Libro N°. 3095. Payasadas. Vonnegut, Kurt.
© Libro N°. 3095. Payasadas. Vonnegut, Kurt. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Payasadas. Kurt Vonnegut
Versión Original: © Payasadas. Kurt Vonnegut
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PAYASADAS
Kurt Vonnegut
«Sólo
llámame amor y seré nuevamente bautizado…»
ROMEO
Dedicado
a la memoria de
Arthur
Stanley Jefferson y Norvell Hardy,
dos
ángeles de mi tiempo
Prólogo
CREO
que esto es lo más parecido a una autobiografía que voy a escribir en mi vida.
Lo he llamado Payasadas porque es un relato de poesía grotesca, circunstancial,
como las películas del cine mudo —especialmente las de Laurel y Hardy, de hace
ya tanto tiempo—.
Intento
expresar cómo siento la vida: toda esa interminable serie de pruebas para mi
limitada agilidad e inteligencia.
Creo
que la gracia fundamental de Laurel y Hardy consiste en que hacían todo lo
posible en cada prueba.
Nunca
dejaron de transigir de buena fe con sus respectivos destinos, y eso les hacía
tremendamente divertidos y adorables.
Había
muy poco amor en sus películas. A menudo aparecía la poesía circunstancial del
matrimonio, lo cual era también algo diferente. Se convertía en una prueba más,
llena de posibilidades cómicas, siempre que todo el mundo se sometiera a ella
de buena fe.
Nunca
trataban del amor. Y quizá debido a que, durante mi infancia y la época de la
Depresión, fui instruido e intoxicado en forma tan definitiva por Laurel y
Hardy, me parece natural hablar de la vida sin mencionar nunca el amor.
A mí
no me parece importante.
¿Qué
me parece importante? Transigir de buena fe con el propio destino.
He
tenido algunas experiencias con el amor, o por lo menos pienso que las he
tenido. En todo caso, las que más me han gustado podrían fácilmente ser
descritas como «simple decencia». Traté bien a una persona durante un corto
tiempo, o quizá incluso durante un largo tiempo, y esa persona a su vez me
trató bien a mí. No es forzoso que el amor haya tenido algo que ver con eso.
Además,
soy incapaz de distinguir el amor que siento por la gente del amor que siento
por los perros.
De
niño, cuando no estaba viendo a algún cómico en una película o escuchándolo por
la radio, solía pasar mucho tiempo revolcándome sobre la alfombra con perros
cuyo afecto estaba desprovisto de todo sentido crítico.
Y
todavía lo hago con frecuencia. Los perros se cansan, se sienten desconcertados
e incómodos mucho antes que yo. Podría pasarme la vida en eso.
Hi
ho.
Una
vez, el día que cumplía 21 años, uno de mis tres hijos adoptivos, que estaba a
punto de partir al Amazonas con el Cuerpo de Paz me dijo:
—¿Sabes
que nunca me has dado un abrazo?
Así
que lo abracé. Nos abrazamos. Fue muy agradable. Como revolcarme en la alfombra
con ese gran danés que teníamos.
El
amor está donde uno lo encuentra. Creo que es estúpido ir a buscarlo y pienso
que a menudo puede ser venenoso.
Ojalá
la gente que convencionalmente debe amarse se dijera en medio de una pelea: Por
favor, un poco menos de amor y un poco más de simple decencia.
Con
toda seguridad mi contacto más largo con la simple decencia ha sido mi relación
con Bernard, mi hermano mayor, mi único hermano, un científico dedicado al
estudio de la atmósfera en la State University de Nueva York, en Albany.
Es
viudo y educa solo a dos hijos pequeños. Lo hace bien. Tiene otros tres hijos
que ya son mayores. A nuestro nacimiento recibimos dos tipos de mentes muy
diferentes. Bernard no podría nunca ser escritor. Yo jamás podría convertirme
en un científico. Y, como nos ganamos la vida con nuestras mentes, tendemos a
pensar en ellas como si fueran aparatos, como si estuvieran separadas de
nuestra conciencia, del centro de nuestro ser.
Nos
habremos abrazado unas tres o cuatro veces, con ocasión de algún cumpleaños
probablemente. Y lo hemos hecho torpemente. Nunca nos hemos abrazado en
momentos de dolor.
En
todo caso, las mentes que hemos recibido disfrutan con el mismo tipo de
chistes: las cosas de Mark Twain, de Laurel y Hardy.
Son
igualmente caóticas también.
Esta
es una anécdota de mi hermano que, con pocas variaciones, se podría sin mentir
contar de mí.
Durante
un tiempo Bernard trabajó para el laboratorio de investigación de la General
Electric, en Schenectady, Nueva York. Allí descubrió que el yoduro de plata
podía hacer que cierto tipo de nubes se precipitaran en forma de lluvia o
nieve. Sin embargo, en su laboratorio reinaba un desorden tan espantoso que un
extraño podía morir de mil maneras distintas según con qué tropezara.
El
oficial de la compañía encargado de la seguridad casi falleció de un infarto
cuando vio esta selva de celadas mortales y trampas explosivas, y reprendió
duramente a mi hermano.
—Si
usted cree que este laboratorio no está en condiciones —le replicó mi hermano—,
debería ver cómo está la cosa aquí.
Y se
dio unos golpecitos en la cabeza con las puntas de los dedos.
Etcétera.
En
una ocasión le conté a mi hermano que cada vez que intentaba reparar algún
desperfecto en la casa, perdía todas las herramientas antes de terminar el
trabajo.
—Tienes
suerte —me contestó— a mí siempre se me pierde todo lo que investigo.
Nos
reímos.
Pero
a causa de estas distintas mentes que recibimos al nacer y a pesar de sus
caóticas características, Bernard y yo pertenecemos a familias ampliadas
artificialmente, lo que nos permite encontrar parientes por todas partes.
Él
es hermano de los científicos del mundo. Yo soy hermano de los escritores del
mundo.
Esto
resulta divertido y al mismo tiempo consolador para ambos. Es agradable.
También
es una suerte porque los seres humanos necesitan todos los parientes que puedan
conseguir; no necesariamente como posibles donantes o receptores de amor, sino
de simple decencia.
Cuando
éramos niños en Indianápolis, Indiana, todo hacía pensar que siempre tendríamos
allí una amplia familia de auténticos parientes. Después de todo nuestros
padres y abuelos habían crecido allí en medio de hordas de hermanos y primos y
tíos y tías. Y además sus parientes eran todos prósperos, cultivados y amables,
y hablaban alemán e inglés con suma elegancia.
A
propósito, todos eran escépticos en materia de religión.
Cuando
eran jóvenes se dedicaban a vagar por el mundo y a menudo vivían aventuras
maravillosas. Pero tarde o temprano a todos se les decía que había llegado la
hora de volver a Indianápolis y sentar la cabeza. Invariablemente obedecían.
Tenían tantos parientes allí.
También
había algunas cosas buenas que heredar, por supuesto: negocios sólidos, casas
cómodas, sirvientes leales, crecientes montañas de porcelana, cristal y vajilla
de plata, una reputación de trato honesto, y cabañas junto al lago Maxinkuckee,
en cuya orilla este mi familia poseyó en un tiempo un pueblecito de casas de
veraneo.
Pero
todo este autodisfrutar de la familia quedó, creo, mutilado para siempre por el
repentino odio por todo lo alemán que se desencadenó cuando este país entró en
la Primera Guerra Mundial, cinco años antes de que yo naciera.
Ya
no se enseñaba el alemán a los niños de la familia, ni tampoco se les
estimulaba para que admiraran la música alemana o la literatura alemana o el
arte o la ciencia. Mi hermano, mi hermana y yo fuimos criados como si Alemania
fuese un país tan ajeno a nosotros como Paraguay.
Nos
privaron de Europa, con excepción de lo que pudiésemos aprender de ella en la
escuela.
Perdimos
miles de años en muy corto tiempo y luego miles de dólares, y las cabañas de
veraneo y todo lo demás.
Y
nuestra familia se hizo mucho menos interesante, especialmente para sí misma.
De
modo que cuando ya había terminado la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, ni
a mi hermano ni a mi hermana ni a mí nos resultó difícil alejarnos de
Indianápolis.
Y,
de todos los parientes que dejamos atrás, no hubo ninguno al que se le
ocurriera una razón por la que debíamos volver a casa algún día.
Ya
habíamos dejado de pertenecer a un lugar en especial. Nos habíamos convertido
en piezas intercambiables de la maquinaria norteamericana.
Sí,
y entonces Indianápolis, que había tenido una vez su forma peculiar de hablar
inglés, sus chistes y leyendas, sus poetas, sus villanos, sus héroes, y
galerías para sus artistas, se convirtió en una pieza intercambiable de la
maquinaria norteamericana.
Era
sólo un lugar más en el que había automóviles, orquesta sinfónica, y todo eso.
Y un hipódromo.
Hi
ho.
De
todas maneras, mi hermano y yo siempre volvemos para algún funeral,
naturalmente. Estuvimos allí en julio para asistir al funeral de nuestro tío
Alex Vonnegut, el hermano menor de mi difunto padre, prácticamente el último de
nuestros parientes a la antigua usanza, el último de los patriotas
norteamericanos que no temían a Dios y que poseían almas europeas.
Tenía
82 años, sin hijos, se había graduado en la Universidad de Harvard. Era un
agente de seguros de vida jubilado, cofundador de la sección local de los
Alcohólicos Anónimos.
La
esquela mortuoria que aparecía en el Indianápolis Star señalaba que él
personalmente no había sido un alcohólico.
Esta
aclaración era en parte un resabio del pasado, me parece. Sé que solía beber,
aunque el alcohol nunca perjudicó seriamente su trabajo ni lo puso eufórico.
Sólo que de pronto dejó de beber. Y seguramente se presentó en alguna de las
reuniones de los Alcohólicos Anónimos, como deben hacerlo todos sus miembros,
diciendo su nombre y agregando esta valiente confesión: Soy alcohólico.
En
efecto, en la amable declaración del periódico en el sentido de que nunca había
tenido problemas con el alcohol anidaba la anticuada intención de preservar de
toda mancha a los que teníamos el mismo apellido.
A
todos nos hubiera resultado más difícil hacer un buen matrimonio o conseguir un
buen trabajo en la ciudad, si se hubiese sabido con certeza que habíamos tenido
parientes que fueron una vez borrachos o que, como mi madre y mi hijo, habían
enloquecido aunque sólo temporalmente.
Incluso
el hecho de que mi abuela paterna había muerto de cáncer era un secreto.
Calcule
usted.
En
todo caso, si mi tío Alex, el ateo, se encontró después de su muerte ante San
Pedro y las puertas del cielo, estoy absolutamente seguro de que se presentó
diciendo:
—Me
llamo Alex Vonnegut. Soy alcohólico.
Bravo,
tío.
Supongo
que no fue únicamente el temor a alcoholizarse lo que le llevó a los
Alcohólicos Anónimos, sino también la soledad. A medida que sus familiares
fallecieron o se alejaron de la ciudad, o simplemente se convirtieron en piezas
intercambiables de la maquinaria norteamericana, comenzó a buscar nuevos
hermanos y hermanas y sobrinos y sobrinas y tíos y tías, a los cuales encontró
en la asociación de Alcohólicos Anónimos.
Cuando
yo era niño, él solía indicarme lo que debía leer, y luego se preocupaba de
comprobar si lo había leído. Le divertía llevarme de visita a casas de
parientes que yo nunca había sospechado que tenía.
Una
vez me dijo que había sido espía en Baltimore durante la Primera Guerra
Mundial, y se había encargado de establecer contacto con norteamericanos de
origen alemán. Su misión consistía en descubrir agentes enemigos. No descubrió
nada porque no había nada que descubrir.
También
me contó que durante un tiempo, antes de que sus padres le dijeran que había
llegado el momento de volver a casa y sentar la cabeza, se había dedicado a
investigar la corrupción que existía en la ciudad de Nueva York. Reveló un
escándalo relacionado con enormes sumas gastadas en el mantenimiento de la
tumba de Grant, que en realidad necesitaba muy poco mantenimiento.
Hi
ho.
Recibí
la noticia de su muerte a través de mi teléfono blanco de teclado, cuando me
hallaba en mi casa situada en esa parte de Manhattan conocida como la Bahía de
las Tortugas. Había un filodendro por allí cerca.
En
realidad todavía no sé muy bien cómo llegué aquí. No hay tortugas ni hay bahía.
Quizás
yo sea una tortuga, capaz de vivir en cualquier parte, incluso bajo el agua
durante breves períodos, con mi casa a la espalda.
De
modo que llamé a mi hermano a Albany. Él iba a cumplir los sesenta. Yo tenía
cincuenta y dos.
No
éramos ningunos pichones, ciertamente.
Pero
Bernard aún seguía representando el papel de hermano mayor. Fue él quien se
hizo cargo de comprar los billetes en la Trans World Airlines, alquilar el
coche en el aeropuerto de Indianápolis y de reservar una habitación doble con
camas separadas en la Ramada Inn.
El
funeral mismo, como los funerales de nuestros padres y los de tantos otros
parientes cercanos, fue tan vacíamente secular, tan desprovisto de ideas acerca
de Dios o de la otra vida, o incluso acerca de Indianápolis, como nuestro
hotel.
Así
fue cómo mi hermano y yo nos instalamos en un reactor que partía de Nueva York
con destino a Indianápolis. Yo ocupé el asiento del pasillo y Bernard el de la
ventana. Después de todo era un científico especializado en el estudio de la
atmósfera, y las nubes le decían mucho más a él que a mí.
Ambos
pasábamos el metro ochenta, conservábamos gran parte de nuestro cabello, que
era castaño, y lucíamos idénticos bigotes, a su vez copias del bigote de
nuestro difunto padre.
Teníamos
un aspecto inofensivo, un par de viejos y simpáticos personajes recortados de
alguna historieta.
Había
un asiento vacío entre nosotros, lo que no dejaba de tener cierta poesía
espectral. Podría haber sido el asiento de nuestra hermana Alice, cuya edad se
situaba justamente entre la de Bernard y la mía. Ella no se encontraba en ese
asiento para acudir al funeral de su querido tío Alex porque había muerto de
cáncer entre extraños, en Nueva Jersey, a los 41 años.
—¡Radionovelas!
—nos dijo a mi hermano y a mí, una vez que hablábamos de su muerte inminente.
Dejaba cuatro niños pequeños.
—Payasadas
—añadió.
Hi
ho.
Pasó
el último día de su vida en un hospital. Los médicos y las enfermeras le
dijeron que podía fumar y beber cuanto quisiera y que podía comer todo lo que
se le ocurriera.
Mi
hermano y yo fuimos a verla. Respiraba con dificultad. En otro tiempo había
sido tan alta como nosotros, lo cual resultaba bastante incómodo para ella
puesto que era una mujer. A causa de eso nunca había mantenido una postura
adecuada. Ahora parecía un signo de interrogación.
Tosió,
se rió. Hizo un par de bromas que ya no recuerdo.
Luego
nos pidió que nos fuéramos.
—No
miréis para atrás —nos dijo.
Así
que no lo hicimos.
Falleció
más o menos a la misma hora en que murió el tío Alex: una o dos horas después
de la puesta del sol.
Y su
muerte no habría tenido ninguna importancia desde un punto de vista
estadístico, a no ser por un detalle que es el siguiente: James Carmalt Adams,
su saludable marido, director de una revista mercantil que publicaba en un
cubículo de Wall Street, había fallecido dos días antes a bordo de The Brokers
Special, el único tren de la historia del ferrocarril norteamericano que se ha
lanzado al vacío debido a que un puente levadizo no había sido bajado.
Calcule
usted.
Esto
ocurrió realmente.
Bernard
y yo no dijimos nada a Alice de lo que le había ocurrido a su marido; el cual
debía hacerse cargo de los niños después de su muerte, pero ella se enteró de
todos modos. Una paciente externa le enseñó un ejemplar del Daily News de Nueva
York. Los titulares de la primera página hablaban del desastre del tren. Sí, y
además venía una lista de los muertos y desaparecidos.
Como
Alice no había recibido ningún tipo de instrucción religiosa y había llevado
una vida intachable, nunca pensó que su mala suerte fuese otra cosa que una
serie de accidentes en un lugar muy concurrido.
Bravo,
Alice.
El
agotamiento, seguramente, y serios problemas económicos también, le hicieron
decir hacia el final de sus días que tenía la impresión de que en realidad no
era muy apta para vivir.
Pero
también es cierto que lo mismo le ocurría a Laurel y Hardy.
Mi
hermano y yo nos habíamos hecho cargo de su casa. Después de su muerte, sus
tres hijos mayores, que se hallaban entre los ocho y los trece años de edad,
celebraron una reunión a la que no se permitió la entrada a los adultos. Luego salieron
y nos pidieron que respetáramos dos peticiones: permanecer juntos y conservar
sus dos perros. El niño menor, que no asistió a la reunión, era un bebé de un
año más o menos.
Desde
entonces, yo y mi esposa, Jane Cox Vonnegut, nos encargamos de criar a los tres
mayores junto con nuestros tres hijos, en Cape Cod. El bebé, que vivió con
nosotros durante un tiempo, fue adoptado por un primo de sus padres, que
actualmente tiene el cargo de juez en Birmingham, Alabama.
Así
sea.
Los
tres mayores conservaron sus perros.
Ahora
recuerdo lo que uno de sus hijos, que se llama Kurt como mi padre y como yo, me
preguntó mientras íbamos en el coche de Nueva Jersey a Cape Cod, con los dos
perros en la parte trasera. El chico tenía unos ocho años.
Viajábamos
en dirección norte de modo que para él estábamos subiendo. íbamos solos. Sus
hermanos habían partido antes.
—¿Son
simpáticos los chicos allá arriba? —preguntó.
—Sí
—contesté.
Actualmente
es piloto de una línea aérea.
Todos
han dejado de ser niños y se han convertido en alguna otra cosa.
Uno
de ellos se dedica a la crianza de cabras en la cima de una montaña en Jamaica.
Ha hecho realidad uno de los sueños de mi hermana: vivir lejos de la locura de
las ciudades y con animales por amigos. No tiene teléfono ni electricidad.
Depende
totalmente de la lluvia. Está perdido si no llueve.
Los
dos perros han muerto de viejos. Solía revolcarme con ellos por las alfombras
durante horas y horas, hasta que quedaban exhaustos.
Sí,
y los hijos de mi hermana ahora hablan con mucha franqueza acerca de un
delicado asunto que solía preocuparles mucho: no encuentran ni a su padre ni a
su madre en sus recuerdos, no los encuentran por ninguna parte.
El
que se dedica a la crianza de cabras se llama James Carmalt Adams, como su
padre, y una vez me dijo lo siguiente, mientras se daba unos golpecitos en la
cabeza con las puntas de los dedos:
—No
es el museo que debería ser.
Creo
que los museos de las mentes infantiles se vacían automáticamente en un momento
de horror extremo para proteger a los niños de un dolor eterno.
Para
mí, en cambio, haber olvidado de inmediato a mi hermana habría sido una
catástrofe. Nunca se lo dije a ella, pero siempre fue la persona para quien
escribí. Ella era el secreto de cualquier unidad artística que pueda haber
conseguido, el secreto de mi técnica. Sospecho que cualquier creación que posea
alguna forma de totalidad y armonía fue llevada a cabo por un artista o un
inventor que tenía un público en la mente.
Así
es, y ella tuvo la bondad, o más bien, la naturaleza tuvo la bondad de
permitirme sentir su presencia durante cierto número de años después de su
muerte, de permitirme seguir escribiendo para mi hermana. Pero con el tiempo
empezó a desdibujarse, quizás porque ella tenía cosas más importantes que hacer
en otra parte.
Sea
como sea, cuando murió el tío Alex ella ya había dejado de ser mi público.
De
modo que el asiento entre mi hermano y yo me parecía especialmente vacío. Lo
llené como mejor pude con el ejemplar de The New York Times de ese día.
Mientras
mi hermano y yo esperábamos que el avión despegara en dirección a Indianápolis,
me contó una anécdota de Mark Twain acerca de una ópera que había visto en
Italia. Twain decía que no había escuchado nada igual «...desde el incendio del
orfelinato». Nos reímos.
Me
preguntó cortésmente cómo iba mi trabajo. Creo que lo respeta pero no puede
evitar sentirse desconcertado.
Le
contesté que me tenía hasta la coronilla, pero que siempre me había tenido
hasta la coronilla. Mencioné un comentario que había escuchado atribuido a la
escritora Renata Adler, que odia escribir, y que habría dicho que un escritor
es una persona que odia escribir.
También
le conté que después de otra de mis múltiples quejas acerca de mi desagradable
profesión, Max Wilkinson, mi agente, me escribió lo siguiente: «Querido Kurt:
Jamás he conocido a un herrero que estuviese enamorado de su yunque».
Volvimos
a reírnos, pero creo que mi hermano no comprendió totalmente el chiste. Su vida
ha sido una interminable luna de miel con su yunque.
Le
dije que había visto algunas óperas recientemente y que para mí el escenario
del primer acto de Tosca tenía exactamente el mismo aspecto que la Union
Station de Indianápolis. Mientras se desarrollaba la obra, me imaginaba que
ponía los números de las vías en las arcadas del escenario y repartía campanas
y pitos a los integrantes de la orquesta y soñaba con una ópera acerca de la
edad del caballo de hierro en Indianapolis.
—Gente
de la generación de nuestros abuelos se mezclaría con nosotros cuando éramos
jóvenes —le expliqué—, y con todas las generaciones intermedias. Se anunciarían
las llegadas y las salidas. El tío Alex partiría a desempeñar su trabajo de
espía en Baltimore. Tú volverías a casa después de tu primer año en la
Universidad. Habría hordas de parientes mirando a los viajeros que van y
vienen... y negros para llevar los equipajes y lustrar los zapatos.
—De
vez en cuando en mi ópera —le dije— el escenario se volvería de color barro a
causa de los uniformes. Eso sería una guerra.
»Y
luego se volvería a despejar —añadí.
Una
vez que hubo despegado el avión, mi hermano me mostró un pequeño instrumento
científico que había traído consigo. Era una célula fotoeléctrica conectada a
un pequeño magnetofón. Dirigió el ojo eléctrico hacia las nubes. Éste percibía
relámpagos que eran invisibles para nosotros por la brillante luz del día.
El
magnetofón reproducía estos relámpagos en forma de clics, que podíamos escuchar
a través de un pequeño audífono.
—Allí
hay una buena —anunció mi hermano, señalando un cúmulo distante, una especie de
montaña de nata batida.
Me
hizo escuchar los clics. Primero dos rápidos, luego silencio, luego tres y
nuevamente silencio.
—¿A
qué distancia está esa nube? —le pregunté.
—Oh,
a unos cien kilómetros más o menos —respondió.
Pensé
en lo hermoso que era que mi hermano pudiese descubrir secretos en forma tan
simple y a tanta distancia.
Encendí
un cigarrillo.
Bernard
ha dejado de fumar porque es muy importante que viva más tiempo. Todavía tiene
que criar dos niños.
Así es,
y mientras mi hermano pensaba en las nubes, la mente que yo recibí imaginaba el
argumento de este libro. Una historia acerca de ciudades desoladas y
canibalismo espiritual, de incesto y soledad, de desamor y muerte, y todo lo
demás. Nos describe a mí y a mi hermana como monstruos, y cosas por el estilo.
Todo
lo cual me parece muy natural puesto que lo imaginé camino de un funeral.
Verán,
es la historia de este espantoso anciano que vive en las ruinas de Manhattan,
donde casi todo el mundo ha muerto a causa de una misteriosa enfermedad llamada
«La Muerte Verde».
Vive
allí con su raquítica y analfabeta nieta Melody, que además está embarazada.
¿Quién es realmente este anciano? Supongo que soy yo mismo... experimentando
con la idea de ser viejo.
¿Quién
es Melody? Durante un tiempo creí que era todo lo que conservaba del recuerdo
de mi hermana. Ahora pienso que representa lo que, cuando experimento con la
idea de la vejez, queda de mi optimista imaginación, de mi creatividad.
Hi
ho.
El
anciano está escribiendo su autobiografía. La inicia con las palabras que,
según mi tío Alex, los escépticos religiosos deberían usar como preludio para
sus oraciones nocturnas.
Estas
palabras son: «A quien pueda incumbir».
Capitulo
1
A
QUIEN pueda incumbir:
Es
primavera y son las últimas horas de la tarde.
El
humo del fogón instalado sobre las baldosas del vestíbulo del Empire State, en
la Isla de la Muerte, flota sobre la selva de ailantos en que se ha convertido
la calle 34.
El
pavimento en el suelo de la selva está completamente desnivelado, levantado
aquí y allá por las raíces y el efecto de la congelación.
Existe
un pequeño claro en la selva. En medio de él, instalado sobre lo que una vez
fue el asiento trasero de un taxi, hay un anciano de rostro chupado y ojos
azules.
Ese
anciano soy yo.
Me
llamo Wilbur Narciso-11 Swain.
Voy
descalzo. Llevo una toga de color púrpura confeccionada con colgaduras
encontradas en las ruinas del hotel La Unión.
Soy
el ex presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Fui el presidente
definitivo, el más alto y el único que llegó a divorciarse mientras ocupaba el
cargo en la Casa Blanca.
Vivo
en el primer piso del Empire State con Melody Oropéndola-2 von Peterswald, mi
nieta de dieciséis años, y su amante, Isadore Melocotón-19 Cohen. Los tres
tenemos todo el edificio a nuestra disposición.
Nuestra
vecina más próxima se encuentra a un kilómetro de distancia.
Acabo
de oír cacarear a uno de sus gallos.
Nuestra
vecina más próxima es Vera Ardilla-5 Zappa, una mujer que ama la vida. Nunca he
conocido a nadie que desempeñe mejor que ella la tarea de vivir. Tiene un poco
más de sesenta años y es una granjera trabajadora, fuerte y cordial, firme como
una boca de riego. Tiene esclavos a los que trata muy bien. Y ella con sus
esclavos cría ganado, cerdos, pollos y cabras y, a orillas del East River,
cultiva maíz y trigo y verduras y frutas y vides.
Han
construido un molino para moler el grano, un alambique para hacer coñac y un
lugar donde ahumar la carne y muchas cosas más.
—Vera
—le dije el otro día—, si nos escribieras una nueva Declaración de
Independencia, te convertirías en el Thomas Jefferson de la era moderna.
Escribo
este libro en cuartillas de la Autoescuela Continental.
Melody
e Isadore encontraron tres cajas de este papel en el piso 64 de nuestra casa.
También hallaron un ciento de bolígrafos.
Los
visitantes del continente son escasos. Los puentes se han desplomado y los
túneles han sido destruidos. Los botes no se acercan a nuestra isla por temor a
la plaga particular de este lugar, llamada «La Muerte Verde».
Esta
es la plaga por la que Manhattan ha merecido el sobrenombre de «La Isla de la
Muerte».
Hi
ho.
Esto
es algo que repito a menudo estos días: Hi ho. Una especie de hipo senil. He
vivido demasiado tiempo.
Hi
ho.
La
gravedad es muy leve hoy. Como resultado de ello se me ha producido una
erección. Todos los hombres tenemos erecciones en días así. Son la consecuencia
automática de la cuasi ingravidez. No hay nada erótico en ellas. Por el
contrario, en la mayoría de los casos tienen muy poco que ver con el erotismo y
mucho menos tratándose de un hombre de mi edad. Son experiencias hidráulicas,
el resultado de una confusa instalación de cañerías, poco más que eso.
Hi
ho.
La
gravedad es tan leve hoy que tengo la sensación de que podría subir corriendo
hasta la cima del Empire State cargado con una tapadera de cloaca y lanzarla a
Nueva Jersey.
Eso
seguramente superaría lo que hizo George Washington al cruzar el Rappahannuck a
bordo de un dólar de plata. Y sin embargo hay gente que afirma que el progreso
no existe.
A
veces me llaman el Rey de las Palmatorias porque tengo más de mil palmatorias.
Pero
prefiero mi apellido intermedio, Narciso-11. Y he escrito este poema acerca de
él, y de la vida, por supuesto:
Fui
esa simiente,
soy
esta carne.
carne
que odia el dolor,
que
debe comer y dormir,
que
debe soñar, reír y gritar.
Pero
una vez cumplido su cometido
por
favor devuélvanla a la tierra
para
que se convierta en un narciso.
¿Y
quién leerá todo esto? Sólo Dios lo sabe. Ni Melody ni Isadore, evidentemente.
Como todos los demás jóvenes de la isla, no saben leer ni escribir.
No
tienen ninguna curiosidad respecto al pasado del hombre, ni acerca de cómo será
la vida en el continente.
En
lo que a ellos respecta, el logro más glorioso de la numerosa población que
habitaba esta isla fue morirse para que pudiésemos tenerla toda para nosotros.
La
otra tarde les pedí que me dieran los nombres de los tres seres humanos más
importantes de la historia. Protestaron diciendo que la pregunta no tenía
ningún sentido para ellos.
Insistí
en que de todos modos juntaran sus cabezas y me proporcionaran alguna
respuesta, y eso fue lo que hicieron. El ejercicio les puso de mal humor.
Resultaba doloroso para ellos.
Finalmente
dieron con una respuesta. Casi siempre, Melody habla por los dos, y esto fue lo
que me dijo con toda seriedad:
—Tú,
Jesucristo y Papá Noel.
Hi
ho.
Cuando
no les hago preguntas se sienten felices como perdices.
Esperan
algún día convertirse en esclavos de Vera Ardilla-5 Zappa. Yo no tengo
inconveniente.
Capitulo
2
PROMETO
intentar no escribir «Hi ho» todo el tiempo.
Hi
ho.
Nací
aquí mismo, en la ciudad de Nueva York. En ese entonces no era un Narciso. Fui
bautizado con el nombre de Wilbur Rockefeller Swain.
Tampoco
estaba solo. Tenía una hermana gemela heterocigótica. Se llamaba Eliza Mellon
Swain.
Antes
que llevarnos a una iglesia, prefirieron bautizarnos en el hospital; tampoco
asistieron nuestros parientes ni los amigos de la familia. Y es que Eliza y yo
éramos tan feos que nuestros padres se sentían avergonzados.
Éramos
unos monstruos y no se esperaba que viviésemos mucho tiempo. Exhibíamos seis
dedos en cada manita y otros seis en nuestros piececitos. También teníamos
tetillas supernumerarias: nos sobraban dos a cada uno.
No
éramos niños mongólicos a pesar de nuestro pelo negro y grueso, típico de los
mongoloides. Constituíamos algo nuevo. Éramos neandertaloides. Ya en nuestra
tierna infancia poseíamos los rasgos de un fósil humano adulto: frente huida,
espesas cejas unidas y mandíbula de excavadora.
