© Libro N°. 3026. Moll Flanders. Defoe, Daniel. Colección
E.O. Agosto 13 de 2016.
Título original: © Moll Flanders. Daniel Defoe
Versión Original: © Moll Flanders. Daniel Defoe
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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MOLL FLANDERS
Daniel Defoe
Prefacio
del autor
Es tal la cantidad de novelas y ficciones que en estos últimos
tiempos ha invadido el mundo que resulta difícil que pueda tenerse por real una
historia en la que no se dan los nombres verdaderos y las demás circunstancias
de la protagonista. Por esta razón tenemos que dejar que cada lector forme su
propia opinión sobre lo que vamos a relatar en las páginas que siguen y que
acoja el relato como mejor le plazca.
En esta historia se supone que la propia autora es quien la
relata y en las primeras páginas expone las razones por las que considera
conveniente ocultar su nombre real. Después de esta aclaración no hay ya
ocasión de volver sobre ello.
Es muy cierto que las palabras originales de la historia han
sido cambiadas, como también ha sido ligeramente alterado el estilo propio de
la famosa señora de quien se habla aquí. En general, se ha hecho que contara su
historia con palabras mucho más moderadas de las que había usado, ya que el
original recibido había sido escrito en un lenguaje más propio de quien sigue
aún en Newgate que de quien ha sido tocado por el arrepentimiento y la
humildad, como ella pretende que le ha sucedido posteriormente.
La tarea de terminar esta historia y hacer de ella lo que el
lector puede apreciar no ha sido nada fácil para el que la ha emprendido,
puesto que ha tenido que vestirla de forma conveniente y ponerla en lenguaje
apto para ser leído. Cuando una mujer disoluta desde su juventud y, aún más,
salida de la corrupción y el vicio se aviene a relatar todas sus prácticos
viciosas y llega incluso a descender a las ocasiones y circunstancias
espe-ciales que la llevaron a la maldad y a su progresión en el crimen durante
más de medio siglo, el autor se ve apurado para darle una forma tal que no
pueda nunca ser fuente de enseñanzas perjudiciales, especialmente para los
posibles lectores viciosos.
No obstante, se ha tenido el mayor cuidado posible para evitar
que en esta nueva versión de la historia se deslizara alguna imagen lujuriosa o
resultara alguna situación inmoderada, ni siquiera en sus peores muestras de
expresión. Con este objeto, algunas de las partes viciosas de su vida que no
podían contarse en lenguaje moderado han sido suprimidas y otras han quedado
muy reducidas. Se espera que lo que resta, no pueda ofender al más casto de los
lectores ni al más moderado de los oyentes, y como que de la peor historia se
puede lograr el mejor provecho, esperamos que el sentido de la moral hará que
el lector conserve su seriedad, incluso en aquellos momentos en que la historia
pueda predisponerle a lo contrario. Para poder contar la historia de una vida
reprobable, tocada luego por el arrepentimiento, es completamente necesario que
la parte de maldad sea representada tan mala como lo comporte la historia real,
a fin de que pueda realzarse y dar un sentido de belleza a la parte del
arrepentimiento, que es, ciertamente, la mejor y la más brillante, si se relata
con el mismo espíritu y viveza.
Se dice que, al relatar la parte del arrepentimiento, no puede
haber la misma viveza, la misma brillantez y belleza que cuando se relata la
parte criminal. Si algo hay de verdad en este aserto, debe permitírseme que
replique que es debido a que no se lee con el mismo gusto y fruición y es
ciertamente demasiada verdad que la diferencia no corresponde tanto al valor
real del sujeto como al gusto y al paladar del lector.
Pero como esta obra se recomienda especialmente a los que saben
cómo leerla y cómo sacar de ella aquel provecho que se les recomienda en toda
historia, confiamos que estos lectores quedarán más complacidos con la moraleja
que con la fábula, con la aplicación que con la relación y con el final del
escritor más que con la vida de la persona sobre la cual se escribe.
Abundan en esta historia los incidentes llenos de deleite y a
todos ellos se les ha dado una aplicación provechosa. Este es un giro agradable
que se les da artificiosamente al relatarlos, con lo cual se consigue instruir
naturalmente al lector ya sea en un sentido u otro. La primera parte de la vida
lujuriosa de la protagonista con el joven caballero de Colchester contiene
muchas facetas acertadas, en las que el crimen queda expuesto y se previene a
los que se encuentran en circunstancias que pudieran resultar similares, del
final desastroso de tales situaciones, así como de la conducta loca, desatinada
y aborrecible de ambas partes, lo cual compensa sobradamente la descripción
vívida que hace la protagonista de su locura y de su perversidad.
El arrepentimiento de su amante en la Bath y cómo la alarma
justificada, por el síntoma de enfermedad que padeció, le llevó a abandonarla.
La justa advertencia que aquí se da, incluso sobre las intimidades más
legitimas de los amigos más queridos, incapaces de guardar las resoluciones
virtuosas más solemnes, sin ayuda divina, todas ellas son partes que, a un
discernimiento justo, han de parecerle mucho más bellas que la concatenación
amorosa de la historia que les sirve de introducción.
En una palabra, como todo el relato ha sido cuidadosamente
cribado para librarlo de la lenidad y la relajación que pudiera contener,
resulta aplicado por entero y muy cuidado a efectos virtuosos y religiosos.
Nadie puede, pues, hacerlo objeto de reproche alguno, como tampoco puede
reprochar nuestra intención al publicarlo, sin incurrir en una injusticia
manifiesta.
En todas las épocas, los defensores del teatro han hecho de éste
el gran argumento para persuadir al público de que sus representaciones son
útiles y, por tanto, deberían ser permitidas por todos los Gobiernos, por más
civilizados y religiosos que fuesen, es decir, que están aplicadas a propósitos
virtuosos y que por más vívidas que sean las representaciones, no dejan de
recomendar la virtud y los buenos principios y condenar y dejar expuestos toda
clase de vicios y corrupción de costumbres, y de ser verdad que lo hacen cosa
básica en la representación teatral, mucho ha de decirse en su favor.
Este libro, en toda su variedad, se ciñe estrictamente a esta
base fundamental. No hay acción malvada en ninguna parte del mismo a la que no
se dé, al principio y al final, carácter de infelicidad y desdicha, no sale a
escena ningún villano superaltivo que no tenga un fin desgraciado o termine
penitente; no se menciona una cosa mala sin que la acompañe la condenación
oportuna en el mismo relato, como tampoco nada virtuoso que no lleve consigo
su. justa alabanza. ¿Qué podría adaptarse mejor a la regla fijada para
recomendar incluso aquellas representaciones a las que tantas objeciones justas
se les puede oponer, tales como, por ejemplo, malas compañías, lenguaje obsceno
y otras por el estilo?
Sobre esta base, este libro se recomienda al lector como un
trabajo en cuyas partes hallará una enseñanza y podrá extraer referencias
justas y religiosas que le proporcionarán una instrucción acertada, si quiere
hacer uso de ellas.
Todas las hazañas de esta dama famosa y sus depredaciones son
otros avisos para que la gente honrada desconfíe de ella y descubra los métodos
utilizados para engañar, saquear y robar a los inocentes y, por consiguiente,
la manera de evitarlos. Su robo a un niño inocente que la vanidad de la madre
había vestido de gala para así asistir a la escuela de danza es un buen memento
para gentes en el futuro, como lo es también el robo del reloj de oro de la
señorita en el parque.
Obtener de una moza de la central de coches de St. Jonh's con
sesos de mosquito que le entregara un paquete ajeno, el botín logrado en el
incendio y la repetición del hecho en Harwich son excelentes avisos para que,
en casos por el estilo, estemos más atentos a posibles sorpresas de toda clase.
Su dedicación final a una vida más sobria y laboriosa en
Virginia, al lado del deportado que había sido su esposo, es un relato
altamente instructivo para todas aquellas criaturas desgraciadas que se ven
obligadas a rehacer su vida en el extranjero, ya sea por deportación u otro
motivo cualquiera, enseñándoles que el trabajo y la aplicación tienen su debida
recompensa, incluso en las partes más remotas del mundo y que ninguna
situa-ción puede ser tan baja, despreciable y desprovista de perspectivas como
para impedir que un trabajo incansable pueda hacer mucho para liberarnos de tal
condición y, con el tiempo, lévantar a la criatura más mezquina para que pueda
aparecer nuevamente en el mundo, dándole un nuevo papel en el teatro de la
vida.
Estas son algunas de las ideas profundas que este libro puede
sugerirnos y las hay suficientemente sobradas para justificar que todo hombre
pueda recomendarlo y, sobre todo, para justificar su publicación.
Después de este relato, quedan aún dos historias entre las más
bellas, de las que aquí sólo se da alguna noción, sin entrar en detalles, pues
son en verdad demasiado largas para darles cabida en el mismo volumen y,
realmente, puedo decir que cada una constituye por sí sola un volumen entero, a
saber, la vida de su «institutriz», como ella la llama, que, según parece, en
pocos años había pasado por los grados eminentes de dama, prostituta y
alcahueta, o sea, lo que se llama también comadre y amparo de parteras,
prestamista, traficante de menores, encubridora de ladrones, receptora de las
«compras» de los ladrones, o sea de géneros robados, y, en suma, ladrona
también ella e instructora de ladrones y, a pesar de todo, penitente al final.
La segunda es la vida de su marido deportado, un salteador de
caminos, que, según parece, durante doce años se dedicó con éxito a cometer
toda clase de villanías por donde iba, y tuvo aún la suerte de salir bien
librado al final, puesto que marchó como desterrado voluntario y no como
convicto. Su vida ofrece una variedad increíble.
Pero, como he dicho antes, las dos vidas son demasiado extensas
para tener cabida aquí y ni siquiera puedo prometer que salgan más adelante.
En realidad, no podemos decir que esta historia alcance hasta el
fin de la vida de la famosa Moll Flanders, como ella misma se denomina, ya que
nadie puede escribir su propia vida hasta el fin, a menos que le fuere dado
hacerlo después de muerto. Pero la vida de su esposo, escrita por una tercera
persona, es un relato completo de los dos, del tiempo que vivieron juntos en
aquel país y de cómo volvieron a Inglaterra, después de ocho años, durante los
cuales amasaron una gran fortuna, y donde vivió ella según parece, hasta una
edad muy avanzada, sin ser una penitente tan extraordinaria como lo era al
principio. Lo que sí parece cierto es que siempre habló con horror de su vida
de antaño y de todos sus lances.
Muchas cosas placenteras sucedieron en la última etapa, en
Maryland y en Virginia, y que hacen que esta parte de su vida resulte muy
agradable; sin embargo, no están contadas con la misma elegancia que las que
ella misma relata. Esto es un motivo más para que terminemos aquí.
Mi verdadero nombre es tan conocido en los registros y en los
anales de Newgate y en el Old Bailey, donde todavía hay pendientes algunas
cosas relativas a mi conducta particular, que no es de esperar que lo ponga ni
que cuente la historia de mi familia en esta obra. Tal' vez después de mi
muerte se conozca, pero, ahora, no sería conveniente, ni siquiera en el caso de
que se concediera un perdón general, incluso sin excepción alguna de personas o
delitos.
Será, pues, suficiente que les diga que, como algunos de mis
compañeros peores que no están ya en situación de poder perjudicarme por haber
salido de este mundo, por vía del cadalso o de la cuerda, la gente me conocía
por el nombre de Moll Flanders. Y así es como les ruego que me permitan que me
nombre hasta que me atreva a declarar quién he sido, así como quién soy.
He oído contar que en una nación vecina, no sé si será en
Francia o donde quiera que sea, existe una orden del rey, según la cual, cuando
un criminal es condenado, ya sea a muerte, a galeras o a deportación, si deja
algún niño, que, por lo general, queda sin recursos, por la pobreza de sus
padres o por haberles sido confiscados sus bienes, el Gobierno se hace cargo
inmediatamente de él y lo mete en un hospital que se llama la Casa de los
Huérfanos, donde los niños en estas condiciones son criados, vestidos,
alimentados e instruidos y, cuando están en condiciones de salir, los colocan
en industrias o en otros servicios, de manera que puedan proveer sus propias
necesidades con una con-ducta honrada y laboriosa.
Si esto se hubiese hecho en nuestro país, yo no habría sido una
pobre niña desolada, sin amigos, sin vestidos, sin ayuda ni valedor en el
mundo, como era mi destino serlo, por lo cual, no sólo quedaba expuesta a
grandes miserias, aun antes de que fuera capaz de comprender mi situación o de
saber cómo remediarlo, sino que me llevaba a una forma de vida que no sólo era
escandalosa en sí misma, sino que, inevitablemente, conducía a _una rápida
destrucción, tanto del cuerpo como del alma.
Pero aquí las leyes son muy distintas. Mi madre fue juzgada y
condenada por un robo tan insignificante que casi no vale la pena mencionarlo;
en suma: por haber aprovechado la oportunidad de tomar prestadas a cierto
pañero, de Cheapside, tres piezas de holanda fina. Las circunstancias del hecho
son demasiado largas para repetirlas, pero, además, las he oído contar tantas
veces de distinta manera que difícilmente puedo estar segura de cuál es la
verdadera versión.
Sea como sea, todos convienen en que mi madre hizo constar el
estado en que se hallaba y habiéndose comprobado que, en efecto, esperaba un
hijo, se le concedió una tregua de siete meses. Durante este tiempo me trajo al
mundo, y cuando estuvo repuesta, se le confirmó, como se dice, la sentencia que
pesaba sobre ella, pero se le concedió la gracia de ser deportada a las
plantaciones. Yo tenía entonces medio año de edad y mi madre me dejó. Y lo malo
es que me dejó en malas manos.
Por tratarse de cosas sucedidas en los primeros días de mi vida,
no puedo contar nada por mí misma, sino solamente por lo que he oído. Basta que
les diga que por haber nacido en un lugar tan poco feliz, yo no tenía parroquia
a la que acudir para mi nutrición en la infancia. Tampoco puedo dar ningún
detalle de cómo logré sobrevivir, sino solamente mencionar que algún pariente
de mi madre cuidó de mí un cuanto tiempo como nodriza, pero no sé nada en
absoluto a expensas ni bajo la dirección de quién.
Lo primero que puedo recordar, porque es lo primero que logré
saber de mí, son mis andanzas errabundas con una tribu de esas gentes a las que
se les llama gitanos o egipcios. Sin embargo, creo que estuve poco tiempo con
ellos, porque no llegaron a decolorar o teñir mi piel, como suelen hacer con
los niños pequeños que llevan con ellos en sus correrías. Tampoco puedo decir
cómo llegué a estar con ellos ni cómo pude dejarlos.
Fue en Colchester, de Essex, donde nos separamos y tengo una
cierta noción de que los dejé yo, es decir, que me escondí y no quise ir más
con ellos, pero no puedo afirmar nada en concreto sobre este particular. Lo
único que recuerdo es que al ser cogida por los agentes parroquiales de
Colchester, les dije que había llegado a la ciudad con los gitanos, pero que no
había querido seguir más con ellos, por lo cual me habían dejado, pero que no
sabía adónde habían ido. Ellos no podían esperar que yo lo supiera, y por más
que recorrieron la comarca en su busca no los encontraron.
Había llegado a un punto en que iba a tener cubiertas mis
necesidades, pues aunque por mandato de la ley yo no podía ser una carga
parroquial en ninguna parte de la ciudad, cuando mi caso fue conocido y se vio
que era demasiado pequeña para hacer trabajo alguno, ya que no tenía más de
tres años, los magistrados se compadecieron y ordenaron que se me atendiera de
algún modo, de manera que pasé a ser como uno de los nativos del lugar sin
haber nacido en él.
En la provisión que hicieron para mí tuve la suerte de que me
mandaran a nodriza, como ellos decían, o sea a la casa de una mujer que era muy
pobre, desde luego, pero que había estado en mejor situación y que, para vivir
modestamente, aceptaba cuidar de niños que se hallaban en la situación en que
yo estaba, atendiéndolos en todas sus necesidades, hasta que llegaban a la edad
en que se suponía que ya podían ponerse a servir o ganarse su propio sustento.
Aquella mujer tenía también una pequeña escuela, en la que
enseñaba a los niños a leer y a trabajar, y como antes había vivido en mejor
situación, como ya he dicho, educaba a los niños con mucho arte y con gran
cuidado.
Pero lo que es aún mejor, los educaba religiosamente, pues era
una mujer muy piadosa, limpia y muy de su casa, de buenos modales y buen
comportamiento. Así es que con la sola excepción de la comida sencilla, el
alojamiento basto y los vestidos malos, se nos criaba de una manera tan modosa
y elegante como si hubiéramos ido a la escuela de danza.
Estuve allí hasta los ocho años. Cuando llegó la noticia de que
los magistrados (creo que era así como los llamaban) habían ordenado que fuera
a servir, me llenó de terror. Poco era el servicio que podía yo hacer, fuera
donde fuera que. me mandasen, a no ser recados y servir de ayudante a alguna
cocinera. Todo esto me llenaba de espanto, porque sentía una gran aversión a ir
de servicio, como llamaban a hacer de criada. Aunque era tan joven, le dije a
mi nodriza, que así es como la llamábamos, que creía poderme ganar el sustento
sin ir a servir, si ella me lo permitía. Me había enseñado a trabajar con la
aguja y a hilar estambre, que es la ocupación principal en aquella ciudad, y le
dije que si quería seguir teniéndome yo trabajaría para ella y trabajaría mucho.
Seguí hablándole casi diariamente de mi trabajo y, en suma, no
hice más que trabajar y llorar todo el día, lo que apenó tanto a la buena
señora, que, al final, llegó a estar preocupada por mí porque me quería mucho.
Ún día entró en la habitación donde nosotros, pobres críos,
estábamos trabajando y se sentó junto a mí, no en su lugar habitual de maestra,
sino como si quisiera ver cómo trabajaba. Yo estaba haciendo una labor que ella
me había mandado. Recuerdo que cosía unas camisas que le habían encargado. Al
cabo de un rato, empezó a hablarme:
-Vos, niña tonta -me dijo-, estáis llorando siempre. Decidme,
¿por qué lloráis?
-Porque se me llevarán de aquí -dije yo- y me pondrán a servir y
yo no puedo con el trabajo de una casa.
-Bueno, chiquilla -dijo ella-. Aunque no podáis hacer ahora el
trabajo de una casa, aprenderéis con el tiempo. Además, al principio, no van a
poneros a hacer cosas duras.
-Sí lo harán -dije yo-. Y si no puedo hacerlo todos me pegarán y
las criadas me obligarán a hacer los trabajos duros y yo no soy más que una
niña pequeña y no podré hacerlo.
Y me eché a llorar otra vez, hasta que ya no pude hablar más.
Esto conmovió a mi buena nodriza y fue entonces cuando decidió
que yo no iría aún a servir. Me dijo que no llorara más y me prometió que
hablaría con el señor alcalde para que no fuese a servir hasta que fuera mayor.
Desde luego, esto no me satisfizo porque pensar que tenía que ir
a servir era tan espantoso que si me hubiesen asegurado que no iría hasta que
tuviese veinte años, me habría dado lo mismo... Habría estado llorando todo el
tiempo con el solo consuelo de que, al fin, tenía que ser.
Cuando vio que de ningún modo me calmaba, empezó a enfadarse
conmigo.
-Pero, ¿qué es lo que queréis? ¿No os digo que no iréis a servir
hasta que seáis mayor?
-Sí -repuse-, pero al fin tendré que ir.
-¿Qué? ¿Cómo? -protestó entonces ella-. ¿Está loca esta
chica? ¿Qué quisierais ser? ¿Una dama?
-Sí -dije yo.
Y volví a echarme a llorar hasta que me quedé otra vez sin
habla.
Como pueden pensar, esto hizo que la anciana se echara a reír.
-Bien, señora, ciertamente -dijo mofándose de mí-. Vos
quisierais ser una dama. Por favor, decidme. ¿Cómo lo haréis para llegar a ser
una dama? ¿Lo haréis con la punta de los dedos?
-Sí -contesté con toda inocencia.
-Bueno, ¿cuánto podéis ganar? -me preguntó-. ¿Cuánto ganáis con
vuestro trabajo?
-Tres peniques cuando hilo -dije yo- y cuatro peniques cuando
puedo hacer trabajo de costura.
-¡Ay, pobre dama! -dijo otra vez riendo-. ¿Y qué haréis con
esto?
-Me mantendrá -dije yo- si me dejáis que sigo viviendo con vos.
Y lo dije en un tono de súplica tan patético, que, según me dijo
luego la señora, hizo que su corazón se apiadase de mí.
-Pero erijo ella-. Esto no os mantendrá ni servirá para
compraron vestidos, y, entonces, ¿quién deberá comprar los vestidos de la joven
dama?
-Entonces, trabajaré más -dije yo- y todo será para vos.
-¡Pobre niña! Eso no os bastará -repuso-. Difícilmente os
llegará para comprar unas chucherías.
-Entonces, no compraré chucherías -repliqué con toda mi
inocencia-. Dejadme que viva con vos.
-Pero, ¿podréis vivir sin vituallas? -dijo ella.
-Sí -dije otra vez, como' un crío que era, según pueden suponer,
y llorando desconsoladamente.
No había ningún artificio en todo esto. Fácilmente puede verse
que era espontáneo. Iba acompañado de-tanta inocencia, pero también de tanta
pasión, que, al final, también la anciana se echó a llorar y lloró tanto como
yo. Después me cogió y me sacó de la clase.
-Venid -me dijo-. No iréis a servir, viviréis conmigo.
Por el momento, aquello me tranquilizó.
Algún tiempo después fue a visitar al alcalde y hablando con él
de sus cosas salió a relucir mi historia, que mi buena nodriza contó por entero
al alcalde. A éste le agradó tanto, que llamó a su esposa y a las dos niñas
para que la oyeran, y puedo asegurarles que todas se divirtieron mucho con
ella.
Sin embargo, aquella vez no pasó nada. Sólo fue cuando, de
repente, se presentó la señora alcaldesa y sus dos hijas en la casa para
visitar a mi anciana nodriza y para ver la escuela y los niños. Cuando habían
estado recorriendo las clases un rato, la alcaldesa dijo a mi nodriza:
-Bien, señora, decidme, por favor, ¿dónde está aquella pequeña
niña que quiere ser una dama?
Al oírlo, me sentí aterrada, aunque no supe ni sé por qué. La
señora alcaldesa se llegó hasta mí.
-Bueno, señorita -me dijo-, ¿y qué trabajo es el que estáis
haciendo ahora?
La palabra «señorita» pertenecía a un lenguaje que difícilmente
se oía en la escuela, de manera que me quedé preguntándome qué cosa triste me
estaría llamando. No obstante, me levanté e hice una reverencia, y ella cogió
el trabajo que tenía yo en la mano, lo miró y dijo que estaba muy bien. Después
me cogió una mano.
-Bien -dijo-. Esta niña puede llegar a ser una dama; nadie puede
decir lo contrario. Tiene unas manos muy finas y delicadas.
Esto me gustó mucho, pueden estar ustedes seguros. Pero la señora
alcaldesa no se detuvo aquí, sino que, después de devolverme mi labor, se metió
la mano en el bolsillo, me dio un chelín y me recomendó que pusiera gran
cuidado en mi trabajo y aprendiera a hacerlo muy bien, y que, a su juicio,
podía darse el caso de que yo llegara a ser una dama.
Pues bien, en aquella época, mi buena y anciana nodriza, la
señora alcaldesa y todos los demás no me comprendían en absoluto, porque para
ellos la palabra dama significaba una cosa completamente distinta de lo que yo
quería decir; porque lo que yo quería decir cuando hablaba de ser una dama, es
que aspiraba a ser capaz de trabajar por mi cuenta y ganar lo suficiente para
huir del peligro de ir a servir y lo demás; en cambio, ellos pensaban en una
vida de grandezas y de lujos, en una posición elevada y no sé qué otras cosas.
Cuando la alcaldesa se fue, entraron sus dos hijas y preguntaron
también por la dama y estuvieron un buen rato hablando conmigo, y yo les
contesté con mis maneras inocentes, pero siempre que me preguntaban si quería
ser una dama, contestaba que sí. Finalmente, una de ellas, me preguntó qué era
una dama. Esto me sumió en una gran confusión, pero, finalmente lo expliqué en
sentido negativo; es decir, que era la mujer que no iba a servir, a hacer
trabajos caseros. Se mostraron muy amables conmigo y les agradó mi ingenua
charla, la que, según parece, les divirtió un poco y también me dieron dinero.
El dinero se lo di todo a mi maestra-nodriza, como yo la
llamaba, y le dije que cuando llegase a ser una dama le daría todo mi dinero al
igual que hacía ahora. Por ésta y otras manifestaciones mías, mi anciana tutora
empezó a comprender qué era lo que yo quería decir por ser una dama y lo que
entendía por este calificativo y que era tan sólo poder ganarme el pan con mi
trabajo, y, finalmente, me preguntó si, en efecto, era así.
Yo le dije que sí, e insistí mucho en ello, pues hacer esto era
ser una dama, porque, añadí, había una mujer que remendaba puntillas y
planchaba sombreros de señoras y yo quería ser como ella.
-Ella -advertí- es una dama y la llaman señora.
-¡Pobre niña! -comentó mi buena nodriza-. No cuesta mucho ser
una dama como ella porque es una mujer de mala fama y ha tenido dos o tres
bastardos.
No comprendí nada de esto, pero contesté:
-Estoy segura de que la llaman señora y de que no va a servir ni
hace trabajos caseros.
Y, muy convencida, insistí en que debía de ser una dama y yo
quería serlo igual que ella.
También de esto se enteraron las señoras, como es lógico, y les
hizo mucha gracia y, de vez en cuando, las hijas del alcalde venían a verme. Al
llegar, preguntaban dónde estaba aquella pequeña dama, lo cual me hacía sentir
muy orgullosa de mí misma.
Esto duró mucho tiempo. Aquellas señoritas siguieron visitándome
y a veces traían a otras. Así llegó a conocérseme en casi toda la ciudad.
Tenía entonces diez años y empezaba a apuntar en mí algo de la
futura mujer. Era muy seria y humilde, de buenos modales y como había oído
decir a las señoritas que era muy bonita y que sería una mujer muy hermosa,
pueden estar seguros de que, el oírlo, me hizo sentir un poco orgullosa. No
obstante, este orgullo no tenía aún malos efectos para mí. Sólo que, como a
menudo me daban dinero y yo se lo daba a mi institutriz, ella, muy honesta, lo
gastaba todo en mí, comprándome sombreros, ropa interior y guantes y cintas y
yo iba siempre muy primorosa y limpia, pues esto sí que lo tenía, que aunque
llevara andrajos siempre iba limpia, pues cuando estaban sucios yo misma los
lavaba. Como digo, mi buena nodriza, cuando me daban dinero, muy honestamente
lo gastaba en mí y luego les contaba a las señoras lo que había comprado con su
dinero, lo que hacía que le dieran más. Sin embargo, un día fui llamada por los
magistrados, según creí, para que me pusiera a servir, pero entonces yo ya me
había convertido en una trabajadora tan buena y las señoras eran tan generosas
conmigo que era evidente que ya podía mantenerme a mí misma, es decir, que
podía ganar lo suficiente para que mi nodriza pudiera mantenerme.
Así, pues, les dijo que si se lo permitían, ella se quedaría con
la dama, como así me llamaban, para ser su ayudante y enseñar a los niños, cosa
que yo era muy capaz de hacer, porque yo era muy aplicada con mi trabajo y
tenía buena mano para la aguja, aunque fuese todavía tan joven.
Pero la bondad de las señoras de la ciudad no terminó aquí, pues
cuando llegaron a enterarse de que ya no me mantenía la asistencia pública, me
dieron dinero más a menudo que antes, y a medida que fui haciéndome mayor me
proporcionaron trabajo para hacer para ellas, como ropa interior y puntillas
para remendar y sombreros para arreglar y no sólo me pagaron por hacerlo sino
que me enseñaron cómo podía hacerlo, de manera que entonces sí que fui una dama
de verdad en el sentido que yo entendía esta palabra, tal como había deseado
serlo. Por aquel entonces, tenía ya doce años y no sólo me pagaba mis vestidos
y daba dinero a mi nodriza para mi manutención, sino que también tenía dinero
para mí.
Las señoras también me daban a veces vestidos suyos o de sus
niñas y medias y enaguas y todo ello mi nodriza me lo administraba tal como lo
haría una verdadera madre, me lo cuidaba y me obligaba a remendar las prendas,
volverlas y arreglarlas de la mejor manera posible, porque era una magnífica
ama de casa.
Finalmente, una de las señoras se prendó tanto de mí que quiso
que fuera a vivir en su casa un mes, según dijo, para que estuviese con sus
hijas.
Ahora bien, como mi buena anciana le dijo que, aunque esto era
muy bondadoso de su parte, a menos que decidiera quedarse conmigo para siempre,
me haría más mal que bien.
-Bien -dijo la señora-, esto es verdad. Por tanto, me la llevaré
a casa una semana a fin de poder ver cómo mis hijas y ella congenian, y si me
gusta su carácter ya le diré lo que sea. Entretanto, si alguien viene a verla
como acostumbran, puede usted decirles simplemente que está en mi casa.
Así se hizo prudentemente y yo fui a casa de la señora, y tan
bien me encontraba allí con las señoritas y ellas estaban tan encantadas
conmigo, que me costó mucho trabajo dejarlas y, asimismo, ellas se mostraron
muy poco dispuestas a separarse de mí.
No obstante, me fui y viví casi un año más con mi honrada
nodriza y entonces empecé ya a ser una gran ayuda para ella porque ya tenía
casi catorce años, era alta para mi edad y parecía una mujercita. Pero le había
cogido gusto a la vida elegante de la casa de la señora y ya no me encontraba
tan bien como antes en mi antiguo alojamiento y pensaba que era en verdad
estupendo ser una dama de verdad, porque ahora tenía ya una noción
completamente distinta de antes de lo que era una dama, y como pensaba, tal como
he dicho, que era estupendo ser una dama, por esto me gustaba estar entre damas
y, por tanto, deseaba volver a vivir allí.
Cuando tenía catorce años y tres meses, mi buena nodriza, a la
que mejor debiera llamar madre, cayó enferma y murió. Entonces me encontré en
una situación verdaderamente triste, por que de la misma manera que no se
necesita mucho para poner fin a la familia de una persona cuando el cuerpo de
un padre o una madre ha sido llevado a la sepultura, también una vez enterrada
la pobre mujer los bedeles se llevaron inmediatamente a los chicos de la
parroquia, la escuela fue cerrada y los que asistían a ella no pudieron hacer
otra cosa que quedarse en sus casas hasta que los mandaran a otra parte. El
resto, su hija, una mujer casada con seis o siete chiquillos, vino e
inmediatamente se lo llevó todo y, al llevárselo, no tuvieron ninguna atención
conmigo.
Se limitaron a burlarse de mí y a decir que la pequeña dama
podía arreglárselas ella misma, si así lo deseaba.
Yo estaba terriblemente asustada y sin saber qué hacer, porque
se me echaba de mi casa a la inmensidad del mundo y, lo que era aún peor, la
honrada anciana tenía en su poder veintidós chelines míos, que eran todo el
capital que la pequeña dama tenía en el mundo, y cuando se los pedí a la hija,
se enfadó conmigo y me dijo que ella no tenía nada que ver con aquello.
La verdad es que la buena mujer le había dicho a su hija que
aquel dinero era de la niña y me había llamado una o dos veces para dármelo;
pero, desgraciadamente, yo estaba fuera de la casa y cuando volví ella no
estaba ya en situación de poder hablar. No obstante, la hija fue después
honrada y me los dio, pero al principio me trató muy cruelmente.
Entonces fui en realidad una pobre dama y fue precisamente
aquella misma noche en que iban a echarme a la calle, porque la hija se llevó
todo el ajuar y yo no tenía un cobijo donde ir ni un trozo de pan que comer.
Pero parece que alguno de los vecinos, que se enteraron de lo que pasaba,
sintió tanta compasión de mí que avisaron a la señora en cuya compañía había
estado yo una semana, como he dicho antes, y ella mandó inmedia-tamente a su
camarera a buscarme y dos de sus hijas vinieron con la camarera sin haber sido
mandadas. Me 'fui, pues, con ellas, con todos mis objetos y con el corazón
alegre como pueden pensar. El miedo de mi situación me había causado tanta
impresión que ya no quería ser una dama, sino que estaba dispuesta a ser una
sirvienta y, además, cualquier clase de sirvienta que los demás creyeran
conveniente.
Pero mi nueva señora, de una generosidad que superaba en mucho a
la buena mujer con quien había estado antes, la superaba en todo e incluso en
cuestión de dinero. Bueno, en todo excepto en honradez. Y digo esto, porque
aunque mi nueva señora era completamente justa, no debo nunca dejar de
consignar en toda ocasión que la primera, aunque pobre, era tan completamente
honrada como pueda ser posible que lo sea cualquiera.
Acababa de ser acogida, como he dicho, por aquella buena dama,
cuando la primera señora, es decir, la alcaldesa, mandó a dos de sus hijas para
que cuidaran de mí, y otra familia que me había conocido cuando yo era la
pequeña dama, también mandó a por mí, después de la otra, de manera que estaba
muy solicitada, como pueden ver, y, además se mostraron muy disgustadas, sobre
todo la señora alcaldesa, de que su amiga se hubiese quedado conmigo, porque,
según decía, yo era suya por derecho, ya que ella había sido la primera que se
había preocupado algo de mí. Pero los que me tenían, no quisieron separarse de
mí, y en cuanto a mí, aunque hubiese estado muy bien tratada con cualquiera de
las otras, no podía estar mejor de lo que estaba.
Allí seguí hasta que estuve entre los diecisiete y dieciocho
años y tuve la oportunidad que pueden imaginarse de poder educarme. La señora
tenía maestros en casa para que enseñaran a sus hijas a bailar y a hablar
francés y a escribir y otros para enseñarles música, y como yo estaba siempre
con ellas, aprendí tan rápidamente como ellas; y aunque los maestros no eran
para mí, aprendí por imitación y preguntando todo lo que ellas apren-dieron por
enseñanza directa. Así aprendí a bailar y a hablar francés tan pronto como
ellas y a cantar mucho mejor, porque yo tenía mejor voz que ellas. No pude
llegar a tocar el clavicordio y la espineta tan bien, porque yo no tenía un
instrumento mío para practicar y sólo podía usar el de ellas en los intervalos
en que quedaba libre, lo cual no era nunca seguro. No obstante, aprendí a
hacerlo bastante bien y, finalmente, las señoritas tuvieron dos instrumentos,
es decir, un clavicordio y una espineta, y ellas mismas me enseñaron.
En cuanto a danza, era casi inevitable que me ayudaran a
aprender las danzas rurales, porque me necesitaban siempre para ser su pareja
y, por otra parte, estaban tan dispuestas a enseñarme todo cuanto ellas habían
aprendido como yo a aprenderlo.
De esta forma, como digo, tuve toda la ventaja de la educación
que sólo podría haber conseguido de haber tenido tan buena cuna como aquellas
jóvenes con las que vivía; y, en algunas cosas, les llevaba ventaja, aunque
ellas eran mis superiores, pero eran unos dones de la naturaleza, que toda su
fortuna no podía darles. En primer lugar, yo era de apariencia mucho más
hermosa que cualquiera de ellas; segundo, yo estaba mejor formada, y tercero,
cantaba mejor, o sea que tenía mejor voz. Y con esto no expreso el concepto en
que me tenía yo misma, sino la opinión de todos los que conocían a la familia.
Junto con todo esto, tenía la vanidad común de mi sexo, es
decir, que estando considerada como muy bonita o, si ustedes quieren, como una
gran belleza, yo lo sabía muy bien y tenía de mí misma una opinión tan buena
como pudiera tenerla cualquiera.
Me gustaba especialmente oír hablar de mí, lo que me ocurría no
pocas veces y era una gran satisfacción para mí.
Hasta este momento, la historia de mi vida resulta muy suave y
en esta parte de la misma no sólo tenía yo la reputación que da vivir con una
familia muy buena, una familia notable y respetada por todos por su virtud, por
su sobriedad y por todo cuanto tiene valor, sino que tenía también el prestigio
de una jovencita muy cuerda, modesta y virtuosa y así había sido siempre. No
había tenido nunca ocasión de pensar en nada que no fuera así ni de saber lo
que representaba la tentación del mal.
Pero aquello de lo que me sentía yo más vanidosa, fue
precisamente mi perdición o, mejor dicho, mi vanidad fue la causa de que me
perdiera. La señora de la casa donde yo estaba tenía dos hijos, jóvenes
caballeros que prometían mucho y de un com-portamiento extraordinario, y fue mi
infortunio estar bien con los dos, pues ellos se comportaron conmigo de una
manera muy distinta.
El mayor, un caballero alegre que conocía la ciudad tan bien
como el campo y aunque tenía la veleidad suficiente para hacer cualquier cosa
de mal estilo, tenía demasiado juicio para pagar sus placeres demasiado caros,
me tendió la trampa que hace caer a todas las mujeres, es decir, aprovechó
todas las ocasiones para decir que yo era muy bonita, muy agradable, de muy
buen porte y otras cosas por el estilo. Y esto lo hizo tan sutilmente, como si
hubiese sabido la forma de coger a una mujer en su red igual que si se tratase
de una de las perdices que cogía cuando iba de caza, porque se las arreglaba de
modo que hablaba con sus hermanas cuando, aunque yo no estuviese allí, él sabía
que yo lo estaba oyendo. Sus hermanas le decían quedamente:
-¡Callad, hermano, que va a oíros! Ella está ahí, en la
habitación de al lado.
Entonces él bajaba la voz y hablaba más quedamente, como si
pensara entonces que yo no podía oírlo, pero luego, como si ya se hubiese
olvidado de ello, hablaba de nuevo en voz alta y yo, que tanto me gustaba
oírlo, no hacía más que -- buscar ocasiones de escucharle.
Después de haber cebado así el anzuelo y haber encontrado tan
fácilmente el sistema de hacerse a cada momento el encontradizo
conmigo, empezó otro juego más audaz. Ún día, entró en la
habitación de su hermana cuando yo estaba allí, ayudándola a coser un vestido y
me saludó con un aire muy alegre.
-¡Oh, misss Betty! -me dijo él-. ¿Cómo estáis, miss Betty? ¿No
os arden las mejillas, miss Betty?
Yo le hice una reverencia y me ruboricé, pero no contesté nada.
-¿Qué es lo que os hace hablar así, hermano?
-Bueno -dijo él-. Es que hemos estado media hora hablando de
ella.
-Bien -repuso su hermana-. Nada malo podéis decir, de ello estoy
segura, de manera que no tiene importancia lo que hayáis estado hablando..
-No erijo él-, nada de hablar mal de ella, sino que, por el
contrario, hemos estado hablando mucho y bueno. Puedo aseguraros que se han
dicho muchas cosas bonitas de miss Betty y especialmente que es la jovencita
más hermosa de Colchester y que en la-ciudad se empieza ya a brindar por su
salud.
-Me sorprendéis, hermano -dijo la hermana-. Betty sólo necesita
una cosa, pero es como si lo necesitase todo, porque las cosas están ahora
contra nuestro sexo; y si una joven tiene belleza, nacimiento, educación,
ingenio, sentido, modales, modestia y todo ello en forma extremada, pero no
tiene dinero, no es nadie y es igual que si lo necesitara todo, porque el
dinero es lo único que recomienda ahora a una mujer. Los hombres tienen todo el
juego en su mano.
El hermano menor, que también andaba por allí, exclamó:
-¡Alto, hermana! Vais demasiado de prisa. Yo soy una excepción
de vuestra regla, os lo aseguro. Si un día encuentro una mujer tan llena de
perfecciones como decís, os aseguro que no me preocuparé del dinero.
-¡Oh! erijo la hermana-. Pero entonces pondréis gran cuidado en
que no os agrade una sin dinero.
-Esto es lo que no sabéis erijo el hermano.
-Pero, hermana -dijo el mayor-. ¿Por qué os quejáis tanto de los
hombres que van en busca de una fortuna? No sois vos de las que les falte
fortuna, aunque puedan faltaros otras cosas.
-Os comprendo, hermano -replicó con viveza la señorita-.
Suponéis que tengo el dinero y que lo que necesito es la belleza, pero tal como
están los tiempos, el primero servirá perfectamen te sin la segunda, de manera
que tendré el mejor de mis vecinos.
-Bueno -dijo el hermano menor-, pero nuestros vecinos, como los
llamáis, pueden también fastidiaros, pues muchas veces, a pesar del dinero, la
belleza puede robar un marido y cuando acontece que la doncella es más guapa
que la señora, muchas veces hace tan buen negocio como ella y va en coche antes
que ella.
Pensé que ya era hora de que yo me retirara y les dejara y así
lo hice, pero no fui tan lejos como para dejar de oír todo cuanto dijeron y,
entre ello, muchas cosas bonitas para mí, que sirvieron para halagar mi
vanidad; pero, como pronto descubriría, no era el mejor camino para aumentar la
consideración de la familia, porque la hermana y el hermano pequeño tuvieron
una gran discusión, y como él dijo algunas cosas desagradables para ella con
respecto a mí, por su conducta posterior conmigo pude darme cuenta de que se
resentía de ellas, lo que, en verdad, era injusto porque yo nunca había pensado
en nada de lo que ella sospechaba de su hermano menor. En realidad, el hermano
mayor, con su estilo distante y remoto, había dicho muchas más cosas, así como
en broma, pero que yo era lo suficiente tonta para creer que eran de veras o
hacerme la ilusión de unas esperanzas que hubiese debido suponer que no se
realizarían nunca y que quizás él no había pensado jamás.
