© Libro N°. 3039. Muerte En La Vicaria. Christie, Agatha. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Muerte En La Vicaria. Agatha Christie
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MUERTE EN LA VICARIA
Agatha Christie
GUIA
DEL LECTOR
En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación
los principales personajes que intervienen en esta obra:
ARCHER: Vieja mujer dedicada a hacer faenas de limpieza en
distintas casas del pueblo.
ARCHER: Cazador furtivo, varias veces condenado; hijo de la
anterior.
CLEMENT (Leonard): Vicario en el pueblo de St. Mary Mead.
Protagonista de esta novela.
CLEMENT (Griselda): Esposa del vicario; hermosa mujer, mucho más
joven que su marido.
CRAM (Gladys): Secretaria del arqueólogo Stone.
DENNIS: Joven sobrino de los Clement.
HARTNELL (Amanda): Mujer simpática y alegre, acostumbrada visita
de Griselda.
HAYDOCK: Inteligente médico de St. Mary Mead.
HAWES: Coadjutor del vicario citado.
HILL (Mary): Torpe sirviente de los Clement.
HURST: Agente de policía del repetido pueblo.
LESTRANGE (Estelle): Agradable mujer que se supone viuda de un
misionero.
MANNING: Chofer de la familia Protheroe.
MARPLE (Jane): Vieja solterona, mujer sagaz, entrometida y
dinámica, que juega papel muy importante en la novela.
MELCHETT: Coronel, jefe de policía del condado.
PROTHEROE (Anne): Hermosa y joven mujer, segunda esposa del
coronel Protheroe.
PROTHEROE (Lettice): Una linda muchacha, educada a la moderna,
hija del citado coronel y de la primera esposa de éste.
PROTHEROE (Lucius): Coronel, magistrado, de carácter
cascarrabias y enérgico. Implacable en la ejecución de la Ley.
REDDING (Lawrence): Pintor joven y muy atractivo por su
simpatía.
REEVES: Mayordomo del señor Protheroe.
RIDLEY (Marta Price): Una viuda, avecindada en St. Mary Mead y
fisgona en demasía.
SLACK: Inspector de policía de Much Benham.
STONE: Estudioso arqueólogo, de paso en St. Mary Mead.
WEST (Raymond): Notable escritor, sobrino de la señorita Marple.
WETHERBY (Carolina): Otra vieja chismosa, vecina del repetido
pueblo, lugar de la acción de la novela.
CAPITULO PRIMERO
Es difícil saber exactamente dónde empieza esta historia, pero
he elegido cierto miércoles, a la hora de la comida, en la Vicaría. La
conversación, aunque no relacionada fundamentalmente con el asunto que nos
ocupa, presentó uno o dos sugestivos incidentes, que influyeron más tarde en
los acontecimientos.
Acababa de trinchar unos pedazos de carne de buey, bastante dura
por cierto, cuando, al volver a sentarme, observé con un espíritu que mal
cuadraba a mi hábito que quien asesinara al coronel Protheroe prestaría un buen
servicio a la humanidad.
—Esas palabras pesarán contra usted cuando me encuentre al
coronel bañado en sangre —repuso inmediatamente mi joven sobrino Dennis—. Mary
declarará, ¿verdad, Mary?, y descubrirá la forma vengativa en que usted blandió
el cuchillo de trinchar mientras las pronunciaba.
Mary, que consideraba su servicio en la vicaría sólo como un
primer paso hacia cosas mejores y sueldos más elevados, se limitó a contestar:
«¡Narices!», y puso delante de Dennis un plato rajado, en forma algo
truculenta.
—¿Se ha vuelto muy difícil, acaso? —se limitó a preguntar mi
esposa con simpatía.
No contesté inmediatamente, pues Mary me ofreció una fuente con
verduras cuyo aspecto no resultaba muy apetitoso.
—No, gracias —dije.
Dejó la fuente en la mesa y se retiró.
—Es lástima que yo sea tan mal ama de casa —dijo mi esposa con
un dejo de pena en la voz.
Me sentí inclinado a asentir. Mi esposa se llama Griselda,
nombre muy apropiado para la compañera de un pastor. Pero ahí termina la
adecuación. Nada tiene de humilde o sumisa.
Siempre he sustentado la opinión de que los clérigos debieran
permanecer solteros. Todavía no comprendo por qué pedí a Griselda que se casara
conmigo, después de veinticuatro años de conocernos. Sólo se debe uno casar
después de larga meditación, siendo la comunidad de gustos e inclinaciones
detalle de suma importancia.
Mi esposa es casi veinte años más joven que yo, ciertamente
hermosa, totalmente incapaz de tomar cosa alguna en serio y absolutamente
incompetente, requiriéndose mucha paciencia para convivir con ella. He tratado
en vano de darle una formación espiritual. Ahora estoy más convencido que nunca
de que el celibato es el estado perfecto para el clérigo. Se lo he insinuado a
Griselda repetidas veces, pero mis palabras únicamente la han hecho sonreír.
—Si por lo menos trataras de tener algún cuidado, querida —le
dije, mirando la fuente de verdura.
—Ya lo hago algunas veces —repuso—. Sin embargo, creo que las
cosas empeoran cuando me ocupo de ellas. Evidentemente, no he nacido para ama
de casa. Me parece mejor dejar que Mary se encargue de todo y me resigno a
sufrir incomodidades y a ingerir comidas aborrecibles.
—¿No has pensado en tu esposo, querida? —repliqué en tono de
reproche. Siguiendo el ejemplo del diablo al citar las Escrituras para sus
fines propios, añadí—: «Ella se preocupa de su casa...»
—Imagina cuan afortunado eres al no ser entregado a la voracidad
de los leones —me interrumpió Griselda precipitadamente—. O quemado en la
hoguera. La mala comida, el polvo o las moscas, ¿qué son en comparación?
Hablemos del coronel Protheroe. Los primeros cristianos tuvieron la suerte de
no tener que soportar a tipos como él.
—Es un viejo bruto y engolado —comentó Dennis—. No es extraño
que su primera esposa le abandonara.
—La pobre no pudo hacer nada mejor —dijo mi esposa.
—No te permito que hables de esa forma, Griselda —observé
secamente.
—Querido —repuso ella con voz cariñosa—. Háblame de él. ¿Qué
sucede? ¿Es algo relacionado acaso con el continuo persignarse de mister Hawes,
y los gestos que hace tan insistentemente entremezclados con sus palabras?
Hawes es nuestro coadjutor. Hace solamente tres semanas que está
con nosotros. Profesa los puntos de vista de la Alta Iglesia y ayuna los
viernes. El coronel Protheroe se opone a toda clase de ritos.
—No, esta vez, no; aunque habló también de ello. Todo el
embrollo se produjo a causa del dichoso billete de una libra esterlina de
mistress Price Ridley.
Mistress Price Ridley es un devoto miembro de mi congregación.
Asistió al primer servicio religioso el día del aniversario de la muerte de su
hijo y depositó un billete de una libra en la bandeja de las limosnas. Más
tarde, al leer la relación de la colecta, se dolió al ver que el billete mayor
era uno de diez chelines. Se quejó de ello a mí y yo observé, muy
razonablemente, que debió haberse equivocado.
—Ya no somos jóvenes como éramos —le dije con tacto— y los años
no pasan en vano.
Me extrañó que mis palabras sólo sirvieran para irritarla más.
Dijo que aquello le parecía muy extraño y que se asombraba de que yo no
compartiese su opinión. Se alejó sin saludarme, y supongo que se iría con sus
quejas a Protheroe. El coronel es un hombre que se deleita buscándole tres pies
al gato y esta vez no dejó de hacerlo. Siento que lo hiciera en miércoles, pues
dicho día doy clase por la mañana en la Escuela Parroquial, lo que me causa un
agudo nerviosismo y fuerte cansancio.
—Debe de ser su manera de divertirse —repuso mi esposa con tono
de imparcialidad—. Nadie acude a él llamándole «querido vicario», ni borda
horribles zapatillas para regalárselas, ni le obsequia con calcetines de lana
en Navidad. Tanto su esposa como su hija están de él hasta la coronilla.
Supongo que debe sentirse feliz haciéndose el importante cuando puede.
—Pero no por ello ha de ofender a los demás —argüí con calor—.
No creo que se diera cuenta de lo que sus palabras implicaron. Quiere repasar
todas las cuentas de la iglesia «por si ha habido algún desfalco», según dijo,
empleando estas mismas palabras. ¡Desfalco! ¿Cree, acaso, que yo distraigo los
fondos de la iglesia?
—Nadie sería capaz de pensar tal cosa de ti, querido —contestó
Griselda—. Estás tan por encima de toda sospecha que ello mismo te daría una
gran oportunidad. Quisiera que te apropiaras de los fondos de la S.P.G. Odio a
los misioneros.
Me disponía a reprocharle esas palabras, pero en aquel momento
entró Mary con un parcialmente cocido budín de arroz. Intenté protestar, pero
Griselda dijo que los japoneses siempre comen el arroz medio crudo, sacando
como consecuencia que a ello es debida su prodigiosa inteligencia.
—Me atrevo a decir —prosiguió— que si todos los días de la
semana comieras budín como éste, los domingos predicarías unos maravillosos
sermones.
—¡Dios no lo quiera! —exclamé, temblando ante la idea de que tal
cosa pudiera suceder—. Protheroe vendrá mañana por la tarde y repasaremos las
cuentas juntos —seguí diciendo—. Debo preparar mi charla para la Agrupación de
Caballeros de la Iglesia de Inglaterra. ¿Qué vas a hacer esta tarde, Griselda?
—Mi deber —repuso—. Mi deber como esposa del vicario. Té y
murmuración a las cuatro y media.
—¿Quiénes vienen?
Griselda los fue contando con los dedos, con cara de inocencia.
—Mistress Price Ridley, miss Wetherby, miss Hartnell y esa
terrible miss Marple.
—Me gusta miss Marple —dije—. Por lo menos, tiene sentido del
humor.
—Es la peor murmuradora del pueblo —replicó Griselda—. Sabe
siempre, hasta el último detalle, cuanto ocurre y siempre piensa mal.
Como he dicho, Griselda es mucho más joven que yo. A mi edad uno
sabe que lo peor es generalmente verdad.
—No cuentes conmigo —dijo Dennis.
—¡Bestia! —exclamó Griselda.
—Todo lo que quieras, pero los Protheroe me invitaron a jugar al
tenis.
—¡Bestia! —exclamó de nuevo Griselda.
Dennis se batió prudentemente en retirada y mi esposa y yo nos
dirigimos a mi gabinete.
—No sé de quién hablaremos durante el té —dijo Griselda,
sentándose ante mi escritorio—. Del doctor Stone y de miss Cram, supongo, y
quizá también de mistress Lestrange. A propósito, ayer fui a su casa y había
salido. Sí, estoy segura de que mistress Lestrange será buena comidilla para el
té. ¡Es tan misteriosa! Se presenta, alquila una casa, apenas si sale alguna
vez. ¿No te parece? Le hace a uno pensar en las novelas policíacas. Ya sabes:
¿Quién era la mujer misteriosa, de hermoso y pálido rostro? ¿Cuál era su
pasado? Nadie lo sabía. Había algo ligeramente siniestro en ella. Creo que el
doctor Haydock sabe algo aunque no lo diga.
—Lees demasiadas historias de detectives —observé.
—¿Y tú? —replicó—. El otro día, mientras estabas aquí preparando
tu sermón, busqué en todas partes La Mancha en la Escalera. Por fin entré y te
pregunté si habías visto el libro, y, ¿qué encontré?
Tuve la debilidad de sonrojarme.
—Lo cogí al azar. Una frase me llamó la atención y...
—Ya conozco esas frases —repuso Griselda, hablando en forma
afectada—. Y entonces sucedió algo muy curioso: Griselda se levantó, cruzó la
habitación y besó afectuosamente a su esposo.
Se levantó, vino hacia mí y me dio un beso.
—¿Es algo muy curioso? —pregunté.
—Claro que sí —dijo Griselda—. ¿Te das cuenta, Len, de que
hubiera podido casarme con un ministro, un barón, un rico industrial, tres
subalternos y un pillastre de modales encantadores, pero que te preferí a
ellos? ¿No te asombró mi elección?
—Ciertamente, sí —-repuse—. Muchas veces me he preguntado por
qué lo hiciste.
Griselda rió.
—Me sentí poderosa —murmuró—. Todos ellos pensaban simplemente
que yo era maravillosa y, naturalmente, les hubiera sido muy agradable el
conquistarme. Pero yo soy todo aquello que más te disgusta y desapruebas y pese
a ello no pudiste resistirme. Mi vanidad se sintió halagada. ¡Es tan agradable
ser un pecado secreto y delicioso para alguien! Te hago sufrir con mis
inconveniencias y te excito constantemente, y sin embargo, me adoras con
locura. ¿Verdad que me adoras con locura?
—Te amo, naturalmente, querida.
—¡Oh Len! ¡Me adoras! ¿Te acuerdas de aquel día que me quedé en
Londres y te mandé un telegrama que jamás recibiste porque la hermana de la
esposa del telegrafista tuvo gemelos y se le olvidó transmitirlo? Te pusiste
muy nervioso, telefoneaste a Scotland Yard y armaste un considerable revuelo.
Hay cosas que uno no gusta le sean recordadas. Realmente, me
porté en forma algo tonta en aquella ocasión.
—Si no te importa, querida —dije—, quisiera seguir con la
preparación de mi charla.
Griselda lanzó un suspiro de irritación, me alborotó el cabello,
lo volvió a alisar y dijo:
—No mereces que te quiera. Realmente, no lo mereces. Tendré un
amorío con el artista. Sí, lo tendré. Y piensa en el escándalo que se
producirá.
—Ya hay bastante en este momento —repuse quedamente.
Griselda rió y me dio un beso.
CAPITULO II
Griselda es una mujer muy irritante, al levantarme de la mesa yo
me sentía en magnífica disposición para preparar una impresionante charla para
la Agrupación de Caballeros de la Iglesia de Inglaterra. Cuando ella salió del
gabinete me sentía inquieto y nervioso.
Precisamente cuando me disponía a empezar el trabajo Lettice
Protheroe se dejó caer por mi despacho.
Empleo la expresión «se dejó caer» a propósito. He leído novelas
en las cuales la gente joven es descrita como rebosante de energía y joie de
vivre, la magnífica vitalidad de la juventud. Pero todos los jóvenes a quienes
conozco tienen el aire inconfundible de espectros amables.
Lettice tenía un especial aspecto fantasmal aquella tarde. Es
una muchacha hermosa, muy alta y rubia. Entró por la puerta ventana, se quitó
con aire ausente la boina amarilla y dijo, como sorprendida:
—¡Oh! ¿Es usted?
Hay un sendero que, partiendo de Old Hall, cruza los bosques y
sale junto a la verja de nuestro jardín, por lo que la mayor parte de la gente,
en lugar de dar la vuelta por la carretera y entrar por la puerta principal,
salta la valla y penetra en la casa por la puerta ventana. No me sorprendió que
Lettice hiciera su aparición de esta manera, pero sí me chocó algo su actitud.
Se dejó caer en uno de los grandes butacones y se atusó el
cabello, mirando al techo.
—¿Está Dennis por aquí?
—No le he visto desde después de comer. Tengo entendido que iba
a tu casa a jugar al tenis.
—¡Oh! —dijo Lettice—. Espero que no haya ido. No encontrará a
nadie.
—Dijo que tú le habías invitado.
—Creo que lo hice. Sólo que eso fue el viernes y hoy es martes.
—Miércoles —observé.
—¡Qué terrible! —repuso Lettice—. Eso quiere decir que por
tercera vez me he olvidado de ir a comer a casa de alguien.
Afortunadamente, aquello no pareció preocuparle mucho.
—¿Está Griselda?
—Creo que la encontrarás en el estudio del jardín posando para
Lawrence Redding.
—Ha habido considerable barullo a causa de él —dijo Lettice—.
Con papá, ¿sabe usted? Papá es terrible.
—¿Qué sucedió? —pregunté.
—Papá averiguó que él me estaba retratando. ¿Por qué no puedo
ser retratada en traje de baño? ¿Por qué no he de poder hacerme un retrato así?
Lettice hizo una pausa y después prosiguió:
—Es verdaderamente absurdo que papá le haya prohibido volver a
casa. Naturalmente, Lawrence y yo nos reímos de ello. Vendré aquí y seguirá
pintando mi retrato.
—No, querida —repuse—. No puede ser, puesto que tu padre lo
prohíbe y tú tienes la obligación de obedecerle.
—¡Qué pena! —dijo Lettice con un suspiro—. Todo el mundo es la
mar de aburrido. Me siento verdaderamente cansada de todo. Si tuviera dinero,
desaparecería, pero debo quedarme porque no tengo ni un penique. Si papá
quisiera portarse decentemente y morirse, todo se arreglaría.
—No debes decir tales cosas, Lettice.
—Pues si no quiere que yo desee su muerte, no ha de ser tan
mezquino con el dinero. No me extraña que mamá lo abandonase. Durante años he
creído que había muerto, ¿con qué clase de hombre se fugó? ¿Era alguien
simpático?
—Sucedió antes de que tu padre se estableciera aquí.
—Me pregunto qué habrá sido de ella. Supongo que Anne no tardará
en tener amoríos con alguien. Anne me odia. Se porta decentemente, pero me
odia. Se está volviendo vieja y no le gusta.
Me pregunté si Lettice intentaba permanecer toda la tarde en mi
gabinete.
—¿Ha visto usted mis discos de gramófono? —preguntó.
—No.
—¡Qué pena! Los dejé olvidados en alguna parte. He perdido el
perro y tampoco sé dónde está mi reloj de pulsera, aunque no importa, porque
está estropeado. ¡Tengo tanto sueño! No sé por qué, puesto que me he levantado
a las once. La vida es muy aburrida, ¿no cree usted? Tengo que irme. A las tres
he de ir a ver la tumba del doctor Stone.
Eché una ojeada al reloj y anuncié que faltaban veinte minutos
para las cuatro.
—¿De veras? ¡Qué terrible! No sé si me habrán esperado o si
habrán ido sin mí. Creo que será mejor que vaya y haga algo acerca de ello.
Se levantó y se alejó murmurando por encima del hombro:
—Se lo dirá a Dennis, ¿verdad?
—Sí —repuse mecánicamente, dándome cuenta demasiado tarde de que
ignoraba qué debía decir a Dennis, aunque con toda probabilidad sería algo sin
importancia.
Me puse a pensar en el doctor Stone, un conocido arqueólogo, que
hacía poco tiempo se hospedaba en el Blue Boar, y supervisaba la excavación de
una tumba situada en unas propiedades del coronel Protheroe. Se habían
producido varias disputas entre él y el coronel. Me divirtió que se hubiera
ofrecido a llevar a Lettice a ver las excavaciones.
Se me ocurrió que Lettice Protheroe era una muchacha bastante
atrevida. Me pregunté cómo armonizaría con miss Cram, la secretaria del
arqueólogo. Miss Cram es una mujer de aspecto agradable, de veinticinco años de
edad, de maneras ruidosas y magníficos colores, que posee un excelente espíritu
y una boca que parece contener un exceso de dientes.
La opinión del pueblo está dividida respecto a ella. Algunas
personas creen que no es mejor de lo que debiera ser y otros aseguran que es
una mujer de virtud de hierro, que se ha propuesto convertirse en la señora de
Stone a la primera oportunidad. Es a la vez completamente distinta de Lettice.
—No me costó trabajo imaginar que las cosas no debían marchar
bien en Old Hall. El coronel Protheroe contrajo nuevos nupcias unos cinco años
atrás. La segunda mistress Protheroe era una mujer notablemente hermosa en un
estilo extraño. Siempre pensé que las relaciones entre ella y su hijastra no
eran muy cordiales.
Volví a ser interrumpido. Esta vez se trataba de mi coadjutor
Hawes. Quería conocer los detalles de mi conversación con Protheroe. Le dije
que el coronel deploraba sus «tendencias romanas», pero que el verdadero motivo
de su visita era completamente distinto. Aproveché la oportunidad para decirle
que debía someterse completamente a mis disposiciones. Recibió mis
observaciones bastante bien.
Cuando hubo partido sentí algunos remordimientos por no
apreciarle más. Esos irracionales aprecios y desprecios que uno siente por la
gente no son propios de un buen cristiano.
Observé que las manecillas del reloj de mi escritorio señalaban
las cinco menos cuarto, clara indicación de que eran las cuatro y media, y me
dirigí, con un suspiro, al salón.
Cuatro de los miembros de mi parroquia se encontraban allí, con
sendas tazas de té en la mano. Griselda estaba sentada detrás de la mesita,
tratando de parecer natural, pero, por el contrario, no podía ofrecer mayor
contraste con su pretendido estado de ánimo.
Saludé a las invitadas y tomé asiento entre miss Marple y miss
Wetherby.
Miss Marple era una mujer de avanzada edad y cabello
completamente blanco, de maneras muy agradables. Miss Wetherby es la más
peligrosa de ambas.
—Estábamos hablando del doctor Stone y miss Cram —dijo Griselda
con voz melosa.
«A miss Cram le importa un pepino», hubiese dicho Dennis. Estuve
tentado de repetir aquéllas palabras, pero afortunadamente, me contuve.
—Ninguna muchacha decente lo haría —observó secamente miss
Wetherby, apretando los labios con desaprobación.
—¿Qué es lo que no haría? —pregunté.
—Ser secretaria de un hombre soltero —repuso miss Wetherby,
horrorizada.
—¡Oh querida! —exclamó miss Marple—. Yo creo que los casados son
peores. Acuérdate de la pobre Mollie Carter.
—Los hombres casados y separados de sus esposas, naturalmente
—apostilló miss Wetherby.
—E incluso algunos de los que viven con sus esposas —murmuró
miss Marple—. Recuerdo que...
Interrumpí tan desagradables reminiscencias.
—Pero en estos días una muchacha puede trabajar de la misma
manera que lo hacen los hombres —dije.
—¿Y venir al campo y alojarse en el mismo hotel que el jefe?
—observó mistress Price Ridley con voz severa.
—Y todos los dormitorios están en el mismo piso —susurró mis Wetherby
a miss Marple.
Cambiaron miradas de inteligencia. Miss Hartnell, mujer alegre y
muy temida por los pobres, observó con voz fuerte:
—Ese pobre hombre morderá el anzuelo sin darse cuenta. Es tan
inocente como un niño aún no nacido.
Es curioso observar las frases que empleamos. Ninguna de las
señoras allí presentes se hubieran atrevido a hablar de un verdadero niño hasta
que estuviera ya en la cama, visible para todos.
—Es desagradable —prosiguió miss Hartnell, con su habitual falta
de tacto—. Ese hombre debe de tener por lo menos veinticinco años más que ella.
Tres voces femeninas se alzaron inmediatamente haciendo
observaciones fuera de lugar acerca del paseo de los muchachos del coro, el
desagradable incidente en la última reunión de madres de familia y las
corrientes de aire en la iglesia. Miss Marple guiñó un ojo a Griselda.
—¿No creen ustedes —dijo mi esposa— que miss Cram puede sólo
pensar en su trabajo y no ver en el doctor Stone sino a su jefe?
Se produjo un silencio. Se veía claramente que ninguna de las
cuatro señoras estaba de acuerdo con aquellas palabras. Miss Marple quebró el
silencio, golpeando amistosamente a Griselda en el brazo.
—Es usted muy joven, querida —repuso—. La juventud es muy
inocente.
Griselda se indignó y dijo que no era inocente.
—Desde luego —observó miss Marple, sin hacer caso de la
protesta—, usted siempre piensa lo mejor de las personas.
—¿Cree usted realmente que ella quiere casarse con ese hombre
calvo y aburrido?
—Tengo entendido que goza de muy buena posición —repuso miss
Marple—. Temo que su carácter sea algo violento. Hace pocos días tuvo un
disgusto bastante serio con el coronel Protheroe.
Todas prestaron intensa atención.
—El coronel Protheroe le dijo que era un ignorante.
—Es muy absurdo y muy propio del coronel —dijo mistress Price
Ridley.
—Es ciertamente propio del coronel Protheroe, pero no sé si será
realmente absurdo —observó miss Marple—. Recuerden a aquella mujer que vino
diciendo que pertenecía a la Beneficencia y que después de recoger bastante
dinero desapareció sin que jamás hayamos vuelto a saber de ella ni de su
beneficencia. Siempre nos sentimos inclinadas a confiar en las personas y a
creer que son realmente lo que dicen ser.
Jamás me hubiera atrevido a pensar en miss Marple como en una
persona confiada.
—Creo que ha sucedido algo con ese joven artista mister Redding
¿no es verdad? —preguntó miss Wetherby.
Miss Marple asintió.
—El coronel Protheroe le echó de su casa. Parece que estaba
pintando a Lettice en traje de baño.
—¡Qué sensación!
—Siempre pensé que había algo entre ellos —aseguró mistress
Price Ridley—. Ese muchacho no deja de rondar por allí. Lástima que ella no
tenga madre. Las madrastras no se preocupan como las propias madres.
—Me atrevo a decir que mistress Protheroe hace cuanto puede
—dijo miss Hartnell.
—Las muchachas son tan astutas —deploró mistress Price Ridley.
—Es muy romántico, ¿verdad? —dijo miss Wetherby—. Él es un joven
muy guapo.
—Pero disoluto —repuso miss Hartnell—. Tiene que serlo. ¡Un
artista! ¡París! ¡Modelos!
—No es muy propio retratarla en traje de baño —observó mistress
Price Ridley.
—También a mí me está retratando —dijo Griselda.
—Pero no en traje de baño, querida —repuso miss Marple.
—Pudiera ser algo peor —dijo Griselda con solemnidad.
—¡Picarona! —exclamó miss Hartnell, bromeando.
Todas parecieron ligeramente sorprendidas.
—¿Le habló Lettice de lo sucedido? —me preguntó miss Marple.
—¿A mí?
—Sí. La vi pasar por el jardín y entrar por la puerta ventana
del gabinete.
Miss Marple siempre lo ve todo. Cuidar del jardín es un buen
pretexto tras el que ampararse, y también la costumbre de observar a los
pájaros con unos prismáticos.
—Sí, algo de ello mencionó —admití.
—Mister Hawes parecía preocupado —dijo miss Marple—. Espero que
no haya estado trabajando demasiado.
—¡Oh! —exclamó miss Wetherby, excitada—. Se me había olvidado
por completo. Tengo algunas noticias que comunicarles. Vi al doctor Haydock
salir de casa de mistress Lestrange.
Se miraron unas a otras.
—Quizás está enferma —dijo mistress Price Ridley.
—Debe de tratarse de una enfermedad súbita —repuso miss
Hartnell—, pues la vi paseando por el jardín a las tres de la tarde y parecía
estar gozando de perfecta salud.
—Acaso ella y el doctor Haydock sean viejos amigos —observó
mistress Price Ridley—. Nunca habla de ello.
—Es curioso —dijo mis Wetherby— que jamás lo haya mencionado.
—En realidad... —empezó a decir Griselda en voz baja y
misteriosa, callando súbitamente.
Todas se inclinaron hacia ella.
—Yo sé la verdad —prosiguió Griselda en tono afectado—. Su
esposo era misionero. Es una historia terrible. Se lo comieron. Tal como suena:
se lo comieron. Ella fue obligada a convertirse en la esposa del jefe de
caníbales. El doctor Haydock formaba parte de la expedición que la rescató.
Por un momento el ambiente fue tan tenso que hubiera podido
cortarse con un cuchillo, pero miss Marple habló con una sonrisa que
dulcificaba su reproche.
—¡Picarona! —dijo dándole unos golpecitos de desaprobación en el
brazo—. No debe usted decir estas cosas. La gente puede creerlas.
El humor parlanchín de las señoras se enfrió. Dos de ellas se
levantaron para marcharse.
—Me pregunto si realmente habrá algo entre el joven Lawrence
Redding y Lettice Protheroe —observó miss Wetherby—. Ciertamente lo parece.
¿Qué cree usted, miss Marple?
—No lo creo. No con Lettice. Acaso con otra persona.
—Pero el coronel Protheroe debe haber pensado...
—Siempre me ha parecido un hombre más bien estúpido —repuso miss
Marple—. Es de la clase de hombres a quienes se les mete una idea equivocada en
la cabeza y se aferran a ella. ¿Recuerdan ustedes a Joe Brucknell, que fue
propietario del Blue Boar? Se habló mucho de que el joven Bailey tenía amoríos
con su hija, cuando en realidad era con su desvergonzada esposa.
Miraba francamente a Griselda al hablar y yo me sentí invadido
por la ira.
—¿No cree usted, miss Marple —dije—, que somos dados a soltar
demasiado nuestras lenguas? La caridad jamás piensa mal. La murmuración puede
causar daños irreparables.
—Querido vicario —repuso miss Marple—, ha corrido usted muy poco
mundo. Temo que al observar a la naturaleza humana tanto tiempo como yo, llegue
uno a esperar muy poco de ella. Cierto es que la murmuración puede ser algo
equívoco y malo, pero a menudo no está reñida con la verdad, ¿no cree usted?
Estas palabras dieron en el blanco.
CAPÍTULO III
—Gata desagradable —dijo Griselda apenas la puerta se hubo
cerrado. Hizo una mueca en dirección al camino que habían tomado las
visitantes, me miró y rió.
—¿Sospechas realmente, Len, que tengo un amorío con Lawrence
Redding?
—Claro que no, querida.
—Pero pensaste que miss Marple lo estaba insinuando y te alzaste
galantemente en mi defensa, como... como un tigre irritado.
Por un momento me sentí intranquilo. Un clérigo de la iglesia de
Inglaterra no debiera ponerse jamás en situación que pudiese ser descrita como
propia de un tigre irritado. Confío en que Griselda exageraba.
—Sentí que no podía dejar pasar la ocasión sin protestar —dije—.
Pero quisiera que fueses más cuidadosa con tus palabras.
—¿Te refieres a la historia de los caníbales? —preguntó—. ¿O fue
quizá la sugestión de que Lawrence me pintaba al desnudo? Si supiera que poso
llevando una gran capa con un alto cuello de pieles que no deja al descubierto
el menor pedazo de piel... En realidad, es algo maravillosamente puro. Lawrence
jamás intenta hacerme el amor. No sé por qué será.
—Seguramente, como eres una mujer casada...
—No te hagas el tonto, Len. Sabes muy bien que una mujer joven y
guapa, con un marido bastante mayor que ella, es un regalo caído del cielo para
un hombre joven. Debe haber alguna otra razón. No dejo de ser atractiva...
—No querrás, seguramente, que te haga el amor, ¿verdad?
—N-n-no —dijo Griselda, con mayor vacilación que la que creí
necesaria.
—Si está enamorado de Lettice Protheroe...
—Miss Marple no pareció creer que lo estuviera.
—Puede estar equivocada.
—Jamás se equivoca. Esa gata vieja siempre tiene razón
—permaneció en silencio durante un momento y luego se volvió hacia mí,
mirándome de reojo—. Me crees, ¿no es verdad? Quiero decir, que nada hay entre
Lawrence y yo.
—Mi querida Griselda —repuse sorprendido—, desde luego, te creo.
Mi esposa vino hacia mí y me besó.
—Quisiera que no fueras tan fácil de engañar, Len. Estás siempre
dispuesto a creer cuanto te digan.
—Es natural que así sea. Pero, querida, te ruego que tengas
cuidado con lo que hablas. Esas mujeres tienen muy poco sentido del humor y lo
toman todo en serio.
—Necesitan cierta inmoralidad en sus vidas —repuso Griselda—.
Entonces no estarían tan ocupadas buscándola en la vida de los demás.
Tras estas palabras salió de la habitación. Miré el reloj y me
apresuré a hacer algunas visitas que hubiera debido efectuar antes.
El servicio vespertino del miércoles estaba muy poco concurrido,
como de costumbre, pero cuando salí de la iglesia, después de quitarme los
ornamentos, sólo vi una señora que estaba contemplando uno de los vitrales, de
los que hay algunos magníficos en el templo, digno de ser visitado. Se volvió
al acercarme y vi que era mistress Lestrange. Ambos parecimos vacilar durante
un momento.
—Espero que le agrade nuestra pequeña iglesia —dije.
—Estaba admirando ese hermoso vitral.
Su voz era agradable y baja, pero muy clara y de pronunciación
precisa.
—Siento no haber asistido ayer al té de su esposa —añadió.
Hablamos durante unos minutos más. Era, evidentemente, una mujer
culta, que conocía bien la historia de la Iglesia y la arquitectura. Salimos y
caminamos juntos por la carretera, pues uno de los caminos que conducen a la
vicaría pasan por delante de su casa. Cuando llegamos a la verja dijo
placenteramente:
—¿No quiere usted entrar y darme su opinión de lo que he hecho?
Acepté la invitación. Aquella casa —«Little Gates»— había
pertenecido anteriormente a un coronel angloindio. No pude menos que sentirme
aliviado cuando observé la desaparición de las mesas de latón y los ídolos
birmanos. Mistress Lestrange la había amueblado con gusto exquisito y daba una
sensación de armonía y tranquilidad.
Sin embargo, me preguntaba qué había llevado a mistress
Lestrange a St. Mary Mead. Se veía claramente que era una mujer de mundo, lo
que hacía aún más extraño que hubiera venido a enterrarse en un pueblo como el
nuestro.
A la brillante luz de su salita tuve la primera oportunidad de
observarla de cerca.
Era una mujer muy alta. Su cabello era dorado, con un ligero
tinte rojizo, y sus cejas y pestañas oscuras, ignoro si natural o
artificialmente. Si, como pensé, estaba maquillada, lo estaba en tal forma que
parecía natural. Había en su cara algo que recordaba a la Esfinge, y poseía los
más curiosos ojos que jamás haya visto; eran casi dorados.
Sus vestidos eran elegantes y tenia la facilidad de movimientos
propia de una mujer bien educada, pero, sin embargo, había en ella algo
incongruente y extraño. Uno sentía que ella era un misterio. Se me ocurrió la
palabra que Griselda había usado: siniestra. Era absurdo, naturalmente, pero,
¿sería acaso tan absurdo...? Un pensamiento cruzó por mi mente: «Esta mujer no
se detendría ante nada.»
Nuestra conversación versó sobre temas completamente naturales:
cuadros, libros, iglesias antiguas. Sin embargo, tuve la impresión de que había
algo más, algo de naturaleza muy distinta, que mistress Lestrange quería
decirme.
La sorprendí una o dos veces mirándose con vacilación, como si
fuera incapaz de decidirse. Observé que mantuvo la conversación sobre temas
completamente impersonales; no dijo si era casada ni habló de amigos o
parientes.
Pero sus ojos parecían decir: «¿Debo hablar? Quiero hacerlo. ¿No
puede usted ayudarme?»
Comprendí poco después que deseaba que la dejara sola. Me
levanté y me despedí. Cuando salía de la habitación volví la cabeza y la vi
mirándome con expresión dudosa y vacilante. Un impulso me hizo volver atrás.
—Si hay algo que pueda hacer por usted...
—Es usted muy amable —repuso ella, vacilando.
Ambos permanecimos en silencio.
—Es algo muy difícil —dijo finalmente—. No, no creo que nadie
pueda ayudarme. Pero muchas gracias por su ofrecimiento.
Salí intrigado de aquella casa. En St. Mary Mead no estamos
acostumbrados a los misterios. Tanto es así que cuando crucé la puerta del
jardín alguien se abalanzó sobre mí. Miss Hartnell lo hace todo impetuosamente.
—¡Le he visto! —exclamó—. ¡Me sentí tan excitada! Ahora podrá
usted contárnoslo todo.
—¿Todo?
—Sí. Acerca de esa misteriosa señora. ¿Es viuda o casada?
—Realmente, no lo sé. No me lo dijo.
—¡Qué raro! Es extraño que no hay mencionado algo casualmente.
Parece como si tuviera alguna razón para no hablar, ¿no lo cree usted así?
—En realidad, supongo que no.
—Como la querida miss Marple dice, es usted muy poco mundano,
querido vicario. ¿Hace tiempo que conoce al doctor Haydock?
—No le mencionó y, por lo tanto, lo ignoro.
—¿De qué hablaron ustedes, pues?
—De pintura, música, libros...
Miss Hartnell, cuyos únicos tópicos de conversación son los
puramente personales, pareció no creerme. Aprovechándome de su momentánea
vacilación sobre la forma en que proseguiría su interrogatorio, le deseé las
buenas noches y me alejé caminando rápidamente.
Visité una casa en el pueblo y regresé a la vicaría por la
puerta de la verja, pasando, al hacerlo, por el punto de peligro que constituía
el jardín de miss Marple. Sin embargo, pensé que las noticias de mi visita a la
casa de mistress Lestrange no habían podido llegar aún hasta allí y me sentí
razonablemente seguro.
Al cerrar el portillo se me ocurrió ir hasta el cobertizo del
jardín que el joven Lawrence Redding utilizaba como estudio para ver los
progresos hechos en el retrato de Griselda.
Adjunto un plano, que podrá ser útil en vista de lo que más
tarde sucedió, en el que solamente constan los detalles necesarios.
Ignoraba que hubiera alguien en el estudio. No oí voces que me
indicaran lo contrario y supongo que la hierba amortiguó el ruido de mis
pisadas.
Abrí la puerta y me detuve asombrado en el umbral. Había dos
personas en el estudio y los brazos del hombre rodeaban a la mujer, mientras la
besaba apasionadamente.
Eran el artista, Lawrence Redding, y mistress Protheroe.
Volví sobre mis pasos precipitadamente y me refugié en mi
gabinete. Tomé asiento en una silla, saqué la pipa y medité. Aquel
descubrimiento fue una gran sorpresa para mí, especialmente a raíz de la
conversación con Lettice aquella tarde, cuando tuve la impresión de que había
algo entre ella y el joven. Además, estaba convencido de que también ella lo
creía así. Tuve la seguridad de que ignoraba los sentimientos del artista para
con su madrastra.
Era un asunto muy desagradable. Rendí a regañadientes un tributo
a miss Marple. Ella no se había engañado y evidentemente sospechaba la
verdadera naturaleza de las cosas. Interpreté mal su mirada a Griselda.
Jamás se me hubiera ocurrido mezclar a mistress Protheroe en
algo parecido. Era una mujer de quien uno no sería nunca capaz de sospechar.
En este punto de mis meditaciones me encontraba cuando un
golpecito en los cristales de la puerta ventana me sobresaltó. Mistress
Protheroe estaba de pie junto a ella. Abrí y entró sin esperar a que la
invitara a hacerlo. Cruzó rápidamente el gabinete y se dejó caer en el sofá.
Me pareció como si jamás la hubiera visto con anterioridad. La
mujer dueña de sus sentimientos que yo conocía había dejado de existir y en su
lugar se encontraba una criatura desesperada, de respiración afanosa. Pero por
primera vez me di cuenta de que Anne era hermosa.
Tenía el cabello castaño y la tez pálida, y ojos grises y
profundos. Estaba como si una estatua hubiese súbitamente cobrado vida. No pude
menos que parpadear ante la transformación.
—Creí que sería mejor venir —dijo—. ¿Vio... vio usted...?
Asentí con la cabeza.
—Nos amamos —agregó quedamente.
No pudo evitar que una sonrisa le asomara a los labios. Era la
sonrisa de una mujer que ve algo muy hermoso y maravilloso.
Permanecí callado.
—Supongo que usted lo juzgará mal —sugirió.
—¿Cuál cree usted que puede ser mi opinión, mistress Protheroe?
—Claro... Comprendo.
Hablé tratando de que mi voz fuera lo más suave posible.
—Usted es una mujer casada.
Me interrumpió.
—¡Oh, ya lo sé, ya lo sé! ¿Cree usted que no lo he pensado mil
veces? No soy mala; no lo soy. Las cosas no son como... como pudiera usted
creer.
—Me complace oírselo decir —afirmé gravemente.
—¿Se lo dirá a mi esposo? —preguntó con temor en la voz.
—Parece existir la absurda idea de que un clérigo no puede
portarse como un caballero —repuse secamente.
Me miró agradecida.
—¡Soy tan desgraciada! ¡Soy tan terriblemente desgraciada! No
puedo seguir así, no puedo. Y no sé qué hacer —su voz tenía un tono algo
histérico—. Usted no sabe cómo es mi vida. He sido desgraciada con Lucius desde
el principio. Ninguna mujer puede ser feliz con él. Quisiera verle muerto... Es
horrible, pero ciertamente lo quisiera. Estoy desesperada.
Se sobresaltó y miró hacia la puerta ventana.
—¿Qué ha sido eso? Me parece haber oído a alguien? Quizá sea
Lawrence.
La puerta ventana no estaba cerrada, como yo creía. Salí y pasé
la mirada por el jardín, pero no vi a nadie. Sin embargo, estaba casi
convencido de haber también oído algo.
Cuando volví a entrar en la habitación, la señora Protheroe
estaba inclinada hacia delante, con la cabeza agachada. Era el vivo retrato de
la desesperación.
—No sé qué hacer —repitió—. No sé qué hacer.
Me senté a su lado y le dije aquello que mi deber me obligaba a
decir, tratando de hacerlo con la necesaria convicción, consciente, mientras
hablaba, de que aquella misma mañana había expresado mi opinión de que el mundo
sería mejor si el coronel Protheroe afortunadamente no se encontrara en él.
Le supliqué que no obrara impulsivamente. Abandonar su hogar y
su esposo era un paso de suprema gravedad.
No creo que la convenciera. He vivido lo suficiente para saber
que es virtualmente imposible obligar a razonar a una persona enamorada, pero
creo que mis palabras le dieron cierto consuelo.
Cuando se levantó para marcharse, me dio las gracias y me
prometió pensar en lo que había dicho.
Sin embargo, cuando se marchó me sentí muy inquieto. Me reproché
no haber sabido conocer mejor a Anne Protheroe. Me quedaba de ella la impresión
de una mujer muy desesperada, incapaz de contenerse, una vez sus sentimientos
habían sido excitados. Y estaba desesperada, salvaje y locamente enamorada de
Lawrence Redding, un hombre mucho más joven que ella.
CAPITULO IV
Había olvidado completamente que Lawrence Redding estaba
invitado a cenar con nosotros. Me quedé muy sorprendido cuando Griselda entró
en el gabinete, avisándome que sólo faltaban dos minutos para sentarnos a la
mesa.
—Espero que todo esté bien —dijo Griselda mientras yo subía las
escaleras—. He meditado acerca de lo que me dijiste durante la comida y he
pensado en algunas cosas muy agradables para la cena.
Puedo decir de paso que nuestra cena sobrepasó ampliamente la
afirmación de Griselda de que las cosas iban mucho peor cuando se ocupaba de
ellas. La minuta era de concepción ambiciosa y Mary pareció haberse propuesto
dejar algunos platos crudos y otros excesivamente cocidos. Ni siquiera pudimos
gozar de unas ostras encargadas por Griselda, pues en toda la casa no se
encontró nada con que abrirlas, averiguándose la imposibilidad en el momento de
sentarnos a la mesa.
Llegué a dudar de si Lawrence Redding comparecería. No le sería
difícil encontrar una excusa para justificar su ausencia.
Llegó, sin embargo, puntualmente, y los cuatro nos dirigimos al
comedor.
Lawrence Redding posee una personalidad innegablemente
atractiva. Debe de tener unos treinta años de edad. Su cabello es oscuro, pero
sus ojos son de un azul que asombra por su brillo. Es de la clase de hombres
que todo lo hacen bien. Conoce muchos juegos, tira magníficamente, es un buen
actor aficionado y sabe contar con agrado una historia. Creo que por sus venas
corre sangre irlandesa.
En mi opinión es un pintor inteligente, aunque mis conocimientos
artísticos son limitados.
Era natural que esa noche en particular apareciera algo
distrait, pero se comportó admirablemente, y no creo que Griselda o Dennis
notaran algo raro en él. Posiblemente ni yo mismo lo hubiera observado de no
haber conocido el caso con anterioridad.
Griselda y Dennis estaban muy alegres y contaron diversas
anécdotas acerca del doctor Stone y de miss Cram, que constituían el escándalo
local. Súbitamente me di cuenta, apenado, de que la edad de Dennis está mas
cercana a la de Griselda que la mía. Se dirige a nosotros en distinta forma; yo
soy el tío Len, pero ella es simplemente Griselda. Ese pensamiento me
entristeció algo.
Griselda y Dennis fueron demasiado lejos con sus historias, pero
no tuve ánimos para intervenir y para poner orden. Siempre me ha parecido
desagradable que la simple presencia de un clérigo pueda hacer comportarse a
las personas de una forma no natural en ellas.
Lawrence tomó parte animadamente en la conversación. Sin
embargo, me di cuenta de que sus ojos se dirigían a mí en varias ocasiones y no
me sentí sorprendido cuando, después de cenar, se las compuso para llevarme a
mi gabinete.
Sus maneras cambiaron tan pronto estuvimos a solas. Su rostro se
ensombreció. Parecía casi anonadado.
—Sorprendió usted nuestro secreto, señor —dijo—. ¿Qué piensa
hacer?
Pude hablar con mayor claridad a Redding que a mistress
Protheroe, y lo hice. Encajó muy bien mis palabras.
—Desde luego —dijo, cuando hube terminado—, es natural que diga
usted tales cosas. Usted es sacerdote. Mis palabras no encierran sentido
ofensivo alguno. En realidad, creo que probablemente tiene usted razón. Pero lo
que existe entre Anne y yo es distinto a los demás.
Repuse que la gente venía afirmando tal cosa desde el amanecer
en los tiempos, y una sonrisa apareció en sus labios.
—¿Quiere usted decir que todos creen que su caso es único? Quizá
sea así, pero hay algo distinto que debe usted creer.
Me aseguró que hasta aquel momento «nada malo había sucedido».
Afirmó que Anne era la mujer más fiel y leal que jamás conociera. Sin embargo,
ignoraba lo que podría suceder.
—Si se tratara de una novela —añadió tristemente— el viejo
moriría y todos nos sentiríamos felices.
Le reproché sus palabras.
—No quiero decir que le clavaría un cuchillo en la espalda,
aunque estoy dispuesto a agradecérselo fervientemente a quien lo hiciese. Nadie
en el mundo puede sinceramente hablar bien de él. Me extraña que la primera
mistress Protheroe no lo matase. La conocí hace algunos años y me pareció una
de esas peligrosas mujeres que jamás pierden la calma. Él anda siempre metiendo
las narices donde no le importa, buscando continuos embrollos, peor que el
diablo, y con un terrible carácter. No puede usted imaginarse cuánto debe
soportar Anne. Si yo tuviera dinero me la llevaría inmediatamente.
Entonces le hablé con vehemencia. Le supliqué que se alejara de
St. Mary Mead. Permaneciendo en el pueblo sólo contribuiría a hacer a mistress
Protheroe más desgraciada aún. La gente hablaría y las murmuraciones llegarían
a oídos del coronel Protheroe. La única persona que habría de sufrir por ello
sería mistress Protheroe.
Lawrence protestó.
—Usted es el único que está enterado de ello.
—Mi querido amigo, usted no conoce el instinto detectivesco de
la gente del pueblo. En St. Mary Mead todo el mundo está en el secreto de los
más íntimos asuntos de su prójimo. No existe en Inglaterra detective alguno tan
sagaz como una solterona de edad indefinida, sin nada que hacer durante todo el
día.
Admitió que esto era verdad, pero que todos creían que estaba
enamorado de Lettice.
—¿No se le ha ocurrido que la propia Lettice puede también
pensarlo?
Pareció bastante sorprendido ante esta idea. Afirmó que Lettice
no se preocupaba en lo más mínimo de él, y que no estaba enamorado de Lettice.
—Es una muchacha extraña —dijo—. Parece estar siempre
ensimismada, pero creo que realmente es una muchacha muy práctica. Creo que su
vaguedad no es si no algo fingido. Lettice sabe muy bien lo que hace. Hay en
ella algo extrañamente vengativo. Es curioso que odie a Anne. Sencillamente, la
aborrece, a pesar de que Anne ha sido un perfecto ángel para ella.
Naturalmente, no acepté implícitamente sus palabras. Para un
hombre enamorado, la mujer de sus sueños es siempre un ángel. Sin embargo, en
cuanto yo había podido observar, Anne siempre se había portado bondadosa y
cariñosamente con su hijastra. Aquella misma tarde, el tono amargo de las
palabras de Lettice me había sorprendido.
Tuvimos que cambiar de tema, pues en aquel momento Griselda y
Dennis entraron en el gabinete, diciendo que no era justo que mantuviera
recluido a Lawrence como si fuera un viejo.
—¡Cómo me gustaría que sucediera algo! —exclamó Griselda,
dejándose caer en el sofá—. Un asesinato, un robo por lo menos.
—No creo que haya por aquí mucho que robar —dijo Lawrence,
intentando adoptar un tono ligero como el de Griselda—, a menos que hurtemos la
dentadura postiza de miss Hartnell.
—Hace un ruido verdaderamente desagradable —admitió Griselda—.
Está usted equivocado al decir que no hay nada que valga la pena robar. En Old
Hall hay una maravillosa colección de plata antigua. Creo que vale muchos miles
de libras esterlinas.
—El viejo probablemente dispararía con su antiguo revólver de
reglamento contra quien intentara llevársela —intervino Dennis—. Es la clase de
cosa que a buen seguro más le divertiría.
—Primero entraríamos armados y le pondríamos manos arriba —dijo
Griselda—. ¿Quién tiene una pistola?
—Yo tengo un «Mauser» —repuso Lawrence.
—¡Qué excitante! —exclamó Griselda—. ¿De dónde lo ha sacado?
—Es un recuerdo de guerra —contestó Lawrence.
—El viejo Protheroe estaba mostrando la plata a Stone hoy
—afirmó Dennis—. El viejo Stone hacía como si realmente se sintiera muy
interesado.
—Creí que se habían disgustado por lo de la tumba —murmuró
Griselda.
—Ya han hecho las paces —afirmó Dennis—. No comprendo por qué la
gente debe enfadarse por una tumba.
—Ese Stone me intriga —observó Lawrence—. Creo que debe de ser
muy olvidadizo. En algunos momentos, cualquiera juraría que no sabe nada de su
profesión.
—Eso es el amor —dijo Dennis—, «Gladys Cram, dulzura, es usted
una ricura. Sus dientes blancos me encantan. Vuele hacia mí y hágame feliz. Y
en la posada, en una noche tranquila...»
—Basta ya, Dennis —le interrumpí.
—Debo irme ya —dijo Lawrence Redding—. Muchas gracias por la muy
agradable velada, mistress Clement.
Griselda y Dennis le acompañaron hasta la puerta. Dennis regresó
solo al gabinete. Algo sucedió que le había contrariado. Paseaba por la
habitación con el ceño fruncido dando puntapiés a los muebles.
Nuestro mobiliario está en bastante mal estado y es difícil
causarle daño adicional, pero me sentí inclinado a protestar.
—Lo siento —dijo Dennis.
Permaneció en silencio durante un momento.
—¡La murmuración es muy desagradable! —exclamó con lentitud.
Me sentí sorprendido. Dennis no acostumbraba a tomar tal
actitud.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—No sé si debiera decírselo.
Mi asombro aumentaba por momento.
—Es muy desagradable —repitió— ir por ahí diciendo cosas. Pero
ni siquiera las dicen, sino que las insinúan. ¡No, maldita sea! ¡oh, perdón! No
se lo diré. Es demasiado desagradable.
