Libro N°. 3081. Oro Oscuro. Feehan, Christin.
© Libro N°. 3081. Oro Oscuro. Feehan, Christin. Colección
E.O. Septiembre 3 de 2016.
Título original: © Oro Oscuro. Christin Feehan
Versión Original: © Oro Oscuro. Christin Feehan
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ORO OSCURO
Christin Feehan
Capítulo
Uno
-Joshua, ésta es una reunión de negocios muy importante-
advirtió Alexandria Houton a su hermano menor mientras estacionaba su
Volkswagen estropeado en el gran lote detrás del restaurante. Por un momento,
apoyó la mano sobre el pelo rizado del niño, mirando sus ojos brillantes. Una
ráfaga de amor la inundó instantáneamente, animándola y apartando a un lado sus
miedos y frustraciones, y su boca se curvó en una sonrisa-. Creces tan rápido,
Josh, que no sé por qué me repito. Pero ésta es mi única oportunidad de soñar
con un puesto como este. Sabes que necesitamos este trabajo, ¿verdad?
-Seguro, Alex. No te preocupes. Me quedaré por ahí atrás y
jugaré con mi camión-. Él sonrió abiertamente a su hermana, su único pariente
desde que la madre y el padre de ambos murieran en un accidente automovilístico
antes de su segundo cumpleaños.
-Siento que la niñera no pudiera ayudarnos. Ella estaba... hum,
enferma.
-Borracha, Alex- corrigió él solemnemente mientras recogía su
mochila y su juguete.
-¿Dónde oíste eso?- demandó ella, horrorizada de que un niño de
seis años supiera lo que era estar borracho. Salió del coche y cuidadosamente
alisó su único traje bueno. Le había costado el sueldo de un mes, pero
Alexandria lo había considerado como una inversión necesaria. Se veía a menudo
mucho más joven que sus veintitrés años y necesitaba desesperadamente la
seriedad que un traje sofisticado y caro podría brindarle.
Josh abrazó su juguete favorito, un raído camión con volquete
Tonka.
-Te oí decirle que se fuera a casa, que no era adecuada para
cuidar de mí porque estaba borracha.
Alexandria le había dicho específicamente al niño que fuera a su
cuarto. En lugar de eso, el chiquillo había permanecido cerca para escuchar a
escondidas. Él sabía que era una forma invaluable de adquirir la información
que Alexandria consideraba apropiada sólo para adultos. A pesar de eso,
Alexandria se encontró sonriendo ante su cara respingona y traviesa.
-¿Orejas grandes, eh?
Él pareció avergonzado.
-Está bien, pequeño camarada. Hacemos mejor las cosas nosotros
solos, ¿verdad?- dijo la joven con más confianza de la que sentía. Vivían en
una ratonera, una pensión frecuentada principalmente por prostitutas,
alcohólicos y drogadictos. Alexandria estaba aterrorizada por el futuro de
Joshua. Todo dependía de esa reunión.
Thomas Ivan, el genio creador del videojuego más vendido del
momento, salvajemente imaginativo y que trataba de vampiros y demonios, buscaba
un nuevo diseñador gráfico. Ivan había aparecido en la portada de casi todas
las revistas importantes del mercado. Y había estado lo suficientemente
intrigado con sus bocetos para solicitar una reunión. Alexandria sabía que era
talentosa; ahora, si él no la juzgaba sólo por su aspecto tan juvenil... Estaba
compitiendo con muchos de los diseñadores más experimentados.
Alexandria sacó su delgado portafolio del coche y tomó la mano
de Joshua.
-Esto podría tardar un rato. Tienes tus bocadillos en tu
mochila, ¿verdad?
Él asintió con la cabeza, sus rizos sedosos oscilando de arriba
abajo sobre su frente. Alexandria apretó el portafolio en su mano. Joshua lo
era todo para ella, su única familia, la razón para pelear tan duro para
mudarse a un barrio mejor, para tener un mejor nivel de vida. Joshua era un
niño listo, sensible y compasivo. Alexandria creía que merecía todo lo bueno
que la vida tenía para ofrecerle, y estaba decidida a proporcionárselo.
Lo condujo a través de la parte trasera del restaurante, rodeada
por una arboleda. Un camino conducía a los acantilados que miraban hacia el
océano.
-No te acerques a los acantilados, Joshua. Los bordes son
peligrosos. Pueden desmoronarse justo bajo tus pies, o podrías resbalarte y
caer.
-Lo sé, ya me lo dijiste-. Hubo un indicio de exasperación en su
voz-. Sé las reglas, Alex.
-Henry está aquí esta noche. Él cuidará de ti-. Henry era un
anciano sin hogar que conocía de su barrio y que a menudo pasaba la noche en la
arboleda tras ese restaurante. Alexandria frecuentemente le había dado comida y
dinero suelto y, lo más importante, respeto, y a cambio, Henry estaba siempre
dispuesto a hacerle favores.
Alexandria saludó con la mano al hombre delgado y encorvado que
en ese momento caminaba cojeando hacia ellos.
-Hola, Henry. Es tan amable de su parte hacer esto por mí.
-Tuvo suerte de toparse conmigo en el mercado hoy más temprano.
Iba a dormir bajo el puente esta noche-. Henry miró alrededor cuidadosamente,
con sus ojos azules descoloridos-. Han estado sucediendo algunas cosas extrañas
por los alrededores.
-¿Algunas pandillas?- preguntó Alexandria ansiosamente. No
quería a Joshua expuesto a los peligros o las presiones de ese tipo de vida.
Henry negó con la cabeza.
-Ni de lejos. Los polizontes no los dejarían entrar en este
lugar, por eso duermo aquí. Ni siquiera me dejarían a mí quedarme si lo
supieran.
-Entonces, ¿qué cosas tan extrañas han estado ocurriendo por
aquí?
Joshua tiró de su falda.
-Vas a retrasarte para tu reunión, Alex. Henry y yo estaremos
bien- insistió, percibiendo su preocupación. Se ubicó bajo un dosel de árboles,
sentándose con las piernas cruzadas en una roca al lado del débil camino que
conducía hacia los acantilados.
Con un crujir de rodillas, Henry se sentó a su lado.
-Correcto. Vaya, Alex-. Él ondeó una mano nudosa-. Nosotros
vamos a jugar con este buen camión, ¿verdad, chico?
Alexandria se mordió el labio, repentinamente indecisa. ¿Estaría
mal dejar a Joshua solamente con ese viejo agotado y con artritis para cuidar
de él?
-¡Alex!-. Como leyendo sus preocupaciones, Joshua la miró
furiosamente, su virilidad claramente insultada.
Alexandria suspiró. Josh era muy maduro para su edad, expuesto a
la vida sórdida que los rodeaba. Desafortunadamente, también estaba en lo
correcto: esa cita era importante. Después de todo, era por el futuro del niño.
-Gracias, Henry. Tengo una deuda con usted. Necesito este
trabajo-. Alexandria se inclinó para besar a Joshua-. Te amo, pequeño camarada.
Cuídate.
-Te amo, Alex- repitió él-. Cuídate.
Las familiares palabras la reconfortaron mientras se hacía
camino a través de los cipreses y alrededor de la cocina hacia los escalones
que conducían a la terraza suspendida por encima de los acantilados. Ese
restaurante era famoso por su vista de las olas que se estrellaban debajo. El
viento tiró de su pelo, estirado hacia atrás en un moño, rociándolo con sal y
gotitas de espuma de mar. Alexandria hizo una pausa en la puerta
intrincadamente esculpida, hizo una respiración profunda, levantó la barbilla,
y entró con un aire de confianza que su estómago revuelto desmentía.
La música suave, las luces de las arañas de cristal, y una selva
de bellas plantas daban la ilusión de dar un paso en otro mundo. El salón
estaba dividido en pequeños rincones privados, su chimenea enorme y con su
oscilante fuego dándole a cada espacio un aspecto cálido e íntimo.
Alexandria dirigió al maitre una sonrisa.
-Tengo una reunión con el señor Ivan. ¿Ha llegado?
-Por aquí- dijo el hombre con una mirada aprobatoria.
Thomas Ivan se atoró con su escocés mientras la hermosa
Alexandria Houton se acercaba a su mesa. A menudo concertaba sus citas en ese
acogedor restaurante, pero esa joven mujer era decididamente una mejora. Era de
pequeña estatura, delgada, pero con curvas llenas y piernas fabulosas. Sus
grandes ojos de color zafiro estaban bordeados de pestañas oscuras, su boca
exuberante y sexy. El pelo dorado estaba retorcido en un moño severo que
enfatizaba su estructura ósea clásica y sus pómulos altos. Varias cabezas empezaron
a seguir su progreso. Ella no se mostró consciente del caos que creaba, pero el
maitre parecía estar escoltando a la realeza. Había definitivamente algo
especial en esa mujer.
Thomas tosió para despejar su garganta y encontrar su voz. Se
levantó, estrechó la mano que ella le tendía, y privadamente sintió la oculta
satisfacción de su buena fortuna. Esa joven y bellísima criatura lo necesitaba.
Unos buenos quince años mayor que ella, con dinero, influencias y fama, él
podría afianzar o despedazar su carrera. Y tenía la intención de sacar provecho
de cada deliciosa posibilidad de esa posición tan favorable.
-Es agradable conocerlo, señor Ivan- dijo ella suavemente. Su
voz melodiosa jugó sobre la piel del hombre como el toque de unos dedos
sedosos.
-Lo mismo digo-. Thomas sostuvo la mano femenina un momento más
del necesario. La inocencia dulce en los ojos de ella hacía su natural
atractivo sexual aún más provocativo. Él la deseaba ferozmente y se afirmó en
su intención de tenerla.
Alexandria conservó sus manos asidas juntas en el regazo, de
manera que su temblor no dejara traslucir su nerviosismo. No podía creer que
estaba realmente sentada frente a un hombre genial como Thomas Ivan. Más aún,
siendo entrevistada para ocupar el puesto de la artista para su siguiente
proyecto. Era la oportunidad de su vida. Cuando él guardó silencio,
estudiándola fijamente, buscó algo educado y medianamente inteligente para
decir.
-Éste es un bello restaurante. ¿Viene aquí a menudo?
Thomas sintió brincar su corazón. ¡Ella estaba interesada en él
como hombre! ¿Por qué si no hacía la pregunta? Podía verse fría e intocable,
incluso débilmente arrogante, pero pescaba información sobre su vida privada.
Levantó una ceja y le dirigió su sonrisa cuidadosamente practicada, la que
siempre quitaba la respiración.
-Es mi restaurante favorito.
A Alexandria no le gustó la mirada repentinamente presumida de
sus ojos, pero sonrió de todos modos.
-Traje algunos bocetos conmigo. Una muestra de ideas y dibujos
del guión que sugirió para su siguiente juego. Veía tan claramente en mi mente
lo que describía... Sé que ha estado trabajando con Don Michaels para
NightHawks. Él es muy bueno, pero no creo que capture exactamente lo que usted
visualiza. Veo más detalles, más poder-. Al amparo de la mesa, Alexandria
retorció sus dedos entrelazados, pero trató de permanecer exteriormente serena.
Thomas se sobresaltó. Ella estaba absolutamente en lo correcto.
Michaels era un hombre conocido, con un gran ego haciendo juego, pero nunca
había entendido completamente la visión de Thomas. Sin embargo, el obvio
profesionalismo de Alexandria lo irritó. Se veía tan fría e intocable, y quería
hablar de negocios. Las mujeres usualmente se arrojaban sobre él.
Alexandria podía ver la irritación acumulándose en la cara de
Thomas Ivan. Clavó las uñas en sus palmas. ¿Qué había hecho mal?
Indudablemente, había sido demasiado directa: un hombre con su reputación
probablemente prefería un acercamiento más femenino. Necesitaba ese trabajo; no
podía empezar a enojarlo desde el principio. ¿Qué daño había en un ligero
flirteo? Ivan era un soltero rico, bien parecido, exactamente el tipo de hombre
por quien debería sentirse atraída. Suspiró interiormente. Nunca se había sentido
honestamente atraída por nadie. Por un tiempo, lo había atribuido a los hombres
insípidos de su barrio, a sus muchas responsabilidades con Joshua. Ahora, en
secreto, pensaba que podría ser verdaderamente frígida. Pero podía fingir si
tuviera que hacerlo.
El siguiente comentario de Thomas Ivan probó su teoría.
-No creo que debiéramos echar a perder nuestra cena con una
conversación de negocios, ¿verdad?- dijo él, esbozando una sonrisa encantadora.
Alexandria parpadeó para ahuyentar la imagen de una barracuda y
le dirigió una sonrisa suave y coqueta, permitiendo que su boca se curvara. Iba
a ser una noche larga.
Había negado con la cabeza cuando él había llenado su vaso de
vino y se había concentrado en su ensalada de gambas y la cháchara que parecía
hacer felices a sus citas ocasionales. Ivan se inclinaba hacia ella, tocando
frecuentemente su mano para enfatizar un punto.
Logró escapar una vez para verificar que Joshua estuviera bien.
Bajo el sol naufragante, encontró a Joshua y Henry jugando blackjack con un
estropeado mazo de naipes.
Henry le sonrió abiertamente, tomando con agradecimiento la
comida que había logrado sacar de contrabando, e hizo gestos con las manos para
alejarla.
-Estamos bien, Alex. Vaya a obtener ese trabajo que tanto
quiere- la instruyó.
-¿Está enseñando a Josh a jugar a las cartas?- demandó con un
fingido ceño severo. Ambos culpables rieron traviesamente, y fue todo lo que
Alexandria pudo hacer para no abrazar a Joshua contra sí.
-Henry dice que probablemente podría mantenerte yo a ti con esto
de jugar, ya que siempre gano- le dijo Joshua orgullosamente-. Él dice además
que nunca tendrías bastante para comprarme un buen perro alguna vez.
Alexandria se mordió los labios para ocultar al mismo tiempo su
diversión y su afecto abrumador.
-Bien, hasta que no seas un jugador de apuestas hecho y derecho,
me ocuparé de nuestro sustento. Así que mejor regreso adentro. Si ustedes,
chicos, tienen frío, hay una manta en la cajuela-. Le tendió las llaves del
coche a Joshua-. Cuida bien de esto. Si las pierdes, dormiremos al aire libre
aquí con Henry.
-¡Estupendo!- contestó Joshua, sus ojos azules bailando.
-Muy estupendo. De hecho, congelante- advirtió Alexandria-. Ten
cuidado. Seré tan rápida como pueda, pero este hombre no es muy cooperativo.
Creo que piensa que podría anotar esta noche-. Ella hizo una mueca.
Henry meneó un puño nudoso.
-Si le da algún problema, envíelo en mi dirección.
-Gracias, Henry. Ustedes, chicos, compórtense mientras trabajo-.
Alexandria giró y comenzó a hacer el camino de vuelta hacia el restaurante.
El viento tomaba velocidad, soplando el mar hacia la tierra,
escupiendo espuma a través del aire. La niebla estaba levantándose, amortajando
los árboles en blancas nubes melancólicas. Alexandria tembló, pasando sus manos
arriba y abajo por sus brazos. No hacía realmente mucho frío, pero el aura de
niebla y misterio era inquietante.
Negó con la cabeza para disipar el presentimiento de maldad
acechando detrás de cada árbol. Por alguna razón, tenía los nervios
especialmente de punta esa noche. Lo atribuyó a la enormidad de esa entrevista.
Tenía que obtener el trabajo.
Regresó al restaurante serpenteando a través de la selva de
arbustos plantados en macetas y las colgantes vides verdes.
Ivan se puso rápidamente de pie mientras ella se sentaba,
consciente de que era la envidia de los otros hombres en la estancia.
Alexandria Houton tenía una magia especial que lo hacía pensar en noches
calientes y pasión salvaje.
Él rozó con los dedos el dorso de la mano femenina.
-Tienes frío- dijo, su voz un poco ronca. Esa mujer lo hacía
sentir como un colegial cometiendo vergonzosos errores, mientras permanecía
esquiva, ligeramente arrogante, una sirena inalcanzable observándolo
retorcerse.
-Me desvié por un momento de mi camino de regreso del toilette,
y la noche era tan bella que no pude resistir mirar el océano. Parece estar un
poquito levantado-. Sus ojos parecieron sostener un millar de secretos, sus
pestañas largas aprisionando cada emoción tras ellas. Thomas tragó saliva y
apartó la mirada. Tenía que controlarse. Buscó profundo en su reserva de famoso
encanto y empezó a contar historias caprichosas para divertirla y agradarla.
Alexandria se esforzó por escuchar su conversación, pero era difícil
concentrarse en sus anécdotas acerca de cómo había hecho su brillante carrera,
sus muchas obligaciones sociales y la afanosa fila de mujeres persiguiéndolo
constantemente por su dinero. Empezaba a ponerse progresivamente más inquieta,
tanto, que sus manos comenzaron a temblar. Por un momento, sintió un escalofrío
de terror, como si unos dedos helados se hubieran desplegado alrededor de su
garganta. La ilusión fue tan real, que realmente levantó una mano hasta su
cuello para comprobarlo.
-Seguramente querrás una copita de vino. Es una excelente
cosecha- insistió Thomas, levantando la botella y llamando su atención de
regreso a él.
-No, gracias, rara vez bebo-. Era la tercera vez que lo decía, y
se resistió a preguntarle si tenía algún problema de audición. No iba a empañar
su mente con alcohol cuando esa entrevista significaba tanto. Nunca bebía
cuando conducía, y jamás con Joshua cerca. Su hermano había visto más que
suficiente ebriedad en los vestíbulos y en las aceras fuera de la pensión.
Alexandria le dirigió una sonrisa para sacar el aguijón a su
negativa. A medida que el camarero quitaba los platos, con decisión trató de
alcanzar su portafolios.
Ivan suspiró audiblemente. Por lo general a esas alturas las
mujeres actuaban sumisamente, pero Alexandria parecía inmune a su encanto,
fuera de su alcance. A pesar de todo lo intrigaba, y tenía que poseerla. Sabía
que ese trabajo era importante para ella, y usaría esa certeza si tuviera que
hacerlo. Presentía que esa mujer tenía un fuego interior encerrado tras su
sonrisa fácil y sus fríos ojos de color zafiro, y esperaba con ilusión
disfrutar un poco de sexo caliente, húmedo y ardiente con ella.
Pero en el momento en que Thomas vio sus bocetos, se olvidó de
satisfacer su ego y su lujuria. Alexandria había captado las imágenes de su
mente mejor de lo que sus propias palabras lo habían hecho. La excitación lo
atrapó, y casi babeó sin control sobre sus excepcionales dibujos. Era
exactamente lo que necesitaba para su nuevo juego. Era un concepto novedoso,
aterrador y difícil, y barrería con facilidad a la competencia. Su acercamiento
fresco e inventivo era precisamente lo que le hacía falta.
-Son sólo bocetos rápidos- dijo Alexandria suavemente-, sin
animación, pero espero que entienda la idea-. Olvidó que no tenía los mismos
gustos de Thomas Ivan mientras contemplaba la forma apreciativa en que él
miraba su trabajo.
-Tienes algo parecido a un don para los detalles. Tanta
imaginación… tanta técnica. Y, mirando esto, siento como si hubieras leído mi
mente. Realmente captas el sentimiento de vuelo aquí- dijo él, señalando con el
dedo. Quedó impresionado porque ella causara la sensación de encogerle el
estómago sólo con sus ilustraciones. ¿Qué podría hacer entonces con su conjunto
imponente de computadoras y programas de diseño?
Thomas estudió una escena, sintiendo como si realmente estuviera
ocurriendo. Era como si ella hubiera sacado una fotografía de un vampiro
atrapado en una batalla brutal. Era tan real que resultaba atemorizante. Sus
dibujos captaban el argumento de la historia y las imágenes de su mente tan
perfectamente, tan completamente, que al instante creaba entre ellos la
conexión que lo había estado eludiendo toda la noche.
Repentinamente Alexandria percibió el ligero roce de los dedos
de Thomas Ivan contra los de ella, consciente de la fuerza de sus brazos, la
anchura de sus hombros, la angularidad elegante de sus rasgos. Su corazón saltó
esperanzado. ¿Estaba realmente respondiendo a alguien físicamente? Era
asombroso que tener en común una misma pasión pudiera generar eso. Observó con
orgullo cómo el hombre admiraba abiertamente sus interpretaciones de las
criaturas de su imaginación.
Pero repentinamente un viento frío fluyó a través del
restaurante, llevando consigo la sombra del mal. Se arrastró sobre la piel de
Alexandria como gusanos a través de un cuerpo. La repulsión la atrapó, y ella
se recostó en su silla, pálida y temblorosa. Miró alrededor con cuidado. Nadie
más parecía advertir el aire de espesamiento, el hedor del mal. La risa y el
murmullo bajo de las voces conversando la rodeaban. Esa normalidad debería
haberla reconfortado, pero su inquietud sólo aumentó. Podía sentir las gotas de
sudor en su frente, bajando por el valle entre sus pechos. Su corazón latía
desbocado.
Thomas Ivan estaba demasiado distraído, ocupado en sus bocetos,
para advertir su desasosiego. Continuaba murmurando su aprobación, su cabeza
gacha, sus ojos deleitándose en la riqueza de sus dibujos.
Pero algo estaba mal. Terriblemente mal. Alexandria lo sabía;
siempre lo sabía. Lo había sabido en el mismo momento que sus padres habían
muerto. Lo sabía cuando tenía lugar un delito violento cerca. Sabía quién
negociaba las drogas, cuándo alguien mentía; simplemente sabía esas cosas. Y en
ese mismo momento, mientras los demás en el restaurante pasaban un agradable
rato, comían y bebían y hablaban, ella sabía que el mal estaba cerca, algo tan
maligno, que nunca habría concebido la existencia de tal ser.
Sus ojos hicieron un recorrido lento y cuidadoso de la vasta
estancia. Los clientes hablaban, comiendo imperturbables. Tres mujeres sentadas
en la mesa más cercana estaban riéndose escandalosamente, brindando entre sí.
La boca de Alexandria se quedó seca, su corazón martillando. Fue incapaz de
moverse o hablar, congelada de terror. En la pared detrás de Thomas Ivan, una
sombra oscura avanzó a rastras hacia adelante, comenzó a gravitar sobre el
cuarto, una aparición abominable aparentemente no vista por nadie más, sus
garras extendidas hacia ella, hacia las tres mujeres que conversaban con
animación. Alexandria se quedó perfectamente quieta, oyendo un cuchicheo
horrible en su cabeza, como el roce de las alas de un murciélago, emitiendo una
orden insidiosa, zumbando insistentemente, poderosa.
Ven a mí. Quédate conmigo. Déjame deleitarme en ti. Ven a mí.
Las palabras palpitaron en ella hasta que algo como pedazos de
vidrio roto parecieron perforar su cráneo. Las garras en la pared lejana se
abrieron, se extendieron, la cautivaron.
Una silla arrastrándose hacia su derecha rompió el hechizo.
Alexandria parpadeó, y la sombra se desvaneció en el eco de una risa maníaca.
Pudo moverse, voltear la cabeza hacia el sonido de dos sillas más arrastrándose
hacia atrás. Vio a las tres mujeres levantarse al unísono, lanzar dinero encima
de la mesa, y caminar en un repentino y extraño silencio hacia la entrada.
Alexandria quiso gritar a las mujeres que regresaran. No tuvo
idea de por qué, pero realmente abrió la boca para hacerlo. Su garganta se
cerró, y luchó por aspirar algo de aire.
-¡Alexandria!-. Thomas se levantó velozmente para ayudarla.
Estaba cenicienta, con diminutas gotas de sudor humedeciendo su frente-. ¿Qué
sucede?
Ciegamente, ella trató de guardar de un empujón sus dibujos en
el portafolio, pero sus manos temblaban, y los bocetos se derramaron a través
de la mesa y cayeron al piso.
-Lo siento, señor Ivan, debo irme-. Se puso de pie tan
abruptamente, que casi lo hizo caer hacia atrás. Su mente se sentía torpe y
espesa, como si algún aceite maligno se hubiera pegado a ella, y su estómago se
revolvió.
-Estás enferma, Alexandria. Déjame llevarte a casa-. Ivan trató
de recoger los preciosos bocetos y sostenerla por el brazo al mismo tiempo.
Alexandria sacudió con fuerza su brazo para liberarse, su único
pensamiento el de llegar a Joshua inmediatamente. Lo que fuera esa cosa
maligna, lo que fuera la criatura que acechaba en la noche, esas mujeres, Henry
y Joshua estaban en grave peligro. Estaba afuera. Rondando. Podía sentir su
presencia como una mancha oscura en su alma.
Giró y corrió, sin importarle las miradas curiosas o el
desconcierto de Thomas Ivan. Tropezó en las escaleras, atrapó la bastilla de su
falda, y oyó el rasgón. El dolor y el terror la desgarraban. Su pecho se sentía
como si hubiera estallado, su corazón roto y sangrante. Era tan real, que
agarró firmemente su pecho y se quedó mirando sus manos, esperando ver sangre.
No. La sangre de otra persona. Alguien estaba herido… o peor.
Alexandria se mordió el labio inferior lo suficientemente fuerte
como para lastimarse la piel. Ese dolor era real, y era sólo suyo. Le
posibilitó concentrarse para continuar andando. Lo que fuere, la criatura que
acechaba había encontrado una presa. Podía oler la sangre ahora, experimentar
las vibraciones persistentes, la secuela de violencia. Rezaba que no fuera
Joshua. Sollozando, se precipitó por el camino estrecho que serpenteaba
alrededor del edificio. No podía perder a Joshua. ¿Por qué lo había dejado
solo, simplemente con un anciano para cuidar de él?
Entonces se volvió consciente de la niebla. Densa. Espesa, como
la sopa. Pendía de los árboles como una extraña pared blanca. No podía ver a un
pie de distancia por delante de ella. Incluso se sentía pesada, como si se
estuviera abriendo paso entre arena movediza. Cuando trató de forzar aire en
sus pulmones, encontró casi imposible hacerlo. Necesitaba gritar por Joshua,
pero alguna intuición profunda la mantuvo silenciosa.
Quienquiera que fuera el maniático, disfrutaba del dolor y el
terror de otros. Ese era su clímax, su culminación. No podía permitirse
satisfacer sus apetitos macabros.
Andando a tientas cuidadosamente a través de los árboles,
literalmente se tropezó con un cuerpo.
-Oh, Dios mío- murmuró en voz alta, rezando que no fuera su
hermano. Acercándose, se percató de que el cadáver era demasiado grande. Frío e
inmóvil, yacía en un montón patético, lanzado hacia un lado como basura-.
Henry-. La tristeza fluyó mientras asía su hombro para voltearlo.
El horror aumentó cuando vio su pecho mutilado. El corazón del
anciano estaba literalmente desgarrado, expuesto y quieto. Alexandria se
tambaleó alejándose, se arrodilló y vomitó violentamente. Había heridas de
garras en el cuello de Henry, heridas que sólo un animal podía hacer.
La risa burlona llenó su mente. Alexandria se enjugó la boca con
el dorso de la mano. Ese loco depravado no se apoderaría de Joshua. Decidida,
avanzó instintivamente hacia los acantilados. Las olas se estrellaban
ruidosamente contra rocas dentadas debajo y el viento lanzándose a través de
los árboles le imposibilitaba oír nada.
Sin vista o audición, Alexandria avanzó firmemente, cada
instinto atrayéndola hacia el asesino demente. Tenía la impresión de que él
sabía que ella se acercaba y que estaba esperándola. También estaba segura de
que creía que la estaba controlando, ordenándole deliberadamente que fuera a
él.
A pesar del viento fuerte, la niebla permanecía pesada, pero
ahora, a través del espesor, percibió el vislumbre de más horror. Tres mujeres
vagamente familiares, las mujeres del restaurante, avanzaban poco a poco y con
dificultad hacia los acantilados. Eran las que habían estado en la mesa a su
derecha; habían salido poco antes que ella misma. Podía percibir que estaban en
algún tipo de trance, con la mirada fija arrobadamente en la silueta del hombre
al borde del acantilado.
Era alto y delgado, pero daba la impresión de gran fuerza y
poder. Su cara era hermosa, como la de un Adonis, su pelo largo hasta los
hombros y ondulado. Cuando sonrió, sus dientes fueron muy blancos.
Como un depredador. En el momento que el pensamiento entró en su
cabeza, la ilusión de belleza se fue, y Alexandria vio la sangre en las manos
de la criatura. En sus dientes y su barbilla.
La sonrisa encantadora era una mueca cruel que dejaba expuestos
sus atroces colmillos. Sus ojos, fijos en las tres mujeres, eran agujeros
negros resplandeciendo con un rojo fiero en la oscuridad.
Las mujeres sonreían tontamente, extendiendo las manos hacia él.
Cuando se movieron más cerca, él levantó una mano y apuntó al suelo.
Obedientemente, las tres cayeron sobre sus rodillas y gatearon sensualmente
hacia adelante, contorsionándose y gimiendo, desgarrándose la ropa. La niebla
ocultó el despliegue obsceno por un momento, y cuando se despejó otra vez,
Alexandria pudo ver que una de las mujeres había alcanzado al hombre y
serpenteaba alrededor de sus rodillas. La mujer se quitó de un tirón la blusa,
dejando expuestos sus pechos, tocándose sugerentemente, frotándose contra el
cuerpo del hombre, implorando y rogando que él la tomara, la usara. Una segunda
mujer alcanzó el borde del acantilado y se pegó a la cintura del hombre, con la
mirada fija hacia arriba provocativamente.
Alexandria quiso volver la espalda al horror que estaba a punto
de ocurrir con esos títeres humanos, pero divisó a Joshua caminando lentamente
hacia el hombre. No parecía advertir a las mujeres. No miraba ni a derecha ni a
izquierda, simplemente caminaba hacia adelante como en un estado de ensueño.
Un trance. Un trance hipnótico. El corazón de Alexandria golpeó
ruidosamente contra su pecho. En cierta forma, ese asesino había hipnotizado a
las mujeres y a Joshua. Respondían a su llamada como ovejas sin juicio. Su
cerebro trataba de analizar cómo habría logrado él hacer eso, al mismo tiempo
que se apresuraba a interceptar a Joshua antes de que pudiera alcanzar al
monstruo. Afortunadamente, Joshua se movía muy lentamente, casi como si
estuviera siendo jalado a regañadientes hacia adelante.
Aunque el velo grueso de niebla los distorsionaba, Alexandria
sintió el impacto de esos ojos hostiles y sobrenaturales mientras la criatura
inclinaba su cabeza hacia ella, su cuello ondulando como el de un reptil.
Mientras él la examinaba a través del espesor de la niebla,
aquellas alas de murciélago que había sentido antes golpearon contra su cráneo,
y los pedazos de vidrio roto la estacaron repetidas veces. La voz suave y
seductora murmuró insistentemente en su cabeza. Alexandria ignoró el dolor
latiendo en su mente y enfocó su atención en alcanzar a Joshua. No le daría a
ese monstruo la satisfacción de saber que estaba lastimándola.
Su mano intentó coger la camisa de su hermano. Los pies del niño
continuaron hacia adelante, pero ella plantó sus pies firmemente y lo sujetó a
pesar de todo. Envolviendo sus brazos alrededor del niño, confrontó al
monstruo, a no más de quince pies de distancia.
Él estaba en el mismo borde del acantilado, sus títeres humanos
adulándolo, ronroneando y mendigando su atención. Parecía no advertir a las
mujeres, su ser entero concentrado en Alexandria. Le sonrió, dejando al
descubierto sus colmillos.
Alexandria tembló ante la vista de la sangre de Henry en sus
labios y dientes. Ese loco había matado al simpático e inofensivo Henry.
-Ven a mí-. Él tendió una mano hacia ella.
Podía sentir su voz directamente a través de su cuerpo, tirando
de ella para que ejecutara su orden. Parpadeó rápidamente para mantener la
concentración en los regueros de sangre en sus manos y sus uñas como dagas.
Mientras clavaba los ojos en las garras, la voz vaciló en su belleza y cobró
una fealdad ruda y beligerante.
-Creo que no. Déjenos en paz. Me llevaré a Joshua conmigo. Usted
no puede tenerlo-. Habló con determinación, su columna vertebral tensándose,
sus ojos azules resplandeciendo de desafío.
Distraídamente, una de las manos de la criatura acarició
obscenamente a la mujer que se frotaba en su cintura.
-Únete a mí. Mira a estas mujeres. Me desean. Me adoran.
-Continúe engañándose a sí mismo-. Ella trató de dar un paso
atrás, pero Joshua se resistió a su esfuerzo. Alexandria apretó sus brazos para
impedirle avanzar, pero cuando lo arrastró hacia atrás un paso, él comenzó a
moverse agitadamente, obligándola a detenerse.
El monstruo en el acantilado arqueó una ceja.
-¿No me crees?-. Él fijó su atención en la mujer en su cintura-.
Ven aquí, mi amor. Deseo que mueras por mí-. Él ondeó una mano tras de sí.
Para horror de Alexandria, la mujer lamió su mano extendida, y,
sonriendo tonta y servilmente, se arrastró más allá de él.
-¡No!- gritó Alexandria, pero la mujer ya caía al vacío, hasta
el agua ávida y las rocas dentadas debajo. Mientras se quedaba sin aliento, él
levantó a la segunda mujer por el pelo, la besó de lleno en la boca y,
doblándola hacia atrás, hundió sus dientes horrendos en su cuello.
Los vívidos bocetos que Alexandria había bosquejado trabajando
en las historias de Thomas Ivan saltaban a la vida ante sus ojos. La criatura
se deleitó en la sangre rebosante de la garganta de la mujer, luego la echó a
un lado, sobre el acantilado, como si no fuera más que una concha vacía que
había encontrado en la playa. Deliberadamente, recorrió con su lengua gruesa y
lasciva sus labios untados de sangre en un despliegue grotesco.
Alexandria se encontró murmurando una oración, un cántico, una y
otra vez, mientras contenía la respiración. Lo que fuera esa criatura, era
peligrosa y demente más allá de la imaginación. Agarró más firmemente a Joshua
y lo levantó en el aire.
Él le dio una patada y peleó, emitió unos cuantos gruñidos y la
mordió. Alexandria logró retroceder dos pies más antes de que se viera forzada
a ponerlo en el suelo. Él permaneció quieto mientras ella no se moviera lejos
de su objetivo.
El monstruo levantó el cuello otra vez, se chupó los dedos y
sonrió odiosamente.
-¿Ves? Harán cualquier cosa por mí. Me adoran. ¿No lo haces tú,
pequeña?-. Él elevó a la última mujer sobre sus pies. Instantáneamente, ella se
enredó alrededor de él, frotándose sugerentemente, tocando y acariciando-. Sólo
quieres complacerme, ¿verdad?
La mujer comenzó a besarlo, pasando por su cuello, su pecho,
moviéndose más y más abajo, sus manos a tientas sobre los pantalones
masculinos. Él acarició su cuello.
-¿Ves mi poder? Y tú eres la que ha de unirse a mí, compartir mi
poder.
-Esa mujer no lo adora- protestó Alexandria-. Ha usado la
hipnosis para convertirla en un títere. No está en sus cabales. ¿Es eso lo que
llama poder?- clavó tanto desprecio como pudo en su voz trémula.
Un siseo bajo y mortífero escapó de la boca del monstruo, pero
él continuó sonriéndole.
-Quizá estás en lo correcto. Esta es inútil, ¿verdad?-. Siempre
sonriendo, siempre con la mirada fija en los ojos de Alexandria, el hombre
atrapó la cabeza de la mujer entre sus palmas y la retorció.
El crujido fue audible, y pareció vibrar directamente a través
del cuerpo de Alexandria. Temblaba tanto que sus dientes castañeteaban. Con una
mano, el monstruo hizo balancear en el aire el cuerpo quebrado de la mujer,
sobre el borde del acantilado. Ella pendió allí como una muñeca de trapo, su
cuello en un ángulo peculiar, una mujer una vez bella ahora convertida en una
concha vacía, sin vida. El monstruo la descartó sencillamente abriendo su mano
y permitiendo que cayera al agua insaciable de abajo.
-Ahora me tienes todo para ti- dijo él suavemente-. Ven a mí.
Alexandria negó con la cabeza violentamente.
-Yo no. No voy a ir a usted. Lo veo como es, no como hizo que
esas pobres mujeres lo vieran.
-Vendrás a mí, y por tu propia voluntad. Tú eres la única. He
explorado el mundo en busca de una como tú. Debes venir a mí-. Su tono era
suave, pero contenía un azote de advertencia, un siseo de orden.
Alexandria trató de dar un paso hacia atrás, pero Joshua estalló
en un frenesí gruñidor, pateando y mordiendo. Se detuvo otra vez e hizo más
firme su abrazo para impedir que escapara.
-Está enfermo. Necesita ayuda, un doctor o algo por el estilo.
No puedo hacer nada por usted-. Trataba desesperadamente de buscar una
escapatoria a esa pesadilla, rogando que alguien viniera. Un guarda de
seguridad. Alguien.
-No sabes lo que soy, ¿verdad?
Alexandria sentía su mente casi entumecida de terror. Había
pasado un tiempo considerable leyendo e investigando antiguas leyendas de
vampiros para trabajar en sus bocetos para Thomas Ivan. Y ese monstruo era el
epítome de esa criatura mítica, alimentándose de la sangre de otros, usando
trances hipnóticos para ordenar a la humanidad indefensa que obedeciera sus
malignas órdenes. Aspiró profundamente para calmarse, tratando de regresar al
mundo real. Seguramente eran la niebla y el viento, la noche oscura, sin
estrellas, y el choque extraño de las olas debajo lo que la hacía pensar lo que
posiblemente no podía ser. Ése era un sociópata del siglo veintiuno, no algún
personaje legendario de antaño. Debía mantenerse firme y no permitir al horror
de la noche dar pábulo a su imaginación.
-Creo que sé lo que piensa que es- dijo ella llanamente-, pero
la verdad es que es simplemente un asesino cruel.
Él se rió suave, malvadamente, como el roce de unas uñas sobre
una pizarra. Ella realmente sintió los dedos helados a lo largo de su piel.
-Eres como una niña escondiéndote de la verdad-. Él levantó una
mano y llamó a Joshua, sus ojos encendidos concentrados en la cara del niño.
Joshua luchó locamente, peleó y pateó, pegando mordiscos en los
brazos de Alexandria en su esfuerzo para liberarse.
-¡Déjelo en paz!-. Ella se concentró en sujetar a su hermano,
pero él era lo suficientemente fuerte en su condición de trance para
contonearse hasta quedar libre. Instantáneamente, él corrió hacia el monstruo
en el acantilado, abrazó sus rodillas, y contempló con adoración al hombre.
Capítulo Dos
El corazón de Alexandria se saltó un latido. Se enderezó muy
lentamente, su boca seca de terror mientras veía esas manos como garras
hundirse en los hombros de su hermano.
-Vendrás a mí ahora, ¿verdad?- inquirió el monstruo suavemente.
Alexandria levantó su barbilla temblorosa.
-¿Esto es lo que llama propia voluntad?-. Sus piernas se sentían
tan parecidas a la goma, que podría dar sólo unos pocos pasos hacia él antes de
que tuviera que detenerse-. Si usa a Joshua para controlarme, ir a usted no
será por mi propia voluntad, ¿verdad?- lo desafió.
Un siseo lento y largo escapó de él, y luego la criatura cogió a
Joshua por una pierna y lo sujetó sobre el borde del acantilado.
-Ya que te gusta tanto la libertad, eliminaré mi influencia
sobre la mente del niño para que él pueda ver, oír y saber qué ocurre-. Sus
colmillos rechinaron y chasquearon mientras pronunciaba las palabras en un tono
preciso y helado.
Sus palabras impulsaron a Alexandria hacia adelante otra vez.
Tropezó hasta quedar a un par de pies del monstruo, tratando de alcanzar a
Joshua.
-¡Oh, Dios mío, por favor, no lo deje caer! ¡Démelo!-. Había
dolor en su voz, miedo real, y eso alimentó la excitación del monstruo.
Él se rió suavemente mientras Joshua repentinamente volvía en sí
gritando, su cara contorsionada de miedo. Llamó a gritos a su hermana, sus ojos
fijos en su cara, su única salvación. El monstruo esquivó a Alexandria con una
mano mientras fácilmente sujetaba a Joshua sobre el acantilado con la otra.
Ella se obligó a sí misma a permanecer perfectamente quieta
frente al hombre.
-Simplemente démelo. No lo necesita. Es sólo un niño.
-Oh, pienso que es muy necesario para asegurar tu cooperación-.
El loco le sonrió y movió a Joshua de regreso a la relativa seguridad del borde
del acantilado. Ondeó una mano, y el niño cesó de pelear o gritar, otra vez
bajo el control demoníaco del hombre-. Te unirás a mí, te convertirás en lo que
yo soy. Juntos tendremos un poder como no puedes imaginar.
-Pero nunca he querido poder- protestó Alexandria, avanzando
ligeramente más cerca para tratar de arrebatarle al niño-. ¿Por qué dice que
soy quien ha estado buscando? No sabía que yo existía hasta esta noche. Incluso
ni siquiera sabe mi nombre.
-Alexandria. Es fácil leer la joven mente de Joshua. Insistes en
pensar en mí como un mero humano, pero soy muchísimo más que eso.
-¿Qué es?- Alexandria contuvo la respiración, asustada de su
respuesta, sabiendo que esa criatura era en cierta forma más que humana, era la
bestia poderosa de las leyendas. Podía leer las mentes, controlar a otros,
hacerlos sus esclavos aun a la distancia. Había arrancado el corazón de Henry.
Había roto el cuello de una mujer y agotado la sangre de otra directamente
frente a ella. Fuera lo que fuera, no era humano.
-Soy la pesadilla de la estúpida humanidad, el vampiro que ha
venido a deleitarse en los vivos. Tú serás mi novia, compartirás mi poder, mi
vida.
Lo dijo perfectamente serio, y Alexandria se sintió desgarrada
entre la necesidad de llorar y la risa histérica. Thomas Ivan no podría haber
escrito un diálogo más bizarro. Ese hombre creía lo que decía, y lo que era
peor, ella comenzaba a creerlo también.
-Ese... realmente no es mi estilo de vida-. Las palabras
salieron en un susurro ronco, y no pudo creer que estaba implorando por su
vida, por la vida de Joshua, con una respuesta tan absurda. ¿Pero cómo se
dirigía uno a esa clase de demente?
-¿Se te ocurre burlarte de mí y salir indemne?-. Las manos del
hombre se cerraron tan duramente sobre el hombro de Joshua, que ella podía ver
sus dedos casi encontrándose.
Ella negó con la cabeza, atorándose por un momento.
-No, es en serio. Me gusta el brillo del sol. Los vampiros
permanecen al amparo de la noche. Rara vez bebo vino, y mucho menos sangre.
Pero conozco un bar donde puede encontrar a montones de chicas que están
metidas en ese tipo de cosas. Van vestidas de negro y adoran al diablo y dicen
que beben la sangre de otros. Pero yo no. Soy extremadamente conservadora.
¿Cómo podía estar manteniendo una conversación tan extraña con
un asesino? ¿No había un guardia de seguridad alrededor? ¿No había encontrado
alguien todavía el cuerpo de Henry? ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Cuánto tiempo
podría distraerlo, mantener a esa criatura hablando?
La risa del hombre sonó llena de burla, baja e insidiosa.
-Nadie llegará a salvarte, mi amor. No pueden. Es un asunto
simple mantener a la distancia a los otros, tan fácil como atraerlos hacia mí.
-¿Por qué yo?
-Existen pocas como tú. Tu mente es muy fuerte, por lo que no
puedes ser controlada con facilidad. Eres una verdadera psíquica, ¿verdad? Esto
es lo que mi especie requiere en una compañera.
-No tengo ni idea de qué habla. Algunas veces sé cosas que otros
no- concedió ella, pasando una mano nerviosa por su pelo-. Sabía que estaban
aquí, si eso es lo que quiere decir-. Alguien tenía que venir y rescatarlos
pronto. Seguramente Thomas Ivan estaba buscándola-. Por favor, déjeme llevar a
casa a Joshua, a algún lugar seguro. Usted no lo necesita, sólo me necesita a
mí. Le doy mi palabra, regresaré mañana por la noche. Y si es tan poderoso,
siempre podrá encontrarme si no regreso-. Estaba desesperada por acercarse a
Joshua. Era terrible verlo tan exánime y sin vida, con los ojos vidriosos.
Quería tomarlo en sus brazos y sujetarlo junto a sí, mantenerlo a salvo, saber
que esa criatura nunca podría tocarlo otra vez. Si pudiera salvar a Joshua,
nada más tendría importancia.
-No puedo permitir que salgas de mi vista. Hay otros buscándote.
Debo quedarme cerca para protegerte todo el tiempo.
Alexandria frotó sus sienes martilleantes con sus palmas.
La criatura trataba de invadir su mente, y la constante lucha
para no dejarlo entrar se estaba volviendo muy dolorosa.
-Mire, señor... ¿cuál es su nombre, de todas maneras?
-¿Debemos ser educados y civilizados entonces?-. Él se reía de
ella.
-Sí, creo que eso sería más conveniente-. Su propio control se
desmoronaba, y ella lo sabía. Tenía que encontrar la manera de apartar a Joshua
de él. La vida de su hermano dependía de su ingenio para lograrlo o no.
Deliberadamente, clavó las uñas en sus palmas y se concentró en la sensación
para conservar el control.
-De acuerdo entonces, seamos civilizados. Soy Paul Yohenstria.
Vengo de las Montañas de los Cárpatos. Debes haber advertido mi acento.
Ella tendió sus brazos hacia su hermano, incapaz de detenerse.
-Déme a Joshua, por favor, señor Yohenstria. Es simplemente un
niño.
-Tú deseas que permanezca vivo, y yo deseo que me acompañes:
creo que podremos llegar a un convenio beneficioso para ambos. ¿No estás de
acuerdo?
Alexandria permitió que sus brazos vacíos cayeran a sus lados.
Estaba exhausta y asustada, y la cabeza le dolía terriblemente. En cierta
forma, él estaba aumentando su malestar, desgastando sus defensas con su embate
mental, la voz en su cabeza enloqueciéndola con su presión implacable.
-Iré con usted. Simplemente deje a mi hermano aquí.
-No, mi amor, no haré eso. Ven a mí ahora.
Ella fue a regañadientes. No tenía otra elección. Joshua era su
vida, lo amaba más que a nada en el mundo. Si él dejara de existir, no tendría
nada.
En el momento en que Yohenstria la tocó, se sintió enferma. Sus
dedos manchados de sangre se curvaron alrededor de la parte alta de su brazo, y
Alex podía ver la sangre coagulada bajo las uñas largas como dagas. La sangre
de Henry. Él permitió que Joshua descendiera al suelo, pero el niño simplemente
se quedó donde había caído.
-No necesita sujetarme. Simplemente quiero comprobar que Josh
esté bien- dijo Alexandria. El contacto con un ser tan maligno hacía que el
estómago se le revolviera, y temió volver a vomitar.
-Déjalo por el momento-. Los dedos del hombre se cerraron
herméticamente, como una tenaza, arrastrándola más cerca para que su cuerpo
hiciera contacto con el de ella. La muchacha podía oler su respiración fétida,
el perfume de sangre y de muerte. Su piel era húmeda, pegajosa y helada.
Alexandria luchó contra esa dominación, tratando de escapar,
aunque sabía que estaba indefensa en sus manos. Él se inclinó más cerca, hacia
su cuello, y su respiración, caliente y apestosa, tocó su piel.
-No lo haga. Oh, Dios mío, no lo haga- murmuró Alexandria, con
la voz casi fallándole. Si él la soltara caería con las rodillas dobladas por
la debilidad, pero él la sostuvo todavía más cerca mientras se inclinaba más.
-Tu Dios te ha abandonado- murmuró. Y sus dientes se cerraron
sobre su garganta, clavándose profundamente, un dolor tan intenso que todo se
arremolinó a su alrededor, negro como el carbón. Él la arrastró hacia sus
brazos y se deleitó tragando la sangre sustanciosa. Era pequeña, y casi la
aplastaba entre sus brazos mientras bebía. Ella podía sentir que los colmillos
se engarzaban en su cuerpo, conectándolos de alguna forma oscura y
desagradable. Su cuerpo se sentía débil y flojo; su corazón vaciló y se esforzó
mientras él continuaba drenándola. Sus pestañas se abatieron, e incluso
mientras se decía a sí misma que tenía que vivir para luchar por Josh, unos
puntos negros formaron remolinos y bailaron ante sus ojos, y ella cayó
impotentemente contra el alto y delgado cuerpo del vampiro.
Él levantó la cabeza, la sangre goteando desde un lado de su
boca.
-Y ahora debes beber para vivir-. Sus dientes desgarraron hasta
abrir su propia muñeca, y él la presionó contra los labios de la joven,
observando cómo su sangre contaminada goteaba en su boca.
Alexandria utilizó los restos de su debilitada energía vital
para evitar ingerir el líquido horrendo. Trató de voltear la cabeza, cerrar la
boca, pero el vampiro la sujetó fácilmente y forzó la bebida venenosa más allá
de sus labios, su mano acariciando su garganta hasta que ella tragó
convulsivamente. Pero él no reemplazó todo lo que había tomado, manteniéndola
débil deliberadamente, necesitándola lo suficientemente frágil para que lo
obedeciera.
Paul Yohenstria dejó caer a su víctima al lado de su hermano y
levantó su cara triunfalmente hacia la noche oscura, sin luna. La había
encontrado. Su sangre era caliente y dulce y su cuerpo joven y flexible. Ella
le proporcionaría lo que necesitaba para revivir sus emociones, hacerlo sentir
otra vez. Rugió su triunfo a los cielos y meneó su puño para desafiar a Dios.
Él había escogido perder su alma, ¿y qué importancia había
tenido después de todo? Había encontrado a ese ser especial, y ella podría
devolvérselo todo.
Los movimientos débiles e instintivos de la muchacha atrajeron
de nuevo su atención hacia ella. Alexandria gateó hacia Joshua y lo apretó
protectoramente contra ella. El vampiro gruñó celosamente. Muchos la querían,
pero ella era suya. No la compartiría con nadie. En el momento en que la
transformación fuera completa y ella dependiera de él, cuando fuera a él por su
propia voluntad, se desharía del mocoso. Se inclinó, cogió al niño por la
pechera y lo separó de ella.
Alexandria logró incorporarse, pero todo estaba dando vueltas,
haciéndole casi imposible mantener el equilibrio. Pero sabía indudablemente
dónde estaba Josh, y con absoluta seguridad comprendía que nunca le permitiría
compartir ese destino. Si esa criatura asesina realmente podía hacerlos como
él, la muerte era la mejor alternativa.
Sin ninguna advertencia se lanzó hacia adelante. Con los brazos
extendidos, atrajo a Joshua contra sí, y su impulso los arrastró por el borde
del acantilado. El viento subió rápidamente hacia ellos; el rocío de sal los
picó y purificó. Las olas alcanzaban gran altura para darles la bienvenida a
sus tumbas acuosas, rompiéndose como el trueno en las rocas dentadas justamente
debajo de la superficie.
Las garras la atraparon, las alas batiendo furiosamente, y la
respiración caliente y fétida presagió la llegada de su enemigo. Alexandria
gritó mientras las uñas se clavaban profundamente en ella y la criatura los
alejaba de su única salvación. Y sin embargo, no podía resignarse a dejar caer
a Joshua. Podría haber una oportunidad, un momento cuando su secuestrador no
estuviera observándolos, para ayudar a Josh a escapar. Enterró la cara en los
rizos rubios de su hermano y cerró los ojos, murmurándole que lamentaba no ser
lo suficientemente fuerte para permitirle la misericordia de la muerte mientras
ella continuaba con vida. Las lágrimas ardieron en su garganta, y se sintió
manchada por el mal del monstruo, sabiendo que él vivía dentro de ella ahora,
vinculándolos para siempre.
El lugar al que los llevó era oscuro, malsano y húmedo, una
caverna cavada profundamente en los acantilados, rodeados por el mar. No había
forma visible de escapar. Él lanzó sus cuerpos agotados desdeñosamente en la
arena mojada junto a la boca de la caverna, y se paseó agitadamente de aquí
para allá, tratando de controlar la cólera por la rebelión de la muchacha.
-Nunca harás nuevamente una cosa así, o haré que el niño sufra
un infierno diferente a cualquier cosa que alguna vez hayas imaginado. ¿Hablo
claro?- exigió él, elevándose sobre ella.
Alexandria trató de incorporarse. Su cuerpo se sentía destrozado
y débil por la pérdida de sangre.
-¿Qué es este lugar?
-Mi guarida. El Cazador no me puede rastrear, rodeado como estoy
por el mar. Sus sentidos se confunden cerca del agua-. Paul Yohenstria rió
severamente-. Ha derrotado a muchos de mi clase, pero no puede encontrarme.
Ella miró cautelosamente alrededor. Tan lejos como podía ver,
percibía sólo las olas encrespadas del océano. Los acantilados surgían
amenazadoramente por arriba, áridos, resbaladizos, pronunciados e imposibles de
escalar. Él los había atrapado con tanta seguridad como si los hubiera
encerrado en una cárcel. Y hacía frío, un frío helado. Temblaba al sentirlo. La
niebla caía ligeramente, y trató de cubrir el cuerpo de Joshua con el suyo para
protegerlo.
Sin embargo la marea empezaba a entrar, y la arena y los
guijarros frente a ellos estaban ya mojándose en el agua salada.
-No podemos quedarnos aquí. La marea está entrando. Nos
ahogaremos-. Le costó un gran esfuerzo hablar. Acunó la cabeza de Joshua en su
regazo. Su hermano parecía inconsciente de lo que ocurría, y estaba agradecida
por ello.
-La caverna serpentea hacia arriba dentro de la montaña.
Mientras más entremos, más seco estará-. Él inclinó la cabeza hacia un lado y
la evaluó con sus ojos sanguinolentos-. Tendrás un día ligeramente incómodo, mi
amor. Aún no confío lo suficiente en ti para permitir que te acerques mientras
duermo, pero tampoco puedo dejarte ir de un lado a otro sola. No creo que haya
una manera de que escapes, pero eres mucho más lista de lo que pensé. No me
dejas elección excepto encadenarte dentro de la caverna. Estará mojado, pero
estoy seguro de que resistirás.
-¿Por qué está haciendo esto? ¿Qué espera lograr? ¿Por qué no me
mata simplemente ahora?- demandó ella.
-No tengo intención de permitirte morir. Lejos de ello. Te
volverás como yo, poderosa e insaciable en todos nuestros apetitos. Dominaremos
juntos, seremos invencibles. Nadie jamás podrá detenernos.
-¿Pero no tengo que ir a usted por mi propia voluntad?- protestó
la joven precipitadamente. No había forma de que ella aceptara esa forma de
vida. No habría manera, a menos que usara la fuerza. No había una razón lo
suficientemente poderosa para convertirla en lo que él deseaba. Pero incluso
mientras pensaba eso, sintió a Joshua moverse en sus brazos.
El vampiro miró hacia abajo.
-Oh, lo harás, mi amor. Con el tiempo suplicarás por mi
atención. Te garantizo que lo harás-. Él se inclinó y la atrapó por un brazo,
arrastrándola hasta levantarla.
Incluso mientras se tambaleaba en las ráfagas de viento y el
rocío de sal, Alexandria se aferró a Joshua con cada gota de fuerza que poseía.
Paul negó con la cabeza.
-Para un humano, eres más fuerte de lo que deberías ser. Tu
mente es muy resistente al control o la persuasión. Un problema interesante.
Pero no pruebes demasiado mi paciencia, mi amor. Realmente puedo ser cruel
cuando me provocan.
Alexandria sintió un sollozo histérico fluyendo por su garganta,
estrangulándola. Si así demostraba la paciencia, si ése no era un ejemplo de su
crueldad, no quería considerar siquiera lo que era capaz de hacer.
-Alguien echará de menos a esas tres mujeres. Encontrarán sus
cuerpos. Encontrarán a Henry.
-¿Quién es Henry?- preguntó él suspicazmente, los celos
retorciendo sus rasgos.
-Debería saberlo. Usted lo mató.
-¿El viejo tonto? Se atravesó en mi camino. Además, te sentí en
el restaurante desafiándome, y necesitaba obtener tu atención. El viejo y el
niño te pertenecían. Sirvieron para mi propósito.
-¿Es por eso que lo mató? ¿Porque sabía que lo quería?-. El
horror de Alexandria se hacía más profundo, del mismo modo que sus entrañas
ardían por la sangre contaminada. Sentía como si alguien arremetiera con un
soplete en sus órganos internos, y su corazón se lamentó por el querido y dulce
Henry.
-No puedo permitir que existan vestigios de tu antigua vida que
divida tus lealtades. Tú me perteneces. Sólo a mí. No te compartiré.
El corazón de la joven martilleó, e involuntariamente asió a
Joshua más cerca. El vampiro iba a matar a su hermano a la larga. No tenía
intención de conservar al niño en sus vidas. Tenía que encontrar la manera de
que Joshua escapara. Se tambaleó otra vez y habría caído, pero Yohenstria
extendió la mano y atrapó su brazo.
-La luz no entrará tan lejos en la caverna para que tu piel
arda. Ven, vayamos dentro antes de que el amanecer llegue.
-¿No puedo estar bajo el sol?
-Te quemarías fácilmente. Pero no te has transformado
completamente aún-. Cruelmente, sin preocuparse de que ella estuviera tan
débil, la arrastró, todavía aferrada a Josh, dentro de la desolación de la
caverna.
Alexandria cayó varias veces, las olas que entraban saltando por
encima de su ropa. Él continuó caminando, obligándola a avanzar, algunas veces
arrastrándola tras de sí. Ella mantuvo a Joshua cerca, tratando de volcar una
parte de su calor corporal en la figura temblorosa del chiquillo: el niño
estaba terriblemente quieto, un peso muerto en sus brazos. Alex trató de
pensar, pero su cerebro estaba demasiado pesado, y necesitaba desesperadamente
acostarse.
Unas pocas yardas dentro de la caverna, el vampiro se detuvo y
la empujó contra el muro de rocas, donde una cadena gruesa y una manilla
estaban fijadas con pernos. Ella advirtió, mientras él apretaba las esposas
alrededor de sus muñecas, que el acero estaba manchado de sangre. Evidentemente
había llevado a más de una víctima a ese lugar para conservarla en espera de su
placer. El metal hería su piel suave, y ella se dejó caer al suelo, sin
importarle el agua que se derramaba en su regazo y luego se retiraba en su
ciclo interminable. Apoyó su espalda contra la pared del acantilado y alcanzó a
acunar a su hermano entre sus brazos, todo el tiempo temblando, con los dientes
castañeteando.
El vampiro se rió suavemente.
-Descansaré ahora. Temo que pronto se volverá difícil para ti
hacer lo mismo-. Él le volvió la espalda y caminó a grandes pasos, alejándose,
su risa burlona haciendo eco tras de él.
En su regazo, Joshua repentinamente se movió, se incorporó, y
frotó sus ojos. Con el vampiro habiéndolo liberado del trance, gritó y se
sujetó con fuerza a Alexandria, aferrándose a ella.
-Él mató a Henry. Lo vi, Alex. ¡Es un monstruo!
-Lo sé, Josh, lo sé. Siento tanto que hayas visto una cosa tan
terrible-. Ella frotó su mejilla sobre sus rizos-. No voy a mentirte. Estamos
en problemas. No estoy segura de que nos podamos librar de esto-. Sus palabras
estaban mal articuladas, sus párpados se cerraban por propia voluntad-. El agua
sube, Josh. Quiero, mientras puedas, que muy cuidadosamente mires alrededor y
veas si hay una saliente en la que puedas trepar para estar a salvo.
-No quiero dejarte. Tengo miedo.
-Lo sé, pequeño camarada. Yo también. Pero necesito que seas muy
valiente y hagas esto por mí. Mira lo que puedes encontrar.
Una ola entró rápidamente, un chorro de agua que la roció de sal
y mar salpicando su barbilla, y luego se retiró en una alfombra de espuma.
Joshua gritó por el miedo y estiró sus brazos alrededor del cuello de su
hermana.
-No puedo hacer eso, Alex. Realmente no puedo.
-Prueba ir fuera de la caverna y encontrar un lugar donde el
agua no pueda acercarse a ti.
Él negó con la cabeza tan inflexiblemente, que sus rizos rubios
rebotaron.
-No, Alex, no te dejaré. Tengo que quedarme contigo.
Alexandria no tuvo la energía para discutir. Tenía que
concentrarse mucho simplemente para pensar.
-De acuerdo, Josh, no te preocupes-. Se afirmó contra la pared y
logró levantarse. Así, el agua llegaba sólo por sobre sus pantorrillas-.
Podemos hacer esto juntos. Miremos alrededor.
Era casi imposible ver cualquier cosa en el interior sombrío de
la caverna, y el sonido del agua estrellándose en las rocas era como un trueno
en sus oídos. Temblaba incontrolablemente, y sus dientes castañeteaban tan
fuerte, que temió que pudieran hacerse pedazos. La sal se endureció en su piel
y su pelo; la herida en su cuello ardió. Tragó con dificultad e hizo un intento
para no llorar. La única concavidad que podría sostener a Joshua estaba
demasiado lejos por encima de su cabeza. Si fuera más alta podría haberlo
empujado desde abajo, pero ni los dos juntos posiblemente podrían alcanzarlo.
La fuerza de la siguiente ola casi elevó a Joshua sobre sus
pies. Él intentó aferrarse a las caderas de Alexandria y se mantuvo quieto.
Ella cerró sus ojos y se apoyó contra la pared.
-Tienes que permanecer de pie tanto tiempo como soportes, Josh,
y luego te levantaré tan alto como pueda. Más adelante, te pondremos en mis
hombros, ¿de acuerdo? No será tan malo-. Hizo lo mejor que pudo para sonar
animada.
Joshua se veía asustado, pero asintió con la cabeza
confiadamente.
-¿Ese hombre va a regresar y matarnos, Alexandria?
-Regresará, Josh, porque quiere algo de mí. Si puedo mantenerme
fuerte, eso nos podría dar algo de tiempo para deducir cómo salir de este lío.
Él la contempló solemnemente.
-Cuando te mordió, Alex, lo podía oír riéndose en mi mente. Dijo
que iba a hacerte matarme personalmente. Que una vez que fueras como él,
querrías matarme porque estaría en tu naturaleza. Dijo que tomarías toda la
sangre de mi cuerpo-. Él la abrazó más apretadamente-. Sabía que no era cierto.
-Buen niño. Eso es parte de su plan, para que nos tengamos miedo
el uno al otro. Pero somos un equipo, Josh, nunca olvides eso. Pase lo que
pase, sabes que te amo, ¿verdad? Pase lo que pase-. Ella colocó su cabeza sobre
la de él y dejó que las olas rodaran alrededor de sus piernas. Estaba tan
cansada y débil que no estaba segura de poder llegar al final del día, y mucho
menos enfrentar al vampiro otra vez. Rezó silenciosamente, repetidas veces,
hasta que las palabras se arremolinaron en su mente y fue imposible pensar.
La luz entraba a raudales a través de la entrada de la caverna
cuando los gritos frenéticos de Joshua la despertaron mientras dormía de pie.
El agua daba lengüetadas en el pecho del niño, literalmente levantándolo sobre
sus pies. Estaba aferrado a su pierna, tratando de no ser arrastrado por el
oleaje que batía.
-Estoy despierta, Josh. Lo siento- murmuró. Estaba exhausta y
casi demasiado débil para permanecer de pie. La luz lastimaba sus ojos, y el
agua salada irritaba su piel. Aspirando profundamente, levantó a Joshua en sus
brazos, en un intento de protegerlo del mar ascendente.
No había forma de que pudiera sujetarlo por mucho tiempo, pero
el calor de él junto a ella les brindaba a ambos un cierto consuelo. Algo
grande chocó contra su pierna, llevado por una ola. Se estremeció y sujetó a su
hermano más apretadamente.
-Está tan frío-. Joshua se estremecía, tan empapado como ella.
-Lo sé, pequeño camarada. Trata de dormir.
-Duele, ¿verdad?
-¿Qué?-. Una ola la aplastó ruidosamente contra la pared, y casi
perdió a Joshua.
-Donde te mordió. Gemías mientras dormías.
-Duele un poquito, Josh. Voy a tratar de elevarte hasta mis
hombros. Tendrás que subir a gatas tú mismo, ¿de acuerdo?
-Puedo hacer eso, Alex.
Estaba tan débil que las olas la hacían rebotar contra el muro
de rocas, pero de alguna forma Joshua logró subir sobre sus hombros. Su peso
casi la hizo caer de rodillas, y su pelo, desde hacía tiempo ya desmadejado de
su moño, quedó atrapado bajo las piernas del niño, lastimándola. Pero no
protestó. Simplemente permaneció de pie por la vida de la persona que amaba. El
agua se levantaba a velocidad constante, hasta su cintura ahora, en un asalto
despiadado. Sus muñecas ardían por el agua salada, la herida de su cuello en
carne viva, y las entrañas débiles. Podía sentir cosas rozándose contra sus
piernas, mordiscando su piel. Era demasiado horrendo, pero Alexandria estaba
decidida a mantener su voluntad fuerte por su hermano.
-Podemos hacer esto, ¿verdad, Josh?- dijo ella.
Él recostó su peso contra la pared y envolvió un brazo a través
de la cadena gruesa que la sujetaba para ayudar a balancearlos ante el
constante golpeteo del mar.
-Sí, podemos, Alex. No te preocupes. Voy a hacer algo para
salvarnos de esto-. Sonaba muy decidido acerca de eso, muy firme.
-Sabía que lo harías-. Ella cerró sus ojos otra vez y trató de
descansar.
Alexandria continuó en un estado de duermevela, arrebatando unos
cuantos momentos al sueño aquí y allá. La sal que la salpicaba era despiadada,
desollando la piel de su cuerpo. Tenía sed, y las ampollas empezaron a formarse
en sus labios inflamados.
Por fin el agua comenzó a retirarse, y el embate interminable
disminuyó. Joshua tuvo que descender por sí mismo; Alex ya no podía levantar
sus brazos. Como ella había sugerido más temprano, el chiquillo exploró fuera
de la caverna para estudiar su prisión. Alexandria usualmente tenía un millón
de reglas de seguridad para que siguiera, pero esta vez simplemente lo observó
con ojos vidriosos.
Él examinó las paredes del acantilado para encontrar un lugar al
que pudiera treparse, pero eran demasiado pronunciadas y resbaladizas. Tenía
mucha sed, así que buscó un lugar donde el agua dulce pudiera bajar corriendo
por la pared de roca, pero no pudo ver nada. El sol se sentía bien en su piel
fría y mojada, y se acostó en la arena para secar sus ropas y calentarse.
Alexandria se tambaleó y se golpeó la cabeza contra el muro de
rocas. Se despertó sobresaltada, con la mirada fija salvajemente alrededor de
ella. ¡Joshua! ¡No estaba! ¡Se había quedado dormida y las olas se lo habían
arrebatado! Forcejeó para ponerse de pie, luchando contra las cadenas en sus
muñecas, y llamó a gritos a su hermano.
Su voz era ronca, casi inexistente, y se rehusó a ir más allá de
la boca de la caverna. La magra luz del sol que se filtraba quemaba sus ojos,
quemaba su piel, pero tiró y tiró de las cadenas, gritando una y otra vez por
Joshua.
Cuando Joshua entró corriendo a la caverna y llegó a su lado, la
joven estaba acuclillada contra la pared, sollozando.
-¿Qué sucede, Alex? ¿Regresó ese hombre y te lastimó otra vez?
Alexandria levantó la cabeza lentamente. Joshua tocó sus muñecas
sangrantes.
-Él regresó, y yo no estaba aquí para protegerte.
Ella permaneció con la mirada fija en él a través de sus
lágrimas, incapaz de creer que era realmente su hermano y no alguna invención
de su imaginación. Lo asió, abrazándolo apretadamente, y pasó sus manos sobre
él para asegurarse de que estaba ileso.
-No, el hombre no regresó. No creo que pueda, con el sol tan
alto.
-¿Debería ir a mirar? Puedo moverme furtivamente-. La luz del
sol lo hacía sentirse más valiente.
-¡No!- Alexandria apretó una mano alrededor de su brazo-. No te
atrevas a ir cerca de ese hombre-. Se limpió los labios abotagados con la
manga. Las ampollas explotaron y comenzaron a sangrar-. ¿Hay alguna forma de
que salgas? ¿Puedes trepar por el acantilado?
-No, no hay sitios donde apoyar mis pies en ninguna parte. No
hay siquiera un buen escondite. Todavía no he visto más adentro de la caverna.
Tal vez haya un camino hasta el final.
-No quiero que intentes eso, Josh. No podré ayudarte si él te
encuentra allí dentro-. No estaba segura si Paul Yohenstria realmente era un
vampiro, pero cualquier cosa que fuera, Joshua con toda seguridad no podría
manejarlo. Tuvo una visión del niño de seis años encontrando al vampiro dormido
en un ataúd. ¿Realmente pasaban la noche en ataúdes?
-Pero estás realmente herida, Alex, puedo verlo. Y él va a
regresar aquí. Por eso te sujetó con cadenas, así puede regresar y lastimarte
más-. Él sonaba cercano a las lágrimas.
-Está muy enfermo, Josh-. Ella tocó con el pulgar una lágrima de
su cara, luego besó la parte superior de su cabeza-. Podríamos tener que fingir
un poco frente a él. Piensa que soy la mujer con la que quiere casarse. ¿No es
eso tonto, cuando ni siquiera nos conocemos? Pero creo que tiene algo mal en la
cabeza, tú sabes, algo equivocado en su cerebro.
-Creo que es un vampiro, Alex, como en la TV. Dijiste que no
existían de verdad, pero creo que estabas equivocada.
-Tal vez. Honestamente ya no lo sé. Pero somos un equipo duro de
vencer, Josh-. Realmente estaba tan débil que ya no podía permanecer de pie e
incluso no se molestaba en hacer un intento. Si el vampiro regresara en ese
mismo momento, tendría una cosecha demasiado fácil-. Creo que somos demasiado
listos para él. ¿Qué piensas tú?
-Pienso que va a comernos- dijo Josh honestamente.
-Él dijo algo acerca de un Cazador. ¿Lo oíste decir eso? Hay
alguien cazándolo. Podemos mantenernos firmes hasta que el Cazador lo
encuentre-. Estaba tan exhausta que sus ojos se cerraban otra vez.
-Estoy asustado, Alex. ¿Crees que el Cazador vendrá antes de que
el vampiro se despierte y nos mate?-. El labio inferior de Joshua se estremecía
junto con su voz.
Ella hizo un esfuerzo supremo para despertarse.
-Él vendrá, Josh. Espera y verás. Llegará por la noche, cuando
el vampiro menos lo espere. Tendrá el cabello rubio como tú. Será grande,
fuerte y poderoso, como un felino de la selva-. Casi podía ver en su mente el
héroe que trataba de crear para su hermano.
-¿Es más poderoso que el vampiro?- preguntó Joshua
esperanzadamente.
-Mucho más- dijo ella con firmeza, tejiendo un cuento de hadas
para el niño, queriendo creerlo ella misma-. Es un guerrero mágico con
brillantes ojos de oro. El vampiro no podrá soportar mirarlo porque se verá
reflejado en esos ojos ardientes y se asustará de su propia apariencia
desagradable.
Hubo un silencio pequeño, y luego Joshua tocó su cara con las
puntas de los dedos.
-¿De verdad, Alex? ¿Vendrá el Cazador de verdad y nos salvará?
No vio ningún mal en darle esperanza.
-Simplemente tenemos que ser valientes y fuertes. Él vendrá por
nosotros, Joshua. Lo hará. Nos mantendremos juntos y seremos más listos que ese
viejo vampiro-. Sus palabras estaban mal articuladas, y con su bajo suministro
de sangre, la temperatura de su cuerpo caía, sus fuerzas cediendo rápidamente.
Alexandria no sabía cómo podría sobrevivir hasta el anochecer siquiera. Sus
pestañas flotaron suavemente hacia abajo otra vez, tan pesadas que no hubo
forma de levantarlas.
Joshua no quiso decírselo a su hermana, pero se veía terrible.
Horrible, incluso. Su boca estaba hinchada y negra. La sal blanca cubría su
piel, dándole una apariencia monstruosa. El pelo le colgaba en hebras
blanco-grisáceas alrededor de la cara, e incluso él no podía decir su color
natural. Sus ropas estaban rotas y llenas de surcos blancos, y sartas de algas
marinas pendían de su falda y sus harapientas y rotas medias de naylon. Sus
piernas tenían centenares de gotas de sangre donde algo había mordido su piel.
Incluso su voz sonaba chistosa, y el cuello se le veía inflamado y en carne
viva, pero Alexandria no parecía advertirlo. Josh estaba asustadísimo. Se sentó
a su lado, tomó su mano y esperó mientras el sol lentamente caía del cielo.
Alexandria fue consciente del momento en que el sol se ocultó.
Sintió un temblor inquieto en la Tierra y supo inmediatamente que el vampiro se
había levantado. Puso un brazo alrededor de los hombros de Joshua y lo atrajo
más cerca de ella.
-Ya viene- murmuró la muchacha suavemente en su oreja-. Quiero
que vayas fuera de la caverna, te quedes muy quieto y permanezcas fuera de
vista. Él tratará de usarte contra mí, tratará de lastimarte de algún modo. Tal
vez te olvidará si permaneces donde no pueda verte.
-Pero, Alex...- protestó él.
-Necesito que hagas esto por mí, cariño. Quédate muy quieto, no
importa lo que suceda-. Lo besó rápidamente-. Ahora vete. Te amo, Josh.
-Te amo, Alex-. Él corrió fuera de la caverna y se presionó
contra la pared del acantilado.
Alexandria lo observó ir con ojos preocupados. La marea
comenzaba a entrar de nuevo, y él tenía sólo seis años de edad. Entonces,
aunque no oyó ningún sonido, repentinamente supo que el vampiro la observaba.
Volteó su cabeza y encontró su mirada fija.
-Luces un poco peor con ese atuendo- la saludó él sociablemente.
Ella permaneció quieta, simplemente mirándolo. La sonrisa
grotesca del hombre se desperezó a través de su cara. Él cruzó la distancia que
los separaba y, levantando sus muñecas, las examinó. Atrajo una hacia su boca
y, con la mirada fija en sus ojos, lamió la sangre de las dolorosas heridas.
Alexandria se sobresaltó visiblemente, tratando de quitar su
mano de un tirón. Él tensó su asimiento hasta que amenazó aplastar el hueso.
-Quieres que te suelte, ¿verdad?
Se obligó a sí misma a permanecer quieta y resistir su horrendo
contacto. Cuando las esposas cayeron al suelo, luchó para ponerse de pie.
-¿Deseas abandonar este lugar?- preguntó él suavemente.
-Sabe que sí.
Él atrapó su cuello con una mano en forma de garra y la movió de
un tirón hacia su cuerpo.
-Tengo hambre, mi amor, y te toca el turno de escoger si el niño
vive otra noche o muere.
Ella no tuvo fuerzas para oponerse a él, e incluso ni lo
intentó. No pudo evitar el grito de dolor que escapó de sus labios mientras
esos colmillos se hundían profundamente en su cuello. Él emitió gruñidos a
medida que se alimentaba, su puño en el pelo enmarañado de la joven para
sujetarla incluso mientras bebía codiciosamente. Alex sabía que su vida se
desvanecía, agotándose a través de su garganta. Sufría por la pérdida de sangre
y la hipotermia, pero nada parecía tener importancia.
Yohenstria la sintió derrumbarse contra él y tuvo que recogerla
en sus brazos para impedir que cayera. El corazón de la joven latía
erráticamente, su respiración poco honda. Había tomado demasiado otra vez. Sus
dientes desgarraron su propia muñeca, y la sujetó duramente sobre la boca de la
muchacha, forzando el líquido oscuro en su garganta. Aun con su vida en
peligro, Alexandria se opuso a él. El vampiro no podía cautivar su mente y
forzarla bajo su completo control. Aunque podía obligarla a tragar una parte de
su sangre contaminada, sabía que era únicamente porque ella estaba cerca del
colapso completo. A pesar de todo, cada vez que él la obligaba a alimentarse,
la llevaba un poco más a su mundo tenebroso. Ella no moriría; no lo permitiría.
Tenía que obligarla a aceptar más sangre para mantenerla viva.
Pero mientras pensaba en ello, sintió la perturbación, la
amenaza en el aire. Un siseo lento escapó de sus labios, y giró su cabeza
lentamente.
-Nos han encontrado, mi amor. Ven, verás cómo es el Cazador. No
hay nada como él en este mundo. Es implacable-. Paul Yohenstria medio cargó,
medio arrastró a Alexandria desde la caverna hacia el aire de la noche.
A su alrededor las olas colisionaban contra orilla, escupiendo
hacia arriba su rocío blanco, y la espuma del mar bañaba las paredes del
acantilado. El vampiro apartó de un empujón a Alexandria haciéndola caer al
suelo y se colocó en la mitad de la playa abierta, sus ojos escudriñando el
cielo.
Alexandria gateó a través de la arena para alcanzar a Joshua. El
niño estaba acuclillado a la sombra de una roca, meciéndose de aquí para allá,
tratando de consolarse. La muchacha se arrastró hasta su lado y se colocó entre
él y el vampiro. Algo terrible estaba a punto de suceder. Podía sentir el aire
espesándose alrededor de ellos. El viento formaba remolinos, y la niebla cubría
la cala.
Hubo una ráfaga de movimiento en alguna parte de la niebla
densa, y el vampiro gritó, un sonido alto y lleno de miedo y furia. El corazón
de Alexandria casi se detuvo. Si el vampiro estaba tan asustado, lo que fuera
que estuviera allí era algo de lo que ella se aterrorizaría también. Atrajo a
Joshua contra su cuerpo, cubriéndole los ojos con las manos. Se mantuvieron
juntos, temblando.
Fuera de la niebla, un enorme pájaro dorado pareció
materializarse. Entró en la playa tan rápido que pareció un borrón, las garras
extendidas, los ojos dorados brillando intensamente. La espesa niebla se
arremolinó y se separó para revelar una figura mitad humana, mitad pájaro.
Alexandria reprimió un grito propio.
Luego la criatura se convirtió en un hombre, enorme, alto y
pesadamente musculoso, con brazos protuberantes y un pecho macizo. Su pelo era
largo y rubio, fundiéndose en el viento. Su cuerpo se movía con fluidez ágil,
como un felino de la selva acechando a su presa. Su rostro estaba en sombras,
pero Alex podía ver sus ojos como oro derretido inmovilizando al vampiro con su
intensidad.
-Entonces, Paul, nos encontramos al fin de cuentas-. La voz era
bella, una onda de notas tan puras, que el tono pareció rezumarse hasta la
misma alma de Alex. Él permanecía de pie, alto y relajado, la reencarnación
perfecta de un guerrero vikingo-. He tenido mucho trabajo limpiando las
porquerías que has hecho en mi ciudad. Tu desafío era realmente muy claro. No
podía hacer otra cosa que complacerte.
El vampiro retrocedió, poniendo más espacio entre ellos.
-Nunca te desafié. Mantuve mi distancia-. Su voz era tan mansa
que Alexandria se quedó helada. Ese Cazador era una fuerza tan enorme a ser
confrontada que provocaba terror en el corazón del vampiro.
El Cazador inclinó su cabeza hacia un lado.
-Mataste cuando estaba prohibido. Conoces la Ley.
El vampiro se adelantó entonces, un borrón de colmillos y garras
malvadas, mientras se lanzaba al ataque del intruso. El Cazador simplemente se
hizo a un lado y casi casualmente levantó una garra que atravesó la garganta
del vampiro, abriéndola de un corte. La sangre hizo erupción como un volcán
rojo.
Alexandria se horrorizó al ver la cabeza dorada del Cazador
desfigurándose, su rostro alargándose como en un hocico, los colmillos
estallando en la boca de un lobo. El Cazador rompió el fémur del vampiro como
una ramita, el sonido remontándose a través de la playa y resonando a través
del cuerpo de la muchacha. Ella se sobresaltó y abrazó a Joshua más
apretadamente, manteniendo sujeta su cabeza para impedir que viera una escena
tan aterradora y horripilante.
El vampiro enjugó un reguero de sangre de su pecho y se quedó
con la mirada llena de odio en el Cazador dorado.
-Piensas que no eres como yo, Aidan, pero lo eres: eres un
asesino y gozas de la batalla, porque es el único momento en que te sientes
vivo. Nadie puede ser como tú y no sentir la alegría y el poder de tomar una
vida. Dime, Aidan, ¿no es cierto que no puedes ver los colores de este mundo?
¿Que no hay emoción en ti a menos que estés luchando? Eres el último asesino.
Tú, Gregori, y tu hermano Julian. Eres la sombra más oscura en nuestro mundo.
Ustedes son los asesinos reales.
-Has roto nuestras leyes, Paul. Escogiste intercambiar tu alma
por la ilusión del poder en lugar de buscar el amanecer. Y convertiste a una
mujer humana, creaste una vampiresa desquiciada para que se alimentara de la
sangre de niños inocentes. Tú conocías la pena.
La voz era la pureza misma, un frío y limpio raudal de belleza.
El tono pareció fluir en la mente de Alexandria, haciéndola desear hacer lo que
él pidiera.
-Sabes que no hay forma de derrotarme- continuó la voz, y
Alexandria le creyó. Era tan suave y amable, tan segura. No había forma de que
alguien pudiera oponerse al Cazador. Era verdaderamente invencible.
-No pasará mucho antes de que alguien deba cazarte a ti- bufó
Paul Yohenstria, luchando por mantenerse de pie. Su figura pareció brillar
tenuemente, disolverse, pero incluso mientras se transformaba, el Cazador atacó
otra vez.
El sonido fue repugnante. La niebla camufló el asalto, y el
Cazador fue un borrón tal de movimiento, que Alexandria no pudo seguirlo. Pero
fuera de la niebla rodó una visión obscena de la cabeza del vampiro, el pelo
convertido en un enredo de sangre, los ojos abiertos y la mirada fija. La
cabeza rodó hacia ella, derramando una huella roja tras de sí.
Alexandria se esforzó por levantarse sobre sus pies, asiendo
firmemente a Joshua contra ella, sus manos sobre los ojos del niño mientras la
pelota grotesca se detenía apenas a unas pulgadas de distancia. La niebla se
arremolinó y espesó, y, para su horror, el Cazador volteó su cabeza, y el oro
derretido de sus ojos se posó en su cara.
Capítulo Tres
Aidan Savage exhaló un suspiro interior mientras su mirada se
detenía en la jadeante vampiresa que sujetaba firmemente al niño pequeño contra
su pecho. El demonio en él, fuerte ahora, estaba luchando por la libertad, la
neblina roja en su mente pidiendo a gritos tomar el control. Y el vampiro había
estado en lo correcto: suprimir al asesino interior se hacía cada vez más
difícil. Podía sentir el poder y el gozo durante el combate, y pelear se
tornaba cada vez más adictivo porque era el único momento en que sentía algo.
Había sobrevivido siglos en una existencia fría, árida, negra y gris, sin
deleitarse realmente en los colores o las emociones excepto el gozo por la
lucha.
Se permitió barrer la playa con la mirada, y luego volvió su
atención hacia la bruja que amenazaba al niño. Repentinamente, se calmó.
Después de más de seiscientos años de no ver los colores, en ese momento
distinguía la huella de la sangre contaminada que brotaba de la cabeza de Paul
no como una veta negra, sino como un listón de color escarlata brillante,
conduciendo su mirada directamente hacia la vampiresa.
Imposible. El color y la emoción regresarían a él sólo si
encontraba una compañera. Y no había nadie allí excepto la lastimosa humana que
Paul había tratado de transformar.
La contempló con el corazón pesado. Casi sintió lástima por la
desafortunada mujer. De nuevo se sintió extrañado por esa ráfaga inesperada de
simpatía, de emoción, después de tantos siglos de no sentir nada, pero continuó
su inspección de la hembra. Era imposible decir su edad. Era pequeña, casi
infantil, pero el traje que llevaba puesto, incluso desgarrado, mojado y sucio
como estaba, se pegaba a sus curvas llenas. Sus piernas eran una masa de
verdugones ensangrentados, su boca hinchada y negra por las ampollas abiertas.
Su pelo, enmarañado con algas marinas, pendía en una aglomeración exuberante
sobre la espalda, largo hasta la cintura. Sus ojos azules contenían terror,
pero también desafío.
Ella iba a matar al niño. La extraña mujer no podía convertirse
en una de la Raza de los Cárpatos. Contrario al mito popular, la mayoría de las
mujeres humanas no podían ser transformadas por un vampiro sin consecuencias
horrendas. Inmediatamente se volvían locas y comenzaban a alimentarse de niños
inocentes, y esa mujer había sufrido horrendamente. Las desgarradas heridas en
su cuello daban evidencia del uso arduo que el vampiro le había dado, y los
cortes en sus muñecas eran cruelmente profundos.
Aidan trató mentalmente de alcanzar la mente de la mujer,
deseando hacer su muerte tan indolora como fuera posible. Impactado por su
resistencia, dio un paso amenazante hacia ella. La mujer era increíblemente
fuerte. Su mente tenía alguna clase de barrera natural que resistía la voluntad
del Cazador. En lugar de colocar al niño en la arena delante de ella como él
había ordenado, la mujer empujó al niño hacia un lado, recogió un pedazo grande
de madera flotante, y se lanzó contra Aidan.
Él dio un salto hacia adelante, robando el madero de su mano. El
impacto quebró un hueso, y aunque él pudo oírlo y ver el dolor en sus ojos,
ella no gritó: evidentemente estaba más allá de los gritos. Él la atrapó,
intentando acabar con su vida antes de que ella sufriera más de lo necesario,
pero la mujer luchó a pesar de todo, resistiéndose a su asalto mental. Él
inclinó la cabeza hacia la garganta de la hembra.
Ella era tan pequeña y estaba tan fría, temblando
incontrolablemente, que cada instinto protector brincó dentro de su ser, con
sentimientos que nunca antes había experimentado. Quiso acunarla contra sí,
abrigarla en el calor de sus brazos. Sus dientes perforaron su garganta suave,
e instantáneamente todo cambió para él, para toda la eternidad. Su mundo
entero. Los colores bulleron y bailaron, casi abrumándolo con su belleza y
vivacidad. Su cuerpo reaccionó con una urgencia alocada que no había sabido que
fuera capaz de sentir, ni aun en días pasados, cuando todavía tenía emociones.
La sangre de la mujer era caliente y picante, un dulce, adictivo
banquete que nutría el cuerpo agotado del Cazador. La cacería y la pelea le
habían robado mucha fuerza y no se había alimentado esa noche. El cuerpo de la
joven compartió su fluido vivificador con el de él. Aidan fue consciente en
algún profundo nivel interior cuando los esfuerzos de ella cesaron y descansó
pasivamente contra él. El hombre la elevó fácilmente en sus brazos, acunándola
contra su pecho mientras se alimentaba. Luego algo lo golpeó con dureza en las
piernas. Sobresaltado, cerró la herida con una caricia de su lengua y se volvió
para quedarse mirando al niño. Era una medida de su atolondramiento que casi
hubiera olvidado al chiquillo, y que incluso no lo hubiera oído acercarse.
Joshua estaba furioso. Golpeó al Cazador en las piernas una
segunda vez, meciendo el pedazo de madera flotante tan duro como podía.
-¡Deja de lastimar a mi hermana! ¡Se suponía que vendrías y nos
salvarías! Ella dijo que vendrías si soportábamos lo suficiente. ¡Se suponía
que nos ayudarías, pero eres lo mismo que él!
Las lágrimas se derramaban por la cara del niño. Aidan podía ver
claramente que el jovencito tenía cabello rubio y ojos azules. Los colores casi
lo cegaron. Miró hacia abajo, hacia la cara devastada de la mujer en sus
brazos. El corazón de la mujer se esforzaba, lento, en latir, sus pulmones
luchando por aire. Estaba muriendo.
-Estoy aquí para ayudarte- murmuró él suave, casi
distraídamente, hacia el niño. Se hundió dentro de sí mismo, encontró un
remanso calmado y tranquilo para detenerse, y se lanzó a buscar fuera de su
cuerpo y dentro del de la mujer. No podía creer que la había encontrado después
de todos esos largos siglos. Pero tenía que ser. Sólo encontrar a su compañera
podía causar esos cambios asombrosos en él.
Ella estaba desvaneciéndose, sin pelear más. Su voluntad rodeó
la de la mujer. No me dejarás. Toma mi sangre, libremente ofrecida a ti. Debes
beber para vivir.
La mente de la muchacha se alejó de la suya. Su espíritu era
todavía lo suficientemente fuerte para evadir su apremio. Aidan cambió de
táctica. Tu hermano te necesita. Lucha por él. Él no puede estar sin ti.
Morirá.
Con una uña, el Cazador cortó los músculos pesados de su propio
pecho y la presionó contra ellos. La mujer se resistió al principio, pero él
fue implacable, rodeándola, apremiando su voluntad, golpeando la barrera hasta
que, en su débil condición, la mujer cedió a su exigencia y se alimentó.
-¿Qué estás haciendo?- demandó Joshua.
-Ella ha perdido mucha sangre. Debo compensársela-. Aidan
pensaba borrar los recuerdos del niño de esa pesadilla. Una explicación
satisfactoria no lo dañaría a esas alturas. El niño era muy valiente y merecía
oír algo que aliviase su terrible miedo.
Había necesitado hacer un rastreo meticuloso del vampiro para
encontrarlo. Éste siempre había dejado un desorden cruento tras de sí, pero
había permanecido un paso delante de su Cazador. La noche anterior, Aidan había
llegado demasiado tarde. Había ido al restaurante en los acantilados,
rastreando las perturbaciones en el aire, pero Paul Yohenstria ya había matado
a un viejo, arrancándole el corazón y dejando atrás un cadáver aún caliente
para que la policía lo descubriera. Aidan se había deshecho del cuerpo y se
había asegurado de que las tres víctimas hembras del vampiro nunca pudieran ser
encontradas. Pero había perdido la huella del no muerto poco antes del
amanecer. A pesar de todo, había estado seguro de que se acercaba a su guarida,
y finalmente lo había encontrado y lo había destruido.