Sucedió un día que tal como él acostumbraba hacer bajó corriendo
las escaleras hacia la habitación donde sus hermanas solían sentarse a
trabajar, y como empezó a llamarlas antes de entrar en la habitación, cosa que
también acostumbraba hacer, y yo estaba sola en la habitación, me dirigí a la
puerta y dije:
-Señor, las señoras no están aquí. Han bajado al jardín.
Cuando me adelanté para decirlo, él llegaba precisamente a la
puerta y me cogió en sus brazos como si fuera por casualidad:
-¡Oh, miss Betty! -me dijo-. ¿Estáis aquí? Esto es aún mejor.
Quiero hablar con vos más bien que con ellas.
Y sin soltarme, me besó tres o cuatro veces.
Me debatí una y otra vez para huir, pero él me tenía cogida muy
fuerte y aún volvió a besarme hasta que casi no pudo respirar y entonces se
sentó y me dijo:
-Querida Betty, estoy enamorado de vos.
Debo confesar que sus palabras me encendieron la sangre. Sentí
que mi corazón se agitaba y me llené de confusión, lo que seguramente se debía
reflejar muy bien en mi cara. Repitió luego varias veces que estaba enamorado
de mí y mi corazón dijo, como si fuera con palabras, que me gustaba oírlo.
Cuando dijo: «Estoy enamorado de vos», mi rubor contestó claramente: «
¡Quisiera que lo estuvieseis, señor! »
Sin embargo, aquella vez no pasó nada. Sólo fue una sorpresa y,
cuando él se marchó, en seguida me recobré. El se habría quedado más tiempo
conmigo, pero se le ocurrió mirar por la ventana y vio que sus hermanas venían
por el jardín. Entonces se des-pidió, me besó otra vez, me dijo que era una
cosa muy seria y que ya oiría hablar otra vez de él muy pronto, y así se fue,
dejándome muy contenta, aunque sorprendida. Si no hubiese habido algo
desgraciado en el asunto, yo habría estado acertada, pero mi error estaba en
esto, que yo me tomaba aquello en serio y el caballero no.
Desde aquel momento, en mi cabeza comenzaron a agitarse ideas
extrañas y puedo decir en verdad que yo no era la misma. Tener un caballero
como aquél, que me dijese que estaba enamorado de mí y que yo era una criatura
encantadora, eran cosas que no sabía cómo soportar y mi vanidad se elevó hasta
el último grado. Es verdad que tenía la cabeza llena de orgullo, pero como no
sabía nada de la maldad de la gente, no sentía temor alguno por mi seguridad ni
por mi virtud. Si mi dueño hubiese querido aprovecharse de mi ignorancia podría
haberlo hecho tomándose cualquier libertad que hubiese creído conveniente, pero
no se dio cuenta de la ventaja que tenía, lo que fue una suerte para mí en
aquel momento.
Después del primer ataque, no pasó mucho tiempo sin que
encontrara una oportunidad de cogerme de nuevo y casi en igual situación. En
realidad, había poco de casualidad por parte de él, pero sí de la mía. Las
señoritas se habían marchado de visita con su madre; su hermano estaba fuera de
la ciudad, y en cuanto a su padre estaba en Londres desde hacía una semana. Me
había estado vigilando con tanta atención que sabía dónde me encontraba, cuando
yo ni siquiera sabía que él estaba en casa. Subió rápida-mente la escalera y al
ver que yo estaba trabajando, entró directamente en la habitación y empezó a
hacer lo mismo que la vez anterior. Me cogió entre sus brazos y estuvo
besándome por lo menos un cuarto de hora seguido.
La habitación donde yo estaba, era la de la hermana pequeña, y
como en la casa no había más que las sirvientas, que estaban en el piso de
abajo, él se mostró más atrevido, más rudo. En definitiva, que empezó a meterse
seriamente conmigo, pues tal vez me encontró algo fácil, porque Dios es testigo
de que no le opuse ninguna resistencia mientras me tuvo en brazos y me besaba.
Bueno, la verdad es que yo estaba demasiado encantada para hacerle mucha
resistencia.
No obstante, como llegásemos a estar cansados los dos de esta
clase de juego nos sentamos, y él me habló mucho rato. Me dijo que estaba
encantado conmigo y que no podía descansar ni de día ni de noche hasta que me
hubo dicho cuánto me amaba y que si yo era capaz de amarle y lo hacía feliz
sería su salvación y muchas otras cosas bonitas. Yo le dije muy pocas cosas,
pero fácilmente se dio cuenta que era una tonta y que yo no comprendía en
absoluto lo que pretendía de mí.
Después se puso a pasearse por la habitación y cogiéndome de la
mano me hizo pasearme con él; y poco a poco fue cogiendo ventaja hasta que me
echó encima de la cama y allí me besó con mucha violencia. Sin embargo, debo
decir que no empleó ninguna violencia conmigo, sólo me besó mucho. Después de
esto, le pareció que oía a alguien que subía por la escalera, saltó de la cama,
me hizo levantarme haciéndome grandes manifestaciones de amor, pero me dijo que
era un afecto honesto y que no quería causarme daño alguno. Seguidamente me
puso cinco guineas en la mano y se fue escalera abajo.
Yo estaba más confundida por el dinero que antes lo había estado
por el amor y empecé a sentirme tan elevada que escasamente me daba cuenta del
terreno en que pisaba. Estoy muy interesada en esta parte de mi historia,
porque si llega a ser leída por alguna joven inocente podría aprender a
guardarse del mal que le puede acarrear un conocimiento prematuro de su propia
belleza. Si una joven llega a creer que es hermosa no dudará nunca de la
sinceridad del hombre que le diga que está enamorado de ella. Si se cree lo
suficiente encantadora para cautivar al hombre, es lógico que acepte buenamente
los efectos de su creencia.
Aquel joven, había encandilado su inclinación al mismo tiempo
que mi vanidad y como debió darse cuenta de que había tenido una oportunidad y
no la había aprovechado, debió de arrepentirse, pues volvió al cabo de media
hora más o menos y se puso a intentar convencerme, como antes, sólo que con
menos palabras.
Para empezar, cuando entró en la habitación, se volvió y cerró
la puerta.
-Miss Betty -me dijo-, antes me pareció que alguien subía la
escalera, pero no era así. No obstante, si me encuentran en esta habitación con
vos, no me encontrarán besándoos.
Le dije que no sabía quién podía subir por la escalera porque
creía que no había nadie más en la casa que la cocinera y la otra doncella y
nunca subían por allí.
-Bien, querida -dijo-. Pero, de todas maneras, es mejor
asegurarse.
Se sentó y empezó a hablar. Y ahora, aunque seguía encandilada
desde su primera visita y hablé muy poco, él se portó como si pusiera palabras
en mi boca diciéndome que me amaba apasionadamente y que, si bien no podía
hablar de ello hasta que llegase a entrar en posesión de la hacienda, estaba
resuelto a hacerme feliz entonces y serlo también él. Me dijo que quería
casarse conmigo y muchas otras cosas bonitas por este estilo, de las que yo,
pobre tonta, no comprendía la verdadera finalidad, pero me porté como si no
hubiese otra clase de amor que el que lleva al matrimonio. Al hablar él de
matrimonio, yo no encontraba lugar ni me sentía con fuerzas para decir que no,
pero aún no habíamos llegado hasta este punto.
Llevábamos un buen rato sentados cuando de pronto se levantó y
dejándome casi sin respiración con sus besos, me echó de nuevo sobre la cama,
pero como entonces estábamos los dos muy encandilados, llegó más lejos de lo
que la decencia me permite contar. Yo no podía negarle nada en aquel momento,
aunque hubiese tomado mucho más de lo que ofrecía.
No obstante, aunque se tomó muchas libertades conmigo, no llegó
a lo que se ha dado en llamar el último favor. Debo hacerle justicia diciendo
que ni siquiera lo intentó. De esta propia renunciación hizo un argumento para
sus libertades, en otras ocasiones después de ésta. Cuando esto hubo terminado,
se quedó muy poco rato, pero puso en mi mano casi un puñado de oro y me dejó
haciendo mil protestas de su pasión por mí y de que me amaba por encima de
todas las demás mujeres del mundo.
No encontrarán ustedes extraño que ahora empezara yo a pensar,
pero mis reflexiones eran, ¡ay! muy poco sólidas. Tenía yo una cantidad casi
ilimitada de vanidad y de orgullo y muy poca cantidad de virtud. Es cierto que,
a veces, me pregunté a mí misma qué era lo que mi señor pretendía, pero no
pensé en nada más que en las bellas palabras y en el oro.
Si quería casarse conmigo o no, no me parecía un asunto de gran
importancia, ni tampoco mis pensamientos llegaron a sugerirme la necesidad de
intentar algún arreglo para mí hasta que él vino a hacerme una especie de
proposición formal, como verán más adelante.
Así, pues, de esta forma inconsciente, me entregué a la
posibilidad de arruinar mi vida, sin el más pequeño cuidado. Debo ser un
ejemplo para todas aquellas jovencitas que dejan prevalecer su vanidad sobre su
virtud. No hubo nunca nada más estúpido por ambas partes. Si yo me hubiera
portado como debía y hubiese resistido como requieren la virtud y el honor, el
caballero habría desistido de sus ataques al ver que no tenía ninguna
posibilidad de lograr su deseo o me habría hecho proposiciones de matrimonio serias
y formales, en cuyo caso el que le hubiese reprochado algo no habría podido
reprocharme nada. En definitiva, si me hubiera conocido y hubiese visto lo
fácil que era conseguir el fin que se había propuesto, no habría tenido que
romperse tanto la cabeza, sino sólo darme cuatro o cinco guineas y se habría
acostado conmigo la vez siguiente que hubiese venido. Y si yo hubiera sabido
sus designios y lo difícil que pensaba él que era ganarme, podría haber hecho
un trato con él; y si no hubiese capitulado por un casamiento inmediato, podría
haberlo hecho por una manutención hasta el casamiento y podría haber tenido lo
que hubiese querido. El era ya excesivamente rico, además de lo que tenía aún
que heredar, pero yo había abandonado toda clase de pensamientos como éste y
sólo me dejaba llevar por el orgullo de mi belleza y de ser amada por tal
caballero. En cuanto al oro, me pasaba horas enteras mirándolo. Contaba las
guineas una y otra vez cada día.
Nunca una pobre criatura vanidosa estuvo más envuelta por todos
lados como lo estaba yo sin considerar lo que me esperaba y que tenía la ruina
en mi puerta. En realidad, creo que deseaba aquella ruina, pues no hacía nada
por evitarla.
Entretanto, yo tenía la suficiente astucia para no dar lugar a
la menor sospecha por parte de la familia ni que pudieran imaginar que tenía el
menor trato con el joven caballero. Casi nunca lo miraba en público y solamente
le contestaba cuando me hablaba en presencia de alguien. A pesar de esto, de
vez en cuando teníamos alguna pequeña entrevista, en la que no teníamos tiempo
más que para cambiar una palabra o dos, y alguna vez, un beso, pero no
encontrábamos nunca una oportunidad para lo malo que queríamos hacer,
considerando especialmente que él hacía más circunloquios de lo que precisaba.
No conocía mi pensamiento y como la cosa le parecía difícil, en realidad en
difícil la convertía.
Pero como el diablo es un tentador infatigable nunca deja de
encontrar una oportunidad para el mal que incita a cometer. Úna tarde, él
estaba en el jardín con sus dos hermanas menores cuando encontró manera de
deslizarme una nota en la mano en la ,que me decía que el día siguiente me
pediría públicamente que fuera a hacerle un recado en la ciudad para él y que
luego nos veríamos en alguna parte.
Así, pues, después de la comida, estando allí sus hermanas, me
dijo con toda seriedad:
-Miss Betty, he de pediros un favor.
-¿Qué es? -preguntó su hermana menor..
-Bueno, hermana -repuso él gravemente-. Si no podéis prescindir
de miss Betty hoy será lo mismo cualquier otro día.
Desde luego, podían prescindir de mí sin ningún inconveniente y
la hermana se excusó por haber preguntado de qué se trataba. El lo había hecho
simplemente por rutina y sin darle ninguna importancia.
-Pero, bueno, hermano -dijo la hermana mayor-. Tenéis que
decirle a Betty de qué se trata. Si es algún asunto privado que no debemos oír,
podéis llamarla fuera. Allí está.
-Pero, hermana -dijo el caballero con toda seriedad-, ¿qué
queréis decir? Sólo deseo que vaya a la calle Mayor a una tienda (y sacó su
cuello postizo).
Contó entonces una larga historia de dos preciosas corbatas por
las que había ofrecido dinero y quería que yo fuera y le hiciera el favor de
comprarle una corbata para el cuello que mostraba para ver si aceptaban mi
dinero por las corbatas, ofrecer un chelín más y regatear con ellos. Después me
dio unos recados más y siguió así con varias pequeñas cosas que hacer, para dar
ocasión a que pudiese estar mucho rato fuera.
Cuando me hubo explicado todos los encargos, les contó una larga
historia de una visita que iba a hacer aquella tarde a una familia que todos
conocían y donde encontraría a algunos amigos y que todos estarían contentos de
verse y muy formalmente pidió a sus hermanas que fueran con él. Ellas se
excusaron a causa de las visitas que iban a recibir aquella tarde. Esto también
lo había tramado él.
Acababa de hablarles y de darme a mí los recados cuando su
criado se le acercó para decirle que el coche de sir W... H... acababa de
detenerse a la puerta. Corrió abajo y volvió a subir inmediatamente:
-¡Vaya! -exclamó-. Todo mi gozo se ha estropeado de una vez. Sir
W... acaba de mandarme su coche y desea hablar conmigo de un asunto serio.
Parece que sir W... era un caballero que vivía a unas tres
millas fuera de la ciudad, a quien él había hablado ex profeso el día anterior
para que le prestara su coche para un asunto particular, diciéndole que viniera
a buscarle alrededor de las tres. Y el caballero lo hizo así.
Mi señor pidió inmediatamente su mejor peluca, su sombrero y su
espada y dio orden a su criado de ir a la otra casa y presentar sus excusas, lo
que era simplemente un pretexto para mandar a su criado fuera, y se preparó
para subir al coche. En el momento de marcharse, se paró y me habló con mucho
interés de sus recados, encontrando oportunidad de decirme en voz baja: «Sal
pronto, querida, tan pronto como puedas hacerlo.» Yo no dije nada, limitándome
a hacerle una reverencia, la misma que le habría hecho por sus palabras en voz
alta. Al cabo de un cuarto de hora, yo también salí. No me cambié el vestido
que llevaba, pero llevaba en el bolsillo una capucha, un antifaz, un abanico y
un par de guantes de manera que no pudiera haber la menor sospecha. El me esperaba
en el coche en una callejuela de detrás de la casa por la que sabía que yo
tenía que pasar y había indicado al cochero a dónde debía dirigirse, que era un
lugar llamado «Mile End», donde vivía un amigo suyo. Entramos y vi que allí
había todo lo conveniente para ser lo malos que quisiéramos.
Cuando estuvimos solos empezó a hablarme muy gravemente y a
decirme que no me llevaba allí para traicionarme; que su pasión por mí, no le
permitiría abusar de mí; que había decidido casarse conmigo tan pronto entrase
en posesión de la hacienda y que, entretanto, si yo accedía a quererle, me
mantendría muy honorablemente. Hizo mil protestas de su sinceridad y de su
afecto por mí y aseguró que nunca me abandonaría y, si puedo decirlo, perdió el
tiempo en mil preámbulos más de los que necesitaba hacer.
No obstante, como me apremiaba a que le contestara le dije que
no tenía motivo para dudar de la sinceridad de su amor después de tantas
protestas, pero...
Al llegar aquí me callé, como si quisiera que él adivinara el
resto.
-Pero, ¿qué?, querida mía -dijo él-. Ya me imagino qué es lo que
quieres decir: «¿Qué pasará si tengo un niño?» ¿No es esto? Pues bien, cuidaré
de ti y te proveeré en todo y al niño también. Y para que veas que hablo en
serio, aquí tienes esto en prenda.
Y sacó una bolsa de seda con cien guineas y me la dio.
-Y te daré una igual cada año -dijo- hasta que nos casemos.
Mi cara cambiaba continuamente de color a la vista de la bolsa y
también con el fuego de su proposición, de manera que no podía articular
palabra y él se daba perfecta cuenta de ello. Me puso la bolsa en el seno y yo
no sólo no ofrecí ninguna resistencia sino que le dejé hacer todo lo que quiso
y cuantas veces quiso. Así labré de una vez mi ruina, porque, desde aquel día,
habiendo perdido mi virtud y mi modestia, ya no me quedaba nada que pudiera
recomendarme a la bendición de Dios o a la ayuda de los hombres.
Pero las cosas no terminaron aquí. Volví a la ciudad, hice los
recados que me había encargado en presencia de sus hermanas y estaba de regreso
a casa antes de que nadie pudiera pensar que tardaba mucho. Mi caballero no
volvió hasta muy tarde por la noche, como me dijo que iba a hacer. Así es que
no hubo la menor sospecha de lo que había ocurrido.
Después de aquel día tuvimos frecuentes oportunidades de repetir
nuestro pecado, principalmente por combinaciones de él, especialmente en casa,
cuando su madre y las señoritas salían de visita, lo que él vigilaba tanto que
nunca se le escapaba. Siempre sabía cuándo iban a salir y nunca dejaba de
cogerme sola y con toda seguridad. Así bebimos la copa de nuestros placeres
durante casi medio año, y con gran satisfacción por mi parte, sin que se
anunciara el temido niño.
Pero antes de que este medio año acabara de transcurrir, el
hermano menor, del cual he hecho mención al principio de este relato, también
empezó a insinuarse y una tarde que me encontró sola en el jardín inició una
historia de la misma clase, asegurándome que estaba enamorado de mí y, en suma,
me propuso leal y honorablemente casarse conmigo, y esto antes de hacerme
ninguna oferta de otra índole.
Me quedé confundida ante un dilema muy complicado, por lo menos,
para mí. Resistí obstinadamente a la proposición y empleé para ello toda clase
de argumentos. Le hice ver la desigualdad de la unión, la forma como sería
tratada por su familia, la ingratitud, que significaría mi conducta a los ojos
de su padre y su madre, que me habían acogido en su casa de una manera tan
generosa y cuando yo estaba en condiciones tan bajas y, en suma, le dije todo
lo que pude imaginar para disuadirlo de su designio, excepto decirle la verdad,
lo que ciertamente habría puesto fin a la cosa, pero que no podía de ningún
modo mencionar.
Entonces sucedió algo que yo no esperaba en verdad y que me puso
en un gran apuro. Aquel joven caballero, que era un hombre serio y honesto, no
pretendía nada de mí que no lo fuese también, y procediendo como le aconsejaba
su propia inocencia no fue nada cuidadoso en hacer que su inclinación hacia
miss Betty fuera un secreto para la casa como lo era la de su hermano. Y aunque
no explicó a sus familiares que me había hablado de ello les dijo, sin embargo,
lo suficiente para que sus hermanas pudieran darse cuenta de que me amaba.
También lo vio la madre y aunque no me dijo nada, le habló a él, y yo me di
cuenta inmediatamente de que la actitud de ellas hacia mí había cambiado.
Vi la nube, aunque no pude prever la tempestad. Me fue fácil,
como digo, darme cuenta de que la actitud de las mujeres de la casa conmigo
había cambiado y empeorado de día en día, hasta que, por mediación de la
servidumbre, me enteré de que, dentro de poco, sería invitada a marcharme.
De momento no me sentí alarmada. Tenía la plena seguridad de que
había quien proveería ampliamente por mí y consideraba por otra parte que tenía
motivos para creer que no tardaría en esperar un niño y entonces me vería
obligada a marcharme sin pretexto alguno.
Algún tiempo después el caballero más joven tuvo oportunidad de
decirme que la inclinación que sentía por mí había llegado a conocimiento de la
familia. Dijo que no me culpaba porque sabía perfectamente cómo se había
sabido. Su manera clara de hablar había sido la causa, y que no había hecho un
secreto de su afecto por mí, como hubiera debido hacer, y la razón de ello era
que había llegado aun punto en que si yo lo aceptaba, les diría a todos
abiertamente que quería casarse conmigo; que era verdad que su padre y su madre
se resentirían de ello y no nos tratarían bien, pero que él ya estaba en
condiciones de poder vivir y podría mantenerme tan dignamente como yo podía
esperar, y que, en definitiva, como no creía que yo me avergonzara de él,
estaba decidido a no avergonzarse tampoco de mí y no tenía reparo alguno en
honrar en aquel momento a la que pensaba honrar después haciéndola su esposa,
de manera que sólo tenía que darle mi mano y él respondía de todo lo demás.
Verdaderamente me encontraba en una situación terrible y me
arrepentía con todo mi corazón de mis intimidades con el hermano mayor, no por
un reflejo de mi conciencia, sino en consideración de la felicidad de que
podría haber disfrutado y que yo misma había hecho ahora imposible. Como ya he
dicho, no tenía grandes escrúpulos de conciencia, pero aun así no podía pensar
en ser una esposa para un hermano y una prostituta para el otro.
Pero entonces me vino a la memoria que el primer hermano había
prometido hacerme su esposa cuando heredara las propiedades, y volví a pensar
lo que varias veces había pensado, que no me había dicho una palabra más de
hacerme su esposa, desde que me había hecho su amante. Esto, hasta aquel
momento y aunque había pensado varias veces en ello, como digo antes, no me
había causado perturbación alguna, ya que no daba la menor muestra de haber
disminuido su afecto, como tampoco había < disminuido su asignación, aunque
él mismo había tenido la discreción de indicarme que no gastara ni un solo
céntimo en vestidos o en cualquier demostración extraordinaria, porque
nece-sariamente habría de causar extrañeza en la familia, ya que todos sabían
que no podía hacer grandes dispendios con mis ingresos corrientes. Pensarían
que tendrían que ser debidos a alguna amistad particular, lo que inmediatamente
les habría hecho sospechar.
La verdad es que me encontraba en un gran aprieto y realmente no
sabía qué hacer. La dificultad principal estribaba en esto: que el hermano
pequeño no sólo me había puesto en estrecho asedio, sino que lo hacía en una
forma que todos lo notaban. El solía entrar en la habitación de su madre o en
la de sus hermanas, sentarse y hablar mil cosas de mí y dirigiéndose a mí ante
sus propios ojos y cuando estaban todos allí. Esto se hizo tan evidente que
toda la casa hablaba de ello y su madre le reconvino un día. La actitud de la
familia hacia mí cambió completamente y la madre me hizo algunas indicaciones
como si tuviera intención de separarme de la familia, es decir, en inglés
claro, echarme a la calle. Desde luego, yo estaba segura de que todo esto no
podía ser un secreto para su hermano, sólo esperaba que no llegara a pensar,
como en realidad nadie pensaba, que el hermano menor me había hecho alguna
proposición. Pero como era fácil comprender que la cosa llegaría más lejos, vi
también que era de absoluta necesidad que yo hablara con él o que fuera él
quien me hablara a mí; no sabía qué sería lo mejor, es decir, si yo debía
hablar primero o si debía esperar que me hablara él.
Después de una detenida consideración, porque ya empezaba a
considerar las cosas muy seriamente, después de pensarlo detenidamente, como
digo, resolví hablarle yo primero. No tardó mucho en presentarse la ocasión de
hacerlo, porque el día siguiente su hermano fue a Londres por algún negocio y
la familia estuvo fuera de la casa, de visita, y él, como ya había sucedido
antes y sucedía a menudo, vino a pasar una hora o dos conmigo como era su
costumbre.
Apenas entró y se sentó, vio claramente que mi semblante estaba
alterado, que no me portaba con él de la manera alegre y placentera a que lo
tenía acostumbrado y que había estado llorando. Cuando se dio cuenta de ello me
preguntó con palabras cariñosas qué me había pasado y qué era lo que me
atormentaba.
Si hubiese podido, habría aplazado la explicación, pero no podía
disimular, de manera que después de resistir un rato sus apremios para que le
dijera lo que, dentro de lo posible, estaba dispuesta a decir, confesé que era
verdad que algo me atormentaba y era de una tal naturaleza que no podía
ocultárselo y, sin embargo, no sabía tampoco cómo decírselo; que se trataba de
algo que no sólo me había sorprendido, sino también conturbado en gran manera,
y que no sabía qué camino tomar, a menos que él me aconsejara. Me dijo con gran
ternura que fuese lo que fuese no debía dejar que me atormentase porque él me
protegería contra el mundo entero.
Empecé a hablar veladamente y le dije que temía que las señoras
hubieran tenido alguna información secreta de nuestras relaciones porque era
fácil darse cuenta de que su conducta hacia mí había cambiado mucho y habíamos
llegado ya a aquel momento en que frecuentemente me encontraban faltas y muchas
veces se apartaban de mí, aunque yo no les había dado nunca el menor motivo.
Además, hasta entonces siempre solía dormir con la hermana mayor, y últimamente
me habían mandado a dormir sola o con una de las criadas y varias veces había
oído que hablaban de mí en una forma nada bondadosa. Lo que acababa de
confirmar mis sospechas era que una de las criadas me había asegurado que había
oído decir que me iban a echar y que no era bueno para la familia que yo
siguiera viviendo en aquella casa.
Cuando él oyó esto se sonrió y yo le pregunté cómo podía
tomárselo tan a la ligera cuando necesariamente tenía que saber que si llegaban
a descubrir lo nuestro yo quedaría deshonrada para siempre y que incluso a él
lo perjudicaría, aunque no lo arruinase como a mí. Le eché en cara que era como
todos los de su sexo, que cuando tenían el honor de una mujer en sus manos,
muchas veces era para ellos objeto de broma y se lo tomaban como si fuera una
bagatela y consideraban la ruina de la infeliz que había satisfecho su deseo
como una cosa sin importancia.
Al verme así tan seria cambió inmediatamente de tono y me dijo
que sentía que yo tuviera aquella opinión de él; que creía no haberme dado
nunca el menor motivo para ello, ya que siempre había tenido en tanta estima mi
reputación como la suya propia; que estaba seguro de que nuestras relaciones
habían sido llevadas con mucha habilidad y que nadie de la familia tenía la más
pequeña sospecha de ellas; que si sonrió cuando le expuse mi pensamiento fue
por la seguridad que tenía de que nuestras relaciones no eran en absoluto
conocidas ni sospechadas, y que cuando me dijera las razones que tenía para
estar tranquilo sonreiría como él porque estaba seguro de que me daría una
satisfacción total.
-Este es un misterio que no puedo comprender -le dije-. ¿Qué
satisfacción puede darme verme arrojada de la casa? Si nuestras relaciones no
han sido descubiertas, no sé qué puedo haber hecho yo para cambiar la
disposición de toda la familia hacia mí o para que me traten en la forma que lo
hacen ahora cuando me trataban antes con tanta ternura como si yo fuera su
propia hija.
-Bueno, chiquilla dijo-. Desde luego es verdad que están
inquietos con vos, pero no tienen la menor sospecha de lo nuestro tal como es
por lo que respecta a vos y a mí. Están tan lejos de sospechar de nosotros que
de quien sospechan es de mi hermano Robin. Están convencidos de que os hace el
amor. El tonto ha sido él mismo quien se lo ha metido en la cabeza, porque les
está hablando continuamente de ello y convirtiéndose en algo risible. Creo que
hace mal en proceder así; porque no se da cuenta de que los está vejando y hace
que dejen de ser buenos con vos, pero es una satisfacción para mí por la
seguridad que me da de que no sospechan nada en absoluto, lo que espero será de
gran satisfacción para vos.
-Y así es -dije-, pero esto no es lo que me atormenta, aunque
también estaba preocupada por todo ello.
-¿Qué es, pues? -preguntó.
Yo me eché a llorar hasta el punto que no podía articular
palabra. El hizo todo lo que pudo para tranquilizarme, pero, al final, empezó a
presionarme para que le dijera de qué se trataba. Por fin le contesté que me
parecía que debía decírselo también y que él tenía derecho a saberlo. Además,
necesitaba su consejo, pues estaba en tal perplejidad que ya no sabía qué
camino tomar. Así, pues, le conté todo lo que ocurría y le dije lo
imprudentemente que había obrado su hermano al mostrar sus intenciones, porque
si lo hubiera guardado secreto, como debiera haber hecho en un asunto como
éste, yo podría haberle rehusado firmemente, sin darle razón alguna del porqué
y, con el tiempo, habría cesado en sus solicitudes. Pero había tenido la
vanidad de dar por descontado que yo no rehusaría y además se había tomado la
libertad de enterar a toda la casa de su resolución de hacerme suya.
Le expliqué con qué tesón le había resistido y también le conté
sus sinceros y honorables ofrecimientos.
-Mi caso es doblemente difícil -concluí-. Si tu familia me
quiere mal porque él desea casarse conmigo, aún me querrá peor cuando sepa que
lo he rechazado. Entonces dirán que debe de haber algo más en ello y se
descubrirá que estoy unida a algún otro, pues de no ser así no rechazaría una
unión tan favorable para mí.
Estas palabras mías lo sorprendieron en verdad. Me dijo que, en
efecto, era una situación difícil la mía y no veía cómo podría salir de ella,
pero que lo pensaría y que la próxima vez que nos reuniésemos, me diría qué
resolución podíamos tomar. Entretanto, deseaba que no le diera a su hermano ni
el consentimiento ni una negativa rotunda sino que lo mantuviese en suspenso
algún tiempo.
Hice como que me sobresaltaba al oírle decir que no le diera mi consentimiento.
Le dije que sabía perfectamente que yo no tenía consentimiento alguno que dar;
que él se había comprometido a casarse conmigo y que yo me consideraba
comprometida con él, puesto que había venido diciéndome que yo era su esposa y
yo me tenía completamente por tal, como si la ceremonia se hubiese efectuado
ya, y que era por decisión suya que yo obrara así, pues él había procurado
persuadirme de que me considerara esposa suya.
-Bueno, querida mía -repuso cuando acabé de hablar-. No os
preocupéis por esto ahora. Si no soy vuestro marido, seré para vos tan bueno
como pudiera serlo un esposo. No dejéis que estas cosas os atormenten ahora.
Dejadme que profundice algo más en este asunto y la próxima vez que nos
encontremos podré decirós algo más.
Con esto me tranquilizó lo mejor que pudo, pero yo noté que
estaba muy pensativo y aunque fue muy amable conmigo y me besó mil veces y más
aún, según creo, y me dio dinero, no hizo nada más durante, el tiempo que
estuvimos juntos, que fue algo así como dos horas, lo que verdaderamente me
extrañó mucho teniendo en cuenta lo que solía hacer y la oportunidad que
entonces teníamos. Su hermano no volvió de Londres hasta cinco o seis días
después y pasaron dos más hasta que tuve una oportunidad de hablar con él particularmente.
Aquella tarde me repitió lo que hablaron, en una larga entrevista que tuvimos
los dos, lo que, hasta donde puedo recordar, fue poco más o menos como cuento a
continuación. El le dijo que había oído rumores extraños que le concernían,
relativos a que hacía el amor a miss Betty. «Bien», contestó el hermano
enfadado. «Así es, en efecto. Y, ¿qué? ¿Hay alguien que tenga que ver nada con
todo esto?» «No -dijo .su hermano-; no os enfadéis, Robin, no pretendo meterme
en vuestros asuntos. Pero sé que nuestra madre y nuestras hermanas han estado
tratando mal a la pobre chica por esta causa, y lo siento como si me pasara a
mí mismo.»
-Esperad un momento -añadió su hermano-. ¿Habláis en serio?
¿Queréis realmente a la chica? Ya sabéis que vos podéis hablarme con entera
libertad.
-Pues bien -repuso Robin-. Os hablaré con entera franqueza. La
quiero de veras por encima de todas las mujeres del mundo y la tendré, digan o
hagan los demás lo que quieran. Creo que la chica no me rechazará.
Me dolió el corazón al oír esto, porque aunque era lo más
racional pensar que yo no lo despreciaría, mi conciencia me decía que debía
rechazarlo y que el hacer esto era mi propia ruina, pero sabía que tenía que
hablar de una manera distinta, de manera que lo interrumpí diciendo:
-¡Vaya! ¿Conque cree que no puedo rechazarlo? Pues se va a
encontrar con que sí puedo.
-Bien, querida -dijo él-; pero dejadme que os cuente lo que ha
pasado entre nosotros y luego podréis decir lo que querais.
Siguió contando y me dijo que su hermano había replicado lo
siguiente:
-Pero, ¿acaso no sabéis que ella no tiene nada, y que podríais
escoger entre varias damas con buenas fortunas?
-No se trata de esto -dijo Robin-. Quiero a la chica y no quiero
casarme para dar gusto a mi bolsillo sino a mi corazón.
-De manera, querida -añadió- que ya veis que no hay manera de
oponerse a sus intenciones.
-Sí, sí -repliqué-. Ya veréis como yo puedo oponerme. He
aprendido a decir «no» ahora, cosa que no había aprendido antes. Si el lord más
encopetado me ofreciera ahora casarse conmigo, podría contestarle alegremente
con una negativa.
-Pero, querida -dijo él-, ¿qué podéis decirle ahora? Ya sabéis
como vos misma dijisteis cuando hablamos la vez anterior, que os harán muchas
preguntas y la casa estará pensando cuál puede ser la razón de que rechacéis
una oferta tan ventajosa.
-Bueno -objeté-, puedo hacer callar todas las bocas de una vez
diciéndole a él y a ellos también que ya estoy casada con el hijo mayor.
Al oír mis palabras sonrió, pero pude darme cuenta de que se
sobresaltaba y no podía disimular la turbación que le habían producido. No
obstante, replicó:
-Bien, aunque esto pueda ser verdad en cierto modo, supongo, no
obstante, que bromeáis cuando habláis de darle una con
testación como ésta. No es conveniente por ningún motivo.
-No, no -dije ligeramente-. No revelaré nuestro secreto sin
vuestro consentimiento.
-Pero, ¿qué le diréis cuando se sorprenda de veros contraria a
una alianza que aparentemente sería en favor vuestro?
-¡Vamos! -dije-. ¿Creéis que no sabré qué decir? En primer
ligar, no estoy obligada a dar razón alguna. Por otra parte, puedo decirles que
ya estoy casada y pararme aquí, y éste será también un punto final para él
porque después de esto ya no tendrá ningún motivo para hacerme más preguntas.
-Sí -dijo él-, pero la casa entera os estará pinchando
continuamente, incluso mi padre y mi madre, y si os negáis decididamente a
darles una explicación se considerarán desligados de vos y, además, entrarán en
sospechas.
-Bueno, y, ¿qué puedo yo hacer? ¿Qué querríais que hiciera? Ya
me sentía en un aprieto antes, como os dije, estaba sumamente perpleja y os
puse al corriente de todo para que me aconsejarais lo que debía hacer.
-Querida mía -me dijo-, he estado reflexionando mucho sobre todo
esto, como podéis suponer, y aun cuando el consejo que voy a daros tiene mucho
de mortificante para mí y en el primer momento puede pareceros extraño, después
de pensarlo bien, no veo mejor camino para vos que dejarlo que siga, y si veis
que lo dice de corazón y con toda seriedad, aceptad su ofrecimiento y casaos
con él.
Al oír estas palabras, lo miré horrorizada y me puse pálida como
la muerte, sintiéndome a punto de desplomarme de la silla donde me sentaba. El,
al verme en aquel estado, se asustó y dijo en voz alta y en un tono muy
compungido:
-Querido mía, ¿qué es lo que os pasa? ¿Por qué os ponéis así?
Siguió diciendo cosas por el estilo, y a fuerza de sacudirme y
de llamarme, me recuperé algo. De todos modos, tardé algún tiempo en recobrar
completamente los sentidos y aún tardé unos minutos en poder hablar.
Cuando estuve ya completamente repuesta, él empezó a hablar de
nuevo:
-Querida -me dijo-, ¿qué es lo que tanto os ha sorprendido en lo
que os he dicho? Querría que lo pensarais con toda seriedad. En este caso
podréis daros perfecta cuenta de cómo reacciona la familia. En cambio, si se
tratase de mí, se volverían completamente locos. Sería mi ruina igual que la
vuestra.
-Sí -dije yo hablando algo airadamente-. ¿Y todos vues-
cros juramentos han de convertirse en nada por temor al
desagrado de vuestra familia? ¿No os puse siempre esta objeción por delante y
vos la desechasteis con ligereza, como si estuvieseis por encima de ella y no
le dierais valor alguno? ¿Y ahora llegamos a esto? ¿Es ésta vuestra fe, vuestro
amor y la firmeza de vuestras promesas?
El seguía perfectamente tranquilo a pesar de todos mis reproches
y yo no se los escatimaba. Al fin replicó:
-Querida, no he roto aún ninguna promesa de las que os hice. Os
dije, en efecto, que me casaría con vos cuándo recibiera mi herencia, pero,
como veis, mi padre, es un hombre sano y fuerte y puede vivir aún treinta años,
sin ser más viejo que muchos de los que vemos por la ciudad. Vos nunca me
propusisteis que nos casáramos antes, porque sabíais que podía ser mi ruina. En
cuanto a lo demás, no me he portado mal, pues me parece que no os ha faltado
nada.
No podía negar ninguna de estas afirmaciones. En realidad, no
tenía nada que objetar.
-Pues entonces -dije, sin embargo-; ¿por qué queréis que dé un
paso tan horrible como es dejaros, si vos no me habéis dejado a mí? ¿No
permitiréis que haya amor y afecto por mi parte cuando lo ha habido tanto de la
vuestra? ¿No os he correspondido? ¿No os he dado pruebas de mi sinceridad y de
mi pasión? El sacrificio de mi honor y de mi modestia que he hecho por vos, ¿no
son una prueba de que estoy ligada a vos por unos lazos demasiado fuertes para
que puedan ser rotos en un instante?
-Pero oíd, querida -dijo él-, podéis entrar en una esfera
segura, aparecer en seguida con honor y esplendor, y el recuerdo de lo que
hemos hecho puede quedar envuelto en un silencio eterno, como si nunca hubiese
sucedido. Vos tendréis siempre mi respeto y mi sincero afecto, que será honesto
y perfectamente justo para mi hermano. Seréis mi querida hermana, como ahora
sois mi querida...
Se quedó callado de repente y me miró.
-Vuestra querida prostituta -dije yo-. Esto es lo que habríais
dicho si hubierais seguido hablando y hubieseis podido decirlo sin ningún
temor. Os comprendo bien. No obstante, quiero que recordéis las largas
conversaciones que hemos tenido y las muchas horas y molestias que os habéis
tomado para persuadirme de que siguiera considerándome una mujer honesta, que
pensara que era vuestra esposa, aunque no fuese así a los ojos del mundo y que
lo pasado entre nosotros era un matrimonio tan efectivo como si nos hubiéramos
casado públicamente ante el capellán de la parroquia. Sabéis, y no podéis dejar
de recordarlo, que éstas eran vuestras palabras cada vez que me estrechabais
entre vuestros brazos.
Pensé por un momento que esto era quizá demasiado fuerte para
él, pero lo remaché con lo que sigue. El permanecía inmóvil y sin decir nada,
yo seguí hablando:
-No podéis creer sin cometer la mayor de las injusticias que yo
he cedido a vuestras insinuaciones sin sentir por vos un amor indiscutible e
inconmovible a todo cuanto pudiera suceder después. Si tenéis de mí un concepto
tan poco honorable, debo preguntaron qué acción mía ha podido datos motivos
para creer una cosa semejante.
El siguió mudo y yo seguí hablando:
-Si he cedido, pues, a las importunidades de mi afecto y he
llegado a creer que yo era realmente vuestra esposa, ¿cómo podré ahora dar por
falsos todos estos argumentos y llamarme a mí misma vuestra prostituta o
vuestra querida, que es la misma cosa? ¿Podéis transferir mi afecto? ¿Podéis
mandarme que deje de amaros y ordenar que lo quiera a él? ¿Creéis que está en
mi poder hacer un cambio así simplemente por vuestra comodidad? No, señor. Esto
es imposible y cualquiera que sea el cambio que pueda haberse producido por
parte vuestra, yo os seré siempre fiel. Prefiero, puesto que se ha llegado a
esta lamentable situación, ser vuestra prostituta a ser la esposa de vuestro
hermano.
Pareció complacido y emocionado por mis palabras y me dijo que
él seguía donde estaba, que no había faltado a ninguna de las muchas promesas
que me había hecho, pero que en este asunto, se presentaban tantas cosas
terribles, que, sobre todo por mi interés, se le había ocurrido aquello como un
remedio tan efectivo que nada podía ser mejor. Me aseguró que había pensado que
esto no sería separarnos completamente porque podíamos querernos como amigos
toda la vida y quizá con más satisfacción que la que nos producía la situación
en que ahora estábamos, por las cosas que podían pasar; que creía poder decir
que yo no podía nunca pensar que él traicionaría un secreto, lo cual, sólo
podía ser la ruina de los dos si llegaba a descubrirse; que sólo tenía que
hacerme una pregunta que podía resultar un obstáculo, pero que si yo contestaba
negativamente, no podía por menos de pensar que aquél era el único camino que
podía yo tomar.
Adiviné cuál era la pregunta que quería hacerme, si estaba
segura de no estar encinta. En cuanto a esto le dije que no tenía
que preocuparse, porque hasta aquel momento no había nada de
aquello.
-Pues entonces, querida -dijo-, ahora no tenemos tiempo de
seguir hablando. Pensadlo detenidamente; yo solamente puedo seguir con la misma
opinión acerca de cuál es el mejor camino que podéis tomar.
Con esto se despidió muy de prisa, porque en el momento en que
se levantó, su madre y sus hermanas estaban llamando a la verja.
Me quedé con una gran confusión de espíritu. El se dio perfecta
cuenta de ello el día siguiente y todo el resto de la semana, porque era el
martes por la tarde cuando hablamos. No tuvo ninguna oportunidad de estar
conmigo hasta el domingo siguiente, cuando, sintiéndome indispuesta, no fui a
la iglesia, y él, dando una excusa por el estilo, se quedó en casa.