Le miré fijamente, pero no insistí. Es poco propio de Dennis
tomar las cosas a pecho.
Griselda entró entonces.
—Miss Wetherby acaba de llamar por teléfono —dijo—. Mistress
Lestrange salió a las ocho y cuarto y aún no ha vuelto a su casa. Nadie sabe
dónde ha ido.
—¿Por qué deberían saberlo?
—No ha ido a casa del doctor Haydock. Miss Wetherby lo sabe,
pues telefoneó a miss Hartnell, cuya casa está junto a la del doctor y que
ciertamente la hubiera visto.
—Constituye para mí un misterio indescifrable saber cuándo come
la gente en este pueblo —dijo—. Deben tomar sus comidas de pie junto a la
ventana, para no dejar ni por un solo momento de observar lo que sucede en la
calle.
—Y eso no es todo —prosiguió Griselda, divertida—. Han hecho
averiguaciones acerca del Blue Boar. El doctor Stone y miss Cram ocupan
habitaciones vecinas, pero —agitó la mano con el dedo índice extendido—, ¡no
hay puerta de comunicación entre ambas!
—Eso debe haber constituido una sorpresa muy desagradable para
algunas personas.
Griselda estalló en una carcajada.
2
El jueves empezó mal. Dos de las señoras de mi parroquia
decidieron pelearse a causa de los adornos de la iglesia. Fui llamado para
poner paz entre ellas. Se trataba de dos señoras de mediana edad, cada una de
las cuales temblaba de ira. De no haber sido algo tan doloroso, hubiera
constituido un interesante fenómeno físico.
Después tuve que regañar a dos de nuestros monaguillos por su
persistencia en chupar caramelos durante los servicios religiosos, y tuve la
impresión de que no me ocupaba de ello en la forma debida.
Más tarde, nuestro organista, que es muy sensible, se sintió
ofendido por algo y hubo que calmarle.
Cuatro de mis pobres feligreses se rebelaron abiertamente contra
miss Hartnell, que, ciega de ira, vino a contármelo.
Me dirigía a casa cuando encontré al coronel Protheroe. Estaba
magnífico de humor, pues acababa de condenar a penas de cárcel a tres cazadores
furtivos.
—¡Hay que ser estricto! —exclamó casi a gritos. Era ligeramente
sordo y levantaba la voz como suele hacerlo la gente que sufre tal defecto—.
Firmeza es lo que se necesita hoy. Se me dice que ese pillo de Archer, que
salió en libertad ayer, jura que se vengará de mí. Los hombres amenazados viven
mucho tiempo, dice el refrán. La próxima vez que le sorprenda cazando mis
faisanes le enseñaré cuánto me preocupa su venganza. ¡Se procede hoy con
demasiada lasitud! Creo que la gente debe arrostrar las consecuencias de sus
actos. Siempre se me pide que tenga lástima de las esposas e hijos de los
acusados. ¡Es una tontería! ¿Por qué debe un hombre escapar a las consecuencias
de lo que ha hecho, simplemente a causa de estar casado y tener hijos? Quien
infringe la Ley, sea médico, abogado, clérigo, cazador furtivo o un borracho
haragán, debe ser castigado por ello. Estoy seguro de que usted es de mi misma
opinión, ¿no es verdad?
—Olvida usted que existe algo más sublime —repuse—. La piedad.
—Yo soy un hombre justo —replicó—. Nadie puede negarlo.
No contesté.
—¿Por qué no responde usted? Me gustaría saber lo que piensa
—dijo.
Vacilé un instante, pero finalmente decidí hablar.
—Estaba pensando que cuando mi hora llegue sentiría no poder
alegar en mi favor sino que he procedido siempre con justicia, porque entonces
sería medido con la misma vara.
—¡Bah! Necesitamos un poco más de cristiandad militante. Creo
haber siempre cumplido con mi deber. Bien, no hablemos más de ello. Esta tarde
pasaré por la vicaría. Vendré a las seis y cuarto en lugar de las seis, si no
le importa. Debo ver a alguien en el pueblo.
—A esa hora me conviene perfectamente.
Agitó el bastón y siguió su camino. Al dar la vuelta, vi a
Hawes. Me pareció que tenía aspecto enfermizo aquella mañana. Tenía la
intención de regañarle suavemente por varias pequeñas cosas, pero al ver su
cara creí que aquel hombre estaba verdaderamente enfermo.
Se lo dije, pero él lo negó, aunque no con mucha vehemencia.
Finalmente admitió que no se encontraba muy bien y pareció aceptar mi consejo
de que se metiera en la cama.
Comí rápidamente y salí para hacer algunas visitas. Griselda
había ido a Londres.
Regresé alrededor de las cuatro menos cuarto con la intención de
trazar el boceto de mi sermón para el próximo domingo, pero Mary me dijo que
Redding me esperaba en el gabinete.
Paseaba agitadamente arriba y abajo de la habitación, con
aspecto preocupado. Estaba pálido y parecía deshecho.
Se volvió cuando entré.
—He pensado en lo que usted me dijo anoche, señor. No he podido
dormir a causa de ello. Tiene usted razón. Debo cortar por lo sano y alejarme
de aquí.
—Mi querido muchacho... —repuse.
—Estaba usted en lo cierto en cuanto a Anne. Sólo la haré más
desgraciada quedándome. Es..., es demasiado buena. Comprendo que debo
marcharme.
—Creo que ha tomado usted la mejor decisión —repuse—. No ignoro
que es dolorosa, pero es lo mejor que puede hacer.
Vi que pensaba que mis palabras eran muy fáciles de decir por
quien no hubiera de sufrir las consecuencias de su acto.
—¿Querrá usted cuidar de Anne? Necesita un amigo.
—Tenga la seguridad de que haré por ella cuanto pueda.
—Gracias, señor —me estrechó la mano—. Es usted una buena
persona. Esta tarde me despediré de ella y después seguramente prepare mi
equipaje para partir mañana. De nada servirá prolongar la agonía. Muchas
gracias por haberme permitido utilizar el cobertizo como estudio. Siento no
haber podido acabar el retrato de mistress Clement.
—No se preocupe por ello, amigo mío. Adiós y que Dios le
bendiga.
Cuando hubo salido, traté de dedicarme a mi sermón, pero no
podía dejar de pensar en Lawrence y Anne Protheroe.
Tomé una taza de un bastante desagradable té, frío y negro, y a
las cinco y media sonó el teléfono. Se me informó que mister Abbot, de «Lower
Garm», estaba muriendo, y se me pidió que acudiera a su lado sin demora.
Inmediatamente llamé a Old Hall, pues «Lower Farm» se hallaba casi a dos millas
de distancia, y no me sería posible estar de regreso a las seis y cuarto. Jamás
he podido aprender a montar en bicicleta. Me contestaron que el coronel
Protheroe acaba de salir en el coche, y me marché diciendo a Mary que salía a
causa de una llamada y que estaría de regreso hacia las seis y media.
CAPITULO V
Eran cerca de las siete cuando me acercaba de regreso a la
puerta de la verja de la vicaría. Antes de llegar a ella se abrió y Lawrence
Redding salió. Se detuvo en seco al verme y su aspecto me llamó la atención.
Parecía a punto de volverse loco. Sus ojos miraban de una manera extraña estaba
terriblemente pálido y todo su cuerpo temblaba.
Por un instante pensé que debía haber estado bebiendo, pero
deseché la idea.
—¡Hola! —dije—. ¿Venía usted a verme? Siento haber tenido que
salir. Acompáñeme. Debo ver a Protheroe para tratar acerca de algunas cuentas,
pero creo que no emplearemos mucho tiempo en ello.
—Protheroe —dijo, echándose a reír—. ¿Protheroe? ¿Debe ver a
Protheroe? ¡Ya lo verá! ¡Oh, Dios mío!
Le miré asombrado, e instintivamente alargué una mano hacia él.
Se echó rápidamente a un lado.
—¡No! —casi gritó—. Debo alejarme de aquí para pensar. Debo
pensar. Debo pensar.
Echó a correr y de pronto lo perdí de vista en la carretera que
conduce al pueblo. No pude evitar volver a pensar que había bebido.
Finalmente meneé la cabeza y me dirigí a la vicaría. La puerta
delantera está siempre abierta, pero, a pesar de ello, pulsé el timbre. Mary
apareció secándose las manos en el delantal.
—Por fin ha regresado usted —observó.
—¿Ha venido el coronel Protheroe? —pregunté.
—Espera en el gabinete. Llegó a las seis y cuarto.
—¿Ha estado aquí también mister Redding?
—Vino hace unos minutos y preguntó por usted. Le dije que no
tardaría en regresar y que el coronel Protheroe estaba aguardando en el
gabinete. Entonces dijo que también le esperaría. Debe de estar allí en el
despacho.
—No, no está —dije—. Acabo de encontrarle en la calle.
—No le oí salir. Entonces no habrá esperado más de dos minutos.
La señora no ha regresado de la ciudad.
Asentí con aire ausente. Mary volvió a la cocina y yo me dirigí
al gabinete y abrí la puerta.
Después de la penumbra del pasillo, el sol de la tarde que
entraba por la puerta ventana me hizo parpadear. Di uno o dos pasos por la
habitación y me detuve repentinamente.
Durante un instante me fue imposible comprender el significado
de lo que mis ojos vieron.
El coronel Protheroe yacía de bruces sobre mi escritorio, en una
postura horrible. Sobre el tablero había un charco de sangre que goteaba
lentamente al suelo.
Con un esfuerzo crucé la habitación. Su piel estaba fría. La
mano que levanté cayó pesadamente al soltarla. Estaba muerto, con un balazo
atravesándole la cabeza.
Abrí la puerta y llamé a Mary. Le ordené que corriera lo más de
prisa posible a buscar al doctor Haydock, que vive en la esquina de la calle,
diciéndole que había ocurrido un accidente.
Regresé al gabinete, cerré la puerta y aguardé la llegada del
médico. Afortunadamente, Mary le encontró en casa. Haydock es una buena
persona, alto y fuerte, y de facciones nobles.
Enarcó las cejas cuando señalé en silencio a través de la
habitación, pero, como verdadero médico, no mostró señal alguna de emoción. Se
inclinó sobre el cadáver, examinándolo rápidamente. Después se irguió y me
miró.
—¿Qué? —pregunté.
—Está muerto. Murió hace una media hora.
—¿Suicidio?
—No. Además, si se hubiera dado muerte a sí mismo, ¿dónde está
el arma?
Tenía razón. No había señal alguna por allí del arma homicida.
—Será mejor que no toquemos nada —dijo Haydock—. Voy a avisar a
la policía.
Alzó el teléfono. Explicó el caso con el menor número posible de
palabras, colgó y vino hasta el sitio en que yo estaba sentado.
—Es un asunto que a decir verdad, es muy feo. ¿Cómo lo encontró?
Se lo expliqué.
—Es un asunto muy feo —repitió.
—¿Es..., es un asesinato? —pregunté débilmente.
—Así parece. Quiero decir, ¿qué otra cosa puede ser? Es
extraordinario. Me pregunto quién podía estar lo suficientemente resentido con
él para matarle. Naturalmente sé que no gozaba de mucha popularidad, pero eso
no suele ser razón que explique un asesinato.
—Hay otra cosa curiosa —observé—. Esta tarde fui llamado por
teléfono para que acudiera junto a un feligrés moribundo. Cuando llegué a su
casa, se sorprendieron de verme. El supuesto enfermo goza de magnífica salud y
su esposa negó en redondo haberme llamado.
Haydock frunció el ceño.
—Es, efectivamente, muy curioso. Fue una manera sencilla de
quitarle de en medio. ¿Dónde está su esposa?
—Ha ido esta mañana a Londres.
—¿Y la doncella?
—Está en la cocina, al otro extremo de la casa.
—Desde donde, probablemente, no puede oír lo que sucede aquí. Es
un asunto feo —insistió—. ¿Quién sabía que Protheroe vendría a su casa esta
tarde?
—Habló de ello esta mañana en plena calle en el pueblo y, como
de costumbre, lo hizo a gritos.
—Con lo cual todo el mundo se enteró. De todas maneras, se
hubiera sabido. ¿Conoce alguien que estuviese resentido con él?
El rostro desencajado de Lawrence Redding me vino a la mente. El
ruido de unos pasos que se acercaban por el pasillo me evitó contestar.
—La policía —dijo mi amigo, poniéndose de pie.
Nuestras fuerzas policíacas estaban representadas por el agente
Hurst, de aspecto importante, pero ligeramente desconcertado.
—Buenas tardes, caballeros —saludó—. El inspector llegará dentro
de un momento. Entretanto, seguiré sus instrucciones. Tengo entendido que el
coronel Protheroe ha sido encontrado muerto en la vicaría.
Hizo una pausa y miró con fría sospecha, que traté de
contrarrestar con mi aspecto de inocente.
—Nada debe ser tocado hasta que llegue el inspector —dijo,
dirigiéndose hacia el escritorio, con toda premura.
Para conveniencia de mis lectores, adjunto un plano del
gabinete.
Sacó una libreta de apuntes, humedeció la mina del lápiz y nos
miró con aire expectante.
Repetí mi historia acerca de la forma en que encontré al muerto.
Cuando lo hubo anotado, lo que le llevó bastante tiempo, se volvió hacia el
doctor.
—¿Cuál fue, en su opinión, la causa de la muerte, doctor
Haydock?
—Un disparo que le atravesó la cabeza, hecho a corta distancia.
—¿Y el arma?
—No puedo hablar de ella con seguridad hasta que extraigamos la
bala, pero me atrevo a decir que se trata de una pistola de calibre pequeño,
posiblemente una «Mauser» del 25.
Me sobresalté, recordando nuestra conversación de la noche
anterior, y la declaración de Lawrence Redding. El agente de policía trasladó a
mí su fría mirada.
—¿Dijo usted algo, señor?
Negué con la cabeza. Las sospechas que yo pudiera albergar no
eran sino simples suposiciones y, por tanto, debía guardarlas para mí.
—¿Cuándo, según su opinión, ocurrió el crimen?
El doctor vaciló antes de contestar.
—Lleva muerto poco más de media hora, según me parece. Desde
luego, no más tiempo.
Hurst se volvió hacia mí.
—¿Oyó algo la cocinera?
—Creo que no —repuse—, pero será mejor que se lo pregunte usted
a ella.
En aquel momento llegó el inspector Slack, procedente de Much
Benham, a dos millas de Saint Mary Mead.
Cuanto puedo decir acerca del inspector Slack es que jamás
hombre alguno trató tan firmemente de contradecir su apellido. Es un hombre
cetrino, nervioso y enérgico, con ojos oscuros que todo lo examinan. Sus
modales son rudos y extremadamente molestos.
Contestó a nuestro saludo con una ligera inclinación de cabeza,
se apoderó de la libreta de apuntes de su subordinado, cambió con él unas
palabras en voz baja y después se acercó al cadáver.
—Supongo que lo habrán revuelto todo —dijo.
—Nada he tocado —contesto Haydock.
—Lo mismo puedo decirle —afirmé.
El inspector examinó detenidamente los objetos que había en el
escritorio y el charco de sangre.
—¡Ah! —dijo con tono triunfal—. He aquí lo que necesitamos. El
reloj rodó cuando él cayó. Sabemos cuándo se cometió el crimen. Las seis y
veintidós minutos. ¿A qué hora dijo usted que había ocurrido la muerte, doctor?
—Dije una media hora, pero...
El inspector consultó su propio reloj.
—Las siete y cinco. Hace unos diez minutos que me llegó la
noticia, a las siete menos cinco. El cuerpo fue hallado alrededor de las seis
menos cuarto. Tengo entendido que fue usted llamado en seguida. Digamos que
examinó el cadáver a las siete menos diez. ¡Magnífico! Esto nos da la hora
exacta casi al segundo.
—No puedo garantizar absolutamente la hora precisa —dijo
Haydock—. Mi opinión no es sino aproximada.
—Pero es suficiente, señor, es suficiente.
Traté de decir algo.
—Acerca del reloj...
—Excúseme, señor, pero ya le preguntaré lo que quiera saber.
Tenemos poco tiempo. Necesito silencio absoluto.
—Sí, pero me gustaría decirle...
—Silencio absoluto —repitió el inspector, mirándome ferozmente.
Enmudecí.
—¿Para qué se habrá sentado aquí? —gruñó—. ¿Acaso quiso escribir
una nota? ¡Hola! ¿Qué es esto de sobre la mesa?
Levantó la mano, en la que sostenía triunfalmente una hoja de
papel. Estaba tan satisfecho de su hallazgo que nos permitió acercarnos a él y
examinarlo.
Era un papel carta con el membrete de la vicaría y estaba
encabezado: «6.20».
«Querido Clement —empezaba—. Siento no poder esperar más tiempo,
pero debo...»
A estas palabras seguía un rasguño producido por la pluma.
—Está claro como el día —dijo alegremente el inspector Slack—.
Se sienta a escribir esta nota, el asesino entra por la puerta ventana y
dispara contra él mientras está escribiendo. ¿Qué más podemos desear?
—Me gustaría decirle... —empecé.
—Tenga la bondad de alejarse algo, señor. Debo ver si hay
huellas de pisadas.
Se agachó y, apoyándose en manos y rodillas, se dirigió hacia la
abierta puerta ventana.
—Creo que debiera usted saber... —dije obstinadamente.
El inspector se levantó y me replicó con firmeza:
—Hablaremos más tarde. Les agradecería, caballeros, que salieran
de esta habitación.
Obedecimos sumisamente.
Parecían haber transcurrido ya varias horas, pero en realidad no
eran sino las siete y cuarto.
—Bien —dijo Haydock—. Ésta es la situación. Cuando ese borrico
orgulloso quiera verme, mándemelo a casa. Adiós.
—La señora ha regresado —anunció Mary, haciendo una breve
aparición. Sus ojos demostraban claramente su excitación—. Llegó hace unos
quince minutos.
Encontré a Griselda en la sala de estar. Parecía asustada y
emocionada al mismo tiempo.
Le conté lo sucedido y ella me escuchó con atención.
—La carta está encabezada a las 6.20 —terminó diciendo—. Y el
reloj señala las 6.22.
—Pero, ¿no le dijiste que ese reloj adelantaba un cuarto de
hora?
—No —contesté—. No tuve oportunidad de hacerlo. No me dejó
hablar.
Griselda estaba francamente asombrada.
—Pero, Len —observó—, eso hace que el caso resulte
extraordinario. Cuando el reloj señalaba las 6.20 eran en realidad las seis y
cinco, y a esa hora no creo que el coronel Protheroe hubiera siquiera llegado
aquí.
CAPÍTULO VI
Estuvimos considerando lo del reloj durante algún tiempo, pero
no pudimos poner nada en claro. Griselda dijo que debería hacer otro esfuerzo
más para contárselo al inspector Slack, pero yo no me sentía muy dispuesto a
ello.
El inspector se había mostrado terrible e innecesariamente
desconsiderado. Yo esperaba el momento en que pudiera comunicárselo,
desconcertándole. Entonces, con suave tono de reproche, le diría:
—Si me hubiera usted escuchado, inspector Slack...
Esperaba que por lo menos me avisaría antes de marcharse, pero
con sorpresa supimos por Mary que se había ido después de cerrar la puerta del
gabinete y ordenar que nadie entrara en la habitación.
Griselda sugirió que ella debería presentarse en Old Hall.
—Anne Protheroe estará muy apesadumbrada. Quizá pueda hacer algo
por ella —dijo.
Aprobé sinceramente el plan y partió hacia allá con
instrucciones de telefonearme si creía que mi presencia podía servir de
consuelo para las señoras.
Seguidamente llamé por teléfono a los profesores de la escuela
dominical, que debían venir a la vicaría a las 7.30, para dar su clase semanal
de preparación. Creí que, en aquellas circunstancias, sería mejor aplazar la
clase.
Dennis fue la primera persona que apareció en escena después de
terminar su partido de tenis. El hecho de que se hubiera cometido un asesinato
en la vicaría parecía producirle gran satisfacción.
—Es curioso vivir en el lugar en que se ha cometido un crimen
—exclamó—. Siempre he deseado encontrarme en parecida situación. ¿Por qué ha
cerrado el gabinete la policía? ¿No podríamos abrirlo con otra llave?
Me negué rotundamente a que tal cosa fuese siquiera intentada y
Dennis debió desistir, aunque de mala gana. Después de sonsacarme cuanto pudo
salió al jardín en busca de huellas, diciendo alegremente que resultaba una
suerte que el muerto fuese el viejo Protheroe, a quien nadie quería.
Su alegría me irritó, pero pensé que quizá yo era demasiado
severo con el muchacho. A su edad, una historia policíaca es lo mejor que
existe en el mundo, y si en lugar de historia se trata de realidad, con un
cadáver en la propia casa, no es de extrañar que Dennis se sintiera en el
séptimo cielo. La muerte tiene poca importancia para un chico de dieciséis
años.
Griselda regresó al cabo de una hora. Había visto a Anne
Protheroe después que el detective le hubo dado la noticia.
Al enterarse de que mistress Protheroe había visto por última
vez a su marido en el pueblo, alrededor de las seis menos cuarto, y que ningún
dato de interés podía facilitarle, el inspector salió de Old Hall, diciendo que
al día siguiente volvería para celebrar una entrevista más larga.
—Fue bastante decente, a su manera —admitió Griselda, a
regañadientes.
—¿Cómo recibió mistress Protheroe la noticia?
—Muy tranquilamente. Conservó su calma acostumbrada.
—No puedo imaginar a Anne Protheroe presa de un ataque de
histerismo —dije.
—Naturalmente, fue un golpe terrible. No costaba mucho trabajo
darse cuenta de ello. Me dio las gracias por mi visita y dijo que apreciaba
mucho mis buenos deseos, pero que no había nada que yo pudiese hacer.
—¿Y Lettice?
—Estaba jugando al tenis y no había regresado a casa todavía.
Se produjo un corto silencio.
—Su actitud era muy extraña, Len; muy extraña, ciertamente —dijo
Griselda.
—La súbita noticia —sugerí.
—Sí, supongo que sí; pero, sin embargo... —Griselda frunció el
ceño, perpleja—. No creo que fuera eso. No parecía tan apesadumbrada como...
como aterrorizada.
—¿Aterrorizada?
—Sí. Trataba de ocultarlo, pero en sus ojos había una mirada
vigilante. Me pregunto si tendrá alguna idea acerca de la identidad del
asesino. Preguntó varias veces si había algún sospechoso.
—¿Lo preguntó? —dije pensativamente.
—Sí. Desde luego, Anne posee un maravilloso autodominio, pero no
era difícil ver que estaba terriblemente trastornada, más de lo que yo hubiera
creído porque, después de todo, no me parece que estuviera muy enamorada de su
esposo. Incluso creo que le detestaba.
—La muerte altera los sentimientos de las personas en algunas
ocasiones —observé.
—Sí, supongo que sí.
Dennis entró satisfecho de sí mismo por haber encontrado la
huella de un pie en uno de los macizos de flores; estaba seguro de que la
policía no la había descubierto y que era la clave del misterio.
Pasé una noche agitada. Dennis entró y salió de la casa varias
veces antes del desayuno, «para estudiar los últimos acontecimientos», según
dijo.
Sin embargo, no fue él sino Mary quien trajo la noticia
sensacional de la mañana.
Nos acabábamos de sentar a la mesa para desayunar cuando entró
en el comedor con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes, dirigiéndose a
nosotros con su acostumbrada falta de ceremonia.
—¿Qué les parece? El panadero me lo acaba de contar. Han
detenido al joven mister Redding.
—¿Arrestado a Lawrence? —exclamó Griselda—. Es imposible. Debe
tratarse de un absurdo error.
—No es ningún error —repuso Mary con exultante satisfacción—. El
propio mister Redding fue a la policía a entregarse. Fue anoche, a última hora.
Entró, arrojó la pistola encima de la mesa y dijo: «Yo lo maté». Así, tal como
suena.
Nos miró afirmando vigorosamente con la cabeza y se retiró,
satisfecha de la sensación que su noticia había causado. Griselda y yo nos
miramos.
—No es verdad —dijo Griselda—. ¡No puede serlo! Tú tampoco crees
que lo sea, Len, ¿no es así? —preguntó, asombradísima ante mi silencio—. Es muy
difícil creerlo.
Me fue difícil contestarle. Permanecí callado, con múltiples
pensamientos cruzándome la mente.
—Debe estar loco —prosiguió Griselda—. Absolutamente loco.
Quizás estaban examinando la pistola juntos y se disparó.
—No creo que sucediera así.
—Pero debe tratarse de un accidente de alguna clase, porque no
existe ni la sombra de un motivo. ¿Qué razón podía Lawrence tener para matar al
coronel Protheroe?
Pude haber dado cumplida respuesta a esa pregunta, pero mi
intención era no descubrir a Anne Protheroe mientras me fuera posible guardar
silencio. Quizás existiera aún la posibilidad de que su nombre no se viera
mezclado en el crimen.
—Recuerda que le encontré al otro lado de la verja y que parecía
loco.
—Sí, pero... ¡Es imposible!
—No olvides el reloj —proseguí—. Esto lo explicaría. Lawrence
debió haberlo retrasado a las 6.20 con la intención de prepararse una coartada.
Observa cómo el inspector Slack cayó en la trampa.
—Estás equivocado, Len. Lawrence sabía que el reloj estaba
adelantado. «Para que el vicario no se retrase», solía decir. Lawrence jamás
hubiera cometido el error de ponerlo a las 6.22. Más bien hubiese adelantado
las manecillas, quizás a las siete menos cuarto.
—Acaso ignoraba la hora en que Protheroe llegó, o se le olvidó
que el reloj adelantaba.
Griselda no se mostró de acuerdo.
—No; cuando se comete un asesinato, estas cosas no se olvidan.
—Tú no lo sabes, querida —repuse—. Jamás has cometido uno.
Antes de que Griselda pudiera contestar, una sombra cayó sobre
la mesa del desayuno y una voz muy suave dijo:
—Espero no molestarles. Les ruego me perdonen, pero en estas
circunstancias, estas tristes circunstancias...
Era nuestra vecina, miss Marple. Después de asegurarle que su
presencia nos complacía en extremo, entró y le acerqué una silla. Parecía
ligeramente sonrojada y muy excitada.
—Es terrible, ¿verdad? ¡Pobre coronel Protheroe! No era una
persona muy agradable, ni muy popular, pero ello no hace menos penosas las
circunstancias. Creo que fue asesinado en la vicaría. ¡Qué terrible!
Le aseguré que, efectivamente, así había ocurrido.
—¿El querido vicario no estaba aquí cuando ello sucedió?
—preguntó miss Marple a Griselda.
Le expliqué con toda claridad dónde me encontraba entonces.
—¿Y mister Dennis? —preguntó miss Marple mirando a su alrededor.
—Dennis se cree un detective aficionado —repuso Griselda—. Está
muy excitado por haber encontrado la huella de un pie en uno de los macizos de
flores y supongo que habrá ido a dar parte de ello a la policía.
—Y seguramente cree que sabe quién ha cometido el crimen
—sugirió miss Marple—. Supongo que todos pensamos que conocemos al criminal.
—¿Quiere usted decir que su identidad salta a la vista? —dijo
Griselda.
—¡Oh, no, querida! Por el contrario, me parece que las cosas son
realmente muy distintas. Por eso es tan importante poseer pruebas. Por ejemplo,
yo estoy completamente convencida de que sé quién lo hizo, pero debo admitir
que no tengo ni la sombra de una prueba. Tiene una que ser muy cuidadosa en
estas circunstancias. Me propuse serlo en extremo con el inspector Slack. Mandó
decir que vendría a verme esta mañana, pero hace poco que ha telefoneado
diciendo que no será necesario molestarme.
—Debe ser debido al arresto —dije.
—¿El arresto? —Miss Marple se inclinó hacia mí con las mejillas
arreboladas de excitación—. Ignoraba que se hubiera practicado una detención.
Sucede en tan contadas ocasiones que miss Marple esté menos
informada que uno que yo había dado por descontado que conocía los últimos
sucesos al dedillo.
—Sí; han detenido a Lawrence Redding.
Miss Marple pareció muy sorprendida.
—¿Lawrence Redding? —preguntó, incrédula—. Yo hubiera creído...
Griselda la interrumpió con vehemencia.
—Ni siquiera ahora puedo creerlo, a pesar de que haya confesado.
—¿Confesado? —dijo miss Marple—. ¿Dice usted que ha confesado?
¡Oh, querida!, he estado divagando, sí, divagando...
—No puedo menos que creer que la muerte fue debida a un
accidente —insistió Griselda—. ¿No lo crees tú así, Len? Quiero decir que su
presentación espontánea a la policía sugiere algo por el estilo.
Miss Marple se inclinó hacia delante.
—¿Dice usted que se presentó espontáneamente?
—Sí.
—¡Oh! —suspiró miss Marple—. Estoy tan contenta, tan contenta.
La miré sorprendido.
—La conciencia debía remorderle —dijo.
—¿Remorderle? —Miss Marple parecía estar muy sorprendida—. Pero,
querido vicario, no irá usted a creer que es culpable, ¿verdad?
Me tocó el turno de sorprenderme.
—Pero puesto que ha confesado...
—Exactamente. Ello precisamente prueba que no tuvo nada que ver
con el asesinato.
—No lo comprendo —repuse—. No comprendo la razón de acusarse de
un asesinato que no ha cometido. ¿Por qué había de hacerlo? ¿Qué motivo le
impulsó?
—Hay uno, desde luego —comentó miss Marple—. Siempre hay un
motivo, ¿verdad? Los jóvenes de hoy son tan impulsivos y están siempre
enteramente dispuestos a creer lo peor...
Se volvió a Griselda.
—¿No está usted de acuerdo conmigo, querida?
—No lo sé —repuso mi esposa—. Es difícil saber exactamente qué
pensar. No comprendo la razón que haya podido tener Lawrence para portarse como
un perfecto idiota.
—Si hubieran ustedes visto su cara anoche... —empecé a decir.
—Cuéntenoslo —pidió miss Marple.
Describí mi llegada a casa. Miss Marple escuchó con
reconcentrada atención.
—Ya sé que a menudo soy bastante tonta y que no comprendo las
cosas muy claramente, pero en realidad, no acierto a explicarme su punto de
vista —dijo, cuando hube terminado mi relato—. Me parece que cuando un hombre
decide quitarle la vida a alguien, no se lamenta después de su crimen. Sería
una acción premeditada y cometida a sangre fría, y aunque el asesino se
encontrara algo nervioso y posiblemente cometiera algún pequeño error, no creo
que estuviera presa de un estado de excitación como el descrito por usted. Es
algo difícil ponerse uno en lugar del asesino, pero no puedo, en verdad,
imaginarme a mí misma en tal estado.
—Desconocernos las circunstancias —argüí—. Quizás hubo una
discusión y el disparo fue hecho en un momento de excitación y Lawrence se
sintió después arrepentido. Esto es lo que me gustaría pensar que sucedió.
—Ya lo sé, querido mister Clement; pero hay muchas maneras de
mirar las cosas, a pesar de lo cual uno debe atenerse a la realidad, ¿no es
así? Y no me parece que los hechos justifiquen su interpretación de ellos. Su
cocinera afirmó claramente que mister Redding permaneció sólo un par de minutos
en la casa, lo que no es suficiente tiempo para una discusión como la que usted
sugiere. Además, tengo entendido que el coronel murió cuando estaba
escribiendo, de un tiro que le dispararon en la cabeza, por la espalda. Por lo
menos, esto es lo que mi sirvienta me ha dicho a grandes rasgos.
—Así fue —afirmó Griselda—. Parece que estaba escribiendo una
nota diciendo que no podía esperar más tiempo. Dicha nota estaba fechada a las
6,20 y el reloj de sobremesa aparecía volcado habiéndose parado a las 6.22, y
esto es precisamente lo que nos extraña tanto a Len y a mí.
Y seguidamente explicó nuestra costumbre de tener aquel reloj
adelantado un cuarto de hora.
—Es muy curioso —murmuró miss Marple—, pero la nota me parece
más curiosa aún. Quiero decir...
Calló y miró a su alrededor. Lettice Protheroe se hallaba junto
a la puerta ventana.
—Buenos días —dijo, entrando y acompañando sus palabras con una
inclinación de cabeza.
Se dejó caer en su sillón.
—Han detenido a Lawrence —añadió, hablando con más animación que
de costumbre.
—Sí —repuso Griselda—. Nos ha sorprendido mucho.
—Jamás creí que alguien fuera capaz de matar a mi padre —siguió
diciendo Lettice. Claramente se veía que estaba orgullosa de no dejar traslucir
su pena o emoción—. Estoy segura de que muchas personas deseaban su muerte y
hubo momentos en que yo misma le hubiera quitado la vida.
—¿Quiere usted tomar algo, Lettice? —preguntó Griselda.
—No, gracias. Sólo vine a ver si me había dejado mi boina aquí,
mi boina amarilla. Creo que debí dejarla en el gabinete el otro día.
—En este caso aún debe de estar aquí —repuso Griselda—. Mari
nunca limpia nada.
—Iré a verlo —replicó Lettice, levantándose—. Siento causarles
esta molestia, pero creo que he perdido ya todas mis boinas y sombreros.
—Temo que no podrá usted entrar en el gabinete —dije—. El
inspector Slack ha cerrado la habitación.
—¡Qué lástima! ¿No se puede entrar por la puerta ventana?
—No. Está cerrada por dentro. De todas maneras, supongo que una
boina amarilla no le servirá de mucho en estos momentos.
—¿Se refiere usted al luto? No me lo pondré. Creo que es una
costumbre arcaica. Es una pena lo de Lawrence, una verdadera pena.
Se puso en pie, frunciendo el ceño distraídamente.
—Supongo que habrá sido a causa de mi retrato en traje de baño.
Pero es muy estúpido...
Griselda abrió la boca con intención de hablar, pero, por algún
extraño motivo, volvió a cerrarla.
Los labios de Lettice se entreabrieron en una extraña sonrisa.
—Creo que regresaré a casa para contarle a Anne que Lawrence ha
sido detenido.
Salió por la puerta ventana. Griselda se volvió hacia miss
Marple.
—¿Por qué me pisó usted?
La vieja solterona estaba sonriendo.
—Creí que iba usted a decir algo, querida. A veces es mejor que
las cosas sucedan por sí mismas. No creo que esa niña sea en realidad de mente
tan vaga como parece. Tiene una idea definida en la cabeza y está obrando desde
luego en consecuencia.
Mary golpeó la puerta del comedor y entró.
—¿Qué sucede? —preguntó Griselda—. Recuerde que no debe usted
golpear las puertas. Se lo he dicho ya en otras ocasiones.
—Pensé que pudieran ustedes estar ocupados —repuso Mary—. El
coronel Melchett ha llegado. Quiere ver al amo.
El coronel Melchett es el jefe de policía del condado. Me puse
en pie en seguida.
—Pensé que no le gustaría que le hiciesen esperar en la entrada
y le hice pasar al salón —prosiguió Mary—. ¿Retiro el servicio?
—Todavía no —repuso Griselda—. Ya le avisaré.
Se volvió hacia miss Marple y yo salí del comedor.
CAPÍTULO VII
El coronel Melchett es un hombre pequeño y delgado, que acostumbra
a resoplar súbita e inesperadamente. Su cabello es rojizo y sus ojos azules son
vivos y brillantes.
—Buenos días, vicario —dijo—. Feo asunto, ¿verdad? Pobre
Protheroe. No es que fuera amigo mío, por cierto. Creo que nadie lo apreciaba.
Su muerte le habrá causado a usted muchos inconvenientes, supongo. Espero que
su esposa lo haya tomado con calma.
Repuse que Griselda no estaba más excitada de lo normal.
—Mejor. Es muy desagradable que sucedan cosas así en la casa de
uno. Debo admitir que me ha sorprendido el joven Redding, haciendo tal cosa. No
se ha preocupado por los sentimientos de los demás.
Me invadió un loco deseo de reír, pero, evidentemente, el
coronel Melchett no veía nada extraño en la idea de que un asesino debiera
tener en cuenta los sentimientos de la gente.
—Debo admitir que me sorprendí cuando me informaron que fue a la
comisaría a entregarse —prosiguió el coronel Melchett, dejándose caer en una
silla.
—¿Cómo ocurrió?
—Anoche, alrededor de las diez, se presentó, tiró la pistola
encima de la mesa y dijo: «Yo le maté.» Así, tal como suena.
—¿Qué motivo alegó?
—Ninguno. Se le previno, naturalmente, que sus palabras podrían
ser empleadas contra él, pero se limitó a reír. Dijo que había venido a verle a
usted y que encontró a Protheroe. Discutieron y le mató. Se niega a manifestar
el motivo de la querella. Oiga, Clement, de usted para mí, ¿sabe usted algo de
ello? He oído rumores que se le había prohibido la entrada en Old Hall. ¿Por
qué? ¿Sedujo quizás a la hija? Queremos evitar mezclarla en la encuesta, en
cuanto sea posible. ¿Fue ése el motivo?
—No —repuse—. Puede usted creer que fue algo completamente
distinto, pero nada más puedo decirle en este momento.
Asintió con la cabeza y se levantó.
—Prefiero que sea así. La gente habla mucho. Hay demasiadas
mujeres en esta parte del mundo. Debo irme. He de ver a Haydock. Salió a
visitar un enfermo, pero ya debiera estar de regreso. No me importa decirle que
me apena lo de Redding. Siempre le creí un buen muchacho. Quizá los abogados
encuentren una buena base para su defensa. Debo irme. ¿Quiere acompañarme?
Dije que sí y salimos juntos.
La casa de Haydock está al lado de la mía. Su criada dijo que el
doctor acababa de regresar y nos hizo pasar al comedor, donde Haydock se
disponía a engullir un plato de huevos con jamón.
Me saludó con una amable inclinación de cabeza.
—Siento no haber estado en casa antes —dijo—. Se trataba de un
caso grave. He permanecido levantado la mayor parte de la noche a causa del
asesinato. He extraído la bala.
Puso una cajita encima de la mesa. Melchett la examinó.
—¿Calibre veinticinco?
Haydock asintió.
—Reservaré los detalles técnicos para la encuesta —dijo—. Cuanto
necesita usted saber por ahora es que la muerte fue instantánea. ¡Muchacho
estúpido! ¿Por qué lo haría? A propósito, es extraño que nadie oyera el
disparo. Me sorprende de veras.
—Sí —asintió Melchett—. Es realmente sorprendente.
—La ventana de la oficina da al otro lado de la casa —dije—. Con
la puerta del estudio cerrada, y cerradas también las de la despensa y de la
cocina, no me extraña que nadie lo oyera. La cocinera estaba sola en casa.
—De todas maneras —insistió Melchett—, es raro. Me pregunto si
la vieja miss Marple lo oiría. La ventana del gabinete estaba abierta.
—Quizá sí —dijo Haydock.
—No lo creo —afirmé—. Hace poco rato estuvo en la vicaría y no
habló de ello. No hubiera dejado de mencionarlo, en caso contrario.
—Acaso oyó el disparo, pero no le dio importancia. Pudo pensar
que era producido por el escape de un coche.
Me llamó la atención que Haydock estuviera tan jovial y de buen
humor aquella mañana. Tenía el aspecto de una persona que trata de reprimir un
no acostumbrado buen humor.
—¿No han pensado ustedes en un silenciador? —añadió—. Eso
solucionaría el asunto. Nadie hubiera podido oír el disparo.
Melchett negó con la cabeza.
—Slack no encontró ninguno. Se lo preguntó a Redding, pero éste
pareció no saber de qué le hablaban y negó rotundamente haber empleado uno.
Supongo que podemos creer sus palabras.
—Sí, claro que sí.
—¡Condenado muchacho! —exclamó el coronel Melchett—. Lo siento,
Clement, pero, realmente, la hizo. No puedo imaginármelo como un asesino.
—¿Algún motivo? —preguntó Haydock, apurando la taza de café y
echando hacia atrás la silla.
—Dijo que discutieron, se excitó y disparó contra él.
—Acaso quiere que se le acuse de homicidio y no de asesinato
—observó el médico, meneando la cabeza—. No hubo ninguna discusión.
—No creo que tuvieran tiempo de discutir —dije, recordando las
palabras de miss Marple—. Acercarse a él cautelosamente, disparar, poner el
reloj a las 6,20 y salir le debió tomar todo el tiempo que estuvo en la casa.
Jamás olvidaré su cara cuando le vi junto a la verja, ni la forma en que me
dijo: «¿Debe ver a Protheroe? ¡Ya le verá!» Eso hubiera debido hacerme
sospechar lo que unos momentos antes había sucedido en el gabinete.
Haydock me miró.
—¿Qué quiere usted decir? ¿Cuándo cree usted que Redding le
mató?
—Unos minutos antes de llegar yo a la casa.
—Imposible, totalmente imposible. Hacía mucho más tiempo que
había muerto.
—Pero usted dijo que media hora era solamente un cálculo
aproximado —dijo el coronel Melchett.
—Media hora, treinta y cinco minutos, veinticinco, acaso, pero
no menos. De lo contrario, el cuerpo hubiera estado aún caliente cuando yo
llegué.
Nos miramos asombrados. La cara de Haydock cambió de color. Me
pregunté a qué se debería.
—Pero, amigo Haydock —repuso el coronel—, Redding admite haberle
asesinado a las siete menos cuarto.
Haydock se puso en pie.
—¡Le digo que es imposible! —exclamó—. Si Redding afirma que
mató a Protheroe a las siete menos cuarto, miente. Soy médico y sé lo que digo.
La sangre había empezado a coagularse.
—Si Redding miente... —empezó a decir Melchett.
Calló y meneó la cabeza dubitativamente.
—Será mejor que vayamos a la comisaría y le interroguemos —dijo.
CAPITULO VIII
Caminábamos en silencio hacia la comisaría. Haydock acortó el
paso y me dijo en voz baja:
—No me gusta el aspecto que toman las cosas. No me gusta. Hay
algo que no comprendemos.
Parecía realmente preocupado.
El inspector Slack estaba en la comisaría y pocos momentos
después nos encontramos cara a cara con Redding.
Estaba pálido y agotado, pero tranquilo, maravillosamente
tranquilo, dadas las circunstancias. Melchett resopló.
—Mire, Redding —dijo—. Tengo entendido que ha hecho usted una
declaración al inspector Slack. Dice que fue a la vicaría aproximadamente a las
siete menos cuarto, encontró allí a Protheroe, discutió con él, lo mató y salió
de la casa.
—Sí.
—Voy a hacerle algunas preguntas. Ya ha sido advertido de que no
está obligado a contestar. Su abogado ha...
Lawrence le interrumpió:
—Nada tengo que ocultar. Yo maté a Protheroe.
—Sí —dijo Melchett, resoplando—. ¿Cómo fue que tenía una
pistola?
—La llevaba en el bolsillo.
—¿También cuando fue a la vicaría?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Siempre la llevaba?
—Siempre la llevaba.
Había vuelto a vacilar antes de contestar y tuve la certeza de
que no decía la verdad.
—¿Por qué retrasó usted el reloj?
—¿El reloj?
Pareció asombrado.
—Si. Las manecillas señalaban las 6.22.
Una expresión de temor se retrató en su cara.
—¡Oh, sí! Ah... Sí, yo..., yo lo retrasé.
Haydock habló súbitamente:
—¿Dónde disparó contra el coronel Protheroe?
—En el gabinete de la vicaría.
—Me refiero a qué parte del cuerpo.
—¡Oh! A la cabeza, creo. Sí, a la cabeza.
—¿No está usted seguro?
—No veo la necesidad de que me hagan estas preguntas, puesto que
saben muy bien dónde le herí.
Sus palabras sonaban a falso. Se produjo cierta conmoción en la
comisaría. Un agente trajo una nota.
—Es para el vicario. Urgente.
La abrí y la leí:
«Por favor, por favor, venga a mi lado. No sé qué hacer. Es algo
terrible. Debo hablarle. Venga en seguida, por compasión, y traiga a quien
quiera con usted.
Anne Protheroe.»
Me volví significativamente hacia Melchett. Me comprendió. Al
salir juntos, miré a Lawrence Redding brevemente. Sus ojos estaban clavados en
el papel que yo tenía en la mano. Pocas veces he visto una tan terrible mirada
de angustia y desesperación.
Recordé a Anne Protheroe sentada en el sofá del gabinete,
diciendo: «Estoy desesperada». Entonces comprendí la posible razón de la
heroica autoacusación de Redding.
Melchett habló con Slack.
—¿Ha averiguado usted los movimientos de Redding durante el día?
Parece que existen motivos para creer que mató a Protheroe antes de lo que
dice. Ocúpese de ello.
Se volvió hacia mí y, sin hablar palabra, le entregué la nota de
Anne Protheroe. La leyó y frunció los labios, asombrado. Después me miró
interrogativamente.
—¿Es esto lo que insinuó esta mañana?
—Sí. No estaba seguro entonces de si era mi deber hablar. Ahora
lo estoy.
Le conté lo que vi aquella noche en el estudio.
El coronel habló unos momentos con el inspector y después nos
dirigimos hacia Old Hall. El doctor Haydock vino con nosotros. Aunque nos
sorprendió que viniera. Un muy correcto mayordomo abrió la puerta.
—Buenos días —dijo Melchett—. Haga el favor de decir a la
doncella de mistress Protheroe que avise a su señora de que deseamos verla y
vuelva después aquí para contestar algunas preguntas.
El mayordomo se retiró rápidamente y no tardó en regresar
diciendo que había cumplido lo ordenado.
—Vamos a hablar de lo sucedido ayer —dijo el coronel Melchett—.
¿Comió su señor en casa?
—Sí, señor.
—¿Tenía el humor de costumbre?
—No observé ningún cambio en él, señor.
—¿Qué sucedió después?
—Una vez terminada la comida, mistress Protheroe se retiró a sus
habitaciones y el coronel se dirigió a su gabinete. Miss Lettice marchó a jugar
un partido de tenis, en el coche de dos plazas. El coronel y la señora tomaron
el té a las cuatro y media, en el salón. Pidieron el coche para las cinco y
media, para ir al pueblo. Inmediatamente después de marchar ellos, mister
Clement —se inclinó hacia mí— llamó y le dije que acababan de salir.
—¿Recuerda con seguridad cuándo estuvo aquí por última vez
mister Redding?
—El martes por la tarde, señor.
—¿Es cierto que hubo una discusión entre él y el coronel?
—Creo que sí, señor. El coronel me ordenó que mister Redding no
debía volver a ser admitido en la casa.
—¿Oyó usted las palabras que se cruzaron entre ellos? —preguntó
Melchett abruptamente.
—El coronel Protheroe hablaba siempre en voz muy alta, señor,
especialmente cuando estaba irritado, y no pude menos que oír algunas palabras.
—¿Las suficientes para saber la causa de la disputa?
—Me pareció comprender, señor, que era debida a un retrato que
mister Redding estaba pintando; un retrato de miss Lettice.
Melchett gruñó:
—¿Vio a mister Redding cuando se retiró?
—Sí, señor. Le acompañé hasta la puerta.
—¿Parecía enfadado?
—No, señor. Si se me permite decirlo, más bien parecía
divertido.
—¡Ah! ¿Estuvo aquí ayer?
—No, señor.
—¿Vino alguien ayer?
—No, señor.
—¿Y anteayer?
—Mister Dennis Clement estuvo aquí por la tarde, y también el
doctor Stone. Al anochecer vino una señora.
—¿Una señora? —Melchett estaba sorprendido—. ¿Quién era?
El mayordomo no recordaba su nombre. Era una dama que no había
visto con anterioridad. Sí, le dio su nombre, y cuando él le manifestó que la
familia estaba cenando, dijo que esperaría. Entonces la hizo pasar al salón.
—Preguntó por el coronel Protheroe. Anuncié la visita al coronel
y éste se dirigió al salón apresuradamente apenas acabó de cenar.
—¿Cuánto tiempo había permanecido esa señora en la casa?
Creía que quizás una media hora. El propio coronel la había
acompañado hasta la puerta. ¡Ah, sí! Ya recordaba su nombre. La señora dijo ser
mistress Lestrange.
Fue una sorpresa.
—Es curioso —dijo Melchett—, muy curioso.
No hablamos más de ello entonces, pues mistress Protheroe mandó
recado que nos recibiría seguidamente.
Anne estaba en cama. Su cara era de color de la cera y los ojos
le brillaban. Su rostro estaba contraído en forma que me llamó la atención,
mostrando una firme determinación.
—Gracias por venir tan deprisa —dijo dirigiéndose a mí—. Veo que
comprendió lo que quise decir al indicarle que podía traer con usted a quien
quisiera.
Hizo una pausa.
—Es mejor ir directamente al asunto, ¿no es verdad? —sonrió
extrañamente—. Supongo que es usted la persona a quien debo decírselo, coronel
Melchett. Yo maté a mi marido..., se lo aseguro.
—Mi querida mistress Protheroe... —reprochó Melchett,
gentilmente.
—¡Oh, es cierto! Supongo que lo he dicho muy abruptamente, pero
no acostumbro a excitarme por nada. Le he odiado durante tanto tiempo y ayer no
pude contenerme y le maté.
Se reclinó en la almohada y cerró los ojos.
—Esto es todo. Supongo que me detendrá y me llevará a la cárcel.
Me levantaré tan pronto como pueda. Por el momento me siento bastante enferma.
—¿Sabe usted, mistress Protheroe, que mister Lawrence Redding se
ha acusado a sí mismo de haber cometido el asesinato?
Anne abrió los ojos y asintió.
—Lo sé. Está muy enamorado de mí. Su gesto es muy noble, pero no
por ello es menos tonto.
—¿Sabía él que fue usted quien cometió el crimen?
—Sí.
—¿Cómo lo supo?
Anne Protheroe vaciló.
—¿Se lo dijo usted?
Siguió vacilando. Por fin pareció decidirse.
—Sí, se lo dije...
Encogió los hombros con un movimiento de irritación.
—¿No pueden irse ahora? Ya se lo he dicho. No quiero seguir
hablando de ello.
—¿De dónde sacó usted la pistola, mistress Protheroe?
—¿La pistola? ¡Oh! Era de mi marido. La encontré en el cajón de
su tocador.
—Comprendo. ¿La llevó consigo a la vicaría?
—Sí. Sabía que estaría allí...
—¿A qué hora fue?
—Debe haber sido después de las seis; las seis y cuarto o las
seis y veinte.
—¿Cogió usted la pistola pensando matar a su esposo?
—No. Yo..., yo la quería para mí misma.
—Comprendo. Pero, ¿fue usted a la vicaría?
—Sí. Me acerqué a la puerta ventana. No se oía a nadie. Miré. Vi
a mi marido. Algo se apoderó de mí y disparé.
—¿Y después?
—¿Después? ¡Oh! Después me fui.
—¿A decirle a mistress Redding lo que acababa de hacer?
Volví a observar la vacilación de su voz antes de hablar.
—Sí.
—¿La vio alguien entrar o salir de la vicaría?
—No. ¡Oh, sí! La vieja miss Marple. Hablé con ella unos
momentos. Estaba en su jardín.
Se agitó inquieta en la almohada.
—¿No es bastante ya? Se lo he dicho todo. ¿Por qué siguen
molestándome?
El doctor Haydock le tomó el pulso.
