Libro N°. 3082. Otra Mujer En Su Vida. Tellado, Corín.
© Libro N°. 3082. Otra Mujer En Su Vida. Tellado, Corín. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Otra mujer en su vida (1983)
Versión Original: © Otra Mujer En Su Vida. Corín Tellado
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OTRA MUJER EN SU VIDA
Corín Tellado
Argumento:
Betty
le había confesado a su hermana que estaba profundamente enamorada de Len, que
si no se casaba con él no sería de otro. Pero hasta después de su matrimonio no
supo que ellos se amaban y que Helen le exigió a Len se celebrara el enlace
para que su hermana pudiera ser feliz.
Conoció
la verdad demasiado tarde... cuando ella no sabía cómo poner remedio a la
situación. Y su innata rebeldía chocaba con el carácter enérgico de un hombre
que se rendía a sus encantos...
Primera
Parte
Capítulo
I
La
voz del hombre era ronca, fuerte y vibrante.
La
de ella, ahogada y temblorosa.
—No
sé si podré perdonártelo nunca, Helen. Me has conducido a la perdición. ¿Qué
hago yo con tu hermana? Es una chiquilla, Helen. Yo tengo treinta años, no la
amo. Mi cariño...
—Calla.
No puedo consentir que me lo digas. Ahora le perteneces. Es una santa, es
bonita, educada y tiene un corazón de oro. Aprenderás a amarla.
—¡Aprender!
¿Quién te ha dicho que el cariño se aprende? Hemos cometido un disparate,
Helen. Si ambos nos queríamos, ¿por qué me has empujado hacia tu hermana? Ella
es una chiquilla, dejó ayer el colegio, aún ignora lo que quiere, lo que
siente... Su cariño hacia mí fue un espejismo ilusorio. Le pasará pronto. El
verdadero cariño es el que sentimos nosotros. Y me has casado con ella, Helen.
¡Me has casado! Yo fui tan imbécil, tan irreflexivo que cometí el mayor
disparate de mi vida oyendo tus súplicas. Me da miedo ella porque nunca,
¡nunca!, podré ofrecerle lo que te pertenece. Te he querido a ti. Te quise
desde que tu padre os dejó en mi poder. Nunca te dije nada porque eras una nena
y me dabas un poco de miedo. Cuando te lo dije, me has correspondido... ¿Por
qué has hecho aquello después...?
Se
oyó un sollozo. La voz de Helen pareció estrangulada.
—Me
estás haciendo un daño muy grande, Len. Todo aquello está muerto. Ahora
comenzamos un presente y tú perteneces a otra mujer. Anda, Len, ve al lado de
Betty y hazte a la idea de que yo he muerto en tu corazón.
La
que oía aquella conversación se alejó apresuradamente con las palmas de las
manos apretadas contra los oídos.
Penetró
en la lujosa estancia y, echándose sobre el lecho que más tarde había de
compartir con su marido, quedó rígida y estática.
No
era bonita, pero poseía un encanto extraordinario en la faz de rasgos exóticos.
Ojos grandes, rasgados y expresivos. Azules, con ese azul-gris puro y
transparente como el mismo cielo. Melena larga, sedosa y suavemente ondulada.
Las largas crenchas rojizas le caían ahora por la cara de tez mate,
cosquilleando un poco sobre la nariz respingona.
Se
llamaba Betty Walker y tenía exactamente dieciocho años, dos menos que su
hermana Helen.
Aquella
tarde se habla casado con Lennard Holt, el hombre que habla querido desde que
era una niñita, desde que a los quince años y después de haber muerto su padre,
supo que aquel hombre alto, arrogante, de fuerte musculatura y ojos grises como
el acero, era su tutor.
De
pronto alzó la cabeza. Se irguió con arrogancia. Los pasos de Len se
aproximaban a su habitación.
En
el umbral se recortó la figura arrogante del famoso escritor. Miró a la esposa
con aquellos ojos penetrantes y escrutadores y la boca de firme trazo, dibujó
una leve sonrisa.
«Está
sufriendo. Es leal, pero su corazón pertenece a mi abnegada hermana...»
—Hola,
querida. ¿Estás dispuesta? El auto nos espera. Ya se marchó el último invitado.
Gentil,
bonita y exquisita, avanzó hacia él.
—Claro
que estoy dispuesta, Len, oye: ¿por qué no nos acompaña Helen?
¿Se
atirantó la faz del hombre? ¿Hubo destellos en sus ojos grises? ¿Se hinchó el
fuerte pecho con una oleada de satisfacción?
Todo
fue muy vago, si es que en realidad experimentó alguna sensación. La cara de
Len se mostró impenetrable como siempre. Movió la boca y enseñó los dientes
blancos, sanos e iguales.
—¿Lo
crees conveniente? Es nuestro viaje de novios, querida.
—¡Bah!
Yo no puedo vivir sin ella. Díselo, Len. Me gustaría que viniera. ¿No has
dicho, además, que el viaje será corto?
—De
todos modos, Helen no vendrá. Ea, si estás dispuesta, vamos, querida mía.
¿Cómo
no lo habla adivinado antes? Si ella supiera la verdad, toda la verdad como la
sabía ahora nunca hubiera dejado al descubierto los sentimientos de su corazón.
¿Qué voluntad era la de Helen que había sabido escuchar sus confidencias
amorosas sin que la faz de rasgos delicados y exquisitos sufriera alteración
alguna?
—¿En
qué piensas, Betty?
Se
sobresaltó.
—Vamos,
entonces. Se lo diré yo a Helen.
Por
un momento tuvo miedo. Apretó las pupilas del rostro rígido del hombre. ¿Qué
habla en el fondo de aquellos ojos? ¿Por qué la mano fuerte apretaba la suya
casi hasta hacerle daño?
—No
se lo dirás, ¿verdad? —gritó alterado. Después ahogó la rabia y añadió
suavemente—: No, no se lo dirás.
Helen
se hallaba en el jardín.
Betty
sintió que su corazón se retorcía. Vio los ojos de Len brillar de una forma muy
rara y observó que sus labios se cerraban fuertemente.
Helen,
tan bonita y seductora como siempre, les sonreía dulcemente. Se aproximó a
ella. Se cobijó en sus brazos.
«No
soy feliz, Helen —se dijo con el corazón atragantado en la boca—. Me siento la
más humillada de las criaturas, la más mísera, la más detestable. He sido tan
ciega que no acerté a ver el amor que experimentabas hacia el hombre que hoy es
mi marido. Tú eres más merecedora de él que yo. ¿Quién soy? Una pobre
chiquilla. Ignoro lo que es el amor y si en realidad estoy enamorada. ¿Por qué
te lo dije? ¿Por qué fui tan ingenua que no adiviné tu cariño hacia él?»
—Feliz
viaje, Betty. Te deseo tanta felicidad como si se tratara de mi misma.
No
acertó a responder. Hubiera sido un sollozo.
Len
se aproximó.
—Hasta
la vuelta, Helen.
—Feliz
viaje, Len.
Los
miró a los dos. Sintió que algo se rompía dentro de ella.
Él,
gallardo, fuerte, altivo y elegante. Ella frágil, bonita, con sus cabellos
rojos y sus ojos brillantes, llenos de vida.
«Los
he matado. Ellos se quieren. Siempre seré una intrusa en la vida de Len.»
El
hombre se alejó rápidamente en dirección al automóvil. Sintió que alguien le
tocaba en el brazo.
—¿No
eres feliz, Betty?
Miró
a su hermana, sobresaltada.
Sobre
la amargura de Helen, ¿añadir la decepción de ella? No lo merecía Helen. Animó
el rostro; rió suavemente.
—Claro
que lo soy. Estarás aquí a nuestra llegada, ¿verdad?
—Naturalmente.
¿Adónde voy a ir?
¿Había
amargura en la pequeñita? Si Helen tuviera dónde ir, ¿se hubiera alejado?
La
abrazó con fuerza.
«Te
lo devolveré. Haré lo posible y hasta lo imposible para devolvértelo. Len es
tuyo, te pertenece. Yo seré tan sólo una sombra que pasará por la vida de Len
sin rozarlo. ¡Te lo juro!»
—Te
llama Len, Betty, anda. Ya es tarde; tendréis que hacer noche en cualquier
lugar cercano. Hazlo muy feliz, Betty. ¡Es tan bueno!
Se
alejó apresuradamente. Momentos después, agitaba la mano en el aire. El coche
se alejó raudo.
Allí,
de pie en el jardín, quedaba la figura elegante de Helen Walker, muda, con los
ojos llenos de lágrimas y la boca en una crispación indefinible.
Betty
era bonita y seductora. Sabría conquistarlo. El amor de Len sería pronto un
pasaje exento de importancia. Lo deseaba y, sin embargo, experimentaba una
desazón indescriptible. La vida maravillosa de aquel hombre tan fuerte de
espíritu y de cuerpo debiera pertenecerle, y no obstante... ¿Se sentía
decepcionada? Pero, de ser así, ¿a qué fin? ¿No los había unido ella? ¿No los
había casado?
«Le
quiero tanto, Helen... Creo que si no me caso con él, jamás seré de otro.»
La
cara bonita de Helen Walker pareció ensancharse en una amplia sonrisa. Si Betty
era feliz, ¿qué importaban su amargura, su dolor?
Capítulo
II
Se
habían detenido en una pequeña ciudad.
Cenaron
juntos, hablaron poco, y cuando llegó la hora de retirarse, Betty subió a la
habitación mientras Len quedaba fumando un cigarrillo en la terraza del hotel.
—Creí
que ya te habías acostado —dijo con naturalidad cuando subió a la habitación y
la encontró levantada.
Con
la misma naturalidad respondió ella:
—Estaba
esperándote.
Era
una situación extraña y, sin embargo, Betty la hacía natural porque poseía un
dominio absoluto de sí misma. Ella misma lo comprendió así en aquel momento y
se sintió satisfecha.
Len
se sentó sobre la cama y fumó afanosamente.
¿Era
una realidad o estaba viendo visiones? ¿No temblaba un poco la mano que
sostenía el cigarrillo? ¿Y los ojos que se escondían tras los párpados no
hacían inauditos esfuerzos para no mirarla?
Dio
la vuelta a la butaca. Quedó frente a él.
Nunca
Len la habla besado. Cosa extraña: a Betty aquello le parecía natural. Se lo
había parecido mientras no supo por qué Len se habla casado con ella. Ahora ya
sabía definir claramente los motivos.
¿Len
estaba nervioso? Él, tan hombre, tan decidido y autoritario, ¿confuso ante una
chiquilla que el destino le habla dado por mujer?
Cobró
vigor. Evidentemente Betty se estaba revelando como una mujer hecha y derecha.
La chiquilla había muerto en ella para dar paso a una mujer completa, llena de
reflexión y fortaleza.
Se
levantó gentilmente y abrió la puerta que comunicaba con la habitación de su
marido. Después fue hacia Len y cogió el rostro viril entre sus manos finas y
aladas.
¿Tembló
el hombre? ¿Qué sensación le produjo la proximidad de aquella chiquilla que era
su esposa, que iba a ser su mujer?
Alzó
los ojos. Interrogó en los de ella.
La
boca femenina sonrió.
—Estoy
cansadísima, Len. ¿Quieres dejarme sola?
—Pero...
—Oh,
tienes que comprenderme...
—¿Qué
tengo que comprender, Betty? Somos marido y mujer, ¿no? Sí, creo que nos hemos
casado esta tarde.
Le
costaba un tremendo esfuerzo insistir.
Creyó
que Len comprendería sin demasiadas palabras. Si no la quería y amaba a Helen,
¿por qué la animaba a continuar hablando?
—Yo...
yo...
—Pensé
que no eras tan ingenua, querida.
—No
es eso, Len.
—¿Qué
es, entonces?
—¡Oh,
Len! Si yo te pidiera que no me exigieras explicaciones y me dejaras sola... Si
yo...
—Las
situaciones imprecisas no son de mi agrado, Betty. Hemos convivido juntos mucho
tiempo, desde que tu padre murió, hace varios años... Esto quiere decir que me
conoces lo suficiente, te has casado conmigo, has dicho que me querías. Te
dejaría sola si me confesaras la verdad, el motivo que te empuja a obrar así.
Te conozco bien, tiene que haber un poderoso motivo, y yo he de conocerlo. ¿Es
que no me quieres? ¿Es que te casaste conmigo y después comprendiste que no me
querías lo suficiente?
¿Había
ansiedad en los ojos de Len al hacer aquella pregunto? ¿Es que en realidad
deseaba oiría decir que no le quería?
Nunca
había mentido. No podría hacerlo ahora por primera vez. Era demasiado noble
para engañarlo.
Y,
por otra parte, ¿cómo decirle que nunca por su gusto seria su mujer, aunque se
muriera de pena? ¿Cómo decirle que si amaba a Helen, tenía que ser de ella, de
su hermana?
Temblorosa,
se dejó caer sobre una butaca y suspiró.
—Betty...
—No
me preguntes nada, Len No sabría qué decirte. Me veo tan poca cosa a tu lado...
—¿Es
eso?
—No,
no; tampoco es eso.
—Habla
claro. Me estoy viendo como si fuera un colegial. Tengo treinta años, querida.
Estas cosas de niños no me satisfacen.
¿Por
qué Len había alterado la voz? ¿Por qué se mostraba diferente? Él, tan
cariñoso, ton delicado...
Observó
que se aproximaba a ella. La miraba al fondo de los ojos con una de aquellas
miradas hondas y escrutadoras que parecían llegarle al alma.
—¡Betty,
eres una chiquilla!
Se
alzó. Retrocedió hacia el balcón.
—Te
lo ruego, te lo suplico, por lo que más quieras, por... —Pasó una mano por la
frente. Suspiró con fuerza—. Déjame, Len. Te lo ruego con toda mi alma.
—¿Es
que no me quieres?
—Te
quiero —casi gritó—. Más que a mi propia vida te quiero, pero no puedo... ¡No
puedo!
—¿Qué
voy a creer, Betty?
¿Qué
había en el acento duro del hombre? ¿Qué estaba pensando?
—¡Oh,
por favor, no pienses atrocidades! Es que no tengo valor.
—¿Valor?
¿Sería
aquello su tabla de salvación?
—Sí,
sí, no tengo valor.
Volvió
a suspirar. Len dulcificó su rostro. Se aproximó más y con sus dos manos cogió
el rostro femenino.
—Bien
Betty, si no tienes valor, ya me dirás cuándo llegues a tenerlo. Me lo
advertirás, ¿verdad?
—Sí,
sí.
Las
manos fuertes apretaron un poco la cara femenina. Después inclinó el busto y la
besó en los labios.
Era
la primera vez, y Betty sintió que el cuerpo se le estremecía, produciéndole un
dado jamás experimentado.
—Que
descanses, querida mía.
Se
alejó. Cerró la puerta tras él. ¡Con qué indiferencia lo hizo! Se tiró sobre el
lecho y ocultó el rostro entre las manos.
«Helen,
Helen, si es tuyo, ¿por qué me lo diste?»
Capítulo
III
Recorrieron
bellas ciudades. Se consideraron como buenos camaradas, reían juntos y
disfrutaban como dos chiquillos. Era como si el natural optimismo de la
jovencita se inyectara en el corazón del hombre.
Aquella
tarde se hallaba sentada en la terraza de un hotel. Los ojos femeninos miraban
sin ver hacia lo lejos. Creyó que estaba sola. Imaginaba a Len vagando como un
sonámbulo en todas direcciones, con la cabeza baja y el pensamiento ausente,
muy lejos de ella.
Por
eso, cuando sintió la mano masculina en su hombro y oyó la voz, tan personal,
sintió que se estremecía.
—Me
gustaría penetrar en tu corazón.
No
se volvió.
Alzó
su mano y la dejó caer sobre la de ella, que continuaba en su hombro.
—No
conseguirías nada.
—Al
menos podría hacerme con tus secretos.
—No
tengo ninguno, Len.
El
hombre se sentó a su lado. Con sus dedos finos cogió la barbilla femenina y la
levantó suavemente hasta sus ojos.
—Muchas
veces, Betty, pienso que eres una mujer complicada, otras me pareces un cristal
lleno de sombras que enturbian su transparencia. Evidentemente, querida, te veo
diferente.
—Son
figuraciones tuyas. No me irás a decir que me crees una mujer de intrincada
sicología.
Len
rió suavemente. Soltó la barbilla y encendió un cigarrillo.
Guardó
un momento de silencio, tras el cual indicó:
—Mi
próxima novela, Betty, ha de ser muy humana. La protagonista será una muchacha
de ojos azul-grises, grandes e ingenuos.
—No
tendrá éxito, Len.
—¿Por
qué?
—Porque
la base de una buena novela es la personalidad del protagonista, y si pretendes
retratar a esa muchacha de los ojos azul-grises, grandes e ingenuos y ves,
además, en mí a esa muchacha, mi personalidad es nula, ¿no crees así?
Len
rió suavemente y fumó con fruición, pero ni aprobó ni desaprobó las palabras de
Betty.
Y
si, en cambio, cogió sus manos y, apretándolas entre las suyas, dijo bajito:
—Llevamos
un mes vagando por esos mundos, querida. ¿No tienes deseos de regresar al
hogar?
«No
puede estar por más tiempo sin ver a Helen. ¿Es que esto me inquieta? Es
lógico, lo natural, y sin embargo...»
—Regresaremos
cuando quieras, Len. Siempre estoy dispuesta.
—Entonces,
marcharemos mañana. ¿Hace?
—Bueno.
¿Por
qué hizo después aquella pregunta? ¿Por qué fue tan irreflexiva?
—Yo
creo, Len, que tu protagonista debiera ser Helen. Ella tiene muchísima más
personalidad que yo. ¿Por qué no escribes una novela donde nuestra encantadora
Helen viva una gran pasión?
Apretó
los labios. Y los ojos, al mirar la faz de Len, se oscurecieron de tal modo que
el tono azul-gris se convirtió en una sombra violácea.
La
cara del escritor se crispó toda. Avanzó hacia ella y, como aquella noche,
cogió fuertemente la muñeca de Betty y la oprimió hasta hacerle daño.
—Retírate,
Betty —pidió con descompuesta voz—. Ya es muy tarde —añadió un poco más
suavemente.
Y es
que, pese a su gran personalidad y a su dominio sobre sí mismo, el recuerdo de
Helen le producía una reacción violenta.
Betty
inclinó la cabeza y muy lentamente dio la vuelta.
—Betty...
Se
volvió.
Tras
ella tenía la figura del hombre. En su faz ya no había aquella expresión
terrible de momentos antes.
—Perdona
mi brusquedad, querida. A veces soy un imbécil. Tienes que ir acostumbrándote a
mis exabruptos.
Por
toda respuesta, Betty cogió su mano y la apretó cariñosamente. Len la prendió
por la cintura y en el silencio de la terraza se oyó su voz enronquecida:
—Quisiera,
Betty, que en la vida sólo existiéramos los dos. Además, quisiera...
No
terminó la frase. Fue aproximando su rostro y Betty vio que los ojos grises
brillaban.
No
pudo comprender lo que sentía aquel hombre. Era demasiado inexperta para darse
cuenta de que lo que pretendía Len era reconcentrar todo su ser en ella para
olvidar a otra mujer.
—Len
—murmuró suavemente.
Y es
que Len aproximaba cada vez más su rostro al de ella. Betty supo que iba a
besarla de una forma muy diferente a como lo hiciera aquella noche en el
interior de la habitación de un hotel.
Era
cierto. El famoso escritor deseaba besar a su esposa. Deseaba comprobar que le
interesaba aquella muchacha y no su hermana, Helen, la mujer que habla
renunciado a él, por cariño hacia aquella chiquilla que había jugado con los
dos, pretendiendo salir victoriosa.
Y la
besó en los labios con rudeza, casi con rabia. La apretó febrilmente sobre su
pecho y pegó sus labios a aquellos otros que hubiera deseado destruir para
siempre.
«Estoy
besando a Helen. La estoy queriendo con toda mi alma, tal como he soñado. Esta
muchacha es una sombra y va a desaparecer.»
Entretanto,
Betty sintió que el corazón precipitaba sus latidos. Lo tenía muy cerca.
Palpitaba allí mismo lastimando su ser. Lo vio duro, brusco, casi cruel y
estuvo por asegurar que adivinaba sus más recónditos pensamientos.
«Cree
que está besando a Helen, pero ignota tal vez que Helen, demasiado exquisita,
no hubiera tolerado la brusquedad salvaje de sus besos, exentos de delicadeza.
Yo soy diferente. No soy tan exquisita y casi estoy por despreciarme a mí
misma. Soy la horma de su zapato, pero Len aún no lo ha adivinado.»
«Estoy
besando a Helen... con toda mi alma, tal como he soñado. Esta muchacha es una
sombra y va a desaparecer.»
Luego
de hacer estas reflexiones se apartó de su lado y sonrió débilmente.
—Déjame
—pidió casi con los dientes apretados.
El
hombre la miró desde su altura y soltó una carcajada.
A
Betty aquella risa le pareció muy desagradable. Creyó que Len era otro. Y
recordó los días apacibles cuando él hacia las funciones de un amable tutor.
—¿Por
qué te ríes? —preguntó atragantada.
—Querida,
me río de mi mismo. ¿No te parece grotesco? Nunca pensé que llegara a ese
extremo, y, sin embargo, he llegado.
—No
te entiendo.
—¡Qué
más da!
—Len,
voy a creer que...
La
mano masculina se alzó en el aire agitándose indiferente.
—¡Oh,
Betty, no es preciso que pienses en nada! ¿Para qué? No existe tiempo más
malgastado que aquel que se emplea para pensar tonterías.
Se
irguió queriendo aparecer altiva. ¡Qué mal le salía! Se hallaba desconcertada,
eso sí.
—No
pienso tonterías, Len.
—Una
mujer no puede pensar otra cosa.
Y se
alejó malhumorado. ¿Qué sentía? ¿Qué pensaba? ¿Por qué su reacción había sido
tan rara, tan desconcertante?
Subió
a su habitación. Dispuso el equipaje.
Él
había dicho que marcharían al día siguiente. ¿Qué más daba hacerlo un día que
otro? De todos modos, tenía que llegar un momento en que se vería precisada a
enfrentarse con la realidad. De todas formas tenía la convicción de que nunca
sería feliz como había soñado.
—¿Qué
haces, Betty?
Se
volvió. Len estaba allí. En sus ojos ya no había aquella expresión burlona y
cínica de un momento antes.
¿Cómo
era en realidad aquel hombre? Trató de recordar rápidamente cuando Len era sólo
un tutor. No pudo. Había pasado algún tiempo desde entonces.
—El
equipaje.
—Déjalo
ahora. Ven, siéntate a mi lado.
Desconcertada
avanzó hacia él.
—No
te comprendo muy bien, Betty.
—¿A
mí?
—Siéntate,
anda. Tenemos tiempo de hacer el equipaje. Te ayudaré yo.