Entonces, me tuvo otra vez hora y media con él repitiéndome los
mismos argumentos o, por lo menos, otros tan parecidos que no serviría de nada
volverlos a anotar. Por fin le pregunté qué opinión tenía de mi modestia para
llegar a suponer que yo podría dar cabida ni por un momento a la idea de
acostarme con dos hermanos y le aseguré que esto no lo haría nunca. Y añadí que
incluso si me decía que no volvería a verlo nunca, lo cual sería para mí tan
terrible como la muerte, no podría aceptar una idea tan deshonrosa para mí y
tan baja para él. Por tanto, le supliqué que si le quedaba un poco de respeto y
de afecto hacia mí no me hablara nunca más de ello o que sacase su espada y me
matase. Pareció sorprendido al ver mi obstinación, como él la llamaba, y me dijo
que no era buena para mí y tampoco para él; que lo que ocurría era una crisis
inesperada e imposible de prever por cualquiera de nosotros y que él no veía
otro camino para salvarnos los dos de la ruina que el que me había indicado, y
que si yo no lo seguía era porque no lo quería como él había llegado a creer. Y
con una frialdad desacostumbrada añadió que si yo no quería que me hablase más
de ello, no sabía que tuviésemos nada más de qué hablar. Y diciendo esto se
levantó para marcharse. Yo me levanté también, con la misma indiferencia, pero
cuando se acercó para darme un beso que había de ser el de despedida, rompí a
llorar con tanta fuerza que aun cuando hubiese querido hablar no habría podido
y sólo podía decirle adiós apretándole la mano, pero sin dejar de llorar con
vehemencia.
Esto lo conmovió sensiblemente, por lo que se sentó de nuevo y
me dijo muchas cosas amables para calmar mi exceso de pasión, pero siguió
encareciéndome la necesidad de aceptar la proposición que me había hecho. No
obstante, me dijo que si yo seguía negándome, él proveería por mí, pero dejando
bien claro que prescindiría de mí en lo principal incluso como amante, ya que
hacía cuestión de honor no acostarse con la mujer que, por lo que él preveía,
podía llegar a ser la esposa de su hermano.
La pérdida de él como galán no representaba tanto para mí como
su pérdida como amigo, ya que lo quería hasta la locura, y la idea de perder
aquello en que confiaba y sobre lo cual había basado mis esperanzas, de que un
día fuese mi esposo, me aterraba. Estas cosas me oprimían la mente de tal
manera que caí muy enferma con una fiebre altísima y durante algún tiempo nadie
de la familia creyó que saliera con vida de aquel trance.
Llegué realmente a estar muy mala delirando siempre, y siempre
con el temor de que en mi desvarío pudiera decir algo en perjuicio de él. Me
sentía desgraciada al verlo y lo mismo le ocurría a él al verme a mí, porque en
realidad me quería apasionadamente. Pero los dos sabíamos que no había
posibilidad alguna para nuestro amor, ni para presentarlo como un sentimiento
decente.
Estuve en cama casi cinco semanas, pues aunque la violencia de
la fiebre cedió bastante antes, fueron varias las veces que volví a tener, y
dos o tres veces dijeron los médicos no poder hacer ya nada más, por mí, sino
que debían dejar que la propia naturaleza combatiera el mal procurando
reforzarla con cordiales para que yo pudiera resistir lo más posible. Al fin de
las cinco semanas se inició una mejoría, pero me quedé tan débil, tan cambiada,
tan melancólica y era la mía una mejoría tan lenta que los médicos temieron que
degenerara en una consunción. Lo que más me enojó fue que expresaron su opinión
de que yo estaba muy deprimida, que algo me perturbaba, en suma, que debía de
estar enamorada. Con esto, todos los de la casa se emprendieron la tarea de interrogarme
y presionarme para que les dijera si era verdad que estaba enamorada y de
quién. Como es lógico, lo negué rotundamente.
Ún día, en la mesa, tuvieron una discusión sobre este punto, que
pudo haber sido causa de una seria disensión como, en efecto, lo fue por algún
tiempo. Estaban sentados todos a la mesa, menos el padre y yo, que estaba
enferma en mi habitación. Cuando empezaron a hablar, que fue cuando acababan de
comer, la señora, que me había mandado algo de comer, dijo a la camarera que
subiera a mi habitación para preguntarme si había tenido suficiente. La
camarera bajó poco después diciendo que yo no había comido ni la mitad de lo
que ella me había mandado.
-¡Ay! -dijo la señora-. ¡Pobre muchacha! Me temo que no va a
ponerse buena nunca más.
-Bueno -dijo el hermano mayor-. ¿Y cómo quieren que se ponga
buena? ¿No dicen que está enamorada?
-Yo no lo creo -dijo la señora.
-No lo sé -dijo la hermana mayor-. No sé qué pensar de ello. Han
dicho tanto que es tan hermosa y tan encantadora y no sé cuántas cosas más, que
ella se lo ha creído. Todo esto le ha rastornado la cabeza a la pobre criatura
y quién sabe lo que puede resultar de esto. Por mi parte, no sé qué pensar de
todo ello. -Pero, hermana -dijo el hermano mayor-, tenéis que reconocer que es
muy hermosa.
-Sí, bastante más hermosa que vos, hermana -intervino Robín-, y
esto es lo que os mortifica.
-Bueno, bueno, esto no hace el caso -dijo la hermana-. La chica
está bastante bien y ella lo sabe asimismo bastante bien, pero no es preciso
que se lo digáis para que se sienta aún más orgullosa.
-No estamos hablando de si es orgullosa -dijo el hermano mayor-,
sino de si está enamorada. Es posible que esté enamorada de sí misma. Parece
que esto es lo que creen mis hermanas.
-Quisiera que estuviese enamorada de mí -dijo Robín-. Muy pronto
le haría pasar la pena.
-¿Qué quieres decir con esto, hijo? -exclamó la señora anciana-.
¿Cómo puedes hablar de esta forma?
-¡Cómo, señora! -repuso Robín seriamente-. ¿Creéis que dejaría a
la pobre muchacha que muriera de amor, y sobre todo, por un amor que tendría
tan cerca de ella?
-¡Pero, hermano! -protestó la hermana segunda-. ¿Cómo puedes
hablar así? ¿Aceptarías una criatura que no tiene ni un penique?
-Por favor, chiquilla -dijo Robín-, la belleza es una dote y
cuando la acompaña el buen humor es una dote doble. Quisiera que como dote
vuestra tuvierais la mitad de lo que tiene ella de las dos cosas.
Esto hizo callar a la hermana menor, pero la mayor no se calló.
.
-Veo -dijo mordazmente- que aunque Betty no esté enamorada, mi
hermano sí lo está. Me extraña que no se haya declarado a Betty. Estoy segura
de que ella no le dirá que no.
-Los que acceden cuando son solicitados -dijo Robín- llevan un
paso de ventaja sobre los que no acceden porque no son solicitados y dos pasos
de ventaja a los que acceden antes de ser solicitados. Esto es una buena
contestación para vos, hermana.
Esto indignó a la hermana, que montó en cólera y dijo que las
cosas habían llegado a tal punto que ya era hora de que yo dejase la familia, y
que si no estaba en condiciones de ser echada, esperaba que el padre y la madre
lo tomasen en consideración para cuando me pusiera buena.
Robin replicó que esto era asunto del amo y de la dueña de la
casa, los cuales no necesitaban que alguien con tan poco juicio como tenía la
hermana mayor, les enseñara nada.
La cosa llegó mucho más lejos. La hermana contestó ofendida y
Robín me defendió y se burló de ella, pero el resultado para la pobre Betty fue
perder mucho terreno en el aprecio de la familia. Cuando me enteré de lo
sucedido lloré mucho y la señora subió a verme porque alguien le dijo que
estaba yo tan preocupada por todo ello. Yo me quejé de que era muy duro para mí
que los médicos me hubiesen colgado aquel sambenito, pues no tenían fundamento
alguno; y que aún lo era más, considerando las circunstancias en que estaba yo
con la familia; que esperaba no haber hecho nada para que disminuyera la
estimación que me tenía ni haber dado motivo para el altercado entre sus hijos
e hijas y que estaba en mejores condiciones de pensar en un ataúd que en estar
enamorada y le rogué que no permitiera que su opinión de mí cambiase por las
faltas de los demás, sino solamente por las mías propias.
Ella comprendió la razón de lo que le dije, pero contestó que
puesto que había habido una discusión entre ellos y que su hijo menor había
hablado con ardor, deseaba que yo fuese sincera con ella y le contestara una
sola pregunta, si había algo entre su hijo Robert y yo. Con todas las muestras
de sinceridad que me fue posible hacer, les dije que no había ni había habido
nunca nada y que Mr. Robert había hablado y bromeado, tal como tenía por
costumbre, y que yo lo tomaba como era, pues conocía su manera airosa y amable
de hablar sin significado especial alguno, y le aseguré nuevamente que entre
nosotros no había ni el más pequeño asomo de lo que temía y que los que habían
sugerido otra cosa me habían hecho un gran perjuicio a mí y ningún bien a Mr.
Robert.
La señora quedó completamente satisfecha y me besó y me habló
cariñosamente diciéndome que debía de tener cuidado con mi salud y no
preocuparme por nada, y así se despidió. Pero cuando llegó abajo se encontró
con el hermano y las hermanas enzarzados de mala manera. Ellas estaban muy
enfadadas porque él les echaba en cara que eran feas, que nunca habían tenido
novios ni les habían hecho la pregunta de ritual y que eran tan descaradas como
para casi ser ellas las que sé declarasen. Las ridiculizó comparándolas conmigo
que era bonita, simpática y que cantaba mejor que ellas y bailaba mejor y era
más guapa y al hacer esto, no omitió nada malo que pudiera vejarlas y la verdad
es que llevó la cosa demasiado lejos. La señora llegó cuando estaban más
encendidos y para poner fin al altercado les contó la conversación que había
tenido conmigo y cómo yo le había dicho que no había nada entre Mr. Robert y
yo.
-Ahí es donde está el error -dijo Robin-, porque si no hubiese
mucho entre nosotros estaríamos más juntos de lo que estamos. Le dije que la
amaba con toda mi alma, pero no pude lograr que la pícara creyera que lo decía
en serio.
-No sé cómo esperabais lograrlo -dijo la madre- porque nadie
podría creer que cuando habláis así a esa pobre chica, cuyas circunstancias
conocéis tan bien, lo hacéis en serio. Pero os ruego, hijo mío -añadió ella-,
que me digáis la verdad. Puesto que me decís que no pudisteis hacerle creer
que, hablabais en serio, ¿qué es lo que debemos creer? Divagáis tanto cuando
habláis que nadie sabe si lo decís en broma o en serio; y así como estoy segura
de que la muchacha me ha dicho la verdad, también deseo que lo hagáis vos y me
habléis seriamente, de forma que pueda confiaren vuestras palabras. ¿Hay algo
en todo lo que decís, o no? ¿Habláis en serio o en broma? ¿Estáis realmente
prendado de ella o no? Es un asunto muy importante y quisiera que pudierais
tranquilizarnos.
-Por mi fe, señora -dijo Robin-, que es en vano querer paliar la
cosa ni decir más mentiras. En este asunto hablo tan en serio como pudiera
hacerlo un hombre a punto de ser colgado. Si Betty dijera que me ama y que está
dispuesta a casarse conmigo, mañana mismo por la mañana la tendría cogida para
tenerla y guardarla en vez de desayunar.
-Bien erijo la madre-, entonces ya hemos perdido un hijo.
Y lo dijo con un tono lúgubre, como si la apenara mucho.
-Espero que no, señora -repuso Robin-. Ún hombre no se pierde
nunca cuando lo encuentra una buena esposa.
-Pero, hijo mío -dijo la anciana-, ¿no sabes que es una
pordiosera?
-Pues entonces, señora, tiene aún más necesidad de caridad -dijo
Robin-. La sacaré de la parroquia y ella y yo mendigaremos juntos.
-No está bien bromear con estas cosas erijo la madre.
-No bromeo, señora --dijo Robin-. Vendremos y pediremos vuestro
perdón y vuestra bendición, señora, y la de mi padre.
-Esto es totalmente ajeno a la cuestión -dijo la madre-. Si lo
decís en serio, estáis perdido.
-Temo que no -dijo él-, porque temo, en verdad, que ella no me
quiera. Después de todo lo que ha dicho mi hermana, creo que nunca podré llegar
a persuadirla.
-Esto sí que es bonito, en verdad. Tampoco está ella tan fuera
de sus cabales. Betty no es tonta -dijo la hermana menor-. ¿Creéis que ha
aprendido a decir «no» más que las demás personas?
-No, miss Pocoseso -dijo Robin-. Miss Betty no es tonta, pero
puede estar comprometida por otro lado, y entonces, ¿qué?
-No -dijo la hermana mayor-, no podemos decir nada a esto.
¿Quién debe ser entonces? No sale nunca de casa. Ha de ser, pues, entre
vosotros.
-Nada tengo que decir a esto -dijo Robin-. Ya se me ha examinado
bastante. Ahí está mi hermano. Si ella debe de estar comprometida entre
nosotros, pregunten a él.
Esto obligó al hermano mayor a pensar rápidamente y llegó a la
conclusión de que Robin había descubierto algo. No obstante, evitó mostrarse
turbado.
-Por favor -dijo-, no vayáis a complicarme en vuestras
historias. Yo no entro en este juego. No tengo que decir nada a miss Betty ni a
ninguna otra miss Betty de la parroquia.
Y con esto se levantó y salió.
-No -dijo la hermana mayor-. Me atrevo a hablar por mi hermano.
Conoce el mundo mejor que los demás.
Así terminó la cosa, pero el hermano mayor se quedó muy turbado,
pues llegó a la conclusión de que su hermano había descubierto algo y empezó a
dudar de si yo tenía algo que ver con ello, pero por más que hizo no encontró
la manera de llegar hasta mí. Llegó a estar tan perplejo que resolvió hablar
conmigo fuese cual fuese el resultado. Con este fin, se las arregló de modo que
un día después de comer vigiló a su hermana hasta que vio que subía al piso
superior y corrió tras ella.
-Por favor, hermana erijo-, ¿dónde está esa enferma? ¿No se la
puede ver?
-Sí -dijo la hermana-, creo que sí podéis, pero primero dejad
que entre yo, y ya os avisaré.
Así, pues, vino a mi puerta, me avisó y después lo llamó a él.
-Hermano -le dijo-, ya podéis entrar, si queréis.
El entró y hablando con un tono campanudo dijo:
-Bien. ¿Dónde está esa enferma enamorada? ¿Cómo estáis, miss
Betty?
Yo me habría levantado de la silla, pero estaba tan débil que no
pude. El se dio cuenta y su hermana también, y ella dijo:
-No os esforcéis en poneros de pie. Mi hermano no quiere que
hagáis cumplidos, sobre todo ahora que estáis tan débil.
-No, no, miss Betty, por favor, quedaos sentada -dijo él. h Y se
sentó en otra silla y pareció como si estuviera muy alegre. Habló de muchas
cosas intrascendentes con su hermana y con migo, con el propósito de divertir a
su hermana y, de vez en i
cuando, volvía al punto principal, dirigiéndose a mí.
-¡Pobre, miss Betty! Debe de ser muy triste estar enamora da.
¡Ved en qué estado os ha dejado! Por fin, yo dije algo:
-Me agrada veros tan contento, señor. Pero creo que el doctor
podría haber encontrado algo mejor que hacer, que gastarme esta bromita. Si no
hubiese estado enferma más que por esta causa, conozco demasiado bien el refrán
para haber dejado que viniera.
-¿Qué refrán? -preguntó él-. ¡Ah, sí, ya lo recuerdo! Dice así:
«Cuando la causa es amor, es un pollino el doctor.» ¿No es así, miss Betty?
Yo sonreí y no contesté.
-Bueno -dijo él- yo creo que ha quedado probado que la causa es
el amor, porque poca cosa es lo que el doctor parece haber podido hacer por
vos. Os reponéis muy lentamente, según dicen. Temo que haya algo en ello, miss
Betty; temo que estéis enferma de lo incurable y esto es el amor.
Yo sonreí y dije:
-No, señor, ésta no es mi enfermedad.
Hablamos mucho por este estilo y de otras cosas también de poca
importancia. Luego me pidió que les cantara una canción y yo le dije que se
habían terminado para mí los días en que podía cantar. Por fin, me preguntó si
me gustaría que tocara algo con su flauta. Su hermana dijo que creía que me
perjudicaría y que mi cabeza no podría aguantarlo. Yo hice una reverencia y
dije que no, que no me perjudicaría.
-Por favor, señora -dije-, no se lo impida. Me gusta mucho la
música de la flauta.
Entonces ella dijo:
-Bueno, pues hacedlo, hermano.
-Querida hermana -dijo-, soy muy perezoso, por favor, llegaos a
mi armario y traedme la flauta que está en el cajón.
Y le indicó un cajón en el que estaba seguro que no la
encontraría de forma que así estuviera más tiempo buscándola.
Tan pronto se hubo marchado la hermana, él me contó todo la
historia de lo que su hermano había dicho de mí y de que le pasó el asunto a él
y de su preocupación sobre ello, la cual era el motivo de que hubiese tratado
de verme. Le aseguré que yo nunca bahía abierto la boca, ni a su hermano ni a
nadie, y le dije lo mala que estaba; que mi amor por él y su proposición de que
olvidase mi afecto por él y lo transfiriese a otro, había minado mi salud y que
más de mil veces deseé mucho más morir que recobrarme y tener que debatirme en
las mismas circunstancias de antes y que este despego de la vida era la razón
de mi lenta recuperación. Añadí que preveía que, tan pronto como me hubiese
restablecido, tendría que dejar la familia y que en cuanto a casarme con su hermano,
aborrecía el solo pensamiento de hacerlo después de lo que había tenido con él
y que podía estar bien seguro de que nunca más vería a su hermano por esta
causa; que si quería romper todos sus votos, juramentos y compromisos conmigo
sería algo a debatir entre su conciencia y su honor y él mismo, pero que no
quería que nunca pudiera decir que yo, a quien él había persuadido que me
considerase y llamase su esposa y a quien yo le había dado la libertad de usar
de mí como si realmente lo fuera, no le era tan fiel como podría serle una
esposa, fuese cual fuere la conducta de él para conmigo.
Iba él a replicar y había dicho ya que lamentaba que no le fuera
posible persuadirme e iba a decir más, pero oyó que su hermana volvía, como
también la oí yo. No obstante, aún pude contestar unas palabras, diciéndole que
nunca podría convencerme de que, amando a un hermano, me casara con el otro.
Movió la cabeza y dijo:
-Entonces, estoy arruinado -refiriéndose a sí mismo.
En este momento, entró su hermana en la habitación y le dijo que
no podía encontrar la flauta.
-Bien -dijo él alegre-, mi pereza no me sirve.
Se levantó y fue a buscarla, pero también volvió sin ella, no
porque no pudiera encontrarla, sino porque su mente se hallaba turbada y no
tenía intención de tocar; y, además, el recado a que mandó a su hermana, tenía
otra finalidad, pues lo único que de-seaba era hablarme, lo que logró, aunque
sin gran satisfacción por su parte.
Por la mía, sentí una gran satisfacción por haberle podido
exponer mi sentir con toda libertad y completa honestidad, como he contado, y
aunque el resultado no fue totalmente el que yo quería, es decir, obligarle aún
más a mí, sin embargo, le quitó toda posibilidad de dejarme, a no ser a costa
de quebrantar gravemente su honor y faltar a la fe de caballero que tantas
veces había invocado comprometiéndose a hacerme su esposa tan pronto como
entrara en posesión de su anhelada hacienda.
Después de esto, pasaron todavía varias semanas antes de que
empezara a andar por la casa y comenzara a ponerme bien, pero seguí
melancólica, silenciosa, triste y reservada, lo cual asombraba a toda la
familia, con excepción de él, que conocía la causa. No obstante, pasó mucho
tiempo antes de que hiciera caso alguno de ello y yo, tan reacia a hablar como
él mismo, me portaba muy respetuosamente con él, pero nunca procuraba hablarle
palabra alguna que fuera particular.
Esto duró dieciséis o diecisiete semanas, durante las cuales
esperaba cada día verme despedida por la familia a causa del disgusto que
habían tenido, a pesar de que yo no tenía en ello culpa alguna y tampoco
esperaba saber nada más de aquel caballero, a pesar de todas sus promesas y
votos solemnes, sino verme arruida y abandonada.
Finalmente, fui yo quien abrió el camino para mi salida de la
familia. Ún día que la señora me estaba hablando muy seriamente sobre las
circunstancias de mi vida y de cómo mi enfermedad había dejado una tristeza en
mi espíritu, de manera que no era ya la misma de antes, la anciana me dijo:
-Temo, Betty, que lo que os dije con respecto a mi hijo ha
influido algo en vuestro espíritu y que estáis melancólica por culpa de él. Por
favor, ¿queréis decirme cómo está el asunto entre vosotros, si es que puedo
saberlo? Por lo que respecta a Robin, no hace más que burlarse cuando le hablo
de ello.
-Pues, en verdad, señora -contesté-, la cosa está como yo no
quisiera que estuviese y seré muy sincera con vos, sea lo que sea que luego me
suceda por ello. Mr. Robert me ha propuesto varias veces casarse conmigo, que
es lo que yo no podía esperar, dadas mis circunstancias, pero siempre me he
resistido y quizás en términos más duros de lo que me correspondía,
considerando el respeto que debo sentir por todos los miembros de la familia.
Pero, señora, yo nunca podría olvidar mis obligaciones para con vos y toda la
familia hasta el punto de dar mi consentimiento a algo que sé que ha de ser
molesto para vos, y éste es el argumento que he esgrimido ante él y le he dicho
definitivamente que nunca podía albergar un pensamiento de tal naturaleza, a
menos que tuviera vuestro consentimiento y también el de su padre, a quienes
estoy ligada por tantas obligaciones indeclinables.
-¿Es esto posible, Betty? -dijo la anciana señora-. Entonces,
habéis sido mucho más justa con nosotros de lo que nosotros hemos sido con vos,
porque os hemos considerado como una especie de trampa para mi hijo y yo tenía
el encargo de haceros una proposición para que os marcharais por temor de que
fuera así. No os la había hecho todavía, porque pensaba que no estabais aún
completamente bien y temía que, como os disgustaría mucho, fuera motivo de una
recaída. Todos sentimos afecto por vos, aunque no tanto como para permitir que
fuerais la ruina de mi hijo, pero si es tal como decís, veo que os hemos
tratado muy mal.
-En cuanto a la verdad de lo que le he dicho, señora -dije yo-,
os ruego lo preguntéis a vuestro propio hijo. Si él quiere hacerme justicia, os
contará la historia tal como os la he contado yo.
La señora me dejó en seguida para contar a sus hijas la historia
tal como se la había contado yo, y ellas quedaron muy sorprendidas, tal como
había yo supuesto. Úna dijo que nunca lo hubiera creído; otra dijo que Robin
era un loco, y la tercera dijo que no creía una palabra de ello y que estaba
segura de que Robin contaría la historia de manera distinta. Pero el padre, que
estaba decidido a llegar al fondo de la cuestión antes de que yo tuviera
oportunidad de poner a su hijo al corriente de lo que había pasado, resolvió
que ella hablase inmediatamente con su hijo y, a este fin, mandó a por él.
Robin había ido a casa de un abogado de la ciudad por un pequeño asunto
particular suyo y, al recibir el aviso, volvió inmediatamente.
Cuando llegó, lo esperaban todos juntos.
-Robin, sentaos -dijo la madre-. Os he de hablar.
-De todo corazón, señora -dijo Robin alegremente-. Espero que
sea referente a una buena esposa, porque en este aspecto estoy muy mal.
-¿Y cómo puede ser esto? -repuso la madre-. ¿No dijisteis que
estabais resuelto a caseros con Betty?
-Sí, señora -dijo él-, pero hay quien ha prohibido las
amonestaciones.
-¿Prohibido las amonestaciones? ¿Y quién puede ser?
-Pues la misma Betty-dijo Robin.
-¿Y cómo es esto? -dijo su madre-. ¿Se lo habéis preguntado?
-En verdad que sí, señora -contestó Robin-. Se lo he pedido en
todas las formas cinco veces desde que estuvo enferma, y estoy derrotado. Ella
no quiere capitular ni ceder bajo ninguna condición, exceptuando sólo aquella
que yo no puedo conceder.
-Explicaos erijo la madre-, porque me siento sorprendida. No os
comprendo. Espero que no estéis hablando en serio.
-Señora -continuó él-, la cosa está bien clara para mí. Ella
dice que no quiere. ¿No está esto suficientemente claro? Yo creo que está claro
y, además, es duro para mí.
-Bueno, pero -objetó la madre- habláis de condiciones que no
podéis conceder. ¿Qué es lo que quiere? ¿Úna dote? Su asignación de viudedad,
debería estar en relación con su dote, pero ¿qué capital aporta ella?
-No, en cuanto a capital, es suficientemente rica. No tengo nada
que decir en lo que concierne a este punto. Soy yo el que no puede cumplir sus
condiciones y está firmemente decidida a no tenerme sin ellas.
Aquí las hermanas interrumpieron.
-Señora erijo la hermana segunda-, es imposible hablar
seriamente con él. Nunca da una contestación directa a nada. Es mejor que lo
dejéis correr y no le habléis más. Ya sabéis cómo libraros de ella si creéis
que hay algo.
Robin se encendió algo con la rudeza de su hermana, pero se
contuvo y contestó con buenos modales.
-Hay dos clases de personas con las que no es posible contender,
señora: una persona sabia y un loco. Es muy triste que me vea empeñado con las
dos a la vez.
La hermana más joven dijo entonces:
-En efecto, debemos estar locas, según la opinión que nuestro
hermano tiene de nosotras, si puede pensar que nos vamos a creer seriamente que
ha pedido a Betty que se casara con él y ella ha rehusado.
-Contesta y no contestes, dijo Salomón -replicó el hermano-.
Cuando he dicho a nuestra madre que se lo he pedido no menos de cinco veces y
que el resultado fue que me ha rechazado positivamente, pienso que una hermana
no ha de poner en duda la verdad cuando la madre no lo ha hecho.
-Mi madre, como bien has visto, no lo ha entendido -dijo la
segunda hermana.
-Hay cierta diferencia -dijo Robin- entre querer que lo aclarara
y decirme que no lo cree.
-Bien, pero, hijo mío erijo la anciana-, ¿estáis dispuesto a
dejarnos sin saber cuáles son estas condiciones tan duras?
-Señora -dijo Robin-, ya lo habría hecho si no me hubiesen
molestado con estas interrupciones. Las condiciones son que le. asegure el
consentimiento de mí padre y el vuestro. Sin esto, asegura que no quiere oír
hablar más de esto. Estas condiciones, creo yo, nunca estaré en condiciones de
poderlas cumplir. Espero que con esto, mis hermanitas impulsivas se
considerarán ahora contestadas y se ruborizarán un poco. Y no tengo más que
decir, hasta que se hable de nuevo.
Esta contestación sorprendió a todos, aunque a la madre menos,
por lo que yo le había dicho ya. En cuanto a las hijas, quedaron en silencio
durante un buen rato. Después la madre dijo con cierta vivacidad:
-Bien, ya se me había dicho esto antes, pero no podía creerlo.
Si es así todos hemos juzgado mal a Betty y ella se ha portado mejor de lo que
yo esperaba.
-Si es así -dijo la hermana mayor-, se ha portado en verdad de
una manera magnífica.
-Confieso -dijo la madre- que no es en absoluto culpa de ella si
él ha sido tan loco para enamorarse, pero darle la contestación que le ha dado
supone mayor respeto hacia vuestro padre y hacia mí de lo que yo hubiera podido
creer. Tendré a la muchacha una mayor consideración por ello mientras viva.
-Pero yo no -dijo Robin-, a menos que deis vuestro
consentimiento.
-Lo pensaré -dijo la madre-. Puedo aseguraros que si no hubiesen
otras objeciones que hacer, esta conducta suya ayudaría mucho a que yo diera mi
consentimiento.
-Desearía que lo lograra del todo -repuso Robin-. Si pensarais
en hacerme feliz tanto como habéis pensado en hacerme rico, pronto daríais
vuestro consentimiento.
-Pero, Robin -dijo su madre de nuevo-, ¿estáis hablando
realmente en serio? ¿Estáis tan dispuesto a conseguirlo como pensáis?
-Realmente, señora -dijo Robin-, creo que es muy duro que me
preguntéis sobre este extremo, después de cuanto he dicho. No diré que la
consiga. ¿Cómo puedo resolver este punto, cuando ya veis que no puedo
conseguirla sin vuestro consentimiento? Además, no estoy obligado a casarme,
pero esto sí que lo digo con toda seriedad: nunca tendré otra mujer, si puedo
evitarlo, de manera que podéis determinar por mí. Betty o nadie es mi decisión
y el caso es que decidiréis vos, señora, siempre exceptuando que mis bien
intencionadas hermanas no tengan voto en ello.
Todo esto resultaba terrible para mí, porque la madre empezó a
ceder y Robin la iba asediando para acabar de decidirla. Además, se aconsejó
con el hermano mayor, el cual hizo uso de todos los argumentos del mundo para
persuadirla a que consintiera alegando el amor apasionado de su hermano para
mí, mi atención generosa para la familia al rechazar tantas ventajas para mí
por un delicado punto de honor y mil cosas. Y en cuanto al padre, que era un
hombre metido de lleno en la vorágine de los asuntos públicos y en hacer
dinero, estaba raramente en casa y pensaba en todo cuanto él consideraba más
esencial, dejando todas estas cosas en manos de su esposa.
Pueden ustedes comprender fácilmente que estando así el asunto,
completamente aclarado todo, según creía cada uno, como creían también saber
cómo iban las cosas, no era difícil ni peligroso para el hermano mayor, de
quien nadie sospechaba, poder acercárseme con más facilidad que antes, pues
incluso la madre, haciendo precisamente lo que él quería, le propuso que
hablara conmigo diciéndole: «Puede ser, hijo mío, que vos veáis más lejos que
yo en este asunto y comprobéis si, en efecto, ha sido tan desinteresada como
Robin dice que lo ha sido, o no.» Esto era lo mejor que él podía desear, por lo
que fingió acceder a la petición de la madre, y ésta me llevó personalmente a
su propia habitación, me dijo que su hijo tenía que hablar conmigo por
habérselo pedido ella y nos dejó juntos cerrando la puerta.
El vino a mí, y, tomándome en sus brazos, se puso a besarme
tiernamente. Después dijo que debía tener una larga conversación conmigo y que
había llegado el momento de que yo misma me hiciera feliz o desgraciada para
toda la vida; que la cosa había llegado ya tan lejos que si no podía acceder a
su deseo, sería la perdición de los dos. Luego me contó toda la historia de
Robin, como la llamaba él, y de su madre y sus hermanas, tal como he relatado
antes, y me dijo:
-Ahora, querida mía, considerad lo que será casaros con un
caballero de buena familia, en buenas circunstancias y con el consentimiento de
toda la familia y disfrutar de todo lo que el mundo puede ofreceros, y, por el
contrario, pensad en lo que es hundirse en las circunstancias tenebrosas de una
mujer que ha perdido la reputación, y que, aunque yo pueda ser un amigo
particular para vos, mientras viva, seré siempre sospechoso, de manera que vos
temeréis verme y yo temeré teneros.
No me dio tiempo de replicar y continuó diciendo:
-Lo que ha pasado entre nosotros, niña, mientras los dos estemos
conformes en hacerlo así, puede ser enterrado y olvidado. Cuando seáis mi
hermana, yo seré siempre vuestro amigo sincero sin inclinación a mayor
intimidad. Sostendremos conversaciones honestas sin reproches entre nosotros
por haber obrado indebidamente. Os ruego que lo toméis en consideración y no
seáis un estorbo en vuestro propio camino hacia la seguridad y la prosperidad.
Y para demostraros que soy sincero, os ofrezco ahora mismo quinientas libras
para hacer algo como reparación por las libertades que me he tomado Ion vos,
que consideraremos como locuras de nuestra vida y de las que espero podamos
arrepentirnos.
Dijo todo esto con palabras mucho más emotivas de lo que me es
posible expresar y con tanta mayor fuerza de argumentación de lo que yo pueda
repetir. Únicamente recomiendo a los que leen esta historia que supongan que lo
mismo que me tuvo hora y media con sus palabras igual contestó a todas mis
objeciones y reforzó su peroración con todos los argumentos que puede imaginar
el ingenio humano.
No puedo decir, sin embargo, que nada de lo que me dijo me
impresionara tanto como para tomar una decisión, hasta que, finalmente, me dijo
bien claro que si rehusaba sentía tener que añadir que no podría seguir conmigo
en el plan que estábamos; que aunque me amaba tanto como antes y que él era tan
agradable como siempre, el sentido de la virtud no lo había abandonado hasta el
punto de permitirle yacer con la mujer a quien su hermano cortejaba para
hacerla su esposa, y que si se separaba de mí, con mi negativa, aparte de lo
que pudiera hacer por mí en el aspecto de manutención por el compromiso que
había contraído, esperaba que no me sorprendería si se veía obligado a decirme
que no me vería más, ya que esto no podía, en modo alguno, esperarlo de él.
Escuché esta última parte con muestras de sorpresa y turbación y
tuve que esforzarme para no caerme, porque en verdad le amaba hasta un punto
difícil de imaginar. El se dio cuenta de mi turbación y me -instó a considerar
seriamente el asunto; me aseguró que era la única manera de guardar nuestro
mutuo afecto; que en esta nueva situación podíamos querernos como amigos, con
todo el cariño y con un amor sin mácula, fuera de todo reproche nuestro y de
toda sospecha de los demás; que siempre reconocería que me debía su felicidad,
y que sería mi deudor mientras viviera y que pagaría esta deuda mientras le
quedara aliento. De esta manera, en suma, me llevó a una especie de
vaci-lación, pues me representaba en vívidas imágenes, que mi imaginación
agrandaba aún más, los peligros de ser lanzada a un ancho mundo como una
prostituta despreciable, pues no era más que esto y quizás expuesta como tal,
con poco para poder proveerme, sin un amigo ni un conocido en el mundo, fuera
de aquella ciudad, donde no podía ni pensar en quedarme. Todo esto me
aterrorizaba en alto grado y él tuvo buen cuidado, en toda oca-sión, de
hacérmelo ver con los colores más negros que era posible pintarlo. Por otra
parte, no cesaba de exponerme con toda clase de detalles la vida fácil y
próspera que iba a tener como esposa de su hermano.
Contestó a todo cuanto pude yo decir de resultas de mi afecto o
como consecuencia de compromisos anteriores, explicando la necesidad que
teníamos ahora de tomar nuevas medidas, y en cuanto a sus promesas de
casamiento, me dijo que las circuns-tancias las habían anulado, por la
probabilidad de convertirme en la esposa de su hermano antes de que llegase el
tiempo fijado de que fuera la suya.
Así, en pocas palabras, puedo decir que razonó hasta hacerme
perder mi razón; rebatió todos mis argumentos y empecé a darme cuenta de un
peligro que me acechaba y que antes no había considerado: el verme abandonada
de los dos y dejada sola en el mundo para arreglármelas por mí misma.
Esta idea y su poder de persuasión prevalecieron por fin para
dar mi consentimiento, aunque no sin mucha repugnancia, de manera que era fácil
de ver que iría a la iglesia como una oveja va al matadero. También tenía
ciertas aprensiones de que mi esposo, por el que, debo decir de paso, no sentía
el menor afecto, me pidiera explicaciones sobre otro punto, cuando se acostara
conmigo la primera vez. Pero el hermano mayor solucionó este punto, no sé si
intencionadamente o no, haciéndole beber mucho antes de acostarse, de manera
que aquella primera noche tuve la satisfacción de meterme en la cama con un
borracho. Cómo lo hizo no lo sé, pero llegué a la conclusión de que lo había
hecho para que su hermano no pudiera juzgar la diferencia entre una doncella y
una mujer casada. El caso es que nunca tuvo noción alguna de ello ni sus
pensamientos se vieron turbados por esta causa.
Debo ahora volver un poco atrás. El hermano mayor, cuando hubo
logrado convencerme en la forma que he dicho, su nuevo paso fue convencer a su
madre y no cesó hasta que obtuvo su aquiescencia y logró que se mantuviera
pasiva en todo el asunto, incluso sin avisar al padre más que por correo, de
manera que consintió que nos casáramos privadamente y quedó a su cargo
convencer luego al padre.
Luego habló con su hermano convenciéndole del gran servicio que
le había hecho y cómo había logrado que su madre diera el consentimiento, lo
cual era verdad, aunque no lo había hecho para prestarle un servicio a él, sino
a sí mismo; pero le engañó a él con tanta habilidad que logró un amigo fiel que
aún le dio las gracias por haberse quitado de encima a su amante para echársela
en sus brazos como esposa. Así es, ciertamente, como el interés borra toda
clase de afectos y de esta forma' tan natural los hombres abandonan el honor y
la justicia e incluso el cristianismo, para obtener su seguridad.
Debo volver ahora al hermano Robin, como todos le llamábamos
siempre, el cual, habiendo obtenido el consentimiento de su madre, como dije,
me vino con la gran noticia y me contó la historia entera con tal sinceridad
que debo confesar que me dolió ser el instrumento para abusar de un caballero
tan honrado. Pero no había otro remedio; quería tenerme y yo no podía decirle
que era la amante de su hermano, que era el único medio de alejarlo. Por tanto,
fui cediendo gradualmente con gran satisfacción por su parte y he aquí que,
finalmente, me casé con Robert.
El pudor me prohíbe contar los secretos del lecho conyugal, pero
nada mejor pudo haber pasado para mí, que lo que antes he dicho, o sea, que mi
marido estuviese tan bebido cuando vino a la cama, que a la mañana siguiente no
podía recordar si había tenido algo que ver conmigo o no y me vi obligada a
decirle que sí que había hecho lo que tenía que hacer, aunque no había sido
así, a fin de evitar que pudiera preguntar.
Los detalles complementarios de mi familia o de mí misma, durante
los cinco años que estuve viviendo con mi esposo, no tienen mucho que ver con
la historia que estoy contando. Unicamente debo decir que tuve dos hijos de él
y que, al cabo de cinco años, murió. Fue realmente un buen esposo para mí y
vivimos muy felices juntos, pero como no había recibido gran cosa de la familia
y durante el poco tiempo que vivió no hizo fortuna, mi situación no quedó en
gran cosa, ni mi patrimonio mejoró mucho con aquella unión. En realidad, yo
había guardado las quinientas libras que su hermano se había comprometido a
pagarme para que consintiera en casarme con su hermano, y esto con el dinero
que había ahorrado de lo que anteriormente me había dado y, más o menos, una
cantidad igual de mi marido, me quedó un capital de unas mil doscientas libras
en el bolsillo.
Afortunadamente, mis dos hijos me fueron pronto quitados de las
manos por el padre y la madre de mi esposo y debo decir que esto fue todo lo
que obtuvieron de Mrs. Betty.
He de confesar que no me sentí muy desconsolada por la muerte de
mi esposo. En verdad, no lo había querido como debía de haberlo hecho o como
correspondía en atención a las bondades que de él recibía, pues era un hombre
tan tierno, bueno y agra-dable como podía desear cualquier mujer. Pero su
hermano seguía en mi pensamiento, por lo menos, mientras estuvimos en el campo,
lo que era para mí una continua pesadilla, y nunca estuve en la cama con mi
esposo que no deseara estar en los brazos de su hermano, y aunque él nunca me
ofreció ninguna intimidad de esta clase después de mi boda y se comportó como
un buen hermano, a mí me era imposible considerarlo así. En suma, que, en mi
fuero interno, cometí cada día adulterio e incesto con él, lo que seguramente
era tan pecaminoso como si efectivamente lo hubiese llevado a cabo.
Antes de morir mi esposo, el hermano mayor se casó y como
nosotros nos habíamos trasladado a Londres la madre nos escribió para que
fuéramos y estuviésemos presentes en la boda. Mi marido fue, pero yo pretexté
hallarme indispuesta y que no me era conveniente viajar, de manera que me quedé
en casa, porque, en realidad, no podía soportar ver cómo el hermano mayor se
daba a otra mujer, aunque sabía que yo no podría tenerlo nunca.
Como he dicho, me encontraba libre en el mundo y como todavía
era, según decían todos, joven y hermosa, cosa que también creía yo, y con una
fortuna apreciable en el bolsillo, me tenía a mí misma en gran concepto. Fui
cortejada por varios comerciantes de posición y muy especialmente por uno, que
trataba en telas, en cuya casa me alojé después de la muerte de mi esposo,
porque su hermana era conocida mía. Allí tenía una gran libertad y la
oportunidad de estar alegre y frecuentar cualquier compañía que me gustara,
porque la hermana de mi patrón era la mujer más loca y más alegre que he
tratado y no tan cuidadosa de su virtud como yo había creído al principio. Ella
me hizo entrar en un mundo de gente alocada e incluso trajo a casa algunas
personas de las que a ella le gustaban para que vieran a su bonita viuda, como
le gustaba llamarme, y cuyo nombre se me dio luego públicamente. Como que la
fama y la locura pronto se encuentran, allí recibí atenciones maravillosas y
tuve gran abundancia de admiradores, de los que se llaman enamorados, pero
entre todos ellos, no logré encontrar uno aceptable. En cuanto a lo que todos
querían, me era ya muy conocido para caer en trampas de ninguna clase. Yo había
cambiado mucho. Tenía dinero en el bolsillo y nada que decir. Úna vez había
sido engañada por esa trampa que se llama amor, pero el juego se había
terminado. Estaba decidida a casarme, o nada. Y además, el casamiento tenía que
ser muy de mi gusto.