—Permaneceré a su lado —nos dijo en un susurro— mientras toman
las disposiciones necesarias. Podría cometer algún acto desesperado.
Melchett asintió.
Salimos de la habitación y bajamos la escalera. Vi a un hombre
delgado y de aspecto cadavérico salir de la habitación contigua e
impulsivamente volví a subir la escalera.
—¿Es usted el criado del coronel Protheroe?
El hombre pareció sorprendido.
—Sí, señor.
—¿Sabe usted si su difunto señor tenía una pistola en alguna
parte?
—No, señor.
—¿No podría haber tenido una en el cajón de su tocador? Haga memoria.
—Estoy completamente seguro de que no tenía ninguna, señor. De
lo contrario, ya la hubiera visto.
Bajó nuevamente la escalera.
Mistress Protheroe había mentido acerca de la pistola. ¿Por qué?
CAPITULO IX
Después de dejar un mensaje en la comisaría, el jefe de policía
anunció su intención de visitar a miss Marple.
—Será preferible que venga usted conmigo, vicario —dijo—. No
quiero poner nerviosa a una de sus devotas feligresas. Su presencia lo evitará.
Sonreí. A pesar de su frágil aspecto, miss Marple es capaz de
contender con cualquier agente o jefe de policía, sin ayuda de nadie.
—¿Cómo es? —preguntó el coronel al pulsar el timbre—. ¿Puede
creerse lo que diga o debemos dudar de ello?
Medité un momento.
—Creo que puede hacérsele caso —dije cautelosamente—. Es decir,
cuando hable de lo que ella haya visto. Después, cuando se refiera a lo que
piense... Eso es ya otro asunto. Tiene una gran imaginación y sistemáticamente
piensa mal de todo el mundo.
—El tipo clásico de la solterona —dijo Melchett, soltando una
carcajada—. Las conozco sobradamente, después de haber asistido tantas veces a
sus tés.
Una pequeña criada abrió la puerta y nos acompañó a un reducido
salón.
—Demasiados muebles —observó el coronel Melchett, mirando a su
alrededor—. Algunos de ellos son muy buenos.
En aquel momento se abrió la puerta y miss Marple hizo su
aparición.
—Siento mucho tener que molestarla, miss Marple —dijo el
coronel, después que hube hecho su presentación, adoptando unas absurdas
maneras militares que creía atraían a las viejas señoras—. No tengo más remedio
que cumplir con mi deber.
—Desde luego, desde luego —repuso miss Marple—. Comprendo
perfectamente. ¿No quieren ustedes sentarse? ¿Puedo ofrecerles una copita de
licor con cerezas? Lo hago yo misma con una receta que me dejó mi abuela.
—Muchísimas gracias, miss Marple. Es usted muy amable, pero no
acostumbro a tomar nada antes de comer. Ahora quisiera hablarle de ese
desgraciado asunto, muy desgraciado, por cierto. Estoy seguro de que todos lo deploramos.
Parece que, debido a la situación de su casa y jardín, quizá puede usted
decirnos algo que nos convenga de lo sucedido ayer por la tarde.
—En realidad, ayer estuve en el jardín desde las cinco de la
tarde, y, naturalmente, desde allí es imposible dejar de ver lo que sucede en
la casa vecina.
—Creo, miss Marple, que mistress Protheroe pasó por aquí ayer
por la tarde.
—Sí, señor. Hablé con ella y admiró mis rosas.
—¿Puede usted decirnos a qué hora fue?
—Creo que era un minuto o dos después de las seis y cuarto. Sí,
eso es. El reloj de la iglesia acababa de dar las seis y cuarto.
—¿Qué sucedió después?
—Mistress Protheroe dijo que iba a buscar a su esposo para
regresar juntos a su casa. Vino por el sendero y se dirigió a la vicaría por la
puerta trasera, cruzando el jardín.
—¿Por el sendero?
—Sí. Véalo usted mismo.
Llena de energía, miss Marple salió con nosotros y señaló el
sendero que pasaba a lo largo del fondo de su jardín.
—El camino que hay al otro lado, con el portillo, conduce a Old
Hall —explicó—. Hubieran tomado por él para regresar a su casa. Mistress
Protheroe vino del pueblo.
—Perfectamente —dijo el coronel Melchett—. ¿Dice usted que fue
seguidamente a la vicaría?
—Sí. La vi doblar la esquina de la casa. Supongo que el coronel
no debía encontrarse todavía allí, pues regresó inmediatamente y se dirigió al
estudio, aquel edificio del fondo. El vicario permitía a mister Redding
utilizarlo como estudio.
—Comprendo. ¿Oyó usted un tiro, miss Marple?
—No entonces —repuso miss Marple.
—¿Lo oyó usted en otro momento?
—Sí. Parecía haber sido disparado en los bosques. Unos cinco o
diez minutos más larde. Creo que fue en los bosques. No pudo haber sido...
seguramente no fue...
Se detuvo, llena de excitación.
—Sí, sí, ya llegaremos a eso después —dijo Melchett—. Haga el
favor de seguir en su relato. ¿Fue mistress Protheroe al estudio?
—Sí, entró y esperó. Algo después llegó mister Redding, que
venía del pueblo. Llegó a la vicaría, miró a su alrededor...
—Y la vio a usted, miss Marple.
—No, no me vio —repuso miss Marple, sonrojándose ligeramente—,
porque en aquel mismo momento yo me estaba inclinando para arreglar mis flores.
Entró en el jardín y se dirigió directamente al estudio.
—¿Se acercó a la casa?
—No. señor. Fue al estudio y mistress Protheroe salió a
recibirle a la puerta y después entraron ambos.
El silencio de miss Marple estaba lleno de elocuencia.
—Quizá posaba para él —sugerí.
—Puede ser —dijo miss Marple.
—¿A qué hora salieron?
—Unos minutos después.
—¿Qué hora sería entonces?
—El reloj de la iglesia acababa de dar la media. Cruzaron la
puerta del jardín, dirigiéndose hacia el sendero, y en aquel momento el doctor
Stone, que llegaba por el camino de Old Hall, se unió a ellos. Se dirigieron
juntos hacia el pueblo. Al fin del sendero se les juntó alguien que creo era
miss Cram. Supongo que debió ser ella, pues sus faldas eran muy cortas.
—Debe usted poseer una vista magnífica, miss Marple, si puede
ver claramente a tal distancia.
—Estaba observando un pájaro —repuso miss Marple—. Creo que era
un reyezuelo de cresta dorada. Le estaba contemplando con los prismáticos y así
fue cómo casualmente vi a miss Cram, si como creo se trataba de esa señorita,
unirse a ellos.
—Puesto que es usted tan buena observadora, miss Marple
—prosiguió el coronel Melchett—, ¿puede decirme qué expresión tenían mistress
Protheroe y mister Redding cuando pasaron por el sendero?
—Sonreían y hablaban —contestó miss Marple—. Parecían muy
felices de estar juntos, si comprende usted lo que quiero decir.
—¿No tenían aspecto disgustado o molesto?
—¡Oh, no! ¡Todo lo contrario!
—Muy raro —gruñó el coronel—. Hay algo extremadamente raro en
este dichoso asunto.
Las palabras que miss Marple pronunció a continuación,
plácidamente, nos dejaron en suspenso.
—¿Se ha acusado ahora mistress Protheroe de haber cometido el
asesinato?
—¿Cómo se le ha ocurrido tal cosa, miss Marple? —preguntó el
coronel Melchett, asombrado.
—Me pareció posible que ello sucediera —repuso—. Creo que
también la querida Lettice lo pensaba. Es una muchacha muy inteligente, aunque
temo que no sea siempre muy escrupulosa. ¡Conque Anne Protheroe dice que mató a
su esposo! Bien, bien. No creo que sea verdad, aunque uno nunca puede fiarse
demasiado de la gente, ¿verdad, coronel? Por lo menos, esto he averiguado por
mí misma. ¿Cuándo dice ella que le asesinó?
—A las seis y veinte, después de hablar con usted.
Miss Marple meneó la cabeza lenta y comprensivamente. Creo que
deploraba que dos hombres hechos y derechos como nosotros fueran lo bastante
tontos como para creer aquella historia.
—¿Con qué lo mató?
—Con una pistola.
—¿De dónde la sacó?
—La trajo consigo.
—Esto no es cierto —repuso firmemente miss Marple—. Puedo
jurarlo. No tenía tal arma consigo.
—Usted no pudo haberla visto.
—Claro que la hubiera visto.
—Acaso la llevaba en el bolso.
—No llevaba bolso.
—Pudo haberla escondido entre sus vestidos.
Miss Marple le miró con pena y burla.
—Mi querido coronel Melchett, ya sabe usted cómo son las mujeres
jóvenes de hoy. No se avergüenzan de mostrarse sin el menor tapujo como las
hizo el Creador. No llevaba ni un pañuelo escondido en la parte superior de las
medias.
Melchett era tozudo.
—Debe usted admitir que todo encaja —-dijo—. La hora, el reloj
derribado que señalaba las 6,22...
Miss Marple se volvió hacia mí.
—¿No le ha hablado usted todavía del reloj?
—¿Qué sucede con él, Clement?
Se lo conté, y expresó su disgusto.
—¿Por qué no se lo dijo a Slack anoche?
—Porque no me dejó hablar.
—Debió usted haber insistido.
—Quizá sí —repuse—. El inspector Slack le trata a usted de modo
muy distinto que a mí. No pude insistir.
—Es extraordinario —dijo Melchett—. Si alguien más decide
acusarse de este asesinato, haré que me encierren en un manicomio.
—Si me permite sugerir... —murmuró entre dientes miss Marple.
—¿Sí...?
—Diga usted a mister Redding lo que mistress Protheroe ha hecho
y explíquele que usted realmente no cree que ella sea culpable. Después vea a
mistress Protheroe y dígale que mister Redding es inocente. Entonces
seguramente ambos le contarán la verdad, aunque supongo que saben muy poco de
ella.
—Lo que sugiere está muy bien, pero ellos son las dos únicas
personas que tenían un motivo para asesinar a Protheroe.
—Yo no diría tal cosa, coronel Melchett —repuso miss Marple.
—¡Cómo! ¿Puede usted pensar en alguien más?
—¡Oh, sí, ciertamente! —contestó, y empezó a contar con los
dedos— Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... sí, y quizás un posible séptimo.
Puedo pensar por lo menos en siete personas que podrían ver con satisfacción la
muerte del coronel Protheroe.
Melchett la miró asombrado.
—¿Siete personas? ¿En Saint Mary Mead?
Miss Marple asintió vivamente.
—No doy ningún nombre —repuso—. No estaría bien que lo hiciera.
Pero hay mucha maldad en el mundo. Un soldado digno y honorable como usted no
sabe tales cosas, coronel Melchett.
Creí que al jefe de policía le iba a dar un ataque de apoplejía.
CAPITULO X
Sus observaciones sobre miss Marple, cuando salimos de la casa,
no eran precisamente elogiosas.
—Creo que esa solterona chismosa supone que sabe cuanto vale la
pena saber. A lo mejor no ha salido nunca de este pueblo. ¿Qué puede ella saber
de la vida?
Dije que aunque seguramente miss Marple no sabía nada de la
Vida, con V mayúscula, estaba al corriente de cuanto sucedía en Saint Mary
Mead.
Melchett lo admitió a regañadientes. Era un testigo muy
importante, especialmente para mistress Protheroe.
—Supongo que debemos creer cuanto ha dicho, ¿no opina usted así?
—Sí, si miss Marple asegura que no llevaba ninguna pistola, esté
usted seguro de que así es —repuse—. Si hubiera existido la menor posibilidad
de que la hubiese llevado encima, miss Marple lo habría descubierto.
—Cierto es. Vamos ahora a echar un vistazo al estudio.
El llamado estudio era un barracón con una claraboya. No había
ventanas y la puerta era el único medio de entrada o salida. Después de
examinarlo, Melchett anunció su intención de visitar la vicaría acompañado del
inspector.
Cuando entré por la puerta principal, un murmullo de voces llegó
hasta mí. Abrí la puerta de la sala de estar.
Miss Gladys Cram se hallaba sentada en el sofá, junto a
Griselda, hablando animadamente. Sus piernas, enfundadas en brillantes medias
rosadas, estaban cruzadas y tuve oportunidad de ver el color de sus ligas.
—Buenos días, mister Clement —dijo miss Cram—. ¿No le parece
terrible lo sucedido al coronel? ¡Pobre señor!
—Hola, Len —dijo Griselda.
—Miss Cram —observó mi esposa— ha venido bondadosamente para
ofrecerse a ayudarnos con las muchachas exploradoras. El domingo pasado pedimos
ayudantes en la iglesia, ¿recuerdas?
Sí, lo recordaba, y estaba convencido además, al igual que
Griselda, de que jamás se le hubiera ocurrido a miss Cram la idea de ofrecernos
su ayuda de no haber tenido lugar aquel horrible suceso, en la vicaría.
—Estaba diciendo a mistress Clement —prosiguió miss Cram— que se
me paralizó el corazón cuando oí la noticia. ¿Un asesinato?, me dije. ¿Y en un
pueblo tan tranquilo como éste? Y después, cuando me enteré de que se trataba
del coronel Protheroe, no podía creerlo. No parecía hombre para ser asesinado.
Ignoro cuáles son los requisitos necesarios para que le asesinen
a uno. Nunca se me ha ocurrido pensar que los asesinados pertenezcan a
determinado grupo social, pero ella, indudablemente, tenía alguna idea en su
rubia cabecita.
—Y por ello, miss Cram vino a visitarnos, para enterarse de lo
sucedido —dijo Griselda.
Temí que estas francas palabras de mi esposa pudieran ofender a
aquella señorita, pero ella echó la cabeza hacia atrás y estalló en una fuerte
carcajada, mostrando al mismo tiempo todos sus dientes.
—Es usted muy perspicaz, mistress Clement —dijo—. ¿No le parece
natural que una quiera saber detalladamente lo sucedido en un caso así? Además,
no duden que deseo sinceramente ayudarles con las muchachas exploradoras. Lo
sucedido es realmente excitante. Estaba deseando que sucediera algo que
rompiera la monotonía diaria. No crean ustedes que mi trabajo es pesado. Por el
contrario, es un empleo muy bueno y bien retribuido y el doctor Stone es todo
un caballero. Pero una desea cierta diversión después de las horas de trabajo,
y exceptuándola a usted, mistress Clement, en este pueblo no hay sino un montón
de señoras chismosas con quienes hablar.
—Está Lettice Protheroe —observé.
Gladys Cram meneó la cabeza.
—Se halla demasiado por encima de mí. Cree que el condado le
pertenece y no se rebajaría a tratarse con una muchacha que debe trabajar para
ganarse la vida. Sin embargo, le he oído hablar de trabajar ella misma. Me
gustaría saber quién se arriesgaría a darle un empleo. No duraría en él más de
una semana a menos que se dedicara a modelo, donde no tendría que hacer otra
cosa que lucir vestidos.
—Creo que sería una magnífica modelo —observó Griselda—. Tiene
un cuerpo muy bonito. ¿Cuándo habló de buscar un empleo?
Miss Cram pareció momentáneamente sorprendida, pero se recobró
con rapidez.
—No lo recuerdo con exactitud —repuso—, pero ciertamente lo
dijo. Creo que no debe ser muy feliz en su casa. Yo no aguantaría una madrastra
ni cinco minutos.
—Pero usted es una muchacha animosa e independiente —dijo
Griselda.
La miré sospechosamente. Miss Cram se sintió halagada.
—Así soy yo; por las buenas, capaz de cualquier cosa, pero a la
fuerza... Le dije claramente al doctor Stone que quería tener mis horas libres
regularmente. Esos científicos creen que una no es sino una máquina y la mitad
del tiempo ni siquiera se fijan en nosotras.
—¿Encuentra usted agradable trabajar con el doctor Stone? Debe
de ser un empleo fascinante, si siente algún interés por la arqueología.
—Conozco muy poco de ella, naturalmente —admitió la muchacha—.
Aunque me parece algo abusivo extraer los cadáveres de gente que ha estado
muerta y enterrada durante cientos de años. El doctor Stone está tan interesado
en ello, que la mitad de los días se los pasaría sin comer si yo no me
preocupara de que lo hiciera.
—¿Está en la tumba esta mañana? —preguntó Griselda.
Miss Cram meneó la cabeza.
—No se encuentra muy bien —explicó—. No trabaja hoy. Esto
significa día libre para la pequeña Gladys.
—Lo siento —dije.
—¡No! No es nada importante. No habrá una segunda muerte. Pero,
dígame, mister Clement. Creo que ha estado usted con la policía toda la mañana.
¿Qué piensan ellos?
—Todavía existen algunas dudas —repuse lentamente.
—¡Ah! —exclamó miss Cram—. Entonces no creen que el asesino sea
mister Lawrence Redding. Es tan guapo, ¿verdad? Parece un galán de cine. Sonríe
muy amablemente cuando da los buenos días. Me resistía a creerle culpable
cuando me dijeron que la policía le había detenido. Pero como la policía rural
tiene fama de ser muy estúpida...
—En este caso no cabe echarle la culpa a ella —observé—. Mister
Redding se acusó a sí mismo.
—¿Cómo? —la muchacha estaba verdaderamente asombrada—. ¡Pobre
muchacho! Si yo cometiera un asesinato, puede usted estar seguro de que no me
entregaría por las buenas. Creía que Lawrence Redding era más inteligente.
¡Entregarse sin más ni más! ¿Por qué mató a Protheroe? ¿Lo ha confesado? ¿Fue
simplemente una pela?
—No es absolutamente seguro que le matara él —dije.
—Pero si él mismo lo confiesa... Él debe saberlo, mister
Clement.
—Claro que lo sabe —asentí—, pero la policía no parece muy
dispuesta a creer en sus palabras.
—Pero, ¿por qué ha de acusarse del asesinato si no lo ha
cometido?
No tenía la menor intención de ilustrar a miss Cram a este
respecto.
—Creo que en todos los crímenes importantes la policía
acostumbra a recibir muchas cartas de gentes que se acusan a sí mismos del
hecho —repuse, evasivamente.
—¡Deben estar locos! —observó miss Cram, entre asombrada y
burlona—. Yo nunca haría tal cosa —añadió.
—Estoy seguro de que no lo haría —afirmé.
—Bien —suspiró—. Supongo que debo irme —se levantó—. La noticia
de que mister Redding se acusa del crimen asombrará al doctor Stone.
—¿Está interesado en el caso? —preguntó Griselda.
Miss Cram frunció el ceño, perpleja.
—Es un individuo muy raro. Nunca puede una saber cómo va a
reaccionar. Está sumergido en el pasado.
Se despidió reiteradamente y partió.
—No parece mala muchacha —comentó Griselda cuando la puerta se
hubo cerrado—. Es terriblemente vulgar, pero al mismo tiempo tiene un buen
carácter y es alegre. Me pregunto qué fue lo que realmente la trajo aquí.
—La curiosidad.
—Sí, supongo que sí. Cuéntame lo sucedido, Len. Estoy muriéndome
de ganas de saberlo.
Me senté y relaté fielmente todos los sucesos de la mañana.
Griselda interrumpía de cuando en cuando mis palabras con pequeñas
exclamaciones de sorpresa e interés.
—¡Conque se trataba de Anne! —exclamó—. Yo creía que estaba
enamorado de Lettice. ¡Cuan ciegos hemos sido todos! Eso debió ser lo que miss
Marple insinuó ayer. ¿No te parece?
—Sí —respondí, evitando mirarla.
Mary entró.
—Hay un par de señores. Dicen que son periodistas. ¿Quiere
verles?
—No —repuse—. Ciertamente, no. Dígales que vayan a ver al
inspector Slack, en la comisaría.
Mary asintió.
—Cuando se haya librado de ellos —añadí—, vuelva. Quiero
preguntarle algo.
Tardó unos cuantos minutos en regresar.
—Me costó conseguir que se marchasen —dijo—. Insistían en hablar
con usted. Jamás he visto gente tan terca.
—Supongo que volverán a insistir —repuse—. Vamos a ver, Mary.
¿Está usted segura de no haber oído el disparo ayer por la tarde?
—¿El disparo? No, claro que no. Si lo hubiera oído, habría ido a
ver qué sucedía.
—Sí, pero... —recordaba la declaración de miss Marple acerca de
un disparo «en el bosque». Cambié la forma de la pregunta—. ¿Oyó algún otro
tiro, en el bosque, por ejemplo?
—¡Oh, eso! —hizo una pausa—. Sí, me parece que sí. No varios,
sino uno sólo. Sonó bastante raro.
—Exactamente —dije—. ¿A qué hora?
—¿La hora?
—Sí, la hora.
—No lo sé. Después del té, pero no sé exactamente cuándo.
—¿No puede dar una contestación más concreta?
—No. Tengo trabajo y no puedo pasarme el día mirando relojes, lo
que tampoco serviría de nada, porque el despertador atrasa tres cuartos de hora
al día. Con tanto ponerlo a la hora, no sé qué hora es.
Quizá sea ésta la razón de que nuestras comidas no se sirvan
nunca a tiempo. Algunas veces se atrasan y otras están listas inesperadamente.
Nunca lo sabremos.
—¿Fue mucho antes de que viniera mister Redding?
—No mucho. Quizá diez minutos o un cuarto de hora, pero no más.
Asentí con la cabeza, satisfecho.
—¿Es eso todo? —preguntó Mary—. Porque tengo la carne en el
horno y el budín debe estar hirviendo.
—Puede usted retirarse, Mary.
Salió de la habitación y me volví a Griselda.
—¿Será muy difícil enseñar a Mary a decir «señor» y «señora»?
—Se lo he dicho muchas veces. Parece olvidarlo. Recuerda que es
una muchacha rústica.
—Sí, es cierto, pero el rusticismo puede corregirse. Además,
creo que debiera aprender a cocinar mejor.
—No estoy de acuerdo contigo —repuso Griselda—. Sabes muy bien
que no podemos pagar una buena cocinera. Si la enseñamos se irá a otra parte,
donde le pagarán mejor salario, pero mientras no sepa guisar y sus modales sean
tan bruscos, podemos estar seguros de que nadie intentará quitárnosla.
Observé que el sistema que mi esposa empleaba para dirigir la
casa no carecía de fundamento, como pensara antes. Su razonamiento no carecía
de lógica. Sin embargo, era rebatible el asunto de tener una cocinera que no
supiera guisar y que soltara los platos rudamente delante de uno, con la misma
sequedad con que hacía las observaciones que le placían.
—Además —prosiguió Griselda—, debes perdonarle sus modales más
rudos que de costumbre. No puedes esperar que sienta la muerte del coronel
Protheroe, después que él encarceló a su novio.
—¿Encarceló a su novio?
—Sí, por cazador furtivo. Mary ha estado saliendo con Archer
durante estos dos últimos años.
—Lo ignoraba.
—Tú nunca sabes nada, Len querido.
—Es raro —añadí— que todo el mundo diga que el disparo sonó en
el bosque.
—No te parezca nada extraño —repuso Griselda—. Está uno tan
acostumbrado a oír tiros en el bosque, que cuando se oye alguno, siempre se
supone que ha sido disparado allí. Quizá sea más ruidoso que de costumbre.
Naturalmente, si no se encontrara en la habitación vecina, sabría el lugar
exacto en que fue hecho, pero no creo que sea posible darse cuenta de ello
desde la cocina, cuya ventana está al otro lado de la casa.
La puerta se abrió nuevamente.
—El coronel Melchett ha vuelto —dijo Mary—. Viene con ese
inspector de policía y dicen que haga usted el favor de reunirse con ellos en
el gabinete.
CAPÍTULO XI
Comprendí inmediatamente que el coronel Melchett y el inspector
Slack no estaban de acuerdo; Melchett estaba sonrojado y parecía molesto, y el
inspector tenía aspecto sombrío.
—Siento decir que el inspector Slack no está de acuerdo en que
el joven Redding es inocente —dijo Melchett.
—¿Por qué ha de confesarse culpable si no lo es? —preguntó Slack
escépticamente.
—Recuerde, Slack que también mistress Protheroe se ha acusado a
sí misma del asesinado.
—Es distinto. Es mujer y las mujeres son capaces de portarse de
la más extraña manera. No digo que ella lo haya hecho. Se enteró de que él era
acusado del crimen e inventó una historia. Estoy muy acostumbrado a estas
cosas. Se asombrarían si supiesen la de cosas absurdas de que es capaz una
mujer. Pero Redding es distinto. Tiene la cabeza bien sentada y si afirma que
lo hizo, yo no tengo la menor duda de que dice la verdad. El asesinato fue
cometido con su pistola. Es imposible negar este hecho. Gracias a la actitud de
mistress Protheroe hemos llegado a conocer el motivo del crimen. Éste era antes
nuestro punto débil, pero ahora que lo sabemos, las cosas están claras como la
luz del día.
—¿Cree usted que pudo haberle asesinado antes? ¿Acaso a las seis
y media, por ejemplo?
—No pudo haberlo hecho.
—¿Ha comprobado usted sus movimientos?
El inspector asintió.
—Estaba en el pueblo, cerca del Blue Boar, a las seis y media.
De allí vino en esta dirección por el sendero, donde dice usted que la vecina
de la casa de al lado le vio y acudió a la cita con mistress Protheroe en el
estudio. Salieron juntos poco después de las seis y media, y tomaron el camino
del pueblo, uniéndoseles el doctor Stone. Este último corrobora este punto. He
hablado con él. Permanecieron unos minutos hablando junto al edificio de
Correos y entonces mistress Protheroe fue a casa de miss Hartnell para pedirle
prestada una revista de jardinería. También he comprobado esto hablando con
miss Hartnell. Mistress Protheroe permaneció en su casa con ella hasta las
siete, hora en que comentó lo tarde que era y dijo que debía volver a su casa.
—¿Cuál era su actitud?
—Normal y agradable según dice miss Hartnell. Parecía de buen
humor. Miss Hartnell está segura de que nada le preocupaba.
—Bien, prosiga.
—Redding fue al Blue Boar con el doctor Stone, y tomaron una
copa juntos. Salió de allí a las siete menos veinte y caminó rápidamente por la
calle del pueblo y la carretera que conduce a la vicaría. Mucha gente lo vio.
—¿No tomó por el sendero esta vez?
—No. Fue a la puerta delantera, preguntó por el vicario, se
enteró de que el coronel Protheroe estaba allí, entró y le mató, tal como dice
que lo hizo. Ésta es la verdad y no debemos seguir hurgando en este asunto.
Melchett meneó la cabeza.
—No olvide usted las manifestaciones del médico. Protheroe fue
asesinado antes de las seis y media.
—¡Oh, los médicos! —el inspector Slack hablaba despectivamente—.
Cualquiera cree en ellos. Le operan a uno de las amígdalas y luego dicen que lo
sienten, pero que se trataba de una apendicitis. ¡Médicos!
—No es cuestión de diagnósticos. El doctor Haydock está
completamente seguro de lo que dice. No se puede ir contra la evidencia médica,
Slack.
—A la que voy a añadir por si merece ser tenido en cuenta —dije
entonces, recordando un accidente olvidado—. Toqué el cadáver y estaba frío.
Puedo jurarlo.
—¿Ve usted, Slack? —dijo Melchett.
El inspector cedió de buen grado.
—Siendo así... Lástima. Era un buen crimen y, por decirlo así,
mister Redding estaba deseando que le colgaran por él.
—Esto, en sí mismo, no me parece natural —observó el coronel
Melchett.
—Ya sabe usted que no todos tenemos los mismos gustos —dijo el
inspector—. Muchos hombres han quedado algo trastornados después de la guerra.
Bueno, tendremos que volver a empezar —Se volvió hacia mí—. No alcanzo a
comprender por qué me dejó usted ignorante acerca del reloj, señor. Estaba
usted impidiendo el buen desenvolvimiento de las investigaciones.
Me sentí irritado.
—Traté de decírselo en tres ocasiones distintas —repuse—, pero
en cada una de ellas se negó usted a escucharme.
—Esto es sólo una excusa, señor. Me lo hubiera dicho si hubiera
tenido intención de hacerlo. El reloj y la nota parecen encajar perfectamente.
Ahora, según ustedes, el reloj no marcaba la hora verdadera. Jamás he visto
cosa parecida. ¿Qué motivo puede haber para tener un reloj adelantado un cuarto
de hora?
—Se supone que tal hecho induce a ser puntual.
El inspector se burló.
—No creo que necesitemos hablar de ello ahora, inspector —dijo
el coronel Melchett con tacto—. Debemos averiguar la verdad de boca de mistress
Protheroe y el joven Redding. Llamé a Haydock y le encargué que trajese a
mistress Protheroe aquí. Quizá sería preferible que hiciéramos venir primero a
Redding.
—Llamaré a la comisaría —dijo el inspector, descolgando el
teléfono—. Nos es preciso aclarar conceptos. Y ahora —se dirigió a nosotros—
empecemos a trabajar en esta habitación.
Me miró significativamente.
—Quizá será mejor que salga —observé.
El inspector abrió inmediatamente la puerta.
—Vuelva cuando llegue el joven Redding —dijo el coronel
Melchett—. Es usted amigo suyo y acaso pueda influir para que nos cuente la
verdad.
Encontré a miss Marple y a mi esposa con las cabezas juntas.
—Hemos estado discutiendo toda clase de posibilidades —dijo
Griselda—. Quisiera que solucionara usted el caso, miss Marple, como cuando
desaparecieron los camarones de miss Wetherby; y todo porque el hecho le
recordó algo muy distinto acerca de un saco de carbón.
—Se está usted burlando, querida —repuso miss Marple—, pero,
después de todo, es un sistema muy bueno para llegar a la verdad de las cosas.
Es lo que la gente llama intuición. La intuición es como leer una palabra sin
tener que deletrearla. Los niños no pueden hacerlo, porque tienen muy poca
experiencia, pero una persona mayor conoce la palabra porque la ha visto muchas
veces anteriormente. ¿Comprende usted lo que quiero decir, vicario?
—Sí —repuse lentamente—. Creo que sí. Si una cosa le recuerda
otra, probablemente es de la misma naturaleza.
—Exactamente.
—¿Qué recuerda el asesinato del coronel Protheroe?
Miss Marple suspiró.
—Esa es precisamente la dificultad. ¡Me vienen tantas cosas a la
cabeza! Por ejemplo, el caso del mayor Hargraves, capillero y persona muy
respetada. Sin embargo, tenía una amante, una antigua doncella. Y cinco niños,
realmente cinco. Fue un disgusto terrible para su esposa e hija.
Traté de imaginarme al coronel Protheroe en el papel de rufián
secreto, pero fracasé.
—Hubo también el caso de la lavandera —prosiguió miss Marple—.
El broche de ópalo de miss Hartnell quedó prendido en una blusa fruncida, que
se mandó a la lavandera. La mujer que lo cogió no lo quería para ella, ni era
tampoco una ladrona. Simplemente, lo escondió en casa de otra mujer, y dijo a
la policía que la había visto cogerlo. Lo hizo por despecho, simplemente por
despecho. Es un motivo asombroso. Había un hombre de por medio, naturalmente.
Esta vez no encontré similitud alguna, ni siquiera remota.
—Y el caso de la hija del pobre Elwell —siguió diciendo miss
Marple—. Era una muchacha muy hermosa. Trató de asfixiar a su hermanito. Y
también lo del dinero para la excursión de los muchachos del coro, antes de que
viniera usted, querido vicario, sustraído por el organista. Su esposa había
contraído muchas deudas. Sí. Este caso hace pensar en muchas cosas, quizá
demasiadas. Es muy difícil llegar a la verdad.
—Me gustaría que me dijera quiénes son sus siete sospechosos
—dije.
—¿Los siete sospechosos?
—Dijo usted que podía pensar en siete personas a quienes la
muerte del coronel Protheroe podría complacer.
—¡Ah, sí!
—¿Era verdad?
—Claro que sí, pero no debo mencionar nombres. Puede usted
imaginar quiénes son con mucha facilidad.
—Pues no puedo. Está Lettice Protheroe, supongo, puesto que
probablemente heredará a su padre. Pero es absurdo pensar en ella en este
sentido. Fuera de Lettice, no puedo imaginar a nadie más.
—¿Y usted, querida? —dijo miss Marple, volviéndose hacia
Griselda.
Me sorprendió que Griselda se sonrojara. Algo muy parecido a las
lágrimas asomó a sus ojos. Cerró fuertemente los puños.
—¡Oh! —exclamó indignada—. La gente es odiosa, odiosa. ¡Dicen
cosas tan horribles!
La miré curiosamente. No es propio de Griselda excitarse de esta
manera. Observó mi mirada y trató de sonreír.
—No me mires como si fuera un bicho raro, Len —exclamó—. No
debemos alejarnos del punto principal. Me niego a creer que Lawrence o Anne
tuvieran que ver en el asesinato y, naturalmente, Lettice está completamente
desconcertada. Debe haber alguna pista que pueda ayudarnos a llegar a la
verdad.
—Está la nota, desde luego —observó miss Marple—. Recuerde que
esta mañana dije que me llamaba la atención y que la creía muy extraña.
—Parece fijar la hora de la muerte con gran exactitud —dijo—. Y,
sin embargo, ¿es ello posible? Mistress Protheroe se hubiera solamente entonces
alejado del gabinete y quizá no hubiese tenido tiempo de llegar al estudio.
Sólo puedo explicármelo pensando que él consultó su propio reloj y que éste
estaba atrasado. Me parece una buena solución.
—Tengo otra idea —observó Griselda—. Supón, Len, que el reloj
hubiera sido atrasado antes... No, eso nos lleva al mismo punto. ¡Qué tonta
soy!
—No había sido tocado cuando yo salí —contesté—. Recuerdo
haberlo comparado con el mío. Sin embargo, ello no tiene nada que ver con el
caso.
—¿Qué cree usted, miss Marple? —preguntó Griselda.
La solterona meneó la cabeza.
—Querida, debo admitir que no pensaba en ello desde este punto
de vista. Lo que más me llama la atención es el contenido de la carta.
—No comprendo por qué —dijo—. El coronel Protheroe, simplemente,
escribió que no podía esperar más tiempo.
—¿A las seis y veinte? —repuso miss Marple—. Su cocinera, Mary,
le había ya dicho que usted no regresaría antes de las seis y media, y él
pareció dispuesto a esperar hasta esa hora. Sin embargo, a las seis y veinte se
sienta a escribir que no puede esperar más tiempo.
Miré a la vieja solterona, sintiendo gran respeto por su ágil
imaginación. Había observado lo que nosotros dejamos de ver. Era una cosa muy
extraña, muy extraña...
—Si por lo menos la carta no indicase la hora...
Miss Marple meneó la cabeza.
—Exactamente —dijo—. ¡Si no indicase la hora!
Traté de ver con los ojos de la imaginación aquella hoja de
papel y los inseguros rasgos y, en el encabezamiento, netamente escrita, la
hora: 6.20. Los números se diferenciaban del resto de la carta.
—Supongamos que no figurase la hora —dije—. Supongamos que hacia
las 6.30 el coronel Protheroe se impacientara y se sentara a escribir que no
podía esperar más tiempo, y que mientras estaba ocupado en ello alguien entrara
por la puerta ventana.
—O por la otra puerta —sugirió Griselda.
—Recuerde que el coronel Protheroe era bastante sordo —observó
miss Marple.
—Sí, es cierto. No lo hubiera oído. No importa por dónde
viniera; el asesino se dirigió hacia él por la espalda y disparó. Entonces vio
la nota y el reloj y se le ocurrió la idea. Escribió «6.20» en el
encabezamiento de la carta y atrasó el reloj a las 6.22. Fue una idea
inteligente que le daba lo que debió considerar una perfecta coartada.
—Y nosotros debemos encontrar —dijo Griselda— a alguien que
tenga una coartada perfecta para las 6.20, pero no para las... Oh, no es fácil
decir para qué hora.
—Podemos fijarla, dentro de ciertos límites —repuse—. Haydock da
las 6.30 como la hora base. Quizá pudiéramos alargar hasta las 6.35 por las
razones antedichas. Parece claro que Protheroe no debió impacientarse antes de
las 6.30. Creo que podemos asegurar que fue así.
—Entonces el disparo que yo oí... Sí, supongo que es posible. Y
no le di importancia. Ahora que pienso en ello, me parece que sonó de manera
distinta de los disparos que uno está acostumbrado a oír. Sí, había una
diferencia.
—¿Más fuerte? —sugerí.
No, miss Marple no creía que hubiese sido más fuerte. En
realidad encontraba difícil decir en qué se diferenciaba, pero insistía en que
era distinto.
Creía que se estaba persuadiendo a sí misma de ello más que
realmente recordándolo, pero acababa de dar un tan interesante y nuevo punto de
partida que sentí gran respeto por ella.
Se levantó, murmurando que debía volver a su casa; se había
dejado vencer por la tentación de venir a discutir el caso con Griselda. La
acompañé hasta la verja y cuando regresé encontré a mi esposa sumida en sus
pensamientos.
—¿Estás pensando en la nota? —murmuré.
—No.
Se estremeció y agitó los hombros con impaciencia.
—He estado meditando, Len. Alguien debe haber odiado mucho a
Anne Protheroe.
—¿Odiado?
—Sí. ¿No lo ves? No hay pruebas de ninguna clase contra
Lawrence; la poca evidencia en su contra puede ser llamada accidental. Se le
ocurrió venir aquí. Si no hubiese venido, nadie le hubiera relacionado con el
crimen. Pero Anne es distinto. Supón que alguien supiese que ella estuvo aquí
exactamente a las 6.20. El reloj y encabezamiento de la carta señalan a ella.
No creo que el reloj fuera puesto a esa hora solamente para establecer una
coartada, sino con intención directa de mezclarla a ella en el asesinato. De no
haber sido por la afirmación de miss Marple, asegurando que no llevaba pistola
alguna y observando que solamente tardó un breve instante en dirigirse al
estudio... Sí, si no hubiese sido por esto... —Se estremeció nuevamente—. Creo
que alguien odia mucho a Anne Protheroe, Len, y no me gusta.
CAPITULO XII
Fui llamado al gabinete cuando Lawrence Redding llegó. Parecía
deshecho y se me antojó sospechoso. El coronel Melchett le saludó con palabras
bastante cordiales.
—Queremos hacerle algunas preguntas aquí, en el lugar del
asesinato —dijo.
Lawrence habló, ligeramente burlón.
—¿Reconstrucción del crimen? ¿No es una idea de origen francés?
—Mi querido muchacho —observó el coronel Melchett—, no adopte
este tono al dirigirse a nosotros. ¿Se da usted cuenta de que alguien más se ha
confesado también responsable del crimen que usted pretende haber cometido?
El efecto que tales palabras causaron en Lawrence fue doloroso e
inmediato.
—¿Al... alguien más? —tartamudeó—. ¿Quién?
—Mistress Protheroe —repuso el coronel Melchett, mirándole
atentamente.
—Es absurdo. Ella no lo hizo. No pudo haberlo hecho. Es
imposible.
Melchett le interrumpió.
—No creímos en su confesión, aunque puede parecer extraño.
Tampoco creemos la suya. El doctor Haydock afirma que el asesinato no pudo
haberse cometido a la hora que usted dice que lo llevó a cabo?
—¿Eso dice el doctor Haydock?
—Sí, y ello le libra a usted de toda sospecha, le guste o no.
Ahora queremos que nos ayude, que nos diga exactamente lo ocurrido.
Lawrence vacilaba.
—¿No me engaña usted respecto a mistress Protheroe? ¿Es
realmente cierto que no sospechan de ella?
—Le doy mi palabra de honor —repuso Melchett.
Lawrence suspiró profundamente.
—He sido un tonto —dijo—. ¡Cómo pude por un solo momento haber
pensado en ella!...
—Cuéntenos la verdad —sugirió el jefe de policía.
—No hay mucho que decir. Yo... yo vi a mistress Protheroe
aquella tarde...
Hizo una pausa.
—Ya lo sabemos —dijo Melchett—. Quizás usted crea que sus
sentimientos por mistress Protheroe y los de ella hacia usted constituían un
secreto entre ambos, pero en realidad, eran conocidos y comentados. De todas
formas, ahora se hubiera descubierto.
—Muy bien, pues. Creo que tiene usted razón. Había prometido al
vicario —me miró— que marcharía del pueblo en seguida. Aquella tarde me
encontré con mistress Protheroe en el estudio a las seis y cuarto. Le dije lo
que había decidido. También ella creyó que era lo mejor que podíamos hacer.
Nos... nos despedimos.
«Salimos casi inmediatamente del estudio. El doctor Stone se
unió a nosotros. Anne aparentó perfecta naturalidad. Yo no pude hacerlo. Me fui
con Stone al Blue Boar y tomé un trago. Entonces decidí ir a casa, pero cuando
llegué a la esquina de esta calle cambié de pensamiento y vine a ver al
vicario. Sentía necesidad de hablar con alguien para desahogarme.
»La criada me dijo que el vicario estaba ausente, pero que no
tardaría en regresar, y que el coronel Protheroe estaba en el gabinete,
esperándole. No quise volver sobre mis pasos para no parecer que intentaba
evitarle. Dije a la criada que esperaría también, y entré en el gabinete.
Hizo una pausa.
—¿Qué más? —preguntó el coronel Melchett.
—Protheroe estaba sentado en el escritorio, tal como lo
encontraron ustedes. Fui hasta él. Estaba muerto. Entonces vi la pistola en el
suelo, junto a él. La recogí y vi en seguida que era mi pistola.
»Eso me sobresaltó. ¡Mi pistola! Y entonces, sin detenerme a
pensar, llegué a una conclusión. Anne debió haberla cogido en alguna ocasión,
seguramente con intención de utilizarla contra sí misma, pues no podía seguir
soportando el trato que le daba su marido. Quizás aquel día la llevaba consigo.
Cuando nos separamos en el pueblo debió regresar aquí y... Debí estar loco al
pensar así, pero esto es lo que me ocurrió. Guardé la pistola en el bolsillo y
salí. Encontré al vicario junto a la verja y sentí súbitamente grandes deseos
de reír. Recuerdo haber gritado algo absurdo y observado cómo su cara cambiaba.
Estaba completamente fuera de mí. Caminé hasta que no pude soportar más. Si
Anne había cometido ese horrible crimen, yo era, por lo menos moralmente, responsable
de ello. Entonces me presenté a la policía.
Se produjo una pausa cuando dejó de hablar. Después el coronel
habló con voz seca.
—Quisiera hacerle una o dos preguntas. Primero: ¿tocó usted o
movió el cadáver en alguna forma?
—No, no lo toqué. Era posible ver que estaba muerto sin
necesidad de hacerlo.
—¿Observó usted una nota sobre la carpeta, medio oculta con su
cuerpo?
—No.
—¿Tocó usted el reloj?
—No. Me parece recordar un reloj derribado encima de la mesa,
pero no lo toqué.
—Y en cuanto a su pistola, ¿cuándo la vio por última vez?
Lawrence Redding permaneció pensativo.
—Es difícil decirlo con exactitud.
—¿Dónde la guardaba?
—¡Oh! Mezclada con varias cosas en la sala de mi casa, en uno de
los estantes de la librería.
—¿No la guardaba cuidadosamente?
—En realidad, no me preocupaba de ella.
—¿Así cualquier persona que fuera a la casa podía haberla
cogido?
—Sí.
—¿Y no recuerda cuándo la vio usted por última vez?
Lawrence frunció el ceño, tratando de recordar.
—Estoy casi seguro que fue anteayer. Recuerdo haberla apartado
para coger una pipa vieja. Creo que fue anteayer, pero pudo muy bien haber sido
el día anterior.
—¿Quién ha estado últimamente en su casa?
—Mucha gente. Siempre viene alguien. Anteayer se reunieron allí
varias personas a la hora del té. Lettice Protheroe, Dennis y sus amigos.
Además, de cuando en cuando viene alguna de esas solteronas.
—¿Cierra usted su casa cuando sale?
—No. ¿Por qué? Nada tengo que valga la pena de ser robado.
Además, aquí nadie cierra la puerta de su casa.
—¿Quién se encarga del cuidado de su casa?
—La vieja mistress Archer viene cada mañana para hacer la
limpieza.
—¿Cree usted que ella podría recordar cuándo vio la pistola por
última vez?
—No lo sé. Quizá sí. Pero me parece que la limpieza a fondo no
es su fuerte.
—Es decir, cualquier persona pudo haber cogido la pistola.
—Sí, creo que sí.
La puerta se abrió, dando paso al doctor Haydock, que acompañaba
a Anne Protheroe. Anne se detuvo al ver a Lawrence y éste intentó dirigirse
hacia ella.
—Perdóname, Anne —dijo—. Es imperdonable que hubiese pensado tal
cosa de ti.
—Yo... —Titubeó, miró implorando al coronel Melchett—. ¿Es
verdad lo que el doctor Haydock me ha dicho?
—¿Que mister Redding está libre de sospechas? Sí. ¿Quiere usted
ahora contarnos su historia, mistress Protheroe?
Sonrió avergonzada.
—Formarán muy mala opinión de mí.
—Digamos que ha sido usted bastante... tonta. Pero ya todo ha
pasado. Ahora quiero que me cuente usted toda la verdad, mistress Protheroe,
sin omitir nada.
Ella asintió gravemente.
—Se la diré. Supongo que está usted enterado de... de...
—Sí.
—Aquella tarde debía encontrarme con Lawrence... mister Redding,
en el estudio, a las seis y cuarto. Mi esposo y yo fuimos juntos al pueblo en
el coche. Tenía que hacer algunas compras. Cuando nos separamos mencionó
casualmente que iba a ver al vicario. No pude avisar a Lawrence y estaba algo
inquieta. Encontraba desagradable reunirme con él en el estudio mientras mi
esposo estaba en la vicaría.
Se sonrojó al hablar. No era agradable para ella.
—Pensé que quizá mi esposo no permaneciese mucho tiempo en la
vicaría. Para averiguarlo vine por el sendero. Esperaba que nadie me viese,
pero, naturalmente, miss Marple estaba en su jardín. Me habló y le dije que iba
a buscar a mi esposo. Tenía que decirle algo. Ignoro si me creyó. Parecía
algo... burlona.
«Cuando me separé de ella fui directamente a la vicaría y di la
vuelta a la casa, hasta la puerta ventana del gabinete. Me acerqué a ella
despacio, esperando oír voces, pero, ante mi sorpresa, no oí nada. Miré al
interior, vi que la habitación estaba vacía y me dirigí apresuradamente hacia
el estudio, donde Lawrence se reunió conmigo casi inmediatamente.
—¿Dice usted que la habitación estaba vacía, mistress Protheroe?
—Sí. Mi esposo no estaba allí.
—Es extraordinario.
—¿Quiere usted decir, señora, que no le vio? —preguntó el
inspector Slack con una tranquilidad admirable.
—No, no le vi.
Slack murmuró algo al jefe de policía, que asintió.
—¿Le importaría, mistress Protheroe, indicarnos exactamente lo
que hizo?
—Desde luego.
Se levantó. El inspector abrió la puerta ventana y Anne salió a
la terraza y dio la vuelta a la casa, hacia la izquierda.
El inspector Slack me indicó por señas, vigorosamente, que me
sentara en el escritorio.
No me gustó hacerlo, pero, desde luego, obedecí.
No tardé en oír pasos en el exterior, que se detuvieron durante
un instante y luego retrocedieron. El inspector Slack me indicó que podía
regresar al otro lado de la habitación. Mistress Protheroe volvió a entrar por
la puerta ventana.
—¿Fue eso exactamente lo que hizo? —preguntó el coronel
Melchett.
—Creo que sí.
—¿Puede usted, pues, mistress Protheroe, indicarme en qué lugar
del despacho se encontraba el vicario cuando usted ha mirado? —preguntó el
inspector Slack.
—¿El vicario? Pues no lo sé. No lo vi.
El inspector Slack asintió.
—Y así fue como no vio usted a su esposo. Estaba sentado ante el
escritorio.
—¡Oh! —Hizo una pausa mientras sus ojos se agrandaban por el
horror—. ¿No fue allí donde... donde...?
—Sí, mistress Protheroe. Estaba allí.
—¡Oh! —exclamó, estremeciéndose.
El inspector prosiguió con sus preguntas.
—¿Sabía usted que mister Redding poseía una pistola?
—Sí. Él me lo dijo en una ocasión.
—¿La tuvo usted alguna vez en su poder?
Denegó con la cabeza.
—No.
—¿Sabía usted el lugar en que la guardaba?
—No estoy segura, pero creo haberlo visto en la librería de su
casa. ¿No la guardabas allí, Lawrence?
—¿Cuándo estuvo usted en su casa por última vez?
—Hace unas tres semanas. Mi esposo y yo tomamos el té allí con
él.
—¿No ha vuelto desde entonces?
—No. Nunca fui sola. Hubiera murmurado la gente.
—Sin duda —asintió secamente el coronel Melchett—. ¿Dónde
acostumbraba usted ver a mister Redding?
Se sonrojó.
—Él solía venir a Old Hall. Retrataba a Lettice. Nosotros... con
frecuencia nos veíamos después en el bosque.
El coronel Melchett asintió.
—¿No es ya bastante? —preguntó ella con voz quebrantada—. Es
terrible tener que contarles todas estas cosas. Y no... no había nada de malo
en ello. No, no lo había. Sólo éramos amigos. No pudimos evitar amarnos.
Miró implorante al doctor Haydock y ese hombre de buen corazón
dio un paso hacia delante.
—Creo, Melchett, que ya ha sido bastante interrogada —observó—.
Ha sufrido un gran disgusto, en más de un sentido.
El jefe de policía asintió.
—No quiero preguntarle nada más, mistress Protheroe —dijo—.
Gracias por contestar con tanta franqueza.
—Entonces... ¿puedo irme?
—¿Está su esposa en casa? —me preguntó Haydock—. Creo que
mistress Protheroe quisiera verla.
—Sí —asentí—. Griselda está en casa. En la salita.
Ella y Haydock salieron juntos de la habitación, siguiéndoles
Lawrence Redding.
Melchett frunció los labios mientras jugueteaba con un
cortapapeles. Slack miraba la nota. Fue entonces cuando mencioné la teoría de
miss Marple.
Slack examinó la nota cuidadosamente.
—A fe que creo que esa vieja señora tiene razón —-comentó—.
Mire, señor. Estos números están escritos con tinta distinta, ¿no lo ve?
Emplearon una estilográfica.
Nos sentimos muy excitados.
—Supongo que habrá buscado huellas digitales en el papel
—observó el coronel Melchett.
—Desde luego, pero no se encontró ninguna. Las huellas de la
pistola corresponden a mister Lawrence Redding. Quizás antes hubo algunas
otras, pero no pueden ser observadas.
—Al principio el caso se presentaba muy feo para mistress
Protheroe —dijo el coronel pensativamente—. Mucho más que contra el joven
Redding. Existía la declaración de miss Marple de que no llevaba la pistola
encima, pero esas viejas señoritas se equivocan a menudo.
Permanecí en silencio, aunque no estaba de acuerdo con él.
Estaba seguro de que mistress Protheroe no llevaba pistola alguna, habiéndolo
afirmado así miss Marple. Miss Marple no es de las señoras de edad que cometen
errores. Cuando dice algo, siempre se observa que tiene razón.
—Lo que más me extraña es que nadie haya oído el disparo. Si fue
hecho entonces, alguien debe haberlo oído, aunque les hubiera parecido que
provenía de otro sitio. Será mejor que interrogue usted a la cocinera,
inspector Slack.