Se
suponía que no teníamos inteligencia y que moriríamos antes de los catorce
años.
Pero
yo estoy vivo y coleando, gracias. Y no dudo que Eliza también lo estaría de no
haber muerto aplastada por un alud en los suburbios de la colonia china del
planeta Marte.
Hi
ho.
Mis
padres eran jóvenes, bellos y encantadoramente tontos, y se llamaban Caleb
Mellon Swain y Letitia Vanderbilt Swain, de soltera Rockefeller. Fabulosamente
ricos, eran descendientes de estadounidenses cuya única actividad había
consistido en arruinar el planeta mediante una especie de desvarío que les
hacía transformar en forma obsesiva el dinero en poder y luego el poder en
dinero para volver a convertirlo en poder.
Pero
Caleb y Letitia personalmente resultaban inofensivos. Mi padre era muy bueno
para el backgammon y no tan bueno para la fotografía en colores, eso es lo que
dicen por lo menos. Mi madre participaba en la Asociación Nacional para el
Desarrollo de la Gente de Color. Ninguno trabajaba. Tampoco tenían un título
universitario aunque ambos lo habían intentado.
Hablaban
y escribían con elegancia y se adoraban. Reconocían con humildad su fracaso
como estudiantes. Eran buenos.
Y no
puedo criticarlos porque se sintieran anonadados después de traer al mundo a un
par de monstruos. Cualquiera que hubiera dado a luz a Eliza y a mí hubiera
quedado deshecho.
Y
por lo menos Caleb y Letitia fueron tan buenos padres como lo fui yo cuando me
llegó el turno. Yo no soportaba a mis hijos aunque eran normales en todos los
aspectos.
Quizás
les habría tenido más afecto si hubiesen sido monstruos como Eliza y yo.
Hi
ho.
Al
joven Caleb y a la joven Letitia se les aconsejó que no destrozaran sus
corazones ni arriesgaran su mobiliario intentando criarnos a Eliza y a mí en la
Bahía de las Tortugas. Según sus consejeros teníamos tanto parentesco con ellos
como dos pequeños cocodrilos. Caleb y Letitia reaccionaron en forma
humanitaria, cara, y sumamente gótica además. Nuestros padres no nos ocultaron
en hospitales especializados. Nos sepultaron en una mansión antigua y tenebrosa
que habían heredado. Estaba situada en medio de un terreno de doscientos acres
cubierto de manzanos en la cumbre de una montaña, cerca del caserío de Galen,
en Vermont.
La
casa había estado deshabitada durante treinta años.
Se
contrataron carpinteros, electricistas y fontaneros para que la convirtieran en
una especie de paraíso para nosotros. Debajo de las alfombras, que cubrían el
suelo de una pared a otra, se colocó una gruesa protección de goma para que no
nos hiciéramos daño si nos caíamos. Las paredes del comedor estaban cubiertas
de azulejos y había desaguaderos en el suelo para que después de las comidas se
pudiese limpiar la habitación, y los niños, con una manguera.
Más
importantes quizá eran las dos verjas de tela metálica que se elevaban a gran
altura y tenían alambradas de púas en la parte superior. La primera rodeaba el
huerto. La segunda separaba la mansión de los ojos curiosos de los trabajadores
que de vez en cuando tenían que atravesar la primera verja para cuidar de los
manzanos.
Hi
ho.
El
personal se reclutó en el vecindario. Había un cocinero, dos hombres y una
mujer que se hacían cargo de la limpieza, dos enfermeras experimentadas que nos
alimentaban, nos vestían y desvestían, y nos bañaban. Al que recuerdo mejor de
todos ellos es a Ancas Potrancas, una combinación entre cuidador, chofer y
factótum.
Su
madre era una Ancas; su padre era un Potrancas.
Tal
cual, y era gente de campo, sencilla. Con excepción de Ancas Potrancas, que
había sido soldado, nunca habían salido de Vermont.
De
hecho, rara vez se habían aventurado a más de diez kilómetros de Galen.
Inevitablemente
todos eran parientes, la endogamia estaba tan extendida como entre los
esquimales. También tenían, por supuesto, un lejano parentesco con Eliza y
conmigo, ya que nuestros antepasados de Vermont en un tiempo se habían
contentado con un interminable chapotear, por decirlo así, en la misma charca
genética.
Pero
como estaban las cosas en los Estados Unidos en aquella época, el parentesco
que tenían con nuestra familia era el mismo que une a las carpas con las
águilas, por ejemplo. Porque los miembros de nuestra familia habían
evolucionado hasta convertirse en multimillonarios y turistas del mundo.
Hi
ho.
No
resultó difícil para nuestros padres comprar la fidelidad de estos fósiles
vivientes de nuestro pasado familiar. Se les pagaban sueldos mínimos que les
parecían enormes porque los lóbulos de sus cerebros encargados de obtener
dinero eran sumamente primitivos.
Se
les proporcionaron agradables aposentos en la mansión y televisores en color.
Se les estimuló para que comieran como reyes, mientras nuestros padres corrían
con los gastos. Tenían muy poco trabajo.
Mejor
todavía, no necesitaban tener demasiada iniciativa. Estaban bajo las órdenes de
un joven médico que vivía en el caserío, el doctor Stewart Rawlings Mott, quien
se encargaba de darnos una mirada todos los días.
A
propósito, el doctor Mott era tejano, un joven melancólico e introvertido.
Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que le indujo a alejarse tanto de su gente
y de su ciudad natal para ejercer la medicina en un pueblo de esquimales en
Vermont.
Como
una curiosa nota al pie de la historia y probablemente sin ninguna importancia,
mencionaré que el nieto del doctor Mott llegaría a convertirse en el rey de
Michigan durante mi segundo período como presidente de los Estados Unidos.
Debo
hipar una vez más: Hi ho.
Lo
juro. Si vivo el tiempo suficiente para terminar esta autobiografía, la
revisaré y eliminaré todos los «Hi ho».
Hi
ho.
Había
un rociador automático contra incendios y alarmas contra los ladrones en las
ventanas, en las puertas y en los tragaluces.
Cuando
nos hicimos más grandes y más feos y capaces de romper brazos y arrancar
cabezas, se instaló un gran gong en la cocina. Estaba conectado con unos
botones color cereza colocados en todas las habitaciones y a intervalos
regulares en todos los corredores. Los botones brillaban en la oscuridad.
Sólo
se debían pulsar en caso de que Eliza o yo comenzáramos a jugar a cometer un
asesinato.
Hi
ho.
Capítulo
3
NUESTRO
padre se trasladó a Galen con un abogado, un médico y un arquitecto para
vigilar la restauración de la mansión destinada a Eliza y a mí, y para la
contratación de la servidumbre y del doctor Mott. Nuestra madre permaneció aquí
en Manhattan, en su casa de la Bahía de las Tortugas.
A
propósito, las tortugas han vuelto en grandes cantidades a la Bahía de las
Tortugas.
A
los esclavos de Vera Ardilla-5 Zappa les gusta cogerlas para hacer sopa.
Hi
ho.
Fue
una de las pocas ocasiones, con excepción de la muerte de nuestro padre, en que
papá y mamá estuvieron separados durante más de uno o dos días. Y mi padre le
escribió a mamá una amable carta desde Vermont, que encontré en su mesita de
noche después de su muerte.
Puede
muy bien haber constituido toda su correspondencia.
«Mi
querida Tish», escribió mi padre, «nuestros hijos serán muy felices aquí.
Podemos sentirnos orgullosos. Nuestro arquitecto puede sentirse orgulloso, los
trabajadores pueden sentirse orgullosos.
»Por
muy cortas que sean las vidas de nuestros hijos, les habremos proporcionado
dignidad y felicidad. Les hemos creado un delicioso asteroide, un pequeño mundo
en el que hay una sola mansión y lo demás está cubierto de manzanos.»
Y
luego regresó a su propio asteroide de la Bahía de las Tortugas. En lo
sucesivo, y una vez más por consejo de los médicos, nos visitaban una vez al
año y siempre en el día de nuestro cumpleaños.
La
vieja mansión de ladrillos todavía existe y sigue siendo cómoda y abrigada. Es
allí donde Vera Ardilla-5 Zappa, nuestra vecina más próxima, aloja a sus
esclavos.
«Y
cuando Eliza y Wilbur mueran y se vayan finalmente al cielo», continuaba la
carta de mi padre, «podremos hacerles descansar entre sus antepasados Swain, en
el cementerio privado de la familia, bajo los manzanos.»
Hi
ho.
En
cuanto a los que ya estaban enterrados en el cementerio, separado de la mansión
mediante una verja, se trataba principalmente de granjeros de Vermont con sus
esposas y descendientes, que se habían dedicado al cultivo de la manzana, gente
sin ninguna distinción. Sin duda muchos de ellos eran tan analfabetos e
ignorantes como Melody e Isadore.
Con
lo cual quiero decir que eran grandes simios inocentes, con limitados medios
para hacer el mal, lo cual según mi opinión de anciano muy anciano, es lo que
los seres humanos estaban destinados a ser.
Muchas
de las lápidas se habían hundido hasta desaparecer o estaban volcadas. El
tiempo había desdibujado los epitafios de las que se mantenían en pie. Pero
había un inmenso monumento de gruesas paredes de granito, techo de pizarra y
grandes puertas, que a no dudar se mantendría en pie después del día del
juicio. Era el mausoleo del fundador de la fortuna de la familia y el que hizo
construir nuestra mansión, el profesor Elihu Roosevelt Swain.
Me
atrevería a decir que el profesor Swain fue con mucho el más inteligente de
todos nuestros antepasados conocidos: Rockefeller, Dupont, Mellon, Vanderbilt,
Dodge y todos esos. Obtuvo un grado académico en el Instituto de Tecnología de
Massachusetts a los dieciocho años, y a los veintidós se trasladó a la
Universidad Cornell para formar el Departamento de Ingeniería Civil. Por ese
entonces, ya tenía en su haber varias importantes patentes de puentes para
ferrocarriles y sistemas de seguridad, que hubiesen bastado para convertirle en
millonario.
Pero
no se sentía satisfecho. Muy pronto creó la Compañía Constructora de Puentes
Swain, la cual diseñó y supervisó la construcción de la mitad de los puentes de
ferrocarriles del planeta.
Era
un ciudadano del mundo. Hablaba varios idiomas y era amigo personal de varios
jefes de Estado. Pero cuando llegó el momento de construirse su propio palacio,
lo situó entre los manzanos de sus ignorantes antepasados.
Fue
la única persona a quien le gustó ese edificio monstruoso, antes de que
llegáramos Eliza y yo. ¡Fuimos tan felices allí!
Eliza
y yo compartíamos un secreto con el profesor Swain, a pesar de que ya hacía
medio siglo que había muerto. La servidumbre no lo sabía. Nuestros padres no lo
sabían. Y los trabajadores que restauraron el edificio aparentemente nunca lo
sospecharon, aunque tuvieron que instalar cañerías, alambres y conductos para
la calefacción en extraños lugares.
Este
era el secreto: había una mansión escondida dentro de la mansión. Se podía
entrar en ella a través de escotillas y paneles corredizos. Estaba formada por
escaleras secretas, lugares para escuchar las conversaciones provistos de
orificios para mirar, y pasajes secretos. Había túneles, también.
De
hecho Eliza y yo podíamos desaparecer por un enorme reloj de pared en el salón
de baile de la torre situada en el extremo norte y surgir casi a mil metros de
distancia a través de una escotilla en el suelo del mausoleo del profesor Elihu
Roosevelt Swain.
Había
otro secreto que también compartíamos con el profesor. Nos enteramos revisando
algunos papeles que había en la mansión. Su apellido intermedio no había sido
realmente Roosevelt. Se lo había puesto para parecer más aristocrático cuando
se matriculó en el Instituto de Tecnología de Massachusetts.
El
nombre que figuraba en su certificado de bautismo era Elihu Potrancas Swain.
Supongo
que fue a raíz de este ejemplo que Eliza y yo concebimos la idea de cambiar,
llegado el momento, los apellidos intermedios de todo el mundo.
Capítulo
4
CUANDO
el profesor Swain falleció, estaba tan gordo que no me explico cómo pudo haber
transitado por sus pasadizos secretos. Eran muy estrechos. Sin embargo, aunque
medíamos dos metros, Eliza y yo cabíamos perfectamente porque los techos eran
muy altos.
En
efecto, y el profesor Swain murió de gordura en la mansión, en el curso de una
cena de honor de Samuel Langhorne Clemens y Thomas Alva Edison.
Esos
tiempos ya no volverán.
Eliza
y yo encontramos el menú. El primer plato era sopa de tortuga.
De
vez en cuando los sirvientes comentaban entre ellos que la casa estaba
embrujada. Oían risotadas y estornudos en las paredes y el crujir de escalones
donde no había escalones y un abrir y cerrar de puertas donde no había puertas.
Hi
ho.
Resultaría
sumamente estremecedor que, como un anciano centenario y loco, denunciara desde
las ruinas de Manhattan que Eliza y yo fuimos sometidos a actos de
indescriptible crueldad en esa tenebrosa casona. Pero en realidad puede que hayamos
sido los niños más felices que ha conocido la historia.
Ese
éxtasis no terminó hasta que cumplimos quince años.
Calcule
usted.
En
efecto, y cuando me convertí en pediatra y ejercía la medicina rural en la
mansión en la que me había criado, a menudo me decía, pensando en alguno de mis
pacientes y recordando mi propia niñez: «Esta persona acaba de llegar a este
planeta, no sabe nada de él, no tiene pautas para juzgarlo. A esta persona no
le importa en qué pueda llegar a convertirse. Está ansiosa por transformarse en
cualquier cosa que se suponga que debe ser».
Esto
describe indudablemente el estado de ánimo de Eliza y mío cuando éramos muy
jóvenes. Toda la información que recibíamos acerca del planeta sobre el que nos
encontrábamos, indicaba que convertirse en idiota era una cosa deliciosa.
De
modo que cultivamos la idiotez.
Nos
negamos a hablar en forma coherente en público. Sólo decíamos «bú» y «dú».
Babeábamos y hacíamos girar los ojos. Nos tirábamos pedos y nos reíamos.
Comíamos engrudo.
Hi
ho.
Consideren
lo siguiente: éramos el centro de las vidas de aquellos que se preocupaban por
nosotros. Ellos sólo podían ser heroicamente cristianos ante sus propios ojos
si Eliza y yo seguíamos siendo desvalidos y detestables. Si nos convertíamos en
personas sensatas e independientes, ellos se transformarían automáticamente en
nuestros monótonos inferiores. Si éramos capaces de hacer frente al mundo,
ellos podrían perder sus aposentos, sus televisores en color, la ilusión de
sentirse una especie de doctor o enfermera y además sus bien pagados empleos.
De
modo que desde el mismo principio, y sin saber muy bien que lo estaban
haciendo, estoy seguro, cientos de veces al día nos rogaban que siguiéramos
siendo desvalidos y detestables.
Había
un sólo paso que ellos deseaban que diéramos por el camino del progreso humano.
Esperaban con todo su corazón que aprendiéramos a avisar cuando queríamos hacer
nuestras necesidades.
Como
he dicho, obedecíamos con mucho gusto.
Pero
al cumplir los cuatro años ya habíamos aprendido a leer y escribir en secreto.
A los siete sabíamos leer y escribir francés, alemán, italiano, latín y griego
clásico, y también cálculo diferencial.
Había
miles de libros en la mansión. Cuando cumplimos los diez años, ya los habíamos
leído todos a la luz de una vela, durante la hora de la siesta o después de
acostarnos por la noche, en pasadizos secretos o incluso en el mausoleo de
Elihu Roosevelt Swain.
Pero
seguimos babeando y balbuceando cada vez que había algún adulto cerca. Era
divertido.
No
ardíamos en deseos de exhibir nuestra inteligencia en público. No se nos
ocurría pensar que fuese útil o atractiva en algún sentido. Creíamos que era
sólo un ejemplo más de nuestra anormalidad, como esas tetillas y dedos que nos
sobraban.
Y
quizás tuviéramos razón en eso, ¿sabe?
Hi
ho.
Capítulo
5
MIENTRAS
tanto, incansablemente, día tras día, el joven y extraño doctor Stewart
Rawlings Mott nos pesaba, nos medía, escudriñaba nuestros orificios y nos
tomaba muestras de orina.
—¿Cómo
estamos hoy? —solía decir.
Le
contestábamos «bú» y «dú» y cosas así. Le llamábamos «fisgaculos».
Y
nosotros mismos hacíamos todo lo posible para que cada día fuese exactamente
igual al anterior. Cada vez que Fisgaculos nos felicitaba por nuestro saludable
apetito y la regularidad de nuestros movimientos intestinales, por ejemplo, yo
invariablemente me metía los pulgares en las orejas y movía los dedos, y Eliza
se levantaba la falda y hacía sonar el elástico de sus pantis sobre el vientre.
Eliza
y yo creíamos entonces lo que yo todavía creo ahora: Que la vida puede ser
indolora si existe la tranquilidad suficiente para que una docena de rituales
puedan ser repetidos interminablemente.
Creo
que idealmente la vida debería ser como el minué o la polca, algo que se puede
aprender fácilmente en una escuela de danza.
Incluso
hasta este momento persiste en mí la duda. No sé si el doctor Mott nos amaba y
sabía lo inteligentes que éramos y deseaba protegernos de la crueldad del mundo
exterior, o si estaba mal de la cabeza.
Después
de la muerte de mi madre, descubrí que el armario de la ropa blanca que se
encontraba a los pies de su cama estaba repleto de paquetes que contenían los
informes que el doctor Mott presentaba dos veces por semana. Mencionaba las
cantidades cada vez mayores de comida que consumíamos y luego excretábamos.
Hacía notar también nuestro incansable buen humor y nuestra resistencia natural
a las enfermedades comunes de la infancia.
Las
cosas que mencionaba eran, de hecho, los mismos fenómenos que el ayudante de un
carpintero no podría haber dejado de notar, como por ejemplo que a los nueve
años Eliza y yo medíamos más de un metro ochenta.
Sin
embargo, por mucho que aumentara nuestro volumen, había unos números que
permanecían constantes en sus informes: nuestra edad mental oscilaba entre los
dos y los tres años.
Hi
ho.
Fisgaculos,
junto con mi hermana, por supuesto, es una de las pocas personas que ansío ver
en la otra vida.
Me
muero de ganas de preguntarle qué pensaba realmente de nosotros cuando éramos
niños, qué sospechaba, cuánto sabía en realidad.
Eliza
y yo debimos darle miles de pistas respecto de nuestra inteligencia. No éramos
unos embusteros muy astutos. Después de todo sólo éramos niños.
Me
parece muy probable que cuando balbuceábamos en su presencia, utilizáramos
palabras tomadas de algún idioma extranjero que él pudiese reconocer. También
es posible que visitara la biblioteca de la mansión, que no despertaba ningún
interés entre la servidumbre, y encontrara los libros algo desordenados.
Quizá
descubrió por accidente los pasadizos secretos. Con frecuencia solía vagar por
la casa después de cumplir sus obligaciones, lo recuerdo, y explicaba a los
sirvientes que su padre había sido arquitecto. Puede que llegara a introducirse
en alguno de los pasillos secretos y encontrara los libros que leíamos allí, y
quizás advirtió que el suelo estaba salpicado de cera de vela.
Quién
sabe.
También
me hubiese gustado saber cuál era su secreto pesar. Cuando Eliza y yo éramos
jóvenes nos hallábamos tan absortos el uno en el otro que rara vez advertíamos
el estado de ánimo de los demás. Pero estábamos realmente impresionados por la
tristeza del doctor Mott. De modo que debía ser profunda.
Una
vez le pregunté a su nieto Stewart Oropéndola-2 Mott, el rey de Michigan, si
tenía idea de por qué el doctor Mott había encontrado que la vida era algo tan
abrumador.
—La
gravedad no había comenzado a hacer de las suyas —le dije—. El color del cielo
no había pasado definitivamente del azul al amarillo. Todavía no se habían
agotado los recursos naturales del planeta. El país no había sido despoblado
por la influenza albana y La Muerte Verde.
»Su
abuelo tenía un coche, una casa, un consultorio, una esposa y un hijo —continué
diciendo al rey— y, sin embargo, siempre se le veía abatido.
A
propósito, mi entrevista con el rey tuvo lugar en su palacio del lago
Maxinkuckee, al norte de Indiana, donde una vez estuvo situada la Academia
Militar Culver. Nominalmente yo seguía siendo el presidente de los Estados
Unidos, pero había perdido todo tipo de control sobre las cosas. Ya no había
congreso, ni tribunales federales, ni tesoro ni ejército ni nada de eso.
Lo
más probable es que no quedasen más de ochocientas personas en la ciudad de
Washington. Mi personal se había reducido a un empleado cuando presenté mis
respetos al rey.
Hi
ho.
Me
preguntó si le consideraba un enemigo, y le contesté:
—¡Cielos,
no, Majestad! Estoy encantado de que alguien de su valer haya traído la ley y
el orden al Medio-Oeste.
Se
impacientó cuando le insistí en que me hablara más de su abuelo el doctor Mott.
—¡Santo
Dios! —exclamó—, ¿qué norteamericano sabe algo acerca de sus abuelos?
En
esos días era un joven santo-soldado, ascético, flaco y flexible. Melody, mi
nieta, llegaría a conocerle mucho después cuando se convirtió en un viejo
obsceno, un gordo voluptuoso cuyas túnicas estaban incrustadas en piedras
preciosas.
Cuando
lo vi, llevaba una simple túnica de soldado sin ninguna de las insignias de su
rango.
En
cuanto a mi vestimenta, era apropiadamente circense: sombrero de copa, frac,
pantalones a rayas, un chaleco gris perla, polainas del mismo color, una sucia
camisa blanca con cuello alto y corbata. La parte delantera de mi chaleco
estaba adornada con una cadena de oro que había pertenecido a John D.
Rockefeller, el antepasado mío que fundó la Standard Oil. De la cadena colgaba
mi llave Phi Beta Kappa de Harvard y un narciso de plástico en miniatura. Por
ese entonces mi segundo nombre había sido cambiado legalmente de Rockefeller a
Narciso-11.
—Hasta
donde yo sé —continuó el rey—, en la rama de la familia a la que pertenecía el
doctor Mott no hubo asesinatos ni malversaciones ni suicidios ni problemas con
la bebida o las drogas.
Él
tenía treinta años, yo setenta y nueve.
—Quizá
el abuelo fuese una de esas personas que nacieron infelices —añadió—. ¿Se le ha
ocurrido alguna vez pensar en eso?
Capitulo
6
QUIZÁS
haya gente que realmente nace infeliz.
Ciertamente,
espero que no sea así.
Hablando
por mi hermana y por mí mismo: nacimos con la capacidad y la determinación de
ser extremadamente felices todo el tiempo.
Quizás
incluso en esto éramos monstruos.
Hi
ho.
¿Qué
es la felicidad?
En
el caso de Eliza y en el mío, la felicidad consistía en estar perpetuamente en
compañía del otro, con montones de sirvientes y buena comida, viviendo en una
mansión tranquila y llena de libros, situada en un asteroide cubierto de
manzanos, y creciendo como dos mitades especializadas de un mismo cerebro.
Aunque
nos sobábamos y abrazábamos con mucha frecuencia, nuestras intenciones eran
puramente intelectuales. Es cierto que Eliza alcanzó su madurez sexual a los
siete años. Sin embargo, yo no entré en la pubertad hasta mi último año de
estudios en la Escuela de Medicina de Harvard, a los veintitrés años. Eliza y
yo utilizábamos el contacto corporal con la única finalidad de aumentar la
intimidad de nuestros cerebros.
De
ese modo dimos vida a un genio único, que moría en cuanto nos separábamos, y
que renacía en el momento en que volvíamos a juntarnos.
Nuestra
especialización como mitades de aquel genio tuvo caracteres casi paralizantes.
Ese ser era el individuo más importante de nuestras vidas, pero nunca lo
nombrábamos.
Cuando
aprendimos a leer y a escribir, por ejemplo, era yo quien realmente leía y
escribía. Eliza fue una analfabeta hasta el día de su muerte.
Sin
embargo, Eliza tenía las grandes intuiciones. Fue ella la que adivinó que nos
convenía permanecer mudos, pero que debíamos aprender a avisar antes de hacer
nuestras necesidades. Fue Eliza la que descubrió qué eran los libros y qué
podían significar esos pequeños signos sobre las páginas.
Fue
Eliza la que sintió que había algo raro en las dimensiones de algunos
corredores y habitaciones de la mansión. Y fui yo el que se dio el trabajo de
tomar las medidas y luego tentar los paneles y el parquet con destornilladores
y cuchillos de cocina, buscando las puertas de un universo optativo que
finalmente encontramos.
Hi
ho.
Sí,
y yo era el que me encargaba de la lectura. Y ahora me parece que no existe un
solo libro escrito en un idioma indoeuropeo publicado antes de la Primera
Guerra Mundial que yo no haya leído en voz alta. Pero Eliza se encargaba de la
memorización y me decía lo que teníamos que aprender a continuación. Y era ella
la que reunía ideas aparentemente sin ninguna relación para formar un nuevo
concepto. Eliza era la que yuxtaponía.
Gran
parte de nuestra información, por supuesto, estaba definitivamente superada, ya
que a partir de 1912 habían llegado muy pocos libros a la mansión. Gran parte
de ella también desafiaba el tiempo. Y también había cosas francamente
estúpidas como los bailes que aprendíamos.
Si
quisiera, yo podría ejecutar aquí mismo en las ruinas de Nueva York una versión
bastante aceptable, incluso correcta desde un punto de vista histórico, de la
tarantela.
¿Éramos
realmente un genio cuando pensábamos como un solo ser?
Tengo
que responder que sí, especialmente si tenemos en cuenta el hecho de que no
teníamos profesores. Y lo digo sin jactancia porque sólo soy la mitad de esa
mente extraordinaria.
Recuerdo
que criticábamos la Teoría de la Evolución de Darwin basándonos en el hecho de
que las criaturas se convertirían en seres tremendamente vulnerables mientras
trataban de mejorar su especie, cuando intentaban desarrollar alas o una
coraza. Serían devorados por animales más prácticos mucho antes de que sus
maravillosas nuevas características se hubiesen perfeccionado.
Hubo
por lo menos una profecía en la que acertamos con tal exactitud que pensar en
ella, incluso ahora, me deja pasmado.
Escuchen:
comenzamos con el misterio de cómo los antiguos habían levantado las pirámides
de Egipto y México, y las grandes cabezas de la Isla de Pascua y los
impresionantes arcos de Stonehenge, sin las fuentes de energía ni los
instrumentos modernos.
Llegamos
a la conclusión de que en la Antigüedad hubo días en que la gravedad era tan
ligera que la gente podía jugar a la pelota con enormes trozos de roca.
Incluso
estimamos que quizá fuese anormal que la gravedad de la Tierra se mantuviera
estable durante largos períodos de tiempo. Profetizamos que en cualquier
momento la gravedad podía volver a convertirse en un elemento tan caprichoso
como el viento, el frío, el calor, o las tempestades.
Sí,
y también Eliza y yo redactamos una precoz crítica de la Constitución de los
Estados Unidos de Norteamérica. Argumentamos que era más que nada un sistema
para provocar el descontento general puesto que su éxito en mantener a la gente
razonablemente feliz dependía de la fuerza de la misma gente, y sin embargo no
presentaba ningún sistema práctico tendente a hacer que los ciudadanos, al
contrario de sus representantes elegidos, tuvieran fuerza.
Dijimos
que era posible que los que redactaron la Constitución fuesen ciegos a la
belleza de las personas que no tenían una gran fortuna, o amigos poderosos o un
puesto público, pero que sí eran auténticamente fuertes.
Sin
embargo, nos pareció más probable que los autores no se hubiesen dado cuenta de
que resultaba natural, y por lo tanto casi inevitable, que los seres humanos en
situaciones extraordinarias, se viesen a sí mismos como partes de nuevas
familias. Eliza y yo señalamos que esto había ocurrido tanto en democracias
como en tiranías, ya que los seres humanos eran los mismos en todo el mundo, y
civilizados sólo desde ayer.
De
ahí que se podía esperar que los representantes elegidos se convirtieran en
miembros de la famosa y poderosa familia de los representantes elegidos, lo
cual, naturalmente, los haría reaccionar en forma cauta, aprensiva y tacaña
ante los otros tipos de familia en que, naturalmente, se subdivide la
Humanidad.
Eliza
y yo, pensando como mitades de un sólo genio, propusimos que la Constitución
fuese enmendada de modo que garantizara a todo ciudadano, por muy humilde,
loco, incompetente, o deforme que fuese, la filiación a alguna familia tan
disimuladamente xenofóbica y astuta como la que forman los funcionarios
públicos.
Bravo
por Eliza y por mí.
Hi
ho.
Capitulo
7
CUAN
bonito habría sido, especialmente para Eliza, puesto que era una niña, si
hubiese resultado que éramos patitos feos, y con el tiempo hubiésemos llegado a
ser bellos. Pero la verdad es que cada día que pasaba nos poníamos más
ridículos.
Ser
un niño de más de dos metros tenía algunas ventajas. Era un respetado jugador
de baloncesto en la escuela preparatoria y en la Universidad, aunque tenía los
hombros muy estrechos y voz de flautín, y ni un solo indicio de barba o vello
púbico. Así es, y años más tarde, cuando mi voz se había hecho más grave y me
presentaba como candidato a senador por Vermont, pude decir desde mis
pancartas, ignorando los dedos que me sobraban: «Se necesita un hombre grande
para hacer grande a un país».
Pero
Eliza, que tenía exactamente la misma altura que yo, no podía esperar ser bien
recibida en ninguna parte. No había un rol femenino convencional que pudiese
admitir de alguna manera a una semigenio neandertaloide de cuatro tetillas,
doce dedos en las manos y doce en los pies, que medía dos metros veinte y
pesaba un quintal.
Incluso
ya desde niños sabíamos que no íbamos a ganar ningún concurso de belleza.
A
propósito, Eliza dijo una vez algo profético refiriéndose a eso. No tendría más
de ocho años. Afirmó que quizá podría ganar un concurso de belleza en Marte.
Ella,
por supuesto, estaba destinada a morir en Marte.
Para
Eliza el premio de belleza allí sería un alud de pirita de hierro, más conocida
como «el Oro de los Tontos».
Hi
ho.