Es cierto que me gustaba la compañía de hombres de talento y
alegres, galantes y de muy buena figura, y muy a menudo era obsequiada por
ellos, aunque también lo era por otros; pero una observación atenta me hizo ver
que los hombres más brillantes eran los que hacían las proposiciones más
torpes, es decir, más torpes desde mi punto de vista. Y, por el contrario, las
mejores proposiciones llegaban de los hombres más torpes y desagra-dables del
mundo. No era contraria a los comerciantes o tenderos, pero prefería uno que
tuviera también algo de caballero; que cuando quisiera llevarme a la Corte o al
teatro pudiera ceñirse una espada y aparentar ser tan caballero como cualquier
otro, y no al que llevara sobre su chaqueta la marca de los cordones del
delantal o sobre su peluca la marca del sombrero; que cuando ciñera la espada
demostrara no estar acostumbrado a ella y que se le conociera su ocupación por
su porte.
Por fin encontré ese ser anfibio, un tendero-caballero, y como
justo castigo de mi tontería fui cazada, como si dijéramos, en la misma trampa
que yo había preparado. Y digo esto porque no fui engañada, sino que me engañé
a mí misma.
El era también un gran pañero. Mi amiga quería haberme ajustado
con su hermano, pero cuando llegó el momento de hacerlo pareció resultar que él
me quería por amante y no por esposa, y yo me mantuve fiel a mi principio de
que una mujer con dinero no debe darse nunca como amante.
Lo que me conservó honesta fue, por tanto, mi orgullo, no mis
principios, ni mi dinero, ni mi virtud, aunque, como descubrí luego, me habría
sido mucho mejor dejarme vender por mi amiga a su hermano que venderme yo misma
a un comerciante que era, a la vez, calavera, caballero, tendero y mendigo.
Pero mi ilusión de ser la esposa de un caballero, me lanzó a mi
perdición de la manera más estúpida que mujer alguna pudo nunca hacer, porque
mi nuevo esposo, al recibir de una vez una suma global de dinero, se lanzó a
una profusión de gastos que todo lo que yo tenía, más lo que podía tener El, si
es que tenía algo, no podía durar más allá de un año.
Me quiso mucho durante más o menos la cuarta parte de un año,
pero todo lo que saqué fue el placer de comprobar que una gran parte de mi
dinero se gastaba en mí y debo decir que yo también contribuí a aquel derroche.
Un día me dijo:
-Venid, querida; vamos a pasar una semana en el campo.
-Bien, querido -exclamé yo-. ¿Adónde iremos?
-Me da lo mismo dijo él-, pero tengo la intención de que durante
una semana seamos gente de calidad. Iremos a Oxford.
-¿Cómo iremos? -pregunté-. i o no sé montar a caballo y es
demasiado lejos para ir en coche.
-¡Demasiado lejos! -replicó-. No hay un lugar demasiado lejos
para un coche con un tiro de seis caballos. Si os llevo de viaje, viajaréis
como una duquesa.
-¡Bah, querido, eso es una tontería! -dije-. Pero si tenéis esta
intención, a mí no me importa.
Fijamos la fecha, alquilamos un coche de lujo, buenos caballos,
un postillón y dos lacayos con librea, un caballero montado y sobre otro
caballo un paje con una pluma en el sombrero. Todos los criados lo llamaban a
él Milord y a mí me llamaban Su Gracia la señora Condesa. De esta forma,
viajamos hasta Oxford, y tuvimos un viaje muy agradable, porque, debo hacerle
justicia, ningún mendigo en el mundo hubiera sabido hacer el lord tan bien como
mi esposo. Vimos todas las curiosidades de Oxford, hablamos con dos o tres
directores de colegios sobre mandar a la Úniversidad a un sobrino nuestro que
estaba al cargo de Milord y del cual éramos tutores. Nos divertimos burlándonos
de unos pobres escolares dándoles esperanzas de ser, por lo menos, capellanes
de Milord y llevar una banda, y habiendo vivido de verdad como gente de calidad
con el gasto que a ello corresponde, nos fuimos a Northampton. En pocas
palabras, después de una correría de doce días, volvimos á casa habiendo
gastado noventa y tres libras.
La vanidad es la perfección del petimetre. Mi marido tenía esta
cualidad, pero no se fijaba en los gastos, y como su historia no tiene gran
cosa de particular, basta decir que en dos años y medio, aproximadamente,
quebró y no tuvo la suerte de ir a parar a la Mint, sino que fue a la cárcel
por haber sido detenido por un cargo demasiado fuerte para poder depositar
fianza. Entonces me mandó a buscar.
Para mí no fue una sorpresa porque hacía tiempo que yo había
previsto que acabaría en la bancarrota y había estado tomando medidas para
guardar algo, aunque no pudo ser mucho, para mí.
Pero cuando me mandó llamar, se portó mucho mejor de lo que yo
esperaba. Reconoció honradamente que había estado haciendo el loco y que había
permitido que lo sorprendieran, lo que podría haber prevenido; que preveía
ahora que no podría arreglarlo y, por tanto, quería que fuese a casa y por la
noche, sacara todo lo que había en ella de algún valor y lo pusiera en un lugar
seguro; y después de esto quería que si podía coger género de la tienda por
valor de cien o doscientas libras y guardármelo lo hiciera, pero «sin decirle
lo que había cogido ni a dónde lo había llevado».
-En cuanto a mí -dijo-, estoy decidido a salir de esta casa y a
marcharme, y si nunca más sabes de mí, querida, te deseo suerte. Sólo siento el
perjuicio que te he causado.
Al separarnos, me dijo muchas cosas agradables para mí, porque
como ya he dicho, era un caballero. Este fue todo el beneficio que obtuve de
tal condición y, en todas ocasiones, me trató de una manera muy agradable y con
buenos modales hasta el final, sólo que gastó lo que era mío y luego me dejó
que robara a los acreedores para poder subsistir.
No obstante, no duden ustedes que hice lo que me dijo; después
de separarnos así, nunca más volví a verle porque encontró la forma de huir de
los alguaciles aquella noche o la siguiente y se fue a Francia y los acreedores
arramblaron con todo lo que quedó como pudieron. No sé cómo lo hizo, pero lo
que llegó a mis oídos fue que entró en casa alrededor de las tres de la
madrugada, hizo que el resto de los bienes fuese trasladado a la Mint y cerró
la tienda, y habiendo reunido todo el dinero que pudo encontrar, marchó a
Francia, como he dicho, desde donde recibí una o dos cartas suyas y luego
ninguna más.
Cuando fue a casa no le vi, porque seguí al pie de la letra sus
instrucciones y, habiéndome dado prisa, ya no tenía nada que hacer allí, pues
temí ser detenida por los acreedores, porque se formó una comisión de
bancarrota y podrían haberme detenido por orden de los comisarios. Mi marido
salió muy diestramente de la prisión preventiva descolgándose de una manera
desesperada, desde el tejado de la casa hasta el del otro edificio y desde
allí, a pesar de haber una altura de dos pisos, lo que era más que suficiente
para romperse la crisma, saltó a la calle; luego fue a casa y sacó los géneros
antes de que los acreedores pudieran cogerlos, es decir, antes de que pudieran
formar comisión de quiebra y mandar a los oficiales a tomar posesión de ellos.
Mi marido fue muy atento conmigo, por lo que digo aún que era un
caballero, pues en la primera carta que me escribió desde Francia, me enteró de
que había empeñado veinte piezas de holanda fina por treinta libras, las que,
en realidad, valían noventa y me adjuntaba la papeleta y una autorización para
retirarlas pagando el empeño, lo que así hice y, con el tiempo saqué de ellas
más de cien libras pues las corté y las fui vendiendo a varias familias, una
aquí y otra allá, a medida que se me presentaba una oportunidad.
No obstante, con todo esto y lo que antes me había asegurado, al
hacer recuento, encontré que mi situación había cambiado mucho y mi fortuna
estaba muy disminuida, porque, incluyendo la tela de holanda y un paquete de
muselina fina que me había llevado antes, alguna plata y otras cositas más, vi
que difícilmente llegaba • a las quinientas libras. Mi situación era muy
extraña, porque, sin tener hijos (había tenido uno con mi caballero-tendero,
pero murió), era como una viuda embrujada. Tenía marido y no tenía marido y no
podía pretender casarme de nuevo, ; aunque sabía que mi esposo no pondría nunca
más los pies en Inglaterra, ni que viviera cincuenta años. Así, pues, como
digo, el matrimonio me estaba vedado, fuese cual fuese la proposición que me
hicieran, y no tenía ningún amigo que pudiera aconsejarme respecto a la
situación en que me encontraba o, por lo menos, en quien confiara lo suficiente
para exponerle mi situación, ya que si los comisionados se enteraban de quién
era yo seguramente me buscarían y me interrogarían bajo juramento y me
quitarían todo lo que había salvado.
Ante este temor, lo primero que hice fue apartarme de mis
conocidos y tomar otro nombre. Y desde luego hice bien porque me fui a vivir a
la Mint, donde me hospedé en un sitio muy retirado y me hice llamar mistress
Flanders.
Allí me sentí muy segura, ya que mis nuevos vecinos no me
conocían ni nada sabían de mí, pero pronto tuve compañía, ya sea porque las
mujeres escasean entre la clase de gente que generalmente se encuentra allí o
porque hay mucha necesidad de buscar consuelos que palíen las desventuras.
Pronto me di cuenta de que entre aquellos afligidos una mujer agradable tenía
gran aceptación y que los que buscaban dinero para poder pagar media corona por
libra a sus acreedores y quedaban a deber sus comidas en la taberna del «Toro»
sabían cómo encontrar dinero para una cena si una mujer les gustaba.
No obstante, por el momento me conservé salva, aunque, igual que
la querida de lord Rochester, a la que agradaba su compañía, pero no le
permitía nada más, empecé a tener fama de prostituta sin serlo. Ante esto,
cansada de aquel lugar y también de la compañía, empecé a pensar en mudarme.
Para mí era, en efecto, un caso que me hacía reflexionar
profundamente ver aquellos hombres abrumados por situaciones difíciles, que
habían llegado a varios grados por debajo de la ruina, cuyas familias eran
objeto de terror para ellos y de caridad para los demás, y que, sin embargo,
mientras tenían un penique e incluso sin tenerlo trataban de ahogar sus penas
en el vicio amontonando pecados sobre sus cabezas, procurando olvidar cosas
pasadas cuando era precisamente el momento de recordarlas a fin de acrecentar
el arrepentimiento, y pecando de nuevo como remedio de haber pecado antes.
Pero no soy yo la más indicada para predicar. Aquellos hombres
eran demasiado perversos, incluso para mí. En su forma de pecar había algo
horrible y absurdo como si se les forzara a hacerlo. No sólo obraban contra la
conciencia, sino incluso contra la naturaleza tratando de ahogar las
reflexiones que su situación les inspiraba continuamente, y así no era nada
difícil ver que los suspiros interrumpían sus canciones y que, a pesar de sus
sonrisas forzadas, sus frentes acusaban la palidez de la angustia, e incluso,
algunas veces, les salían de la boca cuando acababan de tirar su dinero en un
deleite lujurioso o en un abrazo vicioso. Les he oído exclamar con hondos
suspiros: «¡Soy peor que un perro. Bueno, Betty querida, no obstante, beberé a
tu salud!», recordando a la pobre esposa, quizá con tres o cuatro niños y sin
media corona en el bolsillo. La mañana siguiente se sentirían otra vez
arrepentidos y quizá la pobre esposa desconsolada iría a verle para enterarle
de lo que estaban haciendo los acreedores, de cómo ella y los niños se iban a
ver arrojados de su casa, o cualquier otra noticia por el estilo, y esto añadía
materia a sus arrepentimientos. Pero cuando se ha llegado casi a enloquecer,
como no ese tienen principios en qué sustentarse, ni nada dentro para hallar
consuelo, sino que todo son tinieblas, busca de nuevo el mismo consuelo, es
decir, la bebida y la crápula, en compañía de hombres de sus mismas
condiciones, y repite su falta avanzando así cada día un paso más por el camino
de su propia destrucción.
Yo no era aún lo suficiente perversa para hombres de esta clase.
Por esta razón, empecé a pensar muy seriamente qué iba a hacer, cuál era ml
situación y qué camino podía seguir. Sabía que no tenía amigos, ni un solo
amigo o conocido en el mundo, que cuando se acabara lo poco que me quedaba me
quedaría en la miseria.
Estas consideraciones y el horror que me inspiraba el lugar
donde me encontraba, y los casos terribles que tenía siempre ante mí, me
decidieron a marcharme.
Había conocido allí a una mujer de muy buena condición, que era
también viuda como yo, pero en mejor situación. Su marido había sido capitán de
un barco mercante que, al regreso de un viaje a las Indias Occidentales,
naufragó y aunque salvó la vida, en vez del provecho que hubiera obtenido de
llegar bien, se puso tan enfermo que se le rompió el corazón y murió, y su
viuda, al ser perseguida por los acreedores, se vio obligada a refugiarse en la
Mint. Con ayuda de unos amigos, arregló las cosas y quedó nuevamente en
libertad. Al saber que yo estaba allí, sólo para ocultarme y no por otra causa,
y descubrir que coincidíamos en odiar justamente aquel lugar, me invitó a que
fuera a su casa a vivir con ella hasta que pudiera dar con la manera de
establecerme nuevamente en la vida a mi satisfacción, diciéndome, además, que
era muy posible que, como íbamos a vivir, cualquier capitán de barco se
prendara de mí y me cortejara.
Acepté su oferta y estuve medio año con ella. Habría estado más
tiempo, pero entretanto le sucedió a ella lo que me dijo que podía sucederme a
mí y se casó en muy buenas condiciones.
Pero lo mismo que su fortuna iba hacia arriba, la mía iba hacia
abajo, porque no encontré nada más conveniente que dos o tres contramaestres,
pues por lo que se refiere a capitanes, eran generalmente de dos clases: los
que teniendo un buen negocio, es decir, un buen barco, decidían no casarse, a
menos que no fuese con ventaja o sea con una mujer rica, y los que, no teniendo
empleo, buscaban una mujer que les ayudara a conseguir un barco; quiero decir,
una mujer que tuviera algún dinero, y pudiera, por tanto, ayudarles a ser
propietarios de parte del barco, a fin de animar a los armadores a entrar en el
negocio; o una mujer que, aunque no tuviera dinero, tuviera amistades dentro
del ramo marítimo y pudiera ayudar al joven a obtener un buen barco, lo que es tanto
como ser dueño de una parte. Y como ninguno de estos casos era el mío, parecía
estar destinada a quedarme como estaba.
Este conocimiento lo adquirí pronto por experiencia propia, es
decir que el asunto matrimonio era distinto aquí y que no podía esperar en
Londres lo que había encontrado en el campo. Aquí los casamientos eran el
resultado de unas intrigas para crear intereses y continuar negocios y el amor
no tenía ninguna intervención o muy poca en el asunto.
Como había dicho mi cuñada de Colchester, la belleza, el
ingenio, los modales, el buen humor, la buena conducta, la educación, la
virtud, la piedad y cualquier otra calificación, fuese de cuerpo o de alma, no
tenía poder alguno de recomendación, pues era solamente el dinero lo que hacía
agradable a una mujer. Los hombres escogían sus queridas por afecto y a una
prostituta le era necesario ser bella, bien formada, tener un buen semblante y
un comportamiento gracioso. Pero en cuanto a la esposa, ninguna deformidad
chocaba al gusto, ni ninguna mala calidad al juicio, sino que el dinero era lo
que contaba. La dote no era nunca mala ni monstruosa. El dinero era siempre
agradable sin importar cómo fuera la esposa.
Además, como todas las ventajas estaban de parte del hombre,
descubrí que la mujer había perdido el privilegio de decir: «No», y que ahora
constituía un favor para una mujer que se le solicitara y que si alguna joven
tenía la arrogancia de oponer una negativa, ya nunca más se le ofrecía la
oportunidad de darla por segunda vez y mucho menos de reparar aquel paso en
falso y aceptar luego lo que había rechazado antes. Los hombres tenían el poder
de escoger y las mujeres eran muy desgraciadas porque parecían estar detrás de
la puerta, de manera que si un hombre, por una rara casualidad, era rechazado
en una casa, estaba seguro de ser bien acogido en la siguiente.
Además de esto, observé que los hombres no tenían ningún
escrúpulo en espabilarse y salir a cazar una fortuna, como lo llamaban, cuando
ellos no tenían fortuna alguna ni mérito para merecerla, y lo llevaban a tal
extremo que la mujer no tenía ni siquiera el derecho de saber el carácter o la
posición del hombre que la pretendía. De esto tuve un ejemplo en una señorita
que vivía en una casa al lado de la mía y con quien cogí alguna intimidad. La
cortejaba un joven capitán y aunque ella tenía cerca de dos mil libras de
fortuna, al enterarse él de que había preguntado a alguno de los vecinos cómo
eran su carácter, su moral y su posición, en la visita siguiente le hizo saber
que esto le había sentado muy mal y que no la molestaría más con sus visitas.
Habiéndome enterado de ello y como había empezado ya su amistad conmigo fui a
verla y tuvimos una larga conver-sación sobre el asunto. Ella me abrió su pecho
con toda franqueza y me di cuenta de que, a pesar de que creía que había sido
mal tratada, no estaba resentida por ello, sino muy picada por haberlo perdido
y, sobre todo, porque pudiera conquistarlo otra con menos fortuna.
Procuré arrancar de su mente toda aquella bajeza, como yo la
llamaba y le dije que yo incluso en la baja condición en que me encontraba,
habría despreciado a un hombre que hubiese pensado que tenía que aceptarlo sólo
bajo su palabra, sin dejarme la libertad de informarme de su fortuna y de su
carácter. También le dije que, poseyendo una buena fortuna, no tenía necesidad
de inclinarse ante los desastres de ahora; que ya era suficiente que los
hombres pudiesen insultar a las que teníamos poco dinero, pero que si dejaba
pasar una tal afrenta sin resentirse por ella se rebajaría a sí misma y sería
despreciada por todas las mujeres de aquella parte de la ciudad; que a una
mujer no le
puede faltar nunca una oportunidad para vengarse a., un nombre
que la ha tratado tan mal, ya que hay maneras sobradas de humillarlo, pues, de
no ser así, las mujeres seríamos las criaturas más desgraciadas del mundo.
Vi que le gustaba mucho mi discurso y me dijo seriamente que le
agradaría mucho hacerle objeto de su resentimiento, ya sea logrando que
volviera o teniendo la satisfacción de que su venganza fuera lo más pública
posible.
Le dije que si seguía mi consejo le diría lo que podía hacer
para que se cumplieran sus deseos, y que me comprometía a llevar al hombre
nuevamente a la puerta de su casa y hacerle pedir que se le permitiera la
entrada. Al oír esto sonrió y pronto comprendí que si él iba nuevamente a su
puerta no lo dejaría mucho tiempo fuera sin invitarle a entrar.
No obstante, escuchó atentamente el consejo que se le ofrecía.
Yo le dije que lo primero que tenía que hacer era algo de justicia para ella,
es decir, que como él había ido diciendo que la había dejado atribuyéndose la
negativa, se tomara el cuidado de esparcir entre las mujeres, lo cual no había
de resultarle difícil en un barrio tan amigo de enterarse de las cosas de las
demás, que había preguntado las circunstancias de él, y se había ente-rado de
que no era el hombre que pretendía ser.
-Decidles, señora -le dijo-, que no es él el hombre que vos
esperabais y que os pareció que no os ofrecía ninguna seguridad andar con él,
pues se os dijo que tenía mal carácter y que se jactaba de haber abusado de
algunas mujeres y especialmente que era de una moral disoluta, etcétera.
Esto último era bastante verdad, pero no me pareció que por ello
le gustara menos.
Se dio mucha diligencia en obrar tal como yo le había dicho;
encontró quién la ayudara, lo cual no le costó mucho porque con sólo contar su
historia a un par de chismosas del barrio fue ya la comidilla de la hora del té
en toda aquella parte de la ciudad, de manera que me encontré con la historia
en todas las visitas que hice. Además, como se sabía que yo era amiga de
aquella señora se me preguntaba mi opinión muy a menudo y yo confirmaba con
creces cuanto había dicho ella y pintaba el carácter de él con los colores más
oscuros, pero, además, como cosa confidencial, añadía que había oído decir que
estaba en muy mala situación y con mucha necesidad de una fortuna para
de-fender sus intereses con los armadores que trataba; que no había pagado su
parte y que si no la pagaba pronto los armadores lo echarían del barco y
probablemente sería el piloto quien lo mandara, ya que había ofrecido quedarse
con la parte que el capitán había prometido subvenir. También añadí, porque en
realidad estaba muy picada con aquel bribón como yo lo llamaba, que había oído
decir que tenía una esposa en Plymouth y otra en las Indias Occidentales, cosa
que, como sabían, no era nada extraño en estos caballeros.
Esto dio el resultado que esperábamos, porque muy pronto se le
cerró la puerta de la casa de al lado, donde había una joven señorita cuya
fortuna administraba su padre y su madre, y el padre le prohibió la entrada.
También en otra casa donde iba, la mujer, aunque parezca extraño, tuvo la
valentía de decirle que no, y dondequiera que probara, se le reprochaba su
orgullo y que no permitía que la mujer pretendida se enterara de su carácter y
demás circunstancias.
Entonces empezó a darse cuenta del error y como había alarmado a
todas las mujeres de este lado del río, se fue a Ratcliff y empezó a frecuentar
algunas de las señoras de allí; pero aunque allí las mujeres tenían tantas
ganas como aquí de que se las solicitase, su mala fortuna quiso que la fama de
su carácter cruzara el río con él y que su nombre tuviera tan poca estima como
en nuestro lado. La cosa se le puso tan mal que pudo haber encontrado muchas
esposas, pero no entre las que tenían fortuna, que esto es lo que él buscaba.
Pero esto no fue todo. Mi amiga, se las arregló muy ingeniosamente para que un
joven caballero pariente suyo, que, en realidad, estaba ya casado, fuera y la
visitara dos o tres veces por semana en un bonito coche con lacayo de librea y
yo, entonces, también hice correr el rumor de que la cortejaba, que era un
caballero de unas mil libras de renta al año, que se había enamorado de ella y
que se iría a casa de su tía, ya que para el caballero era un inconveniente ir
a verla con su coche a Redriff por ser las calles tan estrechas.
Esto dio inmediatamente un buen resultado. En todas partes se
rieron del capitán, que estaba a punto de ahorcarse, desesperado. Probó de
todas maneras de volver con ella y le escribió las cartas más apasionadas del
mundo, excusándose por su anterior arrebato. En suma, tras mucho porfiar obtuvo
permiso para visitarla otra vez a fin, como dijo, de limpiar su reputación.
El encuentro sirvió para que ella se tomara una venganza
completa, porque le dijo que quién pensaba que era ella que pudiera admitir un
hombre para un contrato de tanta importancia, sin antes informarse de cuáles
eran sus medios y de su carácter, sobre todo cuando él no había pagado la parte
que pretendía tener en el barco que mandaba; cuando sus armadores estaban
resueltos a quitarle el mando del barco y dárselo a su piloto; cuando se dudaba
de su moralidad porque había sido despreciado por tales y cuales mujeres;
cuando se decía que tenía una esposa en Plymouth y otra en las Indias
Occidentales, y otras cosas por el estilo; y le preguntó si podía negar que, de
no aclararse todo esto, tenía razón en rechazarlo y, entretanto, insistir que
le diera una satisfacción en unos puntos de tanta importancia como eran éstos.
Quedó él tan confundido que no podía articular ni una sola
palabra, hasta el punto que ella empezó a creer que quizá todo fuera cierto,
tal era su turbación, aunque sabía perfectamente que era ella misma la que
había hecho circular aquellos rumores.
Al cabo de un rato, él pudo recobrarse algo y desde entonces, se
convirtió en el cortejador más humilde, más modesto y más constante.
Ella llevó su broma mucho más lejos. Le preguntó si creía que
había llegado a tal extremo que tenía que soportar su mal trato y si no se daba
cuenta que lo que ella estimaba era a los que consideraban que valía la pena de
llegar por ella mucho más lejos que él, refiriéndose al caballero que, como
cebo, había logrado que la visitara.
Con todos estos trucos, lo obligó a someterse a todo cuanto ella
quería, tanto en circunstancias como en conducta. El llevó las pruebas de que
había pagado su participación en el barco y le enseñó certificaciones de los
armadores de que el rumor de querer quitarle el mando y darlo al piloto era
falso y sin fundamento; en suma, fue todo lo contrario de lo que había sido
antes.
Así convencí a mi amiga de que si los hombres sacan ventaja de
su sexo en el asunto del matrimonio, sobre el supuesto de que hay mucho que
escoger y las mujeres son fáciles, es porque a las mujeres les falta el valor
de mantener su derecho y de jugar sus cartas, porque como dice milord
Rochester:
Una mujer no queda nunca tan destruida, que no pueda vengarse de
su destructor, el hombre.
Después de esto, la joven lo hizo tan bien que, siendo su
principal deseo tenerlo, hizo que obtenerla a ella fuese para él la cosa más
difícil del mundo, y no lo hizo con un porte altanero y reservado, sino con una
política hábil, volviendo las tornas contra él y jugando su mismo juego, porque
así como él pretendió, con altanería, oponerse a que inquiriesen su carácter,
rompiendo con ella por considerarlo una afrenta, ella también rompió con él por
esta misma razón y, al mismo tiempo, lo hacía someterse a todas las
investigaciones sobre sus asuntos mientras, aparentemente, le cerraba las
puertas de su corazón.
Para él era suficiente poder hacerla su esposa. En cuanto a lo
que ella tenía, le dijo claramente que como él ya conocía sus circunstancias
era justo que ella conociera las de él y como que cuando sólo conocía estas
circunstancias por el decir de los demás, y aquel conocimiento había sido
suficiente para que le hiciera grandes protestas de amor, lo único que podía
hacer ahora era pedir su mano y la dote correspondiente, de acuerdo con la
costumbre de los novios. En definitiva, no le dejó ocasión de hacerle pregunta
alguna sobre su posición económica, de lo cual ella sacó la ventaja
correspondiente, como mujer prudente, porque colocó parte de su fortuna en
diversas inversiones sin decirle nada a él, de manera que el dinero estaba
fuera de su alcance, y lo dejó contento y satisfecho con el resto.
Desde luego, estaba en una situación bastante buena, es decir
que, en dinero, tenía unas mil cuatrocientas libras, que le dio a él; y lo
demás, después de algún tiempo, se lo dijo, pero como un gaje para ella, lo que
él tuvo que aceptar como un gran favor, pues aunque no podía ser suyo, por lo
menos le aliviaría en los gastos particulares de ella. Debo añadir que, por su
conducta, el caballero fue no sólo el más humilde en su solicitud para
obtenerla, sino también el más complaciente de los maridos cuando la tuvo.
Al llegar aquí no puedo por menos que hacer presente a las
señoras, que ellas mismas se colocan por debajo del nivel normal de una esposa,
que, si se me permite no ser parcial, diré que es ya bastante bajo de por sí, y
digo que se colocan por debajo del nivel normal y ponen la base de su propia
mortificación cuando se someten de antemano a ser rebajadas por los hombres,
sin que yo pueda ver que haya necesidad alguna de ello.
Este relato puede servir, por tanto, para que las señoras vean
que la ventaja no está tanto del lado de los hombres como ellos mismos creen, y
aunque sea verdad que los hombres tienen mucho que escoger entre nosotras y que
algunas mujeres se deshonren a sí mismas y sean baratas y fáciles de obtener y
casi no esperen a que se las solicite, en cambio, si ellos quieren tener
mujeres que valgan la pena, no las encontrarán tan fácilmente. Las que no son
difíciles son deficientes y yo recomendaría a las mujeres que fueran difíciles,
en vez de animar a los hombres en sus fáciles cortejos, ya que ellos tampoco
pueden esperar
que sean buenas esposas las mujeres que se dan a la primera
ocasión.
Es cierto que las mujeres siempre aventajan a los hombres cuando
se mantienen firmes y dejan ver a sus pretendientes que no quieren verse
tratadas a la ligera y que no temen decir que no. Ellos nos insultan gravemente
cuando hablan del gran número que hay de mujeres y dicen que las guerras, el
mar y el trabajo y otros accidentes se han llevado a muchos hombres y que, por
tanto, no existe proporción entre el número de hombres y de mujeres, por lo que
las mujeres están en desventaja. Estoy lejos de convenir en que el número de
mujeres sea tan elevado y el de hombres tan pequeño, pero si me permiten
apuntar a la verdad diré que la desventaja de la mujer es un escándalo para el
hombre y la causa es ésta y solamente ésta: que los tiempos son tan malos y el
sexo tan disoluto que el número de hombres con el qué una mujer honrada puede
unirse es verdaderamente pequeño, porque sólo de vez en cuando se encuentra un
hombre verdaderamente digno de que una mujer pueda aventurarse con él.
Pero la consecuencia de esto no es más que las mujeres debieran
ser más sutiles, porque, ¿qué es lo que sabemos del carácter del hombre que nos
hace la oferta? Decir que la mujer en esta ocasión debiera ser más fácil, es
decir que debiera ser más atrevida en aventurarse a causa de la magnitud del
peligro. Esto, a mi entender, es un absurdo.
Por el contrario, las mujeres tienen diez mil veces más razón
para ser cuidadosas y retraídas, ya que la posibilidad de ser traicionadas es
mayor. Y si las señoras pensaran en esto y fuesen más precavidas, verían la
trampa que se les tiende, porque hoy día, son muy pocos los hombres cuyas vidas
tienen personalidad, y si las señoras investigan sólo un poco, podrán enterarse
de cómo es el hombre y librarse del peligro. En cuanto a las mujeres que creen
que no vale la pena preocuparse de su seguridad, las que, impacientes para
entrar en el estado que creen perfecto, deciden aceptar el primer cristiano que
se les presenta, corriendo al matrimonio como aquel que va a la guerra, sólo
puedo decirles esto: que pertenecen a una clase de mujeres, entre las que no tienen
personalidad, por las que hay que rogar a Dios. A mí me recuerdan a los que
exponen toda su hacienda en una lotería cuando hay un solo premio para cien mil
números.
Ningún hombre con sentido común tendrá en menos a una mujer
porque no se rinde al primer ataque o porque no acepte sus proposiciones hasta
haberse enterado de su carácter y, por el contrario, la creerá la más débil de
todas las criaturas, tal como van ahora las cosas. En definitiva, tendrá una
pobre opinión de su capacidad e incluso de su inteligencia, si, teniendo una
sola oportunidad en su vida, la usa en seguida y hace del matrimonio lo que es
la muerte, un salto en las tinieblas.
Quisiera que en este aspecto la conducta de mi sexo fuera más
regular en lo que, en estos tiempos y en esta vida, nos hace. sufrir tanto. Es
solamente la falta de valor, el temor a no casarse y a aquel temido estado de
la vida que se llama ser una solterona. Este es, digo yo, el cepo que nos
tiende la vida, pero si las mujeres pudieran remontar de una vez este temor y
hacer las cosas bien, lograrían ciertamente mejores resultados en el camino de
su felicidad manteniendo sus posiciones que exponiéndose como se exponen. Si no
se casaban tan pronto como era su deseo, en cambio quedarían compensadas
casándose con una mayor seguridad. La que tiene un mal marido es que se ha
casado demasiado pronto y nunca se casa demasiado tarde la que logra un buen
esposo. No hay mujer alguna, exceptuando las deformes y las de mala reputación,
que no pueda casarse con una mayor seguridad si sabe hacer bien las cosas. En
cambio, si se precipita, tiene diez probabilidades contra una de ser
desgraciada.
Y ahora, vuelvo a mi situación que por aquel tiempo no tenía
nada de placentera. La situación en que me encontraba hacía necesario que
lograra un buen marido, pero pronto me di cuenta que de nada servía mostrarme
barata y fácil. Pronto se fue sabiendo que no tenía fortuna y decir esto de mí
era decir todo lo malo posible porque empecé a ser dejada de lado en las
especulaciones matrimoniales. Yo era bonita, bien educada, ingeniosa, modesta y
agradable, pero todo esto que se me atribuía, con o sin razón, constituía lo
que menos importa, no tenía ningún valor porque no lo acompañaba una dote, pues
el dinero se había convertido en cosa más importante que la misma virtud.
En suma, que yo no era más que una viuda que no tenía dinero.
Comprendí, por tanto, que por mis circunstancias era
completamente necesario que cambiara de lugar y me fuese a algún otro sitio
donde no fuera conocida, e incluso con otro nombre si había motivo para ello.
Comuniqué mi intención a mi amiga íntima, la señora del capitán,
a la que yo había servido fielmente en el asunto de dicho capitán y que estaba
dispuesta a servirme del mismo modo, si lo deseaba. No tuve escrúpulos en
enterarla de mi situación. Mi capital era pequeño, pues había reunido cosa de
quinientas cua-
renta libras al terminar mi asunto anterior, pero ya había
gastado algo, de manera que me quedaban cuatrocientas sesenta libras, unos
lujosos vestidos, un reloj de oro y algunas joyas, aunque no de gran valor y
alrededor de treinta o cuarenta libras en telas que no había vendido aún.
Mi querida y fiel amiga, la esposa del capitán, estaba tan
agradecida del favor 'que yo le había hecho en el asunto del casamiento, que no
sólo era una amiga segura, sino que, conociendo mi situación, cuando recibía
dinero me hacía regalos que equivalían a mis gastos de manutención, de manera
que yo no gastaba nada de lo mío. Por fin un día me hizo una proposición
desgraciada. Como habíamos observado por lo que le había ocurrido a ella que
los hombres no tienen escrúpulos en presentarse como merecedores de una mujer
con fortuna cuando ellos no la tienen, era solamente justo pagarles en la misma
moneda, es decir, engañar al que nos engañaba.
La esposa del capitán me metió este proyecto en la cabeza y me
dijo que si me dejaba guiar por ella ciertamente me proporcionaría un marido
rico sin dejarle a él motivo alguno para que luego pudiera hacerme reproches
por mi pobreza. Le dije, como era lógico, que me ponía completamente en sus
manos y que no tendría en este asunto lengua para hablar ni pies para moverme,
a menos que fuese bajo sus órdenes, y que confiaba que ella me sacaría de las
dificultades en que pudiera hacerme meter, de lo cual me dijo que respondía
plenamente.
El primer paso fue llamar a su prima y mandarme a una casa que
tenía en el campo a donde llevó a su marido para visitarme y llamándome prima
supo hacer las cosas tan bien que su marido y ella me invitaron con mucha
insistencia a que fuera a la ciudad y me quedase con ellos, pues ahora vivían
en un lugar distinto de donde estaban antes. A continuación dijo a su esposo
que yo tenía una fortuna de mil quinientas libras por lo menos y que, según le
habían dicho algunas de mis amistades, era posible que tuviese mucho más.
Bastó con decirle esto a su marido; no se precisó nada por parte
mía. No tuve más que quedarme sentada y esperar los acontecimientos, porque en
seguida se esparció el rumor por todo el vecindario de que la viuda que estaba
en casa del capitán... tenía una fortuna que, por lo menos, ascendía a mil
quinientas libras y posiblemente a bastante más y que el capitán así lo decía.
Y si alguien preguntaba alguna vez al capitán sobre ello, él no tenía ningún
escrúpulo en afirmarlo, aunque no sabía una sola palabra del asunto más que lo
que su esposa le había con tado. Desde luego, no creía hacer ningún daño porque
realmente pensaba que era, así, ya que su esposa se lo había dicho. Cuando la
gente sabe que hay una fortuna en juego es sobre los fundamentos más livianos
que levanta edificios. Con esta reputación de mujer rica pronto me vi rodeada
de admiradores y pude escoger entre ellos,, a pesar de que dicen que van tan
escasos, lo que, por otra parte, confirma lo que he dicho antes. Siendo mi caso
como era, tenía que jugar muy sutilmente.
De momento tenía que escoger entre ellos el que mejor conviniera
a mi propósito, es decir el hombre que creyera más fácilmente en el rumor de mi
riqueza sin inquirir demasiadas cosas. A menos que lograse esto, no lograría
nada, porque mi situación no resistía muchas investigaciones.
Escogí al hombre sin gran dificultad, guiada por el juicio que
formé de él por su modo de cortejarme. Había dejado que me hiciera protestas y
juramentos de que me amaba sobre todas las cosas del mundo y que lo único que
quería es que yo lo hiciera feliz, todo lo cual yo sabía que estaba basado en
el supuesto, es decir, en la seguridad de que yo era muy rica, aunque yo no le
había dicho nunca una palabra en este sentido.
Aquel era mi hombre, pero tenía que probarlo hasta el fin, pues
precisamente en esto consistía mi seguridad porque si él fallaba yo sabía que
estaba perdida, tan seguro como que estaba perdido él si se casaba conmigo, y
si yo hacía alguna alusión a su fortuna, era la forma de que también él hiciera
alguna a la mía, por lo que, de entrada, fingí en todas las ocasiones que
dudaba de su sinceridad y le dije que quizá me cortejaba únicamente por mi
fortuna. En este punto, él me cerró la boca con una lluvia de protestas, como
he dicho antes, pero yo aún seguía fingiendo dudar.
Una mañana, se sacó su anillo de brillantes y escribió en el
vidrio de mi ventana este verso:
A vos quiero y sólo a vos.
Yo lo leí y pedí que me dejara el anillo, y grabé debajo:
Y así, en amor, dicen todos.
Tomó el anillo otra vez y escribió otro verso:
Sólo la virtud es riqueza.
Se lo volví a pedir y escribí debajo:
Pero dinero es virtud, oro es destino.
Enrojeció violentamente al ver con qué facilidad le daba la
réplica y como en una especie de frenesí, me dijo que me conquistaría y
escribió así:
Desprecio tu oro y, no obstante, te amo.
Me aventuré sobre este último verso, como verán, pues escribí
debajo con osadía:
Soy pobre. A ver hasta dónde llega tu bondad.
Para mí, era esto una triste verdad. Si él lo creyó o no, no
puedo decirlo, pero supongo que no lo creyó. No obstante, voló hacia mí, me
cogió en sus brazos y besándome con mucha avidez y con la mayor pasión, me tuvo
sujeta y pidió papel y tinta diciendo que no podía seguir escribiendo en el
cristal y sacando un trozo de papel se puso a escribir nuevamente:
Sé mía, con toda tu pobreza.
Yo tomé la pluma y continué así:
Pero, en el fondo, esperas que esté mintiendo.
Me dijo que esto no era justo y que le obligaba a contradecirme,
lo cual no estaba de acuerdo con los buenos modales ni tampoco con su afecto,
y, por tanto, ya que, insensiblemente, lo había metido en este garabato
poético, me rogaba que no le obligara a dejarlo, y siguió escribiendo:
Deja que nuestra única disputa sea el amor. Yo escribí a
continuación:
Ya ama bastante la que odia.
Consideró esto como un favor y dejó los bártulos, es decir la
pluma. Digo que tomó esto por un favor y, desde luego, lo era y grande si lo
hubiese sabido todo. No obstante, él lo interpretó como yo lo decía, o sea que
estaba inclinada a seguir con él. Y en verdad yo tenía todas las razones del
mundo para hacerlo, pues era el hombre más alegre y de mejor humor que yo había
conocido y muchas veces me decía a mí misma que era un crimen engañar a un
hombre así. Pero necesitaba un acomodo apropiado a mi situación y ésta era mi
justificación. Ciertamente por más que su afecto por mí y la bondad de su
carácter pudieran incitarme a no abusar de él, era también argumento de peso
para mí pensar que aceptaría mucho mejor mi pobreza que no cualquier infeliz de
mal genio que, a lo mejor, no tendría en su favor más que una de aquellas
pasiones que hacen infeliz a una mujer para toda la vida.
Además, había bromeado con él tan a menudo sobre mi pobreza o,
por lo menos, por broma lo tenía él, que cuando descubriera que era verdad, él
mismo cerraría previamente la puerta a cualquier objeción, ya que, en broma o
de veras, había declarado que me tomaba sin pensar para nada en la dote, y yo,
en broma o en serio, le había dicho que era muy pobre, de manera que lo tenía
atado por todos los lados, aunque después pudiera decir que se había engañado,
no podría nunca decir que lo había engañado yo.
Después de esto fue apretando el cerco y como yo pude darme
cuenta de que no había lugar a temer perderlo, jugué con él la carta de la
indiferencia más tiempo de lo que la prudencia hubiese podido aconsejar, de
haber sido él de otro modo.
Pero consideré la ventaja que me daría sobre él esta cautela
cuando llegara el momento en que fuese necesario declarar mi verdadera
posición, y lo hice con mayor astucia porque descubrí que él inferiría, como en
realidad tenía que hacer, que yo tenía más dinero o más juicio y no quería
aventurarme.
Un día, después de haber estado hablando largamente sobre el
asunto, me tomé la libertad de decirle que puesto que había recibido de él la
prueba de su amor verdadero, es decir, que me tomaría sin hacer investigaciones
sobre mi fortuna, yo le compensaría haciendo la mínima investigación posible
que la razón exigía sobre su fortuna, pero que esperaba que me permitiría
hacerle tinas pocas preguntas que él contestaría o no, según creyera
conveniente y que yo no me ofendería si no me las contestaba. Úna de estas
preguntas se refería a nuestro plan de vida y al lugar donde íbamos a vivir
porque había oído decir que tenía unas grandes plantaciones en Virginia y que
él había hablado de ir a vivir allí y a mí no me satisfacía mucho el traslado.
Después de decirle esto, empezó a contarme voluntariamente todo
lo referente a sus negocios y a explicarme, con su modo franco y abierto, todas
sus circunstancias, por lo que supe que estaba en muy buena posición, pero que
gran parte de su hacienda consistía en tres plantaciones que. tenía en Virginia
y que le producían una buena renta, hablando en términos generales, del orden
de las trescientas libras por año, pero que si él viviese allí, le reportarían
quizá cuatro veces más. «Muy bien -pensé yo-. «Me llevaréis allí cuando
queráis, pero no voy a decíroslo de antemano.»
