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Libro N°. 3093. Paulino Lucero. Ascasubi, Hilario.

Guillermo Molina Miranda abril 12, 2025

 


© Libro N°. 3093. Paulino Lucero. Ascasubi, Hilario. Colección E.O. Septiembre 10 de 2016.  

 

Título original: © Paulino Lucero. Hilario Ascasubi

Versión Original: © Paulino Lucero. Hilario Ascasubi

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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PAULINO LUCERO

Hilario Ascasubi

O Los gauchos del Río de La Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y oriental del Uruguay

(1839 a 1851)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HOMENAGE

A la memoria del doctor don VALENTÍN ALSINA,

eminente patriota, virtuoso ciudadano

e ilustre jurisconsulto argentino.

 

HILARIO ASCASUBI.

París, 2 de agosto 1872.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

Después de algunos años consagrados al sostén de los principios de libertad y civilización, en que, teniendo en vista ilustrar a nuestros habitantes de la campaña sobre las más graves cuestiones sociales que se debatían en ambas riveras del Plata, me he valido en mis escritos de su propio idioma, y sus modismos para llamarles la atención, de un modo que facilitara entre ellos la propagación de aquellos principios, es sólo a instancias de mis amigos que he podido resolverme a publicar, reunido a un solo cuerpo, todas las poesías que contiene este libro.

 

En globo, ellas presentarán al lector como el horizonte lejano de nuestros hechos y sus diversas peripecias; el cual irá perdiéndose de nuestra vista cuando más vamos entrando en la actualidad, donde el cuadro de la realidad principia a hacer desaparecer el aparente límite que a lo lejos diseña aquel ficticio horizonte.

 

Sin haber podido formar conciencia del mérito real y positivo de mis producciones, lejos de haber tenido en vista antes de ahora poner en un solo cuerpo las que contiene este libro, he temido por el contrario el exponerlas como en un cuadro sobre el cual el público pudiere juzgar de ellas, fuera de la escena en que me fueron inspiradas; circunstancia que tanto contribuye a realzar el mérito de toda producción literaria.

 

Pero personas más competentes que yo para juzgar de trabajos de esta naturaleza, ya sea movidas por un espíritu de patriotismo, amistad, o simpatía por los principios que he vertido en mis escritos, han conseguido al fin lanzarme el campo de la publicidad. Ellas me han impulsado a ofrecer a mis compatriotas una colección completa de mis trabajos, y no obstante que agradezco el generoso sentimiento que les induce a aconsejármelo así, debo sin embargo hacer caer sobre ellas ya sea el aplauso o el sarcasmo con que fueren recibidos mis trabajos, pues a no ser por sus insinuaciones no me habría expuesto a hacerme acreedor a una u otra cosa; desde que tampoco habría llegado el caso de ofrecer la colección que hoy sale a luz.

 

HILARIO ASCASUBI.

 

 

 

Jacinto Amores, gaucho oriental, haciéndole a su paisano Simón Peñalva, en la costa del Queguay, una completa relación de las fiestas cívicas, que para celebrar el aniversario de la jura de la Constitución oriental, se hicieron en Montevideo en el mes de julio de 1833

 

 

JACINTO llegando a casa de su aparcero Peñalva antes del mediodía

 

JACINTO: ¡Aquí está Jacinto Amores!

Vengo, paisano Simón,

a ganarle un vale cuatro,

y al grito rayarseló.

 

 

SIMÓN: Pues, amigo, si tal piensa,

fieramente se engañó.

 

JACINTO: ¡Qué me he de engañar, nunquita!

 

SIMÓN: Se engaña, y creameló,

que en la redondez del mundo

hasta ahora no alumbra el sol

a gaucho alguno que pueda

alzarme al truco la voz.

 

JACINTO: ¡Barbaridá! Y ¿cómo está?

 

SIMÓN: Alentao, gracias a Dios.

Y usté ¿diaónde diablos sale

en ese pingo flanchón?

 

JACINTO: De la ciudá caigo, amigo,

rabiando, y con su perdón

voy a soltar a este bruto,

que desde que lo parió

su madre la yegua...

 

SIMÓN: ¡Ahijuna!

La madre del redomón,

si le parece, y...

 

JACINTO: De juro.

(¡Qué viejo tan cociador!)

Pues, como le iba diciendo,

nunca en la vida se vio

de este bruto una obra buena.

¡Ah, maula!

 

 

SIMÓN: Pues largueló,

que de flautas de esa laya

dos tropillas tengo yo;

por supuesto, a su mandao.

 

JACINTO: Eso sí, siempre pintor.

 

SIMÓN: Como guste; desensille,

y vamos para el fogón,

pues le conozco en la cara

que viene algo secarrón;

y allí, mientras toma un verde,

me contará por favor

si ha visto esas funcionazas

de nuestra Custitución,

de las cuales en el pago

no hay gaucho que dé razón.

Así, merecer deseo

de su boca un pormenor.

 

JACINTO: Me parece razonable,

amigo, su pretensión;

así, voy a complacerlo,

aunque vengo calentón

por causa de que el caballo

también cuasi me tapó,

allí al cair a la cañada,

aonde tan fiero rodó

que, si no le abro las piernas

en su lindo, hecho mojón

entre el barrial de cabeza

me planta, o me hace colchón.

 

SIMÓN: No me venga con preludios,

pues ya sé que es parador.

 

JACINTO: A veces, pero no en todas;

por fin, eso ya pasó.

Y volviendo a su deseo,

en cuanto a conversación

traigo más cuento que infierno

y podré darle razón,

como guste, en lo tocante

al todo de la función.

 

SIMÓN: ¡Cosa linda!, sientesé;

velay mate, apureló,

y empiece, que estoy ganoso

de escucharlo.

JACINTO: Pues, señor,

partiendo de una alvertencia,

desde el día veintidós,

ya rumbeando a las funciones,

fui a golpiarme al Canelón,

adonde jugando al truco

con el ñato Salvador,

me pasé todo ese día;

y el liendre con su intención,

sintiéndome algunos riales,

y sabiendo mi afición

a echar un trago, a la fija

esa noche me apedó,

y orejiando la pasamos;

y la jugada siguió

hasta el veintitrés de tarde,

que del todo me peló,

y largándome el barato

a la ciudá se largó.

Yo, después de churrasquiar,

apenas escureció,

ensillé el ruano y salí

al trote hasta el Peñarol,

adonde desensillé

en la chacra de Almirón;

y de allí, a la madrugada,

cuanto el lucero apuntó,

cogí despacio, y después

que asiguré un cimarrón,

rumbié al galope a la Aguada,

aonde llegué a la sazón

en que la primer orilla

iba descubriendo el sol.

¡Barajo!... ¡Pero, qué helada,

la que se me levantó

en esa cruzada! ¡Ah, Cristo!

Por poco me endureció,

con todo que para el frío

presumo de aguantador;

pero, esa mañana... ¡eh, pucha!

las narices, crealó,

me gotiaban, y entumido

me apié en lo de un Español,

pulpero de mucho agrado;

y luego que alabé a Dios,

le pedí un vaso de anís,

que para entrar en calor

es bebida soberana;

y apenas me lo alcanzó,

al pegarle el primer beso,

de atrás sentí... ¡Bro... co... tón!

el trueno de un cañonazo

que a la casa estremeció.

Y al crujido de los frascos,

los vasos y el mostrador,

por supuesto, mi rocín

de la sentada que dio

hizo cimbrar el palenque,

y en seguida reventó

el cabresto, al mesmo tiempo

que el cojinillo voló

y en medio de las orejas

al pingo se le enredó;

de manera que espantao

y echando diablos salió

campo afuera hasta el Cerrito,

en donde me le prendió

las boliadoras un criollo

que allí se le atravesó.

 

SIMÓN: Vaya un mozo comedido!

 

JACINTO: Cabalmente, se portó.

Y como le iba diciendo,

tras del trueno del cañón

un repique general

por todo el pueblo sonó,

y al mesmo tiempo soltaron

en el Cerro un banderón

de la Patria azul y blanco,

y en la esquina con el Sol.

De ahí siguieron menudiando

las campanas y el cañón,

y de tal modo, aparcero,

se me ensanchó el corazón,

que doblé el codo y de un trago

sequé el vaso, crealó;

y luego un ¡Viva la patria!

le atraqué por conclusión.

 

SIMÓN: En su vida, amigo Amores,

no ha hecho usté cosa mejor;

y en un caso semejante

lo mesmo hubiera hecho yo

y cualquier criollo patriota.

Prosiga.

 

 

JACINTO: Pues, sí, señor.

Luego que el vaso apuré

y el cuerpo me entró en calor,

enderecé al bullarengo

cantando muy alegrón;

y al embocarme en la calle

que le llaman del Portón,

la vide de punta a punta

que parecía una flor,

adornada con banderas

de toda laya y color:

las unas de Buenos Aires,

las otras de la Nación;

pero, eso sí, acollaradas,

como quien dice: en unión;

después las de Ingalaterra,

las de Uropa y qué sé yo...

Era puro banderaje

de lo lindo lo mejor.

Así, medio embelesao

con tantísimo primor,

fui a torcer por una esquina,

cuando en esto el redomón

de una yunta de mujeres

se hizo poncho y se tendió

al ver que una en la cabeza

traiba un escarmenador

que era capaz de espantar

al famoso Napolión.

¡La pu... rísima en el queso!

¡si aquello daba temor!

Era más grande que un cuero

la peineta, sí, señor;

de manera que el caballo

tan de veras se asustó

que fue preciso atracarle

las espuelas con rigor.

Al sentir las nazarenas,

tiritando atropelló

en derechura a las hembras,

y una de ellas se enojó

tantísimo y tan de veras,

que la gente se juntó,

al comenzarme a gritar:

«¡Ah, camilucho ladrón,

que te hago pelar la cola

si ruempo mi peinetón!

¡Jesús, mis ochenta pesos!

Favorézcanme por Dios;

vayan a la Polecía

y tráiganme un celador;

o que venga el comisario

y amarre a este saltiador,

gaucho, atrevido, borracho...».

Y la hembra se calentó

a decirme desvergüenzas,

que a no ser por la afición

que le tengo y le tendré

siempre al ganado rabón,

me dejo cair y allí mesmo

la castigo, o qué sé yo.

 

SIMÓN: Pues, amigo, en no hacer caso

no hay duda que la acertó,

porque las hembras puebleras

en cuanto se enojan son

como víboras toditas;

y en teniendo un camisón

de tafetán o lanilla,

ya tienen la presunción

de unas virreinas, y así

se largan de sol a sol

con el corpiño ajustao

y llenas de agua de olor,

sin camisa algunas veces,

pero con su peinetón;

pues como es prenda de moda,

ahí largan todo el valor;

lo mesmo que en el ponerse

en cada hombro un pelotón

como panza de novillo.

¡La gran punta! ¡qué invención!

¿No la ha visto?

 

JACINTO: Quitesé;

de eso también procedió

que el animal se espantase,

de suerte que me obligó

a volverme para atrás;

fortuna a que en el portón

vive un mozo portugués

en un medio corralón,

adonde me resolví

a dejar mi redomón.

 

Luego a pie me fui a la esquina,

y al sentirme delgadón

compré pan y gutifarras

y un rial de vino carlón;

atrás me chupé otro rial,

después me soplé otros dos;

y en seguida a la guitarra

me le afirmé tan de humor,

que ni el mesmo Santos Vega,

que esté gozando de Dios,

se hubiera tirao conmigo;

porque estaba de cantor

con la mamada, paisano,

lo mesmo que un ruiseñor.

 

En esto, a la doce en punto,

otra vuelta... ¡Bro... co... tón!,

dianas y repicoteos

por toda la población:

cosa que me hizo acordar

de cuando en Ituzaingó

nos tiramos cuatro al pecho...

¿Se acuerda, amigo Simón?

 

SIMÓN: Glorias como esa, paisano,

nunca Peñalva olvidó;

pues ya sabe que este brazo

allí también se blandió.

Bien que los gauchos patriotas

peliamos por afición;

y en cuanto se arma una guerra,

sin más averiguación.

de si es rigular o injusta,

nos prendemos el latón,

y dejando las familias

a la clemencia de Dios,

andamos años enteros

encima del mancarrón,

cuasi siempre unos con otros

matándonos al botón.

Así de la paisanada

los puebleros con razón

suelen reírse, porque saben

que los gauchos siempre son

los pavos que en las custiones

quedan con la panza al sol;

y el que por fortuna escapa

de cair en el pericón,

después de sacrificarse

saca un pan como una flor,

cuando tiene por desgracia

que arrimarse a un figurón

de los que al fin se asiguran

del mando y del borbollón.

Y si no, vaya por gusto

en cualesquier aflición

o atraso que le suceda,

y procure la ocasión

de alegarle a un gobernante,

a quien usté lo sirvió

con su persona y sus bienes

hasta que se acomodó;

vaya y pídale un alivio...

¿Y qué le daban?, ¡pues no!

Ni bien llega usté al umbral,

le sale algún adulón

atajándole la entrada

y haciendo ponderación

de que se halla vuecelencia

muy lleno de ocupación,

porque le está dando taba

algún ricacho, o dotor,

o la señora fulana,

o el menistro, o qué sé yo

todas las dificultades

que pone con la intención

de cerrarle la tranquera

a cualesquier pobretón;

y si usté ve que lo engañan,

y se mete a rezongón,

le largan cuatro bravatas

y lo echan de un repunjón

cuando menos, que otras veces

le acuden con un bastón

a medirle las costillas

sin más consideración.

¿No es así?... Pero por fin,

mudemos conversación;

platique de las funciones.

Velay otro cimarrón.

 

JACINTO: ¿Qué dice de las costillas?

¡Barajo!, amigo Simón,

a mí nadies me aporrea

ni me ronca sin razón.

¡Qué!, ¿así no más se dan palos?

¡La pu... nta del maniador!,

pues estábamos lucidos

después de tanto arrejón

y trabajos por ser libres.

No, amigo, eso sí que no.

Yo, aunque soy un pobre gaucho,

me creo igual al mejor,

porque la ley de la Patria,

como las leyes de Dios,

no establece distinciones

de ninguna condición

entre el que usa chiripá

o el que gasta casacón.

Todos los hombres iguales

ante la justicia son,

la cual tan sólo distingue

y le da su proteción

al hombre más bien portao;

y sobre ese punto yo

presumo como el que más,

y es tanta mi presunción

que me creo en cualquier parte

del todo merecedor.

Siendo así, no puedo, amigo,

sufrirle a ningún pintor.

 

Cabalito. Con que así,

mudando conversación,

seguiré mi cuento aquel:

 

Me había puesto alegrón,

y al sentir los cañonazos

me tiré del mostrador,

y echando mano a sacar

plata de mi tirador,

me encontré sin un cuartillo.

¡Voto al diablo!, dije yo;

a la cuenta en el galope

la mosca se me perdió.

 

Entonces quise al pulpero

darle una sastifación,

dejándole el poncho en prenda;

pero el hombre no entendió

de disculpas, al contrario,

como un tigre se enojó,

y para echarme a la calle

me dio tal arrepunjón

que me hizo sentar de culo.

¡Ahijuna!, le grité yo,

y en cuanto me enderecé

sin más consideración

le sacudí un guitarrazo,

y en ancas con el farol

adonde estaba el candil;

pero el pulpero sacó

el cuerpo, haciéndose gato,

y no sé diaónde agarró

un espadín, con el cual

como un toro me embistió.

 

Pero, amigo, es como robo

peliar con un chapetón

y a cuchillo, hágase cargo;

ni medio a buenas llegó,

con todo que sobre el lazo

se me vino, y me tiró

tres viajes, que en el tercero

cuasi, cuasi me aujerió;

por suerte le metí el poncho,

y cuando él menos pensó

le hice una media cabriola,

¡y apenas se descuidó

le crucé los dos cachetes

con un tajo de mi flor!

 

Por supuesto, el maula viejo

al coloriar aflojó,

y le cacé el espadín

que asustao me lo soltó;

entonces salí a la calle,

y atrás de mí se largó

el pulpero, dando gritos,

de manera de que yo,

temiendo a la Polecía,

me le senté a un mancarrón

que estaba frente a una puerta

con apero de dotor;

y de allí como balazo

me fui a golpiar al Cordón,

adonde solté el rocín,

y se me proporcionó

el venderle las cangallas

a otro pulpero Nación,

que por la silla y la espada

siete pesos me aflojó.

 

Agarré el mono y a pie

caí por el otro portón,

y haciéndome zonzo entré

hasta la Plaza mayor.

 

¡Ah, cosa! ¡Bien haiga Cristo!

Viese, aparcero Simón;

eso era una maravilla

de cortinas de color,

pilares, arcos, banderas,

de la plaza al rededor;

y allá en el medio una torre

de muy lucida armazón

que nombraban la Pirami,

aonde estaba un figurón

arriba con la bandera

de nuestra Custitución.

 

Luego, esa misma Pirami

tenía abajo al redor

letreros y versería,

y un mozo que se arrimó

anduvo dándole güeltas,

y uno por uno leyó

el cómo, el cuándo, y el pago

aonde la patria triunfó.

 

Luego la farolería,

amigo, daba calor;

era cosa de asombrarse,

ver tantísimo farol.

 

¿Y la soldadesca? ¡Ah, cosa!

Encantao estaba yo

viéndola tan currataca

luciendo en la formación,

cuando la musiquería

redepente resonó,

al tiempo que de la iglesia

el gobierno despuntó

con toda la oficialada

saliendo de la función.

¡Qué uniformes galoniaos!,

¡qué penachos de color!,

¡qué corbos y qué murriones

relumbrantes como el sol!

 

Luego con los melitares

entreverada salió

una manada de escuros,

vestida de casacón

y fachas de teruteros;

porque traiban el calzón

no más que hasta la rodilla;

de ahí, espadín y bastón,

y zapatos con hebillas,

y un gran sombrero flauchón...

vestimenta singular

que usa todo ese montón

de alcaldes y escrebenistas,

y dotores, como son

todos por lo rigular:

gente, amigo, superior

para armarle una tramoya

y chuparle el corazón

al diablo, si se le antoja

el meterse a pleitiador.

 

Al fin, se largó el hembraje

en la última división.

¡Ah, mozas de cuerpo lindo!,

¡si eso daba comezón!

Salió una muchacha rubia

así como de su altor,

con un vestido celeste

y su triángulo punzón,

y una cara como un cielo.

¡Ah, hembra linda!, ¡crealó!

Y tan pintora, eso sí;

toda se zangolotió

al bajar las escaleras,

de suerte que se enredó

en las polleras tan fiero

que medio trastabilló.

 

Entonces un cajetilla

que estaba allí de mirón,

y tendría con la moza

conocencia, o qué sé yo,

cuanto la vido ladiarse,

cuanto se le acollaró

por la cintura y salieron

requebrándose los dos.

¿Qué le parece?

 

SIMÓN: ¡Divino!

Me gusta, amigo, ¡pues no!,

ya sabe que me deleita

oír platicar del amor...

Pero, entre tanto, dispense,

y alcánceme ese asador,

voy a prenderle un matambre;

y prosiga por favor,

que recién me va gustando

el cuento.

 

JACINTO: Pues, sí, señor;

cuando todos se raliaron

yo también me iba a largar,

y me topé redepente

con el amigo Olimar,

tan apedao que a gatitas

se podía enderezar.

Al verlo tan chamuscao

le quise allí gambetiar,

pero me pilló tan cerca,

que no me pude escapar

de que me pegara el grito:

-¡Amigo!, ¿cómo le va?

-Muy lindamente... Y lueguito

se me pegó al costillar,

con un porrón de giniebra,

y me comenzó a informar

de las rifas que vendían,

mostrándome un chiripá

que con dos riales y medio

acababa de sacar.

 

Al ver esa prenda linda

se me antojó el arresjar,

y al punto de resolverme

echamos a caminar,

llegando hasta una ventana,

aonde primero a jugar

entré a la gata parida

para poderme atracar,

porque el gentío que había

era con temeridá.

 

Allí adentro estaba un mozo

de facha muy rigular,

haciendo la mazamorra

con cartuchitos no más;

y al verlo tan trajinista

me hizo medio desconfiar;

pero, como en todo soy

incapaz de recular,

largué mis dos petacones,

y luego salí a pelar

papeles en la vedera,

sin conseguir acertar

en alguno con letrero,

que era el modo de ganar.

 

Como soy medio suertudo

de nuevo volví a largar

otro petacón y medio;

pero, ¡qué Cristo!, al pelar

saqué puro blanco y blanco...

¡Mire qué infelicidá!

 

Dándome por trajinao

cuasi empecé a renegar,

y por no perderlo todo

rejunté para pitar

todos estos papelitos.

¡Mire si es barbaridá,

vender a medio cada uno!

¡Vaya un modo de robar!

 

SIMÓN: Pero, amigo, ¿quién lo mete

en juegos de la ciudá?

¿No sabe que los puebleros

son capaces de embrollar

al gaucho más orgulloso?

Valiente no maliciar.

Velay, pite, y otro día

no se deje trajinar.

Con que, prosiga adelante.

 

JACINTO: Por fin, me iba a retirar

después de la peladura,

cuando empezaron a entrar

las yuntas de danzarines,

que venían a bailar

sobre un tablao que sería

del tamaño del corral.

 

Primero entraron a pie

dos pandillas, luego atrás

entraron los de a caballo,

y en el istante a volar

principió la cuhetería,

culebriando hasta trepar

allá por los infiernillos;

y de arriba... ¡tra... ca... tra!,

lo mismo que maíz en la olla

era un puro reventar.

 

Al rato los danzarines

empezaron a marchar,

moniando por el tablao

y sin quererse largar.

Así anduvieron rodiando,

pero en cuanto entró a tocar

la música el fandanguillo,

se agacharon a bailar

primorosísimamente.

¡Ah, mozos de habilidá!,

y luego tan currutacos,

eso era temeridá;

porque cada danzarín

parecía un general:

chaqueta y calzón de raso,

toditos por el igual;

luego en el pecho una cosa

a manera de pretal

de puro galón dorao.

De ahí, ceñidor y puñal

y unos bonetes cacones

con sortijas de metal;

y otra porción de primores

que se veían relumbrar.

Luego unos arcos floridos,

cosa muy particular,

con los que hacían mudanzas

y figuras al bailar;

hasta que al fin se cansaron,

y le dieron el lugar

a otra tropilla distinta

que luego subió a danzar;

y si bien lo hicieron unos,

no se quedaron atrás

los segundos, que bailando

se pusieron a trenzar

unas cintas de la patria

con toda preciosidá.

 

Sujetaron un istante;

y entonces vide trepar

a un muchacho como un cielo,

que principió a platicar

a gritos con los mirones;

y todos al escuchar

las razones del mocito,

en cuanto cesó de hablar

gritaron: ¡Viva la Patria!,

y entraron a palmotiar

de la plaza y los tejaos

las gentes como maizal.

A los gritos los danzantes

se volvieron a agachar,

y dele guasca... otra vez;

bailando hasta destrenzar

las cintas completamente.

 

En seguidita no más

los que estaban a caballo

se echaron a disparar,

maniobrando de este lao,

para luego irse a topar

a fuerza de chuza y bala

por el otro lao de allá;

y otra vuelta a sable en mano

se volvían a encontrar,

y de revés se tiraban

unos viages sin piedá:

eso sí, todo chanciando,

no era cosa de peliar.

Pero, ¡ah, pingos belicosos!,

se podía atropellar

al diablo en cualquiera de ellos.

Nunca he visto en la ciudá

unos fletes más bizarros.

 

Al fin se empezó a nublar

la tarde, y un aguacero

se principió a descolgar;

de suerte que me largué

en derechura al corral

del portugués que le dije,

quien me salió a preguntar

aónde me había entretenido.

¡Ah, mozo de voluntá!

Esa noche nos mamamos,

y cuando no pude más,

cojí y me acosté a dormir,

y me vine a despertar

al otro día a la tarde,

que, sin comer ni matiar,

cuanto vi el tiempo asentao,

me fui a la plaza a golpiar,

aonde las fiestas seguían

con la mesma majestá,

y estaban los de a caballo

prontitos para jugar

la sortija, que en un arco

entraron a disputar

quién la ensartaba primero;

y echándose a disparar

uno atrás de otro al galope

ninguno pudo embocar.

 

Pero... ¡eh, pucha!, ¡ah, mozo diablo

uno llamao Piquimán!,

ojo al Cristo se venía

a fuerza de rebenquiar,

y cuando estaba cerquita

comenzaba a sujetar,

y así mesmo cabuliando

no consiguió el acertar;

hasta que un hombre en un zaino

rompió, y después de embocar,

le tocaron los clarines

y sentó el pingo ahí no más.

Pusieron otra sortija

y comenzaron a entrar

otras nuevas mojigangas,

que era para reventar

al verles la facha, amigo;

y después de chacotiar

a vueltas y cogotazos

no sé aónde fueron a dar.

 

Tras de esto, las luminarias

empezaron a alumbrar,

y así que estuvo escurito

mandó el alcalde quemar

una porción de castillos

primorosos a cual más.

 

Después de eso a las comedias

la gente empezó a rumbiar,

y yo atrás del bullarengo

también entré a cabrestiar

voluntario, de manera

que cuando quise acordar

estuve entre las comedias,

aonde tuve que aflojar

en la puerta cuatro riales,

que tengo que lamentar

mientras viva en este mundo;

porque, después de pagar

para ver las comediantas,

nada conseguí el mirar,

y allí entre unos callejones

cuasi me hacen reventar

a encontrones; y así anduve

dando güeltas sin cesar,

hasta que en ese trajín

me empezaron a sonar

las tripas como organito:

con que me mandé mudar,

y en la primer pulpería

que vi me entré a merendar

pescao frito y vino seco,

medio frasco o poco más;

de suerte que me templé,

y de allí me puse a cantar

hasta las diez, cuando el hombre

me dijo que iba a cerrar

la pulpería; y de allí

sin saber aónde rumbiar

salí en pedo, y... ¡vea el diablo!,

en cuanto salí no más,

pasó frente a mí una moza

y se empezó a zarandiar,

como diciéndome: envido,

de suerte que al costillar

me le pegué y al instante

la comencé a requebrar,

y, como que me rascaba,

la mosca le hice sonar;

pero la hembra redepente

al ñudo echó a disparar,

y dando güelta ahí cerquita

se trepó sin resollar

por una escalera arriba;

y yo me volví a topar

otra vez en las comedias,

aonde iban a fandanguiar.

 

Como ya había pagao,

de nuevo quise dentrar,

y al tiempo que me colaba

muy orondo y muy formal,

redepente, ¡voto al diablo!,

un pueblero gamonal

me sujetó del cogote

y me pegó el grito: -¡Atrás!

Ahora no se entra de poncho.

Salga, no sea animal.

-Paisano, le contesté,

usté puede dispensar,

que siendo yo mozo pobre

no me puedo presentar

de casaca como usté,

que algún platudo será

por lo guapo y vanidoso;

y si es de menospreciar

este poncho para usté,

patrón, me voy a largar,

permitiéndome tan sólo

decirle con claridá,

que entre un gaucho y un pueblero

no encuentro disigualdá,

cuando el primero es honrao

y se sabe comportar.

 

En esto un don Chutipea

vestido de militar,

agradao de mis razones,

de la mano me hizo entrar,

así no más, emponchao...

¡Vaya un hombre liberal!

 

Luego adentro, por sopuesto

me traté de acomodar

sentao como vide a muchos,

y como al lao de enlazar

viché un cajón boca arriba,

de dos varas poco más,

con muchas sillas adentro,

ahí me entré a repatinguiar

sobre la más bien dorada;

y vi una temeridá

de puebleros que a la sala

principiaron a dentrar

con unas mozas, amigo,

lindas como una deidá.

 

A poco rato salieron

dos madamas a bailar,

de unas cinturas, ¡ah, Cristo!,

si no hay cómo comparar

la finura, porque a un soplo

se les podía quebrar.

Cada una con su cortejo

hizo yunta, y a la par,

haciéndose cortesías,

entraron a recular,

y cuanto hacía la dama

lo mesmo hacía el galán.

 

De ahí bailaron otras cosas

que yo no puedo explicar;

pero lo que me gustó

fue, amigo, que al rematar

se armó un cielito con bolsa,

y ya se largó a cantar

sin guitarra un mozo amargo

de aquellos de la ciudá.

¡Bien haiga el criollo ladino,

cómo se supo quejar!

Al fin se hizo un entrevero

algo más de rigular;

y yo al ver la cosa en punto

me iba ya a desemponchar;

pero, apurándome el sueño,

comencé luego a vichar

aónde poderme tender

para medio dormitar;

y tantiando en un rincón,

(mire qué casualidá),

trompecé en una limeta

tapada con alquitrán;

luego le rompí el pescuezo

y le empecé a menudiar,

sin saber qué diablos era,

que se colaba no más

como dulce de aguardiente;

pero con la suavidá

tomé un pedo tan tremendo,

que me tuve que anidar

debajo de una escalera,

aonde comencé a roncar

sin saber más del fandango,

porque volví a dispertar

al otro día a la tarde

revolcao como animal;

y así me largué a la plaza...

Y al momento de llegar,

de nuevo los bailarines

empezaron a bajar;

y otro vez la cuhetería

y música sin cesar:

gentío que no cabía,

banderas cada vez más,

rompecabezas, tucañas,

y muchachos a montar

en caballitos de palo,

que hacían remoliniar

al lao de unos cochecitos,

cosa muy particular.

¿Y las mozas, aparcero?

¡Jesucristo!, ¡qué beldá!,

se cruzaban en tropillas

de a diez, de a doce y de a más;

mojigangas como hormigas,

soldados como trigal;

Naciones como mosquitos,

y en un puro lengüetiar;

cajetillas, por supuesto,

muchos, ¡con temeridá!,

eso sí, currutacones

todos ellos a cual más.

 

Finalmente, a la oración

se principió a iluminar

toda la farolería

en la plaza y la ciudá;

y prendieron los castillos...

y acabados de quemar,

las gentes a las comedias

se volvieron a largar.

 

Al ratito yo también

cansao me mandé mudar,

porque estaba tan rendido

que a gatas podía andar;

de suerte que a un bodegón

fui y me puse a merendar;

y a las ánimas en punto

fatigao me vine a echar.

Dormí en lo del portugués,

y en cuanto quiso aclarar

me levanté, calenté agua,

me senté a cimarrionar;

de ahí pagué lo que debía,

después me puse a ensillar;

monté y me largué a mi pago,

adonde espero llegar,

si el Señor quiere y la Virgen,

con toda felicidá.

 

Velay todo lo que he visto;

no tengo más que contar.

 

SIMÓN: Dichoso de usté, aparcero,

que ha sabido disfrutar

funciones tan soberanas.

¡Viva el Gobierno oriental!...

Y el año que viene, amigo,

si Dios nos deja llegar,

y yo tengo cuatro pesos

para poderlos gastar,

desde ahora ya le suplico

que me venga a acompañar

para que nos vamos juntos

a la función a gauchar.

 

Después que el viejo Peñalva

acabó de platicar,

Jacinto ensilló un obero

y Simón un alazán;

se echaron un trago al pecho

y salieron a la par:

el uno cortó a su pago,

y el otro se fue a campiar.

 

El Truquiflor

Remitido de un soldado oriental del ejército del general don Fructuoso Rivera, para el número cuatro del periódico titulado El Gaucho en Campaña, el cual se publicaba en Montevideo en el año de 1839

 

Campamento en marcha a 25 de otubre de 1839.

 

Amigo relator de la Gaceta del Gaucho:

 

Ya que va a soltar su número 4, lárguelo a la fija, patroncito, como nosotros, velay ahora se lo hemos atracao a los Rocines de Echagüe ayer 24 en las puntas del arroyo de Mendoza; y nos han reculao fieramente, porque no es fácil resistir a un ¡vale cuatro!, el cual le ataja la orina al diablo.- Y si no, vea lo que ha sucedido entre nosotros y los invasores de Juan Manuel el porteñazo.

 

Pues, señor, oído a la cosa

dende que los entrerrianos

se vinieron a esta banda

con las miras de atrasarnos,

viene a ser casi lo mesmo

que si vinieran jugando

al truquiflor con nosotros

un partido interesado,

en el cual los orientales

como por PRENDAS jugamos

la libertá y la fama;

y aquellos, por el contrario,

arrejan la esclavitú

y el sostén de esos tiranos

Rosas, Echagua y Urquiza,

que los están gobernando

pior que como en Portugal

se gobiernan los esclavos.

 

En fin, dende el Uruguay

nos vinimos barajando,

y la jugada empezó

del Uruguay a este lao.

 

Nos traiban una empalmada,

y nosotros descuidaos

cortábamos ande quiera,

y así nos fueron tantiando

creyendo ponerse en güenas

hasta que dende el Durazno

les conocimos el juego;

de suerte que comenzamos

a quererles a la fija,

pues para eso asiguramos

en todas manos el DOS.

¡Don FRUTOS!, ¡háganse cargo,

si flor que tiene ese triunfo

puede retrucarla el diablo!

 

Por fin así nos vinimos

nosotros siempre falsiando

con un punto cualquierita,

hasta que los igualamos,

y acá por Santa Lucía

ya nos pusimos a tantos.

En esta disposición,

de los dos lados cuajamos

una flor rigularita,

y ellos cuanto la orejiaron

al instante un contraflor

vanidosos nos echaron.

 

Haciéndonos los petizos

nosotros nos achicamos,

para dejarlos venir

y en el truco revolcarlos,

que es donde luce el poder.

Por supuesto, nos jugaron

carta grande en la primera;

pero ahí no más la empardamos

cantándoles ¡flor y truco!

con todo el DOS, por si acaso...

¡Retruco!... nos respondieron

queriendo largar el guacho.

¡Oigale a los embusteros!,

les dijimos... ¡VALE CUATRO!,

a que no aguantan maulones...

y medio les amostramos

la carta por la orillita.

 

¡Qué aguantar!, ¡ni por los diablos!

Se jueron a la baraja

al ver el DOS coloriando,

y han ido a dar al infierno;

y se hallan tan atrasados

que ahora... ¿cuándo nos alcanzan,

si sólo nos falta un tanto?,

y ese en el primer envite

fijamente lo ganamos.

 

Con que así el amigo Echagüe

ya se puede ir refalando

el poncho, si es medio güeno;

porque no hay duda, paisanos,

los vamos a revolcar,

de balde está valaquiando

ese Rosas... ¡Ah, malhaya,

si viniera!... pero, cuando

arreja, ¡si es tan vilote!

aunque hemos de ir a buscarlo

hasta allá por Güenos Aires,

y hemos de darle trabajo

a ese gaucho quebrallón.

¡Sí, maula!, ¿qué te has pensado,

que hemos de perder las vacas

y cuanto nos han robado

esa punta de ladrones,

que aquí se nos han soplado

burlándose de la patria?,

¿y que esto hemos de olvidarlo?

¡Pues no, mi bien!, al instante...

ya verán en acabando

con toda esta sabandija,

si de coplada nos vamos

a pasiar por las estancias

de Rosas el afamao,

y repasarle los pingos

y comer güenos asaos

con el general Rivera.

 

Entonces por decontado,

si lo topo yo algún día...

pero, ¡no quiero asustarlo!

¡Ahijuna!, aunque se me escuenda,

allá tengo que rastriarlo.

Diálogo

 

Diálogo que en la costa del arroyo de Canelones en la Banda oriental tuvieron los paisanos Norberto Flores y Ramón Guevara, el 29 de noviembre de 1839, época en que fue invadida aquella República por el ejército de Rosas al mando del general Echagüe

 

GUEVARA al recibir a Norberto en el palenque

 

GUEVARA: ¿Es usté, amigo Norberto?

¡Dichoso de quien lo ve!

¡Mire que se hace desiar!

¡Ah, hijo de la... no sé qué!

 

FLORES: Yo soy, paisano Guevara:

con salú lo guarde el cielo;

tiempo hacía, le asiguro,

que andaba desiando verlo.

 

GUEVARA: Pues, velay, acá me tiene

a su mandao, aparcero:

déjese cair de una vez;

desensille el azulejo,

y vamos a la ramada

a tomar un verde al fresco,

o un churrasco, si le agrada.

Como guste, compañero.

 

FLORES: Pues, señor, vamos allá.

Con que, ¿cómo le va yendo?

 

GUEVARA: Rigularmente; ¿y a usté?

 

FLORES: A mí me va medio fiero;

pero por fin, con salú,

que es todo cuanto aprecéo,

hoy que me hallo en el deber

de pelear duro y parejo

en donde quiera. ¿Y usté,

qué tal se siente, aparcero?

 

GUEVARA: La pregunta es excusada,

porque nunca saco el cuerpo

para defender mi tierra,

y en el día mucho menos,

al ver las atrocidades

que por ahí vienen haciendo

los guaicuruces de Rosas,

que nos vienen invadiendo.

 

FLORES: ¿Ha visto? Esta madrugada

me contó Perico Cielo,

que en la Costa de Queguay,

a lo del amigo Antero

cargaron los guaicuruces,

allá al rayar el lucero,

y rodearon la tapera,

a la cuenta presumiendo

que fuese una estancia rica;

y después, apenas vieron

los mojinetes al aire,

para el ranchito embistieron

como baguales al agua.

Y ya usté sabe, aparcero,

que allí junto a la tapera

está la casa de Antero,

que es un rancho miserable

que de mirarlo da sueño.

 

Con todo, los guaicuruces

se dejaron caer al suelo

y a la puerta atropellaron

como a la carne los perros;

y al primer arrempujón

¡a las pu... ntas saltó el cuero!,

y en seguida se colaron,

y principió el manoteo.

 

La infeliz dueña de casa,

que tenía el buche lleno

y ya andaba por parir,

del julepe soltó el güevo:

y luego en la escuridá,

dejando la cría adentro,

apenas en una jerga

se envolvió y salió juyendo,

y a fin de salvar la vida

se azotó en un pozo ciego,

que está allí junto a las casas,

por fortuna cuasi lleno

de osamentas y basuras;

y allí fueron los lamentos

de la infeliz ña Severa,

al sentir que estaba ardiendo

por todas partes el rancho.

Pues oiga, amigo, no es cuento

lo que voy a relatarle:

 

Después de matar al viejo

y robarse cuanto había,

le atracaron mecha y fuego

al rancho en las cuatro puntas:

de conformidá que luego

quedó la casa pareja

con el piso del rodeo,

y en medio de los tizones

hecho chicharrón Antero

y el pobre recién nacido.

Últimamente salieron,

y entre gritos y alaridos

apuntaron al chiquero,

y mataron las ovejas

lo mismo que a los carneros,

y al fin hasta a las gallinas

les quebraron el pescuezo.

 

Después de esas fechurías

a media rienda rompieron;

y luego señá Severa,

al sentir el pago quieto,

saliendo del pozo apenas

y arrastrando por el suelo,

se sentó junto al rescoldo

y entró a llorar sin consuelo

al ver su hijo chamuscao

y a su marido lo mesmo;

de suerte que la infeliz

también allí hubiese muerto,

si no es la casualidá

que el mismo Perico Cielo

llegó y la montó en las ancas

y la trujo al campamento,

aonde la vi antes de ayer...

¡delgada que daba miedo!

 

GUEVARA: ¡Barbaridá! Ahí tiene, amigo,

lo que hemos aventajado

después de tantos afanes

por hacer patria... ¡Barajo!,

¡si seremos infelices!

Pero... ¡por Cristo, paisano!,

usté, que es más alvertido,

no me dirá: ¿diaónde diablos

nos salen los guaicuruces

y los gauchos entrerrianos

a traernos a nuestras tierras

esta guerra, estos estragos?

 

FLORES Eso pregunteseló

a nuestros propios paisanos,

que es a quienes les debemos

la situación en que estamos;

particularmente a Oribe,

y en seguida a cuatro diablos

ambiciosos que pretienden

mamar siempre del Estado,

como si una vaca sola

diese leche para tantos.

Luego estas calamidades

también proceden, paisano,

de nuestra credulidá

en más de cuatro bellacos

de esos alborotadores,

que andan siempre zizañando

y salen a las cuchillas

y engatusan a los gauchos

con mentiras y promesas;

y que luego cabrestiamos,

porque, como no entendemos

sino de bolas y lazos,

cualesquiera nos engaña

cuanto nos pasa la mano.

 

GUEVARA: Cabal que sí: mesmamente,

esa es la causa, está claro;

pues, cuando cesó la guerra

que en el Palmar rematamos,

a nuestras casas en paz

toditos nos retiramos,

de tristes rivalidades

completamente olvidados;

y luego la paisanada

volvió anhelosa al trabajo.