Ahora no tenía más alternativa que quemar al vampiro y llevar a
esos dos perdidos de regreso a su propia casa. Pues esa mujer lastimosa y
desfigurada era claramente la compañera que él había estado buscando esos
ochocientos años. Sus respuestas asombrosas hacia ella lo probaban. No tenía
idea de cómo era, o siquiera cómo se veía, pero ella había revivido su cuerpo y
su corazón a la vida. Ésta era la única.
-¿Cómo te llamas?- preguntó Aidan al niño. Parecía más amable
que simplemente leer su mente. No era que hubiera prestado gran atención a esas
cortesías antes.
-Joshua Houton. ¿Alexandria va a estar bien? Se ve tan blanca y
horrible. Creo que el hombre malo realmente la lastimó.
-Soy un sanador entre mi gente, Joshua Houton. Sé cómo ayudar a
tu hermana. No te preocupes; me aseguraré de que este malvado nunca pueda
lastimar a otro ser viviente. Luego iremos a mi casa. Estarás a salvo allí.
-Alex va a estar molesta. Su traje está arruinado, y necesita
ese traje para conseguirnos un gran trabajo y montones de dinero-. Joshua sonó
desamparado, como si estuviera a punto de ponerse a llorar de un momento a
otro. Contemplaba al Cazador buscando consuelo.
-Le conseguiremos otro traje- aseguró Aidan al niño.
Amablemente, detuvo a la mujer de seguir alimentándose. Necesitaba fuerzas para
transportarlos a todos de regreso a su casa, y también implicaba el uso de una
energía tremenda sanar a otro. Tenía que encontrar tiempo para ir en busca de
sustento esa noche.
Aidan colocó a Alexandria en la arena y atrajo a Joshua
amablemente a su lado.
-Ella está muy enferma, Joshua. Quiero que te sientes a su lado
para que pueda sentir tu presencia y saber que no estás lastimado. Necesitará
que la cuidemos por algún tiempo. Eres un gran muchacho. Puedes hacer eso, aun
cuando ella diga cosas que den miedo, ¿verdad?
-¿Por qué diría ella algo que dé miedo?- preguntó Joshua
suspicazmente.
-Cuando las personas están muy enfermas, la fiebre las puede
hacer delirar. Eso significa que no saben lo que dicen. Pueden tener miedo a
las personas o las cosas por ninguna razón real. Tenemos que quedarnos cerca de
ella y asegurarnos de que no se haga daño.
Joshua asintió con la cabeza solemnemente y se sentó en la arena
mojada junto a Alexandria. Los ojos de la joven estaban cerrados, y no
respondió aun cuando el niño se inclinó y la besó en la frente como ella
algunas veces lo hacía. La arena y la sal se habían endurecido en su piel.
Joshua acarició hacia atrás las hebras mojadas de pelo con gentileza, cantando
suavemente como a menudo lo hacía ella cuando estaba enfermo. Parecía muy, muy
fría.
Observarlos juntos hizo un nudo en la garganta de Aidan. Se
veían de la forma que una familia se suponía que debía verse. La forma en que
Marie, su ama de llaves, había mirado a sus hijos mientras crecían, la forma en
que ella lo miraba y él nunca había podido corresponder. Suspirando, se ocupó
del asunto sombrío de deshacerse de los restos del vampiro. Los vampiros eran
siempre peligrosos, incluso después de que estuvieran muertos. Él había
extraído el corazón, pero aun ahora estaba pulsando, difundiendo a los no
muertos su posición, para que el vampiro pudiera reunir a su casta. Aidan se
concentró en el cielo, construyó una tormenta en su mente, y creó un látigo de
relámpagos que crepitó y bailó mientras golpeaba la tierra. Las llamas se
precipitaron a lo largo del camino carmesí, dejando atrás cenizas negras. El
cuerpo del vampiro se arrugó; las llamas azules y anaranjadas bulleron juntas,
y un chillido bajo pareció alzarse sobre el viento.
El olor era podrido y rancio. Joshua se apretó la nariz y
observó con una mirada asombrada mientras el vampiro simplemente desaparecía en
el humo negro y nocivo. Quedó impactado cuando el Cazador sostuvo sus manos
sobre las llamas anaranjadas y no lo quemaron. Aidan cansadamente se limpió las
palmas a lo largo de los pantalones antes de girar hacia el niñito que había
tratado tan duro de defender a su hermana en la playa. Una sonrisa débil
suavizó la línea dura de su boca.
-Tú no me tienes miedo, ¿verdad, Joshua?
Joshua se encogió de hombros y apartó la mirada.
-No-. Hubo un silencio pequeño, casi desafiante-. Bueno, puede
que un poco.
Aidan se agachó al lado del niño y miró directamente los ojos
azules. Su voz se dejó caer una octava, convirtiéndose en un tono puro, las
notas de plata entrando en la mente de Joshua y tomando posesión de ella.
-Soy un viejo amigo de la familia que has conocido toda tu vida.
Nos preocupamos mucho el uno por el otro y hemos compartido toda clase de
aventuras-. Él se derramó fuera de su propio cuerpo y entró en el del niño,
estudiando los recuerdos que Joshua tenía de su joven vida. Fue fácil implantar
unos cuantos recuerdos de sí mismo.
Aidan mantuvo el contacto visual con el niño.
-Tu amigo Henry tuvo un ataque al corazón y murió. Estabas muy
triste. Me llamaste para que viniera y los buscara porque tu hermana estaba muy
enferma. Alexandria y tú han estado planeando mudarse conmigo. Los dos ya han
metido algunas de sus cosas en mi casa, y has conocido a mi ama de llaves,
Marie. Te gusta mucho ella. Stefan, su marido, es un buen amigo para ti. Hemos
estado organizando la mudanza por semanas. ¿Recuerdas?-. Él implantó memorias e
imágenes de su ama de llaves y su vigilante para que los dos fueran familiares
y gratos para el niño.
El niñito asintió con la cabeza solemnemente.
Aidan desgreñó el pelo de Joshua.
-Tuviste una pesadilla, algo acerca de vampiros, pero realmente
no la recuerdas. Es todo muy nebuloso. Me hablaste acerca de eso, y si alguna
vez regresa para perturbarte, vendrás a mí y lo discutiremos. Siempre te
sientes libre de hablar conmigo acerca de cosas que algunas veces no tienen
sentido. Quieres que yo esté con tu hermana siempre. Hablamos de eso y
conspiramos para que ella quiera quedarse conmigo como mi esposa, como una
familia. Tú y yo somos los mejores amigos. Siempre cuidamos de Alexandria. Sabes
que ella me pertenece, que nadie puede cuidarla y protegerlos a los dos como yo
lo hago. Eso es muy importante para ti, para nosotros dos.
Joshua sonrió y asintió. Aidan sujetó la mente del niño algunos
minutos más, dejándolo reconocer su tacto y sentirse confortado por él. El
pequeño había sufrido un trauma terrible. Aidan se aseguraría de que el método
por el cual los llevara a casa pasara instantáneamente al olvido, y el niño
recordara un coche negro y grande, en un paseo que le había gustado.
El viaje de regreso fue hecho en los talones de una tormenta.
Las nubes negras remolinantes protegieron al enorme pájaro dorado y sus cargas
de cualquier ojo indiscreto mientras pasaban rápidamente a través del cielo.
Aidan entró en la casa de tres pisos a través del balcón del piso superior,
para que ninguno de los vecinos lo viera llevar al niño y su hermana adentro.
-¡Aidan!-. Marie, su ama de llaves, se apresuró a ir a ayudarle
mientras él bajaba la escalera de caracol-. ¿Quiénes son estos jóvenes?-.
Observó la cara inflamada de Alexandria, las ampollas y escoceduras-. Oh, Dios
mío. Has peleado con el vampiro, ¿verdad? ¿Están todos bien? ¿Te lastimó?
Déjame llamar a Stefan.
-Estoy bien, Marie. No te preocupes por mí-. Incluso mientras lo
decía, sabía que no apartaría a Marie de su propósito. Ella y su marido habían
estado ocupándose de sus necesidades, de su familia, por casi cuarenta años.
Antes de ella, su madre y padre lo habían servido. Durante toda su vida, los
miembros de esa familia lo habían asistido voluntariamente, sin la ayuda del
control mental. Él les había dado suficiente dinero para que ninguno de ellos
alguna vez tuviese que trabajar, pero eran leales a él y a su ausente hermano
gemelo, Julian. Sabían que eran los únicos humanos a los que él había confiado
la existencia de su especie, pero eso no tenía importancia para ellos.
-¿El vampiro la ha dañado?
-Sí. Necesito que cuides del niño. Su nombre es Joshua. He
implantado recuerdos de nuestra amistad, así que no temerá estar aquí. Stefan
debe ir a la pensión donde vivían, recoger sus pertenencias y traerlas aquí. Su
coche permanece en el estacionamiento de un restaurante-. Él le dijo dónde-.
También debe ser recogido. El niño tiene las llaves del coche en su bolsillo.
Curar a su hermana llevará bastante tiempo. El niño no debe interferir de
ninguna manera. Tendré que salir y alimentarme. La mujer necesita muchos
cuidados, y debo mantener mi fuerza.
-¿Estás seguro de que no está contaminada?- preguntó Marie con
gran agitación. Trató de alcanzar la mano de Joshua.
El niñito le sonrió con reconocimiento y voluntariamente tomó su
mano. Incluso dio un paso para acercarse y tiró fuertemente de su delantal,
conspirador.
-Él va a hacer que Alexandria se ponga bien. Está muy enferma.
Marie empujó a un lado de su ansiedad e inclinó la cabeza hacia
Joshua.
-Por supuesto. Aidan es un hacedor de milagros. Pondrá bien a tu
hermana en un santiamén.
Después de aplacar al niño en la mesa de la cocina con galletas
y leche, siguió a Aidan a través del cuarto, arqueando una ceja hacia el
Cazador, silenciosamente requiriendo una respuesta a su pregunta.
-Él no la convirtió, pero temo que inadvertidamente puedo
haberlo hecho yo. Ella protegía al niño, pero no lo comprendí; pensaba que iba
a matarlo-. Él dio dos pasos alejándose del ama de llaves, luego dio vuelta
para confrontarla-. ¿Marie? Veo colores. Tú llevas puesto un vestido azul y
verde. Te ves bella. Y siento otra vez-. Él sonrió a la mujer-. Sé que nunca te
lo he dicho en todos nuestros años juntos, pero siento un gran afecto por ti.
Estaba tan perdido, que era incapaz de sentirlo antes.
La boca de Marie formó a una O perfecta, y las lágrimas
brillaron tenuemente en sus ojos.
-A Dios gracias, Aidan. Por fin ha ocurrido. Esperamos y
rezamos, y al fin nuestras oraciones han sido escuchadas. Éstas son noticias
tremendas. Vete ahora. Cuida de tu mujer, y nosotros nos ocuparemos de todo lo
necesario aquí. Estoy segura de que este jovencito tiene mucha hambre y sed.
Había tal alegría en su cara que Aidan la sintió reflejada en su
corazón. Era asombroso sentirlo. Era asombroso poder sentir. Sin su compañera,
un varón de la Estirpe de los Cárpatos perdía todos los sentidos, todas las
necesidades, todas las emociones después de doscientos años. Vivía en un abismo
vacío, y desde ese momento, estaba en peligro de transformarse en vampiro.
Durante el tiempo que él había sobrevivido, como en los siglos pasados, un
hombre de la Raza de los Cárpatos se distanciaba más y más de su comunidad y se
mantenía solo. Sólo dos cosas podían salvarlo de su destino vacío y
desesperado. Podría preferir buscar el amanecer y poner fin a su vida, o podía
ocurrir un milagro y encontrar a su compañera.
Unos pocos varones de la Raza de los Cárpatos eran lo
suficientemente afortunados para haber encontrado a su compañera. El varón de
la Raza de los Cárpatos era por naturaleza un depredador oscuro y peligroso, y
necesitaba el balance de su otra mitad. Necesitaba encontrar a la mujer cuya
alma complementara perfectamente la suya. Dos mitades de un mismo todo, su luz
para su oscuridad. Había sólo una compañera verdadera para cada varón. La
química tenía que ser perfecta. Y Aidan finalmente había encontrado la suya.
En esos momentos, él se movía a través de la casa con sus
zancadas silenciosas y fluidas. El peso de Alexandria no era nada para él. Su
guarida estaba localizada muy por debajo el primer piso, una larga cámara
subterránea completamente provista de todos los lujos. La colocó cuidadosamente
sobre la cama y la despojó de los restos de su traje. El aliento se le quedó
atrapado en la garganta. Su cuerpo era tan joven, sus pechos llenos y firmes,
su piel hermosa. Tenía una caja torácica estrecha y una cintura ridículamente
pequeña. Sus caderas eran delgadas, casi como las de un niño. A pesar de que su
cara y sus extremidades estaban cubiertas de escoceduras por la larga
exposición al golpeteo del agua salada, Alexandria Houton, después de todo,
podía ser una mujer bonita.
Él puso mucho cuidado para lavar la sal de su piel y su pelo,
desechando luego la colcha húmeda bajo ella. La muchacha yacía sobre las
sábanas, su pelo largo envuelto en una toalla, su respiración trabajosa pero
estable. Estaba gravemente deshidratada, y necesitaba más sangre. Mientras
permanecía en ese estado comatoso, Aidan la abasteció de más. Además de su
condición frágil, estaba seguro de que su cuerpo todavía debía experimentar los
rigores de la transformación, y era muy necesario diluir la sangre del vampiro.
Era más fácil ganar acceso a su mente y hacer las reparaciones a su cuerpo
dañado mientras ella estaba inconsciente. La mujer se movió con inquietud,
gimiendo suavemente. Aidan comenzó el cántico suave, cicatrizante, de los
pasados siglos en la lengua antigua de su gente, mientras aplastaba hierbas
alrededor del cuarto.
Las pestañas largas de Alexandria revolotearon, levantándose.
Por un momento, pensó que estaba en medio de una pesadilla. Sentía dolor en
todas partes, su cuerpo magullado y golpeado. Miró alrededor del cuarto poco
familiar.
Era bello. Quienquiera que poseyera ese lugar, tenía buen ojo
para que la elegancia y el dinero permitieran sus gustos. Sus dedos se
retorcieron sobre la sábana. Encontró que estaba demasiado débil para moverse.
-¿Joshua?- pronunció su nombre suavemente, su corazón comenzando
a golpear con alarma cuando se percató de que estaba despierta y no soñando.
-Él está a salvo-. Esa voz otra vez. La reconocería en cualquier
parte. Era tan bella, sobrenatural, como la voz de un ángel hablándole. Pero
sabía la verdad: ese hombre era un vampiro con poderes sobrenaturales. Era
capaz de cambiar de forma, de asesinar sin titubear. Se alimentaba de la sangre
de humanos. Podía leer las mentes y forzar a otros a ejecutar sus órdenes.
-¿Dónde está él?-. Ella no se molestó en moverse. ¿Qué sentido
tendría? Claramente él llevaba ventaja. Sólo podría esperar y ver lo que
quería.
-En este preciso momento come una nutritiva cena preparada por
mi ama de llaves. Está a salvo, Alexandria. Nadie en esta casa jamás dañará a
ese niño. Al contrario, cada uno de nosotros daría la vida por protegerlo-. Su
voz era tan suave y tierna, que ella podía sentir sus notas apaciguando su
mente.
Cerró sus ojos, demasiado cansada para mantenerlos abiertos.
-¿Quién eres tú?
-Aidan Savage. Ésta es mi casa. Soy un sanador así como también
un Cazador.
-¿Qué planeas hacer conmigo?
-Necesito saber cuánta sangre te obligó a aceptar el vampiro.
Imagino que Yohenstria fue realmente mezquino, queriendo mantenerte en una
condición débil. Estás muy deshidratada, tus ojos negros y hundidos, tus labios
agrietados, tus células demandando nutrición. A pesar de eso, sin importar
cuánta sangre te dio, está contaminada, y tu cuerpo está a punto de
experimentar la transformación-. Muy gentilmente él aplicó un bálsamo calmante
sobre sus labios torturados.
Sus palabras penetraron en el cerebro nebuloso de la joven.
Parpadeando, Alexandria clavó la mirada en él, horrorizada.
-¿Qué quieres decir con la transformación? ¿Voy a ser como tú?
¿Como él? ¿Debo convertirme en algo como tú? Mátame, entonces. No quiero ser
como tú-. Su garganta estaba tan lastimada que no podía hablar más que en un
susurro ronco.
Él negó con la cabeza.
-No entiendes, y hay poco tiempo para enseñarte. Tu mente es muy
fuerte, completamente diferente de la mayor parte de la humanidad. Eres
resistente al control mental. Quiero ayudarte a atravesar esto. Pasarás a
través de la transformación con o sin mi auxilio, pero será mejor para ti si me
permites ayudarte.
Ella cerró los ojos contra sus palabras.
-Me duele el brazo.
-Lo sé. Sé que la mayor parte del cuerpo te duele- contestó él,
su voz de alguna manera penetrando su piel y alcanzando su brazo dolorido hasta
tocar el hueso. Un zumbido caliente se inició y empezó a propagarse, aliviando
la palpitación-. Tu brazo está quebrado, pero he empezado a sanarlo. El hueso
está en línea, y la cura ha comenzado sin problemas.
-Quiero a Joshua.
-Joshua es simplemente un niño, y piensa que estás enferma por
un virus. No es necesario asustarlo y traumatizarlo más aún, ¿no estás de
acuerdo?
-¿Cómo sé que me dices la verdad?- preguntó Alexandria
cansadamente-. ¿No mienten y engañan todos los vampiros?
-Soy de la Raza de los Cárpatos, aún no soy un vampiro. Debo
saber cuánta sangre te ha dado Yohenstria-. Él habló pacientemente, quedo, su
voz sin cambiar nunca de inflexión-. ¿Cuántas veces intercambió su sangre
contigo?
-¿Eres muy peligroso?-. Ella se mordió el labio inferior, luego
se sobresaltó cuando dolorosamente tocó con sus propios dientes las ampollas y
escoceduras-. Tienes esa manera de actuar, haciendo que todo el mundo desee
hacer lo que dices. Hiciste que el vampiro creyera que podrías derrotarlo,
¿verdad?- Le dolía hablar, pero era reconfortante poder hacerlo.
-Uso el poder de mi voz- reconoció él gravemente-. De esa manera
me desgasto y me hiero menos al cazar vampiros, aunque he tenido mi cuota de
heridas-. Él la tocó entonces, la más ligera de las caricias en su frente-. ¿No
recuerdas tu propia historia para el joven Joshua? Soy el Cazador, listo para
rescatar a mi bella dama y su hermano. Joshua me reconoció como a tal, me dijo
para qué. ¿No encuentras una extraña coincidencia en que me hayas descrito tan
exactamente?
Su mente se rehusaba a pensar en ello, así que la joven cambió
de tema.
-Joshua vio al vampiro matar a Henry. Debe estar tan asustado.
-Él recuerda la muerte de Henry como producto de un ataque al
corazón. Para él, soy un viejo amigo de la familia. Piensa que me llamó para
venir y ayudarte por tu enfermedad. Cree que caíste enferma en el restaurante.
Ella estudió su apariencia. Era físicamente hermoso. Su pelo
tenía doradas ondas ricas y espesas hasta más allá de sus hombros anchos. Sus
singulares ojos de oro derretido, intensos y atemorizantes, la contemplaban a
su vez con la mirada sin parpadeos de un felino de la selva. Sus labios eran
increíblemente sensuales. Era imposible juzgar su edad. Especulaba que estaba
en algún punto de su treintena.
-¿Por qué no borraste mis recuerdos?
Una sonrisa pequeña y sin humor curvó su boca, revelando sus
fuertes dientes, parejos y blancos.
-Tú no eres tan manejable, piccola. Eres resistente a mis
órdenes. Pero necesitamos ocuparnos de lo que te ocurre.
El corazón de la muchacha comenzó a retumbar.
-¿Lo que me ocurre?
-Necesitamos diluir y expulsar la sangre contaminada de tu
sistema.
Alexandria quería confiar en él. El olor de las hierbas, el
sonido de su voz, su aparente honradez, todo le hacía desear creer que trataba
de ayudarla. Y él no forzó su decisión, incluso ni siquiera pretendió
apresurarla, aunque ella sintiera que estaba preocupado porque lo que iba a
ocurrir -fuera lo que fuera-, sucediera antes de que estuviera adecuadamente
preparado para tratar con ello. La joven aspiró profundamente.
-¿Cómo haremos eso?
-Debo darte una gran cantidad de mi propia sangre.
Él lo dijo quedamente, como si no hubiera alternativa.
Alexandria apartó la mirada. Esos ojos dorados nunca parpadeaban: temía que si
los miraba demasiado tiempo, caería para siempre en sus profundidades.
-¿Me harás una transfusión?
-Lo lamento, piccola, pero eso no funcionará-. Había una
pesadumbre real en su voz. La tocó otra vez, volviendo su barbilla para que
ella lo confrontara. El tacto, suave como una pluma, hizo latir con fuerza su
corazón.
-Yo no puedo... no puedo beber sangre.
-Te puedo poner bajo trance si estás dispuesta a que lo haga. Te
ayudará. Es nuestra única oportunidad, Alexandria.
La forma en que él dijo su nombre envió mariposas aleteantes a
través de su estómago. ¿Pero era posible que beber más sangre fuera la única
forma de sanarla?
-Si es imposible que bebas por tu propia voluntad, debes
consentir que yo te ayude- dijo él.
-No estoy segura de que pueda hacerlo-. El solo pensamiento la
repelía. Su estómago se agitó, rebelándose ante la idea-. Debe haber otra forma
de curarme. No creo que pueda hacerlo- repitió.
-La sangre que Yohenstria te dio está contaminada, Alexandria.
Si bien él está muerto, te puede causar mucho dolor y sufrimiento. Tenemos que
diluirla antes de que experimentes la transformación.
Esa palabra otra vez: transformación. Ella tembló.
Él alcanzó una camisa de seda inmaculadamente blanca, claramente
suya, y, con los ojos sosteniendo los de ella, amablemente se la puso,
tratándola como si fuera una frágil muñeca de porcelana. Ambos fingieron que el
acto era impersonal, pero había algo en su tacto, alguna cualidad en su mirada
que sólo podía ser descrita como posesiva.
Alexandria, exhausta, trató de pensar. El vampiro había sido
atroz, y el pensamiento de cualquier parte de él viviendo en su corriente
sanguínea la aterraba.
-Está bien. Hazlo-. Sus ojos azules encontraron la mirada
dorada-. Ponme bajo trance para deshacerte del vampiro en mí. Pero nada más. No
quites o pongas nada en mi cabeza. Nada más. Tienes que darme tu palabra sobre
eso-. Por todo lo que valdría.
Él asintió con la cabeza. Ella estaba demasiado débil para
incorporarse, así que Aidan la acunó en su regazo. La joven comenzó a temblar,
su corazón golpeando tan fuerte, que él temió que se hiciera pedazos antes de
poder aliviarla. Deliberadamente, empezó a acariciar su pelo largo para
apaciguarla y distraerla. Luego, silenciosamente, empezó un quedo cántico en la
mente de la muchacha, murmurando en su antigua lengua, para llevarle un poco de
alivio. Ella se relajó visiblemente.
-Quiero hacer que duermas mientras se completa tu
transformación. Es muy brutal, piccola. Te despertaré cuando haya terminado-.
Su voz de terciopelo hizo la sugerencia, y Alex sintió las notas enrollándose
alrededor de ella como brazos seguros y cálidos, incitándola a hacer lo que él
deseaba.
Instantáneamente retrocedió, su mente cerrándose de golpe y
alejándose de él. No estaba dispuesta a ser tan vulnerable, a dejar todo
control, incluso toda conciencia, a un desconocido, especialmente a uno capaz
de las cosas que ese hombre podía hacer. ¿Qué era él, después de todo?
Posiblemente otro vampiro, a pesar de la distinción que había hecho acerca de
ser “de la Raza de los Cárpatos, aún no un vampiro”, lo que fuere que eso
significara.
-Te ayudaré a diluir la sangre contaminada del vampiro,
Alexandria, nada más, si ese es tu deseo-. Él escogió sus palabras
cuidadosamente. Había estado en su mente varias veces ya, y el enlace se
reforzaba con cada uso mental compartido. Ella era inconsciente de eso todavía,
y por el momento era mejor conservarlo de ese modo. Aidan sabía que estaba
confundida y equivocadamente esperando que la transformación la restaurara a la
vida humana. Por ahora, tendría que actuar suavemente, con el mismo cuidado con
que le acariciaba el pelo, para ahorrarle la agonía de la transformación
inevitable, ya comenzada, hacia la vida de la Estirpe de los Cárpatos.
Alexandria suspiró. La sensación de las manos masculinas en su
pelo, el susurro suave de su voz ronca, la confianza total que él exudaba eran
hipnotizantes.
-Terminemos con esto antes de que pierda los nervios.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, él cambió de
posición su peso leve, acunándola mejor en su regazo, e inclinó su cabeza rubia
lentamente hacia la garganta de Alex. El contacto de su boca era como seda
ardiente en su piel, y sintió esa unión salvajemente erótica directamente hasta
los dedos de los pies.
Alexandria se tensó, repentinamente asustada de perder mucho más
que su vida. Los labios del hombre estaban en su garganta, directamente sobre
su pulso. Tienes que confiar en mí, piccola. Déjate sentirme en ti. Soy parte
de ti. Alcánzame ahora, como te alcanzo yo. Las palabras parecieron estar en su
mente antes de escucharlas en su voz. Él era fuerza y calor, fuego y hielo. Él
era el poder y la protección de la locura que estaba absorbiéndola.
Un calor al rojo blanco perforó su garganta, y luego sintió una
intimidad erótica tan bella, que llenó de lágrimas sus ojos. Nunca se había
sentido tan querida, tan hermosa, tan perfecta como lo hacía en ese momento. Lo
sintió en su mente, explorando sus deseos y pensamientos secretos. Él la
serenaba y cicatrizaba, saboreándola, compartiendo su mente. Aidan examinó cada
recuerdo, la fuerza de su bloqueo contra él.
Cuando estuvo seguro de que había dado suficiente de su sangre
para asegurar una transformación en la dirección correcta, su lengua, a
regañadientes, acarició la herida y la cerró.
Con una uña, abrió una línea sobre su propio corazón. Bebe,
Alexandria. Toma lo que es libremente ofrecido. Su mente estaba lista para
asumir el control de la de ella, imponer lo que la muchacha no deseaba hacer.
El cuerpo masculino se tensó a medida que la boca femenina se movía sobre su
piel, encontraba lo que buscaba, y la sangre de su vida fluía en ella.
El corazón de Aidan golpeaba ruidosamente, con fuerza, contra su
pecho. Sabía que ella era su compañera, que era suya: su ser entero le
respondía, y la química entre ambos era eléctrica, exacta. Había esperado tanto
tiempo, aparentemente desde siempre, por ella, y ahora no correría ningún
riesgo de perderla. Empezó el cántico que los vincularía para siempre. Yo te
reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Te doy mi
protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Para compartirlo
todo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo primero para mí. Eres mi
compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre bajo mi cuidado.
Él pronunció las palabras rituales en su mente, al mismo tiempo
en el lenguaje de ella y en su propia lengua materna. El ritual no estaría
completo hasta que el cuerpo de la mujer estuviera unido al suyo, pero, hecho
eso, nadie podría quitársela, ni ella podría escapar de él.
Aidan le dio tanta sangre como pudo. Quería que la sangre del
vampiro estuviera completamente diluida cuando la transformación comenzara,
cuando ella expelería lo que pudiera haber quedado. Tenían poco tiempo antes de
que empezara, y él estaba pálido y débil. Necesitaba desesperadamente cazar
antes de que ella lo necesitara otra vez, lo que sería muy pronto.
Alexandria se recostó, sus pestañas largas medialunas gruesas
descansando sobre sus mejillas. Aun en su estado hipnótico, él pudo ver el
dolor retorciendo su cuerpo. Era difícil mantener su promesa y no ordenarle que
durmiera en el sueño profundo y cicatrizante de los inmortales. Pero si deseaba
que Alexandria confiara alguna vez en él, tendría que mantener cada promesa que
le hiciera. La joven tenía motivos excepcionales para despreciar a su especie.
El trauma y el terror nunca serían completamente olvidados, del mismo modo que
nuca conseguiría comprender del todo a su raza.
Su llamada a Marie llevó a la mujer mayor a la cámara
inmediatamente.
-Te quedarás con Alexandria mientras cazo esta noche.
Marie lo observó, consternada, mientras él se tambaleaba por la
debilidad. Lo había visto antes cansado y herido por la batalla, pero nunca tan
famélico. Estaba casi gris.
-Debes tomar mi sangre antes de que salgas, Aidan- dijo ella-.
Estás demasiado débil para cazar. Si un vampiro te pillara en estas
condiciones, te destruiría.
Él negó con la cabeza, posando la mano sobre su brazo.
-Sabes que nunca haría tal cosa. No uso a aquellos que cuido, a
los que protejo.
-Ve entonces, y apresúrate-. Marie observó con ojos ansiosos
mientras él se inclinaba para rozar con su boca la frente de la chica. Era
repentinamente tan tierno, ese hombre que ella había llegado a conocer tan
bien. Siempre había sido frío, remoto, calmado incluso ante aquellos que él
llamaba familia. Ese gesto raro de ternura la hizo querer llorar.
Aidan murmuró la orden para despertar a Alexandria de su trance.
-Debo irme ahora- le dijo a ella-. Marie se quedará contigo
hasta mi regreso. Llámame si me necesitas.
Por alguna razón extraña, Alexandria no quería que se marchara
de su lado. Enrolló los dedos en la sábana para evitar llamarlo. Pero él se
movió rápidamente, con su gracia peculiar, como un gran felino de la selva, y
de pronto se había marchado.
Marie sostuvo un vaso de agua contra sus labios.
-Sé que está lastimada, Alexandria... ¿puedo llamarla así?..
Pero un poco de agua podría ayudar. Siento que la conozco debido al joven
Joshua, que me ha contado muchas historias sobre su maravillosa hermana. Él la
ama muchísimo.
El borde del vaso lastimó su boca, y Alexandria lo apartó.
-Simplemente Alex, así es como a Josh le gusta llamarme. ¿Está
bien él?
-Stefan (ese es mi marido) cuida de él. Estaba hambriento y
cansado, un poco hipotérmico y deshidratado, pero atendimos eso. Ha comido y
está de buen humor. Se quedó dormido cerca del fuego, escaleras abajo. Dadas
las circunstancias, con él tan preocupado por usted, pensamos que debería
dormir cerca de nosotros y no solo en su cuarto.
-Gracias por cuidar de él-. Ella trató de incorporarse. Con la
fusión de la sangre del Cazador, se sentía más fuerte-. ¿Dónde está ahora? Me
gustaría verlo.
Marie negó con la cabeza.
-Aun no debe tratar de dejar esta cama. Aidan pediría nuestras
cabezas. Está muy débil, Alex. Supongo que tampoco se ha visto aún; en sus
condiciones, asustaría muchísimo a Joshua.
Alexandria suspiró.
-Pero necesito verlo, tocarlo, simplemente saber que está bien.
Todo el mundo me dice que lo está, ¿pero cómo saberlo con seguridad?
Marie acarició hacia atrás las hebras vagabundas de cabello
dorado de la frente de Alexandria.
-Porque Aidan no miente. Nunca dañaría a un niño. Él es quien,
con grandes riesgos para sí mismo, caza a los vampiros que se alimentan de la
raza humana.
-¿Existen realmente tales cosas? Tal vez, simplemente, tengo una
pesadilla terrible de la que no puedo despertar. Tal vez simplemente estoy
enferma y con fiebre- dijo Alex esperanzada-. ¿Cómo podrían existir realmente
cosas como vampiros en nuestra sociedad sin que todo el mundo lo sepa?
-Porque existen aquéllos como Aidan, que los detienen.
-¿Qué es Aidan? ¿No es un vampiro también? Lo vi transformarse
en pájaro, en hombre y en lobo. Le crecieron colmillos y garras. Bebió mi
sangre, y sé que tenía la intención de matarme. Todavía no sé por qué cambió de
idea-. Repentinamente, sintió su cuerpo comenzar a arder. Sus músculos
empezaron a apretarse en nudos duros. Incluso la sábana delgada se sentía
demasiado pesada y caliente contra su piel. Sus músculos parecieron retorcerse,
el calor viajando a lo largo de su cuerpo.
-Aidan se lo explicará todo. Pero tenga la seguridad de que no
es un vampiro. Lo conozco desde que era una muchachita. Él me vio crecer, tener
mis propios niños, y ahora convertirme en una anciana. Es un hombre poderoso y
peligroso, pero no para aquéllos de nosotros que él llama suyos. Nunca la
dañará. La protegerá con su vida.
Alexandria se sentía aterrorizada. No quería pertenecer a Aidan
Savage. Pero se percató de que él nunca la dejaría ir. ¿Cómo podría? Sabía
demasiado.
-No quiero estar aquí. Llame al 911. Tráigame a un doctor.
Marie suspiró.
-Ningún doctor puede ayudarla ahora, Alex; sólo Aidan puede
hacerlo. Es un gran sanador. Dicen que sólo hay uno mejor que él-. Ella
sonrió-. Aidan regresará, y le quitará el dolor.
Las entrañas de la joven se retorcieron tan dura y abruptamente,
que Alexandria por poco cayó de la cama. Gimió, gritó.
-Tiene que llamar a un doctor, Marie. ¡Por favor! Es humana,
como yo, ¿verdad? Tiene que ayudarme. ¡Quiero ir a casa! ¡Simplemente quiero ir
a casa!
Marie trató de sujetarla en la cama, pero el dolor era tan
intenso, que el cuerpo de Alexandria se agitó violentamente, y cayó sobre el
piso duro.
Capítulo Cuatro
Aidan aspiró la noche mientras se paseaba por los suburbios de
San Francisco. Las criaturas nocturnas trazaban, volando, su camino a través
del cielo. La brisa le llevaba el aroma de las presas. Media manzana más allá,
un callejón, estrecho y oscuro, se abría sobre la calle, y podía sentir la
presencia de tres hombres. Olía su sudor, oía su risa tosca. Eran presuntos
asaltantes en espera de un alma despistada para animar sus vidas, de otra
manera aburridas.
Su hambre aumentaba agudamente con cada paso que daba, el
demonio levantándose hasta que su mente se convirtió sólo en una neblina roja
demandando alimento. Olía la noche. Le había llevado algún tiempo acostumbrarse
a los sonidos, espectáculos y olores de esa ciudad extraña. La sal marina que
flotaba en el viento, la niebla espesa, los patrones de la vida nocturna, tan
diferentes de las costumbres de su tierra natal. Pero alguien tenía que cazar a
los vampiros. Una vez que los no muertos habían aprendido que podían dejar sus
tierras y viajar lejos de la Justicia Oscura, habían comenzado a extender sus
actividades. Aidan se había ofrecido como voluntario para dejar sus amadas
Montañas de los Cárpatos e iniciar una tierra nueva para proteger a los humanos
que allí residían. Y San Francisco se había convertido en su base de
operaciones. Con el paso del tiempo, había llegado a gozar de la ciudad y su
gente diversa, incluso a pensar en ella como su hogar.
Los centros de arte eran maravillosos. El teatro y la ópera eran
abundantes. Y había un constante suministro disponible de presas. Se movió
silenciosamente, sus músculos vibrando mientras se acercaba al callejón. Los
tres gamberros caminaban arrastrando los pies de acá para allá, murmurando,
ignorantes de que los acechaba. Sus gruñidos sonaban con fuerza en sus oídos, a
pesar de que deliberadamente había aminorado su audición, ansiando escapar del
asalto a sus sentidos. Las sensaciones, las intensas emociones, incluso los
colores vívidos que no había experimentado en tantos siglos eran apabullantes.
La noche parecía tan brillante que le quitaba la respiración. Todo lo
encontraba bello: las nubes, las estrellas, la luna, todo.
Aidan encogió sus poderosos hombros para relajar la tensión en
su cuerpo. Era, obviamente, más musculoso que la mayor parte de su especie. La
mayoría de su gente era más delgada, más elegantemente construida. También,
diferentes a los demás, él y su gemelo eran rubios con ojos dorados. Su raza
usualmente tenía ojos y pelo oscuro.
A medida que se acercaba al callejón, envió una orden. En otro
momento no hubiera necesitado hacer eso: en el instante en que los hombres lo
hubieran divisado, habrían tratado de atacarlo. Pero de esa manera sería más
sencillo. Aunque el depredador que llevaba dentro hubiera dado la bienvenida a
una batalla, breve como fuera, esa noche no tenía tiempo para aplacar su
naturaleza. En todo caso, habiendo llegado tan cerca de la locura y la
transformación en un vampiro por esperar tantos siglos a su compañera, y tan
poco después de la batalla aniquiladora con Paul Yohenstria, no se permitiría
explotar con violencia. Tenía un propósito ahora, una razón para existir, y no
permitiría a su naturaleza depredadora doblegar su inteligencia y su voluntad.
Un integrante del trío acababa de encender un cigarrillo, su
aroma pungente flotando en el aire a lo largo de la calle, pero abruptamente
giró y comenzó a caminar arrastrando los pies fuera del callejón. Los otros dos
lo siguieron, uno limpiando sus uñas grasientas con la punta de una navaja. Sus
ojos estaban ligeramente vidriosos, como si estuvieran drogados. Aidan frunció
el ceño, descontento de que la presa usara estupefacientes, pero la sangre era
sangre, y las drogas no lo afectarían.
-Hace frío en la calle- dijo Aidan suavemente, deslizando un
brazo alrededor de los hombros del fumador. Llevó de regreso al hombre al
callejón oscurecido, lejos de los ojos curiosos, e inclinó su cabeza para
beber. Los otros dos lo esperaron como ganado, empujándose más cerca de él por
su turno. Sus cuerpos sucios y sus mentes casi inútiles le causaban disgusto,
pero tenía que alimentarse. Algunas veces, se preguntaba por qué debían existir
humanos como ésos. No eran tan diferentes de aquellos de su raza que habían
escogido perder sus almas y transformarse en vampiros, viviendo a costa de
aquellos más débiles que ellos. ¿Por qué no detenía alguien a esos humanos?
¿Por qué Dios los había creado? ¿Por qué les había dado el regalo del alma,
sabiendo que no podían vivir una vida de honor e integridad? Aunque los varones
de la Raza de los Cárpatos vivían por centenares -algunos de ellos por miles-
de años, antes buscarían el amanecer y la autodestrucción que tomar la decisión
de volverse renegados y perder sus almas para siempre. A pesar de ello, algunos
varones humanos no podían llegar siquiera más allá de sus años adolescentes.
Aidan dejó caer a la primera víctima descuidadamente en el
suelo, su mano enrollándose alrededor de la nuca del siguiente donante. El
hombre fue a él con tranquilidad, bajo el trance hipnótico, complaciente. Aidan
se alimentó insaciablemente, sin importarle que los tres hombres fueran a
sentirse débiles e indefensos durante algún tiempo. Él necesitaba la nutrición,
y se sentía disgustado por la existencia de esa clase de gente. Los hombres
como ésos buscaban aprovecharse de aquellos más débiles que ellos. Eran crueles
con sus mujeres e ignoraban sus obligaciones para con el tesoro más precioso de
sus vidas, sus niños. ¿A quién le importaba cómo habían llegado a ser así?
Aidan era un firme creyente de la elección del propio destino, de no tomar
simplemente el camino fácil. Los varones de la Raza de los Cárpatos tenían
todos los instintos de un depredador, algunas veces más peligrosos que los
animales salvajes, pero nunca abusarían de una mujer o un niño. Se mantenían
firmes en un código de honor estricto, incluso dentro de su mundo de asesinar o
ser asesinado. Todos sabían las consecuencias de sus acciones, y aceptaban la
responsabilidad de sus dones. En la raza de Aidan, hombres como esos tres
pronto serían exterminados. Tan poderosa como era la Estirpe de los Cárpatos,
no podía permitir el abuso de aquellos más débiles.
La segunda víctima se bamboleó y cayó casi encima de la primera.
Aidan avanzó lentamente hacia el hombre que esgrimía el cuchillo. El hombre lo
contempló.
-¿Vamos a la fiesta?- preguntó el condenado con una risa burda.
-Uno de nosotros sí- acordó Aidan suavemente, e inclinó su
cabeza para encontrar la yugular pulsante.
La primera sacudida de malestar lo golpeó. Levantó su cabeza por
un momento, y la sangre de su presa salió en un chorro. Se inclinó otra vez
para finalizar su tarea, esta vez con toda eficiencia y rapidez. Era
Alexandria. Podía sentir la primera ola de dolor golpeándola.
Meticulosamente cerró la herida, asegurándose de que no hubiera
prueba en el cuello del hombre que dejara traslucir la presencia de su especie
en el área, y permitió que su presa cayera al suelo. Para cualquiera que pasara
por allí, los tres hombres parecerían borrachos. Indudablemente la huella de
sangre en la camisa de uno sería atribuida a una nariz sangrante.
Comenzaba por dentro de Alexandria, como él sabía que lo haría.
La transformación. Y en última instancia, aunque sin pretenderlo, él era
responsable. La culpabilidad no le sentaba bien. Había observado dos heridas en
el cuello de Alexandria, lo que sólo podía significar una cosa: que el vampiro
la había mordido dos veces, haciendo sus intercambios. Cuando Aidan había
asumido que era una vampiresa ya convertida casi la había matado, y luego, al
haber advertido su error, había reemplazado la sangre perdida con la suya.
Cuatro cambios de sangre harían que un humano pasara a través del proceso de
transformación... hacia un vampiro o un miembro de la Raza de los Cárpatos. De
cualquier manera, no había vuelta atrás. En la mayoría de las humanas, los
intentos de transformación o mataban a la mujer en el acto o la volvían
demente. Sólo algunas mujeres, aquéllas que poseían habilidades psíquicas,
habían logrado pasar por la dura experiencia sanas y salvas. Y ellas serían las
compañeras que debían ayudar a perpetuar la Raza de los Cárpatos, porque sus
propias hembras resultaban ser estériles.
El cuarto cambio de sangre, transformando a Alexandria, también
la conservaría encadenada a él para siempre. Egoísta como pudiera ser tomar esa
decisión sin su consentimiento, ella era, después de todo, su única salvación.
Él se había mantenido por tantos siglos aguardando a su compañera, evitando
convertirse él mismo en un vampiro. Y, consintiéndolo o no, ella era su
compañera, no la de Yohenstria; todos los signos y su química perfecta
confirmaban eso. Y al menos había hecho lo que podía, al dar a Alexandria tanto
de su sangre poderosa y antigua como había podido para diluir la mancha del
vampiro y hacer su transformación a la Estirpe de los Cárpatos más fácil.
Él la sintió gritar en su mente, un grito indefenso lleno de
dolor desesperado. Estaba confundida y asustada, vinculada a él, y, sin
saberlo, compartiendo sus pensamientos. Estaba aterrorizada y más aun, asustada
de que la hubiera abandonado, asustada de que él incluso pudiera disfrutar su
dolor como lo había hecho el vampiro. Pero por encima de todo, estaba asustada
por su hermano, Joshua, creyendo que estaba solo, sin protección, en la casa de
un vampiro tan poderoso que había matado a otro de los no muertos en cuestión
de instantes.
Aidan se lanzó al cielo nocturno, necesitando cubrir la
distancia entre ellos tan rápido como fuera posible. En ese momento no le
importó si alguien veía una lechuza extraña y enorme más allá de todos los
cálculos, trazando su camino sobre la ciudad. Ella lo necesitaba. Suplicaba a
Marie por un doctor. Marie estaba angustiada, ansiando reconfortarla aún
sabiendo que Aidan era el único que podría ayudarla. Él lo oyó todo claramente:
la voz suave mendigando ayuda, el ama de llaves casi al borde de las lágrimas.
Compartía la mente de Alexandria, experimentando todo lo que ella
experimentaba. La confusión. El dolor. El miedo sumándose al terror.
Voló hacia ella para estar cerca cuando lo llamara. Y esperó,
por el bien de ambos, que eso fuera lo antes posible. Ella lo necesitaba, pero
él había prometido no obligarla más que para efectuar el intercambio de sangre.
Ella tenía que llamarlo.
Fuera de la cámara subterránea, Aidan se paseó, escuchando los
gritos lastimosos de Alexandria, que estallaban en fragmentos de dolor dentro
de su propio corazón. Una docena de veces trató de alcanzar la puerta,
queriendo, incluso necesitando, derribarla a patadas.
Pero ella tenía que llamarlo. Tenía que expresar su fe en él o
nunca creería que la ayudaría, sin dañarla de ningún modo. Descansó la frente
contra la puerta, y luego se quedó asombrado al ver una mancha roja donde se
había apoyado. Estaba sudando sangre en la agonía de oír sus súplicas y sentir
el dolor retorciéndose y ardiendo dentro del cuerpo de Alexandria. Podía
manejar la agonía física, pero su corazón y su mente se sentían atormentados.
Parecía una pesadilla interminable. Supo del momento en el que
ella trató de gatear a través del piso en un intento ciego de escapar de su
propio cuerpo. Supo cuando vomitó sangre, la sangre contaminada del vampiro.
Sintió las entrañas de la joven ardiendo y rebelándose contra sus mutaciones.
Sus órganos internos cambiaban de forma, renovándose, volviéndose diferentes.
Sus células, cada músculo, cada tejido fino, cada pulgada de su piel estaban en
llamas por la transformación.
-¿Dónde estás? Prometiste ayudarme. ¿Dónde estás?
Él había esperado tanto tiempo la invitación, que pensó estar
alucinando cuando realmente llegó. Golpeó la puerta con la palma de su mano y
entró como una tromba. Marie estaba arrodillada, las lágrimas chorreando por su
cara, haciendo un intento en vano de sujetar el cuerpo que se estremecía.
Aidan casi arrancó a Alexandria de los brazos de Marie,
acunándola protectoramente contra su pecho.
-Vete, Marie. La ayudaré.
Los ojos de Marie eran elocuentes en su simpatía hacia
Alexandria, y cólera y acusación hacia él. Tiró de la bastilla de su falda con
arrogante elegancia y dio un gran portazo al salir.
En el momento que el ama de llaves despareció de su vista, Aidan
la expulsó de su mente. Su atención total se concentró en Alexandria.
-¿Pensaste que te había abandonado, piccola? No lo hice. Pero no
podía interferir si no deseabas que lo hiciera. ¿Recuerdas? Me hiciste
prometerlo.
Alexandria volteó la cara, humillada de que Aidan Savage la
viera de nuevo tan vulnerable, tan desarreglada. Sin embargo no tenía tiempo
para pensar demasiado en eso, porque el siguiente raudal de calor comenzaba,
dando zarpazos en su estómago, su hígado y sus riñones, encendiendo una
antorcha quemante en su corazón y sus pulmones. Su grito hizo eco a través del
cuarto, un profundo alarido de agonía. Deseó detenerse para respirar, pero no
podía. Las lágrimas se derramaron por sus mejillas.
Aidan tocó con el pulgar esas lágrimas para apartarlas, y su
mano se separó manchada de sangre. Él respiró por ella, por los dos.
Las manos masculinas eran frescas y tranquilizadoras sobre su
piel, sus cánticos antiguos concentrándose en la mente agonizante para que
tuviera un ancla al que aferrarse en un mundo demente. Después de un tiempo,
Alexandria advirtió que él, de alguna manera, tomaba parte de su dolor.
Permanecía en su mente, protegiéndola del ardor terrible, de la conciencia
completa de lo que le estaba ocurriendo. Su propia mente se sentía nebulosa,
como en un estado de sueño. Forzó sus ojos para abrirlos. Podía ver su propia
agonía reflejada en los ojos masculinos. Había una mancha de color escarlata en
su frente.
Cuando los espasmos terribles la dejaron caer de su prisión,
dándole el alivio temporal de unos pocos instantes, ella levantó la mano y tocó
la cara del Cazador con dedos interrogantes.
-No puedo creer que regresaras-. Su voz era ronca por la
garganta inflamada-. Duele.
-Lo sé, Alexandria. Tomo lo que puedo de los embates, pero no
puedo hacer más en este momento, y la sangre envenenada que ingeriste lo hace
peor- respondió él con sincero arrepentimiento, culpabilidad y humildad, todas
poderosas y nuevas emociones.
-¿Cómo puedes hacer lo que estás haciendo?-. Con la lengua tocó
sus propios labios secos y las terribles escoceduras.
-Estamos conectados ahora por haber compartido nuestra sangre.
Así es como te oí llamarme. Así es como me sientes en tu mente-. Otra vez frotó
algún bálsamo sobre sus labios, un pequeño alivio que podía proveerle.
-Estoy tan cansada que no creo que pueda soportarlo más-. Si él
realmente pudiera leer su mente, sabría que decía la verdad. Aidan la mecía de
un lado a otro, sin prestar atención a su espantoso estado, sosteniéndola como
si fuera la mujer más bella, más preciosa del mundo entero. Permanecía en su
mente, sus brazos manteniéndola protegida junto a su corazón. Era
tranquilizador, reconfortante; la hizo sentir menos sola. Pero incluso con su
ayuda, no podría soportar otra arremetida de esa agonía. Sabía que no podría. Y
llegaría; ya podía sentir el calor comenzando a crecer. Sus dedos rodearon el
brazo viril; sus ojos azules se levantaron para encontrar la líquida mirada de
oro.
-Realmente no puedo.
-Permíteme hacerte dormir. No tengas miedo. Solamente será la
condición inconsciente de los humanos, no el sueño de nuestra especie. Tu
cuerpo debe mutar antes de que pueda introducirte en nuestro sueño,
verdaderamente curativo-. Su voz suave como el terciopelo era apremiante y
bella.
-No quiero oír más-. El cuerpo de la joven se puso tenso. Aun
con la enorme fuerza de Aidan, un espasmo de dolor casi la arrancó de sus
brazos. Un gemido bajo escapó de los dientes apretados de la muchacha, sus uñas
clavándose en los brazos de Aidan, pero ella se apretó contra él mientras su
cuerpo se deshacía de la sangre contaminada y sus células y sus órganos
continuaban cambiando a las particularidades de otra raza. Su mente era caos y
dolor, un lugar de miedo y agonía.
El espasmo duró unos tres minutos completos, la intensidad
alcanzando el máximo y luego retrocediendo como las olas del mar. Ella estaba
perlada en sangre, sudorosa. Su respiración era un conjunto de jadeos
superficiales; su corazón estallando de latidos.
-No puedo hacer esto- jadeó ella.
-Entonces confía en mí. Regresé a ti, ¿verdad? No te haré daño
ni te abandonaré mientras duermes. ¿Por qué te resistes?
-Al menos, despierta sé qué está pasando.
-No lo sabes, piccola. Comparto tu mente. No puedes comprender
nada aparte del dolor. Déjame ayudarte. No puedo tomar mucho más de tu agonía
tampoco. Temo que flaqueará mi autocontrol y me veré forzado a romper la
promesa de no imponerme sobre ti. No me obligues a romper tu confianza en mí.
Dame tu consentimiento para que pueda hacerte dormir.
Ella podía oír la súplica y la honradez en su voz. También
sintió ese terciopelo caliente y sensual que la envolvía y la hacía querer
hacer lo que él deseara. La asustaba que simplemente su voz tuviera tanto
poder. Ese hombre, fuera lo que fuera, era peligroso, letal. Lo sentía, pero en
ese momento, con el calor comenzando y la mezcla de súplica y aprensión en los
ojos dorados, ella dejó de luchar.
-No me lastimes demasiado- murmuró contra el calor de su
garganta.
Él leyó la sumisión en su voz, en sus ojos, y Aidan no se
arriesgó a que cambiara su decisión. Instantáneamente envió una orden poderosa,
apresando su mente, empujando más allá de su barricada para asumir el mando. La
hizo dormir, más allá del dolor, en un lugar donde ni la agonía de la conversión
ni la sangre del vampiro podían alcanzarla.
La sostuvo en sus brazos por un largo tiempo antes de asearla
gentilmente y acomodarla para que descansara en la cama. Poner en orden la
cámara le tomó más tiempo, pero lo hizo por sí mismo, sin desear que Marie o su
crítica tácita se entrometieran en esos momentos íntimos con Alexandria.
Encendió velas y hierbas para llenar el cuarto con aromas sanadores.
Se estaba familiarizando con la mente de Alexandria, con sus
fuerzas y debilidades. Era inevitable que pronto derribara cualquier barrera
que pudiera erigir contra él. Su pulgar acarició la tersa frente mientras ella
yacía dormida y vulnerable en la enorme cama de cuatro postes. Era asombroso
estar en su mente: era una humana increíble. Había salvado obstáculos casi
imposibles, perdiendo a sus padres tan joven, criando a su hermano pequeño sin
ayuda, amándolo con los mismos instintos agudos y protectores de una madre.
Había trabajado duramente para dar a Joshua una vida decente. También era
graciosa y traviesa e irreverente, llena de amor por las bromas y las
travesuras. Tenía un corazón cálido y generoso. Era una luz brillante para
iluminar la oscuridad creciente dentro de él. Alexandria era compasión y
bondad, todo lo que él no era.
Se sentó en el borde de la cama, agradecido de que las hierbas
operaran su magia. El olor a vómito y sangre, la mancha del mal, se habían ido
de la cámara, dejando sólo el aroma punzante de las plantas balsámicas. Revisó
cada una de las heridas y escoceduras de Alexandria, mezclando, en un rito
antiguo como el tiempo, una parte preciosa de su tierra natal con su propia
saliva para acelerar la curación de cada lesión. Las heridas en su cuello eran
lo peor. El vampiro había hecho las lesiones, y se habían infectado con su
veneno. Aidan las vendó cuidadosamente, cantando en la lengua antigua, otra vez
enviándose a sí mismo dentro del cuerpo de Alexandria para aliviarla desde el
interior hacia afuera. La transformación estaba casi completa, notó con alivio.
Él se desperezó a su lado en la cama, consciente de que todavía
tenía una batalla larga y escabrosa frente a él con su nueva compañera. Iba a
ser muy resistente a sus avances. Todavía la esperaba la verdad de su
transformación, y lo odiaría cuando comprendiera lo que significaba. Y lo
culparía a él. Con toda razón, por otro lado. Con la tortura horripilante del
vampiro y su propio torpe accionar la primera vez que se habían encontrado,
ella no tenía nada que agradecer a su especie. A pesar de todo, no tenía
alternativa; estaba ligada a él, su mente a la suya, su alma la otra mitad de
la suya propia. Unirlos completamente era ahora una cuestión de paciencia.
Aidan elevó una oración silenciosa para permitirle a Alexandria todo el tiempo
que necesitara para aceptarlo. Ella lo merecía, y como su verdadero compañero,
no podía hacer otra cosa que proveerla de cualquier cosa que necesitara. Sólo
él sabía qué tan peligroso cada instante de ese tiempo sería para los dos, qué
vulnerable estaría ella sin él, y cómo no soportaría que algo le ocurriera.
Además, ella corría peligro por su propia naturaleza depredadora, que se
elevaría para reclamarla aun sin su consentimiento.
Aidan suspiró, luego escudriñó su casa y el área circundante.
Comprobó ventanas y puertas y los fuertes hechizos colocados en la puerta de la
cámara subterránea y los conjuros aún más mortíferos y potentes para proteger
la cámara misma. No correría riesgos con su compañera, ahora que la había
encontrado. Aidan la atrajo a sus brazos, esperó hasta que estuvo seguro de que
el cambio se había completado, y luego la envió al sueño profundo y sanador de
su especie. Su cuerpo se enrolló protectoramente contra el de ella, detuvo su
corazón y sus pulmones y yació como un muerto.
A medida que el sol comenzaba a ponerse, un disturbio amenazante
encontró su camino dentro de la cámara. Luego un solo latido interrumpió el
silencio, y los pulmones aspiraron aire. Aidan yació aún, escudriñando dentro
de la casa, buscando la causa de su despertar precoz. Por encima de él, en el
primer piso, alguien golpeaba groseramente la puerta de su casa. Podía oír los
pasos suaves de Marie mientras iba a contestar. Los latidos de su corazón eran
audibles para él. Ella estaba nerviosa por la persona que llamaba. El golpeteo
en la entrada delantera era fuerte y dictatorial. Una sonrisa curvó su boca.
Detrás de su ama de llaves, oyó a Stefan, siempre listo para proteger a su
esposa y defender la casa de Aidan.
Aidan se levantó, su cuerpo flexible y firme. Su mirada se
deslizó hacia Alexandria. Un estremecimiento lo traspasó. ¡Era hermosa! Había
unas pocas magulladuras arruinando su piel suave, pero era una piel saludable,
perfecta. Sus labios eran tiernos y exuberantes, sus pestañas largas y espesas.
Más joven aun de lo que había imaginado, era diferente a cualquier mujer que
hubiera conocido en el pasado. Y le pertenecía, y nada en la Tierra alteraría
eso. Su cuerpo se excitó inesperadamente, con un dolor repentino y urgente que
lo sobresaltó. Ella yacía allí indefensa, una virtual desconocida, pero él
había estado en su mente y la conocía más íntimamente de lo que alguien podía
conocer a otro después de años de convivencia. Se inclinó para rozarle la
frente con sus labios, un saludo a su coraje, a su capacidad de amar y su
bondad. Pero su proximidad sólo hizo más honda la dolencia palpitante de su
cuerpo.
Rápidamente puso distancia entre él y la tentación. Habían
pasado seiscientos años desde que había sentido un deseo biológico, pero eso
sobrepasaba cualquier cosa que alguna vez había conocido. Ése no era el deseo
complaciente de apaciguar las necesidades de su cuerpo. Ése era un hambre
rugiente por una mujer, la única mujer. La necesitaba ahora en todo sentido de
la palabra, y no ayudaba a su autocontrol que ella fuera joven y bella, en vez
de la vieja fea que inicialmente había pensado que era.
La persona que llamaba en el piso por encima de ellos le estaba
gritando a Marie. Aidan podía oír al hombre claramente. Era alguien obviamente
acostumbrado a salirse con la suya. Rico, evidentemente difícil. Demandaba ver
a Alexandria Houton. En ese mismo instante amenazaba a Marie con la deportación
si no llamaba a Alexandria inmediatamente, obviamente pensando que, por su
acento, el ama de llaves era vulnerable a las amenazas.
Los colmillos se abrieron a presión en la boca de Aidan, y sus
ojos dorados resplandecieron ardientes y crueles, la bestia en él más fuerte
que nunca. ¿Era porque estaba celoso de cualquier varón que se acercara a su
compañera? ¿Porque sentía otra nueva y poderosa emoción cuando alguien le
gritaba a su ama de llaves? ¿O quizá una combinación de ambos? No lo sabía;
pero reconocía que era peligroso y tendría que ejercitar un gran autocontrol.
Un siseo largo y lento escapó de sus labios mientras flotaba hacia arriba por
las escaleras y entraba a la cocina a través del pasaje secreto. Se movió con
velocidad sobrenatural, invisible para el ojo humano. Todos los miembros de la
Raza de los Cárpatos eran capaces de cosas como esa, y era un hábito muy
arraigado en él.
En la entrada de su casa, un hombre alto y bien parecido
amonestaba ferozmente a su ama de llaves.
-Traiga a Alexandria inmediatamente o llamaré a la policía.
¡Creo que se ha cometido un crimen, y usted de alguna manera forma parte de
él!-. Miraba a Marie con desprecio, como si fuera un insecto que fácilmente
podría aplastar bajo su pie.
Abruptamente el desconocido quedó silencioso, con un temblor
frío corriendo por su columna vertebral. Tuvo la indescriptible impresión de
que algo estaba acechándolo. Miró salvajemente alrededor del parque inmaculado.
Vacío. A pesar de eso, la impresión de peligro era tan fuerte que su corazón
comenzó a golpear, y su boca se secó. El corazón de Thomas Ivan golpeó
ruidosamente contra su pecho cuando un hombre apareció virtualmente de la nada.
Simplemente pareció materializarse detrás de la terca ama de llaves. El hombre
era alto, elegante, bien vestido. El cabello rubio y largo fluía hasta sus
hombros anchos, y sus singulares ojos dorados lo evaluaron con la mirada sin
parpadeos de un felino. Exudaba poder. Poder y fuerza. El peligro se aferraba a
él como una segunda piel.
Thomas reconoció que la casa apestaba a dinero, y que ese
ocupante era alguien a quien no podría intimidar fácilmente. El hombre pareció
deslizarse hacia adelante, sus músculos ondeando bajo la camisa de seda, su
movimiento tan fluido que sus pies apenas parecían tocar el piso. Ciertamente
no hizo ningún sonido mientras se movía. La mano que apartó a Marie a un lado
fue extraordinariamente suave, pero comunicó un sentido de amenaza a Thomas.
-Marie está aquí legalmente, y es sumamente grosero de su parte
amenazar a los miembros de mi familia. Quizá aquellos que trabajan con usted
son simplemente sirvientes, pero los míos son mi familia y están bajo mi
protección-. Las palabras fueron dichas con una voz suave y agradable, de la
textura del terciopelo. Una sonrisa cortés acompañó las palabras, una
demostración breve de dientes blancos.
Sin razón alguna, Thomas sintió un temblor de miedo bajar por su
columna vertebral. El pelo de su cuerpo realmente se erizó de alarma. Su boca
estaba tan seca, que no estaba seguro de poder hablar. Inspiró y decidió ceder
un poco. Podía tratar con un ama de llaves; ese hombre era absolutamente
diferente. Sostuvo en alto una mano en el antiguo símbolo de paz.
-Mire, lo siento si comenzamos con el pie izquierdo. Me disculpo
por haber sido tan enérgico. Fue definitivamente un modo equivocado de manejar
la situación, pero mi amiga está perdida, y estoy muy preocupado. Soy Thomas
Ivan.
Aidan reconoció el nombre inmediatamente. La estrella naciente
de la industria de los videojuegos, la creatividad detrás del asombroso y más
popular videojuego sobre vampiros, había llegado de visita. Aidan levantó una
ceja, su cara inexpresiva.
-¿Se supone que debo conocerlo?
Ivan estaba desconcertado. Esa entrevista repentinamente había
cambiado de papeles, y él ya no tenía el control. Incluso su famoso nombre no
había causado el temor usual. Por alguna razón, ese hombre, de tan agradable
voz y educado como era, asustaba mortalmente a Ivan. Era francamente más
temible que los vampiros de su imaginación. Había una amenaza acechando justo
debajo de la superficie, como si el barniz de la civilización fuera muy
delgado, y un animal salvaje, poderoso y depredador, merodeara impacientemente
buscando la liberación.
Thomas lo intentó otra vez.
-Cenaba con mi amiga, Alexandria Houton, hace dos noches. Ella
enfermó y se marchó corriendo del restaurante, dejando atrás su portafolio, y
nunca regresó. Sus bocetos son de suma importancia para ella; nunca los dejaría
atrás si estuviera bien. Otras tres mujeres desaparecieron esa noche, junto con
un vagabundo. Hubo una tormenta terrible en esa ocasión, y la policía cree que
las personas perdidas de alguna manera fueron a parar al acantilado. El coche
de Alexandria fue encontrado la siguiente mañana en el estacionamiento, pero
poco después lo recogió el cuidador de su casa-. Ivan le había dado al
guardacoches una buena suma de dinero por esa información.
-Alexandria es una amiga íntima, señor Ivan- dijo Aidan-. Su
hermano menor la aguardaba fuera del restaurante cuando ella enfermó. Él me
llamó, y los traje a ambos aquí. La señorita Houton está todavía muy enferma y
no puede recibir visitas. Estoy seguro de que a ella le complacerá escuchar que
usted ha devuelto su portafolio. Le diré que la llamó-. Aidan saludó con la
cabeza en un gesto de despedida, esos ojos de oro derretido sin parpadear
jamás.
La voz refinada y agradable hizo patente que Thomas Ivan no
significaba nada para él. La parte extraña era que Ivan quiso hacer exactamente
lo que el hombre le ordenaba. De hecho, extendió el portafolio hacia el hombre
antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Rápidamente bajó el brazo.
-Lo siento, no escuché su nombre- dijo casi belicosamente. No
iba a ser despachado sin más, y mucho menos entregar el portafolio a un
perfecto desconocido. ¿Cómo sabía él que esa era la verdad?
La sonrisa blanca y perfecta apareció por segunda vez. Ese gesto
provocó escalofríos en la piel de Ivan. Era la sonrisa de un depredador, como
si la bestia acechando debajo de la superficie hubiera sido desatada. No
contenía calor, y los ojos dorados brillaban intensa y peligrosamente.
-Soy Aidan Savage, señor Ivan. Ésta es mi casa. Creo que ambos
asistimos a una fiesta para el Senador Johnson un año atrás, pero nunca fuimos
presentados. Me parece recordar ahora que usted inventa juegos de algún tipo.
Thomas se sobresaltó visiblemente. La voz era musical, sus notas
tan puras que no podía evitar querer oírlas una y otra vez. Pareció abrirse
camino dentro de él y retorcerlo y cambiar de dirección hasta que fue difícil
resistir cualquier cosa que ese hombre dijera. Sin embargo, en cierta forma, a
pesar de la pureza de la voz de Aidan Savage, las palabras punzaban. Ivan tenía
un éxito enorme con sus famosos juegos; eran la cosa más caliente del mercado.
Peor: había oído sobre el elusivo Aidan Savage, favorablemente considerado y
muy solicitado, y si un hombre con tal reputación y riqueza rechazara a Thomas
categóricamente, los círculos sociales en los que se movía, al mismo tiempo
profesional y personalmente, también podrían expulsarlo. Eso se estaba transformando
en una pesadilla. Sólo su necesidad de Alexandria Houton, personal y
profesional, lo mantenían estoico en el lugar.
-Realmente debo darle esto a Alexandria yo mismo. Su trabajo es
de suma importancia para ambos. Estaba ansiosa por conseguir un empleo conmigo,
y ciertamente estoy ansioso por dárselo-. Ivan trató de afirmarse en su
posición-. ¿Cuándo sería un buen momento para llamarla otra vez?
-Quizá en uno o dos días. Marie le suministrará mi número.
Alexandria y su hermano Joshua residen aquí ahora, pero aún no hemos contado
con el tiempo necesario para instalar un teléfono privado en las habitaciones
de Alexandria. Su enfermedad repentina, comprende, adelantó la mudanza antes de
que estuviésemos realmente listos con sus aposentos. Usted, claro está, me
devolverá la propiedad personal de Alexandria inmediatamente. Ella está bajo mi
protección, señor Ivan, y siempre tengo cuidado con los míos.
Los ojos dorados encontraron la mirada de Ivan y la cautivaron.
Thomas se encontró entregando dócilmente el portafolios. Luego los ojos lo
soltaron de su mirada fija e hipnótica, y, de nuevo, Ivan se sintió consternado
por lo que había hecho. ¿Qué se había metido en él? Nunca había tenido la
intención de dejar el portafolios a nadie excepto a Alexandria. Su mirada
encontró la mano de Savage, el pulgar acariciando el cuero artificial como si
fuera la piel de la propia joven. Sintió celos. Exactamente, ¿qué significaba
Aidan Savage para Alexandria? Un hombre como Savage se comía vivas a las
inocentes como ella. Thomas olvidó completamente, en su arranque de
caballerosidad, que esa había sido su propia intención hasta que había
descubierto su excepcional talento artístico.
-Gracias por hacernos una visita, señor Ivan. Lamento que no
pueda invitarlo a quedarse más tiempo, pero tengo varias citas. Me ocuparé de
que Alexandria lo llame por teléfono en un par de días, o que usted sea de otra
manera informado de sus progresos. Buenas noches, señor.
Ivan pronto se encontró fuera de la puerta cerrada, incapaz de
situar el acento europeo de Savage o soportar la sonrisa más bien presumida del
ama de llaves mientras reabría la puerta brevemente para darle el número del
teléfono no registrado de Savage. No había hecho a amigos en esa casa, un error
garrafal. Si Alexandria necesitase su ayuda, y estaba más que seguro de que
ella lo haría, no tenía aliados en esa fortaleza que Savage llamaba casa.
Aidan se volvió hacia Marie y tocó su pelo ligeramente, un gesto
breve, cariñoso.
-¿Te molestó ese imbécil?
Ella se rió ligeramente.
-Ni por asomo tanto como te molestó a ti. No sabías que tenías
un rival por los afectos de la dama. Un millonario famoso, nada menos.
-Él inventa estupideces.
-A pesar de eso, por lo que recabé de su conversación,
Alexandria quiere trabajar con él-. Ella le tomaba el pelo abiertamente-. Y sus
juegos sobre vampiros han salido en las noticias. Lo he visto en las portadas
de las revistas. Realmente está colado por Alexandria, ¿verdad?
-Él no tiene ni una oportunidad. Y es demasiado viejo para ella.
Marie y Stefan se rieron. Eran completamente conscientes de que
Aidan era aún más viejo, pues había vivido siglos. Aidan repentinamente se rió
de sí mismo, asombrándolos a ambos. Nunca habían visto una sonrisa genuina
iluminar sus ojos dorados.
-¿Cómo está el niño esta noche?- les preguntó él.
Marie y Stefan se pusieron serios.
-Está muy intranquilo- respondió Stefan. Unas pocas pulgadas más
alto que Marie, ancho y musculoso, era una fuerza difícil de ser afrontada-.
Creo que necesita ver a su hermana antes de volver a ser un niño normal otra
vez. Ha perdido demasiado en su corta vida.
-Es un niño muy dulce, Aidan. Ya tiene a Stefan envuelto
alrededor de su dedo meñique- apuntó Marie.
-¡Ja!- protestó Stefan enfáticamente-. Si eres tú quien llora
por él y lo llenas de comida a cada rato.
-Le hablaré- reconfortó Aidan a la pareja-, y le diré que su
hermana lo verá más tarde, después de que se levante en la cámara subterránea.
-Después de que ella despierte- corrigió Marie con el ceño
fruncido. No quería que se hicieran alusiones a la vida de otro mundo frente a
un niño inocente-. ¿Piensas que es sabio prometer tal cosa? ¿Qué ocurre si
ella...?- Marie vaciló.
Stefan, sin embargo, no se detuvo.
-¿Tiene problemas aceptando en qué se ha convertido? O peor,
¿qué ocurre si no es la compañera que buscas y está ahora completamente
desquiciada?
-Ella es mi compañera. ¿No pueden ver ya su presencia, su luz,
en mí? Me ha dado vida, luz, emoción. Veo los colores otra vez, y son
radiantes. Siento cosas, todo, desde la cólera hasta una calidez que me
derrite. Me ha devuelto el mundo. Despertará como alguien de mi gente, y sí,
espero una resistencia considerable de su parte, pero no frente al niño. Lo ama
muchísimo, y tratará de mostrarse tan normal como sea posible frente a él.
Joshua ha sido su principal motivación por años, y continuará siendo así. Será
tan importante para ella verlo, como para el niño verla a ella. Sospecho que si
Joshua puede aceptarme en su vida, ganaré la mitad de la batalla.
-¡Aidan!- Joshua entró corriendo al cuarto y envolvió sus brazos
alrededor de las piernas de Aidan-. Te he estado buscando por todas partes.
Marie me dijo que tu dormitorio está en el tercer piso, pero no estabas allí.
-Te dije que permanezcas lejos de las habitaciones del señor
Savage- dijo Marie con su mejor tono de regaño, pero no hubo manera de embozar
la calidez de su expresión.
Joshua pareció un poco avergonzado, pero contestó con brío.
-Lo siento, Marie, pero tengo que encontrar a Alexandria. Tú
sabes dónde está, ¿verdad, Aidan?- preguntó.
El hombre de la Raza de los Cárpatos descansó sus manos
amablemente en los rizos sedosos del niño. Su corazón se retorció, con una
sensación alegre y cálida. Había tanta confianza y tanta fe en esos ojos azules
que lo contemplaban...
-Sí, Josh. Todavía está dormida. Quiero que le des otra hora,
poco más o menos, para descansar, y luego te la traeré. ¿Qué te parece?
-¿Está mejor? He tenido miedo de que no regresara, tú sabes,
como Henry y mi mami y papi-. La voz del jovencito tembló de miedo.
-Alexandria no va a dejarte, Josh- le aseguró Aidan quedamente-.
Ella siempre estará aquí, y la cuidaremos juntos para que nadie la aparte de
nosotros. Sabes que siempre la protegeré, y no me derrotarán fácilmente. Nadie
la separará de nosotros. ¿Es un trato?
Joshua le sonrió abierta y confiadamente.
-Somos los mejores amigos, ¿verdad, Aidan? Tú, yo y Alexandria.
-Somos más que mejores amigos, Joshua- respondió Aidan
seriamente-. Todos los que vivimos en esta casa somos una familia.
-Marie dice que quieres que vaya a una escuela nueva.
Aidan asintió con la cabeza.
-Creo que sería lo más conveniente. A la que asistías está lejos
de aquí, y la escuela que tenemos en mente para ti es muy buena. Tendrás muchos
amigos y buenos maestros.
-¿Qué dice Alexandria? Normalmente es ella quien me lleva a la
escuela. Piensa que es peligroso que vaya solo.
-No a esta escuela. En todo caso, Stefan y Marie irán contigo si
quieres. Te acompañarán todos los días hasta que te encuentres a gusto con el
arreglo.
-Quiero que vayas conmigo si Alex no puede llevarme-. Joshua se
las ingenió para hacer un puchero.
Aidan rió suavemente.
-Tú, pequeño demonio. Puedo ver por qué eres capaz de salirte
con la tuya. Alexandria es un poco blanda en lo que a ti concierne, ¿verdad?
Joshua se encogió de hombros, luego rió también.
-Sí, me deja hacer cualquier cosa que quiera, y nunca se
enfurece cuando no hago lo que se supone que debo hacer. Algunas veces trata de
gritarme, pero siempre termina por abrazarme en lugar de eso.
-Creo que necesitas la mano firme de un hombre en tu vida, joven
Joshua- dijo Aidan, agachándose para levantar al niño sobre sus hombros
anchos-. Un hombre fuerte, grande y genial que no permitirá todas tus
payasadas.
Los brazos de Joshua rodearon el cuello de Aidan.
-Tú jamás le gritas a nadie.
-No, pero eso no significa que me desobedezcan cuando hablo,
¿correcto?
-Sí- admitió Josh-. Pero todavía creo que deberías llevarme a la
escuela cuando tenga que ir.
-Tengo que quedarme aquí para asegurarme de que tu hermana haga
todo lo que debe hacer para ponerse sana. Su enfermedad es muy peligrosa, y
debemos tener mucho cuidado por unos días. Puede ser realmente testaruda, como
sabes-. Aidan dijo lo último con un guiño conspirador.
Joshua asintió con la cabeza, con una pequeña sonrisa.
-Sé que si estás con ella, nada malo puede ocurrirle. Iré a la
escuela con Marie y Stefan. Por supuesto, si me llevaras, todos los otros niños
pensarían que tengo un papá grande y no tratarían de fastidiarme-. Él se
encogió de hombros-. Pero Stefan es grande. Tal vez funcionará.
-Estoy seguro de que Stefan ahuyentará a cualquier bravucón.
Pero ésta es una escuela agradable, Joshua, con niños agradables. Ninguno lleva
armas, y nadie va a tratar de lastimarte. Si algo parecido ocurriera, vendrías
a mí de inmediato y me lo dirías-. Los ojos dorados se fijaron directamente en
los azules.
Joshua asintió con la cabeza.
-Te lo diría, Aidan-. Él parpadeó y se retorció hasta que Aidan
lo puso en el suelo-. Marie dijo que la cena estaba lista. Es una buena
cocinera, mejor que Alex, pero no se lo digas a Alex, porque lastimará sus
sentimientos. ¿Vas a comer con nosotros esta noche?
Aidan se encontró sonriendo abiertamente, sin razón alguna.
Repentinamente sintió que tenía una familia por primera vez. Su gente había
cuidado de él por siglos, le había sido leal, y eso había ayudado en parte a
conservarlo en el mundo de la cordura. Ahora, sin embargo, tenía más que mera
lealtad, buena como ésta fuera. Sentía las emociones estrangulándolo,
desgarrándolo, calentándolo. Lo adoraba, aunque todavía lo encontraba algo
abrumador.
-Nunca le diremos a Alexandria eso- acordó él solemnemente.
Marie tomó la mano de Joshua.
-Simplemente me elogia para congraciarse conmigo. Le gusta lamer
el tazón de glaseado.
Joshua negó con la cabeza tan fuerte, que sus rizos rubios
rebotaron. Su voz fue solemne, sus ojos fervorosos.
-No, Marie, es realmente cierto. Alexandria es una cocinera
terrible. Ella quema todo.
Capítulo Cinco
Oyó los ruidos primero. Un tambor palpitando. La madera
rechinando. El agua corriendo. El murmullo de conversaciones, motores
retumbantes de coches, y la risa distante de un niño. Alexandria yació
perfectamente quieta, sin atreverse a abrir los ojos. Sabía que no estaba sola.
Sabía que era de noche. Sabía que el tambor palpitando era su corazón y el de
alguien más latiendo en un ritmo sincronizado. Sabía que la conversación que
podía oír tan claramente tenía lugar lejos de ella, en el primer piso, en la
cocina. Sabía que el niño que reía era Joshua.
No podía comprender cómo sabía esas cosas, y la aterrorizó.
Podía oler galletas y especias. Lo podía oler... a él. Aidan Savage. Estaba
allí, contemplándola con sus bellos ojos de oro líquido penetrantes y
escudriñadores. Se permitió respirar: esconderse como un niño asustado bajo los
cobertores no iba a cambiar nada. Ya era lo que fuera en lo que se había
convertido. Y de alguna forma, la había hecho... no humana. Pero el hambre
voraz que en ese momento reptaba a través de su cuerpo, un hambre que nunca había
conocido, era un hecho que debía afrontar.
Sus largas pestañas se levantaron, y lo primero que vio fue su
cara. Era asombroso cuán guapo era, en una forma puramente masculina. Lo
estudió cuidadosamente, a conciencia. Era fuerte y poderoso. Estaba allí,
pleno, la naturaleza violenta escondida apenas bajo todo el encanto civilizado.
Sus ojos eran como los de un gato, orbes dorados con pestañas largas. Tenía una
barbilla firme, una nariz elegante. Sus labios estaban bien delineados,
tentadores, y sus dientes excepcionalmente blancos. Su pelo era una melena
leonada de oro trémulo que se derramaba hasta sus hombros anchos. Sus músculos
eran definidos, y ondeaban cuando se movía. Pero en esos instantes permanecía
completamente quieto, como una parte de la habitación, casi entremezclándose en
las sombras, observándola atentamente. Era un depredador espléndido. Sabía lo
que era, sabía que no había otro como él.
Ella se tocó los labios con la lengua para humedecerlos.
-Entonces, ¿qué hacemos ahora?
-Necesito enseñarte nuestras costumbres.
Su voz era serena y práctica. ¿Hacía que las personas comunes se
convirtieran en vampiros todos los días? Alexandria se incorporó
tentativamente. Su cuerpo estaba sensible y tieso, pero no agonizante como se
había sentido antes. Estiró sus músculos cautelosamente, probándolos.
-No tengo ningún deseo de aprender tus costumbres-. Ella lo
miró, un destello de ojos azules rápidamente ocultos por sus pestañas largas-.
Me engañaste. Sabías que creía que me convertiría en… humana otra vez.
Él negó con la cabeza, la fuerza de su voluntad tan fuerte, que
no tuvo más remedio que contemplarlo. Por un momento, el oro derretido capturó
su mirada.
-No, Alexandria, sabes que no es cierto. Tú quisiste creerlo,
así que te convenciste a ti misma. Escogí no enfrentarte a la verdad, pero
nunca, en ningún momento, te engañé.
Una sonrisa pequeña, sin humor, tocó la boca femenina.
-¿Eso es lo que piensas? Cuán noble de tu parte absolverte a ti
mismo de cualquier responsabilidad.
Él se movió, una ligera ondulación de músculos, y el corazón
femenino brincó de alarma. El hombre volvió a sentarse, inmóvil otra vez,
presintiendo su miedo.
-No me absuelvo de ninguna responsabilidad sobre ese punto. Pero
no puedo cambiar lo que ya está hecho. Ni pude cambiar lo que ocurrió la última
noche. Créeme, Alexandria, no habría nada que no diera por evitarte lo que el
vampiro te hizo pasar. Si hubiera sido capaz de hacer más para disminuir tu
agonía, lo habría hecho.
Su voz, tan suave y tierna, timbraba con honradez. Parecía tan
incapaz de mentir. ¿Pero no tenían los vampiros esa habilidad, el poder para
fascinar a sus víctimas? Alexandria ya no sabía cuál era la realidad, pero no
iba a permitir que alguien asumiera el control de su vida sin luchar. Tenía
cerebro, era fuerte y estaba decidida. Había aprendido mucho tiempo atrás a
tener paciencia y fortaleza de ánimo, las habilidades necesarias para
sobrevivir. Bien, en ese momento no le bastaba la información que tenía para
tomar alguna decisión.
-¿Soy como tú ahora?
La boca de él se movió en la más pequeña de las sonrisas; luego
su cara fue otra vez una máscara fría, en blanco, sus ojos dorados sin
espíritu, reflejando a su vez su propia imagen.
-No exactamente. Yo nací siendo de la Raza de los Cárpatos. Mi
pueblo es tan antiguo como el tiempo mismo. Soy uno de los antiguos, un sanador
entre nuestra gente, y un Cazador de vampiros. Tengo el conocimiento y el poder
de siglos de estudio.
Ella sostuvo en alto una mano.
-No estoy segura de estar lista para todo esto. Principalmente,
quiero saber si todavía soy yo misma.
-¿En quién pensaste que te convertirías? Ya no hay ninguna
mancha de la sangre del vampiro en tu sistema, si eso es lo que te preocupa.
Ella aspiró profundamente. Se inspiró en sus conocimientos
tradicionales acerca de los vampiros. El hambre era un dolor que la roía.
-Lo que me preocupa es… si puedo o no caminar bajo el brillo del
sol. Si puedo o no comer como una persona ordinaria, ir a un lugar de comida
rápida con Joshua y comer cualquier cosa.
Él contestó serenamente.
-La luz del sol quemará tu piel. Tus ojos experimentarán la peor
reacción, hinchándose y deteriorándose. A la luz del día, debes llevar puestos
anteojos oscuros, hechos con lentes especiales para nuestra gente.
Ella dejó escapar la respiración lentamente.
-Eso contesta a una pregunta. Me empeño en no ponerme histérica.
Simplemente dímelo directamente.
-Debes tomar sangre para sobrevivir.
-Podrías haberme soltado la noticia más amablemente, por etapas
o algo por el estilo- contestó ella sardónicamente, su irreverencia
acostumbrada claramente intacta, si bien su mente daba vueltas, en un caos
total. Era duro pensar, respirar. Eso realmente no podía estar ocurriendo.
Simplemente no podía-. Espero que no anuncies que debo pasar la noche en un
ataúd-. Trató de bromear, para ayudar a su mente a aceptar la posibilidad de
que dijera eso. Más que nada, quería gritar.
Sus ojos estaban absorbiéndola, acercándola a él. Casi podía
sentirlo tratando de alcanzarla, una ilusión tan real que sintió el calor de
sus brazos, su contacto tranquilizador dentro de su mente.
-No creo que sea necesario.
La lengua de ella encontró sus labios repentinamente secos.
-No puedo respirar.
Él la tocó físicamente entonces, su mano rodeándole la nuca,
arrastrando hacia abajo su cabeza.
-Sí, puedes- él dijo serenamente-. Este pánico pasará.
Ella metió grandes bocanadas de aire en sus pulmones demasiado
calientes, luchando contra los sollozos que rasgaban su garganta. No podía
gritar. No podía hacer nada excepto tratar de respirar. Los dedos varoniles
empezaron un masaje lento, tan suave, tan ligero, que su cuerpo respondió,
aligerando la tensión terrible.
-¿Por qué simplemente no me mataste?-. Las palabras fueron
amortiguadas por la colcha, por su garganta dolorida.
-No tengo intención de matarte. Eres inocente de cualquier
maldad. No soy un asesino a sangre fría, Alexandria.
Ella lo contempló entonces, sus ojos grandes encontrando los de
él.
-Por favor no me mientas. Esto ya es lo suficientemente duro.
-Soy un Cazador, piccola, pero no mato a los inocentes. Soy un
centinela de la justicia para que nuestro pueblo, regido por nuestro Príncipe,
el líder de nuestra gente, vigile esta ciudad.
-No soy de tu raza. No lo soy realmente-. Ella sabía que sonaba
desesperada a pesar de su intención de permanecer tranquila-. Debe haber alguna
manera. Tienes que deshacerlo-. Su voz estaba temblando, su cuerpo
estremeciéndose-. Si simplemente me escucharas, entenderías. No soy realmente
como tú.
Su mano se cerró sobre la de ella, aflojando sus dedos
agarrotados, su pulgar acariciando ligeramente el pulso frenéticamente batiente
en su muñeca.
-Tranquilízate, Alexandria, estás bien. Te curarás rápido. Sé
que no llegaste a verte la otra noche, pero ya estás notablemente recuperada. Y
encontrarás mucho para amar en tu nueva vida. Podrás ver en la oscuridad como
si fuese pleno día. Podrás oír cosas que nunca antes has oído, ver cosas nunca
vistas. Es un mundo bello.
-No entiendes. Ya tengo una vida. Y tengo que cuidar de Joshua.
Joshua no puede estar sin mí durante el día, es simplemente un niño. Necesita
que lo lleve a la escuela, y tengo que trabajar también.
Aidan le había dicho que no era un asesino, pero Alexandria no
estaba ciega. Era tan hermoso como mortífero, bajo un barniz delgado de buenos
modales. No podía (y no lo haría) volverse como él. Tenía que cuidar de Joshua.
Aidan suspiró, suave y tiernamente, una exhalación tranquila que
la joven sintió directamente hasta los pies, y tuvo el presentimiento horrible
de que él sabía lo que pensaba, que realmente estaba de alguna manera en su
cabeza, compartiendo sus pensamientos y emociones.
-Podrás cuidar de Joshua. Tus cosas han sido trasladadas a las
habitaciones del segundo piso. Joshua y tú tendrán sus aposentos allí: será
esencial que mantengas la ilusión de llevar una vida humana. Sólo durante la
tarde, cuando estés en tu estado más vulnerable, podrás bajar a esta cámara y
dormir. Joshua no recuerda nada del vampiro. No podía permitir que se sintiera
traumatizado de por vida.
-No podías permitir que él supiera la verdad- adivinó Alexandria
sagazmente-. Tenemos nuestra propia casa. Tan pronto como sea capaz, voy a
llevármelo de aquí-. Fuera de esta ciudad si es necesario, lejos de ti, tan
lejos que ninguna amenaza pueda alcanzarlo nunca.
Hubo un silencio pequeño que pareció estirarse hasta la
eternidad. Por alguna razón, ella podía sentir su corazón golpeando con alarma.
Cuando Aidan se movió, cada músculo de su propio cuerpo se congeló. Él guardó
silencio, pero la aterrorizaba la forma en que se movía tan calladamente.
-Hay un vínculo entre nosotros, Alexandria-. Su voz era pura,
como el sonido de un torrente claro derramándose en las rocas-. Es irrompible.
Siempre sabré dónde estás, de la misma manera que tú siempre podrás
encontrarme. Si hubiera querido dañar a Joshua, ya habría dispuesto de él mucho
tiempo atrás. Te quedarás aquí y aprenderás lo que debes hacer para sobrevivir.
Al menos, date el tiempo necesario para ajustarte a tu nueva vida.
-Quiero verlo ahora mismo. Quiero ver a Joshua.
Por alguna razón inexplicable, encontraba imposible respirar
otra vez. Las emociones bullían y bailaban, enfureciéndose y estallando, hasta
que pensó que podría perder la razón. En lugar de eso, se sentó quedamente como
una niña educada aguardando su consentimiento. Él permaneció con la mirada fija
en ella, con sus ojos dorados, su cara convertida en una máscara inexpresiva.
Alexandria no tuvo idea de qué ocurrió después. En un momento,
estaba sentada quedamente, al siguiente se había lanzado fuera de la cama y se
había precipitado hacia él, incapaz de contener la furia que corría a toda
velocidad dentro de ella. Los rasgos sensuales de Aidan permanecieron fríos y
calmos incluso mientras atrapaba su pequeña y voladora figura, mientras la
muchacha luchaba desesperadamente por recobrar su autocontrol, horrorizada de
su propio comportamiento. Nunca había hecho una cosa así antes. Aidan la
contuvo fácilmente, asiendo sus muñecas tras su espalda y aplastándola contra
su cuerpo para impedir que se moviera.
Y por primera vez, la joven fue consciente de la camisa delgada
que cubría su piel desnuda, sus curvas calzando perfectamente contra el cuerpo
masculino. Fue consciente de él como hombre, de sí misma como mujer, y eso la
horrorizó. Toda la situación la horrorizaba.
-Shh, piccola, cara mia, cálmate- la serenó, una mano
inmovilizando sus muñecas mientras la otra se enredaba en la pesada cascada de
cabello sobre su nuca-. Pasaremos por esto juntos. Aférrate a mí. Úsame. Usa mi
fuerza-. Soltó sus muñecas mientras su mano sostenía el cuello de la muchacha.
Ella golpeó su pecho una vez, dos, haciendo el intento de no
gritar su frustración.
