Libro N°. 3083. Otra Mujercita. Alcott, Louisa May.
© Libro N°. 3083. Otra Mujercita.
Alcott, Louisa May. Colección E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Otra Mujercita. Louisa May Alcott
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OTRA MUJERCITA
Louisa May Alcott
LISBETH
LLEGA A LA CIUDAD
Tom,
es hora de ir a la estación...
Un
sonoro bostezo se elevó desde el sofá donde se hallaba repantigado un muchacho
de unos quince años, y una voz ahogada respondió:
―¡Te
espero!
―¡No!¡Yo
no voy!Hace muy mal tiempo.
―¿Cómo?
La
cabeza hirsuta del muchacho, coronada por enmarañados cabellos rojizos, surgió
bruscamente de entre los cojines; sus ojos grises cargados de estupor se
fijaron en la joven que, después de haber pronunciado aquellas inesperadas
palabras volvió a hundirse en la lectura de una apasionante novela.
―¡Cómo!¿Imaginas
que voy a ir solo a la estación para esperar a tu amiga, una chica a quien
jamás he visto?
La
joven lectora no pareció alterarse ante la indignación de su hermano y, sin
alzar la vista del libro, replicó con la mayor tranquilidad:
―no
haces más que cumplir con tu deber, querido, y si no fueses tan descortés
estarías encantado.
―Había
aceptado acompañarte, Fanny, lo cual ya era mucho. ¡No se puede ser amable
contigo; siempre abusas!
―¡Oh,
Tom; no exageres, por favor! Lisbeth es el ser más amable que existe y nada
arriesgas yendo a buscarla solo. Además, ya sabes cuánto insistió nuestra
abuela para que la trates gentilmente. Es la ahijada del doctor March y...
―¡Está
bien, ya lo sé!Todos los días me repites dos veces la misma historia. El doctor
March es aquel individuo que tuvo la desgracia de tener cuatro hijas, a las que
educó tan bien que siempre nos las ponen como ejemplo. Su ahijada es también
una especie de ángel y por eso tenemos que rendirle los honores de la ciudad...
―¡No!¡Sino
porque la pobre Lisbeth jamás salió de Su aldea!¡Sabes que Su madre es una
viuda con cinco hijos y sin fortuna!Y no es esto una razón para que te
retrases...
―Si
tienes prisa en verla, ve a buscarla tú misma. ¡A mí, me sobra tiempo! ¡Cuando
pienso que habrá que aguantarla durante un mes!
―¿Un
mes? ¡Espero que se quede más! ¡Insistiré para que permanezca aquí todo el
tiempo que sea posible! ¡Me gustaría que pase la Navidad con nosotros!
―si
intervengo yo puedes estar segura que se largará mucho antes, gruñó Tom,
convencido de que una chica es sólo una porción superflua de la humanidad.
―¡Ojalá
te oyese Granny!, replicó su hermana, empleando el cariñoso diminutivo con que
los niños solían designar a su abuela.
Nada
hubiera hecho admitir al joven Tom Shaw que el nombre de Granny ejercía alguna
influencia en él, pero la amenaza de su hermana tuvo un evidente efecto en su
conducta. No se dio prisa alguna, sin embargo; alisó sus ropas, tomó su gorra y
se dirigió hacia la puerta con paso desganado.
Ya
dispuesto a salir y con la mano sobre el picaporte, se volvió y preguntó:
―Cómo
voy a reconocerla, puesto que jamás la vi?
A
pesar de su aspecto bravucón, el muchacho parecía real mente angustiado, tan
sólo de pensar que antes de hallar a la que buscaba tendría que enfrentarse con
varias desconocidas.
―no
es difícil.
Fanny
echó mano de su última reserva de paciencia.
―es
algo menor que yo pero casi de la misma estatura. Tiene trece años, ojos
azules, cabellos castaños... ¡Pero no te preocupes!Estará sola, se detendrá
para buscarnos y te reconocerá ella misma. en mi última carta le describí cómo
eres.
―¡Entonces
no corro el riesgo de que acierte!, exclamó Tom mirándose rápidamente en el
espejo, convencido de que su hermana era incapaz de valorar el mechón rojizo
que adornaba su frente así como el encanto de la peculiar nariz que daba
expresión a su ros
―¡Vete,
Tom, por favor! Vas a llegar después del tren... ,'.Qué pensará Lisbeth de mí?
―Pensará
que te ocupas más de tus rizos que de tus amigas. r' habrá acertado.
Muy
satisfecho de haber enunciado claramente esta verdad. Tom abandonó por fin la
habitación, aunque con una lentitud que consideraba plena de dignidad.
Para
asegurarse que su hermano estaba realmente resignado a ir a la estación, Fanny
se acercó a la ventana y aumentó su fastidio verlo atravesar el jardín a paso
de tortuga, arrastrando con los pies todas las hojas secas que el jardinero no
había barrido todavía.
Si
yo fuese ministro ―pensó― obligaría, por ley, a que todos los muchachos vivan
encarcelados hasta la edad adulta.
Si
en vez de reanudar la lectura de las cautivantes peripecias de su novela, Fanny
hubiese seguido a su hermano con la mirada después que dobló la esquina, tal
vez habría modificado el concepto que el muchacho le merecía, pues Tom, al
saber que ya no lo vigilaban, cambió de comportamiento. Dejó de silbar, se
quitó las manos de los bolsillos, echó su gorra hacia atrás y se apresuró
cuanto le daban las piernas.
Llegó
a la estación rojo como un lagostino y jadeante como un caballo de carrera, en
el momento en que los primeros viajeros abandonaban el tren.
Esa
chica debe de estar vestida como todas y no parecerse a ninguna, pensó en
principio; luego, cambiando de opinión, agregó: "¡Al contrario, por ser
amiga de Fan deberá estar vestida como una excéntrica y parecer una
presumida!"
Pero
ninguna de esas dos conjeturas lo satisfizo. Por lo tanto, como un mártir
esperando el suplicio, el pobre muchacho se puso a escudriñar el abundante
flujo humano que desfilaba ante sus ojos. Cada muchacha que veía le inspiraba
temor y su corazón recomenzaba a latir sólo cuando comprobaba que la sospechosa
estaba en compañía o que se dirigía decididamente a un lugar definido.
¡Ahora
sí, debe ser ella!
La
mirada de Tom se detuvo en una joven fastuosamente vestida, que llevaba un
pequeñísimo sombrero en lo alto de un enorme moño y acababa de detenerse a un
costado del andén con aspecto extraviado.
¡Vamos!,
se dijo Tom, y se dirigió apelando a toda su valentía hacia la elegante joven.
―¡Perdone!¿Es
usted, por ventura, la señorita Lisbeth Milton?
―¡No!
¡Claro que no!, replicó la desconocida con una mirada glacial que hizo huir a
Tom.
¿Dónde
diablos estará?, se preguntó, reanudando su vigilancia. Pero de pronto se
volvió al oír pasos apresurados a sus espaldas. Una joven acudía hacia él
agitando la mano. Una mirada entre tímida y alegre le brillaba en los ojos
azules mientras le preguntaba:
―¿Tú
eres Tom, verdad?
―¡Sí!¿Cómo
lo sabes?, contestó Tom demasiado sorprendido para reparar que al responderle
le estrechaba maquinalmente la mano, olvidando todo El previsto y temido
ceremonial de este primer encuentro.
―¡Oh!
¡Era fácil! Fan me dijo que tienes cabellos rizados y una extraña nariz, que
silbas sin cesar y usas una gorra gris echada sobre los ojos. ¡No vacilé un
solo momento!
Lisbeth
sonreía amablemente al hablarle y evitó, con toda cortesía, agregar
"rojizos" después de cabellos, "respingada" después de
nariz y "vieja" antes de gorra, calificativos que habían sido
mencionados por Fanny y le habían ayudado mucho para reconocerlo.
―¿Dónde
está tu equipaje?, preguntó Tom, en quien se hacía presente El sentimiento del
deber, viendo que la joven le tendía Su bolso sin que él le hubiese propuesto
cargarlo.
―Entregué
mi papeleta a un changador..., y aquí está.
Lisbeth
se acercó a un hombre cargado con un baúl muy ordinario y Tom la siguió, un
poco molesto por su falta de atenciones respecto a la invitada de su hermana; a
pesar de todo, se le ocurrió llamar a un coche de alquiler.
Lisbeth
trepó ágilmente y se dejó caer sobre el asiento con el aspecto regocijado de
una colegiala en vacaciones exclamando:
―¡Adoro
los paseos en coche!¿Y tú?
―¡No!,
respondió Tom, nuevamente poseído de timidez al verse encerrado con una chica
dentro de los estrechos límites de un coche.
―¿Cómo
está Fan? ¿Por qué no vino?
―Teme
que la humedad perjudique sus rizos...
―¡Y
tú no temiste mojar los tuyos viniendo a buscarme!... Es gentil de tu parte.
La
frase pareció amable a Tom. Sus rizos rojizos eran uno de los puntos débiles de
su vida y compararlos con los hermosos bucles castaños de su hermana constituía
un notable elogio. Sin embargo, no sabiendo qué contestar, inclinó la cabeza
por la ventanilla y se obstinó en permanecer en esa postura sin ignorar que era
una descortesía, hasta que Lisbeth le preguntó qué vigilaba tanto. Entonces, se
apoderó de él el espíritu del mal.
―El
cochero ha bebido demasiado, contestó aparentando tranquila resignación.
―¡Qué
horror!¿Está ebrio? ¡Bajemos en seguida!La calle está en declive. ¿Crees que no
corremos peligro?
Lisbeth,
asustada, pasó a su vez la cabeza por la portezuela.
―si
nos ocurriese algún percance, hay bastante gente para levantarnos. pero tal vez
sea prudente que yo me siente junto a él...
Mientras
decía esa horrible mentira, una sonrisa iluminaba el rostro de Tom y se
alegraba tanto de haber encontrado ese espléndido motivo para escapar de allí
que no experimentaba el menor remordimiento.
―¡Oh,
por favor, si no tienes miedo, ve!Mamá se afligiría mucho si me sucediese algún
accidente, susurró Lisbeth.
―¡No
te preocupes!Me encargo del hombre y también de los caballos...
Tom
abrió la portezuela y dejó a la pobre Lisbeth temblando de miedo en el interior
mientras él se daba un atracón de maníes sentado en el pescante y conversando
con el cochero perfectamente sobrio.
En
cuanto Fanny oyó el coche, bajó corriendo la escalinata para recibir a su
"querida Lisbeth". Tom se la entregó con estas elegantes palabras,
pronunciadas en el tono de un cazador orgulloso de exhibir sus trofeos:
―¡Ya
ves, te la he traído!, y desapareció en su cuarto, familiarmente denominado su
guarida.
Lisbeth
fue inmediatamente conducida por su amiga al primer piso de la casa.
―¿Estás
fatigada? ¿No quieres descansar?
―¡De
ninguna manera!El viaje no tuvo incidente, excepto ese cochero ebrio. pero Tom
supo poner las cosas en Su lugar...
―¡Vaya
un cuento!¡No estaba ebrio!Es un embuste de Tom para librarse de ti. no soporta
a las chicas.
―¿Cómo?
¡A mí me pareció tan valiente, tan amable!
―Desconfía
de él, querida; es un monstruo. Todos los muchachos son monstruos, pero éste es
el peor de todos.
Lisbeth
no preguntó más. La confianza que depositara en Tom quedó quebrantada ―y habría
de estarlo durante muchos años― e íntimamente decidió evitar todo trato con ese
poco reconfortante personaje tan diferente de sus hermanos.
Fanny
no notó el suspiro que su amiga trató de ahogar a este solo pensamiento. Sabía
que algunos meses atrás Lisbeth había perdido un hermano mayor, Jimmy, pero no
concebía que una chica estuviese apenada mucho tiempo por la muerte de un
hermano. Además le quedaban dos más: Ned, el mayor de la familia, y Will, dos
años menor, así como dos hermanas menores que ella. Fanny, que hubiese deseado
ser hija única, solía atribuir sus propios sentimientos a los demás y apenas
preguntó a Lisbeth noticias de su familia.
Es
muy probable que Lisbeth no lo notara, pues estaba demasiado absorbida en
contemplar la habitación de Fanny, un hermoso cuarto blanco y rosado, que
compartiría con su amiga todo el tiempo de su permanencia con ella. Lisbeth
jamás había visto algo tan bonito.
Quedaba
extasiada ante cada detalle mientras Fanny la escuchaba sonriendo con cierta
condescendencia, pero también halagada.
―me
divierte pensar que nunca dormiste en una cama con cortinas o que no utilizaste
una mesa de tocador adornada con satén, pero te ruego que no se te ocurra
comentarlo delante de mis amigas.
―¿Por
qué no?
―porque
te hallarían ridícula...
―¡Ah!,
exclamó Lisbeth, súbitamente molesta.
¿Acaso
la gente de la ciudad la hallaría ridícula porque venía del campo? ¿Su pobreza
sería motivo de desdén para esos ricos? Lisbeth no había pensado en todos esos
problemas al aceptar tan alegremente la invitación de la familia Shaw, pero
desde los primeros minutos de su llegada entrevió el riesgo y se esforzó de
hacerle frente con toda la sencillez que sus padres le habían inculcado.
En
ese momento se oyeron gritos procedentes del rellano. ―Es Maud. Pasa todo su
tiempo llorando, explicó Fanny. La puerta se abrió bruscamente y entró una niña
de seis o siete años que, entre sollozos, exclamaba:
―¡Tom
se burla de mí! ¡Hazlo callar!
Pero
al ver a Lisbeth, el asombro interrumpió sus quejas. ―¡Vete a jugar con la
criada y déjanos tranquilas!, le dijo su hermana.
―No.
Kate no quiere jugar conmigo y es necesario que alguien me entretenga porque
soy huraña; lo dijo mamá...
Lisbeth
se echó a reír, mientras Maud, absorbida por sus ilusiones, repetía que estaba
huraña, como si se hubiese tratado de una interesante enfermedad.
Kate
vino a anunciar a Fanny que la modista le esperaba en el cuarto de vestir y
aprovechó para llevarse consigo a la pretendida enferma cuyos gritos
recomenzaron con creciente ímpetu. ―Vas a aburrirte si te quedas aquí, sola,
mientras me pruebo el vestido. ¿Quieres venir conmigo?, le dijo Fanny.
―Tengo
muchos deseos de ver a tu abuela. ¿Podría ser ahora?
―¡Por
cierto!Debí pensarlo antes... ¡Perdóname!Granny debe estar en la sala. ella
también está ansiosa por conocerte.
Cuando
Lisbeth entró en la amplia habitación, la halló desierta. Junto al hogar, un
enorme sillón de terciopelo parecía esperar a alguien, y la joven, inmóvil en
la orilla de la alfombra, sin atreverse a dar un paso, permaneció largo rato
contemplando ese simple mueble.
Ella
sabía que la madre del señor Shaw, a quien toda la familia denominaba Granny
con veneración y ternura, era una anciana dama, llena de indulgencia y
comprensión. Inmovilizada por la edad, pasaba días enteros en ese sillón
cosiendo o tejiendo labores destinadas a los pobres, sin conceder importancia a
los reproches que su nuera le dirigía por esa tarea tan' poco distinguida,
según decía ésta.
Como
el sillón seguía vacío y la habitación silenciosa, Lisbeth comenzó a andar de
un lado a otro, y halló muchos bellos objetos que le llamaron la atención.
Según su costumbre, canturreaba a media voz, descuidadamente; de pronto, una
exclamación brotó detrás de ella haciéndola sobresaltar.
―¡Qué
hermosa canción! ¡Sigue, por favor!
Y la
cabeza de Tom, aureolada por sus cabellos rojizos, asomó por encima del alto
respaldo de la silla tras la que se ocultaba.
―¡Oh,
me asustaste!¡Es una estupidez!¿Qué haces ahí?, exclamó Lisbeth poniéndose
pálida.
―al
verte entrar me escondí para no molestarte, pero El encanto de tu voz me hizo
salir de mi escondite.
―te
burlas de mí, empezó a decir Lisbeth, esforzándose por tomar una actitud
desagradable, de acuerdo con las instrucciones de Fanny, aunque reconocía que
la broma de Tom era muy inocente.
El
muchacho estalló en ruidosas carcajadas, cuya vulgaridad habría escandalizado a
su hermana, pero se interrumpió de golpe cuando el crujido de un vestido de
seda se hizo sentir desde la escalera.
―¡Aquí
viene Granny!, exclamó dispuesto a escapar.
Menuda
y digna en su vestido negro, con la cabeza cubierta por una imponente cofia de
encajes, la anciana dama entró en la sala y al ver a Lisbeth se adelantó
tendiéndole las manos.
―Espero
que este muchacho endemoniado no te moleste, exclamó.
Tom
desapareció sin hacer ruido y Lisbeth, muy intimidada, balbuceó algunas
palabras de cortesía.
―¡Mucho
me alegro conocerte, pequeña!, pero temo que no te halles cómoda en esta casa,
dijo Granny, sentándose en su sillón.
―no
lo creo, señora...
―tu
padrino me habló tan bien de ti, que hace mucho tiempo deseaba tu llegada. es
un gran placer para mí ver por fin a una verdadera niña...
―Tiene
usted a Fanny y a Maud...
―Fanny
es una pequeña presuntuosa y Maud una chiquilla mal criada. no hablemos de
ellas. ¿Cómo está tu padrino, querida?
La
imponente cofia intimidaba todavía a Lisbeth, pero los labios y los ojos grises
de Granny sonreían con tanta dulzura que la niña se sintió en seguida a sus
anchas. Por fin, pudo hablar alegremente de los seres que amaba y cuya ausencia
empezaba a sentir. La anciana señora Shaw era una amiga de la infancia del
doctor March, tenía su mismo concepto de la vida, y Lisbeth hallaba en sus
frases una idéntica manera de juzgar a las personas y a las cosas. La
conversación que tuvieron esa tarde fue el mejor momento de aquel primer día de
una permanencia que dejaba prever muchas dificultades. En adelante, Lisbeth
acudiría siempre a Granny para obtener consuelo cuando lo necesitase.
Lamentablemente,
la hora del té llegó demasiado pronto, poniendo fin a este grato coloquio.
Lisbeth conoció entonces a los otros miembros de la familia Shaw. El padre, con
su severo y preocupado aspecto de hombre de negocios, la atemorizó por su
frialdad. La madre, siempre enfermiza, había bajado al comedor en honor de
Lisbeth, pero se veía que el cuidado de su, salud la absorbía mucho más que la
instrucción de su hijo o la educación de sus hijas. Entre tales ' padres, tan
diferentes y distantes, no era de sorprenderse que los tres hijos fuesen lo que
eran, tales como Granny los había definido con tanto acierto.
Antes
de terminar la merienda, Lisbeth, incómoda, se preguntaba qué razón tenía su
padrino en insistir para que viniese a pasar un tiempo con esta familia tan
distinta de la suya. Ser rica y vivir en la ciudad le había parecido siempre
envidiable, pero ahora comprobaba que eran mucho más apreciables los vínculos
afectivos que unían a los miembros de su propia familia y que parecían no
existir en el hogar de los Shaw.
LA
ULTIMA MODA
Fanny,
abandonada a sí misma, enfocaba sus estudios de manera completamente
arbitraria, y las únicas clases a que asistía con cierta regularidad eran las
de francés y las de música. El martes siguiente a la llegada de Lisbeth le dijo
mientras terminaban de desayunar:
―Vistámonos
a prisa y con elegancia. Hoy iré a la escuela y te llevaré conmigo.
―con
gusto. pero, ¿qué necesidad tenemos de vestirnos con elegancia? Estás bien
así...
―¡Oh,
no!Después de la clase pasearemos con algunas amigas y me agradaría que tú
también te esmeres en tu vestir. ¿Es ése El único sombrero que tienes?
―¡
no!Tengo uno con una pluma... me lo pondré...
Las
dos horas de clase parecieron largas a Lisbeth, que se encontraba incómoda en
ese grupo de jóvenes vestidas como figurines, que charlaban como cotorras,
adoptaban expresiones y posturas de circunstancia cada vez que el profesor las
interrogaba, y que el resto del tiempo la escudriñaban como si ella fuese un
habitante de la Luna recién llegada a la Tierra.
―Triz,
Bella y yo hemos decidido almorzar juntas. ¿Quieres venir con nosotras?, le
preguntó Fanny cuando la clase terminó.
Triz,
apodo de Beatriz, era la más presuntuosa y vocinglera de todo ese grupo de
chicas parlanchinas. En cuanto la vio, Lisbeth sintió deseos de huir, pero no
se atrevió a rechazar la invitación de Fanny y acompañó a las tres amigas a una
confitería de moda.
Un
joven muy elegante que entró en el salón de té colmó inmediatamente el
entusiasmo de las chicas, y decidieron aceptar su compañía para hacer lo que
ellas llamaban un "paseo". Este paseo fue para Lisbeth un largo y
penoso recorrido ostentador por la calle más concurrida de la ciudad, y no le
produjo ningún placer.
Cuando
llegó la hora de las clases de la tarde, Bella y Triz regresaron a los cursos,
pero Fanny prosiguió su paseo tomada del brazo del elegante caballero quien ya
sólo la miraba a ella. Lisbeth los seguía a una distancia de algunos pasos,
tratando de distraerse en mirar los escaparates. De pronto Fanny, recordando su
presencia, le propuso visitar una exposición de cuadros. Lisbeth aceptó gozosa,
esperando hallar así motivos para una conversación interesante, pero en cuanto
entraron Fanny y el joven se sentaron en un sofá de terciopelo rojo, dejándola
en libertad para contemplar sola las telas expuestas.
Cuando
Fanny se levantó, por fin, vio un mudo reproche en 'a expresión de desagrado de
su amiga y se despidió apresuradamente del caballero.
Al
llegar a la calle y deslizando amistosamente su mano en el manguito de Lisbeth,
le dijo en tono de confidencia:
―Ahora,
querida, te ruego que no digas una palabra en casa respecto a Frank Moore. Papá
se pondría furioso; sin embargo no hay en ello nada malo. Frank no me interesa.
Ama a Beatriz, pero riñeron y para vengarse quiere provocar sus celos saliendo
conmigo.
―no
estoy muy segura de ello, murmuró Lisbeth.
―¡No
te hagas la nena!Nada de eso te importa y te limitarás a escuchar la música sin
preocuparte por saber lo que los demás puedan pensar o decir.
―Acepto.
pero, ¿Por qué a escondidas de tu familia?
―Mamá
está al corriente y no lo censura... ¿No dirás una palabra, verdad?
―está
bien, respondió Lisbeth, convencida de que Fanny no quería engañar a Su padre
ya que Su madre estaba de acuerdo.
Sin
embargo, hacia las cinco de la tarde se sorprendió cuando la señora Shaw,
viendo que su hija se disponía a salir, le preguntó: "¿Con quién vas a ese
concierto?", y Fanny le contestó simplemente: "¡Con Lisbeth!".
Iba a decirle algo al respecto, pero Fanny deslizó su brazo bajo el suyo y
agregó riendo:
―si
nos encontramos con alguien que nos acompañe, no Tengo la culpa, ¿verdad?
―eres
libre de negarte.... comentó Lisbeth.
―¡Sería
descortés! ¡Oh! Ahí viene Gus, el hermano de Bella. Nunca pierde un
concierto... ¿Estoy bien peinada? ¿Está bien puesto mi sombrero?
Antes
que Lisbeth pudiese contestar, Gus estaba junto a ellas y Lisbeth se encontró
nuevamente caminando detrás de la pareja y encontrando esta salida mucho menos
"divertida" de lo que Fanny le había prometido.
No
obstante, como a― Lisbeth le agradaba mucho la música y tenía pocas
oportunidades de asistir a conciertos, se regocijaba de estar en esa sala y se
disponía a no perder una nota; lamentablemente, comprobó que la mayoría de los
asistentes no dejaban de murmurar durante la ejecución de los trozos. Bella,
Fanny, Triz, con Gus y Frank, eran de los conversadores más animados, y el
placer de Lisbeth se vio disminuido por la inoportuna cháchara.
Cuando
terminó el concierto había anochecido y Lisbeth, al subir al coche de los Shaw
que las esperaba a la salida, exclamó aliviada
―¡Me
alegro que esos muchachos se fueran! ¡Ya no soportaba oírlos cotorrear sin
respetar una música tan bella!
―¿Cuál
te gusta más?, le preguntó Fanny ávidamente, adoptando una expresión de asombro
y de cierta superioridad. ―El que hacía menos aspavientos y hablaba menos.
¿Cómo lo llamas? ¿Syd?