 

En esos días, recuerdo

que anduve en varios fandangos,

y también en las carreras

con una porción de blancos

que fueron en algún tiempo,

y con ellos muy ufano

me divertía a mi gusto

sin mencionar un agravio;

y redepente al botón

cuatro ambiciosos cruzaron

a la otra Banda, y allá

con Rosas se concertaron;

y a fin que el Restaurador

lo repusiera en el mando

a Oribe, éste le ofreció

servirle como un esclavo,

y que en la Banda oriental

sería Rosas el amo.

Por supuesto, el gaucho aquel

cerró el quiero y dijo: «vamos;

que si yo le ato las bolas...

¡que se las desate el diablo!».

Y en seguida les largó

de auxilio a los presidarios,

y a esa recua de malevos

guaicuruces y entrerrianos,

que vienen en la invasión

a la obediencia o al mando

del general Chaguané.

 

FLORES: ¡Qué Yaguané, ni qué Zaino,

si el hombre se llama Echagua,

Santafecino mentado!...

Que fue aguatero en su tierra,

y por eso le ha quedao

el nombre de Echagua.

 

GUEVARA: Mesmo.

Ese es el que viene al mando

junto con un tal Chuquiza,

que desde que soy cristiano

no he oído de ese animal

ni las mentas en mi pago.

 

FLORES: Pues, amigo, esa es la gente

a quienes nuestros paisanos,

Oribe y los que lo siguen

de ruines se han humillado;

y esos son los generales

de Rosas el afamado,

el tigre que en Buenos Aires

ya se tiene dijuntiados

más de tres mil infelices;

porque es gaucho desalmao

y matador sin agüela.

Así, no anda con reparos,

y a su madre, si se ofrece,

¡le atraca cuatro balazos!

Ya ve si será una dicha

que Rosas venga a mandarnos

a los gauchos orientales,

y que quiera sobajearnos

del modo y conformidá

que suele en el Otro Lado,

cuando está de mal humor;

ensillar a sus paisanos,

ponerlos en cuatro pieses,

y así con un fuelle inflarlos:

de ahí echarles lavativas

de ají... para refrescarlos;

y por última calilla

meterles velas... ¡y el diablo!

¿Qué le parece el empeño?

¡La pu... janza, el porteñazo!

 

GUEVARA: ¿Qué me parece, decía?

Velay la contestación:

acá está mi garavina,

mis bolas y mi latón,

seis paquetes por lo pronto,

y un rosillo volador;

y últimamente en el alma

completa resolución

de atracarle bala al diablo,

sin recular: crealó;

que si en las guerras pasadas

por no dentrar en faición

anduve sacando el cuerpo

sin meterme a peliador,

en esta lucha, ¡lo juro,

no tener contemplación

con ningún malevo de esos

que vienen en la invasión!

 

FLORES: Amigo, de un parecer

nos encontramos los dos.

 

GUEVARA: Dejuramente, es preciso

forcejiar en la ocasión,

porque peligra la patria,

y debemos en unión

defenderla a toda costa;

pues morir será mejor

encima de una cuchilla,

que sufrir la humillación

con que quiere someternos

a ese tal Restaurudor.

Y al que piense lo contrario,

como se lo alvierta yo,

al menos le he de prender

la mitá del alfajor;

y luego, aunque me afusilen,

muero a gusto: sí, señor.

 

FLORES: Me agrada; pero, entre tanto

ya se va dentrando el sol,

y yo debo reunirme

esta noche a mi escuadrón.

Si tiene algún pingo bueno,

y demás, prestemeló:

el mesmo que de mañana

se lo mandaré...

 

GUEVARA: Pues no!

Velay ese malacara;

con franqueza ensilleló,

y dele como a prestao,

que es caballo aguantador.

Y, si llega por la Villa,

quiero que me haga el favor

de comprarme una devisa

bordada, de lo mejor,

con un letrero que diga:

¡Viva la Custitución

y los orientales libres!

¡Muera Echagua el invasor!

Guevara habló de esta suerte

mientras Flores ensilló;

y luego que al malacara

de un salto se le afirmó,

todavía allí Guevara

al estribo le alcanzó

una limeta con caña,

a la cual se le durmió

Flores, pegándole un beso;

y luego que se templó

gritando: ¡Viva Rivera!,

dando güelta rebenquió,

y enderezando al camino

a media rienda salió,

diciendo: ¡adiós, aparcero!

 

Amigo, vaya con Dios.

 

 

ADVERTENCIA:

 

Las décimas siguientes fueron compuestas por el señor don Gerónimo Galigniana, que residía emigrado en San Salvador, pueblo de campaña en la república de la Banda oriental, cuando tuvo lugar la batalla de Cagancha.

Al insertarla entre mis poesías, he tenido por objeto el hacer más explicativas las otras décimas que se leerán a continuación del parte de Echagüe, suponiéndose como la contestación del Restaurador de las Leyes, y cuya composición es mía.

H. A.

 

 

Parte de Echagüe

 

Al Ilustre Conculcador de las Leyes don Juan Manuel de Rosas, sobre su victoria en Cagancha, y contestación de éste: encontradas ambas en una balija que el Restaurador del desasosiego público de Entre Ríos dejó caer, disparando de unos cornetas del ejército del general Lavalle. Contienen detalles sumamente curiosos y cosas de hacer reír y llorar.

Paso de los Higos, enero 1.º de 1840.

 

I

¡Ay, Juan Manuel, qué te cuento!

nuestro ejército afamado

mandinga se lo ha llevado

al infierno en un momento;

yo disparé como un viento

al Uruguay muy arriba,

y he llegado sin saliva,

recién al Paso del Higo.

Así, no extrañes, amigo,

que tan de prisa te escriba.

 

II

Te contaré de ligero,

pues me hallo bien afligido,

que la batalla he perdido

y la he perdido muy fiero.

¡Cómo ha de ser, compañero,

el pleito ya se acabó!

Rivera nos traginó

de diciembre el veintinueve;

y, ya que escampa y no llueve,

escucha lo que pasó.

 

III

Sabiendo por un espía

que estaban muy descuidados

Rivera y sus colorados,

juzgué la victoria mía.

Mandé que la infantería

sin que perdiera momentos,

llevando todo a los tientos,

montase al punto a caballo,

y partiera como el rayo:

yo iba de sangre sediento.

 

IV

Cuando dispuse atacar,

me dijo don Juan Antonio:

-Mi compadre es el demonio,

no se vaya a descuidar.

-Conmigo no ha de chancear,

respondí muy arrogante;

yo cargaré por delante,

y entonces sus escuadrones,

sus infantes y cañones

sucumbirán al instante.

 

V

Yo, como jefe valiente,

alegre mandé a la carga,

cuando en esto una descarga

nos sujetó de repente.

Lleno de rabia y caliente,

ataqué a la artillería,

mas Pirán con grosería,

perro unitario, canalla,

nos recibió con metralla,

que nos amoló ese día

 

VI

Lavalleja derrotó

los bueyes y las carretas,

equipajes y maletas,

y cuanto pudo atrapó:

en esto bien se portó;

pero, en un decir Jesús,

rompió como el avestruz,

y salió el pobre orejeando,

del compadre disparando

como el diablo de la cruz.

 

VII

Mirando con poca tropa

la izquierda del enemigo,

pensé derrotarle, amigo,

como tomarme una copa;

al punto con viento en popa

cantando los embestí;

pero, ¡ay, infeliz de mí!,

que Medina me topó,

y sin piedad me sopló

buenas jeringas de ají.

 

VIII

Con tal golpe me postré

en un profundo desmayo,

y como herido de un rayo

agonizando quedé.

Apenas me recobré,

disparo y pierdo la espada,

dejando las caballadas,

armamento y equipajes,

municiones y bagajes,

y mi casaca bordada.

 

IX

Sufriendo todo el tormento

de un general asustado,

al uno y al otro lado

miraba con ojo atento;

mas sintiendo en el momento

a lo lejos un tropel,

«esto ya huele a cordel»,

les dije a mis compañeros;

y rompí de los primeros:

no lo dudes, Juan Manuel.

 

X

A la voz de ¡ya te alcanzo!,

que en mis orejas sonaba,

veinte leguas me tragaba

volando cual cisne o ganso.

Quise tomar un descanso

al verme en senda más ancha:

pero, al pensar en Cagancha,

me le dormí al fletecillo,

y corrí como el potrillo

que reconoce su cancha.

 

XI

Gauchaje más desatento

yo no espero ver jamás;

me gritaban: ¡Satanás!,

sin respeto y miramiento;

y para mayor tormento,

soltando las tercerolas,

casi me prenden las bolas;

de suerte que yo no sé

cómo por fin me escapé

con tanto diablo a la cola.

 

XII

Por todas partes, señor,

lo mismo que unos borrachos,

las mujeres y muchachos,

detrás de mí con fervor,

entonaban con primor

en verso bien concertado:

¡Viva ese Echagüe mentado,

ese general badana,

que vino buscando lana

y ha salido trasquilado!

 

XIII

El amigo don Servando

con Lavalleja y los otros

dispararon como potros,

sin saber cómo ni cuándo.

Garzón se escapó arañando;

Raña, muriendo en la acción,

pagó su negra traición,

y al cacique mi aparcero

lo tomaron prisionero;

y se acabó la función.

 

XIV

De mi Urquiza no sé yo,

con certidumbre, ni jota:

dicen que en una pelota

al Uruguay se azotó;

cuentan que ya se juntó

con Oribe y Mascarilla,

y que soltó su tropilla,

pues ya no quiere, ni espera,

que los niños de Rivera

le soplen otra calilla.

 

XV

Tú bien puedes, Juan Manuel,

la tristeza divertir,

haciendo luego emitir

diez millones de papel,

y sentado en un dosel

diciendo con gravedad:

«Antes que la libertad

borre del pueblo las penas,

horca, fusil y cadenas

sostendrán mi autoridad».

 

XVI

Lo peor de todo será

que pasando al otro lado,

me salga medio enojado

el vencedor del Yeruá;

yo no sé como me irá,

pues si Lavalle me pilla

me cuelga como morcilla,

o me deja con su espada

en la primera topada

sesteando en una cuchilla.

 

XVII

Ya me voy al Occidente,

no quiero Banda oriental;

y, si quieres que Pascual

vuelva a pelear esta gente,

me has de mandar prontamente

dos o tres mil escuadrones,

mil y tantos batallones,

diez carretas de dinero,

catorce mil artilleros

con novecientos cañones.

 

XVIII

Adiós, bravo general,

adiós, gran Restaurador,

ya me someto al rigor

de mi destino fatal;

y si a la Banda oriental

piensas hacerme volver,

con tiempo te hago saber

que aquí los niños chiquitos

han sacado un refrancito:

«aflígete, que has de oler».

 

 

¡Viva la Federación!

 

 

 

 

Buenos Aires, enero 20 de 1840.

 

Año 1.° de los salvajes unitarios, que se me vienen encima, a causa del borrico unitario Pascual Echagüe, vendido al oro inmundo de los asquerosos, aunque perfumados, franceses, etc.

 

El Ilustre Restaurador, en su lenguaje, tal cual se lo permiten sus doloridas circunstancias, contesta al otro Restaurador sin lustre.

 

I

¡No te lo dije, Pascual,

que la cosa no iba holgada,

porque es maldita gauchada

la de la Banda oriental!

¿Has visto?... ¡Como a Bagual

te han corrido!... ¡Pucha, digo!,

que se me ha entrao el umbligo

del suspiro que he pegao,

al ver el salto que has dao

de CAGANCHA al Paso de Higo.

 

II

Bien me decia Batata:

-Mire, señor, que a Pascual,

si don Frutos le echa un pial,

le ha de quebrar las dos patas;

de balde va con bravatas.

Créame, por su difunta;

se va a guasquiar en la punta,

sin aguardar que RIVERA

lo recueste a la manguera

y le haga alguna pregunta.

 

III

¿Con que creíste que Rivera

se estaba chupando el dedo,

porque un Tape vino en pedo

a decirte una zonzera?

¡Mirá qué NENE!, ¡friolera

ha sido el arrempujón!

El diablo es que en la función

yo también caigo de pavo,

pues se me ha encogido el rabo

lo mesmo que chicharrón.

 

IV

Porque al tiempo de atacar

te dijo don Juan Antonio:

«Mi compadre es el demonio

no vaya a facilitar»,

echastes a disparar

para Entre Ríos que es pior.

¡Cuidao, che, Restaurador!

Mirá que HORNOS es travieso,

no se te vaya el pescuezo

y te atraque el alfajor.

 

 

V

No niego que sos valiente;

pero lo malo es aquello,

que se te ataja el resuello,

y te empacas de repente.

Ya se ve, teniendo al frente

tantísima artillería,

yo también emplumaría,

no digo de los cañones,

el chaschás de los latones...

¡quién sabe si aguantaría!

 

VI

Hay hombres a la verdad

que no les entra razón,

ciegos de una presunción

que toca en barbaridad

tal es la tenacidad

del compadre de Rivera;

si siempre que arma carrera

se la ganan sin rebenque,

a que es volver al palenque

ni pasar por la tranquera.

 

VII

¿Con que te salió a topar,

y le juistes a Medina?,

¡qué vileza tan cochina,

no se puede soportar!

¡Qué!, ¿no pudistes aguantar

siquiera entre las carretas,

haciendo algunas gambetas,

y no disparar tan fiero,

dejándole hasta el sombrero,

la baraja y las maletas?

 

VIII

Los de Rivera ese día,

por supuesto, se han avíao

porque hasta el pobre Palao

largó la chafalonía;

me hago cargo que sería

la cosa muy ensilgada,

pues perdistes la entorchada,

el corbo, el poncho y la jerga;

pero colgate una verga,

y te servirá de espada.

 

IX

Sufriendo un duro tormento

estoy yo aquí en un rincón,

por confiar en un collón

como tú, que es lo que siento.

¡Vaya que está lindo el cuento!

¿Con que echaste a disparar?

¡Qué más se puede esperar

de un general de tu laya!

Todo lo creo, cangalla;

¡qué diablos he de dudar!

 

X

Si te hubiera repuntao

algún muchacho oriental,

creo que un medio bozal

por maula te hubiera echao.

¿Pero quién?, si me han contao

que de atrás, lo que olfatiaste,

ahí no más te acomodaste,

y estabas... rompo, o no rompo;

y que al flete, como un trompo,

diste vuelta, y te agachaste.

 

XI

Los que sentías gritar

eran unos alarifes,

que iban atrás de tus chifles

por hacértelos largar.

¡Ah, Cristo!, ¡qué no topar,

entre toda esa gauchada,

uno que en la disparada

te prendiera bien las bolas,

y te hiciera hacer cabriolas

con la casaca bordada!

 

XII

Ya sé que en la dispersión

salieron de las cocinas

los muchachos y las chinas,

ofreciéndote jabón;

pero, ve si es juguetón

Núñez que te ha traginao;

porque me han asigurao

que las chinas te soltó,

y con ellas te corrió

sin precisar ni un soldao.

 

XIII

¡Qué me importa de Servando

ni de naides de los otros,

cuando aquí estamos nosotros

con el julepe mosquiando!

Yo el primero me ando, me ando,

y a pesar que soy arisco,

me hago el duro como risco;

pero Batata es tan flojo,

que de balde yo me enojo:

no sale de San Francisco.

 

XIV

Yo supe luego que Urquiza

aunque anduvo balaquiando,

al Uruguay disparando

vino a lavar la camisa.

Ese sí anduvo de prisa

sin hacer tanta pirueta...

Ya se ve, es otro trompeta

como su gobernador,

que de la yunta el mejor

no sirve para corneta.

 

XV

Calmaría mis pensiones,

si te pudiera atrapar

para hacerte resbalar

con Usebio los calzones;

yo mismo diez ocasiones

te inflaría por morao:

y después de estar soplao

te haría echar una ayuda,

con una vela morruda

para dejarte foguiao.

 

XVI

Mirá, che, que no me gusta

el que me hablen de Lavalle;

y ójala te descangalle

si presumes que me asusta.

Aquí yo le tengo justa

su cuentita; sin embargo,

ya que se ofrece, te encargo

me lo atajés por allá,

porque si endereza acá...

¡Ay, Pascual!, hacete cargo...

 

XVII

Te puedes ir al infierno

y ponerte en invernada,

que es tierra muy abrigada

para pasar el invierno;

que yo también ando tierno

por largarme a los ingleses,

y ya más de cuatro veces

he querido atropellar;

pero vuelvo a recular

de miedo de los franceses.

 

XVIII

Adiós, general badana,

por fin has vuelto a tu tierra,

y has venido de la guerra

más pelado que una rana.

Asigurá la picana,

porque yo, más que me aflija,

voy a largarle manija

a LAVALLE, y esta vez

tu refrán sale al revés:

«ÉSE VA A OLER A LA FIJA».

 

 

Cielito gaucho, compuesto en la ciudad de Montevideo en febrero 1843, a la salud del coronel don Melchor Pacheco y Obes, por el soldado José Crudo, de la división Medina

 

 

Vaya un cielito rabioso,

cosa linda en ciertos casos

en que anda un hombre ganoso

de divertirse a balazos.

 

¡Ay, cielo, cielo y más cielo!,

este año por las cuchillas,

a costa de la invasión

hemos de comer morcillas.

 

Cierto es que los mashorqueros

se nos vienen al pescuezo

con asierra y alfajor,

y ¿qué han de sacar con eso?

 

Digo, cielo, que el serrucho,

no se usa en nuestra campaña;

pero ya que lo hacen moda

también nos daremos maña.

 

Llegado el caso, a la juerza

hemos de andar muy contentos

con lanza, latón y bolas,

y a más, serrucho a los tientos.

 

Allá va cielo y más cielo,

siendo pareja la guerra,

lo mismo es tierno que blando,

lo mesmo sierra que asierra.

 

Acá no somos muy pocos,

allá diz que son más muchos;

quiere decir, que nosotros

menearemos más serrucho.

 

Cielito, cielo, eso sí:

estamos en nuestra cancha,

y hemos de desempeñarnos

mucho mejor que en Cagancha.

 

Aunque en el Arroyo Grande

perdimos una jugada,

no ha sido cosa: la erramos

de lleva en esa parada.

 

Digo, mi cielo, cielito,

cielo de Martín Sorondo,

acá verán si don Frutos

les ha de cubrir el fondo.

 

¡Ea, rosines!, ¡a ver

ese valor federal,

si sujeta como quiera

a la gauchada oriental!

 

Allá va, cielo y más cielo,

¡qué Cristo han de sujetar!,

si somos tan presumidos

para esto de no aflojar.

 

Son de balde esas balacas,

que han de tomar la ciudad:

¿no ven que coger un zorro

tiene su dificultad?

 

Cielito, cielo, bien saben,

mientras viva don Frutuoso,

llegar a Santa Lucía

les ha de ser trabajoso.

 

Con una yegua bellaca

y un cuero viejo a la cola,

los hemos de entretener,

y de ahí, que corra la bola.

 

Cielito, cielo y más cielo,

cielito de las tres cruces,

con esta sola maniobra

han de montar avestruces.

 

En teniendo redomones

y bolas como tenemos,

y que nos mande don Frutos,

ya ni chiripá queremos.

 

Digo, mi cielo, y si piensan

que andamos muy desaviaos,

ya verán cuando les llueva

bala y corvo a todos laos.

 

¿Presumen que a infantería,

nos han de medio pasar?,

¡poquita es la morenada

que les hemos de soltar!

 

¡Cielito, cielo y más cielo,

cielito de la ciudá,

que ha hecho cuatro mil infantes

LA LEY DE LA LIBERTÁ!

 

¡Ah, cosa!, es verlos morenos

bramando como novillos,

preguntando a cada rato:

«ondé e que etá esem branquillos».

 

Allá va, cielo y más cielo,

cielito de Canelones,

atiendan como se explican

en todos los batallones:

 

«¡Líjalo no ma vinise

a ese rosine tlompeta,

que cuando le tlopellamo

lon diablo que no sujeta!».

 

¡Ay, cielo, cielo y más cielo,

cielito digo, eso sí;

no hay duda, están los morenos

más bravos que cumbarí!

 

¡Viva pues la infantería

y los Guardias Nacionales,

marinos y artillería,

y todos los orientales!

 

Cielito, cielo, y más cielo,

cielito de la despedida,

muera Rosas y seremos

libres por toda la vida!

 

 

Noticias mashorqueras y de moquillo, que circularon en el campamento de Oribe el 11 de junio de 1843

 

Montevideo, junio 13 de 1843.

 

Ayer se vino un pasao

soldao de caballería,

que dice que allá servía

con Montoro el Renegao

y diz que le oyó decir

que el general entrerriano,

para fines del verano

dejuro debe venir.

 

Y que si no ha caído ya,

es porque fue a Maldonao,

a pastoriar el ganao

que trai con temeridá.

 

Que podemos aprontarnos,

porque se dan mucha prisa

Alderete con Urquiza

para venir a tragarnos.

 

Ansí es que se han asustao

toditos en la trinchera,

con las noticias de ajuera

dadas por el Renegao.

 

Y otros dicen que a don Justo

se le fue la caballada,

y que en esa disparada

no ha tenido chico susto.

 

Y otros dicen de que no;

pues RIVERA en San José,

le salió, y no sé por qué

los caballos le cobró.

 

Y otros ya cuentan primores,

de una tendida que le hizo

Urquiza, el ESPANTADIZO,

viendo a don Venancio Flores.

 

Y otros dicen que Medina,

Estibao y Centurión,

lo echaron de un rempujón

al arroyo de la China.

 

Y otros dicen de que Luna

y Báez lo arrean de atrás,

para que no vuelva más

a su tierra... ¡qué fortuna!

 

Pero dice el Briste Pake,

que Urquiza está en el Cerrito,

según carta que le ha escrito

a Juan Manuel Estoraque.

 

Y otros dicen que Alderete

fue a buscarlo y no lo halló;

y caliente se volvió

con la burra al Miguelete.

 

Y en tanto dime y direte,

¿saben lo que digo yo?,

es, que FLORES lo atrasó

a Urquiza y le rompió...

 

el siete de agosto la cabeza, contra un pedegral, pues lo echó por sobre las orejas del pingo de un chuzazo, que lo hizo pericantar.

 

 

Saludo al valeroso coronel don Marcelino Sosa

 

 

Montevideo. Julio 8 de 1843.

 

Mi coronel Marcelino,

valeroso guerrillero,

oriental pecho de acero

y corazón diamantino:

todo invasor asesino,

todo traidor detestable,

y el rosín más indomable

rinde su vida ominosa,

donde se presenta SOSA,

¡y a los filos de su sable!

 

UN SOLDADO DE SU ESCUADRÓN.

 

 

Indirecta, encaminada a cierto agente norteamericano que dijo en Montevideo, que, teniendo dudas sobre si Oribe tenía o no derecho para habilitar puertos y embargar en el Estado oriental todos los frutos del país, no podía resolverse a contestar de acuerdo con una circular que le pasó el gobierno de Montevideo a ese respecto, y concluyó (el agente) por entregarse a los consejos de un abogado oribista y rosista, quien (por supuesto) le aconsejó que contestara al Gobierno, de que Oribe tenía completo derecho como beligerante para establecer bloqueos, habilitar puertos, y robar a troche y moche.

 

 

¡Nunca falta un Güey Corneta!

 

Pues, sí, señor: de Alderete,

presume el de los nutriales,

que puede juntar sus riales

robando en el Miguelete

hasta cueros de bagüales.

 

Porque UNO en letra menuda

dijo: «sí puede, ¡pues no!»,

cuando el nutrial dijo: «Yo

tengo en el derecho duda.

Usté por mí espliqueló».

 

De suerte que en el Cerrito,

está Oribe pataliando;

y acá está UNO aconsejando

que se le haga compadrito

el nutrial, que está boyando.

 

Ansí mesmo, me confundo,

y dudo que en la ocasión

hombres que dicen que son

los liberales del mundo,

se recuesten a un ladrón.

 

Aunque cierto gaucho dijo,

y acertó como profeta:

«que no hay boyada perfeta»,

porque mesmamente, fijo:

¡nunca falta un Güey Corneta!

 

 

 

 

 

Al triunfo de los patriotas en el Cerro de Montevideo, sobre los soldados de Rosas en 1843.

 

 

Media caña gaucha, para que la bailen los italianos armados en defensa de la libertad oriental y argentina

 

¡Oiganle a los rosines

balaquiadores!

¿Cómo dicen que son

aguantadores?,

y redepente

en el cerro aflojaron

tan fieramente.

¡Ciriaco!, ¡triste Ciriaco!,

Rivera te tiene flaco.

Por delante y por detrás,

¡qué suspiros pegarás!

Ahora que la cosa

se va enderezando,

y que tus soldaos

la van olfatiando...

a desgranarse

empieza tu mazorca

hasta pelarse.

 

En el Cerro esa tarde,

de una coplada,

¡cincuenta se vinieron!

Y eso no es nada,

que a la trinchera

se pasan todo el día

como chorrera.

Van trescientos y cuarenta:

en fin, no llevamos cuenta:

diariamente de tu gente

del Cerrito, Ciriaquito...

Se van escurriendo,

y acá se nos vienen,

y en esto demuestran

la fe que le tienen...

al Restaurador

y Ciriaco Alderete,

el degollador.

 

De PACHECO, Bausá,

y su división,

¡qué de quejas tendrá

Barcena el ladrón!,

que en la ladera

del CERRO le soplaron

la vela entera.

¡A Barcena, pobre tuerto!,

¿si del susto se habrá muerto?

¡Qué escapada, qué mamada

tomaría ese día!

¡Qué jabón llevó

hasta el Miguelete,

y si no dispara

le rompen el siete!

¿Si será verdad

que iba jediendo fiero?

¡Qué temeridá!

 

Ya se van los puebleros

medio amansando;

vuélvanse mashorqueros,

que fue chanciando

la rebenquiada

que en el Cerro les dieron

por humorada.

Y el juego tiene reveses,

albur y gallo, y entreses,

y se echa culo, y se echa suerte,

y se reniega, y se divierte.

A veces se pierde,

a veces se gana,

y también sucede

que uno va por lana,

y trasquilao

sale de la jugada

por desdichao.

 

Vieran a los pasaos

del otro día

cómo andan de platudos,

¡Virgen María!

y voracean;

a la cuenta hacen gala

de que los vean.

Se vinieron como alambres,

comieron buenos matambres;

ya están gordos y fortachos

y salvajes, ¡ah, muchachos!,

y ninguno quiere

dejar de servir,

hasta que al tirano

lo hagan sucumbir;

y están prendaos

de nuestros oficiales

y sus soldaos.

 

Tenemos acá un jefe

sombrero gacho,

se llama GARRIBALDE,

y los tiene ¡a macho!,

y es mozo anfibio

que en la tierra y el agua

no les da alivio.

¡Mansito es el italiano!

¡Pu... cha!, ¡si pilla a Mariano!

Sin tin tin, ni violín,

redepente con su gente,

se les cuela allá

en el vericuete,

y la refalosa

le toca a Alderete.

¡Abran el ojo,

que el hombre no se quiere

morir de antojo!

Con que, vuelvan al Cerro

con siguridá,

que no les hacen nada

los de la ciudá;

y en cuatro viajes

apuesto a que se vuelven

todos salvajes.

Se vienen como a la miel,

crealó, amigo Manuel:

y si no, sueltelós,

y al ratito busquelós.

Verá si le escupen

por la Figurita

con bala, y que son

de la gentecita;

que lo han dejao,

porque dicen que está

agusanao.

 

 

Carta de un jefe asustado del Restaurador Rosas, dándole cuenta de cierto funesto encuentro que tuvo con las fuerzas del general Rivera, en el Departamento de Maldonado en la Banda oriental

 

Cerrito de Montevideo a 23 de julio de 1843.

 

Juan Manuel, a estos parajes,

después de aventuras tiernas,

con el rabo entre las piernas

me han arriado los salvajes;

es preciso que trabajes

por auxiliarme lueguito,

pronto, por Dios, hermanito,

que estamos muy apuraos

y todos apeñuscaos

en la falda del Cerrito.

 

Confieso que disparé

completamente asustao,

y aunque todo desollao,

por fin el bulto salvé:

en otra vez trataré

de comportarme mejor;

pero en ésta, por favor,

sacame de esta apretura

donde el hambre nos apura,

y los tapes, que es lo pior.

 

El diablo me hizo topar

con Rivera el otro día,

y por pocas ¡Virgen mía!,

cuasi me hace desnucar:

que si no echo a disparar

más ligero que un venao

ya me hubiera basuriao,

pues cada tape es un moro,

y son más bravos que toro

cuando está recién capao.

 

Bien podías arrejar,

vos que sos tan balaquero,

verás si sois el primero

que al infierno vas a dar:

¡y que te ibas a escapar,

sin sacarte un mamador!

Animate por favor,

y en la primera topada,

¡a que te dejan hinchada

la panza como un tambor!

 

¡Ah, salvajes!, figurate

que juimos más de mil hombres,

y ellos con cien ¡no te asombres!,

cuasi nos rompen el mate.

¡Ah, diablos!, imaginate,

¡qué gauchos son los que tiene

Rivera, que se nos viene

haciéndonos corralito!

para limpiarnos el pito,

si el diablo no lo entretiene.

 

Luego, PAZ y la gringada,

y el ejército pueblero,

que nos tiene al retortero

como un lobo a una majada.

Después toda la inglesada,

y en la punta el comodoro

don Purvis que es otro toro,

que nos quiere atropellar,

y por vernos pataliar

daría mil onzas de oro.

 

¡Ay!, si vieras qué cosquillas

le hace este inglés a Ciriaco;

¡infeliz!, que ya de flaco

le relumbran las canillas;

así es que hasta las costillas

se le están por desgranar,

y a todos nos va a pasar

otro tanto en este invierno,

porque está el pasto muy tierno

y no hay cómo adelantar.

 

Y el ejército se va

de una vez adelgazando,

y de yapa resertando

con mucha temeridá.

 

En fin, no sé qué será

de todos los mashorqueros,

tus cañones y morteros;

pues no hay cómo disparar,

y están por atropellar

los de ajuera y los puebleros.

 

Si Mandevil se empeñara

con el comodoro inglés,

presumo yo que, tal vez,

el hombre nos aliviara;

o al menos si se embarcara

el Briste Pake y viniera,

puede ser que consiguiera

pillarlo de buen humor;

porque si no, el comodoro

le hace pelar la cadera.

 

Por último te prevengo,

como amigo de confianza,

que no me queda esperanza

sino en los barcos del Rengo;

a Brun tan sólo me atengo,

aunque el viejo desconfía

que lo atrasen, ¡Virgen mía!

Me cuelgo de una cumbrera,

y concluye su carrera

Tu amigo:

¡JESÚS MARÍA!

 

 

Felicitación al cumpleaños del Presidente Legal don Ciriaco Alderete

 

Agosto 8 de 1843.

 

SAN CIRIACO Y COMPAÑEROS MÁRTIRES

 

Vean no más si esto es leche,

cuento, mentira o cabriola;

porque, ni parece bola

de don Ciriaco Escabeche.

 

Allá van noticias ciertas,

en puertas;

que andan sonando por ahí:

velay.

No sé si será moquillo

blanquillo,

pero se dice que Urquiza,

¡qué risa!,

ya viene por San José

¡che, che!,

arriando mucho ganao

salao;

y una inmensa caballada

pintada:

pues se ha guasquiao señó Justo

por gusto,

sólo a darle un convite

muy currutaco,

hoy viernes que es el día

de don CIRIACO.

¿Será verdad? Digamé

quién sea más entendido;

porque yo estoy persuadido

que es moquillo: pero ¡qué!

Si no tiene la noticia

malicia,

ni parece contra fuego,

tan luego,

ahora que está el COMODOR

de humor

de ir a pasiar al Cerrito

prontito,

y darle con sus ingleses

entreses;

pues el hombre anda en la güena,

y suena,

que no les cuenta ni dos,

¡por Dios!,

¡que en la primera

ya le atraca a Ciriaco

la Lujanera!

 

Con que ansí, siga la historia

de Urquiza, porque han sabido

que al COMODOR le ha escrebido

primores doña VITORIA.

 

 

Retruco a Rosas por una infame calumnia que publicó en Buenos Aires respecto al señor general don José María Paz

 

 

Gaucho embustero, mentís

brutalmente en cuanto hablás

contra del general PAZ,

y en lo demás que decís.

Pues de balde te aflijís,

ya tu carta es conocida,

y en todas partes sabida

la aflición en que te hallás;

y para apurarte más

yo te buscaré la vida.

 

 

Juan de Dios Oliva y otros dos gauchos orientales platicando el día 11 de junio de 1843 en el campamento del general don Frutos Rivera

 

 

JUAN DE DIOS: Conque, mi amigo Vicente,

¿de adónde sale?, apiesé;

venga al fuego, arrimesé:

¿cómo le va?

 

 

VICENTE: Lindamente,

ño Juan de Dios: ¿cómo está?

 

JUAN DE DIOS: Alentao, sin novedá,

amigo, hasta la presente.

 

VICENTE ¡Mire el diablo!, y se corrieron

de su salú malas mentas,

pues, en resumidas cuentas,

ha de saber que dijieron:

«a ño Juan de Dios lo han muerto»,

y yo creí que fuera cierto,

porque como usté es mansito

para las balas, lueguito

se lo asiguré a Ludueña.

 

JUAN DE DIOS: ¡La gran p... ulida y risueña!,

eso ya es mucho decir:

¿si me andaré por morir?

 

Escuche, amigo Zamora,

las mentas; porque una mora

fría me sacó una achura

me creen en la sepultura

o en la cuchilla estirao,

cuando estoy tan alentao

y me siento tan güenazo.

 

¡Pero qué!, ¡quién hace caso!

Yo nunca creo en visiones,

ni excuso las ocasiones;

porque nada me hace estorbo

tratando de meniar corvo.

 

¡Qué Cristo!, he de forcejiar

y me he de hacer aujeriar

una y diez veces, primero

que ver mi Patria, aparcero,

esclava de un asesino,

como ese vil argentino

que nos quiere suyugar.

¿No es esto muy rigular?

 

VICENTE: Sí, amigo, ¡pues no ha de ser!,

y así los hemos de hacer

c... ejar a esos saltiadores

asesinos, forzadores,

y muy pronto...

JUAN DE DIOS: Deje estar

que luego hemos de acabar

con toda esa sabandija,

de siguro, y a la fija:

y a ellos se les hace broma,

pero si medio se asoma

Pacheco por la cuchilla,

frutos Rivera ni ensilla...

y en pelos me lo desloma.

De balde anda matreriando;

aquí lo andamos ronciando

día y noche, ya lo ve.

 

Además, andan a pie:

y así el viejo los apura;

luego después la flacura,

que ya los tiene a gatitas,

y si no montan mulitas,

montarán en osamentas

o en rocines a la cuenta.

 

VICENTE: Así ha de ser: pero, ¿ha visto

al tal Oribe? ¡Por Cristo!,

amigo, ¿quién pensaría,

que don Manuel nos traería

tal guerra y calamidá?

¡Un oriental!... ¡qué ruindá!,

costiarse de la otra banda,

porque ese Rosas lo manda

a trairnos la guerra a muerte;

¡ha visto cosa más fuerte!

 

JUAN DE DIOS: Mesmamente: ¡es cosa cruel!,

pero el paisano Manuel,

hace una máquina de años

que nos preparó estos daños

y desgracias que recién

en nuestra tierra se ven.

 

Doce años hacen cabales,

a que nos armó estos males;

y él solo por sinrazones

que en tiempo de los barbones

tuvo allá con don Frutoso,

ahora se viene furioso

contra inocentes paisanos:

que todos somos hermanos

y no lo hemos ofendido.

¿Qué causa, pues, ha tenido

para que venga tan cruel

unido a ese Juan Manuel,

a matarnos sin piedá?,

¿ha visto barbaridá

de esta laya? Velay mate:

y si quiere que relate

la causa sin que me entibie,

es menester que me alivie

con un cigarro, si tiene.

 

VICENTE Amigo, al pelo le viene:

tengo aquí, pero no es naco ,

sino una hostia de tabaco

que me dio un francés que masca;

tome... pite, y dele guasca.

Lárgueme a mí la caldera,

yo cebaré mientras quiera

cimarroniar; siga, amigo.

Gracias a Dios que consigo

el oírlo moralizar,

y que me quiera explicar

la causa de esta custión:

a pesar que la razón,

¿quién la tiene?...

 

JUAN DE DIOS: Le diré

ciertamente, creamé:

 

En el año treinta y dos...

¿por julio?, sí, Juan de Dios;

estaba Frutos Rivera

de presidente, y afuera

por el Durazno se hallaba,

y Oribe entonces estaba

de comendante del puerto.

¡Como hay Dios!, esto lo es cierto.

 

Vivíamos felizmente;

¿se acuerda, amigo Vicente?,

cuando por fatalidá

armaron en la ciudá

la primer revolución,

origen de esta custión.

 

Fue en julio..., sí; el día tres:

pues me acuerdo que esa vez

se solevó un batallón

con el coronel Garzón

gritando: ¡muera Rivera!

No hay duda que Oribe era

figurón en el motín:

pues todo se sabe al fin;

y aunque no se puso al frente,

he oído generalmente

una porción de ocasiones,

que los dos jefes Garzones,

como los dos Lavallejas,

de Oribe tenían quejas;

porque en aquella ocasión,

diz que les hizo traición

y que los abandonó

cuando él los comprometió

y los metió hasta el cuadril.

¡Mire si es partida vil

en don Manuel! -Adelante.

 

Pues, señor, desde el istante

en que se alzó la pueblada,

luego le hicieron la armada,

y a don Frutos se la echaron,

y por fortuna le erraron.

 

Rivera estaba inorante

que le iban a echar el guante

con miras de asesinarlo;

y derechito a matarlo

fueron, ¿qué duda nos queda?,

pues el capitán Ojeda

lo atropelló con Santana;

pero por una ventana

el Viejo fue tan feliz,

que se les hiso perdiz,

y en cuanto saltó de allí

cogió y se azotó en el Yi .

 

Yo no sé cómo está vivo

porque con un gomitivo

de Larruá se echó en el río:

si no es eso, ¡Cristo mío!,

ahí lo atrasan fieramente,

pero al fin llegó a su gente

que estaba del otro lao,

donde se puso alentao

y formó su reunión.

 

Entre tanto, de mirón

Oribe se dejó andar,

y en cuanto vido flaquiar

a sus amigos, salió

y vino, y se recostó

a don Frutos, por si acaso.

 

El Viejo que es tan güenazo,

no se dio por entendido,

y habiéndolo recebido

con la mejor voluntá,

le brindó con su amistá,

que Oribe se la almitió

y también se la juró.

 

Siguió la revolución

flaquiando cada vez más,

hasta que don Frutos... ¡tras!,

le dio un golpe y la aplastó;

y a todos los aventó

a los quintos apuraos,

pues salieron a dos laos

en cuanto nos divisaron,

y ahí no más se terminaron

la guerra y las disensiones

como en otras ocasiones.

 

Don Manuel a la ciudá

cayó luego con Rivera

que en cuanto llegó de afuera,

en prueba de su amistá,

con gusto y sinceridá

lo hizo ministro de guerra,

que es un cargo en esta tierra

más grande que general;

y naides lo tuvo a mal.

 

Lejos de eso, lo aplaudimos,

y los paisanos dijimos:

ya no habrá más anarquía,

pues marchan en armonía

Oribe y Frutos Rivera;

¡ah, tiempo!, ¡ojalá volviera!

 

En fin subió don Manuel

a ministro, como he dicho;

y como santo en un nicho

don Frutos se veía en él.

Siguió fingiéndose fiel

don Manuel, en la aparencia,

porque ya la presidencia

de Rivera iba a cesar,

que era todo su anhelar;

desde que don JUAN ANTONIO

salió llamando al demonio

y renegando de Oribe.

 

En esto bien se percibe,

que don Manuel, al dejarlo

solo, trató de obligarlo

a disparar al infierno,

para subir al gobierno;

porque sólo Lavalleja

podría sacar la oreja

a todo el que pretendiera

mandar después de Rivera.

 

Y mesmo, así sucedió:

Lavalleja disparó

abriéndole la tranquera

para que Oribe pudiera

conseguir sus pretensiones.

 

Llegaron las eleciones,

que es lo mesmo que apartar

aquel que ha de gobernar:

y se nombran capataces,

o mozos todos capaces

de elegir el más mejor,

y Rivera por favor

lo señaló a don Manuel,

diciendo: que «sólo él

debia montar el potro,

y que después ningún otro

sería buen presidente».