-Estoy loca. Mi mente está loca. No puedo detenerme-. Ella apoyó
la cabeza contra los músculos pesados de su pecho, el único refugio, el único
santuario que le quedaba. Su cerebro corría a toda velocidad, en una confusión
terrible y caótica de pensamientos desesperados. Aidan era sólido, un ancla de
fuerza, la calma en el ojo de la tempestad.
-Respira, Alexandria. Conmigo, respira-. Las palabras murmuradas
suavemente sobre su piel se rezumaron a través de sus poros, penetrando en su
corazón y sus pulmones.
Él parecía estar haciéndolo por ella, su respiración regulando
la suya. Aidan la sostuvo casi tiernamente, sin preguntarle nada, simplemente
sujetándola hasta que el estremecimiento terrible cesó y pudo permanecer de pie
sobre sus piernas. Casi a regañadientes él la soltó, poniendo un espacio entre
ellos, su mano deteniéndose bajo la larga y gruesa trenza un instante más de lo
necesario, hasta que su brazo otra vez cayó hacia su costado.
-Lo siento-. Alexandria presionó las puntas de los dedos en sus
sienes-. Normalmente no soy una persona violenta. No sé qué me sucedió-. Era
tan diferente a su forma de ser, esa locura. La sangre del vampiro debía estar
todavía en ella, y Aidan no quería revelarle la verdad.
Aidan podía leer su miedo de que el vampiro pudiera estar
todavía en su interior dirigiendo sus acciones. Qué disparate. Negó con la
cabeza.
-El miedo mismo nos puede hacer actuar fuera de nuestro carácter
normal. No te preocupes tanto. ¿Estás lista ahora para ver a Joshua y
permanecer lo suficientemente serena para tranquilizarlo? Sé que necesitas más
tiempo para ajustarte a todas estas novedades, y no insistiré, pero tu hermano
comienza a preocuparse. El joven Joshua piensa en sí mismo como tu protector.
Aunque confía en mí, necesita verte, tocarte-. Deliberadamente él dirigió los
pensamientos de la muchacha hacia el niño, lo único capaz de apartar su mente
de su terrible transformación.
Con una mano temblorosa, ella trató de alcanzar los pantalones
vaqueros que Aidan había hecho traer de la pensión.
-Ponme al tanto de lo que debería saber, lo que Joshua espera.
No puedo recordar todo lo que me dijiste.
Aidan no podía arrancar la mirada de la delgada longitud de sus
piernas. Su cuerpo se endureció inesperadamente, su sangre martilleante y
caliente. Le volvió la espalda para esconder su hambre. Hambre por el erótico,
húmedo y caluroso sexo. Nunca había sentido su influencia con un calor tan
intenso.
-¿Aidan?-. Él oyó el susurro de la cremallera mientras la voz
femenina rozaba su piel. Los colmillos estallaron en su boca, y su cuerpo se
tensó de necesidad. Apenas pudo suprimir un gruñido bajo y agresivo. Sus dedos
se convirtieron en puños, con los nudillos blancos. A medida que los varones de
la Raza de los Cárpatos maduraban, todo aumentaba en intensidad, incluyendo las
emociones, si es que podían sentirlas. El dolor, la felicidad, la alegría… la
necesidad sexual. Sabía eso, pero nunca lo había experimentado antes. No podía
controlarlo fácilmente cuando todo era tan nuevo.
Dejó escapar su respiración lentamente, la neblina roja ante sus
ojos retirándose, el demonio afanándose por dominarlo mientras él lo sometía y
reprimía. Tenía una eternidad para conquistar a Alexandria. Ella estaba unida a
él, alma a alma, mente a mente. Encontraría la paciencia para darle el tiempo
suficiente para que fuera a él voluntariamente.
-¿Aidan?-. Esta vez su voz tembló-. ¿Algo está mal?
-No, claro que no. Déjame repasar las cosas para ti. Joshua cree
que soy un viejo amigo de la familia. Cree que ustedes dos han estado planeando
mudarse desde hace algún tiempo a las habitaciones del segundo piso y que tu
malestar en el restaurante simplemente adelantó las cosas.
Sus grandes ojos de color zafiro lo miraron furiosamente; luego,
sus largas pestañas rápidamente los ocultaron.
-Bueno, ¿y qué tan buenos amigos se supone que somos?
Una sonrisa pequeña tiró de la boca viril, y por un momento
breve, pareció casi un muchacho. Luego la ilusión se desvaneció, y él fue un
depredador poderoso otra vez.
-Oh, podría decir cercanos. Muy cercanos. Y, afortunadamente
para mí, a Joshua le gusta de ese modo. Es mi aliado incondicional.
Una ceja subió rápidamente, y el hoyuelo cerca de la boca de la
joven se hizo más hondo.
-¿Tú necesitas un aliado?
Otra vez él vislumbró su naturaleza traviesa, y sintió emerger
otra pequeña sonrisa.
-Absolutamente.
Aidan tenía una forma de inclinar la cabeza hacia un lado y
mirarla con tal hambre que le quitaba la respiración. Podría haber sido un
truco de la luz, pero no había luz. Ella se concentró en sus palabras, haciendo
el intento de no reaccionar a sus ojos sensuales o el sonido hipnótico de su
voz.
-Un amigo tuyo, más bien odioso, te siguió la pista hasta aquí y
exigió verte. Además de contrariar a mi personal, no fue muy lejos, pero
devolvió algo que te pertenece. Eres consciente, claro está, de que tanto tu
amigo Henry como el pequeño Joshua desaprobaron instintivamente a ese
fabricante de juegos infantiles. De hecho, Josh tiene planes secretos para
hacer dinero y que no tengas que vender tu arte a semejante hombre-. Aidan
levantó las manos hacia su propia cabeza para asegurar su melena gruesa en la
nuca-. Tiene una sonrisa que me recuerda a la de un tiburón, ¿no estás de
acuerdo?
Alexandria estaba embelesada por el simple acto de ver a Aidan
atándose el pelo, encontrando la forma en que él se movía increíblemente sexy.
Negó con la cabeza, enojada de que un pensamiento tan ridículo incluso se le
hubiera ocurrido.
-¿Estás hablando de Thomas Ivan? Porque si es así, muestra algún
respeto. El hombre es genial en lo que hace. ¿Pero realmente vino aquí
buscándome?
Se aferró a esa noticia. Él era humano y normal, de un mundo
humano y normal. Thomas Ivan era alguien con quien podía llevarse bien, alguien
que tenía cosas en común con ella. Ignoró el hecho de que la sonrisa de Thomas
Ivan fuera exactamente como la sonrisa dentuda de un tiburón, e ignoró
igualmente el hecho de que esa criatura frente a ella era el hombre más puramente
masculino que alguna vez había visto y que su simple sonrisa la fascinaba.
-Los guiones del hombre son idiotas. No sabe nada acerca de los
vampiros-. Había desprecio en la voz de Aidan, pero su tono mantenía aún tal
pureza, que ella se encontró inclinándose hacia él, y tuvo que enderezarse
bruscamente.
-Nadie sabe nada acerca de los vampiros- corrigió ella
firmemente-, porque no existen. No pueden existir. Y su trabajo no es idiota.
Sus juegos son brillantes.
-No había oído eso acerca de que los vampiros no existían-
replicó Aidan con una sonrisa burlona-. Hubiera querido saberlo antes: me
podría haber ahorrado una gran cantidad de problemas durante siglos. Por lo que
respecta a Ivan, temo que debo estar de acuerdo con Joshua. El hombre es un
asno pomposo. En todo caso, devolvió tu portafolios, y le dije que te
comunicarías con él cuando tu doctor dijera que estás lo suficientemente bien
para hacerlo.
-No tengo doctor.
Los dientes blancos de Aidan relampaguearon, y sus ojos dorados
brillaron con diversión perversa.
-Yo soy tu doctor. Soy tu sanador.
Ella no pudo sostener esa ardiente mirada fija. Su diversión era
tan sexy como su boca esculpida.
-Creo que caigo en la cuenta. Entonces, ¿qué más ha dicho mi
hermanito?-. Ella recorrió con la mirada el cuarto-. ¿No hay alguna camisa mía
por aquí?- levantó los faldones de elegante seda de la camisa que llevaba
puesta-. ¿Alguna que no alcance mis rodillas?
Él se aclaró la voz. Le gustaba que ella llevara puesta su
camisa, como si estuviera rodeada por él.
-Bueno, realmente, como Joshua sabe, ese es uno de tus hábitos
molestos. Te gusta correr de un lado a otro con mis camisas. Piensas que son
mucho más cómodas que tus ropas.
Alexandria lo contempló con sus ojos azules muy abiertos.
-Oh, ¿lo hago? Y supongo que tú te molestas por eso.
-A menudo, para Josh. Nos reímos acerca de las excentricidades
de las mujeres. Él piensa que te ves bonita con mis camisas.
-¿Y qué le daría a un niñito una idea como esa?
Él se veía impenitente.
-Lo podría haber mencionado una vez o dos.
Sus ojos dorados se deslizaron sobre su cuerpo, haciéndole tomar
conciencia de su piel desnuda bajo la camisa, de cada curva, del hecho de que
estaban completamente solos en alguna cámara secreta de su casa.
-Es cierto, después de todo. Te ves bonita con mi camisa.
-¿Por qué Joshua y yo tenemos que quedarnos aquí?-. La joven
continuó ese tema de conversación para apartarse de las peligrosas y nuevas
sensaciones.
-Joshua es un faro para guiar a nuestros enemigos hacia
nosotros, como lo son Marie y Stefan. Como por mucho tiempo hemos tenido lazos
humanos, estamos sujetos a ellos, y aquellos que quieren destruirnos nos pueden
encontrar fácilmente. Aunque la mayor parte de nuestra especie puede permanecer
escondida a voluntad, nuestros enemigos saben que nunca estaremos lejos de
nuestras conexiones humanas, especialmente como Josh, que es un niño pequeño.
Están más seguros de nuestros enemigos aquí en mi casa.
-¿Qué enemigos? No tengo enemigos-. Aidan habló con practicidad,
pero Alexandria podía sentir su corazón comenzar a golpear una vez más.
Percibió que él decía la verdad, y quienquiera que fuera el enemigo, no era un
asaltante ordinario.
-Paul Yohenstria no era el único vampiro en esta ciudad. Hay
otros, y saben que los cazo. Sabrán de tu existencia rápidamente, y usarán sus
poderes para obtenerte.
Alexandria sintió que los músculos de su estómago se tensaban.
-¿Por qué me querrían? No entiendo nada. ¿Por qué está
ocurriéndome todo esto?
-Eres una verdadera psíquica, una mujer humana capaz de
convertirte en una de nosotros. E incluso los vampiros son de la Raza de los
Cárpatos antes de transformarse. Hay pocas mujeres entre nuestra gente, y son
intensamente atesoradas.
La barbilla de Alex se levantó belicosamente.
-Tengo noticias para usted, señor Savage. “Su gente” a duras
penas parece tratar a las mujeres como tesoros. No me extraña que haya tan
pocas-. Ella tocó las heridas todavía visibles de su garganta-. No puedo
imaginar a demasiadas mujeres deseando ese honor. Verdaderamente puedo decir
que yo misma no estoy muy contenta.
-Te he pedido que me llames a Aidan. Es necesario, incluso
cuando estamos solos, que continuemos comportándonos de la manera humana y
mantener la pretensión de que somos amigos íntimos hasta que llegue a ser
realmente así-. Sus ojos dorados destellaron por un momento, casi deteniendo su
corazón.
Los dedos femeninos se retorcieron en los faldones de su camisa,
la agitación aumentando a pesar del tono quieto y tranquilizador de la voz
varonil.
-¿Quién más vive aquí? Sé que hay una mujer. Recuerdo que no
llamó a ninguna ambulancia aún cuando le rogué que lo hiciera-. A pesar de sus
intentos de actuar con normalidad, Alexandria no podía librarse del miedo y la
amargura en su voz.
Aidan avanzó un paso, tan cerca que podía sentir el calor
irradiando de su cuerpo.
-Mi ama de llaves, Marie, estaba sumamente afligida por tu
estado, Alexandria. No fue su culpa, y esperaba que no la culparas tú. Ella
sabía que un doctor humano no podría ayudarte. Yo era el único que podía
aliviar tu sufrimiento. Para que lo sepas, estaba muy enojada conmigo por tu
estado. Ha sido mi ama de llaves y un miembro de mi familia por largos años. Es
quien cuidará de Joshua para nosotros mientras somos incapaces de hacerlo a
mediodía. Sólo por esa razón deberías buscar de corazón convertirte en su
amiga.
-¿La controlas? ¿Bebes su sangre? ¿La obligas a hacer todo lo
que quieres, como un títere?- explotó Alexandria.
-Nunca he tomado la sangre de Marie, ni he controlado jamás sus
pensamientos. Ha preferido quedarse conmigo, como lo ha hecho su familia antes
que ella, por propia voluntad. Se quedó a tu lado mientras estabas tan enferma
porque sentía compasión. Me repetiré una última vez para que puedas entender.
Ella no llamó una ambulancia porque ningún médico humano podría haber aliviado
tu sufrimiento-. Él sentía innecesario informarle que los doctores humanos
habrían averiguado las anormalidades nuevas en su sangre, y que su especie
nunca podría permitir tal descubrimiento. Estaban a menudo acosados más que por
sólo los no muertos. Los humanos cazadores de vampiros los buscaban también.
Otra vez su voz fue fría y calma, pero la boca de ella se quedó
seca de aprensión. Él podía comunicar las amenazas en silencio mucho mejor de
lo que la mayoría de la gente podía hacerlo a gritos. Asintió con la cabeza,
tratando de verse conforme cuando en verdad estaba desmoronándose
emocionalmente por dentro, su mente despedazándose y su cuerpo temblando casi
más allá de su capacidad de control.
-Respira. Continúas olvidándote de respirar, Alexandria. Tu
mente trata de ocuparse del trauma de lo que te ha ocurrido de a poco, y cada
vez que una nueva pieza de información es procesada, tu cuerpo reacciona. Eres
una mujer muy inteligente; tienes que saber que ésta no será una transición
fácil, pero la pasarás.
Una sonrisa pequeña, sin humor, curvó su boca temblorosa.
-¿Lo haré? Estás tan seguro de eso. ¿Es porque lo has
decretado?-. Su barbilla se levantó, y por un momento sus ojos brillaron de
desafío-. Estás tan seguro de ti mismo.
Él simplemente la observó, de esa manera calma e indignante que
para ella estaba haciéndose familiar. Alexandria finalmente suspiró.
-No te preocupes. No culpo a la mujer.
-Marie- murmuró él suavemente entre sus dientes blancos, un
susurro de terciopelo sobre hierro. Sus ojos dorados eran derretido oro
ardiente que fácilmente podrían engullirla.
Ella tragó saliva.
-Marie, entonces. Seré amable con ella.
Él tendió una mano. Alexandria clavó los ojos en ella un
momento, y luego, evitando cuidadosamente todo contacto, se deslizó tras él
hacia la puerta. Aidan caminó con ella, una sombra silenciosa, pero la joven
era consciente de cada ondeante músculo, su cuerpo caliente, hasta su misma
respiración. Estaba tan cerca de ella, que sintió que sus corazones latían al
mismo ritmo.
El túnel en el que entraron era estrecho y serpenteaba hacia
arriba, al primer piso. Se vio forzada a detenerse a medio camino cuando una
ola de mareos la sobrecogió. Se agarró a la pared de piedra y luchó por
respirar. De nuevo Aidan curvó un brazo alrededor de su cintura.
Los dedos de Alexandria se ensortijaron en su camisa.
-No puedo hacer esto. Lo siento, pero no puedo-. Hubo una
súplica involuntaria en su voz, el miedo venciendo su sentido de auto
conservación contra el poder de Aidan. Él era enormemente fuerte y tan firme
como una roca. Era que todo lo que tenía para aferrarse cuando su mente se
rebelaba contra el trauma al que había estado sometida.
Él la sostuvo como a un niño, su cuerpo dando consuelo cuando,
dentro de él, la bestia rugía por la culminación.
-Por ahora, piensa sólo en el niño. Está solo y asustado por ti.
He hecho lo mejor que he podido para reconfortarlo, pero ha perdido demasiado
en su vida, y los recuerdos que tiene de este lugar y de mí y mi familia son
simplemente implantados, substitutos para la realidad de su amor por ti. El
resto del futuro puede esperar, ¿no es cierto?-. Su voz fue pura hechicería,
imposible de resistir. Susurraba sensualmente en su mente, asegurándole que si
simplemente hiciera lo que sugería, todo estaría bien en su mundo.
La barbilla masculina rozó la parte superior de su cabeza,
demorándose por un momento mientras él bebía su perfume, asegurándose de que
sus aromas se entremezclaran. Su mirada dorada contenía posesión y hambre; pero
sus brazos eran tiernos y delicados.
-Ahora ven conmigo, Alexandria. Entra en el calor de mi casa por
tu propia voluntad. Comparte algún tiempo conmigo y los míos. Olvida todo por
ahora, excepto este respiro de tu pesadilla. Necesitas alivio, y no te hará
ningún daño.
-¿Fingir normalidad?
-Si quieres ponerlo de ese modo, supongo que podríamos decirlo
así-. Sus dedos, masajeando su nuca, ejercían algún tipo de magia.
En su vida había habido también mucha adversidad, ninguna
calidez excepto el de Joshua. Aidan era tan tierno, y aunque esa fuera la
ilusión más grande de todas, Alexandria se acomodó en sus brazos. En algún
nivel inconsciente se dio cuenta de que estaba aferrándose a él, apoyándose en
su fuerza, pero se rehusó a pensar en ello; por su propia cordura, no se
atrevió. Necesitaba sumergirse en una pequeña apariencia de vida normal, aunque
fuera sólo por un corto tiempo.
Aspiró profundamente.
-Estoy bien ahora. De verdad. Y voy a fingir que eres un buen
hombre, no una bestia gruñona a punto de comerme si no hago todo lo que dices.
Contra la piel de raso de su cuello, la boca masculina se curvó
en una sonrisa, su respiración caliente contra su pulso, sus dientes rozándola
amablemente. La sensación fue más sensual que atemorizante.
-No sé dónde sacas esas ideas, cara. ¿Quizá de los juegos de
Thomas Ivan? Deberías dejar de jugarlos. Parecen influenciarte indebidamente.
-Pero él es tan bueno en lo que hace. También has jugado esos
videojuegos, ¿verdad?- preguntó ella, acertando y tratando de azuzarlo un poco.
Permaneció muy quieta, casi conteniendo la respiración, disfrutando la
sensación de su boca en su cuello, pero aterrada de esa reacción extraña en sí
misma.
-Admitiré haber perdido el tiempo en investigar su propaganda
tonta… pero no debes decírselo a nadie. Podría perder mi status como verdadero
Cazador de vampiros-. Su brazo se deslizó de regreso alrededor de su cintura, y
su cuerpo la urgió a subir a lo largo del estrecho túnel.
-¡Aidan! ¿Eres un esnob?- bromeó ella, tratando de ignorar los
sentimientos poco familiares que provocaban sus músculos duros rozando contra
su cuerpo. Él estaba tan cerca de ella, y sus brazos la hacían sentirse tan
protegida, una sensación que nunca había experimentado antes.
-Probablemente- murmuró sobre su piel, haciendo temblar sus
entrañas -. Olvidaste tus zapatos- apuntó entonces-. Este piso está frío.
Deberías haberte puesto las zapatillas que dejé para ti-. Hubo una huella de
censura en su voz.
Alexandria miró hacia él sobre su hombro, un destello rápido de
ojos azules.
-Ese es otro de mis hábitos que sin duda te molestarán a menudo.
Tengo muchos, ¿sabes? Siempre me gusta ir descalza por la casa.
Aidan guardó silencio un momento. Ni siquiera podía oír sus
pasos. Parecía deslizarse en vez de caminar.
-Entonces, ¿cuántos hábitos molestos tienes exactamente?-
preguntó él. Su voz creó una sensación chistosa de derretimiento dentro de
ella.
-Tantos que no los puedo contar. Y son malos, realmente malos-.
Hubo una nota provocativa en su voz, un calor que no había estado allí antes.
Aidan registró la mente de la joven y se encontró con que trataba de hacer lo
que le había dicho, apartando a un lado todo lo que había ocurrido y viviendo
únicamente el momento. Su calidez natural y su humor comenzaban a salir a la
superficie a pesar de todas las probabilidades en contra. Se sintió orgulloso
de ella. Constantemente lo asombraba. Esa mujer, tan inesperada en su vida,
ciertamente valdría el esfuerzo y la paciencia que le llevaría ganarla
completamente. Nadie jamás le había gastado bromas antes. Marie y Stefan habían
estado de su vida un largo tiempo, y era consciente del afecto de ambos por él,
pero siempre teñido de respeto hacia qué y quién era.
-No conoces la acepción de la palabra mala. No tienes vicios.
Incluso ni siquiera fumas, y muy raras veces bebes alcohol. Y antes de que me
acuses de leer tu mente, déjame decirte que Joshua ha revelado todos tus
secretos. Quería que conociera tus virtudes.
-Oh, ¿lo hizo?- de pronto una pared se materializó frente a
ella, y Alexandria se detuvo bruscamente. Parecía hecha de piedras sólidas,
inmóviles.
Aidan se estiró desde detrás de ella y con tranquilidad colocó
las puntas de sus dedos en una de las piedras extravagantemente moldeadas. Un
panel se meció hacia afuera, permitiéndoles el acceso hacia las escaleras que
conducían del sótano a la cocina.
Alexandria puso sus ojos en blanco.
-Qué notablemente melodramático. Pasadizos secretos y todo.
Deberías escribir un libro, Aidan. O quizá hacer un videojuego.
Él se apoyó cerca, su respiración caliente enviando un temblor
por su columna vertebral.
-No tengo imaginación.
Su pulso palpitó directamente bajo su boca. Aidan sintió su
calor cautivándolo, su perfume, el sabor de su sangre, tan adictiva,
llamándolo.
Por un momento, sus ojos resplandecieron con hambre y necesidad,
emitiendo ardientes chispas de oro. La sangre en su cuerpo brincó de
anticipación, y en su boca sus colmillos forcejaron por ganar la libertad.
-¿De verdad? Creo que uno de tus hábitos molestos es mentir cada
vez que te viene bien. Implica gran imaginación simplemente haber diseñado este
lugar. Y no me digas que no lo hiciste tú.
Fue su prolongado silencio el que lo delató. Alexandria percibió
repentinamente el peligro en el que estaba y se congeló, conteniendo el
aliento. Su quietud, el perfume de su miedo, lo golpearon; sus dedos rodearon
la frágil muñeca femenina con gentileza.
-Lo siento, cara, ha pasado mucho tiempo para mí. Experimentar
emociones es ligeramente apabullante. Tendrás que perdonarme cuando cometa un
error.
Su voz otra vez pareció envolverla en brazos seguros,
ofreciéndole un refugio. Alexandria se mordió el labio con suficiente fuerza
como para producir una gota de sangre, esperando que el dolor disipara esa
ilusión de seguridad que él había creado, y trató de alejarse.
Aidan se rehusó a renunciar al control de la situación. Sus
dedos nunca la apretaron, pero, precisamente por ello, su asimiento fue casi
irrompible. Él inclinó su cabeza hacia ella, sus ojos dorados manteniendo
cautivos los azules.
-No pongas la tentación en mi camino, Alexandria. Tengo poco
control cuando estoy contigo.
Él murmuró las palabras, una seducción de terciopelo, y con sólo
su voz avivó una pequeña llama en el cuerpo de la joven. Su boca la rozó en la
más ligera de las caricias, pero le quitó la respiración cuando su lengua robó
la gotita roja y diminuta de sangre de su labio inferior.
Cuando él levantó la cabeza de la misma forma lenta y sensual en
que la había bajado, ella sólo pudo quedarse mirándolo con impotencia,
fascinada por el fuego inesperado en su sangre y la necesidad de su cuerpo. La
conmocionó la fuerza de su primera percepción sexual real. Que hubiera sido con
ese hombre, que ella pudiera sentir tanto ardor y hambre por una criatura como
Aidan Savage, la hizo temblar.
Él podía sentir el pequeño temblor que atravesó su cuerpo
delgado, ver la conciencia sensual en sus ojos azules. La lengua de Alexandria
pasó como una centella nerviosamente, tocando su labio inferior justamente
donde la lengua de él la había tocado. Aidan sintió su propio cuerpo tensándose
de necesidad, urgiéndolo a reclamar lo que era legítimamente suyo, el demonio
levantando su cabeza y rugiendo.
-¿Aidan?- la mano de la muchacha se elevó protectoramente hasta
su garganta-. Si vas a lastimarme, termina ya con ello. No juegues alguna
especie de juego conmigo. No soy una persona muy fuerte, y no creo que pueda
manejar mucho más de esto sin volverme loca.
-He dicho que no te dañaré, Alexandria, y no lo haré-. Se alejó
de ella para darle a su cuerpo un pequeño respiro.
Por primera vez, la voz de él fue ronca, pero la ronquera sólo
hacía más honda su belleza, aumentando su efecto cautivador. Alexandria apenas
podía respirar por el esfuerzo de no ser atrapada por ella. Se encontró
queriendo darle alivio, ser la única capaz de quitar esa mirada hambrienta en
sus ojos dorados. Parecía haber tanta necesidad en él, y ella quería saciarla.
-Creo que estoy más asustada de ti de lo que estaba del vampiro.
Por lo menos sabía que él era malo. Lo podía sentir en él, y sabía que lo que
fuere que deseaba de mí, era más horrible de lo que la muerte podría ser nunca.
Dime lo que planeas hacer conmigo.
-Si no percibes el mal en mí, Alexandria, confía en tus
instintos. ¿No has podido siempre reconocer el mal?
-Vi lo que le hiciste a Paul Yohenstria. ¿No debería creer en
mis propios ojos?
-¿Qué hice que fue tan malo? Destruí a un vampiro que se
alimentaba de la humanidad. Mi único error fue creer que él te había convertido
en vampiresa. Creí que estabas a punto de alimentarte del niño-. Él tocó su
cara, su palma caliente y reconfortante, la sensación demorándose mucho tiempo
más, incluso después de que bajara su mano-. Lamento profundamente haberte
asustado, pero no puedo lamentar haber destruido al vampiro. Eso es lo que
hago; esa es la razón por la que mantuve mi existencia por tanto tiempo, solo y
lejos de casa. Para proteger a ambas razas, la humana y la Raza de los
Cárpatos.
-Dices que no eres un vampiro, pero vi las cosas que puedes
hacer. Eres con mucho más poderoso de lo que él era. Ese monstruo te tenía
miedo.
-¿No temen la mayoría de los criminales la justicia cuando los
encuentra?
-Si no eres un vampiro, ¿entonces qué eres?
-Soy de la Raza de los Cárpatos- repitió él pacientemente-. Soy
parte de la Tierra, y hemos existido desde el principio del tiempo. Formamos
parte de la tierra, el viento, el agua y el cielo. Nuestros poderes son
grandes, pero también tenemos limitaciones. No te has convertido en un vampiro,
un destructor disoluto: te has convertido en alguien como yo, como mi gente.
Como te conté, sólo un puñado de humanos puede convertirse en lo que somos. La
mayoría muere o se vuelve loca y debe ser destruida. Te lo digo no para que te
alarmes, sino para ayudarte a entender que no te haré daño.
Alexandria guardó silencio, estudiando su cara. Físicamente, era
el hombre más hermoso que alguna vez hubiera visto. Exudaba masculinidad y
poder. A pesar de todo, ese peligro siempre acechaba bajo la superficie, y era
eso lo que temía. ¿Debía creer en él? ¿Podría?
La línea dura de la boca viril se suavizó, sus ojos de ámbar
volviéndose más cálidos, hasta hacerse de oro derretido.
-No te preocupes por eso en este momento, cara. Espera a
conocerme mejor antes de llegar a un veredicto-. Su mano apartó el largo
cabello, un contacto apenas con la punta de sus dedos, no más, pero ella lo
sintió en la sima de su estómago, en la nuca, en cada pulgada de su piel-. Una
tregua, Alexandria, por esta noche con tu hermano, mientras sanas y te pones
más fuerte.
Ella asintió con la cabeza silenciosamente, asustada hasta de
confiar en su propia voz. Se sentía al mismo tiempo repelida y atraída por
Aidan. Se sentía segura, pero sabía que corría peligro. Pero por el momento,
trató de apartar sus miedos, sus sospechas, y simplemente disfrutar de sus
momentos con Joshua.
Aidan sonrió. Era la primera sonrisa real que ella había visto
en su cara. Hizo más cálidos sus ojos y le quitó la respiración. Había algo
demasiado sexy en ellos que hizo a Alexandria sentirse aún más asustada. Nunca
había tenido que luchar contra sus propios sentimientos antes.
-La puerta está delante de ti- dijo él.
Ella volteó su cabeza ligeramente, para poder observarlo al
mismo tiempo que contemplaba la puerta del sótano.
-¿Algún truco bajo la manga? ¿Una contraseña secreta?
-Dar vuelta al picaporte será suficiente.
-Qué ordinario-. Alexandria alcanzó el pomo de la puerta al
mismo momento que él lo hacía. Su brazo se curvó alrededor de ella, acercando
sus cuerpos hasta que la joven pudo oler su aroma limpio y masculino y sentir
su calor a través de sus ropas. Precipitadamente, ella dejó caer la mano.
Mientras él abría la puerta, la joven pudo haber jurado que había oído la risa
suave y burlona en su oreja. Cuando se volvió para mirarlo con furia, la cara
varonil era todo inocencia.
Alexandria se abstuvo de patearlo en las espinillas y con gran
dignidad caminó dentro de la cocina brillantemente iluminada, orgullosa de su
autocontrol.
Aidan permaneció cerca mientras caminaba tras ella.
-Puedo leer tu mente, cara-. Su voz era bromista, aterciopelada,
deslizándose sobre su piel como el tacto de sus dedos, desplegando llamas que
no había sabido que pudieran existir.
-No se jacte de ello, señor Savage. Qué adecuado nombre para ti,
entre paréntesis. Savage. Te queda perfecto.
-Si no me llamas Aidan, voy a tener que darle algunas
explicaciones a Joshua. Ese niño es muy listo, tú sabes.
Ella rió suavemente.
-Y decías que no tenías imaginación. No puedo esperar para oír
qué dirías.
Capítulo Seis
La cocina era enorme, mayor que todas las habitaciones juntas
que Alexandria había alquilado para Joshua y ella en la pensión. Era bella, con
todas las ventanas abiertas hacia un huerto enorme.
Las plantas pendían en todas partes, saludables y verdes, y el
enlosado era inmaculado. Alex dio la vuelta en un círculo completo, tratando de
apreciar todo al mismo tiempo.
-Esto es tan bello.
-Tenemos un microondas en caso de que sepas cocinar algo, y el
vertedero de basura funciona bastante bien.
-Muy gracioso. Te informo que puedo cocinar.
-Eso me aseguró Joshua, creo que cuando devoraba las galletas de
Marie.
-Así que ella hornea también. No sé si podré soportar una
comparación con tal dechado de virtudes-. Alexandria hizo una mueca-. ¿Supongo
que es la responsable de la limpieza de este lugar inmaculado? ¿Hay algo que no
pueda hacer?
-No tiene tu sonrisa- contestó él suavemente.
Por un momento breve, el tiempo pareció detenerse mientras la
muchacha caía en el oro hipnótico de sus ojos, el calor líquido derramándose
sobre ella, dentro de ella.
-¡Alexandria!- Joshua abrió ruidosamente la puerta y se lanzó
sobre su hermana, liberándola, al hacerlo, del hechizo que Aidan estaba
tejiendo-. ¡Alex!
Ella lo atrapó, abrazándolo tan apretadamente que casi lo
sofocó. Luego lo miró buscando cualquier signo de heridas o magulladuras.
Observó intensamente su cuello, asegurándose de que Aidan no había tomado su
sangre.
-Te ves genial, Joshua-. Ella vaciló, luego dijo-: Gracias por
llamar a Aidan la otra noche, cuando estaba tan enferma. Fue muy inteligente
por tu parte.
El muchachito le sonrió abiertamente, sus ojos azules
encendiéndose.
-Sabía que él vendría y sabría qué hacer-. Su boca
repentinamente hizo un mohín-. Creía que el otro hombre te había hecho
enfermar. Que te había envenenado.
Alexandria hizo un intento para no mostrarse alarmada.
-¿Qué otro hombre?
-Thomas Ivan. Cuando cenabas con él, creo que te hizo comer
veneno- dijo Joshua firmemente.
Alexandria empezó a mirar encolerizadamente la cara inocente de
Aidan.
-Thomas Ivan no envenenaría a nadie.
-En cualquier caso- dijo Aidan con su voz amable y convincente-,
más probablemente podría haber metido veneno en algo que bebieras, no que
comieras. Mucho más eficiente y factible, para esconder cualquier amargor.
-Probablemente lo sabrías mejor que nadie- gruñó Alexandria-.
Pero deja de animar a Joshua para que le desagrade Thomas Ivan. Evidentemente,
pronto estaré trabajando para él.
-Henry dijo que Thomas Ivan era conocido por ser un libertino-le
informó Joshua con franqueza-, cualquier cosa que eso signifique, y que
probablemente él tratara de obtener algo de ti, además de tus dibujos.
Una visión del cuerpo sin vida de Henry surgió en la mente de
Alexandria, y su pena fue intensa y absorbente. Instantáneamente, sintió a
Aidan en su mente, apaciguándola, su cántico suave y antiguo ejerciendo una
influencia tranquilizadora, un ancla que le permitió sonreír a Joshua.
-Henry algunas veces decía cosas que tal vez no fueran realmente
ciertas- se las ingenió para decir-. Era un poco exagerado.
-No lo sé- murmuró Aidan-. Henry parecía un anciano bastante
sabio. Creo que Thomas Ivan está interesado en más que tus dibujos. Se mostró
testarudo y agresivo cuando exigió verte. No creo que esa sea la conducta usual
de alguien que sólo está buscando a una empleada.
Joshua asintió solemnemente mostrando su acuerdo, mirando a
Aidan como si fuera el hombre más listo del mundo.
Alexandria pateó la espinilla de Aidan; no podía detenerse.
-¡Deja de ser tan dañino! Nunca podré contrarrestar tu
influencia si no dejas de hacer eso. Joshua, Aidan sólo bromea. A él realmente
no le desagrada el señor Ivan, ¿verdad, Aidan?- lo advirtió, amonestándolo con
los ojos.
Hubo un silencio pequeño y contundente mientras Aidan pensaba.
-Me gustaría ayudarte, cara, pero la verdad es que soy de la
misma opinión que Henry y Joshua. Creo que Thomas Ivan tiene malas intenciones.
Joshua infló su pecho.
-¿Ves, Alex?, las mujeres simplemente no saben cuándo un hombre
intenta obtener algo.
-¿Quién diablos te dijo eso?- Alexandria miró acusadora y
furiosamente a Aidan.
-Henry- dijo Joshua inmediatamente-. Dijo que la mayoría de los
hombres no son realmente buenos y siempre van detrás de una sola cosa y que
Thomas Ivan era conocido por ser el peor de ellos.
-Henry tenía mucho que decir acerca de todo, ¿verdad?-.
Alexandria dio un pequeño suspiro.
Aidan se aproximó a ella, tocando su codo y arqueando las cejas
impacientemente. Ella inclinó la barbilla, ignorándolo con deliberación.
-Ambos amamos a Henry, Joshua, pero él tenía algunas opiniones
extrañas acerca de las cosas.
Aidan la codeó otra vez.
-¿Qué?- dijo ella con un sonido más bien arrogante, adoptando su
expresión más inocente.
-Este es el ejemplo perfecto de cuán astutas pueden ser las
mujeres, Joshua. Tu hermana prácticamente me acusó de llenar tu cabeza con toda
clase de ideas, y ahora quiere fingir que no hizo ninguna presunción-. Aidan se
inclinó y levantó a Joshua, haciéndolo desaparecer del cuarto.
-¡Oye!- Alexandria fue detrás de ellos hasta un comedor formal,
elegantemente amueblado, haciendo que su boca se abriera en mudo asombro. Aidan
tuvo un deseo casi abrumador de besar esa expresión de su cara.
-¿Piensas que debería disculparse por apresurarse a sacar
conclusiones rápidas, Joshua?
-En tus sueños más salvajes- negó ella-. No eres tan inocente
como quieres hacerme creer.
Joshua extendió la mano y tocó una magulladura a un lado de la
barbilla de su hermana. Sus ojos se dirigieron a los dorados de Aidan.
-¿Qué le sucedió a la cara de Alex?-. Hubo un indicio de
sospecha en su voz, y pareció retraerse a algún íntimo tormento.
-¿Aidan?-. El miedo instantáneo hizo que la voz de Alex
temblara.
Aidan simplemente atrapó y sostuvo la mirada de Joshua con la
suya. Su voz se dejó caer una octava, convirtiéndose en un torrente puro como
el agua derramándose sobre el niño, rezumándose en su mente.
-Recuerdas a Alexandria cayendo porque estaba muy débil por su
enfermedad, ¿verdad, Joshua? ¿Recuerdas? Ella arruinó su hermoso traje cuando
cayó en el camino. Tú estabas tan alterado que vine y la cargué en el gran
coche negro y la traje aquí a nuestra casa.
Joshua asintió con la cabeza, la sospecha y la mirada
atormentada desapareciendo tan rápidamente como habían surgido. Alexandria,
agradecida, tendió sus brazos hacia el niño.
Aidan negó con la cabeza.
-Iremos a la sala de estar y nos sentaremos antes de que lo
sostengas, piccola. Estás todavía demasiado débil.
Su voz sonó como una caricia, pero ella sabía que era una orden.
Una mezcla de terciopelo en acero, claramente denotaba que estaba al mando.
Intentó no dejar que eso la molestara y dócilmente los siguió por un vestíbulo
ancho. Tropezó varias veces porque, en lugar de observar por donde caminaba,
miraba fijamente, sobrecogida, todo lo que había a su alrededor. Nunca había
estado en una casa tan bella como esa. El trabajo de madera, los pisos de
mármol, los altos y luminosos techos, las pinturas y las esculturas eran
espléndidos. Un florero Ming se asentaba graciosamente en un pedestal antiguo
de caoba cerca de una chimenea ancha de piedra. Aidan tuvo que atrapar su brazo
dos veces para no dejarla estrellarse directamente contra una pared.
-Lo usual es que uno mire por donde anda, cara mia- le recordó
amablemente-. Es como si nunca antes hubieses visto la casa- agregó
malvadamente para hacerla sonreír.
Ella le hizo una mueca.
-¿No piensas que esto es demasiado? ¿Qué ocurre si Joshua sale
corriendo y llorando a través de la casa y golpea el florero Ming? En cierta
forma, comienzo a creer que cometimos un gran error al aceptar tu hospitalidad.
Algunas de estas cosas son de un valor incalculable-. Los dos podían jugar a su
juego.
-Creo que ya tuvimos esta conversación- le dijo él suavemente,
guiándola a la sala de estar-. Estuvimos de acuerdo en que si Joshua rompiera
algo, no lloraríamos sobre la leche derramada-. Sus ojos dorados brillaron
hacia ella, desafiándola a continuar.
-Aidan, de verdad, ¿un florero Ming?-. Horrorizada al pensar en
destruir tal tesoro, Alexandria consideró agarrar a Joshua y salir corriendo de
esa casa.
Deliberadamente, Aidan se apoyó cerca para que su respiración
caliente moviera las guedejas de pelo que caían sobre la oreja femenina.
-He tenido siglos para admirar la pieza. Perderla podría
incentivarme a patrocinar a un artista moderno.
-Eso es sacrilegio. Ni siquiera lo pienses.
-Alexandria, ésta es tu casa. Es la casa de Joshua. Nada en ella
es tan importante como ustedes dos-. Sus ojos dorados brillaron intensamente
mientras su mirada fija la recorría de arriba abajo observando su cuerpo-.
Ahora siéntate antes de que te caigas.
Ella pasó una mano a través del pelo que caía sobre su frente.
-Simplemente, ¿podrías intentar no parecer un sargento de
entrenamiento? Me pone los nervios de punta.
Él se veía impenitente.
-Uno de mis hábitos molestos.
-Y tienes tantos-. Alexandria escogió un sillón de cuero para
sentarse cómodamente, y por primera vez se percató de cuán débil estaba
realmente. Se sentía bien sentarse aun después de un paseo tan pequeño. Joshua
inmediatamente fue a acomodarse en su regazo, necesitando su cercanía tanto
como ella la de él.
-Te ves tan blanca, Alex- apuntó Joshua con la naturaleza franca
de un niño-. ¿Estás segura de que estás bien?
-Estoy en ello, pequeño camarada. Lleva su tiempo. ¿Te gusta el
cuarto que tienes aquí?- dijo mientras otra vez lo examinaba buscando marcas.
-Es grande, realmente grande. Pero no me gusta dormir allá
arriba sin ti. Es demasiado grande. Marie y Stefan me dejaron dormir escaleras
abajo, cerca de ellos-. Él abrazó su cuello amoratado y lacerado, sin darse
cuenta cuando ella se sobresaltó.
Los ojos dorados de Aidan se estrecharon como rajas. Con
indolencia engañosa, levantó una mano perezosa y atrajo al niño a su lado.
-Tenemos que cuidar de Alexandria durante algún tiempo.
¿Recuerdas lo que dije? Necesita tiernos cuidados, y depende de ti y de mí
cerciorarnos de que los tenga. Aun cuando se rebele, como piensa hacer ahora.
-Estoy bien- dijo Alexandria con resentimiento-. Si quieres
sentarte sobre mí, Joshua, por supuesto que puedes hacerlo-. Nadie, excepto
ella, decía a Joshua qué hacer.
Joshua negó con la cabeza, sus rizos rubios oscilando de arriba
abajo en la forma que siempre hacía que su corazón se derritiera.
-Soy grande, Alex, no un bebé. Quiero cuidar de ti. Ese es mi
trabajo.
Ella arqueó las cejas.
-Pensaba que era yo quien estaba a cargo.
-Aidan dice que sólo piensas que estás a cargo, pero debemos
dejarte que lo creas porque a las mujeres les gusta pensar que son las que
tienen el control, pero los hombres tienen que protegerlas.
Los ojos azules de la joven encontraron los dorados por sobre
los rizos rubios.
-Dijo todo eso, ¿eh? No debes creerlo, Joshua. Yo estoy a cargo,
no Aidan.
Joshua sonrió conspirativamente a Aidan. Aidan articuló, sin
hablar: “te lo dije”, y ambos la miraron con completa inocencia, sus
expresiones tan similares, que inesperadamente le dio un vuelco el corazón.
Joshua se movió más cerca de Alexandria, jugando con la trenza
que pendía sobre su hombro. Podía oír la pulsación de su corazón, oír la sangre
golpeando y manando a través de su cuerpo joven. Al mismo tiempo, se dio cuenta
del pulso que batía en el cuello de su hermano. Cada latido, cada pulsación...
Horrorizada, lo apartó con fuerza de ella y se levantó precipitadamente
buscando una salida. Tenía que marcharse tan lejos y tan pronto como pudiera,
lejos de Joshua. ¡Era un monstruo!
Aidan se movió tan velozmente que ella ni siquiera lo vio
acercarse, pero estuvo allí con ella, sus brazos rodeándola, manteniéndola
cautiva y silenciosa.
-No es nada, cara, sólo tus sentidos intensificados-. Su voz fue
apenas perceptible, pero ella la oyó claramente. El tono era suave, tierno y
calmo-. No te alarmes.
-No puedo arriesgarme a estar junto a él. ¿Qué ocurre si estás
equivocado? ¿Qué ocurre si todavía tengo la sangre del vampiro en mí? No podría
soportar hacerle daño a Joshua. No puedo estar aquí con él.
Ella mantuvo su voz baja, amortiguada contra su pecho, un
susurro más que sonido, que tiró dolorosamente del corazón de Aidan. La acercó
más dentro del refugio de sus brazos, la sintió relajarse instintivamente
contra él. No confiaba en él, no lo conocía, pero su cuerpo sí lo hacía.
-Nunca podrías dañar al niño, Alexandria, nunca. Sé que sientes
hambre, que estás extraordinariamente débil. Tu cuerpo ha pasado a través de
una experiencia tremendamente dura, tu mente ha sufrido un trauma, pero nada,
jamás, te podría inducir a dañar a Joshua. Lo sé con toda seguridad-. Su voz
fue terciopelo negro, tranquilizadora, filtrándose en su mente como un bálsamo.
Ella se permitió creerle, dejar que la calmara mientras
descansaba la cabeza contra su duro cuerpo. Podía oír su fuerte corazón
golpeando al mismo ritmo que el suyo. Era tan tranquilo, tan suave; su voz
nunca se elevaba, siempre tan segura, tan confiada... una roca sólida en la
cual apoyarse. Por propia voluntad, sus pulmones empezaron a desacelerar para
acompasarse con el ritmo de su respiración.
Aidan acarició su pelo, masajeando su nuca mientras bebía de su
perfume.
-¿Mejor ahora?
Ella asintió con la cabeza y se alejó de él en el preciso
instante que una pareja mayor se acercaba. Alexandria reconoció a la mujer que
llevaba una bandeja con dos copas largas de cristal y tres tazas inglesas de
porcelana china. El hombre detrás de ella llevaba una bandeja con una botella
de vino tinto y una jarra de algo lleno de vapor.
Marie le dirigió a Alexandria una sonrisa tentativa.
-Es bueno verla levantada y caminando. ¿Se siente mejor ahora?
La mano de Aidan en el cuello de Alexandria se apretó
perceptiblemente. Su pulgar acarició su pulso, una vez, dos, un gesto destinado
tanto a serenarla como a advertirle que él controlaba la situación.
La barbilla de Alexandria se levantó.
-Estoy bien, Marie, gracias. Fue muy amable de su parte tratar
de ayudarme mientras Aidan no estaba-. Ella sonó dulce y educada, deseando todo
el tiempo poder detectar un indicio de alteración en cualquiera de esas
personas. Estaba decidida a que ellos no le gustaran, a no incorporarse a su
círculo. No quería ser atraída hacia una trampa por la trama sedosa que tejía
esa casa de fantasía, ese lugar lleno de belleza. La pareja mayor parecía
afectuosa y cálida, mirándose a los ojos uno al otro con amor, mirando a Aidan
y Joshua -su Joshua- con gran afecto. No quería ver nada de eso.
Las bandejas fueron colocadas en la mesa para café, y Aidan
alcanzó con perezosa satisfacción la botella de vino. Marie vertió el cacao
caliente de la jarra de plata, llenando de vapor las tres tazas.
-Joshua adora su chocolate caliente antes de la hora de
acostarse, ¿verdad, dulzura?
El niño ansiosamente aceptó la taza y sonrió traviesamente a
Marie.
-No tanto como como a Stefan y a ti.
El estómago de Alexandria se rebeló ante la vista y el olor del
chocolate. Aidan le dio una copa y la llenó del líquido de color rubí. Al mismo
tiempo que ella negaba con la cabeza, él la estaba empujando hacia sus labios,
sus ojos dorados con la mirada fija directamente en los de ella.
-Bébelo, cara.
Sintió como si cayera en las profundidades insondables de sus
ojos, fascinada, hipnotizada. Podía sentirlo en su mente, una sombra oscura
imponiendo su voluntad. Beberás eso, Alexandria.
La joven parpadeó, luego encontró la copa vacía en su mano, sus
ojos todavía unidos a los de Aidan. Él sonrió con un destello de dientes
blancos, levantó su propio vaso hacia ella en un pequeño brindis, y vació
rápidamente el contenido. Inmersa en una fascinación total, la joven observó el
movimiento de su garganta. Apenas podía apartar la mirada de él. Todo en ese
hombre era tan sensual.
Alexandria saboreó la dulzura, el adictivo sabor que pareció tan
familiar en su boca, en su lengua. Aidan la observaba con intensidad, con la
mirada fija y sin parpadeos de un depredador. La muchacha le volvió la espalda,
cerrando los ojos para evitar las lágrimas, asustada de enfrentarse a él y
comportarse como una tonta frente a la pareja mayor. Estaba confusa, cansada y
asustada. Levantó una mano temblorosa para apartarse el pelo.
-Aidan dice que podremos conseguir una computadora sólo para mí-
barbulló Joshua.
Alexandria lanzó una mirada a Aidan. Él estaba sirviéndose una
segunda copa de vino, y mantuvo la botella en alto, ofreciéndole a ella más.
Todo en su interior demandaba que accediera, de modo que desvió la mirada,
asintiendo con la cabeza. ¿Por qué era tan importante para ella hacer lo que
Aidan deseaba? Era tan impropio de su carácter seguir a alguien tan ciegamente.
La asustaba pensar que él tuviera tal poder sobre ella.
-¿Sabes, Joshua?, realmente no hemos tenido tiempo de
establecernos y pensar en lo que haremos- advirtió, sus ojos sin abandonar
nunca el rostro de Aidan-. Aun no sabemos si vamos a quedarnos aquí. Esto no es
más que una prueba para ver si nos llevamos bien. Algunas veces, los compañeros
de cuarto simplemente no se integran, por más que se agraden entre sí.
Joshua parecía a punto de ponerse a llorar.
-Pero es genial estar aquí, Alex. Sé que deberíamos estar aquí,
es un lugar muy seguro. Y tú sí puedes vivir conmigo, ¿verdad, Aidan? No soy
demasiado gritón ni nada parecido.
La mano de Aidan descansó en los rizos sedosos del niño al mismo
tiempo que sus ojos dorados cautivaban los de Alexandria.
-Sabes que no lo eres. Me gusta tenerte aquí, y no creo que
tengamos ningún problema. Tu hermana está preocupada porque ambos sean una
carga adicional para Marie y Stefan, pero yo los conozco mejor.
Marie asentía con la cabeza, de acuerdo.
-Adoramos tenerte aquí, Joshua. Animas mucho la casa. Y los
niños, se supone, son gritones.
-Por supuesto que todo el mundo te querría, pequeño camarada-
aseguró precipitadamente Alexandria a su hermano, haciendo un esfuerzo supremo
para librarse de la hipnótica mirada dorada de Aidan-. Pero algunas veces son
los adultos los que no pueden vivir juntos. Estoy acostumbrada a hacer las
cosas a mi manera, y Aidan está completamente asentado en sus costumbres
medievales.
-¿Qué es medieval?- quiso saber Joshua.
-Pregúntaselo a Aidan. Es bueno con las respuestas- contestó la
joven con resentimiento.
-Medieval se aplica a la época de los caballeros de armadura y
sus damas, Joshua. Alexandria piensa que yo habría sido un magnífico caballero.
Eran hombres que servían a su patria con honor y siempre rescataban y cuidaban
a las doncellas hermosas-. Aidan vació el contenido de un tercer vaso de
líquido color rubí-. Una descripción apropiada, y realmente un cumplido.
Gracias, Alexandria.
Stefan tosió detrás de su mano, y Marie precipitadamente empezó
a mirar por la ventana.
Alexandria descubrió que una sonrisa renuente curvaba su boca
suave.
-No es todo lo que podría llamarte, pero por ahora, lo dejaremos
en medieval.
Aidan se inclinó en una reverencia formal, sus ojos dorados
llenos de calidez. Podría ahogarse en esos ojos. La palma masculina se ahuecó a
un lado de su cara casi tiernamente, la yema de su pulgar deslizándose sobre su
piel en una caricia breve.
-Siéntate, cara mia, antes de que te caigas.
Alexandria suspiró e hizo lo que ordenaba, más que nada porque
sus piernas se sentían temblorosas. Estaba segura de que no tenía nada que ver
con estar demasiado cerca de un hombre tan atractivo y masculino, y todo con su
reciente y dura experiencia con el vampiro. Un simple hombre no podría hacer
que sintiera debilidad en las rodillas.
Aidan se acomodó a su lado en el sofá, mientras Stefan ocupaba
el sillón de cuero que ella había abandonado. El muslo de Aidan rozó el suyo,
enviando un pequeño temblor a través de su cuerpo. Su respiración calentó su
oreja.
-Afortunadamente, no soy un simple hombre.
-Deja de leer mi mente, tú… pesadilla de un juego de Thomas
Ivan-. Fue el peor insulto en el que podía pensar, pero él sólo rió suavemente,
el sonido en su cabeza, no en su oído. Era patentemente seductora y la envolvió
en calor.
-Es muy tarde, Josh-. Ella fijó su atención en su hermano para
protegerse. Era la única cosa cuerda que podía hacer-. Es el momento de irse a
la cama.
Aidan se inclinó aun más cerca, sus labios acariciándole la
oreja.
-Pequeña cobarde.
-Ah, Alex, yo no quiero ir a la cama. No te he visto durante
días- rogó Joshua.
-Es pasada la medianoche, jovencito. Me quedaré contigo y te
leeré historias hasta que te quedes dormido- prometió la muchacha.
Aidan se movió, un movimiento liso de músculos, no mucho más,
pero ella sintió el peso de su desaprobación.
-No esta noche, Alexandria. Necesitas descansar también. Marie
puede meter en la cama al niño.
Marie hizo frenéticamente señales a Aidan. Ya había advertido la
ambivalencia de Alexandria hacia ella y sabía que en su mayor parte se debía a
la impresión de que estaba usurpando su lugar con Joshua, y Aidan sólo lo
empeoraba con sus maneras dictatoriales. Como siempre, el hombre simplemente
ignoró lo que no quería ver. No tenía la intención de permitir a Alexandria
hacer cualquier cosa que pensara que podría hacerle daño, y era más que capaz
de salirse con la suya.
-No creo que vayas a decirme qué puedo o no puedo hacer con mi
hermano. Lo he estado llevando a la cama por años, y tengo la intención de
seguir haciéndolo. Estoy segura de que Marie no tiene objeciones- expresó la
chica, desafiando furiosamente a la mujer mayor.
Marie le sonrió.
-Claro que no.
Aidan tomó el puño de Alexandria, forzándola amablemente a que
abriera los dedos, y los entrelazó con los suyos lo suficientemente fuerte para
que pensara mejor en librarse de su sujeción.
-Soy yo quien debe objetar, piccola, no Marie-. Su voz fue lo
suficientemente tierna como para ablandar las piedras-. Soy responsable de tu
salud. Estás débil aún y necesitas descansar. Mañana o la siguiente noche habrá
suficiente tiempo para que retomes tus tareas-. Se volvió para mirar a Joshua-.
No te importará si Marie te lleva a acostar esta noche, ¿verdad?
-Puedo ir a acostarme yo solo- se jactó Joshua-. Pero me gustan
las historias de Alexandria. Siempre me cuenta una después de leerme un libro.
Sus historias son siempre mejores que el libro.
-Pero no te gusta que cocine, ¿verdad?- preguntó Aidan.
Joshua, sabiamente, no contestó.
-Puedo cocinar-. Alexandria sintió que necesitaba defender sus
habilidades domésticas delante de Marie.
-Ningún horno microondas se resiste a Alexandria- bromeó Aidan.
-Como si lo supieras- dijo ella desdeñosamente. El aroma de la
botella de vino flotaba hasta ella, tentándola, causando punzadas de hambre tan
intensas, que fue casi incapaz de controlar sus instintos para aspirarlo.
-Déjala en paz, Aidan- lo amonestó Marie. Nunca lo había oído
bromear antes, y era algo que encontraba agradable y asombroso. Pero todos
estaban en la cuerda floja con la recién llegada, y Aidan tenía que conservar a
Alexandria junto a él para sobrevivir. Todos tenían que andarse con cautela,
ser cuidadosos para no ahuyentarla.
Perversamente, Alexandria no quiso que Marie saliera en su
defensa. No quería que le gustara la mujer mayor. No quería que le gustara
ninguno de ellos. No lo haría en absoluto. ¿Y por qué tenía que ser tan
consciente del cuerpo de Aidan contra el de ella, la fuerza de sus dedos? No
debía tenerle más miedo. ¿Qué más podía hacerle? Ella ya era una muerta
viviente, ¿verdad? Abrió la boca para desafiarlo.
Él atrajo sus nudillos hacia su boca, murmurando:
-No, no lo harás. Y las bobadas que piensas... Muerto viviente.
¿De dónde sacas esas tonterías?-. Su boca acarició su piel, enviando lanzas de
fuego a sus terminales nerviosas-. Déjame adivinar. Thomas Ivan.
-Tal vez él usa ese término. No lo recuerdo.
-¿Es el señor Ivan el caballero que visitó a la señorita
Houton?- preguntó Marie cautelosamente.
-Llámala Alexandria, Marie. No somos ceremoniosos aquí, y tú no
eres una criada. Eres parte mi familia y mi amiga.
-Por favor, hágalo- secundó Alexandria bajo la presión en los
dedos viriles.
-Me gustaría que fuésemos amigas - dijo Marie.
Eso hizo a Alexandria sentirse pequeña y mezquina. Después de
todo, esa mujer que la molestaba era la que cuidaría de Joshua cuando fuera
incapaz de hacerlo ella misma. Inmediatamente, junto con ese pensamiento, llegó
la angustia, mientras un poco más de la verdad se deslizaba en su cerebro. Su
respiración quedó atrapada en su garganta, y luchó en busca de aire,
estrangulándose, ahogándose.
Aidan empujó hacia abajo su cabeza.
-Respira, cara. No es tan difícil. Adentro y afuera. Continúa
respirando. Marie, por favor lleva al niño al otro cuarto.
-¿Qué le sucede a mi hermana?- exigió Joshua, claramente
rebelándose.
Alexandria luchó contra la locura que se arremolinaba en su
cerebro. No permitiría que Joshua fuera afectado por esa pesadilla
absolutamente demente. Se incorporó y le sonrió, un poco pálida, una tenue
sonrisa, pero una sonrisa al fin de cuentas.
-Simplemente estoy un poco débil, como Aidan dijo. Quizá está en
lo correcto, aunque odio darle la razón, es tan mandón últimamente. Ve con
Marie, y yo me quedaré aquí mismo hasta que me sienta lo bastante bien para
irme a acostar también.
Los ojos de Joshua se encendieron.
-Tal vez Aidan debería llevarte. Es muy fuerte. Podría hacerlo,
¿sabes?, como en el cine-. Joshua sonó ansioso.
- Claro que podría hacerlo- asintió Aidan, guiñando el ojo a
Joshua.
Se veía tan sexy, que pareció robarle la respiración otra vez.
-Creo que no-. Alexandria sonó firme.
Aidan repentinamente se levantó, inspirando abruptamente, su
atención claramente fija en algo aparte de las personas en ese cuarto.
Alexandria lo sintió también: una perturbación en el aire, una oscuridad vil y
maligna arrastrándose lenta pero inexorablemente hacia ellos. Se extendía como
una mancha oscura sobre el cielo, haciendo que el aire se espesara hasta que
resultó difícil respirar. Un bajo murmullo de voces empezó en su mente, con
palabras en otra lengua, llamando, imposibles de entender, aunque ella supo su
significado. Algo la atraía, intentando sacarla al exterior.
Un sonido escapó de sus labios, un grito inarticulado de terror,
tan amortiguado que fue casi inaudible, pero Aidan volvió sus ojos dorados
hacia a ella inmediatamente. Alexandria, horrorizada, agarró firmemente su
brazo. Él está allí afuera, pensó aterrorizada. Arrastró a Joshua hacia ella
protectoramente, agarrándolo, sin advertirlo, demasiado apretadamente.
No alarmes al niño, cara. La voz en su mente fue calma y
tranquilizadora, tan tierna que alcanzó el caos de miedo y encontró su fuerza.
No puede entrar en esta casa. No sabe con certeza que estás aquí. Trata de
llevarte fuera.
Alexandria dejó sus dedos curvados alrededor de la muñeca de
Aidan, necesitando su contacto. Dio una respiración profunda y sonrió a Joshua.
Él la contemplaba con sus ojos azules llenos de curiosidad, preguntándose por
su gesto repentino. Marie y Stefan clavaban los ojos en ella, alertas.
Aidan amablemente desprendió el brazo de Alexandria de alrededor
del niño.
-Marie, Stefan y tú deben cerrar la casa de inmediato, y luego
llevar a Josh para acostarlo.
Había una orden en su voz, y la pareja reaccionó
instantáneamente. Habían pasado por un ataque antes y reconocían el peligro, si
bien no podían detectarlo como Aidan y Alexandria lo hacían. Apresuraron a
Joshua después de su saludo de buenas noches y lo llevaron fuera del cuarto.
-Conserven a Joshua consigo esta noche. Debo salir- indicó
Aidan. Luego tocó la cara de Alexandria con dedos suaves-. Cara, tengo que
salir y terminar con esta amenaza. Tú te quedarás aquí. Si cualquier cosa llega
a ocurrirme, llévate al niño y ve por ultramar a las Montañas de los Cárpatos.
Busca a un hombre llamado Mikhail Dubrinsky. Stefan y Marie te ayudarán.
Prométeme que lo harás-. Es la única forma en la que Joshua estará
verdaderamente a salvo.
No le informó aún que su unión era ya lo suficientemente fuerte
para ponerla en peligro si él muriera. Aidan ni siquiera permitió que la
posibilidad entrara en su mente. No podía morir. No lo permitía, ahora que
tenía motivos para vivir.
Hubo algo tan urgente en su voz, en sus ojos, en la orden
mental, que Alexandria, a regañadientes, asintió. Tan dividida como se sentía
en sus pensamientos sobre lo que era Aidan Savage, sobre quién era y sus
intenciones hacia ella, no quería que saliera de la casa y enfrentara aquello
que estaba fuera.
-Creí que Paul Yohenstria estaba muerto-. Alex murmuró las
palabras, sintiendo el miedo como una entidad viviente, respirando en ella.
Él está muerto, cara. Este es otro. Las palabras sólo estaban en
su mente, y por primera vez la joven reconoció el enlace entre ellos. Él podía
hablarle a voluntad, introducirse en su cabeza, y conocer sus pensamientos.
Como tú puedes hacer con la mía. Trata de alcanzarme, y me encontrarás en
cualquier momento. Debo irme ahora.
Alexandria intensificó su apretón, sin desear que saliera a la
espesa nube de maldad que rodeaba la casa.
-Si no es Yohenstria, entonces, ¿qué es lo que hay afuera?-.
Ella temblaba, ni siquiera tratando de ocultárselo.
-Lo sabes, Alexandria. Ya sabes que hay otros-. Aidan inclinó su
cabeza y acarició la parte superior de su cabello sedoso con la boca,
demorándose apenas un momento para aspirar su perfume-. No dejes la seguridad
de esta casa-. Fue una orden clara.
Alexandria asintió. No tenía ninguna intención de salir para
confrontar a otra criatura maligna. ¿Cuántos de ellos estaban allí? ¿Cómo había
entrado en esa pesadilla interminable? ¿Hasta dónde podía confiar en Aidan
Savage?
Lo observó salir a zancadas, una confianza absoluta en cada
línea de su poderoso cuerpo. Nunca volvió la cabeza, nunca miró hacia atrás. Se
movía con la precisión silenciosa de un depredador, ya acechando a su presa. El
miedo por su seguridad se ensortijó en el estómago de Alex. Debería haberse
alegrado: estaría libre de él por el momento. Podría llevarse a Joshua y
escapar lejos de ese lugar, lejos de esa ciudad, donde ninguno de su especie
pudiera seguirlos. Pero el pensamiento de nunca volver a ver Aidan otra vez fue
repentinamente tan aterrador como estar bajo su dominio.
Alexandria siguió a Aidan hacia la puerta. Mientras él salía, se
quedó mirando fijamente la pesada puerta de roble que se cerró tras él. Era
absolutamente bella, con paneles de vidrio con dibujos intrincados de colores,
diferente a cualquiera que alguna vez hubiera visto antes. Pero su mente no
podía enfocar la atención en nada. Ni en el artístico vidrio, ni siquiera en
Joshua. Registraba sólo la desolación de su existencia sin Aidan.
Permaneció allí, sola y asustada, temblando de miedo por él.
Podía sentir la pesada sombra moviéndose fuera y supo que Aidan se acercaba al
peligro fuera de la casa, lejos de Joshua, lejos de Marie y Stefan... y lejos
de ella.
Cerró los ojos y se concentró, buscándolo, buscando la verdad de
las palabras de Aidan. Lo encontró en medio de la feroz batalla, su mente
convertida en una neblina roja de gozo por la cacería. Sintió su dolor mientras
las garras rasgaban su pecho. Se agarró firmemente su propio pecho, con el
corazón martilleante.
Aidan era tan poderoso que nunca había esperado realmente que
fuera herido. Trató de estudiar sus sensaciones, buscar el peligro para Aidan.
Lo que fuera, quien fuera que estaba allí, creaba ilusiones, las multiplicaba,
usando su habilidad para confundir a Aidan y mantenerlo descentrado. Los
ataques eran veloces y brutales, y se alejaban tan rápidamente que Aidan no
podía devolverlos. Podía sentir su confusión y su consternación creciente.
Alexandria exploró más allá, en la oscuridad. Algo iba muy mal.
Aidan, asaltado por todos los flancos, no podía discernir la naturaleza de su
asaltante de la misma forma que ella podía hacerlo desde el santuario de la
casa. La ilusión que la criatura inventaba allí afuera era demasiado espesa,
demasiado maligna. Entonces supo qué hacer.
-Aidan-. Ella murmuró su nombre en voz alta, todo a su alrededor
completamente en silencio. No podía permitirle morir. No sabía por qué que se
sentía de esa forma, pero lo sabía desde la profundidad de su alma.
Intentó otra vez alcanzar su mente, esperó hasta que pudo
penetrar en la neblina roja, hasta que pudo inferir su fuerza y su
concentración. Mientras lo hacía, Aidan golpeó dura y rápidamente a su
adversario, y ella tuvo la impresión de una corriente de luminosa sangre roja y
un aterrador aullido de miedo.
Detrás de ti, Aidan. El peligro está detrás de ti. Hay otro.
¡Sal de allí!
Gritó la advertencia en su mente, pero estaba segura de que era
demasiado tarde. Sintió el impacto mientras él era herido, el golpe aniquilador
rastrillando su garganta, su estómago, su muslo. Pero Aidan había cambiado de
dirección tras su llamada frenética, para que el segundo asaltante no pudiera
dar el golpe fatal que esperaba.
Alexandria podía sentir el dolor estallando a través de Aidan,
pero él permaneció calmo y frío bajo la acometida. Su velocidad era increíble,
y él la usó casi ciegamente, acuchillando a su asaltante cuando se enfrentó a
él. Asestó un golpe con una precisión mortífera. Al mismo tiempo que el vampiro
se alejaba de él, tambaleándose y cayendo a la tierra mientras gritaba, el
primer asaltante se elevó en el aire, sosteniendo firmemente sus heridas
mientras se alejaba.
-¡Stefan!- gritó Alexandria con autoridad sorprendente-. ¡Traiga
el coche ahora! Tráigalo al frente. Puedo encontrarlo.
- Aidan no quiere que deje la casa- dijo Stefan mientras se
acercaba, pero su mano se dirigía ya hacia las llaves en su bolsillo.
-Bien, es una lástima. Su majestad está herida e incapaz de
regresar a casa. Él puede gritarnos a ambos más tarde, pero no podemos dejarlo
allí afuera para morir desangrado. Lo que, a propósito, es lo que está
haciendo-. Alexandria le dirigió al guarda de Aidan su mirada más fría-. Voy
por él con o sin usted.
Stefan asintió con la cabeza.
- Por supuesto que iré con usted. Pero se enojará mucho con
nosotros.
Alexandria esbozó una sonrisa de camaradería.
-Lo puedo soportar si usted puede.
Óyeme, cara. No puedo ir a casa esta noche. Ve a la cámara, y
trataré de ir a ti mañana por la noche. Él trataba de ocultarle su dolor, para
encubrir el hecho de que se estaba arrastrando para ocultarse, tratando de
encontrar un trozo de tierra que pudiera abrir para buscar seguridad.
Simplemente permanece quieto, Aidan. Ya voy por ti.
¡No lo hagas! Hay demasiado peligro para ti. ¡Permanece en la
casa!
Déjalo. Nunca he sido muy buena obedeciendo a alguien. En caso
de que mi hermano pequeño tuviera el descuido de no habértelo informado, he
sido la jefa por años. Stefan está conmigo, y ya estamos en camino, así que
simplemente quédate quieto y espéranos.
Siguió a Stefan hacia el camino de acceso, sus ojos saltando
hacia el arma en la mano del hombre mayor. Él registraba el cielo, claramente
medio esperando un ataque desde esa dirección.
-No siento a más de ellos cerca de aquí, pero el aire es espeso
alrededor de Aidan. Tenemos que apresurarnos. Uno de ellos está muerto o
moribundo, pero el otro regresará a terminar el trabajo.
-¿Cuán débil está Aidan?-. Stefan no cuestionó su conexión con
su jefe o cómo lograba ella saber la posición de Aidan mientras conducía.
-Él trata de ocultármelo, pero no creo que pueda soportar otro
ataque. Actúa confiado, pero siente la aproximación del otro -. Rió suavemente
para sí misma, ayudando a suprimir su propio miedo-. Me está advirtiendo. De
hecho, está realmente enojado. Nunca lo he oído de otra manera que no fuera
calmado y sereno. Eso es tan molesto, ¿no piensa lo mismo? ¿Siempre tan
controlado? Si no estuviera aterrorizada, esto sería cómico. Vaya hacia la
izquierda por aquí. Sé que éste es el camino.
Stefan desaceleró el coche con indecisión.
-Déjeme ir solo. El otro no me quiere a mí. Pero si algo le
ocurriera a usted, perderíamos a Aidan.
-Nunca lo encontraría por sí mismo. No tenemos tiempo para esto.
Vamos, Stefan. Él está solo allí afuera-. Ella no se detuvo a pensar por qué
era tan importante, pero haría cualquier cosa para salvar a Aidan Savage.
No entiendes, cara. No puedes venir aquí. Éste es más fuerte que
Yohenstria, y estoy débil. No sé si podré protegerte.
Intentarías protegerme cuando no podrías protegerte a ti mismo.
Ya viene. Está cerca de ti.
Aún no confías en mí. Todavía no sabes si soy un vampiro. ¿Por
qué estás poniéndote en el peligro?
Él estaba frustrado con su desobediencia; podía sentir su furia
impotente por no poder controlarla. Pero no podía permitirse el lujo de
malgastar la energía que conllevaba el tratar de controlarla cuando tenía que
protegerse a sí mismo y luchar con el vampiro que se acercaba rápidamente.
Presta atención a lo que ocurre allí. Tengo un plan. Era la
mentira más grande que alguna vez le había dicho a alguien en su vida. Y se
sentía más aterrorizada mientras más cerca estaba de su destino. ¿Por qué
estaba haciendo algo tan estúpido y alocado? No le gustaba Aidan, no confiaba
en él, y estaba aterrorizada de la criatura que pudiera ser, del control que
tenía sobre ella. Pero todo lo que sabía con seguridad era que no podía
permitir que muriera.
-Necesitamos un plan, Stefan. Un plan realmente bueno. Si
dispara a esa cosa con la pistola, ¿puede asesinarlo?
-No, pero si golpeo algo bastante vital, puedo hacerlo
tambalear, tal vez entretenerlo para que no se oculte bajo tierra. Y después el
sol lo mataría- le informó Stefan severamente.
-De acuerdo, he aquí el plan. Continuaré diciéndole donde está
la criatura, y usted continúa disparando mientras arrastro a Aidan dentro del
coche. Entonces nos vamos tan pronto como podamos y recemos por dejarlo atrás.
Ese es el peor plan que alguna vez he oído. A pesar de su
horrible situación, hubo un indicio de humor en la voz de Aidan.
Stefan bufó en voz alta.
-Ese es el peor plan que alguna vez haya oído. Usted no es lo
suficientemente fuerte como para meter a Aidan en el coche. Y no podemos
intercambiar lugares, porque probablemente nunca ha disparado una pistola en su
vida.
-Bien, no oigo nada brillante de su parte- contestó ella
bruscamente, indignada-. ¿No es gracioso cómo los hombres se mantienen unidos
aun cuando no pueden oírse el uno al otro?
-¿De qué está hablando?-. Stefan miraba nerviosamente el cielo
en su espejo retrovisor, fuera de las ventanillas.
-No importa. Gire en esa carretera. Él está junto al océano, por
allá, bajo la colina. Está muy cerca-. Apenas podía respirar, el aire estaba
tan lleno de malevolencia ahora-. El vampiro está en algún lado, cerca también.
Puedo sentirlo.
Regresa, cara, regresa, imploraba la voz de Aidan.
Él va en busca de ti, Aidan. Puedo sentir su triunfo. Cree que
sabe dónde estás. Está en forma de... no un pájaro, alguna otra cosa que vuela,
pero está herido. Está protegiendo su lado derecho. Alexandria frotó sus
sienes; la energía que requería comunicarse mentalmente la agotaba. Su cabeza
latía, su muslo ardía como si de alguna manera tuviera una herida allí.
Regresa, Alexandria. Él siente tu presencia, por eso se siente
triunfante. Te ha sacado de la seguridad. ¡Haz lo que te digo! Aidan colocó una
mano cuidadosamente sobre el corte profundo en su sien y presionó la otra sobre
la herida en su muslo que agotaba su fuerza vital. Había perdido demasiada
sangre; el fluido precioso caía a tierra, filtrándose en el terreno.
El olor de la sangre llevaría al vampiro hacia él. Pero él
también podía oler, y el olor del vampiro era tan fuerte como la perturbación
en la armonía natural de la Tierra. No necesitaba las advertencias de
Alexandria para saber que el vampiro estaba cerca. Este poseía mucho más poder
que Yohenstria, y su habilidad para crear ilusiones era perfecta. Aidan había
peleado con otros igual de fuertes, pero nunca con una lesión mortal. Con
Alexandria tan cerca, no tenía más opción que luchar y ganar. Incluso si se
ocultara bajo la tierra, el vampiro probablemente lo habría encontrado antes
del amanecer. Obligó a su cuerpo que protestaba a moverse, levantarse. Apartó
el dolor de su mente. Apartó a la fuerza el pensamiento de Alexandria. No podía
hacer nada excepto derrotar al vampiro. Permaneció muy quieto. Esperando.
Simplemente esperando.
Capítulo Siete
El viento estalló en la bahía y las olas se abalanzaron sobre la
costa. Las estrellas resplandecieron en lo alto. La noche misma parecía
demasiado bella para esconder una criatura tan perversa, demente como
Nosferatu, un no muerto. Aidan levantó su cara hacia el viento e inspiró
profundamente para clasificar la información que la noche escogía compartir con
él.
El vampiro estaba alto, sobre su cabeza, deslizándose sobre sus
alas, dirigiéndose hacia él desde el océano, esperando que el rocío y la sal
marina ocultaran su aroma. Al igual que Aidan, el vampiro estaba herido, y el
rastro de sangre era fácil de seguir. Famélicos por la pérdida de sangre, los
colmillos de Aidan estallaron en su boca simplemente al sentir el olor. La
sangre contaminada era lo último que necesitaba, pero sin una transfusión de
sangre, moriría pronto. Se había hecho una promesa a sí mismo siglos atrás, que
nunca tocaría a un miembro de la familia que trabajara para él, no importaba el
costo, y tenía la intención de mantener esa promesa. Y Alexandria estaba
demasiado débil; era peligroso que lo proveyera en ese estado. Ella no sabía de
las consecuencias para los dos si él la perdiera.
Hacía mucho tiempo, había comenzado a aceptar muerte, con la
espera del amanecer como la única e inevitable opción para él. Pero no estaba
preparado para renunciar a su vida ahora, cuando la posibilidad de la felicidad
finalmente se había presentado en su destino. Pelearía. Al menos lograría
salvar a Alexandria y Stefan de su propia insensatez. Se llevaría al vampiro
con él al amanecer si esa fuera su única opción.
Ponerse de pie había hecho aumentar el sangrado de los cortes
profundos en su muslo y la sien, y una cálida corriente bajaba por su cuello y
su hombro, cayendo sobre el brazo y el pecho. Una oleada de debilidad lo hizo
tambalear, y por un momento todo se desdibujó. Parpadeó para enfocar mejor,
pero fue sólo después de que se enjugara los ojos y su mano se separara
enrojecida de sangre que pudo ver otra vez. Esperó pacientemente, respirando,
de pie, porque no tenía ninguna otra elección. Debía hacer bajar al vampiro
hacia él.
Un enorme murciélago pasó sobre su cabeza, haciendo una mueca
para revelar sus diminutos dientes puntiagudos. Bajó sobre la tierra a unas
yardas de él, gateando, acechándolo.
-Vamos, Ramon, ¿debemos jugar estos juegos de niños? Ven a mí
como un hombre o de ningún modo. Me aburro de tus tonterías- dijo Aidan, su voz
autoritaria e hipnótica-. Todos tus trucos no te servirán de nada esta noche.
Si escoges continuar esta batalla, terminemos con ella aquí y ahora. No puedes
ganar, lo sabes. Lo sientes. Has venido aquí a morir por mi mano. Que así sea.
Camina como un hombre hacia tu muerte-. Sus ojos dorados atraparon la luz de
las estrellas y resplandecieron con llamas rojas, los parpadeos de rubí
haciendo juego con la sangre en su cara.
El murciélago vaciló, luego comenzó a alargarse y convertirse en
una criatura grotesca, con garras y un pico filoso como una navaja. La criatura
se movió diagonalmente, afrontando a Aidan, pero mostrando su lado derecho, la
zona en la que no estaba herido, como había dicho Alex.
Aidan permaneció inmóvil, como una estatua esculpida en piedra.
Sólo sus ojos parecían vivos, flameantes con decisión mortífera.
Su mirada fija detuvo a la criatura, intimidándola hasta que
volvió a cambiar, mutando su forma hasta convertirse en un hombre alto,
delgado, pálido, y de ojos fríos y despiadados. Ramon contempló a Aidan con
precaución.
- No creo que tengas razón esta vez, Aidan. Estás gravemente
herido. Te derrotaré, y tomaré a la mujer para mí mismo.
-Es imposible, Ramon. Puedes roznar como un burro, pero nadie,
ni siquiera tú mismo, crees en tu bravata. Ven a mí, y acepta la justicia de
nuestro pueblo, como sabes que debes hacer. Has cometido delitos contra toda la
humanidad.
-¡Tengo poder! Eres débil, un tonto. Tu vida ha estado dedicada
a un propósito falso. ¿Dónde están esos por los que luchas para salvarlos de
alguien como yo? La humanidad que proteges te clavaría una estaca en el corazón
si supiera de tu existencia. Tu propio pueblo te ha condenado a una existencia
solitaria, sin incluso el alivio de la tierra de los Cárpatos para alimentarte.
Te han dejado solo en este lugar. Únete a mí, Aidan. Yo puedo salvarte. Únete a
mí, y dominaremos esta ciudad. ¿No crees que merecemos hacerlo? Podemos tenerlo
todo. Riquezas, mujeres. Podemos gobernar aquí.
-Tengo todo lo que siempre quise, mi viejo amigo. Ven a mí como
sabes que deberías. Haré que tu fin sea veloz e indoloro-. Tenía que hacerlo
veloz. El tiempo se acababa. La sangre de su vida estaba goteando sobre la
tierra ahora, su fuerza enorme reduciéndose drásticamente.
El vampiro avanzaba ligeramente más cerca, intentando distraer a
Aidan con la ilusión de los murciélagos aleteando sobre el cuerpo veteado en
sangre del Cazador. Aidan permaneció quieto, esos ojos dorados como estrellas
rojas sin abandonar nunca la cara gris de Ramon.
El vampiro se abalanzó. Mientras lo hacía, Aidan sintió a
Alexandria fusionarse con él, derramando su fuerza, su voluntad, su coraje, su
fe en él, dentro de su mente. Fue un regalo sin precio, y Aidan lo usó con toda
la velocidad de la que fue capaz. En el último instante, simplemente se hizo a
un lado, su brazo frenando el movimiento y enredándose alrededor del cuello del
vampiro, rompiéndolo como una ramita. La cabeza se tambaleó hacia un lado, y
Ramon comenzó a aullar, un grito agudo y angustioso que pareció continuar para
siempre.
Aspirando profundamente, Aidan lo remató, zambullendo su mano
directamente en el pecho delgado hasta alcanzar el corazón palpitante. Arrancó
el órgano y lo arrojó lejos del vampiro, dando un paso atrás rápidamente para
evitar el chorro de sangre. Casi inmediatamente su fuerza se agotó, y se
encontró a sí mismo sentado a cielo abierto, agotado e indefenso para cualquier
ataque.
Ella salió de la oscuridad. Su fragancia lo alcanzó primero.
Aunque el olor de la sangre lo estaba volviendo loco lentamente, no trató de
utilizar la sangre contaminada del vampiro para reabastecerse. Y entonces,
repentinamente, ella estaba allí, fresca, limpia y pura haciendo frente al mal.
Y él estaba manchado de sangre, con las manos rojas y la muerte rodeándolo. No
podía mirarla a los ojos y ver la condenación allí. No podía enfrentarse a
ello.
-¡Stefan! Dime qué debo hacer.
Su voz fue musical, tan suave como una brisa de madrugada. Morir
con su voz en su mente y su corazón no era tan malo. Pero Aidan no la quería en
ese lugar atroz.
-No hay nada que puedas hacer. Márchate, Alexandria. Ve a las
Cárpatos, como me prometiste-. Sus ojos se cerraban, demasiado pesados para
mantenerlos abiertos-. Ve a mi tierra natal, y sentiré como si llevaras una
parte de mí contigo.
-Oh, cállate- contestó ella bruscamente, impaciente, horrorizada
por la visión de él. Ni siquiera echó una mirada al vampiro caído-. Nadie te lo
preguntó, Aidan. Y no vas a morir. No lo permitiré, así que termina con esa
actitud machista y coopera. ¡Vamos, Stefan! ¿Qué hago por él?-. Ella ya ejercía
presión sobre la peor herida, en su muslo. Nunca había visto tanta sangre
derramada; era un río rojo empapando la tierra. Se concentró en Aidan,
manteniendo alejada la mirada de los cuerpos caídos y desfigurados.
-Él necesita su saliva mezclada con la tierra, y envolver con
esa mezcla las heridas- dijo Stefan rápidamente, arrodillándose al lado de
ellos.
-¡Es tan antihigiénico! - protestó la joven, abrumada.
-No para un hombre de los Cárpatos. Hágalo si quiere salvarlo.
Su saliva contiene un agente coagulante. Aprisa, Alexandria.
-Deshazte de los cuerpos, Stefan- ordenó Aidan sin abrir los
ojos. Se encontraba flotando en un mundo de ensueño.
-¿Podrías callarte?- amonestó Alexandria. Escupir era más un
talento de Joshua que de ella, pero lo hizo lo mejor que pudo, haciendo
pastelillos del barro mientras Stefan arrastraba los cuerpos de los vampiros
hacia el borde de la carretera y, usando la lata de gasolina de la cajuela del
coche, encendía fuego.
El hedor hizo a callar a Alexandria. Cerró su mente para todo
menos lo que estaba haciendo. No tenía tiempo de examinar por qué estaba
salvando a Aidan, por qué tenía tanta importancia, pero cada hueso, cada
célula, su misma alma le gritaba que lo hiciera.
Aidan parecía inconsciente mientras Alexandria envolvía
meticulosamente sus laceraciones y profundos cortes. Pero sabía que no lo
estaba, que él era consciente de cada uno de sus movimientos; podía sentirlo en
su mente. En cierta forma, él había desacelerado su corazón y sus pulmones para
impedir la infiltración de la sangre y darle tiempo para sellar las heridas con
tierra y saliva. Pero su hambre era una cosa casi viviente, gateando a través
de su cuerpo en un camino lento y torturante. Lo atormentaba implacablemente;
ella podía sentirlo a través de su enlace mental. Él era muy consciente de la
sangre viva, emergente, ardiente y cautivante de ella, tan cerca. El demonio
interior se agitaba apenas debajo de la superficie, amenazando liberarse.
Stefan regresó a su lado.
-Debe hablarle. Dígale que no la puede abandonar. Que no podría
vivir sin él.
-¡De ninguna manera! Ya es lo suficientemente arrogante en su
estado actual. Eso es lo último que querría, sonreír tontamente como alguna
idiota enamoriscada. Nunca me dejaría olvidarlo. Y es tan egocéntrico que
probablemente se lo creería-. Al mismo tiempo que decía las palabras, sus dedos
fueron tiernamente empujando hacia atrás las hebras de cabello enmarañadas,
enjugando la sangre de la cara de Aidan.
Stefan la miró ceñudamente pero se abstuvo de expresar su
opinión.
-Él necesita sangre. Yo se la daré. Usted debe conducir de
regreso a casa. Este fuego atraerá la mirada de las autoridades pronto, y
necesitamos estar lejos de aquí.
No. La voz de Aidan expresó fuertemente su protesta, pero sólo
en la mente de la joven. Ella se percató de que estaba demasiado débil para
intentar hablar incluso.
Es demasiado peligroso. Lo mataría. No puedo tomar la sangre de
Stefan.
Alex lo creyó. Estaba en la pureza y la honradez de su voz.
Estaba en la alarma en su cuerpo y alma, su mente llenándose de la protesta
rugiente.
-No, Stefan, usted conduzca. Aidan se rehúsa a permitirle donar,
así que adivino que tendré que ser yo-. La muchacha apartó hacia atrás el pelo
de Aidan otra vez, con dedos suaves.
Eso es lo que tratas de decirme, ¿no? Puedo donarte mi sangre,
pero Stefan no puede. No digas que no; no es como si no te hubiera ayudado
antes. Simplemente hazlo, y no discutas conmigo, o podría perder mi dulce
temperamento.
Y mi coraje, agregó silenciosamente para sí misma.
No estoy seguro de que puedas estar a salvo.
Gran cosa. Te lo dije, no tengo mucho que perder. Éste realmente
no es mi estilo de vida. Hazlo, Aidan. Simplemente no me lastimes, ¿de acuerdo?
Nunca, cara, la reconfortó.
Necesitaron ayudarlo ambos, Stefan y Alexandria, para meterlo en
el coche. Su cara estaba gris y llena de dolor, pero no hizo un sonido hasta
que lo acomodaron con la cabeza acunada en el regazo de la joven.
-La sangre derramada debe ser destruida- dijo el Cazador, pero
sólo Alexandria captó las palabras. Él estaba tan débil que apenas podía
murmurar.
-Quiere que limpie los restos de sangre, Stefan-. El corazón de
la mujer palpitaba rápidamente. Eso era por él. Ella moriría esa noche dando la
vida por ese hombre. No sabía qué criatura era, sólo que se trataba del ser más
valiente que alguna vez había conocido. No estaba segura de que lo que creía de
él fuera cierto, o incluso que él le gustara, pero eso era lo correcto. Lo
sabía desde lo más profundo de su alma.
Stefan maldijo suavemente.
-Corremos el riesgo de ser vistos mientras más tiempo nos
quedemos- se quejó, pero precipitadamente volvió a la lata de gasolina que
había dejado para los investigadores y sus equipos, para rociar los charcos de
sangre. Había que quitar cualquier huella de la participación de Aidan en la
lucha, y tenían poco tiempo para hacerlo.
Alexandria inclinó su cabeza sobre Aidan.
-Tú no puedes esperar. Hazlo ya. Pero prométeme que siempre
cuidarás de Joshua. Que esta vida demente nunca lo tocará. Prométemelo.
Siempre, cara mia. La voz en su mente fue débil, y ella supo que
no tenían mucho tiempo.
Sintió el movimiento de su mano primero. Los dedos masculinos
acariciaron la columna delgada de su cuello, enviando un temblor por su columna
vertebral. Sus dedos abrieron los botones de la camisa de seda, la camisa de
él, descubriendo su piel desnuda. El ligero roce de sus nudillos contra el
abultamiento suave de sus pechos encendió llamas ardientes a través de su
sangre. Ella se relajó, arqueándose aun más cerca para que su respiración
caliente rozara el pulso sobre su corazón, que latía con frenesí. El contacto
de los dientes de Aidan raspando delicada, eróticamente sobre su piel derramó
un calor líquido en su cuerpo, produciendo un dolor pesado y poco familiar.
Alex hizo un sonido, un gemido suave, mientras el calor al rojo
vivo explotaba a través de ella y los dientes perforaban su piel y se hundían
profundamente. Acunó la cabeza masculina contra ella, aletargada por la
satisfacción, ofreciéndose hasta límite a él. Fue una experiencia sensual, su
sangre derramándose en el cuerpo de él, reabasteciendo las células y tejidos
dañados, llenando de calor sus músculos, llenándolo de vida.
La joven podía sentir la fuerza construyéndose en él del mismo
modo que lentamente fluía desde ella. Era como un sueño nebuloso y erótico. Y
entonces él estuvo en su mente, murmurando suave y tentadoramente palabras de
amor, palabras que ella nunca había oído, con sonidos antiguos y bellos. El
coche se movía, un cimbreo vago que acrecentaba esa eternidad surrealista.
Stefan bajó del coche frente a los portones de la mansión y
corrió a echar el cerrojo de las pesadas puertas de hierro tras ellos, todo el
tiempo comprobando nerviosamente los cielos. Cuando regresó al coche, se asustó
al encontrar que la situación en el asiento trasero se había alterado
dramáticamente. Ahora era Aidan quien estaba sentado, firme y alerta, cubierto
de sangre pero ya habiendo recobrado el color, mientras Alexandria yacía
inmóvil, con la cara gris, como una muerta. Se veía pequeña y perdida en los
brazos de Aidan, casi como una niña.
Stefan apartó la mirada. Había pasado una buena parte de su vida
junto a ese hombre, pero la realidad de la existencia de Aidan era casi
demasiado para aceptarla. Sabía en su corazón que Aidan nunca dañaría a la
mujer, pero verla de esa manera, tan quieta y sin vida, después de que ella
había exteriorizado tanto coraje...
-Limpia el coche, Stefan. Bajaré a la tierra un día o dos.