¿Qué
pretendía? ¿Por qué la miraba de aquella forma entre burlón y cariñoso? ¿Es que
le gustaba y estaba dispuesto a quererla?
No,
no. En forma alguna. Él tenía que ser de Helen. Pertenecía a su hermana. Ella
era una intrusa.
—Lo
mejor es que continuemos haciendo el equipaje. Además, estoy cansada.
La
cogió por la cintura. La sentó sobre sus rodillas.
—Betty,
voy a creer que continúas teniéndome miedo.
—¿Miedo?
—y abrió mucho los ojos.
¿Se
lo tenía en realidad? No; si existía un miedo dentro de ella no nacía de la
proximidad de Len.
—Nunca
tuve miedo de nadie.
La
mirada gris hurgó en la suya. Le hizo daño aquella mirada poderosa que se
hundía en la suya cada vez con más poderío.
—No
juegues, Len. Te aseguro que...
—¿Jugar?
Mi querida Betty, nunca me interesó jugar, pero da la casualidad que un juego
contigo me parece muy seductor. Eres mi mujer, Betty. Hace un año eras una
chiquilla, saltabas sobre mis rodillas y me tirabas del bigote. ¿Por qué te has
hecho mujer tan de repente? A mí me gustabas siendo niña. Aún ahora no puedo
concebir que seas mi mujer y me pertenezcas.
La
joven saltó de sus rodillas al suelo y quedó encogida sobre sus piernas. Alzó
la cabeza y la melena rojiza despidió unos destellos dorados.
Clavó
las pupilas llenas de fuego en la faz del hombre y murmuró bajísimo:
—¿Por
qué te has casado conmigo?
La
pregunta fue un poco brusca. A Betty le pareció que los párpados del hombre
temblaban casi imperceptiblemente, pero temblaban.
—Di.
¿Por qué te has casado conmigo si te parecía una chiquilla?
¿Qué
recuerdos acudieron a la mente masculina?
¿Por
qué los ojos grises centellearon?
Observó
que Len crispaba los puños. Luego se irguió y dando unos pasos por la estancia
terminó diciendo un poco brusco:
—¿Hacemos
el equipaje, Betty?
Betty
se puso en pie y procedió a ordenar sus cosas, que él, silencioso, iba metiendo
cuidadosamente en las grandes maletas.
Y,
sin que surgiera un incidente digno de mención, a la mañana siguiente salieron
hacia el hogar.
Helen
los recibió, sonriente. La joven esposa espió celosamente los rostros de ambos,
deseando hallar algo en los ojos que se cruzaron rápidamente. Betty no pudo ver
nada, Len estrechó la mano de Helen con naturalidad y ésta lo abrazó después
con inmenso cariño.
La
vida se organizó con naturalidad. Betty continuaba viviendo despreocupada.
Helen dirigía a la servidumbre. Len escribía con más ahínco que nunca.
Pero
una noche...
Capítulo
IV
Hacía
algún tiempo que Joe Walker, primo hermano de las hermanas Walker, había
llegado al palacio de éstas con objeto de terminar sus estudios en la ciudad
inglesa. Convivía con ellas, como en vida del padre de las muchachas. Se
querían como hermanos y aun cuando Joe tenía fama de ser un hombre demasiado
galante, a ellas aquello, en vez de asustarlas, les hacía mucha gracia.
Len
acogió su llegada con naturalidad. No le resultaba simpático, pero no por eso
podía destruir la tradición familiar de los Walker de ofrecer albergue a
cualquier pariente.
Aquella
noche y después de cenar, Helen salió a la terraza. Se sentó en un sillón de
mimbre y se entretuvo en contemplar las espirales de humo de su cigarrillo.
De
pronto, sintió que alguien se aproximaba.
Miró.
Era Len que con su cigarro en la boca, aparecía en la terraza.
—¿Y
Betty, Helen? —preguntó un poco brusco.
Era
la primera vez que se veían solos desde el día de la boda. Helen se estremeció
un poco. Len cruzó una pierna por la balaustrada y la miró de frente, a través
del humo azulado.
—Ha
salido con Joe.
—¿Por
qué no me advirtió?
—¿Advertírtelo?
—Naturalmente.
Antes podía hacerlo; era soltera —recalcó fríamente—. Puesto que soy su marido,
me gustaría que al menos me tuviera un poco en cuenta. Helen, siento decirte
que con tu quijotismo has creado una situación grotesca. Me has casado con una
chiquilla y has hecho de mí un hombre desencantado.
—No
hables de eso, Len —pidió temblorosa, con ahogada voz—. Aquello murió. Betty es
una mujer encantadora.
—¡Oh,
sí! —rió desagradablemente—. Tan encantadora que estoy maravillado.
—Len,
¿por qué hablas con esa ironía?
El
escritor se aproximó a ella lentamente.
La
contempló desde su altura y volvió a reír.
—¿Sabes
lo que me dijo tu hermana el día de la boda?
—¡No
me interesa! —exclamó.
—De
todas formas te lo voy a decir para que comprendas mejor tu desatino. Me dijo
que no tenía valor. ¿Comprendes? Que la dejara sola porque no tenía valor...
¡Valor! —repitió sordamente—. Me has casado con una mujer que no tiene valor
para ver con naturalidad a su marido, y sin embargo, lo tiene para salir de
noche con su primo Joe. Como ves, has cometido una atrocidad aproximándome a
ella, cuando, en realidad, con quien estarla bien casada Betty seria con Joe.
Ella necesita un hombre así. Yo no sabré nunca hacerla feliz, porque tengo otro
temperamento. Odio las diversiones tontas, las salidas fuera de lugar. Las
bromas, los modernismos, que sólo tolero en mis novelas...
—¡Cállate,
Len! Estás diciendo tonterías. Conmigo sí que jamás serías feliz, porque soy
como tú. En nuestro matrimonio no habría emoción alguna. Todo sería
abrumadoramente igual. Con Betty será diferente. Hoy mismo tendrás un altercado
con ella, Betty no tolerará tus órdenes. Mañana volverá a salir si le apetece.
Aunque la ves tan blanda y tan dócil y tan sumisa, no creas que se la domina
con facilidad. Es una mujer de temple. Va por donde quiere; yo voy hacia donde
me llevan.
—¿Estás
en tu sano juicio, Helen? ¿Pretendes tal vez que con una mujer como tú me estás
retratando puedo ser feliz?
—Naturalmente.
Llegarás a quererla apasionadamente. A mí me habrías querido siempre igual, con
un cariño reposado, sin alteraciones, exento de emoción, Betty inspira otra
cosa. Es cariñosa hasta lo inaudito, pero tiene algo, algo que no puedo tener
yo jamás. Tiene temperamento y sabe sentir con apasionamiento hasta la locura.
Yo siempre siento igual.
—Pero
eres constante.
—Betty
lo es también. Si tú no has sabido conquistarla...
—¿Crees
que no lo he pretendido? —gritó—. Lo pretendí, si, y siempre, en todo momento,
por una causa u otra, tu figura se interponía entre los dos. Ella me cerró el
paso hacia su corazón. El propósito que persigue lo ignoro. Sólo sé que Betty
es una mujer tan libre como el día en que se casó. No me extrañaría nada que un
día cualquiera intente anular el matrimonio.
Helen
se puso en pie. Estaba temblorosa y los ojos aparecían llenos de lágrimas.
—¡No
podrá! —dijo con voz ahogada—. Os pertenecéis uno a otro.
La
risa de Len sonó aún mucho más desagradable:
—¿Quién
lo puede impedir? Ya te he dicho que Betty aseguró que no tenía valor para
entregarse a mí. ¿Extraño, verdad? Una muchacha como ella, acostumbrada a
tratar con los hombres, no tiene valor para entregarse a su marido. ¿No ves ahí
un poco de desamor? ¿Quién te dijo que me quería? ¿Ella tal vez?
—No
hables con esa ironía. Me lo ha dicho ella y lo he visto yo.
—Bien.
Quiero advertirte, sin embargo, que si Betty pide la anulación se la concederé
sin titubeos.
—No
lo harás, ¿verdad?
—Lo
haré, Helen... Aunque para ello me sea preciso dejaros. Ahora no necesitáis de
mi tutela. Tú eres mayor de edad y Betty está demostrando que no le hace falta
mando para desenvolverse en el mundo. Yo te quiero a ti —añadió sordamente,
aproximándose a ella e intentando cogerla por los hombros—. A ti solamente, y
de una forma violenta. No puedes comprender el sacrificio que realicé. Aún
ahora ignoro por qué lo hice Tú me obsesionas, Helen. No puedes imaginar de qué
forma estás dentro de mi corazón.
Ella
se negó a ser mía, pero no creas que lo sentí. No la quiero. A veces siento
incluso desprecio hacia ella. No me preguntes por qué; no sabría decírtelo. Sé
tan sólo que aquella noche hubiera sido feliz si me hubiese dicho que no me
quería. La hubiera dejado. Le hubiera dicho que te amaba a ti con toda mi alma.
Fui noble porque pensé en ti, te vi dulce, buena y confiada, y...
—¡Cállate!
Estás blasfemando. Nunca, nunca, aunque anularas tu matrimonio, me casaría
contigo. Sé que Betty te quiere con toda su alma apasionada y entera. El motivo
por el cual se negó a... ser tu mujer, lo ignoro. No obstante, conociéndola
como la conozco, adivino que hubo un motivo muy poderoso.
—Escucha,
Helen, tengo que decirte...
La
bocina de un auto le interrumpió. Se volvió, entornó los párpados y vio que el
coche, con Betty al volante, se detenía ante las amplias escalinatas del
palacio.
Al
llegar a la terraza y verlos, la risa murió rápidamente, para dejar paso a una
leve mueca de desagrado que dominó al instante, aunque Len pudo notarla.
—Buenas
noches, queridos —saludó, al tiempo de dejarse caer sobre un sillón de mimbre
al lado de su hermana.
Len
observó que no le había mirado una sola vez. ¿Por qué su actitud había variado
tanto desde que se hablan casado? Antes, cuando tan sólo eran novios, ella era
comunicativa, dicharachera, hablaba atropelladamente y decía mil tonterías;
unas veces era sensata, otras deliciosamente loca... ¿Por qué ahora era
diferente...? ¿Quién la había cambiado? ¿Acaso no supo que no le quería lo
suficiente hasta que se casó con él?
Casi
sin darse cuenta, cerró los puños. Buscó avaricioso los ojos femeninos, sin
saber a ciencia cierta por qué deseaba encontrarlos. No lo consiguió. Betty
miraba a su hermana, al tiempo que Joe se sentó sobre el sillón que ocupaba
Helen.
—Hemos
pasado un rato delicioso, Helen —dijo el muchacho, clavando en la hermana mayor
sus ojos oscuros—. Betty se empeñó en ir a la feria y probó su puntería en una
caseta de tiro al blanco, hasta que se llevó como premio la figura de un
pequeño Cupido. Dijo que en adelante serla su amuleto.
Betty
se puso en pie. Con desenvoltura y un mucho incorrecta, se desperezó. Luego
mostró el pequeño Cupido y lo apretó sobre su corazón con gesto de niña
consentida.
¿Qué
sintió Len? ¿Por qué sus ojos brillaron de aquella manera?
—Me
voy a la cama, queridos. Estoy rendida. Mañana volveremos, ¿verdad, Joe?
—Naturalmente,
querida.
Dio
las buenas noches y se alejó.
Len
murmuró algo entre dientes y se fue tras ella.
—¿Qué
les pasa, Helen? ¿No son felices?
—¿Por
qué me lo preguntas, Joe?
—No
lo sé. Hay algo en la vida de tu hermana que no marcha bien. Tan pronto ríe
como una loca, como enmudece y suspira con pena. ¿Concibes eso en una muchacha
tan despreocupada como Betty?
—No.
—Estúdiala,
Helen, y te darás cuenta. Esta noche pretendí hablarle de Len. Tú sabes que es
un hombre a quien admiro con toda mi alma, aunque él no me tenga ninguna
simpatía. ¿Pues sabes lo que contestó Betty? «Deja eso, Joe. Me cansa hablar de
mi marido. Todavía no le comprendo muy bien. Se pasa las horas muertas
escribiendo, y yo soy joven, ¿comprendes? Quiero vivir.» Luego se empeñó en
tirar al blanco y hasta que consiguió el Cupido no se movió de allí.
Helen
quedó pensativa. ¡Cuánto daría por penetrar en el corazón de Betty...! ¿Cómo
sentía, realmente, aquella muchacha tan desconcertante? A ella siempre le
estaba hablando de Len.
«Porque
tú le mereces más que yo...» «Porque Len te admira...» «Porque Len...»
—¿Qué
te pasa, Helen?
—Oh,
nada. Perdona... ¿Por qué no te acuestas? Mañana tienes que estudiar, Joe.
—Estoy
muy a gusto a tu lado, querida —repuso Joe con voz un poco temblorosa, que la
muchacha no advirtió, porque estaba preguntándose si Betty habría adivinado
algo respecto a los sentimientos que experimentaba Len hacia ella.
¿Y
si lo supiera? ¿Y si hubiese oído algo?
—Joe,
por favor, háblame de tus aspiraciones, de tus ilusiones... De lo que sea.
—¿Quieres
olvidar, Helen?
La
respuesta de Helen fue alargar la mano y apretar cariñosamente la de su primo.
Todo estaba oscuro y de ahí que no pudo ver el destello de contenida admiración
que brillaba dulcemente en la mirada de Joe.
Penetró
tras ella en la estancia. Era ésta espaciosa y comunicaba con la alcoba de él
por una pequeña puerta que partía una salita de estar.
Betty
fue directamente al tocador. Se sentó ante él y sacudió la abundante melena
rojiza. A través del espejo vio la cara rígida de Len, cuyos ojos despedían
centellitas brillantes.
—No
volverás, ¿verdad?
—Te
refieres...
—Lo
sabes.
—Te
equivocas.
La
paciencia de Len tocó a su fin. La cogió por la cintura y la levantó en vilo
como si fuera una pluma.
La
sacudió violento.
—No
me equivoco, y tú lo sabes. ¿De quién eres la esposa?
—¿De
alguien en realidad, Len?
—¡Dios!
¿Pretendes jugar conmigo? ¿Es que no me conoces? ¿Olvidas que una vez te azoté
con toda mi alma porque pretendiste burlarte de mí?
—Desde
aquel día estoy enamorada de ti.
¿Frenó
el hombre su Ímpetu? ¿Qué clase de temperamento era el de aquella muchacha que
tan pronto se mostraba dulce, confiada, como agresiva?
—¿Pretendes
desconcertarme, Betty?
Se
apartó de su lado y se sentó de nuevo ante el tocador.
Le
miró a través del espejo.
—A
un hombre como tú no le desconcierta una mujer como yo.
Quedó
desarmado. Encendió un cigarrillo precipitadamente y lo aplastó, en seguida,
sobre el cenicero de bronce.
De
pronto, la voz femenina dijo alegremente, al tiempo de alzar la melena con sus
dos manos y dejar al descubierto la nuca, blanca y tersa:
—¿Qué
te parece si me cortara el pelo?
¿Por
qué Len se aproximó a ella en dos zancadas y enredó sus manos en aquellas
crenchas doradas? ¿Por qué los ojos grises la miraban, a través del espejo, con
febril ansiedad?
—No
lo harás, ¿verdad, Betty? No podrás hacerlo porque a mí me gustas así.
Betty
se puso en pie de un salto y sus manos se posaron en los hombros masculinos.
Aproximó su cara a la de él y el perfume tan personal de aquella muchacha
trastornó por un momento al hombre, cuyos ojos se cerraron fuertemente.
—¿Es
que te gusto, querido mío?
Len
abrió los ojos y se apartó blandamente de ella. ¿Qué pretendía la joven? ¿Acaso
intentaba coquetear con él, como seguramente coqueteaba con Joe?
El
recuerdo de aquel muchacho le produjo un malestar hasta entonces desconocido.
—Te
prohíbo salir de noche, Betty, y menos con Joe.
Betty
volvió de nuevo al tocador. Su graciosa figura parecía de goma, porque se movía
coquetonamente con una soltura admirable, extraordinariamente femenina.
—Elige,
entonces, un hombre para mí, porque yo no puedo estar todo el día escuchando el
rasguear de tu pluma. ¿Por qué escribes así? ¿No me irás a decir que lo
necesitas para vivir?
—¿Y
si fuera así?
—No
lo creerla.
—Pues
lo necesito. Eso forma parte de mi misma vida.
—Eres
un hombre muy particular —repuso Betty mientras cepillaba distraídamente las
sedosas crenchas doradas.
Se
hizo un silencio.
Len
se dejó caer sobre una butaca y con los ojos entornados contemplaba a la joven,
que ante el tocador procedía a componer su tocado nocturno.
Era
la primera vez que Len decidía penetrar en las habitaciones de su esposa. Nunca
le había interesado contemplar a Betty en la intimidad, porque continuaba
creyéndola una chiquilla y suponía que aquel recinto no guardarla interés
alguno para él. No obstante, ahora comprobaba con desagrado que la intimidad
con Betty dentro de aquellas cuatro paredes tapizadas, suponía para él una
inquietud...
Encendió
un cigarrillo y a través del humo azulado, contempló más fijamente a la mujer
que el Destino le había deparado por esposa. Era casi una criatura. Pero, como
decía Helen, bajo la mirada de aquellos ojos azul-gris habla algo, algo que
resultaba sumamente inquietante. Era un fuego extraño que irradiaba una luz
transparente.
Era
la primera vez que se detenía a estudiar aquel temperamento y desistió de
continuar, porque, a su pesar, experimentó un miedo muy raro.
«Helen
es una mujer blanca, transparente como el cristal. No guarda secreto
psicológico alguno. Una mirada y se analiza todo el carácter femenino. En
cambio, Betty es totalmente diferente. Nunca podría adivinar lo que oculta bajo
su diáfana sonrisa. Es como si estuviera riendo y al mismo tiempo su corazón se
formara de su propia sonrisa.»
—¿Es
muy intrincado ese asunto? —preguntó la muchacha, volviéndose, en la misma
puerta del cuarto de baño, y mirándole con aquellos ojos grandes, muy abiertos,
que tal vez sin ella pretenderlo decía locuras—. Me lo dirás cuando salga del
baño, ¿verdad, Len?
—¿Qué
tengo que decirte?
—Lo
que estás pensando, querido.
Y
sonriendo suavemente se volvió hacia la puerta y la cerró tras de sí.
Evidentemente,
Len iba de asombro en asombro. Por un momento sintió rabia y se llamó imbécil.
De continuar aquella noche a su lado se convertirla en un perfecto cadete. Al
fin y al cabo, él era un hombre, y ella una mujer, si, una mujer, como dijo
Helen..., encantadora.
Y al
comprobarlo, en vez de sentir satisfacción, se sintió decepcionado.
Se
puso en pie, y aplastando el cigarro sobre el cenicero, se alejó
apresuradamente.
Permaneció
muchos minutos de pie en el umbral del cuarto de baño. Y no es que
experimentara asombro al no encontrar a Len sentado en el mismo lugar: esperaba
lo sucedido. Lo obstante, mientras los ojos se clavaban distraídamente en la
butaca que él había dejado, pensaba en Joe, en lo que éste le había dicho
aquella tarde, en el descubrimiento tan maravilloso que había hecho después de
oír las confidencias de su primo.
—Tú
no puedes darte idea de lo que es esto, querida... Creo que también estás
enamorada, pero no creo que sientas con la misma intensidad que yo porque eres
una mujer y éstas son menos constantes y apasionadas. No amo en Helen su cara
bonita, ni la elegancia de su cuerpo perfecto. Amo su alma, Betty, la quiero
como jamás quise a nadie. No lo digas, Betty, pero voy a confesarte la verdad;
no he venido a la ciudad para terminar la carrera. Mis padres lo saben, no
ignoran tampoco lo que siento por su sobrina Helen... Inventé lo de la carrera
para hallar un pretexto lógico, pero la verdad es que ya la he terminado. Tengo
veintisiete años, Betty, y quisiera casarme. Mis padres me ayudan. Dicen que
debo invitar a Helen a pasar una temporada con ellos. No lo hice aún porque
tengo miedo a la negativa. Además, ella tal vez no quiera venir a Escocia...
¿Qué debo hacer, Betty?
—Esperar.
Helen es una mujer de gran corazón; si la consigues, serás el hombre más feliz
del mundo. Pero ten paciencia, querido...
La
joven volvió a la realidad y avanzó hacia la cama, con la mano acariciando la
frente, que le ardía.
Aquellas
confidencias de Joe la hablan hecho feliz. No obstante, al recordarlas ahora y
analizarlas fríamente, pensó que su satisfacción había sido un poco
irreflexiva. Ella había sacrificado a Helen y pretendía tal vez, en su
inconsciencia, continuar sacrificándola. Si aún tuviera la esperanza de que
correspondiera al amor de Joe... ¿Pero era aquello posible, dada la constancia
del corazón de su hermana?
Apretó
la boca y pidió a Dios que apartara todos aquellos pensamientos de su cabeza.
No quería pensar porque terminaría volviéndose loca.
Miró
el reloj; eran las doce de la noche. ¿Qué haría Len? No lo oía en el
departamento contiguo. ¿Estaría escribiendo? Odió las cuartillas de Len, que le
robaban lo mejor de aquel hombre; odió todo lo que él hacía y por un momento
casi se odió a si misma por dar cabida en su corazón a aquellos sentimientos
exentos de lógica.
¿Y
si fuera al despacho de Len? ¿Y si, haciendo un nuevo esfuerzo, aparentara
despreocupación y ojeara burlonamente las cuartillas escritas, bajo la mirada
enojada de él?
Se
puso en pie. Después de todo, no creía que Len se enojara hasta el extremo de
hacerla sufrir más de lo que ya sufría. Bueno, iría pese a todo y aunque le
costara un raudal de lágrimas.
Capítulo
V
La
cabeza morena inclinada sobre la mesa. Una luz portátil iluminaba la cuartilla
en blanco, la mano sostenía la pluma y los ojos que ella no veía, permanecían
fijos en algo. ¿En el papel? ¿En sus propios pensamientos? ¿Acaso miraban sin
ver un punto inexistente?
Avanzó
sigilosa. Se detuvo detrás de él y por un momento permaneció quieta y
temblorosa. Después alargó sus dos manos y las colocó sobre la cabeza morena.
—¡Helen!
Las
manos finas que iniciaban la caricia de la cabeza al cuello, fuerte, se
retiraron como si las impulsara un resorte, al tiempo que erguía el busto y
avanzaba unos pasos para dar la vuelta y quedar frente a él.
Por
un momento se cruzaron agudos los ojos de ambos; los de ella, brillantes de
rabia contenida, los de él, asombrados, indecisos.
—No
soy Helen —dijo Betty, haciendo inauditos esfuerzos para contener su
desesperación.