―¡Sí!Arturo
Sidney. es El mayor, Tiene casi veinte años.
―eso
no Tiene importancia. Fue amable conmigo y levantó mi manguito cuando lo dejé
caer. los otros no parecían siquiera notar mi presencia.
―te
tomaron por una niña...
―ya
sé que yo todavía lo parezco, pero no es una razón para ser tan descortés...
―¡No
comprendo cómo te quejas de la descortesía de esos jóvenes que son muy
correctos, por más que lo niegues, y en cambio admites la de Tom que es un
verdadero patán!
―Tom
es un chico y se conduce como tal. no se le puede reprochar. Prefiero mil veces
sus modales bruscos que esos...
El
final de la frase de Lisbeth ciertamente no habría sido elogioso para los
amigos de Fanny, pero no tuvo tiempo de pronunciarlo. Un sonoro quiquiriquí
brotó de debajo del asiento del coche y la cabeza pelirroja de Tom se irguió de
pronto, congestionada por deseos de reír reprimidos durante demasiado tiempo,
radiante del éxito de su broma y pareciendo esperar elogios.
―¿Oíste
lo que dijimos?, preguntó Fanny, molesta.
―¡No
perdí una sola palabra!
―y
vas a correr a repetir todo...
―Tal
vez sí..., tal vez no... Todavía no sé. ¡Me hubiera gustado que papá estuviese
en mi lugar para verte salir del brazo de ese mequetrefe! ¡Quisiera decírselo
sólo para ver la cara que pone! ¡En todo caso no diré nada referente a Lisbeth,
porque salió
―¡Tom!¡Quiero
hacer un trato contigo!Si sabes callar y no presumes de conocer mis secretos,
que sorprendiste de manera tan mezquina, insistiré para que Papá te regale la
bicicleta que tanto deseas.
―¿Harías
eso, tú?
―Sí.
y Lisbeth me ayudará.
―Preferiría
que no me mezcles en este asunto, murmuró Lisbeth quien, una vez más, trató de
hacer comprender a Su amiga la conveniencia de decir la verdad a Su padre, y
arguyó ron tanto ardor que El mismo Tom se puso de Su parte.
―sabes
muy bien que hiciste algo prohibido. yo no quiero venderte mi silencio ni aun
por un velocípedo. diré todo a papá... Tiene derecho a saber...
―¿Y
si te prometo que nunca más lo haré?, imploró Fanny. ya sin argumentos.
―En
ese caso, es diferente. Puedo vigilarte mucho mejor que papá. Y me encargaré de
hacerlo. Pero en cuanto reincidas. ¡te juro que nada me impedirá soltar la
presa!
PEQUEÑOS
INCONVENIENTES
Lisbeth
comprendió en seguida que había entrado en un mundo nuevo, un mundo donde la
conducta y las costumbres de las personas diferían totalmente de las que había
conocido hasta entonces.
La
permanencia con los Shaw, que desde lejos había parecido tan atrayente a
Lisbeth, se convertía en una decepción; pero la joven era demasiado correcta
para quejarse. Callaba sus lamentos, ni siquiera los confesaba en las cartas a
su familia y sólo confiaba sus penas a su diario íntimo, que escribía con
regularidad.
Un
atardecer se sintió tan cansada de holgar, que decidió salir a pasear sola.
En
la colina, algunas niñas se divertían deslizándose con sus trineos. Verdaderas
niñas, con gorros de lana, calzados de goma y mitones.
Sin
pensar en las objeciones que Fanny pudiese oponer si se enteraba, Lisbeth se
sintió atraída por las pequeñas. Muy tentada de compartir sus juegos, se
detuvo, pero vacilaba en acercárseles. El destino se puso de su parte: una
chiquilla cuyo rostro asustado emergía de un gorro rojo ceñido sobre sus bucles
rubios pasó ante ella diciendo:
―Quisiera
bajar esta loma pero es muy empinada para mí y Tengo miedo.
―Préstame
tu trineo y siéntate delante de mí, que yo te haré bajar.
La
niña aceptó y Lisbeth, dando un vistazo en su torno, se aseguró de que no la
veía ninguna mirada indiscreta. Instalóse entonces en el trineo con su
pasajera, dejándose llevar por la alegría de sentirse impulsada a toda
velocidad.
Después
de la niña de rojo, otra de azul solicitó su ayuda, luego otra, y otra más... A
todas hizo recorrer la difícil loma, en ebriedad de alegría, de sol y de risas.
En
agradecimiento, las niñas le cedieron un trineo a fin de que pudiese hacer una
bajada ella sola.
Con
las mejillas encendidas y el cabello en desorden, subía de vuelta la loma
cuando oyó detrás de ella un silbido familiar. Volviendo la cabeza vio a Tom
que arrastraba su propio trineo y la miraba tan sorprendido como si la viese
montada en un elefante.
―¡Hola,
Lisbeth!¿Qué diría Fanny si te viese así?
―¡No
lo sé ni me importa! ¡Me gusta este deporte y ya que se me presenta la ocasión
de practicarlo, la aprovecho! ¡Déjame pasar!
―¡Bravo,
Lisbeth! ¡Te ganaste un punto!
Y
arrojándose de bruces sobre su trineo, Tom se lanzó tras ella en una bajada tan
veloz que la alcanzó en el momento en que Lisbeth frenaba junto al sendero al
pie de la loma.
―¿Contarás
todo esto al volver a casa?, le preguntó Tom.
―si
me preguntan qué hice, lo diré, y de lo contrario callaré. sé que a mi Mamá no
le parecería mal, pero no quiero incomodar a la tuya hablándole de esto. ¿Crees
que estoy equivocada?
―por
supuesto que no, y yo tampoco lo diré si quieres que me calle... Ahora ven
conmigo y empecemos otra vez...
―Una
sola vez; las chicas Toleren irse y debo devolverles el trineo.
―Devuélveselo
en seguida. Vale poco... Y ven sobre el mío; es mucho mejor, vas a ver.
Subieron
juntos la loma y la bajaron, Lisbeth sentada delante de Tom, que iba en una
peligrosa posición inventada por él. Después de esta bajada hicieron otra, y
una tercera. Tom, en su elemento, hablaba y reía; Lisbeth, olvidando su
timidez, le contestaba y bromeaba con él.
El
juego duró hasta el momento en que el sol se ocultó `ras el horizonte.
Regresaron
charlando como viejos amigos y apenas tuvieron tiempo de peinarse rápidamente
antes de ir a la sala donde ya estaba reunida toda la familia.
―¡Tienes
la nariz roja como una― frambuesa!, exclamó Fanny levantándose del sillón en el
que se arrellanaba desde las dos de la tarde, cautivada por la lectura de una
interesante novela.
―es
exacto, pero me divertí mucho.... dijo Lisbeth cerrando un ojo para mirar Su
desastrosa nariz.
―¿Fuiste
sola?, preguntó Granny.
―Sí,
señora, pero encontré a Tom y regresamos juntos, respondió Lisbeth mirando a Su
compañero con maliciosa complicidad.
―¡Después
de haber bajado muchas veces la loma en trineo!Volví con Blanca y los vi a los
dos, intervino Maud, siempre feliz de demostrar que estaba bien informada.
―¡Oh!
¡No puede ser! ¡No hiciste semejante cosa!
―Sí,
la hice, y no lo lamento, replicó Lisbeth, ansiosa pero resuelta.
―Espero
que nadie te haya visto.
Tom
intercedió galantemente en auxilio de Lisbeth y, buscando una aliada, se
dirigió a Granny:
―¿No
hicimos algo malo, verdad?
Granny
sonrió y miró a Lisbeth.
―sólo
lamento que no hayas llevado a Maud contigo. Espero que la próxima vez pensarás
en ello.
El
señor Shaw, sumido hasta ese momento en la lectura de un periódico que parecía
absorber toda su atención, levantó la cabeza aliviado. Tal vez no se habría
atrevido a decir que aprobaba ese género de diversiones, pero como ya estaba
dicho. agregó que le agradaría que, en muchos casos, sus hijas siguiesen el
ejemplo de Lisbeth.
Ésta,
ruborizándose, le agradeció con voz emocionada y miró con complicidad a Tom
quien, en respuesta, le trasmitió por señas: "Todo va bien", y se
echó sobre el plato de masas con el apetito de un lobato.
Ningún
detalle de esta silenciosa comunicación había escapado a Fanny. Sonrió, e
inclinándose hacia Lisbeth le susurró al oído:
―¿Conque
flirteas con Tom, ahora? ¡Tapujona!
―¿qué
Estás diciendo?
Lisbeth,
atónita, se preguntaba si había comprendido bien, pero Fanny desvió la
conversación con tanta rapidez que no le quedaron dudas.
Lisbeth
no volvió a pronunciar una sola palabra durante todo el tiempo del té y luego
se apresuró a refugiarse en su cuarto. Sentía la necesidad de sentirse un
instante a solas para reflexionar acerca del incidente, pero Tom la detuvo en
la escalera. Temiendo una de sus bromas habituales, Lisbeth se sentó en uno de
los peldaños cubriéndose los pies con su falda para ponerlos fuera del alcance
del muchacho. Tom se echó a reír.
―no
quería molestarte. Solamente deseaba preguntarte si tienes deseos de venir
conmigo mañana para hacer otro paseo en trineo.
―No.
¡Es imposible!
―¿Por
qué? ¿Estás enojada?
Tom
la miraba, incapaz de comprender las razones de este cambio imprevisto.
―no
estoy enojada, pero no iré más. a Fanny no le agrada.
―Creí
que eras más razonable que las demás chicas. Pues me equivoqué. eres una
cobarde que tiembla del qué dirán.
―no
soy una cobarde, murmuró Lisbeth, que hubiera querido justificarse pero no
sabía cómo hacerlo. Tom, convencido de que estaba acertado, volvió a repetirle
El desagradable calificativo y se alejó con un aire tan desdeñoso que la pobre
chica sintió las lágrimas anegarle los ojos.
Se
encerró en su cuarto golpeando la puerta detrás de sí.
¡Es
una verdadera tontería!, exclamó, "justo en el momento en que se mostraba
amable conmigo! Si el señor Shaw o Granny sospechan lo mismo que Fanny, creerán
que soy una descocada. ¡Prefiero que Tom suponga que tengo miedo ! ¡Oh, jamás
vi gente tan ridícula!"
Otros
problemas vinieron a agregarse a aquéllos. Los primeros y más angustiosos
fueron las preocupaciones que le causaron sus ropas. Nadie se lo dijo, pero
ahora sabía que eran demasiado sencillas y prácticas para convenir a su nueva
vida. Por primera vez en su vida, pensó seriamente en que los cabellos
recogidos le quedarían mejor que sus largos rizos caídos sobre los hombros.
Calló
cuidadosamente sus penas, pero Fanny las adivinó, sin duda, pues un día en que
salieron juntas para hacer compras, le dijo con la mayor seriedad:
―Hay
una cosa que deberías comprar... ¡Zapatos tornasolados!
―¿Para
qué, si Tengo otros?
―porque
están de moda y toda la gente los usa. nunca parecerás correctamente vestida
sin ellos. yo me voy a comprar un par. ¿No quieres hacer otro tanto?
―¿Son
muy caros?
―Unos
ocho o nueve dólares... pero si no tienes bastante dinero, Puedo prestarte.
―Mamá
me dio cinco dólares, y mi padrino otro tanto. Puedo hacer lo que me plazca,
aunque tenía la intención de comprar regalos para toda mi familia.
―Podrás
comprar regalos muy baratos que les agradarán lo mismo. Cómprate primero esos
zapatos.
Lisbeth
echó un último vistazo a los elegantes tacones, a la fina capellada, al
atrayente color de esos zapatos y su coquetería venció.
Más
tarde, ya de regreso, se arrepintió de esa compra inútil que le impedía comprar
los regalos que se había propuesto llevar: patines para Ned, un atril para
Will, una muñeca para Kitty, guantes para Polly, un cuello para mamá... ¡Qué
larga era esa lista que jamás podría satisfacer!
Sus
bonitos calzados brillaban en sus pies con áureos reflejos como burlándose de
ella. Se los quitó, se puso zapatillas y fue a confiar sus penas a Granny.
Pero
ésta era realmente una maravillosa anciana; encontró en seguida un remedio que
consoló a Lisbeth y la reconcilió con sus pobres zapatos; le propuso ayudarla a
fabricar ella misma tantos regalos como había previsto comprar y no le faltaban
ideas, tanto acerca de la manera de hacerlos como respecto a los materiales muy
económicos que podía emplear.
La
noche de la fiesta de Fanny, Lisbeth lució y admiró sin remordimientos los
hermosos zapatos tornasolados que asomaban bajo el ruedo de su vestido porque
sabía que allá arriba, dentro de su baúl, ya había un polichinela, un par de
mitones y una cartera de cuero, que esperaban ser remitidos a sus
destinatarios, y que pronto les seguirían otros regalos.
Aunque
lo ignoraba, Lisbeth poseía la facultad de descubrir los sufrimientos ajenos y
no podía evitar el aliviarlos. Al poco tiempo de vivir en la ciudad sospechó
que el señor Shaw, cuya mayor preocupación era asegurar el bienestar de los
suyos, llevaba una existencia de ardua labor que no le era recompensada por
ningún gesto afectuoso en la intimidad del hogar.
Se
le ocurrió ―nadie lo había hecho hasta ahora― que colocar sus pantuflas junto a
la chimenea un rato antes de la hora de su regreso e ir a aguardarlo a la
entrada del parque serían pequeñas manifestaciones de simpatía que le
agradarían. Asimismo, lo acompañaba cada mañana hasta la calle, deslizándole su
manecita bajo el brazo y saludándolo con un afectuoso "hasta luego"
cuando se marchaba.
Al
principio, el señor Shaw no prestó mucha atención a tales expresiones de
amistad, pero un atardecer, al no hallar la familiar silueta de Lisbeth
esperándolo, experimentó una decepción que le hizo comprender hasta qué punto
se había acostumbrado a su presencia. "Quisiera que mi Fanny fuese como
ella", se decía a veces mirando a Lisbeth, mientras todos lo suponían
sumido en profundas meditaciones acerca de la situación comercial o de la
política internacional.
Pero
Fanny no podía adivinar el deseo de su padre. Seguía tratándolo con su habitual
indiferencia, fundada en una larga costumbre de temor y de respeto que no
alentaba ternura.
Tampoco
tenía ningún impulso cariñoso con su madre. Enferma y' casi siempre guardando
cama, dominada por frecuentes caprichos, la señora Shaw molestaba a su hija y
ésta le rehuía. Lisbeth, en cambio, hallaba todos los medios de demostrarle su
afecto y la pobre mujer gustaba sentir junto a ella esa presencia tranquila y
sonriente, siempre dispuesta a prepararle alegremente sus medicamentos, leerle
algunas páginas o correr con premura a llevar un recado o hacer una compra.
Sus
relaciones con Tom era uno de los problemas que más la afectaban. El humor
cambiante del muchacho era tal que de pronto parecía una fiera, o bien un
tierno hermano. Lisbeth, siempre desorientada, jamás sabía qué pensar de él y
de no haber sido por su inalterable paciencia habría renunciado ciertamente a
hablarle.
―¿qué
ocurre? ¿Te dieron deberes demasiado difíciles?, le preguntó una tarde oyéndole
suspirar profundamente detrás de la pila de libros que lo parapetaba mientras
cumplía sus tareas escolares.
―Régulo
era un tipo simpático, pero nos lo convierten en horroroso... , respondió Tom
asomando por encima de Su barricada una cabeza hirsuta sostenida por dos manos
cuya presión parecía necesaria para impedir que estallara.
―me
gusta El latín y me las componía bastante bien en la época en que estudiaba con
Jimmy. ¿Puedo ayudarte?, insinuó Lisbeth gentilmente.
―¿Tú?
Desconfío del latín de las chicas...
Lisbeth,
acostumbrada a sus respuestas poco elegantes, no se molestó y se inclinó sobre
la borroneada página donde naufragaba la ciencia de Tom. Leyó el texto en voz
alta y lo tradujo con tanto acierto que Tom la consideró durante un momento con
respetuosa admiración. Pero se retractó en seguida.
―Eres
una farsante. Estudias mis lecciones de antemano para impresionarme con tu
sabiduría... ¡Pero no me engañas! Saltea algunas páginas y traduce más
adelante... ¡Veremos el resultado!
Lisbeth
sonrió, intentó la prueba y salió aún más airosa.
―Estudié
este libro íntegro. te será difícil hacerme caer..., dijo riendo.
―¿Es
posible?, murmuró Tom con creciente sorpresa.
―Papá
me Había aconsejado estudiar latín con Jimmy, y este libro figuraba en El
programa del año pasado. si quieres, te ayudaré.
―¡Con
gusto!, declaró Tom mientras instalaba su gran libro abierto entre ambos.
Terminaron
rápidamente la terrible versión y llegaron a las reglas gramaticales que
Lisbeth había olvidado. Ambos se pusieron a estudiar en voz alta, cada cual por
su parte, tapándose los oídos y, por lo tanto ninguno de los dos oyó el eco
apagado de los pasos de alguien que se acercaba cautelosamente. En cambio,
oyeron sonoros aplausos que les hicieron levantar la cabeza. Volviéronse con
expresión asustada y pudieron ver al señor Shaw, de pie detrás de ellos, que
batía alegremente las palmas.
Tom,
atónito, no supo qué decir, pero Lisbeth se adelantó hacia el recién llegado y
saltando de alegría exclamó:
―¿Verdad
que Tom estudia bien? ¿No merece Su bicicleta?
El
señor Shaw se echó a reír.
―vas
muy de prisa, mi pequeña Lisbeth, pero Tom anda por buen camino. si aprende
tres lecciones más de latín con El mismo estusiasmo, no podré negársela.
Tom
estaba asombrado. Jamás hubiera creído que la temible severidad de su padre
pudiese ser vencida con tan poca cosa, pero dos días más tarde se sorprendió
mucho más aún, cuando al regresar de la escuela descubrió en el jardín una
bicicleta nueva esperando a su dueño.
Durante
algunos días consagró todos sus momentos de ocio a misteriosos y solitarios
ejercicios, en el fondo del jardín; allí, lejos de las miradas burlonas,
trataba de familiarizarse con el difícil manejo de esta máquina, objeto de
tantos sueños.
Y
llegó el día en que se sintió con fuerzas para mostrarse en público. Invitó
entonces a Lisbeth a salir a la calle para hacerle admirar su habilidad. La
niña, acompañada de Maud, aceptó con verdadero gozo y Tom se exhibió ante ellas
en una serie de ejercicios descomunales, el último de los cuales estuvo a punto
de poner un final definitivo a las proezas del joven acróbata. Éste bajaba la
loma con las piernas separadas y los brazos en alto con sorprendente estilo que
lo hacía asemejarse a un bólido enloquecido; en ese instante, un enorme perro
negro surgió súbitamente de un camino trasversal haciendo saltar por los aires
al ciclista y a su máquina.
Lisbeth
acudió riendo al lugar del accidente, pero dejó (le hacerlo al ver a Tom
inmóvil en el suelo, con el rostro pálido, sus grandes ojos abierto., sin
expresión y gotas de sangre que le brotaban de una herida en la frente.
El
dueño del perro, llegado al mismo tiempo que ella, ayudó al muchacho a levantarse.
Pero no podía mantenerse en pie y volvió a caer sobre la hierba que orillaba la
zanja lateral. Lisbeth limpiándole con su pañuelo la sangre de la frente,
preguntaba al herido con voz patética si vivía aún.
Esta
demostración de simpatía hizo sonreír a Tom que volvía poco a poco en sí.
―No
asustes a mamá. No es nada, le dijo. Y mirando con angustia su bicicleta,
agregó: "Está más enferma que yo".
―ya
sabía yo que terminaría mal con esa máquina. Déjala en paz y volvamos a casa.
tu herida sangra terriblemente y toda la gente nos mira, le murmuró Lisbeth al
oído.
El
médico, llamado con urgencia, declaró que era necesario coser inmediata mente
el tajo.
―¿Hay
alguien que pueda sostener la cabeza del herido?. preguntó mientras enhebraba
una pequeña y extraña aguja.
―quiero
que sea Lisbeth, si no Tiene miedo, expresó Tom con una mirada cargada de
desesperación, Pues la idea de que iban a hacerle esas puntadas no lo seducía
mucho.
Lisbeth
sintió deseos de huir gritando "¡No puedo!", pero recordó que una vez
Tom la había tratado de cobarde. Se sobrepuso, pues, y acercándose al sofá
donde estaba recostado el muchacho, le apoyó una de sus manos sobre cada sien.
―¡Eres
un hermano, Lisbeth!, murmuró Tom.
Luego
apretó los dientes, crispó los puños y soportó con valentía la operación. En
menos de dos minutos todo había terminado, y cuando Tom, después de haber
bebido un trago de licor, se encontró confortablemente acostado en su cama,
experimentó un verdadero bienestar a pesar del lacerante dolor que le
martillaba las sienes.
Tom
permaneció una semana inmóvil, con la cabeza envuelta en un vendaje que le
confería un aspecto muy interesante. El médico dijo que si la herida hubiese
tenido lugar pocos centímetros más cerca de la sien habría sido mortal. Al
pensar en esa posibilidad, todos le hicieron objeto de sus más solícitos
cuidados, mimándolo, acariciándolo, consolándolo.
Su
padre le preguntaba diez veces por día cómo se sentía, su madre recordaba a
cada instante el terrible accidente que podría haberla privado de su hijo, su
abuela multiplicaba para él sus palabras cariñosas y las azucaradas golosinas.
En cuanto a las chicas, lo cuidaban como abnegadas esclavas.
Este
desacostumbrado régimen de vida tuvo por consecuencia un resultado maravilloso:
Tom, el descuidado, Tom, el rechazado, se mostró tan satisfecho de este nuevo
estado de cosas que se volvió amable, paciente, atento y cortés con todos.
UN
RAMO DE CAMELIAS
Las
buenas resoluciones de Tom sólo duraron el tiempo de su convalecencia. Apenas estuvo
repuesto, volvió a ser el de antes: discutía con sus hermanas y hostigaba a
Lisbeth. Cuando se acordaba de su herida era para conseguir lo que quería, pues
llegó a descubrir muy pronto que una cabeza rota suele ser mucho más útil que
una cabeza intacta, permitiéndole obtener cualquier cosa por lástima.
Para
Lisbeth, el ambiente volvió a ser tan desagradable como en los primeros tiempos
de su permanencia en la casa de sus amigos, y menos favorable aún debido a un
incidente que ocurrió varios días después, por culpa de ella; un pequeño
incidente tonto que Fanny denominó "la necedad de Lisbeth" y que
demoró mucho en perdonarle.
Todo
comenzó una tarde, en el momento en que el señor Shaw acababa de regresar y
Lisbeth le ayudaba a quitarse el sobretodo. En este momento, la campanilla de
la entrada sonó de manera imprevisible. Lisbeth, que no lograba adaptarse a las
costumbres ciudadanas, acudió a la puerta y se encontró cargada con un
magnífico ramo de camelias. El señor Shaw rió al verla así y le dirigió unas
chanzas. La joven, con toda la inocencia de su alma, confesó tranquilamente:
―Estas
flores no son para mí sino para Fan. debe ser Frank quien se las envía.
La
risa se borró de los labios del señor Shaw quien, enfadado, tomó el sobrecito
blanco prendido entre las ramas. Lisbeth imaginó que semejante gesto no sería
aprobado por Fanny, pero no se atrevió a hacérselo notar, tanto menos por
cuanto el rostro del señor Shaw adquiría una expresión de creciente enojo, pues
el remitente había tenido la peregrina idea de escribir en la tarjeta unos
versos (pie distaban de complacer al imprevisto lector.
―¡Que
estupidez!¿Estabas al corriente de esta tontería, Lisbeth?
Súbitamente
turbada al recordar la promesa que hizo la tarde del concierto, la niña
murmuró:
―Yo...
Yo no sé. ¡Fanny no hizo algo malo, estoy segura! ¡Y también estoy segura que
habría hecho mejor con callarme!
―¡Dile
a Fanny que baje en seguida a mi escritorio!, ordenó el señor Shaw.
Lisbeth
obedeció y mientras subía la escalera lamentaba que Fanny tuviese secretos para
su padre y que ella misma no hubiese sabido defenderlos mejor.
Fanny
se indignó al enterarse del incidente y demostró a Lisbeth cuán fácilmente
podría haberle ahorrado el disgusto diciendo que esas flores eran para ella.
―¡Pero
habría sido una mentira!, exclamó Lisbeth irritada.