Bromeé con él sobre el aspecto que tendría en Virginia, pero me
di cuenta de que haría todo cuanto yo deseara, si bien no parecía contento de
que no diera importancia a sus plantaciones, por lo que cambié de tema. Le dije
que tenía una gran razón para no ir a vivir allí, porque si sus plantaciones
eran tan valiosas, yo no tenía una fortuna para un caballero de mil doscientas
libras al año como decía él que sería su hacienda.
Replicó generosamente que no me preguntaba cuál era mi fortuna.
Me había dicho desde el principio que no lo haría y cumpliría su palabra, pero
fuese la que fuese, nunca deseó llevarme a Virginia con él, ni ir él allí sin
mí, a menos que yo estuviese completamente dispuesta a ello por mi propia
elección.
Todo esto, como pueden ustedes suponer, era como yo desea ba y
nada podría haber sucedido que me gustara más. Seguí tan lejos como pude con mi
aire de indiferencia, que le extrañaba, más ahora que al principio, pero que
era el apoyo principal de su cortejo, y hago mención de ello para decir
nuevamente a las señoras que su falta de decisión para emplear esta
indiferencia, es lo que resta valor a nuestro sexo y lo prepara para ser objeto
del mal trato que luego recibe. Si se aventurasen, de vez en cuando, a perder
un pretendiente de esos que tienen una excesiva opinión de su propio mérito,
seguramente serían menos despreciadas y más cortejadas. Estoy segura de que le
tenía tan bien cogido que, sí le hubiese dicho cuál era mi fortuna y que, todo
junto, no llegaba a las quinientas libras cuando él esperaba mil quinientas,
aun así, me habría tomado en tales circunstancias. Y tanto es así, que, cuando
se enteró de la verdad, fue para él una sorpresa mucho menor de lo que habría
sido.
El no podía hacerme ningún reproche pues lo había tratado hasta
el final con aire de indiferencia, por lo que se limitó a decir que creía que
sería más, pero que aun cuando hubiese sido menos no se habría arrepentido de
su elección, sólo que, claro está, no podría mantenerme tan bien como había
pensado.
En definitiva, que nos casamos y con toda felicidad por mi
parte, según puedo asegurar, por lo que al hombre se refiere, porque era el ser
más simpático del mundo, aunque su posición no era tan buena como yo creía y,
por otra parte, al casarnos no mejoró todo lo que él esperaba.
Cuando estuvimos casados, busqué con astucia la mejor manera de
darle mi pequeño capital y decirle que no había más, porque era necesario que
se lo diera, de manera que aproveché la oportunidad un día en que estábamos
solos para entablar un corto diálogo con él sobre este asunto.
-Querido -le dije-, hace ya quince días que estamos casados. ¿No
crees que ha llegado ya la hora de que sepáis si tenéis una esposa con algo o
sin nada?
-Cuando vos queráis, querida -repuso-. Yo estoy contento de
haber logrado la esposa que quería. No he querido molestaros nada preguntándoos
lo que tenéis.
-Es verdad -dije-, pero siento una gran preocupación sobre este
asunto y no sé cómo arreglármelas.
-Pero, ¿de qué se trata, querida? -preguntó.
-Pues es algo duro para mí y es más duro para vos. Me han dicho
que el capitán, el marido de mi amiga, os había mencionado mucho más dinero del
que nunca he tenido y yo no he dicho que tuviera tanto...
-Bueno -dijo mi marido-. Es posible que el capitán me haya dicho
esto, pero, ¿y qué? Si no tenéis tanto, es él quien ha faltado, pues vos no me
dijisteis nunca lo que teníais, de manera que no tengo motivo para haceros
ningún reproche.
-Esto es tan justo y tan generoso -dije yo- que hace que mi
aflicción sea mayor.
-Cuanto menos tengáis, querida -erijo él-, peor para nosotros,
pero espero que vuestra aflicción no sea por temor de que yo os quiera menos
por vuestra dote. Si no tenéis nada, decídmelo claramente y en seguida. Quizá
pueda decir al capitán que me ha engañado, ya que nunca puedo decir que me
habéis engañado vos, puesto que me dijisteis de antemano que erais muy pobre. Y
así debía esperar que fuerais.
-Bien, querido mío -dije yo-, estoy muy contenta de no haber
tenido parte alguna en vuestro engaño antes del casamiento. Si os engañara
después, sería mucho peor. Es cierto que soy pobre, pero no tanto como no tener
nada.
Saqué algunos billetes de Banco y le di unas ciento sesenta
libras.
-Esto es algo, querido, pero aún no es todo.
Lo había llevado tan cerca de no esperar nada por lo que había
dicho antes, que aunque la suma era pequeña, el dinero fue muy bien recibido
por él. Confesó que era más de lo que había esperado y que por mis palabras
estaba convencido de que mis vestidos finos, el reloj de oro y uno o dos
anillos de brillantes constituían toda mi fortuna.
Dejé que estuviese satisfecho con aquellas ciento sesenta libras
durante dos o tres días, y después de pasar un día fuera, como si hubiese ido a
buscarlas, le llevé ciento veinte libras más en oro y le dije que era algo más
de dote para él, y finalmente, una semana después, más o menos, le llevé ciento
ochenta libras más y unas sesenta libras en hilo, el cual le hice creer que me
lo habían dado juntamente con el oro para pagarme una deuda de seiscientas
libras.
-Y ahora, querido -le dije-, siento deciros que esto es todo y
que os he dado toda mi fortuna.
Añadí que si la persona que guardaba mis seiscientas libras no
me hubiese engañado, mi dote habría sido de mil libras, pero; poco o mucho, lo
que quería yo era ser leal y no reservarme nada para mí, pues si más tuviese se
lo habría dado.
Se sintió complacido por la forma y encantado con la suma porque
había estado temiendo que no hubiera nada, por lo que lo aceptó agradecido. Y
de esta manera salí del fraude de pasar por rica sin serlo y engañar a un
hombre con el pretexto de una fortuna.
Esto, de todas maneras, considero que es lo más peligroso que
puede hacer una mujer, ya que corre el peligro de ser luego maltratada.
Para hacer justicia a mi esposo debo decir que era un hombre de
buen humor y muy bondadoso, pero no era tonto y al ver que su renta no
alcanzaba para la clase de vida que había pensado llevar si yo le hubiese
aportado lo que esperaba y estando, además, decepcionado por el rendimiento de
sus plantaciones en Virginia, dio a entender varias veces su deseo de ir allí
para vivir de sus propiedades y, muy a menudo, hablaba encomiásticamente de la
vida de allí, tan barata, tan abundante, tan agradable y así por el estilo.
Yo empecé a darme cuenta de su deseo, por lo que una mañana lo
cogí y, con toda franqueza, le dije que encontraba que su hacienda, por la
distancia, se volvía en nada comparado con lo que sería si viviera allí y que
me había dado cuenta de que él tenía intención de ir, y añadí que yo sentía
mucho que se hubiera decepcionado de su esposa y que al encontrar que sus
esperanzas no se habían realizado, no podía hacer menos, para compensarlo, que
decirle que de buena gana iría a Virginia con él y viviría allí.
Me dijo mil cosas amables sobre mi proposición y añadió que
aunque había quedado decepcionado en lo de la fortuna, no era así por lo que a
la esposa se refería y que yo era para él todo lo que una mujer podía ser y que
estaba completamente satisfecho en suma y que esta oferta era tan buena que no
tenía palabras con que expresar su enorme satisfacción.
Para, abreviar la historia, debo decir que acordamos ir. Me dijo
que tenía una casa muy buena, bien amueblada, que su madre vivía allí con una
hermana, que eran todos los parientes que tenía; que tan pronto como llegara
allí, su madre se cambiaría a otra casa de su propiedad mientras viviera, de
manera que yo tendría toda la casa para mí. Todo resultó ser tal como me lo
había dicho.
Para no alargar esta parte de la historia, diré que metimos a
bordo del barco en que fuimos una gran cantidad de buenos muebles para nuestra
casa, mucho hilo y otras cosas precisas y un buen cargamento para vender. Y así
salimos.
No está en mi mano hacer un relato de nuestro viaje, que fue
largo y lleno de peligros. No llevé en él ningún Diario, como tampoco lo hizo
mi esposo y todo lo que puedo decir es que, después de una travesía terrible,
asaltados por dos tormentas es-pantosas y, además, lo que es aún peor, por un
pirata que subió a bordo y se llevó casi todas nuestras provisiones y, lo que
habría sido el mayor de los males, tomaron a mi esposo para llevárselo con
ellos, pero mis súplicas prevalecieron y lo soltaron. Después de todas estas
cosas terribles, llegamos al río York, en Virginia y a nuestras plantaciones,
donde fuimos acogidos con toda clase de demostraciones de ternura y de afecto
que es posible dar por la madre de mi esposo.
Vivimos allí todos juntos, pues mi madre política siguió en la
casa, a petición mía, porque era una madre demasiado buena para separarnos de
ella. Mi esposo siguió el mismo de siempre y yo me creía la criatura más feliz
del mundo cuando un suceso extraño y sorprendente puso fin a tanta felicidad en
un momento e hizo que mi condición fuera no sólo muy molesta, sino la más
miserable del mundo.
La madre era una anciana -puedo llamarla anciana, porque su hijo
pasaba ya de los treinta- altamente alegre y simpática. Era muy agradable,
buena amiga y solía entretenerme para divertirme, con abundancia de historias
tanto del país donde estábamos como de sus habitantes.
Entre ellas, me contaba a menudo como la mayor parte de los
habitantes de las colonias llegaban de Inglaterra en circunstancias muy
distintas; que, generalmente, eran de dos clases: en primer lugar, los que
traían los capitanes de barcos, para ser vendidos como trabajadores, los
cuales, según decía, nosotros los llamamos así, pero en realidad son esclavos,
y los que eran deportados de Newgate.o de otras cárceles, después de haber sido
declarados culpables de felonía o de otros delitos castigados por la ley con la
pena de muerte.
-Cuando llegan aquí -me decía- no hacemos ninguna diferencia
entre ellos. Los dueños de las plantaciones los compran y trabajan juntos en el
campo, hasta que han terminado el plazo. Cuando éste ya ha expirado se les
anima para que se decidan a establecerse por su cuenta, porque se les reserva
un cierto número de acres de tierra que les son otorgados por el país y se
ponen a trabajar para limpiar y preparar el terreno y luego cultivarlo con
tabaco y trigo para su propio uso, y como los comerciantes y mercaderes les
fían herramientas, ropas y otras cosas, con la garantía de una cosecha que aún
no ha crecido, van plantando cada año un poco más que el año anterior y compran
el terreno que quieren con la cosecha que ha de venir. De esta manera, más de
un delincuente de Newgate se ha convertido en un gran hombre, y tenemos a
varios jueces de paz, agentes de policía y magistrados de la ciudad que llevan
en la mano la marca de fuego.
Iba siguiendo con la historia cuando se interrumpió y con su
habitual franqueza me dijo que ella misma era una de ellos, pues habiéndose
aventurado demasiado en un caso particular se convirtió en una delincuente.
-Y he aquí la prueba de ello, niña -me dijo quitándose el
guante.
Y volviendo la palma me enseñó la mano y el brazo, muy finos,
pero que ostentaban la marca de costumbre en estos casos.
La historia me conmovió mucho, pero la señora, sonriendo, me
dijo.
-No tienes que pensar que esto sea algo extraño, hija, porque
como te he dicho, algunos de los mejores hombres de este país llevan esta marca
de fuego y no se avergüenzan de confesarlo. El mayor era un conocido ratero, el
juez era un ladrón de tiendas y los dos están marcados con fuego, y podría
citarte muchos más como ellos.
Teníamos a menudo conversaciones de esta clase y me dio
abundantes detalles por el estilo. Algún tiempo después, cuando me estaba
hablando de alguien que había llegado deportado unas semanas antes, yo empecé,
en un plan íntimo, a pedirle que me contara algo de su propia historia, lo que
hizo con la mayor sencillez y sinceridad. Me dijo que había tenido muy malas
compañías en Londres en su juventud, debido a que su madre la mandaba con
frecuencia a llevar provisiones a una parienta suya, que estaba en Newgate y
que se encontraba en mala situación, muriéndose de hambre, y que después fue
condenada a ser colgada, pero obtuvo un aplazamiento alegando estar encinta y
luego murió en la cárcel.
Al llegar aquí, mi madre política me hizo un largo relato de
todas las prácticas malvadas de aquel horrible lugar y cómo se destruyen en él
muchas más vidas que las que mueren en toda la ciudad.
-Hija, tú debes de saber muy poco de esto o tal vez no lo hayas
oído decir nunca, pero puedes estar segura de que todos sabemos aquí que se
hacen más ladrones y bribones en aquella cárcel de Newgate que entre todos los
clubs y sociedades de la nación. Es aquel lugar maldito el que más contribuye a
poblar esta colonia.
Después siguió su historia propia, tan extensamente y en forma
tan peculiar, que empecé a sentirme molesta, pero, al llegar a un punto en que
fue preciso que me dijera su nombre, creí que me iba a caer redonda al suelo.
Ella se dio cuenta de que yo no me encontraba bien y me preguntó qué era lo que
me pasaba. Le dije que me sentía afectada por aquella historia tan triste que
me había contado y las cosas terribles por las que ella había pasado y que me
había trastornado, por lo que le rogaba que no me hablara más de ella.
-¿Por qué, querida? -me preguntó bondadosamente-. ¿Por qué han
de trastornarte estas cosas? Estas cosas pasaron mucho antes de tu tiempo y a
mí no me causan ya pena, sino que miro hacia ellas, con una gran satisfacción,
pues han sido el camino que me ha traído aquí.
Después siguió explicándome cómo afortunadamente había caído en
el seno de una buena familia, donde se portó bien, y que al morir su dueña, su
dueño la tomó por esposa y de él tuvo a mi esposo y su hermana, y que, por su
diligencia y su buena dirección, después de la muerte de su esposo, había
mejorado la plantación hasta el estado de que se hallaba ahora, de manera que
la mayor parte de la hacienda era ganada por ella y no por su esposo, porque
hacía ya unos dieciséis años que era viuda.
Oí esta parte de la historia con muy poco interés, pues lo que
deseaba era retirarme y dar rienda suelta a mi desesperación, como hice luego.
Y dejo al juicio de cada uno juzgar cuál debía ser mi angustia al pensar que
aquella mujer era ciertamente, ni más ni menos, mi propia madre y que yo tenía
dos hijos y esperaba un tercero de mi propio hermano, y dormía con él todas las
noches.
Me consideraba la mujer más desgraciada del mundo. Si aquella
historia no me hubiese sido contada nunca, todo habría ido bien, no habría sido
un crimen acostarme con mi esposo, ya que nada me habría hecho pensar en mi
parentesco con él.
Llevaba un peso tan grande en mi corazón que me pasaba las
noches en vela. Para mí habría sido un alivio poder decirlo, pero no encontraba
finalidad alguna en hacerlo y, por otra parte, se me hacía imposible ocultarlo.
No dudaba de que llegaría a hablar de ello en mis sueños y enterar a mi esposo,
tanto si deseaba hacerlo como no. Si lo descubría, lo menos que podía esperar
era perder a mi esposo porque era un hombre demasiado bueno y honesto para
seguir acostándose conmigo, después de saber que era yo su hermana, de manera
que yo me sentía perpleja en último extremo.
Dejo a la consideración de cualquiera juzgar las dificultades
que se presentaban a mi vista. Hallábame a una gran distancia de mi país natal
y el regreso era para mí imposible. Vivía bien, pero en unas circunstancias
morales insoportables. Si me hubiese descubierto a mi madre, habría sido
difícil convencerla de los detalles ya que no tenía manera de probar nada. Por
otra parte, si me hubiese interrogado o dudado de mí, yo habría estado perdida
porque la sola sugerencia me hubiera separado inmediatamente de mi esposo sin
ganar a mi madre o a él mismo, que no habría sido entonces ni mi esposo ni mi
hermano; de manera que entre la sorpresa por un lado y la incertidumbre por
otro era seguro que yo me hubiese visto perdida.
Entretanto, estaba el hecho de que vivía desde entonces en pleno
incesto y prostitución y todo ello bajo la apariencia de una esposa honesta, y
aunque no me sentía muy afectada por el mero crimen en sí, mi situación tenía
algo contra la naturaleza que convertía a mi esposo en un ser repugnante para
mí.
No obstante, después de una madura reflexión, decidí que era
completamente necesario que disimulara y que no dijera nada de ello en absoluto
ni a mi madre ni a mi esposo, y de esta forma viví, con la aprensión que es de
imaginar, tres años más, pero no tuve ningún otro hijo.
Durante este tiempo, mi madre solía contarme con frecuencia
viejas historias de sus pasadas aventuras, lo que, desde luego,
no me complacía ni poco ni mucho porque a través de ellas, aunque no me lo dijo
nunca en términos claros, podía comprender fácilmente, al unirlo con lo que
había oído contar de ella a mis primeros tutores, que en sus días mozos había
sido prostituta y ladrona, pero creo de veras que vivió para arrepentirse
sinceramente de ello, pues entonces era una mujer piadosa, serena y religiosa.
Bien, sea lo que hubiese sido su vida anterior, lo cierto era
que la mía me resultaba muy difícil, porque, como he dicho, vivía en una forma
de prostitución y nada bueno podía esperar de ello, como, en efecto, nada bueno
resultó y toda mi prosperidad aparente se derrumbó y acabé en miseria y
destrucción. Pasó algún tiempo antes de que esto sucediera, pues no sé por qué
capricho del destino, después de esto todo fue mal para nos-otros y, lo que es
peor, mi esposo cambió completamente, volviéndose insolente, celoso y poco
bondadoso y mostrándose tan decidido a imponer su ley cuanto más injusta y poco
razonable era. Las cosas llegaban tan lejos que nos pusimos en malos términos y
entonces yo reclamé una promesa suya, que me había hecho voluntariamente cuando
consentí en salir de Inglaterra con él, o sea que si me encontraba con que el
país no me convenía o bien que no me gustaba vivir allí, volvería de nuevo a
Inglaterra cuando quisiera, dándole un año de aviso para que pudiera arreglar
sus asuntos.
Como digo, le reclamé el cumplimiento de aquella promesa y debo
confesar que tampoco lo hice en los términos más convenientes. Dije que me
trataba mal, que me encontraba lejos de mis amigos y no podía hacerme justicia
y que estaba celoso sin causa alguna, ya que mis salidas ningún reproche podían
haber merecido y él no tenía motivo alguno para ello y que, al marcharme a
Inglaterra, le quitaría toda ocasión de dudar de mí.
Insistí en ello de una manera tan perentoria que no le dejé otra
alternativa que cumplir su promesa o romperla. A pesar de ello, él usó de toda
su reconocida habilidad y se sirvió de su madre para hacerme desistir de mi
resolución. En realidad, la causa de mi decisión la llevaba dentro de mí y esto
era lo que hacía inútiles todos sus esfuerzos, pues mi corazón estaba lejos de
él como marido y me horrorizaba tener que acostarme con él, y me i valía de
todos los pretextos para impedir que me tocara por el temor de tener otro hijo
de él, lo que es seguro que habría impedido o, por lo menos, retrasado, mi
regreso a Inglaterra.
Sin embargo, al final acabé por ponerle de tan mal humor que
tomó una resolución temeraria y fatal. Me dijo que ni iría a Inglaterra y que
si él me lo había prometido no era nada razonable que yo lo deseara; que sería
fatal para sus asuntos y desquiciaría toda su familia y sería arruinarlo; que,
en consecuencia, no debía marcharme y que ninguna esposa del mundo que diera
algún valor a su familia y a la prosperidad de su esposo insistiría en ello.
Esto me hundió de nuevo porque consideré la cosa con calma y vi
a mi esposo tal como era en realidad, un hombre diligente y cuidadoso en su
trabajo de levantar una hacienda para sus hijos y que nada sabía de las
terribles circunstancias en que se hallaba, y tuve que confesarme a mí misma
que mi petición no era razonable y que ninguna esposa que llevara en su corazón
el bien de su familia lo habría deseado.
Pero mi descontento era de otra naturaleza. Yo ya no veía en él
al esposo, sino a un familiar muy próximo, el hijo de mi propia madre, y
resolví que, de una manera o de otra, tenía que librarme de él, aunque no sabía
cómo ni me parecía posible.
Se dice de nuestro sexo en este mundo desgraciado que si nos
metemos algo entre ceja y ceja no es posible disuadirnos de ello. Nunca dejé de
pensar en los medios de hacer el viaje y finalmente fui a mi esposo con la
proposición de irme sin él. Esto lo indignó en alto grado y no sólo me llamó
mala esposa, sino también madre desnaturalizada, y me preguntó cómo podía
pensar sin horrorizarme en dejar a mis dos hijos, como si hubiesen muerto, sin
una madre para que fueran educados por extraños y no verlos nunca más.
Desde luego, no debería haberlo hecho si las cosas hubiesen sido
como es debido, pero tal como eran, deseaba verdaderamente no verlos nunca más
ni tampoco a él; y en cuanto al cargo de desnaturalizada podría haberlo
contestado fácilmente, puesto que sabía que todas nuestras relaciones eran
desnaturalizadas en la más positiva acepción de la palabra.
No obstante, se veía claramente que no lograría convencer a mi
esposo. No quería ir conmigo ni me dejaba que fuera sola y yo no podía
marcharme sin su consentimiento como sabrá cualquier persona que conozca las
leyes de aquel país.
Tuvimos por este asunto muchas peleas que, con el tiempo, fueron
adquiriendo mayor violencia, porque yo había dejado de querer a mi esposo, como
él se llamaba, de manera que no ponía ningún cuidado en mis palabras, sino que,
a veces, decía cosas que lo indignaban. En suma, hice todo lo que estaba de mi
parte para llegar a una separación, que era lo que yo más deseaba en el mundo.
El acogió de mala manera mi conducta y en verdad era lógico que
así fuera, ya que por último me negué a acostarme con él y llevé la disensión
hasta el mayor extremo, en toda ocasión, por lo que me dijo un día que creía
que me había vuelto loca y que si no cambiaba de conducta, iba a ponerme en
observación, es decir, que iba a encerrarme en una casa de locos. Le dije que
ya se daría cuenta de que estaba muy lejos de estar loca y que no estaba en las
manos de él, ni en las de cualquier otro villano, asesinarme. Confieso que, al
propio tiempo, estaba muy asustada por su intención de meterme en un manicomio,
pues esto habría destruido por completo la posibilidad de contar la verdad si
se presentaba la ocasión de hacerlo, ya que entonces nadie la habría creído.
Esto me hizo tomar la resolución de explicar, fuese cual fuese
el resultado, toda la historia, pero constituía una gran dificultad decidir
cómo hacerlo y a quién y así pasaron algunos meses antes de llegar a
resolverlo. Entretanto, tuve con mi esposo otra pelea que llegó a tal extremo
de violencia que casi me empujó a lanzarle la verdad a la cara. Pero aunque
procuré no entrar en detalles, hablé lo suficiente para sumirlo en la mayor
confusión y, al final, acabé por contarle toda la historia.
Empezó reconviniéndome con toda calma por mi intención de
marcharme a Inglaterra; yo me defendí y como que una palabra fuerte trae otra,
como es corriente en toda discusión familiar, me dijo que no lo trataba como si
fuera mi esposo ni hablaba a los hijos como si fuera su madre; que, en suma, no
era digna de ser considerada. como mujer; que él había usado conmigo de todos
los medios pacíficos; que había argumentado con toda la calma y la bondad que
debe usar un marido e, incluso, un cristiano y en compensación sólo había
recibido malos tratos; que yo lo trataba como a un perro más que como a un
hombre; que le repugnaba mucho emplear la violencia conmigo, pero que se veía
ya en la necesidad de hacerlo, por lo que, en el futuro, se vería obligado a
adoptar las medidas necesarias para hacerme cumplir con mi deber.
Entonces mi sangre estaba ya hirviendo, aunque sabía que lo que
decía era cierto y nada podía parecer menos provocativo. Le dije, pues, que
despreciaba por igual sus medios pacíficos y su violencia; que estaba resuelta
a marcharme a Londres, fuese cual fuese el resultado, y que, en cuanto a
tratarle como marido y a mostrarme como una madre para mis hijos podía haber
algo más en ello de lo que él sabía, y que, para su tranquilidad futura, creía
conveniente decirle que ni él era mi esposo legal ni mis
hijos eran hijos legales, y que tenía mis razones para no
considerar a todos ellos más de lo que lo hacía.
Debo confesar que, después de haber hablado, sentí piedad de él,
pues se puso pálido como la muerte y permaneció inmóvil como si un rayo lo
hubiese clavado allí. Úna o dos veces me pareció que iba a desmayarse. En
definitiva, que mis palabras le produjeron como un ataque de apoplejía,
temblaba y le resbalaba por la cara un gran sudor, a pesar de que estaba frío
como un trozo de hielo, de manera que tuve que correr a buscar algo para
reanimarlo. Cuando se le hubo pasado aquel ataque, se sintió mal y vomitó y
después hube de meterlo en cama. La mañana siguiente tenía una fiebre muy alta,
más de lo que la había tenido toda la noche.
No obstante, se le pasó y se recuperó, aunque lentamente, y
cuando estuvo algo mejor, me dijo que con mis palabras le había causado una
herida mortal y que sólo tenía algo que preguntarme antes de que le diera una
explicación. Lo interrumpí para decirle cuánto sentía haber ido tan lejos,
puesto que veía el trastorno que le había causado, pero que sólo serviría para
empeorar la situación.
Esto aumentó su impaciencia y, además, le dejó perplejo porque
empezó a sospechar que había algún misterio sin revelar y cuyos detalles no
podía adivinar en modo alguno. Todo lo que se le ocurrió pensar es que yo tenía
otro marido vivo, lo que, en realidad, no podía decir que no fuese cierto, pero
le aseguré que no era nada de esto. En realidad, mi otro marido estaba
efectivamente muerto para mí por la ley y me había dicho, además, que lo
considerase como tal, de manera que por este lado no sentía la menor ansiedad.
Pero yo veía que la cosa había ido ya demasiado lejos para
seguir ocultándolo y mi actual marido me dio la oportunidad de librarme de mi
secreto con gran satisfacción por mi parte. El había estado insistiendo durante
tres o cuatro semanas para que le dijera si aquellas palabras mías habían sido
hijas solamente de un arrebato de cólera a fin de hacer que también él se
encolerizara, o bien había algo de verdad en el fondo de ellas. Yo seguí
negándome inflexiblemente a explicarle nada a menos que él-consintiera de
antemano en mi viaje a Inglaterra, lo cual dijo él que no había en toda su
vida. Entonces le dije que estaba en mi mano concederle el permiso cuando yo
quisiera, e incluso hacer que me pidiera que me marchase. Esto acrecentó su
curiosidad e hizo que insistiera día y noche, pero sin resultado alguno.
Finalmente, contó toda la historia a su madre y le encargó que
me sonsacara el secreto y ella usó su mayor habilidad para lograrlo. Pero la
hice callar en seguida al decirle que la razón y todo el misterio del asunto
estaban en ella misma y que era precisamente mi respeto por ella lo que me
hacía callar y que, en suma, no podía decirle más y, por tanto, le rogaba que
no insistiera.
Mi contestación la dejó muda y sin saber qué hacer ni qué decir,
pero, descartando la posibilidad de una habilidad mía, siguió importunándome
por cuenta de su hijo para que yo cerrara la brecha que se había abierto entre
los dos. En cuanto a esto, le dije que era, en verdad, un buen propósito suyo,
pero que era imposible lograrlo; y que si le contaba lo que tanto deseaba
saber, ella misma vería que era imposible y dejaría de desearlo. Por fin
pareció ceder a su insistencia y le dije que me atrevería a confiarle un
secreto de la mayor importancia y que pronto vería que así era, en efecto, y
que consentiría en abrirle mi pecho si se comprometía solemnemente a no
decírselo a su hijo sin mi consentimiento.
Tardó en prometerme esto, pero para poder saber el secreto
también convino en ello y después de muchos preliminares le conté toda la
historia. Primero le dije cuánto le concernía a ella aquella brecha desgraciada
que se había abierto entre su hijo y yo al contarme su propia historia y
decirme su nombre en Londres y le recordé la sorpresa que ella vio que me
producía tal revelación. Luego le conté mi propia historia y le dije mi nom-bre
y le aseguré, por muchas razones que no podían negarse, que yo era, ni más ni
menos, su propia hija, nacida de ella en Newgate, la que la había salvado de
las galeras y la que ella había dejado en tales y tales manos cuando fue
deportada.
Es imposible expresar la sorpresa que le produjo mi revelación.
Al principio no se sintió inclinada a creer la historia ni a recordar detalles
porque comprendió inmediatamente la confusión que había de traer sobre la
familia. Pero todo concordaba tan perfectamente con lo que ella misma me había
explicado y las circunstancias que, de no habérmelas contado ella misma, de
buena gana hubiese negado ahora, que sin decir nada, no sólo me cogió por el
cuello y me besó, sino que se puso a llorar desesperadamente y sin poder decir
palabra durante mucho rato. Por fin exclamó:
-¡Desgraciada criatura! ¿Qué azar desdichado pudo traerte aquí,
a los brazos de mi propio hijo? ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Oh, estamos todos
perdidos! ¡Tú casada con tu propio hermano! ¡Tres hijos, dos vivos y todos de
la misma carne y de la misma sangre! ¡Mi hijo y mi hija acostándose juntos como
marido y mujer! ¡Confusión y locura para siempre! ¡Familia miserable! ¿Qué será
de nosotros? ¿Qué es lo que debemos decir? ¿Qué hemos de hacer?
Y siguió lamentándose así mucho rato y yo no tenía fuerzas para
hablar, pero de haberlas tenido, tampoco hubiera sabido qué decir, porque cada
palabra de ella se me clavaba en el alma. Con esta agitación en nuestras mentes
nos separamos la vez primera, aunque mi madre estaba mucho más sorprendida que
yo, puesto que no sabía nada antes. No obstante, al separarnos, me dijo que no
diría nada a su hijo hasta que hubiésemos hablado nuevamente de ello.
Como pueden ustedes suponer, no tardamos mucho en tener una
segunda conferencia sobre el mismo asunto, y en ella, como si hubiese querido
olvidar la historia que ella misma me había contado o siquiera suponer que yo
había olvidado algunos de sus detalles, empezó a introducir alteraciones y
omisiones. Pero yo le refresqué la memoria rectificando muchas cosas que ella
parecía haber olvidado y entonces todo casó perfectamente en la historia, de
manera que no le fue ya posible apartarse de ella.
Entonces empezó nuevamente con sus lamentaciones y exclamaciones
sobre la magnitud de sus infortunios. Cuando se hubo calmado, tuvimos una
conversación sobre qué era lo mejor que se podía hacer antes de que enterásemos
del asunto a mi marido. Pero, ¿qué objeto podían tener nuestras conversaciones?
Ninguna de nosotras podía ver la manera de hacerlo, ni siquiera decidir si era
conveniente ponerlo en su conocimiento. No era posible predecir o adivinar en
qué forma se lo tomaría ni qué medidas adoptaría. Tal vez tendría tan poco
dominio de sí mismo que se le ocurriría hacerlo público, lo que representaría
la ruina de la familia entera y la perdición de mi madre y la mía en un grado
extremo. Y si se acogía a la ventaja que le concedía la ley, podía apartarme de
su lado y dejar que yo le reclamase judicialmente la pequeña dote que le había
aportado y quizá gastarlo todo en el pleito y quedarme yo pobre como una
mendiga. Y los niños también quedarían arruinados, ya que no tendrían ningún
derecho legal a sus bienes. Y además, si las cosas iban de esta manera, quizá
dentro de pocos meses lo vería en brazos de otra esposa y yo sería la criatura
más desdichada de la Tierra.
Mi madre era tan sensible a todo como yo misma, y en definitiva,
no sabíamos qué hacer. Después de algún tiempo, llegamos a unas conclusiones
más serenas, pero con la desventura de que la opinión de mi madre y la mía
diferían completamente, y eran, además, antagónicas totalmente. La opinión de
mi madre era que enterrara el asunto y siguiera viviendo con mi esposo hasta
que algún otro hecho hiciera más fácil decírselo, y que, entretanto, ella
trataría de reconciliarnos y restablecer nuestro bienestar y la paz de la familia,
que volviésemos a dormir juntos como antes y que dejáramos que todo fuera un
secreto tan oscuro como la muerte.
-Porque, hija mía -dijo-, las dos estamos perdidas si llega a
saberse.
Para animarme a hacerlo así, prometía mejorar mi posición en lo
que pudiera y, a su muerte, dejarme algunos bienes completamente aparte de lo
que dejara a su hijo, de manera que si un día llegara a saberse aquello, no
quedase yo sin nada, sino que pudiera sostenerme y procurar que él me hiciera
justicia.
Esta proposición no ligaba en absoluto con mi criterio acerca
del asunto, aunque era muy justa y buena por parte de mi madre, pues mis ideas
seguían otro camino totalmente distinto.
En cuanto a guardar el secreto en nuestros pechos y dejarlo como
estaba, le dije que era completamente imposible, y le pregunté cómo podía creer
que yo pudiera aceptar por un momento seguir acostándome con mi hermano.
Además, le dije que el hecho de estar ella viva era el único apoyo de esta
historia, pues mientras ella me reconociera por hija y dijera que tenía razón
suficiente para ello nadie dudaría de mí, pero si ella muriera antes yo sería
considerada como una mujer impúdica que había inventado aquello para separarme
de mi marido, o me tomarían por loca. Luego le dije que él ya me había
amenazado con meterme en un manicomio y que me había tenido atemorizada con
esto y que ésta fue la causa que me llevó a descubrírselo a ella, como había
hecho.
Por todo esto le dije que, después de maduras reflexiones, había
llegado a la siguiente resolución que esperaba que le complacería como
beneficiosa para las dos: que ella usara de su influencia para que su hijo me
diera permiso para trasladarme a Inglaterra, facilitándome una cantidad
suficiente de dinero, ya fuese en mercancías que llevaría conmigo o en letras
para cobrar allí, sugiriéndole al mismo tiempo que, un día u otro, tal vez le
pareciera conveniente venir a mi encuentro.
Que una vez yo me hubiese marchado, con la mayor sangre fría y
tras obligarle al secreto de la manera más solemne posible, le dijera la
verdad, haciéndolo gradualmente y en la forma que le dictase su propia
discreción, para que la sorpresa de él no fuera muy grande y se dejase llevar
por la pasión cometiendo alguna barbaridad contra ella o contra mí, y que ella
cuidaría de que no tuviera en menos a los niños si se casaba de nuevo hasta no
estar seguro de que yo había muerto.
Este era mi plan y mis razones eran buenas. Por todas estas
cosas estaba completamente separada de él y, en realidad, incluso lo odiaba
como marido y era imposible arrancarme la aversión que le tenía. Al mismo
tiempo, aquel modo de vivir incestuoso e ilegal aumentaba mi aversión y, aunque
no me preocupaba mucho desde el punto de vista moral, contribuía a que el tener
que cohabitar con él me resultara la cosa más repugnante del mundo. Creo que
había llegado al punto de que más bien habría abrazado a un perro que permitir
que mi marido me tocara, pues no podía soportar la idea de meterme debajo de
las mismas sábanas que él. No puedo decir que estuviese acertada al llevarlo
hasta este extremo mientras que, al mismo tiempo, no le descubría la verdad,
pero estoy contando lo que era, no lo que debió o no debió ser.
Mi madre y yo seguimos sosteniendo nuestras distintas opiniones
durante largo tiempo y era imposible poder conciliar nuestros criterios.
Tuvimos muchas discusiones, pero ninguna de nosotras cedió del suyo ni aceptó
el de la otra.
Insistí en mi aversión de acostarme con mi propio hermano y ella
insistió en la imposibilidad de lograr que él diera su permiso para mi marcha a
Inglaterra. Y seguimos en esta incertidumbre, no hasta el punto de pelearnos,
pero sin poder resolver qué ha-ríamos con respecto a este ancho precipicio que
se abría ante nosotros.
Por fin me resolví por un recurso desesperado y dije a mi madre
que mi resolución era que yo misma le diría la verdad. Mi madre se asustó
extraordinariamente ante esta idea, pero le dije que estuviera tranquila, que
lo haría gradual y suavemente y con todo el arte y toda la habilidad que
pudiera tener entonces y buscaría el momento más oportuno, cuando él estuviese
de buen humor. Le dije que si podía ser lo suficiente hipócrita para fingir un
poco más de afecto por él del que realmente sentía, mi designio se vería
cumplido y podríamos separarnos por mutuo consentimiento, de manera que pudiera
quererlo como hermano, ya que no podía amarlo como marido.
Durante todo este tiempo, él apremiaba a mi madre para ver si
lograba saber cuál era la causa de aquella terrible afirmación mía de que yo no
era su esposa legal ni los niños sus hijos legales. Mi madre le iba dando
largas diciéndole que no lograba que yo le diera explicación alguna, pero
encontraba que había algo que me tenía muy preocupada y esperaba que, con el
tiempo, lograría hacérmelo decir y, entretanto, le recomendaba que me tratase
con más ternura y me ganase con su cariño como de costumbre. Le dijo que me
había aterrorizado con sus amenazas de mandarme a un manicomio y le aconsejaba
no me hiciera desesperar por cualquier motivo que fuese.
El prometió suavizar su comportamiento y le pidió que me dijera
que él me amaba como siempre y que no tenía designio alguno de mandarme a un
manicomio, pues lo había dicho en un momento de ira. También le dijo a mi madre
que empleara toda su persuasión conmigo para que nuestras relaciones se
renovaran y pudiésemos vivir juntos en buen entendimiento como antes.
En seguida pude apreciar los efectos de este acuerdo. La
conducta de mi esposo cambió inmediatamente y fue completamente otro hombre
para mí. Nadie hubiera podido ser más bueno y más complaciente que lo era él en
toda ocasión, y yo no podía hacer otra cosa que corresponderle en cierto modo,
lo que hice lo mejor que pude, pero fue de una manera bastante torpe, porque
nada temía yo más que sus caricias y la posibilidad de tener un nuevo hijo suyo
me ponía mala. Esto me hizo ver que era completamente necesario que le contara
el caso sin más tardanza y lo hice con toda cautela y reserva imaginables.
Hacía casi un mes que él seguía con su nueva conducta y
empezamos a vivir una nueva clase de vida juntos. Si yo hubiese podido
convencerme a mí misma para continuar de aquel modo es posible que no hubiera
cambiado mientras viviésemos. Una tarde estábamos sentados juntos bajo un
pequeño toldo, que servía de porche a la entrada de nuestra casa, hablando
amistosamente, porque él estaba de un humor placentero y agradable, y dijo
muchas cosas buenas acerca de nuestro acuerdo y de los disgustos pasados y de la
satisfacción que era para él pensar que nunca más tendríamos nuevas
divergencias.
Yo exhalé un hondo suspiro y le dije que nadie en el mundo podía
sentir mayor satisfacción que yo del buen acuerdo que ahora teníamos o más
afligido del desacuerdo que habíamos tenido, pero que sentía mucho decirle que
en nuestro caso había una circunstancia desgraciada que yo tenía clavada en el
corazón y que no sabía cómo explicársela a él, y que a mí me hacía desgraciada
y me quitaba toda la tranquilidad.
Me instó entonces a que le dijese qué era y le contesté que no
sabía cómo hacerlo, pues mientras no se lo dijera yo era la única desgraciada,
pero si se lo decía lo seríamos los dos, y que, por consiguiente, mantenerlo en
la ignorancia era lo mejor que podía hacer por él y era sólo por esta razón que
me había guardado un secreto que, más pronto o más tarde, habría de ser mi
perdición. Es imposible describir la sorpresa que experimentó al oír estas
palabras y la redoblaba insistencia con que me pidió que se lo dijera todo. Me
dijo que no podía ser buena con él y no sólo esto, sino ni siquiera leal, si se
lo ocultaba.
Le dije que yo también lo creía así y que, no obstante, no me
decidía a hacerlo. Volvió sobre lo que antes le había dicho y repuso que
esperaba que no me refiriera a lo que le había dicho en un momento de cólera,
pues había resuelto olvidarlo por completo. Yo le contesté que deseaba también
poderlo olvidar, pero que no era posible. El efecto que me había producido
había sido demasiado profundo y no podía borrarlo de mi memoria.
Me dijo luego que estaba decidido a no diferenciarse en nada de
mí y que, por tanto, nunca me importunaría más, resuelto como estaba a dar su
aquiescencia a todo cuanto yo dijera o hiciera y que solamente me pedía que,
fuese lo que fuese, no volviera a destruir nuestra tranquilidad ni nuestra
mutua confianza.
Esto era lo peor que podía haberme dicho, porque yo quería que
siguiera importunándome para tener pie de decirle lo que no quería seguir
ocultando porque era como la muerte para mí. Así le contesté francamente que no
podía decir si estaba satisfe-cha de que no me importunara.
-Pero, oíd, -querido -le dije-, ¿qué concesiones me haréis si os
revelo este secreto?
-Cualquier concesión -dijo él-, todas las concesiones que
razonablemente podéis desear de mí.
-Bien -dije yo-, firmadme con vuestra mano que si no halláis
culpa alguna en mí, o que si no estoy voluntariamente relacionada con las
causas del infortunio que ha de caer sobre nuestro hogar, no me culparéis, ni
me maltrataréis, ni me haréis objeto de malos tratos, ni me haréis sufrir por
lo que no es culpa mía.
-Vuestra demanda -dijo- es la más razonable del mundo, pues no
he de culparos por lo que no es culpa vuestra. Dadme papel, pluma y tinta.
Corrí al escritorio y traje papel, pluma y tinta y él escribió
el compromiso con las mismas palabras que yo había usado y la firmó con su
nombre.