Len
aspiró fuerte y se puso en pie. Se alejó de la mesa. La lamparilla despedía una
tenue luz. En la penumbra, los dientes blancos del hombre brillaron
provocativos.
Betty,
de pie al otro lado de la mesa, se amparaba en la oscuridad, sabedora de que la
palidez de su rostro no sería apreciada por el hombre que continuaba amando a
su hermana.
—Ella
me trae algunas noches un vaso de leche.
—Ignoro
sus costumbres, querido.
—¡Bah!
En realidad no necesito leche ni vino. Helen, a veces es demasiado previsora.
No
se disculpaba por haberla confundido. No daba una explicación y parecía él el
ofendido.
Betty
se mordió los labios y, haciendo un esfuerzo, alargó la mano y cogió la
pitillera de Len, que estaba sobre la mesa.
—No
es agradable ver fumar a una mujer.
—Pues
Helen fuma constantemente —repuso con acritud.
—Helen
es una mujer. Tú eres una chiquilla.
Se
aproximó a él. En la penumbra brillaron los ojos azul-grises con una mirada
intensa y ardorosa.
—Soy
una mujer, Len —dijo con los dientes apretados, como en un silbido—. Aún no te
das cuenta, porque siempre me has visto como a una chiquilla. Pero soy una
mujer. Estoy harta de que me trates como si fuera una criatura. Sé sentir y sé
querer como quiere una mujer de verdad...
No
terminó la frase.
—Ahora
más que nunca me estás pareciendo una chiquilla —dijo con deseos de herirla.
—Iba
a demostrarte con mis labios que no soy una criatura —dijo sibilante—. Pero
también una mujer sabe devolver el insulto de otra manera.
¡Zas,
zas! La cara de Len fue cruzada por dos veces por la fina mano de Betty.
Luego
la figura femenina dio la vuelta y desapareció como si fuera una sombra.
La
reacción de Len fue mucho más violenta de lo que Betty esperaba. Salió tras
ella y la alcanzó en la penumbra del largo pasillo. Cruzó sus brazos sobre la
cintura breve de Betty y sintió que algo poderoso, lleno de fuego, quemaba su
boca. No supo el tiempo que aquel hombre la estuvo maltratando. Tal vez hablan
transcurrido minutos cuando la voz bronca, llena de ira, exclamó brusca, en su
mismo odio:
—A
las mujeres yo les hago así.
Y
cogiéndola en sus brazos, traspasó el pasillo y la metió en su habitación.
—¡No
harás eso! —gritó.
—¿Por
qué no? Estoy harto de representar comedias.
—Esto
no es una comedia —repuso con voz ahogada—. Tú amas a otra mujer y yo no quiero
las migajas de nadie. He de odiarte con toda mi alma. Suéltame... No vuelvas a
tocarme porque soy capaz de tirarme por la ventana. Tú para mi eres un pobre
hombre. Crees dominar a toda la humanidad porque escribes cuatro tonterías en
esos libros que desprecio rotundamente.
—¡Cállate!
—Me
callaré cuando me dejes salir de aquí.
—No
saldrás, Betty. Me has desafiado y...
—Eso
no es muy cómodo para ocultar tus bajas pasiones. No me quieres, no me has
querido jamás, no me querrás nunca. No me interesa... ¿Crees que me aflijo?
¡Bah! Un cariño como el tuyo no me interesa porque lo veo demasiado mezquino.
La
mano de Len, como si fuera de hierro, tapó la boca airada.
—No
hables así, Betty —pidió ya totalmente calmado—. Me estás insultando de un modo
que no podré olvidar y tal vez esto nos pese a los dos. Vete, anda. Quiero
mejor verte alejada de mi que oír tus insultos. Nunca más vuelvas a mi
despacho. ¡No vuelvas más!
Y
Betty sintió que algo se rompía dentro de ella. Lo vio abatido y desesperado.
¿Amaba hasta el extremo de sentirse reprimido ante ella? ¿Amaba así? Y ella,
ella...
Penetró
en su alcoba y apoyó la espalda en la puerta cerrada.
Y
fue entonces, al girar los ojos en torno, cuando vio a Helen dormida
apaciblemente en una butaca y con la cabeza apoyada en el respaldo.
¿Qué
buscaba Helen allí y a aquellas horas?
Avanzó
hacia ella y la tocó en el brazo.
La
hermana mayor abrió los ojos y dio un salto.
—Helen.
—Dios
mío, me dormí, ¿verdad?
—Eso
parece.
Helen
se pasó una mano por la frente y terminó de despejar la modorra.
—Hace
como una hora que estoy aquí, Betty, venía a verte porque deseaba decirte algo.
Tengo un sueño tremendo, pero estuve en la terraza con Joe y se nos pasó el
tiempo sin darnos cuenta. ¿De dónde vienes ahora, Betty?
—Estaba
con Len.
—Ya.
—Hizo una brusca transición y añadió precipitadamente—: Joe me pidió que me
casara con él. Me dijo que había terminado la carrera y que los tíos ven muy
contentos este matrimonio. Voy a casarme con él.
Pensó
Betty:
«Este
es un nuevo sacrificio y no puedo tolerarlo en forma alguna. He de evitarlo por
todos los medios, aunque me parece que Helen ya lo tiene todo bien madurado.
¡Qué desgraciada soy. Dios mío!»
—Tú
no le amas, Helen —dijo con voz ahogada—. No puedes amarle.
Helen
soltó una carcajada. Betty pensó que estaba sufriendo como nunca. Aquella risa
le resultó desagradable, parecía un contenido sollozo.
—¿Quién
te ha dicho eso, Betty? Mañana pienso anunciar a los cuatro vientos mi
compromiso.
—¿Qué
dirá Len?
Helen
se puso en guardia. Miró a su hermana con el ceño fruncido y repuso fríamente:
—Ya
no ejerce sobre mi ninguna tutela. Estoy dispuesta a pasar por encima de todo
para casarme con Joe.
«Sí,
ya lo adivino. Hasta vas a pasar por encima de los sentimientos de tu corazón
leal y yo soy una egoísta si lo consiento», pensó Betty.
Y
repuso:
—Te
conozco bien, Helen. Tú no quieres a Joe. Piensas que te será fácil amarlo,
pero ahora...
—¡Cállate!
¿Por qué me hablas así? Sé muy bien lo que quiero y estoy segura de mi cariño
hacia Joe. Seré muy feliz a su lado, Betty.
—No,
no serás feliz. Creo que ninguna de las dos lo somos, porque yo voy a pedir la
anulación.
El
cuerpo de Helen se irguió. Miró a su hermana con ojos desorbitados, llenos de
reproches.
—Perdona,
Helen —musitó Betty, casi llorando.
¡Qué
diferente era de aquella muchacha agresiva que abofeteó a Len en la oscuridad
del despacho!
—Betty,
voy a creer que no tienes ni una gota de juicio. Tú no puedes pedir la
anulación de tu matrimonio. Len es un hombre que te hará feliz.
—De
todas formas...
Helen
la cogió febrilmente por los hombros.
—No
harás eso, ¿verdad? No puedes hacerlo. Si cometes el desatino de separarte de
Len, no te lo perdonaré nunca. ¡Oh, Betty, no me hagas hablar así y júrame que
serás para él toda la vida una mujer cariñosa! ¡Te conozco bien; sé que eres
capaz de las mayores locuras por quien quieres! A él tienes que amarlo, Betty.
Júrame que...
Y
roto el dique de su amargura, se echó hacia atrás en la butaca y rompió en
fuertes sollozos.
«Está
destrozada —pensó Betty, con el corazón atravesado—. Es mejor que se case con
Joe y se marche, sí. No por mí; por ella, que está sufriendo las torturas de la
agonía. Merece tanta felicidad y, sin embargo...»
—No
llores, Helen —pidió—. Te juro que jamás le haré sufrir. Me quedaré con Len y
lo haré feliz. ¡Te lo juro!
Capítulo
VI
Betty
apareció en el comedor cuando ya todos estaban reunidos.
En
torno a los ojos bonitos había una sombra violácea que delataba la noche de
insomnio.
No
miró a Len. En aquel momento, a la clara luz del día, volvía a vivir los
momentos de angustia de la noche anterior y lo aborrecía con toda su alma. No
podía perdonarle que la hubiese confundido con Helen.
No
le perdonaba incluso que fuera tan débil ante el verdadero amor para hacerla a
ella infeliz.
Se
sentó en su lugar de costumbre.
Miró
a Joe y le sonrió. La luz de su primo resplandecía de gozo.
«Dentro
de unos momentos Helen dará la noticia y quiero estar prevenida para espiar la
reacción de Len. Recibirá un golpe tremendo. Lo merece, después de todo, por
cobarde.»
En
efecto. Una vez terminado el desayuno, Helen alzó la bonita cabeza y en su faz
se abrió una sonrisa que quiso ser feliz, pero a Betty le pareció la más
angustiosa que habla contemplado en su vida.
—Queridos,
Joe y yo tenemos que daros una noticia —dijo Helen, con la misma suavidad
habitual de su voz.
Len
levantó rápidamente la cabeza y los ojos vivos y penetrantes parecieron
taladrar el rostro femenino, que permaneció inmutable.
Betty
seguía todos los movimientos de su marido, aunque de una forma tan disimulada
que nadie hubiera podido adivinar el objeto de su mirada perdida en el vacío.
Surgió
un silencio. Después, Helen aspiró fuerte y continuó:
—Joe
y yo vamos a casarnos dentro de unos días.
El
cigarrillo que Len sostenía prendido en la comisura de los labios tembló de una
forma alarmante. Betty se levantó y estrechó efusivamente la mano de su primo;
luego abrazó a Helen. Y fue al dar la vuelta y chocar con los ojos de Len,
cuando se sintió desconcertada... La mirada de su marido se mostraba
inalterable, es más, le pareció que en el fondo de las pupilas habla una
irónica sonrisa.
¿Quién
conocía a aquel hombre? ¿No sentía un gran amor por su hermana? ¿Qué reacción
era la suya ante el dilema que se le presentaba? ¿No sentía en absoluto que se
llevara otro la mujer que él amaba?
—Te
felicito, Helen —dijo amablemente.
Estrechó
la mano que le tendía su cufiada y después apretó la de Joe.
—Que
Dios os haga muy felices, muchachos.
Y
sin mirar ni una sola vez a Betty, se alejó.
Continuó
con la misma actitud. Si algo existía dentro de él, lo ocultaba celosamente,
pues en la faz siempre seria no aparecía sombra alguna de preocupación.
Ante
los demás, trataba a Betty cordialmente; solos, evitaba encontrarla.
Comenzaron
los preparativos para la boda. Llegaron los padres de Joe y hubo muchísimo
jaleo.
Al
fin llegó el día de la boda.
La
víspera, Len se había visto con Helen, en el despacho del escritor. Fue ella la
que lo buscó. Tal vez comprendía que Len merecía una explicación. De todos
modos, él no se la hubiera exigido jamás.
Betty
la vio entrar en la estancia austera, pero su conciencia se alejó de allí. Se
sentía dolorida y cada vez más angustiada. Y además, la idea de quedar en el
hogar sola con Len la asustaba y la inquietaba al mismo tiempo. Helen se
marcharla a Escocia con sus suegros y Joe. Viviría con ellos para siempre. El
hogar para los dos solos se le antojaba una cárcel, porque jamás creerla en el
amor de Len, aunque éste le jurara que la amaba apasionadamente hasta la
locura, cosa, además, que no sucedería nunca, puesto que Len era constante y
tendría en el corazón siempre la figura de otra mujer.
La
conciencia de Betty la privó de escuchar. Fue a unirse con Joe y sus padres en
la terraza.
Al
penetrar en la lujosa y oscura estancia, Helen quedó detenida en el umbral. Len
se hallaba de pie ante la mesa, y al verla, avanzó lentamente.
—Buenas
noches, querida.
—Hola,
Len —dijo, en seguida, con precipitación—, necesitaba darte una explicación.
—No
es necesario, Helen. Yo me he casado, tú te casarás mañana... Te deseo mucha
felicidad... Mucha más de la que tengo yo —añadió con amargura.
—Aún
no la comprendes, Len. Pero te pronostico mucha felicidad al lado de Betty.
Ahora quedáis solos, os encontraréis más frecuentemente. Aprenderás a conocerla
con mayor precisión.
—¿Te
casas por eso? —preguntó un poco rudo.
Helen
se retorció las manos.
—No,
Len, no me caso sólo por eso.
—De
todas formas...
—¡Oh,
déjame decirte!
—Si
vas a violentarte, todo lo doy por sabido.
—No
quiero a Joe como te quise a ti, pero le quiero lo suficiente para unir mi vida
a la suya. Una gran pasión que a mí me asusta, Len, a Betty no, porque la
necesita para ser feliz. Yo soy de otra manera.
—Eso
mismo me has dicho en otra ocasión.
—No
hables con esa irania, Len. Voy a creer que me desprecias.
—¿Por
qué? ¿No he cometido la cobardía de casarme con una mujer a quien no quería? Lo
hice por ti, Helen por el mismo amor que experimentaba. Es grotesco, ¿verdad?
El que lo supiera nos tacharía de ridículos, ¿no te parece?
—Len
no hables de ese modo —pidió angustiada—. Yo no te empujé hacia ella sólo por
eso. Lo hice porque sabía que llegarías a quererla. Os conozco a los dos. Yo
nunca te haría feliz, aunque tú estuvieras convencido de lo contrario. Eres un
hombre con un temperamento demasiado violento... Quieres hasta la muerte o no
quieres nada. A mí no me has querido jamás. Estuviste obsesionado. Si te
hubieras casado conmigo, a estas horas ya te sentirías decepcionado.
—Eso
es absurdo.
—Algún
día comprenderás que al juzgarlo así estabas equivocado. No me hagas hablar
más, Len —pidió suavemente, con los ojos llenos de lágrimas—. Déjame marchar
con ellos y ser un poco feliz. Tengo que llevarme la promesa de que harás feliz
a mi hermana.
—Te
lo prometo. La haré tan feliz como ella me permita, pero no creas que es
empresa fácil. Betty es rebelde por naturaleza. Ayer noche tuvimos un altercado
y me cruzó la cara con las manos. Como ves, las emociones que recibo son en
extremo bastante halagadoras.
—¡Oh,
Len, algo le habrás hecho!
—Le
dije que era una chiquilla.
A
pesar de la situación, Helen sonrió.
Len
dijo rápidamente, al tiempo de aplastar el cigarrillo sobre el cenicero:
—He
de advertirte, Helen, que tu hermana sospecha algo. No sé a quién se refería
ayer noche, pero me dijo que yo amaba a otra mujer.
El
rostro de Helen palideció súbitamente.
—Len,
lo desmentirías, ¿verdad?
—No
me lo permitió. Pero no te preocupes por eso. Evidentemente, Betty es una mujer
complicada. Tal vez lo haya hecho con otro objeto, o simplemente para hacerme
daño.
—¡Dios
mío, yo..., yo...!
—No
te apures, querida. Te deseo mucha felicidad, y has de conseguirla porque eres
una mujer maravillosa.
Después
cogió la mano que parecía inerte y la besó respetuoso.
Helen
dio media vuelta muy lentamente y se alejó de la estancia.
Capítulo
VII
La
boda había tenido lugar a las doce de la mañana.
Ella,
gentilísima, ataviada con el traje blanco que parecía espuma. Él, alto y
esbelto, luciendo el traje de etiqueta, con aquella sonrisa de felicidad que
irradiaba de su rostro viril.
Muchos
invitados de rango, muchas señoras y muchos modelos elegantísimos de firmas
acreditadas.
Betty,
la más bonita de todas, con su pelo largo y brillante, sus ojos azul-gris
llenos de apasionada ternura, y su cuerpo gentilísimo enfundado en un modelito
de alta costura que la envolvía como si fuera una figura de decoración.
Len,
serio, frío, inescrutable el rostro, los ojos inexpresivos, al lado de su
mujer, seguía distraídamente la ceremonia.
Por
fin, los abrazos, alguna lágrima y, más tarde, el banquete.
Betty,
al lado de un muchacho pelirrojo, reía y gozaba como una criatura. Nadie
hubiera adivinado que bajo su diáfana sonrisa se ocultaba un mundo lleno de
amargura y desencanto. Len no la miró ni una sola vez. Hablaba con los novios o
los padrinos y parecía ajeno a la alegría, un poco exagerada, de su esposa.
Algunas
horas más tarde, los novios marcharon. Y tras ellos el coche de los padres de
Joe se perdió en la gran avenida envuelto en una espesa nube de polvo.
Continuó
el baile en los amplios salones del palacio.
Betty
continuaba al lado del pelirrojo. Bailaba con él y reía escandalosamente de
todas las tonterías que su acompañante le contaba.
«Ha
bebido demasiado —pensó Len, mirándola desde el ángulo opuesto del salón—. Temo
que cometa una de sus tonterías.»
Después
se aproximó a ella.
—¿Bailamos,
Betty?
—Querido,
es una tontería que baile contigo. Tengo mucho tiempo por delante. Ahora
permíteme que continúe con Lewis. Me está contando una cosa muy graciosa de
cuando pretendieron subir hacia la luna.
Estaba
demasiado bebida. Le brillaban los ojos con una intensidad extraordinaria. Len
la cogió por la muñeca y apretó violentamente casi sin darse cuenta.
—Me
haces daño.
—Perdona,
Lewis, pero me la voy a llevar. Además, los invitados se despiden y tenemos que
hacer los honores.
La
llevó casi a rastras. Betty sacudió el cabello. Irguió el busto.
—No
tengo ninguna gana de bailar contigo —dijo entre dientes.
Len
la miró con desprecio.
—Te
has portado como una mujerzuela. Me das pena.
La
violencia del carácter femenino estuvo a punto de cometer una atrocidad, porque
alzó la mano. Si Len no la alcanzara por el aire, delante de todos le hubiera
cruzado el rostro.
—Tú
y yo vamos a terminar muy mal, Len —dijo con fuerza, pero bajito—. ¿Por qué no
te has ido con ella? ¿Piensas que estoy ciega?
—¡Betty!
—No
sigas hablando —amenazó con los ojos brillantes—, porque soy muy capaz de
gritar en medio del salón y de dar un bonito espectáculo que haría temblar de
rabia al compuesto escritor. ¡Suéltame!
Se
vio libre rápidamente. Tras de un indescriptible esfuerzo, pudo despedir a los
invitados. Cuando el salón quedó desierto, se dejó caer sobre una butaca y
ordenó a los criados que apagaran todas las luces.
—¿Otra
genialidad?
—Es
que no quiero ver la cara de imbécil que tienes. Dame un pitillo y siete copas
de champaña, porque me ahogo.
Y
sin esperar respuesta avanzó vacilando hacia la improvisada barra de bar y
llenó una copa.
—No
bebas.
—Apártate
de mi lado, si no quieres que te la tire a la cara.
—¡Betty!
—Vete
al diablo. Ahora ya no está ella y puedo decir lo que me acomode. ¿Te enteras?
Tanta compostura y tanta tontería para ser un redomado cobarde.
El
hombre tembló de rabia.
«Está
bebida —se dijo con los nervios tensos—. De otro modo, la mataba...»
—Dame
un cigarrillo —chilló Betty, después de haber ingerido la segunda copa de
liquido burbujeante.
—Vete
a la cama. Necesitas descansar.
—No
me interesa descansar. ¿Piensas que estoy embriagada? ¡Ojalá lo estuviera! Al
menos no te vería delante de mis ojos. ¿Sabes que te odio con toda mi alma?
Pues así es —soltó una estrepitosa carcajada y alzó la mano—. Estoy ardiendo
—añadió acariciándose la frente.
—Ve
a la cama —dijo, ya roncamente.
Y es
que comenzaba a temerse a sí mismo. No recordaba para nada la existencia
callada de la mujer que se había casado con otro aquella mañana. Ahora sólo
veía la figura de Betty llena de vida y pasión, y tuvo miedo, sí, un miedo que
lo dejó paralizado porque comprendió que deseaba a aquella mujer con todas las
potencias de su ser, y no sabía si hallarla fuerzas para dominarse.
Betty
ladeó la cabeza y volvió a reír estrepitosamente.
—Retírate
tú. Me estoy cansando de verte ahí quieto como un poste. Creo que voy a dormir
aquí mismo.
Y
era cierto. El sueño la dominaba. Estaba materialmente embriagada. Aunque
quisiera no podía resistirse, porque no tenía fuerzas ni para mover un brazo.
Cargó
con ella.
La
depositó en el lecho y la contempló con ojos semicerrados.
«Es
la mujer que tú necesitas. Te proporcionará emociones. Yo soy pasiva, Len, no
podré hacerte feliz.»
Apretó
los puños. No quería reconocerlo y sin embargo...
—Terminaré
volviéndome loco —dijo en voz alta.
Después,
antes de que pudiera arrepentirse, pulsó un timbre y llamó a la doncella de su
esposa.
—Ha
bebido un poco y le hizo daño, Laura —dijo amablemente—. Es preciso que la
desvista y la acomode en el lecho.
—Sí,
señor.
Se
alejó de allí.
Capítulo
VIII
Adviertan
al señor que el desayuno está servido —dijo Betty, penetrando en el comedor.
Un
criado dio la vuelta silencioso. Momentos después, la figura de Len se
perfilaba en la puerta.
Betty
se asustó. El rostro de su marido se hallaba pálido como el papel; en torno a
los ojos aparecían unas sombras oscuras y la boca permanecía fuertemente
apretada.
Apartó
de él sus pupilas y se sentó.
No
cruzaron una palabra.
Evidentemente,
Betty se sentía aún mareada. Además, el sueño tan pesado la había dejado
desconcertada. Tenía mal sabor de boca y unas ideas muy raras en el cerebro.
Cuando
hubo tomado el café, se puso en pie y sin mirar a su marido se alejó.
A la
hora del almuerzo volvieron a reunirse. Len le pareció un poco más sereno. Sin
embargo, no cruzaron una palabra. Esta vez fue él quien se retiró primero.
Betty
no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. No sabía incluso que había
dejado al descubierto el gran secreto de su vida. Ignoraba por qué Len no le
dirigía la palabra.
A la
hora de la comida sucedió exactamente igual. Y aquel día terminó sin oír la voz
ronca de Len.
Después
de cenar penetró con una novela en la mano, en el saloncito. No esperaba verlo
allí. Por eso se sobresaltó cuando sus ojos chocaron con la hoja del periódico
que leía Len.
Este
se hallaba hundido en una butaca y al sentirla a ella, no se movió.
Betty
se dejó caer al lado de la radio y la conectó. Una música dulzona se extendió
por la pequeña estancia.
—Apaga
eso —pidió Len, sin mover el periódico.
Betty
apretó los labios.
—Las
personas bien educadas no se tapan con papeles para hablar —repuso con acritud.
Len
dejó el periódico a un lado y la contempló de frente.