―no
te hagas la tonta. me pusiste en un enredo, y tienes que sacarme de él.
―lo
haré si Puedo, pero no mentiré, ni siquiera por ti.
Cuando
entraron en el escritorio del señor Shaw, éste se encontraba de pie frente a la
chimenea, con el entrecejo fruncido y la expresión amenazadora. El ramo de
camelias yacía sobre luna mesa y a su lado se veía un sobre en el que una mano
enérgica había trazado el nombre de Frank Moore v su domicilio.
―Pongo
punto final a esta estúpida correspondencia. y si llego a enterarme de que todo
no ha terminado entre Frank v tú, te enviaré como pupila a ¡n convento en
Canadá.
El
anuncio de tal castigo dejó atónita a Lisbeth, pero no era la primera vez que
Fanny lo oía y ésta se inmutó mucho menos.
―nada
malo hice, y no Puedo impedir que los muchachos me manden flores, como lo hacen
con todas las chicas. Además, casi nunca veo a Frank.
―¿Es
verdad?, preguntó El señor Shaw a Lisbeth.
―¡Oh,
por favor!No me haga preguntas... Prometí... en fin... Fanny es quien debe
contestarle...
―Me
importa muy poco tu promesa. Dime todo lo que sabes. Ello le hará más bien que
mal a Fanny. Lisbeth miró a su amiga y le preguntó:
―¿Puedo
hablar?
―¡No
me importa!, replicó Fanny, avergonzada e iracunda al mismo tiempo, tratando de
mostrarse firme mientras hacía nudos en su pañuelo.
Entonces
Lisbeth habló. Dijo todo lo que sabía de los encuentros, los paseos y las
cartas. No era gran cosa y los labios del señor Shaw temblaron varias veces con
deseos de sonreír, pero supo mantener su aspecto severo con tanta perfección,
que Lisbeth creyó necesario terminar su relato con una elocuente defensa:
―le
aseguro que Fan no es tan culpable como usted lo piensa. se conduce como todas
sus amigas y es mucho más juiciosa que Triz y la mayoría de las otras. le oí
rechazar muchas invitaciones que le habrían gustado... y Ahora que ella sabe
que esto le desagrada a usted, lo lamenta y nunca volverá a hacerlo si usted le
perdona esta vez.
―cuando
una causa está tan bien defendida, no me queda otra alternativa que perdonar.
ven aquí, Fanny, prométeme que evitarás encontrarte con ese muchacho y no irás
al Canadá.
Mientras
hablaba, el señor Shaw acariciaba la mejilla de su enfurruñada hija esperando
que ésta diese muestras de arrepentimiento, pero Fanny estaba colérica y no
queriendo declararse vencida dijo tan sólo, sin disimular su mal humor:
―Ahora
que todo esto acabó, Espero que pueda llevarme mis flores...
―Volverán
directamente al lugar de donde provienen, dijo El señor Shaw llamando a la
criada, y El malhadado ramo de camelias salió de la casa con la misma rapidez
con que Había entrado.
El
señor Shaw no volvió a oír hablar del asunto, pero no fue lo mismo para
Lisbeth. Fanny se lo reprochó durante todo el fin de su estadía, a tal punto
que Lisbeth pensó seriamente en abreviarla. Pero cuando hubo ordenado sus cosas
en su baúl, vio que la gaveta superior, reservada a los regalos para su familia
permanecía casi vacía. Vio también que su diario, empezado con tanto amor, se
interrumpía en una frase de desprecio respecto a Fanny. Entonces resolvió
quedarse hasta la fecha prevista, o sea dos días antes de Navidad, ya que había
prometido a los suyos regresar para esa fiesta.
Pasó
luego largas horas junto a Granny cosiendo, pegando, clavando juguetes para sus
hermanos y hermanas, bordando un cuello para su madre y escuchando viejas
historias que la anciana no se cansaba de relatarle.
Así
transcurría el tiempo, hasta un día en que una nueva prueba vino a mortificar a
Lisbeth.
Mientras
Lisbeth se hallaba junto a la abuela, la ociosa Maud había entrado en el cuarto
de su hermana. Al verse sola, empezó a inspeccionar los vestidos y demás
objetos que Fanny había dejado en completo desorden por haberse vestido a prisa
para recibir a una amiga. Maud se probó un par de aros, empapó su pañuelo con
agua de Colonia, untó sus cabellos con brillantina y siguió revisando el
interior de los cajones.
De
pronto sus ojos divisaron, en un rincón del cuarto, el baúl de Lisbeth, que le
pareció misterioso y tentador. La niña no vaciló un instante en abrirlo y lanzó
una exclamación de júbilo: había allí un mundo de objetos desconocidos que le
parecieron los más bellos del mundo, aunque algunos, realizados por manos
inexpertas, merecían alguna crítica.
Cuando
Fan regresó a su habitación, encontró a Maud profundamente enterrada entre esos
tesoros, pero estaba demasiado enojada con Lisbeth para reñir a su hermana.
―¡Cuántos
horrores!, exclamó con desdén.
Tom,
que entró detrás de Fanny, miró el extraño surtido de juguetes y bordados y
dijo:
―¡Qué
chica rara!...
―No
te burles de Lisbeth, ¡ella sabe vestir las muñecas y además escribe y dibuja
mucho mejor que tú!, replicó categóricamente Maud.
―¿Dibuja?
¿Cómo lo sabes? jamás le vi un lápiz en la mano...
―mira
este cuaderno. no Puedo descifrar lo que está escrito, pero Tiene lindos
dibujos.
Feliz
de que sus hermanos admiren los talentos de su amiga, Maud sacó del baúl un
grueso cuaderno azul en cuya tapa se leía: El diario de Lisbeth y lo abrió
sobre sus rodillas.
―Déjame
mirar, dijo Tom.
―sólo
un vistazo, agregó Fanny, consciente de la deshonestidad de esa indiscreción.
El
primer croquis que vio representaba a Tom caído en el camino, el enorme perro
ladrando a su lado y la bicicleta que seguía bajando la loma. El dibujo era
torpe e ingenuo pero tan cómico que Fanny estalló en una carcajada y lo puso
bajo los ojos de Tom quien también se echó a reír. Luego, una caricatura de
Frank la indignó un poco pero se serenó al mirar un largo friso donde una mano
sin indulgencia había reproducido, una tras otra, a todas sus compañeras de
clase, destacando sus rasgos ridículos.
―¡Qué
pequeña peste! ¡Cómo se burla de nosotros a nuestras espaldas!, exclamó riendo.
―¡Dibuja
muy bien!, agregó Tom entusiasmado.
―no
la admirarías tanto si supieras lo que escribió respecto a ti, repuso Fanny
cuya mirada se Había detenido en El texto del manuscrito.
―¿qué
dice de mí?, preguntó Tom olvidando sus anteriores resoluciones.
―¡Escucha!,
y Fanny leyó:
Trato
de querer a Tom; cuando consiente en ser amable, es muy fácil, pero con
frecuencia es insolente con sus padres, se burla de sus hermanas o de mí y se
manifiesta tan odioso que llego a aborrecerlo.
―¿qué
te parece?
Con
una sonrisa burlona, pues ya había leído lo que se guía, Tom le contestó:
―Continúa.
¡Verás lo que piensa de ti!
―¡Cómo!,
exclamó su hermana cuya mirada se deslizaba rápidamente en las líneas
siguientes, y con un temblor en la
voz
leyó:
En
cuanto a Fanny, creo que ya no me es posible seguir siendo su amiga. Mintió a
su padre y me reprochó no haberlo hecho yo. Yo, que la hallaba tan perfecta,
cambié de opinión. Es injusta conmigo y hasta poco amable. Habla mucho de
cortesía pero no creo que sea cortés obrar con una invitada tal como lo hace.
Tengo muchos deseos de volver a mi casa y si no lo hago es tan sólo porque
pienso que no sería gentil con Granny ni ron el señor Shaw, a quienes quiero
mucho.
―muy
bien dicho. tú también tienes tu parte. Cierra ese cuaderno y vámonos de aquí.
Todo
esto lo divertía mucho, pero no tenía la conciencia tranquila. Sin embargo,
Fanny llevada por la curiosidad, seguía leyendo:
Domingo
por la mañana. Aquí aprendí por lo menos una cosa: que el dinero no da la
felicidad. Envidiaba a Fanny, pero no lo haré más. ¡Tengo tanto afecto
alrededor de mí y ella tiene tan poco! Deseo volver pronto a ver a mamá para
hablarle de todo esto, sin embargo no lamento haber venido. Padrino tenía razón
cuando me decía: "Hay que mirar a los demás para comprenderlos, y cuando
se comprende siempre se perdona". Pero yo no le creía. Estaba equivocada,
pues no tuve ni la mitad de paciencia e indulgencia que debí haber tenido.
Quiero tratar de superarme mucho durante el resto de mi permanencia...
La
puerta se abrió súbitamente, interrumpiendo la lectura de Fanny. Lisbeth
apareció. Un relámpago de ira le atravesó la mirada, escudriñó el rostro de los
culpables, pero antes de que tuviese tiempo de abrir la boca, Fanny prorrumpió
en excusas:
―Maud
nos mostró este libro que había encontrado; mirábamos las figuras...
―¿Leíais
mi diario, verdad? ¿Os burlabais de los regalos que preparé y queréis echar la
culpa a Maud? ¡Es indigno!
Lisbeth
hablaba con rapidez, sin tomar aliento, y de pronto, como si temiera dejarse
arrebatar por la ira, giró sobre sus talones y salió.
Los
tres culpables se sintieron avergonzados. Tom quiso silbar. pero ningún sonido
salió de sus labios secos; Maud, asustada por este estallido de cólera, no se
atrevía a moverse, mientras Fanny colocaba el cuaderno en su lugar, con gesto
súbitamente respetuoso.
Al
ver los humildes presentes reunidos por Lisbeth con tanto afecto, recordó la
verdadera pobreza de su amiga, y algunas frases del diario le parecieron de
repente como un reproche más violento que todas las palabras que Lisbeth
hubiese podido dirigirle. Se dejó caer, llorando, sobre la tapa del baúl y
murmuró
―Tiene
razón... Fui odiosa con ella...
Tom,
rojo de vergüenza, dejó a Fanny llorando y salió valientemente en busca de
Lisbeth. Recorrió todas las habitaciones de la casa sin descubrir la menor
señal de su presencia y empezó a sentirse intranquilo.
No
puede haberse escapado a su casa, se decía. "Tal vez haya ido al
escritorio de papá para avisarle. No sería algo verosímil en ella, pero no veo
dónde puede haberse ocultado"...
Tom
penetró en el pequeño cuarto botinero para cambiarse de zapatos, a fin de salir
a buscar a Lisbeth, pero en cuanto abrió la puerta se sobresaltó: sentada en el
suelo, en actitud desesperada, estaba Lisbeth con la cabeza apoyada sobre la
caña de una bota.
El
inesperado espectáculo borró todas las bellas frases que Tom había preparado.
Sólo le fue posible exclamar "¡Lisbeth!", y caer sentado a su lado.
Las palabras que brotaron de sus labios no eran elocuentes; frases
entrecortadas, balbuceadas a media voz, mezcla confusa de confesiones, cuyo
mérito principal era revelar con toda sencillez la turbación de un corazón
sinceramente arrepentido. Pero Lisbeth sabía apreciar, mejor que nadie, un
arrepentimiento de ese género. Esa manera de implorar perdón inmediatamente
después de reconocer sus culpas, y de hacerlo a pesar de lo que pudiera costar,
no podía dejarla indiferente. Aunque su ira era grande y justificada, se calmó
pronto, y si no dijo en seguida a Tom que lo perdonaba sólo fue por espíritu de
justicia, pues consideraba que el muchacho merecía quedarse diez minutos allí,
mascullando excusas. También encontró equitativo que Fanny mojara uno o dos
pañuelos con sus lágrimas antes de saberse reintegrada a la amistad de su
amiga. Pero no prolongó más allá de ese mínimo lapso la angustia de sus amigos.
Maud, responsable de todo el mal, también tuvo derecho a su perdón, y esta
reconciliación general fue el último episodio notable de las vacaciones de
Lisbeth.
La
hora de la separación se acercaba a pasos agigantados. La perspectiva de pasar
la Navidad sin su pequeña invitada afligía en partes iguales a todos los
miembros de la familia Shaw, pero la joven era demasiado adicta a las
tradiciones familiares para no estar presente entre los suyos para esa
festividad. La fecha de su partida fue mantenida tal como había sido fijada
desde tiempo atrás.
Como
su tren salía a las catorce, Lisbeth debía marcharse inmediatamente después de
un rápido almuerzo; desde la mañana se ocupó en la tarea de llenar su baúl, y
no había terminado todavía de hacerlo cuando Granny vino a proponerle de
acomodar sus vestidos más delicados, aconsejándole de ir a dar, entretanto, un
paseo por el jardín.
Fanny
no se ofreció para acompañarla. Maud vagaba por la casa disimulando un gran
paquete bajo los pliegues de su delantal; Tom penetró en su guarida con aire
misterioso. Lisbeth comprendió que le preparaban una sorpresa y se alejó muy
intrigada.
Aquella
mañana, el señor Shaw no había dicho que volvería temprano. Sin embargo, en
cuanto Lisbeth llegó junto a la verja del parque divisó entre la nieve que caía
lentamente la silueta familiar que se acercaba por la calle.
―nadie
vendrá mañana a esperar a este viejo cuando regrese de Su trabajo, dijo
tendiendo una mano afectuosa a la joven.
―¡No
es cierto! ¡Ya verá usted!
Los
ojos de Lisbeth brillaban de alegría, pues Fanny le había revelado un gran
secreto: en adelante acompañaría todos los días a su padre en el jardín.
―lo
deseo, pero deseo sobre todo que mi Lisbeth vuelva con frecuencia a pasar
largas temporadas aquí... mucho más largas que ésta.... dijo El señor Shaw
sonriendo.
―me
agradaría mucho, pero me necesitan en casa, respondió Lisbeth olvidando ya
todos sus malos ratos.
Si
Lisbeth hubiese podido ver todo lo que guardaban en la gaveta superior de su
baúl no habría tenido tanta calma. Fanny, avergonzada de haberse burlado de los
humildes regalos de su amiga, había tenido el pundonor de compensar su pésima
conducta. De acuerdo con Tom y con Granny, había reunido numerosos paquetes de
todos los tamaños y formas, elegidos con tanto cariño que era imposible que
Lisbeth y los suyos no se sintiesen satisfechos. Pero el más hermoso de todos
era un pequeño estuche blanco que ahogaba el tic―tac de un reloj dorado. Si
Lisbeth hubiese sabido que ese reloj la esperaba allí y que su nombre estaba
grabado en el interior de la tapa, no habría podido continuar su tranquilo
paseo del brazo del señor Shaw.
Pero
Lisbeth nada sospechaba. Dejó que Granny cerrara con llave el baúl, y después
de almorzar salió rumbo a la estación escoltada por Fanny y Maud, y también por
Tom quien, esta vez, no necesitó que le rogaran para acompañarlas.
Mientras
el coche los alejaba de la casa, se podía ver en las ventanas a Granny, a la
señora Shaw y a Kate agitando, aquéllas sus pañuelos y ésta su delantal en
señal de despedida pletórica de deseos de felicidad.
En
la estación, cuando el tren comenzó a andar, Fanny y Maud multiplicaron también
sus gestos de despedida. Pero Tom saltó bruscamente en el estribo del tren,
corriendo el riesgo de romperse el cuello, y por la ventanilla abierta arrojó
en el compartimiento de Lisbeth un paquetito mal hecho gritando:
―¡Es
horrorosa, pero la puse adentro para que te rías! ¡Hasta pronto, Lisbeth! ¡Buen
viaje!
Y
regresó al andén mientras Lisbeth se inclinaba para levantar su regalo. Era una
bolsita de maníes que contenía una horrible fotografía de un Tom de brillante
mirada. Sin embargo, Lisbeth sonrió largo rato contemplándola, antes de ponerla
en su cartera.
SEIS
AÑOS DESPUÉS
Fanny
dejó caer la carta que acababa de leer y preguntó muy sorprendida:
―¿Sabes
cuáles son los proyectos de Lisbeth?
―Casarse,
supongo, murmuró la señora Shaw con Su voz siempre doliente, aunque Su salud Había
mejorado un poco.
―yo,
terció Maud, más bien la veo rodeada de Su familia y sirviendo a los suyos.
―¡No
es fácil acertar!Quiere bastar a sus propias necesidades y costear los estudios
de Su hermano Will. viene aquí, a la ciudad, con El fin de dar lecciones de
piano, dijo Fanny.
―extraña
idea. y, ¿cuándo llega?, preguntó Tom con aire indiferente sin dejar de jugar
con Snip, El perrito al que hostigaba con El extremo de Su elegante zapato.
―¿Vendrá
a vivir aquí?, inquirió Maud.
―¡No!No
quiere estar a cargo de nosotros. ya reservó una habitación y se propone
instalarse en ella un día de éstos.
El
señor Shaw, que hasta ese momento no parecía escuchar la conversación, bajó
bruscamente su periódico para decir:
―Apruebo
totalmente su deseo. Todos los jóvenes deberían aprender a arreglarse solos,
aun los que tienen fortuna; nunca se sabe lo que puede suceder.
Tom
terminaba sus estudios en un colegio distinguido, donde era más bien un
atolondrado pendenciero que un aplicado alumno, pero aunque por momentos se
arrepintiese de su conducta, apreciaba demasiado las satisfacciones que le
brindaban su fortuna, sus rizos y su caballo para abandonarlos en provecho de
un esfuerzo mental.
―si
Lisbeth quiere realmente dar lecciones de música, me agradaría que enseñe a
cantar a Maud, que Tiene una voz tan agradable, murmuró la señora Shaw.
Maud
aplaudió semejante perspectiva. Ahora tenía trece años y se había convertido en
una jovencita activa y emprendedora, incapaz de satisfacerse con la vida
mundana y ociosa que gustaba a su hermana y a sus amigas.
La
conversación giró un tiempo más acerca de la joven Milton y sus proyectos, pero
la que se habría interesado más apasionadamente en ellos ya no estaba allí para
dar su opinión. La querida Granny había fallecido el invierno pasado, y su
sillón, ahora vacío junto a la chimenea, era lo único que recordaba aquella
delgada silueta siempre inclinada sobre una labor, desaparecida presencia que
durante tanto tiempo había sido el alma de este hogar.
Maud,
que se había acercado a la ventana con la esperanza de ver asomar un
problemático rayo de sol que le permitiese salir a dar un paseo, lanzó un grito
de alegría:
―¡Lisbeth!
¡Es Lisbeth!
Todas
las cabezas se volvieron en seguida; por el camino del jardín avanzaba una
joven de rostro iluminado, sonriendo como si la niebla de noviembre y todas las
demás preocupaciones jamás hubiesen existido.
―¿cuándo
llegaste, querida?, exclamó Fanny corriendo al encuentro de la visitante, a la
que abrazó con todo Su afecto.
―Ayer.
Déjame quitarme El sombrero. Desde que estoy aquí, arreglo mi nuevo domicilio
pero tenía tantos deseos de venir que no podía esperar más tiempo. ¿Cómo estáis
todos?
Tom
le estrechó la mano diciéndole un respetuoso "Me alegro de volver a verte,
Lisbeth", que no disimulaba completamente su extrañeza de ver a su
compañera de infancia convertida de pronto en una encantadora muchacha.
―¿cuándo
empiezas a dar lecciones? ¿Me aceptarías como alumna?, preguntó Maud
estrechando en Su pequeña mano los dedos fríos de Lisbeth.
―¿Dónde
vives? ¿No te atemoriza ese oficio de profesora? ¿Crees que tendrás éxito?,
preguntaba Fanny al mismo tiempo.
Lisbeth
respondía complacida a todas las preguntas, sonriendo como si describiera un
porvenir de diversiones y no de trabajo. Gracias a su padrino, ya tenía varias
alumnas aseguradas; vivía en casa de la señora Mills, una dama muy amable, con
quien cenaría cada noche. Tomar sola sus otras comidas, circular por la ciudad
para clases, enfrentarse con sus alumnas y sus desconocidos padres parecía ser
para ella la perspectiva de tantos placeres como las visitas de su hermano
Will, previstas todos los domingos, o las veladas que, de vez en cuando,
vendría a pasar con los Shaw.
―¡Recibiremos
y saldremos mucho este invierno!y me alegraré de ayudarte a lanzarte en El
mundo..., declaró Fanny, feliz de enunciar sus propios proyectos.
―¡No!
Vine a trabajar, no para divertirme; para ganar dinero, no para gastarlo. Para
mí no habrá recepciones ni salidas.
―¡Oh,
no pretenderás llevar una vida recluida sin la menor distracción!, exclamó
Fanny.
―Pretendo
hacer lo que decidí, replicó Lisbeth, segura de Sí, pensando en El único
vestido que integraba Su guardarropa y en los gastos extravagantes que tendría
que hacer si seguía a Fanny en Su vida mundana.
Tom
se levantó. Ese cotorreo entre chicas no le interesaba.
―¿Adónde
vas?, le preguntó Su madre.
―Tiene
una cita con Su novia, susurró Maud, burlona. ―¿Cómo? ¿Tom Tiene novia?,
exclamó Lisbeth sonriendo como si se tratase de una broma. ―es muy reciente,
explicó Fanny.
―¿Y
quién es la feliz elegida?
―Triz.
¿La recuerdas?
―Perfectamente,
dijo Lisbeth, esforzándose cortésmente por borrar Su sonrisa para no herir a
Tom.
―¡No
crees que sea cierto!¿No parezco ser El hombre más feliz del mundo?
Lisbeth
era demasiado franca para mentir, aun en un caso semejante. Meneó la cabeza y
dijo:
―¡No!
―¿qué
aspecto debería tener para que lo creas?
―Simplemente
El de un hombre que hubiese olvidado Su propia felicidad para pensar sólo en El
de otro ser, replicó Lisbeth. pero en seguida se ruborizó por lo que acababa de
decir y para rehuir la mirada de Tom desvió la suya hacia El fuego que ardía en
la chimenea.
El
señor Shaw estalló en una carcajada.
―¡Bien
dicho! Descubriste pronto la verdad, Lisbeth. ¡Jamás pude tomar este noviazgo
en serio!
Tom,
profundamente ultrajado por la falta de deferencia con que eran tratados sus
asuntos del corazón, adoptó la prudente actitud de alejarse sin discutir. Al
pasar saludó a Lisbeth con una simple inclinación de cabeza acompañada de un
"hasta la vista" pronunciado con la misma desenvoltura que si se
hubiese dirigido a una niña. Su perro lo siguió con una dignidad semejante a la
de su amo, y la puerta se cerró a tiempo para evitarle escuchar la tempestad de
carcajadas que provocó esa salida.
―¡Mi
hermano está completamente idiota!Se deja manejar por Triz que siempre necesita
un galán a Su lado y Tiene la costumbre de romper sus noviazgos cada seis
meses. este invierno puso sus ojos en Tom y este bobo se dejó deslumbrar.
―¡Pobre
Tom!, dijo sencillamente Lisbeth, pero se abstuvo de agregar: "¡Pobre
Fanny!", pues adivinaba que la envidia desempeñaba un buen papel en la
opinión de su amiga.
―Sí,
es triste. a pesar de todo es un buen muchacho. cuando Granny estaba enferma la
cuidó con una abnegación de la que no lo habrías creído capaz. Tiene un gran
corazón, ¿sabes?
―ya
lo sé, dijo Lisbeth, reflexiva. y aprovechando un silencio propuso a sus amigas
ir a visitar Su alegre cuarto.
Lo
primero que se veía al entrar era una chimenea donde chisporroteaba un buen
fuego de leños. Frente a éste, un gato gris dormitaba sobre la alfombra de lana
roja y, muy cerca, un canario, el cual volvió su ojo negro hacia las recién
llegadas y, al reconocer a Lisbeth, batió las alas y posóse en su hombro.
―Os
presento a mis íntimos, mis buenos compañeros. este ruidoso cantor se llama
Nicodemo y este morrongo pacífico Tiene El nombre de Ceniciento porque jamás se
aleja del rincón del hogar. Ahora, poneos cómodas mientras preparo El té.
―antes
quiero seguir viendo, declaró Maud.
―El
piano ocupa todo El lugar y no hay otra cosa que ver...
―¡Me
gustaría vivir en una habitación instalada por mí!, como ésta, con un gato y un
pájaro que no se devoren el uno al otro. ¡Invitar a las amigas que yo elija,
servirles té en una tetera brillante y comer cuantas tostadas se me antoje!