Alvierta, amigo Vicente,

no faltó en esa ocasión

quién cruzara el mancarrón

y le dijiera a don Frutos:

«¡Mire que muchos disgustos

le va a causar don Manuel!

No se empeñe usté por él».

 

Entonces Frutos Rivera

les contestó, que: «cualquiera

hiciera la oposición;

que era libre la opinión

en ese particular;

(y dijo): me he de empeñar

para que Oribe gobierne,

aunque a mí no me concierne

meterme en el nombramiento»;

y otro le dijo al momento:

«pues yo me voy a oponer».

 

«Amigo, lo puede hacer,

(contestó). No meta bulla;

y si sale con la suya

crea que lo sentiré».

 

Pues cabalmente así fue,

que el hombre fiero se opuso;

pero Rivera que es buzo

y no se ahuga en los arroyos,

le largó todos los rollos

al lazo de su esperanza,

y lo soltó en la confianza

que al dar el Viejo un tirón,

la más fuerte oposición

él la haría sujetar,

y el suelo vendría a dar

ganando al fin la eleción.

 

VICENTE Tome, amigo, un cimarrón,

no se le seque el garguero.

¡Ah, cosa linda, aparcero!,

¡eh, pucha, que está ilustrao

en todo lo que ha pasao!

 

JUAN DE DIOS Pues, señor, que lo nombraron,

y viera con qué alegría;

salvas y musiquería,

y también le repicaron:

por las calles lo aclamaron

las gentes de la ciudá,

y fue con temeridá

lo mucho que se alegraron.

 

Así lo engolosinaron

en cuanto subió al poder,

cosa que no es bueno hacer

jamás entre los paisanos.

 

Ese día, él dio las manos

a todos al despedirse:

y yo me acuerdo que al irse

del Fuerte, allí en un salón,

le dijo a la reunión

con una voz muy contrita:

«¡Compatriotas! Dios permita

que esta pública alegría

dure hasta el último día

que yo descienda del mando»;

y ya salió trompezando.

 

De esta manera legal

largó el mando don Frutoso;

y Oribe lo hizo gustoso

comendante general.

 

Salió Rivera a campaña;

y el diablo, amigo, quizás,

cuando todo estaba en paz,

vino a meter la zizaña

aunque no fue cosa extraña

la vuelta que Oribe dio,

pues luego se le cambió

al mirarse poderoso,

faltándole a don Frutoso

en todo a la buena fe.

 

Lo primero que hizo fue

llamar a los emigraos

que él mismo dejó ensartaos:

y al momento de llegar,

a todos los hizo armar.

 

Eso sólo fue un capricho

de don Manuel; pues me han dicho,

que don Frutos al salir

no le dejó de pedir,

y le rogó por su madre,

que «en caso que a su compadre

Lavalleja lo llamara,

tan de pronto no lo armara,

porque es viejito fogoso,

y pudiera rencoroso

guardarle un resentimiento

y darle algún sentimiento.

 

«Que le avisara al llamarlo

para venir a amansarlo,

y Rivera respondía:

Que el compadre volvería

a su rango y su valer,

como al mismo tiempo a ser

como de antes su aparcero

y su viejo compañero».

 

Pues, vea: Oribe solito

lo hizo venir calladito,

y le dio una división

con su segunda intención,

y los demás emigraos

toditos fueron armaos,

sin que don Frutos dijiera

ni una palabra siquiera,

porque no quiso hacer caso

y le sufrió el chaguarazo.

 

Dígame, aparcero, ahora:

¿si acá el amigo Zamora

ve que usté y yo nos tiramos,

y de firme nos pegamos

hasta ojalarnos el cuero,

reparando el compañero

que usté al fin de la disputa

dispara hasta la gran p...

renegando contra mía,

y conmigo en armonía

queda Zamora en mi rancho,

y me hace después un gancho

metiéndolo en mi cocina

a usté con su garabina,

sin avisarme «esto pasa»,

viviendo en mi mesma casa;

si de Zamora me quejo,

será una ofensa?...

 

 

VICENTE: ¡C... anejo!,

eso sería chanchada.

 

 

JUAN DE DIOS: Pues así fue la jugada

que a don Frutos le hizo Oribe.

 

En seguida, va y escribe

unas cartas muy rabiosas,

que Rivera entre otras cosas

le asiguró por afuera,

y en todas decía que «era

don Frutos un salteador»;

y para hacerla mejor,

por órdenes terminantes

le quitó los comendantes

de cada departamento:

cosa que la hizo de intento,

y el mandar matar a Osorio

como es público y notorio

por agraviar a Rivera,

que andaba por la frontera

sirviéndole a don Manuel,

después que se vio con él

y don Llambí en Cerro Largo,

que tuvo su rato amargo

por no mostrarse ofendido,

que de no, ¿qué hubiera sido

de Oribe en esa ocasión?,

pues ya tenia razón

don Frutos para amolarlo,

y no hizo sino palmiarlo

mostrándole buen agrado,

para no verse obligado

a dar lugar a otros males,

ni armar guerra entre orientales;

hasta que al fin reventó,

porque Oribe lo hostigó;

y al llegar del Cerro Largo,

le mandó quitar el cargo,

y que bajara lueguito

para agarrarlo mansito.

 

Pero Rivera no es lerdo;

pues todavía me acuerdo

que allá le armó una ensilgada,

y le largó esta empalmada.

 

Pues, señor, lo llamó a Luna

que estaba allí por fortuna,

y le dijo que ensillase

y a la ciudá se largase,

fingiendo que con don Frutos

tenía grandes disgustos.

 

Para esto mandó quitarle

una estancia, a fin de darle

todo el valor al moquillo,

y el viejo Luna que es pillo

se le agachó y del tirón

vino a dar hasta el Cordón,

y anduvo por ahí renguiando,

y en voz alta renegando

de Rivera, y qué sé yo.

 

Oribe se la tragó;

porque lo mandó llamar,

y, al empezarlo a tantiar,

le ofreció que le daría

el Fuerte y la Polecía.

 

Luna se mostró blandito,

y entonces don Manuelito

le hizo dar una partida,

para que fuese en seguida

y a don Frutos le prendiera

de atrás, aunque más no fuera.

 

Salió Luna y del camino

al Viejo se lo previno;

y éste los hizo aguardar

con su escolta, y al llegar

les menió lata y estaño,

y con este desengaño

Rivera se resolvió

en cuanto Luna volvió,

porque no es zonzo ninguno

tratando del número uno;

y porque entonces no vino

y se puso en el camino

a dejarse trajinar,

entró Oribe a alborotar:

«¡El indio Frutos se ha alzao!

¡Es un malevo!, ¡un malvao!,

¡que está haciendo reuniones!».

 

Velay tiene las razones

porque al Viejo nos juntamos,

y en seguida nos topamos

allá en la Carpintería.

 

Yo no sé qué más quería

don Manuel esa ocasión.

Él era primer mandón;

toditos le obedecían;

las muchachas lo querían;

y ÉL ¡que es tan aficionao!,

que eso lo tiene atrasao.

 

En fin, ese es cuento aparte:

sí, señor: por otra parte,

don Frutos no le faltaba,

al contrario, lo halagaba;

cuando en esto redepente,

de incapaz y de imprudente

con Rivera se trenzó,

y el Viejo lo castigó

en Yucutujá, en el Yi,

y en Palmar, ¿no es así?

Entonces, dígame, amigo

(fijese en lo que le digo)

¿por qué venció don Frutoso?,

¿será por ser más buen mozo?

Claro es que no: luego ha sido

porque Rivera ha tenido

siempre más linda opinión,

y mejor disposición

que don Manuel, siete veces;

pues no precisa intereses,

porque todos lo hemos visto

que don Frutos sin un cristo

anduvo por Portugal

como una águila imperial.

Cuando la traición de Raña;

que bien la pagó, el lagaña,

mientras que Oribe tenía

todito cuanto quería:

armas, moneda, soldaos

y barcos por todos laos.

Con todos estos avíos

y los negros de Entre Ríos,

tristemente lo vencimos

cuatro gauchos que vinimos,

y él dice que con porteños,

con los cuales hizo empeños

Rivera por desbancarlo.

A ninguno fue a buscarlo

don Frutos; y si vinieron,

tan solamente lo hicieron

muy pocos esa ocasión,

y ¿sabe por qué razón?,

por muchísimas diabluras

que Oribe en sus calenturas

mandó hacer en la ciudá,

quitando la libertá

para escrebir en la imprenta,

y agarrando por su cuenta

a una porción de argentinos,

porque eran hombres ladinos

y hablaban fiero de Rosas,

a quien ante todas cosas

Oribe empezó a adular,

queriendóselo ganar

por si acaso disparaba,

para ir a donde él mandaba

a someterse a ese güaso

degollador, ladronazo,

como lo hizo sin rubor.

¡Eso, sí, es buscar favor

de un porteño infame y ruin!

¿No es así, amigo Martín?

 

 

MARTÍN: Cabal, amigo: pues no;

y si Rivera almitió

argentinos a su lao,

fue uno que otro desgraciao,

y cada uno conocido,

pues todos habían sido

compañeros en la guerra

del Brasil, cuando esta tierra

llegó a ser independiente;

y no era como esa gente

que viene con don Manuel,

degolladores sin hiel,

mashorqueros corrompidos

y diablos desconocidos,

coroneles, generales,

de allá de los federales,

y nada más que de allá.

 

 

JUAN DE DIOS: Eso es la pura verdá;

Oribe se ha envilecido,

desde que se ha reunido

a esos viles saltiadores;

y él es uno de los piores...

 

 

VICENTE Amigo, no se caliente,

y lo pille el presidente

Rosín -mashorqui- legal.

Mire que es hombre formal,

y dicen...

 

 

JUAN DE DIOS: Calle, no diga;

que da dolor de barriga

oírlo llamar presidente.

 

¿Se acuerda, amigo Vicente,

cuando después del Palmar

los hicimos encerrar

dentro de la ciudadela?,

¿que esa vez casi se cuela

don Frutos en la ciudá,

y hace una barbaridá

si lo pilla a don Manuel,

que estaba con el cordel

(como quien dice) al pescuezo?

 

 

VICENTE: ¿Y qué tenemos con eso?

 

 

JUAN DE DIOS: ¡Qué hemos de tener!, aguarde:

pues, señor, en una tarde

que yo caí del Peñarol

antes de ponerse el sol,

vi un coche en el campamento;

ya andaba sonando el cuento,

y eran ciertos los rumores,

pues vinieron tratadores

a hacer la paz con el Viejo,

y estuvieron en consejo

cuatro o cinco diputaos,

que vinieron bien delgaos

porque la carne escaseaba,

con todo, le dieron taba

al general, y por fin

largaron un boletín

en el que Oribe firmaba,

«que hasta hoy no más aguantaba,

pues como era inconveniente

el que fuera él presidente

para que la paz se hiciera,

se hacía José de afuera,

muy contento y muy ufano,

escribiendo él de su mano

aquella renunciación

ante toda la nación»,

y no sé qué más decía.

 

Pues, amigo, al otro día

alzó moño a la otra Banda,

y desde entonces ha que anda

nombrándose Presidente

a todo vicho viviente.

Y como el Restaurador

es gaucho de buen humor,

en cuanto fue, le dio cuerda,

y después lo echó a la... mi... licia;

y en esa mesma ocasión

mandó con la otra invasión

al pobre Pascual Badana;

y le reculó macana,

al Presidente corrido,

cuando éste debió haber sido

el general esa vez.

 

Pero Rosas, al revés,

lo mandó por los rincones,

de Entre Ríos y Misiones,

donde anduvo de ordenanza

de López: esto no es chanza.

 

Se me hace que lo estoy viendo

a don Manuel; que leyendo

esta mi conversación,

dice así: «tiene razón

Juan de Dios: ¡si será el diablo!».

También dirá don Juan Pablo

el general: «es verdad»;

porque ésta es la rialidá:

créalo, amigo Martín,

anduvo así, hasta que al fin

Rosas lo mandó a esas tierras

de para arriba, a las guerras,

en donde le hizo servicios

y mandó hacer sacrificios,

piores que Poncio Pilatos,

de incendios y asesinatos,

robos y degolladuras,

reyunadas y forzaduras,

y agenció esos compañeros

que ahora trae, los mashorqueros,

con los que hizo esas hazañas;

y todavía, ¡qué entrañas!,

quiere su patria entregar,

¡a Rosas!, por gobernar

cuatro días a lo sumo,

porque luego, como el humo,

le quita el mando VIOLÓN,

o cualquier otro ladrón

de esos que vienen con él,

y al presidente Manuel

me le sacan el pellejo

en cuanto chiste; eso es viejo.

 

¿O estará Oribe en la creencia

que hoy juega Rosas el resto,

para después de todo esto

largarle la presidencia?,

y que para el Vuecelencia

nos llena nuestra campaña

de mazorca, media caña,

refalosa, moño, cinta,

y sobre todo, la quinta

esencia del ladronicio?

Un hombre con tanto vicio,

tan cruel y tan ambicioso,

tan vil y tan revoltoso

como ese Restaurador,

que ha llenado de terror,

¡trece años, como un rabioso!

¡A propósito es el mozo!

 

 

VICENTE: No, amigo, ya don Manuel

quisiera zafarse de él,

sacándose la manea.

Créalo, que tal desea:

pero está muy apretao,

abatido y ultrajao;

porque ya sin disimulo

le dicen, que es hombre nulo,

entre esos mesmos rosines,

tal son de bajos y ruines;

y ¿qué ha de hacer?, se sostiene,

pues más remedio no tiene.

 

 

ZAMORA ¿Por qué de ellos no se aleja,

como lo hizo Lavalleja,

y como lo ha hecho Garzón?

También esos hombres son

enemigos de don Frutos:

y por eso, ¿como brutos

han de venir contra nuestra?

En esto bien se demuestra

que sólo Oribe es malvao:

así se ve abandonao

aun de sus mesmos amigos,

que hoy están siendo testigos

de la triste situación,

miseria y desolación

en que su tierra ha sumido,

y ahí lo contemplan metido

entre taperas quemadas

y de cabezas cortadas,

lleno de peste y flacura,

enfermo de calentura

y rodeado de asesinos,

que los pueblos argentinos

y que la Banda oriental

han cercenado a puñal

por orden de don Ciriaco,

que así se llama ahora el Flaco.

Y el apellido también

se lo ha puesto, ¡ah, cosa fiera!

Alderete... ¡Si supiera

de a dónde lo fue a campiar!

Oiga, le voy a contar,

como Curro me ha contao,

que no es andaluz negao.

 

Cuando las primeras guerras,

que apenas por estas tierras

indios había y chimangos,

cayeron los maturrangos,

al mando de un tal Cortés,

que el rey de España esa vez

a Méjico lo mandó

y fue quien lo conquistó.

 

Ahí vino de habilitao

un Alderete mentao

y más ladrón que Turpín

porque a un tal Guatimocín

que era el Rey de aquellos pagos,

cuentan de que le hizo estragos

porque Alderete era moro,

y, por soliviarle el oro

al indio, lo atormentó

fiero y lo descoyuntó,

y cuando lo hizo cecina,

hasta le robó la china.

 

Mire que bien ha elegido

de Alderete el apellido.

Con que así, amigo Vicente,

vea si estará caliente.

 

 

VICENTE: Debe estar, porque sin duda

se le ha puesto peliaguda

la custión en esta vez,

y es preciso ver lo que es

ese ejército pueblero.

¡Qué soldados, aparcero,

esos Guardias Nacionales!,

¡qué gefes, y qué oficiales!,

¡y esos siete batallones

de morenos que son liones!

¡Ese Marcelino Sosa !,

¡que canta la pegajosa

con su escuadrón todo el día!,

y lo que es pior todavía,

todita esa francesada

que al sentir la rosinada

se juntan como aguaciles,

atraviesan los fusiles

y a bayoneta calada

atropellan de coplada

cuando gritan: ¡Al avante!,

llevándose por delante

cercos, zanjas y palenque,

y los sacan a rebenque

a los rosines... ¡barajo!,

¡gente que les da trabajo!

 

Luego de ahí, la italianada,

también gente desalmada:

¡eh, pucha, pero si viera!,

se topan con los de afuera;

y al grito de... ¡Sacramento!,

les atajan el aliento

a fuerza de bala y tiza;

y siempre muertos de risa.

Vea pues lo que ha ganao

Oribe cuando ha dejao

de ser paisano oriental

por ser rosín federal.

 

 

JUAN DE DIOS: Como ya lo es, y se explica

desde que a todo le aplica:

¡Viva la Federación!,

que es decir en conclusión

Viva la Mashorca y Rosas.

¿A qué vienen esas cosas?,

si acá somos orientales,

gauchos todos liberales,

¿por qué nos pretende uñir

y que nos haga morir

en el yugo ese tirano?

 

No, amigo Ciriaco, en vano

son sus viles pretensiones:

arruine las poblaciones,

degüelle, saque maneas,

de su cuero las correas

han de salir algún día.

Ya ve que la gauchería

del viejo Frutos Rivera

le viene haciendo manguera.

 

Ande vivo, le aconsejo,

que ya para zonzo es viejo.

 

Mire si está la estribera

sigura, porque pudiera

que se le corte un estribo,

y yo no he de andar esquivo

si lo pillo medio a pie,

pues la refalosa...

 

 

ZAMORA: ¡Che!

Esa será la infinita

que le toquemos... ¡Ah, hijita!

En fin, vamos a ensillar,

que ya empiezan a tocar

los clarines.

 

 

JUAN DE DIOS: ¡Ah, rosines!

Siquiera fuese a la carga;

porque esa ha de ser amarga

y prontito... ¿No se le hace?

 

 

ZAMORA: Amigo, quizás no pase

de quince días lo más.

Ya lo ve, como Aguarás

anda don Frutos vichando.

Mírelo; ahí viene bajando

por la cuchilla...

 

 

VICENTE: ¡Qué pingo!

¡Como de día domingo!

 

 

JUAN DE DIOS: Amigo, así están toditos

delgados... y parejitos,

como para una pregunta

y agachársele en la punta,

mañana si Dios quisiera,

gritando, ¡viva Rivera

y el Gobierno Nacional!

 

 

ZAMORA: ¡Viva!, ¡y nuestro general

Aguiar, y viva Medina,

que es amargo como quina!

 

 

VICENTE: Y ¡vivan los coroneles

siempre patriotas y fieles,

Silva, Blanco y Estivao;

Viñas, Flores, y el mentao

Luna, y Báez, Cuadra, Camacho,

y Olavarría!...

 

 

JUAN DE DIOS: ¡Qué cacho

es, amigo, ese oficial!,

es buen mozo y ternejal

de lo lindo lo mejor.

¡Que viva el Rubio-valor!,

así lo hemos de llamar.

 

 

VICENTE: ¿Y a PAZ?

 

 

JUAN DE DIOS: El manco de amar

de todos los orientales;

y a Pacheco, el Rubio..., males

de Rosas y los Ciriacos,

porque a todos los trai flacos.

 

 

VICENTE: Y ¿a ese coronel mentao

del sombrero arremangao

que le llaman GARIBALDE?

 

 

JUAN DE DIOS: Ese, amigo, ni de balde

se puede chanciar con él.

Es más bravo que un infiel,

y patriota el italiano:

ahí le tengo un rabicano

para dárselo cuando entre,

donde quiera que lo encuentre.

 

VICENTE: Pues yo, amigo, al comodoro

inglés le guardo mi moro,

que es lo más que puedo hacer,

porque como a mi mujer

lo apreceo, esto es verdá,

pero es de mi voluntá

que él lo muente, si le agrada.

Siendo así... no he dicho nada.

 

 

JUAN DE DIOS: Con que, será hasta la vista,

que ya me voy a la lista.

 

Esto dijo Juan de Dios

del modo más agradable;

y luego se prendió el sable

montó a caballo y trotó.

Martín también se largó

para su escuadrón lueguito,

y Vicente al galopito

campo ajuera enderezó.

 

 

El gaucho Jacinto Cielo

 

Con este título apareció un periódico en Montevideo, y en su primer número publicado el 14 de julio de 1843 les dirigió las salutaciones siguientes al público y a todos los periódicos que en aquellos días se publicaban en la plaza sitiada

 

AL PÚBLICO

 

Pueblo de todo mi afeto,

allá va Jacinto Cielo

echándose por el suelo

en prueba de su respeto:

que aunque rudo y gaucho neto,

venera a la sociedá;

de suerte y conformidá,

que si comete un error

al largarse de escritor,

no será de voluntá.

 

AL NACIONAL

 

Un gaucho sin más caudal

que las bolas y el apero,

hoy sale de gacetero

paisano del Nacional:

como a viejo ternejal

y amigo de los paisanos,

le besa el gaucho las manos,

y le promete ayudar

a escrebir y proclamar

la ley contra los tiranos.

 

AL CUSTITUCIONAL

 

Amigazo y compañero,

si me permite llamarlo:

dispense que al saludarlo

lo haiga dejao el tercero.

Un cariño verdadero

lo ofrezco con amistá,

pues me gusta su lealtá,

y respeto su saber

para hablar y defender

la Patria y la Libertá.

 

AL PATRIOTA FRANCÉS

 

Aunque usté no es oriental,

señor patriota francés,

los gauchos sabemos que es

un patriota liberal,

y como es acidental

ser francés o americano,

lo estimo como a paisano,

porque dice quien lo entiende,

que usté muy lindo defiende

la causa contra el Tirano.

 

AL BRITANIA

 

Señor Britania: un tesoro

es su modo de escrebir,

pues lo he oído trasducir,

y me ha parecido de oro

su pico; así es que lo adoro

por ser el primer inglés

que, clarito y sin doblez,

le ha dicho a don Mendevil

que fieramente servil

se ha mostrado de esta vez.

 

 

 

A principios de julio de 1843 se hallaba el ejército sitiador de Montevideo tan hostilizado a retaguardia por las fuerzas orientales del GENERAL RIVERA, que el titulado Presidente Legal don Manuel Oribe tuvo que despachar con una fuerte división de caballería al general Núñez, encargándole muy especialmente, que del Departamento de la Colonia le remitiera tropas de ganado para abastecer al ejército, y también algunas yeguadas y potros para amansar, pero como el general Núñez anduvo muy lerdo para tales remesas, en un día apuradísimo, el Presidente legal le escribió la súplica siguiente, a la cual Núñez contestó con el parte de su derrota, que va a continuación.

 

Al señor general don Ángel Núñez

 

Cerrito de la Victoria a 16 de julio de 1843.

 

Núñez: ¡por Dios, Angelito!

¡Mandame ganao!, ¡ganao!,

porque estoy esperanzao

tan sólo en vos, hermanito.

Mandá ganao, te repito:

toros, novillos o vacas;

aunque se caigan de flacas

lo que yo quiero es ganao;

pues sino, desesperao,

me comeré las petacas.

 

 

 

MANUEL ORIBE.

 

Lastimosísimo parte oficial, que desde la Colonia del Sacramento, le dirige el traidor general Núñez a su Presidente legal don Manuel Oribe, dándole cuenta de haber sido derrotado por el valiente coronel oriental don Venancio Flores en la Horqueta del Rosario el 18 de julio de 1843, día del aniversario de la Constitución de aquella República

 

Al excelentísimo señor Presidente legal de la República oriental del Uruguay, Brigadier General don Manuel Oribe y «Alderete».

 

¡Viva la Federación!

¡Muera el salvaje unitario

manco Paz!, ¡y el incendario

anarquista Pardejón!

 

En la Horqueta del Rosario;

día del Universario

de nuestra Costitución,

¡nos han tocado el violón!

 

Mi estimado Presidente;

participo a Vuecelencia,

que el día de nuestra ausiencia

se me acabó el aguardiente,

pues se largó mi asistente

aonde se hallaba Estibao

y lo impuso de contao

de toda mi expedición,

resultando en conclusión

que el diablo se la ha llevao.

 

Yo empecé a juntar potrada,

y toros, y algunas yeguas,

pero no me daban treguas

para remitirle nada;

pues toda la Salvajada

se alborotó a mi salida,

y me han tenido en seguida

tan sumamente apretao,

que nunca, nunca he pasao

susto más grande en la vida.

 

Hasta que hoy de trasnochada

FLORES se me apareció,

y a Estibao se reunió

para darme una sabliada.

Yo aguardé la atropellada;

pero como no soy ñato,

en cuanto tomé el olfato

a pura gente resuelta,

ahí no más me les di güelta

haciendo ¡fus! como el gato.

 

Crea, señor, que disparo

no por cobarde, sino

porque claramente yo

veo los bueyes con que aro:

pues entre su gente es raro

el hombre que medio aguante;

así fue que en el istante

que los salvajes cargaron,

mis rosines me llevaron

como a bagual por delante.

 

Después de eso, disparamos

todos tan en confusión,

que soltamos el montón

de hacienda que rejuntamos;

pero por fin escapamos

yo y cuatro hombres, a lo sumo,

los demás se hicieron humo,

y me queda el sentimiento

que han ido a llevar el cuento...

¡a los infiernos!, presumo.

Con que ansí, tenga paciencia,

mi querido general,

y si me he portado mal

dispénseme Vuecelencia.

Siento no hacer diligencia

ahora mesmo por ganao,

pero allá con bacalao

medio se puede aguantar,

porque yo de disparar

me siento muy escaldao.

 

ÁNGEL NÚÑEZ el guasquiao.

 

 

 

¡No se rían! Atención y ensebarse que hoy es el último plazo

 

 

Trincheras, a 25 de agosto de 1843.

 

Sabrán, paisanos, al fin,

que hoy veinticinco sin falta,

Alderete nos asalta,

y nos mete el espadín.

Ahí vendrá Maza violín,

y esto no queda en amago,

¡luego verán el estrago

que nos hace don Ciriaco!

¡Ah, general currutaco!,

no lo pean, que es del pago.

 

Ésta es la última amenaza,

hoy mesmo se colarán.

cola alzada, los verán

sin mosquiar hasta la plaza.

Todos vienen de coraza,

y don Turpín con serrucho:

¡cuidao!, que ese barbarucho

es militar muy foguiao;

¡ya verán mozo alentao!

No lo pean, que es matucho .

 

Por supuesto, en el Cerrito

hoy naides come porotos,

para evitar alborotos

y hasta el más leve ruidito.

Ansí ordenó don Panchito,

y ese es como la Isidora

de bravo, y si se acalora,

¡el diablo que le resuelle!,

siendo ansí lo que atropelle...

no lo pean, que es manflora.

 

Luego, desde la Estanzuela,

mandará veinte escuadrones

a enlazarnos los cañones

el general don Pajuela,

que no hay duda, se nos cuela

sin falta, esta tardecita:

¿o piensan que es mariquita?,

ya lo verán, si atropella

lo mesmo que una centella.

No lo pean a Vidita.

 

Falta lo más peliagudo

y lastimoso del lance,

que se ha de ver cuando avance

¡don Violón el corajudo!

A ese lo espero, y no dudo

que sin falta, a la oración,

nos pega el atropellón.

con más gente que langosta:

ya verán si es poca bosta...

no lo pean a Violón.

 

JACINTO CIELO.

 

 

 

La Refalosa

Amenaza de un mashorquero y degollador de los sitiadores de Montevideo dirigida al gaucho JACINTO CIELO, gacetero y soldao de la Legión argentina, defensora de aquella plaza

 

Mirá, gaucho salvajón,

que no pierdo la esperanza,

y no es chanza,

de hacerte probar qué cosa

es Tin tin y Refalosa.

Ahora te diré cómo es:

escuchá y no te asustés;

que para ustedes es canto

más triste que un Viernes Santo.

 

Unitario que agarramos

lo estiramos;

o paradito no más,

por atrás,

lo amarran los compañeros

por supuesto, mashorqueros,

y ligao

con un maniador doblao,

ya queda codo con codo

y desnudito ante todo.

¡Salvajón!

Aquí empieza su aflición.

 

Luego después, a los pieses

un sobeo en tres dobleces

se le atraca,

y queda como una estaca

lindamente asigurao,

y parao

lo tenemos clamoriando;

y como medio chanciando

lo pinchamos,

y lo que grita, cantamos

la refalosa y tin tin,

sin violín.

 

Pero seguimos el son

en la vaina del latón,

que asentamos.

el cuchillo, y le tantiamos

con las uñas el cogote.

¡Brinca el salvaje vilote

que da risa!

Cuando algunos en camisa

se empiezan a revolcar,

y a llorar,

que es lo que más nos divierte;

de igual suerte

que al Presidente le agrada,

y larga la carcajada

de alegría,

al oír la musiquería

y la broma que le damos

al salvaje que amarramos.

 

Finalmente,

cuando creemos conveniente,

después que nos divertimos

grandemente, decidimos

que al salvaje

el resuello se le ataje;

y a derechas

lo agarra uno de las mechas,

mientras otro

lo sujeta como a potro

de las patas,

que si se mueve es a gatas.

 

Entre tanto,

nos clama por cuanto santo

tiene el cielo;

pero hay no más por consuelo

a su queja:

abajito de la oreja,

con un puñal bien templao

y afilao,

que se llama el quita penas,

le atravesamos las venas

del pescuezo.

¿Y qué se le hace con eso?,

larga sangre que es un gusto,

y del susto

entra a revolver los ojos.

 

¡Ah, hombres flojos!,

hemos visto algunos de estos

que se muerden y hacen gestos,

y visajes

que se pelan los salvajes,

largando tamaña lengua;

y entre nosotros no es mengua

el besarlo,

para medio contentarlo.

 

¡Qué jarana!,

nos reímos de buena gana

y muy mucho,

de ver que hasta les da chucho;

y entonces lo desatamos

y soltamos;

¡y lo sabemos parar

para verlo REFALAR

en la sangre!,

hasta que le da un calambre

y se cai a patalear,

y a temblar

muy fiero, hasta que se estira

el salvaje: y, lo que espira,

le sacamos

una lonja que apreciamos

el sobarla,

y de manea gastarla.

 

De ahí se le cortan orejas,

barba, patilla y cejas;

y pelao

lo dejamos arrumbao,

para que engorde algún chancho,

O carancho.

 

Con que ya ves, Salvajón;

nadita te ha de pasar

después de hacerte gritar:

¡Viva la Federación!

 

 

 

ADVERTENCIA

 

La composición siguiente me fue exigida en Montevideo por mi respetable amigo el doctor don Florencio Varela, quien a su costa la mandó imprimir con profusión para mandarla como un obsequio al Ejército argentino libertador que en esos días invadió al Entre Ríos a las órdenes del valeroso general Juan Lavalle.

 

También con esta composición celebré la espléndida victoria obtenida por las tropas orientales al mando del señor general don Fructuoso Rivera, sobre el ejército de don Juan Manuel Rosas, que invadió a la República oriental a las órdenes del general don Pascual Echagüe, el cual fue completamente vencido en la batalla de Cagancha el 29 de diciembre de 1839.

 

 

Media Caña del campo para los libres

 

Al potro que en diez años

naides lo ensilló,

don Frutos en Cagancha

se le acomodó,

y en el repaso

le ha pegado un rigor

superiorazo.

Querelos mi vida -a los orientales,

que son domadores -sin dificultades.

¡Que viva Rivera!, ¡que viva Lavalle!

Tenemeló a Rosas... que no se desmaye.

Media caña,

a campaña.

Caña entera,

como quiera.

Vamos a Entre Ríos, que allá está Badana,

a ver si bailamos esta Media Caña:

que allá está Lavalle tocando el violín,

y don Frutos quiere seguirla hasta el fin.

Los de Cagancha

se le afirman al diablo

en cualquier cancha.

 

A ese Rosas mentao

tenemos gana

de ver si lo sobamos

como a Badana;

porque es la gala

de un oriental tirarse

con gente mala.

Desde el Entre Ríos vamos a toriarlo;

pues Lavalle sólo quiere basuriarlo.

Dejénselo al Rubio, que es de su ensillar,

y aunque muerda el freno, lo ha de sujetar.

Caña entera,

no lo espera

media caña,

es su maña.

Y ahora que a Macana, que fue haciendo bulla,

la jaca lancera le metió la pulla,

y ahora que a Badana y al morao Urquiza

la Correntinada les saca la frisa...

¡que viva Ferré,

que ha jurao a la Patria

morir o vencer!

 

Frente de la Bajada

está Lavalle,

con toda la mozada

de Güenos Aires.

Y Mascarilla,

dicen que está muy flaco

para morcilla.

Ea, mascarita, veremos a ver

si sos cualquier cosa, o has de endurecer:

allá va Badana, juntate con él,

que es de los más crudos de don Juan Manuel.

Caña aguada,

¡qué mamada!

Caña pura,

es más dura.

Dale china, dale al Restaurador,

que chupe y se ponga de más buen humor.

Mirá que ya el hombre entra a desconfiar,

que los propios suyos lo han de traginar.

Vuelta redonda...

Allá van con Lavalle

los de Coronda.

Dejen no más que griten

los mashorqueros;

que quizás faciliten

de los primeros.

No los apuren;

que puede que al ilustre,

me lo asiguren.

Esa es buena gente -para una voltiada,

y en habiendo mosca -no se para en nada.

Vaya pues, ingratos -no anden reculando,

al Restaurador -váyanlo amarrando.

Media caña,

¡qué lagaña!

Como gusten,

no se asusten.

Aten a ese gaucho -los convidaremos;

que por lo demás -nos arreglaremos.

Ya ven que la cosa -está muy ñublada,

ya ven que Lavalle -se va a la charquiada;

y de esta suerte

les haremos sin duda

pitar del juerte.

 

Tucumán y la Rioja

y Catamarca,

se han puesto la divisa

celeste y blanca.

 

Miren qué dolor,

que La-Madrid ha voliao

al Restaurador.

¡Ay, Felipe, Felipe Batata!

Mirá que la cosa se pone muy ñata:

subite a la torre, mirá al horizonte,

verás que se arriman los de guardamonte.

Caña larga,

que descarga.

Caña corta,

qué te importa.

Tocá tu cencerro y a los tucumanos,

llamales devotos, deciles hermanos;

hermanos, vení, vení con piedá,

que yo soy batata de vuestra hermandá.

También los bravos

salteños ya no quieren

ser más esclavos.

 

Las muchachas porteñas

en la Campaña,

bailarán este invierno

la media caña...

con la mozada

que les lleva Lavalle

de la Bajada.

Que vengan, que vengan los de barba larga,

los que a los esclavos se van a la carga;

dicen las porteñas hasta en la ciudad:

«¡Qué lindo es un gaucho de la libertá!».

 

No se tarden,

vida mía,

¡qué contento,

qué alegría!

¡Que viva Lavalle y los correntinos;

y los orientales y los argentinos!

¡Jesús, cómo tardan!, ¡cuándo los veremos

con esas divisas que tanto queremos!

Vuelta postrera.

¡Viva la libertá!

¡Rosas... que muera!

 

 

Carta del sargento Miranda al gaucho Jacinto Cielo, que le contestó con las décimas que se leerán después de éstas

 

Acampamento en el medio de la Línea, a 3 de agosto.

 

 

SEÑOR DIRETOR DEL GAUCHO

 

I

Amigo Jacinto Cielo,

empriésteme su gaceta,

que yo también soy pueta

y en coplear tengo consuelo;

soy su amigazo Marcelo,

Miranda por apellido,

en San Salvador nacido,

domador de profesión,

y patriota de opinión

todita la vida he sido.

 

II

Cuando vide su papel,

me alegré como era justo,

¡y si viera con qué gusto

lo lemos en el cuartel!

Basta que platique en él

de nuestra guerra presente

y en nuestra lengua, que hay gente

que ya no nos tiene en menos,

porque ve que semos güenos

pa escrebir tan lindamente.

 

III

De esos otros gacetones

que salen tuitos los días,

hablando de extranjerías,

no entendemos dos renglones:

los hacen los señorones

tan sólo pa la ciudá,

y nadita se les da

que nosotros no sepamos

por qué a veces nos matamos,

que es una barbaridá.

 

IV

Ansina es, amigo Cielo,

que el gauchage se ha alegrao,

porque ve que le han hablao

clarito, que es un consuelo:

todo vicho en este suelo

entiende lo que usté dice,

pues es claro que maldice

a Juan Manuel el tirano,

y usté puede estar ufano

que el gauchage lo bendice.

 

V

Platique, amigo, clarito,

del modo que va diciendo:

yo también voy escrebiendo

un trabacuí y un cielito,

para que lo entienda al grito

la gente de chiripá

y calzonzillos, que está

contenta con sus gacetas,

y Alderetes y Alderetas

rabean en la ciudá.

 

VI

Con que, si me da licencia,

en un lao de su papel,

echaré coplas en él,

y excuse la impertinencia;

usté es mozo de experencia,

y sabe que hacer favor

nunca ha sido deshonor;

y ya que aparceros semos

si está de humor, payaremos

sobre guerra o sobre amor.

 

[Fin de la Carta del sargento Miranda Jacinto Cielo]

 

 

 

EL SARGENTO MARCELO MIRANDA.

 

Contestación del gaucho a su amigazo y compañero el sargento Marcelo Miranda, ternejal y payador del pago de San Salvador

 

[Contestación del gaucho Jacinto a Miranda]

 

I

Recebí, amigo Marcelo,

su carta tan apreciada,

que empieza con la versada:

«Amigo Jacinto Cielo».

Al fin no es chico consuelo

que usté me haya saludao,

como el que yo haiga prendao

a un patriota y payador,

gaucho de San Salvador

dejuramente alentao.

 

II

Me dice más atrasito

de que han leído mi papel

muy a gusto en el cuartel,

porque se explica clarito:

¡Qué quiere, compañerito,

si ansí se usa entre el gauchage!,

deje que allá el dotorage

se pronuncie en lo profundo,

que los gauchos en el mundo

tenemos nuestro lenguaje.

 

III

Mesmamente en la ciudá,

esas gacetas a macho

largan cada terminacho,

que ya es con temeridá;

pero, aplíquese y verá,

si no las lé de tropel,

que tiran por nuestro aquel

siempre con güenas razones;

y le hablan en ocasiones

muy al alma a Juan Manuel.

 

IV

Yo siempre soy muy clarito:

y ¿a qué he de andar con rodeo

para esplicar mi deseo?

¿No es ansí, compañerito?

Mi papel es peticito,

pero es gaucho, y han de ver

que al Diablo le ha de correr

en cuanto a decir verdades;

porque no hay dificultades

que me puedan encoger.

 

V

Siendo ansí, yo he de rumbiar

por la senda que empecé,

sin ladiarme, pues ya sé

aonde debo enderezar.

Si llego a desagradar

no ha de ser a la gauchada,

por lo demás ¡no sé nada!,

deje que rabien no más,

que redepente de atrás

les arrimo una guasquiada.

 

VI

Ahí tiene, pues, mi papel

disponga, compañerazo,

porque me dará un gustazo

al soltar coplas en él.

Allá iré por su cuartel

un día y platicaremos,

y entonces lamentaremos

las desdichas de esta tierra,

y bien de amor o de guerra...

como guste, payaremos.

 

Su amigo, JACINTO CIELO.

 

 

 

Carta clamorosa del mashorquero Salomón, a su aparcero Mariano Maza; la cual me la ha mandado su asistente a Montevideo por dos yuntas de chorizos. ¡Qué hambre!

 

Buenos Aires. Agosto 8 de 1846.

 

Querido Maza Violón:

Extrañando tu silencio,

te escribo con Juan Asensio,

y es la tercera ocasión.

Sabrás que está como león

don Juan Manuel de enojao,

pues ya se ha desengañao

de que tu amigo Alderete,

ni sale del Miguelete,

ni vuelve más a este lao.

 

¡Qué diablos hacen, por Cristo!

¿Oliendo a Montevideo,

y del Cerrito al Buseo,

y del Buseo al Cerrito?,

¡pues, sabés que está bonito,

que en lugar de atropellar,

se alisten para emplumar,

los ternes, los valaqueros,

y esos bravos mashorqueros

que se han metido a cuerear!

 

Mirá que el Restaurador

está de una vez cortao,

porque ya no le ha quedao

ni carne en el asador:

pues la parada mejor

que ha jugao en esta vida,

la considera perdida

allá por el Miguelete,

aonde dejará Alderete

a la Mashorca fundida.

 

Sobre todo, a Mistre Yon

lo vemos muy agachao;

no sé si tiene entripao,

o porque anda tan tristón;

pero él muestra su jabón,

pues con el Restaurador

se ponen de mal humor,

porque han sabido que el cojo

ya le anda clavando el ojo

don PURVIS el Comodor.