El inspector se dirigió rápidamente hacia la puerta.
—No le pregunte si oyó un tiro en la casa, pues ella lo negará
—dije—. Háblele de un disparo en el bosque. Ésa es la única clase de disparos
que ella admitirá haber oído.
—Sé cómo manejar a esa clase de personas —repuso el inspector,
saliendo del gabinete.
—Miss Marple dice que oyó un tiro más tarde —musitó el coronel
Melchett, pensativo—. Hemos de procurar que pueda precisar con exactitud la
hora. Naturalmente, puede tratarse de uno que nada tenga que ver con el caso.
—Sí, naturalmente —dije.
El coronel dio unos pasos por el gabinete.
—Tengo la impresión, Clement —dijo—, que este caso será más
difícil de resolver de lo que parece. Hay algo que no alcanzamos a ver.
—Resopló—. Algo que ni siquiera sabemos lo que es. Estamos solamente al
principio, Clement. Todas estas cosas, el reloj, la nota, la pistola, son
desconcertantes.
Meneé la cabeza, pues ciertamente lo eran.
—Pero llegaré al fondo del asunto. No quiero pedir ayuda a
Scotland Yard. Slack es hombre inteligente. De algún modo averiguará la verdad.
Ha resuelto algunos casos muy complicados y también desvelará éste. No
necesitamos a Scotland Yard. Nosotros nos bastamos.
—Estoy seguro de que así es —repuse.
Traté de hablar con entusiasmo, pero el inspector Slack se había
granjeado de tal modo mi antipatía, que el simple pensamiento de que podía
resolver el caso me disgustaba. Un Slack victorioso sería más insoportable aún.
—¿Quién vive en la casa de al lado? —preguntó súbitamente el
coronel.
—¿Quiere decir al extremo de la calle? Mistress Price Ridley.
—La visitaremos después de que Slack haya interrogado a la
cocinera. Quizás haya oído algo. Supongo que será sorda, ¿verdad?
—Creo que su oído es notablemente fino. Mi suposición tiene por
fundamento las muchas murmuraciones a que ha dado lugar diciendo: «Por
casualidad he oído decir...»
—Ésa es la clase de mujer que nos conviene. Aquí está Slack.
El inspector parecía deshecho.
—¡Vamos! —dijo—. Tiene usted un sargento de coraceros por
cocinera, señor.
—Mary es mujer de carácter enérgico —repuse.
—No le gusta la policía —añadió—. Le previne e hice cuanto pude
por asustarla, pero no se dio por vencida.
—Es su carácter —observé, sintiendo un mayor aprecio por Mary.
—Por lo menos pude averiguar que había oído un disparo, sólo
uno, mucho después de la llegada del coronel Protheroe. Pudimos finalmente
concretar bastante la hora basándonos en el pescado. El muchacho que lo trae
llegó tarde y ella le calentó las orejas, pero él alegó que sólo acababan de
dar las seis y media. Eso fue inmediatamente después de haber oído el disparo.
Desde luego, no sabemos la hora exacta, pero tenemos una idea muy aproximada.
—¡Aja! —exclamó Melchett.
—No creo que mistress Protheroe lo hiciera —prosiguió Slack con
un deje de pena en la voz—. No hubiera tenido tiempo y, además, las mujeres no
suelen ser aficionadas a las armas de fuego. Les gusta el arsénico. No, no creo
que lo hiciera. ¡Es una pena!
Suspiró.
Melchett dijo que iba a visitar a mistress Price Ridley, y Slack
afirmó que, a su parecer, visitarla era buena idea.
—¿Puedo acompañarles? —pregunté—. Me siento muy interesado.
Se me concedió permiso y salimos juntos.
Al llegar a la verja, Dennis se acercó corriendo desde la calle
para unirse a nosotros.
—¡Hola! —saludó con fuerte voz—. ¿Fue una buena pista la huella
de pasos de que le hablé? —inquirió al inspector.
—Eran del jardinero —repuso Slack lacónicamente.
—¿No cree que hayan podido ser hechas por otra persona que se hubiera
puesto las botas del jardinero?
—No —repuso Slack secamente.
Dennis es un muchacho muy decidido, que no ceja fácilmente en
sus propósitos. A continuación sacó un par de fósforos quemados, que alargó al
inspector.
—Los encontré junto a la verja de la vicaría.
—Gracias —repuso Slack, guardándolos en el bolsillo.
La conversación pareció llegar a un punto muerto.
—¿Detiene a tío Len? —preguntó jocosamente.
—¿Por qué he de hacerlo? —replicó Slack.
—Hay muchas cosas contra él —declaró Dennis—. Pregúnteselo a
Mary. El día antes del asesinato deseaba que el coronel Protheroe desapareciera
de este mundo, ¿verdad, tío Len?
—Yo... —empecé a decir.
El inspector Slack me miró sospechosamente y enrojecí hasta la
raíz de los cabellos. Dennis tiene a veces bromas muy pesadas. Debiera darse
cuenta de que los policías carecen por regla general del sentido del humor.
—No seas absurdo, Dennis —dije con voz irritada.
El inocente niño me miró con ojos sorprendidos.
—No es sino una broma —dijo—. El tío Len se limitó a decir que
quienquiera que asesinara al coronel Protheroe prestaría un buen servicio a la
Humanidad.
—¡Ah! —exclamó Slack—. Eso aclara algo lo que dijo la cocinera.
Tampoco los criados suelen tener sentido del humor. Maldije
íntimamente a Dennis por haber hablado de ello. Esas palabras y el asunto del
reloj me harán sospechoso por toda la vida a los ojos de Slack.
—Vamos, Clement —-dijo el coronel Melchett.
—¿Dónde van? ¿Puedo agregarme? —preguntó Dennis.
—No, no puedes —repuse.
Le dejamos mirándonos con ojos tristes. Anduvimos hasta la
puerta de la casa de mistress Price Ridley y el inspector llamó en una forma
que solamente puede ser descrita como oficial.
Una bonita doncella abrió la puerta.
—¿Está en casa mistress Price Ridley? —preguntó el coronel
Melchett.
—No, señor —repuso la doncella—. Acaba de salir hacia la
comisaría de policía.
Esto era algo completamente inesperado. Al volver sobre nuestros
pasos, Melchett me agarró del brazo.
—Si ha ido a confesar que fue ella quien mató a Protheroe, creo
que voy a enloquecer.
CAPITULO XIII
No me pareció posible que mistress Price Ridley fuera a hacer
algo tan dramático, pero me pregunté qué la habría llevado a la comisaría.
¿Acaso tenía algo importante, o que ella creía lo fuera, que comunicar? Pronto
lo sabríamos.
Encontramos a mistress Price Ridley hablando rápidamente a un
asombrado agente. El lazo de su sombrero, que temblaba ostensiblemente, me
indicó que estaba extremadamente indignada. Mistress Price Ridley se cubre con
sombreros del tipo que creo se conoce como «para matronas», especialidad de la
vecina población de Much Benham. Se colocan fácilmente sobre una
superestructura de cabello y están adornados con grandes lazos. Griselda me
amenaza continuamente con adquirir uno para su uso.
Cuando entramos, mistress Price Ridley detuvo momentáneamente su
chorro de palabras.
—¿Mistress Price Ridley? —preguntó el coronel Melchett,
saludando con el sombrero.
—Permítame presentarle al coronel Melchett, mistress Price
Ridley —dije—. El coronel es nuestro jefe de policía.
Mistress Price Ridley me miró fríamente y dirigió una mueca
parecida a una sonrisa al coronel.
—Acabamos de ir a su casa, señora —explicó el coronel— y nos
enteramos de que se encontraba usted aquí.
—¡Ah! —exclamó—. Me alegro de que se dé importancia al asunto.
Es una verdadera ignominia.
No hay duda alguna de que el crimen siempre es ignominioso, pero
yo no emplearía esa palabra para describirlo. También Melchett se sorprendió al
oírla.
—¿Puede usted arrojar alguna luz sobre el caso? —preguntó.
—Ése es asunto suyo, de la policía. ¿Para qué pagamos impuestos,
de lo contrario?
Me pregunto cuántas veces se pronuncian estas palabras durante
el año.
—Estamos haciendo cuanto podemos, señora —repuso el jefe de
policía.
—¡Pero ese agente no sabía una palabra de esto hasta que yo se
lo dije! —exclamó.
Nos volvimos a mirar al policía.
—Alguien llamó a la señora por teléfono —explicó—. Creo que ha
sido insultada.
—¡Oh, ya comprendo! —dijo el coronel—. Estábamos hablando de
cosas distintas. ¿Viene usted a presentar una denuncia?
Melchett es un hombre inteligente. Sabe que cuando se trata de
una airada señora de mediana edad sólo puede hacerse una cosa: dejarla hablar.
Cuando haya acabado con lo que tiene que decir, entonces podrá ser interrogada.
Mistress Price Ridley empezó a hablar.
—Tales ignominias debieran ser evitadas, no tendrían que
ocurrir. ¡Que la llamen a una a su propia casa para insultarla! ¡Sí,
insultarla! No estoy acostumbrada a tales cosas. Desde que terminó la guerra,
la moral de la gente deja mucho que desear. ¡Hablan de una manera y llevan unos
vestidos...!
—Tiene usted razón —afirmó el coronel Melchett apresuradamente—.
Explíqueme lo sucedido.
—Alguien me llamó por teléfono...
—¿Cuándo?
—Ayer, al anochecer. Serían las seis y media. Descolgué el
auricular sin sospechar nada y escuché un chorro de insultos y amenazas.
—¿Qué fue exactamente lo que le dijeron?
Mistress Price Ridley se sonrojó.
—No puedo repetirlo.
—Palabras obscenas —murmuró el agente por lo bajo.
—¿Le dijeron palabras obscenas? —preguntó el coronel.
—Depende de lo que usted llame obsceno.
—¿Pudo comprender lo que se le dijo?
—Claro que sí.
—Entonces no fueron palabras obscenas —dije.
Mistress Price Ridley me miró sospechosamente.
—Una dama refinada —expliqué— no conoce tal clase de palabras.
—No era eso —observó ella—. Debo admitir que al principio me
sentí muy sorprendida. Creí que se trataba de un mensaje verdadero. Entonces,
la... la persona que hablaba empleó palabras insultantes.
—¿Insultantes?
—Muy insultantes. Me sentí muy alarmada.
—¿La amenazaron?
—Sí, y no estoy acostumbrada a ello.
—¿Con qué la amenazaron? ¿Con daño físico?
—No, exactamente.
—Temo que tendrá que ser más explícita, mistress Price Ridley.
¿Cómo la amenazaron?
Mistress Price Ridley parecía singularmente remisa a contestar.
—No puedo recordarlo con exactitud. Estaba muy agitada. Pero al
fin, cuando yo estaba terriblemente trastornada, esa... esa misma persona rió
de gana, al parecer...
—¿Era una voz de hombre o de mujer?
—Era una voz degenerada —afirmó mistress Price Ridley,
dignamente—. Sólo puedo describirla diciendo que se trataba de una voz
pervertida. No era ni gruesa, ni fina, sino realmente muy extraña.
—Debe haber sido una broma de mal gusto —observó el coronel.
—Pues fue una cosa terrible. Pudo haberme dado un ataque al
corazón.
—Nos ocuparemos de ello —dijo Melchett—. Averigüe el origen de
la llamada, inspector. ¿No puede explicarme con mayor detalle lo que le
dijeron, mistress Price Ridley?
Una enconada lucha tenía lugar en los sentimientos de ella. La
reticencia se oponía a la venganza, pero fue esta última la que triunfó.
—Supongo que lo que diga no saldrá de aquí —observó.
—Naturalmente.
—Esa persona empezó diciendo... así no puedo contarlo.
—Sí, sí —la animó Melchett.
—«Es usted una vieja chismosa.» ¡Yo, una vieja chismosa, coronel
Melchett! «Pero esta vez ha ido demasiado lejos. Scotland Yard la persigue por
calumnia.»
—Usted se sintió, naturalmente, muy alarmada —dijo Melchett,
mordiéndose el labio, para no reír.
—«A menos que contenga la lengua en el futuro algo malo le
ocurrirá». No puedo describir el tono amenazante con que eso último fue
pronunciado. «¿Quién es usted?», pregunté deliberadamente, y la voz contestó:
«El vengador». Di un grito de espanto y entonces aquella persona se rió. ¡Se
rió! Lo oí claramente. Y colgó el aparato. Desde luego, pregunté a la central
qué número me había llamado, pero dijeron que lo ignoraban. Ya sabe usted cómo
son las telefonistas: groseras y antipáticas.
—Sí —asentí.
—Me sentí desmayar —prosiguió mistress Price Ridley—. Entonces
oí un disparo en el bosque, que casi me sacó de mis casillas.
—¿Un disparo en el bosque? —preguntó Slack.
—En el estado de excitación en que me encontraba, más me pareció
un cañonazo. ¡Oh!, exclamé, y caí postrada en un sofá. Clara tuvo que traerme
una copa de ginebra.
—Disgustante —dijo Melchett—. Muy disgustante, y terrible para
usted. ¿Le pareció muy fuerte el disparo, como si hubiera sido hecho muy cerca
de usted?
—Esa impresión fue debida a mi estado nervioso.
—Desde luego, desde luego. ¿A qué hora sucedió todo eso? Es para
ayudarnos a averiguar el sitio desde dónde la llamaron, ¿comprende?
—Alrededor de las seis y media.
—¿No puede ser más exacta?
—El reloj de la repisa acababa de dar la media y pensé que
adelantaba algo. En realidad adelanta. Consulté la hora en mi reloj de pulsera,
me señalaba las seis y diez. Lo llevé al oído, y observé que estaba parado.
Entonces me dije que si el reloj adelantaba, no tardaría en oír las campanadas
de la iglesia. Después sonó el timbre del teléfono y me olvidé de ello.
Hizo una pausa para recobrar aliento.
—Es una hora bastante aproximada —dijo el coronel Melchett—.
Haremos averiguaciones, señora.
—Considérelo como una broma pesada y no se preocupe por ello
—aconsejé.
Me miró fríamente. Estaba claro que el incidente del billete de
una libra no había sido olvidado.
—En este pueblo han estado sucediendo cosas muy raras en los
últimos tiempos —-dijo, dirigiéndose al coronel Melchett—. Muy extrañas, por
cierto. El coronel Protheroe se disponía a investigarlas y le mataron. Quizá yo
seré la próxima víctima.
Saludó melancólicamente con una inclinación de cabeza y salió.
—No tendremos esa suerte —murmuró Melchett.
El coronel se volvió hacia el inspector Slack y le miró interrogativamente.
Éste asintió con la cabeza, despacio.
—Tres personas oyeron el disparo, señor. Ahora debemos averiguar
quién lo hizo. Mister Redding nos ha hecho perder tiempo con su confesión, pero
tenemos varios puntos de partida. No los examiné antes, pues le creía culpable.
Pero ahora todo es distinto. Una de las primeras cosas que debemos averiguar es
el origen de la llamada.
—¿La de mistress Price Ridley?
El inspector sonrió.
—No, aunque supongo que algo debemos hacer en cuanto a ella,
pues, de lo contrario, esa señora volverá a molestarnos. Me refiero a la que
hizo que el vicario estuviera ausente cuando llegó el coronel a su casa.
—Sí —asintió Melchett—. Es importante.
—Y, después, saber lo que todos estaban haciendo aquel día entre
seis y siete de la tarde. Todo el mundo en Old Hall, desde luego, y casi todos
en el pueblo.
Suspiré.
—Tiene usted una maravillosa energía, inspector Slack.
—Las cosas han de hacerse bien. Empezaremos tomando nota de sus
movimientos, mister Clement.
—Naturalmente. La llamada fue hecha alrededor de las cinco y
media.
—¿Era voz de hombre o de mujer?
—De mujer. Por lo menos, así me lo pareció. Desde luego, di por
sentado que se trataba, probablemente, de mistress Abbott.
—¿Puede usted asegurar que era la voz de mistress Abbott?
—No, no puedo. No presté mucha atención.
—¿Salió usted en seguida? ¿Fue a pie? ¿Tiene bicicleta para esos
casos?
—No.
—¿Cuánto tardó en llegar?
—Hay que recorrer unas dos millas, vaya por donde vaya.
—¿Es más cerca cruzando por los bosques de Old Hall?
—Sí, pero el camino no es muy bueno. Fui por el sendero que
cruza los campos.
¿El que sale junto a la verja de la vicaría?
—Sí.
—¿Y mistress Clement?
—Mi esposa se encontraba en Londres y regresó en el tren de las
6.50.
—Bien. Ya he hablado con la cocinera y hemos terminado con la
vicaría. Primero iré a Old Hall y después quiero hablar con mistress Lestrange.
Es curioso que fuera a visitar a Protheroe la noche anterior a su asesinato.
Hay muchas cosas extrañas en este caso.
Asentí. Miré el reloj y observé que era casi hora de comer.
Invité a Melchett a hacerlo con nosotros, pero se excusó diciendo que tenía que
ir al Blue Boar. En el Blue Boar sirven una magnífica comida. Pensé que su
elección era buena. Después de su entrevista con la policía seguramente Mary se
sentía más temperamental que de costumbre.
CAPITULO XIV
Al dirigirme a casa me encontré con miss Hartnell que me
entretuvo unos diez minutos quejándose con su voz profunda de la ingratitud de
las clases inferiores. Parece que los pobres no querían a miss Hartnell en sus
casas. Mis simpatías estaban completamente de su parte. Mi posición social me
impide expresar mis sentimientos con la misma franqueza que ellos.
La calmé lo mejor que pude y me dirigí apresuradamente a la
vicaría.
Haydock me alcanzó en su coche junto a la esquina.
—Acabo de llevar a mistress Protheroe a su casa —dijo al pasar.
Me esperó frente a su casa.
—Entre un momento —me invitó.
Accedí.
—Es un asunto extraordinario —observó mientras arrojaba el
sombrero sobre una silla y abría la puerta del consultorio.
Se dejó caer en un derrengado sillón de cuero. Parecía
preocupado.
Le informé que habíamos podido fijar la hora del disparo. Me
escuchaba con aire abstraído.
—Eso deja libre de sospechas a Anne Protheroe —exclamó—. Me
alegro de que no se trate de ninguno de los dos. Me son simpáticos.
Creía sus palabras, pero no pude menos que preguntarme por qué,
si, como decía, sentía simpatía por ellos, el hecho de que estuvieran libres de
sospechas parecía sumirle en un estado de abatimiento. Por la mañana había
tenido el aspecto de un hombre a quien le hubieran quitado un peso de encima,
pero en aquel momento me pareció preocupado.
Sin embargo, estaba convencido de la veracidad de sus palabras.
Sentía realmente simpatía por Anne Protheroe y Lawrence Redding. ¿Por qué,
pues, aquella melancolía?
—Quiero hablarles de Hawes —dijo haciendo un esfuerzo—. Todos
estos sucesos le han medio enloquecido.
—¿Está realmente enfermo?
—Nada hay radicalmente mal en él. Desde luego, supongo que debe
usted saber que ha padecido encefalitis letárgica, la enfermedad del sueño,
como comúnmente se le llama.
—No —repuse con gran sorpresa— no sabía nada de ello. Él nunca
lo mencionó. ¿Cuándo tuvo esa enfermedad?
—Hace cosa de un año. Se repuso, es decir, en el grado en que
algunos de los que la sufren logran reponerse. Es una extraña enfermedad, que
produce un raro efecto moral. El carácter del enfermo puede cambiar
completamente.
Permaneció en silencio durante un momento.
—Nos entristecemos cuando pensamos en los tiempos en que
quemábamos las brujas en la hoguera. Creo que llegará el día en que la
Humanidad se horrorizará al pensar que ahorcamos a los criminales —prosiguió.
—¿No es usted partidario de la pena de muerte?
—No es eso, exactamente. —repuso, e hizo una pausa. Luego habló
lentamente—: Prefiero mi trabajo al suyo.
—¿Por qué?
—Porque el suyo trata extensamente acerca de lo que llamamos
bien y mal, y no estoy muy seguro de que tales cosas existan. Suponga que todo
ello no sea sino una cuestión de secreción glandular. Una glándula demasiado
grande y otra demasiado pequeña, y quizás este simple hecho produzca el
asesino, el ladrón, el criminal empedernido. Clement, creo que llegará el
tiempo en que nos horrorizaremos al pensar en los siglos que hemos dedicado a
lo que acaso pueda llamarse reprobación moral y que hemos matado a gentes que
sufren enfermedades contra las que nada pueden hacer. No se ahorca a un hombre
por el solo hecho de padecer tuberculosis.
—No es peligroso para la sociedad.
—En cierto sentido, sí. Contagia a otra gente. Tome al
desgraciado que se cree emperador de China. No se le considera malo por este
sencillo hecho. Sé que a lo que se refiere cuando habla de la sociedad; debe
ser protegida. Encierre a esa gente donde no puedan causar daño alguno,
elimínelos en forma misericordiosa, pero no llame castigo a eso. No haga caer
la vergüenza sobre esos desgraciados y sus familias.
Le miré curiosamente.
—Nunca le había oído hablar así.
—No acostumbro a exponer mis teorías. Hoy hago una excepción.
Usted es persona inteligente, Clement. No todos los clérigos lo son. No
admitirá, me parece, que no existe aquello que técnicamente es conocido como
«pecado», a pesar de lo cual está dispuesto a considerar la posibilidad de tal
cosa.
—Va contra la misma raíz de nuestras ideas —repuse.
—Sí. Formamos parte de una Humanidad de mente estrecha y que
cree ser buena, ansiosa de juzgar aquellas cosas acerca de las cuales nada
sabemos. Yo creo sinceramente que el crimen es asunto que debe ser tratado por
el médico y no por el policía o el sacerdote. Quizás en el futuro ya no exista.
—¿Lo habrán curado ustedes?
—Sí. Es un pensamiento magnífico. ¿Ha estudiado alguna vez las
estadísticas del crimen? Muy poca gente lo ha hecho. Se sorprendería al ver lo
importante que es la delincuencia juvenil. Ahí tenemos otra vez las glándulas.
El joven Neil, el asesino de Oxfordshire, mató a cinco niñas antes de que se
sospechara de él. Era un muchacho simpático, que nunca se había metido en lío
alguno. Lily Rose, la muchacha de Cornualles, mató a su tío porque le compraba
demasiados caramelos. Le asesinó con un martillo cuando dormía. Regresó a su
casa y quince días más tarde mató a su hermana mayor, que la molestó por una
tontería. Ninguno de los dos fue ahorcado, desde luego, sino enviados a un
manicomio. Quizá más tarde se curen, o acaso no. Dudo que la muchacha sane. Lo
único que le importa es ver matar cerdos. ¿Sabe usted a qué edad es más
corriente el suicidio? Entre los quince y los dieciséis años. Hay muy poca
distancia entre autoasesinato y el asesinato de los demás. No es debido a un
defecto moral, sino físico.
—¡Es terrible!
—No, sólo es nuevo para usted. Debemos enfrentarnos con las
nuevas verdades que se descubren. Hemos de reajustar nuestras ideas, lo que,
algunas veces, hace la vida difícil.
Permaneció sentado, con el ceño fruncido, sin que le abandonara
aquella actitud pesarosa.
—Si usted sospechara, si usted supiera, Haydock —exclamé—, que
alguien es culpable de asesinato, ¿entregaría esa persona a las autoridades o
se sentiría tentado de protegerla?
No estaba preparado para el efecto que había de causarle mi
pregunta. Haydock se volvió hacia mí, irritado.
—¿Qué le hace preguntar tal cosa, Clement? ¿Qué idea se le ha
ocurrido? Hable claro, hombre.
—¡Oh, nada en particular! —-repuse bastante sorprendido—. Sólo
que el recuerdo del asesinato no nos abandona. Únicamente me preguntaba cuál
será su reacción si por un azar alcanzará a descubrir la verdad.
Su irritación se aplacó.
—Si sospechara... si supiera... cumpliría con mi deber, Clement.
Por lo menos, confío en que lo haría.
—La cuestión estriba en qué lado cree usted que su deber se
encuentra.
Me miró con ojos inescrutables.
—Creo que todo el mundo, en algún momento de su vida, se hace
esa misma pregunta, Clement. Y cada hombre debe contestarla por sí mismo.
—¿No lo sabe usted?
—No, no lo sé.
Creía que lo mejor sería cambiar de tema.
—Mi sobrino se está divirtiendo mucho con este caso —dije—. Se
pasa los días buscando huellas.
Haydock sonrió.
—¿Qué edad tiene?
—Dieciséis años. A esa edad no se concede importancia a las
tragedias. Para ellos todo se reduce a Sherlock Holmes y Arsenio Lupin.
—Es un muchacho de magnífico aspecto —dijo Haydock
pensativamente—. ¿Qué piensa hacer de él?
—No puedo permitirme mandarle a la Universidad. Él quiere
ingresar en la marina mercante. Falló los exámenes de ingreso para la Armada.
—Es una vida dura, pero otras hay peores y se siguen.
—Debo irme —dije, viendo la hora en el reloj—. Hace media hora
que debe estar la comida lista.
Mi familia se estaba sentando a la mesa cuando llegué. Me
pidieron cuenta detallada de las actividades de la mañana. Satisfice su
curiosidad, sintiendo, al hacerlo, que la mayor parte de lo sucedido tenía la
naturaleza de un anticlímax.
Sin embargo, Dennis se divirtió mucho con el relato de la
llamada telefónica de mistress Price Ridley y estalló en fuertes carcajadas
cuando mencioné el choque nervioso que había sufrido y la necesidad de
reconfortarse con una copa de ginebra.
—Le está muy bien empleado —exclamó—. Tiene la lengua más mordaz
del pueblo. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí llamarla y asustarla. ¿Y si le
diéramos una segunda dosis, tío Len?
Le rogué que se abstuviera de hacerlo. Nada hay más peligroso
que los bien intencionados esfuerzos de la generación más joven, encaminados a
ayudarle a uno y a demostrar su simpatía.
El humor de Dennis cambió súbitamente. Frunció el ceño y adoptó
aire de hombre de mundo.
—He pasado con Lettice la mayor parte de la mañana —dijo—. Está
verdaderamente muy preocupada. No quiere dejar que se trasluzca, pero lo está.
—Es natural —Observó Griselda con un movimiento de cabeza.
Mi esposa no tiene mucha simpatía por Lettice.
—No creo que seas muy justa con Lettice.
—¿No?
—Mucha gente no lleva luto.
Griselda y yo permanecimos silenciosos.
—No habla mucho con la gente —prosiguió Dennis—, pero sí
conmigo. Está muy preocupada por lo sucedido y cree que algo debiera hacerse.
—No le costará trabajo averiguar que el inspector Slack comparte
su opinión —dije—. Esta tarde irá a Old Hall y probablemente amargará la vida a
todos en la cama con sus esfuerzos por llegar al fondo de la verdad de todo.
—¿Cuál crees tú que es la verdad, Len? —preguntó mi esposa.
—Es difícil decirlo, querida. En este momento no tengo ninguna
idea acerca de ello.
—¿No dijiste que el inspector iba a averiguar la procedencia de
la llamada telefónica que te hizo ir a casa de los Abbott?
—Sí.
—¿Crees que podrá hacerlo? ¿No es algo muy difícil?
—Creo que no. En la central deben tener una lista de las llamadas.
—¡Oh! —exclamó mi esposa, sumiéndose en sus pensamientos.
—¿Por qué se enfadó usted conmigo esta mañana, tío Len —preguntó
Dennis—, cuando bromeé diciendo que usted deseaba la muerte del coronel
Protheroe?
—Porque hay un momento para cada cosa —repuse—. El inspector
Slack carece del sentido del humor. Tomó tus palabras seriamente y
probablemente volverá a interrogar a Mary y obtendrá una orden de detención
contra mí.
—¿No sabe reconocer cuando alguien habla en broma?
—No —repuse—. No lo sabe. Ha alcanzado su posición actual
trabajando duramente y poniendo una celosa atención a su deber. Eso no le ha
dejado tiempo para los pequeños goces de la vida.
—¿Le es simpático, tío Len?
—No, no me es simpático. Desde el primer momento me repelió.
Pero no tengo la menor duda de que es un hombre de gran éxito en su profesión.
—¿Cree que averiguará quién mató a Protheroe?
—Si no lo logra, no será porque no lo intente.
En aquel momento apareció Mary.
—Mister Hawes que quiere verle —dijo—. Le he hecho pasar al
salón. Han traído esta nota —prosiguió, alargándome un sobre—. Esperan
contestación. Puede ser verbal.
Rasgué el sobre y leí su contenido.
Querido mister Clement:
Le agradeceré venga a verme esta tarde, lo antes posible.
Necesito de sus consejos. Le saluda atentamente.
Estelle Lestrange
—Diga que iré dentro de una media hora —informé a Mary.
Entonces fui al salón para recibir a Hawes.
CAPITULO XV
EL aspecto de Hawes me apenó. Le temblaban las manos y la cara
se le contraía en movimientos nerviosos. En mi opinión debía haberse quedado en
cama y así se lo dije pero él insistió en que se encontraba perfectamente.
—Le aseguro, señor, que jamás me he sentido tan bien como ahora.
Tales palabras distaban tanto de la verdad, que no supe qué
contestarle. Admiro a la persona que no se deja acoquinar por la enfermedad,
pero Hawes llevaba la cosa demasiado lejos.
—Vine para decirle cuánto siento que el crimen haya ocurrido en
la vicaría.
—Gracias —repuse—. No es nada agradable.
—Es terrible, terrible. Parece que, después de todo, no han
detenido a mister Redding.
—No. Fue un error. Él hizo una... ah... bastante tonta
declaración.
—¿Está la policía convencida ahora de su inocencia?
—Completamente.
—¿Por qué, si puedo preguntárselo? Es decir, ¿sospecha de
alguien más?
Jamás hubiera imaginado que Hawes tomara tanto interés en los
detalles de un caso de asesinato. Quizás era debido a que tuvo lugar en la
vicaría. Parecía tan ansioso como un periodista.
—No lo sé. El inspector Slack es bastante reservado conmigo. No
creo que sospeche de nadie en particular.
—Sí, sí... desde luego. ¿Quién habrá podido ser capaz de hacer
una cosa tan horrible?
Meneé la cabeza.
—El coronel Protheroe no gozaba de las simpatías de la gente, es
cierto. ¡Pero asesinarle! Para esto se necesita un motivo muy grande...
—Eso supongo —dije.
—¿Quién podía tenerlo? ¿Tiene la policía alguna idea?
—Lo ignoro.
—Quizá tenía enemigos. Cuanto más pienso en ello, más me afirmo
en la idea de que era de la clase de hombres que tienen enemigos. Se decía que
era muy severo en el tribunal.
—Supongo que cumplía con su deber.
—¿No recuerda usted, señor, que ayer por la mañana le dijo que
había sido amenazado por ese hombre, Archer?
—Tiene usted razón —dije—. Claro que lo recuerdo. Se encontraría
usted muy cerca de nosotros en aquel momento.
—Sí. No pude evitar oír lo que decía. Siempre hablaba en voz muy
alta. Recuerdo que las palabras que usted le dirigió, diciéndole que cuando su
hora fuese llegada acaso fuera medido con la vara de la justicia, en lugar de
la piedad, me impresionaron profundamente.
—¿Dije eso? —pregunté, frunciendo el ceño. Mi propio recuerdo de
mis palabras era algo distinto.
—Lo dijo usted en forma impresionante, señor. Sus palabras me
asombraron. La justicia es algo terrible. ¡Y pensar que el pobre hombre fue
asesinado sólo pocas horas después! Parece que hubiera usted tenido una
premonición de lo que iba a suceder.
—No tuve tal cosa —respondí secamente.
Me disgustaba la tendencia de Hawes al misticismo.
—¿Ha hablado usted a la policía acerca de ese Archer, señor?
—No sé nada de él.
—Quiero decir si les ha contado lo que el coronel Protheroe le
dijo acerca de haberle amenazado.
—No —repuse lentamente—. No lo he hecho.
—¿Piensa usted decírselo?
Permanecí en silencio. No me gusta acorralar a quien tiene ya en
su contra todas las fuerzas de la Ley y el orden. No podía sospechar de Archer.
Es un inveterado cazador furtivo, hombre alegre y gandul, como hay tantos en
tantas partes. No podía creer que pensara verdaderamente en lo que pudo haber
dicho cuando le condenaron, y menos que lo llevara a cabo al salir de la
cárcel.
—Usted oyó la conversación —repuse finalmente—. Si cree que su
deber es decírselo a la policía, hágalo.
—Sería mejor que lo hiciera usted, señor.
—Acaso sea así, pero, a decir verdad, no tengo la menor
intención de hacerlo. Quizá no hiciera otra cosa que ayudar a poner la soga al
cuello de un hombre inocente.
—Pero si mató al coronel Protheroe...
—No hay prueba alguna de que hiciera tal cosa.
—Sus amenazas...
—Estrictamente hablando, las amenazas no eran suyas, sino del
coronel Protheroe. Éste estaba amenazando con mostrar a Archer cuan fuerte
podía ser la venganza la próxima vez que le sorprendiera cazando furtivamente.
—No comprendo su actitud, señor.
—¿No la comprende? —repuse tristemente—. Es usted un hombre
joven y celoso de la justicia y el derecho. Cuando tenga mi edad, le gustará
conceder a la gente el beneficio de la duda.
—No es... Quiero decir...
Hizo una pausa y le miré sorprendido.
—¿Tiene usted, acaso, alguna idea acerca de la identidad del
asesino?
—¡Cielo santo, no!
Hawes persistió.
—¿Y en cuanto al motivo?
—Tampoco. ¿Y usted?
—¿Yo? No, desde luego. Solamente me lo preguntaba. Si el coronel
Protheroe hubiera confiado en usted, si le hubiera hablado íntimamente de
algo...
—Sus confidencias fueron oídas ayer por todo el pueblo —repuse
secamente.
—Sí, sí, desde luego. ¿Y no duda usted de Archer?
—La policía se enterará de lo que Protheroe dijo acerca de él,
no le quepa la menor duda —dije—. Si yo le hubiera oído por mí mismo amenazar a
Protheroe el caso sería distinto. Si en realidad le amenazó, puede usted tener
la seguridad que medio pueblo le oyó hacerlo, y la policía lo sabrá tarde o
temprano. Naturalmente, es usted libre de obrar como le plazca.
Sin embargo, Hawes parecía curiosamente no estar dispuesto a
hacer nada acerca de ello por sí mismo.
La actitud de aquel hombre era extraña y nerviosa. Recordé lo
que Haydock me había dicho acerca de su enfermedad. Supuse que ella explicaba
su extraño comportamiento.
Se despidió con desgana, como si tuviera algo más que decir, y
no supiera cómo hacerlo.
Antes de que marchara quedé de acuerdo con él para encargarme
del servicio religioso para la Unión de Madres, seguido de una reunión con los
Visitantes del distrito. Tenía varios proyectos para aquella tarde.
Borrando a Hawes y sus preocupaciones de mi mente, me dirigí a
casa de mistress Lestrange.
En la mesa del salón estaban el Guardian y el Church Times,
intactos.
Al caminar, recordé que mistress Lestrange se había entrevistado
con el coronel Protheroe la víspera de su muerte.
Una doncella me introdujo en el salón y mistress Lestrange se
levantó para recibirme. Fui nuevamente sorprendido por la maravillosa atmósfera
que aquella mujer era capaz de producir. Llevaba un vestido negro que hacía
resaltar la blancura de su cutis. Había algo de extrañamente muerto en su cara
y sólo los ojos estaban llenos de vida. Su mirada era vigilante.
—Le agradezco mucho que haya venido, mister Clement —dijo al
estrecharme la mano—. Quería hablarle el otro día pero finalmente decidí no
hacerlo. Me equivoqué.
—Como le dije entonces me alegra poder serle de utilidad.
—Sí lo dijo y creo que hablaba con sinceridad. Hay muy poca
gente en este mundo que haya deseado realmente ayudarme.
—Se me hace difícil creerlo, mistress Lestrange.
—Sin embargo, así es. La mayor parte de la gente, especialmente
los hombres, procuran siempre obtener algo.
Había amargura en su voz.
No contesté y ella prosiguió:
—¿No quiere usted sentarse?
Tomé asiento en una silla frente a ella. Vaciló un momento y
después empezó a hablar lentamente, pareciendo pensar cada palabra antes de
pronunciarla.
—Me encuentro en una posición muy extraña, mister Clement, y
quiero pedirle consejo. Es decir, quiero que me aconseje sobre lo que debo
hacer. Lo pasado, pasado está y no puede deshacerse. ¿Me comprende?
Antes de que pudiera contestar, la doncella abrió la puerta y
habló con cara asustada.
—Perdone, señora, pero ha venido un inspector de policía que
quiere hablar con usted.
Se produjo una pausa. La cara de mistress Lestrange no cambió de
expresión. Sólo sus ojos se cerraron muy lentamente y volvieron a abrirse.
Pareció tragar una a dos veces y después habló en voz absolutamente clara.
—Hazle pasar, Hilda —dijo.
Intenté levantarme, pero ella me indicó con un gesto firme de la
mano que permaneciese sentado.
—Le agradeceré que no se vaya.
Volví a tomar asiento.
—Desde luego, si así lo desea —murmuré cuando Slack entraba en
la sala.
—Buenas tardes, señora —-saludó.
—Buenas tardes, inspector.
Entonces me vio y frunció el ceño. No me cabe la menor duda de
que no soy santo de su devoción.
—Espero que no tendrá usted que hacer objeción alguna a la
presencia del vicario.
—No —dijo Slack a regañadientes—. Aunque acaso fuera mejor...
Mistress Lestrange no le prestaba atención alguna.
—¿En qué puedo servirle, inspector? —preguntó.
—Es sobre el asesinato del coronel Protheroe, señora, Estoy
encargado de llevar a cabo las investigaciones.
Mistress Lestrange asintió.
—Por rutina, pregunto a todo el mundo dónde se encontraba ayer
entre las seis y siete de la tarde. Es solamente un formulismo.
Mistress Lestrange no dio señal alguna de agitación.
—¿Quiere usted saber donde estaba yo ayer, entre las seis y las
siete de la tarde?
—Sí, señora.
—Vamos a ver —reflexionó un momento—. Estaba aquí en casa.
—¡Oh! —exclamó el inspector—. Supongo que su doncella podrá
confirmar sus palabras.
—No. Hilda tenía el día libre.
—Comprendo.
—Por tanto, tendrá usted que creer mis palabras —dijo mistress
Lestrange, con voz agradable.
—¿Declara usted firmemente que permaneció en casa toda la tarde?
—Dijo usted entre seis y siete, inspector. Salí a dar un paseo
bastante temprano y regresé algo antes de las cinco.
—Entonces, si una señora, miss Hartnell por ejemplo, afirmara
que vino alrededor de las seis de la tarde y pulsó el timbre sin que nadie
contestara debiendo irse, diría usted que estaba equivocada, ¿no es verdad?
—¡Oh, no! —repuso mistress Lestrange, meneando la cabeza.
—Pero...
—Si la doncella hubiera estado en casa, hubiese podido contestar
que había salido. Si una está sola y no quiere recibir visitas, sólo puede
dejar que suene el timbre, sin dar señales de vida.
El inspector Slack parecía ligeramente asombrado.
—Las señoras de edad me aburren soberanamente —dijo mistress
Lestrange—, y miss Hartnell es muy pesada. Por lo menos llamó media docena de
veces y no abrí.
Sonrió con dulzura al inspector Slack.
—Entonces, si alguien afirma haberla visto en la calle...
—Pero nadie me vio —observó sagazmente su punto débil—. Nadie
pudo verme en la calle, porque no salí.
—Comprendo, señora.
El inspector acercó algo más la silla.
—Creo que visitó usted al coronel Protheroe en su casa la noche
anterior a su muerte, mistress Lestrange.
—Es cierto —repuso ella con calma.
—¿Puede usted indicarme la razón de su visita?
—Hablamos de un asunto particular.
—Temo que debo insistir en conocer la naturaleza de ese asunto
particular.
—Y yo siento no poder decírsela. Sólo puedo asegurarle que nada
de lo que en ella se dijo podía tener la más remota relación con el asesinato.
—No creo que esté usted en situación de juzgar sobre tal cosa.
—Sin embargo, deberá usted aceptar mi palabra, inspector.
—En realidad, parece que debo aceptarla en todo cuanto a usted
se refiere.
—Sí, eso es —asintió ella, sin perder la calma.
El inspector enrojeció.
—Es un asunto muy grave, señora. Quiero la verdad —asestó un
puñetazo en la mesa—. Y la tendré.
Mistress Lestrange permaneció en silencio.
—¿No comprende usted, señora, que se pone en situación muy
delicada?
Mistress Lestrange no cambió de actitud.
—Se verá usted obligada a declarar en la encuesta.
—Sí.
Sólo pronunció este monosílabo, sin énfasis, sin ningún interés.
—¿Conocía usted al coronel Protheroe?
—Sí, le conocía.
—¿Mucho?
Mistress Lestrange pareció pensar un momento, antes de
contestar.
—No le había visto durante varios años.
—¿Conocía también a mistress Protheroe?
—No.
—¿No le parece haber elegido una hora intempestiva para su
visita?
—Desde mi punto de vista no.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quería ver al coronel Protheroe a solas —repuso clara y
distintamente—. No deseaba ver a mistress Protheroe ni tampoco a su hija. Por
lo tanto consideré que aquélla sería la mejor hora.
—¿Por qué evitaba ver a la esposa e hija del coronel?
—Eso es sólo de mi incumbencia, inspector.
—¿Se niega usted a ser más explícita?
—Sí, me niego.
Slack se levantó.
—Corre usted el riesgo de colocarse en una posición muy difícil,
señora.
Mistress Lestrange rió. Yo hubiera podido informar al inspector
que ella no era de la clase de mujeres que se asustan fácilmente.
—Bien —prosiguió, tratando de hacer una retirada digna—, no diga
que no la avisé. Buenas tardes, señora, y recuerde que sabremos la verdad.
Salió. Mistress Lestrange se levantó y me alargó la mano.
—Debo pedirle que se marche ya. Será mejor así. Ya es demasiado
tarde para que me aconseje. He escogido mi papel.
Y repitió con voz inaudible:
—He escogido mi papel.
CAPITULO XVI
Al salir me crucé con Haydock en el umbral. Miró fijamente a
Slack que salía de la puerta del jardín.
—¿Ha estado interrogándola? —preguntó.
—Sí.
—Espero que lo habrá hecho en forma cortés.
En mi opinión, la cortesía es un arte que el inspector Slack
desconoce, pero presumí que, en su propia opinión, se había comportado
debidamente. De todas maneras, no quería que Haydock se molestara. Parecía
bastante preocupado y por tanto, le tranquilicé al respecto.
Haydock asintió y entró en la casa. Tomé por la calle y pronto
alcancé al inspector, que creo caminaba despacio a propósito. Aunque no soy
persona de su agrado, no es nombre capaz de dejar que sus sentimientos le
impidan obtener la información que necesita.
—¿Sabe usted algo acerca de esa señora? —preguntó abruptamente.
Le afirmé que nada sabía.
—¿Le ha manifestado los motivos de su residencia en este pueblo?
—No.
—Sin embargo, usted la visita.
—Lo hago con todos mis feligreses. Es mi deber —contesté,
evitando observar que había sido llamado.
—Sí, supongo que sí. —permaneció en silencio durante unos
instantes, y luego, incapaz de evitar charlar de su fracaso, prosiguió—: Me
parece un asunto muy sucio.
—¿Lo cree usted así?
—En mi opinión, se trata de chantaje. No deja de parecer muy
raro, teniendo en cuenta la opinión en que se tenía a Protheroe. Pero ya sabe
usted que no se puede poner la mano en el fuego por nadie. No sería el primer
hombre que llevara doble vida.
Recordé las observaciones que sobre el mismo tema había hecho
miss Marple.
—¿Cree usted realmente que se trata de eso?
—Los hechos parecen indicarlo así, señor. ¿Por qué había de
venir a vivir a este pueblucho una señora elegante y hermosa? ¿Por qué le
visitó a hora tan intempestiva? ¿Por qué no fue a la luz del día? ¿Por qué
evitó ver a la esposa e hija del coronel? Todo ello parece encajar. Claro que
ella no lo admitirá. El chantaje es un delito. Pero lograremos sacarle la
verdad. Puede guardar estrecha relación con el asesinato. Si el coronel hubiera
tenido algún secreto pecaminoso en su vida imagínese las perspectivas que se
abrirían ante nosotros.
Pensé que tenía razón.
—He tratado de hacer hablar al mayordomo. Acaso haya oído algo
de la conversación entre el coronel y mistress Lestrange. Los mayordomos suelen
siempre estar bien enterados de lo que sucede en las casas en que trabajan,
pero éste jura que no tiene la menor idea de lo hablado. Por cierto que a causa
de ello pierde su empleo. El coronel se irritó por haber permitido la entrada
de mistress Lestrange, y él replicó avisando que dejaba el servicio. Dice que
de todas maneras no le gustaba la casa y que hacía ya algún tiempo que había
pensado en despedirse.
—¡Ajá!
—Por tanto, eso nos da otra persona que tenía un resentimiento
contra el coronel.
—Supongo que no irá usted a sospechar de él, como quiera que se
llame.
—Su nombre es Reeves y no digo que sospeche de él. Sin embargo,
nunca se sabe. No me gustan sus modales untuosos.
Me pregunté cuál sería la opinión de Reeves acerca de los
modales del inspector.
—Ahora interrogaré al chofer.
—Puesto que va usted a Old Hall, quizá quiera usted llevarme en
su coche. Quiero hablar con mistress Protheroe.
—¿Acerca de qué?
—Del entierro.
—¡Oh! —el inspector se sintió sorprendido—. La encuesta se
celebrara mañana sábado.
—Eso supongo. El funeral tendrá lugar el martes.
El inspector pareció avergonzado de su brusquedad. Me alargó un
ramo de olivo en señal de paz en forma de una invitación para asistir al
interrogatorio del chofer Manning.
Manning era un muchacho agradable, de unos veinticinco años de
edad.
—Quiero que me dé alguna información, muchacho —dijo el
inspector.
—Sí, señor —tartamudeó el chofer, algo asustado, por encontrarse
en presencia del policía—. Desde luego, pregunte, señor.
No hubiera estado más alarmado si hubiera cometido él mismo el
crimen.
—¿Llevó a su señor al pueblo ayer?
—¿Sí, señor?
—¿A qué hora?
—A las cinco y media.
—¿Fue mistress Protheroe?
—Sí, señor.
—¿Se detuvieron en alguna parte?
—No, señor
—¿Qué hicieron al llegar?
—El coronel dijo que no me necesitaría más y que regresaría a
casa a pie. Mistress Protheroe debía hacer algunas compras. Dejó los paquetes
en el coche y dijo que también volvería a pie. Entonces regresé aquí.
—¿La dejó en el pueblo?
—Sí, señor.
—¿Qué hora era entonces?
—Las seis y cuarto, señor.
—¿Dónde la dejó?
—Junto a la iglesia, señor.
—¿Dijo el coronel a dónde se dirigía?
—Mencionó algo acerca de que tenia que ver el veterinario para
que examinara a uno de los caballos.
—Comprendo. ¿Regresó usted directamente a Old Hall?
—Sí, señor.
—Se puede llegar a Old Hall por dos partes: el pabellón del
norte y del sur. Supongo que al ir al pueblo tomaron por el pabellón del sur.
—Sí, señor. Siempre vamos por ese camino.
—¿Regresó también por allí?
—Sí, señor.
—Bien. Eso es todo. ¡Ah! Aquí está miss Protheroe.
Lettice se dirigía lentamente hacia nosotros.
—Necesito el «Fiat», Manning —dijo—. Póngalo en marcha, ¿quiere?
—Muy bien, señorita.
Se dirigió hacia un coche de dos asientos y levantó el capot.
—Un momento, miss Protheroe —dijo Slack—. Es necesario que
conozca los movimientos de todo el mundo ayer por la tarde. Le ruego no tome
mis preguntas a mal.
Lettice le miró fijamente.
—Yo nunca sé la hora que es —repuso.
—Creo que usted salió ayer poco después de comer, ¿no es verdad?
Lettice asintió con la cabeza.
—¿A dónde fue?
—A jugar al tenis.
—¿Con quién?
—Con los Hartley Napier.
—¿En Much Benham?
—Sí.
—¿A qué hora volvió?
—No lo sé. Nunca sé la hora.
—Regresó hacia las siete y media —dijo él.
—Creo que sí —repuso Lettice—. En plena algarabía. Anne tenía un
ataque de nervios y Griselda la sostenía.
—Gracias, señorita —dijo el inspector—. Eso es todo cuanto
quiero saber.
—¡Qué extraño! —-repuso Lettice—. Lo que le he dicho no tiene
ningún interés a mi parecer.
Se dirigió hacia el «Fiat».
El inspector se llevó un dedo a las sienes en inequívoca señal.
—¿Algo ida, quizá? —sugirió.
—En absoluto —dije—. Pero le gusta que la gente lo crea.
—Voy a interrogar a las doncellas, ahora.
Aunque Slack no sea ciertamente simpático, uno no puede menos
que admirar su energía.
Nos separamos y pregunté a Reeves si podía ver a mistress
Protheroe.
—Está acostada, señor.
—Entonces será mejor no molestarla.
—Quizá, si quiere usted esperarse, señor, mistress Protheroe le
reciba. Creo que quiere verle. Durante la comida habló de ello.
Me introdujo en la sala y encendió las luces, pues las ventanas
estaban cerradas.
—Es un asunto muy triste —dije.
—Sí, señor.
Su voz era fría y respetuosa.
Le miré. ¿Qué sentimientos se escondían bajo aquella
impasibilidad? ¿Qué era lo que sabía y qué pudo habernos dicho? Nada hay menos
humano que la máscara de un buen criado.
—¿Desea algo el señor?
¿Había acaso una ligera nota de ansiedad por salir, detrás de
aquella correcta expresión?
—No, gracias —dije.
Tuve que esperar un poco. Anne Protheroe se presentó y hablamos
de los arreglos para el funeral.
—¡El doctor Haydock es una persona magnífica!
—No conozco a nadie mejor que él —corroboré.
—Ha sido extremadamente bondadoso conmigo, pero parece muy
triste, ¿verdad?
Jamás se me había ocurrido que Haydock pudiera estar triste y
medité un instante aquellas palabras.
—No creo haberme dado nunca cuenta de ello —repuse.
—Lo advertí hoy.
—Las penas propias algunas veces aguzan la vista —dije.
—Es cierto.
Hizo una pausa.
—Hay algo que no puedo de ninguna manera comprender —prosiguió—.
¿Por qué no oí el disparo que mató a mi esposo, si fue hecho con seguridad
inmediatamente después de yo dejarle?
—La policía parece tener razones para creer que fue hecho más
tarde.
—¿Y la hora «6.20» en la cabecera de la nota?
—Posiblemente fue escrita por el propio asesino.
Sus mejillas se tornaron pálidas.
—¡Oh!
—¿No le llamó la atención que la hora no estuviese escrita por
su mano?
—Tampoco el resto de la nota me pareció suyo.
Había algo de verdad en la observación. Se trataba de unos
garabatos casi ilegibles, que carecían de la precisión con que Protheroe solía
escribir.