Una
carcajada general saludó la expresión de ingenuo deseo.
―¡Me
alegro de que este lugar te guste, querida Maud!, y te invito a venir todas las
veces que quieras.
―Entonces,
me verás con frecuencia...
―también
a mí. no hay duda que hay más felicidad aquí que en toda nuestra gran casa,
afirmó Fanny.
A
pesar de su aparente alegría, la voz de la joven tenía un acento tan lastimero
al pronunciar estas palabras que Lisbeth sospechó que su amiga debía de tener
alguna pena oculta y resolvió estar dispuesta a escuchar sus confidencias. Pero
la hora no había llegado aún, y esa tarde la dejó marcharse manifestándole su
simpatía con un largo beso que significaba: "Cuando me necesites, siempre
me hallarás presente...".
La
dueña de casa, señora Mills, esperaba a Lisbeth para la cena. Era una mujer
todavía joven que había perdido sucesivamente a su esposo y a su hija y, sola
en el mundo, descubrió en ella la admirable aptitud de ser feliz haciendo
felices a los demás.
Durante
los primeros tiempos que siguieron a la instalación de Lisbeth bajo su techo,
esas cenas en común fueron motivo de incesantes conversaciones durante las
cuales la señora Mills conoció todas las dificultades y todas las esperanzas de
la joven.
La
finalidad que la joven se había impuesto de subvenir a sus propias necesidades
y participar en los gastos de educación de su hermano, finalidad que en un
principio la había alentado tanto, perdió pronto su efecto estimulante. La
estricta economía que se veía obligada a observar se convertía en estrechez,
después de haber sido una satisfacción. Lisbeth comparó, entonces las ventajas
de una seductora independencia con los inconvenientes de toda soledad; la
balanza se inclinó a favor de la vida en familia, y Lisbeth comprendió la
severidad del camino que se había impuesto.
LA
ESCUELA DE LA VIDA
Toda
la gente suele tener días desventurados, pero Lisbeth consideraba a veces que a
ella le tocaban más de los que le correspondían. Éste era el tercer día de la
última semana de enero que comenzaba con tan mala fortuna, y la pobre joven
presentía toda clase de catástrofes antes que llegase la noche.
¡Qué
mañana desalentadora! Sus alumnas se manifestaron particularmente distraídas y
dos de ellas le anunciaron que se iban de viaje. Fue tanto más violento para
ella, por cuanto se trataba de dos principiantes y Lisbeth sabía que jamás
tendría el valor de cobrarles el pago del trimestre, aunque sus cálculos y
previsiones se veían muy perjudicados por esa falta de ganancias.
Mientras
volvía a su casa para almorzar, cansada y decepcionada, la pobre Lisbeth habría
de recibir otro golpe, más terrible aún que el de perder sus alumnas.
Caminaba
apresuradamente llevando en una mano su pesada cartera con libros de música y
en la otra un paquete de bizcochos para el té cuando divisó a Tom y a Triz que
avanzaban en su dirección, por la acera opuesta. Se sintió impresionada por la
elegancia con que vestían y el feliz aspecto de sus rostros. De pronto, le
pareció que todo el sol de la calle era para ellos mientras que a ella sólo le
quedaba la sombra y el viento.
No
queriendo dejarse dominar por la envidia, Lisbeth, feliz de cambiar algunas
palabras afectuosas con sus amigos, se dirigió hacia ellos con una sonrisa en
los labios. Triz la vio y desvió la mirada hacia un horizonte lejano. Tom
probablemente no la vio, pues su vista estaba fija en ese momento en un
espléndido caballo que pasaba por la calzada. Pero Lisbeth, imaginando que
ambos la habían reconocido, continuó avanzando hacia ellos sin la menor
aprensión.
Triz,
con la mirada perdida en la lejanía y Tom, contemplando el bello animal,
pasaron impasibles frente a Lisbeth con las mejillas encendidas, la mirada
ansiosa y sus paquetes en evidencia. Cuando se cruzaron, fueron unos segundos
horribles: nadie habló, nadie saludó, y Lisbeth se encontró nuevamente sola con
la sensación de haber recibido una bofetada en pleno rostro.
Sus
pensamientos, que no exteriorizó, eran más o menos así "Jamás hubiera
creído tal cosa de Tom. Es la influencia de esta horrible Triz que lo convierte
en un snob, demasiado orgulloso para saludarme porque llevo paquetes y trabajo
para ganarme la vida. Pues bien, ¡se acabó! ¡Jamás volveré a preocuparme por
él!"
Conviene
hacer la salvedad de que Tom era absolutamente irresponsable de esta
descortesía. Siempre saludaba a Lisbeth cuando la encontraba en la calle y si
ese día no lo había hecho era porque realmente no la había visto. Pero la mala
suerte quería que siempre lo encontraba cuando iba solo y que justamente esta
vez Triz lo acompañaba. La afrenta era mucho más dolorosa para Lisbeth, pues
jamás había simpatizado con Triz y ésta no desperdiciaba ninguna oportunidad
para demostrarle su desprecio.
Este
día mal empezado, continuaba pues aún peor...
Sin
embargo, antes que Lisbeth pudiese despejar sus ojos y retomar una expresión
serena, un caballero se le acercó, se quitó el sombrero, le, sonrió y le dijo
alegremente:
―¡Buenos
días, señorita Milton!Me alegra muchísimo de verla...
Era
Arturo Sydney, el amigo de Frank Moore y de Fanny, que Lisbeth había conocido
por primera vez seis años antes, a quien en aquella ocasión apreciaba por su
cortesía y al que veía de vez en cuando. Pero ese día el joven dejó en suspenso
su frase de bienvenida y continuó en otro tono:
―Perdóneme
usted... ¿Tiene dificultades? ¿Puedo serle útil?
Lisbeth
no tuvo más remedio que decirle la verdad.
Es
una idiotez, lo admito, pero me duele sentirme despreciada por mis amigos. No
obstante, tengo que acostumbrarme...
Arturo
Sydney echó un vistazo en la calle, reconoció a la pareja e hizo un gesto de
desagrado. Mientras tanto, Lisbeth, turbada, buscaba un pañuelo en su bolsillo;
sin pronunciar una palabra, el joven le tomó de las manos su cartera y su
paquete, pequeño gesto amistoso que tenía gran significado en semejante
momento. Inmediatamente, Lisbeth se sintió mejor, y enjugando con rapidez las
reveladoras lágrimas, rió y dijo regocijada
―¡Bueno!¡Ya
estoy bien!Se lo agradezco, no cargue usted mis paquetes.
―no
me molestan, y esta cartera con libros de música me recuerda lo que quería
decirle. mi hermana desea que Su hija Estudié El piano... ¿Tiene usted algunas
horas libres en la semana para ocuparse de ella?
―¿Realmente?,
preguntó Lisbeth, como si sospechase que Su interlocutor Había inventado esa
historia por gentileza.
Sydney
sonrió y sacó de su bolsillo una carta que le tendió.
―Ésta
es la prueba de mi veracidad.
Era
una carta escrita por la madre de la pequeña Minnie, que Sydney tenía la
intención de dejar en casa de Lisbeth si no la hubiese encontrado allí.
La
joven se excusó y agradeció con una mirada pletórica de gratitud, asegurándole
que esta nueva alumna sería muy bien venida. Pensó que él la dejaría ya, pero
no lo hizo. La acompañó hasta la casa de la señora Mills, hablándole primero de
esta Minnie, muy inteligente pero bastante traviesa, según le dijo, y continuó
conversando de temas musicales en términos más o menos generales. Lisbeth había
casi olvidado el incidente hasta el momento en que, al llegar a su casa, Arturo
Sydney se despidió de ella diciendo:
―si
yo estuviese en Su lugar, no le guardaría rencor a Tom por este necio
incidente. Triz es muy capaz de ese género de mezquindades, pero Tom, a pesar
de todas sus rarezas, Tiene buen corazón y jamás consentiría en rebajarse a
cometer tales maldades.
El
joven estrechó la manecita vestida por un guante de lana gris y saludó a la
joven exactamente de la misma manera que lo hubiese hecho con la más rica
heredera de la ciudad, le devolvió sus paquetes y se marchó dejando a Lisbeth
subir a su cuarto con la rapidez de un relámpago y saludar a Ceniciento con
esta extraña observación:
―¡Usted
es un verdadero caballero! ¡Es muy amable de su parte haber dicho esas cosas de
Tom! ¡Puede contar conmigo para dar buenas lecciones a Minnie!
El
solitario almuerzo de Lisbeth fue casi agradable pero, lamentablemente, la
tarde se le alargó en monótonas lecciones.
Esperaba
encontrar a Maud con quien solía compartir su íntima merienda antes de la
clase, pero la niña no había venido; en cambio, una nota de la señora Shaw le
anunciaba que Maud estaba resfriada y no podía salir.
Lisbeth
se encontró sola frente a su pequeña tetera, y la aflicción que se esforzaba
por rechazar desde la mañana se reanudó al ver el paquete de bizcochos. Algunas
lágrimas cayeron en su taza y hasta la miel familiar tuvo sabor amargo.
Esto
no puede durar así, se dijo Lisbeth. "Tengo que moverme... ¡Iré a visitar
a los Shaw; Maud no debe estar tan enferma como para no poder hacer un poco de
solfeo! ¡Y si Tom cena afuera, pasaré la velada con Fanny!"
Al
salir dijo a la señora Mills que iba a la casa de amigos que tal vez la
invitarían a cenar y, reconfortada al pensar en una velada más agradable que
las habituales, se alejó bajo la lluvia, decidida a ser feliz a pesar de todo.
Al
llegar a la casa de los Shaw encontró a Maud en cama con mucha fiebre y a Fanny
entre las manos de un peinador, sin atreverse a esbozar el menor movimiento por
temor que se derrumbase el imponente edificio de rizos erigido sobre su cabeza.
―¡Oh,
Lisbeth! ¡Qué amable eres de venir esta tarde! Adiviné que eras tú al ver en el
espejo tu silueta. Ceno en casa de los Davidson con Tom; Triz también irá y
quiero que me admiren más que a ella. ¿Me ayudas a vestirme?
―¡Con
gusto!
Hasta
que se hubo marchado el peinador, Lisbeth no agregó una sola palabra.
―¿qué
te parece mi vestido?, le preguntó Fanny, cuando ambas quedaron solas.
―¡Admirable!,
respondió Lisbeth sin ironía.
―te
propuse diez veces obsequiarte uno a tu gusto... ¿Por qué no aceptas?
―no,
Fan, te aseguro, es mejor que no acepte... Puedo vivir dichosa sin bordados ni
adornos.
―no
lo parece, querida... al menos, esta noche...
Fanny
hablaba gentilmente pero sin cesar de estudiar sus gestos frente al espejo.
Había notado la tristeza de su amiga pero su compasión no iba más allá de
aquella simple observación; estaba demasiado atareada por los cuidados de su
belleza y por la preocupación de superar a Triz.
―¡Démonos
prisa, que estoy muy retrasada y Tom se enfadará! ¡Es capaz de venir a buscarme
hasta aquí!
Lisbeth
no hizo ningún comentario a esta respuesta. Ayudó a su amiga con tanta
celeridad que veinte minutos más tarde había terminado y ya se calzaba los
guantes.
―¿Ya
te vas?
―¡Sí!Prometí
a la señora Mills ayudarle un poco esta noche... no quiero volver tarde.
―¿Puedes
avisar a Tom que estoy lista?
―¡No!
La
palabra brotó de los labios de Lisbeth con la brutalidad de un grito, pero supo
atenuar el efecto con una sonrisa y un beso que envió graciosamente con la
punta de los dedos.
Corrió
escaleras abajo lo más rápido que pudo y se lanzó en la noche, el viento y la
lluvia sintiéndose liberada. Tom no la había visto aquella mañana, sin duda,
pero prefería no dejarle notar, esa misma noche, las huellas aún demasiado
visibles que había dejado en sus rasgos el momento de distracción del muchacho.
―¿Ya
está de vuelta?, le preguntó la señora Mills sorprendida al verla regresar tan
pronto.
―Sí,
Fanny cena fuera de casa.
―Pensé
que usted no volvería y me preparaba para salir.
¡Oh,
no quiero impedírselo!
―¡No!De
todas maneras, antes de irme Tengo que terminar El arreglo de este vestido.
―¿Puedo
ayudarle?
―¡Por
cierto!Terminaré El cuello mientras usted cose El dobladillo del ruedo. Tuve
que acortarlo porque la que va a usarlo es más baja que yo.
―¿Se
puede saber para quién es?
La
señora Mills pareció titubear un instante.
―es
una historia triste, temo apenarla, dijo..
―esta
noche no estoy de humor para apreciar historias divertidas...
―se
trata de Juana, una joven muy perseguida por la mala suerte. yo no la conocía.
Vivía en una habitación que alquilaba a la señora Finn, una excelente mujer
que, sin embargo, no sospechaba en qué profunda miseria Había caído Juana Desde
la muerte de Su madre. la veía entrar y salir, vestida humildemente pero
aseada, demasiado discreta para pedir algo y siempre con una sonrisa en Su
rostro pálido.
Una
noche la señora Finn entró en su cuarto, digamos por casualidad, si queremos
llamar casualidad a la providencia. La habitación le pareció
desacostumbradamente vacía y fría. Juana no estaba, pero encima de la mesa
había una carta cerrada y dirigida a la señora Finn. Era tan extraño que,
sospechando algo, la leyó. Me la dio luego... ¿Quiere usted leerla?
Lisbeth
tomó el papel que le tendía la señora Mills y con ojos que se le iban llenando
de lágrimas, leyó:
Querida
señora Finn:
Perdóneme
todas las molestias que voy a ocasionarle, pero no puedo evitarlo. No encuentro
ningún trabajo adecuado a mis fuerzas que me permita vivir y me siento tan
débil que no tengo esperanzas de sanar. No quiero ser una carga para nadie...
Prefiero desaparecer .. .
Vendí
todo lo que poseo para pagarle lo que le debo. Usted hallará el dinero con mi
carta. Espero que lo que hago me será perdonado...
Adiós,
señora Finn, no me guarde rencor y olvide pronto a la pequeña Juana que sólo
pretendía un lugarcito en este mundo y no pudo encontrarlo...
―¡Oh!
¡Es horrible! ¡Se mató!
―No.
Dios no lo permitió. hizo que Juana escribiese esta carta antes de ir a vender
sus últimas cosas y que la señora Finn entrase en Su cuarto durante Su
ausencia. cuando la pobre muchacha volvió para colocar El dinero junto a Su
carta, cumpliendo lo que creía ser El último gesto de Su vida, la señora Finn
estaba allí.... y ya se imagina usted que supo apartarla de tan espantoso
proyecto...
―¡Oh,
señora Mills!¿Qué se puede hacer por ella?
―por
Ahora, rodearla de afecto y obligarla a alimentarse porque está muy débil.
después, trataremos de encontrarle trabajo.
―¡,y
este vestido es para ella?
―Sí;
para cubrirse sólo conservaba un viejo abrigo que había pertenecido a su madre,
lo único que guardaba de ella...
―¿Es
posible que exista tanta miseria?, gimió Lisbeth retorciéndose las manos.
Y de
pronto recordó todas las lágrimas que había vertido durante el día por sus
propias desdichas. Se sintió ridícula de haberse dejado desmoralizar por
simples contrariedades, tan insignificantes comparadas con la real aflicción de
la huérfana, abandonada al punto de creer que no había un lugar para ella sobre
la tierra. Levantando la cabeza, dijo bruscamente:
―señora
Mills, ¿Me permite usted acompañarla en Su visita a Juana, esta noche? mi
pollera de lana azul debe ser de Su medida y Tengo un poco de ropa en buen
estado que no uso. me gustaría llevárselas, y también algunas masas... Traje de
mi casa una cantidad mayor de la que podré comer...
La
señora Mills dio una última puntada en el cuello del vestido de Juana y
contestó seriamente:
―Apreciará
aún más la simpatía que usted le brinda que sus ropas y sus masitas, mi pequeña
Lisbeth, pero al darle todo lo que usted puede, creo que le ayudará mucho.
cuando un ser llega a ese punto de desesperación, sólo cuenta una cosa: hacerle
comprender que El mundo no es tan despiadado como parece...
La
señora Mills no dijo más, pero esa noche, cuando Lisbeth se deslizó en su cama,
el ruido de los coches que pasaban bajo su ventana le pareció diferente. Era el
eco amistoso de un mundo desbordante de vida, donde algunos podían parecer más
felices que otros, pero donde todos podían encontrar la felicidad ayudándose
mutuamente.
Este
reconfortante pensamiento había de ayudar a Lisbeth, en adelante, para soportar
con mayor ánimo todas las vicisitudes de su propia vida en ese pequeño lugar
que ella misma había hallado sobre esta tierra, pero desde donde sólo ella
podía irradiar alegría.
UNA
VELADA EXCEPCIONAL
Cuando
Lisbeth abrió la ventana aquella mañana, un pálido rayo de sol se deslizaba
sobre los troncos negros de los árboles. El viento vivo y ligero que corría por
la calle contenía algo impalpable y alegre que invitaba a hacer cosas
descabelladas.
Llevo
la vida de una tonta. Tengo que brindarme un poco de fantasía... Esto no puede
continuar siempre igual..., Se dijo Lisbeth.
Arrojó
algunas migas al grupito de palomas que solía venir cada mañana a reclamarle su
parte de desayuno v, mientras contemplaba sus patitas rosadas y sus cuellos
tornasolados, trataba de descubrir algo grato que la haría olvidar durante
algunas horas sus preocupaciones cotidianas.
―¡Pues
bien; os anuncio, señoras palomas, que iré a la ópera! ¡Es muy costoso y poco
razonable, pero no importa! Compraré dos localidades y mandaré tinas líneas a
Will... ¡Me alegraré oyendo un poco de buena música!
Después
de esta, palabras, Lisbeth cerró bruscamente la ventana en las narices de sus
alados huéspedes y se dedicó a ordenar su habitación, canturreando, dominada
por una excitación poco habitual.
Mientras
iba a buscar las localidades antes de dar su primera lección, Lisbeth se
preguntaba si sabría resistir a la tentación de tomar buenas plateas, pero toda
su vacilación desapareció muy pronto: esa noche, la sala estaba completa. Esta
decepción contribuyó a aumentar su deseo de cometer disparates" y consultó
ávidamente los programas de los teatros. Ninguno le pareció interesante.
Defraudada, fue a la casa de sus alumnas repitiéndose que así había de ser y
que era perfectamente feliz sin teatros ni conciertos, aunque no logró
convencerse.
Al
regresar a su casa para almorzar encontró una―nota de Fanny y apenas terminó de
leerla lanzó un grito de alegría. Era una invitación para ir a la ópera esa
misma noche: Fanny le proponía tomar el té con ella y ayudarla a vestirse. Le
prestaría una capa elegante y todas las alhajas y adornos que necesitase.
"Iremos con Tom, decía, y él insiste para que vengas y ya sabes cuanta
importancia otorga a los refinamientos en el vestir."
Sentíase
tan regocijada que arrojó la nota al suelo y se puso a dar brincos, asustando a
Ceniciento que desapareció bajo la cama y a Nicodemo que la miraba, ya con su
ojo derecho, ya con el izquierdo, profiriendo piídos interrogantes.
Al
mismo tiempo las ideas le giraban en la mente como un torbellino. En menos de
tres segundos decidió que debía comprar los guantes más hermosos que podía
encontrar, que no pediría prestado a la señora Mills su tocado de noche, pasado
de moda, sino que compraría uno nuevo y de su agrado. Estaba tan exaltada que
nada le parecía demasiado lindo ni demasiado caro.
Comeré
pan seco durante una semana si es necesario, pensaba. "pero no me faltará
nada... Quiero ser la mujer más elegante de toda la sala..."
Llegó
a la casa de los Shaw totalmente incapaz de conservar la habitual dignidad de
su conducta; en ese momento Maud estaba en el piano tocando un vals y Tom la
escuchaba distraídamente. hostigando a su perro. Antes que Lisbeth tuviese
tiempo de mencionar el menor agradecimiento por la invitación, Tom se levantó y
tomándola de las manos la hizo girar en forma enloquecida a través de toda la
sala. La joven encantada se dejaba guiar. Estaba exactamente del humor adecuado
para apreciar aquel vals improvisado entre los brazos de ese caballero
semiburlón, semirrespetuoso, y Maud, contagiada por la alegría de los
bailarines, aceleraba el ritmo dándole un compás endemoniado.
―Triz
rehusó salir esta noche..., explicaba Tom.
―cuando
El gato no está, las lanchas bailan..., replicó Lisbeth, pero Su frase terminó
en un grito horrorizado. El perro corría fuera de la sala llevándose un paquete
cuidadosamente envuelto.
―¡Mi
tocado!, gritó Lisbeth con acento desesperado.
―¿De
qué Estás hablando?
―¡Snip
se lo lleva!Alcánzalo, por favor...
―¡Voy!,
exclamó Tom, comprendiendo por fin el drama y arrojándose detrás del ladrón.
Pero
Snip consideraba todo esto como un juego muy divertido y sacudía el paquete
como lo hubiese hecho con un ratón, recorrió la casa hacia arriba y hacia
abajo, excitándose cada vez más con los gritos y las interjecciones de su amo.
Lisbeth
asistía angustiada y desde lejos a las alternativas de la cacería mientras Maud
se desternillaba de risa en el taburete del piano. Finalmente, Tom pudo
recuperar el paquete en el rellano del segundo piso y lo devolvió a Lisbeth
diciendo:
―temo
que se haya comido uno de tus guantes, encontré uno solo y bastante mordido.
pero El tocado está a salvo. ¿Había algo, más en El paquete?
―mi
mejor cuello y mis puños, dijo Lisbeth con la calma que suele prestar la
desesperación.
―vi
algo blanco en El piso del comedor. ve a ver, Maud, dijo Tom encerrando al
culpable en El cuartito de los calzados, donde se enrolló confortablemente y
quedó dormido.
―¡Todo
está intacto!, gritó Maud trayendo triunfalmente los trofeos.
―¡Y
el tocado también!, murmuró Lisbeth tras una minuciosa inspección del objeto.
―es
encantador. Póntelo, quiero admirarte, dijo Tom.
Tom
tenía una marcada predilección por los pimpollos de rosa de color muy pálido y
Lisbeth lo había recordado, tal vez, al elegir ese tocado, pero replicó en
seguida:
―¿Despeinada
como estoy? ¡Por nada en la vida! ¡Esta noche estoy un poco alocada, es cierto,
pero no al punto de aparecer ridícula ante tus ojos!
Y
muy dignamente, juntó las piezas dispersas de sus galas y subió al cuarto (le
Fan para vestirse.
―¡Ser
alocada te queda bien!, le gritó Tom riendo. Luego, volviéndose hacia Maud
agregó:
―bien
vestida, Lisbeth podría ser la más Bella y deliciosa de las mujeres, ¿No te
parece?
Esta
frase no estaba destinada a los oídos de Lisbeth, no obstante ella la oyó y
decidió, por una vez, mostrarse tal como Tom lo deseaba.
Fanny
pareció comprender su deseo y se le sometió con buena voluntad. Le ayudó a
peinarse, a ajustar su cuello y sus rescatados puños, a atar la larga capa
blanca, ornada de pesados bordados en el ruedo y cuyos pliegues fueron objeto
de numerosas idas y venidas frente al espejo. El pequeño tocado, con su
pimpollo rosado cayendo sobre los cabellos oscuros, era sumamente sentador y
agregaba una nota muy personal a la elegancia del conjunto.
―Usa
estos guantes para reemplazar los tuyos. ¿Quieres un abanico? ¿qué alhajas te
gustaría ponerte?
Lisbeth
se sintió incapaz de resistir a tantas tentaciones. Eligió un abanico de plumas
adornado con un pequeño espejo y se colocó dos pulseras pensando que se las
quitaría si aparentaban demasiado lujo. Pero en cuanto las vio en sus muñecas,
supo que no tendría valor para sacárselas.
―Déjatelas,
le decía Fanny riendo mientras Maud contemplaba con envidia a las dos amigas,
Ahora tan elegantes una como otra, y se preguntaba cuándo tendría ella también
El derecho de usar tantas alhajas y sedas.
―Estamos
listas, puedes ir a avisar a Tom, dijo finalmente Fanny, agregando un poco de
rouge en sus labios.
Maud
obedeció con toda prisa y se quedó junto a su hermano, al pie de la escalera,
para ver bajar a las dos jovencitas.
―¿Verdad
que Lisbeth parece una encantadora novia?, exclamó al mirarla.