 

Ansí es que la mashorcada

medio-medio malicea;

y por supuesto, orejea,

y anda medio atribulada.

En ancas, la salvajada

se ha alborotao en la Rioja;

tan luego ahora se le antoja

alzar el poncho al gauchaje:

¡ah, gente es esta salvaje,

ni por los diablos afloja!

 

Ya de Núñez ¡volavero!,

otra vez lo han trajinao,

y solito se ha escapao

lo mismo que terutero.

Urquiza, aunque es tan matrero,

también se encuentra apurao,

pues suena que lo ha apretao

Rivera en una voltiada,

de suerte que en la jugada

queda Alderete pelao

 

Últimamente, Mariano,

¡cuidao que algún oriental,

no te eche MEDIO BOZAL

y que te asiente la mano!,

porque siendo lomo sano

muchos te han de cudicear;

y por sacarte el hijar,

o bien por redomonearte,

se han de empeñar en voliarte;

¡no te vas a descuidar!

 

Recebirás expresiones

de tu compadre Juan Bolas,

que ahí te manda esas pistolas,

cada una de ocho cañones.

Dice, «que a los salvajones

no les reculés cañita»,

lo mesmo que Manuelita

dice, que no la olvidés,

mandándole de un francés

una lonja sobadita.

Tu aparcero, SALOMÓN.

 

 

 

 

 

 

Publicación alegrona hecha en el sitio grande de Montevideo por el gaucho Jacinto, el 24 de agosto de 1843, víspera del día para el cual Oribe anunció desde el Cerrito que asaltaría a la ciudad indispensablemente; amenazando a los sitiados con ofrecerles, que para el día del ataque desplegaría al frente de las trincheras de la plaza ¡diez y ocho mil soldados y cuarenta piezas de artillería!

Con tan terrible amenaza se asustaron todos los sitiados; y el gaucho más asustado que ninguno, apenas atinó a cantar los versos siguientes que le dedicó al presidente legal, antes del ataque. ¡Y qué atacaba!

 

Cuatro coplas a la salú del generalazo don Manuel Ciriaco Oribe y Alderete el proclamador, amenazador y atacador. Sí, señor

 

Línea de Montevideo a 24 de agosto de 1843.

 

AL MESMÍSIMO SEÑOR PRESIDENTE ROSÍN

 

Pero, amigo don Ciriaco,

usté solo se ha guasquiao,

pues naides le ha preguntao

si está en carnes o está flaco.

Con diez y ocho mil y el naco

de los cuarenta cañones

nos sacan a pescozones:

¡qué diablos se anda empacando!,

¿o sigue siempre esperando

el verano y los melones?

 

Con seis mil de gente infante,

toda tropa violinista ,

¡el demonio que resista,

y la burra que lo aguante!

Atropelle y al istante

verá aónde vamos a dar:

¿a qué nos quiere asustar?,

¿no es mejor de que mansitos,

nos agarre a todititos,

y nos mande aserruchar?

 

Luego, doce mil caballos

sin contar la bagualada;

¡no fue tan grande la Armada

del tiempo de don Ceballos!

Cuentelos como zapallos,

no se vaya a equivocar,

porque ha de necesitar,

aunque acá somos poquitos,

largarnos medio muchitos

si nos piensa traginar.

 

Aunque, usté, amigo Alderete,

siempre juega a punto errao;

y siendo ansí, es excusao

que nos cante treinta y siete.

No nos venga con falsete,

queriéndonos retrucar,

si al fin ha de recular

al grito de ¡CUATRO VALE!

O veremos cómo sale,

si piensa medio aguantar.

 

 

 

 

Cielito del Curandero

 

A la salú del señor comodoro Purvis.

 

Voy a cantar un Cielito

a salú del COMODOR,

que tiene noticias lindas

y está de muy güen humor.

 

Cielito, porque ya ve,

que no sube a la cucaña

el ministro Mandevil

que engañó a la Gran Bretaña.

 

Al fin el Gobierno inglés

ha descubierto la embrolla;

y a Rosas, y al Pastelero,

les manda sumir la boya.

 

Cielito, cielo, mi cielo,

cielito en el Miguelete,

¿qué dirá de estas noticias

nuestro paisano Alderete?

 

Ahora que el tal Mandevil

le dice por fuerza a Brun ,

que se largue y desensille,

porque ya suena el rum-rum...

 

Cielito, que don Purvis

nos regaló su Morcillo;

y que a Rosas por soberbio

piensa atracarle el lomillo.

 

Pues tiene a un rocín inglés

enfermo de la vejiga,

y piensa ir a Buenos Aires

a pegarle en la barriga.

 

Digo, cielito, y ansí

lo hará orinar a la fija,

en cuanto le dé un galope

y le golpié la verija.

 

Yo le aconsejo, señor,

que si lo pilla alunao,

le queme las carretillas

con un fierro bien caldiao.

 

Cielito, cielo, velay,

cómo curan los paisanos

a los rocines con luna,

que lueguito quedan sanos.

 

Cierto es que de la vejiga,

hay animales muy viles;

pero con cualquier paisano

le hará orinar los cuadriles.

 

¡Ay, cielo!, y más abajito

mande que le hagan cosquillas,

y que le corten lueguito

el pelo de las ranillas.

 

Luego que lo cure ansí,

y le haga apretar la cincha,

móntelo, dele un rigor,

lo verá cómo relincha.

 

Cielito, cielo, y después

puede echarlo a Ingalaterra,

que animales de esa laya

no sirven en nuestra tierra.

 

Con que, señor comodor,

yo soy suyo, mandemé,

que en servirlo al pensamiento

feliz me contemplaré.

 

¡Ay, cielo!, y por despedida,

tan sólo le pediré

que a Oribe le arrime bochas,

¡si acaso TIENE CON QUÉ!

 

 

Los payadores

 

Sentados en rueda a la orilla de un fogón y al pie de las trincheras de Montevideo, cantando las trovas siguientes, se lamentaban tres mozos argentinos y payadores, en el mismo día en que, abandonando las filas del ejército rosín y sitiador a las órdenes del general Oribe (alias Alderete), se pasaron a las de los Defensores de la Plaza

 

 

ENTRERRIANO: ¡Ay!, ¡en el nombre del Señor!...

a cantar va un entrerriano,

ea, lengua no te turbes,

en lance tan soberano-

-en lance tan soberano;

al tirano abandoné,

ya estoy con los orientales,

ya gaucho libre seré.

 

 

PORTEÑO: ¡Virgen mía de Luján!...,

ayudá mi entendimiento

y que el corazón se explique

en este puro momento-

-en este puro momento,

y en esta conformidá

ya vuelve un gaucho porteño

a gozar la libertá-

 

 

CORRENTINO: A gozar la libertá...

también vuelve un correntino.

Atención pido, señores,

al relatar mi destino-

-al relatar mi destino

en la Provincia oriental

se acabaron mis desdichas,

volvió mi felicidá.

 

 

ENTRERRIANO: ¡Ay!, con el general Rivera...

nos vemos en la ocasión

libres de la tiranía;

y de la infausta opresión

-y de la infausta opresión

nuestra patria libraremos,

y hasta acabar los tiranos

no lo desampararemos-

 

 

PORTEÑO: No lo desampararemos:

me cautiva la afición,

y al compás de un instrumento

se lo digo en la ocasión-

-se lo digo en la ocasión,

soy gaucho fiel y porteño,

y hasta ver la patria libre

no he de salir del empeño-

 

 

CORRENTINO: No he de salir del empeño...

hasta que no llegue el día

de vengar mis padeceres;

si Dios me presta la vida-

-si Dios me presta la vida,

y el arcángel San Miguel,

voy a buscar a Lavalle

para juntarme con él-

 

 

ENTRERRIANO: Ay!, para juntarme con él...

Me aprisionó don Pascual

trayéndome riguroso

para esta Banda oriental-

para esta Banda oriental

nos ha traído ese mandón,

de la suerte en que nos vemos

en la presente ocasión-

 

 

PORTEÑO: ¡Ay!, en la presente ocasión...

suelto al viento mis pesares,

yo también vengo infeliz

dende allá de Güenos Aires-

-dende allá de Güenos Aires;

yo era mozo acomodao,

pero ahora por el tirano

me miro tan desgraciao-

 

 

ENTRERRIANO: ¡Ay!, me miro tan desgraciao...

Canta un triste correntino

arrastrado de su tierra

para seguir un destino-

-para seguir un destino

en contra de la opinión,

para ponernos al fin

en la triste situación-

 

 

ENTRERRIANO: ¡Ay!, en la triste situación...

Entrando a considerar

las desdichas de mi tierra,

no me quisiera acordar-

-no me quisiera acordar,

pero es una sinrazón

porque ya mi patria es libre

y feliz en la ocasión-

 

 

PORTEÑO: Y feliz en la ocasión...

La libertá de Corrientes

muy clara se deja ver

y lo publican las gentes-

-y lo publican las gentes.

¡Ea, lengua, no desmayes!,

para cantar las vitorias

del libertador LAVALLE-

 

 

CORRENTINO: ¡Ay!, del libertador LAVALLE

suena el clarín de su fama;

ansí al pronunciar su nombre

el pecho se me hace llama-

-el pecho se me hace llama;

perdón pido al auditorio

soy súdito de Lavalle,

soy argentino notorio-

 

 

ENTRERRIANO: ¡Ay!, soy argentino notorio...

Aquí entran los gustos míos;

yo soy José Santos Vera,

payador del Entre Ríos-

-payador del Entre Ríos,

que presumo en la ocasión

presentármele a Lavalle

general de la nación-

 

 

PORTEÑO: General de la nación...

¡Viva don Frutos Rivera!,

muera Rosas el tirano,

Echagüe y Urquiza mueran-

-Echagüe y Urquiza mueran,

lo dice Pancho Morales

porteño de los pasaos;

y en las filas orientales-

 

 

CORRENTINO: Y en las filas orientales,

¡vivan todos los franceses!,

compañeros en la causa,

liberales sin dobleces-

-liberales sin dobleces,

y sin más aspiración

que hacer sucumbir a Rosas

tirano, injusto y ladrón.

 

 

Carta gauchi-refalosa escribida a ¡las últimas! por el mashorquero invernao, a su compadre y paisano el coronel mordedor Mariano Maza Violón

 

 

¡Viva la Federación!

¡Mueran los salvajes

gringos!

Buenos Aires, julio a

20,

del año cuarenta y

cinco.

 

Al coronel mordedor Mariano Maza Violón.

 

Querido compadre amao;

me alegraré que al recibo

de la presente, ande vivo

y no lo pillen turbao;

yo no ando muy alentao,

ni su comadre tampoco;

y así mesmo entro de poco

tendremos que rebenquiar,

y al quinto infierno iré a dar

si acaso no me equivoco.

 

Digo al quinto, la verdá,

porque los cuatro anteriores,

que son sin duda los piores,

están en esta ciudá:

¡ni qué otro infierno tendrá

más diablos que los que aquí

tenemos con DOFODÍ,

ULEY y un tal BORBOLÓN,

y en ancas la INTERVICIÓN!

¡Vea, pues, qué camuatí!

 

¡Ay, compadre!, ¡en qué pantano

han caído hasta la encimera

la Mashorca, la LEONERA,

y el Sistema Americano!

Ya pataliamos en vano:

por un palo enjabonao

se viene despatarrao,

contra el suelo, Juan Manuel,

como ha de caer atrás de él

la mashorca, de contao.

 

¡Ya sabrá de la morcilla

tan tremenda y horrorosa

de violín y refalosa

que nos ha hecho Mascarilla!,

y cuasi, cuasi lo pilla

en ella al pobre BADANA:

por fortuna en la jarana

diz que Pascual se asustó,

y al Paraná se azotó

de un salto como una rana.

 

Allá en Entre Ríos, Paz,

diz que lo topó a Garzón,

y al primer arrempujón

que lo redotó ahí no más:

a Lagos también de atrás

le salió la salvajada,

y le han hecho una voltiada

tan sumamente completa

que allí ha estirado la geta

todita la rosinada.

 

Todo es porque Juan Manuel,

ser la América ha querido

él solo, y se ha presumido

que no hay más patriota que él.

Veremos quién es aquel

que al ilustre defensor

lo cuartea por favor:

o si al Gran Americano

le pasa el manco la mano,

y le atraca... ¡de mi flor!

 

Justamente el CORDOVÉS

diz que anda bravo y alzao,

y que a rebenque doblao

se nos viene de esta vez:

y ¿sabe, amigo, quién es

quien va a toparlo?... Mansilla.

Adónde irá esa polilla,

y hágase cargo ¿qué hará?,

¡cuando día y noche va

con el ojo a la tropilla!

 

Mientras que la montonera

de Santa Fe y de Corrientes

viene crujiendo los dientes

por tirarse a la LEONERA,

vea si se ha puesto fiera

la custión en la presente:

quiera Dios que no reviente

con este tirón el lazo,

y le hagan dar un culazo

al héroe del Continente.

 

Pues si la carcamanada

no afloja en la Intervición,

y le dan un manotón

al cojo viejo y su armada,

o si la correntinada

no se ahuga en el Paraná,

y si ustedes los de allá

no entran en Montevideo,

Juan Manuel rueda, y no creo

que lo alce la Caridá.

 

¿No ve a los cipotenciaros

de Francia y de Ingalaterra,

echándola en esta tierra

de salvajes unitarios?

Vea no más lo contrarios

que nos son los UROPEOS,

y al fin con sus lengüeteos

como nos han traginao,

por no haberlos desangrao

asigún nuestros deseos...

 

Velay el inglés ULEY

si es lerdo; y cuando se apió

a muchos les pareció

que era lo mesmo que güey:

y ¿qué dice de la ley

del francés MUSIOFODÍ?

¡Ahijuna!, si es como ají,

y tocante a Juan Manuel

y a sungarlo en un cordel...

a todo responde: güí.

 

Anda el infeliz Batatas

atrás de esos ministriles,

que se le caen los cuadriles

y se le dueblan las patas:

ansí mesmo, él sigue a gatas,

pero es afanarse al ñudo,

porque, amigo, ni el PELUDO

tiene más concha y dureza

que mala sangre y firmeza

MUSIOFODÍ: ¡ah, hombre crudo!

 

Y en ancas musió LANÉS

dende allá lo picanea,

¡ah, diablo!... Maldito sea,

ese salvaje francés:

y ese otro almirante inglés

que se llama don Inglifés.

¡Ah, Cristo!... ¡qué par de chifles

de dos cabezas hiciera,

si entre mis uñas cogiera

las dos de esos ALARIFES!

 

¡Oh!, quién pudiera enlazarlos

siquiera por el cogote,

y por un barrial al trote

a la cincha revolcarlos,

desnudos, y al aujerearlos,

pisarles el costillar,

y hacerles relampaguiar

los ojos, como un novillo,

cuando le atracan cuchillo

que comienza a tiritar.

 

¿Y esa Legión italiana?

¡Ah, hijos de una gran!... Amigo,

créame que los maldigo

de la noche a la mañana;

daría de buena gana

todo cuanto he manotiao

por pillarlos de este lao,

y a uno por uno lonjiarlos

vivos, y después echarlos

de cabeza en el Salao.

 

¿Y a esos gauchos orientales

y toda esa morenada?,

¡quién la viese degollada

como quien mira costales!

¿Y a esos guardias nacionales?,

¡quién los pudiera atrapar

para hacerlos talariar

en rueda la REFALOSA!,

y luego atrás, ¡qué cosa!,

¡entrarlos a desnucar!

 

Con los franceses, no sé

lo que haría, mesmamente:

porque, compadre, esa gente

merece, quién sabe qué,

pero, ¡por Dios!, creamé

que un san Luis que había en casa,

lo zampé en la olla de grasa,

lo freí a mi gusto, y luego

lo colgué y le pegué fuego

delante de Nicolasa.

 

En fin, yo estoy aturdido,

yo no sé lo que he de hacer

desde que hasta mi mujer

asustada ha mal parido.

No hay mashorquero estreñido,

no sé si es por la calor

de Santa Fe y del VAPOR,

porque al mesmo Juan Manuel

los que platican con él

le toman muy fiero olor.

 

Con que, será hasta otra vez,

si Dios nos saca con vida

de esta fatal embestida

de LÓPEZ y el CORDOVÉS,

a Bruno y a Juan Andrés

y a su aparcero el pelao,

réceles, que han espichao

al rigor de los salvajes,

y ordene en estos parajes

a su cumpa-

 

EL INVERNAO.

 

PODATA.

¿Sabe el refrán que anda aquí

traído por la INTERVINCIÓN?,

lo diré, con su perdón:

«¡Vas a morder TONGORÍ!».

 

 

 

Los misterios del Paraná o la descripción del combate de Obligado

 

Bajada del Paraná. Dicembre 25 de 1545.

 

Mi querida Estanislada:

he llevao un gran sustazo,

pero, a Dios gracia, buenazo

hoy me encuentro en la Bajada;

aonde veo muy ñublada

la causa de nuestro aquel,

pues ya viene de tropel

toda la correntinada

y atrás la paraguayada

a tragarse a Juan Manuel.

 

Ya ves, lo van apurando

muy fiero al Restaurador,

y sin duda a lo mejor

lo han de sacar apagando:

ve quien le viene apuntando,

¡PAZ!, que con el Paraguay

ha hecho una vaca, y la trai

tan sumamente preñada,

que a la hora menos pensada

nos largan el vacaray.

 

¿Quién será ese paraguayo

que la echa de Presidente,

y al héroe del Continente

le ha atravesao el caballo?

¡Ah, hijito!... ¡si será gallo!,

Mesmo, ha de ser algún crudo

que no echa panes al ñudo,

y ha de traer un camuatí

de más gauchos que maní:

por eso es tan corajudo.

 

En ancas la extranjerada

de estos malditos naciones,

también tiene sus razones

para andar endemoniada:

y al lao de la salvajada

se han recostao, de manera

que nos tienen la tranquera

tapada con barquería,

y hasta Rosas desconfía

de caer en la tapadera.

¡Infeliz!, y nos decía:

«si dentran al Paraná

»van a morder: ¡Ja, ja, ja!,

¡tramojos de batería!».

¡Ah, gaucho!, ¡qué fantasía!,

y tan morao, que de flojo

no ha ido a ver, ni por antojo,

sus castillos de Obligao,

que los barcos le han dejao

polviando como rastrojo.

 

El día que aparecieron,

en cuanto los descubrimos

de balde les sacudimos,

mansitos se nos vinieron:

y aguas arriba embistieron

con la velería inflada,

ocultando la güevada,

redepente... ¡Virgen mía!,

abrieron la aujurería

y mostraron la nidada.

 

Traen en cada costillar,

del pecho al cuarto trasero,

de trecho en trecho un ahujero

que parece palomar:

¿Quién diablos iba a pensar

que allí traiban los cañones?,

y ahí mesmito en dos tirones

los cargan y ¡bra... ca... tán!,

¡Virgen mía de Luján!

¡Que aguanten los cimarrones!

 

¡Ah, día amargo y fatal

tuvimos en Obligao!

Los gauchos, por de contao,

peleamos a lo animal;

y al fin hasta al general

Mansilla lo machucaron,

porque hasta nos atracaron

con metralla embotijada;

ansí de la paisanada

la mitá nos dijuntiaron.

 

¡Ahijuna, gringos de ley,

y diestros en los cañones,

para largar botijones

como cabezas de güey!,

al primer bulto yo creí,

¡como hay Dios!, que era un zapallo,

pero bochó en un caballo...

¡la pujanza... y reventó,

y hecho tiras lo aventó

a las pu... ntas de Ramayo!

 

¡Y qué barcazos! ¡Che! ¡Che!,

tan morrudos nunca he visto;

si había algunos, por Cristo,

como de aquí a Santa Fe.

¡Y tan muchos!, ya se ve,

como en Uropa hay manadas,

no andan con habas contadas,

sino en puntas a la guerra

de Francia y de Ingalaterra

los echan como yeguadas.

 

Tres barcos ñatos venían,

muy cosa extraña su laya,

con ruedas y con hornalla,

¡barajo!... ¡y qué estrago hacían!,

no sé que diablos tenían

arriba del espinazo,

que hasta nos dieron humazo,

y de yapa ¡Cristo mío!,

chapaliando por el río

nos largaban el bochazo.

 

Hubo hombre tan acosao

de esos brutos, de manera

que ganó una vizcachera

por crerse más resguardao.

¡Pero qué!, si era excusao

andarse haciendo chiquito;

ansí es que ahí mesmo, lueguito,

vino un triunfo y reventó;

y hasta el pelo lo tapó,

después de limpiarle el pito...

 

Últimamente emplumamos,

porque era cosa insufrible

la desventaja terrible

con que ese día peleamos.

Ni yo sé como aguantamos

que Rosas ansí nos meta,

y al botón se comprometa

a pelear con los naciones,

que de cuatro manotones

lo han de aplastar por trompeta.

 

Si él hiciera un arrejón

algún día, fuera bueno,

pero siempre al cuero ageno

se atiene ese baladrón,

y ya ves en el montón

de guerras que se ha empeñao,

y que al cuhete ha desafiao,

al Brasil, al Uruguay,

a Bolivia, al Paraguay

y a Uropa por decontao.

 

Presume de ternejal,

y no es más que presumido,

que en siete años no ha podido

ni con la Banda oriental;

y eso, que de Portugal

(dicen), y muy bien pudiera,

que de miedo ¡ah, cosa fiera!,

lo palanquean, y tal...

porque puede cada cual

tener el miedo que quiera.

 

Y como se ha titulao

el héroe del Continente,

¿quién sabe, allá cierta gente

si de esto no se ha asustao?,

y a la cuenta han opinao

que al continente de allá

la mashorca le entrará,

y ésta al diablo lo acobarda,

aunque ande con espingarda

y con faca. ¿No es verdad?

 

Con todo eso, Estanislada,

y como te iba diciendo,

la custión se va poniendo

para Rosas muy ñublada.

Y mirá que destapada

acá mesmo me ha hecho el Cura,

que no es lerdo, y me asigura

que antes de entrar el otoño,

si el Ilustre no alza moño

le dan en la matadura...

 

¡Vieras al cura caliente

rascuñando la sotana,

hablar fiero esa mañana

de Rosas únicamente!

Me dijo a gritos: -«Vicente,

demasiados desengaños

hemos sufrido en quince años

que ese diablo ha gobernao,

y a su antojo ha degollao

los suyos y los extraños.

 

»Ya es preciso abandonar

la causa inicua de Rosas,

y estas guerras desastrosas

con él deben terminar:

¡hasta cuándo hemos de andar

matándonos entre hermanos,

por caprichos inhumanos

de ese tigre carnicero,

que odea a todo extranjero

y extermina a los paisanos!

 

»Por esto la Intervinción

lo quiere, y lo ha de apretar:

no vos viene a conquistar...

miente ese loco ladrón,

sólo enfrenar su ambición

es la razón que la trai;

viendo que hasta al Paraguay

quiere manotiarlo ya

cerrándole el Paraná

que le han abierto... ¡Velay!

 

»¿Ni por qué a un barco extranjero,

le han de privar dende allá

que ande por el Paraná?

¿O es el río su potrero?

Se engaña el gaucho muy fiero:

las aguas del Paraná

son también de propiedá

de los pueblos costaneros,

de balde los mashorqueros

niegan esta realidá.

 

»Y estos pueblos, a la vez,

por más que Rosas se aflija,

se le han de alzar a la fija

colijiendo su interés.

Luego, a estos puertos verés,

que de Uropa en derechura

se vienen con su fatura

las gentes y barquería,

y correrá pesería

como haberá baratura.

 

»Pues cada ciudá a su duana

sus reglamientos le hará,

y sus derechos pondrá

como le dé gusto y gana:

y si hoy no vendemos lana

ni a doce riales quintal,

es cosa muy natural

que habiendo mucho tragín

se venda tanta, que al fin

nos den por la libra un rial.

 

»De consiguiente vendrán

a levantar poblaciones

gentes de todas naciones,

que sus familias trairán,

y se desparramarán

por los campos y ciudades;

y hasta en las inmensidades

de costas del Paraná

dentro de poco no habrá

desiertos ni soledades.

 

»¡Verás miles de artesanos,

cuántas fábricas pondrán!,

y en ellas enseñarán

a nuestros hijos o hermanos:

y en lugar de ejercitarnos

en destruirnos cual lo hacemos,

a trabajar nos pondremos

para curar tantas ruinas;

y sables y garabinas,

¡al infierno arrojaremos!

 

»Y los gauchos en su hogar

vivirán como unos reyes,

al abrigo de otras leyes

que entonces se han de formar:

leyes que han de terminar

la anarquía en que nos vemos,

y a las cuales juraremos

obedecer ciegamente.

Entonces, todos, Vicente,

¡qué felices viviremos!

 

»Vos mismo, pongo por caso,

topando en algún camino

a un emigrao argentino,

le has de soltar un abrazo,

y has de decirle: ¡amigazo!,

vámonos a divertir;

y a la par han de salir

a las yerras y carreras,

aonde semanas enteras

podrán los gauchos lucir.

 

»Pues los barcos de vapor

y multitú de otras clases,

traerán a estos Paranases

prendas lindas de mi flor,

y lo más fino y mejor

en paño, lienzo y zaraza,

que en cambio por sebo y grasa,

nos darán más que de prisa:

¡y hoy comprar una camisa

mirá cuánto nos atrasa!

 

»Además, un barco de esos,

para un flete o para un viage,

por lejos que esté el paraje

te lleva por cuatro pesos:

porque no tiene trompiezos

río arriba o río abajo;

y sin tener más trabajo

que echar humo y chapaliar,

empezando a disparar,

¡ni el diablo les pone atajo!».

 

 

¡Bien haiga el padre ladino

y profundo en su razón!,

atendé por conclusión

con qué prosa se me vino:

pues ponderando el camino

de esos barcos, y la historia

de la ventaja notoria

que nos trai la intervinción,

me largó esta relación

que conservo en la memoria.

 

«Estos barcos concluirán

(dijo) la obra de Cornejo

subiendo por el Bermejo

desde el Paraguay a Orán;

de allí a Salta anunciarán

por los ecos del cañón,

que por primera ocasión

saludan a esas riberas

las naves y las banderas

de la... ci... vi... liza... yción!».

 

¡Voto al diablo!, ¡ahí me enredé

en un terminacho al fin!,

porque tiene un retintín

que me cuesta ¡ya se ve!,

pero te lo explicaré

sigún yo lo he comprendido.

El cura sólo ha querido

decirme en esa expresión

que va a llegar la ocasión

en que no haiga hombre tupido.

 

De manera, Estanislada,

que como al cura le creo,

hoy mesmito me guasqueo

a campiar la salvajada.

Ya no quiero saber nada

de Rosas ni de esa gente;

pues deseo solamente

vicharle a PAZ una oreja,

verás qué cuento le deja

a Juan Manuel..

.

TU VICENTE.

 

 

 

Cuentecito dirigido al regimiento de tiradores de nueva creación

 

 

Mi coronel Gomenzor:

el domingo muy contento

lo vide a su regimiento

que ha salido... ¡de mi flor!

Maniobraron con primor,

y se portó la mozada.

¡Ah, cosa! ¿Y la oficialada?,

esa es como ñandubay,

y ya los verán por ahí

si se ofrece una sabliada.

 

Con todo, se descuidó

ese día una mitá;

y en cierta dificultá

medio-medio... qué sé yo.

En fin, eso ya pasó:

no hay que trabarse, ¡cuidao!,

ni mirar de medio lao

por reparar a las mozas;

¡miren que por esas cosas

muchos hombres se han turbao!

 

¿O se hacen en la ocasión

los que no saben marchar,

como queriendo extrañar

la garabina y latón?...

Cuando hay en cada escuadrón

de ustedes más veteranos

que terneros orejanos

hay desde acá hasta Corrientes;

y se hacen los inocentes...

¡No echen pelos, pues, paisanos!

 

Larguen no más el valor,

porque saliendo a campaña,

si la vista no me engaña

tienen que entrar en calor:

pues dice don Gomenzor,

que pronto van a marchar,

y entonces los va a mandar

el coronel don Savedra;

¿si dará fuego esa piedra?...

¡Cuándo se ha de entreverar!

 

 

 

Media Caña salvaje del Río Negro

 

Vámonos arrimando

al Miguelete,

que anda una bagualada

con Alderete.

Y aunque es rosina,

como está muy hambrienta

es muy dañina.

Allá va don FRUTOS, con güena pionada,

toda ¡de mi flor! para una voltiada.

Tin tin por la Aguada,

tin tin o el Cordón,

señora Santa Ana,

abuela de Dios.

Ponémelo a tiro... a Maza Violón,

que lo pongo a parto al primer tirón.

No me lo aflijas,

que se le irá la cincha

a las verijas.

Hasta el viejo Frutoso

viene resuelto

a echarle un pial al Flaco

de codo vuelto...

Que lo quiere hacer

en cuanto se le afirme

revolcar y... per-

...mita Cristo que no me le afloje;

verán si lo quiebra aonde se le antoje.

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cordón,

señor, no lo apure,

que está delgadón.

Prendale a la burra que es lo mesmo que a él

y es como sacarle la panza y la hiel:

pues se ha hecho mamón

con tanta calentura

en esta invasión.

Golpiando las caronas

viene Medina,

recostando a los Blancos

de garabina:

Y sin compasión

se los trai a rebenque

desde San Ramón.

Ahí viene Servando y el terne Melgar

que a gatas de susto consiguió enfrenar.

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cordón:

dicen que Melgar

en esa ocasión,

a pesar de ser tan degollador,

se asustó tan fiero que daba temor...

Y sin saliva,

de susto, metió el freno

patas arriba.

 

Cuando de acá de ajuera

los apuremos,

repúntenlos de adentro

y nos reiremos.

Que luego en montón

nos voltiamos a toda

la Federación.

¡Ay, rubio del alma, Mariano Violón,

a quien le tenemos tamaña afición!

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cerrito,

que no se te frunza,

por Dios, Marianito.

De balde presumes de tan yesquerudo,

puede que te vuelvas medio tartamudo,

llegado el día

que te suelte los perros

OLAVARRÍA.

Encima del Cerrito

que hicistes salva,

ahí te quiere don Frutos

pelar la nalga.

Ya nos veremos,

de aquí a unos pocos días

platicaremos.

¡Ánima bendita del dijunto Raña,

háceme topar con ese lagaña!

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cordón,

no importa que sea

rosín ariscón.

Con los tres-marías lo he de sujetar

y ahí no más lueguito... lo hago pataliar:

eso a la fija,

cuanto suelte las bolas

de la manija.

 

¡Aguiar, Silva, Estibao,

Flores y Luna;

Olavarría, y Blanco

el sin fortuna!...

Vienen ganosos

de ver si son los blancos

tan rigorosos.

A la refalosa de los federales

traen la pegajosa estos orientales.

Tin tin del Cerrito,

tin tin al Cordón,

hay unos pantanos

que da compasión;

y al fin del invierno se han de componer

con tanta osamenta que tiene que haber

de los rosines,

que vamos a cueriar

flacos y ruines.

 

Cuando Badana vino

la vez pasada,

y en Cagancha le dimos

una guasquiada,

creo que apenas

le quedó a Juan Manuel

sangre en las venas.

Pero de esta vez sucumbe Ciriaco,

y le va a fundir todo su tabaco.

Tin tin del Cerrito,

tin tin de la Aguada,

Oribe es la sota

en esta jugada:

y el Restaurador jugando, esta sota,

juega contra el dos y queda en pelota,

porque don Frutos

se lo ha de echar en puertas

fijo y sin sustos.

 

Hay cosas desgraciadas

como esta invasión,

que hasta la extranjerada

le tiene aprensión...

Pues en la ciudá

se han armado naciones

con temeridá:

y ésta es buena gente-

...porque como copla

donde el uno apunta-

...el resto se sopla.

Tin tin de la Aguada

tin tin del Cordón,

los puebleros andan

con mala intención:

y si los morenos y los nacionales

me los atropellan a los federales,

¡Jesús te valga!,

cuando Paz y la güeba

del pueblo salga.

 

El rosín que se aparte

de la manada,

ese sale siguro

a la carniada:

Que en la presente

nos vamos al pescuezo,

muy suavemente.

Peregil y chauchas-rábanos y choclos,

zapallo, batatas-habas y porotos.

Tin tin de la Aguada

tin tin del Cordón,

ya no hay más alivio

que toro flacón.

Con que así rosines-

...pónganse a sembrar,

mientras los de afuera-

...les damos lugar.

Que ya las vacas

las espantó Alderete

con sus balacas.

Vaya la despedida,

que está lloviendo

y se va la invasión

humedeciendo.

Y en este invierno

ha caído en un barrial

hasta el infierno,

sable, tercerola, lanza y alfajor:

y dele memorias al Restaurador.

Tin tin que en la Aguada,

tin tin y el Cordón,

tiene empantanada

la Federación.

Amigo Alderete, la cosa está fiera,

mire que lo pilla don Frutos Rivera;

y en esta zurra,

dicen que lo ha de hacer

montar su burra.

 

 

 

Solicitud de Lucero a los señores que formaban en Montevideo la Comisión de Equipo, con la cual el gaucho debía entenderse para que le pagaran cierta cantidad que le adeudaba el Gobierno, quien recomendaba a Paulino para que fuera atendido por dicha Comisión

 

A LOS SEÑORES COMISIONEROS.

 

Caballeros los nombraos,

Portal, Bustamante y Costa,

de la Comisión angosta

principales titulaos:

ya que andan de aficionaos

voraceando al parecer,

¡qué Cristo!, vamos a ver

si auxilian a un guacho flaco;

pobre, infeliz, sin tabaco,

ni cangallas que vender.

 

Yo sé que en la situación

los que pueden aliviarme

como también traginarme,

solamente ustedes son:

pues ya la gobernación

está bien enternecida,

y a servirme decidida

con la mejor voluntá,

pero al mesmo tiempo está

enteramente fundida.

 

También sé de que en la hacienda

el Ministro hoy los rejunta,

y yo me largo en la punta

a esperar en la trastienda:

allí aguardo la tremenda,

mesmito, y si salgo mal,

de allí atropello al corral

del Juerte, y sin alboroto

voy de cabeza y me azoto

en el pozo de Vidal.

 

P. LUCERO.

 

 

 

La primer montada a caballo que hizo Jacinto Cielo saliendo del Hospital

 

 

HOY YA ME LE ACOMODÉ

 

Sabrán que el viejo FRUTOSO,

que nunca se muestra ingrato,

le dio para mí este flete

al coronel Fortunato.

 

Por supuesto, es prenda mía,

¡cuando el viejo me lo cobra!,

y para boliar rosines

tengo caballo de sobra.

 

¡Eh p... ucha, el pingo que está

soberbio con la soltura!,

pues como recién lo muento,

un rayo se me afigura.

Aflojarle es una gloria:

ya ven, lo voy recogiendo,

pues presumo que a Violón

cerquita le voy midiendo.

 

¡Dos pares le he de prender,

a un tiempo a ese baladrón!,

y he de llevar a los tientos

para Barcena otros dos.

 

Déjenlo que me aventaje

ese mashorquero viejo;

que ¿aónde diablos se me va

si le aflojo al azulejo?

 

¡Y que se me iba con bolas!,

¡y que aguantaba el sogazo!,

¡y que al primer chaguarazo

no sale haciendo cabriolas!

 

En fin, ya tengo salú

y un pingo ¡superiorazo!

¡Ya verán esas dos liendres

si han de morir a este brazo!

 

 

 

Aprobación de Jacinto al nombramiento de sargento primero de una reunión de caballeros tertulianos del Revesino, en la cual el referido sargento era el jugador más aventajado en saber, como el más precaucional para llevar el caballo; mientras que el dueño de casa lo jugaba regularmente mal puesto, y así lo perdía, y luego se desagradaba en los términos que dicen los versos siguientes

 

 

SEÑORES REVEINSEROS.

 

Aprobando el nombramiento

de que es tan merecedor

por diablo y por mosquiador

el titulado sargento,

afirmo con sentimiento

que es ¡un gran camandulero!,

y un jugador picotero,

porque se araña y se muerde

¡la gran pucha!, y cuando pierde

grita más que un terutero.

Sin embargo, lo aventaja

alegando a lo cotorra

otro que hace mazamorra

revolviendo la baraja.

Veremos si ahora se ataja

y dice que no es verdá:

pero, no lo negará,

pues sabe la reunión

que en comenzando el patrón

rezonga a lo mangagá.

 

 

 

La extremaunción

 

Patrón don

Palemón,

como es tiempo

de fusión,

creo que la

repetición

de esa

antigualla composición

vendrá muy al

pelo en la situación.

 

La Extremaunción.

 

Montevideo. Agosto 6 de 1846.

 

Querido primo Ramón;

no te cause admiración

el tremendo notición

que te doy de sopetón;

y aunque su confirmación

todavía está en embrión,

no es cuento, ni es ilusión

que, como una exhalación

ha venido de Londón

un vapor como el Gorgón,

llamado Desvastación

«dicen» que con la misión

de concluir esta cuestión

mediante una transación;

y que es fijo y de cajón

que se acaba del tirón

la guerra y la desunión.

de hombres de toda opinión

celeste, blanca o punzón.

Yo, primo del corazón,

siento tal satisfación,

que nunca tuve alegrón

como éste, y por precisión

creo que de esta ocasión

concluirá la destrución,

la miseria y la aflición

de toda la población:

y también la aspiración

de cualquier bando o fación;

si hacemos la reflexión,

que nuestra infeliz Nación

al concluir el pericón

se halla sin ponderación

más pelada que un pelón,

sin un solo patacón,

por la sencilla razón

que en esta revolución

le han dado sin compasión

¡tantísimo manotón!...

los que tienen afición

al suelo y al borbollón,

y hoy echan tragos de ron

a costa de una porción

de hombres de mi condición,

que soy paisano lerdón;

y que en esta confusión,

de pelearnos con tesón

he tenido un apretón,

y he vendido hasta el facón

por yerba, pan o jabón:

y que al fin en un rincón,

con el suelo por colchón

estoy sin medio y flacón,

rotoso, sucio y barbón,

contemplando un familión

macilento y delgadón,

y lamentando tristón

¡tanta vaca y mancarrón

que me han hecho humo al botón!

Pero... pase el nubarrón.

Vena la paz y la unión.

Y, por San Pascual Bailón,

y la Pura Concepción

santos de mi devoción,

que echo al infierno el latón

y me afirmo a un azadón,

gritando de corazón:

¡viva, viva la fusión,

y viva la constitución,

y viva la intervención,

y viva la Devastación!,

que es ¡la última!, che Ramón,

pues solo a su aparición

y piadosa intercesión

vamos a deber el don

de la tranquilización...

Aunque, ando con aprensión

que antes de la conclusión,

de balde estoy ariscón,

después de tanto arrejón,

que algún chumbo o perdigón

me estire en un albardón,

y patitieso y panzón

de ahí me tiren a un zanjón,

como han tirado a un montón

de criollos, que siempre son

los pavos de la función,

y espichan como un ratón

sin paternóster ni Kirieleisón.

Tu primo-José Hilarión.

 

 

 

Prevención del periodista Jacinto, para recoger la suscripción de las primeras diez gacetas que publicó en Montevideo; advirtiéndose que debía cobrar al repartir el n.º 10, y que en el n.º 9 dijo al público, que desensillaría su caballo y no haría más gacetas, si no le pagaban corrientemente la primer suscripción.

 

 

Proclama de Paulino Lucero a sus suscritores

 

Montevideo, a 25 de agosto de 1843.

 

Caballeros: -¿El decir

diez y tarja, es afirmar

que yo iba a desensillar?

¡Valiente no colegir

que tarjé para juntar!

 

Pero, los que no colijan,

dirán: -¿Rejuntar el qué?,

pues, señor, se lo diré:

Aflojen, y no se aflijan,

¡diez realitos!... ¡Oiganlé!

 

No aguanto más suscrición

cinco pares de gacetas

les he de largar completas,

y en tocando a reunión

lárguenme cinco pesetas.

 

Con que ansí, guarden la paja,

y vénganse con el trigo,

porque, clarito les digo,

que me les voy a baraja

si andan con güeltas conmigo.

 

Por lo demás, no hay cuidao,

tengo más que escribaniar,

que hay rosines que boliar

dende aquí hasta el Otro lao,

si los dejamos llegar.

 

Pues estando arremangao

cualquier gaucho decidido,

en la vida ha sucedido

que eche al suelo su recao

sin montar lo que ha querido.