—¿Está usted seguro de que no siguen sospechando de Lawrence?
—Creo que está totalmente libre de sospechas.
—¿Quién puede estarlo, mister Clement? Lucius no gozaba de las
simpatías de la gente, pero no creo que tuviera verdaderos enemigos, quiero
decir, enemigos que llegaran hasta ese extremo.
Meneé la cabeza.
—Es un misterio.
Pensé meditativamente en los siete sospechosos de miss Marple.
¿Quiénes podían ser?
Después de despedirme de Anne, procedí a poner en ejecución
cierto plan.
Salí de Old Hall siguiendo el sendero particular. Al llegar al
portillo, volví sobre mis pasos y cuando me encontré en un lugar donde me
pareció que la vegetación presentaba señales de haber sido separada, salí del
sendero y me adentré en los matorrales. El bosque era espeso. Avanzaba
lentamente. De pronto me di cuenta de que alguien se encontraba no lejos de mí.
Me detuve, vacilante, y Lawrence Redding apareció, llevando una gran piedra.
Supongo que en mi rostro debió retratarse la sorpresa, pues
estalló en una fuerte carcajada.
—No —dijo—. No es ningún indicio, sino una oferta de paz.
—¿Una oferta de paz?
—Llamémosle una base para las negociaciones. Quiero una excusa
para visitar a su vecina, miss Marple, y tengo entendido que agradece mucho que
se le lleven piedras para el jardín japonés que está construyendo.
—Es cierto —dije—. Pero, ¿qué quiere usted de esa señora?
—Simplemente esto. Si algo había ayer que debiera ser visto, los
ojos de miss Marple lo percibieron. No me refiero a algo necesariamente
relacionado con el asesinato, o que ella creyera que tiene que ver con él,
sino, a algún incidente extraño o fuera de lo normal, así como también un
suceso aparentemente sin importancia que pudiera darnos la clave que nos
conduzca a la verdad, y que ella creyera poco digno de ser comunicado a la
policía.
—Supongo que es posible que así haya sido.
—Vale la pena averiguarlo. Estoy decidido a descubrir la
realidad de lo sucedido, Clement, aunque no sea sino por Anne. Además, Slack no
me inspira mucha confianza. Es un individuo celoso de su deber, pero el celo no
puede nunca reemplazar a la inteligencia.
—Veo que es usted un detective aficionado —dije—. No creo que en
la vida real puedan los detectives de novela competir con los profesionales.
Me miró fijamente y estalló en una carcajada.
—¿Qué está usted haciendo en el bosque? —preguntó.
Me ruboricé.
—Lo mismo que yo, supongo —prosiguió—. Ambos estamos
obsesionados por la misma idea. ¿Cómo pudo el asesino llegar al gabinete?
Primer camino: por el sendero y la puerta del jardín. Segundo camino: por la
puerta principal. Tercer camino... ¿Hay en realidad un tercer camino? Mi
intención era averiguar si la vegetación presentaba huellas de pasos o señales
de haber sido pisoteada en alguna parte cerca del muro del jardín
correspondiente a la vicaría.
—Ésa era precisamente mi idea —admití.
—Sin embargo, en realidad no había empezado a averiguarlo
—prosiguió Lawrence—, pues se me ocurrió que preferiría ver a miss Marple
primero, para cerciorarme de que nadie pasó por el sendero ayer por la tarde,
mientras nosotros estábamos en el estudio.
Meneé la cabeza.
Miss Marple afirmó que nadie había transitado por el camino.
—Sí, alguien a quien ella consideraba «nadie». Parece una
locura, pero he aquí lo que quiero decir: quizá pasó por él alguna persona como
el cartero, el lechero, o el muchacho de la carnicería, alguien cuya presencia
allí fuera tan normal que ella ni tan siquiera la considerara digna de mención.
—Creo que ha leído usted a G. K. Chesterton —dije, y Lawrence no
lo negó.
—¿No cree usted que puede haber sido así?
—No niego tal posibilidad —admití.
Nos dirigimos hacia la casa de miss Marple. Estaba trabajando en
su jardín y nos llamó cuando llegamos al portillo.
—Lo ve todo —murmuró Lawrence.
Nos recibió amablemente y se mostró muy complacida con Lawrence
por la gran piedra que le llevaba, de la cual él le hizo entrega con gran
solemnidad.
—Se lo agradezco mucho, mister Redding. Es usted muy amable.
Animado por estas palabras, Lawrence inició su interrogatorio.
Miss Marple le escuchaba atentamente.
—Sí, comprendo lo que quiere decir y estoy de acuerdo con usted
en que la presencia de tales personas me hubiera parecido tan natural que ni
siquiera las hubiera mencionado, pero puedo asegurarle, sin embargo, que no
transitó ninguna persona. Nadie en absoluto por aquel entonces.
—¿Está usted segura, miss Marple?
—Completamente.
—¿Vio usted a alguien que desde el sendero pasara a los bosques
aquella tarde? —pregunté—. ¿O que viniera de ellos?
—¡Oh, sí, mucha gente! El doctor Stone y miss Cram, por ejemplo.
Es el camino más corto para llegar a la tumba. Fue alrededor de las dos de la
tarde. Y el doctor Stone regresó por el mismo camino, como usted sabe, mister
Redding, puesto que se unió a usted y a mistress Protheroe.
—A propósito —dije— supongo que mister Redding y mistress
Protheroe debieron oír también el disparo que usted oyó, miss Marple.
Miré interrogativamente a Lawrence.
—Sí —repuso él, frunciendo el ceño—. Creo haber oído algunos
tiros. ¿No fueron uno o dos?
—Sólo oí uno —dijo miss Marple.
—Recuerdo esos detalles sólo muy vagamente —murmuró Lawrence—.
Quisiera que se hubieran quedado grabados en mi mente con mayor claridad.
Estaba tan absorto con...
Se detuvo, embarazado.
Tosí discretamente, y miss Marple, con gazmoñería, cambió el
tema.
—El inspector Slack ha estado tratando de hacerme decir
claramente si oí el disparo antes o después de que mister Redding y mistress
Protheroe salieran del estudio. He debido admitir que no podía decirlo con
seguridad, aunque tengo la impresión, que parece afirmarse cuando pienso en
ello, de que fue después.
—Entonces eso libra de sospechas al célebre doctor Stone —dijo
Lawrence con un suspiro—. No creo que en ningún momento se haya sospechado de
él como asesino del coronel Protheroe.
—Yo siempre encuentro prudente sospechar un poco de todo el
mundo —arguyó miss Marple—, pues, en realidad, una nunca sabe...
Esa actitud era típica en miss Marple. Pregunté a Lawrence si
estaba de acuerdo con ella acerca del disparo.
—No lo sé. Comprenda que se trata de un ruido muy natural. Sin
embargo, me siento inclinado a creer que fue hecho mientras estábamos en el
estudio. El sonido hubiera llegado hasta nosotros bastante amortiguado.
Pensé que las razones para que no lo hubiesen oído claramente
eran muy distintas.
—Debo preguntárselo a Arme —-prosiguió—. Quizás ella se acuerde.
A propósito, parece haber un hecho curioso que necesita ser explicado. Mistress
Lestrange, la dama misteriosa de Saint Mary Mead, visitó al viejo Protheroe el
miércoles por la noche, después de la cena. Nadie parece saber a qué fue debida
esa visita. Protheroe no habló de ella ni a su esposa, ni a su hija.
—Quizás el vicario conozca el motivo —sugirió miss Marple.
¿Cómo podía saber aquella mujer que yo había visitado a mistress
Lestrange aquella tarde? Es rara la forma en que se entera de todo.
Meneé la cabeza y dije que no podía arrojar ninguna luz sobre el
asunto.
—¿Qué piensa el inspector Slack? —preguntó miss Marple.
—Ha hecho cuanto ha podido para hacer hablar al mayordomo, pero,
al parecer, no fue lo bastante curioso para quedarse escuchando detrás de la
puerta. Por tanto, nadie sabe nada de la visita.
—Sin embargo, espero que alguien alcanzará a enterarse de algún
detalle, ¿no cree usted? —dijo miss Marple—. Quiero decir, alguien siempre sabe
algo. Creo que es por ese camino que mister Redding debiera investigar. No me
refiero a ella —continuó miss Marple—, sino a las criadas. No gustan de hablar
con la policía, pero un joven de buen aspecto, perdóneme, mister Redding, que
ha sido creído culpable, podría hacerlas hablar.
—Lo intentaré esta tarde —dijo Lawrence con firmeza—. Gracias
por la sugerencia, miss Marple. Iré después... bien, después que el vicario y
yo hayamos terminado cierto trabajo.
Se me ocurrió pensar que sería mejor hacerlo de una vez. Nos
despedimos de miss Marple y nos adentramos en el bosque nuevamente.
Primero seguimos por el camino hasta que llegamos a un nuevo
lugar donde parecía que alguien hubiera salido del sendero por el lado derecho.
Lawrence me explicó que él había ya seguido esas huellas y que no conducían a
ninguna parte, pero dijo que podíamos examinarlas de nuevo. Quizá se hubiera
equivocado.
Era como había dicho. Unas diez o doce yardas más allá cesaban
las señales. Fue desde ese punto que Lawrence había vuelto al sendero cuando se
encontró conmigo más temprano aquella misma tarde.
Salimos de nuevo al camino y seguimos recorriéndolo, llegando a
otro lugar en el que también se apreciaban señales de que alguien se había
adentrado en la maleza. No estaban muy claras, pero a mi parecer eran
inequívocas. Esta vez las huellas eran más prometedoras. Dando un rodeo,
conducían hasta la vicaría. Las seguimos y llegamos hasta el muro del jardín,
junto al cual la maleza era más espesa. El muro era alto y estaba cubierto, en
su parte superior, con fragmentos de vidrio. Si alguien había colocado una
escalera de mano contra él, no tardaría en encontrar las señales.
Caminábamos despacio cuando hasta nosotros llegó el ruido de una
ramita al romperse. Apresuré el paso, abriéndome camino, y di de manos con el
inspector Slack.
—Conque es usted —dijo—. Y mister Redding. ¿Qué están haciendo?
Ligeramente alicaídos, se lo explicamos.
—No siendo los miembros de la policía tan tontos como se nos
cree —repuso—, yo tuve la misma idea que ustedes. He estado aquí más de una
hora. ¿Les gustaría enterarse de algo?
—Sí —repuse humildemente.
—El asesino del coronel Protheroe no llegó a la vicaría por este
camino. Ni a este lado del muro, ni al otro, hay huella alguna. El asesino
entró por la puerta principal. Era el único camino que pudo utilizar.
—¡Imposible! —exclamé.
—¿Por qué? La puerta de la casa está siempre abierta y no hay
más que empujarla para entrar. Desde la cocina no se ve a quienes llegan. El
asesino sabía que usted estaba fuera y que su esposa se encontraba en Londres.
Mister Dennis estaba jugando al tenis. No puede ser más sencillo. Tampoco
necesitó ir por el pueblo, desde el cual se puede penetrar en el bosque y salir
donde uno quiera. A menos que mistress Price Ridley saliera por la puerta de su
casa en el preciso instante, nadie vería a quien tal cosa intentara. Además, es
mucho más fácil que escalar muros. Pueden tener la certeza de que entró por la
puerta principal.
Realmente, parecía que estaba en lo cierto.
CAPITULO XVII
EL inspector me visitó al día siguiente por la mañana. Creo que
su actitud hacia mí está cambiando, y que, con el tiempo, incluso olvidará el
asunto del reloj.
—He averiguado el origen de la llamada que usted recibió —dijo
después de saludarme.
—¿Desde dónde fue hecha? —pregunté.
—Desde el pabellón norte, que está temporalmente deshabitado.
Los porteros que lo ocupan fueron jubilados y los que han de reemplazarlos no
han llegado todavía. Era un lugar muy conveniente para ello. Una de las
ventanas posteriores estaba abierta. No había huella alguna en el aparato
telefónico, que presentaba señales de haber sido cuidadosamente limpiado. Eso
es muy sugestivo.
—¿Qué quiere usted decir?
—Simplemente, que la llamada fue hecha para que usted no se
encontrara en la vicaría aquella tarde, lo cual nos indica que el asesinato fue
cuidadosamente preparado con anticipación. De haberse tratado de una simple
broma, las huellas digitales no hubiesen sido tan cuidadosamente borradas.
—Sí, comprendo.
—También indica que el asesino conoce perfectamente Old Hall y
sus alrededores. No fue mistress Protheroe quien le llamó. Sé lo que hizo por
la tarde, minuto por minuto. Hay media docena de criados que pueden jurar que
no salió de la casa hasta las cinco y media, cuando se dirigió al pueblo en
coche con el coronel Protheroe. Su esposo fue a ver a Quint, el veterinario,
para consultar acerca de unos de sus caballos. Mistress Protheroe encargó
algunas cosas en el colmado y la pescadería, y desde allí tomó directamente el
camino trasero, en que la vio miss Marple. Los tenderos aseguran que no llevaba
bolso de mano. Miss Marple tenía razón.
—Acostumbra tenerla siempre —repuse.
—Y miss Protheroe estaba en Much Benham a las cinco y media.
—Es cierto —dije—. Mi sobrino también se encontraba allí.
—Las doncellas parecen buenas chicas, algo histéricas y
trastornadas, pero ello es natural. Desde luego, no me gusta mucho el
mayordomo, especialmente después de haber notificado que dejaba el servicio,
pero no creo que sepa nada importante.
—Sus investigaciones parecen haber dado resultados negativos
hasta el momento, inspector.
—Sí y no. Se ha presentado algo de manera inesperada.
—¿Sí?
—¿Recuerda usted la queja formulada por la mañana por mistress
Price Ridley acerca de haber sido insultada por teléfono?
—Sí —repuse.
—Investigamos el origen de la llamada, sólo para calmarla. ¿Sabe
usted desde dónde fue hecha?
—Desde un teléfono público, seguramente.
—No, mister Clement. La llamada se hizo desde la casa de mister
Lawrence Redding.
—¿Cómo? —exclamé sorprendido.
—Sí. Es raro, ¿verdad? Mister Redding no tiene nada que ver con
ella. A aquella hora, las 6.30 de la tarde, se dirigía hacia el Blue Boar,
acompañado del doctor Stone. Es sugestivo, ¿no cree usted? Alguien entró en la
casa y utilizó el teléfono. ¿Quién fue? Son dos las llamadas telefónicas
extrañas en un mismo día, lo cual hace creer que acaso exista alguna relación
entre ellas. Estoy dispuesto a comerme el sombrero si ambas no fueron hechas
por la misma persona.
—¿Con qué objeto?
—Esto es lo que debemos averiguar. No parece existir razón
alguna para la segunda, pero algo debe haberla motivado. ¿Ve usted la
significación? Por una parte, se llama desde la casa de mister Redding y, por
otra, el asesinato se comete con su pistola. Todo ello, naturalmente, ha de
hacer que las sospechas recaigan sobre él.
—Hubiera sido más sospechoso que la primera llamada hubiese sido
también hecha desde allí —observé.
—He estado pensando en ello. ¿Qué acostumbraba hacer mister
Redding la mayor parte de las tardes? Iba a Old Hall para pintar el retrato de
miss Protheroe y para ello saldría de su casa en motocicleta, pasando después
por el pabellón norte. ¿Ve usted ahora la razón por la cual la llamada no fue
hecha desde su casa? El asesino es alguien que ignora la disputa entre el
coronel Protheroe y mister Redding, y que tampoco sabe que éste, por tanto, ya
no iba a Old Hall a pintar.
Medité un momento las palabras del inspector, que me parecieron
totalmente lógicas.
—¿Había huellas digitales en el teléfono de mister Redding?
—pregunté.
—No —repuso el inspector tristemente—. Esa condenada mujer que
cuida de su casa estuvo allí ayer por la mañana y lo limpió —permaneció
pensativo durante unos instantes—. Es una vieja estúpida. No puede recordar
cuándo vio la pistola por última vez. Pudo haber estado allí la mañana del día
en que se cometió el asesinato, pero también pudo no haber estado. No lo
recuerda.
Quedó un momento en silencio.
—Por simple rutina fui a ver al doctor Stone —prosiguió—. Estuvo
muy amable. Él y miss Cram fueron a esa tumba que están excavando hacia las dos
y media de la tarde de ayer y permanecieron allí toda la tarde. El doctor Stone
regresó solo primero, y más tarde lo hizo miss Cram. El doctor dice que no oyó
ningún disparo, pero admito que es muy distraído. Todo ello confirma lo que
pensamos.
—Pero no ha detenido usted al asesino —dije.
—Fue una voz de mujer la que usted oyó por teléfono —siguió
diciendo, sin hacer caso de mis palabras—. También probablemente de mujer era
la que mistress Price Ridley oyó. Si el disparo no hubiese sido hecho casi a la
misma hora que la llamada telefónica, yo sabría muy bien por qué lado
investigar.
—¿Por dónde?
—Es preferible que no lo diga, señor.
Sin sonrojarme, le ofrecí una copita de oporto. Tengo algunas
botellas de buena cosecha. Las once de la mañana no es una hora muy apropiada
para beber vino, pero me pareció que el inspector Slack no hilaría tan delgado.
Cuando hubo bebido una segunda copa, se sintió más comunicativo
y genial. Ése es el efecto que suele producir mi vino de oporto.
—No veo que sea indiscreto decírselo a usted, señor —observó—.
No dudo que sabrá callar y que nadie se enterará de ello por usted.
Le aseguré que podía confiar en mí.
—Como el asesinato se cometió en su casa, tiene usted cierto
derecho a saberlo.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Bien, pues, señor. ¿Qué hay de la señora que visitó al coronel
Protheroe la noche anterior al asesinato?
—¿Mistress Lestrange? —pregunté, entre asombrado e incrédulo.
El inspector me miró con reproche.
—No hable en voz alta, señor. He echado el ojo a esa mistress
Lestrange. Recuerde que le hablé de chantaje.
—No creo que sea razón para asesinar a nadie. ¿No le parece que
sería igual que matar a la gallina de los huevos de oro? Es decir, suponiendo
que su hipótesis, que no comparto, fuera acertada.
El inspector me guiñó el ojo en forma muy vulgar.
—Es de esa clase de mujeres por quienes los caballeros toman
siempre partido. Pero fíjese en lo que voy a decirle, señor. Suponga que haya
estado haciendo víctima de un chantaje al viejo Protheroe en el pasado. Después
de varios años de no verle, se entera del lugar en que reside y viene aquí para
intentar seguir sacándole dinero. Ahora bien; entretanto, las cosas pueden
haber cambiado. La ley es ahora distinta. En la actualidad se dan mayores
facilidades a las víctimas de los chantajistas para que puedan querellarse
criminalmente contra ellos, sin el temor de que sus nombres aparezcan en la
Prensa. Imaginemos que el coronel Protheroe le dice que la denunciará. La
posición de esa señora sería muy difícil. Los Tribunales castigan este delito
con penas muy graves. Al perder ella el control de la situación, no le queda
más remedio que deshacerse de él de la forma más rápida.
Permanecí en silencio. En mi fuero interno debí admitir que la
teoría del inspector era plausible. Sin embargo, a mi juicio, había algo que la
hacía inadmisible: la personalidad de mistress Lestrange.
—No estoy de acuerdo con usted, inspector —repuse—. No me parece
que mistress Lestrange sea una chantajista en potencia. Es una señora, aunque
tal palabra pueda parecer anticuada.
Me miró con lástima.
—¡Ah, señor! —exclamó, tolerantemente—. Usted es clérigo y no
está al corriente de lo que sucede. ¡Conque señora! Se asombraría usted si
conociera alguna de las cosas que yo sé.
—No me refiero únicamente a la posición social que la palabra
«señora» suele implicar, sino al refinamiento personal.
—No la ve usted con mis mismos ojos, señor. Soy hombre, pero al
mismo tiempo, soy agente de policía. El refinamiento de la gente no suele
impresionarme mucho. Considero a esa mujer capaz de clavarle a uno un cuchillo
por la espalda, sin inmutarse en lo más mínimo.
Es curioso que hubiera podido imaginar a mistress Lestrange
culpable del asesinato, aunque no de chantaje.
—Pero, naturalmente, no puede haber estado telefoneando a
mistress Price Ridley y asesinando al coronel al mismo tiempo —prosiguió el
inspector.
Apenas acabó de pronunciar estas palabras, se golpeó con fuerza
el muslo con la mano abierta.
—¡Ya lo tengo! —exclamó—. La llamada telefónica no tenía otro
objeto que establecer una coartada. Ella sabía que la relacionaríamos con la
primera. Voy a examinar este nuevo aspecto del asunto. Acaso haya sobornado a
algún muchacho del pueblo para que telefonease a su vecina.
El inspector salió apesadumbrado.
—Miss Marple quiere verte —anunció Griselda, asomándose al
gabinete—. Mandó una nota llena de sutilezas y palabras subrayadas. Al parecer,
no puede salir de su casa en este momento. Date prisa y ve a ver qué quiere.
Las señoras de la congregación llegarán dentro de un minuto; de lo contrario,
te acompañaría. ¡Qué suerte que la encuesta se celebra esta tarde! No tendrás
que asistir a la partida de cricket del club de los muchachos.
Salí rápidamente, preguntándome cuál sería la razón de aquella
llamada.
Encontré a miss Marple sumamente aturdida e incoherente.
—Mi sobrino —explicó—. Mi sobrino Raymond West, el escritor.
Llega hoy. ¡Tengo tantas cosas que hacer! Las doncellas no saben ni tan
siquiera preparar bien una cama y desde luego, debemos tener algún plato de
carne para la cena, ¿no le parece? ¡Los caballeros comen tanta carne!... Y
licores. Tendrá que haber alguna botella de licor en la casa.
—Si puedo serle útil en algo... —empecé a decir.
—¡Es usted muy amable, mister Clement! No le llamé para esto.
Tengo mucho tiempo todavía. Afortunadamente, trae su pipa y su propio tabaco. Y
digo afortunadamente, porque así no tengo que preocuparme de averiguar qué
clase de cigarrillos debería comprar, pero, al mismo tiempo, me apena, porque
el olor del tabaco tarda mucho en desaparecer. Desde luego, abro bien las
ventanas y agito las cortinas cada mañana. Raymond se levanta muy tarde.
Supongo que todos los escritores lo hacen. Escribe libros muy interesantes,
aunque no creo que la gente sea realmente tal como él la describe. Los jóvenes
inteligentes conocen muy poco de la vida, ¿no lo cree así?
—¿Quiere usted traerle a cenar a la vicaría? —pregunté,
sintiéndome todavía capaz de discernir la razón de su llamada.
—No, gracias —repuso miss Marple—. Es usted una persona muy
amable, mister Clement —añadió.
—Creo que... ah... quería usted hablarme de algo —sugerí
desesperadamente.
—Sí, desde luego. Se me había olvidado por completo con toda
esta excitación —Se volvió hacia la puerta y llamó a su doncella—. ¡Emily,
Emily! Ponga las sábanas con el monograma.
Cerró la puerta y me miró a los ojos.
—Anoche sucedió algo muy curioso —¡explicó—. Creo que le
gustaría saberlo, aunque por el momento no parece tener sentido. No podía
dormir y, cansada de dar vueltas en la cama, pensando en el asesinato, me
levanté y me asomé a la ventana. ¿Qué cree usted que vi?
La miré interrogativamente.
—A Gladys Cram —dijo con énfasis—. Iba a los bosques y llevaba
una maleta de mano.
—¿Una maleta?
—¿No le parece algo extraordinario? ¿Qué podía hacer en los
bosques con una maleta, a las doce de la noche?
Nos miramos asombrados.
—No creo que tenga nada que ver con el asesinato —prosiguió miss
Marple—, pero es algo muy raro, y creo que en estos momentos debemos
preocuparnos de todas las cosas que no sean corrientes.
—Es asombroso —dije—. ¿Iría a dormir a la tumba, acaso?
—Si fue a la tumba, no se quedó allí —repuso miss Marple—,
porque poco rato después regresó sin la maleta.
Nos volvimos a mirar, asombrados.
CAPITULO XVIII
La encuesta se celebró aquel día (sábado), a las dos de la
tarde, en el Blue Boar. La excitación general era tremenda. Hacía por lo menos
quince años que no se cometía crimen alguno en Saint Mary Mead. En pocas
ocasiones se ofrece algo tan sensacional a la gente como el asesinato de una
persona de la categoría del coronel Protheroe, en el gabinete de la vicaría.
Hasta mí llegaron varios comentarios, que probablemente no
estaban destinados a mis oídos.
—Ahí está el vicario. Parece pálido, ¿verdad? Me pregunto si no
tuvo parte en el crimen. Después de todo, fue cometido en su casa.
—¿Cómo puedes decir eso, Mary Adams? Él estaba en casa de los
Abbott cuando sucedió.
—Pero se dice que él y el coronel disputaron por algo. ¡Mira!
Ahí está Mary Hill. Se da importancia, porque sirve en la vicaría. Ya llega el
criminalista.
El criminalista era el doctor Roberts, de la vecina población de
Much Benham. Se aclaró la garganta, procedió a ajustarse las gafas y levantó la
cabeza.
La recapitulación de los hechos fue aburrida. Lawrence Redding
declaró acerca de la forma en que encontró el cadáver e identificó la pistola
como suya. A su mejor saber y entender la había visto por última vez el martes,
dos días antes del asesinato. La guardaba en una estantería en su casa, y la
puerta de su domicilio estaba corrientemente abierta.
Mistress Protheroe dijo que vio por última vez a su esposo
alrededor de las seis menos cuarto, cuando se separaron en la calle del pueblo,
quedando en que pasaría a recogerle por la vicaría, algo más tarde. Fue a la
vicaría hacia las seis y cuarto, siguiendo el sendero que da a la parte trasera
de la casa, entrando después en el jardín. No oyó a nadie en el gabinete y
creyó que la habitación estaba vacía, pero su esposo pudo muy bien estar
sentado ante el escritorio, en cuyo caso no le hubiera podido ver. Sí, gozaba
de buena salud y su estado era normal. No sabía de nadie que pudiera guardarle
rencor.
Yo declaré a continuación, hablé de mi cita con Protheroe y de
la llamada que me condujo a la casa de los Abbott. Describí cómo encontré el
cadáver y la llegada del doctor Haydock.
—¿Cuánta gente sabía, mister Clement, que el coronel Protheroe
le visitaría aquella tarde?
—Mucha, creo. Mi esposa y mi sobrino estaban enterados de ello y
el propio coronel hizo referencia a la visita cuando, por la mañana, le
encontré en la calle. Supongo que bastantes personas debieron haberle oído,
pues era algo sordo y acostumbraba a hablar en voz muy alta.
—¿Cree usted, pues, que su proyectada visita era del dominio
público?
Asentí.
Haydock subió al estrado a continuación. Era un testigo
importante. Describió cuidadosa y técnicamente el aspecto del cadáver y las
heridas que presentaba. En su opinión, Protheroe fue asesinado mientras estaba
escribiendo. Fijó la hora de la muerte, aproximadamente, entre las 6.20 y las
6.30, pero no más tarde de las 6.35. Se reafirmó enfáticamente en la precisión
de la hora y aseguró que no se trataba de un suicidio, por cuanto era imposible
que el coronel hubiese podido causarse la herida que le produjo la muerte.
La declaración del inspector Slack fue corta y resumida. Habló
de su llegada al lugar del crimen y las circunstancias en que encontró el
cadáver. Presentó la carta no acabada, haciendo observar la hora —6.20— que la
encabezaba. Mencionó también el reloj y dijo que se había creído que la hora de
la muerte era las 6.22.
La policía no descubría su juego. Más tarde, Anne Protheroe me
dijo que se le había pedido que insinuara una hora algo antes de las 6.20 como
la de su llegada.
Nuestra doncella Mary fue el siguiente testigo y demostró ser
algo truculenta. No había oído nada, ni quería haberlo oído. Los caballeros que
visitaban al vicario no solían ser muertos a mano airada. Tenía su propio
trabajo que hacer. El coronel Protheroe llegó exactamente a las seis y cuarto.
No, no miró el reloj. Había oído el de la iglesia dar la hora apenas hizo
entrar al coronel en el gabinete. No oyó ningún disparo. Sí, de haber habido
uno, lo hubiera oído. Claro, sabía que debió dispararse un tiro, puesto que el
caballero fue encontrado muerto de un balazo, pero ella no oyó ninguno.
El criminalista no insistió. Me di cuenta que él y el coronel
Melchett estaban trabajando de común acuerdo.
Mistress Lestrange fue citada para declarar, pero se presentó un
certificado medico firmado por el doctor Haydock, en el cual se afirmaba que su
estado de salud era delicado y ello le impedía asistir a la encuesta.
Sólo quedaba otro testigo, una mujer entrada en años, que hacía
la limpieza en la casa de Lawrence Redding.
Mistress Archer reconoció la pistola que le mostró como la que
había visto en una estantería de la casa de mister Redding. La última vez que
la vio fue el día del asesinato. Estaba allí a la hora de la comida del martes.
Aquel día salió de la casa a la una menos cuarto.
Recordé lo que el inspector me había dicho y me sentí algo
sorprendido. A pesar de lo incoherente que pudo parecer cuando él la interrogó,
en la encuesta se mostró completamente segura de sus palabras.
El criminalista resumió las declaraciones, y el jurado dio su
veredicto casi inmediatamente.
«Asesinato cometido por persona o personas desconocidas.»
Al salir, observé un grupo de hombres jóvenes, de aspecto
decidido y todos ligeramente parecidos. Conocía a algunos por haber estado
rondando la vicaría durante los últimos días. Al tratar de escapar de ellos,
volví a entrar en el Blue Boar y tuve la fortuna de encontrar al arqueólogo
doctor Stone, a cuyo brazo me agarré con firmeza.
—Periodistas —dije breve, pero expresivamente—. ¿Puede usted
ayudarme a salvarme de ellos?
—Naturalmente, mister Clement. Venga arriba conmigo.
Me precedió por una estrecha escalera y llegamos a su salita, en
la que miss Cram estaba sentada y aporreando las teclas de una máquina de
escribir. Me saludó con una sonrisa de bienvenida y aprovechó la oportunidad
para hacer un alto en su trabajo. Se separó de su máquina y se sentó.
—Es horrible, ¿verdad? —dijo—. Quiero decir, no saber quién lo
hizo. Me siento bastante disgustada por la encuesta.
—¿Estuvo usted también presente? —pregunté al doctor Stone,
tratando de librarme de las bromas de miss Cram.
—No. Estas cosas no me interesan. Soy un hombre muy ocupado en
mi trabajo.
—Debe ser muy interesante —dije.
—¿Entiende usted de arqueología?
Me ví obligado a admitir que no tenía el menor conocimiento de
esa ciencia.
El doctor Stone no se arredró ante mi confesión de ignorancia.
El resultado fue igual que si hubiera dicho que la excavación de tumbas
antiguas era mi afición predilecta. Habló largo y tendido de tumbas
rectangulares y redondas, la edad de piedra, la edad de bronce, del
paleolítico, del neolítico. De su boca salía un interminable chorro de
palabras. Yo me limitaba a asentir, tratando de parecer inteligente. El doctor
Stone seguía hablando. Era un hombre bajo, de cabeza calva, cara redonda y
sonrosada, que miraba a través de unas gruesas gafas. Jamás he conocido a
persona alguna capaz de hablar con tanto detalle sobre un tema desconocido para
su oyente.
Después me explicó minuciosamente su diferencia de opinión con
el coronel Protheroe.
—Era un patán tozudo —afirmó—. Sí, ya sé que no se debe hablar
mal de los muertos, pero su desaparición no altera los hechos. Se creía un
perito en la materia porque había leído algunos libros y olvidaba que yo he
dedicado toda mi vida al estudio de las tumbas. Toda mi vida, mister Clement;
toda mi vida.
Estaba verdaderamente excitado. Gladys Cram le volvió a la
realidad con una sola frase.
—Perderá usted el tren —observó.
—¡Oh! —exclamó, sacando un reloj de bolsillo—. ¡Qué tarde es ya!
—Se olvida usted del tiempo cuando habla. Me gustaría saber qué
haría usted si no estuviera a su lado para recordárselo.
—Tiene usted razón, querida, tiene razón —repuso, golpeándola
afectuosamente en el hombro—. Es una chica maravillosa, mister Clement. Nunca
se olvida de nada. Me considero muy afortunado de tenerla conmigo.
—Me hará usted sonrojar, doctor Stone —dijo ella—. Pero dése
prisa.
—Sí, sí, ya voy.
Desapareció en la habitación vecina y volvió a salir con una
maleta en la mano.
—¿Se marcha usted? —pregunté sorprendido.
—Tengo que ir a la ciudad por un par de días —explicó—. Debo ver
mañana a mi madre y a mis abogados el lunes. Regresaré el martes. A propósito,
espero que la muerte del coronel Protheroe no altere el acuerdo a que llegamos
acerca de la tumba. Supongo que mistress Protheroe no tendrá inconveniente en
que prosiga las excavaciones.
—No creo que tenga nada que objetar.
Mientras él hablaba, me pregunté quién mandaría en Old Hall en
el futuro. Pensé que acaso Protheroe lo hubiera dejado a Lettice. Sería
interesante conocer el contenido del testamento del coronel Protheroe.
—La muerte suele causar muchas complicaciones en las familias
—afirmó miss Cram.
—Ya es hora de partir —dijo el doctor Stone, tratando
infructuosamente de no perder el control de la maleta, un paquete y el
paraguas.
Acudí en su ayuda, pero él protestó:
—No se moleste usted. Puedo arreglarme perfectamente. Además,
abajo habrá seguramente alguien que me ayude a llevar todo esto.
Pero en la planta baja no había nadie a quien encomendar el
transporte del equipaje del doctor Stone. Sospecho que los caballeros de la
Prensa acaparaban la atención general. Se hacía tarde y nos dirigimos juntos
hacia la estación. El doctor Stone llevaba la maleta y yo el paquete y el
paraguas.
—Es usted muy amable —dijo el doctor Stone, respirando
afanosamente a causa de la rapidez de nuestros pasos—. Espero no perder el
tren... Gladys es una muchacha muy buena... No era muy feliz en su casa...
Tiene un corazón de oro. A pesar de la diferencia de edades, tenemos mucho en
común.
Vimos la casita de Lawrence Redding al tomar el camino de la
estación. Está aislada de las demás. Observé la presencia de dos jóvenes
elegantes junto a la puerta, y de otros dos que miraban al interior por las
ventanas. Los caballeros de la Prensa estaban muy ocupados.
—Buena persona el joven Redding —comenté, para observar la
reacción del doctor Stone.
Respiraba tan afanosamente que sólo pudo pronunciar confusamente
la palabra, que no comprendí bien.
—Peligroso —dijo, cuando le pedí que repitiera lo dicho.
—¿Peligroso?
—Mucho. Muchachas inocentes... no saben distinguir... se
enamoriscan de un individuo como él... Mala persona.
De ello deduje que el único hombre joven del pueblo no había
pasado inadvertido para la encantadora Gladys.
—¡Dios santo! —exclamó el doctor Stone—. ¡El tren!
Estábamos ya cerca de la estación y corrimos. El convoy
procedente de Londres estaba en andenes, y el que se dirigía a la capital
entraba en agujas.
Al acercarnos a la taquilla chocamos con un joven elegante, en
quien reconocí al sobrino de miss Marple, que llegaba en aquel momento. No le
gusta, según parece, que la gente choque con él. Se enorgullece de su porte y
aires de despego, y no hay duda alguna de que un contacto vulgar causa
detrimento en el porte de la persona. El golpe le hizo tambalearse. Me excusé
apresuradamente y entramos. El doctor Stone subió al vagón y yo le alargué el
equipaje por la ventanilla cuando el tren arrancaba.
Le despedí con un gesto de la mano y me volví. Raymond West no
se encontraba ya en la estación, pero el farmacéutico local, Cherubin, se
dirigía hacia el pueblo y me uní a él.
—¿Cómo fue la encuesta, mister Clement? —me preguntó.
Le dije cuál había sido el veredicto.
—Así lo esperaba yo —repuso—. ¿Adonde va el doctor Stone?
Le repetí lo que me había dicho.
—Ha tenido suerte de no perder el tren. En esta línea nunca se
sabe a qué hora llegan. Es una verdadera vergüenza, mister Clement. El tren en
que yo he venido llevaba diez minutos de retraso. Y eso que hoy es sábado y el
tráfico es menor. Y el miércoles... no, el jueves... Recuerdo una enérgica
carta de protesta a la compañía, pero las noticias del crimen me hicieron
olvidarme de ello. El jueves asistía a una reunión de la Sociedad de
Farmacéuticos. ¿Cuánto retraso supone usted que llevaba el tren de las 6.50?
¡Media hora! Exactamente media hora. ¿Qué le parece? Diez minutos no tienen
importancia, pero media hora... Si el tren no llega hasta las siete y veinte,
no es posible estar en casa antes de las siete y media. ¿Por qué le llamarán el
tren de las 6.50, me pregunto?
—Tiene usted razón —observé.
Deseando interrumpir aquel monólogo, me separé de él con la
excusa de tener que hablar con Lawrence Redding, que venía en nuestra
dirección.
CAPITULO XIX
—Me complace mucho encontrarme con usted —dijo Lawrence—.
Acompáñeme a casa.
Cruzamos el portillo de la rústica verja, recorrimos el corto
sendero y Lawrence sacó una llave del bolsillo y la insertó en la cerradura.
—Veo que cierra la puerta ahora —observé.
—Sí —repuso, riendo amargamente—. Es un poco tarde para hacerlo,
¿no le parece? A burro muerto... —Abrió la puerta y me cedió el paso—. Hay algo
acerca de todo esto que no me gusta en absoluto. Alguien conocía la existencia
de mi pistola, lo que significa que el asesino, quienquiera que sea, ha estado
en esta casa y posiblemente tomado una copa conmigo.
—No necesariamente —repuse—. Todos los habitantes de Saint Mary
Mead saben exactamente el lugar en que guarda su cepillo de dientes y qué marca
de dentífrico usa.
—¿Por qué ha de interesarles mi vida?
—No lo sé —dije—, pero les interesa. Si decide cambiar de jabón
de afeitar, su decisión será comentada.
—Deben tener muy pocos temas de conversación.
—Supongo que debe ser eso. Nunca sucede nada en este pueblo.
—Pero ahora ha ocurrido algo sensacional.
Asentí.
—¿Y quién les cuenta esas cosas, como lo del dentífrico y jabón
de afeitar?
—Probablemente mistress Archer.
—¿Ese vejestorio? Está medio loca, según parece.
—Ése es el camuflaje de los pobres —expliqué—. Se refugian tras
una máscara de estupidez. Probablemente algún día averiguará que no es lo que
aparenta. A propósito, ahora parece hallarse muy segura de que la pistola
estaba en su sitio el mediodía del jueves. ¿Qué habrá sucedido para que esté
tan segura de ello?
—No tengo la menor idea.
—¿Cree usted que tiene razón?
—Tampoco puedo asegurarlo. No hago inventario de mis
pertenencias todos los días.
Miré a mi alrededor. Las estanterías y la mesa estaban repletas
de cosas. Lawrence vivía en un artístico desarreglo que me hubiera enloquecido.
—A veces se me hace algo difícil encontrar lo que busco —dijo,
observando mi mirada—. Pero, por otra parte, todo está a mano.
—Desde luego, nada está guardado —asentí—. Quizás hubiera sido preferible
que la pistola no hubiese estado tan a la vista.
—Casi pensé que el criminalista dijera algo por el estilo
—observó—. Incluso creí que me censuraría por mi descuido.
—¿Estaba cargada?
Lawrence meneó la cabeza.
—Mi descuido no llega a tal extremo. Estaba descargada, pero
junto a ella había una caja de balas.
—Parece que tenía seis en el cargador y que una fue disparada.
Lawrence asintió con la cabeza.
—¿Quién apretó el gatillo? A menos que se descubra al asesino se
sospechará de mí siempre, siempre hasta el día de mi muerte.
—No diga eso, amigo mío.
Calló y frunció el ceño. Un momento después pareció salir de su
ensimismamiento.
—Deje que le cuente lo de anoche. Esa vieja miss Marple parece
adivinar las cosas.
—Creo que ese don la convierte en persona muy poco popular con
la gente.
Lawrence procedió a contarme su historia.
—Siguiendo el consejo de miss Marple, fui a Old Hall. Con la
ayuda de Anne interrogué a la camarera.
Anne dijo sencillamente:
—Mister Redding quiere hacerle algunas preguntas, Rose.
Y después salió de la habitación.
Lawrence se había sentido algo nervioso. Rose, hermosa muchacha
de unos veinticinco años, posó en él su mirada límpida, que le causó algún
desconcierto.
—Es... es acerca de la muerte del asesinado coronel Protheroe.
—Sí, señor.
—Estoy muy ansioso por conocer la verdad.
—Sí, señor.
—Creo que puede haber... que alguien pudo... que... que algún
incidente...
Entonces Lawrence sintió que no se estaba precisamente cubriendo
de gloria y maldijo a miss Marple y sus sugerencias.
—Quizá pueda usted ayudarme.
—Lo haré con mucho gusto, señor.
La compostura de Rose seguía siendo la propia de la perfecta
camarera, cortés, deseando ser útil pero sin demostrar interés alguno.
—¡Al cuerno! —exclamó Lawrence—-. ¿No han hablado ustedes de
ello en la cocina?
Este sistema de ataque hizo tambalear ligeramente a Rose. Su
compostura se vino abajo.
—¿En la cocina, señor?
—O en la habitación del ama de llaves, o dondequiera hablen
ustedes. Deben hacerlo en alguna parte u otra.
Rose se mostró propicia a reír sofocando la voz, con lo que
Lawrence cobró ánimos.
—Mire, Rose; es usted una muchacha muy buena. Estoy seguro de
que comprende mis sentimientos. No quiero que me ahorquen. Yo no asesiné a su
patrón, pero mucha gente cree que lo hice. ¿Puede usted ayudarme de alguna
manera?
Puedo imaginar que el aspecto de Lawrence debía, en aquel
momento, ser en extremo suplicante. Su hermosa cabeza estaría echada hacia
atrás, y sus azules ojos irlandeses mirarían, anhelantes. Rose se ablandó y
capituló.
—¡Oh, señor! Estoy segura que si cualquiera de nosotros pudiera
ayudarle... No creemos que usted lo hiciera, señor. No lo creemos.
—Ya lo sé, querida Rose, pero su opinión no me será de ninguna
ayuda con la policía.
—¡La policía! —exclamó Rose despectivamente—. Nuestra opinión
sobre ese inspector Slack es muy pobre, señor.
—Sin embargo, es poderoso. Ahora, Rose, haga o diga algo que
pueda ayudarme. No puedo menos que pensar que hay muchas cosas que
desconocemos. Por ejemplo, la visita de la señora que vino a ver al coronel
Protheroe la víspera de su muerte.
—¿Mistress Lestrange?
—Sí, mistress Lestrange. Me parece que hay algo raro en su
llegada a aquella hora.
—Esto es lo que nosotros también creemos, señor.
—¿Sí?
—Vino tarde y preguntó por el coronel. Se ha comentado mucho,
especialmente porque nadie la conocía. En opinión de mistress Simmons, el ama
de llaves, no es mujer decente. Sin embargo, después de saber lo que Gladdie
dijo, no sé qué pensar.
—¿Qué dijo Gladdie?
—¡Oh, nada, señor! Sólo estábamos hablando.
Lawrence la miró fijamente. Sintió que había algo importante
escondido detrás de aquellas palabras.
—Me pregunto cuál fue el motivo de su entrevista con el coronel
Protheroe.
—Sí, señor.
—Creo que usted lo sabe, Rose.
—¿Yo? ¡Oh no, señor! ¿Cómo podría yo saberlo?
—Mire, Rose. Dijo que me ayudaría. Quizás oyó algo a lo que no
dio importancia, pero que puede tenerla. Le agradeceré mucho que me lo diga.
Después de todo, a veces, casualmente, puede enterarse de algo.
—Yo no oí nada, señor.
—Si no lo oyó usted, alguien pudo oírlo —dijo Lawrence con
firmeza.
—Bien, señor.
—Dígamelo, Rose.
—No sé lo que Gladdie diría.
—Con toda seguridad Gladdie querría que me lo contara. A
propósito, ¿quién es Gladdie?
—Es la ayudante de la cocinera. Salió un momento para hablar con
un amigo y pasó junto a la ventana del gabinete. El señor se encontraba allí
con aquella señora. El señor hablaba siempre en voz muy alta, y, naturalmente,
ella se sintió algo curiosa... quiero decir...
—Naturalmente, desde luego —dijo Lawrence—. Uno no podría menos
que oír, por casualidad.
—Claro que ella no contó nada a nadie, excepto a mí. Ambas nos
sentimos muy extrañadas. Gladdie no podía decir nada, pues si se hubiera sabido
que había salido de la casa para encontrarse con... con un amigo, hubiese
tenido un disgusto con mistress Pratt, la cocinera, señor. Sin embargo, estoy
segura de que accederá a contárselo a usted, señor Lawrence.
—¿Puedo ir a la cocina para hablar con ella?
Rose se horrorizó ante esa idea.
—¡Oh no, señor! No debe usted hacerlo. Además, Gladdie es una
muchacha muy nerviosa.
Un momento después, y tras solucionar algunas dificultades, se
arregló un encuentro en el jardín.
A su debido tiempo, Lawrence se reunió con la nerviosa Gladdie,
más parecida a un tembloroso conejo que a un ser humano. Tardó diez minutos en
lograr que la muchacha se tranquilizara, mientras ella aseguraba que nunca
pensó que Rose la descubriera, que salió sin mala intención y que tendría un
disgusto con mistress Pratt si la cocinera se enteraba de ello.
Lawrence la colmó de promesas y la persuadió para que hablara.
—Si usted está seguro de que lo que diga no ha de ser repetido a
nadie, señor... si usted me promete callar... ¿No se me obligará tampoco a
declararlo en un tribunal?
—Claro que no. Nunca.
—¿No se lo contará a la señora?
—De ninguna manera.
—Si llegara a oídos de mistress Pratt...
—No llegará. Cuéntemelo, Gladdie.
—¿Está usted seguro de que no obré mal?
—Desde luego. Estoy seguro, además, de que algún día se alegrará
de haberme salvado de la horca.
Gladdie se estremeció.
—No quisiera que le sucediera nada malo, señor. Ah... Fue muy
poco lo que oí, y por casualidad.
—Comprendo.
—El señor estaba muy enfadado. «Después de todo esos años»,
decía, «osas venir aquí. Tu conducta es indigna». No pude oír la contestación
de la señora, pero un momento después él dijo: «Me niego rotundamente». No
puedo recordar cuanto dijeron, pero parecía que ella quería que él hiciera
algo, y él se negaba. «Es una desgracia que se te haya ocurrido venir aquí».
Recuerdo que el señor dijo: «No la verás, te lo prohíbo». Cuando oí estas
palabras, se me puso la piel de gallina. Parecía como si la señora quisiera
contar algo a mistress Protheroe y que él estuviera asustado de ello. Recuerdo
que pensé que el señor, a pesar de su rigidez, tenía algo que esconder. Más
tarde le dije a mi amigo que todos los hombres son iguales, pero él no estuvo
de acuerdo, aunque admitió que estaba asombrado por lo que oía, siendo el
coronel profesor de la escuela dominical. «El lobo se pone a veces la piel de
cordero», le dije recordando las palabras de mi madre.
Gladdie hizo una pausa para recobrar aliento y Lawrence trató
sagazmente de hacerle hablar de lo que había oído.
—¿Oyó usted algo más?
—Es difícil recordarlo exactamente, señor. Parece que hablaban
siempre de lo mismo. Una o dos veces él dijo: «No lo creo». Así, tal como
suena. «Aunque Haydock lo diga, no lo creo».
—¿Eso dijo él: «Aunque Haydock lo diga, no lo creo»?
—Sí, y aseguró que se trataba de un complot.
—¿No oyó usted hablar a la señora?
—Sólo al final. Debió haberse levantado para partir, y quizá se
acercó a la ventana. Cuando oí lo que dijo, la sangre se me heló en las venas.
«Mañana a esta hora puedes estar muerto». Y lo dijo en una forma... Cuando me
enteré de la noticia, no pude menos que recordar estas palabras.
Lawrence se preguntaba cuánto del relato de Gladdie podía ser
creído. Aunque no dudaba de la esencia de las palabras, temía que hubieran
sido, hasta cierto punto, tergiversadas a raíz del asesinato. Dudaba,
especialmente de la última observación.
Dio las gracias a Gladdie, la recompensó con largueza y le
aseguró que mistress Pratt jamás sabría que había salido de la casa para ver a
su amigo. Cuando se alejó de Old Hall tenía mucho en que pensar.
Quedaba fuera de toda duda que la entrevista de mistress
Lestrange con el coronel Protheroe no había sido cordial, y que él,
celosamente, procuró que su esposa no se enterara de lo tratado.
No pude menos que recordar el caso de la doble vida mencionada
por miss Marple. ¿Se trataría de algo semejante?
Me pregunté qué papel representaba Haydock en todo ello. Evitó
que mistress Lestrange compareciera en la encuesta para declarar y la protegió
lo mejor que pudo de la policía. ¿Hasta dónde llevaría su protección? ¿La
seguiría escudando aunque la creyera culpable del asesinato? Algo en mi
interior me decía: «¡No puede ser ella!» ¿Por qué? Y un duendecillo en mi
cerebro replicaba: «Porque es una mujer muy bella y atractiva.»
Como miss Marple diría, hay mucha naturaleza humana en nosotros.
CAPITULO XX
Al llegar a la vicaría me enteré de que estábamos atravesando
una crisis doméstica. Griselda me recibió con lágrimas en los ojos y me llevó
al salón.
—Se va.
—¿Quién se va?
—Mary. Se ha despedido.
Me era imposible recibir la noticia en forma trágica.
—Bien —repuse—, buscaremos otra cocinera.
Me pareció que eso era lo apropiado. Cuando una criada se va, se
busca otra. Me extrañé ante la mirada de reproche de Griselda.
—No tienes corazón, Len. No te importa.
No me importaba, naturalmente. Más bien me complacía el
pensamiento de que no tendría que volver a comer budines quemados y verduras
crudas.
—Tendré que buscar otra chica y enseñarla —dijo Griselda con voz
lastimera.
—¿Ha sido Mary enseñada? —pregunté.
—Claro que sí.
—Supongo —proseguí— que alguien le ha oído dirigirse a nosotros
llamándonos señor ó señora y que se ha apresurado a contratar sus servicios. Lo
siento por sus nuevos patronos.
—No se trata de eso —repuso Griselda—. Nadie la quiere. No puedo
imaginar que haya alguien que desee llevarla a su casa. Son sus sentimientos.
Está terriblemente disgustada porque Lettice Protheroe dijo que no quitaba bien
el polvo.
A menudo Griselda hace extrañas manifestaciones, pero sus
palabras me parecieron tan sorprendentes esta vez que dudé de su veracidad, tan
raro se me antojó que Lettice Protheroe hiciera manifestaciones de tal
naturaleza y reprochara a nuestra criada lo mal que hacía las labores
domésticas. No me parecía propio de Lettice y así lo dije:
—No veo por qué Lettice Protheroe se ha de preocupar por el
polvo de nuestra casa.
