Libro N°. 3094. Pavana. Roberts, Keith.
© Libro N°. 3094. Pavana. Roberts, Keith. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Pavane1968 Keith Roberts
Versión Original: © Pavana. Keith Roberts
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PAVANA
Keith Roberts
Esta
eterna noche, esta eterna noche,
esta
eterna noche y todo lo demás,
fuego
y tránsito y luz de velas,
y
Cristo recibiendo tu lamento...
La
endecha del velatorio
Prólogo
En
una cálida noche de julio del año 1588, en el palacio real de Greenwich, en
Londres, una mujer yacía postrada en su lecho de muerte a causa de unas balas
asesinas alojadas en su pecho y abdomen. Tenía el rostro arrugado, los dientes
oscuros, y la muerte no le otorgaba ningún tipo de dignidad; pero su último
aliento inició un eco que conmovió a todo un hemisferio. Porque la Reina
Virgen, Isabel I, soberana suprema de Inglaterra, se había ido...
La
furia de los ingleses no conoció límites. Una palabra, un suspiro, eran
suficientes; un muchacho medio tonto, arrasado por la chusma, pedía la
bendición del Papa... Los católicos ingleses, desangrados por las multas,
llorando aún a la reina de los escoceses y recordando el sangriento
Levantamiento del Norte, tuvieron que enfrentarse a nuevas persecuciones. Sin
desearlo, en defensa propia, alzaron sus armas contra los campesinos, mientras
la llama prendida por las masacres de Walsingham se extendía por todo el
territorio, confundiéndose la luz de las balizas con la lúgubre luminosidad de
los autos de fe.
Las
noticias se extendieron: a París, a Roma, a la extraña fortaleza de El
Escorial, donde Felipe II meditaba aún su campaña contra Inglaterra. La noticia
de un país desgarrado por una guerra intestina llegó a las grandes naves de la
Armada que franqueaban el Lagarto para unirse con el ejército invasor de Parma
en la costa flamenca. Por un día, mientras Medina-Sidonia paseaba por la
cubierta del San Martín, el destino de medio mundo pendió de un hilo. Fue
entonces cuando tomó su decisión; y uno a uno los galeones y las carracas, las
galeras y las pesadas urcas, giraron en dirección norte, hacia Hastings y el
antiguo campo de batalla de Santlache, donde la historia había sido escrita
hacía ya varios siglos. La confusión que sobrevino vio a Felipe cómodamente
instalado como soberano en Inglaterra; en Francia, los seguidores de Guise,
alentados por las victorias al otro lado del Canal, destituyeron finalmente a
la ya débil Casa de Valois. La Guerra de los Tres Enriques finalizó con la
Santa Liga como triunfadora, y la Iglesia fue devuelta, una vez más, a su
antiguo poder.
A
cada vencedor su trofeo. Con la autoridad de la Iglesia Católica ya asegurada,
la nueva nación de Gran Bretaña desplegó sus fuerzas al servicio de los Papas,
extirpando a los protestantes de Holanda y destruyendo el poder de las
ciudades-estado alemanas en las interminables Guerras Luteranas. Los nuevos
colonos del continente norteamericano quedaron bajo la soberanía de España, y
Cook enarboló en Australasia la bandera azul cobalto del Trono de Pedro.
En
Inglaterra, de por sí mitad antigua y mitad moderna, dividida como en tiempos
primitivos por barreras idiomáticas, de clase social y de raza, se alzaban,
imponentes todavía, los castillos medievales; milla tras milla de bosques
vírgenes que cobijaban criaturas de otros tiempos. Para algunos, los años que
pasaron fueron años de satisfacción, del resurgir definitivo de la Obra de
Dios; para otros, en cambio, fueron una nueva vuelta al oscurantismo,
obsesionados por cosas algunas muertas, otras quizás olvidadas: osos y gatos
monteses, lobos monstruosos y hadas y duendes.
Por
encima de todas las cosas, el largo brazo de los Papas se extendía para
castigar y recompensar: la Iglesia Militante ejercía su supremacía. Pero a
mediados del siglo XX los murmullos de descontento fueron haciéndose eco entre
la población. Una vez más, la rebelión estaba en el aire...
Primer
Compás
LA
LADY MARGARET
Durnovaria,
Inglaterra, 1968.
Llegó
la mañana señalada, y enterraron a Eli Strange. El ataúd, con los adornos lilas
y negros dejados a un lado, fue bajado a la fosa; las blancas cuerdas se
deslizaron por entre las manos de los portadores in nomine Patris, et Filii, et
Spiritus Sancti... La tierra cobijó de nuevo lo que le pertenecía. Y a muchas
millas de distancia, la Margaret de hierro lloró, fría y rodeada por el vapor
provocado por su propio llanto, lanzando su gran voz de océano a través de las
colinas.
A
las tres de la tarde, los hangares de las máquinas ya estaban oscuros con la
tenue penumbra de la noche que se avecinaba. La luz, azul e imprecisa, se
filtraba por entre las largas tiras de las claraboyas, mostrando los tirantes
rígidos y fríos del techo como angulares huesos metálicos. Debajo, las
locomotoras esperaban, pesadas y tranquilas masas de más de dos veces la altura
de un hombre, con sus toldos rozando las vigas del techo. Los haces de luz
aparecían en forma de destellos apagados, aquí en la junta de una caldera, allí
en el saliente en forma de estrella de un volante. Las enormes ruedas motrices
quedaban sumergidas en charcos de sombra.
Por
entre la penumbra apareció caminando un hombre. Avanzaba con gesto firme,
silbando entre dientes y arrastrando el claveteado de sus botas sobre el
desgastado suelo de ladrillo. Vestía unos tejanos y la pesada chaqueta de paño
típica de los transportistas, con el cuello de la chaqueta subido para
protegerse del frío. Llevaba un gorro de lana encasquetado en la cabeza,
originalmente de color rojo, pero que ahora se veía manchado de aceite y
suciedad. El cabello que sobresalía por debajo del gorro era de un negro denso;
una lámpara que se mecía en su mano lanzaba atisbos de luz que saltaban por
entre el marrón ceniciento de las máquinas.
Se
detuvo al lado de la última locomotora de la fila y colgó la lámpara en la
trompeta de la bocina. Permaneció un momento contemplando las impresionantes
formas de las máquinas, frotándose inconscientemente las manos, mientras
captaba el perenne y repulsivo hedor del humo y del aceite. Luego se subió a la
plataforma de la máquina y abrió las puertas de la boca de carga del hogar. Se
agachó, trabajando con meticulosidad, y con el rastrillo raspó el emparrillado;
su aliento brotaba como humo y se alzaba ligero sobre su hombro. Preparó
cuidadosamente el fuego, distribuyendo papel, añadiéndole un entramado de
bastoncillos y ramas y echando paladas de carbón del ténder con movimientos
rítmicos de sus brazos. Al principio no debía haber demasiado fuego, no al menos
debajo de una caldera fría. Un calor repentino significaba una expansión
repentina, y eso podía dar como resultado una fisura, escapes en los tubos del
recalentador y un sinfín de problemas. Con toda su fuerza y potencia, las
locomotoras tenían que ser mimadas como niños, halagadas y persuadidas de hacer
su trabajo lo mejor posible.
El
transportista dejó la pala a un lado y se acercó a la boca del hogar para echar
un poco de parafina que tenía en una lata. Empapó un trapo, prendió una
cerilla... La cerilla llameó intensamente, chisporroteando. El aceite prendió
con un ahogado aullido. Entonces cerró las puertas y abrió las llaves
reguladoras del tiro de aire para crear una corriente. Se levantó, limpiándose
las manos con un trapo de algodón, saltó de la plataforma del maquinista y
empezó a frotar de forma mecánica el lado de la máquina. Sobre su cabeza, unas
largas placas ostentaban el nombre de la firma propietaria escrito en letras
sobrecargadamente adornadas: Strange e Hijos, de Dorset, Transportistas. Más
abajo, al lado de la gran caldera, estaba el nombre de la locomotora: Lady Margaret.
La mano que sujetaba el trapo se volvió más lenta a medida que se acercaba a la
placa de metal; la limpió lentamente, con cariño.
La
Margaret silbó con suavidad mientras un resplandor anaranjado empezaba a surgir
por los orificios de la boca de carga. El encargado de zona había llenado la
caldera, así como los depósitos y el ténder, aquella misma tarde; el tren de la
Lady Margaret aguardaba enganchado al lado de la zona de carga del almacén. El
transportista añadió más combustible al fuego, al tiempo que observaba como se
elevaba la presión hacia el punto que señalaba que ya estaba lista para
funcionar. Luego retiró los pesados topes de roble de las ruedas y los colocó
debajo de la caldera, al lado de los indicadores de grueso cristal que
señalaban el nivel del agua. El gran cilindro de la caldera se estaba
calentando ya, y desprendía un suave calor que llegaba hasta la cabina.
El
conductor lanzó una pensativa mirada al cielo. Era mediados de diciembre, y
parecía como si Dios estuviera escatimando la luz del sol para que los días
transcurrieran como en un suspiro. Se preveían fuertes heladas para más
adelante. De hecho, hacía ya un frío espantoso; los charcos de agua habían
crujido y cedido bajo sus botas, ya que la capa de hielo que se había formado
la noche anterior no se había fundido. Mala época para los transportistas;
muchos de ellos habían cerrado ya sus puertas. Era el tiempo ideal para que los
lobos salieran de sus madrigueras, al menos los que aún quedaban en ellas. Y
los routiers..., ésta sí era su estación, ideal para las incursiones rápidas y
los ataques, ricos botines en los últimos trenes de carretera del invierno. El
hombre se encogió de hombros bajo el abrigo. Ésta sería su último viaje a la
costa, al menos durante un mes, a no ser que aquella cabra loca de Serjeantson
intentara un rápido ida y vuelta con su gloriosa Fowler de triple compresión.
En ese caso, La Margaret saldría de nuevo, porque Strange e Hijos eran quienes
hacían siempre la última salida a la Costa. Como siempre había sido y como
siempre sería...
Presión,
ciento cincuenta libras por pulgada. El conductor colgó la lámpara en el
saliente de la chimenea, subió de nuevo a la plataforma, comprobó que la marcha
estuviera en punto muerto, abrió las espitas de los cilindros y, poco a poco,
fue moviendo el regulador. La Lady Margaret despertó: los pistones golpearon
fuertemente mientras se deslizaban dentro de sus guías. Los gases salieron
despedidos contra el bajo techo, retumbando como truenos. El vapor se
arremolinó hacia atrás y el humo, denso y lleno de cenizas, se pegó a la
garganta. El conductor simuló una sonrisa, gris y malhumorada. La ceremonia de
encendido formaba ya parte de él, quemaba su mente. Comprobar marchas, espitas
de cilindros, regulador... Sólo había fallado una vez: años atrás, cuando aún
era un muchacho, había encendido una Roby de cuatro caballos con las espitas
cerradas, y había dejado que el agua condensada delante del pistón desfondara
el cilindro. Su corazón saltó en mil pedazos al oír la rotura del hierro; pero
aún así el viejo Eli no dudó ni un instante en tomar su cinturón claveteado y
golpearle con él hasta que creyó que iba a morir.
Cerró
las llaves, movió el cambio desde marcha atrás a directa total, y abrió el
regulador de nuevo. El viejo Dickon, el encargado de zona, se había
materializado entre las tinieblas del cobertizo; apoyó su espalda contra las
pesadas puertas mientras La Margaret, lanzando vapor a chorro, salía atronadora
al aire libre, situándose a la cabeza de su tren. Dickon, sin abrigo pese al
frío, colocó el enganche sobre la barra de tracción de la Lady Margaret y
ajustó los seguros en posición. Tres vagones de carga y el ténder del agua: por
una vez, el transporte era ligero. El encargado de zona se quedó de pie delante
de la Lady Margaret, con las manos en las caderas. Llevaba unos pantalones
oscuros y una camisa roñosa sobre cuyo cuello se rizaban los mechones de su
canoso pelo.
—Sería
mejor que me dejase ir con usted, maese Jesse...
Jesse
agitó sombrío la cabeza, con la mandíbula firmemente apretada. Ya habían pasado
anteriormente por aquello. Su padre nunca había permitido que hubiera
demasiados trabajadores: había hecho rendir duramente a sus pocos hombres por
el salario que les pagaba, y por Dios que les había extraído un buen beneficio.
Aunque en el ánimo de todos flotaba la pregunta de cuánto tiempo iba a durar
esa situación, dada la cada día más rígida e intransigente actitud del Gremio
de Mecánicos... Eli había permanecido en la carretera hasta pocos días antes de
su muerte; incluso Jesse había conducido para él no hacía ni una semana,
llevando a La Margaret por los pueblos de la colina encima de Bridport para
recoger la sarga y la lana peinada de los cardadores de la zona: parte de la
carga que ahora salía con destino a Poole. No existía el descanso para el viejo
Strange, y su muerte había significado una merma importante para la firma; no
había motivos para tomar nuevos conductores ahora que el fin de la temporada
estaba a pocos días vista.
Jesse
tomó a Dickon por el hombro.
—No
podemos pasarnos sin ti, Dick. Ve corriendo a ver si mi madre está bien. Esto
es lo que él hubiera querido. —Hizo una breve mueca—. Si todavía no soy capaz
de llevar La Margaret solo, ya va siendo tiempo de que aprenda.
Caminó
al lado del tren, tirando de las cuerdas que sujetaban las lonas. El ténder y
los números uno y dos estaban en perfecto estado, con todo bien sujeto. No era
necesario revisar la carga de cola; él mismo la había preparado el día
anterior, y se había pasado sus buenas horas en ello. Lo comprobó todo como
siempre, verificó que las luces de cola y la lámpara del número de matrícula
estuvieran encendidas antes de tomar el manifiesto de carga de manos de Dickon.
Subió de nuevo a la plataforma, y se enfundó los pesados guantes de conducir
con las palmas cubiertas de piel.
El
encargado le observaba impasible.
—Cuidado
con los routiers. Esos bastardos normandos...
—Deja
que sean ellos los que tomen cuidado —gruñó Jesse—. Yo me ocuparé del resto,
Dickon. Espérame mañana.
—Vaya
con Dios...
Jesse
aflojó el regulador hacia delante y alzó el brazo mientras la rechoncha figura
del otro hombre quedaba atrás. La Margaret, arrastrando su tren, resonó bajo el
arco del portalón de salida y por entre las conocidas calles de Durnovaria.
Jesse
tenía muchas cosas en las que ocupar su mente mientras conducía su carga por el
interior del pueblo. Por un momento, los routiers se convirtieron en el menor
de sus problemas. Ahora, con los recuerdos de aquel primer dolor intenso a
punto de alejarse, se estaba empezando a dar cuenta de cuánto iban a echar
todos de menos a Eli. La compañía era una carga demasiado pesada para que
cayera sobre los hombros de uno sin previo aviso, y podían sobrevenir tiempos
difíciles. Con la Iglesia apoyando abiertamente el clamor del Gremio en demanda
de menos horas y más dinero, parecía como si las compañías de transporte
tuvieran que volver a apretarse de nuevo los cinturones, aunque Dios era
testigo de que los márgenes de beneficio eran ya demasiado pequeños. Y había
rumores acerca de más restricciones sobre los trenes de carretera: un máximo de
seis vagones, por ahora, más un carruaje extra para el agua. Las razones dadas
habían sido la creciente congestión alrededor de las grandes poblaciones. Eso,
y el estado de las carreteras. Pero, se preguntó amargamente Jesse, ¿qué más
podía esperarse, cuando la mitad de los impuestos recogidos en el país eran
destinados a comprar barras de oro para sus iglesias? De todos modos, quizá eso
no fuera más que el inicio de un nuevo retroceso en el mundo del comercio, como
el protagonizado hacía un par de siglos por Gisevio. El recuerdo de aquello aún
permanecía vivo, al menos en el oeste. La economía de Inglaterra estaba por el
momento equilibrada, por primera vez en muchos años; la estabilidad significaba
bienestar económico y reservas de oro. Y ese oro, apilado en cualquier parte
que no fueran los casi legendarios cofres del Vaticano, significaba peligro...
Meses
atrás, Eli, maldiciendo los infiernos, había dejado clara su postura acerca de
los nuevos reglamentos. Había modificado doce vagones de carga para que
pudieran llevar cincuenta galones de agua en un tanque galvanizado detrás de la
barra de enganche. Los tanques casi no ocupaban espacio y dejaban el resto de
la superficie libre para la carga, y esto tenía que ser más que suficiente para
satisfacer la dignidad del sheriff. Jesse podía imaginarse al viejo diablo
desternillándose ante su victoria: la única pena era que no había vivido para
verla. Sus pensamientos no dejaban de dirigirse hacia su padre, con tanta
ineludibilidad como el ataúd había descendido bajo tierra. Recordó su última
visión de él, la grisácea y cerúlea nariz asomando por encima de los adornos
del féretro mientras los visitantes, entre ellos los conductores de Eli,
desfilaban por la sala de recepciones de la casa vieja. La muerte no había
suavizado los rasgos de Eli Strange; había asolado su rostro, pero había
respetado su fuerza, como el flanco de una colina asediada.
Era
curioso que, cuando uno conducía, pareciera tener más tiempo para pensar.
Incluso cuando conducía solo, teniendo que controlar el nivel de la caldera, la
cantidad de vapor, el fuego... Las manos de Jesse estaban acostumbradas a
captar las vibraciones del volante, a ir acumulando las tensiones repetidas que
se iban produciendo durante un viaje largo y que terminaban haciéndose
ostensibles en forma de un dolor punzante en hombros y espalda. Sólo que éste
no era un viaje largo: veinte o veintidós millas en dirección a Wool, pasando
por Great Heath, hasta Poole. Un viaje fácil para La Lady Margaret y también
una carga fácil: treinta toneladas a sus espaldas, y un camino llano durante la
mayor parte del trayecto. La locomotora sólo tenía dos marchas; Jesse había
empezado con la larga, y así pensaba continuar. La potencia nominal de La
Margaret era de diez caballos, pero eso era de acuerdo con el sistema antiguo,
según el cual un caballo de potencia se estimaba igual a diez pulgadas
circulares del área del pistón. En realidad, aquel motor Burrell daría setenta
u ochenta caballos al freno: más que suficientes para arrastrar una carga
rodante de ciento treinta toneladas. Recordó que el viejo Eli tiró de un tren
igual de pesado años atrás en una apuesta, y ganó...
Jesse
comprobó casi de forma automática el nivel de la presión. Diez libras por
debajo del máximo. Así iría bien por un rato: podía alimentar el fuego en plena
marcha, ya lo había hecho muchas veces anteriormente, pero todavía no había
necesidad.
Llegó
al primer cruce, observó a izquierda y derecha, y giró el volante mientras
miraba hacia atrás para comprobar que cada vagón del tren girara suavemente en
el mismo punto. Muy bien: a Eli le hubiera gustado ese giro. El furgón de cola
se saldría bastante del eje central de la calzada, pero eso no le preocupaba:
las luces estaban encendidas, y cualquier conductor incapaz de ver a La
Margaret y la carga se merecería el golpe que iba a recibir: cuarenta y tantas
toneladas cortándole atronadoramente el paso. Mala suerte para los pobres
coches mariposa que se le acercaran demasiado.
Jesse
sentía todo el desprecio del mundo hacia las máquinas de combustión interna,
aunque había seguido las discusiones a favor y en contra con genuino interés.
Quizá algún día la propulsión a gasolina llegase a contar algo, y demás había
aquel otro sistema, ¿cómo lo llamaban?, ah, sí, diesel... Pero antes la Iglesia
tendría que alzar su mano. La Bula Pontificia de 1910, Petroleum Veto, había
limitado la capacidad de los motores de combustión interna a 150 centímetros
cúbicos, y desde entonces los transportistas no habían tenido una competencia
real. Los vehículos de gasolina se habían visto obligados a adaptarse al uso de
una especie de velas para poder avanzar un poco más aprisa; en cuanto al
transporte de carga..., podía decirse que era una broma curiosamente pesada.
¡Madre
de Dios Santísima, qué frío hacía! Jesse se encogió dentro de su chaqueta. La
Lady Margaret no llevaba ninguna pantalla paravientos; muchas de las otras
máquinas a vapor ya las habían instalado, incluso existían una o dos en la
flotilla de Strange, pero Eli había jurado que aquél no sería el caso con la
Margaret, absolutamente no... La locomotora era una obra de arte, perfecta en
sí misma, tal y como sus constructores la habían creado, y así seguiría. El
viejo casi había enfermado ante la idea de adornarla con chucherías. La haría
parecerse a una de esas máquinas del ferrocarril que Eli tanto despreciaba.
Jesse entrecerró los ojos, obligándoles a mirar contra la cortante fuerza del
viento. Bajó la vista hacia el tacómetro: ciento cincuenta vueltas, quince
millas por hora. Su enguantada mano tiró de la palanca del cambio: diez era el
límite de velocidad fijado por la ley de la región en el interior de los
pueblos, y Jesse no tenía ninguna intención de ser multado por excederlo. La
compañía de Strange siempre había estado en buenas relaciones con los guardias
y los sargentos de policía; esto formaba, en cierto modo, parte de su éxito...
Al
entrar en la larga High Street redujo de nuevo, La Margaret se resistió y lanzó
un frustrado tronar cuyo eco retumbó contra las fachadas de los grises
edificios de piedra. Jesse captó a través de las suelas de sus botas las
retardadas sacudidas de las barras de enganche e hizo girar el volante del
freno con rapidez; que un enganche se soltara era la peor cosa que podía
ocurrirle a un conductor. Los reflectores situados tras las llamas de las
lámparas de cola aumentaron su intensidad, brillando brevemente con más fuerza.
Los frenos se agarraron a las ruedas, los compensadores tiraron primero del
furgón de cola, estirando los vagones. Aflojó otro punto la palanca de descarga
y el vapor condensado en los pistones dio cuenta de la velocidad de la
Margaret. Allá delante, las luces de gas del centro del pueblo se mantenían
firmes en sus altos pilones, y al fondo se vislumbraban la muralla y la Puerta
Este.
El
sargento de servicio saludó con su alabarda e hizo Signo a la Burrell de que
pasara. Jesse empujó la palanca y apartó los frenos de las ruedas: demasiada
tensión en las zapatas y podía producirse un fuego en algún punto del tren;
eso, por supuesto, sería terrible, ya que en esta ocasión la mayor parte de la
carga era inflamable.
Revisó
mentalmente el manifiesto de carga. La Margaret llevaba apiladas un buen número
de balas de sarga, que ocupaban la mayor parte del espacio de carga. Las lanas
inglesas eran famosas en todo el Continente, y de igual modo los cardadores de
sarga formaban parte de los grupos industriales más poderosos del sudoeste. Sus
talleres y almacenes salpicaban las poblaciones en millas a la redonda, y el
monopolio del negocio había ayudado a Eli a mantenerse a distancia de sus
rivales. También estaban las sedas teñidas de Anthony Harcourt en Mells, cuyas
prendas de vestir, especialmente las camisas, eran buscadas incluso en París. Y
las cajas de cerámica, producto de los ceramistas locales, Erasmus cox y Jed
Roberts en Durnovaria, y Jeremiah Stringer en Martinstown. Dinero en metálico,
bajo el sello del teniente del condado: los últimos impuestos del año, camino
de Roma. Y componentes de maquinaria, quesos de calidad superior, y toda clase
de otros artículos sueltos: pipas de barro, botones de asta, cintas y encajes,
incluso un cargamento de Vírgenes de madera de cerezo de aquella firma de
Beaminster financiada por el capital del Nuevo Mundo, ¿cómo se llamaba, Calma
del Espíritu S.A.?... Los tejidos de lana y la lana peinada encima del depósito
del agua y en el vagón número uno, las cerámicas y el resto de la carga en el
número dos. La carga de cola no necesitaba ningún tipo de atención: se cuidaba
a sí misma.
Allá
delante apareció la Puerta Este y la oscura masa de la muralla. Jesse disminuyó
la velocidad. De hecho, no era necesario; los coches mariposa que aún
desafiaban a los elementos en aquella desapacible noche va se habían detenido a
un lado, avisados del peligro por las señales de los alabarderos. La Margaret
silbó, dejando atrás una nube de vapor que se mantuvo flotando, brillante en
medio del cielo nocturno. Pasó por entre los terraplenes en dirección a los
matorrales y colinas.
Jesse
se agachó e hizo girar el control de la válvula del inyector. El agua,
precalentada por el paso a través de una extensión de la caja de humos, entró a
presión en la caldera. La máquina aceleró. Durnovaria desapareció a sus
espaldas, perdida en la oscuridad; la noche caía con rapidez. El terreno, tanto
a su izquierda como a su derecha, era oscuro e impersonal; ante él sólo estaba
el constante y casi invisible girar del cigüeñal y el estruendo de la máquina.
El transportista hizo una mueca, excitado por el hecho físico de la conducción.
Las llamaradas que escapaban por entre las rendijas de la puerta del hogar
ponían en evidencia su amplia y dura mandíbula y la profunda mirada de aquellos
ojos enmarcados por unas cejas casi rectas y densamente negras. Dejemos que el
viejo Serjeantson intente colar un último viaje, pensó Jesse. La Margaret
alcanzaría a su Fowler allá donde estuviese, en las colinas o en la llanura, y
Eli se agitaría satisfecho en su recién cavada tumba...
La
Lady Margaret Una escena surgió de forma involuntaria en la mente de Jesse. Se
vio a sí mismo cuando era todavía un niño, con la voz aún a medio formar.
¿Cuánto tiempo debía hacer de aquello, ocho o diez años? Los años tenían una
forma sutil y apenas perceptible de amontonarse; así era como los hombres
jóvenes envejecían casi sin darse cuenta. Recordaba la mañana en que vio llegar
por primera vez a La Margaret. Había aparecido resoplando desenfrenada a través
de Durnovaria desde los talleres de Burrell en la lejana Thetford, la pintura
brillante, el silbato a todo pulmón, los metales reluciendo al sol: toda una
locomotora de compresión de diez caballos de vapor, teóricos, de potencia, con
un sinfín de detalles especificados, desde la decoración del volante hasta las
cadenas de descarga estática. Sobrecalentador, recolector de barro, cargador
mecánico de agua; Eli había conseguido a la perfección lo que había solicitado,
uno de los mejores generadores de vapor en todo el oeste. Él mismo la trajo,
realizando el difícil viaje a través de los muchos condados de Norfolk; a
ninguna otra persona le habría confiado la tarea de traer hasta la central al
orgullo de su flota. Desde entonces se había convertido en su máquina. Y si
aquel viejo pedazo de granito que se hacía llamar Eli Strange había llegado a
amar alguna vez a alguien o a algo en este mundo, sin lugar a dudas había sido
a la inmensa Burrell.
Jesse
había estado allí para recibirla, al igual que su hermano Tim y los otros:
James y Micah, ambos muertos hacía ya tiempo —que Dios hubiera acogido sus
almas— a consecuencia de la epidemia que atacó Bristol por aquella época.
Recordaba cómo su padre había descendido de la plataforma del maquinista y se
había quedado contemplando la locomotora que seguía echando vapor, como si se
tratara de algo vivo e inmóvil. El nombre de la firma va había sido pintado, y
las letras relucían en sus costados, Pero la Burrell aún no tenía un nombre
propio.
—¿Y
cómo la vas a llamar, eh? —había exclamado su madre, alzando la voz por encima
del ruido del ralentí; y Eli se había rascado la cabeza mientras, con el rostro
ligeramente congestionado, respondía:
—¡Qué
me aspen si tengo la más mínima idea! —Ya habían pensado en nombres tales como
Atronadora y Apocalipsis y Oberón y Original Ballard y también La Fuerza del
Oeste; todos ellos eran nombres altisonantes, correctos para las máquinas que
los llevaban, pero—: ¡Qué me aspen si tengo la más mínima idea! —dijo el viejo
Eli mostrando los dientes; y Jesse alzó la voz sin su permiso, y dijo con una
desafinada voz juvenil:
—Lady
Margaret, señor... Lady Margaret.
Era
una mala cosa hablar sin ser preguntado. Eli le miró con enojo, se quitó la
gorra, se rascó de nuevo la cabeza, y rompió en una carcajada que parecía más
un rugido que una risa.
—Me
gusta..., ¡qué me zurzan si no me gusta! —Y desde aquel momento se había
convertido en Lady Margaret, por encima de las protestas de sus conductores, e
incluso por encima de la cabeza del viejo Dickon, que decía que «traía un
montón de mala suerte» llamar a una locomotora como «una puñetera mujer»...
Jesse recordaba que sus orejas habían ardido hasta quemarle, no sabía si de
orgullo o de vergüenza. Luego deseó que le cambiaran el nombre más de mil
veces, pero éste era el que le había quedado. A Eli le gustaba; y a nadie se le
hubiera ocurrido llevarle la contraria al viejo Strange, no al menos mientras
estaba en plena fortaleza física.
Y
así, un día, Eli murió. Sin previo aviso: sólo la tos, las manos aferrando los
brazos de su silla, y una cara que de repente va no era la cara de su padre y
tenía la mirada fija en ningún sitio. Una rápida y oscura hemorragia interna,
los pulmones debatiéndose entre las bocanadas de sangre y un soplo de aire
fresco; y un hombre de color grisáceo tendido en su cama, una lámpara
encendida, el sacerdote asistiéndole en sus últimos momentos, y la madre de
Jesse observando la escena con una expresión vacía y desesperanzada. El
reverendo Thomas había sido duro y falto de comprensión; reprobaba la actitud
del viejo pecador. El viento susurraba en torno a la casa, trayendo un frío
helado, mientras los labios del sacerdote absolvían y bendecían
mecánicamente..., pero aquella escena no simbolizaba la muerte. Una muerte era
algo más que un final; era como tirar del hilo de un paño profusamente bordado.
Eli había sido una parte de la vida de Jesse, una parte tan importante como su
habitación bajo el alero de la vieja casa. La muerte interrumpió el proceso de
la memoria, viejos acordes canturreados que quizá fuera mejor dejar donde
estaban. Le costó tan poco a Jesse ver a su padre inmóvil, el rostro áspero,
las manos curtidas, el grasiento rostro de transportista hundido hasta los
ojos, la bufanda anudada, con los extremos enganchados entre los tirantes, el
capote, y los viejos y gruesos pantalones de trabajo de pana. Era aquí donde lo
echaba de menos, entre los ruidos y la oscuridad, con el caliente olor del
aceite y el humo que brotaba por la alta chimenea y que hacía arder los ojos.
Era así como había intuido que sería. Quizá era esto lo que había deseado
secretamente.
Era
hora de alimentar a la bestia. Jesse echó un rápido vistazo a la carretera que
se extendía ante él. La máquina mantendría su rumbo, la dirección a tornillo
sin fin era segura. Abrió las puertas del hogar y cogió la pala. Avivó el fuego
rápida y eficientemente, manteniendo el máximo de calor. Cerró las puertas y se
alzó de nuevo. El sostenido retumbar de la locomotora formaba parte de él,
estaba en su sangre. El calor golpeaba con dureza el metal de la plataforma y
ascendía luego por sus botas: el cálido aliento que respiraba el hogar era
lanzado rítmicamente contra su rostro. Era como retrasar el lento roer del frío
y el hielo dentro de sus huesos.
Jesse
había nacido en una antigua casa en los alrededores de Durnovaria, justo
después de que su padre empezara allí su negocio con un par de máquinas de
arar, una trilladora y un tractor Aveling & Porter. Era el tercero de
cuatro hermanos, de modo que nunca había esperado seriamente llegar a poseer la
fortuna de Strange e Hijos. Pero los caminos del Señor eran tan inescrutables
como las colinas: dos de los hijos de Strange habían ido al seno de Abraham, y,
hora le había tocado el turno al mismo Eli... Jesse recordó los largos veranos
transcurridos en casa, veranos en los que los cobertizos de las máquinas
hervían de calor y olían a, vapor y aceite. Había pasado buenos días allí,
observando cómo los trenes iban y venían, ayudando a descargar en las escaleras
del almacén, trepando por encima de las interminables montañas de cajas y
balas. En aquel lugar también había olores: una gran variedad de frutos secos
en sus cajas, albaricoques, higos y pasas; el dulzor del pino fresco y los
abetos, la fragancia del cedro, el áspero aroma de los rollos de tabaco curados
al ron, champán y oporto para el comercio de lujo, coñac, encajes franceses,
mandarinas y piñas, caucho y salitre, yute y cáñamo...
A
veces rogaba que le llevaran a dar una vuelta en la locomotora, hasta Poole o
Bourne Mouth, pasando por Bridport, Wey Mouth, o hacia el oeste hasta Isca y
Lindinis. Una vez fue hasta Londinium, y de nuevo al nordeste hacia
Camulodunum. Las Burrells, las Claytons y las Fodens tragaban las millas como
si nada; era divertido sentarse en el furgón de cola de uno de aquellos viejos
trenes, con la locomotora a media milla de distancia, o al menos eso parecía,
silbando y arrojando vapor. Jesse deseaba con ansia llegar para pagar los
derechos de viaje y ayudar a cerrar los portalones con sus largas barras
pintadas a rayas blancas y rojas. Recordaba el retumbar de las muchas ruedas,
la densa nube de polvo que se levantaba en los mil veces surcados caminos de
entrada y salida. El polvo se depositaba en todos los rincones y hacía que las
carreteras parecieran cicatrices blancas que cruzaban el país. Ocasionalmente
había pasado alguna noche fuera de casa, acurrucado en cualquier rincón de una
taberna mientras su padre se emborrachaba. A veces Eli se ponía de malhumor y
pegaba a Jesse hasta que se iba a la cama; en otras ocasiones le abría su
corazón y se sentaba a contarle historias de cuando él era niño, de cuando las
locomotoras tenían los ejes delante de la caldera y caballos para ayudar en las
maniobras. Jesse había sido guardafrenos a los ocho años, y conductor a los
diez para algunos de los trayectos más cortos. Fue una mala jugada cuando lo
mandaron a la escuela.
Se
preguntaba qué era lo que había pasado por la mente de Eli.
—Debes
aprender un poco de esa maldita educación —era todo lo que el viejo había
sabido decirle, poniendo énfasis en sus palabras—. Eso es lo que cuenta,
muchacho...
Jesse
recordaba cómo se sintió; cómo había vagabundeado por los huertos de frutales
de detrás de la casa, contemplando las ciruelas que colgaban gruesas de los
viejos, retorcidos y ásperos árboles, como si esperaran ser trepados. Las
manzanas blamley, lane y haley; las peras commodore colgando como bombas de
piel áspera de las ramas, suavizadas por la luz del sol de setiembre. En otras
ocasiones Jesse había ayudado a recoger la cosecha, pero este año no, ya no.
Sus hermanos habían aprendido a leer, a escribir y a hacer números en la
pequeña escuela del pueblo, y eso era todo; pero Jesse había ido a Sherborne, y
se quedó en el campus para estudiar en la universidad. Había trabajado con
ahínco en ciencias y letras, y lo había hecho bien; sólo que algo había ido
mal. Tuvieron que pasar varios años antes de que se diese cuenta de que sus
manos echaban de menos el tacto del acero engrasado y de que su nariz
necesitaba la fragancia del vapor. Había hecho el equipaje y había vuelto a
casa, y había empezado a trabajar como cualquier otro transportista, y Eli no
había dicho ni una sola palabra: ni un elogio, ni una condena. Jesse agitó la
cabeza. En el fondo, siempre había sabido, sin el menor género de dudas, lo que
quería hacer. En lo más profundo de su corazón él era un transportista: como
Tim, como Dickon, como el viejo Eli. Eso era todo, y tendría que ser
suficiente.
La
Margaret llegó a lo alto de una empinada cuesta y retumbó en dirección a una
pendiente. Jesse lanzó una mirada al largo indicador de vidrio que se hallaba
al lado de su rodilla, y el instinto, más que la vista, le hizo abrir los
inyectores, dejando pasar el agua de la válvula al interior de la caldera. La
locomotora tenía un chasis largo, lo cual significaba precaución al bajar las
colinas. Demasiada poca agua en el cilindro, y la inclinación hacia delante de
la caldera dejaría al descubierto la corona del hogar y derretiría el tapón
fusible. Todas las máquinas a vapor llevaban Piezas de repuesto, pero ésa era
una tarea que prefería evitar. Significaba apagar el fuego, introducirse en un
hogar tremendamente caliente, y una interminable lucha en la oscuridad contra
las piezas situadas sobre su cabeza. Jesse, como cualquier novato, había
quemado su cupo de fusibles; y esto le había enseñado a mantener siempre la
corona del hogar cubierta por el agua. Por otro lado, el caso contrario, un
nivel demasiado alto, significaba que el agua alcanzaría las salidas del vapor,
bajando por los laterales de la caldera como un nube hirviendo. Eso también le
había ocurrido.
Giró
la válvula, y el silbido de los inyectores cesó. La Margaret avanzó con un
ruido sordo por la pendiente, aumentando poco a poco su velocidad. Jesse tiró
de la palanca de cambio y accionó los frenos para retener el tren; oyó el
desacompasado traqueteo a medida que la locomotora empezaba a acusar la
creciente inclinación, y le volvió a dar vapor. Con luz o sin ella, conocía
cada palmo de la carretera; un buen conductor debía conocerlo.
Un
solitario destello ante él le indicó que se acercaba a Wool. La Margaret lanzó
un grito de aviso al pueblo, retumbando por entre casas y cabañas. Ahora, un
recorrido directo a través de los páramos hasta Poole. Una hora para llegar a
las puertas del pueblo, y digamos otra hora para bajar hasta el muelle. Todo
eso si las retenciones del tráfico no eran demasiado intensas... Jesse se frotó
las manos y hundió la cabeza en el cuello del abrigo. El frío empezaba a
calarle hasta los huesos.
Miró
a ambos lados de la carretera. Era noche cerrada, y ya había dejado atrás el
Gran páramo. A lo lejos vio, o al menos creyó ver, el resplandor de un fuego
fatuo atormentando algún hediondo pantano. Un viento helado gimió desde el
vacío. Jesse escuchaba el rítmico y continuado traqueteo de la Burrell y tal
como antes solía sucederle, la imagen de una embarcación acudió a su mente. La
Lady Margaret, una mancha de luz y calor forjada con desechos y desperdicios,
parecía un barco cruzando un vasto y hostil océano.
Éste
era el siglo XX, la era de la razón; pero los páramos todavía albergaban gran
cantidad de temores supersticiosos: refugio de lobos y brujas, de espíritus y
hadas, y de los routiers... Jesse encajó los dientes. «Bastardos normandos»,
los había llamado Dickon. No podía existir una descripción más precisa. Cierto
que ellos proclamaban descender de los normandos; pero en esta Inglaterra
Católica, más de mil años después de la Conquista, las sangres normandas,
sajonas y las nativas celtas se habían mezclado irremediable mente. Las
distinciones que pudieran existir eran más o menos arbitrarias, reintroducidas
de acuerdo con las teorías raciales de Gisevio el Grande hacía un par de
siglos. La mayoría de la gente poseía al menos un mínimo conocimiento lingüístico
de los cinco idiomas del país: el francés normando de las clases dirigentes, el
latín de la Iglesia, el inglés moderno del comercio y la industria, el
anticuado inglés medio, y el celta de los palurdos. Existían otros idiomas,
desde luego: el gaélico, el córnico y el galés, todos ellos por la Iglesia y
mantenidos vivos aun después de utilización hubiera caído en desuso. Pero era
bueno dividir el país en partes, estableciendo barreras idiomáticas y de clase.
«Divide y vencerás», había sido la política de oficiosa al menos, durante mucho
tiempo.
Los
mismos routiers se veían rodeados de un halo de leyenda. Siempre habían
existido pandillas de forajidos en el sudoeste, y posiblemente siempre
existirían: atracaban, y asaltaban los trenes de carretera. Generalmente, pero
no de forma invariable, llegaban hasta el asesinato. Algunos años los
transportistas sufrían más que otros; Jesse recordar aún a La Lady Margaret
avanzando con dificultad hasta casa una noche oscura, con el maquinista muerto
por la flecha de una ballesta, medio tren en llamas, y el jurando venganza y
destrucción. Cuadrillas procedentes de lugares tan lejanos como Sorviodunum
batieron días, pero fue inútil. La pandilla se había vuelto a casa, y si la
teoría de Eli era correcta sus miembros se habían convertido de nuevo en nada:
los rumores acerca de las fortalezas de los bandidos eran simplemente eso,
rumores.
Jesse
alimentó de nuevo el hogar mientras temblaba de frío dentro de su abrigo. La
Margaret no llevaba armas; en teoría, no se luchaba contra los routiers en caso
de que aparecieran; no si uno quería vivir para contarlo; al menos, no a través
de métodos convencionales. Eli había desarrollado sus propias ideas acerca de
este tema, aunque no había vivido lo suficiente para verlas llevadas a la
práctica. Jesse encajó de nuevo los dientes. Si venían, no podría hacer nada
por impedirles que saquearan el tren, pero todo lo que se llevaran de la
compañía Strange tendrían que quedárselo, y que les aprovechara. El negocio no
había sido construido sobre una base flexible; en esta Inglaterra, el
transporte no era un negocio para los débiles.
Más
o menos una milla más adelante un riachuelo, un afluente del Frome, cruzaba la
carretera. En este recorrido, los transportistas acostumbraban a parar aquí
para llenar los depósitos de agua. No había pozos en los páramos, el coste de
construirlos sería prohibitivo, Si el agua estuviera depositada en charcas se
volvería salobre y maloliente, poco segura para las calderas; los arroyos
deberían ser canalizados con cemento, y una tarea como esa se llevaría los
beneficios de medio año a cualquiera que la intentara. La fabricación de
cemento estaba rígidamente controlada por Roma, su precio era prohibitivo. La
prohibición era deliberada, desde luego: el material resultaba demasiado útil
para la rápida construcción de plazas fuertes, En el transcurso de los años se
habían producido suficientes revueltas en el país como para enseñar una lección
de precaución incluso a los Papas.
Jesse
miró hacia delante y vio un resplandor como de agua o hielo. Su mano fue
automáticamente a la palanca de cambio y a los frenos del tren.
La
Margaret se detuvo en la parte más alta de un pequeño puente. Las barandillas
exhibían solemnes carteles de aviso acerca de «cargas pesadas», pero pocos eran
los transportistas que les prestaban demasiada atención, al menos después de
oscurecer. Bajó de un salto y desenganchó un extremo de la pesada manguera del
lado de la caldera, y lo lanzó por encima del pretil del puente. El hielo se
rompió con un golpe seco. Las bombas de succión empezaron a sorber ruidosamente
el agua, mientras el vapor brotaba a profusión por los respiraderos. Unos
minutos más tarde y el trabajo estaría hecho. La Margaret podría llegar a Poole
e incluso más allá sin problemas; pero ningún transportista que se preciara se
sentiría seguro a menos que sus depósitos de agua estuvieran rebosando hasta
los topes. Especialmente después de anochecer, con la siempre omnipresente
posibilidad de un ataque. La máquina de vapor estaba preparada para el caso de
que se produjera una larga y dura batalla.
Jesse
recogió la manguera y sacó las lámparas de carretera del ténder. Cogió cuatro,
una para cada lado de la caldera y dos para el eje delantero. Las colgó en su
sitio, girando las válvulas para dejar paso al carburo y alzando los cristales
delanteros para poder oler el acetileno. De la parte frontal y lateral de las
lámparas brotaron unos haces de luz blancos y cristalinos, que hicieron
chispear las placas de hielo que se formaban sobre la carretera. Jesse se
estremeció de nuevo. El frío era intenso; intuyó que debían estar a varios
grados bajo cero, y lo peor de la noche aún no había llegado. Ésta era la parte
del viaje donde uno se imaginaba al frío como un enemigo personal. Se te
aferraba a la garganta y te hundía sus heladas garras en la espalda; era algo
contra lo que se debía luchar sin descanso, con la cabeza y con el cuerpo. El
frío podía aturdir a un hombre, congelarlo sobre la plataforma hasta que el
fuego estuviera casi apagado y hubiera perdido y no va mucha presión pudiera
realimentarlo para poder proseguir. Era algo que había ocurrido antes; más de
un transportista había perdido la vida de este modo en la carretera, y seguro
que volvería a ocurrir.
La
Lady Margaret seguía rugiendo de modo constante, mientras el lamento del viento
se extendía por todo el páramo.
En
el lado de la tierra firme, las casas y las barracas de Poole se amontonaban
sin orden ni concierto tras un foso y una recia muralla. A lo largo de las
fortificaciones ardían antorchas; su luz era visible desde varias millas a
través del desolado terreno. La Margaret siguió la hilera de chispeantes puntos
y la rodeó con lentitud. Al acercarse a la Puerta Oeste, Jesse hizo girar el
volante del freno y lanzó una maldición, Junto a la muralla, apenas visible a
la luz de las antorchas, había una tremenda confusión de tráfico: Burrows,
Avelings, Claytons, Fowlers, cada locomotora arrastrando un inmenso tren. Los
agentes encargados de regular la circulación se habían escabullido; el vapor
inundaba el aire, y aquella increíble multitud de máquinas originaba un apagado
y constante estruendo. La Lady Margaret redujo su marcha, lanzando chorros de
blancas nubes, como si fueran su propia respiración, en medio del tumulto, y se
situó al lado de una Fowler de diez caballos que exhibía los colores de la
Comerciantes Aventureros.
Jesse
estaba a unos cincuenta metros de la puerta de entrada, y el embotellamiento
parecía indicar que se tardaría una hora o más en ordenar todo aquello. El aire
estaba lleno de estrépito; el ruido de las máquinas, los gritos de los
conductores, el griterío de los alguaciles y vigilantes del pueblo. Grupos de
Ángeles del Papa se metían por entre las gigantescas ruedas, entonando
villancicos y alzando sus bandejas para recoger las limosnas. Jesse saludó a un
policía de aspecto cansado. El sargento apoyó su alabarda, volvió la vista
hacia La Lady Margaret y dijo con tono burlón:
—¿Otra
vez la bendición del obispo Blaize, amigo?
Jesse
gruñó afirmativamente; a su lado, la Fowler soltó una serie de ensordecedores
pitidos.
—¡Míralo
a ése! —bramó el policía—. ¿Qué llevas ahí arriba, que tienes tanta prisa?
El
conductor de la Fowler una especie de hombrecillo insignificante envuelto en
una bufanda y un capote, escupió una colilla por encima de la barandilla de la
máquina.
—Marisco
para Su Santidad —se mofó—. Van a incendiar Roma esta noche, y... —La historia
del Papa Orlando cenando ostras mientras sus mercenarios saqueaban Florencia
había pasado ya a la leyenda.
—Continúa
así —dijo furioso el sargento—, y verás como te cierro las puertas en los
morros. Te tendrás que quedar toda la noche en el páramo, y los routiers te
hincarán el diente. Y ahora mueve de una vez ese montón de basura, muévelo te
digo...
Se
había abierto una brecha un poco más adelante; la Fowler rugió despectivamente
y avanzó hacia ella. Jesse la siguió. Tras una eternidad de desvíos y pitidos
consiguió pasar finalmente el embotellamiento y se halló guiando su tren por la
larga calle principal de Poole.
Strange
e Hijos mantenían un depósito de mercancías en el muelle, no lejos del viejo
edificio de la aduana. La Margaret se encaminó hacia allá, avanzando lentamente
por entre los montones de mercancías que se habían desbordado de las zonas de
carga. Se veía mucho movimiento en los muelles, teniendo en cuenta que se
hallaban a finales de temporada; Jesse pasó al lado de un carbonero escocés, de
un gran cargador alemán, un francés, uno del Nuevo Mundo, un ex negrero a
juzgar por su estilizada línea, un hermoso clíper sueco que aún no había
recogido sus velas y un viejo vapor holandés, el Groningen, del que se sabía
que todavía iba equipado con las anticuadas y curiosas calderas de mercurio.
Depositó finalmente el tren en el almacén de la compañía con casi una hora de
retraso.
La
carga de vuelta ya estaba prácticamente lista; Jesse observó con satisfacción
los vagones del fondo, entregó el manifiesto al agente de la compañía y se
dirigió hacia el nuevo cargamento. Comprobó de nuevo que la carga de cola
estuviera bien asegurada en su vagón, aumentó la presión y se dirigió afuera.
El frío le había calado los huesos, las ventanas de las fondas le tentaban con
su promesa de calor, bebida y humeante comida, pero esta noche La Margaret no
se quedaría en Poole. Eran casi las ocho cuando llegó a las murallas, y observó
con agrado que el caos del tráfico había desaparecido. Las puertas le fueron
abiertas reluctantemente por un sargento de agrias facciones; Jesse guió el
tren a través de la carretera despejada. La luna estaba en lo alto, en mitad de
un cielo claro; el frío era intenso.
Sería
un largo camino hacia el sudoeste, pasada la parte alta del puerto de Poole en
dirección al lugar donde la carretera de Wareham se desvía a la izquierda de la
que conduce a Durnovaria. Jesse giró hacia la izquierda, luego puso a La
Margaret a su velocidad máxima, cronometrando veinte millas por hora en la
recta de la carretera. Entonces, en Wareham, la difícil curva al lado del cruce
del ferrocarril; pasando por delante del Oso Negro con su monstruoso cartel
tallado y por encima del estuario del Frome, que marcaba el límite norte de la
isla de Purbeck. Después, de nuevo el páramo: Stoborough, Slepe, Middlebere,
Norden, vacíos e inmensos, llenos de un viento que no dejaba de soplar.
Finalmente un destello de luz pareció destacarse al frente, por encima de la
carretera y a la derecha; La Margaret retumbó hacia Corvesgeat, el antiguo paso
a través de las colinas de Purbeck. Sobre un montículo, enorme y dominando la
carretera, se alzaba el gran castillo de Corfe, con las ventanas
resplandeciendo como unos ojos llenos de luz. Eso significaba que el Señor de
Purbeck se hallaba en su residencia, recibiendo a sus invitados navideños.
La
máquina de vapor rodeó los altos flancos de la motte y prosiguió hacia el
siguiente pueblo. Cruzó la plaza, con las ruedas y los pistones resonando en el
clamor vacío de la parte frontal de la Hostería del Lebrel, subió de nuevo por
la larga calle principal en dirección al lugar donde una vez más le aguardaba
el páramo, llano y desolado, visitado tan sólo por el viento y las estrellas.
La
carretera de Swanage. Jesse, adormecido e insensible por el frío, luchó contra
la idea de que La Margaret atravesaba aquel vacío exhalando su aliento en la
oscuridad como un espíritu maldito destinado a permanecer en un infierno
congelado. Hubiera agradecido cualquier signo de vida, incluso los routiers;
pero no había nada. Únicamente el interminable mordisco del viento y la
oscuridad extendiéndose a cada lado de la carretera. Daba palmadas con sus
enguantadas manos, pateaba la plataforma, y se volvía para ver la masa oscura
de la carga oscilando en medio de la noche, con el débil reflejo de las
lámparas de cola al final. Se sentía como un tremendo idiota, aunque hacía ya
tiempo que había perdido la costumbre de decírselo a sí mismo en voz alta.
Hubiera debido quedarse en Poole y partir apenas amaneciera; lo sabía más que
suficiente. Pero esta noche tenía la extraña sensación de que no estaba
conduciendo, sino que estaba siendo conducido.
Liberó
un poco de agua a través del precalentador, alimentó el hogar, y abrió de nuevo
la válvula. Un día reemplazarían estos quemadores de combustible sólido por
otros de combustible líquido. Hacía años que existían ya unidades disponibles;
pero la combustión de la gasolina era aún una teoría que se hallaba en el
limbo, a la espera del veredicto papal. Era posible que se produjera una
decisión el año próximo, o quizá el siguiente; o quizá simplemente no hubiera
ninguna. Los caminos de la Madre Iglesia eran tortuosos, y no podían ser
cuestionados por la chusma.
El
viejo Eli se habría adaptado a las máquinas de gasolina y habría enviado al
diablo a los curas, pero sus conductores y pilotos se habrían resistido a la
excomunión que seguramente les hubiera supuesto aquello. Strange e Hijos había
tenido que bajar la cabeza en esta ocasión, no por primera vez y tampoco por
última. Jesse se descubrió pensando de nuevo en su padre mientras La Margaret
se apresuraba subiendo una cuesta, de vuelta a las colinas. Era curioso, pero
ahora tenía la sensación de que hubiera podido hablar con el viejo. Ahora
hubiera podido contarle sus esperanzas, sus temores... Sólo que ahora ya era
demasiado tarde, porque Eli estaba muerto y enterrado, con seis pies de sucia y
pegajosa tierra sobre su pecho. ¿Era éste el modo en que funcionaban las cosas?
¿Sería que la gente siempre y hablar cuando va tenía la sensación de que podía
hablar, era demasiado tarde?
Pasó
por delante del cercado del gran depósito de material para la construcción en
las afueras de Long Tun Matravers. Los montones de piedras alineadas, vagamente
visibles a la luz de las lámparas de la máquina de vapor, rompían por fin el
mortal vacío del páramo. Jesse lanzó un pitido de aviso; la voz de la Burrell,
triste e inmensa, se paseó por encima de los techos de las casas. El lugar
estaba desierto como un pueblo fantasma. A la derecha, el albergue de la Cabeza
del Rey mostraba unas débiles luces; el cartel que lo anunciaba crujía
aparatosamente, mecido por el viento. Las ruedas de La Margaret resonaron sobre
los guijarros del camino, resbalaron... Jesse accionó los frenos y cerró de
golpe la palanca del cambio para cortar la alimentación a los pistones. Se
había formado una espesa capa de hielo en aquella zona, y en algunos lugares la
carretera parecía cristal. En la cima de la colina, al entrar en Swanage,
bloqueó el diferencial. La locomotora se afianzó y pareció agarrarse un poco
más al suelo, como buscando un mejor terreno. El viento volvió al ataque,
alzando una nube de cristales de nieve sobre las linternas.
Los
tejados del pequeño pueblo parecían agruparse bajo un manto de escarcha. Jesse
lanzó otro pitido, y el sonido retumbó descomunal entre las casas. Un grupo de
niños apareció de algún sitio, y todos empezaron a correr y a gritar al lado
del tren. A pocos metros había un cruce, y unas lámparas amarillas colgaban
sobre la puerta del hotel George. Jesse dirigió la locomotora hacia la arcada
de acceso al patio. La chimenea de la locomotora rozó la parte superior de la
arcada. Era aquí donde se necesitaba un ayudante: el vapor que la Burrell
dejaba tras de sí le impedía la visión. Los niños habían desaparecido. Inyectó
lentamente vapor a los pistones. El sonido era infernal bajo la arcada, pero la
locomotora emergió casi de inmediato al patio, que había sido agrandado unos
años antes para dar cabida a los trenes de carretera: Jesse se situó entre una
Garret y una Clayton & Shuttleworth de seis caballos, puso la palanca del
cambio en punto muerto y cerró el regulador. El ruido cesó al fin.
El
transportista se frotó la cara y se estiró. Los hombros de su abrigo estaban
cubiertos de escarcha; se los sacudió y bajó rígidamente de la plataforma,
colocando los topes bajo las ruedas de la máquina y apagando las lámparas. El
patio del hotel estaba desierto, y el viento soplaba con fuerza en los
alrededores; Jesse se detuvo un instante y oyó como la caldera de la locomotora
se agitaba suavemente. Se acercó de nuevo y extrajo el exceso de vapor, cubrió
el fuego con ceniza y cerró los reguladores de tiro, se subió al eje delantero
y colocó un cubo invertido a modo de tapadera sobre la chimenea. La Margaret
estaría protegida durante la noche. Se dio la vuelta y observó el calor que
todavía desprendía, el leve resplandor de la luz que surgía entre los respiraderos
del hogar. Tomó su mochila de la cabina y se encaminó al hotel para
registrarse.
Le
mostraron su habitación y le dejaron solo. Fue al baño, se lavó la cara y las
manos y salió del hotel. Unos cuantos metros calle abajo, las ventanas de un
bar brillaban con una luz rojiza que se distinguía a través de las cortinas
echadas. El letrero decía que era el Mesón de la Sirena. Recorrió el callejón
que corría paralelo al lado del bar. La sala del fondo estaba llena de gente
hablando y el aire repleto de humo de tabaco. La Sirena era un bar de
transportistas: Jesse vio a media docena de conocidos, Tom Skinner de
Powerstock, Jeff Holroyd de Wey Mouth, y dos de los chicos del viejo
Serjeanston, entre otros. En la carretera las noticias viajan rápido; todos se
agruparon en torno a él, hablando al mismo tiempo. Murmuró sus respuestas
mientras se abría camino hacia la barra. Sí, su padre había sufrido una
hemorragia repentina; no, no había sobrevivido mucho tiempo después de ella. A
las cinco de la tarde del día siguiente... Se desabrochó el abrigo para tomar
la cartera, llamó al camarero, recogió la pinta de cerveza y el whisky doble.
Un atizador calentado al rojo hundido unos momentos en la jarra había calentado
la cerveza; una espuma cremosa se desbordaba por los lados. El alcohol quemó la
garganta de Jesse y le hizo lagrimear Acababa de llegar de la carretera; los
otros le hicieron sitio y se acuclilló, con las rodillas separadas, delante del
fuego. Bebió la cerveza a grandes sorbos, notando que el calor le invadía los
muslos y las caderas y ascendía hasta el estómago. De algún modo, su mente todavía
podía oír el ruido de la Burrell, la vibración de las ruedas aún hormigueaba en
sus dedos. Y a habría tiempo más tarde para hablar y preguntar, antes era
necesario recobrar el calor. Un hombre necesitaba siempre el calor.
Ella
se las arregló para, de alguna forma, situarse a su espalda, y hablarle antes
de que él se diera cuenta de que estaba allí. Dejó de frotarse las manos y se
levantó con torpeza, muy consciente de cuál era su peso y su envergadura.
—Hola,
Jesse...
¿Lo
sabría ella? Siempre le asaltaba el mismo pensamiento. Durante todos aquellos
años, desde que había bautizado a la Burrell; por aquel entonces ella era sólo
una jovencita desgarbada, toda ojos y piernas, pero era la Lady a la que él
había querido referirse. Había sido el fantasma que le había perseguido en
aquellas cálidas noches adolescentes, paseando su perfume entre los perfumes de
las flores del jardín. Y cuando Eli aceptó aquella monstruosa apuesta fue él
quien llevó la máquina de vapor, y se sentó y lloró como un tonto porque cuando
la Burrell estaba luchando contra aquella última cuesta no sólo perdía las
cincuenta guineas de oro para su padre sino que también perdía la gloria para
Margaret. Pero Margaret ya no era una jovencita, ya no; las lámparas ponían
brillantes destellos de luz en su pelo castaño, sus ojos parpadeaban mientras
le miraba, su boca se movía de forma caprichosa...
—...nas
noches, Margaret —gruñó.
Ella
le preparó una mesa en un rincón, le trajo la comida, y se sentó un rato con él
mientras comía. Eso hizo que la respiración de Jesse se acelerara: tenía que
forzarse para recordar que aquello no significaba nada. Después de todo, no se
tiene un padre que muere cada semana en la vida. Ella llevaba un grueso anillo
de bisutería con una brillante piedra azul, y tenía la costumbre de darle
vueltas sin parar entre los dedos mientras hablaba. Sus dedos eran delgados,
con uñas planas y bien pintadas, pero sus manos eran anchas en la zona de los
nudillos, como las manos de un chico. Observó que ahora estaban jugueteando con
su pelo, repiqueteaban sobre la mesa, echaban la ceniza de un cigarrillo en un
platito. Podía imaginarlas barriendo, quitando el polvo, limpiando, y también
haciendo otras cosas, esas cosas secretas que se hacen las mujeres a sí mismas.
Ella
le preguntó qué le había traído allí. Siempre hacía la misma pregunta. Él dijo
Lady, brevemente, utilizando la jerga de los transportistas. Se preguntó una
vez más si ella habría visto alguna vez la Burrell, si sabía que era la Lady
Margaret, y si le importaba, caso de saberlo. Entonces ella le trajo otra
bebida y le dijo que estaba en su casa, y le dijo también que ahora tenía que
volver al bar, y que le vería de nuevo más tarde.
La
observó a través del humo, riendo con los hombres. Tenía una risa extraña, un
tipo de risa alegre y sencilla que le hacía levantar el labio superior y
exhibir los dientes mientras sus ojos miraban y se burlaban. Era una buena
camarera; su padre era un antiguo transportista, que llevaba el negocio desde
hacía veinte años. Su esposa había muerto hacía un par de temporadas, y las
otras hijas se habían casado y se habían ido, pero Margaret se había quedado.
Era la clase de mujer que sabía reconocer una leve insinuación apenas la
intuía, o al menos eso se decía entre los transportistas. Pero era una locura,
llevar un bar no era trabajo fácil. Jornadas largas los siete días de la
semana, limpiar y fregar, arreglar y coser, y cocinar..., aunque disponían de
una mujer por las mañanas para ocuparse del trabajo pesado. Jesse lo sabía casi
todo acerca de Margaret. Conocía el número de calzado que gastaba, y que su
cumpleaños era en mayo; también sabía que su cintura medía sesenta centímetros,
que le gustaba el Chanel, y que tenía un perro llamado Joe. Y sabía que había
jurado no casarse nunca; decía que la Sirena le había enseñado tanto como
deseaba saber acerca de los hombres, y que cinco mil encima del mostrador
comprarían sus servicios, pero nada más. Nunca había conocido a nadie que
hubiera podido reunir ni la mitad de aquello, la apuesta era imposible. Y quizá
ella no había dicho nunca nada parecido: los aires del pueblo estaban llenos de
murmuraciones, y los transportistas charloteaban entre ellos como lavanderas.
Jesse
apartó su plato. De pronto sintió un profundo autodesprecio. Margaret era la
razón de casi todo: era la razón de que se desviara millas y millas de su
camino, y que llevara su tren a Swanage para recoger algunas cajas de pescado
congelado que ni siquiera llegarían a cubrir los gastos del transporte. Bien,
lo que quería era verla, y la había visto. Ella había hablado con él, se había
sentado a su lado, y probablemente no volvería a hacerlo aquella noche. Ahora
ya podía irse. Recordó una vez más las lóbregas facciones de la tumba, el
puñado de tierra sobre el ataúd de Eli. Esto mismo era lo que le esperaba a él,
por todos los hijos de Dios bendito; únicamente que él esperaría la muerte en
soledad. Ahora sentía necesidad de beber, de lavar esa imagen en una cálida
niebla amarronada de alcohol. Pero no aquí, de ningún modo aquí... Se encaminó
hacia la puerta.
Tropezó
con un desconocido, murmuró una disculpa y siguió adelante. Sintió que lo
agarraban por el brazo y se volvió, y se halló mirando fijamente a unos ojos
color café brillando en un rostro de nariz recta y airosamente bien parecido.
—No
—dijo el recién llegado—. No me lo puedo creer. Por todos los infiernos, Jesse
Strange...
Por
un momento la punta de la llamativa barba del otro le desconcertó; luego, casi
a su pesar, Jesse empezó a sonreír.
—Colin
—dijo lentamente—. Col de la Haye...
Col
sujetó con su otro brazo el bíceps de Jesse.
—Bien,
demonios —dijo—. Jesse, tienes buen aspecto. Esto hay que celebrarlo con un
trago, viejo amigo. ¿Qué es de tu vida? Demonios, tienes buen aspecto...
Se
situaron en una esquina del bar, con un par de pintas llenas hasta el borde
delante de ellos.
—Maldita
sea, Jesse, esta suerte asquerosa. Has perdido a tu viejo, ¿eh? Esto es una
mierda... —Levantó su jarra y dijo—: A tu salud, viejo Jesse. Por los días
felices...
En
la universidad de Sherborne, Jesse y Col se habían hecho rápidamente amigos.
Había sido una atracción de polos opuestos: Jesse lento en hablar, estudioso y
tranquilo, de la Haye el calavera, el hombre de sociedad. Col era hijo de un
hombre de negocios del oeste del país, un mujeriego, un pícaro con vista; sus
tutores siempre habían dicho que, al igual que el personaje de Fielding, había
nacido para ser colgado. Después de la universidad, Jesse había perdido el
contacto con él. Oyó rumores de que Col había abandonado el negocio familiar:
importar y almacenar no era lo que mejor iba a su carácter. Al parecer había
pasado un tiempo como trovador errante, trabajando en un libro de baladas que
nunca llegó a escribirse, y luego había actuado seis meses en los escenarios de
Londinium antes de ser herido y mandado a casa, víctima de una pelea en un
burdel.
—Te
enseñaría la cicatriz —dijo Col, haciendo horribles muecas—, pero sería un
tanto embarazoso aquí delante de todo el mundo, viejo amigo...
Más
tarde trabajó, entre muchas otras cosas, de transportista para una compañía en
Isca. Ese trabajo no duró mucho; a mitad de su primera semana de trabajo entró
aullando en Bristol con una Clayton & Shuttleworth de ocho caballos,
desenrolló la manguera, y desaguó completamente la máquina en el centro mismo
del pueblo antes de que los policías lograran cogerlo. La Clayton no llegó a
estallar, pero le faltó muy poco. Lo intentó de nuevo, allí en Aquae Sulis,
donde no le conocían tanto; en aquella ocasión duró seis meses antes de que un
indicador de presión de vidrio reventara, arrancándole la mayor parte de la
piel de los tobillos. De la Haye no se había desanimado, sin embargo, y siguió
buscando, según él mismo decía, «un empleo menos letal». Ante aquellas palabras
Jesse se echó a reír entre dientes y agitó afirmativamente la cabeza.
—Entonces,
¿qué estás haciendo ahora?
Aquellos
ojos insolentes le sonrieron de forma socarrona.
—De
todo un poco —dijo con voz animada—. Acepto lo que venga: un poco de aquí y un
poco de allá... Los tiempos son difíciles, y debemos vivir como podamos. Bebe,
Jesse; la siguiente ronda la pago yo...
Charlaron
de los viejos tiempos, mientras Margaret les servía las pintas y tomaba el
dinero, alzando las cejas al mirar a Col. La noche en que de la Haye, con unas
copas de más, había jurado dejar desnudo el apreciado nogal de su profesor...
—Lo
recuerdo como si fuera ayer —dijo Col felizmente—. Había una luna llena
preciosa, clara como el sol... —Jesse había sostenido la escalera mientras Col
subía; pero antes de que pudiera alcanzar las ramas, el árbol fue sacudido como
por un huracán—. Las nueces caían como maldito granizo —rió Col—. ¿Recuerdas,
Jesse? Tienes que recordarlo. Y allí estaba ese... ese maldito viejo bribón de
Toby Warrilow, sentado encima con sus botazas, meneando el maldito árbol como
si hubiera enloquecido... —Después de aquello, durante semanas, ni siquiera de
la Haye había sido capaz de hacer nada malo a los ojos de la ley; y todo el
dormitorio de la universidad se había atiborrado de nueces durante casi un mes.
También
estaba el caso de las dos monjas que habían sido raptadas del convento de
Sherborne. No era un secreto para nadie que de la Haye era el culpable, pero
jamás se le pudo probar nada. Ocasionalmente se producía el rapto de alguna
chica que había profesado las órdenes sagradas, eso era del dominio público,
pero nunca habían sido raptadas dos a la vez. Y el caso del Poeta y Campesino:
el propietario de aquel albergue, debido a algún capricho personal, tenía un
gran mono encadenado en los establos. Col, expulsado del lugar después de una
noche singularmente alborotada, se las arregló para cortar el collar del
animal. Durante un mes, la bestia en libertad causó problemas y temores en toda
la zona: los hombres iban armados, las mujeres permanecían en casa. Finalmente
la cuestión se resolvió cuando un miliciano lo encontró en su habitación
bebiéndose un tazón de sopa y lo mató de un disparo.
—¿Y
qué vas a hacer ahora? —preguntó de la Haye, mientras daba cuenta de su sexta o
séptima cerveza—. Porque ahora es tu compañía, ¿no?
—Sí
—dijo Jesse, pensativo, los dedos cruzados y la barbilla apoyada en los
nudillos—. Voy a dirigirla, creo...
Col
pasó un brazo por encima de los hombros de Jesse.
—Te
irá todo muy bien —dijo—. Te irá todo de maravilla, amigo. Así que, ¿por qué
estás tan triste? Hey, te diré lo que pienso. Agarra ahora mismo a una
chiquita, y seguro que te sentirás mejor. Eso es lo que necesitas, viejo Jesse:
conozco los síntomas. —Le dio un amistoso puñetazo en las costillas y estalló
en una carcajada—. Pasarás la noche más caliente que con una ración de mantas
extra. Y eso impedirá que engordes, ¿no?
Jesse
parecía levemente sorprendido.
—No
sé qué decirte...
—¡Qué
demonios! —dijo de la Haye—. Te aseguro que es lo que necesitas. Ah, no hay
nada como eso. Mmmmiauuu... —Cerró los ojos, agitó las caderas y empezó a
dibujar formas con las manos, esforzándose en parecer embelesado y lascivo a la
vez—. Ahora no tienes problemas, viejo Jesse —dijo—. Ahora estás forrado,
¿sabes? Puñetas, hombre, eres lo que se dice un buen partido... Vendrán todas
corriendo apenas lo sepan, tendrás que apartarlas con un..., con un palo de
escoba, ¿no? —Se echó a reír de nuevo.
Las
once de la noche llegaron con demasiada rapidez. Jesse se metió
dificultosamente en su abrigo y siguió a Col por el callejón que corría
paralelo al lado del bar. Hasta que el aire frío no le golpeó no se dio cuenta
de lo borracho que estaba. Tropezó con de la Haye, y fueron a parar ambos
contra la pared. Siguieron tambaleándose calle adelante, entre risas y bromas,
y en el George se separaron. Col desapareció en medio de la noche, gritando
promesas y juramentos.
Jesse
se apoyó en la rueda trasera de La Margaret y echó la cabeza hacia atrás,
mientras notaba que los vapores de la cerveza ascendían hacia su cerebro.
Cuando cerró los ojos vio que se iniciaba un lento movimiento; el suelo parecía
vibrar hacia delante y hacia atrás bajo sus pies. Pero esa última media hora
había estado bien. Había sido de nuevo como en la universidad. Sonrió por lo
bajo, y se secó la frente con el dorso de la mano. De la Haye era un maldito
bastardo que no valía para nada, pero era un buen chico, un buen chico... Jesse
abrió pesadamente los ojos y contempló el tren de carretera. Entonces avanzó
cuidadosamente, poco a poco, a lo largo de la máquina, para comprobar la
temperatura de la caldera con la palma de su mano. Se izó hasta la plataforma,
abrió las puertas del hogar, echó un poco de carbón, controló los reguladores
del tiro y también los indicadores del nivel del agua. Todo correcto. Luego
bajó de nuevo al suelo, notando algunos copos de nieve sobre su cara.
Tras
varios intentos consiguió meter la llave en la cerradura y abrió la puerta de
golpe. La habitación estaba a oscuras y tremendamente fría. Encendió la única
linterna que había en ella, dejando el cristal entreabierto. La llama de la
vela se estremeció en la corriente. Se echó pesadamente sobre la cama,
observando desde aquella posición el punto de luz amarilla que oscilaba hacia
delante y hacia atrás. Era mejor descansar para poder marcharse temprano a la
mañana siguiente... Su mochila estaba en el mismo sitio donde la había dejado,
sobre la silla; pero le faltaba la fuerza de voluntad necesaria para levantarse
y deshacerla. Tras un leve intento, cerró los ojos.
Casi
al instante las imágenes empezaron a dar vueltas por su cabeza. En algún lugar
de su mente la Burrell estaba funcionando, con aquel ruido característico suyo;
cerró las manos, sintiendo el borde del volante temblar entre sus dedos. Así
era como las locomotoras lo atrapaban a uno tras una temporada: palpitando hora
tras hora, hasta que el ruido pasaba a formar parte de ti, invadía tu sangre y
tu mente hasta que no podías vivir sin ella. Levantarse al amanecer, pasar todo
el día en la carretera, conducir hasta que era imposible pararse; Londinium,
Aquae Sulis, Isca; piedra de las canteras de Purbeck, carbón de Kimmeridge,
lana, cereales y estambre, harina y vino, velas, vírgenes, palas,
descremadoras, pólvora y proyectiles, oro, plomo, plata; contratos para el
Ejército, para la Iglesia..., llaves de cilindro, reguladores, palancas del
cambio; el noble hierro haciendo estremecer la plataforma...
Se
agitó sin descanso, murmurando en voz baja. Los colores se hicieron más claros
en su mente: el castaño y dorado del uniforme, la saliva roja en la barbilla de
su padre, las flores brillantes sobre la tierra fresca; vapor y luz de gas,
llamas, y el duro cielo aplastado contra las colinas...
Su
mente jugueteó con los recuerdos de Col; oyó sus frases, le escuchó reír: la
pequeña inspiración, chillona y diferente, y luego la aguda metralleta ladrando
mientras él cerraba los ojos con fuerza, encogía los hombros y daba un puñetazo
sobre el mostrador. Col había prometido ir a verle a Durnovaria, tambaleándose
y gritando que no lo olvidaría. Pero lo olvidaría; se perdería, se liaría con
alguna mujer, dejaría correr todo el asunto, olvidaría el encuentro. Y todo
ello porque Col no era como Jesse. De la Haye no hacía nunca proyectos, jamás
sopesaba las posibilidades, vivía sólo el momento, intensamente. Y jamás
cambiaría.
Las
locomotoras resonaban, las manivelas giraban, los pistones se hundían, el
bronce brillaba y tintineaba al viento.
Jesse
se incorporó a medias, agitando la cabeza. La lámpara ardía ahora con
regularidad, su llama era alta y delgada, vibrando solamente en su punta. El
viento resoplaba, arrastrando consigo las campanadas del reloj de una iglesia.
Jesse escuchó y contó. Doce campanadas; frunció el ceño con desagrado. Había
dormido y soñado, y creía que era casi el amanecer. Pero la larga y dura noche
apenas había empezado. Se tendió de nuevo, con un gruñido, sintiéndose borracho
pero curiosamente despierto. No podía tomar más cerveza, se había puesto
melancólico. Quizá aún no había soñado lo suficiente, se dijo.
Empezó
a pensar de nuevo, perezosamente, en las cosas que de la Haye había dicho.
Aquello de buscarse una mujer. Era una locura, algo típico de Col. No
representaba ningún problema para él, pero para Jesse solamente había existido
una niñita. Y ahora estaba fuera de su alcance.
Su
mente, incansable, parecía encenderse y apagarse de una forma regular.
Olvídalo, se dijo irritadamente Jesse. Ya tienes bastantes problemas: se te
pasará... Pero una parte de él se negaba tercamente a obedecer. Repasó
mentalmente las páginas de los libros mayores, sumó, restó, empujando
insistentemente los totales en su subconsciente. Gritó, maldiciendo a de la
Haye. La idea, una vez arraigada, ya no le abandonaría. Le perseguiría durante
semanas, incluso años.