 

 

 

Súplica gaucha dirijida al ilustrado redactor del Comercio del Plata doctor don Florencio Varela, pidiéndole anunciara la publicación que se iba a efectuar del poema Paulino Lucero

 

SEÑOR RELATOR DEL COMERCIO DEL PLATA.

 

Montevideo. Noviembre 14-1846.

 

Muy señor mío:

Velay le mando, señor,

a que lea mi argumento,

que en este puro momento

ha soltao el imprentor.

Hágame pues el favor,

usté que es hombre maestrazo,

de pegármele un vistazo,

y verá un pial de volcao,

en que a Rosas le he largao

la armada de todo el lazo.

 

Y si por felicidá

le agradase mi versada,

en su gaceta mentada

avísele a la ciudá

del modo y conformidá

que el gaucho saldrá lueguito;

ya que usté es el primerito

a quien le largo este envite,

a fin de que me acredite,

si es su gusto, patroncito.

 

PAULINO LUCERO.

 

 

 

ADVERTENCIA

 

En la siguiente composición Paulino Lucero es un gaucho correntino enemigo acérrimo de la tiranía de Rosas, que acompañó constantemente al general Lavalle, en clase de soldado, y fue uno de los bravos que salvaron el cadáver de su general de las impías manos del feroz don Manuel Oribe que, cual chacal hambriento y rabioso, escarvaba los sepulcros buscando la cabeza descarnada de aquel valiente infortunado. Después que sus fieles y esforzados compañeros pudieron, en tierra extranjera, darle la cristiana sepultura que le negaron los tiranos de su patria, aquel puñado de héroes escapados del puñal de los verdugos de Rosas, se dispersó buscando su salvación en los países limítrofes. Lucero se refugió al fin en los campos del Cuaró, donde vivía a monte, siempre con la esperanza de que amaneciese un día de libertad para su patria. Así que supo que el general Urquiza había levantado su espada contra los tiranos, voló a la Provincia de Entre Ríos a ofrecerle sus servicios. En estas circunstancias es cuando se encuentra con su antiguo amigo Martín Sayago. La primera edición de este diálogo se hizo en Montevideo el año de 1846. En la segunda, publicada en 1851, salió enteramente refundido y aumentado; y ahora se reproduce así corregido.

 

 

Martín Sayago recibiendo en el palenque de su casa a su amigo Paulino Lucero

 

 

MARTÍN: ¡AMIGO! De aquella loma

que atrás del monte se ve,

apenas lo devisé,

dije: aquel mozo que asoma

se me hace por la presencia

ser el paisano Lucero;

felizmente, aparcero,

me ha salido...

 

 

LUCERO: A la evidencia:

porque como nunca juyo

de esta causa en el afán;

y como dice un refrán,

en un pie a tu tierra, grullo,

cuanto el general Urquiza

(a quien lo conserve Dios)

pegó el grito: «vamonós

contra Rosas», a la prisa,

como es justa la contienda,

por lo justo, al grito yo,

decidido, del Cuaró

me vine a tirar la rienda

frente de Gualeguaychú,

y al Uruguay me azoté

y lueguito me largué,

a saber de su salú.

¿Y mi aparcera?

 

 

MARTÍN: Buenaza.

siempre mentándolo a usté.

Vaya, aparcero, apiesé;

ya sabe que está en su casa,

y no precisa...

 

 

LUCERO: Al momento

velay refalo el recao

y me pongo a su mandao.

 

 

MARTÍN: Adelante: tome asiento.

 

 

LUCERO: Pues, mire, amigo Sayago,

yo al venir me presumía

que no me conocería

al volver por este pago.

Pero si usté a la fortuna

es igual en la memoria,

ya puede hacer vanagloria

de conocedor: ¡ahijuna!

 

 

MARTÍN: Lo que yo estoy conociendo

es que usté viene templao

y como siempre alentao.

Con que, váyame diciendo:

¿diadónde sale?

 

 

LUCERO: ¡Chancita!

De lejas tierras, cuñao,

después de haberme troteao

media América enterita:

de suerte que de mulita

ya nada tengo, ¡qué Cristo!,

pues con las cosas que he visto

en tanto como he andao,

de todo estoy enterao

y para todo estoy listo.

 

Pero, paisano Martín,

yo creiba que su amistá

con mi larga ausiencia ya

hubiese aflojao al fin.

Ya ve que ¡siete años largos

sin vernos hemos pasao!,

¡y cómo estoy de arrugao

por tantos ratos amargos!...

Así, yo hubiera apostao

a que me desconocía,

y que ni mentas haría

de mí.

 

 

MARTÍN: Se había equivocao:

y lejos de eso, aparcero,

tan presente lo he tenido

que lo hubiera distinguido

en el mayor entrevero.

 

Digo esto, en la persuasión

que usté en la otra tremolina

habrá andao de garabina,

por supuesto, y de latón;

sobre el pingo noche y día

peliando al divino ñudo,

medio en pelota o desnudo

y con la panza vacía.

 

Pero ya por estos pagos,

lo mesmo que por su tierra,

se anda por concluir la guerra

y las matanzas y estragos:

bajo la suposición

de que no corcoviará

Rosas, y se allanará

a organizar la nación

por el ORDEN FEDERAL,

que Entre Ríos y Corrientes

han proclamado valientes,

y han de sostener... ¿qué tal?

 

 

LUCERO: ¡Muy lindo!... pero... veremos;

porque ese Rosas, amigo,

¡es tan diablo... pucha, digo!,

¡cuántos males le debemos!

Y aunque usté haiga forcejeao

en otro tiempo por él,

éste no es el tiempo aquel,

y se habrá desengañao...

 

 

MARTÍN: ¿Forcejeao, dijo? Se engaña:

por un deber he seguido,

siempre medio persuadido

que Rosas es un lagaña.

 

 

LUCERO: ¿Medio no más, aparcero?,

¿o se le hace rana el sapo?,

¿a que si se lo destapo,

se persuade por entero?

 

¡Es un tigre hasta morir,

con unas garras que asusta!,

y a ese respeuto, si gusta,

le explicaré mi sentir.

 

 

MARTÍN: ¡Pues no!, amigo: desde luego

prosiga, y dele por ahí:

y arme un cigarro, velahí,

también voy a darle fuego.

 

 

LUCERO: No... deje estar... ¡Voto a bríos!

¡Maldito sea el rocín!

¡Por Cristo!, amigo Martín,

he perdido los avíos.

¡Ah, bruto!, ¡si ha corcoviao

hasta cortarme la cincha,

y todavía relincha;

y mire, se ha revolcao!

 

 

MARTÍN: Tiene laya de buenazo

y bellaco...

 

 

LUCERO: Sin piedá,

pero de conformidá,

que luego es ¡superiorazo!

 

Hoy cuasi me descompuso,

porque en pelos me dejó,

y ya también se volió,

pero salí ¡como un huso!

 

 

MARTÍN: ¡Ah, gaucho!... Vení, Ramón;

velay, agarrá ese overo,

y acolláralo ligero

al zaino viejo rabón.

¿No será algún pescuecero

su redomón, ño Paulino,

que saque por el camino

a la rastra a mi aguatero ?

No le hace: andá y del tirón

traite el mate y la caldera;

vaya, hijito, y de carrera

cébanos un cimarrón.

 

 

LUCERO: Pues, yo creí que usté viviera

siempre en la otra población,

y hoy al darle el madrugón

me encontré con la tapera.

Luego me pude informar

de su salú y paradero,

y en la cruzada al overo

se le antojó retozar.

 

 

MARTÍN: ¡Voto-alante!, en fin ya ve,

después de tanto rodar,

me he conseguido afirmar

siempre en la costa del Clé,

donde en otro tiempo, amigo,

cuanto rancho he levantao,

lueguito me lo han quemao,

como si fuera castigo:

hasta hoy que como la rosa

vivo y puedo trabajar

con miras de adelantar,

si Dios no manda otra cosa.

Pues acá de varios modos,

siendo los hombres honraos,

todos viven sosegaos

y ganan su vida todos,

mediante la proteción

que el gobernador Urquiza

al pobre que la precisa

le presta de corazón.

 

Así, el hombre es bendecido,

como bajado del cielo,

después de tanto desvelo

y atraso que hemos sufrido.

 

 

LUCERO: Que dure es lo menester,

y pronto, amigo, verá

que esta provincia será

feliz como debe ser:

porque la naturaleza

y Dios mesmo se ha esmerao

en darle como le ha dao

en el suelo su riqueza,

corriendo la agua a raudales

por sus ríos caudalosos,

y de ahí sus montes frondosos,

sus campos y pastizales.

 

Luego sus puertos y haciendas

su trajín y produciones...

¿No valen más estos dones,

que ejércitos y contiendas

sin término?, ¿y para qué?,

para que al fin el tirano

llegue a ser el soberano

de estos pagos.

 

 

MARTÍN: Riasé

del Supremo y de su antojo,

pues para tal pretender,

Rosas no debía ser

tan ruin, tan malo, y tan flojo;

ni debía ese asesino

apoyarse en el terror,

ni ser tan manotiador

como tacaño y mezquino.

Así condición ninguna

tiene, sino fantasía;

pero, ya se allega el día

de que se le acabe, ¡ahijuna!...

 

¡Qué distinto proceder

tiene acá el gobernador,

a quien el restaurador

le debe todo su ser!

 

Usté lo verá, paisano;

por supuesto, lo verá,

y si ha visto (me dirá)

hombre más liso y más llano.

 

Y verá con el empeño

que proteje al hombre honrao,

sin fijarse en lo pasao,

ni en si es de Uropa o porteño.

 

Porque su único sistema

es perseguir los ladrones,

pero que por opiniones

ya ningún hombre le tema.

 

También verá el adelanto

de nuestra provincia entera,

y al cruzar por aonde quiera

le parecerá un encanto:

 

Ver la porción de edificios

que se alzan en todas partes

para protejer las artes

y diferentes oficios.

 

Luego en los campos verá

las escuelas que sostiene

la Patria, en las cuales tiene

a hombres de capacidá:

 

Enseñando satisfechos

y con esmeros prolijos

a que aprendran nuestros hijos

a defender sus derechos.

 

Y últimamente, paisano,

si hay gobiernos bienhechores,

quizá uno de los mejores

es el Gobierno entrerriano.

 

 

LUCERO: ¡Qué primor! Así debía

proceder todo gobierno

veríamos que al infierno

iba a parar la anarquía.

Pero, desgraciadamente

Rosas es tan envidioso,

y tan diablo y revoltoso,

que ya pretende al presente

largarnos un buscapié

para hacernos chamuscar,

porque no le ha de agradar

esta quietú; creamé.

Pues la Libertá y la paz

son dos cosas que aborrece,

a punto que se estremece

de oírlas nombrar nada más.

A bien que le he prometido

destapárselo enterito,

y voy a hacerlo lueguito;

¿quiere atender?...

 

 

MARTÍN: Decidido

le prometo mi atención:

que un hombre de su razón

merece ser atendido.

 

 

LUCERO: Pues bien, amigo Sayago,

debajo de una amistá

oirá con la claridá

y la franqueza que lo hago.

 

No hablo como lastimao;

menos como correntino:

hablaré como argentino,

patriota y acreditao,

que nunca ha diferenciao

a porteños de entrerrianos,

ni a vallistas de puntanos,

porque todos para mí,

desde este pago a Jujuí,

son mis queridos paisanos.

 

Y en el rancho de Paulino

puede con toda franqueza

disponer de la pobreza

cualquier paisano argentino;

pues nunca ha sido mezquino,

y a gala tiene Lucero,

el que cualquier forastero

llegue a golpiarle la puerta,

siguro de hallarla abierta

con agrado verdadero.

 

Sólo aborrezco a un audaz

que piensa que la nación

es él solo en conclusión,

y su familia, a lo más:

y ese malevo tenaz,

matador, morao y ruin,

que ha promovido un sin fin

de guerras calamitosas,

no es una rana... ¡ése es Rosas!

mesmito, amigo Martín,

 

que grita ¡federación!

y degüello a la unidá,

mientras que a su voluntá

manotea a la nación;

y en veinte años de tesón

que mata y grita audazmente

¡federación!, que nos cuente,

¿qué provincia ha prosperao

o al menos se ha gobernao

de por sí federalmente?

 

Ninguna, amigo: al contrario,

hoy miran su destrución

y que en la Federación

Rosas se ha alzao unitario,

porque, a lo rey albitrario,

desde San José de Flores

fusila gobernadores,

niñas preñadas y curas,

y comete en sus locuras

otra máquina de horrores.

 

¡Vea qué Federación

tan gaucha!, y yo le respondo

que aunque soy medio redondo

conozco su explicación,

que consiste en mi opinión,

en que los pueblos unidos

vivan, y no sometidos

a tal provincia o caudillo

que les atraque cuchillo

y los tenga envilecidos...

 

 

MARTÍN: ¡Ahijuna!...

 

 

LUCERO: No se caliente:

deje estar que le relate.

 

 

MARTÍN: Siga, amigo: velay mate;

velay también aguardiente.

¡Barajo!... ¡qué relación!

¡Ah, Rosas, si en este istante

te topara por delante!,

si hasta me da comezón...

 

 

LUCERO: ¡Viera, aparcero Sayago,

por esos pueblos de arriba,

como he visto yo cuando iba,

redotao por esos pagos!,

¡qué mortandades, qué estragos!,

¡cuánta familia inocente

hasta hoy llora amargamente

la miseria y viudedá

que deben a la crueldá

de Rosas únicamente!

 

Luego, el encarnizamiento

con que a los hombres persigue,

y los rastrea, y los sigue

lo mesmo que tigre hambriento.

Así es que he visto un sin cuento

de infelices desterraos,

y hombres que han sido hacendaos

rodando en tierras agenas

y viviendo a duras penas

pobres y desesperaos.

 

¡Y así pretende el tirano

que el país esté sosegao,

habiéndolo desangrao

de un modo tan inhumano?

Ahora, dígame, paisano:

si a usté también lo saquiara,

lo persiguiese y rastriara

así con un odio eterno,

usté desde el quinto infierno

¿con Rosas no se estrellara?

 

 

MARTÍN: Siguro, hasta el fin del mundo

como a pleito lo seguía,

y hasta lo perseguiría

de la mar en lo profundo.

 

Y a la prueba me remito

en la presente patriada,

yendo a darle una sableada

allá en Palermo mesmito.

 

Y siendo tan revoltoso

el paisano Juan Manuel,

preciso es librarnos de él

lo mesmo que de un rabioso;

y entre todos sin reposo

dejándonos de pelear,

lo debemos corretear,

que dispare a lo ñandú

y se vaya a la gran-pu

y nos deje sosegar.

 

 

LUCERO: Y que deje de amolarnos

con tanta guerra al botón

que arma allá ese baladrón

con miras de esterminarnos.

Que acá para gobernarnos

federal y lindamente,

sin hacer matar la gente,

pero haciendo prosperar

la patria, no han de faltar

gobiernos como el presente.

 

 

MARTÍN: ¡Ah, gaucho sabio y ladino!,

si es la cencia consumada,

y patriota más que nada;

eche un trago, ño Paulino.

 

 

LUCERO: Vaya, amigo, ¡a la salú

de sus pagos y los míos,

y el GOBIERNO DE ENTRE RÍOS

que nos ha de dar quietú!,

¡y por la FEDERACIÓN!

 

 

MARTÍN¿La gaucha?...

 

 

LUCERO: No: ¡la entrerriana!,

la linda, la veterana,

que hará feliz la nación,

hoy que su proclamación

alza el general URQUIZA,

diciendo: «¡Aquí finaliza

todo el poder de un tirano,

que el ejército entrerriano,

va a reducir a ceniza!».

 

 

MARTÍN: Amigo, ahí tengo un changango

que pasa de rigular,

y ahora mesmo hemos de armar

para esta noche un fandango.

 

Aunque ya no me acordaba

que ayer, cuando iba al arroyo,

mi Juana Rosa en un hoyo

medio se sacó una taba.

 

Y hoy de mañana salió

con la Nicasia en las ancas,

y en aquellas casas blancas

debe estar, presumo yo,

haciéndose acomodar

la pata que se le ha hinchao:

pero así mesmo, cuñao,

esta noche ha de bailar.

 

¡Y usté templando el changango

saquémele hasta la frisa,

a salú de don Urquiza

federal lindo y de rango!

 

 

LUCERO: Lo haré por él, lo prometo;

pues, si antes fui su enemigo,

ahora de veras le digo,

me ha cautivao el afeto,

viendo el empeño completo

con que llama a los paisanos

para que se den las manos

y se dejen de matar:

así es que lo han de apreciar

todos los americanos.

 

Y así, yo de corazón

rendiré la vida a gusto

en las filas de don Justo,

sosteniendo su opinión

de organizar la nación,

hoy que el caso se presenta,

para ajustarle la cuenta

a ese tirano ambicioso,

causal de tanto destrozo

que nuestra patria lamenta.

 

Y a quien el mesmo Entre Ríos

le debe tantos atrasos,

por las trabas y embarazos

que antes le puso a estos ríos;

creyendo en sus desvaríos

Juan Manuel, que el Paraná

era de su propiedá:

y cuando le daba gana

no entraba ni una chalana.

¡Mire qué barbaridá!

 

Y a todo barco atajaba,

sin más razón ni derecho

que sacarle hasta el afrecho

en tributos que cobraba:

de otro modo no largaba

a ningún barco jamás,

y sólo a San Nicolás

cuando más podían dir,

pues si querían subir

los hacía echar atrás.

 

¡Qué diferencia hoy en día

es recostarse a estos puertos,

y verlos siempre cubiertos

de purita barquería!,

con tanta banderería

y tanta gente platuda,

que al criollo que Dios lo ayuda

se arma rico redepente;

lo que antes cuasi la gente

andaba medio desnuda.

Luego, en ganar amistades,

¿acaso se pierde nada?...

¿y con gente bien portada

que nos trae comodidades,

cayendo de esas ciudades

de Uropa tantos naciones,

a levantar poblaciones

en nuestros campos disiertos,

que antes estaban cubiertos

de tigres y cimarrones ?

 

¿O debemos ahuyentar

la gente que habla en la lengua?

No, amigo, porque no hay mengua

en que vengan a poblar;

pues nos pueden enseñar

muchas cosas que inoramos

de toda laya: ¿a qué andamos

con que naides necesita,

si hay tanto y tanto mulita

entre los que más pintamos?

 

Dicen que «la extranjerada

(algunos no dicen todos)

nos ha de comer los codos».

¿Qué nos han de comer? -¡Nada!,

podrán comer carne asada,

cuando apriendan a enlazar;

y no se puede negar

que son muy aficionaos

a echar un pial, y alentaos

si se ofrece trabajar.

 

Allá en mi pago tenemos

un nacioncito bozal,

muchacho muy liberal

con quien nos entretenemos;

y al lazo le conocemos

mucha afición de una vez.

Y, ni sé qué nación es;

pero cuando entre otras cosas

le grito: «piálame a Rosas»,

se alegra y responde: ¡yes!

 

 

MARTÍN: Será el diablo! Pues aquí

anda otro carcamancito

que contesta a lo chanchito,

y a todo dice: «güi, güi»,

y ayer peló un bisturí

de dos cuartas, afilao,

y yo que estaba a su lao

le dije: «¿para qué es eso?»,

y él señalando el pescuezo

nombró a Rosas, retobao.

 

 

LUCERO: ¡Pero, si es temeridá

lo que el hombre es malquerido

y putiao y maldecido

en todo pago y ciudá!

 

Ya le dije, yo he corrido

muchas tierras, y embarcao

desde la mar del Callao

hasta la Esquina he venido;

y en Bolivia he conocido

a hombres que no morirán

de antojo, y le pegarán

al Supremo una sumida,

si Dios le presta la vida

al general Ballivián.

 

Éste anda por Chuquisaca,

y allá en Lima anda un Castilla,

general, que si lo pilla

a Rosas le arrima estaca;

porque es liberal de a placa

ese general limeño;

y a todo gaucho abajeño

que anda infeliz por allá

en cualquier necesidá

lo proteje con empeño.

 

Así, yo vine prendao

de otro general Torrijo.

¡Ah, mozo!, un día me dijo,

viéndome medio atrasao.

«¿Muchacho, sos emigrao?».

Sí, señor, le respondí.

«Pues tomá», y le recebí;

y como quien no da nada

ahí me largó una gatiada

que luego la redetí.

 

Después en Chile, paisano,

también me puse las botas,

con muchos mozos patriotas

que detestan al tirano;

y el gobierno es tan humano,

que a todos nos compadece,

y dice que no merece

Buenos Aires esa suerte,

en que hoy se mira, y de muerte

a Juan Manuel lo aborrece.

 

¿Y el general Virasoro?,

¿y el ejército que manda?,

¡por Dios!, le asiguro que anda

contra Rosas, como un toro;

y antes en manos de un moro

caiga ese bruto asesino,

que no en las de un correntino.

Así, que ande Rosas listo,

pues si lo pillan, ¡ah, Cristo!,

¡infeliz de su destino!

 

Luego, en colmo de sus males,

al Presidente su aliao

ya lo tienen apretao

veintidós mil imperiales,

todos mozos ternejales

que lo han de sacar muriendo,

y todos, estoy creyendo

como una cosa sigura

que por sacarle una achura

a Rosas se andan lambiendo.

Y en todo el género humano,

no crea, ni le parezca

que hay hombre que no aborrezca

a Juan Manuel por tirano.

¿Y en el Paraguay, paisano?,

¡viera a los paraguayitos

todavía mamoncitos

que apenas andan gatiando,

y ya se largan gritando:

«¡que muera Rosas!»...

 

 

MARTÍN: ¡Ah, hijitos!

Ya además el Presidente

es un quiebra, sigún veo,

pues le ha pedido rodeo

al héroe del Continente.

 

 

LUCERO: Sí, amigo, muy suavemente

al principio lo ha palmeao,

y ya lo ha redomoneao,

hasta el verano que viene,

que puede ser que lo enfrene

y lo haga de su recao.

 

 

MARTÍN: ¡Ah, cosa! Dios lo bendiga,

y le dé su santa gracia.

¡Che!, mire: ahí viene Nicasia

con mi china. Pero, diga:

¿se acuerda de Sandoval

el payador?

 

 

LUCERO: ¡Cómo no!

 

 

MARTÍN: Un chumbo lo desnucó.

 

 

LUCERO: ¿Dónde?...

 

 

MARTÍN: En la Banda oriental:

donde también por mi mal

andando por esa tierra,

cuando la maldita guerra

en que Rosas nos metió,

cuasi, cuasi, quedé yo

estirao en una sierra.

 

 

LUCERO: Velay otra guerra, amigo,

que hace Rosas al botón,

de cuya desolación

usté habrá sido testigo:

y ¿qué oriental enemigo

tiene Entre Ríos?, pregunto.

¿A qué cargas, a qué asunto

mandó allá a la paisanada?

¿Sabe a qué, aparcero? A nada;

a peliar por él, por junto.

 

Cierto es que Frutos Rivero

vino acá la vez pasada,

porque allá la entrerrianada

a él lo atropelló primero

con don Pascual, que altanero

se guasquió a Santa Lucía,

pues de terne presumía,

hasta que en una mañana

le zurraron la badana:

y que vuelva, ¡y qué volvía!

 

Y de ahí, Rosas se ha propuesto

destruir la Banda oriental,

que no le ha hecho ningún mal,

¡mire si es hombre funesto!,

y no alega otro pretexto

que mudarle presidente:

¿qué le importa que Vicente,

o Pedro, o Juan o Tadeo

gobierne en Montevideo?,

¿no digo bien?

 

 

MARTÍN: Mesmamente.

 

 

LUCERO: Pues ya ve a los orientales

matándose con horror,

lo que es, amigo, un dolor,

¡porque son tan liberales!,

y hay mozos tan racionales

entre uno y otro partido,

que si ya no se han unido

no es por rencor, creamé,

es solamente porqué

ahí anda Rosas metido.

 

Lo que antes, los orientales

se daban cuatro sabliadas,

y al tiro de camaradas

quedaban todos iguales:

mas hoy, con los federales

quo Rosas les ha ingertao

tan fiero los ha trenzao,

que algunos ya lo coligen,

y Dios permita y la Virgen

que le hagan el cuerpo a un lao.

 

Dios lo permita, repito,

que se abracen como hermanos;

porque, sin ser mis paisanos

los apreceo infinito;

pues ya sabe, aparcerito,

que yo me crié por allá,

y así es con temeridá

lo que esa gente me agrada,

y esas hembras más que nada,

porque son una deidá.

 

 

MARTÍN: ¡Oiganlé al cantor Lucero

cómo se explica y se amaña!

Pues bien, una media caña

conciérteme, compañero.

 

Toda de amor enterita,

que se alborote el hembraje

con las coplas, y le faje

hasta la madrugadita.

 

 

LUCERO: Media caña y cielo junto,

será más lindo, aparcero,

y que yo duerma primero,

porque... ya me siento en punto...

 

 

MARTÍN Echesé, aunque Juana Rosa

venía y se ha entretenido,

y si lo pilla dormido

quizá se muestre quejosa.

 

Pero ya que está templao,

no hay que hacer caso, echesé,

que yo lo dispertaré

con un buen cordero asao...

 

Aunque, amigo, la patrona

lo ha de querer agradar:

déjeme, voy a carniar

con cuero una vaquillona.

 

Y ya enderezó Martín

rumbiando para el rodeo;

y Paulino a su deseo,

hizo estas coplas por fin.

 

 

 

Coplas de Cielito y Pericón que concertó Lucero para el fandango que armó esa noche Sayago

 

A LA SALÚ DEL EJÉRCITO ENTRERRIANO Y CORRENTINO.

 

Vaya para Rosas solo

este cielo y pericón,

pues a los demás rosines

les toca de refilón.

¡Ay, cielo de la Victoria!,

cielito del Paraná...

¡Oído! que ya la corneta

tocó un punto alto en Cala.

¡Atención!... En el campo

tocan a montar.

¡A caballo, soldados

de la libertad!

¡Guerra al tirano!

Garabina a la espalda,

sable a la mano.

Ya brillan los corvos y las tercerolas:

y lucen las lanzas... lindas banderolas

de los valientes

patriotas entrerrianos

y de Corrientes.

 

Vamos a ver en Palermo

si es garbosa la persona

de ese general Vejiga,

Juan Manuel Rosas Corona.

 

¡Cielito de la tristura!...

con que se dice al remate

que ese bruto es general

por las campañas de uñate.

 

Cuando va al tranco esa maula,

la panza le hace: ¡cla!, ¡cla!

de aguachado, de bichoco

y de barrigón que está.

 

¡Cielito!... y de precisión

tenemos que adelgazarlo,

para lo que vamos todos

dispuestos a galopiarlo.

 

Él piensa de Tucumán,

Salta, Córdoba y la Rioja,

San Juan, Mendoza y San Luis,

seguir con la cincha floja.

 

¡Cielito!... y por desengaño,

pronto, tirano, has de ver,

que entre todos, de un tirón,

dos barrigas te han de hacer.

 

Y si nos facilita

un tal Badana

para cruzar el río

cualquier chalana:

 

No hay necesidá

de hacernos capiguaras

en el Paraná.

 

Ya verás, ingrato, cuando la embestida,

dónde aparecemos de una zambullida.

 

Y después de eso,

¿no te da comezón

en el pescuezo?

 

También quiero prevenirte

de que el general Garzón

va de un galope al Cerrito

a echarle un ¡truco! a Violón.

 

¡Ay, cielo mío!... y después,

si no te parece mal,

le piensa pasar la mano

al titulado Legal.

 

De balde te vas poniendo

tan cumplido y tan blandón,

tratando de hacer compadres

a los de la Entreinvención

 

¡Cielito de la sordera!

Salí, Supremo lagaña,

¿no ves que los Uropeos

ya te conocen la maña?

 

Pues si el general Urquiza

no te hubiese abandonao,

atenido a él estarías

mordedor y endemoniao.

 

¡Cielito!... porque en lo guapo

sos enteramente igual

a un perro bayo que tiene

en la estancia el general.

 

Dicen que en Buenos Aires,

en la situación,

se ha puesto redepente

muy caro el jabón.

 

¡Qué calamidá!,

¡cuando el Jefe Supremo

tan jediondo está!

 

Dormite, morrongo, dormite, mi amor;

dormítele Urquiza al Restaurador,

y la pichona

que pretende su parte

en la corona.

 

Si Rosas mata al botón,

le juega mi general

a cuál de los dos resulta

con más charque en el tendal.

 

¡Ay, cielo, y de la mashorca,

si endurece la pandilla,

lo que ha de tener de sobra

Juan Manuel... será morcilla!

 

Y si Corona presume

de un ejército infinito,

el que de acá le larguemos

no ha de ser muy peticito.

 

¡Cielito!... y ya los rosines

deben saber que no es broma,

que el ejército entrerriano

como se las dan las toma.

 

También saben que no usamos

echar de lejos balacas,

ni peliar con los matreros,

ni robar pingos y vacas.

 

¡Ay, cielo!... pero si alguno

medio a forcejear nos sale

por sostener al tirano,

¡a qué te cuento, más vale!

 

El diablo es que anda sonando...

¡Cristo!, ¿si será verdá?,

que el ejército rosín

lo debe mandar Biguá.

 

¡Ay, cielo!... de la barriga

cómo vendrá el pobrecito,

después que lo largue Rosas

soplao hasta lo infinito.

 

¡Jesús nos favorezca,

si viene Biguá!,

y nos larga la inflada,

¡qué barbaridá!

 

¡Cuando atropelle

y que nos desenvaine

tamaño fuelle!

 

Y traiga a los tientos las armas de Rosas

fuelles y jeringas, vergas y otras cosas,

con que en Palermo

se divierte el Ilustre

cuando está enfermo.

 

Velay, el sol aparece,

y al escurecer la luna,

¡miren cómo resplandece

de los libres la coluna!

 

¡Ay, cielo!... digan conmigo:

¡viva la Federación!,

¡viva Urquiza y Virasoro!,

¡y también viva Garzón!

Con que, ¡adiosito, paisanas!,

que aquí concluye el cielito;

y ya para mi escuadrón

también me largo lueguito.

 

Cielito, y por conclusión,

la más linda moza diga,

si no me hace algún encargue

para el general Vejiga.

 

Esta versada cantaron

en el baile de Sayago,

y al cantor de trago en trago

esa noche lo apedaron;

y, como lo calentaron,

a lo mejor del bureo

ahí les largó un bordoneo

para llamar la atención,

y las mozas con razón

le hicieron un palmoteo.

 

Luego, sacó a su aparcera

la Juana Rosa a bailar,

y entraron a menudiar

media caña y caña entera.

¡Ah, china!, ¡si la cadera

del cuerpo se le cortaba!,

pues tanto lo mezquinaba

en cada dengue que hacía,

que medio se le perdía

cuando Lucero le entraba.

 

En fin, allá al aclarar

se tocó la despedida,

porque la gente rendida

ya se comenzó a raliar.

 

¡Qué divertirse esa gente!,

¡qué beber y qué bailar!,

eso fue hasta rematar

en el patio últimamente.

 

Y fue un fandango de humor,

donde acudieron con ganas

lindas mozas entrerrianas,

que las hay ¡como una flor!

 

Luego Paulino y Sayago

a la cocina surquiaron,

en donde cimarronearon

sin dejar de echar un trago,

y en ese mesmo momento

Martín le dijo a Lucero:

 

-No se vaya a ir, aparcero,

sin hacerme otro argumento

como ese de la ramada,

que fue cosa superior,

aun cuando el Restaurador

nos eche alguna putiada.

 

-¿Qué me importa que se enoje?,

contestó el gaucho Paulino,

si él sabe que correntino

no hay ninguno que le afloje;

con que así, monte, cuñao,

vaya no más a campiar,

que al volver me ha de encontrar

pronto y listo a su mandao.

 

 

 

Relación, que del embarque, del viaje, y del fin trágico de la Arroyera, le fue remitida desde el campamento de Oribe al gacetero Jacinto Cielo, por su amigo Anastasio el Chileno, el cual andaba de bombero de los patriotas entre los sitiadores de Montevideo.

 

Isidora la federala y mashorquera

 

1.ª PARTE

 

La Isidora regordeta

se va a embarcar al Buseo:

¡vieran con qué zarandeo

va arrastrando una chancleta!

 

Que lleva un pie desocao

de resultas de un fandango,

en que le rompió el changango

en la cabeza a un soldao.

 

Y en esa noche con Brun

bailando la refalosa,

anduvo poco mañosa

queriendo hacerle el betún.

 

Sabrán que esta moza al fin,

no es porteña, es arroyera,

pitadora y guitarrera

y cantora del Tin tin.

 

Que vino de la otra banda

junto con los invasores,

y que sabe hacer primores

por todas partes donde anda.

 

Y que hace mucho papel

como güena federala,

pues su refriega en su sala

con la hija de Juan Manuel.

 

En fin, dicen que esta dama

del Miguelete se aleja,

y a mis paisanas les deja

los recuerdos de su fama.

 

También dicen de que al borde

ha estado de perecer,

y se quiere reponer

porque ha perdido el engorde.

 

Pues no le asientan los pastos,

y luego con la escasez

que hay por ajuera, esta vez

se ha fundido en hacer gastos.

 

Así es que bien trasijada

se retira la infeliz,

echando por la nariz

como suero de cuajada.

 

Un ojo le lagrimea,

del aire, dice Garvizo

que para él es un hechizo

otro que le centellea.

 

El andaluz se hace almiba

por agradar a Isidora,

que es muchacha seguidora

y nunca se muestra esquiva.

 

Así es que a la despedida

la acompaña una patrulla,

marchando sin hacer bulla

como gente dolorida.

 

Pero la Isidora marcha

sin demostrar sentimiento,

con un semblante contento

y más fresca que la escarcha.

 

Lleva el rebozo terciao,

airoso, a lo mashorquera,

y en la frente de testera

luce un moño colorao.

 

Marcha con aire jitano,

y una mano en la cadera,

que sacude sandunguera

con un garbo soberano.

 

Para lucir los encajes,

viste a media pantorrilla

un vestido de lanilla

colorao y sin follages.

 

Ella no gasta bolsita

como gasta una pueblera;

pero carga una jueguera

y también su barajita.

 

Todo el cortejo se empeña

en complacerla al partir,

pero ella se quiere dir

y a todo vicho desdeña.

 

Casi se cai de barriga

el cirujano, en mala hora

se le cayó a la Isidora.

el cuchillo de la liga...

 

Que lo levanta el galán

trompezando, y cariñoso

se lo presenta gustoso

a la prenda de su afán.

 

La Isidora lo recibe,

y exclama: -¡Cristo me valga!,

antes perdiera una nalga

que no esta prenda de Oribe.

 

Con la cual he de volver

y a todas las unitaria,

de balde han de ser plegarias,

yo las he de componer.

 

¿Ha visto, dotor tuertero,

estas zonzas de orientalas,

que a todas las federalas

nos tratan como a carnero?

 

Esas mesmas que ahí están

faroliando en el Cerrito,

y haciéndole asco al moñito,

no sé lo que pensarán.

 

Pues mire, ¡a fe de Isidora,

me voy con sangre en el ojo!,

y he de volver por antojo

con mi comadre Melchora.

 

Y a toda la que se piensa

que me ha de andar con diretes,

le he de cruzar los cachetes

y le he de cortar la trenza.

 

¡Moño grande! que se vea,

se han de poner a la juerza:

y a la que medio se tuerza

se lo he de pegar con brea.

 

¡Caray!, si me da una rabia

el ver que a mí, ¡a la Isidora!,

quieran ganarle a señora

porque tienen mejor labia.

 

¡Y porque gastan corsé,

y gorras a la francesa,

ni levantan la cabeza

a saludar! -Ya se ve...

 

Aún no están acostumbradas

a la mashorca y tin tin,

pero de todas, al fin,

me he de reír a carcajadas.

 

Deje no más que entre Oribe

y tome a Montevideo,

que hemos de tener bureo

como Rosas me lo escribe.

 

Con que ansina, dotorcito,

a todas digamelés,

que he de volver otra vez,

¡que me anden con cuidadito!

 

En esta conversación

hasta la playa llegaron,

y en el momento mandaron

los rosines un lanchón.

 

Era preciso llevarla

cargada para embarcarse,

por no dejarla mojarse,

que eso podía resfriarla.

 

Entonces de la cadera

se la prendió el andaluz,

y ella le gritó: ¡Jesús!

¡No me ruempa la pollera!

 

Con todo, se la echó al hombro,

y hasta el lanchón la llevó;

y al dejarla suspiró

el tal Garvizo, ¡qué asombro!

 

Con que ansina desde ahora

es bueno que se prevengan,

y las orientalas tengan

¡cuidado con la Isidora!

 

2.ª PARTE

 

Por un duende que ha venido

y que estuvo en lo de Rosas,

esta y otras muchas cosas

diz que Anastasio ha sabido.

 

Porque me escribe el chileno,

con respeuto a la Isidora,

de que tuvo la señora

un viage pronto y muy güeno.

 

Pues la tarde del embarque

alzó moño la Palmar,

y a Güenos Aires fue a dar

con la Arroyera y su charque.

 

Y con viento rigular

amaneció la Boleta,

frente de la Recoleta

aonde empezó a sujetar.

 

Por supuesto, en la cruzada,

la muchacha se almareó,

y cuasi, cuasi largó

la panza y la riñonada.

 

Pero le dieron giniebra,

que cura la indigestión;

y diz que sopló el porrón,

y se lo limpió de una hebra.

 

Luego lo ofrecieron té;

pero ella dijo: -No quiero

ningún remedio extranjero,

como no sea el culé...

 

¡O mate de manzanilla

junto con flor de mosqueta,

que cuando estoy indijesta

me asienta a la maravilla!

 

Quién sabe al fin si tomó

a bordo esa medicina;

pero luego en la cocina

de golpe se amejoró:

 

Comiéndose allí una tripa

que le brindó el cocinero,

con más de medio carnero

y de galleta una tipa.

 

Últimamente llegaron

hasta dentro con el barco,

y en lo más hondo del charco

a soga larga lo ataron.

 

Y al echar un bote al río

le dijeron a Isidora:

Venga a embarcarse, señora,

con su petaca y su avío.

 

Mesmamente la embarcaron

en la culata del bote,

y más ligero que al trote

hasta la orilla llegaron.

 

De allí la montó a babucha

un marinero fornido,

que llegó a tierra rendido

y soltó a la camilucha.

 

Cuando llegó un adecán

flauchoncito y muy viejazo,

que al soltarle ella un abrazo,

le dijo: ¡Che, Corbalán!

 

¿Cómo estás?, ¿y Juan Manuel?,

¿siempre con salú? Contamé,

o más bien acompañamé,

voy a platicar con él.

 

¡Isidora de mi vida!,

díjole el viejo moquiando;

¡pues no!, vamos disparando

y que seas bien venida.

 

Y ya también la sacó

de bracete acollarada;

que salió medio trabada

desde el punto en que partió.

 

¡Qué de noticias traerás

(le dijo) de esos parajes!

Y ¿se aguantan los salvajes

Rivera y el manco Paz?

 

Nada te puedo contar

ahora, dijo la Arroyera,

pues se me anda la vedera

y ya me voy por echar.

 

Apurate por favor:

vamos ligero, viejito,

y lleguemos, hermanito,

a lo del Restaurador.

 

Llegó la yunta, y adentro,

en la puerta de la sala

ya tuvo la Federala

su primer feliz encuentro.

 

Pues salió la Manuelita,

y en cuanto la devisó,

luego vino y se abrazó

de firme con su amiguita.

 

Queriéndosela comer

con los besos que le dio,

hasta que le preguntó:

-¿De dónde salís, mujer?

 

¡Mirá que sos una ingrata!,

pues ni de mí te acordás

queriéndote mucho más

que lo que me quiere tata.

 

-Salí, porteña pintora,

federala zalamera;

que si yo no te quisiera,

velay, (dijo la Isidora)...

 

No te trujera esta lonja

que le he sacao a un francés,

para vos, ahí la tenés:

esto es querer, no lisonja.

 

Ansí es que me acuerdo yo,

tomá, y dejate de quejas;

júntala con las orejas

que Oribe te regaló.

 

-Ya no las tengo, hermanita,

le respondió la pichona,

pues como eran cosa mona

se las regalé a tatita.

 

Ahora mesmo las verás

en su cuarto, adonde tiene

todo lo que lo entretiene:

vení, mujer, te reirás.

 

Entonces se despidió

Corbalán de Isidorita:

que a un tirón de Manuelita

para el cuarto cabrestió.