De
hecho, durante una época de nuestra infancia, estuvimos de acuerdo en que
teníamos suerte al no ser hermosos. Gracias a todas las novelas románticas que
yo había leído en voz alta con mi tono chillón, a menudo acompañándolas con
gestos, sabía que la intimidad de la gente hermosa quedaba siempre destrozada
por apasionados desconocidos.
No
queríamos que eso nos ocurriera, puesto que los dos formábamos no ya una sola
mente sino también un universo densamente poblado.
No
diré mucho más acerca de nuestro aspecto. Sólo que nuestra ropa era la mejor
que se podía comprar. Nuestras asombrosas dimensiones, qué cambiaban totalmente
casi de un mes a otro, eran enviadas por correo regularmente, siguiendo las
instrucciones de nuestros padres, a alguno de los mejores sastres, zapateros,
modistas, fabricantes de camisas y tiendas de moda del mundo.
Aunque
nunca íbamos a ninguna parte, la enfermera que nos vestía y desvestía
experimentaba un placer infantil en disfrazarnos para imaginarias reuniones
sociales de millonarios, para tés danzantes, exposiciones de caballos,
vacaciones en la nieve, para asistir a clases en colegios caros, para ir al
teatro una noche aquí en Manhattan y luego cenar fuera y beber abundante
champaña.
Y
todo eso.
Hi
ho.
Nos
dábamos cuenta de toda la gracia que tenía esto. Pero, pese a lo inteligentes
que éramos cuando juntábamos nuestras cabezas, no adivinamos hasta los quince
años que también vivíamos una tragedia. Pensábamos que la fealdad resultaba
simplemente divertida para la gente que vivía en el mundo exterior. No nos
dábamos cuenta de que podíamos provocar náuseas al desconocido que se
encontrara inesperadamente con nosotros.
Era
tal nuestra inocencia respecto de la importancia de la belleza física que de
hecho no le veíamos mucho sentido al cuento del patito feo, que un día leí en
voz alta a Eliza en el mausoleo del profesor Elihu Roosevelt Swain.
Es
la historia, como se sabe, de un pajarito criado por unos patos que pensaban
que ese era el pato más raro que habían visto en sus vidas. Pero al crecer
resultó que se trataba de un cisne.
Recuerdo
que Eliza comentó que hubiera sido mucho mejor si el pajarito se hubiese
quedado en la orilla y se hubiese convertido en un rinoceronte.
Hi
ho.
Capitulo
8
HASTA
la víspera del día en que cumplíamos quince años, Eliza y yo nunca habíamos
escuchado nada malo acerca de nosotros cuando espiábamos escondidos en los
pasadizos secretos.
Los
sirvientes estaban tan acostumbrados a nosotros que rara vez nos mencionaban,
incluso en sus conversaciones más privadas. El doctor Mott escasamente hablaba
de otra cosa que no fueran nuestros apetitos y nuestras deposiciones. Y
nuestros padres sentían tal repugnancia ante nosotros que permanecían mudos
cada vez que hacían su viaje anual a nuestro asteroide. Recuerdo que mi padre
solía hablar con mi madre de forma más bien vacilante e indiferente sobre los
acontecimientos mundiales que había leído en las revistas.
Nos
traían juguetes de F. A. O. Schwartz, que según garantizaba ese emporio, eran
educativos y para niños de tres años.
Hi
ho.
Así
es, y ahora pienso en todos los secretos sobre la condición humana que oculto a
Melody e Isadore, en beneficio de su propia paz de espíritu. Como el hecho de
que la otra vida no es buena y cosas así.
Y
una vez más vuelvo a asombrarme ante el perfecto secreto que se nos ocultó a
Eliza y a mí durante tanto tiempo: Que nuestros padres deseaban que nos
diéramos prisa y nos muriéramos de una vez.
Perezosamente
nos imaginábamos que el día que cumpliésemos quince años sería como los
anteriores. Dimos el espectáculo que siempre habíamos dado. Nuestros padres
llegaron a la hora de la cena, que era a las cuatro de la tarde. Recibíamos los
regalos al día siguiente.
Nos
tiramos la comida en nuestro comedor cubierto de azulejos. Yo le di a Eliza con
un aguacate. Y ella me dio con un filet mignon. Los panecillos rebotaban en la
sirvienta. Fingíamos no saber que nuestros padres nos observaban por la puerta
entreabierta.
En
efecto, y luego, sin haber saludado personalmente a nuestros padres todavía,
nos bañaron y echaron talco y nos vistieron con nuestros pijamas, y nuestras
batas y nuestras zapatillas. Nos acostábamos a las cinco de la tarde porque
Eliza y yo fingíamos dormir dieciséis horas diarias.
Nuestras
enfermeras, Oveta Cooper y Mary Selwyn Kirk, nos dijeron que había una
maravillosa sorpresa esperándonos en la biblioteca.
Fingimos
que ignorábamos totalmente en qué podía consistir esa sorpresa.
En
ese entonces ya medíamos dos metros veinte.
Yo
arrastraba un remolcador de goma que se suponía que era mi juguete favorito.
Eliza llevaba una cinta de terciopelo rojo en ese nido de pájaros que era su
pelo negro como el carbón.
Como
de costumbre, había una gran mesa para el café entre nosotros y nuestros
padres. Como de costumbre, había una botella de coñac a su disposición. Como de
costumbre, los troncos de pino y de jugoso manzano silbaban y crepitaban en la
chimenea. Como de costumbre, un retrato al óleo del profesor Elihu Roosevelt
Swain colocado sobre la repisa presidía la escena ritual.
Como
de costumbre, nuestros padres se pusieron de pie, levantaron la vista hacia
nosotros y sonrieron con una expresión que no supimos reconocer como agridulce
terror.
Como
siempre, fingimos que los encontrábamos adorables, pero que en el primer
momento no sabíamos quiénes eran.
Como
de costumbre, fue papá quien habló:
—¿Cómo
estáis, Eliza y Wilbur? —dijo—. Tenéis muy buen aspecto. Nos alegramos de
veros. ¿Recordáis quiénes somos?
Eliza
y yo nos miramos con inquietud, babeando y balbuceando en griego clásico.
Recuerdo que Eliza dijo en griego que no podía creer que estuviésemos
emparentados con esas muñecas tan preciosas.
Papá
nos ayudó. Nos dijo el nombre que le habíamos dado hacía años.
—Soy
Blaz-la.
Eliza
y yo fingimos que estábamos estupefactos. «Blaz-la» nos repetíamos el uno al
otro. No podíamos creer en nuestra buena suerte.
—¡Blaz-la!
¡Blaz-la! —gritamos.
—Y
ésta —añadió papá, señalando a mamá— es Mab-lab.
Para
nosotros esta fue una noticia mucho más sensacional todavía.
—¡Mab-lab!
¡Mab-lab! —exclamamos.
Y en
ese momento Eliza y yo dimos un gran salto intelectual, como de costumbre. Sin
que nadie nos diera ninguna pista, llegábamos a la conclusión de que si
nuestros padres estaban en la casa, entonces nuestro cumpleaños debía estar muy
próximo. Entonamos nuestra palabra idiota para designar cumpleaños, y que era
cucaño.
Como
de costumbre, fingimos que nos sobreexcitábamos. Dábamos saltos. Ya éramos tan
grandes que el suelo comenzaba a subir y a bajar como un trampolín.
Pero
nos detuvimos de repente, fingiendo, como de costumbre, que habíamos quedado en
estado catatónico pues tanta felicidad no era buena para nosotros.
Ese
era siempre el final del espectáculo. Después de eso, nos sacaban de la
habitación.
Hi
ho.
Capítulo
9
NOS
ponían en cunas hechas a medida en cuartos separados pero adyacentes. Las
habitaciones estaban unidas mediante un panel secreto en la pared. Nuestras
cunas eran grandes como vagones descubiertos. Hacían un ruido espantoso cuando
les levantaban los lados.
Eliza
y yo hacíamos creer que nos dormíamos de inmediato. Pero transcurrida media
hora nos juntábamos en el cuarto de Eliza. Los sirvientes nunca venían a ver
cómo estábamos. Después de todo gozábamos de una salud perfecta y habíamos
conseguido una reputación por ser, como decían ellos, unos tesoros cuando
llegaba la hora de dormir.
Bajábamos
por una escotilla que estaba bajo la cuna de Eliza y muy pronto nos estábamos
turnando para observar a nuestros padres, instalados en la biblioteca. Habíamos
abierto un pequeño orificio en la pared y perforado un extremo del marco del
cuadro del profesor Elihu Roosevelt Swain.
Papá
le estaba contando a mamá lo que había leído en una revista el día anterior.
Aparentemente unos científicos de la República Popular China estaban haciendo
experimentos para reducir el tamaño de los seres humanos de modo que no
necesitaran comer tanto ni usar ropa tan grande.
Mamá
miraba fijamente el fuego. Papá tuvo que decirle por segunda vez lo del rumor
del experimento chino. Cuando se lo repitió, mi madre replicó con indiferencia
que suponía que los chinos prácticamente podían conseguir todo lo que se
proponían.
Sin
ir más lejos, hacía un mes más o menos que los chinos habían enviado dos
exploradores a Marte sin utilizar un vehículo espacial.
Los
científicos de Occidente se declaraban incapaces de explicarse cómo lo habían
hecho. Los chinos mismos no proporcionaron detalles.
Mi
madre dijo que daba la impresión de que hacía mucho tiempo que ningún
norteamericano descubría nada.
—De
pronto —comentó—, todo lo descubren los chinos.
—Nosotros
solíamos descubrirlo todo —añadió.
La
conversación resultaba tan soporífera y el nivel de animación tan bajo, que
nuestros jóvenes y hermosos padres de Manhattan podrían haber estado sumergidos
hasta el cuello en un estanque de alquitrán. Aparecían ante nosotros, como
siempre había ocurrido, como si fuesen víctimas de una maldición que les exigía
hablar sólo de cosas que no les interesaban.
Y en
efecto había una maldición sobre ellos, por supuesto. Pero Eliza y yo no
habíamos adivinado su naturaleza: Estaban paralizados y estrangulados por el
deseo de que sus propios hijos muriesen.
Pero
hay una cosa que puedo prometerles aunque la única prueba de ella es una
sensación que tengo pegada a los huesos: ninguno de los dos había sugerido en
modo alguno al otro que deseaba que muriésemos.
Hi
ho.
Pero
de pronto se oyó una pequeña explosión en la chimenea. El vapor atrapado en el
interior de un jugoso tronco se había escapado.
Mi
madre, que era una sinfonía de reacciones químicas como todos los seres
vivientes, lanzó un grito de terror. Sus reacciones químicas insistieron en que
gritase como respuesta a la pequeña explosión.
Después
de haberla impulsado a hacer eso, quisieron más de ella todavía. Pensaron que
ya era hora de que dijese lo que pensaba realmente de Eliza y de mí, lo cual
hizo a continuación. Muchas otras cosas se dispararon en el momento en que lo
dijo. Sus manos se cerraron en forma convulsiva, se le encorvó la espalda y el
rostro se le arrugó hasta convertirse en el de una vieja bruja.
—Los
odio, los odio, los odio.
Y no
pasaron muchos segundos antes de que mamá espetara explícitamente la identidad
de los seres a los que odiaba.
—Odio
a Wilbur Rockefeller Swain y a Eliza Mellon Swain.
Capítulo
10
MI
madre enloqueció temporalmente esa noche.
Llegué
a conocerla bien, años más tarde. Y aunque nunca la amé, nunca llegué a amar a
nadie si vamos a eso, sí admiré su inquebrantable decencia para con todo el
mundo. Jamás profería insultos. Cuando hablaba, ya fuese en público o en
privado, no destrozaba ninguna reputación.
De
modo que no fue realmente nuestra madre la que en la víspera de nuestro
cumpleaños dijo: «¿Cómo puedo amar al conde Drácula y a su sonrojada novia?»,
refiriéndose a Eliza y a mí.
No
fue realmente nuestra madre la que le preguntó a papá:
—¿Cómo
pude dar a luz a un par de babosos postes totémicos?
Y
cosas por el estilo.
En
cuanto a mi padre, la abrazó llorando de amor y lástima.
—Caleb,
oh, Caleb —exclamó ella entre sus brazos—, no me reconozco.
—Por
supuesto que no —replicó él.
—Perdóname
—dijo ella.
—Por
supuesto —dijo él.
—¿Me
perdonará Dios alguna vez?
—Ya
lo ha hecho.
—Fue
como si de pronto un demonio se hubiese apoderado de mí.
—Eso
fue lo que ocurrió, cariño.
Su
locura comenzaba a disminuir.
—Oh,
Caleb...
Como
no quiero que se piense que estoy buscando compasión, permítaseme decir de
inmediato que en esos días Eliza y yo éramos tan vulnerables emocionalmente
como «El Gran Rostro de Piedra» de Nueva Hampshire.
Necesitábamos
el amor de un padre y de una madre tanto como un pez necesita una bicicleta,
como dice el refrán.
De
modo que cuando nuestra madre habló con dureza de nosotros, cuando incluso
expresó el deseo de que estuviéramos muertos, nuestra reacción fue puramente
intelectual. Disfrutábamos resolviendo problemas. Quizás pudiésemos resolver el
problema de mamá, descartando el suicidio, por supuesto.
Finalmente
recuperó la calma, y cobró ánimo suficiente como para pasar unos cien
cumpleaños más con Eliza y conmigo, si Dios quería probarla de esa manera. Pero
antes de todo esto dijo lo siguiente:
—Caleb,
daría cualquier cosa por ver un débil signo de inteligencia, un mínimo destello
de humanidad en los ojos de alguno de nuestros hijos.
Eso
tenía una solución muy fácil.
Hi
ho.
Así
que volvimos a la habitación de Eliza y escribimos un gran anuncio en una de
las sábanas. Luego, cuando nuestros padres estaban profundamente dormidos, nos
introdujimos subrepticiamente en su cuarto a través de una puerta falsa en el
armario. Lo colgamos en la pared, de modo que fuera lo primero que vieran sus
ojos al despertar.
Esto
es lo que decía:
QUERIDOS
MATER Y PATER:
NUNCA
SEREMOS BELLOS. PERO PODEMOS SER TAN INTELIGENTES O TAN ESTÚPIDOS COMO EL MUNDO
REALMENTE QUIERA QUE SEAMOS.
SUS
FIELES SERVIDORES,
ELIZA
MELLON SWAIN
WILBUR
ROCKEFELLER SWAIN
Hi
ho.
Capitulo
11
ASÍ
Eliza y yo destruimos nuestro paraíso, nuestra nación de dos.
A la
mañana siguiente nos levantamos antes que nuestros padres, antes de que los
sirvientes vinieran a vestirnos. No presentíamos ningún peligro. Mientras nos
vestíamos nosotros mismos pensábamos que todavía nos encontrábamos en el
Paraíso.
Recuerdo
que decidí ponerme un traje azul a rayas, con chaleco, muy tradicional. Eliza
llevaba un jersey de cachemira, una falda de tweed y perlas.
Estuvimos
de acuerdo en que Eliza sería la que hablaría por los dos al comienzo, ya que
tenía una sonora voz de contralto. Mi voz no tenía la autoridad necesaria para
anunciar en forma tranquila pero convincente que el mundo acaba de ponerse
patas arriba.
Recuerden,
por favor, que hasta entonces prácticamente lo único que se nos había escuchado
decir era «Bú» y «Dú».
En
ese momento nos encontramos con Oveta Cooper, nuestra enfermera, en el
vestíbulo de mármol verde y columnas. Se alarmó al vernos levantados y
vestidos.
Pero
antes de que pudiese hacer algún comentario al respecto, Eliza y yo inclinamos
nuestras cabezas y establecimos contacto un poco más arriba de las orejas. El
genio que formábamos de esta manera habló entonces a Oveta a través de la caja
de voz de Eliza, que era tan hermosa como el sonido de una viola.
Esto
fue lo que dijo la caja de voz:
—Buenos
días, Oveta. Una nueva vida comienza hoy para todos nosotros. Como puede ver y
oír, Wilbur y yo ya no somos subnormales. Anoche ocurrió un milagro. Los sueños
de nuestros padres se han hecho realidad. Estamos curados.
»Pero
usted Oveta, conservará su apartamento y su televisor en color y quizás incluso
reciba un aumento de sueldo, como un premio por todo lo que ha hecho para que
este milagro pudiese ocurrir. No se hará ningún cambio en relación con el
personal, con excepción del siguiente: la vida aquí se hará aún más fácil y
agradable que antes.
Oveta,
una regordeta poco afable, quedó hipnotizada como un conejo que se encuentra
frente a una serpiente de cascabel. Pero Eliza y yo no éramos una serpiente de
cascabel. Con nuestras cabezas unidas formábamos uno de los genios más amables
que ha conocido el mundo.
—Ya
no usaremos el comedor de azulejos —dijo la caja de voz de Eliza—. Tenemos
modales refinados, como podrá comprobar. Por favor haga que nos sirvan el
desayuno en el solarium y avísenos cuando nuestra Mater y nuestro Pater se
hayan levantado. Resultaría muy simpático si en lo sucesivo se dirigiera a mi
hermano y a mí como «señorito Wilbur» y «señorita Eliza». Ya puede retirarse e
ir a contar el milagro a los demás.
Oveta
siguió paralizada y finalmente tuve que hacer chasquear los dedos ante sus
narices para despertarla.
Mientras
nos instalábamos en el solarium, el resto del personal apareció de uno en uno,
humildemente, para mirar al joven señorito y a la joven señorita en que nos
habíamos convertido.
Les
saludamos por sus nombres completos. Les hicimos preguntas amistosas que
indicaban que poseíamos un detallado conocimiento de sus vidas. Pedimos
disculpas por haber quizás impresionado a alguno de ellos al cambiar tan
rápidamente.
—En
realidad, no nos dimos cuenta —dijo Eliza— de que alguien quería que fuésemos
inteligentes.
Empezábamos
ya a controlar tan bien la situación que yo también me atreví a hablar sobre
asuntos de importancia. Mi aguda voz ya no parecía tonta.
—Con
la cooperación de ustedes —dije—, haremos que esta mansión sea famosa por la
inteligencia que cobija, así como en el pasado fue conocida por la idiotez de
sus moradores. Que caigan las cercas.
—¿Alguna
pregunta? —intervino Eliza.
No
hubo preguntas.
Alguien
llamó al doctor Mott.
Nuestra
madre no bajó a desayunar. Permaneció en cama... petrificada.
Papá
bajó solo. Vestía la ropa de dormir y no se había afeitado. A pesar de lo joven
que era tenía el aspecto cansado de un paralítico.
Eliza
y yo nos quedamos perplejos al ver que no parecía feliz. Le saludamos con
grandes voces no sólo en inglés sino también en varios otros idiomas que
sabíamos.
Finalmente
contestó a uno de esos saludos en lengua extranjera.
—Bon
jour.
—¡Sentaos!
¡Sentaos! —dijo Eliza alegremente.
El
pobre hombre se sentó.
Evidentemente
estaba abrumado por la sensación de culpa que le embargaba al haber permitido
que seres humanos inteligentes, sus propios hijos, hubiesen sido tratados como
imbéciles durante tanto tiempo.
Peor
aún: su conciencia y sus consejeros le habían dicho antes que estaba bien que
no pudiese amarnos, ya que nosotros éramos incapaces de experimentar
sentimientos profundos y que, objetivamente, no había nada en nosotros que
alguien en sus cabales pudiese amar. Pero ahora tenía el deber de amarnos y no
creía que iba a poder hacerlo.
Quedó
horrorizado al descubrir lo que mi madre sabía que descubriría si bajaba: que
la inteligencia y la sensibilidad en cuerpos monstruosos como los nuestros
simplemente nos hacían más repulsivos.
Ni
papá ni mamá tenían la culpa. No era culpa de nadie. Para los seres humanos,
para todas las criaturas de sangre caliente en realidad, desear una muerte
rápida para los monstruos resultaba tan natural como la respiración. Era algo
instintivo.
Y en
ese momento Eliza y yo habíamos exacerbado ese instinto hasta límites trágicos
e intolerables.
Sin
saber qué hacíamos, Eliza y yo estábamos poniendo la tradicional maldición de
los monstruos sobre criaturas normales. Estábamos pidiendo respeto.
Capítulo
12
EN
medio de toda la excitación Eliza y yo permitimos que nuestras cabezas se
separaran varios centímetros, de modo que dejamos de pensar en forma genial.
Llegamos
a ponernos tan estúpidos que creímos que papá sólo tenía sueño, de modo que le
hicimos beber café y tratamos de despertarle con canciones y adivinanzas que
sabíamos.
Recuerdo
que le pregunté si sabía por qué la crema es mucho más cara que la leche.
Replicó
entre dientes que no sabía la respuesta.
Eliza
se la dio:
—Porque
a las vacas les revienta tener que ponerse en cuclillas para llenar esas
botellas tan pequeñas.
Nos
reímos, nos revolcamos por el suelo. Luego Eliza se levantó y se plantó frente
a él, con las manos en las caderas, y lo regañó afectuosamente como si fuera un
niño pequeño.
—¡Oh,
qué cabeza tan soñolienta! —exclamó— ¡Oh, qué cabeza tan soñolienta!
En
ese momento llegó el doctor Stewart Rawlings Mott.
Aunque
el doctor Mott había sido informado por teléfono de nuestra repentina
metamorfosis, aparentemente para él se trataba de un día como los demás. Dijo
lo que siempre decía al llegar a la mansión:
—¿Cómo
estamos hoy?
En
ese momento pronuncié la primera frase inteligente que el doctor Mott me
escucharía decir:
—Papá
no quiere despertar.
—Vaya,
vaya —replicó.
Premió
la perfección de mi frase con una sonrisa imperceptible.
El
doctor era tan increíblemente considerado, en verdad, que se apartó de nosotros
para conversar con Oveta Cooper, la enfermera. Al parecer, su madre había
estado enferma en el caserío.
—Oveta
—dijo—, te alegrará saber que la temperatura de tu madre es casi normal.
Papá
se sintió molesto ante la poca importancia que el doctor daba al asunto y sin
duda se alegró de encontrar a alguien con quien enfadarse abiertamente.
—¿Durante
cuánto tiempo ha estado sucediendo esto, doctor? —preguntó—, ¿Cuánto tiempo
hace que sabe que son inteligentes?
El
doctor Mott consultó su reloj.
—Hace
42 minutos —respondió.
—No
parece sorprendido en lo más mínimo —dijo papá.
El
doctor Mott consideró esta idea un momento y luego se encogió de hombros.
—La
verdad es que me alegro mucho por todos —replicó.
Creo
que el hecho de que el doctor Mott no pareciera nada de alegre cuando dijo esto
hizo que Eliza y yo volviésemos a juntar nuestras cabezas. Estaba ocurriendo
algo muy raro y sentíamos una tremenda necesidad de comprender.
Nuestra
genialidad no falló. Nos permitió entender la verdad de la situación, es decir,
que de algún modo resultábamos más patéticos que nunca.
Pero
nuestra genialidad, como la de todos los genios, sufría periódicos ataques de
ingenuidad. Eso fue lo que ocurrió en ese momento. Nos dijo que lo único que
teníamos que hacer para que todo volviese a la normalidad era convertirnos en
imbéciles.
—Buh
—dijo Eliza.
—Duh
—dije yo.
Me
tiré un pedo.
Eliza
comenzó a babear.
Cogí
un panecillo con mantequilla y se lo arrojé a la cabeza a Oveta Cooper.
Eliza
se volvió hacia mi padre.
—Blaz-la
—dijo.
—Cucaño
—grité.
Mi
padre lloraba.
Capítulo
18
SEIS
días han pasado desde que comencé a escribir. Durante cuatro de esos días la
gravedad fue normal, como solía serlo antes. Pero ayer llegó a ser tan pesada
que apenas pude salir de la cama, de mi nido de trapos en el vestíbulo del
Empire State. Cuando me dirigí al hueco del ascensor que usamos como lavabo,
abriéndome paso por entre mi apiñada colección de palmatorias, tuve que hacerlo
a gatas.
Hi
ho.
Bueno,
la gravedad fue muy ligera en el primer día y lo es otra vez hoy. Vuelvo a
tener una erección y lo mismo le ocurre a Isadore, el amante de mi nieta
Melody. También la tienen todos los hombres de la isla.
Así
es, y Melody e Isadore han preparado una cesta para un picnic y se han ido
caminando a grandes saltos, a la intersección de las calles Broadway y la 42,
donde, en los días de gravedad baja, están construyendo una pirámide rústica.
No
dan ninguna forma a los bloques y cantos rodados que utilizan, tampoco se
limitan al material de albañilería. Arrojan travesaños, tambores de aceite,
neumáticos, piezas de coches, mobiliario de oficina, asientos de teatro y todo
tipo de trastos. Pero he visto los resultados y lo que construyen no será un
amorfo montón de porquería, sino claramente una pirámide.
Y si
los arqueólogos del futuro encuentran este libro mío, se ahorrarán la
infructuosa labor de abrir un túnel para penetrar en ella y descubrir su
secreto. Allí no habrá tesoros ocultos ni bóvedas de ninguna especie.
Su
significado, que en todo caso es mínimo, yace bajo la tapadera de cloaca sobre
la que se construyó la pirámide. Es el cuerpo de un niño nacido muerto.
La
criatura está encerrada en una adornada caja que fue una vez un humectador para
cigarros finos. Hace cuatro años, Melody, que fue su madre a los doce años, y
yo, que fui su bisabuelo, y nuestra vecina más próxima y querida amiga Vera
Ardilla-5 Zappa, colocamos esa caja en el fondo de la cloaca entre los cables y
cañerías que hay allí debajo.
La
pirámide misma fue totalmente idea de Melody e Isadore, quien más tarde se
convirtió en su amante. Es un monumento a una vida nunca vivida, a una persona
que nunca recibió un nombre.
Hi
ho.
No
es necesario cavar un túnel en la pirámide para alcanzar la caja. Se puede
llegar a ella a través de otras cloacas.
Tengan
cuidado con las ratas.
Dado
que esa criatura era mi heredero, la pirámide podría llamarse así: La Tumba del
Príncipe de las Palmatorias.
Se
desconoce el nombre del padre del Príncipe de las Palmatorias. Sometió a Melody
a sus atenciones en las afueras de Schenectady, cuando ella se dirigía desde
Detroit, en el reino de Michigan, hacia la Isla de la Muerte, donde esperaba
encontrar a su abuelo, el legendario doctor Wilbur Narciso-11 Swain.
Melody
está embarazada nuevamente, esta vez de Isadore.
Es
pequeña, tiene las piernas arqueadas, aspecto raquítico y un exceso de dientes,
pero es alegre. Estuvo muy mal alimentada durante su infancia de huérfana en el
harén del rey de Michigan.
Para
mí, Melody tiene a veces el aire de una confiada anciana china, de sólo
dieciséis años. Una chica embarazada con ese aspecto es un espectáculo
lamentable para un pediatra.
Pero
el amor que el sonrosado y robusto Isadore le profesa es algo que da mucha
alegría ver. Como casi todos los miembros de su familia, los Melocotones, tiene
prácticamente toda la dentadura y permanece erguido incluso cuando la gravedad
es más pesada. En días así lleva a Melody en brazos, y se ha ofrecido para
llevarme.
Los
Melocotones son principalmente recolectores de alimentos, y viven en la Bolsa
de Nueva York y sus alrededores. Pescan desde los muelles. Cavan en busca de
alimentos enlatados. Cogen las frutas que encuentran. Cultivan sus propios
tomates, patatas y rábanos, y alguna cosa más.
Cogen
ratas, murciélagos, perros, gatos y pájaros, y se los comen. Un Melocotón es
capaz de comerse cualquier cosa.
Capítulo
14
DESEO
para Melody lo que nuestros padres nos desearon una vez a Eliza y a mí a saber:
una vida corta pero feliz en un asteroide. Hi ho.
Realmente,
como ya he dicho, Eliza y yo podríamos haber disfrutado de una vida larga y
feliz en un asteroide, si un día no nos hubiésemos jactado de nuestra
inteligencia. Podríamos encontrarnos todavía en la mansión, quemando los
árboles, los muebles y los pasamanos para abrigarnos, y babeando y balbuceando
cada vez que apareciese un desconocido.
Podríamos
haber criado gallinas, haber tenido un pequeño huerto. Y nos habríamos
divertido con nuestra creciente sabiduría, totalmente despreocupados de su
posible utilidad.
El
sol se está poniendo. Delgadas nubes de murciélagos fluyen del metro,
agitándose nerviosamente, chillando, dispersándose como un gas. Como siempre,
siento un escalofrío.
No
puedo convencerme de que ese ruido sea en realidad un ruido. Parece más bien
una enfermedad del silencio.
Escribo
a la luz de un trapo que arde en un tazón de grasa animal.
Tengo
mil palmatorias, pero ni una sola vela.
Melody
e Isadore juegan al backgammon sobre un tablero que pinté en el suelo del
vestíbulo.
Duplican
y reduplican sus apuestas y se ríen, despreocupados.
Están
organizando una fiesta para cuando yo cumpla 101 años. Sólo falta un mes.
A
veces les escucho a hurtadillas. Es difícil abandonar las viejas costumbres.
Vera Ardilla-5 Zappa está confeccionando trajes nuevos para la ocasión. Tiene
montañas de tela en sus almacenes de la Bahía de las Tortugas. Los esclavos
llevarán pantalones rosados y zapatillas doradas, y turbantes de seda verde con
plumas de avestruz.
He
oído decir que Vera será transportada en una silla de manos, rodeada por
esclavos que llevarán regalos, comida, bebida y antorchas, y que ahuyentarán a
los perros salvajes con un estruendo de campanillas.
Hi
ho.
Debo
tener mucho cuidado con la bebida durante mi fiesta de cumpleaños. Si bebo
demasiado me podría ir de la lengua y contarle a todo el mundo que la vida que
nos espera después de la muerte es infinitamente peor que ésta.
Hi
ho.
Capítulo
15
POR
supuesto que ni a Eliza ni a mí se nos permitió volver al consuelo de la
idiotez. Recibíamos severas reprimendas cuando lo intentábamos. Nuestros padres
y la servidumbre encontraron un subproducto de nuestra metamorfosis
positivamente delicioso: de pronto tenían derecho a reprendernos violentamente.
¡Ay!
Qué broncas recibíamos de vez en cuando.
El
doctor Mott fue despedido y llevaron a todo tipo de expertos. Durante un tiempo
resultó divertido. Los primeros en llegar fueron especialistas del corazón,
pulmones, riñones y cosas así. Cuando nos hubieron estudiado órgano por órgano
y humor por humor, descubrieron que éramos obras maestras de salud.