—Esto es precisamente lo raro —repuso mi esposa—. Quisiera que
hablaras a Mary. Está en la cocina.
No tenía el menor deseo de hablar a Mary acerca de ello, pero
Griselda me empujó hacia la puerta de la cocina antes de que tuviera tiempo de
rebelarme.
Mary estaba pelando patatas.
—Buenas tardes —dije nerviosamente.
Volvió la cabeza, me miró y bufó, pero no contestó a mi saludo.
—Mistress Clement me comunica que quiere usted dejar nuestro
servicio —dije.
Mary condescendió a contestar:
—Hay algunas cosas que ninguna chica puede tolerar —replicó.
—¿Quiere ser más explícita, por favor?
—¿Cómo?
—¿Quiere explicarme lo que la ha disgustado?
—Se lo diré en dos palabras —repuso. Sus nociones aritméticas
son francamente muy elementales—. La gente viene espiando por aquí en cuanto me
vuelvo de espaldas. Todo el mundo mete las narices donde no debe. ¿Qué puede
importarle a ella cuántas veces quito el polvo del gabinete? Si usted y su
esposa están satisfechos, los demás no tienen por qué meterse en ello. Lo
importante es que ustedes estén contentos.
Mary no me ha hecho nunca sentir de tal manera. Confieso que
tengo debilidad por las habitaciones barridas y limpiadas a fondo cada mañana.
Me parece muy mala la costumbre de Mary de limitarse a pasar el trapo por los
lugares visibles en que el polvo se ha acumulado en mayor cantidad. Sin
embargo, me pareció que aquél no era el momento más apropiado para exponer mis
puntos de vista.
—Tuve que asistir a la encuesta, yo, una muchacha respetable, y
colocarme ante doce hombres, sin saber qué preguntas me iban a hacer. No
acostumbro servir en casas en que se cometen asesinatos y no quiero que tal
cosa vuelva a suceder.
—Espero que así sea —dije—. De acuerdo con la ley de
probabilidades, es casi imposible que se repita.
—No siento simpatía por la ley. Él era magistrado y mandó a la
cárcel a más de un pobre hombre por cazar un conejo. Y después, antes de que se
le entierre decentemente, viene su hija a meter las narices por aquí, diciendo
que no hago bien la limpieza.
—¿Ha estado miss Protheroe por aquí?
—La encontré en la casa cuando volví del Blue Boar. Estaba en el
gabinete. «¡Oh! —dijo—-. Estaba buscando mi boina amarilla. La dejé aquí el
otro día.» «Pues yo no la he visto», le contesté. «No estaba aquí cuando limpié
la habitación el jueves por la mañana.» «No me extraña que no la viera —dijo—.
Me parece que emplea muy poco tiempo en limpiar las habitaciones, ¿verdad?»
Entonces pasó el dedo por la repisa y lo miró. ¡Como si hubiera tenido tiempo
de hacer una limpieza a fondo del gabinete cuando la policía abrió la puerta
sólo ayer por la noche! «Si el vicario y su esposa están satisfechos, a nadie
le importa la forma en que trabajo», le contesté. Entonces se echó a reír y
cuando salía por la puerta ventana se volvió hacia mí. «¿Está usted segura?»,
preguntó.
—Comprendo —dije.
—Ya le he explicado por qué quiero irme. Una tiene sus
sentimientos. Siempre he estado dispuesta a matarme trabajando por usted y su
esposa, y si ella quiere preparar un plato nuevo estoy siempre dispuesta a ello
para que esté contenta de mí.
—Claro que lo está —le dije para calmarla.
—Pero debe haberles oído algo a ustedes o no hubiera dicho esas
palabras. Si no se me dan explicaciones, me marcharé. No me importa lo que miss
Protheroe pueda decir. Nadie la quiere en Old Hall. Es altanera y mal educada.
No sé qué es lo que mister Dennis puede ver en ella para querer estar siempre a
su lado. Es de la clase de mujeres que saben hacer bailar a los hombres a su
gusto.
Mientras hablaba, Mary sacaba los ojos de las patatas con tal
vigor que uno de ellos me dio en la cara, obligándome a hacer una pausa.
—¿No cree usted —pregunté, mientras me frotaba con el pañuelo—
que se ha ofendido por algo dicho sin intención de herirla? Su señora sentiría
que se vaya, Mary.
—No tengo nada contra ella, ni contra usted tampoco.
—¿No le parece que obra demasiado impulsivamente?
Mary sorbió con la nariz.
—Estaba bastante disgustada después de la encuesta. Una tiene
sus sentimientos, ¿sabe? Pero no quisiera causar pena a su esposa.
—Entonces, todo está arreglado —dije.
Salí de la cocina y me reuní con Griselda y Dennis, que me
esperaban en el salón.
—¿Qué...? —preguntó Griselda.
—Se queda —repuse, y suspiré.
—Len —observó mi esposa—, eres muy inteligente.
Me sentí inclinado a disentir de esta opinión. No creí haber
sido inteligente. Tengo la firme convicción de que no es posible encontrar una
cocinera peor que Mary. Cualquier cambio hubiera sido mejor. Pero me gusta
complacer a Griselda y le di cuenta detallada de las quejas de Mary.
—Lettice tiene muy mala memoria —observó Dennis—. No pudo haber
dejado la boina amarilla aquí el miércoles, pues el jueves la llevaba cuando
jugamos al tenis.
—No me extraña —repuse.
—Nunca sabe dónde deja nada —prosiguió Dennis en tono cariñoso y
admirativo que no venía a cuento—. Suele perder una docena de cosas al día.
—Es un detalle muy atractivo —observé.
Mi sarcasmo hizo mella en Dennis.
—Es muy agradable —dijo con un profundo suspiro—. Los hombres se
le están siempre declarando, según me dijo.
—Serán declaraciones con fines ilícitos, pues no hay un solo
soltero en el pueblo —observé.
—Está el doctor Stone —repuso Griselda con los ojos alegres.
—Cierto es que hace unos días le pidió que fuera a visitar las
excavaciones —admití.
—Claro que la invitó —dijo Griselda—. Lettice es muy atractiva,
Len. Incluso los arqueólogos calvos se dan cuenta de ello.
—Tiene mucho encanto —musitó Dennis—.Y sin embargo, Lawrence
Redding no lo ha observado siquiera.
Griselda encontró rápidamente una explicación.
—Lawrence posee también mucho encanto. Los hombres de su clase
prefieren la mujer, ¿cómo diría yo?, del tipo cuáquero, de aspecto frío. Creo
que Anne es la única capaz de haberle enamorado y supongo que jamás se cansarán
uno del otro. De todas maneras, me parece que ha sido algo estúpido en un
aspecto. No creo que jamás soñara que Lettice se sintiera atraída por él, pero,
en mi opinión, ella estaba enamorada.
—No le puede soportar —afirmó Dennis enfáticamente.
Nunca he visto nada parecido a la mirada lastimera con que
Griselda recibió esta observación.
Fui a mi gabinete. Me pareció que había algo raro en el ambiente
de aquella habitación. Debía sobreponerme a esa sensación, pues, de lo
contrario, probablemente no volvería a servirme de ella. Me dirigí
pensativamente hacia el escritorio, ante el cual Protheroe se había sentado,
con su cara roja, orgullosa y consciente de que obrara siempre bien. Allí le
había estado esperando la muerte. En el sitio donde yo me encontraba, un
enemigo había aguardado...
Y así llegó el fin de Protheroe...
Vi la pluma que sus dedos habían sostenido.
En el suelo se percibía una ligera mancha oscura. La alfombra
había sido mandada a la tintorería, pero la sangre dejaba su huella.
Me estremecí.
—No puedo usar esta habitación —dije en voz alta—. No puedo
usarla.
Entonces mis ojos vieron algo, el brillo de una cosa azul. Me
incliné. Había un pequeño objeto entre el escritorio y la pared. Lo recogí.
Lo sostenía en la palma de la mano, examinándolo, cuando
Griselda entró.
—Se me había olvidado decirte que miss Marple desea que vayamos
a su casa después de la cena, Len —dijo—. Quiere que le ayudemos a divertir a
su sobrino. Le contesté que iríamos.
—Muy bien, querida.
—¿Qué estás mirando?
—Nada.
Cerré la mano y posé los ojos en mi esposa.
—Si tú no eres capaz de divertir a Raymond West, querida, debe
de tratarse de una persona muy difícil de complacer.
—No seas ridículo, Len —repuso mi esposa, sonrojándose.
Salió de la habitación y abrí la mano. En ella tenía un
pendiente de lapislázuli, en cuya montura aparecían varias perlas de cultivo.
Era una joya bastante fuera de lo corriente y recordé dónde la
había visto últimamente.
CAPITULO XXI
No puedo decir, en justicia, que jamás haya sentido gran
admiración por Raymond West. Se supone que es un gran novelista y se ha labrado
un nombre como poeta. En sus poesías no emplea jamás letras mayúsculas, lo que,
según creo, es la esencia del modernismo. Sus libros tratan de gente
desagradable, cuyas vidas son en extremo aburridas.
Siente un tolerante afecto por «tía Jane», a quien se refiere en
su presencia como a una «superviviente».
Ella le escucha con un halagador interés, y si alguna vez
aparece en sus ojos un brillo divertido, tengo la certeza de que él no lo
observa.
Se dedicó a Griselda desde el primer momento. Hablaron de las
obras teatrales modernas y de allí pasaron a tratar ideas, también modernas, de
decoración. Griselda parece burlarse de Raymond West, pero creo que es
susceptible a su conversación.
Durante mi (aburrida) conversación con miss Marple, oí varias
veces la expresión «enterrada, como usted, en este pueblo».
Eso empezó, por fin, a irritarme.
—Supongo que debe tener en muy pobre opinión a los habitantes de
este pueblo.
Raymond West agitó el cigarrillo.
—Considero a Saint Mary Mead —dijo en tono autoritario— como una
charca estancada.
Nos miró dispuesto a enfrentarse con nuestro resentimiento, pero
creo que vio con desagrado que ninguno de nosotros se opusiera a sus palabras.
—Me parece que has empleado un símil muy poco apropiado, mi
querido Raymond —observó miss Marple alegremente—. Nada está tan lleno de vida
como una gota de agua de un charco estancado examinada al microscopio.
—Vida... de una clase —admitió el novelista.
—Todas las clases de vida tienen algo en común, ¿no crees?
—repuso miss Marple.
—¿Te estás comparando a los miasmas de las charcas, tía Jane?
—Recuerdo que en tu último libro dijiste algo parecido, querido.
Ningún hombre inteligente gusta de que se empleen sus propias
palabras contra él y Raymond West no era ninguna excepción.
—Fue algo completamente distinto —replicó con voz seca.
—Después de todo, la vida es algo muy parecido en todas partes
—repuso miss Marple plácidamente—. Se nace, se crece, se llega al
enamoramiento, luego al matrimonio, vienen los hijos...
—Y finalmente la muerte —dijo Raymond West—. Y no siempre
aquella que se puede probar con un certificado de defunción, sino algunas veces
la muerte en vida.
—Hablando de muertes —le interrumpió Griselda—, ¿se ha enterado
de que en Saint Mary Mead hemos tenido un asesinato?
Raymond West pretendió alejar estas palabras con un gesto de la
mano.
—El asesinato es un hecho muy vulgar —dijo—. No me siento
interesado por él; es por eso que me desagrada.
Estas palabras no hicieron mella en mí. Se dice que todo el
mundo ama a un amante; cámbiese «amante» por «asesinato» y tendremos una verdad
todavía más infalible. Nadie puede dejar de sentirse interesado por el crimen.
La gente sencilla, como Griselda y yo, podemos admitirlo abiertamente, pero las
personas como Raymond West deben pretender que el solo pensamiento de la muerte
violenta les aburre.
Sin embargo, miss Marple descubrió a su sobrino.
—Raymond y yo no hemos hablado de otra cosa durante la cena
—dijo.
—Siento gran interés por los sucesos de este pueblo —repuso
Raymond apresuradamente, tras lo cual sonrió benévolo y tolerante a miss
Marple.
—¿Tiene usted alguna teoría, mister West? —preguntó Griselda.
—Lógicamente —repuso Raymond West, gesticulando con la mano que
sostenía el cigarrillo—, sólo una persona pudo haber asesinado a Protheroe.
—¿Quién? —preguntó Griselda.
Todos estábamos interesados en la contestación.
—El vicario —contestó Raymond, señalándome con un dedo acusador.
Proferí una exclamación de sorpresa.
—Desde luego —prosiguió—, sé que usted no lo hizo. La vida no es
nunca como debiera ser. Pero piense un momento en el drama: miembro de la Junta
del templo asesinado en la vicaría por el pastor. ¡Delicioso!
—¿Y el motivo?
—¡Oh! Eso es muy interesante —Se irguió con su silla, dejando
apagar el cigarrillo—. Complejo de inferioridad, supongo. Demasiadas
inhibiciones, posiblemente. Me gustaría escribir la historia del asesinato. Es
sumamente complejo. Semana tras semana, año tras año, ha visto al hombre en las
reuniones parroquiales, en las excursiones de los muchachos del coro, pasando
la bandeja en la iglesia, llevándola después al altar. Y el hombre le disgusta,
pero reprime ese sentimiento. Es anticristiano y no debe tolerarlo. Y así va
creciendo en su interior, ocultamente, hasta que un día...
Hizo un gesto muy expresivo. Griselda se volvió hacia mí.
—¿Has sentido eso alguna vez, Len?
—Nunca —repuse verazmente.
—Sin embargo, creo que hace poco deseaba que el coronel
desapareciera de este mundo —observó miss Marple. (¡Ese dichoso Dennis! Era
culpa mía, desde luego. Jamás debí haberle hecho aquella observación.)
—Temo haberme expresado en estos términos —repuse—. Fue una
observación estúpida, pero realmente pasé una mañana muy nerviosa con él.
—Es muy desagradable —dijo Raymond West—. Porque, desde luego,
si su subconsciente hubiese en realidad planeado asesinarle, nunca le hubiera
permitido hacer esa observación.
Suspiró.
—Mi teoría se derrumba. Probablemente se trata de un vulgar caso
de asesinato, cometido por algún vengativo cazador furtivo o una persona
semejante.
—Miss Cram ha venido a verme esta tarde —observó miss Marple—.
La había encontrado en el pueblo y la invité a que viniera a ver mi jardín.
—¿Le gustan los jardines? —preguntó Griselda.
—Creo que no —repuso miss Marple, con una sonrisa burlona—. Sin
embargo, constituyen una excusa muy apropiada para hablar.
—¿Qué opinión tiene usted de ella? —preguntó Griselda—. No creo
que sea mala muchacha.
—Me dio mucha información —-dijo miss Marple— acerca de ella y
de su familia. Parece que todos murieron en la India. A propósito, ha ido a
pasar el fin de semana a Old Hall.
—¿Qué?
—Parece que mistress Protheroe la invitó, o quizás ella misma lo
sugirió. No sé exactamente cómo fue. Tiene que hacer algún trabajo de
secretaria, pues creo que hay muchas cartas por contestar. Como el doctor Stone
está ausente, no tiene nada que hacer. Esta tumba ha causado mucha excitación.
—¿Stone? —preguntó Raymond—. ¿Te refieres al arqueólogo?
—Sí. Está excavando una tumba en la propiedad de los Protheroe.
—Es un verdadero sabio —observó Raymond—. Le conocí hace algún
tiempo en una cena y sostuvimos una charla muy interesante. Creo que iré a
visitarle pronto.
—Ha ido a Londres a pasar el fin de semana —dije—. Por cierto
que tropezó usted con él esta tarde en la estación cuando salió.
—Tropecé con usted. Le acompañaba un hombre gordo y bajo con
gafas.
—Sí. El doctor Stone.
—Pero querido amigo, ese hombre no era Stone.
—¿No era él?
—No el arqueólogo. Le conozco muy bien. Ese individuo no tiene
el menor parecido con Stone.
Nos miramos asombrados y volví los ojos hacia miss Marple.
—Es extraordinario —dije.
—La maleta —observó miss Marple.
—Pero, ¿por qué? —preguntó Griselda.
—Eso me recuerda a aquel hombre que se hacía pasar por inspector
de la compañía del gas —murmuró miss Marple—. Obtuvo un buen botín.
—Un inspector —dijo Raymond—. Muy interesante.
—La cuestión es: ¿tiene ello algo que ver con el asesinato?
—preguntó Griselda.
—No, necesariamente —repuse—. Pero...
Miré a miss Marple.
—Es una cosa muy extraña —observó la solterona—. Otra de esas
cosas extrañas.
—Sí —asentí, poniéndome en pie—. Me parece que esto debe ser
puesto inmediatamente en conocimiento del inspector.
CAPITULO XXII
Llamé por teléfono al inspector Slack y le comuniqué la noticia.
Sus órdenes fueron breves y enfáticas. Nadie debía enterarse de lo que
acabábamos de averiguar. Miss Cram no debía ser puesta sobre aviso bajo ningún
motivo. Entretanto, se procedería a la búsqueda de la maleta en los alrededores
de la tumba.
Griselda y yo regresamos a la vicaría, presas de gran
excitación. No podíamos hablar mucho en presencia de Dennis, pues habíamos
prometido al inspector que no dejaríamos traslucir la menor cosa.
Dennis estaba muy preocupado por sus propios asuntos. Entró en
el gabinete y empezó a revolver las cosas y a pasearse arriba y abajo, como si
algo le inquietara profundamente.
—¿Qué te sucede, Dennis? —pregunté finalmente.
—No quiero ser marino, tío Len.
Me sentí asombrado. Hasta entonces el muchacho demostró gran
afición por la carrera del mar.
—Te entusiasmaba la idea de serlo —observé.
—Sí, pero he cambiado de pensamiento.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero ser financiero.
Me sentí sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—Pues, que quiero ser financiero. Deseo ir a la City.
—Querido sobrino, estoy seguro que esa vida no te gustaría en
absoluto. Incluso si pudiera encontrarte un empleo en un Banco.
Dennis dijo que no era eso lo que deseaba. No quería trabajar en
un Banco. Le pedí que me explicara detalladamente sus proyectos y,
naturalmente, como sospechaba, no sabía exactamente lo que pretendía ser.
Ser «financiero», simplemente, significaba, para él, hacerse
rico pronto, lo cual, con el optimismo propio de la juventud le parecía muy
fácil de lograr con sólo «ir a la City». Procuré quitarle esa idea de la cabeza
lo más suavemente que me fue posible.
—¿Cómo se te ha ocurrido eso? —pregunté—. Estabas encantado
pensando en ser marino.
—Ya lo sé, tío Len, pero he reflexionado. Algún día tendré que
casarme y... quiero decir, se ha de ser rico para casarse con una muchacha.
—Los hechos desmienten tu teoría —observé.
—Sí, ya lo sé, pero querré casarme con una muchacha que esté
acostumbrada a tener cuanto desee.
Era bastante vago en su explicación, pero me pareció que sabía a
dónde quería ir a parar.
—Todas las muchachas no son como Lettice Protheroe —dije
suavemente.
Se sonrojó como la grana.
—No es usted justo con ella, tío. Ni usted ni tía Griselda la
quieren. Griselda dice que es una niña aburrida.
—Desde el punto de vista femenino, mi esposa tiene razón.
Lettice es aburrida.
Desde luego, no me costó trabajo convencerme de que el muchacho
se sentiría vejado ante el adjetivo.
—Si la gente fuera sólo algo más condescendiente... Incluso los
Hartley Napier la critican, a pesar de la desgracia que la aflige ahora y todo
porque dejó el partido de tenis algo temprano. ¿Por qué tenía que quedarse más
rato, si no se sentía a gusto? Después de todo, me parece muy decente por su
parte haberse ido.
—Fue ciertamente un favor que les hizo —observé, pero Dennis no
sospechó la menor malicia en mis palabras.
—No tiene nada de orgullosa. Para probárselo, le diré que
incluso hizo que yo me quedara. Naturalmente, también yo quería irme, pero ella
se opuso. Dijo que no podía hacer un feo a los Napier. Por complacerla, me
quedé un cuarto de hora más.
Los jóvenes tienen unos puntos de vista muy curiosos acerca de
la falta de orgullo.
—Y ahora parece que Susan Hartley Napier va diciendo por todo
que Lettice es una chica muy mal educada.
—En tu lugar —repuse—, yo te aseguro que no me preocuparía.
—Sí, pero...
Entonces se franqueó.
—Haría cualquier cosa por Lettice.
—Muy pocos de nosotros podemos hacer algo por los demás —dije—.
Por mucho que lo deseemos, somos del todo impotentes.
—Quisiera morirme —repuso Dennis sombríamente.
Pobre muchacho. El amor juvenil es una enfermedad virulenta.
Evité pronunciar las palabras, generalmente irritantes para la otra parte, que
en ocasiones parecidas acuden fácilmente a nuestros labios. En vez de ello, le
deseé las buenas noches y me fui a la cama.
Por la mañana me encargué del servicio religioso de las ocho y
cuando regresé a casa encontré a Griselda sentada a la mesa con una nota en la
mano. Era de Anne Protheroe.
“Querida Griselda: Me sentiría muy agradecida si usted y el
vicario vinieran a comer hoy, procurando que nadie se entere de ello. Ha
sucedido algo muy extraño y deseo el consejo de mister Clement.
No mencionen esta carta cuando lleguen, pues no he hablado de
ello con nadie. Con cariño,
Anne Protheroe.”
—Debemos ir, naturalmente —dijo Griselda.
Asentí.
—¿Qué habrá sucedido?
También yo me hacía esa pregunta.
—Me parece que todavía no hemos llegado al término de ese caso
—observé.
—¿Lo dices porque no se ha detenido a nadie?
—No —repuse—. Quiero decir que existen ramificaciones,
corrientes subterráneas de las que nada conocemos. Muchas cosas deben ser
aclaradas antes de que lleguemos al conocimiento de la verdad.
—¿Te refieres a cosas que no tienen gran importancia, pero que
obstruyen el camino?
—Sí. Creo que has expresado exactamente mi pensamiento.
—Me parece que estamos haciendo una montaña de un grano de arena
—observó Dennis, sirviéndose mermelada—. No está del todo mal que Protheroe
esté muerto. Nadie le quería. Ya sé que la policía tiene que averiguar quién le
mató. Es su trabajo. Pero me gustaría que nunca se supiera quién lo hizo. Me
fastidiaría mucho ver a Slack pavonearse de su inteligencia.
Soy lo suficientemente humano para estar de acuerdo con la
opinión que de Slack tiene mi sobrino.
—También el doctor Haydock piensa como yo —prosiguió Dennis—. No
entregaría jamás a un criminal a la justicia. Él lo dijo.
Creo que éste es el peligro que entrañan los puntos de vista de
Haydock. Pueden parecer sensatos —no soy yo quien debe sentar cátedra en este
aspecto—, pero producen en las mentes juveniles una impresión que estoy seguro
no complacería al propio Haydock.
Griselda miró por la ventana y observó que había periodistas en
el jardín.
—Supongo que deben estar fotografiando otra vez las ventanas del
gabinete —suspiró.
Nos habían causado ya bastantes molestias. Primero fue la
curiosidad de la gente del pueblo. Todos sus habitantes desfilaron ante la
vicaría, mirando a la casa con ojos de asombro. Después llegaron los
periodistas con sus cámaras fotográficas y, naturalmente, la gente del pueblo,
que contemplaba a los periodistas. Finalmente nos vimos obligados a solicitar
que un agente de policía de Much Benham montara guardia junto a la ventana del
gabinete.
—El entierro se efectuará mañana por la mañana. Espero que
después se apague esta curiosidad —dije.
Observé la presencia de algunos periodistas en los alrededores
de Old Hall, cuando llegamos a la casa. Se me acercaron, haciéndome varias
preguntas, a las que invariablemente contesté que nada tenía que decir.
El mayordomo nos hizo pasar al salón, en el cual encontramos a
miss Cram, al parecer muy alegre.
—¡Qué sorpresa! —exclamó mientras nos estrechaba las manos—.
Jamás hubiera esperado tal cosa, pero mistress Protheroe es muy buena, ¿no es
verdad? Además, no es muy conveniente que una muchacha soltera permanezca sola
en el Blue Boar, lleno de gente extraña. Por supuesto, procuro corresponder de
la mejor manera posible, especialmente cuando miss Protheroe no hace la menor
cosa para ayudar.
Me divirtió observar que persistía la vieja animosidad contra
Lettice, y que miss Cram se había convertido en una decidida partidaria de
Anne. Al mismo tiempo, me pregunté si la historia de su ida a Old Hall era
completamente exacta. Según ella, la iniciativa partió de Anne. La primera
mención de lo poco apropiado que para una muchacha soltera era permanecer sola
en el Blue Boar pudo fácilmente, desde luego, ser hecha por miss Cram. Sin
embargo, aun examinando la cuestión con mente amplia, no me pareció que la
secretaria dijese exactamente la verdad.
En aquel momento Anne Protheroe entró en el salón.
Vestía modestamente de negro. En su mano llevaba un ejemplar del
periódico del domingo, que me alargó.
—No tengo la menor experiencia en tal clase de cosas, pero me
parece terrible —dijo—. Se me acercó un periodista durante la encuesta y le
manifesté que nada podía decir. Entonces él me preguntó si no deseaba realmente
que el asesino de mi esposo fuera descubierto y le contesté que sí. Después
quiso saber si tenía alguna sospecha y le dije que no. Finalmente me preguntó
si en mi opinión el crimen, por la forma cometida, parecía haber sido llevado a
cabo por alguien conocedor del pueblo y repuse que así me parecía. Eso fue
todo. Y ahora, mire esto.
En el centro de la página había una fotografía tomada por lo
menos diez años antes. Sabe Dios de dónde la habrían sacado. Unos grandes
titulares rezaban:
“LA VIUDA DECLARA QUE NO DESCANSARÁ HASTA DESCUBRIR AL ASESINO
DE SU ESPOSO
«Mistress Protheroe, viuda del asesinado, está segura de que el
criminal debe ser buscado en el pueblo. Tiene sospechas, aunque no la certeza,
de su identidad. Está postrada por el dolor, pero reitera que no descansará
hasta haber logrado la detención del asesino.»”
—Yo no he dicho tal cosa —observó Anne.
—Pudiera haber sido peor —repuse, devolviéndole el periódico.
—Son muy desvergonzados —comentó miss Cram—. Me gustaría ver a
uno de esos tipos tratando de sonsacarme algo.
En la cara de Griselda leí claramente que creía que esas
palabras eran más literalmente verdad que lo que miss Cram pretendía.
Anunciaron que la comida estaba servida y pasamos al comedor.
Lettice no llegó sino mediada la comida y tomó asiento en su sitio, con una
sonrisa para Griselda y una inclinación de cabeza para mí. La miré atentamente,
por razones que me conciernen, pero me pareció tan vaga como de costumbre. En
justicia debo admitir que es muy bonita. No llevaba luto, pero vestía de verde
pálido, que resaltaba la delicadeza de su cutis.
Después del café, Anne anunció:
—Quiero hablar a solas con el vicario. Vamos arriba, a mi
salita.
Por fin iba a conocer la razón de la llamada. Me levanté y seguí
tras ella, hacia la escalera. Se detuvo ante la puerta de su habitación. Me
disponía a hablar, pero ella me alargó la mano, para detenerme. Permaneció un
instante escuchando y mirando hacia el salón.
—Bien. Se dirigen al jardín. No, no entre aquí. Vamos arriba.
Ante mi sorpresa, me precedió por el pasillo que lleva a la
extremidad del ala del edificio. Una estrecha escalera conducía al piso
superior y por ella subimos. Llegamos a un lugar polvoriento. Anne abrió una
puerta y entró en un penumbroso ático, destinado, aparentemente, a guardar
trastos amontonados, y diversos cachivaches.
Mi sorpresa era tan evidente que ella sonrió.
—Ante todo, debo explicarme. Estos días tengo el sueño muy
ligero. Anoche, o más bien esta madrugada, a las tres, he oído a alguien que
caminaba por la casa. Escuché atentamente y por fin me levanté y salí. Al
llegar a la escalera tuve el convencimiento de que los ruidos no llegaban de
abajo, sino de arriba. Me pareció oír otro. Entonces pregunté: «¿Hay alguien
ahí?» Nadie contestó. No oí nada más y creí que los nervios me gastaban una
jugarreta, por lo que regresé a la cama. Sin embargo, esta mañana, por pura
curiosidad, vine aquí y encontré esto.
Se agachó y dio vuelta a un retrato que estaba apoyado en la
pared, con el reverso de la tela hacia fuera.
Lancé una exclamación de sorpresa. Se trataba evidentemente de
un retrato al óleo, pero la cara había sido acuchillada de tal manera que
resultaba irreconocible. Se veía claramente que los cortes eran recientes.
—¡Es extraordinario! —exclamé.
—¿Verdad que sí? ¿Puede usted encontrar alguna explicación?
Denegué con la cabeza.
—Parece haber sido destrozado con furia salvaje —exclamé—. Y
esto no me gusta.
Eso mismo pensé yo.
—¿De quién es el retrato?
—No tengo la menor idea. Jamás lo había visto. Todas estas cosas
estaban en el ático cuando me casé con Lucius y vine a vivir aquí. Jamás las
había examinado ni preocupado por ellas.
—Es extraordinario —comenté.
Me agaché y examiné los otros cuadros. Se trataba de algunos
paisajes mediocres, óleos y reproducciones.
Nada podía ser de la menor ayuda. Un enorme baúl antiguo, con
las iniciales E. P. estaba en un rincón. Lo abrí. Estaba vacío.
—Es tan raro que no tiene sentido —observé.
—Sí —asintió Anne—. Y ello me asusta un poco.
No había nada más que ver. Salimos de allí y fuimos a su salita.
—¿Cree usted que debo comunicárselo a la policía?
Vacilé.
—No es fácil asegurar que...
—Tenga conexión con el asesinato —dijo Anne, completando mi
frase—. Ya lo sé. Esto es lo que le hace tan extraño. No parece guardar
relación alguna con él.
—Cierto es —dije—. Es otra de esas cosas extrañas.
Permanecimos en silencio durante un momento.
—¿Qué planes tiene usted? —pregunté.
Levantó la cabeza.
—Seguiré viviendo aquí por lo menos durante seis meses más
—dijo, con aire desafiante—, aunque odio el pensamiento de seguir en Old Hall
un minuto más, pero creo que es lo único que puedo hacer. De lo contrario, la
gente diría que huí, porque la conciencia me acusa.
—No creo que lo hagan.
—Sí, lo harán, especialmente cuando... —hizo una pausa y luego
prosiguió—: Cuando los nueve meses hayan transcurrido, contraeré matrimonio con
Lawrence —sus ojos se encontraron con los míos—. No estamos dispuestos a
esperar más tiempo.
—Supuse que tal cosa habría de ocurrir —dije.
Súbitamente se derrumbó, ocultando la cabeza entre las manos.
—No sabe usted cuan agradecida le estoy. Nos habíamos despedido.
Él partía. No me siento apenada por la muerte de Lucius. Si hubiésemos planeado
huir juntos y él hubiera muerto entonces, ahora la situación sería terrible.
Pero usted nos hizo comprender lo equívoco de nuestro caso. Por eso le estoy
agradecida.
—Yo también lo estoy —repuse gravemente.
Se enderezó.
—De todas maneras, hasta que se descubra el verdadero asesino,
la gente creerá que Lawrence le mató, especialmente cuando se case conmigo.
—La declaración del doctor Haydock aclara perfectamente...
—¿Qué le importa a la gente las declaraciones? Ni siquiera
conocen lo manifestado con el doctor Haydock. Además, las pruebas médicas
carecen de significado para el vulgo. Ésta es otra de las razones por la que
permaneceré aquí. Mister Clement, voy a averiguar la verdad.
Sus ojos brillaban.
—Por eso pedí a esa muchacha que viniera aquí —añadió.
—¿Miss Cram?
—Sí.
—¿Entonces la idea de que ella viniera partió de usted?
—Sí. En realidad, ella insinuó algo en la encuesta. Estaba allí
cuando llegué. Pero le pedí deliberadamente que viniera.
—No irá usted a sospechar que esa tonta señorita tenga algo que
ver con el asesinato, ¿verdad? —dije.
—Es muy fácil parecer estúpido, mister Clement. Es una de las
cosas más fáciles del mundo.
—¿Entonces cree usted que...?
—No. Sinceramente, no. En cambio, supongo que ella conoce algo.
Quiero estudiarla de cerca.
—Y la primera noche que pasa en esta casa es destruido el
retrato con salvaje brutalidad —musité pensativo.
—¿Cree usted que ella lo hizo? Pero, ¿por qué? Parece absurdo e
imposible.
—También me parece absurdo e imposible que su esposo fuera
asesinado en mi gabinete —repuse amargamente—, pero lo fue.
—Lo sé —apoyó la mano en mi brazo—. Es terrible para usted. Me
doy perfecta cuenta de ello, aunque no lo haya mencionado anteriormente.
Saqué del bolsillo el pendiente de lapislázuli y se lo alargué.
—Creo que es suyo.
—Oh, sí —extendió la mano para tomarlo, con una sonrisa de
complacencia—. ¿Dónde lo encontró?
No puse la joya en su mano.
—¿Le importaría que lo retuviera algún tiempo más?
—No, desde luego.
Parecía asombrada y curiosa, pero no satisfice su curiosidad.
Por el contrario, le pregunté por su situación económica.
—Es una pregunta impertinente —dije—, pero no la hago con
carácter de tal.
—No me parece impertinente de ningún modo. Usted y Griselda con
mis mejores amigos. También aprecio a esa graciosa miss Marple. Lucius gozaba
de una buena fortuna, como usted debe saber. Dividió sus posesiones bastante
equitativamente entre Lettice y yo. Old Hall es para mí, pero Lettice debe ser
autorizada para escoger suficientes muebles para amueblar una casita,
recibiendo cierta cantidad de dinero para adquirir una.
—¿Conoce usted sus planes?
Anne hizo un gesto cómico.
—No me los ha contado. Imagino que marchará de aquí tan pronto
pueda. No soy santo de su devoción, ni nunca lo he sido. Casi me atrevo a decir
que yo tengo la culpa de ello, aunque siempre he tratado de portarme lo mejor
posible. Supongo que cualquier muchacha lamentaría el hecho de tener madrastra.
—¿La quiere usted? —pregunté abruptamente.
No contestó en seguida, lo que me convenció de que Anne
Protheroe es una mujer muy honrada.
—Al principio, sí —repuso—. ¡Era tan pequeña! Sin embargo, ahora
creo que no. No sé por qué. Quizás es debido a que ella no me quiere. Me gusta
que me quieran.
—A todos nos sucede lo mismo —observé, y Anne Protheroe sonrió.
Tenía otra cosa que hacer: hablar a solas con Lettice. Me fue
bastante fácil conseguirlo al encontrarla en el solitario salón; Griselda y
Gladys Cram estaban en el jardín.
Entré y cerré la puerta.
—Quiero hablar con usted acerca de algo, Lettice —dije.
Me miró con indiferencia.
—¿Sí?
Había pensado de antemano lo que diría.
—¿Por qué dejó usted caer esto en mi gabinete? —pregunté
alargando la mano abierta con el lapislázuli.
Observé cómo su cuerpo se tornó rígido por un momento. Recobró
tan rápidamente su compostura que casi llegué a dudar de su anterior
movimiento.
—Nunca dejé caer nada en su gabinete —repuso descuidadamente—.
Este pendiente no es mío, sino de Anne.
—Lo sé —dije.
—¿Por qué me lo pregunta, pues? Anne debe haberlo perdido.
—Mistress Protheroe sólo ha estado una vez en mi gabinete
después del asesinato. En esta ocasión vestía de negro y no hubiese llevado
pendientes azules.
—En tal caso —dijo—, debe haberlo dejado caer antes —hizo una
pausa—. Es lógico que haya sido así —añadió.
—Es muy lógico —repuse—. Supongo que usted no recordará cuándo
llevó su madrastra estos pendientes por última vez.
Me miró con ojos asombrados y, al mismo tiempo, confiados.
—¿Es muy importante saberlo?
—Quizá sí.
—Trataré de recordar —permaneció pensativa, con el ceño
fruncido. Jamás he visto a Lettice Protheroe tan encantadora como en aquel
momento—. ¡Oh, sí! —dijo de pronto—. Los llevaba el... jueves. Ahora lo
recuerdo.
—El jueves fue el día del asesinato —dije lentamente—. Mistress
Protheroe estuvo en el estudio, en el jardín, aquel día, pero si usted
recuerda, en su declaración dijo que sólo se había acercado a la puerta ventana
del gabinete.
—¿Dónde lo encontró usted?
—Debajo del escritorio.
—Entonces parece que Anne no dijo la verdad al declarar, ¿no
cree usted? —dijo Lettice.
—¿Quiere decir que entró en la habitación y estuvo junto al
escritorio?
—Así parece haber sido.
Sus ojos se posaron en los míos serenamente.
—Jamás creí que Anne dijera la verdad —prosiguió en tono
resuelto.
—Y yo sé que usted no la dice ahora, Lettice.
—¿Qué quiere usted insinuar?
Estaba asombrada.
—Vi este pendiente por última vez el viernes por la mañana,
cuando vine a Old Hall con el coronel Melchett. Estaba junto con su pareja
encima del tocador de su madrastra. Los tuve en la mano.
—¡Oh!
Pareció tambalearse y entonces súbitamente se arrojó sobre el
brazo del sillón y estalló en un fuerte llanto. Su rubia cabellera casi tocaba
el suelo. Era una actitud extraña: hermosa y no fingida.
La dejé llorar durante algunos momentos y entonces le hablé con
suavidad:
—¿Por qué lo hizo, Lettice?
—¿Qué...?
Se puso enérgicamente en pie, echando hacia atrás el cabello que
le caía sobre la frente. Parecía casi aterrorizada.
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Por qué lo hizo? ¿Fue por celos o porque no quiere a Anne?
—Oh, sí —se apartó el cabello de la cara y este gesto pareció
devolverle el control de sí misma—. Sí, llámelo celos. Nunca he querido a Anne,
desde que llegó aquí dándose aires de reina. Yo puse el condenado pendiente
debajo del escritorio, esperando que ello le causaría algunas dificultades. Así
hubiera sido si no hubiese usted andado tocando las cosas que hay en los
tocadores. Después de todo, un clérigo no tiene por qué ayudar a la policía de
tal modo.
Fue una crisis infantil, de la que no hice caso alguno. En aquel
momento Lettice parecía una niña muy patética.
Su infantil intento de vengarse de Anne no parecía deber tomarse
con seriedad. Así se lo dije, añadiendo que devolvería el pendiente a su
propietaria, sin mencionar cómo lo había encontrado. Parecía conmoverse por mis
palabras.
—Es usted muy amable —dijo.
Permaneció en silencio durante un minuto y luego habló sin
mirarme a la cara y escogiendo cuidadosamente las palabras.
—En su lugar, mister Clement, yo sacaría a Dennis de este
pueblo. Creo..., creo que sería lo mejor.
—¿Dennis? —pregunté, enarcando las cejas, sorprendido, pero
divertido al mismo tiempo.
—Creo que sería lo mejor —repitió, hablando con el mismo
tono—.Lo siento por Dennis. No pensé que él... De todas maneras, lo siento.
—No hablemos más de ello.
CAPITULO XXIII
Al regresar, propuse a Griselda que diéramos una vuelta y
pasáramos por la tumba. Deseaba saber si la policía trabajaba en aquella
dirección y, de ser así, qué había encontrado. Sin embargo, Griselda tenía
algunas cosas que hacer en casa, por lo que tuve que ir yo solo.
Encontré al agente Hurst, encargado de las operaciones.
—Nada hemos encontrado todavía, señor —me dijo—, y, sin embargo,
parece razonable que este lugar hubiera sido escogido como escondite. Quizá
preparaba la coartada.
Su empleo de la palabra escondite me sorprendió por un momento,
pero pronto me di cuenta de su verdadero significado.
—Lo que quiero decir, señor, es, ¿dónde hubiera podido esa
señorita haberse dirigido al tomar el sendero del bosque, sino aquí?
—Supongo —repuse— que el inspector Slack desdeñaría una cosa tan
sencilla como preguntárselo directamente a la interesada.
—No quiero que ella sospeche —observó Hurst—. Cualquier cosa que
ella escriba a Stone o lo que él le comunique puede arrojar luz sobre algunas
cosas. Sí ella supiera que andamos tras sus pasos, seguramente cerraría el
pico.
Me pareció totalmente imposible que miss Cram pudiera «cerrar el
pico» alguna vez. No podía imaginarla sino como una persona de desbordante
locuacidad.
—Cuando uno hombre es un impostor, hay que averiguar por qué lo
es —prosiguió Hurst enfáticamente.
—Desde luego —-contesté.
—Y la respuesta debe encontrarse en esa tumba. De lo contrario,
¿por qué habría él estado excavándola?
—Una raison d'étre para permanecer aquí —sugerí, pero esas
palabras francesas estaban fuera del alcance del policía, por la que se vengó
al responder fríamente:
—Ése es el punto de vista del detective aficionado.
—De todas maneras, no han encontrado ustedes la maleta —dije.
—La encontraremos, señor.
—No estoy tan seguro de ello —repuso—. He estado pensando. Miss
Marple dice que la muchacha tardó muy poco en regresar sin la maleta. En tal
caso no hubiera tenido tiempo de llegar hasta aquí y regresar.
—No se puede hacer mucho caso de lo que dicen las señoras de
cierta edad. Cuando han observado algo extraño y sienten curiosidad para
averiguar en qué terminará la cosa, el tiempo simplemente pasa volando. Además
nadie ha podido jamás fiarse de las mujeres en cuanto al transcurso del tiempo.
A menudo me pregunto por qué todo el mundo está tan propenso a
generalizar. Las generalizaciones son verdad muy raras veces. Yo mismo tengo
poco sentido del tiempo, por lo que acostumbraba a tener el reloj adelantado,
mientras que miss Marple, a mi parecer, lo tiene muy desarrollado. Sus diversos
relojes están siempre a la hora y ella jamás ha llegado tarde a parte alguna.
Sin embargo, no tenía el menor deseo de discutir con el agente
Hurst sobre este asunto. Le deseé las buenas tardes y suerte en su búsqueda y
seguí mi camino.
Estaba ya cerca de casa cuando se me ocurrió una idea. Nada de
lo visto o dicho, anteriormente la sugirió, sino que se me ocurrió
espontáneamente como una posible solución.
Seguramente recordarán ustedes que en mi primera búsqueda por el
sendero al día siguiente del asesinato, encontré la maleza con señales de haber
sido pisoteada en cierto lugar. Al parecer, y así lo creí entonces, lo había
sido por Lawrence, ocupado en la misma tarea que yo.
Recordé que después él y yo juntos llegamos a un paso muy
ligeramente señalado, que resultó haber sido hecho por el inspector. Al pensar
en esto, recordé claramente que el primer sendero (el de Lawrence) era mucho
más visible que el segundo, como si más de una persona hubiera transitado por
él. Pensé que quizás hubiera sido esto lo que llamó en primer lugar la atención
de Lawrence. ¿Y si hubiera sido hecho por el paso del doctor Stone o de miss
Cram?
Recordé, o imaginé recordar, haber visto hojas y ramitas secas
pisoteadas. En tal caso, el sendero no podía haber sido hecho la tarde de
nuestra búsqueda.
Me estaba acercando al punto en cuestión. Lo reconocí fácilmente
y una vez más me adentré en la maleza. Aquella vez observé ramitas frescas
pisoteadas. Alguien había transitado por él desde que lo hicimos Lawrence y yo.
Pronto llegué al lugar donde había encontrado a Lawrence. El
débilmente marcado sendero continuaba más adelante y lo seguí. Llegaba a un
claro que presentaba huellas de haber sido transitado hacía poco tiempo. Lo
llamo claro porque la densidad de la maleza era algo menor. Las ramas de los
árboles se entrelazaban. El lugar medía unos pocos pies en redondo.
Al otro lado, la maleza era otra vez densa y me pareció evidente
que nadie se había abierto paso a través de ella. Sin embargo, presentaba
señales de haber sido removida en un sitio.
Lo atravesé, me puse de rodillas y aparté la maleza con las
manos. Vi algo brillante. Presa de excitación, adentré una mano y saqué una
pequeña maleta de color castaño.
Lancé una exclamación de triunfo. Había teñido éxito. A pesar
del desdén del agente Hurst, yo tenía razón. Esa era, sin duda, la maleta que
llevaba miss Cram. Traté de abrirla, pero la cerradura estaba cerrada con
llave.
Al ponerme de pie, observé un pequeño cristal oscuro en el
suelo. Lo recogí casi automáticamente y lo guardé en el bolsillo.
Entonces, con la maleta en la mano, volví sobre mis pasos.
Cuando cruzaba el portillo y llegaba al sendero que da a la
verja del jardín, una voz excitada habló cerca de mí.
—¡Oh, mister Clement! ¡La ha encontrado! ¡Qué inteligente es
usted!
Recordé que nadie había sido tan experto en el arte de ver sin
ser visto como la sagaz miss Marple, y levanté la maleta.
—Ésa es —dijo miss Marple—. La reconocería en cualquier momento.
Me pareció una exageración. Hay miles de maletas baratas iguales
que aquélla y nadie podría ser capaz de reconocerla, habiéndola visto por
primera vez desde lejos y a la luz de la luna, pero observé que todo lo
relacionado con la maleta reconstituía un triunfo particular de miss Marple y
que por tanto, debía perdonársele sin regateos aquella pequeña exageración.
—Debe estar cerrada, ¿verdad, mister Clement?
—Sí. Ahora la voy a llevar a la comisaría.
—¿No cree usted que sería mejor avisarles por teléfono?
Desde luego sería mejor telefonear. Cruzar el pueblo con la
maleta en la mano constituiría una totalmente indeseable publicidad.
Por tanto, abrí la puerta de la verja del jardín de miss Marple
y entré en la casa por la puerta ventana. En la santidad del salón y con la
puerta cerrada, llamé a la policía.
El inspector Slack dijo que se reuniría conmigo al cabo de un
instante. Cuando llegó estaba del peor humor.
—Veo que la ha encontrado —dijo—. ¿Sabe, señor, que no debía
haberse guardado sus ideas para usted solo? Si tenía alguna razón para creer
que conocía el lugar en que estaba escondida la maleta, debía haber dado cuenta
de ello a las autoridades.
—El hallazgo fue accidental —contesté—. Acababa de ocurrírseme
que quizá podría encontrarla.
—Conque sí, ¿eh? Hay casi una milla cuadrada de bosque y usted
va directamente al lugar en que estaba.
Hubiera comunicado gustosamente al inspector el razonamiento que
me llevó al sitio en que la encontré, pero sus malos modales me obligaron a
callar.
—¿Bien? —prosiguió el inspector, mirando con desagrado y
aparente indiferencia a la maleta—. Supongo que hemos de averiguar cuál es su
contenido.
Sacó del bolsillo un manojo de llaves y ganzúas. La cerradura no
era nada complicada y en un segundo estuvo abierta.
No sé lo que habíamos esperado encontrar; quizás algo
sensacional, imagino. Lo primero que vieron nuestros ojos fue una grasienta
bufanda. El inspector la levantó. Luego encontramos un desteñido abrigo azul
oscuro, en no mejor estado, y una sucia gorra.
—¡Valiente porquería! —exclamó el inspector.
Siguieron un par de botas de desgastados tacones y suelas. En el
fondo de la maleta había un paquete envuelto en papel.
—Será alguna camisa de colorines, supongo —dijo el inspector,
amargamente, mientras lo abría.
Un instante después la sorpresa me impidió hablar.
El paquete contenía unos pequeños objetos de plata y una bandeja
del mismo metal.
Miss Marple dejó escapar una exclamación.
—¡Los saleros de plata del coronel Protheroe y la tazza de
Carlos III —dijo—. ¿Qué les parece?
El inspector estaba colorado hasta la raíz de los cabellos.
—¿Conque ése era el juego? —murmuró—. Pero no lo comprendo. No
se ha observado la desaparición de estos objetos.
—Acaso todavía no se han dado cuenta de ello —sugerí—. Imagino
que unos objetos de tanto valor no se usaban diariamente. Con seguridad el
coronel Protheroe los guardaba en una caja de caudales.
—Debo investigar —dijo el inspector—. Iré directamente a Old
Hall ahora. ¡Conque ésta era la razón de la rápida desaparición de nuestro
doctor Stone! Debió temer que, a causa del asesinato, descubriéramos sus
verdaderas actividades y que registráramos su equipaje. Hizo que la chica
escondiera estos objetos en el bosque, junto con unas apropiadas ropas para
cambiarse. Seguramente vendría a buscarlos cualquier noche, dando un rodeo,
mientras ella permanecía aquí para alejar toda sospecha. Bien, esto nos aclara
algo. Él nada tuvo que ver con el asesinato. Su juego era otro muy distinto.
Volvió a colocar todas las cosas en la maleta, la cerró y se
marchó.
—Ya tenemos un misterio aclarado —dije con un suspiro—. Slack
tiene razón. No se puede sospechar de él. Conocemos la verdadera razón de su
estancia aquí.
—Así parece —observó miss Marple—, aunque uno no puede sentirse
nunca del todo seguro.
—No existe el menor motivo para que hubiera asesinado al coronel
—señalé—. Ya tenía lo que había venido a buscar y se disponía a abandonar el
terreno.
—Pues... sí.
No estaba del todo convencida y la miré con curiosidad. Se
apresuró a contestar a mi inquisitiva mirada con cierta rapidez.
—No dudo de que estoy equivocada. Soy muy estúpida, pero me
preguntaba... Esa plata tiene mucho valor, ¿no es verdad?
—Hace pocos días se vendió una tazza por más de mil libras,
según creo.
—Quiero decir que no es el valor del metal.
—No. Se trata del que le da el coleccionista.
—Esto es lo que quiero decir. Se tardaría algo en arreglar la
venta de tales objetos, e incluso cuando se hubiese logrado la transacción no
podría ser llevada a cabo en secreto. Al denunciarse el robo, las piezas de
plata no podrían ser vendidas.
—No acabo de comprenderlo —dije.
—Ya sé que no me expreso con claridad —se sonrojó—. Me parece
que esas cosas no podrían simplemente ser robadas, sino que seguramente serían
reemplazadas por copias. Quizás entonces el robo no sería descubierto sino
después de bastante tiempo.
—Es una idea muy ingeniosa —observé.
—Sería la única forma de hacerlo, ¿no le parece? De ser así,
naturalmente no habría razón alguna para el asesinato del coronel Protheroe,
sino todo lo contrario.
—Exactamente —asentí—. Eso es lo que dije.
—Sí, pero me preguntaba... No sé, desde luego... El coronel
Protheroe hablaba siempre tanto de cosas que iba a hacer que a veces nunca
hacía, pero dijo que...
—¿Sí?
—Dijo que iba a hacer valorar todas sus pertenencias. Un hombre
de Londres iba a venir para ello. Se trataba de seguros o algo así. Alguien le
aconsejó que lo hiciera. Hablaba mucho de ello y de su importancia. Desde
luego, ignoro si dio algunos pasos en este sentido, pero si lo hizo...
—Comprendo —dije lentamente.