 

Se colaron, ¡Virgen Santa!,

en ese cuarto que espanta

de pensar que vive en él

el tirano Juan Manuel,

restaurador de las leyes,

entre geringas y fuelles,

puñales, vergas, limetas;

armas, serruchos, gacetas,

bolas, lazos maniadores

y otra porción de primores;

pues lo primero que vio

Isidora en cuanto entró,

fue un cartel,

con grandes letras sobre él,

y una manea colgada

de una lonja bien granada:

y el letrero

decía así: «¡Ésta es del cuero

del traidor BERÓN DE ASTRADA!,

¡lonja que le fue sacada

por unitario salvaje,

en el paraje

del Pago Largo afamado,

donde fue descuartizado!

-Con razón:

por malvao y salvajón,

dijo la recién venida.

Y en seguida,

miró encima de una mesa,

y entre un nicho, una cabeza

cortada,

y con la lengua apretada

mordida,

y la vista ennegrecida

y con rastros de llorosa.

 

Al pie tenía una losa

escrita, y decía así:

«¡Zelarrayán!

Los salvajes temblarán

cuando se acuerden de ti».

-¿Pues no?,

la Arroyera dijo, y vio

ahí no más, en seguidita,

colgada en una estaquita

una cola o cabellera,

y al preguntar de quién era

pudo ver sobre un papel

esta letra: «¡De Maciel!».

Ésta es la barba y bigote,

que con lonja del cogote

le manda al Restaurador:

Oribe, su servidor.

-¡Qué bonito,

dijo Isidora, el versito!

 

Y agarró

un puñal, que reparó

en diez o doce que había,

que sobre el cabo tenía

en la chapa este letrero:

«Yo soy el verdadero

recuerdo, en homenaje

del infame salvaje

Manuel Vicente Maza.

Si salgo de esta casa,

¡tiemble algún presidente

que no sea obediente,

y altanero se oponga

cuando Rosas disponga!».

-Qué receta para Oribe,

dijo Isidora, que vive

sirviéndole a Juan Manuel,

y queriendo hacer papel

de Presidente legal,

cuando en la Banda oriental

tan sólo el Restaurador

debe ser amo y señor,

aunque el diablo se sacuda

las OREJAS... ¡Ah, mujer!,

haceme al momento ver

las de Borda: ¿dónde están?,

¿qué sequitas no estarán?

Entonces la Manuelita

las sacó de una cajita,

y cuando se las mostró,

la gaucha las escupió,

y pensó hacer otras cosas,

pero en esto dentró Rosas

en camisa y calzoncillos

golpiándose los tobillos,

con la cabeza amarrada,

una cara endemoniada,

y en la cintura una verga.

Tendió en el suelo una jerga,

puso al lado una botella,

y se acostó cerca de ella

sin soltar una expresión...

y cuál fue la confusión

de Isidora y Manuelita

al sentir que su tatita

redepente dio un bramido

como tigre enfurecido,

y echando espuma se alzó,

y estas palabras soltó:

¡En la Horqueta del Rosario!

¡Flores... salvaje unitario!

¡Núñez, salvaje traidor...!

Entonces le dio un temblor,

y rechinando los dientes,

y con gestos diferentes:

¡asesino!, le gritó

a Isidora; y la mandó

degollar con sus soldaos,

que acudieron asustaos.

Cayó entonces desmayada

la Arroyera, y arrastrada

fue por dos indios; y al rato

degollada como un pato.

Cuando la iban a matar,

Manuela se echó a llorar

a los pies de Juan Manuel,

suplicándole; pero él

dijo: «¡Muera la ovejona!,

pues, si no, sale y pregona,

que ya tengo convulsiones,

de ver que los salvajones

se lo limpian a Alderete;

y después, que lo sujete

el demonio al Pardejón,

que viene, y en un cañón

de taco me hace meter,

y ahí no más lo hace prender;

cosa que en cuanto reviente

¡a los infiernos me avente,

donde con vergas y fuelles

vaya a restaurar las leyes!...».

Luego pidió una botella

de bebida, y se arrimó

a Isidora; la miró,

y de ahí se sentó sobre ella.

¡Fría estaba y desangrada!,

pero Rosas, con todo eso,

se agachó, le pegó un beso,

y largó una carcajada.

Luego acabó de beber

muy ufano, y se paró,

y a los indios les gritó:

«Saquen de aquí esta mujer;

llévenla a la sepultura;

vamos, prontito, al istante,

y que venga y la levante

el carro de la basura».

Ansí la triste Arroyera

un fin funesto ha tenido,

sin valerle el haber sido

FEDERALA Y MASHORQUERA.

 

Anastasio el Chileno.

 

Agachada o cuchufleta satírica de un gaucho salvaje, dirigida a un almirante que les ofreció garantías de completa seguridad a los argentinos que se sometieran a Rosas

 

Estos versos a la paz,

los larga un gaucho voraz.

 

A decir cuatro verdades

va un miliciano oriental:

que cuando es pura y cabal,

no tiene dificultades

ningún gaucho liberal.

 

Es ruindá que en la contienda

de Rosas y el almirante,

pierda el francés el aguante,

pues sin tirarle la rienda

lo han sujetao al istante.

 

A la cuenta don Macó

será mozo asustadizo;

pues Batata como quiso

la mashorca le atracó

cuando lo vio espantadizo.

 

Pues mire... los orientales,

a pesar de sus trataos

no andamos muy asustaos;

aunque usté y los federales

se vengan acollaraos.

 

Ya verá que sin vapores,

el Viejo Frutos Rivera

no deja ni polvadera

de los dos Restauradores,

sin hacer tanta humadera.

 

¡Ah, hijo de... Dios!, ¡quién diría!

que el almirante Macó

de Uropa se nos apió

a poner carbonería,

y Rosas se la fundió.

 

Así es que la francesada

patriota y de calidá,

al ver tamaña ruindá,

está toda endemoniada,

y habla con temeridá.

 

Y dicen que si Macó

tan fiero pudo ladiarse

y a Rosas arrecostarse,

los demás franceses no

son capaces de humillarse.

 

Bien puede un ruin capataz

hacer cuerear la manada,

será de él la cochinada;

sin que deba ser jamás

descrédito a la pionada.

 

En fin, el Restaurador

ahora andará más holgao,

pues dicen que ha retozao

a su gusto en un vapor

que el Barón le ha regalao.

 

¡Qué Cristo!, de aquí a unos días,

por diciembre, cuando más,

le hemos de salir de atrás

cobrando las galantías

que nos promete en la paz.

 

Pero el diablo es que LAVALLE

se ha de querer empacar:

a bien que lo va a buscar

Batata, y adonde lo halle;

diz que lo va a desarmar.

 

¡Valientes americanos,

paisanos de toda laya!,

antes que Macó se vaya,

le haremos ver que un tirano

a ningún libre avasalla.

 

¡Vencedores de Cagancha!,

¡valerosos del Yeruá!

Rosas nos aguarda allá,

pues presume que en su cancha

medio nos aguantará.

 

¡A las armas, argentinos!,

vamos juntos a peliar,

que hasta morir o cueriar

al salteador asesino,

¡naides debe recular!

 

Él piensa que en desunión

nos ha pillado la paz.

¡Ah, bruto, ya lo verás!,

¡si al primer atropellón

no te boleamos de atrás!...

 

¡Degollador afamao!

ni tu compradre Macote

te ha de valer; del cogote

el día menos pensao

te hemos de sacar cerote.

 

JACINTO EL GAUCHO.

 

 

 

A la tramoya de la Intervención conjunta representada por los ministros europeos, mister Gore y monsieur Gros

 

SEÑOR EDITOR DE LA GACETA DEL CONSERVADOR.

 

Trincheras de Montevideo, a 25 de julio de 1848.

 

Ando ganoso, patrón,

y con la alma atravesada

por largar una ensilgada

amarga hasta el corazón:

y cuando formo intención,

nunca, en la vida me encojo;

así, con sangre en el ojo

voy a llenar mi deseo,

porque soy gaucho y no creo

jamás morirme de antojo.

 

Sólo espero, patroncito,

para ingertar mi versada,

que en su gaceta mentada

usté me haga un lugarcito:

y ya verá qué cielito

por prima alta y bordoneo

le canto a cada Uropeo

de Francia y de Ingalaterra,

de los que han caído a esta tierra

a embrollarnos, sigún veo.

 

Eso sí, los invernaos

no entrarán en la voltiada,

a pesar que en la manada

hay bastantes desalmaos;

que ya los tengo marcaos,

para algún día si acaso

prenderles como de paso

a media espalda no más,

y cuando mucho de atrás

hacerles cimbrar el lazo.

 

Luego, patroncito, intento

escrebir a lo paisano,

y en estilo americano

decir todo lo que siento:

y formarle un argumento

a la Entrivención cojunta,

y agachármele en la punta

a la misión Gore-Gros,

y probar entre los dos

cuál es el pior de la yunta.

 

Con que así, voy a esperar

siempre ganoso, ya sabe;

y en cuanto usté me haga un cabe

le empezaré a menudiar,

hasta hacerle calentar

a la yunta las orejas,

y echando al aire mis quejas,

a esos maulas tratadores

les diré cuatro primores

y sabrán quién es...

¡CALLEJAS!

 

 

 

Presentación gaucha que a fuer de letrado la escribió el gacetero Jacinto Cielo para un compañero suyo, el cual habiéndose presentado antes al Gobierno, solicitando el pago de algunos pesos que le debían, en la primer solicitud le recayó el decreto de Ocurra oportunamente. Por consecuencia, ocurrió segunda vez en circunstancia que en Montevideo circulaba con mucha validez la noticia de que ya estaba en camino para el Río de la Plata una fuerte expedición de tropas francesas de desembarco, y una poderosa escuadra naval al mando del almirante Debourdieu, quien además venía trayendo dos millones de pesos fuertes para auxiliar al Gobierno de Montevideo; noticia de la que se burló el abogado gaucho como se verá más abajo: advirtiéndose que la siguiente representación fue escrita y presentada el Lunes Santo de 1818 cuando el ejército de la plaza sitiada se mantenía a porotos, fariña y bagres barrigones

 

Al excelentísimo señor Gobierno.

 

Montevideo. Marzo 26 de 1846.

 

Señor, me le hago presente

en un grandísimo aprieto,

atenido a su decreto

de: OCURRA OPORTUNAMENTE.

Siento serle impertinente,

pero más siento el andar

sin tener ni qué pitar,

y flaco y aniquilao,

porque ya no me ha quedao

ni a donde ir a churrasquiar.

 

En ancas, mi muchachada

ya sin alivio ninguno

de tanto comer de ayuno

se encuentra como soplada,

y del todo resabiada

porque se aventan y se hinchan,

a pesar de que los cinchan,

al comer porotos viejos:

así al verlos desde lejos

todos mis hijos relinchan.

 

¡Vea, pues, mi situación

en esta Semana Santa!,

cosa que ya me quebranta

el alma y el corazón.

Así me afligen, patrón,

ansias y penas ¡morrudas!,

a que se agregan las dudas

que hasta el domingo tendré;

por las que me encerraré

hasta que cuelguen los Judas.

 

Pues sería ¡la infinita!,

que me atrapasen, señor;

por lo que me hará el favor

de arreglarme mi cuentita:

pues todo lo facilita

una buena voluntá;

y en esta conformidá

espero que vuecelencia

se ablande por mi ocurrencia

tan en oportunidá.

 

Y en saliendo de mi apuro,

le haré unas coplas después

al almirante francés

ese tal don Sepeduro:

al mesmo que de siguro

lo aplastará otro Musiú

don no sé qué LAMORDIÚ

que para pascua vendrá,

o para la Trinidá,

con la escuadra de Mambrú.

 

Con que, si me quiere armar,

lárgueme cualquier papel,

que, si yo puedo, con él

al diablo lo he de ensartar:

y al infierno irá a cobrar

si falla la Intervinción;

y si no falla, patrón,

los riales que ahora me dé

no le harán falta, porque

¡ahí le vendrá el BORBOLLÓN!

 

Excelentísimo señor.

PERUCHO EL ZURDO.

 

 

 

Carta particular que le dirigió el compañero de Jacinto al señor ministro de la guerra solicitando hablarle para recomendarle la presentación de la Semana Santa

 

SEÑOR MINISTRO Y PATRÓN

 

Sudo en vano y lo rastreo

deseando acercarmelé,

y al fin ya me encuentro a pie

sin conseguir mi deseo:

pues de vuecelencia creo

que al ver mi traza infeliz,

y que como una lumbriz

encojo el cuerpo o me estiro,

por no ponérseme a tiro

juye y se me hace perdiz.

 

Así, hay un refrán muy cierto,

y es cosa muy verdadera,

que en el Juerte y donde quiera

hombre pobre jiede a muerto:

por eso es que yo no acierto

a medio hablarle; y lo pior

es que, como hace calor,

el gaucho ni bien se allega

vuecelencia de una legua

juye al tomarle el olor.

 

PERUCHO EL ZURDO.

 

Diálogo que tuvieron, en el campamento del general don Manuel Oribe, los soldados porteños Ramón Contreras y Salvador Antero, a los ocho meses después de puesto el sitio a Montevideo

 

Montevideo, 1849.

 

Contreras recibiendo a su amigo SALVADOR.

 

RAMÓN: ¡Por fin vuelve con salú

el paisano Salvador!

¿Ha visto, amigo, qué helada,

y frío que da temor?

 

 

SALVADOR: ¡La p... ujanza en el invierno

que nos trata con rigor!,

como a gente forastera;

¿qué dice, amigo Ramón?

 

 

RAMÓN: ¡Qué he de decir, voto al diablo!,

que como por cernidor

se cuela en el poncho el frío,

y este barrial que es lo pior.

 

 

SALVADOR: Pues, amigo, no hay remedio

en la presente ocasión,

sino sufrir sosteniendo

a nuestro Restaurador,

que algún día...

 

 

RAMÓN: ¡Voto-alante!

Que le sufra un redomón;

que ya es bastante trece años

que encima del mancarrón

andamos de arriba abajo

con la tal federación,

matándonos unos a otros;

mientras el Restaurador

se lo pasa en la ciudá,

en completa ostentación,

lleno de plata y deleites

y durmiendo en su colchón,

de donde si se levanta

un poco de mal humor,

comienza a largar sentencias

y a fusilar en montón

a los paisanos. ¡Ahijuna,

hombre de mal corazón!

Mire, deseaba toparlo

para tener ocasión

de franquearme en amistá

y abrirle mi corazón.

 

 

SALVADOR: Diga, amigo, lo que siente

con toda sastifación;

pues sabe que lo apreceo

como a un hombre de razón,

y que siempre sus pensares

merecieron la opinión.

 

 

RAMÓN: Pues, bajo de ese entender,

le ruego que sin pasión

me atienda, y que me dispense

que le haga esta prevención;

porque los hombres a veces,

llevados de una ilusión,

sostienen una injusticia

y defienden un error...

 

Y como le iba diciendo:

van trece años de un tirón,

que servimos de istrumento

para que el Restaurador

nos gobierne como a esclavos,

notando la desunión

que existe entre los paisanos,

que es la desdicha mayor,

y en lo que Rosas apoya

su tiranía y rigor.

 

¿Y qué hemos adelantado?,

¿qué ventajas, cuáles son

los bienes que disfrutamos?,

degollarnos con furor,

y asolar las poblaciones,

cargando la maldición

de familias infelices

que en la triste proscrición

ni resollar les permite

Rosas el degollador.

 

Usté mesmo ¿no conoce

nuestra infeliz situación,

y que Rosas es un hombre

con más garras que un león?

 

Solo esos Representantes

a tanta desolación

se muestran indiferentes;

y por codicia o temor

disfrazan con sus maquines

la más terrible ambición,

y aumentan nuestra desdicha

renovando la eleción

de un hombre que ha exterminao

la mitá de la nación;

pues ya repetidas veces

que el tiempo se le cumplió,

¿ha visto como le ruegan

que se aguante por favor

otros seis meses no más?

Y el gaucho, que es socarrón,

les contesta que lo «dejen

llorar a su Encarnación

y reparar sus quebrantos,

porque los salvajes son

la causa de sus atrasos

y perjuicios...». ¡Ah, ladrón!

En fin, así los tornea;

resultando en conclusión,

que después de diez renuncias

vuelve a tomar el bastón

y decantar los peligros

de la confederación,

y la máquina infernal,

los gringos, y qué sé yo

todas las cosas que inventa

para hacer expedición

y mandarnos a matar.

 

Así con este tesón

van trece años, (como he dicho)

de guerra y desolación,

que yo, amigo, le confieso,

ya no tengo corazón

para ver tantas crueldades

que causan pena y terror.

 

Usté que anduvo conmigo

en la otra federación

cuando el finado Ramírez,

y en cuanta revolución

hubo en los tiempos de atrás,

dígame ¿cuándo se vio

tan infeliz nuestra tierra,

ni Buenos Aires lloró

tantas lágrimas de sangre

como llora en la ocasión?

 

Nunca, jamás, confesemos,

en la vida se sintió

tal ruina y calamidá;

ni tampoco se atrasó

nuestra campaña al extremo

que da tristura y horror

ver reducida a taperas

tantísima población.

 

¡Qué soledá!, ¡qué disiertos!

Viera, amigo Salvador,

al apiarse en algún rancho

que por fortuna quedó;

estremecerse los viejos:

que causa veneración

ver que se hincan de rodillas

cuando sienten un latón,

mientras está la familia

sollozando en un rincón:

porque, ¿quién hay que no tenga

qué llorar en la ocasión?,

¿ni qué sitio en esos campos

de sepulcro no sirvió

a paisanos infelices,

que en esta revolución

Rosas y tan sólo Rosas

a la tumba los echó?,

reduciendo a cementerio

lo que era una bendición

de estancias llenas de hacienda,

que un mozo trabajador

en esos tiempos, amigo,

con el descanso mayor

en cuatro días pasaba

de jornalero a patrón.

 

¡Ah, tiempo dichoso aquel!,

de cierto, amigo Ramón,

era una gloria el juntarse

en cualquiera diversión

a voraciar los paisanos,

sin que se hiciera mención

de federal ni unitario...

 

 

RAMÓN: ¿Ni qué sabe usté ni yo

lo que son esos dos nombres,

que sólo el Restaurador

se los aplica al que quiere

hacerle mal o favor?

 

Yo tan solamente sé,

que la desgracia mayor

de nuestros paisanos es

nuestra fatal desunión,

y que Rosas ha sabido

con meditada intención

enemistarnos de suerte,

que ni al amigo mayor

pueda usté abrirle su pecho,

sin que lo impida el temor

de que le atraque un puñal

a la menor expresión

o queja de ese tirano.

Y diga ¿por qué razón

sufrimos como animales

tanta infamia y opresión?

¡Es posible, compañero!

 

 

SALVADOR: Sí, amigo, tiene razón:

Rosas nos trata a lo pampa,

porque ve la humillación

con que ciegos le servimos.

 

 

RAMÓN: Pues, amigo Salvador,

juntémonos los porteños

de cualquiera condición

y salgamos del letargo

que nos tiene en desunión,

oponiéndonos de firme

a sujetar la ambición

y las miras de concluirnos

que tiene el Restaurador.

 

Es preciso sucumbirlo

pronto, aparcero, si no,

mientras nos gobiern Rosas,

ha de seguir con tesón

siempre buscando pretextos

para peliar sin razón,

y mandarnos al infierno;

porque en esa confusión

nos adormece y arruina,

y él se pone barrigón

gobernando nuestra Patria

como moro sin señor,

y pensando suyugarnos

mientras nos alumbre el sol.

 

Luego es preciso alvertir

que el gaucho buen trenzador

no desperdicia tientito,

y que toda su atención

aplica a cortar derecho

la lonja que consiguió,

y sigue así despacito,

sin ladiarse en lo menor,

hasta que llega a su fin

sacando el fruto mayor;

y después trenza a su gusto

todo lo que aprovechó.

 

Así lo comparo a Rosas,

el cual por ese tenor

después que de nuestra Patria

con astucia y ambición

para trenzar su fortuna

hizo lonja y la estiró,

le empezó a meter cuchillo:

y vea si se ladió,

y cómo sigue cortando

derecho a su pretensión,

que es uno por uno a todos

desde el rico al pobretón,

al concluir emparejarnos

con su cuchillo y rigor,

sin que naides se le escape,

como hace el desvirador

que repasa los tientitos

de la lonja que acabó.

 

Esto hemos de ver por fin,

en lugar del galardón,

el descanso y los primores

que tanto nos prometió

dende su primer gobierno,

y lleva ya veintidós

degollando sin piedá,

y sin hacer distinción

de porteños ni orientales,

ni de ninguna nación:

y el infeliz de nosotros

que llegue a la conclusión

de esta guerra y mortandá,

y no quede de mojón

en una loma, ha de ser

mozo gaucho...

 

 

SALVADOR: Sí, señor;

ha de ser hombre muy gaucho,

aquel que en esta ocasión

que vamos tan cuesta abajo

no le apriete el mancarrón.

 

Yo mesmo ando tamañito,

y soy mozo parador;

pero de esta vez no sé

si saldré, amigo Ramón

 

Ya ve cómo nos apura

tan de cerca el Pardejón,

como Juan Manuel lo llama,

y este otro Flaco collón,

que le anda sacando el cuerpo,

después que le adelantó

medio juego en Entre Ríos,

y que lo menospreció.

 

 

RAMÓN Hace bien de recularle;

¿no ve que le ha visto el DOS,

y sabe de que Rivera

es gaucho asigurador,

y se le viene agachando

con un truco superior,

tanto a Oribe como a Rosas?,

porque le juega a los dos

con el manco PAZ que siempre

ha sido sujetador,

y ahora con el cuatro en cruz

se le está haciendo talón.

Y Oribe, ¿qué juego tiene?

que se meta a roncador;

verá si Rivera solo

con cuarenta y tres de flor

lo suspende a los infiernos

en cuanto le alce la voz.

 

 

SALVADOR: A la cuenta así será:

porque, amigo, vealó

al tal Oribe; aquí está

como poste rascador,

plantado en la playa limpia

de un rodeo sin verdor,

después de tantas bravatas

que en Entre Ríos echó,

diciendo que a esta ciudá

se guasquiaba de un tirón,

sin tener quien le pusiera

la más leve oposición;

y ya hacen treinta semanas

que tomamos el olor

de la ciudá y nada más;

y para esto una porción

rigular de compañeros

ya el diablo se los llevó.

 

 

RAMÓN: Yo nunca creí las bravatas

que allá Oribe nos largó,

porque estaba en su interés

hablar con ponderación.

Pero también le asiguro,

que ni Oribe presumió

que Rivera tan al grito

le retrucara a la flor

que el seis de diciembre el Flaco

por fortuna le cuajó.

 

Pero la guerra y el juego

es igual comparación,

y aunque don Manuel Oribe

en esta tierra nació,

casi es como forastero,

y el tiro de un maniador

no conoce en su provincia:

y Rivera es como Urón,

vaquianazo en estos campos,

gaucho vivo y domador,

que sabe cuando se ofrece

dormírsele a un redomón,

y aflojarle si es preciso,

o tratarlo con rigor.

 

¿No se acuerda cómo a Echagüe,

la primer vez que invadió,

para trairlo hasta Cagancha

la chaguara le aflojó,

y cuando se le hizo güeno

ahí no más se le agachó;

y que el general Badana

ni siquiera bellaquió?

¿Qué no hará con este Oribe

que es hombre tan novatón?,

aunque mezquine la oreja

lo ha de enfrenar, crealó:

todo está en que el viejo Frutos

forme una resolución,

y si llega a suceder

no es la primera ocasión;

porque es capaz de montar

al mesmo Restaurador.

 

Usté verá de esta vez,

si Rivera entra en calor,

que a las yeguas va a parar

la Santa Federación,

la Mashorca, Oribe, Rosas,

y toda esta reunión.

 

 

SALVADOR: ¡La p... unta de San Fernando!,

entonces será mejor

refalarse del corral

en la primer proporción;

porque, a la verdá, estos jefes

andan con mucho jabón,

particularmente Oribe.

¡Ya no puede de flacón!,

y es de miedo al parecer:

¿no será, amigo Ramón?

Eso no más ha de ser,

miedo viejo, y con razón

desde el día que en Solís

Rivera le basurió

toditita la vanguardia,

que ahí no más nos dijuntió

más de cuatrocientos hombres,

sin contar los que agarró

prisioneros ese día.

Pero, paisano Ramón,

¡si viera en los fletes que andan!,

parecen exhalación.

¡Eh, p... ucha, y qué tapes bravos!,

mire lo que le pasó

a mi compadre Agapito,

¡que esté gozando de Dios!

 

Como era tan presumido,

ese día se cortó

solito, porque un soldao

de Rivera lo torió.

Viera, lo que se toparon,

el dijunto le largó

tres balas de un naranjero,

y el tape ni se encogió;

y... ¡Jesucristo le valga!,

cuanto me lo descuidó

al pobre Agapito, amigo,

el corte uno le afirmó

y le sacó media res

limpia, sin ponderación,

porque allá en la rabadilla

prendida se le quedó.

¡Qué hachazo!, ¡barbaridá!,

medio a medio lo partió,

y ahí no más como maletas

sobre el pingo lo dejó.

 

 

RAMÓN: ¡Pero qué!, ¿se piensa, amigo,

que esos alarifes son

de arriarlos con el rebenque?,

verá al fin de la función

en qué apuro se ha de ver

este Mariano Violón,

que anda ya con la quijada

caída como mancarrón.

Y vea si se descuida,

y el apuro y aflición

con que a cada istante le hace

chasques al Restaurador,

y oficios y más oficios,

y viajes que es un primor:

se va, se vuelve la escuadra

con más comunicación,

y cañones y morteros,

Cañutero o qué sé yo

lo que es un Mamboretá

que en figura de cañón

han traído para tirar

los cuhetes a la congró,

como dice mi teniente

que es más redondo que la O.

Y esto ¿para qué nos sirve?,

para estorbo y confusión;

pues con los cuatro elementos,

ya ve, estamos a ración

de carne flaca y de oveja:

¡que de vaca, sabe Dios

si volveremos a oler!

 

 

SALVADOR: Sí, amigo, es una irrisión

el sitio y las mojigangas

que mandan esta invasión:

porque ya ve; los sitiaos

están comiendo mejor

que nosotros... carne gorda,

y cada uno en su galpón

meniándole a la guitarra;

y, si están de mal humor,

a la hora que les da gana

nos sacan en procesión

a balazos y a metralla

y nos echan del fogón:

y si fueran medio pocos;

¡pero qué!, ¡es un borbollón!,

porque han hecho aparcería

hombres de toda nación,

para atrasarnos de firme

en la presente ocasión.

 

 

RAMÓN Pues, velay tiene, aparcero,

una prueba la mayor,

de que es injusta la causa

que quiere el Restaurador

sostener con nuestra sangre:

y voy a mostrarseló.

 

Al principio de esta guerra

Rosas nos engatusó

a una porción de paisanos,

de los cuales pienso yo

que no viven la mitá,

porque él mismo los mató.

¡Cómo ha de ser, compañero!,

cometimos el error

de ayudarlo hasta subir

al mando como subió;

porque toda la campaña

sus esperanzas fundó

en que Rosas nos daría

la dicha, la paz, la unión.

Así fue que del gobierno

la rienda se le entregó,

y lo que apretó la cincha,

al sentir que se encogió

Buenos Aires con el peso

de su poder, se afirmó

de piernas, ¡y las espuelas

hasta el diablo le sumió!

 

Entonces, amigo, en vano

nuestra patria corcovió

por ver si lo soliviaba:

el gaucho se le aguantó,

dándole por la cabeza

hasta que la atolondró;

y, sin alivio, tres años

seguidos la galopió.

 

Luego, el año treinta y tres,

después que la aniquiló,

rendida, y al consumirse

de flaca, se la soltó

al pobre viejo Balcarce,

que medio la pastorió

cuatro días, porque Rosas

otra vez se la enlazó,

y echándole las caronas

de nuevo, se la montó,

y otros diez años seguidos

pelo a pelo le arrimó,

y por fin la última gota

le ha sacado de sudor.

 

Y en trece años de este afán

de tiranía y rigor,

no ha podido rematar

(como él dice) la faición

de salvajes unitarios.

¡La pu... nta que lo lambió!,

entonces ¿cuándo se acaba?,

¿no ve, amigo Salvador,

que eso es querer gobernar

contra toda la opinión,

y acabarnos de matar

a todos sin distinción?

Y si esto ha de suceder,

¿no será mucho mejor

que salga el río y nos trague,

o se alce algún ventarrón

que nos dé güelta la tierra

y nos apriete en montón,

si tantas calamidades

no han de tener conclusión?

Así es que los extranjeros

que le han tomado afición

a esta tierra, y los paisanos,

se resisten con razón

a que nos devore un tigre:

tal es la comparación

que se puede hacer de Rosas,

pues muerde sin compasión,

y mata a todo cristiano

que se opone a su ambición.

 

Hacen bien los extranjeros;

por lo demás, dejelós

que se hagan ricos, no le hace:

el hombre trabajador

merece ser aonde quiera

tratado de lo mejor;

sólo a Rosas no le gusta

ver un hombre que a rigor

de trabajar se hace gente,

pues todas sus miras son

proteger a esa pandilla

que tiene a su devoción,

y para eso no repara

en causar la destrución

de todo el mundo: sí, amigo.

 

Ahora, vea quiénes son

los hombres a quien distingue,

con expresa condición

de que han de ser mashorqueros,

que es decir, loco, ladrón,

asesino, desalmao,

embustero, forzador,

tramposo, borracho, vil,

y serviles, como son

González, Parra, Cuitiño,

ese bruto Salomón,

Maestre, Gaitán, Pablo Alegre,

Bárcena el tuerto, y Violón.

 

Ahí tiene los personages

que en esta revolución

se han elevado a la altura

de aquellos jefes de honor,

que peliaron por la Patria

cuando la Revolución

del 25 de mayo:

como Casteli y Rondó,

Martín Rodríguez, Balcarce,

Savedra, Álvarez, Viamón,

Díaz-Vélez, Martínez, y otros

patriotas de corazón,

que no nombro uno por uno

porque me da compasión

acordarme de esos hombres

y su triste situación.

 

 

SALVADOR: Mesmamente: causa pena,

y también le digo yo,

que muchas veces, amigo,

se me quiebra el corazón,

cuando medito a mis solas

en la desesperación

que pone a los hombres Rosas:

cada vez con más rigor

ciego y tenaz persiguiendo,

como tigre rastriador,

a tanta infeliz familia

que en la desdicha mayor,

llenas de necesidad,

a mendigar el favor

salen a tierras extrañas

sólo al amparo de Dios...

y sin consuelo ni hogar

donde llorar su aflición,

al ver sus criaturitas

que gimen en un rincón

por el hambre y desnudez

en que Rosas las sumió,

después que a cada familia

la mitá le degolló.

 

 

RAMÓN: Pues bien: si usté se convence

y se arrima a la razón,

es preciso acreditarlo

formando resolución

de abandonar esta causa

que nos llena de baldón;

pues estamos sosteniendo

a ese asesino ladrón

y azote de nuestra patria.

 

Sí, amigo: bastantes son

trece años (vuelvo a decirle)

de ruina y desolación,

sin ninguna otra esperanza

que morir en la custión

los pocos que hemos llegao

con vida hasta la ocasión.

 

Ésta es de Rosas, paisano,

la principal pretensión;

y escuche si en un istante

no se lo demuestro yo.

 

Cuando Rosas de los hombres

tiene mucha precisión,

los palmea, los halaga,

y les ofrece un montón

de premios y de riquezas

para el fin de la custión:

pero ¿ese fin cuándo llega?,

¿no estamos viendo usté y yo,

que cuasi todos aquellos

a quienes nos prometió,

hacen diez años, un premio,

ya el diablo se los llevó

y han dejado sus familias

en la miseria mayor?

 

Pues de eso Rosas se alegra,

porque al fin sus miras son

el que nos maten cuanto antes,

y ansí, amigo Salvador,

ajusta cuenta con todos

los que se comprometió.

 

Tal es de ruin ese gaucho,

que tiene por condición

que en su vida oferta alguna

a ninguno le cumplió;

ni en sus tratos de negocio

cuando el interés medió:

como les ha sucedido

a muchos que habilitó

con estancias y ganaos,

y que al fin allá buscó

pretextos para matarlos,

y con esto chanceló.

 

De manera que ya ve,

aparcero Salvador,

la esperanza que le queda

si no hace lo que haré yo,

que es dejarle el cuento a Oribe,

y a Marianito Violón,

y largarme a la ciudá

mañana al primer albor

con otros diez compañeros.

 

 

SALVADOR: Pues, amigo, vamonós,

ya que Dios ha permitido

que ilumine mi razón

con evidentes verdades

que me sacan de un error.

 

Así lo siente mi pecho,

le juro, amigo Ramón,

y la luz del sol me falte

si lo engaño esta ocasión.

 

 

RAMÓN: No diga eso, amigo Antero,

porque duda la menor

nunca tuve de su fe

ni de su buen corazón;

y mientras Dios le dé vida

viva en esta persuasión.

 

Con que ansí no hay más que hablar,

manos a la obra y valor,

que la Virgen de Luján

nos ha de dar proporción,

para tener en el pueblo

la grande satisfaición

de abrazar tanto paisano

y amigo que tengo yo,

con los que pienso alegrarme

y gritar sin opresión:

¡Viva el general Rivera!,

¡y muera el Degollador!

 

 

SALVADOR:Y ¡viva el general Paz!,

manquito sujetador,

que lo ha de dar contra el suelo

al gaucho Restaurador.

¡Y vivan los argentinos!,

que ese tigre desterró,

para que unidos volvamos

algún día, ¡quiera Dios!,

a reparar las desdichas

que nuestra patria sufrió;

y no andemos con quimeras,

ni luego frunciendonós

por crerme yo más que usté,

o crerse usté más que yo:

ni haciéndole asco a los gauchos

como despreciandolós,

tal cual Rosas nos decía

cuando nos engatusó,

y con suavidá y falsía

a todos nos amoló.

 

Con que ansí, no hay más que hablar,

disponga, amigo Ramón,

y en cuanto se le haga bueno

haremos punta los dos.

 

Ansí fue que al otro día

antes de salir el sol

se golpiaron en la boca

Contreras y Salvador,

y con otros diez paisanos

se vinieron del tirón

gritando: ¡Viva Rivera!,

y revoliando el latón.

 

 

 

Baldomero el gaucho o la intervención de los californarios en la Banda oriental

 

Conversación que tuvieron en el cuartel de extramuros de Montevideo, el 9 de abril del año de 1850, los paisanos Anselmo Morales y Rudesindo Olivera, que llegó del Río Grande con carta y noticias lindas para el primero.

 

 

MORALES:¡Paisano!, ¿qué es de su vida?

¡Por Cristo!, ¿cuándo ha llegao?

Después de haberle rezao

como a una cosa perdida,

y tanto, amigo Olivera,

que yo me hacía la cuenta,

de que ya de su osamenta

¡ni caracuces hubiera!

 

 

OLIVERA: Llego, amigazo, ¿qué quiere?,

forcejiando por vivir;

y como suelen decir

«cosa mala nunca muere».

 

También por eso será

que vengo tan alentao

a ponerme a su mandao

y saber cómo le va.

 

 

MORALES: Aquí me tiene, ya ve,

de patriota y de pueblero,

atrás del pleito, aparcero;

sin recular. Sientesé:

pite un cigarro, velay;

le pagaré las albricias

porque me dé las noticias

que presumo que me trai

de esos laos del Continente,

si viene de por allá,

donde dicen que se va

alborotando la gente,

echándola entre otras cosas,

los nuevos CALIFORNARIOS,

de salvajes unitarios

por pisarle el poncho a Rosas.

 

 

OLIVERA: Cabal: y ahora que se ofrece

se lo han de pisar no más,

porque los creo capaz,

sí, amigo: y ¿qué le parece?

 

¿Hasta cuándo hemos de andar

brasileros y orientales

sufriendo como animales,

y dejándonos robar

de esa plaga de asesinos

que, dejándolos en cueros

a infinitos brasileros

de nuestros campos vecinos,

los persiguen y maltratan,

y después de mil ultrajes

como a enemigos salvajes

los azotan o los matan?

 

Velay, tiene la razón

porque hoy pelea esa gente,

de la cual se ha puesto al frente

un imperial de opinión:

el mesmo que, no lo dude,

sin balacadas ruidosas,

hoy que lo atropella Rosas,

no recula y le sacude.

 

 

MORALES: Pues, me parece, ¡barajo!,

muy peliagudo el empeño,

porque es diablo ese porteño,

y puede darles trabajo:

mucho más, cuando al presente

quiere atracarle el bozal

y el sistema federal

al Brasil y al Continente.

Así, no es broma, paisano,

meterse hoy día con él,

porque, dice Juan Manuel,

«que es el gran americano,

y el más terne de la sarta

de los Gobiernos legales...».

 

 

OLIVERA: No me jo... robe, Morales,

porque le empaco esta carta,

la mesma que recibí

de su hermano Baldomero

que allá de californiero

lo dejé cuando salí.

 

 

MORALES: ¡Amigo!, cuánto apreceo

tener carta tan a tiempo;

velay, que al punto le ruempo

el sobrescrito, y ya leo

 

Dice así... ¡Qué letra fiera!

Fortuna a que soy letor

de lo lindo lo mejor:

escuche, amigo Olivera.

 

A DON ANSELMO MORALES

 

Campamento en

Arapey,

división de la

derecha,

a nueve del mes

de marzo,

mil ochocientos

cincuenta.

 

MI QUERIDO ANSELMO

 

Con la mejor voluntá

te escribo, hermano, esta vez,

y deseo que te hallés

con salú y felicidá:

que a Dios gracias por acá

yo quedo muy alentao,

y más que nunca enrestao,

como muchos orientales

que con los continentales

nos hemos acomodao.

 

También por estos contornos

andan, sea como sea,

en reunión de samblea

Santander, Calengo y Hornos:

que, a fin de evitar trastornos,

a Rosas le van a entrar

en discusión... ¡qué amolar!

¿Sabes lo que es discusión?,

es decir que a la invasión

la pensamos basuriar.

 

Esto, Anselmo, es evidente,

y anda al galope, eso sí;

porque al barón de Yacuí

lo han nombrado Presidente:

jefe que apuradamente

anda con sangre de pato

por dejarlo a Rosas ñato

de una sola manotada;

así, atrás de la nombrada

le ha largao el ultimato.

 

Por lo cual Silva Tabares,

jefe lindo y brasilero,

y el coronel Juan Severo,

ya están por estos lugares

reuniendo a centenares

mozada continental,

que acude como cardal

bien templada por derecho,

y a tirarse cuatro al pecho

con la chusma federal.

 

Y ¡allá va otra intervención

Río-Grandesa-Oriental,

compuesta en lo principal

de lanza, bala y latón!,

que, sin más alegación

que una peonada fortacha,

de madrugada se agacha

en la sierra o la cuchilla,

y a los rosines que pilla

les menea chuza y hacha.

 

Y como me gusta el caso,

yo también en la colada

voy con la alma atravesada

y dándole gusto al brazo;

porque me siento buenazo

con gente así parejita,

decidida y unidita,

que a donde topa un estorbo

no le hace asco: pela el corvo

y todo lo facilita.

 

Así, no hay río-grandés

estanciero ni soldao,

que ya no ande arremangao

contra Rosas de esta vez;

y esta gente, ya sabés

que también sabe pialar

de codo vuelto, y domar,

y prenderle el bracamarte

al demonio en cualquier parte,

cuando se ofrece pelear.

 

Por eso tengo la pena

de que no estés por aquí

con el barón de Yacuí,

mozo que ha entrao en la buena;

y anda por ver si lo enfrena

y le saca hasta el añil

a ese Rosas, gaucho vil,

que siempre esta balaquiando

de la otra banda, pensando

retozar en el Brasil.

 

A ese mesmo gaucho audaz,

a más gaucho puede que otro

de un pial le solivie el potro

y se le vuelque de atrás:

dejá, hermanito, no más,

que medio apure el invierno,

y el Restaurador eterno

con todo su balaquiar

puede ser que vaya a dar

a la loma del infierno.

 

Con esa intención no más

lo va apurando el barón,

que es un jefe quebrallón,

mozo, platudo y voraz:

al mesmo que lo tendrás

por esos pagos lueguito,

pues ya pretende el mocito

rumbiar a Montevideo,

animado del deseo

de golpiarse en el Cerrito.

