© Libro N°. 3041. Mujercitas. May Alcott, Louisa. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Mujercitas. Louisa May Alcott
Versión Original: © Mujercitas. Louisa May Alcott
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/12/mujercitas-louisa-may-alcott.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/12/mujercitas-louisa-may-alcott.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MUJERCITAS
Louisa May Alcott
CAPITULO
1
EL
JUEGO DEL PEREGRINO
NAVIDAD
no será Navidad sin regalos ―murmuró Jo, tendida sobre la alfombra.
―
¡Es tan triste ser pobre! ―suspiró Meg mirando su vestido viejo.
―No
me parece justo que algunas muchachas tengan tantas cosas bonitas, y otras nada
― ñadió la pequeña Amy con gesto displicente.
―Tendremos
a papá y a mamá y a nosotras mismas dijo Beth alegremente desde su rincón.
Las
cuatro caras jóvenes, sobre las cuales se reflejaba la luz del fuego de la
chimenea, se iluminaron al oír las animosas palabras; pero volvieron a
ensombrecerse cuando Jo dijo tristemente:
―No
tenemos aquí a papá, ni lo tendremos por mucho tiempo.
No
dijo “tal vez nunca”, pero cada una lo añadió silenciosamente para sí, pensando
en el padre, tan lejos, donde se hacía la guerra civil.
Nadie
habló durante un minuto; después dijo Meg con diferente tono:
―Saben
que la razón por la que mamá propuso que no hubiera regalos esta Navidad fue
porque el invierno va a ser duro para todo el mundo, y piensa que no debemos
gastar dinero en gustos mientras nuestros hombres sufren tanto en el frente. No
podemos ayudar mucho, pero sí hacer pequeños sacrificios y debemos hacerlos
alegremente.
Pero
temo que yo no los haga ―y Meg sacudió la cabeza al pensar arrepentida en todas
las cosas que deseaba.
―Pero
pienso que el poco dinero que gastaríamos no ayudaría mucho.
Tenemos
un peso cada una, y el ejército no se beneficiaría mucho si le diéramos tan
poco dinero. Estoy conforme con no recibir nada ni de mamá ni de ustedes, pero
deseo comprar Undine y Sintran para mí.
¡Lo
he deseado por tanto tiempo! ―dijo Jo, que era un ratón de biblioteca.
―He
decidido gastar el mío en música nueva ―dijo Beth suspirando, aunque nadie la
oyó excepto la escobilla del fogón y el asa de la caldera.
― Me
compraré una cajita de lápices de dibujo; verdaderamente los necesito ― anunció
Amy con decisión.
―
Mamá no ha dicho nada de nuestro propio dinero, y no desearía que renunciáramos
a todo. Compremos cada una lo que deseamos y tengamos algo de diversión; me
parece que trabajamos corno unas negras para ganarlo ― exclamó Jo examinando
los tacones de sus botas con aire resignado.
― Yo
sé que lo hago dando lecciones a esos niños terribles casi todo el día, cuando
deseo mucho divertirme en casa ―dijo Meg quejosa.
―No
hace la mitad de lo que yo hago ―repuso Jo ―. ¿Qué te parecería a ti estar
encarcelada por horas enteras en compañía de una señora vieja, nerviosa y
caprichosa, que te tiene corriendo de acá para allá, no está jamás contenta y
te fastidia de tal modo que te entran ganas de saltar por la ventana o darle
una bofetada?
―Es
malo quejarse, pero a mí me parece que fregar platos y arreglar la casa es el
trabajo más desagradable del mundo. Me irrita y me pone tan ásperas y tiesas
las manos que no puedo tocar bien el piano ―y Beth las miró con tal suspiro,
que cualquiera pudo oír esta vez.
―No
creo que ninguna de ustedes sufra como yo ―gritó Amy―; porque no tienen que ir
a la escuela con muchachas impertinentes, que las atormentan si no llevan la
lección bien preparada, se ríen de nuestros vestidos, defaman a nuestro padre
porque no es rico y nos insultan porque no tienen la nariz bonita.
―Si
quieres decir difamar dilo así, aunque mejor sería no usar palabras
altisonantes ―dijo Jo, riéndose.
―Yo
sé lo que quiero decir, y no hay que criticarme tanto. Es bueno usar palabras
escogidas para mejorar el vocabulario ―respondió solemnemente Amy.
―No
disputen niñas: ¿no te gustaría que tuviésemos el dinero que perdió papá cuando
éramos pequeñas, Jo? ¡Ay de mí! , ¡qué felices y buenas seríamos si no
tuviésemos necesidades! ―dijo Meg, que podía recordar un tiempo en que la
familia había vivido con holgura.
―Has
dicho el otro día que, en tu opinión, éramos más felices que los niños King,
porque ellos no hacían más que reñir y quejarse continuamente a pesar de su
dinero.
―Es
verdad, Beth; bueno, creo que lo somos, porque, si tenemos que trabajar, nos
divertimos al hacerlo, y formamos una cuadrilla muy alegre, según Jo.
―¡Jo
habla en una jerga tan chocante! ―observó Amy, echando una mirada crítica hacia
la larga figura tendida sobre la alfombra.
Jo
se levantó de un salto, metió las manos en los bolsillos del delantal y se puso
a silbar.
―No
hagas eso, Jo, es cosa de chicos.
―Por
eso lo hago.
―Detesto
a las muchachas rudas, de modales ordinarios.
―Y
yo aborrezco a las muchachas afectadas y pedantes.
―"Pájaros
en sus niditos se entienden" ―cantó Beth la pacificadora, con una
expresión tan cómica que las dos voces agudas se templaron en una risa, y la
riña terminó de momento.
―Realmente,
hijas mías, ambas merecen censura ―dijo Meg poniéndose a corregir a sus
hermanas con el aire propio de hermana mayor ―.
Tienes
ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor.
No
importaba tanto cuando eras una niña pequeña, pero ahora que eres tan alta y te
has puesto moño, deberías recordar que eres una señorita.
―¡No
lo soy! ¡Y si el ponerme moño me hace señorita, me arreglaré el pelo en dos
trenzas hasta que tenga veinte años! ―gritó Jo, quitándose la red del pelo y
sacudiendo una espesa melena de color castaño ―.
Detesto
pensar que he de crecer y ser la señorita March, vestirme con faldas largas y
ponerme primorosa. Ya es bastante malo ser chica, gustándome tanto los juegos,
las maneras y los trabajos de los muchachos.
No
puedo acostumbrarme a mi desengaño de no ser muchacho, y menos ahora que me
muero de ganas de ir a pelear al lado de papá y tengo que permanecer en casa
haciendo calceta como una vieja cualquiera ―y Jo sacudió el calcetín azul, el
color del ejército, hasta sonar todas las agujas, dejando rodar el ovillo hasta
el otro lado del cuarto.
―
¡Pobre Jo! Lo siento mucho, pero no podemos remediarlo; tendrás que contentarte
con dar a tu nombre forma masculina y jugar a que eres hermano nuestro ―
contestó Beth acariciando la cabeza tosca puesta sobre sus rodillas, con una
mano cuyo suave tacto no habían logrado destruir todo el fregar de platos y
todo el trabajo doméstico.
―En
cuanto a ti, Amy ―dijo Meg ―, eres demasiado afectada y presumida.
Ahora
tus modales causan gracia, pero llegarás a ser una persona muy tonta si no
tienes cuidado. Me gustan mucho tus modales agradables cuando no tratas de ser
elegante, pero tus palabras exóticas son tan malas como la jerga de Jo.
―Si
Jo es un muchacho y Amy algo afectada, ¿qué soy yo, si se puede saber?
―preguntó Beth dispuesta a recibir su parte de la reprimenda.
―Tú
eres una niña querida, y nada más ―respondió Meg calurosamente y nadie la
contradijo, porque el "ratoncito" era la favorita de la familia.
Como
nuestros lectores jóvenes querrán formarse una idea del aspecto de nuestras
heroínas, aprovecharemos para trazar un dibujo de las cuatro hermanas ocupadas
en hacer calceta en un crepúsculo de diciembre, mientras fuera caía
silenciosamente la nieve y dentro de la casa chisporroteaba alegremente el
fuego. El cuarto era agradable, aunque la alfombra estaba algo descolorida y
los muebles eran de una simplicidad severa; buenos cuadros colgaban de las
paredes, en los estantes había libros, florecían crisantemos y rosas de Navidad
en las ventanas, y por toda la casa flotaba una atmósfera de paz.
Margaret
o Meg, la mayor de las cuatro chicas, tenía dieciséis años; era muy bonita,
regordeta y rubia; tenía los ojos grandes, abundante pelo castaño claro, boca
delicada y unas manos blancas, de las cuales se vanagloriaba un poco. Jo, que
tenía quince años, era muy alta, esbelta y morena, y le recordaba a uno un
potro; nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que se le
atravesaban en el ca― mino. Tenía la boca decidida, la nariz respingada, ojos
grises muy penetrantes, que parecían verlo todo, y se ponían alternativamente
feroces, burlones o pensativos. Su única belleza era su cabello, hermoso y
largo, pero generalmente lo llevaba descuidadamente recogido en una redecilla
para que no le estorbara; los hombros cargados, las manos y los pies grandes y
un aire de abandono en su vestido y la tosquedad de una chica que se hacía
rápidamente mujer a pesar suyo. Elizabeth o Beth tenía unos trece años; su cara
era rosada, el pelo liso y los ojos claros; había cierta timidez en el ademán y
en la voz; pero una expresión llena de paz, que rara vez se turbaba. Su padre
la llamaba "Pequeña Tranquilidad", y el nombre era muy adecuado,
porque parecía vivir en un mundo feliz, su propio reino, del cual no salía sino
para encontrar a los pocos a quienes amaba y respetaba. Aunque fuese la más
joven, Amy era una persona importantísima, al menos en su propia opinión.
Una
verdadera virgen de la nieve; los ojos azules, el pelo color de oro, formando
bucles sobre las espaldas, pálida y grácil, siempre se comportaba como una
señorita cuidadosa de sus maneras.
El
reloj dio las seis, y después de limpiar el polvo de la estufa Beth puso un par
de zapatillas delante del fuego para calentarlas.
De
una manera u otra la vista de las viejas zapatillas tuvo buen efecto sobre las
chicas porque venía la madre, y todas se dispusieron a brindarle un buen
recibimiento. Meg puso fin a su sermón y encendió la lámpara. Amy sacó la
butaca espontáneamente, y aun Jo olvidó su cansancio para sentarse más derecha
y acercar las zapatillas al fuego.
―Están
muy gastadas; mamá debería tener otro par.
―Yo
pensaba comprárselas con mi dinero ―dijo Beth.
―
¡No, yo lo haré! ―gritó Amy.
―Soy
la mayor ―empezó a decir Meg, pero Jo la Interrumpió con decisión.
―Soy
el hombre de la familia, ahora que papá está fuera, yo me encargaré de las
zapatillas, porque me ha dicho que cuidase de mamá mientras él estuviera
ausente.
―¿Saben
lo que debemos hacer? ―dijo Beth ―; que cada una le compre un regalo de
Navidad, y no comprar nada para nosotras.
―¡Tú
habías de tener idea tan feliz, querida mía! ¿Qué compraremos?
―exclamó
Jo.
Todas
reflexionaron un momento; entonces Meg dijo, como si la vista de sus propias
manos hermosas le sugiriera la idea:
―Le
regalaré un par de guantes.
―Zapatillas
del ejército, las mejores que haya ―gritó Jo.
―Unos
pañuelos bordados ―dijo Beth.
―Yo
le compraré un frasco de colonia; le gusta mucho y, como no costará tanto, me
sobrará algo para comprarme alguna cosa ―añadió Amy.
―¿Y
cómo le daremos las cosas? ―exclamó Meg.
―Las
pondremos sobre la mesa y traeremos a mamá para que abra los paquetes.
―
¿No recuerdan lo que hacíamos en los cumpleaños? ―respondió Jo.
―Yo
solía asustarme horriblemente cuando me llegaba el turno de sentarme en la
silla grande, con una corona en la cabeza y verlas a todas marchando alrededor
para darme regalos y besarme, pero me ponía nerviosa que me miraran mientras
abría los paquetes ― ijo Beth, que estaba tostando el pan para el té y se
tostaba al mismo tiempo la cara.
―Que
piense mamá que vamos a comprarnos algunas cosas y así le daremos una sorpresa.
Necesitamos salir para hacer compras mañana por la tarde, Meg; hay mucho que
hacer para la pieza que representamos la Noche de Navidad ―dijo Jo, que andaba
de un lado para otro con las manos a la espalda y la nariz levantada.
―No
pienso representar después de esta vez; estoy algo crecida para estas cosas
―observó Meg, que era una niña en todo lo que fuera juegos.
―No
dejarás de hacerlo, lo aseguro, mientras puedas presentarte vestida de blanco,
con el pelo suelto y. adornado con joyas hechas de papel dorado. Eres la mejor
actriz que tenemos, y si abandonas el teatro se acabarán nuestras funciones
―repuso Jo ―. Debemos ensayar la pieza esta tarde. Ven aquí, Amy, y repite la
escena donde te desmayas, porque te pones tiesa como una estaca al hacerlo.
―No
es culpa mía; jamás he visto a nadie desmayarse y no me gusta ponerme pálida
cayendo de espalda como tú lo haces. Si no puedo hacerlo fácilmente, me dejaré
caer con gracia en una silla; no me importa que Hugo se acerque a mí con una
pistola ―dijo Amy, que no tenía talento dramático, pero a quien habían escogido
porque era pequeña y el protagonista podía llevársela en brazos.
―Hazlo
de esta manera; aprieta las manos así, y ve tambaleándote a través del cuarto,
gritando locamente: ¡Rodrigo! , ¡sálvame! , ¡sálvame!
―y
Jo lo hizo, dando un chillido verdaderamente melodramático.
Amy
procuró imitarla, pero extendió las manos con demasiada rigidez, caminó
mecánicamente y su exclamación sugirió que la pinchaban con alfileres en lugar
de demostrar terror y angustia. Jo suspiró con desesperación, y Meg se rió a
carcajadas, mientras Beth dejaba quemar el pan por mirar lo que pasaba.
―
¡Es inútil! Sal lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y si el público
silba no me eches la culpa. Vamos, Meg.
Todo
lo demás se deslizó sin tropiezo, porque don Pedro desafió al mundo entero en
un parlamento de dos páginas sin interrupción.
Hagar,
la bruja, se encorvó sobre su caldero de efecto mágico. Rodrigo rompió sus
cadenas como un valiente, y Hugo murió de remordimiento lanzando exclamaciones
incoherentes.
―Es
lo mejor que hemos hecho hasta ahora ―dijo Meg, mientras el traidor se
incorporaba frotándose los codos.
―No
comprendo cómo puedes escribir y representar cosas tan magníficas, Jo. ¡Eres un
verdadero Shakespeare! ―dijo Beth.
―No
lo soy ―respondió Jo humildemente ―. Creo que "La Maldición de la
Bruja" está bastante bien; pero me gustaría tratar de representar Macbeth
si tuviéramos una trampa para Banquo. Siempre he deseado un papel en el cual
tuviera que matar a alguien. ¿Es un puñal eso que veo delante de mí? ―murmuró
Jo girando los ojos, y con ademán de asir algo en el aire, como lo había visto
hacer a un actor famoso.
―No,
son las parrillas con las zapatillas de mamá encima en lugar del pan. ¡Beth
está embobada por la escena! ―exclamó Meg, y el ensayo terminó con una
carcajada general.
―Me
alegro de encontrarlas tan divertidas, hijas ―dijo una voz resuelta en la
puerta, y actores y espectadores se volvieron para recibir a una señora algo
regordeta, maternal, cuyos ojos parecían decir "¿puedo ayudarlo?",
con aire verdaderamente encantador. No era una persona de especial hermosura;
pero para los hijos las madres son siempre hermosas, y las chicas pensaban que
aquella capa gris y aquel sombrero pasado de moda cubrían la mujer más
espléndida del mundo.
―Bueno,
queridas mías, ¿cómo lo han pasado hoy? Había tanto que hacer preparando los
cajones para enviarlos mañana, que no volví para la comida. ¿Ha venido alguien,
Elizabeth? ¿Cómo está tu resfriado, Margaret? Jo, pareces muy fatigada. Ven y
dame un beso, niña.
Mientras
hacía estas preguntas maternales, la señora March se ponía las zapatillas
calientes, y, sentándose en la butaca, puso a Amy sobre sus rodillas,
disponiéndose a gozar de su hora más feliz del día. Las muchachas iban de un
lado a otro, tratando de poner todo en orden, cada una a su modo. Meg preparó
la mesa para el té; Jo trajo la leña y puso las sillas, dejando caer volcando y
haciendo ruido con todo lo que tocaba; Beth iba y venía de la sala a la cocina,
y Amy daba consejos a todas mientras estaba sentada con las manos cruzadas.
Mientras
se sentaban a la mesa, la señora March dijo, sonriéndose:
―Tengo
una grata sorpresa para después de la cena.
Una
sonrisa feliz pasó de cara en cara como un rayo de sol. Beth palmoteó, sin
hacer caso de la galleta caliente que tenía, y Jo sacudió la servilleta,
exclamando:
―
¡Carta! ¡Carta! ¡Tres vivas para papá!
―Sí,
una carta larga. Está bien, y piensa que soportará el frío mejor de lo que
pensamos. Envía toda clase de buenos deseos para Navidad, y un mensaje especial
para sus hijas ―dijo la señora March acariciando el bolsillo como si tuviera en
él un tesoro.
―Coman
rápido. No te detengas para dar vueltas al dedo meñique y comer con afectación,
Amy ―gritó Jo, ahogándose al beber el té y dejando el pedazo de pan, que cayó
sobre la alfombra por el lado de la mantequilla; muy excitada por la sorpresa.
Beth no comió más, yendo a sentarse en un rincón oscuro para soñar con el
placer venidero hasta que las otras estuviesen listas.
―Creo
que papá hizo una cosa magnífica marchando como capellán cuando era demasiado
viejo para alistarse y no bastante fuerte para ser soldado ―dijo Meg animosa.
―Yo
quisiera ir de tamborcillo, o de cantinero, o de enfermera, para estar cerca y
ayudarle ― xclamó Jo, suspirando.
―Debe
ser muy desagradable dormir en una tienda de campaña y comer toda clase de
cosas que tienen mal gusto y beber en una lata ―murmuró Amy ―¿Cuándo volverá,
mamá? ― reguntó Beth, con voz temblorosa.
―No
por mucho tiempo, querida mía, a menos que esté enfermo.
Quedará
para hacer fielmente su trabajo mientras pueda, y no le pediremos que vuelva un
minuto antes de que puedan pasarse sin él. Ahora, oigan lo que dice la carta.
Todas
se acercaron al fuego, la madre en la butaca, Beth a sus pies, Meg y Amy
sentadas sobre los brazos de la silla y Jo apoyándose en el respaldo, de manera
que nadie pudiera ver ninguna señal de emoción si la carta tenía algo
conmovedor.
En
aquel tiempo duro se escribían muy pocas cartas que no conmovieran,
especialmente entre las enviadas a casa de los padres. En esta carta se decía
poco de las molestias sufridas, de los peligros afrontados o de la nostalgia a
la cual había que sobreponerse; era una carta alegre, llena de descripciones de
la vida del soldado, de las marchas y de noticias militares; y sólo hacia el
final el autor de la carta dejó brotar el amor paternal de su corazón y su
deseo de ver a las niñas que había dejado en casa.
"Mi
cariño y un beso a cada una. Diles que pienso en ellas durante el día, y por la
noche oro por ellas, y siempre encuentro en su cariño el mejor consuelo. Un año
de espera para verlas parece interminable, pero recuérdales que, mientras
esperamos, podemos todos trabajar, de manera que estos días tan duros no se
desperdicien. Sé que ellas recordarán todo lo que les dije, que serán niñas
cariñosas para ti, que cuando vuelva podré enorgullecerme de mis mujercitas más
que nunca.” Todas se conmovían algo al llegar a esta parte, Jo no se avergonzó
de la gruesa lágrima que caía sobre el papel blanco, y Amy no se preocupó de
que iba a desarreglar sus bucles al esconder la cara en el seno de su madre y
dijo sollozando:
―¡Soy
egoísta! Pero trataré de ser mejor para que no se lleve un chasco conmigo.
―
¡Trataremos todas! ―exclamó Meg ―. Pienso demasiado en mi apariencia y detesto
trabajar, pero no lo haré más si puedo remediarlo.
―
Trataré de ser lo que le gusta a él llamarme "una mujercita", y no
ser brusca y atolondrada; cumpliré aquí con mi deber en vez de desear estar en
otra parte ―dijo Jo, pensando que dominarse a sí misma era obra más difícil que
hacer frente a unos rebeldes.
Beth
no dijo nada, pero secó sus lágrimas con el calcetín del ejército y se puso a
trabajar con todas sus fuerzas, no perdiendo tiempo en hacer lo que tenía más
cerca de ella, mientras decidía en su corazón ser como su padre lo deseaba
cuando al cabo de un año pudiera regresar felizmente a su casa.
La
señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo, diciendo con
voz alegre:
―¿Sé
acuerdan de cómo representaban "El Peregrino" cuando eran pequeñas?
Nada les gustaba tanto como que les pusiera hatillos de trapos a la espalda
para representar la carga, les hiciera sombreros, bastones y rollos de papel y
las dejara viajar a través de la casa, desde la bodega, que era la Ciudad de
Destrucción, hasta la boardilla, donde tenían todas las cosas bonitas que
podían encontrar para construir una Ciudad Celestial.
―
¡Qué divertido era, especialmente cuando nos acercábamos a los leones,
peléabamos con Apolo y pasábamos por el valle donde estaban los duendes! ―dijo
Jo.
―A
mí me gustaba el lugar donde las cargas caían y rodaban escalera abajo ―murmuró
Meg.
―Mi
parte favorita era cuando salíamos a la azotea donde estaban nuestras flores,
enramadas y cosas bonitas y nos parábamos y cantábamos de alegría allá arriba
al sol ―dijo Beth, sonriéndose, como si aquel momento feliz hubiera vuelto.
―Yo
no recuerdo mucho, pero sí que tenía miedo de la bodega y de la entrada oscura,
y siempre me gustaban los pastelitos y la leche que tomábamos allá arriba. Si
no fuera ya mayor para tales niñerías, me gustaría mucho representarlo otra vez
―susurró Amy, que hablaba de renunciar a niñerías a la edad madura de doce
años.
―No
somos demasiado mayores para ese juego, querida mía, porque es un
entretenimiento al que siempre jugamos de una manera u otra. Nuestras cargas
están aquí, nuestro camino está delante de nosotras y el deseo de bondad y
felicidad es el guía que nos dirige a través de muchas penas y equivocaciones
hasta la paz, que es una verdadera Ciudad Celestial. Ahora, peregrinitas mías,
vamos a comenzar de nuevo, no para divertimos, sino de veras, y veremos hasta
dónde pueden llegar antes de que vuelva papá.
―Pero,
mamá ¿dónde están nuestras cargas? –preguntó Amy, que tomaba todo al pie de la
letra.
―Cada
uno ha dicho hace un momento cuál era su carga, menos Beth; en mi opinión no
tiene ninguna ―dijo su madre.
―Sí,
la tengo; la mía es sentirme disminuida y envidiar a las que tocan pianos
bonitos y tener miedo de la gente.
La
carga de Beth era tan cómica que a todos dio ganas de reír; pero nadie lo hizo,
porque se hubiera ofendido mucho.
―Hagamos
esto ―dijo Meg, pensativa ―. Es solamente otro nombre para tratar de ser
buenas, y la historia puede ayudarnos; aunque lo deseamos, ser buenas es algo
difícil, nos olvidamos, y no nos esforzamos.
―Esta
noche estábamos en el Pantano del Abatimiento y vino mamá, y nos sacó de él,
como en el libro lo hizo el hombre que se llamaba Auxilio. Deberíamos tener
nuestro rollo de aviso como Cristiano. ¿Qué haremos para eso? ―preguntó Jo,
encantada con la idea que prestaba algo de romanticismo a la tarea poco
interesante de cumplir con su deber.
―Busquen
debajo de la almohada en la mañana de Navidad, y encontrarán su guía ― espondió
la señora March.
Discutieron
el proyecto nuevo, mientras la vieja Hanna levantaba la mesa; después salieron
las cuatro cestillas de costura, y volaron las agujas mientras las chicas
cosían sábanas para la tía March. El trabajo era poco interesante pero esta
noche nadie se quejó. Habían adoptado el plan ideado por Jo, de dividir las
costuras largas en cuatro partes, que llamaban Europa, Asia, Africa y América;
de esta manera hacían mucho camino, sobre todo cuando hablaban de los países
diferentes según cosían a través de ellos. A las nueve dejaron el trabajo y
cantaron, como acostumbraban, antes de acostarse. Nadie sino Beth podía sacar
música del viejo piano; pero ella tenía una manera especial de tocar las teclas
amarillas y componer un acompañamiento para las canciones simples que cantaban.
Meg tenía una voz aflautada y ella, con su madre, dirigían el pequeño coro. Amy
chirriaba como un grillo. Jo cantaba a su gusto, poniendo alguna corchea o
algún silencio donde no hacía falta. Siempre habían cantado por la noche desde
el tiempo en que apenas sabían hablar:
Centellead,
centellead, estrellitas y esto se había convertido en una costumbre de familia,
porque la madre era cantora por naturaleza. Por la mañana, lo primero que se oía
era su voz, mientras andaba por la casa cantando como una alondra; y por la
noche, el último sonido era la misma voz alegre, porque las chicas no parecían
nunca demasiado mayores para aquella conocida canción de cuna.
CAPITULO
2
UNA
FELIZ NAVIDAD
Jo
fue la primera en despertarse al amanecer gris de la mañana de Navidad. No
había medias colgadas delante de la estufa, y por un momento se llevó tanto
chasco, como una vez, hacía ya mucho, que su mediecita se había caído al suelo
por estar muy llena de regalos. Entonces recordó lo que su madre había
prometido, y, metiendo la mano debajo de la almohada, sacó un librito
encuadernado en rojo. Lo reconoció muy bien, porque era una bella historia de
la vida más perfecta que jamás pasó por el mundo, y Jo sintió que era un
verdadero guía para cualquier peregrino embarcado en el largo viaje de la vida.
Despertó a Meg con un " ¡Felices Pascuas! ", y le dijo que buscase
debajo de la almohada. Apareció un libro, encuadernado en verde, con la misma
estampa dentro y unas palabras escritas por su madre, que aumentaban en mucho
el valor del regalo a sus ojos. Pronto Beth y Amy se despertaron para buscar y
descubrir sus libros, el uno de color gris azulado, el otro azul; y todas
sentadas contemplaban sus regalos, mientras se sonrosaba el oriente con el
amanecer.
A
pesar de sus pequeñas vanidades, tenía Meg una naturaleza dulce y piadosa, que
ejercía gran influjo sobre sus hermanas, en especial sobre Jo, que la amaba
tiernamente y la obedecía por su gran dulzura.
―Niñas
―dijo Meg, gravemente, dirigiendo la mirada desde la cabeza desordenada a su
lado hasta las cabecitas en el cuarto próximo―.
Mamá
desea que empecemos a leer, amar y acordarnos de estos libritos, y tenemos que
comenzar inmediatamente. Solíamos hacerlo fielmente, pero desde que papá se
marchó y con la pena de esta guerra, hemos descuidado muchas cosas. Pueden
hacer lo que gusten pero yo tendré mi libro aquí sobre la mesita, y todas las
mañanas, en cuanto despierte, leeré un poquito, porque sé que me hará mucho
bien y me ayudará durante todo el día.
Entonces
abrió su Nuevo Testamento y se puso a leer. Jo la abrazó y cara con cara, leyó,
con aquella expresión tranquila que raras veces tenía su cara inquieta.
―
¡Qué buena es Meg! Ven, Amy, hagamos lo mismo. Yo te ayudaré con las palabras
difíciles, y nos explicaremos lo que no podemos comprender ―susurró Beth, muy
impresionada con los bonitos libros y con el ejemplo de su hermana.
―Me
alegro de que el mío sea azul ―dijo Amy, y entonces los dormitorios quedaron
tranquilos mientras ellas volvían las páginas y el sol del invierno se
deslizaba para acariciar y dar un saludo de Navidad a las cabezas rubias y a
las caras pensativas.
―¿Dónde
está mamá? ―preguntó Meg, cuando, media hora después, bajó con Jo las escaleras
para darle las gracias por sus regalos.
―
¡Quién sabe! Una pobre criatura vino pidiendo limosna, y la señora salió
inmediatamente para ver lo que necesitaba. No he visto jamás una mujer como
ella en eso de dar comida, bebida y carbón, ―respondió Hanna, que vivía con la
familia desde que naciera Meg, y a quien todas trataban como a una amiga más
que como a una criada.
―Supongo
que mamá volverá pronto; así que preparen los pastelitos y cuiden que todo esté
listo ―dijo Meg, mirando los regalos, que estaban en un cesto debajo del sofá,
dispuestos para sacarlos en el momento oportuno ―. Pero, ¿dónde está el frasco
de Colonia de Amy?
―agregó,
al ver que faltaba el frasquito.
―Lo
sacó hace un minuto y salió para adornarlo con un lazo o algo parecido
―respondió Jo, que saltaba alrededor del cuarto para suavizar algo las
zapatillas nuevas del ejército.
―
¡Qué bonitos son mis pañuelos! ¿No les parece? Hanna me los lavó y planchó, y
yo misma los bordé ―dijo Beth, mirando orgullosamente las letras desiguales que
tanto trabajo le habían costado.
―
¡Qué ocurrencia! ¿Pues no ha puesto "Mamá" en lugar de “M.
March”?
¡Qué gracioso! ―gritó Jo, levantando uno de los pañuelos.
―¿No
está bien así? Pensaba que era mejor hacerlo de ese modo, porque las iniciales
de Meg son "M.M.―, y no quiero que nadie los use sino mamá ―dijo Beth,
algo preocupada.
―Está
bien, querida mía, y es una idea muy buena; así nadie puede equivocarse ahora.
Le gustará mucho a ella, lo sé ―repuso Meg, frunciendo las cejas a Jo y
sonriendo a Beth.
―
¡Aquí está mamá; escondan el cesto! ―gritó Jo, al oír que la puerta se cerraba
y sonaban pasos en el vestíbulo.
Amy
entró precipitadamente, y pareció algo avergonzada cuando vio a todas sus
hermanas esperándola.
―¿Dónde
has estado y qué traes escondido? ―preguntó Meg, muy sorprendida al ver, por su
toca y capa, que Amy, la perezosa, había salido tan temprano.
―No
te rías de mí, Jo; no quería que nadie lo supiera hasta que llegase la hora. Es
que he cambiado el frasquito por otro mayor y he dado todo mi dinero por él,
porque trato de no ser egoísta como antes.
Al
hablar así, mostraba Amy el bello frasco que reemplazaba al otro barato, y tan
sincera y humilde parecía en su esfuerzo de olvidarse de sí misma, que Meg la
abrazó y Jo la llamó un "prodigio", mientras Beth corría a la ventana
en busca de su rosa más bella para adornar el magnífico frasco.
―¡Me
daba vergüenza de mi regalo!, después de leer y hablar de ser buena esta
mañana; así que corrí a la tienda para cambiarlo en cuanto me levanté; estoy
muy contenta porque ahora mi regalo es el más bello.
Otro
golpe de la puerta hizo que el cesto desapareciera debajo del sofá, y las
chicas se acercaron a la mesa listas para su desayuno.
―¡Feliz
Navidad, mamá! ¡Y que tengas muchísimas! Muchas gracias por los libros; hemos
leído algo y vamos a hacerlo todos los días ―gritaron todas a coro.
―¡Feliz
Navidad, hijas mías! Me alegro mucho de que hayan comenzado a leer
inmediatamente, y espero que perseveren haciéndolo.
Pero
antes de sentamos tengo algo que decir. No lejos de aquí hay una pobre mujer
con un hijo recién nacido. En una cama se acurrucan seis niños para no helarse,
porque no tienen ningún fuego. Allí no hay nada que comer, y el chico mayor
vino para decirme que estaban sufriendo de hambre y frío. Hijas mías, ¿quieren
darle su desayuno como regalo de Navidad?
Todas
tenían más apetito que de ordinario, porque habían esperado cerca de una hora,
y por un momento nadie habló, pero solo por un momento, porque Jo dijo
impetuosamente:
―Me
alegro mucho de que hayas venido antes de que hubiésemos comenzado.
―¿Puedo
ir para ayudar a llevar las cosas a los pobrecitos?
―preguntó
Beth, ansiosamente.
―Yo
llevaré la crema y los panecillos ―añadió Amy, renunciando valerosamente a lo
que más le gustaba.
Meg
estaba ya cubriendo los pastelillos y amontonando el pan en un plato grande.
―Pensé
que lo harían ―dijo la señora March, sonriendo satisfecha ―.
Todas
pueden ir conmigo para ayudar; cuando volvamos, desayunaremos con pan y leche,
y en la comida lo compensaremos.
Pronto
estuvieron todas listas y salieron. Felizmente era temprano y fueron por calles
apartadas; así que poca gente las vio y nadie se rió de la curiosa compañía.
Un
cuarto vacío y miserable, con las ventanas rotas, sin fuego en el hogar, las
sábanas hechas jirones, una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un
grupo de niños pálidos y flacos debajo de una vieja colcha, tratando de
calentarse. ¡Cómo abrieron los ojos y sonrieron al entrar las chicas!
―
¡Ah, Dios mío! ¡Angeles buenos vienen a ayudarnos! ―exclamó la pobre mujer,
llorando de alegría.
―Vaya
unos ángeles graciosos con tocas y mitones ―dijo Jo, haciendo reír a todos.
En
pocos minutos pareció que hubieran trabajado allí buenos espíritus.
Hanna,
que había traído leña, encendió fuego y suplantó los vi― drios rotos con
sombreros viejos y su propia toquilla. La señora March dio té y leche a la
mujer, y la confortó con promesas de ayuda, mientras vestía al niño pequeño tan
cariñosamente como si hubiese sido su propio hijo. Mientras las chicas ponían
la mesa, agrupaban a los niños alrededor del fuego y les daban de comer como si
fuesen pájaros hambrientos, riéndose, hablando y tratando de comprender el
inglés chapurreado y cómico que hablaban, porque era una familia de
inmigrantes.
―
¡Qué bueno es esto! ¡Los ángeles benditos! ―exclamaban los pobrecitos, mientras
comían y se calentaban las manos al fuego.
Jamás,
antes, las chicas habían recibido el nombre de ángeles, y lo encontraron muy
agradable, especialmente Jo, a quien, desde que nació, todas la habían
considerado un "Sancho". Fue un desayuno muy alegre, aunque no
participaran de él; y cuando salieron, dejando atrás tanto consuelo, no había
en la ciudad cuatro personas más felices que las niñas que renunciaran a su
propio desayuno y se contentaran con pan y leche en la mañana de Navidad.
―Eso
se llama amar a nuestro prójimo más que a nosotros mismos, y me gusta ―dijo
Meg, mientras sacaban sus regalos aprovechando el momento en que su madre
subiera a buscar vestidos para los hombres Hummel.
No
había mucho que ver, pero en los pocos paquetes había mucho cariño; y el
florero alto, con rosas rojas, crisantemos y hojas, puesto en medio de los
regalos, daba una apariencia elegante a la mesa.
―¡Qué
viene mamá! ¡Toca, Beth! ¡Abre la puerta, Amy!
―¡Tres
"vivas" a mamá! ―gritó Jo, dando saltos por el cuarto, mientras Meg
se adelantaba para conducir a la señora March a la silla de honor.
Beth
tocó su marcha más viva. Amy abrió la puerta y Meg escoltó con mucha dignidad a
su madre. La señora March estaba sorprendida y conmovida, y sonrió, con los
ojos llenos de lágrimas, al examinar sus regalos y leer las líneas que los
acompañaban. Inmediatamente se calzó las zapatillas, puso un pañuelo nuevo en
el bolsillo, empapado con agua de colonia, se prendió la rosa en el pecho y
dijo que los guantes le iban muy bien.
Hubo
no pocas risas, besos y explicaciones, en la manera cariñosa y simple que hace
tan gratas en su momento estas fiestas de familia y dejan un recuerdo tan dulce
de ellas. Después todas se pusieron a trabajar.
Las
caridades y ceremonias de la mañana habían llevado tanto tiempo, que el resto
del día hubo que dedicarlo a los preparativos de los festejos de la tarde. No
teniendo dinero de sobra para gastarlo en funciones caseras, las chicas ponían
en el trabajo su ingenio, y como la necesidad es madre de la invención, hacían
ellas misma todo lo que necesitaban. Y algunas de sus producciones eran muy
ingeniosas.
Guitarras
fabricadas con cartón, lámparas antiguas hechas de mantequeras viejas,
cubiertas con papel plateado, magníficos mantos de algodón viejo, centelleando
con lentejuelas de hojalata y armaduras cubiertas con las recortaduras de latas
de conserva. Los muebles estaban acostumbrados a los cambios constantes y el
cuarto grande era escena de muchas diversiones inocentes.
No
se admitían caballeros, lo cual permitía a Jo hacer papeles de hombre y darse
el gusto de ponerse un par de botas altas que le había regalado una amiga suya,
que conocía a una señora parienta de un actor.
Estas
botas, un antiguo florete, un chaleco labrado que había servido en otro tiempo
en el estudio de un pintor, eran los tesoros principales de Jo, y los sacaba en
todas las ocasiones. A causa de lo reducido de la compañía, los dos actores
principales se veían obligados a tomar varios papeles cada uno, y, ciertamente,
merecían elogios por el gran trabajo que se tomaban para aprender tres o cuatro
papeles diferentes, cambiar tantas veces de traje, y, además, ocuparse en el
manejo del escenario. Era un buen ejercicio para sus memorias, una diversión
inocente y les ocupaba muchas horas, que de otro modo hubiesen estado perdidas,
solitarias o pasadas en compañía menos provechosa.
La
noche de Navidad una docena de chicas se agruparon sobre la cama, que era el
palco, enfrente de las cortinas de cretona azul y amarillo, que hacían de
telón. Había mucho zumbido detrás de las cortinas, algo de humo de la lámpara,
y, de vez en cuando, una risa falsa de Amy, a quien la excitación ponía
nerviosa. Al poco tiempo sonó una campana, se descorrieron las cortinas y la
representación empezó.
El
"bosque tenebroso", que se mencionaba en el cartel, estaba
representado por algunos arbustos en macetas, bayeta verde sobre el piso y una
caverna en la distancia. Esta caverna tenía por techo una percha y por paredes
algunos abrigos; dentro había un hornillo encendido con una marmita negra,
sobre la cual se encorvaba una vieja bruja. El escenario estaba en la oscuridad
y el resplandor que venía del hornillo hacía buen efecto. Especialmente cuando
al destapar la bruja la caldera salió vapor de verdad. Se dio un momento al
público para reponerse de su primer movimiento de sorpresa; entonces entró
Hugo, el villano, andando con paso majestuoso, espada ruidosa al cinto, un
chambergo, barba negra, capa misteriosa y las famosas botas. Después de andar
de un lado para otro muy agitado, se golpeó la frente y cantó una melodía
salvaje, sobre su odio a Rodrigo, su amor a Zara y su resolución de matar al
uno y ganar la mano de la otra.
Los
tonos ásperos de la voz de Hugo y sus vehementes exclamaciones hicieron fuerte
impresión en el público, que aplaudía cada vez que se paraba para tomar
aliento. Inclinándose, como quien está bien acostumbrado a cosechar aplausos,
pasó a la caverna y mandó salir a Hagar con estas palabras: “¡Hola bruja, te
necesito!” Meg salió con la cara circundada con crin de caballo gris, un traje
rojo y negro, un bastón y la capa llena de signos cabalísticos.
Hugo
le pidió una poción que hiciese a Zara adorarle, y otra para deshacerse de
Rodrigo. Hagar, cantando, una melodía dramática, prometió los dos, y se puso a
invocar al espíritu que había de traer el filtro mágico para dar amor.
Sonaron
acordes melodiosos, y entonces, del fondo de la caverna, apareció una figura
pequeña en blanco y nebuloso, con alas que cente― lleaban, cabello rubio y
sobre la cabeza una corona de rosas. Agitando su vara, dijo, cantando, que
venía desde la luna y traía un filtro de mágicos efectos; y, dejando caer un
frasquito dorado a los pies de la bruja, desapareció.
Otra
canción de Hagar trajo a la escena una segunda aparición: un diablillo negro
que, después de murmurar una respuesta, echó un frasquito oscuro a Hagar y
desapareció con risa burlona. Dando las gracias, y poniendo las pociones en sus
botas, se retiró Hugo, y Hagar puso en conocimiento de los oyentes que, por
haber él matado a algunos amigos suyos en tiempos pasados, ella le había echado
una maldición, y había decidido contrariar sus planes, vengándose así de él.
Entonces cayó el telón y los espectadores descansaron chupando caramelos y
discutiendo los méritos de la obra.
Antes
de que el telón volviera a levantarse se oyó mucho martilleo; pero cuando se
vio la obra maestra de tramoya que habían construido, nadie se quejó de la
tardanza. Era verdaderamente maravillosa.
Una
torre se elevaba al cielo raso; a la mitad de su altura aparecía una ventana,
en la cual ardía una lámpara, y detrás de la cortina blanca estaba Zara,
vestida de azul con encajes de plata, esperando a Rodrigo.
Llegó
él, ricamente ataviado, sombrero adornado con plumas, capa roja, una guitarra,
y, naturalmente, las botas famosas. Al pie de la torre cantó una serenata con
tonos cariñosos. Zara respondió, y, después de un diálogo musical, ella
consintió en fugarse con él. Entonces llegó el efecto supremo del drama.
Rodrigo sacó una escala de cuerda de cinco escalones, le echó un extremo y la
invitó a descender. Tímidamente se deslizó de la reja, puso la mano sobre el
hombro de Rodrigo, y estaba por saltar graciosamente cuando, ¡pobre Zara!, se
olvidó de la cola de su falda. Esta se enganchó en la ventana; la torre tembló,
doblándose hacia adelante, y cayó con estrépito, sepultando a los infelices
amantes entre las ruinas.
Un
grito unánime se alzó cuando las botas amarillas salieron de entre las ruinas,
agitándose furiosamente, y una cabeza rubia surgió, exclamando: “ ¡Ya te lo
decía yo!" "¡Ya te lo decía yo!” Con admirable presencia de ánimo,
don Pedro, el padre cruel, se precipitó para sacar a su hija de entre las
ruinas, con un aparte vivo: ¡No se rían, sigan como si tal cosa!"; y
ordenando a Rodrigo que se levantara, lo desterró del reino con enojo y
desprecio. Aunque visiblemente trastornado por la caída de la torre, Rodrigo
desafió al anciano caballero, y se negó a marcharse. Este ejemplo audaz animó a
Zara; ella también desafió a su padre, que los mandó encerrar en los calabozos
más profundos del castillo. Un escudero pequeño y regordete entró con cadenas y
se los llevó, dando señales de no poco susto y olvidándose de recitar su papel.
El
acto tercero se desarrollaba en la sala del castillo, y aquí reapareció Hagar,
que venía a librar a los amantes y matar a Hugo. Le oye venir y se esconde; le
ve echar las pociones en dos vasos de vino, y mandar al tímido criado que los
lleve a los presos. Mientras el criado dice algo a Hugo, Hagar cambia los vasos
por otros sin veneno. Fernando, el criado, se los lleva, y Hagar vuelve a poner
en la mesa el vaso envenenado. Hugo, con sed, después de una canción larga, lo
bebe; pierde la cabeza, y tras muchas convulsiones y pataleos, cae al suelo y
muere, mientras Hagar, en una canción dramática y melodiosa, le dice lo que ha
hecho.
Esta
escena fue verdaderamente sensacional, aunque espectadores más exigentes la
hubieran considerado deslucida, al ver que al villano se le desataba una
abundante cabellera en el momento de dar con su cuerpo en tierra.
En
el cuarto acto apareció Rodrigo desesperado, a punto de darse una puñalada,
porque alguien le había dicho que Zara lo había abandonado.
Cuando
el puñal estaba a punto de penetrar en su corazón, se oyó debajo de su ventana
una canción encantadora, que le decía que Zara permanecía fiel, pero que estaba
en peligro y que él podía salvarla si quería. Le echan una llave al calabozo,
la cual abre la puerta, y loco de alegría arroja sus cadenas y sale
precipitadamente para buscar y librar a su amada.
El
quinto acto empieza con borrascosa escena entre Zara y don Pedro. Desea el
padre que su hija se meta a monja, pero ella se niega, y después de una súplica
conmovedora, está a punto de desmayarse, cuando entra Rodrigo precipitadamente,
pidiendo su mano. Don Pedro se la niega porque no es rico. Gritan y gesticulan
terriblemente, y Rodrigo se dispone a llevarse a Zara, que ha caído extenuada
en sus brazos, cuando entra el criado tímido con una carta y un paquete de
parte de Hagar, que ha desaparecido misteriosamente. La carta dice que la bruja
lega riquezas fabulosas a los amantes y un horrible destino a don Pedro si se
opone a su felicidad. Se abre el paquete y una lluvia de monedas de lata cubre
el suelo. Esto ablanda por completo al severo padre; da su consentimiento sin
chistar, todos se juntan en coro alegre y cae el telón, mientras los amantes,
muy felices y agradecidos, se arrodillan para recibir la bendición de don
Pedro.
Calurosos
aplausos, inesperadamente reprimidos; la cama plegadiza, sobre la cual estaba
construido el palco, se cerró súbitamente atrapando debajo a los entusiasmados
espectadores. Rodrigo y don Pedro acudieron presurosos a libertarlos, y sacaron
a todos sin daño, aunque muchos no podían hablar de tanto reírse.
Apenas
se había calmado la agitación, cuando apareció Hanna, diciendo que la señora
March rogaba a las señoritas que bajasen a cenar.
Cuando
vieron la mesa, todas se miraron alegremente asombradas.
Era
de esperar que su madre les diera una pequeña fiesta, pero cosa tan magnífica
como aquélla no se había visto desde los pasados tiempos de abundancia. Había
mantecados de dos clases, de color rosa y blanco, y pastelillos, frutas y
dulces franceses muy ricos, y, en medio de la mesa, cuatro ramos de flores de
invernadero.
La
sorpresa las dejó mudas; miraban estupefactas a la mesa, y después a su madre,
que parecía disfrutar muchísimo del espectáculo.
―¿Lo
han hecho las hadas? ―preguntó Amy.
―Ha
sido San Nicolás ―dijo Beth.
―
Mamá lo hizo ―repuso Meg, sonriendo dulcemente, a pesar de la barba cana que
todavía llevaba puesta.
―La
tía March tuvo una corazonada y ha enviado la cena ―gritó Jo, con inspiración
súbita.
―Todas
se equivocan; el viejo señor Laurence lo envió ―respondió la señora March.
―¿El
abuelo de ese muchacho Laurence? ¿Cómo se le habrá ocurrido tal cosa? ¡Si no lo
conocemos! ―exclamó Meg.
―Hanna
contó a uno de sus criados lo que hicieron con su desayuno; es un señor
excéntrico, pero eso le gustó. Conoció a mi padre hace muchos años, y esta
tarde me envió una carta muy amable para decir que esperaba que le permitiese
expresar sus sentimientos amistosos hacia mis niñas, enviándoles unas
pequeñeces, con motivo de la festividad del día. No podía rehusar, y es así
como tienen esta noche una pequeña fiesta para compensarlas del desayuno de pan
y leche.
―Ese
muchacho ha puesto la idea en la cabeza de su abuelo; estoy segura de esto. Es
muy simpático, y me gustaría que nos tratáramos.
Parece
que quisiera tratarnos; pero es tímido; y Meg es tan correcta, que no me
permite hablar con él cuando nos encontramos ―dijo Jo, mientras circulaban los
platos y los helados empezaban a desaparecer entre un coro de exclamaciones
alegres.
―¿Quieres
decir la gente que vive en la casa grande de al lado?― preguntó una de las
chicas ― Mi madre conoce al señor Laurence, pero dice que es muy orgulloso y no
le gusta mezclarse con sus vecinos.
Tiene
a su nieto encerrado en casa, cuando no está paseando a caballo o en compañía
de su maestro, y lo hace estudiar mucho. Lo invitamos a nuestra fiesta, pero no
vino. Mamá dice que es muy amable, aunque no nos habla nunca de las muchachas.
―Nuestro
gato se escapó una vez y él lo devolvió, y yo hablé con él por encima de la
valla. Nos entendíamos muy bien, hablando del criquet y de cosas por el estiló,
pero vio venir a Meg y se marchó. Tengo la intención de hacer amistad algún
día, porque necesita diversión, estoy segura ―dijo Jo, decididamente.
―Me
gustan sus modales y parece un verdadero caballero; de modo que si se presenta
ocasión oportuna, no me opongo a que entables amistad con él. El mismo trajo
las flores, y lo hubiera invitado a entrar de haber estado segura de lo que
estaba ocurriendo arriba. Parecía estar deseoso de quedarse al escuchar risas y
juego, que él no tiene, seguramente, en su casa.
―Me
alegro de que no lo hicieras, mamá ―dijo Jo, riéndose y mirando sus botas ―.
Pero alguna vez tendremos una función a la cual él pueda venir. Quizá querrá
interpretar un papel; ¡qué divertido sería!
―Nunca
he tenido un ramillete; ¡qué bonito es! ―dijo Meg, examinando sus flores con
mucho interés.
―Son
preciosas, pero para mí las rosas de Beth son más dulces ―dijo la señora March,
oliendo el ramillete, medio marchito, que llevaba en su cinturón.
Beth
abrazó a su madre y murmuró:
―Me
gustaría poder enviar a papá mi ramillete. Temo que él no pase una Navidad tan
feliz como nosotras.
CAPITULO
3
EL
BAILE DE AÑO NUEVO
¡Jo!
¡Jo! ¿Dónde estás? ―gritó Meg, al pie de la escalera que conducía a la
boardilla.
―Aquí
―respondió, desde arriba, una voz algo ronca.
Y
corriendo arriba, Meg encontró a su hermana comiendo manzanas y llorando con la
lectura de El heredero de los Redclyffe, envuelta en una toquilla y sentada en
un viejo sofá de tres patas, al lado de la ventana soleada. Era el refugio
preferido de Jo; aquí le gustaba retirarse con media docena de manzanas y un
libro interesante, para gozar de la tranquilidad y de la compañía de un ratón
querido, que vivía allí y no tenía miedo de ella. Cuando llegó Meg, el amiguito
desapareció en su agujero. Jo se limpió las lágrimas y se dispuso a oír las
noticias.
―
¡Qué gusto! Mira. ¡Una tarjeta de invitación de la señora Gardiner para mañana
por la noche! ―gritó Meg, agitando el precioso papel que procedió a leer
después con juvenil satisfacción:
"La
señora Gardiner se complace en invitar a la señorita Meg y a la señorita Jo a
un sencillo baile la noche de Año Nuevo.” ―Mamá quiere que vayamos. ¿Qué nos
vamos a poner?
―¿De
qué sirve preguntarlo, cuando sabes muy bien que nos pondremos nuestros trajes
de muselina de lana, porque no tenemos otros?
―dijo
Jo, con la boca llena.
―¡Si
tuviera un traje de seda! ―suspiró Meg ―. Mamá dice que quizá pueda hacerme uno
cuando tenga dieciocho años; pero dos años es una espera interminable.
―Estoy
segura de que nuestros trajes parecen de seda y son bastante buenos para
nosotras. El tuyo es tan bueno como si fuera nuevo; pero me olvidaba de la
quemadura y del rasgón en el mío; ¿qué haré? La quemadura se ve mucho y no
puedo estrechar nada la falda.
―Tendrás
que estar sentada siempre que puedas y ocultar la espalda; el frente está bien.
Tendré una nueva cinta azul para el pelo, y mamá me prestará su prendedor de
perlas; mis zapatos nuevos son muy bonitos y mis guantes pueden pasar.
―Los
míos están arruinados con manchas de gaseosa, y no puedo comprar otros, de
manera que iré sin ellos ―dijo Jo, que no se preocupaba mucho por su
vestimenta.
―Si
no llevas guantes, no voy ―gritó Meg, con decisión ―. Los guantes son más
importantes que cualquier otra cosa; no puedes bailar sin ellos, y si no puedes
bailar voy a estar mortificada.
―Me
quedaré sentada; a mí no me gustan los bailes de sociedad; no me divierte ir
dando vueltas acompasadas; me gusta volar, saltar y brincar.
―No
puedes pedir a mamá que te compre otros nuevos; ¡son tan caros y eres tan
descuidada! ... Dijo cuando estropeaste aquéllos que no te compraría otros este
invierno. ¿No puedes arreglarlos de algún modo?
―Puedo
tenerlos apretados en la mano, de modo que nadie vea lo manchados que están; es
todo lo que puedo hacer. No; ya sé como podemos arreglarlo: cada una se pone un
guante bueno y lleva en la mano el otro malo; ¿comprendes?
―Tus
manos son más grandes que las mías y ensancharías mis guantes ―comenzó a decir
Meg.
―Entonces
iré sin guantes. No me importa lo que diga la gente ―gritó Jo, volviendo a
tomar el libro.
―Puedes
tenerlo, puedes tenerlo, pero no me lo ensucies y condúcete bien; no te pongas
las manos a la espalda, ni mires fijamente a nadie; ni digas " ¡Cristóbal
Colón!" ¿Sabes?
―No
te preocupes por mí; estaré tan tiesa como si me hubiera tragado un molinillo,
y no meteré la pata, si puedo evitarlo. Ahora contesta la carta y déjame en paz
para acabar esta magnífica historia.
Meg
se fue para "aceptar muy agradecida" la invitación, examinar su
vestido y planchar su único cuello de encaje, mientras Jo, acabada la historia
y las manzanas, jugaba con su ratón.
La
noche de Año Nuevo la sala estaba vacía, porque las dos chicas jóvenes servían
de doncellas a las dos mayores, que preparaban su indumentaria para el baile.
Sencillos como eran los trajes, había mucho que ir y venir, reír y hablar, y
por algún tiempo la casa olió a pelo quemado; Meg quería hacerse unos bucles y
Jo se encargó de retorcerle con las tenacillas los rizos atados con papeles.
―¿Tienen
que oler así? ―preguntó Beth desde su asiento sobre la cama.
―Es
la humedad que se seca ―respondió Jo.
―¡Qué
extraño! ¡Huele a plumas quemadas! ―observó Amy, arreglando sus propios
hermosos bucles con aire de superioridad.
―¡Ahora
voy a quitar los papelitos, y verás que bucles! –dijo Jo dejando las
tenacillas.
Quitó
los papelitos, pero no aparecieron los bucles esperados, porque el pelo se
había adherido al papel y lo había arrancado con él.
―¡Oh,
oh, oh! ¿Qué has hecho? ¡Me has estropeado el pelo! ¡No puedo ir! ¡Mi pelo! ¡Mi
pelo! ―exclamó Meg, mirando los rizos desiguales sobre su frente.
―¡Es
mi mala pata! No debías haberme pedido que lo hiciera, sabiendo que lo echo a
perder todo. Lo siento mucho,pero es que las tenacillas estaban demasiado
calientes ―suspiró la pobre Jo, mirando con lágrimas de arrepentimiento el
flequillo chamuscado.
―Tiene
remedio: rízalos y ponte la cinta de manera que los extremos caigan un poquito
sobre la frente y estarás a la moda. He visto a muchas chicas así ―repuso Amy
para consolarla.
―Esto
me pasa por querer ponerme hermosa. ¡Ojalá hubiese dejado el pelo en paz!
―gritó Meg.
―Eso
digo yo. ¡Era tan liso y hermoso! Pero pronto crecerá de nuevo ―dijo Beth,
corriendo a besar y consolar a la oveja esquilada.
Después
de otros contratiempos menos graves, Meg terminó su tocado y, con ayuda de toda
la familia, Jo arregló su propio pelo y se puso el vestido. Estaban muy bien
con sus sencillos trajes. Meg, de gris plateado con cinta de terciopelo azul,
vuelos de encaje y el prendedor de perlas; Jo, de color castaño, con cuello
planchado de caballero y unos crisantemos blancos por todo adorno. Cada una se
puso un guante bonito y limpio y llevó en la mano otro sucio. Los zapatos de
Meg, de tacones altos, le iban muy apretados y la lastimaban, aunque ella no
quería reconocerlo; y a Jo le parecía llevar clavadas en la cabeza las
diecinueve horquillas que sujetaban su cabellera, pero, ¿qué remedio?; había
que ser elegante o morir.
―
¡Que se diviertan mucho, queridas mías! ―dijo la señora March al verlas salir
―. No coman demasiado en la cena y vuelvan a las once, cuando mande a Hanna a
buscarlas.
Cuando
cerraban la puerta de la verja al salir, una voz les gritó desde la ventana:
―Niñas,
¿llevan los pañuelos bonitos?
―Sí,
sí, los llevamos, y el de Meg huele a colonia ―gritó Jo, y añadió riéndose:
―Creo que mamá nos preguntaría eso aunque estuviésemos huyendo de un terremoto.
―Es
uno de sus gustos aristocráticos, y tiene razón, porque, una verdadera señora
se conoce siempre por el calzado limpio, los guantes y el pañuelo ―respondió
Meg.
―Ahora
no olvides de mantener el paño malo de tu falda de modo que no se vea, Jo.
¿Está bien mi cinturón? ¿Se me ve mucho el pelo?
―dijo
Meg, al dejar de contemplarse en el espejo del tocador de la señora Gardiner,
después de mirarse largo rato.
―Sé
muy bien que me olvidaré de todo. Si me ves hacer algo que esté mal, avísame
con un guiño ―respondió Jo, arreglándose el cuello y cepillándose rápidamente.
―No,
una señora no guiña; arquearé las cejas si haces algo incorrecto, o un
movimiento de cabeza si todo va bien. Ahora mantén derechos los hombros y da
pasos cortos; no des la mano si te presentan a alguien: no se hace.
―¿Cómo
aprendes todas estas reglas? Yo no puedo hacerlo nunca.
¡Qué
movida es esa música!
Bajaron
la escalera sintiéndose algo tímidas, porque rara vez iban a reuniones de
sociedad, y aunque aquélla no era muy formal, para ellas constituía un
acontecimiento. La señora Gardiner, una señora anciana y majestuosa, las saludó
amablemente y las dejó con la mayor de sus seis hijas. Meg conocía a Sallie y
pronto perdió su timidez; pero Jo, que no gustaba de la compañía ni de la
charla de las muchachas, se quedó recostada contra la pared, tan desorientada
como, un potro en un jardín.
En
otra parte de la sala, una media docena de muchachos hablaban de patines, y Jo
quería unirse a ellos, porque patinar era uno de los placeres de su vida.
Telegrafió su deseo a Meg, pero las cejas se arquearon de manera tan alarmante
que no se atrevió a moverse. Nadie vino a hablar con ella y poco a poco se fue
disolviendo el grupo que tenía más cerca, hasta dejarla sola. No podía ir de un
lado a otro con el fin de divertirse, para que no se viera el paño quemado de
la falda, de manera que se quedó mirando a la gente con aire de abandono hasta
que comenzó el baile. Meg fue invitada inmediatamente, y los zapatos estrechos
saltaban tan alegremente que nadie hubiera sospechado lo que hacían sufrir a
quien los llevaba puestos. Jo vio a un muchacho alto de pelo rojo, que se
acercaba al rincón donde ella estaba, y, temiendo una invitación a bailar, se
ocultó detrás de unas cortinas, esperando ver a escondidas desde allí y
divertirse en paz. Por desgracia, otra persona tímida había escogido el mismo
sitio, porque al dejar caer la cortina tras sí, se encontró cara a cara con
Laurence.
―¡Ay
de mí!; no sabía que había aquí alguien ―balbuceó Jo, disponiéndose a salir tan
rápido como entrara.
Pero
el chico se rió y dijo de buen humor, aunque parecía algo sorprendido:
―No
se preocupe por mí; quédese si quiere. ¿No le estorbaré a usted?
―Ni
lo más mínimo; vine aquí porque no conozco a mucha gente, y me sentía molesto,
¿sabe usted?
―Y
yo también. No se vaya, por favor, a no ser que lo prefiera.
El
chico volvió a sentarse, con la vista baja, hasta que Jo, tratando de ser
cortés, dijo:
―Creo
que he tenido el placer de verlo antes. Vive usted cerca de nosotros, ¿no es
así?
―En
la casa próxima a la suya ―contestó él, levantando los ojos y riéndose
cordialmente, porque la cortesía de Jo le resultaba verdaderamente cómica al
recordar cómo habían charlado sobre el criquet cuando él le devolvió el gato.
Eso
puso a Jo a sus anchas, y también ella rió al decir muy sinceramente:
―Hemos
disfrutado mucho con su regalo de Navidad.
―Mi
abuelo lo envió.
―Pero
usted le dio la idea de enviarlo. ¡A que sí!
―¿Cómo
está su gato, señorita March? ―preguntó el chico, tratando de permanecer serio,
aunque la alegría le brillaba en los ojos.
―Muy
bien, gracias, señor Laurence; pero yo no soy la señorita March, soy
simplemente Jo ― espondió la muchacha.
―Ni
yo soy señor Laurence, soy Laurie.
―Laurie
Laurence. ¡Qué nombre más curioso!
―Mi
primer nombre es Teodoro; pero no me gusta, porque los chicos me llaman Dora;
así que logré que me llamaran Laurie en lugar del otro.
―Yo
también detesto mi nombre; ¡es demasiado romántico! Querría que todos me
llamaran “Josefina" en lugar de Jo. ¿Cómo logró usted quitar a los chicos
la costumbre de llamarle Dora?
―A
palos.
―No
puedo darle palos a la tía March, así que supongo que tendré que aguantarme.
―¿No
le gusta a usted bailar, señorita Josefina?
―Me
gusta bastante si hay mucho espacio y todos se mueven ligero...
En
un lugar como éste, me expondría a volcar algo, pisarle los pies a alguien o
hacer alguna barbaridad; así que evito el peligro y la dejo a Meg que se luzca.
¿No baila usted?