Eran
simpáticos, todos empleados de la familia en cierto sentido. Se trataba de
investigadores financiados por la Fundación Swain de Nueva York. Por eso
resultó tan fácil reunirlos y llevarlos a Galen. La familia les había ayudado,
ahora ellos a su vez ayudarían a la familia.
Nos
tomaban el pelo con frecuencia. Recuerdo que una vez uno me dijo que debía ser
muy divertido tener mi estatura. «¿Cómo está el tiempo allá arriba?» —me
preguntó, y cosas así.
Sus
bromas tenían para nosotros un efecto tranquilizante. Nos daban la impresión
equivocada de que ni importaba lo feos que fuésemos. Todavía recuerdo lo que
dijo un otorrinolaringólogo cuando examinó las enormes cavidades nasales de
Eliza con una linterna: «¡Dios mío, enfermera —exclamó—, llame a la National
Geographic Society! ¡Acabamos de descubrir una nueva entrada para la cueva del
mamut!»
Eliza
se rió. La enfermera se rió. Yo me reí, todos nos reímos.
Nuestros
padres se encontraban en otra parte de la mansión. Ellos se mantenían alejados
de la diversión.
Incluso
en esas primeras etapas de la situación habíamos experimentado la inquietante
sensación de estar separados. Algunos de los exámenes exigían que nos
halláramos a varias habitaciones de distancia. A medida que aumentaba el
espacio entre Eliza y yo, sentía que la cabeza se me estaba solidificando.
Me
convertía en un ser estúpido e inseguro.
Cuando
volvía a unirme con Eliza, ella me decía que había sentido una cosa muy
parecida: «Como si me estuviesen llenando el cráneo de mercurio», decía.
Valientemente
tratamos de que esos niños apáticos en los que nos convertíamos, no nos
resultaran aterradores sino más bien divertidos. Fingíamos que no tenían nada
que ver con nosotros e inventamos nombres para ellos. Les llamamos «Betty y
Bobby Brown».
Y
ahora creo que este es un momento tan bueno como cualquiera para decir que
cuando leímos el testamento de Eliza, después de que perdiera la vida a causa
del alud marciano, nos enteramos de que deseaba ser enterrada en el mismo lugar
de su muerte. Su tumba debía estar señalada por una lápida muy simple, grabada
con los siguientes datos y nada más:
Como
iba diciendo, fue la última especialista que nos examinó, la doctora Cordelia
Swain Cordiner, una psicóloga, la que decretó que Eliza y yo deberíamos
permanecer separados en forma permanente, que deberíamos, por decirlo así,
convertirnos para siempre en Betty y Bobby Brown.
Capítulo
16
FEDOR
Mijailovich Dostoievski, el novelista ruso, dijo una vez que «un sagrado
recuerdo de la infancia es quizás la mejor educación». Se me ocurre otra manera
rápida de educar a un niño; a su modo, quizás resulte igualmente saludable:
encontrarse con un ser humano que goza de un enorme respeto en el mundo de los
adultos, y darse cuenta de que esa persona es en realidad un demente rencoroso.
Esa
fue nuestra experiencia con la doctora Cordelia Swain Cordiner, generalmente
considerada la mejor especialista del mundo en tests psicológicos, con la
posible excepción de China. Ya nadie sabía qué estaba ocurriendo en China.
Tengo
un ejemplar de la Enciclopedia Británica aquí, en el vestíbulo del Empire
State, lo cual explica que haya mencionado el segundo nombre de Dostoievski.
La
doctora Cordelia Swain Cordiner aparecía invariablemente distinguida y cortés
cuando se hallaba en presencia de adultos. Siempre la vimos cuidadosamente
vestida en la mansión: zapatos de tacón alto, vestidos elegantes y joyas.
Una
vez la escuchamos cuando decía a nuestros padres:
—El
solo hecho de que una mujer tenga tres doctorados y dirija un instituto de
diagnóstico que produce tres millones de dólares al año, no quiere decir que no
pueda ser femenina.
Pero
cuando se encontraba a solas con Eliza y conmigo le rezumaba la paranoia.
—Se
acabaron los trucos —solía decirnos—, no me vengáis con esas historias de niños
ricos presumidos.
Y
Eliza y yo no habíamos hecho nada malo.
La
enfurecían tanto el dinero y el poder que tenía nuestra familia, la ponían tan
enferma, que tengo la impresión de que nunca se dio cuenta de lo altos y feos
que éramos. Ella sólo nos veía como otro par de niños ricos malcriados.
—Yo
no nací en cuna de oro —nos dijo no sólo una sino muchas veces—. Había días en
los que no sabíamos de dónde íbamos a sacar para comer. ¿Tenéis vosotros idea
dé lo que es eso?
—No
—respondió Eliza.
—Por
supuesto que no —recalcó la doctora Cordiner.
Y
cosas parecidas.
Como
era paranoica, resultaba especialmente lamentable que su segundo nombre fuese
igual que nuestro apellido.
—No
soy vuestra dulce tía Cordelia —solía decirnos—. No necesitáis devanaros
vuestros aristocráticos sesos. Cuando mi abuelo llegó de Polonia cambió su
apellido Stankowitz por Swain —sus ojos echaban chispas—. Decid «Stankowitz».
Lo
dijimos.
—Ahora
decid «Swain».
Lo
hicimos.
Y
finalmente uno de nosotros le preguntó por qué estaba tan enfadada.
Esto
la tranquilizó de inmediato.
—No
estoy enfadada —dijo—. Sería muy poco profesional de mi parte enfadarme por
algo. Sin embargo, permitidme deciros que pedir a una persona de mí categoría
que haga un largo viaje hasta este inhóspito lugar para administrar
personalmente unos tests a sólo dos niños es como pedirle a Mozart que afine un
piano, o como pedirle a Albert Einstein que encuentre el error en un talonario
de cheques. ¿Me entienden señorita Eliza y señorito Wilbur, como tengo
entendido que se llaman?
—¿Y
entonces por qué vino? —le pregunté. Su furia se hizo patente una vez más. Me
respondió esto con todo el rencor imaginable:
—Porque
el dinero manda, pequeño Lord Fauntleroy.
Sufrimos
un sobresalto mayor aún cuando nos enteramos de que se proponía administrarnos
los tests por separado. Inocentemente le explicamos que obtendríamos muchas más
respuestas correctas si nos permitían juntar nuestras cabezas.
Adoptó
una actitud de suprema ironía.
—Vaya,
por supuesto que sí, señorita y señorito —contestó—. ¿Y no os gustaría tener
también una enciclopedia en el cuarto y quizás el profesorado de la Universidad
de Harvard, para que os digan las respuestas cuando no estéis seguros?
—Eso
no estaría mal —respondimos.
—Por
si acaso nadie os lo ha dicho —explicó—, estamos en los Estados Unidos de
Norteamérica, donde nadie tiene derecho a depender de nadie, donde todo el
mundo aprende a abrirse su propio camino.
»Yo
he venido aquí para haceros algunos tests —dijo—, pero hay una regla básica
para la vida que me gustaría enseñaros. Os aseguro que en el futuro me lo
agradeceréis.
La
regla era la siguiente: Ráscate con tus propias uñas.
—¿Podéis
repetirlo y grabarlo en vuestras mentes? —preguntó.
No
sólo pude repetirlo sino que lo recuerdo hasta el día de hoy: Ráscate con tus
propias uñas.
Hi
ho.
Así
que no nos quedó otra alternativa que rascarnos con nuestras propias uñas. Nos
hicieron tests individuales sentados ante la mesa de acero inoxidable en el
comedor de azulejos. Cuando uno de nosotros se hallaba allí dentro con la
doctora Cordiner, con la «tía Cordelia», como la llamábamos entre nosotros, el
otro era llevado al lugar más apartado posible, al salón de baile en la cima de
la torre, en el ala norte de la mansión.
Ancas
Potrancas tenía la misión de vigilar al que se encontrara en el salón de baile.
Fue elegido para ese trabajo a causa de que en un tiempo había sido soldado.
Escuchamos las instrucciones que le impartió la «tía Cordelia». Le pidió que se
mostrara muy atento al menor síntoma que pudiera hacer pensar que nos estábamos
comunicando telepáticamente.
La
ciencia occidental, más algunas pistas proporcionadas por los chinos, había
aceptado finalmente que algunas personas se podían comunicar sin signos
visibles ni auditivos. El aparato transmisor y receptor de estos extraños
mensajes estaba situado en la superficie de los senos nasales y por lo tanto
esas cavidades tenían que estar en buena salud y libres de obstrucciones.
La
pista más importante que los chinos proporcionaron a Occidente fue esta
enigmática frase, pronunciada en inglés, que pudo ser descifrada sólo después
de muchos años: Me siento muy solo cuando estoy acatarrado.
Hi
ho.
Pues
bien, la telepatía no nos servía de nada a distancias superiores a los tres
metros. Con uno de nosotros en el comedor y otro en el salón de baile era como
si nuestros cuerpos estuvieran en distintos planetas, que es de hecho lo que
ocurre en este momento.
Yo,
por supuesto, podía realizar exámenes escritos, pero Eliza no. Cuando la «tía
Cordelia» examinaba a Eliza, tenía que leerle en voz alta las preguntas y luego
poner por escrito sus respuestas.
Y
nos parecía que no acertábamos con ninguna de las preguntas. Pero debimos
responder a algunas correctamente porque la doctora Cordiner informó a nuestros
padres que nuestra inteligencia «... era normal baja para su edad».
Sin
saber que estábamos escuchando, agregó que probablemente Eliza nunca aprendería
a leer ni a escribir y por lo tanto no podría votar ni obtener un permiso de
conducir. Trató de suavizar esto comentando que Eliza era «una parlanchína
encantadora».
Dijo
que yo era «...un chico bueno, serio, a quien fácilmente distraía su
atolondrada hermana. Sabe leer y escribir pero su comprensión del significado
de las palabras es mínimo. Todo hace pensar que si se le separara de su hermana
podría llegar a ser empleado de una gasolinera o portero de una escuela de
provincias. Sus perspectivas de llevar una vida útil y feliz en una zona rural
son razonables».
En
ese mismo momento la República Popular China creaba literalmente millones de
millones de genios mediante el sencillo procedimiento de enseñar a pares o a
pequeños grupos de especialistas compatibles la forma de pensar como una sola
mente. Y esas mentes reunidas estaban a la altura de la de Newton o la de
Shakespeare, por ejemplo.
Sí,
claro que lo recuerdo, y mucho antes de que yo llegara a ser presidente de los
Estados Unidos de Norteamérica, los chinos habían comenzado a combinar esas
mentes sintéticas y a convertirlas en intelectos tan increíbles que el mismo
Universo parecía estar diciéndoles: Espero sus instrucciones. Ustedes pueden
llegar a ser lo que quieran. Yo puedo convertirme en lo que ustedes quieran.
Hi
ho.
Me
enteré de este ardid chino mucho después de la muerte de Eliza y mucho después
de que perdiera toda mi autoridad como presidente de los Estados Unidos de
Norteamérica. Para entonces ya no había nada que yo pudiera hacer con esa
información.
En
todo caso hubo algo que me resultó divertido. Me dijeron que la vieja y pobre
civilización occidental había proporcionado a los chinos la idea de juntar
estos genios sintéticos. Se inspiraron en los científicos norteamericanos y
europeos que durante la Segunda Guerra Mundial juntaron sus cabezas con la
resuelta intención de idear una bomba atómica.
Hi
ho.
Capítulo
17
NUESTROS
pobres padres habían creído en un principio que éramos idiotas. Intentaron
adaptarse a esa idea. Luego creyeron que éramos genios. Trataron de adaptarse a
eso. Finalmente les informaron que éramos normales y corrientes, y estaban
intentando adaptarse a esto último.
Les
observábamos a través de las mirillas cuando hicieron una ciega y lastimosa
súplica. Preguntaron a la doctora Cordelia Swain Cordiner cómo podían hacer
compatible nuestra torpeza con el hecho de que podíamos conversar en forma
erudita sobre tan diversos temas y en tantos idiomas.
Con
penetrante agudeza, la doctora Cordiner les aclaró ese punto.
—El
mundo está lleno de gente que tiene una gran capacidad para parecer más
inteligente de lo que es en realidad —dijo—. Nos deslumbran con hechos, citas,
palabras extranjeras y cosas por el estilo, y la verdad es que prácticamente no
saben nada que sirva para la vida tal como se vive. Mi objetivo es descubrir a
esa gente para que la sociedad pueda protegerse de ella, para que ella pueda
protegerse de sí misma.
»Eliza
es un ejemplo perfecto —continuó—. Me ha hablado extensamente sobre economía,
astronomía, música y todos los temas imaginables, y sin embargo no sabe leer ni
escribir, y nunca aprenderá a hacerlo.
Agregó
que nuestro caso no era especialmente triste ya que no aspirábamos a desempeñar
cargos importantes.
—Casi
no tienen ninguna ambición —dijo—, de modo que el mundo no puede
decepcionarles. Sólo desean que la vida siga siendo la misma que han conocido
hasta el momento, lo cual es imposible, por supuesto.
Papá
asintió tristemente.
—¿Y
el niño es el más inteligente de los dos? —preguntó.
—Sí,
en el sentido de que puede leer y escribir —replicó la doctora Cordiner—. No es
en absoluto tan extrovertido como su hermana. Cuando está separado de ella se
queda tan callado como una tumba. Sugiero que se le envíe a una escuela
especial, que no sea demasiado exigente desde el punto de vista académico ni
demasiado amenazadora en el aspecto social, un lugar donde pueda aprender a
rascarse con sus propias uñas.
—¿Aprender
qué? —preguntó papá.
La
doctora Cordiner le repitió:
—A
rascarse con sus propias uñas.
En
ese momento Eliza y yo deberíamos haber atravesado la pared a puntapiés,
deberíamos haber entrado en la biblioteca furibundos, en medio de una explosión
de trozos de yeso y de madera.
Pero
teníamos el buen sentido de darnos cuenta de que la posibilidad de escuchar a
hurtadillas era una de nuestras pocas ventajas.
De
modo que volvimos sigilosamente a nuestros dormitorios y luego nos precipitamos
al corredor, bajamos corriendo las escaleras, cruzamos el vestíbulo y entramos
en la biblioteca, haciendo todo ese tiempo algo que nunca habíamos hecho antes:
estábamos sollozando.
Anunciamos
que si alguien intentaba separarnos nos suicidaríamos.
La
doctora, Cordiner se rió. Afirmó a nuestros padres que varias de las preguntas
de los tests estaban destinadas a descubrir tendencias suicidas.
—Les
garantizo totalmente —afirmó— que la última cosa que éstos harían es
suicidarse.
Decir
esto último tan alegremente fue un error táctico de su parte porque hizo que
algo se activara en mi madre. La atmósfera de la habitación se cargó de
electricidad cuando mi madre dejó de ser una muñeca débil, crédula y cortés.
No
dijo nada al comienzo. Pero se había convertido claramente en un ser subhumano,
en el mejor sentido. Era una pantera al acecho, repentinamente dispuesta a
arrancarle la garganta a no importa qué número de pedagogos, en defensa de sus
cachorros.
Fue
la única vez en su vida en que se sintió irracionalmente comprometida con su
papel de madre de Eliza y mía.
Eliza
y yo percibimos telepáticamente esta repentina alianza animal, me parece. En
todo caso, recuerdo que sentía las húmedas paredes de mis senos nasales
hormiguear de excitación.
Dejamos
de llorar, tampoco sabíamos hacerlo muy bien. Y claramente exigimos algo que
podían concedernos de inmediato. Pedimos que se repitieran los tests de
inteligencia, pero que esta vez se nos permitiera responder a ellos juntos.
—Queremos
mostrarles —dije— lo maravillosos que somos cuando trabajamos juntos para que
nunca nadie vuelva a mencionar la posibilidad de separarnos.
Hablamos
con cautela. Les expliqué quiénes eran Betty y Bobby Brown. Estuve de acuerdo
en que eran estúpidos. Dije que no sabíamos lo que era odiar, y que habíamos
tenido dificultades para comprender esa actividad humana en particular cada vez
que encontrábamos en los libros una referencia a ella.
—Pero
ya estamos dando nuestros primeros pasos —intervino Eliza—. En este mundo,
nuestro odio se limita sólo a dos personas: a Betty y Bobby Brown.
Resultó
que, entre otras cosas, la doctora Cordiner era una mujer muy cobarde y, como
muchos cobardes, eligió el momento menos indicado para tratar de intimidarnos.
Se burló de nuestra petición.
—¿En
qué mundo creen que viven? —dijo, y luego añadió otras cosas parecidas.
Así
que mi madre se levantó y se le acercó, sin tocarla ni mirarla a los ojos. Mamá
le habló dirigiéndose a su garganta, y en un tono entre ronroneo y gruñido dijo
a la doctora Cordiner que era un pedo de pájaro mal vestido.
Capítulo
18
DE
modo que Eliza y yo volvimos a someternos a los mismos tests, pero esta vez
juntos. Nos sentamos uno al lado del otro ante la mesa de acero inoxidable en
el comedor de azulejos.
¡Nos
sentíamos tan felices!
Una
doctora Cordiner totalmente impersonal administró los tests como un robot,
mientras nuestros padres observaban. Nos había cambiado las preguntas así que
el desafío tenía además el estímulo de la novedad.
Antes
de comenzar, Eliza dijo a nuestros padres:
—Prometemos
contestar a todas las preguntas correctamente.
Que
fue lo que hicimos.
¿Cómo
eran las preguntas? Bueno, ayer mientras buscaba entre las ruinas de la escuela
en la calle 46, tuve la suerte de encontrar una batería de tests de
inteligencia listos para ser administrados.
Cito:
«Un
hombre compró 100 acciones a 5 dólares cada una. Si cada acción subió 10
centavos el primer mes, bajó 8 centavos al segundo mes y ganó tres centavos al
tercer mes, ¿a cuánto asciende la inversión al cabo del tercer mes?»
Vean
este otro:
«¿Cuántos
dígitos hay a la izquierda de los decimales en la raíz cuadrada de
692.038,42753?»
O
ésta:
«¿De
qué color aparece un tulipán amarillo visto a través de un cristal azul?»
O
ésta:
«¿
Por qué la Osa Menor parece dar una vuelta en torno a la Estrella Polar una vez
al día?»
O
esta otra:
«La
astronomía es a la geología como un deshollinador es a ...............»
Etcétera.
Hi
ho.
Como
ya he dicho, respondimos a la perfección tal como había prometido Eliza.
El
único problema fue que en el inocente proceso de comprobar una y otra vez
nuestras respuestas terminamos debajo de la mesa, cada uno con las piernas
enredadas en el cuello del otro, bufando y respirando entrecortadamente sobre
nuestras respectivas horcajaduras.
Cuando
volvimos a ocupar nuestras sillas, la doctora Cordelia Swain Cordiner se había
desmayado y nuestros padres habían desaparecido.
A
las diez de la mañana del día siguiente, fui llevado en coche a Cape Cod para
ingresar en una escuela para niños con graves trastornos mentales.
Capítulo
10
ANOCHECE
nuevamente. En la calle 31 hay un tanque del ejército con un árbol plantado en
la torreta. Un pájaro vuela en círculos y hace la misma pregunta una y otra vez
con penetrante claridad.
—¿Azotaron
a Agustín?
Nunca
he llamado a ese pájaro un «azotaron a Agustín», tampoco lo han hecho ni Melody
ni Isadore, que siguen mi ejemplo cuando se trata de poner nombre a las cosas.
Rara vez llaman a Manhattan «Manhattan», por ejemplo, o «La Isla de la Muerte»,
que es el nombre habitual que le dan en el continente. Hacen lo mismo que yo:
la llaman «Parque Nacional Rascacielos», sin saber cuál es la gracia.
Y el
nombre que dan ellos al pájaro que pregunta Por los azotes al anochecer es el
mismo que le dábamos Eliza y yo cuando éramos niños. Es el nombre correcto,
sacado de un diccionario.
Guardábamos
las palabras en nuestra memoria a causa del supersticioso temor que nos
inspiraba. Cuando mencionábamos su nombre el pájaro se convertía en una
criatura de pesadilla sacada de una pintura de El Bosco. Y cada vez que oíamos
su chillido, repetíamos simultáneamente su nombre. Prácticamente era el único
momento en que hablábamos al mismo tiempo.
—El
grito del nocturno chotacabras —solíamos decir.
Y
ahora escucho a Melody e Isadore decir lo mismo, en un rincón del vestíbulo
donde no puedo verlos.
—El
grito del nocturno chotacabras.
Eliza
y yo escuchamos el chillido de ese pájaro la noche anterior a mi partida hacia
Cape Cod.
Habíamos
huido de la mansión en busca de la intimidad del húmedo mausoleo del profesor
Elihu Roosevelt Swain.
—¿Azotaron
a Agustín?
La
pregunta vino de algún lugar bajo los manzanos.
Aunque
teníamos unidas las cabezas, no se nos ocurría nada.
He
oído decir que los condenados a muerte a menudo se consideran muertos mucho
antes de que se cumpla la sentencia. Quizás fuese así como se sentía el genio
que formábamos, sabiendo que un cruel verdugo, por decirlo así, estaba a punto
de convertirlo en dos amorfos trozos de carne, en Betty y Bobby Brown.
Sea
como fuera, teníamos las manos ocupadas, que es lo que suele ocurrir a menudo
con las manos de los agonizantes. Habíamos reunido lo que según nosotros era lo
mejor que habíamos escrito. Lo enrollamos formando un cilindro y lo ocultamos
en una urna funeraria de bronce.
La
urna había sido colocada allí con el propósito de guardar las cenizas de la
esposa del profesor Swain, quien había preferido ser enterrada en Nueva York.
Estaba cubierta de cardenillo.
Hi
ho.
¿Qué
decían los papeles?
Recuerdo
que había un método para cuadricular círculos y un utópico plan para crear en
los Estados Unidos un tipo de familia artificialmente ampliada mediante la
imposición de un nuevo apellido. Todas las personas que tuviesen este mismo
apellido serían parientes.
Además,
estaba también nuestra crítica de la teoría de la evolución de Darwin y un
ensayo sobre la naturaleza de la gravedad, en el que sosteníamos que sin duda
la gravedad había sido un factor invariable de la Antigüedad.
Recuerdo
que había un breve trabajo en el que se afirmaba que deberíamos lavarnos los
dientes con agua caliente tal como se hace con los platos y las ollas.
Y
cosas por el estilo.
Fue
Eliza quien tuvo la idea de ocultar los papeles en la urna.
Fue
ella también la encargada de ponerle la cubierta.
Nuestras
cabezas no estaban juntas cuando lo hizo, de manera que las palabras que
utilizó fueron de su propia cosecha:
—Despídete
para siempre de tu inteligencia, Bobby Brown.
—Adiós
—dije.
—Eliza
—continué—, en muchos de los libros que te he leído se dice que el amor es lo
más importante de todo. Quizás este sea el momento de decirte que te quiero.
—Pues
bien, dilo.
—Te
quiero, Eliza.
Ella
lo pensó un momento.
—No
—replicó finalmente—, no me gusta.
—¿Por
qué no? —pregunté.
—Siento
como si me estuvieras apuntando con una pistola. Es una manera de hacer que
alguien te diga algo que probablemente no siente. ¿Qué puedo decirte, qué puede
una persona decir, excepto «yo también te quiero»?
—¿No
me quieres? —pregunté.
—¿Qué
se puede querer de Bobby Brown? —replicó.
Afuera,
en algún lugar bajo los manzanos, el nocturno chotacabras volvió a hacer su
pregunta.
Capitulo
20
LA
mañana siguiente Eliza no bajó a desayunar. Permaneció en su habitación hasta
después de mi partida.
Mis
padres me acompañaron en la limusina Mercedes que conducía un chofer. De sus
dos hijos, yo era el que tenía futuro: sabía leer y escribir.
Y
entonces, cuando todavía atravesábamos los hermosos campos, mi máquina del
olvido comenzó a funcionar.
Era
un mecanismo protector destinado a protegerme de un dolor insoportable, un
mecanismo que, como pediatra, estoy convencido de que todos los niños tienen.
Parecía
que en algún lugar dejaba atrás una hermana gemela que no era tan inteligente
como yo. Tenía un nombre. Se llamaba Eliza Mellon Swain.
Y el
año escolar estaba estructurado de tal manera que nunca tuvimos que volver a
casa. Visité Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Grecia. Estuve en
campamentos de verano.
Mientras
tanto se determinó que, aunque sin lugar a dudas no era ningún genio, poseía
una inteligencia superior al promedio. Era paciente y ordenado, y capaz de
encontrar una buena idea en una montaña de tonterías.
Fui
el primer niño en la historia de la escuela que fue aceptado en un curso
pre-universitario. Me fue tan bien que me invitaron a seguir estudios en
Harvard. Acepté la invitación a pesar de que todavía tenía que cambiar la voz.
Y
mis padres, que se sentían muy orgullosos de mí, me recordaban de vez en cuando
que en algún lugar tenía una hermana gemela, que en ese momento era un poco más
qué un vegetal humano. Estaba internada en un exclusivo establecimiento para
deficientes mentales.
Ella
era sólo un nombre.
Mi
padre se mató en un accidente de coche cuando yo estaba en primer año en la
Facultad de Medicina. Tenía un concepto lo bastante elevado de mí como para
nombrarme albacea.
Al
poco tiempo recibí la visita, en Boston, de un abogado gordo y de ojos huidizos
llamado Norman Mushari. Me refirió lo que en principio me pareció una historia
confusa y fuera de propósito acerca de una mujer que había permanecido durante
muchos años encerrada contra su voluntad en un centro para débiles mentales.
Dijo
que ella le había contratado para demandar a sus parientes y al centro por
daños y perjuicios, para exigir su inmediata libertad y recuperar la parte de
la herencia que se le había retenido injustamente.
Su
nombre era, por supuesto, Eliza Mellon Swain.
Capítulo
21
REFIRIÉNDOSE
al centro donde internamos a Eliza, mamá me explicó más tarde:
—No
era un hospital barato, sabes. Nos costaba 200 dólares diarios. Y los doctores
nos dijeron expresamente que no la visitáramos, ¿no es verdad, Wilbur?
—Creo
que sí, mamá —repliqué y luego dije la verdad—: En realidad, lo he olvidado.
En
ese entonces yo no sólo me había convertido en un Bobby Brown estúpido, sino
también vanidoso. Aunque no era más que un estudiante de primer año de medicina
y tenía los genitales de un ratón recién nacido, era dueño de una gran casa en
Beacon Hill. Llegaba a la Universidad en un Jaguar conducido por un chofer y ya
había comenzado a vestirme como lo haría cuando fuese presidente de los Estados
Unidos, como un anticuado saltimbanqui de la Medicina.
Daba
fiestas casi todas las noches. Habitualmente yo sólo aparecía durante unos
minutos, fumando hachís en una pipa de espuma de mar y luciendo una bata de
finísima seda verde esmeralda.
En
una de esas fiestas se me acercó una atractiva muchacha y me dijo:
—Eres
tan feo que resultas el ser más sexy que he visto en mi vida.
—Lo
sé —repliqué—, lo sé, lo sé.
Mi
madre me visitaba a menudo en Beacon Hill, donde había hecho construir
especialmente una suite para ella, y yo iba con frecuencia a verla a la Bahía
de las Tortugas. Así que, después de que Norman Mushari consiguió que Eliza
saliera del hospital, los periodistas se precipitaron a hacernos preguntas.
La
noticia causó sensación.
Los
multimillonarios que maltratan a sus parientes siempre causan sensación.
Hi
ho.
Resultaba
muy violento, y no podía haber sido de otra manera, por supuesto.
Todavía
no habíamos visto a Eliza y no habíamos conseguido comunicarnos con ella por
teléfono. Mientras tanto casi todos los días aparecían en la prensa cosas
insultantes que ella con toda justicia decía de nosotros.
Lo
único que nosotros podíamos mostrar a los periodistas era un telegrama que
habíamos enviado a Eliza por intermedio de su abogado, y la respuesta que
habíamos recibido. ..
Nuestro
telegrama decía: TE RECORDAMOS CON CARIÑO. TU MADRE Y TU HERMANO.
El
telegrama de Eliza decía: YO TAMBIÉN. ELIZA.
Eliza
no permitía que se la fotografiase. Había hecho que su abogado le comprara un
confesionario en una iglesia que estaban derribando. Ella se instalaba en el
interior del confesionario cada vez que concedía entrevistas para la
televisión.
Mamá
y yo veíamos esas entrevistas tomados de la mano y sufriendo horrores.
Además,
la potente voz de contralto de Eliza nos resultaba tan desconocida que llegamos
a pensar que quizás hubiese un impostor en el interior del confesionario; pero
no, era Eliza.
Recuerdo
que un reportero le preguntó:
—¿Cómo
empleaba su tiempo en el hospital, señorita Swain?
—Cantando
—contestó ella.
—¿Cantando
algo en especial?
—La
misma canción una y otra vez —contestó ella.
—¿Qué
canción era ésa?
—Un
día vendrá mi príncipe azul.
—¿Y
había pensado usted en algún príncipe determinado para que la salvara?
—Mi
hermano gemelo —respondió—. Pero es un cerdo, por supuesto. Jamás apareció por
allí.
Capítulo
22
POR
supuesto que ni mi madre ni yo pusimos ningún tipo de dificultades a Eliza y su
abogado, de modo que ella pudo fácilmente recuperar el control de su fortuna. Y
prácticamente lo primero que hizo fue comprar la mitad de las acciones del
equipo de fútbol profesional Los patriotas de Nueva Inglaterra.
El
resultado de esta compra fue que su caso recibió aún más publicidad. Eliza
todavía se resistía a salir del confesionario para enfrentar las cámaras, pero
Mushari aseguró al mundo que Eliza no llevaba el jersey azul y dorado del
equipo mientras estaba sentada en su interior.
En
esta misma entrevista se le preguntó si se mantenía al tanto de lo que ocurría
en el mundo, a lo cual replicó:
—Desde
luego, comprendo perfectamente que los chinos se hayan vuelto a su país.
Eso
estaba relacionado con el hecho de que la República Popular China había
retirado a su embajador en Washington. En ese entonces la miniaturización de
seres humanos había progresado hasta tal punto que el embajador sólo medía 60
cm. Su despedida fue cortés y amistosa. Explicó que su país suspendía las
relaciones diplomáticas simplemente porque en los Estados Unidos ya no estaba
ocurriendo nada que pudiera interesar a los chinos.
Se
le preguntó a Eliza en qué sentido comprendía tan perfectamente esta situación.
—¿Qué
país civilizado podría estar interesado en un infierno como los Estados Unidos
—respondió—, donde todo el mundo tiene una forma asquerosa de tratar a sus
parientes?