 

Además, la salvajada

le tiene tanta afición,

que anda detrás del barón

cabrestiando cola alzada:

y el que salga a la cruzada

queriéndonos atajar,

tiene mucho que apretar,

pues, al diablo que endurezca,

donde quiera que se ofrezca

lo hacemos pericantar.

 

Velay cómo a don Servando,

que es un general guapazo,

y así mesmo, de un albazo

lo sacamos apagando:

porque andaba faroliando

con multitú de escuadrones,

infantería y cañones

del ejército de Rosas,

y con todas esas cosas

perdió el rumbo y los calzones.

 

Volviéndosele al revés

el plan que Gómez formó

con las vanguardias que echó

de Lamas y de Valdés:

pues Chico Pedro a los tres

tanto se les achicó,

que a Lamas me lo dejó

teniendo la caña al frente,

y a Valdés muy suavemente

por un costao se le entró:

 

Y fingiendo retirada,

al caer el sol, de moquillo

la sierra del Infiernillo

cruzó de una trasnochada:

y al rayar la madrugada

sujetamos, hermanito,

junto a Servando mesmito;

y a las tres de la mañana

en cuanto tocaron diana

le sacudimos... ¡Ah, hijito!

 

Don Servando, aunque no es vil,

del madrugón se asustó,

y entredormido saltó

a caballo en un barril;

y dé gracias que al candil

una pata le asentó,

que entonces se despertó

queriendo alzar las pistolas,

pero apenas con las bolas

y en camisa disparó.

 

¡Ahijuna!, ¿y la Rosinada?,

¡la vieras en ese istante

aturdida y vacilante

toda a pie y desmelenada!,

y no les hicimos nada:

tan sólo los manotiamos

medio, medio, y los peinamos,

¡cosa linda!, con pomada;

y luego la caballada

que tenían les compramos.

 

De allí con Hornos después

nos volvimos sobre el lazo,

a fin de darle un repaso

al yesquerudo Valdés:

al cual por primera vez

fuimos de comisionaos,

a imponerle los trataos

de la nueva entirvinción;

pero tan de sopetón

que el mozo salió a dos laos.

En fin, hemos correteao

muy fiero a la Rosinada,

haciéndole una voltiada

del Río Negro a este lao:

en la que sólo ha escapao

Lamas por ser ariscón;

pero, así mesmo, el barón

se ha propuesto arrosinarlo

a su gusto, y manosiarlo

muy pronto, de un madrugón.

 

Últimamente, sabrás,

Anselmo, que esta guerrita

se ha de poner grandecita

de aquí a unos días no más,

¡con una cola!... verás,

¡soberana de largor !,

en la que el Restaurador

muy fiero se va a enredar,

y lo hemos de hacer gritar

que ¡viva el EMPERADOR!

 

Con que así, recibirás

lo que te lleva Olivera,

dispensando la friolera

hasta mandarte algo más:

y esas cuatro onzas sabrás,

que a un siete las acerté,

parada que la jugué

con la intención de aliviarte,

y si logro remediarte

con ellas me alegraré.

 

Lueguito al coronel Tajes

dámele muchas memorias,

y le dirás que en mis glorias

me encuentro en estos parajes,

pensando con los salvajes

volver por allá, siguros

de ponerlos en apuros

a los rosines, sin duda,

y espantarlos con la ayuda

de los criollos de extramuros.

 

A mi compadre Figueira,

decimelé que en Pay-Paso,

para él me largó un abrazo

una moza brasileira:

y a mi coronel Silveira

me le dirás que lo espero,

con un zaino parejero

que vale... ¡mil patacones!,

y le darás expresiones

de tu hermano

BALDOMERO.

 

 

MORALES: ¡Ah, carta linda!, ¡y qué apuro

para el crudo Juan Manuel,

tan luego hoy que encima de él

se larga don Sepeduro!...

 

De orden de Uropa a intimarle

que se retire violento,

y si no lo hace, al momento,

manda la Francia atracarle.

 

Pues ya del todo caliente,

para hacerle una apretada,

le ha soltao otra manada

de barcos, que, a la presente,

cada rato están llegando

trayendo a bordo, aparcero,

más franceses que aguacero,

y toditos renegando,

porque llegue la ocasión

de pelearlo al porteñazo,

para pegarle un sustazo

si se mete a baladrón.

 

 

OLIVERA: Entonces hace la paz

con ellos, de cualquier modo,

y les afloja del todo

si lo asustan.

 

 

MORALES: No es capaz:

porque si medio aflojara

después de tanta bambolla,

le sumíamos la boya

en cuanto se descuidara.

 

 

OLIVERA Amigo, ¡qué equivocao

con ese embustero está!,

si lo apuran, cejará

como siempre ha reculao.

Pues cuando mira las cosas

que lo van poniendo a parto,

se arrastra como lagarto

ese fantástico Rosas;

que es con el débil audaz,

con el fuerte, flojo y ruin;

y de los gauchos, al fin,

el más ladrón y falaz.

 

 

MORALES: Con todo, yo le sostengo

que es duro como bigornia.

 

 

OLIVERA: Pues, bien; yo de California

a la intervención me atengo:

y le juego lo que quiera

sin levantarme de aquí,

a que el barón de Yacuí

lo ablanda como una cera.

 

 

MORALES: Pues yo, amigo, vistas pago;

con que así, no disputemos;

alce el poncho y nos iremos

juntos a tomar un trago,

que de aquí a la pulpería

muy corto trecho nos queda;

y de ahí, si usté no se apeda,

vamos a hacer mediodía

en casa de un maturrango

que tiene un buen bodegón;

y después a la oración

armaremos un fandango

de rechupete, eso sí,

y caña entera, aparcero,

a salú de Baldomero,

y del barón de Yacuí.

 

 

OLIVERA: ¿Entonces me hará bailar

con una hembra seguidora?

 

 

MORALES: Para eso, amigo, a la AURORA

lo voy a recomendar.

 

 

 

Salutación enflautada del gaucho Retobao, a la llegada del almirante Mackau a Montevideo después del tratado que celebró en Buenos Aires con don Juan Manuel Rosas

 

Dispense, amigo Macote,

si digo mi sentimiento,

porque es la gala de un

gaucho

echar sus quejas al

viento.

 

Al barón Cipotenciario

que vino con una armada,

en la primera topada

lo ha vencido su contrario:

pues de Rosas temerario

a la ley se sujetó,

y el que de Francia costió

tanto barco con mortero,

del general mashorquero

al freno se sujetó.

 

Lárguese, amigo, a su pago

arriando su barquería,

con la que yo presumía

que a Rosas le haría estrago,

y luego al primer amago

Batata lo traginó,

pues diz que se le trepó

en la fragata y de un soplo

ahí no más le peló el choclo.

y ¡hasta el diablo le sumió!

 

¡Voto-alante!, ¡quién pensara

que a nuestro aliao y aparcero

el almirante, tan fiero

Juan Manuel lo revolcara!

Ya se ve, no es cosa rara

que Rosas a un chapetón,

dándole un atropellón,

lo eche por el costillar;

de eso se puede alabar

ese maula baladrón.

 

Yo pensé que el almirante

fuese guapo y de cacumen,

al ver tamaño volumen

con casaca relumbrante,

y al verlo tan arrogante

desde su vapor tremendo

hacer tantísimo estruendo

con sus cañones de a ochenta;

que de todo eso, a la cuenta,

Rosas se estará riyendo.

 

Pero ahí va la muchachada

del presidente FRUTOSO;

porque el viejo está ganoso

de soltarle la pionada.

En la primera topada

le pienso dar gusto al brazo;

pues del primer chaguarazo,

si no le atraco las bolas,

lo saco haciendo cabriolas

al mariscal de un sogazo.

 

Si la gauchada oriental

se le agacha como al paro,

puede que le cueste caro

la jugada al mariscal;

¡qué Cristo!, aunque juegue mal

y haga las yuntas que quiera,

si le alza Frutos Rivera,

aunque se la dé empalmada,

en la primer relanciada

le mete la Lujanera.

 

Dicen que el rey quiebra juego

llegando a cambiar el lao;

si el rey de Francia ha cambiao

se ha de quebrar desde luego.

Dejen que le tome apego

Rosas a la rejugada,

que es fijo que en la cambiada

pierde la carta su ley,

y ahora que se arrima al rey

echa culo en la parada.

 

Ya de LAVALLE sabemos

de que se le va arrimando,

y que le anda mezquinando

la oreja por lo que vemos:

pero, en cuanto nos juntemos

los paisanos orientales

con los gauchos nacionales

de Lavalle el ternejal,

a la p... ucha el mariscal

va a dar con sus federales.

 

Ya ha comenzado el repunte

nuestro general Rivera,

y en cuatro güeltas espera

que la gauchada se junte:

¡mire, mariscal, qué apunte,

va a tener este verano!

No se muestre tan ufano

porque ha domao a un francés,

que a nosotros, al revés,

nos gusta un amor tirano.

 

En fin, allá nos veremos;

vaya aprontando a Macana

y juntelo con Badana,

que quizás los asustemos;

pues ya por acá sabemos

que entre toda la manada

de su mashorca mentada

y el bruto más pajarero

el que se espanta más fiero,

despunta en la entrerrianada.

 

EL RETOBAO.

 

 

 

La Encuhetada o los gauchos y la intervención en el Río de la Plata en 1848

 

Montevideo, a 18 de agosto de 1848.

 

Señor patrón y relator del Comercio de la Plata.

 

Hoy hará una trasnochada

apretando el imprentero,

y allá al rayar el lucero

piensa acabar mi versada.

Siendo ansí, a la madrugada

la echaré en la población;

pero antes hago intención

(se lo alvierto por si acaso)

de ir a pegarle un albazo

llevándosela, patrón.

 

Por ahora voy a largar

solamente el primer trozo,

y hay otro más cosquilloso,

que después le he de atracar

hasta hacerlo corcoviar

a ese conde PALMETÓN;

y le asiguro, patrón,

que no desprecio a otro inglés

más que a ese maula, y después

a otro de un ZAINO RABÓN.

 

Con que, ya sabe, temprano,

mañana al venir el día,

me cuelo en la imprentería

de HERNÁNDEZ el Valenciano,

y me agarro mano a mano

a cimarroniar con él:

y en cuanto acabe el papel

dándomelo, de ahí mesmito

me guasquiaré, patroncito;

a su casa de tropel.

 

Verá, señor, con qué esmero

ha pintao la estampería,

que le ha hecho a mi versería

Musiú LEBAS el santero.

¡Ah, francés, lindo!, ansí quiero

pagarle muy rigular;

y ansí tienen que alumbrar

los que pretiendan libritos,

con diez y ocho vintencitos

al tiro y sin culanchear.

 

Su amigo, LUCIANO CALLEJAS.

 

 

 

Advertencia a los uropeos cosquillosos

 

Van tres gauchos liberales

a quejarse, con razón,

de una floja y ruin aición

de dos gobiernos desleales.

Siendo gauchos, como tales,

se explicarán sin rodeos,

sin que dentre en sus deseos

ni un remoto pensamiento

de hacer en el fundamento

agravio a los uropeos.

 

 

Dedicatoria

 

Señor conde Palmetón:

a usté por lo bien portao,

y el haberse acreditao

¡tan lindo en su Intervinción!

¡Callejas, de refilón,

a nombre de la gauchada,

le dedica está enflautada,

celebrando entre otras cosas,

que en ancas le largue Rosas

por el Harpy una ensilgada!

 

¿Sabe lo que es ensilgada?

Es una vaina, patrón,

sin grano, y (con su perdón)

que jiede a bosta quemada:

medio aceitosa, y buscada

en los pagos del Tandil,

y propia para el candil

de cualesquier baladrón;

¡con que, atráquele, patrón,

esa mecha a Mistre-Pil!

 

 

La Encuhetada

 

Sorpresa del gaucho Morales al recibir a su amigo OLIVERA en su rancho junto a las trincheras de Montevideo

 

¡Cristo!... ¿Si será verdá

lo que dudo en la ocasión?...

Cabal... no es una ilusión...

que es él mesmo... ¡voto-va!,

lléguese, amigo Olivera:

¿Diaónde sale?, ¿qué anda haciendo?

 

 

OLIVERA: ¡Tristemente consumiendo

la vida, hasta que Dios quiera!

Ansí caigo a su presencia

dichosamente, aparcero,

pues acá soy forastero

sin la menor conocencia.

 

 

MARCELO: Debe serlo, me hago el cargo,

como que de Maldonao

presumo que habrá llegao,

y habrá padecido largo...

 

 

OLIVERA: ¡Largo y fiero!... mesmamente:

y toda laya de penas,

tanto mías como agenas,

que es mejor que ni las mente,

porque el corazón, lueguito

que dentro a considerar,

se me oprime de pesar

y se me hace chiquitito.

 

 

MARCELO: ¡Infeliz viejo Olivera!,

¡lagrimiando!... sientesé;

aunque no tengo, ya ve,

ni un triste tronco siquiera.

 

Ansí, amigazo, en el suelo

crúcese sobre este hijar;

a bien que no ha de extrañar...

 

 

OLIVERA: ¡Qué he de extrañar, ño Marcelo!,

después que me han baquetiao

ocho años de sacrificios

tan crudos, que hasta los vicios

¡sin sentir he olvidao!

 

 

MARCELO: Dejuramente lo creo:

porque yo en el mesmo caso

de infelicidá y atraso

con la familia me veo.

 

Ahora mesmo mi Pilar

cogió y fue desesperada

a vender una frezada,

ganosa de yerbatiar.

 

 

OLIVERA: ¿Con que, Dios se la conserva

alentada?...

 

 

MARCELO: Y traginista,

mientras la salú le asista:

ya verá como trai yerba,

y tabaco y aguardiente,

y en ancas puede que traiga

la frezada, sin que la haiga

ni empeñao siquieramente.

 

Por lo tanto, a prevención

voy a mandar hacer fuego,

cosa que, en llegando, luego

tomemos un cimarrón...

 

Con su licencia... ¡Agapito:

vení, llená la caldera!...

 

 

AGAPITO: ¡La bendición, ño Olivera!

 

 

OLIVERA: ¡Que Dios te haga un santo, hijito!

¡Temeridá que ha crecido

el muchacho!... y memorista:

en cuanto me echó la vista

al golpe me ha conocido.

 

Vení, largame un abrazo,

rubio amargo... ¿cómo estás?,

y decime... ¿te acordás

de tu potrillo picazo?...

 

 

AGAPITO: ¿Cuál?... ¿Aquel bellaco viejo?,

me lo ageniaron cuantuá

en las puntas de Aceguá,

junto con otro azulejo.

 

Que yo le puse collera

y se lo prendí al picazo,

porque como era malazo

presumí que se me juera.

 

Y ni bien se aquerenció

cuando cierta madrugada,

con la yunta y la manada

una partida se arrió.

 

 

MARCELO: Vaya un recuerdo prolijo

del tiempo de don Echagua:

pero de calentar agua,

¿a que no te acordás, hijo?

 

Aunque... alvierto a ño Severo

ganoso de hablar con vos;

así, quédense los dos,

que voy y vuelvo ligero.

OLIVERA: Bueno, paisano... ¿Con que,

Agapito, ahora andarás

como andamos, a cual más

atrasao, pobre y a pie?

 

 

AGAPITO: Pobre, a veces suelo andar,

y ansí mesmo siempre yo

me amaño, creameló,

y agenceo qué ensillar.

 

Luego verá, ño Severo,

un potrillo pangaré,

¡lindo!, que le traginé

a un inglés, que fue chasquero:

 

Y salía cola alzada

ajuera continuamente,

y de ahí volvía caliente

a presumir en la Aguada:

 

Aonde se apea y se cuela

atrás de cualquier muchacha,

a pesar que tiene facha

de más zonzo que su agüela...

 

 

OLIVERA: ¡La del inglés, Agapito!...

¡barajo!... no te turbés...

 

 

AGAPITO ¿Cuál quiere que sea, pues?,

la del Bisquete mesmito:

ese maula que cruzaba

lo mesmo que autoridá,

del Cerrito a la Ciudá,

y aquí nos menospreciaba...

 

Tanto, que a mí en la avanzada,

porque le pedí un cigarro,

si no ando vivo, en el barro

me arronja de una pechada.

 

¡Ahijuna!... y se la juré.

Ansí un día que salió

de mañanita y volvió

trayendo el tal pangaré,

 

dije entre mí... «¡si te pillo

hoy en pedo lo verás,

matucho, si te me vas

golpiao y sin el potrillo!».

 

 

OLIVERA: ¡La purísima, el muchacho,

que es propio para un descuido!,

me alegra que haigás salido

alentao y vivaracho.

 

Proseguí, no te parés,

que recién me va gustando.

 

 

AGAPITO: Pues, como le iba contando,

resolví dende esa vez

no darle alce ni cuartel,

y sobre el rastro ahí no más

largámele por atrás,

¡y que se me iba el infiel!

 

Alvierta, señó Severo,

que dende que lo seguí,

y aun antes, ya conocí

que el pingo era pajarero.

 

De suerte que en cuanto entró

en el pueblo esa mañana,

le dio al potrillo la gana

de espantarse, y se tendió.

 

Y ya por el costillar

lo echó al hombre de cabeza,

y en colmo de la maleza

medio lo empezó a arrastrar.

 

Porque al cair, en la estribera

de una pata lo enredó,

fortuna que reventó

el ojal de la arcionera.

 

Entonces echó el caballo

a disparar como flecha

por esa calle derecha

del Veinticinco de Mayo:

 

Y yo atrás dél me largué,

hasta que allá entre las tiendas

se enredó fiero en las riendas,

se sofrenó y lo agarré.

 

 

SEVERO: Mirá el diablo... ¡de manera

que en cuanto lo asiguraste,

de ahí mesmo ya enderezaste

a media rienda hasta juera!

 

 

AGAPITO: Al contrario, le aflojé

la cincha, y bajo la silla

el tronco de una costilla

de punta le acomodé.

 

Luego le cinché flojito,

dejando el cuhete tapao,

y el pingo, por de contao,

comenzó a lomiar lueguito.

 

Últimamente, tirando

volví a traírselo al inglés,

al cual lo encontré otra vez

alentao y renegando.

 

Y después que le arreglé

el estribo como pude,

dije entre mí: ¡Dios te ayude!...

y el potrillo le arrimé.

 

Con que, patrón... ¿cómo se halla?,

le pregunté medio en broma;

y él me contestó en su aidioma:

«¡Machi diabli la caballa!».

 

Y al verlo en disposición

de montar, cuasi me río;

porque... cuándo... ¡Cristo mío!,

¡se aguantaba el chapetón!

 

Mesmamente, la acerté.

El hombre apenas montó,

y ni bien se acomodó,

¡la gran... punta el pangaré!

 

Cuanto le asentó la nalga

a-la-inglesa, y con el peso

le hizo tomar gusto al güeso,

se encogió, y ¡Cristo le valga!

 

Conoció al ginete tierno,

y al pingo se le hizo robo

aliviarse, y de un corcovo

echó la carga al infierno...

 

 

OLIVERA:¡Óiganle al matucho inglés!,

¡cómo aflojó de un tirón...

y tan altivos que son

en sus barcos!... y ¿después?

 

 

AGAPITO: Hasta frente a un conventillo

que le llaman de Pozolo,

siguió guasquiándose solo

y corcoviando el potrillo:

 

Tanto, que al fin se quedó

en pelos completamente,

y como era consiguiente

entonces se sosegó.

 

Ahi-mesmito lo agarré;

y... «¡ahora sí, lo verás, Laucha,

si has de pelar esta chaucha!»,

le dije, y me le senté.

 

Y dende allí cachetiando

y meniándole talón,

me fui a golpiar del tirón

a la Aguada disparando.

 

Y como hasta hoy en el pago

ni el inglés me lo ha cobrao,

que lo habrá descogotao

es la cuenta que yo me hago.

 

Con que ansí, señó Olivera,

supuesto que se halla a pie,

disponga del pangaré

como guste y cuando quiera...

 

 

MARCELO: Pero, hijito, ¿todavía

estás meniándole taba ?,

¿y usté soltando la baba,

aparcero? ¡Virgen mía!

 

 

OLIVERA: ¡Voto-alante, ño Marcelo!,

por su tardanza ha perdido

de oír cómo me ha divertido

su Agapito, que es un cielo,

y gaucho crudo y a macho:

 

 

MARCELO: Y prosista más que todo

si no, repare del modo

con que a mí me largó el guacho

de hacer fuego y calentar

la agua que yo le mandé.

¡Ah, diablito!... pero... che,

¡velay, acá está Pilar!...

 

 

PILAR: ¡Aparcero ño Olivera,

gracias a Dios que lo veo!,

¿y ña Petrona, y Mateo?...

 

 

OLIVERA: A su mandao, aparcera.

 

 

MARCELO: ¡María Santísima!, amigo,

perdone si he olvidao

el haberle preguntao

por su mujer... pucha digo:

 

 

OLIVERA: Recién se acaba de apiar,

y ya quería venir;

pero no puede salir

basta medio pelecha.

 

 

PILAR: ¡Por vida!... Y ¿cómo les ha ido

en tanto apuro o redota?

 

 

OLIVERA: ¡Hágase cargo!... en pelota,

y en montón hemos venido:

 

Pues mandaron embarcar

de un modo tan redepente,

que fue rejuntar la gente:

y al momento de mandar,

 

como aguacero a la costa

la botería acudió,

y el criollaje ahí se juntó

como manga de langosta.

 

De ahí empezaron a echar

viajes al barco a menudo,

y en el bordo como pudo

nos hizo desparramar...

 

Del pértigo a la culata

de un barcazo roncador,

ñato viejo y rodador

a impulsos de una fogata:

 

Cosquilloso a una ruedita

que de atrás un marinero

se le prendió a lo carnero,

como haciéndole colita.

 

Pero, paisana... ¡qué cosa

de barco tan maquinal!,

y grandote el animal

de una manera asombrosa.

 

Oiga, le relataré

la laya de barco que era:

que no es fácil, aparcera;

pero, en fin, me amañaré.

 

Era un barco... ¡tamañazo!,

de madera de mi flor,

y tendría de largor

como dos tiros de lazo.

 

En la barriga tenía

un pozo, donde se apiaba

la gente que traginaba

en pura carbonería.

 

Arriba los comendantes

rodeaos de la oficialada,

y mucha marinerada,

con sombreros relumbrantes.

 

Que a unos horcones tan altos,

que en las nubes se perdían,

por unas cuerdas subían

de tropel y dando saltos.

 

Abajo había cuarteles

y corrales y galpones;

y encima grandes cañones

con rondanas y cordeles.

 

Y un cañuto ¡temerario!

enterrao yo no sé cómo

en lo más ancho del lomo,

y más allá un campanario:

 

Y luego en cada costao

una rueda con aletas,

que no he visto ni en carretas

de esa laya de rodao.

 

Viese, aparcera, al montar,

¡qué julepe y qué jabón

nos pegó una quemazón

que abajo entró a reventar!...

 

Y ver salir apuraos

como avestruces corridos...

los hombres, que a unos chiflidos

subían todos tiznaos.

 

Yo me empecé a refalar

el poncho para aliviarme,

y estuve por azotarme

como carpincho a la mar.

 

Pero supe que de intento

prendían abajo el fuego,

y vi a un oficial que luego

se puso a vichar atento.

 

Y en cuanto por el cañuto

vido salir la humadera,

le aflojaron, aparcera,

y echó a correr ese bruto.

 

A dos laos, y relinchando,

campo ajuera salió al mar,

aonde empezó a bellaquiar:

y ya nos juimos echando.

 

Luego no más, en tendales

quedó todito el hembraje,

y atrasito entró el machaje

a rodar como costales.

Al momento una fatiga

y un asco tal nos entró,

que a todos nos revolvió

tan de-una-vez la barriga...

 

Que con los ojos saltaos,

haciendo juerza bramaban

los criollos, y gomitaban

quedando despatarros:

 

Y sin poder aguantar

a semejante alboroto,

hasta el último poroto

nos hizo desembuchar.

 

Ansí he cruzao el camino

con todito ese trabajo,

y he venido cuesta abajo

a entregármele al destino.

 

 

MARCELO: ¿Ha visto cuán rigoroso

el nuestro nos ha salido,

que a todos nos ha sumido

en un abismo espantoso?

 

¿Y cuánta sangre y estrago

aún devora nuestra tierra?,

sin terminarse esta guerra,

porque hay hombres...

 

 

PILAR: Eche un trago;

y arme , aparcero: velay

papel, tabaco y facón,

pues alvierto en la ocasión

que usté ni cuchillo trai.

 

 

OLIVERA: Cabal, paisana: ni quiero

negarle que traigo apenas

muy poca sangre en las venas,

y ojales por todo el cuero.

 

 

MARCELO: ¿Y cuándo, amigo, al remate,

de esta custión llegaremos?

¡Por Cristo!, que ya debemos

tener juicio y...

AGAPITO: Velay mate.

 

 

MARCELO: ¿Será posible que siendo

tan poquitos los paisanos,

como fieras entre hermanos

nos sigamos destruyendo?

 

Usté que tiene experencia

profunda, y conocimiento,

y en cada razonamiento

el poder de una sentencia:

 

Diga, si por desventura

nos ha condenao el cielo

a tener el desconsuelo

de cair a la sepultura...

 

Sin que logremos jamás

bendecir a cualesquiera

que a nuestros hijos siquiera

les ponga su tierra en paz...

 

 

OLIVERA: Sí, amigo: no desespere

de que esta calamidá

puede terminarse ya

si la Virgen y Dios quiere.

 

Pues ya sabe que en la vida

no hay cosa que no termine,

por más que el hombre imagine

de que no tiene medida.

 

 

MARCELO: Con todo eso, van ocho años

de ruina que hemos tenido;

¡y en la guerra hemos sufrido

tan amargos desengaños!...

 

De ambición en los de acá

hasta asigurar el mono,

y a lo último de abandono

y perfidia en los de allá...

 

¿No ha visto de Ingalaterra

y de Francia, lo que han hecho

con nosotros, que hasta el pecho

nos han metido en la guerra?

 

Haciendo al principio roncha

con tanta alianza y promesa,

y a lo último con vileza

juir y meterse en la concha...

 

Queriéndonos entregar

después de sacrificaos

por esos mesmos aliaos

que nos han hecho matar...

 

¡Maltidos sean... ahijuna,

ciertos monarcas del mundo,

a quienes odio profundo

les juro y piedá ninguna!

 

Y de corazón, quisiera

que cierto rey reculao

algún día ande arrumbao

y con las tripas de juera.

 

Pues, si algún criollo no sale

a sacarnos de este infierno,

será nuestro mal eterno,

¡y cairse muerto más vale!

 

 

OLIVERA: Dejuro, tiene razón

de quejarse y renegar;

pues a eso ha dado lugar

la ruinosa Entrivención:

 

Que la figura más ñata

con fantástico poder,

es lo que ha venido hacer

en el Río de la Plata.

 

Ansí es, paisano Marcelo,

que me alegro de que Rosas

a esas potencias famosas

hoy las humille hasta el suelo.

 

Sin que ninguno le ladre

de esos diablos coronaos,

que de miedo y sobajeaos.

lo están haciendo compadre:

 

Y le quitan el bocleo

como diciendo: «nos vamos,

y velay que te entregamos

por junto a Montevideo».

 

Aonde nos echan bravatas

a nosotros, pero a aquel,

al tirano Juan Manuel

lo saludan con fragatas.

 

En fin, usté me ha templao,

y malo es que me caliente;

pero... deme el aguardiente,

y luego me oirá, cuñao.

 

 

MARCELO: ¡Ah, viejo terne!... de balde

lo traquea la vejez,

se conserva cada vez

con más letras que un alcalde.

 

Sí, amigo: me ha de gustar

oírlo a usté, y oír a Callejas;

casualmente hacen parejas

en el modo de pensar.

 

 

OLIVERA: ¿Con que, mi amigo Luciano,

también anda por acá?,

me alegro: y ¿cómo le va?

 

 

MARCELO: Rigularmente paisano.

 

Hoy ha venido un ganao

que lo están desembarcando,

y allí lo dejé enlazando

por seis pesos y un asao.

 

Y ahí mesmo me asiguró

que viene a hacer mediodía,

conmigo, y que me trairía

vino duro, y ¡qué sé yo!

 

De suerte que comeremos;

y luego con mi patrona

a traer a señá Petrona

al cuartel nos largaremos.

 

Pero... ¿usté está cabeciando?

Mal dormido... ya se ve...

OLIVERA: Es verdá...

 

 

MARCELO: ...Pues echesé,

vaya medio dormitando.

 

Y... andá, Pilar, por favor,

mientras duerme ño Severo,

ve si te empriesta el pulpero

un vaso y el asador.

 

Y en cuanto llegue Luciano,

la venida de Olivera,

celebraremos siquiera

con un pedo soberano.

 

Ansí, apróntate, mujer,

como para cocinar;

que yo voy a traginar

más leña, que es menester.

 

Vos, Agapito, por la olla

andá al muelle, ya sabés...

 

 

AGAPITO: ¿Y si me topa el inglés?

 

 

PILAR: Sumile, hijito, la bolla.

 

 

AGAPITO: Entonces, por si lo pillo,

y me atropella Balija,

para irme más a la fija

voy a llevar mi cuchillo.

 

Pues, si me atraviesa el zaino

en que ahora anda, y con la tranca

me ataja, y volea la anca,

ahí mesmo le desenvaino...

 

 

MARCELO: Salí... maula... farolero:

si te ronca, ¿qué has de hacer?

 

 

AGAPITO: Nadita... aunque... ¡puede ser

que le haga sonar el cuero!

 

Al nacimiento de Geromo

 

Campamento en Montevideo, al lao zurdo de la Zanja, el 21 de julio, el día de SAN GEROMO.

 

Aparcero Jacinto, me hará la gracia de imprentarme esa versada, porque quiero celebrar a un cogotudo que anda «amontonando laureles» a la par de Alderete y su tropilla; como les ha dicho el paisanito Lasala el 17 julio en un papel de letra de molde, más tierno que un zapallal: porque a lo último bien claramente se explica diciéndoles que «el Sol los contempla y que Dios los ayude en este invierno para que puedan con la carga». ¡Mire qué maravilla de mozo ladino!

 

Con que, será hasta la vista, que bien ganoso ando de darle un vistazo.

 

Su aparcero, ROCAMORA.

 

A la salú y nacimiento de don Geromo Frasco, o de cualquier ministro de Alderete.

 

¡Téngalos muy felices,

señó GEROMO!,

y Dios me lo conserve

sano del lomo,

para que cargue

su montón de laureles,

cuando se largue.

 

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cordón:

no se me entristezca,

póngase alegrón.

 

Allá va giniebra, coñaque y anís:

a ver si se alegra y baila el mis-mis...

con gallardía,

para que lo publique

la orden del día.

 

A estas horas le estoy

adivinando

que le están los ojitos

relampaguiando.

 

¡Escupa, amigo!,

y no se eche las babas

en el umbligo.

 

Tin tin por la Aguada

tin tin o el Cordón,

cuidado no pegue

algún trompezón

con un inglesito llamado SAMUEL,

que ha de darle sueño toparse con él;

que al Miguelete

se larga, por hacerles

un bifisquete.

 

Dígale de mi parte

a don Panchito,

el que larga poclamas

desde el Cerrito...

 

Que es un Salomón

y el mozo más ladino

de la expedición.

 

Tin tin de la Aguada,

tin tin del Cordón

ya los bonetudos

ofrecen perdón;

porque don Ciriaco, Lasala y Turpín,

andan con el lomo como un espadín...

en este apuro,

en que ningún rosín

está siguro.

 

Con que, amigo GEROMO,

¡que Dios lo ayude!,

y que el Sol lo contemple

sin que estornude.

 

Y no se ofusque,

que salga algún Musiur

y lo desnuque.

 

Tin tin por la Aguada,

tin tin y el Cordón,

andan los rosines

medio en confusión;

como los baguales cuando los acosan,

que medio se empacan y medio retozan...

hasta que al cabo

a bolas se les liga

patas y rabo.

 

 

 

 

 

Pocos días después de que en la Horqueta del Rosario fue batida la columna del general Núñez por las fuerzas del general Rivera, irritado Rosas por tal descalabro, mandó publicar un artículo en la Gaceta Mercantil de Buenos Aires negando completamente tal derrota, y diciendo que, por el contrario, Núñez se había incorporado intacto el ejército de Urquiza, y este a Oribe, quien con tales refuerzos había intentado un reconocimiento para asaltar luego las trincheras de Montevideo, de las cuales con esa sola operación Oribe había conseguido el que todos los defensores de la plaza huyesen aterrorizados; y que los extranjeros armados, esa noche salieran desbandados a robar y matar en la ciudad.

 

El mismo artículo, después de otras mentiras, decía también, que la extrema miseria del Gobierno de Montevideo lo había puesto en el caso de ordenar al señor Lamas (jefe de Policía entonces) que violentamente le sacara una fuerte contribución pecuniaria a un don Juan M. Pérez (a quien nunca se le pidió un real para la defensa), y que Pérez había abierto sus cofres, de los cuales el señor Lamas habíale sacado los únicos cuarenta y cinco patacones que tenía el señor Pérez en esos días.

 

Por último, el artículo decía también, que el señor Lamas arbitrariamente había mandado fusilar por la espalda a varios orientales oribistas, porque tenían armamento escondido y preparado para una revolución en favor de Rosas, la cual se les había descubierto, etc., ¡qué mentir de Restaurador!

 

La nota embustera que se deja referida, dio lugar a la siguiente composición.

 

 

Brama el tigre

 

Oigan lo que dice Rosas

el día ocho de este mes,

en un Gacetón que suelta

más bravo que un buscapiés.

 

Dice que acá repicaron

al pedo la vez pasada:

que ¿cuándo le han hecho nada

ni a Núñez lo revolcaron,

si juntos se incorporaron

con Urquiza en el Cerrito?,

y veremos si lueguito

Oribe nos basurea

y nos saca una manea

a cada oriental... ¡Ah, hijito!

 

Dice que nos asustaron

la otra noche los rosines,

pues sólo con sus clarines

acá ya se alborotaron:

que las campanas sonaron,

y se juntó la gringada

saliendo desesperada

a robar por la ciudá,

y de la zanja, ¡ja, ja!,

corrió la gente asustada...

 

Que ninguno se ha pasao,

dice también con frescura:

que aquí todo es impostura

y un mentir desesperao.

Que a naides han degollao

sus mashorqueros jamás:

¡eh, pucha, el gaucho falaz!,

pues dice que los rosines

nos corren como mastines...

¡de hambre será y nada más!

 

Dice que mandó el Gobierno,

apurao el otro día,

saquiarle a un don Juan María

más patacones que infierno:

que el hombre se mostró tierno

para que le soliviaran,

y dejó que le robaran

cuarenta y cinco no más...

¡Vaya un paisano voraz!,

¡puede ser que lo ablandaran!

 

Del jefe de Polecía,

dice que está muy caliente

y afusilando a la gente

por la espalda todo el día;

porque tiene una armería

escondida en la ciudá:

tal es la fidelidá

de los buenos orientales

a Oribe y sus federales.

¡Cristo!... ¡qué barbaridá!

 

Dice al fin que al COMODORO

ya verán como le va;

pues, Ingalaterra está

contra Purvis como un toro,

que no es inglés, sino moro,

que ojalá lo descuarticen,

y lo frían y lo guisen:

que aunque los dé contra el suelo,

los rosines por consuelo

todo el día lo maldicen.

 

En los últimos meses del año 1818, dirigió Rosas a la Sala de Representantes una nota acompañando unos documentos y un tratado, y para ocultar los nombres de las personas que se decían comprometidas en ellos, las determinaba con enes: el ministro N. N., el diputado N. N., el coronel N. N.; y para ridiculizar esta patraña del tirano se escribió la siguiente composición.

 

Aviso anunciando la aparición de La Indireuta

 

SEÑOR EDITOR Y PAISANO

 

No tan sólo Rosas tiene

nueva laya de escrebir,

y de amolar y embutir

al ñudo tanta N... N.,

ahora de atrás se nos viene

un chasquero inglés de Flandes

largando otras enes grandes

que ni Cristo las entiende,

ni el librero que las vende

en lo del amigo Hernández.

 

¿No ha visto, patrón, las enes?,

vaya, y lea por favor;

aunque le será mejor

aflojar ocho vintenes,

para no andar con va-y-vienes

un hombre así como usté.

Con que, afloje y digamé,

después que lea la cosa,

si entiende esa geringoza...

y se lo agradeceré.

 

ROCAMORA.

 

 

 

La Indireuta

 

Allá van estos ENTRESES

contra EL CABALLO RABÓN:

con el permiso y perdón

de los AMIGOS ingleses.

 

 

Para el Federal más chocho

 

del pago de la Raleise:

 

Aguada y noviembre trece

 

del año cuarenta y ocho.

 

Señor comeloro Herbete.

 

Mi comadre tiene una hija

que expliquí-tu-macho inglés,

y a esa le escribe esta vez

un tal don N. Balija:

diciéndole que a la fija,

en la semana que viene,

usté empluma, pues ya tiene

orden de ser reculao

por rosín y apasionao

a don N. N. de N.

 

Tal noticia, en el cuartel,

a la tropa le gustó,

y luego la celebró

a cencerro y cascabel:

porque dijo el coronel,

que el mesmo N. le ha escrebido

así también, persuadido

que usté alza moño y se va:

noticia que en la ciudá

de N. y más N. ha salido.

 

Pero ¿por Cristo?, tanta N.

¿qué diablos quiere decir?,

¿y ese modo de escrebir

con qué Balija se viene?

Yo, patrón, que me condene

si lo entiendo, y no soy bruto:

al contrario, me reputo

por lenguaraz en inglés;

velay si me explico: -Yes,

¡Gotejel y very guto!

 

Con todo, no es duda poca

la que tengo, y me interesa

que usté se largue de priesa,

para golpiarles la boca

a las hembras, que les toca

llorar su ausencia, patrón;

porque usté tiene opinión

de galante y bien portao;

y de ¡muy aficionao!

a la cachucha y al ron.

 

¿Al ron dije?, he dicho mal,

queriendo decir al rin,

a lo que usté es bailarín

de lo lindo y principal:

como afeuto sin igual

a bailar la refalosa,

pues me asigura una moza,

de que usté salía enfermo

de calor, cuando en Palermo

bailaba con Ene Sosa.

 

¡Ah, gaucho!... de esa manera

con otras habilidades

cautivó las voluntades

de la gente mashorquera;

y hasta el Ilustre, aonde quiera

presume de su amigazo,

diciendo que usté es buenazo,

hombre llano y sin bambolla,

y para hacer una embrolla

¡ahijuna... superiorazo!

 

Y dice, que, en esta guerra,

usté a chismes y cabriolas

lo enredó y le ató las bolas

al Ministro de su tierra;

y que hoy en Ingalaterra

N. N. Palmetón,

lerdo viejo barrigón,

recién entra a corcoviar,

como queriendo largar

las bolas por el garrón.

 

¡Ah, hombre infeliz!, que se fiaba

en su comeloro inglés,

siendo federal como es

desde el pelo hasta la taba,

y el mesmo que se tiraba

al vizconde chapetón

y a la inglesada en montón;

porque usté don N. N.

¡la p... ucha!, dicen que tiene

más alma que un redomón.

 

Por eso le arrima guasca

la inglesería todita,

y allá en su lengua le grita,

San-Babichi-deme-rasca:

y es justo que se complazca

en que lo haigan reculao,

porque usté los ha dejao

metidos en el pantano,

y que el Gran Americano

se los haiga traginao.

 

Así dicen sus paisanos

don N. y don N. N.

de que su ausencia le viene

lindamente a los Britanos:

y alzan al cielo las manos

creyendo que usté se va;

y diz que esa noche habrá

luminarias, cuhetería,

y pedo y musiquería,

¡todo con temeridá!

 

Ojalá esté despachao,

y del Río de la Plata

se largue con su fregata

a enredar por otro lao.

Mire que si el agraviao

fuese yo, siendo Gobierno,

atrás le soplaba un cuerno

a quien tan mal me tratase,

y le hacía que mosquiase

hasta el rincón del infierno.

 

En fin, patrón, me despido

deseando que le aproveche

esta INDIREUTA; y no la eche

en el rincón del olvido.

Luego, por favor le pido,

(y no extrañe que apetezca,

ni de que yo le agradezca

hallándome tan delgao)

el que me largue un asao,

si le sobra CARNE FRESCA.