―Algunas
veces. He estado en el extranjero muchos años y no llevo aquí el tiempo suficiente
para saber cómo se hacen las cosas.
―
¡En el extranjero! ―exclamó Jo ―; ¡hábleme de eso! A mí me gusta mucho oír a la
gente describir sus viajes.
Laurie
parecía no saber por dónde empezar, pero pronto las preguntas ansiosas de Jo lo
orientaron; y le dijo cómo había estado en una escuela en Vevey, donde los
chicos no llevaban nunca sombreros y tenían una flota de botes sobre el lago, y
para divertirse durante las vacaciones hacían viajes a pie por Suiza en
compañía de sus maestros.
―¡Cuánto
me gustaría haber estado allá! ―exclamó Jo ―. ¿Ha ido usted a París?
―Estuvimos
allí el invierno pasado.
―¿Sabe
usted hablar francés?
―No
nos permitían hablar otro idioma en Vevey.
―Diga
algo en francés. Puedo leerlo, pero no sé pronunciarlo.
―Quel
nom a cette jeune demoiselle en les pantoufles jófies? ―dijo Laurie,
bondadosamente.
―
¡Qué bien lo pronuncia usted! Veamos. Ha dicho: "¿Quién es la señorita de
los zapatos bonitos?”; ¿es así?
―Oui,
mademoiselle.
―Es
mi hermana Meg y usted lo sabía. ¿No le parece que es hermosa?
―Sí,
me recuerda a las chicas alemanas; tan fresca y tranquila parece; baila corno
una señora.
Jo
se sonrojó al oír tal elogio de su hermana, y lo guardó en la memoria para
repetírselo a Meg. Ambos miraban, criticaban y charlaban, hasta que se
encontraron tan a gusto como dos viejos amigos.
Pronto
perdió Laurie su timidez, porque la manera varonil de Jo le divertía mucho y le
quitaba todo azoramiento, y ella recobró de nuevo su alegría, porque había
olvidado el traje y nadie le arqueaba las cejas.
Le
gustaba el muchacho Laurence más que nunca, y lo observó un poco para poder
describirlo a sus hermanas; no teniendo hermanos y pocos primos, los chicos
eran para ella criaturas casi desconocidas.
Pelo
negro y rizado, cutis oscuro, ojos grandes y negros, nariz larga, dientes
bonitos, las manos y los pies pequeños, tan alto como yo; muy cortés para ser
chico y muy burlón. ¿Qué edad tendrá? Jo tenía la pregunta en la punta de la
lengua; pero se contuvo a tiempo y, con tacto raro en ella, trató de
descubrirlo de una manera indirecta.
―Supongo
que pronto irá usted a la Universidad. Ya lo veo machacando en sus libros;
quiero decir, estudiando mucho ―y Jo se sonrojó por el terrible
"machacando" que sé le escapara.
Laurie
se sonrió y respondió, encogiéndose de hombros:
―Tardaré
todavía dos o tres años; no iré antes de cumplir diecisiete.
―¿Pero
no tiene usted más que quince años? ―preguntó Jo, mirando al chico alto, a
quien ella había dado diecisiete.
―Dieciséis
el mes que viene.
―¡Cuánto
me gustaría ir a la Universidad! Parece que a usted no le gusta.
―La
detesto; nada más que trabajar o divertirse; y no me gusta la manera que tienen
de hacerlo en este país.
―¿Qué
le gusta a usted?
―Vivir
en Italia, divertirme a mi modo.
Jo
ansiaba preguntarle cuál era su modo; pero Laurie había fruncido las cejas de
tal modo, que Jo cambió de asunto, diciendo:
―¡Qué
polca magnífica! ¿Por qué no va a bailarla?
―Si
viene usted conmigo ―respondió él, haciendo una reverencia a la francesa.
―No
puedo, porque le he dicho a Meg que no bailaría, porque... ―y aquí se detuvo,
no sabiendo si decir la verdad o reírse.
―¿Por
qué? ―preguntó Laurie, interesado vivamente ―. ¿No lo dirá usted?
―
¡Jamás!
―
¿Jamás?
―Bueno,
tengo la mala costumbre de ponerme de pie delante del fuego y así quemo mis
vestidos, como me sucedió con éste; aunque está bien remendado, se ve un poco,
y Meg me aconsejó que no me moviera para que nadie lo vea. Usted puede reírse
si quiere; es muy gracioso...
Pero
Laurie no se rió; miró al suelo por un minuto y con una expresión que extrañó a
Jo, dijo dulcemente:
―No
haga caso de eso; yo le diré cómo nos las arreglaremos; allá hay un pasillo
grande, donde podemos bailar muy bien sin que nadie nos vea. ¡Hágame el favor
de venir!
Jo
le dio las gracias y se fue alegremente, deseando mucho tener dos guantes
buenos cuando vio los que se ponía su compañero, color perla. El pasillo estaba
vacío y bailaron una polca magnífica, porque Laurie bailaba bien y le enseñó el
paso alemán, que encantó a Jo, por su balanceo y movimiento. Cuando cesó la
música se sentaron sobre las escaleras para respirar, Laurie estaba
describiendo una fiesta de estudiantes en Heidelberg cuando apareció Meg en
busca de su hermana.
Hizo
una seña, y Jo la siguió de mala gana a una salita, donde se sentó sobre un
sofá, agarrándose el pie y algo pálida.
―Me
he torcido el tobillo. Este estúpido tacón alto se torció y me produjo una
torcedura horrible. Me duele tanto, que apenas puedo estar de pie y no sé cómo
voy a volver a casa ― ijo, estremeciéndose de dolor.
―Ya
sabía yo que te lastimarías los pies con esos dichosos zapatos.
Lo
siento mucho, pero no sé qué puedes hacer, como no sea tomar un coche o
quedarte aquí toda la noche ―respondió Jo dulcemente, frotando el pobre tobillo
al mismo tiempo.
―No
puedo tomar un coche; costaría mucho; además, sería difícil encontrarlo, porque
la mayor parte de los invitados han venido en sus propios vehículos; las
cocheras están lejos, y no tenemos a nadie a quien enviar.
―Yo
iré.
―De
ningún modo; son más de las diez y está oscuro como boca de lobo. No puedo
quedarme aquí, porque la casa está llena; algunas amigas de Sallie están de
visita. Descansaré hasta que venga Hanna, y entonces saldré lo mejor que pueda.
―Se
lo diré a Laurie, él irá ―dijo Jo, como quien tiene una idea feliz.
―¡No
por favor! No pidas nada ni hables a nadie. Búscame mis chanclos y pon estos
zapatos con nuestras cosas. No puedo bailar más; pero en cuanto se acabe la
cena, espera a Hanna y avísame en cuanto llegue.
―Ahora
van a cenar. Me quedaré contigo, lo prefiero.
―No,
querida; ve y tráeme un poco de café. Estoy tan cansada que no puedo moverme.
Meg
se reclinó con los chanclos bien escondidos, y Jo hizo su camino torpemente al
comedor. Dirigiéndose a la mesa, procuró el café, que volcó inmediatamente,
poniendo el frente de su vestido tan malo como la espalda.
―¡Ay
de mí! ¡qué atolondrada soy! ―exclamó Jo, estropeando el guante de Meg al
frotar con él la mancha del vestido.
―¿Puedo
ayudarla? ―dijo una voz amistosa. Era Laurie, con una taza llena en una mano y
un plato de helado en la otra.
―Trataba
de buscar algo para Meg, que está muy cansada; alguien me hizo tropezar, y aquí
estoy hecha una calamidad ―respondió Jo, echando una mirada desde la falda
manchada al guante teñido de café.
―¡Qué
lástima! Yo buscaba a alguien para darle esto. ¿Puedo llevárselo a su hermana?
―¡Muchas
gracias! Lo guiaré a donde está. No me ofrezco a llevarlo yo misma, porque temo
hacer otro desastre.
Jo
fue adelante, y como si estuviera muy acostumbrado a servir a las señoras,
Laurie acercó una mesita, trajo helado y café para Jo, y estuvo tan cortés, que
hasta la exigente Meg lo calificó de "muchacho muy simpático".
Pasaron
un buen rato con los caramelos, que tenían preguntas y respuestas, y estaban en
medio de un juego tranquilo de "Susurro", con dos o tres jóvenes que
se habían unido a ellos, cuando apareció Hanna.
Meg,
olvidando su pie, se levantó tan rápidamente que tuvo que agarrarse de Jo,
lanzando un quejido.
―¡Silencio!
¡No digas nada! ―susurró, añadiendo en voz alta ―: No es nada, me torcí un poco
el pie, nada más ―y bajó las escaleras cojeando para ponerse el abrigo. Hanna
protestaba, Meg lloraba y Jo estaba desesperada, hasta que decidió tomar a su
cargo las cosas. Corrió abajo, y al primer criado que encontró le preguntó si
podía buscarle un coche. Resultó ser un camarero nuevo, que no conocía la
vecindad, y Jo estaba buscando ayuda por otro lado, cuando Laurie, que había
oído lo que decía, vino a ofrecer el coche de su abuelo, que acababa de venir
por él.
―Es
demasiado temprano y usted no querrá irse todavía ―comenzó Jo, aliviada en su
ansiedad, pero vacilando en aceptar la oferta.
―Siempre
me voy temprano. . ., ¡de veras! Permítame que las lleve a su casa; paso por
allá, como usted sabe, y me han dicho que está lloviendo.
Eso
la decidió; diciéndole lo que le había ocurrido a Meg, Jo aceptó agradecida y
subió corriendo a buscar el resto de la compañía.
Hanna
detestaba la lluvia tanto como un gato, así que no se opuso, y se fueron en el
lujoso carruaje, sintiéndose muy alegres y elegantes.
Laurie
subió al pescante, para que Meg pudiese descansar el pie en el asiento, y las
chicas hablaron del baile a su gusto.
―Me
he divertido mucho; ¿y tú? ―preguntó Jo, desarreglando su cabello y sentándose
cómodamente.
―Sí,
hasta que me torcí el pie. La amiga de Sallie, Anna Moffat, simpatizó conmigo y
me invitó a pasar una semana en su casa cuando vaya Sallie; Sallie irá durante
la primavera, en la temporada de ópera, y será magnífico, si mamá me permite ir
―respondió Meg, animándose al pensarlo.
―Te
vi bailar con el hombre rubio, del cual me escapé; ¿era simpático?
―Mucho.
Tiene el cabello color castaño, no rubio; estuvo muy cortés, y bailé una
redoval deliciosa con él.
―Parecía
un saltamontes cuando bailaba el paso nuevo. Laurie y yo no podíamos contener
la risa. ¿Nos oíste?
―No,
pero fue algo muy descortés. ¿Qué hacían escondidos allí tanto tiempo?
Jo
contó su aventura, y cuando terminó estaban ya a la puerta de la casa. Después
de dar a Laurie las gracias por su amabilidad, se despidieron y entraron a
hurtadillas, con la esperanza de no despertar a nadie; pero apenas crujió la
puerta de su dormitorio, dos gorritos de dormir aparecieron y dos voces
adormiladas, pero ansiosas, gritaron:
―¡Cuenten
del baile! ¡Cuenten del baile!
Con
lo que Meg describía como "gran falta de buenos modales", Jo había
guardado algunos dulces para las hermanitas, y pronto se callaron después de
oír lo más interesante del baile.
―No
parece sino que soy una verdadera señora, volviendo a casa en coche y
sentándome en peinador con una doncella que me sirva ―dijo Meg, mientras Jo le
frotaba el pie con árnica y le cepillaba el cabello.
Y
creo que Meg tenía razón.
CAPITULO
4
CARGAS
¡Ay
de mí! ¡Qué difícil se hace tomar las bolsas y echar a andar! ―suspiró Meg la
mañana después del baile. Habían terminado las vacaciones, y una semana de
diversión no resultaba lo más adecuado para continuar el trabajo, que nunca le
había gustado.
―Me
gustaría que fuese Navidad o Año Nuevo siempre. ¡Qué divertido! ―respondió Jo,
bostezando tristemente.
―No
nos divertiríamos ni la mitad que ahora. Pero parece tan agradable tener cenas
especiales y recibir ramilletes, ir a bailes, volver a casa en coche, y leer y
descansar, y no trabajar. Es vivir como la gente rica, y siempre envidio a las
chicas que lo pueden hacer; ¡me gusta tanto el lujo! ―dijo Meg, tratando de
decidir entre dos trajes gastados cuál era el menos deslucido.
―
Bueno, no podemos tenerlo; así que de nada vale quejarse; echemos al hombro la
carga y andemos tan alegremente como mamá.
Estoy
segura de que la tía March es un fardo del cual uno no puede deshacerse, pero
supongo que cuando haya aprendido a llevarlo sin quejarme se me caerá de los
hombros, o se hará tan ligero que no me molestará.
Esta
comparación hizo tanta gracia a Jo, que la puso de buen humor; Meg no se animó,
porque su carga consistía en cuatro niños mimados y le parecía más pesada que
nunca. No tenía gusto ni para arreglarse, como de costumbre.
―¿Dé
qué sirve estar bien, cuando nadie me ve, fuera de esos chiquillos, y a nadie
le importa que sea bonita o fea? ―murmuró, cerrando de golpe el cajón de la
cómoda ―. Tendré que trabajar y trabajar toda mi vida, con unos ratitos de
diversión de vez en cuando, y hacerme vieja; fea y agria, porque soy pobre y no
puedo gozar de la vida como otras muchachas. ¡Qué desgracia!
Con
este ánimo bajó Meg a desayunarse, con cara lastimera y un humor de perros.
Todas parecían disgustadas y dispuestas a quejarse.
Beth
tenía dolor de cabeza, estaba echada en el sofá, tratando de consolarse con la
gata y los tres gatitos; Amy estaba inquieta porque no había aprendido sus
lecciones y no podía encontrar sus chanclos; Jo no dejaba de silbar y hacía
mucho ruido preparándose; la señora March estaba muy ocupada, terminando una
carta que debía salir inmediatamente, y Hanna estaba gruñona por haberse
acostado tan tarde la noche pasada.
―
¡Nunca hubo familia tan malhumorada! ―gritó Jo, perdiendo la paciencia, cuando
ya había volcado el tintero, roto los cordones de sus botas y aplastado su
sombrero, sentándose encima de él.
―Y
tú la más malhumorada de todas ―respondió Amy, borrando la suma, equivocada,
con las lágrimas que habían caído sobre su pizarra.
―Beth,
si no encierras a estos horribles gatos en la bodega, los haré ahogar ―exclamó
Meg, muy irritada, al tratar de deshacerse de los gatitos que se le habían
subido a los hombros.
Jo
se reía, Meg regañaba, Beth imploraba y Amy lloraba, porque no podía acordarse
de cuánto era nueve por doce.
―
¡Niñas, niñas! Cállense un minuto. Tengo que enviar esta carta por el primer
correo y me confunden con tanto ruido ―gritó la señora March.
Hubo
un momento de silencio, interrumpido por Hanna, que entró precipitadamente,
puso dos pastelillos calientes sobre la mesa y salió de nuevo. Estos
pastelillos eran una institución; las chicas los llamaban
"manguitos", y habían descubierto que los pastelillos calientes
venían muy bien en las mañanas frías. Nunca se olvidaba Hanna de hacerlos, por
ocupada o gruñona que estuviera, porque las pobrecitas tenían que andar mucho,
no tomaban otra cosa para almorzar y rara vez volvían a casa antes de las tres.
―Que
mimes a tus gatos y que se te quite el dolor de cabeza, Beth.
Adiós,
mamá; somos una cuadrilla de vagas esta mañana, pero volveremos hechas unos
verdaderos ángeles. Vamos Meg ―y Jo echó a andar con la idea de que los
peregrinos no salían como era debido.
Siempre
miraban hacia atrás antes de volver la esquina, porque su madre estaba siempre
en la ventana para decirles adiós con la mano, sonriendo. Parecía como si no
pudieran cumplir sus deberes diarios sin aquella despedida que les hacía el
efecto de un rayo de sol.
―Si
mamá nos amenazara con el puño en lugar de echarnos besos, nos estaría bien
empleado, porque jamás se han visto vagas más ingratas que nosotras ―gritó Jo,
que tomaba como saludable penitencia el camino cubierto de lodo y el viento
agudo.
―No
uses palabras tan vulgares.
―Me
gustan las palabras fuertes con algún sentido.
―Llámate
lo que quieras; pero yo no me tengo por vaga ni permito que me lo digan.
―Tú
eres una calamidad; estás de un humor de perros porque no puedes sentarte en
medio del lujo todo el tiempo. ¡Pobrecita! Espera hasta que yo haga fortuna y
gozarás de coches, helados, zapatos de tacones altos, ramilletes y mozos rubios
que bailen contigo.
―
¡Qué ridícula eres, Jo! ―dijo Meg, riéndose, sin embargo, de aquellas
tonterías.
―Suerte
que tienes de que lo sea; si yo adoptara esos aires de aflicción y desmayo que
tú empleas, estábamos listas. Gracias a Dios, siempre puedo encontrar algo
gracioso para darme ánimo. No te quejes más y vuelve a casa alegre.
Jo
dio a su hermana un golpecito en la espalda cuando se separaban para seguir
cada una su camino, llevando un pastelillo caliente en la mano y tratando de
estar alegre a pesar del tiempo invernal, del trabajo duro y de sus juveniles
deseos no realizados.
Cuando
el señor March perdió su dinero, tratando de ayudar a un amigo, las dos chicas mayores
rogaron se les permitiera hacer algo por su propio sostén a lo menos. Creyendo
que nunca es demasiado pronto para cultivar energía, laboriosidad e
independencia, sus padres consintieron, y ambas se pusieron a trabajar con la
buena voluntad que triunfa de todos los obstáculos.
Meg
encontró empleo como institutriz, y se sintió rica con su sueldo pequeño. Como
ella decía, "le gustaba el lujo", y su mayor pena era ser pobre. Lo
encontraba más duro de soportar que las otras, porque podía recordar un tiempo
en que la casa había sido bella, la vida holgada y agradable y nada les había
faltado. Procuraba no sentir envidia ni descontento, pero era natural que la
muchacha deseara cosas bonitas, amigas alegres, inteligentes y una vida feliz.
En casa de los King veía todos los días lo que deseaba tanto, porque las
hermanas mayores de los niños acababan de entrar en sociedad, y muy a menudo
veía Meg visiones de trajes de baile, y ramilletes, oía charlas animadas acerca
de teatros y conciertos, partidas de trineo y toda clase de diversiones, y
también veía gastar dinero en bagatelas, un dinero que para ella hubiera sido
de mucha utilidad. La pobre Meg se quejaba poco, pero a veces cierto sentido de
injusticia la hacía sentirse agria hacia todo el mundo, porque todavía no había
aprendido lo rica que era en aquellas bendiciones que realmente pueden hacer
feliz la vida.
Jo
le convenía a la tía March, que era renga y necesitaba una persona activa para
cuidarla. La anciana señora, sin hijos, se había ofrecido a adoptar una de las
chicas cuando vinieron las dificultades, y se enojó porque los padres rehusaran
su oferta. Otros amigos dijeron a la familia March, que habían perdido toda
ocasión de ser recordados en el testamento de la rica anciana, pero los poco
mundanos March dijeron:
―No
podemos renunciar a nuestras chicas ni por doce fortunas. Ricos o pobres,
viviremos juntos, y seremos felices todos juntos.
Por
algún tiempo la señora anciana no quiso tratarse con ellos; pero encontrándose
en una ocasión con Jo en casa de una amiga, algo en su cara cómica y en sus
maneras toscas la impresionó favorablemente, y propuso tomarla como señorita de
compañía. Esto no le gustaba a Jo en lo más mínimo, pero aceptó la colocación a
falta de otra mejor, y, con gran sorpresa de todo el mundo, se llevó muy bien
con su irascible parienta. De vez en cuando había una borrasca, y una vez Jo
llegó a irse a su casa, diciendo que no podía soportar más; pero la tía March
se calmó pronto e insistió tanto en que Jo volviese, que ella no pudo rehusar,
porque había algo amable en la vieja señora, a pesar de todo.
Sospecho
que la verdadera atracción era una biblioteca grande de hermosos libros viejos,
abandonados al polvo y a las arañas desde la muerte del tío March. Jo se
acordaba de aquel señor, viejo y bondadoso, que le permitía construir
ferrocarriles y puentes con sus diccionarios grandes, le contaba historias
referentes a las ilustraciones curiosas en sus libros latinos y le compraba
caramelos cuando la encontraba en la calle. El cuarto, oscuro y cubierto de
polvo, con los bustos, que parecían encararla desde los altos armarios, las
butacas, las esferas y sobre todo, el sinfín de libros entre los cuales podía
escoger a su gusto, hacían de la biblioteca un verdadero paraíso para ella.
Tan
pronto como la tía March se echaba a dormir la siesta, Jo se dirigía corriendo
a su refugio y, sentada en la butaca grande, devoraba poesía, novela, historia,
viajes y cuadros como un ratón de biblioteca.
Pero
como no hay felicidad duradera en este mundo, en el preciso momento en que
llegaba al corazón de la historia, al verso más dulce del poema o a la aventura
más peligrosa de un explorador, una voz chillona gritaba: " ¡Jo! ¡Jo!
" y tenía que dejar su paraíso para devanar hilo, lavar el perro o leer
las obras de Belsham durante horas.
La
ambición de Jo era hacer algo magnífico; qué fuera, ella no lo sabía, pero
dejaba al tiempo el descubrírselo, y entretanto su aflicción más grande era no
poder leer, correr y montar a caballo tanto como quisiera. Siendo viva como una
pimienta, teniendo una lengua aguda y un espíritu inquieto, su vida estaba
llena de altibajos, cómicos y patéticos a la vez. Pero la disciplina que
encontró en casa de la tía March era precisamente la que necesitaba; el
pensamiento de que trabajaba para ganarse su vida, aunque ganara poco, la hacía
feliz a pesar de los continuos “¡Jo!”.
Beth
era demasiado tímida para ir a la escuela; lo había intentado, pero sufría
tanto que había abandonado la idea, y estudiaba sus lecciones en casa con su
padre. Aun después que se fue, y cuando su madre tenía que dedicar todo su
esfuerzo a las sociedades para la ayuda a los soldados, Beth continuó
estudiando fielmente sola, haciendo lo mejor que podía. Era muy hogareña, y
ayudaba a Hanna a tener la casa limpia y cómoda para las trabajadoras, sin
esperar más recompensa que la del cariño de los suyos. Pasaba días largos y
tranquilos, pero no solitaria ni ociosa, porque su pequeño mundo estaba poblado
de amigos imaginarios y ella era por temperamento una abeja industriosa. Tenía
seis muñecas que levantar y vestir cada mañana, porque Beth era todavía niña y
quería a sus favoritas tanto como antes. No había ninguna perfecta y bella
entre ellas; todas habían sido desechadas cuando ella las prohijó; cuando sus
hermanas fueron demasiado mayores para tales ídolos, pasaron a ella, pues Amy
no quería tener nada que fuera viejo o feo. Beth las cuidaba con más cariño,
por lo mismo, y construyó un hospital para muñecas enfermas. Nunca clavaba
alfileres en sus corazones de algodón, ni les hablaba severamente, ni les daba
golpes; aun la más fea no podía quejarse de descuido; daba de comer, vestía,
cuidaba y acariciaba a todas con cariño incansable. Un fragmento de muñeca
abandonada había pertenecido a Jo, y después de una vida tempestuosa había
quedado abandonada en el saco de trapos, de cuyo triste hospicio Beth la rescató
llevándola a su asilo. Como le faltaba la parte superior de la cabeza, le puso
un gorro bonito y, como no tenía brazos ni piernas, escondió estas
imperfecciones envolviéndola en una manta y dándole la mejor cama, como a
enferma crónica. El cuidado que daba a esta muñeca era conmovedor, aunque
provocara sonrisas. Le traía flores, le leía cuentos, la sacaba a respirar el
aire, la arrullaba con canciones de cuna y nunca se acostaba sin besar su cara
sucia y susurrar cariñosamente:
“¡Qué
pases una buena noche, pobrecita!”.
Tenía
Beth sus penas como las demás; y no siendo un ángel, sino una muchacha muy
viva, a menudo tenía su "llantito", como decía Jo, porque no podía
tomar lecciones de música y tener un piano bueno.
Amaba
la música, trataba de aprender con mucha aplicación y tocaba con tanta
paciencia el desafinado y viejo instrumento, que parecía que alguien (sin que
esto fuera alusión a la tía March) debería ayudarle.
Pero
nadie lo hizo y nadie vio a Beth limpiar, las lágrimas que caían sobre las
amarillentas teclas cuando estaba sola. Mientras trabajaba cantaba como una
alondra; nunca estaba demasiado cansada para tocar el piano con el objeto de
distraer a su madre o a las chicas, y día tras día se decía a sí misma, llena
de esperanza: "Yo sé que obtendré mi música alguna vez si soy buena.” En
el mundo hay muchísimas Beth, tímidas y tranquilas, sentadas en rincones hasta
que alguien las necesita y que viven para los demás tan alegremente, que nadie
se da cuenta de los sacrificios que hacen hasta que el grillo del hogar cesa de
chirriar y desaparece el dulce rayo de sol, dejando atrás silencio y sombra.
Si
alguien hubiera preguntado a Amy cuál era la pena más grande de su vida,
hubiera respondido en seguida: "mi nariz". Cuando era muy pequeña, Jo
la había dejado caer en el cajón del carbón, y Amy insistía que la caída había
arruinado para siempre su nariz. Le había quedado algo chata, y por más que se
la estiraba no podía darle una punta aristocrática.
Nadie
hacía caso de eso fuera de ella, y la nariz hacía por su parte todo lo posible
por crecer, pero Amy lamentaba la falta de una nariz griega y dibujaba horas
enteras narices bellas para consolarse.
“El
pequeño Rafael”, como la llamaban sus hermanas, tenía verdadero talento para
dibujar, y nunca era tan feliz como cuando copiaba flores, diseñaba hadas o
ilustraba cuentos. Sus maestros se quejaban de que en lugar de hacer sus
cálculos cubría de animalitos su pizarra; las páginas blancas de su atlas
estaban llenas de copias de mapas y de sus libros salían volando, en los
momentos menos oportunos, caricaturas sumamente cómicas. Estudiaba sus
lecciones tan bien como era posible, y su buen comportamiento la libraba de
muchas reprensiones. Sus compañeros la querían mucho por su buen carácter y por
el arte que tenía de agradar sin dificultad; sus aires, sus gracias, eran muy
admirados, y su talento también; porque, además de dibujar, podía tocar doce
tonadas, hacer ganchillo y leer el francés sin pronunciar mal más que las dos
terceras partes de las palabras. Tenía una lúgubre manera de decir:
"cuando
papá era rico hacíamos tal o cual cosa", que conmovía a cual― quiera, y
las chicas consideraban sus palabras escogidas como muy elegantes.
Amy
estaba en buen camino de ser echada a perder por los mimos; todo el mundo la
acariciaba, y sus pequeñas vanidades y su egoísmo crecían a buen paso. Pero
algo atenuaba su vanidad: tenía que usar los vestidos de su prima. La madre de
Florence tenía pésimo gusto, y Amy sufría mucho al tener que llevar un sombrero
rojo en lugar de uno azul, trajes que no le iban bien y delantales chillones.
Todo era de buena calidad, bien hecho y poco usado; pero ese invierno los ojos
artísticos de Amy sufrían lo indecible con un vestido morado oscuro de lunares
amarillos.
―Mi
único consuelo ―dijo a Meg, con los ojos llenos de lágrimas ― es que mamá no
hace pliegues en mis trajes cada vez que soy mala, como hace la madre de María
Parks. Hija, es verdaderamente terrible, porque algunas veces se porta tan mal,
que el vestido no llega a las rodillas y no puede venir a la escuela. Cuando
pienso en esta degradación, creo que puedo soportar hasta mi nariz chata y el
vestido morado con lunares amarillos.
Meg
era la confidente y consejera de Amy, y por cierta atracción extraña de los
caracteres opuestos, Jo lo era para la dulce Beth. Solamente a Jo contaba la
tímida niña sus pensamientos, y sobre su hermana grandota y atolondrada ejercía
Beth, sin saberlo, más influencia que ninguna otra persona de la familia. Las
dos chicas mayores eran muy amigas, pero ambas habían tomado una de las
pequeñas bajo su cuidado, y las protegían cada una a su manera; era lo que
llamaban "jugar a las mamás”.
―¿Tiene
alguna de ustedes algo que contar? He pasado un día triste y estoy
verdaderamente ansiosa de alguna diversión ―dijo Meg mientras estaban sentadas
cosiendo aquella noche.
―Me
pasó una cosa curiosa con la tía hoy, pero como salí con la mía se las voy a
contar ― ijo Jo, que se complacía mucho en contar incidentes ―. Estaba leyendo
el interminable Belsham y moscardoneando, como suelo, porque así se duerme la
tía, y entonces saco algún libro interesante, y leo ávidamente hasta que se
despierta. Pero esta vez me entró a mí el sueño, y antes de que ella hubiera
dado la primera cabezada se me escapó un bostezo tal, que ella me preguntó qué
quería decir abriendo la boca lo bastante para tragarme el libro entero.
―
¡Ojalá pudiera hacerlo y acabar con él de una vez! ―dije, tratando de no ser
impertinente.
"Entonces
me echó un largo sermón sobre mis pecados, y me dijo que reflexionara sobre
ellos mientras ella descabezaba un sueño. Siempre tarda bastante en esta
operación; de modo que tan pronto como su gorro comenzó a cabecear como una
dalia demasiado pesada, saqué de mi bolsillo El vicario de Wakefield y me puse
a leerlo con un ojo en el libro y otro en la tía. Había llegado al punto donde
todos caen al agua, cuando me olvidé de todo y solté una carcajada. La tía se
despertó, y de mejor humor después de una siesta, me dijo que leyese un poco
para ver qué obra tan ligera prefería yo al digno e instructivo Belsham. Leí lo
mejor posible, y le gustó, porque solamente dijo:
―No
entiendo jota de todo eso; comienza desde el principio, niña ―.
Al
comienzo fui procurando hacer los primeros capítulos tan interesantes como
podía. Una vez tuve la picardía de pararme en un punto lleno de interés y decir
tímidamente:
"―Temo
que la fatigue, señora; ¿no desea que lo deje?
"Ella
tomó la calceta; que se le había caído de las manos, y mirándome severamente a
través de las gafas, dijo con su modo brusco:
“―Acabe
usted el capítulo y no sea impertinente, señorita.” ―¿Reconoció que le gustaba?
― reguntó Meg.
―
¡No, hija, no! Pero dejó descansar el viejo Belsham; y cuando volví para buscar
mis guantes esta tarde, allá estaba tan absorta con El vicario de Wakefield,
que no me oyó reír, mientras yo bailaba de gusto en el vestíbulo al pensar en
el buen tiempo futuro. ¡Qué vida tan agradable podría pasarse si quisiera! No
la envidio a pesar de su dinero, porque, después de todo, los ricos tienen
tantas penas corno los pobres, creo yo ―contestó Jo.
―Eso
me recuerda ―dijo Meg ― que tengo algo que contar. No es gracioso como el
incidente de Jo, pero me dio mucho que pensar mientras volvía. Hoy en casa de
los King todos estaban alborotados y una de las niñas dijo que su hermano mayor
había hecho algo malo y que su padre lo había echado de casa. Oía a la señora
King llorar y al señor King hablar fuerte, y Grace y Ellen volvieron las caras
cuando pasaron junto a mí, para que no viera sus ojos enrojecidos.
Naturalmente, no pregunté nada, pero me daba lástima de ellos y estaba contenta
de no tener hermanos rebeldes que hicieran cosas malas y deshonraran a la
familia.
―Creo
que estar deshonrando en la escuela es mucho peor que cualquier cosa que pueden
hacer chicos malos ―dijo Amy, moviendo la cabeza, como si ella tuviese larga
experiencia de la vida ―. Hoy vino Susie Perkins a la escuela con una sortija
de cornerina roja muy hermosa; me encantaba tanto, que deseaba de todo corazón
que fuese mía.
Bueno,
dibujó ella una caricatura del señor Davis, con una nariz monstruosa, joroba y
las palabras: “¡Señoritas, que las estoy viendo!”, saliendo de su boca dentro
de un globo. Estábamos riéndonos del dibujo cuando súbitamente el profesor nos
vio de veras y mandó a Susie que llevase su pizarra. Estaba paralizada de
terror, pero fue. ¿Y qué piensan que hizo él? ¡La tomó por la oreja, imaginen,
por la oreja!, la condujo a la tribuna y la hizo estar de pie durante media
hora, teniendo la pizarra de manera que todo el mundo la pudiera ver.
―¿No
se rieron las chicas cuando vieron la caricatura? ―preguntó Jo, que encontraba
divertidísimo el conflicto.
―¿Reír?,
ni una; se quedaron tranquilas como ratoncitos, y Susie lloró a mares, lo sé.
No la envidiaba entonces, porque pensaba que millones de sortijas de cornerinas
no hubieran podido hacerme feliz después de eso. Nunca hubiera podido recobrar
ánimo después de tal mortificación ―y Amy continuó su trabajo, orgullosa de su
virtud y de haber hecho un párrafo tan bien construido.
―Esta
mañana vi una cosa que me gustó mucho, y tenía la intención de contarla a la
hora de la comida, pero lo olvidé ―dijo Beth, mien― tras ponía en orden el
cesto de Jo ―. Cuando fui a comprar almejas, el viejo señor Laurence estaba en
la pescadería, pero no me vio, porque yo me quedé quieta detrás de un barril y
él estaba ocupado con el pescadero, señor Cutter. Una mujer pobre entró con un
balde y una escoba, y preguntó si le permitía hacer alguna limpieza a cambio de
un poco de pescado, porque no tenía nada que dar de comer a sus niño y no había
encontrado trabajo para el día. El señor Cutter estaba muy ocupado, y dijo que
no de mal humor; ya se iba ella con aire de tristeza y de hambre, cuando el
señor Laurence enganchó un pescado grande con la punta encorvada de su bastón y
se lo dio. Estaba ella tan contenta y sorprendida, que abrazó el pescado y no
se cansaba de dar las gracias al señor Laurence. " ¡Ande, ande, vaya a
guisarlo! ", le dijo él, y ella se marchó más alegre que unas castañuelas.
Qué buena acción fue, ¿verdad?
¡Qué
gracioso era verla abrazando el pescado y diciéndole al señor Laurence que Dios
le diera la gloria!
Cuando
terminaron de reír de la historia de Beth, pidieron a la madre que contase
otra, y, después de pensar un momento, dijo ella gravemente:
―Hoy,
mientras cortaba chaquetas de franela en la sala, me sentía muy ansiosa por
papá, y pensaba qué solas y desamparadas quedaríamos si le ocurriese algo malo.
No hacía bien al preocuparme tanto, pero no podía evitarlo, hasta que vino un
viejo a hacer un pedido. Se sentó a mi lado y me puse a hablar con él, porque
parecía pobre, cansado y ansioso. “¿Tiene usted hijos en la guerra?”, le
pregunté. "Sí, señora; tenía cuatro, pero dos han muerto, otro está
prisionero y ahora voy para ver al otro, que está enfermo en un hospital de
Washington", contestó sencillamente. "Ha hecho usted mucho por su
patria, señor", le dije, sintiendo hacía él respeto en lugar de compasión.
"Ni
un pedacito más de lo que debía, señora. Iría yo mismo si pudiera servir de
algo; como no puedo, doy mis hijos y los doy de buena voluntad." Hablaba
con tan buen ánimo, parecía tan sincero y tan contento de dar toda su riqueza,
que me sentí avergonzada. Yo había dado un hombre, y lo consideraba demasiado,
mientras que él había dado cuatro sin escatimarlos; yo tenía todas mis hijas
para consolarme en casa y su último hijo lo esperaba, separado por larga
distancia, quizá para decirle “adiós” para siempre. Me sentí tan feliz y rica
pensando en mi fortuna, que le hice un buen paquete, le di algún dinero y le
agradecí la lección que me había dado.
―Cuéntanos
otra historia, mamá; una historia con moraleja, como ésta. Me gusta pensar en
ellas después, si son verdaderas y no muy pedagógicas ―dijo Jo, después de un
corto silencio.
La
señora March sonrió y comenzó enseguida, porque había contado historias a aquel
auditorio durante muchos años y sabía cómo complacerlo.
―Había
una vez cuatro chicas que tenían lo bastante para comer y vestirse, no pocas
comodidades y placeres, buenos amigos, benévolos padres que las amaban
tiernamente y todavía no estaban contentas. (Al llegar aquí, las oyentes se
miraron a hurtadillas y se pusieron a coser diligentemente.) Estas chicas
deseaban ser buenas y tomaron excelentes resoluciones; pero por una cosa o por
otra, no lograban cumplirlas muy bien, y con frecuencia decían: “¡Si tuviéramos
tal o cual cosa!” o "¡si pudiéramos hacer esto o aquello!", olvidando
completamente cuánto tenían ya y cuántas cosas agradables podían ya hacer.
Fueron y preguntaron a una vieja qué métodos podrían usar para ser felices, y
ella les dijo: “Cuando se sientan descontentas, piensen en lo que poseen y
estén agradecidas." (Aquí Jo levantó la cabeza, como si fuera a hablar,
pero no lo hizo, al notar que la historia no había terminado.) Como eran chicas
razonables, decidieron seguir el consejo, y quedaron sorprendidas al ver lo
ricas que eran. Una descubrió que el dinero no podía evitar que la vergüenza y
la tristeza entraran en las casas de los ricos; otra, que, aunque pobre, era
mucho más feliz con su juventud, salud y buen humor, que cierta señora, vieja y
descontentadiza, que no sabía gozar de sus comodidades; una tercera, que
desagradable como era trabajar en la cocina, era más desagradable tener que
pedirlo como una limosna, y la cuarta, que las sortijas de cornalina no eran
tan valiosas como la buena conducta. Así, convinieron en dejar de quejarse,
gozar de lo que ya tenían y tratar de merecerlo, no fuera que lo perdiesen, en
vez de que aumentara; y creo que nunca se arrepintieron de haber seguido el
consejo de la vieja.
―
Vaya, mamá, qué habilidad para volver nuestros cuentos contra nosotras y darnos
un sermón en lugar de una historia ―exclamó Meg.
―A
mí me gusta esta clase de sermones; es de la misma clase que los que solía
contarnos papá ―dijo Beth, pensativa, poniendo en orden las agujas sobre la
almohadilla de Jo.
―No
me quejo nunca tanto como las demás, y ahora tendré más cuidado todavía, porque
lo sucedido a Susie me ha hecho reflexionar ―repuso Amy.
―Necesitábamos
esa lección y no la olvidaremos. Si lo hacemos, digamos, como la vieja Cloe en
El Tío Tom: piensen en sus bendiciones, niños, piensen en sus bendiciones ―
usurró Jo, que no podía resistir la tentación de sacar un chiste del
sermoncito, aunque lo tomase tan en serio como las demás.
CAPITULO
5
COMO
BUENOS VECINOS
¿Qué
disparate se te ha ocurrido ahora, Jo? ―preguntó Meg, una tarde de nieve,
viendo cruzar el vestíbulo a su hermana con botas de goma, un abrigo viejo con
capucha, la escoba en una mano y la pala en la otra.
―Salgo
para ejercitarme ―respondió Jo, con un guiño malicioso.
―
Hubiera pensado que dos paseos largos por la mañana te bastarían.
Hace
frío y está nublado; te aconsejo que te quedes al lado del fuego, como yo ―dijo
Meg, tiritando.
―Nunca
hago caso de los consejos; no puedo quedarme quieta todo el día, y como no soy
gata, no me gusta dormitar junto a la estufa.
Me
gustan las aventuras y voy a buscar alguna.
Volvió
Meg a calentarse los pies y leer Ivanhoe, y Jo comenzó a abrir sendas con mucha
energía. Como la nieve estaba floja pronto abrió con la escoba una senda
alrededor del jardín, para que Beth pudiera pasearse cuando saliera el sol,
porque sus muñecas enfermas necesitaban tomar aire. El jardín separaba la casa
de los señores March de la del señor Laurence, las dos estaban en un suburbio
de la ciudad, que todavía tenía mucho de campo, con bosquecillos, prados,
huertas y calles tranquilas. Un seto bajo separaba las dos propiedades. De un
lado había una vieja casa oscura, algo desnuda y descolorida, desprovista ahora
del follaje de su emparrado y de las flores que en verano la rodeaban. Del otro
lado una casa señorial de piedra, que denotaba a las claras las señales de la
comodidad y del lujo, en la cochera grande, en los paseos que conducían a los
invernaderos y en las cosas bellas entrevistas detrás de las lujosas cortinas.
Pero, a pesar de todo, parecía una casa solitaria, sin vida; no había niños que
jugaran en el césped, ni rostro maternal que sonriera desde la ventana, y con
la excepción del viejo señor y su nieto, poca gente salía y entraba.
A
los ojos de Jo era un palacio encantado, lleno de placeres y esplendores, que
nadie disfrutaba. Por mucho tiempo había deseado contemplar aquellas glorias
escondidas y tratar al muchacho Laurence, que parecía desear aquella amistad,
aunque no sabía cómo entablarla. Desde el baile había tenido aún más interés en
tratarlo y había imaginado varios modos de entrar en conversación con él; pero
no lo había visto por aquellos días y Jo ya empezaba a creer que se habría
marchado, cuando un día, en una ventana del piso alto, vio una cara morena
mirando con nostalgia al jardín de ellas, donde Beth y Amy se arrojaban bolas
de nieve.
"Ese
muchacho sufre por falta de compañía y diversión ―se dijo ―.
Su
abuelo no sabe lo que le conviene y lo tiene encerrado siempre solo.
Necesita
la compañía de chicos alegres que jueguen con él, o por lo menos de alguien que
sea joven y animado. Ganas me dan de pasar y decírselo así al viejo caballero.”
Aficionada a las aventuras, la idea le encantaba, y aunque sus acciones
escandalizaran a Meg, no echó al olvido el plan de “pasar” a la casa vecina, y
cuando llegó la tarde de la nevada, Jo estaba lista para intentarlo. Vio salir
en coche al señor Laurence, y entonces se puso a abrir un sendero hasta el
seto, donde se paró para hacer un reconocimiento.
Todo
estaba tranquilo; no se veían criados; en una ventana del piso alto, una cabeza
de pelo rizado y negro, apoyada sobre una mano delgada, era la única señal de
vida.
"Allá
está ―pensó Jo ―. ¡Pobre chico! ¡Completamente solo y enfermo en un día tan
triste! ¡Qué lástima! Arrojaré una bola de nieve y cuando mire le diré algo
para animarlo.” Allá fue la pelota de nieve y al momento el chico volvió la
cabeza, mostrando una cara que perdió su aspecto de tristeza, con ojos que se
alegraban y labios que sonreían. Jo hizo una señal, rió y agitó la escoba
mientras gritaba:
―¿Cómo
está usted? ¿Está enfermo?
Abrió
la ventana Laurie y gritó, ronco como un cuervo:
―Mejor,
gracias. He tenido un catarro terrible y llevo una semana encerrado en casa.
―Lo
siento mucho. ¿Cómo se distrae usted?
―De
ningún modo; esto es más aburrido que un sepulcro.
―¿No
lee usted?
―No
mucho; no me lo permiten.
―¿No
hay alguien que le lea algo en voz alta?
―Algunas
veces mi abuelo lo hace; pero mis libros no le interesan y no me gusta pedirle
siempre a Brook que me lea.
―Entonces,
llame a alguien que vaya a visitarlo.
―No
quiero ver a nadie. Los chicos hacen mucho ruido y me duele la cabeza.
―¿No
hay alguna muchacha amable que pueda leerle y entretenerlo?
Las muchachas
son más tranquilas y desempeñan con gusto el papel de enfermeras.
―No
conozco a ninguna.
―Me
conoce usted a mí ―comenzó a decir Jo, riéndose al punto y parándose.
―¡Claro
que la conozco! ¿Quiere usted hacerme el favor de venir?
―gritó
Laurie.
―Yo
no soy una persona agradable y tranquila, pero iré si mamá me lo permite. Voy a
preguntárselo. Cierre esa ventana, como buen muchacho, y espere que vuelva.
Con
estas palabras, Jo se cargó al hombro la escoba y entró en la casa,
preguntándose que pensarían de ella. Laurie estaba algo excitado con la idea de
recibir una visita y se apresuró a prepararse, porque, como la señora March
decía, era un "caballerito" Para hacer honor a su visita, se peinó el
cabello rizado, se puso un cuello limpio y trató de arreglar el cuarto, que, a
pesar de seis criadas, estaba de todo menos en orden. Pronto sonó una campana y
se oyó una voz decidida preguntando por don Laurie, y una criada, sorprendida,
entró precipitadamente para anunciar la visita de una señorita.
―Bueno,
que pase; es la señorita Jo ―dijo Laurie, acercándose a la puerta de su pequeño
despacho para recibir a Jo, que entró sonriendo y colorada, sin timidez alguna,
con un plato tapado en una mano y en la otra los tres gatitos de Beth.
―Aquí
estoy con alforja y equipaje ―dijo animadamente ―. Mamá lo saluda y se alegra
de que yo pueda ayudarle a pasar el tiempo. Meg me pidió que le trajera un
poquito de su pudding blanco; lo hace muy bien; Beth pensó que la vista de los
gatitos lo alegraría. Yo sabía que iban a molestarle, pero no pude rehusar, ya
que deseaba tanto contribuir con algo.
Resultó
que el gracioso préstamo de Beth tuvo gran éxito, porque al reírse de los
gatitos olvidó Laurie su timidez y entró en conversación fácilmente.
―Esto
parece demasiado bello para comerlo ―dijo sonriendo con placer, cuando Jo
destapó el plato y mostró el pudding blanco, adornado con una guirnalda de
hojas verdes y rojas del geranio favorito de Amy.
―No
vale nada; es sólo una manera de expresar nuestros buenos deseos. Diga a la
criada que lo guarde para cuando tome usted el té; es muy ligero y no le hará
daño; como es tan suave, se deslizará por la garganta sin lastimarla. ¡Qué
cuarto tan bonito!
―Podría
serlo si estuviera bien arreglado; pero las criadas son perezosas y no sé cómo
hacer para que se esmeren. Me hacen perder la paciencia.
―Yo
se lo pondré en orden en un abrir y cerrar de ojos; sólo necesita que se barra
delante de la chimenea, así... y arreglar las cosas sobre la repisa, así...
poner los libros aquí y los frascos allá, volver el sofá de espalda a la luz y
esponjar un poco los almohadones. Ahora está bien.
Lo
estaba, efectivamente; porque, riendo y charlando, Jo había puesto las cosas en
su sitio, de manera que el cuarto tenía otro aspecto.
Laurie
la observaba manteniendo un silencio respetuoso, y cuando ella lo invitó a
acomodarse en el sofá, se sentó, dando un suspiro de satisfacción y diciendo
con gratitud:
―¡Qué
amable es usted! Sí, eso era lo que faltaba. Ahora hágame el favor de sentarse
en la butaca y permítame que haga algo para entretener a mi visita.
―No;
yo soy quien ha venido para entretenerlo a usted. ¿Quiere que le lea en voz
alta? ―dijo Jo, mirando cariñosamente los libros que le parecían llenos de
interés.
―Muchas
gracias, pero los he leído todos; y, si no le desagrada, preferiría charlar
―respondió Laurie.
―Ni
en lo más mínimo; puedo hablar todo el día si me da usted cuerda. Dice Beth que
soy una cotorra.
―
¿Es Beth la de las mejillas rosadas, que se queda mucho en casa y sale, a
veces, con una cesta? ―preguntó Laurie con interés.
―Sí,
esa es Beth; es muy amiga mía y una niña bonísima.
―La
hermana bonita es Meg y la del pelo rizado es Amy, ¿No es así?
―¿Cómo
ha descubierto usted todo eso?
Laurie
se ruborizó, pero contestó francamente:
―Muchas
veces las oigo llamarse unas a otras, y cuando estoy aquí arriba solo no puedo
evitar mirar a su casa; ustedes siempre parecen estar contentas. Dispénseme si
soy descortés, pero a veces se olvidan de correr las cortinas donde están las
flores, y cuando están encendidas las lámparas, es un verdadero cuadro el que
forman ustedes con su madre, todas alrededor de la mesa; su madre se sienta
siempre enfrente y parece tan amable detrás de las flores, que no puedo dejar
de mirarla. No tengo madre, ¿sabe usted? ―y Laurie atizó el fuego para ocultar
un temblor nervioso en sus labios, que no podía dominar.
La
expresión de soledad y nostalgia de sus ojos conmovió a Jo.
Ella
había recibido una educación tan sencilla, que carecía de malicia, y a pesar de
haber cumplido quince años, era tan inocente y sincera como una pequeña. Laurie
estaba enfermo y solo, y comprendiendo lo rica que era ella en amor paternal y
felicidad, trató alegremente de compartir su riqueza con él. Había una
expresión muy amistosa en su cara morena y una dulzura poco acostumbrada en su
voz clara al decir:
―No
cerraremos más aquella cortina y le permitimos mirar todo lo que quiera. Pero
en vez de mirar, debía usted venir a vernos. Mi madre es tan buena, que le
haría mucho bien, y Beth le cantaría a usted, si yo se lo pidiera, y Amy
bailaría; Meg y yo lo haríamos reír con nuestros trajes teatrales y pasaríamos
ratos muy alegres. ¿No le permitiría su abuelo venir?
―Creo
que lo permitiría si su madre se lo pidiera. El es muy amable, aunque no lo
parece, y me deja hacer casi todo lo que quiero; solamente teme que moleste a
los extraños ―dijo Laurie, animándose gradualmente.
―Pero
no somos extraños, somos vecinos, y no nos molestaría nunca. Deseamos tratarnos
con usted y yo lo he intentado muchas veces.
No
llevamos aquí mucho tiempo, como usted sabe, y hemos hecho amistad con todos
los vecinos, menos con ustedes.
―Usted
verá: mi abuelo vive entre sus libros y no le interesa lo que pasa en el mundo.
El señor Brooke, mi profesor, no vive aquí, y no tengo nadie que pueda
acompañarme; me quedo en casa y me arreglo como puedo.
―Es
una lástima; debe animarse y hacer visitas a todas partes donde lo inviten; así
tendrá muchos amigos y casas agradables donde ir. No haga caso de su timidez;
no le durará mucho tiempo si empieza a salir.
Laurie
se puso colorado de nuevo, pero no se ofendió por lo de la timidez; había tanta
buena voluntad en los consejos de Jo, que era imposible tomarlos a mal.
―¿Le
gusta a usted su escuela? ―preguntó el chico, cambiando de conversación,
después de una breve pausa.
―No
voy a la escuela; soy hombre de negocios; muchacha de negocios, quiero decir.
Le hago compañía a mi tía, una querida vieja gruñona ―respondió Jo.
Laurie
iba a hacer otra pregunta, pero recordando a tiempo que no era cortés averiguar
demasiado las vidas ajenas, se calló otra vez, un poco cortado. Jo apreció sus
buenas maneras, pero como no le importaba mucho reírse un poco a costa de la
tía March, hizo una ingeniosa descripción de la señora vieja e impaciente, de
su perro de lanas, de su loro, que hablaba español, y de la biblioteca donde
tanto se divertía ella.
Laurie
escuchaba encantado, y cuando le contó el episodio del caballero viejo y
presumido que fue una vez a hacer la corte a la tía March, y cuando estaba en
medio de una bella frase el loro le quitó la peluca, con gran desaliento del
galán, el muchacho se desternilló de risa, y una criada asomó la cabeza por la
puerta para ver qué pasaba.
―¡Oh,
esto me hace mucho bien! ¡Siga, siga, haga el favor! ―dijo retirando la cara
del almohadón, colorada y resplandeciente de alegría.
Muy
satisfecha de su éxito, Jo siguió, efectivamente, y habló de sus juegos y
proyectos, de sus esperanzas y temores por su padre y los acontecimientos más
interesantes del mundo pequeño en el cual se movían las hermanas. Después se
pusieron a hablar de libros, y Jo descubrió con placer que Laurie los amaba
tanto como ella y había leído aún más.
―Si
le gustan tanto, bajemos para que vea los nuestros. Mi abuelo está fuera, no
tema ―dijo Laurie.
―Yo
no tengo miedo de nada ―respondió Jo, sacudiendo la cabeza.
―
¡Lo creo! ―contestó el chico, mirándola con admiración aunque pensando que no
le faltarían razones para tener miedo del viejo caballero si se encontraba con
él en algunos momentos de mal humor.
Como
toda la casa estaba muy templada, Laurie llevó a Jo de sala en sala, dejándola
examinar cualquier cosa que le llamara la atención, hasta que llegaron a la
biblioteca, donde ella dio unas cuantas palmadas y saltos, como solía hacer
cuando se entusiasmaba. La biblioteca estaba atestada de libros, y había
también cuadros y estatuas, vitrinas encantadoras llenas de monedas y
curiosidades, butacas que invitaban al descanso, mesas raras y figuras de
bronce, y, lo mejor de todo, una chimenea abierta, encuadrada por curiosos
azulejos.
―¡Qué
riqueza! ―suspiró Jo, dejándose caer en una butaca tapizada de terciopelo y
mirando a su alrededor con intensa satisfacción ―. Theodore Laurence, debería
usted ser el chico más feliz del mundo ―agregó, gravemente.
―Un
chico no puede vivir y alimentarse de libros ―dijo Laurie, sentándose sobre una
mesa de enfrente.
Antes
de que pudiera agregar más sonó una campana, y Jo dio un salto, exclamando
alarmada:
―
¡Ay de mí! ¡Es su abuelo!
―Bueno,
¿y qué importa? ¿Usted no tiene miedo de nada, verdad?
―respondió
el chico, con aire de picardía.
―Creo
que le tengo un poquito de miedo, pero no sé por qué. Mamá me dio permiso para
venir, y no creo que usted se haya empeorado por mi visita ―dijo Jo, dominándose,
aunque tenía los ojos clavados en la puerta.
―Al
contrario, me ha hecho mucho bien, y le estoy muy agradecido; pero temo que
usted se haya cansado de hablarme; es tan agradable, que no me resignaba a
parar ―repuso Laurie sinceramente.
―El
médico, que viene a verle a usted, señorito ―dijo la criada.
―Dispénseme
un minuto. Tengo que ir a verlo ―susurró Laurie.
―No
se preocupe por mí. Aquí estoy tan contenta como unas castañuelas ―respondió
Jo.
Se
fue Laurie y su visitante se entretuvo a su manera. Estaba enfrente de un buen
retrato del señor anciano, cuando la puerta volvió a abrirse, y, sin darse
vuelta, dijo ella decididamente:
―Ahora
estoy segura de que no le tendría miedo, porque sus ojos son benévolos aunque
la boca sea algo severa, y parece una de esas personas firmes que siempre hacen
lo que quieren. No es tan guapo como mi abuelo, pero me agrada.
―
¡Gracias, señorita! ―respondió una voz ronca a sus espaldas.
Volvióse
espantada, y se encontró frente a frente con el viejo señor Laurence. La pobre
Jo enrojeció hasta más no poder y su corazón empezó a latir a velocidad
vertiginosa. Un deseo violento de escaparse la invadió; pero significaba una
cobardía las y muchachas se reirían de ella; decidió quedarse y salir del paso
como pudiera. Otra mirada le mostró que los ojos vivaces que la miraban bajo
las cejas espesas y grises eran aún más benévolos que en el retrato; en ellos
había un guiño picaresco que aplacó en mucho su temor. La voz era aún más ronca
que antes cuando el viejo señor dijo bruscamente, después de una pausa
terrible:
―¿Conque
no me tiene miedo, eh?
―No
mucho señor.
―¿Y
no me ve usted tan guapo como su abuelo?
―No,
señor, no tanto.
―¿Y
hago siempre lo que quiero, no es así?
―Sólo
dije que parecía.
―Pero,
a pesar de eso, ¿le agrado?
―Así
es, señor.
Las
respuestas conformaron al viejo caballero; se rió un momento, le estrechó la
mano, y, asiéndola de la barbilla, le examinó la cara, diciendo después con un
movimiento de cabeza.
―Tiene
usted el espíritu de su abuelo, aunque no se parece a él; era buen mozo,
querida mía; pero, lo que vale más, era un hombre valiente y honrado, y me
siento orgulloso de haber sido su amigo.
―Gracias,
señor ―dijo Jo, perdiendo después de esto toda su timidez.
―¿Qué
ha estado usted haciendo con este muchacho mío? ―fue la pregunta siguiente,
hecha abruptamente.
―Solamente
he tratado de ser buena vecina, señor ―y Jo explicó el porqué de su visita.
―Piensa
usted que él necesita que lo animen un poquito; ¿no es así?
―Sí,
señor; parece algo solitario, y quizá la compañía de jóvenes le haría bien.
Somos solamente muchachas, pero nos alegraríamos de poder ayudar, si es
posible, porque no nos olvidamos del magnífico regalo de Navidad que usted nos
envió ―dijo vivamente Jo.
―
¡Ta, ta, ta! ¡Fue cosa del chico! ¿Cómo está la pobre mujer?
―Muy
mejorada, señor ―y Jo se puso a hablar velozmente de la familia Hummel, en la
cual su madre había interesado a amigos más ricos que ellas.
―Esa
era la manera que tenía el padre de su madre de usted de hacer el bien. Iré a
ver a su madre algún día. Dígaselo así. Ya suena la campana para el té; lo
tomamos temprano a causa del chico. Baje con nosotros, y siga siendo buena
vecina.
―Si
no le estorba mi compañía, señor.
―Si
me estorbara no la invitaría ―respondió el señor Laurence, ofreciéndole el
brazo con la cortesía de los viejos tiempos.
“¿Qué
diría Meg si nos viera?”, pensó Jo, mientras caminaba con su nuevo amigo,
imaginándose cómo la escucharían en su casa cuando les contara los
acontecimientos del día.
―¿Qué
mosca le ha picado al mozo? ―dijo el viejo señor, mientras Laurie bajaba
corriendo la escalera y se paraba en seco, estupefacto, a la vista de Jo del
brazo de su formidable abuelo.
―No
sabía que había usted vuelto, señor ―dijo mientras echaba a Jo una mirada
triunfal.
―Se
ve que no lo sabía por la manera de bajar la escalera. Venga usted a tomar el
té, señor, y pórtese como un caballero –y después de dar al muchacho un
cariñoso tirón de pelo, el señor Laurence continuó andando mientras su nieto
gesticulaba a sus espaldas con tanta gracia, que por poco provocan una
explosión de risa en Jo.
Mientras
bebía cuatro tazas de té, el abuelo habló poco pero observaba a los jóvenes,
que charlaban como antiguos amigos, y no le pasó inadvertido el cambio operado
en su nieto. Había color y vivacidad en la cara del chico y una alegría genuina
en su risa.
“Ella
tiene razón; el chico está muy solo. Veré lo que pueden hacer esas niñas para
solucionarlo”, pensó el señor Laurence, mientras observaba y escuchaba. Jo le
gustaba por sus maneras bruscas y originales; parecía entender al muchacho casi
tan bien como si ella misma fuera muchacho.
Si
los Laurence hubieran sido lo que Jo llamaba “tiesos y almidonados”, no se
hubiera entendido con ellos, porque la gente así siempre la coartaba e
irritaba; pero viéndolos tan francos y naturales, ella lo estaba también y les
produjo buena impresión. Cuando se levantaron quiso despedirse, pero Laurie
dijo que tenía algo más que mostrarle, y la condujo al invernadero que estaba
iluminado en su honor. Era como un lugar encantado, con las paredes cubiertas
de flores de cada lado, la dulce luz, el aire húmedo y tibio y las vides y
plantas exóticas. Su nuevo amigo cortó las flores más bellas, y las ató en un
ramo, diciendo, con mirada alegre:
―Hágame
el favor de dárselas a su señora madre, y dígale que me gusta mucho la medicina
que me envió.
Encontraron
al señor Laurence de pie delante del fuego en el salón.
La
atención de Jo quedó completamente cautivada por un hermoso piano de cola,
abierto.
―¿Toca
usted el piano? –preguntó Jo volviéndose a Laurie con expresión llena de
respeto.
―
Algunas veces –respondió.
―Hágame
el favor de tocar el piano ahora; deseo oírlo para contárselo a Beth.
―¿No
querrá usted tocar primero?
―No
sé tocar; soy demasiado torpe como para aprender, pero me gusta mucho la
música.
Tocó
Laurie el piano, y Jo lo escuchó con la nariz escondida entre heliotropos y
rosas. Su respeto y estimación del “muchacho Laurie” aumentó, porque tocaba muy
bien y sin presunción. Deseaba que Beth pudiese oírle, pero no lo dijo; elogió
su arte hasta confundir al chico, y su abuelo lo sacó del aprieto.
―
Basta, basta, señorita, no le convienen tantas alabanzas. No está mal su
música, pero espero que sea tan aplicado en cosas más importantes.
¿Se
va usted ya? Bueno, muchas gracias, y venga otra vez. Mis saludos a su señora
madre; buenas noches, doctor Jo.
Le
dio la mano amablemente, pero parecía algo contrariado.
Cuando
estaban en el vestíbulo, Jo preguntó si había dicho alguna cosa inconveniente,
pero Laurie meneó la cabeza.
―No;
la falta fue mía; no le gusta oírme tocar el piano.
―¿Por
qué no?
―Se
lo diré otro día. John la acompañará a su casa, porque yo no puedo hacerlo.
―No
es necesario; no soy una señorita, y estoy a un paso. Cuídese mucho.
―Sí,
pero espero que volverá.
Si
usted promete venir a vemos cuando se haya restablecido.
―Lo
haré con mucho gusto.
―Buenas
noches, Laurie.
―Buenas
noches, Jo, buenas noches.
Cuando
contó todas las aventuras de la tarde, la familia se sintió inclinada a hacer
una visita en corporación, porque cada una encontró algo muy atractivo en la
casa grande. La señora March deseaba hablar de su padre con el anciano, que no
lo había olvidado; Meg, anhelaba pasearse por el invernadero; Beth, suspiraba
por tocar el piano de cola, y Amy ambicionaba ver los bellos cuadros y
estatuas.
―Mamá,
¿por qué no le gustó al señor Laurence oír tocar el piano a Laurie? ―preguntó
Jo.
