo.
—Tranquila,
pajarito. No me temas. Tengo trabajo que hacer. Anita, ésta es nuestra gran
aventura. Seremos ricos, tú y yo. Todos los lujos que estos mundos puedan
ofrecer... todos para nosotros, cuando esto haya terminado. ¡Cuidado, Moa! Este
Haljan no tiene sentido común.
Bien
podía decirlo. ¡A mí, que había tenido tan poco sentido como para permitir que
nos viniera encima todo esto!
El
arma de Moa me empujó. Su voz siseó con todo el veneno de un reptil furioso.
—¡Así
que éste era tu juego, Gregg Haljan! ¡Y yo fui tan ciega como para confesar mi
amor por ti!
—¡No
te muevas, Gregg! Está desbordada —susurró Snap a mi oído. Ella lo oyó y se
volvió a él.
—Hemos
perdido a George Prince, parece. Bien, sobreviviremos sin sus conocimientos
científicos. Y tú, Dean..., y este Haljan, fijaros en mí... ¡mataré a ambos si
ocasionan algún problema!
—¡No
los mates todavía, Moa! —se estaba recreando Miko—. ¿Qué fue lo que Grantline
dijo? Cerca del cráter de Arquímedes. Condúzcanos abajo, Haljan. Aterrizaremos.
Hizo
señales a la torreta, le dio a Coniston el mensaje de Grantline y abajo a Hahn.
La noticia se extendió por el barco, los bandidos estaban jubilosos.
—Aterrizaremos
ahora, Haljan. Venga, Anita y yo iremos con usted al puente.
—¿Para
qué destino? —logré decir.
—Cerca
de Arquímedes. La ladera de los Apeninos. Manténgase bien apartado del
campamento de Grantline. Probablemente lo divisemos mientras descendemos.
No
había necesidad de trayectoria. Ahora estábamos casi sobre Arquímedes. Podía
dejarnos caer guiándonos por la vista y los instrumentos. Mi mente era un
torbellino de confusos pensamientos. ¿Qué podríamos hacer ahora? Me encontré
con la mirada de Snap.
—Llévanos
abajo, Gregg —dijo quedamente.
Asentí.
Aparté a un lado el arma de Moa.
—No
necesitas de eso...
Fuimos
al puente de mando. Moa me observaba a mí y a Snap. Una torva y fría amazona.
Evitaba el mirar a Anita, a quien Miko ayudaba a bajar las escalerillas con una
extraña mezcla de amabilidad cortesana e ironía divertida. Coniston miró
fijamente a Anita.
—Oiga,
¿no es George Prince? La chica...
—No
hay tiempo para explicaciones —ordenó Miko—. Es la chica disfrazada, como si
fuera su hermano. Baje, Coniston. Haljan, llévenos abajo.
El
asombrado inglés continuaba mirando fijamente a Anita, pero arguyó:
—Pretendo
decir que, ¿adonde en la Luna? ¿No para encontrarnos a Grantline
inmediatamente, Miko? Nuestro equipo no está dispuesto.
—Naturalmente
que no. Aterrizaremos bastante apartados...
De
mala gana nos abandonó Coniston. Tomé los controles. Mike sostenía todavía a
Anita como si fuera una niña; se sentó a mi lado.
—Le
vigilaremos, Anita. Es un individuo competente en esta clase de trabajo.
Di
la señal para la fijación de las placas de gravedad. La respuesta debía de
haber venido de abajo al cabo de un segundo o dos, pero no llegó. Miko me
observaba con sus grandes cejas levantadas.
—Dé
la señal de nuevo, Haljan.
La
repetí. No hubo contestación. El silencio era agorero.
—Ese
maldito Hahn. ¡Toque de nuevo! —susurró Miko.
Envié
la llamada imperativa de emergencia.
No
hubo contestación. Un segundo o dos. Luego, todos nosotros estábamos
sobresaltados. Traspasados. De abajo llegó un repentino siseo. Sonó en el
puente de mando, venía de la rejilla de llamada de la sala de maniobra. El
siseo de las válvulas neumáticas de las placas de maniobra de la sala de
control. ¡Las válvulas se estaban abriendo, maniobrando automáticamente las
placas para colocarse en la posición neutra de desconectadas!
Hubo
un instante de silencio sobrecogedor. Miko podía haber comprendido el,
significado de lo que había ocurrido. Ciertamente, Snap y yo lo comprendimos.
Cesó el siseo. Agarré la llave de maniobra de la placa de emergencia que
colgaba sobre mi cabeza. ¡Su disco no funcionaba! Las placas estaban muertas y
neutras. ¡En la posición en que se fijan solamente cuando estamos en el puesto!
¡Y sus mecanismos de maniobra eran imperativos!
—¡Estamos
en inactivo! —me puse en pie.
El
disco de la Luna se movía visiblemente, mientras el Planetara daba bandazos. La
bóveda de los cielos se balanceaba lentamente.
Miko
soltó un fuerte juramento:
—¡Haljan!
¿Qué es esto?
Los
cielos giraban con una gigantesca caída. La Luna estaba sobre nosotros. Osciló
en un arco vertiginoso. Encima, luego detrás de nuestra popa; debajo de
nosotros, luego apareciendo por encima de nuestra proa.
El
Planetara giró sobre sí mismo. Se puso de punta. Giró un extremo sobre el otro.
Durante
un momento, pensé que todos nosotros, en el puente de mando, estábamos
clavados. El disco de la Luna, la Tierra, el Sol y todas las estrellas, pasaban
oscilando por nuestras ventanas horriblemente vertiginosas. El Planetara
parecía dar bandazos y tropezar. Pero solamente era un efecto óptico. Miré
fijamente con torva determinación a mis pies. El puente parecía inmóvil.
¡Luego
miré de nuevo aquel horrible balanceo de todos los cielos! Y la Luna, mientras
pasaba, parecía crecer. ¡Estábamos cayendo! ¡Sin control, atraídos por la
fuerza de la gravedad!
—Ese
maldito Hahn...
Había
pasado solamente un momento. Mi ilusión de que el disco de la Luna estaba
aumentando era sólo un horror de mi imaginación. No habíamos caído lo
suficiente cerca para eso.
Pero
estábamos cayendo. A menos que pudiera hacer algo, nos aplastaríamos sobre la
superficie lunar. Anita muerta en el puente de mando: el fin de todas las
cosas... de todas las esperanzas. Me puse en acción. Tartamudeé:
—¡Miko,
usted permanezca aquí! Los controles no marchan. Esté aquí y sostenga a
Anita...
Pasé
por alto el arma de Moa. Snap la apartó a un lado.
—Estamos
cayendo, estúpidos... Déjennos solos.
—¿Puede
usted... detenernos? —tartamudeó Miko—. ¿Qué ocurrió?
—No
lo sé...
Desde
la rejilla del audífono resonó la voz de Coniston.
—Oiga,
Haljan, algo va mal. Hahn no da la señal.
El
vigía de la torreta de proa estaba aferrado a nuestra ventana. Sobre la
cubierta, debajo de nuestro castillete apareció un miembro de la tripulación,
permaneció balanceándose un momento, luego gritó y corrió tambaleándose, a la
ventura. Desde los corredores inferiores del casco resonaban en nuestras
rejillas las pisadas de pies corriendo. El pánico entre la tripulación se
estaba extendiendo por toda la nave. Había un caos bajo cubierta.
Tiré
de la palanca de emergencia de nuevo. Inactiva...
—Snap,
debemos bajar. Las señales. La voz de Conisten llegó como un alarido por la
rejilla: «Hahn está muerto. ¡Los controles están rotos!»
—¡Miko,
sostenga a Anita! —grité—. ¡Vamos, Snap!
Nos
agarramos a las escalerillas. Snap iba detrás de mí.
—¡Cuidado,
Gregg! ¡Santo Dios!
¡Este
loco girar! Traté de no mirar. La cubierta debajo de mí era un borroso
calidoscopio de oscilantes parches de luz de la luna y sombras.
Alcanzamos
la cubierta. Parecía como si desde la torreta la voz de Anita nos siguiera:
«¡Tened cuidado!»
Una
vez dentro de la nave, nuestros sentidos se fijaron. Fuera de la vista de los
cielos girando y oscilando, solamente los gritos y pisadas de la tripulación,
presa de pánico, indicaban que ocurría algo raro. Eso y la falsa sensación de
balanceo ocasionada por el latido de la gravedad... una atracción mayor cuando
la Luna estaba debajo de nosotros para combinar sus fuerzas con nuestros
magnetizadores; un aligeramiento, cuando estaba encima. ¡Un balanceo de péndulo
palpitante!
Bajamos
corriendo la pasarela del corredor. Un miembro de la tripulación con el rostro
pálido vino corriendo hacia nosotros.
—¿Qué
ha ocurrido, Haljan? ¿Qué ha ocurrido?
—¡Estamos
cayendo! —le agarré—. Vamos abajo. Venga con nosotros.
Pero
se apartó de mí con una sacudida.
—¿Cayendo?
Un
camarero llegó apresurado.
—¿Cayendo?
¡Dios mío!
Snap
se volvió a ellos.
—¡Vayan
delante de nosotros! Los controles manuales... son nuestra única posibilidad...
¡necesitamos a todos los hombres en las bombas del compresor!
Pero
era el instinto el que impulsaba a intentar subir a cubierta, como si aquí
abajo fueran ratas atrapadas en un cepo. Los hombres se libraron de nosotros y
corrieron. Sus gritos de pánico resonaron a través de los corredores en
penumbra débilmente iluminados de azul.
Coniston
salió balanceándose de la sala de controles.
—Oiga...
¡Cayendo! ¡Haljan, Dios mío, mire!
Hahn
estaba tirado, junto al panel de llaves de las placas de gravedad. Extendido,
boca abajo. Muerto. ¿Asesinado? ¿O un suicidio?
Me
incliné sobre él. Sus manos agarraron la llave principal. Su mano derecha la
había sujetado, soltándola. Y su mano izquierda había alcanzado y roto la
frágil línea de tubos que intensificaban la corriente de los accionadores
neumáticos de las placas. ¿Un suicidio? ¿Con su última locura había determinado
matarnos a todos? ¿Por qué?
¡Entonces
vi lo que había matado a Haljan! ¡No era suicidio! ¡En su mano agarraba un
pequeño jirón de tela negra, un trozo rasgado de una capa invisible!
Snap
estaba armando los compresores de mano. Si podía devolver la presión a los
tanques...
Me
volví a Conisten.
—¿Está
usted armado?
—Sí
—tenía el rostro pálido y confuso, pero no estaba presa del pánico. Me mostró
un cilindro de rayos térmicos—. ¿Qué quiere usted que haga?
—Busque
a los tripulantes. Consiga todos los que pueda. Tráigamelos aquí para que
trabajen en las bombas.
Salió
disparado. Snap le gritó:
—¡Mátelos
si protestan!
La
voz de Miko resonó procedente de la rejilla del puente.
—¡Caemos!
¡Haljan, usted puede verlo ahora! ¡Deténganos!
Momentos
desesperados. ¿O fue una hora? Conisten trajo a los hombres. Permaneció delante
de ellos con el arma amenazadora.
Teníamos
todas las bombas en marcha. La presión se elevó un poco en los tanques.
Bastante para maniobrar una placa de proa. Lo intenté. La placa, lentamente,
fue a situarse en la nueva combinación. Una repulsión de la gravedad sólo en la
punta de la proa.
—¿Hemos
parado de oscilar? —pregunté a Miko por las señales.
—No.
Pero va más lento.
Podía
sentir aquel balanceo de la gravedad. Pero ahora no era firme. Cojeaba. La
tendencia de nuestra proa era de levantarse.
—Más
presión, Snap.
Uno
de la tripulación se rebeló y trató de fugarse de la habitación.
Coniston
le derribó de un disparo.
Maniobré
otras placas de proa. Después dos en la popa. Las placas de la popa parecían
moverse más ligeras que las otras.
—Maniobra
con todas las placas de popa —aconsejó Snap.
Lo
intenté. Cesó el balanceo. Miko gritó:
—Estamos
con la proa hacia abajo. ¡Caemos!
Pero
no caímos libremente. La atracción de la gravedad de la Luna estaba más que
medio neutralizada.
—Subiré,
Snap, y probaré con los motores. ¿No te importa quedar aquí abajo? ¿Ejecutar
mis señales?
—¡Tú,
idiota! —me agarró un hombro. Sus ojos relucían, su rostro estaba ojeroso, pero
sus pálidos labios se curvaban en una sonrisa.
—Pudiera
ser un adiós, Gregg. Caeremos... luchando.
—Sí.
Luchando. Coniston, usted mantenga la presión alta.
Con
los tubos rotos se necesitaba casi toda la presión para mantener las pocas
placas que yo había accionado. Una se deslizó atrás de nuevo a la posición
neutra. Pero las bombas recuperaron terreno y volvió a su posición.
Me
abalancé sobre cubierta. ¡Oh, qué cerca estaba la Luna ahora! ¡Tan
horriblemente cerca! Las sombras de la cubierta parecían fijas, aunque la
superficie de la Luna nos iluminara a través de las ventanas de proa.
Aquellos
horribles minutos últimos fueron confusos. Y siempre estaba el rostro de Anita.
De cara a la muerte, Miko estaba sentado rígido. Moa también, sentada a un
lado, miraba fijamente.
Anita
se deslizó hacia mi.
—Gregg,
querido. El fin...
Probé
las máquinas electrónicas de la popa, haciéndolas funcionar en marcha atrás.
Los chorros de su luz relucieron en la popa, hacia adelante a lo largo del
casco, saliendo por nuestra proa hacia la superficie de la Luna. Pero aquí no
había atmósfera que ofreciera resistencia. Tal vez los chorros electrónicos
pararon nuestra caída un poco. Las bombas nos proporcionaron presión justo en
los últimos minutos para poder deslizar las placas del casco.
Pero
nuestra proa permanecía hacia abajo. Nos deslizábamos como un cohete consumido
que cayera.
Recuerdo
con horror aquella superficie lunar que aumentaba. Las fauces de Arquímedes
abriéndose desmesuradamente. Una burbuja. Aumentando hasta ser un gran hoyo.
Luego vi que era un lado, subiendo velozmente.
—Gregg,
querido..., adiós.
Me
rodeó con sus suaves brazos. Era el fin de todo para nosotros. Me recuerdo
murmurando: «No caemos libres, Anita. Algunas de las placas del casco están en
posición.»
Mis
diales me mostraron que otra placa había maniobrado, deteniéndonos un poco más.
¡El bueno del viejo Snap!
Calculé
cuál era la mejor placa para hacerla maniobrar la próxima. La deslicé.
Todo
se borró excepto la sensación de los brazos de Anita en torno mío.
—Gregg,
cariño...
El
fin de todas las cosas para nosotros...
Pasaron
rápidamente hacia arriba rocas de un negro grisáceo.
Capítulo
XXII
Abrí
los ojos en un mar de confusiones. Me dolía un hombro... el dolor lo
atravesaba. Algo como un peso estaba encima de mí. Parecía que no podía mover
mi brazo izquierdo. Entonces lo moví y me dolió. Estaba tirado retorcido. Me
senté. Y como un torrente me vino la memoria. Ya habíamos pasado el choque y
estaba vivo. Anita...
Estaba
tirada a mi lado. Había un poco de luz aquí, en la tiniebla silenciosa... un
suave resplandor de la luz de la Tierra se filtraba por las ventanas. El peso
sobre mí era Anita. Yacía extendida, con la cabeza y los hombros a la mitad de
mi regazo.
¡No
estaba muerta! ¡Gracias a Dios! No estaba muerta, se movía. Sus brazos me
rodearon, y yo la levanté. La luz de la Tierra brilló sobre su pálido rostro.
—¡Ha
pasado, Anita! Hemos chocado y todavía estamos vivos.
La
sostuve como si todos los desbordantes peligros de la vida no tuvieran poder
para alcanzarnos.
Pero
en el silencio, mis inciertos sentidos volvieron a la realidad por un ligero
ruido que sonaba encima de mí. Un ligero siseo. El más suave de los susurros de
la respiración como un siseo. ¡Se escapaba el aire!
Aparté
a un lado los brazos de Anita, que me sujetaban.
—¡Anita,
esto es la locura!
Durante
unos minutos debimos de haber permanecido allí en el silencio de nuestro
abrazo. ¡Pero el aire se escapaba! El domo del Planetara se había roto y
nuestro precioso aire se escapaba siseando.
Me
invadió la total realidad de las cosas. No estaba seriamente herido. Descubrí
que podía moverme libremente y levantarme. Un hombro retorcido y el brazo
izquierdo inútil, pero estuvieron mejor al cabo de un momento.
Y
Anita no parecía estar herida. Tenía manchas de sangre, pero no parecía que
fuera suya.
Al
lado de Anita, extendido con la cara hacia abajo sobre la rejilla del puente de
mando, estaba la gigantesca figura de Miko. La sangre se extendía formando un
charco sobre su cara. Un charco que aumentaba.
Moa
estaba allí. Pensé que su cuerpo se crispaba; y luego quedaba rígido... ¡Qué
silencioso naufragio! A la tenue luz del castillo, destrozado, con sus dos
inmóviles figuras humanas rotas, parecían como si Anita y yo fuéramos dos
profanadores de cadáveres, rondando en busca de presa. Vi que el puente de
mando se había caído sobre la cubierta del Planetara y yacía aplastado contra
el lado del domo.
La
cubierta estaba en posición inclinada. ¡Un desorden de destrucción! Se veía una
figura humana deshecha... uno de la tripulación que, en el último momento,
debía de haber subido corriendo. La torreta de observación de proa estaba caída
sobre el tejado de la sala de derrota: en su revoltijo de metal creí que podía
ver las piernas del vigía de la torreta.
De
forma que éste era el final de la aventura de los bandidos. ¡El último viaje
del Planetara! ¡Qué pequeñas y fútiles son las luchas humanas! La arriesgada
empresa de Miko (tan malvado) lo llevó todo en unos pocos momentos a esta
tragedia silenciosa. El Planetara había caído treinta mil millas. Pero ¿por
qué? ¿Qué había ocurrido a Hahn? ¿Dónde estaba Conisten? ¿Abajo en este casco
roto?
¿Y
Snap? Repentinamente me acordé de Snap.
Me
aferré a mis sentidos amodorrados. Esta inactividad era la muerte. El aire que
escapaba me siseaba en los oídos. Nuestro precioso aire, escapando a la vacía
desolación de la Luna. A través de una de las retorcidas y dobladas ventanas
del domo, era visible una espiral de roca. El Planetara yacía con la proa hacia
abajo, encajado entre los dientes de horquilla de una roca lunar. Era un
milagro que el casco y el domo hubieran aguantado juntos.
—¡Anita,
debemos salir de aquí!
—Sus
cascos están en la sala de almacenaje de proa, Gregg.
Ella
estaba mirando fijamente a los caídos Miko y Moa se estremeció y volviéndose se
agarró a mí.
—En
la sala de almacenaje de proa, junto a la portañola de salida de emergencia.
¡Si
solamente pudieran funcionar los cierres de salida! Teníamos que encontrar a
Snap y conseguir salir de aquí. ¡Al bueno del viejo Snap! ¿Le encontraríamos
tirado muerto? Salimos gateando del retorcido puente de mando sobre la
destrozada y revuelta cubierta. No fue difícil. Sentíamos ligereza. Los
magnetizadores de gravedad del Planetara no funcionaban; ésta era solamente la
gravedad de la atracción lunar la que nos sostenía.
—Cuidado,
Anita. No saltes demasiado libremente.
Fuimos
a saltos a lo largo de la cubierta. El silbido de la presión del aire era como
la resonancia de un gong que nos avisara diciéndonos que nos apresuráramos. ¡El
silbido de la muerte tan próxima!
—Snap...
—susurré.
—¡Oh,
Gregg! ¡Rezo por que podamos encontrarlo vivo!
Con
un salto de quince pies pasamos una pila de sillas de cubierta rotas. Un hombre
estaba quejándose cerca de ellas. Le di la vuelta con prisa. ¡No era Snap! Era
un camarero. Había sido un bandido, pero ahora para mí era un camarero.
—¡Levántese!
Soy Haljan. De prisa, debemos escapar de aquí. ¡El aire está escapando!
Pero
cayó para atrás y permaneció rígido. No tenía tiempo para ver si podía
ayudarle: allí estaban Anita y Snap para salvarles.
Encontré
la entrada rota de uno de los pasadizos descendentes. Aparté los escombros a un
lado y dejé el paso libre. Con la fuerza de un gigante, con sólo esta gravedad
de la Luna para sostenerme, levanté un segmento roto de la superestructura y lo
empujé hacia atrás.
Anita
y yo descendimos el pendiente pasadizo. El interior de la nave destrozada
estaba en silencio y en penumbra. Una luz ocasional del pasadizo estaba todavía
encendida. El pasadizo y todas las habitaciones estaban en desorden. La
destrucción aparecía por doquier, pero el doble domo y la corza del casco
habían resistido el choque. Entonces me di cuenta que el sistema Erentz se
estaba parando. Nuestro calor, como nuestro aire, se escapaba, por radiaciones,
extendiéndose por todas partes un frío mortal. El silencio y el mortal frío de
la muerte pronto estarían aquí en estos destrozados corredores. El fin del
Planetara.
Deambulamos
como aves de presa. No vimos a Conisten. Snap había estado junto a las bombas
de maniobras. Le encontramos en el óvalo de una puerta. Estaba extendido.
¿Muerto? No, se movía. Se sentó antes que pudiéramos alcanzarle. Parecía
confuso, pero sus sentidos se aclararon con el movimiento de figuras ante él.
—¡Gregg!
¡Cómo, Anita!
—¡Snap!
¿Estás bien? Chocamos... el aire está escapando.
Me
empujó a un lado. Trató de ponerse en pie.
—Estoy
bien. Estaba derecho hace un minuto. Gregg, se está enfriando. ¿Dónde está
ella? La tuve aquí... no había muerto. Le hablé.
¡Irracional!
—¡Snap!
—lo sostuve, le sacudí—. ¡Snap, viejo compañero!
—Calma,
Gregg. Estoy bien —dijo con normalidad.
—¿Quién,
Snap? —Anita lo había agarrado.
—Ella...
ahí está ella...
¡Otra
figura estaba aquí! Sobre la rejilla del suelo, cerca del óvalo de la puerta.
Una figura parcialmente envuelta en una capa invisible rota y una capucha. ¡Una
capa invisible! Vi un rostro pálido con los ojos abiertos que me miraban.
—¡Venza!
—me incliné hacia abajo—. ¡Tú!
¿Venza
aquí? ¿Por qué... cómo...? Mis pensamientos oscilaron. Venza estaba aquí...
¿Muriendo? Sus ojos se cerraron, pero le susurró a Anita.
—¿Dónde
está? Le necesito.
—Aquí
estoy, Venza querida —le murmuré impulsivamente. Con suavidad, como uno podría
hablar con amable compasión para seguirle la corriente a uno que está
muriendo—. Aquí estoy, Venza.
Pero
era sólo la confusión del golpe en ella y sobre todos nosotros. Empujó a Anita.
«Lo necesito.» Me vio; ¡extravagante joven de Venus! Incluso aquí, mientras nos
reuníamos todos aturdidos por el encontronazo, confusos en la penumbra de la
destrozada nave, aproximándose un escalofrío de muerte..., incluso aquí, ella
podía bromear. Sus pálidos labios sonrieron.
—Tú,
Gregg. No estoy herida..., no creo que esté herida —se esforzó para levantarse
sobré un codo—. ¿Pensaste que te quería con mi último suspiro? ¡Qué engreído!
¡No era a ti, hermoso Haljan! Llamaba a Snap.
Él
se había agachado junto a ella.
—Estamos
bien, Venza. Se acabó. Debemos procurar salir de la nave. El aire se está
escapando.
Nos
reunimos en la puerta oval. Luchamos contra la confusión del pánico.
—La
portañola de salida es por aquí.
—¿Lo
era? —contesté a Snap—. Sí, eso creo.
La
nave de pronto me parecía desconocida a mí. Tan fría, tan sin vibraciones. Las
luces rotas. Estos corredores retorcidos y destrozados. Con las aberturas de
ventilación silenciosas, el aire se estaba volviendo fétido. Helado. Y
disminuía, al perderse la presión, rarificándose de forma que podía sentir el
alcance de él dentro de mis pulmones y las picaduras de alfiler en mis
mejillas.
Empezamos
a salir. Cuatro de nosotros, todavía vivos en esta silenciosa nave de muerte.
Mis confusos pensamientos trataron de hacer frente a todo. Venza estaba aquí.
Recordaba cómo ella me había mandado organizar un desorden cuando estuvieran
desembarcando los pasajeros sobre el asteroide. ¡Había llevado a cabo su
propósito! En medio de la confusión no había ido a tierra. Un polizón aquí. Se
había procurado la capa. Rondando en busca de presa, para tratar de ayudarnos,
se había encontrado con Hahn. Se había apoderado de su cilindro de rayos y le
había derribado, siendo ella misma derribada inconsciente por su acometida de
moribundo, que también había roto los tubos y destrozado el Planetara. Y Venza,
inconsciente, había estado tirada aquí con el mecanismo de su capa todavía
funcionando, de forma que no la vimos cuando llegamos y encontramos el motivo
por el que Hahn no contestara mi señal.
—Está
aquí, Gregg.
Snap
y yo levantamos la pila de equipo lunar al cual ella se refería. Localizamos
cuatro trajes y cascos y los mecanismos para hacerlos funcionar.
—¡Hay
más en la sala de derrota! —dijo Anita. Pero no necesitamos los otros. Vestí a
Anita y le indiqué sus mecanismos. Snap estaba ayudando a Venza. Estábamos
todos helados de frío; pero dentro de los trajes, y con el latido de sus
corrientes, el bendito calor volvió de nuevo.
Los
cascos tenían aberturas a través de las cuales podía tomarse alimento y bebida.
Me levanté con mi casco dispuesto. Anita, Venza y Snap estaban abotargados y
grotescos a mi lado. Habíamos encontrado alimento y agua aquí, dispuestos en
cajas portátiles que los bandidos habían preparado. Snap los levantó y me hizo
señas para indicarme que estaba preparado.
Mi
casco apagó todos los ruidos, excepto mi propia respiración, los latidos de mi
corazón y el murmullo del mecanismo. El calor y el aire puro eran buenos.
Llegamos
hasta los cierres de las puertas del casco. ¡Funcionaba!
Pasamos
por ellas a la luz de las lámparas de nuestros cascos.
Detrás
de nosotros los cerré: un instinto por mantener el aire en la nave para los
otros seres humanos atrapados que yacían allí.
Nos
bajamos deslizándonos por el resbaladizo casco del Planetara. Nos sentíamos
ingrávidos, irracionalmente ágiles con esta ligera gravedad. Caí desde unos
doce pies y aterricé con apenas una sacudida.