Se
dio por vencido, y se entregó placenteramente a soñar. Ella lo sabía todo
acerca de él, eso era cierto: las mujeres siempre sabían ese tipo de cosas. Él
se había traicionado cien, mil veces; pequeños detalles, una mirada, un gesto,
una palabra..., ella no necesitaba más. La había besado una vez, hacía años.
Solamente una vez; por eso permanecía de una forma tan clara y brillante en su
mente, por eso aún podía recordarlo. Había sido algo casi accidental; una
víspera de Año Nuevo, el bar reluciente y ruidoso, y una veintena o más de
clientes del lugar celebrando el paso del año. El reloj de la iglesia había
dado las campanadas, el mismo reloj que ahora acababa de marcar las horas, las
puertas de las calles del pueblo se habían abierto a todos, comidas populares
con pasteles de carne picada y frutas, vino, y la gente se llamaba y besaba en
la oscuridad; y ella había dejado la bandeja que sostenía y le había mirado.
—No
nos quedemos fuera, Jesse —había dicho—. También nosotros...
Recordaba
el súbito latir de su corazón, como la aceleración de una locomotora cuando se
le da vapor. Ella le había ofrecido su rostro, y él había visto sus labios
entreabrirse; entonces ella había insistido, utilizando su lengua y produciendo
un sonido muy curioso en lo más profundo de su garganta. Se preguntó si ella
haría ese mismo sonido cada vez, de modo automático, como un gato que ronronea
cuando se le acaricia el pelo. Y de alguna manera, había sido ella también la
que había guiado su mano hasta su pecho, y la había dejado allí, acariciando su
seno, cálido bajo el vestido, quemándole casi la palma. Entonces él la había
cogido fuertemente por el talle con uno de sus brazos, levantándola un poco del
suelo, hasta que ella se deslizó fuera de sus brazos, jadeante.
—Huau
—había dicho—. Bien hecho, Jesse. Uuff... Bien hecho... —Y se había reído de él
de nuevo, mientras se arreglaba el cabello; y todos sus sueños pasados y sus
visiones futuras habían convergido en un mismo punto de fusión en el Tiempo.
Recordó
cómo había alimentado el hogar de la locomotora durante todo el viaje de
regreso, incansablemente, mientras el viento cantaba y las ruedas se abrían
paso a través de un paisaje de joyas. Aquellas imágenes volvían ahora; vio a
Margaret en mil dulces momentos, arreglándose, acariciándole, desvistiéndose,
riendo. Y de pronto recordó una boda: el desgraciado matrimonio de su hermano
Micah con una chica de Sturminster Newton. Las máquinas abrillantadas hasta sus
últimos rincones, llenas de cintas y cubiertas de banderas, los vagones
reluciendo al máximo, montones de confeti como si se tratara de nieve de
colores, el sacerdote de pie riendo con su vaso de vino en la mano, el viejo
Eli con el pelo engominado y milagrosamente liso y aplastado contra su cabeza y
un incongruente collarín blanco rodeando su cuello, radiante y con la cara
enrojecida, saludando desde la plataforma de La Margaret con un cuarto de
cerveza en la mano. Entonces, de manera igualmente súbita, la escena
desapareció, y Eli y su traje de los domingos, su jarra y su brillante pelo,
fueron tragados por el oscuro espacio del viento.
—¡Padre...!
Jesse
se sentó, jadeante. La pequeña habitación parecía apagada ahora, las sombras se
agitaban a medida que oscilaba la llama de la vela. Fuera, el reloj dio las
doce y media. Permaneció inmóvil, acurrucado al borde de la cama, con la cabeza
entre las manos. No había bodas para él, no había alegría. Mañana tendría que
volver a una casa oscura y aún de luto, a las preocupaciones no resueltas de su
padre, al negocio familiar y a la misma vieja y monótona rutina...
En
la oscuridad, la imagen de Margaret danzaba como un destello solitario.
Se
sintió horrorizado por lo que su cuerpo estaba haciendo. Sus pies hallaron la
dirección de las escaleras de madera, y tropezaron, y estuvo a punto de caer.
Sintió que el aire frío mordía su rostro al salir al patio. Intentó razonar
consigo mismo, pero parecía que sus piernas ya no le obedecían. Notó un súbito
placer, una iluminación. Uno no se resiste al dolor de una muela durante toda
la vida, va al barbero, cambia el constante dolor por una agonía más intensa
pero más breve, y luego llega la paz bendita. Él y a había soportado aquello
durante demasiado tiempo; ahora iba a terminarlo. Inmediatamente, sin mayor
dilación. Se dijo a sí mismo que diez años de esperanzas y sueños, de desear
calladamente como un animal, tenían que significar algo más. ¿Qué era lo que
esperaba que hiciese ella?, se preguntó. No acudiría corriendo a él,
suplicante, lanzándose a sus pies; las mujeres no actúan de este modo, ella
también tenía su pizca de orgullo... Intentó recordar cuándo se había
establecido la línea divisoria entre él y Margaret, y se respondió: nunca,
jamás a través de una señal o de una palabra... Él nunca había ofrecido una
oportunidad, así que, ¿qué ocurriría si ella hubiera estado esperando también
durante todos aquellos años? Esperando simplemente a que él se lo pidiera...
Tenía que ser cierto. Sabía, con entusiasmo, que era cierto. Empezó a cantar,
haciendo eses por la calle.
El
vigilante nocturno se asomó en un portal y, al ver la oscura silueta, empuñó
bruscamente la alabarda.
—¿Se
encuentra bien, señor?
La
voz, penetrante pese a la distancia, hizo que Jesse se detuviera de golpe.
Tragó saliva, asintió, murmuró:
—Sí.
Sí, claro... —Fue apenas un balbuceo, mientras señalaba al George con el
pulgar—. He traído un... tren hasta aquí. Strange, Durnovaria...
El
hombre se apartó. Su actitud era más que explícita: «Otra vez uno de ésos...».
—Entonces
será mejor que se marche, señor. No querrá perder su tren, ¿verdad?, y yo no
querría tener que llevarle... Ya son pasadas las doce, ¿sabe?
—Sí,
ya me voy, oficial —respondió Jesse—. Me voy ahora mismo... —Dio unos pasos,
luego se volvió—. Oficial: ¿está usted... casado?
La
respuesta fue firme:
—Márchese
de una vez, señor... —y la figura se desvaneció en la oscuridad.
El
pequeño pueblo estaba dormido. La escarcha brillaba en los tejados, los charcos
a la orilla del camino formaban surcos helados, como de hierro, y las casas ya
habían cerrado las contraventanas. Un búho ululó en alguna parte; o quizá fuera
el ruido de alguna lejana locomotora, allá fuera, en algún lugar de la
carretera... La Sirena estaba en silencio, no se veían luces dentro. Jesse
llamó con fuerza a la puerta. Nada. Llamó más fuerte. Se encendió una luz al
otro lado de la calle. Empezó a respirar con dificultad. Lo había hecho todo
mal, ella no abriría. Alguien llamaría al vigilante. Pero ella sabría, sabría
quién estaba llamado, las mujeres lo saben todo. Golpeó la madera de la puerta,
aterrorizado.
—Margaret...
Un
haz amarillento de luz se movió al otro lado, luego la puerta se abrió, con una
rapidez que lo derribó al suelo. Se levantó, respirando aún pesadamente,
intentando aclarar la vista. Ella estaba de pie, con un chal sobre los hombros,
el cabello despeinado. Alzó la lámpara y:
—¿Tú?
—Le hizo entrar, cerró la puerta de golpe, corrió el cerrojo, y se dio la
vuelta para examinarle—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —Su voz era
contenida, furiosa.
Retrocedió
unos pasos.
—Yo...
—dijo—. Yo...
Observó
que el rostro de ella sufría una transformación.
—Jesse,
¿qué te pasa? —dijo la mujer—. ¿Estás herido, te ha ocurrido algún percance?
—Yo...,
lo siento —balbuceó—. Tenía que verte, Margaret. No podía esperar más.
—No
alces la voz —dijo ella en un susurro—. Despertarás a mi padre, si ya no lo has
hecho. ¿De qué estás hablando?
Jesse
se apoyó contra la pared, intentando que la cabeza dejara de darle vueltas.
—Cinco
mil —dijo gravemente—. No es... nada, Margaret. Ya no. Soy rico, Margaret...,
que Dios me ayude. Ya no importa...
—¿Qué?
—En
la carretera —dijo, desesperado—. Los... transportistas hablan. Dicen que
quieres cinco mil. Margaret, puedo llegar hasta diez...
Ella
empezó a comprender. Y, por Dios, se echó a reír.
—Jesse
Strange —dijo, agitando la cabeza—. ¿Qué intentas decirme?
Por
fin brotaron las palabras.
—Te
quiero, Margaret —dijo simplemente—. Creo que siempre te he querido. Y...,
quiero que seas mi mujer.
Ella
dejó de sonreír de inmediato. Permaneció inmóvil, dejó que sus ojos se
cerraran, como si de pronto estuviera muy cansada, luego se le acercó
lentamente y le tomó la mano.
—Vamos
—dijo—. Sólo un momento. Ven y siéntate.
En
la parte de atrás del bar el fuego estaba apagándose. Ella se sentó al lado de
la chimenea, acurrucada como un gato, observándole con ojos grandes en la
penumbra. Y Jesse habló. Le dijo todo lo que jamás se le hubiera ocurrido
contarle. Le habló de cómo la había querido, y deseado, aún sabiendo que era
inútil; de cómo había esperado durante tantos años que no podía recordar ningún
momento en el que ella no hubiera estado en su pensamiento. Margaret permanecía
inmóvil, sujetando sus dedos, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar,
con el ceño ligeramente fruncido, pensativa. Él le habló de cómo se convertiría
en la señora de la casa y de cómo tendría jardines, huertos de cerezos,
terrazas llenas de rosas, criados, una cuenta en el banco; y de cómo no tendría
nada más que hacer en todo el día excepto ser Margaret Strange, su esposa.
Cuando
terminó de hablar, el silencio se prolongó hasta que el tic-tac del gran reloj
del bar se convirtió en algo estridente. Ella removió las cálidas cenizas con
el pie, agitando ligeramente los dedos; él sujetó con suavidad su empeine,
abarcándolo entre el pulgar y el índice.
—Te
juro que te quiero, Margaret —dijo—. De veras...
Ella
siguió inmóvil, observando con mirada inexpresiva algo que no era visible. El
chal había resbalado de sus hombros; ahora podía ver sus pechos, con los
pezones empujando enhiestos contra la ligera tela del camisón de dormir.
Frunció un poco más el ceño, apretó los labios y le miró de nuevo.
—Jesse
—dijo—, cuando haya acabado de hablar, ¿harás algo por mí? ¿Me lo prometes?
De
repente ya no estaba borracho. El zumbido y el calor desaparecieron,
abandonándole en medio de un escalofrío. En alguna parte, estaba seguro de que
la locomotora silbaba otra vez.
—Sí,
Margaret —dijo—. Si esto es lo que quieres.
Ella
se le acercó y se sentó a su lado.
—Córrete
un poco —musitó—. Estás ocupando todo el sitio. —Notó su escalofrío, metió su
mano dentro de la chaqueta de él y frotó suavemente—. No sigas —dijo—. No hagas
eso, Jesse. Por favor.
La
sensación pasó; ella retiró el brazo, se subió el chal, recogió el camisón bajo
sus rodillas.
—Cuando
haya dicho lo que voy a decir, ¿me prometes que te irás? ¿Con mucha calma y...
sin crearme problemas? Por favor, Jesse. Te he dejado entrar...
—Está
bien —respondió él—. No te preocupes, Margaret; está bien. —Su voz, al hablar,
sonaba como la voz de un extraño. No deseaba escuchar lo que ella iba a decir;
pero el hecho de escucharla significaba que podría estar a su lado un poco más.
Por un instante creyó saber lo que era la sensación de recibir un cigarrillo
antes de ser colgado, el hecho de que cada bocanada de humo significaba un
segundo más de vida.
Ella
juntó los dedos y miró a la alfombra.
—Yo...,
quiero dejar esto muy claro —dijo—. Quiero... decirlo correctamente, Jesse,
porque no deseo herirte. Me gustas... demasiado para hacerte eso.
»Yo
ya conocía tus sentimientos, claro. Los conocí durante todo el tiempo. Por eso
te he dejado entrar; porque tú..., me gustas mucho, Jesse, y no quería herirte.
Y ahora..., ya ves que te he creído, y no debes decepcionarme. No puedo casarme
contigo, Jesse, porque no te amo y nunca podré amarte. Espero que puedas
entenderlo. Es tremendamente duro saber..., bien, cómo te sientes y todo eso, y
tenértelo que decir, pero debía hacerlo, porque sabía que era algo que no
funcionaría, Sabía que esto iba a ocurrir algún día, y solía permanecer
despierta por la noche pensando en ello, pensando en ti, de verdad, pero no le
veía ninguna solución. Es, simplemente..., que no iba a funcionar eso es todo.
Así pues..., no. Lo siento muchísimo, pero... no.
¿Cómo
puede un hombre basar su vida en un sueño, cómo puede ser tan estúpido? ¿Y cómo
puede seguir viviendo cuando el sueño se derrumba por los suelos...?
Ella
vio su alterado rostro y tomó de nuevo su mano.
—Jesse,
por favor, creo..., creo que ha sido tremendamente hermoso por tu parte esperar
todo este tiempo, y yo..., ya sé lo del dinero, ya sé por qué lo dijiste, y sé
que lo único que deseabas era darme una... buena vida. Fue maravilloso que
pensaras esto de mí, y sé... que 1o harías. Pero no funcionaría. Dios mío, es
terrible...
Intentas
despertar de lo que sabes que es un sueño, y no puedes. Y no puedes porque ya
estás despierto, éste es el sueño al que llaman vida. Te desplazas por el sueño
y hablas, aunque algo en tu interior quiera abandonarlo y morir. Acarició su
rodilla, notando su firme suavidad.
—Margaret
—dijo—. No deseo que te precipites a una situación desagradable. Mira, tengo
que volver dentro de un par de meses...
Ella
se mordió los labios.
—Sabía...
que ibas a decirme eso también. Pero..., no, Jesse. No vale la pena pensarlo.
Lo he intentado, y estoy convencida de que no funcionaría. No quiero... tener
que pasar por esto de nuevo, herirte otra vez. Por favor, no me lo pidas otra
vez. Nunca.
Él
pensó torpemente que no podía comprarla. Que no podía conseguirla ni comprarla.
Porque no era lo bastante hombre, y ésa era la verdad simple y llana. No era lo
que ella deseaba. Y eso era algo que sabía hacía ya mucho tiempo, en lo más
profundo de su ser, aunque nunca lo había afrontado. Había besado sus almohadas
por la noche, y susurrado palabras de amor por Margaret, porque no se había
atrevido a sacar la verdad a la luz. Y ahora tenía todo el resto del tiempo
para intentar olvidar... todo aquello.
Ella
le seguía observando.
—Por
favor —dijo—, intenta comprenderlo...
Y él
pareció sentirse un poco mejor. Que Dios le ayudara, parecía como si se hubiese
quitado un peso de encima y por fin pudiera hablar.
—Margaret
—dijo—, todo esto suena realmente estúpido, ni siquiera sé cómo decirlo...
—Inténtalo...
—No
quiero... agobiarte —prosiguió él—. Sería... egoísta por mi parte, como tener
un pájaro en una jaula, poseyéndolo... Sólo que antes no lo veía de este modo.
Creo que... te quiero de veras, porque no deseo que te ocurra esto, y no haría
nunca nada que pudiera herirte. Estate tranquila, Margaret, todo irá bien. Todo
irá bien ahora. Creo que..., bien, me apartaré de tu camino...
Ella
se llevó una mano a la cabeza.
—Dios
mío, esto es horrible, sabía que ocurriría... Jesse, no... no desaparezcas así,
sin más. Ya sabes lo que quiero decir: irte y... no volver jamás. Me gustas...
muchísimo, como amigo, y me sentiría terriblemente mal si hicieras eso. ¿No
pueden seguir las cosas del mismo modo..., como eran antes, quiero decir...,
viniendo a verme como hasta ahora? No te vayas así, por favor...
Incluso
eso, pensó él. Dios santo, si ella lo desea, incluso haré eso.
Ella
se levantó.
—Y
ahora debes irte. Por favor...
Él
asintió calladamente.
—Todo
irá bien...
—Jesse
—dijo ella—. No quiero... entrar en más detalles, pero... —Le besó con rapidez.
No había sentimiento esta vez. No había pasión. Él se dejó besar hasta que ella
se apartó, y entonces se dirigió rápidamente hacia la puerta.
Oyó,
de forma confusa y apagada, el ruido de sus propias botas golpeando contra el
suelo. En algún punto, allá delante, había como un leve suspiro, un susurro;
podía ser perfectamente la sangre en sus oídos, o podía ser el mar. Los
portales de las casas y los oscuros marcos de las ventanas parecían inclinarse
por voluntad propia hacia él. Se sentía como un fantasma aferrándose al
concepto de la muerte, intentando asimilar una idea demasiado grande para su
consciencia. Ahora ya no existía ninguna Margaret, ya no. Ninguna Margaret.
Ahora debía abandonar el mundo de los adultos, donde la gente se casaba, se
amaba, se unía y se importaba mutuamente, y volver para siempre a su universo
infantil de aceite y acero. Y los días llegarían, y los días se irían, hasta
que, en uno de ellos, muriera.
Cruzó
la carretera frente al George; y se descubrió caminando hacia la entrada,
subiendo las escaleras, y abriendo otra vez la puerta de su habitación.
Encendió la luz, y captó el olor ligeramente ácido de las sábanas recién
lavadas.
La
cama estaba fría como una tumba.
Le
despertaron las pescaderas, pregonando su mercancía por las calles. En algún
lugar se oía el rumor de los cubos de leche; las voces sonaban claras en el
frío aire del patio. Permaneció echado boca abajo, y pasó un cierto tiempo en
blanco, hasta que de nuevo sintió que el pesar caía sobre él como un jarro de
agua fría. Recordó que estaba muerto; se levantó y se vistió, sin sentir apenas
el helado aire sobre su cuerpo. Se lavó, se afeitó aquel rostro forastero de
pelo casi azulado, y salió hacia donde se hallaba la Burrell. La locomotora
brillaba bajo la aún débil luz del sol, cubierta por una ligera capa de
escarcha. Abrió el hogar, agitó los rescoldos del fuego y lo alimentó. No
sentía ningún deseo de comer; bajó al muelle y empezó a regatear distraídamente
por el pescado que pensaba comprar, y dijo que le fuera entregado en el George.
Las cajas fueron cargadas a tiempo para asistir al último servicio de la
iglesia, y se quedó para confesarse. Ni siquiera pasó cerca de La Sirena; ahora
lo único que deseaba era irse, volver a la carretera. Comprobó una vez más que
todo estuviera bien en la Lady Margaret, sacó brillo a las placas donde
figuraba el nombre de la compañía, a los tapacubos y a las palancas de cobre.
Entonces recordó haber visto algo en el escaparate de una tienda, algo que
deseaba comprar: un pequeño retablo, la Virgen, José, los pastores arrodillados
y el Niño Jesús en el pesebre. Llamó al encargado de la tienda, lo compró y se
lo hizo envolver; su madre tenía aquellas cosas en gran estima, y luciría bien
en la vitrina por Navidad.
Por
entonces ya era hora de comer. Se obligó a tomar algo, tragando una comida que
le sabía a rayos. Casi estuvo a punto de pagar la cuenta, sin saber lo que
estaba haciendo: ahora se la cargaban directamente al banco de Dorset, a nombre
de Strange e Hijos. Después de la comida fue a uno de los bares del George y
bebió para quitarse aquel sabor agrio de la boca. Inconscientemente se
descubrió esperando oír unos pasos, una voz conocida, algún mensaje de Margaret
en el que le pidiera que se no se fuese, que había cambiado de parecer. Era una
mala sensación, pero no podía hacer nada por evitarla. No llegó ningún mensaje.
Eran
casi las tres cuando se encaminó hacia la Burrell y empezó a aumentar la
presión. Desenganchó la Margaret y le dio la vuelta, enganchándola de nuevo al
convoy y empujando el tren de vuelta a la carretera. Era una maniobra difícil,
pero la ejecutó sin pensar. Desenganchó otra vez la locomotora, le dio de nuevo
la vuelta, y la volvió a enganchar Accionó la palanca del cambio y abrió poco a
poco el regulador. Las ruedas empezaron finalmente a retumbar. Sabía que, una
vez lejos de Purbeck, ya no volvería. No podría hacerlo, pese a su promesa.
Mandaría a Tim o a uno de los otros; todo aquello que llevaba dentro se
resistía a morir, y si la veía de nuevo tendría que matarlo de nuevo de una
forma definitiva. Y una vez era más que suficiente.
Tenía
que pasar por delante de la taberna. Salía humo por la chimenea, pero no se
veía ningún otro signo de vida. El tren crujía a sus espaldas, atronadoramente
obediente. Cincuenta metros más adelante utilizó el silbato, una y otra vez,
despertando la inmensa voz de hierro de la Margaret, llenando la calle de
vapor. Era algo infantil, pero no podía detenerse. Fue entonces cuando se
sintió limpio, vacío de aquella carga. Al menos lo había intentado. Swanage se
perdió a lo lejos mientras iniciaba la subida hacia el páramo. Aumentó la
velocidad, Iba con retraso; en ese otro mundo que parecía haber abandonado
hacía va tanto tiempo, un hombre llamado Dickon estaría preocupándose.
Allá
delante a lo lejos, a su izquierda, se alzaba una torre de señales, rígida e
impasible, recortada contra el cielo. Llamó su atención con el silbato,
utilizando la llamada propia de todos los transportistas: dos pitidos cortos
seguido de uno largo. Por un instante nada se movió; luego vio que los brazos
de la señal se alzaban en un movimiento de reconocimiento. Desde allí, un
hombre con unos prismáticos Zeiss debía estar contemplándole: los hombres del
Gremio habían respondido, y pronto un mensaje viajaría velozmente hacia el
norte, precediéndole, a través de las pequeñas torres de señales locales: La
Lady Margaret, locomotora, Strange e Hijos, Durnovaria; salida de Swanage con
destino a Corvesgeat, quince horas treinta. Todo bien...
La
noche llegó con rapidez; la noche, y el frío implacable. Jesse giró hacia el
oeste bastante antes de Wareham, acortando camino directamente a través del
páramo. La Burrell rugía firme y segura, agarrándose a la carretera con sus
ruedas tractoras de siete pies, dejando a su paso finos rastros de vapor en
medio de la oscuridad. Jesse se detuvo una vez, para llenar los depósitos y
encender las lámparas, y prosiguió su camino. Se estaba empezando a formar una
ligera bruma helada, que se adhería a los baches del abrupto terreno. El viento
susurraba amenazador. Al norte de los Pubecks, fuera ya de la estrecha franja
costera, el invierno podía golpear rápida y duramente; a la mañana siguiente el
páramo podía convertirse en un terreno inaccesible, con los caminos ocultos
bajo más de tres palmos de nieve.
Al
cabo de una hora de haber salido de Swanage, la Margaret seguía repitiendo su
incansable tonadilla de fuerza y potencia. Confusamente, Jesse pensaba que ella
al había sido sincera. Las torres de señales ya no podían verla en la
oscuridad; no habría más mensajes hasta que llegara a la central. Podía
imaginar ya al viejo Dickon de pie en el portal, bajo las llameantes antorchas,
preocupado, inclinando un poco la cabeza para intentar oír la pulsación de los
pistones a varias millas de distancia. La locomotora pasó por Wool. Pronto
llegaría a casa; a casa, para relajarse en cualquier comodidad de la que aún
pudiera disfrutar...
El
desconocido le pilló casi por sorpresa. El tren había reducido su marcha cerca
de la cima de un montículo, cuando el hombre se puso a correr a su lado,
tendiéndose para subir al estribo de la plataforma. Jesse oyó el sonido de unos
zapatos en la carretera; un sexto sentido le avisó de algún movimiento en la
oscuridad. Alzó la pala, buscando la cabeza del desconocido, antes de que le
detuviera un gañido medio agónico:
—Hey
viejo, ¿es que ya no reconoces a tus amigos?
Jesse,
a punto de perder el equilibrio, se aferró al volante.
—Col...,
¿qué demonios haces aquí?
De
la Haye, todavía jadeando, le sonrió al reflejo de la luz de las lámparas
laterales.
—Viajar
en tu compañía, amigo. Tuve unos cuantos problemas, y creí que iba a tener que
pasar la noche en este maldito páramo...
—¿Qué
problemas?
—Mira,
estaba yendo a caballo hacia un lugar que conozco —dijo de la Haye—. Un lugar
en las afueras de Culliford, una pequeña granja, para pasar las Navidades con
unos amigos. Con unas hijas preciosas. No te lo creerías si las vieras, Jesse.
—Le dio un ligero puñetazo en el hombro y se echó a reír. Jesse le miró entre
curioso y reprobador.
—¿Qué
le pasó a tu caballo?
—El
maldito animal tropezó y se rompió una pata.
—¿Dónde?
—En
el camino de allá atrás —dijo descuidadamente de, la Haye—. Tuve que cortarle
el cuello y hacerlo rodar hasta un foso. No quería que los malditos routiers lo
vieran y me fueran pisando los talones... —Se echó el aliento en las manos y
las tendió hacia el hogar, mientras temblaba de modo espectacular bajo su
abrigo de piel de oveja—. Maldito frío, es una auténtica mierda... ¿Adónde vas?
—A
casa, a Durnovaria.
De
la Haye le miró con atención.
—Hey
no tienes buen aspecto. ¿Estás enfermo, viejo Jesse?
—No.
Col
agitó insistentemente el brazo.
—¿Qué
pasa, compañero? ¿Hay algo que un amigo pueda hacer para ayudarte?
Jesse,
con la vista fija en la carretera, le ignoró. De la Haye estalló en una
estrepitosa carcajada.
—Fue
la cerveza. La cerveza, ¿no? ¡Viejo Jesse, se te ha encogido el estómago! —Alzó
un puño, como queriendo expresar su tamaño—. Como el estómago de un bebé, ¿no?
Ya no eres el viejo Jesse que conocí, Ah, la vida es un infierno...
Jesse
miró los indicadores, hizo girar las llaves de los depósitos inferiores,
escuchó el ruido del agua al caer sobre el camino, luego tiró de la palanca de
control de los inyectores y observó el chorro de vapor que brotaba cuando los
mecanismos elevadores empezaron a alimentar la caldera. El ritmo de los
pistones siguió siendo el mismo.
—Sí,
creo que fue la cerveza —afirmó con tranquilidad—. Supongo que tendré que
empezar a considerar el retirarme a un trabajo un poco más tranquilo. Me estoy
haciendo viejo.
De
la Haye le estudió de nuevo escrutadoramente, con una profunda mirada.
—Jesse
—dijo—. Tú tienes problemas, hijo. Tienes problemas. ¿A que sí? Vamos, hombre,
suéltalo ya...
Aquella
maldita intuición: de la Haye seguía conservándola. La había poseído durante
todo el tiempo que estuvo en la universidad; de algún modo, parecía saber lo
que uno pensaba casi en el mismo momento en que la idea acudía a su cabeza. Era
la gran arma de Col; la solía utilizar para conquistar a las mujeres. Jesse rió
amargamente, y empezó a contarle su historia. No deseaba contársela, pero lo
hizo; hasta la última palabra. Una vez hubo empezado, ya no pudo parar.
Col
le escuchó en silencio, y luego se puso a temblar. Pero temblaba de risa. Se
echó hacia atrás, apoyándose en una de las barras del lateral de la cabina.
—Jesse,
Jesse, eres un niño. Cristo, nunca cambiarás: jodido sajón... —Se secó los
ojos, y tuvo que aguardar a que se calmara un nuevo acceso de risa antes de
poder continuar—. Así que te enseñó su bonito trasero, ¿eh? Jesse, eres un
chiquillo. ¿Cuándo aprenderás? Pero..., ¿cómo se te ocurre irle con... con
esto? —dio una palmada a la Margaret—. Y con tu rostro tan serio y tan lleno de
carbón. Casi puedo verlo desde aquí. Mira, amigo, ella no desea tu gran Caballo
de Combate de hierro. Por Dios bendito, no... Pero..., te diré lo que has de
hacer...
Jesse
frunció las comisuras de los labios y dijo:
—¿Por
qué no me haces un favor y te callas de una vez?
De
la Haye le tomó por el brazo.
—No,
escucha. No te enfades, y escucha. Tú... tienes que cortejarla, Jesse; a ella
le gustará eso, es exactamente lo que quieren todas. ¿Me entiendes? Así que
ponte tus mejores ropas, hombre, consíguete un coche mariposa, y arréglatelas
para llevarla a dar un paseo en él. Seguro que a ella le encantará... Y
recuerda, no vayas demasiado aprisa, no le hables de lo que tienes, viejo
Jesse. Y no le pidas nada, no vuelvas a hacerlo. Dile exactamente qué es lo
quieres, y dile que vas a conseguirlo... Paga la cerveza con una guinea de oro,
y dile que recogerás el cambio arriba. Ella lo vale, Jesse; si alguien lo vale,
es ella. Es una buena chica...
—Vete
al infierno.
—¿Es
que no la quieres? —De la Haye parecía dolido—. Tan sólo estoy intentando
ayudarte, viejo amigo... ¿Has perdido el interés, o qué?
—Exacto
—dijo Jesse—. He perdido el interés.
—Oh...
—Col suspiró—. En fin. Pero es una pena. Un joven amor marchitado... Mira
—prosiguió con voz alegre—, te diré lo que he pensado. Me has dado una gran
idea, viejo Jesse. Si tú no la quieres, la tomaré yo. ¿De acuerdo?
Cuando
oigas el lamento que te señala que tu padre ha muerto, tus manos seguirán
limpiando la guía del pistón. Cuando el mundo se vuelva rojo y estalle en
llamas, y oigas tambores redoblando en tu cabeza, tus ojos observarán
atentamente la carretera y tus dedos permanecerán inmóviles sobre el volante...
Jesse escuchó su propia voz decir secamente:
—Eres
un asqueroso embustero, Col, siempre lo has sido. Ella no va a caer en tus
redes...
Col
chasqueó los dedos y se puso a bailar sobre la plataforma.
—Mira,
hombre, si lo tengo casi hecho. Ella es..., huuuy..., muy bonita... ¿Te fijaste
que sus ojitos brillaban un poco anoche? Es fácil, hombre, muy fácil... Mira,
te apuesto a que es una sádica en la cama. Pero buena, ah, muy buena... —Sus
gestos, de alguna forma, sugerían éxtasis—. Le haré el amor cinco veces en una
sola noche —dijo—. Y te enviaré una prueba. ¿De acuerdo?
Quizá
no esté hablando en serio. Tal vez esté mintiendo. Pero no, no está mintiendo.
Conozco a Col, y Col no miente. No en estos temas, al menos. Lo que decide
hacer lo hace... Jesse esbozó una sonrisa, sólo con los dientes.
—Hazlo,
Col. Estrénala. Luego te la robaré. ¿De acuerdo?
De
la Haye rió y apoyó una mano en su hombro.
—Jesse,
eres un chiquillo.
Ante
ellos, lejos y a la derecha, en medio del páramo, se distinguió un breve
destello. Col se dio la vuelta y miró hacia donde se había producido, y luego
volvió los ojos hacia Jesse.
—¿Has
visto eso?
—Lo
he visto —respondió Jesse secamente.
De
la Haye miró nerviosamente a su alrededor por toda la plataforma.
—¿Tienes
un arma?
—¿Para
qué?
—Esa
maldita luz. Los routiers...
—No
se lucha con un arma contra los routiers.
Col,
sorprendido, agitó la cabeza.
—Espero
que sepas lo que estás haciendo, chico...
Jesse
abrió las puertas del hogar, dejando escapar un estallido de luz y calor.
—Echa
carbón.
—¿Qué?
—¡Echa
carbón!
—Muy
bien, hombre, muy bien —dijo de la Haye—. De acuerdo... —Cogió la pala, y
empezó a alimentar el fuego. Luego cerró las puertas de una patada y se
levantó—. Te quiero mucho, pero creo que me iré pronto —dijo...—. Apenas
pasemos la luz..., en caso de que la pasemos.
La
señal, porque aquello había sido una señal, no se repitió. El páramo se
extendía ante ellos oscuro y vacío. Más adelante se sucedían una serie de
bajadas y subidas; la Lady Margaret bramó pesadamente, salvando el primer
repechón. Col miró de nuevo a su alrededor, incómodo, se colgó de la cabina
para mirar hacia atrás a lo largo del tren. Los altos hombros de las lonas eran
vagamente visibles en medio de la noche.
—¿Qué
llevas ahí, Jesse? —preguntó—. ¿Algún cargamento especial?
Jesse
se encogió de hombros.
—Carga
variada. Pienso para animales, azúcar, frutos secos. Nada que merezca la pena.
De
la Haye asintió preocupadamente.
¿Qué
hay en el furgón de cola?
—Coñac,
sedas. Un poco de tabaco. Suministros veterinarios. Utensilios para castrar
animales. —Miró hacia un lado y aclaró—: A base de cuerda. De los que no dejan
señal.
Col
pareció sobresaltarse otra vez, pero de pronto se echó a reír.
—Jesse,
eres un chiquillo. Un maldito chiquillo... Pero esto es una buena carga, amigo:
un buen botín...
Jesse
asintió, aunque en su interior se sentía vacío.
—Por
un valor de diez mil libras. Cien libras más, cien libras menos.
De
la Haye silbó.
—Sí.
Es una buena carga...
Pasaron
junto al lugar donde había aparecido la luz, y lo dejaron atrás. Hacía casi dos
horas que habían salido, y ya no faltaba mucho para llegar. La Margaret bajó la
cuesta, y se encaminó a la siguiente subida. La luna apareció clara y diáfana
desde detrás de una nube, mostrándoles el largo tramo del camino que se
extendía ante ellos. Ya casi habían salido del páramo, y Durnovaria se dejaba
entrever en el horizonte. Jesse observó un camino que se separaba de la
carretera, casi ocultándose de la luz de la luna, tiñendo de negro la
oscuridad.
De
la Haye le dio un apretón en el hombro.
—Ahora
todo irá bien —dijo—. Ya hemos dejado atrás a esos hijos de puta..., todo irá
bien. Me bajo aquí, viejo amigo; gracias por el viaje. Y recuerda lo que te he
dicho acerca de la chiquita. Entra arrasando, y haz lo que te he dicho. ¿De
acuerdo, viejo Jesse?
Jesse
se volvió para verle mejor.
—Cuídate,
Col —dijo. El otro saltó al estribo—. Todo irá bien. Todo irá de maravilla.
—Dejó que desapareciera en la noche.
Col
calculó equivocadamente la velocidad de la Burrell. Rodó hacia delante, dio una
voltereta en la hierba, y acabó sentado y sonriendo. Las luces del furgón de
cola se veían ya débiles a lo lejos. Oyó ruido a su alrededor; de repente, seis
hombres a caballo surgieron de la oscuridad. Llevaban un séptimo caballo, con
la silla de montar vacía. Col vio el rápido destello del cañón de un arma y la
voluminosa forma de una ballesta. Routiers... Se levantó, todavía sonriendo, y
saltó a la silla de la montura libre. A lo lejos, el tren se perdía en los
bajos bancos de niebla. De la Haye alzó el brazo.
—A
por el último vagón... —Golpeó los flancos de su caballo con los talones y se
lanzó al galope tendido.
Jesse
estaba observando los indicadores: a toda marcha, ciento cincuenta libras en la
caldera. Su rostro seguía mostrando una expresión enojada. No sería suficiente:
al final de la siguiente cuesta su velocidad se habría reducido
considerablemente; a mitad de la larga pendiente le cogerían. Movió el
regulador a la posición máxima; la Lady Margaret empezó a aumentar la velocidad
de nuevo, oscilando cuando sus ruedas encontraban las roderas de otras ruedas.
Llegó al fondo de la pendiente a veinticinco millas por hora y empezó a subir,
disminuyendo el empuje a medida que el motor empezaba a acusar el peso muerto
de la carga.
Algo
golpeó la caldera con un resonante estrépito. La flecha le pasó rozando por
encima, iluminando el cielo a su paso. Jesse sonrió, porque ya nada importaba.
La Margaret hervía y rugía. Ahora ya podía ver a los jinetes galopando a su
lado. Captó un brillo pálido que podía ser muy bien el ribete de un abrigo de
piel de oveja. Sintió otra sacudida, y se tensó a la espera del fuerte impacto,
en cualquier momento, de una flecha en su espalda. Nunca llegó. Pero esto era
típico de Col de la Haye: podía robarte la mujer, pero no tu dignidad: te podía
arrebatar la carga de cola, pero no la vida. Las flechas volaron de nuevo, pero
no en dirección a la locomotora. Jesse, tendiendo el cuello por encima de los
hombros de los vagones, vio que las llamas se estaban extendiendo por los
costados de la última lona.
Estaban
a mitad de la subida; la Lady Margaret resollaba afanosamente, llena de rabia.
El fuego se propagaba con rapidez, las llamaradas empezaban a lamer ya la parte
delantera del furgón de cola. Pronto alcanzarían el siguiente vagón; en unos
minutos ardería también. Jesse se agachó y su mano se cerró lentamente,
pesarosamente, sobre la palanca de desenganche de emergencia. La empujó hacia
delante, y sintió, casi físicamente, cómo se soltaba el enganche, y notó el
cambio en el ritmo de la máquina al verse aligerada de parte del peso que debía
arrastrar. El vagón en llamas se rezagó, tambaleante, y empezó a ir cuesta
abajo, alejándose del resto del tren. Los jinetes galoparon tras la carga en
llamas a medida que ésta aumentaba su velocidad hacia atrás a lo largo de la
pendiente, y se agruparon a su alrededor en medio de gritos y golpes con sus
capas para apagar el fuego. Col les pasó a la carrera, se alzó en su silla y
saltó al vagón: un impulso, un grito de triunfo. Los demás routiers estallaron
en carcajadas. De pie sobre la parte superior de la carga en movimiento y
gesticulando con su única mano libre, su líder estaba orinando valientemente
sobre las llamas.
La
Lady Margaret llegaba a la cima de la cuesta cuando la nube apareció de repente
por encima de su cabeza, iluminando el cielo con su blanco resplandor. La
explosión resonó como un monstruoso latigazo; la onda expansiva golpeó los
vagones y desvió la locomotora fuera de su rumbo. Jesse luchó por mantenerla en
posición, mientras oía los ecos retumbar de colina en colina. Se apoyó en la
barandilla de la plataforma, mirando más allá de los hombros de la carga. A lo
lejos se veían aún algunos puntos brillantes de fuego, allá donde dos veintenas
de barriles de pólvora compactada con ladrillos y hierro viejo habían
desencadenado el infierno, segando y limpiando el valle de toda vida.
El
agua había bajado de nivel. Activó los inyectores y comprobó el indicador.
—Debemos
vivir como mejor podamos —murmuró, sin oír sus propias palabras—. Todos debemos
vivir como podamos. —La compañía Strange no había sido fundada sobre bases
débiles: aquello que robabas, tenías derecho a quedártelo, y que te
aprovechara.
En
algún lugar una torre de señales alzó sus brazos, iluminados con las antorchas
de la señal de Alarma. La Lady Margaret arrastrando el resto de su tren,
avanzaba en dirección a Durnovaria, a punto de confundirse con el suave tono
plateado del siguiente recodo del Frome.
Segundo
Compás
EL
TRANSMISOR DE SEÑALES
El
camino se extendía en largos y moteados recorridos a cada lado de la loma,
palideciendo en medio de la helada bruma hasta que los perfiles de las
distantes colinas se mezclaban con el denso cielo. El viento susurraba a lo
largo de aquella inmensidad, firme y helado, arrastrando ante sí rápidas
ráfagas de nieve. Las rachas de nieve llegaban y desaparecían como fantasmas, y
eran la única cosa que se movía en aquella visión de vacío.
Los
pocos árboles que había crecían agrupados, en pequeños bosquecillos que se
doblaban al viento, con sus ramas entrelazadas para poder protegerse y el
aspecto, desde lejos, de grandes surcos de arado. Uno de aquellos bosquecillos
coronaba la cima de la loma; bajo las ramas más bajas, y cobijado del viento
por ellas, yacía un muchacho, boca abajo, sobre la nieve. Estaba inmóvil, pero
no totalmente inconsciente; de vez en cuando su cuerpo se estremecía con los
espasmos de la conmoción. Tendría unos dieciséis o diecisiete años, rubio,
vestido de pies a cabeza con un uniforme de piel color verde oscuro. El
uniforme estaba desgarrado en varios sitios: desde la altura de los hombros,
pasando por la espalda hasta la cintura, por las caderas y los muslos. Se podía
ver el tostado claro de su piel a través de las rasgaduras del uniforme, y
también el lento y resplandeciente brillo de la sangre. La piel estaba empapada
de rojo y el largo pelo enmarañado. Al lado del muchacho se hallaba la funda de
unos binoculares, las lentes Zeiss sin las cuales ningún miembro o aprendiz del
Gremio de Transmisores de Señales se aventuraba a ir a ninguna parte, y un
puñal. El filo de la hoja estaba manchado de sangre; la empuñadura descansaba a
unos centímetros de su mano derecha. La mano también estaba herida, con un
corte superficial sobre el dorso de los dedos y otro profundo en la base del
pulgar. La sangre se había extendido a todo su alrededor, formando un halo de
color rosa sobre la nieve.
Una
fuerte ráfaga sacudió las ramas de los arbustos, elevando desde algún lugar un
largo crujir de protesta. El muchacho se estremeció de nuevo y empezó, con
infinita lentitud, a moverse. La mano extendida se arrastró hacia delante,
centímetro a centímetro, intentando aliviar el peso que oprimía su pecho. Los
dedos trazaron un arco sobre la nieve, con los nudillos crispados. Emitió un
ruido, medio gruñido, medio suspiro, y se izó sobre sus codos, deteniéndose
para recuperar fuerzas. Se dio la vuelta como pudo, apoyándose en la mano
izquierda, que no estaba dañada. Dejó colgar la cabeza, con los ojos cerrados;
su intensa respiración resonaba en el bosquecillo. Realizó otro esfuerzo, casi
convulsivo, para levantarse, y se encontró sentado sobre la nieve, sosteniéndose
en el tronco de un árbol. La nieve azotaba su cara, proporcionándole algo más
de consciencia.
Abrió
los ojos. Su aspecto era salvaje y horrorizado, y estaban velados por el dolor.
Miró el árbol, tragó saliva e, intentando lamerse los labios, volvió la cabeza
para observar el vacío de nieve que le rodeaba. Colocó su mano izquierda sobre
el estómago, mientras la derecha descansaba encima, apretando con la muñeca y
dejando la parte herida libre de contacto. Por un momento cerró los ojos de
nuevo e hizo que su mano bajara, agarrara y apartara la piel verde empapada de
sangre que cubría su muslo. Cayó hacia atrás, y empezó a sollozar amargamente
por lo que acababa de ver. Su mano, sin fuerzas, rozó la corteza del árbol. Una
astilla de madera se hundió en la herida abierta debajo del pulgar, y una
desagradable oleada de dolor le hizo caer de nuevo. Desde donde se hallaba en
aquel momento, el cuchillo estaba fuera de su alcance. Se tendió pesadamente
hacia delante, deseando no moverse, sólo permanecer quieto y morir con rapidez.
Sus dedos tocaron el filo; lo sujetó y volvió jadeante al árbol, sentándose de
nuevo de la manera que pudo. Descansó, sin aliento; luego pasó la mano
izquierda bajo la rodilla y tiró de ella hasta que la pierna, medio paralizada,
quedó encogida. Concentrándose, sujetando el cuchillo con las dos manos, colocó
la punta de la hoja sobre sus pantalones y apretó lentamente hacia abajo, en
dirección al tobillo, cortando la prenda en dos trozos. Luego fue tirando hacia
atrás hasta llegar al muslo, consiguiendo que la piel del pantalón quedara
suelta.
Se
notaba muy débil ahora; parecía como si pudiera sentir que las fuerzas
empezaban a abandonarle, la sensación de desfallecimiento revoloteaba ante sus
ojos como los movimientos de un ala negra. Tiró hacia sí del trozo de piel del
pantalón, sujetó la punta con los dientes, lo agarró, y empezó a cortarlo a
tiras. Era un trabajo lento y poco agradecido; se cortó un par de veces, sin
sentir ningún dolor. Finalmente acabó, y empezó a anudar las tiras alrededor de
la pierna, intentando apretarlas lo suficiente para que cerraran las grandes
heridas abiertas del muslo. El viento soplaba sin cesar, y no se oía más sonido
que el rápido jadeo de su respiración. Su rostro, cubierto de sudor, estaba
casi tan blanco como el cielo.
Hizo
todo lo que pudo. Su espalda era una intensa tortura, y la corteza del árbol,
tras él, estaba teñida de rojo; era insoportable, pero no podía alcanzar las
desgarraduras de aquel lugar. Obligó a sus dedos a apretar el último de los
nudos, estremeciéndose ante la sangre que seguía brotando incluso bajo los
improvisados torniquetes. Dejó caer el cuchillo e intentó levantarse. Tras
varios minutos de esfuerzos y gruñidos las piernas todavía se negaban a
sostener su peso. Tendió dolorosamente los brazos, mientras sus dedos
exploraban el áspero tronco del árbol. Tres palmos por encima de su cabeza tocó
el nudoso arranque de una rama baja. Le resbalaba la mano a causa de la sangre;
no consiguió hacer presa. Retiró la mano al sentir el hormigueo producido por los
cortes al abrirse y cerrarse. Sus brazos y hombros eran fuertes, con los
músculos desarrollados por las largas horas pasadas en las torres de señales;
se mantuvo en tensión por un instante, con la cabeza echada hacia atrás sobre
el tronco y el cuerpo arqueado y tembloroso; entonces sus piernas encontraron
un punto de apoyo en la nieve, y se puso en pie.
Se
quedó allá tambaleante, sin sentir el viento, observando cómo la oscuridad
brotaba a su alrededor y luego desaparecía de nuevo. Sentía ahora un golpear en
su cabeza, al compás del pulso de su sangre. Notó que una suave calidez le
recorría el estómago y las piernas, el inicio de una agónica náusea. Se dio la
vuelta, con la cabeza baja, y empezó a caminar, desplazándose con los lentos
movimientos de un buzo. Al cabo de seis pasos se detuvo, tambaleándose aún
torpemente hacia un lado. La funda de los binoculares estaba sobre la nieve, en
el mismo lugar donde la había dejado caer. Volvió hacia atrás como mejor pudo,
requiriendo con cada paso un nuevo e intenso esfuerzo de su mente en unión con
su consciencia para obligar a que su cuerpo obedeciera. Intuía vagamente que
debía agacharse para coger la punta, pero sabía que si lo intentaba caería de
bruces, y posiblemente ya no volvería a levantarse. Colocó el pie en el bucle
de la correa que utilizaba para colgarse los binoculares al hombro. Era lo
mejor, y lo único que podía hacer; el cuero se tensaba cada vez que daba un
paso, ajustándose en torno al empeine. La funda iba dando trompicones tras él
mientras descendía por la colina, alejándose de los árboles. Y a no podía
levantar la vista. Veía un círculo de nieve, de unos seis pies de diámetro,
ribeteado de color oscuro, o al menos eso era lo que distinguía su deteriorada
vista. La nieve se movía a medida que avanzaba, acercándosele bruscamente y
retrocediendo del mismo modo. En medio de esta visión corría una hilera de
vagas impresiones en el suelo, las huellas que él mismo había dejado. El
muchacho las seguía ciegamente. Alguna chispa enterrada en el fondo de su
cerebro le mantenía en movimiento; el resto de su consciencia había
desaparecido, insensibilizada por la emoción. Más que moverse se arrastraba,
con la funda de cuero dando vueltas y deslizándose tras su talón. Con la mano
izquierda se apretaba la parte interna del muslo, mientras que la derecha
oscilaba blandamente, manteniendo su precario equilibrio. Fue dejando tras él
un rastro de gotas de sangre, tiñendo la nieve de un rojo púrpura intenso que
palidecía y se extendía hasta convertirse en una mancha rosada antes de helarse
por completo. Los rastros de sangre y las pisadas se extendían hacia atrás en una
línea desigual en dirección a los árboles. Ante él, el viento soplaba en la
llanura; la nieve azotaba su rostro, pegándose en Finas capas a su chaleco.
Lentamente,
con un dolor infinito, aquel punto que se movía sobre la nieve se fue apartando
de los árboles. Éstos destacaban a sus espaldas, dando la impresión, a aquella
débil luz, de que aumentaban de altura a medida que se alejaban. El viento
enfriaba al muchacho, haciendo que el dolor disminuyera paulatinamente; alzó la
cabeza, observando ante él la torre de señales que remataba una baja cabina. La
estación se alzaba sobre un suave promontorio en el terreno; su cuerpo acusó la
inclinación de la cuesta; reaccionó con una profunda inspiración. Siguió
caminando, con lentitud debido al esfuerzo. Lloraba de nuevo, ahora con
pequeños gimoteos, ruidos indescifrables como los de un animal; un hilo de
saliva se deslizaba por su barbilla. Cuando llegó a la cabina, los árboles aún
eran visibles a su espalda, destacando grises y pálidos en medio de la nieve.
Se apoyó en la puerta de tablas, ahogando un sollozo, casi incapaz de
distinguir la textura de la madera. Su mano buscó a tientas el pomo. Tiró de él
y la puerta se abrió, precipitándole de rodillas.
Tras
todo aquel tiempo a la deslumbrante luz de la nieve, el interior de la cabaña
parecía oscuro. El muchacho avanzó a gatas por el suelo de madera. Había un
armario; lo buscó a ciegas, tirando vasos y tazas en el proceso, casi sin oír
el estrépito que hacían al caer. Encontró lo que necesitaba, sacó el corcho de
la botella con los dientes, se reclinó contra la pared e intentó beber. El
alcohol se derramó por su barbilla, deslizándose por su pecho y vientre. Pero
tragó lo suficiente para conseguir un momentáneo despertar. Tosió e intentó
vomitar. Se puso en pie y encontró un cuchillo, que reemplazó el que había
perdido. Un baúl de madera colocado a un lado de la pared contenía mantas y
ropa de cama; sacó una sábana y la rasgó a tiras, más anchas y largas en esta
ocasión, y se las ató en torno a la pierna. Ni siquiera podía conseguir aflojar
los torniquetes de piel. La blanca tela se tiñó al instante de sangre; las
manchas se hicieron más grandes, se agruparon y empezaron a brillar. Con el
resto de la sábana hizo una especie de bola, que se colocó en medio de las
ingles.
La
náusea volvió de nuevo; intentó dominar una arcada, perdió el equilibrio y cayó
redondo al suelo. Encima de su cabeza, la litera destacaba de forma confusa
como un cielo maravilloso. Si sólo pudiera llegar hasta ella. Era mejor
permanecer inmóvil hasta que el mareo desapareciera... De algún modo consiguió
cruzar la habitación, apoyarse en un extremo de la litera y rodar sobre ella.
Una ola de oscuridad vino a su encuentro, profunda como el mar.
Permaneció
echado largo rato; entonces surgió en él la porción de voluntad que aún le
quedaba. Se forzó, reacio, a abrir los pesados párpados. Ya casi era de noche;
la lejana ventana de la cabaña aparecía en la oscuridad como un vago rectángulo
de color grisáceo. Ante ella, las palancas señalizadoras parecían agitarse,
lanzando destellos allá donde la breve luz incidía sobre la madera. Se quedó
contemplándolas, dándose cuenta de su estupidez, e intentó bajar rodando otra
vez hasta el suelo. Las mantas pegadas a su espalda se lo impidieron. Lo
intentó de nuevo, tiritando de frío. La estufa no estaba encendida; la puerta
de la habitación estaba entreabierta, lo que permitía que los blancos copos de
nieve se acumularan sobre las planchas de madera del suelo. Fuera, el intenso
silbido del viento era incesante. El muchacho se debatió, y sus esfuerzos
despertaron de nuevo el dolor y las náuseas, los golpes y los rugidos. Las
imágenes de las palancas de señales parecían duplicarse, sextuplicarse,
desdoblándose hasta formar un centelleante manojo plateado. Respiraba con
dificultad, las lágrimas resbalaban hasta sus labios; cerró lentamente los
ojos. Cayó en un ruidoso vacío lleno de colores, chispas, resplandores y
pinceladas de luz. Estaba tumbado observando las luces, con la boca
entreabierta, sintiendo los latidos de su espalda justo allá donde la sangre
fresca se derramaba sobre la cama. Tras unos momentos, el ruido desapareció.
El
niño permanecía tendido sobre un amplio pasto, sintiendo el calor del sol
atravesar su chaquetilla y quemar sus hombros. Frente a él, en la cresta cónica
de la colina, el objeto mágico agitaba lentamente sus alas, orgullosas y
perezosas como las de un pájaro. Estaba muy alto, erguido sobre su poste y
encima de la colina; el débil y sordo ruido que producía resonaba lejano en el
azul del cielo de verano, Los movimientos de sus brazos casi le habían
hipnotizado; estaba echado, asintiendo con la cabeza y parpadeando, con la
barbilla apoyada en las manos, absorto en su contemplación. Arriba y abajo,
arriba y abajo, clac..., y abajo otra vez, y a un lado, arriba y atrás,
parando, gesticulando, sin quedarse nunca completamente quieto. El disco de
señales parecía vivo, un objeto animado encaramado allí arriba y que decía
palabras extrañas que nadie podía entender. Pero eran palabras, repletas de
significados y misterios, como las palabras de su libro de Iniciación al inglés
moderno. La mente del niño creaba historias fantásticas. Las palabras formaban;
¿y qué historias contaba la torre allí arriba, sola en su colina? Cuentos de
reyes y de naufragios, de luchas y de persecuciones, de hadas, de tesoros
enterrados... Estaba hablando, lo sabía sin ningún género de duda; murmurando y
haciendo ruidos, enviando mensajes y recibiéndolos de las otras torres que
formaban las líneas, las grandes líneas que se extendían por toda Inglaterra
hasta cualquier punto que uno pudiera imaginar, en cada dirección hacia la que
uno pudiera dirigir la mirada.
Observó
las barras de control deslizarse como músculos brillantes por sus engrasadas
guías. Desde Avebury, donde él vivía, se podían ver muchas torres: se extendían
hacia el sur a través de la Gran Llanura, y trepaban por el oeste hasta las
alturas de las Malborough Downs. Aunque aquellas eran más grandes, inmensos
objetos manejados por equipos de hombres cuyas señales podían ser vistas desde
más de diez millas de distancia en un día claro. Cuando se movían lo hacían de
un modo lento y majestuoso, con un rumor atronador provocado por las
articulaciones de sus brazos. Las pequeñas torres locales, como la que tenía
ahora ante él, eran de algún modo más accesibles, incluso amistosas: charlando
y murmurando de sol a sol.
Había
muchos juegos a los que jugaba el niño cuando estaba solo durante las largas
horas del verano; generalmente horas robadas, ya que siempre se le encontraba
alguna, cosa en la que ocupar su tiempo: las lecciones de la escuela, los
deberes, las tareas de la casa o abajo en el pequeño negocio de sus hermanos al
otro lado del pueblo; tenía que escapar por la noche, o temprano al amanecer,
si quería estar solo para poder soñar. A veces las piedras, esas grandes formas
talladas como diamantes que rodeaban el pueblo, le hacían señales. El niño
corría por los caminos de su imaginación a lo largo de los fosos de lo que
podía haber sido un antiguo templo, subía por las abruptas murallas hasta donde
las piedras vibraban al sol matutino, o caminaba por la larga avenida
procesional que se extendía hacia el este por entre los campos, imaginando ser
un sacerdote o un dios venido a realizar un antiguo sacrificio a la lluvia y al
sol. Nadie sabía quién colocó aquellas piedras; algunos decían que habían sido
las hadas, en sus días de poder; otros, que habían sido los antiguos dioses,
cuyos nombres era incluso pecado murmurar. Otros decían que el diablo.
La
Madre Iglesia cerraba los ojos ante la destrucción de las reliquias satánicas,
y los lugareños lo sabían muy bien. El padre Donovan lo desaprobaba, pero no
era mucho lo que podía hacer; la gente se obstinaba en su tarea. Sus arados
mordían la base de los mojones, rompían los megalitos con agua y fuego y
utilizaban los pedazos para remendar las paredes de piedra seca; hacía siglos
que lo venían haciendo. Pero había muchas piedras; los círculos permanecían, y
los túmulos coronaban las ventosas cimas de las colinas, los hows, donde
reposaban en sus lechos mortuorios los muertos muy antiguos, con los huesos
rotos. El niño subía a los túmulos y soñaba con reyes envueltos en pieles y
joyas; pero siempre, cuando se cansaba de aquello, algo le llevaba a las torres
de señales y a su misteriosa vida. Permaneció inmóvil, con la barbilla hundida
entre las manos y los ojos adormilados, mientras allá arriba la Silbury 973
silbaba y rechinaba sobre la colina.
La
mano cayó sobre su hombro y lo despertó sobresaltado de sus sueños. Se puso en
tensión, se dio la vuelta y deseó echar a correr; pero no había sitio donde ir.
Estaba atrapado. Empezó a sollozar, el pobre chiquillo gordito con un largo
mechón de pelo cayendo sobre su frente.
El
hombre era alto, tan tremendamente alto que parecía inmenso. Su tez era morena,
dorada por el sol, y las comisuras de sus ojos estaban surcadas de arrugas. Los
ojos eran profundos y muy azules, destacando sobre el color de la piel; el niño
tuvo la impresión de que tenían el mismo tono que uno puede ver en el cielo.
Los ojos de su padre hacía ya tiempo que estaban encerradas tras los cristales
de unas gruesas gafas; estos ojos eran distintos. Daban una impresión de poder,
como si estuvieran acostumbrados a observar distancias muy largas y poder ver
claramente cosas que a otros hombres les pasarían por alto. Su propietario iba
vestido de verde, con las deslucidas charreteras y el distintivo de los
sargentos de señales. En la cadera llevaba las lentes Zeiss que eran la
auténtica marca de cualquier transmisor de señales; la tapa de la funda estaba
entreabierta, y bajo ella el chico pudo ver los grandes oculares y el
desgastado lustre del bronce de los cilindros.
El
hombre del Gremio estaba sonriendo; su voz, cuando habló, fue clara y lenta: la
voz de un hombre que conocía mucho sobre el Tiempo, que el Tiempo es para
siempre y la precipitación y la agitación pueden esperar. Alguien que podía
saber acerca de las viejas piedras de un modo que el padre del chiquillo no
sabía.
—Bien
—dijo—, creo que hemos atrapado a un pequeño espía. ¿Quién eres, chico?
El
muchacho se humedeció los labios y repuso, con aspecto de haber sido cazado:
—R-Rafe
Bigland, señor...
—¿Y
qué estás haciendo aquí?
Rafe
se humedeció los labios de nuevo, miró la torre, hizo unos lastimosos pucheros,
contempló fijamente la hierba a su alrededor, miró de nuevo al transmisor de
señales y respondió rápidamente:
—Yo...,
yo... —Se detuvo, incapaz de seguir. Sobre la colina, la torre rechinaba y
aleteaba. El sargento se agachó, aguardando pacientemente, aún con su media
sonrisa y observando atentamente al chiquillo. Dejó el maletín que llevaba
consigo sobre la hierba. Rafe sabía que había ido al pueblo a recoger la comida
de la noche: una de las viejas damas de Avenbury había sido contratada para
suministrar las comidas a los transmisores de señales de servicio. Había pocas
cosas que él no supiera sobre el funcionamiento de la estación de Silbury.
Los
segundos se convirtieron en un minuto, y la respuesta aguardaba. Rafe se
levantó de un salto, mostrando su desesperación. Oyó su propia voz como si
fuera la de un extraño, y se preguntó con una parte de su mente cómo habían
podido formarse las palabras sin intervención de su consciencia.
—Disculpe,
señor —dijo, casi llorando—. Estaba observando la t-torre...
—¿Por
qué?
—Yo...
De
nuevo la dificultad. ¿Cómo explicarlo? Los misterios del Gremio no podían ser
explicados al primer extraño que pasara. Los códigos de los transmisores de
señales y otros secretos más profundos eran celosamente transmitidos a las
familias privilegiadas que llevaban los uniformes verdes. La acusación del
sargento de que estaba espiando tenía algo de verdad en sí misma; había sonado
a presagio.
El
hombre del Gremio le ayudó:
—¿No
puedes leer las señales, Rafe?
Rafe
agitó violentamente la cabeza de forma negativa. Ningún plebeyo podía leer las
torres. Y ninguno podría hacerlo jamás. Sintió Un temblor en la boca del
estómago, pero de nuevo su voz brotó por sí misma, sin mediación de voluntad
alguna.
—No,
señor —dijo con voz firme y aguda—. Pero estaría dispuesto a aprender...
Las
cejas del sargento se alzaron. Se sentó sobre sus talones, con las manos en las
rodillas, y se echó a reír. Cuando acabó agitó la cabeza y dijo:
—Así
que estarías dispuesto a aprender... Sí, y una docena de reyes, y muchos
hombres de alta reputación, se bajarían los pantalones para poder leer las
torres. —Su rostro adoptó súbitamente un aspecto amenazador—. Chico —dijo—, te
estás burlando de nosotros...
Una
vez más, Rafe sólo pudo agitar negativamente la cabeza, en silencio. El
sargento miró por encima del muchacho hacia el espacio, sentado todavía sobre
sus talones. Rafe deseaba explicarle que él nunca, ni en los más secretos de
sus sueños, había imaginado ser un transmisor de señales; que era su lengua la
que se había movido por sí misma, soltando aquellas increíbles estupideces.
Pero ya no podía hablar; se quedó mudo delante del hombre de verde. La pausa se
prolongó mientras el hombre observaba distraídamente el lento caminar de un
escarabajo sobre los tallos de la hierba. Luego:
—¿Quién
es tu padre, chico?
Rafe
tragó saliva. Iba a caerle encima una buena paliza, de eso estaba seguro, y se
le prohibiría volver a acercarse nunca a las torres, o tan siquiera volver a
observarlas alguna vez. Sintió un escozor detrás de sus ojos, algo que sabía
que señalaba la proximidad de las lágrimas, listas para brotar e inundar su
rostro.
—Thomas
Bigland de Avebury, señor —dijo—. Empleado de Sir William M-marshall.
El
sargento asintió.
—¿Y
a ti te gustaría ser transmisor de señales?
—Sí,
señor... —El idioma era inglés moderno, desde luego, el lenguaje de los
artesanos y los comerciantes, no la verborrea gutural de los desarraigados
palurdos; a Rafe le resultaba incluso fácil incluir las expresiones anticuadas
que utilizaban los transmisores cuando hablaban entre ellos.
El
sargento dijo bruscamente:
—¿Puedes
leer en los libros, Rafe?
—Sí,
señor —vaciló brevemente—, si las palabras no son demasiado largas...
El
hombre del Gremio se echó a reír de nuevo y le dio al muchacho una palmada en
la espalda.
—Bien,
maese Rafe Bigland, que quieres ser transmisor de señales y puedes leer las
palabras de los libros si éstas son cortas; aunque el buen Dios sabe que yo no
he aprendido demasiadas cosas de los libros, es posible que te pueda ayudar,
siempre que no me hayas dicho ninguna mentira. Ven. —Y se levantó y echó a
andar en dirección a la torre. Rafe dudó, parpadeó, se puso rápidamente en pie
y trotó detrás suyo como un caballo desbocado, con la cabeza zumbándole
historias maravillosas.
Subieron
por el camino que bordeaba la colina. Mientras iban cuesta arriba, el sargento
se puso a hablar La Silbury 973 formaba parte de una cadena de Clase C que se
extendía desde los alrededores de Londinium, desde la gran estación de relevo
de Pontes, a lo largo de la línea de la carretera que iba a Aquae Sulis. Sus
efectivos... Pero Rafe ya sabía todo lo que había que saber acerca de sus
efectivos: cinco hombres, incluyendo al oficial; sus casas se hallaban algo
apartadas del pueblo, en un pequeño promontorio que les proporcionaba
aislamiento. Los hogares de los transmisores de señales siempre estaban
situados así, ayudaba a conservar los misterios del Gremio. Los hombres del
Gremio no pagaban diezmos a las comunidades locales, no obedecían a nada ni a
nadie que no formara parte de su propia jerarquía; y aunque en teoría eran
responsables ante la ley común, en la práctica eran inmunes. Se autogobernaban
de acuerdo con su propio y elevado código; y aquél que se atreviera a medir sus
fuerzas con el Gremio más rico de Inglaterra era un valiente o un loco. Había
una lapidaria exactitud en lo que el sargento había dicho: cuando los reyes
esperaban sus mensajes tan ansiosamente como los plebeyos, eso significaba que
no tenían mucho de lo que preocuparse. Los Papas podían cavilar, celosos de su
independencia, pero hasta la mismísima Roma había aprendido bien la lección a
través de la experiencia. Se sabía que las redes de torres de señales que
cubrían todo el territorio del continente servían para algo más que para
transmitir solemnes órdenes y quejas. En la medida en que eso era posible en un
hemisferio dominado por la Iglesia Militante, los hombres del Gremio eran
libres.
Aunque
Rafe había visto bastantes veces el interior de una estación de transmisiones
en sueños, nunca había puesto el pie en ninguna en la realidad. Se detuvo de
pie en las escaleras de madera, mientras un temblor se apoderaba de él como un
obstáculo tangible. Lo único que se le ocurrió en aquel momento para poder
controlar aquella sensación fue contener la respiración. Nunca antes había
estado tan cerca de una torre de transmisiones; el repentino movimiento y
avance de los brazos, el repiqueteo de docenas de minúsculas articulaciones,
sonaban a sus oídos como música celestial. Desde aquella posición sólo era
visible el extremo de la señal, asomando por encima del techo de la casa. Las
varas de madera barnizada tenían un leve color anaranjado, como los mástiles de
un barco; los brazos de señales subían y bajaban en el cielo. Podía ver las
clavijas y los lazos cerca de las puntas para que, cuando hiciera mal tiempo, o
por la noche cuando se debiera transmitir un mensaje de vital importancia,
pudieran fijarse unas antorchas. Había visto aquellos fuegos una vez, a muchas
millas de distancia en la llanura, la noche que murió el Rey.
El
sargento abrió la puerta y le dijo que entrara rápido. Se quedó inmóvil justo
tras cruzar el umbral. El lugar tenía un olor característico que era de algún
modo masculino, una mezcla de aceites y betunes y humo de tabaco; y había
también algo que recordaba el aspecto de una embarcación. La cabina era baja
ventilada, más espaciosa de lo que y parecía desde la parte delantera de la
colina. Había una estufa, vacía ahora y reluciente de grasa, con las partes
metálicas lanzando vivos destellos. La boca del horno estaba cubierta por una
hoja de crepé rojo, tensa; las puertas estaban ligeramente entreabiertas,
mostrando el interior. La madera de las paredes estaba pintada de color gris
claro, y las listas de los turnos de guardia colgaban cuidadosamente, de forma
casi decorativa, en la parte frontal que cobijaba la chimenea de la estufa. En
una esquina de la habitación había un grupo de diplomas, enmarcados y
vistosamente coloreados; debajo de ellos había un daguerrotipo, descolorido,
que mostraba a un grupo de hombres de pie delante de una torre de transmisiones
muy alta. En otro de los ángulos de la sala había una litera, con un montón de
mantas dobladas dentro de una caja; encima, una foto coloreada a mano de una
sonriente muchacha con un gorro verde del Gremio y muy poco más. Los ojos de
Rafe pasaron rápidamente por ella, con la levemente vergonzosa indiferencia de
la infancia.
En
medio de la habitación, pintada de blanco y cuadrada, estaba la base del mástil
de señales, y a su alrededor una pequeña tarima de suave y lisa madera, sobre
la que se hallaban dos hombres del Gremio. En sus manos tenían las largas
palancas que accionaban los brazos de señales de arriba; las barras de control
salían de allí mismo, encajadas en el punto en que atravesaban el techo en aros
de tela blanca. Había unas claraboyas a cada lado, abiertas ahora, que dejaban
entrar el cálido aire de julio. El tercer oficial de servicio se encontraba de
pie en la ventana occidental de la habitación, con las lentes de los
binoculares sobre sus ojos, hablando lenta pero fluidamente:
—Cinco...,
once..., trece..., nueve... —Los operadores repitieron las combinaciones,
moviendo la empuñadura de las grandes palancas, apoyando el peso de sus cuerpos
sobre la fuerza de los brazos de las señales que se encontraban arriba, dejando
que cada súbito descenso de uno de ellos les ayudara a tomar posiciones para la
próxima cifra. Había un aire concentrado pero no tenso; todo parecía muy fácil
y ensayado. Delante de los hombres, apoyado en los puntales del techo, un
monitor repetía las posiciones de los brazos, pero los transmisores raramente
lo miraban. Años de práctica habían dado a sus movimientos una fluidez que les
hacía parecer como si estuvieran ejecutando pasos y posturas de ballet. Los
cuerpos se balanceaban, comprobaban, moviéndose en sus arabescos, en medio del
crujido de la madera y el leve rumor de las señales que llenaba el aire del
lugar de una forma tan continua y sosegada como el zumbido de las abejas.
Nadie
prestó la más mínima atención a Rafe o al sargento. El hombre del Gremio empezó
a hablar de nuevo, con tranquilidad, explicando lo que estaba sucediendo. El
largo mensaje que llevaban transmitiendo desde hacía casi una hora era una
lista actualizada de los precios de cereales y ultramarinos en Londinium. La
red del Gremio era inestimable para regular la compleja economía del país: los
granjeros y los comerciantes, tomando los precios de Londinium como base,
sabían exactamente lo que debían pagar o recibir cuando compraban o vendían.
Rafe olvidó decepcionarse: su mente oyó las palabras, memorizándolas y
almacenándolas, mientras sus ojos observaban los cambiantes esquemas realizados
por los hombres del Gremio, que parecían ser una parte más de la ruidosa y
chirriante máquina que controlaban.
La
información realmente transmitida, lo que el sargento llamaba la esencia de la
profesión, ocupaba tan sólo una parte de las transmisiones; los mensajes se
veían a menudo casi inundados por los códigos necesarios para asegurar su
distribución. Las cifras que estaban transmitiendo ahora, por ejemplo, debían
llegar a ciertos centros, Aquae Sulis entre ellos, antes de la noche. La forma
en que llegaban y la distribución de su camino era la principal tarea de los
transmisores de señales subsidiarios a través de cuyas estaciones pasaban las
cifras. Fueron necesarios varios anos, junto con un cierto grado de intuición,
antes de que se pudieran transmitir las señales de un modo tal que evitaran su
paso por líneas que ya se hallaban congestionadas por otras informaciones; y
desde luego, mientras una línea estaba siendo utilizada en una dirección, como
en este caso, transmitiendo un mensaje complejo que iba de este a oeste,
resultaba muy difícil emplearla en sentido opuesto. De hecho, era posible pasar
dos mensajes en distintas direcciones al mismo tiempo, y se hacía a menudo en
las torres de Clase A. Cuando esto ocurría, cada tercera cifra de los mensajes
orientados hacia el norte podía ser parte de otra señal con dirección al sur:
transmitían a ráfagas, cambiando los mensajes en uno y otro sentido. Pero la
señalización coaxial era detestada incluso por los hombres del Gremio. La línea
tenía que estar inicialmente limpia, y se debía acordar un código adecuado; se
empleaban dos vigías, cantando alternativamente sus direcciones a los
transmisores, e incluso en la estación mejor llevada podía producirse la más
total confusión como resultado de un mínimo error, lo cual significaba
reiniciar toda la operación.
El
sargento describió con sus manos la señal de fracaso que utilizaría una torre
en caso de haberse equivocado: tres extensiones horizontales de los brazos de
señales desde los lados a los mástiles. Cuando ocurría esto, dijo riendo
siniestramente, solía rodar más de una cabeza; en el caso de una torre de Clase
A, el mando estaba bajo la responsabilidad como mínimo de un mayor de
transmisiones, un hombre con veinte años o más de experiencia. De él se
esperaba que no cometiera errores, y al mismo tiempo que velara para que sus
subordinados tampoco cometieran ninguno. La cabeza de Rafe empezó a soñar de
nuevo; miró con respeto la desgastada piel verde del uniforme del sargento.
Ahora estaba empezando a ver vagamente lo que significaba ser un transmisor de
señales.
Finalmente,
el mensaje terminó con un gran aleteo de los brazos de señales. El vigía
permaneció en su puesto, pero los operadores bajaron de la tarima, mostrando
por primera vez su interés en Rafe. Lejos de las palancas, parecían mucho más
normales y causaban menos respeto. Rafe les conocía bien: Robin Wheeler, con
quien se cruzaba a menudo en su camino de ida y vuelta de la estación, y Bob
Camus, que había partido unas cuantas cabezas en sus buenos tiempos, el día de
la fiesta del juego del garrote en el pueblo. Le mostraron los libros de
códigos, todas las series de cifras escritas en rojo sobre unos cuadrados
negros numerados. Se quedó con ellos para compartir su comida; su madre estaría
preocupada y su padre se enfadaría, pero se había olvidado casi por completo de
su casa. Al anochecer llegó otro mensaje del oeste; le dijeron que era un
asunto de la policía, y lo transmitieron volando hacia su destino. Estaba
anocheciendo cuando Rafe abandonó finalmente la estación, con la cabeza en las
nubes y un par de peniques en el bolsillo. Fue sólo más tarde, ya en la cama e
intentando dormir, cuando se dio cuenta de que su viejo sueño se había
realizado. Finalmente cayó rendido en un profundo sopor, sólo para soñar otra
vez en las torres de señales por la noche, con las antorchas en los brazos
rugiendo en medio del azul oscuro del cielo. Nunca gastó aquellas monedas.
Una
vez su sueño se convirtió en una posibilidad real, su ambición por ser
transmisor de señales fue creciendo paulatinamente; pasaba todo el tiempo que
podía en la estación de Silbury, encaramada en lo alto de su prehistórica
colina. Sus ausencias se reflejaban en las más vivas protestas de su padre. El
sueldo del señor Bigland como pasante de un administrador de fincas apenas
proporcionaba lo suficiente para mantener a una progenie de cinco hijos; la
familia tenía necesidad de cultivar la mayor parte de su propia comida, y para
esa tarea cada par de manos representaba una ayuda valiosa. Pero nadie
adivinaba la razón de las frecuentes desapariciones de Rafe; y por su parte, él
no mencionaba ni una palabra.