Evidentemente,
su esposa se cansaba de permanecer muda. Sonrió y dijo:
—Las
personas bien educadas no son tan impertinentes como tú.
Betty
tenía ganas de reír y soltó la risa, una risa alegre y contagiosa.
—No
veo que sea motivo para reír.
—¡Oh,
querido, eres un impertinente! Si piensas que voy a soportarte mudo toda la
vida, estás muy equivocado. Yo necesito que haya vida a mi lado, —que vibren
las personas y las cosas. La sencilla pasividad de un hogar vulgar la desdeño.
Si aun tuviera en qué entretenerme... Pero ni eso. Tú te pasas las horas dentro
de ese endemoniado despacho, los criados cada uno en sus faenas y, si me meto
en la cocina para hacer algo allí, la cocinera me echa como si fuese una
apestada. Como ves, querido mío, el panorama es poco seductor.
Len
cruzó una pierna sobre la otra y encendió un cigarrillo. Era evidente que Betty
la noche anterior se hallaba dominada por el champaña, porque de otro modo...
Le satisfizo la ignorancia de Betty. Después de todo, había pasado la mayor
parte del día esperando una explicación y ahora se congratulaba de que el
champaña fuera tan brujo...
Lanzó
una gran bocanada y a través del humo azulado contempló el rostro ideal de
aquella chiquilla que, a su pesar, había de reconocer como una espléndida
mujer.
—Veo
que te aburres —dijo, quitándose el cigarrillo de la boca—. ¿Por qué no buscas
al pelirrojo?
Betty
se levantó rápidamente y avanzó hacia él. De un manotazo apagó la radio y se
sentó en el suelo, con los ojos clavados en la faz inmutable de Len.
Se
le quedó mirando por espacio de varios minutos, escrutadora, fijamente, como si
quisiera penetrar en el corazón de aquel hombre y hurgar en él avariciosamente.
—¿A
qué pelirrojo te refieres?
—Al
que bailaba contigo ayer noche... ¿Ya no recuerdas...?
Betty
se pasó una mano por la frente y miró hacia el suelo.
—No
lo comprendo —dijo para sí sola. Después alzó rápidamente la cabeza y escrutó
el rostro de Len—. Dime, Len, ¿qué sucedió ayer noche? ¿Por qué no has hablado
conmigo esta mañana? ¿Por qué estabas serio? Te aseguro que si continúo en la
ignorancia terminaré enloqueciendo. Es terrible, casi vergonzoso, pero lo
cierto es que no recuerdo absolutamente nada, excepto que abracé estrechamente
a Helen y que ella lloraba...
—¿Y
después?
—Nada
—murmuró desalentada.
En
aquel momento parecía una criatura, con los ojos suplicantes clavados en los de
su marido.
Aquel
carácter tenía muchas facetas, y aquélla era entonces la primera vez que la
conocía Len.
—Bailaste
con Lewis. Fui a buscarte, te negaste, te traje a la fuerza, y juraste que si
no te soltaba armabas un escándalo.
—¿Y
después?
—Siéntate
a mi lado, Betty. Tal vez esta noche nos sea preciso hablar mucho.
—¿De
qué?
Len
se pasó una mano por la frente. Unas gotas de sudor perlaban su piel bronceada
por el sol.
Luego,
Len se volvió y la mirada aguda de sus ojos pardos cayó sobre la faz pálida de
la muchacha.
—Me
has decepcionado profundamente —dijo la voz femenina, sin energía ninguna.
En
dos saltos, avanzó hacia ella. La cogió por la cintura, la apretó contra su
cuerpo con gesto un poco tembloroso. Y es que en aquel momento aquella
chiquilla le merecía un respeto indescriptible que no sabía a qué atribuir.
—Tienes
que perdonarme, Betty. Estaba enloquecido. Me llamaste cobarde, me humillaste,
me dejaste en ridículo... Soy un hombre, Betty, y estaba desesperado...
La
joven intentó apartarlo blandamente de su lado.
Estaba
como inconsciente, como si estuviera muy lejos de allí.
—Betty...
—Déjame,
Len. Esto ha sido muchísimo más de lo que podía esperar de ti. ¡Si lo supiera
Helen!
—No
vuelvas a nombrarla jamás —gritó excitado—. No quiero que el nombre de Helen se
pronuncie más en esta casa.
Betty
sonrió con amargura.
—Naturalmente.
El recuerdo de la mujer exquisita lastimaría tu conciencia. Ella te hubiera
despreciado.
—Ella
no es mi mujer. No me importa que me desprecie. Ahora sólo me interesas tú y
quiero saber lo que sientes.
—Te
considero demasiado poca cosa para penetrar en mi corazón. En cuanto a lo otro,
si deseas saber qué pienso, ahí lo tienes: no te perdonaré jamás, ¡jamás!
Y
dando la vuelta se alejó. Len se sentó de nuevo y cogió el periódico. Intentó
leer, pero no pudo conseguirlo. Se fue a su despacho y permaneció allí parte de
la noche. Esperaba que a la mañana siguiente Betty hubiera dominado su rencor.
Pero se equivocó.
Transcurrieron
los días y Betty parecía ignorar a su marido. Pero una noche...
Capítulo
IX
No
la había visto en todo el día.
Pretextando
un dolor de cabeza, Betty permaneció horas enteras en sus habitaciones, donde
le sirvieron la comida.
A la
tarde, Len tuvo precisión de salir, y cuando regresó, la doncella de Betty le
dijo que la señora había salido un momento al jardín, pero que volvió en
seguida, a causa del dolor de cabeza.
Cenó
solo. Salió a fumar un cigarrillo a la terraza y poco después se retiró a su
despacho.
Hacía
algún tiempo que no podía escribir. Las ideas se embotaban en el cerebro y
cuando se disponía a llevar al papel una idea, antes de ejecutarla rompía la
cuartilla en veinte pedazos.
No
quería confesarlo y, sin embargo, siempre terminaba haciéndolo. El recuerdo de
Helen era un episodio sin importancia alguna en su vida. Había desaparecido
rápidamente y sin sentirlo, como si lo barriera una débil ráfaga de viento.
¿Quién lo había conseguido? ¿Acaso Betty, con su hermosura provocativa, sus
ojos sonadores y la soberbia dominante de su carácter?
Ante
esta suposición, el hombre se rebelaba violentamente, refutando con gesto
brusco las ideas que una tras otra aparecían en su cerebro.
«No
siento en mi corazón dulzura alguna —se decía una y otra vez—. Si en algo me
atrae esa muchacha...»
Suspendía
las meditaciones, porque rápidamente sacaba la conclusión de que no la quería,
pero la atracción que sobre él ejercía aquella chiquilla, que un año antes aún
saltaba juguetona sobre sus rodillas, le producía tal malestar que, a veces,
incluso se sentía decepcionado de sí mismo.
Betty,
tan menuda, tan jovencita, tan inexperta, inspiraba una pasión vulgar, cuando
en realidad merecía un gran amor lleno de exquisitez...
Apretaba
las sienes y, mudo, estático y desconcertado, permanecía como un sonámbulo
horas enteras.
Aquella
noche, en el silencio augusto que reinaba en el palacio, llegaron a sus oídos,
traspasando las gruesas paredes de su despacho, las notas de un piano.
¿Acaso
Betty se habla sentido inspirada aquella noche? Se puso en pie y avanzó
sigiloso hacia la puerta. La abrió un poco tembloroso y escuchó atentamente.
A
través de los largos pasillos llegaba hasta él el sonido acompasado del piano.
Ella ensayaba la sonata de Mendelssohn, apasionada y melancólica.
—Lo
haces muy bien —le dijo Len, avanzando lentamente y quedando detenido a su
lado—. Ignoraba que poseyeras la virtud de hacer hablar al piano.
—Ignoras
otras muchas cosas —repuso indiferente—. ¿Qué sabes sobre mí? Que hace un año
era una criatura que saltaba sobre tus rodillas y te tiraba del bigote. Para mi
esta idea es muy consoladora, querido.
—Me
parece que ha pasado un siglo desde entonces.
—En
cambio, da la casualidad de que a mí se me antoja que eso sucedió ayer. Voy a
retirarme. Buenas noches, Len —dijo Betty, haciendo ademán de retirarse.
Len
la retuvo por un brazo. La miró al —fondo de los ojos con intensidad.
—¿Por
qué te retiras tan pronto? ¿Te estorbo?
—Puede
ser.
—¡Betty!
Los
ojos vivísimos interrogaron silencioso.
Len
dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y le dio la espalda.
—Esta
situación es insoportable —dijo entre dientes—. Ante mis mismos ojos me veo
como un muñeco manejable. Es bochornoso. Es ridículo, es absurdo.
—¡Cuánto
adjetivo para decir la misma cosa, querido!
Se
volvió violento. La sujetó por los hombros, mucho más tembloroso de lo que
suponía.
—Sé
que me desprecias —murmuró con voz ahogada—. Pero eso, ¿qué importa cuando un
hombre se siente dominado por una mujer?
—No
me irás a decir que tú...
—Digo
la verdad —casi gritó—. Me has dominado. Con tu juventud, con esos ojos que
parecen jugar a capricho diabólicamente, con esos labios turgentes y ese
cuerpo...
—¡Cállate!
—pidió altiva, poniéndose de un salto en pie—. No soy una de tus protagonistas.
Puedes dejar a un lado tu lenguaje novelesco, porque no estamos representando
una comedia; estamos viviendo, ¿comprendes? ¡Viviendo la propia vida!
—Estamos
vegetando —cortó brusco—. Y creo que mi paciencia toca a su fin.
—No
te alteres, no existe motivo para ponerse así. En cuanto a que esto toca a su
fin, estás muy equivocado. No beberé en mi vida otra copa de champaña mientras
viva al lado de un hombre como tú. Serenamente, con todas mis facultades en
orden, no me tendrás jamás. Puedes pedir el divorcio, hacer lo que te plazca;
déjame, incluso aunque sea bochornoso para mí. Eres joven, puedes rehacer tu
vida. Yo no te toleraré nunca más como marido.
—No
tendré más compasión de ti. Betty. ¡Jamás me arrepentiré de haber dominado tu
soberbia! ¡Jamás!
Intentó
alejarse. Unos brazos poderosos la volvieron violentamente. Algo vio en los
ojos de aquel hombre que le infundió un miedo hasta entonces desconocido. Le
quería más que a su propia vida, cada día con más intensidad; pero entregarse
después de aquello y sabiendo además que amaba a su hermana, ¡jamás!
No
obstante, al ver ahora la faz del hombre completamente alterada y descompuesta,
se replegó sobre sí misma.
Los
poderosos brazos de Len la apretaron hasta casi destrozarla.
—No
te quiero, no. En eso estuviste acertada, aquella noche. Pero me atraes y eres
mi esposa. Esta situación no podrá tolerarse por más tiempo, Betty, y tienes
que reconocerlo.
La
juventud felina de la joven orgullosa, saltó con rabia hacia atrás y se plantó
desafiante en mitad de la estancia.
—Yo
no soy Helen —casi gritó—. A ella podías dominarla sólo con la mirada de tus
ojos quietos, pero a mí, no. No me dominarás nunca. Y no te acerques —añadió
con un grito contenido—. Fíjate bien: soy capaz de tirarme por ese balcón antes
de volver a soportar tus besos. No quiero tu cariño. Sé que no me querrás
jamás, pero no importa. De todas formas, como eres un despreciable
materialista, te atraerá mi belleza... Porque soy bella, Len, soy bonita y
atractiva, y sé amar hasta el arrebato... ¡Y qué más da! Tú siempre tendrás mi
desprecio, aunque te mueras por un beso...
No
terminó la frase porque no pudo conseguirlo. Era tonto ponerse a pelear con un
hombre como Len: fuerte, musculoso, apasionado y decidido.
Antes
de reaccionar, ya se hallaba dentro de un círculo enloquecedor. Len la estrujó
con saña cruel, la besó en los ojos, en la garganta y después estuvo una
eternidad ahogando en los labios femeninos el suspiro de rabia que pretendía
salir de ellos.
—Me
da pena de ti porque eres una criatura, aunque puedes reaccionar como mujer,
pero tú lo has querido. No tendré más compasión de ti, Betty. ¡Jamás me sentiré
arrepentido de haber dominado tu soberbia! ¡Jamás!
Betty
quiso hablar, salir de aquel círculo brevísimo que la aprisionaba enloquecido,
pero no pudo conseguirlo. Se sintió poderosamente dominada por él y comprendió
que por aquella vez la batalla estaba perdida, y la perdió, si, la perdió
rotundamente.
Len
esperó la reacción de Betty a la mañana siguiente. Pero nunca hubiera supuesto
que fuera tan infantil.
Estuvo
trabajando hasta muy tarde en el despacho y se levantó a las doce del mediodía.
Cuando asomó la cabeza por la ventana y miró hacia el jardín, sus ojos se
abrieron desmesuradamente.
¿Quién
era aquella chiquilla que en traje de baño se hallaba tendida cara al sol en la
pequeña azotea de la piscina? ¿No era Betty? ¿Le parecía diferente?
Cuando
advirtió el motivo que operaba el cambio en su esposa, no pudo contenerse y
lanzó una alegre carcajada.
¡Qué
chiquilla era, qué chiquilla y qué infantil!
Se
vistió precipitadamente. Se puso un pantalón caqui y un jersey blanco de
algodón, peinó los negros cabellos hacia atrás y salió silbando una vieja
tonadilla española.
Llegó
al jardín y traspasó los macizos, ascendiendo rápidamente. Con las manos en los
bolsillos y la cabeza erguida, llegó a la azotea.
Contempló
a Betty maravillado. Cada día hallaba en ella un nuevo encanto. Aquella mañana
realmente estaba preciosa, dentro del «maillot» negro aprisionando las carnes
morenas, de líneas escultóricas.
—Hola,
encanto mío. Buenos días.
La
cabeza de Betty se alzó violentamente y preguntó:
—¿Es
que no has muerto?
—No
he muerto, no. Pero en cambio, tú has matado algo.
—¿Te
refieres a mis cabellos?
—¡Ejem!
¿Por qué lo hiciste, cabeza de chorlito?
—Me
los corté. Así voy a la moda.
—Una
moda bien desagradable.
—¿Te
molesta?
—¡Bah!
Si lo hiciste para fastidiarme, pierdes el tiempo, porque si antes sólo me
gustaba tu cabello, ahora como me gustas toda, pues emplearé el tiempo en
contemplarte parcialmente.
—De
todas maneras, no podrás recrearte en mis largos cabellos.
Len
soltó una carcajada fuerte, abierta y satisfecha.
Era
la primera vez que Betty lo vela reír de aquella manera y le gustó muchísimo
más que nunca. Aquel hombre, si se lo proponía, podía ser encantador.
De
pronto recordó la escena acaecida la noche anterior y apretó los labios.
Se
puso en pie y se lanzó desde el trampolín al agua.
Cuando
algunos momentos después, ella, ya vestida, se tendía en el columpio en mitad
del jardín, Len llegó por detrás y la besó en los ojos.
Se
incorporó brusca.
—Apártate
de mí, impertinente. Te aseguro que cada vez que me besas me das respingos.
—¿De
satisfacción?
—De
asco.
—No
lo dirás en serio, ¿verdad?
—Jamás
fui tan sincera.
—Bien,
no volveré a cometer un desliz de esa índole, puedes estar segura. Sin embargo,
quiero advertirte que las comedias se terminaron. Somos lo que somos y no podrá
cambiarlo nada.
El
cuerpo de la muchacha tembló de una forma casi imperceptible. Miró asustada a
Len, aunque quería demostrar que se hallaba muy tranquila.
Se
echó hacia atrás y cerró los ojos. De pronto, sintió que Len se tendía a su
lado en el columpio y tuvo aún muchísimo más miedo. La intimidad entre los dos
la turbaba, aunque se empeñara en creer lo contrario. ¡Había sido tan
inesperado! De su vida libre de preocupaciones, sin alteraciones, ver cómo de
rondón se mezclaba el amor en su vida intima... Era más de lo que podía
concebir su corazón de criatura. No obstante, supo tan bien y con tanto acierto
demostrarle indiferencia que estaba convencida de que Len creía a pies
juntillas que se entregaba por temor, nunca por cariño hacia él. Y sin
embargo..., ¡qué fuerte lo sentía y con qué intensidad se lo hubiera demostrado
de no hallarse por medio la figura siempre majestuosa de Helen!
Porque
Betty ya no recordaba la violencia de Len para conseguirla. ¡Bah! Eran marido y
mujer y sus besos la emocionaban. Le quería precisamente por la fuerza violenta
de su carácter, por su dominio, por la virilidad entera de aquel temperamento
que lo absorbía todo si lo pretendía, y la verdad es que lo estaba
pretendiendo.
—¿No
hubo carta de Helen? —preguntó de pronto, tal vez con objeto de disminuir la
tirantez.
—¿Por
qué la recuerdas ahora? De lo que menos se preocupa Helen es de escribir. Ahora
pensará sólo en amar a Joe.
¿Le
molestaba su recuerdo? ¿La quería hasta el extremo de hacérsele penoso el
nombre de la mujer que amaba?
—¿Crees
que se hallará muy enamorada? —volvió a insistir con deseos de herirlo—. Yo
creo que amaba, pero no a Joe.
¿Se
turbó el hombre? ¿Por qué cerró los ojos y apretó los labios sobre el cigarro,
que tiró en seguida con brusco gesto?
—No
me interesa nada de eso, Betty, te lo aseguro. Helen es una mujer ideal. Si no
quisiera a tu primo no se hubiera casado con él. Y por favor, busca otro tema.
Ese es demasiado vulgar.
—¿Te
molesta?
—¿A
mí? Vamos, querida, sé menos visionaria. ¿Sabes que me gustas con el cabello
corto? —añadió a renglón seguido—. Estás francamente bonita. Hasta me pareces
todavía más criatura.
—Sí,
te has casado con una niña de once años.
—No
—repuso Len, incorporándose un tanto, y mirándola sinceramente al fondo de los
ojos, con una expresión que de nuevo turbó a la «experimentada»—. Me he casado
con una mujer. Ten la seguridad de que no volveré a dudarlo.
—Es
muy halagador.
—¿Te
burlas?
—En
forma alguna. —Apartó las pupilas del rostro varonil y añadió con acritud—: En
cambio, tú me pareces un viejo. Desde luego, Len, has tenido suerte, sí, una
suerte endiablada: a los treinta años unir tu vida a la de una jovencita de
dieciocho.
—Diecinueve,
querida, tengo en mi poder tu partida de nacimiento.
—Es
lo mismo. Un año más o menos poco importa. De todos modos has tenido más suerte
de la que merecías.
El
rostro de Len se pegó al otro.
—¿Y
la jovencita no tuvo suerte?
—La
jovencita no siente nada.
—¿De
verdad, de verdad?
—¡Oh,
Len! ¿Es que pretendes coquetear conmigo?
Len
se incorporó con brusquedad y saltó al césped.
—Eres
una estúpida —rezongó, alejándose.
Betty,
al quedar sola, soltó una alegre carcajada.
Le
gustaba aquel juego. Después de todo, se reducía a jugar con su marido. ¡Su
marido!
Tras
unos breves minutos, alguien, la levantó en vilo.
—Tengo
un hambre feroz, Betty. Vayamos a almorzar.
La
dejó sobre el césped. Después trató de acariciarla.
—No
me toques —pidió ella, alejándose—. Alguna vez no sólo siento que no te quiero,
sino que te aborrezco con toda mi alma.
—En
ti todos los sentimientos son interesantes —repuso, cogiéndola por la cintura,
sin tener en cuenta el gesto ceñudo de la muchacha—. Aunque me odies, a mi me
gustas...
Capítulo
X
Eran
las seis de la tarde cuando Len penetró en su habitación.
Betty
se hallaba ante el tocador dando fin a su tocado.
—¿Adónde
vas, Betty? —preguntó, poniéndose en guardia.
—Me
telefoneó Lewis, y voy a bailar un rato con él...
—¿Quéeee?
A
través del espejo lanzó sobre el rostro de Len una mirada aviesa.
—¿Qué
te extraña? No voy a consumirme en casa todo el día, creo yo, sólo porque a ti
se te antoje.
—Ya
sabes que no lo consiento.
—Me
tiene sin cuidado, querido. Te he dicho muchas veces que deseo disfrutar de la
vida y tú, cuando sales, es para asistir a alguna reunión literaria, para
asistir a un teatro donde se representa una obra tuya, o un banquete donde eres
la figura central. A mí eso me cansa —no era cierto: la halagaba—. Deseo bailar
en un salón de té donde haya mucha gente, donde se ría, donde no sea preciso
medir las frases y contener el acento natural de mi voz... Así es que...
—Cállate,
insensata... Estás diciendo tonterías. Si a ti te gusta esa vulgaridad, yo la
detesto. Así es, digo yo también, que te ajustarás a mis gustos, y ahora mismo
vamos a dar un paseo por el bosque. Nada de salidas inoportunas.
—¡Que
te crees tú eso, majo!
Len
abrió unos ojos desmesurados.
—Me
abochorna tu lenguaje, Betty... La verdad es que no te conocía en este aspecto.
¿Qué demonios hizo tu padre, que no te envió a un correccional?
—Mi
padre era un hombre sencillo, Len. No se parecía a ti en nada absolutamente. No
me explico cómo en vez de nombrar tutor a tío Joe, te nombró a ti.
—Sabía
que yo atarla corto tus muchos bríos.
—Bobadas.
Creo que lo dejó dispuesto así porque, como también escribía tonterías en esas
cuartillas inmaculadas, pues...
—No
sigas blasfemando, muchacha, que terminas con mi paciencia. Eres una profana y
me das mucha pena.
—Pues
no puede compararse con la que me das tú a mí; siempre metido en ese despacho
que parece una tumba, encorvado sobre un papel, escribiendo cosas que mueren en
la ignorancia...
Tapó
la boca y se puso en pie.
—Bueno,
perdona tanta barbaridad, querido, y no te enfurezcas. La verdad es que
escribes muy bien y que el mundo enterito admira tus tonterías.
—¡Betty!
¿En qué quedamos?
—Déjame
en paz, ¿quieres? Cuando me miras de ese modo me turbas y no sé lo que me digo.
—¿De
verdad nunca has leído nada mío?
—Nunca
—mintió con aplomo. ¿Cómo decirle que no los leía, sino que los tragaba
materialmente y que por sus libros empezó a amarle? ¡Jamás!—. Me tiene sin
cuidado todo eso —terminó soberbiamente, avanzando por la estancia y
deteniéndose ante el armario.
Len
soltó una risita sardónica y extrajo del bolsillo un pequeño librito
encuadernado en tela roja.
—¿Y
esto, Betty? ¿Qué hacia sobre tu mesita de noche? Es un resumen de mi última
novela La mujer de Juan. Primero realizo los apuntes y después procedo a
confeccionar la novela entera. Esta vez me dio el capricho de hacer imprimir
los apuntes para mi solito y tú te apropiaste de ellos... ¿Con qué objeto?