―No
estoy segura, pero pienso que la razón es que su hijo se casó con una señora
italiana, estudiante de música, lo cual enojó al viejo, que es muy orgulloso.
La señora era buena, hermosa y culta, pero a él no le gustó, y desde el
casamiento no volvió a ver a su hijo. Los padres de Laurie murieron siendo él
pequeño y entonces el abuelo lo trajo a su casa. Me imagino que el chico, que
nació en Italia, no es muy fuerte, y que el viejo teme perderlo, por lo cual lo
cuida mucho. El amor a la música le viene a Laurie de nacimiento, porque se
parece a su madre, y me figuro que su abuelo teme que quiera ser músico; de
todas maneras, su habilidad le recuerda a la mujer que no quería, y por eso
frunció el ceño, como dice Jo.
―¡Ay
de mí! , ¡qué romántico! ―exclamó Meg.
―¡Qué
tonto! ―dijo Jo ―; que lo dejen ser músico si quiere, y no lo fastidien
mandándolo al colegio aunque lo aborrezcan ―Eso explica por qué tiene ojos
grandes y negros, y buenos modales, supongo; los italianos siempre son
simpáticos ―dijo Meg, que era algo sentimental.
―¿Qué
sabes tú de sus ojos y de sus modales? Apenas has hablado con él ―gritó Jo, que
no tenía nada de sentimental.
―Lo
vi en el baile, y lo que has contado demuestra que sabe cómo conducirse. Lo que
dijo de la medicina enviada por mamá estuvo muy bien dicho.
―Supongo
que él quiso decir el pudding blanco.
―
¡Qué tonta eres, niña! Quiso decir que tú lo eras, eso está bien claro.
―¿De
veras? ―dijo Jo, abriendo los ojos, como si no se le hubiera ocurrido tal cosa
antes.
―
¡Jamás he visto una muchacha como tú! Cuando recibes un cumplido no te enteras
― epuso Meg, con aspecto de persona entendida.
―Pienso
que es todo tontería; te agradeceré que no seas tonta y no estropees mi
diversión, Laurie es un buen chico y me gusta; no consiento alusiones
sentimentales o cumplimientos y estupideces por el estilo, seremos buenas con
él, porque es huérfano de padre y madre, y puede venir a visitarnos; ¿verdad,
mamá?
―Sí,
Jo; tu amiguito será bienvenido, y espero que Meg recordará que las niñas deben
ser niñas tanto tiempo como puedan.
―Yo
no me tengo por niña, y aún no he entrado en los trece años ―dijo Amy ―. ¿Qué
dices tú, Beth?
―Yo
pensaba en nuestro “Peregrino" ―respondió Beth, que no había oído una
palabra ―. Cómo salíamos del Pantano del Desaliento y pasamos por la Puerta
Estrecha al resolver ser buenas y subimos al collado Dificultad, procurando
serio; y esa casa allá va a ser nuestro Palacio Hermoso.
―Pero
antes tenemos que pasar junto a los leones ―dijo Jo, como si la perspectiva de
tal encuentro fuera muy atrayente.
CAPITULO
6
BETH
DESCUBRE EL PALACIO HERMOSO
La
casa grande resultó ser un palacio hermoso, aunque pasó algún tiempo antes de
que todas entraran en él. Beth encontró muy difícil pasar junto a los leones.
El viejo señor Laurence fue el más grande de todos; pero después de su visita,
cuando dijo algo gracioso o amable a cada muchacha, y habló de tiempos viejos
con la señora March, nadie, con excepción de la tímida Beth le temía mucho.
El
otro león era su pobreza y la riqueza de Laurie; porque no querían aceptar
atenciones a las cuales no podían corresponder. Pero después de algún tiempo
descubrieron que él era quien se consideraba favorecido; todo le parecía poco
para demostrar su gratitud a la bienvenida maternal de la señora March, la
compañía alegre de las chicas y el consuelo que encontró en su humilde casa; de
modo que pronto olvidaron el orgullo y cambiaron atenciones mutuas, sin
detenerse a pensar cuál era mayor.
La
nueva amistad crecía como hierba en primavera. A todas les gustaba Laurie, y
él, por su parte, dijo confidencialmente a su abuelo que las March eran
muchachas excelentes. Con el delicioso entusiasmo de la juventud, acogieron al
muchacho solitario de tal manera que pronto era como de la casa, y halló
encantador el compañerismo inocente de aquellas chicas sencillas. No habiendo
conocido jamás madre ni hermanas, experimentó pronto su influencia; su
dinamismo y laboriosidad lo avergonzó de la vida indolente que llevaba. Estaba
cansado de libros y ahora le interesaban tanto las personas, que el señor
Brooke, su profesor, tuvo que dar informes poco satisfactorios de su trabajo;
porque Laurie siempre "hacía rabonas" y se escapaba a casa de la
señora March.
―No
haga caso; déjelo que se tome una vacación, y, después recuperará el tiempo
perdido ― ijo el viejo señor ―. La buena señora, nuestra vecina, dice que él
estudia demasiado y necesita compañía joven, diver― sión y ejercicio. Sospecho
que tiene razón, y que yo he estado cuidando al muchacho como si fuese su
abuela. Que haga lo que quiera, con tal que sea feliz; no puede hacer muchas
picardías en esa casa de monjitas, y la señora March le ayuda más que nosotros.
¡Qué
buenos ratos pasaban! ¡Qué representaciones y cuadros vivos!
¡Qué
carreras de trineos y juegos de patinar! ¡Qué veladas tan alegres en la vieja
sala, y de vez en cuando convites en la casa grandel Meg podía pasearse por el
invernadero cuando quería y disfrutar de las flores; Jo devoraba los libros y
hacía desternillar de risa al viejo caballero con sus críticas; Amy copiaba
cuadros y se complacía con la belleza de estatuas y estampas, y Laurie hacía
los honores de la casa de una manera encantadora.
Pero
Beth, aunque muy atraída por el piano de cola, no tenía valor para ir a la
"mansión de la dicha", como la llamaba ella. Fue una vez con Jo, pero
el viejo señor, ignorante de su debilidad, la miró fijamente por debajo de sus
espesas cejas, lanzando un "¡ah!" tan fuerte que la dejó aterrada; se
fue corriendo y declaró que no volvería más ni aun por el piano querido. No
hubo razonamientos ni ruegos que pudieran vencer su miedo, hasta que, al llegar
el hecho a oídos del señor Laurence de modo misterioso, él se encargó de buscar
una solución. Durante una de sus breves visitas, dirigió hábilmente la
conversación hacia la música; habló de los famosos cantantes que había visto,
de los bellos órganos que había oído, y contó anécdotas tan interesantes, que
Beth, dejando su rincón lejano, fue acercándose poco a poco, como fascinada. Se
puso detrás de la silla del viejo y escuchaba con los bellos ojos bien abiertos
y las mejillas coloreadas por la emoción. Sin hacer más caso de ella que si
hubiese sido una mosca, el señor Laurence continuó hablando de las lecciones y
maestros de Laurie; y entonces, como si la idea se le acabara de ocurrir, dijo
a la señora March:
―El
chico descuida ahora la música, me alegro, porque se estaba aficionando
demasiado. Pero el piano sufre por la falta de uso; ¿no le gustaría a alguna de
sus hijas venir a practicar de vez en cuando para que no se desafine?
Beth
avanzó un poquito, apretándose las manos para no dar palmadas, porque la
tentación era fuerte, y el pensamiento de practicar en aquel magnífico
instrumento casi le quitó el aliento. Antes de que pudiese responder la señora
March, el señor Laurence continuó diciendo con un curioso movimiento de cabeza:
―No
necesitan ver o hablar a nadie, sino entrar a cualquier hora; yo estoy
encerrado en mi estudio, al otro extremo de la casa; Laurie está mucho fuera, y
pasadas las nueve las criadas no se acercan al salón.
Al
decir esto, se levantó como para irse y añadió:
―Hágame
el favor de repetir lo que he dicho a las niñas, pero si no desean venir no
importa.
En
esto una mano pequeña se deslizó en la suya, y Beth levantó a él los ojos, con
la cara llena de gratitud, diciendo con sinceridad, aunque tímida:
―Sí,
señor; ¡lo desean mucho, muchísimo!
―
¿Eres tú la aficionada a la música? ―preguntó él sin brusquedad, mirándola
cariñosamente.
―Soy
Beth; me gusta muchísimo la música e iré, si está usted seguro de que nadie me
oirá y que no molestaré ―añadió, temiendo ser descortés y temblando de su
propia audacia a medida que hablaba.
―Ni
un alma, querida mía; la casa está vacía la mitad del día; ven y haz todo el
ruido que quieras; te lo agradeceré.
―¡Qué
amable es usted, señor!
Beth
se ruborizó bajo su mirada amistosa, y ya sin miedo, le estrechó la mano,
porque le faltaban palabras para darle las gracias por el regalo precioso que
le había hecho. El viejo caballero le acarició suavemente la cabeza, e
inclinándose la besó, diciendo en tono raro en él:
―Yo
tenía una niña con los ojos como los tuyos, Dios te bendiga, querida mía.
¡Buenos días, señora! ―y se fue precipitadamente.
¡Cómo
cantaba Beth aquella tarde, y cuánto se rieron de ella porque durante la noche
despertó a Amy tocando el piano sobre su cara, en sueños! Al día siguiente,
habiendo visto salir al abuelo y a su nieto, Beth, después de retroceder dos o
tres veces, entró por la puerta lateral y se encaminó silenciosa como un
ratoncillo, al salón donde estaba su ídolo. Por casualidad, había algunas
piezas fáciles de música sobre el piano; con manos temblorosas y haciendo
pausas frecuentes para escuchar y mirar alrededor, Beth tocó al fin el
magnífico instrumento; inmediatamente olvidó su miedo, se olvidó de sí misma y
lo olvidó todo por el encanto indecible que le daba la música, porque era como
la voz de un amigo querido.
Se
quedó allí hasta que Hanna vino a buscarla para la comida; pero no tenía
apetito, y no hacía más que sonreír a todas en estado de perfecta beatitud.
Desde
entonces, casi todos los días, la capuchita bruna atravesó el seto, y un
espíritu melodioso, que parecía entrar y salir sin ser visto, visitaba el salón
grande. Jamás supo que muchas veces el viejo señor abría la puerta de su
estudio para escuchar los aires antiguos, que le gustaban; jamás vio a Laurie
hacer guardia en el vestíbulo para que no se acercasen las criadas; jamás
sospechó que los libros de ejercicios musicales y las canciones nuevas,
colocadas en el musiquero, habían sido puestos allí para ella; y cuando en su
casa el muchacho hablaba de música con ella, sólo pensó en su amabilidad al
decirle cosas que la ayudaban tanto. De manera que disfrutó mucho y halló que
la realidad era tan buena como su deseo la había imaginado, cosa que no se ve siempre
en la vida. Quizá por estar tan agradecida a esta bendición recibió otra; de
todas maneras, merecía las dos.
―Mamá,
he pensado bordar un par de zapatillas para el señor Laurence.
Es
tan amable conmigo, que debo agradecerle, y no sé otro modo de hacerlo. ¿Puedo
bordarlas? ―preguntó Beth, unas semanas después de su visita.
―Sí,
querida mía; le agradará mucho, y será un buen modo de darle las gracias. Las
muchachas te ayudarán con ellas, y yo pagaré el gasto de poner las suelas
cuando estén listas.
Después
de largas discusiones con Meg y Jo, se escogió el dibujo, se compraron los
materiales y se comenzaron las zapatillas. Encontraron apropiado un pequeño
ramillete de pensamientos, serios sin dejar de ser alegres, sobre un fondo de
púrpura más oscuro, que Beth bordó, ayudándola sus hermanas, de vez en cuando,
en las partes más difíciles.
Como
era muy hábil para las labores de aguja, las zapatillas se terminaron antes de
que llegaran a aburrir a ninguna de ellas. Entonces escribió una cartita
sencilla, y con la ayuda de Laurie logró ponerlas furtivamente encima de la
mesa del estudio, una mañana, antes de que se levantase el viejo caballero.
Pasada
la emoción del momento, Beth esperó para ver qué sucedería.
Pasé
todo el día y parte del siguiente sin que llegase una respuesta, y comenzaba a
temer que había ofendido a su enigmático amigo.
La
tarde del segundo día salió para hacer un recado. Al volver vio desde la calle
a tres, mejor dicho, cuatro cabezas que aparecían y desaparecían en la ventana
de la sala, y luego oyó varias voces alegres que le gritaban:
―
¡Carta del viejo señor para ti! ¡Ven corriendo!
―
¡Beth! ¡Te ha enviado...! ―comenzó a decir Amy, gesticulando con desusada
energía; pero no pudo decir más porque las otras cerraron la ventana.
Beth,
sorprendida, apuró el paso; a la entrada la agarraron sus hermanas, y en
procesión triunfal la llevaron a la sala, diciendo a la vez:
―
¡Mira! ¡Mira!
Beth
miró, efectivamente, y palideció de alegría y sorpresa al contemplar un pequeño
piano vertical, sobre cuya tapa brillante había una carta dirigida a la
"señorita Elizabeth".
―¿Para
mí? ―preguntó Beth, agarrándose a Jo para no caer al suelo, de emoción.
―
¡Claro que es para ti, querida mía! ¡Qué generoso ha sido! ¿No te parece que es
el anciano más bueno del mundo? Aquí está la llave, dentro de la carta, no la
hemos abierto, aunque estábamos deshechas por saber lo que dice ―gritó Jo,
abrazándose a su hermana y dándole la cartita.
―
¡Léela tú; yo no puedo; me siento tan extraña! ¡Qué hermoso es!
―y
Beth escondió la cara en el delantal de Jo, completamente dominada por su
emoción.
Jo
abrió el sobre y se echó a reír, porque las primeras palabras que vio eran:
"Señorita
March. Muy señorita mía:
―¡Qué
bien suena! Quisiera que alguien me escribiese así ―dijo Amy, pensando que tal encabezamiento
era muy elegante.
"He
tenido muchos pares de zapatillas en mi vida, pero ningunas que me hayan
quedado tan bien como las suyas ―continuó Jo ―. El pensamiento es mi flor
preferida, y éstos me recordarán siempre a la amable donante. Me gusta pagar
mis obligaciones, por lo cual creo que usted permitirá al "caballero
anciano" enviarle algo que perteneció en otro tiempo a la pequeña nieta
que perdió. Expresando a usted mis cordiales gracias y buenos deseos, quedo “Su
amigo agradecido y atento servidor, James Laurence.” ―Vaya, Beth, éste es un
honor del cual puedes estar orgullosa.
Laurie
me dijo cuánto quería el señor Laurence a la niña que murió y con cuánto
cuidado guardaba todas sus cosas. Piénsalo bien, te ha dado su mismo piano.
Mira lo que resulta de tener ojos grandes y azules y ser aficionada a la música
―dijo Jo, tratando de calmar a Beth, que temblaba tan excitada como jamás
estuviera en su vida.
―Mira
los encantadores candeleros y la seda verde, que parece tan bonita con la rosa
de oro en el centro, y el taburete, todo completo ―replicó Meg, abriendo el
instrumento para mostrar sus bellezas.
―"Su
atento servidor, James Laurence", y te lo ha escrito a ti. ¡Figúrate!
Tengo
que decírselo a las chicas; les parecerá estupendo ―agregó Amy, muy
impresionada.
―¡Tócalo,
hija de mi alma!, que oigamos el sonido del pianillo ―dijo Hanna, que siempre
participaba de las alegrías y tristezas de la familia.
Beth
tocó, y todas declararon que era el piano más extraordinario que habían oído.
Evidentemente
acababa de ser afinado y arreglado, pero, a pesar de su perfección, creo que el
verdadero encanto para ellas consistía en la cara radiante de felicidad con que
Beth tocaba cariñosamente las hermosas teclas, blancas y negras, y apretaba los
brillantes pedales.
―Tendrás
que ir a darle las gracias ―dijo Jo, por pura broma, porque no tenía la menor
idea de que la niña fuera de veras.
―Sí,
pienso hacerlo; y mejor será hacerlo ahora mismo, antes de que me entre miedo
pensándolo mucho ―y con indecible asombro de toda la familia, Beth salió al
jardín, atravesó el seto y entró en casa de los Laurence.
―¡Válgame
Dios! ¡Esto sí que es la cosa más extraña que he visto en mi vida! Tiene la
cabeza trastornada por el piano.
―Si
no hubiera perdido el juicio, no hubiera ido ―exclamó Hanna, viéndola marchar.
El milagro dejó mudas a las muchachas.
Se
hubieran sorprendido aún más de haber visto lo que hizo Beth después. Fue y
llamó a la puerta del estudio sin darse tiempo para pensar; y cuando una voz
ronca gritó "adelante", entró y se acercó al señor Laurence, que
parecía completamente sorprendido; ella extendió la mano y dijo con voz
temblorosa:
―He
venido para darle las gracias, señor, por. . . ―pero no concluyó porque él
parecía tan amable, que se olvidó por completo de su discurso, y acordándose
sólo de que había perdido su niña querida, le echó los brazos al cuello y le
dio un beso.
Si
el techo de la casa se le hubiera caído, no se hubiera sorprendido más el
anciano caballero; pero le gustó, sin duda, le gustó extraordinariamente, y
tanto lo conmovió y agradó aquel beso, lleno de confianza, que toda su aspereza
desapareció; sentó a la niña en sus rodillas y puso su mejilla arrugada sobre
la rosada mejilla de su amiguita, imaginándose que tenía a su propia nieta otra
vez. Beth perdió su miedo desde aquel momento, y sentada allí charló con su
viejo amigo tan tranquila como si lo hubiese conocido toda su vida; el amor
desecha el temor, y la gratitud vence el orgullo. Cuando volvió a su casa, él
la acompañó hasta su propia puerta, le estrechó la mano cordialmente y se quitó
el sombrero al retirarse, muy arrogante y erguido, como marcial caballero que
era.
Cuando
las muchachas vieron semejante despedida, Jo se puso a danzar, Amy casi se cayó
de la ventana y Meg exclamó, elevando las manos:
―¿No
se hunden las esferas?
CAPITULO
7
AMY
PASA POR EL VALLE DE LA HUMILLACION
¿No
es ese muchacho un verdadero cíclope? ―dijo Amy un día, al ver pasar a Laurie a
caballo haciendo floreos con el látigo.
―¿Cómo
te atreves a decir tal cosa, cuando el chico tiene sus dos ojos? ¡Y muy
hermosos que son! ―exclamó Jo, a quien no le gustaba oír observaciones
desconsideradas sobre su amigo.
―No
he dicho nada de sus ojos, y no comprendo por qué te enojas cuando admiro su
modo de montar a caballo.
―¡Válgame
Dios! ; esta boba quiso decir un centauro y lo llamó un cíclope ―exclamó Jo.
―No
hay que ser tan descortés; fue solamente un lapsus linguae, como dice el señor
Davis ― espondió Amy, dejando estupefacta a Jo con su latín.
―Quisiera
tener una parte del dinero que Laurie se gasta en ese caballo ―añadió, como si
hablara para sí, pero con la esperanza de que la oyesen sus hermanas.
―¿Por
qué? ―preguntó Meg amablemente.
―
¡Me hace tanta falta! ; tengo muchísimas deudas y falta un mes para que me
llegue el turno de recibir el dinero para mis gastos.
―¿Tienes
deudas, Amy?; ¿qué quieres decir? ―preguntó gravemente.
―Debo,
por lo menos, una docena de limas y no puede pagarlas, ya ves, hasta que tenga
el dinero, porque mamá no permite que se anote nada a cuenta en la tienda.
―Dímelo
todo ―es que están las limas de moda ahora? Antes era guardar cachos de goma
para hacer pelotas.
Ya
ves, las chicas están siempre comprándolas, y si una no quiere que la
consideren tacaña, tiene que comprarlas también. No piensan más que en las
limas. Todas las están chupando en sus pupitres durante las horas de escuela y
las cambian por lápices, sortijas de azabache, muñecas de papel u otra cosa
durante el recreo. Si una muchacha es amiga de otra, le regala una lima; si la
quiere fastidiar, come una lima delante de ella, sin ofrecerle ni una chupada.
Se convidan por turno, y yo he recibido muchísimas, pero no he podido
corresponder y debo hacerlo, porque son deudas de honor; ¿comprendes?
―¿Cuánto
costaría pagarlas todas y restituir tu crédito? ―preguntó Meg, sacando su
portamonedas.
―Un
peso bastaría; y aún sobrarían unos centavos para regalarte algunas. ¿No te
gustan las limas?
―No
mucho; puedes tomar mi parte. Aquí tienes el dinero; hazlo durar todo lo que
puedas, porque ya sabes que no hay mucho.
―¡Oh;
gracias!, ¡qué lindo debe ser tener dinero propio! Tendré un verdadero
banquete, porque esta semana no he probado ni una. No me animaba a tomarlas, no
pudiendo yo dar otras y sufro por no tenerlas.
Al
día siguiente Amy llegó algo tarde a la escuela; no pudo resistir la tentación
de mostrar, con orgullo excusable, antes de ponerlo en el interior de su
pupitre, un paquete de papel oscuro.
En
muy pocos minutos corrió por su grupo el rumor de que Amy March tenía
veinticuatro limas, y que iba a convidar; sus amigas la colmaban de atenciones.
Katy Brown la invitó a su próxima fiesta; Mary Kingsley insistió en prestarle
su reloj hasta la hora del recreo, y Jenny Snow, una señorita algo mordaz, que
se había burlado mucho de Amy cuando ésta no tenía limas, inmediatamente
intentó hacer las paces y se ofreció a proporcionarle las soluciones de algunos
formidables problemas de aritmética. Pero Amy no se había olvidado de las
cáusticas observaciones que hiciera en otras ocasiones, y destruyó las
esperanzas de aquella muchacha con un telegrama aterrador: "Es inútil que
te vuelvas amable de repente, porque no tendrás ninguna.
Sucedió
aquella mañana que un personaje visitó la escuela y elogió los mapas de Amy,
dibujados con mucha habilidad. Aquel honor a su enemiga irritó a la señorita
Snow y puso ufana como un pavo real a la señorita March. Pero, ay, el orgullo
nunca está lejos de la caída, y la vengativa Snow devolvió el rechazo con
desastroso resultado. Tan pronto como el visitante hizo los elogios
acostumbrados y se marchó, Jenny, so pretexto de hacer una pregunta importante,
hizo saber al señor Davis, el profesor, que Amy March tenía limas dentro de su
pupitre.
El
señor Davis había prohibido las limas y había jurado a la vista de todas dar
palmetazos a la primera persona descubierta en flagrante quebranto de la regla.
Este hombre había logrado, tras una guerra larga y borrascosa, desterrar la
goma de mascar, había hecho una hoguera de novelas y periódicos confiscados,
había suprimido una estafeta privada, había prohibido muecas, motes y
caricaturas; en fin, había hecho todo lo que puede hacer un hombre para tener
en orden a cincuenta chicas rebeldes. Dios sabe cómo ponen a prueba los chicos
la paciencia humana; pero las chicas son mucho peores, en especial para señores
nerviosos, de temperamento tiránico y escaso talento para la enseñanza. El
señor Davis sabía mucho de griego, latín, álgebra y demás materias, y por ello
era considerado como un buen profesor; pero de modales, sentimiento, moral y
buen ejemplo no hacía mucho caso. El momento para denunciar a Amy era
calamitoso, y Jenny lo sabía.
Evidentemente,
aquella mañana el señor Davis había tomado el café demasiado fuerte; el viento
era del este, cosa que siempre agravaba su neuralgia, y sus alumnas no lo
habían dejado en tan buen lugar como él creía merecer; estaba de un humor de
perros. La palabra “limas” fue como el fósforo acercado a la pólvora.
Enrojeciendo
de ira, golpeó el pupitre con tanta energía, que Jenny saltó a ocupar su
asiento con ligereza poco usual.
―Señoritas,
háganme el favor de atender.
Cesó
el murmullo, y cincuenta pares de ojos azules, grises, negros y color castaño
se fijaron obedientemente sobre el rostro terrible del profesor.
―Señorita
March, venga usted aquí.
Amy
se levantó para obedecer, serena en apariencia, pero con secreto miedo por sus
limas.
―Traiga
las limas que tiene en el pupitre ―fue la orden inesperada, que la paralizó
antes de levantarse.
―No
las lleves todas ―murmuró su vecina, como señorita de mucha presencia de ánimo.
Amy
sacó precipitadamente seis y puso las otras delante del señor Davis, pensando
que cualquier hombre que tuviese corazón se conmovería por aquel aroma
encantador. Desgraciadamente, el señor Davis detestaba el olor de la lima, y la
repugnancia aumentó su enojo.
―¿Están
todas?
―No
todas ―balbuceó Amy.
―Traiga
las restantes inmediatamente.
Echando
una mirada de desesperación a su "camarilla", obedeció.
―¿Está
usted segura de que no hay más?
―Nunca
miento, señor.
―Así
lo veo, Ahora tome esas cosas repugnantes de dos en dos y tírelas por la
ventana.
Se
alzó un suspiro simultáneo al desvanecerse la última esperanza de gozar el
codiciado regalo. Roja de vergüenza y rabia, Amy fue y volvió doce veces
mortales, y al dejar caer cada par de las jugosas frutas, un grito en la calle
completó la congoja de las chicas, porque les indicó que los niños irlandeses,
sus enemigos declarados, iban a disfrutar el festín que ellas se perdían.
Cuando
Amy volvía del último viaje, el señor Davis lanzó un siniestro
"ejem", y dijo con su voz más solemne:
―Señoritas:
ustedes recordarán lo que dije hace una semana. Siento mucho lo ocurrido, pero
jamás permito que mis reglas se quebranten y nunca falto a mi palabra. Señorita
March, haga usted el favor de extender la mano.
Amy
se sobresaltó y puso las manos a la espalda, dirigiéndole una mirada suplicante
que abogaba en su favor mejor que cuanto hubiera podido decir. Era una de las
alumnas predilectas de "el viejo Davis", y hubiera quebrantado su
palabra si una señorita, sin poder contenerse, no hubiera dejado escapar su
indignación en un silbido. Aquel silbido, aunque débil, exasperó al irascible
profesor, y decidió la suerte de la culpable.
―Extienda
la mano, señorita March.
Demasiado
orgullosa para llorar o implorar perdón, Amy apretó los dientes, echó hacia
atrás la cabeza y, sin vacilar, aguantó sobre su palma pequeña unos golpes
picantes. Ni fueron muchos ni fuertes, pero para ella era lo mismo. Por primera
vez en su vida le habían pegado, y a sus propios ojos la vergüenza era tan
grande como si la hubiera derribado al suelo.
―Quédese
de pie en la plataforma hasta la hora del recreo ―dijo el señor Davis, resuelto
a acabar bien lo que había comenzado.
Aquello
era terrible; dar la cara a toda la escuela, llena de vergüenza por lo que
acababa de aguantar, le pareció imposible, y por un momento creyó que iba a
caer desplomada llorando hasta romperse el corazón. La sensación de haber
sufrido una injusticia y el pensamiento de Jenny Snow la ayudaron a sostenerse.
Poniéndose en el lugar ignominioso, clavó los ojos sobre la chimenea de la
estufa por encima de lo que parecía un mar de caras; tan quieta se mantenía y
tan pálida estaba, que las chicas apenas podían estudiar con aquella figura pequeña
y lastimosa enfrente de ellas.
Durante
los quince minutos siguientes, la niña orgullosa y sensitiva soportó una
vergüenza y un dolor que jamás olvidaría. El incidente podría ser trivial y
risible para otras, pero para ella constituía una dura experiencia; durante los
doce años de su vida sólo el amor la había gobernado y jamás había recibido un
golpe. El escozor de la mano y el dolor del corazón desaparecían ahora ante el
penoso pensamiento:
“Tengo
que contarlo todo en casa, ¡y qué desengaño voy a darles!” Los quince minutos
parecían una hora, pero al fin se acabaron.
Nunca
había oído con tanto deseo la palabra "recreo".
―Puede
retirarse, señorita March ―dijo el señor Davis, pareciendo, como en realidad lo
estaba, algo avergonzado.
No
olvidó pronto la mirada acusadora que Amy le echó, dirigiéndose, sin decir una
palabra a nadie, al vestíbulo, para recoger sus cosas y abandonar aquel lugar
"para siempre", según se decía a sí misma apasionadamente.
Estaba
en deplorable estado cuando llegó a su casa; y cuando volvieron las chicas
mayores, algo más tarde, se convocó al punto una reunión de protesta.
La
señora March dijo poco, pero parecía perturbada, y calmó a su hija de manera
más cariñosa. Meg lavó la mano ofendida con glicerina y con sus propias
lágrimas. Beth pensé que para tales dolores ni siquiera sus gatitos queridos
serían capaces de ofrecer un bálsamo reparador, y Jo, muy enojada, propuso que
el señor Davis fuese arrestado sin demora, mientras Hanna se deshacía de rabia
contra "el miserable", y machacaba las patatas para la comida como si
lo tuviera á él bajo la maza de su mortero.
Nadie
se dio cuenta de la huida de Amy fuera de sus compañeras; pero aquellas
perspicaces señoritas notaron que por la tarde estaba el señor Davis más
agradable y, al mismo tiempo, trabajaba con desacostumbrada nerviosidad. Un
momento antes de que la escuela se cerrara, Jo entró y con expresión severa se
encaminó a la mesa del profesor para entregar una carta de su madre, después de
lo cual recogió lo que pertenecía a Amy, quitándose cuidadosamente el barro de
las botas sobre la estera, como si quisiera sacudir de sus pies hasta el polvo
del lugar.
―Sí,
puedes tener una vacación; pero quiero que todos los días estudies un poquito
en compañía de Beth ―dijo la señora March aquella noche ―. No apruebo los
castigos corporales, especialmente para niñas.
No
me gusta la manera de enseñar del señor Davis, ni creo que tus compañeras te
hagan mucho bien; así que pediré consejo a tu padre antes de enviarte a otro
lado.
―Eso
es bueno. ¡Ojalá se le fueran todas las chicas y le dejaran vacía la vieja
escuela! Se vuelve una loca al acordarse de aquellas limas encantadoras
―suspiró Amy, con aire de mártir.
―No
siento que las perdieras, porque habías quebrantado las reglas y mereciste ser
castigada por tu desobediencia ―fue la respuesta severa, algo diferente de lo
que esperaba la niña.
―¿Quieres
decir que te alegras de que me hayan avergonzado delante de toda la escuela? ―
reguntó Amy.
―No
digo que yo hubiera elegido esa manera de castigar una falta ―respondió su
madre ―; pero no estoy segura de que no te hará mejor que un método más suave.
Te estás poniendo demasiado vana y pretenciosa, querida mía, y es hora de que
comiences a corregirte, Tienes bastante talento y virtudes, pero no hay que
hacer ostentación, porque la vanidad estropea el carácter más fino. El
verdadero talento y bondad no pasan mucho tiempo inadvertidos; aunque pasaran,
el conocimiento de poseerlo y de usarlo bien, debe satisfacernos, la sencillez
es el mejor encanto de todo poder.
―Tiene
usted razón, así es ―gritó Laurie, que estaba jugando al ajedrez con Jo en un
rincón del cuarto ―. Yo conocí a una niña que tenía verdadero talento para la
música y no lo sabía, ni sospechaba los aires dulces que componía cuando estaba
sola, y si alguien se lo hubiera dicho, no lo hubiera creído.
―Quisiera
haber conocido a esa muchacha; quizá me hubiera ayudado a mí, que soy tan torpe
―dijo Beth.
―Pues
la conoces y te ayuda más que cualquier otra persona ―contestó Laurie,
mirándola con tan pícara expresión en sus ojos negros y alegres, que Beth se
ruborizó y escondió la cara en el cojín del sofá, muy sorprendida por tal
descubrimiento.
Jo
permitió que Laurie ganase el juego para pagarle aquel elogio de su Beth, que
después de tal alabanza no quiso tocar el piano, por mucho que le rogaran.
Laurie hizo lo mejor posible, cantó de una manera encantadora y estuvo de muy
buen humor, porque rara vez dejaba ver a los March el lado sombrío de su
carácter. Cuando Laurie se retiró, Amy, que había estado pensativa toda la
tarde, dijo de repente, como si una nueva idea se le hubiera ocurrido:
―¿Es
Laurie un chico culto?
―Sí,
ha recibido una educación esmerada y tiene mucho talento; será un hombre
excelente, si no lo echan a perder con mimos y atenciones ―contestó su madre.
―No
es pretencioso, ¿verdad? ―preguntó Amy.
―De
ninguna manera; por eso es tan atrayente y todas lo queremos tanto.
―Comprendo;
es agradable tener talento y ser elegante, pero no lo es darse importancia ni
vanagloriarse ―dijo Amy gravemente.
Esas
cosas se advierten siempre en la conversación y los modales de una persona si
se usan con modestia; pero no es necesario hacer ostentación de ellas ―dijo la
señora March.
―Como
no es de buen gusto ponerte a la vez todos tus sombreros, todos tus vestidos y
todos tus lazos para que la gente sepa que los tienes ―añadió Jo, y la
conversación terminó con una carcajada.
CAPITULO
8
JO
SE ENCUENTRA CON APOLO
¿Adónde
van, niñas? ―preguntó Amy, entrando en el dormitorio de sus hermanas mayores la
tarde de un sábado, y hallándolas ocupadas preparándose para salir de manera
tan secreta, que picó su curiosidad.
―No
te importa; las niñas pequeñas no deben ser preguntonas ―respondió Jo con
severidad.
Si
hay algo que nos irrita en nuestra juventud, es que se nos recuerde nuestra
pequeñez, y más aún que se nos despida con un "vete, querida". Al
recibir este insulto, Amy se irguió y resolvió descubrir el secreto, aunque
fuera menester atormentarlas por una hora entera.
Volviéndose
a Meg, que nunca le negaba una cosa por mucho tiempo, dijo dulcemente:
―
¡Dímelo! Creo que podían dejarme ir también, porque Beth está ocupada con sus
muñecas y me aburro sola.
―No
puedo, querida, porque no estás invitada ―comenzó Meg; pero Jo la interrumpió
impaciente:
―Meg,
cállate, ¡que lo vas a echar a perder! No puedes ir, Amy, no seas niña y no te
quejes.
―Van
a alguna parte con Laurie, lo sé. Susurraban y se reían ayer por la tarde
cuando estaban sentadas en el sofá y cuando yo entré dejaron la conversación.
¿No van con él?
―Sí,
vamos con él; ahora hazme el favor de callarte y no nos fastidies más.
Amy
se calló, pero observó que Meg ponía a escondidas un abanico en el bolsillo.
―¡Ya
sé! ¡Ya sé! Van al teatro a ver “Los siete castillos”, ―gritó, añadiendo con
mucha resolución ―: Y yo iré también, porque mamá ha dicho que podía verla; y
tengo mi dinero de gastitos. ¡Qué mezquinas, no habérmelo dicho a tiempo!
―Escúchame
un minuto y sé razonable ―dijo Meg, tratando de calmarla ―. Mamá no quiere que
la veas esta semana, porque tus ojos no pueden todavía soportar la luz de esa
comedia de magia. La semana que viene podrás ir con Beth y Hanna, y te
divertirás mucho.
―Eso
no me gusta tanto como ir con ustedes y Laurie. Déjame ir; he estado enferma y
en casa con este catarro tanto tiempo, que ansío una diversión. ¡Déjame, Meg!
Seré muy buena ―imploró Amy tan patéticamente como pudo.
―¿Qué
hacemos? ¿La llevamos? No creo que mamá se disgustaría si la abrigamos bien ―
omenzó Meg.
―Si
ella va, no voy yo, y si yo no voy no le gustará a Laurie; además, sería muy
descortés después de habernos invitado a nosotras dos, llevar también a Amy.
―Yo
hubiera pensado que a ella no le gustaría colarse donde no la llaman ―dijo Jo
muy enojada.
Su
tono y maneras irritaron tanto a Amy, que comenzó a ponerse las botas diciendo
muy decidida:
―¡Voy
y voy! Meg dice que puedo ir, y si me pago la entrada, a Laurie no le importa
nada.
―No
puedes sentarte con nosotros, porque nuestras localidades están ya tomadas y no
vas a sentarte sola; Laurie tendrá que cederte su asiento, lo cual estropeará
nuestro placer, o te buscará otro, y eso no está bien, cuando no te ha
invitado. No adelantará nada; de modo que puedes quedarte donde estás ―regañó
Jo, cada vez más enojada.
Sentada
en el suelo, con una bota puesta, Amy se echó a llorar y Meg se puso a
convencerla, cuando Laurie llamó desde abajo y las dos chicas se apresuraron a
bajar, dejando a su hermana lamentándose sin consuelo. En el momento en que
salían, Amy gritó desde la barandilla de la escalera, con voz amenazadora:
―
¡Lo vas a sentir, Jo! ¡Ya lo verás!
―
¡Tonterías! ―respondió Jo, cerrando de golpe la puerta.
Se
divirtieron mucho, porque "Los siete castillos del lago diamante" era
todo lo brillante y maravilloso que cualquier persona podía desear. Pero a
pesar de los diablillos rojos, de los duendes chispeantes, de los príncipes y
princesas magníficos la diversión de Jo tenía una nota amarga. El pelo rubio de
la reina de las hadas le recordó a Amy, y en los entreactos no podía dejar de
pensar qué haría su hermana para hacerle "sentir" lo ocurrido. Ella y
Amy habían tenido en el curso de sus vidas muchas peleítas, porque ambas
poseían carácter fuerte y se enojaban con facilidad, aunque luego se
avergonzaban de su proceder. Aunque era mayor, a Jo le era más difícil
dominarse y poner freno a su carácter ardiente. Su enojo nunca duraba largo
tiempo, y después de confesar su falta se arrepentía sinceramente, y procuraba
corregirse. Sus hermanas decían que les gustaba ver a Jo enfadada, porque
después era un verdadero ángel. La pobre Jo trataba desesperadamente de ser
buena, pero su enemigo interior estaba siempre listo para inflamarse y
vencerla, y necesitó años de esfuerzos pacientes para dominarlo.
Cuando
llegaron a casa encontraron a Amy leyendo en la sala. Ella adoptó aires de
ofendida al entrar las hermanas, sin levantar los ojos de su libro ni hacer una
pregunta. Quizá la curiosidad hubiese vencido el resentimiento si Beth hubiera
estado allí para hacer preguntas y obtener una descripción brillante de la
pieza. Al quitarse el sombrero Jo echó una mirada a la cómoda, porque en su
última riña Amy había desahogado su rabia volcando el cajón de Jo sobre el
suelo. Pero todo estaba en su sitio, y después de echar una rápida mirada a sus
varios cajones y bolsos, Jo dedujo que Amy había olvidado y perdonado las
ofensas. En eso se engañó, porque al día siguiente hizo un descubrimiento que
levantó una borrasca. Hacia el atardecer, Meg, Beth y Amy estaban juntas,
cuando Jo entró precipitadamente en el cuarto muy excitada y preguntó sin
aliento:
―¿Quién
ha quitado de su sitio mi libro de cuentos?
Meg
y Beth contestaron al punto que ellas no lo habían tocado.
Amy
atizó el fuego y no dijo nada. Jo la vio ponerse colorada y se abalanzó sobre
ella.
―¡Amy,
tú lo tienes!
―No;
no lo tengo.
―Entonces,
sabes dónde está.
―No;
no lo sé.
―¡Mentira!
―gritó Jo, asiéndola por los hombros con una furia capaz de atemorizar a una
niña mucho más valerosa que Amy.
―No
lo sé. No lo tengo; no sé donde está ni me importa.
―Tú
sabes algo de ello y será mejor que lo digas inmediatamente, si no quieres
decirlo a la fuerza ―y Jo la sacudió ligeramente.
―Sermonea
cuanto quieras; no volverás a tener ese libro tonto ―gritó Amy, excitándose
también.
―¿Por
qué no?
―Lo
he quemado.
―¡Cómo!
¿Mi pequeño libro que mucho quería, y en el cual trabajaba tanto, con la
intención de acabarlo antes de que papá vuelva? Lo has quemado, ¿verdad? ―dijo
Jo poniéndose muy pálida, mientras sus ojos llameaban y sus manos aferraban a
Amy nerviosamente.
―Sí,
lo quemé. Te dije que te haría pagar tu enojo de ayer, y lo he hecho, de modo
que. . .
Pero
Amy no pudo acabar, porque Jo, dominada por su genio irascible, sacudió a Amy
hasta hacerla temblar de pies a cabeza, mientras gritaba, llena de dolor y
furia:
―¡Mala!
¡Mala! ¡No podré escribirlo de nuevo, y no te lo perdonaré en toda mi vida!
Meg
corrió en socorro de Amy. Beth intentó calmar a Jo; pero ésta se hallaba fuera
de sí, y dando una última bofetada a su hermana, salió del cuarto
precipitadamente para refugiarse en la boardilla y acabar a solas su pelea.
Abajo
se aclaró la borrasca cuando la señora March volvió, y después de escuchar lo
sucedido, hizo comprender a Amy el daño que había hecho a su hermana. El libro
de Jo era el orgullo de su corazón, y la familia lo consideraba como un ensayo
literario que prometía mucho.
Eran
solamente seis pequeños cuentos de hadas, pero Jo los había compuesto con mucha
paciencia, poniendo todo su corazón en aquel trabajo, con la esperanza de hacer
algo que mereciera publicarse. Acababa de copiarlos cuidadosamente y había roto
el borrador; de modo que la fogata de Amy había consumido el trabajo cariñoso
de varios años. A los demás no les parecía muy importante, pero para Jo era una
calamidad terrible, de la que no creía poder consolarse jamás. Beth lo
lamentaba como si hubiera sido la muerte de un gatito y Meg rehusó defender a
su favorita; la señora March parecía afligida, y Amy pensaba que nadie podría
quererla hasta que no hubiese pedido perdón por el acto que ya lamentaba más
que nadie.
Cuando
tocó la campana para el té, Jo apareció tan severa e inabordable, que Amy tuvo
que apelar a todo su valor para decirle humildemente:
―Perdóname
lo que hice, Jo; lo siento muchísimo.
―
¡No te perdonaré jamás! ―fue la fría respuesta de Jo, y a partir de ese momento
ignoró a su hermana.
Nadie
habló del asunto, ni aun su madre porque todas sabían por experiencia que
cuando Jo estaba de mal humor, eran inútiles las palabras y lo mejor era
esperar hasta que algún incidente propio de su carácter generoso quebrantase el
resentimiento de Jo y todo se olvidara.
No
fue aquella una velada feliz; porque, aunque cosieron, como de costumbre,
mientras leía su madre en voz alta un buen libro, algo faltaba, y la dulce paz
del hogar estaba interrumpida. Más aún lo sintieron cuando llegó la hora de
cantar; porque Beth no pudo hacer más que tocar, Jo estaba muda como una ostra
y Amy se echó a llorar, de modo que Meg y su madre cantaron solas, no sin
desentonar, a pesar de sus mejores esfuerzos.
Al
dar a Jo el acostumbrado beso de "buenas noches", su madre murmuró
suavemente.
―Querida
mía, no dejes que termine el día enojada. Perdónense ambas y empiecen de nuevo
mañana.
Jo
tenía ganas de apoyar la cabeza en aquel seno maternal y llorar hasta que
pasasen su dolor y su ira; pero las lágrimas hubieran sido una debilidad
femenina. Su resentimiento era tan profundo que no podía perdonar todavía.
Sacudió la cabeza, contuvo el llanto y dijo hoscamente:
―Fue
algo vil y no merece que la perdonen.
Dicho
esto, se marchó a la cama y aquella noche no hubo charla ni confidencias.
Amy
estaba muy ofendida porque sus proposiciones de paz habían sido rechazadas.
Casi deseaba no haberse humillado, para sentirse más humillada que antes.
Empezó a enorgullecerse de su virtud superior de un modo especialmente
irritante. Jo parecía todavía una nube borrascosa y aquel día todo fue mal. La
mañana era muy fría. Dejó caer su pastelillo caliente en el barro; la tía March
tuvo un ataque de nervios; Meg estaba pensativa; Beth quería parecer pesarosa y
triste cuando llegó a casa, y Amy continuaba haciendo observaciones acerca de personas
que hablaban siempre de ser buenas y no querían hacer el más pequeño esfuerzo
para conseguirlo.
“¡Todo
el mundo está tan desagradable! ... Pediré a Laurie que me acompañe a patinar.
El siempre es amable y está de buen humor; estoy segura de qué su compañía me
dará ánimo”, dijo Jo para sí.
Amy
oyó el entrechoque de los patines y miró por la ventana, exclamando
impacientemente:
―¡Bueno!,
y me prometió que yo iría con ella la próxima vez; porque éste es el último
hielo que tendremos. Pero es inútil pedir a una cascarrabias que me lleve.
―No
digas eso. Has sido muy mala, y es duro para ella perdonar la pérdida de su
precioso librito; pero creo que lo hará si buscas su indulgencia en el momento
propicio ―dijo Meg ―. Síguelos, y no digas nada hasta que Jo esté de buen
humor; entonces aprovecha un momento tranquilo y dale un beso, o haz algo
cariñoso, y estoy segura de que serán buenas amigas de nuevo.
―Lo
intentaré ―repuso Amy, que encontraba muy conveniente el consejo.
No
estaba lejos el río, pero ambos estaban ya listos antes de que Amy los
alcanzara. Jo la vio venir y le volvió la espalda. Laurie no la vio porque
estaba patinando cuidadosamente a lo largo de la orilla, probando el hielo.
―Iré
a la primera vuelta para ver si está firme antes de que empecemos a correr ―oyó
Amy que decía el muchacho, mientras salía disparando como un cosaco, con su
chaqueta y gorro forrados de piel.
Jo
oyó a Amy sin aliento después de su carrera, golpeando el suelo y calentándose
los dedos con el aliento, al tratar de ponerse los patines; pero Jo no se
volvió, sino que continuó haciendo zigzags río abajo, encontrando cierta amarga
satisfacción en los apuros de su hermana.
Había
alimentado tanto su enojo, que éste la dominaba por completo, como suele
ocurrir con los malos pensamientos y sentimientos cuando no se expulsan al
primer momento. Al doblar el recodo gritó Laurie:
―Sigue
cerca de la orilla; no está seguro en el centro.
Jo
lo oyó, pero Amy luchaba por levantarse y no pudo oír una palabra.
Jo
echó una ojeada a sus espaldas y el diablillo que había venido abrigando
murmuró a su oído:
"No
importa que no lo haya oído; que se cuide sola.” Laurie había desaparecido tras
el recodo. Jo iba a dar la vuelta, y Amy, siguiéndolos a gran distancia, se
dirigía hacia el hielo más liso a la mitad del río. Durante un minuto Jo se
quedó quieta, con un sentimiento extraño en el corazón; después se decidió a
seguir adelante; pero algo la detuvo y la hizo girar a tiempo para ver que Amy
alzaba las manos y se hundía bajo el hielo roto, dando un grito, que le heló a
Jo la sangre en las venas. Trató de llamar a Laurie, pero había perdido la voz;
trató de correr, pero sus pies no podían moverse; por un instante se quedó
paralizada y aterrada, con los ojos clavados en la pequeña capucha azul encima
del agua oscura. Alguien pasó a su lado a toda carrera, y la voz de Laurie
gritó:
―Unas
tablas de la valla. ¡Pronto, pronto!
Jamás
supo cómo lo hizo; pero durante los pocos minutos que siguieron, trabajó como
una poseída, obedeciendo ciegamente a Laurie, que conservó su serenidad, y
tendiéndose boca abajo en el hielo sostuvo a Amy con sus brazos hasta que Jo
hubo arrastrado un trozo de la empalizada, y juntos sacaron del agua a la niña,
más espantada que lastimada.
―Ahora
tenemos que llevarla a casa tan pronto como podamos.
Cúbrela
con nuestros abrigos mientras le quito estos malhadados patines ―gritó Laurie,
luchando con las correas, que nunca le habían parecido tan complicadas.
Tiritando,
chorreando y llorando, Amy fue conducida a casa; y después de tanta agitación,
se durmió envuelta en mantas, delante de un buen fuego. Durante todo este
trajín Jo apenas había hablado; corría de un lado a otro pálida y desencajada,
con el vestido rasgado y las manos cortadas y heridas por el hielo, los palos y
las hebillas de las correas.
Cuando
Amy se quedó cómodamente dormida y la casa estuvo tranquila, su madre, sentada
al lado de la cama, llamó a Jo y comenzó a vendarle las manos heridas.
―¿Estás
segura de que está bien? ―murmuró Jo, mirando con remordimiento la cabellera
dorada que pudo haberse perdido para siempre bajo el hielo traidor.
―Está
bien, querida mía; no se ha herido, y creo que ni se resfriará; fueron muy
prudentes en cubrirla bien y traerla pronto a casa ―dijo su madre, muy animada.
―Laurie
lo hizo todo; yo no hice más que dejarla sola. Mamá, si ella muriera yo tendría
la culpa ―y Jo cayó al lado de la cama deshecha en llanto, relatando todo lo
que había sucedido, condenando su rudeza de corazón y expresando con sus
lágrimas la gratitud por haber escapado del duro castigo que podía haber caído
sobre ella ―. ¡Es mi mal genio!
Trato
de corregirlo; creo que lo he logrado, y entonces surge peor que antes. ¡Oh,
mamá!, ¿qué puedo hacer? ―gritó la pobre Jo desesperada.
―Vela
y ora, querida mía; no te canses de intentarlo y nunca pienses que es imposible
vencer tu defecto ―dijo la señora March, atrayendo a su hombro la cabeza
desordenada y besando las mejillas húmedas con tanta ternura que Jo lloró más
que nunca.
―No
lo sabes bien; no puedes adivinar lo malo que es. Parece como si yo fuera capaz
de hacer cualquier atrocidad cuando la pasión me domina; tan feroz soy, que
podría hacer daño a cualquiera, y hacerlo con gusto. Tengo miedo de que un día
haré algo terrible y estropearé mi vida, haciéndome aborrecer de todo el mundo.
¡Oh, mamá, ayúdame!
¡Ayúdame!
―Lo
haré, hija mía, lo haré. No llores tanto. Pero recuerda este día y resuelve con
toda tu voluntad que nunca te hallarás en otro parecido.
Jo
de mi alma, todos tenemos nuestras tentaciones, algunas aun mayores que las
tuyas, y a menudo debemos luchar durante toda la vida para vencerlas. Piensas
que tu carácter es el peor del mundo, pero el mío solía ser lo mismo.
―¿El
tuyo, mamá? ¡Pero si no te enojas nunca! ―exclamó Jo, olvidando su
remordimiento con la sorpresa de semejante descubrimiento.
―He
tratado de mejorarlo desde hace cuarenta años y sólo he logrado reprimirlo. Me
enojo casi todos los días de mi vida, Jo; pero he aprendido a no demostrarlo, y
todavía tengo la esperanza de aprender a no sentirlo, aunque necesite otros
cuarenta años para conseguirlo.
La
paciencia y humildad de aquel rostro querido valía más para Jo que el discurso
más sabio o la reprensión más severa. Se sintió consolada por la simpatía y la
confidencia que había recibido. Saber que su madre tenía un defecto parecido al
suyo y que había tratado de curarlo, la ayudó a soportar su prueba, aunque para
una chica de quince años eso de velar y orar durante cuarenta años le parecía
demasiado.
―¿Mamá,
estás muy enojada cuando aprietas los labios y sales del cuarto algunas veces
si regañas a la tía March o alguien te estorba?
―preguntó
Jo, sintiéndose más cerca de su madre y más querida por ella que nunca.
―Sí;
he aprendido a contener las palabras bruscas que vienen a mis labios, y cuando
siento que quieren salir contra mi voluntad, salgo por un minuto, y me reprocho
por ser tan débil y mala.
―,Cómo
has aprendido a mantenerte tranquila? Eso es lo que encuentro difícil, porque
las palabras mordaces saltan de mis labios antes de que me dé cuenta, y cuanto
más digo, peor me pongo, hasta llegar a herir los sentimientos de los demás y
decir cosas terribles. Díme cómo puedo hacerlo, querida mamá.
―Mi
buena madre me ayudaba.
―Como
tú puedes hacerlo con nosotras ―interrumpió Jo.
―Pero
la perdí cuando era poco mayor que tú, y durante muchos años tuve que luchar
sola, porque era demasiado orgullosa para confesar mi debilidad a ninguna otra
persona. Pasé tiempos muy malos, Jo, y lloré muchas veces mis fracasos; porque
a pesar de mis esfuerzos, nunca parecía adelantar nada. Entonces llegó tu
padre, y fui tan feliz que encontraba fácil ser buena. Poco después, cuando
tuve cuatro hijitas a mi alrededor y éramos pobres, la antigua lucha comenzó de
nuevo, porque no soy paciente por temperamento, y ver que a mis niñas les
faltaba alguna cosa me atormentaba.
―¡Pobre
mamá! Entonces, ¿quién te ayudó?
―Tu
padre, Jo. El nunca pierde la paciencia, ni duda, ni se queja; siempre tiene
esperanza, trabaja y espera tan alegremente, que uno se avergüenza de
conducirse de otra manera delante de él. Ayudándome y confortándome, me
demostró que yo tenía que practicar todas las virtudes que deseaba que mis
hijas poseyeran, porque yo era para ellas un ejemplo. Era más fácil intentarlo
por su bien que por el mío. Una mirada de susto o de sorpresa de una de ustedes
cuando yo hablaba duramente, me corregía como ningún reto podría hacerlo; el
amor, el respeto y la confianza de mis niñas era la recompensa más dulce que
pudieran recibir mis esfuerzos para ser la mujer que ellas debían imitar.
―¡Oh,
mamá, si algún día lograra yo ser la mitad de buena que tú, estaría satisfecha!
― xclamó Jo muy conmovida.
―Espero
que lograrás ser mucho mejor, querida mía; pero tienes que vigilar al
"enemigo de tu corazón", como lo llama tu padre; de lo contrario, él
entristecerá o estropeará tu vida. Has recibido una amonestación; acuérdate de
ella y procura con toda tu alma dominar ese genio antes que te traiga una
tristeza o un arrepentimiento mayor que los de hoy.
―Lo
procuraré, mamá; lo procuraré de veras. Pero tienes que ayudarme, recordármelo
y contenerme cuando voy a saltar. Algunas veces he visto a papá llevarse el
dedo a los labios y mirarte con expresión cariñosa, aunque triste, y tú siempre
apretabas los labios o te marchabas.
¿Era
que te lo recordaba entonces?
―Sí;
yo le había pedido que me ayudara de ese modo, y nunca lo olvidó; así me evitó
decir palabras funestas.
Jo
notó que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y que sus labios
temblaban, y temiendo haber dicho demasiado, murmuró preocupada:
―¿Hacía
yo mal en observarte y hablar de eso ahora? No quiero ser impertinente; ¡pero,
es tan consolador decir todo lo que pienso y sentirme tan segura y feliz aquí!
―Jo
mía, puedes decir cualquier cosa a tu madre, porque mi mayor felicidad y
orgullo es sentir que mis hijas confían en mí y saben cuánto las quiero.
―Pensé
que te había entristecido.
―No,
querida mía; pero hablar de tu padre me recuerda cuánto lo extraño y con cuánta
fidelidad debo vigilar para guardarle sus hijas buenas y seguras.
―Y
sin embargo, tú le dijiste que fuera a la guerra, mamá, y no lloraste al
marcharse, ni te quejas ahora como si no necesitaras ayuda alguna ―dijo Jo,
algo sorprendida.
Di
lo mejor que poseía a la patria querida, y contuve mis lágrimas hasta que se
hubiese marchado. ¿Por qué he de quejarme, cuando no hemos hecho más que lo
correcto y al fin seremos más felices por haberlo hecho? Si parezco no
necesitar ayuda, es porque tengo un amigo aún mejor que mi esposo para
confortarme y sostenerme. Hija mía, las penas y tentaciones de tu vida
comienzan ahora y quizá sean muchísimas, pero puedes vencerlas a todas si
aprendes a sentir la fuerza y ternura de tu Padre celestial como sientes la de
tu padre terrestre. Cuanto más le ames y confíes en El, tanto más te sentirás
envuelta por su protección y tanto menos dependerás del poder y la sabiduría
humanos. Su amor y cuidado nunca se cansan ni cambian, ni tampoco te los puede
quitar nadie, sino que pueden llegar a ser la fuente de una paz, de una
felicidad y de una fuerza que durarán toda la vida. Créelo con todo tu corazón,
pide la ayuda de Dios en todos tus cuidados, esperanzas, pecados y tristezas,
tan libre y confiadamente como vienes a tu madre.
Jo
abrazó a su madre por respuesta, y durante el silencio siguiente brotó del
fondo de su corazón la oración más sincera de su vida; en aquella hora, triste
aunque feliz, había aprendido no solamente la amargura del remordimiento y de
la desesperación, sino también la dulzura de la abnegación y del dominio de sí
misma, y conducida por la mano maternal, se había acercado al Amigo que recibe
a los niños con un amor más fuerte que el de cualquier padre, más tierno que el
de cualquier madre.
Amy
se movió y suspiró entre sueños. Deseosa de comenzar enseguida la corrección de
su falta, Jo la miró con una expresión desconocida hasta entonces.
―He
dejado pasar el día enojada; no quise perdonarla ayer, y hoy, si no hubiera
sido por Laurie, sería demasiado tarde. ¿Cómo pude ser tan mala? ―dijo Jo a
media voz, inclinándose sobre su hermana y acariciando su cabellera húmeda.
Como
si la hubiese oído, Amy abrió los ojos y extendió los brazos con una sonrisa
que penetró hasta el corazón de Jo. Ninguna habló, pero se abrazaron a pesar de
las mantas, y todo quedó perdonado y olvidado con un beso sincero.
CAPITULO
9
MEG
VISITA LA FERIA DE LAS VANIDADES
La
verdad es que esos chicos han contraído el sarampión con mucha oportunidad
―dijo Meg ese día de abril, mientras empaquetaba el baúl―mundo en su
dormitorio, ayudada por sus hermanas.
―¡Qué
amable ha sido Annie Moffat no olvidando su promesa! Debe ser magnífico tener
dos semanas de recreo ―respondió Jo, que parecía un molino de viento al plegar
las faldas con sus largos brazos.
―¡Y
el tiempo es tan agradable! Me alegro mucho de eso ―añadió Beth, arreglando
lazos para el cuello y el pelo en su mejor estuche, que había prestado a su
hermana mayor para ocasión tan importante.
―Me
gustaría ir a divertirme y vestirme con esta ropa tan bonita ―dijo Amy, con la
boca llena de alfileres, que estaba poniendo en el acerico de su hermana.
―Ojalá
vinieran todas conmigo; pero como no puede ser, guardaré mis aventuras para
contarlas cuando vuelva. Es lo menos que puedo hacer, cuando han sido tan
buenas prestándome cosas y ayudándome en los preparativos ―respondió Meg,
contemplando el sencillo equipo, que a sus ojos parecía casi perfecto.
―¿Qué
te dio mamá de la caja de tesoros? ―preguntó Amy, que no había presenciado la
apertura de cierta caja de cedro, en la cual la señora March guardaba unas
reliquias del esplendor pasado para regalarlas a sus hijas en ocasión oportuna.
―Un
par de medias de seda, aquel bello abanico tallado y una faja azul. Deseaba el
traje de seda violeta, pero no hay tiempo para arreglarlo; de modo que debo
contentarme con mi viejo traje de lana escocesa.
―Quedará
muy bien encima de mi nueva falda de muselina con la faja para realzarla.
Quisiera no haber roto mi pulsera de coral para poder prestártela ―dijo Jo.
―En
la caja de tesoros hay un collar de perlas antiguo y muy bello; pero mamá dice
que las flores naturales son el adorno más hermoso para una joven, y Laurie ha
prometido enviarme todas las que yo desee ―respondió Meg ―. Ahora, veamos: está
mi nuevo traje gris... Riza la pluma de mi sombrero, Beth.. .; después, mi
traje de muselina de lana fina para el domingo y la pequeña reunión... Parece
algo pesado para la primavera, ¿verdad? ¡Qué bien estaría el traje de seda
violeta!
―No
importa, tienes el de tartán para la reunión importante y tú estás angelical
cuando te vistes de blanco ―dijo Amy, encantada ante el montoncito de
elegancias.
―No
está escotado y no tiene bastante vuelo, pero tendrá que servir.
Mi
traje azul ha quedado tan bien después de estar vuelto del revés y adornado,
que parece nuevo. Mi chaqueta de seda no está a la moda, ni mi sombrero es como
el de Sallie. No quise decir nada, pero me llevé un gran chasco con mi
paraguas. Dije a mamá que me comprase uno con mango blanco, pero lo olvidó y
compró uno verde con mango feo y amarillo. Es fuerte y práctico, así que no
debo quejarme, pero sé que me dará vergüenza llevarlo al lado del paraguas de
seda que tiene Annie, con mango de oro ―suspiró Meg, mirando con ojo crítico el
pequeño paraguas.
―Cámbialo
―aconsejó Jo.
―No
seré tan tonta de ofender a mamá, cuando se ha tomado tantas molestias para
obtener mis cosas. Es una tontería, y no voy a dejarme vencer por ella. Mis
medias de seda y los dos pares de guantes son mi consuelo. ¡Qué buena eres en
prestarme los tuyos, Jo! Me siento tan rica y elegante con dos pares nuevos y
los viejos limpios. ―Y Meg echó otra mirada al estuche de los guantes ―. Annie
Moffat tiene lazos azules y rosas en sus gorros de noche; ¿quieres poner
algunos en los míos?
―No,
por cierto; los gorros de noche adornados no combinarían con vestidos sencillos
y sin adornos. Los pobres no deben adornarse ―dijo Jo con decisión.
―Me
pregunto si podré tener alguna vez encaje verdadero en mis trajes y lazos en
mis gorros ―susurró Meg, impaciente.
―El
otro día decías que serías completamente feliz nada más que con poder visitar a
Annie Moffat :―observó Beth con suma tranquilidad.
―Verdad
que lo dije. Bueno; estoy alegre y no me quejaré; pero parece que cuanto más se
recibe más se quiere... ¿No es así? ¡Váya! Ya está todo listo y empaquetado,
excepto mi traje de baile, el cual dejaré para mamá ―dijo Meg, animándose a
pasar la vista del baúl a medio llenar al vestido blanco, tantas veces
planchado y remendado, al cual denominaba vestido de baile.