Estábamos
fuera, sobre la superficie lunar. Una gran rampa pendiente de peñascos se
extendía por delante de nosotros. Rocas negro-grisáceas, teñidas por la luz de
la Tierra. Ésta colgaba entre las estrellas, en la negrura, encima de nuestras
cabezas, como una enorme sección de una reluciente pelota amarilla.
¡Paisaje
torvo, desolado y silencioso! Después de la rampa, cincuenta pies por debajo de
nosotros, una desordenada planicie desnuda se extendía hasta borrarse a lo
lejos. Pero yo podía ver montañas que se erguían. Detrás de nosotros, la
dominante y hosca muralla de Arquímedes se recortaba contra el cielo.
Me
había vuelto para mirar otra vez al Planetara. Yacía roto, encajado entre dos
agujas erguidas de roca. Unas pocas de sus luces aún brillaban. ¡El fin del
Planetara!
Las
tres figuras grotescas de Anita, Venza y Snap habían emprendido la marcha.
Figuras jorobadas con los tanques montados sobre sus hombros. Salté y los
alcancé. Toqué el hombro de Snap y establecimos contacto por medio de los
audífonos.
—¿Qué
camino crees? —pregunté.
—Creo
que por aquí, bajar la rampa. Alejarse de Arquímedes hacia las montañas. No
deben de estar muy lejos.
—Tú
cuida de Venza. Yo sostendré a Anita.
—Pero
debemos de mantenernos cerca, Gregg.
Pronto
pudimos correr libremente. Bajamos la rampa y salimos a la desolada planicie.
Saltando, pasos a saltos grotescos. Las chicas eran más ágiles, más cuidadosas.
Pronto estuvieron conduciéndonos. El Planetara se fue borrando de nuestra
vista, en la distancia, detrás de nosotros. Arquímedes se erguía allí detrás.
Delante, las montañas se iban aproximando.
Una
hora tal vez, había perdido la noción del tiempo. De vez en cuando nos
parábamos para descansar, ¿íbamos hacia el campamento de Grantline? ¿Podrían
ellos ver nuestras diminutas luces oscilantes?
Otro
intervalo. Luego, delante de nosotros, sobre la dentada planicie, aparecieron
unas luces ¡Diminutos puntos de luz que se movían! ¡Luces de los cascos de
figuras con yelmos!
Corrimos
saltando monstruosamente. Un grupo de figuras estaban allí. ¿El equipo de
Grantline? Snap me agarró.
—¡Grantline!
¡Estamos a salvo, Gregg! ¡A salvo!
Se
quitó la lámpara de su casco; permanecimos en un grupo mientras la hacía
oscilar. Una señal de semáforo.
—¿Grantline?
Llegó
la respuesta: «Sí. ¿Usted, Dean?»
Su
clave personal. No había duda de esto... era Grantline, que había visto caer el
Planetara y había venido a ayudarnos.
Permanecí
entonces sosteniendo con mi mano a Anita y le musité:
—¡Es
Grantline! ¡Estamos a salvo, Anita, amor mío!
¡La
muerte había estado tan cerca! Aquellos horribles minutos últimos sobre el
Planetara nos habían desquiciado, nos habían mareado. Permanecimos temblando. Y
Grantline y sus hombres llegaron dando saltos fantásticos, figuras infladas.
Una
figura cubierta con un casco me tocó. Vi a través de los paneles del casco el
rostro serio de un joven de mandíbula cuadrada.
—¿Grantline?
¿Johnny Grantline?
—Sí
—dijo su voz a través de la rejilla dé mi oído—. Soy Grantline. ¿Es usted
Haljan? ¿Gregg Haljan?
Se
apelotonaron en torno nuestro, agarrándonos para oír nuestras explicaciones.
¡Bandidos!
Era asombroso para Johnny Grantline. Pero la amenaza la tenía encima ahora,
encima tan pronto como se diera cuenta de su existencia.
Permanecimos
durante un breve espacio de tiempo discutiéndolo. Luego me aparté a un lado,
dejando a Snap con Grantline. Y Anita se me unió. Sostuve su brazo de forma que
tuviéramos contacto por el audífono.
—¡Anita
mía!
—Gregg,
¡cariño!
Naderías
musitadas que significan tanto para los enamorados.
Mientras
permanecíamos en las fantásticas tinieblas de la desolación de la Luna, con la
bendita luz de la Tierra sobre nosotros, envié una oración de gracias. No
porque fuera salvado el enorme tesoro ni porque hubiera abortado el ataque a
Grantline, sino solamente porque Anita me había sido devuelta. En los momentos
de la mayor emoción, la mente humana se individualiza. Para mí, solamente
estaba allí Anita.
¡La
vida es muy extraña! La puerta para el reluciente jardín de nuestro amor
parecía abrirse de pronto de par en par para que entráramos. Y, sin embargo,
recuerdo que aún sentía un vago temor. ¿Una premonición?
Sentí
que me rozaban en el brazo. La visera de un casco estaba próxima al mío. Vi el
rostro de Snap observándome.
—Grantline
cree que deberíamos volver al Planetara. Pudiéramos encontrar a algún ser vivo.
—No
es más que humanidad... —me dijo Grantline tocándome.
—Sí
—asentí.
Retrocedimos.
Éramos unos diez... una línea grotesca de figuras saltando con lentos y fáciles
pasos sobre la dentada llanura sembrada de rocas. Nuestras luces bailaban
delante de nosotros.
Por
último, el Planetara apareció a la vista. Mi nave. De nuevo aquella punzada me
invadió cuando la vi. Éste, su último lugar de descanso. Yacía, allí, en su
tumba abierta, quebrantada, rota y sin aliento. Sus luces se habían apagado. El
sistema Erentz había cesado de latir... el corazón de la nave moribunda,
durante un rato latiendo débilmente, ahora descansaba.
Dejamos
a las dos chicas con algunos de los hombres de Grantline junto a la portañola
de entrada. Grantline y yo, con otros tres hombres, entramos. Allí todavía
parecía haber aire, pero no lo suficiente para que nos atreviéramos a quitarnos
los cascos.
Dentro
de la nave destrozada sólo eran tinieblas. Los corredores estaban negros. Las
salas de control estaban tenuemente iluminadas por la luz de la Tierra que se
esparcía por las ventanas. Era una tumba desordenada, fría y silenciosa por la
muerte. Tropezamos con una figura caída. Un miembro de la tripulación.
Grantline se enderezó después de examinarlo.
—Muerto
—dijo.
La
luz de la Tierra caía sobre aquella cara horrible. Carne hinchada, roja,
abotargada por la sangre que había rezumado por los poros en el aire
enrarecido. Miré a otro lado.
Proseguimos
adelante. Hahn yacía muerto en la sala de bombas. El cuerpo de Coniston debería
haber estado por allí cerca. No le vimos. Subimos a la inclinada y desordenada
cubierta. El aire casi se había ido totalmente.
De
nuevo Grantline me tocó en el brazo.
—¿Ese
es el puente de mando?
No
era para asombrarse que me preguntara. El choque lo había dejado todo informe.
—Sí.
Subimos
detrás de Snap y entramos en la destrozada sala del puente de mando. Pasamos
junto al cuerpo del camarero que había dejado moribundo cuando salimos de la
destrozada nave. Las piernas del vigía de proa aún asomaban grotescamente en la
destrozada torre del observatorio, el que yacía aplastado contra el tejado de
la sala de derrota.
Nos
empujamos dentro del puente de mando. ¿Qué era esto? ¡Aquí no había cuerpos!
¡El gigantesco Miko había marchado! El charco de sangre estaba congelado en un
oscuro borrón sobre la rejilla de metal.
¡Y
Moa había desaparecido! No estaban muertos. Se habían arrastrado a sí mismo
fuera de allí, luchando desesperadamente por la vida. Les encontraríamos por
alguna parte, por los alrededores.
Pero
no los hallamos. Ni a Conisten. Recordé lo que Anita había dicho: otros trajes
y cascos estaban allí en la próxima sala de derrota: Los bandidos los habían
cogido sin duda alguna junto con alimentos y agua y habían escapado de la nave,
siguiéndonos a través de las portañolas de entrada más bajas, solamente unos
pocos minutos después de que nos hubiéramos ido.
Realizamos
una búsqueda cuidadosa en toda la nave. Faltaban ocho de los cuerpos que
debieran de haber estado: Miko, Moa, Conison y cinco de la tripulación.
No
los encontramos fuera. Se estaban ocultando cerca de aquí, sin duda, más
deseosos de aprovechar sus oportunidades que de rendirse a nosotros ahora.
Pero, ¿cómo en toda esta desolación lunar, podríamos confiar en localizarlos?
—Es
inútil —dijo Grantline—. Debemos dejarlos marchar. Si desean la muerte, bien la
merecen.
Pero
nosotros estábamos salvados. Luego, mientras permanecía allí me di cuenta de la
realidad. ¿Salvados? ¿No éramos en realidad unos tontos fatuos?
En
estos momentos, barridos por las emociones desde que habíamos encontrado a
Grantline, el recuerdo de la nave de bandidos que venía desde Marte no nos
había asaltado ni a Snap ni a mí.
Se
lo dije a Grantline ahora. Me miró fijamente.
—¡Qué!
Se
lo dije de nuevo. Estaría aquí dentro de ocho días. Totalmente tripulada y
armada.
—¡Pero
Haljan, nosotros no tenemos casi armas! Todo el espacio de mi Comet fue ocupado
con equipos y mecanismos para mi campamento. ¡No puedo hacer señales a la
Tierra! ¡Dependía del Planetara!
Se
estaba agitando sobre nosotros. ¿Pasará la amenaza de los bandidos? ¡Nos
estábamos ciegamente felicitando por nuestra tranquilidad! Pero pasarían ocho o
más días antes de que el distante Fenok-Shahn al no llegar el Planetara se
comentaría su falta. Nadie nos estaba buscando... nadie se preocupaba de
nosotros.
No
era de extrañar que el astuto Miko estuviese deseoso de aprovechar sus
posibilidades aquí en la desértica Luna. ¡Su nave, sus refuerzos, sus armas,
estaban viniendo rápidamente!
Y
nosotros estábamos indefensos. Casi desarmados. ¡Abandonados en la Luna!
Capítulo
XXIII
Inténtelo
de nuevo —apremió Snap—. ¡Dios mío, Johnny, tenemos que conectar con alguna
estación de la Tierra! ¡Arriésguese! Utilice la energía... a toda potencia.
¡Arriésguese!
Estábamos
reunidos en la sala de instrumentos de Grantline, el operador, con el rostro
pálido y ceñudo, estaba sentado junto a su transmisor. El personal de Grantline
se empujaba próximo a nosotros. Había muy pocos observadores en las estaciones
de gran potencia de la Tierra que supieran que un grupo explorador estaba en la
Luna. Tal vez ninguno de ellos. Los funcionarios del gobierno que habían
aprobado la expedición, Halsey y sus compañeros en la Oficina de Policía no
preveían problemas en este punto. Se suponía que el Planetara seguía bien en su
viaje hacia Ferrok-Shahn. Era cuando se le esperaba que volviera que Halsey
estaría alerta.
Grantline
utilizó su energía por encima con mucho de los límites de seguridad. Apagó las
luces, los intensificadores del telescopio y televisión fueron completamente
desconectados, los ventiladores se pararon momentáneamente, de forma que el
aire aquí, en la pequeña habitación, rápidamente se volvió fétido. Todo para
ahorrar gasto de energía para que el vital sistema Erentz pudiera sobrevivir.
Incluso
así, iba forzado hasta el punto de peligro.
Las
radiaciones de nuestro calor se perdían y el mortal frío del espacio penetraba.
—¡Otra
vez! —ordenó Grantline.
El
operador pasó la energía con rítmico latido. En el silencio los tubos siseaban.
La luz saltó a través de las hileras de prismas rotatorios, intensificada la
escala hasta que con un vago y casi imperceptible destello, dejó el último
espejo oscilante y saltó a través del domo superior al espacio.
—Basta
—dijo Grantline—. Desconéctalo. Por el momento lo dejaremos en eso.
Parecía
como si todos los hombres de la habitación hubieran estado conteniendo la
respiración en la fría oscuridad. Las luces se encendieron de nuevo; los
motores Erentz se aceleraron hasta llegar a su marcha normal. La tensión de las
paredes disminuyó y la habitación comenzó a calentarse.
¿Había
la Tierra percibido nuestro mensaje? No deseábamos consumir energía para
comprobarlo. Nuestros receptores estaban desconectados. Si una señal de
respuesta llegaba, nosotros no podíamos saberlo. Uno de los hombres dijo:
—Supongamos
que han captado nuestro mensaje —se rió, pero era una risa tensa, de tono
agudo.
No
osamos, incluso, utilizar el telescopio o la televisión, o el radio electrón.
Nuestra nave de rescate pudiera estar justo encima de nuestras cabezas, visible
a simple vista, antes de que la veamos. Tres días más... pensé, eso es lo que
daré.
Pero
los tres días pasaron y no llegó ninguna nave de rescate. La Tierra estaba casi
en lleno. Tratamos de hacer señales de nuevo. Tal vez llegaron... pero no lo
suponíamos. Ahora nuestra energía estaba más débil. La pared de una de las
habitaciones se agujereó y los hombres estuvieron muchas horas para repararla.
Yo no lo decía, pero ni una vez me pareció que nuestras señales fueran
recibidas en la Tierra. ¡Esas malditas nubes! La Tierra casi por todas partes
parecía tener una pobre visibilidad.
Cuatro
de nuestros ocho días de gracia habían pasado demasiado pronto. La nave de los
bandidos debía de estar ahora a la mitad de camino hacia acá.
Fueron
unos días atareados para nosotros. Si pudiéramos capturar a Miko y a su banda,
nuestro peligro sería menos inminente. Con el tesoro aislado, y nuestro campo
en la oscuridad, la nave de los bandidos que se aproximaba nunca nos
encontraría. Pero Miko conocía nuestra situación; haría señales a su nave,
cuando estuviera cerca, y la dirigiría hacia nosotros.
Durante
aquellos tres días (y los días que les siguieron), Grantline envió grupos de
búsqueda. Pero fue inútil. Miko, Moa y Coniston, con sus cinco subordinados, no
pudieron ser encontrados.
Habíamos
tenido una primera esperanza de que los bandidos pudieran haber perecido. ¡Pero
pronto fue descartada! Yo fui (aproximadamente el tercer día) con el grupo que
fue enviado al Planetara. Deseábamos rescatar algo de su equipo, y las unidades
no rotas de energía. Y Snap y yo habíamos desarrollado una idea que creíamos
pudiera ser de utilidad. Necesitábamos algunas de las secciones de las placas
de gravedad más pequeñas del Planetara. Las del pequeño y destrozado Comet de
Grantline habían permanecido tanto tiempo que sus radiaciones habían quedado
inútiles. Pero las del Planetara aún funcionaban.
Nuestras
esperanzas de que Miko hubiera perecido fueron desechadas. ¡Él también había
regresado al Planetara! La evidencia aparecía clara ante nosotros. El navío
había sido despojado de todas sus unidades de energía, excepto aquellas que no
funcionaban o estaban inútiles. También habían sido llevadas las últimas
existencias de alimentos y de agua. ¡Las armas de la sala de derrota... las
luces curvas de Benson, proyectores y rayos térmicos... habían desaparecido!
Pasaron
otros días. La Tierra llegó a llena y estaba palideciendo. El día catorce de la
noche lunar estaba en su segunda mitad y ninguna nave había venido desde la
Tierra. Habíamos cesado en nuestros esfuerzos de hacer señales, pues
necesitábamos toda nuestra energía para mantenernos a nosotros mismos. El
campamento estaría en estado de sitio antes de no mucho tiempo. Eso era lo
mejor que podíamos esperar. Teníamos algunas armas de corto alcance, tales como
Bensons, rayos térmicos y proyectores. Unos pocos pies de alcance efectivo era
lo más que podía obtener con cualquiera de ellos. Los rayos térmicos (en forma
gigante una de las más mortíferas armas de la Tierra) eran solamente de escasa
eficacia sobre la superficie sin aire de la Luna. Al dar con una superficie
intensamente fría, sus radiaciones de calor eran lentas en actuar. Incluso en
un destello de calor abrasador, un hombre, con su traje-casco Erentz podía
soportar el rayo durante varios minutos.
Estábamos,
sin embargo, bien equipados de explosivos. Grantline había traído un amplio
suministro para sus operaciones mineras, y mucho de ello estaba todavía sin
utilizar. Nosotros teníamos, también, una amplia existencia de fulminantes de
oxígeno y una gran variedad de cohetes de señales de oxígeno, en pequeños y
frágiles globos de cristal.
Snap
y yo estuvimos preparando nuestro proyecto con las placas de gravedad, a fin de
utilizar estos explosivos contra los bandidos. La nave pirata llegaría con
proyectores gigantes y unos treinta hombres. Si pudiéramos resistirles durante
algún tiempo, el hecho de la desaparición del Planetara nos proporcionaría
ayuda desde la Tierra. La tensión se había apoderado de nosotros, a pesar de
estar absorbidos por nuestras febriles actividades. Para ahorrar energía, el
campamento estaba casi a oscuras, y vivimos en habitaciones en penumbra y
frías, con sólo algunos débiles puntos de luz fuera para señalar al centinela
sus rondas No utilizamos el telescopio, pero apenas pasaba una hora que uno u
otro se sentara sobre una cruceta arriba, en el domo de la pequeña sala de
instrumentos, dirigiendo una tensa mirada investigadora a través de su lente al
negro firmamento estrellado. Una nave podía aparecer en cualquier momento
ahora... una nave de rescate desde la Tierra, o la de los bandidos desde Marte.
Anita
y Venza durante aquellos días podían ayudarnos muy poco, a no ser con sus
animosas palabras. Andaban por las habitaciones tratando de inspirarnos; de
forma que todos los hombres, cuando debieran de haber estado humanamente
taciturnos y maldiciendo su destino, se volvieron a una torva actividad, o una
fiera risa, burlándose del próximo asedio. La moral del campamento era ahora
perfecta. En verdad era una mejora sobre la inactividad de sus pacíficas
anteriores semanas.
Grantline
me lo mencionó:
—Les
ofrecemos una hermosa pelea, Haljan. Estos individuos de Marte sabrán que han
tenido una buena tarea antes de que puedan partir con el tesoro.
Yo
tenía momentos a solas con Anita, no necesito mencionarlo. Parecía como si
nuestro amor fuera frustrado por las estrellas y estuviera condenado por un
destino adverso. Y Snap y Venza deberían de sentir lo mismo. Entre los hombres,
siempre estamos tranquilos, ferozmente activos. Pero solos... Me encontré una
vez a Snap con sus brazos rodeando la pequeña joven venusiana. Le oí decir:
—¡Maldita
suerte! Que tú y yo fuéramos a encontrarnos el uno al otro demasiado tarde,
Venza. Pudimos habernos divertido muchísimo en el Gran Nueva York los dos
juntos.
—¡Snap,
nos divertiremos!
Y
mientras me volvía susurré: «Y quiera Dios que también nosotros, Anita y yo.»
Las
chicas dormían juntas en una pequeña sala del edificio principal. A menudo,
durante el sueño, cuando el campamento estaba silencioso, excepto por el
vigilante nocturno, Snap y yo nos sentábamos en el corredor cerca de la puerta
de las chicas, hablando de aquel tiempo en que estaríamos todos de vuelta sobre
nuestra bendita Tierra.
Nuestros
ocho días de gracia habían pasado. La nave de los bandidos tenía que llegar...
ahora, mañana, o el próximo día.
Recuerdo
que aquella noche mi sueño fue espasmódicamente intranquilo, Snap y yo teníamos
un cubículo juntos. Charlamos e hicimos fútiles planes. Me fui a dormir, pero
desperté al cabo de unas pocas horas. El inminente desastre me oprimía
fuertemente. ¡Pero no había nada de anormal ni de raro en aquello!
Snap
estaba dormido. Estaba intranquilo, pero no tuve el corazón para despertarlo.
Necesitaba el poco reposo que pudiera conseguir. Me vestí, dejé nuestro
cubículo y salí al corredor del edificio principal. Allí hacía frío y estaba
lóbrego, con las débiles luces azules. Un vigilante del interior se cruzó
conmigo.
—Como
de costumbre, Haljan.
—¿Nada
a la vista?
—No.
Están observando.
Atravesé
el corredor de conexión con el adyacente edificio. En la sala de instrumentos
varios hombres estaban reunidos, escudriñando la bóveda de encima.
—Nada,
Haljan.
Permanecí
con ellos un rato, luego fui a dar un paseo. Encontré al hombre del exterior
cerca del cierre de las cámaras de entrada del edificio principal. El de
servicio estaba sentado junto a sus controles, subiendo la presión del aire en
los cierres a través de los cuales el vigilante del exterior iba a entrar. Era
Wilks.
—Nada
todavía, Haljan. Voy a subir a la punta del cráter para ver si hay algo a la
vista. Quisiera que esa condenada nave de los bandidos hubiera venido y
hubiéramos terminado con esto.
Instintivamente
hablábamos a media voz, invadidos por la tensión.
El
hombre del exterior estaba pálido y ceñudo, pero le hizo una mueca a Wilks.
Intentó una broma familiar.
—¡No
permitas que la luz de la Tierra te domine!
Wilks
salió a través de la puerta... un proceso de no más de un minuto. Me alejé
caminando lentamente por los corredores.
Supongo
que fue una media hora más tarde que dio la casualidad que estaba mirando por
la ventana del corredor. Las luces, a lo largo del rocoso farallón, eran
diminutos puntos blancos. La parte de arriba de la escalerilla que conducía
abajo a los abismos del suelo del cráter era visible. La figura abotargada de
Wilks estaba precisamente subiendo. Le observé durante un momento como hacía
sus rondas. No se paró para inspeccionar las luces. Eso era la rutina y pensé
que era raro que las pasara de largo.
Pasó
otro minuto. La figura de Wilks se dirigió con lentos saltos hacia la parte de
atrás de la meseta donde la protección de glassite ocultaba el tesoro. Allí
estaba todo a oscuras. Wilks entró en la penumbra, pero antes de que lo
perdiera de vista, volvió. Como si hubiera cambiado de idea, se encaminó al pie
de la escalerilla que conducía arriba del farallón a donde, en el extremo
superior de este pequeño cráter, quinientos pies por encima de nosotros, estaba
encaramado el estrecho observatorio. Trepó con ágiles saltos con la luz de su
casco oscilando en la oscuridad.
Permanecí
observando. No podía decir por qué me parecía que había algo raro en las
acciones de Wilks, pero sin embargo me sorprendían. Le vi desaparecer sobre la
cumbre.
Pasó
otro minuto. Wilks no reaparecía. Pensé que podía distinguirse su luz sobre la
plataforma allá arriba. Luego, de pronto, un diminuto destello comenzó a
oscilar desde la plataforma del observatorio. ¡Brilló una vez o dos veces,
luego se apagó! Y ahora veía a Wilks claramente, derecho a la luz de la Tierra,
mirando fijamente hacia abajo.
¡Extrañas
atenciones! ¿Le había tocado la luz de la Tierra? ¿O era que había enviado una
señal local? ¿Por qué podría estar Wilks haciendo señales? ¿Qué estaba haciendo
con un helio de mano? Nuestros vigilantes sabían que no tenían razón para
llevar uno.
¿Y a
quién podría estar haciendo Wilks señales? ¿A quién, en medio de esta
desolación lunar? La respuesta me apuñaló: ¡A la banda de Miko!
Esperé
menos de un momento. No hubo más señales: ¡Wilks seguía todavía allá arriba!
Volví
a la cámara de entrada. Al lado del guardián aquí había cascos y trajes de
repuesto. Me miró con una mirada inquisidora.
—Voy
a salir, Frank. Sólo durante un momento —descubrí repentinamente que tal vez yo
era un tonto entremetido. Wilks, de todos los hombres de Grantline, gozaba, lo
sabía, de la mayor confianza de su jefe. La señal pudiera ser parte de su
rutina nocturna, sin que yo lo supiera.
Me
vestí rápidamente con un traje de Erentz y añadí:
—Permítame
salir. Me da la impresión de que Wilks está actuando de forma rara —me reí—.
Tal vez le ha tocado la luz de la Tierra.
Con
mi casco puesto, pasé la cámara de salida. Una vez fuera y cerrado el panel
externo detrás de mí, quité los pesos de mi cinturón y zapatos y apagué la luz
de mi casco.
Wilks
estaba todavía allá arriba. Aparentemente no se había movido. Salté a través de
la repisa hacia el pie de la escalerilla ascendente. ¿Me veía Wilks subir? No
podía decirlo. Según se aproximaba a las escaleras, la plataforma había quedado
fuera de mi línea de visión.
Subí
a saltos. En mi mano cubierta con un guante flexible llevaba mi única arma, un
pequeño proyector que disparaba cápsulas para uso en este exterior próximo al
vacío.
Sostenía
el arma delante de mí. Primero hablaría a Wilks. Subí lentamente los últimos
cien pies. ¿Estaba Wilks todavía allí? La cima aparecía bañada por la luz de la
Tierra. La pequeña plataforma de metal del observatorio apareció a la vista por
encima de mi cabeza.
Wilks
no estaba allí. Luego lo vi, derecho sobre las rocas próximas, inmóvil. Pero
inmediatamente me vio venir.
Agité
mi mano izquierda en un gesto de saludo. Me pareció como si se pusiera en
marcha, hizo como si fuera a saltar alejándose y luego cambiara de idea. Salí
lanzado desde la parte superior de la escalera y aterricé suavemente a su lado.
Le agarré su brazo para establecer el contacto del audífono.
—¡Wilks!
A
través de mi visera mi rostro parecía visible. Le vi y él me vio, y oí su voz:
—Usted,
Haljan. ¡Qué agradable!
No
era Wilks, sino el bandido Coniston.
Capítulo
XXIV
El
vigilante de las cámaras de salida permaneció mirando por su ventana y me
observaba con curiosidad. Me vio subir la escalerilla. Podía ver la figura del
que él pensaba era Wilks, derecho sobre la cima. Me vio unirme a Wilks y nos
vio trabarnos en un combate.
Durante
un breve instante, el vigilante permaneció sorprendido. Eran dos figuras
fantásticas, luchando en el mismo borde del abismo. Se veían empequeñecidas por
la distancia, alternativamente oscuras o brillantes según pasaban de las
sombras a la luz. El centinela no podía distinguir la una de la otra. ¡Para él
eran Haljan y Wilks luchando a muerte!
El
vigía saltó a la acción. Una sirena de alarma interior estaba en el panel
próximo a él y la hizo sonar frenéticamente.
Los
hombres vinieron precipitadamente, Grantline entre ellos.