—Desde luego, en el momento en que el perito viera la plata todo
se descubriría y el coronel recordaría haber mostrado esos objetos al doctor
Stone. Me pregunto si la sustitución fue hecha entonces.
—Su idea tiene sentido. Creo que debiéramos averiguar lo que
haya de cierto en ella.
Me dirigí nuevamente al teléfono y unos momentos después obtenía
comunicación con Old Hall y hablaba con Anne Protheroe.
—No, no es nada de importancia. ¿Ha llegado ya el inspector?
Bien. Está en camino. ¿Puede usted decirme, mistress Protheroe, si los objetos
que existen en Old Hall fueron alguna vez tasados? ¿Cómo dice?
Su contestación fue rápida. Le di las gracias, colgué el
teléfono y me volví a miss Marple.
—El coronel Protheroe había convenido con alguien de Londres
para que viniera esta mañana, lunes, para hacer una tasación completa. Debido a
su muerte, el asunto ha sido aplazado.
—Entonces existía un motivo —murmuró miss Marple.
—Un motivo, sí, pero eso es todo. Usted olvida que cuando el
disparo fue hecho, el doctor Stone acababa de unirse a los demás, o se disponía
a cruzar la verja para hacerlo.
—Sí —asintió miss Marple, pensativamente—. Esto le descarta.
CAPÍTULO XXIV
Al regresar a la vicaría encontré a Hawes esperándome en el
gabinete. Paseaba por él agitadamente y cuando entré en la habitación se detuvo
como si le hubieran disparado un tiro.
—Debe perdonarme —dijo, secándose el sudor de la frente—. Mis
nervios están totalmente destrozados.
—Mi querido amigo —repuse—, debe usted cambiar de aires por una
temporada. De lo contrario, acabará ciertamente mal.
—No puedo abandonar mi puesto —dijo—. Nunca haré tal cosa.
—No se trata de deserción. Está usted enfermo. Estoy seguro de
que Haydock estaría de acuerdo conmigo.
—Haydock, Haydock. ¿Qué clase de médico es? Un ignorante
medicucho de pueblo.
—Creo que se muestra usted injusto con él. Ha sido siempre
considerado como un hombre muy inteligente en su profesión.
—Quizá sí, pero no me gusta. No es eso lo que vine a decirle.
Quiero pedirle que tenga la bondad de predicar esta noche en mi lugar. No me
siento capaz de hacerlo hoy.
—Claro que lo haré. Esté usted tranquilo. Me encargaré del
servicio.
—No, no. Es sólo el sermón. Me asusta la idea de subir al
púlpito, de enfrentarme con la mirada de toda esa gente...
Cerró los ojos y tragó convulsivamente.
No me cabe la menor duda de que algo no anda muy bien con Hawes.
Pareció comprender mis pensamientos, por cuanto abrió los ojos y dijo
rápidamente:
—No me sucede nada. Son sólo esos dolores de cabeza, esos
terribles dolores. ¿Quiere darme un vaso de agua?
—Desde luego.
Fui yo mismo a buscarla. Agitar la campanilla constituye en mi
casa un gesto totalmente inútil.
Le llevé el agua y me dio las gracias. Sacó del bolsillo una
pequeña caja de cartón, la abrió y extrajo de ella una cápsula que tragó con un
sorbo de agua.
—Para el dolor de cabeza —explicó.
Me pregunté si Hawes era morfinómano. Ello explicaría muchas de
sus rarezas.
—Espero que no tome demasiadas cápsulas —dije.
—No. El doctor Haydock me previno contra su uso excesivo. Son
maravillosas. Alivian en seguida.
Estaba ya más calmado y compuesto.
—¿Accede usted a predicar esta noche, señor? —preguntó,
levantándose—. Es usted muy bueno.
—Sí, y además insisto en hacerme cargo del servicio. Váyase a
casa y acuéstese. No me replique.
Me dio las gracias nuevamente.
—¿Ha estado usted hoy en Old Hall? —preguntó entonces, mirando
hacia la ventana.
—Sí.
—Perdone que se lo pregunte, pero, ¿le llamaron desde allí?
Mi mirada sorprendida le hizo enrojecer.
—Lo siento, señor. Pensé que acaso se hubiese presentado algo
nuevo y que ésta fue la razón de que mistress Protheroe le llamara.
No tenía la menor intención de satisfacer la curiosidad de
Hawes.
—Quería hablar conmigo acerca del entierro y de un par de cosas
sin importancia —dije.
—¡Oh! Ya comprendo.
No hablé. Balanceó el cuerpo primero sobre un pie y luego sobre
el otro.
—Mister Redding vino a verme anoche. No puedo imaginarme qué le
impulsó a ello —dijo.
—¿No se lo contó él?
—Sólo dijo que pasaba por delante de mi casa y decidió entrar.
Parece que se sentía solo. Jamás había hecho tal cosa con anterioridad.
—Creo que es un compañero muy agradable —dije.
—¿Por qué vendría a verme? No me gusta —su voz era chillona—.
Habló de volver en otro momento. ¿Por qué? ¿Qué idea cree usted que se le ha
metido en la cabeza?
—¿Por qué se imagina que tiene un ulterior motivo? —pregunté.
—No me gusta —repuso Hawes obstinadamente—. Nunca he estado
contra él. Jamás sugerí que fuese culpable. Incluso cuando él mismo se acusó,
comenté que todo ello me parecía totalmente incomprensible. Si de alguien he sospechado,
ha sido del pobre Archer, pero no de él. Archer es otra cosa. Es un rufián que
no cree en Dios y un borracho consuetudinario.
—¿No cree usted que es algo acerbo en sus opiniones? —pregunté—.
Después de todo, sabemos muy pocas cosas de él.
—Es un cazador furtivo, que entra y sale continuamente de la
cárcel, y a quien creo capaz de cualquier cosa.
—¿Supone usted realmente que fue él quien asesinó al coronel
Protheroe? —pregunté con curiosidad.
Hawes acostumbra desdeñar las contestaciones claras y definidas.
Lo he observado repetidamente en estos últimos tiempos.
—¿No cree usted, señor, que es la única solución posible?
—preguntó a su vez.
—En cuanto sé, no existe la menor prueba contra él.
—Sus amenazas —repuso Hawes animadamente—. Olvida usted sus
amenazas.
—Estoy ya cansado de oír hablar de las amenazas de Archer. No
existe la menor prueba de que en realidad las hiciera.
—Estaba decidido a vengarse del coronel Protheroe. Tomó ánimos
con la bebida y después disparó contra el coronel.
—Esto no es sino una simple suposición.
—Sí, pero debe usted admitir que es perfectamente probable.
—No, no puedo admitirlo.
—¿Posible, en vez de probable, pues?
—Posible, sí.
Hawes me miró de reojo.
—¿Por qué no cree usted que sea probable?
—Porque un hombre como Archer no emplearía una pistola para
matar a un semejante. No es el arma que encaja en su modo de ser.
Hawes pareció sorprendido por mis palabras. No constituían
seguramente la clase de objeción que esperaba.
No dijo nada más. Me dio nuevamente las gracias y salió.
Le acompañé hasta la puerta y al regresar vi cuatro notas encima
de la mesa del recibidor. Poseían ciertas características comunes. La escritura
era inequívocamente femenina, todas ostentaban muy visibles las palabras «A
mano, urgente», y la única diferencia que pude observar era que una de ellas
estaba más sucia que las demás.
Su semejanza me produjo un curioso sentimiento de ver, no doble,
sino cuádruple.
Mary salió de la cocina cuando las estaba ya contemplando.
—Han sido traídas a mano después de la comida —explicó—. Todas
menos una, que encontré en el buzón.
Asentí con la cabeza, las cogí y me dirigí al gabinete.
La primera decía así:
“Querido mister Clement:
Algo, que creo debe usted saber, ha llegado a mi conocimiento.
Se refiere a la muerte del pobre coronel Protheroe. Le agradecería mucho su
consejo sobre si debo o no dirigirme a la policía. Desde la muerte de mi
querido esposo, temo cualquier clase de publicidad. Quizá le sería a usted
posible venir a verme esta tarde.
De usted atentamente,
Marta Price Ridley.”
Abrí la segunda.
“Querido mister Clement:
Me siento muy turbada y tengo la mente confusa, pues ignoro lo
que debo hacer. Algo me ha sido dicho que creo debiera usted saber. ¡Siento tal
horror ante la idea de tener que enfrentarme con la policía! ¡Estoy tan
deprimida! ¿Sería mucho pedirle, querido vicario, que pase a verme durante unos
minutos para solucionar mis dudas y perplejidades en la asombrosa forma con que
siempre lo hace? Perdone la molestia que le ocasiono.
Sinceramente suya,
Caroline Wetherby.”
Me pareció que podía conocer el contenido de la tercera incluso
sin mirarla.
“Querido mister Clement:
Algo muy importante ha llegado a mi conocimiento y creo que debe
usted ser él primero en saberlo. Tenga la bondad de pasar a verme esta tarde.
Le esperaré.”
Esta militante epístola estaba firmada:
Amanda Hartnell.
Abrí la cuarta. Afortunadamente sólo en contadas ocasiones he
sufrido la molestia de recibir cartas anónimas. Esta clase de epístolas
constituye, en mi opinión, la forma más baja y cruel de atacar a alguien. No
era una excepción. Se pretendió darle el aspecto de haber sido escrita por una
persona poco culta, pero varias cosas me inclinaron a no creer tal cosa.
“Querido vicario:
Creo que debe usted saber Lo Que Pasa. Su señora ha sido vista
cuando salía subrepticiamente de la casa de mister Redding. Usted sabe lo que
quiero decir. Los dos Se Entienden, creo que debiera saberlo.
Un amigo.”
Lancé una exclamación de disgusto y, arrugando el papel con una
mano, lo tiré al hogar en el momento en que Griselda entraba en la habitación.
—¿Qué es lo que arrojas con tanto desprecio? —preguntó.
—Basura.
Saqué una cerilla del bolsillo, la encendí y me incliné. Sin
embargo, Griselda fue más rápida que yo. Se agachó, cogió el papel y lo alisó
antes de que pudiera impedírselo.
Lo leyó, murmuró unas palabras de desprecio y me lo alargó,
volviéndose al hacerlo. Le prendí fuego y quedé mirándole mientras ardía.
Griselda se había separado y estaba junto a la ventana, de cara
al jardín.
—Len —dijo sin volverse.
—Sí, querida.
—Quiero decirte algo. Sí, déjame hacerlo. Cuando Lawrence
Redding vino aquí, te dejé creer que sólo le había conocido ligeramente antes.
No es verdad. Le conocía bastante bien. En realidad, antes de que aparecieses
tú en mi vida, estuve enamorada de él. Llegué a estar bastante loca por él. No,
no le escribí cartas comprometedoras ni las tonterías que se dicen en las
novelas. Pero le quise bastante en un tiempo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté.
—No lo sé. A veces una comete tonterías sin saber por qué. Sólo
porque eres mucho mayor que yo supones que bien puedo sentirme inclinada a
querer a otra persona. Creí que quizá te disgustaría saber que Lawrence y yo
habíamos sido amigos.
—Eres muy hábil para esconder cosas —dije, recordando lo que me
había dicho en aquella habitación menos de una semana antes, y la ingenuidad
natural con que había hablado.
—Sí, siempre he sabido esconder las cosas. En cierto modo, me
gusta hacerlo.
En su voz había como un dejo de placer infantil.
—Pero lo que dije es verdad. Ignoraba lo de Anne y me pregunté
por qué se mostraba Lawrence tan distinto. Quiero decir, por qué no se fijaba
en mí. No estoy acostumbrada a ello.
Se produjo una pausa.
—¿Me comprendes, Len? —preguntó con ansiedad.
—Sí —repuse—. Te comprendo.
¿La comprendí?
CAPÍTULO XXV
Tardé en reponerme de la impresión que me causó el anónimo. La
basura ensucia. Sin embargo, recogí las otras tres cartas y salí rápidamente a
la calle.
Me pregunté insistentemente qué era lo que «había llegado al
conocimiento» de las tres señoras simultáneamente. Pensé que se trataría de la
misma noticia, pero pronto averigüé que estaba equivocado.
No puedo pretender que las cosas que debía hacer me obligaran a
pasar ante la comisaría de policía. Me encaminé hacia allí instintivamente.
Estaba ansioso por saber si el inspector Slack había regresado de Old Hall.
Averigüé que así era y, también, que miss Cram había vuelto con
él. La rubia Gladys se hallaba en el despacho del inspector. Negó en redondo
haber llevado la maleta al bosque.
—Sólo porque una de esas viejas murmuradoras no tiene otra cosa
que hacer que espiar toda la noche por su ventana viene usted a acusarme.
Recuerde que se equivocó una vez cuando dijo que me había visto al extremo del
sendero la tarde del crimen. Si se equivocó entonces, a plena luz, me pregunto
cómo puede pretender haberme reconocido a la luz de la luna. Esas viejas obran
con mucha malicia. Ellas dirán lo que quieran, pero yo estaba tranquilamente
durmiendo en mi cama. Debieran ustedes avergonzarse de sí mismos.
—Suponga usted, miss Cram, que la patrona del Blue Boar
identificara la maleta como la suya.
—Si dice tal cosa, faltará a la verdad. No hay nombre alguno
escrito en ella. Casi todo el mundo tiene una maleta como ésa. ¡Y acusar al
pobre doctor Stone de ser un vulgar ladrón!
—¿Se niega usted, por tanto, a darnos una explicación, miss
Cram?
—No me niego a nada. Ustedes han cometido un error. Eso es todo.
Ustedes y su metomentodo miss Marple. No pienso decir una palabra más, sin que
mi abogado esté presente. Me voy ahora, a menos que vaya usted a detenerme.
Por toda contestación, el inspector se levantó y abrió la
puerta. Con un altivo movimiento de cabeza, miss Cram salió.
—Ésta es la actitud que toma —dijo Slack, volviendo a sentarse—.
Lo niega en redondo. Desde luego, esa señorita pudo haberse equivocado. Ningún
jurado creería que pudo reconocer a alguien a tal distancia en una noche de
luna. Puede haberse equivocado.
—Quizá sí —dijo—, pero no lo creo. Miss Marple suele tener
siempre razón. Es lo que la hace tan poco popular.
El inspector sonrió.
—Eso mismo dice Hurst. ¡Oh, Dios, qué pueblos!
—¿Qué hay de la plata, inspector?
—Parece estar perfectamente en orden. Eso, desde luego,
significa que uno de los dos lotes es falso. En Much Benham vive un perito en
plata antigua. Le he mandado un automóvil para que venga. Pronto aclararemos
este extremo y si el robo ha sido ya llevado a cabo, o se trata sólo de un
intento. Ello no tendrá gran importancia, comparado con el asesinato. Esa
pareja no tiene nada que ver con el crimen. Quizá sepamos por ella dónde se
esconde él. Por esto le permití marcharse.
—Ya decía yo...
—Es lástima lo de mister Redding. No se encuentra uno a menudo
con gente que se empeñe en hacernos un favor.
—Supongo que no —dije sonriendo levemente.
—Las mujeres ocasionan muchos líos —moralizó el inspector.
Suspiró y luego en suave tono prosiguió con gran sorpresa mía:
—Desde luego, está Archer —dijo.
—¡Oh! —exclamé—. ¿Ha pensado en él?
—Claro que sí, desde el primer momento. No precisé de ningún
anónimo para sospechar de él.
—Cartas anónimas —dije secamente—. ¿Ha recibido usted alguna,
pues?
—No es nada nuevo, señor. Recibimos por lo menos una docena cada
día. Sí, se nos habló de Archer. ¡Como si la policía no supiera su trabajo!
Sospechamos de Archer desde el primer momento. Lo malo es que tiene una
coartada. No es muy importante, pero tampoco podemos despreciarla del todo.
—¿Qué quiere usted decir?
—Al parecer, estuvo con un par de amigos toda la tarde. Pero eso
carece de importancia. Los hombres de la clase de Archer y sus amigos están
dispuestos siempre a jurar cualquier cosa, pero no debe darse mucho crédito a
sus palabras. Nosotros lo sabemos, pero el público lo ignora, y el jurado sale
del público, lo cual es una lástima. No saben nada y creen a pies juntillas lo
que se dice desde la barra de los testigos, no importa quién sea el que lo
diga. Desde luego, Archer jurará y perjurará que no lo hizo.
—No es tan amable como mister Redding —observé.
—No —repuso secamente el inspector.
—Es natural que el hombre se aferré a la vida —murmuré.
—Le asombraría saber cuántos asesinos han escapado a la horca
por el corazón tierno de los jurados —dijo el inspector con tono sombrío.
—¿Cree usted realmente que Archer lo hizo?
Me había llamado la atención desde el primer momento el hecho
curioso de que el inspector Slack parecía no tener opinión propia sobre el
caso. La facilidad o la dificultad de lograr una condena era lo único que al
parecer le preocupaba.
—Me gustaría poseer una mayor certeza —admitió—. Una huella
digital o de un pie, o haber sido visto en la vecindad de la vicaría alrededor
de la hora en que se cometió el asesinato. No puedo arriesgarme a detenerle sin
algún motivo. Ha sido visto una o dos veces merodeando por los alrededores de
la casa de mister Redding, pero afirmará que iba a hablar con su madre. Ella es
una persona decente. ¡Si pudiera obtener una prueba definitiva de chantaje!
Pero en este caso no existen pruebas definitivas de nada. No hay sino teoría y
más teoría.
Entonces recordé las visitas que debía hacer. Fui primero a casa
de miss Hartnell. Debió haberme estado mirando desde la ventana, pues la puerta
se abrió antes de que yo pulsase el timbre y tomando firmemente mi mano entre
las suyas me hizo entrar.
—Ha sido usted muy bueno al venir. Pase aquí. Estaremos mejor.
Penetramos en una minúscula habitación. Miss Hartnell cerró la
puerta y con aire de profundo secreto me indicó una silla. Observé que estaba
gozando enormemente.
—No me gusta andar con rodeos —dijo con voz alegre—. Ya sabe
cómo corren las noticias en este pueblo.
—Desgraciadamente, sí.
—Estoy de acuerdo con usted. Nadie odia la murmuración tanto
como yo. Pero no por ello deja de existir. Creí que era mi deber comunicar al
inspector de policía que estuve en casa de mistress Lestrange la tarde del
asesinato y que ella había salido. No pretendo que se me den las gracias por
cumplir con mi deber, sino que me limito a cumplirlo. La ingratitud es lo
primero y lo último que uno encuentra en la vida. Sólo ayer esa atrevida
mistress Baker...
—Sí, es verdad —dije, intentando detener su chorro de palabras—.
Es muy triste. Pero decía usted...
—Las clases inferiores no saben reconocer a sus amigos —dijo
miss Hartnell—. Siempre tengo una palabra apropiada al caso cuando las visito,
pero ni siquiera se me agradece.
—Estaba usted contando al inspector su visita a la casa de
mistress Lestrange —insinué.
—Exactamente. Y a propósito, tampoco él me dio las gracias. Dijo
que pediría informes cuando los necesitara. No usó precisamente esas mismas
palabras, pero tal fue el sentido de ellas. La policía de hoy es muy distinta
de la de antes.
—Probablemente —asentí—. Pero creo que iba usted a contarme
algo. —Decidí no dirigirme al inspector esta vez. Después de todo, un clérigo
es un caballero. Por lo menos algunos lo son.
Supuse que yo estaba incluido en la referida clasificación.
—Si puedo serle de alguna ayuda —insinué.
—Es cuestión de deber —dijo miss Hartnell, cerrando la boca
fuertemente—. No quisiera tener que decir esas palabras, pero el deber es el
deber.
Aguardé a que se explicase.
—Se me ha dado a entender —continuó miss Hartnell sonrojándose—,
que mistress Lestrange asegura que estuvo en su casa toda la tarde, y que no
abrió la puerta... bien, porque no quiso hacerlo. ¡Se da unos aires! La visité
sólo por deber de vecindad y mire usted cómo me trata.
—Ha estado enferma —dije suavemente.
—¿Enferma? ¡Narices! Le falta a usted mucho, mister Clement. Esa
mujer no padece ninguna enfermedad. ¡Demasiado enferma para asistir a la
encuesta! ¡Un certificado médico del doctor Haydock! Sabe hacer bailar a los
hombres al son que le conviene. Cualquiera puede darse cuenta de ello. Bien,
¿qué estaba diciendo?
Lo ignoraba. Es difícil seguir las ideas de miss Hartnell.
—¡Ah, sí! Acerca de llamar a su casa aquella tarde. Miente al
decir que estaba en casa. No estaba. Lo sé positivamente.
—¿Cómo puede usted estar tan segura?
La cara de miss Hartnell enrojeció algo más. En alguien menos
truculento hubiera podido decirse que sentía cierto embarazo.
—Hice sonar el timbre y llamé con el picaporte —explicó—. Dos
veces. No, acaso, fueran tres. Pensé que quizás el timbre no funcionaba.
Observé que no podía mirarme a la cara mientras hablaba. El
mismo constructor edificó ese grupo de casas y los timbres están instalados en
forma que resultan claramente audibles desde la puerta delantera. Tanto miss
Hartnell como yo lo sabíamos perfectamente.
—¿Sí? —murmuré.
—No quise dejar mi tarjeta en el buzón. Pudiera haber parecido
algo violento. Podré ser lo que se quiera, pero no mal educada.
Hizo esta asombrosa declaración sin que la voz le temblara.
—Por tanto —prosiguió sin sonrojarse ya—, miré por todas las
ventanas, pero no había nadie.
La comprendí. Aprovechándose de que la casa estaba vacía, miss
Hartnell había dado rienda suelta a su curiosidad, dando la vuelta alrededor,
examinando el jardín y mirando por todas las ventanas para ver cuanto pudiera
del interior. Había preferido contarme su historia a mí, esperando que yo sería
un oyente más benévolo que la policía. Los clérigos deben conceder el beneficio
de la duda a los miembros de sus parroquias.
No hice comentario alguno. Me limité a formular una pregunta.
—¿A qué hora fue, miss Hartnell?
—En cuanto pude recordar —repuso—, debían ser cerca de las seis.
Regresé directamente a casa después llegando hacia las seis y diez, y mistress
Protheroe vino alrededor de las seis y media, dejando al doctor Stone y a
mister Redding en la calle, frente a mi casa, y hablamos de bulbos. Y entonces
el pobre coronel estaba ya muerto. Es un mundo muy triste.
—A veces es más bien desagradable —repuse.
Me levanté.
—¿Es esto cuanto tiene que decirme?
—Creí que acaso fuera importante.
—Quizá sí —asentí.
Me despedí, rehusando quedarme más rato, aun a costa del
desengaño de miss Hartnell.
Miss Wetherby, a quien visité a continuación, me recibió con
grandes aspavientos.
—Mi querido vicario, es usted sumamente amable. ¿Ha tomado ya el
té? ¿No le apetece otra taza? ¿Quiere un cojín para apoyar la espalda? Ha sido
usted muy bueno al venir tan pronto. Usted siempre está dispuesto a
sacrificarse por el prójimo.
El monólogo de miss Wetherby siguió bastante rato por este
estilo antes de llegar al objeto de la llamada, al que por fin se refirió, no
sin grandes circunloquios.
—Debe comprender que he sabido esto de buena fuente, se lo
aseguro.
Las «buenas fuentes» de Saint Mary Mead son siempre algunas
sirvientas.
—¿No puede decirme quién se lo comunicó?
—Prometí no hacerlo, mister Clement. Siempre he respetado las
promesas hechas.
Tenía aspecto solemne al decir esto último.
—Digamos que fue un pajarito. ¿No le parece mejor así?
Deseaba decirle que me parecía condenadamente estúpido. Me
hubiera gustado ver el efecto que mis palabras causaban en miss Wetherby.
—Ese pajarito me dijo que había visto a cierta señora, a la que
no nombraremos por su nombre.
—¿Otra clase de pajarito? —pregunté.
Ante mi sorpresa, miss Wetherby estalló en una ruidosa carcajada
y me golpeó amistosamente el brazo.
—¡Oh, vicario! ¡Qué malo es usted!
Cuando recobró su compostura, prosiguió diciendo:
—¿A dónde imagina usted que esa cierta señora se dirigía? Tomó
por el camino de la vicaría, pero antes de hacerlo miró a su alrededor en la
forma más extraña, supongo que para comprobar si alguna persona conocida la
estaba observando.
—¿Y el pajarito? —pregunté.
—Estaba de visita en la pescadería, en la habitación de encima
de la tienda.
Ahora sé dónde algunas sirvientas pasan sus días libres.
—Y la hora —prosiguió miss Wetherby, inclinándose
misteriosamente hacia delante— eran casi las seis.
—¿De qué día?
Miss Wetherby dejó escapar un gritito.
—El del asesinato, desde luego. ¿No se lo he dicho ya antes?
—Lo suponía —repuse—. ¿Cuál es el nombre de esa señora?
—Empieza por L —dijo miss Wetherby asintiendo varias veces con
la cabeza.
Comprendí que sabía ya cuanto miss Wetherby tenía que decirme y,
me levante.
—No permitirá que la policía me interrogue, ¿verdad? —dijo miss
Wetherby patéticamente, cogiéndome una mano entre las suyas—. Odio la
publicidad. ¡Y tener que comparecer en juicio!
Pude escapar.
Aún me quedaba mistress Price Ridley por ver. Ésta fue
directamente al grano.
—No quiero tener nada que ver con la policía —dijo con firmeza,
mientras me estrechaba la mano con frialdad—. Sin embargo, como ha sucedido
algo que creo de interés, soy de opinión que las autoridades debieran tener
conocimiento de ello.
—¿Se refiere a mistress Lestrange? —pregunté.
—¿Por qué había de ser así? —repuso mistress Price.
No supe qué replicar.
—Es un asunto muy simple —prosiguió—. Mi doncella, Clara, se
encontraba junto a la verja en la parte delantera de la casa. Ella dice que
estaba tomando un poco el fresco, aunque no creo que ése fuera el motivo de su
presencia allí. Con toda seguridad estaba esperando al muchacho de la
pescadería, ese pillo mal educado que, porque tiene diecisiete años, cree que
puede bromear con todas las chicas. De todas maneras, como estaba diciendo,
Clara se encontraba junto a la verja cuando oyó un estornudo.
—Sí —dije, esperando que siguiera hablando.
—Eso es todo. Le digo que oyó un estornudo, y no empiece a
decirme que ya no soy tan joven como antes y que puedo haberme equivocado,
porque fue Clara quien lo oyó, y ella sólo tiene diecinueve años.
—Pero —repuse—, ¿por qué no había ella de oír un estornudo?
Mistress Price Ridley me miró con no disimulada lástima por mi
falta de inteligencia.
—Oyó un estornudo el día del crimen a una hora en que no había
nadie en su casa. Sin duda el asesino estaba escondido entre los matorrales
esperando su oportunidad. Deben ustedes buscar a un hombre que sufra un
resfriado de cabeza.
—O aquejado de fiebre del heno —sugerí—. En realidad, mistress
Price Ridley, creo que este misterio tiene una fácil solución. Nuestra cocinera
Mary padece un severo resfriado de cabeza. Sus continuos estornudos nos han
molestado mucho en los últimos días. Debió ser ella quien estornudó.
—Era un estornudo de hombre —repuso mistress Price Ridley, con
firmeza—. Además, desde nuestra verja no se puede oír si estornudan en su
cocina. Esta queda distanciada.
—Tampoco se pueden oír los estornudos de alguien que se
encuentre en mi gabinete —contesté—. Por lo menos así lo supongo.
—Dije que el hombre acaso estuviese escondido entre los
matorrales —insistió mistress Price Ridley—. Sin duda, cuando Clara regresó a
la casa, el hombre entró por la puerta principal.
—Desde luego, es posible —asentí.
Traté de que mi voz no tuviera un tono calmante, pero debí
fracasar en ello, pues mistress Price Ridley me miró dura y fijamente.
—Estoy acostumbrada a que no se haga mucho caso de mí, pero
también debo mencionar que cuando se deja una raqueta de tenis tirada en la
hierba, sin haberle antes colocado la prensa, es muy probable que se estropee.
Y las raquetas de tenis son muy caras en la actualidad y hay que cuidarlas.
No parecía existir razón alguna para ese ataque de flanqueo, que
me sorprendió grandemente.
—Pero acaso usted no esté de acuerdo conmigo —prosiguió mistress
Price Ridley.
—¡Oh, sí! Ciertamente.
—Me complace saberlo. Bien, eso es todo cuanto tengo que decir.
Ahora me lavo las manos de todo ello.
Se apoyó contra el respaldo de su silla, cerrando los ojos como
si estuviera fatigada. Le di las gracias y me despedí.
Ya en la puerta, interrogué a Clara acerca de las
manifestaciones de su señora.
—Es cierto que oí un estornudo, señor. No era un estornudo
normal; puede usted creerme.
Nada es jamás normal en un crimen. El disparo no fue un disparo
normal. El estornudo tampoco era del tipo corriente. Supongo que se trataría
del modelo especial para los asesinos. Pregunté a la muchacha a qué hora lo
había oído, pero no fue muy clara en su contestación. Entre las seis y cuarto y
las seis y media, pensaba. De todas maneras fue «antes de que la señora
recibiera la llamada telefónica y se sintiera indispuesta».
Le pregunté si había oído algún tiro y dijo que los disparos
habían sido terribles. Después de esto di muy poco crédito a sus
manifestaciones.
Estaba llegando a la verja de mi propia casa cuando decidí
visitar a un amigo.
Consulté el reloj y ví que disponía de algunos minutos antes del
servicio vespertino. Me dirigí a casa de Haydock, que salió a recibirme a la
puerta.
Observé su aspecto cansado y preocupado. Aquel caso parecía
haberle envejecido.
—Me complace verle — dijo—-. ¿Qué noticias hay?
Le conté la verdad sobre Stone.
—Eso explica muchas cosas —observó—. Debió documentarse antes de
venir a este pueblo pero cometió algunos errores y Protheroe acaso se dio
cuenta de ellos. Recuerde la discusión que tuvieron. ¿Qué piensa usted de la
muchacha? ¿Será su cómplice?
—No hay una opinión firme a ese respecto —repuse—. Por mi parte,
creo que ella nada tiene que ver con el asunto. La considero muy tonta.
—Yo no diría eso. Miss Cram es muy inteligente. Es un ejemplar
muy saludable, que dará muy poco trabajo a mis colegas.
Le expliqué que estaba preocupado por Hawes y que me gustaría
que se tomara una temporada de descanso fuera del pueblo.
Algo cambió en Haydock cuando pronuncié estas palabras. Su
contestación no fue del todo sincera.
—Sí —repuso lentamente—. Supongo que eso sería lo mejor. Pobre
hombre.
—Creí que no le era muy simpático.
—Y no me lo es, pero siento lástima por mucha gente que no me
cae en gracia. —tras una larga pausa añadió—: Incluso me siento apenado por
Protheroe. Nadie le quiso jamás. Estaba demasiado poseído de su propia rectitud
y excesivamente pagado de sí mismo. No es una mezcla muy agradable. Siempre fue
así, incluso cuando era joven.
—Ignoraba que le hubiera usted conocido en su juventud.
—¡Oh, sí! Cuando él vivía en Westmorland yo tenía mi consultorio
en una población vecina. Hace de eso casi veinte años.
Suspiré. Veinte años atrás, Griselda tenía sólo cinco. El tiempo
es una cosa extraña...
—¿Es esto cuanto vino a decirme, Clement?
Le miré asombrado. Haydock me contemplaba fijamente.
—Hay algo más, ¿no es cierto? —dijo.
Asentí. A mi llegada estaba indeciso en cuanto a hablar
francamente, pero en aquel momento decidí hacerlo. Siento verdadero aprecio por
Haydock; es una magnífica persona, en todos los sentidos. Pensé que quizá le
fuera de alguna utilidad lo que pudiera decirle.
Le conté mis entrevistas con miss Hartnell y miss Wetherby.
Permaneció en silencio durante un rato después que hubo hablado.
—Es cierto, Clement —dijo finalmente—. He tratado por todos los
medios a mi alcance de proteger a mistress Lestrange de toda molestia. En
realidad, es una vieja amiga mía, pero no es ésta mi única razón. El
certificado médico presentado en la encuesta no es algo sin fundamento, como
todo el mundo cree.
Hizo una pausa y luego prosiguió gravemente:
—Quede esto entre usted y yo, Clement. Mistress Lestrange no
tiene salvación.
—¿Cómo dice usted?
—Se está muriendo. Le doy un mes de vida como máximo. ¿Comprende
usted ahora por qué le evité las molestias e inconvenientes de un
interrogatorio? —permaneció un instante en silencio—. Cuando aquella noche tomó
por este sendero, venía aquí, a esta casa.
—No lo había usted mencionado con anterioridad.
—Quería evitar que se hablara de ello. No tengo el consultorio
abierto de seis a siete, todo el mundo lo sabe. Pero puede usted aceptar mi
palabra de que ella se encontraba aquí.
—Pero no estaba en la casa cuando mandé a Mary a buscarle;
quiero decir, cuando se encontró el cadáver en la vicaría.
—No —pareció perplejo—. Había salido... para acudir a una cita.
—¿Dónde era el encuentro? ¿En su casa, quizás?
—No lo sé, Clement. Palabra de honor que lo ignoro.
Le creí, pero...
—¿Y si se ahorca a un hombre inocente? —pregunté.
Meneó la cabeza.
—Nadie será ahorcado por el asesinato del coronel Protheroe;
puede usted creerlo.
Pero era exactamente lo que yo no podía creer. Sin embargo, la
certidumbre reflejada en aquella voz era muy grande.
—Nadie será ahorcado —repitió.
—Ese hombre, Archer...
Hizo un gesto de impaciencia.
—Carece del sentido común necesario para borrar las huellas
digitales de la pistola.
—Acaso tenga razón —dije vacilante.
Entonces recordé algo. Saque del bolsillo el pequeño cristal
parduzco que encontré en el bosque y le pregunté qué era.
—Parece ácido pícrico —dijo después de una corta vacilación—.
¿Dónde lo ha encontrado?
—Eso —repuse— es el secreto de Sherlock Holmes.
Sonrió.
—¿Qué es el ácido pícrico?
—Un explosivo.
—Sí, ya lo sé, ¿tiene algún otro uso?
Asintió.
—Se emplea en medicina, en forma de solución para quemaduras. Es
algo maravilloso.
—Probablemente no signifique nada importante, pero lo encontré
en un lugar extraño —dije.
—¿No quiere usted decirme dónde?
Me negué con tenacidad casi infantil.
Haydock tenía sus secretos; también yo los tendría. Me sentí algo
disgustado con él por no haber confiado en mí plenamente.
CAPITULO XXVI
Estaba de un extraño humor cuando subí al púlpito aquella noche.
La iglesia se hallaba desacostumbradamente llena. No puedo creer que tanta
gente se hubiese sentido atraída por la posibilidad de oír un sermón predicado
por Hawes; suelen ser aburridos y dogmáticos. Si se hubiese corrido la voz de
que yo iba a hacerlo en su lugar, tampoco sería suficiente motivo para ello,
porque mis sermones son aburridos y escolásticos. Y tampoco, temo, puedo
atribuir tal hecho a la devoción.
Aquellas personas, supuse, se habían reunido para ver quiénes
acudirían y asimismo, posiblemente, para hacer después algunos comentarios a la
puerta de la iglesia.
Haydock se encontraba allí, cosa desacostumbrada, al igual que
Lawrence Redding. Con gran sorpresa, junto a Lawrence vi el rostro demacrado de
Hawes. Anne Protheroe había también venido, pero ella acostumbraba a acudir a
los servicios vespertinos dominicales, aunque no esperaba verla aquel día. Me
sorprendió mucho más comprobar la presencia de Lettice. El coronel Protheroe
exigía que los miembros de su familia acudiesen sin falta a los servicios
religiosos del domingo por la mañana, pero jamás había visto a Lettice en la
iglesia a aquellas horas.
También Gladys Cram hizo acto de presencia, resaltando
escandalosamente su juventud contra el telón de fondo compuesto por murmurantes
solteronas. Me pareció que una figura borrosa, que llegó con algún retraso, era
mistress Lestrange.
No necesito decir que mistress Price Ridley, miss Hartnell, miss
Wetherby y miss Marple estaban presentes. Casi todo el pueblo se había dado
cita en la iglesia. No recuerdo haber visto jamás tanta gente en un servicio
religioso.
Las muchedumbres producen curiosos fenómenos. Había una
atmósfera magnética aquella noche, y la primera persona en sentirla fui yo
mismo.
Acostumbro a preparar mis sermones con anticipación. Lo hago
poniendo en ello gran cuidado y los repaso detalladamente, pero nadie observa
sus deficiencias mejor que yo mismo.
Aquella noche me vi obligado a predicar extempore. Cuando posé
la mirada en aquel mar de cabezas, una súbita locura se apoderó de mi mente.
Había dejado de ser un ministro del Señor y me convertí en actor. Tenía un
auditorio ante mí y quería conmoverlo. Además, sentía el poder de hacerlo.
No me siento orgulloso de lo que hice aquella noche. Me porté
como un exaltado y delirante evangelista.
Pronuncié lentamente el tema de mi sermón.
No he venido a hablar de los justos, sino a llamar a los
pecadores al arrepentimiento.
Lo repetí dos veces y oí mi propia voz, resonante y llamativa y
en nada parecida a la de Leonard Clement.
Vi la mirada de sorpresa de Griselda y el asombro retratado en
la cara de Dennis, sentado a su lado.
Contuve la respiración durante un instante y luego empecé a
hablar.
Mis oyentes se encontraban en un estado de gran emoción, que les
predisponía a la influencia de mis palabras. Exhorté a los pecadores al
arrepentimiento y una y otra vez movía mi mano acusadora, reiterando la frase:
—Te hablo a ti.
Y cada vez que lo hacía, de distintas partes de la iglesia se
elevaban suspiros de sorpresa.
Puse término a mi sermón con aquellas hermosas y espeluznantes
frases de la Biblia:
«Esta noche tu alma puede ser llamada...»
Cuando regresé a la vicaría volvía a ser el de siempre. Griselda
estaba bastante pálida.
—Estuviste terrible esta noche, Len —dijo, cogiéndome del
brazo—. No me gustó. Jamás habías predicado de tal forma.
—No creo que vuelvas a oírme parecidas palabras —exclamé,
dejándome caer pesadamente en el sofá.
Estaba cansado.
—¿Qué te impulsó a hacerlo?
—Una súbita locura se apoderó de mí.
—¡Oh! ¿No era algo especial?
—¿Qué quieres decir con «algo especial»?
—Me pregunté... Tienes reacciones muy extrañas, Len. Algunas
veces creo no conocerte.
Cenamos frío aquella noche, pues Mary estaba ausente.
—Hay una nota para ti en el recibidor —dijo Griselda—. ¿Quieres
ir a buscarla, Dennis?
Éste, que había permanecido en silencio, obedeció:
La tomé de sus manos y gruñí. En la parte superior izquierda
aprecian las siguientes palabras: «A mano. Urgente».
—Debe de ser de miss Marple —observé.
Mi suposición era exacta.
“Querido mister Clement:
Me gustaría mucho hablar un rato con usted acerca de un par de
cosas que me han sucedido. Creo que todos debemos cooperar a la solución de
este desgraciado misterio. Si me lo permite iré a su casa alrededor de las
nueve y media y llamaré a la puerta ventana de su gabinete. Acaso la querida
Griselda quiera tener la amabilidad de venir a mi casa y hacer compañía a mi
sobrino. Dennis será asimismo bien recibido si quiere acompañarla. Si no recibo
noticias suyas en sentido contrario, esperaré la llegada de su esposa y sobrino
y le visitaré a la hora dicha.
Atentamente suya,
Jane Marple.”
Entregué la nota a Griselda.
—Claro que iremos —dijo alegremente—. Una copita o dos de licor
casero es lo que uno necesita los domingos por la noche.
Dennis no pareció tan contento ante aquella perspectiva.
—Está bien para vosotros dos —dijo, dirigiéndose a su tía—.
Podéis hablar de arte y libros. Yo siempre me siento un tonto, sentado,
escuchándoos.
—Así te colocas en el lugar que te corresponde —repuso Griselda
serenamente—. De todas maneras, no creo que mister Raymond West sea tan
inteligente como pretende.
—Muy pocos de nosotros lo somos —dije convencido.
Me pregunté sobre qué querría miss Marple hablarme. La
consideraba la más inteligente de todas las señoras de mi congregación. No sólo
ve y oye prácticamente cuanto sucede, sino que saca de ello asombrosas y
exactas deducciones.
Si alguna vez quisiera emprender la carrera del crimen, me
sentiría más temeroso de miss Marple que de la Ley.
Griselda y Dennis salieron poco después de las nueve. Mientras
esperaba la llegada de miss Marple, entretuve mis ocios preparando una lista de
los hechos relacionados con el asesinato, arreglándolos, en cuanto me fue
posible, por orden cronológico. No soy una persona muy puntual, pero sí muy
metódica en mis cosas.
A las nueve y media en punto oí una llamada en la vidriera y me
levanté para permitir la entrada de miss Marple.
Llevaba la cabeza y los hombros cubiertos por un bonito chal, y
parecía más bien vieja y frágil. Llegó llena de pequeñas observaciones.
—Es usted muy amable al permitirme venir... y la querida
Griselda... Raymond la admira mucho... ¿Quiere que me siente aquí? ¿No lo estoy
haciendo en su silla? ¡Oh, gracias! No, no necesito taburete para los pies.
Coloqué su chal en una silla y volví a sentarme.
—Supongo que debe usted preguntarse por qué me muestro tan
interesada en estas cosas. Acaso crea que es algo muy poco femenino. No, por
favor. Me gustaría explicarlo.
Hizo una ligera pausa. El rubor asomó a sus mejillas.
—Cuando una persona vive sola, como yo, en este rincón del mundo
—empezó a decir—, debe procurarse alguna distracción. Se puede hacer calceta,
ayudar a las muchachas de la sección femenina de los exploradores o dibujar,
pero mi predilección es, y ha sido siempre, la naturaleza humana. ¡Es tan
variada y fascinante! Desde luego, en un pequeño pueblo, sin nada para
distraerse, uno tiene amplia oportunidad de adquirir grandes conocimientos de
aquello que estudia. Empieza por clasificar a la gente, como si se tratara de
pájaros o flores. Algunas veces se cometen errores, que son menores a medida
que transcurre el tiempo. Y entonces uno se prueba a sí mismo. Se toma un
pequeño problema como, por ejemplo, aquel caso del cesto de camarones que
constituyo un misterio sin importancia, pero absolutamente incomprensible a
menos que uno encuentre la solución adecuada. O el caso de las pastillas para
la tos y del paraguas de la esposa del carnicero, este último de una rara
significación a menos que se suponga que el verdulero no se comportaba con la
debida decencia con la esposa del carnicero, como así era en realidad. Es
grandemente fascinante aplicar las teorías propias y averiguar que uno ha
acertado.
—Y usted acostumbra siempre a estar en lo cierto —dije
sonriendo.
—Lo cual temo que me haya hecho algo vanidosa —confesó miss
Marple—. Pero siempre me he preguntado si sería capaz de descifrar un misterio
verdaderamente importante. Lógicamente, no debiera ser más difícil que cuando
se trata de algo insignificante. Después de todo, un modelo reducido de torpedo
no deja de ser un torpedo.
—Quiere usted decir que todo es cuestión de relatividad, ¿no es
cierto? —dije lentamente—. Por lógica, habría de serlo, pero ignoro si en
realidad lo es.
—Supongo que debe ser igual —observó miss Marple—. Los factores,
como los llamábamos en la escuela, son idénticos. Existe el dinero, y la mutua
atracción entre personas de... ah... distinto sexo, y la locura. Mucha gente
está algo loca. En realidad, todos lo estamos si se nos estudia cuidadosamente.
La gente normal hace a veces cosas asombrosas, mientras que los anormales, por
contra, actúan en algunas ocasiones de una manera completamente lógica. En
realidad, todo se reduce a comparar a la gente con otras personas que uno ha
conocido. Se asombraría al comprobar los pocos tipos distintos de gente que
existen.
—Me asusta usted —dije—. Me parece encontrarme bajo la lente de
un microscopio.
—Naturalmente, no osaría hablar así con el coronel Melchett. Es
muy autocrático, ¿verdad? O con el inspector Slack, que es exactamente como la
dependienta de la zapatería que quiere venderle a uno zapatos de piel de
becerro porque los tiene a nuestra medida, y no toma en consideración que lo
que uno quiere, en realidad, son zapatos de ante.
Era una magnífica descripción de Slack. Continuó:
—Pero estoy segura de que usted, mister Clement, sabe tanto
acerca del asesinato como el propio inspector. Pensé que si pudiéramos trabajar
juntos...
—Supongo que todos, en el fondo de nuestros corazones, nos
creemos unos Sherlock Holmes —repuse.
Entonces le hablé de las tres llamadas que recibí aquella tarde
y del descubrimiento hecho por Anne del cuadro acuchillado; de la actitud de
miss Cram en la comisaría de policía, describiendo, asimismo, la identificación
que Haydock hizo del cristal que encontré en el bosque.
—Puesto que lo encontré yo mismo —dije—, me gustarla que tuviera
alguna importancia, pero probablemente nada tendrá que ver con el caso.
—He estado leyendo muchas novelas americanas de detectives en la
biblioteca pública, esperando poder encontrar en ellas algo que pudiera
ayudarme —dijo miss Marple.
—¿Leyó en ellas algo acerca del ácido pícrico?
—Temo que no. Recuerdo haber leído, hace mucho tiempo, una
novela en la que un hombre fue envenenado con ácido pícrico que le fue frotado
por el cuerpo en forma de ungüento.
—Pero como nadie ha sido envenado aquí, ésta no parece ser la
cuestión —observé.
Entonces cogí la lista que había preparado y se la largué.
—He tratado de recapitular los hechos del caso en la forma más
clara y detallada que me ha sido posible —dije.
RELACIÓN DE LOS HECHOS
Jueves, día 21
12.30 a. m.— El coronel Protheroe cambia la hora de la cita, de
las seis a las seis y cuarto. Probablemente.
12.45— Pistola vista en su sitio por última vez (Esto es dudoso,
pues mistress Archer había previamente dicho que no podía recordarlo
exactamente).
5.30 (aprox.)— El coronel y su esposa salen de Old Hall en
dirección al pueblo, en coche.
5.30— Falsa llamada telefónica hecha desde el pabellón norte de
Old Hall.
6.15 (o uno o dos minutos antes)— El coronel Protheroe llega a
la vicaría. Mary le hace pasar al gabinete.
6.20— Mistress Protheroe viene por el sendero de atrás y cruza
el jardín hasta la puerta ventana del gabinete.
6.29— Llamada hecha desde la casa de Lawrence Redding a mistress
Price Ridley (según la central).
6.30 a 6.35— Se oye el disparo (Aceptando como correcta la hora
de la llamada telefónica). Las declaraciones de Lawrence Redding, Anne
Protheroe y del doctor Stone parecen indicar una hora más temprana, pero
mistress P. R. probablemente está en lo cierto.
6.45— Lawrence Redding llega a la vicaría y encuentra el
cadáver.
6.49— Hallo el cadáver.
6.55— Haydock examina el cadáver.
Nota.— Miss Cram y mistress Lestrange son las únicas personas
que no tienen coartada alguna de las 6.30 a las 6.35. Miss Cram dice que se
encontraba en la excavación de la tumba, pero nadie lo confirma. Parece
razonable, sin embargo, no considerarla sospechosa, pues nada indica que tenga
relación con el caso. Mistress Lestrange salió de la casa del doctor Haydock
algo después de las seis para acudir a una cita. ¿Dónde fue y con quién estaba
citada? No es probable que fuera con el coronel Protheroe, pues éste tenía ya
un compromiso conmigo. Es cierto que mistress Lestrange se encontraba cerca del
lugar de autos a la hora en que se cometió el asesinato pero parece dudoso que
tuviera motivo alguno para quitarle la vida. Su muerte en nada le beneficiaba,
y no puedo aceptar la teoría del inspector de que se trataba de un caso de
chantaje. Mistress Lestrange no es de esa clase de mujeres. También parece
improbable que hubiese podido hacerse con la pistola de Lawrence Redding.
—Muy claro —dijo miss Marple, asintiendo en señal de
aprobación—. Está todo muy claro. Los caballeros siempre preparan sus notas con
cuidadoso detalle.
—¿Está usted de acuerdo con lo que he escrito? —pregunté.
—¡Oh, sí! Lo ha incluido usted todo.
Entonces hice la pregunta que desde el principio deseaba
hacerle.
—¿De quién sospecha usted, miss Marple? —dije—. En cierta
ocasión dijo que había siete sospechosos.
—Sí, hay muchos sospechosos —repuso con aire ausente—. Supongo
que cada uno de nosotros ha hecho su propia elección.
No me preguntó de quién sospechaba yo.
—La cuestión estriba —prosiguió— en que uno debe encontrar una
explicación para cada cosa, y esta explicación debe ser totalmente
satisfactoria. Si uno tiene una teoría que encaja en cada hecho, entonces debe
ser correcta, pero eso es muy difícil. Si no fuera por esa nota... en fin, ya
veremos.
—¿La nota? —dije sorprendido.
—Sí. Recuerde que se lo dije. No ha dejado de preocuparme un
solo momento. Hay en ello algo que no encaja.
—Pero eso parece haber sido ya explicado —repliqué—. Fue escrita
a las seis y treinta y cinco, y otra mano, la del asesino, la encabezó «6.20»;
lo que nos causó gran confusión. Creo que eso está ya claramente establecido.
—Pero incluso así hay algo que no está bien —insistió miss
Marple.
—Pero, ¿por qué?
—Escúcheme usted —miss Marple se inclinó hacia mí—. Como le
dije, mistress Protheroe pasó junto a mi jardín, vino hacia la puerta ventana
del gabinete, miró adentro y no vio al coronel Protheroe.
—Porque estaba sentado al escritorio, escribiendo —dije.
—Y esto es lo que no encaja, lo que está mal. Eran entonces las
seis y veinte. Estamos todos de acuerdo en que no se dispondría a escribir que
no podía esperar más tiempo hasta después de las seis y media, con toda
probabilidad. ¿Por qué, pues, estaba sentado al escritorio en aquel momento?
—Nunca pensé en ello —dijo lentamente.
—Vamos a examinarlo juntos, mister Clement. Mistress Protheroe
viene hasta la puerta ventana y cree que la habitación está vacía. Debió
haberlo pensado así, pues de lo contrario no se hubiera dirigido al estudio
para encontrarse con mister Redding. Hubiese sido algo arriesgado hacerlo. Si
ella creyó que no había nadie en el gabinete, probablemente se debió a que
reinaba en él un silencio absoluto. Y esto nos ofrece tres alternativas, ¿no
cree usted?
—¿Quiere usted decir...?
—La primera sería que el coronel Protheroe estaba ya muerto,
aunque no creo que ello fuera así en realidad. Sólo hacía unos cinco minutos
que él se encontraba allí y ella y yo hubiéramos oído el disparo; además,
volvemos a tropezar con la hipótesis de que estaba sentado en el escritorio. La
segunda es, naturalmente, que estaba escribiendo una nota que, por supuesto,
debió ser completamente distinta de la que encontró. No podía ser una en que
dijese que no le era posible seguir esperando. Y la tercera...
—¿Sí?