―¡Encantadora!,
repitió Tom, convencido. Sonrió con respeto al verla bajar los peldaños que su
capa blanca rozaba al pasar, y cuando llegó frente a él, lanzando una mirada
maliciosa a su hermana se inclinó en ceremonioso saludo y dijo a Lisbeth:
―Permítame
felicitarla, señora... ¡Sydney!
―¿Cómo
te atreves...?, se indignó Lisbeth sonrojándose mucho más que la rosa de Su
tocado.
Pero
esta frase tuvo un efecto aún más violento en Fanny. Por razones que sólo ella
conocía, la chanza de Tom no le convenía y la tomó de muy mal talante. Sus ojos
relampaguearon bajo su ceño y preguntó con voz seca:
―¿Está
ya el coche? ¡Si queremos ir a la ópera, es tiempo de salir!
Maud,
acostumbrada a los cambios de humor de su hermana, se apresuró a abrir la
puerta del vestíbulo, descubriendo al cochero impasible en el pescante y a los
caballos que piafaban desde hacía una hora frente a la escalinata. Tom, que no
tenía prisa alguna, se acercó a Lisbeth y le ofreció su brazo:
―¿No
te gusta, entonces?, le preguntó con una guiñada de complicidad.
―¿Qué?
¿La ópera? por cierto que sí...
―Hablo
de Sydney.
―¡No!,
replicó Lisbeth de manera bastante seca.
En
ese momento la voz de Fanny llamando desde afuera le sirvió de pretexto para
interrumpir el delicado diálogo. Tom, que había notado el enojoso efecto de su
broma en sus dos compañeras, cambió el tema de la conversación, pero estaba
convencido que sus sospechas no lo engañaban y que Lisbeth tenía mucho interés
en su amigo Syd.
Por
una de esas casualidades que se producen con más frecuencia de lo que uno cree,
ocurrió que esa misma noche Sydney también había decidido ir a la Ópera y la
localidad que ocupaba junto a la de su amigo Frank Moore estaba justo detrás de
las que había tomado Tom.
Cuando
Lisbeth, llena de satisfacción, penetró en la suntuosa sala del teatro y
descubrió a Sydney sentado en esa platea tan próxima a la suya, no pudo evitar
sonrojarse de nuevo, e inclinándose hacia Tom le susurró al oído:
―¡Lo
hiciste a propósito! ¡Eres un monstruo!
Tom
se defendió con toda la sinceridad de una conciencia irreprochable, a pesar de
la tentación de risa que esta coincidencia le provocaba:
―¡Te
juro que no!No veas en todo esto sino El efecto de una ley de atracción tal vez
mal definida, pero evidente...
Lisbeth
se sentía demasiado feliz para estar mucho tiempo incómoda por el imprevisto
encuentro. La música, las luces, el lujo que la rodeaban la mareaban sin que
estuviera consciente de ello, y si Sydney la miraba con una atención algo
demasiado persistente, no estaba en estado de hallar en ello motivo de crítica.
En
realidad, éste la escudriñaba como si se maravillase de ver una crisálida
trasformada bruscamente en brillante mariposa. Se había interesado en los
proyectos de la joven ayudándola en la medida de sus medios, pero esa noche
comenzó a pensar por primera vez que merecía mejor suerte y que sería una
lástima que pasara toda su vida dando lecciones de piano.
Durante
el intervalo tuvo una larga y amistosa conversación con ella y con Tom. Nadie
notó la obstinación con que Fanny, fingiendo sonreír, se limitó a hablar
solamente con Frank Moore. Sin embargo, hacía años que sabía que este
obsequiante de ramos de camelias no era sino un atolondrado sin valor propio y
evitaba cuidadosamente su compañía, tal como otrora se lo había prometido a su
padre.
La
pobre Fanny no podía, a través de su conversación con tan insignificante
individuo, evitar de oír el ardor de las frases cordiales que cambiaban entre
ellos Tom, Sydney y Lisbeth como si en toda su vida ésta no hubiese hecho otra
cosa que brillar en sociedad. En realidad, Lisbeth, que de costumbre prestaba
tan poca importancia a las atenciones de los muchachos, hallaba en ello un
placer nuevo. Lucía con gracia sus pulseras, se miraba en el pequeño espejo de
su abanico, inclinaba la rosa de su tocado hacia la derecha o hacia la
izquierda, sonreía por todo y encontraba la vida hermosa entre esos dos hombres
ricos y distinguidos que no ocultaban el placer que les daba mirarla.
Después
de la apoteosis final del espectáculo, Sydney se despidió de sus amigos con esa
elegancia que tanto apreciaba Lisbeth, y ésta, en el alboroto de la salida,
tomó el brazo de Tom, feliz de hallar este apoyo fraternal.
Mientras
esperaban que su coche, perdido entre tantos otros, se acercase al pie de la
escalinata del teatro, oyó que Fanny decía en voz baja al oído de Tom:
―¿qué
dirá Triz cuando sepa todo esto?
―¿Todo
qué?
―Bueno,
la manera como te portaste esta noche con Lisbeth.
―Me
importa muy poco lo que diga. ¡Y de todos modos no es más que Lisbeth!
―eso
precisamente es lo grave. Triz no la aguanta.
―¡Pues
bien! ¡Yo sí, y soy libre de divertirme como me place!
Y
volviéndose hacia su invitada, agregó amistosamente:
―Aquí
está el coche. ¡Vamos, Lisbeth!
Lisbeth
se dejó conducir y se sentó en silencio junto a Fanny. Su alegría había
desaparecido por completo en el instante en que Tom pronunció: "No es más
que Lisbeth", con ese tonito desdeñoso, hiriente. ¿Tom la consideraba
entonces como un objeto privado de sentimientos? ¿Como un ser sin personalidad,
sólo necesario para distraerse una noche o para dar lecciones de piano a las
niñas? Durante algunos instantes Lisbeth se sintió infinitamente desalentada y
cuando Tom, notando su silencio, se volvió hacia ella y le preguntó gentilmente
si estaba cansada le contestó con amargura:
―Sí,
lo estoy... ¡De no ser nadie!
―Pero
no eres "nadie"... ¡Eres Lisbeth! ¡Y eso es mucho!
Su
acento convincente, esas palabras familiares que dejaban sobreentender tanta
amistad, tuvieron el poder de arrancar a Lisbeth de su naciente melancolía. No
se preguntó por qué había atribuido tanta importancia a la pequeña apreciación
restrictiva de Tom "no es más que...", pero decidida a aprovechar
hasta el último minuto esta velada excepcional, aceptó volver ala casa de los
Shaw para participar de la comida.
La
mesa bien servida, el refinado menú y los excelentes vinos ―complemento
inesperado de esta inolvidable velada― disiparon pronto hasta la menor huella
de sus preocupaciones. Se divirtió en imitar, ella sola, la ópera que acaban de
escuchar y lo hizo con tanta gracia que la misma Fanny volvió a sonreír.
―Tendrías
que venir mañana al teatro con nosotros...
―No
cuentes conmigo, amigo Tom. ¡No pienso repetir esta locura!
―¡Pero
esto no es una locura!, exclamó Tom.
Locura
o no, esta velada habría de costar a Lisbeth mucho más caro que el precio de un
tocado y un par de guantes. Pero lo peor es que no sería la única en sufrir sus
consecuencias.
Todo
comenzó al día siguiente y duró varias semanas, durante las cuales la amistad
de Fanny hacia ella sufrió un considerable enfriamiento; Tom se hastiaba de la
compañía de Triz. v Sydney, a pesar de toda su cordura, construía sueños
infundados.
CONFIDENCIAS
La
pluma de Lisbeth se deslizaba rápidamente con un leve chirrido sobre la hoja de
papel de carta color lila. Nicodemo la observaba posado sobre el borde del
tintero, en el que había aprendido a sus expensas que era preferible no hundir
el pico. Como de costumbre escribía a su padrino, el doctor March:
Querido
padrino, le prometí no ocultarle nada, pero hay cosas en las que no me atrevo
siquiera a pensar; ¿cómo podría escribírselas? Este señor Sydney, cuya reserva,
cortesía y generosidad admiré cuando sólo era yo una niña, no ha cambiado en
absoluto desde entonces, pero ya no es el mismo en lo que a mí respecta. No sé
cómo explicarme. Me parece que durante mucho tiempo me consideró como una niña
insignificante, luego descubrió lo que soy: una pobre muchacha a quien le
cuesta mucho cumplir con sus tareas y a la que se puede ayudar con una simple
palabra de simpatía o procurándole una alumna más. Pero desde aquella malhadada
noche de la ópera, todo cambió. Usted me dice que hice bien ofreciéndome, por
una vez, una distracción que tanto deseaba. Tal vez sea así, pero, ¿no habré
hecho daño a otros seres?, ¿a este señor Sydney, por ejemplo? ¿Por qué, desde
aquella famosa velada, lo encuentro casi todos los días al atravesar el parque
cuando regreso para almorzar? ¿Por qué me mira con un destello en los ojos que jamás
le había notado? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Ah!, la vida no es tan simple como usted
pretende, querido doctor March. Si el señor Sydney me llegase a hablar, ¿qué le
contestaré? No creo que me gustaría oír de sus labios las palabras que parece
desear decirme…
Lisbeth
suspiró y dejó caer su lapicera. Se quedó pensativa. Releyó el último párrafo
de su carta y murmuró:
―Va
a creer que amo a Syd; paciencia. Tal vez llegue a ser cierto algún día. ¿Quién
sabe? ¡Y no tendré derecho a quejarme!
Continuó
resueltamente escribiendo:
Había
empezado a relatarle mi día de ayer y perdí el hilo. Lo retomo, pues vale la
pena. Ayer a la tarde había una reunión en el taller de beneficencia al que
concurren Bella y Fanny, y fui con ellas. Mientras bordaba lo mejor que podía
unos ojales en delantales de niños (usted sabe que nunca me gustó hacer ojales,
pero a las demás tampoco les gusta. Los míos resultan los mejores cuando me
aplico y se convirtieron en mi especialidad), pues bien, mientras me esforzaba
en esa difícil labor oía charlar a todas esas chicas y de pronto pensé en
Juana. No sé cómo fue, pero me parecía ver ante mí su pequeño rostro pálido y
sus cabellos lacios. No podía evitar compararlo con todas esas mejillas
pintadas y regordetas, que me rodeaban con su carga de alhajas. Entonces
recordé esta frase que me había dicho la señora Mills el día anterior:
"Juana cose y borda muy bien; si pudiese encontrarle trabajo solucionaría
su situación, pero entre mis relaciones no veo a nadie que pueda
proporcionárselo".
En
el momento no creí poder ayudarla. Usted sabe quienes son mis amistades: los
Shaw, además de Anna y Becky, dos pobres muchachas que se ganan la vida igual
que yo.
No
quiero pedir nada a los Shaw. Ayudarían a Juana para complacerme, pero no deseo
imponerles semejante carga porque ya les debo muchas bondades. Junto a usted
aprendí la caridad y también la discreción hacia los amigos. Recuerdo sus
lecciones, querido padrino; tranquilícese, y volvamos a mi breve sesión de
ojales. Mientras estaba haciendo el tercero, una idea se me clavó en la mente
con tal fuerza que no podía rechazarla: "Si tuviese el valor de hablar de
Juana con todas estas chicas, alguna quizá le ayudaría... "
Me
avergüenzo confesarle, pero lo reconozco, bordé cuatro ojales más sin abrir la
boca. Entonces, de pronto, me decidí. Sentí coraje y hablé. .. ¡Oh!, ¡al
principio sobre todo, me costó mucho! Tenía la garganta seca y las palabras no
querían salir... Dije cuanto tenía que decir y creo que fui elocuente, pues
todas esas jovencitas terminaron por darme algo para Juana. Bella hizo la
colecta. En su bandeja había billetes, monedas y hasta alhajas, y varias chicas
me dijeron que necesitaban vestidos y prendas de lencería para la primavera, y
me pidieron el domicilio de Juana.
¡Me
siento feliz, padrino, muy feliz! Más aún que Juana, que quería besarme las
manos cuando le conté todo eso...
Lisbeth
arrojó, en señal de alegría, la pluma lejos de sí y levantándose de un brinco
se puso a bailar sobre la alfombra roja, en el angosto espacio sin muebles,
entre el piano y la chimenea.
―¡Ceniciento!,
exclamó levantando a su gato, ¿no crees que el mayor placer que uno puede
brindarse a sí mismo es complacer a los demás? ¡No, cállate, tú no puedes
contestar! ¡Sólo piensas en tu bienestar y no imaginas siquiera que sea posible
desear algo
Lisbeth
decía esas palabras alegremente, riendo, sin pensar en nadie; sin embargo, si
en ese mismo momento hubiese podido contemplar a Tom, después del té, reclinado
en el sofá frente a la chimenea de su suntuosa sala, habría pensado que estaba
hablando para él.
Tom
tenía el aspecto hastiado de un ser totalmente insatisfecho y la expresión
enojadiza de alguien que no sabe qué hacer de su persona. A su lado se
encontraba. Fanny, leyendo con mirada distraída una novela poco cautivante,
pero cierta semejanza entre la heroína y Lisbeth le recordó a su amiga. Cerró
el libro y dijo:
―¿Sabes,
Tom? ¡Gané la apuesta!
―¿qué
apuesta?, preguntó Su hermano con tono negligente.
―Habías
dicho que antes de tres meses Lisbeth se cansaría de dar lecciones y
abandonaría todo, yo afirmé lo contrario. Pasaron los tres meses y ella está
más entusiasmada que nunca con Su trabajo.
―¡Exacto!¿Qué
habíamos apostado?
―un
par de guantes, siempre necesito…
―¡Tendrás
tu par de guantes!
Tom
estuvo a punto de repantigarse de nuevo, pero tras un breve silencio agregó:
―me
parece que Lisbeth viene con menos frecuencia que antes.
―está
muy ocupada, Tiene nuevos amigos, se interesa por los desdichados, se consagra
a obras de beneficencia. Su compañía me hace falta, pero sé que algún día se
cansará de abnegarse por los demás y volverá aquí para distraerse.
―¡No
estés demasiado segura!
―¿Por
qué?, preguntó Fanny sorprendida de la firmeza con que hablaba.
―Porque
la última vez que vi a Lisbeth me pareció más alegre que de costumbre; casi
diría, exultante... Entre sus nuevos amigos está Sydney... Lo ve con mayor
frecuencia...
―¿Estás
seguro?, preguntó Fanny con un tono que perdía un poco de calma y traicionaba
Su inquietud.
―los
vi varias veces juntos y Creí observar que Lisbeth está muy dichosa con él. en
cuanto a Sydney, está trasformado. me extraña que no lo hayas observado.
―lo
he observado.
Esta
vez fue Tom quien se sorprendió, pues la voz de Fanny tenía un timbre extraño.
Se irguió, miró fijamente a su hermana durante un minuto, pero ella había
vuelto la cabeza y sólo alcanzó a divisar una oreja rosada que emergía debajo
de un mechón de cabellos. Su expresión se anubló, y murmuró para sí mismo:
"¡Pobre Fan!".
―¿No
crees que estaría muy bien?, preguntó Ésta simulando alegría.
―Sí,
para Syd.
―¿Y
no para Lisbeth? Sydney es inteligente, trabajador, rico... muy superior a la
mayoría de los patanes de Su edad.
―¡Es
verdad!Pero no alcanzo a imaginar esta unión. no veo a Lisbeth en El papel de
dama de sociedad. ella puede ser mucho más que eso...
―¡Sin
embargo, sería una suerte para ella y se la deseo!, murmuró Fan, haciendo un
visible esfuerzo para ser amable. ―Eres muy buena en decirlo, replicó Tom,
mirándola. Pero esta vez también le daba la espalda. De ninguna manera pudo
estar seguro que su i
―nada
prueba, que sea en serio.
―¡Lo
veremos!, murmuró Fanny.
Tom
se marchó sin conocer con certeza los verdaderos sentimientos de su hermana. No
obstante, si hubiese podido observarla después que él se marchó, se habría
percatado de la realidad. Su actitud cambió por completo. Empujó nerviosamente
los bibelots colocados al alcance de su mano encima de la mesa, frunció el
entrecejo; su pie frotó con ímpetu la alfombra y se levantó bruscamente
diciendo a media voz:
―¡No
puedo hacer otra cosa que esperar! ¡Esperar siempre! Ordenó los cojines del
sofá que Tom había arrugado, enderezó un pliegue de la cortina que le pareció
torcido, empujó una o dos sillas y exclamó:
―¡Sí!Puedo
hacer otra cosa... Hoy es sábado... debe estar en Su casa...
Pocos
instantes más tarde llamaba a la puerta de Lisbeth. Ésta acababa de escribir su
carta y al ver a Fanny, su rostro se iluminó con una alegre sonrisa.
―¡Qué
amable eres de venir a visitarme hasta aquí! ¡Vienes tan poco! ¿Cómo están tu
madre y Maud? ¡Oh, tienes un sombrero nuevo! ¡Qué coqueta eres! Te queda muy
bien... Lisbeth sonreía con tanto regocijo, que Fanny, contagiada, perdió su
aspecto hosco y s
―Estuve
muy ocupada estos últimos tiempos, Además lo que hago poco te interesa.
―¡Estás
equivocada!Todo lo que haces me interesa.
En
ese momento Fanny observó un enorme ramo de violetas sobre el piano. Se levantó
bruscamente.
―¿Cuál
de tus amigas te envía tan lindas flores?, exclamó.
―Recibo
un ramo igual todas las semanas, dijo Lisbeth sonriendo feliz y orgullosa. él
sabe cuánto me agradan...
―¡Jamás
imaginé que tuviese tantas atenciones para ti!, murmuró Fan, inclinándose para
oler las flores y ocultar su decepción al mismo tiempo que para echar un
vistazo en la tarjeta colocada al lado del ramo.
―no
te burles, repuso Lisbeth, si te digo la verdad: sin ser lo que era Jimmy para
mí, Will trata de parecérsele y se lo agradezco. nos entendemos cada vez mejor.
―¡Will!
Fan
había proferido esa exclamación con voz breve e hizo al mismo tiempo un
movimiento tan brusco que volcó el florero. Lisbeth miró sorprendida a su
amiga, tomó un trapo para enjugar el agua y dijo con voz tranquila:
―¡Naturalmente,
Will!¿Quién crees que me manda flores?
―No
sé... Soy mayor que tú y debo vigilarte. Si tienes la intención de formalizar
tu noviazgo, tengo derecho a saberlo... Por lo demás, no prestes atención a lo
que te digo, me duele terriblemente la cabeza... ¡Hoy, no sé lo que hago, ya lo
ves!
Fanny
hablaba elevando la voz, cortando sus frases con risas forzadas y, volviéndose,
miró por la ventana preguntándose si Lisbeth le había dicho la verdad.
Ésta,
mientras volvía a poner las violetas en su lugar, notaba la agitación de su
amiga y trataba de adivinar la causa. De pronto su vista cayó sobre la tarjeta.
La tomó y levantando la mano llamó a Fanny. La joven se volvió.
―¿Pensaste
que era Sydney quien me Había enviado esas flores, verdad? te equivocaste. pero
en adelante, cuando quieras saber algo, Prefiero que me lo preguntes con
franqueza.
―no
te enojes, querida. sólo quería pincharte un poco. Tom se metió en la cabeza
que existe algo entre tú y Syd, y...
―¡Tom!¿Cómo
es que se ocupa de mí?
―te
vio varias veces con Sydney, y como él está enamorado imaginó que vosotros
también lo estáis.
―agradezco
Su interés... pero se molestó demasiado para nada... puedes decírselo y agregar
que no me gusta que mis actos se interpreten como...
La
frase de Lisbeth quedó trunca pues en ese momento Fanny estalló en sollozos.
Esa crisis de lágrimas tuvo el efecto de asombrar a Lisbeth, y trasformar su
ira en ternura. Abrazó a su amiga con gesto espontáneo y exclamó:
―¿qué
ocurre, querida mía, por qué lloras?
―¡Nada!
¡No es nada! ¡Déjame!..., pronunció penosamente Fan arrojándose en el sofá
estremecida por los sollozos y cubriéndose los ojos con su pañuelo.
Lisbeth
se sentó junto a ella, tratando de calmarla con palabras cariñosas y esperando
sobre todo descubrir la causa de esta incomprensible pena. Era una muchacha
sensible e inteligente, por lo tanto no demoró en sospechar la verdad, y esa
sospecha se convirtió casi en certeza cuando escuchó las lastimeras excusas de
su amiga, ninguna de las cuales podía justificar el llanto que brotaba de sus
ojos.
―estoy
cansada... estos últimos tiempos bailé demasiado. eso me pone nerviosa...
Además padezco de insomnio.... pero ya me siento mejor... Llorar me hace
bien...
―¿No
tienes realmente ningún disgusto más grave?. preguntó Lisbeth mojando las
sienes de Su amiga con agua de Colonia.
La
mirada que Fanny alzó hacia ella indicaba a las claras que tenía por lo menos
uno. Sin embargo, no lo confesó. ¿Podía decir a la pobre Lisbeth que lloraba
porque no había podido comprar el cuello de astracán gris que tanto deseaba,
que su padre le había negado el anhelado viaje a París o que, a pesar de todos
sus esfuerzos y sus hermosos vestidos, no lograba ganar el amor de Sydney?
No
obstante, tenía que encontrar alguna excusa verosímil. Murmuró apresuradamente:
―la
salud de Mamá no es buena. Tom y Triz discuten todo El tiempo. Maud está cada
vez más insoportable y Papá Tiene dificultades económicas...
Lisbeth
pasó una mano afectuosa por la frente de su amiga. ―Nada de eso me parece
realmente grave. No hay motivo para llorar y existen cosas mucho peores que
pueden arreglarse fácilmente. Créeme. querida, ten confianza.
EL
FINAL DE UN SUEÑO
Después
que Fanny se marchó, Lisbeth se sentó junto a la chimenea, colocó resueltamente
sus pies sobre los morillos y se sumió en honda meditación. Se hablaba a sí
misma, en voz baja, tan baja que su gato, hecho un ovillo sobre sus rodillas,
no oía una sola palabra, pero el hilo de sus pensamientos era aproximadamente
el siguiente:
Si
amara a Sydney, debería sentirme feliz con las atenciones de que me hace
objeto, pero en realidad no lo amo. ¡En verdad, no! Y si él cree que me ama,
debe estar equivocado: no soy la mujer que necesita. Es por cierto muy bueno,
muy generoso, perfectamente cortés y además rico, pero todas esas razones no
bastan para que me case con él... ¡No! Si algún día llego a casarme, será con
el que ame realmente y no con Sydney. ¡Está dicho!
Lisbeth
apoyó la cabeza en sus rodillas y permaneció un rato inmóvil. Cuando se irguió,
su rostro había cambiado totalmente de expresión.
Por
lo demás, continuó, "no debo pensar en primer lugar en mí sino en Fanny.
Ella ama a Sydney, es evidente, y si tiene una oportunidad de alcanzar la
felicidad, yo no debo ser un obstáculo. Al contrario. Debo ayudarla cuanto
pueda. Veamos, tratemos de ver claro. ¿Qué podría hacer? ¿No pasear más con él?
Sí. Nunca creí mucho en esa inevitable casualidad de encontrarlo todos los días
en el parque a la hora en que regreso para almorzar. Aunque su presencia me
complace, todos observan nuestros paseos cotidianos y cada cual saca estúpidas
conclusiones. Así es como Fanny sospechó que yo era su rival. ¡Pobre chica!
¡Cuánto debí hacerla sufrir sin siquiera sospecharlo! Porque no podía
adivinar... Ahora que lo sé, todo cambia. Pero, ¿adivinará Sydney por qué le huyo?
No lo creo... Tendría que conversar con él, explicarle, y no será fácil, pero
si es necesario tendré valor para hacerlo... Y si fuese preciso, hasta
provocaré esa conversación...
Lisbeth
puso en ejecución sus nuevos proyectos a partir del lunes siguiente.
En
vez de regresar de sus lecciones por el parque, tomó un camino distinto
siguiendo callejas oscuras, evitó pasar por las grandes avenidas llenas de vida
y por el jardín donde tanto le gustaba mirar jugar a los niños.
Durante
una semana íntegra se constriñó a esos desvíos y no encontró ni una sola vez a
Sydney quien, por su parte, no podía perseguirla hasta la casa de la señora
Mills. La casualidad cómplice hizo que Minnie enfermara esa semana, por lo cual
no tomó lecciones y su tío se vio privado de esta última oportunidad de ver a
Lisbeth.