Al
día siguiente hacía un tiempo espléndido, y Meg partió triunfante para pasar
quince días de novedad y placer. La señora March había consentido en la visita
con cierto disgusto, temiendo que Meg no volviera tan contenta como iba. Pero
ella había rogado tanto, Sallie había prometido tan repetidamente cuidarla
bien, y parecía tan agradable un poco de distracción después del trabajo
invernal, que la señora March cedió y su hija fue a probar por vez primera la
vida mundana.
Los
Moffat afectaban un estilo mundano, y la sencilla Meg se sintió al principio
algo intimidada por lo magnífico de la casa y la elegancia de sus moradores.
Pero a pesar de su vida frívola eran gente amable y pronto la hicieron sentirse
cómoda. Tal vez Meg, sin comprender por qué, tuvo la sensación de que no eran
personas muy cultivadas o inteligentes, y de que todo su oropel no bastaba para
ocultar el material ordinario de que estaban hechas. Era ciertamente agradable
comer bien, pasearse en coche, ponerse los mejores vestidos todos los días y no
hacer más que divertirse. Esto convenía a sus gustos; pronto comenzó a imitar
las maneras y la conversación de sus compañeras, a darse tono y servirse de
frases francesas, rizarse el pelo, apretarse la cintura y hablar de modas tan
bien como podía. Cuanto más veía las cosas bonitas de Annie, tanto más las
envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora su casa le parecía desnuda y triste
cuando pensaba en ella, el trabajo se le hacía más difícil que nunca, y se
sentía como una muchacha muy poco favorecida por la fortuna, a pesar de los
guantes nuevos y las medias de seda.
No
tenía, sin embargo, mucho tiempo para quejarse, porque las tres chicas estaban
muy ocupadas en “divertirse mucho”. Iban de tiendas, paseaban, andaban a
caballo y hacían visitas todo el día; por la tarde iban al teatro y a la ópera,
o jugaban en casa, porque Annie Moffat tenía muchísimos amigos y sabía cómo
divertirles. Sus hermanas mayores eran señoritas muy correctas; una tenía
novio, lo cual parecía a Meg muy interesante y romántico. El señor Moffat era
un viejo regordete y jovial, amigo del padre de ella, y su esposa, una señora
regordeta y alegre que tomó tanto cariño a Meg como su hija se lo había tomado.
Todos
la atendían mucho, y "Daisy", como la llamaban, estaba en buen camino
de tener la cabeza trastornada.
Cuando
llegó la noche del pequeño baile descubrió que el vestido de muselina de lana
fina no iba bien, porque las otras chicas se ponían vestidos ligeros y se
engalanaban hermosamente; así que sacó el vestido de tartán, que parecía más
viejo, soso y gastado que nunca al lado del flamante vestido de Sallie. Meg
notó la mirada que las chicas echaron a su traje, y después una a la otra, y
sus mejillas se encendieron porque, a pesar de su dulzura, era muy orgullosa.
Nadie
habló de ello, pero Sallie se ofreció a arreglarle el pelo, Annie a atarle la
faja y Belle, la que tenía novio, alabó la blancura de sus brazos; pero en la
amabilidad con que la trataban, Meg no vio más que lástima hacia su pobreza, y
se sintió desanimada al verse aparte, mientras las otras reían, charlaban y
corrían como ligeras mariposas. Su malestar iba haciéndose más amargo cuando
entró la doncella con una cajita de flores. Antes de que pudiese hablar, Annie
la había destapado dejando a la vista las bellas rosas, brezos y helechos que
contenía.
―Deben
ser para Belle; George siempre le envía algunas flores, pero éstas son
encantadoras ―exclamó Annie.
―Son
para la señorita March, según dijo el mensajero. Aquí hay una carta ―repuso la
doncella, entregándosela a Meg.
―
¡Qué gusto! ¿De quién son? No sabíamos que tenías novio ―gritaron las chicas,
llenas de curiosidad y sorpresa.
―La
carta es de mamá y las flores de Laurie ―contestó sencillamente Meg, aunque muy
contenta de que no la hubieran olvidado.
―¿De
veras? ―dijo Annie, dudosa, mientras Meg metía la cartita a hurtadillas en su
bolsillo, como un talismán contra la vanidad y el falso orgullo.
Sintiéndose
casi feliz otra vez, escogió algunos helechos y rosas para sí misma y pronto
arregló las otras en bonitos ramilletes para adornar a sus amigas,
ofreciéndoselos tan graciosamente, que Clara, la hermana mayor, le dijo que era
“la niña más amable que había visto”. La buena acción puso fin a su
abatimiento, y cuando las demás fueron a que las viera la señora Moffat, se
miró al espejo y se encontró con una cara con ojos alegres, según ponía los
helechos en su pelo rizado y fijaba las rosas en el traje, que no le parecía
tan usado.
Aquella
noche se divirtió mucho, porque bailó cuanto quiso; todos fueron muy amables y
recibió tres cumplidos. Annie la hizo cantar y alguien dijo que tenía una voz
bien timbrada; el comandante Lincoln preguntó quién era "la muchachita
fresca de ojos bellos", y el señor Moffat insistió en bailar con ella
porque "no vacilaba y tenía un paso muy ligero". Pasó un rato muy
agradable, hasta que oyó por casualidad una conversación que la perturbó
muchísimo. Estaba sentada a la puerta del invernadero, esperando a su compañero
que iba a traerle un helado, cuando oyó una voz al otro lado de la pared
florida que preguntaba:
―¿Qué
edad tiene él?
―Dieciséis
o diecisiete años, diría yo ―dijo otra voz.
―¡Qué
magnífico partido para una de esas chicas! , ¿no le parece a usted? Sallie dice
que son amigos íntimos ahora y el viejo está chiflado por ellas.
―Supongo
que la señora March tiene sus proyectos, y está haciendo un juego prudente,
temprano como es. Claro es que la muchacha no piensa todavía en ello ―dijo la
señora Moffat.
―Ella
dijo aquella mentira tocante a su mamá como si se diera cuenta, y se ruborizó
cuando llegaron las flores. ¡Pobrecilla¡ ¡Estaría tan bonita si se vistiera a
la moda!
―¿Piensa
usted que se ofendería si nos ofreciéramos a prestarle otro vestido para el
jueves? ― reguntó otra voz.
―Es
orgullosa, pero no creo que le importaría, porque no tiene más traje que ese
viejo de tartán. Puede que se lo rasgue esta noche, lo que será una buena
oportunidad para ofrecerle otro nuevo.
―Veremos;
invitaré a ese Laurence en honor de ella y nos divertiremos mucho con ello
después.
En
esto apareció el compañero de Meg, que la encontró algo colorada y agitada. Era
orgullosa y en aquel momento su orgullo le fue útil, porque la ayudó a ocultar
su mortificación por lo que acababa de oír; porque por inocente que fuera, no
pudo menos de comprender la murmuración de sus amigas. Trató de olvidarla, pero
no pudo. Las frases “la señora March tiene sus proyectos”, “esa mentira acerca
de su mamá” y “el viejo vestido de tartán” venían insistentemente a su memoria,
hasta darle ganas de llorar y escaparse a casa para contar sus penas y pedir
consejos. Como esto era imposible, hizo lo que pudo para simular alegría; y lo
consiguió tan bien, que nadie hubiera sospechado el esfuerzo que le costaba.
Estuvo muy contenta cuando terminó, y pudo irse tranquilamente a la cama, donde
podía pensar hasta dolerle la cabeza y refrescar con algunas lágrimas sus
mejillas ardientes.
Aquellas
necias, aunque bien intencionadas palabras, le habían descubierto a Meg un
mundo desconocido, perturbando la paz de aquel en que hasta entonces había
vívido tan felizmente como un niño. Su inocente amistad con Laurie había sido
estropeada por la conversación tonta que había oído; su confianza en su madre
había sido un poco sacudida por los proyectos mundanos que la señora Moffat le
atribuía, y la sensata resolución de contentar con el simple vestido que
convenía a la hija de un hombre pobre estaba debilitada por la innecesaria
lástima que las otras chicas le habían demostrado.
La
pobre Meg pasó la noche sin dormir y se levantó con los ojos pesados, infeliz,
algo enojada hacia sus amigas y medio avergonzada de sí misma por no haber
hablado francamente y aclarado todo. Aquella mañana todas estaban dormilonas, y
las chicas no tenían suficiente energía para reanudar su tejido. Enseguida Meg
notó algo en la conducta de sus amigas; la trataban más respetuosamente, pensó,
se interesaban en lo que decía y la miraban con ojos que descubrían su
curiosidad. Todo esto la sorprendió y la lisonjeó, aunque no lo comprendió,
hasta que la señorita Belle levantó los ojos de su escritura y dijo con aire
sentimental:
―Querida
Meg, he enviado una invitación a tu amigo el señor Laurence para el jueves.
Quisiéramos conocerlo y hacerte este cumplido.
Meg
se ruborizó, pero con cierta idea maliciosa de reírse de las chicas, respondió
modestamente:
―Eres
muy amable, pero temo que no vendrá.
―¿Por
qué no, cherie? ―preguntó la señorita Belle con cierta alarma.
―Es
demasiado viejo.
―Hija
mía, ¿qué quieres decir? ¿Qué edad tiene? , quisiera saber – preguntó la
señorita Clara.
―Cerca
de los setenta, creo ―respondió Meg, haciéndose la tonta.
―¡Qué
pícara eres! Queremos decir el joven ―exclamó la señorita Belle.
―No
hay ningún joven; Laurie no es más que un chico ―y Meg se rió también de la
mirada sorprendida que las hermanas canjearon al describir ella así a su novio
supuesto.
―De
tu edad, poco más o menos ―dijo Inés.
―Más
bien de la edad de mi hermana Jo; yo cumpliré diecisiete años en agosto.
―Qué
amable es enviándote flores, ¿no te parece? ―dijo Annie.
―Sí;
lo hace a menudo con todas nosotras, porque tiene muchas en su casa y a
nosotras nos gustan mucho. Mi madre y el viejo señor Laurence son amigos,
comprenderán así, que no hay nada extraño en que nosotros, niños, juguemos
juntos ―respondió Meg, esperando que, con estas explicaciones no volverían
sobre el asunto.
―Es
claro que Meg todavía no se da cuenta ―dijo la señorita Clara, con una seña de
cabeza a Belle.
―Un
estado de inocencia pastoral en todo ello ―respondió la señorita Belle
encogiéndose de hombros.
―
Voy a salir para hacer algunas compritas para las muchachas; ¿puedo hacer algo
por ustedes, señoritas? ―preguntó la señora Moffat, entrando como un elefante
vestida de seda y encajes.
―
No, gracias, señora ―respondió Sallie ―; tengo mi traje nuevo de seda rosa para
el jueves y no me hace falta nada.
―Ni
yo ―comenzó a decir Meg, pero se detuvo, porque pensó que le hacían falta
varias cosas y no podía obtenerlas.
―¿Qué
traje te vas a poner? ―preguntó Sallie.
―Mi
viejo traje blanco otra vez, si puedo arreglarlo de modo que pueda pasar; anoche
se rasgó por varias partes ―repuso Meg, tratando de hablar con naturalidad,
aunque se sentía muy preocupada.
―¿Porqué
no envías a casa por otro? ―dijo Sallie, que no era muy observadora.
―No
tengo ningún otro ―contestó Meg, haciendo un pequeño esfuerzo; pero Sallie no
se dio cuenta y exclamó, amable y sorprendida:
―¿No
tienes más que aquél? ¡Qué curioso! ―no acabó su discurso, porque Belle meneó
la cabeza y la interrumpió, diciendo amablemente:
―Nada
de eso. ¿De qué sirve tener muchos vestidos cuando aún no se está de largo? No
necesitas enviar a casa, Meg, aunque tuvieras una docena, porque yo tengo un
traje encantador de seda azul, que me ha quedado chico, y tú te lo pondrás para
darme gusto. ¿Verdad, querida?
―Eres
muy amable, pero no me importa usar mi vestido viejo, si no te ofendes; es
bastante bueno para una chica de mi edad ―respondió Meg.
―No,
dame el placer de vestirte a la moda. Lo deseo mucho y estarás verdaderamente
encantadora con algo de ayuda. No permitiré que alguien te vea hasta que tu
tocado esté completo, y entonces entraremos súbitamente como Cenicienta y
madrina en el baile ―dijo Belle con voz persuasiva.
Meg
no pudo rehusar la oferta hecha tan amablemente, porque el deseo de ver si
estaría “verdaderamente encantadora” después de cier― tos tocados le hizo
aceptar y olvidar todos sus primeros sentimientos desagradables hacia los
Moffat.
La
noche del jueves Belle se encerró con su doncella y las dos lograron hacer de
Meg una gentil dama. Le rizaron el pelo, le frotaron el cuello y los brazos con
cierto polvo perfumado, tocaron sus labios con pomada coralina y le hubieran
dado color a las mejillas si Meg no se hubiese opuesto. La empaquetaron en un
traje azul celeste tan apretado que apenas podía respirar, y tan escotado que
la modesta Meg se ruborizó al mirarse al espejo. Un juego de filigrana de plata
se añadió a su atavío, compuesto de pulseras, collar, broche, y aun pendientes,
porque Hortense los fijó con seda de color rosa que no se notaba. Un ramillete
de capullos de rosas al pecho y una écharpe reconciliaron a Meg con el escote,
y un par de zapatos de seda azul de tacones altos satisfizo el deseo de su
corazón. Un pañuelo de encaje, un abanico de plumas y un ramillete en mango de
plata completaron su tocado, y la señorita Belle al mirarla encontró la misma
satisfacción de una niña que acaba de vestir a su gusto una muñeca.
―La
señorita está encantadora, tres jolie, ¿no es verdad? ―exclamó Hortense,
cruzando las manos con fingido arrobamiento.
―Ven
y preséntate ―dijo la señorita Belle, precediéndola al cuarto donde esperaban
las otras.
Al
seguirla con mucho crujir de seda, retintín de pendientes, movimiento de bucles
y palpitación de corazón, Meg pensaba que al fin su diversión había comenzado
de veras, porque el espejo le dijo claramente que estaba "verdaderamente
encantadora".
―Mientras
yo me visto, Annie, enséñale cómo arreglar su falda y esos tacones franceses, o
dará un tropezón. No arruinen el trabajo encantador de mis manos ―dijo Belle,
saliendo precipitadamente, muy satisfecha de su éxito.
―Temo
bajar; me siento tan extraña, tiesa y medio desnuda. . .
―susurró
Meg a la señorita Sallie cuando tocó la campana y la señora Moffat envió a
decir que bajasen las señoritas.
―No
pareces la misma, pero estás muy bonita. No puedo lucir a tu lado, porque Belle
tiene gusto y estás completamente francesa, te lo aseguro. Deja colgar las
flores; no te ocupes demasiado de ellas y no tropieces ―respondió Sallie.
Acordándose
bien del aviso, Meg bajó la escalera sin tropiezo y entró majestuosamente en el
salón, donde estaban reunidos los Moffat y algunos invitados tempranos. Pronto
descubrió que hay algo encantador en los vestidos elegantes que atrae a cierta
clase de gente y asegura su respeto. Algunos jóvenes que no habían hecho caso
de ella antes se tornaron de repente muy amables: algunos muchachos que no
habían hecho más que mirarla con extrañeza durante la reunión anterior, ahora
no se contentaron con mirarla, sino que rogaron ser presentados a ella y le
dijeron toda clase de tonterías; y algunas damas ancianas, que sentadas en
sofás criticaban a los demás, preguntaron con interés quién era.
Oyó
a la señora Moffat que respondía a una de ellas:
―Daisy
March... Su padre es coronel en el ejército. . . Una de nuestras mejores familias,
pero cambios de fortuna, ¿sabe usted? ...
Amiga
de los Laurence; una persona encantadora, le aseguro; mi Eduardo está loco por
ella.
―¡Vaya,
vaya! ―dijo la otra dama, levantando sus anteojos para inspeccionar otra vez a
Meg, que trató de aparentar no haber oído, ni ofenderse por las mentiras de la
señora Moffat.
La
“extraña sensación” no desapareció, pero se imaginó hacer el nuevo papel de una
dama elegante y logró hacerlo bastante bien, aunque el traje ajustado le
causaba dolores en el costado, la cola del traje se le ponía entre los pies y
temía constantemente que los pendientes se le cayeran y se rompiesen. Estaba
abanicándose y riéndose de las bromas tontas de cierto mozo, que trataba de ser
chistoso, cuando de pronto dejó de reír y se quedó desconcertada, porque vio a
Laurie enfrente de ella. El la miraba fijamente, sin disimular su sorpresa ni
su desaprobación, según pensó ella; porque aunque saludó y sonrió, algo en sus
ojos honestos la hizo ruborizarse y desear haberse puesto su vestido viejo.
Para
completar su confusión, vio a Belle hacerle señas a Annie y ambas pasaban la
mirada de ella a Laurie, más tímido y aniñado que de costumbre, cosa que ella
observó con placer.
“¡Qué
locas son metiéndome tales ideas en la cabeza! No haré caso de ello, ni
cambiaré lo más mínimo", pensó Meg, y atravesó la sala con mucho crujir de
seda para dar la mano a su amigo.
―Me
alegro que hayas llegado, porque temía que no vinieras ―dijo con aire de
persona mayor.
―Jo
quiso que viniera para contarle cómo estabas.
―¿Qué
le dirás? ―preguntó Meg llena de curiosidad por saber lo que pensaba de ella,
aunque sintiéndose por primera vez algo desconcertada delante de él.
―Diré
que no te conocí, porque pareces tan crecida y tan diferente que me da miedo de
ti ― ijo, jugueteando con el botón del guante.
―
¡Qué tontería! Las chicas me han vestido por diversión y me gusta. ¿No se
asombraría Jo si me viera?
―Creo
que sí.
―¿No
te agrada mi apariencia?
―No,
no me agrada.
―
¿Por qué no?
El
observó el pelo rizado, a los hombros desnudos y al traje recargado de adornos
con tal expresión que la desconcertó más que la respuesta.
―No
me agradan adornos ni plumas.
No
pudiendo aguantar tales cosas de un muchacho más joven que ella, Meg lo dejó,
diciendo con petulancia:
―Jamás
he visto un chico más descortés.
Sintiéndose
muy enfadada, se acercó a una ventana apartada para refrescar sus mejillas,
porque el traje apretado le hacía salir a la cara colores demasiado vivos.
Mientras estaba allí pasó el comandante Líncoln y un minuto después le oyó
decir a su madre:
―Se
han burlado de aquella muchachita. Deseaba que usted la viese, pero la han
estropeado por completo; esta noche no es nada más que una muñeca.
―
¡Ay de mí! ―suspiró Meg ―. Ojalá hubiera sido sensata y me hubiese puesto mi
vestido; no habría dado una impresión desagradable ni me hubiera sentido tan
molesta y avergonzada. Apoyó la frente sobre el vidrio frío y permaneció allí,
medio oculta por las cortinas, sin hacer caso de que había comenzado su vals
favorito, cuando alguien la tocó, y volviéndose vio a Laurie que parecía
arrepentido al decir con su mejor reverencia y la mano extendida:
―Perdona
mi descortesía y ven a bailar conmigo.
―Temo
que te sea muy desagradable ―dijo Meg, tratando de parecer ofendida, pero sin
lograrlo.
―De
ninguna manera; me dará mucho placer. Ven, seré bueno. No me agrada tu traje,
pero pienso que estás encantadora.
Meg
sonrió, se ablandó y susurró, mientras esperaban para tomar el pasó:
―Ten
cuidado de no tropezar con mi falda; es una peste; fue una tontería ponérmela.
―Sujétala
con un alfiler alrededor del cuello y entonces será de cierta utilidad.
Comenzaron a bailar ligeramente y con gracia; pues habiendo practicado en casa,
se acompañaban bien, y era un placer verlos tan jóvenes y ágiles dar vueltas y
vueltas rápidamente, sintiéndose más amigos que nunca después de su pequeño
disgusto.
―Laurie,
quiero que me hagas un favor; ¿lo harás? ―dijo Meg, mientras su compañero la
abanicaba cuando le faltó el aliento, aunque no quiso reconocer por qué.
―
¡Claro que sí! ―respondió Laurie con presteza.
―No
comentes en casa el traje que me he puesto esta noche. No podrán comprender la
broma y le disgustará a mamá.
―¿Entonces,
por qué te lo has puesto? ―dijeron tan claramente los ojos de Laurie, que Meg
se apresuró a añadir:
―Yo
misma les diré todo y confesaré a mamá qué tonta he sido.
Pero
prefiero hacerlo yo misma; no dirás nada, ¿verdad?
―Te
doy mi palabra que no diré nada; pero, ¿qué diré cuando me pregunten?
―Di
que estaba bonita y que me divertía muchísimo.
―Lo
primero lo diré de todo corazón; pero, ¿y lo demás? No me parece que te
diviertas muchísimo. ¿Es verdad?
―No,
en este momento. No pienses que soy horrible; solamente quería divertirme un
poco, pero ya veo que no vale la pena hacerlo de este modo y me voy cansando de
ello.
―Aquí
viene Ned Moffat; ¿qué desea? ―dijo Laurie, frunciendo las cejas.
―Le
he prometido tres bailes y supongo que viene a buscarlos.
¡Qué
fastidioso! ―murmuró Meg, con aire lánguido, que hizo mucha gracia a Laurie.
No
le habló otra vez hasta la hora de la cena, cuando la vio beber champaña con
Ned y su amigo Fisher, que se conducían como un par de locos, según se dijo
Laurie para sí porque se sentía con cierto derecho fraternal para proteger a
las March y pelear por ellas siempre que necesitaran un defensor.
―Mañana
tendrás un dolor de cabeza terrible si bebes demasiado.
Yo
no lo haría, Meg; no le gustaría a tu madre, ya sabes ―susurró, acercándose a
ella, mientras Ned se volvía para volver a llenar su vaso y Fisher se inclinaba
a recoger su abanico.
―Esta
noche no soy Meg; soy una muñeca que hace toda clase de tonterías. Mañana me
quitaré todos mis adornos y plumas y seré muy buena otra vez ―respondió con
risa afectada.
―Entonces
quisiera que ya fuese mañana ―murmuró Laurie, marchándose disgustado por el
cambio de ella.
Meg
bailó, coqueteó, charló y rió por cualquier cosa como hacían las demás. Después
de la cena trató de bailar un paso alemán, con tanta torpeza, que casi hizo
caer a su compañero con su falda larga, y brincó de tal modo que escandalizó a
Laurie, que al verla pensaba retarla bastante.
Pero
no encontró ocasión para ello, porque Meg se mantuvo fuera de su alcance hasta
el momento de despedirse.
―¡Recuerda!
―dijo, tratando de sonreír, porque el dolor de cabeza había ya comenzado.
―Silencio
hasta la muerte ―dijo Laurie, saludándola melodramáticamente.
Este
breve diálogo excitó la curiosidad de Anne; pero Meg estaba demasiado cansada
para charlar. Se acostó con la sensación de haber estado en un baile de
máscaras y de no haberse divertido tanto como había imaginado. Estuvo enferma
todo el día siguiente, y el sábado volvió a casa fatigadísima de sus dos
semanas de diversión y hastiada de la atmósfera de lujo que había respirado.
―
¡Qué grato parece estar tranquila y no tener que estar siempre cuidando los
modales! El hogar es un sitio agradable, aunque no sea magnífico ―dijo Meg,
contemplando el cuarto con expresión tranquila, sentada en compañía de su madre
y Jo la tarde del domingo.
―Me alegra
oírte hablar así, querida mía, porque yo temía que el hogar te pareciera algo
triste y pobre después de haber vivido entre lujos ― respondió su madre, que le
había echado muchas miradas ansiosas aquel día. Los ojos maternos pronto notan
cualquier cambio en la cara de sus hijos.
Meg
había relatado vivamente sus aventuras y no se cansaba de repetir que había
pasado un tiempo encantador; pero, sin embargo, algo parecía afligirla. Cuando
las chicas más jóvenes se fueron a acostar, se quedó sentada mirando fijamente
al fuego, hablando poco y muy preocupada.
Dieron
las nueve y Jo propuso acostarse. De repente Meg se levantó y sentándose en el
taburete de Beth apoyó los codos sobre las rodillas de su madre y dijo con
decisión; ― Mamá, quiero "confesar".
―Me
lo imaginaba; ¿qué tienes que confesar, querida mía?
―¿Debo
ausentarme? ―preguntó Jo.
―Claro
que no; ¿no te digo siempre todo? Me daba vergüenza hablar de ello delante de
las niñas; pero quiero que sepan todas las cosas terribles que hice en casa de
los Moffat.
―Estamos
preparadas ―dijo la señora March, sonriendo, aunque algo preocupada.
―Les
dije cómo me vistieron, pero no dije que me pusieron polvo en la cara; me
apretaron la cintura, me rizaron y me pusieron como un verdadero figurín. A
Laurie no le pareció bien; lo sé, aunque no dijo nada, y un caballero me llamó
"una muñeca". Yo sabía que era una necedad, pero me adularon y
dijeron que era encantadora y muchísimas otras tonterías, así que dejé que me
pusieran en ridículo.
―¿Eso
es todo?― preguntó Jo, mientras la señora March miraba silenciosamente la cara
abatida de su preciosa hija sin decidirse a censurar sus tonterías.
―No;
bebí champaña, brinqué y traté de coquetear; me comporté de un modo detestable
― ontestó Meg, con tono acusador.
―Sospecho
que hay algo más ―y la señora March acarició la mejilla suave, que se ruborizó
súbitamente, mientras la joven respondía lentamente:
―Sí;
es muy tonto, pero quiero decírselos porque detesto que la gente diga o piense
tales cosas de nosotras y de Laurie.
Entonces
relató las murmuraciones oídas en casa de los Moffat, y a medida que hablaba
notó que Jo y su madre apretaban fuertemente los labios como disgustadas de que
hubiesen metido tales ideas en la mente inocente de Meg.
―
¡En mi vida he oído mayores estupideces! ―gritó Jo con indignación ―. ¿Por qué
no se lo dijiste así al momento?
―No
podía; ¡estaba tan desconcertada! Al principio no pude evitar oírlas y después
estaba tan furiosa y avergonzada que me olvidé que debía alejarme.
―Espera
a que yo vea a Annie Moffat y verás cómo se arreglan las ridiculeces. ¿Conque
tenemos "proyectos" y somos amigas de Laurie porque es rico y luego
puede casarse con una de nosotras? ¡Cuánto se reirá cuando le diga lo que
aquellas tontas dicen de nosotras!
―Si
se lo dices a Laurie, no te lo perdonaré jamás. Ella no debe hacerlo, ¿verdad,
mamá? ― ijo Meg, alarmada.
―No;
no repitan esa necia charla y olvídenla lo antes posible ―contestó gravemente
la señora March ―. Fui muy imprudente en dejarte visitar a personas que conozco
tan poco, amables probablemente, pero mundanas, mal educadas y llenas de ideas
vulgares acerca de los jóvenes.
No
puedo decir cuánto siento el mal que esta visita puede haberte hecho, Meg.
―No
te preocupes por eso; no dejaré que me haga mal; olvidaré todo lo malo y
solamente me acordaré de lo bueno, porque pasé muy buenos ratos y te doy las
gracias por haberme permitido ir. Sé que soy una muchacha tonta y permaneceré
contigo hasta que sea capaz de cuidarme por mí misma. ¡Pero es tan agradable
recibir elogios y cumplidos, que no puedo negar que me gustan! ―dijo Meg, medio
avergonzada por la confesión.
―Eso
es perfectamente natural y no pernicioso, si tu inclinación no se convierte en
pasión y te hace conducirte de manera estúpida o indigna de una señorita.
Aprende a reconocer y apreciar las alabanzas que vale la pena recibir y
atraerte la admiración de personas buenas por ser modesta tanto como hermosa,
Meg.
Meg
quedó pensativa un momento, mientras Jo, de pie, con las manos a la espalda, la
miraba interesada y perpleja. Ver a Meg ruborizarse y hablar de admiración,
novios y cosas parecidas era una novedad.
Jo
experimentaba la sensación de que durante aquellos quince días su hermana había
crecido extraordinariamente y se alejaba de ella hacia un mundo donde no podía
seguirla.
―Madre
mía, ¿tienes "proyectos", como dice la señora Moffat?
―preguntó
Meg, ruborizada.
―Sí,
querida mía, tengo muchísimos; todas las madres los tienen; pero sospecho que
los míos son algo diferentes de los de la señora Moffat. Te diré algunos,
porque ha llegado el tiempo en que una palabra puede poner en buena dirección
esa cabecita y corazón romántico sobre asuntos muy graves. Eres joven, Meg,
pero no demasiado joven para no comprenderme, y los labios maternos son los
mejores para hablar de tales cosas a jóvenes como tú. Jo, también a ti te
llegará el turno quizás, así que escuchen mis "proyectos" y ayúdenme
a realizarlos si son buenos.
Jo
se sentó en un brazo de la butaca con el aspecto de quien va a participar en un
acto solemne. Tomando una mano de cada una, la señora March dijo con seriedad y
a la vez con optimismo:
―Quiero
que mis hijas sean hermosas, distinguidas y buenas, que se hagan querer y
respetar; que tengan una juventud feliz; que se casen bien y prudentemente; que
pasen vidas útiles y felices, tan libres de dificultades y tristeza como Dios
quiera concedérselas. Ser amada y distinguida por un hombre bueno es lo mejor
que puede ocurrirle a una mujer, y mi esperanza es que mis hijas conozcan esta
hermosa experiencia.
Es
natural pensar en ello. Meg, es justo esperarlo y prudente prepararse para
ello, de manera que cuando llegue la hora puedan sentirse listas para sus
deberes y dignas de la felicidad. Hijas mías, soy ambiciosa para ustedes; pero
no deseo que hagan un papel ruidoso en el mundo, ni que se casen con hombres
ricos porque son ricos o que tengan casas espléndidas, que no sean verdaderos
hogares, porque falte el amor en ellos. El dinero es cosa útil y preciosa, y
también noble cuando se emplea bien; pero no quiero que lo consideren como el
primero o el único premio que ganar. Preferiría verlas esposas de hombres
pobres si fueran felices, amadas y contentas, que reinas en sus tronos sin
propia estimación ni paz.
―Las
muchachas pobres no tienen oportunidades, dijo Belle, si no se hacen valer
―suspiró Meg.
―Entonces
seremos solteronas ―repuso Jo seriamente.
―Bien
dicho, Jo; más vale ser solteronas felices que casadas desgraciadas o muchachas
inmodestas a caza de maridos ―dijo decididamente la señora March ―. No hagas
caso, Meg; la pobreza rara vez intimida al hombre que ama de veras. Algunas de
las madres y más estimadas mujeres que conozco eran muchachas pobres, pero tan
dignas de ser amadas que no alcanzaron a ser solteronas. Dejen tales cosas al
tiempo. Hagan feliz este hogar, para que estén preparadas para sus propios
hogares, si es ésa vuestra suerte, y contentas si no lo es. Recuerden una cosa,
hijas mías: su madre está siempre lista para ser su confidente, y vuestro padre
para ser vuestro amigo; esperamos y con― fiamos que nuestras hijas, casadas o
solteras, constituirán el orgullo y consuelo de nuestras vidas.
―Lo
seremos, mamá, lo seremos ―exclamaron ambas con todo su corazón, mientras su
madre les daba las buenas noches.
CAPITULO
10
CUADRILLAS
Y CORREOS
Con
la llegada de la primavera se pusieron de moda nuevas diversiones, y los días
más largos daban tiempo para toda clase de trabajos y recreos. Era menester
labrar el jardín, y, cada hermana tenía la cuarta parte de un jardincito, donde
podía hacer lo que gustara. Hanna solía decir: "Adivinaría de quién es
cada jardincito aunque lo viera en la China." Bien podía decirlo, porque
los gustos de las muchachas diferían tanto como sus caracteres. Meg tenía en el
suyo rosas, hebotropo, mirto y un pequeño naranjo. El jardincito de Jo no
estaba dos años lo mismo porque siempre hacía experimentos. Este año iba a ser
una plantación de girasoles, cuyas semillas habían de dar de comer a la gallina
Muñuda y su familia de polluelos. Beth tenía flores perfumadas: arvejillas,
reseda, delfino, clavelinas y artemisa, álsine para el pájaro y yerba gatera
para los gatos. En su jardincito tenía Amy una glorieta, algo pequeña y
desigual, pero muy bonita, rodeada de guirnaldas de madreselva y campanillas;
lirios altos y blancos, helechos delicados y tantas clases de plantas como
quisiesen florecer allí.
Trabajando
en el jardín, paseando, remando en el río y buscando flores silvestres, pasaban
los días en que hacía buen tiempo; para los lluviosos tenían entretenimientos
en casa, todos más o menos originales.
Uno
de ellos era "La cuadrilla de Pickwick"; porque como las sociedades
secretas estaban de moda, pensaron que sería muy adecuado tener una, y siendo
todas ellas admiradoras de Dickens, la titularon "La cuadrilla de
Pickwick". Con pocas interrupciones, la habían mantenido por un año,
celebrando sus sesiones los sábados por la noche en la boardilla grande con el
ceremonial siguiente: se colocaban tres sillas en línea delante de una mesa,
sobre la cual había una lámpara, cuatro distintivos blancos, con letras
"C. P", en tamaño grande, y el periódico, que aparecía todas las
semanas, llamado "El Cartapacio Pickwick”, redactado entre todas, con Jo
de director. A las siete, los cuatro miembros de la cuadrilla subían a su
cuarto, se ajustaban a la cabeza los distintivos y se sentaban con mucha
solemnidad. Meg, por ser la mayor, era Samuel Pickwick; Jo, Agustín Snodgrass;
Beth, Tracy Tupman, y Amy representaba a Nataniel Winkle. Pickwick, el
presidente, leía el periódico, lleno de cuentos originales, poesías, noticias
locales, anuncios curiosos y notas sueltas, por las cuales se recordaban una a
otra sus faltas y deficiencias.
En
una ocasión, el señor Pickwick se puso un par de gafas sin cristal, golpeó la
mesa, tosió, y después de encarar al señor Snodgrass, que no acababa nunca de
poner derecha su silla comenzó a leer "El Cartapacio".
Al
terminar el presidente la lectura, sonó una salva de aplausos, después de lo
cual, el señor Snodgrass se levantó para hacer una proposición.
―Señor
presidente, caballeros ―comenzó, adoptando un tono parlamentario ―, deseo
proponer la admisión de un miembro nuevo; se trata de uno que bien merece el
honor, que lo agradecería sinceramente, aumentaría en alto grado la animación
de la cuadrilla, el valor literario del periódico y el bienestar general.
Propongo como miembro honorario del "C.P." al señor Theodore
Laurence. ¡Bien! Vamos a darle entrada.
El
cambio súbito en la voz de Jo hizo reír a las chicas; pero todas se quedaron
pensativas y ninguna dijo una palabra al tomar asiento Snodgrass.
―Lo
pondremos a votación ―dijo el presidente ―. Todos los que estén a favor de esta
proposición tengan la bondad de manifestarlo diciendo " ¡Sí! ".
Una
fuerte respuesta de Snodgrass, seguida de otra tímida de Beth, sorprendió a
todas.
―Los
que estén en contra digan "No".
Meg
y Amy votaron en contra, y el señor Winkle se levantó para decir con mucha
elegancia:
―No
queremos admitir muchachos; no hacen más que bromear y brincar. Esta sociedad
es para señoras y deseamos que sea confidencial y propia.
―Temo
que se reirá de nuestro periódico y se burlará de nosotras después ―observó
Pickwick, tirándose del bucle de la frente, como solía hacer cuando estaba
indecisa.
Snodgrass
se levantó de un salto y dijo con mucha seriedad:
―Señor
presidente, le doy mi palabra de honor que Laurie no hará tal cosa. Le gusta
mucho escribir y elevará la calidad de nuestras producciones, evitando que sean
demasiado sentimentales, ¿comprenden?
Hacemos
tan poco por él y él hace tanto por nosotras, que lo menos que podemos hacer,
en mi opinión, es ofrecerle un asiento aquí y darle la bienvenida si acepta.
Esta
hábil alusión a los beneficios recibidos hizo levantarse a Tupman completamente
convencido.
―Sí,
debemos hacerlo, aunque tengamos miedo. Digo que puede venir, y su abuelo
también, si lo desea.
La
cuadrilla quedó boquiabierta por esta animosa frase de Beth. Jo se levantó para
darle la mano en señal de aprobación.
―Ahora
votemos de nuevo y que todas recuerden que se trata de nuestro Laurie y digan
"Sí" ―gritó vivamente Snodgrass.
―
¡Sí! , ¡sí! , ¡sí! ―respondieron tres voces a la vez.
―
¡Bueno!, que Dios las bendiga. Ahora, como hay que asir la ocasión por los
cabellos, permítanme que les presente el miembro nuevo ―y con espanto de los
demás miembros de la cuadrilla, Jo abrió la puerta del armario y mostró a
Laurie sentado en el saco de trapos, sofocado y guiñando los ojos a fuerza de
aguantar la risa.
―¡Pícaro!,
¡traidor! Jo, ¿cómo te has atrevido? ―exclamaron las tres muchachas, mientras
Snodgrass sacaba triunfalmente a su amigo, y brindándole una silla y un
distintivo, le daba posesión en un santiamén.
―La
frescura de ustedes dos, pícaros, es inaudita ―comenzó a decir el señor
Píckwick, tratando de fruncir las cejas, sin lograr otra cosa que producir una
sonrisa amable. Pero el nuevo miembro se puso a la altura de las
circunstancias. Saludando graciosamente al presidente, se levantó y dijo de la
manera más gentil:
―Señor
presidente, señoras. . ., perdonen, caballeros; permítanme presentarme como Sam
Weller, el humilde servidor de la sociedad.
―¡Bien,
bien! ―exclamó Jo, dando golpes con el mango de¡ viejo calentador, sobre el
cual se apoyaba.
―Mi
fiel amigo y noble patrón ―continuó Laurie, agitando la mano ― , que acaba de
presentarme con elogios tan inmerecidos, no merece ser censurado por la torpe
estratagema de esta noche. Yo la ideé y ella cedió después de muchas protestas.
―Vamos,
no te eches toda la culpa; ya sabes que fui yo quien propuso lo del armario ―
nterrumpió Snodgrass, que gozaba inmensamente de la broma.
―No
hagan caso de lo que dice. Yo soy el traidor que lo hizo, señor ―dijo el
miembro nuevo, saludando al señor Pickwick a la manera de Sam Weller―. Pero,
bajo mi palabra de honor, no lo volveré a hacer, y de aquí en adelante me
consagraré a promover relaciones amistosas entre los países vecinos, he
establecido un buzón en el seto en el rincón más bajo del jardín: un edificio
amplio y hermoso, con candados en las puertas y todo lo conveniente para el
despacho de correos. Es la vieja casa de las golondrinas; pero he cerrado la
puerta y abierto el techo de manera que puede contener toda clase de objetos y
evitarnos la pérdida de un tiempo precioso. Cartas, manuscritos, libros y
paquetes pueden depositarse en ella; y, como cada país tiene una llave, creo
que será muy útil. Permítanme que presente la llave a la sociedad y que,
repitiendo las gracias por vuestra benevolencia, tome asiento.
Calurosos
aplausos sonaron cuando el señor Weller puso una llavecita sobre la mesa y tomó
asiento; el calentador resonó y se agitó locamente, y pasó largo rato antes de
que se restableciese el orden.
Siguió
una larga discusión, en la cual quedaron todas muy bien, porque cada una hizo
lo mejor que pudo; resultó, pues, una sesión más animada que de costumbre, que
se prolongó bastante, levantándose con tres ruidosas aclamaciones al nuevo
miembro.
Nadie
se arrepintió de haber admitido a Sam Weller, porque miembro más fiel, jovial o
bien intencionado no podría encontrarse.
Ciertamente
dio más estímulo a las reuniones y aumentó el valor literario del periódico,
porque los miembros se reían a carcajadas de sus discursos y sus artículos eran
de buena calidad: patrióticos, clásicos, cómicos o dramáticos, pero nunca
sentimentales. Jo los juzgaba dignos de Shakespeare, Bacon o Milton, y se
sintió impulsada a remoldear sus propios trabajos literarios con buen resultado
en su opinión.
El
correo fue una excelente institución, y floreció maravillosamente, porque
pasaban por él tantas cosas curiosas como por un correo de verdad. Tragedias y
corbatas, poesías y tarros de dulce, semillas para el jardín, cartas largas,
música y pan de jengibre, galochas, invitaciones, regaños y perrillos. El viejo
señor gozaba del juego y se divertía enviando paquetes curiosos, comunicaciones
misteriosas y telegramas cómicos; su jardinero, vencido por los encantos de
Hanna, le envió una carta amorosa a cargo de Jo. ¡Cómo se rieron cuando se
descubrió el secreto, sin imaginar las muchas cartas amorosas que el buzón
estaba llamado a recibir en años venideros!
CAPITULO
11
EXPERIMENTOS
¡Día
primero de junio!; mañana se van los King a la costa y estoy libre! ¡Tres meses
de vacaciones! ¡Cómo voy a divertirme! ―exclamó Meg al entrar en casa un día de
calor y encontrando a Jo acostada en el sofá, más cansada que de costumbre,
mientras Beth le quitaba las botas cubiertas de polvo y Amy preparaba limonada
para que todas se refrescasen.
―Hoy
se fue la tía March. ¡Albricias! ―dijo Jo ―. Tenía un miedo mortal que me
invitase a acompañarla. Si lo hubiera hecho, me habría sentido obligada a
aceptar; pero como saben, Plumfield es tan festivo como un cementerio, y
prefería que me dispensara. Andábamos enloquecidas preparando la marcha y yo
temblaba cada vez que me hablaba, porque con la prisa de acabar estuve
extraordinariamente amable y complaciente, tanto que temí que a último momento
no, quisiera dejarme.
Estuve
alarmada hasta que la vi instalada en el coche, y entonces me llevé el susto
final, porque al ponerse el coche en marcha asomó la cabeza por la ventanilla,
diciendo: "Jo, ¿no quieres?. . ."No oí más porque cometí la cobardía
de darme vuelta y huir hasta doblar la esquina, donde ya me sentí segura.
―¡Pobre
Jo! Traía una cara como si la persiguieran dos osos ―dijo Beth, acariciándole
los pies.
―La
tía March es un verdadero "zafiro", ¿verdad? ―observó Amy.
―Quiere
decir "vampiro", no la piedra preciosa; pero no importa; hace
demasiado calor para detenerse en minucias gramaticales ―murmuró Jo.
―¿Qué
van a hacer durante sus vacaciones? ―preguntó Amy, cambiando de tema.
― Me
levantaré tarde y no haré nada ―respondió Meg desde el fondo de la mecedora ―.
He tenido que madrugar todo el invierno y pasar los días trabajando para otros;
así que voy a descansar y a gozar todo lo que pueda.
―¡Ya!
―dijo Jo ―. Esa modorra no va conmigo. He reunido una pila de libros y voy a
aprovechar las horas de sol leyendo en la rama del viejo manzano, cuando no
esté retozando con Laurie.
―Oye,
Beth, vamos a dejar las lecciones por algún tiempo, para no hacer más que jugar
y descansar, como han pensado las mayores ―propuso Amy.
―Bueno;
estoy conforme, si mamá lo permite. Deseo aprender canciones nuevas y tengo que
arreglar a mis niños para el verano: sufren por la falta de vestidos.
―¿Podemos
hacerlo, mamá? ―preguntó Meg, volviéndose hacia la señora March, que cosía en
lo que solían llamar el rincón de mamá.
―Pueden
hacer el experimento que han pensado por una semana y ver si les gusta. Creo
que para el sábado por la noche habrán descubierto que todo juego y nada de
trabajo es tan malo como todo trabajo y nada de juego.
―¡Verás
cómo no! ¡Será delicioso! , estoy segura ―dijo afablemente Meg.
―Ahora
propongo un brindis, como dice mi "amiga y compañera Saury Ganp":
Viva la alegría y dejarse de tonterías ―gritó Jo, levantándose con un vaso en
la mano, mientras circulaba la limonada.
Todas
bebieron alegremente y comenzaron el experimento, descansando el resto del día.
A la mañana siguiente no apareció Meg hasta las diez; su desayuno solitario no
le gustó mucho: el comedor parecía desolado y desordenado, porque Jo no había
llenado los floreros ni Beth había limpiado el polvo; los libros de Amy estaban
esparcidos por todas partes. Nada estaba arreglado y agradable sino el rincón
de mamá, que tenia su apariencia acostumbrada, y allá se sentó para descansar y
leer, pero acabó por bostezar y pensar en los trajes bonitos para el verano que
podía comprar con lo que ganaba. Jo pasó la mañana en el río con Laurie, y la
tarde en la rama del manzano leyendo y llorando con una novela triste. Beth
comenzó por sacar fuera todo lo que había en el armario grande, donde vivía su
familia; pero cansada a la mitad del trabajo, dejó su establecimiento patas
arriba y se fue a su música, alegrándose de no tener cacharros que fregar. Amy
arregló su glorieta, se puso su mejor traje blanco, se peinó los bucles y se
sentó bajo la madreselva para dibujar, esperando que alguien la viera y
preguntara quién era la joven artista. Pero como no apareció nadie, sino una
araña curiosa que examinó su trabajo con mucho interés, se fue a dar un paseo,
donde la sorprendió un chaparrón y volvió a casa calada hasta los huesos.
A la
hora del té cambiaron impresiones, estando todas de acuerdo en que había sido
un día encantador, aunque les pareciera más largo que de costumbre. Meg, que
había visitado las tiendas por la tarde y comprado "una muselina azul muy
bonita", descubrió, después de cortar el vestido, que no se podía lavar,
lo cual la decepcionó. Jo tenía la piel de la nariz tostada por el sol,
resultado de la mañana pasada en el bote, y un horrible dolor de cabeza de
tanto leer. Beth estaba molesta por el desorden del armario y lo difícil de
aprender tres o cuatro canciones a un tiempo, y Amy lamentaba la mojadura de su
vestido, porque estaba invitada a casa de Katy Brown al día siguiente y no
tenía nada que ponerse.
Pero
éstas eran pequeñeces, y todas aseguraron a su madre que el experimento iba muy
bien. Ella sonrió sin decir nada, y con la ayuda de Hanna hizo el trabajo
abandonado por las chicas, manteniendo grato el hogar y la máquina doméstica en
suave marcha.
Era
sorprendente la extraña y molesta situación que se produjo con el procedimiento
de "descansar y divertirse". Los días se hacían cada vez más largos,
el tiempo estaba más variable que de costumbre, así como el humor de ellas;
todas se sentían inquietas y la ociosidad resultó ser madre de no pocos
malestares. Como colmo de lujo, Meg dio parte de su costura a una costurera, y
después se le hizo tan pesado el tiempo, que comenzó a cortar y estropear sus
trajes para imitar a las Moffat. Jo leyó hasta que le dolieron los ojos, se
aburrió de los libros y se puso tan nerviosa, que hasta Laurie, con todo su
buen humor, riñó con ella. Beth logró pasarlo bastante bien, porque siempre se
olvidaba de la consigna de "todo juego y nada de trabajo", y de vez
en cuando volvía a sus antiguas costumbres; pero algo en la atmósfera la
afectó, turbando más de una vez su tranquilidad, hasta el punto de que un día
sacudió a la pobre querida Jo y la llamó "espantajo". Amy fue la que
se vio peor, porque tenía pocos recursos, y cuando sus hermanas la dejaron que
se entretuviese y se cuidase por sí sola, descubrió que su personalidad
distinguida e importante era una pesada carga. Las muñecas no le gustaban, los
cuentos de hadas eran cosa de niño y no iba a estar dibujando continuamente.
Las invitaciones para el té y las excursiones no resultaban gran cosa si no se
preparaban con mucho cuidado.
Ninguna
quería confesar que estaba cansada del experimento, pero cuando llegó la noche
del viernes todas reconocían que se alegraban de que faltara poco para acabar
la semana. Con la esperanza de acentuar la lección, la señora March, que tenía
buen humor, decidió completar el experimento de un modo apropiado, para lo cual
dio a Hanna un día de fiesta y dejó que las chicas disfrutaran plenamente los
efectos del sistema de juego incesante. Cuando se levantaron el sábado por la
mañana, no había fuego en la cocina, ni desayuno en el comedor, ni aparecía su
madre por ninguna parte.
―¡Pobres
de nosotras! ¿Qué pasa aquí? ―gritó Jo, mirando espantada a su alrededor.
Meg
corrió arriba y volvió a poco con expresión tranquilizadora, pero algo perpleja
y avergonzada.
―Mamá
no está enferma; solamente algo cansada, dice que se quedará tranquila en su
cuarto todo el día y que hagamos, lo que podamos.
Es
muy raro en ella hacer tal cosa; pero dice que la semana le ha sido algo dura;
no debemos quejarnos, sino cuidarnos nosotras mismas.
―Eso
es fácil y me gusta la idea. Estoy deseando hacer algo. . ., quiero decir,
alguna diversión nueva ―dijo Jo.
En
realidad, era un gran alivio para su aburrimiento tener algo que hacer, y se
pusieron a ello con todo corazón; pero pronto comprendieron lo cierto de lo que
Hanna solía decir: "el cuidar de la casa no es una broma". En la
despensa había provisiones abundantes, y mientras Beth y Amy ponían la mesa,
Meg y Jo preparaban el desayuno, preguntándose al hacerlo por qué se quejarían
tanto las criadas de su trabajo.
―Le
subiré algo a mamá, aunque dijo que no nos ocuparamos de ella porque se
cuidaría ella misma ―dijo Meg, que presidía la mesa, detrás de la tetera, y
apreciaba su importante papel.
Prepararon
una bandeja y la enviaron arriba con los saludos de la cocinera. El té hervido
estaba amargo, la tortilla quemada y las galletas salpicadas de bicarbonato
pero la señora March recibió gentilmente su comida y se rió mucho de ellas
cuando estuvo sola.
―
¡Pobrecitas! , temo que pasarán un día cansador, pero no sufrirán y les será
provechoso ― ijo, mientras sacaba los comestibles más agradables de que se
había provisto y se deshizo del desastroso desayuno, para que no se ofendiesen
las niñas.
Abajo
hubo muchísimas quejas, y la maestra cocinera sufrió no poca mortificación por
sus fracasos culinarios.
―No
hagas caso; yo prepararé la comida y seré la criada; tú harás de señora;
recibirás las visitas y darás órdenes ―dijo Jo, que entendía de cocina todavía
menos que Meg.
Meg
aceptó con alegría tan amable oferta y se retiró a la sala, que arregló
rápidamente, echando todos los papeles debajo del sofá y cerrando las persianas
para evitarse el trabajo de limpiar el polvo. Jo, confiada en sus propias
habilidades, y deseando reconciliarse con su amigo, puso en seguida una carta
en el buzón para invitar a Laurie a comer.
―Sería
prudente ver lo que tienes antes de invitar a nadie ―dijo Meg, cuando se enteró
de la amistosa pero arriesgada iniciativa.
―
¡Oh! , tenemos carne en conservas y papas abundantes; compraré algunos
espárragos y una langosta para "el extraordinario", como dice Hanna.
Tendremos lechugas y haremos una ensalada. No sé cómo hacerla, pero el libro lo
dirá. Pondré pastel blanco y fresas para postre, y café también, si quieres que
lo hagamos con elegancia.
― No
te compliques, Jo, porque no sabes hacer nada que se pueda comer, como no sea
pan de jengibre y almíbar. Yo me lavo las manos en lo de la invitación, y
puesto que has invitado a Laurie bajo tu propia responsabilidad, tú cuidarás de
él.
―Yo
no te pido nada más que seas amable con él y que me ayudes con el pastel
blanco. Tú me aconsejarás si se me pega, ¿verdad?
―preguntó
Jo algo ofendida.
―Sí;
pero yo no sé mucho, fuera de hacer pan y algunas cosas sencillas.
Mejor
será que pidas permiso a mamá antes de encargar cualquier cosa ―repuso Meg.
―Claro
que lo haré; no soy tonta ―y Jo se fue algo enojada por las dudas expresadas
por su hermana en cuanto a sus condiciones.
―Encarga
lo que gustes y no me molestes; voy a comer fuera y no puedo ocuparme de la
casa ―dijo la señora March cuando Jo le habló ―.
Nunca
me ha gustado el trabajo casero; hoy voy a darme un respiro para leer,
escribir, hacer visitas y distraerme.
El
inusitado espectáculo de su activa madre, cómodamente sentada en la mecedora,
causó en Jo la impresión de algún fenómeno de la naturaleza; un eclipse, un
terremoto o una erupción volcánica no le hubieran parecido más extraños.
―Todo
está alterado, no sé cómo ―dijo para sí, bajando a la cocina ―. Allá está Beth
llorando, señal segura de que algo se ha atravesado en la casa. Si Amy la está
fastidiando, la retaré.
Sintiéndose
ella también trastornada, Jo apuró el paso hacia la sala, donde encontró a Beth
llorando sobre el canario, Pepito, que estaba muerto en su jaula con las
patitas extendidas patéticamente, como si pidieran el alimento, por falta del
cual había muerto.
―Yo
tengo la culpa. . . Yo... me olvidé de él ... ; ¡no tiene ni una semilla ni una
gota de agua! . . . ¡Oh, Pep!, ¡Pep!, ¿cómo he podido ser tan cruel contigo?
―gemía Beth, levantando al pobrecito en las manos y tratando de hacerlo volver
en sí.
Jo
examinó los ojos medio cerrados, palpó el corazoncito y viendo que el pajarito
estaba tieso y frío, sacudió la cabeza y ofreció la cajita de dominó como
ataúd.
―Ponlo
en el horno, y tal vez se caliente y reviva ―dijo Amy.
―Después
de haberlo dejado morir de hambre, no voy a cocerlo.
Le
haré una mortaja y lo enterraré en un sepulcro; ¡nunca tendré otro pájaro,
nunca!, ¡Pep mío!, soy demasiado mala para tener uno ―sollozaba Beth, sentada
en el suelo, con su favorito entre las manos.
―Esta
tarde tendremos el entierro e iremos todas. No llores, Beth; es una lástima,
pero esta semana todo está revuelto, y Pep ha pagado el experimento ―dijo Jo.
Dejando
a las otras al cuidado de consolar a Beth, Jo se fue a la cocina, que estaba en
un desorden lastimoso. Poniéndose un delantal grande, comenzó a trabajar, y
había recogido los platos para fregarlos cuando descubrió que el fuego se había
apagado.
―¡Estamos
listas! ―murmuró Jo, atizando las cenizas.
Una
vez encendido de nuevo, pensó ir al mercado mientras se calentaba el agua. El
paseo la animó, y, con la ilusión de haber encontrado gangas, volvió a casa
después de comprar una langosta muy joven, algunos espárragos muy viejos y dos
canastillas de fresas agrias. Cuando todo estuvo arreglado llegaron los
comestibles y la estufa se puso toda roja. Hanna había dejado una tartera de
pan para que fermentase; Meg la había amasado demasiado pronto y la había
puesto en el hogar para una segunda fermentación, olvidándose después de ello.
Estaba Meg hablando en la sala con Sallie Gardiner, cuando de repente la puerta
se abrió y una cara sucia, enrojecida y cubierta de harina, apareció,
preguntando agriamente:
―Dime,
¿no está el pan lo bastante fermentado cuando se sale de la tartera?
Sallie
se echó a reír, pero Meg hizo una seña afirmativa y arqueó las cejas de tal
modo, que la visión desapareció para poner en el horno el pan agrio sin más
averiguaciones. La señora March salió de casa después de echar una ojeada por
todas partes para ver cómo iban las cosas y dirigir algunas palabras de
consuelo a Beth, que estaba haciendo tina mortaja mientras el querido difunto
yacía expuesto en la cajita de dominó. Una extraña sensación de desamparo se
apoderó de las muchachas al ver desaparecer a su madre detrás de la esquina;
desamparo que culminó en desesperación cuando, pocos minutos después, se
presentó la señorita Crocker convidándose a comer. Era una dama solterona,
delgada y amarillenta, de nariz puntiaguda y ojos curiosos, que lo viera todo y
chismorreaba todo lo que veía. No les era simpática, pero acostumbraban a
tratarla con amabilidad, sencillamente porque era vieja, pobre y tenía pocos
amigos. Así que Meg le cedió el sillón y trató de entretenerla mientras ella
hacía preguntas, lo criticaba todo y contaba cuentos de sus conocidos.
Lo
que Jo trabajó y aguantó aquella mañana no hay palabras que lo expliquen. La
comida que sirvió se hizo famosa. Temiendo pedir más consejos, hizo sola lo que
pudo, y descubrió que hacía falta algo más que voluntad; los espárragos
hirvieron por una hora y descubrió consternada que se habían deshecho las
puntas y endurecido los tallos. El pan se le quemó, porque la preparación de la
ensalada la fastidió tanto que abandonó lo demás, hasta convencerse de que no
le salía bien. La langosta fue un misterio escarlata, pero a fuerza de golpear
y escarbar logró limpiarla, y escondió la escasa cantidad de carne que resultó
bajo un montón de hojas de lechuga. Tuvo que apresurarse con las patatas para
no hacer esperar a los espárragos, y al fin no estaban tan cocidas como le
habían parecido.
"¡Bueno!
Pueden comer carne y pan con manteca si tienen hambre; pero es mortificante
emplear toda la mañana para nada", pensó Jo cuando tocaba la campana una
media hora más tarde que de costumbre, y sofocada, cansada y desanimada pasaba
revista al banquete preparado para Laurie, acostumbrado a toda clase de lujos,
y para la señorita Crocker, cuyos ojos curiosos no perderían falta y cuya
lengua murmuradora tendría tema para rato.
Cuando
una cosa tras otra era probada y dejada, la pobre Jo hubiera querido esconderse
debajo de la mesa; Amy reía sin ganas, Meg estaba azorada, la señorita Crocker
apretaba los labios y Laurie decidido, hablaba todo lo que podía para animar la
compañía. El punto fuerte de Jo eran los postres, porque los había azucarado
bien y tenía un jarro de crema espesa para acompañarlos. Sus mejillas ardientes
se templaron algo, respiró con más tranquilidad mientras se repartían los
bonitos platos de cristal y todos contemplaban los rosados islotes flotando
sobre el mar de crema.
La
señorita Crocker los gustó la primera, hizo una mueca y bebió agua
precipitadamente, Jo, que rehusara pensando que sería escaso, echó una ojeada a
Laurie, que comía valientemente, aunque sin poder evitar que se le contrajera
la boca. Amy tomó una cucharada repleta, se ahogó, escondió la cara en la
servilleta y dejó precipitadamente la mesa.
―¿Qué?
... ¿Qué pasa? ―preguntó Jo temblando.
―Sal
en lugar de azúcar, y la crema está agria ―respondió Meg con gesto trágico.
Jo
lanzó un gemido y se dejó caer de espaldas en su silla, recordando haber
espolvoreado las fresas con uno de los dos potes que había en la mesa de la
cocina, y que no había puesto la leche en la heladera.
Se
puso roja como una amapola y estuvo a punto de llorar cuando sus ojos se
encontraron con los de Laurie, incapaces de contener la alegría por más
esfuerzos que hiciera; le impresionó de repente lo cómico del caso, y se rió
hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas. Todos se rieron, hasta
"Crocker", como las chicas solían llamarla, y la desventurada comida
acabó alegremente con pan y manteca, aceitunas y bromas.
―No
me siento bastante serena para quitar la mesa, así que nos calmaremos con un
entierro ― ijo Jo cuando se levantaban.
La
señorita Crocker se preparó para despedirse, ansiosa de ir con el cuento a la
mesa de otra amiga.
En
verdad se calmaron por simpatía hacia Beth. Entre los helechos del bosquecillo
Laurie hizo un sepulcro, cubierto con musgo, donde enterraron al pobre Pep; su
ama lloró mucho por él y puso una guirnalda de violetas sobre la lápida, en la
cual se había escrito un epitafio, compuesto por Jo mientras luchaba con los
preparativos de la comida.
Terminadas
las ceremonias, Beth se retiró a su cuarto, vencida por la emoción y enferma
por haber comido langosta; pero no encontró lugar de reposo porque las camas
estaban sin hacer. Sacudiendo las almohadas y arreglándolo todo halló alivio a
su dolor. Meg ayudó a Jo a quitar la mesa y fregar la vajilla, lo cual ocupó la
mitad de la tarde, dejándolas tan cansadas que decidieron contentarse con té y
pan tostado para la cena. Laurie se llevó a Amy a dar un paseo en coche,
verdadera obra de caridad, porque la crema agria parecía haberla puesto de mal
humor. La señora March volvió y encontró a las tres chicas mayores trabajando
como unas negras a media tarde. Un vistazo al armario le dio la idea del éxito
de una parte del experimento.
Antes
de que las trabajadoras pudiesen descansar vinieron varias visitas y hubo que
arreglarse para recibirlas; después fue necesario preparar el té, hacer recados
y coser algo, aunque este trabajo se dejó para último momento. Mientras caía el
crepúsculo, tranquilo y silencioso, una tras otra se juntaron en el pórtico,
donde las rosas de junio florecían hermosamente, y todas se quejaban al
sentarse, como si estuvieran cansadas y molestas.
―
¡Qué día tan horrible! ―comenzó Jo, que solía hablar la primera.
―Se
me ha hecho más corto que de costumbre; ¡pero tan incómodo!
―dijo
Meg.
―No
parecía nuestra casa ―añadió Amy.
―No
puede parecerlo sin mamá y sin Pep ―suspiró Beth, mirando con ojos llenos de
lágrimas hacia la jaula vacía.
―Ya
está aquí mamá, querida mía, y tendrás otro pajarito si lo deseas ―al decir
esto, la señora March vino y tomó asiento entre ellas, con aspecto de no haber
tenido una vacación mucho más grata que la de ellas ―¿Están contentas con el
experimento, hijas mías, o desean continuarlo otra semana más? ―les preguntó.
―
¡Yo, no! ―gritó Jo.
―Ni
yo ―repitieron las otras.
―Entonces,
¿piensan que es mejor tener obligaciones y vivir haciendo algo para los demás,
no es eso?