Dependerá de ti manejar cualquier pregunta si la policía se acerca. Debes
proteger al niño y a Marie de cualquier intruso. Recuerda: no hay manera de que
algo pueda dañar esta casa durante la noche, pero los vampiros pueden usar a
los humanos para que obedezcan sus órdenes-. Stefan ayudó a Aidan a salir del
coche, observándolo mientras alcanzaba el asiento trasero para levantar el
cuerpo flojo de Alexandria en sus brazos.
-Sé lo que ellos y sus sirvientes pueden hacer, Aidan. Estaré
alerta para evitar un ataque- lo reconfortó ásperamente.
-Coloca sangre dentro de la cámara para mí esta noche, y luego
sal y mantente alejado. Mantén a Marie y el niño lejos de la cámara. No será
seguro para ninguno de ustedes hasta que reemplace la cantidad que he perdido-
dijo él tersamente, su fuerza empezando a menguar. Alexandria era una mujer
pequeña, y Aidan había tomado toda la nutrición que con seguridad podía de
ella, y luego la había inducido al sueño profundo de su gente para mantenerla
viva hasta que pudiera reemplazar su pérdida de sangre.
Permitió a Stefan ayudarlo a atravesar la casa. Marie llegó
corriendo, gritando cuando lo vio. Él oyó los pies del niño en el piso de la
madera dura, y dio media vuelta, sus ojos dorados llameando con advertencia.
-Mantén alejado al niño de mí- siseó bruscamente, tratando de
apagar su hambre voraz.
Marie se detuvo sobre sus pasos, una mano presionada contra su
garganta. Aidan estaba cubierto de sangre y suciedad, Alexandria sin vida,
acunada en sus brazos. La sangre y la tierra regaban el piso de madera en un
camino desde la puerta. Los ojos de Aidan eran rojo brillante, sus dientes
blancos afilados y luminosos como los de un depredador.
-¡Marie!- La voz de Stefan la propulsó para ponerse en acción.
Ella se apresuró a interceptar a Joshua antes de que pudiera presenciar el
horror de esa noche. Las lágrimas caían a raudales por su cara mientras trataba
de alcanzar al niño, corriendo por el vestíbulo hacia las escaleras.
Joshua tocó las lágrimas en su cara.
-No llores, Marie. ¿Hirió alguien tus sentimientos?
Ella se esforzó en controlarse. La casa tenía que ser limpiada
antes de que el niño pudiera bajar la escalera, así que de alguna manera tenía
que llevarlo a dormir.
-No es nada, Joshua. Tuve una pesadilla. ¿No tienes pesadillas
algunas veces?
-Alexandria dice que si rezas una oración y piensas en cosas
realmente buenas, tú sabes, las cosas que te gustan, tendrás bonitos sueños-.
Joshua frotó su mejilla contra la de ella-. Siempre funciona cuando ella lo
hace conmigo. Diré oraciones contigo como ella lo hace, y no tendrás pesadillas
otra vez.
Marie se encontró sonriendo ante la simplicidad y la inocencia
de Joshua. Tenía tres niños, ahora crecidos, y Joshua traía de regreso los
recuerdos de la dulzura de la infancia. Lo abrazó más cerca.
-Gracias, Joshua. Tu hermana es una mujer muy lista. Tienes
suerte de tenerla-. Reprimió un sollozo-. Y, de todas maneras, ¿qué haces fuera
de la cama a estas horas de la noche? Son casi las cuatro de la mañana. Qué
vergüenza, jovencito.
-Pensé que Alexandria estaba en su dormitorio, pero no está.
Estaba buscándola-. Los ojos de Joshua dejaron traslucir el miedo de perder a
su hermana.
-Aidan tuvo que llevarla a un lugar especial para que sanara.
Está todavía enferma, Joshua, así que debemos tener paciencia hasta que él la
haga mejorar.
-¿Estará bien?- preguntó el niño ansiosamente.
-Por supuesto. Aidan nunca dejaría que nada le ocurriera. Él
velará por ella muy de cerca. Lo sabes.
-¿Puedo hablar con ella por teléfono?
Marie lo colocó en la cama, levantando los cobertores hasta su
barbilla.
-No durante un tiempo. Ella duerme, como deberías estar
haciéndolo tú. Me quedaré contigo hasta que te duermas como un tronco.
Él sonrió, una sonrisa dulce y angelical que devolvió el calor a
Marie.
-Te puedo enseñar la oración.
Ella llevó una silla hasta un lado de la cama y tomó su mano,
escuchando la voz de su niño diciendo cosas suaves e inocentes para Dios.
Stefan envolvió un brazo alrededor de la cintura de Aidan para
sostenerlo. Podía sentir la perturbación de Aidan ante el contacto y podía
saber que era resultado de su batalla con el demonio siempre presente dentro de
él, luchando por el control.
La fuerza enorme de Aidan disminuía drásticamente, su hambre
voraz, su necesidad de sangre tan fuerte que parecía dominar cada uno de sus
sentidos. Se envolvía alrededor de sus órganos y se arrastraba a través de su
mente con urgente necesidad.
-Apúrate, Stefan, sal de aquí- dijo él roncamente, tratando de
apartar a la fuerza al hombre mayor.
-Te llevaré hacia la cámara, Aidan- dijo Stefan firmemente-. No
me dañarás. Sostienes a tu mujer en tus brazos. Ella es tu salvación. En todo
caso, he ofrecido mi vida para ti en más de una ocasión. Si es tu deseo tomarla
en este instante para salvarte a ti mismo y tu mujer, no tengo ninguna
objeción.
Aidan apretó los dientes y dominó duramente sus instintos
depredadores. La voluntad de sobrevivir era fuerte, la necesidad de sangre
fresca y caliente, suprema. Hizo un intento para no oír el corazón de Stefan
palpitando fuerte y estable, el pulso de la sangre corriendo a través del
cuerpo de ese hombre tan cercano a él.
Una vez en la cámara, Stefan lo soltó y retrocedió, sabiendo que
causaba desasosiego en Aidan. Sabía en su corazón que Aidan nunca lo dañaría.
Él confiaba en el hombre de la Raza de los Cárpatos mucho más de lo que Aidan
confiaba en sí mismo.
-Traeré la sangre, Aidan.
Aidan asintió con la cabeza bruscamente y colocó el cuerpo casi
sin vida de Alexandria en la cama. Se recostó, rodeándola, a su lado, su mano
ensortijándose alrededor de la trenza gruesa de su pelo. Ella lo había salvado,
asumiendo que moriría en el proceso. Voluntariamente, libremente, había
ofrecido su vida por la de él. Su unión era mucho más fuerte de lo que se había
percatado. Ella nunca hubiera sobrevivido a su muerte. Estaban conectados para
toda la eternidad, verdaderos compañeros. Él había pronunciado las palabras
antiguas vinculando sus almas. Dos mitades de un mismo todo.
Suspiró y yació al lado de ella, interiormente maldiciendo su
necesidad de sangre. No podría bajar a la tierra sin ingerir más sustento.
Esperó, el demonio dentro de él rugiendo y enfureciéndose, hasta que sintió al
humano acercarse, hasta que oyó el suave ruido de pasos. La pesada puerta
rechinó, y Stefan colocó varias botellas de sangre en el piso; luego se retiró,
dejando solos a Aidan y su compañera en la cámara.
Aidan se tambaleó a través de la habitación y envolvió su mano
alrededor del cuello de una botella de vino. Bebió rápidamente el contenido y
lo mismo hizo con la siguiente. Stefan había llevado cinco botellas llenas, y
Aidan las consumió todas, pero aún así su cuerpo deseaba ardientemente más.
Pero con su energía renovada por el suministro de sangre, movió
la cama con un movimiento de su mano y abrió la escotilla hacia la tierra
fresca que esperaba debajo. Le tomó mucha concentración despegar los estratos
de tierra para hacer un espacio para su cuerpo y el de Alexandria. Recogiéndola
en sus brazos, flotó dentro de la protección de la Madre Tierra. Acomodó su
cuerpo alrededor de su compañera y comenzó los hechizos antiguos e intrincados
para proteger la entrada de su guarida. El escotillón se cerró, y la cama
encima de ellos se movió de regreso en la posición correcta. Cerró la tierra
sobre ellos, alrededor de ellos, y desaceleró su corazón y sus pulmones
mientras sentía las propiedades sanadoras de la tierra abrazándose alrededor de
sus heridas. Su corazón vaciló, sus pulmones ascendieron y cayeron, y entonces
todas sus funciones corporales cesaron.
Stefan cerró la puerta del sótano, sabiendo que podrían pasar
días antes de que Aidan hiciera otra aparición. Esperaba haberle llevado
suficiente sangre. Aidan proveería a Alexandria cuando se levantara de nuevo y
cazara sus presas humanas. Hasta entonces, dependía de Stefan custodiar la
casa, a Marie y al joven Joshua.
Encontró a Marie limpiando el piso. Se volvió hacia él
inmediatamente, con ojos interrogantes. Él la abrazó con ternura.
-Vivirá, Marie. No te preocupes por él.
-¿Y su mujer?
Stefan sonrió cansadamente.
-Es asombrosa. No quiere saber nada ni de él ni de nosotros,
pero salvó su vida.
-Ella será su salvación. Pero tienes razón, Stefan, no quiere
estar aquí con nosotros.
El tono de Marie era triste, sintiendo su corazón lleno de
compasión.
-Aún no entiende lo que le ha ocurrido- dijo Stefan con un
suspiro-. Y la verdad es que no me gustaría tener que enfrentarme a lo que se
enfrenta esa muchacha. No entiende la diferencia entre Aidan y los vampiros. Ha
sido rudamente utilizada, y trata de obtener su libertad todo el tiempo.
Incluso su capacidad para estar junto a Joshua se ve restringida.
-Tendremos que ser pacientes con ella.
Stefan sonrió repentinamente.
-Él tendrá que ser paciente con ella. Y ella le hará frente como
nadie en toda su vida lo ha hecho. Las mujeres americanas modernas son muy
diferentes a aquellas a las que él está acostumbrado.
-Piensas que es más bien gracioso, ¿verdad, Stefan?- comentó su
esposa.
-Absolutamente. Aidan nunca ha entendido cómo conseguiste
atraparme, pero está a punto de enterarse-. Él la besó con gentileza y palmeó
su hombro-. Limpiaré el coche y el camino de acceso, y nos iremos a la cama-.
Le sonrió sugestivamente.
Marie rió cariñosamente y lo miró salir a la noche abierta.
El sol estaba alto en el cielo, disolviendo con su fuego la
niebla que se desprendía del océano. Marie y Stefan acompañaron a Joshua hasta
su escuela y se demoraron en el exterior unos momentos para asegurarse de que
nadie vigilaba al niño. El periódico matinal había especulado que los dos
hombres encontrados totalmente incinerados y con pocas posibilidades de ser
identificados, probablemente se habrían peleado uno con el otro. Se consideraba
que alguno de los hombres accidentalmente se había empapado a sí mismo cuando
había tirado gasolina para ocultar las evidencias. La lata de gasolina,
ennegrecida, hallada en la escena, tenía las huellas digitales de una de las
víctimas.
Stefan evitó las preguntas de Marie, sin querer recordar cómo
había presionado la mano de Ramon alrededor de la lata. No estaba seguro de
haber encubierto cada detalle y estaba nervioso con la posibilidad de que la
policía fuera de un momento a otro a golpear su puerta.
Cuando regresaron a casa, sin embargo, no fue a la policía a
quien encontraron, sino a Thomas Ivan. Vestido en un traje italiano caro, hecho
a medida, esperaba algo impacientemente en la puerta principal. Llevaba un
ramillete enorme de rosas blancas y rojas mezcladas con helechos. Le dedicó a
la pareja su sonrisa más encantadora, incluso se las ingenió para hacer una
ligera inclinación de modo respetuoso hacia Marie.
-Quise pasar de visita y ver si Alexandria se sentía mejor.
Pensé que podría ser un buen momento, también, para disculparme por mi rudo
comportamiento del otro día. Estaba preocupado por Alexandria, y me descargué
con usted.
-Ella se alegró por haber recuperado su portafolios- replicó
Marie sin comprometerse-. Recibió su mensaje, y estoy segura de que se
contactará tan pronto como se sienta mejor.
-Pensé que las flores le animarían- dijo Thomas gentilmente.
Podía manipular a los sirvientes cuando quisiera. Mientras el señor del feudo
no apareciera, podría pasar más allá de la puerta esta vez-. Quizá podría pasar
a verla, desearle que se recupere. Sólo me quedaré un momento.
El ama de llaves no se movió de su posición. De pie
inmediatamente detrás de ella, pareciendo un auténtico asesino de la mafia,
Stefan permanecía impasible. Ivan trató de controlar su mal humor. No serviría
de nada trastornar a esas personas. Necesitaba convencerlos para que se
pusieran de su parte.
Marie negó con la cabeza.
-Lo siento, señor Ivan, eso es imposible. El señor Savage dejó
instrucciones específicas de que Alexandria no debe ser perturbada, según las
órdenes del doctor.
Thomas asintió con la cabeza.
-Sé que usted tiene que hacer lo que se le ordena, pero puede
verlo, estoy realmente preocupado por ella. Simplemente quiero verla, comprobar
por mí mismo que está bien. ¿Qué le parece? No tenemos que decírselo al señor
Savage. No me quedaré por mucho tiempo, simplemente un vistazo rápido para
asegurarme de que ella está bien-. Sacó varios billetes de veinte dólares del
bolsillo, arrugándolos impacientemente.
El jadeo de Marie fue indignado.
-¡Señor Ivan! ¿Está sugiriendo que traicione a mi jefe?
Él juró por lo bajo.
-No, claro que no. Simplemente tuve la intención de darle algo
por los problemas adicionales.
-Alexandria no es ningún problema, señor Ivan- dijo Marie,
interpretándolo mal deliberadamente-. Es parte de nuestra familia, como su
hermano. ¿Conoce a su hermano?-. Sabía muy bien que él no lo conocía, y su voz
lo decía todo.
Thomas Ivan estaba furioso. Esa mujer le estaba plantando
batalla desafiándole deliberadamente burlona. Deseó poder deportarla,
preferentemente hacia alguna parte fría, húmeda e incómoda. En lugar de eso,
sonrió otra vez, apretando los dientes mientras lo hacía.
-No daba a entender de ninguna forma que Alexandria pudiera ser
una molestia para usted. Quizá su comprensión del inglés no es tan buena. ¿De
dónde es originariamente?- trató de inyectar interés en su voz.
-Rumania- dijo Marie-, pero no tengo problemas con el idioma
inglés. He estado aquí durante muchos años. Consideramos San Francisco nuestro
hogar ahora.
-¿Es el señor Savage también de Rumania?- estaba muy interesado
en la respuesta. Tal vez pudiera deportar al bastardo arrogante sin tener que
mediar con su personal.
-No puedo discutir sobre mi jefe con un desconocido, señor- dijo
Marie atentamente, su cara inexpresiva.
Thomas sabía que la vieja bruja en secreto se reía de él. Aspiró
profundamente. Bien, ella y el cuidador se enfrentaban a un enemigo mucho más
poderoso de lo que imaginaban. Tenía amigos influyentes, y además, eran dos
extranjeros.
-Sólo era curiosidad, porque el acento de Savage es diferente al
suyo-. Le hubiera gustado decir más educado, más cultivado, simplemente para
insultarla, pero se refrenó. Podía esperar pacientemente su venganza. Haría
registrar la casa entera, haría que el departamento de inmigración cayera sobre
el lugar inmediatamente-. Pues bien, siento que no pueda ayudarme. Estoy
sumamente preocupado por Alexandria. Si se rehúsa a permitirme verla o hablar
con ella por teléfono, no me queda más opción que acudir a la policía. Como un
posible secuestro-. Creyó ver alarma en la cara de la mujer, pero el hombre
tras ella no movió una pestaña. Thomas comenzó a preguntarse si el hombre
llevaría una pistola. Tal vez fuera el asesino del grupo. El dorso de su cuello
comenzó a arderle de inquietud.
-Continúe y haga lo que piense que deba hacer, señor Ivan. No
puedo contravenir mis órdenes- dijo Marie firmemente.
-Entonces quizá podría hablar con el señor Savage personalmente-
sugirió con tensión.
-Lo siento, señor Ivan, pero eso no es posible a esta hora. El
señor Savage no está en casa, y no hay ningún número donde pueda ser
localizado.
-Qué conveniente para el señor Savage- disparó Thomas, que
sentía tanta frustración que su furia comenzó a salir a la superficie-.
¡Entonces veremos cuánto le gustará hablar con la policía!-. Él dio media
vuelta, esperando que el verdugo no le disparara por la espalda. El ojo empezó
a temblarle bruscamente, de la forma que siempre lo hacía cuando estaba
molesto.
-¿Señor Ivan?-. La voz de Marie fue suave y dulce, casi serena.
Él dio media vuelta con una sensación de triunfo. A fin de
cuentas, había dicho algo para asustar a la pareja de idiotas.
-¿Qué?- espetó, haciendo alarde de su desagrado.
-¿Quiere dejar las flores para Alexandria? Me ocuparé de que las
reciba. Estoy segura de que la animarán, sabiendo que vinieron de usted-. Marie
hacía un intento para no reírse del hombre. Se veía tan tonto, tan convencido
de su importancia, tan seguro de que podría intimidarlos. No le hacía mucha
ilusión tener que enfrentarse a la policía, pero podía dar un buen uso a las
flores.
Ivan empujó las rosas hacia ella y se marchó con rigidez, de
ninguna manera apaciguado por su débil intento por congraciarse con él. Esos
extranjeros iban a lamentar haberlo conocido. Obviamente no tenían idea de la
clase de poder que poseía.
Marie levantó la mirada hacia Stefan, y ambos rieron.
-Sé lo que piensas, mujer malvada. Quieres usar esas flores para
volver a Aidan loco de celos.
-¿Cómo puedes pensar algo así, Stefan?- dijo Marie
inocentemente-. Simplemente no podía soportar que unas flores tan bellas se
desperdiciaran. Las meteré en el refrigerador hasta que Alexandria se levante.
Animarán su cuarto o, mejor aún, la sala de estar.
Stefan la besó ligeramente en la mejilla y se volvió para irse.
-Aidan está a punto de pasar por algunos momentos interesantes.
-¿A dónde vas? No vas a dejarme sola aquí para tratar con las
autoridades. Ese hombre va directamente a la comisaría, y probablemente lo
escucharán.
-Lo más seguro es que los disguste con sus demandas
aborrecibles, y Aidan es bien conocido para la policía local. Siempre dona para
sus causas, y ha tenido cuidado de mantener una buena relación con ellos. No
creo que el señor Ivan sea una gran amenaza, pero quiero echar un vistazo
alrededor y asegurarme de que todo esté en lugar para su visita oficial- la
reconfortó Stefan.
-Siempre podemos dejar que Joshua hable con ellos, si tenemos
que hacerlo- sugirió Marie, vagamente inquieta, como hacía siempre que Aidan
era vulnerable.
-No llegaremos tan lejos- la tranquilizó Stefan.
Capítulo Ocho
El sol se hundió en el mar con una explosión brillante de
colores. Luego la niebla, inesperadamente, llegó en abundancia; una neblina
blanca y extraña que pendía quedamente sobre tejados y calles, avanzando con
lentitud a través de los parques y callejones oscuros, hasta que los llenó.
Ningún viento movió el velo neblinoso, y los coches tuvieron que avanzar
lentamente de manzana a manzana.
Medianoche. Aidan se abrió camino con mucho esfuerzo hacia la
superficie. Hambriento. Famélico. Los ojos bordeados de rojo y encendidos con
una necesidad feroz. Sus entrañas se retorcían y tronaban. Las células y los
tejidos gritaban, exigiendo nutrición.
El sonido ruidoso de corazones palpitando a corta distancia,
llamándolo, cautivándolo, casi lo enloquecían. Su cara estaba pálida, casi
gris, su piel seca y arrugada, su boca abrasada de sed. Los colmillos
chorreaban por la anticipación, y las uñas largas como hojas de afeitar
apuntaban en sus dedos.
Por un momento, sus ojos descansaron sobre el cuerpo sin vida
yaciendo tan quieto junto a él en la tierra abierta. Alexandria. Su compañera.
Su misma salvación. Lo único que se interponía entre él y el destino que su
especie temía. Por ella, él no se transformaría, no se convertiría en vampiro,
en un no muerto. Libremente había sacrificado su vida por la de él, y había
sellado sus destinos como nada más podría haberlo hecho, atándolos
irrevocablemente por toda la eternidad. Ella había elegido la vida para él; por
consiguiente, la había escogido para sí misma. No tenía importancia para el
hombre que ella no fuera realmente consciente de lo que estaba haciendo.
Simplemente, había sido hecho.
Ella necesitaba sangre. Su situación era aun más desesperada que
la suya. No podría despertarla hasta que pudiera alimentarla. Su cuerpo estaba
exhausto, y sin nutrición para reanimarla, no podría permanecer viva más que
unos cuantos escasos momentos.
Él olía sangre. Cálida y fresca. Palpitando, emergiendo,
retrocediendo y fluyendo como la llamada eterna del mismo océano. El demonio
que llevaba dentro rugió y rabió, disgustado por controlarlo, y a pesar de
todo, también por salvar a su compañera. Desesperado por alimentar la roedora,
gimiente hambre. Un hombre. Una mujer. Un niño. Aidan retrocedió de la orilla
del desastre justo a tiempo, controlándose lo suficiente como para hacer los
preparativos necesarios.
Minutos más tarde fue corriendo a través del estrecho túnel
subterráneo, un borrón de velocidad, tan rápido que incluso un ratón no
detectaría su presencia. Ya no exhibía vestigios de sangre o suciedad: sus
ropas eran elegantes, su pelo limpio y asegurado en una gruesa cola de caballo
en la nuca. Atravesó el pasillo de piedra que conducía al sótano sin
contratiempos. Mientras colocaba su mano en la puerta que llevaba a la cocina,
detectó la presencia de la mujer entrando en el cuarto desde otra puerta. Por un
momento, su corazón se aceleró por la excitación y la saliva apareció,
anticipando el alimento, pero reprimió las respuestas. Con su frente
descansando contra la puerta, se concentró en alcanzar a la mujer mentalmente,
quitarla del camino del daño.
Marie se encontraba inexplicablemente en la sala de estar, pero
la salvaría del hambre obsesionante de Aidan aumentando el espacio entre ellos
con cada paso que la alejara de él. En el momento que ella quedó a una
distancia segura, el hombre se deslizó a través de la cocina y afuera, al
huerto.
Instantáneamente los olores que saturaban el aire de la noche
asaltaron sus sentidos, lo inundaron, le contaron historias. Sólo a unos pies
de distancia un conejo estaba agazapado, congelado de aprensión, consciente del
depredador mortífero cazando sangre. El corazón del animalillo golpeó
pesadamente, de manera salvaje. En las casas calle arriba, Aidan percibía dónde
estaba cada cuerpo caliente y qué estaba haciendo: durmiendo, tomándose un
bocado, haciendo el amor, peleando. Un velo de niebla lo rodeó, lo camufló, se
convirtió en una parte de él.
Tres días y dos noches había yacido en la tierra curativa. Con
una infusión nueva de sangre, estaría más fuerte que nunca. El hambre batallaba
por lograr el control, y gruñendo, se lanzó al cielo, más peligroso que
cualquier cosa que Thomas Ivan alguna vez hubiera concebido. Percibía cada
respiración de las futuras presas humanas, y aquellos que se movían debajo de
él estaban en peligro esa noche: por primera vez, quizá no podría suspender su
alimentación a tiempo de tener piedad de sus vidas.
Era una sombra oscura deslizándose sobre alas en lo alto,
invisible para los de abajo. El objetivo de Aidan sería el Golden Gate Park,
con sus arboledas y su paisaje ondulado, para que fuera su coto de caza esa
noche. La niebla yacía más pesada allí, en espera de él, encubriendo su avance.
Aterrizó ágilmente, sus pies silenciosos tocando la tierra al mismo tiempo que
sus alas se plegaban.
A sólo algunas yardas de distancia acechó a un grupo de hombres,
casi recién salidos de la adolescencia, exhibiendo los colores de su pandilla y
esperando a sus rivales, infundiéndose valor para una pelea. Todos estaban
armados, y al menos las dos terceras partes, eufóricos por las drogas, y hacían
circular una botella de vino barato.
Aidan olía su sudor, los poros exhalando vapor por la adrenalina
y el miedo que con su lenguaje soberbio y beligerante intentaban esconder. Era
el sonido y el olor de la sangre fluyendo en sus venas y arterias lo que le
interesaba. Se concentró en ellos uno por uno, encontrando la sangre menos
afectada por el abuso de las substancias.
Ven a mí. Ven aquí rápidamente. Necesitas estar aquí ahora.
Envió la llamada hipnótica fácilmente, su hambre tan fuerte que
cautivó a varios de ellos. Al resto del grupo, simplemente les ordenó que no
advirtieran la ausencia de los demás.
Agarró al primer hombre y hundió sus dientes profundamente,
incapaz de controlar la compulsión de alimentarse lo suficiente como para ser
suave. Tragó el líquido caliente, sus células famélicas absorbiéndolo
codiciosamente. La sangre se lanzó a través de su cuerpo como una bola de
fuego, derramando fuerza en sus músculos. Apenas pudo evitar tomar la última
gota de sangre y ganar la última energía. Fue el pensamiento de Alexandria lo
que lo detuvo a la orilla de la destrucción definitiva. Ella, libremente, había
sacrificado su vida por él. No podía permitirse a sí mismo, a su hambre y su
naturaleza depredadora, desperdiciar ese regalo precioso matando y condenando
su alma.
Aidan se concentró en sus recuerdos de ella, la curva de su
mejilla, el largo de sus pestañas. Tenía una sonrisa tan sustanciosa como la
miel. Su boca era lujuriosa y ardiente, como seda calentada por el sol. Dejó
caer a su víctima y arrastró a la siguiente hacia él.
El líquido de la vida se derramó dentro, cerró sus ojos y pensó
en ella. Tenía los ojos como gemas azules, con estrellas en el centro. Era
valiente y compasiva. Nunca dejaría caer su presa a sus pies como él estaba
haciendo. Capturó al tercer hombre y lo acercó, sintiendo que su hambre
comenzaba a aliviarse. Tuvo más cuidado esta vez.
Un sonido penetró el frenesí de su alimentación, y supo que la
otra pandilla estaba por llegar, tratando de pasar trabajosamente a través de
la niebla gruesa, sus coches todavía demasiado distantes para alertar a
aquellos que los esperaban en el parque. Apartó a la fuerza a la tercera
víctima y alcanzó a la cuarta.
Realmente no era justo permitir a esa pandilla pelear con varios
de sus hombres fuera de combate, reflexionó. Luego una sonrisa lenta curvó su
boca. Ya Alexandria estaba haciendo su efecto en él. Para él, las personas como
esos hombres no tenían honor ni códigos, y estaban dispuestos a lastimar o
matar brutalmente incluso a aquellos que nada tenían que ver en sus conflictos,
hasta las mujeres y los niños. Esos individuos sin honor no tenían lugar en el
mundo de Aidan. A pesar de todo, bajo la influencia de Alexandria, tomaba en
consideración intervenir para dejar a ese grupo de asesinos una oportunidad
justa para entrar en su batalla ridícula por el poder. Aunque ninguno de ellos
supiera qué era el poder verdadero realmente.
Dejó caer al cuarto hombre y alcanzó al quinto. Su hambre estaba
aplacada, su fuerza completamente recuperada, pero eso era para Alexandria. Sus
dientes blancos refulgieron por un momento, suspendidos sobre la garganta
expuesta. El mundo gris, desolado y vacío estaba ahora lleno de colores
brillantes y olores excitantes. Otra vez contenía fascinación y belleza. Se
permitió gozar de ese conocimiento para finalmente hundirse. Una verdadera
compañera. La salvación por fin. Podía sentir emociones, nunca estaría solo
otra vez... ¡nunca más estaría solo otra vez! Los siglos de vacío se habían ido
en un momento.
Alexandria.
Con un pequeño suspiro, obedeciendo algunas reglas más de las
que le hubieran gustado, dejó caer al último hombre en la hierba mojada y envió
un aviso a la pandilla que estaba llegando. Las ondas de terror los golpearon
al sentirlo. Permanecieron silenciosos, mirándose los unos a los otros. Aidan
se encontró sonriendo abiertamente. Tal vez tuviera que ser bueno, pero eso no
quería decir que no pudiera divertirse mientras tanto.
El conductor del primer coche detuvo su vehículo a un lado de la
carretera, aspirando enormes tragos de aire sin aparente razón en sus pulmones.
Sudaba profusamente.
Vas a morir esta noche. Todos ustedes. La niebla cobija a un
monstruo. La muerte te llama.
Simplemente para enfatizar su amenaza, Aidan se lanzó hacia el
cielo, su cuerpo desperezándose y desfigurándose, hasta que se convirtió en un
alado lagarto gigante con dientes afilados y prominentes. Su cola era escamosa,
larga y gruesa, y sus ojos rojos como un rubí. Salió de la niebla, directo
hacia la fila de coches ostentosos, y respiró fuego sobre sus capós.
Las puertas se abrieron de golpe, y los miembros de la pandilla
salieron corriendo a través de la calle, sus gritos de terror haciendo eco en
la niebla. Aidan rió suavemente mientras aterrizaba directamente a la derecha
del coche delantero, su forma alterándose mientras lo hacía. Su hocico largo se
acortó, los colmillos brotaron violentamente, y su cuerpo se compactó en
tendones y músculos lupinos. El pelaje se ondulaba en su espalda y sus patas,
emergiendo sobre su piel.
Corrió a paso sostenido en pos de los hombres, sus ojos rojos
resplandeciendo en la niebla.
-¡El lobo! ¡Es el hombre lobo!-. El grito rebotó a lo largo de
la calle, y una pistola detonó. Era imposible para alguno de ellos ver más allá
de un pie escaso de distancia, pero para Aidan el aire era perfectamente claro,
y sabía la posición exacta de su presa. Los persiguió durante un rato,
disfrutando su habilidad para correr tan velozmente. Había gozo en su corazón.
El gozo que habría sentido un poco más de setecientos años antes. Se estaba
divirtiendo.
-¡Era un dragón!- gritó una voz ruda mientras todos corrían, el
ruido de sus pasos fuertes en la oscuridad.
Aidan percibió otra voz.
-Esto no es real, hombre. Tal vez tuvimos una especie de
alucinación masiva.
-Bien, quédate y compruébalo entonces- respondió violentamente
alguien-. Me voy al infierno, lejos de aquí.
El lobo los acechó más cerca, olfateando al humano. El hombre
disminuía la velocidad de su carrera, seguro de que nada de eso podía ser
realidad. El lobo se lanzó de un salto, cubriendo una distancia considerable
con una elasticidad singular y cogiendo al humano por el trasero de sus
pantalones. Se quedó con un bocado del tejido de sus vaqueros, y el hombre dio
un grito agudo. Sin mirar hacia atrás, escapó para unirse a sus amigos, sus
botas sonando ruidosamente en la calle mientras corría a toda la velocidad que
sus piernas le permitían.
Aidan rió a carcajadas estrepitosamente esta vez, el sonido hizo
un eco misterioso que se transmitió en el lecho espeso de niebla. No podía
recordar la última vez que se había divertido tanto. Los miembros de la
pandilla gritaban, llorando de miedo. Para equilibrar las fuerzas de ambas
pandillas, se concentró en los coches, volteándolos, uno a uno, hasta que cada
coche estuviera apoyado sobre su techo, las ruedas dando vueltas inútilmente en
el aire. Luego hizo lo mismo a la pandilla rival. Necesitaban descansar en el
parque por un tiempo, de cualquier manera.
Después de asegurarse de que ninguna de los dos bandas pudiese
comenzar una pelea, se lanzó hacia el aire otra vez, esta vez corriendo a toda
velocidad de regreso a Alexandria. Aterrizó en la senda de piedra del huerto,
fuera de la cocina. Un pez brincó en el estanque, y el sonido de la salpicadura
fue sonoro en el aire de la noche. El viento comenzaba lentamente a cambiar de
posición, abriéndose paso con serenidad a través de la niebla. Las nubes de
niebla blanca formaron remolinos ágilmente y flotaron aquí y allá como velos de
encaje. El efecto era hermoso. Todo era hermoso.
Aidan respiró a fondo y contempló el cielo. Esa no era su tierra
natal, pero era su hogar. El vampiro se había equivocado acerca de eso. Aidan
había aprendido a amar San Francisco a lo largo de los años. Era una ciudad
interesante, con personas interesantes. En realidad, extrañaba su propia
especie y la fiereza de las montañas de la Raza de los Cárpatos y sus bosques.
Daría casi cualquier cosa por tocar la tierra de su patria. La tierra antigua
de su gente estaría por siempre en su corazón, pero esa ciudad tenía su propio
encanto, sus diversas culturas mezclándose y construyendo un mundo increíble
para explorar y disfrutar.
Aidan usó sus llaves para abrir la puerta de la cocina. La casa
estaba en silencio. Stefan y Marie permanecían dormidos en su cuarto. Joshua
dormía a intervalos, obviamente incómodo por estar tanto tiempo separado de su
hermana, aunque Marie le había permitido pasar la noche en el pequeño saloncito
fuera de su dormitorio, en el primer piso. Stefan había cumplido su promesa; la
casa estaba cerrada y asegurada, con las rejas de hierro sobre las ventanas
para protegerlos contra cualquier invasión.
Las medidas preventivas de Aidan eran fuertes: los hechizos,
poderosos y antiguos, conocidos sólo por unos cuantos de los más antiguos de su
raza, estaban tejidos en los vitrales intrincados de las puertas. Gregori, el
Oscuro, el más temido de los Cazadores de la Raza de los Cárpatos y su máximo
sanador, le habían enseñado muchas de las defensas, los métodos de curación,
incluso las maneras para cazar a los no muertos. Mikhail, su líder y el único
amigo de Gregori, había estado de acuerdo en enviar a Aidan a los Estados
Unidos como Cazador una vez que se supo que los traidores habían comenzado a
ramificarse y buscar otras áreas para usarlas como mortales campos de
actividades. Gregori entrenaba a pocos Cazadores; era un solitario y evitaba a
otros por regla general.
Julian, el hermano gemelo de Aidan, había tratado de trabajar
con Gregori por un tiempo, pero era demasiado parecido al Oscuro. Un solitario.
Necesitaba los picos más altos, los bosques más profundos; necesitaba correr
con los lobos y remontarse con las águilas, tal como Gregori prefería. El de
ellos no había sido el camino de la gente, de las ciudades, o incluso el de su
propia especie.
Aidan se movió a través de la cocina inmaculada hacia la puerta
del sótano. Repentinamente, se le ocurrió qué bien olía siempre la cocina, con
sus aromas de especias y pan recién horneado. Marie, y su familia antes de
ella, siempre habían hecho de su casa un hogar. Realmente nunca lo había
apreciado antes. La lealtad de esa familia todavía lo asombraba, aunque hasta
ahora no había advertido cómo habían hecho que su vida, hasta entonces
desolada, fuera una existencia tolerable.
Aspiró el aroma de su familia. El calor se esparció a través de
su cuerpo, de su corazón. Tras siglos de una existencia fría y árida, quiso
caer de rodillas con gratitud, por la alegría inesperada de ese tesoro. Tampoco
nunca antes había percibido el efecto rústico logrado en el sótano. No era
simplemente un espacio mohoso y subterráneo, sino un cuarto brillante, enorme y
lujoso enriquecido con los tallados de madera de Stefan y un conjunto imponente
y bien organizado de herramientas. Los bancos de trabajo y las mesas estaban
limpios, las herramientas ordenadas del huerto brillaban, y hacia su izquierda
descansaban bolsas incontables de rica tierra apilada cuidadosamente. Stefan.
Le debía a ese hombre tanto.
El propio Aidan había excavado meticulosamente el túnel que
conducía a su cámara escondida, después de haber estudiado las formaciones de
rocas del acantilado y con la seguridad de que la cámara secreta sería
imposible de penetrar o detectar tan cerca de la gran extensión de agua. Los no
muertos podían saber que él dormía a corta distancia, pero nunca percibirían su
posición exacta.
Aidan había escogido el sitio para emplazar su casa con mucho
cuidado. Como el dinero era rara vez un propósito cuando uno vivía durante
siglos, tenía de sobra para que le durara varias vidas. Fue simplemente
encontrar el edificio y la posición correcta para sus necesidades específicas.
Quería pocos vecinos, pues aunque se mezclaba bien en su nueva sociedad,
necesitaba espacio y privacidad, tierras en las que pudiera vagar y la libertad
del campo en su propio patio trasero. Necesitaba el mar con su olas estrepitosas
y los perfumes y la niebla que pudiera manipular cuando fuera necesario.
Su propiedad, con vistas al océano y sobre un promontorio,
estaba tan cerca de la perfección como había deseado. Poseía suficiente tierra
alrededor de la casa para usarla como una barrera entre los vecinos y él, pero
había otras casas a lo largo de la carretera. Aún así, contaba con la
privacidad necesaria como para evitar que si uno de los traidores lo encontraba
y luchaba con él, alguien los descubriese).
Establecer una casa nueva y en una tierra nueva había sido una
de las cosas más difíciles que había hecho en su larga vida. Pero ahora,
mientras se acercaba a su cámara de sueño, esa dificultad se había vuelto
pálida en contraste con lo que su valiente Alexandria afrontaba en su vida
nueva. Esperaba morir, e incluso había dado la bienvenida a la muerte,
especialmente si significaba salvarlo a él. Había sentido en su mente que ella
no estaba dispuesta a cazar a los hombres para alimentarse. No tenía una naturaleza
depredadora o instintos de caza. Y temía ser un vampiro. Ni todas las
explicaciones del mundo conseguirían vencer su desconfianza. Sólo el tiempo
podía hacer eso, y él, de alguna manera, debía conseguir el suficiente para
convencerla de que ni ellos eran vampiros, ni asesinos despiadados. Necesitaba
tiempo para hacerla percatarse de que le pertenecía, que su lugar estaba con
él, y que nunca podrían estar separados.
Él la sacó de la tierra acunada entre sus brazos. Extendiéndola
en la cama, hizo una señal con una mano y cerró la tierra y la escotilla. No
necesitaba enfrentarse con su nueva e inusual vida en ese mismo instante. Se
despertaría en una cama, en una habitación. Ya tenía suficiente con todo lo que
le había sucedido, como para encima encontrarse enterrada bajo tierra.
Tenía que trabajar rápido. En el momento en que la joven
despertara, tendría que dominar su mente antes de que cayese en la cuenta de lo
que ocurría y tratara de resistirse. No habría querido iniciar su relación
obligándola a hacer algo aborrecible para ella; pero a pesar de todo, no tenía
ninguna alternativa para reemplazar su pérdida enorme de sangre.
Respiró profundamente, acarició hacia atrás su pelo, y luego
abrió su propia camisa.
Despierta, piccola. Despierta y toma lo que necesitas para
vivir. Bebe lo que ofrezco libremente. Haz como te ordeno.
Bajo su mano, el corazón femenino tembló, despertando, sin
suficiente sangre para soportar la vida. La uña de Aidan cortó su propio pecho,
y presionó la boca de Alexandria contra la constante corriente roja.
Él sujetó la mente de la muchacha firmemente, mientras su cuerpo
lentamente se calentaba, mientras su corazón y sus pulmones encontraban un
ritmo. Con la infusión de su sangre, mucho más poderosa que la mayoría, su
fuerza regresó rápidamente. Sin previo aviso, ella luchó contra él,
comprendiendo abruptamente lo que ocurría. Con un pequeño suspiro, permitió que
ella ganase esa pequeña batalla y aflojó deliberadamente su sujeción.
Ella se arrastró lejos de él, cayendo sobre el piso, tratando de
escupir la sangre de su boca, tratando desesperadamente de odiar el sabor del
fluido dulce y picante que robustecía la fuerza en ella.
-¿Cómo puedes?-. Ella gateó lejos de la cama, se tambaleó sobre
sus pies y se presionó contra la pared, enjugando su boca repetidas veces. Sus
ojos estaban completamente horrorizados.
Aidan se vio forzado a cerrar la herida en su pecho. Se movió
lentamente para reducir el miedo de la muchacha. Muy cuidadosamente, se
incorporó.
-Tranquilízate, Alexandria. No obtuviste aún bastante alimento
para restaurar tu fuerza.
-No puedo creer que hayas hecho esto. Se supone que estoy
muerta. Prometiste cuidar de Joshua. ¿Qué has hecho?- gritó mientras jadeaba
tratando de respirar, con sólo la pared para mantenerla de pie. Sus piernas se
sentían como de goma. Él le había mentido. Mentido.
-Escogiste la vida para mí, Alexandria. Y yo no puedo vivir sin
ti. Nuestras vidas están vinculadas ahora: uno no puede sobrevivir sin el
otro-. Él habló amablemente, sin hacer ningún movimiento para acercarse a ella.
Alex parecía dispuesta a escapar a la provocación más leve.
-Yo elegí salvar tu vida. Ambos sabíamos lo que eso significaba-
dijo la joven desesperadamente, metiendo con fuerza los nudillos contra la boca
para impedirse gritar. No podría, no lo haría, vivir de esa manera.
-Yo sí sabía lo que significaba, cara. Tú no lo hiciste.
-Eres un mentiroso. ¿Cómo puedo creer cualquier cosa que digas?
Me hiciste como tú, y ahora me obligas a vivir de la sangre. No puedo, Aidan.
No importa lo que me hagas, pero no beberé la sangre de nadie-. Alex se
estremeció visiblemente y se deslizó a largo de la pared hasta el piso. Llevó
las rodillas al pecho y se meció, tratando de consolarse.
Aidan suspiró, intentando no reaccionar demasiado rápido a sus
palabras. Estaba alejándose de él, bloquéandolo en su mente para no dejarlo
entrar. O eso es lo que ella pensaba. Él estaba familiarizado con su mente
ahora, y lentamente entró, una sombra leve, vigilante.
-Nunca te he mentido, Alexandria. Decidiste que si salvabas mi
vida, entregarías la tuya a cambio-. Deliberadamente su voz fue de terciopelo.
-Tenías miedo por Stefan.
-¿Por qué preferiría dejar que Stefan viviera y quitarte la
vida? No hay sentido en eso. No confiaba en mí mismo para poder detenerme con
Stefan. Había perdido demasiada sangre, y mis instintos de supervivencia eran
demasiado fuertes. Tú eras la única segura.
Él lo dijo suavemente. Su voz musical e hipnótica se derramó
sobre ella, embebiéndola y moderando el horror de lo que se había convertido,
aliviando un poco la tensión que había entre ellos.
-¿Por qué? ¿Por qué sería seguro? Stefan ha sido tu amigo
durante años. No me conoces. ¿Por qué estaría a salvo cuando él no?
-Tú eres mi compañera. Nunca podría dañarte. Por ti podría
controlarme, y tú podrías alimentarme. Te he contado todo esto en más de una
ocasión, pero insistes en ignorar la información.
-¡No entiendo nada de esto!- barbulló la joven-. Yo simplemente
sé que quiero alejarme de ti. Me confundes hasta el punto en que no sé si metes
pensamientos en mi cabeza o si son míos.
-No eres una prisionera, Alexandria, pero la verdad es que
necesitas quedarte cerca de mí. No hay forma de que puedas protegerte y
proteger a Joshua sin mí.
-Dejaré la ciudad. Evidentemente está invadida de vampiros, de
todos modos. ¿Quién querría quedarse?- preguntó, entre la amargura y la risa
histérica.
-¿Dónde irías? ¿Cómo vivirías? ¿Quién cuidaría de Joshua durante
el día mientras te ves forzada a dormir?
Alexandria apretó las manos sobre sus orejas en un intento de
bloquear la visión que evocaban sus palabras.
-Cállate, Aidan. No quiero escucharte otra vez-. Levantó su
barbilla, sus ojos de color zafiro encontrando los de él. Muy lentamente,
insegura, empujó su espalda para subir contra la pared.
Él se levantó lentamente, sus movimientos reflejando los de
ella. Se veía tan poderoso, tan invencible, que Alex no podía creer que estaba
desafiándolo. El hambre rugió dentro de ella. El poquito de sangre que Aidan le
había dado solamente había aguzado su apetito. Su organismo famélico gritaba,
insistente, imposible de ignorar. Alexandria presionó una mano contra su boca.
Era maligna; él era maligno. Ninguno de los dos debería vivir.
Eso no es verdad, Alexandria, no es verdad en absoluto. Él se
deslizó lentamente hacia ella, silencioso, imprevisible, su voz de terciopelo
suave, tan pero tan persuasivo... La joven se frotó la frente.
-Dios mío, estás en mi cabeza. ¿Piensas realmente que voy a
creer que es normal hablar uno con el otro en nuestras mentes? ¿Que siempre
sepas qué estoy pensando?
-Es normal para nuestra raza. No eres un vampiro, cara. Eres una
mujer de la Raza de los Cárpatos. Y eres mi compañera.
-¡Detente! ¡No digas más!- lo amonestó Alexandria.
-Continuaré diciéndolo hasta que entiendas la diferencia.
-Entiendo que tú me hiciste esto. Y que no se supone que estoy
viva. Y nadie, se supone, vive por siglos. Y nadie, se supone, mata a otros
para sobrevivir.
-Los animales lo hacen todo el tiempo, piccola. Y la humanidad
mata animales para comer. Pero en todo caso, no matamos cuando nos alimentamos,
como los vampiros a menudo lo hacen. Está prohibido, y el acto mismo mancha la
sangre, destruye el alma- dijo él pacientemente-. No hay necesidad de temer tu
nueva vida.
-No tengo vida-. Mirando cada movimiento que él hacía, Alex
avanzó con indecisión hacia la puerta-. Tú me quitaste mi vida.
Él estaba a varios pies de la pesada entrada de piedra; ella
sólo avanzaba lentamente. Pero en el mismo instante en que se tambaleó para
abrir, la mano de Aidan ya la detenía. Su cuerpo, muchísimo más grande,
muchísimo más fuerte, bloqueaba su camino hacia la libertad.
Alexandria permaneció quieta.
-Creí que no era una prisionera.
-¿Por qué te resistes a mi ayuda? Si dejas esta cámara con tu
hambre en su estado actual, tu desasosiego aumentará.
Aidan no la tocaba, pero ella podía sentir su calor. Su cuerpo
parecía aspirar el de él. Incluso su mente buscaba su contacto. Horrorizada, lo
empujó.
-Apártate de mí. Voy a sentarme con Joshua por algún rato.
Necesito pensar, y no te quiero cerca. Si no soy tu prisionera, entonces
apártate de mí.
-No puedes acercarte al niño en tu estado actual. Estás cubierta
de suciedad y manchada con mi sangre.
-¿Dónde está tu ducha?
Él vaciló, luego decidió no mencionarle que no necesitaría una
si no quería. La dejaría ser tan humana como necesitara ser. No le costaba
nada.
-Puedes usar el cuarto de baño privado en el segundo piso. Tus
ropas están en tu habitación, y todo el mundo está dormido. Nadie te molestará
allí-. Él dio un paso atrás e hizo un gesto hacia el pasillo.
Alexandria atravesó corriendo el túnel y penetró en el sótano.
Tenía que dejar ese lugar. Si no, ¿qué iba a hacer con Joshua? Aidan la
arrastraba más y más dentro de su mundo. Un mundo de demencia, de locura. Tenía
que irse.
Nunca había estado en el segundo piso, pero estaba tan
perturbada que apenas advirtió el pasamanos adornado meticulosamente, las
alfombras lujosas, la elegancia de cada cuarto. Marie había hecho lo mejor que
había podido para colocar las cosas de Alexandria a mano, para hacerla sentir
como si esa fuera su casa. Alexandria casi arrancó de su piel la ropa asquerosa
y entró en la ducha amplia con paneles de vidrio. Estaba inmaculada, como si
nadie lo hubiera usado nunca.
Abrió el grifo del agua, activándola lo más caliente que pudiera
soportarla, y levantó la cara hacia el chorro, intentando no ceder a la
histeria. No era una vampiresa, no era una asesina. No debía estar en esa casa.
Joshua, ciertamente, no tenía sitio allí.
Cerró los ojos. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde podrían ir? Lentamente,
ensartó sus dedos a través de su gruesa trenza, aflojándola para poder lavarse
el pelo. Largo y de rápido crecimiento, caía más allá de sus caderas mientras
frotaba el champú en su cuero cabelludo. ¿Qué iba a hacer? No tenía idea, y
nada parecía factible.
El hambre estaba siempre presente, royéndola por dentro hasta
que su mente parecía consumirse. Podía sentir el sabor de la sangre de Aidan en
su lengua. Su boca se hizo agua, y su cuerpo pidió más. Las lágrimas se
entremezclaron con el agua que se derramaba en su cara. No podía fingir que eso
no estaba ocurriéndole. Y lo peor de todo era que apenas podía tolerar estar
alejada de Aidan. Podía sentir su propia mente tratando de alcanzarlo. Su
corazón se sentía pesado, casi dolorido, lejos de él. No podía dejar de pensar
en él.
-Te odio, odio lo que me has hecho- murmuró en voz alta,
esperando que él escuchara su mente.
Se vistió lentamente, escogiendo sus ropas con cuidado. Se puso
su par de pantalones vaqueros favoritos, usados y descoloridos, con dos
rasgones. Adoraba el contacto de ellos contra su piel; eran tan normales, tan
parte de su vida rutinaria. Se colocó su blusa de punto favorita de encaje
color marfil, con botones pequeños de perla que siempre la hacían sentirse
femenina.
Mientras desenvolvía la toalla de su pelo, se miró en el espejo
por primera vez. Quedó ligeramente impactada con la imagen que se reflejaba.
Tuvo un impulso histérico de llamar a Thomas Ivan y decirle que necesitaba
repensar algunas de las ideas para sus absurdos juegos de vampiros. Él ya no le
parecía realmente tan brillante. Inmóvil, se veía frágil, pálida, con los ojos
demasiado grandes para su cara. Se tocó el cuello. La suave piel de satén no
tenía cicatrices ni pálidas heridas. Elevando sus manos con asombro, estudió
sus uñas largas. Nunca había podido tener uñas largas. Sus dedos se doblaron
hasta convertirse en puños.
No podía permanecer en ese lugar. Necesitaba meditar en cómo
mantener seguro a Joshua. Con los pies desnudos, bajó al vestíbulo. No tuvo
necesidad de encender las luces; podía ver claramente en la oscuridad. Otra vez
su mente se sintonizó tratando de alcanzar a Aidan, y tuvo que hacer un
esfuerzo sobrehumano para evitarlo. No quería que él supiera qué estaba
pensando o sintiendo. No quería admitir que era diferente de cualquier otro ser
humano. Muy lentamente descendió las escaleras.
Sabía exactamente dónde estaba Joshua. Sin dudas, encontró el
camino hacia el cuarto donde dormía. Permaneció de pie en el portal y
simplemente lo observó, con el corazón dolorido por los dos. Se veía tan
pequeño y vulnerable. Su pelo brillante era un halo rizado en la almohada.
Podía oír incluso su respiración suave.
Alexandria se acercó a la cama lentamente, con lágrimas brumosas
nublando su visión. Joshua había perdido tanto. Ella había sido una pobre
sustituta de sus padres. Aunque había hecho el intento, nunca había logrado
sacar a Joshua del peor barrio de la ciudad. Parecía una ironía terrible que
ahora, finalmente, él estuviera en una mansión, rodeado de todo lo que el
dinero podía comprar y yendo a una de las escuelas más prestigiosas de la
región, y el hombre que lo había hecho posible fuera un vampiro.
Permaneció sentada sobre la colcha de plumas de ganso y apoyó
una palma sobre su blando espesor. ¿Qué iba a hacer? La pregunta del millón. La
única pregunta. ¿Podría llevarse a Joshua y huir? ¿La dejaría Aidan? Sabía, en
algún lugar profundo dentro de sí, que él le había permitido apartarse cuando
la había obligado a alimentarse. Era mucho más poderoso de que ella podía
concebir, y él ocultaba la inmensidad de su poder.
Dejó que su respiración escapara lentamente. No tenía parientes
a donde llevar a Joshua. No había nadie que pudiera ayudarla. Ningún lugar a
donde correr.
Se inclinó para besar la parte superior de la cabeza de su
hermano. De nuevo, percibió la marea de su sangre. Podía oírla como si latiera
a través de las venas bullentes de vida. Miró fascinada el pulso que palpitaba
en el cuello del niño. Podía oler la sangre fresca, y su boca se hizo agua por
el hambre. Respiró hondo, su mejilla acariciando el cuello de Joshua.
Entonces Alexandria sintió sus colmillos afilados y listos
contra su propia lengua. Horrorizada, se alejó de un salto de la cama, lejos
del niño dormido. Apenas fue consciente de que había alcanzado la puerta en un
solo salto. Con una mano apretada contra su boca, escapó por el vestíbulo y
atravesó la casa, avanzando entre tropezones para abrir la puerta principal, y
caer en la noche oscura, donde pertenecía.
Corrió tan rápido y tan lejos como pudo, con cada paso mermando
drásticamente sus fuerzas, con los sollozos rasgando su pecho. La bruma no era
ahora más que una tenue niebla, y las estrellas se extendían en todas
direcciones a través del cielo, en su patrón eterno. Cuando su adrenalina se
agotó, Alexandria se dejó caer sobre la tierra junto a una cerca de hierro
forjado.
Era maligna. ¿En qué había estado pensando? ¿Que simplemente
podría llevarse lejos a su hermano y todo sería como antes? Joshua nunca
estaría a salvo de ella. Aidan podría haber dicho la verdad acerca de Stefan
después de todo. El hambre la arañaba con intensidad, hasta que su misma piel
hormigueaba de necesidad. Sus dedos encontraron el peso sólido de una barra de
hierro, y salvajemente consideró atravesar su propio corazón con ella. Tiró de
la barra experimentalmente, pero estaba sólidamente incrustada en el cemento.
Débil por la falta de sangre, nunca podría quitarla por sí misma.
Mordiéndose los labios para tranquilizarse, consideró sus
opciones. Nunca pondría en peligro a Joshua. No había forma de que alguna vez
pudiera regresar a esa casa. Sólo podía rezar porque Marie y Stefan aprendieran
a amar a Joshua la mitad que ella y lo protegieran de la locura de la vida de
Aidan. No deseaba lastimar a cualquier otro ser humano. Y eso le dejaba sólo
una opción. Se quedaría allí hasta que el sol se levantara y esperaría hasta
que la luz la destruyera.
-Ni lo pienses, Alexandria-. La figura alta y musculosa de Aidan
apareció entre la niebla-. Eso no va a ocurrir-. Su cara era una máscara de
determinación implacable-. Estás tan deseosa de morir, pero no estás dispuesta
a aprender a vivir.
Ella agarró la cerca hasta que sus nudillos se pudieron blancos.
-Aléjate de mí. Tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi
vida. Eso se llama libre albedrío, aunque estoy segura de que el concepto va
más allá de tu comprensión.
En un lento despliegue de músculos, él se enderezó hasta
alcanzar su altura completa. Una segura elegancia se pegaba a él como una
segunda piel.
-Ahora tratas de provocarme.
-Te lo juro, si continúas usando ese tono calmo y frío, me
pondré histérica y no seré responsable de lo que haga- apretó más sus dedos
alrededor de la barra en caso de que tratara de obligarla a ir con él.
Aidan rió suavemente, sin humor. Era un sonido masculino y
tentador que envió un temblor a lo largo de su columna vertebral.
-No me pongas a prueba más allá del límite, piccola. No te
permitiré buscar el amanecer. No habrá discusión en este asunto. Aprenderás a
vivir como debes hacerlo.
-Tu arrogancia me asombra. Bajo ninguna circunstancia volveré a
esa casa. No sabes lo que estuve a punto de hacer.
-No existen secretos entre nosotros. Oliste la sangre de Joshua,
y tu cuerpo reaccionó normalmente. Tienes hambre. Más que hambrienta, estás
famélica y necesitas alimento. Reaccionaste de manera natural a la proximidad
de una fuente de alimentación. Pero nunca lo habrías tocado. Nunca dañarías a
tu hermano.
-No puedes estar seguro-. Ella misma no lo estaba. ¿Cómo podría
estarlo él? Se estremeció con agitación, inclinando la cabeza sobre sus
rodillas para esconder su vergüenza-. No era la primera vez. Ha ocurrido dos
veces.
-Lo sé todo acerca de ti. Estoy en tu mente, en tus
pensamientos. Puedo sentir tus emociones. El hambre que experimentaste fue
natural. No puedes descuidar las demandas de tu cuerpo. Pero, Alexandria, no
podrías dañar a un niño. A ningún niño, y mucho menos a Joshua. No está en tu
naturaleza.
-Desearía poder creerte.
Sonó tan desamparada que casi le rompió el corazón. Él odió eso,
la carga terrible de confusión y la información errónea que había obtenido a lo
largo de su vida. Había mezclado los mitos y las leyendas de vampiros, se había
enfrentado a uno real, y a sus propios poderes al mismo tiempo.
Sus dedos fueron suaves bajo la barbilla femenina. Le inclinó su
cabeza hacia arriba para que sus ojos quedaran cautivados por los de él.
-No puedo mentirte, cara, porque puedes percibir mis
pensamientos a voluntad. Une tu mente completamente a la mía, y sabrás que digo
la verdad. No hay peligro para Joshua. Soy en parte un animal salvaje, un
Cazador, una máquina de aniquilación muy eficiente, creo que fueron tus
pensamientos. Y eso es verdad a veces. Pero no es el caso contigo. Un hombre de
la Raza de los Cárpatos tiene a cargo la protección, la salud y la felicidad de
su compañera. Soy la oscuridad para tu luz. Tú tienes compasión y bondad dentro
de ti. Eres de la Raza de los Cárpatos ahora, pero al igual que todas las
mujeres de nuestra casta, tu verdadera naturaleza es gentil. No hay peligro
para Joshua.
Ella quería creerle. Había algo en la pureza de su voz, en la
franqueza de su segura mirada, que casi la convenció. Más que cualquier cosa en
su vida, quería creer en él ahora.
-No puedo arriesgarme- dijo ella con tristeza.
-Y me niego a perderte-. Él se inclinó, desanudó sus dedos de la
cerca, y la levantó fácilmente en sus brazos-. ¿Por qué no me dejas ayudarte?
Sé que esto es todo un trauma, pero escucha tu corazón, tu mente. ¿Por qué
elegiste salvarme si piensas tan mal de mí?
-No sé. Ya no sé nada más, excepto que quiero que Joshua esté
seguro.
-Y yo te quiero segura a ti.
-No puedo soportar estar junto a él y tener esos sentimientos
tan fuertes de hambre como hoy. Me sentía tan mal pensando en la sangre,
mirando su pulso- presionó una mano en su estómago-. Me puse enferma. Y me
asustó, me hizo asustarme tanto por él.
La boca de Aidan tocó su cabello en la más ligera de las
caricias.
-Permíteme ayudarte, Alexandria. Soy tu compañero. Es mi derecho
y también mi responsabilidad.
-No sé lo que quieres decir.
Él podía sentir su resistencia mermando rápidamente en ella. La
joven lo contempló con desesperación. No había confianza en las profundidades
de sus ojos, sólo un terrible dolor. No podría oponerse a su fuerza o su
determinación implacable.
-Permíteme mostrarte- dijo suavemente, su voz baja e intensa
convertida en una seducción tan negra como el terciopelo.
Capítulo 9
Los brazos de Aidan se apretaron un poco más mientras sostenía a
Alexandria. Había una expresión en su cara, una mirada en sus ojos que tuvo
miedo de nombrar. Posesión. Ternura. Una mezcla de ambas. No quería saberlo. La
hizo sentirse valorada, atesorada. La hizo sentirse sexy y bella.
La manera en que su mirada se movía sobre su cara, tocando sus
labios como un beso físico, hizo que su corazón se acelerara al máximo.
Una sonrisa lenta curvó la sensual boca masculina.
-Veo que estás descalza. Iba a sugerirte un paseo bajo las
estrellas, pero tu molesto hábito parece haber surgido otra vez.
Ella tragó saliva, esforzándose en mostrar una fachada de
control. No quería volver a la casa. Necesitaba distanciarse de Joshua y
comprender qué había ocurrido.
-Dado que corrí hasta aquí, no creo que caminar me haga daño.
Bájame, Aidan. No saldré corriendo.
Su risa desgreñó su pelo.
-Como si pudieras apartarte de mí-. Muy lentamente, saboreando
la sensación de tenerla junto a él, Aidan la bajó.
Ella miró hacia arriba. Había algo nuevo en su relación que no
había estado presente antes. Era muy consciente de él como hombre. Alto,
fuerte, apuesto, sensual. Su mente desechó con rapidez el pensamiento, y bajó
la cabeza otra vez. Se perdió la sonrisa repentina de Aidan.
-Es una noche bella, cara mia. Mira alrededor de ti- le ordenó
suavemente.
Debido a que era tan consciente de él moviéndose fácilmente a su
lado, ella lo obedeció, deseando evitar pensar en él y el poder extraño que
parecía mantener sobre ella. Las estrellas eran una manta de diamantes por
encima de ellos. La joven respiró profundamente, inspirando la brisa salada que
se desprendía del océano.
Detrás de ellos estaba la arboleda espesa que crecía a lo largo
de la ladera; delante de ellos, la terraza con vista al océano. La carretera
serpenteaba hacia arriba de la colina; las casas que punteaban aquí y allá a lo
largo del camino eran grandes, pero se mezclaban adecuadamente con el paisaje.
Las luces de la ciudad rivalizaban con las estrellas, un patrón iridiscente que
se extendía hacia arriba. La vista era impresionante.
Aidan se movió más cerca, simplemente un leve movimiento de
músculos, pero ella sintió el calor de su cuerpo. El calor líquido
inesperadamente se derramó profundamente en su bajo vientre. Su corazón palpitó
más rápido. Fascinación. Él la fascinaba. La cautivaba. Como por casualidad, se
alejó lentamente para poner un poco de espacio entre ellos. Él se deslizó, en
vez de caminar, con sus ojos dorados bebiendo el paisaje que los rodeaba, una
mirada lenta y penetrante que no se perdía nada, incluyendo su retirada.
-Si te alimentaras correctamente, Alexandria, no habría
necesidad de que volvieras a sentirte como lo hiciste con tu hermano-. Él sacó
a colación el tema impasiblemente, su tono cuidadosamente neutral. Ella sintió
como si él le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
-¿Tenemos que hablar de eso?
Alimentarse. ¿Qué significaba eso, exactamente? No comer, sino
alimentarse. Su cerebro se asustó por la palabra y todas sus connotaciones.
La mano masculina resbaló sobre su pelo sedoso, siguiendo la
caída salvaje de las ondas hacia abajo de su espalda, hasta su trasero
redondeado. El gesto fue insoportablemente tierno. El calor rezumó bajo su
piel, y la boca se le quedó seca. La mano de Aidan accidentalmente rozó la
suya. Sus dedos enredaron, luego los de él se cerraron alrededor de los de ella
para entrelazarlos.
-Es lo mejor, cara. Tus miedos son tan infundados.
Ella hizo una respiración profunda, tratando de obligarse a
concentrarse en el desagradable tema, pero la cercanía de Aidan ponía su mundo
del revés. Podía sentir la electricidad crujir entre ellos. La punta de su
lengua acudió rápidamente a mojar sus labios. Se dio agudamente cuenta de su
mirada dorada siguiendo el movimiento sencillo, convirtiéndolo en algo erótico.
-¿Qué sugieres? ¿Debería hacer de Thomas Ivan mi suministro de
comida?- propuso impertinentemente, porque su garganta dolía de aprensión-.
Supongo que siempre podría seducirlo como lo hacen las vampiresas en el cine.
Aidan sabía que ella lo había dicho por miedo; él estaba en su
mente. Pero la imagen de su cuerpo enredado con ese diseñador de software fue
instantánea y vívida. El gruñido escapó antes de que pudiera detenerlo. Sus
dientes blancos brillaron con amenaza. Dejó que su mano libre pasara por su
pelo largo y leonino. En ese momento era peligroso, y eso lo horrorizó. Nunca
había sido una amenaza real para ningún humano a menos que participara en una
guerra. Los humanos eran algo de lo cual alimentarse y proteger, y él rara vez
se había enredado en sus peleas. Como todo hombre de la Raza de los Cárpatos,
cuando su tierra se había manchado de sangre y sus países destrozados, había
utilizado sus habilidades para luchar. Pero lo de ahora era diferente. Era
personal. Y Thomas Ivan nunca estaría completamente a salvo otra vez.
Alexandria sintió el cambio en Aidan inmediatamente. Luchaba
contra algo letal dentro de él mismo, una batalla privada con un demonio que
ella no conocía. Sus dedos se apretaron alrededor de los de él.
-¿Qué sucede, Aidan?- preguntó suavemente, preocupada.
-Ni siquiera bromees sobre eso. Dudo que Ivan sobreviviera si lo
sedujeras- dijo con frialdad, sin suavizar el golpe. Su voz era de suave
terciopelo, pero chorreaba amenaza, algo mucho peor que un grito. Él atrajo sus
nudillos hacia el calor de su boca, demorándose sobre su piel de raso-. Ivan no
necesita tentar al destino tocándote.
Ella separó su mano, perturbada por el calor en su cuerpo, por
el sufrimiento que se estaba volviendo una demanda urgente. Distraídamente
restregó su palma sobre su muslo cubierto por los vaqueros para tratar de
borrar la sensación de sus labios en su piel.
-¿Sabes, Aidan?, la mitad del tiempo no puedo entender nada de
lo que dices. ¿Por qué Thomas estaría tentando al destino? ¿Estás diciéndome
que yo lo mataría?- intentó no contener la respiración, esperando la respuesta.
Su cuerpo se apretó contra el de ella otra vez mientras
igualaban la longitud de sus pasos como bailarines de tango.
-De ningún modo, cara mia. Yo lo mataría. Dudo mucho que pudiera
evitarlo. Incluso no querría hacerlo.
Sus ojos de color zafiro se hicieron enormes mientras ella lo
miraba a la cara.
-¿Realmente quieres decir..? ¿Por qué harías eso?
Él vaciló un momento, el silencio alargándose mientras escogía
cuidadosamente su respuesta.
-Soy responsable de tu protección. Ese hombre busca más que tus
bellos dibujos, Alexandria, e, inocente como eres, no puedes verlo.
Su barbilla se inclinó.
-Por todo lo que sabe, señor Savage, yo podría haber tenido una
docena de amantes. Si eligiera seducir a Thomas Ivan, no necesitarías
preocuparte por mí. Puedo cuidarme sola.
Su sedoso cabello repentinamente se hizo un puño en la mano del
hombre, y ella se detuvo abruptamente. Él dio un paso más cerca, doblando su
cuerpo delgado hacia atrás. Sus ojos de oro derretido, relucientes de pasión,
de posesividad, la miraron directamente.
-Tú eres mi compañera. Nunca has sido tocada por otro hombre. He
estado en tu mente y tengo acceso a tus recuerdos. No trates de decirme que ha
habido una docena de hombres en tu vida.
Ella permaneció pasiva, quieta. Su cuerpo se sentía agresivo
contra el de ella, pero no sintió dolor, ninguna sensación de que estuviera en
peligro. Sólo sintió su intensidad terrible, como si sus demonios interiores
lucharan dentro de él. Sus ojos azules brillaron regresando su mirada
directamente.
-Encima de todo, tienes que ser machista. ¿Se supone que debo
creer que nunca ha habido mujeres en tu vida? Y otra cosa: sal de mi cabeza. No
tienes derecho a hurgar mi vida privada. Lo que fuere que esa cosa del
compañero sea, no quiero nada de eso- trató de sonar desafiante, pero era
difícil cuando su boca perfecta estaba sólo pulgadas de la suya. Eran
embarazosas las cosas que esa boca la hacían pensar.
No podía desviar sus ojos de los de él. Vio que ese oro se
calentaba, el propósito claro en sus profundidades. Su boca dura se suavizó, y
muy lentamente, con paciencia infinita, él tocó con sus labios los de ella, una
pulsación breve y ligera que envió una columna de deseo ensortijándose
dolorosamente a través de su cuerpo.
-Simplemente recuérdalo, seducir hombres está fuera de la lista-
murmuró él casi distraídamente contra su boca.
Ella podía saborear las palabras. Saborear su respiración. Su
boca era caliente y tentadora. Su viril cuerpo estaba excitado, y podía
sentirlo presionando contra ella, duro de necesidad. La mano de Aidan enmarcó
la curva de su mejilla, su pulgar deslizándose en una caricia a través de su
pulso. El viento sopló la masa sedosa de su pelo a través de su mano y su
brazo, ligándolo a ella casi a propósito.
Ella podía oler su perfume incitándola, salvaje y provocativo,
como un llamado animal a su consorte. Su ser entero respondió contra todo
intelecto, toda razón, contra toda cordura. Alexandria nunca había sentido una
atracción tan sexual hacia ningún hombre, y la intensidad de su respuesta hacia
él estaba más allá de su comprensión. Era fuerte y urgente, apasionada, húmeda
y ardiente, una necesidad tan elemental como el tiempo. Lo quería allí mismo,
en la noche, salvaje en sus brazos, necesitándola.
Retrocedió temblorosamente lejos de él.
-Detente, Aidan. Simplemente detente- levantó una mano para
retenerlo-. No estoy lista para esto-. Él era tan intenso, tan viril y
dominante, que la controlaría hasta que ella no pudiera existir sin él. Hasta
que ella no existiera sin él-. No vas a asumir el control de mi vida- murmuró a
su oído.
Él acarició con el pulgar su labio inferior.
-Apenas te toqué, cara mia, y huyes de mí como un conejo
asustado.
-Cualquier persona en sus cabales huiría de ti, Aidan. Hablas
locuras. No debería tener importancia para ti cuántos amantes tengo o he
tenido. Eso es asunto mío. Yo no te pregunté acerca de tu vida amorosa,
¿verdad?-. Repentinamente pensó en sus brazos alrededor de otra mujer, y la
idea la puso enferma-. Eres un hipócrita. A lo largo de todos los siglos que
aseguras haber vivido, habrán habido probablemente más mujeres de las que
podría contar. Cientos-. Ella pensó en eso-. Miles. Eres un perro, Savage. El perro
del hortelano.
Él no pudo evitar reírse. Teniendo mayor altura, tomó posesión
de su mano otra vez y comenzó a caminar lentamente de regreso hacia la casa. Su
mano era pequeña y frágil en la de él, su piel suave e invitadora. El viento,
decidido a hacer su voluntad, juguetonamente tocó su pelo, soplándolo a través
de su brazo, trenzándolos con cien hebras sedosas.
Alexandria caminó a su lado, intentando no sentirse valorada y
protegida mientras él se movía junto a ella. Era la forma en que él se movía,
confiado, ágil, poderoso, lo que la hacía sentirse tan vulnerable a su
posesividad, pero sus dedos eran suaves alrededor de los de ella. Con cada paso
que daba, se sentía más molesta porque él tuviera acceso a su vida personal.
-Pienso que tienes una idea equivocada acerca de mí, Aidan.
Puedo no tener amantes reales, pero es sólo porque no me he enamorado de nadie
aún. Me he sentido atraída, sin embargo. No tengo nada malo.
Su boca se crispó. Él se abstuvo de sonreír virilmente, pero fue
necesario caminar varios pasos antes de que pudiera contestar con su habitual
voz neutral.
-Nunca, en ningún momento, pensé que tuvieras algo malo. Si tú
te preocupas acerca de ello, sin embargo, estaré feliz de demostrarte lo
contrario.
Ella tiró de su mano. Él estaba demasiado cerca, demasiado sagaz
y agudo. La química entre ellos era explosiva. No debería tocarla, y mucho
menos besarla. Eso simplemente no sería seguro.
-Apuesto que lo harías. Pero no va a ocurrir. Tengo una regla
acerca de los vampiros que me impide involucrarme con ellos.
Sus cejas se levantaron rápidamente.
-Una buena regla. Estoy encantado de que comiences a demostrar
sentido común. Y que no te sintieras atraída por los hombres humanos.
-Thomas Ivan es muy atractivo.
Sus ojos ámbar brillaron intensamente al mirarla.
-Pensaste que él era un tiburón. Y esa colonia barata que usa te
hizo doler la cabeza.
-Él es del tipo que llegaría a gustarme- protestó ella-. Tenemos
bastante en común-. Sus ojos azules sostuvieron el desafío-. Su colonia no es
barata. Y es muy bien parecido.
Al mismo tiempo, su enorme constitución física le bloqueó el
camino, y ella se topó directamente con él, su cara presionada en la concavidad
de su esternón. Una de sus manos rodeó la columna delgada de su garganta.
-No, él no es para ti-. Su pulgar trazó una línea sobre su labio
inferior.
De nuevo su cuerpo empezó a latir de necesidad. Como si nada
hubiera pasado. Él bloqueó la visión del aire fresco de noche, de las mismas
estrellas, de todo menos sus músculos sólidos, su calor y su fuerza. Sus pechos
se sintieron incómodamente tensos; su sangre se lanzó en una melodía alocada a
través de su cuerpo.
Podía oír el corazón masculino latiendo. En sus venas, la sangre
estaba cantando, llamándola. El hambre la apresó, intensa y feroz. Ella trató
de apartarse, dejando escapar un gemido pequeño. Había estado distrayéndose,
logrando olvidar realmente por un tiempo que necesitaba alimentarse de otro ser
para existir. Pero la comprensión ahogó por completo todo lo demás, a tal grado
que la belleza que la rodeaba se convirtió en un paisaje yermo y desagradable.
El miedo que le inspiraba despertó dentro de ella. Plantando ambas palmas en su
pecho, trató de apartarlo de un empujón. Fue como tratar de mover una pared de
cemento.
Aidan simplemente le sonrió.
-Deja de temer que lo que es natural para ti. ¿Piensas realmente
que podrías lastimarme?-. Sus brazos se cerraron apretadamente alrededor de
ella, y la muchacha sintió que sus pies dejaban la tierra. La boca del hombre
acarició su oreja-. Pero gracias por la preocupación.
Agarrando firmemente su cintura, Alexandria miró a hurtadillas
bajo su brazo para ver la tierra alejándose poco a poco. Flotaban hacia arriba,
en un movimiento perezoso y casual que aterrorizó su corazón.
-Ahora podría ser un buen momento para decirte me temo a las
alturas- se aventuró a decir, su corazón latiendo pesada y ruidosamente en sus
oídos.
-No, no es verdad, pequeña mentirosa. Simplemente tienes miedo a
las cosas que no entiendes. Siempre has soñado con volar, ¿verdad? ¿Alto por
encima de la Tierra? Conoce nuestro mundo, piccola. Mira las cosas maravillosas
que eres capaz de hacer-. Había una diversión tierna en su voz-. Puedes
ascender libre a voluntad.
-Soñar acerca de eso y hacerlo son dos cosas diferentes. Y no lo
estoy haciendo; tú eres quien lo controla.
Su risa era baja y perversa.
-¿Quieres que te suelte para probar? Eres capaz de flotar por ti
misma.
Sus dedos se retorcieron convulsivamente en su camisa.
-Ni siquiera bromees acerca de eso, Aidan-. Pero él nunca aflojó
su abrazo, y ella se sintió segura y protegida. Aspirando profundamente,
Alexandria miró alrededor.
Las gavillas de niebla flotaban suavemente en torno a ellos.
Quiso extender la mano y tocar una, simplemente para comprobar que podía, pero
no estaba realmente lo suficientemente segura en el abrazo de Aidan. Las
estrellas brillaban intensamente en lo alto, y debajo de ella, las olas rodaban
a través del océano y chocaban en las grandes rocas, rociando espuma blanca en
todas direcciones. Las gotitas parecían diamantes brillantes y se esparcían por
todos lados a través del azul oscuro del mar. El viento tiraba de las copas de
los árboles, de tal forma que se inclinaban y agitaban las ramas, ondeando
hacia ella.
Alexandria sintió una ráfaga de alegría. Se sentía libre. El
peso profundo y opresivo que la aplastaba se había levantado por un momento, y
estaba riendo, realmente riendo. El sonido de esa risa perforó el corazón de
Aidan, lo envolvió y lo apretó con fuerza. Sus brazos se estrecharon aún más.
Él quería oír una risa parecida a esa todo el tiempo. Su perfume, su contacto,
desafiaban su control, tentando la fiereza que anidaba dentro de él.
Ella sintió su cambio. La forma en que su cuerpo se movía contra
el de ella, la forma en que se endureció en la demanda urgente, la posesión de
sus brazos mientras la sostenía. Estaban en el balcón de la casa ahora, en el
tercer piso, en sus habitaciones privadas. Sus pies aterrizaron, pero los de
ella no, y él la llevó fácilmente hacia una silla lujosa del salón apenas más
allá de las puertaventanas deslizantes con vidrios de intrincados dibujos de
colores.
-¡Aidan!- fue la protesta jadeante. El pánico la inundó. No
podía estar a solas de esa manera con él. Él era demasiado tentador, y ella
demasiado vulnerable, sus emociones expuestas y en carne viva.
Su boca viril recorrió rápidamente sus párpados, sus mejillas.
-¿No te he dicho que deberías confiar en mí?-. Él se acomodó con
ella en su regazo, sus caderas acunando su trasero. La muchacha estaba
íntimamente presionada contra él, y no pareció importarle que ella pudiera
sentir su violenta necesidad. Los secretos entre ellos no existían. Fácilmente,
ella podría haber entrado en su mente y haber encontrado la misma información.
Alexandria tembló, repentinamente asustada. Había algo diferente
en él, un cambio elemental que había advertido desde que la había despertado la
última vez. Se veía diferente, como si ella fuera suya, como si su derecho
sobre ella fuera completo, indiscutido. Había ternura, pero también una
determinación profunda, un propósito implacable. Tocó su cara con dedos
temblorosos.
La noche daba brillo a su belleza masculina, a la masa gruesa de
cabello leonado que se derramaba hasta sus hombros anchos. Podía ver sus
pestañas exuberantes, la nariz elegante, la mandíbula firme y los labios
perfectos.
-Une tu mente a la mía- fue su suave orden.
Ella se tensó y negó con la cabeza. Su vida ya había cambiado
para siempre. Instintivamente, supo que él la estaba arrastrando más cerca,
atrayéndola más aún en su mundo. Tenía que controlar alguna cosa.
-No, Aidan. No quiero esto.
-Sólo tengo la intención de alimentarte, cara, nada más, aunque
admitiré que la tentación es casi más de lo que puedo soportar. Une tu mente a
la mía-. Esta vez su voz se dejó caer una octava, se volvió sugestiva,
hipnótica, perezosa, seductora.
Ella luchó contra el poder en sus brazos. Su mente hizo eco de
las palabras te alimentaré. Su estómago dio un salto mortal. Su corazón
martilló. En lugar de revolverse, hubo una anticipación caliente, haciendo que
la tensión sexual entre ellos aumentara aun más. Reprimió un sollozo bajo. Ésa
no era ella. Nada de eso. Ella no desearía tanto a un hombre que su mente y
cuerpo enteros dolían y ardían de necesidad. Ella nunca consideraría clavar los
dientes en alguien, pero al pensar en su boca contra su pecho, su cuello, su
cuerpo se tensó con fuerza y latió en respuesta. El calor líquido brotó en su
interior, una sensualidad húmeda y caliente que nunca había conocido.
-Une tu mente a la mía- murmuró él otra vez, sus palabras como
una seducción contra su piel. Su lengua acarició su pulso, y su cuerpo se
endureció de anticipación.
Desesperadamente ella hizo lo que él deseaba. Su mente era una
neblina de apetito corpóreo, con un hambre urgente y exigente. Las imágenes
eróticas bailaron en su cabeza. Su lengua la acarició de nuevo, más abajo esta
vez, mientras sus dedos lentamente se colaban entre los botones de perla de su
suéter. Ella se sentía bañada en calor, en necesidad, en hambre. Su piel era
ultrasensitiva. Se oyó a sí misma gemir, sintiendo el golpe del aire fresco
tentadoramente a través de sus pechos.
Él la tocó, su mano deslizándose por su estrecha caja torácica
hasta cerrarse posesivamente sobre la piel del raso bajo sus pechos. Sus
dientes mordieron su cuello, su garganta. Él murmuró algo inarticulado. Te
necesito, Alexandria. Me perteneces. Eres mía. Sus dientes rozaron un pecho, se
demoraron, rasparon eróticamente. Su lengua de terciopelo acarició la punta
dura una vez, dos veces. Soy tu compañero. Tomarás de mí lo que necesitas.
Aliméntate, cara mia. Toma de mí lo que sólo yo puedo darte. Ella sintió su
boca sobre su blandura, tirando caliente, erótica y extraña.
Sus ojos se cerraron. Se sentía como en un ensueño. Su cuerpo
parecía pesado, poco familiarizado con los anhelos que nunca había
experimentado, y su ser entero rabiaba por una liberación que necesitaba tan
desesperadamente como saciar su hambre.
Una sonrisa lenta y femenina de satisfacción curvó su boca. Su
lengua saboreó su piel, su sabor, masculino y picante. Adictivo. Sus labios
rozaron su pulso.
Los músculos de Aidan se contrajeron, tensos. Apretó los
dientes, y cerró los ojos contra las demandas de su propio cuerpo. Ella era
como seda picante y relámpagos blancos. El fuego acarició su pecho y se
esparció a través de su vientre plano, moviéndose más abajo aún, para
atormentarlo con una promesa dolorosa y no cumplida de liberación. Su lengua lo
tentaba, bailando sobre su piel hasta que pensó que podría volverse loco.
Alexandria poseía una sensualidad natural, intensificada por la
poderosa sangre de la Raza de los Cárpatos que ahora fluía en sus venas. Aidan
era su compañero, y a pesar de que ella se rehusaba a admitir lo que ocurría,
su cuerpo deseaba ardientemente el suyo, necesitado y hambriento por ella. Sus
inhibiciones naturales estaban siendo empujadas a un lado, su humanidad barrida
por una marea de pasión naciente. Su sangre, estallando de fuego, clamaba por
la suya. Su cuerpo se movía contra el de él, buscando una unión más cercana,
piel contra piel, sin los confines de su ropa. Su mente estaba engranada a la
de él, trenzadas más allá de todo pensamiento solitario. Lo que quería él, lo
quería ella. Lo que necesitaba ella, lo necesitaba él.
La lengua femenina acarició su pulso, formó remolinos ágilmente
sobre sus músculos, acarició un plano pezón café. Él tiró hacia atrás la cabeza
y gimió en voz alta. Un brillo fino de sudor recubría su piel, y su cuerpo se
hinchó en urgente demanda, sus pantalones vaqueros mucho más apretados, su
cuerpo esforzándose para liberarse. Los dientes de Alexandria lo rasparon ágil,
insistentemente. Un estremecimiento comenzó en alguna parte de sus piernas y
subió por su cuerpo. Su misma sangre pulsaba con ondas de urgencia, un volcán
derretido listo para explotar. La deseaba más de lo que alguna vez había
deseado cualquier cosa en todos los largos siglos de su existencia. Sus brazos
la apretaron posesivamente. Inclinó su cabeza para acariciar con su boca el
pelo sedoso, sus párpados cerrados, sus sienes.
Y luego él estaba jadeando por respirar, dejando escapar un
sonido estrangulado entre gemido y grito ronco. Sus músculos y sus tendones se
tensaron mientras el blanco dolor caliente recorría su cuerpo, mientras el
placer increíble inundaba cada célula. Los dientes de la joven habían perforado
profundamente, y su sangre fluyó en ella, su boca moviéndose en un frenesí
sensual de alimentación. Erótica. Caliente.
Su mano se deslizó sobre su pecho, acarició su abdomen plano,
siguió la huella de pelo dorado hasta que las puntas de sus dedos acariciaron
la pretina de sus pantalones. Aidan desvió su peso, tratando de aliviar la tela
apretadamente estirada que cubría su cuerpo palpitante. Necesitaba alivio,
estaba desesperado por él.
Sus colmillos estaban afilados contra su lengua, su boca llena
de necesidad caliente. Acarició con la nariz la nuca femenina mientras ella se
alimentaba. El acto era más erótico que nunca, desvaneciendo en su memoria los
encuentros sexuales de anteriores siglos, antes de que sus emociones, sus
deseos y sentimientos hubieran desaparecido. Sus dientes se clavaron en su
hombro, inmovilizándola en ese sitio en el antiguo despliegue de dominación de
la Raza de los Cárpatos, un instinto que él no había sabido que poseyera hasta
ese momento. Su cuerpo estaba tenso, empapado en sudor, pulsando de necesidad,
y ardiendo de fuego.
La mano de ella se movió sobre la constricción de la tela. Su
mente, tan profundamente unida a la de él, estaba perdida por la necesidad
apasionada. Ella podía ver las imágenes en la cabeza de Aidan, de lo dos unidos
en el éxtasis. Sabía exactamente cuán urgentemente él la deseaba, lo que su
cuerpo demandaba. Su necesidad era la de ella. Su mano lo liberó de los
confines de sus pantalones apretados. Ella lo sintió estremecerse mientras sus
dedos envolvían su gruesa longitud, mientras acariciaba y tocaba el duro
miembro.
Los dientes de Aidan se apretaron, su cuerpo se arqueó. Había un
trueno en sus orejas y una neblina de deseo rojo ante sus ojos. Martillos
perforadores golpeaban su cráneo. Sus manos acariciaron su suéter, ásperas e
insistentes, salvajes y dominantes. Sus dientes la mordieron manteniéndola
quieta aún cuando no se había movido.
Algún diminuto sentido de autoconservación salió a la
superficie, y Alexandria cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Había
sido como un sueño erótico, pero ahora tenía conciencia de la noche fría, del
calor de su cuerpo, de la demanda de sus manos, su propio comportamiento
desinhibido, su boca alimentándose tan sensualmente en su pecho.
-¡Oh, Dios mío!
Lo soltó como si quemara y trató de alejarse. La mano de Aidan
mantuvo su cabeza contra él, y sintió el chorrito de sangre abriéndose paso
abajo en su pecho
-Cierra la herida con tu lengua. Tu saliva lleva un agente
cicatrizante. No hay marca a menos que lo deseemos- su voz era una caricia
suave y ronca, pero arenosa por la necesidad. Su mano la forzó a obedecer.
Ella hizo lo que él dijo porque estaba aterrorizada de
desafiarlo. Él estaba tan excitado, que con un movimiento equivocado haría a un
lado su resistencia. Y podría hacerlo. Ella lo sabía. Él lo sabía. Estaban
unidos como una sola mente. Contuvo el aliento mientras él se esforzaba en
controlarse. Su cuerpo estaba tan duro como una piedra, tenso por la
agresividad que dominaba, y tan ardiente que ambos ardían en llamas. Un gruñido
bajo retumbó en su garganta. Él era más bestia que hombre, y ella se percató de
que no tenía noción de qué tipo de ser estaba tratando.
-Lo siento, lo siento- susurró como una letanía, humillada de
haber podido ser tan atrevida y actuar en forma caprichosa-. Por favor dime que
me hipnotizaste y me hiciste hacer esas cosas. ¿Lo hiciste?
Ella le suplicaba. Estaba en su voz, en sus ojos, en su mente.
Pero estaban unidos, y los compañeros no podían mantener una mentira entre
ellos. Tan intensamente como deseaba ahorrarle la verdad, no podía hacerlo.
Aidan negó con la cabeza, pero la comprensión incipiente estaba ya en su mente.
Alexandria gimió y se cubrió la cara con ambas manos.
-No soy de esta manera. No respondo a los hombres así, no bebo
sangre y no soy una tentadora. ¿Qué me has hecho? Es incluso peor de lo que
pensaba. Soy algún tipo de ninfómana vampiro-. Ella trató de salir de sus
brazos, pero Aidan la apretó más.
-Quédate tranquila, cara. Respira. Hay una explicación
racional-. Todo en él quería tirarla al piso del balcón, reclamar lo que era
legítimamente suyo, y de una vez por todas salir de un infierno viviente. Pero
no podría hacerle eso. Su escandalosa idea, ninfómana vampiro, casi lo hizo
sonreír. Ciertamente hizo dar un vuelco a su corazón, incluso mientras su
autocontrol luchaba salvaje e implacable.
Alexandria era muy consciente del freno que él exteriorizaba,
cuán duro peleaba contra sus instintos naturales y su creencia en tener el
derecho a poseerla. Tragó saliva y se quedó muy quieta, sin desear incitarlo de
ninguna manera. Estaba temblando, luchando contra sus necesidades y deseos,
contra sentimientos que nunca había experimentado. ¿Por qué él? ¿Por qué tenía
que ser por él por quien ardía? Había bebido su sangre voluntariamente. La
había bebido y quería que se repitiera, quería entregarse a él, quería que él
la tocara, la poseyera, quería tocarlo también. Gimió otra vez, humillada.
Nunca podría volver a mirarlo otra vez mientras viviera. Y, por el amor de
Dios, él tenía algunas imágenes bastante vívidas y explícitas en su cabeza
también. Sus intenciones hacia ella eran bastante lejanas de las de un tío.
Aidan Savage la necesitaba con un deseo, un hambre más allá de cualquier cosa
humana, y apenas podía imaginarlo.
-Tiemblas, piccola- apuntó él suavemente, su respiración algo
más jadeante de lo que le hubiera gustado. Deseaba continuar exactamente donde
ella lo había dejado. Si le permitía huir ahora, perdería terreno valioso. Su
mano se movió sobre su pelo sedoso en un gesto tranquilizador-. Estamos los dos
bien. Nada ocurrió.
-¿Qué quieres decir con que nada ocurrió?- exclamó ella-. Bebí
tu sangre-. El mismo pensamiento la puso enferma, y su estómago se agitó
convulsivamente. Había querido hacerlo, lo había necesitado, y su hambre estaba
saciada por el momento, pero su cuerpo se sentía enardecido de necesidad.