¿Acaso se los lela a las musarañas para entretenerlas?
No
enrojeció porque no era propensa a ello, pero su rostro ideal se puso blanco
como el papel.
Agitó
la cabeza y casi gritó:
—¡Bah!
El otro día no tenía qué leer y cogí, al azar, un tomo de la biblioteca. Fue
ése —dijo con desdén—, como pudo ser un poema o un libro de cocina. Fíjate que
ni siquiera sabía que era tuyo; me entero ahora.
La
carcajada que lanzó Len fue tan estrepitosa, que Betty se estremeció.
—Querida
mía, eres una deliciosa embustera. Mira, en cada hoja hay una idea propia,
escrita de puño y letra de Betty Walker, y al final una cosa muy bonita tuya
también, lo que quiere decir que la novela no sólo te gustó, sino que te
encantó. He comprobado, Betty, que serlas para mí una maravillosa colaboradora.
Te pareces a tu padre, aunque pretendas asegurar que no entiendes nada de
literatura.
Betty
se puso la chaqueta precipitadamente y le miró con rabia.
—Eso
no es mío. Supongo que lo escribirla Helen antes de marchar.
—Helen
es una mujer muy exquisita, pero no tiene tu sagacidad ni tu inteligencia. No
sabría hacer eso.
—Muy
halagador —dijo llegando a la puerta—. Si fui yo, seria soñando, porque no lo
recuerdo. Y ahora adiós, Lewis me espera.
Len
dejó el libro sobre la mesa de noche y avanzó resuelto hacia ella.
—No
me hagas retenerte a la fuerza, Betty. Ya te he dicho que no salías y no sales.
—De
todas formas, saldré. Tengo el coche dispuesto y Lewis estará impaciente. Hasta
la noche.
Y
antes de que Len pudiera reaccionar, saltó hacia atrás y desapareció.
Len
se quedó envarado en mitad de la estancia. Encendió precipitadamente un
cigarrillo y se asomó a la ventana.
El
auto se deslizaba lentamente. La cabeza de Betty se alzó. Los ojos llenos de
vida lo contemplaron burlonamente.
«Si
yo cedo, se me irá igual, y eso, en forma, alguna.»
—Espera,
Betty —gritó brusco—. Voy contigo.
El
auto se detuvo en seco. Betty apoyó los codos en el volante y su rostro irradió
una franca sonrisa.
Minutos
después, Len, malhumorado, con el ceño fruncido y los labios apretados, se
sentaba a su lado.
—Ya
lo has conseguido. ¿Adónde demonios me vas a llevar?
—A
vivir por ahí unas horas tan agradables que no podrás olvidar.
—¡Muy
agradables! —rezongó irónico—. No pensarás que voy a bailar, ¿verdad?
—No
me interesa demasiado, querido.
—¿Y
Lewis?
—Bailaré
con él.
—¿Has
perdido el juicio?
—Jamás
estuve tan cuerda como hoy.
—Te
lo digo en serio, Betty; o desechas esas ideas, o de lo contrario cojo yo el
volante y te llevo a casa.
Betty
soltó una carcajada.
—¿Te
burlas, además?
—¡Dios
me libre!
—Betty,
estás acabando con mi paciencia.
—¿Qué
importa? Creo que voy a lanzar el auto a toda velocidad, hasta un barranco.
Seria agradable morir ahora mismo.
—Si
lo dijeras más lentamente te creería.
Betty,
por toda respuesta, pisó el acelerador y el auto salió violentamente hacia
delante con una carrera desenfrenada.
—El
vértigo no me asusta —dijo Len, burlón.
—Puede
que te asuste más mi atractivo, ¿no?
—Si
soy sincero, juro que...
La
voz se quedó en la garganta. El auto habla saltado sobre sí mismo y quedó
incrustado en la cuneta.
Betty,
con el rostro palidísimo, se abrazó a Len con toda su alma.
—He
jugado a morir, Len —dijo ahogadamente— y un poco más y lo consigo. ¿Sabrás
perdonarme?
Len
sintió una dulzura infinita hacia ella. Fue la primera vez que experimentó el
deseo de acariciar suavemente el rostro femenino, cuya expresión patética le
produjo una sensación muy dulce.
—No
juegues más, Betty —murmuró besándola en los ojos—. Puedes quemarte tus propias
alas.
Momentos
después el auto recobraba su posición normal y continuaba el paseo.
Porque
todo se redujo a un delicioso paseo...
Segunda
Parte
Capítulo
I
Llovía
torrencialmente.
Hacía
un frío espantoso. Sobre los picos de las próximas montañas lucía un manto de
impoluta blancura.
Betty
iba de un lado a otro dentro de la lujosa estancia; por último, al ruido de un
tenue llanto, la figura esbelta de la nueva mamá corrió hacia la cuna de
encajes y, arrodillada en el suelo, contempló con avidez la menuda figurilla.
Se
abrió la puerta y Len apareció en el umbral.
—Tendrá
hambre. Voy a darle el biberón.
—¿Por
qué no llamas al «ama»?
La
muchacha nada repuso. Volvió un tanto sus ojos grandes, ahora con una luz nueva
que tal vez le había proporcionado la maternidad, y contempló a su marido con
risueña mirada.
—Cierra
la puerta, Len. Hace un frío endemoniado. Malas Pascuas tenemos este año.
Len
avanzó hacia ella. La miró cariñoso y cogiendo las manos femeninas las llevó a
sus labios.
Habla
transcurrido algo más de un año desde su boda. Todo había sido muy particular y
continuaba siéndolo. Betty jamás le confesó su cariño. Len sabía que la sombra
de Helen aún se interponía entre ambos. No obstante, en el fondo de su corazón
ya no quedaba vestigio alguno de aquel amor. Es más, comprendía con exactitud
lo que había sido Helen respecto al amor que él pudiera experimentar hacia ella
y no se engañaba en cuanto a la pasión que le inspiraba su mujer. Sabía que
ésta no lo habla dado todo; faltaba aún mucho para llegar a su corazón. Muchas
veces tenía la desagradable sensación de que Betty lo toleraba porque el
Destino los habla unido, pero nada más.
Los
momentos vividos a su lado dentro de aquel palacio hasta que llegó el pequeño
Len fueron inolvidables. Tal como había asegurado Helen, las emociones que le
ofrecía Betty hacían la vida sumamente agradable. La muchacha tenía un poder de
atracción tan poderoso, poseía unos ojos tan inefablemente habladores...
El
niño volvió a llorar. Betty le dio el biberón y el llanto cesó.
Formaban
un cuadro encantador, lleno de dulzura. Ella linda, con sus cabellos ya largos,
sedosos y brillantes, exquisita dentro de su sencillez natural; con el nene
apretado en sus brazos y la boca diciendo apasionadamente miles de ternezas que
él desconocía en su esposa. Jamás lo acariciaba, nunca una palabra que
expresara lo que había dentro de su corazón.
Se
revolvió inquieto. ¿Es que sentía celos de su hijo? Era absurdo, pero lo cierto
es que experimentaba un malestar indescriptible, siempre que acudía a la alcoba
de Betty y la contemplaba pendiente del chiquillo, ofreciéndole sus sonrisas
divinas, sus besos y sus caricias...
—Joe
habló por teléfono —dijo un poco brusco—. Él y Helen vienen esta tarde. Desean
pasar las Navidades con nosotros.
Un
destello indefinido brilló en la mirada azul-gris.
—¿Vienen?
—preguntó como inconsciente.
—Sí.
Ya te lo dije. Llegarán dentro de un momento.
—Ya.
—¿Te
disgusta?
¿Qué
si le disgustaba? ¡Qué le importaba a él? Conque el pensamiento de Len se
hallaba continuamente puesto en la mujer que amaba.
Era
una sombra que se interponía constantemente entre los dos. No podía ahuyentarse
jamás y eso le producía un dolor inenarrable.
Colocó
al nene en la cuna. Se hallaba dormido apaciblemente. Lo besó en la frente y se
incorporó.
—Habrá
que dar orden para que dispongan habitaciones —dijo indiferente.
—Ya
lo hice.
—Eres
muy previsor.
El
hombre se impacientó. Dio una patada en el suelo y crispó los puños.
—Betty,
voy a creer que no deseas ver a tu hermana.
—Pues
no creas nada porque pierdes el tiempo.
Se
aproximó a ella. Lanzó una mirada penetrante sobre aquel rostro que se mostraba
inalterable.
—Betty,
yo sólo tengo un deseo; verte contenta, ser feliz a tu lado... Tú no puedes
comprender...
Deseaba
decirle que Helen no representaba para él más que una cosa que pertenecía a
otro. Sentía hacia ella un cariño de hermano, y daría parte de su vida porque
Betty lo comprendiera así, sin que él se viera precisado a dar demasiadas
explicaciones.
Evidentemente,
Betty no deseaba comprenderlo, puesto que avanzó hacia la puerta y sin mirarlo
salió.
—¡Rebelde!
—murmuró Len casi sin voz, pero con una intensidad extraordinaria.
Tal
como habían anunciado, llegaron al atardecer.
Helen
estaba mucho más bonita, le brillaban los ojos, reía su boca y bajo las pupilas
purísimas existía una luz nueva, llena de ternura cuando se posaba en su
marido.
«Tiene
que disimular —pensó Betty con terquedad—. Continúa amando a Len. Los corazones
como el de Helen no pueden olvidar jamás...»
En
voz alta le deseó la bienvenida. La abrazó estrechamente y apretó la mano de
Joe.
Después
observó la reacción de Len. Lo vio besar a Helen en la frente y apretar sus
manos apasionadamente.
«¡Cómo
la quiere aún! —se dijo, intentando aparentar indiferencia—. ¡Aunque Len dejara
de querer a mi hermana no podría creerlo! El día de mi boda se halla demasiado
presente en mi memoria. La daga del dolor me llegó muy hondo, muy hondo.»
Se
habló de todo y de todos. La pareja de jóvenes viajeros quiso ver el vástago de
la familia.
—Es
igual que Len, Betty —dijo Helen.
Y
Betty, obcecada hasta ese extremo, creyó percibir un deje de nostalgia en la
voz de su hermana.
—También
se parece a Betty —manifestó Joe, entusiasmado—. Tiene los ojos de Betty, y la
frente y tal vez tenga el pelo.
—Y
la rebeldía —saltó Len sin poder contenerse.
«Ya
está haciendo el mártir para que Helen lo admire.»
No
volvió la cabeza. Pasó ante él sin mirarlo.
Cenaron
en el comedor de gala. Se cambiaron impresiones y al fin cada uno se retiró a
su aposento.
Len
penetró tras su mujer en la lujosa estancia que comunicaba con la suya, y
cogiéndola por el brazo, la sacudió violento.
—Has
sido una buena chica durante todo este tiempo —dijo con contenida rabia—. ¿Por
qué te has torcido de nuevo? ¿Quién diablos te torció? ¿Crees que voy a poder
tolerarte insulto tras insulto?
—Vete
a la cama. Vas a despertar al niño.
La
sujetó con más fuerza y la llevó hasta su habitación.
—Aquí
no se despierta al niño. Dime qué te pasa y te dejaré marchar, Betty —murmuró
apasionadamente, olvidando por un momento el objeto de su violencia—. Tú no
puedes imaginar lo que sufro cuando...
Betty
se desprendió de un tirón y soltó una carcajada fuerte y desagradable.
—Atención,
que va a hablar el mártir.
—¡Cállate,
insolente! Vas a conseguir que se termine mi paciencia.
Betty
dio la vuelta e intentó salir de la habitación.
Dos
zancadas y la figura de Len se le interpuso.
—Quédate
ahí. Antes de marchar has de decirme...
—No
tengo nada que decirte. Duerme si quieres, y si no puedes, vete al despacho. Yo
no te llevaré el vaso de leche, pero como está Helen, tal vez lo recuerde aún.
¡Zas!
Fue terrible. Betty se encogió sobre sí misma. Después irguió el busto y lo
midió con la mirada de sus ojos soberbios.
—Me
has pegado —dijo intensamente—. No te lo perdonaré nunca.
—Betty.
No
se movió.
—Escucha,
Betty, no supe lo que hacía. Tú me enloqueces con ese carácter que cuando creo
comprender suelta la campanada y todo mi conocimiento de ti desaparece...
Betty
nada repuso.
Len
se dejó caer sobre un diván y ocultó el rostro entre las manos.
Después
alzó la cabeza y vio a Betty en la misma postura.
Se
puso en pie, avanzó hacia ella y se detuvo a su espalda.
—Me
gustarla penetrar en el fondo de tu alma, Betty.
—No
encontrarás más que veneno —repuso con una frialdad hasta entonces desconocida
en ella.
—He
sido un bruto y me disculpo, Betty.
—¡Bah!
No encontré nada de extraordinario en tu actitud. Es muy digna de ti. ¿Quieres
dejarme?
—Antes
me dirás...
—No
merece la pena gastar saliva, querido. Nada tengo que decirte, ni nada tienes
que decirme. Buenas noches.
Dio
la vuelta y se alejó. Cerró la puerta tras él y paseó por su alcoba de parte a
parte como un león enjaulado.
Algunos
momentos después volvió a la habitación de su mujer. Todo estaba oscuro. Ante
el ventanal abierto se apreciaba la figura inmóvil de su mujer. Avanzó hacia
ella. La contempló con gesto desesperado.
—Betty,
estás cogiendo frió. Vas a enfermar al pequeño.
—¿Y
qué? —murmuró sin volverse—. A ti tanto te se da una cosa como otra. Somos para
ti dos estorbos.
La
cogió en sus brazos. La apretó desesperadamente. ¡Dos estorbos, cuando eran
toda su vida! ¿De qué forma podría hacérselo comprender?
—Déjame.
—Querida,
querida —musitó intensamente—. Tú no puedes comprender. No puedes y, sin
embargo...
Besó
avaricioso los labios sangrantes y los encontró yertos.
—Me
gustaría matarte, Betty, y resucitarte de nuevo.
—Ya
lo sé —repuso con gesto mayestático—. Me formarías de distinto modo...
—Entonces
dejarlas de ser tú y a mí me gustas con tus contradicciones y todo.
Después
besó la mejilla lastimada y pidió muy quedamente, con voz casi imperceptible:
—Perdóname,
Betty. Sé que he sido un bruto... ¡Perdóname!
Capítulo
II
Len
se levantó muy de mañana.
Había
dormido poco y mal. La figura de Betty, recostada sobre el ventanal abierto,
había sido una pesadilla constante.
Encontró
a Helen en la terraza, enfundada en el traje de montar color avellana. Aún
tenía la fusta en la mano y el rostro sonrosado a causa de la carrera.
—Buenos
días, cuñada —saludó Len, cariñosamente—. Mucho has madrugado.
—Lo
hago siempre. Joe duerme hasta las tantas de la mañana y yo me siento feliz
corriendo por los campos.
Hubo
un silencio.
Después...
—¿Eres
feliz, Len?
—Sí.
Aprendí a querer a tu hermana tal como pronosticaste.
El
rostro de Helen se iluminó.
—Yo
también, Len; he aprendido a amar. Es maravilloso que ambos podamos ser
intensamente felices. ¡Joe es encantador!
—Me
alegro, Helen.
Desde
la ventana de su cuarto Betty los vio. Observó cómo su marido cogía la mano de
Helen y la llevaba a sus labios.
Sintió
que algo se revolvía en ella. No culpaba a Helen. Al fin y al cabo, siempre
habla sido una sacrificada. Lo censuraba a él, que, aun sabiendo que Joe se
hallaba en el palacio, pretendía insistir en el amor que decía experimentar
hacia su hermana.
Bajó
a la terraza.
Gentil,
radiante su faz ideal, ahora un poco oscurecida por la sombra de incertidumbre
que brillaba en el fondo de las pupilas glaucas.
—Hola
—saludó sin mirar a su marido—. ¿Sabes lo que he decidido? Organizar un baile
el día de Navidad, o sea mañana.
Len
se revolvió inquieto.
—No
me parece bien.
Los
ojos de Betty lo miraron en rápida ojeada.
—A
ti nunca te parece bien lo que yo pienso. De todas formas, tenemos que hacer
algo en honor a los viajeros. ¿No te parece, Joe? —preguntó mirando a éste que
aparecía en aquel momento—. Estoy hablando de organizar mañana un baile.
—Me
parece espléndido. ¿No, muchachos?
Helen
asintió. Len encendió un cigarrillo y se sentó sobre la balaustrada de piedra.
—De
todas formas, como nunca será lo que yo digo, me avengo a todo.
Helen
los contempló indecisa. ¿No habla dicho Len que era muy feliz? Conocía bien a
su hermana, sabía que bajo aquella ficticia frivolidad existía algo muy hondo.
¿Qué era? ¿Acaso la felicidad que le anunció Len era mentira?
Cogió
a su hermana por el brazo y juntas penetraron en el saloncito. Ellos
continuaban en la terraza. Hacía frío y amenazaba nieve de nuevo.
Se
estaba bien en el saloncito caldeado. Helen se sentó frente a su hermana y la
miró al fondo de los ojos.
—Tú
no eres feliz —dijo rotunda.
Betty
enarcó las cejas y soltó una risita sardónica.
«Pero
tú no tienes la culpa, Helen —pensó—. Aunque la tuvieras no podría dártela.»
—No
digas bobadas —repuso en voz alta—. Soy todo lo feliz que quiero.
—Tal
vez no quieras nada.
—¿De
felicidad?
—Sí.
—¡Bah!
Esa nadie la desprecia.
Luego
preguntó, antes de que su interlocutora pudiera interrumpirla:
—¿Y
tú?
—Quiero
a Joe con toda mi alma. ¡Si supieras lo fácil que es querer a Joe!
—Me
lo suponía.
—¿Hablas
sola, querida?
—¡Ah!
Perdona, Helen. Estaba pensando, ¿sabes?
—¿Piensas
mucho, Betty?
—Alguna
vez.
—Pues
no pienses tanto y limítate a vivir.
—¿Para
seguir tu ejemplo?
Helen
pareció ponerse en guardia.
—Nunca
pensé demasiado —repuso con despreocupación—. He vivido y me resultó más
cómodo. De todas formas, no veo te haya dado ejemplo en nada. Te has casado
antes que yo y lo hiciste muy enamorada.
—Sí,
claro —se puso en pie y avanzó hacia la puerta—. Vamos a ver a mi hijo, Helen.
Es una preciosidad.
Una
hora después se hallaba sola en su habitación. Llegó Len.
—Desde
que has dicho lo del baile, estoy pensando que es una tontería.
—Nadie
te manda bailar. Puedes pasarte toda la noche hablando con lord Kent de tus
libros.
—No
te comprendo, Betty. Desde hace cuarenta y ocho horas no dices más que
tonterías.
—No
hago más que responder a otras tantas.
Tenía
el niño en brazos y Len se inclinó para mirarlo.
—Tienes
una madre muy estúpida, hijito.
Betty
se puso en pie y lo depositó en la cuna. Luego dio unas vueltas por la estancia
y al fin se asomó al ventanal.
—Con
este endemoniado día no hay quien se acerque al parque.
Deseaba
verla enfurecida que con aquella indiferencia exasperante.
Recordaba
lo sucedido la noche anterior. En cada una de las frases femeninas notaba la
bofetada.
—Supongo
que no querrás organizar un baile para bailar con el pelirrojo.
—Haré
lo que más me divierta, Len, puedes estar seguro.
—¡Mírame!
—pidió Len con energía.
Betty
se volvió y soltó una risita sardónica, una de aquellas risas que crispaban los
nervios a su marido.
—¿Qué
quieres que mire? —preguntó burlona—. Cada día estás más viejo. Ya hace tiempo
que lo vengo observando; no necesito mirarte para cerciorarme de ello.
—¡Maldita
sea!
Dio
un paso hacia atrás y se detuvo en el umbral de la puerta.
—De
este baile vas a tener un mal recuerdo, me parece, Betty. Es preciso que no lo
olvides. Sabes que detesto todo esto y lo haces para irritarme. Temo que salgas
perdiendo.
Y
girando sobre sus talones echó a andar y desapareció.
Betty
corrió a la cuna del nene y lo apretó entre sus brazos.
—Cada
día que transcurre quiero más a tu padre, hijito, pero la bofetada de ayer y el
amor que aún siente por tu tía ha de purgarlo, te lo juro.
Después
lloró muy silenciosamente.
Capítulo
III
Apareció
en el umbral cuando Betty se miraba por última vez al espejo.
Al
ver a Len a través del cristal, se volvió hacia él.
Embutida
en el modelo blanco, dejando al descubierto los hombros blancos y tersos, y
cayendo en amplios vuelos desde la cintura, el cabello suelto, sedoso y
brillante, los ojos irradiando una luz nueva, más llena de vida que nunca, y la
boca sonriente se hallaba realmente encantadora.
Len
parpadeó nervioso. Tenía intención de prenderla en sus brazos y decirle que al
bajar al salón seria contemplada por muchos ojos avariciosos.
«Me
perteneces —hubiera dicho—. Eres mía y tengo celos de todo lo que respira a tu
lado. Cuando me casé creía que nunca llegarla a quererte y, sin embargo,
ahora...»
Apretó
los puños y cerró los ojos para no ver la figura de aquella mujer que de un
lado a otro parecía ignorar que él continuaba mirándola como si fuera una cosa
ajena a su corazón, cuando en realidad...
—¿No
te gusto, Len? —preguntó, coquetuela.
—Estás
bien.
—¿Nada
más?
—¡Bah!
Déjate de preguntar tonterías y vayamos al salón, que están llegando los
invitados.
Salió
ante él. Caminó erguida y esbelta por el pasillo que ahora se hallaba oscuro.
—No
veo bien, Len, dame tu brazo, por favor... Y para otra vez ordena a los criados
que enciendan todas las luces. Parece que estemos en un cementerio.
Len
la cogió del brazo. Sin darse cuenta y con una naturalidad muy propia de él,
inclinó su gallarda cabeza y la besó en la mejilla que había lastimado.
—No
me hagas sufrir, Betty —pidió en un susurro—. Ya sabes que soy hombre de poca
paciencia y...
Tenía
deseos de jugar. Estaba desesperada, pero en aquel momento, fuera por su
hermosura o bien porque lo sintiera así en realidad, lo creyó tan cerca de su
corazón, que en un gesto natural se apretó contra él y en la oscuridad del
saloncito se dejó besar en los labios con apasionamiento.
Fue
un momento dulcísimo. Le pareció que ella era una mujer normal, que Len era su
marido y se hallaba enamorado y que todo aquello lo estaba viviendo a cada
minuto.
—¡Betty!
Fue
un grito ahogado que murió con un nuevo beso.
Betty
se empinó sobre los pies y sus brazos mórbidos cruzaron el cuello fuerte,
mientras la boca se pegaba con vehemencia a los labios del hombre.