Aprendió,
en horas ilícitas, las treinta posiciones impares de los brazos de señales, y
algunas de las secuencias de agrupación más corrientes; después de esto se
solía echar cerca de la colina de Silbury e iba repasando en voz baja y para sí
mismo la mayoría de los números, aunque, sin los códigos que los descifraban,
era como si estuviera mudo. En una ocasión, el sargento Gray le permitió ocupar
el sitio del observador durante una gloriosa media hora mientras llegaba un
mensaje desde Malborough Downs. Rafe se mantuvo rígido en su puesto, con las
manos chorreando sudor sobre los tubos de las lentes Zeiss, y leyó las cifras
tan alto y claro como pudo para los transmisores que estaban a su espalda. El
sargento comprobó discretamente su informe desde el otro lado de la cabaña,
pero no cometió ningún error.
A
los diez años Rafe había recibido toda la educación formal que cualquier otro
chico de su edad podía esperar. Entonces se planteó la gran cuestión de la
profesión que debía escoger. La familia se reunió en cónclave: padre, madre y
los tres hijos mayores. Rafe no se sentía impresionado; sabía, hacía semanas ya
que lo sabía, el destino que le habían elegido. Iba a ser el aprendiz de uno de
los cuatro sastres del pueblo, unos ancianos pequeños y encorvados que se
sentaban como ermitaños con las piernas cruzadas tras montañas de tela y se
pasaban la vida cosiendo por el tintineo de un puñado de peniques. Apenas
esperaba que le consultaran su decisión; no obstante, fue enviado formalmente a
buscar, y se le preguntó qué deseaba ser. Aquel fue el momento de la bomba.
—Sé
exactamente lo que quiero ser —dijo Rafe con firmeza—. Transmisor de señales.
Hubo
un momento de conmocionado silencio, tras el cual estallaron las carcajadas.
Los miembros del Gremio eran la élite; el padre de Rafe estaba incluso
dispuesto a pagar gustoso para que su hijo pudiera entrar en el negocio de la
sastrería. Pero los transmisores de señales... Ningún Bigland había sido jamás
transmisor de señales. ¡Eso elevaría enormemente el status familiar! Todo el
pueblo les trataría con respecto, con un hijo vestido de verde. Ridículo...
Rafe
se sentó tranquilamente hasta que hubieron acabado, con los labios apretados y
los pómulos brillantes. Sabía que iba a ser así, y sabía también lo que tenía
que hacer. Su compostura molestó a la familia, tranquilizándola lo suficiente
como para preguntarle, con burlona seriedad, cómo planeaba conseguir su deseo.
Era el momento de la segunda bomba.
—Yendo
al Gremio para someterme a un Examen de Ingreso Común —dijo, repitiendo las
palabras que se había aprendido de memoria—. El sargento Gray, de la estación
de Silbury, hablará en mi favor.
En
medio del brusco silencio se oyó la confusa tos de su padre. El señor Bigland
parecía un cordero viejo, sentado parpadeante tras sus gafas, mordisqueando su
fino bigote.
—Bien
—dijo—. Bien, no sé... Bien... —Pero Rafe ya había visto el brillo en sus ojos
ante la idea del futuro prestigio. Que un hijo suyo pudiera vestir el verde del
Gremio...
Antes
de que pudieran cambiar de idea, Rafe escribió una carta formal, que entregó en
persona en la estación de Silbury; en ella pedía al sargento Gray, muy
correctamente, si sería tan amable de hablar con el señor Bigland en relación a
la entrada de su hijo en la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales de
Londinium.
El
sargento fue fiel a su promesa. Era viudo, y no tenía hijos; quizá Rafe fuera
en parte el hijo que nunca tuvo, tal vez observó en el chico los reflejos de su
propio entusiasmo juvenil. A la noche siguiente fue paseando tranquilamente por
la calle mayor del pueblo hasta detenerse en la puerta de los Bigland; Rafe,
fisgando lo que ocurría desde la habitación compartida en la parte alta del
porche, sonrió con complacencia ante el estupor y la curiosidad de los vecinos.
La familia estaba completamente agitada; el presupuesto de la casa había sido
saqueado para comprar vino y velas, y los objetos de plata y la mantelería
nueva estaban expuestos en la sala de visitas: todos se sentían ansiosos por
causar la mejor impresión posible. El señor Bigland estaba más que contento;
cuando el sargento se fue, una hora más tarde, había firmado la autorización.
El mismo Rafe contempló la señal transmitida desde la torre pidiendo a
Londinium los papeles de admisión necesarios para el examen anual del Centro.
El
Gremio sólo otorgaba doce plazas al año, y eran vivamente disputadas. En las
pocas semanas de que disponía, Rafe se preparó sin descanso. El sargento le
asesoró sobre todos los aspectos de las transmisiones que razonablemente debía
conocer, mientras el dómine del pueblo, impresionado pese a todo, repasaba los
deberes de Rafe e intentaba introducir en su dolorida cabeza los rudimentos del
francés normando. Rafe consiguió la plaza; de hecho, nunca había tomado en
consideración la posibilidad de fracasar, principalmente porque aquel
pensamiento era inconcebible. Realizó el examen en Sorvidonum, el centro
regional más cercano a su casa; al cabo de una semana le llegó el mensaje
ofreciéndole la plaza, con una lista de la ropa y los libros que iba a
necesitar e indicándole que debía prepararse para efectuar su presentación en
la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales en el plazo máximo de un
mes. Cuando partió hacia Londinium, enfundado en una capa nueva, a lomos de un
caballo proporcionado por el Gremio y escoltado por dos criados del Gremio
vestidos con capotes color bermellón, fue seguido por la envidia de todo un
pueblo. Los brazos de la torre de Silbury permanecían inmóviles; pero cuando
pasó junto a ella, efectuaron un rápido movimiento de Atención, seguido de
inmediato por las cifras de Origen y Localidad Inmediata. Rafe se volvió en la
silla, con lágrimas en los ojos, y observó las letras rápidamente deletreadas
en lenguaje directo: «Buena suerte...».
Al
lado de Avenbury, Londinium parecía sucio, ruidoso y viejo. La Universidad se
hallaba emplazada en un edificio antiguo y destartalado apenas entrar en las
puertas de la ciudad; aunque Londinium hacía tiempo que había desbordado sus
antiguos límites, extendiéndose al sur por el río y al norte hasta casi Tyburn
Tree. Los hijos de los hombres del Gremio eran la habitual multitud de
mozalbetes alborotadores y mocosos que formaban parte del grupo de los
aprendices de cualquier profesión. Los Herederos del Verde por derecho de
sucesión despreciaban a los Novicios Vulgares desde las alturas de su
insoportable e imaginaria eminencia; Rafe lo pasó bastante mal hasta que una
serie de peleas de dormitorio, todas más o menos sangrientas, demostraron de
una vez por todas a sus compañeros que era mejor dejar en paz al joven Bigland.
Finalmente fue aceptado como miembro de la comunidad.
El
Gremio, particularmente en los últimos años, había tendido a dar una gran
importancia al conocimiento teórico, y el curso de dos años era intensivo. Los
aprendices tenían que llegar a obtener un buen dominio del francés normando,
porque para su posterior formación deberían ir inevitablemente a las casas de
los ricos. Un conocimiento de trabajo de las demás lenguas del país, el
córnico, el galéico y el inglés medio, era también indispensable: ningún
miembro del Gremio sabía dónde acabaría siendo enviado. También se enseñaba
historia del Gremio, y elementos de mecánica y codificación, aunque la mayor
parte del trabajo práctico se realizaría en el campo, en las estaciones de
prácticas dispersas por todas las costas sur y oeste de Inglaterra, y a través
de los caminos de Gales. A los estudiantes incluso se les exigía tener un
cierto conocimiento de taumaturgia: aunque Rafe era incapaz de ver cómo la
atracción de unos pedacitos de papel por un trozo de ámbar pulido podía tener
alguna aplicación en el campo de la transmisión de señales.
Trabajó
intensa y dedicadamente, y superó los exámenes con una nota lo suficientemente
alta como para satisfacer incluso a sus maestros. Fue enviado directamente a su
estación de prácticas, el complejo Clase A situado en el alto de San Adelmo, en
Dorset. Para su intensa satisfacción, fue acompañado de un amigo que se había
hecho en el centro de estudios: Josh Cope, un muchacho medio salvaje de ojos
negros, un Novicio Vulgar como él, hijo de una familia de mineros de Dorset.
Llegaron
a San Adelmo de la manera tradicional, haciendo autostop, en un tren de
carretera tirado por una Fowler. Rafe nunca olvidó su primera visión de la
estación. Era mucho más grande de lo que había imaginado, y se extendía sobre
un gran promontorio pelado. Por conveniencia, las estaciones eran clasificadas
de acuerdo con el peso de las torres que sostenían; pero San Adelmo era también
un centro de distribución para las líneas B, C y D, y en torno a las inmensas
estructuras acopladas de las torres Clase A había un círculo de transmisores de
señales más pequeños, todos girando y claqueteando al sol. Junto a ellos, unos
anillos dispuestos para tal fin señalaban los códigos en los que hablaban las
torres mediante una serie de círculos y rectángulos de brillantes colores;
Rafe, absorto, vio como uno de ellos daba la vuelta, mostrando en dirección
oeste una Señal de Siniestro amarilla en el momento en que el brazo superior
cambiaba, a mitad de mensaje, de lenguaje directo al complejo Código
Veintitrés. Miró de reojo a Josh, se transmitieron una señal con el pulgar
hacia arriba, se echaron las mochilas al hombro y se encaminaron en dirección a
la puerta principal para informar de su entrada en servicio.
Durante
las primeras semanas ambos muchachos estuvieron contentos de hallarse el uno en
compañía del otro. Hallaron la atmósfera de la estación principal de campo muy
distinta a la de la Escuela Universitaria; en comparación con esa última,
ruidosa y bulliciosa, parecía casi monástica. La formación en el Gremio de
Transmisores de Señales era como intentar subir por un palo engrasado, y Rafe y
Josh habían resbalado de nuevo hasta la base. Su vida allí era una casi
interminable ronda de trabajos en la cantina, pulidos y abrillantados, fregados
y secados. Había habitaciones que limpiar, senderos de gravilla que desherbar,
lo que parecían millas enteras de raíles de bronce que frotar y pulir hasta que
brillaran. San Adelmo era una estación de exhibición, siempre lista para ser
inspeccionada en cualquier momento. Una vez fue visitada incluso por el
mismísimo Gran Maestre de los Transmisores de Señales, acompañado de su
lugarteniente; la locura de la limpieza empezó una semana antes de su visita. Y
además estaba el mantenimiento de las torres; renovar los anillos de lona por
encima de las barras de control, pintar los brazos de señales, limpiar y
engrasar periódicamente sus cojinetes, bajar y reequipar las barras, todo ello
siempre de noche, cuando las transmisiones de la jornada ya habían sido
efectuadas, y generalmente en medio del peor de los tiempos. La naturaleza
semimilitar del Gremio hacía necesaria la instrucción con armas y las prácticas
de tiro con arco y ballesta, armas actualmente anticuadas pero aún usadas
ocasionalmente en las guerras europeas.
La
estación en sí superaba los sueños más increíbles de Rafe. Su dotación
permanente, incluida la docena aproximada de aprendices en constante formación,
era de más de cien hombres, de los cuales unos sesenta u ochenta estaban
siempre de servicio o de retén. Los grandes brazos de comunicación, los de
Clase A, eran manejados por equipos de doce hombres, seis para cada palanca
grande, con un maestro de señales para controlar la coordinación y pasar las
cifras de los observadores. Con la estación funcionando casi al máximo de su
capacidad, la escena era impresionante; las líneas de hombres en los controles,
tan sincronizados como un grupo de bailarines; los gritos del maestro de
señales; carreras sobre el blanco suelo de madera; el retumbar y el crujir de
las barras de control; el intenso atronar de las señales a cien pies de altura
por encima del techo. No obstante esto, y según el amargado oficial al mando,
no se trataba de transmisiones de señales, sino sólo de «un maldito y poco
científico movimiento de maderas». El mayor Stone había pasado la mayor parte
de su vida activa en las pequeñas torres Clase C en la cordillera Penina, antes
de que una promoción no buscada le hubiera concedido su actual puesto de
confianza.
Los
mensajes codificados del tipo A desde San Adelmo a Swyre Head y de allí hasta
Gad Cliff tenían que tener en cuenta la región montañosa que dominaba la bahía
de Warbarrow. Desde allí, y a lo largo de la costa hasta Golden Cap, la
estación dominaba totalmente a unos seiscientos pies por encima el poblado de
pescadores de Lymes, para lanzarse a grandes zancadas hacia el oeste, hacia
Somerset y Devon y la lejana Cornualles, o de nuevo en dirección norte por
encima de las alturas de la Gran Llanura en ruta hacia Gales. En aquel punto,
Rafe sabía que pasaban muy cerca de los antiguos anillos de piedra de Avenbury.
A menudo pensaba con afecto en sus padres y en el sargento Gray; pero hacía
tiempo ya que no sentía aquella intensa nostalgia. Sus días eran demasiado
ajetreados para experimentar esa sensación.
Doce
meses después de su llegada a San Adelmo, tres años de su alistamiento en el
Gremio, se permitía por primera vez a los aprendices que pusieran sus manos
sobre las barras de los indicadores de señales. De hecho, Josh había hallado
imposible esperar, y había calmado su ego, unos meses atrás, mandando un
divertido mensaje a través de una de las pequeñas torres locales en lo que
esperaba que fuera el punto muerto nocturno. Gracias a esa desviación del recto
camino tuvo la oportunidad de trabar una íntima y dolorosa amistad con la
hebilla de un cinturón de piel de color verde, manejada nada menos que por el
mismísimo mayor Stone. Dos corpulentos cabos de señales sostuvieron al hijo del
minero mientras éste aullaba y se revolcaba; el resultado final convenció a
Josh de que, en ciertos aspectos disciplinarios, el Gremio era inexorable.
Aprender
a realizar las señales era como volver a empezar una vez más. Rafe observó
rápidamente que la palanca de un brazo de señales no era un objeto pasivo del
que uno podía tirar y mover a placer; un operador, cuando el viento soplaba
bajo las grandes velas negras de los brazos, tenía muchas posibilidades de ser
arrojado fuera de la tarima por el latigazo de incluso una unidad de treinta
pies, mientras que la falta de coordinación, en las torres Clase A, podía
llegar a ser, y de hecho lo había sido más de una vez, fatal. Existía un truco,
sólo aprendido después de lacerantes horas de práctica: apoyar todo el peso del
cuerpo sobre las palancas en vez de utilizar simplemente los músculos de la
espalda y de los brazos, emplear la sacudida y el balanceo de los brazos de
señales para posicionarlos automáticamente hacia la siguiente cifra. Intentar
luchar con ellos en vez de aprovechar el movimiento de retroceso significaba
reducir a un hombre fuerte a un trapo empapado de sudor en apenas unos minutos;
pero un experto en señales podía trabajar medio día seguido y cansarse muy
poco. Rafe enfocó laboriosamente la tarea; seis meses y una clavícula rota más
tarde, se sintió capaz de enorgullecerse de la maestría de su destreza. Fue
entonces cuando se enfrentó por primera vez con las mortíferas complicaciones
de la señalización coaxial...
Después
de dos años en la estación se estimaba que los aprendices estaban finalmente
preparados para graduarse como expertos en señales. Entonces llegaba la prueba
más dura de todas. El emplazamiento, el ruedo, era un montículo de tierra al
aire libre a una media milla del alto de San Adelmo. En la parte superior,
mirándose la una a la otra a cuarenta yardas de distancia, se alzaban dos
torres Clase D con sus respectivas cabinas. Josh iba a ser el compañero de Rafe
en la prueba. Fueron llevados al lugar a primera hora de la mañana, y se les
planteó su problema: transmitirse el uno al otro, en lenguaje directo, todo el
libro de Nehemías, en versículos alternos, con las cifras correspondientes de
Atención, Reconocimiento y Fin de Mensaje al principio y final de cada uno de
ellos. Se permitirían varios descansos de diez minutos, aunque se les había
advertido a título particular que sería mejor que no hicieran uso de ellos, ya
que, una vez abandonaran las tarimas, cabía la posibilidad de que no fueran
capaces de obligar a sus cansados cuerpos a volver a las barras de control.
Era
probable que hubiera observadores en torno a la pequeña colina controlando el
trabajo minuto a minuto para poder detectar errores, imprecisiones y faltas de
estilo. Cuando hubieran terminado los mensajes a su entera satisfacción, los
aprendices podrían marcharse y hacerse llamar expertos en señales. Pero no
hasta entonces. Nada les impedía abandonar su tarea antes de finalizarla, en
caso de desearlo. Nadie mencionaría ni una palabra de condena, y no habría
castigo alguno; pero deberían abandonar el Gremio aquel mismo día, y no volver
nunca. Algunos muchachos, pocos, abandonaban. Otros se derrumbaban; a ellos se
les concedía otra oportunidad.
Rafe
no abandonó ni se derrumbó, aunque hubo momentos en que hubiera deseado hacer
ambas cosas. Cuando empezó, el sol apenas empezaba a salir; cuando terminó,
estaba hundiéndose en el horizonte occidental. Las primeras dos horas, las
primeras tres, no fueron nada; pero entonces empezó el dolor. En los hombros,
en la espalda, en las nalgas y en las pantorrillas. Su mundo se hizo angosto;
ya no se veía ni el sol ni el distante mar. Para él sólo existían los brazos de
señales, las palancas, el texto ante sus ojos, la ventana. A través del espacio
que separaba las dos torres podía ver a Josh observando atentamente cada vez
que acometía su interminable e inútil tarea. Rafe llegó poco a poco a odiar las
torres, el Gremio, a sí mismo, todo lo que había hecho, los recuerdos de
Silbury y el viejo sargento Gray; y sobre todo odió a Josh, con su estúpida
cara de burbuja blanca, y las señales que claqueteaban sobre su cabeza como una
absurda extensión de sí mismo. Con el cansancio sobrevino un estado similar al
trance, en el que la lógica quedaba en suspenso y las razones de cada acción se
perdían. No quedaba nada por hacer en la vida, nunca había habido nada por
hacer excepto permanecer de pie sobre aquella tarima, manejar las palancas,
sentir las sacudidas... Su visión se desdobló y se triplicó hasta que las
líneas de la copia que tenía ante sí empezaron a oscilar, haciendo su lectura
imposible; y la prueba aún no había terminado. En cualquier momento de aquella
tarde, Rafe hubiera llegado incluso a asesinar a su amigo de haber podido
alcanzarle. Pero no podía alcanzarle; sus pies estaban clavados a la tarima,
sus manos pegadas a las palancas de los brazos de señales. Las palancas
producían un ruido sordo y extraño; su respiración sonaba en sus oídos de una
forma áspera, como un motor. La vista se le nublaba, y el texto emitido por la
torre de señales opuesta nadaba en el vacío. Se sintió inmaterial; podía notar
sus miembros ardiendo de una forma vaga y confusa. Y de algún modo, de forma
agonizante, la transmisión llegó a su fin. Movió el último versículo del libro,
lo firmó con una señal de Fin de Mensaje. Se apoyó en las palancas mientras una
parte de él, la parte que aún podía pensar, se dio cuenta lentamente de que
podía parar. Y entonces, lleno de rabia, hizo algo que sólo otro aprendiz había
hecho en la historia de la estación: accionó de nuevo las palancas a la
posición de Atención, deletreó con terrible exactitud, letra a letra, el
mensaje Dios salve a la Reina, firmó el Fin de Mensaje, no recibió ninguna
señal de reconocimiento, y colocó las palancas en posición de Interrupción,
Contacto de Emergencia. En una cadena de señales, la alarma sería devuelta a la
estación de origen, la información posterior reorientada, y enviado un pelotón
para investigar las causas de la interrupción.
Rafe
se quedó contemplando inexpresivo las palancas. Entonces observó que las
confusas líneas brillantes que las cubrían eran su propia sangre. Obligó que
sus laceradas manos las soltaran, se arrastró hacia la puerta, se abrió paso
entre los dos hombres que habían acudido a buscarle, y cayó desmayado a veinte
metros, sobre la hierba. Fue llevado a San Adelmo en un carro y acostado
inmediatamente. Durmió como un tronco; cuando despertó, supo que tanto Josh
como él se habían ganado el derecho de cambiar su chaquetilla con capucha de
color rojizo de los aprendices por la de color verde de los expertos en señales
del Gremio. Aquella noche bebieron cerveza, torpemente, cogiendo las jarras con
las dos manos vendadas; y por segunda y última vez el carro de la estación tuvo
que entrar en servicio para llevarles a casa.
La
siguiente parte de su formación fue un puro placer. Rafe se despidió de Josh y
fue a casa, con un permiso de dos meses. Terminado éste, fue destinado a la
Real Casa de los Fitzgibbon, una de las antiguas familias del sudeste, para
servir allí durante doce meses como paje de señales. El trabajo era
principalmente ceremonial, aunque en momentos de crisis nacional conllevaría
obviamente su cuota de responsabilidad. La mayoría de las familias de origen
noble, cuando podían permitírselo, compraban derechos al Gremio y erigían sus
propias miniestaciones transmisoras en algún punto de su propiedad; las
pequeñas torres Clase E eran incluso más pequeñas que las Clase D, en la que
Rafe se había graduado.
En
los lugares por los que no pasaba ninguna línea de fácil acceso visual solían
erigirse una o más estaciones por el territorio circundante, y éstas eran
mantenidas por jornaleros de señales sin acceso al código; pero la gran casa en
forma de H de los Fitzgibbon quedaba casi debajo de Swyre Head, en un vallecito
estrecho en pendiente que daba al mar. Rafe, al observar los tejados de aquel
lugar la misma mañana de su llegada, esbozó una leve sonrisa. Pudo ver la torre
de señales encaramada entre los salientes de la chimenea; aproximadamente a una
milla de distancia se hallaba la repetidora Clase A, la torre de su antigua
estación de San Adelmo, justo por encima de la colina. Espoleó su caballo,
llevándolo a un medio galope. Haría sus señales directamente a la torre Clase
A, no había otra vía de salida. No pudo evitar el tragar saliva ante el
pensamiento de la cara del mayor cuando tuviera que retransmitir un mensaje a
San Adelmo o Golden Cap pidiendo mantequilla, seis docenas de huevos y la
asistencia de unos zapateros. Presentó los debidos respetos a la estación, y
fue hasta el valle para hacerse cargo de sus nuevas funciones.
Eran
todavía más sencillas de lo que había previsto. El mismo Fitzgibbon se movía
libremente por la corte y raras veces paraba en casa, cuyo cuidado estaba en
manos de su esposa y sus dos hijas adolescentes. Como Rafe había esperado, la
mayoría de los mensajes que se le pedía que transmitiera eran de naturaleza
totalmente doméstica. Y disfrutaba de los privilegios de cualquier joven
representante del Gremio en su posición: tenía siempre asegurado un lugar
caliente en la cocina por las noches, el primer trozo de asado, las muchachitas
de servicio más bonitas para que remendaran su ropa y cortaran su pelo.
Cualquier lugar para darse un chapuzón en el mar estaba a un tiro de piedra, y
los días de fiesta podía viajar a Durnovaria y Bourne Mouth. En una ocasión se
estableció en aquellos terrenos una pequeña feria ambulante, una tradición que
al parecer se repetía todos los años; y Rafe pasó una deliciosa media hora
transmitiendo a la torre Clase A sus pedidos de aceite para sus máquinas de
vapor y carne para el oso bailarín.
El
año transcurrió con rapidez; a finales de otoño el muchacho, ascendido ahora a
cabo de señales, fue cambiado de destino, y otro tomó su lugar. Rafe se dirigió
hacia el oeste, a las colinas que formaban el ángulo sur de Dorset, para
iniciar lo que sería su primer cargo de auténtica responsabilidad.
La
estación formaba parte de una cadena Clase D que enlazaba Somerset hacia el
oeste sobre las tierras altas. En invierno, con los días cortos y las malas
condiciones de observación, las torres no se usaban; Rafe sabía muy bien
aquello. Durante aquellos meses se encontraría totalmente aislado; los
inviernos en las colinas podían llegar a ser severos, con la nieve
imposibilitándolo todo y los hielos perdurando durante semanas. Tendría poco
que temer de los routiers, los salteadores de caminos que, según decía la
leyenda, rondaban por el oeste en los meses fríos; la estación estaba situada
lejos de cualquier carretera y no había nada en su casa, excepto quizá las
lentes Zeiss que llevaban los transmisores de señales, que pudiera tentar a un
hombre desesperado. Los lobos y los duendes constituirían un peligro mayor,
aunque estos últimos se hallaban virtualmente extinguidos en el sur, y él era
lo suficientemente joven como para poder reírse de ellos. Reemplazó al aburrido
cabo que terminaba su servicio, señaló su llegada a toda la cadena de torres, y
se dedicó a hacer un inventario de sus posesiones.
Según
todos los informes, este primer invierno en una estación de un solo hombre era
una prueba peor que el test de resistencia. Y de hecho, era una prueba. En
algún momento en los oscuros meses que se le avecinaban, a alguna hora del día,
llegaría un mensaje por la línea muerta, desde el este o desde el oeste, y Rafe
debería estar allí para recogerlo y transmitirlo. Un minuto de retraso en su
reconocimiento, y le llegaría una reprimenda formal desde Londinium; aquello
podría manchar su promoción durante años, incluso para siempre. Los niveles del
Gremio eran altos, y nunca cedían; si era fácil que el mayor de una estación
Clase A cayera de su posición, ¡cuánto más fácil sería para un desconocido y
poco entrenado cabo! El período de servicio de cada día era corto, unas escasas
seis horas, cinco en los oscuros meses de diciembre y enero; pero en el
transcurso de aquellas horas, excepto un breve descanso, Rafe debía hallarse
permanentemente alerta.
Una
de las primeras acciones que realizó cuando se quedó a solas fue subir a la
diminuta pasarela de señales. La construcción de la estación era poco habitual.
Para compensar su falta de elevación se había construido una pasarela casi al
nivel del techo; la tarima de operaciones se hallaba situada encima de esa
pasarela, que disponía de ventanas de cristal a cada extremo para cubrir la
visión de este a oeste. Entre ellas, a ambos lados de las palancas de los
brazos, había una especie de surco de más de un centímetro de profundidad en
las planchas de madera. En los meses siguientes Rafe lo haría un poco más
profundo aún, en su constante ir y venir de una a otra ventana, observando los
brazos de las siguientes torres de la línea. Los brazos de señales apenas eran
visibles; juzgó que se podrían ver a unas dos millas de distancia; no más. Iba
a necesitar de toda su capacidad visual, aparte la precisión de las lentes
Zeiss, para poder distinguirlos en un día nublado; pero debería observarlos
cada minuto durante cada período de servicio porque, tarde o temprano, uno de
ellos se movería. Refunfuñó y tocó las palancas de su propia máquina. Cuando
esto ocurriera, su reconocimiento estaría resonando antes de que la torre
hubiera completado su llamada de Atención.
Examinó
de forma crítica las estaciones con los binoculares. En primavera, cuando
partiera hacia su nuevo destino, podría conocer a uno de sus operadores; pero
no antes. En las horas de sol ellos, como él, estarían atados a sus plataformas
de señales, y en la oscuridad era peligroso intentar llegar a ellos. De todos
modos, nadie esperaba tampoco que lo hiciera; era una ley no escrita. En caso
de necesidad, de necesidad desesperada, podía pedir ayuda a través de las
señales; pero sólo en ese supuesto. Ésta era la auténtica vida de los hombres
del Gremio: la agitación de Londinium, el calor y la comodidad del hogar de los
Fitzgibbon, habían sido meros episodios. Aquí estaba el resultado final de
todos sus anhelos: el silencio, la desolación, la antigua e infinita comunión
con las colinas. Había realizado un círculo completo.
Su
vida seguía el esquema de dormir, despertarse y observar. A medida que los días
se hacían más cortos, el tiempo empeoraba; unas brumas heladas envolvían la
estación; cayó la primera nevada. Durante unas horas infinitas las torres de
este a oeste quedaron perdidas en la niebla; si en aquellos momentos tuviera
que enviarse algún mensaje, los transmisores de señales deberían encender las
antorchas. Rafe preparó ansiosamente los manojos de leña, atándolos a sus
jaulas de hierro, colocando éstas al lado de la puerta, junto con la parafina
que las empaparía, haciéndolas arder. Se llegó a obsesionar con la idea de que
el mensaje va había llegado, y que lo había perdido en la oscuridad. Poco a
poco el temor fue disminuyendo. El gremio era duro, pero también justo; no se
esperaba que ningún transmisor de señales fuera un superhombre en época
invernal. Si un capitán llegaba inesperadamente a caballo hasta la estación
preguntando por qué no había respondido a esto o aquello, y veía las antorchas
y el aceite preparados y dispuestos para ser usados, sabría que Rafe había
hecho todo lo que había estado en sus manos. Nadie llegó, y cuando el tiempo se
aclaró las torres siguieron inmóviles.
Cada
noche, después de hacerse oscuro, Rafe examinaba sus señales, moviendo los
brazos para liberarlos de la capa de hielo arrastrado por el viento; era
satisfactorio sentir el tirón y el empuje de las delgadas alas allá en la
oscuridad. Los mensajes que enviaba fútilmente en medio de la noche eran
extremadamente caprichosos: notas a sus padres y al viejo sargento Gray,
espeluznantes sugerencias a una jovencita de la Real Casa de los Fitzgibbon con
la que había habido algo más que un sentimiento caprichoso. Dos veces a la
semana utilizaba el período de su comida para trepar hasta lo alto de la torre
y comprobar que los ejes estuvieran correctamente engrasados. En una de tales
inspecciones quedó aterrado al ver una fisura del grosor de un cabello en una
de las barras de control, la primera señal de desgaste del metal. Reemplazó
toda la sección por la noche, tomando las partes nuevas del almacén,
llevándolas hasta arriba y encajándolas a la improvisada luz de una lámpara de
mano. Era un trabajo difícil y peligroso con los dedos helados y el viento
golpeándole por la espalda, intentando derribarle del poste sobre el techo que
había más abajo. Podía haber desconectado la estación de día, señalando
Reparaciones y concediéndose el beneficio de la luz diurna, pero el orgullo se
lo prohibía. Acabó su trabajo dos horas antes del amanecer, comprobó que todo
funcionara perfectamente en la torre, entró en la casa y se fue a dormir,
confiando en que su sentido de transmisor de señales le despertaría con las
primeras luces del alba. No le traicionó.
Las
largas horas de oscuridad empezaron a disminuir. Remendar y lavar sólo llenaba
una pequeña porción de sus horas libres; leyó todos los libros que había
llevado consigo, volvió a leerlos, los dejó a un lado y empezó a buscarse
nuevas tareas para mantenerse ocupado, comprobó una y otra vez el inventario de
comida y combustible. En medio de la oscura noche, con los largos lamentos del
viento resonando sobre el techo, las historias de duendes y hombres lobo en el
páramo no le parecían tan descabelladas. Incluso resultaba difícil imaginarse
el verano, el lento rumor de las torres en medio del cielo azul brillante y
rebosante de luz. Había dos pistolas en la cabaña; Rafe comprobó que sus
mecanismos funcionaran correctamente, las cargó y las preparó. Dos veces,
después de aquello, le despertaron unos ruidos sobre el techo, como si algo
oscuro y extraño estuviera arañando para entrar; pero en cada ocasión no era
más, que el viento sobre las claraboyas. Las recubrió con tiras de lona: al
cabo de un rato el frío las congeló, sellándolas y dejando de molestarle.
Llevó
un hornillo portátil a la galería de observación, y descubrió el gran número de
operaciones que podía llevar a cabo sin apartar los ojos de las ventanas.
Preparar café y té era bastante sencillo; al cabo de poco tiempo se las apañaba
perfectamente para prepararse algunos bocados calientes. Prefería utilizar sus
horas de comida para otros menesteres distintos de la cocina. Sobre todo temía
que la inactividad le hiciera engordar; no había señal alguna de que esto fuera
a ocurrir, pero aún así prefería no correr riesgos. Cuando las condiciones de
la nieve lo permitían, realizaba rápidas expediciones por el campo circundante.
En una de ellas, un montículo con su suave corona de árboles atrajo su
atención. Caminó rápidamente hacia allá, lanzando chorros de vapor al aire con
su aliento y con las lentes Zeiss rebotando en su cadera. En la espesura le
aguardaba el Destino.
El
gato montés estaba agarrado al tronco de un abeto, observando el avance del
muchacho con ojos que eran estrechas ranuras de odio en la máscara maligna de
su rostro. Nadie hubiera podido leer sus pensamientos. Quizás imaginó que iba a
ser atacado; quizás era cierto lo que se decía de tales animales: que el frío
del invierno los hacía enloquecer. En realidad había muy pocos tan al oeste; la
mayoría se habían retirado a las colinas de Gales, a los rocosos picos del
lejano norte. La supervivencia de éste era en sí misma un antojo, un
anacronismo.
El
árbol sobre el que se hallaba agazapado se encontraba en el camino que Rafe
debía tomar. El muchacho siguió avanzando, con la cabeza ligeramente inclinada,
concentrado en seguir su camino. A medida que se acercaba, el gato montés
enseñó para sí sus afilados dientes, en un enorme y silencioso gruñido,
mostrando su rosado y amplio paladar y sus colmillos como puñales. Sus ojos
brillaron y sus orejas se aplastaron contra su cabeza, haciendo que su cráneo
semejara una especie de bola de piel. Rafe no llegó a verlo, sus listas se
camuflaban perfectamente con la aspereza de las ramas y la propia nieve. Cuando
pasó por debajo del árbol se abalanzó sobre él, aterrizando sobre sus hombros
como una manta lanzada al suelo; le había rasgado la carne del cuello y de la
espalda antes de que la sensación de dolor llegara a su cerebro.
La
conmoción y el impacto hicieron que se tambaleara. Retrocedió, gritando; la
reacción hizo caer al gato montés, pero el animal giró sobre sí mismo como un
rayo, desgarrando su estómago. Rafe sintió el cálido brotar de la sangre, y el
mundo se convirtió en una rojiza niebla de horror. El aire se llenó con los
gritos del animal. Cogió su cuchillo, pero los dientes del gato montés
alcanzaron su mano y lo dejó caer. Se arrastró ciegamente, encontró el arma de
nuevo, lanzó un golpe, y sintió como la hoja del cuchillo alcanzaba el cuerpo
de la fiera. El felino chilló y se retorció sobre la nieve. Rafe se obligó a
clavar su sangrante rodilla contra el lomo del animal, sujetando a la fiera
mientras el cuchillo golpeaba de nuevo, hundiéndose una y otra vez en el enloquecido
cuerpo; una convulsión final lo liberó, y el gato montés huyó, salpicando la
nieve con su sangre. Posiblemente murió en algún lugar entre los árboles. Luego
vino la oscuridad, la horrible marcha a rastras de vuelta hasta la estación de
señales. Y ahora él también se estaba muriendo, incapaz de llegar a las
palancas de los brazos de señales, sabiendo al fin que había fracasado. Jadeaba
desesperadamente, postrado en medio de la densa oscuridad.
Se
oían ruidos en la oscuridad. Ruidos caseros. Un rítmico ric-rac, ric-rac; el
sonido matutino de un rastrillo siendo pasado por las barras de una reja. Rafe
se agitó murmurando, relajándose en el calor que le envolvía. Ahora había luz,
una luz anaranjada y vacilante; mantuvo los ojos cerrados, observando el
resplandor a través de sus párpados. Pronto le llamaría su madre. Ya era hora
de levantarse e ir a la escuela, o al campo.
Un
tintineo, agradablemente musical, le hizo volver la cabeza. Le dolía el cuerpo
de la cabeza a los pies, pero de algún modo el dolor ya no era tan intenso.
Parpadeó. Esperaba ver su antigua habitación en la casita de campo en Averbury:
las cortinas levemente agitadas por la brisa y el sol penetrando por las
ventanas abiertas. Le llevó un momento reajustarse a la realidad de la casa en
la torre de señales; entonces sus recuerdos regresaron de inmediato. Miró; vio
la pasarela, la pequeña tarima y las palancas que accionaban los brazos, las
barras que se extendían hacia arriba hasta desaparecer en el techo, la blancura
de los aros de lona que él mismo había ajustado el día anterior. Había una tela
embreada enganchada a cada lado de las ventanas, cerrando el paso a la luz. La
barra de la puerta estaba echada, las dos lámparas encendidas; la estufa estaba
también encendida, con las puertas abiertas e irradiando calor. Sobre ella
hervían botes y cazos; y cuidando de todo ello había una muchacha.
Se
dio la vuelta cuando Rafe volvió la cabeza y le miró profundamente, con una
especie de nerviosismo flotando en sus ojos que le hizo pensar en los de un
animal. Mantenía el cabello apartado de su rostro con una cinta que pasaba por
detrás de sus pequeñas y puntiagudas orejas; llevaba un vaporoso vestido de un
extraño azul celeste, y era muy morena. Morena como el pan bien horneado,
aunque Dios sabía que no había habido sol desde hacía semanas para permitirle
adquirir aquel color de piel. Rafe retrocedió instintivamente cuando ella le
miró, y algo muy dentro de él dio un vuelco que le hizo sentir la necesidad de
gritar. Sabía que ella no debería estar allí, en aquella tierra apartada, con
su piel morena y su curioso vestido de verano; supo que era uno de los
Antiguos, una de esas criaturas en las que se creía a medias, los Cazadores de
los páramos, los ladrones de las almas de los hombres, si la Madre Iglesia
decía la verdad. Sus labios intentaron formar la palabra «hada», pero no pudo.
Estaban llenos de sangre medio seca, apenas se movían.
Su
vista empezaba a oscurecerse de nuevo. Ella se le acercó alegremente,
cimbreándose, con el aspecto, en su aturdida mente, de una débil llama; una
llama inhumana que un simple soplo podía extinguir. Pero no había nada de
etéreo en su contacto. Sus manos eran recias y firmes: enjuagaron su boca,
acariciaron su ardiente rostro. Cuando se apartó de nuevo quedó una especie de
frescor, y se dio cuenta de que ella había dejado un trapo húmedo sobre su
frente. Intentó gritarle de nuevo; ella se dio la vuelta para sonreírle, o al
menos eso creyó ver, y comprendió que estaba cantando. No había palabras; el
sonido se originaba en su garganta, mágicamente, como sonaría una rueca girando
a los oídos de un chiquillo medio dormido. Las palabras parecían a punto de brotar
a la superficie de color, pero nunca terminaban de hacerlo. Deseaba
desesperadamente hablar, contarle lo del gato montés, el terror que había
sentido, sus garras llenas de hielo, pero parecía como si ella supiera ya todo
lo que había en su mente. Cuando volvió llevaba un bote de humeante agua, que
depositó en una silla al lado de la litera. El canturreo cesó y entonces le
habló, pero sus palabras no tenían sentido, le golpeaban y salpicaban como el
agua cayendo sobre unas rocas. Sintió miedo de nuevo, porque aquél era el modo
en que hablaban los Antiguos; pero el fallo debía hallarse en sus oídos, porque
las sílabas se convertían ahora en el inglés moderno del Gremio. Eran palabras
dulces y rápidas, llenas de un significado que no significaba nada, insinuando
cosas más profundas bajo su propio sonido, que su cansada mente no era capaz de
descifrar. Hablaban del destino que le había esperado en el bosque, cayendo
bruscamente sobre él desde la rama de un árbol. Las Nornas cambian el destino
del hombre o del felino, canturreaba la voz. Sentadas a la sombra del
Yggdrasil, el gran Fresno-Mundo, tejen: una Hermana prepara el hilo, la
siguiente lo mide, la tercera lo corta por un extremo..., y durante todo el
tiempo las manos no dejaban de trabajar, acariciando y calmando.
Rafe
sabía que la muchacha estaba loca o poseída. Hablaba de las cosas Antiguas, las
cosas prohibidas por la Madre Iglesia, empujadas por toda la eternidad a la
oscuridad y al frío. Levantó con gran esfuerzo una mano, para hacer ante ella
la Señal de la Cruz; pero la muchacha sujetó su muñeca, entre risitas, y le
obligó a bajarla, al tiempo que empezaba a curarle delicadamente la desgarrada
palma, limpiando la sangre de la base de los dedos. Desabrochó el cinturón que
le apretaba el vientre, aflojó sus pantalones. Cortó la piel de la prenda,
mojándola, tirando de ella poco a poco, despegándola de los profundos
desgarrones en las ingles y los muslos.
—Ay...
—exclamó Rafe—. Ay... —Ella se detuvo al oírle, frunció el ceño y trajo algo de
la cocina, le levantó suavemente la cabeza para ayudarle a beber. El líquido le
calmó, pareció descender desde su garganta a todo su cuerpo como una anestesia
destilada gota a gota. Se sumió en un estado en el cual sólo sentía pequeños
pinchazos de dolor, y la oyó canturrear mientras le vendaba las piernas. Se dio
cuenta de que caía poco a poco en un profundo sueño.
El
día se fue apagando paulatinamente, se convirtió en noche como en un suspiro,
luego se convirtió de nuevo en día, y otra vez en oscuridad. Rafe tenía la
impresión de formar parte del Tiempo, dormitando y despertando, sintiendo la
comodidad de los vendajes sobre su cuerpo y el frescor de las ropas de la cama
arropándole; observando las palancas de los brazos de señales como a cien
millas de distancia, deseando ir hacia ellas pero sin poder moverse. A veces
pensaba que, cuando la muchacha se acercaba, él la atraía hacia sí, hundiendo
su rostro en el calor maternal de sus muslos mientras ella acariciaba su pelo y
hablaba, y cantaba. Durante todo el tiempo, a través del sueño y el despertar,
la voz prosiguió. A veces sabía que sólo la percibía en sus oídos, a veces, en
medio de los sueños provocados por su fiebre, creía que las palabras llamaban a
las puertas de su consciencia. Formaban una saga poderosa: una historia como
nunca antes había sido contada, nunca imaginada en todas las vidas de los
hombres.
Era
la historia de la Tierra: la Tierra y una tierra, la región que el pueblo de la
muchacha llamaba la Tierra de los Anglos. Sólo una vez no existió la Tierra de
los Anglos porque todavía no existían los planetas, ni el sol. No existía nada
excepto el Tiempo: el Tiempo y el vacío. Sólo el Tiempo era el vacío, y el
vacío era el Tiempo mismo. A través suyo se movían colores, destellos,
repentinos cambios de luz. Había murmullos, gritos quizá, tonos musicales como
las notas de los órganos que sonaban monótonamente en su cuerpo hasta que
vibraba con ellas y llegaba a formar parte íntima de ellas. A veces, en el
sueño, Rafe deseaba gritar; pero todavía no podía hablar, y la hermosa
blasfemia se asentaba aún más firmemente. Vio las cobrizas volutas retroceder ondeando
y susurrando, y a través de ellas el brillo del agua: un mar áspero, frío y sin
límites, el océano de un nuevo mundo. Pero el sueño en sí mismo era fluido; las
imágenes resplandecían y se alteraban, fundiéndose suavemente las unas en las
otras, creando de modo majestuoso un lugar, apagándose en la oscuridad.
Llegaron las colinas, rodando tentadoras, retrocediendo, alzando flancos
goteantes que se estremecían, se hundían de nuevo y volvían para obstruir el
paso antes abierto. El sedimento, el lecho marino, se enriquecía con la nevisca
milenaria de pequeñas criaturas agonizantes. El gemido de los minúsculos
caracoles cuando caían formaba parte del coro y de la canción, una leve y dulce
armonía.
Y ya
había dioses: los antiguos dioses demoníacos, poderosos e infinitos,
despreciando, observando, agitando con sus propios dedos el sedimento, agitando
la arremolinada masa marrón del mar. Todo ocurría en medio de una oscura luz,
el frío resplandor del amanecer. Las colinas se estremecieron, se hundieron y
volvieron a emerger como encorvados animales de oro, sacudiéndose el agua de
los flancos. El sol se alzaba por encima de ellas, dando calor, añadiendo una
especie de vapor a la neblina, haciendo que el mar danzara con múltiples y
apagados tonos. Los dioses rieron una y otra vez, de una forma vaga e insegura,
brotando del sedimento y hundiéndose de nuevo en él, y las colinas se irguieron
otra vez, conformando una tierra informe. La voz cantó, zumbando como una
avispa: no había ni «antes» ni «después», sólo un sentido de continuidad, de
desarrollo masivo, de la inmensa Eternidad del Tiempo. Las colinas cayeron y
volvieron a levantarse; extrañas criaturas se escabullían veloces por entre
ellas, aleteaban lánguidamente de cima en cima, y ladraban; las hojas de los
árboles se desperezaban al sol] sus reflejos agitaban el agua, los propios
árboles se hundían y volvían a erguirse, eran derribados para volver a alzarse
de nuevo, llenos de gotas, hinchados. Las rocas que se habían formado se
rompieron, se volvieron a formar, se solidificaron y se fundieron otra vez,
hasta que a partir de la caótica informidad, de algún modo, fue creada la
Tierra: la Tierra de los Anglos, aún sin nombre, con sus extensos pastos, sus campos
y sus silenciosas colinas de hierba. Rafe vio los interminables rebaños que
merodeaban por ella, yendo de un lado para otro bajo el sol; y los primeros y
tenebrosos Hombres. Estaban poseídos por la rabia; cortaban y devastaban cuanto
encontraban a su paso, erigían sus círculos de piedra en medio del viento y del
vacío, hallando una y otra vez los cuerpos de los dioses en los flancos
blanquecinos de las laderas. Hasta que todo acabó; los dioses se cansaron, y el
hielo llegó gritando y azotando desde el norte, el sol se hundió y murió en su
propia sangre, y se hizo la oscuridad, la nada y el invierno.
Y en
el vacío llegó Él; sólo que Él no era Cristo, el Dios de la Madre Iglesia. Él
era Baldur el Bienamado, Baldur el Joven. Recorrió la tierra paso a paso, con
el rostro ardiente como el sol, y los Antiguos se arrastraron y le adoraron. El
viento tocó los círculos de piedra, quemándolos con hielo, y en la oscuridad
los hombres pedían la primavera a gritos. Y así llegó al árbol Yggdrasil. ¿Qué
árbol?, gritó con desesperación la mente de Rafe, y la voz se detuvo y rió y
dijo sin enfado. Yggdrasil, el gran Fresno-Mundo, cuyas ramas atraviesan las
capas del cielo, cuyas raíces se enroscan en todos los infiernos... Baldur
llegó al Árbol en el cual debía morir para expiar los pecados de los dioses y
de los hombres; y al Árbol lo clavaron, colgándole por las palmas de las manos.
Y vinieron a adorarle mientras su sangre resbalaba y goteaba sobre un charco
brillante, mientras colgaba sobre los Infiernos de los Trolls y de los Gigantes
del Hielo y del Fuego y de la Montaña, debajo de los Siete Cielos donde Tiw y Thunor
y el viejo Wotan temblaban en el Valhalla ante la magnitud de lo que estaba
sucediendo.
Y de
su sangre brotó de nuevo el calor, y la hierba, y el sol, y las flores de las
praderas, y los pájaros que se llamaban y se apareaban. Y finalmente llegó la
Iglesia, haciéndose notar y tintineando desde el este, y levantó en los altares
unos pasteles de boda de bronce mientras los hombres luchaban y perdían los
nervios y teñían el suelo de negro con su sangre, y erigió sus ciudades y sus
torres de señales y sus deslumbrantes castillos. Los Antiguos se alejaron, y
las hadas, y los cazadores de los páramos, y el pueblo de las piedras,
llevándose con ellos a su bienamado Señor sangrante; y los sacerdotes le
llamaron desesperadamente, llamándole Cristo, diciendo que en verdad murió en
un árbol, en el Lugar del Gólgota, en el Lugar de la Calavera. Las armadas de
Roma navegaron por todo el mundo; e Inglaterra despertó, y el vapor brotó de
cada minúscula aldea, y el alboroto, y el ruido; mientras la sangre de Baldur
aún manando, rebrotaba cada primavera. Y así, después de repetir se día tras
día, y semana tras semana, la enorme leyenda se interrumpió, y se cerró sobre
sí misma, y acabó.
La
estufa estaba apagada, la casa olía a limpio y fresco, Rafe permanecía tendido,
tranquilo, sabiendo que había estado muy enfermo. La habitación era un lugar de
tonos marrones y limpios y brillantes azules. El profundo marrón de los
muebles, el marrón anaranjado de las palancas de control, o el marrón crema de
las tablas. El azul procedía del cielo y penetraba a través de las ventanas y
de la puerta, reflejándose en los inactivos brazos de señales en forma de
pálidos hilos de azul. Y la muchacha también era marrón y azul; marrón en la
morena piel, y el helado azul de la cinta y el vestido. Le miró desde arriba,
sonriente, todo el nerviosismo desaparecido.
—Mejor
—canturreó la voz—. Ahora estás mejor. Estás bien.
Se
incorporó. Se sentía muy débil. Ella apartó las mantas a un lado, permitiendo
que el aire tocase su piel como si de agua fresca se tratara. Bajó las piernas
por el lado de la litera, y ella le ayudó a ponerse en pie. Le flaquearon las
rodillas; rió; se sostuvo tambaleante, sintiendo la textura del suelo de la
cabaña bajo sus pies, observando su propio cuerpo, viendo el rosáceo
entrecruzado de las cicatrices sobre su estómago y muslos, el pene asomando por
entre su nido de pelo. Ella le buscó una túnica, le ayudó a ponérsela, mientras
se reía de él, tironeando y empujando. Le buscó una capa, se la ató al cuello,
y se arrodilló para colocarle las sandalias en los pies. Rafe se apoyó en la
litera, con la respiración ligeramente agitada y sintiéndose más fuerte. Clavó
la mirada en los brazos de señales; ella agitó la cabeza y lo llevó hacia la
puerta.
—Ven
—dijo la voz—. Sólo un momento.
De
nuevo se arrodilló fuera, y tocó la nieve, mientras el viento soplaba fuerte y
húmedo del oeste. A su alrededor, las brillantes e inamovibles colinas
empezaban a calentarse.
—Baldur
está muerto —canturreó la voz—. Baldur está muerto...
E
instantáneamente pareció como si Rafe pudiera oír el millón de voces del
deshielo riendo a carcajadas, o ver las mismísimas flores empujando puntos de
color por entre y a través de la nieve. Miró a las señales de la torre, y de
pronto le parecieron extrañas, como algo remoto, del pasado. Seguramente
también se fundirían y desaparecerían, sin dejar rastro alguno. Formaban parte
de la antigua vida y del antiguo sistema; por primera vez podía darles la
espalda sin pena. La muchacha se apartó de él. Llevaba unos zapatos bajos que
dejaban al descubierto sus tobillos, un fuerte contraste con el blanco de la
nieve. Y Rafe la siguió, dudando al principio, más seguro luego, ganando un
poco a cada paso. Tras él, la torre de señales quedó abandonada.
Los
dos hombres a caballo avanzaban con firmeza, dejando que sus monturas eligiesen
el camino. El más joven iba unos pasos más adelante, enfundado en su capa, con
los ojos debajo del ala del sombrero, observando el horizonte. Su compañero
montaba el caballo con tranquilidad, de modo fácil y sosegado; era moreno y de
pelo cano, con la piel curtida por el viento. Delante de él, en el pomo de la
silla de montar, llevaba colgada la funda de unos binoculares Zeiss. Al otro
lado llevaba una funda, la de un mosquete; el cañón del arma descansaba ahora a
lo largo del cuello del caballo, con la culata libre, justo debajo de la mano
del jinete.
Lejos
a la izquierda, una pequeña loma alzaba su corona de árboles al cielo. Más
adelante, en la otra ladera del valle, había un punto negro: era la torre de
señales, con sus inmóviles brazos colgando. El hombre detuvo el caballo con
calma, extrajo los binoculares de su funda y estudió el lugar. Nada se movía,
de la chimenea no brotaba ningún humo. Las ventanas cerradas le devolvían la
imagen del paisaje a través de los cristales; estudió los caídos brazos de
señales, parecidos a las alas de un pájaro muerto. El cabo aguardaba
impaciente, su caballo se agitaba y resoplaba, pero el capitán de señales no se
inmutó. Finalmente bajó los binoculares y se dio unos golpecitos en los labios
con un dedo. El animal avanzó de nuevo, al paso, alzando airosamente las patas
y bajándolas con cuidado.
La
nieve era allí más espesa; el valle la había atrapado, y la que se había
derretido había dejado impresos unos regueros con una leve capa de hielo. Los
caballos avanzaban pesadamente a medida que subían la pendiente en dirección a
la cabaña. El capitán desmontó junto a la puerta, dejando que las riendas
colgaran libres. Se dirigió hacia la entrada, con los ojos fijos en el dintel y
las tablas.
La
marca. Estaba por todas partes: en la puerta, en el marco, escrita sobre las
paredes. El círculo con el dibujo del, jeroglíficos o pictogramas, la única
cangrejo en su interior; cosa que el Pueblo de los páramos conocía, el único
mensaje que tenía aparentemente para los hombres. El capitán lo había visto
anteriormente, muchas veces; ya no le sorprendía. Pero el cabo no lo había
visto nunca. El capitán oyó la profunda inspiración, y también el ruido cuando
fue amartillada la pistola. Observó el rápido e instintivo movimiento de la
mano, el gesto que le resguarda a uno del Mal de Ojo. Sonrió levemente, casi
inconscientemente, y empujó la puerta. Sabía lo que iba a encontrar, y sabía
que no había peligro.
El
interior de la casa estaba frío y oscuro. El hombre del Gremio echó un lento
vistazo por la habitación, con las manos caídas a los lados y los pies
separados sobre las tablas del suelo. Fuera, uno de los caballos mordisqueaba
el freno de la rienda, y resopló una bocanada de aire cálido que salió
despedida como un chorro de vapor. Vio los binoculares colgados de su gancho,
el suelo barrido, la estufa brillante, el fuego preparado cuidadosamente y
listo para ser encendido; la marca del hada bailaba por todas partes en las
maderas.
Avanzó
unos pasos y echó otro vistazo a la cosa tendida en la litera. La sangre se
había ennegrecido a causa del frío; las heridas del estómago parecían bocas en
forma de hoja; los ojos estaban hundidos y apagados; una de las manos aún
estaba extendida hacia las palancas de señales, ocho pies más arriba.
Tras
él, el cabo dijo ásperamente, usando su ira como baluarte contra el miedo:
—Él...
Pueblo ha estado aquí. Fueron ellos quienes hicieron esto...
El
capitán agitó negativamente la cabeza.
—No
—dijo con lentitud—. Fue un gato montés.
—Pero
ellos estuvieron aquí —dijo el cabo con gravedad. Y la rabia brotó de nuevo
cuando recordó la nieve libre de marcas—. Pero no había huellas, señor. ¿Cómo
se las arreglaron para llegar?
—¿Cómo
llega el viento? —preguntó el capitán. Miró de nuevo el cadáver en la litera.
Conocía un poco la historia de aquel muchacho, y su ficha. El Gremio había
perdido un hombre valioso. ¿Cómo pudieron llegar? El Pueblo de los páramos...
Su mente evitó usar los nombres que les daba el vulgo. ¿Qué aspecto tenían,
cuando venían? ¿De qué hablaban en las habitaciones cerradas con los
moribundos? ¿Por qué dejaban su marca...?
Pareció
como si las respuestas se formaran de forma automática en su mente. Fue como si
cristalizaran en el frío aire del lugar, ligeramente dulzón, acompañadas por el
murmullo del viento. Todo esto acabará pasando, dijeron sus pensamientos, y se
extinguirá como un sueño. Ya no habrá más manos sangrantes sobre las palancas,
ni más niños helándose en las solitarias observaciones. Las Señales atravesarán
continentes y mares, veloces como el pensamiento. Todo esto pasará, para bien o
para mal...
Agitó
la cabeza, como un oso, como si quisiera librarla del maleficio que colgaba
sobre aquel lugar. Sabía, con un destello de visión interior, que no podría
averiguar nada más. El Pueblo de los páramos, los Antiguos; se habían marchado,
con su magia y su saber. Siempre hacia el interior, dentro de la aún perenne
oscuridad. Todo hasta que un día desaparecieran en el aire, en una bruma:
aquellos que eran y sin embargo no eran...
Sacó
una libretita de su cinturón, anotó algo con rapidez, y arrancó la hoja.
—Cabo
—dijo calmadamente—. Si tiene la bondad... Envíelo a través de Golden Cap.
Fue
hacia la puerta, y se detuvo para observar por entre las colinas el extremo
superior de la torre del este, apenas visible recortada contra el cielo.
Desplegó mentalmente un mapa; vio el mensaje siguiendo la cadena, con cada
estación recogiéndolo, enviándolo, encaminándolo a través de sus señales a su
destino final. En Golden Cap, donde las grandes señales recorrían la línea del
mar helado; por el norte de la línea A hacia Aquae Sulis, y de nuevo a lo largo
de la Gran Ruta del Oeste. Antes de una hora llegaría a su destino en Silbury
Hill, y un hombre con expresión grave, vestido de verde, bajaría por la calle
principal de Avebury, llamaría a una puerta...
El
cabo subió a la pasarela, clavó el mensaje sobre una tabla, empujó ligeramente
las palancas hacia delante, comprobando que no estaban bloqueadas por el hielo.
Cuadró los hombros y tiró con fuerza. La silenciosa torre despertó, y sus
brazos de señales se agitaron en medio de la quietud. Atención, Atención...
Luego la señal de origen, y la cifra para la línea del este. Los movimientos
desencadenaron una pequeña lluvia de cristales helados, que cayeron suavemente,
resplandeciendo contra el manto gris del cielo.
Tercer
Compás
EL
HERMANO JOHN
El
taller era oscuro y de techo bajo, iluminado solamente por un par de ventanas
redondas y con rejas en su extremo más alejado. A lo largo de las paredes del
tosco sillar se alineaban montones de piedras. En un rincón de la sala había
una artesa bastante grande, alimentada por una serie de cañerías y grifos
anticuados y medio rotos, y a su lado un banco de trabajo; se percibía un
ligero olor en el aire, el crudo e intenso aroma de la arena mojada.
Había
un hombre trabajando en el banco; era bajo y de cara rojiza, ligeramente
corpulento, y vestía el rojo oscuro de los que pertenecían a la orden de San
Adelmo. Mientras trabajaba silbaba entre dientes una tonada indescifrable y
casi inaudible. Este hábito había traído más de una vez sobre la cabeza
tonsurada del hermano John la desaprobación de sus superiores, pero era algo
que formaba parte de su naturaleza, y no podía evitarlo.
En
el banco, delante del monje, había una losa de piedra caliza de unos dos pies
de longitud por cuatro o más pulgadas de grueso. A su lado había unas cajas de
arena plateada; el hermano John estaba enfrascado en pulir la superficie de la
piedra, vertiendo la arena a través de los orificios de un pulverizador
circular de hierro que hacía girar con bastante destreza, removiendo la
emulsión de agua y abrasivo sobre la losa de piedra. El trabajo exigía un
considerable esfuerzo y atención; cuando terminara, la piedra no debía mostrar
ningún rastro de curvatura o inclinación hacia ningún lado. De vez en cuando
comprobaba la ausencia de concavidades colocando una barra de acero
completamente recta sobre su superficie. Al cabo de algunas horas, la losa de
piedra estaba casi lista, pero le faltaba el punto más importante. La
superficie pulida tenía que estar completamente libre de defectos; el maestro
Albrecht detectaría sin la menor duda cualquier imperfección, y el hermano John
conocía perfectamente el resultado de eso. Si no se ajustaba a lo solicitado,
tomaría un corto punzón de hierro, especial para ese menester, y con su afilada
punta realizaría una profunda incisión en forma de cruz sobre la superficie de
la losa de piedra caliza, lo cual le daría a John el hondo placer de volver a
pulirla. De hecho, acababa de borrar precisamente una de esas señales que
mostraban la desaprobación del gran hombre.
Lavó
cuidadosamente la piedra, empleando una manguera conectada a uno de los grifos.
Comprobó una vez más que estuviera perfectamente lisa, trabajando
delicadamente, evitando todo contacto de sus dedos pese a que estaban a todas
luces limpios. La menor sospecha de grasa, una mancha del tímpano de una
prensa, el roce de una mano sudorosa, desencadenaría el desastre. Era sabido
que, a la hora de realizar su trabajo más delicado, los monjes de la sección de
litografía llevaban mascarillas de tela para evitar contaminar las piedras con
su aliento.
Todo
estaba en orden; John procedió, silbando todavía, a aplicar el último y
definitivo pulido, utilizando para ello la arena más fina. El trabajo, por fin,
estaba acabado; un último examen crítico de la hermosa superficie cremosa, y un
último lavado, apoyada contra la pared, para eliminar la arenilla de la base y
de los costados. Luego la trasladó, jadeando, a través del taller, y la colocó
sobre la plataforma del pequeño montacargas construido en el interior de la
pared. Un tirón de la cuerda de la campana que había a su lado, una apenas
audible respuesta desde arriba, y el objeto de su trabajo fue elevado
suavemente fuera de su vista. Puso su equipo en orden, devolviendo los frascos
de arena a sus estanterías numeradas, y luego limpió la artesa. El desagüe del
suelo se obstruyó ruidosamente; lo desatascó con un palo hasta que fue
engullida la última gota de agua, y luego siguió el camino de la piedra por una
escalera de caracol que ascendía hasta la superficie.
En
contraste con el taller de pulido, el estudio principal de litografía era
majestuoso y brillante. Una serie de altas ventanas se abrían sobre una vista
de ondulantes colinas, el lujuriante campo agrícola del límite de Dorset y
Somerset, alegre ahora al sol de abril. A lo largo de una de las paredes de la
habitación había más piedras apiladas; al lado de otra, una baja tarima
confería a la mesa de trabajo del maestro Albrecht una posición de dignidad.
Detrás de la mesa estaba la puerta que daba a su diminuto despacho, un cubículo
lleno a rebosar de albaranes, facturas y recibos de esto y de aquello; a su
lado se abría otra puerta que daba al taller de tintas, en donde una serie de
latas de deliciosos colores estaban escrupulosamente ordenadas en hileras sobre
estantes de madera de pino. El almacén de tintas también tenía su olor
especial, profuso y dulce.
En
el centro de la habitación, dos largas y limpias mesas estaban llenas de
montañas de trabajo; a su alrededor cuatro de la media docena de novicios
pertenecientes al departamento permanecían pacientemente sentados, recortando
el trabajo con unas tijeras. Detrás de las mesas, sobre una segunda base,
estaban las prensas: tres de ellas, colocadas espaciadamente a lo largo de la
pared, limpias y relucientes. Eran el orgullo y la delicia principal del
maestro Albrecht. Las máquinas eran sencillas. Cada asiento era elevado hasta
la altura de impresión por una alta palanca, y era movido por una pesada rueda
de radios de madera; encima del asiento, un marco de hierro sujetaba una cuña
cubierta de piel, ajustable a presión. Un tímpano de bronce, engoznado en el extremo
más alejado del asiento y tensado por unos tornillos de plomo, protegía la
piedra contra la corrosión y el desgaste. Los tímpanos habían sido en una
ocasión, en el pasado, la causa de un contretemps del que el hermano John había
sido figura prominente. Desde tiempos inmemoriales habían sido engrasados con
un producto etiquetado como grasa de oso, acerca de cuya composición John había
expresado sus más serias dudas. En épocas de calor apestaba de forma
abominable; y John, para cuyo sensible olfato los malos olores representaban
una ofensa, se propuso agenciarse un bote de la recién inventada grasa mineral
del garaje del pueblo, y untó las prensas con ella. La furia del maestro
Albrecht no tuvo límites; durante varias semanas después de que John hubiera efectuado
el cambio le impuso una serie de penitencias de naturaleza especialmente
desagradable, una de las cuales había sido sacar la grasa mineral y reponer la
tradicional grasa de oso. El pequeño hermano se había resignado con tanta
aceptación y paciencia como era posible bajo aquellas circunstancias, aunque
prometió, solemnemente y de forma privada, que si las abrumadoras alturas algún
día llegaba a alzarse hasta de maestro en litografía, la nociva mezcla sería
totalmente desterrada de sus dominios.
Al
lado de las prensas había más artesas, y también la boca superior del
montacargas que comunicaba con el taller de pulido; a su lado, la piedra,
aprobada por el maestro Albrecht, había sido apoyada sobre un lado, y estaba
siendo secada por un muchacho con un molinete de cartón montado sobre una
varilla. En la pared había unos estantes dispuestos con unos rodillos de piel
para el entintado, finos y suaves; debajo de ellos, unas losas de piedra caliza
servían como paletas. En una de ellas trabajaba el hermano Joseph, un novicio
con bastante cabello, con el cráneo aún sin tonsurar.
Cuando
entró, el hermano John aún seguía silbando; el sonido cesó bruscamente, borrado
del firmamento por la fiera mirada del maestro Albrecht. Se abrió paso por la
habitación, se detuvo a esperar impaciente mientras el hermano Joseph acababa
de extender la tinta y la distribuía sobre un rodillo. Había una piedra
preparada sobre la platina de la prensa más cercana, y a su lado un montón de
pruebas a dos colores. John pasó suavemente una esponja sobre la losa,
humedecida con el agua de un cubo que había al lado de la prensa, y se apartó
cuando su ayudante se acercó con el rodillo. La imagen fue fijada, primero de
forma delicada y luego más firmemente; John invirtió una de las pruebas,
pasando a través del papel las dos agujas montadas al extremo de sendos pinceles
y que se utilizaban para señalar en las pruebas las marcas del contrarregistro.
Luego, otra vez con el tímpano: bajarlo cuidadosamente para la impresión; un
pequeño ajuste en la cuña, y adelante con el trabajo. John aflojó el asiento,
lo retiró, alzó el tímpano y luego, con más cuidado, la hoja de papel,
observando el dibujo recién impreso a contraluz. Los colores brillaban
alegremente: la imagen de una lozana campesina sosteniendo un manojo de cebada,
y la inscripción: La cerveza de los segadores; elaborada bajo licencia en el
monasterio de San Adelmo, Sherborne, Dorset.
La
señal de la campana de la tarde puso fin al trabajo; los monjes, liberados
temporalmente de su voto de silencio, salieron en orden, charlando, en
dirección al comedor. John y el hermano Joseph llevaron sus almuerzos hacia una
mesa de la esquina, y se sentaron algo apartados de los demás para planificar
las operaciones de la tarde; después se verían privados del beneficio de la
palabra hablada y de la escritura, que, aparte de ser tediosa, era más o menos
desaprobada como modo alternativo de comunicación.
A
las dos, cuando se levantaban de la mesa para acudir de vuelta a la sala de
litografía, se les acercó un novicio con un papel escrito en la mano. Entregó
el mensaje al hermano John; el pequeño monje lo leyó, se rascó la coronilla, y
se lo mostró fugazmente al hermano Joseph mientras agitaba los ojos en una
exhibición de burlón pesar. Había sido convocado ante la augusta presencia de
su abad. Se apresuró a buscar en su mente una lista de pecados de comisión u
omisión por lo que se le pudieran pedir cuentas.
La
media hora de espera en la antecámara del gran hombre hizo poco por mejorar su
estado mental; John se sentó, se empezó a poner nervioso, y observó las figuras
reflejadas por el sol moviéndose por las paredes, mientras el maestro Thomas,
el contable del monasterio, le miraba de forma intermitente con una fijación
fríamente acusadora, sin dejar de escribir, con una horrible y chirriante
pluma, sobre unos interminables rollos de pergamino en los cuales se guardaban
los registros de la Orden. A las dos y media, el hermano John fue finalmente
llamado ante la presencia de su superior espiritual.
Los
acontecimientos tendían a repetirse: el padre Meredith, leyendo una
interminable lista de notas, levantaba la vista de vez en cuando por encima de
sus pequeñas gafas cuadradas cada vez que el hermano John se impacientaba y
resoplaba, con la cara roja de inquietud. Las visitas de John al sanctum habían
sido pocas, y su recuerdo, en líneas generales, no era muy alentador. Sus ojos
se movían incansablemente, recuperando en su memoria los detalles que recordaba
de la habitación. El estudio del reverendo padre era menos austero en carácter
que los del resto del monasterio de San Adelmo; una alfombra de intrincados
dibujos persas cubría el suelo, una pared estaba cubierta de libros, mientras
que en una esquina había una bola del mundo sostenida por un grupo de hermosos
céfiros de bronce. Sobre el cuero que cubría la mesa se amontonaban
descuidadamente más libros y papeles. Allí estaba también la máquina de
escribir del abad: una máquina monumental, con su superestructura enmarcada por
unos pilares corintios que acababan de forma detestable en unas patas de hierro
colado. Un mueble bar con las puertas entreabiertas, mostraba unas estanterías
bien surtidas; una pietà del Renacimiento colgaba encima del mueble, mientras
que sobre la mesa del padre Meredith destacaba un espantoso crucifijo español.
A
través de las ventanas podían verse las colinas, resplandecientes a la luz del
sol; el hermano John apartó los ojos de la inquietante figura del Cristo y los
dirigió al horizonte. El tiempo transcurrió lentamente mientras contemplaba las
nubes pasajeras, el lento y continuo movimiento de aquella masa blanca y
cambiante; cuando finalmente el padre Meredith habló, su voz le llegó como un
leve impacto:
—Hermano
John —dijo—, ha ocurrido algo, ejem..., interesante.
John
sintió un breve resurgir en su esperanza. Quizá, después de todo, su abad no le
hubiera mandado llamar para castigarle con severidad por un crimen medio
olvidado. Consiguió adoptar con rapidez, con tanta rapidez como sus móviles
cejas le permitían, una expresión de interés combinado con una sumisión
adecuadamente devota. El intento tuvo un cierto éxito. El padre Meredith hizo
chasquear nervioso los dedos.
—Puede
hablar, hermano... —Los adelmianos eran una apacible orden monástica de
artesanos; el silencio diario era quizá su única regla firme, pero la seguían
escrupulosamente.
John
tragó saliva, agradecido.
—Gracias,
reverendo padre —balbuceó. En aquellos momentos, poco más había que decir.
El
padre Meredith rebuscó entre sus papeles y carraspeó: fue un sonido pequeño y
distante, como el balar de una oveja.
—Ah...
sí. Parece que se nos ha pedido que suministremos un, esto..., un artista. El
asunto, en su conjunto, es un tanto misterioso, no sé mucho al respecto, pero
pensé que un... cambio de aires, digamos, podría serle, hermano...,
beneficioso...
El
hermano John inclinó humildemente la cabeza. Parecía como si el maestro
Albrecht tuviera algo que ver con ese último comentario. John no había tenido
oportunidad de verle cara a cara desde el asunto de la grasa de oso. Y también
había algo en el tono con que había sido dicha la palabra «artista»... John
siempre había estado más que dispuesto a ser guiado en los asuntos
espirituales; incluso en los asuntos estéticos, siempre era culpable del pecado
de orgullo.
—Estoy
enteramente a disposición del reverendo padre... —murmuró.
—Ejem
—dijo agudamente el abad. Siguió observando a John, durante otro instante, por
encima de sus gafas. Conocía bien la procedencia de su interlocutor. John venía
de una familia pobre; en su familia eran, y habían sido durante generaciones,
zapateros en Durnovaria. Desde temprana edad, John no había mostrado
inclinación alguna por seguir el negocio familiar; cuando se le encomendaba una
tarea, se le descubría al cabo de un rato haciendo dibujos con un trozo de tiza
sobre el banco de trabajo, realizando caricaturas a lápiz de sus hermanos y de
los clientes de la pequeña tienda. Su padre, más de una vez, le había dado una
buena paliza con la correa al bribonzuelo y se había esforzado en sacarle el
demonio del cuerpo para ponerle en su lugar un poco de ángel; pero el rollizo
muchachito, en otros aspectos amable e indolente, se había mostrado en esto
inesperadamente terco. Las tizas y los lápices raras veces se encontraban lejos
de sus manos; cuando no tenía nada con que dibujar, utilizaba el carbón de la chimenea
o las tapetas de las suelas de los zapatos. Sus dibujos y borrones se
amontonaban en las irregulares paredes de su habitación; su propio trabajo se
hacía más irregular cada día. Parecía que lo único que se podía hacer era
dejarle seguir adelante con su afición; al menos, razonó su padre, la familia
se vería ali viada de la necesidad de alimentar una boca inútil. En esta
Inglaterra sólo había un modo a través del cual se pudiera aprovechar el
talento de John: tomó las Sagradas Ordenes, y a la edad de catorce años entró
cono novicio en el monasterio de San Adelmo, a unas veinte millas de su hogar.
Los
primeros meses fueron un tiempo de prueba para el joven muchacho, y también
para sus instructores; como hijo de la clase obrera, John nunca había aprendido
a escribir, y esto, en lugar del arte, constituyó el primer tema a tratar.
Finalmente, el novicio comprendió que sólo a través de las letras conseguiría
su auténtica ambición; derramó sudor sobre sus libros, y un año más tarde era
admitido formalmente en las clases impartidas en el monasterio por el hermano
Pietro, el maestro de dibujo.
Incluso
entonces John se vio condenado a la decepción: el dibujo al natural no estaba
permitido, y el joven estudiante se pasó incansables horas trabajando con los
modelos de yeso. El antiguo método de estudio mejoró su trazo y le inculcó una
medida de disciplina que hasta entonces le había faltado, pero siguió dejándole
insatisfecho. La litografía fue su salvación; aunque al principio aborreció su
complejidad y su larga e insustancial historia, desde las listas de lavandería
de Senefelder en adelante, que el hermano Pietro insistía en que debía
aprenderse de memoria, el color y la textura de las piedras y las muchas formas
de trabajarlas atraían al artesano latente que había en él. Aunque las bellas
artes raras veces eran requeridas, había un reto técnico en la mayoría de los
trabajos comerciales mundanos; John trabajó con diligencia, aprendiendo y
reconociendo con el paso de los años la amplia gama de etiquetas para botellas
y embalajes producidas por la Casa. El maestro Albrecht, reconociendo que, si no
un genio, sí era al menos un artesano de primera clase, le dejó amplia libertad
de movimientos, y a los treinta años John ya era bien conocido en los círculos
profesionales. (A veces se autodenominaba, con un retorcido humor, el Maestro
de la Botella de Salsa). La elaboración de la cerveza sólo era una de las
muchas industrias en las que la Iglesia tenía grandes intereses, y empezaron a
llegar encargos de otros centros de casas de negocios eclesiásticas que
carecían de su propia plantilla de creativos. El consiguiente crecimiento de
las arcas de los adelmienses fue la razón principal de que los ocasionales
arranques temperamentales de John fueran tolerados sin demasiadas quejas,
incluso por el colérico maestro en litografía. John era un buen dibujante y,
cuando se le dejaba en libertad, era un trabajador entusiasta; los adelmienses
valoraron más estas cualidades que la obediencia ciega a los principios y una
más o menos estéril piedad. Aunque a veces, a veces...
El
hermano John interrumpió el flujo de pensamientos de su superior.
—Reverendo
padre, ¿podría usted...? Quiero decir, ¿tiene alguna idea acerca de la
naturaleza del trabajo?