—Que mistress Protheroe tenía razón y que no había nadie en la
habitación.
—¿Quiere usted decir que, después que vino, volvió a salir y
regresó más tarde?
—Sí.
—Pero, ¿por qué habría hecho tal cosa?
Miss Marple hizo un gesto de incomprensión.
—Esto nos obligaría a examinar el caso desde un punto de vista
completamente distinto —dije.
—Uno se ve obligado a hacer tal cosa en muchas ocasiones. ¿No es
usted de mi parecer?
No contesté. Sopesaba cuidadosamente las tres alternativas
sugeridas por miss Marple.
La anciana señorita se levantó, suspirando levemente.
—Debo regresar. Me place mucho haber sostenido esta pequeña
charla, aunque no hemos avanzado mucho, ¿verdad?
—En realidad —repuse, mientras le alargaba el chal— este caso me
parece un incomprensible rompecabezas.
—Yo no diría esto. Creo, por el contrario, que existe una
hipótesis que encaja casi en todo. Esto, por supuesto, en el caso de que se
admita una coincidencia, y creo que puede hacerse con cierto margen de
seguridad. Aunque no creo que hubiera más de una.
—¿Lo cree usted realmente? Quiero decir, en cuanto a la
hipótesis.
—Debo admitir que hay una pequeña grieta en ella, algo que no
puedo explicarme. Si esa nota hubiese tratado de algo distinto...
Suspiró y meneó la cabeza. Se dirigió hacia la puerta ventana y
con gesto distraído levantó la mano y tocó la planta que estaba colocada en un
tiesto encima de un soporte.
—Querido mister Clement, creo que debiera usted regarla más a
menudo. Necesita mucha agua. Su criada debiera hacerlo cada día. Supongo que
ella es quien se encarga de estas cosas.
—En el mismo grado que de las demás —repuse.
—Está algo verde todavía —sugirió miss Marple.
—Sí —asentí—. Y Griselda se niega tercamente a que madure. Cree
que sólo una cocinera totalmente indeseable podrá quedarse con nosotros. Sin
embargo, la propia Mary se despidió hace unos días.
—Creí que les quería mucho a ustedes.
—No me he dado cuenta de tal cosa —dije—. En realidad, fue
Lettice Protheroe quien la molestó. Mary regresó bastante descompuesta de la
encuesta y cuando llegó encontró aquí a Lettice y tuvieron algunas palabras.
—¡Oh! —exclamó miss Marple.
Se disponía a salir, pero se contuvo súbitamente. Diversas
expresiones se retrataron en su cara.
—¡Oh, por Dios! —dijo para sí misma—. He sido verdaderamente
tonta. ¡Conque era eso!
—¿Cómo dice usted?
Me miró con aspecto preocupado.
—Nada. Se me acaba de ocurrir una idea. Debo ir a casa y meditar
el caso cuidadosamente. Creo que he sido casi increíblemente tonta.
—Me cuesta mucho creer tal cosa de usted —repuse galantemente.
La acompañé hasta la verja del jardín.
—¿Puede usted decirme cuál es la idea que acaba de ocurrírsele?
—pregunté.
—Preferiría no hacerlo por el momento. Existe una posibilidad de
que esté equivocada, pero no lo creo. Ya hemos llegado. Muchas gracias por
acompañarme, pero no debe molestarse en seguir más allá.
—¿Sigue la nota constituyendo un escollo? —pregunté mientras
cerraba el portillo de su verja.
Me miró distraída.
—¿La nota? La que se encontró no era la verdadera. Jamás creí
que lo fuera. Buenas noches, mister Clement.
Se dirigió rápidamente hacia la casa, dejándome sin saber qué
pensar.
CAPÍTULO XXVII
Griselda y Dennis no habían regresado aún. Pensé entonces que lo
más natural hubiera sido ir con miss Marple a su casa a buscarles, pero tanto
ella como yo estábamos tan preocupados por el misterio, que habíamos olvidado
cuanto en el mundo existía.
Estaba de pie en el recibidor pensando si debía ir a buscarles,
cuando el timbre de la puerta sonó.
Me dirigí hacia ella y vi una carta en el buzón. Creyendo que el
objeto de la llamada había sido atraer mi atención sobre ella, la saqué sin
abrir la puerta.
El timbre volvió a sonar y antes de abrir me guardé la carta en
el bolsillo.
Era el coronel Melchett.
—Hola, Clement. Me iba ya a casa en el coche, cuando de pronto
pensé que acaso quisiera usted invitarme a una copa.
—Encantado —contesté—. Vamos al gabinete.
Se quitó el abrigo de cuero y me siguió. Traje la botella de
whisky, un sifón y dos vasos. Melchett estaba de pie ante el hogar, con las
piernas abiertas, acariciándose el recortado bigote.
—Tengo que comunicarle una cosa, Clement. Es la cosa más
asombrosa que jamás haya oído, pero la dejaremos para más tarde. ¿Cómo van las
cosas por aquí? ¿Hay algunas otras señoras que tengas alguna pista nueva?
—No se portan del todo mal —repuse—. Una de ellas cree que
quizás haya solucionado el caso.
—Debe tratarse de nuestra amiga miss Marple, ¿no es verdad?
—Efectivamente.
—Las mujeres como ella siempre creen saberlo todo —dijo el
coronel Melchett.
Sorbió un whisky con soda.
—Quizá cometa una indiscreción —dije—, pero supongo que alguien
debe haber interrogado al muchacho de la pescadería. Quiero decir, si el
asesino salió por la puerta principal, existe la posibilidad de que él lo
viera.
—Slack le ha interrogado, desde luego —repuso Melchett—, pero el
muchacho no vio a nadie. No me extraña. El asesino no intentaría llamar la
atención. Hay muchos sitios donde esconderse por aquí. Antes de salir de la
carretera debió cerciorarse de que nadie le veía. El muchacho tenía que venir
aquí, a la vicaría, y luego a casa de Haydock y a la de mistress Price Ridley.
Hubiera sido muy fácil esquivarle.
—Sí, supongo que sí.
—Por otra parte —prosiguió Melchett—, si ese pillo de Archer
cometió el asesinato y el joven Fred Jackson le vio por estos alrededores, dudo
mucho que este último nos hubiese comunicado este detalle. Archer es primo
suyo.
—¿Sospecha usted realmente de Archer?
—No olvide que Protheroe le había metido en la cárcel más de una
vez y que entre ellos existía gran animosidad. Protheroe no acostumbraba a
perdonar.
—No —dije—. Era un hombre implacable.
—Vive y deja vivir, es lo que yo digo —observó Melchett—. Desde
luego, la Ley es la Ley, pero a veces es conveniente conceder al acusado el
beneficio de la duda. Y Protheroe no lo hizo nunca.
—Se vanagloriaba de ello —recordé.
Se produjo una pausa y después pregunté:
—¿Cuál es esa noticia que ha prometido darme?
—¿Recuerda la nota inacabada que Protheroe estaba escribiendo?
—repuso.
—Sí.
—Se la entregamos a un experto para que dictaminara si la hora
6.20 fue añadida por una mano distinta. Desde luego, le facilitamos muestras de
la escritura del coronel. ¿Sabe usted cuál ha sido su dictamen? Esa carta no ha
sido escrita por Protheroe.
—¿Quiere decir que se trata de una falsificación?
—Sí. Creen que la hora 6.20 fue escrita por una mano distinta,
aunque no están muy seguros de ello. La tinta del encabezamiento no es igual a
la demás, pero la carta en sí es una falsificación. No fue escrita por
Protheroe.
—¿Está seguro el perito?
—Tan seguro como se puede estar en un caso parecido. Ya sabe
usted lo que son los expertos.
—Es sorprendente —dije.
Entonces algo me vino a la memoria.
—Recuerdo que cuando la encontramos, mistress Protheroe dijo que
no se parecía a la escritura de su marido, y no presté atención a sus palabras.
—¿Cómo dice?
—Supuse que se trataba de una de las tontas observaciones que a
veces hacen las señoras. Si algo parecía seguro, era que Protheroe hubiese
escrito la nota.
Nos miramos en silencio.
—Es curioso —dije después lentamente—. Mis Marple estaba
diciendo esta misma noche que la nota estaba mal, que no encajaba.
—Pero ella no podía saber más del caso que si hubiese cometido
el asesinato.
En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Sonaba
insistentemente y parecía tener un siniestro significado.
Tomé el auricular.
—Aquí es la vicaría —dije—. ¿Quién llama?
Una voz extraña e histérica llegó hasta mi oído por el hilo.
—Quiero confesar —-decía—. Dios mío, quiero confesar.
—¡Hola! —dije—. ¡Hola! Oiga, me ha cortado la comunicación. ¿Qué
número ha llamado?
Una voz lánguida repuso que lo ignoraba, añadiendo que sentía me
hubiese molestado.
Colgué y me volví hacia Melchett.
—En una ocasión dijo que se volvería loco si alguien más se
acusara del crimen —observé.
—¿Por qué dice esto?
—Quien ha llamado decía que quería confesar... Y la central ha
cortado la comunicación.
Melchett se levantó y descolgó el auricular.
—Yo les hablaré.
—Quizás a usted le hagan caso —dije—. Yo voy a salir. Me parece
haber reconocido la voz.
CAPITULO XXVIII
Me apresuré por la calle del pueblo. Eran las once y a esa hora,
en domingo por la noche, Saint Mary Mead parece muerto. Sin embargo, vi luz en
una ventana de un primer piso, y suponiendo que Hawes estaba aún levantado, me
detuve y llamé a la puerta.
Después de lo que pareció un tiempo interminable, mistress
Sadler, la patrona de Hawes, descorrió ruidosamente dos cerrojos, quitó la
cadena, dio la vuelta a la llave y me miró sospechosamente.
—¡Es el vicario! —exclamó.
—Buenas noches —dije—. Quiero ver a mister Hawes. Hay luz en su
ventana, por lo que debe estar todavía levantado.
—Quizá sí. No lo he visto desde que le subí la cena. Ha pasado
una noche tranquila. Nadie ha venido a verle, y no ha salido.
Asentí y me dirigí rápidamente hacia las escaleras. Hawes tiene
un dormitorio y un saloncito en el primer piso.
Hawes estaba dormido, echado en un sillón. Mi entrada no le
despertó. Tenía al lado una caja vacía de sellos medicinales y un vaso medio
lleno de agua.
En el suelo, junto al pie izquierdo, había una arrugada nota de
papel con algo escrito en ella. La recogí y la alisé.
Empezaba: «Mi querido Clement...»
La leí, lancé una exclamación y la guardé en el bolsillo.
Entonces me incliné sobre Hawes y le examiné cuidadosamente.
Después descolgué el teléfono que estaba junto a su oído y llamé
a la vicaría. Melchett debía estar aún tratando de localizar la llamada, pues
la central me dijo que el número comunicaba. Les pedí que me llamaran cuando se
desocupara y colgué.
Llevé la mano al bolsillo para examinar una vez más el papel que
había recogido del suelo y con él saqué la nota que encontré en el buzón de la
vicaría, y que aún no había abierto.
Su aspecto me resultó terriblemente conocido. La escritura era
enteramente igual a la del anónimo recibido aquella tarde.
La leí una o dos veces sin acabar de comprender su significado.
Empezaba a leerla por tercera vez cuando sonó el teléfono. Como
en sueños levanté del soporte el auricular y hablé.
—Diga.
—Oiga.
—¿Es usted, Melchett?
—Sí. ¿Dónde está usted? He localizado aquella llamada. El número
es...
—Ya conozco el número.
—¡Magnífico! ¿Me habla usted desde él?
—Sí.
—¿Qué hay de esa confesión?
—Ya la tengo.
—¿Quiere usted decir que tiene al asesino?
Tuve entonces la mayor tentación de mi vida. Miré a Hawes, la
arrugada nota y la carta anónima. También posé la mirada en la vacía caja de
sellos medicinales. Recordé una conversación casual.
Hice un intenso esfuerzo.
—Yo... no lo sé —dije—. Será mejor que venga usted en seguida.
Y le di la dirección.
Entonces tomé asiento en la silla, frente a Hawes y medité.
Tenía dos minutos para ello. Transcurrido aquel tiempo, Melchett
llegaría.
Leí el anónimo por tercera vez.
Entonces cerré los ojos y pensé.
CAPÍTULO XXIX
Ignoro cuánto tiempo permanecí sentado. Supongo que, en
realidad, sólo serían unos minutos. Sin embargo, pareció haber transcurrido una
eternidad cuando oí abrirse la puerta y, volviendo la cabeza, vi a Melchett
entrando en la habitación.
Miró a Hawes dormido en el sillón y se volvió hacia mí,
inquiriendo con vivo interés:
—¿Qué es eso, Clement? ¿Qué significa? De las dos cartas que
tenía en la mano elegí una y se la entregué. La leí en voz alta:
“Mi querido Clement:
Lo que tengo que decirle es bastante desagradable. Después de
todo prefiero escribirlo. Podemos hablar de ello en otro momento. Se refiere a
las recientes desapariciones de dinero. Siento tener que decirle que estoy
perfectamente seguro de conocer la identidad del culpable. Por doloroso que sea
para mí tener que acusar a un pastor de nuestra iglesia, no tengo más remedio
que hacerlo. Debe hacerse un escarmiento y...”
Me miró interrogativamente. En aquel punto la escritura se
convertía en un garabato indescifrable, originando por la llegada de la muerte,
que paralizó la mano que escribía.
Melchett respiró profundamente y miró a Hawes.
—Conque ésa es la solución. El único hombre en quien jamás
pensamos. El remordimiento le ha obligado a confesar.
—Su comportamiento era bastante raro en estos días —admití.
Súbitamente Melchett se dirigió hacia el durmiente, con una
aguda exclamación. Le cogió de los hombros y lo sacudió, primero con suavidad y
después con violencia.
—¡No está dormido! ¿Qué significa esto?
Sus ojos se posaron en la vacía caja de sellos. La cogió en sus
manos.
—¿Ha...?
—Creo que sí —dije—. El otro día me lo mostró y me dijo que se
le había encargado que tuviese cuidado de no tomar una dosis excesiva. Es su
manera de huir, pobre diablo. Quizá sea el mejor camino. No somos nosotros
quienes debemos juzgarle.
Pero Melchett, ante todo, era el jefe de policía del condado.
Los argumentos que me convencieron no causaron mella en él. Había apresado a un
asesino y debía procurar que fuese ahorcado.
Cogió el teléfono. Pidió el número de Haydock. Durante el
momento que siguió permaneció con la oreja pegada al auricular y el ojo puesto
en Hawes.
—¡Hola, hola! ¿Es la casa del doctor Haydock? Dígale que vaya en
seguida al domicilio de mister Hawes, en High Street. Es urgente... ¿Qué...?
¿Qué número es, pues? Oh, lo siento.
Colgó con irritación.
—¡Número equivocado, número equivocado! Y la vida de un hombre
depende de ello. ¡Oiga! Me ha dado un número equivocado. Sí. No pierda tiempo.
Déme el tres, nueve... nueve y no siete.
La espera fue más corta esta vez.
—¡Hola! ¿Es usted, Haydock? Habla Melchett. Venga en seguida al
número diecinueve de High Street. Hawes ha tomado algo en dosis excesiva. Dése
prisa, pues parece cuestión de vida o muerte.
Colgó y dio unos pasos impaciente por la habitación.
—No puedo imaginar por qué no llamó usted inmediatamente al
doctor, Clement.
Afortunadamente, jamás se le ocurre a Melchett que uno pueda
tener ideas distintas a las suyas. No le contesté y él prosiguió:
—¿Dónde encontró usted esta carta?
—Arrugada en el suelo, cerca de su mano, de la que debe haber
caído.
—Es extraordinario. Esa vieja solterona tenía razón al creer que
la nota que encontramos no era la verdadera. ¡Sabe Dios cómo se le habrá
ocurrido! Pero qué tonto fue este individuo al no destruirla. Es curioso que
conservara la peor prueba que puede existir contra él.
—La naturaleza humana está llena de extraños contrasentidos.
—Si no fuera así, dudo que jamás apresáramos algún asesino.
Tarde o temprano cometen alguna estupidez. Tiene usted muy mal aspecto,
Clement. Supongo que éste debe ser el choque más fuerte que jamás haya sufrido.
—Lo es. Como le dije, Hawes se ha comportado en forma rara en
estos últimos tiempos, pero jamás hubiese imaginado...
—¿Quién lo hubiera creído? Parece que llega un coche —Se dirigió
a la ventana y apartó los visillos—. Sí, es Haydock.
Un instante después el médico entraba en la habitación.
Melchett le explicó la situación en breves palabras. Haydock
enarcó las cejas, asintió y se dirigió al paciente. Le tomó el pulso, levantó
uno de sus párpados y examinó atentamente la pupila del ojo. Entonces se volvió
a Melchett.
—¿Quiere salvarle para llevarle a la horca? —preguntó—. Ya está
casi muerto. Dudo que pueda revivirle.
—Haga cuanto sea posible.
—Bien.
Buscó en el maletín que trajo consigo, y sacó una jeringuilla
hipodérmica con la que inyectó algo en el brazo de Hawes. A continuación,
pausadamente, se puso en pie.
—Lo mejor es llevarle al hospital de Much Benham. Ayúdenme a
bajarle hasta el coche.
Lo bajamos entre los tres. Mientras tomaba asiento detrás del
volante, Haydock habló a Melchett.
—No podrá usted colgarle —dijo.
—¿Cree que no recobrará el sentido?
—No lo sé, pero no es a eso a lo que me refiero. Quiero decir
que aunque se salve no irá al patíbulo. Ese hombre no era responsable de sus
acciones. Yo declararé en tal sentido.
—¿Qué habrá querido decir con esto? —me preguntó Melchett
mientras volvíamos a subir las escaleras.
Le expliqué que Hawes había padecido encefalitis letárgica.
—¿La enfermedad del sueño? Hoy día siempre se encuentra alguna
razón para justificar toda mala acción, ¿no lo cree usted así?
—La ciencia nos está enseñando muchas cosas.
—¡Al diablo la ciencia! Oh, perdón, Clement; pero toda esta
palabrería me molesta en extremo. Bien, supongo que debemos dar un vistazo por
aquí.
Pero en aquel momento se produjo la más inesperada interrupción.
Se abrió la puerta y miss Marple entró en la habitación.
—Siento mucho molestar, lo siento mucho. Buenas noches, coronel
Melchett. Como digo, siento molestarles, pero cuando supe que mister Hawes
estaba enfermo, creí que mi deber era venir por si podía ser de alguna
utilidad.
Hizo una pausa. El coronel Melchett la estaba mirando con el
disgusto pintado en el rostro.
—Es usted muy amable, miss Marple —dijo secamente—; pero no
debía haberse molestado. A propósito, ¿cómo se enteró de la enfermedad?
Era la pregunta que yo mismo estaba deseando hacer.
—El teléfono —explico miss Marple—. Tienen muy poco cuidado y
suelen equivocarse de número. Usted habló conmigo, creyendo que era el doctor
Haydock. Mi número es el tres siete.
—¡Conque ha sido eso! —exclamé.
Siempre existe una explicación para la omnisciencia de miss
Marple.
—Por tanto —prosiguió— vine para prestar ayuda.
—Es usted muy amable —repitió Melchett, incluso más secamente
esta vez—. Nada puede hacerse. Haydock le ha llevado al hospital.
—¿Al hospital? ¡Oh, me siento muy aliviada! Me complace mucho
oírle decir esto. Estará a salvo allí. Cuando dice que «nada puede hacerse»,
supongo que no querrá usted significar que no tiene salvación, ¿verdad?
—Es muy dudoso que salga con vida.
La mirada de miss Marple se dirigió a la caja de sellos.
—¿Ha tomado una dosis excesiva acaso?
Creo que Melchett estaba dispuesto a no complacer la curiosidad
de miss Marple. Quizás en otras circunstancias yo hubiera sido de la misma
opinión, pero la discusión del caso con miss Marple era demasiado reciente para
pensar de aquella manera, aunque debo admitir que su rápida aparición me
asombró ligeramente.
—Eche una ojeada a esto —dije entregándole la nota de Protheroe.
La cogió y la leyó sin aparentar sorpresa alguna.
—Supongo que ya habría usted deducido algo por el estilo, ¿no es
verdad?
—Sí, sí, ciertamente. ¿Puedo preguntarle, mister Clement, qué le
ha hecho venir aquí esta noche? Es algo que me intriga. Usted y el coronel
Melchett... No es lo que había esperado.
Le hablé de la llamada telefónica diciendo que me pareció
reconocer la voz inconfundible de Hawes. Miss Marple asintió.
—Muy interesante y providencial si puedo emplear esta palabra.
Sí, la llamada le trajo aquí en el momento preciso.
—¿En el momento preciso para qué? —pregunté amargamente.
Miss Marple pareció sorprendida.
—Para salvar la vida de mister Hawes, desde luego.
—¿No cree usted que sería preferible que Hawes no se salvara?
Mejor para él y para todos. Ahora sabemos la verdad y...
Callé, pues miss Marple estaba moviendo la cabeza con tanta
vehemencia que me impulsó a no seguir hablando.
—Desde luego —dijo—. Desde luego. Eso es lo que él quiere
hacerles pensar: que conocen ustedes la verdad y que es preferible no seguir
removiendo el asunto. ¡Oh, sí! Todo encaja: la carta, la dosis excesiva de
sellos, el mal estado mental del pobre mister Hawes y su confesión. Todo
encaja... pero no es así.
La miramos asombrados.
—Por eso me alegra saber que mister Hawes está a salvo en el
hospital, donde nadie puede hacerle daño alguno. Si recobra la salud les
contará la verdad.
—¿La verdad?
—Sí. Que jamás tocó un cabello de Protheroe.
—Pero la llamada telefónica —dije—, la carta, la dosis excesiva.
Todo está tan claro y...
—Esto es lo que él quiere que ustedes crean. ¡Oh, es muy
inteligente! Fue muy ingenioso conservar la carta y hacer uso de ella de esta
manera...
—¿A quién se refiere usted cuando dice «él»? —-pregunté.
—Al asesino —dijo miss Marple.
Y muy quedamente añadió:
—A mister Lawrence Redding...
CAPITULO XXX
La miramos con asombro. Creo realmente que durante un momento
supusimos que su cabeza no marchaba bien, tan carente de sentido parecía la
acusación.
El coronel Melchett fue el primero en hablar; lo hizo
amablemente y con suave tolerancia.
—Eso es absurdo, miss Marple —dijo—. El joven Redding está libre
de toda sospecha.
—Naturalmente —asintió miss Marple—. Él mismo se encargó de que
así fuera.
—Por el contrario —repuso el coronel Melchett secamente—, hizo
cuanto pudo para ser acusado del asesinato.
—Sí —afirmó miss Marple—. Nos engañó a todos con su proceder.
Incluso a mí. Recuerde, mister Clement, que me quedé muy sorprendida al saber
que mister Redding había confesado ser el autor del crimen. Desbarató todas mis
suposiciones y me obligó a creerle inocente, cuando hasta aquel momento le
suponía culpable.
—¿Era de Lawrence Redding, pues, de quien usted sospechaba?
—Ya sé que en las novelas el culpable es siempre la persona que
menos parece serlo, pero he observado que esto no suele nunca ser así en la
vida real. Por grande que haya sido siempre la simpatía que he sentido por
mistress Protheroe, no pude evitar llegar a la conclusión de que estaba
completamente bajo la influencia de mister Redding y que haría cualquier cosa
que él le pidiera; y él desde luego no es de los que huyen con una mujer sin
dinero. Desde su punto de vista, era necesario que el coronel Protheroe fuera
eliminado y lo eliminó.
El coronel Melchett no pudo ya contenerse por más tiempo.
—¡Tonterías y nada más que tonterías! Redding ha justificado a
completa satisfacción su empleo del tiempo hasta las 6.45 y Haydock afirma que
Protheroe no pudo haber sido muerto entonces. Supongo que no creerá saber más
de esto que los propios médicos. ¿O sugiere, acaso, que Haydock miente, sabe
Dios por qué?
—Creo que la declaración del doctor Haydock es totalmente
verídica. Es una persona de bien. Desde luego, quien mató al coronel Protheroe
fue mistress Protheroe y no mister Redding.
La volvimos a mirar con increíble asombro. Miss Marple se
arregló el sombrerito de encaje, echó atrás el chal que le cubría los hombros y
empezó a hablar suavemente, haciendo las más asombrosas manifestaciones en el
tono más natural del mundo.
—No he creído que fuera mi deber hablar hasta este momento. Las
creencias que uno pueda tener, aunque sean tan arraigadas y fuertes que
equivalgan al conocimiento directo, no son pruebas definitivas. Y a menos que
uno tenga una explicación que encaje con todos los hechos, como le decía esta
misma noche al querido mister Clement, no podemos aceptarla con verdadera
convicción. La explicación que me daba a mí misma no era del todo completa; le
faltaba algo. Pero cuando salía del gabinete de mister Clement observé la palma
en el tiesto junto a la puerta ventana y entonces todo se aclaró como por
encanto.
—Está loca, rematadamente loca —murmuró Melchett a mi oído.
Pero miss Marple nos miraba serenamente y prosiguió hablando con
su suave voz.
—Me dolió mucho, porque ambos me eran muy simpáticos. Pero ya
saben ustedes cómo es la naturaleza humana. Cuando primero él y después ella
confesaron de aquella absurda forma, me sentí muy aliviada. Había estado
equivocada. Entonces empecé a pensar en otras personas que tuvieran un posible
motivo para desear la desaparición del coronel Protheroe.
—¡Los siete sospechosos! —murmuré.
Me sonrió.
—Sí, los siete sospechosos. En primer lugar, Archer; no me
parecía muy probable, pero animado con algunos vasos de whisky pudo haber hecho
cualquier cosa. Y después Mary, su cocinera. Ha estado saliendo mucho tiempo
con Archer y su carácter es algo temperamental. Tenía motivo y oportunidad.
¡Estaba sola en la casa! La anciana mistress Archer pudo muy fácilmente haber
cogido la pistola de casa de mister Redding, entregándosela a él o a ella.
Tampoco podía descartar a Lettice, con su deseo de dinero y libertad de hacer
su gusto. He conocido muchos casos en los cuales las muchachas más hermosas y
etéreas han demostrado no poseer el menor escrúpulo moral, aunque,
naturalmente, los caballeros no quieren jamás pensar esto de ellas, de tan
gráciles señoritas.
Lancé una profunda exclamación.
—También estaba la raqueta de tenis —dijo miss Marple—. La que
Clara, la doncella de mistress Price Ridley, vio en el suelo, junto a la verja
de la vicaría. Parecía como si mister Dennis hubiese regresado del partido de
tenis antes de lo que después dijo. Los muchachos de dieciséis años son muy
susceptibles y están faltos de equilibrio mental. Sin tener motivo aparente
alguno, pudo haberlo hecho, bien por usted o por Lettice. Era una posibilidad.
Y también el pobre mister Hawes y usted, no los dos a la vez, sino
alternativamente, como dicen los abogados.
—¿Yo? —exclamé inmediatamente en el colmo del asombro.
—Sí. Debo pedirle perdón por mis sospechas, pero no debemos
olvidar las desapariciones de dinero. El culpable debía ser usted o mister
Hawes, y mistress Price Ridley ha insinuado por todas partes que usted era el
autor de los desfalcos, principalmente por su fuerte oposición a que se llevara
a cabo una investigación. Desde luego, personalmente siempre creí que se
trataba del pobre mister Hawes, que me recordaba mucho al desgraciado organista
de quien le he hablado en alguna ocasión. Pero, de todas maneras, no podía
estar completamente segura...
—Siendo la naturaleza humana lo que es —dije, completando su
frase.
—Exactamente. Y asimismo, naturalmente, estaba la querida
Griselda.
—Pero mistress Clement quedaba descartada del todo —interrumpió
entonces Melchett—. Ella regresó en el tren de las 6.50.
—Esto es lo que ella le dijo —repuso miss Marple—. Uno nunca
debe guiarse por lo que la gente dice. El tren de las 6.50 llegó con media hora
de retraso aquel día. Pero a las siete y cuarto yo la vi con mis propios ojos
dirigirse hacia Old Hall. Por tanto, debió haber regresado en un tren anterior.
Ella fue vista, pero seguramente usted lo sabe.
Me miró inquisitivamente.
Algo magnético en su mirada me obligó a tenderle la última carta
anónima, la que había abierto tan poco tiempo antes. Decía claramente que
Griselda había sido vista saliendo de la casa de Lawrence Redding por la
ventana posterior a las seis y veinte del día fatal.
En ningún momento mencioné la terrible sospecha que me asaltó.
La había visto como en una pesadilla; una vieja intriga entre Lawrence y
Griselda, el conocimiento de ello llegando a oídos de Protheroe, su decisión de
comunicarme esos hechos, y Griselda, robando la pistola para silenciar al
coronel. No era sino una pesadilla, pero por algunos momentos tuvo el terrible
aspecto de realidad.
Ignoro si miss Marple sospechaba algo por el estilo.
Probablemente sí. Pocas cosas le pasan inadvertidas.
Me devolvió la nota con un movimiento de cabeza.
—Todo el mundo lo sabe —dijo—, y daba lugar a sospechas,
especialmente cuando mistress Archer juró que la pistola estaba en la casa
cuando ella salió de la misma al mediodía.
Hizo una ligera pausa y después prosiguió:
—Pero me estoy alejando mucho de la cuestión. Lo que quiero
hacer, porque me considero obligada a ello, es darles mi propia explicación del
misterio. Si no la creen, me quedará la satisfacción del deber cumplido. Quizá
mi deseo de estar completamente segura de mi opinión cueste la vida al pobre
mister Hawes.
Hizo otra pausa, y cuando volvió a hablar su voz tenía un tono
distinto.
—He aquí la explicación de los hechos. El jueves por la tarde el
crimen había quedado planeado en sus menores detalles. Lawrence Redding pasó
primero por la vicaría, sabiendo que el vicario estaba ausente. Llevaba la
pistola, que escondió en el tiesto junto a la puerta ventana. Cuando el vicario
regresó, Redding explicó su presencia allí manifestando que quería comunicarle
su decisión de marchar del pueblo. A las cinco y media Lawrence Redding
telefoneó desde el pabellón norte al vicario, con voz de mujer. Recuerden que
es un buen actor aficionado.
»Mistress Protheroe y su esposo acababan de salir hacia el
pueblo. Y cosa curiosa, aunque nadie parece haberle prestado atención alguna,
mistress Protheroe no llevaba bolso. Es verdaderamente algo muy extraño en una
señora. Un momento antes de las seis y veinte pasa por delante de mi jardín y
se detiene a hablar conmigo, como para darme la oportunidad de comprobar que no
lleva arma alguna consigo y que su estado es completamente normal. Tuvieron en
cuenta que yo suelo fijarme mucho en todo. Se dirige hacia la casa y desaparece
tras la esquina, en dirección a la ventana del gabinete. El pobre coronel
estaba sentado ante el escritorio, escribiéndole la nota al vicario. Como todos
sabemos, era bastante sordo. Ella sacó la pistola del tiesto, se dirigió hacia él
y le disparó un tiro en la cabeza, arrojó la pistola al suelo y salió
rápidamente, dirigiéndose al estudio cruzando por el jardín. Uno casi juraría
que no tuvo tiempo de hacerlo.
—Pero, ¿y el disparo? —objetó Melchett—. ¿No oyó usted un
disparo?
—Creo que existe un invento conocido con el nombre de
silenciador «Maxim». Conozco su existencia por haber leído acerca de él en las
novelas policíacas. Me pregunto si el estornudo que la doncella Clara oyó no
fue en realidad el disparo. Pero no importa. Mistress Protheroe se reunió en el
estudio con mister Redding. Salieron juntos, y siendo la naturaleza humana como
es, temo que poseían la certeza de que no me marcharía de mi jardín hasta que
ellos abandonaran el estudio.
Jamás me fue miss Marple tan simpática como en aquel momento,
con su humorística concepción de su propia debilidad.
—Cuando salieron, su actitud era alegre y normal. Y ahí es donde
cometieron un error, porque si verdaderamente se hubieran despedido, como
aseguraron más tarde, su aspecto hubiese sido muy distinto. Pero ése no fue su
punto débil. Tuvieron gran cuidado en procurarse una coartada que cubriera los
diez minutos siguientes Finalmente, mister Redding se dirigió a la vicaría,
saliendo de allí lo más tarde que osó. Probablemente vio al vicario en el
sendero y calculó el tiempo al segundo. Recogió la pistola con el silenciador y
dejó la nota falsificada con la hora escrita aparentemente por distinta mano.
Cuando la falsificación se descubriese, tendría el aspecto de un grosero
intento de complicar a Anne Protheroe.
»Pero cuando dejó la carta vio que el coronel estaba escribiendo
algo completamente inesperado. Como es hombre muy inteligente, comprendió que
aquella nota acaso pudiera serle útil y la cogió. Cambió la hora en el reloj
para hacerla coincidir con la indicada en la carta, sabiendo que aquel reloj
estaba siempre adelantado un cuarto de hora, ello también con la idea aparente
de complicar a mistress Protheroe. Entonces salió, encontrándose con el vicario
junto a la verja del jardín, y fingió sentirse sumamente alarmado y asustado.
Corno digo, es muy inteligente. ¿Qué trataría de hacer un verdadero criminal?
Portarse con naturalidad, desde luego. Y esto es precisamente lo que Redding no
hizo. Se desprendió del silenciador y se dirigió a la comisaría con la pistola,
acusándose ridículamente, siendo creído por todo el mundo.
Había algo fascinante en la versión del caso dada por miss
Marple. Hablaba con tal seguridad, que ambos sentimos que el asesinato no pudo
ser cometido de otra manera.
—¿Y el verdadero disparo oído en el bosque? —pregunté—. ¿Se
trata de la coincidencia a la que usted se refirió esta noche?
—¡Oh, no! Eso no fue una coincidencia, ni mucho menos. Era
absolutamente necesario que se oyera un disparo, pues de lo contrario las
sospechas contra mistress Protheroe pudieran haber adquirido demasiado cuerpo.
No acabo de comprender en que forma lo logró mister Redding, pero sí sé que el
ácido pícrico estalla si se le deja caer algo pesado encima. Recuerde, querido
vicario, que usted encontró a mister Redding llevando una gruesa piedra
precisamente en el lugar del bosque en que usted halló ese cristal más tarde.
Los caballeros saben hacer las cosas tan bien... La piedra suspendida sobre el
ácido y una mecha de tiempo... Algo que tardara unos veinte minutos en arder,
para que la explosión se produjera hacia las seis y media, cuando él y mistress
Protheroe hubieran salido del estudio, encontrándose a la vista de todo el
mundo. Fue una idea muy ingeniosa, porque después no quedaría otro indicio que
la piedra, que estaba tratando de eliminar cuando usted se encontró con él,
poco antes.
—Creo que tiene usted razón —dije, recordando la sorpresa que
experimentó Redding cuando me encontró aquel día. Todo ello había parecido
completamente natural, pero en aquel momento...
Miss Marple parecía leer mis pensamientos, pues afirmó
sagazmente con la cabeza.
—Sí —dijo—, pudo haber sido una sorpresa muy desagradable para
él, pero salió muy bien del paso diciendo que la traía para mi jardín japonés.
Sólo que —miss Marple habló con gran énfasis— esa piedra no era de la clase
empleada para los jardines japoneses. Este detalle me puso sobre la verdadera
pista.
Durante todo el tiempo, el coronel Melchett permaneció sin
pronunciar palabra, fascinado. Carraspeó un par de veces, se sonó y exclamó:
—¡Por todos los diablos! ¡Por cien mil de a caballo!
No dijo nada más. Creo que, al igual que yo, se sentía
impresionado por la aplastante lógica de las conclusiones de miss Marple, pero
no estaba, por el momento, dispuesto a admitirlo.
En lugar de ello alargó la mano y cogió la arrugada carta.
—¡Muy bien! Pero, ¿cómo explica usted la llamada de Hawes y su
confesión? —preguntó.
—Todo esto fue algo providencial, debido, sin duda, al sermón
del vicario. Su sermón ha sido verdaderamente admirable, querido mister
Clement. Debe haber impresionado en grado sumo a mister Hawes. No pudo contenerse
más tiempo y decidió confesar acerca de la apropiación de fondos de la iglesia.
—¿Cómo?
—Sí, y esto, por designio de la providencia, es lo que le ha
salvado la vida. Porque espero y confío en que se salve. El doctor Haydock es
muy buen médico. En mi opinión, mister Redding conservó la carta, algo muy
peligroso, desde luego, pero supongo debió esconderla en lugar seguro. Esperó
hasta descubrir a quién se refería y no tardó en averiguar que se trataba de
mister Hawes y pasó largo rato con él. Sospecho que fue entonces cuando cambió
un sello de la caja de mister Hawes. Este pobre señor tomaría inocentemente el
sello. Después de su muerte se hubiesen examinado sus pertenencias,
encontrándose la carta, por lo que todo el mundo creería que fue el asesino del
coronel Protheroe, quitándose después la vida por remordimiento. Algo me
impulsó a imaginar que mister Hawes debe haber encontrado la carta esta noche
después de haber tomado el sello fatal. Dado su desordenado estado mental debe
haber creído que se trataba de algo sobrenatural, como consecuencia del sermón
del vicario, sintiéndose impelido a confesar.
—¡Palabra de honor! —exclamó Melchett—. ¡Es la cosa más
extraordinaria! Pero no creo ni una sola palabra de ello.
Jamás había Melchett manifestado algo con tan poca convicción.
Así debió parecerle a él mismo, por cuanto continuó diciéndole:
—¿Puede usted explicar la otra llamada, la que hizo de la casa
de mister Redding a mistress Price Ridley?
—¡Ah! —exclamó miss Marple—. Esto es lo que yo llamo
coincidencia. La querida Griselda hizo esa llamada. Creo que ella y Dennis la
hicieron juntos. Habían oído todos los rumores que mistress Price Ridley estaba
esparciendo acerca del vicario e idearon este más bien infantil sistema de
obligarla a callar. Lo curioso es que la llamada fue hecha coincidiendo con el
disparo en el bosque, haciendo creer que ambas cosas guardaban relación entre
sí.
Súbitamente recordé que cuantos hablaban del disparo decían que
el sonido era extraño y diferente al de un disparo normal. Tenían razón. Sin
embargo, era difícil explicar en qué consistía la diferencia.
El coronel Melchett se aclaró la garganta.
—Su solución del caso es muy plausible, miss Marple —dijo—, pero
permítame decirle que no existe la menor cosa que pueda probarla.
—Lo sé —admitió miss Marple—; pero usted cree que es cierta, ¿no
es verdad, coronel?
Se produjo una pausa.
—Sí, lo creo —dijo Melchett, casi con repugnancia—. Es la única
manera en que pudo suceder. Pero no tenemos prueba alguna.
Miss Marple carraspeó.
—Por esto pensé que, dadas las circunstancias...
—Sí...
—Quizá lo conveniente fuera preparar una pequeña trampa.
CAPITULO XXXI
EL coronel Melchett y yo la miramos sorprendidos.
—¿Una trampa? ¿De qué clase?
Miss Marple se mostraba algo esquiva, pero se comprendía que
tenía un plan cuidadosamente ideado. Dirigiéndose a Melchett, sugirió:
—Supongamos que mister Redding fuese llamado por teléfono y
avisado.
El coronel Melchett sonrió.
—«¡Todo está descubierto! ¡Huya!» Esto es muy viejo, miss
Marple, aunque no he de negar que sigue teniendo éxito. Pero creo que Redding
es demasiado listo para dejarse coger de esta manera.
—Debiera ser algo específico, desde luego —murmuró miss Marple—.
Yo sugeriría que el aviso le llegara de quien se sepa que posee puntos de vista
algo fuera de lo corriente en estos asuntos. La conversación con el doctor
Haydock llevaría a algunos a creer que acaso él considere el asesinato desde un
ángulo especial. Si él insinuara que alguien, mistress Sadler o alguno de sus
hijos, observó el cambio de sellos medicinales, esto no significaría nada para
Redding de ser inocente, pero si no lo es...
—¿Qué?
—Acaso cometa alguna tontería.
—Y se ponga en nuestras manos. Es posible, miss Marple. Su idea
es muy ingeniosa. ¿Se prestará Haydock a ello? Como usted dice, sus puntos de
vista...
Miss Marple le interrumpió con aire decidido.
—¡Eso es simple teoría! La práctica es siempre muy distinta, ¿no
cree usted? Pero mire: aquí lo tiene. Se lo podemos preguntar ahora mismo.
Me pareció que Haydock se sorprendió al ver a miss Marple con
nosotros. Tenía aspecto cansado.
—Ha sido un caso difícil —dijo—. Pero se salvará. Cumplí con mi
obligación al volverle a la vida, pero me hubiera alegrado haber fracasado.
—Acaso piense usted de distinta manera cuando oiga lo que
tenemos que comunicarle —observó Melchett.
Breve y sucintamente, Melchett le expuso la teoría de miss
Marple acerca del asesinato, finalizando el relato con su sugerencia.
Entonces pudimos ver lo que miss Marple llamaba diferencia entre
la teoría y la práctica. Los puntos de vista de Haydock parecieron haber
sufrido una transformación radical. Demostró querer ver a Redding en manos del
verdugo. No fue tanto el asesinato de Protheroe como el intento contra el pobre
Hawes lo que, en mi opinión, excitó hasta tal punto su ira.
—¡Ese condenado pillo! —exclamo Haydock—. ¡Hacer esto al pobre
Hawes. Tiene madre y hermana, y el estigma de ser la madre y hermana de un
asesino les hubiera manchado de por vida. ¡Pobres mujeres! ¡Es el gesto más
cobarde y ruin que conozco!
Hizo una pausa para recobrar el aliento.
—Si lo que me han relatado es verdad —prosiguió—, cuenten
conmigo para cualquier cosa. Ese individuo no merece vivir. ¡Pobre Hawes, que
es el ser más indefenso que conozco!
Estaba animadamente ultimando detalles con Melchett cuando miss
Marple se levantó para marcharse. Yo insistí en acompañarla.
—Es usted muy amable, mister Clement —dijo miss Marple mientras
caminábamos por la desierta calle—. Ya han dado las doce. Espero que Raymond se
haya acostado.
—Debiera haberle acompañado —dije.
—No le comuniqué adonde me dirigía —repuso.
Sonreí al recordar el sutil análisis que Raymond West había
hecho del caso.
—Si su teoría resulta ser cierta, lo que no dudo ni por un solo
momento —dije—, se habrá usted apuntado un buen tanto sobre su sobrino.
Miss Marple sonrió indulgente.
—Recuerdo lo que decía mi tía abuela Fanny. Yo no tenía sino
dieciséis años entonces y pensé que sus palabras eran muy tontas.
—¿Sí? —dije animándola.
—Acostumbraba decir: «La gente joven cree que los viejos son
tontos, pero los viejos saben que los jóvenes lo son.»
CAPITULO XXXII
Poco más queda por decir. El plan de miss Marple se llevó a cabo
con pleno éxito. Lawrence Redding no era inocente y la insinuación del cambio
de sellos vista por un testigo le llevó a hacer «algo tonto». Tal es el poder
de una conciencia culpable.
Se encontraba, naturalmente, en una situación difícil. Imagino
que su primer impulso debió ser la huida, pero tenía un cómplice. No podía
partir sin hablar con ella y no osó esperar a la mañana siguiente. Por tanto,
aquella noche fue a Old Hall, siendo seguido por dos de los más sagaces hombres
del coronel Melchett. Tiró unos guijarros a la ventana de Anne Protheroe, la
despertó y un urgente susurro la hizo bajar para hablar con él. Sin duda se
creyeron más seguros fuera de la casa que dentro, temiendo que acaso Lettice se
despertara. Los dos agentes de policía pudieron oír toda su conversación, con
lo que se disipó cualquier duda que hubiese podido existir. Miss Marple estuvo
acertada en todas sus hipótesis.
El juicio de Lawrence Redding y Anne Protheroe es de
conocimiento público y no me propongo hablar de él. Sólo mencionaré que el
inspector Slack fue felicitado por haber llevado a los criminales ante la
justicia, debido a su celo e inteligencia. Naturalmente, nada se dijo de la
parte que miss Marple tuvo en el caso. Ella se hubiera sentido horrorizada ante
la publicidad que tal cosa le hubiera acarreado.
Lettice vino a visitarme poco antes de que empezara el juicio.
Entró por la puerta ventana de mi gabinete, con su acostumbrado aire de
vaguedad. Me dijo que siempre había estado convencida de la culpabilidad de su
madrastra. La pérdida de la boina amarilla no fue sino una excusa para
registrar el gabinete. Esperaba encontrar algo que hubiese pasado inadvertido a
la policía.
—Ellos no la odiaban como yo —dijo con su voz soñadora—. Y el
odio hace las cosas más fáciles.
Se sintió disgustada ante el fracaso de su búsqueda y entonces
deliberadamente dejó caer el pendiente de Anne junto al escritorio.
—¿Qué importancia podía tener que yo hiciese tal cosa, si sabía
que ella lo había hecho? Era necesario que fuera juzgada. Ella le había matado.
Suspiré. Existen siempre algunas cosas que Lettice no ve. En
algunos aspectos, es moralmente ciega.
—¿Qué va usted a hacer, Lettice? —pregunté.
—Cuando todo haya pasado, iré al extranjero —vaciló un instante
y prosiguió—: Iré junto a mi madre.
La miré, francamente sorprendido. Ella asintió.
—¿No se lo imagina usted? Mistress Lestrange es mi madre. Está
muriéndose. Quería verme y vino aquí bajo nombre supuesto. El doctor Haydock la
ayudó. Es un viejo amigo suyo. Estuvo enamorado de ella en su tiempo. Es fácil
darse cuenta. Creo que, en cierto modo, todavía lo está. Hizo cuanto pudo por
ayudarla. Cuando vino se cambió el nombre para evitar las desagradables
murmuraciones de la gente. Fue a visitar a mi padre aquella noche y le comunicó
que se estaba muriendo y que quería verme. Mi padre fue una bestia. Dijo que
ella había renunciado a todo derecho sobre mí, y que yo la creía muerta. ¡Como
si yo me hubiese tragado esa historia! Los hombres como mi padre no ven más
allá de sus narices.
«Pero mamá no es de la clase de mujeres que se rinden
fácilmente. Por desgracia vio a mi padre primero, pero cuando él la trató con
tal brutalidad, me mandó una nota. Yo me las compuse para retirarme temprano de
la partida de tenis y encontrarme con ella en el sendero a las seis y cuarto.
Estuvimos juntas unos momentos solamente y convinimos en otro encuentro. Nos
separamos antes de las seis y media. Más tarde me asaltó el terrible miedo de
que se sospechara que ella hubiese asesinado a mi padre. Después de todo,
estaba muy resentida con él. Por ello destruí a cuchilladas aquel retrato en el
ático. Temía que la policía registrara la casa, lo encontrase y la reconociera.
También el doctor Haydock llegó a creer que mi madre había cometido el crimen.
Mi madre es una persona algo extraña, a veces. No le preocupan las
consecuencias. Si se traza un plan, lo sigue.
Hizo una pausa.
—Es extraño. Ella y yo tenemos mucho en común. Mi padre y yo, en
cambio, éramos como dos extraños. Pero mamá... De todas maneras, iré a su lado
y permaneceré con ella hasta que..., hasta el fin.
Se levantó y me ofreció la mano.
—Que Dios os bendiga a ambas —dije—. Espero que algún día sea
usted verdaderamente feliz, Lettice.
—En ello confío —repuso, intentando reír—. No lo he sido hasta
ahora. ¡Oh! No importa. Adiós, mister Clement. Ha sido usted siempre
terriblemente bueno conmigo, usted y Griselda.
¡Griselda!
Debido a ella, la carta anónima me causó terrible desconcierto y
dolor. Cuando se lo conté, primero rió y luego me sermoneó.
—Sin embargo —añadió—, en el futuro seré más prudente y temerosa
de Dios.
Me miró con la risa bailándole en los ojos.
—Una influencia calmante está naciendo en mí —prosiguió—.
También nace en ti, pero en tu caso será rejuvenecedora. Por lo demás así lo
espero. No podrás seguir diciéndome que soy una niña, cuando tengamos una
propia. He decidido, Len, que ahora que voy a ser «una verdadera esposa y
madre», como dicen en las novelas, deberé convertirme asimismo en una buena ama
de casa. He adquirido dos libros sobre la dirección del hogar y uno sobre el
amor maternal. Son terriblemente divertidos, especialmente el que habla de la
manera cómo deben criarse los niños.
—¿No has comprado también uno acerca de cómo debe tratarse al
esposo? —pregunté con súbita aprensión, mientras la atraía hacia mí.
—No lo necesito —repuso—. Soy una buena esposa y te quiero
mucho. ¿Qué más puedes desear?
—Nada —dije.
—¿No podrías decir, aunque por una sola vez, que me amas
terriblemente?
—Griselda —repuse—. ¡Te adoro! ¡Te idolatro! ¡Estoy locamente
enamorado de ti!
Mi esposa dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción.
Después se separó de mí súbitamente.
—Ahí viene miss Marple. ¡No permitas que sospeche! No quiero que
todo el mundo empiece a ofrecerme cojines y a recomendarme que me siente con
comodidad. Dile que he ido al campo de golf. Esto la despistará. Además, debo
ir, pues dejé mi jersey amarillo allí.
Miss Marple se acercó a la puerta, se detuvo y preguntó por
Griselda.
—Ha ido al campo de golf —respondí.
—No es muy prudente que haga tal cosa ahora —dijo.
Y entonces, como corresponde a una vieja solterona, se sonrojó.
Para cubrir la momentánea confusión, hablamos apresuradamente
del caso Protheroe, y del «doctor Stone», que resultó ser un conocido ladrón
que empleaba diversos nombres. Miss Cram fue declarada libre de toda
complicidad. Finalmente admitió haber llevado la maleta al bosque, pero lo hizo
con completa buena fe. El doctor Stone le dijo que temía la rivalidad de otros
arqueólogos, que no vacilarían en llegar al robo, con tal de poder desacreditar
sus teorías. Aparentemente ella creyó sus palabras, a pesar de su poca lógica.
Según se dice en el pueblo, en la actualidad está buscando un caballero de
cierta edad que necesite una secretaria.
Mientras hablábamos, me pregunté cómo se las habría compuesto
miss Marple para descubrir nuestro secreto. Ella misma, en forma muy discreta,
me facilitó una pista.
—Espero que la querida Griselda se cuide —murmuró después de una
pausa—. Ayer estuve en la librería de Much Benham...
¡Pobre Griselda! El libro sobre el amor maternal la traicionó.
—Me pregunto si sería usted desenmascarada alguna vez, en el
caso de que cometiera un asesinato, miss Marple —dije.
—¡Qué horrible idea! —exclamó—. Ruego a Dios que jamás pueda
hacer una cosa tan terrible.
—Pero siendo la naturaleza humana como es... —murmuré.
Miss Marple acusó el golpe con una agradable risa.
—¡Qué malo es usted, mister Clement! Pero, desde luego está
usted bromeando.
Se detuvo junto a la puerta.
—Salude a la querida Griselda, y dígale que cualquier pequeño
secreto suyo, nunca será revelado por mí.
Realmente, miss Marple es una persona muy simpática.
FIN


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