―No
resulta esto de holgazanear y jugar― observó Jo, meneando la cabeza ―. Estoy
cansada de ello. Tengo intención de comenzar algún trabajo enseguida.
―¿Qué
te parece aprender a guisar cosas sencillas? Es un arte que toda mujer debe
conocer ― ijo la señora March, riéndose mucho al acordarse del banquete de Jo,
porque había encontrado a la señorita Crocker y oído su descripción.
―Mamá:
¿te fuiste y nos lo dejaste todo a nosotras por ver cómo lo hacíamos? ―gritó
Meg, que había tenido sus sospechas todo el día.
―Sí;
quería que aprendieran cómo el bienestar de todos depende de que cada una haga
fielmente su parte. Mientras Hanna y yo hacíamos su trabajo, iban bastante
bien, aunque no creo que estaban muy contentas o amables; por eso pense que una
lección así les demostraría los resultados de no pensar cada una más que en sí
misma. ¿No piensan que es más agradable ayudarse unas a otras, tener deberes
diarios, que hacen más gratas las horas de recreo cuando vienen, y tomarse
algún trabajo y molestia para que el hogar sea cómodo?
―Sí,
mamá; es verdad ―gritaron las chicas.
―Entonces,
permitan que les aconseje tomar de nuevo sus tareas, porque si a veces parecen
algo pesadas, nos hacen bien y se van aligerando a medida que aprendemos a
soportarlas. El trabajo es saludable y hay bastante para todas; nos libra del
aburrimiento y de la malicia, es bueno para la salud y el espíritu y nos da
mayor sentido de capacidad y de independencia que el dinero o la elegancia.
―Trabajaremos
como abejas y lo haremos con gusto; verás cómo lo hacemos. Tomaré la cocina
sencilla como entretenimiento; el próximo convite que haga será un éxito ―dijo
Jo.
―Haré
el juego de camisas para papá en tu lugar, mamá. Puedo y quiero hacerlo, aunque
no me gusta la costura; eso será mejor que fastidiar con mis vestidos, que ya
son bastante bonitos como están ―agregó Meg.
―Estudiaré
mis lecciones todos los días y no pasaré tanto tiempo con las muñecas y la
música. Soy una tonta y debería estudiar, no jugar ―fue la resolución de Beth.
Amy
siguió el ejemplo de las demás, declarando heroicamente que aprendería a hacer
ojales y prestaría más atención a la gramática.
―¡Muy
bien! ; entonces estoy contenta del experimento y me imagino que no será
necesario repetirlo; pero no se vayan al otro extremo, trabajando corno
esclavas. Tengan horas determinadas para el trabajo y el recreo; comprendan el
valor del tiempo usándolo bien. Entonces la juventud será encantadora, la vejez
traerá pocas lamentaciones y la vida será dichosa y hermosa, a pesar de la
pobreza.
―Lo
recordaremos, mamá.
Y
así lo hicieron.
CAPITULO
12
CAMPAMENTO
LAURENCE
Beth
era la administradora de correos, porque, al estar mucho en casa, podía atenderlo
con regularidad y le gustaba muchísimo el trabajo diario de abrir el candado de
la puertecilla y distribuir la correspondencia.
Un
día de julio entró con las manos llenas, y fue por la casa dejando paquetes y
cartas como el cartero.
―Aquí
está tu ramillete, mamá; Laurie no lo olvida nunca ―añadió, poniendo el
ramillete fresco en el florero que adornaba “el rincón de mamá”.
―Para
la señorita Meg March, una carta y un guante ―continuó Beth, dando ambas cosas
a su hermana, que estaba sentada cosiendo puños cerca de su madre.
―¡Cómo!
Yo me dejé un par allí y no viene más que uno dijo Meg, mirando el guante de
algodón gris.
―¿No
has dejado caer el otro en el jardín?
―No;
estoy segura de que no; porque no había más que uno en el buzón.
―
¡Me fastidia tener un guante desparejo! No importa, ya aparecerá el otro. Mi
carta no es más que una traducción de la canción alemana que deseaba. Me figuro
que el señor Brooke la ha hecho, porque la letra no es de Laurie.
La
señora March dirigió una mirada a Meg, que estaba muy bonita con su bata de
percal con los bucles en su frente agitados por la corriente del aire, y muy
femenina, cosiendo delante de la mesita de labor; sin la menor idea de los
pensamientos de su madre, cosía y cantaba mientras volaban sus dedos, con la
mente llena de fantasías juveniles, tan inocentes y frescas como los
pensamientos que tenía prendidos en su cinturón. La señora se sonrió y quedó
contenta.
―Dos
cartas para la doctora Jo; un libro y un viejo sombrero muy curioso, que cubría
toda la estafeta ―dijo Beth, riéndose, al entrar donde estaba Jo escribiendo.
―¡Qué
pícaro es ese Laurie! Dije que ojalá estuvieran de moda los sombreros grandes,
porque los días calurosos me quemo la cara. Y dijo “¿Qué importa la moda? Ponte
un sombrero grande y procura estar cómoda". Yo le contesté que lo haría si
tuviera uno, y me ha enviado esto para probarme. Me lo pondré en broma, para
demostrarle que no me importa la moda ―y colgando el sombrero de ancha ala
sobre un busto de Platón, Jo leyó su correspondencia.
Una
carta de su madre la sonrojó e hizo asomar lágrimas a sus ojos, porque decía:
"Querida
mía: Estas palabras son para decirte con cuánta satisfacción observo tus
esfuerzos por dominar tu genio. No dices nada de tus pruebas, de tus contratiempos
ni de tus éxitos, y quizá pienses que nadie se da cuenta de ellos, excepto el
Amigo cuyo auxilio, pides cada día, si deduzco bien del mucho uso que parece
tener tu librito. Yo también lo he notado y creo que comienza a dar fruto.
Persiste, querida mía, con paciencia y coraje, siempre creyendo que nadie te
comprende ni simpatiza tan tiernamente contigo como tu querida madre.” ―Esto me
hace bien. Vale millones de dinero y miles de alabanzas.
¡Oh,
mamá, de veras que me esfuerzo y seguiré haciéndolo, y no me cansaré, pues te
tengo a ti!
Apoyando
la cara en los brazos; Jo vertió lágrimas de alegría sobre el pequeño romance
que escribía, porque en realidad había pensado que nadie notaba o apreciaba sus
esfuerzos para ser buena, y esta seguridad era doblemente preciosa y
alentadora, por lo inesperada y por venir de la persona cuyo elogio estimaba
más. Sintiéndose más fuerte que nunca para encontrar y vencer a su Apolo,
prendió la carta con alfileres dentro de su traje como escudo recordatorio,
para no estar desprevenida, y procedió a abrir la otra carta, dispuesta para
buenas o malas noticias. En letra grande y deprisa había escrito Laurie:
"Estimada
Jo:
"Unos
chicos y chicas inglesas vienen mañana para visitarme, y quiero que pasemos un
buen rato. Si hace buen tiempo, voy a plantar mi tienda de campaña en el Prado
Largo, y llevaré a toda la cuadrilla en el bote para merendar y jugar al
croquet; encenderemos un fuego, haremos rancho a lo gitano y nos divertiremos
cuanto podamos. Son gente simpática y les gustan estas cosas. Brooke vendrá
para tener en orden a los muchachos. Kate Vaugham cuidará de las chicas. Deseo
que vengan todas; no permito que Beth se quede fuera; nadie la molestará. No te
preocupes por la comida; yo me encargo de eso y de todo. Vengan como buenos
amigos.
"Con
una prisa horrible, queda tuyo afectísimo, Laurie.
―
¡Qué magnífico! ―gritó Jo, entrando precipitadamente para dar las noticias a
Meg ―. Por supuesto, ¿podemos ir, mamá? Será una ayuda para Laurie, porque yo
puedo remar y Meg ayudará con la merienda, y las pequeñas pueden hacer algo.
―Espero
que los Vaugham no sean personas mayores muy elegantes.
¿Sabes
algo de ellos, Jo? ―Preguntó Meg.
―Sólo
sé que son cuatro. Kate es mayor que tú, Fred y Frank (gemelos)
tienen
mi edad, poco más o menos, y una chica (Grace), que tiene nueve o diez años;
Laurie los conoció en el extranjero y le gustaban mucho los chicos. Por el
gesto que hizo al hablar de ella, me figuro que no admiraba a Kate.
―Me
alegro de que mi traje de percal francés esté limpio; es exactamente lo que
conviene y me queda muy bien ―observó Meg ―, ¿Tienes algo decente, Jo?
―Un
traje marino, rojo y gris, bastante bueno para mí. Voy a remar y retozar y no
quiero nada almidonado que me estorbe. ¿Vendrás Beth?
―Si
no dejas a los chicos que me hablen.
―Ni
uno.
―Me
gusta complacer a Laurie, y no tengo miedo del señor Brooke, que es muy amable;
pero no quiero tocar el piano, ni cantar, ni tener que decir nada. Trabajaré
mucho y no estorbaré a nadie, y si tú me cuidas, Jo, iré.
―
¡Buena niña! Tratas de vencer tu timidez y te quiero por eso.
Luchar
con defectos no es fácil, lo sé, y una palabra alegre levanta el ánimo. Gracias
mamá –y Jo dio un beso agradecido a su madre.
―Yo
he recibido una cajita de pastillas de chocolate y la estampa que deseaba
copiar ―dijo Amy, mostrando su correo.
―Yo
he recibido una carta del señor Laurence invitándome a que vaya a tocar el
piano esta noche antes de que enciendan las lámparas; iré ―añadió Beth, cuya
amistad con el anciano crecía a pasos acelerados.
―Ahora,
a movernos de prisa y hacer el trabajo hoy para que mañana podamos divertimos
con la conciencia tranquila ―dijo Jo, preparándose a cambiar la pluma por la
escoba.
El
sol alumbró una cómica escena al penetrar en el dormitorio de las chicas a la
mañana siguiente. Cada una se había preparado para la fiesta como le parecía
propio y necesario, y Meg tenía una doble línea de rizadores sobre la frente;
Jo se había untado de crema fría la cara quemada; Beth había prendido a la
nariz unas pinzas de tender ropa.
Como
si el espectáculo lo hubiera regocijado, el sol se puso a brillar con tanto
esplendor que Jo se despertó y despertó a sus hermanas con las carcajadas que
lanzó al ver el tocado de Amy.
Eran
éstos excelentes presagios para la excursión, y pronto comenzó un animado
movimiento en ambas casas. Beth, lista la primera, se encargó de tener a sus
hermanas al tanto de lo que ocurría en la casa vecina, con frecuentes
telegramas desde la ventana.
―¡Allá
va el hombre con la tienda de campaña! Ya está la cocinera poniendo la merienda
en una cesta y una canasta. Ahora el señor Laurence mira el cielo y a la
veleta. ¡Ojalá que él fuera también! Allí está Laurie vestido de marinero. ¡Qué
simpático! ¡Ay de mi! Un coche lleno de gente.. ., una señora alta, una chica y
dos chicos terribles; uno es cojo, ¡pobrecito!, lleva una muleta. Laurie no nos
dijo eso. Dénse prisa, niñas, que se hace tarde. ¡Digo! Allá va Nataniel
Moffat. Mira, Meg, ¿no es ése el hombre que te saludó un día cuando íbamos de
compras?
―Sí,
es él; ¡qué curioso que haya venido! Pensaba que estaba en las montañas. ¡Allá
va Sallie! Me alegro de que haya vuelto a tiempo. ¿Estoy bien, Jo? ―preguntó
Meg, muy agitada.
―Estás
hecha una verdadera margarita; recógete el vestido y ponte derecho el sombrero;
parece algo sentimental, inclinado de ese modo, y el primer soplo de viento se
lo llevará. ¡Vamos ya!
―¡Pero,
Jo!, ¿vas a llevar ese horrible sombrero? Es absurdo. No te pongas como un
espantajo ―exclamó Meg, mientras su hermana se ajustaba con una cinta roja el
sombrero de paja de Italia, de anchas alas, que Laurie le había enviado en
broma.
―
¡Vaya si lo llevo! Es excelente: ligero, ancho y da mucha sombra.
Causará
gracia y no me importa parecer un espantajo si voy a gusto.
Dicho
esto, Jo se puso en marcha y las otras la siguieron: una cuadrilla alegre de
hermanas, muy bonitas con sus vestidos de verano y sus alegres caras bajo las
alas de sus sombreros.
Laurie
se apresuró a recibirlas y presentarlas a sus amigos con mucha cordialidad. El
prado era la sala de recepción y por algunos minutos se desarrolló allí una
escena muy animada. Meg notó con placer que la señorita Kate, aunque tenía
veinte años, iba vestida con mucha sencillez, y se sintió halagada al oír a
Nataniel decir que había venido especialmente por verla. Jo comprendió por qué
Laurie hacia muecas al hablar de Kate, porque aquella señorita parecía decir
"no se acerque usted demasiado", y sus maneras contrastaban con las
más naturales de las otras chicas. Beth pasó disimuladamente revista a los
chicos nuevos y sacó la conclusión de que el cojito no era
"terrible", sino tranquilo y débil, y que, por lo mismo, debería ser
amable con él.
Amy
descubrió que Grace tenía buenas maneras y que era alegre; después de
estudiarse por unos pocos minutos, sin decir nada, de repente se hicieron
buenas amigas. Habiendo llegado antes que ellos a las tiendas de campaña, la
merienda y los utensilios para el croquet, pronto se embarcó la cuadrilla y los
dos botes se pusieron en marcha juntos, mientras el viejo señor Laurence les
decía adiós desde la orilla agitando su sombrero. Laurie y Jo remaban en un
bote, el señor Brooke y Ned en el otro, y Fred Vaugham, el gemelo bullicioso,
hacía todo lo posible para hacer volver a los dos, remando en un esquife como
un escarabajo de agua. El cómico sombrero de Jo mereció un voto de gracias,
porque fue de utilidad general. Al principio rompió la reserva por las risas
que causó; producía una brisa agradable con sus alas mientras remaba Jo, y ella
dijo que si caía un chaparrón serviría de paraguas para toda la cuadrilla.
Kate
pareció algo sorprendida por los modales de Jo, especialmente cuando exclamaba
"Cristóbal Colón", si se le escapaba un remo.
Pero
después de examinar a la curiosa chica varias veces con su lente, la señorita
Kate decidió que era "rara pero lista", y le sonrió desde lejos.
En
otro bote, Meg se halló en una situación muy agradable, de cara a los remeros,
que admiraban la perspectiva y manejaban sus remos con habilidad y gracia poco
comunes. El señor Brooke era un joven grave y callado, con ojos color castaño y
voz agradable. A Meg le gustaban sus modales tranquilos, y pensaba que era una
enciclopedia ambulante de conocimientos útiles. Nunca le hablaba mucho; pero la
miraba a menudo, y ella se daba cuenta de que lo hacía. Ned, que ya había
ingresado en la Universidad, adoptaba los aires que los novicios creen
obligados en su caso; no era muy sabio, pero de buen humor y alegre, y, en
conjunto, persona excelente para una excursión. Sallie Gardiner estaba
ocupadísima en mantener limpio su traje de piqué blanco y charlaba con Fred,
que se hallaba en todas partes, manteniendo a Beth atemorizada con sus locuras.
No
estaba lejos Prado Largo; pero la tienda de campaña estaba ya plantada y las
barreras puestas cuando llegaron. Era un campo agradable y verde, con tres
frondosos robles en el centro y una parte de césped llano para el croquet.
―Bienvenidos
sean ustedes al Campamento Laurence ―dijo el joven anfitrión, cuando
desembarcaban, con exclamaciones de alegría ―.
Brooke
es comandante en jefe; yo soy comisario general; los demás jóvenes, oficiales
de estado mayor, y ustedes, señoras, la compañía. La tienda de campaña es para
su propio uso, y aquel roble es su salón; éste es el comedor, y el tercero, la
cocina de campo. Ahora vamos a jugar antes de que haga calor, y después nos
ocuparemos de la comida.
Fred,
Beth, Amy y Grace se sentaron para mirar el juego de los otros ocho. El señor
Brooke escogió a Meg, Kate y Fred. Laurie, a Sallie, Jo y Ned. Los ingleses
jugaron bien, pero los americanos mejor, y defendieron cada pulgada de césped
como si los animara el espíritu de la guerra de la Independencia. Jo y Fred
tuvieron varias escaramuzas, y una vez apenas evitaron una riña. Jo había
pasado el último aro; su mazo había fallado de golpe, lo cual la enojó mucho.
Fred la seguía de cerca y le tocaba a él jugar antes; dio un golpe; su pelota
pegó contra el aro y se paro a una pulgada fuera del sitio. Nadie estaba muy
cerca; corriendo para examinar, le dio disimuladamente un golpecito con la
punta del pie, y así la puso justamente a una pulgada dentro.
―¡Pasé!
Señorita Jo, le voy a ganar; voy a entrar el primero ― gritó el joven,
oscilando el mazo para dar otro golpe.
―Usted
ha empujado la pelota; lo he visto. Me toca a mí ―dijo Jo ásperamente.
―¡Palabra
que no la toqué! Tal vez ha rodado algo, pero esto está permitido; apártese
haga el favor, que voy a llegar a la meta.
―En
América no hacemos trampas; pero puede usted hacerlas si desea ―dijo Jo,
enojada.
―Todo
el mundo sabe que los americanos son más tramposos.
¡Allá
va! ―respondió Fred, mandando muy lejos, de un golpe, la pelota de su rival.
Jo
abrió la boca para decirle algo fuerte, pero se detuvo a tiempo, enrojeció y
estuvo por un minuto golpeando un aro con toda su fuerza, mientras Fred daba
con su pelota en la meta y se declaraba vencedor con mucha alegría. Ella se fue
a buscar su pelota y pasó largo rato para encontrarla entre los arbustos pero
volvió aparentemente fresca y tranquila y esperó su turno con paciencia. Tuvo
que dar varios golpes para ganar de nuevo la posición que había perdido, y
cuando la recobró, el otro lado casi había ganado, porque la pelota de Kate era
la penúltima y estaba muy cerca de la meta.
―
¡Caramba! ¡Estamos perdidos! Adiós, Kate; la señorita Jo tiene derecho a un
golpe, de modo que está usted vencida ―gritó Fred, muy excitado, mientras todos
se acercaban para ver la conclusión.
―Los
americanos tienen la costumbre de ser generosos con sus enemigos ―dijo Jo, con
una mirada que hizo palidecer la cara del chico ―; sobre todo cuando los vencen
―añadió, mientras, sin tocar la pelota de Kate, ganaba el juego por un golpe
hábil. .
Laurie
echó al aire su sombrero; después recordó que no debía celebrar la derrota de
sus huéspedes, y se paró en medio de un hurra para susurrar a su amiga:
―¡Bien
hecho, Jo! El hizo trampa, lo vi; no podemos decírselo así, pero no lo hará
otra vez te lo aseguro.
Meg
la llevó a un lado, con el pretexto de arreglarle una trenza, y le dijo:
―Fue
muy provocativo; pero supiste dominarte, lo cual me dio mucha alegría, Jo:
―No
me alabes, Meg, que todavía me quedan ganas de darle una bofetada. Me hubiera
desquitado si no hubiese permanecido entre las ortigas hasta que pude sujetar
la rabia lo suficiente para no hablar. Todavía estoy hirviendo; espero que no
se me acerque mucho ― espondió Jo, mordiéndose los labios.
―
¡Hora de merendar! ―dijo el señor Brooke, mirando, su reloj ―.
Comisario
general, ¿quiere usted encender el fuego y traer agua, mientras la señorita
March, la señorita Sallie y yo ponemos la mesa? ¿Quién sabe hacer buen café?
―Jo
sabe ―respondió Meg, alegrándose de poder recomendar a su hermana.
Jo,
contenta de poder lucir sus recién adquiridos conocimientos culinarios, se hizo
cargo de la cafetera, mientras los niños recogían lea seca y los chicos hacían
fuego y traían agua de un manantial cercano.
La
señorita Kate dibujaba y Fred charlaba con Beth, que estaba haciendo esterillas
con juncos trenzados para usarlas como platos.
El
general en jefe y sus ayudantes pronto pusieron el mantel con una variedad
tentadora de comestibles y bebidas, adornados con hojas verdes. Jo anunció que
el café estaba listo y todos se sentaron para hacer honor a una comida
abundante. Fue una merienda alegre, porque todo parecía nuevo y gracioso. Un
venerable caballo que pastaba por allí fue espantado por las frecuentes
carcajadas. La mesa no quedaba firme y esto produjo no pocas desgracias a tazas
y platillos; caían bellotas en la leche, venían pequeñas hormigas negras a
participar del banquete sin estar invitadas y orugas peludas se descolgaban del
árbol para ver lo que ocurría. Tres niños de pelo blanquecino se asomaron por
encima del seto y un perro desagradable les ladró con toda su fuerza desde el
lado opuesto del río.
―Aquí
hay sal, si la prefieres ―dijo Laurie, mientras pasaba a Jo un platillo de
fresas.
―Gracias,
prefiero arañas ―respondió ella, sacando dos imprudentes, que habían buscado la
muerte entre la crema ―. ¿Cómo te atreves a recordarme aquella comida horrible,
cuando la tuya es tan agradable y excelente en todos sentidos? ―añadió Jo,
mientras reían ambos y comían del mismo plato, ya que escaseaba la vajilla.
―Aquel
día me divertí muchísimo, y no lo he olvidado todavía. De esta excursión no me
corresponde mérito alguno; yo no hago nada; son ustedes, Meg y Brooke los que
la llevan por buen camino, y les estoy muy agradecido. ¿Qué haremos cuando no
podamos comer más?
―preguntó
Laurie, cuyo repertorio quedaba agotado con la merienda.
―Tendremos
juegos hasta que refresque un poco. He traído "Autores", y quizá la
señorita Kate sepa alguno nuevo y bonito. Ve a preguntarle; es buena amiga y
deberías hacerle más compañía.
―¿No
lo crees tú también? Pensé que ella y Brooke se entenderían, pero él no deja de
hablar con Meg y Kate los mira intrigada con ese lente ridículo que tiene. Voy
a hablar con ella para que no me indiques urbanidad, Jo.
La
señorita Kate sabía varios juegos nuevos, y como las chicas no querían y los
chicos no podían comer más, todos se reunieron en la sala para jugar a
"Cuentos".
―Una
persona empieza un cuento, cualquier tontería que se le ocurra, y sigue
contándolo todo el tiempo que gusta, procurando detenerse repentinamente en
algún punto excitante, y entonces la siguiente continúa el cuento y hace lo
mismo. Es muy gracioso cuando se hace bien, porque resulta un perfecto lío de
tonterías tragedias y situaciones únicas que hacen reír. Háganos el favor de
comenzar, señor Brooke ―dijo Kate con gesto imperioso, que sorprendió a Meg,
acostumbrada a tratar al tutor con tanto respeto como a cualquier otro
caballero.
Echado
en la hierba, a los pies de las dos señoritas, el señor Brooke comenzó
obedientemente el cuento, con sus bellos ojos castaños fijos en el río, bañado
en sol.
―Había
una vez un caballero errante que se fua a buscar fortuna, pues no tenía nada
más que su espada y un su escudo. Viajó por largo tiempo, casi veintiocho años,
y sufrió muchas penalidades, hasta que llegó al palacio de un rey, bueno y
anciano, que había ofrecido un premio a quien pudiera domar y manejar un bello
potro, salvaje todavía, al que estimaba muchísimo. El caballero convino en
intentarlo y lo consiguió, lenta pero seguramente, porque el potro era un
animal noble, que, aunque caprichoso y salvaje, aprendió pronto a obedecer a su
nuevo amo. Cada día, cuando adiestraba al noble bruto, el caballero solía
pasear por la ciudad, montado en él; y mientras cabalgaba iba buscando una cara
hermosa, que había visto a menudo en sueños, pero nunca de verdad. Un día, al
pasar por una calle tranquila su caballo haciendo cabriolas, vio en la ventana
de un castillo ruinoso la cara encantadora.
Loco
de alegría preguntó quién habitaba aquel viejo castillo, y se le dijo que unas
princesas encantadas estaban prisioneras allí, víctimas de un sortilegio,
hilando todo el día para ahorrar el dinero con que comprar su libertad. El
caballero deseaba mucho libertarlas; pero era pobre, y lo único que podía hacer
era pasar todos los días esperando ver asomarse al sol la cara hermosa. Al fin
resolvió entrar en el castillo y preguntar cómo podría ayudarlas. Fue y llamó;
la puerta grande se abrió de par en par y vio a. . .” "―Una dama
encantadora, que exclamó extasiada: ¡por fin! ¡por fin! ―continuó Kate ―. Es
ella, gritó el conde Gustavo, y cayó a sus pies, loco de alegría. ‘Levantaos’,
dijo, extendiendo una mano blanca como la nieve. ‘No lo haré hasta que me digas
cómo puedo librarte’ exclamó el caballero todavía de rodillas. ‘¡Ay! , mi
suerte cruel me condena a permanecer aquí hasta que mi tirano sea destruido’.
'¿Dónde está el traidor?’.
‘En
la sala lila; ve corazón valiente, y sálvame de la desesperación.’ 'Obedezco, y
volveré victorioso o muerto' ". Con estas palabras conmovedoras salió
precipitadamente, y abriendo la puerta de la sala lila, estaba a punto de
entrar cuando recibió.. .” ―Un golpe que lo aturdió, dado con un gran
diccionario griego, que un viejo, de hábito negro, le tiró ― rosiguió Ned―. En
seguida, el caballero no sé quién se repuso, arrojó al tirano por la ventana y
volvió a reunirse con la dama, victorioso, pero con un chichón en la frente;
encontró la puerta cerrada con llave; desgarró las cortinas, hizo una escala de
cuerdas, y había llegado a mitad del camino al suelo, cuando se rompió la
escala y cayó de cabeza al foso, desde una altura de sesenta metros. Podía nadar
como un pato, y nadando dio la vuelta al castillo hasta llegar a una puertecita
guardada por dos fuertes mozos; les golpeó las cabezas una contra otra,
haciéndolas crujir como un par de nueces; después con un ligero golpe de su
fuerza prodigiosa derribó la puerta, subió dos escalones de piedras, cubiertos
de polvo espeso, sapos tan grandes como el puño de un hombre y arañas que
harían chillar de terror a la señorita March. En lo alto de aquellos escalones
vio de repente algo que le heló la sangre. ..” “― Una figura alta, toda de
blanco, con un velo sobre la cara y una lámpara en la mano delgada ―continuó
Meg ―. Le hizo señas, deslizándose suavemente sin ruido ante él a lo largo de
un pasillo, oscuro y frío como un sepulcro. A cada lado había efigies tenebrosas
con armadura; reinaba un silencio completo; la lámpara daba una luz azul y el
espectro volvía de vez en cuando la cara hacia él, dejando ver el brillo de sus
ojos terribles a través del velo blanco. Llegaron a una puerta cubierta con una
cortina, tras de la cual sonaba una música encantadora: se precipitó a entrar
pero el espectro le dio un tirón hacia atrás, agitando con gesto amenazador
ante él una. ..” "―Una tabaquera ―prosiguió Jo con voz grave, que hizo
desternillarse de risa al auditorio ―. 'Gracias', dijo el caballero
cortésmente, tomando un poco y estornudando siete veces, con tanta violencia
que se le cayó la cabeza. ‘¡Ah! ¡Ah!’, rió el espectro, y después de echar una
ojeada por el ojo de la cerradura a las princesas que hilaban a toda velocidad,
el espectro asió a su víctima y la puso en una caja de lata, donde había otros
once caballeros decapitados, apretados como sardinas en canasta, los cuales se
levantaron y se pusieron a. . .” “―Bailar un baile de marineros ―dijo Fred,
interrumpiéndola, al detenerse Jo para tomar aliento ―, y mientras bailaban, el
castillo ruinoso se cambió en un buque de guerra con velas desplegadas.
‘¡Arriba el foque! ;¡amarrad las velas! : ¡A sotavento con el timón! ; ¡armad
los cañones!’ , gritó el capitán, al aparecer un barco pirata portugués que
enarbolaba en su palo mayor un pabellón negro como la tinta. ‘¡A ellos y a
vencer, hijos míos!’, dice el capitán, y se entabla una furiosa pelea.
Naturalmente,
los ingleses vencieron, como siempre; y después de hacer prisionero al capitán
de los piratas, hundió la goleta, cuyos puentes de sotavento estaban cubiertos
de sangre, porque la consigna había sido 'vender caras las vidas'. 'Guardián,
toma una cuerda del contrafoque y arroja este pícaro al mar si no quiere
confesar en seguida sus pecados', dijo el capitán inglés. El portugués cerró la
boca con valor y anduvo el tablón mientras los marineros aplaudían como locos;
pero el tunante se sumergió debajo del buque, lo echó a pique, y la nave se
hundió con velas desplegadas hasta el fondo del mar, donde. ..” ― ¡Pobre de mí!
¿Qué voy a decir? ―exclamó Sallie cuando Fred puso fin a su parte, tan
abundante en frases náuticas y hazañas marítimas.
"―Bueno,
llegaron al fondo, donde una hermosa sirena los recibió, pero se entristeció
mucho al descubrir la caja de caballeros decapitados, y los conservó en
salmuera con la esperanza de descubrir el misterio; porque, como mujer, era
curiosa. A poco bajó un buzo y la sirena dijo:
'Te
daré esta cajita de perlas si quieres subirla', porque deseaba devolver a la
vida a los caballeros, y ella no podía levantar una caja tan pesada.
El
buzo accedió y se llevó un gran chasco al abrir la caja y ver que no tenía
perlas. La abandonó en medio de un prado solitario, donde fue descubierta por
una...” "―Pastorcita que cuidaba cien gansos gordos ―dijo Amy cuando se
agotó la inventiva de Sallie ― La pastorcita sintió mucha lástima de ellos y
preguntó a una vieja qué podría hacer para ayudarlos. `Tus gansos te lo dirán;
ellos lo saben todo', contestó la vieja. Así que preguntó cómo podría darles
cabezas nuevas, puesto que las antiguas estaban perdidas, y los gansos abrieron
sus cien picos y gritaron. ..” “― Coles ―continuó Laurie, sin vacilar ―.
'Justo', dijo la niña, y corrió a traer doce coles buenas de su huerta. Se las
colocó a los caballeros, los cuales volvieron al punto en sí, le dieron las
gracias y continuaron su viaje, alegremente, sin darse cuenta de la diferencia,
porque en el mundo había tantas cabezas parecidas que nadie hizo caso de ellos.
El caballero que me interesa volvió para encontrar la cara hermosa, y oyó que
las princesas habían ganado su libertad hilando y que todas, menos una, se
habían marchado para casarse. Se inquietó muchísimo al oírlo, y montando el
potro, que a través de tantas desgracias había permanecido fiel a su amo, apuró
el paso hacia el castillo para ver cuál de ellas estaba todavía allí. Mirando
furtivamente por el seto, vio venir a la reina de su corazón que cortaba flores
en su jardín.
'¿Quieres
darme una rosa?', dijo él. 'Tienes que venir a recibirla; no está bien que yo
vaya a dártela', repuso ella, dulce como la miel. Trató de saltar el seto, pero
éste se hacia cada vez más alto; intentó atravesarlo, pero se ponía más y más
espeso; estaba desesperado. Con mucha paciencia rompió ramita tras ramita hasta
hacer un agujero pequeño, por el que se asomó diciendo con suplicante voz:
'¡Déjame entrar!, ¡déjame entrar!' Pero la hermosa princesa no parecía
comprender, porque continuó cortando tranquilamente sus rosas y lo dejó que
entrase como pudiera.
Si
logró hacerlo o no, Frank nos lo dirá.” ―¡Yo, no! ¡Yo, no! No juego ―dijo
Frank, asustado por el conflicto sentimental del cual tenía que salvar a la
absurda pareja. Beth había desaparecido detrás de Jo, y Grace se había quedado
dormida.
―De
modo que al pobre caballero lo vamos a dejar pegado al seto; ¿no es una
lástima? ― reguntó el señor Brooke, todavía mirando al río y jugando con la
rosa silvestre que tenía en el ojal.
―Imagino
que la princesa le dio un pensamiento y acabó por abrirle la puerta ―dijo
Laurie, sonriendo, mientras tiraba bellotas a su tutor.
―
Qué tonterías hemos ideado. Con práctica podríamos hacer algo verdaderamente
hábil. ¿Saben ustedes "La verdad" ? ―preguntó Sallie, cuando todos
terminaron de reír del cuento.
―Espero
que sí ―dijo Meg con gravedad.
―El
juego, quiero decir.
―¿De
qué se trata? ―preguntó Fred.
―Vean:
ustedes ponen las manos una encima de otra, escogen un número y retiran las
manos por turno, y la persona que retira última su mano tiene que responder con
verdad cualquier pregunta que le hagan las otras. Es muy divertido.
―Probemos
―dijo Jo, a quien le gustaban toda clase de experimentos nuevos.
La
señorita Kate, el señor Brooke, Meg y Ned rehusaron jugar, pero Fred, Sallie,
Jo y Laurie pusieron las manos una encima de otra; las retiraron, y la suerte
le tocó a Laurie.
―¿Quiénes
son tus héroes? ―preguntó Jo.
―Mi
abuelo y Napoleón.
―¿Qué
dama te parece más hermosa? ―preguntó Sallie.
―Meg.
―¿Cuál
te gusta más? ―preguntó Fred.
―
Jo, naturalmente.
―¡Qué
preguntas tan tontas! ―exclamó Jo, encogiéndose de hombros desdeñosamente, ante
la risa general que produjo el tono decidido de Laurie.
―Tratemos
otra vez; "La verdad" no es un juego malo ―dijo Fred.
―
Para usted, excelente ―respondió Jo en voz baja.
El
turno siguiente le tocó a ella.
―¿Cuál
es su defecto más grave? ―preguntó Fred, para probar en ella la virtud que a él
le faltaba.
―Un
carácter impulsivo.
―¿Qué
es lo que más deseas? ―interrumpió Laurie.
―Un
par de cordones para mis botas ―respondió Jo, adivinando y defraudando la
intención.
―No
es una respuesta sincera; debes decir lo que deseas de veras.
―
¡Talento! ¿No te gustaría poder dármelo, Laurie? ―y sonrió astutamente a su
chasqueado amigo.
―¿Qué
virtudes admiras más en un hombre? ―preguntó Sallie.
―Valor
y honradez.
―Ahora
me toca a mí ―dijo Fred, que había quedado último.
―Hazlo
pagar ―susurró Laurie a Jo, que hizo una seña afirmativa y preguntó en seguida.
―¿No
hiciste trampa en el croquet?
―Sí,
un poquito.
―¡Bueno!
¿Y no sacaste tu cuento de El león del mar? ―dijo Laurie.
―Claro
que sí.
―¿No
piensas que la nación inglesa es perfecta en todos sus sentidos?
―preguntó
Sallie.
―Me
avergonzaría de mí mismo si no lo pensara.
―Es
un verdadero John Bull. Ahora, Sallie, tendrás una oportunidad sin sacar
número. Lastimaré tus sentimientos, en primer lugar, preguntándote si no
piensas que eres algo coqueta ―dijo Laurie, mientras Jo sonreía a Fred en señal
de que hacían las paces.
―¡Qué
insolente! Claro que no soy una coqueta ―exclamó Sallie, con un gesto que
demostraba lo contrario.
―¿Qué
es lo que detestas más? ―preguntó Fred.
―Arroz
con leche y arañas.
―¿Qué
es lo que te gusta más? ―preguntó Jo.
―Bailar
y guantes franceses.
―Bueno,
pienso que "La verdad" es un juego muy tonto; juguemos a
"Autores" para refrescamos la mente ―propuso Jo.
Ned,
Fred y las muchachitas tomaron parte en éste, y mientras duró, las tres
personas mayores estuvieron charlando a un lado. La señorita Kate sacó otra vez
su dibujo y Meg la miraba, mientras el señor Brooke estaba echado sobre la
hierba con un libro en la mano, que no leía.
―
¡Qué bien lo hace! Quisiera saber dibujar ―dijo Meg, con mezcla de admiración y
tristeza en su voz.
―¿Por
qué no aprende? Creo que tendría gusto y habilidad para ello ―respondió la
señorita Kate.
―No
tengo tiempo.
―Su
madre prefiere otras habilidades, supongo. Así fue con la mía; pero le demostré
que tenía talento, tomando a escondidas unas lecciones, y entonces estuvo muy
conforme con que continuara. ¿No puede hacer lo mismo con su institutriz?
―No
tengo ninguna.
―Olvidé;
en América las señoritas suelen ir a la escuela más que nosotras. Las escuelas
son muy buenas también, según dice papá. Supongo que va a un colegio
particular.
―No
voy a ningún colegio; yo misma soy institutriz.
―
¡Oh, realmente! ―dijo la señorita Kate, pero lo mismo podría haber dicho:
" ¡Pobrecita!, ¡qué lástima!" , porque el tono lo indicaba y la
expresión de su cara hizo a Meg ruborizarse y lamentar haber sido tan franca.
El
señor Brooke levantó los ojos y dijo con presteza:
―En
América las señoritas aman la independencia tanto como nuestros abuelos la
amaban, y son admiradas y respetadas si se ganan su sustento.
―Sí,
claro. Es muy grato y correcto que lo hagan. Nosotros tenemos muchísimas
jóvenes dignas y respetables que hacen lo mismo y a las cuales la aristocracia
suele emplear, porque, siendo hijas de caballeros, están bien educadas y tienen
talento, ¿comprende? ―dijo la señorita Kate con cierto tono protector que
ofendió el orgullo de Meg.
―¿Le
gustó a usted la canción alemana, señorita March? ―preguntó el señor Brooke,
rompiendo una pausa molesta.
――
¡Oh!, sí, era muy dulce y estoy muy agradecida a quien me la tradujo ―y la cara
abatida de Meg se alegró al contestar.
―¿No
lee usted alemán? ―preguntó la señorita Kate, mirándola sorprendida.
―No
muy bien. Mi padre, que me enseñaba, está lejos y no adelanto mucho sola,
porque no tengo quién me corrija la pronunciación.
―Trate
de leer un poquito ahora. Aquí tiene Martiú Stuart, de Schiller, y un maestro a
quien le gusta enseñar ―y con una sonrisa alentadora puso el libro en sus
rodillas.
―Es
tan difícil, que me da miedo probar ―repuso Meg, agradecida, pero cohibida por
la presencia de la culta señorita.
―Leeré
un poquito para animarla ―y la señorita Kate leyó uno de los pasajes más bellos
con perfecta corrección, pero sin expresión alguna.
El
señor Brooke no hizo ninguna observación mientras devolvía el libro a Meg, que
dijo inocentemente:
―Pensé
que era poesía.
―En
partes; trate de leer este pasaje.
Meg,
siguiendo obedientemente la dirección de la larga brizna de hierba que su nuevo
maestro usaba para señalar, leyó lenta y tímidamente, haciendo, sin darse
cuenta, poesía de las palabras difíciles por la entonación dulce de su voz
musical. Página abajo, fue señalando la verde guía, y Meg, olvidando a su
oyente por la belleza de la triste escena, leyó como si estuviera sola, dando
un ligero toque de tragedia a las palabras de la infortunada reina. De haber
visto los ojos castaños fijos en ella se hubiera detenido al instante; pero no
levantó la vista y la lección no se estropeó.
―¡Muy
bien! ―dijo el señor Brooke cuando acabó, sin hacer la menor mención de sus
faltas frecuentes.
La
señorita Kate se caló su lente, y después de examinar el cuadrito que pintaba,
cerró su cartapacio diciendo con condescendencia:
―Usted
tiene buen acento y con el tiempo será una buena lectora.
Le
aconsejo aprender el alemán porque es muy útil para las institutrices.
Grace
está jugando y tengo que echar un vistazo ―y la señorita Kate se alejó de allí
diciendo para sí: "No he venido para servir de cuidadora a una
institutriz, aunque sea joven y guapa. ¡Qué gente tan extraña son estos
americanos! Me temo que a Laurie lo van a echar a perder.” ― Olvidé que los
ingleses desprecian a las institutrices y no suelen tratarlas como nosotros
―dijo Meg, mirando molesta a la joven que se alejaba.
―Los
profesores también encuentran dificultades allá, como lo sé por triste
experiencia. No hay ningún lugar como América para los trabajadores, señorita
Meg.
―Me
alegro de vivir en ella, entonces. No me gusta mi trabajo, pero al fin saco de
él bastante satisfacción; así que no me quejaré; sólo quisiera que me gustase
tanto el enseñar como le gusta a usted.
―Creo
que le gustaría si tuviera por discípulo a Laurie. Sentiré mucho perderlo el
año que viene.
―¿Va
a la Universidad? ―preguntó Meg; pero sus ojos añadían: "Y qué hará
usted?” ―Ya es tiempo de que vaya, pues está ya casi listo; en cuanto se vaya
me alistaré en el ejército.
―¡Me
alegra oírlo! ―exclamó Meg ―. Yo diría que todos los jóvenes deberían ir a la
guerra, aunque es algo duro para las madres y hermanas que quedan en casa
―añadió tristemente.
―Yo
no tengo madre ni hermana y pocos amigos a quienes importe que viva o muera
―dijo con cierta amargura el señor Brooke, mientras ponía distraídamente la
rosa marchita en el agujero que había hecho y la cubría como en una pequeña
sepultura.
―Laurie
y su abuelo se preocuparán, y nosotras lo sentiríamos mucho si le sucediera
algo malo ―dijo sinceramente Meg.
―Gracias,
eso es muy amable ―comenzó el señor Brooke, pareciendo alegre de nuevo. Pero
antes de que pudiesen acabar su diálogo, Ned llegó montado sobre el viejo
caballo para mostrar su habilidad ecuestre delante de las señoritas, y no hubo
más tranquilidad aquel día.
―¿No
te gusta montar a caballo? ―preguntó Grace, mientras descansaba con Amy,
después de una carrera alrededor del campo con los otros.
―Me
vuelvo loca por ello. Mi hermana Meg solía cabalgar cuando papá era rico; pero
ahora no tenemos ningún caballo, como no sea "Ellen Tree” ―añadió Amy.
―Háblame
de "Ellen Tree". ¿Es un burro? ―preguntó Grace con curiosidad.
―Pues
verás; Jo se vuelve loca por los caballos y yo también, pero no tenemos más que
una vieja silla de amazona y ningún caballo. En nuestro jardín hay un manzano
con una rama baja; pongo la silla encima, fijo las riendas a la parte encorvada
y saltamos sobre "Ellen Tree" cuanto se nos antoja.
―¡Qué
gracioso! ―dijo Grace, riéndose ―. En casa tengo un caballo y casi todos los
días voy al parque con Fred y Kate. Es muy agradable, porque mis amigas van
allí también y la Alameda está llena de señoras y señores.
Frank,
que estaba sentado a espaldas de las muchachas, oyó lo que decían, y echó lejos
de sí su muleta con gesto impaciente, mientras miraba a los muchachos haciendo
toda clase de ejercicios gimnásticos.
Beth
estaba ocupada recogiendo las cartas esparcidas del juego de
"Autores", levantó los ojos y dijo con modo tímido, aunque amable:
―Temo
que estés cansado; ¿puedo hacer algo por ti?
―Hazme
el favor de hablar conmigo; es muy aburrido estar solo.
―respondió
Frank, que estaba muy acostumbrado a que lo atendieran.
Pronunciar
un discurso en latín no le hubiera parecido más difícil a la tímida Beth, pero
no tenía escapatoria y el pobre muchacho parecía tan necesitado de
entretenimiento que decidió valerosamente hacer lo que pudiera.
―¿De
qué quieres que te hable? ―preguntó, mezclando las cartas y dejando caer la
mitad al atarlas.
―Bueno.
Me gustará oír hablar del croquet, de botes y de la caza del zorro ―dijo Frank,
al que le atraían precisamente las cosas que no podía hacer.
―¡Pobre
de mí! ¿Qué sé yo de eso? ―exclamó Beth, y tan perturbada estaba que, sin darse
cuenta de la desgracia del chico, dijo con la esperanza de hacerlo hablar a él
―: Nunca he visto la caza del zorro, pero supongo que tú la conoces bien.
― La
conocí en otro tiempo; pero no podré cazar más, porque caí del caballo saltando
una barrera de cinco trancas y desde entonces se acabaron para mí los caballos
y los galgos ― ijo Frank, dando un suspiro, que hizo a Beth condenarse
severamente a si misma por su inocente equivocación.
―Los
ciervos de tu país son muchísimo más hermosos que nuestros desgarbados búfalos
― epuso ella, buscando ayuda en los prados, y alegrándose de haber leído uno de
los libros para muchachos que encantaban a Jo.
El
tema de los búfalos resultó interesante y distraído. En su deseo de divertir a
su compañero, Beth se olvidó de sí misma y no se dio cuenta de la sorpresa y
placer con que sus hermanas la veían hablando con un muchacho de los que ella
había llamado terribles.
―¡Dios
la bendiga! Lo compadece y por eso es tan amable ―dijo Jo, sonriéndose al
mirarla desde el campo de croquet.
―Siempre
dije yo que era una santa ―añadió Meg, como si la cuestión quedara ya decidida
por completo.
―
Hace siglos que no he oído a Frank reírse tanto ―susurró Grace, mientras
charlaba de muñecas con Amy y hacían tacitas de té con cáscaras de bellotas.
― Mi
hermana Beth es una chica encantadora cuando quiere ―dijo Amy, muy contenta con
el éxito de Beth.
La
tarde concluyó con un circo improvisado, un juego de zorra y gansos y un
partido amistoso de croquet. Cuando el sol se puso, levantaron la tienda de
campaña, empaquetaron las cestas, cargaron los botes y toda la cuadrilla navegó
río abajo, cantando alegremente. Ned se puso sentimental y cantó una serenata
con el estribillo melancólico de:
Solo,
solo, ay de mí, solo.
y
con los versos Si juventud tenemos, y ardiente corazón, ¿por qué nos resignamos
a la separación?
Miró
a Meg con expresión tan lastimera, que ella se echó a reír y aguó la canción.
―¿Cómo
puedes ser tan cruel conmigo? ―susurró, aprovechándose del ruido de la charla
general ―. Has estado todo el día junto a esa inglesa tiesa y ahora me tratas
con desdén.
―No
lo hice a propósito; te pusiste tan cómico que verdaderamente no pude evitarlo
― espondió Meg; sin hacer caso de la primera parte de su reproche; porque era
verdad que había evitado encontrarse con él recordando la reunión de los Moffat
y la conversación que allí había oído.
Ned
estaba ofendido y se volvió hacia Sallie para consolarse diciéndole con enojo:
―Esa
muchacha no sabe flirtear lo más mínimo, ¿verdad?
―Verdad;
pero es muy simpática ―respondió Sallie, defendiendo a su amiga, aun cuando
admitiese sus defectos.
En
el jardín, delante de la casa donde la pequeña partida se había reunido, se
dispersó, dándose unos a otros las buenas noches y adioses cordiales, porque
los Vaugham se iban a Canadá. Cuando las cuatro hermanas se alejaban camino de
su casa, la señorita Kate las siguió con la vista diciendo sinceramente:
― A
pesar de sus modales bruscos, las chicas americanas son amables cuando se las
llega a conocer.
―Estoy
completamente de acuerdo con usted ―dijo el señor Brooke.
CAPITULO
13
CASTILLOS
EN EL AIRE
Una
calurosa tarde de setiembre Laurie se mecía suavemente en su hamaca, pensando
qué estarían haciendo sus vecinas, pero con demasiada pereza para ir a
investigarlo. Estaba en uno de sus ratos de mal humor; el día había pasado sin
satisfacción ni provecho. El calor lo volvía indolente; había rehuido sus
estudios, había probado la paciencia del señor Brooke; había irritado a su
abuelo tocando el piano durante la mitad de la tarde; había aterrado a las
criadas dando a entender que uno de los perros estaba rabioso, había tenido un
altercado con el mozo de cuadra por un descuido imaginario con su caballo;
después de todo lo cual, se había tendido en su hamaca enojado con la estupidez
general del mundo, hasta que la paz del hermoso día lo calmó a pesar suyo. Con
la vista perdida en el abismo verde del frondoso castaño de Indias, que
extendía sus ramas sobre su cabeza, imaginaba toda clase de sueños y se
imaginaba a sí mismo viajando a través del océano, cuando de repente lo volvió
a la tierra un sonido de voces. Mirando a través de las mallas de la hamaca vio
salir a las March, como preparadas para una excursión.
“¿Qué
irán a hacer esas chicas? ", pensó Laurie, intrigado por la apariencia
bastante extraña de sus vecinas. Cada una llevaba un sombrero de alas anchas,
una mochila de algodón moreno al hombro y un largo bastón en la mano. Meg
llevaba un almohadón; Jo, un libro; Beth, un cucharón, y Amy, un cartapacio.
Todas marcharon tranquilamente a través del jardín, salieron por la puertecilla
de atrás y comenzaron a subir la colina que separaba la casa del río.
―¡Vaya
unas frescas! ―se dijo Laurie ―. ¡Irse de excursión y no invitarme!
No
pueden ir en bote, porque ellas no tienen llave. Quizá la han olvidado; yo se
las llevaré y veré lo que pasa.
Aunque
tenía media docena de sombreros, tardó largo rato en encontrar uno; después
tuvo que buscar la llave que al fin descubrió en su bolsillo; con estas
demoras, las chicas se habían perdido de vista cuando saltó la barrera y corrió
tras ellas. Cortando por el atajo hacia el cobertizo del bote, esperó su
llegada, pero viendo que no venían subió la cuesta para buscarlas en el campo
vecino. Una parte estaba cubierta por un bosquecillo de pinos y del fondo de
aquel verdor venía un sonido más claro que el dulce murmullo de los pinos o el
chirrido somnoliento de los grillos.
“¡Vaya
un cuadro!”, pensó Laurie, mirando entre los arbustos.
Era
de veras un cuadro precioso; en un rincón de sombra estaban las hermanas,
filtrándose sobre ellas los rayos del sol y agitando el viento sus cabellos,
mientras los pequeños habitantes del bosque continuaban con sus trabajos como
si las jóvenes no fueran extrañas sino antiguas amigas. Meg estaba sentada
sobre su almohadón, cosiendo, y parecía tan fresca como una rosa con su traje
del mismo color sobre el fondo verde. Beth escogía piñas de las que estaban
esparcidas en gran cantidad. Amy dibujaba unos helechos y Jo hacía calceta a la
vez que leía en voz alta.
Estaba
el chico vacilando entre si marcharse, por no haber sido invitado, y el
atractivo que ejercía sobre su espíritu inquieto aquella tranquila compañía.
Tan inmóvil estaba, que una ardilla ocupada en su cosecha bajó de un pino a su
lado, lo vio de repente y saltó pino arriba, dando tales chillidos que Beth
levantó los ojos, descubrió la cara pensativa detrás de los abedules y le
dirigió una sonrisa de bienvenida.
―¿Puedo
entrar o voy a molestarlas? ―dijo, acercándose lentamente.
Meg
arqueó las cejas, pero Jo le echó una mirada de reproche y dijo en seguida:
―Claro
que puedes entrar. Podíamos haberte invitado antes, pero pensábamos que no te
gustaría un juego de chicas como éste.
―
Siempre me gustan sus juegos; pero si Meg quiere que me vaya, me iré en
seguida.
―No
tengo nada que objetar si haces algo, es contra las reglas estar aquí ocioso
―respondió Meg gravemente, aunque con gracia.
―
Muchísimas gracias, si me permiten quedarme, haré lo que manden, porque allá
abajo está uno tan aburrido como en el desierto de Sahara. ¿Quieren que cosa,
lea, recoja piñas, dibuje, que haga todo eso a la vez? Digan lo que quieran,
estoy listo.
―
Acaba este cuento mientras arreglo mi punto de calceta ―dijo Jo, pasándole el
libro.
―
Con mucho gusto ―respondió humildemente, y empezó a leer, haciendo lo que podía
para demostrar su gratitud por el favor de su admisión en la sociedad de
"La abeja industriosa".
La
historia no era larga, y cuando acabó se atrevió a hacer unas preguntas.
―Señora,
¿se me permite preguntar si esta instructiva y encantadora institución es
nueva?
―
¿Se lo dirernos? ―preguntó Meg a sus hermanas.
―Se
va a reír ―dijo Amy como aviso.
―¿Qué
importa? ―contestó Jo.
―Creo
que le gustará ―añadió Beth.
―¡Claro
que me gustará! Les doy mi palabra de no reírme. Comienza, Jo, y no tengas
miedo.
―
¡Cómo que te voy a tener miedo a ti! Pues bien. Es el caso que solíamos jugar a
“El peregrino” y hemos seguido con ello todo el invierno y el verano.
―Lo
sé ―dijo Laurie.
―¿Quién
te lo dijo? ―preguntó Jo.
―Un
pajarito.
―No,
que fui yo. Se lo dije para entretenerlo una noche en que todas ustedes estaban
ausentes y él estaba algo triste. Le gustó, de modo que no me retes, Jo
―respondió humildemente Beth.
―No
puedes guardar un secreto. Pero no importa; así nos ahorramos explicaciones.
―Sigue,
por favor ―dijo Laurie, al ver que Jo se entregaba de nuevo a su trabajo.
―¿Qué?
¿No te dijo nada Beth de nuestro proyecto nuevo? Bueno; hemos procurado no
desperdiciar nuestras vacaciones y cada una se ha impuesto una tarea. Las
vacaciones están casi concluidas, las tareas todas terminadas y estamos muy
contentas de no haber perdido el tiempo.
―Lo
comprendo ―repuso Laurie, pensando en los días ociosos que había pasado él.
―Como
mamá desea que estemos al aire libre el mayor tiempo posible, traemos aquí
nuestro trabajo y pasamos muy buenos ratos. Por juego llevamos nuestras cosas
en estos sacos, nos ponemos sombreros viejos, usamos bastones para subir la
cuesta y jugamos a peregrinos, como solíamos hacer hace muchos años. Llamamos
esta colina “Las montañas de delicias", porque desde aquí podemos mirar a
lo lejos y ver el país donde esperamos vivir algún día.
Jo
señaló con el dedo y Laurie se incorporó para mirar, porque por un claro del
bosque se podía ver, al otro lado del río ancho y azul, los prados, más allá de
los arrabales de la ciudad grande, y las verdes montañas elevándose hacia el
cielo. El sol estaba bajo y los cielos se enrojecían con la gloria de un
atardecer de otoño. Nubes áureas y moradas cubrían las cumbres, y elevándose en
la luz rosada había picos de un blanco plateado, que brillaban como las agujas
de la catedral de una ciudad celestial.
―
¡Qué bella es la puesta del sol! ―dijo suavemente Laurie.
―A
menudo es así y nos gusta observarla, porque siempre es diferente pero siempre
magnífica ―respondió Amy.
―Jo
habla del campo donde esperamos vivir algún día; quiere decir el verdadero
campo, con sus cerdos, pollos y la siega del heno. Sería agradable, pero
quisiera que ese hermoso lugar allá arriba fuese real y que pudiésemos ir allá
―dijo pensativa Beth.
―Hay
un lugar aún más bello, donde iremos algún día si somos bastante buenos
―respondió Meg con su voz dulce.
―¡Se
hace tan largo esperar y tan difícil lograrlo! Quisiera volar en seguida allá
como vuelan aquellas golondrinas y entrar por aquella puerta magnífica.
―Tarde
o temprano llegarás allá, Beth, no hay duda de eso ―dijo Jo ―. Yo soy la que
tendré que trabajar, sufrir, esperar, y al fin puede ser que no logre entrar.
―Yo
te haré compañía si eso te sirve de algún consuelo. Tendré que viajar muchísimo
antes de llegar a la vista de nuestra ciudad celestial.
Si
llego tarde, tú dirás algo en favor mío. ¿Verdad, Beth?
Algo
en la cara del chico preocupó a su amiguita; pero dijo alegremente, con sus
ojos clavados en las nubes:
―Si
uno verdaderamente desea ir allá, y lo procura sinceramente toda su vida,
pienso que entrará, porque no creo que aquella puerta tenga cerraduras ni
guardianes. Siempre me lo imagino en la ilustración de “El peregrino”, donde
los seres resplandecientes extienden las manos para recibir al pobre cristiano,
según sube del río.
―¿No
sería una buena diversión si todos los castillos en el aire que hacemos
pudieran realizarse y llegáramos a vivir en ellos? ―dijo Jo después de una
pausa.
―Yo
he hecho tantos, que sería difícil elegir cuál de ellos tomaría ―susurró
Laurie, echándose en la hierba y tirando piñas a la ardilla que lo había
descubierto.
―Tendrás
que escoger el preferido; ¿cuál es? ―preguntó Meg.
―Si
digo el mío, ¿dirás tú el tuyo?
―Lo
diré si las demás lo dicen también.
―Lo
diremos. Vaya, Laurie.
―Después
de ver tanto del mundo como deseo, me gustaría vivir en Alemania y tener toda
la música que quisiera. Tengo que ser un músico famoso, que todo el mundo se
atropelle por oírme, y no he de preocuparme por el dinero ni por los negocios,
sino divertirme y vivir para lo que me gusta. Ese es mi castillo favorito.
¿Cuál es el tuyo, Meg?
Meg
parecía encontrar un poco difícil decir el suyo y agitaba una rama delante de
su cara para espantar mosquitos imaginarios, mientras decía lentamente:
―Desearía
tener una casa magnífica, llena de toda clase de cosas hermosas: comidas finas,
trajes bellos, muebles hermosos, gente agradable y mucho dinero. Debo ser la
dueña de esa casa y gobernarla a mi gusto, con muchas criadas, de modo que no
tenga necesidad de trabajar yo misma. No haraganearía, sino que haría el bien,
para que todo el mundo me quisiera mucho.
―¿No
tendrías un amo en tu castillo? ―preguntó picarescamente Laurie.
―Ya
he dicho "gente agradable”.
―¿Por
qué no dices un marido sabio y bueno y unos niños encantadores?
Demasiado
sabes que sin ellos no sería perfecto tu castillo ―dijo bruscamente Jo.
―Ni
el tuyo sin caballos árabes, tinteros y novelas.
―¡Claro
que no! Tendría un establo lleno de caballos árabes, salas atestadas de libros
y escribiría con un tintero mágico, que hiciera tan famosos mis trabajos como
la música de Laurie. Antes de entrar en mi castillo, desearía hacer algo
admirable que no se olvidara después de mi muerte. No sé lo que será, pero lo
espero y algún día pienso sorprenderlos.
Creo
que escribiré libros para hacerme célebre y rica.; eso concuerda conmigo, de
modo que es mi sueño favorito.
―El
mío es quedarme tranquilamente en casa con papá y mamá y ayudar en el cuidado
de la familia ―dijo Beth.
―¿No
deseas ninguna otra cosa? ―preguntó Laurie.
―Desde
que recibí mi pequeño piano estoy perfectamente satisfecha.
Sólo
deseo que todos tengamos buena salud y estemos juntos; nada más.
―Tengo
muchísimos deseos; pero mi favorito es ser pintora, ir a Roma para pintar
cuadros bellos y ser la mejor pintora del mundo ―fue el modesto deseo de Amy.
―¡Vaya
una partida de ambiciosos! Todos menos Beth queremos ser ricos, famosos y
extraordinarios. Me pregunto si alguno de nosotros logrará lo que desea ―dijo
Laurie, mascando hierba como una ternera pensativa.
―Yo
tengo la llave de mi castillo, pero falta ver si podrá abrir la puerta ―susurró
Jo con misterio.
―Yo
tengo la llave del mío, pero no me dejan usarla. ¡A la porra la Universidad!
―murmuró Laurie.
―
¡He aquí la mía! ―dijo Amy levantando su lápiz.
―Yo
no tengo ninguna ―repuso tristemente Meg.
―Sí,
que la tienes ―contestó Laurie.
―¿Dónde?
― En
tu cara.
―¡Tonterías!,
eso no sirve de nada.
―Espera
y verás si no te trae algo de valor.
Meg
ocultó su rubor detrás de la rama y no preguntó más.
―Si
vivimos dentro de diez años, vamos a reunirnos para ver cuántos de nosotros han
logrado sus deseos ―dijo Jo, siempre lista con un proyecto.
―
¡Pobre de mí! ¡Qué vieja seré entonces! ¡Tendré veintisiete años!
―exclamó
Meg, que se sentía ya persona mayor porque acababa de cumplir los diecisiete.
―Tú
y yo tendremos veintiséis años, Laurie; Beth tendrá veinticuatro y Amy
veintidós. Vaya una compañía venerable.
―Espero
que para entonces habré hecho algo de lo cual estar orgulloso; pero soy tan
holgazán que temo quedarme atrás, Jo.
―Tú
necesitas hacerte un propósito, según dice mamá; y cuando tú lo tengas, ella
está segura de que trabajarás bien.
――¿Eso
piensa tu mamá? Claro que trabajaré bien, si me dan ocasión ― dijo Laurie,
incorporándose con súbita energía ―. Debo de estar satisfecho para agradar a mi
abuelo, y procuro hacerlo, pero va contra mi carácter, ¿comprendes?, y es algo
difícil. El quiere que yo sea comerciante indiano, como fue él, y yo preferiría
que me pegaran cuatro tiros. Detesto el té, la seda, las especias y toda esa
basura que traen sus barcos viejos, y no me importará que se vayan todos a
pique cuando me pertenezcan. Debería contentarse con que vaya a la Universidad,
porque si le concedo cuatro años debe liberarme de los negocios; pero él es
terco y tengo que hacer lo que él hizo, a menos que rompa con él por completo y
haga mi voluntad, como hizo mi padre. Lo haría mañana mismo si hubiera algún
otro que le hiciera compañía.
Laurie
hablaba con emoción y parecía dispuesto a cumplir su amenaza a la menor
provocación, porque, a pesar de sus modales indolentes, sentía el odio propio
de los jóvenes a todo lo que fuera sujeción.
―Te
aconsejo que te embarques y no vuelvas hasta que hayas triunfado ―dijo Jo, cuya
imaginación se animaba con el pensanmiento de una acción tan temeraria y que
simpatizaba vivamente con “las penas de Laurie”.
―Eso
no está bien, Jo; no debes hablar así, ni Laurie debe seguir tu mal consejo.