—Ninguna.
—El abad fue un poco menos que sincero; ordenó los papeles de su mesa, los
colocó en un montón, luego volvió a distribuirlos—. Todo lo que le puedo decir
es que conllevará un largo viaje. Tendrá que ir a Dubris; cuando llegue, se
pondrá a disposición del obispo Loudain. Estará fuera durante algunos meses, es
probable que, esto..., en el Tribunal del Bienestar Espiritual, bajo las
órdenes del padre Hieronymus. Le puedo asegurar que el trabajo será, esto...,
de alto nivel, la tarea viene encomendada directamente desde Roma. —Tosió de
nuevo, con aire incómodo—. Realizará una labor de gran valor, hermano —dijo con
cierta rigidez—. Un auténtico servicio a la Iglesia. Mejor que las etiquetas de
cerveza, al menos.
El
hermano John guardó silencio. Su mente, acostumbrada a recorrer sin prisa
sendas rutinarias, estaba por una vez trabajando furiosamente. Había mucho que
decir respecto a la proposición; como el padre Meredith había señalado,
significaría un cambio de aires, y un viaje por Inglaterra en primavera, la
estación, para John, más atractiva del año. De todos modos, sus posibilidades
de elección parecían severamente limitadas: si el maestro Albrecht, por los
motivos que fueran, deseaba apartarle de su camino durante un tiempo, él no
tenía más remedio que obedecer. También había una parte de orgullo profesional:
su selección, lo sabía muy bien, era un signo de honor. Pero..., nada decente,
nada bueno, podía surgir de las acciones del Tribunal del Bienestar Espiritual,
y el padre Meredith lo sabía mejor que nadie. Porque hubo un tiempo en que el
Tribunal tenía otro nombre, un nombre que incluso en el territorio occidental
de la Iglesia tenía una triste reputación.
La
Inquisición...
John
entró en el gran castillo de Dubris a través de la Puerta Vieja, mezclado con
una ruidosa multitud de visitantes: mendigos, soldados, vecinos que habían
salido a pasar el día fuera con cestas de picnic y cerveza, los hombres
fanfarroneando con su traje de los domingos y las mujeres con los niños en
brazos y berreando sobre sus blusas. Dentro, el pequeño monje se detuvo
involuntariamente; el sacerdote de rojo que era su guía aguardó impaciente,
agitando nervioso el fajo de libros fuertemente atados que llevaba y pasando el
peso de su cuerpo de un pie a otro por entre los empujones de la chusma.
Delante de John se alzaba la segunda cortina del castillo; encima, sombría, se
alzaba la enorme torre del homenaje, intimidante en su volumen y densidad. En
la muralla exterior, allá donde se curvaba hacia la derecha hasta la gran
barbacana de la Puerta del Condestable, se había establecido todo un cercado
para una feria. El aire estaba lleno de vapor; órganos, silbatos y trompetas
repetían una y otra vez sus incansables tonadillas; los autómatas se movían
desacompasadamente; las ninfas, doradas y desnudas, daban vueltas; y los
caballos y animales legendarios resplandecían en medio del bullicio. Los perros
amaestrados ladraban y aullaban, hombres de piel oscura escupían bocanadas de
fuego, bailarinas y juglares posaban ante un público imaginario, mientras los
espectáculos marginales prometían todo el erotismo del Oriente. Cerca de allí,
sobre plataformas improvisadas con caballetes y barriles de cerveza, unos luchadores
de bastones partían las cabezas de sus oponentes sobre unas tablas previamente
pintarrajeadas con sangre, jóvenes contorsionistas vistiendo ajustados calzones
de color azul claro se fustigaban las piernas con finas varas de avellano.
Entre los establos corrían los chiquillos, niños y niñas; había curas,
pitonisas, marineros con coletas embreadas que sobresalían enhiestas de sus
cuellos del brazo de sonrientes y pechugonas mujeres; el Azul Pontificio era
muy evidente en todas partes, al igual que las túnicas rojo escarlata de los
oficiales de la Inquisición que se entremezclaban con la multitud para realizar
los más diversos encargos. Todo era ruido, color y confusión. Cerca de la torre
del homenaje el humo se elevaba en una gruesa columna, tiñendo el cielo. Sobre
toda aquella amplia zona, al lado del estandarte color cobalto del Papa Juan,
se agitaba la bandera rojo sangre de la Corte.
El
guía tiró de la manga de John, y éste le siguió, aturdido por el griterío. Se
encaminaron hacia la barbacana, con el cura arremetiendo y empujando para poder
abrirse camino en medio de la multitud. En la muralla había una atracción
adicional: una hilera de jaulas abiertas por arriba albergaba la primera remesa
de prisioneros. A su alrededor, la multitud hervía y gritaba. John, atónito,
vio a un hombre golpeando a quienes le habían estado torturando con un palo que
de algún modo había conseguido arrebatar a uno de ellos; sus ojos estaban
enrojecidos, manchas de espuma cubrían su barba. Más allá, una vieja lanzaba
insultos y maldiciones, agitando sus huesudos puños; se había hecho un corte en
la cabeza, al parecer con una piedra, y la sangre resbalaba profusamente por su
cara y cuello. A su lado, una hermosa muchacha de cabellos largos amamantaba de
modo desafiante a un bebé. John se apartó de allí, desaprobándolo todo
profundamente, y siguió las ondeantes vestiduras del cura hasta la parte
superior de la muralla. Sus deberes ya le habían sido explicados: debía
registrar, en beneficio le Roma, todo el procedimiento seguido por el Tribunal
del padre Hieronymus, Cazabrujas General del Papa Juan. Su trabajo empezaría
con el interrogatorio de los prisioneros.
La
habitación destinada a dicho menester estaba emplazada bajo la misma torre del
homenaje, y se llegaba a ella a través de una escalera de caracol. John cruzó
el gran salón, con sus paredes adornadas de rojo escarlata en preparación del
trabajo que debía realizarse en ella. En la parte superior de la encajonada
escalera había Un hombre vestido con el azul pontificio, de pie, en posición de
descanso, la alabarda blandamente apoyada contra las losas del suelo. Pareció
volver bruscamente en sí cuando el guía de John pasó ante él, y se cuadró. El
cura bajó las escaleras medio inclinado, arrastrando las sandalias sobre el
suelo de piedra; John le siguió, agarrando sus libros de bosquejos y su maletín
atestado de botellas y frascos, tinta, pinturas, pinceles, plumas y gomas de
borrar, todos los trastos de un artista. El pequeño monje, consciente de su
situación, intentaba calmar sus nervios a flor de piel.
La
habitación en la que se halló al cabo de unos instantes era larga y amplia,
desprovista de ventanas, excepto a un lado, donde una hilera de rejas se
apretujaba inmediatamente debajo del techo, dejando pasar unos leves atisbos de
luz. En el extremo más alejado de la habitación ardía una lámpara de aceite, y
bajo ella se apiñaba un grupo de figuras. John vio a unos hombres fornidos
vestidos con ropas oscuras con la insignia del Tribunal, la mano empuñando el
martillo y el rayo, blasonada al pecho; un capellán murmuraba algo sobre unas
bandejas de instrumentos cuya finalidad no llegó a reconocer. Había rodillos
claveteados, hierros extrañamente moldeados, torniquetes con molduras
metálicas; finalmente identificó otros instrumentos alineados uno al lado del
otro, y sintió un frío impacto. Los pequeños armazones con sus diminutas
manijas dobladas y sus mordazas dentadas eran grésillons. Empulgueras. Aparatos
que le apretaban a uno los pulgares hasta reventárselos. Esos aparatos existían
de verdad. A su lado, una especie de tosca mesa, montada con unos rodillos
accionados a manivela a cada extremo, evidenciaba más claramente su uso. El
techo del lugar estaba cubierto de poleas, algunas de las cuales parecían
preparadas para ser utilizadas de inmediato; un brasero ardía vivamente, y
cerca de él había lo que parecía ser un montón de pesas de plomo.
El
sacerdote que estaba al lado del hermano John prosiguió en voz baja la
explicación que había iniciado cuando salieron de sus alojamientos, y que se
había prolongado mientras cruzaban la población.
—Porque
en este caso podemos suponer —dijo—, que los crímenes de brujería y herejía, la
invocación de demonios, las relaciones carnales con íncubos y súcubos y otras
abominaciones de este estilo, así como el comercio con el mismísimo Señor de
las Moscas, que son crímenes más del espíritu que del cuerpo, crimen excepta,
no pueden ser juzgados, y no se pueden presentar ni aceptar evidencias, bajo la
jurisdicción legal normal. La admisión de evidencias espectrales como prueba
parcial de culpa sujeta a confesión durante el Interrogatorio es, por lo tanto,
de vital importancia para el funcionamiento de nuestro Tribunal. Sobre este
principio se basa también nuestra explicación del uso de la tortura y su
justificación; la muerte del culpable desbarata el ataque de Satanás a la obra
del Señor, tal y como le fue revelado a la Madre Iglesia a través de su Vicario
en la Tierra, nuestro Papa Juan; si muere en penitencia, el hereje el salvado
de un mayor hundimiento en el pecado de la subversión, y halla finalmente su
sitio en el Reino de Dios.
El
hermano John, con la expresión contraída en anticipación del dolor, aventuró
una pregunta:
—¿Pero
es que no se les da a los prisioneros la oportunidad de confesar? ¿No pueden
llegar a confesar sin tener que sufrir el Interrogatorio?
—No
puede haber confesión sin coacción —dijo el otro—. Al igual que no puede haber
contraprueba a la evidencia espectral, cuyo uso, por definición, invalida la
inocencia del acusado. —Dejó que sus ojos se clavaran en una de las poleas y su
oscilante cuerda—. La confesión —dijo— debe ser sincera. Tiene que brotar del
corazón. Una falsa confesión, realizada para evitar el dolor del
Interrogatorio, es inútil por igual a los ojos de la Iglesia y a los de Dios.
Nuestro propósito es la salvación: la salvación de las almas de esos pobres
desdichados a nuestro cargo, aunque debamos romper todos los huesos de sus
cuerpos. Cualquier acción que no esté encaminada en esta dirección es paja al
viento.
Las
palabras del sacerdote que se hallaba al otro extremo de la habitación cesaron
de pronto. El guía de John sonrió levemente, sin humor.
—Bien
—dijo—. Su espera ha terminado, hermano. Pronto empezarán.
—¿Qué
estaban haciendo? —preguntó el hermano John.
El
otro sacerdote se volvió hacia él, ligeramente sorprendido.
—¿Haciendo?
—dijo—. Estaban bendiciendo los instrumentos del Interrogatorio, desde luego...
—Pero
—dijo el hermano John, frotándose la coronilla como era su costumbre cuando se
sentía desconcertado—, lo que no creo entender es la impregnación por el
íncubo. Si, como dice usted, el íncubo, el demonio en su forma masculina, es
capaz de fertilizar físicamente a su víctima, entonces el concepto de engaño
diabólico queda invalidado. La procreación por un esbirro de Satanás es,
indudablemente...
El
sacerdote le dirigió una rápida e intensa mirada, con ojos chispeantes.
—Le
aconsejaría —dijo— que lo entendiera todo con absoluta claridad. Se halla usted
ahora en un terreno peligroso. Más peligroso de lo que se imagina. El demonio,
siendo como es una entidad sin sexo definido, es incapaz de procrear, ya que su
Dueño es impotente a los ojos de Dios. Pero recibiendo en súcubo la semilla del
hombre, y transportándola de forma invisible a través del aire, el asunto puede
ser arreglado; y se arregla, como podrá ver por usted mismo. Yo no soy un
hereje, hermano.
—Ya
entiendo —dijo John, pálido hasta los labios—. Tiene usted que disculparme,
hermano Sebastian; nosotros, los adelmienses, somos técnicos y mecánicos,
simples jornaleros, y no nos destacamos, dentro de nuestras jerarquías
inferiores, por nuestros conocimientos en tan profundos temas...
Hubo
un distante resonar de trompetas, apagado por la enormidad de las murallas.
El
hermano John abandonó Dubris por un camino serpenteante que recorría una zona
de pequeños montículos al norte del pueblo. Montaba de forma descuidada su
caballo, echado hacia delante sobre la silla y con los ojos clavados en el
suelo. La polvorienta túnica roja, manchada y raída ahora en el dobladillo, se
enredaba en sus pantorrillas; sostenía débilmente las riendas, y esto hacía que
el animal deambulara de lado a lado de la carretera, eligiendo el camino a su
antojo. Cuando paraba, lo cual ocurría a menudo, John no hacía ningún intento
por forzarle a seguir. Permanecía sentado con la mirada perdida; una vez alzó
la cabeza para contemplar, inexpresivo, el horizonte. Su cara había perdido el
color, adquiriendo un brillo grisáceo, como el del rostro de un cadáver; se
sentía convulsionado por, espasmos de escalofríos; tenía fiebre. Había perdido
bastante peso: su cíngulo, que en otros tiempos había permanecido fuertemente
apretado en torno a su cintura, colgaba ahora flojo sobre su estómago. La
mochila con su equipo colgaba todavía del pomo de la silla, pero los libros de
dibujo habían desaparecido, iban camino de Roma en un correo especial, si había
que creer en la palabra del hermano Sebastian. Antes de su marcha, el
Inquisidor había felicitado a John por su aplicación y la exactitud de su
trabajo, y había intentado animarle indicando que el tremendo desaliento que le
había invadido durante el examen de los testigos había sido sin duda provocado
por la frustración que había sufrido el demonio de Kent ante las sesiones del
Tribunal; pero al no observar ninguna respuesta en el otro, lo había dejado, no
sin antes lanzarle una o dos miradas escrutadoras, dirigidas a su espíritu
antes que a su cuerpo, en busca de una respuesta. Había llegado al
convencimiento, durante las semanas que estuvieron trabajando juntos, que en
algún punto del corazón del hermano John ardía la herejía. Hubo veces en las
que casi se sintió tentado de llevar el asunto a la atención del padre
Hieronymus, pero ¿quién sabía las repercusiones que esta acción podía llegar a
traer? Los adelmienses, pese a lo que el mismo John había descrito como una
cierta falta de erudición, eran una Orden respetada y valorada en todo el país,
y después de todo el dibujante había recibido su encargo directamente de Roma.
El padre Sebastian era un fanático, incansable en la prosecución de su fe; pero
hay veces en que incluso el devoto considera aconsejable cerrar los ojos y
simular no haber visto nada...
El
carro de una granja pasó estrepitosamente por su lado, arrastrando una nube de
blanquecino polvo. El caballo de John se encabritó y el sacerdote refunfuñó
inexpresivamente. A través de los profundos canales de su mente aún podía oír
los ecos de los sonidos. Era un susurro que se elevaba y descendía como el
oleaje de un penetrante mar infernal: los alaridos de los condenados y de los
moribundos; el chirriar de los braseros; los chasquidos de los látigos abriendo
la carne; el crujir del cuero y la madera; los chirridos y los chasquidos
sordos de los tendones a medida que las máquinas se dedicaban a destruir la
Obra de Dios. John lo había visto todo: las tenazas al rojo vivo alrededor de
los pezones, los hierros de marcar entrando humeantes en las bocas de aquellos
infelices, botas hasta la pantorrilla rellenas de plomo fundido, las sillas
ardientes, los asientos claveteados sobre los cuales sentaban a sus víctimas
para apilar después sobre sus mulos barras de plomo... El Territio, las
Questiones Preparatoire, Ordinaire, Extraordinaire; y el strappado, el potro de
tortura y la pera asfixiante; los Interrogadores desnudos y sudorosos, mientras
el gran juez enloquecido arrancaba de la espuma de los epilépticos confesión
tras confesión... El lápiz y el pincel iban registrando fielmente las escenas,
volando sobre el papel con infinita habilidad, mientras el hermano Sebastian se
mantenía en su puesto y fruncía el ceño, mordisqueándose los labios y agitando
la cabeza. Parecía como si las manos de John trabajaran solas, llenando hoja
tras hoja, buscando las tintas y lanzando las pinceladas mientras los dibujos
crecían en profundidad y realismo. La brillante luz lateral; la capa de sudor
sobre los cuerpos que se distendían y jadeaban en medio de un éxtasis de dolor;
brazos desarticulados por los pesos y las poleas, vientres reventados por el
potro, brillantes ramificaciones de sangre nueva corriendo por el suelo.
Parecía como si el artista tratara de reflejar el hedor, la miseria, hasta el
último sonido, sobre el papel; el hermano Sebastian, impresionado muy a pesar
suyo, se había llevado finalmente a John a la fuerza, pero no había podido
hacer que dejara de trabajar. Dibujó un brujo en el exterior de la muralla,
descuartizado por cuatro jacas Suffolk; los hombres y las mujeres sentenciados,
sentados sobre sus barriles de brea, a la espera de la antorcha; los cuerpos
rígidos e inanimados que quedaban después de que las llamas se apagaran. No
tolerarás que una bruja viva, había dicho Sebastian cuando le despidió. Recuérdalo,
hermano, no tolerarás que una bruja viva... Los labios de John se agitaron,
repitiendo en silencio las palabras.
La
noche le sorprendió a media docena de millas escasas de Dubris. Desmontó en la
oscuridad, torpemente, ató el caballo mientras iba a por agua a un riachuelo.
Dejó caer la mochila con los pinceles y las pinturas en medio de la suave
corriente, y se quedó largo rato observándola, aunque la oscuridad le impidió
ver cómo se hundía, volvía a salir a flote y era arrastrada por el agua.
Al
ritmo de viaje que llevaba, le supuso varias semanas regresar a su hogar. A
veces tomaba caminos equivocados; a veces la gente le daba de comer, y entonces
les bendecía y lloraba. En una ocasión fue asaltado por una banda de forajidos,
pero la palidez de sus labios y su mirada les retuvo, y tuvieron miedo de que
les hechizara o les contagiara la peste. Finalmente llegó a Dorset por la parte
de Blandford Forum, con varias millas de desvío de la ruta habitual. Durante un
tiempo siguió los meandros de la parte oeste del Frome; pasado Durnovaria, se
desvió en dirección a Sherborne. Alguien reconoció el hábito color carmesí y le
devolvió al camino, llenándole la bolsa de pan, que nunca comió. A mediados de
julio llegó al monasterio; a sus puertas le regaló el caballo a un muchachito
andrajoso. El abad, preocupado, lo hizo recluir en la enfermería y tomó medidas
inmediatas para recuperar el animal, pero éste y su nuevo dueño habían
desaparecido. John fue instalado en una habitación alegre, resplandeciente de
flores veraniegas, fucsias y begonias y rosas de los campos del monasterio,
desde donde podían verse las manchas del sol brillando sobre las paredes y el
blanco cúmulo de nubes en el azul del cielo. Sólo habló una vez, y fue con el
hermano Joseph; incorporándose, con ojos asustados y fuera de control,
agarrándose a la muñeca del muchacho, musitó, con voz apenas audible:
—Lo
disfruté, hermano. Que Dios y los santos me ayuden, disfruté de mi trabajo...
Joseph
intentó calmarle, pero no consiguió nada.
Pasó
un mes antes de que pudiera levantarse y vestirse por sí mismo. Durante aquel
tiempo había tomado poco alimento; estaba delgado hasta el punto de tener un
aspecto demacrado, y sus ojos poseían un brillo febril. Se puso a trabajar en
una de las prensas de litografía; el maestro Albrecht seguía refunfuñando, pero
lo ignoraba. John se esforzaba en su trabajo todo el día, durante el descanso
del almuerzo, durante la cena y la llamada a vísperas. La noche y la luna le
vieron trabajar, tintando la piedra que sus ojos no podían ver enjuagándola,
bajando el tímpano, moviendo los radios de la rueda, bajando la platina,
tintando, bajando el tímpano... El hermano Joseph se quedó con él en una
ocasión, observando acurrucado en las sombras, pero al cabo de un rato él
también se marchó, sorprendido por algo que no podía llegar a entender.
Fue
de madrugada cuando John empezó a vacilar en su penitencia. Se quedó
ligeramente inclinado, una sombra oscura recortada por el resplandor de la
luna, escuchando, contrayendo su expresión como si tratara de atrapar los ecos
de algún ruido más allá del alcance del oído humano. Los gimoteos venían de él
mismo; se tambaleó como un borracho en mitad del suelo, y cayó boca abajo, con
los brazos tendidos. Encima, el recién llegado viento hacía tintinear una
claraboya; se sentó en el suelo, observando a su alrededor en busca del origen
del sonido, si era un sonido aquello que había oído. Fue entonces cuando sufrió
la primera de las visiones o alucinaciones que le perseguirían durante todo el
resto de sus días. Su inicio fue un rápido golpe seco, como un tambor
retumbando sobre una gran extensión de terreno. La habitación se oscureció,
luego resplandeció. John balbuceó, se cubrió la cara e intentó rezar.
Hubo
una vez una muchacha en Dubris, una hermosa joven cuyo crimen, monstruoso y
antinatural, había sido la concepción de un íncubo. Finalmente la soltaron;
pero antes de hacerlo, cercenaron una de las pequeñas manitas de su hijo y se
la dieron envuelta en un trozo de tela. El hermano John volvió a verla de
nuevo, con una claridad fantasmal a la luz de aquella luna. Cruzó la
habitación, maullando descontenta; y tras ella se arrastraba la comitiva de los
horrores, los brazos y piernas cortados, las cabezas tronchadas, los cuerpos
rotos en el potro, traspasados y quemados por las sillas de hierro candente.
Gritos y aullidos brotaban de todos ellos, un mugido como la llamada de vacas
espectrales, trinos de pájaros muertos, un llanto, un ruego... El rostro de John
se tiñó de un extraño color: a su alrededor brillaban intensas luces, las
ruedas de las prensas parecían girar como soles de oscuros rayos. Se vio
asaltado por truenos y extraños ruidos; sus ojos giraron hacia arriba, dejando
al descubierto su blanco a las luces de la habitación. Golpeó rabiosamente el
suelo con los puños, y lloró desconsolado. Finalmente se quedó tendido,
inmóvil, en medio de la habitación.
A la
mañana siguiente los hermanos, al no encontrarle en su celda, lo buscaron en
los talleres, luego por todo el monasterio, más tarde por los sótanos. Pero
todo fue inútil: el hermano John se había ido.
Su
eminencia el cardenal arzobispo de Londinium suspiró profundamente, se frotó la
barbilla, bostezó, se paseó arriba y abajo por su despacho, de la mesa al
ventanal que daba a la parte exterior del palacio episcopal. Se detuvo al lado
de la ventana durante un rato, con las manos a la espalda y el mentón hundido
en el pecho. Los jardines estaban radiantes de color, con lilas y, gladiolos y
las recién llegadas rosas McGredy. Su Eminencia era un gourmet de todas las
cosas temporales. Sus ojos observaron de forma ausente la exhibición de
belleza, los árboles, las plantas y los estanques del fondo, donde envejecían
una multitud de peces de colores. Más allá de los estanques, y más allá de los
jardines de plantas con sus tortuosos senderos pavimentados, se alzaba el muro
exterior. Encima de éste se levantaba, lóbrego, el paredón repleto de ventanas
tipo prisión de la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales. Los
sonidos del laberinto de calles de Londinium llegaba débilmente a la zona de
los estudiantes: los gritos de los vendedores ambulantes, el retumbar sordo y
continuo de las ruedas de los carros, y en alguna parte el repicar de campanas.
La mente de Su Eminencia reconoció de forma automática los sonidos. Contrajo
los labios y prosiguió con su tortuosa y nada agradable línea de pensamiento.
Volvió
lentamente a su mesa. Sobre ella, un archivo abierto desbordaba con una pequeña
marea de papeles. Recogió uno, con expresión preocupada. Bajo el encabezamiento
formal y una exposición aún más formal, se hacía muy patente la cólera de un
hombre honesto y piadoso:
Monseñor,
Permítaseme
implorar la indulgencia de Su Eminencia al hacerle patente un asunto de la más
horrible y atroz naturaleza: la tortura, la agonía, las más inmundas
indignidades vistas, en el nombre de Cristo, sobre la gente de ésta mi
diócesis. Sobre los pobres y los débiles, los ancianos y los de mente
simple..., sobre los niños y los viejos en plena senectud, sobre las madres
encinta..., sobre los padres por sus hijas e hijos, sobre los esposos por sus
esposas; ya no puedo, Monseñor, mantener por más tiempo la paz en presencia de
las iniquidades, de los horrores...
Su
Eminencia detectó un error gramatical en aquel impetuoso texto en latín; su
pluma de tinta roja, intransigente y automática, trazó un enérgico tachón.
...de
los horrores perpetrados sobre nosotros, sobre este pueblo leal, antiguo y
libre de toda culpa. Sobre inocentes y necios, sobre sujetos indefensos de una
Iglesia y de un Dios que sólo profesa amor, caridad e iluminación... Este loco,
este profanador de la decencia, y lo que él llama su Tribunal Espiritual...
El
cardenal fue pasando las páginas hasta el final, sin dejar de agitar la cabeza.
El obispo Loudain de Dubris era un hombre valeroso pero imprudente; aquella
carta, entregada a la persona adecuada, aseguraría a Su Gracia un encuentro
personal con aquellos mismos grésillons de los que tan ardientemente se
quejaba. El asunto olía a herejía... El cardenal alzó cuidadosamente el
documento con la punta de los dedos y lo depositó en su archivo. Tomó otro, más
breve y conciso, del comandante de la guarnición estacionada en Durnovaria.
...el
renegado conocido entre la gente como el hermano John sigue eludiendo nuestras
fuerzas. Últimamente se han producido tumultos provinentes directamente de sus
enseñanzas y de las de sus seguidores en Sherborne, Sturminster, Newton,
Shaftesbury, Blandford y la misma Durnovaria. La gente, atribuyendo sus
escapadas ante nuestras tropas a una intervención milagrosa, se hace cada día
más difícil de controlar. Pido seriamente permiso para obtener nuevas tropas a
caballo y un mínimo de cuatrocientos hombres de infantería con las armas y
reservas apropiadas, con el propósito de rastrillar la región desde Beaminster
hasta Yeovil, lugar donde se cree que están actualmente acuartelados los
insurgentes. Sus fuerzas se calculan en estos momentos entre los cincuenta y
los cien hombres; están bien armados, y poseen un notable conocimiento del
terreno. Los intentos de darles caza empleando los métodos normales han
demostrado ser, una y otra vez, inútiles...
Su
Eminencia dejó caer impaciente la carta. Ésta, y una docena más de su mismo
estilo, habían sugerido su propio documento formal de excomunión. La sentencia
había sido transmitida al hermano John hacía seis meses, pero parecía que la
desaprobación de la Iglesia, y la consiguiente maldición de su alma, habían
causado en él poco efecto. Sus seguidores se habían lanzado a grandes excesos;
un destacamento de dos docenas de jinetes había sido derrotado y masacrado a
plena luz del día, y sus armas y equipo robados; un capitán de los Dragones
Romanos había sido capturado y bárbaramente apaleado, y enviado de vuelta a
Durnovaria, atado y al galope, con una serie de mensajes insultantes prendidos
en su túnica; la efigie del Papa había sido quemada en Woodhenge y Badbury
Rings. El cardenal era demasiado consciente de los peligros inherentes al
martirio, y ello le hacía sentirse incómodo; hubiera preferido ignorar
enteramente a John, dejando que todo el desdichado asunto sufriera una muerte
natural. Pero se veía obligado a tomar medidas.
Repasó
el breve informe de la vida y cualidades del rebelde, llevado hasta Londinium,
a petición suya, por un Eminencia inusualmente manso adelmiense cuyas orejas Su
hubiera deseado enormemente poder devolver al padre Meredith en una bandeja,
por permitir en primer lugar que su confundida gente llegara a tales extremos.
Los adelmienses, aunque no por su culpa, se estaban convirtiendo rápidamente en
el leitmotiv de un nuevo e inquietante movimiento popular. El resurgimiento de
la fuerza del anglicanismo se alimentaba de reliquias de antigua adoración. ¿No
había sido el propio San Adelmo quien convirtió amplias zonas del país a la Fe,
siglos antes incluso de que el clero, reunido tras los talones de los
conquistadores normandos, restableciera en Bretaña los preceptos de Roma? La
comunión anglicana había sido un hecho histórico, pese a que la Iglesia
intentaba incansablemente negarlo, y la causa aún podía hallar defensores.
Habían transcurrido muchos años entre la abolición Papal por parte de Enrique y
la excomunión de Isabel, años en los cuales la Iglesia de Inglaterra había
coexistido presumiblemente en estado de Gracia. Posiblemente existieran
untuosas excusas, pero había también ideas peligrosas que circulaban libremente
entre la población, carente en general de una correcta instrucción sobre los
principales puntos teológicos. La antigua consigna de la Iglesia, someterse y
adorar, ya no era suficiente; se tentaba a la gente una vez más a que
estableciera su propia jerarquía espiritual, y John o cualquier otra figura
similar estaba hecho a la medida para encabezar dicho movimiento.
El
renegado había asistido a las últimas sesiones del Tribunal del Bienestar
Espiritual; y aquello, pensó Su Eminencia mientras releía unos hechos que ya se
había aprendido de memoria, era claramente el inicio de todo ese asunto tan
ridículo. ¿Cómo explicarlo? ¿Hasta qué punto podía mantenerse calmada la ira de
un hombre como Loudain, con datos y hechos, a través de argumentos políticos?
Su Eminencia se encogió cansadamente de hombros. En toda la historia del mundo
no había existido una fuerza como la fuerza de la segunda Roma. Sostener la
mitad de un planeta en la palma de una mano; hacer juegos malabares, equilibrar
unas frente a otras unas fuerzas que la mente de un hombre casi no podía llegar
a comprender... El furor de las naciones era como la rabia del mar, que no
podía contenerse con cañas y barro. El anglicanismo ya había dividido una vez
al país, su historia estaba toda contenida allí, en los grandes libros que se
alineaban en las paredes del estudio. Luego Inglaterra había ardido desde el
pie de Cornualles hasta la columna vertebral de los Peninos con el resplandor
de los autos de fe. Había habido algún dolor, un poco de derramamiento de
sangre, pero pronto habían desaparecido y habían sido olvidados; eso, y la
enorme sabiduría de la Iglesia.
Demasiado
a menudo, pensó el cardenal; el temor a la amenaza del Fuego del Infierno en
vez del señuelo del Reino del Amor... El padre Hieronymus, loco como
indudablemente estaba, había sido útil en el pasado, pero en esta ocasión su
sangriento circo había desencadenado un clamor que podía envolver fácilmente
toda Inglaterra. Una serie de pensamientos tan sorprendentes como poco
caritativos daban vueltas en la mente del arzobispo de Londinium. Se levantó de
nuevo para seguir meditando de pie, observando los jardines, lo cual era su
mayor placer. Le parecía ver las rosas destrozadas por pies irreverentes, las
lilas pisoteadas en medio de una tierra ensangrentada, su casa destruida e
incendiada, sus bodegas de vinos profanadas, sus despensas y cocinas, sus estudios
y bibliotecas en llamas. La única solución era destruir al padre Hieronymus y
destruir a los adelmienses, y por encima de todo destruir al hermano John... Su
Eminencia, debido a la naturaleza de su posición, era tanto un economista y un
político como un hombre de Iglesia: en sus ratos de humor más cínico creía ver
todo el amplio espectro de la Iglesia extendido como una reluciente manta, como
una colcha de hilo de oro, sobre el cuerpo de un gigante. En ocasiones como
aquella, el gigante se removía y resoplaba en un sueño intranquilo; pero pronto
despertaría.
Apartó
resueltamente la idea, volvió a su escritorio, extrajo de un cajón el documento
formal en el que había estado trabajando la mayor parte de la mañana anterior,
dictándoselo a su amanuense:
Por
cuanto el hereje conocido como hermano John, ex miembro de la Orden de San
Adelmo, cuyo cuerpo hemos excomulgado y cuya alma hemos arrojado a las
profundidades del Fuego Eterno, continúa mofándose de la Voluntad de Dios y de
su Verdadera Iglesia en esta Tierra, es nuestro deber comunicar esta solemne
Advertencia:
Cualquier
persona que dé asilo al hereje o a cualquier miembro de su banda; cualquier
persona que le suministre comida, bebida, armas, municiones y pólvora o
cualquier otra vitualla;
Cualquier
persona en posesión de cartas, proclamas u otro asunto originado por el hermano
John o algún miembro de su banda, o que ayude a distribuir ese tipo de
propaganda subversiva para la posterior causa de Satanás contra la gloria de
Dios;
Cualquier
persona que oculte información acerca del paradero del mencionado hereje o
cualquier miembro de su banda; cualquier persona que asista a alguna reunión,
orgía o cualquier exhibición representada por ellos, y que no declare acerca de
ella, con todos los datos que posea al respecto, a un sacerdote, a un
comandante de guarnición o a un oficial de la ley en el plazo de un día después
del delito;
Será
excomulgada y vista como un ser horrible y abominable ante los ojos de Dios; y
por esta sola prueba declarada culpable ante cualquier Tribunal de Justicia de
la Paz o Eclesiástico, y ahorcada y descuartizada, y sus pedazos salados y
embreados, y exhibidos de la manera que se juzgue más adecuada para el aviso y
educación de otros herejes o traidores a Dios y a la causa de su Iglesia.
Otrosí
es nuestro deber proclamar las siguientes recompensas:
Por
la información que conduzca a la captura, vivo o muerto del hermano John o de
cualquier otro miembro de su banda, veinticinco libras de oro;
Por
la captura, vivo o muerto, de cualquier miembro de la banda del hermano John,
cincuenta libras de oro.
Por
la captura, vivo o muerto, del propio hermano John, doscientas libras de oro,
que serán pagadas en nuestro Palacio Episcopal de Lambert tras la recepción del
cuerpo del hereje, o a través de una prueba buena y suficiente de la
destrucción del cuerpo del hereje.
Y
para que así conste, lo rubricamos de nuestro puño y letra este día
vigésimoprimero del mes de junio del año de Nuestro Señor de mil novecientos
ochenta y cinco.
El
cardenal asintió finalmente con una sombría señal de aprobación. La Iglesia se
hallaba en una situación en la que necesitaba imperiosamente uno o dos santos
bien disciplinados: en el caso de John iba a desperdiciarse un hombre de
primera categoría. Su Eminencia permaneció dubitativo unos instantes, tras lo
cual llamó a un secretario para que le trajera su sello privado.
La
infantería se había desplegado en semicírculo a la entrada del estrecho valle.
Otros soldados, con el azul de sus uniformes claramente distinguible, se
alineaban en las rocas de la hondonada, bajo cuya cima se apreciaban las bocas
de varias cuevas. Esporádicas nubes de humo brotaban de ellas cuando los
defensores, rodeados por un número excesivo de atacantes, disparaban al azar. A
doscientas yardas del reducto se estaba montando una pieza de artillería. La
pieza había sido protegida con una media luna de rocas apresuradamente erigida;
detrás del parapeto, un grupo de sudorosos hombres colocaba cuñas bajo las
ruedas de la cureña. Una serie de vigas encajadas bajo los aros levantaban el
arma varios grados, pero el blanco estaba demasiado alto; el capitán temía que,
a la primera descarga, el retroceso destrozara el arma contra el suelo. Cerca
del cañón, un enardecido mayor, con la espada desenvainada y montado en un
inquieto caballo, se desgañitaba en gritos e improperios contra sus hombres
para que se esforzaran más. Los ataques frontales habían resultado costosos: en
la parte superior del valle unas manchas de tela azul señalaban los lugares
donde los herejes se habían cobrado su cuota de víctimas entre la infantería.
El mayor, que no era un hombre propenso a arriesgar inútilmente sus tropas,
agitó el sable hacia el reducto y lanzó a sus ocupantes una andanada de
insultos. Una nube de humo le respondió, la bala de cañón destrozó en mil
pedazos una roca a unos veinte pies a su izquierda y siguió silbando pendiente
abajo. Una descarga lanzada sin objetivo aparente por las tropas que se
cobijaban en la hondonada hizo retroceder a los defensores; el mayor creyó oír,
mezclado con los ecos de los disparos, el rumor de un grito.
El
primer disparo del gran cañón lanzó por los aires mil pedazos de roca de un
saliente a una yarda escasa por debajo de las bocas de las cuevas; el segundo
desencadenó una pequeña avalancha por encima y a la derecha. El tercero
desmontó la pieza de su rudimentaria plataforma, aplastando las piernas de uno
de sus servidores. El capitán maldijo los huesos de aquellos hombres, deseando
tener un mortero, pero no había ninguno a su alcance. El cañón fue montado de
nuevo y elevado de forma más segura; los papistas ocuparon sus posiciones para
cañonear la posición rebelde hasta reducirla.
La
diminuta figura enfundada en su túnica color rojo oscuro estaba ya a unas
veinte yardas de las grietas, corriendo por encima de las rocas de un camino de
cabras, antes de que la pieza fuera colocada de nuevo en posición. Unas
nubecillas de polvo se alzaron en torno al fugitivo; el mayor, gritando,
cabalgó a lo largo de la línea de tiro de sus hombres, aguijoneándoles,
indicándoles que apuntaran certeramente. El renegado fue derribado a unas
veinte yardas de la cima del precipicio y bajó rodando una gran distancia antes
de ser detenido por el propio terreno accidentado, pero aún le quedó suficiente
vida para apuntar una pistola y reventarle la rodilla a un hombre a la derecha
del mayor cuando la infantería lanzó su carga final. El mayor gruñó y se agachó
para retirar la capucha del adelmiense. Bajo su densa mata de pelo, el muchacho
le dirigió una sonrisa repleta de dolor, con los dientes llenos de sangre.
Al
lado del mayor, su ayudante dijo, lleno de asco:
—Discipulus...
—Más
bien escoria —murmuró el otro. Agarró al muchacho por los cabellos y lo
zarandeó—. Bien, muchachito malo —dijo—, ¿dónde está el jodido del culo de tu
amo?
No
hubo respuesta. Lo zarandeó de nuevo. El hermano Joseph se incorporó a medias,
escupiendo algo rojizo al rostro del hombre que estaba sobre él. El ayudante
del mayor agitó negativamente la cabeza.
—No
hablarán, señor. Ninguno de esos búlgaros...
—Eso
ya lo sabía —dijo secamente el mayor—. Que vengan los camilleros, sargento...
El
soldado bajó corriendo la colina. La respiración del muchacho era agitada. Se
alzó de nuevo, y antes de desmayarse cerró algo en su puño manchado de sangre.
El mayor se arrodilló, evitando con cuidado la sangre que manaba a chorros de
aquel cuerpo, y le abrió la mano casi a la fuerza. Se levantó, mientras daba
vueltas entre sus dedos al pequeño medallón con la figura del cangrejo.
—Esto
—dijo suavemente— es todo lo que necesitamos...
—Metió
la marca de los duendes en el bolsillo de su uniforme antes de que su ayudante
pudiera verla.
La
cueva, una vez inspeccionada, ofreció gran cantidad de trofeos. Seis cuerpos,
tres de ellos intactos, suficiente para satisfacer al más recelosos de los
empleados papales. La recompensa había subido ahora a ciento cincuenta libras
por rebelde; esto hacía un total de novecientas libras, y en conjunto más de
mil. Un hermoso botín para el batallón. Además, había suministros de comida y
armas, libros y documentos herejes, y montones de panfletos a la espera de ser
distribuidos. El mayor ordenó que estos últimos fueran quemados. Al fondo de la
cueva, bastante destrozada por los cañonazos, estaban los restos de una prensa
Albión y cajas dispersas de letras y caracteres de impresión. El mayor mandó a
buscar un martillo, al tiempo que removía el montón de panfletos con la punta
de su bota.
—Bien,
al menos en el futuro no habrá tanta basura de ésta por el mundo —señaló
filosóficamente a su ayudante.
Pero
la maniobra había fallado en su objetivo más importante. Una vez más, el
hermano John había escapado.
Con
el transcurso de las semanas, los rumores fueron creciendo. John estaba aquí,
estaba allí; las tropas se desplazaban apresuradamente en mitad de la noche,
los pueblos eran registrados, y las recompensas eran reclamadas un millón de
veces, pero nunca llegaban a pagarse. Apareció una historia que decía que John,
en unión a la gente de los páramos, podía trasladarse con gran rapidez,
mediante métodos mágicos, lejos del peligro.
—Transvestismo
—gruñó Roma, y dobló el importe de la recompensa. Las informaciones llegaban de
todas partes; se quemaban casas, se purificaban pueblos enteros. Los cadáveres
se balanceaban en los cruces de caminos, cargados de horripilantes cadenas,
carroña para torres de negros pájaros. El gigante roncaba y se agitaba
incansablemente.
La
catedral de Wells fue profanada, aunque la profanación no fue muy grave. No
había señal alguna de que se hubiera realizado acción alguna contra el altar,
excepto que, con un profundo respeto, habían colocado sobre él, a la vista de
todos, un cartel con una cierta inscripción. El documento, desde luego, fue
confiscado y quemado de inmediato, pero se difundió el rumor de que las
palabras habían sido extraídas de un texto de las Sagradas Escrituras,
traducido por un hereje al inglés medio y moderno: Mi casa ha sido llamada la
casa de oración, pero vosotros habéis hecho que se convierta en una guarida de
ladrones... El mismo caso ocurrió en Aquae Sulis: Vended todo lo que tengáis y
dádselo a los pobres, y en la residencia del mismísimo obispo de Dorset: Es más
fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un hombre rico entre en
el reino de los cielos. Pero tales acciones eran obra de discípulos, declarados
o secretos; el propio John viajaba constantemente, predicando y rezando. A
veces, las visiones llegaban a atormentarle tanto que caía rodando por los
suelos, echando espuma y golpeando la tierra con los puños ensangrentados,
rasgándose las vestiduras y arañándose la piel hasta que sus seguidores
retrocedían, llenos de miedo. Quizá los fantasmas, el redoble de los tambores y
los gritos, las manos y los miembros cercenados, le seguían a través de los
lóbregos páramos del oeste; quizá los Antiguos acudían a su encuentro para
reconfortarle, se sentaban juntos y le contaban su antigua fe al lado de las piedras
de los templos que ya eran viejos antes de que llegaran los romanos, bajo las
nubes en constante movimiento y las interminables fantasías de la luna y el
sol. John regaló sus zapatos, su manto y su bastón; algunos murmuraban que este
último fue clavado en el suelo y floreció, como el bastón del beato José en
Glastonbury.
Si
el rumor llegó a oídos de John, éste no pareció darse por aludido. Se movía
como un fantasma; sus labios murmuraban, sus ojos no observaban, el viento y la
lluvia caían a ráfagas a su alrededor; y, de algún modo, la gente le escondía y
le daba de comer mientras los soldados de azul de Dorset de acuartelaban
cansadamente desde Sherborne a Coversgeat, desde Sarum Rings hasta el Valle del
Gigante en Cerne. El precio por la cabeza de John subía progresivamente: de
quinientas libras a mil, de mil a mil quinientas, y de eso a unas increíbles
dos mil libras, pagaderas de las arcas del palacio episcopal de Londinium. Pero
no había el menor rastro del hombre. Los rumores volvieron a volar. Algunos
decían que planeaba un levantamiento contra Roma, que se estaba ocultando hasta
que hubiera reclutado un ejército lo bastante grande; otros decían que estaba
enfermo, o herido, o que había abandonado el país; y, finalmente, el rumor
acabó diciendo que había muerto. Sus seguidores, que en aquellos momentos se
contaban ya por miles, esperaban y se lamentaban. Pero John no había muerto:
simplemente había vuelto a las colinas, acompañando a los leprosos, siguiendo
su rastro a través de sus solitarias y tristes campanillas.
Las
casas del pueblo se apiñaban sobre una expuesta zona de los páramos. Las
cabañas estaban construidas con piedra gris, tenían las contraventanas
cerradas, y su aspecto era absolutamente desolado. Los pocos árboles que
crecían allí eran pequeños y raquíticos, retorcidos por el viento hasta adoptar
extrañas y complicadas formas; sus ramas se inclinaban sobre los tejados, como
buscando protección. Del pueblo partía una carretera de tierra que se extendía
por el yermo terreno hasta perderse en la distancia.
Al
otro lado del páramo, vagamente visible a la extraña luz, se alzaba una alta
cadena de colinas. Desde ellas, en un día claro, un oteador hubiera podido
divisar la cercanía del mar; ahora, el mortecino y polvoriento cielo se veía
vacío y plano. En medio de aquella visión soplaba un viento de marzo, húmedo y
enormemente violento. El viento jugueteaba con el manto de la muchacha que
permanecía sentada pacientemente al lado de la carretera, a unos cien metros de
distancia de la última cabaña. Con una mano sujetaba apretado contra su
garganta un áspero trozo de tela; su cabello, que asomaba por debajo de su
capucha, se agitaba largo y oscuro, cubriendo ocasionalmente su rostro.
Observaba con atención, escudriñando la extensión marrón grisácea del páramo
hasta las distantes siluetas de las colinas. Esperó pacientemente una hora,
quizá dos; el viento agitaba los arbustos, y durante un breve instante una
ráfaga de lluvia cruzó la carretera. Las colinas empezaban a palidecer con la
creciente oscuridad cuando la muchacha se levantó y fijó su vista, con la mano
a modo de visera, en un punto lejano, forzando los ojos para distinguir con
mayor claridad aquel borroso objeto de color gris que había aparecido al límite
de su visión. Permaneció inmóvil varios minutos; apenas pareció respirar
mientras la lejana mancha iba avanzando poco a poco, se convertía en una oscura
cabeza de alfiler, y finalmente se definía como la figura de un jinete.
Entonces la muchacha emitió un lamento, un extraño sonido, como un medio gemido
surgido de lo más profundo de su garganta, y se dejó caer de rodillas, mirando
horrorizada hacia las casas que se alineaban a lo largo de la carretera. El
jinete siguió avanzando, pero a los asustados ojos de la muchacha parecía como
si se moviera siempre en un mismo lugar, agitándose como una marioneta bajo la
inmensidad del cielo. Sus dedos escarbaron la tierra que tenía delante, se
alisó la falda sobre los muslos, y se apretó el costado para calmar los latidos
de su corazón.
El
hombre montaba relajadamente, dejando que el animal fuera a su paso. Sus pies
colgaban sueltos a ambos lados de la barriga del asno, meciéndose rítmicamente,
rozando los tallos más altos de la hierba. Iba descalzo, con los pies cruzados
con las rayas oscuras de la sangre de antiguos cortes; el manto que llevaba
estaba roto y manchado debido al constante uso, su marrón original se había
convertido en un gris rojizo. Su rostro era delgado, con señales y hendiduras
en la carne que indicaban un aspecto anterior más lleno, y los ojos que
asomaban por encima de su enmarañada barba eran brillantes y enloquecidos como
los de un pájaro. De tanto en tanto murmuraba algunas palabras, iniciando
bruscamente estrofas de alguna canción, echando la cabeza hacia atrás y
riéndose del sombrío cielo, agitando una mano en vagos gestos de bendición
hacia la gran desolación que le rodeaba.
El
asno llegó finalmente a la carretera y se detuvo, como inseguro del camino que
debía tomar. El jinete aguardó, canturreando y murmurando; y sus brillantes e
incansables ojos se dieron cuenta lentamente de la presencia de la muchacha.
Ella seguía aún arrodillada en la carretera, con la cara inclinada hacia el
suelo; alzó la cabeza para mirar al desconocido que la saludaba, con la mano
todavía medio alzada. Entonces corrió hacia él, se echó a sus pies y agarró el
roto dobladillo de su túnica. Empezó a llorar; las lágrimas brotaron sin
control de sus ojos, formando regueros a lo largo de su sucia cara.
El
jinete se la quedó mirando, vagamente sorprendido; luego se inclinó e intentó
levantarla. Ella se estremeció ante el contacto y se le agarró más fuerte
todavía.
—Has...
venido... —murmuró, como si le hablara al asno—. Has venido...
—Que
la bendición de un proscrito sea contigo —murmuró el desconocido con
dificultad, quizá debido a la poca costumbre que tenía de hablar. Hizo un
esfuerzo, como si intentara recordar—. Qué hermosos —dijo, inconsecuentemente—
son sobre las montañas los pies de aquél que trae buenas nuevas... —Se restregó
la cara, se pasó los dedos por el pelo—. Un hombre —murmuró con lentitud— me
habló algo acerca de unas curaciones. ¿Quién me necesita, hermana? ¿Quién ha
llamado al hermano John?
—Yo...
lo hice... —Su voz sonó de forma entrecortada; seguía aferrada a la tela de su
manto, besando y frotando su rostro contra el pie del hombre.
La
débil atención de John se afianzó; de nuevo intentó levantarla, torpemente.
Yo
no puedo hacer otra cosa más que rezar, y la oración está al alcance de todos
los hombres...
—Para
curar... —La muchacha tragó saliva e inspiró fuertemente, tratando de no
pronunciar las palabras. Pero surgieron incontenibles de sus labios—. Para
curar..., por la imposición de las manos...
—¡Levántate!
Ella
sintió como si la alzaran de un tirón, sostenida a la altura de aquellos
ardientes ojos cuyas pupilas estaban contraídas como oscuras cabezas de
alfiler.
—No
existe más curación —susurró John entre dientes— que la misericordia de Dios.
Su misericordia es infinita. Su compasión nos envuelve a todos. Yo simplemente
soy su indigno instrumento; no existe fuerza alguna, excepto la fuerza de la
oración. El resto es herejía, un mal para la destrucción y la muerte de los
hombres... —La apartó de sí; y luego pareció tranquilizarse. Se secó la frente,
bajó torpemente del asno—. Te ruego que seas tú quien lo monte, hermana —dijo—.
Ya que no sería correcto que yo emulara a Aquél que entró en Su Reino montando
un animal como éste... —Las palabras se perdieron en un murmullo que se llevó
el viento—. Iré a ver a tu marido —dijo el hermano John.
La
cabaña era baja y menuda, rebosante de un olor agrio; un bebé lloraba
desconsolado en alguna parte un perro se arrastraba por el suelo, quitándose
las pulgas. John se agachó al pasar por la puerta, guiado por la temerosa mano
de la muchacha aferrada a su muñeca; ella cerró la puerta tras él, asegurándola
con una correa y un pestillo.
—Lo
tenemos todo a oscuras —dijo en voz muy baja—, porque él cree que puede
ayudar...
John
avanzó cuidadosamente unos pasos. Al lado del fuego había un hombre rígidamente
sentado, con las manos apoyadas contra las rodillas. Sus ropas eran ásperas,
sus pantalones y chaquetilla estaban reforzados con trozos de cuero, a la
manera de los picapedreros. A su lado, sobre una mesa medio desvencijada, había
un plato de comida casi lleno y una jarra de cerveza; una pipa yacía caída en
el suelo. Llevaba el cabello muy largo, colgando en gruesos mechones por los
lados de las orejas. Sus cejas eran negras y espesas, pero sus ojos invisibles.
Sobre ellos, a modo de venda, llevaba un pañuelo de colores anudado en la parte
de atrás de su cabeza.
—Ha
venido —dijo tímidamente la muchacha—. Él te va a curar... —Apoyó una mano
sobre su hombro. El hombre no respondió; en vez de ello, sujetó suavemente su
brazo y lo apartó. Ella se volvió hacia el hermano John y, reprimiendo las
lágrimas, dijo—. Esto lleva durando más de seis meses. —Su tono era
desesperado—. Primero creía que eran unas telarañas echadas sobre su cara. No
podía Ver casi nada, sólo el sol. No dejaba de decir que todo estaba oscuro.
Estaba oscuro todo el tiempo...
—Hermana
—dijo John con tranquilidad—, ¿tienes un farol? ¿Una antorcha?
Ella
asintió calladamente, con los ojos fijos en su rostro.
—Entonces
tráemelo.
La
muchacha trajo la luz, y la encendió con una astilla del fuego. John situó la
lámpara de modo que su lado abierto iluminara el rostro del hombre ciego.
—Déjame
ver...
Los
ojos al descubierto eran oscuros y temibles, a tono con el rostro orgulloso y
duro. El hermano John alzó el farol, dirigiendo su luz hacia las pupilas, al
tiempo que giraba la cabeza del ciego, colocando los dedos debajo de aquella
mandíbula de tonos oscuros. Los contempló largo rato, observando tras las
córneas el pálido y lechoso reflejo de la luz; luego bajó la lámpara hasta la
chimenea. Un largo silencio, y después:
—Te
compadezco, hermana —dijo sombríamente—. No hay nada que yo pueda hacer excepto
rezar..., su mirada está vacía.
La
muchacha le miró mostrando una total incomprensión; luego se llevó las manos a
la boca y empezó a llorar de nuevo.
John
pasó aquella noche en una dependencia de la cabaña, murmurando y agitándose
sobre un montón de paja; sólo fue a la llegada del amanecer que las trompetas y
los tambores dejaron de sonar en su cerebro y pudo finalmente dormir.
El
picapedrero se levantó antes de que asomaran las primeras luces, y se vistió
silenciosamente, sin prisas. A su lado, su mujer permanecía inmóvil; tocó su
brazo, y ella dijo algo ininteligible en sueños. La dejó y cruzó la cabaña, con
los dedos extendidos, tocando suavemente los muebles y los familiares respaldos
de las sillas. Quitó el seguro de la puerta, y sintió el aire de la mañana,
fresco y puro, acariciar su rostro. Una vez fuera ya no necesitó más guías. La
vida de la gente de aquel lugar estaba gobernada por el trabajo de la piedra;
las pequeñas canteras distribuidas entre las colinas iban pasando de padres a
hijos de generación en generación. Con el paso de los años, sus pies y los pies
de sus antepasados habían ido formando un sendero desde la cabaña y a través
del páramo. Se limitó a seguirlo, con el rostro levantado para poder captar la
mancha gris que era todo lo que sus ojos podían mostrarle del amanecer. La
costumbre le había hecho coger la linterna; rebotaba contra su rodilla,
resonando a cada paso que daba. Finalmente llegó a la cantera, y apartó el palo
que cerraba simbólicamente su entrada. Se quedó de pie dentro, inmóvil, durante
largo rato, apoyando las palmas de sus manos contra la fría piedra; luego buscó
sus herramientas y las acarició, sintiendo la particular suavidad que les había
dado el uso y sus manos. Empezó a trabajar.
John,
despertado por los distantes golpes del martillo contra la piedra, huyó de un
febril sueño y volvió la cabeza para localizar el ruido. Se levantó, metió sus
pies en las sandalias que alguien había colocado a su lado, y se dirigió al
encuentro de la fría mañana, dejando tras él una pequeña nube de vapor con cada
exhalación que acompañaba a cada uno de sus pasos.
La
muchacha ya estaba en la cantera; estaba inclinada fuera, mirando en silencio.
En su interior se oía el rítmico tintineo mientras el invidente trabajaba sobre
la roca, midiendo, tanteando, cortando con el tacto. Había un montón de bloques
de piedra apilados junto a la entrada; mientras John observaba, el picapedrero
apareció arrastrando otro bloque, y luego volvió a su trabajo sin mediar
palabra alguna.
Los
ojos de la muchacha estaban fijos en el rostro de John, asombrados. Él agitó la
cabeza.
—Sólo
puedo rezar —murmuró—. No puedo hacer más que rezar...
Transcurrió
la mañana, luego la tarde, y el martilleo no cesó. En una ocasión la muchacha
fue a buscar comida, pero John no dejó que se acercara a su marido; el mazo que
golpeaba incesantemente la piedra le hubiera partido la cabeza. Cuando el cielo
empezó a oscurecer, el montón de piedras alcanzaba los dos metros de altura,
obstruyéndole la visión; cambió de posición, desde donde sus rodillas habían
formado dos pequeñas oquedades en el suelo, a otro lugar desde donde pudiera
ver. El corto día, a medio camino entre el invierno y el verano, finalizó; pero
el hombre no necesitaba luz allí dentro. El martillo seguía repiqueteando; y
finalmente John adivinó su propósito. De nuevo rezó intensamente, postrado
sobre el suelo. Horas más tarde se durmió, pese a la fuerza del viento. Cuando
despertó estaba demasiado, rígido para moverse con soltura. Ante él, el
martillo seguía resonando en la oscuridad. La muchacha volvió al amanecer,
llevando al bebé bajo su manto; alguien le trajo algo de comida, que ella
rechazó. John se sentía atormentado por los calambres; sus manos y pies estaban
morados de frío. Durante todo el día había soplado el viento, rugiendo hacia el
páramo.
Los
habitantes de Dorset eran extraños, gente con mentes retorcidas. Los hombres
del pueblo fueron llegando uno a uno y se sentaron a observar, pero ninguno de
ellos intentó arrancar a aquel hombre de su tarea. Hubiera sido inútil: habría
vuelto, tan cierto como que el viento vuelve una y otra vez a los matorrales y
a las más escondidas colinas. El martillo caía sobre la roca desde el amanecer
hasta el anochecer; la lluvia se mezclaba con las ráfagas de viento, cubriendo
la espalda de John, empapando todo su cuerpo a través de la túnica. Él se
limitaba a ignorarla, al igual que ignoraba los helados dolores en su vientre y
espalda, el retumbar de los truenos y los destellos en su cerebro. Los antiguos
dioses lo habrían comprendido, pensó: aquellos que rugían y sudaban durante
todo el día, arrancándose los intestinos los unos a los otros en interminables
guerras para caer, morir y despertarse con cada sombra del anochecer
emborrachándose para despedir la noche en su palacio del Valhalla. Pero ¿y el
Dios cristiano? ¿Qué pensaría Él? ¿Aceptaría el sacrificio de la sangre, como
aceptó las almas desgarradas de Sus brujas? Desde luego, murmuró el cansado
cerebro de John, porque es El mismo. Su bebida es la sangre. Su comida es la
carne. Sus sacramentos son el trabajo y la miseria y un interminable y
desesperanzado dolor...
Con
la llegada del segundo amanecer, los montones de piedra se extendían ya varios
metros sobre el suelo; y el mazo aún seguía cayendo, vacilante e irregular,
cortando más. Piedras para los palacios de los ricos, catedrales para la gloria
de Roma... El tremendo viento rugía entre las colinas, agitando el manto de la
muchacha mientras permanecía sentada, paciente como una vaca, con las manos
cruzadas sobre las piernas, los ojos brillando con un dolor medio compartido,
medio comprendido. John se agachó, derrotado, incapaz de seguir en pie, con los
dedos congelados en una posición inconsciente, mientras la gente del pueblo
observaba severa desde el otro lado de los matorrales.
Y
llegó el final; el sacrificio fue ejecutado y aceptado; el trabajador de la
piedra vació boca abajo, el material para un sinfín de leyendas. Una vena
pulsaba en pequeñas convulsiones en su cuello de curtida piel, la sangre
brillaba vivamente en su boca y garganta; su cuerpo tosió y se agitó,
intentando buscar una mejor posición, y John, arrastrándose hacia delante sobre
sus inútiles rodillas y manos, supo antes de llegar a él que estaba muerto.
Se
levantó, con un agónico crujir de huesos. La muchacha se quedó observando
tristemente a sus pies, como una piedra más entre las grises colinas de piedra;
su sombra se extendía ante él, delgada y larga, ajustándose a la densa hierba
de los matorrales.
El
hermano John se dio la vuelta lentamente, sintiendo que el ataque de los
tambores empezaba una vez más en su cerebro; alzó su pálido rostro hacia un sol
que brillaba de forma extraña. Se hizo más y más brillante, un fantasma
cósmico, un algo imposible suspendido en medio del tempestuoso cielo que iba
aumentando a cada segundo. John gritó roncamente, alzando los brazos al aire; y
alrededor de la esfera se formó un círculo, nacarado y resplandeciente, y luego
otro y otro más, llenando el cielo, sumergiéndolo todo, quemado, helado como la
nieve, hasta que con un silencioso trueno sus diámetros se unieron, formando
una cruz de llamas de plata, ondulantes e inmensas. En los puntos de
intersección brillaban otros soles, y otros, y más y más, consumiendo el cielo;
y John vio ahora con la suficiente claridad las feroces multitudes de ángeles
descendiendo y elevándose. Llegó un ruido procedente de ellos, un ruido grande
y dulce de júbilo que pareció entrar en su cansada mente como una espada. Gritó
de nuevo, un grito inarticulado, tambaleándose hacia delante, arrastrando los
pies y corriendo mientras tras él su gran sombra se agitaba y daba saltos.
Entonces la gente echó a correr también, unos hacia los páramos, otros por la
calle mayor del pueblo, como si él fuese el centro de divergencia, llamando y
golpeando las cerradas puertas de las casas mientras la palabra de movía más
rápido que los pies, mucho más rápido que el más veloz de los caballos: decía
que los cielos se habían abierto en torno al hermano John, transfigurados de
gloria. La historia empezó a crecer, alimentándose a sí misma, hasta que Dios
mismo en persona bajó la vista para mirar con sus propios ojos a través del
arco azul del cielo.
Los
soldados lo oyeron, en Golden Cap y en Wey Mouth y en Wool en el interior del
páramo; los telégrafos cliquetearon la noticia de que un distrito rural se
estaba alborotando. Se enviaron mensajes pidiendo refuerzos, municiones y
pólvora, caballería, armas pesadas. Durnovaria respondió, al igual que Bourne
Mouth y Poole; pero el revuelo estaba ya en las torres, derribándolas como
débiles árboles. A mediodía las líneas estaban silenciosas, incluso Golden Cap
era un amasijo de palos rotos. El comandante de la guarnición allí destacada
reclutó un batallón de infantería y dos de caballería, y partió a marchas
forzadas, esperando contra toda esperanza abortar la rebelión en su inicio. Un
hombre y sólo un hombre podía acaudillar el populacho e incitarlo a luchar: el
hermano John. Esta vez, de un modo u otro, el hermano John tenía que
desaparecer.
La
gloria se desvaneció; pero la gente seguía llegando, reuniéndose en los
páramos, luchando con sus carros y sus carretas en las colinas, encallándose en
los empantanados caminos mientras intentaban llegar hasta él. Algunos le traían
ropa, dinero y comida, ofertas de cobijo, caballos rápidos. Le rogaban que
escapara, le advertían que los soldados se estaban apresurando para cortarle el
paso; pero el ruido que aún retumbaba en sus oídos le ensordecía, y las
visiones del sol, brillando en su cerebro, cegaban los últimos vestigios de su
razón. Las huestes, el ejército de harapientos, crecía a sus espaldas mientras
él se tambaleaba por entre los matorrales, con el rostro tendido hacia el gran
viento del sur. Algunos trajeron armas: horcas, guadañas y cuchillos montados
al extremo de un palo, fusiles que habían permanecido escondidos en el techo de
paja de una veintena de cabañas. Entonando cánticos, llegaron al mar; y
siguieron, a caballo y a pie, por los empinados caminos de Kimmeridge, hasta
llegar a una pequeña ensenada y a la ferocidad del agua. Allí se enfrentaron
finalmente al contingente de Golden Cap. Los soldados de azul atacaron; pero
los rebeldes eran demasiados. Una carga, una dispersión, un hombre derribado,
pisoteado y degollado; los gritos fueron transportados por el viento, algo rojo
quedó abandonado sobre la hierba, agitándose todavía, un caballo que corría sin
jinete fue herido por unas picas... Los papistas se retiraron, manteniendo la
columna a tiro de mosquete, hostigándola sin cesar para obligar a la vanguardia
a que les hiciera frente.
El
hermano John ignoró la escaramuza; o quizá nunca llegó a saber de ella. Iba
montado a caballo, y guiado por las voces y sonidos de su mente llegó al borde
del acantilado. Allá abajo se extendía una gran superficie de agua agitada y
blanca, precipitándose en el horizonte e incluso más allá. Pero aquí arriba no
había olas; el huracán, sobre el que un hombre hubiera podido recostarse,
descabezaba las crestas espumosas. Desde una multitud de grietas en el
acantilado caían chorros de agua a la bahía; pero los pequeños cursos de agua
eran atrapados por las ráfagas de viento y lanzados contra las aristas de las
rocas, formando arcos ascendentes que alimentaban un agitado mar de aluvión. En
los acantilados, John detuvo su caballo; el animal se giró, resistiéndose, con
la crin ondeando al viento. John alzó los brazos, llamando a la gente para que
se apiñara a su alrededor: hombres de rostros oscuros con jerseys, gorras y
botas, mujeres impasibles anudándose las bufandas en tomo a sus cuellos,
muchachas de pelo oscuro de Dorset, con sus robustas piernas enfundadas en
brillantes pantalones tejanos. Lejos, a la izquierda, la caballería se
arremolinaba y avanzaba a empujones, con las carabinas al hombro; el humo de
las descargas era arrastrado lejos en forma de fugaces destellos blancos. Una
bala pasó rozando por encima de la cabeza de John; otra destrozó el pie de una
muchacha que estaba a un lado de la multitud, El gentío avanzó peligrosamente.
Los jinetes retrocedieron. Uno de los cañones, tirado por un grupo de mulas, se
estaba acercando desde los cuarteles de Lulworth, pero hasta que llegara a su
destino el capitán sabía que estaba desamparado: lanzar a su puñado de hombres
contra aquella chusma era enviarlos a una muerte segura. A varias millas de
distancia, en medio de los arbustos, las mulas tiraban del armón de la
culebrina; los cuadrados carros de munición iban dando tumbos detrás,
encabezando una columna de infantería. Pero ya no había caballería, no podía
confiarse en ningún refuerzo; no había tiempo...
Por
encima de la cabeza del hermano John volaban las gaviotas. Él seguía alzando
los brazos una y otra vez, parecía llamar a los pájaros, mientras las aves
permanecían como colgadas, inmóviles en pleno cielo. La multitud guardó
silencio, y John empezó a hablar.
—Pueblo
de Dorset..., pescadores, granjeros, y vosotros, marmolistas y pedreros que
arrancáis las viejas piedras de las colinas..., y vosotros, hadas y Pueblo de
los páramos, espíritus que pueblan el viento, oíd mis palabras y recordad. Que
ellas marquen vuestras vidas, que las marquen para siempre; ahora y en los años
venideros, que ningún hogar se quede sin oír la historia... —Las palabras
brotaban en un hilo de voz débil y agudo, como pulverizadas por el viento; e
incluso la muchacha herida cesó en sus lamentos y se echó al suelo, apoyándose
sobre las rodillas de sus amigos, esforzándose para escuchar. John les habló
acerca de ellos mismos, de su fe y de su trabajo, de su solitaria existencia
escarbando en las piedras, en las rocas y en la miseria; les habló de la
Iglesia que mantenía al pals aferrado por la garganta, ahogando su respiración
con su guante bordado. Las visiones aún hervían y zumbaban en su mente; les
habló del poderoso cambio que sobrevendría, barriendo para siempre la
oscuridad, la miseria y el dolor, dirigiéndoles finalmente hacia la Época
Dorada. Vio claramente, elevándose por encima de las colinas, los edificios de
esa nueva época, las fábricas y los hospitales, las plantas energéticas y los
laboratorios. Vio las máquinas volando por encima de la tierra, brotando como
burbujas sobre la superficie del mar. Vio maravillas: la luz en un hilo, las
indómitas ondas del mismísimo aire cantando y hablando. Todo aquello ocurriría,
todo aquello y mucho más. La época de la tolerancia, de la razón, de la
humanidad, de la dignidad del alma humana.
—Pero
—gritó, y su voz empezaba ahora a agrietarse, perdida entre el gran rumor del
viento—, pero, durante un tiempo, debo dejaros... He de seguir el rumbo que me
ha sido mostrado por Dios, quien en Su sabiduría juzgó oportuno convertirme...,
a mí, al menos valioso de entre toda Su gente..., en su instrumento y el
vehículo de Sus deseos. Porque me mostró una señal, y la señal ardió en el
cielo, y yo debo seguirla y obedecer...
La
multitud se agitó nerviosa; un murmullo brotó de ella, primero suave, luego más
fuerte, elevándose al final por encima del rugir del viento. Cien voces
gritando: Dónde... dónde..., y John se volvió, con la manga de su túnica
agitándose violentamente en su brazo, y señaló al brillante y amplio mar.
—A
Roma... —La palabra se elevó por encima de la gente—. Al padre de todos
nosotros sobre la tierra..., la Roca, el custodio del Trono de Pedro..., el
designado por Cristo y su representante sobre la Tierra..., para rogarle la
sabiduría de su entendimiento, la misericordia de su compasión, la caridad de
su generosidad sin límites..., en el nombre de Cristo que todos adoramos y cuyo
honor se mancha demasiado a menudo en este mundo...
Hubo
más, pero se perdió en el rugir de la multitud. La palabra se extendió como el
fuego hasta los miembros más alejados del grupo, y decía que iba a realizarse
un milagro. John iría a Roma; volaría; una señal, y caminaría sobre las aguas.
Dirigiría las olas...
Los
más juiciosos gritaron pidiendo una embarcación; y una mujer exclamó de pronto,
con su voz elevándose por encima de todas las demás:
—La
tuya, Ted Armstrong... Dale la tuya...
El
hombre al que se había dirigido agitó furioso los brazos y dijo:
—Tranquila,
mujer, que esto es todo lo que poseo...
Pero
su protesta se perdió, fue apartada junto con quien la había formulado en un
movimiento de agitación que llevó a John y a sus seguidores por un caminito del
acantilado bordeado de enebros y zarzas que corría casi paralelo al mar. Para
los soldados que observaban la escena, fue casi como si aquella masa humana se
estuviera arrojando al agua; los hombres, resbalando y cayendo al barro,
llevaron la embarcación hasta la rampa y la deslizaron por ella. Permaneció
flotando y agitándose sobre los remolinos de las olas; entonces le colocaron
los remos, y John subió a ella. Las muchachas, agrupadas encima de un montón de
cestos de langosta apilados y atados sobre la playa, volvieron a subir por los
acantilados entre la fina lluvia de agua que caía. La barca, sin gobierno,
sufrió un bandazo e hizo un trompo, alzándose hasta mostrar su quilla, luego se
enderezó de nuevo cuando el viento golpeó su mástil, y se orientó hacia la
primera de las agitadas crestas de espuma. A cada lado se alzaban los extensos
promontorios de la bocana, hierro negro contra el resplandeciente cielo; y ante
él se extendían millas y más millas de agua, hasta llegar al fin del mundo. Los
observadores, esforzándose por mirar a contraluz, vieron que la quilla se
alzaba y caía como un golpe de martillo, escorando entre dos olas. Empezó a
hacer agua, y se alzó de nuevo, empequeñecida en medio de aquel mar
embravecido. Y otra vez, más lejana aún en medio de aquella espuma blanca que
hervía y rugía, hasta que los cansados ojos, llorosos y medio cegados por el
viento, ya no pudieron distinguir lo que estaba sucediendo.
Situaron
el cañón en la punta oeste, lo prepararon y lo cargaron con metralla; retumbó
amenazador en el borde del promontorio, mientras la oscuridad empezaba a
apoderarse de la gran extensión de agua que se abría abajo y ante ellos. Pero a
lo único que amenazaba era a una playa vacía: toda aquella multitud se había
ido. Los soldados permanecieron de guardia hasta el amanecer, enfundados en sus
capotes, dándole la espalda al viento y protegidos por el frío hierro del arma
mientras el terrible huracán se retiraba poco a poco...
Y
las olas, todavía llenas de espuma, golpearon la quilla de una embarcación
hundida, lanzándola a empellones contra la arena de la orilla.
Cuarto
Compás
CABALLEROS
Y DAMAS
El
grupo de personas reunido en torno al lecho tenía algo de la fría quietud de un
cuadro escénico. Una lámpara, colgada de una de las pesadas vigas sobre sus
cabezas, hacía resaltar los contornos de sus rostros, acentuando la palidez del
enfermo que yacía con un extremo de la estola color violeta del padre Edwards
metido bajo su cuello, con la tela estirada entre ellos como un estandarte de
fe. Los ojos del anciano giraban sin cesar; sus manos se aferraban a la colcha
mientras inhalaba cortas y dolorosas bocanadas de aire.
Apartada
del grupo, como formando parte de una pintura cuyo marco era la ventana de la
habitación y cuyo fondo era el cielo, había una muchacha sentada, envuelta por
las últimas luces del cielo azul de mayo. Su larga y rubia melena estaba
recogida en un moño sobre su nuca; se le había soltado un mechón de pelo, que
caía sobre su hombro. Rozó su mejilla cuando volvió la cabeza; lo apartó
irritada y miró por la ventana, hacia los cobertizos de las máquinas, donde la
última locomotora giraba aún en el patio, entre estruendos y sacudidas,
maniobrando en dirección a su muelle. El aroma a aceite y vapor parecía
filtrarse por la ventana; Margaret creyó sentir el momentáneo calor de la
máquina de vapor contra su rostro, llenando el aire con un gigantesco aliento. Culpable,
volvió la vista hacia el interior de la habitación. Su mente, medio aturdida,
traducía fragmentos del murmullo en latín que brotaba de los labios del
sacerdote:
—Yo
te exorcizo, el más vil de los espíritus, la mismísima encarnación de nuestro
enemigo, el espectro total... En el nombre de Jesús Cristo..., sal y aléjate de
esta criatura de Dios...
La
muchacha entrecruzó los dedos sobre su regazo, apretándolos para sentir cómo
los nudillos se fundían entre sí, y bajó la mirada. La lámpara holandesa que
colgaba del techo se balanceaba ligeramente, su llama titilaba, pese a que no
había viento.
El
padre Edwards hizo una pausa y alzó la cabeza con tranquilidad para echar un
vistazo a la lámpara. La llama se calmó y ardió de nuevo alta y brillante. Se
oyó un sollozo ahogado procedente de la vieja Sarah, a los pies de la cama; Tim
Strange se le acercó y apretó su mano.
—El
que te dirige, aquél que te ha ordenado descender desde las alturas del cielo
hasta las profundidades de la Tierra, el que a ti te manda, aquél que manda en
el mar, los vientos y las tormentas... Escucha pues y teme, oh Satanás, enemigo
de la fe, peligro de la raza humana...
Abajo,
la locomotora seguía chirriando, más suavemente ahora. Margaret se volvió,
reacia. Era extraño cómo el sonido de acero engrasado podía evocar un tal
cuadro de imágenes: las carreteras en las noches de verano, líneas de un gris
blanquecino extendiéndose hacia la oscuridad, con el calor del sol aún presente
y el murmullo de un búho o el chillido de un murciélago cazando; el zumbido de
algunos insectos en el aire de la madrugada, los polluelos de los pájaros
piando por su alimento; hierba alta hasta la rodilla, densa como el terciopelo
negro bajo la luz de la luna; altos y gruesos troncos rebosantes con el perfume
de sus flores. Deseó, en un intenso instante de ansiedad, alejarse de aquella
habitación y de la casa y poder correr y bailar, dejarse caer rodando por la
hierba hasta que las estrellas dieran vueltas sobre su cabeza, salpicándola con
sus destellos.
Tragó
saliva, e instintivamente hizo la Señal de la Cruz. El padre Edwards la había
aconsejado muy especialmente acerca de tales veleidades de pensamiento,
cualquier aberración que pudiera anunciar el advenimiento de un espíritu
posesivo y vengador.