El
sábado, último día de esta semana de soledad, Lisbeth ' decidió ir a visitar a
los Shaw. En cuanto penetró en el vestíbulo vio un sombrero de hombre colocado
sobre la mesa.
―¿Quién
está aquí, Kate?, preguntó.
―sólo
El señor Sydney con El señor Tom, respondió Kate, y Lisbeth escapó como si
hubiese visto al mismísimo demonio.
Sin
embargo, cuando la puerta se cerró detrás de ella se sintió tan solitaria, tan
abandonada en el aire frío, que los ojos se le llenaron de lágrimas y cuando
Snip corrió tras ella, no pudo reprimir el gesto de acariciarle la cabeza
desgreñada diciéndole:
―Vete,
viejito. Tengo que irme sola, no me acompañes... no puedes saber cuán triste es
renunciar a alguien a quien se ama.
Y se
alejó lentamente y con pesar, pero para su consuelo se permitió este
pensamiento:
Ya
que está con Fanny, puedo ir a pasear por el parque. Es un hermoso día y habrá
muchos niños.
Lisbeth
había acertado. Había numerosos niños y se entretuvo un rato observando sus
idas y venidas por el parque donde la primavera se mostraba, no solamente en
los millares de margaritas silvestres que florecían entre el césped o los
jacintos de los canteros, sino en todos los rostros felices de esta renovación
de la naturaleza. Lisbeth vio muchachos que sonreían a las jóvenes y parejas de
enamorados que paseaban del brazo. "¡Qué dichosos parecen!", dijo con
un suspiro, no pudiendo abstenerse de volver a su propia soledad.
En
ese momento divisó a Sydney. Lisbeth no comprendió cómo había llegado hasta
allí y cómo se encontraba caminando al lado de ella. Y, aunque jadeante,
parecía tan feliz de verla que no tuvo fuerzas para mostrarse distante y fría
como debería haberlo hecho.
―¡Qué
día hermoso!, exclamó después de estrecharle la mano.
―¡Un
tiempo magnífico!, respondió ella, incapaz de ocultar la alegría que brilló
espontáneamente en su mirada. Le resultaba tan reconfortante que Sydney viniese
a acompañarla justo en el instante en que se lamentaba de su soledad.
―¿Dejó
usted de dar lecciones por la mañana?, le preguntó.
―¡No!
―Entonces
es un misterio para mí saber cómo regresa de sus clases.
―¡También
lo es para mí verlo conmigo en este momento!
―Miraba
por la ventana de los Shaw cuando la vi a usted huir, hace un rato. me tomé la
libertad de seguirla por las pequeñas calles.
―¡Es
exactamente el camino que sigo habitualmente para volver a mi casa!
Lisbeth
no tenía la intención de descubrir tan pronto su secreto, pero la franqueza de
Sydney había forzado la suya.
―no
es tan agradable como por El parque y es más largo, observó Sydney.
―ya
lo sé, pero algunas veces uno siente deseos de cambiar de costumbres.
―¿Siente
usted a veces también deseos de cambiar de amigos, señorita Lisbeth?
―no
con frecuencia, pero...
La
joven calló súbitamente temiendo parecer ingrata por los favores que él le
había hecho, si terminaba su frase.
Hubo
un penoso breve silencio que Lisbeth rompió preguntándole a quemarropa:
―¿Cómo
está Fan?
―¡Más
deslumbrante que nunca!, lo confieso, pero me decepciona. Los años no le hacen
sentar juicio.
―¡Usted
no la conoce bien!Adopta esa actitud en público para ocultar cómo es realmente.
pero sé que es muy juiciosa y algún día usted se asombrará al ver El bondadoso
corazón, El buen sentido y la delicadeza que posee.
Lisbeth
hablaba con tanta convicción que no notó que su acompañante la escuchaba como
si hallase más placer en oír a la defensora de Fanny que su defensa.
―me
alegro saberlo, amiga Lisbeth, y sólo pido creerle pero admiro la facultad que
Tiene usted para descubrir El lado Bueno de las cosas y de las personas. ¿Debo
admitir que nadie le muestra El lado malo?
―¡Oh,
desengáñese! ¡Algunas veces me cuesta mucho encontrar el lado bueno de la vida!
―¿Puedo
ayudarla?
La
voz que enunciaba esta pregunta era tan dulce que Lisbeth no se atrevió a
levantar la mirada. Temía encontrar la de su compañero y leer en ella lo que
justamente quería evitar.
―se
lo agradezco mucho, pero sólo Tengo preocupaciones que Puedo soportar, y uno
arriesga cometer errores tratando de evitar penas.
―o
evitar personas, remató Sydney con un tono que provocó El rubor de Lisbeth bajo
El ala de Su sombrero.
―¡Qué
hermoso es el parque!, murmuró para ocultar su turbación.
―Sí,
es el paseo más agradable de la ciudad, dijo el joven, tendiendo una trampa en
la` que Lisbeth cayó en seguida, pues empezó a alabar las bellezas de ese
lugar. Sydney estaba demasiado atento para no sacar las conclusiones que
sospechaba de ese entusi
―Abandono
la ciudad durante algunas semanas por un asunto de negocios; por lo tanto,
usted podrá aprovechar el parque sin correr el riesgo de que yo la moleste.
―¿Molestarme?
¡Oh, jamás!, exclamó Lisbeth con un impulso irreprimible, pero calló al
instante sin saber qué decir para atenuar esta exclamación demasiado elocuente.
―Dígame
usted, con franqueza, sinceramente. ¿Si nadie comentara nuestros encuentros
evitaría usted pasar por El parque?
―¡Oh,
no!
Estas
dos palabras brotaron de labios de la joven sin que ella tuviese tiempo de
pensarlas, pero lamentó no haberse mordido la lengua antes de pronunciarlas.
Otro
silencio, que pareció interminable, siguió a esta confesión. Felizmente, un
jinete se cruzó en ese momento con ellos y los saludó con una ancha sonrisa.
―¡Ahí
viene Tom!, exclamó Lisbeth con tanto alivio, que Sydney calló lo que iba a
contestarle. Se limitó a tenderle la mano diciéndole: "¡Hasta la vista,
Lisbeth!", pero había en su rostro una expresión de tristeza que la joven
recordaría durante mucho ti
Eso
fue todo. Sydney se había alejado antes de que Lisbeth pudiese levantar la
mirada llena de arrepentimiento y se encontró sola con la certeza que el
primero y tal vez el único hombre que pudo haberla amado había leído su rechazo
en sus ojos y lo aceptaba sin una queja. No sabía si él había supuesto otra
cosa y trató de reconfortarse pensando que no era mucho su amor ya que
consentía tan fácilmente en desaparecer.
No
obstante, por prudencia, Lisbeth siguió evitando de atravesar el parque hasta
el día en que se enteró por Minnie que el tío Syd había realmente abandonado la
ciudad.
Volvió
entonces a su paseo favorito, pero debió admitir que éste había perdido gran
parte del encanto que le prestaba la posibilidad de cierto encuentro.
Con
todo, se sobrepuso a su decepción mejor de lo que suponía―. Además, no tardaría
en llegar el momento en que se le presentarían otras penas que la suya para
consolar. En primer lugar la de Fanny, pues ésta se enteró pronto de la partida
de Sydney y no tuvo sosiego hasta conocer el motivo.
Una
tarde, a esa hora en que el crepúsculo favorece las confidencias, fue a visitar
a Lisbeth.
―¿qué
hiciste últimamente?, le preguntó al entrar.
―nada
en particular. y tú, ¿qué haces?, respondió Lisbeth, suponiendo que Su amiga no
Había venido a preguntarle pormenores de Su vida de profesora.
―¡Oh!
¿Qué quieres que haga? Nada cambió para mí, ni puede cambiar; pero estoy
indignada de la manera como Triz trata al pobre Tom y ese tonto se deja manejar
como un cordero. Le aconsejo romper con ella, mas no atiende mis consejos.
―¿Triz
lo ama realmente?
―si
fuese una ventaja para ella, no vacilaría un instante en dejar a Tom, pero
empieza a envejecer y quiere Casarse a todo precio.
―¡Pobre
Tom! ¡Qué triste porvenir!, exclamó Lisbeth con el deseo de parecer irónica,
pero sus palabras tuvieron un acento tan doloroso que inmediatamente cambió la
conversación y continuó, riendo:
―si
te parece que Triz es vieja a los veintitrés años, ¿qué dirás de nosotras
cuando tengamos veinticinco?
―no
serviremos para nada... de mi parte, se acabó. por momentos llego a envidiar a
Maud. sin embargo, me preocupa. ¡Tiene gustos extraños!¿Sabes que se complace
entre ollas, cocinando? Odia los estudios y jamás siente deseos de salir. ¿No
te parece raro?
―¡Bah!Está
en la edad de las rarezas. Minnie me decía, días pasados, que le gustaría ser
paloma para poder chapotear en los pantanos...
Fanny
no perdió la oportunidad de llegar al tema que la preocupaba:
―¿Y
tú tío, cuándo vuelve?
―¡No
sé absolutamente nada!
―¿Y
no te preocupas?
―¿Por
qué habría de preocuparme, Fan? ¿qué quieres decir?
―no
estoy ciega. ni Tom tampoco. cuando un joven que está de visita en una casa
escapa a todo correr para perseguir a una joven, y a los pocos minutos se lo
encuentra teniendo entre sus manos las de aquella joven en El sendero más
apartado del parque y cuando, después de eso, desaparece súbitamente sin dar
explicaciones a nadie..., ya sabemos lo que significa, a menos que tú no lo
sepas.
―¿Quién
imaginó todo eso?, preguntó Lisbeth mientras Fanny se detenía un instante para
respirar.
―no
te enojes, querida, pero Dime la verdad. ¿Te propuso matrimonio?
―¡No!
―Entonces,
¿lo hará?
―creo
que Ahora jamás lo hará.
―me
sorprendes, murmuró Fanny, todavía intranquila pese a parecer aliviada de un
enorme peso. pero lo amas, ¿verdad?, preguntó tras un momento de vacilación.
―¡No!
Las
jóvenes permanecieron un momento sin hablar, pero el corazón de una de ellas
latía con violencia y las sombras del crepúsculo ocultaban, en el rostro de la
otra, la expresión de una sincera alegría.
―Explícate,
Lisbeth. algo ocurrió entre tú y él, lo adivino y necesito saber qué es.
Lisbeth
comprendió que había llegado el momento de tranquilizar a su amiga.
―no
sé si Sydney me amó, Pues jamás me dijo una palabra, pero me habría apenado que
se engañase acerca de mis sentimientos. Creí preferible hacerle comprender,
sin, esperar, que yo no lo amaba ni lo amaré nunca.
―¿Hiciste
eso, tú?
―¡Oh!Fue
muy fácil: una simple alusión, que él comprendió en seguida... no creas que le
destrocé El corazón. no hizo la menor objeción, y yo no soy responsable de Su
partida: decidió ese viaje antes de nuestro último encuentro.
―hiciste
mal, Lisbeth. estoy segura que te ama, o, al menos, se encuentra a punto de
amarte. ¿Por qué lo rechazaste? ¿Pensaste en la felicidad que podía brindarte?
―¡Se
la brindará a otra!, dijo Lisbeth con una alegre indiferencia que puso fin a
todas las angustias de Fanny.
Esta
última estaba tan aliviada por comprender que su amiga no intentaba quitarle a
aquel que amaba, como lo había temido, que en ese momento le habría obsequiado
todos los tesoros del mundo, y sintió tinas terribles ansias de confesarle lo
que creía ser aún su secreto. Pero se contuvo y estrechando la mano de Lisbeth,
le dijo:
―¡Quisiera
que seas feliz, querida! ¡Si supieras cómo deseo que encuentres el buen esposo
que mereces!
―¡Yo
también lo deseo!
El
acento con que Lisbeth pronunció estas palabras era tan triste que Fanny lo
percibió a pesar de su alegría y permaneció un instante turbada. Al pensar que
su amiga era menos dichosa de lo que aparentaba ser, la acometió una duda.
¿Conocería también ella, acaso, la amargura de una decepción?
―tienes
un secreto, Lisbeth. ¿Por qué no me lo dices?
Lisbeth
levantó la cabeza sonriendo. Sentía renacer en su amiga el afecto que otrora
las había unido y que la presencia de un hombre había estado a punto de
destruir para siempre.
―soy
feliz de verte feliz, dijo sencillamente mirando a Fanny a los ojos. Su rostro
tenía una expresión tal que, de pronto, Fanny adivinó la verdad.
―¡Oh,
querida mía!¿Es posible? ¿Por cariño hacia mí has rechazado a Sydney?
Lisbeth
no tuvo necesidad de contestar. Sus besos, más elocuentes que las palabras,
expresaban los sentimientos que desbordaban de su corazón y que decían, mejor
que cualquier frase:
No
podía permitir que un enamorado separase a dos amigas como nosotras.
FRENTE
A LA ADVERSIDAD
Una
lluviosa tarde de primavera Lisbeth llegó a la casa de los Shaw y encontró a
Maud con el rostro alterado, sentada en los últimos peldaños de la escalera.
―¡Cuánto
me alegro de verte, Lisbeth!Nadie quiere decírmelo, pero aquí están ocurriendo
cosas horribles, exclamó la niña arrojándose hacia ella.
―no
te asustes tanto, Maudie. no debe de ser tan terrible, dijo Lisbeth sospechando
que algo grave sucedía, pero queriendo tranquilizar a la chiquilla. tal vez tu
madre está algo indispuesta, o Tom cometió algún disparate.
―¡No!
¡Es peor que eso! Cuando papá volvió, subió a la habitación de mamá y le habló
durante mucho tiempo... Después oí que mamá sollozaba fuerte... Fanny me
prohibió entrar, tenía un aspecto extraño, nunca la vi así... Y cuando llegó
Tom quise decirle to
Y
Maud continuó llorando mientras Lisbeth, sentándose a su lado, trataba de
calmarla. De pronto se abrió la puerta del comedor dejando pasar la cabeza de
Tom. Un simple vistazo bastó para comprobar que su aspecto, habitualmente tan
pulcro. presentaba señales de profunda alteración. Tenía el nudo de la corbata
corrido hacia un lado, los cabellos revueltos y sus rasgos manifestaban una
extraña expresión, en la que se entremezclaban la excitación, la vergüenza y la
angustia. Su voz traicionaba también su turbación, pues en vez de las
acostumbradas palabras de bienvenida con que solía saludar a Lisbeth, le dijo
rápidamente:
―estoy
en una situación espantosa... manda a la niña a Su cuarto y ven, te lo diré
todo...
Maud
enjugó sus lágrimas, fijó en Tom sus ojos llenos de asombro y murmuró al oído
de su amiga:
―después
me lo dirás, ¿verdad?
―si
Puedo, Sí, respondió Lisbeth mirando a Maud alejarse con una docilidad poco
habitual. Luego entró en El comedor, El trágico rostro de Tom y Su agitación le
infundieron casi miedo, pero se sentía dichosa que él la necesitara, como en El
lejano tiempo de Su niñez.
―Adivina
lo que me pasa, le espetó en cuanto hubo cerrado la puerta tras ella.
―;Mataste
tu caballo?
―¡Peor
que eso!
Lisbeth
trataba de imaginar lo que podía haberle sucedido a este feliz mortal y
palideciendo, exclamó:
―¿Triz
te dejó por otro?
―¡Mucho
peor!
―¡Oh,
Tom!¿No mataste a nadie?
―¡Estuve
a punto de matarme a mí mismo, pero no lo hice, como puedes ver!
―no
me dejes con esta duda, Tom. Muero de inquietud. ¿qué te ocurrió?
―¡Me
expulsaron!
Al
pronunciar semejante respuesta, Tom miró a Lisbeth para ver cómo la tomaría.
Con gran sorpresa de su parte, observó en ella un gesto de alivio.
―Está
mal, muy mal, ¡pero pudo haber sido peor!
―¡Es
lo peor!, vociferó Tom, caminando por la habitación cono un oso cautivo.
―¡No
derribes las sillas y ven a sentarte a mi lado!
―¡Es
imposible! ¡No puedo permanecer quieto!
―Entonces,
sigue. pero Dime, ¿Te han expulsado realmente? ¿Es acaso irremediable? ¿qué
hiciste?
―una
simple reyerta con un celador. lo empujé un poco.
Cayó
y se lastimó. Si hubiese sido mi primer delito, habría una solución, pero no es
el primero... ¡Esta vez se acabó!
―¿qué
va a decir tu padre?
―¡Le
resultará violento!Y lo peor es que...
Tom
calló y permaneció unos instantes en el medio de la habitación con la cabeza
gacha, como si lo que debía decir fuese inconfesable, aun para la dulce
Lisbeth. Luego soltó toda la verdad en un solo aliento y se apoyó contra la
pared, dispuesto a afrontar cualquier eventualidad.
―debo
sumas considerables de dinero y Papá no lo sabe...
―¡Oh,
Tom!¿Cómo es posible?
―Me
porté como un loco. Lo reconozco y lo lamento, pero es inútil. Tengo que
decírselo a mi padre y..., ¡no puedo!
―se
enfadará mucho, pero en cuanto calme Su ira, te ayudará. estoy segura. Fanny me
dijo que siempre lo hace.
―¡No,
todavía no sabes todo! Muchas veces ya pagó mis cuentas, pero la última vez me
dijo que ya no lo haría más. Llegó al término de su paciencia y también de su
dinero. Sufrió graves pérdidas en sus negocios. No sé exactamente de qué se
trata... Un asun
Lisbeth
miraba con sorpresa al desolado muchacho.
―¿Cómo
pudiste gastar tanto dinero?, le preguntó.
―¡Que
me cuelguen si lo sé!Lo cierto es que no poseo un centavo ni Tengo medios para
conseguir algo, a menos que arriesgue a probar mi suerte en El juego.
―¡Oh,
no! ¡No hagas eso!, exclamó Lisbeth.
Y
después de un instante de honda meditación, agregó:
―¡Vende
tu caballo!
―¡Ya
lo vendí!Y no alcanza.
¡Oh,
Tom! ¿Cuánto debes, entonces?
Tom
arrojó sobre las rodillas de Lisbeth un trozo de papel arrugado, cubierto de
números y manchas.
―aquí
tienes, dijo. ¿Es una buena suma, verdad?
La
joven miró solamente el total y se retorció las manos, pues para su
inexperiencia, era una cantidad impresionante.
―¡Comprendo
ahora por qué no te atreves a decírselo a tu padre!, murmuró.
―¡Preferiría
morir!Dime, Lisbeth, ¿No podrías, tú, hacerle comprender?
―¿Pretendes
enviarme a hablarle en tu lugar?, exclamó Lisbeth con una mirada que si Tom la
hubiese visto, le habría demostrado que tiernos ojos azules también pueden
lanzar relámpagos. Pero Tom no la vio; apoyado contra la ventana, murmuraba en
voz baja:
―¡Te
quiere tanto!De ti lo aceptaría todo. empieza tú la confesión y yo la
terminaré.
Lisbeth
se levantó y en ese momento Tom vio su rostro.
―¿No
te parece que es una buena idea?, le preguntó vacilante.
―¡No!
―¿Por
qué? le gustará que tú le digas esas cosas gentilmente, mientras que Yo...
―¡No!,
rotundamente no. Sé que preferiría que su hijo le diga valientemente la verdad
en vez de mandar a una chica a hacer en su lugar lo que no se atreve a hacer él
mismo.
Si
Tom hubiese recibido un par de bofetadas, sus mejillas no se habrían puesto más
encarnadas. Ordenó secamente:
―¡Quédate
aquí, Lisbeth!, y salió despavorido de la habitación.
Lisbeth
volvió a sentarse, turbada y satisfecha al mismo tiempo. "Creo que tuve
razón", se dijo. "El señor Shaw es muy severo para el pobre
muchacho..., pero no puede soportar verlo conducirse con tanta cobardía. ¡Dios
mío, qué sería de nosotros si Will cometiese semejantes disparates! ¡Felizmente
es pobre!"
Le
llegó un eco de voces procedentes del escritorio. Permaneció inmóvil en su
silla, terriblemente intranquila por lo que podían decirse esos dos hombres que
se comprendían tan mal.
Sin
embargo, no alcanzaba a oír aquellos temibles gritos del señor Shaw, que tanto
la amedrentaban, sino por el contrario un largo murmullo confuso e
ininterrumpido. Y no era la voz de Tom.
Siguió
un súbito silencio, y el ruido de la lluvia que caía sobre los tallos tiernos
del jardín llenó su espera de angustia.
De
pronto la voz de Tom se elevó, clara ―¡Voy a buscar a Lisbeth!
La
puerta se abrió y la joven lo vio entrar tan pálido y alterado que se alarmó.
―ve
tú a hablarle, yo no Puedo más, murmuró.
―¡Oh,
Tom!, ¿qué ocurre?, exclamó Lisbeth con una voz tan llena de lágrimas, que
apenas se atrevió a pronunciar estas pocas palabras.
Tom
respondió desesperado sin levantar la cabeza: ―¡La quiebra! ¡Estamos
arruinados!
Lisbeth
se aferró al respaldo de la silla de Tom. La palabra "quiebra" tenía
para ella un sentido muy vago, pero la sumía en un abismo de espanto.
―mi
padre hizo todo cuanto le Fue posible, me ha dicho, pero la fatalidad se ensañó
con él. sus negocios han sido envueltos en la quiebra del banco donde tenía Su
dinero... para mi padre es una quiebra honrosa, pero de todas maneras es la
ruina.
―Ésa
es la razón por la cual Maud se afligía, hace un rato, y por la que Fanny...
―¡Oh!
¡Las chicas no tienen por qué afligirse! Están al abrigo de las necesidades. La
dote de mamá está intacta; mi padre me dijo que no quiso perjudicar a sus hijas
y soportó él solo todos los riesgos. Hizo bien, ¿verdad?
―¡Oh!
¡Si yo pudiese hacer algo por él!
―¡Puedes!Vete
a verlo y sé buena con él. ¡Tú sabes cómo actuar y él está solo, aquí!Yo no
puedo. Solamente soy una carga para él y necesita tanto consuelo...
―¿Cómo
recibió El anuncio de tus percances?, preguntó Lisbeth que, por un momento,
Había olvidado las pequeñas preocupaciones ante las de mayor peso.
―Con
una suavidad desconocida para mí. Sólo me dijo: "¡Mi pobre hijo, debemos
tolerarnos el uno al otro!".
―me
alegro que no se enfadó.
―Pero
es lo que más me entristece, ¿comprendes? ¡En el momento en que yo debiera ser
su orgullo y su sostén, sólo le traigo mis deudas y mi desdicha, y no me hace
ningún reproche!
La
cabeza de Tom cayó nuevamente sobre la mesa con una especie de sollozo que el
pobre muchacho no pudo reprimir, a pesar de sus esfuerzos.
Pese
a sus extravíos, su carácter difícil y su aparente frivolidad, Tom tenía un
corazón de oro; aunque en la vida corriente lo ocultara cuidadosamente, en un
momento tan trágico como éste su ternura sobresalía sobre sus demás
sentimientos. Esto no sorprendía a Lisbeth, pues hacía mucho tiempo había
calado hondo el verdadero temperamento de su amigo. Sin embargo, el eco de ese
sollozo la turbó más que el anuncio de una docena de quiebras. No pudo
abstenerse de extender su mano sobre esa cabeza inclinada.
¡Pobre
Tom! La culpa de haber llegado a eso no era toda de él. Nadie lo había amado
realmente en su niñez. Más tarde, su novia no había sabido traerle la seguridad
de un amor verdadero y fuerte, el único capaz de dar a las cosas su auténtico
valor y permitir que un joven indisciplinado aprenda a conducirse como un
hombre.
Llevada
por sus reflexiones, Lisbeth se sentía en ese instante dividida entre dos
impulsos contrarios. ¿Debía desear que Triz amara a Tom por algo más que por su
dinero y supiese ser finalmente la compañera que él necesitaba? ¿Debía esperar
que se cansara de él antes de haber pronunciado el "sí" definitivo?
¡Oh! Cómo desearía entonces Lisbeth tomar su lugar y colmar a ese muchacho
abandonado con todo su afecto... Pero apenas hubo brotado en ella esa
esperanza, Lisbeth la alejó de su mente y encerró en su corazón el secreto que
nadie debía conocer.
No
obstante, los pensamientos de amor, aun cuando no están pronunciados, tienen un
poder soberano. El dolor de Tom se calmó en seguida bajo la caricia de la
manecita afectuosa, los sollozos que sacudían sus hombros se acallaron y
algunos hipos ahogados dejaron comprender que todo se arreglaría para él si
pudiese enjugar sus ojos sin que nadie lo viese.