-Bueno --dijo-. Ya está. Ahora, ¿qué más?
-La condición siguiente es que no me reñiréis por no haberos
descubierto el secreto antes de que yo lo supiera.
Escribió también aquello y lo firmó.
-Bien, querido -dije-. Ya no queda más que una condición que
pediros y es que como este asunto no concierne más que a vos y a mí, no lo
descubráis a persona alguna en el mundo, excepto a vuestra madre, y que en las
medidas que toméis, después de haber sabido el secreto, como tiene tanta
relación conmigo como con vos, sin tener yo la culpa, como tampoco la tenéis
vos, no haréis nada encolerizado, nada en perjuicio mío ni en perjuicio de
vuestra madre, sin mi conocimiento y consentimiento.
Esto lo dejó algo asombrado y escribió las palabras mías
distintamente, pero, antes de firmarlas las leyó una y otra vez, vacilando a
veces y repitiendo: «¡En perjuicio de mi madre y en vuestro perjuicio! ¿Qué
cosa misteriosa puede ser esto? » No obstante, al final lo firmó.
-Bien, querido -dije yo-, ya no os pediré que firméis nada más,
pero como tenéis que oír la cosa más inesperada y sorprendente que haya
sucedido a una familia en el mundo, os ruego me prometáis que lo oiréis con
compostura y la presencia de espíritu que corresponde a un hombre de sentido
común.
-Haré cuanto pueda -dijo él- a condición de que no me tengáis
más en suspenso porque me horrorizáis con estos preliminares.
-Pues bien -repuse-, vais a saberlo. Como os dije en un arrebato
de cólera que yo no era vuestra esposa legal ni nuestros hijos eran hijos
legales, debo ahora deciros, con la mayor calma del mundo, pero con una
profunda aflicción, que yo soy vuestra hermana y vos sois mi hermano y que los
dos somos hijos de nuestra madre, ,viva y en esta casa, y que está convencida
de que esto es verdad, una verdad que no puede ser negada ni contradicha.
Vi cómo iba palideciendo y su mirada se encendía y le dije:
-Recordad vuestra promesa y demostrad vuestra presencia de
espíritu, porque ¿acaso se habría podido hacer más para prepararon de lo que yo
he hecho?
Llamé a un criado y le hice traer un vasito de ron, que es la
bebida usual en aquella tierra, porque el infeliz estaba t punto de desmayarse.
Cuando estuvo algo repuesto, le dije:
-Esta historia, como podéis comprender, requiere una larga
explicación. Por tanto, tened paciencia y centrad vuestra mente para oírla y yo
ya la haré lo más corta posible.
A continuación le conté aquella parte que creí era necesaria
para determinar el hecho y especialmente cómo mi madre llegó a
descubrirme, según he dejado expuesto.
-Y ahora, querido -le dije-, comprenderéis la razón de mis
peticiones y que yo no he sido la causa del asunto, ni podía serlo, y que nada
he sabido de ello hasta ahora.
-Estoy completamente seguro de esto -dijo él- pero, para mí, es
una sorpresa terrible. Sin embargo, sé de un remedio para todo esto, un remedio
que pondrá fin a vuestras dificultades, sin necesidad de ir a Inglaterra.
-Me parece que esto sería tan extraño como todo lo demás -dije.
-No, no -replicó-. Yo lo arreglaré; no hay nadie que pueda
hacerlo sino yo.
Al decir esto parecía algo alterado, pero no inferí nada de ello
entonces, creyendo que, tal como se acostumbraba a decir, los que hacen estas
cosas no hablan nunca de ellas o que los que hablan de estas cosas no las hacen
nunca.
Pero las -cosas no habían llegado aún al último punto para él y
observé que se volvía pensativo y melancólico, en una palabra, creía que se le
perturbaba el seso. Intenté hablar con él para animarle y trazar los dos juntos
un plan para enfrentarnos con el problema. Unas veces parecía normal y hablaba
del asunto con cierto valor, pero el peso de mi declaración gravitaba sobre su
mente con demasiada fuerza, y en días sucesivos intentó suicidarse varias
veces. En una de ellas llegó a ahorcarse, de manera que a no ser porque su
madre entró en la habitación en el preciso momento, habría muerto, pero con la
ayuda de un criado negro, cortó la cuerda y lo salvó.
Las cosas habían llegado ya a un punto lamentable dentro de la
familia. La compasión que sentía por mi marido empezó a hacer revivir aquel
afecto que primero tenía para él y traté, con toda mi sinceridad y con la
conducta más amable que pude, de cubrir la brecha, pero aquello había entrado
demasiado en su cerebro, pesaba demasiado sobre su espíritu y lo llevó a una
consunción larga y profunda aunque no llegó a ser mortal. Ante aquella
aflicción, yo no sabía qué hacer, ya que su vida, aparentemente, iba declinando
y yo tal vez podría casarme de nuevo allí de una manera ventajosa. Desde luego
sería mejor para mí quedarme allí, pero mi mente tampoco conocía el descanso y
estaba inquieta. Deseaba irme a Inglaterra y únicamente esto podía
satisfacerme.
En resumen, a base de importunarlo sin descanso, mi marido, que
aparentemente iba decayendo, se convenció por fin, y como mi destino me
empujaba, el camino se abrió para mí y, con la ayuda de mi madre, obtuve un
buen cargamento para regresar a Inglaterra.
Cuando me despedí de mi hermano, porque así voy a llamarlo desde
ahora, convinimos que después de mi llegada a Inglaterra él fingiría haber
recibido un despacho anunciando mi muerte allí mismo, de manera que pudiera
casarse de nuevo cuando quisiera. Prometió y se comprometió a comportarse
conmigo como un hermano y ayudarme y sostenerme mientras yo viviera, y que si
él moría antes que yo dejaría lo suficiente a su madre para que pudiera aún
cuidar de mí en calidad de hermana y en algu-nos aspectos se cuidaría de mí
cuando recibiera noticias mías. Pero las cosas sucedieron de una manera tan
extraña que más tarde sufrí unas sensibles decepciones, como verán ustedes a su
debido tiempo.
Me vine a Inglaterra el mes de agosto después de haber estado
ocho años en aquel país. En Inglaterra me esperaba una nueva tanda de
infortunios, como quizá pocas mujeres hayan tenido que soportar.
Tuvimos un buen viaje sin ningún incidente hasta que llegamos
cerca de las costas inglesas, que fue a los treinta y dos días, pero entonces
fuimos sacudidos por dos o tres tempestades, una de las cuales nos arrastró
hasta la costa de Irlanda y entramos en el puerto de Kinsdale. Nos detuvimos
allí trece días, embarcamos vituallas de refresco y nos hicimos de nuevo a la
mar donde volvimos a encontrar mal tiempo. Durante un temporal el barco perdió
el palo mayor, según decían, aunque yo no sabía ni siquiera lo que querían
decir. Finalmente llegamos a Milford Haven, en Gales, y cuando sentí mis pies
firmes en el suelo de mi país nativo, las Islas Británicas, resolví a pesar de
hallarme aún lejos de nuestro puerto de destino, no aventurarme más sobre las
aguas. Desembarqué con mis ropas y mi dinero, con mis conocimientos de embarque
y otros papeles y me fui a Londres dejando que el barco llegara a puerto como
pudiera. El puerto de destino era Bristol, donde vivía el primer corresponsal
de mi esposo. Llegué a Londres tres semanas después y allí me enteré de que el
barco había llegado a Bristol, pero al mismo tiempo tuve la mala suerte de
saber que a causa del mal tiempo que había encontrado y de haber perdido el
palo mayor, el barco había sufrido grandes daños y que una gran parte de su
cargamento estaba estropeado.
Tenía ahora ante mí una nueva etapa de mi vida y la verdad es
que las perspectivas no eran muy' agradables. Había salido de allí como en una
especie de despedida definitiva. Lo que había llevado conmigo tenía ciertamente
un valor considerable y si hu-biese llegado bien habría podido casarme otra vez
en unas condiciones tolerables. Pero tal como fueron las cosas me vi reducida a
unas dos o trescientas libras en total y sin esperanza alguna de obtener más.
Estaba completamente sin amigos e incluso ni siquiera conocidos, porque creí
completamente necesario no revivir antiguas relaciones. Y en cuanto a mi sutil
amiga que anteriormente me había hecho pasar por rica sin serlo había muerto ya
y su marido también, según me informaron, al mandar a una persona desconocida
que hiciera averiguaciones.
El cuidado de mi cargamento de mercancías me obligó a hacer un
viaje a Bristol y mientras atendía este asunto, me permití la diversión de
llegarme a Bath, porque estaba todavía lejos de ser vieja y mi carácter, que
siempre había sido alegre, seguía siéndolo en extremo, y siendo ahora, como
puede decirse, una mujer de fortuna aunque fuese una mujer sin fortuna,
confiaba en que algo podía suceder que mejorase mi situación, tal como me había
sucedido anteriormente.
Bath es un lugar de galantería, caro y lleno de trampas. Fui
allí realmente dispuesta a tomar cualquier cosa que pudiera ofrecérseme, pero
debo hacerme justicia al decir que no pensaba en nada malo.
No quería nada que no fuera honesto ni tampoco tenía
pensamientos que apuntasen hacia el camino por el que luego permití que me
condujeran.
Me quedé allí durante la «última estación», como se la llama, e
hice algunas amistades desgraciadas, que más bien me indujeron hacia las
locuras en que luego caí, en vez de fortificarme contra dichas locuras. Viví
muy placenteramente, frecuenté buenas compañías, es decir, personas alegres y
distinguidas, pero me sentí descorazonada al darme cuenta de que aquel modo de
vivir me hundía excesivamente, ya que yo no tenía renta alguna fija y gastar
del capital es como desangrarse hasta morir y que esto me inspiraba reflexiones
muy tristes en los intervalos de mis otros pensamientos. No obstante, los
alejaba de mi mente y seguía haciéndome la ilusión de que algo bueno se me
ofrecería en cualquier momento.
Pero había equivocado el lugar. No estaba en Ratcliff, donde, si
me hubiese instalado de una manera tolerable, algún capitán podría haber
hablado conmigo en los honorables términos del matrimonio, pero estaba en Bath,
donde los hombres a veces buscan una esposa y, por tanto, todas las amistades
particulares que una mujer puede trabar allí, tienen una clara tendencia hacia
aquella dirección.
Había pasado la primera estación bastante bien, porque aun
cuando había trabado cierta amistad con un caballero que iba a Bath a
divertirse, no había hecho aún ningún trato de felonía propiamente dicho. Había
resistido a algunos galanes ocasionales y me las había compuesto bastante bien.
No era lo suficiente mala para entrar en aquella vida por vicio y no recibí
ninguna oferta extraordinaria que me tentara a base de lo que yo
princi-palmente quería.
No obstante, durante esta primera estación hice amistad con la
mujer en cuya casa me hospedaba y que, aunque no tenía una casa mala, como las
llamamos, no poseía ningún principio bueno. Yo siempre me había comportado de
una manera que no mancillara mi reputación por ningún concepto y todos los
hombres con quienes había hablado gozaban de tan buena reputación que nunca
había tenido el menor reparo en hablar con ellos, ni ninguno de ellos pareció
creer que hubiera motivo para una correspondencia deshonrosa. Sin embargo,
había un caballero, como digo, que siempre me escogía a mí porque en-contraba
mi compañía divertida, como él decía, y además se complacía en ella, pero por
aquel entonces no hubo nada con él.
En Bath viví muchas horas melancólicas cuando mis compañeros se
hubieron marchado, pues aunque iba a Bristol algunas veces para disponer de mis
efectos y recoger el dinero, escogí Bath como residencia, porque estaba en muy
buenas relaciones con aquella mujer en cuya casa me alojaba en verano. Además
resultó que en invierno la vida costaba más barata allí que en cualquier otra
parte. Allí, como digo, pasé tristemente el invierno, como había pasado
alegremente el otoño, pero habiendo intimado aún más con aquella mujer en cuya
casa me alojaba, no pude evitar decirle algo de lo que me ocurría,
especialmente la estrechez de mi posición y la pérdida de mi fortuna, por los
perjuicios causados a mis mercancías por el temporal. También le dije que tenía
a mi madre y un hermano en buena posición en Virginia y que había en efecto
escrito a mi madre para enterarla de mi situación y de la gran pérdida que
había tenido, que llegaba a ser de unas quinientas libras. No dejé de decirle a
mi nueva amiga que esperaba un envío de allí, como es verdad que lo esperaba y
como los barcos iban de Bristol a York River, en Virginia, y volvían,
generalmente en menos tiempo que a Londres, creí que era mucho mejor esperar
aquí en vez de ir a la capital donde tampoco tenía conocido alguno.
A mi amiga pareció afectarle mucho mi situación y fue tan buena
como para rebajarme el precio de mi manutención durante el invierno, a una
cantidad tan exigua, que verdaderamente me convenció de que no obtenía ningún
beneficio conmigo. Y en cuanto a hospedaje, no pagué absolutamente nada durante
el invierno.
Cuando empezó la estación de primavera, siguió la mujer
portándose tan bien como pudo y seguí en su casa algún tiempo, hasta que no me
fue necesario hacerlo. Tenía ella algunas personas de importancia que se
alojaban frecuentemente en su casa y especialmente el caballero que, como he
dicho antes, me había escogido para hacerle compañía el otoño anterior, y vino
de nuevo, acompañado de otro caballero y dos criados y se hospedó en la misma
casa. Sospeché que mi patrona lo había invitado diciéndole que yo estaba aún
con ella; pero ella lo negó asegurándome que no lo había hecho y él dijo lo
mismo.
En una palabra, aquel caballero siguió escogiéndome a mí como su
compañera de confianza, como también para conversar. Era un perfecto caballero,
según debo confesar, y su compañía me era muy agradable, como yo creo que
también lo era la mía para él. Sólo me demostró un respeto extraordinario y
tenía tal opinión de mi virtud que, según decía con frecuencia, estaba seguro
de que fuese lo que fuese que me ofreciera, yo lo rechazaría con desdén. Pronto
supo por mí que era viuda, que había llegado a Bristol desde Virginia en uno de
los últimos barcos y que esperaba en Bath que llegase el próximo barco de
Virginia en el cual esperaba recibir unos efectos de valor. Por él y sus
'compañeros me enteré de que estaba casado y que su esposa andaba mal de la
cabeza y la cuidaban sus parientes, lo que consentía él para evitar suspicacias
que hubiesen podido (lo cual no es raro en tales casos) recaer sobre él, en el
sentido de que descuidara su curación, y entretanto venía a Bath para distraer
sus pensamientos de esta triste circunstancia.
Mi patrona, que, de su propio natural, gustaba de aprovechar las
ocasiones, me dio buenos informes de su carácter, de su honor y de sus
cualidades, así como de su gran hacienda. Y, en verdad, yo tenía bastantes
motivos para decir lo mismo de él, pues aunque nos alojábamos los dos en el
mismo piso y había entrado muchas veces en mi habitación, incluso estando yo en
la cama, y yo también en la suya cuando ya estaba acostado, nunca me dio nada
más allá de un beso y no solicitó nada de mí hasta mucho tiempo después, como
ustedes verán a su debido tiempo.
Yo ponderaba frecuentemente a mi patrona la buena educación de
aquel caballero y ella también solía hacer grandes elogios de su conducta. No
obstante, solía decirme que creía que debía pedirle una gratificación por mi
compañía, ya que, en efecto, me acaparaba, como suele decirse, y casi nunca
podía yo estar sin él. Le dije que no le había dado la menor ocasión de pensar
que la quería o que la aceptaría si me la daba. Me dijo que ya se encargaría
ella de este asunto y lo hizo con tanta habilidad que la primera vez que él y
yo estuvimos solos después de que ella le hubo hablado, empezó a preguntarme
por mi posición, cómo había subsistido desde que llegué a Inglaterra y si
necesitaba di-nero. Le dije que aunque mi cargamento de tabaco se había
averiado, no estaba perdido del todo; que el comerciante a quien iba consignado
se había preocupado honestamente de mí, de manera que no me había faltado nada
y que esperaba que, a base de ahorrar todo lo posible, lo que me quedaba
alcanzaría hasta que llegara más, lo que confiaba que sería por el próximo
barco; que entretanto había reducido mis gastos y que así como la temporada
anterior tenía una camarera, ahora me pasaba sin ella, y que, si entonces tenía
una habitación y un comedor en el primer piso, como ya sabía él, ahora tenía
sólo una habitación, y así todo por el estilo. «¡Vivo tan satisfecha ahora,
como antes», le dije. Y añadí que su compañía había hecho mucho para que mi
vida fuese más alegre de lo que hubiera sido, por lo que le estaba muy
agradecida. De esta manera, alejé por el momento cualquier oferta que pudiera
hacerme. No obstante, no tardó mucho en volver a la carga y me dijo que le
parecía que era yo muy discreta en informarle de mi situación, lo que sentía
mucho, y me aseguró que intentaba conocer mi situación no por espíritu de
curiosidad, sino por su deseo de ayudarme, si había ocasión para ello, pero que
toda vez que yo no quería confesar que tenía necesidad de ayuda sólo podía
pedirme una cosa y era que le prometiera que, si esto sucedía, se lo diría con
toda franqueza y recurriría a él con la misma libertad con que él me lo
ofrecía, añadiendo que siempre encontraría en él un amigo verdadero en el cual
podía tener entera confianza.
No omití nada de lo que es lógico decir cuando una se siente
infinitamente agradecida y para hacerle saber que tenía un sentido exacto de su
bondad, y, en realidad, desde entonces ya no fui para él tan reservada como lo
había sido hasta entonces, aunque manteniéndonos los dos dentro de los límites
de la más estricta virtud. Pero, por libres que fueran nuestras conversaciones,
no podía decidirme a llegar a la libertad• que él quería, o sea decirle que
necesitaba dinero, aunque en mi fuero interno estaba muy contenta de su oferta.
Pasaron algunas semanas y no le pedí nunca dinero. Cuando mi
patrona, mujer astuta que a menudo me había recomendado que lo hiciera,
descubrió que yo no lo hacía, pergeñó una historia de su propia invención y,
cuando estábamos juntos, entró bruscamente y me dijo:
-¡Oh, amiga mía! -me dijo-. Esta mañana tengo que da- i ros una
mala noticia.
-¿Qué pasa? -pregunté yo-. ¿Han capturado los franceses los
barcos de Virginia?
-No, no -dijo ella-, pero el hombre a quien enviasteis ayer a
Bristol a buscar dinero, ha venido sin traer nada.
Bueno, yo no podía aprobar en modo alguno aquella jugada. Mi
amiga quería para mí una ayuda urgente cuando en realidad no había necesidad de
ello. Yo vi claramente que no perdería nada por tardar en pedir, de manera que
la paré en seco.
-No puedo imaginar por qué le diría esto -dije yo-, porque puedo
asegurarle que me trajo todo el dinero que le había mandado a buscar y aquí
está -añadí.
Y sacando mi bolsa que contenía unas doce guineas, añadí:
-Por cierto que mi intención es datos a vos dentro de poco la
mayor parte.
El pareció algo disgustado cuando ella habló, como lo estaba yo,
seguramente por considerarlo, lo mismo que yo, algo atrevido de su parte, pero
cuando oyó la contestación que yo le daba, volvió a ser inmediatamente el
mismo. La mañana siguiente hablamos de ello y pude cerciorarme de que estaba
completamente contento y sonriente y dijo que esperaba que no estaría
necesitada de dinero sin decírselo a él tal como le había prome-tido. Le dije
que me había disgustado mucho que mi patrona hablara de aquel modo en su
presencia el día anterior, de lo que a ella nada le importaba, pero que suponía
que quería que le pagara lo que le adeudaba, que era aproximadamente unas ocho
guineas, pero que ya había resuelto dárselas, y, en efecto, se las había dado
la misma noche en que había hablado tan a la ligera.
Se puso de muy buen humor cuando oyó que ya había pagado aquella
deuda y empezó por hablar de otra cosa. A la mañana siguiente, al oírme andar
por mi habitación, me llamó desde la suya y, al contestarle yo, me dijo que
entrara a verlo. Cuando entré estaba acostado y me dijo que me sentara al lado
de la cama porque tenía algo que decirme que era urgente. Después de varias
expresiones cariñosas, me preguntó si sería sincera con él y le contestaría
francamente a una pregunta que quería hacerme. Después de cavilar algo sobre la
palabra sincera y preguntarle si alguna vez le había dado alguna contestación
que no lo fuera, le prometí que así lo haría. Entonces me pidió que le dejara
ver mi bolso. Puse inmediatamente mano al bolsillo y riéndome de él, saqué mi
bolsa en la que había tres guineas y media. Me preguntó si era todo el dinero
que yo tenía y yo le contesté que no, riendo de nuevo, «que ni mucho menos».
Entonces me pidió que le prometiera que-iría a buscar todo el
dinero que tuviese hasta el último penique. Le dije que así lo haría y fui a mi
habitación y saqué un pequeño cajón con seis guineas más y algo de plata y lo
eché todo sobre su cama diciéndole que aquélla era toda mi fortuna hasta el
último chelín. Lo miró ligeramente sin contarlo, y lo metió de nuevo dentro del
cájón. Luego buscó en su bolsillo, sacó una llave y me dijo que abriera una
pequeña caja de madera que tenía encima de la mesa y le diera un cajón
determinado, y así lo hice. En aquel cajón había mucho dinero en oro, creo que
casi doscientas guineas, pero no lo sé exactamente. Cogió el cajón y cogiéndome
también una mano me hizo meterla en él para que sacara unas monedas. Yo me
resistía a hacerlo, pero me sujetó fuertemente la mano con la suya y la metió
dentro del cajón y me hizo coger muchas guineas, casi tantas como me cabían en
la mano.
Cuando hubo hecho esto, me dijo que me las pusiera en el regazo
y cogió mi pequeño cajón para poner en él todo el dinero y entonces me dijo que
me fuera y me lo llevara todo a mi habitación.
Relato esta historia más que nada para que se pueda aprecia¡ el
carácter de nuestras conversaciones. No fue mucho después de esto que empezó a
encontrar faltas en todos mis vestidos, en mis encajes y en mis sombreros y, en
una palabra, me apremió para que me comprara otros de mejor calidad, lo que,
por otra parte, estaba bien dispuesta a hacer, aunque no lo pareciera, porque
no había nada en el mundo que me gustara más que ir bien vestida. Le dije
entonces que tenía que trabajar para devolverle el dinero que me había
prestado, pues de no hacerlo así no podría devolvérselo nunca. Pero me contestó
en pocas palabras que, como sentía un respeto sincero por mí y conocía las
circunstancias en que me debatía, no me había prestado el dinero, sino que me
lo había dado, pues yo me lo había ganado de sobras con la compañía que le
había hecho. Después de esto, me hizo tomar una criada y poner casa, y como el
amigo que había ido con él a Bath ya se había marchado, me obligó a que
cocinara para él, lo que hice muy voluntariamente, creyendo que nada perdería
con ello, como tampoco perdió la dueña de la casa.
Habíamos estado viviendo así tres meses cuando, al empezar la
gente a marcharse de Bath, habló de marcharse también y se mostró muy empeñado
en que también yo fuera a Londres con él. No me entusiasmó mucho su
proposición, ya que no sabía en qué forma tendría que vivir yo allí y cómo' me
trataría él. Pero mientras discutíamos esto, cayó enfermo. Había ido a un lugar
de Somersetshire que se llama Shepton, donde tenía algu-nos negocios, y enfermó
allí. Como su estado le impedía viajar, mandó su criado a Bath para que me
pidiera que alquilase un coche y me fuese allí.
Antes de marchar, me había dejado su dinero y algunos objetos de
valor. Yo no sabía qué hacer con todo aquello, pero lo guardé lo mejor que supe
y, cerrando la casa, me fui a verlo. Lo encontré muy enfermo, pero no obstante
lo convencí de que se dejara trasladar a Bath en una litera, donde tendría
mayores cuidados y mejor asistencia.
Accedió a ello y lo llevé a Bath, que está a unas quince millas,
según creo. Allí siguió estando muy malo de fiebre y tuvo que permanecer en
cama cinco semanas. Durante ese tiempo lo atendí y lo cuidé tan esmeradamente
como si hubiese sido su esposa. En efecto, si hubiese sido su mujer no habría
podido hacer más. Lo velé durante tanto tiempo y tan a menudo que, al final, ya
no me dejó que lo velera más y entonces me llevé un jergón a su cuarto y dormí
en él, a los pies de su cama. Estaba verdaderamente afectada por su enfermedad
y con el miedo de perder un buen amigo como él, de manera que solía sentarme al
lado de su cama llorando muchas horas. Por fin empezó a mejorar y me hizo
concebir esperanzas de que pronto se recuperaría, como en efecto así fue, aunque
muy lentamente.
Si lo que voy a decir ahora no fuera verdad, no tendría
inconveniente en decirlo, como creo que he demostrado a lo largo de esta
historia, mas puedo afirmar que durante todo el tiempo que estuvimos juntos y
lo cuidé, aparte de la libertad de entrar en su habitación cuando estaba en
cama, como también hacía él conmigo y aparte de los cuidados necesarios
mientras estuvo enfermo, no hubo entre nosotros ni una palabra ni un gesto que
afectara a mi pudor. ¡Ojalá hubiera sido así hasta el final!
Después de algún tiempo, recuperó las fuerzas y se restableció
por completo. Yo iba a retirar mi jergón, pero él no quiso oír hablar de ello
hasta que tuvo fuerzas para levantarse y no tuvo necesidad de que lo velara.
Entonces llevé mi jergón a mi cuarto.
El aprovechaba todas las ocasiones para demostrarme su
agradecimiento por mi ternura y mis cuidados, y cuando estuvo completamente
repuesto me regaló cincuenta guineas, no sólo por mis cuidados, sino, según
dijo, por haber arriesgado yo mi vida por salvar la suya.
Y entonces hizo grandes protestas de un afecto sincero por mí,
pero siempre dijo que era con el mayor respeto hacia mi virtud y la suya, y yo
le aseguré que estaba completamente satisfecha con esto. Llegó hasta el extremo
de decirme que, aunque se viera desnudo en la cama conmigo, respetaría mi
virtud denodadamente como la defendería de cualquiera que quisiera asaltarla.
Lo creí y así se lo dije, pero esto no le agradó y me dijo que esperaba poder
tener la oportunidad de demostrármelo.
Mucho tiempo después de esto tuve que ir, por asuntos míos, a la
ciudad de Bristol. El alquiló un carruaje y dijo que iría conmigo, como así lo
hizo, con lo que nuestra intimidad fue aumentando. Desde Bristol me llevó a
Gloucester, lo que era simplemente un paseo, para tomar el aire, y allí la
casualidad hizo que no hubiese en la posada más que una habitación con dos
camas. El dueño, al mostrarnos la habitación, dijo con franqueza:
-Señor, yo no sé si esta dama es vuestra esposa o no, pero si no
lo es, podéis dormir en estas dos camas, con la misma honestidad que si
durmierais en dos habitaciones separadas.
Después de decir esto, corrió una gran cortina que iba de lado a
lado de la habitación y separaba las dos camas como si, en efecto, estuvieran
en dos habitaciones separadas.
-Bien -dijo mi amigo prestamente-, ya nos arreglaremos con estas
camas. Somos lo suficientemente afines para poder dormir así, el uno cerca del
otro.
Esto dio un aspecto de honestidad al asunto. Cuando nos
acostamos, él salió decentemente de la habitación hasta que yo estuve acostada
y luego se acostó en su cama, pero estuvo un buen rato hablándome desde allí.
Después, repitiéndome aquello que me había dicho de que podía
estar desnudo conmigo sin hacerme nada, saltó de su cama.
-Y ahora, querida -me dijo-, verás cómo puedo estar contigo y
cumplir mi palabra.
Y se vino a mi cama.
Yo me resistí algo, pero debo confesar que, aunque no me hubiese
hecho aquella afirmación, tampoco habría resistido mucho, de manera que, tras
una pequeña lucha, me quedé quieta y le dejé que se metiera en mi cama. Cuando
estuvo allí, me cogió entre sus brazos y así estuve toda la noche, acostada con
él, pero sin que pasara nada más que sentirme entre sus brazos. Por la mañana
se levantó y me dejó tan intacta para él corno el día que nací.
Esto fue una sorpresa para mí y tal vez lo será también para
ustedes, pues ya se sabe cómo rigen las leyes de la naturaleza y él era un
hombre fuerte, vigoroso y cabal. Pero no obró así por motivos de religión, sino
simplemente por afecto. Insistió en asegurarme que, a pesar de que yo era para
él la mujer más agradable del mundo, no podía ofenderme porque me amaba.
Confieso que es un noble principio, pero como era muy distinto
de lo que yo había experimentado antes, resultaba completamente asombroso para
mí. Viajamos el resto de la jornada como lo habíamos hecho antes y regresamos a
Bath, donde, como tenía la oportunidad de estar conmigo cuando quería, repitió
varias veces la prueba de moderación y frecuentemente nos acostamos los dos
juntos, y aunque las familiaridades propias entre hombre y mujer eran
corrientes entre nosotros, nunca fue más lejos y se tenía a sí mismo en gran
estima por ello. Puedo decir que yo no estaba tan completamente complacida como
creía él, porque confieso que yo era muy honesta, como ya verán ustedes
después.
Vivimos así cerca de dos años, con la sola excepción de que él
fue tres veces a Londres durante aquel tiempo y una de las veces estuvo allí
cuatro meses, pero debo hacerle justicia, diciendo que siempre me dejaba dinero
en abundancia para sostenerme muy bien.
Si hubiésemos seguido así, confieso que habríamos tenido mucho
de que enorgullecernos, pero, como dicen los sabios, no es bueno acercarse
demasiado al borde de un mandamiento y nosotros pudimos comprobar que esto es
verdad. Y aquí he de hacerle otra vez justicia diciendo que la primera
iniciativa partió de mí y no de él. Era una noche en que los dos estábamos en
la cama juntos, calientes y alegres, pues habíamos bebido, creo yo, unos
vasitos más de vino que de costumbre, aunque no lo suficiente para marearnos,
cuando, después de algunas tonterías que no puedo nombrar, teniéndome él cogida
en sus brazos, le dije (lo repito con vergüenza y horror) que en el fondo de mi
corazón sentía que por una noche solamente podía relevarlo de su promesa.
Me tomó la palabra inmediatamente y, después de esta vez, ya no
hubo manera de resistirle. Pero la verdad es que tampoco tenía yo intención de
resistir y que no me importaba lo que pudiera resultar.
Fue así, de esta manera, como perdimos el gobierno de nuestra
virtud y yo cambié mi título de amiga por aquel, tan áspero al oído, de
prostituta. Cuando llegó la mañana, los dos nos arrepentimos de lo ocurrido. Yo
lloré mucho y él expresó vivamente cuánto lo sentía, pero esto era ya lo único
que podíamos hacer, y una vez abierto el camino y derribadas de esta forma las
barreras de la conciencia y de la virtud, ya no nos quedaba nada contra qué
luchar.
Fue una situación muy poco alegre la que fuimos manteniendo el
resto de aquella semana. Yo no podía mirarlo sin sonrojarme y frecuentemente me
acudía a los labios la objeción: «¿Y si ahora me quedara encinta? ¿Qué sería de
mí?» El me tranquilizaba diciéndome que, mientras yo le fuera fiel, también lo
sería él para mí, y que ya que habíamos llegado tan lejos, lo que, en verdad,
no había sido su intención, si esto sucediera él cuidaría de ello y también de
mí. Esto nos endureció a los dos. Le aseguré que, de quedar encinta, antes
moriría que señalarlo a él como padre del niño, y él me aseguró que, de suceder
tal cosa, no me faltaría nada. Estas seguridades mutuas nos endurecieron en el
pecado, y, después de ellas, repetimos el hecho tan a menudo como quisimos,
hasta que, finalmente, como yo temía, me quedé encinta.
Tan pronto como tuve la seguridad de ello y le hube puesto a él
al corriente, empezamos a tomar medidas. Yo propuse confiar el secreto a mi
patrona y pedirle consejo, con lo que él estuvo de acuerdo. Mi patrona, que,
según descubrí, era mujer acos-tumbrada a estas cosas, no le dio ninguna
importancia. Dijo que ya se figuraba que finalmente sucedería esto y nos gastó
algunas bromas. Como he dicho, descubrimos que tenía mucha experiencia en estas
cosas. Ella se encargó de todo, se comprometió a encontrar una comadrona y una
enfermera y a sacarnos del trance manteniendo nuestra reputación, y
efectivamente lo hizo con mucha habilidad.
Cuando llegó el momento, le dijo al caballero que se marchara a
Londres o hiciera ver que así lo hacía. Cuando él se hubo marchado, comunicó a
los bedeles de la parroquia que en su casa había una señora a punto de tener un
hijo y que ella conocía muy bien a su esposo. Les dio un nombre supuesto, el de
sir Walter Cleeve, diciéndoles que era un caballero de pro y que ella
contestaría todas las preguntas y a lo que fuera preciso. Esto satisfizo a los
bedeles de la parroquia y yo parí con la misma dignidad que si realmente
hubiese sido milady Cleeve, asistida por las esposas de tres o cuatro de los
más notables ciudadanos de Bath que vivían en aquel vecindario, lo cual, no
obstante, resultó algo más caro para él. Le dije a él cuánto lo sentía, pero
siempre me contestó que aquello no debía importarme.
Como me había dejado dinero suficiente para los gastos de mi
alumbramiento, tenía todas las cosas bonitas necesarias, pero no me mostré ni
alegre ni despilfarradora; además, conociendo el mundo como lo conocía,
teniendo en cuenta mis circunstancias y que esta clase de situaciones, por lo
general, no suelen durar mucho, tuve buen cuidado de quedarme con todo el
dinero que pude, en previsión de malos tiempos, y le hice creer que lo había
empleado en los gastos extraordinarios de mi alumbramiento.
De esta manera, contando con lo que antes me había dado, después
del parto tenía alrededor de doscientas guineas, incluido lo que me quedaba de
lo mío.
Di a luz un niño que era muy hermoso. Cuando él se enteró, me
escribió una carta muy amable y cariñosa y luego me dijo que creía que era
mejor que me trasladase a Londres tan pronto como me levantara y me encontrara
restablecida; que me había alquilado un apartamiento en Hammersmith haciendo
ver que yo procedía del mismo Londres, y que, después de algún tiempo,
regresaría a Bath y él iría conmigo.
Me gustó este ofrecimiento, así es que alquilé un coche y, con
mi hijo, un ama de cría para amamantarlo y una criada para mí, me fui a
Londres.
El me esperaba en Reading con su coche y, haciéndome subir en
él, dejó a la nodriza y a la criada en el coche de alquiler, y me llevó a mi
nuevo alojamiento de Hammersmith. Allí tuve motivos sobrados para estar
contenta, porque eran unas habita-ciones muy hermosas y estaba muy bien
alojada.
Me encontraba en realidad en lo que podríamos llamar la cúspide
de mi prosperidad y sólo hubiera deseado ser una esposa como Dios manda, lo
cual no era posible, ya que no había lugar para ello. Por esto me apliqué en
todo momento a ahorrar todo lo que podía. Como he dicho antes, preveía un
tiempo de escasez, sabiendo perfectamente que estas situaciones no suelen ser
duraderas; que los hombres que mantienen una querida la cambian a menudo porque
se cansan de ella o porque tienen celos, pero siempre pasa algo que les hace
suspender su asignación, y muchas veces las mujeres que se ven tratadas así no
son lo suficientemente prudentes para conservar la estimación de sus amigos o
para mantener su fidelidad, y así se ven justamente aban-donadas.
En este aspecto me sentía segura, pues no tenía ninguna
inclinación por otro hombre ni tenía ninguna relación en casa ni pensaba
buscarla fuera. No tenía otra compañía que la de la familia con la cual vivía y
la señora de un capellán que ocupaba el apartamiento inmediato. Cuando él
estaba ausente, no me trataba con nadie y así nunca me encontró fuera de mi
habitación o del salón cuando venía a verme. Y si salía alguna vez a tomar el
aire era siempre con él.
Vivir con mi amigo de aquella manera resultaba la cosa más
sencilla del mundo. A menudo me aseguraba que desde el momento de conocerme
hasta la noche que caímos en falta, nunca había tenido el menor propósito de
acostarse conmigo, pues siempre había sentido un sincero afecto hacia mí, pero
no verdadera inclinación a hacer lo que había hecho. Yo le aseguré que nunca
había dudado de él; que de haber sido así no hubiese cedido a las libertades
que fueron la causa de que estuviéramos como estábamos; que todo constituyó una
sorpresa y que fue un puro accidente haber cedido aquella noche a nuestras
mutuas inclinaciones. En relación con esto he observado, y lo dejo como
advertencia a los lectores de este relato, que hemos de ser muy prudentes al
ceder a nuestras inclinaciones relacionadas con las libertades carnales, puesto
que a veces fallan, cuando su asistencia nos sería más necesaria, las
resoluciones virtuosas que ponemos en el empeño.
Es cierto, y ya lo he confesado antes, que desde el primer
momento que entré en relación con él decidí permitirle que se acostara conmigo
si me lo pedía, pero era porque necesitaba su ayuda y asistencia y no veía otro
camino que éste para asegurármelas.
Pero después de estar aquella noche juntos y, como ya he dicho,
de haberse prolongado las cosas, me di cuenta de mi debilidad. La inclinación
pudo haber sido irresistible, pero era yo la que estaba dispuesta a
satisfacerla incluso antes de que él me lo pidiera.
Debo, sin embargo, reconocer, por ser de justicia, que nunca me
echó en cara mi debilidad y que ni siquiera mostró en ninguna otra ocasión
aversión por mi conducta, sino que siempre me aseguró que estaba tan encantado
conmigo como en el primer momento que estuvimos juntos, y al decir esto quiero
dar a entender como compañeros de lecho.
Es cierto que él no tenía esposa, mejor dicho, que la suya no lo
era para él, así que por este lado no había peligro, pero sucede a menudo que
lo que arranca a veces a un hombre de los brazos de su querida son más bien los
escrúpulos de conciencia, espe-cialmente cuando se trata de un hombre de
entendimiento, y esto es precisamente lo que acabó ocurriendo con él, pero en
otra ocasión.
Por otra parte, aunque a mí no me faltaban secretos reproches de
mi propia conciencia por la vida que llevaba, y que aun en los más altos
momentos de dicha no podía por menos de admitir, las perspectivas de la pobreza
y del hambre se me presen-taban como un espectro pavoroso que hacía que no
mirara las consecuencias. Y así como fue la pobreza la que me condujo a ello,
era el miedo a la pobreza lo que me hacía persistir en mi falta, aunque con
frecuencia adoptaba la resolución de apartarme de la vida que llevaba tan
pronto como dispusiera de dinero suficiente para mantenerme. Pero todos estos
pensamientos carecían de peso y cuando él llegaba a mi lado se desvanecían.
Porque su compañía era tan deleitosa para mí que en cuanto él llegaba dejaba de
sentirme melancólica. Mis reflexiones me asaltaban únicamente cuando me
encontraba sola.
Viví seis años en esta feliz y, al mismo tiempo, desgraciada
condición y en este espacio de tiempo le di tres hijos, si bien sólo vivió el
primero. Aunque durante estos años cambié dos veces de residencia, en el
transcurso del sexto volví a mi primitivo alojamiento en Hammersmith. Fue allí
donde una mañana me vi sorprendida por una carta, amable pero melancólica, de
mi caballero en la que me daba la noticia de que se encontraba a muy enfermo y
que temía sufrir otro fuerte ataque de su dolencia, pero que, teniendo en su
casa parientes de su esposa, no le era posible tenerme a su lado para atenderlo
y cuidarlo como ya había hecho en alguna otra ocasión.
Mi interés fue grande con este motivo y mucha mi impaciencia por
saber qué sucedía. Esperé quince días o cosa así sin noticias suyas, por lo que
mi interés y mi inquietud fueron en aumento. Puedo asegurar que durante la
quincena siguiente estuve a punto de perder la razón. Mi principal dificultad
estribaba en no saber de una manera directa dónde se encontraba. Al principio
entendí que estaba en casa de la madre de su esposa, pero habiéndome trasladado
a Londres, no tardé en encontrar, con ayuda de la dirección que tenía para
dirigirle las cartas, la manera de preguntar por él y enterarme que donde
residía era en una casa de Bloomsbury, adonde, poco antes de caer enfermo,
había llevado a toda su familia, y que su esposa y su suegra se hallaban en la
misma casa, circunstancia que la primera no quería que se supiera.
Una vez allí no tardé en enterarme de que se encontraba en una
situación crítica en extremo, lo que me obligó, para salir de mi también
apurada situación, a querer tener un conocimiento exacto de lo que acaecía. Una
noche tuve la osadía de disfrazarme de criada poniéndome un sombrero redondo de
paja y llegando hasta la puerta de la casa, como si fuera enviada por una
señora de la vecindad donde él había vivido antes. Dirigiéndome a la
servidumbre dije que lo que me llevaba allí era enterarme cómo se encontraba el
señor y cómo había pasado la noche. Al dar el recado tuve la oportunidad que
deseaba, pues me puse al habla con una de las doncellas, con la que me fue
posible chismorrear a placer enterándome de todos los detalles de la
enfermedad. Supe que lo que sufría era una pleuresía, acompañada de tos y de
fiebre. También me dijo la chica quiénes eran los que vivían en la casa y cómo
era la esposa y que, según su impresión, tenían esperanzas de que llegaran a un
arreglo. En cuanto al señor, me dijo, en resumen, que los doctores no tenían
muchas esperanzas de que se salvara y que aquella misma mañana pensaban que se
moría, y que, aunque estaba un poco mejor, no creían que llegase a la mañana
siguiente.
Aquello fue una noticia terrible para mí. Empecé a vislumbrar el
fin de mi prosperidad y lamenté no haber desempeñado mejor mi papel de ama de
casa asegurando o salvando algo mientras se encontraba vivo, pues ahora no se
me presentaba muy claro lo que iba a ser de mi vida.