—Porque
has de saber, hija mía —le había advertido solemnemente el sacerdote, citando
un pasaje del Enchiridion de Von Berg— que se acercarán dócilmente, pero
después dejarán tras ellos sólo dolor, desolación, molestia y brumas en la
mente...
Una
vena latía en la sien del padre Edwards. Margaret se mordió los labios. Sabía
que ahora debería ir con él, unir el esfuerzo de sus plegarias a las del
sacerdote, pero no podía moverse. Algo la retenía; la misma Cosa que había
bloqueado su habla durante la confesión no la dejaba acercarse ahora. Parecía,
si eso era posible, como si la larga habitación estuviera puesta al revés;
girada de un modo, extraño, con las paredes sin continuidad, el suelo
curvándose y moviéndose en ondulaciones hacia unas dimensiones que iban más
allá de los sentidos. Como si la corta distancia que la separaba del grupo al
lado de la cama se hubiera convertido en un abismo que ella hubiera cruzado
para hallarse en otro planeta.
Agitó
la cabeza como para intentar apartar aquella idea que la irritaba; pero la
fantasía proseguía. Sintió un momento de vértigo, un balanceo sobre la nada, la
terrible sensación de caída propia de una pesadilla. La habitación se asentó en
sus nuevas dimensiones; la parte de «arriba» era ahora representada por dos
direcciones distintas; la lámpara, colgando inmóvil parecía estar inclinada
hacia ella; a sus espaldas, la ventana se inclinaba hacia el lado opuesto.
Inspiró lentamente una bocanada de aire, sintiéndose sofocar, y los olores y
las visiones volvieron de nuevo, reconfortantes y tranquilizadoras, ofrendas
del infierno. El dulce aroma de las hierbas, un vivo hedor de surcos nuevos
donde se enterraba el pan y otras cosas en claro desafío a la Madre Iglesia...
Deseaba desahogarse, aferrar la túnica del sacerdote e implorar su perdón,
decirle que interrumpiera sus plegarias porque la ofensa y el mal yacían en
ella. Trató de gritar, y creyó haberlo hecho, pero una parte en lo más profundo
de su ser supo que sus labios no se habían movido. Todavía podía ver al padre
Edwards como a través de un cristal oscuro, la mano subiendo y bajando,
haciendo la señal de la cruz una y otra vez; podía oír la perseverante voz,
pero tenía la sensación de hallarse a un millón de millas, lejos en medio del
frío calor de las estrellas y las hogueras sobre montones de muertos desde
donde observaban los Antiguos. Era débilmente consciente de un vivo repiqueteo
que iba elevándose de forma paulatina. Las cortinas se agitaron de pronto,
inesperadamente, ante la ventana. La llama de la lámpara osciló de nuevo,
adoptando un tono dorado.
—RÍNDETE
PUES; RÍNDETE Y NO ANTE MÍ, SINO ANTE EL MINISTRO DE CRISTO, PUESTO QUE LA
FUERZA DE ÉL TE DOMINA, LA DE AQUÉL QUE TE SUBYUGÓ HASTA LA CRUZ; TIEMBLA ANTE
SU BRAZO...
El
ruido en la habitación era atronador. Margaret cayó hacia arriba, hacia la
noche.
Una
voz brotó de la oscuridad, estridente y clara.
—¡Margaret!
—¡MARGARET!
Una
pausa; y luego:
—Vuelve
ahora mismo...
Pero
la voz podía ser perfectamente ignorada, hasta la llamada definitiva:
—Margaret
Belinda Strange, haz el favor de volver ahora mismo...
Aquello,
la mística invocación de su segundo nombre, no debía ser desatendido nunca.
Desafiarlo hubiera significado una clara invitación a una bofetada, a ir a la
cama sin cenar; y eso hubiera sido una cosa terrible en una cálida noche de
verano.
La
jovencita estaba de puntillas, agarrándose con los dedos a la parte de arriba
del escritorio. Su plana superficie se extendía a unos pocos centímetros de su
nariz. El reflejo mostraba todos los nudos y vetas de la madera, brillante,
mágica, con esa magia especial de las cosas de los adultos.
—Tío
Jesse, ¿qué estás haciendo?
Su
tío dejó la pluma, se pasó los dedos por entre su denso pelo, aún negro, aunque
tocado con alguna nota plateada en las sienes. Se subió las gafas de montura
metálica hasta que se acoplaron al puente de su nariz, y su voz retumbó en los
oídos de la niña:
—Ganando
dinero, supongo... —Nadie hubiera podido llegar a decir si estaba sonriendo o
no.
Margaret
alzó el botón que era su naricita.
—Bufff...
—El dinero era para ella un asunto incomprensible; la palabra cobraba en su
mente una forma voluminosa y amarronada como los libros de cuentas sobre los
que se afanaba su tío: algo lejano y falto de interés, pero vagamente
siniestro—. Bufff... —Sus rollizos deditos se afianzaron en el borde de la
mesa—. ¿Y ganas mucho dinero?
—No
está mal, supongo... —Jesse volvió de nuevo al trabajo, y su puño disimuló las
líneas de elegantes cifras que acababan de nacer sobre el grueso papel.
Margaret alzó la cabeza hacia él, intentando verle la cara y frunciendo de
nuevo su naricita. Esto último era un verdadero logro, y se sentía orgullosa de
él. Repentinamente dijo—: ¿Te molesto?
Jesse
sonrió, con la mente llena de cifras.
—No,
bonita...
—Sarah
dice que siempre molesto. ¿Qué estas haciendo?
Sin
pensar, la eterna respuesta:
—Ganando
dinero...
—¿Y
para qué quieres tanto?
El
robusto hombre se quedó boquiabierto, con los brazos a medio alzar: un gesto
extraño. Lanzó una mirada al techo, con el total de lo que había estado sumando
borrado de su mente, y se volvió para alzar a la niña hasta sus rodillas,
sonriendo de nuevo.
—¿Para
qué? Bien, señorita, creo que..., creo que no sabría decírtelo en este momento.
Margaret
permaneció sentada, observándole, frunciendo un poquito el ceño y olfateando el
aroma de tabaco que provenía de él, con sus regordetas piernas colgando y las
rodillas muy sucias. La parte trasera de sus calzas estaba negra de tierra y
grasa de jugar con Neville Serjeantson en el huerto de detrás de los almacenes,
al lado de las cajas y los raíles viejos de acero. El encargado de zona había
colocado los raíles para que los niños pudieran jugar y para que no molestaran.
Siempre se les podía encontrar en los cobertizos, y era fácil controlarlos
cuando se agrupaban para ver pasar las grandes máquinas de hierro: aquellos
críos eran la perdición de su existencia.
—Creo...
—dijo Jesse. Se detuvo de nuevo, pensando y riendo—. Bien, es para poder poner
cien mil allá donde una vez sólo ponía diez. Sólo que tú no puedes entenderlo,
¿verdad? —Le acarició levemente el pelo, y sus dedos se enredaron en un mechón
que había sido rubio y que ahora estaba amazacotado y negro por la grasa de las
máquinas—. ¿Has estado otra vez en los cobertizos? Sarah te va a dar una buena
paliza, que me aspen si no va a hacerlo...
—No
voy a ir con Sarah. Me quedo contigo. —La niña se revolvió, tendió un brazo
para coger un sello de goma y lo estampó en el papel secante; luego, a falta de
otras superficies dañables, la mano de Jesse sirvió de base. Las palabras
aparecieron ligeras, azul brillante sobre las arrugas de la piel: Strange e
Hijos, de Dorset, Transportistas...
—Margaret
Belinda Strange...
Jesse
la bajó al suelo y se echó a reír, sacudiéndose el polvo de los pantalones
mientras ella echaba a correr.
El
recuerdo permanecía en Margaret; uno de aquellos curiosos y arbitrarios
momentos de la infancia que parecen enrollarse en torno a la conciencia para no
ser olvidados nunca. El rostro de su tío, duro, lleno de arrugas, con su eterna
expresión melancólica, cerca y por encima de ella; los rayos del sol
extendiéndose sobre la mesa; Sarah llamando; el sello con su protuberante pomo
negro y la pequeña muesca de bronce que señalaba dónde estaba el pie cuando se
estampaba sobre el papel. Fue un momento bastante especial, va que Jesse nunca
fue un hombre extrovertido. Su sobrina le llamó luego para darle las buenas
noches, y se quedó en la ventana de su habitación para verle salir de la casa,
con la chaqueta colgando del hombro, en dirección al Hauliers’ Arms, justo al
final de la calle, a tomar una cerveza con sus hombres. Pero por entonces ya
había cambiado de nuevo; todo lo que recibió de él fue un leve y hosco
movimiento de la comisura de sus labios, el gruñido que usaba para responder a
cualquiera mientras cerraba la puerta con un golpe seco y salía con paso
fuerte, arrastrando por el patio los talones de sus crujientes botas.
Jesse
Strange era un hombre de pocas palabras; y a nadie se le ocurría llevarle de
buena gana la contraria. Era un conductor: conducía a sus hombres, conducía sus
máquinas, pero principalmente se conducía a sí mismo. Si elegía beber, era
capaz de dejar al mejor de sus hombres borracho debajo de una mesa; ya había
ocurrido algunas veces, de madrugada, en el bar del pueblo. Pero él volvía
siempre a casa con paso firme; y los rezagados que deambulaban por la calle a
última hora solían ver a menudo la luz encendida en su oficina o en los
cobertizos, donde lo creyeran o no estaría desmontando el eje de válvulas de
alguna de las locomotoras o limpiando la caldera o simplemente abrillantando
los radios de sus enormes ruedas. Se solían preguntar si Jesse Strange se
cansaba alguna vez, y cuándo dormía.
Él
ya había ganado sus primeros cien mil hacía mucho tiempo, y más tarde su primer
medio millón. Parecía que el trabajo era un sacramento para él, una panacea
para todos sus males. La compañía Strange e Hijos había crecido, extendiéndose
más allá de Dorset, con almacenes en lugares tan lejanos como Isca y Aquae
Sulis, Jesse arruinó a Serjeantson, su único competidor en Durnovaria, haciendo
trabajar sus trenes a tarifas asesinas, quitándole una carga tras otra de
debajo mismo de sus narices. Dijeron que, en lo más reñido de aquella guerra,
ningún tren le había dado beneficio alguno durante casi un año; hubo peleas y
palizas entre los conductores, sangre derramada sobre las plataformas; pero
arruinó a Serjeantson y le compró el negocio, añadiendo cuarenta máquinas de
vapor a la inmensa flota de los Strange. Los cobertizos y almacenes que se
habían añadido a la vieja casa de Durnovaria se fueron extendiendo una y otra
vez hasta que ocuparon más de un acre; y aún así no era suficiente. Jesse
arruinó a Roberts y a Fletcher en Swanage; luego a Bakers, y a Caldecotts, y a
Hofman y a Fletcher allá en Shaftesbury; y luego compró la totalidad de Baskett
y Fairbrother, de Poole, con más de cien Burrells y Fodens en la carretera, y
Strange e Hijos pasaron a poseer y a dominar el negocio del transporte en todo
el oeste del país. Y después de eso incluso los routiers dejaron sus trenes en
paz, porque el dinero hace maravillas en los lugares adecuados, y un ataque
contra una locomotora de Strange conllevaba un sinfín de problemas con la
infantería acosándoles por todas partes, y un juego así no valía la pena. Las
ovaladas placas marrones y amarillas que señalaban el nombre de la compañía
eran conocidas desde Isca hasta Santlache, desde Poole hasta Swindon y
Reading-on-the-Thames; los otros conductores les cedían el paso, la policía de
tráfico limpiaba las carreteras para ellos. Finalmente, Jesse se ganó el
respeto de todos, incluso el de sus enemigos. Pagaba sus deudas, y no regalaba
nada; y lo que uno le robara, podía quedárselo, y que le aprovechara.
Muchos
se preguntaban qué era lo que le movía. En la universidad había sido un
soñador, con la cabeza en las nubes; pero alguien, en algún lugar, le había
enseñado lo que era la vida. Algunos murmuraron que en una ocasión había matado
a un hombre, a un amigo, y el imperio que había construido era en cierto modo
su expiación; corría incluso el rumor de que fue plantado por una camarera, y
que ésta era su respuesta al mundo. Era cierto que nunca se casó, aunque hubo
bastantes mujeres que más tarde se dieron cuenta de que habrían aceptado su
forma de ser, y hombres que hubieran vendido sin pensárselo a sus hijas con tal
de unir su familia al nombre de Strange; pero nadie lo consiguió. Nadie se
atrevió a preguntarle de un modo directo y sincero, nadie excepto su sobrina; y
aunque ella recordaba lo que él le había contado, no lo entendía.
Margaret
sintió que el tiempo avanzaba bruscamente para ella. Ahora iba a la escuela, a
unas veinte millas de Sherborne, para su primera estancia en un internado.
Media milla de camino por las calles de Durnovaria, una muñequita pequeña dando
trompicones del brazo de Sarah; llevaba un uniforme nuevo y una cartera de piel
colgada del hombro, repleta de manzanas y dulces, compasivos trozos del hogar.
Con la cabeza alta y simulando un rostro sereno, inspirando ruidosamente el
aire para poder detener los lloros y gritos contra la injusticia de todas las
cosas, mientras iba de camino hacia la muerte o algo peor... Sarah parecía
inmensa, los ladrillos del pavimento, los guijarros y las viejas casas
inclinadas parecían inmensos, del mismo modo que las tardes y las mañanas
habían parecido inmensas, cada cosa era una entidad separada en su mente a
medida que iba marcando los días que faltaban para el inicio de la escuela. La
noche pasada, la mañana pasada, una inevitabilidad ante la que parecía
suspendida, un sueño dentro de un sueño. La mañana de setiembre era azul, llena
de bruma y frío, y ella caminaba llena de escalofríos mientras imágenes varias
flotaban remotas y sin conexión, y su cuerpo era una máquina transportada por
unas piernas casi olvidadas. Por la calle pasó un tren de carretera, y la luz
del hogar de la locomotora resplandeció sobre el rostro del conductor y el
piloto, y la niña deseó, con una súbita amargura, dar un paso al frente y ser
llevada, ocultarse bajo una lona de carga en medio del estruendo y de la
oscuridad para finalizar algún misterioso circuito cerrado en su propia
habitación de casa; pero en vez de ello giró mecánicamente hacia la izquierda,
en dirección a la estación, colgada todavía del brazo de su aya. La vieja
Sarah, a menudo odiada, parecía encantadora ahora, pero en ella no cabía la
compasión. El tren aguardaba, repleto y húmedo; Margaret se sintió atraída
hacia él, permaneció con su carita pegada a las ventanillas, llenándose la
nariz y los dedos de carbonilla mientras Sarah, la estación y el resto del
mundo se concentraban en un punto que se iba consumiendo tras ella y que
finalmente desapareció para siempre.
Y
allí estaba la escuela, la gran casa oscura y fría, y las extrañas monjas con
sus sorprendentes capuchas blancas y almidonadas, con sus murmullos y el ruido
de sus pies cruzando el suelo de piedra de las salas. Un crepúsculo de soledad,
sombrío e insoportable, roto finalmente por breves destellos de esperanza;
cartas a casa, un pastel, una caja de fruta depositada sobre una mesa del
salón. Los días de juego congelados en vívidas imágenes, conversaciones de
dormitorio en voz baja, los primeros atisbos de amistad... El tiempo pasó con
rapidez, mientras África se convertía en un continente y Πr2 era obligado a
igualar el área de un círculo y César luchaba contra los galos. Otros días y
otros meses transcurrieron de forma imposible, y se acercaron las Navidades. Un
concierto, servicios para el fin de trimestre en el gran salón; velas
encendidas en sus candelabros de pared durante los cortos días de diciembre,
distribución de billetes de tren, la excitación de preparar la maleta y
esperar; la última mañana, cuando Margaret fue misteriosamente encomendada al
cuidado de su señorita de labores del hogar, la hermana Alicia. Gritos en los
jardines, sonidos que se oían cristalinos en el claro aire de invierno; el
aleteo y la alegría de los coches mariposa que se apiñaban ante la escuela
mientras Margaret aguardaba sintiéndose perdida y la hermana sonreía,
reservada. Y la gran sorpresa: primero un rumor, distante pero conocido, un
sonido que su sangre nunca podría olvidar; y una firme nube de vapor, un
destello metálico mientras la locomotora, inmensa e increíble, avanzaba por el
camino, marcando la preciosa grava de la madre superiora con sus grandes
huellas, soltando bocinazos, rugiendo y avasallando en medio de los coches
mariposa, con unas ruedas tan altas como el más alto de los mástiles de
cualquiera de ellos. Tiraba de un sólo vagón, con su zona de carga casi vacía,
y la conducía su tío. Margaret sabía que había venido especialmente a buscarla,
y empezó pese a todo a dar gritos, mientras la hermana Alicia murmuraba niña
ridícula, niña ridícula... e intentaba inculcarle un poco de sentido común con
sus dolorosamente huesudos dedos.
Fue
levantada en brazos con expectación para que tirara de la cuerda que despertaba
la profunda e inmensa voz de la Burrell, mientras los niños se agrupaban
alrededor de las ruedas, llenos de admiración y de sonrisas, hasta que Jesse
les hizo subir a todos para darles una pequeña vuelta. Colocó la marcha atrás,
situó el regulador, y puso la máquina en marcha con un aparatoso movimiento de
válvulas y de pistones y un gran chorro de vapor. Margaret se colgó de una de
las barras de sujeción interiores mientras miraba hacia atrás y decía adiós con
la mano a medida que la escuela se hacía más y más pequeña, borrada por los
vapores de la máquina, hasta perderse y ser olvidada durante toda una vida que
iba a durar tres semanas completas. A menudo, desde entonces, su tío la iba a
buscar, o le decía a alguno de sus hombres que se desviara de su trayecto. Si
era él quien iba, siempre lo hacía con la Lady, la vieja Burrell que era
todavía el orgullo de la flotilla de trenes, y Margaret alardeaba
interminablemente ante sus amigos y sus señoritas diciendo que la locomotora
había sido bautizada en honor a ella, era su tren particular. Jesse solía
reírse a veces, mientras se pasaba los dedos por el pelo y decía que era
curioso ver cómo las cosas se arreglaban por sí mismas. Porque la madre de la
niña también se había llamado Margaret; su padre regentaba una taberna camino
de Portland y, cuando murió, no le dejó ningún lugar donde vivir, y ella se
sintió más que contenta de poder establecerse con un hombre que era varios años
más joven que ella, aunque esto le había costado a Tim Strange su trabajo y su
hogar... Pero a la mujer no le costó demasiado cansarse de ser la esposa de un
simple transportista; dos años más tarde huyó con un juglar del Señor de
Purbeck; Tim volvió a casa con la carga de aquel bebé, mientras Jesse se reía
tranquila y plácidamente y le cedía la mitad de su negocio. Pero todo aquello
había ocurrido hacía mucho tiempo, antes de que Margaret fuera lo
suficientemente mayor como para poder recordarlo.
Otras
situaciones posteriores estaban aún frescas en su mente, otras facetas de su
extraño e irregular tío. Recordaba claramente cómo un día, corriendo hacia él
con una caracola en la mano, le dijo que escuchara atentamente porque podría
oír las olas dentro. Entonces él había robado una parte del interminable tiempo
dedicado a ganar dinero y se la había llevado a las colinas, donde habían
encontrado una cantera y habían sacado un fósil de las rocas, que ella se llevó
también a la oreja por indicación suya, y pudo escuchar la misma canción, y él
le había dicho que era el ruido que hacían los años, todos los millones de años
que se encontraban allí encerrados, y que zumbaban en su intento por liberarse.
Después de aquello mantuvo la piedra contra su oreja durante largo rato; y
cuando hubo pasado más tiempo y descubrió que los ruidos y murmullos no eran
más que los ecos de sus propios latidos, no se sintió molesta, porque ella
había oído lo que había oído, el sonido de la eternidad atrapada.
El
crecimiento de la compañía había envejecido mucho a Jesse: eso, y la junta de
la caldera que reventó y le arrancó la piel de la mitad de la espalda antes de
que pudiera reaccionar a la primera impresión y ponerse a salvo. Las
locomotoras cobraban de una forma muy curiosa sus impuestos a los hombres que
las utilizaban. Jesse se había precipitado, intentando llevar él solo aquella
gran carga de piedras que tenía que ser entregada en Londinium. Margaret debía
tener trece años por aquel entonces, toda piernas y brazos, con los pechos
empezando a insinuarse ya debajo de su blusa. Le había cuidado bien, sentándose
a su lado y leyendo para él durante las largas y tranquilas noches de todas
unas vacaciones de verano, mientras Jesse permanecía tendido y malhumorado,
observando el techo y pensando Dios sabía en qué. Pero este hecho le marcó para
siempre, y pronto adoptó el aspecto de un viejo enfermo, frío, amarillo y
esperando la muerte. El sacerdote, a su lado, movía las manos realizando la
Señal de la Cruz en medio de un profundo olor a incienso, murmurando palabras
ininteligibles...
La
caída cesó. Margaret miró a su alrededor, aturdida; había atravesado varios
años de su vida en cuestión de momentos, pero la habitación no había cambiado
mucho. Su padre cabizbajo, con la cara delgada y de aspecto demacrado a la luz
de la lámpara, la vieja Sarah rechoncha, sentada en una silla y nerviosa,
agitando los dedos sobre sus rodillas. El padre Edwards entonando todavía
frases con el libro en la mano y la estola rígidamente estirada. La llama de la
lámpara volvía a estar inmóvil, clara al amanecer primaveral. Margaret se secó
furtivamente el rostro, con la mano apoyada sobre el vestido, apretando las
rodillas para dominar el temblor.
Aquella
última semana había sido mala. La casa en penumbras, rondada por espectros...
La mente de Margaret huyó de la palabra. «Poseída» era aún peor y hasta ahora
no se le había ocurrido usarla. Los ruidos, los golpes y los rumores, los
suspiros nocturnos y el desasosiego, como las sombras de una antigua culpa, no
expiada e inmutable. Mientras la muerte se acercaba más y más, inexorable, como
el fluir de los ríos, la inmersión del sol en la roja noche tras las
inamovibles piedras de los páramos. En una ocasión Jesse se incorporó,
horrorizado y rígido, agitando las manos, viendo cosas que no debían ser
vistas; otra vez, una criada gritó al sentir la helada caricia del vacío aire
en la cocina; en otra ocasión, el rellano de la escalera se puso a dar vueltas
bajo los pies de Margaret, un accidente en el Tiempo que le reveló fugazmente
la figura del doppelgänger, la sombra de sí misma, extraña en la cálida noche.
Margaret era el nombre que había ahora en los labios del viejo, y su sobrina
pensó durante un tiempo que se trataba de ella, pero no era así. Sus manos se
agitaban, empujando la nada; sus ojos observaban asustados cómo la brisa de la
primavera cruzaba la habitación, haciendo oscilar los bronces que colgaban de
las vigas, agitando las lámparas y haciendo que los ahusados destellos
amarillos se reflejaran en los adornos del dosel y sobre las barras de la
cabecera de la cama. La locomotora, pensó Sarah; pobre viejo, ahora le tenía
miedo, al ver su sombra sobre las lámparas y los bronces oscilantes. Pero no, había
un rumor... La muchacha permaneció sentada, tiritando, observando a su
alrededor en su soledad; había vivido el tiempo suficiente con los
transportistas como para empaparse hasta la médula de sus ridículas historias.
La Burrell no iría en esta ocasión a buscar a su jefe, estaba encerrada abajo
en el cobertizo de las máquinas, con el fuego apagado, las lonas sobre la
caldera y los topes de roble encajados debajo de las ruedas. No obstante, hubo
una locomotora que sí vino, o al menos así era como lo contaba la leyenda: la
Cold Bess, ondulante, oscura en la noche y alta, con el infierno en sus
entrañas y dos faroles encendidos en lugar de ojos. Existió en su día una
auténtica Cold Bess, allí en el oeste; su conductor precintó la válvula de
seguridad para ganar una apuesta, y la Cold Bess lo envió al reino del más
allá; pero después de esto aún se la podía oír volviendo a casa, con el volante
chirriando, el rumor de sus ruedas y su silbato llenando las colinas por la
noche. Eso fue hacía años, nadie podía decir cuántos, pero el rumor persistió y
se convirtió en una leyenda para asustar a los niños en la cama. Cuando los
transportistas hablaban de la Cold Bess, se referían a la Muerte. Margaret,
educada, se volvió a santiguar, ya sin esperanza, y sintió que un escalofrío
recorría todo su cuerpo. La Cold Bess estaba en la habitación...
Retiraron
todos los bronces, las velas y los ornamentos, y cubrieron el cabezal metálico
de la cama para que el reflejo de la luz no molestara a aquel viejo tonto; pero
las Presencias no desaparecían. Margaret podía sentirlas dando tirones y
murmurando; unas motas heladas flotaban sobre las escaleras; incluso, una vez,
le fueron arrancados los guantes de las manos y arrojados contra la pared. Fue
entonces cuando mandaron a buscar al cura, y el padre Edwards expresó
claramente sus sentimientos a través del servicio que eligió leer. Existían
oraciones para el exorcismo del Ruidoso, el Poltergeist; pero él las había
ignorado. El buen padre no albergaba ninguna duda respecto de dónde residía el
problema: estaba desarrollando el rito para la expulsión de un demonio. Pero se
equivocaba, se dijo Margaret a sí misma, se equivocaba; y lloró en silencio...
—Y
así te conjuro, draco nequissime, en nombre del cordero inmaculado, que caminó
aplastando al áspid y al basilisco, a que te apartes de este hombre..., a que
te apartes de la Iglesia de Dios...
La
voz se fue apagando, perdida bajo la aparición de otros sueños.
Margaret,
sudorosa de nuevo, trató de rebelarse porque volvía la pesadilla y, como en
todos esos sueños, ella se acercaba más y más a lo que no deseaba ver. Se
preguntó si era cierto entonces que ellas, las Cosas que tocaban y golpeaban,
podían ser los cazadores de la noche, los Antiguos que su mente susurraba, los
Antiguos..., ¿podían hacer tales cosas? ¿Podían arrancarla del Espacio y del
Tiempo, de entre los dedos del mismísimo sacerdote? ¿Se atreverían? Gimió,
indefensa. Eran el Pueblo de los páramos, las hadas, los duendes, todos los que
en su tiempo habían conocido un antiguo poder.
Se
hallaba sentada en una playa. El sol, cálido y despiadado, golpeaba sus
hombros, sus brazos y sus rodillas bajo el pequeño tabardo que era la moda
obligada en aquella estación. Aunque de piel clara, no tenía problemas para
broncearse rápido, las pecas estallaban literalmente alrededor de su boca y su
nariz, y también en la parte superior de su espalda. Le gustaba estar morena,
le gustaba echarse sobre la arena de la playa y llenarse del calor y de la luz;
había luchado por este día de excursión, discutido con Tom Merryman para que
desviara su Foden y así pudiera dejarla por la mañana y recogerla por la tarde.
Sarah, fiel y quejumbrosa, la había acompañado, dando tumbos sobre la plana
plataforma de carga del tren, medio asfixiada por el polvo de las blancas
carreteras de tierra batida. Tras ellos corrían los coches mariposa, girando y
empujando, con sus minúsculos motores chisporroteando y sus listadas velas
llenándose con las ráfagas de aire; Margaret dejó que sus largas piernas
colgaran, mientras se reía de los conductores que hallaban a su paso hasta
llegar a Durnovaria. En Lulworth, Tom descargó una caja de herramientas para
maquinaria antes de girar en dirección a la costa hacia Wey Mouth. Más allá del
pueblo, la Foden torció de nuevo hacia la montaña, encaminándose a Beaminster.
Margaret había bajado arrastrando a Sarah, concentrada en su día de playa; y
allí se quedó saludando hasta que la Foden desapareció bajo la nube de polvo
que ella misma producía. Entonces Sarah se sintió un poco indispuesta, sin duda
debido al calor, y fue a sentarse bajo un árbol. Margaret aprovechó para echar
a correr hacia el agua, y se sentó a solas en la orilla, hasta que llegó el
barco y toda la gente empezó a correr.
Entonces
se preguntó por qué siempre se metía en el centro de los problemas. En lo más
profundo de su ser, estaba convencida de que era una cobarde; la realidad nunca
era tan terrible como los horrores de su imaginación. La ocasión en la que el
viejo William perdió la mitad de los dedos de una mano en un torno del taller,
ella oyó el espantoso sonido, vio como el mandril dejaba de girar cuando el
encargado apretó el freno de emergencia, y tuvo que correr con rapidez hasta la
penumbra en la que Will permanecía con la cara muy pálida, sujetándose la
muñeca, y contemplar con ojos fascinados la sangre que brotaba de los muñones.
Más tarde le dijeron lo valiente que había sido, y ella hubiera podido
regocijarse ante los elogios, e incluso disfrutar de ellos, pero sabía que no
era lo apropiado. No soportaba la sangre, le producía náuseas, pero se sentía
obligada a mirar...
Llevaban
a los turistas de Wey Mouth hasta las playas y el puerto: allí podía pescarse
el lenguado, la langosta e incluso tiburones cuando era la estación propicia,
las pequeñas tintoreras que no hacían daño a nadie pero cuya pesca constituía
un buen deporte. Era un barco de pesca el que estaba llegando; el muchacho que
lo timoneaba se había enganchado el brazo con una cabria, y nadie sabía cómo
había conseguido llegar hasta la playa. Margaret se abrió paso a empujones
entre la multitud, sintiendo que la náusea se apoderaba de ella y que unas
sombras oscuras empezaban a tomar forma en su visión, pero era incapaz de
detenerse. Vio la herida: parte del tendón y el hueso estaban al descubierto, y
el chico, enrojecido y manteniéndose en pie gracias a una odiosa dignidad, no
sabía qué hacer.
El
coche llegó traqueteando hasta la playa, levantando un surtidor de arena; se
detuvo, y el conductor saltó por encima de la portezuela y se metió a
empellones entre la multitud. Debió tomar a Margaret por una comadrona o algo
así, pero la garganta de la muchacha estaba demasiado seca para poder decirle
que se equivocaba. Sin darse cuenta se encontró en el asiento trasero del
coche, apretando un torniquete, sosteniendo al herido y viendo resbalar la
sangre y manchar la tapicería del vehículo. En las afueras del pueblo, una
pequeña enfermería de primeros auxilios atendida por media docena de
adelmienses hacía las funciones de algo parecido a un hospital; el conductor
entró allí, y Margaret se sentó mientras el muchacho era llevado por un pasillo
y ella se preguntaba si era mejor sentirse enferma entonces o más tarde. Al
cabo de un rato salió, sin ser plenamente consciente de lo que estaba haciendo,
y empezó a caminar. Sarah quedó olvidada; se sentía medio deprimida y le
parecía ver a toda la humanidad como bolsas de piel a la espera de ser
reventadas y morir llenas de dolor, ella misma era una mujer atrapada en un
cuerpo frágil, sangrando en el parto, sangrando en el primer acto. Estaba muy
impresionada, y se sintió morir.
La
playa a la que finalmente llegó parecía extenderse a lo largo de millas y más
millas. Siguió los acantilados que la bordeaban, recorriéndola de punta a
punta, observando el mar azul y blanco, los reflejos de la sal que el viento
dispersaba, sin objetivo y sin objeto. Llegó al agua a través de un camino de
arena, pensó que tal vez pudiera darse un baño, pero inmediatamente recordó que
tenía algo que hacer y vomitó tras una aulaga. Luego se sentó sobre una roca
que le lastimaba el trasero y se puso a meditar, recogiendo piedrecitas de
alrededor de sus pies y lanzándolas al agua, observando cómo el sol quemaba el
mar en madejas y rizos de luz. Cuando le llegó la voz, apenas penetró en su
consciencia; el desconocido tuvo que gritar de nuevo:
—¡Hola...!
Era
corpulento y llevaba barba, tenía el rostro enrojecido, y no parecía
acostumbrado a que le ignoraran. Margaret se dio la vuelta y le miró abatida.
—¿Qué
demonios crees que estás haciendo?
Se
encogió de hombros, como indicando Mar... y Tirando piedras en él...
Él
bajó hasta su lado.
—Bien
que me has hecho bailar, maldita sea... —La cogió insolentemente por la
barbilla, con una mano de gruesos y callosos dedos—. Sí —dijo, asintiendo con
la cabeza—. Un buen baile...
Ella
lo atravesó con la mirada. Luego:
—¿Está
muerto?
Hizo
la pregunta como si no sintiera el menor interés; el momento de rabia había
pasado, dejándola vacía y abatida.
El
desconocido se echó a reír.
—No
ese bastardo plebeyo... El envenenamiento de la sangre podría acabar con él,
pero dudo mucho que ocurra. Ese tipo de hombres generalmente sobreviven...
—¿Qué
le hicieron? —Había un leve tono de interés en su voz.
El
normando —pues estaban hablando, casi inconscientemente por parte de Margaret,
en francés normando— se encogió de hombros.
—Nada
especial. Lo dejaron listo en un abrir y cerrar de ojos. La cuchilla del
carnicero, un bote de brea. Se dejan las suturas de la vena un poco salidas, y
se arrancan tan pronto empiezan a pudrirse...
Ella
apretó los labios. La mano del hombre se apoyó de nuevo en ella. La apartó de
un manotazo.
—Déjame
en paz...
Hubo
un forcejeo.
—Eres
una muchacha hermosa —dijo él—. ¿De dónde vienes, que nunca te he visto...?
Ella
le lanzó un puñetazo.
—Fils
de prêtre...
Él
reaccionó como si ella lo hubiera atravesado con una bayoneta. La empujó con
fuerza, la derribó hacia atrás, se inclinó sobre ella; por un instante Margaret
creyó que iba a golpearla; pero entonces él se apartó, lleno de desprecio.
—Eso
no ha sido muy inteligente por tu parte —dijo. Le había entrado arena en un
ojo; se lo frotó furioso, mientras maldecía a los infiernos, y empezó a subir
de nuevo por el acantilado. A media subida se volvió y dijo—. Estás asustada...
Silencio.
—Eres
una pequeña presuntuosa...
No
hubo reacción.
—El
camino de vuelta es condenadamente largo...
Margaret
se incorporó, con las aletas de la nariz temblando, hinchadas de rabia, y le
siguió hasta el coche.
Estaba
parado allí, levemente sobrecalentado, con las correas que cruzaban la capota
vibrando; sus ruedas, muy separadas, le daban la impresión general de que
estaba como agazapado. La ayudó a subir —la puerta tendría unas cinco pulgadas
de grosor—, luego entró él, soltó los frenos y apretó lo que parecía ser el
regulador. El motor Bentley fue ganando velocidad con una serie de malignas
sacudidas, en medio de un silencio que era casi sobrenatural, dejando un rastro
de vapor. Margaret permanecía rígida, sintiendo el cuero recalentado por el sol
bajo sus muslos, preguntándose por qué nunca había sido capaz de resistir un
reto, quizá hubiera en ella algo incapaz de madurar. El conductor se apartó de
la costa y giró de nuevo en dirección este. Las carreteras de tierra batida no
eran buenas para el motor; al cruzar una de ellas exclamó algo así como «Daría
doscientas libras por un poco de macadán», tras lo cual volvió el silencio.
Margaret se dio aún más cuenta de lo que antes ya sabía, que él no era un
hombre cualquiera. Técnicamente, los coches de vapor estaban permitidos; pero
sólo los más ricos se atrevían a poseerlos, de hecho eran los únicos que podían
mantenerlos. El Petroleum Veto había sido tácitamente reconocido desde hacía
mucho como una prohibición para limitar la movilidad de las clases obreras.
Al
pasar por Wey Mouth, Margaret pensó en la vieja Sarah, que debía estar
desesperada buscándola y volviendo loca a la gente que rondara por allí. Le
gritó que parara, pero el conductor la ignoró; sólo el brillo del rabillo de su
ojo, malhumorado e intenso, le indicó que la había oído. A la salida del pueblo
empezó a llover. Margaret había notado hacía ya rato que se estaba preparando
una tormenta: las nubes borrascosas allá al frente, de un color entre gris y
amarillo polvo, amontonándose las unas sobre las otras en el azul del cielo de
verano. Se sobresaltó cuando las primeras gotas la alcanzaron, colándose por
encima del minúsculo parabrisas. Sin mirarla, él refunfuñó:
—No
he traído la maldita capota...
Una
milla más adelante disminuyó el vapor y se dignó parar bajo un enorme roble,
pero por aquel entonces ella ya estaba tan empapada que no le importó, de hecho
se sintió contenta cuando él decidió continuar, apartándose del movimiento
incesante de las ramas.
Corvesgeat
apareció en el horizonte, un grupo de torres que parecían colmillos de piedra.
La lluvia empezó a disminuir. Cruzaron el pueblo, y una jauría de perros les
siguió, enloquecida por los agudos ultrasonidos de los pistones del Bentley. El
conductor atravesó la plaza y penetró en el castillo, cruzando el pórtico de la
barbacana exterior. El guardia de la entrada les saludó al verles pasar. Había
una feria instalada en la parte exterior de la muralla: Margaret vio dragones
dorados, cariátides de formas eróticas y mojadas por la lluvia. Las máquinas
del espectáculo formaban un grupo compacto, sólo ligeramente más adornadas que
la propia Lady Margaret. El Bentley pasó traqueteando por encima de la hierba,
apartando a la gente de su camino con sus bocinas de bronce. En la Puerta del
Mártir los rastrillos estaban casi bajados para alejar a la gente de las
murallas superiores y de los recintos de la torre del homenaje; Margaret vio
brotar de la gran piedra un chorro de vapor cuando las manivelas alzaron el enrejado
de hierro para que el coche pudiera pasar. Cruzaron la Puerta, subiendo una
cuesta que parecía llegar hasta el cielo, con la capota del motor por encima
del nivel de sus cabezas. El Bentley se detuvo finalmente en el interior de un
garaje de roca situado debajo de las elevadas murallas de la fortaleza.
Por
encima de ellos, a lo lejos, ondeaban estandartes; la oriflama, antigua y
espectacular, lanzada al viento solamente en los días de los santos y de las
fiestas; el azul brillante de Roma; la bandera de la Unión de Gran Bretaña, en
forma de cola de golondrina; los leopardos y las flores de lis de los Señores
de Purbeck estaban ausentes, eso quería decir que Su Señoría no estaba en la
residencia. Margaret vislumbró las banderas y las altas murallas, iluminadas
ahora por el sol, a través de los pasadizos sin techo, mientras caminaba a
trompicones tras su captor, con una de sus muñecas aprisionada en su zarpa y
demasiado cansada para seguir discutiendo. Perdió todo sentido de la
orientación; el castillo se convirtió en una enorme y confusa masa de piedra, sala
tras sala, edificio tras edificio, apiñados y añadidos alrededor del colosal
macizo de la torre del homenaje. Vio, a través de las estrechas aberturas de
una semiderruida torre, una enorme extensión de tierra yerma que se prolongaba
hasta el puerto de Poole; ascendió por una escalera de caracol que daba a una
cámara donde Lord Robert de Wessex, hijo de Edward, señor de Purbeck, agitó
irritadamente una campanilla que amenazó con desintegrarse ante su insistencia.
Margaret fue puesta a cargo, sin contar con su furiosa oposición, de una
corpulenta mujer con la librea marrón y escarlata de la Casa.
—Haz
algo con esto —exclamó Robert, agitando los brazos—. Llévatelo y báñalo o haz
algo, antes de que empiece a estornudar. Apesta a mar...
Margaret,
furiosa, intentó revolverse contra él, pero la puerta claveteada de hierro ya
se había cerrado de golpe. Ante sus balbuceantes acusaciones de haber sido
raptada, la sirvienta se limitó a echarse a reír...
—¿Qué,
con su madre en casa? El mantiene su nido bien limpio, puedes estar segura de
ello... Uff... Vamos, no seas terca... Ay, condenado animalillo...
La
habitación a la cual fue arrastrada y dejada Margaret era pequeña en
comparación con el resto de la casa. Unos delicados arcos ojivales sostenían
las ventanas cuyas vidrieras repetían en brillantes colores los motivos
heráldicos de los leopardos y los lirios. Parte de las paredes estaban
cubiertas con tapices; en el suelo había un inmenso baño construido con bloques
de mármol pulido de Purbeck. Encima de él destacaba un recargado grifo lacado
en negro, repleto de anillos y relucientes adornos de cobre pulido. Un enrejado
en las paredes disimulaba lo que evidentemente eran las salidas del sistema de
calefacción. Margaret, muy a su pesar, se sintió impresionada; su hogar en
Durnovaria estaba bien equipado, pero éste era un nivel de lujo que nunca había
visto.
Dos
muchachas la atendieron. Las observó con recelo, a punto de despedirlas sin
contemplaciones: no estaba acostumbrada a que la bañaran. La única había sido
la hermana Alicia, que solía lavarla a veces cuando fue a la escuela por
primera vez.
—Ven
aquí, bichito desabrido —solía decirle, tras lo cual la lanzaba a una de las
grandes bañeras cuadradas repletas de agua helada y la restregaba con un
cepillo de cerdas durísimas. A veces casi había disfrutado con aquello, pero
era algo que había ocurrido hacía mucho tiempo, y muchas cosas habían cambiado
desde entonces.
Margaret
se encogió de hombros y se quitó el albornoz. Si a ese joven y chiflado
aristócrata no le importaba que sus sirvientas perdieran el tiempo con ella,
entonces la oportunidad era demasiado buena para desaprovecharla; posiblemente
nunca volvería a ocurrir.
El
baño se llenó rápidamente, con mucho ruido de burbujas y de la presión del agua
en el grifo; las sirvientas recogieron su cabello, y una de ellas añadió algo
en el agua que produjo una infinidad de espuma de colores. Eso intrigó a
Margaret: nunca había visto nada así. Una hora más tarde se sentía casi
inclinada a mostrarse cortés de nuevo: había sido lavada, acariciada y
masajeada, e incluso tuvo que arrodillarse mientras le rociaban los hombros con
algo que olía a sándalo y que ardía como el fuego, y que distendió los músculos
de su espalda y la alivió al instante de la tensión y el cansancio. Había un
vestido preparado para ella, algo formal, con un amplio escote y metros de
vaporosa falda, y una diadema de diamantes para su cabello. La ropa le caía a
la perfección; se agitó en su interior, sintiendo la satinada limpieza de su
piel bajo la tela, y se preguntó con curiosidad hasta qué punto tenía Robert
equipado el castillo con sus aparatos de seducción. Más tarde descubrió que
había ordenado que saquearan el guardarropa de su hermana, ausente en aquellos
momentos; cualesquiera que fuesen sus errores, ciertamente no hacía las cosas a
medias. Ahora se sentía muy preocupada por Sarah y sus padres, pero los
acontecimientos parecían haber pasado ante ella al galope; ya le resultaba
bastante difícil tratar de seguir el ritmo.
Se
hizo de noche sin que ella se diese siquiera cuenta. El ocaso llenó toda la
zona de sombras largas y finas, con intensos y luminosos reflejos de las
ventanas de cristales múltiples; el castillo parecía chocar contra la inmensa
niebla del oeste como la proa de un barco de piedra. Los sonidos de la feria
flotaban en las murallas: gritos, el estrépito de los órganos, las roncas
vibraciones de los coches. La cena se sirvió en el salón del siglo XVI
construido al lado de la torre del homenaje; los comensales, elegantemente
vestidos, dieron un paseo cogidos del brazo en medio de un ambiente cálido.
Margaret se sintió levemente decepcionada cuando oyó que la gran fortaleza
había servido únicamente, durante siglos, como almacén y armería.
En
ocasiones especiales y en días de fiesta, los Señores de Purbeck acostumbraban
a tomar sus comidas a la antigua usanza reintroducida por Gisevio; los
invitados menos favorecidos se sentaban en largas mesas en el centro del salón,
mientras que la familia y los amigos personales comían en una tarima elevada en
uno de los extremos. Las lámparas ardían profusamente, iluminando de forma
brillante el lugar; la galería de los trovadores estaba ocupada por una pequeña
orquesta; los sirvientes y doncellas corrían de un lado para otro y tropezaban
constantemente con los perros, brachets y mastines que cubrían el suelo.
Margaret, aún algo aturdida, fue presentada a Lady Marianne, la madre de
Robert, y a la media docena de invitados importantes. Su mente, no muy clara,
se negó a aceptar sus nombres: Sir Frederick algo, Su Eminencia el arzobispo de
alguna parte... Hizo las reverencias de forma automática, y finalmente se dejó
llevar hasta un lugar a la derecha de Robert. Un frío hocico empezó a hurgar en
su falda; acarició distraídamente al brachet, rascándole detrás de las orejas,
y esto sorprendió a su anfitrión...
—¿Sabes?,
estás recibiendo un gran honor. Por lo normal nunca se acerca amistosamente a
nadie. El otro día tuvo un pequeño altercado con los vigilantes. —Sonrió,
alegre—. Le costó dos dedos a un sargento...
Margaret
retiró cuidadosamente la mano. La mutilación parecía ser una fuente de
diversión importante para Robert.
Él
había oído el nombre de Margaret en más de una ocasión, la había presentado por
él al menos una docena de veces, pero parecía como si no acabara de recordarlo.
Ella le pidió, con toda la dignidad que fue capaz de reunir, que enviara un
mensaje a su casa. Sus ojos no habían pasado por alto la torre de señales medio
camuflada al lado de la fortaleza, ni la otra torre de enlace en una colina
cercana. Él la escuchó con atención, mostrándose levemente sorprendido,
inclinando un poco la cabeza para oír mejor; luego chasqueó los dedos para
llamar la atención al paje de señales, que andaba por allí cerca.
—Strange
—dijo—. ¿Qué Strange?
—Mi
padre —dijo fríamente Margaret— es Timothy Strange, de Strange e Hijos, Durnovaria.
La
bomba causó su efecto. Robert carraspeó, alzó las cejas, bebió un largo trago
de vino y empezó a repiquetear con los dedos sobre un dibujo del mantel.
—Maldita
sea —dijo—. Maldición. Bien, me casaré con una maldita búlgara...
—¡Robert!
—Oyó la voz de Lady Marianne, un poco más allá en la mesa.
Hizo
una inclinación hacia su madre, sin mostrar vergüenza alguna.
—Ya
veo —dijo—. Bien, eres una jovencita de muy mal carácter, y creo que esto
explica... —Trazó unos garabatos en una libretita, que entregó al paje de
señales—. Apresúrate a enviarlo, muchacho, o se nos irá la luz. —El chico se
marchó corriendo; unos minutos más tarde, Margaret oyó el claquetear de los
brazos de señales, y el ruido de la respuesta de la torre de la colina. Fue
recibida una señal de reconocimiento antes de que se hiciera de noche: un
escueto «Mensaje recibido y entendido». Margaret intuyó que desde aquel momento
había caído en desgracia.
La
noche transcurrió con rapidez, incluso demasiada para el gusto de Margaret;
podía imaginar muy bien la recepción que la aguardaba en casa. La cena fue
seguida por un espectáculo a cargo de un grupo de acróbatas con perros
amaestrados que saltaban aros y corrían de un lado para otro sobre sus patas
traseras, vestidos con faldas y pantalones; la exhibición fue un éxito. El
peligro de muerte que corrió uno de los artistas, atrapado y zarandeado por los
quisquillosos perros de Robert, apenas deslució la sesión. El número de los
animales fue seguido por un juglar, un hombre de largo rostro y mirada
lastimera que, evidentemente aleccionado por Robert, lanzó al aire una serie de
rimas en un cerrado dialecto que Margaret apenas pudo seguir pero que hicieron
las delicias de Robert. Luego pasaron bandejas con frutas y nueces, y más vino;
la fiesta finalizó bien pasada la medianoche, con Robert pidiendo a gritos que
acudieran los pajes para acompañar a Margaret a la habitación que había sido
dispuesta para ella. Decidió, mientras intentaba permanecer de pie sin
tambalearse, que hubiera sido mejor que nadie la hubiera recogido aquella
noche: el oporto, antaño limitado a las mesas de los reyes y del Papa, había
demostrado ser casi demasiado para ella. Sucumbió ante una cálida bruma,
murmurando despedidas de buenas noches a la mujer que la ayudó a desvestirse, y
se quedó dormida en pocos minutos. Despertó poco después de amanecer, y
permaneció tendida, escuchando el ruido que la había despertado. Lo oyó de
nuevo: un perro ladrando, lejano y claro. Se levantó con el pelo alborotado,
enrolló una sábana bordada en torno a su cuerpo y se apoyó sobre el amplio
alféizar de la ventana. Vio allá abajo, por encima de una maraña de techos, a
Robert, con dos brachets rondando por entre las patas de su caballo, cabalgando
a lo largo de la muralla inferior hacia la poterna, con un halcón perchado
sobre su enguantada muñeca, como un ridículo caballero de otros tiempos. Los
agudos ladridos de los perros resonaron durante un buen rato en el aire,
incluso después de que su amo hubiera desaparecido de la vista.
A
las once de la mañana, una Foden de color marrón se abrió camino con indignados
resoplidos a través de la barbacana exterior, y su conductor pidió por una tal
señorita Strange; y poco más tarde Margaret decía pesarosamente adiós al gran
castillo del Portal de Corfe.
Una
vez en casa, vio que las cosas no eran tan malas como había temido: la familia,
con excepción de Sarah, se mostraba más impresionada que enojada por su
inesperada excursión. Hacía falta mucho para impresionar a un Strange, pero los
Señores de Purbeck eran dueños de la mayor parte de Dorset, sus dominios se
extendían hasta más allá de Sherborne. Años atrás fueron incluso los señores de
la casa del propio Jesse, hasta que éste, sacando un poco de aquí y ahorrando
un poco de allá, había comprado la propiedad libre de cargas. Su tío lo había
aprobado, a su clásica manera silenciosa, y eso tenía mucha importancia. Esa
noche se sentó con él y le contó cómo había ido todo; él la escuchó fumando su
pipa, y le hizo las preguntas imprescindibles para averiguar hasta el más
mínimo detalle. Pero Jesse se había convertido ya en un hombre distinto: la
enfermedad marcaba y teñía su rostro.
De
nuevo se vio Margaret lanzada hacia adelante en el tiempo. Era como si las
imágenes se presentaran con toda la velocidad, temblorosa y fantasmagórica, del
aún no inventado cinematógrafo. Recordó el tiempo de meditación y de espera, el
deseo de que Robert no la hubiera olvidado por completo. Por un momento intentó
analizar lo que sentía por él. ¿Era sólo su locura lo que le atraía de él, se
sentía impregnada por su magnetismo animal, o era algo más. O tal vez se
trataba de algo más censurable, la profundo?, ¿simple necesidad de venderse al
mejor comprador, de encumbrarse por encima de los demás, por encima de su
propia familia, como señora del Portal de Corfe? Se respondió que, si era eso,
debía olvidarlo, debía dejar de soñar en historias de tercera clase. Porque
ella nunca pertenecería a ese gran lugar que estaba más allá de la colina.
Llegó
el otoño, y con él la recolección y la tradicional Fiesta de la Siega. Los
transportistas trenzaban nuevas muñequitas de maíz en sus cobertizos y las
colgaban de los aleros de las casas para reemplazar las viejas y polvorientas
imágenes del año anterior, que eran ritualmente quemadas. Margaret permanecía
ocupada en la cocina, supervisando la preparación de las conservas para el
invierno siguiente, el embotellado y la preparación de la mermelada y el salado
de la carne; y las locomotoras llegaban una tras otra desde las heladas
carreteras de todo el país; llegaban manchadas de mil viajes, traqueteantes,
para ser reparadas en los cobertizos, engrasadas, limpiadas y pintadas para el
trabajo del año próximo. Cada tornillo debía ser comprobado, cada rueda gastada
reemplazada, las guías de las válvulas desmontadas y vueltas a montar, las
cadenas de transmisión examinadas y comprobadas. Las fraguas resoplaban durante
todo el día, avivadas por los diablillos manchados de carbonilla que eran los
hijos de los transportistas; los tornos zumbaban, los hombres pululaban en tomo
a las imponentes Burrells, Claytons y Shuttleworths. Era una tarea de la que se
podía prescindir, pero ocupaba a la gente; Strange e Hijos, única en el negocio
del transporte, no despedía a sus empleados cuando terminaba la temporada.
Jesse, como siempre, trabajaba con sus hombres, escuchando con la cabeza
ligeramente inclinada para oír el latido de las locomotoras, tocando y
diagnosticando; sólo de vez en cuando los punzantes dolores le hacían
retorcerse, y entonces maldecía a los infiernos y se iba a descansar un rato, y
a beber un poco de cerveza, y volvía de nuevo al poco tiempo.
Los
días se hacían más cortos a medida que se asentaba el invierno. La Navidad
estaba apenas a una semana cuando un mensajero, resoplando vapor como una
locomotora, entró medio al galope en el patio de la casa. Margaret rompió los
sellos de la carta apenas le fue entregada y la abrió con manos temblorosas.
Frunció el ceño al ver las emborronadas y mal dispuestas líneas, escritas, en
un súbito y furioso sentimiento, por el propio Robert. Se apresuró a los
cobertizos de las máquinas para decírselo a su tío antes que a nadie. Era
invitada a la celebración de la Navidad en Corvesgeat: una de las escasas cien
personas especialmente invitadas a la fiesta que, si se desarrollaba como otros
años, muy bien podía durar hasta marzo. Su respuesta afirmativa fue puesta en
manos del mensajero cuando éste aún resoplaba de cansancio en la cocina
mientras bebía una jarra de cerveza caliente.
Margaret
fue de nuevo al encuentro de Jesse al día siguiente, antes de marcharse, cuando
los caballos va estaban preparados en el patio. Estaba trabajando como de
costumbre en los cobertizos, colocando por enésima vez la cabeza de un pistón
en su vástago, debajo de una luz azul que se filtraba a través de las ventanas
cubiertas de escarcha. Experimentó un cierto dolor cuando vio los angulosos
rasgos de su rostro, las líneas que se dibujaban en torno a su boca; de pronto
perdió todo deseo de irse, pero él supo ser lo bastante directo.
—Desaparece
—dijo sin contemplaciones— mientras tengas la oportunidad... —Luego rozó su
frente con los labios y le dio una palmadita en el trasero, como solía hacer
cuando era una niña. La acompañó a la puerta, y se quedó despidiéndola con la
mano hasta que desapareció de su vista; entonces se dio la vuelta con una
mueca, se apoyó en un banco y se restregó el costado, un gesto semiinconsciente
para aliviar el dolor. El espasmo pasó, las sombras dejaron de estar teñidas de
rojo; se secó la cara y volvió pesadamente a su trabajo.
Una
escolta la aguardaba en las inmediaciones de Durnovaria. Margaret, embozada
contra el sobrecogedor frío, vio con emoción la tropa de ballesteros que la
rodeaban, los criados a caballo que exploraban la zona de lado a lado en busca
de señales de routiers; evidentemente los Señores de Purbeck no se arriesgaban
a poner en peligro la seguridad de sus invitados. Fue un largo camino; el
viento golpeaba su rostro y sus oídos, mientras los cascos de los caballos
resonaban sobre el duro suelo; la luz empezó a desvanecerse antes de que
pudiera ver el castillo en toda su plenitud, la piedra gris en contraste con el
gris metálico del cielo, todo ello tocado por el fino grano del hielo. En la
parte exterior de la barbacana, el rastrillo estaba bajado; el viento seguía
soplando sobre la gran mole que lo observaba todo con los brillantes ojos de
sus ventanas. El grupo tuvo que esperar; los caballos bufaban y pateaban,
mientras las cadenas crujían y, ante la visión de piedra, se tendía un suelo de
hierro. La excitación había hecho que Margaret olvidara a su tío; se echó a
reír al oír el estampido de la reja cayendo de nuevo a sus espaldas y los
santos y señas de los centinelas. El castillo estaba sitiado también por el
invierno y la oscuridad.
Recordó
los bailes, las charlas y las risas; las misas en la minúscula capilla del
Portal de Corfe, las salidas a caballo por la costa para ver el Canal aplastado
por las tormentas; los fuegos de las chimeneas rugiendo en el gran salón, el
calor de su lecho en las susurrantes noches de viento. Aprendió algo de
cetrería, el pequeño y dócil halcón encajaba perfectamente para el deporte
femenino. Robert se lo regaló, pero ella no lo aceptó: no tenía sitio donde
guardarlo, no disponía ni de jaulas ni de halconeros uniformados que velaran
por sus necesidades. Finalmente el animal escapó, aleteando fuerte y alto, y
ella se sintió contenta: parecía pertenecer al viento.
Robert,
principalmente para impresionar a sus invitados, intentó adiestrar a un águila
dorada, traída a petición suya desde las salvajes montañas de Escocia. En su
primer vuelo, la desdichada ave se refugió en un árbol, y todos los esfuerzos
por sacarla de allí fueron inútiles. Fueron enviados dos sirvientes de la casa
a vigilarla, pero volvieron con las manos vacías: el animal, ignorando los
señuelos, se les había escapado en medio de la creciente oscuridad. Finalmente,
el águila volvió dos noches más tarde, para encaramarse despreocupadamente
sobre una de las torres de la barbacana exterior; y Robert, lanzando mil y una
maldiciones y borracho como una cuba, hizo votos para que aquel hijo pródigo
fuera recibido como se merecía. No había nada mejor que el mortero del
castillo, una pieza antigua que ya ni se sabía cuándo había sido disparada por
última vez; dicho y hecho, en un momento había conseguido la pólvora y la
munición necesarias de la armería. La bala reventó un metro cúbico de
mampostería a un lado de la puerta, casi decapitando al oficial despensero y
llevando al borde de la histeria a una invitada mientras el sorprendido animal,
desequilibrado de su pedestal por la onda del impacto, echó a volar para no
volver a ser visto.
En
la víspera del Año Nuevo, Robert llevó a Margaret de excursión a las alturas de
la antigua muralla. Se detuvieron en la abertura de una tronera, a más de
quinientos pies por encima del páramo, con el viento ardiendo en su cara y
golpeando furiosamente las rocas, y Robert se rió de los fuegos encendidos por
las brujas que se extendían por los alrededores, brillando como ojos en el
horizonte. Un lobo aulló en alguna parte, agudo y estremecedor; Margaret sintió
que un escalofrío recorría todo su cuerpo al oír el antiguo ruido perdido
procedente de la oscuridad. Él vio su reacción y la cubrió con su capa,
permaneciendo detrás de ella, con los brazos rodeando su cintura; ella se
volvió, acercándose más a él, sintiendo el calor y el lento movimiento de sus
manos, hundiendo el rostro en su hombro mientras él le acariciaba el cabello
que caía sobre sus ojos. Deseaba llorar porque el tiempo transcurría demasiado
rápido y porque todas las cosas eran transitorias. Permanecieron una hora allí,
mientras las campanas repicaban en el pueblo y las ventanas abrían rectángulos
amarillos allá a lo lejos al fondo, con los fuegos hundiéndose y
desapareciendo. En más de un calendario había empezado un nuevo año.
Después
de aquello, Margaret visitó Corvesgeat repetidas veces, mientras el invierno se
convertía en primavera, y la primavera en verano. Observó cómo los habitantes
del pueblo bailaban la danza de la víspera del Solsticio de Verano, y cómo
alimentaban un caballo de juguete con unas monedas que sus rotos dientes de
madera no podían sostener. En una ocasión, Robert, con el Bentley en el taller
con un amortiguador delantero aplastado tras alguna juerga, destrozó un coche
mariposa en el pueblo de Lyme, sus nervios estallaron, y cumplió su amenaza de
arrojar el vehículo al mar desde el Golden Cap. Durante todo el año las notas
no dejaron de llegar a Durnovaria, ya fueran llevadas por un soldado o por un
mensajero en sus periódicas rondas. Margaret confundía al futuro señor de
Corfe, quizá le preocupaba un poco. Ella no pertenecía a su sangre; pero
tampoco pensaba como una plebeya, como los siervos que él apartaría de su
camino con un simple bocinazo de su Bentley. Ella no se sonrojaba ni sonreía
tontamente, haciéndose la niña como una mujerzuela de pueblo cuando él le
acariciaba los pechos; era digna y tranquila, y siempre había algo de tristeza
en sus ojos. Por su parte, Margaret tenía la impresión de que existían cosas
inexplicables entre ellos dos, un entendimiento más profundo que las palabras.
A su manera, bajo la tempestuosidad y la indecisión de sus pensamientos, él la
necesitaba; algún día, de una manera formal, le pediría que fuera su esposa.
Se
estremeció, recordando el final de todo un mundo. Fue una noche de agosto; los
grillos entonaban su interminable y monótono cri-cri; el sonido parecía
penetrar en el cerebro y en la sangre, imponiendo su imperiosa extrañeza,
existente e inexistente a la vez. El castillo se alzaba majestuoso en la cálida
oscuridad que lo rodeaba, y en todas partes, en las murallas, en las paredes y
en los patios, allá abajo en el húmedo foso lleno de árboles, las luciérnagas
brillaban como lentejuelas verdes fosforescentes cosidas al negro terciopelo de
la hierba. Cogió una con una mano; resplandecía inmóvil, distante y misteriosa.
Había un olor especial en el aire, cálido y denso: era el sabor de principios
de otoño. Una brisa rozó su rostro; le pareció como una excitante fantasía que
acudía en forma de viento desde un extraño pasado.
Robert
estaba pensativo, silencioso, de un humor que nunca le había visto antes. Había
un fuego encendido en las cocinas, el resplandor se agitaba sobre la piedra,
iluminando la inmensa masa de la torre del homenaje. Motas de ceniza se alzaban
chispeantes en el cielo; él le dijo que eran como las almas de los hombres
moviéndose por el infinito, brillando por un tiempo y desapareciendo luego en
la oscuridad. No estaba utilizando su idioma natal, en su lugar hablaba ahora
un antiguo idioma una charla gutural que ella no sabía que conociera. De hecho
le podía responder; se arrimó más a él, ofreciéndole su apoyo, intentando
reconfortarle. Le habló del castillo.
—Tosco
y áspero cobijo —dijo—, viejo y lúgubre compañero de juegos de tiernos
principitos...
Él
pareció sorprenderse de oírla. Ella se echó a reír, su voz resonó en la noche.
—Es
uno de esos isabelinos menores, tuvimos que aprenderlo en la escuela. Siempre
olvido su título: solía pensar que era bastante bueno.
—¿Cómo
termina?
—Sé
gentil con mis hijos... —Hablaba sintiéndose casi maravillada, consciente por
primera vez del estremecimiento de sus palabras—, pues... es ridículo el pesar
que tus piedras anuncian... el adiós...
Incomprensiblemente,
aquello le enfureció.
—Augurios
—dijo, y escupió—. Eres como un cura en un refugio, murmurando malditos
hechizos...
—Robert...
—Aunque estaba muy cerca de él, se le acercó más. Apoyó su rostro en el del
hombre, con los labios entreabiertos para dejar que su lengua y sus dientes
tocaran su mejilla, intentando alejar la tristeza que había en él, sintiendo
cómo las manos de Robert recorrían su columna vertebral bajo su fino vestido.
Ella le acarició y le besó; los dedos de Robert estaban acostumbrados a ella,
disfrutándola del modo que sus ojos disfrutaban de la fuerte cabeza de un perro
de caza o del vuelo de un halcón de la misma manera que su boca saboreaba la
textura de una comida y de un buen vino. Ella pensó que esta vez era distinto.
Si él se iba ahora, y si ella le dejaba irse, sólo habría un final posible. Y,
¿era eso tan importante, después de todo?
Tragó
saliva y cerró los ojos; y entonces aparecieron por primera vez las vueltas y
los giros, la caída; el sentido de las dimensiones y del tiempo cambió y la
abrumó. Se aferró más fuerte a él, sollozando, con la sensación de que no se
encontraba sobre una superficie sólida sino que estaba siendo arrastrada por un
vacío, perseguida por los colores del mundo, todas las cosas muertas y los
miedos futuros, un puñado de polvo arrastrado por un viento normando. Quizá me
desmaye, pensó. ¿Qué me ocurre?... Intentó agrupar imágenes para llenar la
oscuridad: su padre, Sarah, tío Jesse, la gente que había conocido en la
escuela, incluso la vieja hermana Alicia. Tuvo la confusa sensación de que lo
que deseaba hacer conllevaba algo más que ella misma, su cuerpo y su dolor. Era
ante ellos, ante toda la gente que había conocido, ante quienes debía
responder; por el bien de ellos, su elección tenía que ser correcta. Sintió un
calor sobre su mejilla, y supo que era una lágrima; aunque no supo decir si era
por ella, por Robert o por toda la humanidad. Se acostó con él aquella misma
noche, acudiendo a él una y otra vez, confortándole y siendo confortada, a
veces como una madre, a veces como una niña aislada en la oscuridad: hasta que
incluso su amante se apartó de ella, perdido en un sueño demasiado profundo
para poder alcanzarlo.
La
despertó el senescal de Lord Edward —él, de entre todas las personas—, con la
historia de que Robert había sido convocado para unos asuntos con el Rey, y que
tenía orden de acompañarla a su casa. Ella permaneció inmóvil en la cama, aún
medio aturdida por el sueño; y, lentamente, su rabia creció. Leyó, en aquellos
extraños ojos y en aquella angulosa cara de gato, una cara que curiosamente
nunca podía recordar apenas dejaba de verla, lo que ya sabía en lo más profundo
de su ser. Que el encantamiento, si es que era un encantamiento, ya no existía;
que se había vendido por una hermosa historia, que ahora Robert había recobrado
la razón, que un Señor de Purbeck nunca mezclaría su sangre con la de una
muchacha de su rango y clase social. Echó al senescal, gruñendo y llena de
rabia, se levantó y se miró al espejo, dándose la vuelta para poder contemplar
enteramente su nuevo cuerpo de mujerzuela; se lavó, salpicando furiosamente el
agua por todo el suelo. La cama estaba manchada; tiró de las sábanas con ira, dejándolas
allá para que todo el mundo pudiera verlas. Insultó al senescal cuando fue a
buscarla, lanzando promesas de venganza a sabiendas de que no podría
cumplirlas, ni ella, ni su padre, ni la poderosa firma de Strange e Hijos, con
todo su dinero y poder. Porque no existía una ley en esta tierra, no para los
plebeyos. Ricos y pobres debían mantenerse por igual en su lugar, a capricho de
sus Señores; y los Señores recibían sus feudos de manos del Rey de Inglaterra,
y él se sentaba en su trono por obra y gracia del Trono de Pedro. El mortero,
asomando ominosamente su cañón por entre las puertas; ésa era la ley...
Creyó
ver sonreír a uno de los servidores de la muralla exterior; si hubiera tenido
un arma a mano lo hubiera matado. Se fue cabalgando como el viento, fustigando
su caballo hasta que lo hizo sangrar, haciéndose daño con la silla de montar, y
con el senescal observándola impasible a unos veinte metros de distancia. La
habían sacado del castillo como se sacan las cestas rotas de los trenes de
carretera para ser devueltas a su origen: Mercancía deteriorada, devolver al
remitente... Se dio la vuelta a una milla del castillo, vio que estaba siendo
observada, y maldijo toda la mole que se erguía ante ella. Sus ojos y su rostro
se vieron de nuevo inundados por las lágrimas; pero eran lágrimas de rabia.
—PARA
TI Y PARA TUS DESCENDIENTES ESTÁ PREPARADO EL FUEGO INEXTINGUIBLE; PORQUE TU
ERES EL AUTOR DEL CRIMEN EXECRABLE, TU HAS COMETIDO EL INCESTO... SAL, INFAME,
SAL DE AQUÍ CON TODOS TUS ENGAÑOS... Y HONRA A DIOS. ANTE EL CUAL SE DOBLAN
TODAS LAS RODILLAS...
Está
hablando de mí, pensó angustiada Margaret. El viaje y el castillo eran sólo un
recuerdo; las lágrimas eran reales. Resbalaban por su rostro casi quemando su
piel, empapando su cuello. ¿Es esto lo único que puedes hacer?, le preguntó
silenciosamente al padre Edwards. ¿Atormentar a este viejo con tu pantomima,
mientras yo, la que ha traído el mal y la desgracia a esta casa, permanezco
aquí sentada, libre de toda culpa? Desde luego, le respondió de forma
despectiva su mente. Porque él, al igual que la Iglesia a la que sirve, está
ciego, vacío y desprovisto de todo significado. Este Dios del que parlotean,
¿dónde tiene Su justicia, dónde está Su compasión? ¿Acaso le complace ver a los
moribundos ser perseguidos en Su nombre, se burla de Sus fatuos sacerdotes, o
quizá se siente satisfecho cuando los hombres caen muertos mientras pican la
piedra para Sus templos, en honor a un retorcido y pequeño Dios agonizando con
expresión lánguida sobre una cruz...? Saldré en busca de otros dioses, pensó, y
quizá sean mejores, porque peores ya no pueden serlo. Es posible que aún se
encuentren en el viento, en los páramos y en las viejas colinas grises. Rogaré
por la iluminación de Thunor, la justicia de Wotan y el amor de Baldur; al
menos él dio su sangre riendo, y no mutilado y en medio de un gran dolor como
Cristo, el usurpador...
La
casa tembló y todo se apagó como la llama de una vela en medio de una corriente
de aire. Margaret sintió que estaba cayendo de nuevo, oscilando a través de un
espacio donde las chispas eran como estrellas o luciérnagas iluminadas. Le
pareció, en un momento de intensidad, ver el espectro del castillo de Corfe
junto a ella, como la cara de una calavera, y un poco más lejos el mar
rompiendo sus blancas olas contra las rocas, los imponentes acantilados
envueltos en el susurrante viento: el viento de Dorset, antiguo, frío y
penetrante, que se originaba a millas y millas mar adentro.
La
caída cesó; y Margaret se detuvo y miró a su alrededor, inquieta. Desde el
pasado se había trasladado al futuro, o a algún punto del Tiempo que nunca
había existido y que nunca existiría. Sobre ella había un cielo agitado, y a
cada lado se alzaban columnas de granito, viejas y ásperas, de aspecto
imponente, agrietadas y desgastadas, torturadas por los siglos, llenas de
innumerables agujeros donde se cobijaba el viento. El nubarrón se arremolinó,
pasando de largo; a lo lejos, el viento hervía sobre un círculo de hierba gris.
Más allá sólo volvía a estar la nada, un vacío por el cual hubiera podido
perfectamente dejarse caer, hundiéndose en el extremo del mundo.
Ante
ella, sentado con la espalda apoyada en la columna más alejada, había un
hombre. Su capa de agitaba al viento; su cabello, largo y fino, revoloteaba en
su cráneo. Margaret se llevó las manos a la cabeza. Había visto ese rostro
antes, pero ¿dónde?... Mientras lo observaba fijamente parecía alterarse,
sufriendo constantes mutaciones y cambios convirtiéndose en la cara de mil
hombres, en la de ninguno. En la del viento.
Caminó,
o creyó caminar, hacia él. En el sueño, podía hablar; con las palabras formó
una pregunta. El desconocido se echó a reír. Su voz era fina y aguda, como si
procediera de algún distante lugar.
—Has
invocado a los Antiguos —dijo—. Aquél que invoca a los Antiguos, me invoca a
mí.
Le
indicó que se sentara. Margaret se sentó de cuclillas ante él, notando que el
cabello se agitaba ante su rostro. El viento azotaba aquel extraño lugar, pero
tan pronto como empezó a observar pareció como si repentinamente ya no hubiera
viento alguno, como si ella, las piedras y la hierba sobre la cual apoyaba sus
pies giraran a gran velocidad en medio de una nube marina. La imagen era
vertiginosa, y por un momento cerró los ojos.
—Has
invocado a nuestros dioses —dijo el Antiguo con calma—. Quizá se complazcan en
responderte...
Ahora
acababa de verla, en la piedra que estaba sobre su cabeza: la marca que sabía
tenía que estar allí, el círculo con la imagen inscrita del cangrejo, curiosa e
incomprensible. Con voz apenas audible preguntó:
—¿Eres...
real?
Su
cara reflejó regocijo.
—¿Real?
—dijo—. Define la realidad, y te podré responder. —Agitó una mano—. Observa la
tierra sólida, las rocas, y contempla las galaxias de toda la creación. Lo que
tú llamas realidad se entremezcla; existe un tumulto, un huracán de fuerzas, un
baile de motas de polvo y átomos. A algunos de ellos los llamamos planetas, y
uno de ellos es la Tierra. La nada con la nada envolviendo la nada, eso es la
realidad. Dime lo que deseas y te podré responder.
Se
llevó de nuevo una mano a la frente.
—Estás
intentando confundirme...
—No.
Ella
le lanzó una intensa mirada.
—Entonces
déjame en paz... —dijo, y golpeó impotente la hierba con los puños cerrados—.
Yo no te he hecho nada..., deja de jugar conmigo o lo que sea que estés
haciendo; simplemente vete y déjame sola...
Él
se inclinó, gravemente; y ella se sintió de pronto aterrada al pensar que todo
aquel extraño lugar podía ser borrado de la existencia y ella lanzada de nuevo
a una vida que sabía no podría soportar. Ahora deseó lanzarse hacia él,
aferrarse a su manto del mismo modo que había deseado antes aferrarse al manto
del sacerdote, pero eso era imposible. Intentó hablar de nuevo, y él la detuvo
alzando una mano.
—Escucha
—dijo—, e intenta recordar. No menosprecies tu Iglesia, porque ella posee una
sabiduría más allá de tu entendimiento. No menosprecies sus representaciones,
ya que tienen un propósito que será cumplido. Ella lucha, como nosotros
luchamos, para comprender lo que nunca será comprendido, para comprender lo que
se encuentra más allá de toda comprensión. La Voluntad no puede ser dirigida,
descrita ni medida. —Señaló a su alrededor, a las piedras que les rodeaban—. La
Voluntad es como ellas: yendo a todas partes, viajando infinitamente, volviendo
infinitamente, envolviendo los cielos. La flor crece, la carne se pudre, el sol
se mueve por el firmamento; Baldur muere igual que Cristo, los guerreros luchan
en el exterior de su gran salón del Valhalla y caen, y sangran, y vuelven a
nacer. Todos se hallan dentro de la misma Voluntad, todos están disponibles.
Nosotros nos hallamos dentro de ella; nuestras bocas se abren y se cierran,
nuestros cuerpos se mueven, nuestras voces hablan, y nosotros no somos sus dueños.
La voluntad es infinita; nosotros sólo somos sus herramientas. No menosprecies
a tu Iglesia...
Hubo
más, pero el sentido de las palabras se perdió en el delirio del viento.
Observó el rostro del Antiguo, los labios en movimiento, los extraños ojos
encendidos y reflejando la luz de soles distantes y de otras épocas.
—El
sueño —dijo él finalmente— se está acabando. Si esto es un sueño. El Gran Baile
termina, y otro empezará en su lugar. —Sonrió, y tocó con los dedos la marca
cincelada sobre su cabeza.