Lisbeth
lo adivinó, sin duda, pues le deslizó su pañuelo en la mano y le dijo:
―Ahora
voy a ver a tu padre.
El
señor Shaw se hallaba sentado en su gran sillón, junto a la chimenea donde el
fuego estaba a punto de apagarse; tenía la cabeza hundida entre las manos y
sólo se veía su cabellera canosa y una espalda encorvada, viva imagen de su
vejez, de su soledad y de su aflicción. Fanny miró a Lisbeth, penetró en la
habitación y, sin que su padre la oyese caminar, se inclinó hacia él y le rodeó
el cuello con sus brazos. En ese momento entró Maud, y sin dar al señor Shaw
tiempo para reaccionar, se puso en cuclillas a sus pies, le ciñó las piernas
con sus brazos regordetes y murmuró:
―si
tú quieres, Papá, tomaré una gran canasta e iré a pedir limosna por las
calles...
Lisbeth
escapó en puntas de pie. Era necesario que Tom también estuviese con su padre
en aquel instante en que la desdicha reunía, por fin, a los miembros de esta
familia que, en el seno del bienestar siempre habían vivido desunidos. Le bastó
con hacer una seña y Tom la siguió. Se paró frente a su padre y, con la cabeza
inclinada, murmuró:
―cuenta
conmigo, Papá, haré lo que pueda...
Y
como si tuviese prisa por poner en ejecución sus buenas resoluciones, se agachó
hacia el hogar y juntó los leños dispersos.
El
señor Shaw volvió la cabeza. El reflejo de las llamas iluminó sus cabellos
entrecanos que, de repente, parecieron aureolados por un halo de luz; las
arrugas de su frente se borraron, extendió la mano hacia la puerta y ordenó
suavemente:
―quiero
que mi hija Lisbeth se acerque también a mí...
La
joven obedeció y mientras se aproximaba en silencio, el chisporroteo del fuego
se mezclaba al crepitar de la lluvia, trasformándose en una suave canción, la
canción de los corazones que laten al unísono con tanta fuerza que la
adversidad no puede alcanzarlos.
COMO
GRANNY
De
todos los miembros de la familia Shaw, el que más sufrió esta nueva situación
fue Tom.
Nadie
habría pensado en criticar a su padre, víctima de un desafortunado golpe del
destino y cuyo largo pasado de trabajo era más elocuente que sus actuales
sinsabores; pero no ocurría otro tanto con su hijo. Hasta entonces, Tom había
vivido rodeado y adulado por un grupo de mentecatos dispuestos a aprovechar las
ventajas de su fortuna; pero en cuanto se enteraron de su ruina desaparecieron
y lo dejaron solo, haciéndolo objeto de comentarios malintencionados.
Tom
se sentía tanto más avergonzado por cuanto reconocía un fondo de verdad en
aquellas críticas y, arrepentido, se encerró en su habitación negándose a ver a
nadie. Se sumió en un deprimente estado de desesperación que tal vez no habría podido
dominar si no hubiese sentido junto a él un ser aún más débil: su madre. A su
lado descubrió un nuevo sentido de la vida y al saber que todavía podía ser
útil a alguien, recuperó un poco de ánimo.
Pero
había de llegar el día en que Tom sintiese que toda la tierna solicitud que
consagraba, a su madre no alcanzaba para llenar su vida, y comprendió que en
tales circunstancias un muchacho de su edad debía hacer algo mejor que
abandonarse al holgorio permaneciendo ocioso en un hogar confortable.
La
primera vez que pensó en ello fue una mañana en que, apoyado en la ventana del
comedor, miraba a su padre encaminarse a su oficina. Un rayo de sol caía sobre
los hombres del anciano caballero, iluminando su silueta encorvada, sus
cabellos casi blancos. Tom comprobó entonces cuánto había envejecido su padre
en tan poco tiempo y, de pronto, le pareció imperdonable dejarlo ir solo hasta
el escritorio donde, durante todo el día, habría de hacer frente a sus
acreedores, discutir con hombres de leyes, defender hasta el último céntimo de
una fortuna que ya no le pertenecía.
Tomó
su sombrero y salió corriendo. Al verlo acercársele, su padre no pareció
sorprendido. Apoyó el brazo sobre el suyo y Tom sintió que lo agitaba un leve
temblor. Tal vez estuvo a punto de hablarle, confesarle su deseo de ayudar a su
familia pero la primera persona con quien se cruzaron saludó al señor Shaw con
tanta consideración y miró a Tom con tanto desprecio que el pobre muchacho
perdió toda su confianza en sí mismo.
Dejó
a su padre frente a la puerta, demasiado avergonzado para entrar en su oficina,
y pensando que le sería más fácil encontrar trabajo en otra parte fue a ver al
padre de Gus, su mejor amigo, para pedirle consejos y apoyo. Pero la acogida
que recibió allí terminó de desalentarlo. El poderoso hombre de negocios no
demoró en hacerle comprender que no confiaría ningún empleo a un joven sin
ninguna experiencia y que, además gozaba de tan mala reputación.
Fue
un folpe terrible para el desdichado Tom, que regresó a su casa más desamparado
que nunca, buscando en vano algo en qué ocuparse y sin hallar alguna
posibilidad a menos de expatriarse o morir.
Mientras
caminaba por la casa preguntándose cuánto dinero necesitaría para ir a
Australia, le llegó un eco de alegres voces desde la planta baja. Lisbeth daba
a Maud una lección de cocina v ésta, al ver a su hermano, exclamó:
―¡No
entres, por favor! ¡La cocina no es un lugar para los hombres!
Viendo
la decepcionada expresión de Tom, Lisbeth comprendió que el muchacho esperaba
encontrar allí, durante unos instantes, el olvido a sus penas, y después de
susurrar al oído de Maud un misterioso: "No lo sabrá", agregó en voz
alta:
―estoy
demasiado cansada para batir la mezcla para esta torta, si quieres ayudarme
puedes entrar.
―Solía
hacerlo otrora para la abuela: Tengo experiencia, murmuró Tom, mientras Lisbeth
le ataba un delantal alrededor de la cintura y lo instalaba frente a un tazón
colocado sobre la mesa.
Estar
ocupado constituía un alivio tan grande para Tom que desempeñó con bélico ardor
la tarea que se le solicitaba, y Maud se preguntaba, angustiada, si el tazón
resistiría a tanta violencia.
―¡Admirable!Para
agradecerte voy a plantearte una adivinanza: ¿Por qué las buenas tortas son
como los malos muchachos?, exclamó Lisbeth cuando hubo terminado.
―supongo
que batiéndolos se los vuelve mejores...
―¿Y
sabrías decirme en qué se parece la vida a una torta?
―Que
no siempre sale buena, murmuró Tom con una voz tan triste que Lisbeth,
queriendo a todo precio alegrarlo, se apresuró en agregar con el tono enfático
de un predicador:
―en
ciertas vidas, hermanos míos, todas las frutas se encuentran encima de la
torta, las comemos alegremente y de pronto comprobamos que se terminaron... en
otras, caen en El fondo, las buscamos en vano y cuando las encontramos es
demasiado tarde para regocijarnos. pero en las tortas bien amasadas, las frutas
se encuentran repartidas en forma pareja y cada bocado es agradable. todos
hacemos nuestra propia torta, hermanos míos, por lo tanto debemos cuidar que
esté bien mezclada, cocida a punto, y comerla con gratitud hacia El Creador,
sin glotonería ni desagrado.
―es
un sermón corto, comprensible y nada soporífero.
―Gracias,
hermano, y Ahora pásame El limón.
Maud
y Tom la miraron volcar la mezcla en el molde y deslizar éste en el horno.
―Maud,
hay que preparar la crema. Dale a Tom los huevos para que los bata; parece que
el trabajo le sienta muy bien.
―es
verdad. ¿Dónde están los huevos? ¿Sábéis, chicas? Ayer me encontré con Syd.
―¿Ha
vuelto? ¡Cuánto me alegro!Pero no tenemos aquí bastantes huevos, voy a buscar
más...
Con
la rapidez del viento y encantada de haber hallado esta excusa, Lisbeth
abandonó la cocina y corrió a la habitación de Fanny para informarle del feliz
regreso.
Maud,
a solas con Tom, abandonó la balanza donde pesaba azúcar para preguntar
seriamente.
―¿Estás
al corriente de todo, verdad?
―en
forma incompleta, respondió Tom con modestia.
―¡Oh,
yo también!, repuso Maud con idéntica humildad. Pero había en su mirada un
destello de malicia que llamó la atención de su hermano. El tema le interesaba
más de lo que se atrevía a confesarlo, y bastaron a Tom algunos cumplidos
acerca de la perspica
―¿Notaste
cuál de las dos parece alegrarse más al hablar de él?
―no
sé. me parece que Lisbeth. casi siempre es ella quien lleva la conversación a
ese tema y siempre Tiene aire muy excitado.
―¡Cállate!
¡Ahí viene!, dijo Tom, quien, súbitamente, se puso a bombear agua con tanta
fuerza como si se hubiese incendiado la casa.
Lisbeth
regresaba con las mejillas encendidas, los ojos brillantes, pero sin traer un
solo huevo.
Tom
la observó por encima del hombro, notó ese detalle y dejó de bombear con la
misma brusquedad con que había comenzado. Algo en su mirada alarmó a Lisbeth
que entonces se puso a rallar nuez moscada con tanto vigor que el rubor de sus
mejillas pareció natural. Sentía un cambio en el ambiente, pero nevó que Tom
estaba cansado y lo despidió, dándole una ramita de angélica en pago de su
ayuda.
Tom
fue a encerrarse en su guarida, pero el sabor de la angélica no debió parecerle
tan grato como de costumbre; permaneció largo rato inmóvil y pensativo, con la
mirada errante más allá del libro que había colocado sobre sus rodillas.
A la
mañana siguiente, cuando bajó a tomar el desayuno fue recibido por un
"¡Feliz cumpleaños, Tom!", que por cierto no esperaba. Todos le
hicieron regalos, menos costosos sin duda que los que tenía costumbre de
recibir, pero a sus ojos tenían un valor muy superior, pues sabía qué
privaciones habían causado y cuán poco merecía él tales pruebas de afecto.
Lisbeth
llegó por la tarde, para tomar el té, y cuando todos estuvieron reunidos
alrededor de la mesa, apareció otra sorpresa: una gran torta en la que el
nombre de Tom aparecía escrito con letras blancas y en el centro de la 0 se
hallaba un pimpollo de rosa apenas entreabierto.
―¿Quién
la hizo?, preguntó Tom, conmovido por esta reminiscencia de una niñez feliz que
Ahora le parecía muy lejana.
―¡La
hiciste tú, tú mismo!¡Y era tan divertido verte batir la pasta sin que
sospecharas nada!Cada vez que abrías la boca, yo temblaba, y Lisbeth te hacía
sermones y te planteaba adivinanzas para hacerte callar...
―debo
ser bobo, y mucho, porque no sospeché nada. e incluso necesito que me digan
quién tuvo la idea de hacer esta torta de cumpleaños tan parecida a las que me
hacía Granny.
―Fui
yo, dijo Lisbeth ruborizándose.
―¡Podríamos
cortarla!, exclamó Tom, demasiado emocionado para tener hambre, pero
sintiéndose obligado a hacer los honores de la torta a todo precio.
Lisbeth
cortó cuidadosamente los trozos y poniendo el más grande en uno de los platitos
chinos del juego de loza de Granny, le agregó el pimpollo de rosa y lo tendió
al héroe de la fiesta con una sonrisa que equivalía a muchas palabras.
El
rostro de Tom se iluminó al tomar el plato y después de observarlo tan
minuciosamente que asombró a todos los comensales, dijo aliviado:
―las
frutas confitadas están repartidas con regularidad en toda la masa. El mérito
corresponde a Lisbeth y ella merece la rosa.
Uniendo
la acción a las palabras, y con más galantería que habilidad, Tom colocó la
flor en los cabellos de la joven. Lisbeth sonrió de su torpeza: una espina le
arañaba la frente, una hoja le cosquilleaba la oreja y la rosa estaba torcida,
pero no quiso cambiar nada.
Terminaban
alegremente de comer la torta cuando llegó la correspondencia de la tarde.
Había dos cartas para Tom. Se apoderó de ellas y se refugió en seguida en la
hondura de su guarida. Transcurrió media hora, y otra media hora más, pero Tom
no volvía. El señor Shaw se retiró a su escritorio, su esposa y Maud subieron a
sus habitaciones, Fanny y Lisbeth quedaron solas, preguntándose ansiosamente
qué malas noticias habría recibido Tom.
De
pronto una voz gritó: "¡Lisbeth!", y la joven se sobresaltó como si
el rayo hubiese caído a sus pies.
―¡Ve
pronto!, gritó Fanny, empujándola.
Lisbeth
obedeció sin decir una palabra, pero se detuvo largo rato turbada frente a la
puerta de la guarida como si, espantada por su ocupante, no se atreviese a
entrar. ¿Por qué Tom no había llamado a su hermana? ¿Qué quería de Lisbeth?
―¿Me
necesitas?, preguntó Ésta tímidamente, entreabriendo la puerta.
―Sí.
no adoptes esa actitud de espanto. Entra, quiero mostrarte un regalo que acabo
de recibir y preguntarte si Estás de acuerdo para que lo acepte.
―¿qué
sucede, Tom? Pareces trastornado...
―¡Ya
estoy mejor! ¡Gracias! Lee esto y dime lo que piensas.
Tom
tomó una carta de la mesa, la deslizó entre las manos de Lisbeth y empezó a
caminar a grandes pasos por la habitación.
Mientras
la joven leía esta breve misiva, sus mejillas palidecían y sus ojos parpadeaban
como si estuviese a punto de llorar. Cuando terminó, arrojó el papel al suelo y
exclamó con ira:
―¡Es
una chica sin corazón! ¡Eso es lo que pienso!
―¿Qué?
¿qué carta leíste?, replicó Tom atónito.
―¡Lo
lamento!Tomé la que me diste...
―no
Tiene importancia. mañana lo sabrá todo El mundo.
―comprendo
que te sientas trastornado, dijo Lisbeth, tan pálida que Tom le acercó un
sillón para hacerla sentar.
―en
otros tiempos, en mis preocupaciones, acudía a Granny... ella ya no está, pero
en cierto modo, tú la reemplazas, Lisbeth... ¿Puedo pedirte que te sientes en
este sillón y escuches lo que yo le diría si ella estuviese todavía entre
nosotros?
Diez
minutos antes Lisbeth habría accedido a este pedido sin sentirse molesta. Pero
ahora, después de haber leído aquella carta, todo le resultaba diferente.
Beatriz rompía su noviazgo, devolvía vilmente su libertad a Tom porque él había
perdido su fortuna, y en su maldad no disimulaba siquiera su falta de
consideraciones hacia él. Esto demostraba que Triz no tenía corazón, pero
significaba también que ahora Tom estaba libre.
Tal
suceso modificaba todas las relaciones entre Tom y Lisbeth, y ella habría
preferido estar muy lejos de allí en vez de tener que escuchar las confidencias
de su amigo. Sin embargo, dijo, sentándose en el sillón que se le ofreció.
―haré
cuanto pueda, pero no me es posible sustituir a Granny.
―Puedes
hacerlo mejor que nadie. Mi padre tiene bastantes problemas sin que yo le
presente los míos; mamá se cansa cuando le hablan; Fanny carece por completo de
espíritu práctico. ¿Quién me queda si no mi otra hermana, Lisbeth? Esta segunda
carta te rego
Mientras
hablaba, Tom tendió a Lisbeth otro pliego y luego, discretamente se acercó a la
ventana. Empero, mientras la joven leía no pudo evitar mirarla varias veces y
cuanto más la cara de la joven se iluminaba, más se ofuscaba la suya.
―¡Oh,
Tom!¡Arturo Sydney es un perfecto caballero!¿Cómo podrías rehusar Su
ofrecimiento?
―estoy
totalmente de acuerdo contigo, aunque no Puedo aceptar ese dinero en la forma
que me lo ofrece. Admito que pague mis deudas, pero en calidad de préstamo, no
como regalo.
―tienes
razón... pero, ¿Cómo harás para devolvérselo?
―te
lo voy a decir.
Tom
acercó un taburete al sillón de Granny y continuó:
―Pensé
seriamente en marcharme a uno de esos lugares donde se hace fortuna muy
rápidamente: California o Australia, por ejemplo.
―¡Oh,
no!, exclamó Lisbeth extendiendo la mano con ademán de retenerlo.
―tampoco
a mí me agrada mucho, es claro. se asemeja a la fuga después de una estafa...
―¡Absolutamente!,
repuso Lisbeth con tono convencido.
―por
otra parte, no Puedo quedarme aquí. me conocen demasiado y estoy mal
conceptuado. Preferiría empedrar caminos en El desierto que vender bombones a
mis amigos. orgullo mal puesto, ya sé, pero...
―no,
estoy de acuerdo contigo...
―¡Tanto
mejor!Escucha la idea que acaba de ocurrírseme. Recuerdo que dijiste a Fanny
que tu hermano Ned triunfa en El oeste y lamenta que Will no quiera ir a
trabajar con él. Entonces Pensé que si él quisiese...
―si
Estás realmente decidido a trabajar en aquella región, se lo pediré gustosa, y
me sorprendería que no acepte.
―¡Mi
padre se alegraría tanto!, murmuró Tom, y Lisbeth no pudo reprimir una sonrisa.
―es
curioso que existan personas que han vivido durante muchos años bajo El mismo
techo sin conocerse y sólo empiezan a apreciarse después de haber sufrido
juntas.
Permanecieron
un instante silenciosos. Bajo sus párpados entornados, Lisbeth miraba las manos
de Tom que arrugaban la carta que acababa de levantar del suelo.
―¿Te
sorprendió mucho?, preguntó apretando entre sus dedos la informe bola de papel.
―¡No!
―¡Pues
a mí, sí! Al enterarme de la quiebra propuse a Triz recuperar su libertad y se
negó. Semejante rasgo me conmovió, pues nada hay más reconfortante para un
hombre que ver que una mujer le es fiel en las horas nefastas. Pero Triz
quería, sin duda, sól
―admiro
tu filosofía en esta prueba, dijo Lisbeth al comprobar que si bien El noviazgo
de Tom quedaba roto, no ocurría lo mismo con Su corazón.
―para
decirte la verdad, Lisbeth, siento hace tiempo que las cosas no marchan bien
entre Triz y yo. Su elegancia y Su gracia me deslumbraron, pero más allá de
eso, no hallé en ella nada. le deseo que encuentre a alguien capaz de
contentarse con tan poco y sea feliz con él. eso es todo.
―es
muy noble de tu parte, murmuró Lisbeth con calma, aunque para representar El
papel de abuela lamentaba no tener una cofia y anteojos tras los cuales ocultar
sus sentimientos.
Tom
se levantó bruscamente como si el taburete se hubiese roto bajo su peso.
―no
tenemos que pensar más en ella. Hoy descubrí que Syd es un verdadero amigo...,
y esto Vale más que una novia frívola. si alguien merece ser feliz, es él, y
sacrificaría con gusto mi dicha si ello bastase para asegurar la suya.
Lisbeth
sabía que Fanny no había hecho ninguna confidencia a su hermano y temía revelar
un secreto que no le pertenecía. Prefirió terminar esta conversación en que se
multiplicaban las trampas, y se levantó diciendo:
―esta
misma noche escribiré a Ned.
―Gracias.
no sé cómo agradecerte todo lo que haces por mí. puedes decir a mis hermanas
todo lo que sabes respecto a Triz, me harías un favor y me ahorrarías
explicaciones inútiles.
Lisbeth
le tendió la mano y lo miró a los ojos con tan firme esperanza que, incapaz de
dominarse, el joven se inclinó hacia ella y la besó en la mejilla.
Lisbeth
bajó precipitadamente la escalera olvidando todo lo que tenía que decir a
Fanny. En la sombra del hall, el corazón le latía con violencia mientras se
preguntaba por qué la insólita actitud de Tom no la indignaba. Púsose a toda
prisa su sombrero y huyó, con el propósito de no volver a representar el papel
de abuela antes de tener los cabellos blancos.
LA
QUE NO SE ATREVÍA
Lisbeth
escribió, Ned contestó y después de muchas cartas y muchos proyectos, Tom se
marchó al oeste.
Todos
estaban de acuerdo en reconocer las ventajas de esta solución, pero ello no
impedía a su madre y a sus hermanas, mientras preparaban sus valijas, verter
algunas lágrimas y formular votos fervientes para un mejor porvenir.
Tom
se marchó en los últimos días de mayo. A fines de junio Lisbeth regresó al seno
de su familia para pasar las vacaciones. Maud acompañó a Bella a una playa y
Fanny quedó con sus padres para trasladarse con ellos a la antigua y silenciosa
casa heredada de Granny. Tal vez no habría tenido el valor de pasar todo el
verano en la ciudad si dos amigos no le hubieran venido en ayuda: en primer
lugar Sydney, cuyas visitas se hacían cada vez más frecuentes; luego, Lisbeth
quien, diariamente le enviaba largas cartas colmadas de todo el afecto, alegría
y palabras alentadoras que su cariñoso corazón le sugería.
Cada
semana llegaba también una carta de Tom, dirigida a su madre. Eran misivas
breves y apresuradas, poco explícitas, pero Fanny encontraba siempre en ellas
alguna información que trasmitía en seguida a Lisbeth. Ésta, por su parte,
copiaba todos los pasajes de las cartas de Ned que podían interesar a la
familia de Tom y, reuniendo así las noticias dadas por los dos corresponsales,
se sabía fácilmente que Tom se encontraba bien, animado y trabajaba empeñosamente.
Es
curioso que, a pesar de la enorme cantidad de papel que Lisbeth garabateó ese
verano, no se podría haber dicho gran cosa respecto a ella. Sus numerosas
cartas sólo hablaban de los suyos. Fanny no se preocupaba por eso. Creía
conocer toda la vida de su amiga gracias a ese voluminoso intercambio de
correspondencia, y cuando Lisbeth regresó, después de las vaca ciones, se
sorprendió mucho al verle un aspecto tan desmejorado.
―me
alegro verte tan bien, Fanny. ¿Todo marcha según tus deseos?
Pero
Fanny también debía de haber cambiado durante aquel verano, porque no aprovechó
la ocasión para exteriorizar con detalles la causa de su dicha y sólo le dijo:
―antes
de contestarte, Déjame hacerte una pregunta. ¿Nunca lamentaste no haber
proseguido tu amistad con Sydney?
―¡Nunca!¡Ya
lo sabes!¿Por qué me lo preguntas?
―Porque
hay algo que no anda... No trates de ocultármelo. Tu mirada es idéntica a la
que me reflejaba mi espejo cuando yo creía que Sydney te amaba. Perdóname,
Lisbeth, querría ser tan leal contigo como lo fuiste tú conmigo, si es posible;
y tan generosa,
El
rostro de Fanny reflejaba en ese momento la voluntad sincera de no mostrarse
inferior a su amiga. Se sentía dispuesta a sacrificarse por ella. Lisbeth lo
comprendió y exclamó con vehemencia:
―Te
digo que no lo amo. ¡Aunque fuese el único hombre sobre la tierra, no lo
amaría!
―Entonces,
si no es él, es otro. Lisbeth, bien podrías confiarme tu secreto, puesto que yo
no los Tengo para ti.
La
frase quedó sin respuesta y esa negativa a contestar tranquilizó a Fanny. Rodeó
con sus brazos el cuello de su amiga y le preguntó con su voz más cariñosa.
―¿Dime,
mi Lisbeth querida, lo conozco?
―lo
has visto.
―¿Es
muy inteligente, muy guapo, muy bueno?
―¡No!
―debería
serlo, ya que lo amas, exclamó Fanny, y esforzándose por volver hacia ella El
rostro que Lisbeth se obstinaba en ocultar, agregó: ¿No es un muchacho malo, al
menos?
―me
gusta y no le exijo más.
―¡Oh!,
dime algo más, te lo ruego... ¿Te ama?
―¡No!,
respondió Lisbeth con voz grave. Y al mismo tiempo que se libraba del abrazo de
su amiga se irguió e imploró con un temblor en los labios:
―¡No
me hagas más preguntas, te lo suplico!
―Bien.
Me callaré.... no, no me callaré pues tengo unas ansias locas de hablarte de
mí. Ahora puedo hacerlo, ya que no lamentas lo de Sydney. ¿Sabes? Vino muy a
menudo durante el verano; mucho más a menudo de lo que imaginas. ¡Si supieras
cómo bromeaba pa
―¡Cuánto
me alegro!Ven, siéntate a mi lado y cuéntame...