 

Luego me dispensará

que, siendo gaucho y soldao,

de escrebirle me he tomao

la confianza y libertá,

por lo que, si mi amistá

le agradare y le conviene,

en la avanzada me tiene

siempre a su disposición:

con que, adiosito, patrón.

 

N. N. N. N.

 

P. D.

Si se va y me hace el favor130

de hacerse cargo de un choclo

para el coronel Cradoclo

se lo estimaré, señor;

pues apreceo a ese Lor

don N. de Morondanga,

desde que armó la bullanga

en el Janeiro ahora poco,

porque un negro medio loco

le chulió a la maturranga.

 

VALE.- N. N.

 

 

 

Contestación de Jacinto Cielo

 

A un bonetudo que de hambre

me remitió esa canción,

le mando en contestación

estas coplas y un matambre.

 

Mirá, trompeta rosín:

si sos capaz de agarrarme,

a gusto dejo tocarme

tu Refalosa y tin tin.

 

Pero, si no te das maña,

cuando te topés conmigo,

sin tanta bulla te digo

que has de largar ¡una entraña!

 

Siendo así, no hablemos más,

seguí con tu refalosa:

pero al fin... ¿no será cosa

que te las prienda de atrás?

 

Porque ya los mashorqueros

muy fiero han mostrao la hilacha;

y si uno se les agacha

salen como parejeros.

 

Con que, será hasta después:

y aunque roncás y me gruñes,

dale memorias a Núñez

si por fortuna lo ves.

JACINTO CIELO

 

Carta ensilgada que le escribió el gaucho Juan de Dios Chaná, soldado de la escolta del general Rivera para don Antonio Tier, ministro que fue de la ciudad de Francia en 1840

 

Campamento general

al frente

del Cerro Largo:

a

veintinueve de agosto

del año

cuarenta cuatro.

 

Don Tier: voy con su licencia

a escrebirle de atrevido,

aunque jamás he tenido

con usté una conocencia:

pues sólo la buena ausiencia

que ha hecho usté de la opinión

que defiendo en la ocasión,

es la que me ha decidido

a ofrecerle agradecido

mi cabal estimación.

 

Tal es, que si lo topara

algún día en un apuro,

por sacarlo le asiguro

ni la vida mezquinara.

¡Ah, malhaya, se animara

y a estos pagos se viniera!,

para que yo mereciera

entonces servirle en algo,

pues, aunque de poco valgo

puede ser que lo sirviera.

 

En esta conformidá

me le daré a conocer,

porque, al fin, pudiera ser

que yo caiga por allá.

Soy Juan de Dios el Chaná,

gaucho salvage y negao,

forastero desgraciao

que rueda en tierras agenas,

por no arrastrar las cadenas

de un tirano endemoniao.

 

Ése es Rosas, a quien tengo

que rastrear toda mi vida,

sigún la fe decidida

que de aujerearlo mantengo,

porque yo también sostengo,

sin recularle al mejor,

que ese vil degollador

todita su vida fue,

lo mesmo que ha dicho usté,

un brigán o salteador.

 

¡Le cae tan lindo en francés

brigán a Rosas, ahijuna!,

como cae a treinta y una

para con veintiocho el tres.

Mesmamente, de esta vez

usté el nombre le ha acertao,

y tanto nos ha gustao

su agachada de brigán,

que como copla o refrán

entre el gauchage ha quedao.

 

Pero, extrañamos, patrón,

que un hombre tan escrebido

como usté, se haiga metido

en tratos con un ladrón.

Así es que su Convención

de octubre estuvo muy ñata,

y, si le he de hablar en plata,

diré que está bien empleao

que Rosas se haiga burlao

tan fiero de su contrata.

 

De balde ahora alega usté

que Rosas no le ha cumplido;

como diciendo: «se me ha ido

con las bolas que le até».

Ni por esas, ya lo ve:

dos ministros a la par

le han salido a retrucar

diciendo: «no te quejés,

porque vos mesmo esa vez

lo dejaste retozar».

 

¡Ah, patrón!... cuando se halló

lindamente acomodao,

antes de ser reculao

del cargo que disfrutó,

no sé cómo se mostró

tan manso y tan halagüeño,

ni por qué hizo tanto empeño

en tratar con Juan Manuel;

pues, de atrás quejarse de él,

mesmamente causa sueño.

 

De suerte que, aunque sabemos

cuánto alega por nosotros,

como se lo cruzan otros

poca esperanza tenemos:

¿ni qué quiere que esperemos

de hombres como don Guisote,

si usté no les pega un trote,

y los echa cuesta abajo,

a que no le den trabajo

tantos maulas y Macote?

 

Usté me dispensará

si le hablo en este lenguaje,

pues como gaucho salvaje

me explico con claridá:

pero mire que de allá

han caído por estos laos,

de esos maulas retobaos

con veneras y medallas,

que ¡al diablo le dan tres rayas

a rudos y desalmaos!

 

No quiero decir por esto

que jamás ningún francés

vuelva a llevarme otra vez,

como dicen «del cabresto»;

por eso si le protesto

y le digo con verdá,

que los franceses de acá

son hombres de mejor ley

que algunos que mandó el rey

a traginarnos de allá.

 

Tal vez por eso en usté

no todos tengan confianza,

y ahora se les haga chanza

su afición, (dispensemé).

¿Qué quiere, señor?, ya ve,

si anda la gente ariscona,

es porque de las caronas

que nos echó en su tratao,

a muchos nos han quedao

las uñeras frescachonas.

 

Velay: y temen que vaya

de esta vez haciendo el juego

a costa nuestra, y que luego

salga diciendo: «otro talla»

y como ahora usté no se halla

lo mejor asigurao,

presumen que haiga formao

con los salvajes pretexto

para calzar cierto puesto,

y de ahí hacernos a un lao.

 

¿A qué le he de andar mintiendo,

si eso malician de usté?,

y asiguran, creamé,

de que nos está meciendo,

pero acá yo lo defiendo

¡en su lindo!, a la verdad;

y así con ingenuidá

usté pudiera decirme,

si ahora es moquillo o es firme

su decisión y amistá.

 

Por lo demás, no hay cuidao,

aun cuando a la Entirvención

se le aplaste el mancarrón

antes que llegue a este lao;

que ha de ser el resultao,

si usté la quiere apurar,

después que le hizo aguachar

el pingo cuando el tratao:

y estando el pingo aguachao

dejuro se ha de aplastar.

 

Eso fue la vez pasada,

como cuatro años harán,

luego que el viejo Leblán

alzó moño con la armada;

y cuando aquella ensartada

de nuestra alianza famosa,

en que, después de la prosa,

que la Francia nos metió,

al fin solos nos dejó

a sufrir la refalosa.

 

¡Ah, viejo ese don Leblán,

tan buenazo y sin dobleces!,

creo que entre los franceses

pocos de su laya habrán:

pues naides con más afán

voltiar a Rosas pensó;

pero se le atravesó

por desgracia Doputié,

que el diablo no sé por qué

antes no se lo llevó.

 

Me acuerdo que en cuanto vino,

otro viejo, un tal Dupuí,

se apareció por aquí

medio despiao y chapino,

y ya le salió al camino,

y al fin ganó mucha plata,

haciendo que don Batata

con Doputié platicara

mano a mano, y se mamara

almorzando en la fregata.

 

Después que se retiró

don Leblán de estos destinos,

que orientales y argentinos,

todo vicho lo sintió:

lo mesmo que se alentó

todo el mundo a su llegada,

hasta hacer una pueblada

al principio del bocleo,

cuando le paró rodeo

a Rosas nuestra gauchada.

 

¡Viese, patrón, qué mozada

se le alzó al Degollador!,

créame que fue la flor

de nuestra gente hacendada

pero más acostumbrada

a lidiar con lazo y bolas

que con sable y tercerolas,

anduvo medio trabada,

y en la primera topada

dejamos las mentas solas.

 

Dejamos digo, porque

yo también de Chascomún

al apurar el ¡tun!... ¡tun!,

ya salí tendiendomé,

y a rebenque enderecé

rumbiando al rincón de Ajó,

aonde mesmo enderezó

el resto de la gauchada,

que caliente y de coplada

a los barcos acudió.

 

Pues don Leblán que sabía

que Rosas nos apuraba,

por si acaso nos golpiaba

nos mandó su barquería:

¡ah, Francés que nos quería!,

lo mesmo la oficialada;

y de ahí la marinerada

tan liberal y corriente:

¡viera usté en que redepente

se embarcó a la paisanada!

 

¡Ah, Cristo!, ¡qué sentimiento

tuve al soltar mi gatiao

y después liar el recao

para embarcarme al momento!...

Pero bien o mal contento

me arremangué el chiripá,

y «obre Dios, dije, allá va

Juan de Dios, ¡cómo ha de ser!,

si el destino es padecer,

cúmplase su voluntá».

 

Ahí no más nos embarcó

un oficial en el bote,

que se llamaba el canote,

y echando diablos salió,

hasta que fue y sujetó

allá en el medio del río,

junto a un barco, ¡Cristo mío!,

morrudo como un galpón,

y que era una confusión

de cañones y gentío.

 

Montó al bordo el oficial

cuanto tocaron el pito,

y de subir al ratito

a mí me hicieron señal:

yo me le prendí a un torzal

que a una escalera colgaba;

porque, amigo, se me andaba

la cabeza dando güeltas,

y aun las entrañas revueltas

sentía cuando trepaba.

 

Luego de estar embarcaos

subió la marinería,

le aflojó la velería,

y el barco salió a dos laos.

Me acuerdo que bien delgaos

hicimos esa cruzada,

pues toda la paisanada,

cuanto el barco corcovió,

a vomitar comenzó

y a quedar despatarrada.

 

Viera al barco, ¡Virgen mía!,

¡correr con el ventarrón,

crujiendo la tablazón,

chiflando la cuerdería!

Mesmamente parecía,

al disparar tan ligero,

nube que arrea el pampero

cuando zumba, y de allá lejos

trai a los ombuses viejos

dando güeltas de carnero.

 

En fin, después del jabón

que nos dio tanto meneo,

el barco a Montevideo

se vino a dar del tirón.

Ya murieron un montón

de infelices argentinos,

que entonces a estos destinos

cayeron esperanzaos

en la alianza, y por confiaos

Rosas los puso barcinos.

 

También yo entonces llegué

tan sumamente cortao,

que una tarde de apurao

hasta el cuchillo empeñé:

desde entonces, creamé,

ni de mi gaucha sé nada,

pues la dejé abandonada

con cuatro criaturitas,

mis ovejas y vaquitas,

mi tropilla y mi manada.

 

Oiga no más mis lamentos:

aunque mejor es callar,

que no entrarle a relatar

todos mis padecimientos;

pues sería en los momentos

hablar de güeyes perdidos,

mencionarle lo fundidos

que todos hemos quedao,

a causa de aquel tratao

que hasta hoy nos tiene tullidos.

Así mesmo, hoy lo tenemos

al saltiador en conflitos,

y puede ser que solitos

cualquier día lo estiremos:

sigún la fuerza que hacemos

los criollos, y sus paisanos

los franceses milicianos,

que con valor sin igual

por la causa liberal

pelean de ciudadanos.

 

Viendo la partida fiera

que su rey nos hizo, ¡ha visto!,

de hacer compadre, ¡por Cristo!,

al brigán... ¡quién tal hiciera!,

ni menos quién presumiera

que un rey así se portara

después que de MALA CARA

lo trató un gaucho albitrario,

cuando todos, al contrario,

¡creímos que se lo tragara!...

 

Pero, vanas esperanzas,

pues el loco Juan Manuel

anduvo a güeltas con él

hasta que le echó las mansas.

Lo pior es que en las cobranzas

de usté, nos ha traginao,

pues a mí que fui su aliao,

y a otros por estos parajes,

Juan Manuel como a salvajes

¡ni guascas nos ha dejao!

 

Al fin ese basigote

se lo aguantamos a Rosas,

pero no las cuatro cosas

que nos quiere hacer Guisote:

pues en ancas que Macote

nos amoló una ocasión,

que ahora nos largue a Pichón

a que nos venga a enredar...

eso ya es mucho amolar:

¿no le parece, patrón?

 

Ahí anda a lo volantín,

luciendo por el Cerrito,

de leva y de bigotito,

echándola de rosín.

¡Vaya un mozo malo y ruin!,

¿de qué manada será?,

no he visto, ni se verá,

un vicho más cabulista,

buscapleitos y enredista.

¡Jesús, qué barbaridá!

 

Gracias a qué don Lané

es un jefe de razón,

y con todo eso Pichón

medio lo hizo... no sé qué;

pero el hombre, ya se ve,

era novato y cayó;

mas, en cuanto coligió

que Pichón es un lagaña,

vea como se dio maña

y a las yeguas lo aventó.

 

Esto por acá, patrón,

es lo que hay entre dos platos;

no sé allá sus alegatos

si serán conversación:

pero si al gaucho ladrón

quiere darle un rato amargo,

sin más esperas le encargo

que sólo con don Lané

le haga sacudir, porque

lo demás... ¡es cuento largo!

 

Con que así, dispensará

el que lo haiga molestao;

y cuente por decontao

con mi aprecio y voluntá:

y si acaso por allá

me lo ve a don Martiní

me hará el favor, eso sí,

de pegármele un abrazo,

diciéndole que, si acaso,

vuelva a disponer de mí.

 

No ofreciéndose otra cosa,

concluyo, bien persuadido

que esta carta le habrá sido,

por supuesto, fastidiosa;

aunque una prueba amistosa

al mesmo tiempo será,

por la cual usté podrá

ver mi cariño completo

y disponer del afeto

de...

JUAN DE DIOS EL CHANÁ.

Jacinto Cielo dando noticias de la derrota del queneral Núñez a los sitiadores flacones

 

¡Salgan no más rosines a juntar potros,

ya los amansaremos... entre nosotros!

 

¿Con que Núñez por la Horqueta

se andaba haciendo el potrillo,

y para verle el colmillo

FLORES le estiró la jeta?,

y que es mancarrón sotreta...

ha visto, porque mosquiando

fue a dar a la Colonia, pero chanciando.

 

¿Qué dice, amigo don Pancho,

de ese montón de laureles?

Siga largando papeles,

y diga que ha sido gancho.

Con que, ¿cómo va de rancho?

pues a Núñez hasta el chifle

se lo quitó CALENGO, que es alarife.

 

Si acá el ministro PACHECO

quisiera que yo saliese,

y por contrata les diese

carne gorda y charque fresco,

lo haría, porque apetezco

servir a los apuraos;

y a ustedes los contemplo, muy atrasaos:

 

Con todo eso que ha marchao

últimamente a campaña

Alderete, a darse maña

para acarriarles ganao;

pero sale tan delgao,

que si vuelve con salú

ha de ser gambetiando, como ñandú

 

¿Y Urquiza no llegará

con Juan Bolas y Badana?,

¿o se les quitó la gana

de bailar en la ciudá?

¡Mire qué temeridá

no aprovechar la ocasión!

Tin tin de la Aguada, tin tin del Cordón.

 

¿Y Violón, no se ha templao?,

¿y el general Cinturita,

no le manda a Manuelita

expresiones de Estibao?

Vamos, que se le ha arrugao

el cuajo con la noticia,

o ha visto que la cosa lleva malicia.

 

Y Ángel Chifle que la embarra

a lo mejor, ¡voto-alante!,

puede ser que ahora les cante,

que otra cosa es con guitarra;

miren, si FLORES lo agarra

al salvaje federal,

¡ahí se pone las botas con el queneral!

 

Que a la Colonia llegó

casi en pelos, y a dos laos,

sólo con cuatro soldaos

de ochocientos que llevó.

¿Y las vacas que juntó?,

¿y las yeguas, y los potros?,

ya los amansaremos... entre nosotros.

 

 

 

Disputa y arrehlo que ocurrió en el sitio de Montevideo entre un ayudante y un sargento, ambos del ejército de Oribe; con motivo de la escasa ración de carne de carnero que se le daba al sargento para racionar a su compañía

 

SARGENTO: ¡Mi ayudante: a la verdad,

es muy chica esta ración!

 

 

AYUDANTE: ¡Rezongón!,

cállese y agarrelá.

Pues qué ¿no ve cómo andamos,

que de flacos nos cortamos

jefes y oficialería?,

¿y que hay día

de que al palo lo pasamos?

 

 

SARGENTO: Ya lo veo:

pero al mesmo tiempo creo,

que toda mi compañía

no puede comer un día

de medio carnero aspudo,

y de yapa catingudo

y flacón,

que eso ya da compasión;

porque nos causa fatiga

y blandura en la barriga:

de no, vea mis soldaos

apuraos,

y siempre con seguidillas,

y las caras amarillas

de hambre y de necesidá:

porque cuando se les da

cada dos días ración,

ya les causa almiración;

y después,

la carne es tan de-una-vez,

azul de flaca y cansada,

que está la gente apestada:

de manera,

que siempre andan de carrera,

porque ni tiempo les da

a sacarse el chiripá.

 

 

AYUDANTE: Mentira: no sea puerco.

 

 

SARGENTO: ¿El qué?

Mire: vaya, asomesé

a la zanja de aquel cerco,

verá si hay una porción

que parece un batallón,

y en los apuros que está:

pues me río del Larruá,

sí, señor,

esta carne es mucho pior.

 

Luego después, sin pitar,

aguantar

diez días como sabemos,

no sé cómo poderemos

resistir;

porque, vamos al decir:

si hubiese facilidad

de colarse en la Ciudá...

NORABUENA;

ya sería menos pena

y nos daría corage;

¡pero, si hay tanto salvaje,

y tanto cañón morrudo!,

que con sólo un estornudo

de cada uno

no queda vivo ninguno

de nosotros; ni Alderete

creo que salve el rosquete:

pues discurro

que no se escape ni el burro.

 

De balde dice Espadín

que se ha de colar al fin:

pero, ¡qué!,

¿o tiene esperanza usté,

mi ayudante?

 

 

AYUDANTE: ¿Que si yo tengo esperanza?

Mire: le diré en confianza;

que nos lleven por delante,

y que nos saquen el cuero

sólo espero:

y créamelo, sargento,

que le digo lo que siento.

Por supuesto,

sé que usté es hombre discreto

y que también es mi amigo;

ya sabe por qué lo digo.

Pero, mire:

aunque Alderete se estire

como tripa al arrancarla

de la panza y desebarla,

ha de ver,

que fiero se ha de encoger

el día que la pueblada

nos pegue una atropellada,

o Rivera

nos haga un dentro cualquiera;

pero yo, para ese trance,

cierto lance

les voy a jugar aquí.

Si usté quiere unirse a mí,

y a otros varios, creamé,

le irá bien, acuerdesé,

ya lo digo.

 

 

SARGENTOÑ: Sí, señor; cuente conmigo,

lo mesmo que con mi gente,

que andan apuradamente

y endeveritas rabiosos

de ganosos

por hacer una embarrada...

 

 

AYUDANTE: Bueno, escuche la jugada,

y desde ahora piense ya

el fruto que nos dará.

 

El día que nos apuren,

antes que nos asiguren,

nosotros asiguramos

y amarramos

a Bárcena y a Violón:

porque, en la tribulación

que esos diablos se han de ver,

todo se les puede hacer.

¿No se le hace?

 

 

SARGENTO: ¡Pues no!, señor, al istante,

diga no más, mi ayudante,

si quiere que yo lo enlace;

y desde ahora le prometo

que a Violón se lo sujeto

ese día,

si corre de cuenta mía

hacer de él lo que yo quiera;

que es llevarlo a la trinchera

para que al general PAZ

le vea el gesto no más:

que luego éste lo destina

a la Legión argentina.

¡Ya usté ve

las botas que me pondré!,

ni a qué quiero más caudal

que entregar a ese animal.

 

 

AYUDANTE: Pues, corriente:

aliste no más su gente,

y dispondrá de Violón

con toda satisfación,

que al tuertito

Bárcena lo necesito,

para venderlo muy bien

y hacerme rico también,

porque don Frutos Rivera,

como quiera,

me da diez mil patacones

por sacarle los calzones

y pelarle la picana,

que es de lo que tiene gana;

y después ensebadito

se lo remite fresquito

al conde de Poblaciones,

restaurador federal,

y capitán general

de mashorqueros ladrones.

 

 

 

Disculpa dirigida a un caballero inglés a quien le transmitió una falsa noticia que otro negociante inglés le dio de sorpresa y maliciosamente como positiva a Paulino Lucero, habiéndolo encontrado en la retreta del Viernes Santo en Montevideo, precisamente en la noche en que, con bastante atraso, llegó de Europa el paquete inglés, por el cual en aquellos días se esperaban noticias importantísimas para la causa de la libertad

 

SEÑOR PATRÓN D. J. B.

 

Montevideo 6.- Febrero de 1848.

Perdone la bola güera

que el Viernes Santo, patrón,

por pegarle un alegrón

le llevé a toda carrera;

si usté se la tragó entera,

así me la tragué yo,

desde que me la sopló

el hijo de la gran pu...

cara de ñacurutú

que en la plaza me topó.

 

¿Cómo pude afigurarme

de que ese sanabicha,

con su nariz de salchicha,

allí se fuera a olfatiarme

tan sólo para boliarme?

¡Si será el diablo ese ñato!

En fin, se habrá reído un rato

a mi costa, deje estar;

yo también le he de mostrar

que tengo sangre de pato.

 

De balde me dicen que es

bruto que suele, de una hebra,

a un botellón de giniebra

dormírsele alguna vez;

y que se goza después

que ha tomado su chubasco

de una cuarta o medio frasco,

en largarse con el pedo

a soltar bolas sin miedo

de que le peguen un chasco.

 

Así me las ha prendido,

porque sé que en los paquetes

y allá entre los Bifisquetes

el ñato es introducido;

y, como es tan decidido

y salvaje, me amoló:

de suerte que consiguió

(por supuesto, con malicia)

embocarme la noticia...

¡ahijuna!, y me traginó.

 

Pero si otra vez intenta

divertirse a mis costillas,

y tiene el ñato cosquillas,

no le ha de salir la cuenta:

veremos, pues, si escarmienta

y aguanta esta cuchufleta,

que sólo es una indireta,

mientras no me da ocasión

de soltarle un nubarrón

más grande que la gaceta.

 

Con que, patrón, siendo así

el chasco dispensará,

si no salió la verdad

el notición que le di

conforme lo recebí

del bruto que me lo dio:

a quien ya le he dicho yo

que no aguanto bolas de ufa.

¡Vaya el ñato a que lo sufra

la p... unta de San Fernando!

 

P. D.

Por si no acierta, patrón,

a saber quién es el ñato,

velay, le haré su retrato:

fíjese en la filiación.

 

Es colorao, vivaracho,

ni muy alto ni petizo;

chato de anca, lomo liso

y máscara de capacho;

de narices, sólo un cacho

desde potrillo ha llevao,

muy fieramente pegao

desde la frente al bigote;

que a no ser por tal pegote

sería un ñato agraciao.

Su servidor y pión,

P. LUCERO.

 

 

 

Remitido al Conservador, periódico que se publicó en Montevideo en tiempo del sitio grande

 

Amigo y patroncito del Consilgador,

 

Como apareao al invierno

ha caído por esta tierra

un Loro de Ingalaterra,

¡mozo lindo para yerno!

 

Hombre Loro tratador

que en el Río de la Plata

trató con Loro Batata,

y el Loro Restaurador.

 

Y como tengo mis dudas

de cómo se llama el hombre,

pues no estoy cierto si el nombre

es don Juden o don Judas...

 

El que comió mazamorra

allá en los Santos Lugares,

y tantió los costillares

de Manuela la cotorra...

 

Bailando la refalosa

y el cielito federal,

porque es Loro liberal,

y no Loro cualquier... cosa.

 

Aunque al gaucho Juan Manuel

fieramente le aflojó,

y al decirle el gaucho: ¡No!,

le respondió el Loro: ¡Well!

 

Pues a ese Loro, patrón,

que acá trata de voliarnos

y a la mashorca entregarnos,

porque él le tiene afición:

 

Yo que soy de la banda

de los Loros cimarrones,

le diré cuatro razones

en una carta ensilgada...

 

Si usté, patrón imprentario,

a quien ésta le dirijo,

me asigura el nombre fijo

de Loro Cipotenciario...

 

 

 

Hoja de servicios del Brigadier general don Juan Manuel Rosas, gobernador del Continente Americano que el gaucho Santos Contreras le retruca en una carta

 

Anuncio de Santos Contreras al señor relator del Comercio del Plata.

 

Señor patrón, allá va

esa carta ¡de mi flor!,

con la que al Restaurador

le retruco desde acá.

Si usté la lé, encontrará,

a lo último del papel,

cosas de que nuestro aquel

allá también se reirá:

porque, a decir la verdá,

es gaucho don Juan Manuel.

 

CONTRERAS.

 

Excelentísimo señor Restaurador de las Leyes y Gobernador del Continente Americano

 

Montevideo, a 30 del mes de Rosas de 1849.

 

También de acá, vuecelencia,

pido como el porteñaje,

aunque soy gaucho salvaje

(con su perdón y licencia),

que sea su permanencia

infinita en el Gobierno;

porque será caso tierno

que vuelvan los unitarios

y que a sus peticionarios

los aventen al infierno.

 

¡Ah, gente linda!, jamás

tuvo tanta efervecencia:

¡barajo!, ¡qué diferencia

a la del tiempo de atrás!,

ya no puede ofrecer más

la pueblada que anda al trote

ofreciéndole el cogote,

y la fortuna y la fama:

velay, eso sí se llama

antusiasmo y no CEROTE.

 

Yo apenas, señor, le ofrezco

una pistola reyuna,

porque de fama y fortuna

completamente carezco.

Pero siempre que amanezco

con pescuezo, en realidá,

bendigo la libertá

que debo a la providencia,

ausente de vuecelencia

que es tan feliz por allá.

 

De eso me alegro, y no importa

que yo esté en Montevideo

atrasao como me veo,

y de yapa a soga corta:

esto un gaucho lo soporta

por más que haiga sido inquieto;

así, yo aguanto sujeto,

y aunque me voy aguachando

también me estoy preparando

para buen FEDERAL NETO.

 

Si tal me vuelvo, señor,

por allá me le apiaré,

y espero que lo hallaré

siempre de gobernador:

hágame pues el favor

hasta entonces de aguantarse,

no vaya a precitriparse,

déjese andar sosegao,

que bastante le ha costao

el poder acreditarse.

 

¡Vea el peligro fatal

que vuecelencia corrió

la vez que se le chingó

una máquina infernal!,

¡y esa campaña triunfal

que ha olvidado el almanaque,

la cual sin un triquitraque

vuecelencia terminó,

cuando al desierto marchó

y nos trujo el estoraque!

 

Después... la hazaña atrevida

que hizo en los Santos Lugares,

que en sus glorias militares

es la más esclarecida:

pues con sólo una partida

y en mulas con aparejos

mandó traer desde allá lejos,

vivos para desollarlos

a sangre fría y matarlos,

a unos cuatro curas viejos.

 

Agregue en ancas, patrón,

la sensible y dolorosa

muerte de su cara esposa

y adorada Encarnación:

angustia que con razón

lo dejó de una sentada

con el alma atravesada,

deliriando de pesar,

hasta que mandó matar

a una mocita preñada.

 

Además, la decadencia

de su salú y los perjuicios

que tantísimos servicios

le han causado a vuecelencia,

por los que en Dios y en concencia

se le debe suplicar,

que no deje de mandar

aspótico y disoluto,

hasta que dé todo el fruto

y leche que puede dar.

 

Toda vez que no se acorte

ni se achique en el mandar,

pues merece gobernar

la patria de sur a norte,

debiendo hacerle la corte

los gobiernos interiores;

y si los gobernadores

quieren medio culanchar,

del cuerpo hágales sacar

maneas y maneadores:

 

Lo que podrá conseguir

fácilmente sin fatiga;

de ahí tendido de barriga

coja y échese a dormir,

que ya basta de servir

del año diez al presente,

y de estar costantemente

con fina benevolencia

salvando la independencia

y el honor del Continente.

 

Eso sí, a la extranjerada

que firma en la petición,

debe premiarla, patrón,

siquiera con una inflada:

y ordenando la soplada

¿sabe vuecelencia a quién

a fuelle, y vela también,

le hará soplar la viruta?,

a ese hijo de la Gran... Bretaña

titulado don SARTÉN.

 

Y a quienes le hablen de asuntos

o reclamos al gobierno,

despáchelos al infierno

o a cenar con los difuntos;

o que acudan todos juntos

a la niña Manuelita,

pues ya estará la mocita

vaqueanaza en el despacho,

y será un ministro ¡a macho!,

como para su tatita.

 

Sólo de la Intervención

encárguese en el asunto,

y no le recule un punto

en ninguna pretensión;

duro y parejo, patrón,

dele guasca, retrucando,

y si le siguen mandando

condes, loros y marqueses,

a gauchadas y dobleces

váyaselos traginando...

 

Como hizo en aquel invierno

cuando cayó a nuestra tierra,

creyendo cortar la guerra,

Lor Jauden del quinto infierno:

que cuando estuvo más tierno

para arreglar la pendencia,

ahí mesmito vuecelencia

medio lo deschabetó;

y alzó moño, que, si no,

lo sopla en la Residencia.

 

¡Ah, loro manso y rosín!,

me acuerdo que se dio maña

a bailar la media caña

y ya se olvidó del rin,

tan de una vez, que al violín

le hacía asco en un fandango:

pero, al sentir un changango,

en cualesquiera cocina

se le afirmaba a una china

y no era muy maturrango.

 

Yo no sé quién me hizo el cuento

que ya se ha restablecido;

pero ¡cuándo!... si he sabido

que estuvo en un parlamento,

donde soltó un argumento

alabando a vuecelencia;

lo que prueba a la evidencia

que si no es zonzo es un pillo,

o que el último tornillo

se le ha aflojado en la ausencia.

 

Pero, ¡por Cristo!, todo esto

¿qué importa en mi pretensión?,

¡voto al diablo que al botón

me iba saliendo del tiesto!

Así, otra vez me recuesto

volviéndole a suplicar,

que no se vaya a enojar

con la gente que hoy alega

y de rodillas le ruega

que no se piense largar.

 

Aunque yo estoy presumiendo,

que vuecelencia se empaca,

y a la junta me le atraca

su negativa, diciendo:

«De que lo están ofendiendo

con tantos ruegos en vano,

y que es un paso villano

el que ha dado el pueblo todo,

suplicándole de un modo

tan antirrepublicano».

 

Pero, si los hombres andan,

calientes, le untan la mano

al obispo de Medrano

y de empeño se lo mandan,

siguros de que le ablandan

vuecelencia el corazón;

largándole en procesión

a ese obispo que anda a gatas

con flaires, curas y beatas,

y con igual petición.

 

Yo no creo que se enoje

en ese caso, señor,

aunque a lo Restaurador

hará lo que se le antoje:

pero en caso de que afloje

a ese clamor general,

voluntario, liberal,

de todo el pueblo argentino,

ábrale cancha a un destino

¡ALTAMENTE FEDERAL!

 

Entonces no desespero

que almitir a vuecelencia

volviéndole su clemencia

al pobre campanillero,

que como buen artillero

se aguanta al pie del cañón:

de balde en la estimación

de vuecelencia ha fallao,

así mismo maltratao

no le larga el esquilón.

 

Luego en pago del afán,

con que tan fiel le ha servido,

merece ser ascendido

lo menos a sacristán;

que, si lo hiciera guardián

de allá de la Recoleta,

sería una obra completa,

dina del Restaurador,

concederle ese favor,

ya que está viejo y maceta.

 

Yo pienso hacer la zonzera

de aguantarme por acá,

mientras vuecelencia va

llenando allá su manguera;

entre la cual bien pudiera

alzarse la salvajada

ahora que está entreverada:

y esos brutos y baguales

de sus buenos federales

sufrir una disparada.

 

Por último, esta ocurrencia,

velay, señor, me ha venido:

por su madre se lo pido

y suplico a vuecelencia,

que me haga la complacencia,

cuando el caso se lo exija,

y haiga de soltar manija

por cualesquier desacierto,

o porque ¡se caiga muerto!,

de largarle el mando a su hija...

 

Que así la niña podrá,

si el cargo le desagrada,

soltárselo de humorada

a don Eusebio, o Biguá,

a quien Batata inflará;

y cuando esté barrigón,

lo hará empuñar el bastón

y que salga a gobernar,

y al mismo tiempo a solfear

A LOS DE LA PETICIÓN.

 

Hasta la

vista, patrón.

El

Gaucho,

SANTOS

CONTRERAS.

 

 

 

La despedida al comeloro don Herbete

 

A fin largando manija,

sin esperar que oscurezca,

se va el Viejo CARNE FRESCA

y el chasquero don Balija:

ojalá a tal sabandija

luego la avente un arriero

rempujador del pampero,

y en lo más hondo del charco,

a los DOS SOLOS el barco

se les ponga de sombrero.

 

Cosa que de la sumida

como zamaragullones

a salir a Patagones

vayan de una zambullida:

y que al hacer su salida

por la costa, entre dos luces,

los vean los guaicuruces

a pie y con la panza hinchada,

y me los corra la indiada

creyéndolos avestruces:

 

Y los lleve pisotiando

por el monte y por la sierra,

desde allí hasta Ingalaterra,

donde lleguen trompezando:

y así que vayan llegando

a sus pagos, la inglesada

caliente y alborotada,

y en la punta PALMETÓN,

se les vengan en montón

y les larguen la perrada.

 

Después de este zamarreo,

que no pasará de chanza,

pueden con toda confianza

volver a Montevideo

donde yo espero y deseo

que vuelvan otra ocasión

don Balija y su patrón,

y los aguardo, al primero

con un reyuno aguatero,

y al otro... un zaino rabón.

 

Remitido que salió a consecuencia de la publicación anterior

 

Señor auditor del COMERCIO DEL PLATA

 

También las gauchas sabemos

escrebir como cualquiera,

y de la mesma manera

de hacer coplas entendemos:

siendo así, le alvertiremos

a Contreras, que se engaña

si ha creído que en la campaña

la china más inorante

recibe por consonante

tras de viruta... Bretaña.

 

Ni aguanto que nos atraque

la otra trova que nos sopla,

queriendo hacer cair en copla

primavera y estoraque;

y aun cuando Santos le achaquel

las culpas al imprentero,

digo que es verso muy fiero,

por lo que me hallo caliente:

y ansí se lo hago presente

por su conduto al coplero.

 

Su paisana, la Isidora.

 

 

El Zorrocloco

 

Montevideo. Agosto 28 de 1850.

 

Ayer tuve mis trompiezos

con un maldito rosín

mansito, pero muy ruin,

y más blanco que los güesos.

 

¡No sirve!, porque es arisco,

zorro viejo de-una-vez:

¡qué diablo!, ¿saben quién es?,

es un zarco o medio vizco.

 

Bajito de aujas, lunanco,

y de muy mal ensillar,

que se puede desgrasar

muy bien su levita blanco.

 

Frentoncito, cara angosta:

usa un sombrero enflautao,

y al caminar es doblao

como pierna de langosta.

 

Anda con una devisa

finita, y como viruta

de arrugada, y sin disputa

más sucia que su camisa.

 

Que acostumbra dir a misa,

y haciéndose el santulón,

no se le escapa pichón

con aquel ojo de liza.

 

Porque se pone muy tieso

al lao de la agua bendita,

y a mocita por mocita

les brinda y duebla el pescuezo.

 

Pero en llegando a las viejas

figura que está rezando;

pues se agacha rezongando

y entre-frunciendo las cejas.

 

De allí sale a su tragín,

que lo tiene por la Duana,

aonde suele de mañana

dir a ler un boletín...

 

Diciendo que se lo halló

allí cerquita, al dar güelta,

y es de los que Pancho suelta,

si no es que se lo mandó.

 

Pues ayer, medio trabao

al camino me salió,

que ni sé cómo me vio

con aquel ojo ñublao.

 

Por supuesto, se me vino

a platicarme derecho

después de templar el pecho

en la mitá del camino.

 

Y a mí, cuando me cocea

este rosín, ni me engaña...

si le conozco la maña

y del vaso que renguea.

 

Pues, señor, me pilló a pie;

ansí es que sin embarazo,

luego que me dio un abrazo,

me dijo: «¿Cómo está usté?

 

¡Cuánto me alegro de verlo

tan gordo y tan colorao!

¡Qué!, ¡si está desfigurao,

y no es fácil conocerlo!».

 

Con que, yo le contesté:

«Estoy güeno a su mandao;

gracias a Dios, he sanao

de un balazo que llevé».

 

«¡Pobre mi amigo Jacinto!

(me dijo), nada he sabido:

y el no verlo he atribuido

a otro motivo distinto».

 

«¿Pobre yo? (le respondí),

no, amigo, usté se equivoca;

a cada hombre al fin le toca,

y ahora me ha tocao a mí».

 

Entonces encogió el hombro

el tuerto señó... ¡C... anejo!...

que le sacan el pellejo

si por descuido lo nombro.

 

Y me dijo: «¡pues, cuidao!,

o para mejor decir,

ándese usté a ver venir,

ya que por suerte ha escapao».

 

Al tiro le contesté:

«cuando vienen, bien los veo,

y también me los arreo

por delante: creamé...

 

Que a rosín que agarro a tiro,

bien pudiera ser a usté,

con franqueza digolé,

le haría dar un suspiro».

 

«Sí se lo creo, ¡pues no!»,

(dijo el liendre, medio fulo)

y luego ansí al disimulo,

oigan cómo se me apió...

 

«¡Ay, amigo!... con verdad,

hablando acá entre nosotros,

matarnos unos con otros

¡es una infelicidá!

 

Y agregue usté a los reveses

de nuestra triste fortuna,

que ahora sin razón ninguna

se nos mezclan los ingleses...

 

Que es motivo principal

para que esto no se acabe,

pues todo paisano sabe

de que a la Banda oriental...

 

Todita la extranjerada

le tiene mucha afición,

y ahora encuentra la ocasión

de colarse la inglesada...

Que se desembarcará

a intervenir en la guerra:

y por fin, de nuestra tierra,

¡quién sabe lo que será!

 

Así es que yo más quisiera,

antes que con los ingleses,

arreglarme una y mil veces

con esa gente de ajuera.

 

Y someterme también

a ellos con gusto, y primero

de que a ningún extranjero:

¿diga usté, no digo bien?».

 

«Pues no ha de decir ¡friolera!,

muy clarito se ha explicao:

y lo que más me ha gustao

ha sido el con los de ajuera.

 

Pero sería mejor

que usté no se haga el mulita,

y el diablo luego permita

que le cueste un sinsabor...

 

Criticar a los ingleses

parque no son mashorqueros,

ni los otros extranjeros,

y menos a los franceses.

 

¿O ahora recién cosquillea

viendo que la extranjerada

se opone unida y armada

a que le saquen manea?

 

¿Pues, usté antes festejaba,

entusiasmao de una vez,

a cierto ministro inglés

que a Rosas lo palanquiaba?

 

Cuando a Rosas el gobierno

de allá de la Ingalaterra

le ofreció para la guerra

plata y barcos como infierno...

 

¿Cómo entonces no decía:

qué será de nuestra tierra,

ni que era injusta la guerra

en que el inglés se metía?

Finalmente, amigo Ce...

bastante hemos conversao:

¿en qué cuerpo está enrolao?,

haga favor, digamé».

 

«¿En dónde estoy enrolao,

dice? En la... ¿cómo se llama,

un cuerpo que tiene fama,

de... la... la?... Se me ha olvidao».

 

«¿En la Mashorca, será?,

ahí mesmo, sí, debe ser:

¿y su papeleta?, a ver,

amuéstreme, saquelá».

 

«Hombre: no la traigo aquí

casualmente (respondió);

pero usté sabe que yo

soy su amigo; ¿no es así?».

 

«Bien; si no la trai consigo,

iremos hasta la Aguada;

¡que no le ha de pasar nada!,

pues yo también soy su amigo.

 

Pero tengo orden direta

que me dio mi coronel,

de llevarle a todo aquel

que pille sin papeleta».

 

Al decirle estas razones,

el rosín se atribuló,

y ahí no más ya le chorrió

algo por los zapatones.

 

«¿Qué es eso?, le pregunté:

¡cómo!, ¡qué!, ¿se está orinando?,

no se asuste, si es chanciando:

¡voto al diablo!... larguesé».

 

Y ya salió muy ufano

mirando de rabo de ojo,

y luego como de antojo

un granadero italiano

llegó a pedirle la mano,

que el rosín se la soltó;

cuando en esto reparó

que pasaba don PURVIS,

y el vizco como perdiz

¡hasta el suelo se agachó.

 

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