—Ayúdame
—dijo ella en una desesperada explosión, rogando—. Por favor...
Él
agitó la cabeza, le pareció como lleno de compasión, observándola del mismo
modo que ella había observado a las luciérnagas aferrándose a la vida, encima
de la hierba.
—Las
hermanas tejen el hilo —dijo—. Lo miden y lo cortan. Es irremediable. Es la
Voluntad...
—Explícame
—dijo ella—. Por favor. ¿Qué me ocurrirá? Tú puedes hacerlo, tienes que
hacerlo. Me lo debes...
La
voz zumbó sobre ella, cortando el viento.
—Está
prohibido... —Los ojos parecieron oscurecerse—. Vigila el sur —dijo—. Habrá
vida para ti procedente del sur, y también habrá muerte. Para todas las
criaturas nacidas de madre, e igualmente para ti. Habrá felicidad y esperanza;
habrá miedo y dolor. El resto permanece oculto; el resto es la Voluntad...
—¡Pero
esto no me sirve de nada, no me has dicho nada...! —gritó ella. Pero era
inútil; el hombre y las piedras estaban desapareciendo, disminuyendo de tamaño,
al tiempo que ella era arrastrada hacia atrás y lejos de allí. Por un instante
pareció que el rostro del Antiguo brillara como el bronce, lleno de gloria,
hasta que le pareció ver al Cristo, o a Baldur en su majestuosidad, observando
a través de las nubes; entonces su imagen se oscureció, se convirtió en una
sombra oscura entre las sombras de las piedras, se concentró en un solo punto y
desapareció.
—Y
AHORA, PUES, PUEDES IRTE, TU MORADA ES LA SOLEDAD, TU RESIDENCIA LA DE LA
SERPIENTE; AHORA Y A NO DEBE HABER RETRASO ALGUNO... CONTEMPLA AL SEÑOR QUE SE
ACERCA CON RAPIDEZ, Y SU FUEGO BRILLARÁ ANTE ÉL, PORQUE AUNQUE HAS ENGAÑADO AL
HOMBRE, PIENSA QUE NO PODRÁS REÍRTE DE TU SEÑOR...
ȃL,
AQUÉL QUE HA PREPARADO LAS LLAMAS ETERNAS PARA TI Y TUS ÁNGELES, ABOMINA DE TI:
AQUÉL DE CUYA BOCA BROTARÁ LA AFILADA ESPADA, AQUÉL QUE VENDRÁ A JUZGAR A LOS
VIVOS Y A LOS MUERTOS Y AL MUNDO A TRAVÉS DEL FUEGO...
Todo
había terminado; y Margaret observó los rostros y las manos de las demás
personas y se dio cuenta de todo. La habitación estaba en calma de nuevo.
Siguió
observando hasta mucho después de que todos los demás se hubieron ido, con el
padre Edwards sentado al lado de la cama y la enfermera de pie junto al
enfermo, oyéndole respirar lenta y cansadamente, pero ya sin esfuerzo. Se
detuvo de pie ante la ventana, con los brazos cruzados, sintiendo cómo el aire
de la noche acariciaba su rostro, observando la extensión de los páramos por
encima de los tejados de las casas, confundiéndose con la fina y pálida línea
del horizonte en dirección al sur. Veía con la claridad de una alucinación a
Robert fustigando su caballo y gritando como un loco, insultando a todas las
mujeres y mandándolas más allá del infierno, cabalgando tras ella para llevarla
de nuevo a sus dominios. Los labios de Margaret esbozaron por un instante una
sonrisa. Pues la flor crece, la carne se pudre, el sol se mueve por el
firmamento, y nosotros obedecemos a la Voluntad... Frunció el ceño y forzó su
memoria, pero no pudo recordar dónde había oído aquellas palabras.
Jesse
Strange murió al amanecer; el padre rezó una oración, y colocó la sagrada
hostia sobre su lengua. Y a la cruda luz del día, la enfermera apartó las
sábanas y contó los cánceres que afloraban como azulados puños en la pálida
piel del viejo.
Quinto
Compás
LA
BARCA BLANCA
Becky
siempre había vivido en la cabaña que daba a la bahía.
La
bahía era negra; negra porque en aquel lugar una veta de roca que era casi
carbón puro brotó del agua y fue ganando terreno poco a poco, cada año un trozo
más, rompiendo el esquisto fosilizado hasta convertirlo en una fina arenilla
oscura, que extendió por toda la playa y por los gibosos e inclinados
promontorios. La hierba había tomado su color, y también las pequeñas casas que
se alzaban irregulares, brillando en el agua; las barcas y los muelles eran
oscuros, y también las zarzas y los enebros; incluso las liebres que saltaban
por entre los senderos de la ensenada en las tardes de verano parecían tener
algo de aquel color oscuro. Todos los caminos eran inclinados por aquella
parte, como si dieran un vuelco en una subida y se hundieran finalmente en el
mar; toda la zona parecía lista para resbalar y caer con un ruido sordo en el
océano.
Fue
una tarde de verano cuando Becky vio por primera vez la Barca Blanca. Había
sido enviada, en la pequeña barquichuela que era la única posesión de su padre,
a recoger la pesca de las jaulas para langostas que habían sido colocadas a lo
largo de la orilla. Trabajaba metódicamente, remando a lo largo de la oscilante
hilera de boyas; las cestas que había depositadas en el fondo de la barca
estaban todas llenas, los grandes crustáceos eran negros y de color gris
pizarra como los arrecifes, y chasqueaban y agitaban sus irritadas pinzas.
Becky las contempló pensativa. Una buena pesca: la familia se alimentaría bien
durante la próxima semana.
Sacó
la última jaula del agua, notando el tirón y la fuerza de la suave marea.
Estaba vacía, excepto los restos grises y blancos de la carnada. Volvió a
soltar la cesta embreada, apoyándose sobre la borda para ver su fantasmagórico
contorno desaparecer entre el confuso verde de debajo de la quilla. Se sentó,
notando los pequeños pinchazos de dolor que se extendían por sus hombros y
brazos, entrecerrando los ojos en medio de la bruma del atardecer producida por
el sol. Y entonces vio la Barca.
Sólo
que no sabía entonces que su nombre era la Barca Blanca.
Se
acercaba rápida y tranquila, con la proa hendiendo el mar, alzando una
brillante cresta de espuma. La vela mayor recogida, el foque alto hinchado en
la ligera brisa. La llamada de la tripulación llegó clara y suave a través del
aire. El instinto hizo que la muchacha se apartara de ella, empujando los
remos, deslizando su pequeño cascarón hasta el cobijo de tierra firme. Dejó la
barquita en los Arrecifes, una dársena natural de piedra que se adentraba en el
mar, saltó a tierra con su andrajoso vestido mostrando sus largas y morenas
piernas, empapándose en su prisa por sacar la embarcación y amarrarla.
Raras
veces entraban barcas en la bahía. Los botes de pesca eran bastante corrientes,
las embarcaciones rechonchas y de sentina redonda, pero esa barca era distinta.
Becky la observó cautelosamente mientras lanzaba el ancla en la pálida y rizada
coraza del océano: era larga y esbelta, con la cubierta bien provista, una
embarcación de regatas; su alto mástil, con los botalones completamente
extendidos, se inclinaba ligeramente, como un lápiz apuntando al cielo gris.
Mientras observaba, lanzaron un esquife al agua; vio como un hombre bajaba a él
para colocar el fuera borda. Becky trepó hasta subir un poco más por el
acantilado, arrastrando la pesada cesta con la pesca; se agachó como una liebre
tras unos arbustos, observando de nuevo lo que ocurría, con sus grandes ojos
marrones muy abiertos. Vio unas luces procedentes de la cabina del yate; se
reflejaron en el agua, formando vacilantes líneas amarillas. El resplandor
brilló por un instante y se desvaneció cuando ella se marchó.
Aquél
era un lugar salvaje y triste. Una lobreguez interminable parecía cernerse
sobre los acantilados; una lobreguez, o algo peor. Un enigma, la sombra de un
antiguo pecado. Fue aquí donde vino una vez un gran sacerdote loco, y llamó a
las olas, al viento y al agua para que testimoniaran su locura. Becky había
oído muchas veces la historia mientras descansaba sobre las rodillas de su
madre: cómo el hombre había tomado una embarcación y había salido al encuentro
de su muerte, y cómo el pueblo rebosó después de soldados y sacerdotes que
vinieron a exorcizar, a quejarse y a interrogar a los habitantes del lugar
respecto a su intervención en la rebelión armada. No quedaron muy satisfechos,
y la región había terminado calmándose al cabo de un tiempo, mientras los
vientos iban y venían y las embarcaciones eran sacadas, embreadas y vueltas a
botar al agua. Las olas seguían indiferentes, y también el viento. Las rocas no
sabían, ni les importaba, quién era su dueño, si el Vicario de Cristo o un Rey
inglés.
Becky
llegó tarde a casa aquella noche; su padre se quejó y grito como un animal,
amenazando con pegarle, acusándola de extraños crímenes. A ella le encantaba
sentarse en los Arrecifes, nadie lo sabía mejor que él; sentarse y acariciar
los fósiles que se mostraban como retorcidos muelles sobre la roca, sentir la
brisa del mar, observar los vaivenes del agua y el chocar de las olas, y perder
el sentido del tiempo. Y todo ello con bebés que alimentar, comidas que
preparar y una casa que limpiar, aparte cuidarle a él y a su esposa enferma. La
muchacha era una inútil, holgazana hasta la médula. Dándose aires de grandeza,
pasando todo el tiempo sin hacer nada de provecho; quizás aquello estuviera
bien para la gente rica de Londinium, pero él tenía que ganarse la vida.
Pero
nadie pegó a Becky. Ni ella habló de la Barca.
Aquella
noche permaneció despierta, cansada pero incapaz de dormir oyendo como su madre
tosía, viendo entre las cortinas echadas el fino prisma color turquesa del
cielo nocturno; lo vio palidecer con la llegada del alba, un planeta encendido
como una chispa antes de ser tragado por el sol naciente. Podía oírse un leve
susurro en toda la casa, suave, casi como el sonido de la sangre en los oídos.
Un lento y lejano jadeo, una respiración; el vago e inmemorial ruido del mar.
Si
la Barca seguía en la bahía, no hacía el menor ruido; y por la mañana ya había
desaparecido. Becky fue a pasear hasta el mar al atardecer, caminó descalza por
entre los trozos de rocas amontonados que formaban la orilla, oliendo el viejo
y áspero perfume de la sal, oyendo como el agua batía y murmuraba mientras
desde lo alto le llegaba el incesante y siniestro gotear del acantilado. En su
consciencia se deslizó, quizá por primera vez, la sensación de soledad; una
opresión nacida en las suaves extensiones del agua de verano, la alta oscuridad
de los promontorios, los dos dedos de los arrecifes de piedra que penetraban en
el mar. Vio, no por primera vez, cómo los Arrecifes se curvaban, obedientes al
parecer a algún plan cósmico, formando crestas de piedra que ascendían por la
oscura playa, rizándose a lo lejos por entre los estratos descendentes de los
acantilados, llenos de los signos y fantasmas de otra vida, las amonitas que
ella coleccionaba de niña, hasta que el padre Antony la riñó y le dijo en una
ocasión —y eso tenía que ser más que suficiente— que si Dios creó las rocas en
siete días, entonces también creó aquellas marcas en ellas. Becky estaba
rozando la herejía, había cosas que no debían olvidarse. Se quedó pensativa,
agitando los pies en el agua, sintiendo la fina arena deslizarse entre sus
dedos. Tenía catorce años, liviana y morena, con un atisbo de senos apuntando
bajo su vestido.
Transcurrieron
meses antes de que volviera a ver la Barca de nuevo. Había transcurrido todo un
invierno, ruidoso y gris; el viento golpeaba los acantilados, arrancando
pedazos de roca ámbar y enviándolos con furia hasta la playa. Becky caminaba
por la bahía en aquellos cortos e intensos días, buscando maderas arrastradas
por el agua, desperdicios o restos de algún barco naufragado, carbón del mar
que poder quemar. Observaba el agua una y otra vez, con su cara oscura y
delgada y sus brillantes y atentos ojos, buscando algo que no podía comprender
sobre la superficie del mar. Con la primavera, la Barca Blanca volvió.
Era
una tarde de abril, casi mayo. Algo hizo que Becky dejara momentáneamente a un
lado su trabajo, la periódica tarea de izar las grandes cajas negras, colocando
los animales en las cestas que tenía preparadas. Mientras, la Barca Blanca
llegó furtivamente de entre las sombras, guiada por un pequeño motor y
creciendo desde la inmensidad del agua.
—¡Ah
de la barca...!
Becky
se puso en pie sobre su barquichuela y se quedó mirando fijamente. Tras ella,
los arrecifes de la bocana se alzaban lentamente con el vaivén del mar, y ante
ella la Barca, alta y amenazadora en su proximidad, la blanca proa cortando el
agua, alzaba una fina capa de espuma que se deslizaba hacia atrás para perderse
finalmente en la oscuridad. Fue muy consciente, de forma casi dolorosa, de las
tablas que había bajo sus pies desnudos y del oscilar del sucio vestido sobre
sus rodillas. La Barca enfiló hacia delante, con la áspera silueta de un hombre
en su proa, agarrado con una mano a la barandilla mientras agitaba la otra y
gritaba:
—¡Ah
de la barca...!
Becky
vio la vela mayor recogida y plegada en su botavara, la complicación de las
brazolas, las escotillas y las jarcias de la cabina; al encontrarse cerca, casi
se sorprendió de que la pintura de la Barca Blanca pudiera estar seca y
cuarteada en algunos lugares y los foques desgastados. Era como si la Barca no
hubiera sido más que una visión o un sueño, carente de peso y sustancia.
La
barquichuela golpeó la otra embarcación, escorando peligrosamente; Becky se
tambaleó y se agarró a la alta borda; sus manos se cerraron primero con fuerza,
se afianzaron después; el gran mástil de acero pasó por encima de su cabeza,
intimidante, al tiempo que la Barca Blanca derivaba con lentitud, arrastrada
por la marea.
—Con
cuidado... —y luego—. ¿Qué es lo que vendes, jovencita?
En
alguna parte se oyó el murmullo de una risa. Becky tragó saliva y alzó la
vista. Los hombres se agolpaban en la barandilla, formas oscuras a la luz del
atardecer.
—Langostas,
señor. Buenas langostas...
Su
padre estaría contento. ¿Qué había de malo en venderles pescado tras casi ser
abordada por la popa, y además a buen precio? Ya no tendría que regatear con
maese Smythe arriba en el pueblo, ni esperar a que los transportistas vinieran
en busca del género. Las pagaron bien, dejando caer auténticas monedas de oro
en la cubierta de la embarcación, riendo estentóreamente cuando tuvo que
agacharse para recogerlas en medio del agua que había entrado, y riéndose de
nuevo cuando se tambaleó al levantarse; la despidieron mientras se alejaba de
vuelta a la bahía, remando. Se llevó consigo el recuerdo de sus voces, ásperas
y agudas. Nunca creyó que la tierra apareciera con tanta rapidez, la
barquichuela llegó con facilidad a la playa. Echó a correr hacia casa llevando
lo que le había quedado de la pesca y el dinero fuertemente apretado en una
mano; se dio la vuelta justo en el momento en que la Barca Blanca giraba a lo
lejos en plena oscuridad, y ovó el ruido y la sacudida del ancla al caer al
agua y hundirse. Ya había luces en cubierta, intensos puntos que resplandecían
como un enjambre de ojos; los aparejos de la embarcación se veían oscuros, un
adorno colocado sobre el suave vaivén gris plateado del agua.
Su
padre la maldijo por haber vendido la pesca. Ella se lo quedó mirando con aire
de sorpresa.
—Los
bermudanos... —Escupió, se dirigió torpemente a la cocina para meter los platos
sucios en el fregadero, accionó irritado la manivela de la alta y vieja bomba
de agua—. Apártate de ellos...
—Pero
pa...
Se
volvió, con la cara negra de rabia.
—Te
he dicho que te apartes de ellos: no hay más que hablar...
El
rostro de Becky había adquirido ya la habilidad de congelarse, convirtiéndose
en la copia de un oscuro gato esculpido. Ocultó los ojos, mirando fijamente su
plato. Oyó, en la habitación de arriba, la desgarradora tos de su madre. A la
mañana siguiente encontraría manchas rojizas sobre las sábanas, estaba segura
de ello. Apoyó un pie detrás del otro, acariciando con los dedos el contorno de
la sucia pantorrilla, y trató cuidadosamente de no pensar en nada.
El
contacto, pese a lo poco convincente que había sido, sirvió durante las semanas
siguientes para absorber la atención de Becky; el extraño vate empezaba a
obsesionarla. Veía la Barca Blanca incluso en sueños; en sus fantasías creía
volar, avanzando por el viento como las grandes gaviotas que cazaban en las
playas y los promontorios. Por la mañana los acantilados resonaban con su
sonido; a los oídos de Becky, aún llenos de sueño, los gritos de los pájaros se
multiplicaban con el rechinar de las cuerdas y el ruido de los trinquetes de
los carretes de escota. A veces, en estas ocasiones, los promontorios parecían
agitarse levemente y moverse con el mar, aturdiendo los sentidos. Becky se
agachaba, se frotaba los brazos y se estremecía, esperando que la fascinación
desapareciera dejando paso bruscamente a una preocupación por la muerte; hasta
que los curiosos ritmos y pasiones llegaron a su culminación, dio un paso atrás
sobre el filo de un cuchillo, vuelto hacia arriba sobre el suelo de la barca, y
la impresión del corte y la sangre la convirtieron instantáneamente en una
mujer. Se lavó la herida, gimoteando. Nadie la había visto; guardó el secreto
para sí, dentro de su delgado cuerpo, del mismo modo que guardaba todos sus
secretos, pensamientos y sueños.
Una
vez hubo una boda en la pequeña iglesia negra del pueblecito negro. En esa
época Becky se dio cuenta, de una forma vaga, de que la gente también había
adoptado el color del lugar: un tizne invisible, transportado por el aire, los
había cambiado a todos. Las fantasías tomaron nuevas y más siniestras formas;
en una ocasión soñó que veía a los habitantes del pueblo, a sus padres y a toda
la gente que conocía, mezclándose caóticamente en el paisaje hasta que los
acantilados se convirtieron en cuerpos, huesos y viejas manos implorantes, en
dientes, ojos y ancestrales frentes que se desmoronaban. En ocasiones llegó a
temerle a la bahía; pero siempre acababa por atraparle con su magnetismo. No se
podía decir que estuviera pensando, sentada allí a solas con sus fantasías;
sentía vívidamente cosas que no podían llegar a comprenderse con facilidad.
Cortó
su negro cabello, sentada perpleja delante de un espejo medio roto y manchado,
girando la cabeza hacia uno y otro lado, cortando y recortando hasta parecer
casi un muchacho, uno de los salvajes muchachos pescadores de la costa. Alisó y
peinó el resultado final mientras sus grandes ojos llenos de lágrimas
observaban la incierta imagen reflejada. Creyó percibir una trampa a su
alrededor, con los barrotes negros y gruesos como los de las jaulas de las
langostas que ella utilizaba. Su mundo estaba rodeado de tierra, envuelto por
los promontorios que cerraban la bahía, por la voz del sacerdote y los pasos de
su padre. Sólo la Barca Blanca era libre; y volvería, brillando y
resplandeciendo en su mente, turbadora. Durante los críticos acontecimientos de
su adolescencia, después del terror del derramamiento de su sangre, la Barca
pareció haber tomado una parte de ella. La había visto surgir casi como de
debajo del brillante y misterioso horizonte, y de algún modo podía entenderla.
Becky
mantenía su cita con el vate, día tras día, observando desde los enredados
zarzales por encima de la bahía.
El
mismo mar la arrastraba ahora hacia él. Durante las noches, o en las tempranas
mañanas teñidas de gris metálico, se quitaba el blusón por encima de su cabeza
y se metía en el agua helada, dejándose mecer y acariciar por el suave oleaje.
En tales ocasiones parecía como si la bahía acudiera a ella con un tropel de
augurios, las ondeantes alturas de los promontorios, grises bajo los extensos
espacios de aire; era como si su desnudez le trajera la fuerza del lugar, como
si pudiera moverse rápidamente a su alrededor, atraparla y envolverla. Salía
precipitadamente del agua y volvía a vestirse; el encogimiento de su húmedo
cuerpo bajo la ropa constituía un gran placer, los acantilados se alejaban y
recuperaban su frialdad y perspectiva. Volvían a ser seguros una vez más.
Además,
sin proponérselo, estaba aprendiendo a nadar.
En
sí, esto era un misterio. Sintió instintivamente que su padre y la iglesia no
lo aprobarían. Evitaba al padre Antony; pero los ojos de las imágenes y el gran
Cristo sobre el altar aún seguían pendientes de ella durante los servicios,
observándola y acusándola. Nadando entregaba su cuerpo, vagamente, al posible
asalto, penetrando en una relación mística con la Barca Blanca, que también
nadaba. Necesitaba sentirse elevada por el sombrío reconocimiento del mar.
Experimentó una curiosa confusión, una sensación demasiado carente de forma
para ser categorizada como algo más aterrador y al mismo tiempo seductor. El
confesionario estaba cerrado para ella; caminaba sola, cuidadosamente, en medio
de un mundo de sombras y de quebradizo cristal. Ahora evitaba todos los
contactos, las presiones, las gratificaciones accidentales de su cuerpo que
llegaban casi con naturalidad, simplemente caminando, moviéndose y trabajando.
Deseaba, de modo desorganizado, proscribir al menos una dudosa área del mal,
reducir la amenaza que ella misma había buscado y que ahora, a su vez, la
estaba buscando a ella.
La
idea parecía haber llegado por su propia voluntad, sin ser buscada ni deseada.
Creció lentamente en ella, mientras observaba el vate que se balanceaba ante
sus ojos anclado en el oscuro misterio del agua, el conocimiento de que
únicamente la Barca Blanca podía salvarla de sí misma. Únicamente la Barca
podía volar, salvando los dos promontorios de hierro, idénticos y apuntando
hacia un mundo más amplio. ¿De dónde procedía? ¿Dónde se desvanecía tan
misteriosamente, de dónde volvía?
El
sacerdote pronunció unas palabras sobre la tumba de su madre. Dios observaba la
escena desde lo alto del cielo. Pero Becky sabía que la tierra la apretaría más
y más, convirtiéndola en un carbón más negro.
La
Barca regresó.
Ahora
se sentía atemorizada e insegura. Antes, con la fe menos alborotada de la
infancia, no se lo había cuestionado. La Barca se había ido, y la Barca
volvería. Ahora sabía que todas las cosas cambian y que el Cambio es para
siempre. Un día la Barca se marcharía y ya no volvería nunca más.
Había
pasado del conocimiento del mal a la indiferencia; sólo por ello y a se sentía
condenada.
Lo
que había ensayado y soñado se mezcló tanto con la realidad que vivió otro
sueño. Se levantó silenciosamente en la negra casa, oyendo la metálica tos de
un niño. Sus manos temblaban mientras se vestía; en su cuerpo había una rápida
y violenta vibración, como si alguna fuerza eléctrica ejerciera un control
sobre ella y la guiara sin su voluntad. La sensación, y los descontrolados
latidos de su corazón, parecieron apartarla parcialmente de la realidad
terrena; formas de objetos familiares, respaldos de sillas, mesillas de
tocadores, el picaporte de una puerta, parecían vagos y ambiguos bajo las yemas
de sus dedos. Abrió cuidadosamente la aldaba, sin respirar, escuchando y
observando en la oscuridad. Era como si se hubiese trasladado desde uno a otro
punto a un ritmo constante, incapaz de titubear ni detenerse. Sabía que
acabaría por ir a la bahía, y observaría cómo la Barca levaría anclas y se
iría; su mente, complicada, reservaba debajo de la imagen otras que serían
presentadas cuando fuera preciso, formando una secuencia hacia un fin no
imaginado.
El
pueblo era negro, sin luz y muerto; el aire soplaba libremente sobre su rostro
y brazos, una corriente de húmedo vapor que era casi como una lluvia, El cielo
parecía presionar sobre ella como una masa sólida, oscuro como la pez, excepto
hacia el este, donde una franja gris metálico poco profunda mostraba hacia lo
alto el lugar donde empezaba a amanecer, Plantada en medio del cielo, la torre
de la iglesia se alzaba negra y remota, sosteniendo rígidamente sus maltrechas
orejas de gárgola.
En
el centro de la bahía, un somero arroyo llevaba hasta la playa un riachuelo
procedente de los lejanos estanques de Luckford. Un puente de tablas de madera
con una sola barandilla se extendía sobre el arroyo; los peldaños que llevaban
hasta el puente eran pequeños y resbaladizos. En una ocasión, Becky resbaló
sobre una piedra redonda, y en otra sintió bajo su pie el rápido movimiento de
un gusano Cruzó el puente, oyendo el chapoteo del agua; un gatear sobre la
piedra mojada y la bahía pareció abrirse más adelante, apenas visible, una
inmensidad sombría y gris. Sobre ella, flotando en un espejo medio escondido,
el fantasma aún más gris de la Barca. Cruzó la playa, sus pies se hundieron en
la arena, se sintió torpe al no poder moverse libremente. El agua le llegaba ya
hasta las pantorrillas, casi sin que se diera cuenta; ante ella oyó una leve
llamada, el seco tonk tonk tonk de un cabrestante.
La
lluvia salpicaba el viento del amanecer, mojando su cabello. Siguió adelante,
todavía con la misma descuidada firmeza. El arrecife rocoso, el rompeolas,
tenía una leve inclinación, con el agua golpeando y formando nubes de espuma
allá donde se encaraba al mar. Avanzó torpemente junto a las rocas, mojada
hasta la cintura y con los pies enredados en marañas de algas. Pronto se
encontró nadando en la amplia y fría locura del agua. A medida que la tierra se
alejaba se sumió en una especie de movimiento rítmico, medio hipnótico; parecía
como si estuviera siguiendo a la Barca Blanca, incansablemente, hasta el fin
del mundo. Ni tan siquiera sentía los crecientes dolores en sus hombros y
brazos: no eran importantes. Más adelante, entre los oscuros senos de las olas,
la sombra de la embarcación se veía alterada, escorzándose a medida que ella se
volvía para hacer frente al mar, Sobresaliendo por encima del casco había una
sombra más alta, el foque.
A
Becky le pareció un accidente el estar allí, y que el mar fuera tan profundo, y
que los acantilados fueran tan altos, y que la Barca estuviera tan lejos. Hizo
una inspiración en el agua, adormecida; pero la primera bayoneta que se clavó
en sus pulmones inició algo parecido a un orgasmo; gritó, se arqueó y se
convulsionó. Sintió que el frío se cerraba instantáneamente sobre su cabeza,
gritó y luchó desesperadamente por una bocanada de aire.
Oyó
voces, una confusión de sonidos y órdenes; la silueta de la Barca cambió de
nuevo mientras ella se daba la vuelta hacia el viento.
Había
una multitud de manos sobre sus hombros y brazos; algo sujetó su vestido, la
tela se rompió y ella cayó de nuevo, engullida por el mar. Se revolvió, en
medio de una confusión de gris y negro, blanco de espuma y rojo brillante. Fue
sacada de un tirón y depositada sobre una cubierta mojada; permaneció tendida
allí, sintiendo la suavidad de la madera bajo su boca. Las voces brotaron a su
alrededor, parecidas al oleaje del mar en su incesante ir y venir.
—Es
la misma...
—Maldita
muchacha pescadora...
Las
palabras retumbaron innecesariamente en sus oídos; luego se alejaron poco a
poco. Permaneció quieta y jadeante; el agua brotaba por todas partes de su
cuerpo. Intuyó, a seis pies bajo ella, el grisáceo movimiento del mar. No se
movió; estaba entumecida, sabía que había hecho algo terrible.
Fueron
a buscarle una manta y la envolvieron con ella. Se incorporó y expulsó un poco
más de agua, mientras oía cómo crujían las cuerdas y el mar agitaba la
embarcación. Su mente parecía disociada de su cuerpo, algo frío y gris que
había visto cómo la otra Becky tragaba agua y se ahogaba. Era vagamente
consciente de las preguntas; apretó el áspero tejido contra su garganta y agitó
la cabeza de nuevo, irritada ahora consigo misma y con la gente a su alrededor.
Aquel movimiento fue el desencadenante de una terrible náusea; sintió como la
alzaban, y atrapó un último resplandor de la negra franja costera, muy a lo
lejos, mientras la embarcación se inclinaba hacia el viento. Uno de sus pies se
enganchó con el lado de una escotilla justo cuando la bajaban; el dolor estalló
en su cerebro, luego disminuyó rápidamente. A su alrededor se sucedía un
laberinto de imágenes inconexas: unos listones blancos sobre su cabeza, unas
manos trabajando con su manta y su vestido. Frunció el ceño y murmuró algo,
intentando ordenar sus ideas; pero las imágenes se desvanecieron, una a una, en
un mundo gris y silencioso.
Permaneció
echada, acurrucada en las mantas, sin deseos de abrir los ojos. Se tendría que
mover pronto, bajar y encender el fogón, poner el bote de gachas a calentar
para el desayuno. La casa se movía lenta e incongruente a su alrededor,
temblando como algo vivo; el agua pasaba ruidosa por debajo de los aleros del
techo. La imagen-sueño persistía, se negaba tercamente a desaparecer. Agitó la
cabeza sobre la almohada, refunfuñando, y finalmente consiguió liberar una de
sus manos para tocarse el pelo, todavía pegajoso por la sal del mar. Sus dedos
fueron descendiendo, descubriendo su desnudez. Eso era un pecado, meterse en la
cama sin ropa. Gruñó y se arropó, venciendo los sueños con el sueño.
El
agua producía mil ruidos en la cabina. Murmurando y riendo, arañando y
golpeando los costados de la Barca Blanca. Los ojos de Becky se abrieron de
golpe, con una señal de repentina alarma. Con el despertar vino el recuerdo, y
un pánico estremecedor. Se incorporó de un salto y se golpeó la cabeza contra
el techo, dos pies más arriba. Se la frotó, aturdida, viendo los reflejos del
sol juguetear sobre el bajo techo, las explosiones, destellos y mezclas de luz.
La cabina estaba sumida en un sutil movimiento; vio un brillante impermeable
amarillo que se mecía levemente, colgado del clavo que lo sostenía. Las
perspectivas parecían equivocadas; se descubrió apretándose contra una tabla de
madera de seis pulgadas que servía de barandilla para impedir que cayera de la
litera donde se encontraba.
El
muchacho la estaba observando, sujetándose sin dificultad a un montante. Los
ojos que brillaban encima de la mata de pelo de su barba eran agudos e
intensos, y además se estaban riendo.
—Arréglate
un poco —dijo—. El patrón quiere verte. Sube a cubierta. ¿Te encuentras bien
ahora?
—Ella
lo miró con ojos enfurecidos.
—Sí,
te encuentras bien —dijo él—. Simplemente vístete. Todo irá bien.
Supo
de inmediato que el sueño o la pesadilla era real.
Los
pequeños detalles la confundían. Los lazos que sostenían la tabla de la litera:
tuvo que tirar y empujar de ellos, y aún así no se desataron. Balanceó las
piernas experimentalmente. El aire pasó por todo su cuerpo; agarró las mantas,
saltó de un golpe, cayó y perdió las mantas de nuevo. Habían dejado algo de
ropa para ella, unos pantalones y un viejo jersey. La cogió, jadeante. Sus
dedos se negaban a obedecerla, resbalaban y temblaban; pareció transcurrir una
eternidad antes de que pudiera obligar a sus piernas a meterse en las perneras
de sus pantalones.
La
escalera de la cámara pareció apartarse, lanzándola entre botes y cazos. Se
agarró a los peldaños, oponiéndose al gran peso de la embarcación, y se izó
hasta cubierta, para ser recibida por la intensa luz del sol. No había tierra a
la vista. Sólo una mancha, tremendamente lejana sobre la verde extensión del
mar. Retrocedió instintivamente, entornando los ojos; el muchacho que había
hablado con ella la ayudó de nuevo.
El
patrón permanecía sentado e inmóvil, como sacado de la imagen de un botón de
oro de un impermeable amarillo, el rostro delgado y los ojos grises mirando más
allá de donde ella estaba, por encima de la cubierta de la Barca, Sobre él se
desplegaba la enorme y firme curvatura de las velas; detrás, la tripulación,
agrupada a popa, la observaba absorta, Vio bocas barbudas sonriendo; bajó los
ojos, cruzó los dedos sobre su regazo.
Ante
aquella gente se sentía como torpe. Se sentó en silencio, sin apenas moverse,
observando cómo sus dedos se entrecruzaban y se movían, consciente de la
proximidad del agua y de la tremenda velocidad de la embarcación, La
conversación fue poco satisfactoria; el patrón observaba la brújula, con un
brazo apoyado maquinalmente sobre la caña del timón, escuchándola con lo que
parecía ser una mínima parte de su mente, Las caras sonreían con curiosas
muecas, expresiones curtidas por el mar y despreocupadas. Ella se había
introducido en sus vidas; deberían odiarla por ello, pero se estaban riendo.
Quería morir.
Estaba
llorando.
Alguien
pasó un brazo por encima de sus hombros. Se dio cuenta de sus propios
temblores. Fueron a buscarle un impermeable y se lo echaron por encima, Sintió
que el duro y sus orejas. Debía ir con ellos, no cuello rozaba su pelo podían
dar la vuelta, eso al menos sí lo entendía. Era eso precisamente lo que más
había deseado, hacía ya una vida. Ahora deseaba la cocina de su padre, su
propia habitación otra vez, Metida en una embarcación, atrapada en un angosto
mundo masculino y ordenado, se sentía inútil. La indiferencia de todos ellos
hizo que de sus ojos brotaran lágrimas de rabia; su amabilidad la asqueaba.
Intentó ayudarles en la pequeña cocina, pero incluso las comidas que preparaban
le eran extrañas; había complicaciones, matices, condimentos que ella nunca
había visto. La Barca Blanca la había derrotado.
Se
apartó lentamente de los demás, sujetándose con un brazo alrededor del metal de
la base del mástil y oyendo las altas drizas moverse y agitarse, viendo la proa
alzarse, caer y golpear el mar. Soplaba un viento seco y húmedo; sus pies,
descalzos sobre cubierta, se helaron casi de inmediato. El frío se extendió por
el impermeable, y pronto se encontró tiritando mientras las sombras de las
nubes eclipsaban la barca, oscureciendo el verde claro del mar. El sueño se
esfumó, difuminado por el viento; la Barca Blanca era algo duro, brutal e
inmenso, demoledor en el agua, Podía hacer funcionar la pequeña brújula de
concha de su padre en medio de las mareas y de las corrientes de la costa, pero
aquí se sentía torpe y como un estorbo. Se movió desesperada de un lado para
otro una docena de veces mientras la tripulación se apresuraba a hacerse cargo
de la complicación de las cuerdas. Los avisos le decían poco: alerta para virar
a bordo; dejad las velas al viento, luego el estruendo del foque, las
apresuradas carreras de los pies sobre los tablones, al tiempo que la Barca
Blanca emergía tras cada nuevo viraje. Cambió el ángulo de su superficie y
también varió la orientación del sol, las sombras de las nubes y el punzante
ataque de las gotas de agua. El horizonte se convirtió en una nueva colina,
inclinándose alto a lo lejos; Becky observó la agitación del mar allá donde
antes había visto el cielo.
Le
dieron de comer, pero ella lo rechazó. Estaba de mal humor; y lo que era peor,
estaba enferma. Necesitaba con desesperación su casa y su bahía, un casi
extático anhelo de solidez, de cosas que no se mecieran ni se movieran. Pero
todo esto estaba perdido para siempre; sólo quedaba el estruendoso verde del
agua, fundiéndose ahora en un gris más y más profundo a medida que las nubes se
espesaban ante el sol, el incesante repiqueteo de las cuerdas, los retortijones
en la agitada boca de su estómago.
Le
ofrecieron el timón, a última hora de la tarde. Ella lo rechazó. La Barca
Blanca había sido un sueño; la realidad lo estaba matando.
Había
un pequeño aseo, en un lugar demasiado bajo para poder permanecer de pie. Cerró
la tapa y bombeó el agua, viendo su contenido pasar con rapidez a través del
tubo de cristal curvado. El mar abrió su estómago, haciendo brotar su primera
comida en forma de una masa brillante, semilíquida y pegajosa que cubrió su
barbilla. Se secó y escupió, bombeó agua de nuevo, y otra vez se mareó, hasta
que en los costados de su pecho apareció un leve dolor y su cabeza vibró al
ritmo de las olas. Se oían voces a través de la mampara de la puerta, recordó
fragmentariamente más tarde, como las escenas de un sueño.
—Entonces
lo haremos nosotros, patrón. Le ataremos unas cuantas libras de cadena a los
pies, y caerá suavemente por la borda...
Luego
una voz que conocía. Era la del muchacho que la había ayudado. Las crecientes y
furiosas inflexiones de rabia no las conocía; eran la voz de Gales.
Algo
nunca oído.
—¿Cómo
puede hablar, hombre, qué demonios sabe ella? Si sólo es una maldita chiquilla
tonta, ¿no lo ves?
—Prepara
la corredera —dijo amargamente el patrón.
—¿Pero
no lo ves, hombre?
—Prepara
la corredera...
Becky
apoyó la cabeza entre sus brazos y sollozó.
No
podía llegar a la litera. Arqueó torpemente su cuerpo, lo intentó de nuevo. Las
sábanas eran un paraíso maravilloso. Se acurrucó entre ellas, demasiado vacía
como para preocuparse del olor a vómito de su ropa. Se sumió en un sueño
instantáneo lleno de vívidas imágenes: la cara del Cristo; el padre Antony como
un animal disecado, moviendo la boca como si estuviera riñendo y bendiciendo a
alguien al mismo tiempo; la torre de la iglesia llena con el resplandor previo
al amanecer; las orejas de las gárgolas. Luego las polvorientas flores en el
jardín de una cabaña, su madre gritando y quejándose antes de morir, la helada
sensación del agua en sus ingles, el contorno de la Barca Blanca esfumándose en
medio de la niebla. Todas las cosas imperceptibles, las preocupaciones y las
penas, las langostas agitándose, la brea y los guijarros, la sensación de la
brisa nocturna procedente del mar, el Gran Catecismo roto y maltratado.
Finalmente se trasladó hasta un sueño más profundo donde parecía que la propia
Barca le estuviera hablando. Su voz era precipitada e inmensa, aunque con un
curioso defecto y no muy clara, y de algún modo poseía colorido, azul y verde
rugiente. Habló de las pequeñas personas que tenía tras ella y de sus deberes,
de su prisa, de su fuga y de su lucha con el viento; mencionó las grandes
verdades que se perdieron tan pronto como fueron pronunciadas, apartadas y
enterradas en la oscuridad. Becky cerró los puños, apretándolos con fuerza; se
despertó sólo un instante para oír los golpes y las arremetidas del mar, y
luego se durmió otra vez.
Sintió
cómo alguien la agitaba suavemente por el hombro. De nuevo se sintió
desorientada. El movimiento de la embarcación había cesado; las lámparas
estaban encendidas en la cabina; se veían otras lámparas brillando en el
puerto, formando ondeantes reflejos que se extendían por el agua. Desde el
exterior le llegó un sonido que ella conocía: los rápidos golpes y vibraciones
de las drizas sobre los mástiles, los ruidos nocturnos de los puertos. Descolgó
sus piernas lentamente; se restregó la cara, sin saber dónde estaba. Sin
atreverse a preguntarlo.
Habían
dejado comida en la cabina, grandes albóndigas de arroz con trozos de marisco,
setas y huevos. Sorprendentemente, tenía hambre; se sentó codo con codo con el
muchacho que había hablado en su favor, que había estado defendiendo su vida en
el resplandor de la tarde. Comió mecánica y rápidamente, sin dejar que sus ojos
se apartaran del plato; la charla proseguía de forma distraída a su alrededor.
Se acurrucó en un rincón, contenta de ser olvidada.
Se
la llevaron con ellos cuando bajaron a tierra. En el esquife se sintió más
cómoda. Se sentaron en un bar al borde del mar, en Francia, y bebieron botella
de vino tras botella de vino hasta que su cabeza empezó a dar vueltas de nuevo
y las voces y el ruido parecieron mezclarse en un cálido murmullo. Se acurrucó
en las rodillas del galés, sintiéndose segura de nuevo y deseada. Entonces
trató de hablar, y lo hizo sobre los fósiles en las rocas, sobre su padre,
sobre la Iglesia, sobre la forma en que había nadado y casi se había ahogado;
acariciaban su cabello y reían sin entender. El vino se derramó por su cuello y
penetró en su jersey; ella también se puso a reír, y observó que las lámparas
daban vueltas; dejó caer la cabeza, los párpados medio cerrados, apenas dejando
entrever los ojos marrones de oscuras pestañas.
—Ah
de la Barca Blanca...
Se
puso en pie temblando, viendo como las lámparas proyectaban largas y delgadas
imágenes sobre el agua, observando cómo los hombres se tambaleaban a lo largo
del muelle, oyendo los gritos, sintiendo aún la sorpresa especial de sentirse
extranjera. Mientras la Barca Blanca respondía con suavidad desde su punto de
amarre junto a un grupo de otras embarcaciones, el mar proseguía con su
incesante movimiento nocturno.
Aún
seguía descalza; notó el salino hormigueo en los tobillos cuando corrió aprisa
para sujetar la proa del esquife.
—Cuidado
—dijo David—. No voy a meterte en la cama dos veces en un mismo maldito día...
Sintió
cómo su cabeza golpeaba contra las mantas enrolladas que le servían de
almohada; ronroneó complacida, y empujó con torpeza sus pantalones hacia abajo
casi al mismo tiempo de quedarse dormida.
Las
millas de agua pasaron, salpicando sus sueños.
Despertó
bruscamente en la oscuridad, sabiendo una vez más que había sido engañada. Se
habían escabullido del puerto en mitad de la noche; esta sensación de vaivén,
de agitación y tirantez, era la sensación del mar abierto.
La
Barca Blanca, y esa gente, nunca dormían.
Oyó
voces de nuevo. Y las luces estaban encendidas, el rumor de las velas siendo
recogidas, el ruido de algo rodando contra el casco. Forcejeos y golpes. Se
quedó acurrucada en la litera, con el rostro contra la pared.
—No,
está dormida...
—Cuidado
con eso, hombre...
Sonrió
en silencio. El tintineo de las botellas, el secreto sonido de fardos, la
divirtieron. No había nada que temer: esa gente eran contrabandistas.
Despertó
pesada e irritable. El origen de su enfado fue, durante un tiempo, misterioso.
Intentó, de mala gana, analizar sus sentimientos, para ella un ejercicio poco
común. Las más locas y románticas nociones de la Barca Blanca eran ciertas; no
obstante, había sido engañada. Sabía esto instintivamente. Entonces vio la
calle del pueblo, las pequeñas casas negras apiñadas, la iglesia. El sacerdote
moviendo en silencio los labios, condenando; su padre, con el rostro negro,
desabrochándose lentamente la ancha hebilla de su cinturón. Volvería
irrevocablemente a esto; el sueño había acabado.
Eso
era todo; el punto de dolor, el sabor y cada una de sus esencias. No pertenecía
a este mundo, al mundo de la Barca Blanca, y nunca pertenecería a él.
Súbitamente se encontró odiando a la tripulación por el conocimiento que tan
libremente le habían proporcionado. Deberían haberla golpeado, amado hasta
hacerla sangrar, atado sus pies, lanzado al verde y profundo mar. No habían
hecho nada de aquello porque ellos no significaban nada. Ni siquiera la muerte.
Rehusó
la comida por segunda vez. Creyó que el patrón la miraba con ojos preocupados.
Simplemente le ignoró; recuperó su antigua posición, sujeta al amigable grosor
del mástil. El día era soleado y brillante; la embarcación se desplazaba con
rapidez bajo la gran extensión de la vela genovesa, abriendo surcos de espuma a
través del mar. Casi deseaba el mareo del día anterior, el momento en que deseó
antes que nada morir. Mientras tanto, la Barca Blanca se encaminaba lentamente
hacia la costa inglesa.
Su
mente pareció escindirse en dos mitades: una parte deseaba que el viaje se
prolongara indefinidamente, la otra necesitaba precipitarse al desastre, que
todo acabara. El día y de la oscuridad pasó se apagó lentamente en el
oscurecer, a la noche más profunda. En la oscuridad vio las antorchas de una
torre de señales, centelleantes puntos en movimiento; y otra respondiéndole, y
otra más allá. Probablemente estaban enviando mensajes a causa de ella, no
cabía duda; llamando a través de los páramos, por entre las largas bahías.
Frunció los labios. Acababa de descubrir el cinismo.
El
viento soplaba frío a través del mar.
Delante
del mástil, una compuerta daba acceso a la cabina donde se almacenaban las
velas. Becky entró en ella y se acurrucó encima de las grandes formas de
salchicha de las velas. La puerta de la mampara, abierta y crujiendo, mostraba
las cambiantes tonalidades de amarillo de las lámparas de la cabina. En aquel
lugar el ruido del agua sonaba intensificado; escuchó hoscamente su chapoteo,
casi deseando en su amargura que la embarcación golpeara contra algún arrecife
y se hundiera. Mientras tanto, la luz se movía, adelante y atrás, sobre las
inclinadas paredes pintadas. Empezó a rascar medio inconsciente la pintura,
recogiendo los pequeños restos con la palma de la mano.
Unos
tablones sueltos llamaron su atención.
A la
luz de la lámpara vio que parte de la madera se movía ligeramente a
contratiempo con el puntal que la sostenía. Tendió el brazo y tiró de la madera
para ver qué ocurría. Había una trampilla, y al otro lado un espacio en el que
podía introducir su brazo. Palpó, sin saber exactamente lo que buscaba, y
extrajo un paquete envuelto con lona embreada. Luego otro. Había muchos,
amontonados en el doble casco: pequeños objetos, no mucho mayores que las cajas
de petardos que a veces compraba en la tienda del pueblo.
Movida
por un impulso, se metió uno bajo el cinto de sus pantalones. Devolvió el resto
a su sitio, cerró la trampilla, y se sentó pensativa. Se quedó frotando el
pequeño paquete, sintiendo su calor al contacto con su carne, decidida por
primera vez en su vida a robar. Quizá deseara poseer una parte de la Barca
Blanca, algo que poder acariciar por la noche y así recordar. Algo precioso.
Alguien
había sido muy descuidado.
Oyó
una voz encima de ella, unos pies moviéndose sobre cubierta. Se revolvió con un
profundo sentimiento de culpabilidad, subió por donde había bajado.
Aparentemente no estaban demasiado interesados en ella. Ante ellos la costa se
delineaba sólida, negra como el terciopelo; divisó la presencia de los dos
promontorios gemelos, el leve resplandor de las olas alrededor de la larga
escollera de roca. De pronto se dio cuenta, con un estremecimiento, que se
hallaba de vuelta a casa.
Vio
otras cosas, herejías que la dejaron sin habla. Máquinas, descubiertas ahora,
girando y resonando en la cabina. Franjas de luz con reflejos rosados,
moviéndose sobre una escala numerada; oyó el canturreo a medida que se
acercaban a la bahía, siete brazas, cinco, cuatro. El barco diabólico seguía
avanzando, sin nadie al timón...
El
esquife fue basculado desde su lugar encima de la cabina y bajado al agua con
un ruido sordo. Bajó a él, llevando consigo su vestido, envuelto en un fardo.
Fue bajado otro bulto: más pesado, tintineando de una forma musical. Para su
padre, le dijeron; y le señalaron que dijera que era un regalo de la Barca. Un
soborno de silencio, o quizá otro engaño; la confesión de un pequeño crimen
para esconder otro monstruosamente mayor. Le dijeron adiós, en voz baja; ella
agitó mecánicamente la mano, observando, mientras el esquife giraba, la última
vibración descendente del foque. La minúscula embarcación avanzó lentamente,
con el muchacho galés a la caña. Se arrodilló erguida sobre las tablas del
fondo hasta que el bote chocó contra tierra, rascó contra el fondo y se inclinó
hacia un lado. Saltó rápidamente fuera, echando a correr. El muchacho la llamó
cuando la vio llegar al fondo del camino. Ella se volvió, aguardando, una
frágil sombra en la noche.
El
joven parecía inseguro de cómo decirlo.
—Tienes
que entenderlo, ¿sabes? —dijo al fin, tristemente—. No debes volver a hacerlo
nunca. ¿Lo comprendes, Becky?
—Sí
—dijo—. Adiós. —Se volvió y echó a correr subiendo el camino que bordeaba el
arroyo; cruzó el puente y se encaminó a su casa.
Había
una ventana que siempre dejaban abierta, sobre el tejado del lavadero. Dejó los
bultos fuera de la casa; las bisagras de la puerta chirriaron cuando la cerró,
pero nada se movió dentro. Subió lentamente y con sumo cuidado, caminando a
tientas en la oscuridad hacia su habitación. Se echó en la cama, sintiendo el
suave balanceo que significaba que aún existía una comunión mística con la gran
barca que seguía en la bahía. Un último pensamiento consciente le hizo sacar el
paquete de su cintura y guardarlo firmemente debajo del colchón.
Su
padre parecía un extraño a la luz del amanecer. No había ninguna explicación
que ella deseara darle, ninguna en absoluto. Todavía estaba drogada por el
sueño; notó con indiferencia cómo le desabrochaba los pantalones, le oyó pasar
lentamente el cinturón entre sus manos. Medio aturdida, imaginó que la paliza
no podía hacerle daño; estaba equivocada. El dolor fue y vino en incontenibles
explosiones por todo su cuerpo, apuñaló con rojos destellos la parte de atrás
de sus ojos. Se agarró con fuerza al montante de la cama, necesitando morir,
sabiendo de forma confusa que no habría ayuda en las palabras. Su cuerpo había
sido creado de rocas y tierra, la tenebrosa inmensidad de los campos; el
cinturón no caía sobre ella sino sobre los promontorios de la entrada de la
bahía, sobre las rocas, sobre el mar. Exorcizando la soledad del lugar, la
miseria, la desesperanza y el dolor. Finalmente acabó; su padre se dio la
vuelta y se dirigió hacia la puerta. Abajo lloraba un niño, intuyendo el odio y
el miedo; Becky agitó ligeramente la cabeza sobre la almohada, creyendo oír el
suave movimiento de las olas.
Sus
dedos se agitaron hasta encontrar el paquete que había dejado debajo del
colchón. Lentamente, con indiferencia, empezó a deshacer la cuerda que lo
ataba: tirando de los nudos, mordiendo y arañando hasta que el envoltorio se
abrió. Sintió el placer de imaginarse ciega, condenada a tocar y sentir. Sus
dedos, sensibilizados, palpaban y distinguían, dando vueltas al pequeño objeto,
sintiendo su textura, sus sutilidades de calor y frío, explorando
cuidadosamente el minúsculo mapa de la herejía. Una lágrima, la primera, rodó
unos instantes por su mejilla, dejando una marca sobre su piel.
Llegó
el sacerdote, pisando con fuerza los escalones. Su padre se le adelantó para
cubrirla con la sábana. Becky mantuvo la mano apretada contra su costado,
invisible, mientras el padre Antony hablaba. Se mantuvo inmóvil, con el rostro
inclinado y las pestañas casi rozando sus mejillas, consciente de que la
inmovilidad y la paciencia constituían su mejor defensa. La luz de la ventana
se apagó tan pronto como él se sentó; cuando se fue, casi era de noche.
Alzó
el objeto robado en la oscuridad y lo aproximó a su rostro. Su aroma a herejía:
cera, baquelita y bronce, asaltó débilmente sus pensamientos. Lo acarició de
nuevo, tiernamente; mientras lo mantuviera cogido con firmeza tenía la
impresión de poder llamar a la Barca Blanca a su antojo, desviándola de su
rumbo una y otra vez.
El
sol permaneció oculto durante los siguientes días, mientras ella permanecía
tendida sobre los acantilados y observaba al yate ir y venir. Ahora la separaba
una barrera mayor que el mar que había aprendido a cruzar; una barrera
construida no por los otros sino por su propia estupidez.
Mató
una gran langosta azul, lentamente, provocándole dolor, introduciendo clavos
por entre las membranas que unían su caparazón mientras el animal se agitaba y
retorcía. La cortó lentamente en pedazos, odiándose a sí misma y a todo el
mundo, lanzando los trozos al mar en conmemoración de su amargo e inútil
sacrificio. Hizo ésta y otras cosas para aliviar el vacío que había en ella,
para llenar la progresión de las tardes férreamente grises. Había vicios que
aún debía aprender, por la noche y en las rocas, pequeñas gratificaciones de
placer y dolor. Dio gusto a su cuerpo, despectivamente, porque la Barca Blanca
había venido libre y engañosa, rechazándola entre carcajadas, indiferente al
dolor. La vida se extendía ante ella como una interminable jaula ¿dónde, se
preguntaba a sí misma, estaba el Cambio prometido en su tiempo, las grandes
cosas que el padre John había visto? La Edad de Oro que traería otras Barcas
Blancas, otros días y esperanza; las incontroladas olas del aire hablando y
cantando...
Acarició
el pequeño corazón de la Barca en la negra oscuridad, sintió los hilos y los
cables, los pequeños tubos de las válvulas.
La
iglesia permanecía fría y silenciosa, la respiración del sacerdote se notaba
pesada tras la pequeña pantalla de madera tallada. Becky aguardó mientras él
hablaba y murmuraba, sin escucharle; mientras, sus manos se cerraban y abrían
sobre el pequeño objeto que llevaba, el sudor empezaba a aflorar en sus palmas.
Y lo
hizo, triste e inevitablemente. Empujó la pequeña máquina hacia el enrejado,
aguardó sombríamente la inhalación, el apresurado y aterrorizado movimiento de
pies al otro lado.
El
rostro del padre Antony reflejó algo más allá de toda descripción.
El
pueblo se agitó, murmurando y gruñendo, Y la gente fue apresuradamente arriba y
abajo entre las casas, observando a los soldados en las calles, a los jinetes
que gritaban y a los oficiales. Los zapadores, trabajando desesperadamente, se
sostenían sólo con sus piernas a lo largo de la línea de los acantilados,
haciendo oscilar su equipo en los pesados balancines. Las guarniciones estaban
en situación de Alerta justo detrás de Durnovaria; aquella región se había
rebelado antes, los comandantes no se arriesgaban. Los transmisores de señales,
con aspecto irónico, trabajaban y hacían agitar los brazos de medio centenar de
torres; los mensajeros galopaban, extrayendo sudor y sangre de sus
Cabalgaduras, para que las órdenes e instrucciones pudieran llegar a tiempo.
Fue sofocado un levantamiento en el pueblo, y la gente fue encerrada en sus
casas; pero nada podía detener los rumores, los comentarios y el malestar. La
herejía caminaba como un espectro, se mezclaba con la brisa del mar; incluso un
hombre vio al viejo monje en persona, su rostro siniestro y sus ojos vacíos,
acechando en las cimas de los acantilados con su harapienta túnica.
Destacamentos de caballería tomaron posiciones en las laderas, pero no se
encontró nada. En el transcurso de la noche, y durante el período más oscuro
antes de la llegada del amanecer, la única calle del pueblo resonó con los
pasos de marcha de los hombres. Luego se produjo un lapso de silenciosa espera.
La brisa soplaba desde la bahía, agitando los matorrales, aullando por entre los
tejados medio rotos; mientras, Becky yacía quieta, a la espera del primer
murmullo, del grito que enviaría a los soldados a sus puestos, con las armas
preparadas.
Permanecía
tendida boca abajo, con el cabello enredado sobre la almohada, escuchando el
viento nocturno, cerrando y abriendo lentamente sus manos. Parecía como si el
grito aún resonara en su mente, las arengas, los golpes sobre la mesa, los
ruidosos sacerdotes de rojas narices. Vio a su padre, hosco y malhumorado,
mientras el mayor, vestido con la túnica color cobalto, le interrogaba una y
otra vez, sondeando, insistiendo, hasta que en medio de toda aquella angustia
las preguntas se convertían en respuestas y las respuestas creaban su propia
confusión. El mar se agitaba en su cerebro, con una sensación ofuscante;
mientras, el cañón llegó rodando y acechando tras las mulas de tiro, con sus
armones y remolques rebotando sobre el áspero terreno hasta que el ruido resonó
por entre las casas y ella se llevó las manos a los oídos y suplicó que
pararan, que lo dejaran...
Le
sacaron todo lo que querían saber. Les dijo cosas que no había dicho nunca a
nadie, secretos de la bahía, de la playa y de las olas, temores y sueños; lo
escucharon todo los escribanos tomaban nota con expresión pétrea mientras y las
torres se señales repiqueteaban en las colinas. Finalmente la dejaron en su
casa, en su habitación, con soldados montando guardia ante su puerta y su padre
borracho como una cuba en el piso de abajo. Los vecinos regañaban y hacían
callar a los niños, y hacían la Señal de la Cruz cuando hablaban de ella y de
lo suyo. Estuvo echada una eternidad, y mientras tanto empezó a comprender poco
a poco, y sus uñas dejaron sangrantes marcas en las palmas de sus manos, y las
lágrimas resbalaron por sus mejillas, lentas y cálidas. El viento zumbaba y
susurraba bajo los aleros; soplaba fuerte, frío y continuo, atrayendo a la
Barca Blanca hacia la muerte.
Nunca
antes había sido tan fuerte su unión con la Barca. La vio con la claridad de
una pesadilla, la luna bañando la inclinada cubierta, las velas resplandeciendo
oscuras contra la sombra de la tierra. Trató con desesperación de forzar su
mente por encima del mar; rezó para que virara, para que diera vuelta a su
rumbo y escapara. La Barca Blanca la oyó pero no respondió; siguió avanzando
firme, furiosa e inexorable.
Becky
se incorporó suavemente. Avanzó de puntillas a la ventana, contempló la
resplandeciente noche, el brillo de la luna en el pequeño y alborotado patio.
En la calle resonó un ruido de pasos, luego todo fue quietud. Un pájaro lanzó
su reclamo de caza, mientras los jirones de nubes se arracimaban e iban
apagando la luz.
Se
estremeció, apoyándose en el marco de la ventana, En otra ocasión había
conocido una firmeza extraña, una frialdad que hizo que sus movimientos fueran
suaves y calmados. Colocó un pie cuidadosamente sobre las tejas del exterior,
pasó por la ventana, y se confundió con la sombra más profunda de la pared de
la casa. Aguardó, escuchando el silencio.
No
eran estúpidos aquellos soldados del Papa. Más que ver, intuyó al centinela en
el fondo del jardín. Se deslizó como un espectro por la oscuridad hasta que se
halló lo suficientemente cerca como para tocar casi su capote. Aguardó
pacientemente, observando sin ser vista mientras la luna volvía a quedar oculta
por las nubes. El muchacho bostezó ante ella, apoyó el mosquete contra la
pared. Dijo algo, medio adormilado, y dio una docena de pasos por la carretera.
En
un instante había saltado el muro. Su falda se enganchó, la liberó de un tirón.
Echó a correr en medio de la carretera, esperando un grito, un fogonazo y el
estruendo de un arma. El sueño no se vio alterado.
La
bahía se extendía amplia y plateada. Avanzó con cuidado, separando los
helechos, serpenteando por el borde del acantilado. Debajo de ella, a una
veintena de yardas, los hombres se agrupaban, fumando y charlando. Encendían
cuidadosamente sus pipas, de espaldas al mar y protegiéndose con sus capotes,
evitando exponer el más mínimo destello de luz. La marea empezaba a subir,
trepando por las rampas y ascendiendo por entre las rocas; la luna estaba ahora
sobre la más alejada de las puntas de la bahía, mostrando su contorno en medio
de una bruma de un azul lechoso.
Frente
a ella estaban los cañones.
Los
observó, con los ojos muy abiertos. Seis piezas pesadas, gibosas y hoscas,
mirando hacia el mar. Vio la artera habilidad de su emplazamiento; estaban
apuntados de modo que sus balas silbarían rozando el agua, golpeando y
rebotando contra ella en su trayectoria. La Barca no tendría ninguna
posibilidad. Entraría en la bahía para hallarse frente a los cañones. No habría
ninguna señal de aviso, ni ofertas de rendición; solamente el súbito estampido
anaranjado desde tierra, y las balas llegarían arrasando, destructoras...
Forzó
la vista. Sobre la lejana y oscura línea divisoria entre el mar y el cielo
había como una oscilante mancha, yendo y viniendo de forma insistente en su
visión: gris oscuro sobre el gris del vacío. Toda la extensión de una vela
encaminándose hacia la costa.
Echó
a correr de nuevo, trepando y saltando. Se deslizó al arroyo, lo siguió allá
donde su murmullo podía ahogar de sus movimientos, agachada al resplandor de
los sonidos la orilla del mar. Los soldados también habían visto; hubo un
murmullo, una crujiente oleada de figuras oscuras allá a lo lejos, en los
acantilados, Los hombres corrieron, señalando y mirando, enfocando con sus
prismáticos al mar. Los cañones fueron preparados.
No
había tiempo para pensar; lo único que quedaba por hacer era tragar saliva e
intentar calmar los latidos que casi desbordaban su corazón. Echó a correr
desesperadamente, lanzando surtidores de diminutas partículas de arena con los
pies, tropezando con los guijarros y las rocas semienterradas en la playa. Ovó
un grito tras ella, el sonido de un mosquete al ser cargado, el insulto de un
oficial. La bala golpeó contra una roca, arrojó fragmentos contra su espalda y
pantorrillas. Saltó a un lado dejándose caer de rodillas. Vio correr a los
hombres, el brillante destello de una espada. Y algo más, distante y confuso.
Jadeante, rodó sobre sí misma hasta quedar de espaldas junto al primero de los
cañones.
No
importaba que su cuerpo ardiera con el fogonazo. Sus dedos se aferraron al
gancho de disparo, se cerraron con cariño en torno a él, tiraron.
Un
inmenso llamear, un rugido; el disparo iluminó los acantilados, destelló a
través del mar. El cañón retrocedió, lleno de cólera y vida; mientras, a lo
largo de toda la línea, las piezas abrieron fuego, al azar ahora, furiosas,
cubriendo la superficie del agua con sus balas. El cañonazo resonó en las
puntas de entrada de la bahía y llevó sus ecos hasta el centro del pueblo;
despertó a una niña, que se puso a lloriquear en su cama, en su habitación,
mientras el sonido se alzaba retumbante en la noche.
Mientras,
la Barca Blanca dio la vuelta y se rió de los cañones.
Y
miró con desprecio en dirección a tierra.
Sexto
Compás
EL
PORTAL DE CORFE
La
columna de jinetes avanzaba a un trote vivo, con los arneses tintineando, sin
mostrar ninguna intención de apartarse a un lado de la carretera. Detrás de los
soldados se apelotonaban los coches de los turistas ricos, con los motores
ronroneando. De vez en cuando, alguno de los conductores ensayaba una rápida
maniobra de adelantamiento que lo llevaba lejos de los caballos; pero pocos se
arriesgaban a realizar la maniobra, y un embotellamiento multicolor se extendía
a lo largo de más de una milla desde el inicio de la obstrucción. Los viajeros
más filosóficos habían decidido navegar un poco: las listadas velas latinas
ondeaban con las ráfagas de aire, propulsando a los vehículos ayudados con una
mínima asistencia de sus pequeños e ineficientes motores.
Era
necesario ir con cuidado. Los gallardetes que exhibía la columna eran conocidos
por todos; a la cabeza ondeaba la oriflama, el antiguo símbolo de la nobleza
normanda, y flanqueándola estaban las Águilas del Papa Juan, seda amarilla
sobre campo azul. Tras ellos se agitaba el estandarte tricolor en cola de
golondrina de Henry, Señor de Rye y Deal, capitán de los Cinque Ports y
lugarteniente del Papa en Inglaterra. Henry era conocido en todo el territorio
como un hombre duro y amargado; cuando cabalgaba armado era un mal presagio
para alguien, y detrás de él se hallaba la autoridad del Vicario de Cristo en
la Tierra y de todo el poderío de la segunda Roma.
Henry
era un hombre pequeño, de piernas delgadas, pálido y de rasgos acusados;
montaba su caballo a desgana, enfundado en un capote, pese a que el día era
cálido. Si era consciente de los trastornos que estaba causando, no daba
muestras de ello. De vez en cuando su cuerpo se veía sacudido por escalofríos y
se agitaba incómodo, intentando hallar una posición que pudiera aliviar sus
doloridas posaderas. En su camino desde Londinium había permanecido diez días
en Winchester, con el estómago hecho un nudo por los retortijones de una
gastroenteritis; y aunque un médico idiota, que se merecía perder las orejas o
algo peor, había sido rápido en hacer su diagnóstico, no había podido hallar
una cura al mal que lo aquejaba. Apenas si se había repuesto cuando el repiqueteo
de las torres de señales le hizo seguir adelante; el brazo del cuarto Papa Juan
era largo, sus fuentes de información numerosas y variadas, y su deseo
indomable. Las órdenes de Henry eran claras: tomar la maldita fortaleza que
tantos problemas había causado, reducir sus armas, alzar los estandartes de
Juan sobre sus murallas, y mantenerla bajo el dominio de su señor feudal hasta
nuevo aviso. En cuanto a la arisca moza del oeste que había originado todo el
asunto... Henry hizo una mueca y se puso rígido sobre su silla. Quizá su
espinazo necesitaba que le diera un poco el aire, o quizá que lo arrastraran de
vuelta a Londinium en un vagón de carga; esas cosas no tenían importancia. No
al menos para su propia incomodidad personal.
Las
torres de señales funcionaban de nuevo a ambos lados de la carretera, con sus
negros brazos crujiendo y agitándose. Henry echó un vistazo a las más cercanas,
deteniéndose con aspecto demacrado en la cresta de un promontorio. Entre los
complejos mensajes que transmitían debía haber a buen seguro noticias acerca de
su avance; durante días, la información debía haberle precedido en dirección
oeste. Otro espasmo de dolor le hizo doblarse, y su mal humor estalló; volvió
lentamente la cabeza hacia un lado, y un capitán de caballería que estaba cerca
se apresuró a acudir, espoleando su animal.
Henry
hizo una seña hacia la torre que había elegido.
—Capitán
—dijo—. Destaque una docena de hombres. Vaya a esa torre... pídale a
quienquiera que se encuentre allí que le comunique el mensaje que está
enviando.
El
oficial dudó. Aparentemente, la orden no tenía sentido; nadie sabía mejor que
Henry que los hombres del Gremio jamás divulgaban sus asuntos.
—¿Y
si se niegan, señor?
Henry
alzó la voz de forma contenida.
—Entonces
siléncielos...
El
oficial lo miró, hasta que Rye y Deal se volvió para observar la torre;
entonces saludó y espoleó su caballo. Durante siglos, el Gremio de Transmisores
de Señales había disfrutado de privilegios que ni los mismos Papas se atrevían
a cuestionar; ahora parecía que su inmunidad había terminado, arrasada por un
noble de escasa estatura con dolor de barriga. Se gritaron las órdenes, se alzó
inmediatamente una nube de polvo; un grupo de hombres se apartó de la fila y
emprendió el galope sobre la hierba, con los estandartes ondeando. A medida que
se acercaban a la torre, los soldados soltaron los sables en sus fundas antes
de cargar los mosquetes. Con un poco de suerte los hombres de la torre estarían
desarmados; en caso contrario habría una breve pero sangrienta escaramuza. En
cualquier caso, no cabía dudar del resultado final.
Henry
se dio la vuelta en su silla y contempló cómo los brazos de la torre caían
fláccidos a cada lado, como los brazos de un hombre repentinamente cansado.
Refunfuñó, sin pizca de humor. Con un poco de suerte, la tregua sería
momentánea; si no se equivocaba con respecto al Gremio, la siguiente estación
en la línea no tardaría en enviar mensajeros para averiguar lo que había
ocurrido. Después de eso, todos los hombres se enterarían de lo que había
hecho. La red de señales era un animal delicado; tocar uno de sus miembros
significaba una reacción inmediata de todo el resto del cuerpo, a veces en mera
cuestión de horas. Con buena visibilidad a lo largo de las estaciones peninas,
la noticia de su ataque habría alcanzado las Hébridas al anochecer. Y el
Vaticano al amanecer... Se dobló sobre sí mismo, apretándose el dolorido
estómago. Otro giro de la cabeza, un chasquido de los dedos, y el padre Angelo
corrió a su lado, algo sudoroso y, como de costumbre, más que ansioso de
complacerle.
—Bien,
señoritingo —dijo Henry mordazmente—, ¿cuánto tiempo más vamos a tener que
seguir en esta maldita carretera?
El
sacerdote inclinó la cabeza sobre el mapa, intentando mantenerlo fijo sobre el
inquieto caballo. Los hombres de la Iglesia siempre habían sido terribles
jinetes, y peores lectores de mapas, según opinión de Henry. La mala vista del
padre ya había llevado al grupo a un pantano, obligándoles además a efectuar
media docena de desvíos.
—Unas
veinte millas, Señor —dijo, dubitativo—. Pero esto sería por carretera. Si nos
apartamos de nuestro camino actual una milla más arriba de Wimborne...
—Ahórrame
los atajos —dijo Henry con brutalidad—. Quiero llegar antes de Navidad. Envía a
un par de tus ayudantes para que preparen nuestros alojamientos a unas...
—frunció los ojos, mirando al sol— ...a unas cinco millas al norte de la
carretera. Y esta vez procura encontrar camas que no estén demasiado llenas de
piojos, y un poco más blandas que los aparatos de tortura que llevamos a
cuestas.
El
padre Angelo hizo una ridícula parodia de saludo militar y regresó corriendo
torpemente a su grupo.
Henry
se puso nuevamente en camino a primera hora de la mañana siguiente, con un
humor más irritable que nunca. Durante la noche había recibido pruebas del
cambio de actitud en el oeste. Mientras estaba afeitándose ante la ventana
abierta de su habitación, la saeta de una ballesta pasó un poco por debajo de
su codo, destrozando un juego de botellas venecianas antes de clavarse
profundamente en la pared. Henry, furioso ante el ataque contra su persona,
pero más furioso aun por la pérdida de un cristal tan irreemplazable y de tan
alta calidad, ordenó la búsqueda inmediata del tirador. Su soldados
descubrieron a un puñado de hombres descontentos, todos los cuales se
resistieron al arresto de un modo más o menos airado; fueron arrastrados detrás
de un carro de pertrechos hasta que estuvieron a la vista de su objetivo.
Entonces fueron soltados; se tambalearon aturdidos, resoplando sangre sobre la
hierba, y ninguno de ellos caminó más de cien metros antes de derrumbarse, con
pocas posibilidades de volver a levantarse de nuevo. Los métodos de Henry con
los rebeldes siempre habían sido famosos por su contundencia.
Siguió
cabalgando. Frente a él se extendían millas y millas de páramos de color marrón
tostado, salpicados aquí y allá por el violento verde de los pantanos. En el
horizonte se alzaba una curvada línea de colinas; entre ellas se hallaba el
lugar que había venido a castigar, elevándose como un antiguo colmillo. Henry
escupió, pensativo. El castillo era fuerte, demasiado fuerte para ser tomado
por asalto; esto resultaba evidente. Pero no se resistiría. No contra los
azules.
Tras
él se agrupaban los soldados; la oriflama ondeaba sobre su dorado mástil,
agitándose al viento como el fuego que representaba. A lo lejos, en el
horizonte, el omnipresente telégrafo se movía y gesticulaba sobre el fondo
celeste. Henry siguió observando durante unos momentos más, y luego chasqueó
los dedos.
—Capitán
—dijo—. Que dos hombres se adelanten hasta el castillo. Que lleven órdenes con
mi sello a la mujer que ocupa el lugar. Que deponga la artillería y que nos la
entregue; y que se considere, junto con todos los que se hallan dentro de los
muros, prisionera del Papa Juan. En cualquier caso, ¿qué armas poseen, va que
hemos venido desde tan lejos a buscarlas? Refrésqueme la memoria, El capitán se
puso a hablar precipitadamente, repitiendo una lista aprendida rutinariamente
de memoria.
—Dos
sacres que disparan balas de dos libras, pólvora y tacos para cada uno de
ellos. Algunas armas de mano, catapultas; no mucho más que unas cuantas piezas
para cazar aves, Señor. El gran cañón Gruñón, del arsenal del Rey y la
culebrina Príncipe de la Paz, transferida según las instrucciones de Su
Majestad desde la guarnición de Isca.
Henry
inspiró con fuerza y se frotó la punta de la nariz con el dorso de su guante.
—Bien,
dentro de poco yo también seré un príncipe de la paz; y me atrevo a decir que
también me daré el gusto de gruñir antes de que acabe el día. Que lleven las
piezas a la puerta principal, junto con la munición y la pólvora que tengan.
Que dejen libre un carro para las armas, y que recluten mulas o caballos para
los cañones grandes. Encárguese de todo, capitán.
El
oficial saludó y dio media vuelta, llamando a gritos a sus ayudantes; Henry
alzó el brazo e hizo la señal de avance general. Al oír su grito, el padre
Angelo avanzó agriamente, casi dividiendo en dos a la compañía con su caballo
en el proceso.
—Alojamientos
para la gente, padre —dijo Rye y Deal hastiado—. A lo peor nuestra estancia va
a ser larga. Y esta vez asegúrate de que tenga a mi disposición agua caliente y
un baño con desagüe, o te enviaré de vuelta a Roma a cargo de un carro de
mierda. Y no irás precisamente en las riendas, te lo aseguro, amigo mío:
tendrás que ir corriendo entre las malditas varas...
Los
estandartes y las águilas fueron desplegados, brillantes a la luz del sol,
mientras la columna avanzaba a medio galope por entre los páramos.
Sir
John Faulkner, senescal del Portal de Corfe, despertó temprano tras una noche
de sueño intranquilo. La luz de la pequeña ventana, a seis pies por encima de
su cabeza, entraba sesgada en la pequeña alcoba, luchando contra el frío que
solía concentrarse en la pequeña habitación aún en pleno verano. La gran
fortaleza siempre había sido fría; ello se debía a que el sol, incluso en sus
días más intensos, apenas podía atravesar una docena de pies de la piedra de
Dorset. Una semana antes, Lady Eleanor, la señora del lugar, había trasladado a
su gente de las murallas inferiores para hacer sitio a los soldados que se
congregaban allí y para los refugiados que habían acudido en busca de cobijo;
el personal del castillo aún no se había acostumbrado a las primitivas
condiciones de la torre del homenaje.