También resultaba terrible para mí tener un hijo, un muchacho
encantador de unos cinco años, cuyo porvenir él no se había cuidado de
asegurar, por lo menos que yo supiera. Haciéndome estas consideraciones y con
el corazón entristecido llegué a mi casa aquella noche y me puse a pensar cómo
viviría en lo sucesivo y de qué manera me las arreglaría para pasar el resto de
mi existencia.
Pueden estar ustedes bien seguros que me fue imposible descansar
hasta inquirir rápidamente qué iba a ser de él, y no atreviéndome a volver yo
misma envié disimuladamente varios mensajeros, hasta que después de un par de
semanas de espera me enteré de que podía albergar alguna esperanza de que
salvara su vida, aun cuando seguía estando muy enfermo. Dejé entonces de enviar
más mensajeros y poco después supe por unos vecinos que ya andaba por la casa y
poco después que se había ido fuera de nuevo.
No tuve entonces duda alguna de que no tardaría en tener
noticias suyas y experimenté algún consuelo dentro de las circunstancias que me
rodeaban. Esperé una, dos semanas, y con gran sorpresa y asombro por mi parte
transcurrieron cerca de dos meses sin saber de él otra cosa que, habiéndose
restablecido, se había trasladado al campo para respirar aire puro y convalecer
de su dolencia. Después de esto pasaron. otros dos meses y entonces me enteré
que había regresado a su casa de la ciudad, pero seguí sin saber nada
directamente de él.
Le escribí varias cartas, todas ellas dirigidas a las señas de
siempre, y averigüé que dos o tres habían sido reclamadas, pero no las demás.
Volví a escribirle de una manera más apremiante, y en una de mis cartas le
hacía saber que me veía obligada a confiar en él, dadas las condiciones en que
me encontraba, la renta de la casa que tenía que pagar, las exigencias del niño
y mi propia lamentable situación, falta de alimentos después de sus solemnes
promesas de que velaría por mí. Saqué copia de esta carta y sabiendo que el
original llevaba cerca de un mes en la casa sin haber sido reclamado, encontré
medios de hacer llegar la copia a sus propias manos en el café que me enteré
que solía frecuentar.
Esta carta lo obligaba a una contestación y por ella vine en
conocimiento de que aunque iba a ser abandonada, me había dirigido una carta
algún tiempo antes deseando que volviera otra vez a Bath. Su contenido lo daré
seguidamente.
Es cierto que los lechos de los enfermos son los lugares en que
esta clase de correspondencia se ve de diferente manera y con otros ojos de
como la miramos o nos parece mirarla antes. Mi amante había estado a las
puertas de la muerte y en las orillas de la eternidad, y parece ser que
entonces se sintió afectado por los correspondientes remordimientos y por las
tristes reflexiones que se hizo acerca de su vida de veleidad y galantería. Por
lo demás, su trato culpable conmigo no era nada más ni nada menos que la
representación de una larga existencia de adulterio que se le presentaba ahora
como realmente era y no como anteriormente se la imaginó, pues en aquellos
momentos la veía con una justa interpretación religiosa.
No puedo por menos de observar también, y dejo esta reflexión
como una lección para las mujeres sedientas de placer, que dondequiera que un
sincero arrepentimiento sucede a una falta como ésta no deja de producirse un
sentimiento de aversión hacia el objeto que la motivó, y cuanto más intenso
parecía ser el afecto más fuerte será proporcionalmente el odio. Siempre
sucederá así, y en realidad no puede ser de otra manera porque no puede haber
un aborrecimiento sincero de la ofensa si subsiste el amor que la ha
ocasionado. Al odio al pecado sigue el odio hacia quien nos ayudó a pecar. No
es posible esperar otra cosa.
Así ocurrió también en este caso, si bien la buena educación y
el sentido de justicia de este caballero le impidieron llevar la cosa a un tal
extremo, pero la historia resumida de esta parte del asunto puede establecerse
así. Por mi última carta y por las anteriores, que después buscó y encontró,
supo que yo no había ido a Bath y que su primera misiva no había llegado a mi
poder. Por esto me escribió lo siguiente:
Señora:
Me sorprende muchísimo que mi carta fechada el día 8 del mes
pasado no haya llegado a vuestras manos. Os doy mi palabra de que fue enviada a
vuestra residencia y entregada a vuestra sirvienta. No necesito deciros cómo me
he encontrado estos últimos tiempos, y cómo, habiendo estado al borde mismo de
la tumba, me encuentro, por inespe-rada e inmerecida gracia del cielo, otra vez
restablecido. No podrá extrañaros que en las circunstancias en que me he visto,
nuestra desgraciada correspondencia fuese una de las aflicciones que más han
pesado sobre mi conciencia. No necesito decir nada más, sino que las cosas de
las que uno tiene que arrepentirse deben ser también reformadas.
Deseo que os hagáis a la idea de volver a Bath. Os adjunto un
pagaré por el importe de 50 libras para la mudanza, y espero que no ha de
constituir una sorpresa para vos si añado que por las consideraciones
expresadas y no por haber recibido ofensa alguna por vuestra parte, no pienso
veros más. Me haré el debido cargo del niño. Podéis dejarlo o bien llevároslo.
Esto es cosa que dejo a vuestra elección.
Deseo que os hagáis unas reflexiones parecidas a las mías y que
os puedan servir de provecho.
Quedo vuestro, etcétera...
Esta carta me lastimó como si me hubieran causado mil heridas, y
en una forma que me es imposible explicarlo. Tampoco puedo expresar los
reproches que me hice a mí misma, pues no estaba tan ciega como para no ver la
íalta que había cometido. Y reflexioné que hubiera sido menos malo haber
continuado con mi hermano viviendo con él como esposa, puesto que no había
ninguna falta en nuestro matrimonio en este aspecto, dado que ninguno de los
dos sabía las circunstancias en que nos encontrábamos.
Nunca pensé que mientras tanto yo era una mujer casada, la
esposa de Mr..., mercader de paños, el cual, aunque me había dejado por su
situación, no tenía autoridad para dispensarme del contrato matrimonial que nos
unía ni para darme libertad legal para casarme de nuevo. Por esta razón,
durante todo este tiempo yo no había sido otra cosa que una ramera y una
adúltera. Entonces me reproché las libertades que me había tomado y me dije que
había sido una trampa para aquél caballero y que yo era la más culpable de lo
ocurrido. El podía haber sido rescatado misericordiosamente de la sima en que
se encontraba por una convincente presión sobre su alma, pero yo me veía
abandonada de la gracia de Dios y del cielo para que persistiera en mi maldad.
Bajo estas reflexiones continué pensativa y tristemente durante
casi un mes, y no fui a Bath por no tener ganas de estar con la mujer con la
que antes estuve, no fuese que volviera a conducirme por malos caminos, como ya
había hecho, además que me repugnaba que supiera que me habían abandonado.
Ahora me` encontraba muy preocupada acerca de mi hijito.
Separarme de él era para mí la muerte, y, sin embargo, cuando me ponía a
considerar el peligro de que pudiera llegar un día que yo no pudiera atender a
su subsistencia, me causaba tanto dolor que resolví dejarlo donde estaba, pero
también decidí estar yo cerca de él para tener la satisfacción de poder verlo
sin el cuidado de subvenir a sus necesidades.
En consecuencia, envié a mi caballero una corta misiva en la que
le decía que había obedecido sus órdenes en todo menos en lo de regresar a Bath
y que no podía pensar en ello por varias razones: que el tener que separarme de
él era una herida para mí de la que nunca podría sanar aunque estaba totalmente
identificada con sus reflexiones, que me parecían justas, y que estaba muy
lejos de mí el ser un obstáculo para su cambio de costumbres y su
arrepentimiento.
Después le explicaba la situación en que me veía en los términos
más enternecedores que me era posible. Le decía que esperaba que aquellas
desventuras que le movieron un día a dispensarme su generosa amistad le
inspirasen también ahora un pequeño interés por mí, aun cuando la parte
delictuosa de nuestras relaciones, en las cuales ninguno de nosotros se
proponía caer en su día, hubiera terminado; que yo deseaba arrepentirme tan
sinceramente como él lo había hecho, pero que le rogaba
me pusiera en las debidas condiciones para no verme expuesta a
tentaciones que el diablo no deja nunca de provocar en la mujer ante las
perspectivas temerosas de la pobreza y la zozobra, y que si tenía la menor duda
de que pudiera importunarlo, le rogaba que me pusiera en condiciones de poder
volver al lado de mi madre en Virginia, de donde sabía que había venido, y ello
pondría fin a todos los temores que pudiera albergar sobre el particular.
Concluía diciendo que si me mandaba 50 libras más para facilitar mi viaje, yo
le enviaría una renuncia general y le prometía no volver a molestarlo nunca con
ninguna clase de inoportunidades, y que esperaba se encargaría del bienestar
del niño, pero que si yo encontraba a mi madre con vida y mis condiciones me lo
permitían mandaría a buscarlo relevándole a él de aquel cuidado.
Todo esto no era, desde luego, más que una añagaza, pues yo no
tenía ninguna intención de volver a Virginia, como podría convencer a
cualquiera el relato de mis antiguos asuntos. De lo que se trataba era de
conseguir aquellas últimas 50 libras, si era posible, pues sabía perfectamente
que no volvería a recibir de él ni un solo penique.
Sin embargo, el argumento que esgrimí de mi renuncia general y
de no volver a molestarle, le debió de producir el debido efecto, pues me mandó
el dinero por una persona que era portadora de la renuncia para que yo la
firmara, cosa que hice de buena gana, entrando en posesión de aquella suma. Y
así, aunque con un gran dolor por mi parte, se puso punto final a este asunto.
Y ahora no puedo por menos de reflexionar acerca de las
desgraciadas consecuencias de la excesiva libertad entre las personas de
nuestra condición con el pretexto de las intenciones inocentes, de los afectos
amistosos y de otras cosas por el estilo. La carne tiene generalmente tanta
participación en estas amistades que hay muchas probabilidades de que las
inclinaciones prevalezcan sobre las más solemnes resoluciones y que el vicio
irrumpa por las brechas abiertas en la decencia y que la amistad inocente debería
preservar con la mayor severidad. Pero dejo que el lector de estas cosas haga
sus propias reflexiones, cosa que podrá hacer con mayor efectividad que yo, que
en seguida me olvido de mí misma y soy, por consiguiente, una amonestadora poco
eficiente.
Así, pues, volví a estar sola en el mundo, libre de toda clase
de obligaciones como esposa o como querida, excepto con mi esposo el mercader
de paños, del que no tenía noticias desde hacía casi quince años, por lo que no
creo que nadie pueda culparme de que me considerara libre de él, máxime
teniendo en cuenta que cuando se marchó me dijo que si no tenía frecuentes
noticias suyas, debía de sacar la conclusión de que había muerto y podía
casarme libremente con quien quisiera.
Empecé a echar mis cuentas. Había conseguido, por medio de
muchas cartas y también con la intercesión de mi madre, efectuar una segunda
devolución de algunas mercancías de mi hermano en Virginia, para conseguir la
indemnización por avería de la carga que traje conmigo, cosa que había de
efectuarse con la condición de hacer una cesión general a su favor y enviársela
por mediación de su corresponsal en Bristol. Esta condición me pareció muy
dura, pero hube de prometer que cumpliría y así pude bandearme tan bien que
conseguí mis mercancías antes de que la cesión fuera firmada.
Después siempre encontré algún pretexto para eludir el asunto e
ir demorando el objeto de la firma, hasta que, por último, alegué que tenía que
escribir a mi hermano y obtener su contestación antes de poder hacer la
concesión requerida.
Incluyendo este refuerzo y antes de conseguir las últimas 50
libras, encontré que en conjunto mi capital ascendía a unas 400 libras, así que
llegué a tener 450. Había ahorrado otras 100 libras, pero aquí me encontré con.
un desastre y fue que un joyero en cuyas manos las había confiado, quebró, con
lo que perdí 70 libras, pues no le pude sacar al hombre más que 30 de mis 100.
Poseía un poco de vajilla, aunque no mucha, y estaba bien provista de vestidos
y de ropa de casa.
Con este capital tenía yo el mundo por delante para empezar de
nuevo, pero deben ustedes tener en cuenta que ya no era la misma mujer que
cuando vivía en Redriff, porque, en primer lugar, tenía casi veinte años más y
no estaba demasiado bien conservada, aunque no ahorraba ningún subterfugio que
pudiera ayudarme a conservar la juventud, excepto pintarme, a lo que nunca
recurrí por tener el suficiente orgullo para creer que no lo necesitaba, aunque
siempre ha de advertirse alguna diferencia entre los veinticinco y los cuarenta
y dos años.
Hice innumerables proyectos para encauzar mi vida futura y
empecé a considerar muy seriamente qué debía hacer, aunque nada ocurrió. Tuve
buen cuidado de que el mundo me tuviese por más de lo que era, lo que
proclamaba que yo era mujer rica y que mi riqueza se encontraba en mis propias
manos, siendo cierto esto último. No tenía amistades, lo que constituía una de
mis mayores desgracias, y como consecuencia de ello carecía de consejeros con
los que pudiera tener una asistencia y, sobre todo, no tenía a nadie a quien
pudiera en confianza dar cuenta de mi situación y en cuya fidelidad y sigilo
confiar. Entonces comprendí por experiencia que carecer de amistades es,
después de pasar necesidad, lo peor que le puede ocurrir a una mujer. Digo a
una mujer porque es evidente que los hombres pueden ser sus propios consejeros
y sus propios directores y saben mejor que las mujeres cómo manejar sus
negocios y salir de las dificultades. Pero si una mujer no dispone de una
amistad para comunicarle sus asuntos y para aconsejarla y asistirla, se puede
apostar diez contra uno que está perdida, y no solamente esto, sino que se
halla expuesta a mayores peligros de ser engañada y perjudicada cuanto más
dinero tenga. Este fue precisamente mi caso en el asunto de las cien libras, al
que ya he hecho mención, que dejé en manos de un joyero cuyo crédito dejaba
mucho que desear, pero como yo no -tenía conocimiento de ello y nadie a quien
consultar, el resultado fue que me quedé sin mi dinero.
En segundo lugar, cuando una mujer es dejada en la forma que yo
lo fui, abandonada y sin consuelo, es como una bolsa de dinero o una joya
caídas en medio de un camino, que pueden ser presa del primero que llegue. Si
éste es un hombre virtuoso y de rectos principios, al encontrarla hará que
pregonen el hallazgo y su dueño puede aún tener noticias de lo que perdió,
pero, ¿cuántas veces en vez de caer en buenas manos no caerá en las de quien no
tendrá escrúpulo de guardarla para sí?
Este fue evidentemente mi caso, porque yo era una criatura
inestable, descarriada y sin ninguna ayuda, asistencia y guía para mi conducta.
Sabía lo que quería, pero no sabía cómo obtenerlo por medios directos. Quería.
colocarme en un lugar firme y se guro en la vida, y si hubiera dado con un
marido bueno y serio, no cabe duda que hubiese sido la esposa más fiel y más
honrada que la propia virtud. Si hubiera sido de otra forma, el vicio hubiera
llegado a través de las puertas de la necesidad, no de la inclinación,
comprendiendo harto bien, por no poder disfrutar de ella, cuánto valor tiene
una vida tranquila y cuán merecedora es de que se haga todo lo posible para
disfrutarla. Y no es sólo esto, sino que debería haber llevado una vida mejor
por las dificultades que pasé, y cuando he sido esposa no he dado nunca a mi
marido la menor inquietud con mi conducta. Pero todo esto no era nada. No
encontré en ello ninguna perspectiva alentadora y esperé. Vivía con regularidad
y con la frugalidad que convenía a mi situación, pero no efectué ninguna
transacción, con lo que mi capital disminuía rápidamente. No sabía qué camino
tomar. El temor a la pobreza, que veía aproximarse, gravitaba pesadamente sobre
mi espíritu. Tenía algún dinero, pero no sabía dónde colocarlo ni podía
mantenerme con el interés que me daba, por lo menos en Londres.
Finalmente comenzó una nueva escena. En la casa donde yo me
alojaba había una mujer procedente del Norte y nada era tan frecuente en su
conversación como la baratura de las subsistencias y lo bien que allí se vivía,
lo abundante y económico que era todo, las buenas compañías que se encontraban
y otras cosas por el estilo. Así, un día acabé por decirle que casi me había
tentado a ir a vivir a su país porque yo era viuda y, aunque disponía de lo
suficiente para ir viviendo, no tenía medios para incrementar mi capital y me
había dado cuenta de que no podía vivir donde me encontraba con menos de cien
libras al año, como no fuera sin compañía, sin servidumbre, sin ir a ningún
sitio y permaneciendo siempre encerrada en mi casa, como por obligación me veía
obligada a hacer.
Debería de haber comprendido que ella creía, como todos los
demás, que yo poseía una gran fortuna o que por lo menos tenía tres o cuatro
mil libras, si no más, en mi poder, porque se mostró extremadamente amable
conmigo al verme decidida a trasladarme a su país. Me dijo que tenía una
hermana que vivía cerca de Liverpool, que un hermano suyo era en aquella ciudad
un caballero importante y que además poseía una gran finca en Irlanda. Ella iba
a trasladarse allí aproximadamente al cabo de dos meses y que si yo quería ir
en su compañía sería recibida con la misma cordialidad que ella y podría
residir un mes o más a mi comodidad, hasta que viera si me gustaba el país y si
me decidía a quedarme en él. Ella procuraría que sus familiares se ocuparan de
mí, y como no acostumbran a tener huéspedes me recomendarían a otra buena
familia en cuyo seno podría vivir a mi satisfacción.
Si esta mujer hubiera sabido cuál era mi verdadera situación, no
me habría tendido tantos lazos ni habría dado tantos, pasos fatigosos para
cazar a una criatura pobre y desolada que valdría muy poca cosa al ser
atrapada. En cuanto a mí, que creía que mi caso era desesperado y que no podía
empeorar más, no me importaba lo que pudiera sucederme, con tal de que no me
causara alguna herida personal. Así, pues, acepté la invitación, no sin mucha
insistencia por parte de la mujer y grandes demostraciones de simpatía y
afecto, convenciéndome para que partiera con ella, y consiguientemente hice d
equipaje y me dispuse a realizar el viaje, aunque ignoraba en absoluto a dónde
iba a ir.
Me encontré entonces en un gran apuro. Lo poco que tenía era en
metálico, aparte, como ya he dicho, de un poco de vajilla, ropa de casa y
vestidos. En cuanto a cosas de la casa, poseía poco o nada por haber vivido
siempre en pensiones, pero yo no tenía ningún amigo a quien confiar lo poco que
tenía o que me aconsejara lo que debía hacer con ello, y esto me hacía estar
día y noche preocupada. Pensé en el Banco y en otras empresas de Londres, pero
no tenía ninguna amistad a quien confiar la administración de lo mío, y llevar
conmigo billetes, cuentas, órdenes y cosas semejantes me pareció muy inseguro,
pues si lo perdía me quedaba arruinada, y por otra parte, podía ser robada e
incluso asesinada en algún lugar apartado a causa de ello. Todo esto me causó
una extraña perplejidad y no sabía qué hacer.
Llegó una mañana a mi imaginación la idea de que podría ir yo
misma al Banco, donde ya había ido a menudo a cobrar intereses y donde tuve
tratos con un empleado muy amable y tan honrado que en una ocasión que por
error cobré de menos, vino tras de mí y me entregó un dinero que podía haberse
embolsado él con la mayor tranquilidad. Me dirigí, pues, a él, le expuse
sencillamente mi caso y le pregunté si quería tomarse la molestia de ser mi
consejero, pues era una pobre viuda sin amistades y no sabía qué hacer. Me dijo
que si deseaba saber su opinión, por lo que a su profesión se relacionaba haría
todo lo posible para que no fuera engañada, pero que en cuanto a lo demás me
recomendaría a un amigo suyo, compañero de trabajo aunque no en la misma casa,
cuyo juicio era bueno y en cuya honradez podía confiar.
-Yo respondo de él -añadió-, y de cualquier paso que pueda dar.
Si os engañara, aunque no fuese más que en un penique, me dejaría cortar una
mano. Además, él lo hace porque le gusta ayudar al prójimo, como un acto de
caridad.
Me quedé un tanto sorprendida ante aquella parrafada, y después
de una pausa le dije que hubiera preferido depender de él porque sabía que era
honrado, pero que si esto no era posible seguiría su consejo antes que el de
cualquier otra persona.
-Me atrevo a asegurar, señora -dijo- que estaréis tan satisfecha
de mi amigo como de mí, y él está más capacitado para ayudaros que yo.
Parece ser que él tenía mucho trabajo en el Banco y no podía
dedicar su tiempo a otros asuntos ajenos a su oficina, según luego me enteré,
aunque no lo comprendiera de momento. Añadió que su amigo no me cobraría nada
por su ayuda, cosa que verda-deramente me animó mucho.
Me indicó que aquella misma tarde, cuando cerraran el Banco, me
reuniera con él y con su amigo. Y verdaderamente en cuanto vi a éste y empezó a
hablar del asunto, mi satisfacción fue completa y me convencí de que iba a
tratar con un hombre honrado. Su aspecto así lo proclamaba y su manera de
proceder, según luego me enteré, era tan buena en todas partes, que ninguna
otra duda volvió a asaltarme.
Después de aquel primer encuentro en el cual me limité a decir
lo que ya había dicho antes, nos separamos, me citó para ir a verle el día
siguiente y me dijo que mientras tanto podía hacer averiguaciones acerca de su
honorabilidad, cosa que me vi imposibilitada de hacer por carecer de
relaciones.
De acuerdo con lo convenido me reuní el día siguiente con él y
le expuse mi caso con entera libertad. Le expliqué las circunstancias en que me
hallaba, que era una viuda venida de América, totalmente sola y sin amigos, que
tenía un poco de dinero, no mucho, y que temía poder perderlo, no contando con
amistad alguna en el mundo a la que poder recurrir para la administración de
mis bienes. Le dije también que me dirigía al norte de Inglaterra para no
dilapidar mi patrimonio; que tenía depositada mi confianza en el Banco y que no
me atrevía a llevar el dinero conmigo como antes, y que no sabía la forma de
tener correspondencia sobre él ni con quién.
Me dijo que podía dejar depositado el dinero en el Banco en
cuenta corriente, que quedaría registrada en los libros y que me permitiría
disponer de él con nada más que extender un cheque, pero que no recibiría
intereses por mi depósito. Que también podría comprar acciones, que me tendrían
en custodia, pero que en este caso, si quería disponer del dinero, tendría que
trasladarme a la ciudad para efectuar la venta y que encontraría ciertas
dificultades para cobrar el dividendo semestral, a menos de contar con alguna
persona a nombre de la cual pusiera las acciones para hacerlo por mí, lo cual
tendría las mismas dificultades ya apuntadas. Dicho lo cual me miró con
preocupación y sonrió un poco. Por último me dijo:
-¿Por qué no designáis, señora, un administrador que se encargue
de vos y de vuestro dinero y de esta manera os libre de toda preocupación?
-Pero entonces, señor -le contesté-, dejaría que el dinero
corriera los mismos azares.
Pero al mismo tiempo recuerdo que me dije secretamente a mí
misma: «Si me hicierais la pregunta más claramente, la consideraría con
seriedad antes de decir que no.»
Siguió caminando a mi lado un buen rato, y en una o dos
ocasiones creí que me iba a hablar seriamente, pero para mi aflicción, me
descubrió que tenía esposa, aunque asegurándome al propio tiempo que la tenía y
no la tenía. Entonces empecé a pensar que tal vez estaría en las mismas
condiciones de mi último amante y que su esposa estaría enferma, chiflada o
algo por el estilo. Sin embargo, no hablamos muchas cosas más por el momento,
porque me dijo que tenía prisa a causa de sus negocios y que si yo me molestaba
en pasar por su casa cuando terminara su trabajo, sería entonces cuando me
diría lo que podría hacer por mí para encauzar mis asuntos dentro de unas
normas de segu-ridad. Le dije que iría y le pregunté su dirección. Me la
escribió en un papel y al dármela me la leyó y dijo:
-Aquí la tenéis, señora, si es que os atrevéis a confiar en mí.
-Sí, señor -contesté-. Creo que puedo aventurarme y confiar en
vos, porque tenéis esposa, como me habéis dicho, y yo no deseo marido. Aparte
de esto os confío mi dinero, que es todo lo que tengo en el mundo, y que si lo
perdiera no podría ir a ninguna parte.
El dijo entonces algunas cosas en broma muy nobles y corteses,
pero que me hubieran gustado más si las hubiera dicho en serio, pero aquello
pasó, yo me guardé la dirección y convine en ir a su casa aquella misma tarde,
a las siete.
Cuando llegué me hizo algunas proposiciones para que colocara mi
dinero en el Banco en forma que le sacara algún interés, pero había algunas
dificultades en el procedimiento porque acabó diciéndome que no lo encontraba
seguro. Y demostraba una sinceridad y un desinterés que empecé a meditar
diciéndome que, en efecto, había dado con el hombre probo que necesitaba y que
nunca podría ponerme en mejores manos. Así, pues, no pude por menos de decirle,
con una gran dosis de franqueza, que todavía no me había tropezado con ningún
hombre ni ninguna mujer en quien poder confiar o con quien creerme segura y que
a él, en cambio, le confiaría libremente la administración de lo poco que
poseía si aceptaba ser rector de una pobre viuda que no podía darle salario
alguno por sus servicios.
El sonrió y poniéndose de pie me hizo con gran respeto una
reverencia. Me dijo que no podía por menos de agradecer la buena opinión que de
él tenía, que no la defraudaría, que haría cuanto estuviera al alcance suyo
para servirme y y te no esperaba remuneración alguna. Pero que no podía aceptar
una confianza que podía hacer recaer sobre él una sospecha de ser interesado, y
que si yo moría podría tener algún disgusto con mis albaceas, con los que le
sería muy desagradable entrar en conflicto.
Yo le dije que si todas sus objeciones eran éstas yo las
eliminaría y le convencí de que no había espacio para dificultad de ninguna
dase, porque, en primer lugar, si yo desconfiaba de él, sería entonces la
ocasión de hacerlo y no depositar mi dinero en sus manos, con lo cual él se
negaría a seguir adelante. En cuanto a lo de los albaceas, le aseguré que no
tenía herederos ni parientes en Inglaterra y que no tendría otros herederos o
albaceas que él, a menos que alterara mi voluntad antes de morir, cosa que no
tenía intención de hacer. Que a mi fallecimiento todo sería suyo, cosa que
merecería por haberme sido tan fiel como estaba segura de que lo sería.
Con mi discurso cambió la expresión de su semblante y me
preguntó cómo había llegado a tener tan buena voluntad hacia él, y aparentando
estar muy satisfecho me dijo que hubiese deseado ser soltero para que su
dedicación hacia mí fuera completa. Yo sonreí manifestándole que no lo era, que
mi ofrecimiento no tenía designio alguno sobre su persona y que no debía
alimentar semejante deseo, que resultaba criminoso para su esposa.
El me replicó que estaba equivocada, añadiendo:
-Ya os he dicho, señora, que tengo y no tengo esposa y que no
incurriría en pecado alguno si deseara que la ahorcaran si con esto se
arreglara todo.
-En este aspecto no sé en qué condiciones se encuentra, pero no
puede ser de buena fe desear la muerte de su esposa.
-Ya os he dicho -volvió a repetir- que para mí es una esposa y
no lo es y que vos no sabéis quién soy yo ni quién es ella.
-Esto es verdad, no sé quién sois, pero creo que sois un hombre
honrado y ésta es la causa de la franqueza con que os he hablado.
-Bueno, bueno, creo serlo, pero soy algo más, señora. Para
decíroslo sin rodeos os manifestaré que soy un marido engañado. y que ella es
una prostituta.
Dijo esto como bromeando, pero con una sonrisa tan desmayada que
me di cuenta de lo mucho que le dolía y al decirlo su aspecto era de
consternación.
-La cosa cambia entonces, no cabe duda -contesté-, pero vos
sabéis perfectamente que un cornudo puede ser un hombre honrado, por lo que en
el fondo la cosa queda igual. Creo además que si vuestra esposa se porta con
vos de una manera tan deshonrosa, sois demasiado honrado en tenerla por mujer.
Pero éstas son cosas que no me conciernen.
-No, no la disculpo, y si os he de ser sincero, señora, no soy
un marido complaciente en este aspecto y os aseguro, por otra parte, que su
comportamiento me llena de indignación, si bien no puedo hacer nada para
remediarlo. La mujer que es una ramera, es una ramera.
Intenté desviar la conversación y empecé a hablar de mi asunto,
pero me encontré con que no había terminado con sus confidencias y no tuve más
remedio que dejar que continuase. Me contó todas las circunstancias de su caso,
demasiado largas para relatarlas aquí. Lo más importante fue que habiendo
tenido que salir de Inglaterra algún tiempo antes de ocupar el puesto que ahora
tenía, en el intervalo ella tuvo dos hijos con un oficial del ejército. Cuando
él regresó a Inglaterra y ante su arrepentimiento la volvió a admitir y a
alimentarla, y sin embargo, poco después volvió a las andadas fugándose con el
aprendiz de un pañero y robándole todo lo que pudo y que continuaba viviendo
todavía con él.
-De lo que resulta, señora -dijo-, que no es prostituta por
necesidad, como es la añagaza corriente entre las de su sexo, sino por
inclinación, por amor al vicio.
No pude por menos de compadecerle y desear que se viera libre de
ella, y aunque quise volver a hablar de mi asunto, no lo pude conseguir. Por
último, me contempló con gran firmeza y me dijo:
-Escuchad, señora, habéis venido a mí para pedirme consejo y os
serviré tan fielmente como si se tratara de mi propia hermana, pero hemos de
cambiar las tornas y haciéndome un favor, puesto que sois tan amable conmigo,
debo a mi vez pediros que me aconsejéis. Decidme, ¿qué es lo que ha de hacer un
pobre hombre ofendido con una ramera? ¿Qué debo de hacer para hacer recaer
sobre ella la merecida justicia?
-¡Ay, caballero, me resulta muy difícil aconsejar en una cosa
semejante! -le contesté-. Si ella ha huido de vuestro lado, os veis libre de su
presencia. ¿Qué más podéis desear?
-Verdaderamente, ella se ha marchado, pero ni aun así me ha
dejado en paz en absoluto.
-Eso es cierto -dije-, porque puede contraer deudas en vuestro
nombre, pero la ley os concede los medios de impedir que esto suceda y vos
podéis hacer recaer la culpa en ella, como suele decirse.
-No; no es este el caso, pues ya me he cuidado de ello. No hablo
de esta posibilidad, sino que quisiera verme libre de ella a fin de poder
casarme de nuevo.
-Entonces, caballero -le contesté-, ¿por qué no os divorciáis si
podéis probar todo lo que me habéis contado? No creo que os sea difícil
conseguirlo.
-Es una tramitación lenta y cara.
-Pues bien, si una mujer que os guste consigue creeros, no creo
que vuestra esposa se oponga a que disfrutéis de una libertad que ella ya se ha
tomado.
-Ciertamente, pero sería muy duro obligar a una mujer honrada a
que pasara por eso. Y si quisiera obrar de otra manera, ya estoy bastante harto
de ella para querer tener relación con otras prostitutas.
Entonces se me ocurrió pensar que si me lo pidiera a mí yo
hubiese estado dispuesta a creer en su palabra con todo mi corazón.
Esto fue para mi interior, porque a él le dije:
-Con ello cerráis la puerta a cualquier mujer honrada que pueda
aceptaros, condenáis de antemano a las que pudieran corresponderos y sacáis la
conclusión que la mujer que os haga caso no puede ser honesta.
-Pues bien -replicó-, me gustaría que fuerais vos la que pudiera
convencerme de que hay alguna mujer honrada que cargue conmigo. En este caso me
aventuraría.
Y me soltó inmediatamente a boca de jarro:
-¿Queréis aceptarme, señora?
-No es una pregunta muy afortunada después de todo lo que me
habéis dicho -repliqué-. Sin embargo, para que no creáis que lo que espero es
una retractación por vuestra parte, os contestaré sinceramente que no, que el
asunto que he venido a tratar con vos es de otra naturaleza y que no esperaba
que mi dramático caso se convirtiera en una comedia.
-Por Dios, señora, mi caso es tan dramático como pueda serlo el
vuestro y estoy tan necesitado de consejo como vos podéis estarlo, llegando a
veces a pensar que si no encuentro alivio en alguna parte acabaré por
enloquecer. No sé qué camino tomar, os lo aseguro.
-Pues bien, caballero, es mucho más fácil dar un consejo en
vuestro caso que en el mío. Hablad, pues, os lo ruego, pues vuestras palabras
contribuyen a que yo me anime. Si vuestro caso es tan claro como decís, podéis
obtener legalmente el divorcio y después encontrar una mujer decente que
conteste debidamente a vuestra pregunta. Mi sexo no escasea tanto como para que
no podáis hallar esposa.
-Bueno, pues hablando con toda formalidad os diré que acepto
vuestro consejo, pero, ¿me permitís que os haga antes una pregunta?
-Hacedme las preguntas que queráis, siempre que no sean de la
naturaleza de la que me acabáis de hacer.
-Vuestra réplica no me conviene, porque en resumidas cuentas es
lo que pensaba deciros.
-En este caso ya tenéis mi contestación. Además, ¿cómo es
posible que penséis tan mal de mí que de antemano queráis que os dé una
contestación a una pregunta semejante? ¿Podría cualquier mujer honrada tomaros
en serio o pensaría, por el contrario, que lo que pretendéis es divertiros a
costa de ella?
-Podéis estar segura que yo no quiero divertirme con vos, sino
que os hablo muy en serio. Tenedlo bien presente.
-Pero, caballero -le dije con cierta gravedad-, a lo que he
venido aquí es a tratar de un asunto personal. Os ruego, por tanto, que acabéis
de hacerme saber lo que me aconsejáis.
-Me encontraréis preparado para ello cuando volváis otro día.
-Vos me habéis impedido que lo haga.
-¿Y cómo es eso? -preguntó mirándome sorprendido.
-Porque no podéis esperar que os visite de nuevo si volvéis a
insistir en lo que me habéis dicho.
-Bien, prometedme que volveréis y yo a mi vez os prometo que no
os diré nada del asunto hasta que pueda conseguir el divorcio. Pero sí deseo
que os preparéis para estar en la mejor disposición de ánimo cuando eso suceda,
porque tenéis que ser vos la mujer que yo elija o no me divorciaré. Esto será
una cosa que deberé a vuestra inesperada bondad, si no hubiera también otras
razones que abonan mi pretensión.
No podía aquel hombre haber dicho nada que me gustara más. Sin
embargo, sabía que el mejor camino para poder retenerlo era fingir que estaba
al margen mientras la cosa fuera tan remota como parecía serlo todavía, porque
ya habría tiempo de aceptar cuando llegara el momento oportuno. Así, le
manifesté' muy respetuosamente que ya llegaría la ocasión de considerar todas
estas cosas cuando estuviera él en condiciones de hablar de ellas. Le dije que
iba a alejarme de su lado y que entretanto podría encontrar alguna mujer que le
gustara más. Aquí terminó de momento nuestro contacto, pues me hizo prometerle
que volvería a verlo el día siguiente para tomar las resoluciones oportunas
acerca de mi asunto, a lo que accedí después de hacerle rogar un poco. Aunque
había avanzado mucho en mi concepto, no quería dárselo a entender.
Volví la tarde siguiente llevando a mi criada conmigo para que
se diera cuenta de que tenía una sirvienta, pero la hice marcharse en seguida.
El hubiera querido que la doméstica se quedara, pero yo no lo permití,
ordenándole en voz alta que volviera a bus-carme a las nueve. A esto se opuso
él diciéndome que con mucho gusto sería él quien me acompañara a casa, lo cual
no me hizo mucha gracia, suponiendo que quería hacerlo para averiguar dónde
vivía y poder hacer investigaciones acerca de mi carácter y de mi situación.
Sin embargo, no pude por menos que pensar que lo que la gente de mi barrio y de
los alrededores sabía de mí se inclinaba más bien a mi favor y que la
consecuencia que él sacaría si efectuaba la investigación sería que yo era una
mujer rica, modesta y recatada, lo cual, sea o no verdad en lo esencial,
demuestra lo necesario que es para todas las mujeres que esperan algo del
mundo, preservar las características de la virtud, incluso cuando haga tiempo
quizá que la han sacrificado.
Descubrí, lo que no dejó de producirme una cierta satisfacción,
que había preparado una cena para mí. También pude ver que vivía muy bien y que
la casa estaba excelentemente amueblada, lo que me produjo asimismo el
consiguiente regocijo, va que empezaba a mirar todo aquello como mío.
Mantuvimos una segunda conferencia referente al asunto principal
de la primera y me expuso sus pretensiones de una manera muy convincente. Hizo
protestas de afecto hacia mí no dejándome ningún resquicio para dudar de ello.
Declaró que todo había empezado en el mismo momento en que me oyó hablar y
mucho antes de que yo le dijera que lo dejaría heredero de todos mis efectos.
«Da lo mismo cuándo haya empezado la cosa siempre que no cambie
de parecer», pensé.
Entonces me dijo que mi oferta de legarle mis bienes le había
molestado.
«Eso es lo que yo pretendía, pero entonces creía que erais un
hombre libre», seguí pensando.
Después de haber cenado advertí que me apremiaba mucho para que
bebiera dos o tres vasos de vino, a lo que no accedí por completo, pues no bebí
más que uno o dos. Me dijo entonces que tenía que hacerme una proposición y que
tenía que prometerle antes que si no la aceptaba no debía de tomarla a mal. Le
contesté que esperaba que no me haría ninguna proposición deshonrosa, sobre
todo porque me encontraba en su casa, y que si era aquél su propósito, era
mejor que no me la hiciera para no verme obligada a tener contra él un
resentimiento poco acorde con el respeto que me inspiraba y la confianza que en
él había depositado al ir a su casa. Le rogué que me diera permiso para
retirarme, y traduciendo mis palabras en actos empecé a ponerme los guantes
preparándome para marcharme, aunque en realidad estaba tan poco decidida a
hacerlo como él a dejar que me fuera.
No me importunó insistiendo en que me quedase, pero sí me dijo
que en su mente no existía nada deshonroso hacia mí y que estaba muy lejos de
pensar en proponerme algo que no estuviera dentro de los límites de la más
absoluta decencia, pero que si yo seguía pensando semejante cosa, no volvería a
hablarme más de ello.
Esta parte de la entrevista no me gustó en absoluto. Le
manifesté que estaba decidida a escuchar lo que quisiera decirme, segura que no
sería nada indigno de él ni inconveniente para mis oídos. Respecto a ello me
dijo que su proposición era que me casara con él aunque no hubiera obtenido
todavía el divorcio. Mi corazón saltó de júbilo a las primeras insinuaciones de
esta oferta, pero era necesario seguir haciendo el papel de hipócrita, así que
fingí declinar la proposición con cierto calor, condenando a la vez la cosa
como muy poco noble y diciéndole que semejante proyecto no conduciría más que a
meternos a los dos en grandes dificultades. Porque si al final no le fuera
posible obtener el divorcio, no podríamos disolver el matrimonio ni continuar
dentro de él. En caso, pues, de fallarle el divorcio, dejaba a su consideración
el imaginar en qué condiciones nos encontraríamos los dos.
En resumen, llevé tan lejos la argumentación contra lo que me
proponía que le convencí de que era algo carente de sentido. Entonces pensó en
otra solución, que firmara y sellara con él un contrato obligándonos los dos a
casarnos tan pronto como fuera obtenido el divorcio, y que quedaría sin efecto
si esto no se conseguía.
Le dije que aquello era más racional que lo otro, pero como era
aquella la primera vez que me pareció lo bastante débil para hablarme en serio
del asunto, no dije que sí al primer embate. Era un asunto que tenía que
pensarse bien.
Jugué con este enamorado como el pescador de caña juega con la
trucha. Pensé que lo tenía ya bien sujeto al anzuelo, así que me permití
burlarme de su nueva proposición e hice que desistiera de su propósito. Le dije
que sabía muy poco de mí y le rogué que se enterase bien de quién era. Después
le permití que me acompañara hasta mi casa, aunque sin invitarle a entrar,
porque, según le dije, no me parecía decente.
En resumen, me aventuré a rechazar la firma de un contrato
matrimonial y la razón de que procediera así fue la señora que con tanto empeño
me había invitado a que fuera con ella a Lancashire. Había insistido tanto en
ello y me ofrecía allí un cuadro tan lleno de venturas y de cosas buenas que me
tentó a ir y probarlas. «Quizá -pensé- pueda llegar a enmendarme.» Así, pues,
me decidí sin muchos escrúpulos de conciencia a abandonar a aquel honrado
ciudadano, del cual no estaba lo suficientemente enamorada como para no poder
dejarlo por otro que fuera más rico.
En una palabra, evité el contrato y le dije que me marchaba al
Norte y que ya le mandaría mi dirección para que pudiera escribirme y que me
comunicara lo que hubiera del asunto que. le había confiado. Le manifesté que
dejaba en sus manos una prenda que demostraba la gran confianza que me
inspiraba él, puesto que le hacía entrega de casi todo lo que tenía en el mundo
y le daba mi palabra de que tan pronto como hubiera conseguido divorciarse de
su esposa, si quería enviarme noticias de ello, volvería a Londres y entonces
podríamos hablar seriamente de lo que me proponía.