Y
luego, un día se la vio en compañía de Mushari ir a pie de Cambridge a Boston
cruzando el puente de la Avenida Massachusetts. Era un día tibio y soleado.
Eliza llevaba un quitasol y el jersey de su equipo.
¡Dios
mío, había que ver en qué se había convertido la pobre!
Estaba
tan encorvada que su rostro llegaba a la misma altura del de Mushari —y Mushari
tenía más o menos la estatura de Napoleón—. Fumaba un cigarrillo tras otro y
tosía como si estuviese tratando de arrancarse la cabeza.
Mushari
llevaba un traje blanco y un bastón. Y lucía un clavel rojo en la solapa.
El
abogado y su cliente se vieron pronto rodeados por una amistosa multitud y por
fotógrafos y equipos de la televisión.
Y mi
madre y yo veíamos todo esto por la televisión en medio del más completo horror
porque la multitud se acercaba cada vez más a mi casa de Beacon Hill.
—Oh,
Wilbur, Wilbur, Wilbur —decía mi madre mientras veíamos todo eso—, ¿es ésa
realmente tu hermana?
Hice
un chiste amargo, sin sonreír.
—Hay
dos posibilidades, mamá. O es tu hija única o es el tipo de oso hormiguero que
llaman aardvark.
Capítulo
23
MAMA
no se sentía capaz de tener un enfrentamiento con Eliza, y se retiró a su suite
en el piso de arriba. Tampoco quería yo que la servidumbre presenciara ninguna
escena grotesca que Eliza pudiera representar, de modo que los mandé a sus
habitaciones.
Cuando
sonó el timbre, abrí personalmente la puerta.
Sonreí
en dirección al aardvark, a las cámaras y a la multitud.
—¡Eliza,
querida hermana! —exclamé—. Qué sorpresa tan agradable. Entra, entra.
Sólo
por guardar las formas hice un gesto impreciso, como si fuera a tocarla. Ella
se apartó bruscamente.
—Si
me toca, Lord Fauntleroy —me espetó—, le morderé y morirá de rabia.
La
policía impidió que la multitud siguiera a Eliza y Mushari al interior de la
casa, y yo cerré las cortinas de las ventanas para que nadie pudiera vernos.
Cuando
estuve seguro de nuestro aislamiento, le pregunté sin ninguna amabilidad:
—¿Qué
te trae aquí?
—La
lascivia que me provoca tu cuerpo perfecto, Wilbur —replicó. Tosió y se rió—.
¿Está aquí mi querida mater o mi querido pater? —Luego se corrigió—: Cielos, el
querido pater está muerto, ¿verdad? ¿O fue la querida mater? Es tan difícil
saberlo.
—Mamá
está en la Bahía de las Tortugas, Eliza —respondí. Interiormente desfallecía de
dolor, de asco y de sentimientos de culpa. Calculé que su aplastada caja
torácica tenía la capacidad de una caja de cerillas. La habitación empezaba a
oler a destilería, y comprendí que Eliza también tenía problemas con el
alcohol. Su piel era horrible y su cutis mostraba el mismo aspecto que el baúl
de la bisabuela.
—La
Bahía de las Tortugas, la Bahía de las Tortugas —repitió distraída—. Querido
hermano, ¿has pensado alguna vez que nuestro querido padre no era en realidad
nuestro padre?
—¿Qué
quieres decir? —pregunté.
—Quizás
en alguna noche de luna llena mamá haya abandonado sigilosamente el lecho y la
casa, y copulado con una tortuga gigante en la bahía.
Hi
ho.
—Eliza
—interrumpí—, si vamos a hablar de asuntos familiares quizás sería mejor que el
señor Mushari nos dejara solos.
—¿Por
qué? —replicó ella—. Normie es el único pariente que tengo.
—Vamos,
Eliza...
—Ese
pedo de canario mal vestido de tu madre no tiene ningún parentesco conmigo.
—Vamos,
Eliza... —repetí.
—Usted
tampoco se considerará pariente mío, ¿verdad?
—¿Qué
puedo decir? —contesté.
—Por
eso le estamos haciendo esta visita, para oír todas las maravillosas cosas que
tiene que decir. Usted siempre fue el sabihondo. Yo sólo era una especie de
tumor que tenía que ser extirpado de su costado.
—Nunca
dije eso —repliqué.
—Lo
dijeron otras personas y usted lo creyó. Eso es peor. Usted es un fascista,
Wilbur. Esa es la verdad.
—Eso
es absurdo.
—Los
fascistas son personas inferiores que cuando les dicen que son superiores se lo
creen.
—Vamos,
Eliza...
—Y
luego quieren que todos los demás mueran.
—Por
aquí no vamos a ninguna parte —dije.
—Estoy
acostumbrada a no ir a ninguna parte —replicó—. Seguramente lo ha leído en los
periódicos y lo ha visto en la televisión.
—¿Te
serviría de algo saber que mamá sufrirá durante el resto de sus días por lo que
te hicimos?
—No veo
de qué me podría servir eso. Es la pregunta más estúpida que he escuchado en mi
vida.
Enroscó
su enorme brazo sobre los hombros de Norman Mushari y dijo:
—Esta
persona sí sabe cómo ayudar a la gente.
Hice
un gesto de asentimiento.
—Se
lo agradecemos —dije—. Lo digo de verdad.
—Él
es mi madre —continuó Eliza— y mi padre y mi hermano y mi Dios, todos en un
solo ser. ¡Él me dio el don de la vida! Recuerdo que me dijo: El dinero no te
va a hacer sentir mejor, cariño, pero les vamos a sacar hasta el último
centavo.
—Vaya
—dije.
—Pero
lo que sí puedo decir —continuó— es que me sirve mucho más que sus sentimientos
de culpa. Esa es sólo una manera de jactarse que tiene su maravillosa
sensibilidad. —Se rió en tono poco amistoso—. Pero entiendo que mamá y usted
quieran jactarse de su culpa. Después de todo es lo único que se han ganado en
su vida.
Hi
ho.
Capitulo
24
SUPUSE
que en este ataque a mi dignidad Eliza había utilizado todas sus armas, y que
de algún modo yo había sobrevivido.
Sin
orgullo, con una especie de interés clínico y cínico a la vez, advertí que yo
poseía un carácter férreo, aparentemente capaz de repeler cualquier ataque
incluso si decidía no levantar ningún tipo de defensas.
¡Cómo
me equivocaba al pensar que Eliza había agotado su furia!
Sus
ataques iniciales sólo habían tenido el propósito de dejar al descubierto la
corteza de mi carácter. Se había limitado a enviar patrullas ligeras para
cortar los árboles y arbustos que crecían ante ella, para arrancarle sus vides,
por decirlo así.
Y en
ese momento, sin que yo me diera cuenta de ello, el caparazón de mi carácter
estaba ya ante sus ocultos obuses, casi a quemarropa, tan frágil y desnudo como
una probeta.
Hi
ho.
Se
produjo un momento de calma. Eliza se paseó por la sala examinando los libros,
que no podía leer por supuesto. Luego se volvió hacia mí, ladeó la cabeza y
preguntó:
—¿La
gente ingresa en la Facultad de Medicina de Harvard porque sabe leer y
escribir?
—Trabajé
intensamente, Eliza —dije—. No fue fácil para mí en un comienzo. Tampoco lo es
ahora.
—Si
Bobby Brown obtiene el título de doctor —comentó—, quiere decir que hay alguien
que cree en las curaciones milagrosas.
—No
seré el mejor médico del mundo —repliqué—, tampoco seré el peor.
—Podrías
tener mucho éxito con un gong —dijo. Hacía referencia a recientes rumores en el
sentido de que los chinos habrían tenido un notable éxito en el tratamiento del
cáncer de mama mediante el empleo de la música de antiguos gongs—. Tienes todo
el aspecto de un hombre capaz de hacer sonar un gong.
—Gracias.
—Tócame
—dijo.
—¿Qué?
—Soy
carne de tu carne, soy tu hermana, tócame —pidió.
—Sí,
por supuesto —respondí. Pero mis brazos parecían misteriosamente paralizados.
—No
corre prisa —dijo Eliza.
—Bueno...
—dije—, como me tienes tanto odio, yo...
—Odio
a Bobby Brown —contestó.
—Como
odias a Bobby Brown...
—Y a
Betty Brown —interrumpió.
—Ya
hace tanto tiempo de eso.
—Tócame
—insistió.
—Eliza,
¡por favor! —exclamé. Mis brazos seguían sin obedecerme.
—Te
tocaré yo —dijo ella.
—Lo
que tú digas —contesté. Yo estaba muerto de miedo.
—¿No
estarás enfermo del corazón, verdad, Wilbur?
—No
—aseguré.
—Si
te toco, ¿me prometes que no morirás?
—Lo
prometo.
—Tal
vez me muera yo —dijo Eliza.
—Espero
que no.
—El
hecho de que yo dé la impresión de que sé lo que va a ocurrir no quiere decir
que lo sepa en realidad. Quizás no suceda nada.
—Quizás.
—Nunca
te he visto tan asustado —dijo.
—Soy
humano —repliqué.
—¿Quieres
decirle a Normie de qué tienes miedo? —me preguntó.
—No
—respondí.
Con
las puntas de los dedos casi rozándome la mejilla, Eliza repitió una frase de
un chiste sucio que Ancas Potrancas le había contado a uno de los sirvientes
cuando éramos niños. Lo habíamos escuchado a través de una pared. Se refería a
una mujer que era ferozmente activa en la relación sexual. En el chiste, la
mujer hacía una advertencia a un desconocido que empezaba a hacerle el amor.
Eliza
me transmitió la provocativa advertencia:
—No
te quites el sombrero, chico, porque no sabemos dónde vamos a ir a parar.
Luego
me tocó.
Volvimos
a convertirnos en un genio único.
Capitulo
25
PERDIMOS
los estribos. Sólo la gracia de Dios impidió que saliéramos dando tumbos de la
casa para caer en medio de la multitud que llenaba la calle Beacon. Algunas
partes de nosotros, de las que yo ya había perdido conciencia y de las que
Eliza había estado durante todo aquel lapso atrozmente consciente, habían
planeado este reencuentro durante largo, largo tiempo.
Ya
no sabía dónde terminaba yo y dónde comenzaba Eliza. O dónde terminábamos Eliza
y yo y dónde comenzaba el resto del mundo. Era maravilloso y horrible a la vez.
Espero que el siguiente dato sirva para medir la cantidad de energía implicada:
La orgía se prolongó durante cinco días con sus noches.
Después
de eso, Eliza y yo dormimos tres días seguidos. Cuando desperté finalmente, me
hallaba en mi cama. Pero me estaban dando alimentación intravenosa.
Eliza,
según me enteré más tarde, había sido trasladada a su casa en una ambulancia
privada.
Y si
se preguntan por qué nadie nos separó ni pidió ayuda, la explicación es la
siguiente: Eliza y yo capturamos a Norman Mushari, a la pobre mamá y a los
sirvientes, uno por uno.
No
recuerdo haber hecho eso.
Aparentemente
los atamos a unas sillas de madera, los amordazamos y luego los colocamos
ordenadamente alrededor de la mesa del comedor.
Gracias
a Dios, les dimos agua y comida, de lo contrario nos habríamos convertido en
asesinos. Sin embargo no les permitíamos ir al lavabo y sólo les dábamos
mantequilla de cacahuete y sándwiches de gelatina. Parece que salí varias veces
de la casa en busca de pan, gelatina y mantequilla de cacahuete.
Y a
continuación la orgía volvía a comenzar.
Recuerdo
que le leí a Eliza párrafos de los libros sobre pediatría, psicología infantil,
sociología y antropología que yo tenía. Nunca había tirado un libro de ninguno
de los cursos que había seguido.
Recuerdo
unos retorcidos abrazos que alternaban con períodos en que permanecía sentado
ante la máquina de escribir con Eliza junto a mí. Yo estaba escribiendo algo a
una velocidad sobrehumana.
Hi
ho.
Cuando
salí del estado de coma, Mushari y mis propios abogados ya habían pagado
generosamente a los sirvientes por la agonía que habían sufrido sentados a la
mesa y por su silencio respecto de las espantosas cosas que habían presenciado.
Mamá
ya había sido dada de alta en el Hospital General de Massachusetts y estaba de
vuelta en cama en su casa de la Bahía de las Tortugas.
Físicamente,
yo había sufrido un agotamiento y nada más.
Sin
embargo, cuando se me permitió levantarme me sentía tan afectado
psicológicamente que pensé que todo me iba a resultar desconocido. Si ese día
hubiésemos tenido gravedad variable, como de hecho ocurrió muchos años más
tarde, si hubiese tenido que arrastrarme a gatas por la casa, como lo hago a
menudo ahora, todo eso me hubiera parecido la reacción adecuada del Universo
ante todo lo que yo había sufrido.
Pero
las cosas habían cambiado muy poco. La casa estaba perfectamente ordenada.
Los
libros nuevamente en los estantes, un termostato destrozado sustituido, tres
sillas del comedor enviadas a un taller de reparaciones, sólo la alfombra se
veía algo diferente, unas zonas más pálidas indicaban el lugar donde habían
estado las manchas.
La
única prueba de que algo extraordinario había ocurrido era en sí misma un
modelo de pulcritud: un manuscrito depositado sobre una mesita del salón, sobre
la que yo había tecleado tan furiosamente durante mi pesadilla.
Eliza
y yo habíamos escrito, sin que yo supiera cómo, un manual sobre cómo criar a
los hijos.
¿Tenía
algún valor? En realidad, no. Sólo sirvió para que llegara a convertirse,
después de la Biblia y El placer de cocinar, en el libro de más éxito de todos
los tiempos.
Hi
ho.
Lo
encontré tan útil cuando empecé a practicar la pediatría en Vermont que lo hice
publicar bajo el seudónimo de Eli W. Rockmell, médico, una especie de amalgama
del nombre de Eliza y el mío.
Fue
el editor quien le puso título. Se llamó Así que se decidieron a tener un niño.
Pero
durante nuestra orgía Eliza y yo dimos al libro un título y una paternidad
literaria muy diferentes. Fueron los siguientes:
EL
GRITO DEL NOCTURNO CHOTACABRAS
por
BETTY
Y BOBBY BROWN
Capítulo
26
UN
mutuo terror nos mantuvo separados después de la orgía. Norman Mushari, que era
nuestro enlace, me dijo que Eliza se hallaba en peor estado que yo a causa de
todo lo sucedido.
—Casi
tuve que internarla de nuevo —me explicó—. Y esta vez por una buena razón.
Machu
Picchu, la antigua capital inca situada en la cumbre de los Andes peruanos, se
estaba convirtiendo entonces en un refugio para la gente rica y sus parásitos,
gente que huía de las reformas sociales y el desastre económico, y que provenía
no sólo de los Estados Unidos, sino de todos los rincones del mundo. Incluso
había algunos chinos de tamaño natural que se habían negado a permitir que sus
hijos fueran miniaturizados.
Y
Eliza se trasladó a un condominio allí para estar lo más lejos posible de mí.
Cuando
Mushari vino a mi casa a contarme lo del probable traslado de Eliza a Perú, una
semana después de la orgía, me confesó que se había sentido totalmente
confundido mientras se hallaba atado a la silla del comedor.
—Tuve
la impresión de que se convertían en algo progresivamente monstruoso, como una
especie de hermanos Frankenstein —me dijo—. Me convencí de que en algún lugar
de la casa había un conmutador que los controlaba. Incluso llegué a descubrir
cuál podría ser. Apenas me desaté corrí y lo saqué de cuajo.
Era
Mushari quien había arrancado el termostato de la pared.
Para
demostrarme lo cambiado que estaba, reconoció que sus motivaciones para obtener
la libertad de Eliza habían sido totalmente egoístas.
—Yo
era un cazador de comisiones. Me dedicaba a buscar a la gente rica que había
sido injustamente encerrada en hospitales psiquiátricos y obtenía su libertad.
Dejaba que los pobres se pudrieran en sus mazmorras.
—De
todos modos prestaba un servicio útil —comenté.
—No,
no lo creo —replicó—. Prácticamente todas las personas cuerdas que saqué del
hospital se volvieron locas casi inmediatamente después.
—De
pronto me siento muy viejo —dije—. Ya no soporto más.
Hi
ho.
De
hecho, Mushari quedó tan afectado por la orgía que traspasó la responsabilidad
de todos los asuntos legales y financieros de Eliza a la misma gente que se
encargaba de los de mamá y los míos.
Sólo
una vez volví a saber de él, unos dos años más tarde, más o menos en la época
en que me gradué en la Facultad de Medicina —a propósito, obtuve las peores
calificaciones de mi promoción—. Mushari había patentado un invento. Una
fotografía de él y una descripción de su invento aparecían en una de las
páginas económicas de The New York Times.
En
ese tiempo el zapateo se había convertido en una obsesión nacional. Mushari
había inventado pasos de baile que podían ser adheridos a las suelas de los
zapatos y luego quitados. La persona, según Mushari, podía llevar estos pasos
en una pequeña bolsa de plástico en el bolsillo o en el bolso, y ponérselos
solo cuando fuese el momento de zapatear.
Capítulo
27
NUNCA
volví a ver el rostro de Eliza después de la orgía. Sólo escuché su voz en dos
ocasiones: cuando recibí mi título de médico, y luego cuando era presidente de
los Estados Unidos de Norteamérica y ya hacía largo, largo tiempo que ella
había muerto.
Hi
ho.
Cuando
con motivo de mi graduación mi madre organizó una fiesta en Boston, en el Ritz,
ni ella ni yo nos imaginamos que Eliza llegaría a enterarse y que viajaría
desde el Perú.
Mi
hermana gemela nunca escribió ni telefoneó. Los rumores que nos llegaban acerca
de ella eran tan imprecisos como los que provenían de la China. Bebía en
exceso, comentó alguien. Había comenzado a jugar al golf.
Estaba
disfrutando de mi fiesta cuando un botones se me acercó para decirme que
alguien quería verme; no me esperaba en el vestíbulo, sino afuera, en medio de
la fragante noche de luna. Eliza no podía estar más lejos de mis pensamientos.
Mientras
seguía al botones, me imaginaba que el Rolls Royce de mi madre estaría
estacionado ahí fuera.
Me
tranquilizaban el uniforme y los modales serviles de mi guía. También me sentía
un poco mareado a causa del champán. No vacilé en seguirlo cuando cruzó la
calle Arlington y luego penetró en el parque encantado, en el jardín botánico.
Se
trataba de un impostor. No era en absoluto un botones.
Nos
internamos en el bosque y en cada uno de los claros que aparecían yo esperaba
ver el Rolls Royce de mi madre.
En
cambio, el guía me llevó hasta una estatua que representaba una antigua figura
de un médico, vestido en un estilo muy parecido al que me gustaba exhibir a mí.
De aspecto melancólico pero orgulloso, sostenía en los brazos a un joven
dormido.
Según
pude leer a la luz de la luna, la inscripción explicaba que era un monumento
erigido al primer empleo de la anestesia en cirugía en los Estados Unidos, el
cual tuvo lugar en Boston.
Había
advertido que de algún lugar de la ciudad, quizás de la avenida Commonwealth,
provenía un fuerte zumbido. No me imaginé que pudiese tratarse de un
helicóptero.
Pero
entonces el falso botones —en realidad un servidor inca de Eliza—, disparó una
bengala.
Todo
lo que tocó el imprevisto resplandor adquirió el aspecto de una estatua: algo
inerte, digno de ejemplo, y que pesaba toneladas.
El
helicóptero se materializó sobre nosotros convertido en una alegoría,
transformado en un terrible ángel mecánico por efecto del resplandor del
fogonazo.
Eliza
estaba allí arriba con un megáfono.
No
descarté la posibilidad de que me disparara o me golpeara con una bolsa de
excrementos. Había venido desde el Perú para recitar la mitad de un soneto de
Shakespeare.
—¡Escuchen!
—dijo—. ¡Escuchen! —Y luego agregó una vez más—: ¡Escuchen!
El
resplandor empezaba a apagarse. El paracaídas de la bengala había quedado
cogido en la copa de un árbol cercano.
He
aquí lo que Eliza me dijo a mí y a la gente que se encontraba en los
alrededores:
¡Oh!
¿Cómo puedo cantar tus méritos
cuando
eres la mejor parte de mí misma?
¿De
qué me servirá alabarme?
¿Y
qué hago cuando te alabo sino cantar mi
propia
alabanza?
Por
esto vivamos separados
y
que nuestro caro amor deje de ser una sola cosa
y
que por esta separación pueda darte
lo
que te es debido, lo que tú solo mereces.
Formé
bocina con las manos y la llamé, y luego agregué algo audaz, algo que sentía
auténticamente por primera vez en mi vida:
—¡Eliza!
¡Te amo! —grité.
La
oscuridad era completa en ese momento.
—¿Me
has oído, Eliza? ¡Te amo! ¡Te amo de verdad!
—Te
he oído —respondió—. Nadie debería nunca decir eso a otra persona.
—Lo
digo en serio.
—Entonces
yo a mi vez también te diré algo, hermano mío, mi gemelo.
—¿Qué?
Sus
palabras, que resonaron en la oscuridad, fueron las siguientes:
—Que
Dios guíe la mano y la mente del doctor Wilbur Rockefeller Swain.
Y el
helicóptero se alejó.
Hi
ho.
Capítulo
28
CAMINO
de regreso al Ritz, reía y lloraba, un neandertaloide de dos metros con una
camisa de volantes y un esmoquin de terciopelo color azul huevo de petirrojo.
Se
había reunido una multitud de gente que no podía contener su curiosidad ante la
breve supernova del este y la voz que desde el cielo había hablado de la
separación y el amor. Me abrí paso hasta el salón de baile y dejé que los
detectives privados apostados en la puerta se encargaran de interceptar a la
multitud que me seguía.
Sólo
en ese momento empezaron a circular rumores entre los invitados de que algo
maravilloso había ocurrido cerca de allí. Me dirigí hacia donde estaba mi madre
para referirle lo que había hecho Eliza. Me quedé perplejo al encontrarla
conversando con un indescriptible desconocido, ya de cierta edad, que llevaba,
como los detectives, un traje de ejecutivo de mala calidad.
Mamá
me lo presentó como «el doctor Mott». Se trataba, por supuesto, del médico que
durante tanto tiempo nos había cuidado a Eliza y a mí en Vermont. Se encontraba
en Boston por negocios y, así lo quiso la suerte, se alojaba en el Ritz.
Pero
yo estaba tan intoxicado por el champán y por las noticias que traía, que no lo
reconocí ni me importó quién pudiera ser. Después de haber referido a mi madre
mi encuentro con Eliza, le dije al doctor Mott que había sido un placer
conocerlo y me dirigí apresuradamente a otros puntos del salón.
Cuando
volví a encontrarme con mi madre, alrededor de una hora después, el doctor Mott
ya se había ido. Me dijo nuevamente quién era. Sólo por cortesía expresé mis
sentimientos de pesar por no haber pasado más tiempo con él. Mi madre me
entregó una nota que había dejado para mí y que era su regalo de graduación.
Estaba
escrita en papel con membrete del Ritz y decía simplemente lo siguiente:
Si
no puedes hacer el bien, por lo menos no hagas daño.
Hipócrates
En
efecto, y cuando convertí la mansión de Vermont en una clínica y un pequeño
hospital para niños, y también en mi hogar permanente, hice que esas palabras
fueran grabadas en piedra sobre la puerta principal. Pero su sentido preocupaba
de tal modo a mis pacientes y a sus padres que tuve que hacerla borrar. A ellos
les parecía una confesión de debilidad e indecisión, les hacía pensar que
podrían muy bien haberse quedado en casa.
Sin
embargo conservé las palabras en mi mente y, de hecho, hice poco daño. Y el
centro de gravedad intelectual de mi labor profesional fue un volumen que todas
las noches guardaba con llave en una caja de caudales, el manuscrito
encuadernado del manual para educar a los hijos que Eliza y yo habíamos escrito
durante nuestra orgía en Beacon Hill.
No
sé muy bien cómo, pero allí estaba todo.
Y
pasaron los años.
En
algún momento de todo esto me casé con una mujer tan rica como yo, en realidad
una prima en tercer grado que de soltera se llamaba Rose Aldrich Ford. Era muy
desgraciada porque yo no la amaba y porque nunca la llevaba a ninguna parte.
Nunca he sido bueno para amar. Tuvimos un hijo, Carter Paley Swain, a quien
tampoco pude amar. Carter era normal y sin ningún interés para mí. En cierto
modo parecía una sandía en la mata, jugoso y sin rasgos, dedicado sólo a
crecer.
Después
de nuestro divorcio, él y su madre adquirieron un condominio en el mismo
edificio que Eliza, en Machu Picchu. Nunca volví a saber de ellos, ni siquiera
cuando me eligieron presidente de los Estados Unidos.
Y
pasó el tiempo.
¡Y
de pronto una mañana me desperté y me encontré con que ya casi había cumplido
los cincuenta! Mamá se había trasladado a vivir conmigo en Vermont. Había
vendido su casa de la Bahía de las Tortugas. Se sentía débil y asustada.
Pasaba
mucho tiempo hablándome del cielo.
En
esa época yo no sabía nada sobre el tema. Suponía que cuando la gente se moría,
se moría.
—Sé
que tu padre me está esperando con los brazos abiertos —afirmó—, y también mis
padres.
Y no
se equivocaba. Esperar es prácticamente todo lo que puede hacer la gente que
está en el cielo.
Por
la manera cómo ella describía el cielo, hacía pensar en un campo de golf en
Hawai, con cuidados prados y senderos que bajaban hacia un tibio océano.
Yo
le hacía pequeñas bromas sobre el tema.
—Parece
un lugar en que la gente toma mucha limonada —comenté.
—Me
encanta la limonada —replicó.
Capítulo
29
HACIA
el final de sus días, mamá hablaba con frecuencia sobre lo mucho que odiaba las
cosas artificiales: los sabores y las fibras sintéticas, las cosas de plástico,
etc. Le gustaba la seda y el algodón, el lino y la lana y el cuero, decía ella,
y la arcilla y el vidrio y la piedra. Añadía que también le gustaban los
caballos y los botes de vela.
—Todo
eso está volviendo, mamá —le decía yo. Y era verdad.
En
esa época ya había veinte caballos en mi hospital, además de los carros,
carretillas, carruajes y trineos.
Yo
tenía mi propia yegua, una gran Clydesdale. Crines rubias ocultaban sus cascos.
Se llamaba «Estrella Dorada».
Y
según me habían dicho, en las bahías de Nueva York, de Boston y San Francisco
había aparecido nuevamente un bosque de mástiles. Hacía mucho tiempo que no
veía embarcaciones.
Y
así me encontré con que, a medida que desaparecían las máquinas y la comunicación
desde el mundo exterior se hacía cada vez más vaga, aumentaba agradablemente la
hospitalidad con que mi mente recibía a la fantasía.
De
modo que no me sorprendí cuando una noche, después de haber arropado a mi madre
en la cama, entré en mi habitación con una vela encendida y me encontré con un
chino del tamaño de mi pulgar, sentado sobre la repisa de la chimenea. Llevaba
una chaqueta azul, acolchada, pantalones y una gorra.
Como
pude corroborar posteriormente, se trataba del primer enviado oficial de la
República Popular China a los Estados Unidos de Norteamérica en más de
veinticinco años.
Hasta
donde yo sé, ninguno de los extranjeros que se introdujo en la China durante
este período volvió a salir nunca.
De
modo que «irse a la China» se convirtió en un generalizado eufemismo de
suicidarse.
Hi
ho.
Mi
pequeño visitante me indicó con un gesto que me acercara para no tener que
gritar. Le presenté una oreja. Debe de haber sido algo horrible de ver, ese
túnel con todos esos pelos y restos de cerumen.
Me
explicó que era un embajador volante y que había sido elegido para ese trabajo
a causa de su visibilidad para los extranjeros. Me aseguró que era mucho, pero
mucho más grande que el chino corriente.
—Tenía
la impresión de que su pueblo ya no se interesaba por nosotros —dije.
Sonrió
y replicó:
—Fue
una torpeza de nuestra parte decir eso, doctor Swain. Pedimos disculpas.
—¿Me
está diciendo que sabemos cosas que ustedes ignoran? —pregunté.
—No
exactamente —respondió—. Quiero decir que en otro tiempo ustedes sabían cosas
que nosotros actualmente ignoramos.
—Soy
incapaz de imaginar qué conocimientos pueden haber sido esos.
—Por
supuesto. Le daré una pista: le traigo saludos de su hermana gemela desde Machu
Picchu, doctor Swain.
—La
pista no me dice mucho —comenté.
—Pues,
tengo enormes deseos de ver los papeles que hace tantos años usted y su hermana
ocultaron en la urna funeraria del mausoleo del profesor Elihu Roosevelt Swain
—replicó.
Resultó
que los chinos habían enviado una expedición a Machu Picchu para recuperar, si
era posible, algunos perdidos secretos de los incas. Como mi visitante, los
expedicionarios tenían una estatura superior a la normal.
En
efecto, y ocurrió que Eliza se acercó a ellos con una proposición. Les dijo que
sabía dónde encontrar secretos que eran tan buenos o mejores que los que habían
poseído los incas.
—Si
lo que digo resulta cierto —les dijo—, quiero que me premien con un viaje a la
colonia que ustedes tienen en Marte.
Me
dijo que se llamaba Fu Manchú.
Le
pregunté cómo había llegado hasta la repisa de mi chimenea.
—De
la misma forma que llegamos a Marte —respondió.
Capitulo
30
ACCEDÍ
a llevar a Fu Manchú al mausoleo. Me lo metí en el bolsillo de la camisa.
Me
sentía muy inferior a él. Estaba seguro de que, pequeño como era, tenía poder
sobre mi vida y mi muerte. Y que, además, sabía mucho más que yo, incluso
acerca de la práctica de la medicina, quizás incluso acerca de mí mismo.
También me hacía sentir inmoral. Mi estatura me pareció una forma de gula. Mi
cena de esa noche podría haber alimentado a mil hombres de su tamaño.
Las
cerraduras de las puertas exteriores del mausoleo habían sido soldadas. De modo
que Fu Manchú y yo tuvimos que introducirnos a través de los pasadizos
secretos, el universo optativo de mi infancia, y salir por la escotilla del
suelo del mausoleo.
Mientras
nos abríamos paso entre las telarañas, le pregunté por el empleo de gongs en el
tratamiento del cáncer.
—Ya
lo hemos superado —contestó.
—Quizás
sea algo que nosotros todavía podemos utilizar aquí —insinué.