—Si
yo quisiera, Len —dijo con ahogada voz—, lo haría.
Y
después se desprendió de sus brazos y corrió hacia la escalinata alfombrada,
cuajada de luces. Descendió lentamente, con aquella majestad innata en ella, y
sonrió a Joe y a Helen que los esperaban en el vestíbulo.
Len,
un poco pálido, descendió tras ella. En sus ojos había una luz extraña, y
cuando miró a su esposa ésta hizo un guiño picaresco, mientras inclinaba el
busto hacia él, susurrando juguetona:
—Len,
esta noche quiero que me veas como una cosa que no te pertenece. Si quieres
bailar conmigo, tienes que pedírmelo como se lo pedirlas a otra cualquiera.
Además, nunca bailé contigo y tengo muchos deseos de hacerlo.
Y
con las últimas palabras, llegó al lado de sus hermanos. Len quedó un poco
desconcertado. Luego se encogió de hombros y se unió a su elegante esposa para
recibir a los invitados que comenzaban a llegar.
Una
cena americana. Se comía, se bebía y se bailaba, todo según el gusto de cada
comensal.
El
salón, profusamente engalanado. Luces, alegría, mujeres guapas y hombres
satisfechos...
Era
la una de la madrugada. Len, de pie al lado de un ventanal, lo miraba todo con
ojos vagos, mientras el cigarrillo continuaba fijo en los labios.
Betty
pasaba de unos brazos a otros con la mayor soltura del mundo. No se había
aproximado a ella. ¿Para qué? No tenía intención de bailar. Además, aquella
noche se hallaba firmemente dispuesto a dejarla hacer su voluntad.
Miró
a Helen; bailaba con Joe en aquel momento. Al pasar a su lado se detuvieron y
Helen se apoyó en el ventanal abierto.
—¿No
bailas, Len?
—Ya
sabes que no es de mi agrado. Decía un sabio que tapando los oídos y
manteniendo los ojos abiertos, no existía nada más ridículo que un baile. Yo no
los tapo y me parece ridículo igual. Siempre he mantenido esa teoría respecto
al baile.
—Vamos
al bar —dijo amablemente.
Fueron
los tres.
Lo
primero que vio Len fue a su esposa en compañía del pelirrojo.
No
la miró. Helen posó los ojos en Len esperando leer en ellos. No pudo
conseguirlo. La mayor de las indiferencias se pintaba en la faz del hombre que
un día había querido con toda su alma de mujer. Ahora amaba a Joe, pero no
dejaba de considerar que Len era un hombre maravilloso, capaz de volver loca a
cualquier mujer, cuanto más a Betty, que le amaba. ¿Por qué hacia aquellas
cosas? ¿Por qué adoptaba aquella actitud? Parecía que, bajo la sonrisa frívola
que florecía en sus labios, se ocultaba un mundo de desesperación. ¿Por qué?
¿Qué motivos tenía? ¿Cuál era su objeto?
Len
y Joe se cruzaron ante ellos. Helen se detuvo.
—¿Vienes
con nosotros, Betty?
—No
me seduce. Parecéis el acompañamiento de un funeral.
Betty
había bebido demasiado. Se le notaba en seguida.
—Escucha,
Betty...
—¡Oh,
no me vengas con monsergas! Las detesto.
—Has
bebido demasiado, Betty... Ya sabes que en seguida te hace daño...
—¡Uff!
¡Qué empalagosa te has vuelto, querida! No existe mayor diversión que beber en
una noche como ésta. Y ahora vamos a realizar un salto de acrobacia. Figúrate
que pensamos salir hacia el monte. No creas que nosotros somos los únicos que
deseamos divertirnos; lo haremos en común, casi toda la juventud del salón.
Menos Len, ¿sabes? Es un hombre viejo y cansado. No resistirla este frío.
—¡Betty!
—¿Decías?
El
rostro de Helen estaba blanco como el papel.
Betty
la miró en rápida ojeada y soltó el cascabel de su risa.
—Por
favor, Helen, no te asustes. Y anda, sigue a tu esposo ya... Len.
Y,
colgada del brazo de su compañero, salió del bar.
Helen
recomendó a Len:
—Yo
en tu lugar irla al lado de Betty.
Len
hundió las manos en los bolsillos de su pantalón e hizo una mueca burlona.
—Un
día me dijiste que Betty era rebelde por naturaleza. No lo dudé; hoy tampoco.
—Pero,
Len ¡Es que van a escalar la montaña!
—¿Y
bien?
—Dios
santo, ¿no comprendes que va a coger una pulmonía?
—¿Y
qué?
—Los
senderos están cubiertos de nieve. Como dueño de la casa, debes impedir esa
locura.
—No,
no, ¡qué disparate! Ella es dueña de sus actos; yo no quiero complicaciones.
Joe
se fue al salón. Al quedar solos, Helen cogió la mano de Len y la apretó
dulcemente.
—Me
has engañado, Len. No eres feliz.
El
hombre emitió una risita sardónica y alzando la mano de Helen la llevó a sus
labios.
Desde
el ángulo opuesto del salón, unos ojos azul-gris siguieron el ademán de Len con
todos los pormenores. La dueña de aquellos ojos llenos de contenida vida,
apretó los labios y volviéndose hacia la pandilla de amigos, gritó:
—El
que piense seguirme que se ponga algo sobre los hombros. Vamos a bailar al
jardín.
—¿Lo
oyes, Len? —murmuró Helen con la garganta seca.
—Déjala.
Desde ahora pienso dejarla hacer todo lo que quiera. Se cansará pronto. Si la
detengo, es mucho peor.
—Ha
sido una equivocación este matrimonio, Len.
El
hombre entornó los párpados y fumó con más ansia.
¿Una
equivocación? No, había sido, por el contrario, un acierto. Las compensaciones
que le ofrecía Betty, no se las hubiera proporcionado ninguna otra mujer. Si
Betty era así, ¿qué podía hacerle? Pero aquella otra faceta que sólo él conocía
porque se desarrollaba dentro del hogar, en la intimidad de los dos, aunque
ella nunca se hubiera entregado con toda la soltura y el abandono de una mujer
enamorada...
—Len,
durante el año que estuvisteis solos...
Con
un gesto la hizo callar.
—Ha
sido como ahora —mintió.
Temía
que Helen pudiera sospechar que Betty tenía celos de ella. Temía, y no sin
razón, que aquella mujer leal, de gran corazón, que renunció a la felicidad con
el hombre que amaba apasionadamente por proporcionarle la dicha a la hermana
menor, pudiera penetrar en el secreto que sabía.
—Vayamos
al salón, Helen. Creo que ambos necesitamos verla bailar en el jardín.
—La
quieres mucho, ¿verdad?
Len
apretó los labios sobre el cigarro. Luego lo aplastó sobre el cenicero y antes
de cogerla del brazo para echar a andar en dirección al salón, dijo
intensamente:
—Como
nunca creí que pudiera querer a una mujer.
Capítulo
IV
En
la parte posterior del palacio, ante los mismos ventanales, existía una pista
de tenis. Allí se hallaba reunida toda la loca juventud, entre la que figuraba
la gentil anfitriona.
Len
seguía todos los movimientos de Betty desde el ventanal donde se hallaba
recostado al lado de la angustiada Helen.
—Va
a coger una pulmonía, Len. No debieras consentirlo.
—La
conozco, Helen. Si ahora voy al jardín y detengo ese baile, me dejará en
ridículo sencillamente. Tú no conoces todavía a Betty.
La
aludida se hallaba ahora de pie en mitad de la pista, rodeada de los que
parecían sus elegantes vasallos.
—Muchachos
—gritó excitada—. Vamos a organizar una orquesta. Yo seré la directora. Todo el
que sepa música que levante el dedo y si sabéis todos, que vengan seis a mi
lado con objeto de formar la orquesta. Los demás tienen que bailar.
Seis
hombres se adelantaron. Los ventanales estaban llenos. Aquella danza, que Betty
denominó de fuego (hacía un frío invernal), representaba una terrible
temeridad, un desafío a la Naturaleza, pero ellos continuaban con su juego,
pues el vino había caldeado la sangre demasiado y nadie sentía la brisa helada
que descendía como un estilete de las próximas montadas.
Betty
cogió una pandereta y la blandió sabiamente. Con las palmas y tres instrumentos
de la orquesta se formó una gran «banda».
Betty,
gentilísima, con los ojos brillantes y el rostro arrebolado, sacudía la
pandereta magistralmente.
De
pronto, alguien pidió en voz alta que cantara Betty un villancico.
Las
diez parejas que bailaban medio congeladas de frío se detuvieron y rodearon a
Betty.
Len
desde el ventanal seguía los movimientos de su mujer con los ojos entornados.
Diríase que no sentía absolutamente nada y, sin embargo, la sangre estaba
produciéndole un dolor mortal en la garganta. De continuar así mucho tiempo, no
podría contenerse.
Helen,
a su lado, alargó la mano y la posó sobre la fría de él.
Lo
comprendía perfectamente. Sabía lo que sentía en aquel momento y lo que haría
si no le importara ofrecer a sus invitados un espectáculo.
Todos
miraban desde el ventanal. Hasta los componentes de la orquesta seguían los
incidentes del jardín, mirando desde la terraza. En resumen, la atracción de la
fiesta se hallaba en el jardín.
Len
ignoraba que su esposa supiera cantar. Cuando oyó las voces insistentes
pidiendo que Betty entonara un villancico, movió la boca, dibujando una mueca
de desdén.
¿Lo
vio Betty? ¿Comprendió lo que estaba pensando el hombre por el cual se hallaba
haciendo tantas tonterías? No lo sabemos.
Lo
único que podemos decir es que Betty cogió una pandereta mayor y poniéndose de
pie sobre un banco de la pista, desgranó un villancico tan magistralmente
interpretado que todos quedaron sobrecogidos. En el silencio de la noche
aquella voz paréela sobrenatural, por su pureza, por su maestría y por el
limpio arpegio de la inflexión apasionada y profunda.
Cuando
hubo finalizado, una salva de aplausos atronó el espacio. Betty sacudió la
pandereta y se inclinó un poco hacia adelante. Cuando alzó la cabeza de nuevo,
alguien la enfocó con una luz potentísima. Len comprobó que la faz de Betty se
hallaba blanca como el papel.
Se
apartó del ventanal y suspiró con fuerza. Nunca había sospechado que la
garganta de Betty guardara aquel tesoro. ¿Cómo era que no la había oído cantar
jamás?
Miró
a Helen.
—¿No
la hablas oído nunca, Len? —preguntó la muchacha aún emocionada.
—Nunca.
—Aún
lo hace mejor.
Len
salió al jardín y avanzó hacia Betty, que continuaba sobre el banco.
—Ya
está bien por hoy, querida —dijo lentamente, haciendo esfuerzos porque las mil
encontradas sensaciones que acudían a su pecho no le delataran—. Está empezando
a nevar otra vez.
Betty
encogió los hombros y, como en el jardín quedaban ya muy pocas parejas y, en
realidad, empezaba a nevar, saltó al suelo y, sin mirarlo, se cogió del brazo
del pelirrojo y ascendió con naturalidad hacia el palacio.
Len
apretó los puños y, emparejando con otra muchacha, siguió a su esposa.
Todo
había concluido. El único invitado subía a su automóvil y se alejaba por la
gran avenida.
Len
giró sobre sus talones y acudió al bar.
Helen,
recostada en el umbral, fumaba un cigarrillo; Joe, sentado, sobre el suelo,
refrescaba la cabeza con un pañuelo húmedo; Betty, al otro lado del improvisado
bar, se preparaba ella misma un explosivo. Al ver a Len en el umbral, chasqueó
la lengua y dijo, despectivamente:
—Ahí
tenéis al moralista que ni siquiera le pidió un baile a su mujer. ¡Después,
presume de ser hombre de sociedad!
—¡Cállate,
Betty! —gritó Helen, excitada.
—¿También
tú? Pues vas a saber una cosa...
Blandió
la copa y salió del mostrador con ella en la mano...
¿Qué
iba a suceder? ¿Qué leyó Len en los ojos brillantes de su mujer? ¿Qué iba a
salir por aquella boca?
Tuvo
miedo, un miedo infinito que le empujó casi sin proponérselo hacia la muchacha,
que avanzaba en dirección a su hermana con gesto amenazador. Por nada del mundo
permitirla que Betty diera rienda suelta a la hiel que llevaba acumulada en su
corazón desde el día de la boda. Por nada lo consentirla. Era capaz de todo.
Helen, la mujer que se había sacrificado por ella, la que tal vez continuaba
sofocando sus propios sentimientos para hacer ver lo que no existía, no merecía
que Betty la maltratara.
Corrió
hacia Joe y lo puso en pie con un esfuerzo inaudito. Después lo empujó hacia
Helen y dijo vivamente:
—Idos,
idos... Por favor, Betty está bebida y temo, que... Os ruego que os retiréis.
Mientras,
Betty soltó la carcajada nerviosa.
Consiguió
llevarlos fuera de la estancia. Helen tenía los ojos húmedos, y Joe la miraba
muy extrañado.
—Betty
es terrible cuando bebe. Es capaz de insultar a su propia madre. Por favor...
Se
alejaron.
Volvió
al bar.
Betty,
de pie en mitad de la estancia, bebía el último contenido de la copa.
—Voy
a estallar —dijo con lengua estropajosa—. También bebí el día que se casó
Helen. Y tú abusaste de mi inconsciencia...
Len
continuaba callado, con los ojos medio cerrados y la boca apretada.
—¿Por
qué la echaste? —continuó ella, cada vez más excitada—. ¿Tuviste miedo, verdad?
¿De quién? ¿De ella o de mí? Ja, ja... Eres un mentecato, Len, y yo te
desprecio con toda mi alma.
Avanzó
brusco. La sacudió violentamente.
—Puedes
pegarme. ¿No lo has hecho una vez? Ya nada me interesa. ¿Sabes por qué bebí?
¿No? Pues te lo voy a decir.
—¡Cállate!
—¿Para
qué? ¿Qué más da que hable? ¿Piensas que ignoro de la forma que la quieres a
ella? Y Helen, la mártir, la mujer que se sacrifica por...
Le
tapó la boca antes de que pudiera continuar.
Betty
se sacudió con fuerza y, temblorosa, quedó con la espalda pegada a la puerta.
—Lo
supe todo el día de la boda —dijo jadeante—. Ya era tarde, pero aún pude
comprobar que eras un cobarde. Eres un cobarde, Len, y yo te desprecio. Le
decías que yo era una chiquilla, que nunca podrías ver en mí a una mujer, y sin
embargo... No me quieres, lo sé, pero te gusto. Das por un beso mío la vida
entera y por una de mis miradas andas todo el día como el que ve visiones.
¿Podía ofrecerte ella esta pasión? ¿Qué me importa que a ella la quieras de
otra manera? ¡Bah! Tiemblas cuando me ves a tu lado, te desesperas cuando...
No
pudo contenerse por más tiempo. La cogió violentamente por un brazo y de un
empellón la sacó fuera. Después, la hizo subir precipitadamente las escaleras
y, brusco, con fiereza, la empujó hacia su aposento y cerró la puerta tras sí.
—Medita
ahí, que falta te hace —dijo bronco.
Capítulo
V
Fue
la última en aparecer en el comedor.
—He
tenido que tomar limón porque ayer debí beber demasiado. No recuerdo nada. ¿Por
qué me dejaste beber, Len?
Este
alzó la cabeza y lanzó una mirada penetrante sobre el rostro juvenil.
¿De
verdad no recordaba nada? ¿Sentía la felicidad que aparentaba o todo era
ficticio? ¿Cómo sentía y pensaba aquella muchacha desconcertante?
—Tú
lo has querido —repuso Len, serio.
Betty
se volvió a Helen.
—Hermana,
tú que sabes el daño que me produce la bebida, ¿cómo has consentido que llegara
a tal extremo?
—Cuando
me di cuenta ya hablas bebido demasiado...
—¡Vaya
por Dios!
Continuó
el desayuno. Joe anunció su marcha para el otro día de Año Nuevo. No podía
detenerse más. Los padres deseaban que estuvieran allí el día de Reyes.
La
nieve había cesado. Lucía un sol espléndido, y Betty salió al jardín. Momentos
después se le reunía Len.
—¿Deseas
decirme algo, Len?
—No
comprendo tu actitud.
—¿Para
con quién?
—Para
con todos. Ayer dijiste muchas inconveniencias.
—¿Ayer?
¡Bah! Ayer era ayer, y hoy es hoy.
—¿Crees
que con eso está arreglado todo?
Betty
se volvió un poco violenta y dijo con frialdad:
—Ayer
fue un día de pesadilla para mi, te agradecerla infinito que no volvieras a
recordarlo.
—Cómoda
como siempre.
Y se
alejó.
Transcurrieron
los días de Pascua.
No
hubo más fiestas ni más bailes. En familia tuvo lugar la celebración del Año
Nuevo, y al día siguiente marchaban Helen y Joe.
Aquella
noche Len anunció su viaje. Ella se hallaba ignorante de aquel viaje y la
noticia la cogió desprevenida. Menos mal que se hallaban solos en el saloncito
particular de Betty.
—¿Te
marchas? ¿Y cuándo? ¿Adónde vas?
—Aprovecharé
estos días. Estaré de vuelta la víspera de Reyes. Voy por un asunto personal.
He de entrevistarme con mi editor dentro de tres días.
No
le dijo si deseaba acompañarlo, ni se excusó por dejarla sola en fechas tan
señaladas.
Cuando
lo despidió en el jardín, seria, pero amable y cariñosa, ante la vista de los
dos autos, se sintió un poco mareada. La idea de que Len la dejara sola le
producía un daño infinito que ocultaba en lo más recóndito de su corazón.
Sintió
cómo Len la besaba en la frente y después sólo vio las siluetas de los dos
vehículos perderse en la avenida.
«Lo
he desilusionado —se dijo mientras ascendía hacia su cuarto—. Me parece que Len
no volverá ya más.»
Acurrucada
junto a la cama del pequeño, lloró muy quedito.
Transcurrieron
los días interminables. No tuvo carta de Len, ni telegrama, ni conferencia
telefónica.
Se
hallaba descentrada. La invitaron sus amigos; insistieron para que les
acompasara alguna vez, pero se excusó siempre con un fútil pretexto.
Aquella
tarde se hallaba sentada al lado de su hijo y sonó el timbre del teléfono.
Acudió
a él rápidamente.
Era
Len, lo presentía, se lo decía el corazón.
—Diga...
—¿No
puedes cantarme un villancico por teléfono?
El
rostro se iluminó.
—¡Oh,
Len! ¿Cómo has tardado tanto en dar señales de vida? ¿Dónde estás? ¿Todavía con
Joe y Helen?
Al
otro lado una risita burlona.
—No
les he vuelto a ver. Estoy en Londres.
—¿Qué
haces ahí? ¿Cuándo vienes?
—¿De
veras deseas verme?
La
muchacha frenó su ímpetu.
¿Si
lo deseaba? Más que cualquier cosa en su vida.
—Hombre,
aquí sola me aburro.
—¿Por
eso tan sólo?
—Naturalmente.
—Eres
muy inteligente, Betty. Bien, voy a colgar. Sólo deseaba decirte que llegaré
mañana a las once de la noche, tal vez más tarde. No me esperes levantada.
—Bueno.
¿Deseas algo más?
A
través del hilo telefónico se oyó un chasquido muy característico. Después un
ruido seco, y luego, nada.
Betty
estuvo con el receptor en la mano por espacio de varios minutos.
Al
fin, lo soltó y lanzó un suspiro hondo y entrecortado.
—Len,
Len —dijo muy bajo—. Eres el hombre más maravillosamente varonil, y, sin
embargo, aún no eres enteramente mío como yo ambiciono.
Se
sentó al lado del niño y quedó muy quietecita.
Aquel
día transcurrió pesado. Las horas parecían siglos y los minutos días
interminables.
Al
fin, llegó el momento anhelado.
La
alta y gallarda figura se recortó en el umbral.
La
miró fijamente. Después dibujó una mueca con los labios un poco tirantes y
dejando el maletín a un lado, caminó despacio hacia ella.
—Buenas
noches, querida. ¿Cómo estás?
Betty
saltó al suelo y lo contempló indecisa.
¿Es
que Len no tenía intención de besarla? ¿Por qué sus ojos mostraban aquella fría
indiferencia?
—Hola,
Len —murmuró un mucho temblorosa—. Estoy bien, ¿y tú?
La
mano masculina se alzó y acarició la frente de ella una y otra vez.
—Estoy
rendido, querida mía. Ayer no dormí una hora siquiera, y hoy asistí a una
reunión, y ya ves...
Se
dejó caer sobre el diván y recostó la cabeza en el muelle respaldo.
Betty
experimentó una sacudida violenta, que supo detener al instante.
¿Cómo
era posible que Len no pretendiera ni siquiera besar su mano?
—Voy
a retirarme en seguida, Betty. ¿Cómo está el niño?
—Perfectamente.
Cada día está más hermoso.
—Lo
veré mañana. Hoy no sé si podré moverme de aquí. ¡Qué cansado estoy, Dios
santo!
La
joven apretó los labios. ¿Tan asqueado estaba Len que ni siquiera el niño le
interesaba? Antes, cuando aquel angelote vino al mundo, se pasaba las horas
enteras contemplando el trocito de carne rosada. Lo besaba una y mil veces, y,
después iba a contemplarla a ella, diciendo muy bajo: «Me has dado la suprema
aspiración de mi vida, Betty, linda madrecita.»
¿Dónde
estaban aquellos días? ¿Por qué se habían ido? ¿Y quién los alejó?
Interrumpiendo
sus pensamientos, Len se puso en pie.
—Voy
a retirarme, Betty. Buenas noches y que descanses. Fue una tontería que me
esperaras levantada, ya te lo advertí.
Apretó
una mano contra otra y quedó erguida en mitad de la estancia. Len se volvió un
tanto desde el umbral y le sonrió.
Después,
muy lentamente, con el maletín en la mano, ascendió por las amplias y
alfombradas escalinatas, y segundos más tarde, a los oídos de Betty llegaba el
ruido de la puerta al cerrarse.
Apretó
las sienes con ambas manos y quedó muy quieta. Nunca se había sentido tan
dolorida y desconcertada como en aquel momento.
Al
fin, decidió retirarse. Cuando llegó a su cuarto salía el «ama».
—¿Ha
despertado?
—Sí,
pero se durmió de nuevo. Ahora queda satisfecho hasta mañana. Puede dormir
tranquila.
—Gracias,
«ama».
Arrodillándose
ante la cuna del nene, lo miró durante largo rato.
—Nunca
serás como él, pequeño Len. Te educaré de forma que con tu carácter jamás
desconciertes a una mujer. Quiero mucho a tu padre, Len, pero no puedo
comprenderlo. Helen hubiera sabido mejor...