El
senescal se restregó la cara, llenó una palangana y se lavó, echando luego el
agua por el desagüe que había debajo de la ventana. Se vistió, agradeciendo el
tacto de la ropa limpia sobre su cuerpo, y salió de la habitación. Fuera, una
escalera de caracol ascendía por el grueso muro. Subió por ella, apoyando los
pies a cada extremo de los peldaños: generaciones de uso habían desgastado el
centro, formando huecos que constituían auténticas trampas para los
desprevenidos. En la parte alta de la espiral, una puerta, cerrada solamente
con un pasador, daba acceso al tejado. Soltó el seguro y salió fuera. Se apoyó
en el parapeto y miró hacia abajo por entre las masivas almenas, en dirección
al campo circundante. A cinco millas al sur se extendía el Canal, velado ahora
por una bruma nacarada; desde allí, en un día claro, un buen oteador podía ver
la silueta de las Needles, custodiando la punta oriental de la isla de Wight.
El demonio se sentó allí en una ocasión, en el pasado, y arrojó una roca a las
torres de Corfe, fallando el blanco; la piedra cayó cerca de la playa de
Studland. El senescal sonrió levemente al pensar en la leyenda, y se volvió
para entrar de nuevo.
Hacia
el norte se extendían las lomas de la Gran Llanura, pálidas a la luz del
amanecer, grises y vagas como las tierras de un reino de fantasmas. Cerca del
castillo se alzaban los inmensos promontorios de Challow y Knowle, que eran las
colinas que lo flanqueaban; y alrededor de toda aquella panorámica se extendían
los páramos, oscurecidos en algunas zonas por los fuegos estivales, lisos,
agrestes e inmensos, una lóbrega extensión donde no crecía nada, y que no
albergaba nada excepto las errantes bandas de cosechadores. Podía ver el humo
de uno de sus campamentos alzándose en la distancia. Más cerca observó, sobre
los acanalados techos grises de la aldea, la granja que se encontraba un poco
más atrás del húmedo foso. Mientras la inspeccionaba vio que se acercaba un
camión, descargaba dos batidoras de manteca, y luego daba la vuelta por la
curva de un pequeño bosquecillo en dirección a la carretera de Wareham.
De
forma casi reacia volvió la vista hacia la torre de señales en la cresta de
Challow Hill. Como si hubiera estado esperando aquello, la torre entró en
acción: el espasmódico «brazos arriba, brazos abajo» de la llamada de Atención.
Sabía que debía estar respondiendo a otra torre a lo lejos, en la zona de los
páramos; tan lejos, que únicamente los hombres del Gremio, con sus maravillosos
binoculares Zeiss, podían traducir con precisión las letras y símbolos del
mensaje. A lo largo de toda aquella zona, la cadena de torres entraría en
acción, alzando sus brazos articulados, echándolos hacia atrás: Atención,
Atención...
Leer
los mensajes de las torres no era competencia oficial del senescal; abajo en la
tercera muralla, un torbellino de movimiento le indicó que los guardias habían
alertado ya al paje de señales de la casa. El muchacho debía estar saliendo de
su habitación a toda prisa, casi con toda seguridad frotándose los ojos, y con
la libretita de mensajes en la mano. El senescal observó el movimiento de los
brazos, repitiendo con los labios los números a medida que se iban formando,
decodificando mentalmente los criptogramas que generaciones de transmisores de
señales habían reducido a partir del inglés real. Aguila Rye uno cinco, leyó.
Noroeste diez, cerrando. Ése debía ser el Señor de los Cinque Ports, con sus
ciento cincuenta hombres; estaba más cerca de lo que el senescal había
imaginado. Nueve muertos, dijo la torre de la colina. Nueve. Eso era mala
señal; el lugarteniente del Papa estaba decidido a todas luces a pasar a la
historia con su reputación de hombre cruel. Luego siguió una señal de llamada;
Sir John oyó el agitar de los cables mientras el transmisor de señales de
Eleanor hacía funcionar los brazos en la torre. Rendid las armas, dijo
escuetamente el repetidor de rejilla. Entregaos prisioneros. Mensajeros en
camino. Eso era todo. Los brazos cayeron con un golpe seco; la torre guardó un
austero silencio.
El
observador suspiró, e instintivamente su mano se dirigió al amuleto en torno a
su cuello. Dio la vuelta al pequeño disco entre sus dedos, tocando la parte
exterior del símbolo inscrito en él. Un poco más abajo, las chimeneas de la
cocina dejaban salir ligeras bocanadas de humo, y los cubos resonaban mientras
las vacas eran ordeñadas en sus establos. Los de la casa que habían visto la
torre interrumpieron momentáneamente sus tareas cuando los brazos habían
empezado a moverse, y todos pudieron oír el repiqueteo de su propia respuesta;
pero ningún plebeyo podía leer los mensajes del Gremio, de modo que volvieron
de nuevo a sus respectivos trabajos. Eleanor tenía que ser informada. Bajó las
escaleras, encogiendo automáticamente los hombros y agachándose para no dar con
la cabeza contra el bajo techo. Su expresión reflejaba sus pensamientos. Se
trataba de algo que había empezado hacía más de mil años; una época estaba a
punto de terminar.
Lady
Eleanor estaba ya levantada y vestida. Se había instalado para ella una mesa en
una de las estancias que daban al gran salón: estaba desayunando en una alcoba
debajo de una ventana con vidrieras de colores. Se levantó al ver al senescal,
y observó su cara. Él asintió ligeramente, en respuesta a la pregunta implícita
en su expresión.
—Sí,
Señora —dijo con tranquilidad—. Vendrá hoy.
Se
sentó de nuevo, sin ver la comida que tenía delante. Su rostro y sus ojos
preocupados parecían muy jóvenes.
—¿Cuántos
hombres? —preguntó finalmente.
—Ciento
cincuenta.
Ella
agitó una mano, dándose cuenta de pronto de su falta de cortesía.
—Por
favor, siéntate, Sir John. ¿Tomarás un poco de vino?
Él
se apoyó en el alféizar de la ventana, descansando la cabeza contra el cristal.
—Ahora
no, gracias, Señora... —Se quedó mirándola, y nadie hubiera podido descifrar la
expresión que había en sus ojos. Ella le devolvió la mirada, observando cómo
las luces se reflejaban sobre su cabello y mejilla en varios colores, dorado,
rosa, azul. Apretó los labios y entrelazó los dedos sobre su regazo.
—Sir
John —dijo—, ¿qué debo hacer?
Él
no respondió inmediatamente; y cuando se decidió a hablar, sus palabras no
fueron de gran ayuda.
—Lo
que tu sangre te dicte, Señora —dijo—. Debes seguir lo que te dicte tu casta y
tu corazón.
Se
levantó de nuevo con rapidez y se apartó de él, hacia el lugar desde donde
podía ver el gran salón, sombrío y amenazador, con el lóbrego poder de la
amplia cruceta, el estrado donde antiguamente se reunía la familia para comer,
la galería donde solían tocar los trovadores, Pulsó un interruptor a un lado de
la puerta de la habitación; una solitaria lámpara eléctrica parpadeó en el
techo, enviando un pálido haz de luz sobre las ásperas losas del suelo, y de
pronto aquel lugar pareció más adecuado para los muertos que para los vivos. En
algún lugar se oyó ruido de cadenas; el paje de señales entró corriendo en el
salón, y se detuvo en seco al ver a la Señora. Ella recogió el mensaje que
llevaba en la mano, sonriéndole, y se dio la vuelta con la nota en la mano.
—Ciento
cincuenta hombres... —dijo pensativamente.
Volvió
a su silla, se sentó con las manos sobre su falda, y se quedó mirando la mesa
que tenía delante.
—Si
cedo a su demanda —dijo fríamente— me veré corriendo detrás de su pelotón como
la ramera de sus soldados. Perderé mi hogar y todo lo que tengo, seguramente mi
decencia, y es probable que mi vida también. Pero no puedo luchar contra el
Papa Juan. Hacerle la guerra significa hacérsela al mundo entero... Sin
embargo, ha enviado a un lugarteniente, y viene a probarme.
El
senescal no dijo nada, ni ella esperaba que lo dijera. Permaneció sentada,
inmóvil, durante largo rato, y cuando levantó de nuevo la vista había lágrimas
en sus ojos.
—Haz
cerrar los portalones, Sir John —dijo—, y que toda nuestra gente entre en la
fortaleza. Avísame cuando lleguen los mensajeros, pero no les dejes entrar.
El
hombre se levantó con calma.
—¿Y
las armas, Señora?
—¿Las
armas? —dijo sombríamente—. Llévalas a la entrada, por supuesto, y lleva
también munición y pólvora para cada una de ellas. Hasta aquí, haremos lo que
él desea...
A
través de todos los corredores y pasadizos y las altas murallas del lugar
resonaron los tambores, llamando a los soldados.
Henry
de Rye y Deal detuvo su caballo, y tras él la columna de sus hombres se detuvo
también, inquieta. Apenas a media milla de distancia, el castillo resplandecía,
enorme y cercano, con finas columnas de humo elevándose junto a sus murallas;
por la encajonada carretera avanzaban de vuelta al galope los mensajeros,
alzando nubes de blanquecino polvo que permanecía en suspensión tras ellos,
dispersándose lentamente en el inmóvil aire. Sólo tuvieron tiempo de decir tres
frases antes de que Henry empezara a maldecir a los infiernos. Sus espuelas
hicieron dos profundos cortes en los flancos de su caballo; el animal dio un
aterrorizado salto hacia delante, y la columna se arremolinó y partió tras él.
La
plaza del pueblo estaba llena de visitantes, las tabernas hacían un próspero
negocio; la gente que se había congregado allí para presenciar el espectáculo
fue dispersada por el Señor de Rye y Deal. Éste llevó su caballo hasta la
barbacana exterior, con el animal echando espuma por la boca y perdiendo
bastante sangre por sus costados. El gran cañón Gruñón había sido bajado, pero
estaba cargado y preparado para disparar, y su negra boca asomaba a través de
los hierros del portalón. La culebrina estaba a su lado. Tras las piezas de
artillería, un semicírculo de hombres montaba guardia, con las alabardas
clavadas en el césped.
—Despejad
este maldito puente —gritó el lugarteniente del Papa, revolviéndose sobre su
caballo—. Capitán, si esa gente no sale, arrójela al foso... —Luego se dirigió
a los guardianes—. ¿Qué maldita estupidez es ésta? Abrid, en nombre del Papa
Juan...
Uno
de los hombres del interior del castillo alzó impasible la voz:
—Lo
siento, señor; son órdenes de Lady Eleanor.
—En
este caso —gritó el noble, dando a su voz un tono que evidenciaba su ira—,
informa a tu Señora que Henry de Rye y Deal le ordena que se presente
inmediatamente para responder de su jodida insolencia...
—Señor
—dijo el hombre desde el interior, sin impresionarse—, Lady Eleanor ha sido ya
informada...
Henry
echó un vistazo hacia atrás. Se volvió para ver a sus soldados cubriendo el
puente, y luego alzó la vista hacia el masivo e impasible rostro de la
fortaleza. Alrededor de la torre del homenaje, las almenas estaban empezando a
llenarse de hombres. Tendió un brazo para golpear con el pomo de su espada las
barras del portalón.
—Al
anochecer, mi hablador amigo —dijo, respirando pesadamente—, estarás colgando
de los pies por esto, posiblemente con la cabeza sobre un fuego lento. ¿Lo has
entendido bien?
El
guardia escupió desafiante al suelo, a sus pies.
Eleanor
se tomó su tiempo para bajar. Se bañó, se cambió y se peinó; no permitía que
ninguna mano excepto las suyas propias tocara su cuerpo, ni siquiera las de sus
voluminosas criadas. Apareció del brazo del senescal y con el capitán de
artillería caminando a su izquierda. Llevaba un vestido liso blanco, y su larga
cabellera castaña caía suelta. Se había alzado un poco de viento en las
murallas, agitando su cabello y aplastando su falda contra sus muslos. Henry,
que ya había perdido toda compostura, la observó echando chispas. A veinte
pasos del portalón los otros se detuvieron, y ella se adelantó sola. Vio a los
jinetes sobre el puente, los mosquetes y las espadas, y el ondulante mar de
azul. Se detuvo al lado de la recámara del gran cañón y apoyó una mano sobre el
hierro.
—Bien,
Señor —dijo con voz clara y baja—. ¿Qué es lo que deseas de nosotros?
Los
accesos de cólera de Henry eran famosos y espectaculares: la saliva manchaba su
barba, y los que estaban lo suficientemente cerca de él pudieron oírle rechinar
los dientes.
—Entrégame
la fortaleza —dijo al fin—. Y las armas. Y entregaos vosotros. En nombre de
vuestro soberano el Papa Juan, a través de la autoridad investida en mí, su
lugarteniente en estas islas.
Lady
Eleanor se irguió en toda su estatura, mirándole fríamente a través del
portalón.
—¿Y
en nombre de Carlos? —preguntó con voz cortante—. Mi señor es mi Rey. Así fue
con mi padre, y así es conmigo, Señor. No me doblegaré ante un sacerdote
extranjero.
Henry
extrajo su espada, y señaló a través de la reja.
—Ese
cañón —fue todo lo que pudo decir.
Ella
siguió de pie al lado del gran cañón, con los dedos acariciando la parte
trasera del arma y el viento agitando su cabello.
—¿Y
si me niego?
Rye
y Deal empezó a gritar de nuevo, agitando un brazo; al ver su gesto, un soldado
espoleó su caballo y descolgó un saco del pomo de su silla.
—Entonces
tus vasallos pagarán con sus hogares, sus propiedades y sus vidas —dijo Henry
con voz entrecortada, al tiempo que arrancaba, más que desataba, la cuerda que
cerraba el saco—. Será sangre por hierro, Señora, sangre por hierro... —La
cuerda se soltó; volcó el saco, y de él cayeron lenguas y otras partes humanas,
mutiladas como era costumbre entre los soldados de Henry.
Hubo
un profundo silencio. El color desapareció lentamente del rostro de Eleanor,
dejando su piel tan pálida como el yeso; alguno de los testigos más románticos
de la escena juraron más tarde que incluso el azul de sus ojos se había
desvanecido, dejándolos apagados y muertos como los ojos de un cadáver. Apretó
los puños lentamente, y lentamente también los relajó de nuevo; aguardó largo
rato, apoyada contra el cañón, mientras la rabia ofuscaba su visión y sentía un
intenso y agudo escalofrío que parecía llegar hasta su mismo cerebro; pero
cuando desapareció la dejó absolutamente fría. Tragó saliva y, cuando habló de
nuevo, cada palabra pareció como cortada de un enorme bloque de hielo.
—En
este caso —dijo—, no debes irte con las manos vacías, Señor de Rye y Deal. No
obstante, creo que mi Gruñón es una carga demasiado pesada. ¿No crees que será
mejor que primero la aligeremos un poco?
Y,
antes de que cualquiera de los que la rodeaban pudiera adivinar sus intenciones
o intervenir, había tirado ya del disparador del cañón, y Gruñón dio un
respingo hacia atrás, lanzando una bocanada de humo, mientras el eco resonaba
en las colinas circundantes.
La
pesada carga, disparada a quemarropa, reventó el vientre del caballo y se llevó
por delante los dos pies de Henry a la altura de los tobillos; animal y jinete
saltaron por el aire entre convulsiones y cayeron al foso seco, en medio de un
grito entremezclado. Como si hubieran estado aguardando aquella señal, las
ballestas de los defensores fueron las primeras en entrar en acción, apuntando
a los caídos: en cuestión de segundos los dejaron inmóviles, atravesados por
una veintena de saetas. La metralla se extendió, esparciendo la destrucción
entre los soldados que se hallaban sobre el puente. Resonaron gritos en los
cercanos muros de piedra; los arcabuceros dispararon sobre aquella masa de
gente que luchaba por escapar del camino; el capitán huyó al galope,
aferrándose al caballo mientras dejaba un rastro de sangre en los cuartos
traseros del animal. Luego todo acabó, con hombres moribundos gimiendo mientras
una suave niebla de humo se movía a lo largo de la muralla inferior en
dirección a la Puerta del Mártir.
Eleanor
seguía apoyada en el cañón, mordiéndose la muñeca como una niña que acabara de
darse cuenta de lo que había hecho. El senescal fue el primero en avanzar hacia
ella, pero lo apartó a un lado.
—Saquen
de ahí esa porquería —dijo, señalando en dirección al foso—, y entiérrenla
dentro de las murallas. Así tendré mi derecho de feudo del Papa Juan...
De
pronto se tambaleó; el senescal la sostuvo, la alzó en sus brazos y la condujo
a su habitación.
Durante
la mayor parte de su vida Eleanor, hija única de Robert, último de los Señores
de Purbeck, había vivido recluida en la gran casa entre las colinas. Era una
niña extraña, reservada y tímida, predilecta de las hadas, las cuales, según la
leyenda popular, habían ayudado a que fuera concebida. Aunque práctica y
juiciosa en otros aspectos, Eleanor nunca hizo ningún intento por desmentir los
rumores de su origen paranormal, pareciendo, al contrario, sentir placer en
ellos.
—Mi
padre —solía explicar— contaba a menudo a sus invitados la historia de cómo
aquel día fue a caballo en dirección norte para traer a mi madre a casa. Cuando
salió corriendo y saltó sobre su caballo, todos estaban convencidos de que se
había vuelto loco; pero él siempre dijo que fue el Pueblo de los páramos el que
le hizo ir a por ella, mostrándole visiones tan hermosas que le hicieron
sentirse absolutamente libre. —Entonces su rostro se ensombrecía, ya que
Margaret Strange había muerto en el parto, y Eleanor sentía muy profundamente
la pérdida de la madre que nunca llegó a conocer.
Demasiado
intensa a menudo para la tranquilidad de pensamiento de su padre; Robert, que
nunca se volvió a casar, se preocupaba por las imaginaciones de la niña. En una
ocasión, cuando ella era muy pequeña, empezó a caminar en sueños. Fue una noche
de mucho viento, un viento que soplaba desde el Canal, que se hallaba apenas a
cinco millas; una de esas noches en las que los temerosos de la casa se
encerraban en sus habitaciones, jurando que oían la risa de los Antiguos entre
las ráfagas de viento que silbaban y zumbaban en torno a las altas piedras de
la fortaleza. La niñera de Eleanor, al ir a ver si la niña se encontraba bien,
halló la habitación vacía; fue dada la alarma, y se registró todo el gran
complejo de edificios. Encontraron a Eleanor en lo más alto de la torre del
homenaje, al pie de una antigua escalera que no había sido utilizada durante
años. Sus ojos estaban cerrados, pero al acercarse a ella la oyeron llamar.
—Madre
—decía—. Madre, ¿estás aquí? —La bajaron, con cuidado de no sobresaltarla, ya
que sabían muy bien que tales personas se hallaban bajo la invocación de los
Antiguos, quienes podían arrebatarles el alma si despertaban. La misma Eleanor
no parecía ser consciente de todo el asunto; pero no era así. Lo mencionó
varios días más tarde, cuando su niñera la estaba vistiendo.
—Mi
madre estaba muy bonita, ¿.verdad? —dijo; y luego, más pensativa, añadió—.
Quería jugar conmigo, pero tuvo que irse...
Robert
se quedó perplejo cuando lo oyó, se rascó la barba y echó maldiciones; la niña
fue enviada con unos parientes de Francia, pero cuando volvió, seis meses más
tarde, no había cambiado mucho.
De
niña, Eleanor estaba a menudo sola; el castillo no albergaba a otros niños de
su edad excepto los hijos de los sirvientes, los cuales quedaban inmediatamente
excluidos por las barreras de rango y clase. La mayor parte de sus días los
pasaba plácidamente en compañía de su niñera y más tarde de su tutor, de quien
aprendió las varias lenguas del país. Demostró tener un cerebro rápido y bien
dispuesto; pronto dominó el francés normando y el latín, que eran las lenguas
del mundo de la cultura, y aún más rápidamente aprendió el vulgar argot de los
plebeyos. A su padre le preocupaba un tanto oír brotar las antiguas sílabas de
sus labios; pero debido a ello los pocos plebeyos con los que podía entrar en
contacto la respetaban grandemente. Es más, incluso parecía sentirse más
identificada con la gente del campo que con la de su propio rango, lo cual
podía ser comprensible si se tenía en cuenta que era de sangre noble sólo
parcialmente. Los plebeyos todavía vivían y se guiaban por los antiguos ritmos
de la luna y del sol, la siembra y la cosecha, el nacimiento y la muerte; y
todas las tradiciones ancestrales, estuvieran o no santificadas por los
regidores de Roma, la atraían en gran manera. A veces iba con su niñera y el
senescal de su padre a jugar a las playas cercanas. Solía pararse a observar el
interminable ir y venir del mar, y luego formulaba extrañas preguntas al
senescal, como por ejemplo si los Papas, desde su trono dorado, podían ordenar
a las olas que bañasen las costas de Inglaterra, esas olas que avanzaban como
tropas de color violeta para estrellarse contra los antiguos acantilados. Él se
limitaba a sonreír, respondiendo a la herejía con discreción, hasta que ella se
cansaba y se marchaba a buscar conchas o algas a la orilla del mar, o se
dedicaba a recoger los fósiles crinoideos de las rocas y se los regalaba para
que se hiciera con ellos collares de hada. Eleanor sentía una extraña atracción
hacia la textura del material que formaba aquella tierra; en una ocasión cogió
un trozo de esquisto y lo apretó contra su garganta hasta que gritó; luego dijo
que ella estaba hecha de piedra, oscura y dura como los acantilados de
Kimmeridge, e igual de indomable.
Su
carácter díscolo hizo que finalmente fuera enviada a Londinium. En su
decimosexto cumpleaños su padre la encontró con un mayordomo, aprendiendo el
manejo de su vehículo de motor, cómo cambiar las marchas y conducirlo hacia
delante y hacia atrás por las cuestas de la muralla exterior. Quizá algún
gesto, algún giro de su cabeza, le recordó demasiado claramente a Robert a la
muchacha que había muerto hacía ya tantos años; apartó a su hija de la máquina
de un tirón, la cogió por la oreja y la llevó casi a rastras a su habitación.
El resultado final, mezcla de la dignidad herida de Eleanor y el temperamento
siempre incierto de su padre, demostró ser desastroso. Eleanor aireó sus
sentimientos en frases multilingües desconocidas incluso para Robert, y él se
desquitó con su cinturón, cuya hebilla dejó varias marcas que amenazaron con
ser permanentes. Confinó a su hija a permanecer en su habitación durante toda
una semana; el día de su liberación, ella se negó a salir. Fue al cabo de
quince días cuando la vio en el foso, haciendo prácticas de tiro con unos
soldados. Inmediatamente envió a buscar a su senescal. Una temporada en la
corte de Londinium parecía ser la única solución válida para Eleanor; ya no
habría más paseos a caballo ni más cetrería, y ciertamente ya no más
asociaciones con mecánicos. Debía ser concienciada, si eso era posible, de su
posición, e instruida en las prácticas que una señora de noble cuna debía
conocer. Robert encargó de esta tarea al senescal, con la única directriz, a
título privado, de que su hija debía cultivarse o morir, Partió al cabo de dos
semanas, entre gran cantidad de protestas, resoplidos y sacudidas de cabeza.
Robert aguardó en la puerta para despedirse, pero ella lo ignoró. Ese fue un
arrebato de genio del cual iba a arrepentirse todo el resto de sus días, ya que
nunca volvió a verle con vida.
El
accidente ocurrió un día festivo, cuando la muralla inferior estaba repleta de
tiendas de acróbatas, malabaristas y vendedores de golosinas y el lugar
resonaba con gritos, risas y el entrechocar de los bastones de los jóvenes
mozalbetes de los pueblos circundantes que probaban su fuerza y su habilidad
los unos contra los otros. El caballo de Robert se encabritó mientras cruzaba
el puente exterior, y le derribó; se golpeó la cabeza contra una piedra, y cayó
al foso seco. Todo el bullicio de la feria se detuvo instantáneamente, y se
trajeron doctores desde Durnovaria; pero tenía el cerebro destrozado, y nunca
volvió a abrir los ojos. Eleanor, llamada por un mensaje que fue transmitido
desde Challow Hill hasta Pontes en menos de una hora, cabalgó con rapidez; pero
llegó demasiado tarde.
Enterró
a su padre en Wimborne, en la antigua basílica que allí había, en la tumba que
él mismo había hecho construir para compartir con su esposa. La comitiva fue
lentamente hacia el Portal de Corfe, con los caballos y motores cubiertos de
negro y los lentos tambores redoblando una marcha fúnebre. Aún era setiembre;
no obstante, un viento helado soplaba desde el mar, y el cielo era gris como el
hierro.
Eleanor
se detuvo cuando el castillo apareció ante ella, e hizo señas a los demás para
que siguieran a través de la larga y oscura carretera. El senescal aguardó
hasta que la comitiva del duelo estuvo lo suficientemente lejos; entonces ella
se volvió hacia él, con la capa agitándose en torno a sus hombros. Parecía
mayor de lo que en realidad era, y muy cansada; unas sombras oscuras
circundaban sus ojos, y regueros de lágrimas surcaban sus mejillas.
—Bien
—dijo—, héme aquí convertida en una gran Señora; y ésta es la Casa que poseo...
Él
aguardó en silencio, sabiendo lo que estaba pensando ella en aquellos momentos;
Eleanor tragó saliva y se apartó el pelo que cubría sus ojos.
—John
—dijo—, ¿cuántos años has servido a mi padre Robert?
El
senescal permaneció impasible, sentado sobre su caballo, mientras meditaba su
respuesta. Finalmente dijo:
—Muchos
años, Señora.
—¿Y
a su padre antes que a él?
Y de
nuevo la misma respuesta:
—Muchos
años...
—Sí
—dijo ella—. Y le serviste bien. Yo en cambio le dejé solo, y nunca le envié
noticias mías. Y por un motivo tan insignificante que ni siquiera lo recuerdo.
Y ahora ya es demasiado tarde. —Permaneció inmóvil unos momentos, sólo
acariciando el cuello de su caballo, mientras éste pateaba nerviosamente debido
al frío—. ¿Tienes una espada?
—Sí,
Señora.
—Entonces
dámela y baja del caballo. Esto es todo lo que puedo hacer...
Él
aguardó mientras ella sostenía la espada y miraba, casi sin ver, el
damasquinado de la hoja.
—Un
título es algo vacío para alguien como tú —dijo—. No obstante, ¿lo aceptarías
de mi parte?
Él
se inclinó, y ella tocó ligeramente su hombro con el acero.
—Confirme
o no el Rey mi elección —dijo Eleanor—, ante mí serás siempre Sir John...
—Entonces hizo dar la vuelta a su caballo y se alejó cabalgando con rapidez en
dirección al castillo, entornando los ojos para ver sus sombríos almenajes y
sus torres. De este modo llegó a casa, un lugar triste; para causar muy pronto
las iras del Papa Juan.
Vista
desde fuera, la posición de Eleanor era curiosa. Los sucesivos Señores de
Purbeck habían conservado sus feudos a través del Rey; bajo circunstancias
normales, era muy previsible que ella fuera casada rápidamente y sus dominios
pasaran a otras manos. Pero ella era, o sería un día heredera por derecho
propio, como nieta del último miembro de la familia Strange; y en la
restringida economía de aquellos tiempos, el impuesto anual pagado por esa gran
empresa tenía un peso notable en los bienes de la Corona. Cuando Carlos, Rey de
Inglaterra y nominalmente también de las Américas, decidió realizar un extenso
viaje al Nuevo Mundo en primavera, se contentó con dejar que los asuntos
generales reposaran en su sitio al menos hasta su vuelta: Eleanor se asentó pues
en su posición de autoridad, aunque hubo muchas personas en todo el país que
mostraron abiertamente su oposición a esa decisión.
Eleanor
asumió sus deberes con gran seriedad. Una de las primeras tareas que ella misma
se impuso fue visitar los límites de sus tierras con un juez de zona,
resolviendo las pequeñas diferencias que hubieran podido surgir desde la muerte
de su padre. Montaba de modo informal, con su senescal como único séquito,
deteniéndose a su antojo en cabañas y granjas, hablando con todos en su propio
dialecto, y la gente de su feudo, que se extendía a lo largo y ancho de Dorset,
quedó muy impresionada. Donde hallaba dureza, la aliviaba no con regalos en
metálico gastados con excesiva facilidad en las tabernas locales, sino con
ropas, alimentos y exención de diezmos. Vio mucho sufrimiento, y quedó
impresionada por ello; y muy pronto empezó a perder la satisfacción que anteriormente
le proporcionaba su propio estilo de vida.
—Todo
esto está muy bien, Sir John —dijo una noche, al poco de regresar al Portal de
Corfe—, pero en realidad no he conseguido nada. Supongo que unas pocas obras de
caridad pueden hacer que nos sintamos inclinados a la tranquilidad de nuestras
conciencias, pero si lo observamos con una visión más amplia veremos que esa
caridad no tiene sentido. Es posible que una o dos personas estén algo mejor al
no tener que matarse trabajando y ahorrando para pagar su renta cada semana,
pero ¿qué hay del resto para los que no he podido hacer nada? Mientras la
Iglesia siga aplicando una censura tan estricta ante ciertas formas de
progreso, que es lo que de hecho está haciendo, aunque los Papas lo nieguen
insistentemente, seguiremos siendo siempre una pequeña y miserable nación que
sobrevivirá al borde del hambre. ¿Pero qué más puedo hacer?
Estaban
cenando en la casa del siglo XVI al lado de la gran fortaleza; agitó una mano
en dirección a los muebles, las paredes ricamente adornadas, y murmuró, con la
boca llena de comida:
—No
puedo fingir que no me gusta esta vida, y poder comprar caballos y perros
cuando desee, y medias y perfumes, cosas que la gente común ni siquiera sueña
con poder ver... Y a sabes a lo que me refiero. —Con un tono ligeramente más
agudo, añadió—. Cuando mi pobre padre me envió a la ciudad, tuve la idea de
escapar y abandonarlo todo para vivir una vida simple, trabajando la tierra y
formando una familia como una muchacha plebeya cualquiera. Sólo que lo que he
visto lo ha cambiado todo; ahora me doy cuenta de que hubiera acabado teniendo
innumerables niños con algún fornido idiota que apestaría a cerdo, y hubiera
muerto antes de llegar a los treinta debido a las duras condiciones de mi vida.
¿O es que quizá estoy siendo demasiado cínica? Dímelo si lo crees así: hablas
muy poco.
Él
esbozó una sonrisa mientras le servía un poco de vino.
—El
otro día estuve discutiendo con el padre Sebastian —dijo Eleanor pensativa—. Le
mencioné el hecho de dar todo lo que se tiene a los pobres, y respondió que
todo esto estaba muy bien, pero que era preciso comprender las Escrituras y
darse cuenta de que era necesario que existieran maestros y líderes para el
propio bien de la gente. Me pareció una horrible evasiva, y no pude evitar
mencionárselo. Le dije que si la Iglesia vendiera la mitad de los tesoros que
posee, podría comprar zapatos para toda la gente del país, aparte de muchas
otras cosas; y que si el Papa no hacía algo en Roma, sería yo quien empezaría a
deshacerme de unos cuantos lotes de muebles aquí en Corfe. Me temo que mis
comentarios no le sentaron muy bien. Sé que estuvo mal por mi parte, pero a
veces me irrita: es tan piadoso, y me parece tan vacío. Podría caminar millas y
millas en medio de la nieve para rezar por un niño enfermo, es un hombre muy
bueno; pero si desde un principio hubiera habido algo más de dinero tal vez el
niño no hubiera enfermado. Todo parece tan innecesario...
El
invierno fue largo y duro; los riachuelos y la tierra se helaban, quedaban
duros como la piedra, incluso en la orilla del mar apareció el hielo. Las
torres repiqueteaban, los días en que los transmisores de señales podían
liberar sus brazos del hielo, con las noticias de otras partes del país que
sufrían tanto o más. La primavera que siguió llegó tarde y fría, y el verano
fue casi igual de malo. Carlos pospuso su viaje al Nuevo Mundo hasta el año
siguiente, distribuyendo su tiempo, de acuerdo con las noticias transmitidas
por las torres, en la organización de planes de ayuda para las zonas más
azotadas por el hambre. Cuando volvió de nuevo el otoño, y con él las ofrendas
a las iglesias, llegaron las peores noticias, traídas con urgencia por las
chirriantes torres: el sistema de impuestos del país iba a ser revisado, los
comisionados ya estaban trabajando distribuyendo las contribuciones que debían
ser recaudadas en cada zona, no en dinero sino en bienes y especies.
Eleanor
lanzó una maldición cuando le llevaron las noticias, y si los oficiales se
hubieran presentado en su casa seguramente les hubiera ofrecido una cálida
recepción; pero nadie se acercó lo suficiente. En su lugar, fue informada a
través de la torre de señales de la lista de cosas que debía entregar como pago
de sus tributos. Otras partes del país habían sido gravadas con cosas que iban
desde la alfarería hasta canastas de mimbre; la contribución de Dorset iba a
ser mantequilla, cereales y piedra.
—Esto
es ridículo —dijo Su Señoría llena de rabia, mientras iba arriba y abajo por la
pequeña habitación que servía de despacho y estudio a la vez—. La mantequilla y
la piedra están bien, o lo estarían si no representaran impuestos adicionales,
¡pero el cereal! Las personas que han diseñado este plan tienen que saber que
prácticamente no existen zonas de cultivo aquí; el poco trigo que crece es para
el consumo propio, y después del verano que hemos sufrido apenas tendremos para
sobrevivir; espero poder instalar cocinas al lado de la muralla desde donde
poder distribuir sopa tal y como se hizo en tiempos de mi padre. En Italia no
parecen tener mucha idea de lo que puede hacer una mala temporada en la
producción de una granja; aunque esto no quiere decir que por un momento haya
supuesto que esta basura ha venido desde Roma. Lo más probable es que todo haya
sido maquinado por un pequeño barrigón en París o Burdeos, que nunca ha visto
Inglaterra ni tiene intención de verla, y que venderá todo lo nuestro para su enorme
provecho tan pronto como se lo enviemos. Cualquiera podría pensar que están
intentando arruinarnos deliberadamente. Si arrebato todo lo que me piden a
nuestra gente, habrá innumerables muertes por hambre antes de que llegue la
primavera; por otra parte, ¿qué razón hay para que lo compre todo en Poole a
los del Nuevo Mundo, devolviéndoles lo que les cogí y arruinándome en el
proceso? No puedo compren...
Se
detuvo de pronto, y la expresión en sus ojos mostró claramente que acababa de
recibir una lección de economía.
—Sir
John —dijo con firmeza—. No voy a hacerlo. No hay ninguna razón para ello,
excepto la pura malicia. ¿Por qué debería hacer padecer hambre a mi gente o
arruinarme en un intento de solucionarlo todo? —Mientras meditaba la cuestión,
se acarició los labios con la punta de un estilete—. Que las torres envíen este
mensaje —dijo—. Nuestras cosechas son malas, si enviamos los impuestos que nos
piden tendremos serias dificultades antes de la primavera. Diles que estamos
dispuestos a pagar una tasa doble el próximo otoño; al menos, esto nos dará la
oportunidad de poner más acres en cultivo, a menos desde luego que por entonces
decidan volver a cambiar sus peticiones. Si falla esto, intentaremos
sustituirlo por..., oh, tejidos, productos de artesanía, lo que ellos quieran;
pero no cereales. Eso queda fuera de cuestión.
Así
que el mensaje fue enviado; y una segunda señal fue enviada a Londinium
informando al Rey de esa respuesta a Roma.
Al
día siguiente las torres trajeron noticias señalando que Carlos no estaba
complacido con aquello, y que ordenaba a Eleanor que pagara; pero por aquel
entonces ya era demasiado tarde, su respuesta debía estar cruzando Francia.
—Me
temo que no haya solución a este problema —le dijo al senescal—, excepto
presentarlo como un fait accompli. Pero me hubiera gustado decirle, a él y al
Papa Juan también, que ya no pueden exprimir más sangre a las piedras de
Dorset, aunque siempre serán bien recibidos si quieren venir a probarlo
personalmente. —Estaba sentada ante su tocador, maquillándose tal y como le
habían enseñado en la corte; dibujó cuidadosamente el perfil de sus labios,
secándolos luego con una toallita—. Dios sabe que la Iglesia ya es lo
suficientemente rica —sentenció con amargura—. Lo que espera conseguir
sentándose sobre los cuellos de unos cuantos pobres salvajes de Inglaterra es
algo que desconozco...
Olvidó
todo el asunto; aún en las mejores ocasiones, la política la cansaba
rápidamente, y empezaba a sentirse muy interesada en ciertos cambios
subrepticios que estaba haciendo en su casa.
El
más atrevido de todos, y el que conllevaba la mayor de las herejías, era la
instalación de luz eléctrica. Había encargado a un artesano del pueblo que le
construyese e instalase un generador, y propuso accionarlo mediante un motor de
vapor del tipo diseñado para que encajara en los camiones. El trabajo tuvo que
hacerse en secreto porque, aunque los principios de la fuerza electromotriz
eran conocidos desde hacía mucho tiempo, la Iglesia nunca había permitido su
uso doméstico. La unidad completa debía ser alojada en una de las torres de la
muralla inferior, lo suficientemente lejos para que su ruido no molestara en la
casa, y si bien Eleanor no esperaba resultados espectaculares, sí al menos
confiaba en obtener la suficiente luz para disipar la profunda oscuridad del
invierno. Y también algo de calefacción, si las cosas iban bien; recordaba de
la escuela que un cable, debidamente enrollado en torno a una bobina de
cerámica, podía ser puesto al rojo si se conseguía crear una diferencia
suficiente de potencial entre sus dos extremos. A sus preguntas acerca de si el
generador podría conseguir esto, el senescal respondió que no era algo
inconcebible, pero se negó a aventurar nada más allá de eso...
—¿Por
qué, Sir John? —dijo Eleanor con malicia—. No —pareces aprobarlo. Te juro que
el invierno pasado se me helaron al menos nueve de los diez dedos de los pies,
y eso a pesar de dormir debajo de una franela tan gruesa que el mismísimo Papa
se sentiría impresionado por mi rectitud. ¿Serás capaz de escatimarme las pocas
comodidades que podré permitirme en mis años de declive?
Él
sonrió ante la ocurrencia, pero no respondió; y al cabo de poco tiempo el
generador empezó a funcionar y un elemento empezó a brillar intensamente a los
pies de la cama de Su Señoría, aterrorizando hasta la médula a una de las
sirvientas, que se fue corriendo al oficial despensero con el cuento de que las
piedras quemaban y gruñían con bocas de color escarlata.
Aquel
mismo día, Eleanor recibió la visita de un capitán del Gremio de Señales. Le
anunciaron su llegada desde la barbacana exterior, y ella tuvo que cambiarse
rápidamente, y lo recibió en el gran salón junto con su senescal y varios
caballeros del castillo como único séquito. Un hombre de tal posición siempre
había suscitado un gran respeto, y Eleanor amaba al gremio con todo su corazón,
aunque nunca había sido y nunca sería tema de su dominio. El respeto era mutuo:
¿a qué otra persona, con ocasión del cuarenta cumpleaños de Robert, se le
hubiera permitido entrar en una torre y deletrear el nombre de su padre con sus
propias manos, en las mismas palancas que sólo a los hombres del Gremio se les
permitía manejar?
El
capitán entró impasible en el salón, un hombre canoso enfundado en el
desgastado uniforme de piel verde con el brazal color plata y los cordones
entrecruzados mostrando su rango. Sus ojos captaron la luz eléctrica que
iluminaba el lugar, pero no hizo ningún comentario. Fue directo al grano,
hablando claro, tal y como era la costumbre del Gremio; de hecho, cuando los
reyes observaban las torres de señales con tanta ansiedad como los plebeyos, no
había razón para las florituras.
—Señora
—dijo—, el arzobispo de Londinium se ha puesto en marcha en dirección a
Purbeck, con una fuerza aproximada de unos setenta hombres, a la espera de
tomaros por sorpresa y hacer que rindáis vuestra casa y sus dominios a Juan.
Eleanor
palideció, pero un punto rojo de rabia se dibujó inmediatamente sobre sus
mejillas.
—¿Cómo
podéis saberlo, capitán? —preguntó, de forma estudiadamente calmada—. Londinium
está a más de un día de camino, y las torres han permanecido silenciosas
durante largo tiempo. Si algo hubiera sido transmitido, yo hubiera sido
informada.
El
capitán cambió de posición, sin moverse del lugar donde estaba, de pie con las
piernas ligeramente separadas sobre la alfombra que cubría el estrado.
—El
Gremio no teme a hombre alguno —dijo finalmente—. Nuestros mensajes son para
todo aquél que pueda leerlos. Pero existen ocasiones, y ésta es una de ellas,
en que es mejor que las palabras no pasen por las redes. Hay otros medios más
rápidos.
Hubo
un silencio embarazoso, pues el capitán se estaba refiriendo a la nigromancia,
y ése no era un tema que pudiera ser discutido a la ligera, ni siquiera en
medio del aire de libertad que se respiraba en el gran salón de Eleanor. El
senescal comprendió de inmediato todo el significado de aquellas palabras, y el
transmisor de señales le dirigió una ligera inclinación de cabeza, reconociendo
una sabiduría mayor y más antigua que la suya. Eleanor vio la mirada que
cruzaron los dos hombres y se estremeció.
—Bien,
capitán —dijo—. Nuestra gratitud es profunda. Cuán profunda, sólo vos lo
sabéis. Si no tenéis nada más que añadir a lo que habéis mencionado, permitidme
ofreceros un poco de vino. Mi casa se siente honrada de teneros aquí.
El
hombre inclinó de nuevo la cabeza, aceptando esta vez la invitación; y pocos
más había que pudieran hacer semejante invitación, puesto que los hombres del
Gremio no acudían a menudo a las casas de los no iniciados, aunque fueran los
señores de un feudo.
Eleanor
convocó a un par de veintenas de vasallos y los armó, y cuando las torres de
Corfe aparecieron ante Su Eminencia, las torres de señales ya le habían
informado de la situación en el castillo, Acuarteló a sus hombres en el pueblo
y prosiguió con una escolta de media docena, haciendo gran alarde de la paz de
sus intenciones. Fueron conducidos a través de la puerta principal por una
nutrida guardia y llevados al gran salón, donde se les dijo que Lady Eleanor
les recibiría. Y así lo hizo; pero no antes de una hora, y el gran hombre
estaba echando chispas y paseando arriba y abajo midiendo la alfombra antes de
que ella apareciera, Eleanor permaneció todo ese tiempo en su habitación,
cuidando hasta los últimos detalles su maquillaje y su vestido; previamente
había llamado a su senescal, y le había pedido que la acompañara.
—Sir
John —dijo, mientras ajustaba una diminuta corona sobre su pelo—, me temo que
este encuentro va a ser difícil desde todos los aspectos. Ni por un momento he
imaginado que Carlos sepa algo de todo esto, lo cual hace que el comportamiento
de Su Eminencia sea sospechoso en extremo; pero es difícil acusar a un
arzobispo de intento de traición. Aparte de que ha venido obviamente a pedir
algo que yo no le puedo dar, o mejor dicho que yo, ay, me niego a darle por una
serie de razones que me parecen excelentes. No obstante, ha hecho una tal
exhibición de sus intenciones pacíficas que cualquier cosa que yo pueda decir
parecerá una grosería. Ojalá el Rey se dejara ver por el Portal de Corfe más a
menudo; está muy bien que la gente le llame Carlos el Bueno y le lance pétalos
de rosa cada vez que sale a caballo por Londinium, pero a fin de cuentas lo que
hace es asumir una posición muy inteligente sentado entre esos dos márgenes,
apaciguando a todos por igual. Me estoy cansando de que los extranjeros dirijan
los destinos de Inglaterra, aunque represente una herejía decirlo.
El
senescal meditó cuidadosamente lo que iba a decir.
—Su
Eminencia es ciertamente un astuto orador, si mis noticias son ciertas —dijo de
un tirón—. Y también es verdad que no estás en una posición en la que puedas
regatear. Pero no creo que debas ser demasiado dura con Carlos, Señora; él y a
tiene bastante trabajo evitando que los anglos, los escoceses y los supuestos
normandos se le vayan de las manos, y satisfaciendo al mismo tiempo a Roma.
Ella
le miró sin titubeos, mordisqueándose el labio inferior. Era un gesto que el
senescal no había visto desde hacía muchos años; su madre solía hacerlo a
menudo, cuando se sentía molesta o irritada.
—Si
lucháramos, Sir John —dijo ella—, si todos nosotros nos rebeláramos
directamente, ¿cuáles serían nuestras posibilidades?
El
senescal extendió sus manos.
—¿Contra
los azules? Su azul es como el azul del océano, Señora; fluye incesante, desde
aquí hasta China, sobre todas las cosas que conozco, Nadie lucha contra el mar.
—A
veces no resultas de mucha ayuda... —Giró ligeramente el espejo y se retocó con
cuidado un pelo que sobresalía de la línea de una ceja—. No sé qué hacer —dijo,
cansada—. Que me traigan un perro o un gato enfermo, o incluso el viejo trasto
de Sir Gwilliam con el carburador obstruido de nuevo, y sabré qué hacer: me
pasaría todo el tiempo volviendo a poner las cosas en su lugar, aunque el
resultado final no fuera muy bueno. Pero la gente de la Iglesia y los que
ostentan posiciones de importancia me producen escalofríos. Quizá piensen que
con mi padre muerto podrán intimidarme más fácilmente que a algunos de nuestros
grandes barones; pero estoy convencida de que, ahora que hemos establecido
nuestra posición, debemos mantenerla, o acabaremos peor que nunca; ellos están
seguros de que pueden incluso imponernos algún tipo de multa por haberles
desafiado. —Se levantó, satisfecha al fin de que su aspecto no podía ser
mejorado; pero al llegar a la puerta de la habitación se detuvo bruscamente a
medio dar un paso, escupió sobre sus dedos y enderezó la costura de una media.
Miró al senescal; su rubia cabeza redonda y sus curiosas facciones no habían
cambiado desde que era una niña—. Sir John —dijo suavemente—, tú que ves tanto
y dices tan poco..., ¿hubiera hecho lo mismo mi padre?
Él
aguardó un segundo y dijo:
—En
caso de que se tratara de algo que afectara a su gente y pusiera su buen nombre
en entredicho, sí, lo habría hecho.
—Entonces,
¿me apoyarás?
—Serví
a tu padre —dijo—. Y también te sirvo a ti, Señora.
Ella
se estremeció.
—Sir
John —murmuró—, procura estar cerca de mí... —Cruzó la puerta y bajó las
escaleras para recibir a la delegación.
Su
Eminencia se mostró amistoso, incluso jovial, hasta que se tocó la cuestión del
tributo impagado.
—Debéis
daros cuenta, hija mía —dijo el hombre de Londinium sin rodeos, mientras iba y
volvía de un extremo a otro del salón—, que el Papa Juan, vuestro padre
espiritual y señor del mundo conocido, no es un hombre del que uno pueda
librarse tan fácilmente o cuyos favores o descontentos puedan ser tomados a la
ligera. Ahora bien, yo... —extendió las manos— yo sólo soy un mensajero y un
consejero. Lo que me digáis o lo que yo os pueda decir es posible que no tenga
la menor importancia. Pero si alguna palabra sale más allá de estas paredes, y
es mi deber que así suceda, entonces vos y vuestra gente sufriréis, porque Juan
aplastará este pequeño lugar como si fuera un huevo. Su voluntad tiene que ser
obedecida, en todo el mundo.
Se
acercó de nuevo a Eleanor.
—Sois
muy joven —dijo con tono paternal—, y no puedo evitar sentir hacia vos lo mismo
que sentiría vuestro padre si aún viviera para aconsejaros. —Sus dedos se
posaron sobre el brazo de ella, y Eleanor, quizá debido a los nervios, enarcó
una ceja. Bajo aquellas circunstancias, fue un gesto desafortunado. Su
Eminencia se sonrojó y refrenó con gran esfuerzo su temperamento—. Hallad el
modo de cumplir con el pago del tributo —dijo—. Cumplid con él de algún modo,
hacedlo como deseéis; pero conseguidlo, y enviadlo. Hacedlo en el plazo de esta
semana, y todavía podrá alcanzar el último de los barcos en dirección a
Francia. Pero si os retrasáis y el tiempo empeora, si vuestros barcos mercantes
se pierden o se desvían del camino con el grano, entonces os puedo prometer que
Juan vendrá hasta aquí para castigaros. Y con razón, porque la mitad de lo que
poseéis le pertenece. Como sabéis muy bien, poseéis vuestros dominios por
voluntad suya.
—Poseo
mis propiedades por el favor de mi señor Carlos —dijo Eleanor fríamente—, y eso
vos lo sabéis muy bien, Señor, tan bien como yo. Mi padre le prometió lealtad a
sus pies, besando su mano de acuerdo con la antigua tradición. Yo también, a no
ser que se me libere de ello, seguiré su ejemplo. Y no haré otra cosa que no
sea eso, Señor...
Hubo
un silencio en el que se pudo oír perfectamente el repiqueteo de la torre de
Challow. El representante de Londinium pareció hincharse, bajo sus vestiduras
orladas de piel, como una rana.
—Vuestro
Señor —dijo, y obviamente halló difícil no empezar a gritar— os ha ordenado que
enviéis el grano. O sea que os estáis burlando del Papa y del Rey...
—No
puedo enviar lo que no poseo —dijo Eleanor pacientemente—. Todo el cereal que
poseo debe ser conservado para ser entregado a mi gente, o habrá hambre en la
región al acercarse la Navidad. ¿Eso es lo que desea Juan, un territorio lleno
de cadáveres como prueba de su fuerza?
El
clérigo la miró con enojo, pero no dijo nada más; y ella se retiró, dejando el
asunto en la balanza.
El
tema llegó a su máxima intensidad por la noche, cuando se dispuso la cena para
la delegación en el gran salón. El lugar había sido alegrado con la luz de
infinidad de candiles y velas, y los sirvientes estaban atentos con unidades de
repuesto bajo el brazo para reemplazar las velas tan pronto se agotaran en los
candelabros. Eleanor hubiera deseado usar la luz eléctrica, pero en el último
momento la opinión del senescal prevaleció contra su temeridad; Su Eminencia
nunca se hubiera sentado a comer bajo una evidencia tan clara de herejía. Las
cansadas lámparas con sus delicados filamentos de carbón fueron retiradas del
techo, los enchufes de las paredes fueron escondidos tras las cortinas, y de
este modo no hubo señal visible de la desobediencia de Eleanor. Se sentó en la
tarima, en el lugar que solía ocupar su padre, con el senescal a su derecha y
su capitán de artilleros a su izquierda. Ante ella estaban los clérigos y
algunos de los militares a los que se les autorizó la entrada.
Todo
fue bien hasta que Su Eminencia hizo mención de la temprana muerte de la madre
de Su Señoría. El capitán y convirtió precipitadamente el sonido en una se
atragantó, tos; todos los miembros de la casa sabían que aquél era el punto
flaco de Eleanor. Ella había bebido algo más de lo conveniente, con toda
seguridad para relajarse; y picó de buen grado el anzuelo que se le había
tendido.
—Esto,
Monseñor, es muy interesante —dijo—, ya que si se hubiera permitido que un
cirujano ayudara a mi madre, entonces ella quizá aún estaría aquí entre
nosotros. He leído que vosotros los romanos fuisteis en otra época anterior más
atrevidos de lo que sois ahora, ya que el mismo César vio la primera luz tras
serle abierto el vientre a su madre; no obstante, ahora pensáis que este
recurso es abominable a los ojos de Dios...
—Señora...
—También
he oído decir —dijo Eleanor con un ligero hipo— que se pueden destilar aires
cuya inspiración tranquiliza el cuerpo y la mente, de modo que una puede
despertar de un intenso dolor del mismo modo que de un sueño; no obstante, creo
que el Papa Pablo I renegó de ellos, diciendo que el dolor fue enviado por Dios
como recordatorio del deber sagrado aquí en la Tierra. También he oído decir
que unos ácidos esparcidos por el aire pueden matar la esencia misma de la
enfermedad; aún así, los doctores trabajan con nuestros cuerpos sin siquiera
lavarse las manos. ¿Debemos aprender entonces de esto que es mejor morir en
santidad que vivir en herejía?
Su
Eminencia se levantó airadamente.
—La
herejía —empezó— existe de muchas formas en cada uno de nosotros; en vos,
Señora, quizá más que en el resto. Si no fuera por la caridad del Papa Juan...
—¿Caridad?
—interrumpió amargamente Eleanor—. Vuestra misión aquí no tiene la más mínima
relación con eso. Me parece, Monseñor, que la Iglesia olvida rápidamente el
significado de esa palabra; si yo fuera el Papa, preferiría vender todos los
objetos de mi casa antes que hacer morir de hambre a mis vasallos en una isla
extranjera, por muy incultos y estúpidos que fueran.
No
se podía esperar que el clérigo digiriera ese insulto con doble objetivo: al
mismo tiempo que un ataque directo contra su Señor y la Iglesia, era un
desprecio a su propia persona como uno de los estúpidos con los que Eleanor
había comparado a los ingleses. Dio un puñetazo sobre la mesa, con la cara roja
de ira; pero antes de que pudiera iniciar su arenga, el paje transmisor de la
casa llegó corriendo con su libreta de notas, arrancó la hoja superior y se la
entregó a su Señora. Eleanor se la quedó mirando por un instante, sin dar
crédito a sus ojos, con los labios modulando silenciosamente las palabras a
medida que las iba leyendo; luego pasó la nota al senescal.
—Monseñor
—dijo—, será mejor que permanezcáis sentado y contengáis la respiración durante
un momento. Este mensaje acaba de llegar: quiero leérselo a todos los presentes
en el salón.
Los
ojos del arzobispo se dirigieron automáticamente hacia las ventanas, cubiertas
por los cortinajes; sabía tan bien como los demás presentes que tan sólo los
asuntos de importancia vital inducirían a los hombres del Gremio a encender
antorchas sobre los brazos de las torres. El senescal se levantó y se inclinó
levemente ante sus dignatarios.
—Señores
—dijo—, como señal de apoyo hacia nosotros, los que habitamos en el oeste del
país, Carlos ha enviado hoy mismo el doble de la cantidad que debíamos a Roma.
Además, confirma a Lady Eleanor en el gobierno de la isla y sus feudos; y como
testimonio adicional de su confianza en ella, envía a Corfe, de su propio
arsenal en Woolwich, el gran cañón Gruñón, junto con un pelotón de sus hombres.
También envía desde Isca la culebrina Príncipe de la Paz y el de mi cañón
Lealtad, así como munición y pólvora para este último...
Las
palabras se perdieron en un estallido de aplausos procedentes de las mesas
inferiores; los hombres gritaban y golpeaban con sus vasos contra la madera de
las mesas. El senescal alzó una mano.
—También
—dijo, con ojos resplandecientes—, Su Majestad requiere a Su Eminencia, en
donde quiera que se encuentre, que se presente ante él lo antes posible para
tratar asuntos de Estado.
El
arzobispo abrió la boca, y volvió a cerrarla. Eleanor se reclinó en su silla,
secándose el rostro y sintiéndose repentinamente apartada de la muerte.
—Él
lo sabía —murmuró al senescal, aprovechando el bullicio—. Y mira, le hemos
obligado a tomar partido. Quién sabe, quizá en la próxima ocasión luchará...
Dos
de los cañones llegaron a su debido tiempo; pero el de mi cañón cayó en un
pantano mientras era transportado, y todos los esfuerzos de los soldados por
sacarlo fueron en vano, dando origen con el tiempo al dicho de que la Lealtad
se había perdido al este de los lagos de Luckford.
Después
de la llegada de los cañones, Eleanor respiró con más tranquilidad durante un
tiempo; pues aunque el armamento era poco más que un símbolo, su efecto sobre
los ánimos de la casa fue considerable. Además, el castillo era considerado
como uno de los más inexpugnables del país; Eleanor hizo un comentario al
respecto en una fría noche, un mes después de la derrota de los clérigos. Se
hallaba caminando cerca de la segunda muralla, enfundada en un manto para
protegerse del helado viento del mar; se detuvo al lado del Gruñón, aún
enganchado al armón, del mismo modo que lo habían traído, y pasó los dedos a lo
largo del áspero hierro de su recámara. El senescal se detuvo a su lado.
—Dime,
Sir John —dijo tímidamente—, ¿qué hubiera hecho nuestro Padre de Roma si Carlos
no hubiera pagado nuestros impuestos? ¿Crees que se habría enfrentado a los
dos, a esa criatura y a mí, ambas vírgenes a nuestro modo y sin mancha de
sangre alguna, por un cargamento tan pobre como el que tenemos en nuestros
graneros?
El
senescal meditó cuidadosamente, con sus almendrados ojos mirando más allá de
las almenas, observando la nada en la creciente oscuridad.
—Ciertamente,
Eleanor —dijo, y nadie más se hubiera atrevido a usar una expresión tan
familiar—, Su Santidad se hubiera sentido muy tentado a destruirnos. No hubiera
permitido que un desafío de ese tipo quedara sin castigo, por miedo a dejar al
país preparado para una gran revuelta. Pero, afortunadamente, el problema se ha
alejado por un tiempo. Podrás disfrutar de estas Navidades entreteniendo al
menos a aquellos amigos de tu padre que vengan a visitarnos a Corfe.
Ella
alzó la vista hacia la fortaleza, imponente y oscura en medio de la noche, y al
leve brillo procedente de las ventanas donde sus sirvientes preparaban las
camas y las comidas. Aquí y allá brotaban ásperas llamaradas donde una máquina
hereje suministraba luz y calor. El sonido del generador sonaba con suavidad
por encima de las murallas, intensificándose y disminuyendo según como soplaba
el viento.
—Sí
—dijo, estremeciéndose bruscamente—. Las vacas y los caballos en sus establos,
los motores guardados para que el frío no los afecte... Apuesto a que Sir
Gwilliam ha encendido de nuevo el carbón debajo de su condenado bloque de
cilindros por miedo a que el frío lo agriete; un día hará que todo aquel
maldito lugar se incendie... Nosotros deberíamos cerrarlo todo también, Sir
John, para estar seguros hasta la primavera.
Él
aguardó con gravedad. Ella dio media vuelta y le observó a la espera de algún
comentario; se apartó impaciente el cabello del rostro.
—No
me dejé engañar —dijo—. Y tú tampoco, estoy segura de ello. Ni incluso por Su
Eminencia repartiendo sonrisas y bendiciones y buenos consejos en su despedida.
Carlos irá al Nuevo Mundo el año próximo, ¿no es así?
—Sí,
Señora.
—Sí
—dijo Eleanor pensativa—. Y entonces todos esos despreciables ociosos de la
corte, y todos esos perros falderos papistas esparcidos por el país, se alzarán
sobre sus patas traseras y echarán a correr para ver qué daño pueden hacer; y
nosotros debemos hallarnos en los primeros lugares de su lista de prioridades.
No tengo ninguna duda al respecto. Les hemos enseñado los dientes, y no hemos
recibido ningún golpe por ello; no dejarán que las cosas queden así. Puede que
el brazo de Juan sea largo, pero su memoria es aún mayor.
Él
aguardó de nuevo; sabía más que ella, pero algunos secretos no debían ser
pronunciados por sus labios.
—¿Y,
Señora?
Ella
acarició de nuevo el cañón, observando con detalle su gran y negra boca de
salida.
—Entonces
vendrán a por éstos... —dijo. Se dio bruscamente la vuelta, sujetándole el
brazo—. Pero, como muy bien dices, no necesitamos preocuparnos hasta que llegue
el buen tiempo; Juan necesitará mares en calma si quiere traer armas y animar a
la gente sin coraje que lo apoya. Vámonos, Sir John, o voy a sentirme más
deprimida que nunca; he oído que esta misma mañana ha llegado un nuevo
espectáculo al pueblo, y Sir Gwill ha adquirido sus servicios por esta noche.
Podemos ir a echar un vistazo a los trucos que ofrecen, aunque pienso que la
mayoría ya los habremos visto anteriormente; y después haré que me cuentes
alguna de tus historias de mentiras acerca de los tiempos anteriores a la
existencia de castillos sobre las cimas de nuestras colinas y antes de que el
mundo supiera nada de Iglesias, poderosas o no poderosas.
Él
le sonrió en la oscuridad.
—¿Todo
mentiras, Eleanor? A cada día que pasa pareces tenerle menos respeto a tu más
antiguo servidor.
Ella
se detuvo, y su silueta quedó recortada contra la luz de una ventana.
—Todo
mentiras, Sir John —dijo, intentando mantener su voz firme, ya que hablaba de
cosas prohibidas—. Cuando desee la verdad de ti, ya te lo haré saber...
La
Navidad transcurrió tranquila y agradable; el tiempo no fue ni tan duro ni tan
frío como el año anterior, y pasaron por la región los suficientes actores,
músicos y otros entretenimientos como para proporcionar variedad a las noches
de invierno. Un hombre en particular fascinó a Eleanor. Trajo consigo una
máquina, un artilugio con unos extraños zancos y unos complejos componentes. Se
le colocaba una cinta de una sustancia desconocida, y se daba vueltas a una
manivela. Entonces escupía una llamarada y silbaba, y unos dibujos, dando
saltos y aparentemente vivos, bailaban sobre una pantalla preparada al otro
extremo de la sala. Eleanor hizo todos los esfuerzos posibles por comprar el
aparato, pero no estaba a la venta. En su lugar añadió a su arsenal mecánico
otros dos generadores, que unieron sus silbidos y ruidos a los que ya había.
Los globos y de corta vida, fueron de las lámparas, siempre frágiles
reemplazados por unas lámparas de arco que daban una luz más violenta; hizo con
sus propias manos unas pantallas para atenuar su brillo. Una de las perras
parió una gran camada de cachorros ladradores y juguetones, que no dejaban de
correr por los pasillos y las cocinas aullando y gruñendo, robando trozos de
carne a los cocineros y rompiendo y desgarrando todo aquello que encontraban a
su paso con sus diminutos colmillos. Ella se sentía encantada con los
animalillos, y los conservó todos, incluso los enfermos.
Cuando
el invierno dio paso a la tempestuosa humedad de marzo, todavía no se había
oído nada ni de Carlos ni de la Iglesia en relación con los acontecimientos del
año anterior. No ocurrió nada fuera de lo común excepto que, unos cuantos días
antes de la prevista partida de Su Majestad, las torres de señales trajeron una
petición de Sir Anthony Hope, Mariscal Preboste de Inglaterra y defensor
hereditario del Rey solicitando permiso para cazar en el coto de Purbeck
durante unos días y disfrutar del placer y la delicia de la compañía de
Eleanor.
Hizo
una mueca al senescal cuando éste le comunicó la noticia.
—Hasta
donde alcanza mi memoria, el hombre es tremendamente engreído y absolutamente
mal educado; además, la temporada ya casi ha terminado, y no queremos que lo
pisotee todo con sus enormes pezuñas cuando toda la hierba está a punto de
crecer. Pero también supongo que no podemos hacer nada excepto aceptar, tiene
demasiada influencia para que lo provoquemos por una insignificancia. Ojalá
hubiera preferido a los Taverner de Sherborne o a los March, como hizo el año
pasado. Me temo que tendrás que ayudarme con él, Sir John. Personalmente no
tengo nada en común con su persona; tiene casi la edad suficiente para ser mi
padre, aunque Dios me libre de semejante pensamiento. —Suspiró brevemente—.
Pero si me manda otro de sus laboriosamente galantes mensajes, me sentiré muy
inclinado a agradecérselo del mismo modo que papá lo hizo con la famosa Águila
Dorada...
Las
torres del Gremio mandaron su respuesta afirmativa, y pronto trajeron noticias
de que Sir Anthony se hallaba de camino, en compañía de una veintena de
soldados de su casa. Eleanor se encogió de hombros y pidió que trajeran unos
cuantos barriles más de cerveza.
—Bien
—dijo—, si el terreno todavía sigue bastante blando, siempre cabe la
posibilidad de que su caballo se tuerza una pata y le rompa el cuello, aunque
supongo que no debemos esperar milagros.
Ciertamente
no se produjo ningún milagro, y al cabo de pocos días Sir Anthony llegó al
castillo, donde sus hombres fueron alojados en las alas inferiores e hicieron
estragos entre las sirvientas, hasta que Eleanor se tomó el asunto algo más
seriamente con su amo. El grupo permaneció allí dos semanas, y Su Señoría, que
al principio se había sentido inclinada a sospechar de todo el asunto, se
sintió relajada y simplemente deseosa de que Sir Anthony, con su pandilla de
patanes y su repertorio de baladronadas, se hallaran de nuevo tras las murallas
de Londinium. Pero en la mañana del decimoquinto día se produjo el desastre.
Cuando amaneció, Inglaterra se hallaba en paz; al atardecer, tuvo lugar el
primero de los actos que conducirían inevitablemente a la guerra contra Roma.
Eleanor
se había levantado temprano aquella mañana y había ido a cazar, como era su
costumbre, con su senescal y una docena de sirvientes y halconeros de la casa.
Tomaron los halcones y unos cuantos perros, esperando poder ver aún algo
emocionante antes de que Sir Anthony y su séquito lo estropearan demasiado.
Durante un rato tuvieron suerte, pero uno de los mejores halcones falló su
presa y se negó a volver al reclamo de la comida. En vez de ello escapó volando
por encima de los páramos, batiendo las alas fuerte y alto, al parecer en
dirección a la bahía de Poole y hacia el mar. Eleanor se lanzó al galope tras
él, lanzando mil maldiciones y espoleando su caballo con los talones; había
invertido mucho tiempo en aquel pájaro, y no estaba dispuesta a perderlo si
podía evitarlo. Cabalgó veloz, permitiendo que su montura eligiera el camino
por entre los arbustos y los matorrales, dejando atrás muy pronto al resto del
grupo; únicamente el senescal pudo seguirla.
Al
cabo de una o dos millas, se hizo evidente que el pájaro había ido ya demasiado
lejos, No se veía ninguna señal de su presencia, y ya se habían alejado tanto
que las torres de Corfe se veían diminutas a lo lejos. Eleanor detuvo el
caballo, con la respiración agitada.
—Ya
no vale la pena seguir; lo hemos perdido... —Se quitó el guantelete de la
muñeca y lo enganchó al pomo de la silla—. Empiezo a comprender por qué la
gente habla de tener el cerebro de un pájaro... ¿Qué ocurre, Sir John?
El
hombre estaba mirando hacia atrás por el camino por el que habían venido,
forzando la vista para proteger sus ojos de la luz del sol que le venía de
frente.
—Señora
—dijo con premura—, el halcón bajó a por una liebre, y cayó abatido por un
águila... —Hizo dar la vuelta a su caballo y dijo—: Vete rápido; toma la
dirección del camino de Wareham...
Entonces
los vio: una línea de manchas que se extendía sobre el terreno que los separaba
del resto del grupo. Jinetes galopando a toda velocidad. Estaban demasiado
lejos para poder ver sus caras, pero había pocas dudas acerca de su identidad:
Sir Anthony había tendido por fin su trampa. Eleanor miró a izquierda y
derecha. Los perseguidores se habían desplegado bien; era inútil intentar
escapar por alguno de los lados. Se volvió sobre la silla. Ante ella, a lo
lejos, se extendía un camino, una línea blanca dibujada sobre los páramos; más
allá estaba el pálido brillo del mar. La opción era inevitable; espoleó el
caballo, lanzándolo al galope tendido.
Los
hombres de atrás, con sus monturas más frescas, iban ganando poco a poco
terreno; media milla más adelante estaban va lo suficientemente cerca como para
poder llamarla diciendo que se rindiera. Sonó un pistoletazo; Eleanor se volvió
hacia su senescal y su caballo dio un traspiés, lanzándola por encima de su
cabeza. Rodó por el suelo, cubriéndose el rostro como le habían enseñado en una
ocasión, y se levantó, aturdida pero ilesa. A su lado vacía el caballo,
relinchando de dolor, con un reguero de sangre brotando de una de sus patas.
Corrió
hacia él, con los ojos muy abiertos. El senescal se detuvo a su lado, desmontó
y colocó las riendas de su montura en sus manos.
—Señora...
Ve hacia Wareham...
Agitó
la cabeza, aún aturdida, intentando pensar.
Todo
está perdido, no hay ninguna posibilidad, Me alcanzarán en la carretera...
Los
jinetes estaban cerca. El senescal alzó su pistola, apoyó el cañón en su
antebrazo y apretó el gatillo. Por puro accidente, la bala alcanzó a uno de los
jinetes en el pecho, haciéndole caer del caballo; el grupo se cerró a su
alrededor, momentáneamente confuso.
Sonó
un silbato. Eleanor se volvió, apretando los puños. Detrás de ella, a lo lejos
en la línea que formaba la carretera, una pesada máquina de vapor maniobraba
con un tren de vagones. Echó a correr hacia ella, sintiendo que el aire
laceraba sus pulmones. Sonó otro pistoletazo; esta vez se dio cuenta de que la
bala se incrustaba en la hierba, a veinte y ardas a su derecha. Otro disparo;
lanzó una mirada hacia atrás, y vio que el senescal era alcanzado por uno de
los jinetes, Siguió corriendo a trompicones por la carretera, viendo que la
máquina estaba ya cerca.
Se
detuvo a su lado, apoyándose sobre la gran rueda trasera y respirando
entrecortadamente, al tiempo que observaba la vetustez de la máquina de vapor,
el toldo lleno de agujeros, manchas de óxido por todas partes, y el burbujeo
del agua en las juntas de la vieja caldera. Una gran ruina desgastada, eso era,
que terminaba sus días transportando madera, estiércol y piedras, pero que aún
exhibía el marrón oscuro de Strange e Hijos. Su conductor era un muchacho con
una gran mata de pelo, vestido con los pantalones de pana y el gorro con
hebilla típico de los transportistas, y una grasienta bufanda anudada al
cuello. Eleanor ahogó un sollozo y tendió la mano para que él pudiera ver su
anillo.
—Dime
rápidamente —dijo con voz entrecortada por la agitación—, ¿dónde vives?
—En
Durnovaria, Señora...
—Entonces
eres vasallo mío —jadeó—. Defiéndeme contra esta traición...
El
muchacho respondió algo, sobresaltado; no oyó sus palabras. Sus manos se
dirigieron rápidamente hacia el regulador y el freno, y Eleanor oyó el súbito
rugir de la máquina puesta a toda su potencia. Se echó a un lado; algo caliente
salpicó su cara, el humo llenó sus pulmones, y el tren pasó, ganando velocidad
en la carretera, con la locomotora medio oculta por el vapor mientras el
maquinista hacía sonar el silbato una y otra vez.
Lo
que ocurrió a continuación fue confuso, Los caballos, agrupados, se dispersaron
ante el chillido del hierro; el transportista hizo girar el volante, saliéndose
de la carretera. Tres de los vagones se soltaron; los otros, cargados hasta los
topes y cubiertos con lonas, se inclinaron peligrosamente tras la máquina
mientras ésta se dirigía directamente hacia Sir Anthony Éste lanzó un bramido
de rabia y empuñó su espada; uno de los caballos dio un salto, lanzando al
soldado que lo montaba por encima de su cabeza; el pecho de otro de los
perseguidores fue destrozado por una cascada de bloques de piedra, Uno de los
jinetes apuntó su pistola y disparó a ciegas; la bala rebotó en el frontal de
la locomotora, lanzando esquirlas ardientes contra el rostro del maquinista.
Éste se llevó las manos a la cara, y un segundo disparo le alcanzó en la axila,
haciéndole caer de la plataforma, La locomotora, con el regulador completamente
abierto, pasó a tumba abierta por el lado de Sir Anthony. Cincuenta metros más
adelante, una de sus ruedas golpeó un montículo bajo de hierba. Dio un bote,
retenida por el peso de su carga; se oyó un inmenso crujido, una explosión de
vapor, y volcó de costado, con el volante aún girando y las brasas del hogar
esparciéndose sobre la hierba. Las llamas se alzaron de inmediato, reflejándose
brillantes por entre el denso humo ascendente. Estuvo ardiendo todo el resto
del día; llegó la noche antes de que un muchacho pudiera acercarse lo
suficiente al desastre como para arrancar el tapacubos de una de las enormes
ruedas. Lo guardó en su casa, lo limpió y lo abrillantó; y media vida más tarde
aún solía contarles a sus hijos la historia, luego sacaba el gran disco y lo
trataba con mimo, y les decía que procedía de una gran máquina de vapor que se
había llamado Lady Margaret.
Ya
no era posible escapar. Eleanor se levantó tristemente y permitió que la
sujetaran por las muñecas, apretándolas contra sus costados, Vio al senescal,
con los brazos en idéntica posición y un extraño brillo de rabia en los ojos; a
su lado, otros dos hombres sostenían al maquinista, El muchacho estaba
tosiendo, con el rostro cubierto de sangre. El segundo disparo de Sir John
había alcanzado al Mariscal Preboste en la punta del pulgar, medio arrancándole
la uña, que había quedado en ángulo recto con respecto a la carne; estaba dando
saltos y gritos, cubriéndosela con un pañuelo.
—Cuando
los esclavos se rebelan —dijo, echando chispas—, alzando los puños contra sus
amos, sólo se puede hacer esto... —El maquinista fue llevado hacia delante.
Eleanor gritó; la espada cayó silbando contra su cuello. El golpe, mal dado, no
le mató; el muchacho se dirigió hacia ella, empapando sus pies en sangre
mientras ella se echaba hacia atrás instintivamente, presa del pánico. Pareció
transcurrir una eternidad antes de que todo acabara; el cuerpo cayó en medio de
aparatosas convulsiones antes de sumirse en la inmovilidad.
Ésta
era la primera muerte violenta que Lady Eleanor presenciaba; y tuvo resonancias
de horror que nunca iba a olvidar. Hundió la cabeza, intentando no desmayarse,
observando cómo la sangre manaba brillante y se mezclaba con la tierra. No se
desmayó; en su lugar, empezó a vomitar, Los espasmos se hicieron más y más
violentos; se soltó de los hombres que la mantenían sujeta y cavó de rodillas,
respirando con dificultad. Cuando acabo, alzo un rostro tan pálido como la
nieve, hasta los mismos labios, y empezó a insultarles. Les insultó en inglés y
francés, céltico, latín y gaélico; maldijo a Sir Anthony y a sus hombres,
prometiéndoles una docena de muertes distintas con una voz suave y casi amable
que pareció fascinar al Mariscal Preboste: dejó de preocuparse de su pulgar y
se quedó mirándola; luego se serenó y gritó a sus hombres que fueran a buscar
los caballos que quedaban sin jinete. El senescal fue obligado a montar; un
soldado colocó a Eleanor delante de él en su silla, y el grupo se puso en
marcha, dejando atrás los crujientes restos del tren, con la indudable
intención de reunirse con alguna barca de pesca que debía estarles esperando
para llevar a los cautivos fuera del alcance de cualquier búsqueda. En aquellos
días existían hombres en Poole que hubieran llevado al mismísimo Rey a la
esclavitud si el precio era suficiente.