—Lo
siento —me dijo, desde el bolsillo—, pero su presunta civilización es demasiado
primitiva. Jamás lo entenderían.
—Vaya
—comenté.
Respondió
a todas mis preguntas de la misma manera: afirmando, de hecho, que yo era
demasiado estúpido para comprender nada.
Cuando
llegamos a la parte inferior de la trampa de piedra que daba acceso al
mausoleo, tuve dificultades para levantarla.
—Empújela
con el hombro y luego introduzca un ladrillo —me dijo.
Su
consejo me pareció tan ingenuo que llegué a la conclusión de que en esa época
los chinos sabían muy poco más que yo respecto de la gravedad.
Hi
ho.
La
trampa finalmente se abrió y subimos al mausoleo. Mi aspecto debía resultar
mucho más espantoso que lo habitual. Estaba envuelto en telarañas de la cabeza
a los pies.
Saqué
a Fu Manchú del bolsillo y, accediendo a su petición, le deposité sobre el
ataúd de plomo del profesor Elihu Roosevelt Swain.
Yo
sólo disponía de una vela, pero en ese momento Fu Manchú activó una pequeña
caja. Llenó el lugar con una luz tan brillante como la bengala que había
iluminado mi encuentro con Eliza hacía ya tantos años.
Me
pidió que sacara los papeles de la urna, lo cual hice en seguida. Se habían
conservado perfectamente.
—Esto
seguramente no vale nada —dije.
—Quizás
para usted, no —me respondió. Me pidió que estirara los papeles y los
extendiera sobre el ataúd.
—¿Cómo
es posible que cuando niños hayamos sabido cosas que los chinos desconocen
hasta el día de hoy? —pregunté.
—Cuestión
de suerte —me respondió.
Comenzó
a pasearse por encima de los papeles. Llevaba unas pequeñas botas negras de
baloncesto. Se detenía aquí y allá para fotografiar algo que había leído.
Pareció especialmente interesado en lo que Eliza y yo habíamos escrito sobre la
gravedad, o por lo menos así me lo parece ahora con la perspectiva que da el
tiempo.
Finalmente
se mostró satisfecho. Me agradeció la cooperación que le había prestado y me
informó que procedería a desmaterializarse y regresar a China.
—¿Encontró
algo que tuviera algún valor? —le pregunté.
Sonrió
y dijo:
—Un
billete para Marte para una dama blanca que vive en el Perú.
Hi
ho.
Capitulo
31
TRES
semanas más tarde, la mañana en que cumplía cincuenta años, bajé al caserío
montado en Estrella Dorada para recoger la correspondencia.
Había
una nota de Eliza. Decía simplemente:
¡Feliz
cumpleaños para ambos! Mañana me voy a Marte.
El
mensaje había sido enviado hacía dos semanas, según el matasellos de correos.
También encontré noticias más recientes:
Lamento
informarle que su hermana falleció en Marte a causa de un alud. Firmaba: Fu
Manchú.
Leí
esas trágicas noticias de pie en el viejo portal de madera de la oficina de
correos, situada junto a la pequeña iglesia.
Una
sensación extraordinaria se apoderó de mí y en un primer momento pensé que era
una reacción psicológica, el primer asalto del dolor. Parecía como si hubiese
echado raíces en el portal. No podía levantar los pies. Además sentía que mis
rasgos se estiraban hacia abajo como cera que se derrite.
La verdad
era que se había producido un espantoso aumento de la fuerza de gravedad.
Hubo
un gran estrépito en el interior de la iglesia. La campana se había desprendido
de la torre.
Luego
atravesé el suelo del portal y fui violentamente arrojado a la tierra.
Por
supuesto que mientras tanto en otras partes del mundo se rompían los cables de
los ascensores, se estrellaban los aviones, se hundían los barcos, se rompían
los ejes de los automóviles, se derrumbaban los puentes y ocurrían toda clase
de cosas por el estilo. Fue espantoso.
Capítulo
32
ESTE
primer feroz aumento de la gravedad duró menos de un minuto, pero el mundo ya
no volvería a ser el mismo.
Cuando
hubo pasado y todavía sintiéndome aturdido, subí al portal de la oficina de
correos y reuní mis cartas.
Estrella
Dorada había muerto. Se le desprendieron las tripas al intentar permanecer de
pie.
Debo
de haber sufrido una especie de parálisis emocional. La gente del caserío pedía
ayuda a gritos y yo era el único médico. Pero me alejé simplemente.
Recuerdo
el momento en que pasé bajo los manzanos de la familia.
Recuerdo
que me detuve ante el cementerio familiar y tristemente abrí un sobre de la Eli
Lilly Company, una empresa farmacéutica. Contenía una docena de muestras de
píldoras de color y tamaño de una lenteja.
El
prospecto que incluían, el cual leí con gran atención, explicaba que el nombre
comercial de las píldoras era «tri-benzo-conductil». Las sílabas «conduct» eran
una referencia a buena conducta, a un comportamiento aceptable en sociedad.
Estas
píldoras proporcionaban un tratamiento para los descomedidos síntomas del «mal
de Tourette», cuyas víctimas involuntariamente proferían obscenidades y hacían
gestos groseros, sin importarles dónde se encontraran.
Dado
mi confuso estado mental, me pareció imprescindible tomar dos píldoras de
inmediato, y así lo hice.
Pasaron
dos minutos y luego sentí que todo mi ser se llenaba de una satisfacción y una
confianza como nunca había experimentado antes en la vida.
Comenzó
así una toxicomanía que iba a durar casi treinta años.
Hi
ho.
Fue
un milagro que nadie muriera en el hospital. Las camas y las sillas de ruedas
de algunos de los niños más pesados se habían roto. Una enfermera se estrelló
violentamente al atravesar la puerta de una escotilla que había estado antes
oculta por la cama de Eliza. Se fracturó ambas piernas.
Mi
madre, gracias a Dios, lo pasó durmiendo.
Cuando
despertó, yo me encontraba a los pies de su cama. Me repitió lo mucho que
odiaba las cosas que no eran naturales.
—Lo
sé, mamá —dije—. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Volvamos a la naturaleza.
Hasta
el día de hoy ignoro si ese horrible aumento de gravedad fue natural o si se
trataba de un experimento de los chinos.
En
ese momento pensé que había una relación entre ese fenómeno y las fotografías
que obtuvo Fu Manchú del ensayo sobre la gravedad que habíamos escrito Eliza y
yo.
Entonces,
totalmente drogado por el tri-benzo-conductil, saqué todos nuestros papeles del
mausoleo.
El
ensayo sobre la gravedad me resultaba incomprensible. Eliza y yo éramos quizás
diez mil veces más inteligentes cuando juntábamos nuestras cabezas que cuando
pensábamos en forma independiente.
Sin
embargo, nuestro plan utópico, para organizar los Estados Unidos en miles de
familias ampliadas artificialmente estaba muy claro. A propósito, Fu Manchú lo
había encontrado ridículo.
—Verdaderamente
obra de mentes infantiles —había comentado.
A mí
me pareció fascinante. Decía que eso de las familias ampliadas artificialmente
no era nuevo en los Estados Unidos. Los médicos se sentían emparentados con
otros médicos, los abogados con los abogados, los escritores con los
escritores, los atletas con los atletas, los políticos con los políticos y así
sucesivamente.
Sin
embargo, Eliza y yo afirmábamos que este tipo de ampliación de las familias no
era bueno porque excluía a los niños, los ancianos, las dueñas de casa y todo
tipo de fracasados en general. Además, sus intereses eran habitualmente tan
especializados y particulares que para el que venía de fuera parecían cosa de
locos.
«El
ideal de familia ampliada», habíamos escrito Eliza y yo hacía tanto tiempo,
«debería dar una representación proporcional a todos los ciudadanos, según el
número de habitantes. La creación de diez mil familias de este tipo, por
ejemplo, daría al país diez mil parlamentos, por decirlo así, que discutirían
en forma sincera y experta sobre un tema que actualmente discuten con pasión
sólo unos pocos hipócritas, esto es, el bienestar de toda la Humanidad».
Mi
lectura fue interrumpida por la enfermera jefe quien entró a comunicarme que
nuestros atemorizados pequeños pacientes finalmente se habían quedado dormidos.
Le
agradecí la buena noticia. Y luego me escuché decirle despreocupadamente:
—Oh...
quiero que escriba a la Eli Lilly Company, en Indianápolis, y pida dos mil
dosis de un nuevo medicamento llamado tri-benzo-conductil.
Hi
ho.
Capítulo
33
MAMÁ
murió dos semanas después.
La
gravedad no volvería a causarnos problemas durante otros veinte años.
Y
pasó el tiempo. El tiempo era ahora un pájaro borroso que se hacía cada vez más
impreciso a causa de las crecientes dosis de tri-benzo-conductil que ingería.
En
algún momento de todo esto, cerré el hospital, abandoné completamente la
medicina y fui elegido senador por el estado de Vermont.
Y
siguió pasando el tiempo.
Un
día me encontré como candidato a la presidencia. Mi ayuda de cámara me prendió
el distintivo de la campaña en la solapa del frac. Era un botón en el que se
leía la consigna que me haría ganar las elecciones:
Durante
la campaña me presenté sólo una vez aquí en Nueva York. Hablé desde las gradas
de la Biblioteca Pública. En esa época esto era un adormilado lugar de veraneo.
Nunca se había recuperado de esa brusca alteración de la gravedad que había
arrancado los ascensores de los edificios, inundado sus túneles y derribado
todos sus puentes con excepción del de Brooklyn.
La
gravedad había comenzado nuevamente a hacer de las suyas, aunque no se
producían cambios bruscos. Si los chinos estaban en realidad detrás de todo
ello, habían aprendido a aumentarla o disminuirla en forma gradual, quizás con
el deseo de reducir el número de heridos y los daños materiales. Ahora tenía la
majestuosa gracia de las mareas.
Cuando
hablé desde las gradas de la biblioteca, teníamos gravedad pesada. De modo que
decidí hacerlo sentado en una silla. Estaba completamente sobrio, pero
permanecía repantigado con el aspecto de un borracho inglés de tiempos
antiguos.
Mi
público, compuesto principalmente por jubilados, permanecía recostado sobre la
calzada y las aceras de la Quinta Avenida, que la policía se había encargado de
cerrar al tráfico, aunque difícilmente hubiese habido tráfico alguno. En algún
lugar, cerca de la avenida Madison quizás, se produjo una pequeña explosión.
Estaban derribando los inútiles rascacielos de la ciudad para utilizar los
escombros.
Hablé
de la soledad en los Estados Unidos. Era el único tema que necesitaba para
conseguir la victoria, lo cual no dejaba de ser una suerte; era el único tema
del que podía hablar.
Dije
que era una pena que yo no hubiese aparecido antes en la historia de los
Estados Unidos con mi simple y práctico plan contra la soledad. Afirmé que en
el pasado todos los nocivos excesos de los ciudadanos habían sido motivados más
por la soledad que por el amor al pecado.
Un
anciano se arrastró hasta mí después del discurso y me contó que solía
comprarse seguros de vida, electrodomésticos, automóviles y cosas por el
estilo, no porque le gustaran o las necesitara, sino porque el vendedor parecía
prometerle que se convertiría en pariente suyo.
—No
tenía familiares y los necesitaba —explicó.
—Todo
el mundo los necesita —dije.
Me
confesó que durante un tiempo se había entregado a la bebida tratando de
transformarse en pariente de la gente que encontraba en los bares.
—El
barman se convertía en una especie de padre, comprende. Sólo que de pronto ya
habla llegado la hora de cerrar.
—Lo
sé —dije. Le referí algo sobre mí mismo que era verdad a medias y que había
tenido mucho éxito durante la campaña—: Solía sentirme tan solo que la única
persona con la que podía compartir mis más íntimos pensamientos era un caballo
llamado Estrella Dorada.
Y le
conté cómo había muerto.
Durante
esta conversación me llevaba la mano a la boca una y otra vez como si quisiera
ahogar una exclamación o algo así. En realidad me estaba echando a la boca
pequeñas píldoras verdes. En ese tiempo habían sido prohibidas y ya no las
fabricaban. Yo debía tener una tonelada en mi despacho del Senado.
Explicaban
mi cortesía y mi optimismo infatigable y quizás también el hecho de que no
envejeciera tan rápidamente como otros hombres. Había cumplido 64 años, pero
tenía el vigor de un hombre de treinta.
Incluso
tenía ahora una nueva y bella esposa, Sophie Rothschild Swain, de sólo
veintitrés años.
—Si
le eligieran presidente y yo obtuviera todos esos parientes artificiales...
—dijo el hombre, y tras una pausa añadió—: ¿Cuántos dijo que serían?
—Diez
mil hermanos y hermanas —respondí—, más 190.000 primos y primas.
—¿No
serán muchos?
—¿Pero
no acabamos de ponernos de acuerdo en que necesitamos grandes cantidades en un
país tan grande y desordenado como el nuestro? Si, por ejemplo, usted va a
Wyoming, ¿no le resultará un consuelo saber que tiene muchos parientes allí?
Lo
pensó un momento y luego dijo:
—Bueno,
sí... supongo.
—Como
manifesté en mi discurso —le dije—, su nuevo apellido intermedio sería un
sustantivo, el nombre de una flor, una fruta, una verdura, una legumbre, un
pájaro, un reptil, un pez, un molusco, una piedra preciosa, un mineral o un
elemento químico, seguido de un guión y un número del uno al veinte.
Le
pregunté cómo se llamaba en ese momento.
—Elmer
Glenville Grasso —respondió.
—Bien
—le dije—, usted podría convertirse en Elmer Uranio-3 Grasso, por ejemplo.
Todas aquellas Personas cuyo apellido intermedio fuera Uranio serían sus
primos.
—Eso
me lleva de nuevo a mi primera pregunta —replicó—. ¿Qué ocurre si me caen
encima algunos parientes artificiales a los que no puedo soportar?
—No
hay nada extraordinario en el hecho de que una persona tenga un pariente que no
puede soportar —afirmé—. ¿No le parece que ese tipo de cosas ha estado
ocurriendo durante un millón de años, señor Grasso?
Y
luego le dije algo muy obsceno. No tengo ninguna tendencia a proferir
obscenidades, como este mismo libro lo demuestra. En todos los años de mi vida
pública jamás le lancé una grosería al pueblo de los Estados Unidos.
De
modo que cuando hablé en forma soez resultó tremendamente efectivo. Lo hice
para destacar lo bien que mi nueva organización social se adaptaría a los seres
humanos comunes y corrientes.
El
señor Grasso no fue el primero que escuchó mis sorprendentes vulgaridades.
Incluso las había empleado por la radio. Por ese entonces ya no existía la
televisión.
—Señor
Grasso —comencé—, personalmente me sentiré muy decepcionado si, después de mi
elección, usted no le dice a los parientes artificiales que odia: Hermano o
hermana o primo o prima, según sea el caso, ¿por qué no se fornica una
rosquilla voladora? ¿Por qué no da un salto y se fornica la luuuuuuuuuuuuuna?
—Imagínese
además cómo mejora su situación, si se lleva a efecto la reforma, cuando se le
acerca un mendigo a pedirle dinero.
—No
entiendo —dijo el hombre.
—Es
muy fácil. Usted simplemente le pregunta: ¿Cuál es su apellido intermedio? Y él
le responderá Ostra-19 o Garbanzo-1 o Malva-13 o cualquier cosa por el estilo.
Y usted le puede decir: Amigo, ocurre que yo soy un Uranio-3. Usted tiene
190.000 primos y primas y diez mil hermanos y hermanas. No se puede decir que
esté solo en el mundo. Yo ya tengo suficiente con encargarme de mis propios
parientes. De modo que, ¿por qué no se fornica una rosquilla voladora? ¿Por qué
no da un salto y se fornica la luuuuuuuuuuuuuna?
Capítulo
34
CUANDO
me eligieron, la escasez de combustible era tan aguda que el primer problema
grave que tuve que afrontar después de mi toma de posesión del cargo fue
conseguir electricidad suficiente para hacer funcionar las computadoras que
promulgarían los nuevos apellidos.
Di
órdenes para que carros, caballos y soldados del maltrecho ejército que había
heredado de mi predecesor, transportaran toneladas de papel de los Archivos
Nacionales a la central eléctrica. Todos los papeles pertenecían a la
administración de Richard M. Nixon, el único presidente que fue obligado a
renunciar.
Yo
mismo fui a los Archivos a vigilar el traslado. Dirigí unas palabras a los
soldados y a los pocos transeúntes desde las gradas. Dije que el señor Nixon y
sus cómplices se habían trastornado a causa de una soledad de tipo
especialmente virulento.
—Prometió
unirnos, pero lo que hizo fue separarnos —manifesté—. Pero ahora,
¡abracadabra!, conseguirá después de todo reunimos.
Posé
para los fotógrafos bajo la inscripción de la fachada de los Archivos, la cual
dice: EL PASADO ES EL PRÓLOGO.
—Básicamente
no eran criminales —continué—. Pero ansiaban formar parte del espíritu fraterno
que veían en el crimen organizado.
«En
este lugar se ocultan tantos crímenes cometidos por funcionarios del Gobierno
aquejados de soledad —dije— que la inscripción muy bien podía decir: Más vale
tener una familia de criminales que estar solo en el mundo.
»Creo
que en este momento estamos señalando el fin de la era de tales trágicos
sucesos. Ha terminado el prólogo, amigos, vecinos y parientes. Dejen que
comience ahora la parte más importante de mi noble tarea.
«Gracias
—concluí.
No
hubo grandes periódicos ni revistas que publicaran mis palabras. Las enormes
plantas impresoras habían cerrado por falta de combustible. Tampoco había
micrófonos. Sólo la gente que estaba allí.
Hi
ho.
Entregué
a los soldados una condecoración especial para conmemorar la ocasión. Consistía
en una cinta de color azul pálido de la que colgaba un botón de plástico.
Les
expliqué, bromeando sólo a medias, que la cinta representaba «El pájaro azul de
la felicidad». Y en el botón estaban escritas las siguientes palabras, por
supuesto:
Capítulo
35
ES
media mañana aquí, en el Parque Nacional de los Rascacielos. La gravedad es muy
ligera, pero Melody e Isadore no trabajarán hoy en la pirámide del bebé. En
cambio vamos de merienda al techo del edificio. Los muchachos se muestran muy
simpáticos porque sólo faltan dos días para mi cumpleaños. ¡Qué divertido!
¡No
hay nada que les guste más que celebrar un cumpleaños!
Melody
está desplumando el pollo que nos trajo esta mañana un esclavo de Vera
Ardilla-5 Zappa. También nos trajo dos barras de pan y dos litros de espumante
cerveza. Trató de mostrar mediante gestos lo alimenticio que nos estaba
resultando. Apretó las bases de las botellas de cerveza contra sus tetillas
como si tuviera pechos que daban cerveza.
Nos
reímos. Batimos palmas.
Melody
lanza un enjambre de plumas al cielo. A causa de la baja gravedad se la tomaría
por una bruja blanca. Cada vez que hace chasquear los dedos vuelan mariposas.
Tengo
una erección. Isadore también. Todos los hombres la tienen.
Isadore
barre el vestíbulo con una escoba de ramas que él mismo se ha fabricado. Está
cantando una de las dos únicas canciones que sabe. La otra es «Cumpleaños
Feliz». Esa es la realidad, y además he de decir que no tiene oído, de modo que
entona con monotonía.
Rema,
remero,
por
el estero.
Rema
risueño
que
la vida es sueño.
En
este momento recuerdo un día en el sueño de mi vida, deshaciendo mucho camino,
en el que recibí una afectuosa carta del presidente de mi país, que casualmente
era yo mismo. Como un ciudadano cualquiera, esperaba en ascuas que el ordenador
me dijera cuál iba a ser mi nuevo apellido.
El
presidente me felicitaba por mi nuevo apellido intermedio. Me pedía que lo
utilizara al firmar y lo pusiera en el buzón de mi casa, en los membretes, en
las guías telefónicas, etc. Me explicaba que el nombre había sido elegido por
inmaculado azar y que no pretendía reflejar mi personalidad, ni mi aspecto ni
mi pasado.
Me
ofrecía ejemplos engañosamente simples y casi sin sentido de cómo ser útil a
mis parientes artificiales: encargarme de regar las plantas mientras estaban
fuera de casa, cuidar a sus bebés para que ellos pudieran salir durante una
hora o dos, darles la dirección de un dentista verdaderamente indoloro,
despachar una carta, acompañarles cuando tienen que ir al medico y se sienten
asustados, visitarles en la cárcel o en el hospital, permanecer junto a ellos
cuando ven una película de terror.
Hi
ho.
Yo
estaba encantado con mi nuevo apellido. Ordené de inmediato que mi despacho de
la Casa Blanca fuese pintado de color amarillo pálido para celebrar el hecho de
que me había convertido en un Narciso.
Y
mientras daba las instrucciones correspondientes a mi secretaria privada, la
señorita Hortense Almizcle-13 McBundy, para que se cambiara el color de mi
despacho, apareció uno de los friegaplatos de la cocina de la Casa Blanca. La
timidez le impedía declarar su propósito. Se sentía tan avergonzado que cada
vez que intentaba hablar se ahogaba.
Cuando
finalmente logró articular palabra, lo abracé. Había surgido de las humeantes
profundidades para decirme valientemente que él también era un Narciso-11.
—¡Hermano!
—exclamé.
Capítulo
36
¿HUBO
alguna oposición a este nuevo sistema social? Claro que sí. Y, como Eliza y yo
habíamos predicho, la idea de ampliar las familias en forma artificial les
produjo a mis enemigos tal furia que formaron su propia familia artificial
políglota.
También
usaron botones durante la campaña, y siguieron llevándolos mucho tiempo después
de que yo fuera elegido presidente. Era inevitable que esos botones dijeran
literalmente:
No
pude dejar de reírme, incluso cuando mi propia esposa, de soltera Sophie
Rothschild, comenzó a llevar uno de esos botones.
Hi
ho.
Sophie
se puso furiosa cuando recibió una carta circular del presidente, que
casualmente era yo, en la que se le informaba que dejaba de ser una Rothschild.
Debía convertirse, en cambio, en un Cacahuete-3.
Lo
siento, pero, repito, no pude dejar de reírme.
Sophie
hirvió de rabia durante varias semanas. Finalmente, una tarde en que la
gravedad era particularmente pesada, llegó arrastrándose hasta mi despacho para
decirme que me odiaba.
No
me dolió.
Como
ya he dicho, me daba perfecta cuenta de que no tengo la madera con la que se
hacen los matrimonios felices.
—Francamente,
nunca imaginé que fueras capaz de llegar a este extremo, Wilbur —me dijo—.
Sabía que estabas loco, igual que tu hermana. Pero nunca pensé que irías tan
lejos.
Sophie
no tenía que levantar la vista para mirarme. Yo también estaba en el suelo,
boca abajo, con el mentón apoyado sobre una almohada. Leía un fascinante
informe sobre algo ocurrido en Urbana, Illinois.
Como
no le presté toda mi atención, me preguntó:
—¿Qué
es eso que estás leyendo? Aparentemente lo encuentras mucho más interesante que
yo.
—Bueno
—contesté—, durante muchos años he sido el último norteamericano que habló con
un chino. Eso ya ha dejado de ser cierto. Hace unas tres semanas, una
delegación de chinos hizo una visita a la viuda de un físico, en Urbana.
Hi
ho.
—Desde
luego no quiero hacerte perder tu valioso tiempo —me dijo—. Indudablemente
siempre estuviste más cerca de los chinos que de mí.
En
la Navidad yo le había regalado una silla de ruedas para que se trasladara por
la Casa Blanca en los días de gravedad pesada. Le pregunté por qué no la
utilizaba, y añadí:
—Me
da mucha pena verte arrastrándote en cuatro patas.
—Ahora
soy un Cacahuete —replicó—. Los Cacahuetes viven muy cerca de la tierra. Los
Cacahuetes son famosos por lo rastreros. Son los más ordinarios y los más
rastreros.
En
esas primeras etapas del proceso, me pareció fundamental que no se permitiera a
la gente cambiar el apellido que le había asignado el Gobierno. Fue un error
mostrarse tan rígido en ese aspecto. Actualmente aquí, en la isla de la Muerte,
y en casi todas partes, se realiza todo tipo de cambios de apellido. No veo que
eso cause ningún daño. Pero me mostré duro con Sophie.
—Supongo
que querrás ser un Águila o un Diamante —le dije.
—Quiero
ser una Rothschild —replicó.
—Entonces
quizás deberías trasladarte a Machu Picchu.
La
mayoría de sus parientes se encontraban allí.
—¿Tu
sadismo llega realmente a tal punto —dijo— que para demostrar mi amor tendré
que amparar a esos desconocidos que ahora empiezan a reptar de entre las rocas
como si fueran lagartijas? ¿Como ciempiés? ¿Como babosas? ¿Como gusanos?
—No
es para tanto —repliqué.
—¿Cuándo
fue la última vez que te asomaste a ver el desfile de monstruos que tenemos frente
a la casa? —preguntó.
Todo
el perímetro de la Casa Blanca se veía diariamente infestado de gente que
llegaba hasta la verja para afirmar que eran nuestros parientes artificiales.
Recuerdo
haber visto dos enanos que sostenían un estandarte con la siguiente leyenda:
«Las flores al poder».
También
vi a una mujer que llevaba una chaqueta de campaña del ejército sobre un traje
de noche color malva. Se había puesto un anticuado casco de aviador con gafas y
todo, y portaba una pancarta que decía: «Mantequilla de cacahuete».
—Sophie
—dije—, la que está ahí fuera no es gente común y corriente. No te equivocas al
decir que han reptado de entre las rocas como lagartijas o babosas o gusanos.
Nunca han tenido ni un amigo ni un pariente. Toda la vida se han visto
obligados a decirse a si mismos que tal vez alguien se equivocó al enviarlos a
este Universo; nadie nunca les ha dado la bienvenida ni les ha ofrecido algo
que hacer.
—Les
odio— dijo.
—Adelante
—repliqué—, me parece que no es mucho el daño que puedes hacer con eso.
—No
me imaginé que llegarías tan lejos, Wilbur. Pensé que te contentarías con ser
presidente. No pensé que serías capaz de estos extremos.
—Pues
bien, me alegro de haberlo hecho. Y me alegra tener que preocuparme de la gente
que está ahí fuera, Sophie. Son ermitaños aterrados que se han atrevido a salir
de entre las rocas porque se han promulgado leyes humanitarias. Aturdidos,
buscan los hermanos y hermanas, los primos y primas que el presidente les ha
proporcionado de pronto, sacados del tesoro social de la nación, hasta este
momento sin explotar.
—Estás
loco —dijo.
—Es
muy probable —repliqué—. Pero cuando vea a esa gente ahí fuera encontrarse unos
con otros no se tratará de una alucinación.
—Se
merecen —comentó ella.
—Exactamente,
y merecen también algo más que les va a ocurrir ahora que se atreven a hablar
con desconocidos. Observa, Sophie. La simple experiencia de la compañía les
permitirá subir por las gradas de la evolución en cuestión de horas o días, o
semanas como máximo. No será una alucinación cuando les vea convertirse en
seres humanos después de haber sido durante tantos años, como dices tú, Sophie,
lagartijas, ciempiés, babosas y gusanos.
Hi
ho.
Capítulo
37
SOPHIE
pidió el divorcio, por supuesto, y cogió sus joyas, sus pieles, sus cuadros,
sus ladrillos de oro, etc., y se fue a un condominio en Machu Picchu, Perú.
Creo
que prácticamente lo último que le dije fue:
—¿Ni
siquiera puedes esperar a que confeccionemos las guías de los grupos
familiares? Estoy seguro de que descubrirás que estás emparentada con muchos
hombres y mujeres distinguidos.
—Yo
ya tengo parientes distinguidos —replicó—. Adiós.
Para
poder reunir y publicar las guías de los grupos familiares, tuvimos que sacar
más papel de los Archivos Nacionales y trasladarlo a la central eléctrica. Esta
vez seleccioné expedientes del período presidencial de Ulysses Simpson Grant y
Warren Gamaliel Harding. No pudimos proporcionar a cada ciudadano un ejemplar.
Todo lo que conseguimos fue un juego completo para cada gobernación,
ayuntamiento, cuartel de policía y biblioteca pública del país.
No
pude evitar un gesto de codicia: Antes de que Sophie me abandonara, pedí que
nos enviaran una guía de Narcisos y otra de Cacahuetes. Tengo conmigo la guía
de Narcisos aquí en el Empire State. Vera Ardilla-5 Zappa me la regaló para mi
cumpleaños el año pasado. Es una primera edición, la única que llegó a
publicarse.
Y
gracias a ella me enteré de que entre mis nuevos parientes se encontraban
Clarence Narciso-11 Johnson, Jefe de Policía de Batavia, Nueva York, Mohamed
Narciso-11 X, ex campeón mundial de boxeo en la categoría de los semi pesados,
y María Narciso-11 Tcherkassky, la Prima Ballerina del ballet de la Ópera de
Chicago.
Y en
cierto modo me alegro de que Sophie nunca llegara a ver la guía de su grupo
familiar. Los Cacahuetes parecían realmente un grupo bastante prosaico.
El
más famoso que recuerdo era una figura de segunda categoría de las carreras
sobre patines.
Hi
ho.
Entonces,
después de que el Gobierno proporcionara las guías, la libre empresa produjo
los periódicos familiares. El mío era Las Narci-noticias. El de Sophie, que
siguió llegando a la Casa Blanca mucho tiempo después de que ella se hubiera
ido, era El Rumor de la Tierra. Vera me dijo el otro día que el de las Ardillas
se llamaba La Madriguera.
En
los anuncios económicos, los parientes pedían trabajo o capital para sus
empresas y ofrecían incluso cosas en venta. Las nuevas columnas mencionaban los
triunfos de diversos miembros del grupo y prevenían contra otros que eran
depravados o estafadores. Se publicaban listas de familiares a los que se podía
visitar en distintas cárceles y hospitales.
Había
editoriales que exigían programas de seguridad social, actividades deportivas,
etc. Recuerdo un interesante ensayo, publicado en Las Narci-noticias o en El
Rumor de la Tierra, en el que se sostenía que las familias de elevados
principios morales eran las que mejor contribuían a mantener la ley y el orden,
y que se podía esperar que desaparecieran los organismos policiales.
«Si
usted se entera de que algún pariente participa en actividades delictivas»,
terminaba diciendo, «no avise a la policía. Llame a otros diez parientes.»
Y
cosas por el estilo.
Vera
me dijo que el lema de La Madriguera había sido el siguiente: «Un buen
ciudadano es un buen hombre de familia o una buena mujer de familia».