Hijo, debes hacer lo que desea tu abuelo ―repuso Meg con tono maternal ―. Haz
cuanto puedas en la Universidad, y cuando él se dé cuenta de que procuras
complacerlo, estoy segura de que no será tan exigente contigo. Como tú dices,
no hay nadie que pueda quedarse con él para acompañarle, y tú no te perdonarías
jamás haberlo dejado sin su permiso. No te desanimes ni te impacientes; cumple
tu deber y tendrás tu recompensa, como la tiene el buen señor Brooke, a quien
respetan y quieren los que lo conocen.
―¿Qué
sabes de él?
―No
sé más que lo que tu abuelo dijo a mamá; cómo cuidó a su madre hasta que murió
y no quiso ir al extranjero por no abandonarla; y cómo ahora mantiene a una
vieja que lo cuidó; no se lo dice a nadie, pero es tan generoso, paciente y
bueno como puede.
―Sí
que lo es, el buen amigo. Es muy de mi abuelo eso de descubrir toda su historia
sin decirle nada y luego contar a otros lo bueno que es para que le tengan
cariño. Brooke no podía comprender por qué tu madre era tan amable con él,
invitándolo a su casa conmigo y tratándolo tan amistosamente. El pensó que tu
madre era la perfección misma, y hablaba de ella día tras día; y de todas
ustedes se hacía lenguas. Si alguna vez logro realizar mis deseos, verás lo que
hago por Brooke.
―Empieza
por hacer algo ahora, no fastidiándolo tanto ―dijo severamente Meg.
―¿Cómo
sabe usted que lo fastidio, señorita?
―Siempre
lo puedo adivinar por la cara con que sale de su casa. Si te has portado bien,
parece satisfecho y camina lentamente, como si deseara volver para corregir tu
trabajo.
―¡Vaya!
¡Me gusta! ¿De modo que llevas cuenta de las notas buenas y malas que recibo yo
por la cara de Brooke, no es eso? Ya he visto que saluda y sonríe cuando pasa
bajo tu ventana, pero no sabía que hubieses montado un telégrafo.
―No
lo tenemos; no te enojes y, por favor, no le digas nada de lo que te he dicho.
Era solamente para demostrarte que me intereso por tus progresos; lo que se
dice aquí se dice en confianza, ya lo sabes.
―No
me gusta llevar cuentos. Pero si Brooke es un barómetro, procuraré que señale
siempre buen tiempo.
―Hazme
el favor de no ofenderte; no quise sermonear, ni contar historias, ni ponerme
tonta; sólo pensé que Jo estaba alentándote a algo de lo cual tendrías que
arrepentirte luego. Eres tan amable con nosotras, que te miramos como si fueras
nuestro propio hermano y decimos lo que pensamos. Perdóname; lo dije con buena
intención ― y Meg le ofreció la mano con gesto amable aunque tímido.
Avergonzado
de su momentáneo enojo, Laurie le estrecho la mano con sinceridad, diciéndole:
―Yo
soy quien necesita perdón; he estado de muy mal humor todo el día. Me gusta que
me señales mis defectos como una hermana; no hagas caso si a veces estoy
gruñón; te doy las gracias de todos modos.
Deseoso
de expresar que no estaba ofendido, estuvo lo más agradable que pudo, devanó
hilo para Meg, recitó poesías para dar gusto a Jo, sacudió piñas para Beth y
ayudó a Amy con sus helechos, acreditándose como persona digna de pertenecer a
la sociedad de "La abeja industriosa".
En
la mitad de una discusión animada sobre las costumbres domésticas de las
tortugas ― con motivo de haber venido del río uno de estos amables animalitos
―, el lejano sonido de una campanilla les avisó que Hanna había preparado el té
y que con dificultad podrían llegar a tiempo para la cena.
―¿Puedo
venir otra vez? ―preguntó Laurie.
―Claro
que sí, si te portas bien y eres aplicado, como dice la cartilla ―contestó Meg
con una sonrisa.
―Lo
procuraré.
―Entonces
puedes venir y te enseñaré a hacer calceta, como hacen los escoceses; ahora hay
gran demanda de calcetines ―añadió Jo, agitando el suyo como una bandera de
lana azul, mientras se separaban.
Aquella
noche, mientras Beth tocaba el piano para el señor Laurence, Laurie, de pie en
la sombra de las cortinas, escuchaba al pequeño David, cuya música sencilla
calmaba siempre su espíritu tornadizo y miraba al anciano que con la cabeza
apoyada en la mano pensaba con ternura en la niña muerta que había querido
tanto.
Acordándose
de la conversación de la tarde, el chico se dijo con la resolución de hacer el
sacrificio alegremente:
―Renunciaré
a mi castillo y permaneceré con mi querido y viejo abuelo mientras me necesite,
porque no tiene a nadie más que a mí.
CAPITULO
14
SECRETOS
Jo
estaba ocupadísima en la boardilla, porque los días de octubre comenzaban a
ponerse fríos y las tardes iban acortándose. Por dos o tres horas, tras la
ventana bañada por el sol; podía verse a Jo sentada en el viejo sofá
escribiendo diligentemente, con las cuartillas esparcidas sobre un baúl ante
ella, mientras su ratón amigo se paseaba por las vigas en compañía de su hijo
mayor, un hermoso ratonzuelo, al parecer muy orgulloso de sus bigotes.
Completamente absorta en su trabajo, garrapateaba Jo hasta que hubo llenado la
última página, después de lo cual estampó su firma y soltó la pluma,
exclamando:
―
¡Vaya! Lo he hecho lo mejor posible. Si esto, no conviene, tengo que esperar
hasta que sepa hacer algo mejor.
Echada
en el sofá, leyó cuidadosamente el manuscrito, poniendo comas acá y allá, y
signos de admiración que parecían globos pequeños; después lo ató con una cinta
roja muy vistosa y se quedó mirándolo con expresión grave y pensativa, que
mostraba claramente lo serio que había sido su trabajo.
Aquí
arriba, el pupitre de Jo era una vieja cocina de hojalata, que colgaba contra
la pared. En ella guardaba sus papeles y algunos libros para resguardarlos de
las atenciones de su ratón, que, como todos los de su casta, tenía sus
aficiones literarias. De aquel receptáculo de hojalata Jo sacó otro manuscrito,
y, poniendo los dos en su bolsillo, bajó furtivamente la escalera, dejando a
sus amigos que royesen las plumas y se bebiesen la tinta.
Tan
sigilosamente como pudo se puso el abrigo y el sombrero, y por la ventana
trasera salió al tejadillo del pórtico bajo, se descolgó sobre el suelo de
césped e hizo un rodeo para llegar al camino. Una vez allí se calmó, tomó un
ómnibus que pasaba y se fue a la ciudad con mucha alegría y misterio.
Si
alguien la hubiese observado, hubiera pensado que sus movimientos tenían algo
raro, porque tan pronto como bajó del ómnibus echó a andar a buen paso hasta
llegar a cierto número de una calle de mucho movimiento. Una vez descubierto el
lugar con alguna dificultad, entró en el portal, echó una mirada a la escalera
y después de pararse por un minuto salió de repente a la calle, marchándose tan
de prisa como había venido. Varias veces repitió la maniobra con gran diversión
de cierto joven de ojos negros que la observaba desde la ventana de un edificio
de enfrente. Volviendo por tercera vez, Jo se irguió, se caló el sombrero hasta
las cejas y subió valientemente escalera arriba, como si fuera a que le sacaran
todas las muelas. Había un rótulo de dentista, entre otros, a los lados de la
puerta, y después de mirar un momento un par de mandíbulas artificiales, que se
abrían y cerraban lentamente para llamar la atención a una dentadura hermosa,
el joven se puso su abrigo, tomó su sombrero y bajó a la calle para esperar
enfrente de la puerta diciéndose con una sonrisa y un estremecimiento:
―Es
muy propio de ella venir sola, pero si pasa un mal rato necesitará que alguien
la acompañe a casa.
A
los diez minutos Jo bajaba corriendo la escalera, con la cara muy roja y como
quien acaba de pasar una dura prueba. Cuando vio al joven no le hizo ni pizca
de gracia y pasó de largo, con una inclinación de cabeza; pero él la siguió,
preguntándole con simpatía:
―¿Has
pasado un mal rato?
―No
mucho.
―Has
acabado muy pronto.
―
Sí, gracias a Dios!
―¿Por
qué has venido sola?
―No
quería que nadie lo supiera.
―Eres
lo más curioso que he visto en mi vida. ¿Cuántas te han sacado?
Jo
miró a su amigo como si no lo comprendiera, y entonces se echó a reír, muy
divertida por la pregunta.
―Hay
dos que quiero que salgan, pero tengo que esperar una semana.
―¿De
qué te ríes? Tú escondes alguna picardía ―dijo Laurie bastante perplejo.
―Y
tú también. ¿Qué hacía usted en esa sala de billar, señor?
―Con
su permiso, señora, no es una sala de billar, sino un gimnasio, y tomaba una
lección de esgrima.
―Me
alegro de oírlo.
―¿Por
qué?
―Porque
así podrás enseñarme, y cuando representemos Hamlet puedes ser Laertes y
tendremos una buena representación de la escena del combate.
Laurie
soltó una carcajada que hizo sonreír, a pesar suyo, a varios transeúntes.
―Te
enseñaré esgrima, representemos o no Hamlet; es una buena diversión y te hará
mantenerte muy derecha. Pero no creo que era ésa tu única razón al decir
"me alegro" de modo tan decidido. ¿Verdad que no?
―No,
me alegraba de que no estuvieses en una taberna, porque espero que no entres en
tales lugares. ¿Lo haces?
―Rara
vez.
―
Desearía que no lo hicieras nunca.
― No
es malo Jo. Tengo mesa de billar en casa, pero no te diviertes si no encuentras
buenos jugadores; como yo soy tan aficionado, vengo algunas veces a jugar con
Ned Moffat o algunos de los otros jóvenes.
―
¡Ay de mí! Lo siento tanto, porque te irás aficionando cada vez más,
malgastarás tiempo y dinero y acabarás por parecerte a esos muchachos
horribles. Yo esperaba que te mantendrías respetable y que serías el orgullo de
tus amigos ―dijo Jo, meneando la cabeza.
―¿No
puede un joven divertirse inocentemente de vez en cuando sin perder su
respetabilidad? ―preguntó Laurie, algo enojado.
―Depende
de cómo y dónde se divierte. No me gusta Ned y su compañía, y me complacería
que no entraras en ella. Mamá no nos permite invitarlo a nuestra casa, aunque
él quiere venir, y si haces como él, tampoco permitirá que juguemos juntos como
ahora.
―¿No
lo permitirá? ―preguntó Laurie con cierta inquietud.
―No;
no puede aguantar jóvenes mundanos y preferiría encerrarnos bajo llave antes
que permitir amistades con ellos.
―Bueno,
no hace falta que saque la llave todavía. No soy mundano ni tengo la intención
de serio; pero, de vez en cuando, me gusta alguna travesura inofensiva. ¿No te
gustan a ti?
―Sí,
si nadie se opone a ello; diviértete, pero no te vuelvas loco, si no quieres
que acaben nuestras horas de alegría.
―Seré
un santo puro.
―No
tolero a los santos; sé un muchacho sencillo, honrado y respetable y nunca te
abandonaremos. No sé qué haría yo si te comportaras como el hijo del señor
King. Tenía mucho dinero, pero no sabía cómo gastarlo; se hizo borracho y
jugador, y acabó por falsificar la firma de su padre, y creo que fue un
verdadero escándalo.
―¿Me
crees capaz de hacer lo mismo? ¡Muchas gracias!
―
No, no lo creo; ¡de ninguna manera! Pero oigo a muchos hablar de las
tentaciones del dinero y a veces desearía que fueras pobre. Así no tendría
ninguna preocupación.
―¿Te
preocupas por mí, Jo?
―Un
poquito, cuando pareces malhumorado o descontento, como sucede algunas veces
porque te gusta salirte siempre con la tuya. Si un día te echaras por el mal
camino, temo que sería muy difícil detenerte.
Por
unos minutos Laurie continuó andando sin hablar, y Jo lo observaba, deseando
haber refrenado su lengua, porque veía en los ojos del muchacho una expresión
de enojo, aunque sus labios seguían sonrientes.
―¿Vas
a predicar por todo el camino a casa? ―preguntó.
―
Claro que no. ¿Por qué lo dices?
―
Porque si lo haces, tomaré el ómnibus; si no lo haces, me gustaría caminar
contigo y contarte algo muy interesante.
― No
predicaré más y me gustaría oír tus noticias.
―Muy
bien; ahí van. Es un secreto, y si lo digo, tú tienes que decirme el tuyo.
―Yo
no tengo ninguno ―comenzó Jo, pero súbitamente detuvo recordando que sí lo
tenía.
―
Sabes que tienes un secreto; no puedes esconder nada; con que a confesar o no
te diré el mío ―dijo Laurie.
―¿Es
interesante tu secreto?
―¡Vaya
si lo es! ¡Y acerca de personas que conoces, y muy gracioso!
Hace
tiempo que me desespero por decírtelo. Empieza tú.
―¿No
dirás nada en casa?
―Ni
una palabra.
― ¿Y
no me darás la lata con ello cuando estemos solos?
―Nunca
doy la lata a nadie.
―Sí
que lo haces, y así sacas todo lo que quieres saber. No sé cómo lo haces, pero
eres un perfecto adulador.
―Gracias.
Venga el secreto.
―Pues
bien: le he dejado dos cuentos al director de un periódico, que me dará la
respuesta la semana que viene.
―
¡Viva la señorita March, la célebre autora! ―exclamó Laurie, lanzando su
sombrero al aire y recogiéndolo de nuevo, con gran diversión de dos patos,
cuatro gatos, cinco gallinas y media docena de niños irlandeses; porque estaban
ya en las afueras.
―¡Calla!
Quizá no resulte; pero no podía descansar hasta hacer una prueba, y no he dicho
nada para que nadie se decepcione.
―¡No
habrá decepciones! Tus cuentos son obras de Shakespeare comparadas con la mitad
de las tonterías que se publican ahora. ¡Y cómo vamos a gozar al verlas en
letras de molde! ¡Qué orgullosos estaremos de nuestra escritora!
Los
ojos de Jo brillaron, porque siempre es agradable ver que alguien tiene fe en
nosotros.
―¿Y
tu secreto? ¡A jugar limpio, Laurie, o no te creeré nunca más!
―Tal
vez tenga un disgusto por decírtelo, pero como no he prometido callarme, lo
diré, porque nunca estoy satisfecho hasta que no te he contado todas las
noticias que tengo, ¡Sé dónde está el guante de Meg ― ¿Y eso es todo?
―Es
bastante, como verás cuando te diga dónde está.
―Dímelo
entonces.
Laurie
se inclinó y susurró tres palabras al oído de Jo que produjeron un gracioso
cambio. Se paró y se quedó mirándole de hito en hito por un minuto, sorprendida
y contrariada; después continuó andando y dijo bruscamente:
―¿Cómo
lo sabes?
―Lo
he visto.
―¿Dónde?
―En
su bolsillo.
―¿Todo
este tiempo?
―Sí;
¿no es romántico?
―No;
es horrible.
―¿No
te gusta?
―Claro
que no me gusta; es ridículo; no se debe permitir. Me subleva; ¿qué dirá Meg?
―No
lo dirás a nadie; ya sabes.
―No
he prometido nada.
―
Eso estaba entendido y confié en ti.
―Bueno;
de todos modos, no diré nada por ahora; pero estoy muy disgustada y quisiera no
haberme enterado.
―Pensé
que te agradaría.
―¿La
idea de que alguien viniese para llevarme a Meg? No, gracias.
―Te
parecerá mejor cuando alguien venga para llevarte a ti.
―
¡Quisiera ver al valiente!
―
¡Yo también! ―dijo Laurie riéndose.
― No
creo que caen bien los secretos; estoy confundidísima desde que me lo dijiste ―
xclamó Jo.
―Juega
una carrera conmigo y se te pasará ―propuso él.
Nadie
estaba a la vista; el camino liso ondulaba en un declive encantador ante ella,
y, no pudiendo resistir la tentación, Jo se lanzó carretera abajo, dejando caer
el sombrero y la peineta a medida que corría. Laurie alcanzó primero la meta y
estaba satisfecho del éxito de su tratamiento al ver a su doncella jadeante,
con el pelo suelto, los ojos brillantes, las mejillas rojas y ningún gesto de
enojo en la cara.
―Quisiera
ser caballo para poder correr leguas y leguas en este aire magnífico sin perder
aliento. Buena ha estado la carrera, pero mira cómo me he puesto. Anda a
recoger mis cosas como un buen chico ―dijo Jo dejándose caer debajo de un arco
que cubría la orilla con un tapete de hojas rojas.
Laurie
se fue lentamente a recoger los objetos perdidos mientras Jo se arreglaba las
trenzas, esperando que nadie pasaría hasta que estuviese de nuevo arreglada.
Pero alguien pasó, ¿Y quién había de ser, sino Meg?, muy seria con su vestido
de gala, porque venía de hacer visitas.
―¿Qué
estás haciendo aquí`? ―preguntó, mirando sorprendida a su desgreñada hermana.
―Recogiendo
hojas ―respondió Jo humildemente, apartando algunas hojas rosadas que acababa
de amontonar.
―Y
horquillas ―añadió Laurie, echando media docena de ellas en la falda de su
amiga ―. Crecen en este camino, Meg, y sombreros de paja también.
―Has
estado corriendo, Jo. ¿Cuándo vas a dejar tus chiquilladas?
―dijo
Meg en tono de reprobación.
―Nunca,
hasta que no sea vieja y tiesa y tenga que usar una muleta.
No
trates de hacerme persona mayor antes de tiempo, Meg. Ya tengo bastante con
verte cambiar tan de repente; déjame ser niña tanto tiempo como pueda.
Mientras
hablaba, Jo se inclinaba sobre su trabajo para esconder el temblor de sus
labios, porque ahora se daba cuenta de que Meg se convertía rápidamente en una
mujer, y el secreto de Laurie le hizo temer la separación que alguna vez
tendría que venir y que ahora parecía más cercana. Laurie notó la angustia en
la cara de su amiguita y distrajo la atención de Meg, preguntándole vivamente:
―¿Dónde
has estado haciendo visitas tan elegante?
―En
casa de los Gardiner, y Sallie me contó la boda de Pelle Moffat. ¡Era
magnífico!, y se han ido a pasar el invierno en París. ¡Qué encantador debe ser
eso!
―¿La
envidias, Meg? ― dijo Laurie.
―Temo
que sí.
―Me
alegro de oírlo ―murmuró Jo, atándose el sombrero.
―¿Por
qué? ―preguntó Meg, sorprendida.
―Porque
si te gustan tanto las riquezas, no irás y te casarás con un hombre pobre ―dijo
Jo, mirando con enojo a Laurie, que le hacia señas que tuviese cuidado con lo
que decía.
― Yo
nunca iré y me casaré con nadie ―observó Meg, echando a andar con mucha
dignidad mientras los otros la seguían riéndose, susurrando y saltando encima
de las piedras, y comportándose como chiquillos, según Meg decía para sí.
Durante
una semana o dos, Jo se condujo de modo tan extraño, que tenía confundidas a
sus hermanas. Salía precipitadamente a la puerta cuando llamaba el cartero;
trataba descortésmente al señor Brooke siempre que se encontraba con él; se
quedaba mirando a Meg largos ratos con cara pensativa, levantándose a veces
para sacudirla y después besarla muy misteriosamente. Laurie y ella andaban
siempre haciéndose señas y hablando de "águilas reales", hasta hacer
creer a las chicas que ambos se habían vuelto locos. Unos quince días después
del misterioso viaje de Jo a la ciudad, Meg, cosiendo delante de su ventana, se
escandalizó de ver a Laurie corriendo tras de Jo por todo el jardín y
alcanzándola, por fin, en la glorieta de Amy. Lo que sucedió allá Meg no lo
pudo ver, pero se oyeron carcajadas, seguidas por el murmullo de voces y el
sonido de hojas de periódicos en movimiento.
―¿Qué
vamos a hacer con esta chica? Nunca quiere portarse corno una señorita ―suspiró
Meg.
―Espero
que no se portará como una señorita, porque me gusta como es, tan graciosa y
tan amable ―dijo Beth, que no había denotado estar algo ofendida de que Jo
tuviese secretos con alguien que no fuera ella.
―Es
muy molesto, pero jamás lograremos corregirla ―añadió Amy.
A
los pocos minutos entró Jo precipitadamente, se echó en el sofá y fingió leer.
―¿Tienes
ahí algo interesante? ―preguntó Meg.
―Un
cuento; me figuro que no vale gran cosa ―respondió Jo, ocultando cuidadosamente
el título del periódico.
―Léelo
en voz alta; así nos entretendrás a todas ―dijo Amy.
―¿Cómo
se titula? ―preguntó Beth, extrañada de que Jo mantuviera la cara detrás del
pliego.
―"Los
pintores rivales".
―
Eso suena bien; léelo ―dijo Meg.
Después
de aclarar la voz y respirar profundamente, Jo comenzó a leer rápidamente la
historia. Las chicas escucharon con interés, porque el cuento era romántico y
algo patético también; ya que casi todos los personajes morían al final.
― Me
gusta lo referente al cuadro magnífico ―observó Amy.
―
Prefiero la parte amorosa. Viola y Angelo son dos de nuestros nombres
preferidos; es curioso que hayan salido ahí ―dijo Meg.
―¿Quiénes
el autor? ―preguntó Beth.
―Vuestra
hermana.
―
¿Tuyo? ―gritó Meg, dejando caer su costura.
―
Está muy bien ―dijo críticamente Amy.
―¡Lo
sabía! ¡Lo sabía! ¡Oh, Jo mía, qué orgullosa estoy! ―exclamó Beth, corriendo a
abrazar a su hermana, exaltada por éxito tan magnífico.
¡Qué
alegres estaban todas! Meg no podía creerlo hasta que no vio el nombre de
"Josephine March" realmente impreso en el periódico; Amy hizo una
benévola crítica de los detalles referentes al arte en el cuento; Beth saltaba
y cantaba de alegría, Hanna entró para exclamar:
"¡Cielo
santo, quién lo hubiera creído!", asombrada por la hazaña de "esa
Jo"; la señora March estaba justamente orgullosa de su hija. Cómo se reía
Jo, con los ojos llenos de lágrimas, al decir que iba a ponerse tan engreída
como un pavo real con tantas alabanzas. "El Aguila Real" agitaba
triunfalmente las alas encima de la casa de los March, mientras circulaba de
mano en mano el periódico.
―Cuéntanos
todo. . . ¿Cuándo llegó? ... ¿Cuánto te han pagado por él? ... ¿Qué dirá papá?
¿No se reirá Laurie? ―decía toda la familia a un mismo tiempo, reunida
alrededor de Jo.
―Calma,
niñas, y se los contaré todo ―dijo Jo.
Después
de contar cómo había colocado sus cuentos Jo añadió:
―Cuando
fui a recibir mi respuesta, el director me dijo que le gustaban ambas, pero que
no pagaba a los principiantes; no hacía más que publicar las obras en su
periódico para que se dieran a conocer. Era buena práctica, dijo, y cuando los
principiantes progresaran, no faltarían editores que les pagaran sus trabajos.
Le dejé, pues, las dos historias, y hoy por la mañana me ha enviado esto;
Laurie me sorprendió con ello e insistió en verlo; lo dejé hacerlo, y dijo que
era muy buena, de manera que escribiré más y él va a conseguir que me paguen la
próxima; y...
estoy
tan contenta, porque con el tiempo podré mantenerme y ayudar a las chicas.
Aquí
le faltó el aliento y escondiendo la cabeza en el periódico, derramó algunas
lágrimas ingenuas, porque ser independiente y ganar las alabanzas de las
personas que amaba eran los deseos más ardientes de su corazón, y aquello
parecía el primer paso hacia tan feliz meta.
CAPITULO
15
UN
TELEGRAMA
De
todos los meses del año, noviembre es el más desagradable ―dijo Meg, de pie
ante la ventana, una tarde nublada, mirando al jardín quemado por el hielo.
―Por
eso nací yo en él ―observó Jo sin darse cuenta del borrón de tinta que se había
echado en la nariz.
―Si
algo muy agradable sucediese ahora, pensaríamos que es un mes encantador ―dijo
Beth, que solía verlo todo color de rosa, aun el mes de noviembre.
―Naturalmente;
pero en esta familia no sucede nunca nada desagradable ―repuso Meg, que estaba
desanimada ―. Trabajamos todos los días sin ningún cambio y con poca
distracción. Es como dar vueltas a una noria.
―
¡Ay de mí! ¡Qué tristonas estamos! ―exclamó Jo ―. No me extraña, pobrecita,
porque ves otras muchachas que lo pasan espléndidamente, mientras tú, trabaja
que trabaja todo el año. ¡Si fuera tan fácil planearte la vida como lo hago con
las heroínas de mis cuentos! Nada tendría que darte en cuanto a belleza y
bondad, porque ya tienes bastante; pero arreglaría que un pariente rico te
dejara heredera de una fortuna, con la cual podrías despreciar a todos los que
te hayan ofendido; ir al extranjero y volver hecha una Señora de Fulano,
rodeada de esplendor y elegancia.
―Ya
no se dejan fortunas de esa manera; ahora, para tener dinero los hombres tienen
que trabajar y las mujeres tienen que casarse. Es un mundo muy injusto ―repuso
con amargura Meg.
―Jo
y yo haremos fortuna para todas ustedes; esperen otros diez años y verán si no
lo hacemos ―dijo Amy que estaba sentada en un rincón, haciendo pastelillos de
barro, como Hanna solía llamar a los modelos de pájaros, frutos y cabezas que
hacía con arcilla.
―No
puedo esperar, y temo que no tengo mucha fe en la tinta y el barro, aunque
agradezco tus buenas intenciones. ―Meg suspiró y se volvió de nuevo hacia el
jardín helado; Jo, sentada a la mesa, dejó escapar un quejido y abatida se apoyó
sobre los codos, pero Amy siguió trabajando con energía, y Beth, sentada a la
otra ventana, dijo sonriendo:
―Dos
cosas agradables van a suceder en seguida. Mamá viene por la calle y Laurie
está cruzando el jardín como si tuviera algo interesante que decirnos.
Ambos
entraron; la señora March, haciendo su pregunta acostumbrada:
"¿Hay
carta de papá, niñas? ", y Laurie, diciendo con tono persuasivo:
―¿No
quiere alguien pasear en coche conmigo? He trabajado con las matemáticas hasta
marearme y voy a refrescarme con un buen paseo.
Es
un día gris, pero el aire no es malo y voy a llevar a Brooke a casa.
Ven,
Jo, tú y Beth me acompañarán; ¿no es verdad? que sí.
―Lo
agradezco mucho, pero estoy ocupadísima ―dijo Meg, sacando rápidamente su
canastilla de costura.
―Nosotras
tres estaremos listas en un minuto ―agregó Amy, dándose prisa para lavarse las
manos.
―¿Puedo
serle útil en algo, señora madre? ―preguntó Laurie, apoyándose cariñosamente en
el respaldo de la silla de la señora March, y hablándole con el tono afectuoso
que solía usar con ella.
―No,
gracias, sino hacerme el favor de ir al correo, querido. Es día de recibir
carta, y no ha venido el cartero. Papá suele ser tan exacto como el sol, pero
quizás ha habido algún contratiempo en el camino.
La
campana sonó vivamente, interrumpiéndole; un minuto después, Hanna entró con un
papel en la mano.
―Uno
de esos telegramas, señora ―dijo, dándolo como si temiera que estallase o
hiciera algún daño.
La
señora March lo tomó rápidamente, leyó las dos líneas que contenía y cayó de
espaldas en su silla, tan blanca como si el papel le hubiese dado un balazo en
el corazón. Laurie corrió escalera abajo, en busca de agua, mientras Meg y
Hanna la sostenían, y Jo leyó:
"Señora
March:. Su esposo está enfermo de gravedad. Venga en seguida. S. Hale Hospital
Blanco. Washington.” ¡Qué inmovilidad cayó sobre todas cuando escuchaban sin
respirar siquiera! ¡Cómo parecía oscurecerse el día y cambiar el mundo entero
al reunirse las muchachas alrededor de su madre, con la sensación de que iban a
perder toda la felicidad y el apoyo de su vida! La señora March reaccionó
pronto, leyó de nuevo el telegrama y abrazando a sus hijas, dijo con voz que no
olvidaron nunca: "Tengo que ir inmediatamente: tal vez sea demasiado
tarde. ¡Oh, hijas mías, ayúdenme a soportarlo!” ― Durante algunos minutos no se
oyeron en el cuarto más que los sollozos; palabras entrecortadas de consuelo,
tiernas promesas de ayuda y murmullos de esperanza que acababan en lágrimas. La
pobre Hanna fue la primera en reponerse, y, con inconsciente sabiduría, dio el
buen ejemplo a todos, pues para ella el trabajo era la panacea de casi todos
los males.
―¡Que
Dios salve al pobre! No hay que perder el tiempo llorando; voy a arreglar en
seguida sus cosas, señora ―dijo con cariño, y secándose las lágrimas con el
delantal, estrechó respetuosamente la mano de su señora y se fue a trabajar
como tres mujeres en una.
―Tiene
razón; no hay tiempo para llorar ahora. Hay que calmarse, hijas mías; déjenme
pensar.
Trataron
de serenarse, mientras su madre se incorporaba, pálida pero más tranquila, y
dominando su dolor para pensar y hacer planes para ellas.
―¿Dónde
está Laurie? ―preguntó luego.
―Aquí,
señora; ¡permítame servirle en algo! ―gritó el chico, viniendo del otro cuarto,
donde se había retirado discretamente para dejarlas solas.
―Telegrafía
diciendo que voy en seguida. El primer tren sale temprano por la mañana; lo
tornaré.
―¿Qué
más? Los caballos están listos; iré a cualquier parte; haré cualquier cosa que
usted desee ―contestó Laurie dispuesto a volar al fin del mundo.
―Deja
una carta en casa de la tía March. Jo, dame esa pluma y ese papel.
Jo
puso la mesa enfrente de su madre, sabiendo que sería preciso pedir prestado el
dinero para el viaje largo y triste y pensando qué podría hacer ella para
aumentar un poco la cantidad necesaria.
―Ahora
vete, hijo mío; pero no te mates corriendo a rienda suelta; no es
indispensable.
El
consejo fue inútil, porque cinco minutos después Laurie, montando en su caballo
ligero, pasó por delante de la ventana como si su vida estuviera en peligro.
―
Jo, corre al salón y di a la señora King que no puedo ir. En el camino compras
estas cosas. Las llevaré conmigo; serán necesarias, y debo ir preparada para
hacer de enfermera. Las provisiones del hospital no son siempre buenas. Beth,
vete y pide al señor Laurence dos botellas de vino añejo. No soy demasiado
orgullosa para pedir limosna por el bien de papá; debe tener lo mejor de todo.
Amy, di a Hanna que baje la maleta negra; Meg, ayúdame a encontrar mis cosas
porque estoy trastornada.
Escribir,
pensar y dirigirlo todo al mismo tiempo era bastante para trastornar a la pobre
señora, y Meg le rogó que se sentase tranquilamente en su dormitorio por un
rato y que las dejara a ellas hacer el trabajo. Todas se esparcieron, como
hojas sacudidas por el viento; y la familia, poco antes tan tranquila y feliz,
se vio repentinamente desbandada, como si el papel hubiera contenido un mal
sortilegio.
El
señor Laurence llegó con Beth, trayendo toda clase de cosas útiles que el buen
señor podía pensar y las promesas más amistosas de protección para las chicas
durante la ausencia de su madre, lo cual le dio mucho ánimo. Se ofreció a todo,
incluso a acompañarla él mismo en el viaje. La señora March no quiso aceptar
que el señor anciano hiciera un viaje tan largo, pero no pudo evitar una
expresión de alivio cuando él habló del asunto, porque la ansiedad no es buena
preparación para un viaje. El notó la expresión, frunció las cejas, se frotó
las manos y se marchó de repente, diciendo que volvería pronto. No habían
tenido tiempo para acordarse de él otra vez, hasta que Meg, atravesando el
vestíbulo con un par de zapatillas en una mano y una taza de té en la otra, se
encontró de repente con el señor Brooke.
―Siento
mucho la novedad, señorita March ―dijo con tono amable, muy grato a su espíritu
turbado ―. Vengo para ofrecerme a acompañar a su madre. El señor Laurence me ha
dado algunos encargos que hacer en Washington y estaré muy contento de poder
serle útil a su señora madre allá.
Meg
dejó caer las zapatillas, y por poco deja caer también la taza al tender la
mano, con tal expresión de gratitud, que el señor Brooke se hubiera sentido más
que compensado por un sacrificio mayor que el que iba a hacer.
―¡Qué
amables son todos ustedes! Mamá aceptará, estoy segura; y para nosotras será un
alivio saber que tiene alguien que cuide de ella.
Muchísimas
gracias. ―Meg hablaba con sentimiento y se olvidó enteramente de sí misma,
hasta que una mirada de su amigo hizo que recordase el té, que se estaba
enfriando, y lo condujo a la sala, diciendo que llamaría a su madre.
Todo
estaba arreglado cuando Laurie volvió con una carta de la tía March, que
enviaba el dinero deseado, y unas líneas, repitiendo lo que dijera muchas
veces: que era ridículo que March se fuese al ejército, que siempre había
profetizado que nada bueno podía resultar de ello, y que esperaba que tomarían
su consejo para la próxima vez.
La
señora March echó la carta al fuego; puso el dinero en su portamonedas y
continuó sus preparativos, con los labios apretados de tal modo que Jo hubiera
comprendido.
La
tarde corta fue pasando; todos los encargos estaban hechos; Meg y su madre
estaban cosiendo algunas cosas necesarias, mientras Beth y Amy preparaban la
cena; Hanna acabó su planchado "a golpes", como ella decía y Jo no
había llegado aún. Comenzaron a inquietarse, y Laurie se fue a buscarla, porque
nadie sabía qué idea loca se le había metido en la cabeza. No la encontró, sin
embargo, y a poco Jo volvió con una expresión extraña en la cara, mezcla de
broma y de miedo, de satisfacción y de sentimiento, que dejó perpleja a la
familia, tanto como el manojo de billetes de Banco que puso delante de su madre
diciendo con voz algo entrecortada:
―Esta
es mi contribución para ayudar a papá a traerlo a casa.
―Hija
mía, ¿dónde has obtenido esto? ¡Veinticinco pesos! Jo, espero que no hayas
hecho nada imprudente.
―No;
lo obtuve honradamente; no lo he mendigado, ni pedido prestado, ni robado. Lo
he ganado; y no creo que me reñirás, porque no hice más que vender lo que me
pertenecía.
Al
decir esto, Jo se quitó el sombrero y vieron con asombro que su abundante
cabellera había sido cortada.
―
¡Tu cabello! ¡Tu hermoso cabello! Jo, ¿cómo has podido hacerlo?
¡Tu
única belleza! Hija mía, no era necesario... No pareces mi Jo, pero te quiero
muchísimo por ello.
Mientras
todas expresaban su admiración y Beth abrazaba tiernamente la cabeza esquilada,
Jo adoptó un aire indiferente, que no engañó a nadie, y dijo, pasándose la mano
por los mechones castaños y tratando de parecer contenta:
―Eso
no afecta la suerte de la nación; conque no te lamentes, Beth.
Será
bueno para mi vanidad; me estaba poniendo demasiado orgullosa de mi peluca. Mi
cerebro ganará con quitarse ese peso de encima; siento la cabeza ligera y
fresca, que da gusto, y el peluquero dijo que pronto tendría unos bucles como
los de un muchacho que me sentarían muy bien y serán fáciles de peinar; estoy
contenta; toma por favor el dinero y cenemos.
―Dímelo
todo, Jo; no estoy completamente satisfecha, pero no puedo culparte, porque sé
con qué buena voluntad has sacrificado tu vanidad, como la llamas, a tu amor.
Pero, querida mía, no era necesario y temo que muy pronto te arrepientas ―dijo
la señora March.
―¡No
me arrepentiré! ―respondió Jo con firmeza.
―¿Cómo
se te ocurrió hacerlo? ―preguntó Amy, que antes se hubiera cortado la cabeza
que su cabello.
―Bueno,
deseaba hacer algo por papá ―respondió Jo, mientras se sentaban a la mesa ―.
Aborrezco pedir prestado tanto como mamá, y sabía que la tía March gruñiría ―,
siempre lo hace cuando se le pide un peso. Meg había dado todo su sueldo
trimestral para el alquiler y yo no hice más que comprarme ropa con el mío; así
que me sentía egoísta y tenía que obtener dinero aunque tuviese que vender la
nariz para ganarlo.
―No
debías sentirte egoísta, hija mía; no tenías ropa de invierno y compraste las
cosas más sencillas que podías con lo que habías ganado ―dijo la señora March.
― Al
principio no tenía la menor idea de vender mi cabello; pero andando y pensando
qué podía hacer, pasé por una peluquería y vi en el escaparate trenzas con su
precio marcado una trenza negra, más larga pero no tan espesa como la mía:
costaba cuarenta pesos. De repente se me ocurrió que tenía una cosa de la cual
podría sacar dinero, y sin detenerme a pensar entré; pregunté si compraban
cabello y cuánto darían por el mío.
―No
comprendo cómo te atreviste ―respondió Beth, asombrada.
―¡Bah!
; era un hombre pequeño, que parecía no vivir más que para aceitarse el
cabello. Al principio se me quedó mirando desconcertado, como si no estuviera
acostumbrado a ver chicas entrar en su tienda para decirle que les comprase el
cabello. Dijo que no le gustaba el mío, que no era del color de moda, y que de
todos modos nunca solía dar mucho por ello; que el trabajo de arreglarlo
costaba mucho y todo lo demás. Como era tarde, yo temía que si no se hacía en
seguida no se haría nunca, y ya saben cuánto me disgusta abandonar una cosa que
he empezado; así, le rogué que lo tomara y le expliqué la razón de mi prisa.
Tal vez fue una tontería, pero cambió de opinión, porque me excité algo y conté
la historia en forma muy desordenada; su esposa estaba oyendo y dijo muy
amablemente "Tómaselo, Thomas, para dar gusto a la señorita; lo mismo
haría cualquier día para nuestro Jimmy si tuviera una trenza que mereciera
venderse.” ―¿Quién era Jimmy? ―preguntó Amy.
― Su
hijo; dijo ella que estaba en el ejército. Qué amistosas se hacen las personas
desconocidas con estas cosas. Estuvo charlando todo el tiempo mientras su
esposo cortaba mi cabellera y me distrajo muy bien.
―¿No
te dio pena cuando comenzó a cortar? ―preguntó Meg.
―No;
eché una última mirada a mi cabello mientras el hombre preparaba sus cosas, y
eso fue todo. Nunca me aflijo por pequeñeces; pero debo confesar que tuve una
sensación extraña cuando vi al cabello querido extendido en la mesa y me toqué
las puntas cortas y ásperas que me quedaban. Me pareció haber perdido un brazo
o una pierna. La mujer me vio mirando mi cabello, y tomando un mechón largo me
lo dio para guardarlo. Te lo daré a ti, mamá, como recuerdo de las glorias
pasadas; porque se está tan cómoda con el cabello cortado, que no quiero volver
a tener una guedeja.
La
señora March tomó el mechón ondulado color castaño y lo puso en su escritorio
con otro gris. No dijo más que "gracias, querida mía", pero viendo
algo en su cara las chicas cambiaron de tema y hablaron lo más alegremente
posible de la bondad del señor Brooke, del tiempo que iba a hacer al día
siguiente y lo felices que serían cuando su padre volviese a casa para
reponerse.
Nadie
quería acostarse cuando, a las diez, la señora March dejó la costura y dijo:
―Vengan,
hijas mías.
Beth
se fue al piano y tocó el himno favorito de su padre; todas comenzaron a cantar
valientemente, pero una tras otra se echaron a llorar, hasta que Beth quedó
sola, cantando con todo su corazón, porque la música era siempre el mayor de
sus consuelos.
―Vayan
a dormir y no hablen, porque tenemos que levantarnos temprano y necesitamos
todo el descanso posible. Buenas noches, queridas ―dijo la señora March.
La
besaron silenciosamente y se fueron a la cama, como si el enfermo querido
estuviera en el dormitorio próximo.
Beth
y Amy se durmieron pronto, a pesar de la pena que sentían, pero a Meg la
mantenían despierta los pensamientos más serios que había tenido en su corta
vida. Jo estaba tan quieta que su hermana la creía dormida, hasta que un
sollozo sofocado la hizo exclamar, al tocar una mejilla húmeda:
―Jo,
¿qué te pasa? ¿Estas llorando por papá?
―No;
ahora no es por él.
―¿Por
qué, entonces?
―
¡Mi cabello! ... ¡Mi cabello.! ―sollozó la pobre Jo, tratando en vano de ahogar
su emoción en la almohada.
Meg
besó y abrazó a la afligida heroína muy tiernamente.
―No
es que lo lamente ―protestó Jo con voz entrecortada ―. Lo haría otra vez mañana
si pudiera. Es la parte egoísta de mi ser que se pone a llorar de esta manera
tan tonta. No se lo digas a nadie; ya pasó todo.
Pensé
que dormías; por eso gemí por mi única belleza. ¿Por qué estás despierta?
―
¡No puedo dormirme; tan ansiosa estoy! ―dijo Meg.
―Piensa
en algo hermoso y pronto te dormirás.
― Ya
lo he tratado, pero me siento más despierta que antes.
―¿En
qué pensaste?
―En
caras hermosas; especialmente en ojos ―respondió Meg, sonriéndose en la
oscuridad.
―¿Qué
color te gusta más?
―Castaños.
. ., es decir, a veces. . . los azules también son hermosos.
Jo
se rió; Meg le dijo que no hablase; prometió, amablemente, rizarle el cabello y
se durmió, soñando con su castillo en el aire.
Los
relojes daban las doce y los dormitorios estaban muy tranquilos, cuando una
figura se deslizó de cama en cama, arreglando las mantas aquí, enderezando una
almohada allá y deteniéndose a mirar larga y tiernamente cada cara inocente,
para besarlas y para elevar las oraciones férvidas que sólo las madres saben
pronunciar. Cuando levantó la cortina para ver cómo estaba la noche, apareció
detrás de las nubes la luna y brilló sobre ella como un rostro benévolo que
parecía susurrar:
―¡Animo,
corazón mío! Siempre hay luz detrás de las nubes.
CAPITULO
16
CARTAS
A la
fría y débil claridad del amanecer, las hermanas encendieron su lámpara y
leyeron sus Nuevos Testamentos con una seriedad jamás experimentada antes. Los
libritos estaban llenos de ayuda y consuelo.
Mientras
se vestían, decidieron decir "adiós” alegremente, de manera que su madre
comenzara su viaje sin estar entristecida por lágrimas o quejas.
Todo
parecía muy extraño; tanta oscuridad y silencio fuera, tanta luz y movimiento
dentro. Parecía raro desayunarse tan temprano, y hasta la cara bien conocida de
Hanna era cosa insólita con su gorro de dormir. El baúl grande estaba listo en
el vestíbulo; el abrigo y el sombrero de la madre sobre el sofá, y ella misma
estaba sentada, tratando de comer, pero tan pálida y quebrantada por el
insomnio y la preocupación, que a las chicas les fue muy difícil mantener su
resolución. Meg no podía evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas. Jo
tuvo que esconder la cara en la toalla de la cocina más de una vez, y los
rostros de las muchachitas tenían una expresión grave y perturbada, como si la
tristeza fuera una nueva experiencia para ellas. Nadie habló mucho, pero al
acercarse la hora, y mientras esperaban el coche, la señora March dijo a las
chicas, que estaban ocupadas a su alrededor, una, plegando el mantón; la otra,
arreglando las cintas del sombrero; la tercera, poniéndole los chanclos; la
cuarta, cerrando su saco de viaje:
―Hijas
mías, las dejo al cuidado de Hanna y bajo la protección del señor Laurence;
Hanna es la fidelidad misma y nuestro buen vecino las cuidará como si fueran
sus propias hijas. No temo por ustedes, pero deseo que soporten bien esta pena.
No se lamenten ni se quejen mientras estoy ausente, ni piensen que podrán
consolarse siendo perezosas y tratando de olvidar. Sigan con su trabajo, porque
el trabajo es un consuelo bendito. Tengan esperanza y manténganse ocupadas; y
si cualquier cosa sucede, recuerden que nunca podrán quedar sin padre.
―Sí,
mamá.
―Querida
Meg, sé prudente, cuida de tus hermanas, consulta con Hanna, y en cualquier
duda pide consejo al señor Laurence. Ten paciencia, Jo; no te desanimes ni
hagas cosas temerarias; escríbanme con frecuencia; sé mi hija valiente, siempre
lista para ayudar y animar a las demás. Beth, consuélate con tu música y sé
fiel a los deberes domésticos; y tú, Amy, haz cuanto puedas para ayudar; sé
obediente y no te pongas triste.
―Sí,
mamá, lo haremos, lo haremos.
El
ruido del coche que se acercaba las sobresaltó y escucharon.
Aquél
fue el momento más duro, pero las chicas lo soportaron bien; nadie lloró, nadie
se escapó ni lanzó un lamento, aunque estaban tristes al enviar amantes
recuerdos a su papá, acordándose de que podría ser demasiado tarde para darlos.
Abrazaron en silencio a su madre, estrechándola con ternura, y procuraron
agitar alegremente las manos cuando se marchaba.
Laurie
y su abuelo llegaron para despedirla, y el señor Brooke parecía tan fuerte,
sensato y amable, que las chicas lo apodaron, allí mismo "Gran
corazón".
―
¡Adiós, queridas mías!; que Dios bendiga y nos guarde a todos ―murmuró la
señora March, al besar a todas las caras queridas, una tras otra, y apresurarse
a subir al carruaje.
Cuando
el coche partía salió el sol y ella, mirando atrás, lo vio brillar como una
buena señal sobre el grupo reunido en la puerta. Ellas lo vieron también,
sonrieron y agitaron las manos; la última cosa que se vio, al doblar la
esquina, fue las cuatro caras alegres y detrás de ellas, como su guardián, el
viejo señor Laurence, la buena Hanna y el fiel amigo Laurie.
― ¡Qué
amables son todos con nosotras! ―exclamó la señora March.
―No
sé cómo podría ser de otro modo ―respondió el señor Brooke, riéndose de forma
tan contagiosa que la señora March no pudo evitar el sonreírse. Así, con el
buen presagio de sol, sonrisas y palabras alegres, comenzó el viaje.
―
Estoy como si hubiera ocurrido un terremoto ―dijo Jo, sus vecinos volvían a su
casa para el desayuno.
―Parece
como si se hubiera ido la mitad de la familia dijo tristemente Meg.
Beth
abrió los labios para decir algo, pero no pudo hacer más que señalar el montón
de medias bien zurcidas que estaban en la mesa de su madre, demostrando que aun
durante los últimos momentos tan agitados había pensado en ellas y trabajado
para ellas. Era un pequeño detalle, pero las conmovió muchísimo y, a pesar de
sus valientes resoluciones, todas se echaron a llorar.
Hanna
tuvo el acierto de dejarlas que se desahogaran; y cuando el mal rato dio
señales de aclarar, vino para darles ánimo, armada con una cafetera.
―Ahora,
señoritas, recuerden lo que ha dicho su madre, y no se acongojen; vengan y
tomen todas una taza de café, y después al trabajo, para honrar a la familia.
El
café era bueno, y Hanna demostró su tacto al hacerlo aquella mañana. Ninguna
pudo resistir sus persuasivos movimientos de cabeza ni la aromática invitación
que brotaba por el pico de la cafetera; se sentaron a la mesa, cambiaron sus
pañuelos por servilletas y en diez minutos se habían calmado.
―"Esperar
y mantenerse ocupado", esa es nuestra divisa; veremos quién la recuerda
mejor. Iré a casa de la tía March, como de costumbre.
¡Vaya
sermón que me espera! ―dijo Jo, mientras bebía su café.
―Yo
iré a lo de miss King, aunque preferiría quedarme en casa a cuidar de las cosas
― ontestó Meg.
―No
hace falta; Beth yo podemos arreglar la casa muy bien ― agregó Amy, dándose
importancia.
―Hanna
nos dirá lo que debemos hacer y para cuando vuelvan tendremos todo en orden ―
ñadió Beth.
―Creo
que la ansiedad es muy interesante ―observó Amy, comiendo azúcar, pensativa.
Las
chicas no pudieron menos de reírse, aunque Meg hizo un grave movimiento de
cabeza a la señorita que encontraba consuelo en el azucarero.
La
vista de los pastelillos calmó a Jo, y cuando las dos salieron a sus tareas
diarias se volvieron para mirar hacia la ventana donde solían ver la cara de su
madre. No estaba allá; pero Beth se había acordado de la ceremonia doméstica y
les enviaba saludos con la cabeza.
―¡Muy
propio de Beth! ―dijo Jo, agitando el sombrero con cara agradecida ―. Adiós,
Meg; espero que los King no te fastidiarán hoy. No te acongojes por papá,
querida ―añadió, mientras se separaban.
―Espero
que la tía March no gruñirá. Tu cabello te queda muy bien y pareces un muchacho
guapo ―repuso Meg.
―Ese
es mi único consuelo y levantando su sombrero al estilo de Laurie se separó de
su hermana.
Las
noticias de su padre consolaron mucho a las chicas; porque, aunque muy grave,
la presencia de la enfermera más tierna que podía haber le había hecho bien. El
señor Brooke enviaba noticias todos los días, y como cabeza de familia, Meg
insistía en leer las cartas, que iban siendo más alegres a medida que pasaba la
semana. Al principio, todas estaban deseosas de escribir; los sobres que
echaban en el buzón abultaban considerablemente. Como uno de ellos contenía
cartas características de toda la compañía, lo hemos robado para leerlas.
Queridísima
mamá:
Es
imposible decirte la alegría que nos dio tu última carta; las noticias eran tan
buenas, que no podíamos menos de llorar y reír al leerlas.
¡Qué
amable es el señor Brooke y qué suerte que los negocios del señor Laurence lo
detengan cerca de ti tanto tiempo, ya que es tan útil para ti y para papá! Las
chicas son ángeles. Jo me ayuda con la costura, e insiste en hacer todos los
trabajos duros. Temería que hiciese demasiado si no supiera que ‘esta
disposición moral' no durará mucho; Beth trabaja con la regularidad de un reloj
y nunca olvida lo que nos dijiste.
Está
ansiosa por papá y parece triste, menos cuando está tocando el piano. Amy me
obedece y yo la cuido bien. Se arregla el cabello ella misma, y le estoy
enseñando a hacer ojales y a zurcir sus medias. Hace cuanto puede y estoy
segura de que te sorprenderás de sus progresos cuando vengas. El señor Laurence
nos cuida como una gallina a sus polluelos, como dice Jo, y Laurie es muy
amable y buen vecino. El y Jo nos dan ánimo, porque, a veces, nos entristecemos
y nos sentimos huérfanas estando tú tan lejos. Hanna es una verdadera santa; no
protesta nunca y siempre me llama 'señorita Margaret', lo cual está muy bien, y
me trata con respeto. Todas estamos bien y ocupadas, pero deseando día y noche
que vuelvan ustedes.
"Mi
amor más tierno a papá, y créeme tu hija que te quiere mucho.
―
Meg.” Esta carta, esmeradamente redactada en papel perfumado, hacía contraste
con la carta siguiente, escrita con garabatos en una hoja grande de papel
comercial, adornada con borrones y toda clase de rabos en las letras:
"Mi
preciosa mamá:
“¡Tres
vivas por el querido papá! Brooke fue un 'hacha' telegrafiando en seguida para
que lo supiésemos tan pronto como empezó a mejorar. Cuando vino la carta corrí
escalera arriba a la boardilla y traté de dar gracias a Dios por haber sido tan
bueno con nosotras, pero no podía hacer más qué llorar y decir: '¡qué contenta
estoy!, ¡qué contenta estoy!' ¿No era eso tan bueno como una verdadera oración?
Porque repetía muchísimas en mi corazón. Nos pasan cosas muy graciosas; y ahora
puedo divertirme con ellas, porque todo el mundo es tan bueno, que es como si
viviésemos en un nido de tórtolas. ¡Cuánto te reirías si vieras a Meg sentada a
la cabecera de la mesa, tratando de ser maternal!
Cada
día está más guapa y a veces estoy enamorada de ella. Las niñas son verdaderos
arcángeles y yo. . ., pues soy Jo, y nunca seré otra cosa.
Tengo
que decirte que por poco riño con Laurie. Le dije con franqueza lo que pensaba
de una tontería suya, y se ofendió. Yo tenía razón, pero no debí hablar como
hablé y él se fue a su casa diciendo que no volvería hasta que no le pidiese
perdón. Yo declaré que no lo haría y me puse muy rabiosap. Esto duró todo el
día; me sentía pesarosa y te echaba mucho de menos. Laurie y yo somos ambos tan
orgullosos, que nos cuesta mucho pedir perdón, pero yo pensé que él vendría
porque yo tenía razón. No vino, y al anochecer me acordé de lo que dijiste
cuando Amy se cayó en el río. Leí mi librito, me sentí mejor, decidí no dejar
que pasara la noche enojada y corrí para decir a Laurie que me arrepentía.
En
la puerta del jardín me encontré con él, que venía a lo mismo. Ambos nos
echamos a reír, nos pedimos perdón y nos sentimos buenos y contentos de nuevo.
Ayer, mientras ayudaba a Hanna a lavar la ropa, compuse un poema; y lo pongo en
el sobre para divertir a papá. Abrázalo por mí, y soporta mil besos de parte de
tu atolondrada. ― Jo.” CANCION DEL LAVADERO Alegre reina soy del lavadero y al
ver de blanca espuma lleno el balde, canto feliz al tiempo que restriego, que
abono y aclaro y tiendo al aire.
EY
sol sobre la ropa alto pregona que soy una excelente y fiel fregona.
Manchas
que afean corazones y almas limpiar del todo con afán quisiera y que el milagro
de las ropas blancas en nosotros también se repitiera.
¡Qué
glorioso sería aquel lavado que el corazón dejara inmaculado!
Por
el sendero de la vida activa acrecen de paz y de quietud las flores; la mente
en el servicio entretenida, lugar no deja a penas ni temores.
De
negros pensamientos nos libramos si con ardor la escoba manejamos.
Contenta
estoy de verme atareada y al trabajo sujeta cada día; esperanza me da, salud
preciada, fortaleza invencible y alegría.
¡Corazón,
a sentir! ¡Mente, a pensar!
Manos,
nunca dejen de trabajar.
"Mi
querida mamá:
"No
me queda más espacio que para enviarte mi amor y unos pensamientos desecados de
la planta que he guardado en casa para que papá la viese. Cada mañana leo,
trato de ser buena todo el día y me duermo cantando el himno de papá. Ahora no
puedo cantar "País de los leales"; me hace llorar. Todos son muy
amables y somos tan felices como es posible serlo sin ti. Amy quiere el resto
de la página, así que debo parar. Doy cuerda al reloj todos los días y ventilo
las habitaciones.
Besos
a mi querido papá en la mejilla que él llama mía. ¡Oh, vuelve pronto! Tu
cariñosa hija. ― Beth.” "Ma cherie mamá:
"Estamos
todas bien; siempre estudio mis lecciones y nunca corroboro a las chicas. Meg
dice que quiero decir contradecir, así que dejo las dos palabras, y tú
escogerás la más correcta. Meg me sirve de mucho consuelo y me permite tomar
jalea todas las noches con el té; Jo dice que me hace mucho bien, porque me
mantiene de buen humor.
Laurie
no me trata tan respetuosamente como debería, ahora que voy a cumplir trece
años; me llama pollita y me ofende hablándome francés muy de prisa cuando digo
'Merci' o 'Bonjour', como hace Hattie King.
Las
mangas de mi vestido azul estaban todas gastadas y Meg le puso mangas nuevas,
pero no me van bien y son más azules que el vestido.
Esto
me disgustó, pero no me quejé, porque soporto bien mis penas, pero me gustaría
que Hanna pusiera más almidón a mis delantales y que hiciera pastelillos todos
los días. ¿No puede hacerlo? ¿No te parece que he escrito muy bien ese signo de
interrogación? Meg dice que mi puntuación y ortografía son vergonzosas, y estoy
humillada, pero, ¡pobre de mí!, tengo tanto que hacer, que no puedo detenerme a
pensar. Adiós.
Montones
de amor a papá.
"Tu
hija cariñosa. ― Amy Curtis March.” "Muy señora mía:
"Nada
más que unas líneas para decirle que lo pasamos de primera.
Las
chicas son listas y hacen las cosas volando. La señorita Meg va a salir una
verdadera ama de casa; tiene gusto para ello y se pone al corriente de las
cosas con una rapidez que asombra; Jo las gana a todas en echar a trabajar,
pero no se detiene a calcular primero, y usted no sabe lo que va a salir. El
lunes lavó un balde lleno de ropa, pero la almidonó antes de retorcerla, y dio
añil a un vestido color de rosa, hasta que pensé morirme de risa. Beth es una
criatura buenísima y me ayuda muchísimo, tan previsora y prudente. Trata de
aprender todo; va al mercado como una persona mayor y, con mi ayuda, lleva las
cuentas muy bien. Hasta el presente hemos estado muy económicas; no permito que
las chicas tomen el café más que una vez por semana, como usted quiere, y les
doy comestibles simples y buenos. Amy no se queja; se pone sus mejores vestidos
y come dulces. El señor Laurie es tan travieso como siempre, y a menudo nos
revuelve la casa de arriba abajo, pero anima a las chicas; así que no tiro de
la cuerda. El señor anciano nos envía muchísimas cosas y es algo pesado, pero
lo hace con buena intención y no debo criticarlo. La masa está subiendo y tengo
que acabar.
Envío
mis respetos al señor March, y espero que se haya repuesto.
"Su
servidora. ― Hanna Mullet." "Señora enfermera principal de la sala
II:
"Todo
está sereno sobre Rappahannock; los soldados, en perfecto estado; la
intendencia, bien conducida; la guardia doméstica, bajo el coronel Teddy,
siempre en servicio; el ejército es inspeccionado todos los días por el
comandante en jefe, general Laurence. En el campamento, el sargento Mullet
mantiene el orlen, y el comandante León está de guardia por la noche. Al
recibirse las buenas noticias de Washington, se hizo una salva de veinticuatro
cañonazos y hubo gran desfile en el cuartel general.
El
capitán general envía sus mejores deseos, a los cuales se unen los del coronel
Teddy.”
Muy
señora mía:
Las
muchachitas gozan de buena salud; Beth y mi nieto me dan noticias todos los
días; Hanna es una criada perfecta: guarda a Meg como un dragón. Me alegro de
que continúe el buen tiempo; no vacile en utilizar los servicios de Brooke, y
si sus gastos exceden lo calculado, gire sobre mí por la cantidad necesaria. No
permita que le falte nada a su esposo. Gracias a Dios que va mejorando.
Su
servidor y amigo sincero.
James
Laurence.
CAPITULO
17
LA
PEQUEÑA INFIEL
Durante
una semana la cantidad de virtud desplegada en la vieja casa hubiera podido
surtir a toda la vecindad. Era sorprendente. Todas parecían poseer una
disposición de ánimo celestial, y la abnegación estaba a la orden del día.
Pasada la primera ansiedad sobre su padre, las chicas fueron aflojando
insensiblemente sus meritorios esfuerzos, volviendo a su conducta acostumbrada.
No olvidaron su divisa, pero esperar y mantenerse ocupado fue haciéndose más
fácil. Después de esfuerzos tan grandes, sintieron que merecían un descanso y
se lo dieron.
Jo
pescó un resfriado por no resguardar bastante su cabeza trasquilada y tuvo que
quedarse en casa hasta mejorarse porque a la tía March no le gustaba oír leer a
las personas resfriadas y roncas. A Jo le vino muy bien, y después de revolver
la casa desde la bodega hasta la boardilla, se echó sobre el sofá para cuidar
su catarro con arsénico y libros. Amy descubrió que el trabajo de la casa y el
arte no hacían buena mezcla, y volvió a sus modelos de arcilla. Meg iba todos
los días a casa de los King, y en su casa ella cosía o pensaba hacerlo, pero
pasaba mucho tiempo escribiendo largas cartas a su madre o leyendo una y otra
vez noticias de Washington.
Beth
perseveraba, cayendo rara vez en la ociosidad o en las lamentaciones.
Cada
día cumplía fielmente todos sus pequeños deberes y muchos de los de sus
hermanas también, porque ellas se descuidaban y la casa parecía un reloj que ha
perdido el péndulo. Cuando la nostalgia de su madre o los temores por su padre
la afligían, se iba a cierto armario, escondía la cabeza entre los pliegues de
cierto vestido viejo y derramaba su llantito y hacía su oracioncita
tranquilamente y sola. Nadie sabía lo que le daba ánimo después de estar
triste, pero todas se daban cuenta de lo dulce y servicial que era Beth, y
tomaron la costumbre de pedirle consuelo y consejo en sus asuntos.
―Meg,
quisiera que fueras a ver a los Hummel; ya sabes que mamá nos dijo que no los
olvidáramos ―dijo Beth, diez días después de la partida de la señora March.
―Esta
tarde estoy demasiado cansada para ir ―respondió Meg, meciéndose cómodamente
mientras cosía.
―¿No
puedes ir tú, Jo?
―El
tiempo está malo para mi catarro.
―Pensaba
que ya estabas bien.
―Lo
bastante para salir con Laurie, pero no lo suficiente para ir a casa de los
Hummel ―dijo Jo, riéndose, aunque algo avergonzada de su inconstancia.
―¿Por
qué no vas tú misma? ―preguntó Meg.
―He
ido todos los días; pero el niño está enfermo y no sé qué hacer por él. La
madre va a su trabajo y Lotchen lo cuida; pero se pone cada vez peor y creo que
tú o Hanna deben ir.
Beth
hablaba muy en serio, y Meg prometió ir a la mañana siguiente.
―Pídele
a Hanna que te dé algo de comer para llevárselo, Beth. El aire te hará bien
―dijo Jo, añadiendo para disculparse ―: Yo iría, pero deseo acabar un cuento.
―Me
duele la cabeza y estoy tan cansada, que pensé que quizás alguna de ustedes
iría ― usurró Beth.