Cualquiera
que fuese el plan que Sir Anthony tuviera en mente, nunca fue llevado a la
práctica. En algún punto en la zona de los páramos, los transmisores de señales
habían divisado el distante resplandor del fuego con sus potentes lentes Zeiss,
y la columna de humo procedente del tren en llamas era fácilmente visible desde
Corfe. Las señales volaron, alertando no sólo a la guarnición del castillo sino
también a la milicia de Wareham; el grupo fue interceptado antes de que pudiera
llegar al mar. El Mariscal Preboste se detuvo cuando vio que estaba rodeado, y
hubiera aprovechado el hecho de tener a Eleanor como rehén si ésta no hubiera
mordido furiosamente la muñeca del hombre que la sujetaba y hubiera saltado del
caballo por segunda vez aquel mismo día. Cayó sobre una mata de aulaga, y se
levantó arañada, sangrando y más furiosa que nunca; la lucha acabó en cuestión
de minutos, y Sir Anthony y sus hombres depusieron las armas.
Eleanor
avanzó cojeando hasta donde estaban todos, rodeados por un círculo de armas.
Algunos hombres corrieron hacia ella, pero los apartó. Caminó lentamente
alrededor de los prisioneros, frotándose el labio, sacudiéndose
inconscientemente las briznas de hierba y las ramitas de su falda; y pareció
como si la rabia hirviera y burbujeara en su cerebro como los vapores de algún
extraño vino.
—Bien,
Sir Anthony —dijo—. Hice una pequeña promesa en la carretera. Y aquí en el
oeste, veréis que cumplimos nuestra palabra... —El hombre intentó entonces
llegar a un acuerdo con ella, o quizá simplemente suplicar por su vida; pero
ella le contempló como si estuviera hablándole en un idioma desconocido—.
Pedidle clemencia al viento —dijo, casi con asombro—. Rogadle a las piedras, o
a las grandes olas del mar. No me gimoteéis a mí." —Se volvió hacia el
senescal—. Colgadles —dijo—. Por traición y asesinato...
—Señora...
Dio
una patada en el suelo y le gritó bruscamente:
—Colgadles...
—A su lado, un soldado montaba un inquieto caballo: le agarró por la
chaquetilla y lo desmontó de un tirón, casi haciéndolo caer. Subió al animal y
se alejó antes de que pudiera alzarse ninguna mano, cabalgando con rabia y
golpeando el cuello del noble bruto con el puño. El senescal la siguió, dejando
que los prisioneros corrieran su suerte. Eleanor detuvo su caballo a una milla
del castillo, desmontó y corrió hacia una loma desde donde podía ver su hogar,
las murallas, las torres y las colinas que las rodeaban, todo claramente
recortado contra el cielo. Aferró las riendas del caballo del senescal cuando
éste llegó a su lado, retorciéndolas entre sus dedos. Si él esperó en algún
momento que la cabalgada la hubiera calmado, pronto vio que no había sido así.
Ella se sentía demasiado alterada para poder hablar; las palabras brotaron de
su boca como el crujido de finas láminas de cristal.
—Sir
John —dijo—, antes de que nuestra gente llegara y tomara esta tierra con sangre
en el campo de Santlache, a este lugar se le llamaba un Portal, ¿no es cierto?
—Sí,
Señora —dijo él pesadamente.
—Creo
que no sería mala idea que todo volviera a ser como antes —dijo—. Ve a mis
oficiales en la Gran Llanura y al norte hasta Sarum Town. Ve al oeste a
Durnovaria, y al este hasta el pueblo que se halla sobre el Bourne. Diles...
—se atragantó, y se rehizo con un esfuerzo—. Diles que no paguen ningún diezmo
a Purbeck excepto en armas. Diles que el Portal está cerrado, y que Eleanor
tiene la llave... —Se quitó el anillo de su dedo—. Toma mi anillo, y ve...
Él
la sujetó por los hombros e hizo que se girase, observando sus ardientes ojos.
—Señora
—dijo con deliberada lentitud—, esto es la guerra...
Ella
se soltó de un manotazo e inspiró profundamente.
¿Irás
—dijo, echando chispas por los ojos—, o tendré que enviar a otro?
Él
no dijo nada más; dio un ligero talonazo a su caballo y le hizo volverse en
dirección opuesta; galopó hacia el norte, alzando una nube de polvo a lo largo
de la carretera de Wareham. Eleanor montó de nuevo en su caballo y se lanzó al
galope, gritando, hacia el valle, dispersando a los pequeños coches
traqueteantes que halló a su paso y enviándolos a la cuneta sin previo aviso; y
aunque los soldados espolearon sus caballos hasta hacerlos sangrar, nadie pudo
alcanzarla.
Se
enviaron mensajes a Carlos en Londinium, pero las torres de señales se
limitaron a responder que el Rev había partido ya hacia las Américas. El golpe
de Sir Anthony había sido muy bien calculado; aunque había rumores que decían
que el Gremio era capaz de enviar mensajes incluso al Nuevo Mundo, por medios
que nadie era capaz de adivinar, no había ningún modo conocido de contactar con
un barco en alta mar, Mientras tanto, los seguidores del Mariscal Preboste
alborotaban en la capital, amenazando con muertes, destrucciones y cosas
peores, mientras Henry de, Rye y Deal, siguiendo instrucciones directas de
Roma, reunía apresuradamente sus tropas. Lo que Eleanor había predicho se
estaba confirmando en su mayor parte: en ausencia del Rey todo tipo de perros
empezaban a ladrar. El hecho de que la disputa se hubiera producido
inicialmente como resultado de lo que ahora se reconocía en líneas generales
como un error administrativo hacía la situación aún más irónica.
Eleanor
tuvo que afrontar muchos problemas en Dorset. No le costó mucho reclutar
hombres en los distritos circundantes, los plebeyos no dudaron en unirse bajo
su estandarte, pero un ejército como corresponde debe ser alimentado, vestido y
armado. Durante varios días, el odio la mantuvo activa mientras trabajaba con
sus capitanes y sirvientes de la casa preparando las listas de lo que iba a
necesitar. El dinero era, claramente, el primer punto esencial; y por ello
cabalgó hacia el norte, a Durnovaria. Lo que ocurrió entre ella y su anciano
abuelo jamás se supo; pero durante toda una semana las máquinas de vapor
adornadas con cintas carmesíes avanzaron en dirección al Portal de Corfe,
transportando todo tipo de productos. Trajeron harina, cereales y ganado, carne
en salazón y conservas, municiones, pólvora, baquetas y balas para los
mosquetes, cuerda y mecha lenta, aceite, queroseno y alquitrán; las cadenas de
los montacargas zumbaron durante toda la noche, las grúas accionadas por
sudorosos asnos elevaron una carga tras otra hasta lo alto de la fortaleza.
Eleanor no tenía la menor idea de qué tipo de apoyo podría disponer del resto
del país, de modo que se preparó para lo peor abarrotando las murallas de
hombres y de suministros. Así fue como Henry halló aquel lugar tan bien
preparado, y tan dispuesto a matar o morir.
Eleanor
llamó al senescal a su habitación la tarde después de la masacre. Estaba pálida
como un muerto, sus ojos rodeados de sombras oscuras; le indicó que tomara
asiento, y ella se sentó también, observando la luz y las sombras del fuego.
—Bien,
Sir John —dijo al fin—. He estado aquí pensando en una frase gloriosa para...
para lo que ha ocurrido esta mañana. Es ésta: «He espantado un moscardón romano
de mis paredes». ¿No te parece inspirada?
El
senescal no respondió, y ella se puso a reír y toser.
—Desde
luego no nos sirve de mucho —admitió—. Lo único que aún puedo ver es a todos
esos hombres retorciéndose en el foso y en el camino, De algún modo, ninguna
otra cosa parece real al lado de eso. Ya no.
Él
aguardó de nuevo, sabiendo que sus palabras no serían de ninguna ayuda.
—He
expulsado al padre Sebastian —prosiguió ella—. Me dijo que no había perdón para
lo que yo había hecho, ni que fuera caminando descalza hasta la mismísima Roma.
Le dije que entonces lo mejor que podía hacer él era irse: si no había perdón
para mí, él ya no era de ninguna ayuda, y se estaba exponiendo a un pecado
mortal si se quedaba. Le dije que sabía perfectamente que estaba condenada,
porque era yo misma la que me había condenado; no tenía que esperar a que
ningún dios lo hiciera por mí. Eso fue lo peor de todo, sin la menor duda;
únicamente lo dije para herirle, pero luego me di cuenta de que en realidad
sentía lo que decía, simplemente había dejado de ser cristiana. Le dije que, si
era necesario, reviviría algunos de los antiguos dioses, Thunor y Wotan quizá,
o Baldur en vez de Cristo; porque él mismo me había enseñado hacía muchos años,
cuando yo todavía le escuchaba sentada en sus rodillas, que Baldur era
simplemente una forma más antigua de Jesús, y que habían existido muchos dioses
que habían derramado su sangre por nosotros.
Se
sirvió un poco de vino, sin demasiada firmeza en su mano.
—Y
luego me pasé el resto de la tarde emborrachándome, o intentándolo. ¿No te
repugno?
Él
negó con la cabeza. Nunca la había criticado, ni una sola vez en su vida; y
ahora no era el momento de empezar.
Ella
se echó a reír de nuevo y se restregó la cara.
—Necesito...
algo —dijo—. Quizás un castigo. Si te ordenara que buscaras un látigo y me
azotaras hasta que de mi cuerpo brotara la sangre, ¿lo harías?
Él
volvió a negar con la cabeza, con los labios apretados.
—No
—admitió ella—. Probablemente no lo harías, creo que no... Cualquier cosa menos
herirme. Siento deseos de... gritar, o de ponerme enferma, o de algo. Quizá
ambas cosas. John, cuando me excomulguen, ¿qué hará nuestra gente?
Él
ya había meditado cuidadosamente aquella respuesta.
—Repudiar
a Roma —dijo—. Las cosas han ido demasiado lejos para poder volver a sus
cauces. Tú misma puedes verlo, Señora.
—¿Y
el Papa?
Pensó
de nuevo durante unos instantes.
—Hará
algo, por supuesto —dijo—, y lo hará rápidamente. Pero no le veo enviando un
ejército por barco desde Italia simplemente para destruir un foco de rebelión.
Lo que es más probable que haga será dar instrucciones a su gente de Londinium
para que se lancen contra nosotros; y también supongo que veremos a algunos de
los Seigneurs del Loira y de los Países Bajos que acudirán para ver lo que
pueden sacar de toda la confusión, Llevan bastantes años deseando hacer unas
cuantas reclamaciones sobre tierra inglesa, y ciertamente nunca tendrán una
mejor ocasión.
—Ya
veo —dijo ella tristemente—. En resumidas cuentas, no he hecho más que
organizar con todo esto un lío tremendo; con Carlos fuera del camino, lo único
que he conseguido ha sido ponerme enteramente en manos del Papa. Todo el que
quiera se lanzará ávidamente sobre Inglaterra con la total bendición de la
Iglesia, para sofocar una revuelta armada, Ni siquiera puedo llegar a imaginar
cómo será el final.
Eleanor
se levantó y se puso al caminar a lo largo y ancho de la habitación,
incansablemente.
—Es
inútil —dijo—. No puedo quedarme simplemente sentada y esperar, no al menos
esta noche.
Mandó
llamar a un escribano y a los oficiales que comandaban las tropas y la
artillería, con la intención de trabajar todo el resto de la noche recopilando
listas de provisiones adicionales que podrían necesitar para resistir un estado
de sitio a gran escala.
—No
hay duda —dijo Eleanor en un atisbo de su antiguo sentido práctico— de que
vamos a estar cercados durante un considerable período de tiempo, al menos
hasta que Carlos regrese. Tampoco podemos esperar actitudes caballerescas
acerca de dejarnos salir con nuestras armas ni nada de esto: todo el asunto es
demasiado serio. Pero al menos sabremos, cuando hayamos terminado, quién lleva
las riendas del país: si nosotros, o un sacerdote italiano. —Sirvió vino—.
Bien, caballeros, oigamos sus recomendaciones. Tendrán todo lo que les haga
falta: armas, hombres, provisiones. Sólo les pido una cosa: no olviden nada. No
nos podemos permitir el lujo de olvidar detalles, Recuerden que existe una
cuerda, o algo peor, esperándonos a cada uno de nosotros si cometemos tan sólo
un error...
El
senescal se quedó con ella después de que todos los demás se hubieron ido,
sentado bebiendo vino a la luz del fuego y hablando de todos los temas, desde
dioses hasta reyes; del país, su historia y sus gentes; de Eleanor, de su
familia y de su educación.
—¿Sabes?
—dijo ella—. Es extraño, Sir John, pero esta mañana, cuando disparé el cañón,
me pareció como si me estuviera desdoblando fuera de mí misma, como si
estuviera observando desde fuera lo que hacía mi cuerpo. Como si yo, y tú
también, todos nosotros, no fuéramos más que minúsculas marionetas sobre la
hierba. O sobre un escenario, Pequeños objetos metálicos representando papeles
que no comprendíamos. —Miró su vaso de vino, agitándolo ligeramente entre sus
dedos para ver las llamas y la luz de las lámparas danzar en el interior del
líquido; luego alzó la vista, con los ojos opacos y oscuros—. ¿Entiendes lo que
quiero decir?
Él
asintió gravemente.
—Sí,
Señora...
—Sí
—dijo ella—. En cierto modo, es como... como una danza, un minué o una pavana.
Algo majestuoso y sin sentido, con todos los pasos establecidos de antemano.
Con un principio y un fin... —Se sentó al lado del fuego, con las piernas
dobladas debajo de su cuerpo—. Sir John —dijo—, a veces pienso que la vida es
toda una masa de trascendencias, todo tipo de hilos y trenzas tejidos como un
tapiz o un bordado. Y si tiráramos de uno de ellos o si lo rompiéramos, la
estructura de todo el tejido se alteraría inmediatamente. Entonces pienso...
que todo es absolutamente sin sentido, que significaría lo mismo hacia adelante
que hacia atrás, con los efectos llevando a las causas y éstas a más efectos...
Quizá sea esto lo que ocurra, cuando lleguemos al final del Tiempo. Todo el
mundo se soltará como un muelle, y se replegará de nuevo hacia el principio...
—Se frotó la frente, cansada—. Lo que estoy diciendo no tiene sentido, ¿no es
así? Se me está haciendo demasiado tarde...
Con
delicadeza, el senescal retiró el vino de sus manos. Ella se mantuvo inmóvil
unos instantes; y cuando habló de nuevo ya estaba medio dormida.
—¿Recuerdas
haberme contado una historia, hace ya varios años? —le preguntó—. Acerca de
cómo a mi gran tío Jesse se le rompió el corazón cuando mi abuela no quiso
casarse con él, y de cuando mató a su amigo, y de cómo de algún modo eso fue el
principio de todo lo que consiguió después... Parecía tan real, estoy segura de
que tuvo que ser así. Bien, ahora puedo acabarla en tu lugar, Puedes ver la
Causa y el Efecto a través de todas las cosas. Si nosotros... ganamos, será
gracias al dinero de mi abuelo. Y el dinero de mi abuelo está allí debido a
Jesse, y él lo hizo a causa de una chica... Es como las Muñecas Rusas. Siempre
hay una más pequeña dentro de la otra, siempre; hasta que se hacen tan pequeñas
que apenas se pueden ver; pero siguen estando allí...
Él
aguardó un poco más; pero ella no volvió a decir nada.
Durante
varios días el castillo hirvió de actividad. Los mensajeros de Eleanor salieron
a explorar los campos circundantes para traer más hombres, provisiones y carne,
La gran muralla inferior fue acondicionada para albergar a los animales; los
corrales y establos improvisados se alineaban a lo largo de los muros. Las
máquinas de vapor llegaron de nuevo, trayendo alimento para el ganado y balas
de heno desde Wareham, cruzando la carretera con los vagones repletos,
retumbando al cruzar el portalón exterior para descargar su mercancía en
grandes montones sobre la hierba. Colocaron bajo cubierto toda la carga
posible; los montones que quedaron expuestos al aire libre fueron tapados con
lonas, turbas y piedras. El forraje sería el blanco principal si el enemigo
traía máquinas incendiarias. Durante todo el día se oía ruido de cadenas, al
igual que durante la mayor parte de la noche, transportando las provisiones
hasta los almacenes, llevando saetas a los ballesteros, pólvora y munición a
los arcabuceros, cargas para los grandes cañones. Las torres de señales no
paraban casi nunca, El país ardía: Londinium estaba armándose, reclutas de
Sussex y Kent avanzaban en dirección al oeste. Fue entonces cuando llegaron las
peores noticias. Desde Francia, desde los castillos del Loira, centenares de
hombres se dirigían a luchar en la Santa Cruzada, mientras en el sur se estaba
embarcando un segundo ejército con dirección a Inglaterra. John no le mencionó
nada de esto a Eleanor, pero las intenciones de Roma eran más claras que cualquier
mensaje. Su Señoría redobló los esfuerzos. Las locomotoras, remolcando grandes
cadenas de hierro, talaron los árboles de las márgenes del foso de agua;
partidas de trabajadores quemaron los chaparrales de las laderas que daban
acceso al castillo, los árboles y arbustos que habían crecido libremente allí
con el transcurso de los años; y sobre el campo ennegrecido se vertió tonelada
tras tonelada de yeso en polvo. Las laderas brillarían ahora a la luz de las
estrellas, mostrando las siluetas de los hombres que se atrevieran a subirlas.
A pesar de todo, los visitantes seguían llegando, aparcaban sus coches en la
plaza del pueblo, invadían el castillo, cruzaban los portalones y se paseaban
por las murallas, contemplando los cañones y estudiando a los centinelas en sus
puestos de guardia, metiendo sus narices en esto, sus inquietos dedos en
aquello, y estorbando a todo el mundo casi todo el tiempo. Eleanor hubiera
deseado cerrarles sus puertas; pero el orgullo se lo prohibía. El orgullo, y el
consejo del senescal.
—Deja
que la gente lo vea —murmuró—. Apela a su simpatía, recurre a su entendimiento.
Piensa que en los meses venideros vas a necesitar todo el apoyo que puedas
obtener del país.
El
decimotercer día después de la masacre, el senescal se levantó y se vistió tan
pronto despuntó el nuevo día. Bajó lentamente por el camino que cruzaba la
fortaleza aún dormida, a través de pasillos y salas encajadas como las celdas
de un panal en las gruesas paredes, cruzando aberturas en forma de arco y
pequeñas ventanas que daban paso a un atisbo de la lívida luz. Pasó por delante
de un centinela que dormitaba en su puesto; el hombre se puso firmes,
arrastrando el extremo de su lanza sobre la piedra. Sir John reconoció el gesto
y alzó pensativo una mano, con la mente y los pensamientos muy lejos de aquel
lugar. Fuera, en el áspero aire de la parte alta de la muralla, se detuvo un
instante. A su alrededor los altos muros se agigantaban en la oscuridad,
sombras masivas rematadas por los pequeños cuerpos de los hombres; el aliento
de los guardias se mostraba en pequeñas nubecillas de vapor encima de sus
cabezas. Más abajo se apelotonaban los tejados del pueblo, pálidos y azulados;
extrañas luces ardían aquí y allá; en medio de los páramos, un resplandor
solitario le mostraba por dónde andaba el hijo de un albañil, con una linterna
en la mano, en dirección a su trabajo. Se dio la vuelta, con los ojos abiertos
pero sin mirar a nada en concreto, con la mente vuelta hacia dentro, A estas
horas de la mañana parecía como si el Tiempo se hubiera detenido, girando y
fluyendo sobre sí mismo antes de volver a encarrillarse, apremiando la venida
del nuevo día. El castillo, como una gran corona oscura de piedra, parecía estar
montado no sobre una colina sino sobre una grieta en la línea del tiempo, un
nudo de quietud a partir del cual se podían extender posibilidades tan
ilimitadas como los viajes del sol. Nadie, aparte el senescal, podía entender
aquellos pensamientos en aquel momento. Eran pensamientos ancestrales, los
primeros pensamientos de los primeros seres humanos; y el senescal pertenecía a
una raza ancestral.
En
lo más alto de la segunda muralla, la rechoncha torre Butavant sobresalía sobre
el precipicio de hierba quemada como el mascarón de proa de un barco. El
senescal se detuvo ante la puerta inferior, con una extraña mirada posada en el
horizonte, y se volvió lentamente para observar la torre Challow Y en aquel
momento, casi de una forma delicada, los brazos articulados empezaron a
moverse.
Ascendió
los peldaños de la escalera de la torre, arrastrando los pies sobre la piedra,
oyendo tras de sí un tamborileo y una voz. Un paje de señales corría
apresuradamente junto a la muralla; no era más que un muchacho, con las medias
arrugadas, el tabardo cayéndole de los hombros y la libreta de notas en una
mano mientras se frotaba los ojos con la otra. A lo lejos, sobre la inmensa
extensión de los páramos, en la mezcla azulada de cielo y mar, una luz brillaba
y se perdía. Luego otra y otra más, y también un punto algo menos oscuro que
muy bien podía ser una vela. Como si una flota hubiese anclado y aguardase al
pairo, tras desembarcar sus tropas.
En
la parte alta de la escalera una puerta cerrada con llave daba acceso a una
minúscula estancia excavada en la piedra. De esa puerta, sólo el senescal tenía
la llave. La propia llave era extraña, un pequeño objeto de cabeza redondeada
que en vez de dientes tenía una ondulada cresta de bronce. La insertó en la
cerradura, la giró; la puerta se abrió. La dejó entornada tras él; sus manos
trabajaron ágilmente, preparando el aparato mágico que los Papas, en su
sabiduría, habían prohibido hacía tiempo, Piezas de bronce y piezas de roble
tintinearon y repiquetearon; una pequeña chispa azul saltó del aparato. Su
nombre y sus preguntas fluyeron a un éter aún no descubierto, invisible,
silencioso y mil veces más rápido que las torres de comunicaciones. Sonrió con calma,
cogió un papel y una pluma, y empezó a escribir. Se oyeron pasos en el
exterior; una voz llamó con urgencia, La ignoró, perdido en aquella mágica
sensación, todo su cuerpo centrado en el objeto que chisporroteaba y destellaba
entre sus dedos.
Tras
él, la puerta se abrió lentamente. Oyó una profunda inspiración, el leve sonido
de un zapato sobre la piedra; giró ligeramente la cabeza, con los papeles en la
mano. El objeto encima de la mesa repiqueteaba chillonamente, sin que nadie lo
tocara ni accionara manualmente. Sonrió de nuevo, con amabilidad.
—Señora...
Ella
retrocedió con los ojos abiertos como platos y la mano aferrando su garganta,
tirando del chal que llevaba echado sobre los hombros. Su voz sonó hueca en la
habitación.
—Nigromancia...
El
senescal abandonó la máquina y la siguió apresuradamente.
—Eleanor...
—La alcanzó al final de las escaleras—. Eleanor, pensé que tenías más
imaginación... —La sujetó por la muñeca y la arrastró tras él. Ella le siguió
indecisa, casi resistiéndose. En la habitación, el aparato resonaba y
chisporroteaba frenéticamente. Cruzó el umbral de la puerta, con la boca medio
abierta y apoyándose con una mano sobre la piedra de la pared, observó la
pequeña máquina agitándose como poseída por el diablo.
Él
se echó a reír.
—Pasa.
No sería bueno que tu gente lo viera.
La
puerta se cerró tras ella; el cerrojo resonó con un golpe seco. Su boca
temblaba; no podía apartar los ojos de lo que veía en el banco.
—Sir
John —dijo titubeando—. ¿Qué es esto?
Él
hizo un gesto impaciente, con las manos ocupadas.
—Una
manifestación del fluido eléctrico, conocido y usado por el Gremio desde hace
una generación.
Ella
le miró como si le viera por primera vez. Dijo, llena de dudas:
—¿Es
un lenguaje? —Se acercó un poco más al banco, perdido parte de su miedo.
—De
alguna manera.
—¿Quién
te habla?
—El
Gremio de Transmisores de Señales —dijo él brevemente—. Pero eso no importa.
Señora, las torres de señales seguirán agitándose todo el día. Esto es lo que
dirán, lo que va están diciendo...
Antes
de que pudiera terminar, una voz sonó sobre sus cabezas; les llegó débil a
través de la piedra, llena de resonancias y misterio:
—¡Caerphilly
se ha levantado en armas...!
Eleanor
se estremeció y alzó la mirada; su boca se agitó, pero ningún sonido brotó de
ella.
—Y
Pevensey —dijo el senescal, leyendo—. Y Beaumaris, Caerlon, Orford... Bodiam se
ha declarado a favor del Rey, Caervarnon ha quemado la Carta. Y Colchester,
Warwick, Framlingham; Bramber, Cardiff Chepstow...
Sin
oír más, ella corrió hacia él y se le abrazó, riendo y llorando, bailando en
aquel minúsculo espacio, agitando cables, baterías y bobinas. Y durante todo el
día el sonido siguió llegando desde la colina al tiempo que los viejos brazos
que ya no eran de ninguna utilidad continuaban desgranando sus mensajes.
Durante todo el día hasta el anochecer e incluso después de hacerse oscuro,
deletreando nombres en un interminable collar hecho de arcos de fuego; los
lugares antiguos, los lugares orgullosos: Dover, Harlech y Kenilworth, Ludlow,
Walmer, York... Y desde lo más lejos en el oeste, llamando a través de las
brumas marinas, las palabras que eran como el tintineo de una vieja armadura:
Berry, Pomeroy Lostwthiel, Tintigael, Restormel; mientras las luces avanzaban
arrastrándose entre los páramos y brillaban a lo lejos en medio del mar. A
medianoche, los brazos dejaron de funcionar; a la mañana siguiente el Portal de
Corfe estaba sitiado, y nada se movía en las torres de señales excepto los
oscilantes cuerpos de sus hombres.
El
levantamiento de las fortalezas reales y de la nobleza en todas partes del país
alivió a los defensores del principal peso de la armada; los ejércitos que se
dirigían tierra adentro, desplazándose apresuradamente y de noche, fueron
arrasados por la artillería de Eleanor cuando cruzaban los pasos entre las
colinas. Quedaron unos quinientos hombres para sitiar Corfe. Se trajeron
consigo, o construyeron sobre el mismo terreno, una amplia variedad de
máquinas, ballestas y catapultas; y esas armas, junto con los tres grandes
cañones Persuasor, Fe de Roma y Hombre Lobo, probaron puntería contra las
murallas desde el valle y las laderas de las colinas circundantes. Pero era
tanta la distancia y tan grande la altura que pocos proyectiles llegaron a
salvar la muralla exterior En su mayor parte golpearon las piedras de la parte
baja de las almenas, rebotando con hueco estruendo; los escasos disparos que
penetraron en las murallas fueron bienvenidos por los hombres de Eleanor como
contribución a sus propios suministros. Las máquinas instaladas por Su Señoría
tuvieron mejor puntería y suerte, y junto con los grandes cañones causaron
tales estragos que las líneas enemigas tuvieron pronto que retirarse más allá
del foso de agua, Desde allí, los hombres del Papa lanzaron ataque tras ataque,
variando sus métodos con la esperanza de poder tomar por sorpresa a los
defensores; pero inevitablemente, en cada ocasión, fueron repelidos. Emplearon
galápagos, cada uno de ellos llevado sobre las espaldas de una docena de
hombres; los tiradores más experimentados destrozaron las piernas de los
infelices que estaban debajo, haciéndoles caer junto con sus artefactos sobre
el riachuelo, dejando tras ellos largas franjas de color rojo sobre las
laderas. Un intento de cavar un túnel fue observado con más curiosidad que
preocupación, mientras que las torres móviles sólo podían ser utilizadas contra
el portalón. Construyeron una sobre la zona de los páramos, detrás de los
cañones largos: una pesada torre cubierta con pieles mojadas y con tres niveles
para los tiradores, Efectuó un intento de acercamiento durante un amanecer,
retumbando por las calles del pueblo, movida por cien sudorosos soldados;
Gruñón, atrincherado tras una triple línea de sacos de arena, la destripó de un
solo disparo, arrojando a los hombres que contenía, enteros y hechos pedazos, a
ambos lados del gran foso.
Tras
esto hubo una pausa en la lucha, y los sitiadores llamaron a Eleanor,
prometiéndole el perdón de Juan (cosa que no podían garantizar) y preguntándole
qué era lo que se proponía, si creía que podía hacer la guerra contra todo el
mundo, Entonces enviaron un heraldo, con presuntas cartas de Carlos diciéndole
que la causa estaba perdida y que debía rendirse ante Roma. Lo despidió sin
contemplaciones, prometiéndole que, si volvía otra vez con una misión tan
evidentemente falsa, lo colocaría sobre el brazo de una catapulta y lo enviaría
de vuelta a su campamento por vía aérea. A esto siguió un bombardeo más intenso
que nunca. Durante todo el día las piedras rugieron en el aire, mientras el
polvo se elevaba en las canteras cercanas, donde los pedreros se afanaban en
cortar y redondear más y más rocas para las armas. Los hombres cargaban contra
las escarpas, azuzados por sus oficiales con mosquetes preparados y dispuestos
a disparar a la espalda de los indecisos. Eleanor les dio una terrible lección.
Los defensores se retiraron, aparentemente en medio de una gran confusión, de
un sector entero de la muralla inferior. Los hombres de Roma, aullando como
demonios aterrorizados, corrieron hacia la Puerta del Mártir y se apelotonaron
allí, golpeando e intentando arrancar las barras del rastrillo. Cuando se
dieron cuenta de su error, ya era demasiado tarde para poder salvarse. La reja
exterior, oculta lejos de su vista, cayó bruscamente, aprisionándoles como
animales en una jaula; y a través de las aberturas sobre su cabeza recibieron
una lluvia de aceite hirviendo. A partir de entonces los sitiadores se
volvieron más cautos, y acamparon, dispuestos a rendir el castillo por el
hambre; pero cuando llegó noviembre, las Navidades y el Año Nuevo, las banderas
seguían ondeando sobre la imponente fortaleza: la oriflama, las flores y los
leopardos de la casa de Eleanor. Aún no había noticias del Rey; ni la
taumaturgia, ni tampoco la telegrafía sin hilos, le eran útiles al senescal en
aquellos momentos. El país estaba en silencio. Por fin llegaron noticias,
traídas por un oficial de señales que consiguió atravesar una noche las líneas
enemigas, agonizando con una flecha profundamente clavada en su espalda.
Beaumaris había caído, y Caerlon, e incluso la poderosa torre de Dubris, que
había resistido cuarenta días antes de abandonar la lucha.
Eleanor
estuvo levantada hasta muy tarde aquella noche, caminando por las habitaciones
de la torre y por las murallas, donde se amontonaban los restos de la batalla.
El senescal fue hacia ella, en el melancólico espacio de tiempo previo al
amanecer, cuando las antorchas se consumen lentamente y los centinelas dan
cabezadas en sus puestos o se levantan de un salto alarmados de pronto por el
suave murmullo de las contraventanas. La bruma se alzaba sobre los grandes
páramos, y la luna quedaba eclipsada por las nubes.
—Dime,
Sir John —murmuró con voz tenue, como perdida, que apenas se mezclaba con la
acritud del aire—. Ven aquí a la ventana y dime lo que ves...
Él
guardó silencio durante largo rato. Luego, pausadamente:
—Veo
la bruma de la noche moviéndose sobre las colinas, y los fuegos del campamento
de nuestros enemigos...
Hizo
ademán de irse, pero ella le llamó con voz firme.
—Duende...
Él
se detuvo, de espaldas a ella; entonces ella lo llamó por su verdadero nombre,
aquel que era conocido entre los Antiguos.
—Te
dije en una ocasión —murmuró mordazmente— que, cuando deseara la verdad, te lo
pediría. Acércate y dime lo que ves.
Aguardó
inmóvil mientras él pensaba, con la cabeza apoyada en una mano; podía sentir el
calor de ella en la noche, el aroma de la leve presencia de su cuerpo.
—Veo
el fin de todo lo que conocemos —dijo finalmente—. La Gran Puerta rota, los
estandartes de Juan sobre las murallas...
¿Y
yo, Sir John? —prosiguió ella, con un hilo de voz—. ¿Qué hay de mí?
Él
no respondió de inmediato, y ella tragó saliva impaciente, sintiendo que la
noche la envolvía y la oscuridad entraba en su cuerpo...
—¿Ves
la muerte? —preguntó.
—Señora
—dijo él suavemente—, hay muerte para todos...
Ella
echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas, del mismo modo que se había
reído meses atrás a la cara de Rye y Deal.
—Entonces
—dijo— debemos vivir un poco mientras podamos...
Y
aquella misma madrugada efectuaron una salida antes de que hubiera luz, con
cincuenta hombres fuertes, y quemaron el Hombre Lobo; sus despojos aún están
allí en la colina. Y el cañón de largo alcance Príncipe de la Paz destrozó los
brazos de sus compañeros, brazos tan largos y robustos que nunca se llegó a
encontrar madera para poder reemplazarlos. Y de este modo trajeron también el
gran cañón y ella y la culebrina mantuvieron un diálogo Santa Márgara, a través
del valle hasta que el humo cubrió el espacio existente entre las colinas como
si se tratara del vapor de un caldero en ebullición.
Supieron
de su llegada por los telégrafos. Era un hermoso día de verano cuando entró en
la isla de Purbeck con su séquito, El asedio aún era fuerte; de hecho, los
sitiadores habían lanzado un gran ataque, el primero en muchos meses, y en
medio de la confusión él llegó casi sin ser anunciado. El primer indicio de su
presencia fue el enmudecimiento de las armas en todo el valle. Fue un extraño
silencio, como una respiración contenida que permitía oír el viento soplando
sobre los páramos. Vieron sus estandartes en el pueblo, los caballos y la
columna de asedio serpenteando por entre el terreno, y el senescal corrió
apresuradamente en busca de su señora. La encontró en la segunda muralla;
habían montado la culebrina sobre la torre Butavant, y estaban probándola
contra los hombres que intentaban subir la cuesta que había más abajo, Eleanor
iba sucia a causa del humo y la sangre; la sangre de uno de sus hombres que
había sido herido por el fuego de un arma y cuya herida ella había ayudado a
vendar. Se incorporó cuando vio al senescal y su expresión grave. Él asintió
calmadamente, confirmando lo que ella había leído ya en su rostro.
—Señora
—dijo simplemente—, vuestro Rey está aquí...
No
tuvo tiempo de cambiarse ni de hacer ningún tipo de preparativo, porque la
comitiva real estaba ya aproximándose y podía verse desde el puesto de guardia
inferior. Bajó corriendo por la pendiente de la muralla hasta la puerta,
mientras el senescal la seguía a cierta distancia. Nadie más se movió: ni los
artilleros, ni los ballesteros, ni los tiradores que se alineaban sobre las
murallas. Se detuvo al lado del Gruñón, en el mismo lugar donde se situó la
primera vez, y se apoyó en su cañón. Ante ella estaban los estandartes y la
armadura, los caballos mordisqueando sus bocados y dando pequeños brincos
nerviosos ante el olor de la pólvora, los soldados de la escolta, con sus armas
y sus espadas.
Él
se adelantó solo, rechazando la protección. Vio las torres de la puerta, ahora
sucias por el humo y marcadas por los impactos, el rastrillo hundido en el
suelo, donde había caído hacía va más de un año y de donde no se había movido
desde entonces. Se quedó mirando a Eleanor durante largo rato, de pie con los
puños apretados al lado del cañón; luego avanzó y golpeó con la fusta de su
látigo las barras que cortaban su paso, haciendo al mismo tiempo un gesto
expresivo.
—Arriba...
Ella
aguardó unos instantes, con el cabello flotando al viento sobre su rostro;
luego hizo un gesto, con expresión contraída, a la gente que había más arriba.
Una pausa; las cadenas crujieron; los contrapesos se movieron en sus canales.
El rastrillo gimió y se alzó, arrancando la exuberante hierba que había crecido
a sus pies. El Rey franqueó la entrada, agachando la cabeza bajo el hierro que
iba penetrando lentamente en la piedra; las patas de su caballo resonaron sobre
el duro suelo del interior Desmontó, avanzó hacia Eleanor; y sólo entonces se
oyó el clamor de alegría extendiéndose por todo el pueblo, los soldados y la
tropa, a lo largo y ancho de la gran fortaleza. Y la plaza se rindió, sólo ante
su señor y a nadie más.
Habló
una vez más con el senescal antes de abandonar su hogar. Era a primera hora de
la mañana. El cielo, un color azul gris pálido, y la bruma depositada como una
gran nube baja sobre los páramos, prometían un día de sofocante calor. Se sentó
erguida sobre su caballo, la espalda recta, mirando a su alrededor. Debajo de
las murallas, hasta donde estaban los cañones enganchados a sus armones cerca
de la puerta exterior; por encima de la hierba destrozada y quemada, sobre las
hileras de cruces perfectamente alineadas donde estaban enterrados los
cadáveres, dentro de las paredes que habían ayudado a defender. Por encima de
ella se alzaba la gran torre del homenaje, pálida a la nueva luz, vacía,
desolada y expectante. Por debajo de ella, a unos cincuenta metros de
distancia, el Rey de toda Inglaterra montaba en su caballo, rodeado por sus
soldados. Parecía hundido y prematuramente viejo, cansado por meses de campaña,
de disputas, maniobras y cambios, luchando contra hombres desesperados que
sabían que en el mejor de los casos iban a perder sus hogares y su modo de
vida, y en el peor sus propias vidas. Había ganado, si es que podía llamársele
una victoria; la hirviente tierra estaba tranquila de nuevo. Él mismo había
respondido a la pregunta que le había hecho a Eleanor.
Ella
llamó a su senescal con un gesto, inclinando la cabeza junto a su caballo.
—Antiguo
—le dijo—. Tú que serviste a mi padre tan bien, y a mí... Haz que mis emblemas
sean el halcón y la rosa. La flor para que hunda sus raíces en la tierra, el
pájaro para que disfrute del viento...
Él
se inclinó, aceptando el extraño encargo.
—Señora
—dijo—, nos encontraremos de nuevo. No obstante, será como deseas.
Se
despidió de él únicamente una vez, alzando la mano; luego agitó las riendas de
su caballo y le hizo dar la vuelta, bajando por el inclinado camino. Cruzó bajo
las torres de la Puerta del Mártir hasta la gran muralla inferior, Los soldados
cerraron filas tras ella, con los arneses tintineando; el grupo cruzó la
barbacana exterior hasta más allá del pueblo, y ni una sola vez se volvió para
dar una última mirada al castillo.
Hubo
un proceso, o algo así. Una vida estaba en juego; así lo entendió Eleanor, de
forma distante. Aquellos pomposos y engreídos caballeros, aquellos oscuros
pasillos y salas de juicio, no le decían demasiado. La sentencia fue conmutada,
por expreso deseo del Rey Carlos. Fue encarcelada en la Torre Blanca, donde
permaneció varios años. La realidad dejó de molestarla. Solía tejer guirnaldas
de flores frescas primaverales, mientras las nubes seguían acumulándose en el
cielo de Dorset.
Muchas
cosas estaban cambiando en Inglaterra; de eso también se daba cuenta, aunque
débilmente.
Uno
a uno, los castillos fueron cayendo. Sus murallas y sus almenas, sus torres y
sus barbacanas, sus baluartes y los altos mástiles de las banderas. Los muros
se agrietaron y se abrieron ante el viento. Carlos el Bueno, que ante todo
había pensado en su gente, recibía ahora su precio por haberle hecho la guerra
a Roma. Los zapadores sudaban, cavando túneles, envolviendo en paja sus arietes
de madera.
En
Corfe, un ruido sobre la colina. Un golpe; el movimiento de unos inmensos
bloques sobre el riachuelo. Un rugido sísmico, un intenso brotar de polvo en
medio del limpio aire.
La
muerte de un gigante.
De
Carlos, Eleanor recibió una puerta abierta, el sueño repentino de un centinela.
Un caballo al lado de una puerta falsa. No eran cosas difíciles de conseguir.
Se le ofreció dinero y consejo. Desdeñó ambas cosas. Y regresó donde siempre
había estado su hogar.
El
senescal la encontró, el único entre toda su gente. Ella llevaba el vestido y
las medias con dibujos de una criada, pero él reconoció en seguida a su Señora.
Un
triste día de octubre, muchos años después de que el último de los castillos
hubiera caído en ruinas, dos hombres caminaban silenciosamente por las calles
de un pequeño pueblo de la región occidental. Había algo urgente y reservado en
sus movimientos; caminaban con rapidez, observando a su alrededor de vez en
cuando para asegurarse de que no eran vistos. Cruzaron el arco de entrada de
una posada y atravesaron el paso interior. Los tallos de una enredadera muerta
colgaban de ese arco; un soplo de lluvia, arrastrado por el tiempo, mojó sus
caras. Los desconocidos llamaron a la puerta y fueron admitidos; la puerta se
cerró a sus espaldas con ruido de cadenas. Más allá había un corredor, casi tan
oscuro como el alquitrán a la poca luz de la tarde que quedaba, y unas
escaleras. Subieron silenciosamente. Al final había un descansillo, una puerta;
se detuvieron ante ella y llamaron, con suavidad al principio, luego más
imperiosamente.
La
mujer que les abrió llevaba un amplio pañuelo recogido en torno a su garganta;
su cabello, largo, caía sobre sus hombros.
—John
—murmuró—. No esperaba... —Se interrumpió y miró con los ojos muy abiertos,
dándose cuenta de que se había equivocado, mientras su mano se cerraba
lentamente en torno al pañuelo. Tragó saliva, cerró los ojos—. ¿A quién
buscáis? —Hizo la pregunta con voz neutra, sin reflejar la menor emoción.
—A
Lady Eleanor —dijo con tranquilidad el más alto de los dos visitantes.
—No
hay tal persona —dijo ella—. No aquí... —Hizo ademán de cerrar la puerta, pero
ellos la empujaron y entraron en la habitación.
No
hizo ningún movimiento para detenerles; en vez de ello se dio la vuelta y se
dirigió hacia una pequeña ventana, donde permaneció con la cabeza hundida sobre
el pecho y las manos sujetando el respaldo de una silla.
—¿Cómo
me habéis encontrado? —preguntó.
No
hubo respuesta. Se volvió para ver donde estaban: seguían allí, con los pies
ligeramente separados sobre las tablas de madera del piso de la habitación.
Hubo una larga pausa, luego una risa ahogada, casi como una tos.
—¿Habéis
venido a arrestarme? —dijo—. ¿Después de todo este tiempo?
El
hombre más alto agitó lentamente la cabeza.
—Señora
—dijo—, no tenemos autorización...
Otra
pausa, mientras el viento aullaba en torno a los aleros del edificio, lanzando
una salva de gotas de lluvia contra las cortinas que cubrían las ventanas. Ella
movió la cabeza y apretó los labios contra sus dientes. Se tocó el estómago y
la garganta. Sus manos eran pálidas en la oscuridad, como dos mariposas
blancas...
—Pero
¿no veis? —dijo—. No podéis... hacer lo que habéis venido a hacer. No ahora.
¿Es que no lo veis? No hay... palabras para deciros por qué, si no podéis verlo
por vosotros mismos...
Silencio.
—No
parece... posible —dijo ella. Y medio se rió otra vez—. En tiempos futuros,
cuando la gente lea esto, no lo creerá. Nunca llegará a creérselo nadie...
—Cruzó la habitación, se detuvo de espaldas a ellos. Oyeron el sonido de un
líquido al ser vertido en un vaso, el entrechocar del borde del vaso contra
unos dientes—. Me estoy comportando mejor de lo que pensaba —dijo—, pero no tan
bien como debería. Es algo terrible tener miedo. Es como una enfermedad; como
desear caer y no poder desmayarse. ¿Veis?, una nunca llega a acostumbrarse del
todo a él. Se vive con él, y cada día es peor; y llega un día que es el peor de
todos. Pensaba que, cuando ocurriera..., no tendría miedo. Pero me
equivocaba...
Fue
de nuevo hacia la ventana. El desconocido se adelantó; lo hizo lentamente, para
que las tablas del piso no crujieran. Ella se quedó mirando el patio de la
posada, y él la pudo ver temblar.
—Nunca
llegué a pensar —dijo— que sería lloviendo. Son los detalles como éste los que
una nunca puede llegar a imaginar. No deseaba que lloviera. —Depositó
cuidadosamente el vaso—. Una nunca acaba de creer en los Grandes Pensamientos
Últimos —dijo pensativa—. Pero parece que al final acaban por verse las cosas
muy claramente. Recuerdo ahora cuántas veces he rogado que viniera la muerte.
Cuando he estado sola y asustada por la noche. Realmente lo he hecho. Pero
ahora puedo ver lo maravillosa que es la vida, Del mismo modo que es preciosa
cada bocanada de aire que respiramos.
El
hombre que estaba junto a la puerta se agitó impaciente, pero el otro alzó la
mano. Eleanor se dio la vuelta, mostrándoles el brillo de las lágrimas sobre
sus mejillas.
—Desde
luego, es absurdo —dijo—. No vale la pena suplicaros, Pero ya veis que soy
débil. Juré que no suplicaría, ni siquiera aunque tuviera la oportunidad, y lo
estoy haciendo, Pero no por... mí misma. No por mí. —Inspiró lenta y
temblorosamente—. No obstante, no me arrodillaré —dijo—. Aún poseo el
suficiente sentido común para no hacerlo.
Se
volvió de nuevo hacia la ventana.
—Estoy
intentando recordar que tuve una buena vida —dijo, controlando lentamente el
tono de su voz—. Mucho mejor de lo que me merecía, He conocido el amor; fue muy
intenso y extraño. Y hubo un tiempo que... poseí toda la tierra que alcanzaba a
ver. Podía subir... al más alto de mis torreones, y observar las colinas y el
lejano mar; y todo aquello era mío, cada yarda era mía. Cada hoja de hierba. Y
la gente acudía corriendo cuando yo la llamaba, y me servía, y hacía todo lo
que yo pedía. Les amaba mucho, a todos; y creo que algunos de ellos me amaban
también... Y algunos fueron heridos, y otros muertos, y el resto fue llevado
por el viento...
—Señora
—dijo bruscamente el desconocido—. Esto es ajeno a nuestra voluntad...
—Sí
—respondió ella—. Pero vuestro Dios es un Dios irritable, ¿no es así? Mucho más
irritable que el mío. —Tragó saliva y cruzó lentamente sus apretados puños
sobre sus pechos—. Estoy... maldita —dijo—. Pero os compadezco. Que Él tenga
compasión de vuestras almas...
El
hombre que estaba junto a la puerta se humedeció los labios. El otro, medio
girado, tenía la cara contraída, como expresando dolor; movió ligeramente la
mano, sintiendo cómo la fina hoja del cuchillo se deslizaba sobre su palma.
John
Faulkner subió lentamente las escaleras y dejó el cesto que llevaba al lado de
la puerta. Llamó con suavidad, luego llamó otra vez; aguardó una respuesta,
empezó a preocuparse, Movió ligeramente el tirador y empujó la puerta para
abrirla. Al principio no la vio; estaba sentada en la silla de respaldo alto.
Luego, sus ojos se dilataron. Corrió hacia ella, e intentó coger sus manos. Las
tenía apretadas contra su costado; al instante vio las marcas de sangre en el
suelo. El rastro rojo allá por donde se había arrastrado. Ella volvió la
cabeza, abatida, con el rostro como una máscara de papel.
—Esto
también —suspiró—. Esto también es de Carlos... —Alzó las manos, mostrándole el
oscuro brillo en sus palmas.
Él
permaneció de rodillas, con el aire silbando entre sus dientes; y cuando alzó
la cabeza, su rostro estaba completamente cambiado...
—¿Quién
ha hecho esto, Señora? —preguntó el senescal con voz ronca—. Necesitamos
saberlo, para cuando vuelvan a cruzar los páramos...
Ella
vio el ardiente impulso en lo más profundo de aquellos extraños ojos, y sujetó
su muñeca, lentamente, mostrando dolor en su acción.
—No,
John —dijo—. La Antigua Manera ha muerto. La venganza es... mía, dijo el
Señor... —Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de la silla.
Entreabrió los labios; había sangre en los dientes—. Ve... a por caballos
—dijo—. Caballos... Rápido, John; por favor...
Él
se puso en pie y aguardó unos instantes, mientras la observaba; luego salió
corriendo para cumplir con su encargo.
Los
dos caballos avanzaban lentamente a la primera y fría luz del amanecer. A su
alrededor el viento aullaba y chillaba, agitando los capotes de los jinetes.
Eleanor montaba encogida y fría; era el senescal quien llevaba las riendas de
su caballo. Desmontó, y la sostuvo al ver que ella se inclinaba sobre la silla.
Ante Eleanor, como a cientos de millas de distancia a la luz gris metálica, se
alzaban las dos colinas que flanqueaban el lugar; entre ellas, allá donde una
vez se alzara un gran palacio, se veían unos restos de piedras, destrozados y
amontonados, con el cielo como fondo, A su alrededor, los nubarrones y la
borrasca giraban incesantemente; y por encima de todo, hechos jirones, rígidos
y descoloridos, aún ondeaban los restos de los nobles estandartes. Las banderas
cobalto y oro.
Eleanor
jadeaba, rápida y agónicamente; sus dedos se clavaron en el hombro del
senescal, hundiéndose en su carne.
—Allí
—dijo débilmente—. Allí, mira... El Gran Portal está roto; tú me lo dijiste,
pero yo no te escuché... —Miró apagadamente a su alrededor, contemplando la
difusa imagen de los páramos—. Éste... es el lugar —dijo—. No hace falta ir más
lejos...
La
bajó con cuidado de su caballo, y limpió la sangre que se había secado en su
cuello y barbilla. La alzó de nuevo y la llevó allá donde los matorrales la
protegieran del viento. Ella gritó, arqueando el cuerpo. Gritó otra vez y otra
más, mientras el sonido desgarraba el húmedo aire, se elevaba y se desvanecía
finalmente en el gran cielo oscuro. Los caballos se agitaron, aplastando sus
orejas. Rebufaron, siguieron mordisqueando la hierba. Pacieron durante largo
rato, incluso después de que Eleanor hubiera dejado de respirar y se quedara
rígida y pálida.
Llegó
una tropa de la caballería real, a última hora de la tarde. Hallaron sangre
sobre la hierba, y a una mujer con la paz y el dolor reflejados al mismo tiempo
en su rostro.
Pero
el senescal había desaparecido.
CODA
Extraído
de una guía oficial:
Entre
Bourme Mouth y Swanage existe una zona de páramos salvajes. Lindando al sur con
el Canal de la Mancha, al este con la bahía de Poole, al norte con el recodo
del río Frome y al oeste con los lagos Luckford, la isla de Purbeck está
atravesada por una cordillera de colinas. Un paso, desfiladero, o cañón como lo
llaman en la antigua lengua local, las cruza hasta llegar al mar; y allí
antiguamente, se alzaba una enorme fortaleza. Casi inexpugnable, raramente
sitiada y nunca reducida por la fuerza de las armas, el castillo era realmente
un Portal: el baluarte de Corfe, la llave de todo el sudoeste.
El
castillo del cual el pueblo toma su nombre, o mejor dicho las ruinas de lo que
en una ocasión fue una importante fortaleza, se halla en lo alto de un
escarpado montículo natural que domina todo el pueblo, Las laderas de la colina
se hallan en la actualidad cubiertas de matorrales, arbustos y recios árboles,
mientras que el arroyo que antiguamente formaba el foso de agua está casi
cegado. Discurre gris y silencioso entre amplias márgenes, a cuyos lados crecen
lenguas de helechos que penetran vacilantes en el agua.
El
acceso a la primera de las tres murallas se efectúa a través de un robusto
puente de piedra, también de considerable altura, que se extiende de uno a otro
lado del gran foso que rodea la fortaleza a media colina. Por encima de la
barbacana colgaba tiempo atrás un recio rastrillo; sus guías de paso aún pueden
observarse, penetrando en la piedra hasta una profundidad de un brazo. Dentro,
al otro lado de la inclinada hierba de las defensas interiores, se encuentra la
segunda obra accesoria, conocida incorrectamente como la Puerta del Mártir.
Allí se dice que Elfrida apuñaló al príncipe Eduardo, para asegurar para su
hijo Ethelred el trono de aquellas tierras; sólo que, desafortunadamente para
la leyenda, por aquel entonces no existían ni la fortaleza ni las murallas,
estando coronada la colina sólo por un pabellón de caza. La propia Puerta del
Mártir, se dice, fue volada por las minas del Papa Juan; una gran torre se
hundió hasta unos doce pies de profundidad y resbaló un trecho colina abajo,
pero sus cimientos aún se mantienen en pie.
Por
encima de esta puerta interior, las ruinas del Gran Torreón se elevan a más de
cien pies, imponentes por su volumen y fuerza. Sólo quedan en pie dos murallas,
junto con una pequeña fracción de la tercera, y una fina y alta torre,
desgastada por la lluvia pero aún firme sobre su base de piedra. Todo el resto
se ha desmoronado y yace esparcido en montones por toda la colina; algunos de
esos montones tienen más de veinte pies de longitud y al menos la mitad de
grosor. El camino pasa entre y de las ellos, dejando atrás las ruinas de la
capilla grandes cocinas, donde solían asarse bueyes enteros para los muchos
amigos de los Señores de la isla. Desde el punto más alto, el visitante puede
observar las paredes de la torre que aún sigue en pie, desgastadas pero aún con
sus ventanas, galerías y los restos de sus escaleras; no obstante, hace muchos
años ya que ningún pie las pisa, excepto las patas de los pájaros...
Había
llegado en el hover desde Bourne Mouth, y desembarcado en Studland en medio de
una atronadora ducha de arena y gotas de agua. Era alto, de brazos y piernas
delgados y mandíbula alargada, con el pelo rubio oscuro cortado casi a ras de
cráneo. Llevaba unos pantalones y una camisa color tostado, con las mangas
arremangadas hasta los codos, colgado de brazo un ligero impermeable, y a la
espalda una abultada mochila de lona. Sus ojos eran sorprendentes, de un
profundo azul marino; escrutaron la carretera mientras caminaba, se diría que
de modo ansioso.
El
lugar apareció ante él de repente, por entre los promontorios de dos colinas.
Se detuvo como sobresaltado y se quedó contemplándolo, con los labios
entreabiertos y el aire silbando entre sus dientes a cada inspiración. Tras la
primera impresión avanzó hacia él. A medida que se acercaba parecía como si las
ruinas fueran creciendo, amontonando se hacia el cielo. Inspiró profundamente
una vez más, entrecerrando los ojos a la brillante luz del sol. Se sentó sobre
un montón de hierba repleto de ruidosos insectos y fumó un cigarrillo. Nada de
lo que había leído lo había preparado lo suficiente para esto.
Vio
un pueblo gris, antiguo y de tortuosas calles, con los ondulantes techos
incrustados de líquenes de un color naranja intenso. Las casas todavía parecían
recelar la presencia de un peligro: las ventanas eran estrechas y furtivas, las
puertas más altas que la calle, para poder resistir mejor los asaltos. Por
encima de ellas, monstruoso, desproporcionado, se alzaba un rostro asolado: el
castillo, un cráneo coronado de harapos, una cólera de piedra más que
milenaria. Meditando por encima de los páramos y el mar, antiguo, inaplacable.
Reanudó
la marcha. De algún modo, parecía que, pese a la impresión de la inmensidad de
la imagen, su cerebro no había sido tomado completamente desprevenido. Era como
si aquel lugar encajara en un espacio que existía ya previamente en su
consciencia. Pero eso era absurdo.
Llegó
a la gran proa herbosa del terraplén. La carretera ascendía paralela a ella
hasta entrar en la plaza del pueblo. La siguió. O mejor dicho fue llevado, sin
que en ello mediara su voluntad, a través de alguna extraña corriente de
memoria impregnada en la tierra. Una memoria no del cerebro sino de la sangre y
de los huesos. Agitó la cabeza, medio irritado, medio sorprendido. ¿Cómo podía
un hombre llegar de vuelta a su hogar, se preguntó, si nunca antes lo había
visto?
Avanzaba
lentamente. A través de las ruinosas arcadas, pasando junto a puntas y aristas
de piedra desmoronada, llegó hasta donde pudo sentir de nuevo el frescor del
viento de los páramos. Se sentó a la sombra del Gran Torreón, notando el frío
de la piedra contra su carne. Desde aquella altura eran visibles los reactores
de la Central Eléctrica de Poole, relucientes a la luz del sol. A lo lejos,
sobre la rojiza bruma del mar, se veían unos puntos blancos allá donde el gran
hover retumbaba sobre las aguas del Canal.
Lentamente
fue descubriendo la Marca. Estaba allá, congelada en la piedra, profundamente
esculpida casi al nivel de su rostro. Las voces de los turistas que estaban un
poco más abajo parecieron desvanecerse momentáneamente, mientras avanzaba hacia
la piedra como en un frío sueño. Tocó la figura, sus dedos trazaron una y otra
vez su suave contorno. Era grande, tendría al menos un metro de diámetro; el
símbolo, enigmático y lleno de orgullo, el círculo conteniendo una red de
triángulos y líneas que se cruzaban y representaban un cangrejo. Por encima de
él, la nube de sombras se movía, los pájaros volaban y graznaban en el cielo;
los contornos de la figura reverberaban con ecos de reactores, su configuración
agitaba las raíces más profundas de la memoria. Sus labios se movieron sin
dejar escapar sonido alguno; se llevó inconscientemente una mano a su garganta,
y tocó la fina cadena de oro, el medallón debajo de su camisa. El símbolo que
siempre había llevado, la pequeña copia del símbolo que había en el muro.
Retrocedió
lentamente. Cruzó las murallas en dirección a la puerta inferior, se dio la
vuelta para mirar el castillo que parecía estar observándole desde arriba.
Guardó su extrañeza para sí. El símbolo, como un encanto temporal, agitaba las
profundidades del yo y de la memoria, dando nacimiento a extrañas imágenes que
se ensombrecían y se perdían con mayor rapidez de la que su mente podía
retener. Trajeron frío a su despertar, y tristeza, y pena por las cosas
perdidas y desconocidas, desaparecidas más allá de toda evocación.
Un
grupo de muchachas del lugar pasó por su lado y le miró, pero no fue consciente
de su presencia. Se estremeció ligeramente bajo el brillante y cálido sol.
Había
el cementerio de una iglesia, Empujó la vetusta puerta, que se bamboleó y
crujió. El lugar estaba invadido por la maleza, resguardado de la luz por gran
cantidad de ramas y follaje que se habían ido acumulando a lo largo de los años
hasta tejer una especie de dosel casi impenetrable. Más allá había un pequeño
claro lleno de alta hierba; asomando por entre ella se veían unas cruces,
llenas de un suave y grisáceo resplandor. Por encima del cementerio, por encima
de los tejados de las casas, se divisaba el castillo. Cerca circulaban los
monorraíles, chirriando sobre la greda, camino de Studland y el mar. Permaneció
sentado largo rato, mientras fumaba y observaba. Las voces de los niños
llegaban atenuadas hasta él, medio perdidas en un susurro mientras el viento
agitaba las grandes hierbas con sus cabezas adornadas de color rojo. Cogió el
medallón; su pulso latía fuertemente en sus dedos, hasta el extremo que tuvo la
impresión de que el objeto se movía con un segundo y diminuto corazón.
Antes
de abandonar el lugar vio la Marca de nuevo, como un ojo cincelado en el pálido
recuadro de una lápida.
Bebió
cerveza en la gran taberna blanca construida junto a la rampa de acceso al
castillo. Comió un par de bocadillos de queso y observó a los turistas que se
apelotonaban en la barra. Se fue cuando cerró el local. El castillo aún
aguardaba, cálido y amplio a la luz del sol.
A un
lado del terraplén había un pequeño camino. Circulaba por debajo de un arco de
matorrales y árboles, y podía sentirse con intensidad el frescor del foso de
agua que discurría a su lado. Más allá de las ramas, el flanco de la colina era
una superficie inclinada se seca hierba. Eligió un sendero y empezó a subir.
Halló unas cabras atadas; sus balidos llegaron suavemente hasta él, realzados
por el ronco rumor del monorraíl.
En
lo alto del montículo, por debajo del roto muro exterior, había un hueco
protegido del sol por un grupo de árboles. La estructura de piedra sobresalía
masivamente por encima de la hierba; apoyó su espalda contra ella, observando
por entre el baile de las hojas. El gran rostro espiaba por encima de la
colina.
Aquél
era el lugar, y aquél era también el momento.
Desató
la mochila que llevaba a la espalda. Cuidadosamente, con los dedos moviéndose
delicadamente sobre las cuerdas, extrajo el paquete y observó los antiguos
sellos. El Signo estaba estampado sobre la cera. Rompió los sellos, y empezó a
pasar las rígidas páginas. Ya casi sabía lo que iba a ver: línea tras línea de
aquella apretada escritura finamente inclinada, trazada por una mano que él
conocía y recordaba muy bien. Empezó a leer. El paquete de cigarrillos quedó
olvidado sobre la hierba.
Desde
muy lejos, de la carretera de Wareham, le llegaba el murmullo del tráfico:
incesante y tranquilo, como el rumor de las abejas. El nuevo zumbido de la
canícula. El sol se movía en el cielo; las sombras de los árboles se movían
también y cambiaban de dirección, alargándose. La gente pasaba por el camino
inferior, hombres y niños de rostros rubicundos, chiquillos con camisas
blancas, niñas con amplios vestidos de colores. Fue girando lentamente las
páginas, deteniéndose una y otra vez para descifrar las antiguas palabras. El
ruido del pueblo, el bullicio y las voces, ascendía, disminuía y se calmaba.
Los prados donde algunos visitantes solían tomar el sol estaban vacíos, y los
bares ya habían abierto sus puertas de par en par. Se sintió como suspendido fuera
del Tiempo; para él soplaban vientos antiguos, rizando la hierba. El sonido de
las viejas armas retumbaba, lejano, sobre las colinas.
El
cielo occidental se convirtió en una coraza de cobre ardiente. Las ruinas
parecían altas como pájaros, fantasmas medio perdidos en una áspera luz rojiza.
Las sombras penetraron en el valle, oscureciendo la tarde, y con su llegada
llegó también el silencio.
Había
un sobre entre las últimas páginas. También estaba sellado. Lo abrió
lentamente, dirigiendo el papel hacia la poca luz que aún quedaba para leerlo.
Mi
queridísimo John:
Puede
que ya hayas adivinado un poco mi propósito al enviarte tan lejos, hasta este
lugar que nunca antes habías visto. En parte, pero no todo; porque es algo que
ni tú ni yo podremos llegar a comprender nunca enteramente. Presta mucha
atención, porque las palabras desaparecen, convirtiéndose en polvo e incluso en
menos que polvo; deja que mi voz permanezca dentro de ti, y déjala que sea la
voz del viento que sopla eternamente.
Aquí,
en este lugar, empezó la extraña Rebelión de los Castillos; y aquí también,
como ya verás a medida que vayas leyendo, terminó. Aquí empezó la libertad del
mundo, si es que la libertad es un poder que el mundo puede llegar a usar. El
mundo feudal de Gisevio el Grande fue derribado; y con él cayó la Iglesia que
lo había concebido, perpetuado y llevado hasta su florecimiento.
Cuando
el control de la Iglesia parecía más fuerte fue cuando se encontraba en su
momento más débil. Diez años después de la destrucción de estos muros, las
colonias del Nuevo Mundo se liberaron de la esclavitud de Roma. Los
levantamientos que se produjeron en todo el mundo occidental tuvieron sus
inicios en los tiempos de la Rebelión. Australasia se perdió, al igual que los
Países Bajos y la mayor parte de Escandinavia; y el Rey Carlos aprovechó su
oportunidad, con el papa enzarzado en una lucha a muerte con Alemania, para
escindirse de la Iglesia. Y de este modo la Tierra de los Anglos volvió a ser
de nuevo Gran Bretaña; sin derramamiento de sangre y sin sacrificios. La
combustión interna, la electricidad y muchas otras cosas estaban a la espera de
ser utilizadas; todo ello había sido apartado de nosotros por Roma. Y así los
hombres escupieron sobre su memoria, diciendo que estaba envilecida y que ya no
albergaba nada nuevo; y por muchos años ésa seguirá siendo la verdad.
Ahora,
John, comprende. Tienes que ver claramente y sin malicia. Descifra un misterio
ancestral, que aterrorizó a la Iglesia mil años antes de que tú nacieras...
Tanteando
con una mano, con los ojos fijos aún en la carta, cogió el medallón que colgaba
de su cuello. Cubrió la parte inferior del disco con un dedo.
Había
dos flechas.
Movió
la mano, cubriendo ahora la parte superior del círculo.
Otra
dos.
Dos
de las flechas apuntan hacia fuera, decía la carta. Dos apuntan hacia dentro,
la una hacia la otra. Éste es el final de todo Progreso; lo averiguamos cuando
grabamos esta señal, hace ya muchos siglos. Después de la fisión, la fusión;
ése era el Progreso que los Papas lucharon tan amargamente por detener.
Los
caminos de la Iglesia eran misteriosos, y sus políticas nunca sinceras. Los
Papas sabían, como nosotros sabemos, que dada la electricidad a los hombres, se
llegaría al átomo. Que dada la fisión, se llegaría a la fusión. Porque una vez,
más allá de nuestro Tiempo, más allá de todos los recuerdos de los hombres,
hubo una gran civilización. Hubo un Advenimiento, una Muerte y una
Resurrección; una Conquista, una Reforma y una Armada. Y un incendio, un
Armagedón. Allí en aquel viejo mundo también éramos conocidos; éramos los
Antiguos, las Hadas, los Duendes, el Pueblo de las Colinas. Pero nuestro
conocimiento no se perdió.
La
Iglesia sabía que no había forma de detener el Progreso; pero sí retrasarlo,
retrasarlo incluso medio siglo, dando a los hombres tiempo de llegar un poco
más arriba en el camino de la verdadera Razón. Ese fue el regalo que le dio a
este mundo. Y era inapreciable. ¿La Iglesia oprimía? ¿Colgó y quemó? Sí, un
poco. Pero no hubo ningún Belsen. Ningún Buchenwald. Ni ningún Paschendaele.
Pregúntate,
John: ¿de dónde llegaron los científicos? ¿Y los doctores, y los pensadores, y
los filósofos? ¿Cómo podrían los hombres haber pasado del feudalismo a la
democracia en una sola generación, si Roma no hubiera inundado el mundo con el
bien de su conocimiento proscrito? Cuando vio que su imperio se desmoronaba,
cuando vio que su dominio había terminado, devolvió todo lo que pensaba que
había robado: el saber que mantenía guardado. Para el momento en que los
hombres pudieran usarlo de nuevo para su bien. Ése era su gran secreto. Era
suyo, y era nuestro; ahora es tuvo. Usalo bien.
Fue
deseo de tu madre que un día volvieras a tu hogar, a esta isla donde naciste.
Fue por eso que te llevé lejos de los páramos, lejos de los soldados de Carlos
el Bueno; fue por eso que te llevé a un nuevo país, y te di sólo bienes y
conocimiento. Ahora te doy comprensión; comprendiéndote a ti mismo llegarás a
ser un hombre completo. Y doy por cumplido mi encargo. Que todos los Dioses,
los de tu pueblo y los del nuestro, te acompañen...
Dejó
lentamente la carta sobre la hierba. Permaneció sentado, y parecía como si le
costase respirar, con el medallón aún entre sus dedos. Arriba, sobre la cresta
de la colina, el castillo observaba, distante e inmenso en medio de la
creciente noche. No había ayuda posible para él allí. Se sintió como si acabara
de nacer, un extraño en una tierra extraña.
Ella
había llegado silenciosa por la cuesta, y había permanecido en cuclillas
durante tanto tiempo que parecía imposible que él no se hubiera dado cuenta de
su presencia, Y aguardaba aún, una muchacha de cabello oscuro con un vestido de
colores y unas sandalias, observándole con el ceño fruncido, jugueteando con
una brizna de hierba que sostenía entre los dientes.
—No
debería estar aquí —dijo—. No está permitido. No se puede estar en el castillo
después de que anochezca. Hay carteles que lo dicen.
Él
se dio la vuelta demasiado rápido, y ella vio un brillo fugaz en su mejilla.
—Oh,
lo siento —dijo—. Lo siento. No quería... ¿Se encuentra bien? —Sus manos
estaban tensas sobre la hierba, casi lista para ponerse en pie de un salto y
echar a correr.
Él
seguía desconcertado.
—Sí,
estoy bien —dijo—. No... la había visto, esto es todo. Se me ha metido una mota
en un ojo...
Y
ella contuvo la respiración al oír su peculiar acento gutural.
—¿Me
permite ver?, —y sin pensarlo dos veces—: Venga, permítame... —Un pañuelo
apareció como por arte de magia de su vestido.
—Ya
estoy bien —dijo él—. Ya ha salido... —Mientras hablaba, se frotó la mejilla
con la palma de la mano.
—¿Está
seguro?
—Sí
—dijo—. Estoy perfectamente bien. Me ha dado un susto de muerte. No la había
visto...
Ella
estaba hablándole a una sombra, incapaz de ver su rostro.
—Lo
siento... —Soltó la hierba que retenía entre sus dientes y arrancó otra
brizna—. Viene usted del Nuevo Mundo —dijo—. ¿Se quedará aquí, o está de paso?
—No,
creo que no me quedaré... —Se encogió de hombros—. No hay habitaciones en la
posada, he preguntado por todas partes. Creo que me iré.
—Ya
es tarde —dijo ella—. ¿Tiene coche?
—No.
No, no tengo...
Ella
se sentó en el suelo, quitándose y poniéndose la cinta del talón de su
sandalia, la vista clavada en el camino de más abajo.
—Siempre
soy así —dijo—. Algo impulsiva. ¿Le importa?
—No,
señorita...
Sentía
ahora una urgente necesidad de retenerla. Permanecer sentados allí, hablando y
observando cómo la luna se alzaba por encima de la silenciosa colina.
—Subo
aquí muy a menudo —dijo ella—. Es mejor cuando los visitantes ya se han ido.
Hay un camino secreto para entrar en el castillo. Lo encontré cuando era
pequeña. Solía sentarme allí e imaginar que todo era mío. Y que había gente
otra vez, y soldados, tal como era antes. Ha estado muchísimo tiempo aquí
arriba, le vi hace horas. ¿Qué estaba haciendo?
—Nada
—dijo él—. Sentado. Sólo pensando, creo.
—¿En
qué?
—En
la gente —dijo con sencillez—. Y en los soldados.
—Le
encuentro divertido —dijo ella—. ¿Es usted tímido?
—No,
señorita. Bueno, quizá un poco. No llevo mucho tiempo aquí. No conozco las
costumbres.
—¿Ha
venido solo?
—Sí.
—Nunca
había conocido a nadie del Nuevo Mundo —dijo ella—. Al menos no tan bien como
para hablarle. ¿Le parece extraño?
—No,
señorita.
Ella
se tironeó el labio inferior con los dientes.
—Ya
sé dónde puede quedarse a dormir —dijo—, si no tiene ningún lugar donde ir. ¿Le
gustaría quedarse aquí?
—Sí
—respondió—. Sí, me gustaría mucho.
—Mi
padre tiene un bar ahí abajo en la calle —señaló la muchacha—. Tenemos mucho
sitio. —Se levantó y se apartó el cabello de la cara—. Iré a ver —dijo—. Creo
que no habrá ningún problema. Ahora mismo vuelvo. ¿Estará listo entonces?
—Sí
—dijo él—. Estaré listo.
La
muchacha se marchó con pasos ligeros, segura sobre la hierba. Él vio el
resplandor de sus piernas entre las sombras, y oyó un pequeño murmullo mientras
ella bajaba por el camino.
Desde
abajo, la muchacha dijo suavemente:
—Cuando
vuelva, usted ya se habrá ido.
Él
tuvo que esforzarse para descifrar las últimas palabras de la carta.
Dado
que todas las cosas, en todos los Tiempos, tienen su lugar y su oportunidad,
también nosotros tenemos que irnos ahora. Pero si tú eres mi hijo, entonces
también eres hijo de este lugar, de Sus rocas y de su tierra, de su sol, de su
viento y de sus árboles. Esta gente, sea cual sea el modo en que vista o se
comporte, es la tuya.
Te
conozco tan bien, John. Conozco tu corazón, sus penas y sus alegrías. Has visto
la muerte en este antiguo lugar, y un odio que quizá nunca morirá. Acéptalo.
Siente pena por la desaparición de las cosas antiguas, pero sigue adelante y
lucha por las nuevas. No caigas en la herejía; no te aflijas por la muerte de
las piedras.
John
Falconer,
Senescal.
Se
levantó. Juntó lentamente en un rollo todos los papeles, volvió a hacer el
paquete y lo ató. Lo metió en la mochila, se colgó al hombro la correa, y se
sacudió las briznas de hierba que colgaban de sus rodillas. Era casi totalmente
de noche en el montículo; las sombras de los árboles eran como terciopelo
negro. Por encima de él, las ruinas se mostraban como un marco de resplandor
crepuscular color turquesa.
Vio
algo en lo cual no había reparado antes. En todas partes a su alrededor sobre
la hierba, en los matorrales y los árboles, brillaban las luciérnagas, latiendo
como pequeñas lámparas verdes. Tomó una en su mano. Brillaba con fuerza,
distante y misteriosa como una estrella.
Las
piedras seguían inmóviles e imponentes sobre la ladera, y los normandos
llevaban mucho tiempo muertos. Se alzo un poco de viento, agitando la hierba.
Inició el descenso, con los pies resbalando sobre el terreno.
Ella
le aguardaba al lado del arroyo, una sombra perfumada en la noche, Cuando se
adelantó hacia él, vio que la palma de su mano brillaba. Había ido recogiendo
luciérnagas de vuelta por el camino, y ahora «la acompañaban», como hubieran
dicho los del lugar.
FIN
KEITH
ROBERTS, (Reino Unido, 1935-2000). Fue escritor, director de revistas de
ciencia-ficción e ilustrador, y la única persona en la historia que ganó los
premios de la British Science Fiction Association en las categorías de novela,
cuento e ilustración. Entre su obra, formada esencialmente por relatos unidos
por una línea argumental común y colecciones de cuentos, destacan Las furias
(1966), Pavana (1968), The Inner Wheel (1970), Anita (1970), The Boat of Fate
(1971), Machines and Men (1973), Los gigantes de caliza (1974, incluye el
relato finalista del Nebula «La Casa del Dios»), The Grain Kings (1974), Ladies
from Hell (1979), Molly Zero (1980, finalista del premio BSFA), Tierra de
cometas (1985, finalista de los premios John W. Campbell Memorial y BSFA,
incluye el relato ganador del premio BSFA ‘El maestre’), Kaeti & Company
(1986), The Lordly Ones (1986), Gráinne (1987, premio BSFA y finalista del
Arthur C. Clarke), Winterwood (1989) y Kaeti On Tour (1992).
Título original: Pavane
1968 Keith Roberts
Editoral: EDICIONES MINOTAURO, 1981
Traducción: Matilde Horne
ISBN: 9788445073261