—¿Qué
es esto? ¡Santo Dios, Frank!
Había
visto el silencioso y mortal combate de allá arriba sobre el farallón.
Grantline
permanecía presa de la consternación:
—¡Ese
es Wilks!
—Y
Haljan —tartamudeó el vigilante—. Salió... algo raro vio en las acciones de
Wilks...
El
interior del campamento era un torbellino. Los hombres, despertados de su
sueño, salían corriendo a los pasillos y haciendo preguntas a gritos.
—¿Un
ataque?
—¿Es
un ataque?
—¿Los
bandidos?
Pero
eran Wilks y Haljan que luchaban allá arriba sobre la roca. Los hombres se
agrupaban a las ventanas de ojo de buey.
Y
por encima de la confusión, la sirena de alarma, sin que nadie pensara en
pararla, seguía sonando.
Grantline,
momentáneamente paralizado, continuaba mirando. Una de las figuras se apartó y
saltó a la cima, desde la plataforma de la escalera en la que ambos habían
caído. La otra le siguió. Se trabaron de nuevo, oscilando junto al borde.
Durante un instante parecía como si fueran a caer; luego fueron hacia dentro,
quedando momentáneamente fuera de vista. Grantline recobró el juicio.
—¡Deténganlos!
¡Saldré a pararlos! ¡Qué estúpidos!
Se
estaba poniendo apresuradamente uno de los trajes Erentz.
—¡Desconecte
esa sirena!
En
un minuto Grantline estuvo preparado. El vigilante gritó desde la ventana:
—Calmen
a esos tontos. Por los infiernos... ¡Se matarán entre sí!
—Frank,
ábrame la salida.
—Iré
con usted, comandante —pero el voluntario no estaba equipado y Grantline no iba
a esperar.
El
centinela hizo girar su panel y el voluntario le entregó un arma a Grantline.
Grantline
aterrado dentro de su casco, cogió el arma. Adelantó unos pocos pasos dentro de
la cámara de aire que era la primera de las tres cámaras de presión. El panel
de su puerta interior giró abriéndose. ¡Pero la puerta no se cerró detrás de
él!
Maldiciendo
la lentitud del hombre, esperó unos pocos segundos. Luego volvió al corredor.
El vigilante venía corriendo y Grantline se quitó el casco:
—¡Qué
demonios...!
—¡Roto!
¡No funciona!
—¡Qué!
—Destrozado
desde fuera —tartamudeó el vigilante—. Mire ahí... mis tubos...
Los
tubos de control de las puertas habían formado un cortocircuito y se habían
quemado. ¡Las puertas de admisión no abrirían!
—¡Y
los controles de presión están aplastados! ¡Rotos desde fuera!
Ahora
no había forma de pasar a través de las cámaras de presión. Todo el sistema de
cierres de las puertas no funcionaba. ¿Habían sido forzados desde afuera?
Como
si fuera para contestar las preguntas de Grantline, llegó desde las ventanas un
coro de gritos de los hombres.
—¡Comandante!
¡Por Dios... mire!
¡Fuera
había una figura, próxima al edificio! Vestida con un traje y un casco, se
erguía grotesca y enorme. Evidentemente había estado moviéndose furtivamente
junto a la puerta de entrada y había arrancado los cables de allí.
Cruzó
las ventanas, vio los rostros de los que le miraban fijamente y se apartó con
enormes saltos de gigante. Grantline alcanzó la ventana justo a tiempo de verle
desvanecerse en torno a una esquina del edificio.
Era
la figura de un gigante, mayor que la de un hombre de la Tierra. ¿Un marciano?
Sobre
la cumbre del cráter las dos pequeñas figuras estaban todavía luchando. Todo
este alboroto no había llevado más que un minuto o dos.
¿Un
marciano moviéndose furtivamente fuera? ¿Miko, el bandido? Más que nunca,
Grantline estaba determinado a salir. Gritó a sus hombres que se pusieran los
otros trajes, y pidió algunos de los proyectores de mano.
Pero
no podía salir a través de estas puertas principales de admisión. Tal vez
pudiera forzar los paneles abriéndolos, pero con los mecanismos de cambio de
presión rotos, hubiera meramente permitido escapar el aire del corredor. Un
torrente de aire probablemente incontrolable. Qué importancia tenían los daños
hechos, nadie podía decirlo todavía. Tal vez llevara horas repararlas.
Grantline estaba gritando.
—¡Coged
esas armas! ¡Hay un marciano fuera! ¡Probablemente el jefe de los bandidos! ¡Si
alguno desea seguirme que se ponga su traje! Iremos por la salida manual de
emergencia.
¡Pero
el marciano que se movía furtivamente lo había encontrado! Al cabo de un minuto
Grantline estaba allí. Era una salida de dos cámaras de control manual, de
forma que la persona que saliera pudiera hacerlas funcionar por sí misma.
Estaban en un pasillo al otro extremo del edificio principal. ¡Pero Grantline
llegó demasiado tarde! ¡La palanca no movería los paneles! ¿Había alguien
salido por este camino y roto los mecanismos detrás de sí? ¿Un traidor en el
campamento? ¿O había alguien entrado desde fuera? ¿O las había roto como las
otras, el marciano que acechaba fuera en la sombra?
Las
preguntas asaltaban a Grantline. Sus hombres le rodearon. Se extendió la
noticia. ¡El campamento era una prisión! ¡Nadie podía salir!
Y
fuera, el marciano había desaparecido. Pero Wilks y Haljan continuaban
luchando. Grantline podía ver a las dos figuras arriba, sobre la plataforma del
observatorio. Saltaban, apartándose, y luego volvían otra vez a la lucha,
oscilando locamente, saltando y golpeando contra la barandilla.
Salieron
despedidos de un gran salto fuera de la plataforma, sobre las rocas y rodaron
dentro de un reluciente parche de luz de la Tierra. Primero uno encima, luego
el otro.
Rodaron
descuidadamente hacia el borde. Aquí, por encima de la repisa que a medio
camino contenía el campamento. La caída era de un millar de pies sobre el suelo
del cráter abajo.
Las
figuras daban vueltas; entonces una logró soltarse con una sacudida; se
levantó, agarró a la otra con fuerza desesperada, y la empujó.
La
figura victoriosa retrocedió atrás, a la seguridad. La otra cayó, chocando con
violencia en las sombras abajo, pasado el nivel del campamento... fuera de
vista en la oscuridad del fondo del cráter.
Snap,
que estaba en el grupo cerca de Grantline junto a la ventana, tartamudeó:
—¡Dios!
¿Fue Gregg el que cayó?
Nadie
podía decirlo. Nadie contestó. Fuera, sobre la repisa del campamento, otra
figura protegida con un casco se hizo visible ahora. No estaba lejos del
edificio principal cuando Grantline la percibió por primera vez. Iba corriendo
velozmente y dando saltos hacia la escalera gatera. Comenzó a subirla.
Y
ahora otra figura más se hizo visible... de nuevo el marciano gigante. Apareció
a la vuelta de una esquina del edificio principal de Grantline. Evidentemente
había visto al vencedor del combate, sobre el farallón, ya que ahora estaba, a
la luz de la Tierra, mirando hacia abajo. Él también viera, sin duda alguna, a
la segunda figura que subía las escaleras. Estaba bastante cerca de la ventana
a través de la cual Grantline y sus hombres observaban, con su espalda vuelta
hacia el edificio, miraba hacia la cima. Luego echó a correr, dando enormes
saltos, hacia las escaleras ascendentes. ¿Era Haljan el que estaba allá arriba
sobre la cima? ¿Quién era el que subía las escaleras? ¿Y la tercera figura
Miko?
Se
formaron estas preguntas en la mente de Grant.
Pero
su atención se desvió de ellos, e incluso se desvió del silencioso y rápido
drama de fuera. En el corredor estaban sonando los gritos de:
—¡Estamos
prisioneros! ¡No podemos salir! ¿Mataron a Haljan? ¡Los bandidos están fuera!
Y
entonces resonó un audífono interior con una llamada para Grantline. Alguien en
la sala de instrumentos en el próximo edificio estaba hablando.
—Comandante,
probé con el telescopio para ver quién había muerto...
Pero
no dijo quién era el muerto, pues tenía una noticia más importante.
—¡Comandante!
¡La nave de los bandidos!
Los
refuerzos de Miko habían llegado.
Capítulo
XXV
¡No
era Wilks, sino Conisten! Era su voz lenta y pesada de británico.
—¡Usted,
Gregg Haljan! ¡Qué agradable!
Su
voz se cortó cuando con una sacudida apartó su brazo de mí. Levanté mi mano con
el proyector, pero me golpeó la muñeca y el arma cayó sobre las rocas.
Durante
aquellos primeros momentos luché instintivamente; mi mente estaba confusa por
el shock de la sorpresa. Éste no era Wilks, sino el bandido Coniston.
Fue
un combate misterioso. Nos tambaleábamos empujándonos, dando patadas, peleando.
Su presa en torno a la mitad de mi cuerpo me cortó la circulación Erentz; el
zumbido de aviso resonó en mis oídos, para mezclarse con el bronco sonido de
sus maldiciones. Me desprendí de él y mis motores Erentz se recuperaron.
Vaciló, pero con un gran salto vino a mí de nuevo.
Yo
era más alto, más pesado y, con mucho, más fuerte que Coniston. Pero le
encontré más hábil, y donde yo estaba torpe en actuar con mi rara ligereza, él
parecía extremadamente ágil.
Me
di cuenta de que estábamos sobre los veinte pies cuadrados de la superficie de
la plataforma del observatorio. Tenía una barandilla baja de metal. Dimos con
ella. Percibí una vista confusa del abismo. Entonces retrocedimos mientras
saltábamos en el otro sentido. Y luego caímos sobre la rejilla. Su casco dio
contra el mío, golpeando, como si confiara con el lado de su cabeza perforar el
panel de mi visera. Con sus enguantados dedos se aferraba a mi cuello.
Cuando
logramos ponernos en pie, me lancé a él, y salté como un buzo con la cabeza por
delante. Retrocedió, pero hábilmente mantuvo sus pies bajo él, me agarró y
empujó.
Estuve
al borde de la escalera tambaleándome... caía. Pero me agarré a él. Caímos unos
veinte o treinta pies hasta el próximo descanso de la escalera. El impacto
debió de aturdimos a los dos. Recuerdo que tuve la vaga idea de que debíamos
haber caído al fondo del farallón... Mi aire se desconectó, luego vino de
nuevo. El rugido de mis oídos se calmó, se me aclaró la cabeza, y me encontré
que estábamos en el descanso, luchando.
En
aquel momento lograba librarse de mí y saltó hacia la cima, conmigo detrás.
Dentro de los cerrados confines de mi traje estaba bañado en sudor y anhelante.
No había pensado en aumentar el control del oxígeno. No pude encontrarlo o no
funcionaría.
Me
di cuenta que estaba luchando indolentemente, casi sin objetivo. ¡Pero Conisten
también estaba igual! Parecía como un sueño. Una fantasmagoría de golpes y
pasos tambaleantes. Una pesadilla con solamente la horrible visión de este
casco siempre delante de mis ojos.
Parecía
que íbamos rodando por el suelo, otra vez por la cumbre. La luz sin sombras de
la Tierra era clara y brillante. El abismo estaba a mi lado. Coniston, rodando,
tan pronto estaba encima como debajo de mí, tratando de empujarme por encima
del borde. Todo era como un sueño... como si yo estuviera dormido, soñando que
no tenía aire suficiente.
Me
esforcé por conservar los sentidos. Él luchaba por hacerme rodar por encima del
borde. ¡Dios, que no pudiera hacerlo! Pero estaba tan cansado. ¡Uno no puede
luchar sin oxígeno!
De
pronto me di cuenta de que me había liberado de él y me puse de pie. Él se
levantó, oscilando. Estaba tan cansado, confuso, y casi tan asfixiado como yo.
El borde del abismo estaba detrás de nosotros. Le arremetí, empujándole
furiosamente, y evitando su presa. Pasó por encima y cayó silenciosamente,
girando su cuerpo un extremo sobre el otro en las sombras, lejos, abajo.
Me
eché hacia atrás. Mis sentidos se nublaron mientras me desplomaba dando
boqueadas en las rocas. Pero con la inactividad mi corazón se tranquilizó. Mi
respiración se hizo más lenta. La circulación Erentz ganó terreno sobre mi aire
envenenado. Se purificó.
¡Aquel
bendito oxígeno! Se me aclaró la cabeza. La fuerza me vino. Me sentí mejor.
Coniston
había caído a su muerte. Estaba victorioso. Cautelosamente me acerqué al borde,
pues estaba todavía aturdido. Pude ver, abajo a lo lejos, sobre el fondo del
cráter, un pequeño claro de luz de la Tierra en el cual yacía una figura humana
aplastada.
Retrocedí
tambaleándome. Debieron de haber pasado un minuto o dos mientras permanecí
allí, sobre la cima, mientras se aclaraban mis sentidos y se renovaba mi fuerza
al purificarse el torrente de sangre en mis venas.
Estaba
victorioso. Coniston había muerto. Vi ahora, abajo, al pie de la escalera
inferior, debajo del borde de la repisa, otra figura abotargada que yacía
confusa. Sin duda alguna aquella era Wilks. Coniston probablemente lo había
cogido allí, le había sorprendido, y le había matado.
Mi
atención, mientras permanecía mirando, fue hacia los edificios del campamento.
¡Otra figura estaba fuera! ¡Saltó a lo largo de la repisa, alcanzó el pie de la
escalera al final de la cual estaba yo y con ágiles pasos, comenzó a subir
hacia mí!
¡Otro
bandido! ¿Miko? No, éste no era lo suficientemente grande para ser Miko.
Todavía estaba confuso. Pensé en Hahn. Pero eso era absurdo: Hahn estaba sobre
el destrozado Planetara. Uno de los camareros entonces.
La
figura subía las escaleras descuidadamente, para asaltarme. Di un paso atrás,
cobrando ánimos para recibir a este nuevo antagonista. ¡Y entonces miré otra
vez abajo y vi a Miko! Incuestionablemente era él, pues era inconfundible su
figura gigantesca. Él estaba abajo, sobre la repisa del campamento, y se
dirigía corriendo hacia el pie de las escaleras.
Pensé
en mi revólver. Me volví y traté de encontrarlo. Me daba cuenta que el primero
de mis asaltantes estaba en la parte superior de la escalera. Me volví para ver
lo que este bandido recién venido estaba haciendo. Estaba en la cima: se lanzó
hacia mí. Pude haber saltado a un lado, pero con una última mirada para
localizar el revólver, me dispuse para el choque.
La
figura me alcanzó. Era pequeña y ligera en la presa de mis brazos. Recuerdo que
vi a Miko que estaba a mitad de las escaleras. Me aferré a mi asaltante. El
contacto del audífono me trajo su voz.
—¿Gregg,
eres tú?
¡Era
Anita!
Capítulo
XXVI
¡Gregg,
estás bien!
Había
oído en los corredores del campamento resonar los gritos de que Wilks y Haljan
estaban luchando. Había cogido un traje y un casco y por las cámaras de
emergencia había salido corriendo, confundida, con la sola idea de detenernos a
Wilks y a mí en nuestra pelea. Luego había visto cómo mataban a uno de los dos.
Impulsivamente, apenas sabiendo lo que estaba haciendo, subió las escaleras,
frenética por saber si yo estaba vivo.
—¡Anita!
¡Miko
se acercaba rápidamente! Ella no le había visto; porque no había pensado en los
bandidos... solamente en la creencia de que Wilks o yo habíamos sido muertos.
Pero
ahora, mientras permanecíamos juntos sobre las rocas cerca de la plataforma del
observatorio, podía ver la figura dominante de Miko acercándose a la parte
superior de las escaleras.
—¡Anita,
ese es Miko! ¡Debemos correr!
Entonces
vi mi proyector. Estaba en una depresión en forma de cuenco muy cerca de
nosotros. Salté por él. Y mientras yo me libraba de Anita, ella saltó tras de
mí. Era un cuenco roto en las rocas, de unos seis pies de profundidad. Estaba
abierto por el lado que daba a las escaleras... una estrecha hondonada en forma
de cañón, lleno de masas de rocas rotas y grises. La pequeña hondonada estaba
llena de grietas y guijarros. Pero podía ver a través de ella.
Miko
había llegado a la cima de las escaleras. Se detuvo allí, su enorme figura se
recortaba claramente por la luz de la Tierra. Creo que él debía saber que
Coniston era el que había caído por encima del farallón, ya que mi casco y el
de Coniston eran bastante diferentes para que reconociera quién era quién. No
sabía quién era yo, pero ciertamente sabía que era un enemigo.
Se
irguió ahora sobre la cima, escudriñando para ver dónde habíamos ido. No estaba
a más de cincuenta pies de nosotros.
—Anita,
agáchate.
La
apreté sobre las rocas. Apunté con mi proyector. Pero había olvidado las luces
de nuestros cascos. Miko debió de haberlas visto justo cuando apretaba el
gatillo. Saltó de lado y cayó, pero pude verle moviéndose en la sombra hacia
donde una roca saliente le dio protección. Disparé, fallándole de nuevo.
Me
había levantado para apuntar. Anita tiró de mí violentamente para abajo, a su
lado.
—¡Gregg,
está armado!
Ahora
fue él quien disparó. Lo hizo... el tenue resplandor familiar del rayo
paralizador, reflejó su tinte de color sobre las rocas cerca de nosotros, pero
no nos alcanzó.
Un
momento después, Miko saltó a otra roca.
Pasaba
el tiempo... sólo unos pocos segundos. Momentáneamente no podía ver a Miko. Tal
vez estaba agazapado, tal vez se había movido de nuevo. Estaba, o había estado,
sobre un terreno ligeramente más alto que el fondo de nuestro pozo. Ahora
estábamos en penumbra aquí abajo donde estábamos tirados, pero temía que en
cualquier momento Miko pudiera aparecer para sorprendernos. Su rayo a una
distancia tan corta atravesaría los paneles de nuestras viseras, incluso aunque
nuestros trajes pudieran momentáneamente resistirlo.
—¡Anita,
aquí es demasiado peligroso!
Si
hubiera estado solo, podría tal vez haber saltado para atraer a Miko. Pero con
Anita no me atrevía a intentarlo.
—Tal
vez se haya ido...
—Tenemos
que volver al campamento —le dije.
Pero
no era así. Le vi de nuevo, a descubierto en un distante parche de luz. Estaba
más lejos de nosotros que antes, pero en un terreno aún más alto. Habíamos
apagado las pequeñas luces de nuestros cascos. Pero él sabía dónde estábamos y
posiblemente podía vernos. Su proyector relampagueó de nuevo. Ahora estaba a
unos cien pies o más de distancia, y el alcance de su arma no era mayor que el
de la mía. No respondí a su fuego, pues no podía confiar en alcanzarle a tal
distancia, y el resplandor de mi arma podría ayudarle a localizarnos.
—Debemos
escapar —le musité a Anita.
Sin
embargo, ¿me atrevería a coger a Anita de estas sombras que nos ocultaban? Miko
podría alcanzarnos fácilmente mientras saltábamos alejándose en descampado a la
luz de la Tierra, de la cumbre abierta. Estábamos cogidos, acorralados en esta
pequeña hondonada.
El
campamento no era visible desde aquí. Pero de fuera, a través del roto cañón,
un blanco destello de luz nos llegó de pronto desde abajo.
Haljan,
significaba la señal.
Sabía
que venía desde la sala de instrumentos de Grantline. Podía contestarla con la
luz de mi casco, pero no me atreví.
—Inténtalo
—me indicó Anita.
Nos
agazapamos donde creímos que pudiéramos estar a salvo del fuego de Miko. El
pequeño destello de mi luz brotó desde el hoyo. Sin duda que era visible desde
el campamento.
Sí,
soy Haljan. Envíanos ayuda.
No
mencioné a Anita. Miko sin duda podía leer estas señales. Nos contestaron: No
podemos...
Perdí
el resto del mensaje. Llegó un resplandor del arma de Miko. Nos dio confianza:
No podía alcanzarnos a esta distancia.
El
destello de Grantline repetía:
No
podemos salir. Cámaras rotas. No pueden entrar. Permanezcan donde están durante
una hora o dos. Puede que seamos capaces de reparar cierres.
Apagué
mi luz. ¿De qué valía el decirle a Grantline alguna otra cosa? Además, mi luz
nos estaba poniendo en peligro.
Pero
el destello de Grantline deletreó otro mensaje: La nave de los bandidos está
llegando. Estará aquí antes de que podamos salir por ustedes. No usar luces,
trataremos de ocultar nuestra posición.
Y el
destello de señales trajo una última súplica: Miko y sus hombres revelarán
dónde estamos a menos que los detenga.
El
foco se apagó. Las luces del campamento de Grantline hacían un ligero
resplandor que aparecía por encima del borde del cráter. El resplandor murió,
mientras el campamento ahora quedaba sumergido en la oscuridad.
Capítulo
XXVII
Permanecimos
agazapados en las sombras, mientras la luz de la Tierra se filtraba sobre nosotros.
La acechante figura de Miko se había desvanecido, pero yo estaba seguro de que
estaba fuera, en alguna parte de la cima, acechando, maniobrando hacia donde
pudiera asestarnos su rayo. La mano de Anita enguantada en metal estaba sobre
mi brazo; en el diafragma de mi oído su voz sonaba ansiosa:
—¿Qué
era la señal, Gregg?
Se
lo dije todo.
—¡Oh,
Gregg! ¡Se acerca la nave marciana!
Su
mente se aferró a eso como la cosa más importante. Pero no lo era para mí. Para
mí lo era el darme cuenta que Anita estaba atrapada aquí fuera, casi a la
merced del rayo de Miko. Los hombres de Grantline no podían salir para
ayudarnos, ni yo podía meter a Anita en el campamento.
—¿Dónde
supones que está la nave? —añadió.
—A
veinte o treinta mil millas de altura, probablemente.
Las
estrellas y la Tierra se veían ahora por encima de nosotros. En alguna parte,
allá arriba, descubierto por los instrumentos de Grantline, pero todavía no
discernible a simple vista, los refuerzos de Miko se cernían.
Permanecimos
durante un momento en silencio. Era una tensión nerviosa horrible. Miko podría
estar deslizándose sobre nosotros. ¿Osaría desafiar mi repentino fuego?
Deslizándose... ¿o realizaría un rápido e inesperado ataque?
La
sensación de que estaba encima de nosotros me invadió súbitamente. Me puse
derecho de un salto, contra el esfuerzo de Anita de sujetarme. ¿Dónde estaba él
ahora? ¿Estaba la imaginación engañándome?...
—Esa
nave estará aquí dentro de unas pocas horas —dije sentándome.
Le
conté lo que la señal de Grantline había sugerido; la nave se estaba cerniendo
por encima. Debía de estar bastante cerca, ya que el telescopio de Grantline
había revelado su identidad como la de un cohete fuera de la Ley, sin marcar
por ninguna de las luces de identificación de la clave clásica. Sin duda estaba
todavía muy lejos para haber localizado el paradero del campamento de
Grantline. Los bandidos marcianos sabían que estábamos en la vecindad de
Arquímedes, pero no más que eso. Al registrar la superficie de la Luna, los
destellos de nuestros diminutos semáforos ciertamente que pasarían
desapercibidos.
Pero
como la nave de los bandidos se aproximaba ahora... bajando cerca de Arquímedes
como probablemente haría... nuestro peligro era que Miko y sus hombres les
hicieran entonces señales, se unieran y revelaran la situación del campamento.
¡Y tendríamos sobre nosotros el ataque de los bandidos!
—La
señal de Grantline decía —le conté a Anita ahora—. A menos que puedan
detenerlos.
Era
una súplica a mí. Pero ¿cómo podía detenerlos?
¿Qué
podía hacer, aquí solo fuera con Anita, para enfrentarme con este enemigo?
Anita
no hizo comentarios.
—Esa
nave aterrizará cerca de Arquímedes, dentro de una hora o dos —añadí—. Si
Grantline pudiera arreglar las puertas, y yo pudiera meterme dentro...
De
nuevo no hizo comentarios. Luego, de pronto, me agarró.
—¡Gregg,
mira allá!
Fuera,
a través de la abertura de nuestra hondonada apareció la figura de Miko. Iba
corriendo. Pero no hacia nosotros. Rodeando la cumbre, saltando para mantenerse
a sí mismo detrás de los erguidos peñascos. Pasó la cima de la escalera, pero
no la bajó, sino que se dirigió a lo largo de la cima del borde del cráter.
—¿A
dónde va? —me había levantado para observarle.
Dejé
que Anita se levantara a mi lado, cautelosamente al principio, pues se me
ocurrió que pudiera ser un truco para ocultar otro de los hombres de Miko que
pudiera estar oculto cerca.
Pero
la cima parecía clara. La figura de Miko estaba a un millar de pies ahora.
Podíamos ver la diminuta sombra de él sacudiéndose por encima de las rocas.
Luego se zambulló... no en el valle del cráter, sino hacia la abierta
superficie de la Luna.
Miko
había abandonado su ataque sobre nosotros. La razón parecía evidente. Había
venido aquí desde su campamento con Conisten por delante para atraer y matar a
Wilks. Una vez que esto fuera hecho. Conisten había hecho la señal a Miko, que
se ocultaba en los alrededores.
No
era propio del jefe de los bandidos el permanecer entre bastidores. Miko no era
ningún cobarde. Pero Coniston podía imitar a Wilks, mientras que la gigantesca
estatura de Miko inmediatamente hubiera revelado su identidad. Miko se había
ocupado de aplastar las puertas. Había mirado hacia arriba y me había visto
matar a Coniston. Y había venido a asaltarme. Y entonces leyó el mensaje de
Grantline a mí. Fue su primera noticia de que su nave estaba cerca. Con las
salidas del campo sin funcionar, Grantline y sus hombres estaban prisioneros.
Miko había hecho un intento para matarme. No sabía que mi compañero era Anita.
Pero el esfuerzo le estaba ocupando demasiado tiempo; con su nave tan cerca el
mejor movimiento de Miko era retornar a su propio campamento, reunirse con sus
hombres y esperar su oportunidad de hacer señales a la nave.
Al
menos así lo razoné. Anita y yo permanecimos solos. ¿Qué podíamos hacer?.
Fuimos
al borde del farallón. Los edificios apagados de Grantline se veían vagamente a
la luz de la Tierra.
—Bajaremos
—dije—. Te dejaré allí. Puedes esperar a la entrada. La repararán pronto.
—¿Y
qué harás tú, Gregg?
—¡Rápido,
Anita! —no tenía intención de decírselo.
—Gregg,
déjame que vaya contigo.
Se
apartó bruscamente de mí y saltó hacia arriba subiendo las escaleras. La cogí
sobre la cima.
—¡Anita!
—Voy
contigo.
—Vas
a permanecer aquí.