El
hombre que la contemplaba desde el umbral de la puerta de comunicación, emitió
una risita, y antes de que Betty pudiera verlo, dio la vuelta y cerró la puerta
silenciosamente.
Paseó
la estancia de uno a otro lado y dijo entre dientes:
—Creo,
Helen, que estuviste acertada en tu consejo, Betty necesita una lección y vamos
a dársela.
A la
mañana siguiente, cuando Betty se levantó y bajó al comedor, Len se hallaba
sentado al lado de la radio.
Lo
miró ceñuda.
¿Qué
escuchaba con tanta atención y a una hora tan particular?
—¿Qué
dice, Len? ¿Habla de guerra?
Len
levantó vivamente la cabeza y apagó la radio.
—No,
querida, habla de cine, simplemente.
—Nunca
pensé que te interesara el Séptimo Arte.
—A
veces no tiene uno qué pensar y, para vencer el aburrimiento, hay que buscarse
cualquier distracción.
Capítulo
VI
Eran
las seis de la tarde y Len no había tomado nada desde las dos. Se hallaba en el
despacho. Betty pensó que de aquella forma no podía continuar mucho tiempo. Así
es que fue a la cocina. Dispuso ella misma un gran vaso de leche y galletas y
se dirigió al despacho de su marido.
Llamó
con los nudillos.
Después,
sin esperar respuesta, penetró en la austera estancia.
—¿Quién
diablos viene a interrumpirme? —gritó enojado.
Al
ver a Betty ante él, dibujó una sonrisa amable.
—Perdona,
querida. Creí que se trataba de Juan.
—Pues
te has equivocado. Toma esto, estarás debilitado. ¿Qué haces? ¿Qué escribes?
Len,
sin prisas, dobló el cuaderno y lo metió en un cajón de la mesa.
—Apuntes
sin ninguna importancia. Tomaré la leche; si no te importa, las galletas te las
vuelves a llevar. No tengo apetito.
—No
puedes seguir así, Len. Enfermarás.
—¿Y
qué más da? Quizá puedas casarte con el pelirrojo mucho más pronto de lo que
supones.
—Me
ofendes.
—Vamos,
vamos, querida, que nos conocemos. Lo estás deseando.
Inició
la retirada. No comprendía las reacciones de Len. Si antes lo había creído
vulgar y corriente, exento de complicaciones psicológicas, ahora... ¡era tan
diferente!
¿Qué
había sucedido? ¿Deseaba acaso aburrirla para que pidiera el divorcio? Jamás lo
haría. ¡Jamás!
—Betty,
¿es que ya me dejas?
Lo
sintió tras su espalda. Le dio rabia pensar que se hallaba próxima a estallar
en un fuerte sollozo. No quería que él presenciara su debilidad. Ella,
llorando; ella, que siempre había dado pruebas de una valentía insuperable.
—¿Adónde
vas? Vamos, querida, quédate un poquito a mi lado. Creo que hace miles de años
que no hablé dos palabras seguidas contigo.
—Porque
quieres.
Se
daría de cachetes por imbécil. ¿Por qué lo había dicho? ¿No era dejar al
descubierto la congoja de su corazón? ¿Dónde quedaba su fortaleza moral?
—¿Es
que lo sientes, Betty?
—¿Es
que también eres un fatuo, Len? Hubiera sido absurdo. ¿Qué tengo que sentir?
¿Qué me haces que no sea de mi agrado?
Len
soltó la carcajada y por encima del vaso la miró sonriente.
—Eres
muy orgullosa. —Betty iba a marchar.
Los
brazos de Len la sujetaron por la cintura. La mantuvo quieta. Inclinó la cabeza
y posó sus labios en el cuello terso.
—Te
encontré más bonita —dijo, bajito—. Y menos rebelde.
—¡Déjame!
—¿De
verdad lo deseas? Vamos, querida, sé sincera. Hoy me quieres un poquito,
¿verdad?
—No
te quiero un poquito —repuso con fuerza—. Te quiero mucho.
—¡Betty!
—exclamó verdaderamente asombrado.
—Sí,
¿por qué continuar negando? Te quise siempre desde que jugabas con Helen a la
pelota, desde que fui una mujer y te vi a nuestro lado. No, no te rías. En este
momento soy capaz de abofetearte si continúas con esa mueca odiosa. Cuando me
casé oí lo que le decías a Helen. Desde entonces creo que te aborrecí.
—Ya
lo sé, Betty, y me juzgaste un cobarde.
—Creo
que sí.
—Sigues
creyendo que amo a tu hermana.
—Es
una cosa que no me interesa. Aquello pasó.
—Pero
el amor está aquí, Betty.
—Estaba.
—¿Estaba?
¿Es que hablaste en pasado? Creía que habías dicho: «No te quiero un poquito;
te quiero mucho.» Luego, entonces, ¿qué he de creerte, Betty?
—Puedes
creer lo que quieras.
—¡Qué
mala actriz hubieras hecho!
Betty
se abstuvo de responder. Salió al pasillo y cerró la puerta lentamente, con
mucho cuidado.
Continúa
nevando.
Betty,
enfundada en el pijama blanco y sobre él una bata de gasa, se hallaba en el
saloncito que partía las habitaciones suyas de las de Len.
Conectó
la radio y, recostada en el diván, con los ojos cerrados, permaneció muchos
minutos. Por fin, el aparato comenzó a dar noticias de Hollywood.
Betty
se incorporó con viveza y se inclinó hacia el aparato, justamente cuando la
figura de Len aparecía en el umbral.
«Han
sido adquiridos los derechos de la novela La mujer de Juan, original del famoso
autor Lennard Holt Será adaptada rápidamente y figurará en ella un escogido
cuadro de nuestros más célebres artistas. A continuación oirán ustedes música
selecta.»
Betty
apagó la radio y miró a Len, que avanzaba hacia ella.
—Querida,
¿es que no te gusta nuestra música?
—¿Por
qué no me lo has dicho? Di, ¿por qué?
—¿Desde
cuándo te interesas tú por mis asuntos?
—Si
fuera Helen, se lo habrías dicho.
—Naturalmente.
Helen es una mujer inteligente y sabe emitir un juicio.
—Es
muy halagadora tu observación, querido.
—¡Pero,
Betty, no irás a decirme que estás celosa!
La
muchacha se puso en pie.
—¿Adónde
vas, Betty? Ven a mi lado. No me seas rebelde. Estoy harto de permanecer solo
en el despacho, y ahora quiero tenerte aquí un poquito a mi lado. Aunque sea
muy poco.
—No
me toques. Déjame marchar.
—Vamos,
vamos, no seas vergonzosa.
La
cogió por la cintura. Betty se sacudió con fuerza. Estaba burlándose de ella,
sencillamente, como si continuara siendo una criatura.
—Te
odio —exclamó con intensidad.
Len
soltó la carcajada y la miró, sin dejar de reír, al fondo de los ojos.
—No
sé si tendré que ir a Hollywood, Betty. ¿Me acompañarás?
—Si
tienes que ir, irás solo, y puedes incluso hacerle el amor a la protagonista de
tu novela.
—No
me querrá, querida.
—A
un tipo tan interesante como tú no lo desdeñará ninguna mujer.
Len
soltó aquella risa burlona que tanto desagradaba a su mujer. Esta intentó
marchar.
—Siéntate
aquí. Así. Ahora mírame a los ojos. He dicho que me mires, Betty. Ea, alza la
cabeza. ¡Santo cielo, qué mirada más poco expresiva! Ríete un poquito, Betty.
Hoy quiero ser feliz a tu lado. Vamos a olvidarlo todo. Anda, ¿quieres?
Tenía
que alejarse cuanto más pronto mejor: Len habla vuelto a ser el de siempre, el
de aquellos días maravillosos del verano, y le tenía miedo. No sabía lo que
sentía su corazón. E incluso ignoraba si la amaba en realidad o tan sólo le
gustaba, como había asegurado miles de veces.
—No
te muevas. No te dejaré marchar. No ire a Hollywood, Betty. Lo he dejado todo
dispuesto para no salir jamás de este palacio. Lo tengo todo aquí, aunque tú no
lo creas: mis cuartillas, mi inspiración, a mi hijo... ¿Qué más puedo desear?
¡Sintió
una rabia! Lo tenía todo, menos a ella, porque, al parecer, no le interesaba.
La
caricia que suponían los brazos de Len, la sentía ahora en su espalda. Luego,
las manos masculinas jugaron con el cabello dorado. Al fin cogieron el rostro
ideal y con febril ansiedad, que deseaba ocultar, aunque del todo no pudo
conseguirlo, aproximó su boca, al oído chiquito.
—Estás
esta noche preciosa, Betty. Me gustas más que nunca.
Se
irguió desafiante. Lo midió con la mirada de sus ojos grandes y soberbios.
—¡No
me toques! —gritó más que dijo—. No adelantes un paso, Len, porque soy muy
capaz de destrozar tus ojos con mis uñas.
Len
hizo caso omiso del furor femenino. Aunque quisiera, no podría domeñarse. Tenía
ansias de ella. Hablan sido muchos días los transcurridos sin poder contemplar
la figura de aquella juventud exuberante.
Betty
fue retrocediendo y chocó con la espalda en la puerta cerrada.
—Tengo
que besarte, Betty. Lo necesito.
—Eres
un ser despreciable, Len, y en este momento siento una repugnancia infinita
hacia ti.
Ya
lo tenía ante ella. El cuerpo fuerte se inclinó mucho más. El aliento de fuego
quemó su cara.
—Aparta,
Len, porque gritaré. En otras ocasiones me has dominado. Hoy no me dominarás.
¡No, no lo consentiré!
Alzó
una mano y tapó la boca. Len pareció reaccionar. La miró con sus ojos hondos y
profundos y retrocedió unos pasos.
—Que
descanses, Betty. Desde hoy puedes tener por seguro que no volveré a
molestarte.
Betty
aspiró fuerte y dio la vuelta.
Quedó
solo. Se Hundió en una butaca y cubrió el rostro con las manos.
Capítulo
VII
Lo
vio pasar, al día siguiente, ante el ventanal y sintió los pasos que se
aproximaban.
Apretó
el niño contra su corazón y permaneció quieta y silenciosa.
La
figura erguida y musculosa de Len se perfiló en el umbral. Iba enfundado en un
pantalón oscuro y un jersey azul, de cuello subido. Hundía las manos en los
bolsillos del pantalón y en las comisuras de sus labios altivos bailaba un
cigarrillo egipcio.
—Vengo
de patinar por la nieve, Betty, está formidable. ¿Por qué no dejas al niño con
el «ama» y me acompañas otra vez?
—No
tengo deseo alguno.
Len
sonrió. Avanzó hacia ella y se sentó sobre un cojín a sus pies. La contempló
con aquella expresión burlona que tanto la desconcertaba y la enfurecía.
—Formáis
un cuadro encantador, querida —dijo Len, sin dejar de sonreír—. Pareces una
madrecita de película.
—Lo
seré.
—Puede.
¿Vienes?
—No.
—Pues
déjame tener al nene un poco más en mis brazos.
El
«ama» entró a buscar al pequeño. Betty se lo entregó en silencio.
—Muchas
veces pienso, querida mía, que pretendes hacer tuyo a tu hijo... Tan sólo tuyo.
Es curioso, ¿verdad?
—No
dices más que tonterías —repuso la muchacha, dejándose caer de nuevo en el
diván.
Len
se irguió y, sentándose a su lado, exclamó, burlón:
—Me
gustaría penetrar en tu corazón. Tiene que ser muy interesante hurgar en él.
—Sufrirías
una tremenda decepción.
—¿Si?
—Sí.
Y por favor —prosiguió, exaltada—, deja esa irónica sonrisa para otra ocasión.
Hoy no tengo deseos de ver tu expresión odiosa.
—¿Es
que vuelves a quererme algo, nena? —preguntó Len irónico.
Le
miró con rabia. Se puso en pie. Len la cogió por la cintura y la sentó de nuevo
a su lado.
—No
seas juguetona, Betty. Ahora te necesito aquí. Quiero verme en tus ojos grandes
e ingenuos.
—¿Ingenua
yo?
Len
soltó una risita sardónica.
—Naturalmente,
Betty. Eres una ingenua, y cuando te propones no parecerlo, lo echas todo a
rodar, porque te veo más ingenua que nunca.
Intentó
alejarse. Cada día lo comprendía menos.
—No
seas tonta, Betty —dijo Len, sujetándola por la cintura y atrayéndola hacia su
corazón—. Estate quietecita. Vamos a jugar a ser dos enamorados. Mírame a los
ojos. Ahora ponte seria. Así, pero, ¡Betty, qué obediente, has madrugado hoy!
Se
crispó furiosa. Era cierto; lo había mirado, se había puesto seria, y si le
mandara besarle, le besaría porque habla perdido el juicio.
—Eres
odioso —dijo entre dientes—. Me das...
—¿Qué
te doy? ¿Acaso miedo?
—Déjame
—pidió un poco menos enérgica.
—Estás
a gusto a mi lado, ¿verdad?
—¡Oh,
vas a conseguir que te aborrezca!
—No.
Estoy seguro de lo contrario. Mira mis ojos, Betty. ¿Qué ves en ellos?
—Nada.
—¿De
verdad, de verdad?
Se
arrancó de sus brazos. Fue hacia el ventanal y apoyó la cabeza en el cristal
frío.
—Betty
—murmuró la voz de Len tras su espalda—. Voy a la ciudad. No sé si tendré que
hacer otro viaje. ¿Quieres acompañarme?
—No.
—Bien.
No digas después que no te advertí.
Se
marchó. Ella se sentó de nuevo sobre el diván y ocultó el rostro entre las
manos. Se hallaba completamente desconcertada. No sabía qué pensar ni qué
decir.
Creyó
que era una broma, pero se equivocó.
Aquella
noche, Len apareció en el comedor algo más tarde que de costumbre. Venía de la
ciudad y se hallaba enojado.
—Tengo
que marchar esta misma noche, Betty —dijo malhumorado—. Te agradecería que me
acompañaras, porque tendré que estar fuera quince días, y son muchos días para
permanecer sola.
—Es
que yo...
—¿Por
el niño? Ya hablé con el «ama». Dice que no existe inconveniente alguno. Vamos
a cenar y disponer el equipaje.
No
admitía réplica y Betty lo sabía. Así es que optó por ponerse en pie, y cuando
hubieron finalizado la cena dispuso sus maletas.
A
las diez de la noche besaba a su hijo, y seguida de Len se dirigió al auto,
cuya mancha blanca se perdió rauda en línea recta. Iba Len al volante, Betty, a
su lado, procuraba no mirarlo.
Su
marido se hallaba serio y muy malhumorado.
—Tengo
que volver por el asunto de la película. Se empeñan en que vaya a Hollywood y
que represente yo mismo el papel masculino.
—¡Eso
es absurdo! —casi gritó.
Los
ojos de Len se clavaron en ella rápidamente. Después lanzó el cigarro lejos de
sí y volvió a poner su atención en la carretera.
—¿Por
qué absurdo?
—Tú
no tienes aptitudes para eso.
—¿No?
Tal vez muchas más de lo que supones.
—Si,
tal vez —repitió la voz femenina con desdén—. Eres un perfecto comediante.
—Veo
que continúas siendo tan injusta como siempre. Y eso no es todo, Betty. Además
desean que yo mismo dirija la película. Como ves, me será preciso ir a
Hollywood, quiera o no. No es que lo desee mucho —añadió con estudiada
indiferencia—. Pero no podré tolerar que un mentecato me estropee el asunto de
mi novela. Sobre todo la parte sicológica tiene que ser estudiada a fondo, y me
temo, no sin razón, que un director moderno eche el asunto a perder. Sería una
lástima, ¿no te parece?
Betty
aspiró con fuerza. Le faltaba aire. De continuar oyendo a Len, toda su
ecuanimidad se vendría abajo.
—No
irás, ¿verdad? —exclamó con fuerza—. Tú no puedes ir. Allí te envenenaría aquel
ambiente, la fama...
El
aludido detuvo el auto y lanzó una escrutadora mirada sobre el rostro juvenil,
aquella noche bella y deslumbrante como una aparición celestial.
—¿Qué
temes? ¿Crees acaso que por ir allá dejarla de quererte?
—No
me has querido nunca, Len —dijo con un deje de amargura, en el cual no reparó
el hombre—. Por ese lado no me preocupa que vayas o te quedes. Es por ti,
¿comprendes? Sólo por ti.
—¿Nada
más?
—Nada
más.
Siguió
un silencio un poco embarazoso. Después dijo Len, muy bajito:
—Si
me dijeras que me amabas y que por eso no era de tu agrado mi viaje a la meca
del cine, no lo pensaría. No sintiendo hacia mí sentimiento alguno, lo pensaré.
Tanto se me da una cosa como otra.
Esperó
la respuesta de ella. Pero no llegó, Betty, recostada sobre el muelle asiento
del lujoso vehículo, con los ojos cerrados, parecía ignorar su presencia.
Una
hora después penetraba en el hotel.
Les
condujeron a una lujosa habitación. Cuando Betty se vio sola con su marido,
miró en derredor y dijo, ocultando su nerviosismo:
—Habrá
habitación al otro lado, ¿no?
Len,
que bebía tranquilamente una copa de licor, se volvió y la contempló por encima
del cristal.
—¿Otra
habitación? No, querida mía. Desde la ciudad pedí una habitación para los
señores Holt.
—De
todos modos...
—¡Oh,
Betty! —exclamó Len, dejando la copa sobre una pequeña mesa y avanzando hacia
ella—. Es absurdo que a estas alturas andes aún con remilgos. ¿No te he dicho,
además, que pienso restaurar el palacio y reformaré nuestras habitaciones?
Harán la del niño junto a la del «ama», o sea, en la misma ala sur, pero la
nuestra será una sola.
—Nunca
lo consentiré —atajó ella con voz anegada.
Len
la apretó en sus brazos y rió, quedito.
—No
seas chiquilla —susurró sinceramente emocionado—. Estamos viviendo, Betty.
Aquello otro pertenece a una novela. Estamos en Londres por La mujer de Juan;
pero ni yo soy Juan ni tú la mujer. Somos dos seres humanos, querida mía. No
nos engendró la fantasía de un hombre.
La
besó en la boca y Betty sintió que en su corazón penetraba una cosa muy dulce.
Capítulo
XIII
Me
gustaría ir a un cabaret nocturno. ¿Me llevas, Len?
El
aludido incorporó el busto y la contempló sonriente.
—¿De
veras lo deseas?
—Sí.
—Bien,
pues te llevaré esta noche.
Algunas
horas después, ambos, en el interior del coche, parecían pensativos.
—¿Arreglaste
algo del asunto de Hollywood, Len? —preguntó Betty verdaderamente inquieta,
pues la idea de que su marido se viera precisado a ir a la meca del cine, le
resultaba horrible.
Len
soltó el volante por una fracción de segundo y la mirada profunda de sus ojos
vagó rápida por el rostro de Betty.
—Aún
no, querida. Insisten en que he de ir yo.
Surgió
un silencio. Betty echó la cabeza hacia atrás y suspiró con fuerza.
—¿Tanto
te desagrada la idea, Betty?
—Me
horroriza —replicó impetuosa.
—De
todos modos...
—Len
—interrumpió un poco exaltada—, me parece que estás deseando ir.
—¿Yo?
¡Bah! Después de todo, tiene que ser interesante moverse en medio de tantas
mujeres hermosas.
—Creí
que no eras vanidoso —repuso Betty con acritud.
—Cualquier
hombre, en mi caso, lo hubiera sido.
—¿Lo
admites, entonces?
—¿Por
qué? Casi es un halago, querida.
Betty
apretó los labios y quedó muda. No la interrumpió Len. Al contrario, parecía
gozarse en el mutismo femenino.
—¿No
tienes predilección por un lugar determinado esta noche, querida mía? —preguntó
Len tras de un pesado silencio.
—No
conozco nada de la vida nocturna de Londres. Llévame a donde quieras.
El
auto enfiló una amplia calle y, desembocando luego en una plaza iluminada,
dirigiéndose hacia un edificio alto, profusamente iluminado, en cuyas puertas
de cristales se anunciaba el rótulo con lámparas rojas y verdes.
—Aquí
lo pasaremos bien. Bailaremos, ¿verdad, Betty? Nunca lo hemos hecho juntos.
Cogida
de su brazo, avanzó gentilmente hacia una apartada mesa. El ambiente era
distinguido y estaba muy animado.
Una
mujer de rostro provocativo y ojos exageradamente pintados, enfundada en un
modelo elegantísimo, al ver a Len, agitó la mano y lo saludó afablemente,
ofreciéndole una de sus mejores sonrisas.
—¿Quién
es? —preguntó Betty muy bajo, con una entonación desdeñosa.
—Una
antigua amiga.
—Ignoraba
que tuvieras amigas tan...
—¿Guapas?
Se
sulfuró.
—¿Te
gusta eso?
—Naturalmente.
Es una mujer guapa.
—No
me explico cómo aún vives conmigo gustándote esa mujer.
—Tú
eres algo aparte.
Len,
haciendo caso omiso de la interrogante plasmada en los ojos azul-gris, se
encogió de hombros y la llevó en dirección a la mesa.
Se
sentó tranquilamente y la colocó a su lado.
—Beberemos
champaña, ¿verdad?
—No
beberé nada, Len. Le tengo miedo. Dime —añadió con rápida transición—: ¿Dices
que esa mujer es amiga tuya?
—¿Qué?
¿No vas a beber? Hoy te lo mando yo, querida. Vamos a beber champaña.
Acudió
el camarero y Len pidió champaña. Después se quedó contemplando a su linda
esposa. Porque aquella noche Betty estaba preciosa. Len hubiera asegurado que
era la mujer más hermosa que se hallaba en La Perla.
—Nos
conocemos desde hace ya muchísimo tiempo, Betty —explicó al fin con mucha
calma—. Es la esposa del agregado naval de la Embajada sueca.
—¿Estás
seguro?
—Naturalmente.
Su marido y yo éramos grandes amigos.
—¿Su
marido? ¿Es que ha muerto?
—Se
divorciaron el año pasado.
Dichas
aquellas palabras con absoluta indiferencia, Len llenó las copas del espumeante
líquido.
Betty
aspiró con fuerza y agitó el cabello rubio-rojizo.
—Lo
dices con una indiferencia, Len que espanta.
—¿Cómo
quieres que lo diga? Estoy hablando de una cosa real que ha sucedido. Así se
divorciarán miles de matrimonios. No se comprenden, jamás llegan a comprenderse
y un día, cuando se dan cuenta de ello, acuden a Reno y asunto terminado.
—¿Así?
—Pues
claro. ¿Qué has creído?
Se
revolvió nerviosa. ¿Es que Len se hallaba preparando el terreno para pedir el
divorcio un día cualquiera? No se lo proporcionarla, no. Ella era católica,
jamás ofendería a Dios Nuestro Señor.
—Eso
es un sacrilegio —dijo al fin, con entonación indefinible.