―Amy
volverá pronto y ella puede ir por nosotras ―sugirió Meg.
―Bueno
descansaré un poco y la esperaré.
Beth
se echó en el sofá; las otras volvieron a su trabajo, y los Hummel quedaron
olvidados. Pasó una hora; Amy no vino; Meg se fue a su dormitorio a probarse un
vestido nuevo; Jo estaba absorta en su cuento y Hanna dormía a pierna suelta
frente al fogón de la cocina.
Beth
se puso tranquilamente su capucha, llenó su cestillo con varias cosas para los
niños pobres y salió al aire frío con la cabeza pesada y una expresión triste
en sus ojos pacientes. Era tarde cuando volvió y nadie la vio subir
furtivamente la escalera y encerrarse en el dormitorio de su madre. Media hora
más tarde, Jo fue al armario de su madre para buscar algo y allí encontró a
Beth sentada sobre el botiquín con un aspecto muy solemne, los ojos enrojecidos
y un frasco de alcanfor en la mano.
―¡Por
Cristóbal Colón! ¿Qué te pasa? ―gritó Jo, Mientras Beth extendía la mano, como
si deseara mantenerla a distancia, y preguntaba brevemente:
―Has
tenido la fiebre escarlatina, ¿no es verdad? Entonces te lo diré.
¡Oh,
Jo, el niño se ha muerto!
―
¿Qué niño?
―El
de la señora Hummel. Se murió en mi falda, antes de que ella volviese a casa
―respondió Beth, llorando.
―
¡Pobrecita mía, qué terrible para ti! Debía haber ido yo ―exclamó Jo, abrazando
a su hermana y tomándola en brazos, mientras se sentaba en la butaca de su
madre con cara de remordimiento.
―No
era terrible, Jo; solo muy triste. En seguida noté que estaba peor, pero
Lotchen dijo que su madre había ido a buscar un médico; así que tomé el niño
para que Lotchen descansara. El parecía dormir, pero de repente dio un grito,
tembló y se quedó muy quieto. Traté de calentarle los pies y Lotchen le quiso
dar leche, pero no se movió, y comprendí que estaba muerto.
―No
llores, querida mía. ¿Qué hiciste?
―Me
quedé sentada y lo tuve dulcemente hasta que llegó la señora Hummel con el
médico. Dijo que había muerto, y miró a Heinrich y a Minna, que tienen dolor de
garganta. "La fiebre escarlatina, señora; debía haberme llamado
antes", dijo enojado. La señora Hummel le dijo que era pobre y que había
tratado de curar al niño; pero ahora era demasiado tarde y no podía hacer más
que decirle que cuidara a los otros y esperara de la caridad ayuda. El entonces
se sonrió y habló con más amabilidad; pero era muy triste, y yo lloré con ellos
hasta que de pronto se dio vuelta y me dijo que volviera a casa y tomara en
seguida belladona, o yo contraería la fiebre.
―¡No,
no la contraerás! ―gritó Jo, estrechándola con expresión de terror ―. ¡Oh,
Beth, si enfermaras, no me lo perdonaría jamás! ¿Qué haremos?
―No
te asustes; espero que no será grave. Miré en el libro de mamá y noté que
comienza con dolor de cabeza y de garganta, y sensaciones extrañas como las
mías; tomé belladona y me siento mejor ―dijo Beth, poniendo sus manos frías
sobre su frente caliente, y tratando de aparentar que estaba bien.
―
¡Si mamá estuviera en casa! ―exclamó Jo, tomando el libro, con la impresión de
que Washington estaba muy lejos. Leyó una pagina, miró a Beth, le tocó la
frente, le miré la garganta y dijo gravemente:
―has
estado todos los días con el niño por más de una semana, y entre los otros que
están contagiados; temo que la tendrás, Beth. Llamaré a Hanna; ella entiende de
todas las enfermedades.
―No
permitas que venga Amy, no la ha tenido jamás, y sentiría contagiarla. ¿No
podrías tú y Meg tenerla otra vez? ―preguntó ansiosamente Beth.
―Creo
que no, ni me importa si la tengo; bien empleado me estaría por egoísta, que te
dejé ir allá para quedarme escribiendo tonterías ―murmuró Jo, mientras iba a
pedir consejo a Hanna.
La buena
mujer se despertó al instante y se hizo cargo de la situación, diciendo a Jo
que no había por qué preocuparse; que todo el mundo tenía fiebre escarlatina y
que, con buen cuidado, nadie se moría; Jo lo creyó, y se sintió muy aliviada,
mientras iban en busca de Meg.
―Ahora
les diré lo que vamos a hacer ―dijo Hanna, cuando hubo examinado y hecho
preguntas a Beth ―. El doctor Bangs vendrá para verte, querida mía, así nos
aseguraremos de cuidarte bien desde el principio; luego enviaremos a Amy a casa
de la tía March por unos días, para ponerla fuera de peligro; una de ustedes se
puede quedar en casa para entretener a Beth.
―Naturalmente,
quedaré yo que soy la mayor ―comenzó a decir Meg.
―No,
seré yo, porque tengo la culpa de que esté enferma. Dije a mamá que yo
cumpliría con los encargos y no los hice ―contestó Jo con decisión.
―¿A
cuál de las dos quieres, Beth? No hace falta más que una ―dijo Hanna.
―
Jo, si quieren ―repuso Beth, apoyando la cabeza contra su hermana.
―Yo
iré a decírselo a Amy ―dijo Meg, sintiéndose algo ofendida, pero aliviada al
mismo tiempo, porque no le gustaba cuidar enfermos como a Jo.
Amy
se opuso con firmeza y declaró apasionadamente que preferiría tener la fiebre
antes que irse a casa de la tía March. Meg razonó, rogó y mandó. . ., sin
resultado alguno. Amy declaro que no iría, y Meg la dejó, desesperada, para
preguntar a Hanna qué hacer.
Antes
de que volviera, Laurie entró en la sala para encontrar a Amy, llorando a
lágrima viva, con la cabeza escondida en los almohadones del sofá. Le contó lo
que sucedía, con la esperanza de ser consolada; pero Laurie se metió las manos
en los bolsillos y se puso a pasear por el cuarto, silbando suavemente, con las
cejas fruncidas.
―Vamos,..
sé una mujercita razonable y haz lo que te dicen. No, no llores; escucha el
proyecto que tengo. Irás a casa de la tía March; yo iré todos los días a
sacarte para dar un paseo en coche o a pie, y nos divertiremos muchísimo. ¿No
será eso mejor que quedarte aquí aburrida?
―No
me gusta que me envíen allá corno si estorbara ―dijo Amy ofendida.
―¡Dios
te bendiga, niña! Si lo hacen por tu bien; ¿quieres caer enferma?
―Claro
que no; pero quizá lo estaré, porque he estado con Beth todo el tiempo.
―Por
eso mismo tienes que irte. Quizás un cambio de aire y algo de cuidado te
mantendrán sana, o, por lo menos, contraerás la fiebre más aliviada. Te
aconsejo que te marches cuanto antes, porque la fiebre escarlatina no es una
cosa de broma, señorita.
―
¡Pero es tan triste la casa de la tía March, y tan difícil tratar con ella! . .
. ―dijo Amy con aire de espanto.
―No
será triste si yo voy todos los días a decirte cómo está Beth y sacarte a
pasear. La anciana señora me quiere y yo procuraré hacerme agradable a ella,
para que no nos riña por nada que hagamos.
―¿Me
sacarás de paseo en el cabriolé tirado por "El Duende"?
―Bajo
mi palabra de honor.
―¿Y
vendrás todos los días?
―Sin
dejar uno.
―¿Y
me traerás a casa tan pronto como Beth se ponga buena?
―Al
minuto mismo.
―¿E
iremos al teatro de verdad?
―A
una docena de teatros, si se puede.
―Bueno.
. ., creo que lo haré ―susurró lentamente Amy.
―¡Buena
niña! Llama a Meg y dile que aceptas ―dijo Laurie, dándole palmaditas en el
hombro, lo cual contrarió a Amy más que ceder.
Meg
y Jo entraron corriendo para ver el milagro que acababa de realizarse, y Amy,
sintiéndose muy importante y abnegada, prometió irse si el médico decía que
Beth iba a estar enferma.
―¿Cómo
está la pequeña? ―preguntó Laurie, porque Beth era su favorita, y estaba más
preocupado por ella de lo que aparentaba.
―
Está acostada en la cama de mamá y se siente mejor. La muerte del niño la
perturbó, pero tal vez no tiene más que un catarro. Hanna dice que eso es lo
que ella cree, pero parece ansiosa, y eso me inquieta ―respondió Meg.
―
¡Qué difícil es este mundo! ―dijo Jo ―. Apenas salimos de un disgusto, entramos
en otro. Parece que no tenemos apoyo alguno cuando está ausente mamá; yo estoy
perdida.
―
Bueno; no te pongas como un erizo; no está bien. Arréglate la peluca, Jo, y
dime si debo telegrafiar a tu madre o ayudarlas en algo ― preguntó Laurie.
―Eso
es lo que me preocupa ―dijo Meg ― Creo que debemos decírselo a mamá, si Beth
está realmente enferma; pero Hanna dice que no, porque mamá no puede dejar a
papá y no haría más que alarmarla..
Beth
no estará enferma por mucho tiempo y Hanna sabe exactamente qué hacer; además,
mamá nos dijo que la obedeciéramos; de modo que debemos hacerlo, pero no estoy
muy segura.
―Bueno,
no sé. Supongamos que pides un consejo a mi abuelo después que haya venido el
médico.
―Lo
haremos. Jo, vete a buscar al médico inmediatamente ―pidió Meg ― No podemos
decidir nada hasta que haya venido.
―
Quédate donde estás, Jo; yo soy el recadero de esta casa ―dijo Laurie,
recogiendo su gorra.
―Temo
que estés ocupado ―comenzó a decir Meg.
―No;
he terminado mis lecciones por hoy.
―¿Estudias
durante las vacaciones? ―preguntó Jo.
―Sigo
el buen ejemplo de mis vecinas ―respondió Laurie mientras salía
precipitadamente.
―Tengo
grandes esperanzas en mi muchacho ―observó Jo viéndole saltar la valla.
―Sí;
se porta muy bien para ser chico ―fue la respuesta poco amable de Meg.
El
médico vino; dijo que Beth tenía síntomas de la fiebre; pero pensó que no la
tendría muy fuerte, aunque pareció preocuparle lo que le dijeron de las visitas
de la niña a casa de los Hummel. Ordenó que alejaran a Amy, y recetó una
medicina para resguardarla del peligro.
Amy
partió acompañada por Jo y Laurie, La tía March los recibió con su hospitalidad
acostumbrada.
―¿Qué
desean ahora? ―preguntó, mirando por encima de sus anteojos, mientras el
papagayo, sentado en el respaldo de su silla, gritaba:
―
¡Márchate! ¡No queremos chicos!
Laurie
se retiró a la ventana y Jo contó lo ocurrido.
― No
me sorprende en lo más mínimo, si les permiten visitar a los pobres. Amy puede
quedarse aquí y hacerse útil, si no está enferma que no dudo lo estará porque
ya lo parece. No llores, niña; me fastidia oír gimotear a la gente.
Amy
estaba a punto de llorar, pero Laurie tiró a escondidas de la cola al papagayo,
lo cual le hizo gritar: “¡Vaya botas!” de manera tan.
cómica,
que se echó a reír en vez de llorar.
―¿Qué
noticias tienes de tu mamá? ―preguntó bruscamente la señora anciana.
―Papá
está mucho mejor ―respondió Jo.
―¿De
veras? No durará mucho; March no tuvo nunca mucha correa.
―¡Ja!
¡Ja! ¡No te apures! ¡Toma rapé! ―gritó el pájaro, saltando sobre su percha y
agarrando el gorro de la señora, porque Laurie lo hostigaba por detrás.
―¡Cállate,
pajarraco sinvergüenza! Jo, deberías marcharte en seguida; no está bien salir
tan tarde con un chico atolondrado como. ..
―¡Cállate,
pajarraco sinvergüenza! ―chilló el loro, tirándose de la silla y corriendo a
picotear al chico, que casi explotaba de risa.
"No
creo que podré soportarlo, pero trataré", pensó Amy cuando se quedó sola
con la tía March.
―¡Márchate,
espantajo! ―chilló el loro, y al oír esta grosera agresión, Amy no pudo
reprimir un gemido.
CAPITULO
18
DIAS
OSCUROS
Beth
tuvo la fiebre y estuvo mucho más grave de lo que todos, excepto Hanna y el
médico, sospechaban. Las chicas no entendían de enfermedades y al señor
Laurence no se le permitió ver a la enferma, de modo que Hanna asumió el mando
y el doctor Bangs, ocupadísimo, hizo cuanto pudo, pero dejó mucho que hacer a
tan excelente enfermera.
Meg
se quedó en casa, por miedo de llevar el contagio a los King, encargándose del
trabajo doméstico y sintiéndose algo culpable cuando escribía a su madre sin
decir una palabra de la enfermedad de Beth. No le parecía justo engañarla así,
pero le habían dicho que obedeciera a Hanna y ésta no consentía que la señora
March se enterase y estuviera acongojada por tal pequeñez. Jo se consagró a
Beth día y noche, tarea no difícil, porque Beth era muy paciente y soportaba el
dolor sin quejarse mientras podía dominarse. Pero llegó un momento en que,
durante los ataques de fiebre, comenzó a hablar con voz ronca y entrecortada, a
tocar sobre la colcha con los dedos, como si fuese su querido piano, y trató de
cantar con la garganta tan inflamada que no podía dar una nota.
No
conocía las caras familiares que la rodeaban, y llamaba suplicante a su padre.
Entonces Jo se alarmó, Meg pidió permiso para escribir la verdad y aun Hanna
dijo que lo "pensaría, aunque todavía no había ningún peligro". Una
carta de Washington aumentó sus penas, porque el señor March había sufrido una
recaída y no podía pensar en volver por mucho tiempo.
¡Qué
oscuros parecían ahora los días, qué triste y solitaria la casa y qué afligidos
los corazones de las hermanas, mientras trabajaban y esperaban, con la sombra
de la muerte cerniéndose sobre el hogar antes tan feliz!
Fue
entonces cuando Meg, dejando caer con frecuencia las lágrimas en su costura,
comprendió lo rica que había sido en cosas de más valor que todos los lujos que
pudiese comprar el dinero: en amor, protección, paz, salud, las verdaderas
bendiciones de la vida. Fue entonces que, Jo, viviendo en el dormitorio
oscurecido con la paciente hermanita siempre a la vista y con aquella voz
triste sonando en sus oídos, aprendió a ver la belleza y la dulzura del
carácter de Beth, y a darse cuenta del lugar profundo y tierno que tenía en
todos sus corazones y a reconocer el valor de la abnegación y desinterés de su
hermanita. Y Amy, en su destierro, anhelaba estar en su casa para poder
trabajar con Beth, recordando con tristeza, llena de arrepentimiento, cuántas
tareas descuidadas habían hecho aquellas manos complacientes por ella, de buena
voluntad. Laurie frecuentaba la casa como un espíritu inquieto, y el señor
Laurence cerró con llave el piano de cola, que le recordaba a la vecina joven,
que tan gratas solía hacerle las horas del crepúsculo. El lechero, el panadero,
el tendero y el carnicero preguntaban por ella; la pobre señora Hummel vino
para pedir perdón por su descuido y para obtener una mortaja para Minna; los
vecinos enviaron toda clase de cosas útiles con sus buenos deseos, de modo que
hasta los que mejor la conocían se sorprendieron al descubrir cuántos amigos
tenía la tímida Beth.
Entretanto,
ella estaba en la cama con la vieja muñeca Joanna a su lado, porque aun en su
inconsciencia no se olvidó de su favorita abandonada.
Deseaba
mucho ver a sus gatos, pero no permitió que se los trajeran por miedo a que
cayesen enfermos, y en las horas tranquilas se preocupaba mucho por Jo, Enviaba
recados cariñosos a Amy, les encargaba dijesen a su madre que pronto le
escribiría, y a menudo pedía un lápiz y papel y quería escribir algunas líneas
para su padre, para que no creyese que lo olvidaba. Pero pronto terminaron
incluso aquellos intervalos de conocimiento, y estaba hora tras hora a agitada
por la fiebre, pronunciando palabras incoherentes, o caía en un profundo sopor,
que no le permitía descansar. El médico venía dos veces al día.
Hanna
velaba toda la noche; Meg tenía un telegrama en su escritorio, listo para ser
despachado en cualquier momento, y Jo no se separaba del lado de Beth.
El
primero de diciembre fue un verdadero día de invierno para ellas, porque
soplaba un viento penetrante, nevaba copiosamente, y el año parecía prepararse
para morir. Aquella mañana, cuando vino el médico, examinó cuidadosamente a
Beth por mucho tiempo, tuvo la mano afiebrada entre las suyas por un minuto, y
la soltó tranquilamente, diciendo en voz baja a Hanna:
―Si
la señora March puede dejar a su esposo, sería mejor telegrafiarle.
Hanna
asintió con la cabeza sin decir nada, porque los labios le temblaban nerviosamente;
Meg cayó en una silla, porque al oír aquellas palabras las fuerzas la
abandonaron; Jo, después de quedarse inmóvil un minuto, muy pálida, corrió a la
sala, tomó el telegrama, y echándose encima un abrigo de cualquier manera,
salió precipitadamente a la calle.
Pronto
estuvo de vuelta, y mientras se quitaba el abrigo sin hacer ruido, llegó Laurie
con una carta que decía que el señor March mejoraba de nuevo. Jo la leyó con
gratitud, pero su corazón seguía tan oprimido y su rostro revelaba tanta
tristeza, que Laurie preguntó vivamente:
―¿Qué
pasa? ¿Está peor Beth?
―He
telegrafiado a mamá ―dijo Jo.
―¡Bien
hecho, Jo! ¿Lo has hecho por propia decisión?
―No;
el médico lo encargó.
―¡Oh,
Jo!; ¿tan mal está? ―exclamó Laurie alarmado.
―Sí,
lo está; no nos conoce, ni habla del rebaño de tórtolas verdes, como suele
llamar a las hojas del viñedo en la pared; no parece mi Beth, y no hay nadie
para ayudamos a soportarlo; mamá y papá están ausentes, y Dios parece tan
lejano que no puedo encontrarlo.
Mientras
las lágrimas corrían por sus mejillas, la pobre Jo extendía la mano en un gesto
de desamparo, como si buscara ayuda ciegamente en la oscuridad, y Laurie la
tomó en la suya, murmurando lo mejor que su emoción le permitió hacerlo:
―Aquí
estoy yo; apóyate en mí, querida Jo.
Ella
no pudo contestar, pero "se apoyó en él", y el calor de su mano amiga
consoló su corazón doliente, pareciendo guiarla al brazo divi― no, el único que
podía sostenerla en su aflicción. Laurie quería decirle algo tierno y
consolador, pero al no encontrar palabras adecuadas, permaneció callado,
acariciándole suavemente la cabeza como solía hacer su madre. No podría haber
hecho nada mejor, porque Jo se sintió más calmada por aquella simpatía mutua,
que por palabras suaves.
―Gracias,
Teddy; ahora estoy mejor; no me siento tan abandonada, y trataré de soportar lo
que venga.
―No
pierdas la esperanza; eso te ayudará mucho, Jo. Pronto estará aquí tu madre y
entonces todo irá bien.
―
¡Me alegro mucho de que papá esté mejor!, ahora no le costará tanto a mamá
dejarlo. ¡Ay de mí!, parece como si las penas vinieran todas de una vez, y como
si yo llevara la parte más pesada.
―
¿No lleva Meg su parte?
―Sí,
trata de llevarla, pero ella no quiere tanto a Beth como yo; no la echará de
menos. Beth es mi conciencia, ¡y no puedo perderla, no puedo, no puedo!
Jo
escondió su cara en el pañuelo mojado y lloró desesperadamente, porque hasta
entonces se había mantenido fuerte, sin derramar una lágrima. Laurie le secó
los ojos con la mano, pero no pudo hablar hasta que dominó la sensación de un
nudo en la garganta. Podrá parecer poco viril pero no podía impedirlo, de lo
cual me alegro. Luego, a medida que se calmaban los sollozos de Jo, dijo con
tono esperanzado:
―No
creo que se muera; es tan buena y todos la queremos tanto, que Dios no se la
llevará todavía.
―La
gente buena y amada siempre se muere ―gimió Jo.
―
¡Pobrecita! : ¡estás rendida de cansancio! No es propio de tu carácter
desesperarte. ¡Animo, que todo se arreglará!
―
¡Qué buen médico y amigo eres, Teddy! ¿Cómo podré pagarte?
―Ya
te enviaré la cuenta. Esta noche, por lo pronto, te daré algo que te calentará
el corazón.
―¿Qué
es?
―Ayer
telegrafié a tu madre, y Brooke ha contestado que vendrá en seguida; esta noche
estará aquí y todo irá bien. ¿No te alegras de que lo haya hecho?
Jo
se puso blanca, se levantó precipitadamente, y tan pronto como acabó de hablar
le echó los brazos al cuello, y exclamó riendo y llorando a la vez:
―¡Oh,
Lauriel ¡Oh, mamá! ¡Qué contenta estoy! ―y se reía histéricamente, temblando y
abrazando a su amigo, como si las noticias la hubieran desconcertado.
Laurie,
aunque muy sorprendido, se condujo con calma; la acarició tiernamente, y
descubriendo que se reponía, completó el tratamiento con unos besos tímidos,
que al instante volvieron a Jo a su estado normal.
Apoyándose
en el pasamano, lo rechazó suavemente, diciendo sin aliento:
―¡No!,
¡No quise hacer eso! ¡Qué atrocidad! Pero fuiste tan bueno telegrafiando a
pesar de las órdenes de Hanna, que no pude menos de abrazarte. Dímelo todo, y
no me des vino otra vez; me hace portar como una tonta.
―No
me importa ―dijo Laurie, riéndose ―. Pues, verás: Yo estaba inquieto y mi
abuelo también. Pensábamos que Hanna abusaba de su autoridad, y que tu mamá
debía saber lo que pasaba. No nos perdonaríamos jamás si Beth. . ., bueno, si
sucediera algo. Así convencí a mi abuelo de que era hora de intervenir, y salí
disparando a Telégrafos, porque el médico me pareció preocupado y Hanna casi no
comió cuando propuse telegrafiar. No soporto que me reten; eso me decidió y lo
hice. Tu mamá vendrá, estoy seguro, el último tren llega a las dos de la
mañana. Iré a esperarla; lo único que tienes que hacer es contener tu alegría y
procurar que Beth esté tranquila hasta que tu madre llegue.
―¡Laurie,
eres un ángel! ¿Cómo podré agradecértelo?
―Abrázame
otra vez ―dijo Laurie, con picardía.
―No,
gracias. Cuando venga tu abuelo lo haré por su conducto. No te burles de mí;
vete a casa y descansa, porque tendrás que velar la mitad de la noche. ¡Que
Dios te bendiga, Teddy!
Jo
se había retirado a un rincón mientras hablaba, y al terminar desapareció
precipitadamente en la cocina, donde se sentó y les dijo a los gatos reunidos
allí lo contenta que estaba.
―Es
el muchacho más entrometido que he visto en mi vida, pero lo perdono, y espero
que la señora March llegará cuanto antes ―dijo Hanna, con alivio, cuando Jo le
dio la noticia.
Meg
se alegró en silencio, y se sumergió después en la carta, mientras Jo arreglaba
el dormitorio e la enferma y Hanna preparaba dos pasteles por si había compañía
inesperada. Una corriente de aire fresco parecía soplar por toda la casa, y
algo mejor que la luz del sol alegraba los cuartos tranquilos; todo parecía
experimentar un cambio lleno de esperanza; el pájaro de Beth se puso a cantar
de nuevo, y una rosa medio soplada por el viento fue descubierta en el rosal de
Amy, que crecía al lado de la ventana; los fuegos parecieron arder con viveza
inusitada, y cada vez que las chicas se encontraban, sus caras se iluminaban
con sonrisas, mientras se abrazaban susurrando:
―¡Viene
mamá! ¡Viene mamá!
Todas
se alegraban menos Beth, sumida en un estupor profundo, sin idea de esperanza o
de alegría, de duda o de peligro. Daba pena verla, la cara rosada en otro
tiempo, tan cambiada y pálida; las manos, débiles y flacas; los labios, antes
sonrientes, mudos, y el cabello, siempre tan bien arreglado, esparcido en la
almohada, desordenado y enredado.
Todo
el día estuvo así, despertándose sólo de vez en cuando para murmurar “agua”,
con labios tan secos que apenas podían pronunciar la palabra; todo el día Jo y
Meg la cuidaron, observando, esperando y poniendo su fe en su madre y en Dios;
y todo el día sopló un viento furioso y las horas pasaron lentamente. Por fin
anocheció; cada vez que el reloj daba una hora, las hermanas, sentadas a uno y
otro lado de la cama, se miraban con ojos más alegres, porque con cada hora se
acercaba más el auxilio. El médico había venido para decir que probablemente
antes de medianoche habría un cambio para mejor o peor, y que a esa hora
volvería.
Hanna,
completamente rendida, se acostó en el sofá a los pies de la cama, quedándose
profundamente dormida; en la sala, el señor Laurence iba y venía, con la
sensación de que era preferible afrontar una batería de cañones rebeldes que la
cara de la señora March cuando entrara; Laurie estaba echado en la alfombra,
fingiendo descansar, pero mirando fijamente el fuego con expresión pensativa,
que hacía tan hermosos sus ojos negros.
Las
chicas no olvidaron jamás aquella noche, durante la cual no pudieron cerrar los
ojos, con esa sensación terrible de impotencia que se apodera de nosotros en
tales ocasiones.
―Si
Dios nos deja a Beth, jamás volveré a quejarme ―susurró Meg con sinceridad.
―Si
Dios nos deja a Beth, trataré de amarle y servirle toda mi vida ―respondió Jo
con igual fervor.
―
Quisiera no tener corazón, tanto me duele ―suspiró Meg después de una pausa.
―Si
la vida es a menudo tan dura como esto, no veo cómo podremos resistirla ―añadió
su hermana con desesperación.
En
esto el reloj dio las doce y ambas se olvidaron de sí mismas para observar
fijamente a Beth, porque imaginaron ver un cambio en la cara pálida. La casa
estaba tan tranquila como la muerte, y sólo el soplar del viento rompía el
silencio profundo. Hanna seguía durmiendo, y nadie más que las hermanas notaron
la sombra pálida que pareció caer sobre la cara pequeña. Pasó una hora y nada
sucedió, más que la silenciosa salida de Laurie a la estación. Pasó otra y
todavía no venía nadie; las pobres chicas empezaron a temer que la tormenta
hubiera causado retrasos o accidentes en el camino, o, lo que era peor, que
hubiera sucedido algo malo en Washington.
Eran
más de las dos cuando Jo, que estaba en la ventana pensando qué triste parecía
el mundo en su mortaja de nieve, oyó un movimiento en la cama, y, volviéndose
con rapidez, vio a Meg, de rodillas delante de la butaca de su madre, con la
cara escondida. Un miedo terrible la acometió con el pensamiento: Beth ha
muerto y Meg no se atreve a decírmelo.
Volvió
al punto a su puesto y observó un cambio extraordinario.
El
rubor de la fiebre Y la expresión de dolor habían desaparecido, y tan tranquila
y pálida estaba la pequeña cara querida en ese descanso completo, que Jo no
sintió deseos de llorar o quejarse. Inclinándose sobre aquella hermana
queridísima, besó su frente húmeda con mucha emoción y murmuró suavemente:
¡Adiós, Beth mía, adiós!
Como
si el movimiento la hubiera despertado, Hanna se levantó sobresaltada, se
acercó a la cama, miró a Beth, le tocó las manos, escuchó su respiración y
después echándose el delantal por encima de la cabeza, se sentó en la mecedora,
exclamando en voz baja: “La fiebre ha pasado; el sueño es natural; tiene la
piel húmeda y respira con facilidad.
¡Gracias
a Dios! ¡Bendito sea el cielo!” ― Sí queridas mías, creo que la muchachita se
repondrá esta vez.
No
hagan ruido; déjenla dormir, y cuando se despierte denle. . .
Lo
que habían de darle, ninguna de las dos hermanas lo oyó, porque ambas se
deslizaron hacia el rellano oscuro, y sentándose en la escalera, se abrazaron,
demasiado conmovidas para expresar de otro modo su alegría. Cuando volvieron,
encontraron a Beth, acostada como solía estar, con la mejilla apoyada en la
mano, sin la terrible palidez anterior y respirando naturalmente como si
acabara de dormirse.
―¡Si
viniera mamá ahora! ―dijo Jo, cuando comenzaba a clarear.
―Mira
―susurró Meg, entrando con una rosa blanca medio abierta en la mano ―, era para
Beth si nos dejaba; durante la noche se ha abierto.
Voy
a ponerla aquí en mi florero, para que cuando se despierte lo primero que vea
sea la rosita y la cara de mamá.
Nunca
había salido el sol con tanta belleza ni había parecido tan encantador como
surgió a los ojos de Meg y Jo, cuando observaban el amanecer al terminarse la
triste y larga velada.
―Parece
una tierra de hadas ―dijo Meg.
―
¡Escucha! ―gritó Jo, levantándose precipitadamente.
Abajo
se oía sonido de cascabeles, una exclamación de Hanna y después la voz de
Laurie que susurraba alegremente:
―¡Niñas,
ha llegado; ha llegado!
CAPITULO
19
EL
TESTAMENTO DE AMY
Mientras
sucedían estas cosas, Amy pasaba malos ratos en casa de la tía March. Se le
hacía muy duro el destierro, y por primera vez en su vida apreció lo mimada que
la tenían en su casa. La tía March no mimaba a nadie (no lo creía bueno), pero
quería ser amable, porque le gustaba mucho la bien educada niña, y la tía March
conservaba alguna ternura en su corazón anciano para las niñas de su sobrino,
aunque no creyese conveniente demostrarlo. En realidad, hacía cuanto podía para
hacer feliz a Amy; pero, ¡qué equivocaciones cometía! Hay ancianos que se
mantienen jóvenes de corazón a pesar de sus arrugas y canas; pueden comprender
los pequeños cuidados y alegrías de los niños; hacerlos sentirse a gusto y
esconder lecciones sabias bajo juegos agradables, haciéndose amigos de la
manera más dulce. La tía March no tenía este don. Fastidiaba a Amy con sus
reglas y mandatos, sus modales rígidos y sus discursos largos y pesados. Al
descubrir que la niña era más dócil y complaciente que su hermana, la anciana
se sintió en el deber de contrarrestar en lo posible los malos efectos de la
libertad e indulgencia del hogar. Tomó a su cargo a Amy y la educó como la
habían educado a ella hacía sesenta años; procedimiento que desanimó a Amy, dándole
la sensación de una mosca prendida en una tela de araña muy severa.
Todas
las mañanas tenía que fregar tazas y frotar las cucharillas, la tetera gruesa
de plata y los vasos, hasta sacarles brillo. Después, limpiar la tierra del
cuarto. Ni una mota escapaba a los ojos de la tía March, y todos los muebles
tenían patas torneadas y talladas que nunca se habían limpiado a la perfección.
Después
había que dar de comer al loro, peinar al perro y subir y bajar las escaleras
doce veces para buscar cosas o recados, porque la anciana señora era muy coja y
rara vez dejaba su butaca. Terminadas estas aburridas tareas, debía estudiar.
Entonces le permitía tomar una hora para hacer ejercicio o jugar, y ¡cómo se
divertía!
Laurie
venía todos los días, y con mucha habilidad lograba que la tía March dejara
salir a Amy con él, y entonces paseaban, iban a caballo y se divertían mucho.
Después de la comida tenía que leer en voz alta y sentarse inmóvil mientras
dormía su tía, lo cual solía hacer por una hora, porque se quedaba dormida con
la primera página. Entonces aparecía la costura de retacitos o de toallas, y
Amy cosía con humildad exterior y rebeldía interior hasta el crepúsculo, cuando
tenía permiso para divertirse hasta la hora del té. Las noches eran lo peor de
todo, porque la tía March se ponía a contar cuentos de su juventud, tan pesados
que Amy deseaba acostarse, con la intención de llorar su suerte cruel, aunque
generalmente se dormía sin haber derramado más que una o dos lágrimas.
Sin
la ayuda de Laurie y de la vieja Ester, la doncella, no hubiera podido aguantar
aquel tiempo terrible. El loro bastaba para volverla loca, porque pronto
descubrió que no agradaba a la niña y se vengó con toda clase de travesuras.
Cada vez que se acercaba a e1 le tiraba del cabello; volcaba el pan con leche
para enojarla cuando acababa de limpiar su jaula; hacía ladrar al perro,
picoteándolo, mientras dormitaba la señora; le daba nombres poco gratos delante
de los demás, y se portaba, en fin, como un pajarraco insoportable. Tampoco
podía ella aguantar al perro, animal regordete e irritable, que le gruñía
mientras lo cepillaba, y solía echarse al suelo patas arriba cuando quería algo
de comer, lo que ocurría una docena de veces al día. La cocinera tenía mal
genio, el viejo cochero era sordo y Ester era la única persona que hacía algún
caso de la señorita.
Ester
era francesa, había vivido con "Madame" ―como solía llamar a su
señora ― por muchos años, y dominaba a la anciana, que no podía prescindir de
ella. Simpatizó con la señorita y la divertía mucho con cuentos curiosos de la
vida en Francia, cuando Amy estaba sentada a su lado, mientras ella planchaba
los encajes de la señora. Ella le permitió vagar por la casa grande para
examinar las cosas bonitas y raras coloca― das en armarios espaciosos y cofres
antiguos, porque la tía March almacenaba artículos como una urraca.
Lo
que más le gustaba a Amy era un bargueño lleno de cajoncitos y lugares
secretos, en los cuales había toda clase de algunas de gran valor, otras nada
más que curiosas, todas joyas más o menos antiguas.
Examinar
y poner en orden aquellas cosas agradaba mucho a Amy, sobre todo los estuches
de joyas en los cuales, sobre almohadillas de terciopelo, estaban éstas, que
habían adornado a una dama hermosa hacía cuarenta años. Allí se encontraba el
juego de granates que la tía March había llevado cuando se puso de largo; las
perlas, regalo de boda de su padre; los diamantes de su novio; las sortijas y
prendedores de luto de azabache; los medallones con fotografías de amigas ya
difuntas y mechones de cabello dentro de ellos; las pulseras pequeñas, que
habían pertenecido a su única hija; el gran reloj de bolsillo del tío March con
el dije rojo, y en un cofrecito, solo el anillo de boda, ahora demasiado
pequeño para su dedo gordo, pero puesto cuidadosamente allí como la joya más
preciosa de todas.
―¡Cuál
escogería la señorita si le dieran a elegir? ―preguntó Ester, que siempre se
sentaba cerca para cuidar y cerrar con llave las cosas preciosas.
―Prefiero
los diamantes, pero no hay un collar entre ellos y me gustan mucho los
collares. Elegiría esto si pudiera ―respondió Amy, mirando una sarta de cuentas
de oro y ébano, de la cual colgaba una cruz pesada.
―Yo
también lo desearía, pero no como collar. ¡Ah, no! Para mí es un rosario que
usaría como buena católica que soy ―dijo Ester.
―Parece
obtener usted mucho consuelo de sus rezos, Ester. Me gustaría hacer lo mismo.
―Si
la señorita fuera católica lograría verdadero consuelo; pero como no puede ser,
sería bueno que se retirase cada día para meditar y rezar, como hacía la buena
señora a quien yo serví antes de venir a casa de madame. Aquella señora tenía
una capillita, donde encontraba consuelo para muchas penas.
―¿Convendría
que yo lo hiciese también? ―preguntó Amy, que en su soledad sentía la necesidad
de alguna clase de ayuda y había observado que olvidaba fácilmente su librito
ahora que no estaba Beth a su lado para recordárselo.
―Sería
excelente y encantador, y yo le arreglaré con mucho gusto el tocador pequeño,
si lo desea. No diga nada a madame, pero mientras ella duerme siéntese allí
sola por un ratito para tener pensamientos buenos y pedir al buen Dios que sane
a su hermana.
Ester
era verdaderamente piadosa y enteramente sincera en su consejo, porque tenía un
corazón tierno y simpatizaba con las hermanas en su aflicción. Amy encontró
atractivo el plan y le permitió arreglar el tocador junto a su dormitorio, con
la esperanza de que le haría algún bien.
―Desearía
saber dónde irán todas estas cosas hermosas cuando muera la tía March ―dijo,
mientras guardaba lentamente el rosario y cerraba los estuches de joyas, uno
tras otro.
―A
usted y sus hermanas. Lo sé; madame confía en mí; firmé como testigo de su
testamento y debe ser así ―susurró Ester, sonriendo.
―
¡Qué gusto! Pero quisiera que me los dejara tener ahora. No son agradables las
demoras ― bservó Amy, echando una última mirada a los diamantes.
―Es
demasiado pronto para que las señoritas lleven estas cosas. La primera que se
case recibirá las perlas; madame lo ha dicho, y me imagino que el pequeño
anillo de la turquesa le será regalado a usted cuando se marche, porque madame
está complacida por su buena conducta y sus modales encantadores.
―¿Lo
cree usted? Seré dócil como un cordero si puedo tener ese hermoso anillo.
Después de todo, me gusta la tía March ―y Amy se lo probó con la firme
resolución de merecerlo.
Desde
aquel día fue un modelo de obediencia, y la anciana señora admiró satisfecha el
éxito de sus instrucciones. Ester arregló el cuarto con una mesita, puso un
taburete en frente de ella y encima un cuadro que sacó de uno de los cuartos
cerrados. Pensó que no era de gran valor, pero lo eligió por creerlo adecuado,
sabiendo muy bien que madame no lo sabría ni haría caso aunque lo supiera. Sin
embargo, era una copia valiosa de un famoso cuadro, y los ojos de Amy, ávidos
de belleza, no se cansaban de contemplar el dulce rostro de la Virgen Madre,
mientras su corazón permanecía ocupado con sus propios pensamientos tiernos. En
la mesita tenía su pequeño Testamento, su libro de himnos y un florero, lleno
de las mejores flores que le traía Laurie. Cada día entraba para "sentirse
sola", entregada a pensamientos buenos y pidiendo al buen Dios que sanara
a su hermana.
En
todo esto la muchachita era muy sincera, porque sola, fuera del nido doméstico,
sintió tan vivamente la necesidad de una mano cariñosa a la cual agarrarse que
instintivamente se volvió al Amigo, fuerte y tierno, cuyo amor paternal rodea a
sus hijos pequeños. Extrañaba la ayuda de su madre para comprender y manejarse,
pero como le habían enseñado dónde buscar, hizo cuanto pudo para hallar el
camino y marchar por él confiadamente. Pero Amy era una peregrina joven, con
una carga que se le hacía muy pesada. Trató de olvidarse de sí misma, de
mantenerse alegre y sentirse satisfecha con hacer bien, aunque nadie la viese
ni la alabase. Durante sus primeros esfuerzos, para ser muy buena, decidió
hacer su testamento, como había hecho la tía March; de modo que si cayera
enferma y muriese, sus bienes pudieran ser justa y generosamente repartidos.
Mucho le costó el solo pensamiento de renunciar a sus pequeños tesoros, tan
preciosos a sus ojos como las joyas de la anciana señora.
Durante
una de sus horas de recreo redactó lo mejor posible el importante documento,
con alguna ayuda de Ester para ciertas frases legales; cuando la buena francesa
hubo firmado, Amy se sintió aliviada y lo puso a un lado para mostrárselo a
Laurie, a quien necesitaba por segundo testigo. Como era un día lluvioso subió
a uno de los dormitorios grandes para divertirse, y llevó al loro como
compañero. En aquel cuarto había un armario lleno de vestidos antiguos, con los
cuales Ester le permitía jugar. Su diversión favorita era vestirse con los
brocados descoloridos y pasear delante del espejo grande, haciendo reverencias
ceremoniosas, y ondulando la cola de su traje con un crujido que la encantaba.
Aquel día estaba tan ocupada que no oyó a Laurie tocar la campana ni lo vio
observándola a escondidas, según iba y venía, haciendo coqueterías con su
abanico y sacudiendo la cabeza, que lucía un turbante color de rosa, en raro
contraste con el traje de brocado azul y la falda amarilla. Tenía que andar con
cuidado, porque se había puesto zapatos de tacones altos. Era gracioso verla
andar tan afectadamente, con su traje brillante, y el loro pavoneándose a sus
espaldas, imitándola tan bien como podía y parándose de vez en cuando para
exclamar:
“¡Qué
guapos estamos! ¡Vete, espantajo! ¡Bésame, querida! ¡Ah! ¡Ah!” Reprimiendo con
dificultad una explosión de risa, por temor de ofender a su majestad, golpeó
Laurie la puerta y fue recibido graciosamente.
―Siéntate
y descansa, mientras me quito estas cosas; después quiero pedirte consejo sobre
algo muy grave ―dijo Amy, una vez que terminó de mostrar sus esplendores y
empujado al loro a un rincón ―. Este pájaro es la prueba de mi vida ―continuó,
quitándose el turbante rosa, mientras Laurie se sentaba a caballo en una silla
―. Ayer mientras dormía la tía March y yo trataba de estar quieta como un
ratoncito, el loro se puso a gritar y a sacudir las alas en su jaula, fui para
sacarlo y descubrí una araña grande. La eché fuera y corrió el loro, diciendo
cómicamente "Sal a paseo, querida." No pude menos de reírme, lo cual
hizo jurar al loro, despertando a la tía, que nos retó a los dos.
―¿
Aceptó la araña la invitación de salir? ―preguntó Laurie.
―Sí,
salió, y el loro se escapó espantado y se refugió en la butaca de la tía,
gritando: " ¡Tómala, tómala, tómala!” mientras yo perseguía a la araña.
―¡Mentira!
¡Mentira! ¡Oh! ¡Oh! ― gritó el loro picoteando los pies de Laurie.
― Te
torcería el pescuezo si fueras mío, pajarraco ―agregó Laurie, amenazándolo con
el puño; el pájaro ladeó la cabeza y dijo gravemente:
"¡Aleluya!
¡Bendita sea tu cara!” ―Ya estoy lista ―dijo Amy, cerrando el armario y sacando
un papel de su bolsillo ―. Deseo que me hagas el favor de leer esto y de
decirme si es legal y correcto. Creo que debo hacerlo, porque la vida no es
segura y no deseo que haya discusión alguna sobre mi sepultura.
Laurie
se mordió los labios y leyó el documento siguiente con gravedad digna de
alabanza, si se considera su contenido:
MI
ULTIMO TESTAMENTO "Yo, Amy Curtis March, estando en mi sano juicio, doy y
lego toda mi propiedad personal, que es a saber, pongo por caso:
"A
mi padre, mis mejores cuadros, dibujos, mapas y obras de arte, con inclusión de
los marcos. También mis cien dólares, para que haga con ellos lo que guste.
"A
mi madre, todos mis vestidos, excepto el delantal azul con bolsillos; también
mi retrato y mi medalla, con muchísimo amor.
"A
mi querida hermana Meg, doy mi anillo de turquesa (si lo recibo); también mi
cajita verde con la estampa de tórtolas; también mí pedazo de encaje verdadero
para su cuello, y mi dibujo de ella, como un recuerdo de ‘su niñita'.
"A
Jo, mi prendedor de pecho, el reparado con lacre; también mi tintero de bronce
(ella perdió la tapa) y mi precioso conejo de yeso, porque me arrepiento de
haber quemado su manuscrito.
"A
Beth. (si me sobrevive), doy mis muñecas y el pequeño escritorio, mi abanico,
mis cuellos de hilo y mis zapatillas nuevas, si puede ponérselas, pues
probablemente estará delgada después de su enfermedad.
Y
con esto le dejo también mi arrepentimiento de que me burlé de su vieja muñeca
Joanna.
"A
mi buen amigo y vecino Theodore Laurence, lego mi cartera de papier maché; mi
modelo en yeso de un caballo, aunque él dijo que no tenía cuello. También en
recompensa a su mucha benevolencia en horas de aflicción, cualquiera de mis
obras artísticas que prefiera; Nuestra Señora es la mejor.
"A
nuestro venerable bienhechor el señor Laurence, lego mi cajita púrpura, con un
espejo en la tapa, que será buena para sus plumas y le recordará a la niña
fallecida, que le da las gracias por los favores hechos a su familia, en
especial a Beth.
"Deseo
que mi amiga Kitty Bryant reciba el delantal de seda azul y mi anillo de
cuentas doradas, con un beso.
"A
Hanna doy la cajita de cartón que deseaba y toda la obra de retacitos, con la
esperanza que 'se acordará de mí cuando los mire'.
"Y
ahora, habiendo dispuesto de mi propiedad de más valor, espero que todos
quedarán contentos y no se quejarán de la muerta. Perdono a todos y tengo la
confianza de que nos encontraremos cuando suene la trompeta. Amén.
"A
este testamento pongo mi firma y sello en este día vigésimo de noviembre. Anno
Domini 1861. ― Amy Curtis March (Testigos): Estelle Valnor, Theodore Laurence.”
Este último nombre estaba escrito con lápiz y Amy explicó que él debía
escribirlo con tinta y sellar el documento formalmente.
―¿Cómo
se te ocurrió hacer esto? ¿Te ha dicho alguien que Beth ha dado sus cosas a los
demás? ―preguntó gravemente Laurie, mientras Amy ponía delante de él un pedazo
de cinta roja, con lacre, una bujía y un tintero.
Ella
se explicó, y después preguntó ansiosamente:
―¿Qué
has dicho de Beth?
―Siento
mucho haber hablado; pero ya que he empezado, te lo diré; un día se sintió tan
enferma que dijo a Jo que deseaba dar su piano a Meg, su pájaro a ti y la pobre
muñeca vieja a Jo, que la querría por amor a ella. Sentía no tener más para dar
y dejaba bucles de su pelo a los demás y sus mejores cariños a mi abuelo. Ella
no pensó nunca en un testamento.
Laurie
firmaba y sellaba según hablaba y no levantó los ojos hasta que una lágrima
grande cayó en el papel. La cara de Amy estaba llena de pena; pero no dijo más
que:
―¿No
se acostumbra a poner alguna clase de posdata a los testamentos algunas veces?
―Sí,
codicilos los llaman.
―Entonces
pon uno en el mío: que deseo que todos mis bucles sean cortados y dados a mis
amigos. Lo olvidé; pero quiero que se haga, aunque estropee mi aspecto.
Laurie
lo añadió, sonriéndose del último y mayor sacrificio de Amy. Después la
entretuvo por una hora, interesándose mucho en todas sus aflicciones. Pero
cuando ya se iba, Amy lo detuvo para susurrar con labios temblorosos:
―¿Está
Beth verdaderamente en peligro?
―Temo
que sí; pero debemos tener esperanzas de que todo acabe bien; así que no
llores, querida mía ―y Laurie la abrazó fraternalmente, lo cual la consoló
mucho.
Cuando
su amigo salió se fue a su capillita y oró por Beth, con los ojos llenos de
lágrimas y el corazón dolorido, sintiendo que millones de sortijas de turquesas
no podrían consolarla por la pérdida de su dulce hermanita.
CAPITULO
20
EN
CONFIANZA
No
hay palabras para describir el encuentro de la madre con sus hijas; es bello
vivir tales horas, pero muy difícil detallarlas. Lo dejaré a la imaginación de
los lectores, limitándome a decir que la casa rebosaba verdadera felicidad y
que la tierna esperanza de Meg se realizó, porque cuando Beth se despertó de
aquel sueño largo y saludable, los primeros objetos que sus ojos vieron fueron
la rosita y la cara de su madre. Demasiado débil para extrañarse por nada, no
hizo más que sonreír y acurrucarse en los brazos cariñosos, sintiendo al fin
satisfecho su deseo.
Después
volvió a dormirse y las chicas sirvieron a su madre, que no quería soltar la
mano delgada que se asía firmemente a la suya, aun durante el sueño. Hanna
había preparado para la viajera un desayuno sorprendente, que Meg y Jo le
alcanzaron como cigüeñas sumisas, mientras escuchaban su relato del estado de
su padre, de cómo el señor Brooke había prometido quedarse a cuidarlo, cómo la
tormenta había retrasado el viaje a casa y cuánto la había animado Laurie en la
estación, cuando llegó completamente rendida por el cansancio, la ansiedad y el
frío.
¡Qué
día tan extraño, aunque agradable fue aquél! Afuera tan brillante y alegre,
porque todo el mundo había salido para contemplar la primera nevada; en casa,
tan tranquilo y reposado, porque todas dormían, fatigadas por la velada.
Reinaba una tranquilidad de domingo, mientras Hanna, cabeceando, guardaba la
puerta. Con la feliz sensación de verse libres de una carga, Meg y Jo cerraron
sus ojos fatigados y descansaron, como barcos arribados a puerto seguro tras
dura tempestad.
La
señora March no quiso dejar a Beth, pero durmió en la butaca, despertándose con
frecuencia para mirar y tocar a su niña, cual avaro que acaba de recobrar un
tesoro perdido.
Entretanto,
Laurie salió disparado para consolar a Amy y contó tan bien su historia que
casi hizo llorar a la tía March, que ni una sola vez dijo: "Ya lo decía
yo". En esta ocasión Amy se portó tan bien que imagino que los buenos
pensamientos de la capillita comenzaban a producir fruto. Pronto se secó las
lágrimas, dominó su impaciencia por ver a su madre y ni se acordó de la sortija
de turquesa.
Hasta
el loro parecía impresionado, porque la llamó "buena niña” y le dijo:
"¡Bendita sea tu alma!” y "sal de paseo, querida", con su voz
más agradable. Con gusto hubiese salido a disfrutar del tiempo despejado de
invierno; pero descubriendo que Laurie se caía de sueño, a pesar de sus
valerosos esfuerzos por disimularlo, lo persuadió a que descansara en el sofá,
mientras ella escribía una carta a su madre. Empleó largo rato en hacerla, y
cuando volvió, su amigo estaba acostado, con ambas manos debajo de su cabeza,
profundamente dormido. La tía March había bajado las cortinas y estaba sentada,
sin hacer nada, con desusada benevolencia.
Después
de un rato empezaron a pensar que no despertaría hasta la noche, y
probablemente así hubiera sido si una exclamación de alegría dada por Amy a la
vista de su madre no lo hubiera sacudido. Muchas niñas felices habría en la
ciudad aquel día, pero de seguro que ninguna lo era tanto como Amy cuando,
sentada sobre las rodillas de su madre, le contó sus experiencias
abundantemente compensadas por caricias tiernas y sonrisas consoladoras.
Estaban solas en la capillita, a la cual su madre no puso reparos cuando supo
su objeto.
―Al
contrario; me gusta mucho, querida mía ―dijo, mirando el librito bien usado y
el bello cuadro con su guirnalda de verde ―. Es una idea excelente tener algún
sitio donde poder refugiarse en busca de tranquilidad, cuando estamos
entristecidos o inquietos. Hay muchas horas difíciles en nuestra vida, pero
siempre podemos soportarlas si pedimos auxilio como es debido. Pienso que mi
muchachita está aprendiendo.
―Sí,
mamá, y cuando vuelva a casa voy a poner mis libros y una copia de este cuadro,
que he tratado de hacer, en una esquina del cuartito.
La
cara de la madre no me ha salido bien; es demasiado bella para que yo pueda
dibujarla; pero he logrado dibujar mejor al niño, y me gusta muchísimo. Me
agrada pensar que él fue una vez niño, porque no me siento tan lejos de él y
eso me ayuda.
Mientras
Amy señalaba al niño Jesús en las rodillas de su madre, la señora March vio
algo en la mano alzada que la hizo sonreírse. No dijo nada, pero Amy comprendió
la mirada, y después de un minuto de silencio, añadió gravemente:
―Deseaba
hablarte de esto, pero lo olvidé. Hoy la tía March me regaló el anillo; me
llamó, me dio un beso y me lo puso en el dedo, diciendo que estaba orgullosa de
mí y que desearía tenerme con ella para siempre. Al mismo tiempo me dio este
otro anillo para sujetarlo, porque es demasiado grande para mi dedo. Me
gustaría tenerlos puestos ¿Me lo permites?
―Son
hermosísimos, Amy, pero creo que eres demasiado joven para tales adornos
―contestó la señora March.
―Trataré
de no ser vanidosa ―dijo Amy ―; no creo que me gusta sólo por ser tan bello; me
gustaría usarlo, como la muchachita del cuento cuando llevaba su pulsera, para
recordar algo.
―¿Quieres
decir la tía March? ―preguntó su madre, riéndose.
―No;
para acordarme de no ser egoísta.
Tan
seria y sincera parecía Amy, que su madre dejó de reírse y escuchó
respetuosamente su pequeño proyecto.
―Estos
días he pensado mucho en "mi montón de defectos" y el más grave es el
egoísmo; voy a tratar empeñosamente curarlo, si puedo.
Beth
no es egoísta, y ésa es la razón por la que todos la quieren y les da tanta
pena pensar que pueden perderla. No lo sentirían tanto si yo estuviese enferma,
porque no lo merezco; pero me gustaría que todos me quisieran y me extrañaran.
Voy a tratar de parecerme a Beth tanto como pueda. Soy propensa a olvidar mis
resoluciones, pero si tuviera siempre algo que me las recordara, creo que me
portaría mejor. ¿Puedo probar este medio?
―Sí;
pero tengo más confianza en el rinconcito de la meditación.
Usa
el anillo, querida mía, y haz lo que puedas; creo que conseguirás algo, porque
desear ser buena con sinceridad es tener ganada media batalla. . Ahora tengo
que volver a Beth. Animo, hija mía, pronto te llevaremos a casa, Aquella tarde,
mientras Meg escribía a su padre para informarlo de la llegada de la viajera,
Jo subió la escalera a hurtadillas, entró en el dormitorio de Beth y,
encontrando a su madre en el lugar acostumbrado, se detuvo por un minuto
retorciendo su cabello con los dedos con gesto de indecisión y perplejidad.
―Qué
te pasa, querida? ―preguntó la señora March.
―
Quiiero decirte algo, mamá.
―¿Acerca
de Meg?
―¡Qué
pronto lo adivinaste! Sí, se trata de ella, y aunque es una pequeñez, me
molesta.
―Beth
duerme: habla en voz baja y dímelo todo. Espero que ese joven Moffat no haya
estado aquí.
―No;
le hubiera dado con la puerta en las narices si hubiera venido ―dijo Jo,
sentándose en el suelo a los pies de su rnadre ―. El verano pasado Meg dejó un
par de guantes en casa de los Laurence y no devolvieron más que uno. Lo
habíamos olvidado por completo hasta que Teddy me dijo que el señor Brooke lo
tenía. Lo guardaba en el bolsillo de su chaleco, y una vez que se le cayó y
Teddy bromeó por ello, el señor Brooke confesó que le gustaba Meg, y que no se
atrevía a decírselo por ser ella tan joven y él tan pobre. ¿No es una situación
terrible?
―¿Crees
que Meg lo quiere? ―preguntó la señora March, con mirada ansiosa.
―¡Pobre
de mí! No entiendo nada de amor ni de tales tonterías ―gritó Jo, con una mezcla
cómica de interés y desprecio ―. En las novelas, las muchachas lo exteriorizan
ruborizándose, desmayándose, enflaqueciendo y haciendo necedades. Meg no hace
nada de eso; come, bebe y duerme como una persona sana; me mira frente a frente
cuando hablo de ese hombre, y sólo se ruboriza algo cuando Teddy se burla de
los novios. Le prohibí que lo hiciera, pero no me hace caso.
―Entonces,
¿crees que Meg no está interesada en John?
―¿En
quién? ―gritó Jo, extrañada.
―En
el señor Brooke; ahora lo llamo "John"; en el hospital adquirimos esa
costumbre y le gusta.
―¡Pobre
de mí! Ya veo que vas a ponerte de su parte; ha sido bueno con papá y tú no lo
mandarás a paseo, sino que permitirás que se case con él si quiere. ¡Qué
astuto! ¡Mimar a papá y hacerse el servicial contigo para ganarse la simpatía
de los dos! ―y Jo, enojada, se tiró de los cabellos.
―Querida
mía, no te enojes; te diré lo que ha pasado. John me acompañó, por pedido del
señor Laurence, y se interesó tanto en tu pobre papá que no pudimos menos que
tomarle cariño. Fue perfectamente sincero y honrado en cuanto a Meg, porque nos
dijo que la quería, pero que trabajaría para crear un hogar confortable antes
de pedir su mano. No deseaba más que nuestro consentimiento para amarla,
trabajar por ella y tratar de ganarse su amor, si podía. Realmente es un joven
excelente, y no podíamos negarnos a escucharlo; pero no consentiré que Meg se
comprometa tan joven.
―Claro
que no; sería una idiotez. Ya sabía yo que se estaba tramando algo; me lo decía
el corazón; ahora es peor de lo que yo imaginaba.
Desearía
poder casarme con Meg yo misma, para guardarla segura dentro de la familia.
Esta
extraña solución hizo sonreír a la señora March, pero después dijo seriamente:
―Jo,
confío en ti y no quiero que digas nada a Meg todavía. Cuando vuelva John y los
vea juntos podré juzgar mejor los sentimientos de ella para con él.
―Ella
verá los suyos en esos hermosos ojos de los cuales habla, y entonces estará
perdida. Tiene un corazón tan tierno que se derretirá como manteca de Flandes,
si alguien la mira amorosamente. Leía las noticias cortas enviadas por él más
que tus cartas, y me daba pellizcos cuando yo hablaba de ello; le gustan los
ojos color castaño; no cree que el nombre de John es feo; pronto se enamorará
de él y ¡adiós paz, alegría y felicidad entre nosotras! Lo veo todo; se harán
la corte por toda la casa y tendremos que quitarnos de en medio; Meg estará en
la gloria y no me necesitará más; Brooke amontonará una fortuna de una manera u
otra, se la llevará, dejará un vacío en la familia, me romperá el corazón y
todo se hará desagradable. ¡Pobre de mí! ¿Por qué no habremos sido todos ricos?
Entonces no habría ninguna dificultad.
La
señora March suspiró, y Jo levantó los ojos con una expresión de alivio.
―¿No
te gusta tampoco a ti, mamá? Me alegro; lo despacharemos con viento fresco, sin
decir una palabra a Meg, y seguiremos felices juntas como siempre.
―Hice
mal en suspirar, Jo. Es natural y justo que con el tiempo todas se vayan a sus
propios hogares; pero deseo conservar a mis hijas todo el tiempo posible, y
siento que esto haya sucedido tan pronto, porque Meg no tiene más que
diecisiete años, y John no podrá formar un hogar para ella por algunos años. Tu
padre y yo estamos de acuerdo en que no se comprometa de ninguna manera ni se
case antes de cumplir veinte años. Si ella y John se quieren, pueden esperar, y
así dar pruebas de su amor. Ella es responsable y no temo que lo trate con
dureza. ¡Mi hija tan hermosa y tierna! Espero que todo marchará felizmente para
ella.
―
¿No preferirías que se casara con un hombre rico?
―El
dinero es cosa buena y útil, Jo; quisiera que mis hijas no sintieran nunca
demasiado su escasez ni estén tentadas por tener demasiado.
Desearía
ver a John bien establecido en algún negocio bueno que le proporcionara
ingresos suficientes para mantenerse libre de deudas, y dar una vida
confortable a Meg. No ambiciono una fortuna espléndida, ni una posición
mundana, ni un nombre famoso para mis hijas. Si el rango y el dinero vienen
acompañados del amor y la virtud, los aceptaría agradecida y gozaría con
vuestra buena fortuna; pero sé por experiencia cuánta felicidad real se
encuentra en una casa pequeña, donde se gana el pan diario y algunas privaciones
dan mayor dulzura a los pocos placeres. Estoy contenta de que Meg comience con
una posición humil― de, porque si no me engaño, será rica en la posesión del
corazón de un hombre bueno, y eso tiene más valor que una fortuna.
―Comprendo,
mamá, y estoy de acuerdo; pero Meg me decepciona, porque yo tenía el proyecto
de casarla con Teddy algún día, y pensaba que viviría en la opulencia toda su
vida. ¿No sería hermoso?
―preguntó
Jo, mirándola con expresión más alegre.
―El
es más joven que ella, ya sabes ―comenzó a decir la señora March; pero Jo la
interrumpió.
―Eso
no importa; está muy maduro para su edad, y es muy alto y tiene modales de
hombre hecho y derecho cuando quiere. Además, es rico, generoso y bueno, y nos
quiere a todas. Es una lástima que mi proyecto se malogre.
―Temo
que Laurie no sea bastante mayor para Meg, y es tan veleta que no puede
contarse con él. No hagas proyectos, Jo; deja que el tiempo y sus propios
corazones emparejen a tus amigos. En estas cosas no podemos entrometernos con
seguridad, y es mejor que no se nos metan tonterías románticas en la cabeza,
como tú dices, no sea que destruyan nuestras amistades.
―Bueno,
no lo haré; pero detesto ver que las cosas se tuercen y atraviesan, cuando
algunos arreglitos lo solucionarían todo. ¡Ojalá pudiésemos parar de crecer,
poniéndonos planchas en la cabeza! Pero los capullos tienen que hacerse rosas,
y los gatitos gatos, aunque no queramos.
―¿Qué
es eso de planchas y gatos? ―preguntó Meg, entrando a hurtadillas en el
dormitorio, con la carta que había escrito en la mano.
―Nada
más que una de mis estúpidas charlas. Voy a dormir; ven, Meg ―dijo Jo,
desplegándose como un rompecabezas vivo.
―Muy
correcta y bien escrita. Hazme el favor de añadir que envío mis afectuosos
recuerdos a John ―dijo la señora March, devolviendo la carta.
―¿Tú
lo llamas John? ―preguntó Meg, sonriéndose, con sus inocentes ojos mirando a
los de su madre.
―Sí,
se ha portado como un hijo con nosotros, y lo queremos mucho ―respondió la
señora March, dirigiendo a su hija una mirada penetrante.
―Me
alegro, ya que está tan solo. Buenas noches, mamá querida.
¡Qué
tranquílidad tan grande tenerte aquí con nosotras! ―respondió Meg.