—¡No!
¡Qué
exasperante controversia!
—Anita,
¡por favor!
—Estaré
más segura contigo que esperando aquí, Gregg —y añadió—. Además, no me quedaré
y tú no puedes obligarme.
Corrimos
a lo largo de la parte superior del cráter. En este borde lejano, la llanura se
extendía delante de nosotros. A lo lejos, abajo, sobre la quebrada superficie,
la figura de Miko aparecía. Se precipitaba bajando la quebrada pendiente y
alcanzó el nivel de la superficie. Pronto, mientras corríamos, el pequeño
cráter de Grantline se desvaneció detrás de nosotros.
Anita
corría con más habilidad que yo. Pasaron diez minutos aproximadamente. Habíamos
visto a Miko y la dirección que llevaba, pero aquí abajo, sobre la planicie ya
no podíamos verle. Me asaltó de pronto la idea de que nuestra caza era inútil y
peligrosa. ¿Si Miko nos viera persiguiéndole? ¿Si se hubiera parado en una
emboscada para disparar cuando llegáramos corriendo atolondradamente?
—¡Anita,
espera!
La
hice agacharse entre un grupo de rocas caídas y entonces, bruscamente, se me
agarró a mí.
—¡Gregg,
sé lo que podemos hacer! ¡Gregg, no me digas que no lo intentaremos!
Escuché
su plan. ¡Increíble! Increíblemente peligroso. Sin embargo, mientras lo
examinaba, su misma arriesgada trama parecía la medida de su posible éxito.
¡Los bandidos nunca se imaginarían que fuéramos tan temerarios!
—Pero
Anita...
—¡Gregg,
eres un estúpido! —ahora le tocó a ella ponerse furiosa.
Pero
yo no estaba de humor para arriesgarme. Mi mente estaba obsesionada por la
seguridad de Anita. Había estado calculando que veríamos las luces del
campamento de Miko y que nos decidiríamos por alguna forma de acción.
—Pero
Gregg, la seguridad del tesoro... de todos los hombres de Grantline.
—¡Al
infierno con eso! Eres tú, tu seguridad...
—¡Mi
seguridad entonces! Si me dejas en el campamento y los bandidos lo atacan y me
matan... ¿entonces qué? Pero con este plan mío, si podemos llevarlo a cabo,
Gregg, será al final la seguridad para todos nosotros.
Y
parecía posible. Nos agachamos, discutiéndolo. ¡Era algo tan arriesgado!
La
nave de los bandidos aterrizaría cerca de Arquímedes. Aquello estaba a
cincuenta millas de Grantline. Los bandidos marcianos no habrían visto los
oscuros edificios ocultos en el pequeño pozo del cráter. Esperarían por Miko y
sus hombres para que les informase de su situación.
El
campamento de Miko quedaba delante de nosotros, sin duda alguna. Le habíamos
estado siguiendo hacia el Mare Imbrium. O al menos eso confiábamos. Pero Anita
y yo, más próximos a ella, podríamos también hacerles señales y actuando como
bandidos podríamos unirnos a ellos.
—Recuerda,
Gregg, que sigo siendo Anita Prince, la hermana de George —su voz temblaba
cuando menciono a su hermano muerto—. Saben que George estaba a sueldo de Miko,
y yo, como su hermana, ayudaré a convencerlos.
¡Era
un proyecto arriesgado! Si podíamos unirnos a la nave, podríamos persuadirles
que las distantes señales de Miko eran un mero truco de Grantline para atraer a
los bandidos en aquella dirección.
Un
proyector de largo alcance desde la nave mataría a Miko y sus hombres si se
adelantaban para unírseles. Y luego dirigiríamos falsamente a los bandidos
conduciéndolos a distancia de Grantline y el tesoro.
—Gregg,
debemos intentarlo.
¡El
cielo me ayudó, y me rendí a su persuasión!
Nos
volvimos en ángulo recto y corrimos hacia donde las severas paredes de
Arquímedes se destacaban sobre el firmamento estrellado.
Capítulo
XXVIII
Las
quebradas murallas escabrosas del gigantesco cráter se elevaban por encima de
nosotros. Nos afanamos hacia arriba, por la ladera de la montaña, adhiriéndonos
ahora a los peñascos y terrazas perforadas de la subida principal. Había pasado
una hora desde que nos volviéramos de los bordes del Mare Imbrium. ¿O fueron
dos horas? No podría decirlo. Solamente sabía que corríamos con desesperada y
frenética velocidad.
Anita
no admitiría que estaba cansada. Aunque era más hábil que yo en este saltar
sobre las masas de rocas rotas, sin embargo me daba cuenta que su escasa
fortaleza física debía de estar agotada. Parecía que había millas de subida por
los ondulantes declives de las laderas con las próximas murallas del cráter
negras y blancas por delante de nosotros.
Y
luego la ascensión principal. Había lugares donde, como un resbaladizo hielo
negro, las paredes se elevaban cortadas a pico. Las evitábamos, moviéndonos con
dificultad a un lado, zambulléndonos en hondonadas, cruzando pozos donde
algunas veces, por fuerza, teníamos que bajar para subir después. O algunas
veces nos deteníamos, acalorados y sin respiración, recuperando nuestras
fuerzas y eligiendo la mejor ruta hacia arriba.
Entre
las masas de rocas derribadas por todas partes, en forma de celdillas con
cavernas y pasadizos que conducían a una impenetrable oscuridad, había pozos en
los cuales podríamos fácilmente haber caído; barrancos a atravesar, algunas
veces con un salto, otras con un largo y delicado rodeo.
Subida
sin fin. Llegamos a un borde en que las llanuras de Mare Imbrium se extendían
debajo de nosotros. Puede que hubiéramos estado sobre esta subida principal
durante una hora; las planicies quedaban a lo lejos, abajo, y su rota
superficie parecía lisa ahora, por la perspectiva de la altura. Y, sin embargo,
aún por encima de nosotros la pared circular se elevaba hacia el cielo, diez
mil pies por encima de nosotros.
—Estás
cansada, Anita. Mejor será que permanezcamos aquí.
—No.
Si solamente pudiéramos llegar a la cima... la nave puede aterrizar al otro
lado... nos verían.
Todavía
no había señal de la nave de los bandidos. En cada parada para descansar
escudriñábamos la bóveda estrellada. La tierra colgaba sobre nosotros. Las
estrellas relucían combinando su luz con la de la Tierra para iluminar estas
masivas rocas de las paredes de Arquímedes, pero no aparecía ninguna mancha que
nos indicara que la nave estaría allí arriba.
Estábamos
sobre el lado curvo de la pared de Arquímedes que daba hacia el norte al Mare
Imbrium. Las Planicies se extendían como un enorme mar helado, de congelados
rizos que relucían a la luz de la Tierra, con oscuras sombras para marcar las
depresiones. En alguna parte, allá abajo, (a seis o siete mil pies por debajo
de nosotros ahora) estaba escondido el campamento de Miko. Buscamos sus luces
pero no pudimos ver ninguna.
¿Se
había Miko reunido a su grupo y había abandonado el campamento para venir acá,
como nosotros, para subir el Arquímedes? ¿O era nuestra suposición totalmente
falsa? ¡Tal vez después de todo la nave de los bandidos no aterrizaría aquí!
Extendiéndose
en torno al Mare Imbrium las planicies no eran tan suaves. El pequeño cráter
que ocultaban el campamento de Grantline era uno más de una región cubierta por
éstos, detrás de la cual elevaban los distantes Apeninos sus aterrazadas
paredes. Desde aquí no había nada que los individualizara.
—¿Gregg,
ves algo ahí arriba? —me preguntó—. Parece que hay una forma confusa.
Su
vista, más fina que la mía, lo había localizado. ¡Era la nave de los bandidos
que descendía! Una tenue forma borrosa y diminuta contra las estrellas, que
ocultaba unas pocas de ellas como si las tapara una sombra invisible. Una forma
que aumentaba, materializándose en un punto... una burbuja, una silueta
débilmente definida. Luego más claro, hasta que estuvimos seguros de lo que
veíamos.
Era
la nave de los bandidos que bajaba lenta y silenciosamente.
Nos
agazapamos sobre el pequeño farallón. Detrás de nosotros estaba la boca de una
caverna. A nuestro lado había una hondonada, una quebrada en la repisa, y a
nuestros pies caía la brusca pendiente de la pared.
Habíamos
apagado nuestras luces. Nos agachamos, silenciosamente, mirando a las
estrellas.
La
nave cuando la distinguimos por primera vez, estaba centrada sobre Arquímedes.
Durante un momento pensamos que podría descender dentro del cráter, pero no lo
hizo; vino deslizándose lentamente hacia adelante.
Susurró
por el audífono:
—Va
a pasar por encima del cráter.
En
respuesta su mano presionó mi brazo.
Recordé
que cuando, desde el Planetara, Miko había forzado a Snap a ponerse en contacto
con esta banda de piratas de Marte, la única información de Miko en cuanto a
posición del campamento de Grantline era que estaba entre Arquímedes y los
Apeninos. Los bandidos ahora seguían esta indicación.
Transcurrió
un tenso intervalo. Podíamos ver la nave claramente por encima de nosotros, una
forma negra, grisácea entre las estrellas de arriba por detrás del dominante
borde del cráter. El navío llegaba sobre un nivel de quilla, con el casco hacia
abajo. Giraba lentamente, buscando sin duda la señal de Miko, o las posibles
luces del campamento de Grantline. También podían estar escogiendo un lugar de
aterrizaje.
Pronto
lo vimos como una forma cilíndrica, de aspecto de cigarro, bastante más pequeño
que el Planetara, pero de diseño similar. Ahora llevaba luces. Las portañolas
de su casco eran diminutas hileras de iluminación, y el brillo de la luz, bajo
su redondo domo superior, era ligeramente visible.
Una
nave pirata, no había duda de eso. La placa de identificación de la quilla no
llevaba las luces de posición reglamentarias. Éstos bandidos no habían
intentado obtener las luces oficiales de navegación cuando dejaron
Ferrok-Shahn. Era inconfundiblemente una nave fuera de la ley. Y aquí, sobre la
desierta Luna, no había necesidad de secreto. Sus luces se exponían
abiertamente, de forma que Miko pudiera verlas y unírseles. Nos pasó
lentamente, a sólo unos pocos miles de pies por encima de nuestro nivel. Pudimos
ver el perfil total de su casco cilíndrico en punta, con el redondo domo
encima. Y bajo el domo estaba su cubierta abierta, con una pequeña
superestructura en el centro.
Pensé
por un momento que por alguna infortunada casualidad pudiera aterrizar muy
cerca de nosotros. Y luego vi que se dirigía a un raso, una superficie en forma
de meseta, a unas pocas millas por delante. Bajó flotando cautelosamente.
Todavía
no había señal de Miko. Pero me di cuenta que la rapidez era necesaria.
Debíamos ser los primeros en unirnos a la nave de los bandidos. Puse a Anita de
pie.
—No
creo que debamos hacer señales desde aquí.
—No,
Miko podría verlas.
No
podíamos decir dónde estaba. Tal vez abajo, sobre las planicies. ¿O aquí
arriba, en alguna parte en estas millas rocosas erguidas?
—¿Estás
dispuesta, Anita?
—Sí,
Gregg.
Miré
fijamente a través de las viseras su blanco rostro solemne.
—Sí,
estoy dispuesta —repitió.
La
presión de su mano me pareció de pronto como una despedida. ¿Nos íbamos a
lanzar a ciegas en lo que estaba destinado a ser nuestra muerte? ¿Era esto una
despedida?
El
instinto me dijo que no lo hiciera, ya que, en unas pocas horas, podía tener a
Anita de vuelta en la relativa seguridad del campamento de Grantline. Ahora las
puertas de salida estarían seguramente reparadas. Podía hacer que ella entrara.
Había
saltado alejándose de mí, bajando unos treinta pies dentro de una quebrada
hondonada, para cruzarla y luego salir por el otro lado. Durante un instante
permanecí observando su fantástica figura, con el enorme y redondo casco
hinchado y el bulto sobre sus hombros que contenía los pequeños motores Erentz.
Luego me apresuré en pos de ella.
No
nos llevó mucho tiempo... dos o tres millas de rodeo a lo largo de la
gigantesca pared. La nave estaba solamente a unos pocos cientos de pies por
encima de nuestro nivel.
Por
último, alcanzamos un pináculo terromontero. Las luces de la nave estaban
próximas por encima de nosotros. Y había luces que se movían allá arriba,
diminutos puntos que se agitaban sobre las rocas adyacentes. Los bandidos
habían salido para investigar su situación.
No
hubiera ninguna señal todavía de Miko, pero podía recibirse en cualquier
momento.
—Voy
a hacer señales ahora —susurré.
—Sí.
Los
bandidos probablemente no nos habían visto. Cogí la lámpara de mi casco. Mi
mano estaba temblando. ¿Supóngase que mi señal fuera contestada por un
disparo?. ¿Un rayo de algún proyector gigante montado sobre la nave? Anita se
agachó detrás de una roca, como había prometido. Me levanté con mi linterna y
presioné su llave. Salió un diminuto destello de luz y lo hice oscilar,
alcanzando a la nave con su tenue círculo.
Me
vieron. Hubo un súbito movimiento entre las luces de allá arriba.
Transmití
por medio de señales luminosas.
—Soy
de los de Miko. No disparen. Utilicé la clave universal. Primero en marciano, y
luego en inglés.
No
hubo respuesta, pero tampoco ataque. Probé de nuevo.
Aquí
Haljan, uno de los del Planetara. La hermana de George Prince está conmigo. Le
ha ocurrido un desastre a Miko.
Un
pequeño destello de luz vino desde el borde del acantilado desde encima de
nuestras cabezas, de al lado de la nave.
—Continúe.
Proseguí
firmemente: Desastre... el Planetara está destrozado. Todos muertos excepto yo
y la hermana de Prince. Deseamos unirnos a ustedes. Apagué mi luz. Vino la
respuesta.
—¿Dónde
está el campamento de Grantline?
—Cerca
de aquí. En el Mare Imbrium.
Aunque
mi respuesta fuera una mentira, desde abajo, sobre las planicies iluminadas por
la luz de la Tierra, a unas diez millas o así desde la base del cráter, se
encendió una pequeña luz de señal. Anita la vio y me sujetó.
—¡Allí
está la luz de Miko!
Decía
en marciano: Baje. Aterrice en Mare Imbrium.
¡Miko
había visto las señales de aquí arriba y se había unido a ellas. Repitió:
Aterrice Mare Imbrium.
Envié
una protesta a la nave: Tenga cuidado. ¡Ese es Grantline! Trucos.
Desde
la nave llegó la orden: Suba. ¡Habíamos ganado el primer encuentro! Miko debió
de darse cuenta de su desventaja, pues la distante luz se apagó.
—Vamos,
Anita.
Ahora
no había retroceso. Pero de nuevo me pareció sentir en la presión de su mano
una vaga despedida. Su voz susurró:
—Debemos
esforzarnos, actuar de la forma más convincente.
A la
blanca luz de un reflector trepamos por las rocas, y alcanzamos la amplia
meseta superior. Unas figuras con casco se lanzaron hacia nosotros, nos
registraron buscando armas, y nos cogieron las luces de nuestros cascos. La
cara de diablo de un gigante marciano me escudriñó a través de las células.
Otros dos monstruos de figuras dominantes se apoderaron de Anita.
Fuimos
empujados hacia las cámaras de las portañolas de la base del casco de la nave.
Por encima de la panza del casco pude ver las rejillas de los proyectores
montados sobre los costados del domo, y las figuras de hombres, sobre la
cubierta, que nos miraban.
Subimos,
a través de las cámaras de admisión, a los corredores del casco por un pasadizo
inclinado, y alcanzamos la cubierta iluminada. Los bandidos marcianos se
apelotonaron en torno nuestro.
Capítulo
XXIX
Las
palabras de Anita me venían una y otra vez a la memoria: «Debemos esforzarnos
para convencerles.» No dudaba de su habilidad tanto como de la mía. Había
representado el papel de George Prince de inteligente siendo desenmascarada
solamente por mala suerte.
Me
acerqué para hacer frente a las miradas inquisidoras de los bandidos que se
movían en torno nuestro. Era un juego desesperado en el que nos habíamos
metido. A pesar de toda nuestra representación, ¡qué fácil sería que alguna
cosa casual repentinamente nos descubriera!
¡Ahora,
mientras miraba los escudriñadores ojos de los hombres de Marte, me maldecía a
mí mismo por la temeraria insensatez de haber metido a Anita en esto!
Los
bandidos (unos diez o quince de ellos estaban aquí sobre cubierta) permanecían
en torno nuestro. Todos eran hombres altos, de un promedio de casi siete pies,
vestidos con jubones de cuero y pantalones cortos, también de cuero, con las
rodillas descubiertas, y relucientes botas de cuero. Individuos con
fanfarronería de piratas, y hojas de cuchillos confundidas con pequeños
proyectores de mano sujetos en sus cinturones. Rostros pesados y grises,
algunos con hirsuta barba sin afeitar. Nos daban sacudidas farfullando en
marciano.
A
uno de ellos, que parecía el jefe, le dije impetuosamente:
—¿Es
usted el comandante aquí? ¿Habla el inglés de la Tierra?
—Sí
—repuso prestamente—. Soy el comandante aquí —hablaba inglés con la misma
soltura y acento que Miko—. ¿Es ésta la hermana de George Prince?
—Sí.
Su nombre es Anita Prince. Dígale a sus hombres que quiten las manos de encima
de ella.
Apartó
a sus hombres a un lado. Todos ellos parecían más interesados en Anita que en
mí. Él añadió:
—Soy
Set Potan —se dirigió a Anita—. ¿La hermana de George Prince? ¿Se llama Anita?
Oí hablar de usted. Conocí a su hermano... de verdad, se parece mucho a él.
Barrió
la rejilla con su sombrero de plumas con un fanfarrón gesto de homenaje. ¡Este
individuo era un cortesano, alegre como un caballero de Venus!
Nos
aceptó. Me di cuenta que la presencia de Anita era extremadamente valiosa para
que nos creyeran. Sin embargo, había en este Potan (como en Miko) una
inquietante sensación de ironía. No podía entenderle. Llegué a la conclusión de
que le habíamos engañado. Entonces observé el acerado brillo en sus ojos cuando
se volvió a mí.
—¿Era
usted un oficial en el Planetara?
La
insignia de mi cargo aparecía visible sobre el blanco cuello de mi chaqueta,
que asomaba debajo del traje Erentz ahora que me había quitado el casco.
—Sí.
Se creía que lo era. Pero hace un año me metí en esta aventura con Miko.
Nos
iba conduciendo a su cabina.
—¿Se
deshizo el Planetara? ¿Miko está muerto?
—Y
Hahn y Coniston. George Prince también. Nosotros somos los únicos
supervivientes.
Mientras
nos desvestíamos de nuestros trajes Erentz, a su petición, le relaté brevemente
la caída del Planetara. Todos habían muerto a bordo excepto Anita y yo.
Habíamos escapado y esperado su llegada. El tesoro estaba aquí; habíamos
localizado el campamento de Grantline y estábamos dispuestos a conducirle a él.
¿Me
creía? Me escuchaba en silencio. No parecía dolido por la muerte de sus
camaradas. Ni incluso complacido; meramente imperturbable.
Añadí
con una tímida mirado de lado:
—Éramos
demasiados en Planetara. El sobrecargo se había unido a nosotros y muchos de la
tripulación. Y allí estaba Setta Moa, la hermana de Miko... demasiados. El
tesoro se divide mejor entre menos.
Una
sonrisa divertida vagó por sus finos labios grises. Pero asintió. El miedo que
me había asaltado se calmó por sus próximas palabras.
—Demasiado
cierto, Haljan. Miko era un individuo dominante. Un tercio todo era para él
solo. Pero ahora...
¡El
tercio iría para este subjefe, Potan! La insinuación era obvia.
—Antes
de ir más adelante, ¿puedo confiar en usted para mi parte? —dije.
—Naturalmente.
Me
figuré que mi misma brusquedad para hacer tratos tan prematuramente le
convencía. Insistí:
—¿Miss
Prince tendrá la parte de su hermano?
La
inteligente Anita intervino con presteza.
—¡Oh,
no doy la información hasta que usted prometa! Conocemos la posición del
campamento de Grantline, sus armas, sus defensas, el importe y la situación del
tesoro. Le prevengo, si no nos juega limpio...
—¡Pequeña
tigresa! ¡No me temas... juego limpio! —empujó dos cuencos por encima de la
mesa—. Beba, Haljan. Todo va bien entre nosotros y me alegro de saberlo. Miss
Prince, beba a mi salud, como su jefe.
Lo
aparté de Anita.
—Necesitamos
todos nuestros sentidos, sus bebidas marcianas son peligrosas. Mire acá, le
diré justamente cómo está la situación...
Me
lancé a un locuaz relato de nuestras supuestas correrías para encontrar el
campamento de Grantline; su situación en el distante Mare Imbrium (oculto en
una caverna allí). Potan, con la bebida, y bajo la mirada de los ojos de Anita,
estaba de un humor excelente. Se rió cuando le conté que habíamos osado invadir
el campamento de Grantline, y habíamos aplastado sus puertas de salida y nos
habíamos incluso acercado a echar un vistazo a donde el tesoro estaba apilado.
—Bien
hecho, Haljan. ¡Eres un tipo de los que a mí me gustan! —pero su mirada estaba
puesta en Anita—. Usted viste como un hombre o como un muchacho encantador.
Ella
todavía llevaba puestas las ropas de su hermano.
—Estoy
acostumbrada a la acción —dijo—. Las vestiduras de hombre me gustan. Usted
deberá tratarme como un hombre y darme mi parte de hojas de oro.
Ya
había preguntado por la razón de la señal desde el Mare Imbrium. ¡La señal de
Miko! No se había recibido, otra vez temía que llegara en cualquier momento. Le
dije que probablemente Grantline había reparado sus puertas averiadas y se
habían deslizado fuera para asaltarme en venganza. Y viendo la nave de los
bandidos aterrizar en Arquímedes, había tratado de conducirles a una emboscada.
Me
preguntaba si mi explicación era convincente: no lo parecía. Pero ahora estaba
encendido por la bebida, y añadió Anita:
—Grantline
conoce el territorio cerca de su campamento muy bien. Pero está equipado
solamente con armas de corto alcance.
—Si
consigue que usted, Potan, aterrice sin sospechar nada cerca de su caverna...
Le
describí como Grantline podría haber imaginado un repentino ataque por sorpresa
a la nave. Su única posibilidad era el cogerte desprevenido.
Ahora
estábamos los tres en un amigable tono amistoso e íntimo. Potan, dijo:
—¡Aterrizaremos
precisamente allá abajo! Pero necesito unas pocas horas para mis preparativos.
—No
osará avanzar —comenté.
Intervino
Anita, sonriendo.
—Ahora
ya sabe que hemos desenmascarado su señuelo. Haljan y yo al unirnos a usted...
le silenciamos. Su luz se apagó muy rápidamente, ¿no es verdad?
Me
lanzó una mirada de lado. ¿Estábamos actuando de una forma convincente? Pero si
Miko comenzaba con sus señales de nuevo, podrían descubrirnos tan pronto. Los
pensamientos de Anita estaban en eso, puesto que añadió:
—¡Grantline
no se atreverá a mostrar su luz! Si lo hace, Set Potan, podemos volarlo desde
aquí con un rayo, ¿no podemos?
—Sí
—convino Potan—. Si se acerca a menos de diez millas tengo uno lo
suficientemente potente. Lo estamos montando ahora.
—¿Y
disponemos de treinta hombres? —persistió Anita—. Cuando partamos para atacarle
no debe de ser difícil matar a todos los del grupo de Grantline.
—¡Por
los cielos, Haljan, su chica es pequeña, pero muy sanguinaria!
—Y
me alegro de que Miko esté muerto —añadió Anita.
—Ese
maldito Miko mató a su hermano —expliqué.
¡Actuar!
Y ni una vez en todo el tiempo nos atrevimos a relajarnos. ¡Si tan sólo las
señales de Miko tardaran y nos dieran tiempo!
Pudimos
haber estado hablando durante una media hora. Estábamos en un pequeño cubículo
revestido de acero, situado en la cubierta de proa de la nave. El domo estaba
por encima. Desde donde yo estaba sentado junto a la mesa podía ver que había
una torreta de observatorio a proa, bajo el domo, muy cerca de aquí. La nave
estaba diseñada de una forma bastante similar a la del Planetara, aunque
considerablemente más pequeña.
Potan
había despedido a sus hombres del cubículo, de forma que quedó sólo con
nosotros. Fuera, en cubierta, podía verlos arrastrando de un lado a otro
aparatos, sacando los mecanismos de los proyectores gigantes y comenzando a
montarlos. De vez en cuando, alguno de los hombres se acercaba a las ventanas
de nuestro cubículo y miraba a dentro con curiosidad.
Mientras
hablaba, mi mente no estaba fija. A pesar de todos mis gestos eran
accidentales, sabía que la prisa era necesaria. Cualquier cosa que Anita y yo
fuéramos a hacer debía de ser hecha rápidamente.
Pero
primero era necesario ganar la confianza total de este individuo, de forma que
tuviéramos libertad por la nave, y pudiéramos movernos sin que se nos vigilara
o prestara atención.
Por
dentro estaba horriblemente tenso. A través de las ventanas del domo, al otro
lado de cubierta, las rocas del paisaje lunar aparecían visibles. Podía ver el
borde de esta meseta sobre la cual descansaba la nave, las rocas que descendían
a lo largo de la escarpada pared de Arquímedes hasta las planicies iluminadas
por la Tierra, abajo, a lo lejos. En alguna parte allá abajo estaban Miko y Moa
y unos pocos de los tripulantes del Planetara.
Anita
y yo teníamos un plan bastante definido. Teníamos ahora la confianza de Potan;
esta entrevista había terminado, y me di cuenta que nuestra posición entre los
bandidos estaba establecida. Seríamos libres de movernos por la nave, y unirnos
a sus actividades. Debía de ser posible localizar la sala de señales y hacer
amistad con el operador que estuviera allí.
Tal
vez pudiéramos encontrar alguna oportunidad para enviar una señal a la Tierra.
Esta nave, estaba seguro, tendría energía para un mensaje de largo alcance,
aunque no fuera de una duración muy sostenida. Sería algo desesperado de
intentar, pero toda nuestra conducta era desesperada. Anita podía atraer al
operador fuera de la sala de señales, mientras yo enviaba un mensaje o dos que
llegaran a la Tierra. Sólo una señal de alarma, firmada «Grantline». ¡Si
pudiera hacer eso sin ser atrapado!