-Te dije que había costumbres. No tienes necesidad de
preocuparte de dañar a Joshua. Me ocuparé de todas tus necesidades. Es mi
derecho-. Su voz era de terciopelo-. Es mi privilegio-. Su mano encontró su
garganta, estableciéndose allí posesivamente, su pulso palpitando
frenéticamente contra su palma. Los bordes de su blusa estaban todavía
abiertos, revelando la tentadora curva de sus pechos llenos. Alexandria parecía
no darse cuenta de eso, todavía tan horrorizada por su comportamiento disoluto
y su alimentación con la sangre de Aidan, que no podía pensar en cualquier otra
cosa. La visión de ella no lo ayudaba a enfriar su sangre caliente. Él tuvo el
deseo repentino de aplastarla contra él, enterrar sus dientes en ella, y
arrastrarla completamente, pateando y gritando, en su vida.
Alexandria evitó cuidadosamente mirar su regazo. Su cuerpo
masculino estaba expuesto a la noche, duro y grueso, sin disculpas. A
diferencia de ella, Aidan no se mostraba mínimamente avergonzado. De hecho, era
obvio que sentía que tenía derechos sobre ella. La muchacha se quedó con la
mirada fija en las estrellas abriéndose paso a través de la aglomeración de
nubes. La noche era bella y tranquilizadora. La percepción de su mano envuelta
alrededor de su garganta debería haberla asustado, pero en lugar de eso, se
sentía valorada.
Alexandria mojó sus labios. Ninguna de sus emociones tan
intensas, eran típicas en ella.
-¿Estás seguro de que no dirigiste mis acciones?
-Tú eres mi compañera, Alexandria. Tu mente y tu cuerpo me
reconocen como tal. El lazo entre nosotros sólo crecerá, tanto en deseo como en
necesidad. Esa es la costumbre de nuestra gente. Debe ser una protección para
nuestra longevidad. En vez de decrecer en importancia con el paso del tiempo,
nuestra necesidad sexual por el otro se fortalece. Llegará un momento en que
deberemos entregarnos, o las consecuencias serán horrendas-. Él trató de
escoger sus palabras cuidadosamente, pero al mismo tiempo siendo honesto.
Ella captó la imagen en su mente, ruborizándose furiosamente.
-¿Violencia? ¿Nos uniríamos con violencia? No tengo experiencia;
ya hemos establecido eso, y no estoy, incluso, tan segura como tú. ¿Por qué
sucede esto entre nosotros?
Su respiración emergió en un suspiro largo. Al menos, ella
hablaba en lugar de correr. Tenía que concedérselo, tenía agallas.
-Nunca te has sentido atraída físicamente hacia otro hombre
porque estás hecha para mí. Tu cuerpo necesita el mío. Eres mi compañera.
-Odio esa palabra- contestó ella con resentimiento-. Me has
quitado mi antigua vida. Incluso ya no sé quién soy-. Sus ojos azules
encontraron los de él-. No voy a entregarme simplemente a ti sin luchar.
Su pulgar acarició su mandíbula, enviando olas de fuego
palpitante dentro de ella.
-Ya he asumido el control de tu vida, como tú has asumido el
control de la mía. Está hecho.
-Creo que no- objetó ella, su barbilla levantándose
provocadoramente. Al mismo tiempo se volvió consciente de su suéter abierto.
Con un pequeño jadeo de consternación, arrastró los bordes para cerrarlos-. ¿Me
estás prestando atención?- dijo indignada, recorriendo mordazmente con la
mirada todo su despliegue de masculinidad.
Él se encogió de hombros perezosamente.
-No es exactamente como si yo pudiera cerrarlo tranquilamente de
nuevo, como tú.
Ella se sonrojó furiosamente.
-¡Bien, no hables de eso, por el amor de Dios!
Él se encontró sonriendo a pesar de las demandas rugientes de su
cuerpo. Con movimientos pausados, se posicionó dentro de los confines de la
tela apretada y abotonó la pretina.
-¿Te hace sentirte más segura?- bromeó tiernamente.
Su voz envió un temblor de puro placer por su columna vertebral.
Nadie merecía tener una voz como la de él. Y su boca… Se quedó con la mirada
fija en ella, capturada por su cincelada perfección. Nadie debería tener una
boca tan tentadora. Su corazón golpeó ruidosa y dolorosamente contra su pecho.
Su boca era hipnotizante, tanto como su voz. Cercana. Tan cercana. Casi podía
sentir el calor, el ardor cautivante de su boca.
Sus labios acariciaron los de ella, y su corazón se detuvo. Su
lengua trazó la línea de su labio inferior lleno, tentándola a abrirlos para
entrar en el interior sedoso. Su corazón comenzó a golpear con más fuerza. Sólo
sentía la alternación curiosa de la Tierra, un lento hechizo que mantenía sus
sentidos fuera de balance. Él exploró cada pulgada de su boca con autoridad
completa, convocando de nuevo el calor entre ellos. Fue Aidan quien,
lentamente, a regañadientes, levantó la cabeza. Sus ojos extraños eran oro
ardiente, derretido, vagando por su cara posesivamente. Su pulgar le acarició
la barbilla mientras su palma soltaba su garganta.
-Hiciste eso esta vez- murmuró, un brujo oscuro atrapándola en
su hechizo-. Niego toda responsabilidad.
Su voz murmuró sobre su piel. Ella lo miró impotente. ¿Cómo lo
hacía él tan fácilmente? ¿Cómo la envolvía en esas sensaciones sexuales cuando
estaba tan segura de no tener ninguna?
-No hice esto- él repitió-. Me miras como si fuera una araña y
tú la pequeña polilla atrapada en mi tela-. Él cambió de posición otra vez en
un intento para darle a su cuerpo algún alivio.
Ella sintió cada músculo masculino impreso en sus formas suaves.
Deseó quedarse allí para siempre, nunca permanecer lejos de él. Alexandria,
horrorizada, quiso levantarse de un salto. No pudo. Su cuerpo no se había
movido una pulgada lejos de él. Los ojos de oro nunca abandonaron su cara.
-Deja que me levante. Lo digo en serio, Aidan. Estás
seduciéndome. Estás haciendo algo con tu voz. Sé que lo haces. Como con Joshua.
-Si pudiera, piccola... Sería bonito controlarte. Presentaría
todo tipo de posibilidades interesantes.
Ella podía ver los pensamientos perversos en su mente, los
cuerpos enmarañados, la piel desnuda, su boca moviéndose sobre cada pulgada de
ella.
-¡Detente!- gritó desesperadamente, sintiendo su cuerpo
calentarse con las imágenes eróticas en su cabeza.
Él pareció inocente y acarició la parte superior de su cabeza
con la barbilla.
-Solamente gozo la noche, Alexandria. ¿No es bella?
Ella miró hacia arriba, hacia las estrellas mortecinas. La luz
estaba comenzando a punzar la oscuridad, volviendo los cielos grises como la
plata. Su respiración quedó atrapada en su garganta. ¿Dónde se había ido la
noche? ¿Cuánto tiempo ella había permanecido allí con Aidan? No quería bajar a
la cámara y dormir.
-Quiero ver el sol.
Su mano acarició su pelo.
-Puedes ver el sol, pero no puedes permanecer bajo él. Y nunca
puedes olvidar tus anteojos oscuros, o el tiempo.
Ella tragó su miedo.
-¿El tiempo?
-Te sentirás adormilada al principio, luego llegará la debilidad
y serás completamente vulnerable. Debes guarecerte después del mediodía.
Su voz fue calmada y práctica, como si no estuviera
aplastándola, quitándole la vida que conocía. Ella odiaba esa voz.
-¿Qué hay de Joshua?- exigió-. ¿Qué hay acerca de su vida, la
escuela, su cumpleaños, las fiestas, los deportes? Él podría jugar béisbol o
fútbol. ¿Dónde estaré durante sus juegos y sus prácticas?
-Marie y Stefan…
-No quiero que otra mujer críe a mi hermano. Lo amo. Quiero
estar allí cuando haga esas cosas. ¿No puedes entender eso? No quiero que sea
Marie quien se siente en las gradas cuando golpee una pelota por primera vez.
¿Y qué hay acerca de las reuniones de padres? ¿Hará Marie eso también?-. Su voz
era amarga, y otra vez sintió la obstrucción horrible aplastando su garganta,
amenazando estrangularla.
-Respira, Alexandria- él ordenó suavemente, sus manos masajeando
sus hombros-. Continúas olvidándote de respirar. Todo es tan nuevo. Las cosas
se resolverán. Date tiempo.
-Puede que si viera a un doctor… Un investigador especializado
en desórdenes de la sangre. Debe haber una forma para volver atrás- dijo ella
desesperadamente. La verdad era peor de lo que podía afrontar. No era
simplemente la práctica aborrecible de beber sangre; evidentemente, podía
vencer esa aversión, Aidan acababa de probárselo. Era su obsesión creciente
hacia Aidan lo que la aterrorizaba. Él la aterrorizaba. Su dominio en su vida
la aterrorizaba. Quería que todo simplemente se desvaneciera y la dejara normal
otra vez.
Él se movió ligeramente, como un felino de la selva
desperezándose. Ella podía sentir sus músculos ondeando con poder. Su mano se
movió a su cuello, y hubo posesión extrema en su mirada fija.
-No harás una cosa tan tonta. Existen quienes cazan a nuestra
gente, y los métodos con que suelen destruirnos no es bonito. Morirías de una
muerte dura y desagradable. No puedo permitir eso.
-Odio esa condescendiente y controlada voz que usas. ¿No te
enfureces alguna vez?- lo desafió, con algunas chispas volando de sus ojos
color zafiro-. Voy a ignorarte. ¿Cómo sé que algo de esto es real? Nunca he
actuado así antes. Todo podría ser un sueño.
Sus cejas se levantaron, y una sonrisa pequeña, burlona,
sugerente, tocó su boca.
-¿Un sueño?- repitió.
-Una pesadilla- se corrigió ceñuda-. Una pesadilla muy mala, muy
vívida.
-¿Te gustaría que comprobara si puedo despertarte?- ofreció él
servicialmente.
-No suenes tan arrogante y machista. Me das piel de gallina-
contestó bruscamente ella, porque su corazón golpeaba una vez más con
aprensión. ¿Tenía que ser tan sexy, tan tentador? Ella no sabía mucho acerca de
los hombres, pero seguramente no eran todos así. Letales. Una amenaza para su
libertad.
Una sonrisa perezosa suavizó su boca perfecta, instantáneamente
llamando la atención.
-¿Estaba sonando arrogante?-. Su pulgar acarició su pulso.
Ella podía sentir cada acariciante sensación correr a través de
su cuerpo para acumularse en el hoyo de su estómago, donde batían como alas de
mariposa. Giró la cabeza para escapar de su mirada dorada y penetrante, para
escapar de esa boca perfecta, y vio el delgado hilo escarlata abrirse camino
hacia abajo de su pecho, enmarañándose en el pelo de oro fino, y goteando
silencioso en su vientre plano. Antes de que poder pensarlo, instintivamente,
sensualmente, inclinó la cabeza y su lengua trazó la veta de color rubí.
Cada músculo del cuerpo de Aidan se tensó apasionadamente, se
contrajo y endureció. Sus dientes se apretaron, y su garganta tragó
convulsivamente. Ella poseía una sensualidad tan natural, y su cuerpo se sentía
tan familiar para él. Cada instinto femenino clamaba por él. Alexandria era tan
inocente, tan ignorante de cuán cerca del peligro estaba realmente... Los
siglos de disciplina empezaron a desintegrarse rápidamente, dejando sólo a la
bestia oscura, famélica, necesitada, demandando reclamar a su compañera. Aidan
no podía evitarlo. Sus dedos se enmarañaron en el pelo sedoso de la nuca de la
joven y la mantuvo contra él mientras la Tierra giraba y se fragmentaba,
mientras su cuerpo pulsaba y latía entre el dolor y el placer.
Sin previo aviso, Alexandria dio un salto, apartándolo con un
empujón tan duro que, en su condición precaria de excitación, él aterrizó en el
piso del balcón con un ruido sordo.
Él parpadeó mientras la miraba de arriba a abajo, difícilmente
soportando la risa que amenazaba consumirlo.
-¿Qué?
-Deja de ser tan… tan… - las palabras le fallaron. Sexy.
Atractivo. Tentador. Con las manos en las caderas, ella lo miró furiosamente-.
¡Simplemente detente!
Capítulo Diez
La cocina estaba ya caliente por las llamas que Stefan había
encendido en la chimenea de piedra. El aroma de café y canela flotaba en el
aire. Alexandria caminó junto a Aidan en el cuarto, sus cuerpos rozándose
ocasionalmente. Él miró desde lo alto su cabeza gacha. Se mostraba cautelosa
ahora, asustada de él y las implicaciones de su respuesta física. Aún ahora,
sin su conocimiento, su cuerpo instintivamente buscaba el refugio y la
comodidad del suyo. Estaba bajo su hombro, ya que su propio brazo se había deslizando
fácilmente alrededor de su cintura. Ella incluso no parecía advertirlo.
La percepción de su piel contra la suya lo enloquecía, pero
caminó con su gracilidad usual y no reveló ninguna de sus emociones en su cara.
Le sonrió a Marie mientras ella se apartaba de la mesa donde batía una mezcla
de huevos en un tazón. Tenía tanta calidez y tanto afecto para todos, menos
para él. Lo humillaba con su habilidad de poder albergar a tantas personas en
su corazón.
-¡Aidan! ¡Alexandria! No tenía idea de que estuvieran en el
jardín- les sonrió ella, pero sus ojos agudos captaron la expresión
cuidadosamente solemne de Aidan y las sombras en los ojos de Alexandria-.
Joshua durmió a ratos; creo que realmente te ha extrañado, querida. Es un dulce
pequeño. ¡Y sus bellos rizos!
Alexandria sonrió.
-Él detesta esos rizos.
Marie asintió con la cabeza.
-¿Qué niño pequeño no lo haría?-. Alexandria no estaba tan
pálida como otras veces en que Marie la había visto, y ciertamente no parecía
muerta, como lo había hecho cuando Aidan la había llevado a la casa. Había sido
adecuadamente alimentada por Aidan, Marie estaba segura. Aspiró profundamente-.
Quería agradecerte por lo que hiciste por Aidan anoche. Tomó coraje. Stefan
dijo que Aidan habría muerto si no hubieras ido en su ayuda. Aidan es como un
hijo para mí, o un hermano. Es nuestro amigo y nuestra familia. Gracias por
traerlo de regreso a nosotros.
Aidan se movió desasosegadamente junto a Alexandria, pero ella
lo ignoró.
-De nada, Marie, aunque estoy segura de que él habría encontrado
la manera de lograrlo sin mí. Aidan no está precisamente falto de recursos.
Estoy endeudada contigo por todo lo que has hecho por Joshua.
Aidan inclinó su cabeza para rozar un beso en la sien de Marie.
-Te he dicho durante años que te preocupas demasiado por mí.
Pero estás en lo correcto. Alexandria salvó mi vida.
Alexandria le hizo una mueca.
-Y fue una decisión tan brillante de mi parte- murmuró sólo para
sus oídos.
La mano masculina llegó a su nuca y la acarició.
-Me lo figuraba.
Stefan entró con unas piezas de madera.
-¡Aidan! Estás levantado- les sonrió a ambos-. Y Alexandria,
ciertamente tienes una mejor apariencia que la última vez que te vi. Pero
reconozco que sabes cómo hacer las cosas.
Demasiado consciente de sí misma, apartó una guedeja de pelo de
su cara.
-Puedo ser muy mandona, Stefan. No tuve la intención de serlo.
Es simplemente que por tanto tiempo he hecho las cosas a mi modo cuidando de
Joshua, que soy capaz de hacerlo todo sin pensar en los demás. Además, Aidan es
tan terco, que parece tener todo el mundo bajo su control.
¡Se estaba burlando de él, pequeña diablilla! Aidan lo sabía, y
algo dentro de él respondió a la guasa. Sintió, por primera vez en siglos, por
primera vez desde su juventud, que no estaba solo. Estaba en su hogar -no
simplemente una casa, sino un hogar de verdad-, con su familia rodeándolo.
Joshua había pasado la noche pacíficamente en su cama, Marie y Stefan reían y
bromeaban en la cocina, y a su lado estaba la mujer que era su vida, su misma
respiración, la sangre de sus venas. Ella le había dado un corazón, así que
ahora era capaz de conocer el amor y la risa y apreciar los milagros que le
habían sido otorgados.
-Ese hombre apuesto regresó- dijo Marie repentinamente, sus ojos
brillantes e inocentes. Permaneció aparentemente muy ocupada en el mueble
mostrador.
Stefan se atragantó con su café, y Aidan tuvo que darle golpes
en la espalda. Miró suspicazmente de uno a la otra.
-¿Qué hombre apuesto?-. Pero comenzaba a tener un sentimiento de
desolación en su estómago.
Marie tocó el brazo de Alexandria ligeramente.
-Tu señor Ivan. Estaba realmente alterado y preocupado por ti.
Incluso llamó a la policía cuando no lo dejamos entrar. Estuvieron ayer por la
mañana. Unos oficiales agradables y educados. Creo que los has encontrado,
Aidan, una vez o dos-. Marie estaba radiante.
-¿Thomas Ivan vino de nuevo?- preguntó Alexandria, sobresaltada.
-Oh, sí, querida- dijo Marie apresuradamente-. Estaba realmente
preocupado por ti.
-¿Llamó a la policía?-. Alexandria no podía digerirlo todo.
-Dos detectives. Insistieron en que Aidan y tú se contacten con
ellos tan pronto como puedan. Les dijimos que Aidan te había llevado a un
hospital privado, que estabas muy enferma. Aidan ha donado dinero muchas veces
para sus causas e incluso los ha ayudado unas cuantas veces cuando lo
necesitaron. Todo honesto, por supuesto. Préstamos con muy poco interés pero
ciertamente dentro de la ley. Tenía la impresión de que el señor Ivan los había
enojado con sus acusaciones contra Aidan.
-Puedo imaginar que lo hizo- dijo Aidan secamente, mirando con
enojo a Marie.
Pero Marie no pareció advertir la señal.
-Pensé que era dulce de su parte estar tan preocupado por tu
seguridad. Apenas podría culparlo por su preocupación- sonrió-. Quiso que
registraran la casa, pero por supuesto, los oficiales se rehusaron. Él dejó su
número y quiere que lo llames, y dejó otra cosa. Déjame traértelo- sonó como
una alumna excitada.
Aidan apoyó una cadera perezosamente contra el mueble mostrador,
pero no había nada perezoso en sus ojos dorados. Siguió cada movimiento de su
ama de llaves sin parpadear, su mirada fija como el de un gran depredador
atisbando su presa. Stefan se movió más cerca de su esposa ansiosamente, pero
Marie no pareció advertirlo, corriendo hacia el refrigerador.
-¿Tengo que hablar con la policía?- preguntó Alexandria,
completamente ignorante de la postura amenazadora de Aidan-. No puedo hablar
con la policía. Aidan-. Ella le tocó el brazo con mano temblorosa-. Nunca
podría hacerlo. ¿Qué ocurrirá si me hacen preguntas acerca de Henry, o acerca
de esas mujeres? Thomas Ivan les habrá dicho que yo estaba allí esa noche. No
puedo hablar con la policía. ¿Qué ha hecho Thomas?
Con un gran sentido de satisfacción, Aidan curvó un brazo
protectoramente alrededor de sus hombros. La acercó a él, ofreciendo consuelo.
Marie abrió el enorme refrigerador y giró con un ramo formidable de rosas en
sus manos, en un florero de cristal cortado. Él sintió la inspiración veloz de
Alexandria.
-Para ti- dijo Marie despreocupadamente, ignorando el semblante
ceñudo y malévolo en la cara de Aidan-. Tu señor Ivan trajo esto para ti.
Alexandria se alejó de Aidan para cruzar el cuarto.
-Son tan bellas. Rosas- dijo jadeando-. Nunca he recibido flores
antes, Marie. Nunca- tocó un pétalo cubierto de rocío-. ¿No son maravillosas?
Marie estaba asintiendo con la cabeza y sonriendo.
-Pensé que podríamos ponerlas en la sala de estar, pero si las
quieres en tu dormitorio, podría hacerlo también.
Las manos de Aidan ardieron por estrangular a la mujer. Había
conocido a Marie desde el momento de su nacimiento, sesenta y dos años atrás, y
nunca habían intercambiado una palabra de enojo. Y repentinamente quería
estrangularla. Debería haber arrancado la garganta de Ivan. Flores. ¿Por qué no
había pensado en flores? ¿Por qué no se lo había mencionado Marie primero a él?
¿Por qué las había aceptado? ¿De qué lado estaba ella, de cualquier manera?
¡Flores! Tuvo el deseo de arrancar esos pétalos uno por uno.
-Mira- arrulló Marie-, incluso quitó las espinas para que no te
lastimes. Qué hombre tan atento.
-¿A qué hora dijiste a la policía que los veríamos?- interrumpió
Aidan, asustado de que si no lo hiciera, estallaría en un brote de violencia.
Detestó la forma en que Alexandria seguía acariciando los pétalos de una de las
rosas blancas.
Stefan despejó su garganta y miró ferozmente a su esposa.
-Pidieron que los contactes a la mayor brevedad. Parece que Ivan
es particularmente insistente, especialmente desde que los dos cuerpos,
demasiado quemados para poder identificarlos, fueron encontrados a algunas
millas de aquí. Le dije a la policía que regresaba de la tienda cuando vi las
llamas e hice una llamada desde el teléfono del coche.
La cara de Alexandria se volvió blanca, y contempló a Aidan como
buscando guía.
-¿Van a preguntarme acerca de eso también?
Aidan levantó una mano, tocando amablemente su pelo sedoso.
-Claro que no, cara. No te alarmes tanto. Creen que yo te había
llevado al hospital. Si es necesario, podremos probar con eso. La policía sólo
quiere responder a las preocupaciones ridículas de Ivan viéndote sana y salva.
Le aseguré que estabas a salvo cuando estuvo aquí la última vez, pero él no
creyó en mi palabra. Me insultó.
A pesar de sus miedos, Alexandria rió.
-Le habías mentido, tonto. No estaba a salvo. Un vampiro me
había mordido, ¿recuerdas?
Él arqueó una ceja.
-¿Tonto? En todos los siglos de mi existencia, nadie me ha
llamado tonto.
-Bien, eso es porque las personas te tienen miedo. Thomas tuvo
una buena razón para pensar que mentías. No actúes como uno de esos hombres
ridículos del siglo pasado que se batían en duelos de honor.
-He peleado más de un duelo en mis días.
-Tonto- dijo ella irrespetuosamente, pero reía. Alexandria
enterró la cara en las flores, inspirando la fragancia dulce. Luego levantó su
cuello y atrapó a Aidan mirándola con esa intensidad posesiva y masculina que
hacía que su corazón estallara-. ¿Realmente tengo que hablar con la policía?
¿No lo puedes hacer sólo tú?
Había algo de satisfacción en que ella culpara a Ivan, pensó
Aidan, pero no ayudaba verla abrazar con suavidad esas malditas flores.
Stefan negó con la cabeza.
-Realmente, Aidan, la policía está muy interesada en esos
cuerpos. Parece que la forma en que ardieron fue muy singular, como si las
llamas los quemaran desde el interior. No quedó nada excepto cenizas. No podrán
incluso identificar los cuerpos a través del trabajo dental. Creo que
insistirán en hablar con ambos.
Alexandria se apoyó pesadamente en Aidan.
-No soy muy buena mintiendo, Aidan. Todo el mundo siempre sabe
cuándo miento.
Ella sonó tan decaída, como si fuese un pecado terrible que no
pudiera mentir, que él sonrió.
-No te preocupes, cara. Trataré con la policía. Todo lo que
tienes que hacer es sentarte en una silla y verte frágil y delicada- la
reconfortó.
Ella lo miró ceñudamente, como si pensara que él se burlaba de
ella.
-No puedo verme frágil. O delicada. Soy robusta, Aidan.
Él rió entonces. No pudo evitarlo. El sonido era de terciopelo
profundo, una nota pura que hizo sonreír a Alexandria incluso mientras le daba
un codazo.
-No te rías, simio. Te juro, Aidan, que eres tan arrogante que
da miedo. ¿Siempre ha sido de esta manera?- sonrió, en la primer sonrisa
genuina dirigida a Marie, compartiendo sus mentes femeninas.
-Siempre- dijo Marie solemnemente, su corazón más ligero. No se
había percatado de cuán asustada había estado de que su posición en la casa
cambiara, que ella y Stefan ya no fueran bienvenidos. Sabía que Aidan nunca los
echaría, pero si la tensión entre Alexandria y ella no se hubiera resuelto,
tarde o temprano Stefan y ella tendrían que encontrar otro sitio. Y la casa de
Aidan había sido su casa toda su vida. Cuando se había casado con Stefan, su
esposo había ido a una nueva casa y había aceptado la vida que ella tenía, y
había aceptado y aprendido a amar a Aidan Savage también.
-Creo que la sala de estar es el lugar perfecto para poner las
flores- acordó Alexandria-. Cuando Thomas venga de visita, podrá verlas.
Aidan se encontró apretando los dientes. Alexandria ya se movía
rápidamente de la cocina. Cogió a Marie por el hombro antes de ella pudiera
seguirla, inclinándose y poniendo su boca contra su oreja.
-¿No pudiste arrojar las malditas cosas?-. Las palabras salieron
entre siseo y gruñido-. Y sólo para que quede constancia, traidora, Ivan no es
su hombre. Yo lo soy.
Marie parecía horrorizada.
-Todavía no, no lo eres. Creo que todavía tienes que cortejarla.
Y por supuesto que nunca tiraría las rosas, Aidan. Cuando un hombre se toma el
trabajo de regalar flores a una mujer, al menos ella debería tener el placer de
verlas.
-Pensaba que no te gustaba ese bueno para nada.
-No puede ser del todo malo. Deberías haber visto su
preocupación por ella. Te digo, Aidan, que él está realmente prendado de ella-.
Marie fue deliberada, inocentemente entusiasta-. No creo que tengas que
preocuparte por ella cuando esté con él-. Ella trató de sonar reconfortante.
Detrás de ellos, Stefan se atragantó otra vez. Aidan juró
elocuentemente en tres idiomas y siguió a Alexandria fuera del cuarto, negando
con la cabeza sobre los funcionamientos de la mente femenina.
Stefan puso un brazo alrededor de Marie.
-Malvada, malvada mujer.
Ella rió suavemente.
-Esto es entretenido, Stefan. Y es bueno para él.
-Ándate con cuidado, mujer. Él no es como otros hombres. Podría
matar para conservarla. Su naturaleza es como la de un depredador salvaje-
advirtió Stefan gravemente-. Nunca lo hemos visto así.
Marie sorbió por las narices.
-Se controlará. Él no se atrevería a hacer otra cosa. Esa chica
quiere huir. Tiene sentido común, es verdad, y bastante coraje.
-Espíritu- asintió Stefan-. Lo mantendrá bailando. Pero ella no
se da cuenta del peligro en el que siempre estará. O el peligro para Joshua.
-Necesita tiempo, Stefan- dijo Marie suavemente-. Nos tendrá
para ayudarla, y Aidan la guiará.
Aidan caminó tras Alexandria, luchando contra el demonio que
rabiaba al ver esa mirada suave y distraída que había avanzado lentamente en
sus ojos. Intelectualmente, entendió el atractivo que Thomas Ivan representaba
para Alexandria. Ella quería ser humana. Quería sentirse humana. Quería
trabajar y vivir en el mundo humano, y creía que Ivan le podría dar eso. Aún
más, no tendría que preocuparse de los sentimientos sexuales intensos y poco
familiares, atemorizantes, que Aidan evocaba en ella.
Él extendió la mano y atrapó la largura de su pelo en la mano,
deteniéndola.
-No te preocupes por la policía, Alexandria. No te preguntarán
nada acerca de los vampiros. No tienen idea de que fueran vampiros, y creen que
tú estabas en un hospital. Si preguntan, simplemente diles que no recuerdas
nada.
Ella guardó silencio un momento mientras arreglaba las rosas. Él
podía sentir su ansiedad.
-¿Aidan? ¿Puedo salir de aquí? ¿Me dejarías ir?
Involuntariamente su mano se apretó en su pelo. Dejó escapar su
respiración lentamente.
-¿Qué te hace preguntarlo, piccola?
-Simplemente quiero saberlo. Dijiste que no era una prisionera
aquí. ¿Puedo ir donde quiera?-. Sus dientes tiraban de su pleno labio inferior.
-¿Estás haciendo planes de salir con ese payaso?
-Quiero saber si puedo dejar esta casa.
Él envolvió un brazo alrededor de su cintura delgada y la jaló
contra su duro cuerpo.
-¿Piensas que podrías sobrevivir sin mí?-. Su boca estaba lo
suficientemente cerca de su cuello para que ella pudiera sentir el calor de su
respiración. A pesar de su intención de no responder a ese estímulo, su cuerpo
comenzó a arder.
Sus ojos color zafiro escrutaron su cara. Él no delataba nada;
no tenía idea de lo que pensaba, y no iba a unir su mente a la de él para
enterarse. La atraía cada vez más y más profundamente en su mundo, un mundo de
la noche. Un mundo de sexualidad y violencia. Alexandria quería recuperar su
antigua vida. Quería cosas familiares alrededor de ella, cosas sobre las que
tuviera algún control.
Su boca perfecta tocó su garganta. Un ligero roce de llamas. Su
mirada dorada encontró sus ojos.
-No hagas preguntas de las que realmente no quieres respuesta.
No te mentiré, incluso para hacerlo más fácil.
Ella cerró sus ojos mientras el calor inundaba su cuerpo. La
hacía sentirse preciada. La hacía sentirse bella, insatisfecha y vacía sin él.
Sus dedos se apretaron alrededor del tallo de una de las rosas. Apartó con
fuerza su mano con un grito pequeño, acunando un dedo.
-Déjame ver- él dijo suavemente. Su voz era delicada, su
contacto tierno mientras atrapaba su mano para inspeccionarla. Un pinchazo de
sangre perlaba su dedo índice-. Sir Galahad dejó una espina- murmuró mientras
inclinaba su cabeza e hacía que el dedo entrara al calor cicatrizante de su
boca.
Ella no podía moverse, no podía hablar. Su cuerpo llameaba de
necesidad. Permaneció tan quieta como pudo, mirándolo de la forma en que un
ratón arrinconado miraría a un gato. Él ya había asumido el control de su vida.
Estaba en su mente, en su cuerpo, en su necesidad terrible de él. Quería
llorar. Aun si lograra escapar, llevarse a Joshua y escapar, lo llevaría con
ella a todos los sitios que fuera.
Abruptamente arrancó su mano de su agarre antes de que las
llamas brincaran más alto.
-Su nombre es Thomas Ivan, no Sir Galahad, y dudo mucho que él
personalmente quitara las espinas de las rosas.
Aidan asintió con la cabeza solemnemente.
-Tienes razón, piccola. Él no pensaría en ello, ni realizaría la
tarea. Pensaría que sería indigno para él y un derroche de su tiempo-. Él la
rodeó y quitó la espina, luego miró de cerca cada tallo para asegurarse de que
ella no se lastimara otra vez.
-¿Por qué tienes que hacerlo sonar tan mezquino?- demandó la
joven, exasperada. Estaba decidida a sentirse atraída por Ivan. Las mujeres de
todo el mundo tenían muchos amantes. Si otras mujeres podían sentirse atraídas
por más de uno en su vida, también podía hacerlo ella. No tenía que ser
solamente Aidan Savage. Él era mundano, sensual, imposiblemente atractivo, con
esos ojos embrujadores y esa boca perfecta. Cualquier mujer podría enamorarse
de él, pero se trataba de atractivo físico. Debía afrontar eso como un mal caso
de gripe. Un caso virulento de gripe.
Aidan le volvió la espalda para la mirar fuera de la ventana. No
sabía si reír o enojarse por sus salvajes pensamientos. Estaba tan decidida a
encontrar a alguien, cualquiera, menos él.
-¿Aidan?- Stefan entró-. Informé a la policía que Alexandria y
tú han regresado y que ella se levantaría para hablar con ellos esta mañana. Me
aseguré de que entendieran que sería incapaz de ir a la estación o incluso
quedarse levantada mucho tiempo. Enviarán un par de detectives ahora.
-¿Detectives?-. Aidan arqueó la ceja-. ¿Para un asunto tan
trivial?
Stefan despejó su garganta y desvió su peso ansiosamente.
-Creo que el señor Ivan tiene algunas influencias. Habló con el
jefe del departamento e incluso, según el detective con el que hablé ayer,
mandó averiguar si estábamos en el país legalmente. Creo que desea deportarnos.
Alexandria se quedó sin aliento, con la barbilla levantada.
-¿Él hizo qué?
-Lo siento, Alexandria, no debería haber dicho eso frente a ti.
El señor Ivan estaba terriblemente molesto por no poder ponerse en comunicación
contigo- dijo Stefan.
Aidan pudo haber estrangulado al hombre por tratar de sacar del
apuro a Ivan. Alexandria se había molestado. Sin que incluso se diera cuenta,
ya pensaba en los miembros de su casa como en parte de su familia.
-Esa no es excusa para que Thomas haga valer sus influencias y
trate de deportarlos a Marie y a ti. Incluso no le importó desestabilizar sus
vidas. ¿Y qué hay acerca de Joshua? Habría tenido que ir a un orfanato-. Su
cólera hacia Thomas Ivan aumentaba. La muchacha detestaba a las personas que
pensaban que podrían salirse con la suya porque tenían dinero. Aunque nunca
admitiría eso a Aidan, ni le concedería ese trozo diminuto de poder, tenía cada
vez menos ganas de trabajar con ese hombre o involucrarse con él en cualquier
forma significativa. Seguramente encontraría otras ideas creativas.
-Realmente- confesó Stefan, evitando la mirada afilada de
Aidan-, creo que era a Aidan en quien estaba más interesado en deportar. Pagó a
un investigador para que hiciera una comprobación exhaustiva de él, esperando,
creo, encontrar algún indicio de actividades criminales. “Intratable” es la
descripción que creo que usó.
Alexandria refrenó una risa repentina.
-Quizá Thomas tiene más intuición de la que creemos. Intratable
es una palabra apropiada, ¿no lo crees, Stefan? No me importaría deportar a
Aidan yo misma.
-Creo que sería prudente retirarse a la cocina y comer tu
desayuno, Alexandria- dijo Stefan diplomáticamente.
-Tu única opción- gruñó Aidan.
Stefan sonrió abiertamente, sin arrepentimiento, e hizo una
pausa en el portal.
-Podrías hacer una llamada al señor Ivan, Alexandria. Los
detectives dijeron que eso podría evitar que los acosara cada diez minutos.
-¿Está llamándolos cada diez minutos?-. Una sonrisa lenta curvó
su boca-. Debe estar realmente preocupado. ¿No es eso dulce, Aidan? Está
preocupado por mí. Realmente debe querer que trabaje para él. Qué alivio. Con
el dinero que me pagaría, Joshua y yo podríamos… - se interrumpió
completamente, contemplando rápidamente a Aidan.
Su mano enorme se rizó alrededor de su nuca, moviendo los dedos
un masaje tranquilizador.
-Me siento orgulloso de ti, Alexandria. Tu trabajo debe ser
extraordinario para tener a Ivan tras de ti de este modo. Mereces sentirte bien
acerca de ello-. Él no creyó ni por un momento que el interés de Ivan en ella
fuera puramente comercial, pero sabía que ella tenía verdadero talento. Aidan
era una sombra en su mente, viendo sus vívidas ilustraciones nacer a la vida en
su imaginación.
Ella le sonrió.
-Solía soñar acerca de trabajar para Thomas Ivan. Su compañía
está siempre encabezando las listas de diseños gráficos, y sus juegos son como
películas. Cuando el rumor de que buscaba otro diseñador gráfico salió a la
calle, comencé a hacer bocetos día y noche. No creí que realmente tendría una
oportunidad de mostrarle mi trabajo, y mucho menos que quisiera contratarme.
-Por lo que vi de tus dibujos, eres muy talentosa- dijo
suavemente-. Pero quizá podrías querer modificar algunas de sus falsas
impresiones sobre los vampiros-. Sus ojos brillaron al mirarlo, pero el hoyuelo
se hizo más hondo en su mejilla.
-¿Hacerlos más crueles y despiadados, y no término medio?-
preguntó traviesamente ella. Tocó los pétalos de la rosa más cercana y se
inclinó otra vez para inspirar su fragancia-. No puedo creer que él me enviara
flores.
Un ruido rudo escapó de alguna parte en la garganta de Aidan.
-Yo simplemente te salvé la vida. ¿Qué son las rosas comparadas
con eso?- miró furiosamente las flores de tallo largo, su mirada dorada intensa
y amenazadora.
Alexandria lo miró, vio el círculo oscuro y decidido de su boca,
y estalló de risa. Giró y se puso en puntas de pie para cubrirle los ojos con
la palma.
-No te atrevas. Si mis rosas se marchitan, sabré exactamente
quién es el responsable. Lo digo en serio, Aidan. Deja en paz mis flores.
Probablemente puedes destruir el ramo entero con una mirada feroz.
Su cuerpo era suave contra el suyo, su risa caliente contra su
garganta. El brazo del hombre rodeó su cintura pequeña, acercándola a él.
-Iba sólo a hacerlas encorvarse un poco. Nada demasiado
dramático.
Su voz de terciopelo hizo que su corazón diera un vuelco. Las
alas pequeñas de las mariposas rozaron su estómago otra vez. Podía sentir sus
músculos, duras y masculinos, apretarse contra ella. ¿Por qué su cuerpo tenía
que derretirse cada vez que estaba en contacto con él? Aun cuando estaba
comportándose malvado, petulante y celoso como un niño, la hacía reír. ¿Por qué
todo eso tenía que ocurrirle con él?
-Voy a quitar mi mano de tus ojos, pero incluso ni debes mirar
las rosas. Si te atrapo haciéndolo… - ella se interrumpió, con la intención de
intimidarlo. Lentamente, su palma deslizó de sus ojos, sus dedos tocando
accidentalmente su boca. Esa vez su corazón golpeó ruidosamente contra el de
él. ¿O era el corazón de él golpeando contra el de ella? No lo sabía, pero la
electricidad crujía, y él estaba demasiado cerca.
-No te atrevas, Aidan- ordenó la joven. Sus ojos se habían
convertido en oro caliente y líquido, atrapando posesivamente con su fuego los
suyos, derritiendo sus entrañas.
-¿Atreverme a qué?- murmuró él, su voz de brujo resbalando por
su piel como una llama. Su mirada era tan intensa, que ella sintió las mismas
llamas lamiendo sus terminales nerviosas.
Su boca estaba ahora apenas a unas pulgadas de la suya. La
lengua masculina tocó su labio inferior. La seducía. La tentaba. Ella cerró los
ojos mientras su boca caía sobre la de ella. El fuego estalló, la consumió. Sus
brazos la aplastaron contra él, pero no tenía importancia. Nada tenía
importancia excepto su boca perfecta y la Tierra moviéndose bajo sus pies.
Ella le pertenecía, su lugar estaba con él. Nunca podría haber
otro. Sólo Aidan. Sólo los dos juntos. Ella era suya. Las palabras golpearon su
cabeza, imprimiéndose para siempre en su corazón. En su alma. Alexandria, a
regañadientes, arrancó la boca de la suya, enterrando la cara en su pecho.
-No juegas limpio, Aidan- dijo, las palabras amortiguadas en su
camisa.
El calor de su respiración tocó su cuello.
-Esto no es juego, cara. Nunca lo ha sido-. Su boca se cerró
sobre su pulso, haciéndolo correr a toda velocidad-. Esto está entre nosotros
todo el tiempo.
-No tengo idea de qué hacer contigo. Incluso no sé si comprendo
las cosas que dices-. La confusión en su mente era muy real. Él la estaba
abrumando, no aliviándola, sin darle tiempo de aclarar las cosas para sí misma.
Eso no era lo que Aidan quería. Alexandria necesitaba confiar en
él, verlo como un amigo así también como un amante. Las demandas urgentes de su
cuerpo y la naturaleza les daban muy poco tiempo, pero estaba decidido a
aprovecharlo bien. Ella podía reírse de él, hacerlo reírse de sí mismo. Era un
buen principio para la amistad. Lentamente, a regañadientes, sus brazos la
soltaron y se alejó, dándole un alivio a los dos.
-Thomas Ivan necesita que lo saquen afuera y le disparen- dijo
deliberadamente para hacerla sonreír-. Es un niño malcriado que hizo dinero
demasiado rápido.
Ella se relajó visiblemente.
-Me pregunto si él piensa lo mismo acerca de ti.
-Con su vívida imaginación, probablemente visualiza una estaca
atravesando mi corazón- masculló-. Ese hombre tiene una mente enferma para
inventar todas esas tonterías. ¿Compraste su último juego, el que tiene
vampiros y un ejército de esclavas?
-Pues bien, es obvio que tú sí- apuntó ella, aprovechándose de
eso-. En secreto, probablemente amas sus juegos. Apuesto que posees todos-. Sus
ojos se ampliaron, y una sonrisa lenta y malvada se desplegó en sus labios-.
Los tienes, ¿no es así, Savage? Tienes todos sus juegos. Eres un admirador
secreto.
Él casi se sofocó.
-¿Un admirador? Ese hombre no podría reconocer la verdad ni
aunque lo mirara a su propia cara. Como la otra tarde.
Ella arqueó una ceja.
-Sus juegos son ficción, Savage. No pretenden ser verdad. Sólo
es imaginación. Por eso son entretenimientos, no una realidad. Admítelo, te
gustan sus juegos.
-Nunca sucederá, Alexandria, así que no contengas la
respiración. Y otra cosa: cuando le hables a ese asno pomposo por teléfono, no
uses ese tono acaramelado-. Él cruzó los brazos sobre su pecho y la miró desde
su altura superior.
-¿Acaramelado?- repitió indignada, irritada por su acusación-.
Nunca sueno acaramelada-. Sus ojos grandes le transmitieron una advertencia,
desafiándolo a negarlo.
Él aceptó el desafío.
-Oh, sí, lo haces-. Él entrelazó las manos e hizo una mueca,
bajando su voz una octava mientras sonreía tontamente-. Oh, Marie, las flores
son tan bellas. Thomas Ivan me las dio- puso sus ojos en blanco mientras la
imitaba.
-¡No dije eso! Y nunca actúo de ese modo. Por alguna razón,
simplemente no puedes admitir que te gustan los juegos de Ivan. Debe ser algún
tipo de tontería machista, aunque un montón de hombres los juegan y los
disfrutan.
-Son pura basura- insistió él-. Y no hay un grano de verdad o
razón en cualquiera de ellos. Hace parecer románticos a los vampiros. Sería
interesante ver qué pensaría si se encontrara con uno-. Fue una amenaza
disimulada solamente. Aidan ronroneó de satisfacción con sólo pensarlo.
Alexandria estaba horrorizada.
-¡Tú no te atrevías! Aidan, lo digo en serio, ni siquiera
pienses en hacer algo tan malo.
-¿No eras tú la que dijo que no existía nada parecido a un
vampiro?- preguntó él inocentemente, sus dientes blancos ampliamente exhibidos.
Su boca otra vez. Ella se encontró con la mirada fija en ella,
fascinada. Su sonrisa rayaba la sensualidad pura. Parpadeó para traer de vuelta
un cierto grado de perspectiva en su vida. Él debería ser declarado ilegal.
Su sonrisa se amplió, disipando cualquier indicio de crueldad, y
él se acercó a ella.
-Recuerda que puedo leer tu mente, piccola.
Sus ojos azules lo miraron con furia, y un puño pequeño aporreó
el centro de su pecho. Duro.
-Pues bien, basta. Y no te enorgullezcas. No estaba exactamente
haciéndote un cumplido.
-¿No?-. Su mano tocó su cara tiernamente-. Continúa peleando,
Alexandria. No te servirá de nada, pero si te hace sentirte mejor, adelante.
-Simio arrogante y primitivo- ella inhaló por la nariz, dando
media vuelta antes de que él pudiera leer el deseo en sus ojos. Deliberadamente
fue al teléfono-. Creo que tienes el número de Thomas, ¿verdad?
Él la rodeó, su brazo acariciando sus hombros, su perfume
envolviéndola. Cualquiera de su raza reconocería su marca, sabría que ella le
pertenecía simplemente por su aroma en ella. El humano, sin embargo, nunca lo
advertiría. Irritado por el pensamiento, Aidan encontró la tarjeta profesional
bajo el teléfono y se la dio.
-Telefonéale- desafiado suavemente.
Su barbilla subió. Ella era humana. Era humana. Y aunque no lo
fuera, ese… esa criatura, fuera lo que fuera, no decretaría su vida.
Provocadoramente, ella apuñaló los botones del teléfono.
Para asombro de Alexandria, Thomas mismo respondió. Daba la
apariencia de que no era algo frecuente.
-¿Thomas? Soy Alexandria Houton- dijo con vacilación, insegura,
ahora que le hablaba, de qué decir-. Espero que no sea demasiado temprano para
llamar.
-¡Alexandria! ¡A Dios gracias! Comenzaba a pensar que ese hombre
te encerró en una mazmorra en alguna parte. ¿Estás bien? ¿Quieres que vaya y te
saque de allí?
Thomas se incorporó, apartándose el pelo que le caía en la
frente. Las sábanas habían serpenteado alrededor de él tan apretadamente que
por un momento había tenido que pelear simplemente para moverse.
-No, no, estoy bien. Bueno, todavía un poco temblorosa, y tengo
que descansar bastante, pero me siento mucho mejor. Gracias por las rosas. Son
bellas- era agudamente consciente de Aidan parado cerca de ella, escuchando
cada palabra, escuchando el tono de su voz. Tuvo el impulso de intentar un tono
acaramelado. El hombre no tenía derecho a monitorear sus conversaciones
personales.
-Iré a visitarte, Alexandria. Tengo que verte-. Thomas lo dijo
casi belicosamente, decidido a que no se negara.
-Creo que debo entrevistarme con un par de detectives esta
mañana- dijo ella en una reprimenda sutil.
A su lado, Aidan se movió con impaciencia. Su voz era demasiado
suave para su agrado. Demasiado sexy. Ella era una mujer de la Raza de los
Cárpatos ahora, con toda la sensualidad y el efecto hipnótico en la humanidad
de una mujer nacida de su casta.
El movimiento sutil y posesivo de Aidan la atrajo más contra su
cuerpo, y pudo oler su aroma. La invadió hasta lo más profundo de su ser,
enviando calor líquido a la parte baja de su cuerpo.
Alexandria encorvó sus hombros y se alejó, retrocediendo contra
la pieza de madera de cerezo donde el teléfono antiguo descansaba.
-Estaba tan preocupado, Alexandria. Y ese hombre extraño... ¿Qué
tan bien lo conoces?- dijo Thomas en un susurro conspirador.
Alexandria fue agudamente consciente de que no tenía importancia
cuán quedamente hablara Thomas. Su audición era tan perfecta ahora que podía
oír a grandes distancias si quería. Era lógico que la audición de Aidan fuese
aun más intensa, y su habilidad para controlarla mucho mejor que la de ella.
Ella sintió el calor inundar su cara.
-No conoces bien a Aidan, Thomas. Apenas me conoces a mí. Sólo
nos encontramos para una cena, y fue interrumpida. Por favor, no digas cosas
contra alguien que ha sido un gran amigo para mí-. Por alguna razón, los
desaires de Thomas contra Aidan la molestaron, pero era lo último que quería
que Aidan supiera.
-Eres muy joven, Alexandria. Probablemente nunca has conocido a
un hombre de su calibre antes. Créeme, está muy lejos de tu liga. Es
probablemente muy peligroso.
Sus dedos se apretaron alrededor del receptor hasta sus nudillos
se pusieron blancos. ¿Qué sabía Ivan? Y, por consiguiente, ¿cuánto el peligro
podría entrañar para Aidan? Sus dientes mordieron su labio inferior. Realmente
no podría soportar que alguien sospechara la verdad y… y metiera una estaca a
través de su corazón o algo por el estilo. No quería sentirse así, incluso
traicionar al género humano, pero no podía evitarlo. La idea de perderlo la
aterraba.
Aidan la rodeó y amablemente cubrió su mano con la de él. En su
mente, bailó la imagen de un tiburón con la sonrisa blanca y practicada de
Thomas Ivan. Deliberadamente Aidan la tentó con la imagen hasta que ella se vio
forzada a reírse.
-Esto no es asunto de risa, Alexandria- dijo Thomas de mal
talante-. Iré a visitarte para discutir esto. No puedes permanecer en esa casa
con ese hombre.
-Querer trabajar para ti, Thomas- contestó ella suavemente-, no
te da derecho a dictar mi vida personal-. Cerró los ojos. Había querido tanto
ese trabajo. También quería ser humana, vivir y respirar y trabajar en un mundo
que comprendía.
-Iré a visitarte- dijo él concluyentemente.
Alexandria se quedó escuchando un chasquido fuerte y el tono de
marcar. Ella miró encolerizadamente a Aidan.
-¿Parezco alguien fácil de mangonear?- demandó mientras colgaba
de golpe el teléfono-. ¿Hay un “Por favor, ordéname” tatuado en mi frente?
-Déjame ver- dijo Aidan, acercándose. Su boca estaba pulgadas de
la suya-. Hmm. No del todo. Dice, “Sumamente besable”.
Ella empujó la pared de su pecho pero la encontró inamovible.
-No intentes tus encantadores trucos conmigo, Savage. Me han
informado que eres un hombre peligroso y que estoy fuera de mi liga, lo que
fuere que quiera significar.
-¿Cómo puedo ser peligroso?-. Su cuerpo atrapaba el suyo con su
calor, con su acometida. Ella lo deseó tan rápidamente-. ¿Soy peligroso?-
murmuró sobre sus labios, su voz como seda contra su piel.
-Si no te apartas de mi camino en este mismo minuto, entonces
voy a… -. Ella se imaginó subiendo la rodilla con fuerza y viéndolo
contorsionarse de dolor en el piso. La imagen en su mente fue tan vívida como
la imagen del tiburón lo había sido.
Aidan brincó lejos de ella, riéndose mientras lo hacía.
-Tienes un genio sucio, pequeña Alexandria.
-Otro hábito molesto- dijo ella con aire satisfecho.
Capítulo Once
Había algo de inquietante acerca de la casa. Thomas no podía
definirlo, no podía encontrar la palabra exacta para describirla, pero deseaba
haber podido. No era simplemente su dueño. La casa misma parecía viva, como un
centinela silencioso vigilándolo. Si pudiera poner ese sentimiento en la
pantalla de la computadora, captar las imágenes y bosquejar la forma en que la
casa vivía y respiraba, mirándolo perversamente, sería uno de los hombres más
ricos del mundo. Había algo de ese mismo mal en Aidan Savage, y él tenía la
intención de llegar hasta las últimas consecuencias.
El trasfondo era dramáticamente bello, la casa misma
arquitectónicamente perfecta, pero sintió que algo más profundo, subyacente y
monstruoso, acechaba allí. Se encontró agradecido de que la niebla usual no
estuviera presente mientras subía los escalones hasta la enorme puerta
principal adornada meticulosamente. Incluso el coche de la policía estacionado
en el paseo circular era curiosamente reconfortante. Sabía que a los detectives
no les caía simpático, pero su presencia le daba la sensación de seguridad que
necesitaba para enfrentar a Aidan Savage.
Francamente, el hombre lo asustaba de muerte. Eran sus ojos.
Savage tenía la mirada inquietante, extraña, sin parpadeos de un depredador.
Había poder e inteligencia en esa mirada de oro, pero a veces, Thomas estaba
seguro, los ojos habían brillado con chispas rojas y habían resplandecido con
una intensidad extraña. Unos cuantos años atrás, para uno de sus juegos, Ivan
habían investigado a los tigres y felinos de la selva, a los leopardos y
animales parecidos y recordó cuán bien los gatos podían ver por la noche, una
adaptación perfecta para los depredadores. Sus grandes ojos redondos tenían
pupilas enormes que se cerraban en rajas a la luz del día, pero se ampliaban
dramáticamente en la oscuridad. Y lúcidamente recordó su mirada mortífera
precediendo un ataque.
Thomas se estremeció y trató de quitarse de encima el
sentimiento de temor mientras permanecía de pie ante la puerta. Su imaginación
estaba claramente trabajando tiempo extra. Savage no era peligroso, no porque
fuera un depredador de la noche, sino porque él mantenía bajo vigilancia a
Alexandria Houton como si fuera de su propiedad, y Thomas Ivan tenía la
intención de hacer lo mismo. Eso era todo. Eran rivales por la misma mujer.
Nada siniestro. Siempre había tenido problemas en mantener bajo control su imaginación.
Clavó los ojos en los paneles de vidrio con dibujos intrincados
en la puerta. Eran bellos, estampados con formas y símbolos extraños. Mientras
más estudiaba el vidrio, más se sentía como si cayera dentro, atrapado como una
mosca en ámbar. Ese temor sin nombre comenzó a erigirse otra vez, y por un
momento, apenas pudo respirar. Entrar en esa casa era estar atrapado para
siempre en un infierno eterno. El patrón comenzó a moverse y cambiar ante su
mirada horrorizada. Quería atraerlo en su espiral, llevarlo al infierno. Su
corazón golpeó tan ruidosamente que las orejas le dolieron.
Thomas casi gritó cuando la puerta se abrió, rompiendo el
hechizo. Aidan Savage se quedó con la mirada fija en él desde su altura
superior. El hombre estaba vestido casualmente con unos pantalones vaqueros
descoloridos y una camiseta de cuello en V, pero se veía extrañamente elegante
al mismo tiempo que salvaje e indómito, atemporal, como algún poderoso cacique
tribal. El pelo hasta los hombros, tan dorado como sus ojos, acrecentaba la
impresión.
-Señor Ivan-. La voz tan perfectamente entonada penetró en
Thomas hasta el alma, arrollándose dentro de él como una cosa viviente-. Me
alegra que haya podido tomarse el tiempo de venir de visita y tranquilizar a
Alexandria. Estoy seguro que su visita la aliviará. Ha estado realmente
preocupada de que usted no pueda mantener el trabajo para ella.
El peso bien fundado de Savage bloqueaba la entrada hacia el
interior. Su voz era agradable, tranquilizadora, pero las palabras parecían
ligeramente punzantes. Convertía a Thomas en un mero empleador, nada en
particular para Alexandria Houton y, ciertamente, ninguna amenaza para los
propósitos de Savage sobre ella.
Thomas trató de encontrar su propia voz. Una cólera al rojo vivo
comenzó a arder en él, dándole el ímpetu que necesitaba para tratar con ese
hombre. Era Thomas Ivan. Poseía su propia compañía, era rico, famoso, una
fuerza a ser considerada. No era un cobarde que gimoteara en un umbral.
-Me alegro de que podamos encontrarnos en condiciones más
auspiciosas-. Con aire satisfecho, él tendió su mano.
En el momento en que Savage agarró sus dedos, Thomas se
sobresaltó por la fuerza enorme del hombre. Savage incluso no hacía el intento,
no parecía advertir su poder. Maldiciendo silenciosamente, Thomas estrechó su
mano. Y entonces Savage sonrió. Un brillo de dientes blancos. Fuertes.
Afilados. Nada de humor, ninguna bienvenida. La sonrisa de un depredador que
hizo más extraños esos ojos que no parpadeaban.
-Entre en mi casa, señor Ivan- invitó Aidan, dando un paso atrás
para darle espacio.
Y al mismo tiempo, entrar en esa casa era la última cosa que
Thomas quería hacer. Realmente dio un paso atrás, un temblor frío de miedo
recorriendo su columna vertebral. La boca de Savage se encorvó en una sonrisa
cruda pero casi sensual.
-¿Qué sucede?-. La voz, tan calma, tan suave como el terciopelo,
parecía burlarse.
Los dos detectives habían estado allí alrededor de una hora, y
en ese tiempo, el demonio dentro de Aidan había estado poniéndose más y más
fuerte. Casi había sentido sus colmillos mientras uno de ellos hacía todo
excepto mendigar una cita a Alexandria. ¿Necesitaba ella realmente otro
pretendiente? Iba a tener que poner un anuncio en el césped manifestando que
todos los varones que cortejaran a Alexandria Houton lo hicieran bajo su propio
riesgo.
Alexandria guió a los dos detectives hacia la puerta, y entonces
Thomas Ivan olvidó su miedo. No podía apartar la vista de ella. Era
obsesionantemente bella, más de lo que recordaba. Incluso los oficiales de
policía clavaban los ojos en ella, fascinados. Thomas contuvo la furia de celos
que surgió de la nada, sorprendido por la intensidad de sus emociones. Bajo la
mirada fija de Savage, se forzó a mantener el control.
La mueca de Alexandria se iluminó cuando lo vio, y Thomas sonrió
triunfante a Savage. Entró en la casa rápidamente, empujando a los detectives,
y tomó ambas manos de Alexandria en las de él.
Algo profundo dentro de Aidan se enroscó peligrosamente ante la
visión de sus manos en las de Thomas Ivan. Su respiración se detuvo. Su corazón
suspendió su palpitar. El demonio interior se movió y rugió por la liberación,
sus colmillos explotando en su boca, y la neblina roja de la bestia llameó en
sus ojos. Mientras Thomas se acercaba más, con la intención de besar su
mejilla, Aidan luchó por controlarse lo suficiente para poder ondear una mano
casualmente, dirigiendo una oleada de motas de polvo para girar y bailar bajo
la nariz de Ivan. Mientras Ivan inspiraba, comenzó a estornudar violentamente,
los espasmos estremeciendo su cuerpo entero.
Alexandria se alejó de él y levantó una ceja inquisitiva hacia
Aidan. Cuando se vio demasiado inocente para su agrado, lo miró furiosamente.
Era lo suficientemente duro tratar con los dos policías hechizados. Habían
parecido raramente fascinados por su voz, sus ojos, cada uno de sus
movimientos. Habían sido tan solícitos con ella, tan cuidadosos de lo que
decían, tan preocupados por su salud, que ella comenzaba a sospechar que, junto
con el cambio de sangre, Aidan en cierta forma había compartido su atractivo
sexual con ella. Y ella definitivamente no lo quería.
Aidan guió a los detectives a la puerta, ejercitando un gran
freno para no arrojarlos afuera físicamente. No había anticipado la reacción
humana a la belleza embrujadora de Alexandria. Ciertamente no había anticipado
su propia reacción. Podía oler la excitación de esos hombres, podía leer sus
pensamientos, y los quiso fuera de su vista antes de hacer algo imperdonable.
Algo aleteó en su mente como la caricia de las alas de una
mariposa. ¿Aidan? Sobresaltado, miró a Alexandria. Ella lo miraba ceñudamente.
Deja de ser tan perverso con Thomas.
La alegría rugió a través de él. Ella voluntariamente había
unido su mente a la de él y era la manera de comunicarse de un compañero. Él
sonrió, completamente obstinado.
Deja de sujetar sus manos.
Estás siendo infantil. No sujeto sus manos.
Y deja de permitir que te bese.
Él no se acercó a besarme. Aidan, Detente. Lo digo en serio.
Él levantó una mano, y el polvo se dispersó.
Thomas, avergonzado, volvió la espalda a Alexandria,
preguntándose lo que había sucedido. Nunca tenía ataques de estornudos. Nunca.
¿Por qué tendría repentinamente uno ahora? ¿Se debía de alguna manera a esa
casa y esos malditos ojos ámbar que no parpadeaban?
Alexandria le sonreía con su boca exuberante y sus atractivos
hoyuelos.
-Por favor, ven y siéntate, Thomas. Siento que te hubieras
preocupado por mi enfermedad-. Su voz murmuró sobre su piel, y él sintió una
columna de deseo perforarlo. Estaba vestida simplemente con unos pantalones
vaqueros rotos y descoloridos y una chaqueta de punto abotonada con perlas.
Estaba descalza. Pero se veía increíblemente sexy. Thomas siempre había
preferido a las mujeres sofisticadas, altas, pero no podía arrancar su mirada
de la belleza de Alexandria.
El ama de llaves entró llevando una bandeja con croissants
calientes y bollos de crema y una cafetera de plata. Inesperadamente, sonrió en
bienvenida a Thomas.
-Señor Ivan, sus flores ciertamente han alegrado nuestra casa.
Él se sentó en el sofá, complacido. Estaba ganándose al ama de
llaves. Sintiéndose particularmente encantador, le otorgó una leve inclinación
de cabeza y una sonrisa breve en su dirección.
Aidan cogió a Alexandria por un brazo delgado y la condujo
firmemente a una gran silla alta frente a Thomas. Después de sentarla,
permaneció detrás de la silla, sus manos descansando ligeramente sobre sus
hombros.
-Alexandria debe descansar pronto, señor Ivan. Está todavía muy
débil. La entrevista con los detectives fue más larga de lo que esperamos, y
muy dura para su resistencia-. Fue una reprimenda, un recordatorio que Thomas
Ivan había forzado Alexandria, tan frágil como estaba, a hablar con la policía.
-Sí, claro. Seré breve. Simplemente quise ver que estuviera bien
y discutir nuestros planes de trabajo-. Thomas aceptó la taza de café que Marie
le dio, luego contempló al hombre de pie tan protectoramente tras la silla de
Alexandria-. Una vez que diseñe mis expectativas para este proyecto, será
realmente el genio de Alexandria el que tiene que asumir el control. La línea
de historia es única y muy atemorizante, y tenemos actores famosos dispuestos a
leer los papeles para nosotros, y tenemos la intención de crear un producto sin
par en el mercado actual. Todo está en lugar, pero necesito un trabajo
artístico perfecto.
-Eso es tan excitante, Thomas- dijo Alexandria, agudamente
consciente de las manos de Aidan en sus hombros. Su pulgar acariciaba lenta,
sensualmente su clavícula.
Estás usando esa voz acaramelada, señaló Aidan malvadamente, su
voz rozando su mente como el contacto de su pulgar. La nota azuzadora hizo que
su corazón se derritiera.
-Usted quiere decir que necesita el trabajo artístico de
Alexandria.
No te metas en lo que no te importa. Deliberadamente coqueteo un
poco. ¿Has tenido noticias del concepto? De hecho, pienso que escribiste un
libro sobre ello.
No necesitamos nada de esas tonterías, su voz murmuró en su
mente, su risa suave e invitadora.
Alexandria miró hacia arriba su cara. Era una máscara, sus ojos
dorados fijos en Thomas. Sin embargo tuvo la sensación de tal intimidad
intensa, que era como cuando casi habían hecho el amor.
Sus sentimientos por Aidan eran fuertes y crecían más con cada
conversación, con cada intercambio de sangre, con cada unión de sus mentes.
Ante esa comprensión, el miedo surgió en ella, cortante y desagradable.
Respira, piccola. Siempre te olvidas de respirar. Aidan sonó
divertido, burlonamente masculino.
Alexandria prefirió ignorar la burla enviándole a Thomas una
sonrisa de alta potencia que lo hizo erguir la cabeza y tensar su cuerpo de
deseo y necesidad.
Thomas era intensamente consciente de Savage de pie como algún
dios griego detrás de la silla de Alexandria, con esa maldita mirada fija y sus
manos en los hombros femeninos, como si la poseyera. Esa mirada mortífera,
nunca se había movido de la cara de Ivan, inquietante. Thomas tuvo el
presentimiento de que Aidan podía leer sus pensamientos lujuriosos, cada una de
sus ideas. Tomó un sorbo de café para calmarse.
-Quizá podríamos salir a desayunar, Alexandria- sugirió
sedosamente, desafiando deliberadamente la posesividad de Aidan-, y discutir
los detalles.
Esa mirada fija nunca vaciló.
-Alexandria no puede salir a esta hora. Los doctores fueron
extremadamente específicos en lo que se refiere a las horas de descanso,
¿verdad, Alexandria? Quizá eso debería ser tomado en cuenta cuando decida si
Alexandria puede hacer el trabajo que necesita- dijo Aidan con la misma quietud
suave, casi inexpresiva de antes, como si nada de eso significara algo para él,
y Thomas no fuera una amenaza.
Pero Alexandria se tensó ante sus palabras y habría interrumpido
si las manos de Savage no la hubieran apretado, aún sosteniéndola.
Thomas advirtió con satisfacción la tensión entre ellos. La
química, la intensidad entre los dos era inconfundible, y él la detestaba,
seguro de que amenazaba su relación con ella. Pero Alexandria no estaba feliz,
y eso era bueno. Ivan sonrió, con su sonrisa fácil y encantadora y se inclinó
hacia adelante.
-Alexandria tiene el trabajo, no importan las restricciones de
tiempo. Tengo el contrato conmigo y estoy preparado para pagar cualquier
precio-. Toma eso, Savage, pensó. No creo que puedas apartarme a un lado tan
fácilmente.
¡El ataque del tiburón! Cuidado, cara, él nada hacia ti. Aidan
deliberadamente apeló al humor para relajar la tensión entre Alexandria y él.
La muchacha miró a Aidan y vio su máscara calmada. Los ojos
dorados nunca se apartaban de la cara de Thomas, pero en su mente podía oír el
eco de su risa suave. A pesar de su molestia, quiso reírse con él.
-Me alegra oírte decir eso, Thomas- contestó con su voz más
acaramelada, deliberadamente tratando de molestar a Aidan para vengarse-. Los
doctores son sumamente cuidadosos, y como tengo la responsabilidad de mi
hermano menor, necesito ser cautelosa con mi salud.
-Obedece sus instrucciones al pie de la letra- contestó Thomas,
acercándose aun más-. No querría que se repitiera ese episodio. Me asustó
muchísimo-. Él lo hacía personal, levantando su mano para dejarla descansar en
la rodilla femenina.
Por alguna razón, su contacto la repelió. La taza de café se
balanceó en la otra mano de Ivan repentinamente, y el líquido caliente se
derramó en su mano y muñeca. Con un grito, él dejó la taza encima de la
bandeja, logrando durante el proceso arrastrar su brazo a través de los bollos
de crema. La manga de su traje inmaculado se separó cubierta de dulce.
-Oh, Thomas-. Alexandria trató de ponerse rápidamente de pie
para ayudarlo, pero las manos de Aidan la mantuvieron en su lugar.
¡Sé que hiciste eso, tú, Neandertal! No intentes ni por un
minuto hacer tu acto inocente, porque no funcionará. Estás avergonzando
deliberadamente al hombre, acusó a Aidan apasionadamente, afanándose por evitar
que la risa saliera a la superficie.
Él puede guardarse sus malditas manos. Aidan fue serenamente
obstinado al hacer frente a su furia.
Tú continúas tocándome en cualquier momento que te de la gana.
Eso es como si la cazuela llamara negro al caldero. Deja de provocarlo. Quiero
este trabajo.
El idiota está tan entontecido contigo, que se pondría de cabeza
si se lo pidieras. El trabajo no tiene nada que ver.
Nadie usa la palabra entontecido ya. Ella no podía pensar en una
réplica aguda lo bastante cáustica. Aidan actuaba tan completamente
impenitente. Para acrecentar su cólera hirviente, podía oír esa nota
inconfundible de diversión en su voz de terciopelo.
-Lo siento, Alexandria-. Thomas estaba avergonzado. Era el
acecho de esos malditos ojos ámbar vigilando cada movimiento, esperando,
simplemente esperando. Era extraña y perturbadora, la mirada fija de un
depredador. Se sentía como un conejo, presa de un lobo. Entonces maldijo de
nuevo su imaginación. Le dirigió a Alexandria su sonrisa más encantadora,
tratando de ignorar al hombre de pie detrás de su silla. Savage daba una
impresión de indolencia, pero Thomas no se engañaba. Quienquiera que fuera ese
hombre, era una fuerza que enfrentar. Había señalado un reclamo en Alexandria y
claramente advertía a Thomas acerca de ello.
-No te preocupes por eso, Thomas. La bandeja estaba demasiado
cerca. En todo caso, el daño es para tu traje, no para mí.
La voz de Alexandria era tan calmante y tranquila, que pareció
rodearlo, relajándolo.
-Alexandria está cansada, señor Ivan. Debo insistir en que
descanse ahora-. La mirada dorada de Aidan fue inquebrantable-. Confío en que
esté satisfecho ahora de que no la mantengo prisionera en mi mazmorra-. Él hizo
una pausa-. Y en el futuro, señor Ivan, si tiene el deseo de saber algo acerca
de mí o mi personal, le aseguro que un investigador privado es un derroche de
dinero. Estaré feliz de responder cualquier pregunta que tenga-. Su sonrisa fue
amistosa, pero sus poderosos dientes blancos le dieron a Thomas la ilusión de
ser emboscado por un lobo. No había absolutamente ninguna calidez en esos ojos
dorados e inquietantes.
Thomas se levantó, odiando el miedo que se arremolinaba
profundamente en sus entrañas y la humillación de ser despachado por el hombre
con el pretexto de la preocupación por la salud de Alexandria. Pero podía ser
paciente. Ella trabajaría con él. Estarían solos, y no había nada que Aidan
Savage pudiera hacer acerca de eso.
-Lamento cualquier inconveniente que mi preocupación por
Alexandria le haya causado. Estaba muy preocupado por su bienestar.
Ignorando las manos de Aidan en sus hombros, Alexandria se
levantó.
-Lo entendemos. Aunque te aseguro que Aidan es un buen hombre y
nunca nos dañaría a Joshua o a mí. No tenías absolutamente nada por qué
preocuparte.
Thomas miró sobre la cabeza de la muchacha para desafiar
directamente a Aidan.
-Oh, estoy seguro de que estás en lo correcto acerca de eso-. Él
entendía al bastardo, pero Alexandria era demasiado inocente para darse cuenta
de qué tipo de hombre era realmente Savage. Tenía que haber esqueletos en su
armario, un cuerpo o dos en su pasado. Thomas tenía la intención de encontrar
cada uno de ellos. Deliberadamente sonrió al hombre, una amenaza fría e
intencional-. El señor Savage y yo nos entendemos bastante bien, Alex. Te
llamaré más tarde.
Ella lo siguió hasta la puerta. Mientras hacía una pausa en el
porche, él se dio vuelta y levantó una mano para tocar su mejilla, seguro de
que su piel sería tan suave como se veía. Por un momento su corazón pareció
detenerse, y su respiración se aglomeró en su garganta. Ninguna mujer jamás lo
había impresionado como ella lo hacía. Pero al mismo tiempo que extendía la
mano para rozar su cara, oyó un zumbido enojado, y una enorme abeja negra lo
bombardeó en picado desde la nada.
Con un juramento, Thomas brincó, tratando de aplastar
infructuosamente al persistente insecto. Mientras su pie izquierdo bajaba, su
tobillo se dobló y casi lo hizo caer.
La mano de Alexandria cubrió su boca con horror.
¡Aidan, detente ahora mismo!
No puedo imaginar de qué me acusas ahora, respondió Aidan
inocentemente desde la sala de estar. Su voz era despreocupada, noble y
plácida.
Thomas escapó por el camino de acceso a la seguridad de su
coche. ¡Maldito fuera el hombre, maldita la casa, y maldita cada cosa torpe que
le había ocurrido! ¡Savage no iba a ahuyentarlo para siempre! Desde el
santuario de su vehículo, saludó con la mano a Alexandria, feliz de ver que
ella se veía algo afligida por él. Casi deseó haber permitido que la abeja lo
picara; ella podría haber insistido en cuidarlo para que sanara.
Alexandria cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
-Eres el hombre más indignante del mundo- lo acusó ella.
Aidan arqueó una ceja.
-Una de mis cualidades más molestas pero cautivadoras-. Su
sonrisa lenta y sexy era bromista.
Alexandria casi perdió el tren de pensamiento, distraída por el
calor que la sonrisa le causaba. Abruptamente se refrenó, enderezó sus hombros
y convocó tanta cólera como pudo dadas las circunstancias.
-Nada en ti es cautivador. Eso fue tan… tan…-. Ella dejó de
hablar, buscando la palabra justa, pero su vocabulario falló. Nadie debería
tener su sonrisa.
-¿Brillante?- la incitó, ayudándola.
-Insensible me viene a la mente. Infantil. ¿Vas a comportarte
así cada vez que él venga?
Con las manos en sus caderas delgadas, sus ojos de color zafiro
emitían chispas. Él quiso besarla. Sus ojos dorados se calentaron, y su mirada
se dejó caer hacia su boca. Instantáneamente, el cuerpo femenino respondió a
esa mirada oscura y sensual. Retrocedió lejos de él precipitadamente,
levantando las manos en un gesto de protección.
-No te atrevas, fugitivo de un manicomio.
-¿No te atrevas a qué?-. Su voz fue suave, hipnótica, seductora.
Ella podía sentir su contacto como dedos acariciando su piel.
Ella ardía con eso, se volvía líquida sólo con eso.
-Simplemente permanece al otro lado del cuarto. Lo digo en
serio, Aidan. Eres letal. Deberías estar encarcelado.
-Pero no he hecho nada- sonrió él y se acercó poco a poco a
ella-. Aún.
-¡Marie!-. En pánico, Alexandria gritó tan ruidosamente como
pudo.
Aidan rió mientras el ama de llaves se apresuraba a entrar.
Pequeña cobarde, corre mientras puedas. Aunque estuvieran en lados distintos
del cuarto y Marie estaba entre ellos, Alexandria sintió el ligero roce de sus
dedos en su piel, en su cara, en su garganta. Se demoraron más abajo, ligeros,
tocando el abultamiento dolorido de sus pechos antes de que la sensación se
desvaneciera.
-¿Qué sucede, Alexandria?- preguntó Marie, sus manos en sus
caderas, mirando furiosamente a Aidan.
Él levantó una mano para aplacarla, riéndose.
-Soy inocente. Fui un perfecto caballero para su visita.
-Derramó el café de Thomas, lo hizo estornudar, embarró crema
batida sobre él, y lo persiguió con una abeja- acusó Alexandria. Mientras Marie
luchaba por mantenerse seria, Alexandria asestó el insulto final-. E iba a
marchitar mis flores.
-¡Aidan!- reprendió Marie agudamente, pero había risa en sus
ojos.
Aidan realmente estaba riéndose ahora, su cabeza hacia atrás,
sus ojos dorados resplandeciendo, su cara transformada, casi juvenil ante sus
diabluras. Ninguna mujer podría resistirse a la alegría pura, a la diversión
que experimentaba por primera vez en siglos. Hizo a Marie querer llorar de
felicidad, y fue un afrodisíaco para Alexandria, sabiendo que esgrimía tanto
poder sobre tal criatura.
-No es verdad. Ivan derramó su café y sumergió su brazo en los
bollos de crema. No estuve siquiera cerca de él. Y la abeja probablemente sólo
pasó por ahí. ¿Cómo puedo ser responsable de la atracción de un insecto hacia
ese hombre?-. Él se veía con los ojos muy abiertos e irreprochables-. En lo que
se refiere a las flores, sólo las miraba furiosamente porque ella actuaba tan
tonta con esas condenadas cosas.
-¿Tonta?- repitió Alexandria-. Te mostraré a un tonto, bestia
salvaje-. Ella echó a andar hacia él resueltamente, pero Marie levantó una
mano.
-Ya, ya, niños. Joshua está levantado, y no querríamos que los
encuentre peleando.
-No querríamos que él averigüe que su héroe tiene pies de
arcilla- corrigió Alexandria, mirando furiosamente a Aidan.
Él se movió hacia ella entonces, un deliberado acecho,
deslizándose alrededor de Marie a su manera silenciosa y fluida, haciendo que
el corazón de Alexandria golpeara frenéticamente por la anticipación. Su boca
perfecta estaba curvada en una sonrisa burlona. Precipitadamente ella dio un
paso atrás, tropezó, y habría caído si él no la hubiera alcanzado con una mano
y la hubiera atrapado.
-¿Huyendo, pequeña cobarde?- murmuró suavemente, en broma,
arrastrándola al refugio de sus brazos.
Marie discretamente dejó el cuarto, abandonando a la mujer más
joven a su destino, escondiendo una sonrisa detrás de su mano mientras salía.
-Aidan-. Hubo dolor en la voz de Alexandria. No quería que él
estuviera allí. Era simplemente que estaba tan cerca, con el calor de su cuerpo
envolviéndola... Su boca estaba pulgadas de la suya, sus corazones latiendo al
mismo ritmo desesperado.
El pulgar masculino rozó su labio inferior en una caricia
ligera, enviando una llama de ardor que alcanzó como un relámpago su alma. Sus
ojos dorados sostuvieron los suyos mientras él inclinaba la cabeza, su boca
encontrando la de ella con hambre pausado, saboreando lentamente cada pulgada
del interior sedoso, explorando, tentando. Sus manos se deslizaron hacia sus
caderas, atrapándola con sus dedos herméticamente, jalándola contra él,
inmovilizando su suavidad contra su cuerpo duro y exigente.
Hubo una huella de resistencia en ella, como si todavía
luchadora por la supervivencia, su sentido de autoconservación advirtiéndole
que estaba en peligro. Pero el lazo entre ellos aumentaba con su proximidad,
con cada intercambio de sangre, con la química explosiva que los unía. Ya la
mente de la muchacha buscaba la suya; su alma lo alcanzó. Incluso su corazón
estaba suavizándose, deseoso del contacto. Su cuerpo gritaba por el suyo. Sólo
su cabeza, tan terca, le impedía a él afirmar sus derechos como su compañero.
Su boca se movió sobre la de ella, haciendo más hondo el beso,
apartando sus objeciones en una oleada de fuego, arrastrándola más y más
profundo en un mundo de sensualidad, de la noche, de todo lo que armonizaba con
las demandas de su sangre.
-¡Santos macarrones!-. La voz de Joshua sonaba impresionada y
disgustada al mismo tiempo-. ¿Te gustan esas cosas, Aidan?
Alexandria se apartó de un tirón de los brazos de Aidan y
restregó su boca, tratando desesperadamente de recobrar su respiración.
Aidan desgreñó los rizos rubios del niño.
-Sí, Joshua, me gustan esas cosas, pero sólo con tu hermana.
Ella es especial, ¿entiendes? Alguien como Alexandria sólo aparece una vez en
varios centenares de siglos.
Joshua contemplaba a su hermana con una sonrisa especulativa.
Había una luz malvada en sus ojos.
-A ella parecía gustarle también.
-Bien, no es cierto- negó Alexandria inflexiblemente-. Aidan
Savage es un idiota, Joshua. Un gran idiota.
La sonrisa abierta se desplegó.
-A ella le gustó- declaró Joshua-. Debes besar bien, Aidan. Ella
nunca deja que nadie la bese excepto yo-. Giró su cara hacia arriba para
recibir el beso de Alexandria, sus brazos pequeños rodeando su cuello mientras
ella se inclinaba para hacerlo-. No dejes que nadie más te bese, excepto Aidan
y yo.
-Esa es la forma en que debería ser- dijo Aidan complaciente-.
Tendremos que estar especialmente vigilantes ahora que el señor Ivan la ha
contratado para hacer sus ilustraciones. Tiene una mirada... Apuesto que quiere
besar a Alexandria.
-No te preocupes, Aidan. No lo dejaré- dijo Joshua
incondicionalmente-. Si ella va a trabajar para ese tipo, la seguiré a todas
partes y haré que se mantenga lejos de ella.
-Esa es una gran idea, Josh-. La aprobación en la voz de Aidan
hizo que el niñito se pusiera radiante de orgullo.
-No puedo creer- los interrumpió Alexandria-, que estés
manteniendo esta conversación con un niño de seis años-. Ella le abrazó a su
hermano apretadamente y devolvió el calor que había estado extrañando. Había
estado demasiado tiempo lejos de ella. Pero no tanto para que no pudiera
reñirla.
-Tengo casi siete.
-Todavía es inapropiado.
Joshua sonrió burlonamente a Aidan.
-No te preocupes. Ella siempre dice eso cuando no sabe qué más
decir y quiere que me calle.
Aidan se inclinó y gentilmente levantó al niño hasta su propio
hombro.
-Eso es porque a ella le gustaron mis besos y está un poco
aturdida. Tendremos que perdonarla esta vez.
-Oh, ya veo cómo va a ser-. Alexandria miró furiosamente a
ambos, pero su hoyuelo apareció a pesar de su mejor esfuerzo de aparentar
ferocidad-. Ustedes los chicos planean conspirar contra mí.
Los dos hombres se miraron, intercambiando una sonrisa.
-Sí- dijeron al mismo tiempo.
Alexandria sintió que su corazón daba un vuelco. Joshua nunca
había tenido a nadie excepto ella para velar por él. Nunca había confiado en
nadie, nunca había estado cerca de nadie más. No podía evitar sentirse feliz de
que Aidan se interesara tanto en él. Aidan le robaba el corazón con su
gentileza. Joshua era su mundo. Podía ver el afecto genuino de Aidan por el
niño, podía ver que desarrollaban un entendimiento mutuo y real. Y sintió que
lágrimas empañaban sus ojos ante la visión de ellos juntos.
-Vamos, muchachote, necesitamos darte algo de desayunar. El
señor Ivan se llevó puesta la comida en su ropa, el hombre es tan torpe.
Deberías haberlo visto- informó Aidan al niño.
Joshua soltó una risita.
-¿Derramó su comida?
Aidan se deslizó fácilmente hacia la cocina, como si el peso
añadido de Joshua fuera secundario.
-Fue un completo tonto. Incluso Alexandria se las vio difíciles
para no reírse, aunque no lo admitiría. Ella finge que le gusta- murmuró,
sabiendo perfectamente que ella podía oír cada una de sus palabras.
Alexandria se arrastró tras ellos, indecisa entre si Aidan
necesitaba otra patada en las espinillas o simplemente actuar digna e
ignorarlo. Era una elección difícil.
Puedo leer tus pensamientos. Su voz en su mente fue como una
caricia física.
Sus ojos lo miraron con furia. Lo patearía a la primera
oportunidad que se le presentara. Él sabía exactamente cómo la impresionaba, el
bellaco. Playboy de mil años. Perro del hortelano. Cerdo machista. Merecía ser
pateado. Duro.
-Nunca derramo mi comida, Aidan- confió Joshua solemnemente-. Al
menos ya no lo hago más. Cuando era bebé lo hice.
-Las hermanas no tienen el mismo efecto en sus hermanos que en
los hombres adultos. Créeme, Alexandria podría hacerme derramar la comida a mí
también.
Joshua sacudió sus rizos rubios.
-No es verdad, Aidan.
-Es cierto, Joshua. No quiero admitirlo, pero ella
definitivamente podría. ¿Es espeluznante, verdad, el efecto que las mujeres
tienen en los hombres?
-¿Por qué? Es simplemente una chica-. Él frotó su nariz y sonrió
a su hermana-. Y está siempre diciéndonos qué hacer.
-Ahora mismo, voy a decirte que te comas tu desayuno y te
prepares para la escuela-. Alexandria tuvo la intención de sonar dura, aunque
hacía el intento de no reírse. Joshua era demasiado precoz para su bien-. Te
llevaré.
Aidan giró lentamente y la contempló con su mirada dorada.
Alexandria lo ignoró, excesivamente consciente de que él se oponía a que
saliera. Eso la decidió a mantenerse firme. No iba a cambiar su vida entera por
él. Mientras más le permitiera a Aidan convencerla de las cosas que podía y no
podía hacer, más la alejaba de su mundo.
-Iré- repitió ella firmemente.
-Eso es lo que tú piensas- dijo él suavemente, bajando a Joshua.
Puso la mano sobre los rizos sedosos del niño-. Alguien tiene que cuidarte.
Joshua y yo lo haremos te guste o no.
Joshua le sonrió a su hermana, pequeño e inocente, ignorante de
cualquier corriente submarina.
-Porque estás enferma, Alex. ¿Sabes?, como siempre me cuidas
cuando yo estoy enfermo-. Él se deslizó en una silla de roble de respaldo
alto-. Una vez que estuve realmente muy enfermo, nunca me dejó, ni siquiera
para irse a dormir. Recuerdo eso, Alex.
-Tuviste neumonía- afirmó ella suavemente, tocando su hombro
cariñosamente.
Hubo tal ternura en su expresión, que Aidan dio media vuelta
para evitar abrazarla. Ella luchaba por permanecer humana, y él realmente no
podía culparla por eso. Su mundo entero había sido puesto del revés. Para
alguien que lo veía como una criatura ficticia, un legendario y horrendo
vampiro, ella lo hacía bastante bien.
-Marie cocinó panqueques esta mañana- dijo Joshua-. Le dije que
los quería porque son tus favoritos. Hizo caras chistosas con ellos.
El golpe fue casi físico, una punzada en sus intestinos.
Alexandria palideció, y repentinamente se encontró examinando el inmaculado
piso de la cocina. Todo le recordó el precio terrible que pagaba por permanecer
viva. No había ninguna manera de volver a cambiar. Si era un vampiro o un…
miembro de la Raza de los Cárpatos, la medicina moderna debería tener un
antídoto. Se documentaría en secreto, encontraría la manera de cuidar de Joshua
ella sola, sin la ayuda de Marie o Stefan, y ciertamente sin Aidan. Él se
estaba haciendo mucho más que indispensable para su agrado.
Sintió sus ojos dorados en ella, supo que la vigilaba
estrechamente, podía sentir el momento exacto cuando su mente alcanzó la de
ella. Deliberadamente se resistió, necesitando ejercer su independencia.
Su risa fue suave y burlona.
-¿Vas a usar zapatos cuando llevemos a Joshua a escuela, o
tienes la intención de acompañarlo descalza?- preguntó suavemente, indiferente
a su desafío.
-No creo que necesites ir, Aidan. Soy realmente capaz de llevar
a Josh a la escuela yo sola. Tienes que recordar que lo he estado haciendo
desde hace algún tiempo.
Él extendió la mano y tiró de un mechón de su pelo.
-Es verdad, piccola, pero ese no es el punto. Tuve que
investigar la escuela muy de prisa, y aunque Stefan hizo una comprobación por
mí, realmente no he tenido la posibilidad de evaluarla por mí mismo. Ésta será
una buena oportunidad para hacerlo.
-Estás vigilándome- lo acusó.
Él se encogió de hombros perezosamente. No encontró en razón en
negarlo.
-Eso también.
Ella le dirigió una mirada resentida. Al mismo tiempo sintió un
ardor en el fondo de sus ojos, y eso sólo hizo que se enojara más.
-No necesito un guardián.
-No opino lo mismo.
Ella lo agarró del brazo.
-Joshua, apresúrate y termina tu desayuno, luego cepíllate los
dientes. Aidan y yo vamos a hablar. Entra en la sala de estar cuando estés
listo para ir.
-De acuerdo, Alex- contestó Joshua.
Aunque sus dedos pequeños apenas envolvían a medias su poderosa
muñeca, ella sacó a Aidan a la fuerza de la cocina.
-No me puedes mantener cautiva, Aidan. Y sé que no me guardas
para preservarme. ¿Qué hay allí afuera que pueda lastimarme? Dijiste que los
vampiros no pueden estar fuera después del amanecer. Puedo ir con Joshua yo
sola.
-No tienes idea de a qué te enfrentas. La luz, incluso la luz de
la mañana, lastimará tus ojos, y el sol quemará tu piel. Tendrás que llevar
gafas oscuras especiales y acostumbrarte al sol gradualmente. Como tu
compañero, tengo a cargo tu salud y tu seguridad, y debo protegerte en todo
momento, incluso de ti misma. Si deseas acompañar a Joshua a su escuela, iré
también.
-Te aseguras de que regrese. Tu presencia no tiene nada que ver
con la escuela de Joshua o mi seguridad. Piensas que me voy a llevar a Josh y
correr al aeropuerto más cercano. Si tuviese algo de materia gris, lo haría.
Simplemente puedes mantenerme aquí, Aidan, y dejarme cuidar de mi hermano. Lo
he estado haciendo por años-. Sus ojos azules brillaban al mirarlo, fulgurantes
de determinación y desafío.
Aidan permitió que una sonrisa lenta y masculina de diversión
suavizara su boca.
-Y un trabajo muy bueno es el que has hecho, Alexandria. Joshua
es un buen niño. Ha robado los corazones de todos los que vivimos aquí. Pero no
sería inteligente no acompañar al niño al menos una vez a su escuela nueva.
Aparentemente ha tenido problemas en el pasado con un bravucón o dos, y me
aclaró que una demostración de fuerza podría ser muy útil para establecer
mejores relaciones. Diré a Stefan que traiga la limusina.
-No estás escuchándome, Aidan.
Pero había aplacado exitosamente su cólera. Ella quería que
Joshua fuera feliz. Había sido muy consciente de sus problemas en la vieja
escuela. Si él quería que un enorme coche y unos cuantos adultos enormes lo
acompañaran para una fuerte primera impresión, ¿entonces quién era ella para
negárselo?
-No creo que me gustes mucho, Aidan. Siempre pareces lograr lo
que te propones- capituló a regañadientes.
Él revolvió su pelo como si fuera Joshua.
-Acostúmbrate a eso, piccola. Todo el mundo me obedece.
-No te tengo miedo como los otros.
-Quizá no de la misma forma, Alexandria, pero estás más que
definitivamente asustada. De otra manera, no tratarías de escapar de mí, de
nosotros, de la manera en que lo haces-. La nota burlona en su voz estaba
haciendo cosas en sus entrañas que ella no quería reconocer. Tenía que escapar.
Era la única forma. La única forma.
Marie metió su cabeza en el portal.
-Teléfono, Alexandria. Tu joven otra vez-. Parpadeó-. Está
ansioso, parece.
-Él no es el joven de Alexandria, Marie- dijo Aidan, molesto-.
Es lo suficientemente viejo para ser su padre.
Marie sólo se rió mientras regresaba a la cocina, ignorando su
mal humor.
-¿Hola?-. Con malicia deliberada, Alexandria sonó tan dulce como
pudo mientras respondía la llamada de Thomas Ivan-. ¡Oh, Thomas!-. Sus ojos se
posaron en Aidan mientras emitía el nombre de otro hombre-. ¿El teatro? ¿Esta
noche? Es con muy poca anticipación, y no sé si estoy realmente lista para una
noche de fiesta.