Cuando
las nuevas familias comenzaron a indagar sobre sí mismas, se encontraron
algunas curiosas estadísticas. Casi todos los Pachysandras, por ejemplo, sabían
tocar un instrumento musical, o por lo menos cantaban afinadamente. Tres de
ellos dirigían importantes orquestas sinfónicas. La viuda de Urbana que había
recibido la visita de los chinos era una Pachysandra. Daba clases de piano y
con eso se mantenían ella y su hijo.
Las
Sandías, por regla general, pesaban un kilo más que los miembros de las otras
familias.
Las
tres cuartas partes de los Azufres eran mujeres.
Y
así hubo muchos casos.
En
cuanto a mi familia, había una extraordinaria concentración de Narcisos en
Indianápolis y sus alrededores. El periódico familiar se publicaba allí. En la
primera página, junto al nombre, se leía: «Impreso en la Ciudad de los
Narcisos, EE.UU.»
Hi
ho.
Aparecieron
los clubs familiares. Corté personalmente la cinta en la inauguración del Club
Narciso aquí en Manhattan, en la calle 43, muy cerca de la Quinta Avenida.
Fue
una experiencia que me dio qué pensar, aunque estaba drogado por el
tri-benzo-conductil. Una vez yo había pertenecido a otro club y a otro tipo de
familia artificialmente ampliada, que tenía la misma sede. Mi padre, mis
abuelos, y mis cuatro bisabuelos también habían sido miembros del club.
El
edificio había servido una vez de refugio para hombres ricos y poderosos, y
bastante entrados en años.
En
ese momento estaba lleno de mujeres y niños, de ancianos que jugaban a las
damas o al ajedrez o que simplemente soñaban, de muchachos que aprendían a
bailar o jugaban a los bolos o se entretenían en las máquinas tragaperras.
No
pude dejar de reírme.
Capítulo
38
FUE
precisamente durante esa visita a Manhattan cuando vi el primer Club de los
Trece. Según me habían dicho, había docenas de esos disipados establecimientos
en Chicago. Ahora Manhattan tenía el suyo.
Eliza
y yo no habíamos contado con que toda la gente que tuviera el número 13 junto
al nombre se agruparía en forma casi inmediata para formar la familia más
numerosa de todas.
Y
ciertamente que sufrí las consecuencias de mis propias medidas cuando le
pregunté al portero del Club de los Trece de Manhattan si me dejaba entrar a
dar un vistazo. El interior se veía muy oscuro.
—Señor
presidente —me dijo—, con todo respeto permítame preguntarle, ¿es usted un
Trece?
—No
—le respondí—, usted sabe que no lo soy.
—Entonces
—replicó—, me veo obligado a decirle lo que tengo que decirle. Con todo el
respeto imaginable, señor, ¿por qué no se fornica una rosquilla voladora? ¿Por
qué no da un salto y se fornica la Iuuuuuuuuuuuuuna?
Me
quedé extasiado.
Y
fue también durante esta visita cuando tuve las primeras noticias de la Iglesia
de Jesucristo Secuestrado. En ese tiempo era una pequeña secta establecida en
Chicago, pero estaba destinada a convertirse en la religión de mayor éxito en
toda la historia del país.
Me
enteré de su existencia por un folleto que me entregó un pulcro y radiante
joven cuando cruzaba el vestíbulo de mi hotel en dirección a las escaleras.
Miraba con frecuencia a su alrededor de una manera que me pareció algo
excéntrica, como si esperara sorprender a alguien espiándole desde detrás de
una palmera o un sillón, e incluso encima de él, desde la araña de cristal.
Estaba
tan absorto en su tarea de lanzar ardientes miradas en todas direcciones que el
hecho de entregarle un folleto al presidente de los Estados Unidos no despertó
en él el menor interés.
—¿Puedo
preguntarle qué está buscando, joven ? —le dije.
—A
nuestro Salvador, señor —replicó.
—¿Usted
cree que Él está en este hotel?
—Lea
el folleto —contestó.
Así
lo hice, instalado en mi solitaria habitación, con la radio encendida.
En
la parte superior de la hoja se veía un primitivo cuadro de Jesús, de pie, con
el cuerpo de frente y la cabeza de perfil, como la sota de la baraja. Estaba
amordazado y esposado. En un tobillo tenía un grillete unido por una cadena a
un anillo, fijo en el suelo. Del párpado inferior de Su Ojo colgaba una lágrima
perfecta.
Bajo
la ilustración había una serie de preguntas y respuestas que decían lo
siguiente:
PREGUNTA:
¿Cómo se llama?
RESPUESTA:
Soy el reverendo William Uranio-8 Wainwright, fundador de la Iglesia de
Jesucristo Secuestrado, avenida Ellis 3872, Chicago, Illinois.
PREGUNTA:
¿Cuándo nos enviará Dios a su Hijo por segunda vez?
RESPUESTA:
Ya lo ha hecho. Jesús está aquí, entre nosotros.
PREGUNTA:
¿Por qué no hemos visto ni oído nada acerca de Él?
RESPUESTA:
Porque ha sido secuestrado por las Fuerzas del Mal.
PREGUNTA:
¿Qué debemos hacer?
RESPUESTA:
Debemos abandonar todo lo que estemos haciendo y emplear en su búsqueda todas
las horas de nuestra vigilia. Si no lo hacemos, Dios hará uso de Su Opción.
PREGUNTA:
¿Cuál es la Opción de Dios?
RESPUESTA:
Puede destruir a la Humanidad en el momento en que le plazca.
Hi
ho.
Esa
noche vi al joven cenando solo en el comedor. Me maravilló verle agitar la
cabeza en todas las direcciones sin dejar de comer y sin derramar una sola
gota. Incluso buscaba a Jesús debajo del plato y del vaso, y no sólo una vez,
sino en repetidas ocasiones. No pude dejar de reírme.
Capítulo
39
PERO
entonces, precisamente en el momento en que todo iba tan bien, cuando todo el
mundo era más feliz que nunca, aunque el país estaba en bancarrota y cayéndose
a pedazos, la gente comenzó a morir por millones víctima de la Influenza
Albana, en la mayoría de los sitios, y aquí en Manhattan a causa de la Muerte
Verde.
Y
ese fue el fin de la nación. Quedó reducida a algunas familias y nada más.
Hi
ho.
Se
formaron reinos y ducados y tonterías así, se organizaron ejércitos y se
construyeron fuertes, pero hubo poca gente que los admirara. Las familias ya
tenían bastante con el mal tiempo y la mala gravedad.
Y en
medio de todo esto, una noche de mala gravedad se desmoronaron los cimientos de
Machu Picchu. Los condominios, las boutiques, los bancos, los ladrillos de oro,
las joyas, las colecciones de arte precolombino, el teatro de la ópera, las
iglesias, todo rodó por las laderas de los Andes y se precipitó al mar.
Lloré.
Y
las familias pintaban por todos lados retratos de Jesucristo Secuestrado.
Durante
un tiempo la gente siguió enviando noticias a la Casa Blanca. Yo veía la muerte
por todos lados y esperaba morir.
La
higiene personal se descuidó rápidamente. Dejamos de bañarnos y de cepillarnos
los dientes con regularidad. Los hombres se dejaron barba y el pelo les llegaba
a los hombros.
Empezamos
a destruir la Casa Blanca casi sin pensarlo. Para abrigarnos, quemábamos
muebles, barandillas, paneles, marcos de pinturas, etc., en la chimenea.
Hortensia
Almizcle-13 McBundy, mi secretaria, murió de influenza. Mi ayuda de cámara,
Eduardo Fresa-4 Kleindienst, murió de influenza. La vice presidente, Mildred
Helio-20 Theodorides, murió de influenza.
Mi
consejero científico, el doctor Alberto Aguamarina-1 Piatigorsky, expiró en mis
brazos en el suelo de mi despacho.
Era
casi tan alto como yo. Debemos de haber sido todo un espectáculo ahí en el
suelo.
—¿Cuál
es el sentido de todo esto? —me repetía una y otra vez.
—No
lo sé, Alberto —respondí—. E incluso quizás me sienta feliz de no saberlo.
—¡Pregúntaselo
a un chino! —exclamó y comenzó su descanso eterno, como suele decirse.
De
vez en cuando sonaba el teléfono. Ocurría en tan escasas ocasiones que comencé
a contestarlo personalmente.
«Habla
el presidente», comenzaba. Y a lo mejor, a través de una comunicación débil y
llena de ruidos, me encontraba hablando con alguna especie de criatura
mitológica: El rey de Michigan, quizás, el gobernador de Florida para Casos de
Urgencia, o el alcalde suplente de Birmingham, o gente parecida.
Pero
a medida que pasaban las semanas disminuían las comunicaciones.
Finalmente
se interrumpieron totalmente.
Me
olvidaron.
Así
terminó mi mandato como presidente, cuando ya habían transcurrido tres cuartas
partes de mi segundo período presidencial.
Y
había algo muy importante que se me estaba agotando casi con la misma rapidez:
mi irreemplazable provisión de tri-benzo-conductil.
Hi
ho.
No
me atreví a contar las píldoras que me quedaban hasta que fueron tan pocas que
ya no pude evitarlo. Dependía en tal forma de ellas, les estaba tan agradecido,
que me parecía que mi vida iba a terminar con la última de las pastillas.
También
me estaba quedando sin personal. Muy pronto me vi sólo con un servidor. Todos
los demás o habían muerto o se habían marchado debido a que ya no se recibían
comunicaciones.
Mi
hermano, el fiel Carlos Narciso-11 Villavicencio, el friegaplatos al que había
abrazado el día en que me convertí en Narciso, fue el único que permaneció
junto a mí.
Capítulo
40
COMO
todo se había deteriorado tan rápidamente y ya no había quien actuara con
cordura, cultivé la manía de contar las cosas. Contaba las tablillas de las
persianas venecianas, los cuchillos, cucharas y tenedores en la cocina, contaba
los mechones de la colcha de la cama de Abraham Lincoln.
Un
día me hallaba contando las barras de una barandilla, a gatas sobre la
escalera, aunque la gravedad era regular con tendencia a liviana. Y de pronto
me di cuenta de que un hombre me miraba desde abajo.
Llevaba
un traje de ante, mocasines, un sombrero de piel de mapache, y un rifle.
Santo
Dios, presidente Narciso, me dije a mí mismo, esta vez sí que has perdido la
chaveta. Ahí abajo está el famoso Daniel Boone.
Y
luego otro hombre se unió al primero. Vestía como un piloto de guerra de los
tiempos, mucho antes de que me eligieran presidente, en que había una cosa que
se llamaba Fuerza Aérea de los Estados Unidos.
—Déjenme
adivinar —dije en voz alta—. O es el Día de los Inocentes o es el 4 de julio.
El
piloto pareció desagradablemente sorprendido por el estado de la Casa Blanca.
—¿Qué
ha ocurrido aquí? —dijo.
—Todo
lo que puedo decirle —contesté— es que se ha hecho historia.
—Esto
es espantoso —comentó. —Si usted cree que esto está mal —repliqué—, debería ver
cómo está la cosa aquí.
Y me
di unos golpecitos en la cabeza con las puntas de los dedos.
Ninguno
de ellos tenía la más mínima sospecha de que yo pudiera ser el presidente. Por
ese entonces yo ya era un mamarracho.
Ni
siquiera querían hablar conmigo, ni tampoco entre ellos, en realidad. Resultó
que no se conocían. Simplemente habían llegado al mismo tiempo por casualidad,
ambos con una misión urgente.
Inspeccionaron
las otras habitaciones y encontraron a mi Sancho Panza, Carlos Narciso-11
Villavicencio, que estaba preparando el almuerzo con galletas para travesías y
una lata de ostras ahumadas y algunas otras cosas que había encontrado. Y
Carlos los trajo de vuelta a donde yo estaba y los convenció de que yo era en
realidad el presidente de lo que él, con toda sinceridad, llamaba «el país más
poderoso del mundo».
Carlos
era un hombre muy tonto.
El
pionero traía una carta para mí de parte de la viuda de Urbana, Illinois, que
unos años antes había recibido la visita de los chinos. «Querido doctor Swain»,
comenzaba...
Soy
una persona común y corriente, una profesora de piano, que sólo tiene de
especial el haber sido la esposa de un gran físico, el haberle dado un hermoso
hijo, y después de su muerte, haber recibido la visita de una delegación de
chinos muy pequeños, uno de los cuales me dijo que su padre le había conocido.
El padre se llamaba Fu Manchú.
Los
chinos me hablaron del asombroso descubrimiento que había hecho mi marido, el
doctor Félix Bauxita-13 von Peterswald, antes de morir. Mi hijo, que a
propósito es un Narciso-11 como usted, y yo, hemos mantenido este
descubrimiento en secreto porque lo que revela sobre la situación de los seres
humanos en el Universo es sumamente desmoralizador, por no decir más. Tiene
relación con la verdadera naturaleza de lo que nos espera a todos después de la
muerte. Lo que nos espera, doctor Swain, es sumamente aburrido.
No
me resigno a llamarlo Cielo ni el Eterno Descanso ni ninguna de esas cosas. El
único nombre que puedo darle es el que le daba mi marido y el que también le
dará usted cuando se entere. Él lo llamaba el «Criadero de Pavos».
En
resumen, doctor Swain, mi marido descubrió un sistema para hablar con los
muertos que se encuentran en el Criadero de Pavos. Nunca me enseñó la técnica,
ni se la enseñó a mi hijo ni a nadie. Pero los chinos, que por lo visto tienen
espías en todas partes, de algún modo se enteraron. Vinieron a estudiar sus
diarios y examinaron también los restos del aparato.
Una
vez que hubieron descubierto el proceso, tuvieron la amabilidad de explicarnos,
a mí y a mi hijo, cómo realizar el escalofriante truco, si lo deseábamos. Ellos
se sentían muy decepcionados con el descubrimiento. Explicaron que era algo
nuevo para ellos pero que «sólo tiene interés para los miembros de los restos
de la Civilización occidental», cualquiera que sea el significado de estas
palabras.
He
confiado esta carta a un amigo que espera unirse a un importante núcleo de
parientes artificiales, los Berilios, en Maryland, que está muy cerca de usted.
Esta
carta está dirigida al «doctor Swain» y no al «señor presidente» porque su
contenido no tiene ninguna relación con los intereses nacionales. Se trata de
una carta sumamente personal para informarle que he hablado varias veces con su
difunta hermana Eliza a través del aparato de mi marido. Ella me ha comunicado
que es de extrema importancia que venga pronto aquí para que pueda hablar
directamente con usted.
Esperamos
ansiosos su visita. Por favor no se sienta insultado por la conducta de mi hijo
y hermano suyo, David Narciso-11 von Peterswald, que no puede dejar de proferir
obscenidades y hacer gestos groseros incluso en los momentos menos apropiados.
Padece el mal de Tourette.
Su
fiel servidora.
Wilma
Pachysandra-17 von Peterswald
Hi
ho.
Capítulo
41
ME
sentí profundamente conmovido, a pesar del tri-benzo-conductil.
Por
la ventana contemplé el sudoroso caballo del pionero, que pastaba en el crecido
césped de la Casa Blanca. Luego me volví hacia el mensajero.
—¿Cómo
llegó a sus manos esta carta? —pregunté.
Me
contó que sin querer había matado a un hombre en la frontera entre Tennessee y
Virginia Occidental. Aparentemente se trataba del amigo de Wilma Pachysandra-17
von Peterswald, el Berilio, a quien había confundido con un enemigo ancestral.
—Creí
que era Newton McCoy —explicó.
Cuidó
a su víctima con la esperanza de que se recuperara de sus heridas, pero murió
de gangrena. Sin embargo, antes de su muerte el Berilio le hizo prometer como
cristiano que entregaría la carta al presidente de los Estados Unidos.
Le
pregunté cómo se llamaba. —Byron Hatfield —contestó.
—¿Cuál
es el apellido que le proporcionó el Gobierno?
—Nunca
hicimos mucho caso de eso.
Resultó
que pertenecía a una de las pocas auténticas familias de parientes
consanguíneos extendida por el país, la cual además había estado en guerra
permanente con otra familia igual desde 1882.
—Nunca
nos gustaron mucho esos apellidos modernos —explicó.
El
pionero y yo estábamos sentados en sillones dorados de respaldo alto que, según
se decía, Jacqueline Kennedy había elegido para la Casa Blanca. El piloto,
instalado en otro de los sillones, esperaba alerta su turno para hablar.
Miré
la placa que llevaba sobre el bolsillo de la camisa. Decía lo siguiente:
C A
P I T Á N B E R N A R D O' H A R E
—Capitán
—dije—, usted es otro de esos que no se interesan por los apellidos modernos.
También
advertí que era demasiado entrado en años para ser sólo un capitán, incluso si
todavía existiera una cosa así. En realidad, andaba por los sesenta.
Llegué
a la conclusión de que era un loco que había encontrado el uniforme en alguna
parte. Supuse que su nuevo aspecto le había producido tal mezcla de regocijo y
vanidad que no había podido menos que exhibirse ante su presidente.
La
verdad es que se trataba de una persona totalmente cuerda. Durante los últimos
once años había estado apostado en el fondo de un secreto silo subterráneo en
el parque Rock Creek. No había oído nunca hablar de ese silo.
Pero
en su interior se ocultaba un helicóptero presidencial junto con miles de
galones de gasolina que verdaderamente no tenían precio.
Finalmente
se había decidido a emerger, violando sus instrucciones, según dijo, para
averiguar «qué diablos pasaba».
No
pude dejar de reírme.
—¿El
helicóptero está listo para volar? —pregunté.
—Sí,
señor, por supuesto —contestó.
En
los últimos dos años se había quedado solo a cargo de su mantenimiento. Los
mecánicos habían ido desapareciendo uno tras otro.
—Joven
—dije—, le voy a condecorar por esto.
Cogí
un botón de mi andrajosa solapa y lo coloque en su pecho.
Decía,
por supuesto, lo siguiente:
Capítulo
42
EL
pionero rehusó una condecoración similar. En cambio, pidió comida para poder
sobrevivir en su largo viaje de regreso a sus montañas natales.
Le
dimos lo que teníamos, es decir, la cantidad de galletas para travesías y
ostras ahumadas que cabían en sus alforjas.
El
capitán Bernard O'Hare, Carlos Narciso-11 Villavicencio y yo despegamos del
silo a la mañana siguiente. Había una gravedad tan saludable que nuestro
helicóptero se desplazó con el mismo esfuerzo con que lo haría un vilano
transportado por el viento. Cuando sobrevolamos la Casa Blanca, le hice una
seña con la mano.
—Adiós
—dije.
Mi
plan consistía en volar primero a Indianápolis, que había alcanzado una densa
población de Narcisos. Acudían de todas partes
Dejaríamos
allí a Carlos para que sus parientes artificiales lo cuidaran durante sus años
crepusculares. Yo estaba feliz de deshacerme de él. El pobre me aburría hasta
las lágrimas.
Informé
al capitán O'Hare que después iríamos a Urbana y luego a la casa de mi niñez en
Vermont.
—Después
de eso, capitán —prometí—, el helicóptero es suyo. Puede volar como un pájaro a
donde le plazca. Pero lo va a pasar muy mal si no adopta un buen apellido
intermedio.
—Usted
es el presidente —dijo—. Póngamelo usted.
—Yo
te nombro Águila-1 —dije.
Se
mostró sumamente complacido. Y la medalla le encantó.
Así
fue, todavía me quedaba un poco de tri-benzo-conductil y estaba tan fascinado
con la idea de ir a algún lugar después de haber estado encerrado tanto tiempo
en Washington que por primera vez en muchos años me puse a cantar.
Recuerdo
muy bien la canción. Era una que Eliza y yo solíamos cantar en secreto en
aquellos tiempos en que todavía creían que éramos retrasados mentales. La
cantábamos donde nadie pudiese escucharnos, en el mausoleo del profesor Elihu
Roosevelt Swain.
Y
ahora que lo pienso se la voy a enseñar a Melody y a Isadore para mi fiesta de
cumpleaños. Resultará muy apropiada cuando partan en busca de nuevas aventuras
en la Isla de la Muerte.
Dice
así:
Nos
vamos a ver al Mago,
al
maravilloso Mago de Oz.
* *
*
Si
hubo un mago entre los magos,
ése
fue el Mago de Oz.*
Etcétera.
Hi
ho.
Capítulo
43
MELODY
e Isadore se fueron a Wall Street a visitar a los Melocotones, la extensa
familia de Isadore. Una vez me propusieron que me convirtiera en un Melocotón.
Lo mismo le ocurrió a Vera Ardilla-5 Zappa. Ambos declinamos la invitación.
Yo
aproveché para salir solo y dar un paseo hasta la pirámide del bebé en
Broadway, esquina calle 42, luego seguí por la 43 hasta el antiguo Club
Narciso, que antes había sido la Asociación Secular, en seguida continué por la
48 hasta la casa que sirve de alojamiento para los esclavos de la granja de
Vera, y que en cierta época fue la casa de mis padres.
Me
encontré con Vera en la escalinata de la casa. Sus esclavos se hallaban en lo
que había sido el parque de las Naciones Unidas sembrando sandías, maíz Y
girasoles. Les oía cantar Ol' Man River. Eran perpetuamente felices.
Consideraban que tenían la gran suerte de ser esclavos.
Todos
eran Ardillas-5 y unas dos terceras partes de ellos habían sido Melocotones.
Los que deseaban convertirse en esclavos de Vera tenían que cambiar el apellido
intermedio por el de Ardilla-5.
Hi
ho.
Normalmente
Vera colaboraba con sus esclavos. Le encantaba el trabajo duro. Pero en ese
momento la encontré jugando con un hermoso microscopio Zeiss que uno de sus
esclavos había desenterrado de las ruinas de un hospital el día anterior. El
envoltorio original de fábrica lo había protegido a través de los años.
Vera
no había advertido mi presencia. Miraba por el ocular y movía botones con la
seriedad y la ineptitud de un niño. Resultaba obvio que nunca en su vida había
manejado un microscopio.
Me
acerqué sigilosamente y le dije:
—¡Bu!
Se
echó hacia atrás violentamente.
—Hola
—añadí.
—Casi
me matas del susto —dijo.
—Lo
siento —repliqué, y me reí.
Estas
antiguas bromas nunca pierden actualidad. Me alegro de que sea así.
—No
veo nada —dijo, refiriéndose al microscopio.
—Eso
sólo sirve para examinar retorcidos animalitos que quieren matarnos y
devorarnos —dije—. ¿Quieres verlos realmente?
—Estaba
mirando un ópalo —explicó.
Había
colocado un brazalete de diamantes y ópalos sobre el portaobjetos del
microscopio. Tenía una colección de piedras preciosas que habría valido
millones de dólares en tiempos antiguos. La gente le daba todas las joyas que
encontraba, del mismo modo que a mí me daban las palmatorias.
Las
joyas no servían para nada. Lo mismo ocurría con las palmatorias puesto que no
había velas en Manhattan. Por la noche la gente iluminaba sus casas con trapos
que ardían en tazones de grasa animal.
—Es
probable que encuentres la Muerte Verde sobre el ópalo —dije—. Es probable que
la encuentres en todas partes.
A
propósito, si no habíamos muerto de la Muerte Verde era porque tomábamos un
antídoto descubierto casualmente por los Melocotones, la familia de Isadore.
Si
aparecía algún alborotador, o un ejército de alborotadores, si vamos a eso,
sólo teníamos que suspender el antídoto y él o ella o ellos se exiliaban
rápidamente en la otra vida, en el Criadero de Pavos.
A
propósito, no había grandes científicos entre los Melocotones. Descubrieron el
antídoto por pura suerte. Comieron pescado sin limpiarlo y el antídoto,
contaminación que probablemente había quedado de tiempos antiguos, se
encontraba en las tripas del pescado.
—Vera
—dije—, si alguna vez consiguieras que ese microscopio funcionara, verías algo
que te partiría el corazón.
—¿Qué
me partiría el corazón? —preguntó.
—Verías
los pequeños organismos que causan la Muerte Verde —respondí.
—¿Y
por qué iba yo a llorar por eso?
—Porque
eres una mujer consciente. ¿No te das cuenta de que los matamos por trillones
cada vez que tomamos el antídoto?
Me
reí.
Ella
no se rió.
—La
razón de por qué no me río —explicó— es que al aparecer en forma tan
inesperada, has estropeado una sorpresa preparada para tu cumpleaños. Has
estropeado una parte de tu cumpleaños.
—¿Cómo
así?
—Donna
—dijo, refiriéndose a una de sus esclavas—, iba a regalarte esto para tu
cumpleaños. Pero ya no te llevarás una sorpresa.
—Vaya
—dije.
—Ella
pensó que era una palmatoria de super lujo.
Vera
me dijo en confianza que Melody e Isadore le habían hecho una visita unos días
antes y le habían dicho una vez más que esperaban con ilusión llegar a ser sus
esclavos.
—Traté
de explicarles que la esclavitud no es para todo el mundo —me dijo.
—Respóndeme
a esto —añadió—. ¿Qué va a pasar con todos mis esclavos cuando yo muera?
—No
te preocupes del mañana —le dije—, deja que el mañana se preocupe de sí mismo.
Cada día tiene bastante con su maldad. Amén.
Capítulo
44
ALLÍ,
en la escalinata de la casa, la vieja Vera y yo hicimos recuerdos de la batalla
del lago Maxincuckee, en Indiana septentrional. La había visto desde un
helicóptero en viaje a Urbana. Vera había estado en el fragor del combate junto
a su marido alcohólico, Lee Navaja-13 Zappa. Eran cocineros de una de las
cocinas de campaña del rey de Michigan.
—Todos
parecían hormigas ahí abajo —dije—, o bacterias bajo el microscopio. No nos
atrevimos a acercarnos mucho por temor a que nos derribaran.
—Eso
era lo que nosotros teníamos ganas de hacer —comentó.
—Si
te hubiera conocido entonces, habría intentado rescatarte.
—Eso
hubiera sido como tratar de rescatar un microbio entre un millón de microbios,
Wilbur.
Vera
no solo tenía que soportar el ruido de las balas y los obuses que pasaban
silbando por encima de la tienda donde estaba instalada la cocina, también
tenía que defenderse de su marido borracho. Solía golpearla en medio de las
batallas.
Le
puso los ojos morados, le fracturó la mandíbula y la arrojó fuera de la tienda.
Aterrizó de espaldas en el barro. Luego salió de la tienda para explicarle cómo
podía evitar palizas semejantes en el futuro.
Salió
justo a tiempo para que le atravesara con su lanza un soldado de caballería.
—¿Y
cuál crees tú que es la moraleja de esta historia? —le pregunté.
—Wilbur
—me dijo, poniendo su callosa mano sobre mi rodilla—, nunca te cases.
También
hablamos de Indianápolis, que yo había visitado en el mismo viaje. Ella y su
marido habían trabajado allí en un Club de los Trece, ella como camarera y él
de barman, antes de que se unieran al ejército del rey de Michigan.
Le
pregunté cómo era el club por dentro.
—Oh,
ya sabes —me dijo—, tenían gatos negros disecados, fuegos fatuos, ases de picas
clavados con dagas y todo eso. Yo solía llevar medias de malla, tacones
afilados, una máscara, etc. Las camareras, los barmans y el encargado de echar
a los alborotadores lucíamos colmillos de vampiros.
—Vaya
—dije.
—Nuestras
hamburguesas se llamaban Vampburguesas.
—Vaya,
vaya —repetí.
—Y
el zumo de tomate con un chorrito de ginebra era un elíxir de Drácula.
—Muy
apropiado —comenté.
—Era
como todos los clubs de los Trece. Pero nunca llegó a imponerse. Indianápolis
simplemente no era la ciudad indicada, aunque había muchos Treces allí. Era una
ciudad de Narcisos. Allí, si no eras un Narciso no eras nadie.
Capítulo
45
PERMÍTANME
que les diga una cosa: he sido recibido como multimillonario, como pediatra,
como senador y como presidente. Pero nada supera la sinceridad de la bienvenida
que me dieron en Indianápolis, Indiana, cuando me presenté como Narciso.
Allí
la gente era pobre y había sufrido la pérdida de muchos seres queridos, todos
los servicios públicos habían dejado de funcionar y todos estaban preocupados
por las batallas que se empeñaban no lejos de allí. Pero organizaron fiestas y
desfiles en mi honor, y en el de Carlos Narciso-11 Villavicencio también, por
supuesto, que hubiesen deslumbrado a la antigua Roma.
El
capitán Bernard Águila-1 O'Hare me dijo:
—¡Caramba,
señor presidente, de haber sabido esto, le hubiese pedido que me convirtiera en
Narciso. Así que le dije: —Yo te nombro Narciso.
Pero
la cosa más satisfactoria y educativa que vi allí fue la reunión semanal de los
Narcisos.
Incluso
voté en la asamblea, como también lo hicieron el piloto, Carlos, hombres y
mujeres, y los niños mayores de nueve años.
Con
un poco de suerte, podría haber resultado elegido presidente, aunque llevaba en
la ciudad menos de 24 horas. El presidente era elegido por sorteo entre los
asistentes. El ganador de esa noche fue una chica negra de once años llamada
Dorothy Narciso-7 Garland.
Estaba
perfectamente preparada para presidir la reunión y supongo que lo mismo ocurría
con cada uno de los asistentes.
Se
dirigió hacia el atril, que era casi tan alto como ella.
Esa
pequeña prima mía se subió a una silla sin sentirse ridícula ni pedir
disculpas. Dio un golpe con un martillo amarillo para imponer orden y comunicó
a sus callados y respetuosos parientes:
—Como
sabe la mayoría de ustedes, se encuentra entre nosotros el presidente de los
Estados Unidos. Si ustedes me lo permiten, le pediré que nos diga unas palabras
al término de la reunión. ¿Tendría alguien la bondad de presentar esto en forma
de moción?
—Propongo
que se pida al primo Wilbur que nos dirija la palabra al término de la reunión
—dijo un anciano que estaba sentado junto a mí.
La
moción fue apoyada y se procedió a votar de viva voz.
Con
excepción de unos cuantos aparentemente sinceros, y totalmente serios, «No»,
hubo aprobación.
Hi
ho.
El
asunto más urgente se refería a la selección de cuatro reemplazantes para los
cuatro Narcisos caídos en el servicio del rey de Michigan, que estaba en guerra
simultáneamente con los piratas de los Grandes Lagos y con el duque de
Oklahoma.
Recuerdo
que había un muchacho fornido, un herrero, en realidad, quien se dirigió a la
asamblea diciendo:
—Mándenme
a mí. Nada me gustaría más que matar a algunos «madrugadores», siempre que no
fuesen Narcisos, por supuesto.