Anita
estaba comprometiendo a Potan para que hablara de sus planes. El jefe de los
bandidos estaba fanfarroneando sobre ellos: de su bien equipada nave, del valor
de sus hombres. Y preguntándole sobre el tamaño del tesoro. Mis pensamientos
estaban libres para divagar.
Mientras
nos estábamos haciendo amigos de este bandido, el proyector electrónico de
mayor alcance lo estaban montando. ¡Miko podía lanzar su señal y ser condenado
por eso! Yo estaría sobre cubierta con aquel proyector. Su operador y yo lo
volveríamos sobre Miko... un rayo de él y Miko y su pequeña banda habrían sido
barridos.
Pero
teníamos que pensar en nuestra huida. No podíamos permanecer mucho tiempo con
estos bandidos. Podíamos decirles que el campamento de Grantline estaba en el
Mare Imbrium. Les demoraría durante algún tiempo, pero nuestra mentira sería
pronto descubierta. Debíamos escapar de ellos, largarnos y regresar con
Grantline. Con Miko muerto, y una señal de alarma a la Tierra, y Potan en la
ignorancia de la posición de Grantline, el tesoro estaría a salvo hasta que
llegara ayuda desde la Tierra.
—¡Por
todos los infiernos, pequeña Anita, tienes el aspecto de una paloma, pero eres
una tigresa! ¡Un camarada de mi propio corazón... sedienta de sangre como un
adorador del fuego!
Su
risa se elevó para unirse a la de él.
—¡Oh,
no, Set Potan! Tengo sed de tesoros.
—Conseguiremos
el tesoro. No temas, pequeña Anita.
—Con
usted que nos conduzca, estoy segura que lo conseguiremos.
Un
hombre entró en el cubículo. Potan levantó la vista arrugando el entrecejo.
—¿Qué
es, Argie?
El
individuo contestó en marciano, miró de soslayo a Anita y se retiró.
Potan
se levantó. Noté que estaba inseguro por la bebida.
—Me
necesitan en el trabajo con los proyectores.
—Vaya
—dije.
Asintió.
Ahora éramos camaradas.
—Diviértase,
Haljan. O salga a cubierta si lo desea. Les diré a mis hombres que usted es uno
de los nuestros.
—Y
dígales que aparten sus manos de la señorita Prince.
Me
miró fijamente.
—No
había pensado en eso; ¡una mujer entre tantos hombres!
Su
misma mirada a Anita era tan ofensiva como la que cualquiera de sus propios
hombres pudiera dirigirle. Le dijo:
—No
tengas miedo, pequeña tigresa.
—No
tengo miedo de nada —repuso Anita echándose a reír.
Pero
cuando salió dando bandazos de la cabina, ella me tocó. Me sonrió con su
hombruna fanfarronería por miedo a que fuéramos todavía observados, y murmuró:
—¡Oh,
Gregg, tengo miedo!
Permanecimos
en el cubículo durante unos instantes, susurrando y haciendo planes.
—¿Crees
que la sala de señales está en esta torreta, Gregg? ¿En esa torreta de ahí
fuera?
—Sí,
eso creo.
—¿Salimos
a comprobarlo?
—Sí.
Permanece cerca de mí, siempre.
—¡Oh,
Gregg, sí!
Posamos
cuidadosamente nuestros trajes Erentz en una esquina del cubículo. ¡Podríamos
necesitarlos con tanta prisa! Luego salimos fanfarroneando para unirnos a los
bandidos que trabajaban sobre la cubierta.
Capítulo
XXX
La
cubierta brillaba con un aspecto fantástico bajo el extraño resplandor
azulverdoso de las luces marcianas electrofusoras. Había un bullicio ordenado.
Unos veinte de los tripulantes se hallaban trabajando en pequeños grupos. Se
habían subido unos aparatos de abajo para montarlos. Había un montón de trajes
y cascos Erentz, de diseño marciano, pero muy similares, sin embargo, a
aquellos que llevaba la expedición de Grantline. Había gigantescos proyectores
de varias clases, algunos me eran familiares, otros de una clase que nunca
había visto antes. Parecía que había seis u ocho de ellos, todavía
desmantelados, con un montón desordenado de sus baterías adjuntas, y bobinas y
tubos amplificadores.
Iban
a ser montados aquí en cubierta, me imaginé; y sobre uno de los costados del
domo vi uno o dos de ellos, ya fijados en posición.
Anita
y yo permanecimos a la salida del cubículo de Potan, observando nuestro
alrededor. Los hombres nos miraban, pero ninguno de ellos habló.
—Vigilemos
desde aquí un momento —susurré. Ella asintió, permaneciendo con su mano sobre
mi brazo. Me daba la impresión de que éramos muy pequeños, aquí en medio de
estos marcianos de siete pies de estatura. Yo todo de blanco, con el traje
usado en el interior del campamento de Grantline. La cabeza descubierta,
chaqueta de seda blanca del uniforme del Planetara, amplio cinturón y
pantalones ceñidos y galonados. Anita a mi lado, de negro, parecía una figura
delgada y sombría como Hamlet, con su pálido rostro infantil y pelo negro
ondulante.
La
gravedad que se mantenía aquí en la nave encontramos que era mayor que la de la
Luna y más parecida a la de Marte.
—Allí
están los rayos térmicos, Gregg.
Una
pila de ellos se veían al otro extremo de la cubierta. Vi estuches de frágiles
globos de vidrio, bombas de estilos diferentes, proyectores de mano de rayos
paralizadores; reflectores de varias clases; la luz curva de Benson, y unas
pocas armas de costado de diseño antigua de la Tierra... espadas y dagas, y
pequeños proyectores de balas.
También
parecía que había algo de equipo minero. A lo lejos, a lo largo de la cubierta,
detrás de la cabina central, en el espacio abierto de la proa, había
amontonados carriles de acero; media docena de pequeñas vagonetas de mineral;
un diminuto motor para arrastrarlas y lo que parecía como que pudiera ser las
secciones desmembradas de un vertedero de mineral.
Toda
la cubierta estaba regada con esta masa de equipos.
Potan
se movía de un lado para otro, dirigiendo los diferentes grupos de
trabajadores. Se había extendido la nueva de que conocíamos la situación del
tesoro. Los bandidos estaban alborozados. Dentro de unas pocas horas el
armamento de la nave estaría preparado y avanzarían.
Vi
que muchas miradas se dirigían a través de las ventanas laterales del domo
hacia las planicies distantes del Mare Imbrium. Los bandidos creían que el
campamento de Grantline estaba en aquella dirección.
—¿Cuál
es el proyector electrónico gigante, Gregg? —preguntó Anita con un susurro.
Pude
verlo en el centro de la nave, sobre cubierta. Ya estaba montado. Potan estaba
allí ahora vigilando a los hombres que lo estaban conectando. Era el arma más
poderosa de la nave. Tenía, dijera Potan, un alcance efectivo de unas diez
millas. ¡Me preguntaba qué haría a los edificios de Grantline! Las dobles
paredes de Erentz lo soportarían durante tiempo, estaba seguro. Pero
volatizaría un traje de tela Erentz, sin la menor duda. Como un dardo de fuego,
mataría... su relampagueante chorro libre de electrones al chocar con el
corazón proporcionarían una muerte instantánea.
—¡Debemos
destrozar eso antes de que marchemos! —susurré—. Pero primero volverlo sobre
Miko, si él hace la señal ahora.
Estaba
vigilando tenso la señal. El proyector electrónico evidentemente no estaba
preparado. Pero cuando estuviera conectado debería estar cerca de él para
persuadir a su servidor que disparara sobre Miko. Una vez hecho esto tendríamos
más tiempo para planear nuestras otras tareas. No creía que Potan estuviera
dispuesto para su ataque antes de otro período de tiempo para dormir aquí, de
acuerdo con la rutina de la nave: Las cosas estarían más tranquilas entonces;
esperaría por mi oportunidad para enviar un mensaje a la Tierra, y luego
escaparíamos.
Permanecimos
a la puerta del cubículo durante aproximadamente quince minutos, mientras mis
pensamientos me corroían. Mi mano en el bolsillo de mi costado apretaba el
pequeño proyector de balas. Los bandidos me lo habían quitado y se lo habían
dado a Potan. Éste lo había colocado sobre el banco con mi traje Erentz, y una
vez que hubimos ganado su confianza lo había olvidado y le dejara allí. Ahora
lo tenía yo, y el tacto de su fría culata bruñida me daba cierto consuelo. Las
cosas podían ir mal fácilmente, pero si iban, estaba dispuesto a vender tan
cara mi vida como fuera posible. Y un vago pensamiento estaba en mi mente: no
debía gastar la ultima bala. Ésa sería para Anita.
—Ese
proyector electrónico está controlado a distancia. Mira, Anita, esa de encima
de nosotros es la sala de señales. El proyector gigante será apuntado y
disparado desde allá arriba.
El
esqueleto de una torre de treinta pies se erguía sobre la cubierta, cerca de
nosotros, con una escalerilla de caracol que conducía a un diminuto cubículo
cuadrado, de acero, en la cima. A través de la ventana del cubículo podía ver
los paneles de instrumentos. Allá arriba estaba un solo marciano, que había
llamado a voces a Potan por algo relacionado con el proyector.
El
techo de esta pequeña sala de torreta estaba próximo por debajo del domo... un
espacio de no más de cuatro pies. Una cámara de presión para salida en el domo
estaba allá arriba, con unos pocos peldaños que conducían arriba, desde el
techo de la sala de señales a la torreta.
Podíamos
escapar por ese camino, tal vez. En el caso de terrible necesidad podría ser
posible. Pero solamente como un recurso desesperado, pues no dejaría sobre la
cima del domo de glassite, con una pendiente de cien pies o más por encima de
su abombada y pulida superficie exterior, y más abajo la panza exterior del
casco de la nave, hasta las rocas de abajo. Podría haber una escalerilla de
cuerdas fuera hasta abajo, pero no vi rastros de ella. Si Anita y yo nos
viéramos forzados a escapar por aquel camino, me preguntaba cómo nos
arreglaríamos para dar un salto de un centenar de pies hasta las rocas y caer
ilesos. Incluso con la ligera gravedad de la Luna, sería una caída peligrosa.
—¿Es
usted Gregg Haljan?
Miré
mientras uno de los bandidos se acercaba por detrás y se dirigía a mí.
—Sí.
—El
comandante Potan me dice que usted era el jefe de navegación del
Planetara.
—Sí.
—Usted
nos pilotará cuando avancemos sobre el campamento de Grantline. Yo soy el jefe
de control de aquí... mi nombre es Brotow.
Sonrió.
Era un individuo gigantesco, pero delgado. Hablaba buen inglés y parecía
ansioso de ser amigo.
—Nos
alegramos de tenerle a usted y a la hermana de George Prince con nosotros
—lanzó a Anita una mirada de admiración—. Le mostraré a usted nuestros
controles, Haljan.
—Muy
bien —dije—. Cualquier cosa que pueda hacer para ayudarles...
—Pero
no ahora. Será algunas horas antes de que estemos preparados.
Asentí
y se separó caminando lentamente. Anita susurró:
—¿Decías
que la sala de señales está allá arriba en la torreta? ¡Oh, Gregg, tal vez sea
solamente la sala de control!
—¿Qué
te parece si subimos a ver? Las señales de Miko pueden comenzar en cualquier
momento.
Y el
proyector electrónico parecía casi listo. Me había llegado la hora de actuar.
Pero un instinto de repulsión me frenaba. Nuestros trajes Erentz estaban cerca,
detrás de nosotros, en el cubículo de Potan. Me molestaba dejarlos allí. Si
alguna cosa ocurría y teníamos que hacer una marcha precipitada, no habría
tiempo para ataviarnos con los trajes. Sólo el ajustar los cascos sería
bastante difícil. Susurré rápidamente:
—Debemos
ponernos nuestros trajes... encontrar algún pretexto.
La
arrastré hacia atrás a través de la puerta del cubículo a donde estuviéramos
más apartados.
—Anita,
escucha. He sido un tonto al no planear nuestra escapada más cuidadosamente.
¡Aquí estamos en un gran peligro!
¡De
pronto me pareció que estábamos en un empeño desesperado! ¿Era una premonición?
—Anita,
escucha: Si alguna cosa ocurre y tenemos que escapar apresuradamente...
—Por
arriba a través de la cámara del domo, Gregg. Es de control manual; puedes ver
desde aquí las palancas.
—Sí.
Es manual. Pero una vez allí arriba, ¿cómo conseguir bajar?
Ella
estaba mucho más calmada que yo.
—Puede
que haya una escalerilla por fuera, Gregg.
—No
lo creo así. No la he visto.
—Entonces
podremos salir por el camino que nos metieron. La cámara del casco... también
es manual.
—Sí,
creo que puedo encontrar nuestro camino a través de los corredores del casco.
—Hay
guardas fuera, en las rocas.
Los
habíamos visto a través de las ventanas del domo, pero no había muchos,
solamente dos o tres. Estaba armado y un ataque por sorpresa daría resultado.
—¿Qué
haremos con los cascos? —preguntó Anita—. ¿Les dejamos aquí?
—No,
los llevaremos con nosotros. ¡No voy a separarme de ellos!
—Tendremos
un aspecto raro subiendo a esa sala de señales equipados de esta forma.
—No
puedo evitarlo, Anita. Lo explicaremos de alguna manera.
Se
erguía delante de mí, una pequeña figura de curioso aspecto en el ahora
deshinchado traje con su delgado cuello y cabeza saliendo por encima de él.
—Lleva
tu casco, Anita. Yo cogeré el mío.
Podíamos
ajustar los cascos y arrancar los motores todo en unos pocos segundos.
—Estoy
dispuesta, Gregg.
—Entonces
vamos. Déjame ir a mí delante.
Tenía
el proyector de balas en el bolsillo exterior de mi traje donde podía
instantáneamente alcanzarlo. Esto era más racional; ahora teníamos una
posibilidad de lucha. El miedo que me había invadido comenzaba a disminuir.
—Subiremos
a la torreta de la sala de señales —susurré—. Hazlo de forma descarada.
Echamos
a andar. Potan no estaba a la vista; tal vez estaba en la cubierta más lejana,
detrás de la superestructura de la cabina central.
Sobre
la cubierta fuimos inmediatamente abordados. Esto era diferente... nuestra
aparición en los trajes Erentz.
—¿Dónde
van? —este individuo habló en marciano.
—Allá
arriba —contesté en inglés.
Permaneció
delante de nosotros dominándonos con su estatura. Vi que un grupo de
trabajadores próximos paraban para mirarnos. Dentro de un momento habríamos
ocasionado un alboroto, y esta era la última cosa que deseaba, por lo que dije
en marciano.
—El
comandante Potan me dijo que podía hacer lo que quisiera. Desde el domo
miraremos para ver desde aquí dónde está el campamento de Grantline. Soy el
piloto de esta nave para ir allí.
El
hombre que se había llamado a sí mismo Brotow pasó cerca de nosotros. Recurrí a
él.
—Nos
pusimos nuestros trajes. Después de nuestras experiencias, nos encontramos más
seguros de esa forma. Si voy a pilotar la nave...
Dudó
mientras que con la mirada recorría la cubierta como si para preguntar a Potan.
Alguien dijo en marciano:
—El
comandante está abajo, en el pañol de proa.
Ésto
decidió a Brotow y despidió con un gesto al marciano que me había detenido.
—Déjales
pasar.
Anita
y yo le dirigimos nuestras más afectuosas sonrisas.
—Gracias.
Le
hizo a Anita una reverencia con un gesto amplio.
—Ahora
les enseñaré por encima la sala de control.
Mi
mirada fue hacia la punta de la proa. Entonces el pequeño tambucho era la sala
de control. La satisfacción me invadió. Luego encima de nosotros en la torreta
debía estar seguramente la sala de señales. ¿Nos seguiría Brotow arriba?
Confiaba que no. Deseaba estar a solas con el operador de arriba, lo que me
daría una oportunidad de alcanzar el control del proyector si veía señal de
Miko.
Empujé
a Anita por delante de Brotow, quien se apartó a un lado.
—Gracias
—repetí—. No tardaremos mucho.
Subimos
la escalerilla.
Capítulo
XXXI
¡De
prisa, Anita!
Temía
que Potan subiera del interior del casco en cualquier momento y nos detuviera.
El operador, por encima de nosotros, nos miraba, bloqueando con su enorme
cabeza y hombros la pequeña ventana de la sala de señales. Brotow le gritó
diciéndole que nos permitiera entrar. Puso mal gesto, pero cuando alcanzamos la
trampa en la rejilla del suelo de la sala, le encontramos apartado a un lado
para admitirnos.
Lancé
una rápida mirada en derredor. Era un cubículo metálico, no mucho mayor de
quince pies cuadrados, con un techo arqueado a ocho pies de altura. Había
paneles de instrumentos. El telémetro del proyector gigante estaba aquí; su
telescopio con un aparato de puntería y la palanca de disparo eran
inconfundibles. ¡Y el aparato de señales estaba aquí! No era un aparato
marciano, sino el muy poderoso transmisor ultravioleta Botz, con sus espejos
adjuntos de recepción. El Planetara había utilizado este mismo sistema, de
forma que estaba totalmente familiarizado con él.
Vi
también, lo que parecían ser armas: una hilera de pequeños y frágiles globos de
cristal, colgando de ganchos a lo largo de la pared... bombas, cada una del
tamaño del puño de un hombre. Y un amplio cinturón con bombas en sus
compartimientos acolchados.
El
corazón me saltaba mientras de una primera ojeada rápida advertí todos estos
detalles. Vi también que la habitación tenía cuatro pequeñas aberturas ovaladas
como ventanas. Estaban a la altura del pecho, desde la cubierta, abajo, sabía
que el ángulo de vista era tal que los hombres allá abajo no podían ver dentro
de esta habitación, excepto una parte de su porción superior, cerca del techo.
Y el aparato de helio estaba montado sobre una mesa baja, cerca del suelo.
En
una esquina de la habitación una pequeña escalerilla conducía a través de la
trampa del techo al tejado cubículo. Esta trampa, superior, estaba abierta.
Cuatro pies por encima del tejado de la sala estaba el arco del domo, con la
entrada a la cámara de salida, justo encima de nosotros. Las armas y el
cinturón de las bombas estaba cerca de la escalerilla ascendente, evidentemente
colocado aquí como equipo para ser utilizado desde la cima del domo.
Me
volví al solitario operador. Debía de ganarle su confianza inmediatamente.
Anita había dejado su casco a un lado. Ella habló primero:
—Estábamos
aquí con Set Miko —dijo sonriente—, cuando la destrucción del Planetara. ¿Lo
oyó contar? Sabemos dónde está el tesoro.
Este
operador tenía sus buenos siete pies de estatura, y era el marciano más
corpulento que he visto en mi vida. Un tremendo individuo, ceñudo y mal
encarado. Permanecía con las manos sobre las caderas, con las piernas cubiertas
de cuero, separadas; y cuando le vi de frente me sentí como un chiquillo.
Estaba
silencioso, mirándome hacia abajo al atraerle yo la atención.
—¿Habla
usted inglés? —pregunté—. No estamos prácticos con el marciano.
Me
preguntaría si durante la próxima hora de dormir, este individuo estaría de
servicio aquí. Confiaba que no: no sería fácil engañarle para encontrar una
oportunidad de mandar un mensaje. Pero para la tarea faltaban todavía algunas
horas; me preocuparía por eso cuando llegase el momento. Precisamente ahora
estaba preocupado por Miko y su pequeña banda, que en cualquier momento podían
llegar a la vista. ¡Si pudiera persuadir a este operador que volviese el
proyector sobre ellos!
Me
contestó en un inglés vivo:
—¿Usted
es el hombre Gregg Haljan? Y esta es la hermana de George Prince... ¿qué
quieren ustedes aquí arriba?
—Soy
piloto. Brotow desea que pilote la nave cuando avancemos para atacar a
Grantline.
—Esta
no es la sala de control.
—No,
sé que no lo es.
Posé
mi casco en el suelo, cuidadosamente, al lado del de Anita. Me enderecé para
encontrarme con la mirada del bandido que la observaba. No habló: todavía
estaba ceñudo. Pero al tenue brillo azul del cubículo capté la mirada de sus
ojos.
—Grantline
sabe que su nave ha aterrizado aquí sobre Arquímedes —dije apresuradamente—. Su
campamento está cerca, en el Mare Imbrium. Mandó una señal... usted la vio, ¿no
es verdad?... justo antes de que miss Prince y yo subiéramos a bordo. Estaba
intentando pasar por sus compañeros de la Tierra, Miko y Coniston.
—¿Por
qué?
El
individuo volvió su ceño a mí, pero Anita atrajo su mirada de nuevo a ella,
interviniendo rápidamente:
—Grantline,
como mi hermano siempre decía, no tiene una gran astucia. Ahora yo creo que
proyecta deslizarse hasta nosotros para cogernos desprevenidos, pretendiendo
que es Miko.
—Si
él hace eso —dije—. Giraremos este proyector electrónico sobre él y su banda y
los aniquilaremos. Usted tiene los mecanismos de disparo aquí.
—¿Quién
le dijo a usted eso? —preguntó bruscamente.
—Lo
veo aquí —hice un gesto—. Es evidente. Soy perito en el disparo de
trayectorias. Si Grantline aparece allá abajo, ahora, le ayudaré a usted.
—¿Está
conectado? —preguntó Anita audazmente.
—Sí,
—repuso—. Ustedes tienen puestos sus trajes Erentz: ¿Van a subir al tejado del
domo? Entonces vayan.
Pero
eso era lo que no deseábamos hacer. La mirada de Anita me pareció decir que le
dejara a ella llevar esto. Me volví hacia una de las ventanas del cubículo.
—¿Tiene
usted a su cargo esta sala? —preguntó ella dulcemente—. Muéstreme cómo funciona
con el proyector. Sé que será invencible contra el campamento de Grantline.
Les
había vuelto la espalda en aquel momento. Por la ventana ovalada podía mirar
abajo, a lo largo del espacio de cubierta, y fuera, a través de las ventanas
laterales del domo. Y de pronto el corazón me saltó a la garganta. Parecía que
allá abajo en las sombras iluminadas por la Tierra, donde la amplia base del
cráter gigante se unía a las planicies, oscilaba una luz. Miré fijamente,
paralizado. ¿Las luces de Miko? ¿Avanzaba preparado para hacer señales? Traté
de calcular la distancia. No había más de dos millas desde aquí.
¿O
no fue una luz? A simple vista no podía estar seguro. Tal vez había algún
catalejo aquí en el cubículo.
Subconscientemente
me daba cuenta de las voces de Anita y del operador detrás de mí. Luego,
repentinamente, oí un grito apagado de Anita. Me volví rápidamente.
¡El
gigante marciano la había cogido en sus enormes brazos, y tenía su gris rostro
de pesada mandíbula, con una mueca descarada, próximo al suyo.
Me
vio venir. ¡La sujetó con un brazo! Con el otro me agarró, me derribó hacia
atrás, y me dijo con voz ronca:
—¡Largo
de aquí! Suba al domo...
Anita
estaba luchando silenciosamente con sus pequeñas manos cogidas a su grueso
cuello. Su golpe me lanzó contra un banco. Pero me mantuve de pie. Estaba
parcialmente detrás de él. Salté de nuevo mientras trataba de soltarse de Anita
para hacerme frente, mientras los dedos de ella aferrados se lo impedían.
Mi
proyector lo tenía en la mano, pero en aquel segundo en que saltaba, tuve el
sentido de darme cuenta que no debería disparar, pues su ruido alarmaría la
nave. Lo agarré por el cañón, lo levanté hacia atrás y golpeé con su pesada
culata de metal. El golpe le dio al marciano sobre el cráneo, y simultáneamente
mi cuerpo le golpeó.
Caímos
los dos juntos, en parte sobre Anita. Pero el gigante no gritaba y al agarrarlo
ahora, noté como su cuerpo quedaba fláccido. Permanecí jadeando. Anita se
deslizó silenciosamente de debajo de nosotros. La sangre de la cabeza del
gigante manaba, caliente y pegajosa, contra mi cara mientras yo yacía extendido
sobre él.
Le
aparté a un lado. Estaba muerto, su frágil cráneo de marciano se había abierto
destrozado por mi golpe. No hubo alarma. El ligero ruido que habíamos hecho no
había sido oído desde abajo, sobre la atareada cubierta. Anita y yo nos
agazapamos sobre el suelo. Desde la cubierta no podía ser vista toda esta parte
de la habitación.
—Muerto.
—Oh,
Gregg...
Aquello
forzaba nuestro juego. Ahora no podía esperar a que Miko llegara. Pero podía
enviar un mensaje a la Tierra y luego tendríamos que correr para escapar.
¡Entonces
recordé la luz abajo, junto a la base! Mantuve a Anita fuera de vista sobre el
suelo, y fui cautelosamente hacia la ventana. La cubierta era un torbellino con
los bandidos moviéndose de un lado para otro excitadamente, pero no por lo que
hubiera ocurrido en nuestra sala de señales: eso no lo sabían.
¡Las
señales de Miko estaban brillando! Podía verlas ahora claramente, abajo, junto
a la base del cráter. Un grupo de luces de mano y un pequeño destello de helio
oscilando.
¡Y
estaban siendo contestadas desde la nave! Potan estaba sobre cubierta... un
alboroto de voces, por encima de las cuales la suya se elevaba con rugidos,
dando órdenes. En una de las ventanas del domo un bandido con un reflector de
mano, estaba enviando su respuesta. Y vi que Potan estaba trabajando sobre el
objetivo de un telescopio de cubierta.
Todo
ello había ocurrido tan rápidamente que yo estaba aturdido. Pero no esperé para
leer las señales. Volví a Anita, que me miraba fijamente, con gesto desvalido.
—¡Es
Miko! Y le están contestando a él! Ponte el casco: trataré de disparar el
proyector.
¿O
trataría en su lugar de enviar un breve mensaje a la Tierra? No habría tiempo
para hacer ambas cosas: debíamos escapar de aquí. La ruta a través del domo era
la única posible ahora.
Este
mecanismo de puntería del proyector me era razonablemente familiar, y comprendí
que podría funcionar con él. El telémetro y la palanca estaban sobre una repisa
en una de las ventanas. Me lancé allá. Mientras hacía girar el telescopio,
apuntándole hacia abajo, sobre las luces de Miko, pude ver al enorme proyector
sobre la cubierta girando de forma similar. Su movimiento sorprendió a los
hombres que le atendían. Uno de ellos me llamó pero no le hice caso.
Entonces
Potan miró hacia arriba y me vio. Le gritó en marciano al operador, quien sin
duda creía que estaba detrás de mí:
—¡Esté
dispuesto! Podemos disparar sobre ellos. Le daré la orden.
Las
señales proseguían. Había sido sólo cosa de un momento. Capté algo como:
«Haljan es un impostor.»
Estaba
apuntando el proyector. Me di cuenta de que Anita estaba junto a mi codo. La
empujé hacia atrás.