—Déjate
de eso ahora, querida. ¿Quieres bailar conmigo?
Era
la primera vez que bailaba con Len, y cuando sintió los brazos del hombre
rodeando su cintura, experimentó una dulzura inefable. Tenía que conseguir
atraer a Len. No podía continuar recordando la existencia de Helen, ni todas
las ofensas que había recibido de Len. Era su marido, el padre de su hijo, y lo
adoraba con toda su alma apasionada y exclusivista.
—Pareces
una pluma —dijo él, ocultando la emoción—. De haberlo sabido, no consentirla
que el pelirrojo bailara una sola vez.
Se
abandonó suavemente entre los brazos de él. Fue una actitud tan de ella, tan
subyugadora, que el hombre la apretó impetuoso, mientras aproximaba la boca al
oído chiquito.
—Cuando
quieres, eres maravillosa —dijo suspirando.
Betty
alzó un poco la cabeza y lo miró dulcemente.
—Nunca
contemplé unos ojos más bonitos, Betty. ¿Qué tienen? Parece que arden. Me
gustaría quemarme en el fuego apasionado de tus pupilas.
—¿Me
estás cortejando, Len?
—Déjame,
muchacha... Esta noche quiero olvidar muchas cosas.
—¿El
motivo por el cual eres mi marido?
—Tal
vez.
Se
mordió los labios y bajó los ojos. Le llegaban al hombro tan sólo.
—¿Vas
a enojarte? ¿Por qué recuerdas aquello si ha pasado mucho tiempo?
—Aunque
no quiero, lo tendré siempre presente —repuso con rabia.
—Pues
no harás más que amargarme la vida y amargar la tuya.
—A
veces es mejor tenerla amargada que creer en lo que no existe.
—Cuando
adquieres esa seriedad no me pareces mi Betty.
La
sacudió un estremecimiento. Aquella dulzura que emanaba del hombre, le
penetraba demasiado dentro del corazón, y no quería. No quería perder la poca
personalidad que él le había dejado. Porque Betty se consideraba muy poca cosa
al lado de aquel hombre. Antes era ella; ahora no era más que lo que deseaba
Len. Y eso resultaba un bochorno para la muchacha que siempre alardeó de ser
una mujer exclusiva.
—¿Tiemblas?
—Mi
proximidad te emociona, Betty. Aunque quieras negarlo, no podrás porque la
realidad se impone. ¿Por qué no eres franca? Nunca me has dado todo tu cariño,
querida. Te dominas con una fortaleza insuperable, pero te has dominado y eso
me disgusta. Nunca supe lo que era un beso espontáneo, nunca una mirada amable
ni una frase cariñosa. ¿Por qué, Betty? ¡El pasado está tan lejos!
Betty
alzó la cabeza y miró a Len. Volvió a estremecerse, pero esta vez de rabia. Los
ojos de Len, mientras le hablaba a ella, miraban a la mujer provocativa que se
había divorciado de su marido.
Se
desprendió brusca y giró sobre sus pasos.
—¡Betty!
—Por
favor, déjame. No tengo deseo alguno de continuar bailando.
La
siguió hasta la mesa. Vio cómo Betty bebía precipitadamente una copa de
champaña.
«Hoy
también le hará daño —pensó Len sin preocuparse demasiado—. Es lo mismo. Sólo
podré verla yo. Además, cuando bebe, Betty es muy expresiva. Me gustaría saber
lo que piensa y lo que siente en este momento.»
Transcurrieron
rápidos los minutos, Len, al fin se levantó, y excusándose ante Betty, bailó
con aquella mujer que le miraba provocadora desde la mesa cercana.
Le
dejó ir. Bebió con ansia. Necesitaba olvidar. Otra bebida cualquiera, un licor
simplemente, no le produciría reacción alguna; en cambio, el champaña la
enloquecía, robándole la tranquilidad y la razón.
Cuando
minutos después volvió Len, ella se puso en pie.
—Quiero
marchar —dijo de una forma muy rara.
Len
la contempló en silencio, Betty había bebido demasiado. Era conveniente sacarla
de allí.
La
cogió por el brazo y salieron juntos.
Ya
en el interior del auto, Betty apoyó la cabeza sobre el respaldo y quedó muy
quieta.
—¿Tienes
sueño?
—No
tengo nada. Quiero llegar pronto al hotel. Mañana marcho a casa.
—¿Mañana?
¿Te has vuelto loca? Aún no arreglé los asuntos que me han traído aquí.
—Pues
preocúpate menos de mujeres divorciadas y activa. De todos modos, yo marcharé
mañana.
Len
soltó una risa alegre.
—Vaya,
lo has tomado a broma, por lo que veo.
—No
digas bobadas, Betty. Tú no podrás marchar mientras yo no lo disponga, y aún no
terminé para dedicarme a disponerlo.
Betty
nada repuso. Dejó caer de nuevo la cabeza hacia atrás y la apretó con fuerza.
—Me
estalla —suspiró, atragantada—. Tú tienes la culpa. —Y añadió con rencor—:
Sabes el daño que me produce el champaña y me dejas. ¿Por qué no me diste otra
bebida cualquiera menos ésa? Voy a creer, Len, que deseas enloquecerme.
Len
la contempló y sonrió de una forma enigmática.
Algunos
minutos después le ayudaba a descender del auto.
Capítulo
IX
Hundida
en el diván, permanecía silenciosa.
Len
de pie a su lado, la contemplaba con la misma expresión de angustia de un
momento antes.
—¿Qué
haces ahí derecho como si fueras un poste? Y por favor, no me mires más. Estoy
que no puedo conmigo y no sé aún lo que haré.
—Descansar.
Yo voy a salir de nuevo. He de entrevistarme con unos señores a las dos de la
madrugada.
Se
puso en pie como si la pinchara un resorte. El efecto del líquido burbujeante
no era excesivo. Se hallaba algo mareada, pero no atontada. Al ver la
impasibilidad de su marido, dio una patada en el suelo y gritó más que dijo:
—No
vas a ver a unos señores. Vas a reunirte con esa divorciada. Y eso...
Len
pareció impacientarse.
—No
dramatices, Betty, y acuéstate. Estás rendida.
—¡Estoy
rendida! ¡Para eso me has dejado beber! Creíste que iba a perder el juicio,
pero esta vez te has equivocado. No vas a ver a nadie. Te quedarás conmigo.
—¿Qué
actitud es esa, Betty?
—La
de toda mujer casada.
—¿Que
no ama a su marido...?
Betty
retrocedió un paso y lo miró espantada.
—Dios
mío —murmuró, pasándose una de aquellas aladas manos por la frente—. ¡Que no te
quiero...!
—Dilo
de una vez, Betty.
La
muchacha reaccionó.
Era
terca y voluntariosa, y jamás le harían decir lo que no deseaba. Pero, no
obstante, acudió a él rígida y fría, y cogiendo con sus dos manos el rostro
masculino lo apretó febrilmente, aproximando sus ojos grandes y apasionados a
los del hombre que, haciendo inauditos esfuerzos, conservaba aún la serenidad.
—No,
no te quiero —musitó con los dientes rechinando—. No te quiero, pero eres mío,
y no te cederé jamás. Yo soy católica, no admito el divorcio bajo ningún
concepto, pero aunque no lo fuera, antes me dejaría matar que permitir fueras
de otra mujer. No lo serás jamás, Len. ¡Jamás!
Len
la cogió por la cintura y la oprimió sobre su cuerpo.
—Tú
no sabes querer —manifestó, aparentando una indiferencia que no sentía—. No
tienes corazón, no amas a nadie. Creo que ni siquiera quieres a tu hijo. Eres
dura, Betty, eres orgullosa y perteneces a esa clase de mujeres que lo quieren
todo y lo que desdeñan, lo conservan para encomio del sacrificio.
—¿Que
no sé querer? —repitió, mientras se mantenía rígida entre los brazos que la
apretaban desesperadamente—. ¡Qué sabes tú si jamás me has tenido tal como soy!
Te di una mínima parte de mi ser, Len, y nunca te daré el resto porque es lo
único que conservo incólume. Lo demás lo has mancillado tú. Me has escarnecido
e hiciste mofa de mis sentimientos. Ahora...
El
hombre la soltó. Retrocedió unos pasos y la miró desde el umbral.
—Ahora
se acabó la esclavitud. Puedes guardar esa otra parte que no me has dado,
porque no la necesito.
—¡No
te marches! —gritó Betty con toda su alma.
Los
pasos de Len se alejaban precipitadamente.
Después,
Betty se precipitó al balcón y vio que el auto de Len se alejaba raudo.
Hacia
unas horas que había llegado al palacio.
Aquella
misma tarde escribió a Helen. Necesitaba hacerlo porque había comprendido, al
fin, que Len ya no recordaba la existencia de aquel amor que un día creyó
sentir por su hermana. Además, el instinto le había dicho que Helen amaba a
Joe, y, puesto que era así, sólo ella podía darle un consejo del que tan
necesaria se hallaba. Len se iba con otras mujeres. Len deseaba el divorcio. Un
día cualquiera se marcharía a Hollywood y la olvidaría para siempre.
Se
sentó ante su «secreter» y escribió nerviosa:
«Mi
queridísima Helen:
»No
antes de muchas vacilaciones me dedico a escribirte. No sé ni por qué lo hago.
Sé tan sólo que me siento la más desgraciada de las criaturas, y como siempre,
recurro a ti en busca de consejo.
»Fui
a Londres con Len. Él se quedó allí; yo me vine. ¿Por qué? ¡Oh!, Helen no
sabría explicar lo que sentí aquella noche viéndolo con otra mujer. ¡Si tú
supieras lo que experimentó mi corazón observando el alejamiento de Len!...»
Rompió
el papel en mil pedazos. No podía explicar lo que sentía. No eran aquellas
palabras las justas para hacerle ver a Helen lo que estaba sufriendo. Tal vez
Helen no supiera leer entre esas líneas toda su amargura.
Se
puso en pie y decidió escribir otro día con más calma.
Transcurrieron
aquél y otro, y alguno más. Len no habló por teléfono no le interesaba saber de
ella. ¡Bah! Había dejado de ser un hombre sin aventuras galantes.
Por
fin, una de aquellas tardes intentó coger la pluma y dirigirse a Helen.
Empezó
así:
«Mi
nunca olvidada hermana:
»Estoy
enloquecida y desesperada, Helen. Len no siente hacia mí ni una migaja de
cariño. Piensa pedir el divorcio y eso es bochornoso...»
—¡Hola!
—saludó el escritor secamente.
Betty
alzó la cabeza rápidamente y se llevó una mano a la boca para ahogar el grito
de alegría que estaba a punto de escapar de sus labios.
—¡Len!
—musitó con adoración, poniéndose en pie.
Len
la miró de arriba abajo y emitió una risita sardónica.
—La
señora del famoso escritor ha tenido que ofrecer al mundo la última campanada.
Es muy halagador, querida.
Se
envaró. Era buena y sencilla, pero no toleraba sus burlas, aunque lo quisiera
con toda su alma.
—¿Y
el famoso escritor no ofreció sus espectáculos? ¿Crees que en el hotel no
observaron que hablas llevado a tu mujer y después salías con otras?
—No
me interesa que creas eso u otra cosa. Al fin y al cabo lo nuestro terminó.
Pero voy a decirte que fui a entrevistarme con unos señores.
—Unos
señores con faldas —repitió obstinada.
Len
dio la vuelta y con el maletín en la mano desapareció en el interior del
palacio.
Apretó
los labios y, nerviosa, le siguió.
Len
dejó la maleta en el suelo y dio orden para que retiraran del auto su equipaje.
Después besó apasionadamente a su hijo y lo cogió en brazos.
—Si
no fuera por eso —dijo sordamente— ya no estaría a tu lado.
—Es
un consuelo.
—Las
ironías en esta ocasión son ridículas, muchacha.
—¿Cuándo
vas a plantearme el asunto?
—Tan
pronto como me vea en Hollywood.
—¿Es
que vas a ir? —preguntó excitada.
—Exacto.
Voy a ir.
—¿Ni
por tu hijo desistes?
—¿Mi
hijo? —murmuró Len, divertido—. Querida Betty, este nuevo Len será un hombre
inmensamente rico. La ayuda espiritual que pueda ofrecerle su padre de poco ha
de servirle. Además, siempre tendrá a su lado a la orgullosa mamá...
—Estás
burlándote, ¿verdad?
—Dios
me libre —replicó Len, depositando al nene en la cuna—. Voy a bañarme, querida.
Estoy rendido y lleno de polvo. Esas malditas carreteras son una asquerosidad.
Buenas tardes, Betty.
—Escucha...
El
hombre se volvió a medias.
—¿Decías?
—¡Oh,
nada! Puedes continuar.
Len,
sin volverse ya, dijo con voz fuerte y vibrante:
—Betty,
he decidido marchar, pero hay algo que puede detenerme. Si me juras que jamás
volverás a ser una loca y consentida muchacha, lo pensaré. Fíjate bien —añadió
mirándola de frente—, aún te ofrezco una oportunidad. Si me confiesas tu cariño
y dejas de pensar en cosas raras, que no han existido más que en tu imaginación
de muchacha fastidiosa, no saldré jamás del palacio. De otra forma, me iré
mañana al amanecer. Te doy horas para pensarlo. Sé cómo eres, y cómo sientes no
es un secreto para mí. No ignoro tampoco que te has casado enamorada de mí y
que ese amor no sólo no fue en disminución, sino que, por el contrario,
aumentó. Así es que nada puede extrañarme. Pero he soportado demasiado y ahora
lo quiero todo o nada. Piénsalo bien. Es tu última oportunidad. Estoy cansado
de comedias y la verdad es que...
—Tú
no me quieres —dijo Betty, atajando.
—Lo
que yo siento es capítulo aparte. Tú piensa en lo que te he dicho y después
verás lo que pienso y siento yo.
Y
sin añadir otra palabra, la dejó sola.
Hacía
frío. La noche era oscura. Betty penetró en el salón de música y fue
directamente hacia el piano. Lo abrió y sin luz alguna acarició las teclas.
Desde
un ángulo del salón, los ojos de Len seguían todos sus movimientos.
El
Stabat de Rossini estremeció a Len, que se replegó y cerró los ojos para no
perder una nota. Betty se superó aquella noche. Nunca Len había oído nada más
puro ni mejor interpretado. Al fin, la música cesó y el cuerpo de la muchacha
fue sacudido por un convulso sollozo.
Se
puso en pie. Avanzó hacia ella.
—¿Qué
tienes? —preguntó, sereno.
Había
aprendido a disimular muy bien.
Betty
alió vivamente la cabeza y se puso en pie.
—¿Por
qué me espías? —preguntó a su vez, con ojos brillantes.
—Has
escogido música sagrada, Betty. ¿Qué te dice? ¿Por qué no tocas algo alegre?
¿Es que no lo sientes? Me gustarla verte contenta, ya que me quedan pocas horas
de estar a tu lado. Es consolador llevar un grato recuerdo de la mujer que
formó parte de la vida propia...
Betty
cruzó ante él. Hizo intención de alejarse. La mano de Len sujetó su brazo.
—¿Por
qué no me contestas?
—Déjame.
—Tu
lenguaje es muy reducido. Siempre escoges la misma expresión.
—Es
que no soy tan inteligente como tú.
—Tal
vez. Anda, toca algo alegre.
—No
deseo complacerte, Len.
—Entonces,
ya lo tienes pensado. ¿No crees más conveniente dominar tu maldito orgullo de
una vez y para siempre?
—Antes
tendría que saber lo que sientes tú.
—¿De
veras deseas saberlo? Es fácil demostrarlo. Ven.
Se
replegó hacia atrás. Lo miró interrogante. Len hizo caso omiso de aquella
mirada y la cogió por los hombros.
Y
antes de que Betty pudiera darse cuenta, la apretó en sus brazos y la besó
apasionadamente en la boca.
—Eso
siento —dijo muy bajito—. ¿Quieres saber más, Betty?
—Eso
lo haces con todas las mujeres —repuso Betty, con la lengua atragantada.
—¿Con
todas? Vamos, querida, sé menos cruel. Jamás he besado a una mujer de ese modo.
Ahora me alejaré para siempre.
Y
dando la vuelta la dejó sola.
Betty
se retiró a sus habitaciones.
Horas
y horas paseando de un lado a otro, con las manos apretadas sobre el pecho y el
corazón saltando locamente.
Faltaba
muy poco, cada vez menos. El reloj marcó las tres de la madrugada, las cinco,
las siete...
Era
la hora en que Len iba a marchar.
Se
miró a sí misma. Apretó la boca.
«Si
no fuera eso, no lo detendría. Tengo que decírselo, después que obre como
quiera. Mi deber es advertirle.»
Primero
indecisa, después resuelta, avanzó hacia la puerta de comunicación.
La
abrió. Len dormía plácidamente, sentado en una butaca con la cabeza echada
hacia atrás y el cigarrillo apagado entre los dedos de la mano, que caía
desmayadamente a lo largo del cuerpo.
¿Habla
pasado allí toda la noche? ¿Y el viaje? ¿No había dicho que se marchaba al
amanecer?
Las
maletas estaban colocadas al lado de la puerta. Betty las miró desolada. Se
marchaba, si, y ella no podría jamás...
¿Que
no podía? ¿No estaba locamente enamorada de él? ¿No tenía un corazón que sólo
palpitaba por el hombre que ahora abría los ojos y la miraba como inconsciente.
—¿Qué
sucede, Betty? —preguntó, como si lo tuviera todo olvidado.
Después
se puso en pie y miró el reloj.
—Dios
santo, son las siete de la mañana y yo tengo que coger el avión de California a
las dos de la tarde. Di que me preparen algo de comer, querida.
Betty
no se movió. Los ojos de Len interrogaron a Betty que estaba tan ciega que no
pudo ver la sonrisa humorística, llena de contenida ternura, que florecía en
los ojos del hombre. Sólo supo que Len se marchaba y tenía sin remedio, que
darle la noticia.
—Len,
antes de marchar quiero decirte una cosa.
—Si
es muy larga no podré esperar.
Betty
se estremeció de rabia.
—Es
corta —replicó fríamente, sintiendo cómo el corazón se le rompía—. Se reduce a
lo siguiente: voy a tener otro hijo.
—¿Quéee?
Brillaron
los ojos de Len con destellos de dulzura.
Pero
en seguida abrió la boca en amplia sonrisa, diciendo con indiferencia, al
tiempo de encoger los hombros:
—Es
lamentable, querida. Ya me pondrás un aviso de conferencia cuando venga al
mundo. Bueno, Betty, no puedo demorar por más tiempo mi partida. Voy a besar a
Len. Hay que decir al chófer que venga a recoger las maletas.
Hablaba
atropelladamente mientras se arreglaba ante el espejo.
Betty,
rebelde, como siempre, apretaba la boca con fuerza terrible. No podía llorar
allí. Sería vergonzoso.
Sin
embargo, un sollozo estranguló la garganta, y el cuerpo menudo de la joven se
precipitó sobre el lecho de su marido.
—Betty
—gritó éste, volviéndose y ocultando la chispa de satisfacción que iluminaba su
mirada.
Le
faltaba poco. Betty estaba a punto de claudicar.
—Es
ridículo que a estas horas te pongas así, querida mía.
—Eres
cruel —gritó ella entre sollozos.
—¿Cruel?
¿Qué quieres que haga?
Y
sin poder continuar volvió a llorar desesperadamente.
«Dilo
de una vez, rebelde —le aconsejaba una voz interior—. No continúes con esa
terquedad que nada te beneficia. Díselo. ¿No lo estás deseando? ¿Vas a dejarle
marchar sólo porque tu orgullo no quiere claudicar?»
—¡No!
¡Se lo diré! —gritó, poniéndose en pie—. ¡Oh, Len, tengo que decírtelo porque
de lo contrario seré la mujer más desgraciada del mundo! Tengo que decírtelo,
si. Te quiero. Con el alma, con la vida, con todo mi corazón, te quiero.
—¡Betty!
—Si,
Len, lo has conseguido. Jamás volveré a ser una loca, jamás una irreflexiva.
Haré lo que me mandes, pero no te marches. No podría soportar la soledad de
esta casa sin tu cariño.
Y
apretándose contra él, cruzó los brazos en torno al cuello querido y lo besó
apasionadamente en la boca con la entrega absoluta a la persona que amaba con
toda su alma.
—¡Mi
querida rebelde...! —murmuró Len, con una ternura que hasta entonces desconocía
él.
Betty
alzó los ojos y lo miró al fondo de las pupilas.
—No
me preguntes nada, Betty. Ya lo estás viendo palpablemente.
Luego
dio una patada a la maleta y soltó la risa, una risa franca, ancha y agradable.
—Estaban
vacías, Betty —dijo sin dejar de mirarla amorosamente—. Todo esto era una
comedia. Me la aconsejó Helen cuando les acompañé hasta Londres. Dijo que si te
quería de verdad, tenía que conquistarte así. Y tenía razón, pequeña rebelde.
—¿Se
lo dijiste?
—Lo
adivinó ella. Supo que te amaba con toda mi alma y quiso ayudarnos hasta el
fin.
—¡Dios
la bendiga!
—Mi
viaje a Londres fue para darte celos. Jamás intentaron que representara yo mi
propia novela. Aquella mujer era una mujer..., eso es. Mi salida nocturna fue
una comedia. Te vi partir y esperé que transcurrieran quince días sólo con
objeto de conquistar tu cariño.
—Y
lo has conquistado —dijo Betty, con aquella pasión que ahora se mostraba
incontenible—. Lo has conquistado para toda la vida.
La
reacción de Len fue también una revelación para Betty. Si ella sentía, el
hombre la superaba. Quedó inerte en aquellos brazos, inerte con un abandono
apasionado y enloquecedor.
—Ahora,
cuando tengas ganas de beber champaña —murmuró la voz bronca de Len—, lo harás
a mi lado, solos los dos.
—No
beberé champaña, Len; me darás tu cariño y me sentiré deliciosamente
embriagada.
La
respuesta de Len fue muda, pero tan elocuente, tanto, tanto que Betty creyó que
era transportada hacia un mundo irreal.
—Eres
toda mi vida, Len —murmuró con ahogada voz—. ¡Toda mi vida!
—¡Pequeña
rebelde!
Allá,
a lo lejos, aparecía el sol bañando las montañas, aún blancas de nieve.
—Toda
mi vida recordaré esta mañana.
—La
recordarás, Betty. Yo conseguiré que no la olvides.
Y
ella no la olvidó porque fue de una dulzura inefable...
Fin
Otra mujer en su vida (1983)
Historia incluida en el dueto “Otra mujer en su vida / Se casó
con otra”
Título Original: Otra mujer en su vida (1983)
Editorial: Bruguera S.A.
Sello / Colección: Corín Tellado 17
Género: Contemporánea
Protagonistas: Lennard “Len” Holt y Betty Walker