Con
gran sorpresa mía, varios oradores atacaron su fervor militar. Se le dijo que
se suponía que la guerra no era divertida, que de hecho no lo era, que se
estaba hablando de una tragedia y que sería bueno que fuese poniendo cara
trágica porque de lo contrario sería expulsado de la reunión.
Los
«madrugadores» eran la gente de Oklahoma y, por extensión, cualquiera que
estuviese al servicio del duque de Oklahoma, lo cual incluía a los «faroleros»
de Missouri, los «peatones» de Kansas y los «gavilanes» de Iowa y muchos más.
Se
le dijo que los «madrugadores» eran también seres humanos, ni mejores ni peores
que los «catetos»; que eran los habitantes de Indiana.
Y el
anciano que propuso que se me permitiera hablar más adelante, se levantó y dijo
esto:
—Muchacho,
si puedes matar con alegría, no eres mejor que la Influenza Albana o la Muerte
Verde.
Yo
estaba impresionado. Me daba cuenta de que las naciones no podrían admitir
nunca que sus guerras eran verdaderas tragedias, en cambio las familias no sólo
podían hacerlo, sino que estaban obligadas a ello. ¡Bravo!
Sin
embargo, la razón principal por la que no se permitió al herrero ir a la guerra
fue que hasta ese momento tenía tres hijos ilegítimos de tres mujeres
diferentes «...y dos más en el horno», como dijo alguien. No le iban a permitir
que se fuera y abandonara a todos esos niños.
Capítulo
46
INCLUSO
los niños, los borrachos y los locos que asistían a la reunión parecían sagaces
conocedores de los procedimientos parlamentarios. La pequeña que estaba detrás
del atril dirigía la reunión en forma tan rápida y decidida que hacía pensar en
una especie de diosa con un haz de rayos bajo el brazo.
Sentí
un enorme respeto por estos procedimientos que hasta ese momento siempre me
habían parecido un solemne montón de tonterías.
Y
conservo ese respeto hasta tal punto que acabo de buscar el nombre del inventor
en la enciclopedia que guardo aquí en el Empire State.
Se
llamaba Henry Martyn Robert. Era un ingeniero graduado en West Point. Con el
tiempo llegó a ser general. Pero, poco antes de la Guerra Civil, cuando sólo
era un teniente destinado en New Bedford, Massachusetts, tuvo que dirigir una
reunión parroquial y perdió el control de la situación.
No
había reglas.
De
modo que este soldado se sentó y escribió un reglamento, que era el mismo que
seguí en Indianápolis. Se publicó bajo el título de Reglamento de Asambleas y
actualmente pienso que es uno de los cuatro grandes inventos que ha producido
nuestro país.
En
mi opinión, los otros tres son nuestras leyes fundamentales, los principios de
los Alcohólicos Anónimos y las familias ampliadas artificialmente que
imaginamos Eliza y yo.
A
propósito, los tres reclutas que los Narcisos de Indianápolis finalmente
eligieron para ser enviados al rey de Michigan era toda gente de la que se
podía prescindir fácilmente y que, según la opinión de los votantes, hasta ese
momento habían llevado una vida sin preocupaciones.
Hi
ho.
El
siguiente punto del orden del día se refería al albergue y la alimentación de
los Narcisos que empezaban a llegar a la ciudad de todas las zonas de combate
al norte del Estado.
La
asamblea una vez más desalentó a un entusiasta. Una joven muy bella pero
inconsecuente, y obviamente enloquecida por el altruismo, dijo que podía
albergar por lo menos a veinte refugiados en su casa.
Alguien
se levantó y le dijo que era un ama de casa tan incompetente que sus propios
hijos se habían ido a vivir con otros parientes.
Otra
persona señaló que era tan distraída que a no ser por los vecinos su perro
habría muerto de hambre, y que por descuido su casa se había incendiado tres
veces.
Esto
puede dar la impresión de que los asistentes a la reunión eran muy crueles.
Pero todos la llamaban «prima Grace» o «hermana Grace», según fuera el caso.
También era prima mía. Era una Narciso-13.
Además
ella sólo representaba un peligro para sí misma, de modo que nadie estaba
particularmente enfadado con ella. Según me dijeron, sus hijos se trasladaron a
otros hogares mejor organizados en cuanto aprendieron a caminar. Y creo que sin
lugar a dudas esta es una de las características más atractivas de nuestro
invento: había muchos padres y hogares que los niños podían hacer suyos.
La
prima Grace, por su parte, escuchó todas estas malas referencias como si le
resultaran muy sorprendentes, pero sin duda verdaderas. No huyó deshecha en
lágrimas. Se quedó hasta el final de la reunión obedeciendo el Reglamento de
Asambleas y se mostró amable y despabilada.
En
un momento en que se trataban los asuntos de actualidad, la prima Grace propuso
que cualquier Narciso que se alistara con los piratas de los Grandes Lagos o
con el ejército del duque de Oklahoma debería ser expulsado de la familia.
Nadie
apoyó esta moción.
Y la
pequeña que presidía la asamblea le dijo:
—Prima
Grace, tú lo sabes tan bien como cualquiera de los presentes: «El que vive como
Narciso muere como Narciso».
Capítulo
47
FINALMENTE
me llegó el turno de hablar.
—Hermanos,
hermanas, primos y primas —comencé—, vuestra nación se ha consumido. Como
podéis ver, vuestro presidente también se ha convertido en una sombra de su
antigua sombra. Ante vosotros sólo está vuestro chocho primo Wilbur.
—Para
nosotros, has sido un gran presidente, hermano Wilbur —gritó alguien desde las
últimas filas.
—Me
hubiese gustado dar a mi país paz y fraternidad —continué—. Lamento tener que
decir que no tenemos paz. La encontramos, la perdemos, volvemos a encontrarla y
volvemos a perderla. Gracias a Dios, las máquinas, por lo menos, han decidido
no combatir más. Ahora sólo queda la gente. Y, gracias a Dios, han dejado de
existir las batallas entre extraños. No me importa quién combata con quién;
todo el mundo tendrá familiares en el otro lado.
La
mayoría de los presentes en la reunión no sólo eran Narcisos, sino también
buscadores de Jesucristo Secuestrado. Descubrí que resultaba muy desconcertante
dirigirse a un público así. Dijera lo que dijera, no dejaban de mover la cabeza
bruscamente en todas direcciones con la esperanza de divisar a Jesús.
Pero
aparentemente me estaban escuchando porque aplaudían y aclamaban en los
momentos apropiados, así que seguí hablando.
—Y
como ya hemos dejado de ser una nación y sólo quedan las familias —proseguí—,
será mucho más fácil para nosotros dar y recibir clemencia en la guerra.
Poco
antes de venir aquí presencié una batalla que tuvo lugar en el Norte, en la
zona del lago Maxincuckee. Había caballos, lanzas, rifles, cuchillos, pistolas
y uno o dos cañones. Vi cómo moría mucha gente. También vi a muchos que se
abrazaban y parecía que gran número de soldados desertaban y por todos lados la
gente se rendía oficialmente. Estas son las noticias que les puedo dar de la
batalla del lago Maxincuckee: No fue una carnicería.
Capítulo
48
MIENTRAS
me encontraba en Indianápolis recibí por radio una invitación del rey de
Michigan. El tono era napoleónico. Decía que complacería al rey «conceder una
audiencia al presidente de los Estados Unidos en su Palacio de verano del lago
Maxincuckee». Añadía que los centinelas habían recibido instrucciones para
permitirme el paso, y que la batalla había terminado. «La victoria es nuestra»,
concluía.
De
modo que mi piloto y yo volamos hacia allá.
Dejamos
a mi leal servidor Carlos Narciso-11 Villavicencio para que pasara sus últimos
años entre sus innumerables parientes.
—Buena
suerte, hermano Carlos —le dije.
—Por
fin estoy en casa, señor presidente, hermano mío —replicó—. Gracias a usted y
gracias a Dios por todo. ¡Nunca más solo!
Mi
encuentro con el rey de Michigan hubiera sido calificado en otros tiempos como
«un momento histórico». Habría habido cámaras de la televisión, micrófonos y
periodistas. Pero en este caso sólo hubo algunos anotadores a los que el rey
llamaba sus «escribas».
Y
tenía razón al dar ese título arcaico a esa gente provista de un lápiz y un
papel. La mayoría de sus soldados prácticamente no sabían ni leer ni escribir.
El
capitán O'Hare y yo aterrizamos sobre el cuidado césped que crecía ante el
palacio de verano, que en una época había sido una academia militar privada.
Por todos lados había soldados de rodillas, los que se habían portado mal en la
última batalla, supongo, custodiados por miembros de la policía militar. Como
castigo, cortaban el césped con bayonetas, navajas y tijeras.
El
capitán O'Hare y yo entramos en el palacio entre dos filas de soldados. Supongo
que formaban una especie de guardia de honor. Cada uno enarbolaba una bandera
bordada con el tótem de su familia artificial: una manzana, un caimán, el
símbolo químico del litio, etc.
No
pude dejar de pensar que se trataba de una situación histórica gastada y
cómica. Aparte de las batallas, parece que la historia de las naciones sólo
consiste en que ancianos impotentes como yo, atiborrados de medicinas y
vagamente queridos en el pasado, se acerquen a besar las botas de jóvenes
psicópatas.
No
pude dejar de reírme para mis adentros.
Nos
hicieron pasar a las espartanas habitaciones privadas del rey. Era un salón
enorme donde en otro tiempo se debían celebrar los bailes de la academia. Ahora
allí había sólo un catre de campaña, una larga mesa cubierta de mapas, y un
montón de sillas plegables apoyadas contra una pared.
El
rey estaba sentado ante la mesa de los mapas y leía ostentosamente un libro que
resultó ser la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides.
De
pie detrás de él, había tres escribas con lápices y blocs.
No
había un lugar donde yo ni nadie pudiera sentarse.
Me
situé frente a él con mi sucio sombrero de ala ancha en la mano. No levantó la
vista de inmediato aunque el portero ciertamente me había anunciado a voces.
—¡¡Majestad
—había dicho el portero—, el doctor Wilbur Narciso-11 Swain, presidente de los
Estados Unidos!!
Finalmente
levantó la vista y me hizo gracia comprobar que era el vivo retrato de su
abuelo, Stewart Rawlings Mott, el médico que nos había cuidado a mi hermana y a
mí, en Vermont, hacía ya tanto tiempo.
No
me inspiraba el más mínimo temor. El tri-benzo-conductil me permitía sentir una
mezcla de curiosidad y hastío. La vida era una comedia burda y por ese entonces
yo ya había tenido bastante. Si el rey hubiese decidido arrojarme ante el
pelotón de fusilamiento, me hubiera parecido una perspectiva bastante
atractiva.
—Creíamos
que usted había muerto —dijo.
—No,
Majestad —contesté.
—Hemos
pasado mucho tiempo sin saber nada de usted.
—En
Washington D. C. —repliqué—, de vez en cuando se nos terminan las ideas.
Los
escribas tomaban nota de todo, de toda esta historia que se estaba diciendo.
El
rey levantó el lomo del libro para que yo pudiera leerlo.
—Tucídides
—dijo.
—Vaya
—comenté.
—Sólo
leo historia —añadió.
—Me
parece muy acertado para un hombre de su posición, Majestad.
—Los
que no aprenden lo que enseña la historia están condenados a repetirla.
Los
escribas tomaban nota a toda prisa.
—En
efecto —dije—. Si sus descendientes no estudian con atención nuestros tiempos,
se encontrarán una vez más con que han agotado las reservas de combustible del
planeta, que han muerto por millones a causa de la influenza y la Muerte Verde,
que el cielo se ha puesto amarillo por efecto del gas del aerosol desodorante,
que tienen por presidente a un viejo chocho de dos metros, y que son
ostensiblemente inferiores en espíritu e intelecto al diminuto pueblo chino.
A él
no le hizo gracia.
Me
dirigí directamente a los escribas, por encima de su cabeza.
—La
historia no es nada más que una lista de sorpresas. Sólo puede prepararnos para
quedar sorprendidos una vez más. Por favor, anoten eso.
Capítulo
49
RESULTÓ
que el joven rey tenía un documento histórico que deseaba que yo firmara. Era
muy breve. Yo reconocía que como presidente de los Estados Unidos de
Norteamérica ya no ejercía ningún poder sobre esa parte del continente vendida
por Napoleón Bonaparte a mi país, en 1803, hecho generalmente conocido como «la
compra de Luisiana».
Según
el documento, yo se la vendía por un dólar a Stewart Oropéndola-2 Mott, rey de
Michigan.
Puse
una firma lo más pequeña que me fue posible. Parecía una hormiga recién nacida.
—¡Que
tenga salud para disfrutarla! —dije.
El
territorio que le había vendido estaba en gran parte ocupado por el duque de
Illinois y, sin duda, por otros potentados y mandamases que yo desconocía.
Después
de eso, hablamos brevemente de su abuelo.
Luego
el capitán O'Hare y yo despegamos en dirección a Urbana, Illinois, para
celebrar una reunión electrónica con mi hermana, fallecida hacía ya tanto
tiempo.
Así
son las cosas, y en este momento me duele la cabeza y escribo con una mano
semiparalizada porque anoche celebré mi cumpleaños y bebí demasiado.
Vera
Ardilla-5 Zappa, transportada a través de la selva de ailantos en una silla de
manos y acompañada por un séquito de catorce esclavos, apareció cuajada de
diamantes. Me trajo vino y cerveza, con los cuales me emborraché. Pero el más
embriagador de todos los regalos fueron las mil velas que ella y sus esclavos
habían hecho en un molde colonial. Las colocamos en las vacías bocas de mis mil
palmatorias y las esparcimos sobre el suelo del vestíbulo.
Las
encendimos todas.
De
pie en medio de todas esas pequeñas y temblorosas luces, me sentí como si fuese
Dios metido hasta las rodillas en la Vía Láctea.
Epílogo
CON
la muerte del Dr. Swain se interrumpió su relato. Había comenzado el descanso
eterno.
En
todo caso, no había nadie que pudiese leer lo que había escrito, nadie que
pudiera criticarlo por los cabos sueltos que había dejado en ese cuento
inverosímil.
De
todos modos, con la reventa de la «compra de Luisiana» a un caudillo de
bandoleros —por un dólar que nunca recibió—, había llegado al clímax de la
historia.
Y
murió orgulloso de lo que él y su hermana habían hecho para reformar la
sociedad. Dejó estas palabras, quizás con la esperanza de que alguien se las
pusiera como epitafio:
¿Cómo
hacer frente entonces
a la
abrumadora fuerza
de
las rudas payasadas
del
hombre y de Dios?
Tranquilo
y sin miedo, gracias,
jugando
a rehacer nuestros sueños.
Nunca
llegó a mencionar el artilugio electrónico que le permitió volver a unir su
mente con la de su hermana y recrear el genio que habían sido en la niñez.
El
artilugio, llamado «El Trujamán» por los pocos que lo conocían, consistía en un
trozo de cañería de arcilla, aparentemente muy normal, que medía dos metros de
largo y veinte centímetros de diámetro. Estaba colocado tal cual sobre una caja
de acero que contenía los controles de un enorme acelerador de partículas. Este
acelerador era una pista magnética de carreras, en forma de tubo, para
entidades subatómicas, que serpenteaba sobre los campos de maíz en las afueras
de la ciudad.
Así
es.
Y en
cierto modo el Trujamán era un fantasma, ya que el acelerador de partículas
hacía ya mucho tiempo que había dejado de funcionar por falta de electricidad y
por falta de entusiastas de todo lo que era capaz de hacer.
Francis
Hierro-7 Trujamán, el encargado de la limpieza, colocó el trozo de cañería
sobre la caja y también dejó allí un momento el cubo que contenía su almuerzo.
De pronto oyó unas voces que provenían de la cañería.
Fue
a buscar al doctor Félix Bauxita-13 von Peterswald, el científico a quien había
pertenecido el aparato. Pero la cañería no volvió a hablar.
Sin
embargo, el doctor von Peterswald, con su deseo de creer en el ignorante señor
Trujamán, demostró que era un gran científico.
—El
cubo —dijo finalmente—, ¿dónde está el cubo?
Trujamán
lo tenía en la mano.
El
doctor von Peterswald le pidió que lo colocara exactamente como lo había hecho
antes.
La
cañería rápidamente se puso a hablar.
Los
que hablaban se identificaron como personas pertenecientes a la otra vida. En
segundo plano, se escuchaba un coro de gente que conversaba y se quejaba del
tedio, de los pequeños desaires que sufría, de dolencias sin importancia, etc.
Como
anotara el doctor von Peterswald en su diario secreto: «Se parecía mucho a lo
que uno escucharía al otro lado del teléfono en un lluvioso día de otoño, desde
un criadero de pavos mal llevado».
Hi
ho.
Cuando
el doctor Swain habló con su hermana Eliza a través del Trujamán, se hallaba en
compañía de Wilma Pachysandra-17 von Peterswald, la viuda del doctor von
Peterswald, y David Narciso-11 von Peterswald, su hijo de quince años, hermano
del doctor Swain y víctima del mal de Tourette.
El
pobre David sufrió un ataque justo en el momento en que el doctor Swain
comenzaba a hablar con Eliza a través del Gran Abismo.
David
trató de ahogar el involuntario torrente de obscenidades, pero sólo consiguió
subir el tono de voz en una octava.
—Mierda...
esputo... escroto... cloaca... ano... membrana mucosa... cerumen... orines...
El
doctor Swain perdió el control y, alto y anciano como era, se subió
involuntariamente sobre la caja. Se inclinó sobre la cañería para estar más
cerca de su hermana. Dejó que su cabeza colgara hacia abajo frente al extremo
de la cañería y sin darse cuenta tiró al suelo el cubo clave, interrumpiendo
así la comunicación.
—No
se oye nada —dijo el doctor. —Perineo... fornicación... mierda... glande...
monte de Venus... placenta —decía el muchacho.
La
viuda del doctor von Peterswald era la única persona sensata que se encontraba
a ese lado de la cañería, de modo que fue ella la que volvió a colocar el cubo
en el lugar correspondiente. Tuvo que encajarlo en forma más bien brutal entre
la cañería y la rodilla del presidente. Y de pronto se vio atrapada en una
posición grotesca, apoyada sobre la cubierta de la caja, con una mano extendida
y los pies a unos pocos centímetros del suelo. Junto con el cubo, el presidente
le había cogido firmemente la mano.
—Diga,
diga —decía el presidente, con la cabeza colgando.
Desde
el otro lado llegó un torrente de palabras ininteligibles, graznidos y
cloqueos.
Alguien
estornudó.
—Defecar...
semen... testículos... —decía el muchacho.
Antes
de que Eliza pudiese volver a hablar, la gente que la rodeaba sintió que el
pobre David era un espíritu hermano, tan indignado por la condición humana en
el Universo como ellos. De manera que lo animaron a seguir y aportaron nuevas obscenidades.
—Así
me gusta, muchacho —le decían.
Y lo
duplicaban todo.
—¡Doble
pene! ¡Doble clítoris! —decían—. ¡Doble mierda!
Etcétera.
Era
un verdadero manicomio.
De
todos modos, el doctor Swain y su hermana consiguieron unirse, y lo hicieron
con tan convulsiva intimidad que él se habría metido dentro de la cañería si
hubiese podido.
Así
ocurrieron las cosas, y lo que Eliza quería pedirle era que falleciera lo antes
posible para que pudiesen juntar las cabezas. Deseaba encontrar la manera de
mejorar ese lugar tan poco satisfactorio que llamaban «paraíso».
—¿Te
torturan? —preguntó él.
—No
—replicó Eliza—, me muero de aburrimiento. El que organizó esto, quienquiera
que sea, no sabía nada de los seres humanos. Por favor, hermano Wilbur, ten en
cuenta que esto es la Eternidad. ¡Esto es para siempre! ¡Donde tú estás ahora
no es nada en términos de tiempo! ¡Es un chiste! Vuélate la tapa de los sesos
tan pronto como puedas.
Y
cosas por el estilo.
El
doctor Swain le refirió los problemas que habían tenido los vivos a causa de
algunas enfermedades incurables. Los dos estudiaron la cuestión pensando como
un solo ser y resolvieron el misterio como si hubiera sido cosa de niños.
La
explicación era la siguiente: los gérmenes infecciosos de la influenza eran
marcianos cuya invasión al parecer había sido rechazada por los anticuerpos de
los organismos de los sobrevivientes, ya que por el momento había desaparecido
la epidemia.
La
Muerte Verde, por otra parte, era causada por unos chinos microscópicos, bien
intencionados y amantes de la paz. Pero a pesar de todo, resultaban
invariablemente mortales para los seres humanos de tamaño normal que los
inhalaban o ingerían.
Etcétera.
El
doctor Swain le preguntó a su hermana qué tipo de instrumento de comunicación
se utilizaba al otro lado, si acaso Eliza también estaba en cuclillas sobre un
trozo de cañería.
Eliza
le explicó que no había ningún aparato sino sólo una sensación.
—¿Qué
sensación? —preguntó.
—Tendrías
que estar muerto para comprenderlo —replicó.
—Inténtalo
de todas maneras.
—Es
como estar muerto.
—Una
sensación de muerte —dijo él, tanteando, tratando de comprender.
—Sí,
algo frío y húmedo.
—Ah.
—Sí
pero también es como estar rodeada de un enjambre de abejas invisibles. Tu voz
me llega desde las abejas.
Hi
ho.
Cuando
el doctor Swain hubo terminado esta penosa experiencia, sólo le quedaban once
tabletas de tri-benzo-conductil, médicamente elaborado en principio no como una
droga para presidentes, por supuesto, sino para combatir los efectos del mal de
Tourette. Y las once píldoras esparcidas sobre la palma de su enorme mano,
inevitablemente le parecieron las últimas partículas del reloj de arena de su
vida.
El
doctor Swain permanecía al sol junto al edificio del laboratorio que albergaba
el Trujamán. Con él estaban la viuda y su hijo. La viuda tenía el cubo, así que
era la única que podía hacer funcionar el aparato.
La
gravedad era ligera. El doctor Swain tenía una erección. Lo mismo le ocurría al
muchacho y al capitán Bernard Narciso-11 O'Hare, que se hallaba junto al
helicóptero.
Es
posible que los tejidos eréctiles del cuerpo de la viuda también se hubiesen
hinchado.
—¿Sabe
qué parecía cuando estaba encima de esa caja, señor presidente? —dijo el
muchacho. Se veía claramente la repulsión que le producía sucumbir a los
efectos de su enfermedad.
—No
—dijo el doctor Swain.
—El
mandril más grande del mundo tratando de fornicarse una pelota de fútbol —soltó
el muchacho.
Para
evitar los insultos de ese calibre, el doctor Swain le dio lo que le quedaba de
su provisión de tri-benzo-conductil.
Las
consecuencias de su renuncia al tri-benzo-conductil fueron espectaculares. El
doctor Swain tuvo que ser amarrado a una cama en casa de la viuda durante seis
días y seis noches.
En
algún momento de todo eso, le hizo el amor a la viuda y le dio un hijo que más
tarde se convertiría en el padre de Melody Oropéndola-2 von Peterswald.
Sí,
y en algún momento de todo eso, la viuda le transmitió lo que había aprendido
de los chinos: que habían llegado a manipular con éxito el Universo combinando
mentes compatibles.
Hizo
que el piloto lo trasladara a Manhattan, la Isla de la Muerte. Se proponía
morir allí para unirse con su hermana en la otra vida mediante la ingestión e
inhalación de comunistas chinos invisibles.
El
capitán O'Hare, que personalmente no deseaba morir, hizo descender al
presidente mediante un cable y un arnés y lo depositó en la terraza del Empire
State.
El
presidente pasó el resto del día allí arriba disfrutando de la vista. Y luego,
respirando profundamente cada dos o tres escalones, con la esperanza de inhalar
chinos comunistas, bajó por las escaleras. Anochecía cuando llegó abajo.
En
el vestíbulo había esqueletos humanos en podridos nidos de harapos. El hollín
de los antiguos fuegos dibujaba en las paredes la piel de una cebra.
En
uno de los muros había una pintura de Jesucristo Secuestrado.
Por
primera vez, el doctor Swain oyó el escalofriante revoloteo de los murciélagos
que abandonaban el metro por la noche.
Ya
se consideraba un hombre muerto, un hermano de los esqueletos.
Pero
seis miembros de la familia de los Melocotones, que habían observado su llegada
en helicóptero, salieron de pronto de sus escondites. Estaban armados con
cuchillos y lanzas.
Cuando
descubrieron quién era la persona a la que habían capturado, se mostraron
encantados. Era un tesoro para ellos; no porque se tratase del presidente, sino
porque había asistido a la Facultad de Medicina.
—¡Un
médico! —dijo uno—. Ahora sí que no nos falta nada.
Eso
fue lo que ocurrió, y no quisieron saber nada de su deseo de morir. Lo
obligaron a tragar un pequeño trapezoide de lo que parecía ser una especie de
mantequilla de cacahuete sin sabor. En realidad eran tripas de pescado hervidas
y deshidratadas, que contenían el antídoto para la Muerte Verde.
Hi
ho.
Fue
llevado inmediatamente al distrito financiero donde Hiroshi Melocotón-20
Yamashiro, el jefe de la familia, yacía mortalmente enfermo.
El
hombre parecía tener pulmonía. El doctor Swain sólo pudo hacer por él lo que
habría hecho un médico de hace un siglo, es decir que mantuviera el cuerpo
abrigado y la frente fresca. Y esperar. O le bajaba la fiebre o se moría.
Le
bajó la fiebre.
Como
premio, los Melocotones reunieron sus más preciosas posesiones en el vestíbulo
de la Bolsa de Nueva York para ofrecerlas al doctor Swain. Había una radio
reloj, un saxo alto, un juego completo de artículos de tocador, una pequeña
torre Eiffel con un termómetro en el interior, etc.
De
todos esos trastos y sólo para mostrarse cortés, el doctor Swain eligió una
palmatoria de bronce.
Y
así se originó la leyenda de que enloquecía por las palmatorias.
No
le gustaba la vida en común con los Melocotones, que le exigía entre otras
cosas sacudir la cabeza perpetuamente en todas direcciones en busca de
Jesucristo Secuestrado.
Así
que limpió el vestíbulo del Empire State y se estableció allí. Los Melocotones
le proporcionaban comida.
Y
pasó el tiempo.
En
algún momento de todo eso, llegó Vera Ardilla-5 Zappa y los Melocotones le
administraron el antídoto. Esperaban que llegaría a ser la enfermera del doctor
Swain.
Y de
hecho lo fue durante un tiempo, pero pronto comenzó su granja modelo.
Y
mucho tiempo después llegó la pequeña Melody, embarazada, y empujando sus
patéticas pertenencias en un cochecito de niño. Entre sus posesiones se
encontraba una palmatoria Dresden. Incluso en el reino de Michigan se sabía que
el rey de Nueva York estaba loco por las palmatorias.
En
la palmatoria de Melody se veía el coqueteo de un noble con una pastora a los
pies de un árbol envuelto por una exuberante vid.
La
palmatoria de Melody se rompió durante la última fiesta de cumpleaños del
anciano. Wanda Ardilla-5 Rivera, una esclava borracha, la volcó de un puntapié.
Cuando
Melody se presentó ante el Empire State y el doctor Swain salió a preguntarle
quién era y qué quería, ella se arrodilló ante él, y extendió sus pequeñas
manos para presentarle la palmatoria.
—Hola,
abuelo —dijo.
Él
vaciló un momento, pero luego la ayudó a levantarse.
—Entra
—dijo—, entra, entra.
En
esa época el rey de Nueva York no sabía que había engendrado un hijo después de
abandonar el tri-benzo-conductil en Urbana. Supuso que Melody era una
solicitante y admiradora más. Tampoco, durante este primer encuentro, soñó ni
por un momento que tenía descendientes en alguna parte. Nunca había tenido
muchos deseos de reproducirse.
De
modo que cuando Melody le proporcionó tímidos pero convincentes argumentos de
que ella era en realidad un pariente consanguíneo, tuvo una sensación como si,
según explicó más tarde a Vera Ardilla-5 Zappa, «se le hubiese abierto una
enorme vía de agua y que a través de esa repentina grieta hubiese penetrado una
niña embarazada y hambrienta, aferrada a una palmatoria de Dresden».
Hi
ho.
La
historia de Melody era la siguiente:
Su
padre, hijo ilegítimo del doctor Swain y la viuda de Urbana, era uno de los
pocos sobrevivientes de la llamada «Matanza de Urbana». Se vio en seguida
obligado a prestar servicio como tambor en el ejército del duque de Illinois,
perpetrador de la carnicería.
El
muchacho engendró a Melody a los catorce años. Su madre era una lavandera de
cuarenta años que se había unido al ejército. Melody recibió el nombre de
Oropéndola-2 para asegurarse de que fuese tratada con la máxima clemencia en
caso de que fuera capturada por las fuerzas de Stewart Oropéndola-2 Mott, rey
de Michigan y principal enemigo del duque.
De
hecho, fue capturada a los seis años, después de la batalla de Iowa, en la que
su padre y su madre perdieron la vida.
Hi
ho.
En
ese entonces la decadencia del rey de Michigan había llegado a tal extremo que
mantenía un harén de muchachas capturadas que tenían el mismo apellido
intermedio que él, el cual, por supuesto, era Oropéndola-2. La pequeña Melody
fue enviada a ese triste zoológico.
Pero
a medida que sus penosas experiencias se hacían más repugnantes, aumentaba la
fuerza interior que obtenía del recuerdo de las últimas palabras de su padre,
que fueron las siguientes:
—Eres
una princesa, la nieta del rey de las Palmatorias, del rey de Nueva York.
Hi
ho.
Luego,
una noche, robó la palmatoria de Dresden de la tienda del dormido rey. Se
arrastró por debajo del costado de la tienda y salió al mundo exterior,
iluminado por la luna.
Así
comenzó su increíble viaje hacia el Este, siempre al Este, en busca de su
legendario abuelo. Su palacio era uno de los edificios más altos del mundo.
Se
encontraría con parientes en todas partes, si no Oropéndolas por lo menos
pájaros y seres vivientes de alguna especie.
La
alimentaban y le señalaban el camino.
Uno
le dio un impermeable, otro un jersey y una brújula magnética, otro un
cochecito de niño, otro le dio un reloj despertador.
Otro
le dio una aguja e hilo, y también un dedal de oro.
Otro
la llevó en un bote al otro lado del río Harlem, a la Isla de la Muerte, con
riesgo de su propia vida.
Etcétera.
FIN