—¡Ponte
el casco!
Tenía
la distancia. Tiré de la palanca de disparo.
El
proyector escupió su mortífero chorro electrónico por la ventana de cubierta.
Los hombres de abajo se apartaron sorprendidos. Oí la voz de Potan, con un
grito de protesta y de rabia.
¡Pero
abajo, en el resplandor de la Tierra junto la base del cráter las luces de Miko
no se habían desvanecido! ¡Había fallado! ¿Un error en el alcance? De pronto
comprendí que no era eso. Las luces de Miko estaban allí todavía. Sus señales
proseguían aún. Y noté ahora una ligera distorsión en ellas, el destello de su
pequeño grupo de luces de mano ligeramente desviadas y proyectadas con un tenue
tono verdoso. ¡Las luces curvas de Benson!
Mis
ideas vacilaban en los pocos segundos mientras permanecí allá junto a la
ventana de la torreta. Miko temiera que pudiera ser fusilado sumariamente y
había vuelto a su campamento y equipado todas las luces con la curva de Benson.
Ahora estaba en alguna parte, junto a la base del cráter. ¡Pero no donde yo
creía que le viera! La luz curva de Benson cambiaba el sendero de los rayos
luminosos que llegaban de él a mí. ¡No podía incluso ni aproximar su verdadera
posición!
—Gregg,
ven —Anita estaba aferrada a mí.
—No
puedo darle —tartamudeé. ¿Debería probar mandar el mensaje a la Tierra?
¿Osaríamos permanecer aquí? Permanecí otros pocos segundos en la ventana. Veía
a Potan abajo, en la confusión de la cubierta, apuntando el telescopio. Había
gritado violentamente a su operador de aquí que no disparara de nuevo.
Y
ahora soltó un rugido.
—¡Puedo
verles! ¡Es Miko! ¡Por el Todopoderoso... su enorme estatura! ¡Brotow, mira!
¡Ése no es un hombre de la Tierra!
Apartó
a un lado su telescopio:
—¡Desconecten
ese proyector! ¡Es Miko allá abajo! ¡Este Haljan es un embustero! ¿Dónde está?
Bralle... Bralle, tú, maldito idota! ¿Están Haljan y la chica ahí arriba
contigo?
Pero
el operador yacía en su propia sangre a nuestros pies.
Yo
me había apartado de la ventana. Anita y yo nos agachamos durante un instante
de confusión, buscando a tientas nuestros cascos.
La
nave resonó con la alarma. ¡Y entre el alboroto pudimos oír los gritos de los
furiosos bandidos que trepaban en montón la escalerilla de la tórrela, detrás
de nosotros!
Capítulo
XXXII
Solamente
durante un momento permanecí inactivo. Había creído que Anita tendría el casco
puesto, pero ella parecía o bien reacia o confusa.
—¡Anita,
tenemos que salir de aquí! ¡Por arriba, a través de las cámaras del domo!
—Sí
—buscaba a tientas su casco. Se oía a los hombres subir por las escalerillas y
Anita y yo agazapados sobre ella. Había una gruesa barra de metal fijada en una
entalladura rebajada en la rejilla. La deslicé asegurándola; sujetaría la
trampa durante un corto espacio de tiempo.
Me
invadió un cierto grado de confianza. Disponíamos de unos pocos instantes antes
de que pudiera haber una pelea cuerpo a cuerpo. El proyector electrónico
gigante podría llegar a ser utilizado contra Grantline; era el arma más potente
de los bandidos. Sus controles estaban aquí. ¿Los aplastaría? ¡Eso al menos
podía hacerlo!
Salté
a la ventana. Las señales se habían interrumpido, pero percibí el reflejo de
sus distantes luces curvas que se movían.
Mientras
me hice visible en la ventana a los bandidos de la cubierta de la nave me llegó
un destello. Era un pequeño proyector manual, disparado precipitadamente, pues
pasó al lado de la ventana. Fue seguido por una lluvia de pequeños destellos,
pero estaba prevenido y agaché la cabeza por debajo del antepecho de la
ventana. Los rayos pasaban peligrosamente cerca hacia arriba, a través de la
abertura ovalada, siseando contra nuestro techo abovedado. El aire restallaba y
escocía con una lluvia de chispas azul-rojas, y el irritante olor de los gases
despendidos flotaba sobre nosotros.
Los
controles de puntería del proyector estaban a mi lado. Los cogí, tiré de ellos
y los despedacé. Se oyó un estruendo sobre cubierta. El proyector había
explotado. El grito de un hombre agonizante quebró la confusión de sonidos y
silenció a los bandidos de cubierta. Bajo la rejilla de nuestro suelo, los de
la escalerilla estaban golpeando en la puerta de la trampa. Pararon,
evidentemente para ver lo que había ocurrido. Por un momento cesó el bombardeo
de nuestras ventanas.
Cautelosamente
miré de nuevo a fuera por la ventana. Sobre el proyector destruido, tres
hombres yacían. Uno de ellos estaba gritando horriblemente. El costado del domo
había sido dañado. Potan y otros hombres estaban investigando frenéticamente,
para ver si se perdía aire.
Me
invadió una sensación de triunfo. ¡No me habían encontrado tan manso e
inofensivo como pudieran haber creído!
Anita
se aferró a mí. Todavía no se había puesto el casco.
—¡Ponte
el casco!
—Pero,
Gregg...
—¡Póntelo!
—Yo...
no quiero ponerlo hasta que tú no te pongas el tuyo.
—¡He
destrozado el proyector! Durante un rato les hemos detenido en su subida.
Pero
todavía estaban en la escalerilla debajo de nuestro suelo. Oyeron nuestras
voces y comenzaron a dar golpes de nuevo. Y luego a aporrearlo. Parecía que
ahora tenían herramientas pesadas. Golpeaban la trampa con un ariete.
El
moribundo de cubierta todavía seguía gritando.
—Probaré
con un mensaje a la Tierra —susurré.
Ella
asintió. Estaba pálida y tensa, pero tranquila.
—Sí,
Gregg. Y yo estaba pensando...
—No
me llevará ni un minuto. Ten preparado tu casco.
—Estaba
pensando... —se precipitó al otro lado de la habitación.
Me
volví hacia el aparato de señales Betz. Estaba conectado. En un momento lo tuve
runruneando. Los tubos fluorescentes se iluminaron con su fantástico brillo,
colorearon de púrpura el cuerpo del gigantesco operario que estaba tirado a mis
pies. Le di toda la energía de la nave. Las luces de tubo en la habitación
oscilaron y se oscurecieron.
Tendría
que apresurarme. Potan podía desconectarlo desde la sala principal de controles
en el casco. Podía ver, a través de la trampa de encima de la sala, el espejo
transmisor primario montado sobre la cúspide del domo. Estaba oscilando,
reluciendo con su ligera energía. Envié el mensaje.
El
menguante de la Tierra estaba allá arriba. Sabía que el hemisferio occidental
miraba a la Luna en este momento. Mandé el mensaje en inglés, en la clave
universal de la Tierra.
Socorro,
Grantline.
Y de
nuevo: Socorro. Región Arquímedes, cerca de Apeninos. Atacados por bandidos.
Envíen ayuda inmediatamente. Grantline.
—¡Si
fuera recibido!
Corté
la corriente. Anita permanecía observándome fijamente.
—¡Gregg,
mira!
Vi
que había cogido algunas de las bombas de globos de cristal que estaban junto
al pie de la escalera ascendente.
—Gregg,
arrojé algunas.
Miramos
abajo por la ventana. Los globos que había lanzado explotaron sobre la
cubierta. Eran bombas de oscuridad.
A
través de la negrura de la cubierta, subían los gritos de los bandidos. Iban
dando traspiés de un lado a otro. Pero el golpear en nuestra trampa proseguía,
y vi que estaba comenzando a ceder.
—¡Tenemos
que marchar, Anita!
Desde
la oscuridad que colgaba como una mortaja sobre cubierta, de vez en cuando
subía un relámpago, sin apuntar, a distancia de nuestra ventana. Pero la
oscuridad se iba disipando y ahora podía ver el débil resplandor de las luces
de cubierta, amortiguadas como a través de una espesa niebla. Dejé caer otra de
las bombas.
—Pronto,
el casco.
—Sí...
sí, lo pondré, pero ponte tú el tuyo.
En
un momento lo tuvimos ajustado. Nuestros motores Erentz estaban funcionando.
—Apaga
la luz de tu casco —dije sujetándola. La apagó. Le entregué mi proyector.
—Sostenlo
un momento. Voy a coger ese cinturón de bombas.
La
trampa del suelo estaba casi rota bajo los golpes del ariete. Salté por encima
del cuerpo del operador muerto, cogí el cinturón de bombas y lo ceñí en torno a
mi cintura.
—Dame
el proyector.
Me
lo entregó. ¡La puerta de la trampa se abrió bruscamente hacia arriba! La
cabeza y los hombros de un hombre aparecieron. Le disparé una bala... el
proyectil de plomo silbó a través del fogonazo amarillo de la pólvora que
escupió la boca del proyector.
El
bandido gritó y cayó hacia atrás, fuera de vista. Hubo una confusión en la
parte superior de la escalera. Lancé una bomba a la trampa rota. Un diminuto
rayo térmico subió ondulante a través de la abertura, pero pasó alejado de
nosotros.
La
sala de instrumentos estaba en oscuridad. Agarré a Anita.
—Cógete
a mi mano. ¡Vete delante... aquí está la escalera!
La
encontramos en la oscuridad, la subimos y pasamos a través de la trampa del
techo del cubículo.
Eché
otro vistazo y dejé caer una bomba a nuestro lado. El espacio de cuatro pies
aquí arriba entre el techo del cubículo y el domo de encima, se oscureció.
Momentáneamente estábamos ocultos.
Anita
localizó las palancas manuales de la entrada de las cámaras.
—Aquí,
Gregg.
Las
empujé. Me asaltó el miedo de que no funcionaran. Pero giraron. La diminuta
puerta se abrió totalmente para recibirnos. Entramos gateando en la pequeña
cámara de aire; la puerta se deslizó cerrándose detrás de nosotros, justo
cuando un destello desde abajo alcanzaba a ésta. Los bandidos habían visto
nuestra nube de oscuridad y estaban disparando a través de ella.
En
un momento estuvimos fuera, sobre la cúspide del domo: Una pulida extensión
redondeada de glassite, con amplias viguetas de aluminita. Había travesaños que
nos proporcionaban apoyo donde poner los pies y, ocasionalmente, protecciones;
puntas de aletas de forma aerodinámica, las envolturas de las astas de los
timones superiores, y los rechonchos embudos levantados en los cuales se
encerraban los helicópteros.
Caminamos
a lo largo del sendero central y nos agachamos junto a una protección de seis
pies. Las estrellas y la reluciente Tierra estaban por encima de nosotros. La
curvada cima del domo (de un ciento de pies aproximadamente de largo, que se
combaba en una anchura de treinta pies por debajo de nosotros), relucía a la
luz de la Tierra. Era una pendiente pronunciada y debajo de estos lados curvos
pasado el casco de la nave. Había un ciento de pies hasta las rocas sobre las
cuales descansaba la nave. La dominante pared de Arquímedes estaba a nuestro
lado; y detrás del borde de la meseta los millares de pies para abajo hasta las
planicies.
Veía
las luces de la banda de Miko allá abajo. Había dejado de hacer señales. Sus
pequeñas luces estaban dispersas, moviéndose como él y sus hombres avanzaran
por las laderas del cráter, acercándose para unirse a nosotros.
Fue
un vistazo instantáneo. Anita y yo no podíamos permanecer aquí. Los bandidos
nos seguirían arriba en cualquier momento. No vi ninguna escalerilla exterior.
Tendríamos que arriesgarnos a saltar.
Allá
abajo había bandidos sobre las rocas. Vi tres o cuatro figuras con casco, y
ellos nos vieron a nosotros. Una bala silbó a nuestro lado, y luego vino el
destello de un rayo de mano.
—¿Puedes
saltar? Anita, querida... —le dije tocándola.
De
nuevo esto parecía que era una despedida.
—¡Gregg,
amor mío, tenemos que hacerlo!
Aquellas
figuras que esperaban saltarían sobre nosotros.
—Anita,
permanece aquí un momento.
Salté
y corrí veinte metros hacia proa, luego atrás, hacia la popa, arrojando abajo
las últimas de mis bombas. La oscuridad allá abajo era como una nube que
envolvía a los bandidos del exterior, pero nosotros estábamos por encima,
recortados por la luz de las estrellas y el resplandor de la Tierra.
—Tenemos
que arriesgarnos ahora —dije, volviéndome a Anita.
—Gregg...
—Adiós,
cariño. Saltaré primero, por este lado. Tú sígueme.
Había
que saltar sobre un negro borrón, con las rocas debajo de él.
Estaba
tratando de decirme que mirara arriba de nuestras cabezas. Gesticulaba.
—¡Gregg,
mira!
Lo
vi, saliendo de las planicies, una pequeña mota entre las estrellas. ¡Una mota
que se movía, viniendo hacia nosotros!
—Gregg,
¿qué es eso?
Miré,
conteniendo la respiración. Una mota que se movía allá. Una burbuja ahora. Y
entonces me di cuenta que no era un objeto grande, a distancia, sino uno
pequeño, y muy próximo ya... solamente a unos pocos cientos de pies de
distancia, bajando hacia la cima de nuestro domo. Un objeto estrecho, plano, de
diez pies, como un avión sin alas. No llevaba luces en él, pero a la luz de la
Tierra podía ver dos figuras con casco que lo tripulaban.
—¡Anita!
¡No recuerdas!
Me
invadió una alboreada de comprensión. Anteriormente, en el campamento de
Grantline, Snap y yo habíamos discutido cómo utilizar las placas de gravedad
del Planetara.
Habíamos
ido a los restos del accidente, los habíamos cogido y habíamos aparejado este
pequeño vehículo volador...
Los
bandidos que estaban sobre las rocas lo vieron ahora. Un destello subió hacia
él. Una de las figuras agazapadas arriba desplegó una tela flexible sobre uno
de los lados. Vi otro destello que desde abajo iba a chocar inofensivamente
sobre la pantalla protectora.
—¡Enciende
tu casco! —le dije, tartamudeando, a Anita—. ¡Es de Grantline! ¡Deja que nos
vean!
Me
erguí. La pequeña plataforma voladora pasó por encima de nosotros a unos
cincuenta pies, haciendo cálculos, y bajando hacia la cima del domo.
Hice
oscilar la luz de mi casco. La cámara de salida de abajo por la cual nosotros
habíamos subido estaba cerca de nosotros. ¡Los bandidos que avanzaban estaban
ya en ella! Me había olvidado de destrozar los controles manuales. Vi que la
oscuridad de abajo, sobre las rocas, se había casi ido, desapareciendo en la
noche sin aire. Los bandidos allá abajo nos estaban disparando.
Era
una confusión de luces relampagueantes. Agarré a Anita.
—¡Ven
por aquí..., corre!
La
plataforma pasó casi rozando nuestras cabezas. Se deslizó a lo largo de la cima
del domo, y se posó silenciosamente sobre el camino central, cerca del extremo
de popa. Anita y yo corrimos hacia ella.
Las
dos figuras con casco nos cogieron y nos empujaron de bruces sobre la
plataforma de metal. Era escasamente de cuatro pies de ancho: una baja
barandilla, sin asas donde sujetarse, y con un diminuto cubículo en forma de
capucha delante.
—¡Gregg!
—¡Tú,
Snap!
Eran
Snap y Venza. Ella sujetó a Anita, manteniéndola agachada en su sitio; Snap se
lanzó boca abajo sobre los controles.
Los
bandidos habían salido ahora fuera del domo. Les hice un último disparo
mientras nos elevábamos.
Mi
proyectil agujereó a uno de ellos: se deslizó, cayó gateando por el redondeado
domo y rodó fuera de la vista.
Los
rayos de luz de silenciosos relámpagos parecían envolvernos. Venza levantó la
pantalla lateral de protección más alta.
Nos
inclinamos, nos zarandeamos locamente y finalmente nos estabilizamos.
El
domo de la nave parecía caer debajo de nosotros. Las rocas de la meseta
quedaban debajo. Luego el abismo, con las motas de las luces de Miko que se
movían abajo, a lo lejos.
Vi,
sobre la mampara de protección, la ya distante nave pirata que descansaba sobre
la meseta, con la pared maciza de Arquímedes detrás de ella. Y allá atrás
relucía una confusión de fútiles rayos.
Todo
ello se desvaneció en un resplandor lejano, según nos deslizábamos suavemente,
a la luz de las estrellas, alejándonos, dirigiéndonos hacia el campamento de
Grantline.
Capítulo
XXXIII
¡Despierta,
Gregg! ¡Vienen!
Me
esforcé para aclarar los sentidos.
—Vienen...
Salté
de mi litera y seguí a Snap como un torbellino al pasillo.
Habíamos
retornado ilesos al campamento de Grantline. Anita y yo nos encontrábamos
agotados por la carencia de sueño, nuestra laboriosa ascensión al Arquímedes y
aquel tiempo en tensión sobre la nave pirata. Durante el vuelo de vuelta, Snap
me había explicado cómo había sido observado el aterrizaje de la nave sobre
Arquímedes a través del telescopio de Grantline. Había leído con sorpresa mis
señales a los bandidos y Snap se había apresurado a terminar con la primera de
nuestras plataformas volantes. Luego había visto las señales de Miko desde la
base del cráter y la lucha por capturarnos a Anita y a mí, y había venido en
nuestro rescate.
De
vuelta en el campamento, se nos dio comida y Grantline me obligó a que tratara
de dormir.
—Estarán
sobre nosotros dentro de unas pocas horas, Gregg. En estos momentos Miko ya se
les habrá unido. Él los conducirá. Debe descansar, pues necesitamos a todos en
sus mejores condiciones.
Y,
sorprendentemente, en medio del torbellino del campo de las actividades del
último minuto, dormí profundamente hasta que me llamó Anita diciéndome que la
nave se acercaba.
Los
corredores resonaban con las pisadas de la atareada tripulación de Grantline.
Pero no había confusión; una calma torva había invadido a todos.
Anita
y Venza se lanzaron a nuestro encuentro.
—¡Está
a la vista!
No
había necesidad de ir a la sala de instrumentos. Desde las ventanas que daban
al borde de la meseta del farallón, la nave de los bandidos se veía claramente.
Venía meciéndose desde el Arquímedes, una forma oscura que nublaba las
estrellas. Todas sus luces se habían apagado excepto un solo reflector blanco
en el extremo de la proa, que se dirigía oblicuamente hacia abajo.
En
este momento el faro iluminaba nuestro grupo de edificios; su resplandor brilló
en las ventanas durante un momento. Pude imaginarme la triunfante curiosidad de
Potan y sus hombres allá arriba, mirando por el haz luminoso.
Habíamos
disminuido las luces para conservar nuestra energía, y para permitir que los
motores Erentz funcionaran al pleno de su capacidad. Nuestros edificios
tendrían que resistir los rayos de los bandidos que pronto estarían sobre
nosotros.
Fuera,
en nuestro farallón, tenuemente iluminado por la luz de la Tierra, las
diminutas luces mostraban dónde nuestros centinelas estaban en observación.
Mientras estaba junto a la ventana observando la nave que se acercaba, sonó la
voz de Grantline:
—¡Haga
entrar a esos hombres! ¡Las luces de llamada, Frank!
Zumbó
la sirena en el interior del campamento; la señal de las luces de llamada sobre
el techo trajo adentro a los centinelas del exterior. Llegaron corriendo a las
cámaras de admisión, que habían sido reparadas después que Miko las
inutilizara.
Los
guardas entraron y disminuimos nuestras luces todavía más. El cobertizo del
tesoro aparecía negro contra el farallón, detrás de nosotros. No había
necesidad de guardianes allí... razonamos que los bandidos no intentarían
moverlo hasta que nuestros edificios fueran capturados. Pero, si quisieran
intentarlo, estábamos preparados para defenderlo.
Permanecimos
agachados en la penumbra. El silencio reinaba sobre nosotros excepto por los
sonidos metálicos en el taller, al fondo del corredor. La mayoría de nosotros
llevaba trajes Erentz, con los cascos preparados, aunque yo estuviera seguro de
que no había ni un solo hombre de nosotros que no rezara por que no tuviera que
salir. En muchas de las ventanas, nuestros puntos más débiles para resistir los
rayos, colgaban hojas de tela aislante como si fueran cortinas.
La
nave de los bandidos avanzaba lentamente. Pronto estuvo sobre el borde opuesto
de nuestro pequeño cráter. Su reflector giró en torno del borde y hacia el
valle abajo.
Mis
pensamientos corrían como un desbordado torrente mientras permanecía en tensión
observando.
Hacía
cuatro horas que había mandado aquel mensaje a la Tierra. Si fuera recibido,
una nave de policía podía venir en nuestro rescate y llegar aquí dentro de
otras ocho horas... y tal vez incluso menos.
¡Ah!¡Si
el mensaje fuera recibido! ¡Si la nave de policía estaba inmediatamente
disponible! ¡Si partía inmediatamente...!
Ocho
horas era el mínimo. Traté de asegurarme a mí mismo que podríamos resistir
aquel tiempo.
La
nave pirata cruzó el borde del cráter. Y descendió más bajo. Parecía suspendida
sobre el hoyo del cráter, casi a nuestro nivel y a menos de dos millas de
nosotros. Su reflector se apagó. Durante un momento permaneció inmóvil, una
pulida silueta cilíndrica de plata, reluciendo a la luz de la Tierra.
Snap
me miró y susurró:
—Está
bajando.
Lentamente
se posó, escogiendo cuidadosamente su lugar de aterrizaje entre las rocas y
hoyos del quebrado y rocoso piso del fondo. Se dejó descansar, una vaga silueta
amenazadora de plata acechando desde las sombras más densas, cerca del pie de
la parte interior de la pared opuesta del cráter.
Pasaron
unos momentos de espera tensa. Pronto comenzaron a moverse unas diminutas luces
allá abajo, algunas fuera, sobre las rocas cerca de la nave, otras arriba, bajo
el domo de la cubierta.
Una
puñala de luz del reflector cruzó el pozo, giró sobre nuestra meseta y quedó
fijo con su resplandeciente círculo de diez pies al frente de nuestro edificio
principal. Luego relució un rayo.
¡El
asalto había comenzado!
Capítulo
XXXIV
Parecía
que con aquel primer disparo del enemigo nos había llegado un gran alivio... un
temor que se había desvanecido. Durante mucho tiempo habíamos anticipado este
momento, lo temimos. Creo que todos nuestros hombres sintieron lo mismo. Se
elevó un grito:
—¡Inofensivo!
No
era eso. Pero nuestro edificio resistía mejor de lo que habíamos temido. Fuera,
una descarga de un proyector electrónico de gran calibre, montado sobre la
cubierta de la nave pirata. Dirigía desde las sombras, al otro lado del fondo,
al pie de la pared opuesta del cráter, un haz de luz vagamente fluorescente.
Simultáneamente el reflector se apagó.
El
chorro de electrones alcanzó la cara frontal de nuestro edificio principal en
un círculo de seis pies. Se mantuvo unos pocos segundos, se desvaneció, luego
otra vez, y otra. Tres dardos. Un total, supongo, de nueve o diez segundos.
Estaba
con Grantline junto a la ventana de delante. La habíamos guarnecido con una
tela aislante como si fuera una cortina; permanecíamos observando, sosteniendo
cautelosamente la cortina a un lado. El rayo fue a dar a unos veinte pies de
distancia de nosotros.
—¡Inofensivo!
—los hombres lo gritaban jubilosos. Pero Grantline se volvió hacia ellos.
—¡No
es inofensivo!
Un
panel de señales interior estaba al lado de Grantline. Éste llamó al operario
de la sala de instrumentos.
—Se
acabó. ¿Cuáles son sus indicaciones?
El
bombardeo de los electrones había pasado a través del revestimiento exterior de
las dobles paredes del edificio y habían sido absorbidos por la enrarecida
corriente de aire magnetizado de la circulación Erentz. Como el veneno en las
venas de un hombre, alcanzando su corazón, los electrones hostiles habían
alterado los motores. Aceleraban, luego retardaban. Pulsando de forma desigual,
y consumiendo energía de reserva de los acumuladores. Pero se habían
normalizado inmediatamente en cuanto pasara el disparo. La voz del operador
sonaba en la rejilla en contestación a la pregunta de Grantline:
—Cinco
grados más frío en su edificio. ¿No lo siente?
El
alterado y debilitado sistema Erenzt había permitido que el frío exterior
irradiara un poco a través de las paredes. Debido al aire éstos habían tenido
algo de presión extra explosiva. Una tensión... pero eso fue todo.
—Es
probablemente su arma más poderosa, Gregg —dijo Grantline.
—Sí,
eso creo —asentí.
Yo
había hecho pedazos las verdaderamente gigantes, con su alcance de diez millas.
La nave estaba a sólo dos millas de nosotros, pero parecía como si este
proyector estuviera disparando desde el límite de su alcance. Había notado que
sobre cubierta había sólo uno de este tipo. Los otros, rayos paralizadores y
rayos térmicos, eran menos mortíferos.
—Podemos
soportar mucho tiempo ese bombardeo. Si permanecemos dentro... —comentó
Grantline.
Aquel
rayo, si alcanzaba a un hombre fuera, penetraría su traje Erentz en unos pocos
segundos, no podíamos dudarlo. No teníamos, sin embargo, intención de salir, a
menos de un caso de extrema necesidad.
—Incluso
así —decía Grantline—, un escudo de mano resistiría durante un cierto tiempo.
Tuvimos
la oportunidad, al cabo de un momento, de probar nuestras pantallas
protectoras. El dardo nos alcanzó de nuevo. Pasó la cara frontal del edificio,
alcanzó nuestra ventana y se detuvo. Los dobles entrepaños de las ventanas eran
nuestros puntos más débiles. La hoja de transmisión de la corriente Erentz era
transparente; podíamos ver a través de ella como si fuera de cristal. Se movía
más rápido, pero era más fina en la ventana que en las paredes.
Temíamos
que el bombardeo de electrones pudiera atravesarla, penetrando la protección
interior y, como un dardo de fuego, entrar en la habitación.
Dejamos
caer la esquina de la cortina. La radiación del dardo era apenas visible. Duró
unos pocos segundos. Luego se desvaneció de nuevo, y detrás de la pantalla no
sentimos ni un hormigueo.
—¡Inofensivo!
Pero
nuestra energía había sido disminuida casi un aerón, para neutralizar el choque
con la corriente Erentz. Grantline dijo:
—Si
continúan de esta forma, sería cuestión de saber qué suministro de energía
duraría más tiempo. Y no sería el nuestro... ¿Vio como nuestras luces se
oscurecían mientras el dardo estaba golpeando?