CAPITULO
21
LAURIE
DA GUERRA Y JO PONE PAZ
Era
de ver la cara de Jo al día siguiente. El secreto la oprimía y hallaba difícil
no parecer misteriosa e interesante. Meg lo notó, pero no se molestó en
preguntar, porque había aprendido que el mejor modo de manejar a Jo era por la
ley de los contrarios; estaba segura de oírlo todo si no preguntaba. Por eso se
sorprendió bastante cuando el silencio continuó y Jo asumió cierto aire
protector, que agravió a Meg, que respondió adoptando un aire de grave reserva
y entregándose al servicio de su madre. Esto dejó a Jo libre para hacer su
gusto, porque la señora March había tomado su puesto de enfermera diciéndole
que se paseara y se distrajera después de tan largo encierro en casa. No
estando Amy de vuelta, Laurie era su único refugio; pero aunque gozaba mucho en
su compañía, lo tenía por el momento porque era un perseguidor incorregible,
que no la dejaría en paz hasta sacarle su secreto.
Tenía
razón, porque tan pronto el pícaro sospechó algo misterioso, se propuso
descubrirlo, e hizo pasar muy malos ratos a Jo. Rogó, prometió, se burló,
amenazó y riñó; fingió indiferencia para sacar la verdad por sorpresa; afirmó
que lo sabía, para decir después que no le importaba saberlo, y por fin, a
fuerza de perseverancia, logró asegurarse de que se trataba de Meg y del señor
Brooke. Indignado porque su tutor no le hubiera hecho ninguna confidencia, se
puso a imaginar alguna venganza digna de la ofensa.
Entretanto,
Meg parecía haber olvidado el asunto y estaba absorta con los preparativos para
la vuelta de su padre; pero, de repente, un cambio pareció apoderarse de ella;
había días en que parecía otra, sobresaltándose cuando alguien le hablaba,
ruborizándose si alguien la miraba, callaba mientras cosía, con expresión
tímida y preocupada en la cara. A las preguntas de su madre respondía que
estaba muy bien, y las de Jo las despachó pidiéndole que la dejase en paz.
―Lo
siento en el aire; el amor, quiero decir, y se está enamorando rápidamente.
Tiene casi todos los síntomas; está nerviosa y de mal humor; no come, no puede
dormir y se sienta pensativa en los rincones. La sorprendí cantando la canción
del "arroyo de voz argentina", y una vez dijo: "John", como
lo haces tú, y se puso roja como una amapola. ¿Qué haremos? ― ijo Jo,
dispuesta, al parecer, a toda clase de medidas, aun violentas.
―Nada
más que esperar. Déjala sola: sé amable y paciente; la vuelta de papá lo
arreglará todo ―respondió su madre.
―Aquí
hay una carta para ti, Meg, con sello puesto. ¡Qué curioso!
Teddy
no pone sello a las mías ―dijo Jo al día siguiente, al distribuir el contenido
del pequeño correo.
La
señora March y Jo estaban entretenidas en sus asuntos, cuando una exclamación
de Meg les hizo levantar los ojos para verla mirando fijamente su carta, con
cara asustada.
―¿Hija
mía, qué te pasa? ―gritó la madre, corriendo hacia ella mientras Jo trataba de
agarrar el pliego malhechor.
―Es
todo un error... No la envió... ¡Oh, Jo! ¿Cómo pudiste hacerlo?
―y
Meg escondió la cara entre las manos, llorando a lágrima viva.
―¿Yo?
¡No he hecho nada! ¿De qué habla? ―preguntó Jo confundida.
Los
ojos humildes de Meg se encendieron de enojo, mientras sacaba de su bolsillo
una carta estrujada y se la arrojaba a Jo diciendo:
―Tú
la escribiste y ese muchacho malicioso te ayudó. ¿Cómo pudiste ser tan grosera,
tan vil y cruel con nosotros?
Jo
apenas la oyó, porque ella y su madre estaban leyendo la carta, escrita con una
escritura curiosa.
"Queridísima
Margaret: No puedo contener por más tiempo mi pasión, y necesito saber mi
suerte antes de volver. No me atrevo a decírselo todavía a tus padres, pero
creo que darían su consentimiento si supieran que nos adoramos. El señor
Laurence me ayudará a encontrar una buena colocación, y entonces, mi querida
muchachita, me harás feliz. Te ruego que no digas nada todavía a tu familia,
pero envía una palabra de esperanza por medio de Laurie a tu fiel John.” ―¡El
miserable! Así quiere pagarme por cumplir la palabra que di a mamá. Le echaré
un buen reto y lo traeré a pedir perdón ―gritó Jo.
Pero
su madre la detuvo, diciendo con expresión desacostumbrada en ella:
―Un
momento, Jo; primero tienes que justificarte. Has hecho tantas travesuras que
sospecho que tengas parte en esto.
―Doy
mi palabra, mamá, de que no la tengo. Nunca antes he visto esa carta ni sé nada
de ella; tan verdad como que estoy viva ―dijo Jo tan sinceramente que la
creyeron ―. Si yo hubiera participado en esto, lo hubiera hecho mejor y habría
escrito una carta sensata. Yo creía que habían comprendido que el señor Brooke
es incapaz de escribir tonterías como éstas ―añadió, arrojando con desprecio el
papel al suelo.
―La
letra es como la suya ―balbuceó Meg.
―
¡Oh, Meg! No la habrás contestado ―exclamó la señora March.
―
¡Sí que lo hice! ―y Meg escondió ruborosa la cara.
―
¡En buena nos hemos metido! Déjame traer a ese muchacho malicioso para que dé
una explicación y reciba un buen reto. No descansaré hasta que lo agarre ―dijo
Jo, encaminándose hacia la puerta.
―
¡Espera! Déjame arreglar esto, porque es peor de lo que pensaba.
Meg,
dímelo todo ―ordenó la señora March, sentándose junto a Meg, pero sin soltar a
Jo, por miedo de que se escapase.
―Recibí
la primera carta por conducto de Laurie, que fingió no saber nada del asunto ―
omenzó Meg, sin levantar los ojos.― Al principio me preocupó mucho y tenía la
intención de decírtelo; pero me acordé de tu simpatía hacia el señor Brooke;
así que pensé que no te importaría que yo guardara mi pequeño secreto por
algunos días. Soy tan tonta que me gustaba pensar que nadie lo sospechaba, y
mientras pensaba en lo que contestaría, me parecía ser una de esas chicas de
las novelas que tienen que hacer cosas parecidas. Perdóname, mamá; ahora he
pagado cara mi estupidez; nunca podré volver a mirarlo a la cara.
―¿Qué
le dijiste? ―preguntó la señora March.
―Solo
le dije que era todavía demasiado joven para decidir nada; que no quería tener
ningún secreto para ti, y que tendría que hablar a papá. Que estaba muy
agradecida por su bondad y que sería sólo su amiga por largo tiempo.
La
señora March se sonrió tranquilizada y Jo aplaudió calurosamente, exclamando:
―Eres
una Doña María de Molina en cuanto a prudencia. Sigue, Meg. ¿Qué te contestó?
―Me escribe
de una manera completamente diferente, diciéndome que jamás envió una carta
amorosa, y lamentando que mi pícara hermana Jo se haya tomado tales libertades
con nuestros nombres. La carta es muy amable y seria, ¡pero imaginen qué
terrible para mí!
Meg
se apoyó en su madre completamente desesperada, y Jo iba de un lado para otro
del cuarto, poniendo verde a Laurie. De repente se paró, tomó las dos cartas, y
después de mirarlas fijamente, dijo con decisión:
―No
creo que el señor Brooke haya visto jamás ni una ni otra carta.
Teddy
ha escrito las dos y guarda la tuya para fastidiarme, porque no quise contarle
mi secreto.
―No
tengas ningún secreto, Jo; díselo a mamá y no te metas en líos, como yo debía
haber hecho ―le respondió Meg.
―¡Dios
te bendiga, niña! ¡Si fue mamá la que me lo dijo!
―Basta,
Jo. Yo consolaré a Meg, mientras tú vas en busca de Laurie.
Tengo
que analizar esta cuestión a fondo y poner fin a semejantes travesuras.
Jo
se fue corriendo, y la señora March explicó con delicadeza a Meg los verdaderos
sentimientos del señor Brooke.
―Ahora,
querida mía, ¿cuáles son los tuyos? ¿Lo amas lo bastante para esperar hasta que
pueda mantener un hogar para ti, o prefieres estar libre por el presente?
―He
estado tan asustada y mortificada, que prefiero no pensar en noviazgos por
mucho tiempo; tal vez nunca. Si John no sabe nada de estas tonterías, no le
digas nada, y obliga a Jo y Laurie a callarse. No quiero que me engañe y se ría
de mí; es una vergüenza.
Meg,
generalmente amable, había perdido la paciencia con estas burlas maliciosas; la
señora March la calmó con la promesa de guardar completo silencio y la mayor
discreción en el futuro. Tan pronto como se oyeron los pasos de Laurie en el
vestíbulo, Meg se escapó al estudio y su madre recibió a solas al culpable. Jo
no le había dicho para qué lo querían en casa, temiendo que no viniese; pero lo
advirtió tan pronto como vio la cara de la señora March, y permaneció de pie,
dando vueltas a su sombrero, con tal aspecto de culpable, que lo delataba. Jo
fue despedida, pero decidió andar de un lado a otro del vestíbulo, como si
estuviese de guardia, por temor a que el preso intentara escaparse. Por una
hora subió y bajó el sonido de voces en la sala, pero lo que sucedió durante
aquella entrevista las chicas no lo supieron jamás.
Cuando
las llamaron, Laurie seguía de pie al lado de la madre de ellas, con una cara
tan arrepentida, que Jo lo perdonó en el acto, aunque no creyó prudente
demostrarlo. Meg recibió sus humildes excusas y se consoló mucho al asegurarse
de que Brooke no tenía conocimiento alguno de la fechoría.
―No
diré nada de esto hasta mi último día de vida; no me lo sacarán ni con pinzas;
perdóname, Meg, y haré lo que quieras para demostrar lo mucho que lo siento
―añadió, muy avergonzado de sí mismo.
―Lo
procuraré, pero te portaste de modo muy poco caballeresco.
No
creía que pudieras ser tan pícaro y malicioso, Laurie ―respondió Meg.
―Fue
abominable y merezco que no me hables en un mes; pero no lo harás, ¿verdad,
Meg? ― Laurie cruzó las manos con gesto tan suplicante, bajó los ojos con
expresión de tan profundo arrepentimiento y habló con tono tan patético, que
era imposible enojarse a pesar de su conducta escandalosa. Meg lo perdonó y la
señora March suavizó su semblante, a pesar de los grandes esfuerzos que hizo
por mantenerse seria, cuando lo oyó declarar que expiaría sus culpas con toda
clase de penitencias, y se humillaría como un gusano ante la doncella ofendida.
Entretanto,
Jo se mantenía a distancia, tratando de endurecer su corazón contra él pero no
logró más que asumir una expresión desaprobatoria.
Laurie
la miró una vez o dos, pero viendo que no daba señales de ceder se sintió
ofendido, le volvió la espalda hasta que la madre y Meg acabasen lo que tenían
que decirle, y entonces le hizo un saludo profundo y se marchó sin decir nada.
Tan
pronto como se fue, ella sintió no haber sido más indulgente; y cuando Meg y su
madre subieron las escaleras, se sintió solitaria y ansiosa de la compañía de
Teddy. Tras breve lucha consigo misma, cedió al impulso y, armada de un libro
que debía devolver, se fue a la casa grande.
―¿Está
en casa el señor Laurence? ―preguntó a una doncella que bajaba las escaleras.
Sí,
señorita; pero creo que no puede verlo ahora.
―¿Por
qué?; ¿está enfermo?
―No,
señorita; pero acaba de discutir con el señorito Laurie, y no me atrevo a
acercarme a él.
―¿Dónde
está el señorito?
―Encerrado
en su cuarto, y no quiere responder aunque he llamado.
No
sé qué hacer con la comida, porque está lista y no hay nadie que quiera comer.
Jo
subió al estudio de Laurie y golpeó la puerta.
―Basta
de llamadas, o abro la puerta y te hago callar.
Jo
golpeó de nuevo la puerta, entró antes de que Laurie pudiera reponerse de su
asombro. Al notar que estaba realmente de mal humor, Jo, que sabía cómo
manejarlo, fingió una expresión penitente, y, poniéndose de rodillas, dijo con
humildad:
―Hazme
el favor de perdonarme por haber estado tan enojada. He venido a zanjar el
asunto y no puedo marcharme hasta que lo haya hecho.
―No
importa; levántate y no te hagas el ganso, Jo.
―Gracias,
no lo haré. ¿Puedo preguntar qué te pasa? No pareces estar en tu juicio.
―
¡Me han sacudido y no lo consiento!
―
¿Quién ha sido?
―Mi
abuelo; de haber sido cualquier otra persona, le hubiera. . . ―y el joven
ofendido acabó su frase con un gesto enérgico del brazo derecho.
―Eso
no es nada; yo discuto contigo muchas veces y no haces caso.
―
¡Bah! Tú eres una muchacha y es una broma, pero no permitiré que ningún hombre
me grite.
―Creo
que nadie se atrevería viéndote tan encolerizado como ahora.
¿Por
qué te trató de esa manera?
―Sólo
porque no quise decirle para qué me había llamado tu madre.
Prometí
no decir nada a nadie, y, naturalmente, no iba a faltar a mi palabra.
―¿No
podías satisfacer a tu abuelo de algún modo?
―No;
insistió en saber la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Hubiera
contado mi parte del enredo de haber podido hacerlo sin envolver a Meg. Como no
podía, me callé y aguanté el regaño hasta que el anciano me agarró por la nuca.
Entonces me puse furioso y escapé de un salto, por miedo a no poder contenerme.
―No
fue agradable; pero él lo siente, estoy segura; baja y haz las paces. Yo te
ayudaré.
―
¡Que me ahorquen si lo hago! No voy a aguantar sermones y golpes de todo el
mundo, sólo por una pequeña picardía. Lo sentí por Meg, y le pedí perdón como
un hombre, pero no lo pediré a nadie, no siendo culpable.
―El
no sabía eso.
―Debería
tener confianza en mí y no tratarme como a un niño. Es inútil, Jo; tiene que
aprender que puedo cuidarme por mí mismo, y que no necesito que me aten a las
faldas de nadie.
―¡Qué
cascarrabias eres! ¿Cómo piensas que se arreglará este asunto?
―El
tiene que pedirme perdón y creerme cuando te aseguro que no puedo decirle el
porqué de la querella.
―¡Santo
cielo! Eso no lo hará.
―Pues
no bajaré hasta que lo haga.
―Vamos,
Teddy, entra en razón; déjalo pasar y yo explicaré lo que pueda. No vas a
quedarte aquí; ¿de qué sirve ponerse melodramático?
―De
todas maneras no pienso permanecer aquí mucho tiempo. Me escaparé para hacer un
viaje a alguna parte, y cuando me eche de menos mi abuelo, no tardará en volver
a razonar.
―Quizá;
pero no debes darle ese disgusto.
―No
me aconsejes. Me iré a Washington para ver a Brooke; allí hay alegría y me
divertiré después de las penas.
―¡Qué
suerte tienes! ¡Ojalá pudiera yo escaparme también! ―dijo Jo, olvidando su
papel de mentor ante las visiones de la vida marcial de la capital.
―¡Vámonos
los dos! ¿Por qué no? Tú puedes ir para dar una sorpresa a tu padre, y yo para
animar a Brooke. Sería un gran juego; anímate, Jo. Dejaremos una carta para
decir que todo está bien y nos marcharemos en seguida. Tengo bastante dinero,
te hará bien y no habrá nada malo en ello, pues vas para ver a tu padre.
Por
un momento pareció que Jo iba a consentir, porque, con toda su locura, el
proyecto la atraía. Estaba cansada de ansiedades y encierro, anhelaba un cambio
y el pensamiento de su padre se mezclaba de manera tentadora con el encanto de
los campamentos y hospitales, libertad y diversión. Sus ojos brillaron al
dirigirse hacia la ventana, pero se clavaron en la vieja casa opuesta y movió
la cabeza con triste decisión.
―Si
fuera un chico nos escaparíamos juntos y correríamos una aventura deliciosa;
pero siendo una infeliz chica, debo ser prudente, portarme bien y permanecer en
casa. No me tientes, Teddy; es un plan descabellado.
―
¡Ahí está la gracia! ―repuso Laurie, que estaba con ganas de romper trabas de
una manera u otra.
―
¡Cállate! ―gritó Jo tapándose los oídos ―. La prudencia es mi destino y tengo
que conformarme. He venido aquí para moralizar, no para oír cosas que me den
ganas de brincar.
―Sabía
que Meg hubiera aguado tal proyecto, pero pensé que tú tendrías más arrojo. . .
― omenzó a decir Laurie insinuante.
―¡Cállate!
―gritó Jo ― no hagas que tus deseos hagan aumentar los míos. Si logro que tu
abuelo diga que siente haberte sacudido, ¿abandonarás la idea de escaparte?
―preguntó Jo gravemente.
―Sí,
pero no lo lograrás ―respondió Laurie, que deseaba hacer las paces, pero
necesitaba antes una reparación a su dignidad ofendida.
―Si
puedo manejar al joven, puedo manejar al viejo ―murmuró Jo saliendo del cuarto
donde quedaba Laurie con una guía de ferrocarril en la mano.
―¡Adelante!
―se oyó decir al señor Laurence, con voz aún más ronca que de costumbre, cuando
Jo llamó a la puerta.
―Soy
yo, Jo, he venido para devolverle un libro ―dijo suavemente al entrar.
―¿Quieres
otros? ―preguntó el anciano, tratando de ocultar su preocupación y enojo.
―Sí,
con permiso de usted; tanto me gusta el viejo Sam, que deseo leer el segundo
tomo ― espondió Jo, con la esperanza de congraciarse con él al pedirle un libro
que le había recomendado.
El
señor Laurence desarrugó un poco el entrecejo mientras acercaba la escalerilla
hacia el estante de los libros donde estaban los tomos de Johnson. Jo subió
ligeramente y, sentándose en el peldaño más alto, fingió buscar su libro, pero
en realidad estaba pensando cómo comenzar el peligroso asunto de su visita.
El
señor Laurence pareció sospechar que tramaba algo, porque, después de ir y
venir varias veces con pasos rápidos de un lado a otro del cuarto, se volvió,
la miró cara a cara y preguntó bruscamente:
―¿Qué
acaba de hacer ese muchacho? No trates de excusarlo. Sé que ha hecho alguna de
las suyas, por su manera de portarse cuando volvió a casa. No pude sacarle ni
una palabra y cuando lo amenacé con sacudirle para hacerle confesar la verdad,
escapó y se encerró con llave en su dormitorio.
―Se
portó mal, pero lo perdonamos y todos prometimos no decir nada a nadie.
―Eso
no basta; no debe protegerse tras una promesa hecha por unas chicas cariñosas
como ustedes. Si se ha portado mal, tiene que pedir perdón y recibir su
castigo. Dímelo, Jo. No quiero que me tengan ignorando lo que pasa.
―De
veras señor, no puedo decírselo; mamá lo prohibió. Laurie ha confesado, ha
pedido perdón y ha tenido su castigo. No nos callamos para protegerlo a él,
sino a otra persona, y si usted se mezcla en el asunto, se aumentarán las
dificultades. Hágame el favor de no hacerlo; fue mi culpa en parte, pero ahora
todo está arreglado; así que olvidémoslo y hablemos de El vagabundo o de algún
otro libro interesante.
―¡Al
diablo con El vagabundo! Baja y dame tu palabra que este atolondrado muchacho
mío no ha hecho algo impertinente o ingrato. Si lo ha hecho, después de vuestra
bondad con él, lo apalearé con mis propias manos.
La
amenaza sonaba terrible, pero no espantó a Jo, porque sabía que el irascible
anciano no levantaría un dedo contra su nieto por mucho que lo dijera. Bajó
obedientemente y quitó toda la importancia que pudo a la travesura del chico,
sin exponer a Meg ni faltar a la verdad.
―¡Hum!
¡Ah! Bueno, si el chico se calló porque había prometido hacerlo y no por
obstinación, lo perdonaré. Es un joven terco y difícil de manejar ―dijo el
señor Laurence, pasándose la mano por la cabeza hasta encrespar todo el
cabello.
―Lo
mismo me pasa a mí; pero una palabra amable me apacigua, cuando un regimiento
de caballería sería incapaz de dominarme.
―¿Crees
que no soy amable con él?
―¡Cielo
santo; no señor! A veces es usted demasiado cariñoso y después un poquito
violento, cuando pone a prueba su paciencia. ¿No le parece?
Jo
había decidido solucionar este asunto y trataba de aparentar calma, aunque
temblaba algo después de frase tan audaz. Con gran sorpresa suya, el anciano
señor no hizo más que echar ruidosamente sus anteojos sobre la mesa y exclamar
sinceramente:
―Hija,
tienes razón; soy algo violento. Quiero al chico, pero pone a prueba mi
paciencia hasta que apenas puedo aguantarlo, y no sé adónde vamos a parar de
seguir así.
―Yo
se lo diré: se escapará.
Apenas
dijo esto, Jo se arrepintió de haber hablado así. El señor Laurence cambió de
color, se sentó y echó una mirada ansiosa al retrato del hombre esbelto que
estaba colocado encima de la mesa. Era el padre de Laurie que en su juventud se
había escapado y se había casado contra los deseos del dominante anciano.
―No
lo hará, a no ser que esté muy molesto; solo amenaza hacerlo a veces, cuando se
cansa de estudiar. A menudo pienso que a mí me gustaría hacer otro tanto, sobre
todo desde que me corté el cabello; de modo que si alguna vez nos extraña,
puede poner un anuncio preguntando por dos chicos y mandar a buscarnos entre
los barcos que zarpen con rumbo a la India.
Se
rió al decir esto, y el señor Laurence pareció aliviado, evidentemente
tomándolo como una broma de chicos.
―
¡Pícara! ¿Cómo te atreves a hablarme de esta manera? ¿Dónde está tu respeto y
tu buena educación? ¡Benditos chicos y chicas! ¡Qué tormento nos dan! Y sin
embargo, no podemos pasarnos sin ellos ―dijo, pellizcándole las mejillas con
buen humor, y agregando:
―
Vete y trae a ese muchacho a comer; dile que todo está arreglado y aconséjale
que no dramatice con su abuelo; no lo aguantaré.
―No
vendrá, señor; se siente ofendido, porque usted no le creyó cuando le dijo que
no podía decírselo. Creo que tomó muy en serio la discusión.
El
señor Laurence se echó a reír y Jo comprendió que la batalla estaba ganada.
―Lo
siento muchísimo; supongo que debo estar agradecido porque él no me ha sacudido
a mí. ¡Santo cielo! ¿Qué querrá este joven?
―Si
yo fuera usted, le escribiría una excusa, señor. El dice que no bajará hasta
que la reciba, y habla de Washington y no sé qué locuras.
Una
excusa formal le mostrará lo estúpido que es y lo hará bajar de agradable
humor. Pruébelo; le gusta la broma, y eso es mejor que arreglarlo de palabra.
Yo se la llevaré y le daré una lección.
El
señor Laurence le echó una mirada aguda y se caló los anteojos, diciendo
lentamente:
―
¡Qué pícara eres! Pero no me importa ser engatusado por ti o Beth. ¡Vamos!,
dame una hoja de papel y acabemos de una vez con estas tonterías.
La
carta se escribió con las frases usuales entre caballeros después de graves
insultos. Jo besó la calva del señor Laurence y corrió escaleras arriba para
meter el pliego por debajo de la puerta de Laurie, aconsejándole por el agujero
de la cerradura que fuera sumiso, cortés y otras cosas gratas. Al encontrar la
puerta cerrada con llave de nuevo, dejó que la carta hiciese su obra y se iba
tranquilamente, cuando el joven bajó, resbalando por el pasamanos de la
escalera, y la esperó abajo, diciendo con su expresión más virtuosa:
―
¡Qué buen camarada eres, Jo! ¿Has sufrido una explosión?
―añadió,
riendo ―. No he estado muy amable en general. ¡Ah! ¡Bueno me han puesto todos!
Hasta tú me abandonaste allá, y eso me hizo sentirme desesperado ―comenzó a
decir, tratando de excusarse.
―No
hables así; cambia de tema y comienza de nuevo.
―Siempre
estoy haciéndolo y estropeándolo, como solía estropear mis cuadernos de
escritura; y empiezo de nuevo tantas veces, que nunca voy a salir de los
comienzos ―le contestó tristemente.
―Vete
a comer; después te sentirás mejor. Los hombres sólo gruñen cuando tienen
hambre ― ijo Jo al irse.
―Un
cumplido para mi sexo ―respondió Laurie, imitando a Amy, mientras iba a hacer
penitencia con su abuelo, que estuvo de un humor de santo y abrumadoramente
respetuoso en su conducta todo el resto del día.
CAPITULO
22
PRADOS
HERMOSOS
Las
serenas semanas siguientes fueron como el sol después de la tormenta. Los
enfermos mejoraron rápidamente y el señor March comenzó a hablar de volver a
comienzos del Año Nuevo. Pronto pudo Beth pasar todo el día reclinada en el
sofá, entreteniéndole al principio con sus queridos gatos, y después con la
costura de las muñecas, que estaba muy atrasada. Sus miembros, tan activos en
otro tiempo, se habían quedado tan tiesos y débiles que Jo la paseaba, en sus
brazos fuertes, por la casa. Meg se tiznaba y quemaba las manos, guisando
delicadezas para "la querida", mientras Amy celebraba su vuelta a
casa dando cuantos tesoros suyos lograba que aceptaran sus hermanas.
A
medida que se acercaba Navidad, los acostumbrados misterios comenzaron a
dejarse sentir en la casa, y la familia se desternilló de risa más de una vez
con las imposibles y absurdas ceremonias propuestas por Jo para celebrar tan
extraordinaria Navidad. Lo que Laurie proponía era no menos disparatado; por su
gusto se hubieran hecho hogueras, fuegos artificiales y arcos de triunfo. Tras
muchas discusiones y escaramuzas, la ambiciosa pareja pareció quedar bastante
apaciguada y ambos aparentaban una indiferencia desmentida por explosiones de
risa cada vez que se reunían.
Varios
días inesperadamente templados precedieron a un hermoso día de Navidad. Hanna
estaba segura de que iba a ser un día "estupendo", y resultó buena
profetisa, porque todo y todos parecieron conspirar para lograr un éxito
completo. Para empezar: se recibió carta del señor March, en que decía que
pronto estaría con ellas. Luego Beth se sintió muy bien aquella mañana, y
vestida con el regalo de su madre (una bata suave y roja, de paño merino), fue
llevada triunfalmente a la ventana para ver la ofrenda de Jo y Laurie. Los
indomables habían hecho cuanto podían para merecer su nombre, porque, como
duendes, habían trabajado de noche y habían preparado una graciosa sorpresa. En
medio del jardín se alzaba una doncella majestuosa hecha de nieve, coronada con
una corona de acebo, con un cestillo de frutas y flores en una mano, un rollo
grande de música nueva en la otra, una manta de vivos colores sobre sus hombros
desnudos y una canción de Navidad, escrita en papel color de rosa, que le salía
de los labios y decía así:
LA
VIRGEN DE NIEVE A BETH A nuestra querida Beth bendiga Dios estas Pascuas,
dándole felicidad, paz, salud en abundancia.
Para
la abeja industriosa dulce fruta y flores traigo, mantita para sus pies, música
para su piano.
Traigo
un retrato de Juana por Rafael el Segundo, que lo pintó con esmero para hacerlo
fiel y pulcro.
Acepta
una cinta roja para la cola del gato, y helados de Margarita, que imitan al
Monte Blanco.
Los
que me hicieron han puesto su amor en mi níveo seno; acéptalo, con mi estatua,
de Jo y de Laurie.
¡Cuánto
se rió Beth al verla, cómo fue y vino Laurie para traer los regalos y qué
preciosos discursos hizo Jo al entregarlos!
―Tan
rebosante de feficidad estoy, que si estuviese aquí papá no podría contener una
gota más ―dijo Beth suspirando con satisfacción, mientras Jo la trasladaba al
estudio para descansar después de la emoción y para refrescarse con algunas
uvas regaladas por la Junfrau.
―Lo
mismo estoy yo ―añadió Jo, tocando el bolsillo donde estaba su deseado libro
Undine y Sintran.
―Y
yo también ―replicó Amy, con los ojos clavados en un grabado de la Virgen y el
Niño, en precioso marco, regalo de su madre.
―Pues
yo, no se diga ―exclamó Meg, alisando los pliegues de su primer vestido de seda
que el señor Laurence había insistido en regalarle.
―¿Cómo
podría no estar contenta? ―dijo la señora March agradecida, mientras sus ojos
iban de la carta de su esposo a la cara sonriente de Beth, y acariciaba el
broche, hecho de cabellos grises, rubios y castaños, que las chicas acababan de
ponerle en el pecho.
¡De
vez en cuando en este mundo difícil suceden cosas que parecen cuento, y qué
consuelo tan grande es! Media hora después de haber dicho todas que eran tan
felices que apenas podrían contener una gota más de felicidad, la gota
apareció. Laurie abrió la puerta de la sala, asomó la cabeza con mucha calma y
con voz rarísima, que no lograba ocultar la alegría y la emoción, dijo:
―¡Otro
regalo de Navidad para la familia March! No había acabado de pronunciar estas
palabras cuando fue hecho a un lado, apareciendo en su lugar un hombre alto,
embozado hasta los ojos, que se apoyaba en el brazo de otro hombre alto, que
trató de decir algo sin lograrlo. Hubo una exclamación general, y el señor
March se vio abrazado por cuatro pares de brazos cariñosos; Jo cayó en la
vergüenza de casi desmayarse, teniendo Laurie que asistirla; el señor Brooke
besó a Meg por pura equivocación, como explicó algo incoherentemente; y Amy, la
majestuosa, tropezó con un taburete, y sin esperar a levantarse, abrazó las
botas de su padre, llorando de la manera más conmovedora. La señora March fue
la primera en reponerse y levantó la mano para decir:
―¡Chist!
¡Recuerden a Beth!
Pero
era demasiado tarde; la puerta del estudio se abrió de golpe, la batita roja
apareció en el quicio, y con la fuerza que la alegría infun― dió en sus débiles
miembros, Beth corrió derecha a los brazos de su padre. Dejemos aparte lo que
sucedió después; los corazones se desbordaron, olvidando toda la amargura
pasada y gozando sólo la dulzura del presente.
No
todo fue romántico; una risa cordial los llamó a la realidad, porque Hanna
apareció detrás de la puerta derramando lágrimas por el pavo engordado que
había olvidado atar al subir precipitadamente de la cocina. Cuando las risas se
calmaron, la señora March comenzó a dar las gracias al señor Brooke por el
cuidado fiel que dispensara a su esposo, con lo que recordó de repente que el
señor March necesitaba descansar, y, apoderándose de Laurie, se retiró
precipitadamente. Entonces se ordenó a los dos enfermos que descansaran, lo
cual hicieron, sentándose juntos en una butaca y hablando mucho.
El
señor March dijo cuánto había deseado sorprenderlas, y al hacer buen tiempo el
médico le había permitido aprovecharse de ello; cuán fiel había sido Brooke, y
qué joven tan estimable y honrado era.
Por
qué el señor March se detuvo un minuto al llegar aquí y después de echar un
vistazo a Meg, que atizaba vigorosamente el fuego, miró a su esposa, arqueando
las cejas inquisidoramente, dejo a mis lectores que lo imaginen, como también
por qué la señora March hizo señas mudas con la cabeza y preguntó,
abruptamente, si no deseaba tomar algo. Jo vio y comprendió la mirada, y se
marchó con aire grave a buscar una taza de caldo y un poco de vino, murmurando
para sí, al par que cerraba de golpe la puerta: ¡Detesto a los jóvenes
estimables, con ojos castaños!
Jamás
hubo una comida de Navidad como la que tuvieron aquel día. El pavo engordado
era una maravilla cuando Hanna lo trajo relleno, dorado y guarnecido. Y lo
mismo el budín inglés, que se deshacía en la boca; y las jaleas, con las cuales
Amy gozaba como una mosca en un tarro de miel.
Todo
salió bien, lo cual era providencial, como dijo Hanna, porque "tan
perturbada estaba, señora, que es un verdadero milagro si no asé el budín y
rellené el pavo con las pasas, o lo envolví en el lienzo del budín".
El
señor Laurence y su nieto comieron con ellos; también el señor Brooke, al que
Jo arrojaba miradas furibundas con infinita diversión de Laurie.
Dos
butacas estaban juntas a la cabecera de la mesa; en ellas se sentaron Beth y su
padre, regalándose modestamente con pollo y algo de fruta. Brindaron, contaron
cuentos, cantaron canciones, recordaron cosas antiguas, como suelen decir los
viejos, y pasaron unas horas gratísimas.
Habían
propuesto un paseo en trineo, pero las chicas no quisieron dejar a su padre;
así que los invitados se despidieron temprano, y al caer el crepúsculo la
familia feliz, estaba reunida alrededor del hogar.
―Hace
un año exactamente que nos quejábamos de la triste Navidad que esperábamos
pasar. ¿Se acuerdan? ―preguntó Jo, interrumpiendo la breve pausa que había
seguido a una larga conversación sobre varias cosas.
―Todo
considerado, ha sido un año bastante agradable ―dijo Meg.
sonriendo
y felicitándose interiormente por haber tratado al señor Brooke con dignidad.
―
Creo que ha sido un año duro ―observó Amy, mirando la luz brillar sobre su
anillo con ojos pensativos.
―Me
alegro que haya pasado, porque tú estás de vuelta ―susurró Beth, sentada en las
rodillas de su padre.
―Han
andado por un camino algo duro, pequeñas peregrinas mías.
Sobre
todo estos últimos días. Pero se han portado valientemente, y pienso que están
en buen camino de verse pronto libres de sus cargas ―dijo el señor March con
satisfacción paternal, contemplando las cuatro caras jóvenes que lo rodeaban.
―¿Cómo
lo sabes? ¿Te lo dijo mamá? ―preguntó Jo.
―No
me contó mucho; una paja indica la dirección del viento, y hoy he descubierto
muchas cosas.
―
¡Dinos cuáles son! ―dijo Meg, que estaba a su lado.
―¡Aquí
hay una! ―y tomando la mano apoyada en el brazo de la butaca, señaló el índice
endurecido, una quemadura en el dorso y uno o dos puntos duros en la palma ―
Recuerdo un tiempo en que esta mano era blanca y lisa, en que ponías el mayor
cuidado en conservarla así. Era entonces muy preciosa, pero ahora me parece
mucho más, porque en estas señales aparentes leo una pequeña historia. Se ha
sacrificado la vanidad; esta palma endurecida ha merecido algo mejor que
ampollas; y estoy seguro de que la costura hecha por estos dedos picados durará
mucho tiempo, por la buena voluntad que se puso en los puntos. Meg, querida
mía, aprecio la habilidad femenina que mantiene feliz el hogar más que las
manos blancas o los talentos mundanos. Estoy orgulloso de estrechar esta
manecita buena y laboriosa y espero que no me la pidan demasiado pronto.
Si
Meg había deseado una recompensa por sus horas de paciente labor la recibió en
la presión sincera de la mano paternal y en la sonrisa aprobadora que le otorgó
su padre.
―¿Y
qué de Jo? Haz el favor de decirle algo bonito, porque se ha esforzado mucho y
ha sido tan buena conmigo ―dijo Beth al oído de su padre.
El
se rió, y echó una mirada a la muchacha alta, sentada al lado opuesto, cuyo
rostro moreno ofrecía una expresión más dulce que de costumbre.
―A
pesar de la melena cortada, no veo al "hijo John", que dejé hace un
año ―dijo el señor March ―. Veo una señorita, que se ajusta bien los cuellos,
ata con cuidado los cordones de las botas, y ni silba, ni habla en jerga, ni se
echa sobre la alfombra, como solía hacerlo. Su cara está ahora algo delgada por
las ansiedades y vigilias; pero me gusta mirarla, porque se ha hecho más dulce
y su voz es más tranquila; no salta, pero se mueve sin hacer ruido y cuida de
cierta pequeña persona de una manera maternal, que me encanta. Casi extrañc a
mi chica salvaje, pero si tengo una mujer fuerte, provechosa, útil y tierna en
su lugar, me sentiré completamente satisfecho. No sé si la esquila domesticó a
nuestra oveja negra, pero sé que en toda la ciudad de Washington no hubo cosa
alguna que mereciera ser comprada con los veinticinco pesos que mi buena hija
me envió.
Los
ojos luminosos y alertas de Jo se empañaron algo y su cara delgada se ruborizó
a la luz del fuego mientras recibía las alabanzas paternales, con la sensación
de que no eran del todo inmerecidas.
―Ahora
a Beth ―dijo Amy, muy deseosa de que le llegase el turno a ella, pero dispuesta
a esperar.
―Se
ha quedado en tan poca cosa, que temo que se me escape del todo si hablo mucho
de ella, aunque no es tan tímida como solía ―comenzó a decir su padre
alegremente; pero, recordando cuán cerca había estado de perderla, la abrazó,
agregando tiernamente, con la mejilla contra la suya: ―Te tengo segura, Beth
mía, y si Dios lo permite, te guardaré así.
Después
de un minuto de silencio miró a Amy, sentada en el taburete a sus pies y dijo
acariciando su cabello reluciente:
―Noté
que en la comida Amy tomaba los pedazos menos apetitosos, corría a hacer
recados para su madre toda la tarde, cedió su lugar a Meg esta noche y ha
atendido a todos con paciencia y buen humor.
También
noto que no se queja tanto ni se da importancia; ni ha hecho alusión a un
anillo muy hermoso que tiene puesto, de lo cual deduzco que ha aprendido a
pensar más en los demás, no tanto en sí misma, y ha decidido tratar de modelar
su carácter con tanto cuidado como a sus figuras de arcilla. Me alegro de ello;
porque aunque me enorgullecería una bella estatua hecha por ella, estaré más
orgulloso de una hija amable, que tiene la facultad de embellecer su propia
vida y la vida de los demás.
―¿En
qué piensas, Beth? ―preguntó Jo, cuando Amy dio las gracias a su padre y relató
la historia del anillo.
―Hoy
leía en El Peregrino cómo, después de muchas penas, Cristiano y Esperanza
llegaron a un prado hermoso y verde, donde florecían lirios durante todo el año
y donde descansaron alegremente como nosotros lo hacemos en este momento, antes
de que llegaran al fin de su viaje ―respondió Beth, añadiendo, al dejar los
brazos de su padre y encaminarse lentamente al piano:
―Es
la hora del canto, y quiero estar en mi lugar acostumbrado.
Trataré
de cantar la canción del pastor, que oyeron los peregrinos. He compuesto la
música para papá, porque sé que le gustan los versos.
Sentada
al pianito querido, Beth presionó suavemente las teclas, y, con aquella voz
dulce que habían pensado no oír más, cantó con su propio acompañamiento el
curioso himno que tan bien coincidía:
Caer
no teme quien en tierra yace; el que no tiene orgullo no se eleva; Jesús en el
humilde se complace y, como guía, a su mansión le lleva.
Con
lo que Dios me da vivo contento, en estrechez lo mismo que en holgura; por
seguirte, Señor, feliz me siento bajo tu santa protección segura.
Es
peso la abundancia al peregrino, que le impide marchar con ligereza; será mejor
con poco en el camino; luego tendrá la celestial riqueza.
CAPITULO
23
LA
TIA MARCH RESUELVE EL PROBLEMA
Al
día siguiente, como bandada de abejas rodeando a su reina, la madre y sus hijas
revoloteaban alrededor del señor March, olvidadas de todo para mirar, atender y
escuchar al enfermo nuevo, que estaba en peligro de morir a fuerza de
atenciones. Sentado en la butaca, al lado del sofá de Beth, con las demás muy
cerca, y Hanna, asomándose de vez en cuando para "echar una mirada al
hombre querido", nada parecía faltar para colmar la felicidad de todos.
Pero algo faltaba y los mayores lo sentían, aunque nadie lo confesaba. Los
padres se miraban preocupados cuando seguían con la vista a Meg. Jo tenía
accesos repentinos de seriedad y hasta se la vio amenazar con el puño cerrado
al paraguas que el señor Brooke se había dejado en el vestíbulo; Meg estaba
distraída, tímida y silenciosa; se sobresaltaba cuando sonaba la campana, y se
ruborizaba cuando alguien pronunciaba el nombre de John, Amy decía que
"todo el mundo parecía esperar algo, lo cual era extraño ahora que papá
estaba seguro en casa", y Beth se preguntaba inocentemente por qué los
vecinos no venían como siempre.
Por
la tarde pasó Laurie por delante de la casa, y, viendo a Meg en la ventana,
pareció poseído por un repentino acceso melodramático, porque cayó de rodillas
en la nieve, se golpeó el pecho, se arrancó los cabellos y juntó las manos de
modo tan suplicante, como si pidiera algún bien inefable; Meg le dijo que no se
hiciera el tonto y que se fuera; él retorció el pañuelo imaginariamente
empapado en lágrimas y volvió la esquina, tambaleándose como si estuviera
completamente desesperado.
―¿Qué
querrá decir ese ganso? ―dijo Meg, riéndose, y tratando de parecer inocente.
―Te
muestra cómo se portará tu John el día menos pensado. Muy conmovedor, ¿verdad?
― dijo Jo irónica.
―No
digas "mi John"; no está bien ni es verdad. Haz el favor de no
molestarme, Jo; ya te he dicho que no me gusta "mucho", y que no hay
nada que decir, sino que debemos ser amables y comportarnos como antes.
―No
podemos, porque se ha dicho algo, y la travesura de Laurie te ha estropeado
para mí. Lo veo y mamá lo verá también. No eres la misma en lo más mínimo, y
pareces estar muy lejos. No quiero molestarte; lo sufriré como un hombre, pero
quisiera que todo se arreglara de una vez. Detesto esperar; si has de hacerlo,
date prisa y hazlo pronto ―dijo Jo con petulancia.
―No
puedo hacer ni decir nada hasta que él hable, y no lo hará, porque papá le ha
dicho que soy muy joven.
―Si
hablara, no sabrías qué decir; llorarías o te ruborizarías o lo dejarías
salirse con la suya en vez de contestarle con un "no" decidido.
―No
soy tan tonta y débil como piensas. Sé lo que tendría que decir, porque lo he
pensado bien y no me tomará de sorpresa. Uno no sabe lo que puede suceder.
―¿Tienes
algún inconveniente en decirme qué le responderías?
―preguntó
Jo con más respeto.
―Absolutamente
ninguno. Tienes ya dieciséis años, y puedes ser mi confidente; y tal vez algún
día te sean útiles mis experiencias en tus propios asuntos de esta clase.
―No
pienso tenerlos. Es muy divertido ver a otros haciéndose el amor; pero me
sentiría tonta si lo hiciera yo.
―Creo
que no, si hubiera alguien que te gustara mucho y a quien tú gustaras ―contestó
Meg, quedándose seria.
―¿No
ibas a decirme el discurso que tienes preparado para ese hombre? ―dijo Jo,
cortando sus meditaciones.
―Pues
diría sencillamente, con mucha calma y decisión: "Gracias, señor Brooke,
es usted muy amable, pero pienso, como mi padre, que soy demasiado joven para
entrar en compromisos. Así que le ruego no decir nada más y que continuemos
amigos como antes.” ― ¡Bien! Eso es bastante frío y firme. No creo que lo
dirás, y estoy segura de que él no se conformará si lo dices. Si persiste en
sus ruegos corno los amantes de las novelas, cederás para no ofenderle.
―¡No,
no lo haré! Le diré que estoy resuelta, y saldré del cuarto con mucha dignidad.
Al
decir esto, Meg se levantó, e iba a ensayar la salida majestuosa, cuando un
paso en el vestíbulo la hizo correr a su silla y empezar a coser, como si se
jugara la vida en acabar aquel dobladillo. Jo rió a hurtadillas del cambio
repentino, y, cuando alguien llamó, abrió la puerta con una expresión que tenía
muy poco de hospitalaria.
―Buenas
tardes. Vine a buscar mi paraguas... es decir, para ver cómo está su padre hoy
―dijo el señor Brooke, poniéndose algo nervioso al pasar su mirada de una
hermana a la otra.
―Está
muy bien en el paragüero; se lo traeré y le diré que está usted aquí ―contestó
Jo, y habiendo mezclado a su padre con el paraguas en su respuesta, Jo, se
escapó de la sala al cuarto para dar a Meg la oportunidad de decir su discurso
y lucir su dignidad.
Pero
tan pronto como ella desapareció, Meg se acercó a la puerta murmurando:
―Mamá
desearía verte. En seguida la llamaré.
―No
te vayas. ¿Me tienes miedo, Meg? ―y tan ofendido parecía el señor Brooke, que
Meg pensó que había cometido alguna descortesía.
Se
ruborizó hasta los pequeños bucles de su frente, porque nunca antes la había
llamado Meg, y se sorprendió al observar cuán natural y dulce le parecía
oírselo decir. Deseando parecer amistosa y serena, extendió la mano, y dijo
agradecida:
―¿Cómo
puedo tenerte miedo habiendo sido tan bueno con papá?
Sólo
querría darte las gracias por ello.
―¿Quieres
que te diga cómo podrás dármelas? ―repuso el señor Brooke, reteniendo la mano
entre las suyas.
―
¡Oh, no! , por favor; preferiría que no ―dijo, tratando de retirar la mano.
―No
te molestaré; no deseo más que saber si me quieres un poquito, Meg; ¡te quiero
tanto, querida mía! ―añadió tiernamente el señor Brooke.
Era
el momento oportuno para el rechazo sereno y correcto, pero Meg no lo
pronunció. Lo olvidó por completo, bajó la cabeza y respondió "no sé"
tan suavemente, que John tuvo que bajar la cabeza para oír la respuesta.
A él
le pareció una respuesta valiosa, porque sonrió para sí, como si estuviera
satisfecho; estrechó la manecita regordeta y dijo con voz persuasiva:
―¿Quieres
tratar de descubrirlo? Necesito mucho saberlo, porque no puedo trabajar con
ánimo hasta saber si al fin voy a tener mi recompensa.
―Soy
demasiado joven ―balbuceó Meg, pensando por qué estaría tan perturbada.
―Esperaré,
y entretanto podrías aprender a quererme. ¿Sería una lección muy difícil,
querida mía?
―No;
no, si quisiera aprenderla; pero...
―Hazme
el favor de querer aprenderla, Meg. Me gusta enseñar, y esto es más fácil que
el alemán ―añadió John, apoderándose de la otra mano, de manera que ella no
podía esconder la cara cuando él la buscaba para mirarla.
Su
voz era suplicante; pero, mirándolo furtiva, Meg notó que sus ojos estaban
alegres a la vez que tiernos y que sonreía como quien no duda del éxito. Esto
la contrarió; las estúpidas lecciones de coquetería le vinieron a la memoria, y
el amor del poder, que duerme en el seno aun de las tres mujercitas, se
despertó de repente, tomando posesión de ella. Se sintió excitada y extraña, y,
no sabiendo qué hacer, cedió a un impulso caprichoso; retirando las manos, dijo
con aspereza:
―No
lo deseo; hazme el favor de irte y dejarme en paz.
El
pobre señor Brooke se quedó como si viera desplomarse de un golpe todo su
hermoso castillo en el aire, porque jamás la había visto de tal humor, y no
podía explicárselo.
―¿Quieres
decir eso de veras? ―preguntó ansiosamente.
―Sí,
de veras; no deseo preocuparme por tales cosas. Papá dice que no debo hacerlo;
es demasiado pronto.
―¿No
puedo esperar que cambies de modo de pensar? Esperaré, y no diré nada hasta que
hayas tenido más tiempo. No juegues conmigo, Meg. No pensé que lo harías.
―No
pienses en mí para nada. Prefiero que no lo hagas –dijo Meg, gozando
maliciosamente en probar la paciencia de su amante y su propio poder.
El
estaba ahora serio y pálido, y decididamente se parecía más a los héroes de
novelas que ella admiraba; pero no se golpeó la frente, ni fue y vino de un
lado a otro del cuarto, como aquéllos solían hacer; se quedó sencillamente
parado, mirándola de manera tan anhelante que ella comprendió que comenzaba a
enternecerse a pesar suyo. No sé qué hubiera sucedido entonces de no haber
entrado la tía March en momento tan interesante.
La
anciana no había podido resistir el deseo de ver a su sobrino porque había
encontrado a Laurie mientras daba un paseo en coche, y, al oír que el señor
March había llegado, vino directamente a verlo.
Todas
estaban ocupadas en la parte interior de la casa y ella había entrado
sigilosamente, esperando tomarlos de sorpresa. La confusión que causó a dos de
ellos fue tal, que Meg se sobresaltó como si hubiera visto un fantasma y el
señor Brooke se escapó al estudio.
―¡Por
mi vida! ¿Qué quiere decir esto? ―gritó la anciana señora, golpeando el suelo
con su bastón, según pasaba la vista del joven pálido a la señorita ruborosa.
―Es
amigo de papá. ¡Me ha sorprendido tanto verla a usted!
―balbuceó
Meg.
―
¡Ya se ve! ¡Ya se ve! ―respondió la tía March, sentándose ―. Pero, ¿qué está
diciendo para que te pongas colorada como una peonía?
Aquí
hay algo y necesito saber ―añadió, dando otro golpe con el bastón.
―No
hacíamos más que hablar. El señor vino a buscar su paraguas ―comenzó a decir
Meg, deseando que Brooke y el paraguas estuvieran seguros fuera de la casa.
―¿Brooke?
¿El tutor de ese chico? ¡Ah! Ahora lo comprendo. Lo sé todo. Jo dejó escapar
algunas palabras en una de las cartas de su padre, y la obligué a que me lo
dijera todo. No lo habrás aceptado, niña ―gritó la tía March, escandalizada.
―
¡Chist! ¡Puede oír! ¿Quiere que llame a mamá?
―Todavía
no. Tengo algo que decirte, y debo decir lo que pienso sin más espera. Dime,
¿tienes la intención de casarte con ese Brooke? Si lo haces no recibirás ni un
penique de mi dinero. Acuérdate de ello y sé una muchacha razonable ―dijo
gravemente la anciana señora.
La
tía March poseía a la perfección el arte de despertar el espíritu de oposición
en las personas más apacibles y gozaba con hacerlo. Aun las personas mejores
tienen algo de perversidad en ellas, sobre todo cuando son jóvenes y están
enamoradas. Si la tía March hubiera pedido a Meg que aceptara a John Brooke,
probablemente hubiera declarado que no pensaba hacer tal cosa; pero como le
ordenaba de forma autoritaria que no lo quisiera, decidió que sí lo haría. Su
propia inclinación, así como su rebeldía, facilitaron su decisión y, una vez
excitada, Meg se opuso a la anciana con inusitada impulsividad.
―Me
casaré con quien me plazca, tía March, y puede legar su dinero a quien guste
―dijo.
―
¡Santo cielo! ¿Así tomas mi consejo, señorita? Ya lo sentirás cuando hayas
experimentado el amor en una cabaña y descubras el fracaso.
―No
puede salir peor en cabaña de lo que sale en algunas casas grandes ―respondió
Meg.
La
tía March se caló los anteojos y miró a la chica, porque no la reconocía de
este humor nuevo. La misma Meg apenas se reconocía, ni se explicaba cómo se
sentía tan valiente e independiente, tan feliz al defender a John y sostener su
derecho de amarlo, si quería. La tía March notó que había dado un paso en
falso, y, después de un rato, cambió de táctica diciendo con tanta suavidad
como pudo:
―Vamos,
Meg, hija mía, sé razonable, y acepta mi consejo. Lo hago por tu bien, porque
no deseo que estropees toda tu vida por un error inicial. Debes casarte bien y
ayudar a tu familia.
―Mis
padres no piensan así; les gusta John aunque sea pobre.
―Hija
mía, tu papá y tu mamá no tienen más conocimiento de la vida que dos recién
nacidos.
―Me
alegro ―gritó Meg valerosamente.
La
tía March no hizo caso de esta observación y continuó con su sermón:
―Brooke
es pobre y no tiene parientes ricos, ¿verdad?
―No;
pero tiene muchos amigos sinceros.
―No
se puede vivir de los amigos; inténtalo y verás a dónde llega su sinceridad.
¿No tiene algún negocio?
―Todavía
no; el señor Laurence va a ayudarlo.
―Eso
no durará mucho; James Laurence es un viejo atravesado con quien no hay que
contar, De modo que vas a casarte con un hombre sin dinero, sin posición o
negocio, y vas a continuar trabajando más duramente que ahora, cuando podrías
vivir holgadamente haciéndome caso y obrando con más prudencia. Creí que tenías
más sentido común, Meg.
―
¡No podría casarme mejor aunque esperara la mitad de mi vida!
John
es bueno y prudente; tiene mucho talento; quiere trabajar y es seguro que
prosperará. Todos lo quieren y respetan; estoy orgullosa de pensar que me
quiere, aunque soy tan pobre, joven y tonta ―dijo Meg, embellecida por el ardor
con que hablaba.
―¿Sabe
que tienes parientes ricos, niña? Sospecho que ese es el secreto de su amor.
―Tía
March, ¿cómo se atreve a decir tales cosas? John es incapaz de tal conducta, y
no la escucharé un minuto más si habla así ―gritó Meg con indignación,
olvidándolo todo ante la injusticia de las sospechas de su tía ―. Mi John no se
casaría por dinero, como yo tampoco. Estamos dispuestos a trabajar y pensamos
esperar. No tengo miedo de ser pobre, porque hasta aquí he sido feliz y sé que
lo seré con él, porque me ama y yo... ― Al llegar aquí Meg se detuvo
acordándose de repente que no se había decidido; que había dicho a “su John”
que se fuese, y que él podría estar oyendo sus inconsecuentes observaciones.
La
tía March estaba enojadísima porque había acariciado la ambición de que su
hermosa sobrina se casara bien, y algo en la cara alegre y joven de la chica la
entristeció.
―¡Bueno,
me lavo las manos de todo el asunto! Eres una niña terca y has perdido más de
lo que imagina! por esta locura. No, no me detengo; me he llevado un chasco
contigo y no estoy con ánimo de ver a tu padre. No esperes nada de mí cuando te
cases; los amigos de tu señor Brooke tendrán que ocuparse de ti. Todo ha
terminado entre nosotras para siempre.
Y
dando a Meg con la puerta en las narices, la tía March se fue en su coche con
un humor de perros. Meg permaneció un momento sin saber si reír o llorar. Antes
de que pudiera decidirlo, el señor Brooke se apoderó de ella, diciéndole de un
tirón:
―No
pude evitar oírte, Meg. Te agradezco la defensa que hiciste de mí, y agradezco
a la tía March por haber probado que me quieres un poquito.
―No
supe cuánto hasta que ella te insultó ―dijo Meg.
―Y
no necesito irme, sino que puedo quedarme y ser feliz, ¿no es verdad, querida
mía?
Aquí
se presentaba otra ocasión excelente para hacer el discurso abrumador y la
salida majestuosa, pero Meg no pensó en tal cosa y se rebajó para siempre a los
ojos de Jo, murmurando humildemente: "Sí, John", y escondiendo la
cara en el chaleco del señor Brooke.
Quince
minutos después de la salida de la tía March, Jo bajó en silencio, la escalera,
se detuvo un minuto en la puerta de la sala y al no oír ningún sonido dentro,
meneó la cabeza, y sonrió satisfecha, diciendo para sí: “Te ha despedido, como
habíamos arreglado, y ese asunto está terminado. Voy a oír la historia y a
reírme bien.” Pero la pobre Jo no se rió, porque lo que vio desde la puerta la
dejó paralizada y boquiabierta. Cuando esperaba triunfar sobre un enemigo
vencido y alabar a una hermana enérgica por haberse librado de un novio
indeseable, fue un choque tremendo ver al mencionado enemigo tranquilamente
sentado en el sofá, con la hermana enérgica pegadita a su lado, con el aspecto
de la más completa sumisión. Jo se estremeció como si le hubiera caído un
chorro de agua fría.
Al
extraño sonido se volvieron y la vieron. Meg se levantó, pareciendo a la vez
orgullosa y tímida; pero "ese hombre", como Jo lo llamaba, tuvo la
osadía de reír y decir tranquilamente, tomando la mano de la recién llegada:
―Hermana
Jo, felicítanos, Esto era añadir un insulto a la injuria; era demasiado; y
haciendo un movimiento brusco con las manos, Jo desapareció sin decir una
palabra. Al subir la escalera asustó a los enfermos, exclamando trágicamente:
―
¡Que alguien baje pronto! ¡John Brooke se porta horriblemente y a Meg le gusta!
Los
padres salieron rápidamente, y echándose sobre la cama, Jo sollozó y se lamentó
desesperadamente al contar la terrible noticia a Beth y Amy, Pero las niñas
estaban encantadas con el interesante acontecimiento, y Jo recibió poco
consuelo de ellas, por lo cual se fue a su refugio de la boardilla y confió sus
penas a los ratones.
La
campana sonó para el té antes de que Brooke hubiese acabado de describir el
paraíso que se proponía crear para Meg, y la condujo con mucho orgullo a la
mesa, pareciendo ambos tan felices, que Jo no pudo tener celos o estar triste.
Amy estaba muy impresionada por la devoción de John y la dignidad de Meg. Beth
les sonreía de lejos, mientras los padres miraban a la joven pareja con tan
tierna satisfacción, que era evidente que la tía March tenía razón al decir que
"ellos no tenían más conocimiento de la vida que dos recién nacidos".
Nadie comió mucho, pero todos estuvieron muy alegres, y la vieja sala pareció
iluminarse de una manera asombrosa al empezar en ella el primer episodio
romántico de la familia.
―No
dirás que nunca pasa nada agradable ―dijo Amy.
―Seguro
que no lo digo. ¡Cuántas cosas sucedieron desde que lo dije!
―¡Parece
que hace un año! ―susurró Meg.
―Esta
vez las alegrías siguen de cerca a las tristezas y creo que los cambios han
comenzado ―dijo la señora March ―. En la mayoría de las familias, aparece de
vez en cuando un año fecundo en acontecimientos.
―Espero
que el año próximo terminará mejor ―murmuró Jo, que encontraba muy difícil ver
a Meg absorta con un extraño en su misma casa.
―Espero
que el tercer año después de éste terminará mejor; me propongo que así sea si
vivo para realizar mis proyectos ―dijo el señor Brooke, sonriendo a Meg, como
si todo ahora fuera posible para él.
―¿No
les parece mucho tiempo para esperar? ―preguntó Amy, que tenía prisa por ver la
boda.
―Tanto
tengo que aprender antes de estar preparada, que me parece muy poco tiempo ―
espondió Meg con tal dulce gravedad, como no se viera antes en su cara.
―Tú
no tienes más que hacer que esperar. Yo soy quien ha de trabajar ―dijo John,
comenzando por recoger la servilleta de Meg con una expresión que hizo a Jo
sacudir la cabeza y decirse a sí misma, con aire aliviado, al oír sonar la
puerta principal.
―Ahí
está Laurie; ahora podremos conversar razonablemente.
Pero
Jo se llevó un chasco, porque Laurie entró saltando de alegría, con un gran
ramo de flores para "la señora de John Brooke", y evidentemente
ilusionado con la idea de que todo se había arreglado por su buena
intervención.
―Sabía
que Brooke triunfaría; cuando decide que una cosa se realice, se realiza ―dijo
Laurie, cuando hubo presentado su obsequio y sus felicitaciones.
―Muchas
gracias por esa recomendación. Lo tomo como buen presagio del futuro, y desde
este mismo momento te invito a mi boda ―respondió el señor Brooke, que se
sentía en paz con todos, aun con su travieso discípulo.
―Asistiré,
aunque tenga que venir del fin del mundo, porque para ver la cara de Jo en esa
ocasión valdrá la pena el viaje. No pareces muy alegre; ¿qué te pasa? ―preguntó
Laurie, siguiéndola a un rincón de la sala, donde todos habían ido a recibir al
señor Laurence.
―No
apruebo la boda, pero he decidido soportarla y no diré nada en contra ―dijo Jo
―. No puedes comprender lo duro que es para mí renunciar a Meg.
―No
renuncias a ella. Solamente vas a medias con él.
―Nunca
puede ser lo mismo. He perdido a mi amiga más querida ―suspiró Jo.
―De
todas maneras, me tienes a mí. No valgo mucho, ya lo sé; pero te seré fiel toda
mi vida; te doy mi palabra.
―Sé
que lo serás y te estoy muy agradecida. Siempre eres un gran consuelo para mí,
Teddy ― espondió Jo.
―Bueno,
ahora no estés triste, sé un buen camarada. Todo está bien, ya lo ves. Meg es
feliz; Brooke se apresurará a establecerse inmediatamente; mi abuelo lo
ayudará, y ¡qué alegre será ver a Meg en su propia casita! Después que ella se
vaya, pasaremos días magníficos, porque yo terminaré pronto mis estudios, y
entonces iremos al extranjero.
¿No
te consolaría eso?
―
¡Vaya si me consolaría! Pero quién sabe lo que sucederá dentro de tres años
―dijo Jo pensativamente.
―
¡Es verdad! ¿No te gustaría poder echar una mirada al porvenir y ver dónde
estaremos entonces? A mí sí.
―Creo
que no, porque podría ver algo triste y todos parecen tan felices ahora que no
podrá mejorarse mucho.
Los
ojos de Jo recorrieron lentamente la sala con expresión feliz, porque la escena
era muy agradable.
Los
padres estaban sentados juntos, rememorando el primer, capítulo de su novela,
que comenzara unos veinte años atrás. Amy dibujaba a los novios, sentados
aparte, en el mundo encantador de sus sueños.
Beth
estaba echada en el sofá, hablando alegremente con su anciano amigo, que tenía
una manecita entre las suyas, como si pensara que poseía el poder de guiarlo
por las sendas tranquilas que ella seguía. Jo descansaba en su silla baja
favorita, con la expresión grave y tranquila que concordaba tan bien con ella,
y Laurie, apoyándose en el respaldo de la silla, con su barba a nivel de la
cabeza rizada de su amiga, sonreía con su modo más amistoso, y le hacía señas
con la cabeza en el espejo que los reflejaba a ambos.
FIN


Publicar un comentario