―en
agosto se ausentó por poco tiempo y me escribió algunas cartas. hay una que
quiero mostrarte... me dirás lo que piensas de ella...
La
joven abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un manojo de papeles.
―Ah,
mira, es una foto de Tom, que recibí la semana pasada. es buena, ¿verdad? ¡Buen
muchacho, trabaja como un condenado!Empiezo a sentirme orgullosa de él...
Fanny
dio la foto a su amiga y continuó buscando en el cajón. No vio la mirada que
Lisbeth fijó en ese retrato, pero notó la extraña entonación de su voz cuando
murmuró muy despacio:
―¡No
está muy favorecido!
Mirándola
de soslayo, Fanny sospechó la verdad. Dejó caer los papeles que tenía en la
mano y exclamó, atónita:
―¡Lisbeth!¿Se
trata de Tom?
La
pobre Lisbeth se sorprendió tanto que no pudo pronunciar una sola palabra. Pero
cualquier palabra hubiera estado de más. Su fisonomía era una confesión, lo
mismo que el gesto instintivo que te hizo ocultar la cabeza entre los
almohadones, como una avestruz perseguido por los cazadores.
―¡Oh.
Lisbeth! ¡Es maravilloso! ¡Nunca lo pensé! ¡Tom es un salvaje! ¡Aún no puedo
creerlo; es demasiado hermoso que una joven cono tú pueda amarlo a pesar de
todo!
―no
pude evitarlo. Traté, pero no pude, Fanny, no pude.... dijo una vocecita
temblorosa que surgía de entre los cojines.
Esta
frase fue seguida por ¡ni silencio. Las dos jóvenes, estrechamente abrazadas,
cedían al impulso de una misma emoción. Sin embargo, ese silencio no podía
durar mucho tiempo. Fanny, rebosante de curiosidad y de alegría, acribilló con
preguntas a la humilde y pesimista Lisbeth.
―no
lo creas. nunca ocurrirá, afirmaba ésta.
―¿Por
qué? ¿Quién podría impedirlo? ―María Bailey, Fue la trágica respuesta.
―¿Qué
dices? ¿Quién es esa chica? ¡No se casará con Tom!
¡Te
lo prometo! ¡Prefiero matarla!
―¿Tom
nunca te habló en sus cartas de María?
―algunas
veces, pero en tono de broma. jamás Pensé que...
―Ned
escribe cartas mucho más largas que Tom. Habló varias veces de María. Se aloja
en la casa de sus padres y la ve con frecuencia. Le pregunté cómo es y me la
describió elogiosamente, agregando que Tom se interesaba por ella. Te confieso
que recibí un g
―¡Qué
estúpida fui de no adivinarlo antes, querida Lisbeth! ¡Veía que eras buena con
él, pero lo eres con todos! ¿Cómo pudo enamorarse de esa María? ¡Ah. si
estuviese cerca, no tardaría en hacerle cambiar de parecer!
Lisbeth
la interrumpió bruscamente.
―Por
favor, te lo ruego, ¡te lo prohíbo! Si con una sola palabra, una mirada o la
menor insinuación dejaras adivinar a Tom o a quien fuese un secreto que nadie
debe conocer, yo..., ¡sí! yo gritaré a todos los vientos que tú amas a Sydney!
Lisbeth
no terminó su frase pues la mano de Fanny le cubría la boca y su voz asustada
afirmaba:
―no,
no lo diré... no diré nada a nadie, te lo prometo. pero cálmate, me asustas...
―¡Oh,
Fan, es tan horrible amar a alguien que no nos ama!... Si supieras... Con sólo
pensar que pueda conocer mis sentimientos, me enfermo de vergüenza...
―Todo
se arreglará para ti, querida mía... Estoy segura que si Tom no se hubiese ido
tan pronto después de haberse visto libre de Triz, te habría adorado... Pero,
aunque sea mi hermano, no puedo admitir que sea digno de ti, Lisbeth, ni
comprendo que lo am
―No
necesito una "persona superior".
Era
una lástima que Tom no pudiese ver, en ese momento, la expresión reflejada por
el rostro de Lisbeth. Parecía iluminada de ternura y gravedad, mientras una
pizca de desafío resplandecía con brillo en sus ojos.
―No
sé cuándo empecé a amar a Tom, pero al notarlo me sorprendí tanto de ello como
lo estás tú ahora. Creía verlo simpático al mismo tiempo que lo hallaba
extravagante, negligente, temerario y snob. Sin embargo, me fastidiaba Triz,
que hacía tan poco por
Lisbeth
calló un instante para contemplar la fotografía donde el rostro sonriente de
Tom parecía aprobar todas sus palabras, y agregó con un leve suspiro:
―Espero
que María Bailey sea la mujer que él necesita.. no podría soportar verlo
traicionado por segunda vez.
―¡Opino
que se preocupa tanto de ella como de un higo seco!Tú misma inventas todas las
dificultades...
Sin
embargo, cuando Lisbeth le hubo repetido todo lo que Ned había escrito respecto
a María, tuvo que admitir que existían motivos para dudar y estar intranquila.
A
fin de saber a qué atenerse, Fan le propuso preguntar a su hermano, en su
próxima carta, cómo le iba en su vida sentimental.
―Acepto,
le dijo Lisbeth, con la condición que me dejes leer tu carta antes de enviarla.
no te Tengo mucha confianza.
Luego
la conversación cambió de tema y sólo giró acerca del muy noble y perfecto
Arturo Sydney.
Fanny
temió por un momento que el regreso de Lisbeth fuese un obstáculo para su
dicha, pero pronto se dio cuenta que no tenía nada que temer. Sydney
manifestaba tan sólo una cordial camaradería hacia la que lo había turbado
alguna vez, y aquel amor naciente, interrumpido antes de echar raíces, había
cedido su lugar a un sentimiento mucho más tranquilo y firme de afectuosa
estima.
Fanny
se sintió dichosa de ello v lo fue más aún cuando comprobó que Lisbeth, con
mucha discreción, espaciaba cada vez más sus visitas. En adelante, Fanny iba a
visitarla en pequeña habitación donde, después de terminar sus tareas, la joven
pasaba la mayoría de sus veladas sola, perdida en un ensueño del que no lograba
siempre arrancarla la lectura o la labor que se imponía.
En
realidad, durante todo aquel invierno, Lisbeth no fue jamás realmente ella
misma. Will, intranquilo de verla tan pálida, apagada y deprimida, se esforzaba
por distraerla contándole chistes del colegio, hasta el día en que ella colmó
su asombro enojándose y riñéndolo. Dedujo que a su hermana le ocurría algo
grave, pero no sabía qué hacer. Las noticias del oeste seguían siendo
imprecisas. La encuesta de Fanny había tenido respuestas poco satisfactorias.
Tom llamaba a María siempre "la encantadora Miss B." y pretendía
consumirse de amor sin esperanza, siendo imposible discernir a través de sus
enfáticas frases si se trataba de una broma para divertir a su hermana o de una
astucia para disimular una temible realidad.
―Si
volviese aquí te juro que sabría pronto lo que tiene en la cabeza; pero no
regresará antes de dos años...
Para
la pobre Lisbeth, este plazo parecía no terminar jamás. Esa larga sucesión de
casi ochocientos días se prolongaba ante ella sin otra perspectiva que una
absorbente incertidumbre y la hundía en profundo abatimiento. Cuando el
porvenir le parecía demasiado desesperante, solía decirse que todas sus
esperanzas no estaban perdidas y esta ilusión le daba ánimo para vivir y tener
paciencia. En esos momentos sus lecciones y sus alumnas volvían a adquirir
cierto interés para ella, su habitación le parecía menos triste para quedarse a
soñar y a cumplir sus menudas tareas cotidianas.
EL
REGRESO DE TOM
Una
tarde de abril Fanny llegó a la habitación de Lisbeth con el rostro tan
radiante que parecía imposible que las palabras bastasen para expresar su
felicidad. Sin embargo, lo probó diciendo:
―Ya
está... El noviazgo se formalizará el día.... y estalló inmediatamente en
alegre carcajada exclamando:
―¡No
adoptes ese aspecto desdichado!No se trata de Tom... , sino Solamente de mí.
―¡Qué
chica feliz eres!¡Pero mereciste tu felicidad!¡Te costó mucho hacerte digna de
Sydney y supiste constreñirte a tantas tareas desagradables para ti, que bien
lo mereces...
―él
dice que me ama por eso, murmuró Fan. me dijo que El año pasado lo decepcioné,
pero que todos tus elogios respecto a mí le hicieron reflexionar. en cuanto te
hubo olvidado, quiso comprobar si estabas en lo cierto... volvió a verme..., y
te dio la razón... ¡Oh!Cuando me dijo eso, Lisbeth, apenas podía creerlo. me
reconozco débil, miserable y tonta...
―él
no puede pensar eso de ti, Fan, ni yo tampoco. Serás la mujer que desea,
exactamente como él será El esposo que necesitas.
―¡Es
una razón más para que te agradezca no haberlo guardado para ti!, exclamó Fanny
riendo con su sonora y prolongada risa de otrora.
―No
veas en aquello más que un minuto de extravío de su parte. Toda la culpa fue de
tu capa blanca y mi conducta estúpida, aquella tarde en que te acompañé a la
ópera... ¡Tom se alegrará al saber esta buena noticia!
―no
se la daré, y te ruego hacer otro tanto.
―¿Por
qué?
―¡No
puedo explicártelo!, dijo Fanny. Y se marchó a toda prisa sin revelar a su
amiga el motivo que la impulsaba a mantener el secreto. Sin embargo, era fácil
de adivinar. "Si Tom no quiere decirme sus secretos, no le diré los
míos", pensaba Fanny, creyen
Durante
los días que siguieron al anuncio de esta gran noticia, Fanny se sentía tan
gozosa que no podía mantenerse quieta. Sin cansancio ni tregua hacía largos
paseos, y debemos reconocer que sus preferencias ya no se volvían hacia las
populosas avenidas de la ciudad.
En
esa misma época, Lisbeth permanecía mucho menos en su casa. Se había impuesto
un deber y lo cumplía con alegría. Al matrimonio Shaw, que su hija mayor
descuidaba, no le bastaban los cuidados aún inexpertos de Maud, y Lisbeth tomó
el lugar de Fanny en ese hogar. El señor Shaw, envejecido, pero dueño de una
serenidad que los altibajos de la fortuna no lograban alterar, era para ella
como un padre. La señora Shaw, al contrario de su esposo, parecía rejuvenecida
por el noviazgo de su hija, hecho que constituía para ella el éxito de una de
sus mayores ambiciones, y la felicidad que le proporcionaba, mejoraba mucho más
su salud que todos los medicamentos que había tomado hasta entonces.
Lisbeth
pagaba así una deuda de gratitud contraída desde muchos años atrás con los
Shaw, desde el tiempo en que siendo una niña pobre fuera recibida y tratada por
ellos como hija propia. Acudía diariamente, en cuanto tenía un momento libre,
hacia esta humilde casa donde sabía que siempre la esperaban, y con frecuencia
sus bolsillos o sus manos contenían algún regalo, discreto testimonio de su
fiel afecto.
Una
tarde, a principios de mayo, llegaba trayendo un ramillete de aquellas rosas de
color apenas rosado que tanto agradaban a Tom, y su pensamiento vagaba muy
lejos, hacia el oeste, preguntándose si María Bailey había descubierto,
también, esa preferencia de Tom y si tomaba el cuidado de satisfacerla.
Abrió
la puerta del vestíbulo tratando de borrar de su mirada y de su sonrisa todo
vestigio de melancolía, cuando divisó a Maud muy excitada, que bajaba la
escalera a todo correr profiriendo una avalancha de exclamaciones incoherentes.
―¡Está
aquí! ¡Nadie sabía que vendría! Está en el cuarto de mamá y justamente preguntó
por ti... Te oí llegar con tu silencioso paso de laucha. Tienes que subir en
seguida. ¡Está tan extraño con sus bigotes! Pero es tan amable, y casi me hizo
caer al abra
―¿De
quién hablas?, repetía Lisbeth temiendo engañarse al tomar Su esperanza por
realidad.
―¡De
Tom, pues!¡De Tom que acaba de llegar de imprevisto!¿Qué buena idea, verdad?
¡Mira, aquí está!¿No es guapísimo?, gritó Maud introduciendo a Lisbeth en El
cuarto de Su madre.
Durante
un minuto, todos los objetos parecían girar frente a los ojos de la joven,
mientras una mano enérgica estrechaba amistosamente la suya y una voz bronca le
preguntaba:
―¿Cómo
Estás, Lisbeth?
La
joven se dejó caer en una silla junto a la señora Shaw, deseando que su
respuesta fuese correcta a pesar de su turbación ,y sin saber siquiera lo que
había dicho.
Cuando
los muebles dejaron de girar en torno de ella y Maud continuaba su inagotable
discurso sobre la feliz sorpresa, Lisbeth pudo mirar al recién llegado,
alegrándose de estar sentada a contraluz mientras el rostro de Tom se hallaba
plenamente iluminado.
El
cuarto no era grande y le pareció que el joven lo llenaba totalmente. El
rústico y práctico traje de viaje, las gruesas bota, la tez bronceada por el
sol y el bigote le daban un aspecto viril que no evocaba para nada al dandy que
Lisbeth había conocido algunos meses atrás. Pero el cambio le gustaba muchísimo
y escuchó lo que Tom contaba a su padre acerca del comercio en el oeste, con
tanta emoción como si se hubiese tratado de la romanza más patética.
Mientas
hablaba, Tom no dejaba de mirar a Lisbeth con una sonrisita cordial semejante a
la de otrora y, durante un momento, ella olvidó a María Bailey y gozó de una
felicidad vecina a la beatitud.
La
entrada de Fanny acompañada por Sydney la arrancó a su euforia. La brusca
irrupción de estos personajes, cuyo aspecto traslucía los sentimientos con más
claridad que una larga descripción, sorprendió en tal forma a Tom que no
disimuló su asombro. Parecía tan atónito cuando Fanny le afirmó que su noviazgo
era un acontecimiento oficial y real, que todos creyeron que no lo aprobaba.
Sin embargo, pasado el efecto de la sorpresa, Tom manifestó tanta alegría y
tanto afecto que Fanny se sintió conmovida y halagada.
Su
primer gesto después fue volverse hacia Lisbeth, que seguía sentada
prudentemente junto a la señora Shaw, en la sombra de las cortinas.
―¿qué
opinas de este desenlace?, le preguntó Tom.
―¡Estoy
encantada!, exclamó Lisbeth con un impulso de júbilo tan sincero que Tom no
podía equivocarse.
―Espero
que te alegrarás al enterarte de otro noviazgo que supongo será también pronto
oficial, respondió Tom con una carcajada y, llevándose a Sydney a su cuarto,
dejó a las chicas comunicarse por señas la tremenda noticia: "¡Es María
Bailey!".
Lisbeth
nunca supo cómo logró permanecer un rato más al lado de la señora Shaw... Pero
en cuanto se le presentó la oportunidad, se alejó disimuladamente. En el hall
solitario, levantó sus chanclos de goma y su ramillete de rosas, felizmente
ocultado a tiempo. Estaba decidida a regresar a su casa sin que nadie la viese,
pero la calma de la planta baja le inspiró una idea menos prudente. Se deslizó
en el comedor, donde la atraía el resplandor luminoso del fuego que ardía en la
chimenea, y con un gesto infinitamente triste, pero decidido, arrojó en él sus
pálidas rosas que en seguida ardieron con un chisporroteo que parecía un
reproche. Luego se sentó y tendió maquinalmente sus chanclos hacia las llamas
antes de ponérselos. Los pequeños zapatos se deformaban bajo su mirada anegada
en lágrimas; no obstante se preguntó si María Bailey tendría pies tan diminutos
y si Tom lo habría notado.
En
ese preciso instante los chanclos le fueron bruscamente arrebatados de las
manos y la voz de Tom se alzó, grávida de reproches:
―¿Pensabas
realmente escapar sin pedirme que te acompañe?
―no
temo volver sola y no Quisiera privar a tu familia de tu presencia.
Lisbeth
hubiera querido pronunciar esta frase con tono. alegre y un poco burlón, pero a
pesar del gorrito rosado que llevaba y que le sentaba muy bien, ni su mirada ni
sus palabras revelaban alegría.
Tom
lo notó y le dijo, rápidamente:
―Temo
que `hayas trabajado demasiado este invierno, Lisbeth, pareces cansada.
―¡Oh,
no!Me conviene estar muy ocupada, y empezó a ponerse los guantes como para
confirmar sus palabras.
―pero
a mí no me conviene verte con ese rostro delgado y esas mejillas pálidas.
Lisbeth
alzó la vista hacia el que le causaba tanto placer al hablarle de este modo,
pero no tuvo tiempo para agradecerlo. Su sincera mirada no podía ocultar toda
la verdad. Tom la adivinó, el rubor tiñó el tono bronceado de su rostro y
dejando caer los chanclos, se apoderó de las manos de su compañera de infancia
con el mismo ímpetu que lo hubiese hecho cuando era todavía un muchacho mal
educado, y exclamó:
―Lisbeth,
Tengo que decirte...
―Sí,
ya sé. .. , murmuró la joven con tina sonrisa triste, más patética que hubiese
podido serlo un abundante llanto. Deseo que seas muy feliz, Tom...
―¿Cómo?
¿qué dices?
Tom
la miraba como si ella hubiese perdido súbitamente la razón.
―Ned
nos lo contó todo, y hace un rato, cuando hablaste de noviazgo, Fanny y yo
hemos comprendido muy bien que se trataba del tuyo...
―¡Pero
no soy yo!¡Es Ned!Me encargó decírtelo. se decidió durante estos últimos
días...
―¿Se
casa con María?, exclamó Lisbeth apoyándose al respaldo de una silla para
prepararse a recibir El impacto.
―¡Desde
luego!¿Con quién querías que fuese?
―¡No
es lo que él decía!Siempre hablaba de ti y pensábamos...
―¿Que
yo estaba enamorado?
―Sí,
murmuró Lisbeth, con creciente turbación.
―es
cierto, estoy enamorado, pero no de María.
―¡Oh!
―exclamó Lisbeth, respirando con dificultad.
―¿Quieres
saber el nombre (le la chica a quien amo desde hace un año? ¿No lo adivinas?
¡No! ¡Pues bien, se llama Lisbeth!
Mientras
hablaba, Tom tendía los brazos con muda elocuencia, tan irresistible que la
joven se refugió en ellos sin pronunciar una sola palabra. Luego ambos, sin
saber cómo se encontraron sentados el uno junto al otro. cerca del fuego. Ton(
miraba a Lisbeth en silencio como si le fuese imposible creen' que su sueño se
había convertido en realidad: Lisbeth era (lila mujer y por lo tanto. mientras
lloraba y― reía de alegría. hallaba el medio de hacer preguntas:
―¿Cómo
podía haber adivinado que me querías. Tom. si te marchaste sin decirme nada?
―¿Cómo
podía decirte algo. Lisbeth. citando no tenía nada para ofrecerte sino m¡
miserable persona?
―Yo
no pedía otra cosa. murmuró ella con un acento ta(( convincente que Tom empezó
a creer que la raza de los ángeles no se había extinguido todavía.
―¿Podía
acaso imaginar que aceptarías El amor de un pobre individuo mal conceptuado por
todos, que la misma Triz rechazaba... cuando tenías a Sydney a tu lado? ¡Un
muchacho tan maravilloso!No Puedo comprender que no hayas podido amarlo...
―es
extraño, pero las mujeres tenemos gustos raros.
Tom
sonrió y su mirada encontró la de Lisbeth. Permanecieron inmóviles durante un
largo minuto, olvidando por completo cuanto ocurría en derredor de ellos. Por
eso rito oyeron los peldaños de la escalera crujir bajo un paso pesado, no
vieron una alta silueta que se perfilaba frente a la puerta entreabierta, v
menos aún sintieron posarse en ellos la mirada furtiva que el señor Shaw
deslizó por la angosta rendija.
Al
descubrir a la pareja de pie frente a la chimenea, el anciano no se sorprendió,
sino que sus labios se entreabrieron en una tierna sonrisa. "Tendría que
haber sospechado que esto terminaría así", pensó. Luego giró ágilmente
sobre sus talones, subió la escalera con una agilidad que no imaginaba ya
poseer y viendo a Fanny le dijo alegremente:
―la
era de los noviazgos no ha terminado... pero jamás habría esperado que Tom
supiese elegir tan bien...
―¿Fue
realmente él quien eligió?, preguntó Fanny con una sonrisa feliz y corrió hacia
Sydney para anunciarle la buena nueva que Su padre, con idéntico impulso, iba a
repetir a Su esposa.
Ignorando
que su secreto era ahora conocido por todos, Tom y Lisbeth continuaban con sus
confidencias a media voz:
―Estaba
tan seguro de tu amor por Syd, querida mía, que no podía decir nada, ni
siquiera cuando me separaba de ti por tanto tiempo... No obstante, me costó
mucho.... y temí traicionarme... ¡Pero eras digna de mejor suerte! ¡Chist!
Déjame hablar. Creí que
―¿Y
por qué nos mantuviste engañadas respecto a María Bailey?
―no
Traté de engañar a nadie diciendo que es una buena muchacha... es la pura
verdad. en algunos momentos me recordaba a mi Lisbeth. me agradaba pasar las
veladas con ella y lo hice hasta El día en que comprobé que Ned estaba celoso.
Entonces, desaparecí... son felices y pronto te lo dirán... para mí, aumentó un
poco la soledad, pero nunca estaba realmente solo porque tu Recuerdo me
acompañaba.
―¿Es
cierto, Tom?
―¿Cómo
puedes dudarlo, Lisbeth? ¡Mira!
Tom
abrió su billetera llena de papeles de negocio. De un bolsillo interior sacó un
pliego usado y amarillento que desdobló cuidadosamente. En el centro del mismo
reposaba un pequeño objeto oscuro, mustio, seco y arrugado.
―es
la rosa que Habías puesto en mi torta de cumpleaños, la que dejaste caer en mi
cuarto, aquella misma noche, cuando viniste a hablarme tan extensa y
amablemente. nunca me ha abandonado después.
Lisbeth
tocó la pequeña reliquia y sonrió.
―Nunca
te habría creído tan sentimental. ¡Sólo una pequeña rosa sin perfume y sin
color, es poca cosa! ¡Tuve más suerte que tú, Tom !
Lisbeth
hurgó en el bolsillo de su vestido y sacó una cartulina desteñida que tendió a
Tom. Al verla, éste se echó a reír: era la fea foto que al separarse por
primera vez, él había arrojado en su compartimiento con una bolsita de maníes.
―La
encontré el verano pasado. No sé por qué la he conservado, pues realmente no
puedo decir que entonces yo te amaba. Pero al volver a verla, lloré como una
niña.... y no tuve valor para separarme de ella. En mis momentos (le angustia,
tu sonrisa renovab
―Hoy
regresé por ti y todavía no me atreví a decírtelo...
―¿Por
mí? ¡No me lo harás creer! ¡No sabías que te esperaba!
―es
cierto, no lo sabía. pero sabía que me necesitabas...
―¿Quién
te lo dijo?
―nadie.
pero recibí una carta. una carta de un viejo caballero a quien no conozco y que
Espero conocer algún día, Pues le debo los minutos que acabo de vivir... un
anciano que te quiere con mucha ternura...
―¿El
doctor March?
―él
mismo.
―¡Pero,
si no lo sabía!Ni a él quise decir...
―no
lo sabía, pero tal vez lo adivinó. me escribió que estabas desconsolada sin
querer confesarlo y que en tus animosas cartas leía entre líneas una gran pena,
de amor sin duda... Terminaba discretamente diciendo que le era imposible
trasladarse pero que si yo pudiese verte, hablarte, tal vez... Creí que se
trataba de Sydney. la misión se me hizo difícil, pero vine. durante todo El
trayecto maldecía al buen Sydney porque hacía sufrir a una muchacha como tú...
no podía imaginar que El culpable era yo, Lisbeth. sé demasiado bien que no te
merezco, que perdí la fortuna que debería haberte ofrecido y conservé todos los
defectos que debiera haber abandonado, pero si me aceptas...
La
voz de Tom bajaba de tono a medida que hablaba, Lisbeth apoyó su mejilla contra
la rugosa tela de su traje y murmuró:
―no
digas eso, Tom querido. no me equivoco al decirte que te amo tal como eres, y
mi padrino tampoco se equivocó al confiarte la misión de hacerme feliz...
FIN