Pero
los bandidos no sabían que estábamos escasos de energía. Y disparar el
proyector con un dardo continuo habría, tal vez, en treinta minutos, agotado
sus propias reservas.
—No
les contestaré —declaró Grantline—. Nuestro juego consiste en permanecer a la
defensiva. Conservarlo todo. Dejarles a ellos que hagan los primeros
movimientos.
Esperamos
media hora; pero no llegó ningún otro disparo. El fondo del pozo estaba
cuarteado por la luz de la tierra y la sombra. Podíamos ver la vaga silueta de
la nave de los bandidos apoyada al pie de la pared opuesta del cráter. La forma
de su domo sobre la cubierta iluminada era visible, así como la línea de sus
diminutos óvalos en el casco.
Sobre
las rocas, cerca de la nave, las luces de los cascos de los bandidos que
andaban de un lado para otro, aparecían de vez en cuando.
Cualquiera
que fuese la actividad que se estuviera llevando a cabo allá no podíamos verla
a simple vista. Al principio Grantline no utilizaba nuestro telescopio. El
conectarlo, incluso para alcances locales, gastaba de nuestra preciosa reserva
de energía. Algunos de los hombres indicaron que escudriñáramos el cielo con el
telescopio.
¿Estaba
en camino desde la Tierra nuestra nave de rescate? Pero Grantline rehusó.
Todavía no estábamos en ningún apuro. Y cualquier demora era en nuestro favor.
—¿Comandante,
dónde pondré estos cascos?
Se
había acercado un hombre con una pila de cascos sobre una pequeña carretilla.
—Junto
a la cámara de funcionamiento manual... en el otro edificio.
Nuestras
armas y equipo exterior estaban reunidos junto a las cámaras principales de
salida del edificio grande. Pero también pudiéramos desear salir por las más
pequeñas. Grantline envió los cascos allá; los trajes no se necesitaban, ya que
la mayoría de nosotros estábamos ataviados con ellos.
Snap
seguía en el taller. Yo fui allá durante esta primera media hora de ataque.
Diez de nuestros hombres estaban ocupados allí con las pequeñas plataformas
voladoras y las pantallas de tela.
—¿Cómo
va, Snap?
—Casi
todo está listo.
Tenía
seis plataformas, incluyendo la que ya habíamos usado, más de una docena de
escudos. En caso de apuro, todos nosotros podríamos montar sobre estos seis
vehículos. ¡Podríamos tener que montar en ellas! Lo planeamos para el caso que,
por un desastre de los edificios, pudiéramos al menos escapar de esta forma.
Ahora se estaban colocando suministros de alimentación y de agua junto a las
puertas.
¡Tristes
preparativos! Nuestros edificios inhabitables, una salida en tropel y alejarse,
abandonando el tesoro... Grantline nunca había mencionado tal contingencia,
pero yo me daba cuenta, sin embargo, que se estaban haciendo los preparativos.
La
voz de Snap se elevaba por encima del ruido que hacían los trabajadores
mientras atornillaban las placas de gravedad de la última plataforma.
—¿No
hay más que ese proyector, Gregg?
—Nos
lanzaron cuatro ráfagas, pero siempre con el mismo proyector, el más potente
que tienen.
Hizo
una mueca. Todavía no llevaba el traje Erentz. Estaba con unos pantalones
desgarrados y sucios y con una camisa tiznada, con la inevitable visera que
mantenía hacia atrás su ingobernable pelo. En torno a su cintura llevaba el
cinturón con carga y también tenía los contrapesos en los zapatos, para
mantener la estabilidad de la gravedad.
—No
dañaron mucho.
—No.
—Cuando
meta los paneles de los tubos en ésta habré terminado. Llevarán otra media
hora, luego me uniré a ti. ¿Por dónde estarás?
—Estuve
en la ventana de adelante con Johnny —dije encogiéndome de hombros—. Todavía no
hay nada que hacer.
Snap
continuó con su trabajo.
—Bien,
cuanto más demoren mejor para nosotros. ¡Si nada más que tu mensaje hubiera
llegado, Gregg, tendríamos a la nave de rescate aquí dentro de unas pocas horas
más!
—¡Ah,
eso sí!
—¿No
puedo ayudarte, Snap? —dije cuando me volvía para marchar.
—No...
Lleve esos escudos —añadió dirigiéndose a uno de los hombres.
—¿A
dónde los llevo?
—A
Grantline. Él le dirá donde debe ponerlos.
Los
escudos fueron llevados en una pequeña carretilla. Yo le seguí. Grantline los
envió a la salida de atrás.
—¿Todavía
no hubo ninguna otra acción por parte de ellos, Johnny?
—No.
Todo está tranquilo.
—Snap
casi terminó.
En
este momento los bandidos comenzaban otro juego. Un haz de rayos térmicos
gigante vino a través del fondo, y se fijó en nuestra pared frontal durante
casi un minuto.
Grantline
recibió el informe de la sala de instrumentos. Se echó a reír.
—Eso
nos favoreció más bien que nos perjudicó. Calentó la pared exterior.
Frank
se aprovechó de él para aliviar los motores.
Nos
preguntamos si Miko sabría aquello. Sin duda se dio cuenta, pues el rayo
térmico no fue usado de nuevo.
Luego
llegó el rayo zeta. Permanecí en la ventana observándolo, un débil brillo de un
haz en la penumbra; se deslizó con siniestra deliberación a lo largo de nuestra
pared frontal, deteniéndose momentáneamente en nuestras ventanas protegidas y
penetró con su brillo revelador en el taller de Snap.
—Nos
está observando —comentó Grantline—. Confío que les guste lo que ven.
Sabía
que no sentía la bravata que había en su tono. Nosotros no teníamos otra cosa
más que pequeñas armas de mano; rayos térmicos, proyectores electrónicos y
proyectores de balas. Todo ello para una lucha a muy corta distancia. Si Miko
no sabía eso antes, pudo al menos hacer una buena conjetura después de la
cuidadosa inspección de los rayos zeta. Con su nave allá, a dos millas de
distancia, éramos impotentes para alcanzarlo. Parecía como si Miko estuviera
ahora probando todos sus mecanismos. El brillo de una luz ascendió desde la
punta del domo de la nave. Se elevó en un lento círculo sobre el pozo, y
estalló. Durante unos pocos segundos el círculo de dos millas de rocas estuvo
brillantemente iluminado. Miré, pero tuve que proteger mis ojos contra el cegador
resplandor actínico, y no pude ver nada. ¿Estaba Miko haciendo una fotografía
con rayos zeta de nuestros interiores? No teníamos forma de saberlo.
Ahora
estaba probando sus proyectores de corto alcance. Con mis ojos, de nuevo
acostumbrados a la luz normal de la Tierra, podía ver los dardos de los haces
electrónicos, los rayos paralizadores marcianos y los haces térmicos. Se
desprendían como espadas flamígeras desde las rocas cerca de la nave.
Luego
toda la nave y la pared del cráter de detrás pareció deslizarse a un lado
cuando la luz curva de Benson derramó su resplandor en torno de la nave, con un
haz del proyector que subía dando en la ventana a través de la cual yo estaba
espiando.
—¡Haljan,
venga a ver a estas condenadas muchachas! Comandante... ¿Las detengo? ¡Se
matarán ellas mismas, o nos matarán... o aplastarán alguna cosa!
Seguimos
al hombre al amplio pasillo central del edificio. ¡Anita y Venza estaban
montadas en una diminuta plataforma. ¡Anita en su negro atuendo de muchacho!
Venza, con un ondeante vestido venusiano blanco. Estaban sobre un pequeño
cuadrilátero metálico de seis pies, una manipulando su pantalla lateral, la
otra los mandos. Cuando llegábamos, la plataforma venía deslizándose por los
estrechos confines del pasillo, bandeando, no chocando a duras penas contra el
saliente de una puerta. Ya hacia arriba, ya hacia abajo del techo abovedado,
luego abajo, hacia el suelo.
Se
deslizó por encima de nuestras cabezas, elevándose cuando nos tiramos al suelo.
Anita saludó con una mano.
—¡Por
los infiernos! —tartamudeó Grantline.
—¡Anita,
para! —grité yo.
Pero
ellas se limitaron a saludarnos con la mano, deslizándose a lo largo del
pasillo, pareciendo evitar el estrellarse una docena de veces por un mínimo
margen de casualidad, parando milagrosamente al otro extremo, cerniéndose
inmóviles en el aire, dando la vuelta y regresando ondulantes de arriba a
abajo.
—¡Por
los dioses de las líneas espaciales! —exclamó Grantline aferrándose a mí.
A
pesar de la sorpresa, de mi horror, no pude por menos de compartir la
admiración de Grantline. Otros tres o cuatro hombres estaban mirando. Las
chicas eran sorprendentemente hábiles, no había duda de eso. No había ni un
solo hombre entre nosotros que pudiera haber manejado aquella plataforma de
gravedad en el interior, ni uno que hubiera tenido la loca temeridad de
intentarlo.
La
plataforma aterrizó con la gracia de un colibrí a nuestros pies, las chicas la
equilibraron con destreza, de forma que se detuvo suavemente, sin el menor
ruido o sacudida. Me enfrente con ellas:
—¿Anita,
qué estabas haciendo?
Se
levantó, se puso colorada y sonrió:
—Practicando.
—¿Para
qué?
Los
retozones ojos de Venza me hicieron un guiño, y sus manos fueron a sus delgadas
caderas con un gesto de desafío, y me preguntó:
—¿Hablas
por ti mismo o por el comandante?
No
le presté atención.
—¿Por
qué...?
—Porque
somos buenas en eso —replicó—. Mejores que cualquiera de vosotros, hombres. Si
nos necesitarais, estaríamos dispuestas...
—¡No
os necesitaremos! —dije secamente.
—Pero
sí debierais...
—Si
Snap y yo no hubiéramos ido por ti no estarías aquí, Gregg Haljan —intervino
Venza—. ¡No me di cuenta de que estuvieras tan horrorizado de verme sostener
aquella pantalla por encima de ti!
Me
hizo callar.
—Comandante,
déjenos solas —añadió—. No aplastaremos nada.
Grantline
se echó a reír.
—¡Confío
que no lo hagáis!
Una
llamada de aviso nos llevó a la ventana de delante. El reflector de la nave de
nuevo era utilizado. Se deslizó lentamente a lo largo del farallón. Su círculo
bajó los peldaños de la pared hasta el fondo del cráter y volviendo lentamente
de nuevo. Luego subió hasta la plataforma del observatorio en la cima de
arriba, para luego dirigirse al cobertizo del mineral.
No
teníamos hombres fuera, si eso era lo que los bandidos deseaban saber. En este
momento se apagó el reflector y fue remplazado inmediatamente por un rayo zeta,
que se dirigió directamente al cobertizo de nuestro tesoro y permaneció allí.
Aquello
impulsó a Grantline a su primera acción. Lanzamos nuestro propio rayo zeta a
través del fondo. Alcanzó la nave de los bandidos y el confuso interior de las
cabinas.
—Prueba
con el reflector, Frank.
El
rayo zeta se apagó. Observamos por medio de nuestro proyector, que se afirmó
sobre el domo del distante navío enemigo. Podíamos ver movimiento allí.
—El
telescopio —ordenó Grantline.
Las
dínamos resonaron. El telémetro del telescopio se iluminó y se aclaró. Sobre la
cubierta de la nave vimos a los bandidos trabajando en montar unas diminutas
vagonetas de mineral. Una portañola de bajada desde la cubierta estaba abierta.
Las vagonetas de mineral las sacaban a través de la portañola y las bajaban por
un pasarela. Y fuera, sobre las rocas, vimos varias de éstas, diminutas
secciones de rieles, y las secciones de una tolva.
¡Miko
estaba desembarcando sus aparatos de minería! ¡Se estaba preparando para subir
por el tesoro!
El
descubrimiento, sorprendente como era, sin embargo fue con mucho eclipsado por
la imperativa alarma de peligro de nuestros edificios principales. ¡Los
bandidos estaban fuera, sobre nuestro farallón! El reflector de Miko, al barrer
la repisa un momento antes, había evitado cuidadosamente el descubrirles.
Sin
duda había sido hecho precisamente con aquel propósito; para hacernos sentirnos
seguros de que la meseta no estaba ocupada y de esta forma guardarse contra la
búsqueda de nuestra propia luz.
¡Pero
había un grupo de bandidos fuera, cerca de nuestras paredes! Por la más pura de
las casualidades, el resplandor que irradiaba de nuestro reflector había
mostrado las figuras que se escurrían precipitadamente en busca de refugio.
Grantline
se puso de pie de un salto.
Nos
precipitamos hacia la puerta posterior de salida que estaba más próxima a
nosotros. Unas gigantescas figuras hinchadas habían sido vistas corriendo a lo
largo del exterior del pasillo de conexión, en esta dirección. Pero antes que
hubiéramos llegado allá, llegó una nueva alarma. ¡Un bandido estaba agazapado
junto a una esquina de delante del edificio principal!
¡Su
soplete de hidrógeno ya había abierto una hendidura en la pared!
Capítulo
XXXV
¡Vosotros,
adentro! —ordenó Grantline—. ¡Poneros los cascos! ¿Cuántos? Seis. Bastan...
Vuelva allá, Williams... usted fue el último. En la cámara no caben más.
Yo
fui uno de los seis que nos apretujamos en la cámara de salida accionada a
mano. La atravesamos; en un momento estuvimos fuera. Habían pasado menos de
tres minutos desde que se hubiera visto fuera al furtivo bandido.
Cuando
salíamos, Grantline me tocó:
—¿No
espera por órdenes? Atrápelo.
—A
ese individuo del soplete.
—Si
voy con usted.
Salimos
en tropel. Ya nos habíamos liberado de los contrapesos de nuestros cinturones y
zapatos. Me lancé con ímpetu, sin tener en cuenta a mis compañeros.
Los
marcianos habían desaparecido. A través de mi ovalada visera solamente podía
ver la superficie rocosa de la meseta iluminada por la Tierra. A mi lado se
extendía la oscura pared de nuestro edificio.
Salté
hacia la fachada frontal. El bandido con el soplete había estado junto a la
esquina. Desde aquí no podía verle, ya que estaba agachado justo a la vuelta.
Tenía
un pequeño proyector de balas, la mejor arma de corto alcance fuera. Me daba
cuenta de que Grantline iba cerca de mí.
Sólo
me llevó unos pocos de mis saltos de gigante. Llegué a la esquina, recobré el
equilibrio y di vuelta rápidamente.
El
marciano estaba allí, un gigantesco bulto deforme, según estaba inclinado. Su
soplete era un pequeño dardo azul en la profunda sombra que le rodeaba.
Concentrado en su trabajo, no me vio. Tal vez pensaba que sus camaradas habían
roto ya nuestras salidas para entonces.
Caí
como un leopardo sobre su espalda y disparé apoyando el cañón, derribándole. Su
soplete cayó siseando con una silenciosa lluvia de fuego azulado sobre las
rocas.
Como
mi presa sobre él establecía el contacto del audífono, sus gritos de agonía
resonaron en los diafragmas de mis oídos con una horrible intensidad
ensordecedora.
Quedó
debajo de mí retorciéndose; luego inmóvil. Sus alaridos se apagaron hasta
quedar en silencio. Su traje se deshinchó dentro de mi presa. Estaba muerto; mi
proyectil de plomo blindado de acero se había perforado la doble superficie de
su tela Erentz, penetrándole en el pecho.
Grantline
había saltado, yendo a caer junto a mí.
—¿Muerto?
—Sí.
Me
levanté de junto al cuerpo inerte. El soplete se había apagado solo. Grantline
se volvió hacia la esquina de nuestro edificio y yo me incliné con él para
examinarla. El soplete había fundido y chamuscado la pared, quemándola casi de
parte a parte. Se había abierto una grieta. Podíamos verla. Era una cuchillada
curva en la pared de metal como una fisura en un cristal de una ventana.
Sentí
frío. Éste era un daño serio. El enrarecido aire Erentz podía escurrirse fuera.
Ahora estaba perdiendo, podíamos ver la radiación magnética de ella todo arriba
a lo largo de la fisura de diez pies. El agujero cambiaría la presión del
sistema Erentz, constantemente más bajo, lo que exigiría una renovación
constante. Los motores Erentz se sobrecalentarían, algunos podrían estropearse
por el esfuerzo.
Grantline
se levantó, cogiéndome.
—Fatal.
—Sí.
¿No podemos repararlo, Johnny?
—No.
Habría que sacar toda la sección de enlucido, parar la instalación de Erentz y
vaciar el aire interior de este tabique hermético. Un día de trabajo, tal vez
más.
Y
sabía que la fisura empeoraría. Gradualmente se alargaría y ensancharía. La
circulación Erentz fallaría.
Toda
nuestra energía se agotaría, luchando para conservarla.
Este
bandido que se había suicidado con su acto osado, había hecho más que él
seguramente creyó. Podía considerar nuestras armas inútiles por la carencia de
potencia, y como el aire en nuestros edificios se volvía fétido y helado,
forzándonos a ponernos los cascos. Luego una salida precipitada para abandonar
el campamento y escapar. Los edificios explotando, dispersándose en un confuso
montón sobre la meseta, como el juguete roto del niño, y el tesoro abandonado,
con los bandidos que llegaban y lo cargaban en la nave. Nuestra derrota. Dentro
de unas pocas horas... o minutos. Esta resquebrajadura podía aumentar
lentamente, o podía romper repentinamente en cualquier momento.
Nos
venía el desastre tan bruscamente, justo al comienzo del ataque de los
bandidos...
La
voz de Grantline en mi audífono interrumpió mis desesperados pensamientos.
—Mal.
Vamos, Gregg, no hay nada que hacer aquí.
Nos
dimos cuenta que nuestros otros cuatro hombres habían corrido a lo largo del
otro lado del edificio. Aparecieron ahora... con los bandidos corriendo delante
de ellos, que se precipitaron hacia las escaleras sobre la meseta. Tres
gigantes marcianos en huida con nuestros cuatro hombres en su persecución.
Un
bandido cayó junto a las rocas al borde del precipicio. Los otros alcanzaron la
escalera de bajada, bajando por ella con saltos atolondrados.
Nuestros
hombres se volvieron. Antes de que pudiéramos unirnos a ellos, la nave enemiga,
abajo en el fondo, lanzó un cauteloso destello que localizó a sus hombres que
regresaban. Luego el haz se deslizó hacia arriba, hacia la meseta, posándose en
nosotros.
Permanecimos
confusos, parpadeando al brillante resplandor. Grantline tropezó conmigo.
—¡Corre,
Gregg! Nos dispararán.
Nos
alejamos corriendo. Nuestros compañeros se nos unieron, volviendo
precipitadamente a la entrada. Vi que estaba abierta, mientras que salían
refuerzos para ayudarnos, media docena de figuras llevando un escudo aislante
de diez pies. A duras penas podían hacerlo pasar por la puerta.
El
reflector de los marcianos se apagó. Luego, casi instantáneamente, el rayo
electrónico nos alcanzó con su mortal dardo. Al principio nos falló, mientras
corríamos en busca del escudo, que volvimos a llevar a la entrada, ocultándonos
detrás de él.
El
rayo asaetó una y otra vez más.
Si
los instrumentos de Miko le indicaban cuan dañada estaba nuestra pared frontal,
no lo supimos nunca. Pero creo que se dio cuenta. Su reflector se pegó a ésta y
los rayos zeta espiaron nuestros interiores.
La
nave de los bandidos ahora estaba activa. Estábamos desesperados; y utilizamos
libremente nuestro telescopio para observar. Las vagonetas y los aparatos de
minería fueron descargados sobre las rocas. Las secciones de carril fueron
llevadas a una milla de distancia, cerca del centro del hoyo. Un campo
subsidiario se estaba estableciendo allí, a sólo una milla de la base de
nuestro farallón, pero aún con mucho fuera del alcance de nuestras armas.
Podíamos ver las luces de los bandidos allá abajo.
Luego
las secciones de la tolva de mineral las aproximaron. Podíamos ver a los
hombres de Miko transportando algunos de los proyectores gigantes y como los
montaban en una nueva posición. Los tanques de energía y cables. Ligeras
catapultas de bengalas; pequeños cañones mecánicos para arrojar bombas
luminosas.
El
reflector del enemigo constantemente barría nuestra vecindad. Ocasionalmente,
el proyector gigante electrónico lanzaba uno de sus dardos como si fuera un
aviso para que no osáramos abandonar nuestros edificios.
Pasó
media hora. Nuestra situación era incluso peor de lo que podía saber Miko. Los
motores Erentz se estaban recalentando..., disminuía nuestra energía, la ranura
aumentaba. Cuándo rompería, no podíamos decirlo, pero el peligro era como una
espada sobre nosotros.
Este
segundo intervalo fue para nosotros de treinta minutos de ansiedad. Grantline
convocó una reunión de toda nuestra pequeña fuerza, con derecho a decir su
opinión todo el mundo. La inactividad ya no podía ser una política factible.
Utilizábamos
atolondradamente nuestra energía para escudriñar el espacio. Nuestra nave de
rescate pudiera estar allá arriba, pero no podíamos verla con nuestros
instrumentos inutilizados. No venían mensajes. No podíamos captarlos, al menos
no los recibíamos.
—No
harán señales —protestaba Grantline—. Sabrán que los marcianos la recibirían
más probablemente que nosotros. ¿De qué serviría prevenir a Miko?
¡Pero
no se atrevía a esperar por la nave de rescate que pudiera o no pudiera venir!
Miko estaba ahora jugando a esperar..., preparándose para un rápido embarque
del mineral cuando nos hubiera forzado a abandonar los edificios.
¡La
nave de los bandidos repentinamente cambió de posición! Se elevó en un bajo
arco tenso, vino hacia delante y se instaló en el centro del hoyo donde las
vagonetas y las secciones de carril estaban amontonadas, y recientemente
montados sobre las rocas los proyectores del exterior.
Los
bandidos comenzaban ahora a poner los rieles desde la nave hacia la base de
nuestro farallón. La tolva llevaría el mineral desde la meseta y las vagonetas
lo transportarían a la nave. La colocación de carriles era hecha bajo la
protección de ocasionales dardos del proyector electrónico.
Y
entonces descubrimos que Miko había hecho aún otro movimiento. Los rayos de los
bandidos disparados desde lo profundo del pozo, podían dar en nuestro edificio
delantero, pero no podían alcanzar toda nuestra protección. Y desde la más
reciente y más próxima posición de la nave esta ventaja para nosotros se
intensificó. Luego bruscamente comprendimos que bajo la
protección
de bombas de oscuridad, habían sido llevados para la cima del borde del cráter
un proyector electrónico y un reflector, diagonalmente a nosotros, y a
solamente media milla. Sus haces, disparados hacia abajo, barrían toda nuestra
vecindad desde este nuevo ángulo.
Yo
estaba sobre la pequeña plataforma volante que partió como una prueba para
atacar aquellos proyectores aislados. Snap, yo y otro voluntario, fuimos. Él y
yo sosteníamos la pantalla; Snap manejaba los controles. Nuestra salida fue por
el lado oculto del edificio al reflector hostil. Salimos sin ser observados y
partimos hacia arriba; pero pronto una luz procedente de la nave nos enfocó. Y
comenzaron a subir los dardos del proyector.
Nuestra
salida solamente duró unos pocos minutos. Para mí fue una confusión de haces
que se cruzaban, con las estrellas por encima, y la oscilante plataforma debajo
de mí; y el escudo hormigueando en mis manos cuando nos alcanzaban los rayos.
Momentos de terror confuso...
La
voz del hombre, a mi lado, sonó en mis oídos:
—Ahora,
Haljan, ¡enviémosles una!
Estábamos
arriba, por encima de la cresta del borde, con los proyectores hostiles debajo
de nosotros. Calculé nuestro movimiento y dejé caer una bomba de pólvora
explosiva.
Fallé.
Explotó con una ráfaga a veinte pies de donde estaban montados los dos
proyectores. Vi que dos figuras con cascos estaban allá abajo. Trataban de
hacer girar sus rejillas hacia arriba, pero no podían ponerlas verticales para
alcanzarnos. La nave nos seguía disparando, pero estaba lejos. Y los
reflectores de Grantline estaban funcionando a toda potencia, fijos en la nave
para cegarlos.
Snap
giró en torno a ellos. Cuando volvíamos lancé otra bomba. Su silencioso
estallido pareció sembrar los fragmentos lanzados de los dos proyectores y los
cuerpos de los hombres.
Rápidamente
regresamos volando a nuestra base.
Aquello
decidió a Grantline. Durante la pasada hora Snap y yo habíamos estado indicando
nuestro plan de utilizar las plataformas de gravedad.
El
permanecer inactivo ahora era una derrota segura. Incluso si nuestros edificios
no explotaban..., si pensábamos permanecer arrinconados en ellos, con los
cascos puestos en el aire que faltaba..., entonces Miko podía fácilmente
prescindir de nosotros y seguir adelante con la carga del tesoro ante nuestras
impotentes miradas. Ahora podía hacer aquello con tranquilidad (sí rehusábamos
aceptar el desafío), ya que no podíamos disparar a través de las ventanas y
debíamos salir para hacer frente a su amenaza.
Permanecer
a la defensiva terminaría inevitablemente en nuestra derrota. Ahora todos lo
sabíamos. El juego de espera era de Miko... no nuestro.
El
éxito de nuestro ataque sobre los distantes proyectores aislados nos animó.
¡Aunque fue por una ofensiva desesperada por lo que nos decidimos!
Preparamos
nuestra pequeña expedición junto a la mayor de las puertas de salida. Los rayos
zeta de Miko estaban observando todos los movimientos del interior. Hicimos una
breve demostración de actividad en nuestro taller con las vagonetas abandonadas
que estaban almacenadas allí. Las sacamos y comenzamos a repararlas.
Aquello
pareció engañar a Miko. Su rayo zeta se fijó en el taller, observándonos. Y en
la distanciada salida reunimos nuestras plataformas, escudos, cascos, bombas y
unos pocos proyectores de mano.
Había
seis plataformas: a tres de nosotros sobre cada una de ellas, sobraban cuatro
personas para permanecer dentro.
No
necesito describir la emoción con que Snap y yo escuchamos como Venza y Anita
nos rogaban que les permitiéramos acompañarnos. Se dirigieron a Grantline, y
nosotros no tomamos parte. Era una decisión muy importante. El tesoro..., la
vida o muerte de todos estos hombres... dependía ahora de la suerte de nuestra
aventura. Snap y yo no podíamos mezclar nuestros sentimientos personales.
Y
las chicas ganaron. Ambas eran innegablemente más hábiles en el manejo de las
pequeñas plataformas que cualquiera de nosotros. Dos de las seis plataformas
podían ser guiadas por ellas. ¡Eso era un tercio de nuestra pequeña flota! ¿Y
de qué valía el salir, para ser derrotados dejando a las chicas aquí para
encontrar la muerte casi inmediatamente después?