Aidan fácilmente podía oír la voz afable y persuasiva en el otro
extremo de la línea.
-Simplemente nos sentaremos muy quietos, Alex, y te llevaría a
casa directamente. Una noche corta.
Ella cerró los ojos. Una noche lejos de toda la tensión. Una
noche en la vida real. En su propio mundo. Era atrayente. Y aceptando, también
sabría si era una prisionera o no.
-Eso suena maravilloso, Thomas. Pero después directo a casa si
no quieres que el doctor me regañe- miró a Aidan mientras lo decía.
Aidan levantó una ceja, pero sus rasgos graníticos permanecieron
inexpresivos. Por alguna razón, eso hizo que su corazón palpitara más rápido
que si se hubiera mostrado molesto. Aidan Savage planeaba algo. No sabía qué,
pero estaba segura de eso.
Colgó el teléfono.
-Iré al teatro- dijo provocadoramente.
Aidan asintió con la cabeza.
-Eso es lo que oí. ¿Piensas que es inteligente?
Ella se encogió de hombros.
-Me siento bastante bien. Mi salud parece regresar a la
normalidad.
-No estoy preocupado por tu salud en este momento, Alexandria-
dijo él suavemente-, sino en la de él.
Capítulo Doce
-Aidan, ¿puedo tener un perrito?-. Joshua, apretujado como si
fuera el jamón de un sándwich entre Aidan y Alexandria en el coche, evitó
cuidadosamente mirar a su hermana.
Alexandria se tensó con resentimiento, con la barbilla
levantada. La mano de Aidan se deslizó por detrás del asiento y descansó
ligeramente sobre su nuca. Sus dedos se encorvaron alrededor de la delgada
columna y empezaron un masaje lento.
-Joshua, es divertido bromear con Alexandria sobre que soy el
gran jefe y puedo desobedecer sus órdenes, pero ambos sabemos la verdad.
Alexandria es tu hermana y tu guardiana. ¿Por qué me haces esa pregunta a mí?
-Oh, Aidan-. Joshua se quedó con la mirada fija en sus propias
manos-. Ella siempre dice que no. ¿No es verdad, Alex? Dice que es demasiado
duro encontrar un apartamento que permita que tengamos un perrito. Pero ahora
vivimos contigo. Un perrito podría vivir allí, ¿verdad?-. Miró hacia arriba
esperanzado-. Tu casa es realmente grande, y me encargaría de él cuando no
estuviera en la escuela.
-Bien, Joshua, no lo sé- contestó Aidan seriamente, considerando
el asunto-. Los cachorros pueden representar una cantidad significativa de
problemas. Marie y Stefan tienen muchos deberes para mantener las cosas en
marcha. Para ser honestos, creo que también tendrían que ser consultados. Ésta
no es una decisión que pueda hacerse a la ligera. En todo caso, antes de que
tomes cartas en el asunto, creo que discutirlo con tu hermana debería ser el
punto de partida.
Joshua se encogió de hombros y sonrió cautivadoramente a
Alexandria.
-Ella ya dijo que podríamos tener uno si alguna vez encontramos
un lugar donde nos dejaran.
Alexandria trató de enfocar, pero sus ojos ardían incluso detrás
de las gafas extremadamente oscuras que Aidan había insistido que se pudiera.
Las ventanas del coche también estaban misteriosamente entintadas para ayudar a
bloquear la visión del sol, pero aún así sentía como si mil agujas la
apuñalaran cuando la luz tocaba su cara. Era aterrador. Y significa que otra
vez Aidan le había dicho la verdad.
-No hemos estado en casa de Aidan lo suficiente como para saber
incluso si vamos a quedarnos, Joshua-. Ella ignoró los dedos que se cerraron
herméticamente alrededor de su cuello-. Y no es justo cargar a Marie con un
trabajo como ese tan pronto. Esperemos a ver qué ocurre. Comenzaré a trabajar
pronto, y nos estableceremos. No digo que no. Simplemente digo que deberíamos
esperar un poco más, ¿de acuerdo?
-Pero, Alex… - hubo una nota lastimera en la voz de Joshua.
-Creo que Alexandria está siendo muy justa, Joshua-. El tono de
Aidan no toleraba discusión, y Joshua se aplacó inmediatamente.
Ella estaba curiosamente agradecida a Aidan. Por lo general,
Joshua habría tratado de cansarla con su pedido. Y en ese momento estaba tan
cansada que parecía difícil pensar o funcionar correctamente. Sus ojos ardían,
y la luz del sol quemaba sus brazos y su cara. Quería llorar, gritar contra el
destino que le había hecho eso. Todo el tiempo había esperado que Aidan
realmente no le hubiera dicho la verdad. Que solamente hubiera tenido alguna
razón tortuosa para tratar de convencerla de creer en él.
Estaremos en casa pronto, cara. Las palabras se movieron a
través de su mente, envolviéndola en terciopelo y calor como si se tratara de
la comodidad de sus brazos.
-No puedo aceptar esto- dijo en voz alta, inconsciente del hecho
de que Joshua estaba sentado entre ellos, todo oídos-. Simplemente no puedo,
Aidan-. Era una señal de su estado de ánimo que dijera algo que pudiera
preocupar a Joshua. Era siempre tan cuidadosa con él...
La mano de Aidan se deslizó más abajo sobre su espalda,
enredándose en su pelo sedoso, uniéndolos.
-No te preocupes tanto. Todo va a ir bien- dijo él, tratando de
encontrar una fácil solución para calmarla.
El coche se deslizó hasta detenerse, y Stefan abrió la puerta
del lado de Aidan. La luz del sol sin filtrar instantáneamente llegó a
raudales, una veta de calor y luz, y Alexandria supo inmediatamente que Stefan
había recibido órdenes de abrir la puerta de Aidan en vez de la suya. Aidan,
como siempre, la protegía de su propia locura. Incluso con su gran figura
bloqueando la mayor parte de la luz, lanzando una sombra protectora sobre ella,
la muchacha apretó los dientes contra la sensación de ardor. Con los ojos
cerrados detrás de los anteojos oscuros, besó la parte superior de la cabeza de
Joshua.
-Que tengas un buen día, Josh. Nos vemos por la tarde-. Se
sintió asombrada de que su voz sonase tan normal.
-¿Estarás allí cuando llegue a casa?- preguntó él ansiosamente.
Todavía odiaba alejarse de ella, todavía temía perderla. Últimamente, ese
sentimiento había invadido sus sueños hasta transformarlos en pesadillas, en
las que Alexandria se iba lejos para siempre. Envolvió sus brazos alrededor de
ella fuertemente y enterró la cara en su hombro.
-¿Qué sucede, Josh?-. De inmediato, sus propios miedos y su
dolor físico fueron dejados a un lado para poder consolarlo.
-¿Nada malo va a ocurrirte?-. La ansiedad estaba en su voz, en
la tensión de su cuerpo pequeño.
Alexandria quiso responderle, reconfortarlo, pero las palabras
quedaron atoradas en su garganta y se rehusaron a salir. Sólo escapó un sonido
diminuto, algo entre el terror y el dolor.
-Estaré con Alexandria mientras tú estás en la escuela, Joshua-
dijo Aidan suavemente, con un tono tan ligero y puro que era imposible no creer
en él-. Nunca permitiré que algo o alguien la lastime. Tienes mi palabra. E
incluso si ella está descansando cuando llegues a casa, estará levantada por la
noche para estar contigo.
En los brazos de su hermana, Joshua se relajó notablemente entre
los brazos de su hermana y Aidan, en un arrebato de afecto inesperado, palmeó
la cabeza del niño. Joshua se había colado en su corazón.
Sin embargo, tras los anteojos oscuros, los ojos de Aidan
estaban inquietos, escrutadores, con una especie de desasosiego aumentando en
su interior. Podía tolerar la luz de la mañana, pero el precio de ser un hombre
de la Raza de los Cárpatos, una criatura de la oscuridad, eventualmente caería
sobre él y reclamaría su precio mermando su fuerza.
-Estaré en casa a las dos treinta- anunció Joshua como un
pequeño adulto, y besó a Alexandria una última vez.
-Tu almuerzo- le recordó Stefan, dando al niño la mochila que
Marie había comprado para él pocos días antes.
-Gracias, Stefan- gritó Joshua mientras corría tras un niño que
ya se había convertido en su amigo-.¡Jeff! ¡Oye! Espera.
Alexandria trató de mirarlo correr, pero la luz casi la cegaba
como si miles de agujas perforaran sus pupilas, haciéndola lagrimear
continuamente. No tuvo más opción que cerrar apretadamente los ojos. Envolvió
sus rodillas y se acuclilló miserablemente contra el asiento trasero. Aidan
cambió de posición, apenas un crujido en el rico cuero, pero ella podía sentir
el calor y la comodidad de su sólida constitución a su lado. A pesar de todo,
no quería su consuelo. No quería que hiciera nada. Él había prometido a Joshua
que cuidaría de ella, que siempre estaría allí para el niño, pero no podía
afrontar vivir la vida de una criatura que existía tomando la sangre de otros.
Sin sol. Sin día. Sin compartir realmente la vida de Joshua. Gimió suavemente y
cubrió su cara con las manos.
Stefan cerró la puerta, bloqueando la visión de la luz terrible,
y el brazo de Aidan rodeó sus hombros delgados.
-No será siempre de esta manera, cara.
-No son incluso ni las nueve de la mañana. El sol apenas está
asomado-. Los sollozos trataban de empujar el nudo en su garganta.
-Tu piel debe acostumbrarse a la luz del día lentamente-. Ella
sintió el ligero roce de su boca en lo alto de su cabeza.
Stefan arrancó el coche.
-Un momento- ordenó Aidan, y Stefan obedeció instantáneamente,
volviéndose en su asiento, interrogante. Aidan guardó silencio, escudriñando el
contorno circundante, una leve arruga apareció en su boca-. Quizá podríamos
usar los servicios de Vinnie Del Marco y Rusty. Por favor tráelos
inmediatamente, y dales instrucciones de quedarse con Joshua hasta que esté a
salvo dentro de las paredes de nuestra casa. Arregla en primer lugar que sus
colegas se queden con Marie mientras ella se ocupa de sus asuntos, y por favor
asegúrate que salga lo menos posible-. Su voz era calma, sin aprensión, pero
asustó a Alexandria.
-¿Qué sucede?- demandó. Stefan no hacía preguntas. Obviamente se
daba cuenta del significado de las órdenes de Aidan-. Dime. Joshua es mi
hermano. ¿Está en algún tipo de peligro?
El brazo de Aidan se cerró herméticamente alrededor de ella
mientras el coche se alejaba de la escuela, impidiéndole brincar del vehículo
en movimiento en un intento de regresar junto a Joshua. Alexandria luchó, pero
él era enormemente fuerte.
-¡Dijiste que los vampiros no pueden salir después del amanecer!
¿Quién más lo lastimaría? Es simplemente un niño, Aidan. ¡Tráelo de regreso a
la casa!-. Su voz luchaba por mantener el control, rayando la histeria.
-Joshua necesita vivir una vida normal. Nada lo dañará. Vinnie y
Rusty son guardaespaldas de mi absoluta confianza, y lo protegerán. Joshua no
es como nosotros, Alexandria. Él permanecerá en el mundo humano. Debemos
regresar a la casa y a la cámara para dormir hasta que el sol comience a
hundirse.
Ella odiaba su voz. Tan suave, tan urgente, fascinándola para
hacer cualquier cosa que él quisiera. Tan razonable, mientras la de ella estaba
fuera de control. Parecía no advertir su forcejeo, su histeria. La hacía sentir
que sus protestas eran infantiles, su comportamiento irrazonable. Respiró
profundamente y luchó por retomar las riendas.
-Déjame ir, Aidan. Estoy bien ahora.
-Creo que te sostendré simplemente un poco más, piccola. Estoy
en tu mente, y sé que tratas de engañarnos a ambos con tu falsa compostura.
Relájate ahora, simplemente respira conmigo, y verás que me encargaré de todo.
Joshua estará a salvo con los planes que he hecho.
-No creo que realmente lo entiendas- anunció ella claramente-.
Soy la hermana de Joshua. Soy quien debe decidir lo que es seguro para él o no.
Lo quiero conmigo.
-Él no puede estar contigo, Alexandria. Es imposible- dijo Aidan
pacientemente. Su pulgar encontró el pulso frenético en su garganta y lo
acarició con dulzura-. Joshua se quedará en la escuela.
-No es asunto tuyo. Lo quiero en casa.
-¿Piensas que reñir conmigo va a cambiar eso? Tú eres lo que
eres, cara mia. Carece de importancia lo que puedas hacer-. Cuando ella trató
de apartarse de él, su brazo le impidió escapar.
-Este arreglo no va a funcionar, Aidan. Me rehúso a permitirte
dictar qué puedo o no puedo hacer con Joshua. No es asunto tuyo-. Furiosa,
forcejeó más duro para escapar de él, pero comenzaba a sentirse tan, pero tan
cansada...
Aidan acunó su cabeza contra su pecho, su mano envuelta
alrededor de su garganta, el pulso de su vida palpitando contra su palma.
-No hay forma de que puedas sobrevivir sin mí, Alexandria, y en
tu corazón sabes que es verdad. Quizá por eso luchas tan desesperadamente. No
estás aún preparada para dejar tu libertad a mi cuidado.
-Te odio-. Él no entendía nada. Desde edad muy temprana se había
visto forzada a asumir el control de todo. Podía y le gustaba hacerlo. Era
hábil en eso. Tener a alguien que dictaminara sus acciones, le dijera qué podía
o no podía hacer, era aterrador. Y temió que Joshua estuviera siendo alejado
lentamente de ella.
Ella se obligó a tranquilizarse, e hizo lo que Aidan había
dicho. Aspiró. Exhaló. Sintió el roce familiar en su mente y trató de
resistirse a él. Pero incluso eso ya no podía controlarlo. Él estaba demasiado
familiarizado con sus bloqueos, sus defensas. Puso en blanco su mente,
imaginando una pizarra y borrando todo lo que encontraba.
Cara, confía en mí un poco de más. Sé lo que es mejor para
Joshua. Él tendrá que aprender a afrontar algunas cosas por sí mismo,
simplemente como Marie y Stefan y sus niños han tenido que hacer. Los
guardaespaldas se asegurarán de que él esté a salvo.
Ella no respondió. ¿Dónde se había ido su propia vida? ¿Cómo se
habían puesto las cosas tan mal? ¿Tan fuera de control? Quizá Aidan simplemente
la había hipnotizado, y las cosas que ocurrían eran meramente trucos que
ocurrían en su mente. O la verdad, podía ser aun peor. Si él era un vampiro, si
los vampiros existían y las leyendas y los cuentos eran ciertos, él la podría
convertir en su esclava. Obligarla a hacer cualquier cosa. Tenía que averiguar
si Aidan decía la verdad o si, por el contrario, estaba bajo algún tipo de
hipnosis.
Lo que realmente temía en ese momento, era pensar que había
permanecido con él porque cada vez que sus ojos dorados descansaban sobre ella
con posesión y necesidad, se había derretido por dentro, lo había deseado,
había querido que alguien sintiera esa intensidad por ella. Sexo. ¿Le habría
permitido separar a Joshua de ella por sexo? Dios, se odió a sí misma. Odiaba
en lo que se había convertido. Necesitaba encontrar un doctor. Un psiquiatra.
Posiblemente, nada de eso fuera real. Debería estar en una celda de paredes
acolchadas. Necesitaba ayuda. Desesperadamente.
El coche entró en el garaje, pero no estaba todavía lo
suficientemente oscuro para sus vulnerables ojos.
Stefan abrió su puerta, tendiendo una mano para ayudarla. Ella
la tomó dócilmente, decidida a ocultar su pretensión de desafío. Podía sentir
la mirada dorada de Aidan, sus ojos que todo lo veían explorando su cara bajo
los anteojos oscuros, pero él no dijo nada.
Se apresuró a entrar a la casa, y el alivio que sintió, al
ocultarse de la luz del sol, fue instantáneo. El calor ardiente en su piel se
desvaneció, y las agujas que apuñalaban sus ojos desaparecieron. Se dio cuenta
de que las pesadas cortinas estaban cerradas, haciendo más oscuro el interior.
Mordiendo su labio inferior, pasó trabajosamente a través de la casa, indecisa
de a dónde ir, qué camino tomar. Finalmente alcanzó la enorme entrada
delantera, pero no podía salir. Agotada y desesperada, se derrumbó al lado de
la puerta y envolvió sus brazos defensivamente alrededor de sus rodillas.
Estaba aterrorizada por su propia cordura.
Aidan, en la cocina, vaciló, queriendo seguirla a pesar de estar
inseguro, repentinamente asustado por ella.
Marie y Stefan intercambiaron una mirada de ansiedad. Aidan
nunca daba señales de indecisión, de incertidumbre. Alexandria había tambaleado
el dominio que tenía sobre sí mismo. Y ellos, mejor que nadie, sabían
justamente cuán peligroso era para él no tener su autodisciplina vigilante, que
perdiese su autocontrol.
-Aidan, quizá si hablara con ella...- aventuró Marie.
-Ella me tiene tanto miedo, que ni siquiera puede confiar en su
propia mente, en sus sentidos. Su corazón sabe que somos uno, que nunca la
dañaría, pero su mente aún se resiste a aceptarlo. Piensa que quizá se ha
vuelto loca.
-La mayoría de la gente nunca podría aceptar lo que pides de
ella, Aidan- dijo Marie suavemente-. Es joven e inocente, no una mujer mundana.
Su vida ha sido muy dura. Joshua es su razón de vivir, y teme que esté
alejándose de ella. Necesita sentir que vuelve a llevar el control de su vida.
Sus ojos dorados la acuchillaron.
-¿Qué estás diciendo?
-Eres muy dominante. Ordenas a las personas, tomas todas las
decisiones. Alexandria todavía lucha simplemente para aceptar lo que le ha
ocurrido. Tú, mejor que cualquiera de nosotros, sabes eso, pero todavía
demandas que ella haga exactamente lo que quieres todo el tiempo.
Él empujó una mano a través de su melena leonada.
-Le he dado más libertad de acción de lo que alguna vez le he
dado a alguien. No entiendes las demandas de un compañero. Apenas puedo lograr
pensar correctamente. Necesito alivio, Marie, aunque suene rudo. La bestia en
mí se robustece cada día. No sé cuánto tiempo más puedo luchar por mantenerla
bajo control.
-Tú eres esa bestia, Aidan- dijo Marie gravemente-. Alex es una
niña. Una niña aterrorizada. Y tiene buenas razones para estarlo. Dale el
tiempo que necesita para adaptarse.
-¿Y qué me dices de los que la están siguiendo? Sabes que tengo
razón. Al menos dos más. Lees los periódicos. Un asesino en serie anda suelto,
dicen. Pero son vampiros. Siento su presencia. La buscan. Pueden sentirla,
saben que ella es una de nosotros y sin reclamo hasta ahora.
-Pero sí lo tiene. Tú eres su compañero. Tu sangre está en ella
como la de ella está en ti. No es posible que ninguno de ellos la pueda separar
de ti. En todos nuestros años juntos, he aprendido mucho. Es tu naturaleza de
hombre de la Raza de los Cárpatos la que te ciega, Aidan, tu deseo para tener a
tu compañera siempre bajo tu ala, para reclamarla y protegerla. A pesar de las
apariencias, esa parte de ti es todavía salvaje e incivilizada. Pero Alexandria
es esencialmente humana. No nació dentro de la Raza de los Cárpatos. No tiene
idea que es lo que se espera de ella, ni incluso qué es lo que le va a ocurrir.
No entiende aún.
Aidan suspiró, frotando sus sienes.
-Sufre innecesariamente. Si uniera su mente completamente con la
mía…
-No confiaría en lo que supiera así de cualquier manera-
insistió Marie.
Aidan suspiró y se volvió hacia Stefan.
-Tenemos que retirarnos a la cámara pronto. Pero sabes que sentí
la presencia de algo oscuro acechando la escuela de Joshua. Creo que nos
atacarán pronto. Por favor, sé cuidadoso para poder prevenir cualquier peligro
que los aceche.
Stefan inclinó la cabeza.
-He hecho las llamadas necesarias, y el sistema de seguridad
está listo. No te preocupes por nosotros. Hemos pasado por esto antes.
-Demasiadas veces- respondió Aidan atormentado-. Y, a pesar de
todo, se quedaron, escogiendo vivir lejos de nuestra tierra, con peligro tanto
para ustedes como para sus hijos, lo sé.
-Ya sabes por qué- dijo Marie suavemente.
Aidan se inclinó y acarició su mejilla ligeramente con un beso
cariñoso.
-Sí, creo entenderlo- admitió él-. Por favor ve a ver si
Alexandria está lista para ir a la cámara. No deseo que piense que 'la domino'.
Marie asintió con la cabeza, y Stefan siguió a su esposa a
través de la casa, inquieto por la forma en que parecían ir las cosas. Aidan
era peligroso, poderoso, más bestia que hombre cuando las circunstancias lo
requerían. Y no permitiría que nada ni nadie apartara a Alexandria Houton de
él. Stefan podía leer eso fácilmente en la postura protectora, posesiva de
Aidan cuando estaba cerca de ella. Y la civilización que quedaba en Aidan en
esas circunstancias, se debilitaba cada vez más.
Marie y Stefan fueron en busca de Alexandria y se detuvieron
abruptamente cuando la vieron hecha un ovillo al lado de la puerta principal.
Se veía pequeña y perdida, una niñita desamparada y atormentada al límite de
sus fuerzas. Con las rodillas bajo su barbilla, la boca contra ellas, el pelo
derramándose a su alrededor y escondiendo su expresión. Estaba estremeciéndose,
pálida, en el terrible letargo que padecía la gente de los Cárpatos durante el
día, y que asumía el mando de su cuerpo. Se notaba claramente lo que sufría al
sentir su cuerpo empezar cambiar perdiendo todo el control para siempre.
-Alexandria- dijo Marie ansiosamente, acercándose a la figura
acuclillada-, ¿estás bien?
Su preocupación parecía genuina, pero Alexandria no se
ilusionaba. La primera y única lealtad de Marie era para Aidan Savage.
Cualquier cosa que ella dijera le sería comunicada a él inmediatamente.
Alexandria no levantó su cabeza. Dentro de ella existía un temor creciente de
que estuviera completamente indefensa, atrapada en una red, un laberinto tan
enmarañado que nunca pudiera salir. Aidan era demasiado poderoso para pelear, y
por alguna razón, la quería para él.
-¿Alexandria?-. Marie amablemente tocó su cabeza inclinada-.
Dime, ¿debería llamar a Aidan?
Alexandria apretó sus ojos cerrados. Aidan. Todo siempre parecía
retornar a Aidan.
-No, yo… simplemente encuentro todo… abrumador. Yo… necesito
tiempo para adaptarme-. Su voz era tan tensa, tan cercana al colapso, que tuvo
miedo de hablar. Luchó para disipar el estremecimiento interior que amenazaba
partirla en dos. ¿Estaba loca? ¿Debía estar en una institución mental?
Tenía que encontrar la manera de apartar a Joshua de esas
personas. Debería haber solicitado ayuda a Thomas Ivan. Pero la verdad era que
nunca podría esperar que él ganara contra Aidan. Aidan nunca la dejaría ir. No
sabía por qué, no entendía cómo, pero tenía la convicción absoluta de que él la
seguiría hasta el fin del mundo. Se mordió un nudillo para abstenerse de
gritar. ¿Cómo podía esperar ella oponerse a Aidan? ¿Podría sobrevivir incluso
sin su ayuda? Si se internara ella misma en un hospital, aduciendo sus
alucinaciones, ¿qué ocurriría con Joshua?
Sin advertencia, sintió la necesidad de sentir a Aidan cerca,
entrando en su mente. No importaba cuán duro tratara de borrar la idea, ésta
persistía. Quería saber que él estaba allí, en alguna parte. ¡Era una locura!
¡Su propia mente se había vuelto contra ella! Mientras más se oponía, más lo
deseaba. Lo necesitaba. Necesitaba su contacto reconfortante.
Marie emitió una exclamación suave mientras gotitas de sangre
cubrían de puntos la frente de Alexandria. Se volvió hacia Stefan, asustada por
la chica. Necesitaban a Aidan inmediatamente. Claramente, la lucha que tenía
lugar en la mente de Alexandria causaba su agonía. Las lágrimas empañaron sus
ojos, Marie se arrodilló junto a Alexandria y puso un brazo reconfortante
alrededor de sus hombros. Se sentía tan pequeña, tan frágil, su cuerpo
estremeciéndose con tanta fuerza, que Marie tuvo miedo de que pudiera estallar
en un millón de pedazos.
-Por favor déjame ayudarte, Alexandria- imploró el ama de llaves
suavemente.
-¿Qué puedes hacer?- preguntó Alexandria desesperadamente-. ¿Qué
puede hacer nadie? Él nunca me dejará ir-. Contempló a la mujer mayor
lastimeramente-. ¿Lo hará?
El silencio de Marie fue su respuesta. Sintió el estremecimiento
de miedo de la chica.
-Aidan es un buen hombre y sólo quiere protegerte. Confía en él.
-¿Lo haces tú?
-Con mi vida. Con la vida de mis niños- dijo Marie solemne,
sinceramente.
-Pero él no quiere lo mismo de ti que de mí- dijo Alexandria
amargamente-. Haría cualquier cosa para conservarme aquí, incluso engañarme
acerca de lo que es real y lo que no lo es.
Sin advertencia alguna, se levantó de un salto, casi
atropellando a Marie. Luego forcejeó para abrir la puerta principal. Stefan
vociferó una advertencia. Marie gritó llamando a Aidan. Y Alexandria abrió la
pesada puerta y salió corriendo al sol implacable, asesino.
Al mismo tiempo que unas mil agujas perforaban sus ojos y su
piel se llenaba de ampollas, el humo formó remolinos a su alrededor mientras
ardía. No supo si gritaba por el dolor o porque Aidan había dicho la verdad.
Esa reacción atormentadora no era el resultado de una sugestión hipnótica.
Stefan se arrancó la camisa, la arrojó sobre su cabeza, y
levantó su cuerpo del suelo en sus brazos, llevándola apresuradamente de vuelta
a la seguridad de la casa. Marie sollozaba, tratando ansiosamente de
alcanzarla, pero Aidan logró llegar primero, sacándola a la fuerza de los
brazos de Stefan, acunándola contra su pecho. Por un momento, hubo un silencio
absoluto mientras él apoyaba su cabeza sobre la de ella, sus ojos cerrados, su
corazón golpeando brutalmente, su alma sangrante.
-Nunca más-. Él siseó las palabras en voz alta. Nunca más, cara,
te permitiré este tipo de desafío. Repitió la advertencia en su mente,
remarcándola, jurándola. Tenía miedo por ella. Estaba furioso con ella. Furioso
consigo mismo. Las emociones formaron remolinos y ardieron dentro de él hasta
que la conflagración casi derribó todo su control.
La joven podía sentir su furia palpitando junto a ella, en ella.
Sus brazos eran como barrotes acerados mientras él la sujetaba.
-Estoy en deuda contigo, Stefan- dijo él simplemente, su voz,
como siempre, calma y tranquila, en terrible contraste con la furia en su
interior viviendo como un ser aparte.
Él dio media vuelta y se marchó, su velocidad sobrenatural
ocultando sus movimientos a los ojos humanos. Alexandria oyó el ruido del golpe
de la puerta del sótano mientras se movían hacia la interlineación estrecha del
vestíbulo de piedra, hacia la cámara de sueño, pero Aidan mismo no emitía
ningún sonido. Ninguno. Ni siquiera el sonido de la respiración.
Alexandria permaneció realmente quieta. Su dolor era tremendo,
sus ampollas grandes y feas. Aidan fue cuidadoso para no rozar sus quemaduras,
cuidadoso de no lastimarla. Pero ella estaba más allá de que le importara.
Sabía que algo terrible estaba a punto de suceder. Aidan, siempre tan frío y
calmo, era un caldero hirviente de negras emociones.
Las paredes del túnel pasaron de prisa, un borrón de granito, y
luego Aidan estaba colocándola en la cama y volviéndole la espalda. Ella se
incorporó cuidadosamente.
-Estás muy enojado conmigo- dijo ella suavemente.
Él no contestó, ocupándose en cambio de aplastar hierbas en un
tazón hecho de ágata. Ella podía oler su fragancia elevándose. Luego él
encendió candelas, y un aroma humeante se mezcló con el perfume de las hierbas.
Alexandria tragó saliva y levantó su barbilla con desafío.
-No te tengo miedo, Aidan. ¿Qué puedes hacer? ¿Matarme? Creo que
ya estoy muerta. O al menos viviendo algún tipo de vida que no quiero.
¿Quitarme a Joshua? ¿Amenazarlo? ¿Dañarlo? He estado en tu mente, y no creo que
lo hagas- dijo valientemente.
Él giró su cabeza lentamente, sus ojos dorados descansando sobre
su cara. Un escalofrío bajó por su columna vertebral. Esos ojos no tenían
espíritu, helados.
-No conoces nada acerca de mí, Alexandria. Ni te has tomado la
molestia de aprender. No te atrevas a oponerte a mí. Eres apenas un polluelo, y
yo uno de los más antiguos de nuestra gente. No tienes concepción del poder que
ejerzo. Puedo hacer que la Tierra se mueva bajo tus pies y el relámpago estalle
por encima de tu cabeza. Puedo llamar a la niebla y volverme invisible-. No
hubo jactancia en su tono, simplemente verdad. Sólo terciopelo negro-. Puedo
hacer cosas que no puedes imaginar.
Alexandria sintió el enlace permanente que él había forjado
entre ellos, y pudo sentir su furia, negra y terrible, hirviendo debajo de la
superficie.
-Lo que hice hoy, lo hice por mí- murmuró.
Él se movió hacia ella, surgiendo amenazadoramente grande,
elevándose sobre ella, una figura invencible y poderosa más allá de la
fantasía.
-Me traicionaste. Traicionaste a Joshua. Te dije qué pasaría si
salías al sol. Fingiste ante ti misma que comprobarías si yo decía la verdad.
Pero ya sabías que era verdad. Corriste el riesgo de destruirte a ti misma,
dejando a Joshua con unos desconocidos, ante un futuro incierto, solo y
desamparado.
-Tú lo protegerías.
-Sin ti, mi existencia no valdría nada. Estamos conectados, en
la vida y la muerte. Si tú escoges muerte, entonces escoges la muerte para
ambos.
Sus manos temblaban mientras ella barría hacia atrás su pelo.
-Eso no puede ser.
-Tú no deseas que sea- la corrigió él, y tomó posesión de su
brazo derecho-. Pero es así. No te miento, Alexandria. Te he permitido una
cierta cantidad de resistencia, pero sólo porque todo esto es nuevo para ti.
El gel que él empezó a embarrar sobre su brazo era fresco y
tranquilizador.
-Dices que no tengo opciones. Que nunca he tenido opciones-
aventuró ella.
-Tu cuerpo y el mío hicieron la elección por nosotros. Tu alma
es la otra mitad de la mía. Mi corazón es tu corazón. Nuestras mentes alcanzan
la tranquilidad y la intimidad con la del otro. No estamos completos cuando
estamos solos. Somos dos mitades del mismo ser. Esa es la verdad, Alexandria,
te guste o no.
Ella tragó saliva, deseando presionar las puntas de sus dedos
contra su martilleante frente.
-No es verdad. No puede serlo- negó en voz alta, porque no
quería que eso fuera verdad, porque no quería creer en él y ni en su mundo de
pesadilla.
-¿Por qué piensas que puedo tocar tus quemaduras como lo hago
sin causarte agonía? Bloqueo el dolor para ti. Este tratamiento sería una
tortura para ti sin mí.
-No es verdad- repitió ella en un pequeño susurro.
-Estoy lo suficientemente enojado con tu estupidez para probar
mis palabras, cara. No riñas conmigo. Mi cuerpo demanda el tuyo. No con una
mera necesidad humana, sino con la necesidad de un hombre de la Raza de los
Cárpatos para su compañera. Ardo por ti, día y noche. Mi único alivio es cuando
duermo el sueño de mi gente, en la inconsciencia. No me tientes a probar mis
palabras, porque no habrá vuelta atrás.
Ella encorvó sus hombros, evitando su cara. Aidan podía sentir
la furia caliente, hirviente, arremolinándose en él, mezclada con las demandas
urgentes de su cuerpo y las necesidades de un varón de la Raza de los Cárpatos
que necesitaba controlar. Se inclinó más cerca de ella, imprudente ahora, sin
escoger sus palabras o acciones cuidadosamente como tantas veces había tratado
de hacer.
-Eres incapaz de permitir a un varón humano tocarte. Sientes
revulsión, no placer, y tú lo sabes. He estado en tu mente; he visto tus
pensamientos. Ardes de deseo sólo por mí.
Las imágenes que él le reflejó a ella fueron las de ella. Cosas
calientes, eróticas, de las que ella no tenía realmente conciencia. Cosas que
encontraba vergonzosas sólo de pensarlas. Ella arrodillándose a sus pies,
tocándolo, su boca moviéndose sobre él; el cuerpo masculino encima del de ella,
dominándola, tomándola, caliente y furiosamente. Él lo sabía, y la tentaba con
sus fantasías privadas de los dos juntos.
-Realmente eres un animal brutal sin consideración hacia con
nadie excepto hacia ti mismo- murmuró ella, presionando sus manos en su cara
demasiado caliente-. Y no me importas nada. No siento ninguna compasión hacia
ti.
Su mano atrapó y enlazó su garganta, su pulgar haciendo subir su
barbilla para que ella encontrara sus ojos dorados y resplandecientes:
-Te podría hacer mi esclava, Alexandria, podría enseñarte a
complacerme en muchas más formas de las que imaginas-. Deliberadamente, su
pulgar acarició ligeramente su boca temblorosa.
Alexandria podía sentir las lágrimas ardiendo en sus ojos al
mismo tiempo que su cuerpo estallaba en llamas, lleno de necesidad. Aidan
estaba en lo cierto. No tenía pensamientos, ninguna resistencia, cuándo él la
tocaba; era sólo un cuerpo ahogándose en deseo, ardiendo en llamas. No había
voluntad, no sabía quién era o lo que significaba. Nunca un hombre había podido
controlarla antes. Lo que fuere que Aidan Savage le había hecho, había
ocasionado que ella ya no fuera nunca más Alexandria Houton.
La mente de Aidan buscó la suya, e instantáneamente, la cólera
en él se desvaneció. Estaba traumada. En los últimos días habían sucedido
muchas cosas y muy rápidamente como para que su mente humana lo asimilara. Él
maldijo su cuerpo, rabiando por la liberación, que lo obligaba a decir y hacer
cosas que nunca, ordinariamente, siquiera pensaría. La deseaba con cada célula
de su cuerpo, y en ese mismo momento hubiera apartado las necesidades de ella
por las suyas. Ningún varón de la Raza de los Cárpatos digno de respeto haría
nunca algo así. En ese momento, se dio cuenta con precisión de cuán cerca de
convertirse en vampiro había estado realmente. Sintió desprecio por sí mismo,
por su egoísmo y su debilidad, cuando ella estaba teniendo una transición tan
difícil.
-Cara, lo siento. Por favor no me tengas miedo-. Las palabras
fueron dichas en su voz más seductora, pero parecieron caer en saco roto.
Su mente se cerró a él, protegiéndola, teniendo piedad de ella
para afrontar cualquier otra dura experiencia. La muchacha volteó la cara y se
dejó caer en la cama, acomodándose en una posición fetal. Aidan se inclinó
sobre ella, enojado consigo mismo, inseguro de qué hacer para enmendar el daño
que había causado con su estupidez. Había estado tan asustado de perderla en
ese momento, de perder su alma, cuando ella había abierto la puerta y
voluntariamente entrado bajo el sol aniquilador.
Él podía resistir la luz, el ardor, porque se había entrenado
para hacer eso con el paso del tiempo. Ahora, después de siglos de estudio,
tenía casi poderes ilimitados. Uno de ellos era la sanación. Así que cerró sus
ojos y envió su propio cuerpo al de ella, encontrando las quemaduras terribles
que tan profundamente quemaban su piel, reparándolos desde el interior hacia
afuera. Fue cuidadoso y preciso, y cuando acabó, se movió a través de ella otra
vez para introducirse en su mente.
Allí encontró confusión y terror. Un miedo profundo de no ser
humana y un deseo de probar que lo era. No pudo encontrar ningún intento de
suicidio. Ella simplemente había querido probar que era un mentiroso, que la
engañaba para hacerla creer que no podría volver a su mundo. Había necesitado
comprobarlo.
Él se desperezó a su lado, apretando su cuerpo rendido en la
protección de sus brazos. Ella tenía motivos para tenerle miedo. Él demandaba
cosas que ella no comprendía, haciendo que percibiera y aceptara cosas para las
que no estaba lista. Sólo la intensidad de sus sentimientos sexuales era
perturbadora para ella, tanto que quería huir de él.
Apoyó la barbilla sobre su cabeza y acarició su pelo sedoso. Lo
perturbaba que ella tuviera alguna idea alocada de ir a ver un doctor humano
para curarla. Cualquier cosa excepto quedarse con él. Aunque se sintió herido,
la mayor parte de él se divirtió ante la idea de que ella pensara que podía
derrotarlo, ser más astuta que él. Estaba tan decidida. La admiraba por eso.
-Simplemente necesitas tiempo, piccola. Lamento la forma torpe
en que he manejado esta situación. Mi única excusa es el miedo por tu
seguridad-. Supo que podía oírlo, pero ella no respondió. Realmente no había
esperado que lo hiciera, pero apretó su abrazo un poco más. Duerme ahora,
Alexandria, el sueño reparador de nuestro pueblo. El sueño profundo.
No correría riesgos, no le daría ninguna elección. Él quería que
descansara, lejos de su propia mente, lejos del caos terrible de sus
pensamientos y sus miedos.
Capítulo Trece
Aidan despertó con el cuerpo rugiente de hambre. No con la
compulsión por la nutrición, la necesidad de sangre que había siempre en él,
sino una sombría y urgente excitación, diferente a cualquiera que alguna vez
hubiera experimentado. Gimió en voz alta. A su lado, Alexandria yacía sumida en
el sueño profundo. Estaba pálida, su pelo derramándose sobre ambos, uniéndolos.
La deseaba. Tenía que tenerla. Si se quedara a su lado un momento más, sería
incapaz de detenerse y reclamarla.
Saltó lejos de ella como si se quemara, su piel caliente y
dolorida, ardiendo. Juró suavemente. ¿Cómo podía alimentarla en esas
condiciones, sin que el acto se convirtiera en algo erótico y salvaje? Dentro
de sí, la bestia, siempre feroz y bravía, rugía por ella. Hambrienta.
Necesitada. No tenía lógica, sólo ese dolor pesado e implacable haciéndose más
despiadado cada día.
Pasó una mano insegura a través de su pelo revuelto. La
situación era explosiva ahora. No había forma de revivirla con la sangre de la
vida sin reclamar su cuerpo al mismo tiempo. A pesar de todo lo que había
ocurrido antes, él sabía que ella necesitaba más tiempo. La bestia dentro de sí
se enfurecía, y ya no podía controlarla. Marie había creído que sí, tenía fe en
él. Pero ella no conocía las demandas de los varones de la Raza de los
Cárpatos, el ardor que nacía en una pareja. No sabía qué tan cerca había estado
él de transformarse en vampiro.
Gimió en voz alta otra vez y volvió la espalda a la figura tan
quieta en su cama. En su guarida. Se sobresaltó mientras la palabra penetraba
en su mente. La bestia se estaba volviendo más dominante. Y la única forma de
controlarla era unirse con su compañera, dejar que su gentileza, su luz, lo
guiara lejos de la oscuridad que se propagaba como una sombra a través de su
alma.
Se arregló antes de despertarla, vistiéndose con cuidado, con
una suave camisa de seda y pantalones negros, esperando que la elegancia
realzara su atractivo. Aseguró su pelo largo en la nuca, y dejó la camisa
abierta en la garganta, más porque tenía problemas para respirar que por ser
sexy.
Mientras enviaba a la mente de la muchacha la orden de despertar
y la observaba tomar su primera respiración, su cuerpo endureció con tal
intensidad que se encontró maldiciendo otra vez. Podía sentir el sudor goteando
desde su pecho y moviéndose hacia abajo, entre sus piernas. Ella se desperezó,
su cuerpo moviéndose sensualmente bajo la colcha, y pensó que podría explotar.
Con la lengua, Alexandria mojó sus labios secos, dejándolos brillantes e
invitadores. Él cerró los ojos contra la visión, pero podía olerla, oír el
susurro de las sábanas.
Alexandria se incorporó lentamente, desorientada. Recordó las
imágenes vívidas de un sueño erótico, las manos masculinas en sus pechos, la
boca sobre la suya, los dedos moviéndose en ella, y luego un cuerpo duro y
agresivo cubriéndola, manteniéndola cautiva. El cuerpo le dolía de necesidad,
deseaba ardientemente su contacto. Se retorció, sintió la densa invitación
llamándola, cautivándola, tentándola. Abrió los ojos y encontró la caliente
mirada dorada de Aidan a través del cuarto.
Peligro. Estaba allí, en sus rasgos esculpidos, en la intensidad
de sus ojos. Ella permaneció perfectamente quieta, sin quitar la mirada de la
criatura depredadora que estaba observándola. Tuvo miedo incluso de respirar.
Si se movía, si suspiraba, él estaría junto a ella. Lo sentía, sabía que el
sueño erótico era el mismo que el de él, sabía que su control era frágil y que
él batallaba contra cada uno de sus instintos.
-Sal de aquí, cara mia- murmuró él roncamente. La aspereza de
terciopelo de su voz pareció una lengua lamiendo su piel sensibilizada-. Sal
mientras puedas-. Un rojo de llamas pareció iluminar el oro de sus ojos, y las
gotas de sudor cubrieron su frente. Sus músculos se hincharon con el esfuerzo
de quedarse inmóvil.
Ella quiso ir a él, serenarlo o inflamarlo más, condenadas
fueran las consecuencias. Su cuerpo estaba ardiendo, quemando, llameando casi
fuera de control. Fue sólo su timidez la que le impidió tentarlo más. Su
timidez y su miedo. Cayó rodando de la cama y escapó, corriendo como si siete
demonios la persiguieran. Huyendo de sí misma más que de Aidan.
Tras ella, Aidan permaneció tan quieto como una estatua. Si se
movía, temía destrozarse por el dolor y la necesidad. No podría posponerlo
mucho más tiempo. Que Dios los ayudara a ambos si Alexandria no acudiera a él
pronto.
La joven redujo la velocidad una vez que estuvo en la seguridad
del túnel. Podía sentir a Aidan inmóvil en su mente, a pesar de todo
alcanzándola, llamándola. Podía saborear su beso, sentirlo tocándola. Cerró sus
ojos y se apoyó contra el muro de rocas para sostenerse. Sentía las piernas
como de goma, rehusándose a dar otro paso. Lo deseaba. No con un anhelo dulce y
tierno, sino con una necesidad salvaje y descontrolada que demandaba sexo
caliente y feroz.
Negó con la cabeza, tratando de librarse de los pensamientos, de
las imágenes que la tentaban. Subió las escaleras, agradecida de que Joshua no
la viera. La ducha no hizo nada por aliviar su hambre, no hizo nada para
sacudir la sensación del contacto de Aidan o su sabor sustancioso y caliente.
El agua ardiente corriendo por su piel, en la curva de sus pechos, abajo de su
estómago hasta sus apretados rizos rubios, sólo sirvió para aumentar su
sensibilidad. Tenía que luchar contra el deseo de llamar a Aidan. Lo ansiaba,
lo necesitaba, su cuerpo todo calor líquido y latiendo con deseo. Tenía que
llamarlo para terminar con ese dolor. Necesitaba sentir su boca en su piel, sus
manos en su cuerpo. Lo necesitaba en ella, un apareamiento urgente y salvaje
que seguiría por siempre.
Y luego recordó sus palabras. Podría hacerla su esclava. Podría
hacer que ejecutara cosas que nunca siquiera había imaginado. Bien, los
imaginaba ahora. ¿De dónde llegaban las imágenes?
-Maldito seas, Aidan. Maldito por hacerme esto-. Ella subió la
cara hasta el chorro de agua y cerró su mente. Oyó el eco de su grito
desesperante, el rugido de un animal herido, el gruñido del cazador que había
perdido su presa.
Sin su mente para alimentar su propia hambre, la terrible
urgencia disminuyó. No se desvaneció del todo, pero el hambre de comida penetró
poco a poco. Estaba pálida y necesitaba nutrición. Lo necesitaba a él. Con un
juramento impropio de una dama, se vistió con pantalones vaqueros y un top
tejido y se dirigió al cuarto de estar anexo a su dormitorio. Debía convertirse
en su estudio. Encontró que Marie o Stefan, obviamente bajo las órdenes de
Aidan, ya habían comprado suministros para ella. Eran cosas de excelente
calidad que nunca había podido permitirse antes. Ordinariamente, nunca
aceptaría un regalo tan lujoso, pero el artista en ella se estremeció ante la
belleza de las herramientas.
Oyó a Joshua antes de que llegara buscándola. Ya en casa después
de la escuela, primero estuvo riendo con Stefan en el solarium, y después
hablándole a Marie en la cocina sobre sus galletas. Alexandria se encontraba
feliz y triste al mismo tiempo. Joshua necesitaba compañía, y la pareja mayor
demostraba un afecto genuino por él, pero estaba triste por que la relación con
su hermano se alterara, ya que ahora no confiaría solamente en ella.
Cuando llegó corriendo por las escaleras, gritando a voz en
cuello bulliciosamente y llamándola, la joven había recobrado la compostura.
Joshua se precipitó en sus brazos, y ella le levantó, haciéndolo girar en
círculos hasta que gritó alborozadamente que estaba mareado.
-¡Mira todas estas cosas!- gritó ella festivamente, haciendo
alarde de sus tesoros.
Joshua jadeaba contra su pecho.
-Yo ayudé a escogerlos. Aidan y yo fuimos de compras. Le mostré
todas las cosas que siempre comprabas y necesitabas. Dijo que podría comprarte
todo lo que yo quisiera. Nos divertimos yendo de compras para ti. Dijo que
debíamos darte una gran sorpresa.
Ella agarró una caja de lápices de carbón vegetal, encontrando
difícil respirar.
-¿Él lo hizo? ¿Cuándo hiciste esto?
Joshua sonrió abiertamente.
-Unos cuantos días atrás. Mientras estabas tan enferma. Él
escogió algunas ropas nuevas también. Mira en el armario del dormitorio.
Deberías haber visto a la vendedora. Parecía que le gustaba mirarlo...
-Puedo suponerlo- espetó Alexandria secamente. Siguió a un
saltarín Joshua de vuelta a su dormitorio.
-Él pensó en todo. Dijo que cuando una mujer tan bella y tan
buena como tú se ponía tan enferma, un hombre debería hacer lo que fuere para
hacer las mejores cosas por ti-. Joshua abrió de golpe las puertas dobles del
armario que ella nunca había tocado, ya que había usado sólo el buró para sus
pantalones vaqueros y tops.
En su vida entera Alexandria había poseído suficientes ropas
para llenar un armario de ese tamaño, pero estaba lleno a rebosar de vestidos,
abrigos, faldas, pantalones flojos y blusas. Se mordió el labio inferior y tocó
un largo traje de noche negro. Hecho por un diseñador exclusivo. Dejó caer la
mano hacia un lado.
-¿Por qué hizo esto?- murmuró en voz alta para que oyera Joshua,
repitiendo en su cabeza: ¿Por qué hiciste esto?
Es sólo dinero, cara. No tengo nada más donde usarlo y pagar por
mis pecados. Él sonó solo y perdido, derrotado. Inesperadamente. Alexandria
sintió lágrimas en sus ojos.
Todo en ella quiso ir hacia él, confortarlo, pero sus palabras
que esa mañana había pronunciado hacían eco en su cabeza, y ella cerró su mente
firmemente contra sus trucos. Convertirte en mi esclava. Nunca ocurriría.
-Ah, hermanita, no llores como un bebé- regañó Joshua-. Aidan lo
hizo porque quiso. Deberías ver todos los juguetes nuevos que me compró. Sabes,
les pregunté a Marie y Stefan acerca del perrito y cuánto trabajo pensaban que
sería.
-Eres un pequeño diablillo persistente, ¿verdad?-. Ella cerró
las puertas del armario firmemente borrando la visión de las ropas nuevas,
decidida a no vestirlas nunca.
-Aidan dice que la persistencia tiene sus frutos- respondió
Joshua, abriendo comillas con una sonrisa.
Alexandria aspiró profundamente.
-Él debería saberlo mejor que nadie-. Pensándolo bien, iba a
ponerse esos vestidos. Todos y cada uno de ellos. Y se los pondría mientras
trabajaba con Thomas Ivan. Cuando saliera a divertirse con Thomas Ivan. Cuando
cayera completa y locamente enamorada de Thomas Ivan.
Por un momento, sintió a Aidan moviéndose en su mente, el tipo
de movimiento que un gran felino de la selva podría hacer acechando su presa, y
luego se fue, como si nunca hubiera existido. ¿Acaso lo había imaginado?
-¡Deja de pensar en él!- se espetó a sí misma, enojada porque su
mente sólo tuviera un punto de reflexión.
Joshua la contempló, con los ojos muy abiertos.
-¿Acerca de quién? ¿El perrito? ¿Por qué? ¿Encontraste ya uno?
¿Es un perro para un niño?
-Hay definitivamente un perro de caza en alguna parte- ella
contestó torvamente. Luego, aplacándose, despeinó los rizos de Joshua-. Bromeo,
Josh. Y, no, no he encontrado un perrito aún. Ni siquiera he tomado una
decisión. Quiero que estemos seguros de que seremos felices aquí antes de que
tomemos una decisión tan permanente.
-Estoy feliz aquí- dijo Joshua instantáneamente, con decisión.
Ella lo abrazó.
-Me alegro de que seas feliz, pequeño camarada, pero no estoy
segura de que yo lo sea. Es mucho más difícil para los adultos ajustarse a
vivir juntos que para los niños.
-Pero Marie y Stefan son tan geniales, Alex, y Aidan es el
mejor. Me ayuda con mi tarea. Hablamos todo el tiempo. Él es estupendo Y él
dijo...
-No quiero oír qué dijo ahora mismo, ¿de acuerdo? Tengo que
trabajar, cariño, ¿recuerdas? Debemos tener dinero para comer.
-Pero Aidan tiene montones de dinero, y dijo que tú no tendrías
que trabajar si no querías.
Ella dejó escapar su respiración lentamente, conteniendo su
temperamento. Estaba aburrida de oír lo que Aidan tenía que decir. Estaba harta
de que él se colara en su mente, observando cada momento de vigilia.
-Me gusta trabajar, Josh. Ahora encuentra algo que hacer
silenciosamente o vete.
Él hizo una mueca pero se sentó rápidamente con su viejo juego
de lápices de colores y un bloc de dibujo. Se reacomodaron en la rutina
familiar fácilmente. Ocasionalmente ella le preguntaba su opinión sobre una
idea, y algunas veces él le mostraba a ella sus dibujos. Alexandria opinaba que
eran muy buenos para ser de un niño de seis años. Corrigió una línea aquí y
allá cuando la consultó, pero en la mayoría de los casos lo animaba a que lo
hiciera a su manera. Durante un corto tiempo, sintió como si ella y su mundo
fueran normales otra vez.
Pero Aidan estaba siempre presente. Podía sentir su propia mente
sintonizando la de él, extendiéndose para encontrarlo. Sus oídos escuchaban el
sonido de su bella voz. Se encontró clavando inexpresivamente los ojos en el
papel frente a ella, y dos veces realmente dibujó su imagen. Las dos veces lo
despedazó rápidamente antes de que Joshua pudiera ver su obsesión y bromear
acerca de ella.
Hizo un intento para no darse cuenta del latido de Joshua, de la
baja y el flujo de la sangre corriendo en sus venas. Fingió que no advertía la
forma en que el pulso de Marie la fascinaba cuando el ama de llaves llamó a
Joshua para la cena. Ignoró el recuerdo del sabor en su boca, la sensación de
Aidan bajo sus labios, la manera en que su cuerpo se contorsionaba contra el de
él, deseando ardientemente el suyo. Gimió y trató conjurar otros pensamientos,
pero encontró que había dibujado otra imagen de él. Y su viril boca estaba
esbozando esa línea sensual e invitadora que parecía burlarse de ella,
tentarla. Pura tentación.
Tocó con la punta del dedo esa boca que había dibujado tan
perfectamente.
-No te dejaré hacerme esto- murmuró suavemente. Lo deseaba tan
profundamente. Necesitaba que la consolara, que hiciera que ese mundo de locura
y demencia tuviera sentido. Necesitaba que le quitara el hambre roedor y
atemorizante que no dejaba que disfrutara completamente de la compañía de
Joshua. Sobre todo, necesitaba que uniera su cuerpo al de ella, sentir su boca
y sus manos quitando el ardor terrible, la vaciedad. Necesitaba su corazón
golpeando al mismo ritmo que el suyo, su mente invadiendo la de ella, la última
intimidad, entrelazándolos juntos, compartiendo cada fantasía salvaje mientras
su cuerpo la poseía.
Realizó todos los actos normales esa tarde, ayudando a Joshua
con su tarea, fingiendo disfrutar de un programa en la televisión. Discutieron
acerca del valor de una TV de pantalla ancha. Stefan tomó partido por Joshua,
diciendo que eran una necesidad para sus ojos viejos. Marie se puso del lado de
Alexandria en que era lo último en el mercado de consumo sobre ostentación.
Pero la sangre que corría a través de todas esas venas era como una sinfonía,
ahogando por completo los sonidos del programa y haciendo a Alexandria temer
por ellos. Trató de disfrutar el preparar a Joshua para la cama, leyéndole,
teniendo una corta pelea de almohadas, arropándolo. Siempre había amado sus
momentos juntos en la noche. Joshua estaba siempre tan limpio y adorable. Pero
el golpeteo ruidoso de su corazón interfería con su disfrute ahora, y se sintió
atrapada en mitad de una pesadilla.
Alexandria se vistió con cuidado para su cita con Thomas Ivan
esa noche. Pero mientras el vestido se deslizaba sobre su piel, sintió el
ligero roce de terciopelo caliente con intensidad. Sus manos se estremecieron
mientras se recogía el pelo. No había visto a Aidan ni una vez que desde que
había huido de él más temprano. Lo sentía siempre allí, cerca, pero él había
tenido cuidado en permanecer fuera de su vista. En lugar de estar agradecida,
sin embargo, se sentía deprimida. Tal vez no le importaba que saliera con otro
hombre. Tal vez a él no le importara ella. ¿Y por qué debería hacerlo? Ella no
quería que él le importara. Quería encontrar a un hombre humano, uno por quien
se sintiera atraída. Uno con quien quisiera hacer el amor. No algo obsesivo y
salvaje, sino algo suave y cariñoso. Un hombre humano, normal.
Inspeccionó sus uñas. En el pasado frustrantemente achaparradas,
ahora eran largas y bellas, bien arregladas, casi como si se las hubiera
arreglado un profesional. Incluso su pelo parecía más grueso, más lujurioso,
sus pestañas largas y espesas. Su piel, sin embargo, estaba pálida, casi
translúcida.
Suspiró ante su imagen en el espejo. Se veía como siempre...
pero diferente. Más… no sabía exactamente qué. Simplemente más. El vestido se
aferraba a su cuerpo como una segunda piel, haciendo énfasis en sus pechos
llenos y su cintura diminuta. Parecía haber sido diseñado justamente para ella.
Pasó una mano sobre el suave material que cubría su muslo. Su corazón golpeó
ruidosamente contra su garganta mientras levantaba la vista para encontrar los
ojos dorados de Aidan observándola en el espejo. Estaba de pie tras ella, su
alta figura poderosamente construida, su apostura rubia complementando la de
ella. Podía saborearlo en su boca. Hacían un cuadro erótico en el espejo, Aidan
alto y pesadamente musculoso, con sus ojos brillantes, hambrientos, y
Alexandria delgada, pálida y diminuta.
-Te ves bella, Alexandria- dijo él suavemente.
Su voz era apremiante, susurrante sobre su piel, con la misma
calidez del vestido de terciopelo. No podía leer su expresión, sólo sentir el
oro derretido de su mirada.
-No llegaré tarde- tartamudeó como una adolescente descarriada.
Y luego habría dado cualquier cosa por no haber dicho esas palabras. Pero Aidan
no sonrió, no cambió de expresión.
Ella sintió un temblor recorrer su columna vertebral. Al mismo
tiempo, su desafío pareció estúpido, comparable a poner cebo a un tigre. Esa
mirada fija no parpadeaba. ¿Iba a dejarla ir? Sólo momentos más temprano había
estado algo deprimida pensando que lo haría. Ahora no deseaba nada más que
correr para proteger su vida, lejos de él.
Él negó con la cabeza lentamente.
-Dio, Alexandria. Insistes en pensar en mí como un monstruo.
Pero cuídate, piccola, de no crear uno-. Él dejó el cuarto tan silenciosamente
como había entrado.
Tembló por la amenaza. Se tocó la boca. Él la había estado
mirando con insistencia. Sus labios cosquillearon entonces, y podría haber
jurado que podía sentir el ligero roce de su boca contra la de ella. Cerró los
ojos, saboreando la sensación de él, y después maldiciendo por cuán fácilmente
podía controlarla. Era humana. ¡Humana! Y estaba decidida a quedarse de ese
modo.
Alexandria levantó la barbilla. No sería persuadida por la
atracción sexual, y no sería intimidada por sus amenazas. Se puso rápidamente
los zapatos y se deslizó regiamente por las escaleras.
Thomas había llegado puntual y la estaba esperando en la sala de
estar, agradecido de que Aidan Savage hubiera decidido no infligirle su
presencia. La respiración le quedó atrapada en la garganta mientras Alexandria
bajaba. Parecía más bella cada vez que la veía. Lo asombraba, lo obsesionaba,
lo trastornaba hasta que no podía pensar en nada excepto ella. Como
consecuencia, su trabajo sufría. Estaba en las nubes fantaseando con ella
cuando se suponía que debía completar la historia de su último videojuego. Incluso
soñaba con ella en las noches, sueños calientes y eróticos que tenía la
intención de hacer realidad.
-Thomas, ésta ha sido una buena idea- lo saludó ella en una voz
que parecía penetrar su corazón y elevar una respuesta similar en la parte
inferior de su cuerpo.
Luego sintió el peso de esos malditos ojos dorados en él.
Implacables. Despiadados. Viendo su reacción y maldiciéndolo por ella. Aidan
Savage se arrellanó con pereza engañosa en el portal, una cadera apoyada contra
la pared, sus brazos cruzados sobre su pecho. No dijo nada. No tenía que
hacerlo. Su simple presencia llenaba de terror el alma de Thomas.
Thomas tomó la capa de Alexandria y la envolvió en ella,
aspirando su perfume.
-Te ves extraordinaria, Alexandria. Nadie adivinaría que has
estado enferma.
Aidan se movió entonces, un mero cabrilleo de músculos
sugiriendo a un depredador letal.
-No obstante, ha estado sumamente enferma, Ivan. Confío en que
te ocuparás de que sea bien atendida y devuelta a casa temprano.
Thomas sonrió encantadoramente, exudando encanto. Maldito
hombre, él no era un adolescente escoltando a su primera cita hacia el baile de
graduación. Deliberadamente envolvió la mano de Alexandria en la suya, sabiendo
que molestaría a su rubio perro guardián.
-No se preocupe, Savage. Tengo la intención de cuidarla muy
bien-. La urgió hacia la puerta, ansioso de estar a distancia de Savage y su
vida, de la respirante y monstruosa casa.
Alexandria fue voluntariamente, aparentemente tan ansiosa como
él. Fuera, en el aire de noche, se detuvo y aspiró profundamente.
-Él puede ser un poco abrumador, ¿verdad?- dijo, sonriendo.
Sonriendo hasta rivalizar con las estrellas. La libertad. La bendita libertad.
No importaba en ese momento que la sonrisa de Ivan todavía le recordara la
sonrisa dentuda de un tiburón, o que ella pudiera oír su corazón palpitando
igual de ruidosamente que el de Joshua, o, aun peor, que pudiera oler su
excitación. Estaba lejos de Aidan Savage y su influencia, y eso era todo lo que
le importaba en ese momento.
-¿Abrumador? ¿Así es como lo llamas? Es absolutamente arrogante.
El hombre actúa como si te poseyera- explotó Thomas.
Ella rió suavemente.
-Te acostumbras a él. No puede evitarlo, está acostumbrado a dar
órdenes. Probablemente sabes lo que siente- agregó ella traviesamente.
Él se encontró riéndose, relajándose mientras iban hacia el
coche que había dejado esperando. Deliberadamente había alquilado una limusina
y un chofer para permitirse en libertad para todo lo que pudiera ocurrir en el
asiento trasero más tarde.
-Comencé con buen pie unos bocetos, Thomas- dijo ella
voluntariamente-, pero no especificaste qué rasgos específicos eran importantes
para ti. Creo que deberías decidir con anticipación cómo quieres que represente
a los personajes en lugar de dejarme todo a mí.
-Preferiría tus ideas- dijo Thomas, abriéndole la puerta. Quería
hacerlo, y eso lo asombró. La mayor parte de las veces las pequeñas cortesías
que representaba eran para causar efecto; pero Alexandria Houton lo hechizaba-.
¿Esa casa no te molesta?
Ella arqueó una ceja.
-¿Molestarme? ¿La casa? Es bella. Todo en ella es hermoso. ¿Por
qué lo preguntas?
-Algunas veces siento como si me vigilara, aguardando su
momento, odiándome.
-Thomas, has jugado demasiados a tus videojuegos. Qué
imaginación tan vívida-. Su risa se deslizó sobre él, tocándolo en lugares
usualmente reservados para la intimidad.
Su mano avanzó lentamente a través del asiento hacia la de ella.
La deseaba más que de lo que alguna vez hubiera deseado a cualquier mujer. Pero
entonces dirigió la mirada fuera de la ventana y vio el reflejo de unos ojos.
Resplandecientes, rojos, unos ojos fieros llenos de odio y una promesa de
venganza, una promesa de muerte. Unos ojos de felino que no parpadeaban. Los
ojos de un demonio. De la muerte. Él tembló, y dejó escapar un gemido.
-¿Qué sucede?-. La voz de ella era tranquilizadora, como el
sonido suave del agua-. Dímelo, Thomas.
-¿Viste algo extraño?-. Él se sofocaba de miedo-. Fuera la
ventana, ¿viste algo?
Ella se inclinó sobre de él para mirar el reflejo del vidrio.
-¿Qué se supone que debí ver?
Los ojos habían desaparecido como si nunca hubieran existido.
¿Era Savage? ¿Su imaginación? Despejó su garganta y consiguió esbozar una
sonrisa.
-Nada. Supongo que simplemente no puedo creer en mi suerte.
En los confines tan estrechos de un coche, era difícil para Alex
ignorar su hambre creciente. Parecía roer sus entrañas, dispersándose como un
cáncer. Su mente parecía amplificar el sonido de la sangre corriendo en las
venas de Ivan. Cautivándola, llamándola. Pero su estómago se revolvió al pensar
en tocarlo, y luchó para continuar manteniendo una sonrisa emplastada en su
cara. Él parecía encontrar cualquier excusa para tocarla, rozar su pierna, su
brazo, su mano, su pelo. Lo odiaba. Lo aborrecía. Hacía que su piel se
estremeciera de repulsión. Se odió a sí misma por no poder devolver sus miradas
amorosas, sus contactos.
Le sonrió, dijo e hizo todas las cosas apropiadas, pero por
dentro, su estómago se rebelaba. En alguna parte, en el interior más profundo
de su alma, un temor comenzó a tomar forma, a dispersarse. Thomas Ivan era un
soltero elegible, rico, encantador, famoso. Humano. Compartía su amor por la
fantasía; admiraba su trabajo. Tenían mucho en común, pero incluso su contacto
más ligero la repelía. Por dentro, comenzó a llorar.
Cara mia, ¿me necesitas? La voz de Aidan cruzó el tiempo y la
distancia para encontrarla, envolverla en sus brazos calientes y protectores.
Ella se mordió los labios. La tentación de llamarlo fue casi
abrumadora, pero la resistió. Ella era humana. Y encontraría a un hombre humano
a quien amar. Tal vez no a Thomas Ivan, pero sí a alguien.
Me divierto de lo lindo.
Ella lo sintió retirarse de su mente, y se sintió como si él se
hubiera llevado su alma y hubiera dejado su interior muerto. Levantó su
barbilla y le dirigió a Ivan una sonrisa particularmente brillante. Colocó su
mano en la de él mientras la ayudaba a salir del coche. Decidida a gozar la
noche, tomó su brazo mientras entraban al teatro.
Los hombres parecieron chocar contra ella, respirando
ruidosamente. Los latidos tronaban en sus oídos. La obertura de la orquesta
hacía juego con el torrente de sangre corriendo apasionadamente en esas venas.
Alexandria se concentró en la obra teatral, consciente de que era
excepcionalmente buena, pero era más consciente del brazo de Ivan a través del
respaldo de su asiento, de su olor. Cuando él murmuró en su oreja, su boca
contra su piel, se sintió enferma.
Dos veces casi se excusó para ir al cuarto de las señoras
simplemente para escapar de él.
Pero estaba decidida a llevarlo a cabo. Iba a ser humana aunque
la matara. Hubo una salva de aplausos mientras oía las palabras en su mente: Yo
podría matar a alguien.
¡Cállate!, respondió, exasperada porque en medio de su
desesperación, él la hiciera querer reír. Pero Aidan se fue otra vez. Sólo ese
contacto la hizo sentir más cálida, además de la ridiculez de su advertencia.
Se burlaba a propósito porque sabía que ella sentía repulsión por el hombre
sentado a su lado.
Junto a ella, Thomas batía palmas. Las luces se encendieron, y
la gente pareció apiñarse alrededor de ellos. Él estaba en su elemento, con una
mujer bella del brazo y muchos contactos rodeándolos. Los hombres poderosos que
apenas recordaba conocer repentinamente se detenían para intercambiar
comentarios sobre la función. Las conexiones que había estado tratando de
atraer para remontarse más arriba en la escala social se estaban presentando,
emitiendo muchas buscadas invitaciones para él y su cita.
Alexandria Houton era claramente una buena inversión para él y
lo sería para su carrera. La exhibió orgullosamente, pavoneándose porque
estuviera de su brazo. Y comprobó que él no era el único fascinado por su voz,
cautivado por su sonrisa. Incluso las mujeres, se percató con satisfacción,
parecían hechizadas por ella cuando otorgaba su sonrisa regia y encantadora.
Thomas rodeó sus hombros con su brazo y la atrajo más cerca, en
un despliegue de posesividad mientras caminaban hacia la noche, todavía
seguidos por muchos admiradores. El estómago de Alexandria se revolvió por esa
proximidad. Luego Thomas recorrió la mirada hacia su derecha y se congeló. Ni
siquiera a seis pies, en las sombras, había un lobo. Enorme. Rubio. Con
colmillos destellantes y ojos rojos y encendidos. Esos ojos se clavaban
directamente en los de él, el cuerpo musculoso de la bestia preparado para saltar
al ataque.
El corazón de Thomas realmente se detuvo, luego comenzó a
galopar. Agarró el brazo de Alexandria y comenzó a retroceder de vuelta al
teatro.
-Thomas, ¿qué estás haciendo?- preguntó ella.
-¿No lo ves?- apuntó él temblando. Era Savage en cierta forma,
estaba seguro de eso-. Es él, sé que es él. Está aquí-. Las cabezas empezaron a
girar ante su voz elevada.
-Thomas-. Su voz era suave y tranquilizadora-. Dime lo que está
mal. Estás muy pálido. ¿Qué viste?
Él se obligó a mirar más precisamente. Las sombras eran
profundas, oscuras y vacías de animales salvajes. Podía ver una gran planta
donde el lobo había estado. Enjugando el sudor de su frente, se permitió
respirar.
-Estás temblando, Thomas. Vamos al coche-. Alexandria,
preocupada, echó una mirada meticulosa alrededor, escudriñando el entorno, y
encontró sólo humanos. Harías mejor en no atormentarlo otra vez, advirtió a
Aidan, pero no pudo decir si la había oído.
-Te juro que veo cosas, Alex. La planta de allí se veía como… -
él se interrumpió, no queriendo admitir que su imaginación parecía
descontrolada. ¿Qué estaba mal con él, de todas formas, que su obsesión con
Alexandria Houton y Aidan Savage, acoplada con su imaginación macabra, producía
todas esas alucinaciones demasiado reales?
-¿Se movió?-. Ella miró la ofensiva secoya suspicazmente.
-No- admitió él-. Es que simplemente parecía… extraña.
-Bien, me he divertido mucho esta noche. La obra ha sido
maravillosa- dijo Alexandria suavemente.
Pequeña mentirosa. Las palabras se burlaron de ella con
masculina diversión.
Alexandria levantó la barbilla, y deliberadamente colocó su mano
en el hueco del brazo de Thomas mientras se dirigían a la limusina estacionada
junto a la acera para ellos.
-¿Te ha gustado?- preguntó ella dulcemente, su voz destilando
almíbar. Casi podía sentir a Aidan respingar, y él se retiró inmediatamente.
Una vez en el coche, Thomas se deslizó cerca de Alexandria. Su
muslo descansó contra el de ella, y él podía sentir el abultamiento suave de su
pecho contra un brazo. Su mano encontró la barbilla femenina.
-Sé que no me conoces muy bien, Alex, pero me siento
profundamente atraído por ti, y espero que el sentimiento sea mutuo.
Su boca estaba a unas pulgadas de la de ella, y bajo su enjuague
bucal de menta, Alexandria podía oler en su aliento todo lo que había comido en
la cena: la pasta con ajo, la ensalada con vinagre de estragón, el vino tinto y
el café y la menta. Casi vomitó y trató de poner alguna distancia entre ellos.
-Vamos a trabajar juntos, Thomas. Ésta no es una buena idea. Al
menos nada de esto por ahora.
-Pero tengo que besarte. Tengo que hacerlo, Alex-. Él estaba
apoyándose en ella, respirando pesadamente.
Ella hizo un sonido, echándose hacia atrás, pero en su ardor, él
lo tomó por consentimiento. Pero mientras inclinaba su cabeza, sus ojos
atraparon un destello de luz roja. Gritó y se alejó de ella hacia su puerta,
clavando los ojos en el cristal trasero, a través del cual dos ojos encendidos
lo observaban con malicia cristalina. Para su horror, la ventana se hinchó
hacia dentro, luego se hizo pedazos, rociando fragmentos de vidrio sobre él. El
lobo enorme empujó su hocico directamente en el coche, sus colmillos expuestos
y goteantes, buceando directamente hacia su cabeza. Esos ojos rojos
resplandecían misteriosamente, sin parpadear, perforándolo. Él podía sentir la
respiración caliente a medida que esos colmillos blancos empujaban más cerca
todavía. Thomas gritó y se agachó rápidamente, cubriéndose la cara con ambas
manos.
-¿Thomas?-. Alexandria tocó su hombro ligeramente-. ¿Has estado
tomando drogas esta tarde?-. Ella ya sabía la respuesta; la podía oler en su
corriente sanguínea-. Quizá deberíamos llevarte a un hospital. O a un doctor
privado.
Lentamente, con miedo, Thomas bajó sus manos. El cristal trasero
estaba intacto. No había pedazos de vidrio roto. Alexandria estaba serenamente
sentada en su asiento, sus ojos azules ansiosos.
-Esto nunca ha ocurrido antes. Veo alucinaciones. Fue
simplemente un poco de coca en el baño de hombres. Tal vez haya algo malo en
ella, no sé-. Él sonó asustado.
-¿Qué viste?-. Otra vez ella escudriñó el entorno, tratando de
encontrar la prueba de que Aidan o cualquier otro peligro se hallaban cerca,
pero parecían estar solos. Tal vez realmente eran las drogas-. ¿Debería decirle
al conductor que te lleve a un hospital?
-No, no. Estaré bien-. Él sudaba profusamente.
Ella podía oler su miedo.
-No hay nada allí afuera, Thomas. Algunas veces siento las cosas
antes de que ocurran, y no tengo ninguna corazonada- aseguró, tratando de sonar
reconfortante.
-Lo siento- se disculpó él roncamente-. ¿He estropeado la
noche?-. Sus ojos se mantuvieron vagando de un lado para otro, y pareció
revelar una contracción nerviosa en el lado izquierdo de su mandíbula. Se veía
más viejo de lo que había parecido a principios de la noche.
-No, claro que no. La he pasado maravillosamente. Gracias por
pensar en el teatro. Realmente necesitaba salir- lo reconfortó-. Pero Thomas,
yo no creo en tomar drogas. Tengo a mi hermano pequeño, Joshua, en quien
pensar. Sé que no es asunto mío lo que escoges hacer en tu tiempo libre, pero
no me siento a gusto con la cocaína o cualquier otra droga.
-No es que sea un drogadicto. Simplemente la uso ocasionalmente
para propósitos recreativos.
-No cerca de mí-. Sólo esa era una razón lo bastante buena para
no estar con él. Había disminuido ante sus ojos ahora, segura de que él usaba
estupefacientes para intensificar las sensaciones esa noche, como si fuera
incapaz de disfrutarla por sí mismo.
-Bueno- dijo malhumoradamente él-, no lo haré.
El coche ya deslizaba en el camino circular de la casa de Aidan.
Las portillas de hierro forjado se habían quedado abiertas previniendo su
regreso. Por un momento ella se quedó quieta, clavando los ojos en las pesadas
portillas. Representaban la pérdida de su libertad. No estaba lista para
regresar a la casa y reconocer la derrota, que Thomas Ivan y ella no tenían la
más mínima química. Pero eso no significaba que no encontraría otro hombre.
Ella se deslizó rápidamente por el coche, eludiendo la mano de
Thomas.
-Gracias otra vez, Thomas. Te veré pronto. Quédate tranquilo por
depositar en mí tus ideas para los diseños-. Y antes de que él pudiera salir
para acompañarla hacia la puerta, ella ya subía ágilmente a la carrera los
escalones de mármol hasta el ancho porche delantero. Hizo un saludo con la mano
una vez y se deslizó adentro.
Thomas juró y se recostó en el asiento. Antes de que pudiera
cerrar la puerta, vio al lobo pesadamente musculoso acechándolo a través del
césped.
-¡Vamos! ¡Vamos!- gritó al conductor, dando un fuerte portazo.
El conductor retrocedió por el camino de acceso alejándose de la
casa, y Thomas dio un suspiro de alivio. Todo lo que quería hacer era llegar a
casa y ponerse muy borracho.
Alexandria se movió a través de la casa sin encender ninguna
luz, encontró el teléfono, e hizo una llamada. Podía ver perfectamente en la
oscuridad y subir fácilmente las escaleras. Aidan pensaba que había ganado
vigilándola toda la noche, pero eso no había terminado todavía. No estaba lista
para admitir la derrota.
En su dormitorio, se quitó el vestido negro de terciopelo y
alcanzó sus confortables y muy usados jeans descoloridos y una camisa sencilla
de color azul claro. El cambio le tomó sólo unos minutos, se anudó fuertemente
sus tenis y regresó escaleras abajo. El taxi que había llamado no había
llegado, así que se sentó en los peldaños de mármol del exterior y esperó.
-¿Y dónde vas ahora?- preguntó Aidan sedosamente, apareciendo de
pronto gravitando sobre ella, haciéndola sentirse pequeña y frágil.
-Voy a bailar-. Sus ojos lo desafiaron a que se negara.
El cuerpo masculino se tensó.
-¿La cita de los sueños no fue bien?
Había un pequeño vislumbre de diversión en sus ojos, pero su
boca permaneció gravemente seria.
-Como si no lo supieras. Intenta no parecer tan inocente. No te
queda bien.
Él parecía impenitente, sonriendo abiertamente, haciendo que su
corazón diera un vuelco. Simplemente verlo hacía que su cuerpo se llenara de
vida.
-Vete, Aidan. No quiero verte.
-¿Estoy tentándote?
-¿No te enseñó nadie nunca cómo ser un caballero? Fuera. Me
molestas- levantó la nariz en el aire nocturno.
Su perfil a la luz de luna le quitó a él la respiración. Con la
manta de la oscuridad envolviéndolos, parecían las únicas personas en el mundo.
Bebió su perfume, esa fragancia especial que era sólo de ella. Una pequeña
sonrisa confiada curvó su boca sensual, lanzando una sombra erótica sobre sus
rasgos masculinos.
-Por lo menos mantengo tu atención.
-Voy a salir a bailar- afirmó ella.
-Declaras tu independencia- contrarrestó él-. No te servirá de
nada. Tu sitio está aquí, conmigo. Me perteneces. Ninguno de esos hombres allí
afuera te hará sentir lo que yo.
Ella levantó aún más su barbilla.
-No los necesito. Tú eres tan intenso, Aidan. Salvaje e intenso.
Me sacas de quicio. Simplemente quiero sentirme… - se interrumpió, insegura de
cómo quería sentirse.
-Normal. Humana- dijo él suministrándole las palabras.
-No hay nada malo con eso. Me asustas de muerte-. Listo. Lo
había admitido ante él. Lo había dicho en voz alta. Ella apartó la mirada en la
noche, incapaz de mirarlo y no arder por él.
-Tus sentimientos por mí te asustan de muerte- corrigió él
amablemente.
-No confío en ti-. ¿Por qué se retrasaba tanto el taxi? Ella
tensó sus puños, no queriendo estar sola con él de esa manera. Recordó la
sensación de su boca en la de ella, su sabor.
-Confiarías si te dieras completamente a mí. Si permitieras que
tu mente se fusionara con la mía completamente. No podría esconder nada de ti
si quisieras verlo. Mis recuerdos, mis deseos- murmuró su voz sobre su piel,
tentadora, cautivadora.
Ella lo miró furiosamente.
-Como si no hubiera tenido tus deseos bailando en mi cabeza toda
la noche. Muchas gracias, señor Savage. No tengo la intención de convertirme en
esclava de nadie.
Él gimió, cubriéndose la cara con las manos. Luego su boca
perfecta se encorvó en una sonrisa encantadora.
-¿Vas a tener eso contra mí para siempre? Después de todo, si
alguien es un esclavo aquí, lo soy yo. Me desviviría por ti, y creo que lo
sabes.
Ella se mordió los labios con fuerza para abstenerse de
precipitarse a sus brazos.
-El taxi está aquí. Estaré de regreso más tarde.
Él era tan sexy, y ella lo deseaba desesperadamente.
La rozó a medida que ella pasaba junto a él, en la más ligera de
las caricias, pasando un dedo por su brazo, pero ella lo sintió en lo más
profundo de su corazón, hasta llegar a su alma. Y se llevó la sensación de su
contacto con ella en el taxi.
Capítulo Catorce
El bar de solteros recién inaugurado era una fusión salvaje
entre sofisticación y mala fama. Hacía un intento de conservar una cierta clase
situando porteros en la entrada para determinar quien era admitido y quién no,
pero estaba claro que aceptaban sobornos y que cualquier chica bonita era
conducida directamente adentro. La fila era larga, pero Alexandria la ignoró,
caminando con completa confianza hacia la puerta. Se había dado cuenta de su
nuevo efecto en las personas, advirtiendo que su voz los cautivaba casi tanto
como la de Aidan lo hacía.
Sonrió al hombre que se interpuso en su camino, él irguió la
cabeza de una sacudida y contuvo la respiración audiblemente. Ni siquiera
vaciló, y la escoltó personalmente adentro. La música asaltó sus oídos y vibró
a través de su cuerpo. Sintió inmediatamente los apretones, la presión de los
cuerpos contra ella. Y sobre todo, oyó sus corazones palpitando, el raudal de
sangre a través de sus venas casi abrumándola.
Un hombre alto vestido de cuero oscuro rápidamente la reclamó,
atrapando su muñeca y sonriendo abiertamente ante su propio descubrimiento.
Tenía una barba desaliñada y olor a colonia, whisky y sudor. Su brazo izquierdo
tenía el tatuaje de una viuda negra en el centro de su tela, completado con un
reloj de arena rojo en su vientre y ella sintió una leve señal de que sus
colmillos estaban creciendo. El hombre la miró de reojo y la arrastró cerca de
él.
-Estuve buscándote toda la noche.
Ella quiso sentir algo más que su estómago revolviéndose, pero
él obviamente no era su tipo. Le sonrió mirándolo a los ojos.
-No va a ocurrir- dijo suave, persuasivamente.
La sonrisa se desvaneció de la cara del hombre, y ella pudo ver
la violencia latente en su interior. Ése era un hombre al que no le gustaba ser
frustrado. Sus dedos se apretaron como unas tenazas.
-Suéltame.
Lo dijo serenamente, pero no estaba tranquila por dentro. En
cierta forma había contado con disfrutar de lo mejor de ambos mundos esa noche,
pensando que ser la criatura en la que se había convertido la protegería de ese
tipo de cosas.
La risa del hombre fue francamente repugnante.
-Vámonos afuera, nena.
En el mismo momento en que él convertía la sugerencia en una
orden agarrando con fuerza su muñeca, sintió algo en su brazo. Miró hacia abajo
y, para su horror, vio su tatuaje de la viuda negra gatear hacia arriba por su
antebrazo hacia sus bíceps. Podía ver los colmillos chascando coléricamente,
sentir esas patas peludas en su piel. Se congeló, luego gritó ruidosamente,
dejando caer la muñeca de Alexandria, golpeando y sacudiendo salvajemente su
brazo.
Alexandria no vio nada pero aprovechó esa oportunidad para
alejarse, desapareciendo en la turba de gente.
El hombre se quedó con la mirada fija en su brazo, abriendo la
boca exageradamente, con el pecho jadeante. Pero lo único que vio fue su
tatuaje. Nada se movía. Pasó una mano a través de su pelo, dejándolo salvaje y
despeinado.
-Has bebido demasiado, hombre- dijo para nadie en particular.
Alexandria se escabulló entre la multitud, su cabeza latiendo
con la pulsación de la música. Sentía la sangre caliente, pero su piel helada.
Su apetito parecía crecer con los cuerpos contra los que se rozaba. Un hombre
regordete con pelo marrón y una sonrisa inteligente tocó su hombro.
-¿Bailaría conmigo?
Él estaba solo, ella podía sentir eso, así como también su
profunda tristeza y la desesperación por sentir cerca a otro ser humano. Sin
pensar, sonrió su asentimiento y le permitió dirigirla a la pista de baile. En
el momento en que esos brazos la rodearon y la acercó a su cuerpo, supo que
había sido un error. Ella no era humana. No era lo que él necesitaba. Y su
ilusión no era más desesperada que la de ella. Su desesperación no era más
amarga que la de ella. Ninguno de los dos habló. La joven conocía sus pensamientos,
su pesar terrible por la pérdida de su esposa unos seis meses atrás. Pero ella
no era Julia, su esposa. Ella no era siquiera un cuerpo cálido para ayudarlo a
pasar la noche. Y él no era Aidan, y nunca podría serlo.
Ese último pensamiento llenó de terror su alma. ¿Por qué había
pensado eso? Podía encontrar un hombre. Un hombre humano. No sería ese, pero
debía haber alguien.
El hombre se movió.
-¿Vienes a casa conmigo?
-No soy lo que quieres- ella dijo quedamente, moviéndose para
poner un poco de distancia entre ellos.
Él apretó su abrazo, atrayendo su cuerpo contra el de él.
-No soy quien tú quieres que sea, pero podemos ayudarnos el uno
al otro- imploró, deseando que alguien apartara los fantasmas durante algunas
preciosas horas.
El olor de su sangre la llamó a gritos. El estómago de
Alexandria se agitó, y sintió la bilis ascender en su garganta. Negó con la
cabeza inflexiblemente.
-Lo siento, no puedo hacerlo.
Cuando ella intentó alejarse, la música se convirtió en un ritmo
frenético y dominante que pareció incitar al hombre a sujetarla. Mientras su
brazo se tensaba a través de su espalda, la electricidad estática pareció
formar un arco desde el piso hasta el brazo masculino, sobresaltándolo. Él
blasfemó y la soltó inmediatamente. Alexandria, asombrada, se apartó.
-¿Qué sucedió?
-¡Me electrocutaste!- la acusó.
-¿Lo hice?
Ella se alejó lentamente de él. ¿Había hecho eso sin saberlo? ¿O
había sido un accidente? No tenía idea, pero estaba agradecida por la oportuna
intervención. Se mezcló rápidamente en el vertiginoso y turbulento gentío y
atravesó la habitación, la música latiendo en su cabeza, a través de su cuerpo.
Alexandria encontró la barra. Varios hombres trajeados se
separaron para permitirle el acceso. Sus saludos fueron especulativos,
esperanzados. Parecían lo suficientemente agradables. Algunos eran apuestos.
Uno incluso pareció realmente amistoso. Pero ella no sintió nada. Era como si
estuviera interiormente vacía. Muerta.
Repentinamente se preguntó qué estaba haciendo allí, qué trataba
de probarse a sí misma, y dando la vuelta, apoyó su espalda contra la barra, y
se quedó con la mirada fija en sus zapatos. No tenía ningún sentido. Nunca
había sido una persona promiscua, simplemente no iba con ella. No se sentía
atraída por un hombre por su apariencia, e incluso aquellos que la intrigaban
levemente, no la encendían físicamente.
-Te ves triste- observó uno de los hombres-. ¿Quieres que
vayamos a algún reservado y hablemos? Simplemente hablar-. Él levantó sus
manos, las palmas hacia afuera-. Lo digo en serio. Nada de coqueteo,
simplemente hablar. Mi nombre es Brian.
-Alexandria- respondió ella, pero negó con la cabeza. Era
demasiado agradable para animarlo. Decía que quería hablar, pero pudo leer
fácilmente cuál era su verdadera intención-. Gracias, pero creo que me iré a
casa.
Casa. ¿Dónde estaba su casa? Ella no tenía casa. La sensación de
pesar fue la gota que colmó el vaso. Miró hacia arriba, y su mirada fue atraída
hacia la esquina más oscura de la sala. Los ojos dorados destellaron
regresándole la mirada. Su corazón saltó. No podía apartar la vista, cautivada
por la intensidad de esa mirada que no parpadeaba.
Aidan avanzó lentamente entre las sombras. Se deslizó. Ondeó. La
acechó como un gran felino salvaje. Le quitó la respiración. Alto. Sexy.
Poderoso. Los ojos únicamente en ella. Encerrados en ella. Bajo su camisa de
seda, sus músculos se tensaron sugerentemente. Se veía elegante, exudaba poder…
era único.
Ella se encontró temblando en anticipación a su contacto. Tan
simple como pareciera, solamente verlo la había hecho regresar a la vida. Como
el Mar Rojo, el gentío se separó para permitirle pasar. Nadie lo tocó, ni lo
rozó, o lo empujó. Incluso los hombres de traje presionando cerca de ella se
hicieron a un lado para permitirle pasar en su dominio privado. Entonces él
estuvo de pie delante de ella, tendiendo una mano, sus ojos atrapando su mirada
fija.
Si era compulsión u obsesión, Alexandria no lo supo. Incluso no
le importó. No se podría haber detenido por ninguna razón. Libraba una batalla
inútil. Lo necesitaba, y allí estaba él. La muchacha colocó su mano en la de
él, y cuándo él cerró sus dedos alrededor de los de ella y la atrajo, sintió
como si se diera a sí misma.
-Baila conmigo, cara mia. Necesito sentirte contra mí-. Sus
palabras, su voz, eran demasiado seductoras para resistirse.
Alexandria se metió callada y suavemente en sus brazos. Se
ajustaron perfectamente. Él era fuerte y cálido, y la electricidad
instantáneamente empezó a crujir entre ellos. La cabeza femenina encontró una
concavidad en su hombro. Su cuerpo encontró el ritmo del de él fácilmente;
había nacido para él, era su otra mitad. Era seducción de terciopelo negro,
magia pura.
Allí estaba en casa. En sus brazos. Cerró los ojos, saboreando
el contacto de su cuerpo contra el de ella. La música era de ensueño, increíble
en un lugar como ese. Ni siquiera una vez en el piso abarrotado de gente
alguien los rozó siquiera. Él los guió en una sincronía perfecta, el calor
elevándose entre ellos con cada paso. Las llamas parecieron lamer a lo largo de
su piel, moverse hacia la de él, y regresar.
Aidan inclinó su cabeza para saborearla. Sus labios, suaves,
calientes, rozaron su cuello, demorándose durante un latido en su pulso. La
sintió estremecerse bajo el calor húmedo de su boca, percibiendo cómo su sangre
comenzaba a correr a toda velocidad, frenéticamente.
-Ven a casa conmigo, piccola- murmuró urgentemente, sus dientes
raspando su piel con gentileza, persuasivamente, deslizándose a través de su
pulso. Su sangre cantaba por él, lo necesitaba-. Ya no me atormentes más.
Su cuerpo osciló contra el de él, líquido y flexible. Nunca
había necesitado nada tanto en su vida. No hizo ningún sonido. No podía. Pero
él supo su respuesta incluso en su silencio. Podía leerlo en sus ojos enormes.
Se movieron hacia la puerta, Alexandria era apenas consciente de
lo que la rodeaba, pero de nuevo Aidan le protegió de los apretujones, su
cuerpo siempre entre el de ella y el gentío. Fuera, la noche pareció
saludarlos, darles la bienvenida, las estrellas más brillantes de lo usual, el
aire llevando perfumes fragantes desde el océano.
Aidan deslizó un brazo alrededor de su cintura, encerrándola
bajo la protección de su hombro. Ella inclinó la cabeza para contemplarlo.
-Debería haber sabido que me seguirías para protegerme. ¿Qué le
hiciste a ese pobre hombre de traje de cuero?