Nos
reunimos junto a la puerta. El cambio del último momento hizo ordenar a
Grantline que seis de sus hombres permanecieran para defender el edificio. Los
instrumentos, el sistema Erentz y todos los dispositivos tenían que ser
atendidos.
Quedaban
cuatro plataformas, cada una con tres hombres, y Grantline a los controles de
una de ellas. Y sobre dos de las otras, Venza iba con Snap y Anita conmigo.
Nos
agazapamos en las sombras fuera de la salida. ¡Un ejército tan pequeño que
partía para bombardear aquel navío enemigo o morir en el intento! Nosotros
solamente éramos dieciséis, y treinta o así y bien armados los bandidos.
Consideré
entonces este diminuto cráter lunar, la escena donde estábamos dando esta
batalla. ¡Seres humanos luchando, tratando desesperadamente de matar!
Anita
me llevó sobre la plataforma.
—Listo,
Gregg.
Las
otras se estaban elevando. Nos elevamos, moviéndonos lentamente y alejándonos
de la sombra protectora del edificio.
Capítulo
XXXVI
Grantline
nos conducía. Manteníamos guardado aproximadamente el mismo nivel. Quinientos
pies por debajo estaba la nave de los bandidos sostenida sobre las rocas.
Estaba inmóvil a una milla de distancia de nosotros y pudimos distinguir todo
su contorno bastante claramente en la penumbra. Las diminutas ventanas del
casco estaban a oscuras; pero la borrosa silueta de éste era visible, y encima
de él la redondeada cima del domo, con una tenue iluminación.
Seguíamos
a la plataforma de Grantline. Se estaba elevando, arrastrando a las otras tras
de él como una cola. Toqué a Anita, que estaba a mi lado con su cabeza medio
metida en la pequeña protección de los controles.
—Vamos
demasiado alto.
Asintió,
pero siguió sin embargo la línea. Era una orden de Grantline.
Permanecí
agazapado, sosteniendo las puntas interiores del lado flexible de los escudos.
El fondo de la plataforma estaba cubierto con tela aislante. Había dos escudos
laterales. Se extendían hacia arriba unos dos pies y eran flexibles de forma
que pudiera sostenerlos para ver o estirarlos hacia arriba y por encima para
cubrirnos.
Proporcionaba
una cierta protección contra los rayos hostiles, aunque cuánta no estábamos
seguros. Con el nivel de la plataforma, un dardo desde abajo no podía hacernos
daño a menos que durase un considerable tiempo. Pero la plataforma, excepto en
vuelo directo, estaba raramente a nivel, pues era un frágil vehículo pequeño e
inestable. El manejarla era algo más que una cuestión de los controles. Nos
balanceábamos y ayudábamos a conducirla con los movimientos de nuestros
cuerpos..., deslizando nuestro peso de lado o hacia atrás, o adelante, para
hacerla inclinarse según los controles alteraban la atracción de la gravedad
sobre las diminutas secciones de sus placas.
Como
un pájaro, girando, planeando, bajando en picado. Para mí, era algo temerario.
Pero
ahora estábamos en vuelo directo, diagonalmente hacia arriba. La silueta de la
nave de los bandidos quedó directamente debajo de nosotros. Me agazapé tenso,
sin respirar, a cada momento parecía que los bandidos iban a descubrirnos y a
lanzarnos sus dardos.
Podían
habernos visto durante algunos instantes antes de que dispararan. Eché un
vistazo por encima de la protección lateral a nuestro objetivo abajo, luego
arriba, adelante, para recibir la señal de fuego de Grantline. Parecía que se
demoraba mucho. Un destello extra allá abajo debió haber prevenido a Grantline
de que venía un disparo desde allá. La diminuta luz roja relució brillante
sobre su plataforma.
Encendí
nuestra radiación de luz curva de Benson. Habíamos estado a oscuras, pero un
débil resplandor nos envolvía. Su brillo llegó hasta la nave para descubrirnos,
pero su sendero curvo nos indicaba falsamente situados. Vi la pequeña línea de
plataformas delante de nosotros. Parecía que de pronto se habían deslizado a un
lado.
Cada
uno iba ahora por sí solo; ninguno de nosotros podía decir dónde estaban
realmente las otras plataformas o adonde se dirigían. Anita nos hizo bajar
bruscamente en picado para evitar una posible colisión.
—¿Gregg?
—Sí.
Estoy apuntando.
Me
estaba preparando para dejar caer la pequeña bomba de globo explosivo. El rayo
de luz de nuestro reflector de campo, contestando a la señal de Grantline, se
encendió hacia abajo y bañó la nave enemiga en un blanco resplandor,
revelándola a nuestra puntería. Simultáneamente los dardos de los bandidos
subieron hacia nosotros.
Sostuve
mi bomba fuera sobre la protección, calculando el ángulo para arrojarla. Los
rayos de los bandidos brillaban en torno mío. Pasaban horriblemente próximos;
Miko había comprendido nuestro evidente deslizamiento y apuntaba, no donde
parecíamos estar, sino aproximadamente donde habíamos estado antes.
Dejé
caer mi bomba apresuradamente sobre la reluciente nave blanca. El contacto de
un rayo hostil la habría hecho explotar en mi mano. Sus explosiones se
mezclaron confusamente con el resplandor blanco... y con una nube negra cuando
los bandidos de fuera, sobre las rocas, utilizaban sus bombas de oscuridad.
Hicimos
una pasada entre una confusión de haces hostiles. ¡Silenciosa batalla de luces!
Bombas de oscuridad abajo en la nave luchando por ocultarse a nuestros
reflectores de campaña. Los rayos de las radiaciones Benson de nuestras
plataformas, que pasaban curvados hacia abajo para añadirse a la confusión. Los
rayos electrónicos enviando arriba sus dardos...
Nuestras
plataformas dejaron caer unas diez bombas de dinamitrina en aquella primera
pasada sobre la nave. Según pasábamos rápidamente, disminuí la radiación Benson
para mirar. No habíamos alcanzado la nave. O si la habíamos alcanzado, el daño
no era definitivo. Pero sobre las rocas pude ver una pila de vagonetas de
mineral repartidas... deshechas, en las cuales los restos de dos o tres
proyectores parecían esparcidos. Y las horribles formas desinfladas de varias
figuras con casco. Otras parecían correr, separándose..., ocultándose en las
rocas y agujeros. Veinte bandidos por lo menos estaban fuera de la nave.
Algunos corrían hacia la base de la meseta de nuestro campamento. Las bombas de
oscuridad se estaban extendiendo como una cortina de humo por el fondo del
pozo; pero parecía que algunas de las figuras iban arrastrando sus proyectores,
alejándolos.
Nos
deslizamos hacia el borde opuesto del cráter. Recuerdo el pasar sobre los
restos deshechos de la nave espacial de Grantline, el Comet. Los dardos de Miko
momentáneamente se habían desvanecido. Habíamos alcanzado algunos de sus
proyectores de fuerza; los otros fueron abandonados o transportados a
emplazamientos más seguros.
Después
de una milla dimos la vuelta y regresamos. Repentinamente me di cuenta de que
sólo cuatro plataformas estaban en la línea que había vuelto a formarse delante
de nosotros. ¡Faltaba una! Ahora la veía, oscilando abajo, próxima por encima
de la nave. Saltó un dardo diagonalmente desde un ángulo distante sobre las
rocas y fue a dar en la plataforma inutilizada. Cayó, girando, ardiendo al
rojo, y desapareció en el borrón de la oscuridad como un trocito de metal
caliente que se sumerge en agua.
¡Una
de nuestras seis plataformas se había perdido ya! ¡Tres hombres de nuestra
pequeña fuerza se habían ido!
Pero
Grantline nos conducía desesperadamente atrás. Anita percibió su señal de
romper la formación. Las cinco plataformas se separaron, inclinándose y girando
como pájaros asustados..., formas borrosas, deslizándose anormalmente en fuga
cuando las luces de Benson fueron alteradas.
Anita
ahora llevaba nuestra plataforma en un amplio picado hacia abajo. El tenso
murmullo de su voz sonó en mis oídos:
—Mantente
a cubierto; vamos a bajar.
Una
refriega. Formas de plataformas que pasaban. Centelleantes dardos, que se
cruzaban como antiguos estoques. Puntos azules de las luces de los fulminantes
que caían, según arrojábamos nuestras bombas.
Abajo
en picado. Luego elevarse. Alejarse para más tarde volver. ¡Una batalla de
luces silenciosas! Parecía que en torno nuestro debía de estar explotando un
pandemónium de ruidos. Sin embargo no había ninguno. Silenciosa refriega a
oscuras, infinitamente espantosa. Un dardo nos alcanzó y permaneció adherido un
instante; pero lo resistimos. La luz era cegadora. A través de mis guantes
podía sentir el hormigueo de la sobrecargada mampara cuando lo alcanzó y
absorbió e! bombardeo hostil. Debajo de mí, la plataforma parecía que se
calentaba. Mis pequeños motores Erentz funcionaban con un latido desigual.
Recibía demasiado oxígeno. Lentamente me estaba ahogando.
Después
se apartó el haz. Me encontré que estábamos planeando hacia arriba,
horriblemente inclinados. Me deslicé por encima.
—¡Anita!
Anita, querida, ¿estás bien?
—Sí,
Gregg. Estoy bien.
La
refriega proseguía. La nave de los bandidos y toda su vecindad estaban
envueltas en una niebla oscura ahora..., una turgente cortina negra, aún más
densa que los pesados humos que se desprendían de nuestras bombas explosivas,
que caían sobre la nave y las próximas rocas. El reflector de nuestro
campamento se esforzaba inútilmente para penetrar la nube.
Nuestras
plataformas estaban separadas. Una pasó alta, por encima de nosotros. Vi otra
que cruzó velozmente muy próxima por debajo de mi escudo.
—¡Dios,
Anita!
—¡Demasiado
cerca! No la vi.
Casi
un choque.
—Gregg,
¿todavía no hemos roto el domo de la nave?
Parecía
que no. Había dejado caer casi todas mis bombas. Esto no podía durar mucho más.
¿Solamente había sido aproximadamente cinco minutos? ¿Nada más? La razón me lo
decía; sin embargo, parecía una eternidad de horror.
Otra
bajada en picado. Mi última bomba. Anita nos había llevado a una posición para
arrojarla. De las tinieblas partió un dardo y nos dio. Nos precipitamos a subir
las pantallas sobre nosotros.
Otra
vez una confusa oscuridad. Demasiado de lado ahora. Tenía que esperar a que
Anita nos llevara atrás de nuevo. Luego parecía que estábamos demasiado altos.
Esperé
con mi última bomba. Las otras plataformas estaban dejándolas caer de vez en
cuando. Yo había sido demasiado acelerado, demasiado pródigo.
¿Habíamos
roto el domo de la nave con un golpe directo? Parecía que no.
Los
bandidos estaban lanzando por medio de catapultas bengalas luminosas. Venían
desde posiciones sobre las rocas fuera de la nave. Subían en curvas perezosas y
estallaban por encima de nosotros. Las tinieblas que nos ocultaban, rotas sólo
por los resplandores de las explosiones, envolvían al enemigo. El reflector de
nuestro campamento seguía luchando por ellas. Pero por encima de nuestras
cabezas, donde las pequeñas plataformas seguían girando y planeando, los
fogonazos producían un resplandor casi continuo. Era deslumbrante, cegador.
Incluso a través de la lámina de vidrio ahumada que ajustara encima de mi celda
no podía soportarlo.
Pero
éstos eran pensamientos relativamente confusos. En un lugar donde la luz de la
Tierra iluminaba a través de la oscuridad de las rocas, vi otra de las
plataformas caídas. ¿Snap y Venza?
No
eran ellos, sino tres figuras de nuestros hombres. Uno estaba muerto. Los otros
dos habían sobrevivido a la caída. Se levantaban tambaleándose. Y en aquel
instante, antes de que la turgente cortina negra se cerrara sobre ellos, vi a
dos bandidos venir al ataque. Sus proyectores de mano dispararon a corta
distancia. Nuestros hombres se plegaron y cayeron...
De
nuevo estábamos en posición. Lancé mi último proyectil, observando su luz
mientras caía. Sobre el tejado del domo, dos de los hombres de Miko estaban
agazapados. Mi bomba iba verdaderamente bien dirigida... Tal vez fue una de las
pocas en todo nuestro bombardeo que aterrizaba directamente sobre el tejado del
domo. Pero los tiradores seleccionados que esperaban le dispararon con
proyectores térmicos de corto alcance y explotó inofensivamente, mientras
estaba todavía encima de ellos.
Giramos,
alejándonos. Vi, alto por encima de nosotros, la plataforma de Grantline,
reconociendo su luz roja de señal. Parecía un momento de calma. El fuego del
enemigo había ido disminuyendo hasta ser sólo un dardo ocasional. En el
torbellino de mis impresiones confusas me preguntaba si Miko no estaría en
apuros. ¡En absoluto! No habíamos alcanzado su nave. ¡Tal vez en realidad le
habíamos hecho poco daño! Éramos nosotros los que estábamos en apuros. Dos de
nuestras plataformas habían caído..., dos de las seis. O más, que yo no
supiera.
Vi
cómo una se elevaba a nuestro lado. Grantline estaba sobre nosotros. Bueno, por
lo menos éramos tres. Y entonces vi la cuarta.
—Grantline
nos llama, Gregg.
La
luz de señales de Grantline nos estaba llamando del ataque. Estaba a un millar
de pies o más por encima de nosotros.
De
pronto me estremecí de horror. ¡El reflector de nuestro campamento
repentinamente se había apagado! Anita dio la vuelta de forma que nos
dirigiéramos a la distante meseta. ¡Se encendieron las luces del campamento y,
por encima de uno de los edificios, brilló una luz de socorro!
¿Había
roto la fisura de nuestra pared delantera, amenazando la explosión de todos los
edificios? Me acometió esta loca idea. Pero no era eso. Pude ver destellos de
luz por el farallón fuera del edificio principal. ¡Miko había osado enviar
algunos hombres para atacar casi el desierto campamento!
Grantline
se dio cuenta. La luz roja de su casco nos hizo señas dándonos la orden de que
le siguiéramos. Su plataforma se alejó planeando, dirigiéndose al campamento,
con las otras dos detrás de él.
Anita
nos hizo subir para seguirle, pero yo la detuve.
—¡No!
A la derecha, al otro lado de la caldera.
—¡Pero
Gregg!
—Haz
lo que digo, Anita.
Nos
hizo girar diagonalmente, alejándose tanto del campamento como de la nave de
los bandidos. Recé por que no pudiéramos ser percibidos por los bandidos.
—Anita,
escucha. ¡Tengo una idea!
El
ataque a la nave de los bandidos se había terminado. Permanecía envuelta en la
nube de los gases de la pólvora y de sus propias bombas de oscuridad. Pero
estaba ilesa.
Miko
nos había contestado con sus propias tácticas. Había dejado la nave
prácticamente sin hombres, sin duda, y los había enviado a nuestros edificios.
La lucha se había desplazado. Pero ahora estaba sin munición, excepto dos o
tres proyectores de balas.
¿De
qué utilidad iba a ser el que nuestra plataforma volviera precipitadamente?
Miko esperaba eso. Su ataque al campamento era indudablemente hecho con este
propósito: atraernos allá.
—Anita,
si pudiéramos aterrizar entre las rocas, en alguna parte, cerca de la nave, y
deslizamos sin ser observados en esa oscuridad...
Podría
ser posible alcanzar la pequeña cámara de control manual del casco, abrirla
violentamente y dejar que el aire saliera. Si pudiera entrar en su cámara de
presión y desprecintar el lado interno...
—Destrozaría
la nave, Anita: agotaría todo su aire. ¿Lo intentamos?
—Lo
que tú digas, Gregg.
Parecía
que no éramos observados. Rozamos deslizándonos el fondo de la caldera, a una
milla de distancia de la nave. Nos dirigimos lentamente hacia ella, volando
bajo por encima de las rocas.
Luego
aterrizamos y abandonamos la plataforma.
—Permíteme
que vaya delante, Anita.
Llevaba
en la mano mi proyector de balas. Adelantamos con lentos y precavidos saltos.
Anita iba detrás de mí. Había deseado dejarla sobre la plataforma, pero ella no
quiso quedar. Y el estar conmigo parecía al menos igualmente de seguro.
Las
rocas estaban desiertas. Pensé que había pocas posibilidades de que cualquiera
de los enemigos estuviera acechando aquí, íbamos gateando por la rugosa y
perforada superficie; las rocas más altas, iluminadas por la luz de la Tierra,
se erguían como centinelas en la penumbra.
La
nave de los bandidos, con sus alrededores a oscuras, estaba lejos de nosotros.
Nadie estaba aquí fuera.
Pasamos
los restos de los proyectores destrozados y de figuras humanas horriblemente
deshechas.
Nos
aproximamos más. El casco de la nave lo vislumbrábamos delante de nosotros.
Todo estaba a oscuras.
Al
fin llegamos cerca contra el pulido costado de metal del casco, y nos
deslizamos a lo largo de él hasta donde estaba seguro se encontrarían los
cierres de control manual.
¡Repentinamente
me di cuenta que Anita no estaba detrás de mí! Luego la vi, a corta distancia,
luchando entre las garras de una gigantesca figura con casco. El bandido la
levantó, dio media vuelta y echó a correr. ..
No
me atreví a disparar. Salté detrás de ellos a lo largo del costado del casco,
bajo la curva de su afilada proa, y por el otro lado.
Había
confundido la situación de la entrada del casco. La figura que corría saltando
la alcanzó y deslizó su panel abriéndola. Yo estaba sólo a cincuenta pies de
distancia..., no mucho más que un solo salto. Vi cómo Anita era empujada dentro
de la cámara de presión. El marciano se lanzó detrás de ella.
Le
disparé a la desesperada, pero fallé. Llegué de repente, pero cuando alcanzaba
la puerta, su panel se deslizaba cerrándose delante de mí.
¡Separándome
de ella!
Capítulo
XXXVII
Golpeé
el panel con mis débiles puños. En él había un pequeño cristal transparente.
Dentro de la cámara pude ver la figura confusa de Anita y de su apresador... y
parecía que allí estaba otra figura. La cámara tenía unos diez pies cuadrados,
con un techo bajo. Estaba iluminada con una tenue luz de tubo.
Me
apoyé contra ella con un inútil esfuerzo silencioso. El mecanismo para abrir su
control manual estaba aquí, pero ahora estaba asegurado desde dentro, de forma
que no funcionaba.
¡Repentinamente
el panel exterior se abrió! Me había apoyado contra él con mi hombro; la figura
gigantesca de dentro lo deslizó. ¡Fui cogido por sorpresa! Medio caí hacia
delante.
Unos
brazos enormes me rodearon. El acristalado rostro de un casco miró al mío.
—¡De
forma que es usted, Haljan! Creía que reconocía aquel pequeño instrumento sobre
el seguro de su casco. ¡Y aquí está mi pequeña Anita, que volvió a mí de nuevo!
¡Miko!
Éste
era él. Sus enormes brazos inflados me rodeaban, doblándome hacia atrás,
sosteniéndome indefenso.
Vi
sobre su hombro que Anita estaba agachada bajo la garra de otra figura con
casco. No un gigante, pero alta para un hombre de la Tierra..., casi tan alta
como yo mismo. Entonces la luz del tubo iluminó la celda. Vi el rostro y lo
reconocí.
¡Moa!
—¡De
forma... que le tengo..., Miko...! —balbucí.
—¡Me
tiene! ¡Usted es un tonto, Haljan, hasta el último momento! ¡Un tonto hasta el
final! Pero siempre fue un tonto.
Apenas
podía moverme en sus garras. Mis brazos estaban sujetos. Según me doblaba
lentamente hacia atrás, crucé mis piernas con las suyas; eran tan inamovibles
como un pilar de acero. Había cerrado el panel exterior y la presión del aire
en la cámara se elevaba. Podía sentirla contra mi traje.
Mi
cabeza cubierta por el casco se iba forzando hacia atrás; el brazo izquierdo de
Miko la sostenía. En su enguantada mano izquierda, según la subía lentamente
sobre mi cuello, vi la hoja de un cuchillo, con su metal desnudo y afilado
brillando azul-blanco a la luz de encima de nuestras cabezas.
Le
cogí la muñeca. Pero mi escasa fuerza no podía detenerle. El cuchillo, contra
todos mis esfuerzos, bajó lentamente.
Un
momento de este lento combate mortal... el fin de todo para mí.
Me
di cuenta que la figura de Moa cubierta por un casco, arrojaba a Anita y luego
las dos chicas saltaron sobre Miko. Le hice perder el equilibrio, y el peso de
mi cuerpo le hizo venirse hacia adelante. Dio un paso para recuperar el
equilibrio; su mano con el cuchillo salió disparada con un instintivo gesto
involuntario para recuperar el equilibrio, y cuando bajó de nuevo, forcé la
hoja del cuchillo a rozar su cuello. Su punta se enganchó en la tela de su
traje.
Su
sorprendido juramento resonó en mis oídos. Las chicas se estaban arañando;
todos los cuatro estábamos luchando, sacudiéndonos.
Con
una fuerza desesperada le retorcí la muñeca. El cuchillo le entró en el cuello.
Lo apreté hacia dentro.
Su
traje se deshinchó. Tropezó conmigo y cayó, derribándome en el suelo. Su voz,
con un horrible estertor de la muerte, resonó en mis tímpanos.
—No
tan tonto... es usted, Haljan.
El
rostro cubierto por un casco de Moa está próximo por encima de nosotros. Vi que
ella había cogido el cuchillo, que cayera de la garganta de su hermano. Saltó
hacia atrás blandiéndolo.
Me
libré de debajo del cuerpo sin vida e inerte de Miko. Según me ponía en pie,
Anita se lanzó para protegerme. Moa estaba al otro lado de la cámara, de
espaldas apoyada contra la pared. El cuchillo en su mano ascendió. Permaneció
durante un breve instante mirándonos a Anita y a mí, cómo nos abrazábamos. Creo
que estuvo a punto de saltar sobre nosotros. Pero antes de que yo pudiera
moverme, bajó el cuchillo hundiéndolo en su pecho. Cayó hacia adelante, su
grotesco casco golpeando el suelo, casi a mis pies.
—¡Gregg!
—Está
muerta.
—¡No!
¡Se mueve! ¡Quítale el casco! Hay bastante aire aquí.
—Oh,
Gregg... ¿Está muerta?
—No.
No del todo... pero muriendo.
—¡Gregg,
no quiero que ella muera! En el último momento estuvo tratando de ayudarte.
Abrió
los ojos. La sombra de la muerte los nublaba, pero me vio, reconociéndome.
—Gregg...
—Sí,
Moa. Estoy aquí —sus vivos labios se curvaron en una ligera sonrisa.
—Vuelvo...
a Marte... para descansar con los creadores del luego... de donde vine. Estaba
pensando... tal vez me besarías, ¿Gregg?
Anita
suavemente me empujó hacia abajo. Oprimí sus pálidos labios ligeramente
sonrientes contra los míos. Suspiró y terminó con un estertor en su cuello.
—Gracias...,
Gregg... más cerca... no puedo hablar tan alto.
Con
una de sus enguantadas manos luchó por alcanzar la mía, pero no tuvo fuerza y
cayó hacia atrás. Sus palabras eran los más suaves murmullos:
—No
merecía la pena vivir... sin tu amor. Pero quiero que veas... ahora... que una
joven marciana puede morir con una sonrisa...
Sus
párpados se agitaron cerrándose; parecía que suspiraba y luego dejó de
respirar. Pero sobre su animado rostro una ligera sonrisa aún permanecía, para
mostrarnos cómo podía morir una joven de Marte.
Durante
un momento habíamos olvidado donde estábamos. Cuando miré hacia arriba vi a
través del panel interior, detrás de la cámara secundaria, que el corredor del
casco era visible. ¡Y a lo largo del mismo un grupo de marcianos avanzaba! Nos
vieron y venían corriendo.
—¡Anita!
¡Mira! ¡Tenemos que salir de aquí!
Deslicé
el panel exterior y empujé a Anita. Simultáneamente los bandidos abrían el
cierre interior.
El
aire salió con un tempestuoso ímpetu. Fue una ráfaga a través de la cámara
interior (por la pequeña cámara de presión), que con un salvaje ímpetu salió a
la Luna sin aire. Todo el aire de la nave empujando violentamente para
escapar...
Fuimos
arrastrados por él como plumas. Recuerdo la impresión de las figuras de los
bandidos chocando violentamente y pasar volando rocas debajo de mí. Una
silenciosa y violenta caída.
Capítulo
XXXVIII
Se
acabó. Ahora podemos llevarlo al campamento de nuevo. Venza, querida, hemos
ganado... se acabó.
—¡No
oye!
—¡Gregg!
—No
oye. ¡Está bien!
Abrí
los ojos, estaba sobre las rocas. Sobre mi casco, otros cascos me observaban, y
ligeras voces familiares se mezclaban con el zumbido de mis oídos.
—...volvamos
al campamento y le quitaremos el casco.
—¿Van
bien sus motores? Manténlos bien, Snap... debe recibir buen aire.
—¡Gregg,
amor mío! —ella estaba aquí.
¡Anita
estaba a salvo! Los cuatro estábamos sobre las rocas iluminadas por la Tierra,
fuera, próximos a la nave de los bandidos.
—¡Anita!
Ella
me sostuvo, me levantó. No estaba herido. Podía sostenerme; me levanté
tambaleándome y permanecí oscilando. La nave de los bandidos, a un ciento de
pies de distancia, se vislumbraba oscura y silenciosa, un casco sin vida, ya
vacío de aire, perdido en la loca ráfaga hacia fuera. Como el destrozado
Planetara... un casco ya muerto, inútil, sin latido.
Estuve
escuchando el relato triunfal de Snap. No había sido difícil para las
plataformas volantes el destruir a los bandidos que atacaban sobre las
descubiertas rocas.
Nos
apelotonamos sobre la plataforma de Snap. Se elevó, balanceándose
violentamente, apenas pudiendo transportarnos.
Mientras
nos dirigíamos hacia los edificios de Grantline, donde todavía no había roto
del todo la fisura, llegó el triunfo final. Miko lo había sabido y comprendido
que había perdido. La luz del reflector de Grantline brotó hacia arriba, barrió
el cielo, y captó el objeto que buscaba... un cilindro de plata enorme, bañado
brillantemente en el blanco resplandor del reflector.
La
nave policíaca de la Tierra.
FIN
Título original: Brigands of the Moon
Traducción: F. González
© 1391 by Ray Cummings
© 1967 Editorial Ferma
Río Bamba 333 - Buenos Aires
Depósito Legal B.15.582-67