Él se rió suavemente.
-A él le gustan las viudas negras. También le gusta lastimar a
las mujeres. Y a mí no me gusta que otros hombres te toquen.
-Ya me di cuenta.
Él la detuvo en la esquina de la calle, la aplastó contra él, y
levantó su barbilla. Su mirada dorada parecía fascinada por su labio inferior,
y ella sintió su respiración atascársele en la garganta. Él hizo un sonido
entre gemido y gruñido y agachó la cabeza. Su boca encontró la de ella, y la
Tierra se movió bajo sus pies. El cuerpo de la muchacha se derritió contra él
hasta que sólo existían Aidan y Alexandria, una parte de la noche misma.
La oleada de hambre, de necesidad, fue tan fuerte, tan
abrumadora, que Alexandria se pegó a él para evitar caer. Él envolvió sus
brazos alrededor de ella, y se trasladaron a través del tiempo y el espacio. El
viento sopló a través de su cabello, esparcido tras ellos como la canción de
una sirena, ondeando en la noche cristalina como hebras de seda.
Su boca se movió sobre la de ella, consumiendo, dominando,
hambrienta más allá de los confines humanos. Su lengua exploró cada centímetro
de interior de terciopelo de su boca, buscando su respuesta. Alexandria se oyó
a sí misma gemir suavemente, implorando.
Entonces el balcón del tercer piso estuvo bajo sus pies. Él
simplemente ondeó una mano, y la puerta de cristales se deslizó hasta abrirse.
Se quedó de ese modo, la brisa del mar un contrapunto bienvenido por el calor
de sus cuerpos. Él la siguió hasta la cama de cuatro postes cubierta por una
colcha, cubriendo su cuerpo con el suyo, incapaz de arriesgarse a que ella
pudiera aterrorizarse y huir. No podía esperar más. No podía dejarla ir esa
vez. Sus manos acariciaron su piel suave, trazaron el abultamiento invitador de
sus pechos, empujaron la tela de su camisa rudamente para dejar expuesto su
cuerpo a su escrutinio dorado. El aire fresco se sentía sensual en su piel
ardiente, en sus pechos doloridos y llenos bajo su mirada caliente. Su mano
ahuecó un seno, sostuvo el peso suave en su palma posesivamente.
-¿Sientes la oscuridad en mí, Alexandria?- murmuró él, su voz
ronca y dolorida-. Está creciendo, propagándose. Siéntelo en mí-. Su boca
encontró sus ojos, su sien, la esquina de su boca, su garganta. Cada beso era
ligero, pero dejó una marca muy caliente, una huella en su alma para siempre-.
Entrégate a mí. Ahora. Para la eternidad. Siente la oscuridad en mí, y bórrala.
Su seductora voz era de una necesidad tan absorbente, tan
grande, que ella no pudo negarse. Sintió la necesidad oscura en él, su batalla
por ser suave con ella, permitirle alguna clase de elección. Sintió su deseo,
extremo y hambriento, por desgarrarle las ropas y hundirse en los misterios de
su cuerpo. Su propio cuerpo respondió a la urgencia de su necesidad con un
calor denso.
Se movió bajo él, se arqueó hacia arriba para ofrecerle su
pecho. Sus ojos se cerraron apretadamente, y ella gimió en voz alta mientras él
la tomaba en el calor de su boca. Sus brazos rodearon la cabeza masculina, la
hicieron estremecerse mientras cada tirón de su boca producía en su cuerpo una
ráfaga de calor líquido en respuesta.
Su cuerpo estaba tan duro y pesado, atrapado en los confines de
sus ropas. Él se apartó a un lado, y le quitó los pantalones vaqueros, deseando
cada centímetro de su piel suave y desnuda contra él. Aidan se elevó
ligeramente, lo suficiente apenas para poder ver su cuerpo. Ella yació desnuda,
su piel ruborizada de deseo. La mano masculina rozó su estómago, su palma
cubriendo el triángulo de apretados rizos rubios, sus dedos encontrando el
calor húmedo. Un relámpago se arqueó a través de él, a través de ella, y corrió
a toda velocidad a través de su sangre.
Él acunó su cabeza en la palma de su mano libre, arrastrándola
contra su pecho.
Aliméntate, cara mia. Aliméntate largo y profundo. Tú eres mi
otra mitad, la mitad que se levanta en la luz. Sé parte de mí por toda la
eternidad. Su dedo exploró la entrada de su apretada funda de terciopelo,
descubriendo el calor, la bienvenida y la real necesidad de él. Podía sentir el
ardor de las lágrimas tras sus propios ojos.
Sintió su respiración sobre su corazón.
-Nunca podré regresar, ¿verdad?- preguntó ella suavemente con
voz perdida.
Sus dedos se movieron más profundo, en una tentación deliberada.
Sintió como las aterciopeladas paredes de su interior se contraían alrededor de
él. Su cuerpo se enfurecía por buscar la liberación.
-¿Quieres realmente regresar, cara, y dejarme solo en una
eternidad de oscuridad? Si tuvieras elección, ¿me dejarías realmente?-. Había
una seducción oculta en su voz ronca. Su mano empujó contra ella, sus dedos
probando, explorando, deliberadamente alimentando el fuego que se dispersaba a
través de su cuerpo.
Unió completamente su mente con la de ella. La muchacha pudo
sentirlo entonces, la oscuridad que esperaba para reclamarlo, una bestia
agazapada y al acecho, un asesino frío sin piedad. Había una neblina roja de
deseo latiendo en él, el fuego corriendo a toda velocidad a través de su
sangre. Ella podía sentir su agonía, su miedo a que ella no lo quisiera lo
suficiente como para escogerlo, la seguridad de que él la tomaría de cualquier
manera, la seguridad de que nunca podría detenerse. Pero él quería que ella lo
deseara, lo necesitara de igual manera.
La lengua femenina acarició sus músculos en una caricia suave.
Sus dientes mordieron su piel amablemente, tentándolo.
-¿Cómo podría dejarte, Aidan? ¿Realmente crees que podría?
Pensaba que lo sabías todo. Incluso yo lo sé. Casi desde el mismo principio-. Y
era verdad. Había descubierto el secreto de los dos.
La mano de él exploró sus muslos, sus huecos y sombras secretas,
arrancando jadeantes sollozos de su garganta. Las manos de ella encontraron los
tensos músculos de su espalda ancha, inflamándolo más con su tímido contacto.
Él le estaba haciendo cosas con sus manos, con su tacto único,
memorizando cada amado centímetro, atrayéndola a la tormenta de fuego de un
hambre imposible de saciar. Ella besó su pecho, acarició con la nariz el vello
rubio, lamió su pezón. El cuerpo viril se endureció hasta que pensó que podría
volverse loco.
Él le separó las rodillas, obteniendo mejor acceso a su calor
femenino, y empujó contra ella agresivamente, necesitándola con desesperación.
Alexandria lo sintió, duro y grueso, insistiendo en penetrar. Era demasiado
grande, demasiado para entrar. Cuando ella vaciló, retrocediendo, él ahuecó su
trasero en sus palmas y la sujetó, inmovilizándola contra él.
Confía en mí, Alexandria. Él respiró las palabras en su mente.
Nunca te lastimaría. Tu cuerpo tiene necesidad del mío. Siéntelo, siente lo que
pide de ti. Somos un cuerpo, un corazón, un alma y una mente.
Ella encontró su bello tono de voz imposible de resistir. Su
boca se movió por propia voluntad sobre su pecho, buscando y encontrando el
pulso profundo. Su lengua lo acarició, lo adoró. Las manos de Aidan apretaron
sus caderas casi al extremo del dolor. Los dientes de Alexandria se hundieron
profundamente, y el cuerpo masculino avanzó para sepultarse en el de ella. Un
rayo iluminó el cielo. Crepitó y bailó, se movió a gran velocidad a través de
la puerta abierta, un látigo blanco y azul quemándolos, soldándolos como un
solo ser. Ella gritó de dolor y placer. El grito de él, ronco y triunfante, se
mezcló con el de ella.
Aidan se movió, casi incapaz de soportar la estrechez de su
funda de terciopelo apretándolo con fuerza, tan ardiente y adictivo que quiso
perderse para siempre en ella. La fricción fogosa lo consumió, lo transformó,
hasta que remontó una cresta tan alta de placer que perdió toda noción de
tiempo y espacio. Los colores bailaron tras sus ojos, vívidos y brillantes. Los
perfumes de ambos, almizcleños y fragantes, se mezclaron, un perfume creado de
su acto de amor. La boca femenina contra él, erótica y frenética, se acompasó
al frenesí salvaje del cuerpo viril. Él se perdió en las puras sensaciones,
enterrándose más profunda y duramente, deseando sepultarse dentro de ella tan
intensamente que sus mismos corazones y pulmones estuvieran entrelazados,
imposible de separarse.
Alexandria se agarró a su espalda, asustada de ser transformada
para siempre. Su lengua cerró la herida en el pecho de Aidan, degustando el
sabor salvaje y masculino de él. Las manos de él permanecían firmes en sus
caderas, sujetándola todavía ante su invasión. Fue más de lo que ella pudo
soportar, la mirada bravía de él con su pelo cayendo alrededor, su cara tensa
de placer. Ella movió sus manos descendiendo por su espalda, hasta sus nalgas,
aprendiendo de memoria cada centímetro de él.
Un gemido escapó de la garganta de Aidan, profundo y ronco,
arrancado de su misma alma. Levantó su cabeza, sus ojos extraños de oro
derretido, ardientes y feroces de hambre. Él besó sus ojos, las comisuras de su
boca, su barbilla. Ella sintió su respiración en su garganta, el golpe de su
lengua como una caricia. Su cuerpo se tensó con fuerza en reacción, aumentando
su placer aún más, hasta que él pensó que podría morir de esa manera.
Sus dientes rozaron el valle entre sus pechos, hasta que ella se
arqueó hacia él, empujando contra su boca.
-Eres mía para siempre, Alexandria. Ahora lo sabes-. Fue una
declaración, una orden que ella no osaría desobedecer.
Alexandria sonrió contra su hombro ante sus exigentes palabras.
No tenía idea de cómo eran las mujeres de la Raza de los Cárpatos, pero su
varón estaba a punto de descubrir una raza enteramente nueva. Y entonces ella
gritó de placer, su garganta tragando convulsivamente mientras los dientes
masculinos perforaban su pecho, mientras sus brazos la apretaban posesivamente
y su cuerpo tomaba el suyo con un hambre feroz más allá de su imaginación más
salvaje. Ola tras ola de placer recorrieron su cuerpo, haciéndola girar fuera
de sí misma y dentro de él. Aidan estaba en todos los lugares donde ella se
volvía, en todas partes en donde podía sentir, dentro de su cuerpo, dentro de
su mente, dentro de su misma sangre, hasta que parecieron un ser estallando
hasta el cielo.
Yacieron juntos, adheridos el uno al otro, sus corazones
latiendo a un ritmo intenso y diferente a todo lo que habían creído posible. La
lengua de Aidan acarició su pecho, enviando un temblor a través de su sangre, a
través de la de él. Él enmarcó su cara con las manos, rozó su boca dulce,
tiernamente, a través de su frente, y depositó besos ligeros sobre su cara
hasta su barbilla. Por primera vez en su larga existencia, aparentemente
interminable, se sintió verdaderamente vivo, verdaderamente en paz.
-Me has dado un regalo sin precio, Alexandria, y nunca lo
olvidaré. No tenías razones para confiar en mí, pero lo hiciste- murmuró suave,
humildemente-. Gracias.
Ella permaneció con la mirada fija en él con sus ojos
interrogantes, incapaz de regresar por completo a tierra firme. Él estaba en
ella, su propio cuerpo lo envolvía. Parecía mentira que esos ojos dorados
pudieran brillar con tal intensidad, pudieran arder con tanta necesidad, sólo
por ella. Una sonrisa lenta curvó su boca e iluminó sus ojos de color zafiro
para hacer juego con la incandescencia de los de él. Simplemente clavaron los
ojos en el otro, en el alma del otro.
Ella podía sentirlo, grueso, duro, comenzando a moverse, una
fricción increíble de calor resbaladizo, tan suave y tierno, que sintió que
podría perderse en él. Aidan avanzó lentamente, saboreando cada golpe largo,
sus ojos devorando su cara. Su iniciación había sido un frenesí salvaje. Ahora
él quería tomarse su tiempo, construir su placer lentamente.
Sus dedos se enredaron en el cabello de ella. Su boca saboreó su
piel de raso, encontrando el pulso que latía en su garganta vulnerable.
-Eres tan bella, Alexandria, tan, pero tan bella.
-Tú me haces sentir bella- admitió ella.
-Todavía no puedo creer que te haya encontrado-. Repentinamente
levantó su cabeza y se quedó con la mirada fija en ella. Sus caderas
mantuvieron el movimiento lento y lánguido-. Vas a alejarte de ese rey de los
videojuegos de horror.
Ella besó su hombro, luego frotó su cara contra el vello dorado
de su pecho.
-No, no lo haré. Él es mi jefe.
-Yo soy tu jefe.
-Desearías ser mi jefe- bromeó Alexandria amablemente-. Trabajo
para él.
-Me alcanza el dinero para que ambos vivamos bien- protestó él.
Entonces una huella de risa se introdujo su voz-. ¿Sabes qué tan enfermo el
hombre tiene que estar para llegar a imaginar esas cosas?
-¿Qué hay acerca de ti? Juegas sus videojuegos. Incluso peor,
vives cosas más extrañas de las que él imagina-. Su barbilla se levantó-.
Además, quiero el trabajo. Me gusta dibujar. Ésta es la oportunidad de mi vida,
Aidan, algo que siempre he querido hacer.
Él se rió entonces, inclinando la cabeza para besar su barbilla
beligerante, para plantar una fila de besos en el valle entre sus pechos.
-La duración de tu vida ha sido alargada considerablemente, cara
mia. Puedes encontrar la manera de ilustrar las fantasías de otra persona,
preferentemente las de una mujer metida en años, agradable y sin hijos, y sin
ningún secretario.
Ella rió con él, sospechando en secreto que terminaría por hacer
lo que él deseaba y descartando a Thomas Ivan de la vida de ambos. Pero por
ahora, el cuerpo de Aidan estaba haciendo cosas increíbles en el de ella, y no
quería pensar en ningún otro hombre. Su lento y rítmico vaivén le quitaba la
respiración y reavivaba las ascuas del fuego al rojo vivo en alguna parte de su
estómago. Su cuerpo se movía con el de él, siguiendo su guía sin inhibiciones.
Ella amó la sensación de sus manos ahuecando sus pechos, el ligero roce de su
barbilla, su boca, sobre sus pezones. Le robaba el corazón con su ternura.
-Ya había robado tu corazón- bromeó él suavemente, recordándole
que compartía sus pensamientos.
-No estoy segura de estar lista para que sepas cada cosa que
pienso.
-O sientes-. Su voz descendió una octava, hasta convertirse en
una seducción de terciopelo negro-. O imaginas.
Sus manos encontraron sus caderas.
-Tú eres el que tiene todas las fantasías. Simplemente pido
prestadas las tuyas para probarlas.
Su cuerpo avanzó, enterrándose más profundamente dentro de ella.
-¿Como lo estoy haciendo?-. Él comenzó a moverse con golpes más
profundos, más fuertes, aumentando el ritmo hasta que las ascuas fueron llamas
saltarinas-. Aun no hemos comenzado, piccola. Tengo la noche entera para
adorarte como mereces.
En el destello inesperado de fuego que barrió todo su cuerpo,
ella se mordió el labio, y dos pequeños puntos de color rojo fluyeron a través
de ellos. Los ojos dorados y brillantes de Aidan se enfocaron allí, con una
emoción salvaje en sus profundidades. Simplemente esa mirada la envió hacia un
precipicio, su cuerpo haciendo erupción en explosiones que hicieron pedazos su
mente. Su grito jadeante se perdió mientras su boca encontraba la de ella,
apresando el sonido para siempre. Su lengua lamió su labio, una caricia que
aumentó su placer de manera imposible.
Aidan sintió que cada uno de sus músculos se tensaba. Permaneció
inmóvil la duración de un latido, y luego echó hacia atrás la cabeza y se
adelantó, sepultándose en ella, la reacción devastadora del cuerpo femenino
hacia el de él sobrepasando su control. Pareció durar por siempre, la
liberación, el mundo que giraba fuera de control, y al mismo tiempo no hacerlo
lo suficiente. Quiso estar allí para siempre, con Alexandria encerrada en la
seguridad de sus brazos.
Yacieron juntos sin moverse, sin hablar, saboreando el momento y
la percepción de sus cuerpos. Aidan fue el primero en moverse, a regañadientes,
desviando su peso. La abrazó acercándola, como si temiera que repentinamente
ella pudiera darse cuenta de que se había rendido a su cuidado y tratara de
escapar de él, de lo que era ella.
La joven acarició su brazo a medida que se enrollaba
posesivamente alrededor de ella.
- Aidan, puedo conocer tus pensamientos tal como tú conoces los
míos. Y soy todavía yo misma. No tengo la intención de que me encierren en un
armario.
Él se apoyó en un codo. El viento sopló a través del cuarto,
trayendo con él la brisa marina. Él levantó una mano, y la puerta corrediza de
cristales se cerró instantáneamente. Arrastró una colcha para abrigarla al
mismo tiempo que se movía más cerca para protegerla con el calor de su cuerpo.
-No tenía en mente el armario exactamente, cara. Pensé que mi
cama sería un mejor lugar-. Hubo una huella de humor masculino en su voz de
terciopelo.
Ella apartó el pelo de su cara y lo miró de frente.
-Voy a trabajar, Aidan. Tú has creado una vida aquí para ti,
para Stefan y Marie. Pero Joshua merece una existencia normal también. No
quiero que su vida cambie tanto que pierda todo lo que es familiar para él. Y,
desde luego, yo tampoco quiero perder eso. Esto es tan atemorizante. Tú eres
terrible. No perderé la parte de mi antiguo yo que quede.
-Te quiero segura, Alexandria. Las mujeres de nuestra raza son
nuestros tesoros más preciosos. Sin ti, no podemos mantener nuestra existencia.
Necesito saber que estás a salvo cada instante del día.
Alexandria se incorporó y arrastró la colcha sobre sus pechos,
repentinamente consciente de su desnudez. Aidan descuidadamente estiró una
pierna sobre su muslo, inmovilizándola en el lugar.
-No hay un centímetro de ti que no conozca, cara. Este no es el
momento de ponerse tímidos.
Ella podía sentir un sonrojo avanzando por su cuerpo entero
hasta que su cara resplandeció en la noche. Por la forma en que él había
situado su pierna, podía sentir que su masculinidad presionaba contra ella, su
calor y fuerza creciendo, endureciéndose de necesidad. Ella supo que sus
palabras tenían la intención de tomarle el pelo, pero nunca había estado en una
situación como esa, y no estaba segura de cómo actuar o qué sentir.
-Tú usas… esto para controlarme.
Él sonrió abiertamente sin arrepentimiento, rozándose contra
ella sugerentemente.
-¿Esto? ¿Qué es esto? ¿Estás diciendo que usaría nuestra
relación sexual para lograr mis propósitos?
Ella empezó a reírse otra vez; no podía evitarlo.
-Tú usarías cualquier cosa, señor Inocencia, para lograr tus
propósitos, y lo sabes.
Él ahuecó un pecho, su pulgar rozando ligeramente el pezón
sensibilizado.
-¿Está funcionando?-. Su voz acarició su piel como si fuera
terciopelo.
-No es posible que puedas desearme otra vez, Aidan- protestó
ella, apartándose de él y la tentación de su cuerpo.
Sus manos atraparon su cintura y la atrajeron contra su miembro
ya duro. Él trazó el contorno de sus caderas y acarició su trasero.
-Eres hermosa, Alexandria- suspiró mientras la rodaba sobre su
vientre y la colocaba bajo él.
-Aidan-. Su nombre emergió en una protesta jadeante. Sus manos
eran fuertes, pero no crueles, mientras la ubicaba en el lugar apropiado, su
respiración rozando su espalda, sus dientes cerrándose sobre su hombro cuando
ella trató de retorcerse para liberarse. Esa posición la hizo sentirse
intensamente vulnerable.
Aidan presionó contra ella, su necesidad de asumir el mando tan
fuerte como su necesidad de darle placer.
-Me deseas, cara mia. Puedo sentirlo.
-Es demasiado pronto.
-No para tu cuerpo-. Al mismo tiempo que él decía esas palabras,
su mano empujaba contra ella para probar su disposición, separándose bañada en
calor líquido-. Oh, Dios mío, Alexandria, ¿cómo podría resistirte alguna vez?
Él la necesitaba una vez más. Necesitaba sentirla, estar vivo,
afirmar que siempre sería una parte de él, de su vida, para que cuando él
abriera sus ojos y tomara su primera respiración cada tarde, ella estuviera
allí para darle siempre el poder de hacer más hondas las emociones, y mirarlo
con algo más que miedo en sus ojos.
Alexandria se había resistido a su dominación, pero no podía
resistirse a su necesidad apasionada. La intensidad de sus sentimientos
atravesó su mente, y su cuerpo se encendió con el fuego del de él. Empujó hacia
atrás contra él, consintiendo, inflamándolo más. Reía suavemente, tentándolo,
pero su respiración quedó atrapada en su garganta cuando él empujó hacia
adelante completando la íntima invasión. El cuerpo femenino se apretó alrededor
del de él, sujetándolo, agarrándolo firmemente, latiendo de vida y calor.
Un brazo poderoso se apretó posesivamente alrededor de su
cintura, su cuerpo al mismo tiempo protector sobre el de ella.
-¿Estamos locos?- murmuró él.
-Tú eres el loco-. Ella se quedó sin aliento, moviéndose con él,
comenzando a descontrolarse otra vez demasiado rápido-. Tengo trabajo que
hacer, pero tú me mantienes aquí, encerrada, prisionera de tu pasión- dijo,
jadeando. Él encendía su fuego rápidamente, con golpes seguros, duros,
sumergiéndose en ella, sus manos sujetándola bajo él-. No puedo creer que te
deje salirte con la tuya-. Y no podía. Parecía mentira que ella estuviese
arrodillada en una cama manchada con su propia inocencia y amando la posesión
de ese hombre, queriendo que se repitiera, deseándolo una y otra vez.
Cuando finalmente se derrumbaron, sujetándose el uno al otro, un
brillo fino de sudor recubría sus cuerpos, y estaban agotados, consumidos,
saciados.
-Te oí cantando en mi cabeza, la primera vez que nosotros…- ella
se interrumpió-. Las palabras estaban en tu lengua materna, ¿verdad?
-Aseguré nuestra unión otra vez- admitió él-. El pensamiento de
perderte por mi propia estupidez es demasiado para mí. Recité las palabras
rituales mientras tomaba tu inocencia, para ligarnos por toda la eternidad.
-No entiendo.
-Esas palabras crean un lazo irrompible para los nuestros. Una
vez que se las pronuncia, la unión es eterna.
Ella se dio vuelta y parpadeó mirándolo.
-¿De qué estás hablando?
-Cuando un varón de la Raza de los Cárpatos encuentra a su
consorte y sabe con toda certeza que ella es la única, puede comprometerla a él
con las palabras rituales incluso si aún no ha reclamado su cuerpo. Es como la
ceremonia humana del matrimonio, pero mucho más profunda. Nuestras almas y
corazones son la mitad del mismo entero, incompleto cuando están apartados. Las
palabras rituales las unen de nuevo como se supone tienen que existir.
Su mirada fija se estrechó con especulación.
-Creí que los dos estábamos atados por la química, por la
sangre.
-Están destinados, cierto, y el enlace da comienzo-. Él apartó
su pelo largo de la cara y se retiró hacia un lado de la cama, como inquieto
con la conversación.
-¿Así que la mujer todavía puede escapar si el hombre realmente
no dice las palabras rituales?
Él encogió sus hombros anchos, su mirada dorada e ilegible.
-¿Por qué sería él tan estúpido para no decirlas cuando sabe que
su destino depende de eso? Sería un tonto.
-Quizá sería bonito si él le preguntase a la mujer lo que
piensa. Los hombres humanos al menos preguntan a la mujer si ella prefiriere
pasar la vida con él. Quizá a las mujeres de la Raza de los Cárpatos también
les gustaría tener opciones.
Él se encogió de hombros otra vez.
-Es la elección del hado, del destino, como quieras llamarlo. La
ley del universo. La ley de Dios. Estamos hechos así. Las palabras no pueden
ser revocadas. Ningún varón de la Raza de los Cárpatos va a permitir que su
mujer corra de un lado a otro sin protección y sin reclamar.
-¡Viven en las Edades Oscuras! No puedes apropiarte simplemente
de la vida de alguien sin su consentimiento. No es correcto- discutió ella,
horrorizada.
-Un varón de la Raza de los Cárpatos no puede sobrevivir sin su
compañera.
-Bueno, ya que estamos, ¿cuántos años quieres vivir de cualquier
manera?- demandó ella apasionadamente.
Sus ojos dorados destellaron de diversión, y su palma se deslizó
por su pantorrilla hasta su muslo.
-Iría por otro siglo o dos mientras todas nuestras noches fueran
como ésta.
Su voz alegró su corazón, iniciando esa sensación curiosa de
derretimiento que experimentaba tantas veces cerca de él. Quería estar furiosa
con Aidan, pero la verdad era que si pudiera tener más noches como esa, quería
un siglo o dos también.
-Leo tus pensamientos- bromeó él, con su voz acariciándola
deliberadamente.
-Es hora de que te detengas. ¿No tienes alguna otra cosa que
hacer para mantenerte ocupado por un rato? Y no pienses que me distraerás con
eso. No puedes simplemente ir tomando decisiones que afecten mi vida sin
consultarme-. Lo observó suspicazmente-. ¿Qué más puedes hacer sin que yo lo
sepa?
Él se apoyó atravesando la cama y la besó de lleno en la boca,
demorándose en degustar su sabor.
-Pide lo que quieras, cara, y podremos hacerlo.
Ella se alejó de él de un tirón y abofeteó la mano que se movía
en su nido apretado de rizos.
-No seas fanfarrón, Aidan. Esto no es bueno.
-Creo que es algo excelente. Necesitaré de todos mis trucos para
mantenerte bajo control. Y espero con ansia cada minuto, Alexandria.
-Olvidas mis pequeños hábitos molestos, y creo que precisamente
han comenzado a multiplicarse.
Él gimió.
-¿Realmente vas a hacer un intento de reformarme?
-Alguien tiene que hacerlo-. Su mano encontró la de él-. Estoy
acostumbrada a tener una cierta cantidad de libertad, Aidan. La necesito. Nunca
podré ser feliz si me la quitas.
Él ahuecó su barbilla en una mano, sus ojos de oro abarcando su
mueca respingona.
-Me doy cuenta de las concesiones que ambos tendremos que hacer,
Alexandria. No pretendo que todas sean de tu parte. Sólo pido que me permitas y
perdones si cometo algunos errores.
Ella asintió con la cabeza. Tan fácilmente podría robar su
corazón. Con una mirada, con unas pocas palabras. Esa voz suya era pura magia
negra.
-¿Cómo puedo estar tan loca por ti y tan asustada al mismo
tiempo?
-Estás enamorada de mí- dijo él quedamente.
Ella parpadeó, conmocionada, como si nunca lo hubiera
considerado.
-Eso es un poco fuerte, Aidan. Me arrastraste dentro de esto tan
rápidamente, en contra de mi voluntad…
-Tú me amas- afirmó serenamente.
Ella se alejó un poco, unos pocos centímetros sobre la cama.
-No te conozco lo suficientemente bien como para amarte.
-¿No? Has estado en mi mente. Has compartido mis pensamientos,
mis memorias. Lo sabes todo acerca de mí, lo bueno así como también lo malo. Y
te entregaste a mí. No lo habrías hecho si no estuvieras enamorada de mí.
La joven tragó saliva. No quería enfrentarse a ese sentimiento
en ese momento; era demasiado abrumador. Trató de sonar frívola.
-Es simplemente el poder del sexo.
Las cejas de Aidan subieron rápidamente.
-Bailas muy bien- aventuró ella esperando cambiar de tema.
-He estado en tu mente también, cara mia. No me escondas la
verdad- dijo él con aire satisfecho.
Alexandria asumió su expresión más arrogante, arrastrando la
colcha alrededor de sus hombros, y permaneció silenciosa.
-¿Es realmente tan difícil admitir que me amas?- la voz
masculina fue una caricia que la abrigaba en unos brazos seguros y cariñosos.
-¿Por qué es tan importante tener esta discusión ahora mismo?
Estoy contigo, y obviamente no voy a irme a ningún sitio.
-Porque es importante para ti. Tienes esa idea loca de que no
puedes sentir amor por nadie excepto por tu hermano.
-Nunca he podido hacerlo antes.
-Y piensas que sientes algo por mí porque te he sumido bajo los
efectos de algún mágico hechizo. Lo que tenemos juntos no depende de ningún
hechizo. Quizá estoy ligándote a mí con las tradiciones de nuestra gente, pero
no podría haberlo hecho si ya no fueses mía. Tú eres mi verdadera compañera.
Habrías sacrificado tu vida para salvarme, incluso cuando no confiabas en mí.
La barbilla de Alexandria se levantó.
-Pensé que iba a morir de cualquier manera, y no quería vivir
como un vampiro. Recuerda; pensaba que eras un vampiro y que me habías
convertido en uno.
-¿Por qué salvarías a un vampiro, a uno tan malo?- contrarrestó
él suavemente.
Ella apretó ambas manos sobre sus oídos.
-Me confundes, Aidan.
Él amablemente asió sus muñecas y bajó sus manos, inclinándose
para besar su cuello.
-Sabías, en lo más profundo, donde de verdad es importante, que
era el único. Por eso tu cuerpo respondió al mío. No por algún hechizo antiguo,
o gratitud por salvarte a ti y a Joshua. Tu cuerpo y alma me reconocieron antes
que tu mente y tu corazón tuvieran la posibilidad de hacerlo. Tu mente estaba
traumatizada por todo lo que había ocurrido, y no ayudó mucho cuando reaccioné
de modo tan espantoso por tu seguridad. ¿Cómo podías saber lo que había en tu
corazón?
-Lo que siento por ti es tan… - no pudo encontrar las palabras
para describir las emociones que se agitaban tan fuertemente dentro de ella.
-Intenso. Profundo. Diferente a lo que esperabas. Y porque es
tan diferente, no lo reconoces por lo que es. Ya no eres humana, con
limitaciones humanas. Todos tus sentidos se han expandido, así como también tus
emociones, también tu placer, tu dolor, el hambre… todo será apabullante hasta
que te acostumbres a ellos. Al principio tu audición nueva fue casi
insoportable, ¿verdad?
Ella asintió con la cabeza. Había sido hacía poco, pero ya lo
había olvidado.
-En breve, aprenderás a atenuar tu audición extraordinaria o
usarla sólo cuando la necesites. Con el tiempo, podrás usar todas tus
habilidades fácilmente, como yo lo hago. La intensidad entre nosotros crecerá,
como lo hará nuestro lazo. Pero no es magia, Alexandria. Es amor-. La voz de
Aidan fue tan afectuosa, tan tierna y tan segura, que ella sintió su corazón
dar un salto mortal.
Capítulo Quince
Las olas del océano se elevaron a gran altura y corrieron hacia
la orilla, derramando rocío de espuma y sal antes de colisionar contra las
rocas del acantilado y caer de regreso al mar agitado. Alexandria escurrió
arena a través de sus dedos mientras miraba el despliegue espectacular de la
naturaleza frente a sus ojos. La hora avanzada y los vientos salvajes
aseguraban que tuviera la playa para ella sola.
Estaba sentada sobre un médano, apoyando la barbilla sobre sus
rodillas y observando las olas. Siempre había amado el océano, pero después de
su experiencia con el vampiro, había pensado que nunca podría enfrentarlo otra
vez.
Aidan había cambiado eso. Él había vuelto a traer la belleza y
la alegría a su mundo. Ella podía sentarse allí, sola en la oscuridad, rodeada
por el viento gemebundo, el mar bravío, incluso las nubes ominosas reuniéndose
en lo alto, y percatarse de la magnificencia de todo ello. Aidan estaba
dedicado a uno de sus muchos negocios, y ella había salido a hurtadillas de la
casa para pasear. Mientras una parte suya amaba la cercanía que Aidan pedía, la
forma en que constantemente entraba calladamente en su mente, por otra temía
por su libertad, acostumbrada a hacer las cosas a su propia manera. Y había
necesitado simplemente sentarse en silencio y permitir que todo lo que le había
ocurrido comenzara a tomar su lugar.
Aidan estaba descontento con ella. Podía sentir el peso de su
desaprobación. Estaba con ella, en una esquina tranquila de su mente, pero al
menos no había tratado de obligarla a hacer su voluntad.
-Debería.
Alexandria sonrió ante su queja.
-Es bueno que no lo hicieras. Necesitas aprender que no te
obedeceré en todo de la forma que Joshua lo hace.
-¿Otro de tus hábitos molestos?
Ella soltó una carcajada, el alegre sonido esparciéndose en la
playa por el viento.
-Si no lo es, voy a asegurarme de cultivarlo.
-Vas a hacer exactamente lo que digo.
Su voz se había dejado caer una octava, hasta que fue una
caricia de terciopelo negro, una seducción patente.
Ella instantáneamente sintió el calor de su cuerpo en respuesta.
-Regresa a trabajar, demonio del sexo, y déjame sola por un
rato.
-Simplemente por un rato corto. Ese es todo el tiempo que puedo
lograr estar sin tu cuerpo bajo el mío.
-Eres malvado, Aidan. Muy, muy malvado.
Ella reía, su cabeza echada hacia atrás, su corazón ligero y
lleno de alegría después de un viaje tan largo, tan oscuro.
A una distancia de muchas millas, el cielo se encendió
brevemente, un destello blanco iluminando las nubes oscuras, y luego ella oyó
el trueno distante. Una tormenta estaba cabalgando las olas mar adentro,
alimentando la atmósfera juguetona del océano. Se reclinó y tocó una gota de
agua que había salpicado su mejilla, de lluvia o rocío del mar, no podía estar
segura. No le importaba. Su vida volvía a reconstruirse; estaba encontrando su
fuerza otra vez. Y ahora que aceptaba en lo que se había convertido, encontraría
la manera de ocuparse de su vida otra vez.
En la oscuridad, una sombra cambió de posición sobre su cabeza.
Ella parpadeó, se puso derecha, e inclinó la cabeza para escudriñar los cielos.
No detectó ningún movimiento. Quizá había sido simplemente una nube negra
deslizándose adelante de las demás. A pesar de todo, se sintió inquieta. Estaba
sola en las dunas, lo suficientemente cerca del agua para que pudiera detectar
a los depredadores apenas bajo la superficie. Y esa comprensión repentinamente
la crispó, que bajo las hermosas olas las criaturas prehistóricas se
deslizaban, buscando siempre una presa.
Una sonrisa lenta curvó su boca. Comenzaba a dejar que cualquier
cosa la asustara. ¿Quién estaría afuera en una noche como esa? El océano rugía,
se estrellaba contra las rocas, y enviaba plumas de espuma al cielo. Pero su
desasosiego aumentó con la fiereza de la tormenta.
-Quizá sería mejor para ti escuchar a tu compañero y estar a
solas dentro de la casa o en el balcón en vez de afuera, bajo una tormenta.
Su burla era irritante, y ella recogió rápidamente otro puñado
de arena en desafío. A pesar de eso, a pesar de su determinación, Alexandria
sintió un peso opresivo en su pecho, y ansiosamente escudriñó el cielo,
tratando de permanecer lo suficientemente tranquila como para sentir sus
alrededores, detectar otra presencia. Repentinamente, sin ninguna razón
concreta, estaba segura de que no estaba sola, y que lo que fuera que la
acechaba era malo.
-Lárgate de ahí- ordenó Aidan. Su voz era fría y determinada, y
como respuesta a la fuerza creciente de sus instintos, ella sintió que él se
había elevado por el aire.
Se levantó, sus ojos investigando el área circundante. El viento
tiró de su pelo, batiéndolo a través de su cara. Apartó las hebras largas y vio
a un hombre balanceándose a gran altura en el acantilado. El viento era cruel,
y podía ver que él estaba en problemas, el borde del terraplén desmoronándose
bajo su peso. Alexandria gritó y comenzó a correr, instintivamente extendiendo
la mano como si en cierta forma pudiera impedir su caída.
¿Cómo podía no haberlo visto antes? ¿Sentir su presencia? ¿Por
qué había estado tan egoístamente segura de que era ella quien estaba en
peligro? ¿Cuánto tiempo había permanecido el hombre allí?
-¿Qué es, cara?
La voz de Aidan era calma y tranquilizadora, y estaba más cerca
ahora, lo que era reconfortante.
Ella se aferró a él como a un salvavidas.
-Un hombre en los acantilados está cayendo.
Si sólo no hubiera perdido el tiempo sintiendo lástima por sí
misma, en lo que se había convertido, podría haberlo salvado. Debería haber
aprendido de Aidan todo lo que él pudiera enseñarle. Podría haberse movido con
su velocidad enceguecedora y haber atrapado al hombre antes de que cayera sobre
las rocas dentadas debajo.
-Ya estoy llegando. ¡Mantente lejos de él!
Fue una orden, pero una que ella no podría obedecer. Aunque
tuviera pocas esperanzas de salvar al desconocido, tenía que hacer un intento.
Corrió descalza sobre la arena mojada, su mirada fija en el acantilado. Por un
momento, pensó que el mundo se hacía más oscuro. Luego una ráfaga de relámpagos
bailó y crepitó, y una bola de fuego explotó a través de la noche, yendo
directamente hacia el hombre.
Alexandria gritó mientras él daba volteretas hacia adelante,
cayendo en cámara lenta, un descenso torturante de cuarenta pies o más. El
viento llevó su grito hasta su cara como una bofetada. Estaba todavía demasiado
lejos y era demasiado tarde, pero corrió de todos modos. Sin previo aviso,
mientras corría, golpeó algo invisible. El impacto la tiró al suelo.
Con el corazón palpitando rápidamente, se incorporó, apartando
de un empujón la maraña salvaje y batida por viento de su pelo. No vio ningún
obstáculo, el impacto no había dolido, pero cuando extendió la mano, encontró
algo sólido.
-¿Cómo has podido hacerlo, Aidan?
Estaba asombrada de que él pudiera detenerla así, impidiendo que
fuera en auxilio del desconocido. Lentamente se puso de pie, estremecida.
La niebla se plegó velozmente desde el mar, empujada por los
vientos salvajes. Lejos de ella, al otro lado de la barrera invisible, un
hombre comenzó a materializarse. Al principio brillaba tenuemente, translúcido,
pero luego se solidificó más, convirtiéndose en un ser oscuro y lleno de
sombras. Era alto, como Aidan, con los mismos músculos tensos. Su pelo era tan
negro como la noche, largo y atado con una correa de cuero en la nuca. Su cara
era bella, su boca al mismo tiempo sensual y cruel, su mandíbula fuerte. Pero
fueron sus ojos los que capturaron su atención. Eran pálidos, casi iluminados
por sí mismos, con una brillantez de mercurio imposible de ignorar.
Alexandria tuvo repentinamente mucho miedo. Aidan exudaba poder,
pero ese hombre era el poder. Nadie, nada, podría derrotar a tal criatura.
Estaba segura de que no era humano. Una mano avanzó a rastras protectoramente
hacia su garganta.
El desconocido ondeó una mano casi casualmente, y la barrera
desapareció en un instante. Ella nunca había visto la obstrucción, pero ahora
sabía que no existía, que nada había entre ellos excepto aire. Estaba
aterrorizada, por sí misma y por Aidan.
-Tú eres la mujer de Aidan. Su compañera. ¿Dónde está él que te
permite vagar sin protección?
Su voz era el sonido más hipnótico y urgente que ella alguna vez
había oído. Tan puro. Tan tentador. Nadie podría resistirse a esa voz suave y
musical. Si él le dijera que se tirara en el océano sombrío, lo haría. Ella
curvó sus dedos en puños apretados.
-¿Quién eres tú?- preguntó. Silenciosamente, ella advirtió-:
Aidan, ten cuidado. Hay otro aquí. Él sabe que estoy contigo, que soy tu
compañera-. Hizo un intento para no permitir que el estremecimiento que se
había apoderado de su cuerpo se trasluciera en su voz.
-Míralo, piccola. No tengas miedo. Estoy cerca. Yo veré lo que
ves tú. Conserva tu mente abierta.
Como siempre, Aidan sonó calmado y en el control.
La boca seductora del desconocido se curvó, pero no hubo calor
en la plata mordaz de sus ojos.
-Estás hablándole. Bien. Estoy seguro de que él me puede ver
ahora. Pero es un tonto por permitir que sus sentimientos hacia ti lo cieguen
para con sus deberes.
La barbilla de la joven se levantó.
-¿Quién eres tú?- repitió.
-Soy Gregori, el Oscuro. Quizá él te haya hablado de mí.
-Él es el más sabio, el más poderoso de toda nuestra especie-
confirmó Aidan. Estaba muy cerca-. Es el más grande sanador que nuestra casta
alguna vez ha conocido y mi maestro. Es también un amo de la destrucción y el
guardaespaldas de nuestro Príncipe.
-Me aterroriza.
-Él aterroriza a todo el mundo. Sólo Mikhail, el Príncipe de
nuestro pueblo, lo conoce bien.
-Confío en que Aidan tenga buenas cosas que decir acerca de mí.
Él estaba de cara a ella, esos ojos brillantes investigando
directamente su alma, pero Alexandria tuvo el presentimiento de que su atención
estaba en otro sitio. Su voz era tan pura, tan perfecta, que quiso que él
siguiera hablando.
Una ráfaga de viento revolvió un remolino vertiginoso de arena
que dio vueltas hasta envolver a Alexandria, empujándola hacia atrás. Cuando
finalmente recobró el equilibrio y se destapó los ojos, Aidan estaba
directamente frente a ella.
-Muy impresionante, Aidan- dijo el desconocido con una huella de
satisfacción.
-No he visto a nadie de mi gente por largos años- dijo Aidan
suavemente-. Estoy encantado de que seas tú, Gregori.
-¿Usas ahora a tu mujer como cebo?-. El tono fue suave, pero la
reprimenda clara.
Alexandria se irritó, furiosa de que ese hombre tratara de hacer
a Aidan sentirse culpable por su independencia. Los dedos de Aidan encontraron
su muñeca detrás de él sin mirarla, cerrándose alrededor de ella como una
cadena.
-No lo hagas- advirtió él. Ella se apaciguó inmediatamente,
sintiendo el espeso peligro en el aire.
-Aquel, ese traidor de nuestra gente- Gregori inclinó la cabeza
hacia el hombre que yacía todavía en las rocas donde había caído-. Él trató de
tomarla.
-No podría haberlo hecho- dijo Aidan suavemente.
Gregori asintió con la cabeza.
-Creo que es verdad. A pesar de eso, ella toma riesgos que no
deberían serle permitidos-. Una red de venas blancas iridiscentes encendió el
cielo, sostenida, brillante, en un despliegue poderoso. El relámpago lanzó una
sombra peculiar a través de la cara oscura, bien parecida y de los ojos de
plata relampagueante, haciendo a Gregori verse al mismo tiempo cruel y
hambriento.
Los dedos alrededor de la muñeca de Alexandria se apretaron aún
más.
-No te muevas, no hables, cueste lo que cueste- la alertó Aidan
suavemente en su mente-. Gracias por tu ayuda, Gregori- dijo en voz alta, su
voz afectuosa y sincera-. Ésta es mi compañera, Alexandria. Es nueva para
nuestra gente y no sabe nada de nuestras costumbres. Ambos consideraríamos un
gran honor si nos acompañas de regreso a nuestra casa y nos das las noticias de
nuestra tierra natal.
-¿Estás loco? - protestó Alexandria silenciosamente,
horrorizada. Sería como llevar a casa un animal salvaje. Un tigre. Algo muy
letal.
Gregori inclinó su cabeza ante la presentación, pero la negativa
de unirse a ellos fue cristalina en sus ojos de plata.
-Sería imprudente de mi parte quedarme bajo tu techo. Podría ser
un tigre enjaulado, inconfiable, imprevisible-. Sus ojos pálidos titilaron
sobre Alexandria, y ella tuvo la impresión de que él se reía de ella. Luego
volvió su atención otra vez a Aidan-. Necesito pedirte un favor.
Aidan sabía de qué hablaría Gregori, y negó con la cabeza.
-No lo hagas, Gregori. Eres mi amigo. No me pidas lo que no
puedo hacer.
Alexandria sintió el pesar de Aidan, su desasosiego. Su mente
era una confusión de emociones, y el miedo se destacaba entre ellas.
Los ojos de plata relampaguearon y ardieron.
-Harás lo que debes hacer, Aidan, tal como he hecho yo por más
de mil años. He venido aquí a esperar por mi compañera. Ella llegará dentro de
unos pocos meses para hacer un show, una función de magia. San Francisco está
en su itinerario. Tengo la intención de establecer una casa a gran altura en
las montañas, lejos de tu hogar. Necesito lo salvaje, las alturas, y debo estar
solo. Estoy cerca del fin, Aidan. La cacería, la matanza, es todo lo que
tengo-. Él ondeó una mano, y las olas del océano brincaron en respuesta-. No
estoy seguro de si puedo esperar hasta que ella venga. Estoy demasiado cerca.
El demonio casi me ha consumido-. No hubo cambios en la pureza dulce de su voz.
-Ve a ella. Envía por ella. Llámala-. Aidan frotó su frente con
agitación, y su trastorno obvio alarmó a Alexandria más que cualquier otra
cosa. Nada, nunca, parecía alterar a Aidan-. ¿Dónde está ella? ¿Quién es?
-Ella es la hija de Mikhail y Raven. Pero Raven no la preparó
para lo que sucedería en el día de la reclamación. Ella tenía dieciocho años.
Cuando fui a ella, estaba tan llena de miedo que encontré que no podía ser el
monstruo que necesitaba ser para reclamarla en contra de su voluntad. No la
presioné. Me prometí solemnemente permitirle cinco años de libertad. Después de
todo, unirse a mí será como asociarse con un tigre, no exactamente el más
placentero de los destinos.
-Tú ya no puedes esperar-. Alexandria nunca había oído a Aidan
tan agitado. Lo rozó con el pulgar en una diminuta caricia a través de su
muñeca para recordarle que no tendría que encarar el futuro solo.
-Hice una promesa, y la mantendré. Una vez que ella se una a mí
para toda la eternidad, su vida no será fácil, así que huye de sí misma tanto
como de mí-. La voz de Gregori era tan bella, tan clara. No había huella de
amargura, ningún arrepentimiento.
-¿Sabe lo que tú sufres?
Los ojos de plata brillaron intermitentemente ante la
implicación del egoísmo de su compañera.
-Ella no sabe nada. Ésta fue mi decisión, mi regalo para ella.
El favor que pido es que no me caces solo, si algo así se vuelve necesario.
Necesitarás a Julian. Él es de la oscuridad.
-Julian es como yo- protestó Aidan instantáneamente.
-No, Aidan- corrigió Gregori en su voz hipnótica-. Julian es
como yo. Es por eso que sale a buscar los radios de acción altos, por qué está
siempre solo. Es como yo, y te ayudará a derrotarme si hay necesidad.
-Ve a ella, Gregori- imploró Aidan.
Gregori negó con la cabeza.
-No puedo. Prométeme que harás lo que te pido. No tratarás de
cazarme sin Julian.
-Nunca sería tan tonto en lo que se refiere a cazar al lobo más
astuto sin la ayuda de otro. Permanece fuerte, Gregori-. Hubo pesar real en la
voz de Aidan.
-Me mantendré fuerte mientras sea capaz- contestó Gregori-, pero
en la espera hay mucho peligro. Seré incapaz de destruirme a mí mismo antes de
que sea demasiado tarde. Estaré demasiado lejos. Tú lo entiendes, Aidan. La
carga de esta decisión podría caer en tus hombros, y por eso, pido tu perdón.
Siempre pensé que sería Mikhail, pero ella está aquí, en los Estados Unidos. Y
ella estará aquí, en San Francisco, cuando mi promesa termine.
Aidan asintió con la cabeza, pero Alexandria podía sentir las
lágrimas ardiendo en su mente, en su corazón. Se esforzó en consolarlo,
enviarle su calor, pero permaneció tan quieta como él le había pedido, no
entendiendo del todo qué estaba diciendo Gregori, pero sabiendo que era grave.
-Atenderé a éste, destruiré toda prueba de su existencia-.
Gregori gesticuló hacia el cuerpo al pie del acantilado-. Pero, Aidan, él no
estaba solo. Había otro. Pensé que sería mejor quedarme y proteger a tu
compañera antes que seguir su pista. Tan cerca de transformarme, no quise
arriesgar dos presas en una sola tarde-. La voz suave y musical podría haber
estado discutiendo sobre el clima.
-Gregori, te agradezco por la advertencia y la ayuda. No
necesitas preocuparte sobre el traidor. Ese es mi trabajo, aunque admito que he
estado atendiendo otras cosas recientemente antes que cazar.
-Como debe ser- reconoció Gregori con una sonrisa suave-. Una
compañera está siempre en primer lugar.
-¿Por qué temes que la tuya no tendrá una vida fácil?- preguntó
Aidan.
-He cazado demasiado tiempo para detenerme alguna vez. Estoy
acostumbrado a mi propia forma de hacer las cosas. He esperado demasiado
tiempo, he peleado demasiado duro, y he sufrido con exceso para permitirle a
ella la libertad que deseará. Su vida nunca será suya, solamente lo que yo haga
con ella.
Aidan sonrió entonces, y Alexandria lo podía sentir relajarse.
-Si hiciste lo que has dicho, anteponerla a tu propia comodidad,
no tendrás alternativa excepto permitir su libertad.
-No soy como Mikhail o Jacques o, como parece, tú. Intentaré que
su seguridad sea lo primero de todo-. La voz de Gregori contuvo un filo de
acero.
Aidan respondió con una sonrisa, la risa rebalsándose de sus
ojos dorados.
-Sólo puedo esperar tener la posibilidad de verte, Gregori, bajo
el hechizo de tu mujer. Debes prometer que la traerás para conocernos un día.
-No si termino como tú o Mikhail. No destruiré mi peligrosa
reputación de tal manera-. Un indicio de humor pareció iluminarlo y luego
desapareció rápidamente, como si el viento lo hubiera llevado lejos.
-Me ocuparé del vampiro- dijo Aidan-. Deberías evitar enfrentar
la muerte.
-Lo maté desde lejos. Tú lo encontrarás… inquietante- advirtió
Gregori.
-Eres aun más poderoso de lo que recuerdo.
-He adquirido muchos conocimientos en estos años- concedió
Gregori. Sus ojos pálidos descansaron atentamente sobre la cara de Aidan-.
Encontrarás a tu hermano muy cambiado también. Es un aprendiz rápido, y sin
miedo de avanzar demasiado en las sombras. Traté de advertirle el costo, pero
no escucha.
Aidan negó con la cabeza.
-Julian siempre dijo que las reglas estaban hechas para ser
rotas. Siempre ha seguido su propio camino. Pero te respetaba. Fuiste la única
influencia real en su vida, tal vez el único a quien alguna vez escucha.
Gregori negó con la cabeza.
-Él no podría escuchar más. El viento, las montañas, los lugares
apartados lo llaman. No esperaba poder detenerlo. Él tenía oscuridad dentro, y
nada podría llenarlo.
-Tú lo llamas oscuridad. Pero fue esa cualidad en ti la que te
hizo abrir el mundo para nosotros. Te hizo salir a buscar las técnicas
curativas que me has enseñado, a mí y a los otros. Te permitió realizar los
milagros que has realizado para nuestra gente. Has hecho lo mismo por Julian-
contestó Aidan suavemente.
Los ojos de plata palidecieron hasta volverse de acero. Fríos.
Desolados. Vacíos.
-Nos dirigió a ambos a cosas que nunca deberían haber sido
aprendidas. Con la adquisición de conocimiento viene el poder, Aidan. Pero sin
reglas, sin emociones, sin un concepto de lo que es correcto o equivocado, es
demasiado fácil abusar de ese poder.
-Toda la Raza de los Cárpatos se da cuenta de eso, Gregori-
discutió Aidan-. Tú, más que la mayoría, conoces el concepto del bien y el mal.
Y así también lo hace Julian. ¿Por qué has soportado, resistiendo incólume,
cuando los otros se han transformado? Luchaste por la justicia, por nuestro
pueblo. Tienes un código, y siempre has vivido con él, como estás haciendo
ahora. Dices que no tienes ningún sentimiento, ¿pero qué hay de la compasión
que sentiste por tu compañera cuando ella estaba tan asustada? No puedes
transformarte. Cada momento es una eternidad para ti, lo sé, pero tienes en
perspectiva un fin.
El frío de los ojos de Gregori pareció traspasar a Aidan con una
estaca, pero el hombre más joven no se sobresaltó. Sostuvo la mirada de Gregori
hasta que Alexandria pudo haber jurado que vio un parpadeo de fuego, una llama,
brotando de uno al otro. La boca dura de Gregori se suavizó ligeramente.
-Has aprendido bien, Aidan. Eres una persona que cura al mismo
tiempo el cuerpo y la mente.
Aidan inclinó su cabeza en reconocimiento por el cumplido. El
viento aullaba, las olas se estrellaban, y Gregori le lanzó a sí mismo a la
oscuridad, agitando las nubes. Una forma negra se esparció a través del cielo,
una sombra ominosa que oscurecía el firmamento, y luego se movió hacia el norte
y se desvaneció como si nunca hubiera existido, llevándose la tormenta con él.
Aidan se hundió en la arena, su cabeza inclinada, sus hombros
estremeciéndose como si tratara de controlar alguna gran emoción que lo había
sobrecogido. Alexandria rodeó la cabeza varonil con sus brazos. Podía sentir
los sollozos rasgando su garganta y su pecho, pero él no produjo ningún sonido.
Sólo una única lágrima, roja como la sangre, señaló su gran pesar.
-Siento pena, cara, porque él es un gran hombre, uno que nuestra
gente no puede darse el lujo de perder. Podía sentir su desolación, el demonio
interior esperando devorarlo. Pero tener que honrar mi promesa, tener que
cazarlo…- él negó con la cabeza-. Es tan mal pago a alguien que ha dedicado su
vida a nuestra gente, a nuestro Príncipe.
La respiración de Alexandria había quedado atrapada en su
garganta. Había pensado que Aidan era invencible. Capaz, incluso, de cazar a
los vampiros y triunfar sobre su poder maligno. Pero Gregori era diferente.
Incluso con dos Cazadores como Aidan, no parecía posible que pudiera ser
derrotado.
-¿No puedes contactar tú a esa mujer, la que lo podría salvar?
Aidan negó con la cabeza con pesar.
-Él continuaría honrando su promesa, y su presencia sólo
empeoraría las cosas.
Ella tocó su pelo con dedos suaves y cariñosos.
-Como yo lo empeoré para ti-. Ella frotó su barbilla
pensativamente contra su pelo-. Puedo entender que la chica tenga miedo. Tú me
asustaste. Todavía lo haces. Pero Gregori… él aterra. Nunca querría estar atada
a un ser como él. Y ella es sólo una niña.
-¿Por qué todavía me tienes miedo?-. Aidan levantó su cabeza y
tocó su cara reverentemente con la punta de sus dedos, con una ternura que hizo
que su corazón diera un vuelco.
-Tu poder. Tu intensidad. Puede que cuando me enseñes algunas
cosas, no esté tan nerviosa, pero ahora parece que tienes más poder que el que
cualquier persona debería esgrimir.
-Tu mente tiene los mismos poderes que la mía. Simplemente
tienes que pensar en lo que quieres, Alexandria. Si deseas volar, simplemente
mantienes la imagen en tu mente, y tu cuerpo se aligera y flotas.
Su brazo rodeó su cintura, y se levantaron lentamente en el
aire.
-Fusiónate conmigo. Velo por ti misma. No hay necesidad de
temerme nunca-. Él los colocó amablemente de vuelta a la Tierra.
-Dime acerca del 'reclamo' del que él habló. ¿Qué quiso decir?
¿Y quién es Mikhail?
-Mikhail es el más viejo de nuestro pueblo, nuestro Príncipe.
Nos ha dirigido por siglos. Gregori es sólo un cuarto de siglo más joven, lo
que en nuestros términos, los hace casi de la misma edad. Nuestra gente ha sido
acosada durante años, obligada a ocultarse, y muchos fueron masacrados.
Nuestras mujeres se han vuelto tan pocas, que los varones no pueden encontrar
compañeras que iluminen su oscuridad, y más y más cada vez se transforman en
vampiros. Aunque nadie lo ha descubierto aún, los pocos niños que nacen entre
nosotros son siempre varones, y la mayoría no sobrevive al primer año de vida.
Esas mujeres que dan a luz y pierden al niño se desaniman y se rehúsan a hacer
un intento después de un tiempo. Así que el hombre sin compañera se pierde, sin
esperanza. O da la bienvenida al amanecer y perece, o sucumbe al demonio
interior, y se convierte en vampiro, un verdadero depredador.
-Qué terrible- trató de decir ella, el pesar llenando su mente y
su corazón.
-Mikhail y Gregori han estado tratando de encontrar una forma de
evitar lo inevitable, la extinción de nuestra raza. Descubrieron que un grupo
de mujeres humanas poseen habilidades psíquicas y son capaces de unirse
químicamente con nuestros varones.
-Como yo.
Él asintió con la cabeza.
-No encontrabas a los hombres humanos físicamente atractivos.
Por alguna razón, no naciste dentro de nuestra raza, pero fuiste concebida para
mí específicamente. Tu cuerpo y el mío tienen la necesidad de ser uno. Tu
corazón y alma son la otra mitad de la mía. Mikhail y Gregori creen que esas
mujeres psíquicas de descendencia humana son capaces de producir descendientes
hembras, y que esos niños también serán capaces de reproducirse, o al menos es
más probable que produzcan niñas. Así que ves por qué eres tan apreciada.
-¿Qué es el reclamo?
Aidan dejó escapar su respiración lentamente.
-Alexandria… - hubo vacilación en su voz.
Ella se alejó de él, la barbilla en alto.
-Adivino que hay una parte que no me has dicho. ¿Debo esperar a
tener un bebé? ¿Una chica? ¿Cuáles son las probabilidades de que mi niña
sobreviva?
Él extendió la mano, enmarcando su cara.
-No te quiero para que seas una procreadora para mi raza,
piccola. Te quiero sólo para mí. No sé las probabilidades de que nuestros niños
sobrevivan. Como tú, sólo puedo rezar. Tendremos que cruzar ese puente cuando
lleguemos a él.
-Si tenemos una niña, si sobrevive el primer año y crece, ¿qué
ocurrirá entonces?-. Sus ojos de color zafiro sostuvieron los dorados.
-Todas las hijas son reclamadas en su decimoctavo cumpleaños.
Los varones vienen de todas partes para encontrar a la muchacha. Si la química
es correcta, entonces ella es reclamada por el varón.
-Eso es barbárico. Como un mercado de carne. Ella no tiene la
oportunidad de vivir otro tipo de vida por sí misma-. Alexandria se
escandalizó.
-Las mujeres de la Raza de los Cárpatos se educan sabiendo que
sostienen el destino de su compañero en sus manos. Es su derecho de nacimiento,
como dar a luz a los niños.
-No es extraño que la pobre chica se escapara. ¿Puedes imaginar
tú encarar una vida con ese hombre a una edad tan temprana? ¿Qué tan viejo es?
Para ella, debe parecer antiquísimo. Es un hombre, por el amor de Dios, no un
niño. Es difícil y probablemente cruel, y evidentemente sabe más acerca de cada
tema bajo el sol que cualquier persona viva.
-¿Qué tan viejo piensas tú que soy, Alexandria?- preguntó Aidan
suavemente-. He vivido durante ochocientos años, y estás irrevocablemente atada
a mí. ¿Es eso un destino tan terrible?
Por un momento sólo hubo silencio. Luego ella le sonrió.
-Pregúntame otra vez en cien años. Te lo diré entonces.
Sus ojos ardieron en un oro líquido, derretidos, eróticos.
-Vuelve a casa, cara mia. Terminaré mi trabajo aquí y me uniré a
ti.
-Traje el coche- dijo ella-. Cuando mi Volkswagen no arrancó,
tomé esa pequeña cosa deportiva que nadie usa. Stefan dijo que estaría bien.
-Ya lo sabía, y no oíste ninguna queja. No hay ningún lugar a
donde vayas y ninguna cosa que hagas que yo no sepa. Somos uno, piccola-. Él
desgreñó su pelo como si ella fuera una niña porque su cuerpo comenzaba a hacer
demandas, y los restos de un vampiro estaban a unas pocas yardas de distancia-.
Conduce a casa, y te encontraré allí.
Mientras él la guiaba al coche, ella se ajustó bajo su hombro
para que su cuerpo la abrigara. Alexandria se avergonzó de sí misma por
gustarle el sentimiento que eso le daba. Estaba decidida a aferrarse a su
independencia con ambas manos, especialmente en vista de lo que él había dicho
que podría ser el destino de su hija. Tenía que ser lo suficientemente fuerte
para hacer frente a Aidan, si quería una hija que pudiera escoger su propio
camino. Tuvo el presentimiento de que los varones de la Raza de los Cárpatos
nunca habían comprendido el movimiento de liberación de las mujeres del siglo
veinte.
Aidan observó las luces traseras del pequeño coche desaparecer
en una curva hasta la carretera principal. Apartó de un empujón su melena
gruesa de pelo y empezó a encarar el sangriento espectáculo en las rocas.
Varias semanas atrás, cinco vampiros habían llegado al área. Se habían movido a
través de los Estados Unidos en una juerga aniquiladora, creyendo que ninguno
de los Cazadores los seguiría desde su tierra natal. A pesar de todo, era
sabido entre su gente que Aidan Savage residía en San Francisco. ¿Por qué
entonces habrían decidido ir allí, tomar un riesgo semejante? ¿Era porque la
mujer de Gregori estaba por llegar? Faltaban meses para eso. ¿Qué entonces?
¿Qué había llevado a los vampiros a uno de los pocos lugares en los Estados
Unidos donde residía uno de los mejores Cazadores?
Atravesó la arena, sus zancadas largas y rápidas. ¿Habían
sentido la presencia de Alexandria cuando él todavía no? ¿Estaba algo
llevándolos a San Francisco? Sabía que varios renegados habían preferido ir a
Nueva Orleáns, porque la ciudad tenía reputación por su depravación, y ser la
capital de los delitos de homicidio de los Estados Unidos. Los Ángeles también
los atraía porque su violencia frecuente escondería sus maniobras. Él cazaba
también en esos sitios, sin embargo, cuando sabía de sus actividades.
Cuando alcanzó el cuerpo del vampiro, que encontró ennegrecido y
chamuscado, el pelo le ardía a fuego lento. Emitía el hedor inconfundible del
mal. Si eso había acechado a Alexandria, sin duda su casa estaba siendo
observada. Contempló el cielo nocturno y envió su desafío. Las nubes corrieron
a toda velocidad, oscuras y ominosas, presagiando la venganza.
-Ven por mí. Viniste a mi ciudad, buscando mi casa, mi familia.
Te estoy esperando.
El viento arrastró sus palabras a la ciudad, y en alguna parte,
lejos, como un trueno distante, un bramido de cólera le contestó, el ladrido
frenético de los perros sumándose al estrépito.
Sus dientes blancos brillaron como los de un depredador mientras
Aidan enviaba su risa silenciosa encontrando su camino hasta su adversario.
Hecho el desafío, se inclinó sobre lo que quedaba del vampiro. Aunque había
pasado mucho tiempo con Gregori, nunca había visto algo como eso antes. El
pecho del vampiro había estallado, pero su sangre contaminada no se había
derramado porque la herida había sido cauterizada por la explosión. El corazón
se había vuelto negro, un cúmulo de cenizas inservibles. Negó con la cabeza.
Gregori estaba en su ánimo más letal.
Aidan se apartó de la abominación con un sentido de tristeza e
impotencia. Había conocido a esa criatura caída, había crecido con él. Ese
hombre era cerca de doscientos años más joven que él, pero ya se había
transformado. ¿Por qué? ¿Por qué algunos de ellos resistían y algunos cedían
tan rápidamente? ¿Tendría algo que ver con la fuerza de voluntad de los que
resistían? ¿Una pérdida de fe en esos que se transformaban? Mikhail y Gregori
luchaban interminablemente para llevar esperanza a su raza, pero ese hombre era
la prueba de que no tenían éxito. Muchos de ellos se volvían vampiros, y el
número aumentaba con cada siglo que pasaba. No era extraño que Gregori
estuviera cansado de cazar, de pelear contra el demonio que residía siempre
dentro de él. ¿Cómo cazaba uno a los antiguos amigos, siglo tras siglo, sin
volverse tan desesperado como aquellos a los que perseguía?
Aidan tenía que ir a casa. Necesitaba los brazos de Alexandria
alrededor. Necesitaba su calor y compasión. Necesitaba su cuerpo caliente
alrededor del suyo, diciéndole que estaba vivo y no se había vuelto malvado.
Pero había dado muerte a muchos de su clase, esos que se habían transformado,
los que había cazado, y que había conocido.
-Aidan, vuelve a casa junto a mí. No eres letal. Eres tierno y
amable. Mírate con Joshua. Con Marie Y Stefan. Gregori te ha puesto
melancólico.
-Tantos de mi gente se pierden- se acongojó.
-Entonces más razón para pelear, para seguir. Hay esperanza. ¿No
nos encontramos nosotros? Los otros lo harán también.
Ella le envió una imagen de sí misma, de su suéter flotando
hacia el suelo del baño del tercer piso, la suite principal húmeda y caliente
del jacuzzi.
Él empezó a reír suavemente, su espíritu levantándose tan
rápidamente como había caído. Alexandria lo estaba esperando, sexy y dulce. La
luz para su oscuridad, un faro para guiarlo a casa.
-Eso no es todo lo que soy-. Su voz era provocativa. Un trozo de
encaje flotó hacia el suelo y llenó su mente. Sus pechos estaban desnudos,
llenos, tentadores. Ella sonreía, la invitación de una sirena-. Me mantienes
esperando.
-Muéstrame.
Manteniendo la imagen en su mente, él quitó el cadáver lleno de
cicatrices y comenzó a construir la intensidad de la tormenta.
La mano femenina llegó a sus pantalones vaqueros. Con lentitud
infinita, ella deslizó cada botón de su ojal. La respiración de Aidan quedó
atrapada en su garganta mientras ella enganchaba los pulgares en la pretina y
hacía avanzar poco a poco el tejido de los vaqueros sobre sus caderas.
-Ven a casa y mira-. Había necesidad en su voz, un pequeño
anzuelo oculto que provocaba que su sangre se calentara apasionadamente. Él
levantó la cara hacia los cielos, convocó a las nubes que formaron remolinos y
se oscurecieron a su orden. Como el rugido en su sangre, las olas brincaron y
se estrellaron contra la orilla, mojando el acantilado con rocío y espuma. El
trueno retumbó ominosamente, y las venas de un relámpago brillaron
intermitentemente dentro de las nubes.
-Ven a mí, Aidan-. Ella era la tentación. Era la luz mientras él
creaba la oscuridad.
El relámpago brilló intermitentemente en el suelo, iluminó la
arena con un chaparrón de chispas, con lenguas rojas de llamas que lamían sus
mismos pies. Él podía sentirla mover en su mente, su boca en su piel, la
sensación borrando el dolor de la muerte de un viejo amigo. Perder tantos de su
pueblo casi lo enloquecía.
Aidan levantó una mano más alto y comenzó a recoger las chispas
en una bola de fuego. Levantó la cara hacia los vientos salvajes. No podría
imaginar nunca hacer eso con Gregori. Aun si pudiera derrotar a Gregori, no
podría hacer eso. ¿Cuántas veces Gregori se había visto forzado a cazar a un
amigo? ¿Un pariente? ¿Un compañero de juegos de la infancia? ¿Cuántas manchas
de ese tipo en el alma podía soportar alguien antes de que no hubiera
redención?
-Estoy a contigo, Aidan-. La voz de Alexandria fue un aliento de
aire fresco, limpio, no tocada por el mal que yacía delante de él-. Tu alma no
es oscura. Puedo verla, puedo sentirla, puedo tocarla con la mía. Lo que haces
tú, lo haces por necesidad, no por deseo. Tu amigo lucha por salvarse. Si su
alma fuera oscura, no se habría quedado a protegerme. Habría ido tras el
segundo vampiro por el gozo de la cacería, de obtener la presa. Pero se quedó,
Aidan. Y ha ido a estar solo donde la violencia no pueda tocarlo, donde tiene
la posibilidad de esperar hasta cumplir su juramento. Ese voto de por sí
debería decirte algo. Él no es vampiro egoísta, ni siquiera está cerca de ello.
Él piensa en ella. Termina tu tarea, desagradable como es, y ven de regreso a
mí. Piensa en mí.
-A menudo tendré que ir a ti con sangre en mis manos.
Hubo un pequeño silencio. Luego él sintió el ligero roce de su
mano y se sintió asombrado de que ella hubiera extendido la mano hacia él
cuando nunca había sido adiestrada. Las puntas de sus dedos se demoraron en su
mandíbula y acariciaron su cuello, comunicando ternura.
-He estado en las manos de un vampiro, Aidan. Olvidas que
conozco la fealdad del mal. No está en ti, como pareces pensar. Cazas porque
debes, no por una necesidad de conseguir presas. Quizá algunos de esos que se
convirtieron en vampiros fueron buenos hombres, pero el hombre que una vez
conociste hace mucho tiempo desapareció de esta tierra. Quizá Gregori y tú le
den paz.
Aidan permitió que sus palabras limpiaran el pesar de su mente,
el temor y el miedo terrible que su misma presencia en su vida le había
permitido sentir. Negó con la cabeza sobre la ironía de ello. No había sentido
emoción por tantos siglos, y ahora, porque Alexandria había entrado en su vida,
conocía la carga terrible, el pesar del Cazador.
Envió la bola de fuego hacia el vampiro muerto, su atención
ahora enfocada en su tarea. La bola entró en el pecho arruinado, y ante sus
ojos el traidor se ennegreció, marchitándose, convirtiéndose en cenizas sobre
la tierra otra vez. Con la mirada fija en las cenizas, levantó el viento con
una mano. La bocanada de aire no vino del mar sino de la tierra, esparciendo
las cenizas en las olas que las llevarían a un lugar de descanso apropiado.
Aidan murmuró un cántico antiguo para limpiarse a sí mismo así como también a
su amigo caído. Enderezando los hombros, se mantuvo alto y erguido, y se volvió
en dirección a su casa.
Podía oír el sonido del agua, el murmullo de placer de
Alexandria mientras entraba en la bañera. Podía oler su perfume, cautivándolo.
Sonriendo, se remontó hacia el aire, sintiendo el movimiento sobre su cuerpo,
limpiándolo.
Capítulo Dieciséis
Alexandria estaba sentada en la enorme bañera de mármol, su pelo
recogido en un moño, las burbujas rozando su piel como mil dedos diminutos.
Aidan hizo una pausa en la puerta, su cara apagada, sus ojos manteniendo las sombras
y una expresión triste y obsesiva que ella quiso borrar para siempre.
Cuando había sentido su profundo dolor, perturbada,
deliberadamente le había enviado imágenes eróticas, deseando ayudarlo y
consolarlo. Desde lejos había sido fácil permitir dar rienda suelta a su
imaginación sabiendo que no tenía que mirarlo a la cara. Sin embargo, cuando
pensó en su regreso, la timidez inundó su cuerpo al pensar que tendría que
confrontar no importaba qué repercusiones sus imágenes vívidas y caprichosas
habían creado.
Ahora, sin embargo, ver sus ojos bellos y ensombrecidos
conteniendo tanto pesar en sus profundidades, desvaneció cada vestigio de
timidez. Haría cualquier cosa para expulsar esa pena.
Aidan estaba tan cansado que sintió que nunca podría moverse
otra vez. Sólo podía estar parado en el umbral de la puerta y mirar a
Alexandria, incapaz de creer en su fortuna, incapaz de creer que ella estaba
realmente con él, para siempre en su vida. ¿Por qué él? ¿Por qué estaba él con
la mirada fija en esos enormes ojos de color zafiro que desbordaban de alegría
al verlo? ¿Por qué no Gregori, que había dado tanto a su pueblo, que había
soportado tanto y perdido demasiado de sí mismo en el proceso? ¿Por qué no
Julian, su compañero del alma, su gemelo, tan oscuro y retorcido en su soledad?
¿Por qué los dioses habían preferido favorecerlo a él?
-Porque fuimos hechos el uno para el otro- dijo ella suavemente,
leyendo sus pensamientos-. Gregori tiene su compañera, Aidan, y él ha elegido
darle el tiempo para crecer. Se mantendrá firme; tiene la esperanza para
mantenerlo fuerte. Por lo que respecta a tu hermano, lo conozco por tus
pensamientos y tus recuerdos. Él tiene tu fuerza, y resistirá siempre si es
necesario.
Aidan arrastró una mano indecisa a través de su pelo azotado por
el viento. Apoyó su peso contra la jamba de la puerta y simplemente la observó
con su mirada dorada. Ella era tan bella, tan valiente. ¿Había hecho él
realmente algo en su vida para merecerla, para merecer la felicidad que le
había traído, la alegría?
Alexandria negó con la cabeza, una sonrisa lenta curvando su
boca, haciendo más hondo el hoyuelo que tanto lo fascinaba.
-Por supuesto que no me mereces. Soy tan buena y valiente y
perfecta-. Su sonrisa lo tentaba, francamente sexy, y mientras cambiaba de
posición ligeramente bajo las burbujas efervescentes, sus pechos llenos
irrumpieron en la superficie, invitándolo con su mirada fija repentinamente
caliente.
-Y tan bella. No te olvides de eso- dijo suavemente y se
enderezó abruptamente, con sus músculos tensándose.
Ella sintió su corazón saltar ante la anticipación.
-Tal vez. Tú ciertamente me haces sentir bella- inclinó su
barbilla, sus ojos de color zafiro sexys y especulativos. Esa mirada hizo que
la sangre del hombre burbujeara.
Su mano fue a los botones de su camisa, y lentamente se
desabotonó cada uno de ellos, sus ojos manteniendo la mirada de la joven. Ella
no apartó los ojos ni pareció asustada. En lugar de eso, sonrió en una lenta y
sexy sonrisa de invitación.
-Tienes en mente algo, piccola- murmuró él suavemente, su cuerpo
tensándose de anticipación.
Ella se encogió de hombros, un movimiento perezoso que envió
ondas a lo largo de la superficie burbujeante del agua.
-Decidí que ahora sería un buen momento para probar alguna de
esas fantasías tuyas.
La camisa flotó hacia el piso sin que nadie le prestara
atención. Ella tenía ojos sólo para él, un canto urgente en su sangre, un fuego
que la arrebataba.
-¿Tengo fantasías?- preguntó él suavemente. Su cuerpo estaba
tenso, endurecido y necesitado. Apenas podía hablar, apenas moverse.
Su risa cayó sobre su piel cariñosamente.
-Diría que algunas bastante interesantes. Pero no te entusiasmes
demasiado. Vamos a comenzar con algo fácil.
Sus cejas se levantaron mientras él se inclinaba para quitarse
los zapatos y los calcetines. Cada uno de sus movimientos fue pausado y
perezoso, pero sus ojos estaban derretidos de calor mientras su mirada la
devoraba. La respiración de Alexandria quedó atrapada en su garganta. Él se
inclinaba, eso era todo, un movimiento casual, cotidiano, pero su cara era tan
sensual, su cuerpo tan fluido pero controlado. Ella se mordió el labio, sus
pestañas bajando para esconder la oleada repentina de deseo.
-Necesito que me desees, Alexandria- la regañó él suavemente-.
Necesito saber que me quieres. No te escondas de mí.
A pesar de sí misma, su boca ya se curvaba en respuesta, sus
hoyuelos haciéndose más hondos.
-Es sólo que eres tan hermoso, Aidan.
-Las mujeres son hermosas, los hombres no.
-Tú eres hermoso- lo corrigió ella-. Mírate a través de mis
ojos-. Era un desafío tentador.
Él lo encontró difícil de resistir. Y había algo sexy en verse a
sí mismo de la forma en que ella lo veía. El deseo, la necesidad. El hambre.
Sus manos fueron a sus pantalones, empujándolos de sus caderas con una lentitud
deliberada que envió un nudo de anticipación ensortijándose a través de ella.
-¿Ves?-. Ella cambió de posición, arrodillándose en la bañera,
las burbujas explotando alrededor de su estrecha caja torácica, de sus pechos
desnudos y brillantes con gotas de agua. Sus ojos permanecieron en las delgadas
caderas masculinas y el miembro duro y prominente mientras él entraba en la
bañera, las burbujas formando remolinos alrededor de sus piernas como lenguas
diminutas lamiendo su piel.
Alexandria dejó escapar su respiración lentamente. Sus muslos
eran columnas firmes y musculosas cubiertas de fino pelo dorado. Las manos
femeninas subieron deslizándose por sus pantorrillas, urgiéndolo a acercarse
más. Sintió el pequeño temblor que lo recorrió, y ella sonrió tentadoramente.
Las puntas de sus dedos avanzaron lentamente sobre los músculos
tallados, y su respiración fue caliente y tentadora a lo largo de su pesada
erección.
Aidan cerró los ojos extáticamente a medida que la lengua de
Alexandria se movía en una caricia lenta y lánguida sobre su punta de
terciopelo. Su musculoso estómago se tensó mientras su boca, apremiante,
ardiente y húmeda, se cerraba alrededor de él. Un gemido se rompió en alguna
parte en el interior de él. Aidan atrapó su pelo en sus puños, arrastrándola
aun más cerca de él, y su cuerpo casi estalló de placer mientras las manos de
la joven buscaban sus nalgas y lo urgían a entrar más profundamente en ella.
Con su boca apretada alrededor de él y sus pechos suaves presionando contra sus
muslos, las burbujas estallando en sus pantorrillas, y su pelo sedoso en sus
puños, cada pensamiento fue apartado de su mente hasta que sólo quedó ella con
las sensaciones puras.
Los dedos de Alexandria masajearon sus glúteos, presionando duro
contra los músculos pesados, urgiéndolo hacia adelante. Él se movió, un golpe
lento, largo, apretando los dientes contra el placer que casi lo consumía. Su
boca se movió sobre él, una y otra vez. Sus propias manos sostenían el cabello
de ella tan duramente que temió lastimarla, pero no podía controlar la
respuesta involuntaria. Su mente buscó la de ella, y encontró excitación,
necesidad, un total compartir de su placer. Ella sabía lo que estaba haciendo y
lo gozaba, disfrutando de su poder sobre él. Cada pensamiento sensato
desapareció, cada cautela, cada preocupación. Existía sólo su cuerpo, su boca,
y la percepción de su piel de raso y las burbujas explotando alrededor de
ellos. Fuegos artificiales. Terremotos. Un relámpago blanco. Se encontró
inexorablemente empujando contra ella, su cabeza hacia atrás, su alegría y su
éxtasis no sólo físico sino una parte de su misma alma.
El hambre de Aidan aumentó hasta que las demandas de su raza lo
sobrecogieron, insistiendo en que antepusiera el placer de su compañera al
suyo. Con un gruñido suave y posesivo él la empujó hacia atrás en el agua, su
mirada lamiendo su piel desnuda como lava. Ella sólo tuvo tiempo para emitir un
único grito inarticulado antes de que su boca estuviese en su garganta, en sus
pechos, sus manos por todo su cuerpo. Ella se sentía tan pequeña, tan delicada
bajo sus palmas, su piel caliente y resbaladiza por el agua. Él exploró cada
centímetro de su cuerpo. Luego sus dedos encontraron la cremosa necesidad por
él, y empujó adentro, observando sus ojos, y su cuerpo respondió con una nueva
ola de deseo líquido. Él empujó más profundo, su boca en ella ahora, sus dientes
raspando sus pechos, su estómago. Podía sentir el fuerte agarre de sus músculos
alrededor de él, aterciopelado y caliente. Besó sus caderas, el pequeño lunar
que siempre lo volvía loco, luego los levantó a ambos fuera del agua.
Más lento, más lento, repitió su mente, pero su cuerpo tenía
otras ideas. Se sentía arder, su misma piel quemándose. Su boca reemplazó los
dedos, queriendo llevarla al mismo tono de fiebre que él experimentaba. Ella
gimió, el sonido volviéndolo loco. Sabía a miel caliente, picante y adictiva.
Él atacó, ardiendo de necesidad, amor y lujuria violenta e insaciable.
Bajo la acometida de su boca, ella se contorsionó, gritando. El
agua saltó por encima de los laterales de la bañera. Su cuerpo se tensó,
desatado, ola tras ola de sensaciones subiendo vertiginosamente a través de
ella. Se aferró a él para sostenerse mientras perdía el control, un paseo
terrible y maravilloso que duró para siempre.
Aidan finalmente levantó su cabeza, sus ojos hambrientos, su
boca sensual. Acercó su cuerpo hacia el suyo, envolviendo sus piernas delgadas
alrededor de su cintura.
-Me vuelves loco, Alexandria. Me pones completamente loco de
deseo-. Su voz era ronca, y se presionó contra ella, duro y grueso, empujando
tan agresivamente que su cuerpo lentamente se estaba abriendo, dejándolo
entrar. La sensación fue exquisita, un ardor lento, un terciopelo caliente
tomándola firmemente, tensándola alrededor de él en una fricción casi
insoportable. Sus manos inmovilizaron su cintura pequeña, sujetándola
firmemente mientras él se sepultaba con lentitud muy profundamente en su funda
ardiente y húmeda.
-Mírame, Alexandria. Confirma que soy tu compañero y que estarás
siempre a mi cuidado- ordenó él suavemente, su mirada dorada sosteniendo la
azul, forzando la última intimidad, deseándola por completo, cada pulgada,
deseando que se unieran totalmente, cuerpo a cuerpo, mente a mente, alma a
alma.
Él comenzó a moverse entonces, un lento empujar de sus caderas,
sepultándose profundamente con cada embate. Ella se mordió el labio, las gotas
diminutas de sangre hicieron que los colmillos surgieran en su boca. Sus manos
la urgieron más cerca aún, para que ella arqueara su cuerpo, su cabeza hacia
atrás, su garganta vulnerable y expuesta, sus pechos igualmente invitadores. La
lengua masculina tomó el agua de las puntas rosadas y duras y se movió hacia
arriba, trazando las curvas llenas hasta que su boca descansó sobre el pulso de
su cuello.
Él sintió anticipadamente la fuerte necesidad de su cuerpo, y
sus dientes la rozaron amablemente hasta que ella gimió y atrapó su cabeza con
ambas manos. La satisfacción brilló en los ojos dorados. Su lengua acarició su
pulso mientras su cuerpo se movía en el de ella. Él empujó sus caderas más y
más duro.
-¡Aidan!-. Su grito suave fue una súplica.
-Todavía no, cara, todavía no-. Con su gran fuerza él se
levantó, llevándola con él, derramando el agua de la bañera. Las piernas de
ella rodearon su cuerpo, sus manos alrededor de su cuello, y él empujó más duro
todavía, una y otra vez, deseando llenarla por completo.
Sus uñas se incrustaron en sus hombros, un dolor exquisito. Él
la apoyó contra la pared para sostenerse mejor, su salvaje movimiento de
caderas implacable y frenético. Sus dientes la frotaron, la mordieron. Entonces
ella gritó por el dolor penetrante, tan dulce y sensual, a medida que sus
colmillos se sepultaban profundamente, reclamando su sangre tan insaciablemente
como su cuerpo la reclamaba.
Ella lo había vuelto loco, y su naturaleza depredadora lo
dominó, el varón salvaje de su especie, posesivo y dominante, afirmando su
unión. Su boca se dedicó a su garganta, tomando su mismo ser como el cuerpo de
ella tomaba el suyo, arrastrándolo dentro de ella, apretándose alrededor de él,
tensándose y demandando hasta que tuvo que gritar por la intensidad del placer.
Las gotitas color rubí cayeron sobre la curva de su pecho, y su lengua siguió
la huella.
Alexandria ascendía vertiginosamente a la noche misma. La
ferocidad del amor de Aidan debería haberla aterrorizado, pero ella igualó su
intensidad, latido a latido, sus puños envueltos en el cabello rubio de él, su
cuerpo envuelto alrededor del de él apretadamente, sus gritos amortiguados
contra su hombro.
Su grito, ronco de pasión, se elevó a la altura de los cielos,
llevado por el viento. Y mientras él la sujetaba, respirando duro, apoyando a
los dos contra la pared, a través de la noche llegó una respuesta. De cólera.
De furia. Un aullido del viento repentinamente feroz. El sonido los azotó,
lleno de odio.
Alexandria, asustada, miró hacia la ventana.
-¿Oíste eso?
Lentamente, a regañadientes, él la bajó a sus pies, su brazo
todavía rodeando su cintura.
-Sí, lo oí- admitió ásperamente.
Fuera, las nubes comenzaron a ensombrecerse ominosamente,
malignamente. Un granizo del tamaño de puños golpeó el techo y las ventanas.
Instintivamente, Aidan la giró, envolviéndola protectoramente por temor a que
el hielo atravesara las ventanas y pudiera lastimarla.
-¿Es Gregori?- murmuró ella, recordando el poder impresionante
que brotaba del hombre, derramándose de sus mismos poros.
Aidan negó con la cabeza.
-Si Gregori nos quisiera muertos, Alexandria, hace tiempo nos
habríamos ido de este mundo. No, es el último del grupo de los no muertos que
entró en la ciudad, no sé con qué propósito. Con la audición increíble de
nuestra raza, supongo que a él no le gustó el goce que compartimos.
-Sonó peligroso- dijo ella-. Como un oso herido.
Aidan levantó la barbilla de la joven, sus ojos dorados
moviéndose sobre su cara posesiva y tiernamente.
-Es peligroso, piccola. Por esto es que debo cazar a los de su
clase y ocuparme de que no causen el sufrimiento de la humanidad.
Mirando hacia abajo en su cara respingona, sus labios hinchados
y sus mejillas sonrojadas por hacer el amor, no pudo resistirse a inclinar la
cabeza hasta la de ella y reclamar su boca con un beso tierno.
-Gracias, cara, por librarme de mis demonios particulares.
Ella se hundió de vuelta en la bañera, los chorros a presión
ahora silenciosos, y lo contempló con sus ojos enormes.
-¿Puede matarte?
-Supongo, si me descuidara-. Él se sentó frente a ella, el agua
levantándose con su peso-. Pero no me descuidaré, piccola, ni por un momento.
Mañana por la noche debo cazarlo. Él me está esperando.
-¿Cómo lo sabes?
Él se encogió de hombros casualmente. Podrían haber estado
discutiendo sobre el clima.
-Él nunca habría enviado un desafío si no hubiese ideado una
trampa. He adquirido una cierta… reputación entre los no muertos.
Ella levantó sus rodillas y apoyó la barbilla sobre ellas.
-Desearía que simplemente se fuese, que encontrase otra ciudad
para aterrorizar.
Él negó con la cabeza, sus ojos dorados amorosos.
-No, no es verdad que quieras eso. Además, nunca le permitiría
matar injustificadamente en ningún lugar cercano. Mi trabajo a menudo implica
viajar, tú lo sabes.
-¿Él es el asesino en serie que ha salido en los periódicos
recientemente?- adivinó sagazmente.
-Uno de ellos. Los demás están muertos ahora.
Ella retorció sus dedos con agitación.
Aidan atrapó su mano reconfortantemente.
-No te preocupes, Alexandria. Te protegeré de él.
-No es eso. Sé que lo harás. Es sólo que ahora que te conozco,
ahora que he conocido a Gregori y sé qué causa que alguien se transforme en
vampiro, ¿no tengo alguna manera de… curarlos?
Él negó con la cabeza tristemente.
-Sé que sientes tristeza por ellos y por aquéllos de nosotros
que deben destruirlos, pero la mayor parte de las veces es una elección
consciente de su parte. Y una vez que uno asesina mientras se está alimentando
durante la toma de sangre, no hay forma de regresar atrás.
Ella encontró sus ojos de lleno.
-Gregori ha hecho eso.
Su mirada dorada fue repentinamente fría y especulativa.
-Es imposible.
-Sé que lo hizo. Él lo lamenta amargamente, y lo carcome por
dentro, pero ha asesinado a un ser malvado usando ese método. Es cierto, Aidan,
lo sé. Algunas veces veo cosas en las personas que otros no pueden ver.
-¿Él se ha transformado?-. Su voz tuvo una inflexión tranquila,
vacía, y permaneció muy quieto mientras aguardaba su respuesta.
Ella negó con la cabeza.
-Él piensa que es malo, sin embargo en su interior hay una
tremenda compasión. Pero es peligroso, Aidan. Muy peligroso.
-Los vampiros son expertos en distorsionar la verdad. Son
mentirosos consumados. ¿Estás segura de que Gregori no se ha trasformado?
Ella asintió con la cabeza.
-Lo temo. Él se teme. Como dijo, es como un tigre, imprevisible
y peligroso. Pero no es malo.
En el exterior, las nubes ennegrecían el cielo gris del
amanecer. Aidan sonrió con aire satisfecho y ondeó una mano, e instantáneamente
las nubes comenzaron a dispersarse.
-Al vampiro que queda se le ocurre intimidarme con un despliegue
de poder, y se lo permito para darle una falsa sensación de seguridad. Pero el
amanecer está ante nosotros, y él debe buscar el refugio de la Tierra.
Alexandria se relajó un poco. No le gustaba pensar que el
vampiro pudiera estar justamente en el exterior de su ventana, escuchando su
conversación.
Aidan negó con la cabeza.
-Si él estuviera tan cerca, piccola, lo sabría.
Ella se rió.
-Todavía olvido que puedes leer mis pensamientos. Algunas veces
es muy desconcertante.
-Algunas veces puede ser muy interesante-. Sus ojos extraños y
brillantes destellaron al mirarla, enviando un sonrojo que se extendió por su
cuerpo entero.
-Tu mente también es interesante- concordó ella, una sonrisa
curvando su boca-. Tiene todo tipo de ideas sugerentes.
-Apenas comenzamos- dijo él suavemente. Se inclinó hacia ella,
ahuecando un pecho en su mano, su pulgar acariciando el pezón duro-. Amo
tocarte, y tener la libertad de acariciarte siempre que desee-. La punta de su
dedo acarició su garganta, la marca que deliberadamente había dejado en ella.
Ella sintió su contacto a través de su cuerpo entero.
-Deberías ser declarado ilegal, Aidan. ¿Sabes?, todos mis
recientes bocetos para los personajes de Thomas Ivan empezaron a parecerse a
ti. No podía evitarlo. ¿Piensas que a Thomas le importará?
Sus ojos brillaron intensamente al contemplarla.
-Thomas Ivan es un idiota.
-Sus conceptos son innovadores y populares, y da la casualidad
de que es mi jefe- dijo ella firmemente-. Tú simplemente estás celoso.
-Uno más de mis hábitos molestos, sin duda. No tengo la
intención de compartirte, Alexandria-. Abruptamente la soltó-. No quiero que
otro hombre te toque.
-Trabajar juntos no significa dormir juntos- apuntó ella
pacientemente, y con la secreta convicción de que fácilmente rompería incluso
la relación de trabajo con Ivan si verdaderamente causaba un desasosiego
profundo a Aidan.
-¿Y tú crees que él aceptará eso?
-No tendrá alternativa. Le diré que tú y yo estamos
comprometidos. Tendrá que aceptarlo.
-Haré preparativos para casarme contigo mañana por la mañana.
Tengo algunas amistades que pueden apresurar la marcha del proceso, y nos
ocuparemos de la licencia y de todo lo demás.
Ella se recostó, sus ojos de color zafiro repentinamente
escupiendo fuego.
-¿Harás eso? ¿Harás eso?- repitió, incapaz de creer que él
realmente las había dicho. En ese momento no se casaría con él aunque fuera el
último hombre en la Tierra-. No pediría ningún favor o un compromiso de ti,
Aidan. Ni tienes que proteger mi honor.
Él la observaba cuidadosamente, de repente inmóvil.
-Tenemos un compromiso entre nosotros, Alexandria. Somos
compañeros para toda la eternidad. Permaneceremos juntos hasta que también
juntos decidamos encontrar el sol. Pero tu jefe tan imaginativo y tan idiota no
respetaría esa unión, incluso no la entendería. Sin embargo, entenderá la
ceremonia humana del matrimonio.
-No entiendo ese asunto del compañero, tampoco. A pesar de todo,
como Thomas, entiendo el sacramento del matrimonio. No porque me lo hayas
preguntado. No porque respetes la institución en la que me criaron creyendo.
Encuentro tu actitud sumamente ofensiva, Aidan-. Ella estaba tratando de
esconder su dolor de él, pero su cara expresiva, el brillo de sus ojos, la
habrían delatado incluso si él no hubiera podido leer sus pensamientos.
Él negó con la cabeza tristemente.
-Compartimos todo, Alexandria, incluyendo nuestros pensamientos.
Te he lastimado involuntariamente, y ciertamente no tuve la intención de
hacerlo.
Ella se puso de pie, el agua diluviando en su piel.
-Podremos compartir nuestros pensamientos, pero no parecemos
entendernos el uno al otro-. Agarrando una toalla, se la enrolló alrededor como
un sarong, sus ojos meticulosamente evitando los de él.
-Creo que quizá lo hacemos. A ti te habría gustado que te
pidiera que te cases conmigo en la forma humana-. Él extendió la mano, un
perezoso ondear de músculos, y sujetó su tobillo con los dedos, una cadena de
acero impidiendo su escape.
El acto extraordinariamente íntimo envió llamas a través de su
corriente sanguínea. Alexandria resintió su habilidad para volver su cuerpo un
líquido incendiario simplemente con un contacto, apenas con una mirada. Podía
sentir la electricidad entre ellos, ver el hambre en su mirada.
Negó con la cabeza.
-No lo hagas, Aidan. Esto es importante. Simplemente no puedes
lastimarme cuando quieras y luego hacer el amor conmigo hasta que no pueda
pensar correctamente.
Por una vez su expresión cambió. Él se puso de pie tan
abruptamente, que ella dio un paso atrás, intimidada por su tamaño.
-No hagas eso, cara mia-. Su voz fue una caricia, una súplica-.
Nunca me temas. Nunca te lastimaría. Ya somos uno. Pensé que entendías eso.
Estás irrevocablemente atada a mí para siempre. Es un lazo mucho más profundo y
más firme que una ceremonia de matrimonio. Debo admitir que debería haber
pensado en que la ceremonia de matrimonio era importante para ti, pero en mi
arrogancia, como perteneces ahora a la Raza de los Cárpatos, creí que te darías
cuenta de que estamos ya 'casados', unidos para siempre. Y lo fue desde el
momento en que las palabras del antiguo ritual fueron pronunciadas. El rito fue
completado cuando compartimos nuestra sangre, nuestros corazones, nuestros
cuerpos y almas. Pero sólo las palabras eran irrevocablemente vinculantes. Es
la 'ceremonia de matrimonio' de nuestra gente-. Sus brazos la envolvieron y
atrajeron el cuerpo que se resistía, tieso-. Perdona la presunción, cara, y
comprende que quiero casarme contigo en la ceremonia humana porque es
importante para ti.
Su voz hipnótica se derramó sobre ella como agua, purificando su
resentimiento como si nunca hubiera existido.
Alexandria descansó contra él, presionándose contra su calor.
-Esta vida es tan aterradora, Aidan; quiero que tantas cosas
como sean posibles parezcan normales, o sucedan casi como si lo fuesen. Cosas
simplemente familiares y sencillas. Puedo manejarlo mejor de ese modo.
-¿Sabes, piccola?- bromeó él, acariciando su mejilla con dedos
suaves-, los hombres de la Raza de los Cárpatos nunca preguntan a sus
consortes. Simplemente las reclaman. ¿Pero quieres que te lo pida formalmente?
Ella frotó su cara contra su pecho.
-Significaría mucho para mí si lo hicieras- admitió.
-Así es que supongo que debería hacer esto bien- dijo él
suavemente, tomando su mano y apoyándose en una rodilla-. Alexandria, mi único
amor, ¿deseas casarte conmigo mañana por la mañana?
-Sí, Aidan- contestó la joven tímidamente. Luego echó a perder
el efecto riéndose-. Pero tenemos que hacer pruebas de sangre. Nadie puede
simplemente casarse en un minuto.
Él se levantó.
-Olvidas el poder de persuasión de la mente. Estaremos casados
mañana por la mañana. Ahora vístete, cara. Me tientas una vez más-. Sus manos
vagaron por su cuerpo delgado para acariciar su trasero.
La sonrisa de Alexandria era ligeramente torcida.
-¿Vas a darme toda clase de problemas con tus costumbres
machistas?
Él rió en respuesta.
-Yo pensaba que tú ibas a darme todo género de problemas con tu
manera de pensar independiente.
Ella inclinó su barbilla.
-¿Has oído la palabra “compromiso” antes? ¿Comprendes su
significado?
Él se veía pensativo, tomándose el tiempo antes de contestar.
-Como yo lo entiendo, compromiso quiere decir que tú harás lo
que digo tan pronto como lo ordene. ¿Es aproximadamente correcto?
Alexandria empujó la pared sólida de su pecho.
-Ya quisieras, señor Savage. No va a ocurrir nunca.
Él inmovilizó sus brazos a sus lados y acarició con la nariz la
parte superior de su cabeza.
-Ya veremos, mi amor. Ya veremos.
Riéndose, Alexandria se apartó de él y comenzó a vestirse. El
amanecer iluminaba el cielo, y con él vino el letargo terrible que empezaba a
ser familiar para ella. Quería ver a Joshua, hacer que las mañanas fueran
normales con su hermano. Vestirlo, alimentarlo, pasar el tiempo con él antes de
que se marchase a la escuela.
Aidan le permitió escapar de él, dejándola continuar con sus
ilusiones de normalidad mientras fuera posible. Le gustaba verla feliz, y tenía
un mal presentimiento acerca del desafío patente del vampiro. La criatura
estaba tramando algo. Él era el último que quedaba del grupo que había llegado
a la ciudad, aterrorizando a la población y llevando a la policía a una
búsqueda sin sentido. El vampiro no era estúpido; habría estudiado a Aidan y
sus fuerzas y sus debilidades antes de formular el desafío. ¿Hasta dónde
llegaría el no muerto?
Se deslizó a través de la casa silenciosamente, registrando cada
entrada, cada ventana, y la senda que conducía a la casa. Cada defensa estaba
en su posición. La casa era impenetrable, aun con él durmiendo bajo la tierra
en su cámara secreta. No, el vampiro no podría atacar la casa. ¿Dónde,
entonces?
Él siguió el sonido que producía el cavar de una azada y
encontró a Stefan en el enorme huerto. Siempre que estaba alterado o cansado,
iba a ese sitio. Cuando Aidan se unió a él, Stefan se apoyó en el azadón y
contempló a su jefe firmemente.
-Entonces tú lo sientes también. Tuve problemas para dormir
anoche- dijo en su lengua materna, otro signo seguro de su estado de ánimo.
-El vampiro aulló anoche. Una llamada clara para la venganza.
Frustré sus planes, no importa cuáles fueron, y ahora el único que queda de los
no muertos tiene la intención de destruirme. Cómo tratará de hacerlo es lo que
no sé.
-Será a través de uno de nosotros- dijo Stefan con tristeza-.
Somos tu Talón de Aquiles, Aidan. Siempre lo hemos sido. Él puede hacerte bajar
usando a Marie, al niño o a mí. Sabes que lo hará.
Aidan frunció el ceño.
-O a Alexandria. Tengo miedo de su reacción por lo que está por
venir.
-Ella es muy fuerte, Aidan, muy valiente. Estará bien. Debes
tener fe en tu compañera elegida.
Aidan asintió con la cabeza.
-Sé lo que está en su corazón y su mente, pero quiero su
felicidad sobre todas las cosas-. Esbozó una sonrisa sin humor-. Recuerdo un
tiempo muchos años atrás, en que acudí en ayuda de Mikhail. Él había encontrado
a su compañera, una mujer humana. Ella era de voluntad muy fuerte, y recuerdo
haber pensado que él haría mejor en controlarla, que debería hacer que lo
obedeciera en todo para que ella permaneciera segura. No podemos darnos el lujo
de perder incluso ni una de nuestras mujeres, lo sabes. Ella era tan extraña
para mí, tan diferente a las mujeres de nuestra raza. Ni siquiera se atemorizó
de mí, un varón de la Raza de los Cárpatos que ella no conocía. Juré que si
encontraba a mi compañera, no haría como Mikhail y me inclinaría ante sus
deseos. A pesar de todo, ahora no puedo soportar ver dolor en los ojos de
Alexandria. Me siento enfermo cuando ella está herida o molesta conmigo.
Una sonrisa se propagó a través de la cara de Stefan.
-Estás enamorado, mi viejo amigo, y esa es la perdición de todos
los buenos hombres.
-Incluso Gregori, el Oscuro, permitió a su compañera tener
libertad por su miedo a él. ¿Cómo encuentra alguien un justo equilibrio entre
mantener a una mujer feliz y protegerla al mismo tiempo?- se preguntó Aidan en
voz alta.
Stefan se encogió de hombros.
-Ahora estás en el mundo moderno, Aidan. Las mujeres llevan las
riendas de sus propias vidas. Nos hacen partícipes de sus propias decisiones y
generalmente nos vuelven locos a todos. Bienvenido al siglo veintiuno.
Aidan negó con la cabeza.
-Ella piensa que va a trabajar con ese loco, Thomas Ivan. Pero
sé lo que él quiere hacer con ella.
-Si ella quiere trabajar, Aidan, ¿tienes alguna elección excepto
permitírselo?
Los ojos dorados brillaron intensamente.
-Tengo opciones, Stefan. Incluso, siguiendo la ley del mínimo
esfuerzo, podría tener una pequeña conversación de mente a mente con el señor
Ivan. Estoy seguro de que puedo hacerle ver las cosas a mi manera.
Stefan rió.
-Desearía tener ese talento particular, Aidan. Me vendría bien
en algunas de mis transacciones comerciales.
-No permitas a Joshua ir a la escuela hoy. El vampiro, con toda
probabilidad, tratará de atacarnos a través de él.
-Estoy de acuerdo- dijo Stefan-. El niño es el más vulnerable.
-Vuelve a usar a Vinnie y Rusty. Mantenlos cerca durante los
próximos días- aconsejó Aidan. Miró hacia arriba en el cielo a través de sus
anteojos oscuros-. El problema se desatará hoy.
Stefan asintió con la cabeza, de acuerdo.
-Seguiré una estricta vigilancia. No permitiré que el fuego esta
vez destruya todo lo que hemos construido-. Él miró hacia abajo, todavía
avergonzado de una catástrofe pasada que no había sido su culpa.
Aidan lo golpeó ruidosamente en el hombro.
-Sin ti, Stefan, nadie habría sobrevivido ese día, quizá ni
siquiera yo.
Él había estado seguro durmiendo bajo tierra, pero había perdido
a su familia, lo que había sido devastador. Porque en esa ocasión, tantos años
atrás, un vampiro había usado un humano para intentar atraparlos en un
incendio, mientras había yacido indefenso bajo la tierra. Después de aquello,
él había redoblado sus estudios y sus medidas preventivas, intensificando su
poder y sus habilidades. Nunca más volvería a estar desprevenido, incapaz de
auxiliar a aquellos que dependían de él.
La risa de Joshua lo alcanzó, y el sonido suave y despreocupado
hizo algo en su corazón. El niño lo tocaba en formas que nadie había logrado.
Era tan parecido a Alexandria, tan lleno con la alegría de la vida, y tenía los
mismos bellos ojos azules.
-Nadie dañará al niño, no mientras yo viva- dijo Stefan
firmemente.
Aidan se marchó dando media vuelta. No quería que Stefan, que lo
conocía tanto, se percatara de cómo esas palabras lo habían llenado de temor.
Con todos sus poderes, Aidan era vulnerable a la luz del sol, y los vampiros
usaban enviados humanos, personas serviles, para capitalizar la debilidad que
el día les procuraba. Aun con su habilidad para proyectarse durante las horas
diurnas, un hecho que pocos de su clase habían logrado, Aidan dejaría a Stefan
sin su ayuda física, y Stefan ya no era joven. Aidan no quería perder a su
amigo más de lo que quería perder a Joshua.
Joshua explotó de risa en la cocina, sus rizos rubios rebotando.
-¡Ayúdame, Aidan, ella va tras de mí!- gritó mientras iba
corriendo hacia ellos.
Stefan dio un paso delante de sus tulipanes premiados, mientras
Aidan se deslizó contra una pared de rosas. Atrapó la figura voladora de Joshua
con una mano y lo levantó hasta sus hombros.
-¿Quién va tras de ti, joven Joshua?- preguntó, haciéndose el
desentendido.
-¡No protejas a ese pequeño bribón!
Alexandria vino corriendo tras su hermano, su pelo rebotando
como la cola de un pony, sus ojos de zafiro bailando con travesura.
-¡No creerás lo que el pequeño monstruo ha estado escondiendo
bajo su cama!
Joshua se agachó rápidamente detrás del cuello de Aidan.
-¡Huye, Aidan! Ella quiere torturarme con cosquillas, la
conozco-. Aidan lo complació, haciendo trotar al niño hacia el refugio del
garaje, sabiendo que Alexandria los seguiría.
-¡Ja!- dijo Alexandria, ignorante de que se había puesto bajo el
peligro del sol matutino-. Ya desearías que te torture con cosquillas. Voy a
hacer algo bastante peor que eso- lo amenazó-. Ponlo en el suelo, Aidan, y
déjame tirar de sus orejas.
Joshua se agarró a la melena gruesa de Aidan.
-¡No! Te lo pido, Aidan, debemos mantenernos juntos en esto.
-No sé-. Aidan fingió pensarlo, guiñando el ojo a Stefan
mientras se contorsionaba y trataba de proteger a Joshua de los intentos de
Alexandria de alcanzar al niño saltando-. Se ve bastante loca. No quiero que
vaya tras de mí tampoco-. Él cambió de posición ligeramente, como si realmente
pretendiera entregar al niño a su hermana.
Alexandria fingió abalanzarse sobre él, riéndose malvadamente.
En el último segundo, Aidan interpuso su cuerpo entre ella y Joshua. Joshua se
agarró aun más, gritando agudamente con alarma fingida.
-¡Díselo!- gritó Joshua-. ¡Si no me salvas, Aidan, también
caerás conmigo!-. Sus ojos estaban encendidos de diablura.
Alexandria se detuvo en sus pasos y miró furiosamente a Aidan.
-¿Tú eres cómplice en este motín?
Él intentó parecer inocente.
-No tengo idea de por qué el niño trata de acusarme para salvar
su propia vida-. Sus ojos dorados reían, desmintiendo sus palabras-. Recuerda,
Alexandria, que un hombre diría cualquier cosa para salvar su pellejo.
-¡Ja!- bufó Joshua-. Díselo, Stefan. Fue todo idea de Aidan, y
tú ayudaste, ¿no es cierto?
Alexandria confrontó al hombre mayor acusadoramente.
-¿Tú también? ¿Contribuiste a desafiar mis órdenes?-. Ella se
puso en jarras-. Y fue una orden.
Los tres varones movieron sus cabezas al unísono, señalando a
los demás como niñitos pícaros.
-Lo siento, cara-. Aidan aceptó el peso de la culpa en sus
hombros anchos-. No pude resistirme a esa pequeña criatura.
-¿Pequeña? ¡Tú llamas a eso pequeña! ¡Es un alce!
Stefan sacó pecho.
-No, Alexandria, no fue Aidan. Vi esa cosita pequeña, y la cara
del joven Joshua fue tan brillante, que simplemente tuve que traerlo.
-¿Pequeña? ¿Estamos hablando del mismo animal? Ese perro no es
pequeño. Es enorme. ¿Le echó alguno de los dos una mirada a las patas de ese
animal? ¡Son más grandes que mi cabeza!
Joshua estalló de risa.
-No es cierto, Alex. Es realmente lindo. Vas a dejar que lo
conserve, ¿verdad? Tienes que hacerlo. Stefan dice que será un buen perro
guardián algún día. Dice que me cuidará y será mi amigo si lo trato bien.
-Y mientras tanto, va a comer como un caballo todos los días-.
Alexandria apartó con una mano un mechón de pelo, mientras su sonrisa se
desvanecía-. No sé, Josh. Apenas gano suficiente dinero para alimentarnos, y
mucho menos para lo que sea esa cosa.
Aidan bajó al niño y rodeó la cintura de Alexandria con un
brazo.
-¿Lo has olvidado, cara? Prometiste casarte conmigo. Creo que
puedo cubrir el costo de la comida del perro.
-¿Qué quieres decir, Aidan?- gritó Joshua dando saltos-. ¿Qué
quieres decir? ¿Realmente vas a casarte con Alex? ¿Y puedo quedarme con mi
perro?
-¿Me venderías por un perro?- demandó Alexandria, cogiendo a
Joshua por el cuello con falsa agresividad.
-No simplemente un perro, Alex, sino por esta casa, y por Stefan
y Marie también. Además, no tendrás que trabajar para ese bozo.
-¿Bozo?- Alexandria giró lentamente y contempló a Aidan con sus
ojos azules y brillantes-. Ahora, ¿cómo un niñito inocente aprendería una
palabra tan descriptiva como esa?
Aidan le sonrió, una sonrisa dulce e inocente que la debería
haber hecho reír, pero en lugar de eso, logró que el calor se ensortijara a
través de su cuerpo. Levantó la barbilla.
-Eres letal- lo acusó.
Él enmarcó su cara con sus manos grandes y agachó la cabeza
lenta, resueltamente.
-Espero que sí- murmuró antes de que su boca reclamara la suya,
arrastrándola en su mundo privado.
Pero Alexandria pronto recordó que no estaban solos.
-Santo Cielo- dijo Joshua en un susurro fuerte-. ¿Puedes creer
eso, Stefan?
-Nunca había visto semejante exhibición- admitió Stefan.
Capítulo Diecisiete
El sol era extraordinariamente grande en el cielo, brillando de
un rojo extraño. Había poco viento, pocas nubes, y el océano mismo estaba
tranquilo, la superficie plana como un espejo. Bajo la tierra, un corazón
comenzó a palpitar. La tierra tembló, agitada, luego vomitó como un géiser
desde la cámara secreta bajo la casa de Aidan.
Él se quedó inmóvil, su cuerpo grande vacío de fuerza. Junto a
él, tan silenciosa e inmóvil como la muerte, yacía Alexandria. Los ojos de
Aidan se abrieron de golpe, la furia ardiendo en sus profundidades al ver
perturbado su sueño. Fuera de la casa, en alguna parte muy cerca, algo maligno
acechaba bajo la luz brillante del sol de la tarde tranquila.
Hizo una respiración profunda y cerró los ojos, los brazos
cruzados sobre su pecho. Se concentró para enviarse a sí mismo a buscar fuera
de su cuerpo, lanzándose al aire. Requería una concentración intensa enfocar la
energía para ser incorpóreo, completamente sin forma. Ascendió a través de la
cámara y atravesó el pesado escotillón. Pasar a través de los elementos sólidos
lo desorientaba, un extraño retorcer de átomos y moléculas, y Aidan mentalmente
se estremeció. Había experimentado con ese proceso y a menudo había encontrado
muy dificultosa la separación completa del cuerpo y la mente. En las otras
formas que él tomaba, su cuerpo era diferente, pero a pesar de todo, lo tenía.
Con sólo su mente y alma, sus sentidos parecían alterarse. Los sonidos se distorsionaban
extrañamente, como si no tuviera orejas, y realmente no podía tocar nada,
pasando directamente a través de las cosas si lo intentaba, causándole una
ligera sensación de náuseas. Como no tenía estómago, la náusea era incluso más
extraña.
Pero era imperativo permanecer completamente concentrado; era
esencial no permitirse a sí mismo inquietarse con las sensaciones no deseadas.
Viajó a lo largo del túnel de roca en lo profundo de la tierra. Siempre parecía
tan estrecho, sus hombros casi rozando los lados, pero sin su cuerpo el espacio
era enorme, evidenciando otra distorsión sensorial.
Atravesó la puerta que conducía al sótano. El mal, oscuro y
opresivo, que lo había despertado bajo la tierra, ya llenaba el aire con su
hedor.
Aidan siguió a través de la puerta del sótano hacia la cocina de
su casa, las vibraciones distorsionadas y los tonos produciendo un efecto
desagradable a través de su ser antes de que pudiera identificarlos como risa,
la voz musical de Marie, y el tono de Stefan, más profundo que el de Joshua. El
conocimiento de que los tres estaban todavía a salvo le dio una cierta
comodidad. Lo que fuere que pendía en el aire, lo que acechaba a aquellos a los
que amaba, no había penetrado las defensas de su casa.
El sol resplandecía a través de las ventanas enormes, y Aidan
instintivamente se apartó de los rayos. No tenía ojos, ninguna piel que pudiera
quemarse, pero sintió la agonía de la sensación arrasarlo con fuerza de todos
modos. Cuando cada instinto de supervivencia le gritaba que volviera a la
tierra segura, fresca, lejos del ardiente sol, el hedor de mal lo incitó a
seguir adelante.
Durante siglos, a menudo había vivido cerca de la humanidad, más
que la mayor parte de su especie, pero nunca dejaba de asombrarlo que tuvieran
tan pocos sistemas preventivos, o si lo hacían, que los ignoraran
completamente. El aire se sentía espeso por el hedor, la perturbación tan
grande que había penetrado hasta su cámara debajo de la gruesa tierra,
alterando su sueño profundo. Pero Marie cantaba en la sala de estar mientras
quitaba el polvo de su colección del jade, y Stefan canturreaba mientras componía
un motor en el enorme garaje, una de sus muchas aficiones. Aidan quiso
gritarle, advertirle, pero en su absorbente forma de energía deforme, no se
atrevió a intentarlo. Se movió a través del garaje de regreso a la casa,
dirigiéndose hacia Joshua, en la cocina.
El niño era el blanco obvio de la demencia que atacaría a
Alexandria y Aidan. Aidan aceleró su velocidad hacia él, la luz del sol
brillante agotando su energía. Su mente se rebeló, sobresaltándose por los
rayos ardientes, pero se forzó a sí mismo a atravesar la luz para alcanzar al
niño.
Joshua estaba jugando con el perrito, sus ojos bailando, sus
rizos rubios rebotando, la viva imagen de la alegría juvenil. No tenía idea que
estaba en peligro de muerte.
En el momento en que Aidan los observó, el perro fue a la
carrera hacia la puerta, lloriqueando suavemente, y Joshua miró alrededor,
buscando a Stefan o Marie, quienes le habían dicho muy claramente que no
saliera. Encasquetando una correa al perrito, el chiquillo abrió la puerta y
salió precipitadamente al huerto.
El calor del sol estacó la misma alma de Aidan. Se sintió como
si estuviera en un asador, tostándose, ardiendo. Siguió al niño de todos modos,
apartando el dolor.
-Vamos, Baron- insistió Joshua-. Apúrate-. El niñito miró
alrededor otra vez para asegurarse de que estaba solo-. Baron es un nombre
tonto, pero Stefan realmente quería que te llamaras así. Dice que te hará
noble, cualquier cosa que eso signifique. Le preguntaré a Alexandria. Ella sabe
todo. Quería llamarte Alex. Eso la habría hecho reír.
-¡Joshua!-. Vinnie de Marco apareció, su enorme figura
amedrentadora, sus brazos cruzados, su cara severa-. ¿No fue a ti a quien se le
dieron algunas órdenes? Los soldados van a la corte marcial por menos que esto.
El aire estaba espeso por el hedor ahora. Aidan podía ver que
Vinnie se sentía seguro en el huerto mientras bromeaba con el niño, la pared
alta alrededor de ellos, el sistema de seguridad en plena potencia. No tenía
percepción del peligro que acechaba tan cerca. Vinnie se inclinó para rascar
las orejas del perrito.
Una ráfaga de viento, el sonido y el movimiento desplazaron a
Aidan, golpeándolo por un lado mientras una masa borrosa brincaba la cerca. Una
bestia cubierta de piel, poderosamente musculosa, golpeó a Vinnie en ángulo
recto en el pecho, su enorme mandíbula abierta buscando su garganta.
-¡Huye, chiquillo! ¡Entra a la casa!- gritó Vinnie poco antes de
que el animal desgarrara carne y tendones. La sangre roció el aire, lloviendo
sobre Joshua y el perrito mientras permanecían parados, congelados en el lugar.
El niño dijo una palabra, murmurando suavemente como una
plegaria en medio de tanta fealdad.
-Alexandria.
Un segundo animal saltó sobre la pared y se abalanzó sobre
Vinnie, y sus colmillos que chorreaban saliva se cerraron sobre su pierna. Con
una torsión cruel de su cabeza maciza, rompió audiblemente un hueso, y los
gritos de Vinnie llenaron el aire. Rusty llegó a la carrera rodeando una
esquina, pistola en mano, pero Joshua estaba en su línea de fuego. Un tercer
animal brotó de la pared a su espalda, y sus dientes lo sujetaron apretadamente
por el hombro.
Aidan podía oír a Stefan corriendo, pero supo que el vampiro
había tendido su trampa demasiado bien. Las bestias eran prendas de sacrificio.
Stefan les disparaba para salvar a los dos hombres de los animales
enloquecidos, pero ya entonces el títere humano, inclinándose sobre la pared,
había recogido al niño aterrorizado y tirado de él de regreso sobre la pared.
El aire reverberó con un disparo, luego Stefan gritó a su esposa.
-¡Llama a una ambulancia, Marie, y sal de aquí ahora! ¡Necesito
ayuda!-. Stefan se arrodilló al lado de Vinnie y trató de sujetar lo peor de
las heridas que derramaba la vida del hombre sobre la tierra.
-¡Joshua! ¿Dónde está Joshua?- gritó Marie cuando se unió a él.
-No está- comunicó Stefan siniestramente-. Fue capturado-. Los
sollozos de Marie se desvanecieron a medida que Aidan seguía al humano y al
niño. Joshua fue echado adentro de la cajuela de un coche, y el títere caminó
con los movimientos espasmódicos característicos de un trance inducido por un
vampiro hasta el asiento del conductor. Aidan flotó a través de la ventana
abierta y revoloteó, pero el títere no podía detectar su presencia. El vampiro
no podía dirigir el ataque mientras yacía bajo la tierra en las horas del día,
pero había implantado sus órdenes en las mentes de sus esclavos antes de buscar
la seguridad de su guarida.
El coche se desviaba del camino a lo largo de la carretera
sinuosa, el conductor babeando incontroladamente y clavando la mirada
distraídamente hacia adelante con la mirada de un poseído.
Aidan se movió, alejándose de la abominación y dirigiéndose
dentro de la cajuela. Joshua yacía en un estado de atontamiento, el lado
izquierdo de su cara hinchándose, su ojo poniéndose negro. Las lágrimas bajaban
rodando hasta su barbilla, pero sus sollozos eran silenciosos.
Aidan se concentró, requiriendo toda su fuerza para comunicarse
silenciosamente con el niño. Joshua, yo estoy aquí contigo. Te haré dormir. Te
quedarás dormido hasta que venga por ti. En el momento en que te diga
“Alexandria necesita ver tus ojos azules”, tú sabrás que es seguro despertarse.
Sólo entonces lo harás. La fuerza de su mente se reducía drásticamente, y tenía
tan poca energía durante ese momento terrible del día... También necesitaba
lanzar hechizos, los más peligrosos e intrincados que Gregori le había
enseñado. Si el vampiro pudiera de alguna manera levantarse antes de que Aidan
pudiera regresar junto al niño, le tomaría un tiempo desenredar los hechizos, y
Joshua estaría a salvo del daño y el trauma en su sueño.
Aidan tejió sus hechizos a medida que el coche se movía hacia el
norte, hacia las montañas... hacia la nueva casa de Gregori, pensó
inesperadamente.
No podía ser Gregori. Aidan no lo creía. El vampiro simplemente
no tenía ni idea de que Gregori estaba en algún lugar cerca. No era Gregori.
Gregori era tan poderoso que no necesitaría los trucos, las bestias, el títere
sin discernimiento ejecutando sus órdenes, o incluso al niño. Gregori no
necesitaría ayuda. Ése no era Gregori. Aidan se aferró a esa certeza mientras
tejía los hechizos. Antiguos, precisos, peligrosos para cualquiera que tratara
de dañar al niño.
Cuando acabó, descansó, exhausto. Había hecho todo lo que podía.
Una vez que supiera el destino exacto del niño, tenía que encontrar el camino a
casa. Temía el viaje bajo el sol brillante; no había ciertamente un dolor como
ese, nada más repulsivo para alguien de su especie.
El títere detuvo el coche a la entrada de un viejo cuchitril, un
alojamiento para cazadores, con vigas purulentas y demasiado cubierto con vides
y arbustos. Aidan supo de inmediato que el vampiro estaba cerca, probablemente
bajo las tablas en descomposición del piso. Las ratas corrían alrededor, los
centinelas para el no muerto. La marioneta andante, el acólito del no muerto,
ya vacío de su propio raciocinio y libre albedrío, abrió la cajuela y se
inclinó adentro para extraer al niño por la pechera.
El hechizo protector instantáneamente envió un fuego corriendo a
toda velocidad por el brazo del títere hasta sus hombros y envolvió su cabeza.
La cosa, ya no realmente viva, programada para hacer una sola tarea, continuó
tratando de agarrar al niño incluso mientras su carne ardía.
Aidan estaba agradecido de que Joshua siguiera dormido. El hedor
de la podredumbre era increíble, incluso para alguien sin nariz. La figura
ennegrecida cayó hacia la tierra, estallando en añicos de carne chamuscada. El
títere emitió un gruñido, una vibración lamentable, mientras moría lenta y
difícilmente. La caricatura macabra, a pesar de todo, siguió haciendo el
intento repetidas veces de arrastrar al niño hasta el vampiro. Aidan odió el
tormento que resultaba de los planes malévolos del vampiro. Pero por otra
parte, a los no muertos les gustaba que sus acólitos sufrieran lo más posible.
Cuando la cosa quedó finalmente quieta, el último aliento
arrastrándose de sus pulmones, Aidan registró los restos para asegurarse de que
estaba verdaderamente muerto y no dejar ningún ascua que accidentalmente
pudiera incendiar la vegetación. Satisfecho de haber hecho tanto como era
capaz, Aidan tuvo que marcharse, viajar a través de la terrible luz del sol, de
regreso a su casa.
Con su fuerza completamente agotada, el viaje le tomó la mayor
parte de la tarde, y tuvo miedo de que cuando alcanzara la casa no pudiera
tener energía suficiente como para levantarse con el sol poniente y regresar a
la guarida del vampiro. Estaba debilitándose cada vez más, cada vez más
insustancial, como una pluma aventada en los elementos. Sólo el pensamiento de
Alexandria lo mantuvo firme. Y una bienvenida y espesa niebla blanca alivió el
camino hacia su hogar.
Una vez allí, con su última onza de energía, se abrió paso hacia
su lugar de descanso junto a Alexandria. La reunificación con su cuerpo le
retorció los mismos huesos, los músculos contrayéndose y tensándose dentro de
la piel abotagada. Vulnerable y sin fuerzas, su gran potencia drásticamente
reducida, yació como un muerto, la tierra fresca cerrándose sobre él. Un siseo
suave escapó, el último aliento de sus pulmones.
Arriba, por encima de Aidan y Alexandria, Stefan sólo podría
tratar de consolar a su esposa mientras se acuclillaban juntos aguardando el
sol poniente, aguardando el momento en que Aidan se levantara. El sol pareció
desear quedarse arriba para siempre, pero inesperadamente una niebla lenta y
espesa comenzó a rodar por los alrededores poco antes de las seis. Stefan
sintió que una parte de la tensión terrible dejaba su cuerpo, aunque la
culpabilidad permaneció mientras esperaba.
Profundo debajo de la Tierra, Aidan se levantó, insaciablemente
hambriento por reabastecer sus células famélicas y los tendones agotados de su
anterior tarea. Pero su primer pensamiento fue para Gregori. Podía haber sólo
una respuesta. El Oscuro había intervenido. Era lo suficientemente grande, lo
suficientemente poderoso como para sentir los disturbios en la tierra aun
estando debajo de ella. Había enviado la niebla a auxiliar a Aidan cuando supo
que éste estaba demasiado agotado para fortalecerse. Y la niebla permaneció,
antes de la puesta del sol, dándole una ventaja para lo que debía hacer.
Aidan había estudiado durante siglos, creyendo, como Gregori lo
hacía, que el conocimiento era poder, pero no podía hacer todas las cosas que
Gregori sí. Él no habría detectado un ser incorpóreo mientras descansaba bajo
la tierra, y Aidan estaba seguro de que Gregori no sólo lo había hecho, sino
que también había enviado la niebla a ayudarlo. Aidan se encontró sonriendo. El
vampiro no era Gregori.
Bajando la mirada a la cara de Alexandria, rozó con sus dedos
tiernamente su pelo antes de flotar hacia arriba, dejando la cámara
subterránea. Alexandria siempre se iba a dormir en una cama y se despertaba en
una, pero como cazador de vampiros en su ciudad, Aidan siempre la llevaba bajo
la tierra cicatrizante, donde era imposible de detectar.
Despiértate, piccola. Despiértate y mira a tu compañero. Él
murmuró las palabras suavemente, temiendo derramar el dolor, el nudo que se
había formado en su garganta.
Cuando ella tomó su primera respiración, el suspiro suave llegó
directamente a su corazón. Cuando sus ojos azules se abrieron, su mirada
encontró la de él. De pronto su calor lo rodeó, penetrando los poros fríos de
su cuerpo. Ella le sonrió, una sonrisa cariñosa y dulce que fue como una flecha
perforando su alma.
-¿Qué sucede?- preguntó la joven. Muy amable, tiernamente,
levantó una mano y trazó su boca con la punta del dedo-. ¿Qué has estado
haciendo contigo mismo? Estás gris, Aidan. Necesitas alimentarte-. Su voz fue
una invitación suave.
-Alexandria-. Él dijo su nombre, nada más.
Ella lo asombró como siempre lo hacía, sus ojos ensombreciéndose
hacia un azul oscuro, su voz un mero hilo de sonido, su cuerpo muy quieto.
-¿Está vivo?
No hubo indicio de condena ni cólera porque no hubiera mantenido
seguro al niño.
Él cerró los ojos, incapaz de encontrar su mirada. Simplemente
asintió con la cabeza.
Alexandria respiró profundamente y le acarició la mandíbula con
su palma.
-Mírame, Aidan.
-No puedo, Alexandria. Volveré a mirarte cuando haya devuelto a
Joshua sano y salvo a nuestra casa, a tus brazos.
-Dije que me miraras-. Las puntas de sus dedos tomaron su
barbilla, levantándola.
Él no podía hacer nada excepto obedecerla. Lo desgarraba por
dentro con su aceptación, con su comprensión, su gentileza. Sus ojos dorados
resplandecieron al mirarla. Y entonces la sintió, uniéndose instantáneamente a
su mente, tan veloz y completamente que no tuvo oportunidad de esconder ninguna
de las bestias que habían atacando a quienes vigilaban a su hermano, la
angustia de Stefan y Marie y el terror de Joshua, sus propios esfuerzos y su
dolor al estar bajo el sol, y la carbonización del títere humano. Todo le fue
mostrado a ella sin ahorrarle los detalles desagradables. Cuando la joven oyó
el susurro suave de su nombre en los labios de Joshua, hizo un solo sonido.
Su dolor fue tan intenso, que Aidan sintió al demonio levantarse
y lanzarse a través de su cuerpo, asumiendo el mando. Un siseo lento y asesino
escapó desde lo profundo de su garganta. Sus ojos dorados resplandecieron con
determinación mortífera.
-¿Cómo se atreve a intentar esto?-. Su voz fue tan letal como su
expresión-. ¿Cómo se atreve a usar al niño como un desafío para llegar a él?
-Shh, Aidan-. Ella puso un dedo sobre su boca-. No tienes que
culparte. Ven a mí. Toma lo que necesitas para derrotar a esa cosa, para tener
a Joshua de regreso-. Ella fue lentamente apartando a un lado la camisa de seda
que llevaba puesta, su brazo delgado rodeando el cuello de su compañero, y
haciendo bajar su cabeza hacia su pecho.
-Lo cazaré. Tú también necesitas alimentarte-. Él apretó los
dientes contra el hambre que palpitaba en él.
Ella movió sus pechos contra su piel, envolviéndolo con su
aroma, una invitación sedosa, una tentación imposible de resistir.
-Estás gris, Aidan, muy débil. Es mi derecho y mi
responsabilidad ayudarte, ¿no es verdad? Soy tu compañera-. Las puntas de sus
dedos acariciaron su cuello, su boca moviéndose sobre su pelo, sus sienes-.
Dame este regalo, Aidan. Déjame ayudarte.
Él juró elocuentemente, pero el demonio interior demandaba
sangre, requería fuerza, y su cuerpo estaba excitado y dolorosamente lleno.
Maldiciendo su debilidad, inclinó su cabeza dorada hacia su piel. Tan suave,
tan perfecta. Su sangre lo cautivó con su calor, con la promesa de su adictivo
sabor. Su cuerpo se endureció mientras su lengua acariciaba el pulso femenino.
Ella era calor y luz y la promesa del paraíso. Sus manos se
movieron sobre sus caderas, su cintura diminuta, su estrecha caja torácica. Sus
pechos llenaron sus palmas con su blandura.
-Cara mia- murmuró contra su piel cremosa-, te amo.
Su lengua la tocó, la acarició, produciendo un pequeño temblor
que la traspasó. Sus brazos se apretaron alrededor de él. Por favor, Aidan,
hazlo ahora, murmuró ella en su mente, sus labios enterrados en su pelo.
Necesito hacerte fuerte otra vez. Necesito quitar tu dolor. Y lo hizo.
Alexandria conocía cada instante bajo el sol terrible, lo que había soportado
por ella, por Joshua. Nunca había necesitado en su vida hacer algo tanto como
necesitaba abastecerlo de alimento, demostrar su amor abrumador y sostenerlo.
Gritó, su espalda arqueada hacia atrás, su cuerpo temblando
mientras los dientes masculinos perforaban su pecho. Las lágrimas llenaron sus
ojos mientras lo acunaba contra ella. Él era insoportablemente suave,
sosteniéndola con amor y ternura, como si fuera el tesoro más precioso del
mundo. Alexandria podía sentir su propia fuerza decreciendo mientras que la de
él aumentaba. Podía sentirlo primero en su mente, luego en el palpitar de su
corazón, en la onda de poder en sus músculos y tendones. Fue una sensación
increíble proveer a Aidan de una fuerza y propósito semejantes. Su cuerpo
entero se tensó y protestó cuando la lengua masculina lamió la herida en una
caricia ruda, cerrando el enlace entre ellos.
Él la metió en el círculo de sus brazos.
-Es suficiente, cara-. Sus manos acariciaron su pelo-. Debo irme
ahora. Cuento contigo para tranquilizar a Stefan y Marie. Stefan siempre se
culpa a sí mismo cuando no puede detener cualquier cosa que un vampiro envíe
contra nosotros.
-Tengo que ir contigo-. Ella agarró firmemente su brazo-. Soy yo
a quien el vampiro quiere. ¿Cómo lo encuentro? Dime qué hacer, Aidan. Haré
cualquier cosa para traer a Joshua de regreso, cualquier cosa-. Había lágrimas
brillando en sus ojos, pero su barbilla se levantó valientemente. La pesadilla
regresaba una vez más: el pequeño Joshua en las manos de un vampiro de sangre
fría.
-Lo traeré de vuelta- la consoló Aidan quedamente.
-No, no correré riesgos tampoco contigo. Él me quiere. Saldré
por mis propios medios. Comprobaré si intercambiaría a Joshua por mí- dijo
desesperadamente-. Ésta no es tu culpa más que la de Stefan. No es tu
responsabilidad. Iré hasta él.
Aidan la miró entonces, su rostro frío.
-No permitiré que corras ese riesgo. Ésta es mi pelea.
-¿Cómo puedes decir eso? Joshua es todo lo que tengo. Es mi
hermano, mi única familia. Tengo todo el derecho a defenderlo.
Él le apartó el cabello hacia atrás con mano suave.
-Joshua es también mi hermano, mi familia. Tú eres mi compañera.
No hay preguntas, cara mia, sobre quién se encargará de este problema. Tú
permanecerás en esta casa y harás como te diga. No discutiré contigo acerca de
esto.
Su voz, aterciopelada y tierna, podía voltear su corazón, pero
ella no sería seducida esa vez. Alexandria levantó la barbilla.
-No, Aidan, iré contigo. Si puedes salvar sólo a uno de
nosotros, entonces será a Joshua.
Sus ojos la acariciaron al mismo tiempo que negaba con la
cabeza.
-Me darás tu palabra de que harás lo que te diga, o te ordenaré
dormir hasta que regrese. Y si duermes el sueño de los inmortales, serás
incapaz de auxiliarme si tengo la necesidad. Debo irme ahora. Desaprovecho un
tiempo valioso, un tiempo que Gregori ganó para mí a costa de su propia fuerza,
estoy seguro-. Su boca rozó la de ella-. ¿Qué será? ¿Dormirás mientras me
marcho? ¿O te quedarás aquí lista para auxiliarme si es necesario?
Alexandria se alejó de él, pero asintió con la cabeza.
-No me dejas muchas opciones, Aidan- dijo suavemente-. Vete
entonces. Pero que nada te suceda, o ya verás lo que puede hacer una mujer
humana cuando está realmente loca.
-Una antigua mujer humana- la corrigió.
Y se fue. Simplemente. En un momento era sólido y real, y al
siguiente un arco iris de luz cruzando velozmente el túnel estrecho de roca
hacia el cielo cubierto de niebla.
Alexandria permaneció sentada por mucho tiempo, las manos
entrelazadas en su regazo. Aidan estaría bien. Tenía que estarlo. Y traería a
casa a Joshua para ella. Creía en eso porque tenía que hacerlo. Cuando trató de
ponerse de pie, se encontró temblorosa, con las piernas débiles. Le costó mucho
encontrar y ponerse los pantalones vaqueros. Era difícil creer que apenas la
noche anterior Aidan le hacía el amor, y ahora estaba fuera peleando con un
monstruo.
Se abrió paso lentamente a lo largo del túnel, agarrándose a la
pared, la mano temblando mientras abría la entrada que conducía a la cocina.
Podía oír el llanto quedo de Marie, el murmullo bajo de la voz de Stefan
mientras trataba de consolarla.
La pareja estaba en el sofá del cuarto de estar, la cabeza de
Marie en el hombro de Stefan, su brazo alrededor de ella. Ambos aparentaban
haber envejecido en cierta forma. Alexandria se arrodilló delante de ellos y
puso una mano sobre la de ellos, que estaban entrelazadas.
-Aidan traerá de vuelta a Joshua. Sabe dónde está, y logró tejer
algún tipo de hechizo protector para resguardarlo. Ambos pensamos que otro
Cazador está en el área y ayudará a Aidan si fuera necesario-. Su voz era baja
y apremiante-. Creo en Aidan, y ustedes deben hacerlo también. No perderemos a
ninguno de los dos esta noche.
Ella podía sentir el poder de la criatura en la que se había
convertido precipitarse a través de ella. Aunque se sentía débil, pálida y
necesitada de alimento, a pesar de todo sentía el poder. Su mente era fuerte, y
tenía recursos con los que nunca había soñado. Podían ser usados para el bien,
como en ese momento, para aliviar el sufrimiento de la fiel pareja mayor.
Stefan y Marie habían aprendido a amar a Joshua, y ambos creían que de alguna
forma eran responsables de su secuestro.
La gran figura de Stefan se estremeció.
-Lo siento, Alexandria, te decepcionamos. El ataque fue
inesperado, pero debería haber estado con Joshua, debería haberlo mantenido a
mi lado.
-Pensé que estaba a salvo mientras estuviera en la casa- gimió
Marie suavemente, levantando el delantal para cubrirse la cara.
Alexandria empujó hacia abajo el delantal y rodeó a los dos con
sus brazos delgados. Podía oír el bombeo de la sangre a través de sus venas, el
flujo y reflujo de la vida. El aroma del alimento la cautivó, pero sabía ahora
que podía controlarse, confiar en sí misma.
-Nadie tiene la culpa de esto, Marie. Ni tú ni Stefan.
Atravesaremos esto juntos, como una familia. Ustedes dos, Aidan, Joshua y yo.
No puede haber culpa.
La mano de Stefan se levantó hasta tocar su pelo.
-¿De veras quieres decir eso, Alexandria? ¿Es lo que realmente
sientes?
Ella asintió con la cabeza.
-Joshua nos pertenece a todos. Estaba equivocada al tratar de
aferrarme a él. Ahora, cuando está corriendo peligro, todos nos culpamos. Aidan
lo hace porque piensa que me falló. Yo lo hago porque en cierta forma dejé que
todo esto ocurriera. Ustedes lo hacen porque Joshua es un niño y no hizo lo que
le ordenaron. La verdad es que lo que sucedió simplemente sucedió. Y Aidan nos
traerá a casa a nuestro niño- dijo con convicción absoluta.
Los ojos descoloridos de Stefan mantuvieron su mirada
firmemente.
-¿Y si… si algo sale mal?
Ella sintió el golpe en el fondo de su estómago, pero no
reaccionó visiblemente. Sostuvo su mirada de color zafiro en la de él.
-Entonces lo enfrentaremos juntos, ¿no es verdad?
No te fallaré, cara.
La voz de Aidan en su mente, su tranquilidad, la llenó de un
cierto consuelo. No pienses en mí ahora, Aidan. Ten cuidado. Estaré aquí, unida
a ti, si necesitas mi fuerza. Y tenía la intención de escudriñar los cielos
para él y descubrir cualquier trampa que el vampiro hubiera puesto. Aidan no
estaría solo en eso. Si algo saliera mal, él no llevaría la carga en sus
hombros como lo había hecho por tantos siglos. Estaba decidida a compartirlo
con él.
-Estás muy débil, Alexandria- dijo Stefan suavemente-. Si debes
ayudar a Aidan, debes tener algo que… - él se interrumpió.
Por primera vez, Alexandria sonrió.
-Está bien, Stefan. No voy a ser tan tonta como para salir
corriendo por la puerta otra vez.
-De buena gana me alistaría como voluntario- se ofreció.
Ella negó con la cabeza al mismo tiempo que una furia negra se
arremolinaba en su mente. La resistencia de Aidan a la idea tenía más que ver
con los celos que con su juramento de nunca usar a quienes trabajaban para él,
se percató. Alexandria desechó ese nuevo conocimiento para examinarlo
detenidamente más adelante.
-Nunca podría, Stefan, pero te doy las gracias.
-Aidan conserva suministros para casos de emergencia. Te lo dio
una vez. No es tan bueno, pero ayudaría.
Ella negó con la cabeza.
-No aún. Si hay suma necesidad, lo tomaré. Por ahora, infórmame
sobre los demás, los guardias. Aidan está realmente preocupado por su
bienestar- dijo Alex, habiendo percibido la ansiedad de su compañero por Vinnie
y Rusty.
-Vinnie está muy malherido y perdió mucha sangre. Tuvieron que
darle alrededor de cien puntos sólo en el cuello. A Rusty le fue un poco mejor,
pero ninguno trabajará por mucho tiempo- contestó Stefan-. Me ocupé de que
tuvieran los mejores doctores disponibles, incluyendo a un cirujano plástico
para Vinnie. Les aseguré a ambos que pagaríamos las facturas médicas y los
compensaríamos generosamente por el tiempo perdido.
Alexandria apretó la mano de Marie gentilmente.
-Gracias a ambos. Facilitan tanto las cosas para nosotros-.
Lentamente se puso de pie y se dirigió hacia la mecedora, donde se arrebujó
cómodamente, levantando las rodillas hasta apoyar la barbilla sobre ellas.
Cerró los ojos y se permitió abstraerse lo suficiente de la habitación para
unirse completamente a Aidan. Estaba donde quería estar. Donde pertenecía.
Aidan estaba bien camuflado por la niebla que Gregori había
producido. El oscuro sanador tenía un dominio impresionante sobre la
naturaleza. El manto pesado de niebla bloqueaba los rayos de sol, posibilitando
a Aidan viajar sin incomodidad y ganar una ventaja sobre el vampiro todavía
bajo tierra hasta la puesta del sol. Sobre todo, un peso terrible había sido
levantado de su corazón. Alexandria estaba con él, aceptándolo completamente.
Ella podía ver claramente a la bestia rugiendo por su libertad, luchando por
ganar el control, y no se había alejado horrorizada. No lo había culpado por el
desafío desesperado al vampiro o la forma en que Joshua había sido secuestrado.
Temía por Joshua y por él, pero no se había derrumbado. Había hecho lo que él
le había pedido e intentaba tranquilizar y confortar a Stefan y Marie.
Alexandria se estaba volviendo su compañera, verdaderamente su compañera.
Mientras avanzaba a través de la niebla, comprendió que la amaba
incondicionalmente también. Nunca había conocido una emoción tan profunda, tan
apasionada. Ella se había introducido tan profundamente en él, que estaba
completamente perdido. Estaba desesperadamente, completamente,
desvergonzadamente enamorado. En sus fantasías más salvajes, nunca había
imaginado que se sentiría así de bien. Envió al cielo una plegaria rápida para
que todo saliera como había planeado, que las defensas que había tejido alrededor
del niño se mantuvieran firmes hasta que pudiera destruir al vampiro.
Aidan se movía velozmente, tratando de acelerar al máximo antes
de que el sol se pusiera. La niebla le había dado una oportunidad en la
batalla, una ventaja, y estaba decidido a emplearla al máximo. Cruzó velozmente
el cielo, fluyendo a través de las nubes, perturbando a una bandada de aves y
apartándolas abruptamente con su columna de luz iridiscente. El gris sombreaba
los árboles debajo, indicando que tenía sólo unos minutos antes de la puesta de
sol. El viejo pabellón de caza estaba a la vista ahora, profundamente enclavado
en las sombras de los pinos altos.
Capítulo Dieciocho
Aidan supo el momento exacto en que el vampiro se levantó. La
Tierra, la roca y las maderas mohosas fueron arrojadas hacia arriba en un
géiser a través de la niebla gruesa y espesa. Las ratas gritaron agudamente,
corriendo velozmente para abandonar las vigas podridas. Las cucarachas
hirvieron de la madera putrefacta, una alfombra en movimiento sobre tablas
quebradas. El ruinoso edificio se estremeció. La ráfaga rojiza y nociva del
aire, una mezcla de odio y desafío, chirrió horrendamente a medida que avanzaba
hacia el coche en busca del premio por su espera.
El arco iris trémulo brilló en la niebla blanca, y lentamente se
transformó en la figura alta y poderosa de Aidan avanzando a grandes pasos.
El vampiro se inclinó sobre la cajuela del coche, preparado para
apresar al niño dormido. Se detuvo abruptamente, repentinamente cauteloso, sus
labios delgados arrugados en un gruñido, dejando expuestos sus colmillos largos
y amarillentos. Su cabeza onduló de atrás para adelante en un cuello flaco y
arrugado como el de un reptil. Sus ojos fríos examinaron suspicazmente la
cajuela, luego la tierra ennegrecida. Siguió la huella de los pedazos
chamuscados de carne. Un siseo largo y lento de aliento fétido escapó de su
boca, y sus ojos de rebordes rojos giraron al advertir el acercamiento de
Aidan.
El vampiro se alejó de la cajuela abierta y el niño dormido.
-¿Quieres atraparme con un truco tan barato, Cazador?- gruñó
acusadoramente, un sonido chirriante reemplazando su voz antes bella, y ahora
podrida por su alma decadente.
Aidan se detuvo a una corta distancia de él.
-Ambos sabemos que no tengo necesidad de trucos, muerto- dijo
suavemente, su tono tan puro físicamente que lastimó los oídos del vampiro-.
Eso es más de tu estilo, usar niños pequeños como peones. Has caído muy bajo,
Diego. Fuiste una vez un gran hombre-. La voz se había dejado caer una octava,
y, a despecho de su odio de su pureza, el vampiro se esforzó en oír las notas
ondeantes.
-Hombre- se burló el vampiro-. No me insultes bautizándome como
una criatura tan débil. Mikhail te ha lavado el cerebro. Durante siglos nos ha
mentido, nos ha convertido en ovejas. Ha dirigido a nuestra gente a ocultarse
bajo la tierra, tratando de quitarnos nuestro poder. Abre tus ojos, Cazador. Ve
lo que haces. Asesinas a tu propia especie.
-Tú no eres de mi especie, Diego. Has escogido corromper y
asesinar a aquellos menos fuertes que tú. Mujeres. Niños. La humanidad
inocente. No soy como tú.
El vampiro contuvo la respiración con un sonido audible lleno de
odio.
-Es fácil para ti decirlo, cuando el perfume de tu mujer se
aferra a cada uno de tus poros.
-Soy dos siglos mayor que tú. Incluso antes de que mi compañera
llegara y me trajera su luz, no me transformé como tú lo hiciste para
simplificar mi vida- dijo Aidan quedamente-. No abdiques la responsabilidad por
tus acciones. No fue por Mikhail o tu falta de una compañera lo que te ha hecho
caer. Fue tu elección convertirte en lo que eres.
Los labios delgados se echaron para atrás, dejando expuestas las
encías manchadas de rojo. La piel blanca del rostro de Diego se tensó
apretadamente sobre sus huesos, dándole una apariencia esquelética. Levantó una
mano huesuda terminada en uñas filosas como hojas de afeitar y apuntó hacia la
cajuela abierta-. Piensas que eres demasiado poderoso para que yo te derrote,
pero no carezco de poderes.
Aidan escondió su miedo por Joshua en alguna parte profunda y
secreta de su alma. Su cara permaneció impasible, incluso serena. En su mente,
sintió a Alexandria quedarse sin aliento mientras las serpientes comenzaban a
subir sobre el coche. Aidan no se movió ni habló, ni siquiera para reconfortar
a su compañera. Se enorgulleció de su silencio, del hecho de que ella
permaneciera tan silenciosa y tan confiada como siempre.
Si el vampiro creaba una ilusión, había que reconocer que era
perfecta. Aidan realmente podía detectar la vida en los reptiles que se
contoneaban. Parecían lo suficientemente reales, aunque ignoraba cómo el
vampiro podría haber invocado tantas tan rápidamente. Trató de dominar a las
serpientes para quitarlas, pero eran criaturas del vampiro, completamente
esclavizadas. La primera víbora se abrió paso dentro de la cajuela. Casi
inmediatamente, varias otras cayeron detrás.
El maletero se llenó instantáneamente de un chisporroteo
caliente, y el olor de carne quemada llenó el aire a medida que serpiente tras
serpiente acudía a su muerte. Finalmente, el vampiro levantó su mano y las
serpientes restantes reptaron de regreso a la tierra, ensortijándose alrededor
de sus tobillos.
-¿Qué dices si nos evitamos estos juegos infantiles?- dijo
Aidan-. Ven a mí, Diego, y recuerda al hombre que una vez fuiste-. Su voz era
tan imponente, tan cautivante, tan hipnótica, que el vampiro casi dio un paso
adelante.
Entonces Diego gruñó, un sonido brutal y desagradable en
contraste con la voz de Aidan.
-Te mataré, luego al niño, y tomaré a tu mujer-. Su sonrisa fue
grotesca-. Ella sufrirá por mucho tiempo y demasiado por tus pecados.
Aidan se encogió de hombros descuidadamente.
-Si haces lo imposible y me derrotas, mi compañera escogerá
seguirme, y no tendrás oportunidad de tenerla en tus manos. El niño estará a
salvo, porque que hay otro Cazador en esta área, uno mucho más grande que yo.
No puedes derrotarme. Nadie puede derrotarlo a él- dijo complacido, con
confianza completa.
El vampiro gritó otra vez, una furia histérica que amenazaba
consumirlos a ambos.
-¡Gregori! ¿Cómo se atreve a venir a esta tierra? ¿Qué le da
derecho? Ese es un ejemplo perfecto de la hipocresía de Mikhail-. Luego la voz
volvió a apaciguarse, astuta-. Gregori no es como tú, Aidan. Tú eres un hombre
justo. La moralidad rige tus acciones. Puede que tu cacería sea equivocada,
pero no obstante lo haces porque piensas que debes hacerlo-. El vampiro miró
alrededor y habló quedo-. Gregori es un asesino a sangre fría. No tiene
remordimientos. He oído historias, rumores, que otros juran son ciertos. El
sanador ha matado ilegalmente. Haciéndose pasar por el mejor de nuestra gente,
es el peor, y Mikhail consiente esa abominación.
Para un oído no entrenado, esa voz insidiosa habría sido
seductora y persuasiva. Pero Aidan podía ver la piel gris y encogida sobre el
esqueleto. La sangre seca bajo las uñas largas y amarillentas. Las encías
menguantes y los colmillos exagerados. Sobre todo, era muy consciente del niño
vulnerable en la cajuela de un coche, colocado allí como instrumento de
venganza del vampiro.
-Tratas de ganar tiempo, muerto. ¿Por qué? ¿Qué plan tienes para
hacerte pasar por mi amigo?-. al mismo tiempo que Aidan hablaba, las víboras
sisearon odiosamente y salieron en enjambre hacia él, una masa reptante de
contorsionados cuerpos.
A medida que las serpientes se acercaban a sus pies, cambiaron
de forma, convirtiéndose en mujeres reptando hacia él con un siseo obscenamente
sexual, sus largas lenguas bifurcadas lamiéndolo. Usando la niebla para
encubrir sus movimientos, Aidan reapareció detrás del vampiro. A medida que
Diego se daba vuelta en todas direcciones, Aidan lo atacó, con un golpe veloz y
aniquilador diseñado para acabar el conflicto rápidamente. Pero en el último
momento el vampiro brincó alejándose, y sus criaturas, mitad hembras, mitad
serpiente, gruñeron y escupieron veneno hacia Aidan, gateando hacia él sobre
sus vientres, manos y rodillas.
No pongas atención a sus ilusiones. Nunca apartes la vista del
vampiro. Él espera que te distraigas. La voz de Alexandria fue suave y dulce en
su mente, despejándolo de las telarañas que el ilusionista tejía para
confundirlo.
Es un experto, cara, reconoció.
No lo suficientemente experto, respondió ella con fe completa en
él.
Las mujeres sobre la tierra ensamblan un gemido, un quedo y
lamentable quejido triste que se levantó en el viento. Aidan sonrió al vampiro
con una sonrisa perezosa, seguro de sí mismo.
-¿Tratas de llamar a Gregori a nuestra pequeña batalla? Eres
mucho más estúpido de lo que pensé. Incluso yo, que no tengo nada que temer, no
querría perturbar la soledad de Gregori. Con este alboroto, seguramente se
unirá a nosotros-. Sus ojos dorados cayeron sobre el vampiro, encontraron la
mirada opaca, muerta, y se cerraron encima de ella, sujetando al otro hombre en
sus profundidades derretidas-. Trabajé estrechamente con Gregori por varios
años. ¿Sabías eso, Diego? Lo que hace, lo hace serena y eficazmente. No hay
otro como él. Quizá en tu momento final desearás probar tus pobres habilidades
contra su grandeza.
La cabeza del vampiro onduló otra vez, el cráneo meciéndose rítmicamente.
Siseó una orden, y las criaturas obscenas gimieron y se deslizaron. Cantando,
ondeó una mano hacia ellas, y las mujeres gemebundas lentamente cambiaron de
forma, de regreso a serpientes. Serpientes ordinarias e inofensivas de jardín.
El vampiro comenzó a moverse en un baile lento, meticuloso,
siniestro. Rodeó a Aidan, los caparazones duros de las cucarachas crujiendo
bajo sus zapatos. Su cabeza continuó danzando lentamente, sus colmillos
brillando y chorreando saliva. Aidan enfrentó al vampiro estoicamente,
rehusándose a mirar sus pies danzantes aplastando ruidosamente los insectos o
en la serpiente de jardín que se acercaba por su izquierda.
La serpiente no es inofensiva, Aidan. La advertencia de
Alexandria fue calma. Es otra de sus ilusiones. No es una serpiente de jardín.
Puedo sentir el triunfo del vampiro.
Aidan se mantuvo firme y sereno, su mirada dorada sin desviarse
de la figura cimbreante del vampiro. No dirigió la mirada a la serpiente
deslizándose hacia él o se traicionó en ninguna forma que advirtiera el peligro
que representaba. Las acciones del vampiro eran hipnóticas, una serie extraña
de pasos y movimientos diseñados para mitigar los sentidos y capturar la mente.
Mientras la serpiente se enrollaba sobre sí misma para atacar a
sólo unas pocas pulgadas del Cazador, el vampiro se detuvo, sus ojos perforando
los de Aidan tratando de fascinarlo. Luego, con velocidad increíble, el vampiro
se lanzó hacia adelante en un ataque silencioso. La serpiente también se
precipitó hacia adelante, tratando de enterrar sus colmillos en la pierna de
Aidan. Pero Aidan ya no estaba allí. Incluso más rápido, había brincado para
encontrar al vampiro. Sus manos intentaron coger la cabeza huesuda y
retorcerla. Hubo un crujido repugnante, y el vampiro aulló, las hojas de
afeitar de sus garras afiladas rasguñando el pecho ancho de Aidan.
Las garras se hundieron profundamente, dejando cuatro surcos
rojos. Aidan se perdió de vista ante el ilusionista y reapareció junto a la
cajuela del coche. Se arriesgó a lanzar una mirada rápida hacia el niño
dormido. La visión del niñito cubierto con cuerpos chamuscados de serpientes
era inquietante. Deseó apartar a las malignas y repulsivas criaturas tan lejos
de Joshua como fuera posible.
Aidan, no desvíes tu atención del vampiro, lo alertó Alexandria.
Todavía es peligroso. Está preparándose para matarte. ¿Estás bien? Siento tu
dolor.
No siento nada. La respuesta de Aidan fue abrupta, afilada, su
atención de regreso al vampiro.
La cabeza de Diego estaba inclinada hacia un lado, su mueca la
parodia torcida de una sonrisa aduladora dirigida al Cazador. Las llamas rojas
titilaron en sus ojos. Jadeaba luchando por respirar, pero Aidan no se
engañaba. El vampiro era más peligroso que nunca. Aidan veía ese peligro en la
neblina roja de sus ojos y las uñas sangrientas clavadas en sus palmas.
-Déjame morir en paz, Aidan. Me has aniquilado- dijo el vampiro
suave, persuasivamente-. Llévate al niño y vete. Déjame mi dignidad. Encontraré
el amanecer y moriré como deben hacerlo los de nuestra especie.
Aidan permaneció muy quieto, su cuerpo relajado, casi indolente,
sus hombros flojos, sus brazos a los lados, sus rodillas ligeramente dobladas.
El cuadro de la serenidad. Los ojos dorados no hicieron ni un parpadeo. Observó
los movimientos del vampiro como el depredador que era.
El vampiro explotó en maldiciones, una expresión obscena y
gutural de su frustración.
-Ven y alcánzame entonces- desafió.
Aidan solamente clavó los ojos en él, sin moverse. No permitió
que la piedad por la criatura desviara su corazón o su mente. Ese camino
invitaba al desastre. El no muerto no sentía ningún remordimiento por sus
acciones. Diego agotaría a Joshua hasta dejarlo seco, lo torturaría para
acercarse a Aidan, a Alexandria, y luego arrojaría a un lado al niño como si
fuera basura. No había sentido en negociar con un vampiro, ninguna razón. El
Cazador solamente esperó con paciencia.
Pero no tuvo que hacerlo por mucho tiempo. Los no muertos no
tenían tanta paciencia. Él brincó hacia Aidan, su forma cambiando mientras lo
hacía, su cabeza, grotescamente asimétrica en su cuello flaco, alargándose en
un hocico grueso y compacto con colmillos largos, protuberantes, afilados como
una navaja. En pleno aire, el tigre de dientes de sable rugió mientras
brincaba.
Aidan esperó hasta el último momento posible. Evitar los
colmillos largos y el peso macizo del animal fue lo suficientemente fácil, pero
era imposible permanecer cerca sin que esas garras letales lo desgarraran.
Cerró su mente contra todo dolor y también a Alexandria, para que ella no
pudiera compartir su sufrimiento. Luego su brazo se extendió alrededor del
cuello quebrado de la criatura, y se colocó a horcajadas sobre el animal, donde
las garras crueles no podían alcanzarlo. Aun con su fuerza enorme, fue difícil
controlar a la ululante bestia que se contorsionaba para alcanzarlo.
Lentamente, con detenimiento, Aidan pudo ejercer suficiente
presión alrededor del cuello del tigre para cortar totalmente el suministro de
aire. El animal se volvió loco, moviéndose agitadamente y corcoveando, tratando
de derribarlo. Ferozmente, mordió y gritó con un aullido agudo y sobrenatural.
Tenazmente, Aidan esperó. Su mano resbaló más bajo, buscando el latido.
Al mismo tiempo que Aidan casi alcanzaba su meta, el vampiro se
torció lo suficiente como para hundir una garra llena de veneno profundamente
en su cuello, apenas errando su yugular. La sangre salió a chorros, y él podía
sentirla bajando por su piel. La bestia era tan fuerte y ágil que por un
momento Aidan no estuvo seguro de que pudiera derrotar a la criatura. Luego
algo se movió en su mente. Una quieta confianza que lo llenó de seguridad y
fuerza.
Aunque había tratado de cerrarse a ella, mantenerla apartada de
la brutalidad, Alexandria nunca lo había abandonado. Estaba allí, alimentando
su fuerza con la de ella. La mano de Aidan encontró lo que necesitaba. Enterró
su puño entero profundamente en el tigre enloquecido, más allá de los músculos
y los órganos suaves y vulnerables.
El vampiro se enfureció y gritó, arañando a Aidan con su última
fuerza moribunda, determinado a llevarse al Cazador con él. A medida que Aidan
extraía el corazón palpitante, el tigre dientes de sable se desfiguró,
cambiando de forma hasta que el vampiro marchito y de piel gris yació bajo él,
quieto y silencioso.
Aidan arrojó el corrompido órgano lejos y precipitadamente puso
distancia entre sí y la abominación que una vez había sido un decente hombre de
la Raza de los Cárpatos. Se dio el gusto de respirar profundamente, limpiándose
y se apoyó contra el tronco de un árbol. El viento murmuraba, adquiriendo
fuerza para llevar el perfume gangrenoso del vampiro lejos de él. La noche se
derramaba sobre Aidan, oscura, misteriosa y bella.
¿Deberíamos ir? ¿Tienes necesidad de sangre, Aidan?
Él podía oír el cansancio en ella, igual a la suya. Era una
tarea difícil mantener el contacto mental cuando ella apenas había aprendido a
hacer eso, especialmente a través de una lucha tan violenta. Y la mujer estaba
débil por la falta de alimentación. Le había permitido alimentarse
codiciosamente, y le había otorgado su decreciente fuerza sin titubear. Aun
ahora, su preocupación era por él.
Quédate, piccola, estaré en casa pronto, y llevaré a Joshua
conmigo. Diles a Marie y Stefan que todo está bien. Él luchó por conservar la
voz firme para que ella no temiera por él.
Su risa suave calentó su corazón.
Estoy en tu mente, mi amor. No puedes esconder tus heridas de
mí.
Y hubo apenas un disturbio en el aire, simplemente un revoloteo,
ninguna otra advertencia. Una gran ave de rapiña aterrizó en la rama por encima
de la cabeza de Aidan y lentamente plegó sus alas. Aidan debería haber sabido
que otro de su especie estaba cerca, pero no lo había hecho. Mientras brincaba
fácilmente de la rama, la forma del pájaro se alteró, y fue Gregori quien
aterrizó ágilmente sobre sus pies.
Se deslizó junto a Aidan para examinar el espectáculo grotesco
sobre el terreno.
-Él era bueno, ¿verdad?- preguntó suavemente. Su voz era
hermosa, un sonido tranquilizador que pareció penetrar en el cuerpo cansado de
Aidan y renovar su fuerza. A pesar de su oscuridad, Gregori traía pureza y luz
con él, pegada a él como un aura de poder-. Diego estudió con el más maligno de
los vampiros. Empezaron a juntarse en grupos en nuestra tierra natal, con la
intención de derrotar a Mikhail. Cuando no funcionó, se alistaron para cazar
humanos. Ahora empezaron a viajar y engañar. Usan muchos métodos para tratar de
derrotarnos, Aidan. Has hecho bien este día.
-Con tu ayuda-. Aidan se enderezó, una mano presionando con
fuerza la herida sangrante en su cuello.
Gregori se deslizó sobre las cucarachas y las serpientes
ennegrecidas, sin que sus pies tocaran nunca la carnicería mientras se acercaba
a la cajuela abierta del coche.
Aidan no podía evitar dar al sanador una advertencia, por si
acaso.
-Usé tus defensas para mantener al niño libre de daños-. No
podía creer que el sanador alguna vez pudiera transformarse, pero estaba alerta
de todos modos.
Gregori asintió con la cabeza.
-Añadiste tu propio toque. Has crecido estos años, Aidan. Ven
aquí-. Él volteó su cabeza entonces, sus ojos extraños de pálida plata
autoritarios, su voz baja e hipnótica.
Aidan avanzó a pesar del quedo grito de alarma de Alexandria.
Ella no creía que el otro Cazador fuera malo, pero el sanador creía que su alma
estaba ya perdida. Lo que lo hacía imprevisible. ¡No vayas a acercarte a él! Es
tan peligroso, Aidan, y puedo sentir tu debilidad. Es su voz. ¿No puedes
apreciar que su voz te cautiva?
Él es un gran hombre, cara. Confía en mi juicio, la reconfortó
su compañero.
Gregori tocó a Aidan muy ligeramente, pero el Cazador sintió el
calor propagándose por todo lo largo de su cuerpo. El sanador cerró los ojos y
se desprendió de su cuerpo, entrando en el de Aidan. Mientras la lengua antigua
de su gente hacía eco en el aire, a través de sus cuerpos, comenzó un ritual
cicatrizante tan viejo como el tiempo. Aidan sintió el dolor separándose de su
cuerpo, apartado por el más grande sanador de todos. El cántico siguió durante
algún tiempo, pero Alexandria continuó compartiendo su mente, rehusándose a
renunciar al que era su lugar por derecho. Ella sabía que Gregori podía sentir
su presencia, ser consciente de que él podía leer su desconfianza, pero estaba
más preocupada por la seguridad de Aidan que por los sentimientos de Gregori.
Gregori lentamente regresó a su cuerpo, revelando la tensión del
proceso cicatrizante por las líneas grabadas en su cara. Pero sin inmutarse,
desgarró su muñeca con sus propios dientes y la tendió ofreciéndosela a Aidan.
Aidan vaciló, sabiendo que Gregori ofrecía mucho más que la
nutrición. Ahora estaría vinculado a Gregori, capaz de rastrearlo a voluntad si
fuera necesario. La gruesa muñeca chorreando preciosas gotas de color rubí se
presionó más cerca de su boca. Con un suspiro, Aidan cedió a lo inevitable.
Necesitaba sustento, y Alexandria esperaba en casa, necesitándolo también.
-Es hermosa esta tierra, en su propia forma, ¿verdad?-. Gregori
no esperó la respuesta de Aidan o indicó de ninguna manera que la pérdida de
sangre lo afectaba-. No es salvaje e indomable como nuestras montañas, pero hay
futuro aquí-. No se sobresaltó mientras los dientes de Aidan se hundían más
profundamente en su piel.
Una fuerza que no había conocido en años entró a raudales en el
cuerpo de Aidan. Gregori era uno de los antiguos, su sangre mucho más poderosa
que la de los hombres con menos años. La nutrición reanimó a Aidan
instantáneamente, hizo desaparecer el dolor y el cansancio, y le dio una
vitalidad que no había experimentado nunca. Cerró la herida cuidadosa,
meticulosamente, con gran respeto.
-Estoy en deuda contigo, Gregori, por haberme auxiliado hoy-
dijo formalmente.
-Tú no necesitabas mi ayuda. Sólo simplifiqué las cosas. Tus
defensas para el niño te habrían dado el tiempo necesario aun sin la niebla. Y
tenías bastante fuerza para sobrevivir a la luz del sol en tu condición
incorpórea incluso sin mí. No me debes nada, Aidan. He tenido suerte en mi vida
por contar con algunos hombres a los que puedo llamar amigos. Tú eres uno de
ellos-. Gregori sonó como si estuviera ya muy lejos.
-Ven a mi casa, Gregori- insistió Aidan-. Pasa un tiempo allí.
Podría ayudar a aliviarte.
Gregori negó con la cabeza.
-No puedo. Sabes que no puedo. Necesito las tierras salvajes,
los límites altos, donde pueda sentir la libertad. Es mi camino. He encontrado
un lugar a muchas millas de aquí. Construiré allí mi hogar para aguardar a mi
compañera. Recuerda la promesa que me hiciste.
Aidan asintió con la cabeza. Sintió a Alexandria moviéndose en
su mente, ofreciendo cercanía, consuelo.
-Ve por el niño, Aidan, y tu mujer. Aun a esta distancia, siento
su ansiedad por ti y por el niño. Y necesita alimentarse. Su hambre palpita en
mí. No pierdas el tiempo preocupándote por mí. Me he cuidado solo durante
siglos-. Ya su forma sólida estaba fluctuando, brillando tenuemente,
deshaciéndose en gotitas de niebla. Su voz se volvió de nuevo incorpórea,
extrañamente vacía, y a pesar de todo todavía hermosa-. Fue realmente una
hazaña la que realizaste hoy, y a plena luz del día. Pocos pueden hacer lo que
hiciste. Has aprendido mucho.
Aidan lo observó desaparecer, la niebla entrando a raudales en
el bosque circundante hasta que también desapareció. El reconocimiento de su
logro por parte de Gregori lo enorgulleció. Se sintió como un niño recibiendo
la alabanza de un padre reverenciado. Y dado que se trataba del magistral
Gregori, que escogía vivir solo y hacer amistad con pocos, se sintió
especialmente honrado.
Muy cuidadosamente, con paciencia infinita, Aidan desenredó las
defensas alrededor de Joshua, y amablemente sacó al niño de la cajuela. Las
serpientes renegridas cayeron sobre la tierra, dispersándose alrededor de los
pies de Aidan. Tenía mucho trabajo que hacer, pero ya no podía soportar dejar
al niño en esa cajuela horrible con las criaturas del vampiro.
Aidan llevó a Joshua a la cima de una colina cubierta de
hierbas, bajo un pino, y le colocó sobre la tierra, tiernamente apartando hacia
atrás sus rizos rubios.
-Está bien, Alexandria, simplemente durmiendo profundamente como
le ordené. Lo despertaré cuando le devuelva a casa. Luego podemos ocuparnos de
lo que vio.
-Simplemente date prisa. Quiero verlo, sostenerlo en mis brazos.
Y Marie apenas puede creerme cuando le digo que su Joshua está fuera de
peligro. Había ansia en su voz, pero también fatiga, indicando su decreciente
fuerza.
Aidan, preocupado, dejó el niño durmiendo pacíficamente mientras
regresaba al repugnante campo de batalla para completar la tarea desagradable
de destruir al vampiro para siempre. El corazón y el cuerpo separados, junto
con toda la sangre manchada, debía ser incinerado.
Mirando hacia el cielo, construyó la electricidad, tejiendo las
venas del relámpago y aumentando la fricción hasta que se arqueó y crujió.
Dirigió un rayo hacia el cuerpo del vampiro, haciendo girar una pelota de fuego
de las chispas resultantes. El cuerpo del vampiro se contorsionó
repugnantemente, el hedor aumentando hasta llenar el aire de la noche. A unos
pocos pies de distancia, el corazón pareció moverse, una sutil, mortal
palpitación que logró que Aidan hiciera una pausa.
Inquieto con el fenómeno desconocido, Aidan dirigió las llamas
al corazón y lo incineró rápidamente, reduciéndolo a un manojo de cenizas. El
cuerpo deformado grotescamente, casi enderezándose, y un gemido largo y triste
aumentó en el viento. El sonido fue horrendo, y a medida que se desvanecía en
la noche, las notas se convirtieron en una risa desagradable y burlona.
Inmediatamente, Aidan dio media vuelta, sus ojos dorados
inquietos, registrando la tierra, los árboles, el cielo en busca de una trampa
escondida. Su cuerpo permaneció quieto, escuchando insistentemente cualquier
sonido sospechoso. En su mente, Alexandria contenía el aliento. Y entonces él
lo oyó. Un siseo suave e insidioso. Sigiloso. Furtivo. Un ligero roce de
escamas deslizándose sobre las agujas de pino.
¡Joshua! Alexandria explotó ante la revelación con horror igual
al suyo.
Él se movió con velocidad sobrenatural, más rápido de lo que
alguna vez se hubiera movido en los siglos de su existencia, cruzando la
distancia hasta la cima de la colina cubierta de hierba donde había dejado al
niño. Su mano encontró a la serpiente, la asió, y la arrancó con fuerza lejos
de su meta. La cosa siseó y se enrolló alrededor de su brazo, desesperadamente
apretando sus músculos, hundiendo los colmillos en la parte carnosa de su
pulgar. Mordió una y otra vez, inyectando veneno en su cuerpo, cada uno de sus
instintos ordenándole llevar a cabo la venganza del vampiro. Aidan hizo trizas
la serpiente, arrojándola a las llamas que consumían el cuerpo del no muerto.
La humareda nociva se levantó en el aire, los gases verdes retorciéndose y
rodando hasta desaparecer en el humo negro.
Aidan se dejó caer al lado de Joshua y atrajo al niño a sus
brazos. Hizo una inspección lenta y meticulosa de cada centímetro de piel para
asegurarse de que el niño estaba ileso. Esperó la reacción al veneno de la
serpiente. A los pocos minutos, sus pulmones comenzaron a luchar por aire, y
tuvo náuseas, pero no fue tan malo como esperaba, dado que la fuerza del veneno
había aumentado por el odio del vampiro. Le llevó un momento darse cuenta de
que era la sangre de Gregori la que neutralizaba los efectos del veneno. Podía
sentir la lucha en su cuerpo, pero la sangre de Gregori era mucho más fuerte
que cualquier cosa que el vampiro pudiera producir. En el plazo de unos
minutos, Aidan estaba bien, su corazón y sus pulmones tan fuertes como siempre,
con el veneno fluyendo de sus poros.
Levantó al niño en sus brazos y se lanzó al aire, sus alas
dispersándose mientras se abría paso a través del cielo hacia su casa y su
compañera que esperaba. Apenas había aterrizado en el balcón del tercer piso
antes de que Alexandria tratara de atraer al niño en sus brazos, riendo y
llorando al mismo tiempo.
-¡Lo hiciste, Aidan! ¡No puedo creer que lo hicieras!-. Ella
estaba mortalmente pálida, sus brazos temblando de debilidad.
Aidan podía oír su corazón esforzándose, sus pulmones respirando
con dificultad, luchando por funcionar aunque su suministro de sangre era bajo.
A pesar de su deseo de abrazarla y velar por sus necesidades, colocó a Joshua
en sus brazos.
-Mira su pobre carita-. Ella estaba llorando, las lágrimas
cayendo sobre las magulladuras de Joshua y el ojo morado-. Oh, Aidan, míralo.
-Yo lo veo maravilloso- dijo Aidan suavemente mientras su brazo
rodeaba su cintura, aceptando el peso del niño-. Metámoslo en la cama y
despertémoslo-. Podía oír a Marie y Stefan subiendo las escaleras para unirse a
ellos. El hambre de Alexandria palpitaba en él. Todo lo masculino, todo lo
protector e instintivo de su raza, se rebeló para demandar que cuidara de ella.
Joshua estaba a salvo. Era hora de velar porque la fuerza de su compañera fuera
restaurada.
-Oh, Marie, mira su pequeña cara- sollozó Alexandria a la mujer
mayor-. Esa criatura horrible lo golpeó.
Marie estaba llorando abiertamente, tomando al niño de los
brazos de Alexandria. Stefan también tuvo que sujetar al niñito.
-Está bien, simplemente dormido- los reconfortó Aidan. Su
preocupación era por Alexandria ahora-. Lo meteremos en su cama y lo
despertaremos. Le será informado que fue un intento de secuestro, para pedir
dinero. Aceptará esa explicación y entenderá por qué la presencia de los
guardias es necesaria.
Stefan llevó a Joshua al cuarto pequeño junto al de ellos. Marie
lo vistió con su pijama y llevó una tela fría para bañar su ojo morado.
Alexandria estaba sentada sobre el borde de la cama, la mano pequeña de Joshua
en la de ella. Aidan se arrodilló a su lado, un brazo alrededor de su cintura.
-Joshua, te despertarás ahora. Alexandria necesita ver tus ojos
azules-. Murmuró las palabras suavemente, su voz autoritaria rezumándose en la
mente del niño y llamándolo de vuelta al mundo.
Joshua estalló violentamente, peleando por liberarse. Fue Aidan
quien lo dominó, protegiendo a Alexandria con su cuerpo a pesar de sus
esfuerzos para acercarse al niño-. Escúchame, Joshua. Estás en casa con
nosotros. Estás a salvo. Los secuestradores ya no te tienen. Quiero que estés
tranquilo para que no lastimes a Marie o a tu hermana-. Su voz, como siempre,
fue serena y bella, tan urgente que el niño suspendió su lucha y los miró
cautelosamente. Cuando vio a Alexandria, se echó a llorar.
Ella se deslizó tras la gran figura de Aidan y alcanzó Joshua,
arrastrándolo hacia a ella, a la protección de sus brazos.
-Estás seguro ahora, pequeño camarada. Nadie va a lastimarte.
-Había perros, perros grandes. Había sangre en todas partes. Se
estaban comiendo a Vinnie. Lo vi.
-Vinnie fue muy valiente y trató de salvarte de los
secuestradores- lo apaciguó Alexandria, acariciando los rizos rubios de su
frente-. Está en el hospital, pero vivo, y se va a poner bien. También Rusty.
Te llevaremos a verlos en pocos días. Deberíamos haberte contado sobre la
posibilidad de que alguien tratara de apoderarse de ti-. Ella tocó su ojo con
la punta de un dedo suave-. Siento no haber confiado en ti. Eres lo
suficientemente mayor para saber estas cosas.
-¿Es por eso que tenías miedo de vivir aquí?
-En parte. Aidan es un hombre muy rico. Porque te ama, nos ama a
ambos, siempre correremos riesgos. Algunas veces tendremos que tener guardias.
¿Entiendes lo que trato de decirte, Joshua? Es mi culpa que no te hiciera
entender el peligro en el que podemos estar.
-No llores, Alex-. Joshua usaba una voz de adulto-. ¿Aidan fue y
me rescató?
Ella asintió con la cabeza.
-Claro que lo hizo. Nadie va a alejarte de nosotros. Jamás.
-La próxima vez, cuando Marie y Stefan me digan que permanezca
en la casa, cueste lo que cueste, voy a hacerlo- decretó Joshua. Examinó a
Alexandria con ojos ansiosos-. ¿Te encuentras bien? Estás tan blanca.
-Esto ha sido terrible para todos nosotros, Joshua- dijo Aidan-.
Marie y Stefan cuidarán de ti mientras meto en la cama a Alexandria. Ella
necesita descansar. Y no te preocupes por Baron. Stefan lo mantuvo a salvo para
ti. Tu perrito puede quedarse contigo mientras llevo a Alexandria a la cama.
Alexandria negó con la cabeza.
-No voy a dejarlo, ni por un minuto. Me quedaré aquí hasta que
se quede dormido.
-No, no lo harás, cara mia- dijo Aidan firmemente. Se levantó,
un movimiento gracioso y elocuente que hizo que los dientes femeninos empezaran
a asomarse. Sus manos la cogieron fácilmente, elevándola y acunándola contra su
pecho-. Ella necesita descansar, Joshua. Te la traeré más tarde.
-Está bien, Aidan- dijo Joshua, de hombre a hombre-. Necesita
estar en cama más que yo.
Aidan le sonrió abiertamente y la sacó del cuarto, sin prestar
atención a que ella estuviera retorciéndose.
-Él tiene razón, lo sabes- murmuró contra su cuello-. Necesitas
estar en cama. Mi cama-. Su respiración fue caliente y burlona, una invitación
que ella encontró casi imposible de resistir.
-Creo que eres insaciable- lo acusó ella, pero sus brazos se
levantaron para asirse alrededor de su cuello, y su cuerpo se relajó contra el
de él.
-En lo que a ti se refiere, es cierto- concordó Aidan. Se movía
rápidamente a través de la casa, dentro del túnel, su cuerpo ya endureciéndose
de anticipación.
Las manos de la muchacha se deslizaron dentro de su camisa,
acariciando su pecho. Su boca se movió sobre el cuello del hombre, encontró las
vetas en su pecho, y su lengua vagó, y acarició, un tributo cariñoso a su
coraje.
Una vez en su cámara, Aidan la bajó a la cama. Con su mirada
fija manteniendo la de ella, comenzó a desabotonar su camisa.
Alexandria deslizó su propio suéter sobre la cabeza y lo echó a
un lado.
Él extendió la mano, rozando sus costillas, arrastrándola cerca,
casi doblegándola hacia atrás para que su boca pudiera aprovecharse de la
invitación que su cuerpo ofrecía. Ella olía bien, fresca, su piel como de raso.
Mientras tanto, su cuerpo clamaba de furia por la liberación, con una urgencia
que se hacía familiar para él. Las manos femeninas estaban en sus pantalones,
deslizando los botones, la cremallera, empujando la tela de sus caderas.
Él gimió cuando ella lo ahuecó en sus manos, acariciándolo. Sus
propias manos fueron más ásperas mientras deslizaban a un lado la ropa para
sentir su piel caliente contra la de él.
-Me vuelves loco, piccola, absolutamente loco- murmuró, y la
levantó en sus brazos-. Pon tus piernas alrededor de mi cintura.
La cabeza de Alex estaba inclinada, su boca vagando a través de
su pecho, su lengua lamiendo su pulso.
-Aliméntame- murmuró ella a su vez, su tono tan sensual que sus
piernas casi no lo sostuvieron.
Con las manos la sujetó por las caderas para poder entrar en su
funda de terciopelo. Él gritó cuando los músculos de la joven lentamente lo
dejaron entrar, cuando ella se apretó alrededor de él, ardiente y tensa y suave
como el terciopelo.
-Toma lo que quieres de mí, lo que es legítimamente tuyo-
murmuró él, enterrándose profundamente, soldándolos junto con fuego y pasión-.
Hazlo, Alexandria. Quiero que lo hagas.
El cuerpo entero de Aidan resplandeció de luz, ante el
sentimiento puro, mientras los dientes de su compañera perforaban su piel. Él
se sumergió en ella, duro y urgente, elevándose, esforzándose, ansiando
remontar el vuelo. El cabello de ella los encortinó, acariciando su piel
sensibilizada como mil hebras de seda. Sus manos se deslizaron sobre su
espalda, trazando cada músculo. Su boca en la de él lo estimuló más aún.
Aidan redujo la velocidad de su ritmo, sus caderas empujando con
fuerza, sus manos tensas, ligándola a él. Ella era suya. La compañera que había
esperado soportando siglos de vaciedad. Ella era su mundo. La luz. Los colores
que pensaba había perdido para siempre. Era el éxtasis que nunca había sabido
que existía. Y estaría junto a él por toda la eternidad.
FIN


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