Era un proyecto ruin por mi parte, he de confesarlo, aunque los
motivos de la invitación que había recibido eran mucho peores que los míos,
como pude descubrir por los hechos que se produjeron. Pues bien, me fui con mi
amiga, como yo la llamaba, a Lancashire. Durante todo el camino me trató con
los miramientos del afecto más sincero y desinteresado. Satisfizo todos los
gastos de ruta, excepto el alquiler del carruaje, y su hermano fue a recibirnos
en un coche señorial a Warrington, y desde allí fuimos conducidas con toda la
ceremonia que yo podía esperar a Liverpool. Nos invitaron a permanecer tres o
cuatro días en una casa muy bien puesta de un mercader de aquella ciudad, cuyo
nombre me abstengo de dar por lo que después sucedió. Después mi amiga me dijo que
iba a conducirme a casa de un tío suyo. Su tío, como ella le llamaba, nos envió
un coche de cuatro caballos, en el que recorrimos una distancia de cuarenta
millas en una dirección que me era desconocida.
Llegamos a la residencia de un caballero, donde había una
familia numerosa y un gran parque, y cuyas gentes llamaban «prima» a mi amiga.
Yo le dije que si su intención había sido traerme a una casa
como ésta, debía habérmelo dicho para prepararme debidamente y traer mis
mejores vestidos. Las señoras de la casa se enteraron de esto y muy gentilmente
me aseguraron que en su país no se valoraba, como sucedía en Londres, a las
personas por sus vestidos; que su prima ya les había informado de mi calidad y
que no necesitaba vestidos para sobresalir. En una palabra, me agasajaron no
como lo que era, sino como lo que ellas suponían que debía ser, esto es, una
señora viuda muy rica.
El primer descubrimiento que hice fue que todos los miembros de
la familia profesaban la fe católica y la prima, a la que yo llamaba mi amiga,
también. Sin embargo, debo decir que nadie en el mundo podía haberse portado
mejor conmigo y que me dispensaban la misma cortesía que si yo hubiera
sustentado sus mismas creencias. La verdad es que yo no tenía principios de
ninguna clase en lo referente a religión y allí aprendí a hablar favorablemente
de la Iglesia católica. Les dije particularmente que yo veía únicamente unos
prejuicios de educación en todas las diferencias religiosas que había entre
cristianos y que si mi padre hubiese sido católico, no cabía ninguna duda que
habría estado muy contento de que la religión de ellas hubiera sido la mía.
Esto pareció gustarles mucho y día y noche me vi rodeada de
buena compañía y grata conversación. Había dos o tres señoras de edad que se
dedicaron a instruirme sobre temas religiosos y yo me sentía tan complacida que
aunque no me comprometí a nada no tuve inconveniente en asistir a su misa y a
efectuar los gestos que me enseñaron a hacer en ella para no parecer que los
despreciaba, de manera que en lo esencial les animé a creer que podría
convertirme al catolicismo si me instruían en la doctrina católica como ellas
la llamaban, y así quedó la cosa.
Permanecí allí seis semanas, y después mi guía me llevó a un
pueblo del país, situado a unas seis millas de Liverpool, donde su hermano,
como ella lo llamaba, vino a visitarme en su coche, con un porte muy arrogante,
acompañado de dos lacayos con buenas libreas. Lo primero que hizo aquel hombre
fue hacerme el amor. Con todas las cosas que me habían sucedido, tenía motivos
para pensar que no era fácil que me engañasen y, en efecto, pensé que en
Londres tenía una carta segura por jugar y decidí no abandonarla a menos que
las cosas cambiaran mucho. Sin embargo, bajo todos los aspectos, aquel
individuo era un buen partido digno de mi atención, ya que se calculaba que sus
rentas eran de mil libras al año, aunque su hermana me dijo que eran mil
quinientas, estando sus fincas situadas en su mayoría en Irlanda.
Yo, que pasaba por tener también una gran fortuna, me hallaba
muy por encima de toda pregunta que pudiera hacérseme sobre el particular, y mi
falsa amiga, deduciéndolo de cierto ru- mor estúpido, la había elevado de
quinientas libras a cinco mil y cuando llegó a su país la calculó por su cuenta
en quince mil libras. El irlandés, pues aquel hombre lo era, debió de perder la
cabeza al pensar en semejante cebo, pues me cortejó, me hizo toda clase de
regalos y se llenó de deudas, como un inconsciente, por los gastos que su
equipo y su galanteo le ocasionaron. Su porte, he de decirlo para ser justa con
él, era el de un caballero extremadamente bien parecido, alto, de airosa
constitución y con mucha labia. Hablaba con tanta naturalidad de su parque, de
sus cuadras, de sus caballos, de sus cotos de caza, de sus bosques, de sus
arrendatarios y de sus criados como si yo hubiese estado ya en su casa
solariega y hubiera visto todo esto con mis propios ojos.
Nunca me hizo la menor pregunta acerca de mi fortuna o de mis
fincas, pero en cambio me aseguró que cuando llegásemos a Dublín me haría
cesión de unas fincas de buena tierra que rendían seiscientas libras anuales y
que podíamos ya extender un contrato o documento para el cumplimiento de ello.
Era éste en verdad un lenguaje al que yo no estaba acostumbrada
y así experimenté una emoción más allá de toda medida. Tenía en todo momento
una diablesa a mi lado que no cesaba de decirme lo bien que vivía su hermano.
Unas veces venía a recibir mis órdenes acerca de qué color quería que fueran
pintados mis coches y de qué manera debían ser tapizados y otras a consultarme
con qué ropaje quería que fuera vestido mi escudero. En resumen, que me había
deslumbrado y había perdido la facultad de decir que no a nada. Para abreviar
esta historia diré que accedí a casarme y que para que la ceremonia fuera en
privado fuimos a hacerlo al interior del país donde nos unió en matri-monio un
clérigo católico tan efectivamente como podría haberlo hecho cualquier párroco de
la Iglesia de Inglaterra.
No me es posible decir si me hacía muchas reflexiones acerca del
vergonzoso abandono en que dejaba a mi fiel administrador que tan sinceramente
me quería y que estaba tratando de librarse de la impúdica ramera que tan
cruelmente se había comportado con él, prometiéndose una gran felicidad con su
nueva elección, que había recaído en quien estaba ahora dispuesta a entregarse
a otro de una manera casi tan escandalosa como la que había sido norma de su
indigna esposa.
Pero el deslumbramiento de las grandes fincas y otras hermosas
perspectivas que la criatura engañada y ahora a su vez engañadora presentaba
ante mi imaginación, me apremiaba de tal manera que no me dejaba tiempo para
pensar en Londres y en nada que allí hubiera y mucho menos en la obligación que
tenía hacia un hombre infinitamente de un valor más real que el que entonces
tenía ante mí.
Pero la cosa estaba hecha y yo me encontraba ya en los brazos de
mi nuevo esposo, que parecía seguir siendo el mismo que antes, grande hasta la
magnificencia y con un tren de vida que no podría sufragarse por menos de mil
libras al año.
Cuando llevábamos casados cosa de un mes, me empezó a hablar de
mi traslado a West Chester con objeto de embarcar con destino a Irlanda. Sin
embargo, no se dio mucha prisa, porque todavía continuamos donde estábamos
otras tres semanas, pasadas las cuales envió a buscar a Chester un coche que
tenía que llevarnos hasta la Black Rock, que es como la llaman, al otro lado de
Liverpool. En aquel lugar nos embarcamos en una bonita lancha de seis remos
llamada pinaza, trasladando a sus criados, sus caballos y su equipaje, según me
dijo, en un transbordador. Se excusó conmigo diciéndome que no tenía amistades
en Chester, por lo que iría él antes a esta ciudad para buscarme un alojamiento
digno en alguna casa particular. Le pregunté cuánto tiempo permaneceríamos en Chester
y me contestó que no más de una o dos noches y que alquilaría inmediatamente un
coche para ir a Holyhead. Entonces le dije que no tenía que tomarse la molestia
de alquilar habitaciones particulares para pasar una o dos noches, porque
siendo Chester una ciudad populosa no me cabía duda de que debían de haber muy
buenas fon-das. Así fuimos a alojarnos en una fonda de West Street, no lejos de
la Catedral. No recuerdo ahora el nombre que tenía.
Una vez allí, y hablando de nuestra marcha a Irlanda, mi esposo
me preguntó si tenía algún asunto que solventar en Londres antes de marcharnos.
Le dije que no, que los que tenía eran de muy poca importancia y que podían
arreglarse perfectamente
por carta desde Dublín.
-Esposa mía -me dijo con el mayor respeto-, supongo que la mayor
parte de tu fortuna, que mi hermana me ha dicho que consiste principalmente en
dinero depositado en el Banco de Inglaterra, se encuentra perfectamente seguro
donde está, pero en caso de que hubiera que realizar alguna transferencia o
modificar de alguna manera su propiedad, tal vez fuera conve niente trasladarse
a Londres para arreglar las cosas antes de embarcar.
Debí de parecer muy sorprendida y le dije que no lo entendía,
que no tenía, que yo supiese, dinero en el Banco de Inglaterra y que esperaba
que no pudiera decir que yo le había dicho nunca tal cosa. Me contestó que,
efectivamente, nunca me había oído decirlo, pero que su hermana .le aseguró que
era en dicho establecimiento bancario donde tenía yo la mayor parte de mi
fortuna.
-Y si lo he mencionado, querida -aseguró-, ha sido por si
hubiese habido necesidad de arreglar algo o dar alguna orden, sin tener que
sufrir molestias y riesgos innecesarios con otro viaje.
Añadió que no quería que me expusiera demasiado viajando por
mar.
Esta conversación me llenó de extrañeza y empecé a meditar muy
seriamente qué podría significar, y se me ocurrió pensar si mi amiga, que lo
llamaba su hermano, me habría presentado a él pintándome con unos colores que
no eran los verdaderos. Me dije que habiendo llegado al pináculo en que me
encontraba, se abría ahora a mis pies una sima cuya profundidad tenía que
conocer antes de salir de Inglaterra y ponerme en no sabía qué manos en un país
extranjero.
A la mañana siguiente llamé a su hermana a mi habitación para
tratar de todo esto, dándole a conocer la conversación que tuvimos su hermano y
yo la noche antes, conminándola a que me dijera lo que le había contado de mí y
en qué circunstancias había forjado mi matrimonio. Reconoció que le dijo que yo
poseía una gran fortuna, cosa que le dijeron en Londres.
-¡Que os lo dijeron! -prorrumpí, indignada-. ¿Pero cuándo os he
dicho yo semejante cosa?
Me contestó que, en efecto, yo no se lo había dicho, pero que en
diversas ocasiones yo le aseguré que podía disponer de todo lo que tenía.
-En efecto -repliqué rápidamente-, pero nunca os manifesté que
poseyera nada que pudiera calificarse de fortuna. Todo lo que tengo en el mundo
no pasa de cien libras o del valor de cien libras. Si hubiera tenido una
fortuna, ¿por qué habría ido con vos al norte de Inglaterra con el fin de poder
vivir con mayor economía?
Al decir estas palabras, que pronuncié en tono alto y
apasionado, entró en la habitación mi esposo y hermano suyo, como ella lo
llamaba, y me agradó que pasara y se sentase, porque tenía algo importante que
decir a los dos, que era absolutamente necesario que él escuchase.
Mi esposo pareció un poco desconcertado ante el aplomo con que
yo parecía expresarme, y entró y se sentó después de cerrar la puerta. Después
de esto empecé a hablar experimentando una gran excitación cuando me dirigí a
él.
-Temo, «querido» -le dije con una gran amabilidad- que has sido
objeto de un engaño y que has sufrido un gran perjuicio, sin reparación
posible, al casarte conmigo, y como sea que en ello no he tenido yo arte ni
parte, deseo ser absuelta de toda culpa y que ésta recaiga sobre quien la tenga
y en nadie más, porque yo me lavo las manos de todo lo ocurrido.
-¿Qué perjuicio pueden haberme hecho, querida, al casarme
contigo? Creo que todo redunda en honor y ventaja para mí.
-Te lo explicaré en seguida y temo que no tengas razón alguna
para pensar que has sido bien tratado. Pero por lo menos te convenceré,
querido, de que no he intervenido en nada.
Hice una breve pausa durante la cual él pareció intimidado y
aturdido. Desde luego, empezaba a sospechar lo que iba a oír a continuación.
Sin embargo, mirándome, se limitó a decir:
-Sigue.
Y permaneció en silencio para escucharme.
Yo dije:
-Anoche te pregunté si alguna vez me he jactado ante ti de mi
fortuna o si te he dicho que tenía un capital en el Banco de Inglaterra o en
cualquier otro lugar, y reconociste que no, como es la verdad. Y -ahora quiero
que me digas aquí, delante de tu hermana, si te he dado en alguna ocasión
motivo para que lo creyeras así o si hablamos alguna vez sobre el particular.
Reconoció que no, pero dijo que siempre le parecí una mujer
rica, que seguía confiando en que lo era y que esperaba no haber sido engañado.
-No estoy tratando de averiguar si habéis sido engañado o no,
aunque me temo que sí y que. yo también lo he sido. De lo que trato es de
librarme del cargo injusto que pueda recaer sobre mí de haber querido
engañaros. Le estaba preguntando a vuestra hermana si yo le había dicho en
alguna ocasión que tenía capital o fincas y si le había dado algún detalle
sobre el particular, y ella no ha podido por menos de reconocer que nunca le he
dicho tal cosa. Os ruego, señora -añadí volviéndome hacia ella -que seáis justa
conmigo ante vuestro hermano y me acuséis, si podéis, de haberos hablado alguna
vez de mi fortuna. Si fuera así, ¿por qué habría venido con vos a este país con
la finalidad de ahorrar lo poco que tenía y vivir con menos dinero?
Ella no pudo negar nada de lo que yo decía, pero manifestó que
en Londres le aseguraron que yo tenía una gran fortuna depositada en el Banco
de Inglaterra.
-Y ahora, querido -manifesté volviéndome de nuevo hacia mi
esposo-, sed justo conmigo y decidme ¿quién es la que nos ha engañado a los
dos, hasta el punto de haceros creer que yo era poseedora de una gran fortuna,
haciendo que me cortejarais para llegar a este matrimonio?
A él le era imposible pronunciar palabra, pero señaló a la mujer
con el dedo, y después de una pequeña pausa lo invadió el acceso de cólera más
violento que jamás haya podido ver en hombre alguno en mi vida. La maldijo y la
llamó las peores cosas que puedan decirse a una mujer. La acusó de haberlo
arruinado y declaró que le había asegurado que yo tenía quince mil libras y que
debía de darle a ella cinco mil por procurarle un casamiento tan ventajoso.
Después añadió, dirigiendo entonces su discurso a mí, que no tenía nada de
hermana suya, que no había sido sino su coima dos años antes, habiéndole
entregado ya cien libras como parte de su trato y que estaba perdido si las
cosas eran como yo decía. En la rabia que le dominaba aseguró que iba
inmediatamente a arrancarle el corazón, lo que atemorizó a la mujer y a mí
también. Ella se puso a dar gritos afirmando que todo lo había oído en la casa
donde yo me alojaba. Pero esto enfureció todavía más a mi marido, pues ella
había jugado con él y había llevado las cosas tan lejos sin otra base que haber
oído un simple rumor. Luego, dirigiéndose otra vez a mí me dijo con una gran
sinceridad que temía que fuéramos los dos los que estuviéramos perdidos.
-Porque honradamente, querida, he de decirte que yo no tengo
fincas y que lo poco que poseía me lo ha hecho dilapidar esta diablesa
cortejándote y haciéndome adquirir estos bagajes.
Ella aprovechó la oportunidad de que me estuviese hablando
seriamente para salir de estampía de la habitación y nunca más la volví a ver.
Yo me encontraba en aquellos momentos tan desconcertada como él
y no sabía qué decir. Pensé que, por diversas razones, era yo la que había
llevado la peor parte, pues al decirme que estaba perdido y que no tenía
ninguna finca no dejé de sentir cierta turbación.
-Así, pues -le dije-, todo ha sido una conjura infernal y nos
encontramos casados sobre la base de un doble fraude. Tú parece que estás
perdido por el desengaño sufrido y si yo poseyera una fortuna también habría
sido engañada, ya que dices que nada tienes.
-Hubieras sido, desde luego, engañada, pero no te hubieses
arruinado, porque quince mil libras nos hubieran mantenido muy lindamente en
este país. Te aseguro que estaba decidido a dedicarte hasta el último groat ,
que no te hubiese engañado ni en un solo chelín y que por lo demás te hubiera
dedicado todo mi afecto y toda mi ternura durante el resto de mi vida.
Esto era verdaderamente honrado y me pareció que sentía lo que
decía y que hubiera sido el hombre más idóneo para hacerme feliz, dado su
temperamento y su manera de conducirse, de cuantos hasta entonces había
conocido, pero sin fortuna y lleno de deudas por este ridículo episodio, las
perspectivas que teníamos ante nosotros no podían ser más funestas y terribles
y yo no sabía qué decir ni qué hacer.
Por fin pude decirle que realmente era una desgracia que tanto
amor y tan buenas cualidades como había descubierto en él se hundieran de
aquella manera en la miseria, que no veía ante nosotros más que desolación, y
que en cuanto a mí, desdichadamente, lo poco que tenía encima no podría
resolvernos ni el problema de una semana. Acto seguido saqué un billete de
veinte libras y once guineas sueltas, cantidad que le dije que había ahorrado
de mi exigua renta, y mi capital, según lo que aquella vil criatura me había
asegurado, serviría solamente para asegurarme la subsistencia durante tres o
cuatro años.
Añadí que si me quitaban lo poco que poseía me quedaría en la
indigencia y que él ya sabía cuál era la situación de una mujer entre extraños
cuando se queda sin dinero. Sin embargo, le dije que si lo quería, aquel dinero
sería suyo.
Me contestó, mostrando una gran ternura y creo que hasta con
lágrimas en los ojos, que no lo tocaría, que le resultaba odioso pensar en
despojarme de lo que tenía y así hacerme desgraciada y que a él le quedaban
todavía cincuenta guineas, que poseía en este mundo. Y al decir esto las sacó,
arrojándolas sobre la mesa y me rogó que las cogiera, aunque por su falta él
tuviera que morirse de hambre.
Le repliqué, sintiendo el mismo interés por él, que no podía
soportar que hablase de aquella manera y que si, por el contrario, podía
proponerme algún método posible de vida haría cuanto fuera posible por
amoldarme a ella y que viviría con las estrecheces que fueran precisas.
Me rogó que no siguiera hablando de aquella manera porque
acabaría por hacerle enloquecer. Me dijo que había sido educado como un
caballero, aunque con una fortuna reducida, y que solamente le quedaba un
camino a seguir, y es lo que haría, a menos que yo pudiera contestarle a una
pregunta, a la que, sin embargo, no quería que le contestara si no quería o no
podía. Le dije que le contestaría con toda la sinceridad posible y que si era o
no a satisfacción suya era cosa que yo no podía decir.
-Entonces, querida, dime con sinceridad. Con lo que tú tienes
¿podríamos vivir juntos en alguna forma o en alguna situación o lugar, o no?
Por suerte mía no había revelado hasta entonces mi personalidad ni las
circunstancias de mi vida, y al ver que no podía esperar nada de él, a pesar de
su simpatía y a pesar de lo honrado que parecía ser, como no fuera vivir con lo
que yo sabía que no había de tardar en ser gastado, resolví ocultarlo todo a
excepción del billete de Banco y de las once guineas que poseía, que con gusto
daría por bien perdidos por encontrarme en el lugar en que él me encontró.
Realmente tenía en mi poder otro billete de treinta libras, que era todo lo que
había traído para poder subsistir en el país por no saber lo que me podía
acontecer, ya que aquella mujer, la intermediaria que de aquella manera nos
había traicionado a los dos, me había hecho creer que me casaría,
ventajosamente en el país, y yo no quería estar sin dinero por lo que pudiera
acontecer. Oculté el billete, y esto me hizo sentirme más libre, dadas las
circunstancias, aunque en realidad lo compadeciera a él cordialmente.
Volviendo a su pregunta, le aseguré que no lo había engañado
voluntariamente y que no lo haría nunca. Sentía mucho manifestarle que con lo
poco que tenía no podríamos vivir los dos, que no era ni siquiera suficiente
para que yo sola pudiera subsistir en el sur de la nación y que ésta fue la
razón de que me pusiera en manos de aquella mujer que se titulaba hermana suya,
que me había asegurado que podría vivir muy bien en una ciudad llamada
Manchester, donde no había estado todavía, con seis libras anuales solamente y
que no ascendiendo mis ingresos a más de quince libras al año, pensé que me
sería posible tener un buen pasar con aquella suma, en espera de tiempos
mejores.
El asintió con una inclinación de cabeza y permaneció en
silencio. Los dos pasamos una velada melancólica. Cenamos, sin embargo, juntos
y cuando nos encontrábamos casi al final de la cena, él pareció encontrarse
mejor y más animado y pidió una botella de vino.
-Vamos, querida -dijo-, aunque el caso sea apurado, no hay razón
para sentirnos desanimados. Tómalo de la mejor manera que puedas. Yo trataré de
encontrar un camino u otro. Si, por lo menos, tú puedes subsistir, eso es mejor
que nada. Intentaré luchar. El hombre ha de pensar como un hombre porque
sentirse desanimado es tanto como rendirse al infortunio.
Diciendo esto llenó su vaso y brindó a mi salud, cogiéndome una
mano y apretándola fuertemente mientras bebía y declarando que su principal
interés se centraba en mí.
Poseía un espíritu verdaderamente sincero y animoso y esto
resultaba más aflictivo para mí. Proporciona un cierto consuelo ser arruinada
por un hombre de honor y no por un granuja. Aquí el gran desengaño estaba de su
parte, porque realmente había gastado una gran suma de dinero, alucinado por su
alcahueta, y era lamentable el triste fin a que había llegado. Debe observarse
la bajeza con que había obrado aquella mujer, que para conseguir un centenar de
libras, dejó sin ningún escrúpulo que él gastara tres o cuatrocientas, que era
probablemente todo lo que tenía en el mundo, sin otro fundamento para decir que
yo era dueña de una gran fortuna que una simple charla ante una mesita de té.
Indudablemente el propósito de él de engañar a una mujer rica era una bajeza.
Fingirse rico ante una realidad miserable constituía un fraude y era una cosa
reprobable. Pero el caso aquí era un poco diferente a favor suyo, porque él no
era, después de todo, un libertino que hacía un oficio de engañar a las
mujeres, como muchos hacen, apoderándose de seis o siete fortunas, una tras
otra, para huir después con su botín. El era, a pesar de todo, un caballero,
desgraciado y pobre, pero había vivido bien, y si yo hubiese sido realmente
rica me habría encolerizado contra la mala mujer que me había engañado, pero
por lo que afectaba al hombre, el dinero no hubiera ido a caer en malas manos,
porque era un ser encantador, de generosos principios, buen sentido y una gran
simpatía.
Mantuvimos una conversación íntima aquella noche porque ninguno
de los dos durmió mucho. Se mostró arrepentido de haberme hecho víctima de sus
engaños como si hubiera sido una felonía que había puesto en práctica, y me
ofreció de nuevo hasta el último chelín que poseía diciéndome que ingresaría en
el ejército y buscaría más por el mundo.
Le pregunté por qué había sido tan poco misericordioso de
quererme llevar a Irlanda cuando podía suponer que no le sería posible
mantenerme allí. Entonces me cogió entre sus brazos y me dijo:
-Querida mía, puedes creerme si te digo que nunca tuve la
intención de ir a Irlanda y mucho menos llevarte a ti hasta allí, sino que
llegué hasta donde nos encontramos con el fin de estar fuera de la observación
de la gente que pudiera haberse dado cuenta de lo que pretendía y además para
que nadie pu-
diera pedirme el dinero que le debía hasta que hubiera estado en
condiciones de proporcionárselo.
-Entonces -pregunté-, ¿qué es lo que hubiéramos hecho a
continuación?
-Te hubiera confesado, querida, todo el plan, como lo hago
ahora. Me proponía preguntarte algo acerca de tu fortuna, cosa que hice como
has visto, y cuando hubiese llegado a algún acuerdo contigo sobre el
particular, habría aplazado con cualquier excusa el viaje a Irlanda por algún
tiempo, dirigiéndome primero a Londres. Entonces hubiera sido cuando te habría
confesado el verdadero estado de mis asuntos haciéndote saber que había hecho
uso de todos mis subterfugios para obtener tu consentimiento, no quedándome ya
nada que hacer sino solicitar tu perdón y decirte, como ya te lo he
manifestado, con qué empeño trataría de hacerte olvidar el pasado con la
felicidad de nuestro porvenir.
-Verdaderamente -le aseguré- creo que no hubieras tardado en
conquistarme, y me causa una viva aflicción que no me encuentre en condiciones
de hacerte ver lo fácilmente que me hubiera reconciliado contigo y decirte que
te perdonaba el engaño de que me habías hecho víctima en gracia a tu simpatía.
Pero, querido, ¿qué es lo que podemos hacer ahora? Los dos estamos hundidos,
así que ¿qué otra cosa mejor podemos hacer que reconciliarnos en vista de que
no tenemos con qué vivir?
Hicimos muchos proyectos, pero todos irrealizables, puesto que
no teníamos nada para empezar. Por último me pidió que no habláramos más de
ello porque le daba una pena enorme. Así, pues, nos dedicamos a hablar un rato
de otras cosas hasta que finalmente nos entregamos al sueño.
Por la mañana él se levantó antes que yo. Había permanecido casi
toda la noche despierta, y como tenía mucho sueño permanecí acostada hasta
cerca de las once.
Durante este tiempo él cogió sus caballos, sus ropas y su
equipaje y se marchó con sus tres criados dejándome sobre la mesa una carta
llena de emoción, que decía así:
Querida mía:
Soy un perro. He abusado de ti, pero me he visto arrastrado a
hacerlo por una vil criatura contra mis principios y las reglas generales de mi
vida. ¡Perdóname, amada mía! Te pido perdón con la más profunda sinceridad. Soy
el más miserable de los hombres por haberte engañado de esta manera. He sido
muy feliz al poseerte y ahora me veo obligodo a huir de tu lado. ¡Perdóname,
querida! Lo repito, ¡perdóname! Me es imposible ver tu vida arruinada por mí
siendo yo incapaz de mantenerte. Nuestro matrimonio ha dejado de ser. Nunca
podré volver a verte, por lo que te devuelvo tu completa libertad. Si te es
posible volver a casarte ventajosamente, no dejes de hacerlo por mí. Te juro
por mi le y empeñando mi palabra de honor que nunca perturbaré tu reposo si
llego a enterarme de ello, lo cual, sin embargo, no es muy probable. Por otra
parte, si no te casas y la buena fortuna me sonríe, sería tuya, dondequiera que
te encontrases.
He dejado en tu bolsillo parte de mi dinero. Toma un asiento con
tu sirvienta en la diligencia de Londres. Creo que será suficiente para
sufragar el viaje hasta allí :in tocar lo tuyo. De nuevo y sinceramente
solicito tu perdón, cosa que haré cuantas veces piense en ti. ¡Adiós para
siempre, amada mía! Recibe todo el cariño de J. E.
Nada de cuanto me había sucedido hasta entonces en mi vida se me
metió tan profundamente en el corazón como este adiós. Le reproché mil veces en
mi fuero interno que me abandonara porque hubiera ido gustosa con él por todo
el mundo aunque hubiera tenido que mendigar un trozo de pan. Metí la mano en el
bolsillo y encontré en él diez guineas, su reloj de oro y dos pequeñas
sortijas, una con unos pequeños diamantes, que valdría únicamente unas seis
libras, y la otra un aro sencillo.
Me senté y permanecí inmóvil mirando aquellas cosas dos horas,
sin hablar apenas palabra, hasta que mi sirvienta me interrumpió para decirme
que la cena estaba ya servida. Comí muy poco, y después de comer me atacó un
acceso de llanto. De vez en cuando lo llamaba por su nombre, que era James.
«¡Oh, Jemmy -exclamaba-, vuelve a mí, vuelve a mí! Te daré todo lo que tengo,
pediré limosna por ti, pasaré hambre contigo.» Y de esta manera recorría
desesperada la habitación, me sentaba de vez en cuando y luego volvía a pasear
pidiendo a gritos que volviera y cayendo de nuevo en mis arranques de
desesperación. Así me pasé la tarde, hasta las siete aproximadamente.
Cuando estaba a punto de oscurecer, pues nos encontrábamos , n
el mes de agosto, ante mi indecible sorpresa, él volvió a la fonda, sin ningún
criado, y vino directamente a mi habitación.
Yo me encontraba en la más inimaginable de las confusiones, lo
mismo que él. Yo no podía imaginar qué era lo que tenía que hacer y empecé a
malquistarme conmigo misma, no sabiendo si estar triste o alegre. Pero mi
cariño influyó sobre todo lo demás
y me fue imposible ocultar mi alegría, que era demasiado intensa
para hacerme sonreír y que me hizo estallar en sollozos. Apenas j entró en la
habitación, corrió hacia mí, me apretó fuertemente entre sus brazos y casi me
dejo sin respiración con sus besos, pero no pronunció ni una palabra.
Finalmente, fui yo la que dije:
-¿Cómo es posible, amor mío, que ahora te vayas sin mí? A esto
el no contestó porque le era imposible hablar. Cuando nuestro éxtasis se
aminoró un tanto, me dijo que
había recorrido unas quince millas, pero que no había podido ir
más lejos sin volver a verme de nuevo y despedirse de mí una vez más.
Le explique de qué forma había pasado mi tiempo y cómo le había
llamado a gritos para que volviese. Me dijo que me había oído claramente cuando
pasaba por el bosque de Delamere, lugar situado a unas doce millas de distancia
de donde nos encon-trábamos. Yo sonreí.
-No creas que bromeo -dijo-. Oí perfectamente tu voz que me
llamaba a gritos e incluso a veces creía verte que corrías detrás de mí.
-¿Que es lo que decía? -le pregunté, porque no le había dicho
las palabras que pronuncié.
-¡Oh, Jemmy, oh, Jemmy, vuelve, vuelve!
Yo no pude por menos de echarme a reír.
-No te rías, amada mía -me dijo-, pues puedes creerme que oí tu
voz' tan claramente como en este momento estás tú oyendo la mía. Si lo deseas,
¡re ante un magistrado para prestar juramento de ello.
Empece entonces a sentirme asombrada y sorprendida y hasta algo
asustada y le volví a preguntar, como antes, qué había hecho realmente y que
palabras había pronunciado.
Después de solazarnos un rato con esto, le dije:
-Bueno, pues ya no volverás a marcharte de mi lado. Recorreré el
mundo entero si fuera preciso.
Me dijo que para el resultaría muy duro dejarme, pero puesto que
debía de ser así, esperaba que yo lo tomara con la mayor calma que pudiera
porque para él representaría la perdición que barruntaba.
Sin embargo, me dijo que consideraba que había hecho mal de
haber dejado que viajara hasta Londres sola, lo cual representaba un largo
viaje, y que puesto que a el le daba lo mismo seguir ese camino que cualquier
otro, me acompañaría hasta llegar a mi
destino o cerca de el y que cuando se marchara de mi lado sin
despedirse no lo debía de tomar a mal, cosa esta que me hizo prometerle.
Me contó que había despedido a sus tres criados y que había
vendido sus caballos y que envió a aquéllos a que se buscaran la vida, todo
ello en poco tiempo, en una ciudad situada al borde del camino y cuyo nombre no
recordaba.
-Cuando me quede solo -dijo-, hube de derramar algunas lágrimas
pensando cuánto más felices eran aquellos criados que su amo, porque ellos
podían dirigirse a la casa del primer caballero que encontraran, ofreciendo sus
servicios, mientras que yo no sabía dónde dirigirme ni qué hacer de mí.
Le dije que me sentía profundamente desgraciada de tener que
separarme de el y que no podía sucederme cosa peor, y que puesto que había
vuelto no me separaría de el si quería admitirme a su lado, dondequiera que
fuese o hiciera lo que quisiera. Y que, entretanto, estaba de acuerdo n que
fuéramos juntos a Londres, pero que no podía acceder a que me abandonase, como
se proponía hacer. Le dije bromeando que si hacía tal cosa, iría tras el
llamándole a grandes voces como había hecho antes para que volviera. Cogí
después su reloj y se lo devolví, así como sus dos anillos y sus diez guineas,
pero él no quiso tomarlo, lo que me hizo sospechar que su determinación era, en
efecto, aban-donarme por el camino.
La verdad es que, dadas las circunstancias en que se encontraba,
las apasionadas expresiones de su carta, el caballeroso trato, lleno de bondad,
de que me había hecho objeto en el curso de todo este asunto y el interés que
mostraba por mí en la forma de repartir conmigo las pocas cosas que le habían
quedado de su propiedad, todo ello se unió para ocasionar tal impresión sobre
mí que realmente llegué a quererle con ternura y me resultaba insoportable el
pensamiento de separarme de él.
Dos días después de esto abandonamos Chester, yo en la
diligencia y el a caballo. A mi sirvienta la despedí en Chester. El se mostró
opuesto a que me quedara sin criada, pero era una muchacha que tomé en el campo
y, como estaba decidida a no tener servidumbre en Londres, le dije que hubiera
sido inhumano llevarme a la pobre chica para despedirla al llegar a la ciudad,
aparte de que habría sido una carga innecesaria durante el camino, y con estas
razones acabé por convencerle.
Me acompañó hasta Dunstable, unas treinta millas antes de llegar
a Londres, y allí me dijo que la fatalidad y sus propios infortunios le
obligaban a dejarme, y que, además, no le convenía ir a Londres por razones que
no tenía ningún objeto para mí conocer, y vi cómo se preparaba para partir. La
diligencia en que viajaba no se detenía generalmente en Dunstable, pero
deseando permanecer allí un cuarto de hora, a todos' les satisfizo descansar un
rato en la posada del lugar, en la que entramos.
En la posada, le dije que no tenía que pedirle más que un favor,
y era que puesto que él no quería seguir más adelante, me permitiera quedarme
en su compañía una o dos semanas en aquella localidad, con objeto de que
durante este tiempo pudiéramos pensar algo que evitase lo desastroso que sería
para los dos una separación definitiva, y que yo tenía de momento algo que
ofrecerle que nunca le había dicho y que quizás encontrara beneficioso para los
dos.
Era una proposición razonable para ser rechazada, por lo que
llamó a, la dueña del establecimiento y le dijo que su esposa se había puesto
enferma, tan enferma que no podía pensar en reanudar el viaje en la diligencia,
que la había fatigado casi hasta ponerle en las puertas de la muerte. Le
preguntó si podría encontrarnos alojamiento durante dos o tres días en alguna
casa particular donde yo pudiera descansar un poco del viaje que tanto me había
fatigado. La posadera, una buena mujer, educada y amable, vino inmediatamente a
visitarme; me dijo que disponía en la casa de dos o tres habitaciones muy
buenas, com-pletamente apartadas del bullicio, y que estaba segura de que si
las veía me gustarían, y que pondría una de sus criadas exclusivamente a mi
servicio. Todo esto era tan amable que yo no podía hacer otra cosa que aceptar
y darle las gracias. Fui a ver las habitaciones, y me gustaron mucho, pues eran
muy alegres y estaban muy bien amuebladas. Pagué, pues, la diligencia, saqué de
ella nuestro equipaje y me decidí a permanecer un corto espacio de tiempo en la
posada.
Le dije a mi esposo que viviríamos en ella hasta que se me
acabara el dinero que tenía y que no le permitiría gastar un solo chelín de su
propiedad. Tuvimos una cariñosa discusión por esto, pero le dije que era la
última vez que iba a gozar de su compañía, y deseaba que me permitiera mandar
sólo en aquello y que él gobernase en todo lo demás, y acabó por acceder.
Una tarde, cuando paseábamos por el campo, le insinué que iba a
hacerle la proposición de que le había hablado. Le conté que había vivido en
Virginia, que tenía una madre que creía que vivía aún allí, aunque mi esposo
hacía algunos años que había fallecido. Le dije que de no haber perdido mis
bienes, que de paso aumenté bastante, hubieran sido suficientes para evitar que
hubiéramos de separarnos de aquella manera. Le informé después de la forma que
las gentes van a aquellos países a colonizar, donde se les entrega, por la
Constitución, cierta cantidad de terreno, y que el que tienen que comprar es a
un precio tan bajo que no vale la pena ni mencionarlo.
Le hice a continuación un relato completo y claro de la
naturaleza de las plantaciones y cómo llevando mercancías inglesas por valor de
dos o trescientas libras, con algunos criados y herramientas, cualquier hombre
laborioso podría fundar una familia y en muy pocos años estar seguro de
levantar una hacienda.
Le di a conocer la naturaleza de los productos de la tierra,
cómo era acondicionado y preparado el campo y cómo se producían en él las
cosechas corrientes, y le demostré que en muy pocos años, con tales comienzos,
estaríamos tan seguros de ser ricos como ahora lo éramos de ser pobres.
Mi explicación lo sorprendió y la-hicimos tema de todas nuestras
conversaciones durante el tiempo que estábamos juntos. Además, se lo puse por
escrito demostrando que era moralmente imposible, siguiendo una razonable buena
conducta, no prosperar allí y vivir bien.
Le dije después qué medidas tomaría para conseguir aquella suma
de trescientas libras y discutí con él que sería bueno poner un fin a nuestras
desdichas y restablecer nuestra posición en el mundo, tal como los dos
deseábamos. Añadí que al cabo de siete años, si vivíamos, podíamos encontrarnos
en situación de dejar en buenas manos nuestras plantaciones y regresar a
Inglaterra recibiendo las rentas de las mismas, y vivir aquí y disfrutar de
ellas. Le puse el ejemplo de algunos que lo habían hecho así y se encontraban
en la actualidad viviendo en muy buena posición.
En una palabra, insistí tanto que casi accedió, pero antes de
convencerlo hubo sus más y sus menos, hasta que finalmente se volvieron las
tornas y empezó a hablar casi del mismo proyecto, pero respecto a Irlanda.
Me dijo que un hombre que se aviniera a la vida campesina y que
pudiera contar con un pequeño capital con que empezar podría encontrar allí
fincas por 50 libras al año, tan buenas como las que aquí costaban 200; que la
tierra era tan rica y las cosechas tan abundantes que si no queríamos ahorrar
mucho, podíamos estar seguros de vivir tan ricamente con ello como un caballero
con una renta anual de 3000 libras en Inglaterra, y que a él se le había
ocurrido el plan de dejarme a mí en Londres e ir allí a probar, y que si
encontraba una base de vida adecuada digna de mí, cosa que estaba seguro de
hallar, vendría a recogerme.
Yo sentí ante esta proposición un gran temor de que quisiera
cogerme la palabra, o sea, disponer de mis limitados bienes y llevárselos a
Irlanda para hacer el experimento. Pero era demasiado honrado para desearlo o
para aceptarlo en caso de que yo se lo ofreciera. Se me anticipó añadiendo que
iría y probaría fortuna de aquella manera. Creía que podría encontrar algo con
qué vivir y que después, añadiendo lo mío a lo suyo, podríamos vivir como
merecíamos. Pero que no aventuraría ni un solo chelín de mi propiedad hasta que
hubiese probado con un poco, y me aseguró que si no encontraba en Irlanda nada
que mereciese la pena, volvería a mi lado para intentar mi proyecto en
Vir-ginia.
Hablaba con tanto empeño de que su plan fuera el primero en
ponerse en práctica, que no pude contradecirlo. Sin embargo, me prometió
formalmente que tendría noticias suyas poco después de llegar a su destino y
que me haría saber si su proyecto respondía a sus esperanzas, y que si no
encontraba probabilidades de éxito yo podía aprovechar la ocasión para preparar
el otro viaje asegurándome que se trasladaría en mi compañía a América con todo
su deseo de triunfar.
No pude infundirle otra idea que ésta que se le había metido en
la cabeza. Sin embargo, estas conversaciones nos llevaron casi un mes, durante
el cual disfruté de su compañía, que realmente era la más divertida que he
tenido en toda mi vida. Durante este tiempo hizo que le contara toda mi vida,
verdaderamente extraordinaria y con variedades suficientes para colmar una
historia más brillante que la mía, porque sus aventuras e incidentes eran
superiores a cuanto yo había leído impreso. Ya tendré ocasión de hablar de
ello.
Por último, nos separamos con el mayor disgusto por mi parte, y
realmente él también se fue de mi lado contra su voluntad, pero la necesidad le
obligaba a hacerlo, porque tenía muy buenas razones para no querer ir a
Londres, como me enteré más amplia-mente algún tiempo después.
Le di mi dirección donde podía escribirme, aunque seguí
reservándome mi gran secreto y no falté nunca a mi resolución, que era no darle
a conocer mi verdadero nombre, quién era o dónde se me podría encontrar. Por su
parte me hizo saber en qué forma tenía que escribirle para que mi carta pudiera
llegar a ,su poder.
El día siguiente de separarnos llegué a Londres, pero no fui
directamente a mi antiguo alojamiento. Por otra razón especial tomé una
vivienda particular en St. John's Street, cerca de Clerkenwell. Allí,
perfectamente sola, tuve el sosiego necesario para descansar y reflexionar
seriamente acerca de mis andanzas durante aquellos siete meses, pues no había
sido menos el tiempo que. había estado ausente. Pensé en las horas agradables
que había pasado con mi último esposo con el más infinito de los placeres. Pero
este buen recuerdo se vio considerablemente amortiguado algún tiempo después,
al darme cuenta de que volvía a estar embarazada.
Esto era algo perturbador, dada la dificultad que tenía ante mí
de dónde podría ir a dar a luz, pues era una de las cosas más delicadas que
podían ocurrir en aquellos tiempos a una mujer extranjera, y además no tenía
amigos y no podía contar con un aposento seguro, pues no lo tenía ni podía
proporcionármelo.
Durante todo aquel tiempo había tenido buen cuidado de sostener
correspondencia con mi honrado amigo del Banco, o por mejor decir, él se había
preocupado de mantener correspondencia conmigo, y aunque yo no había gastado mi
dinero con la suficiente rapidez para pedirle más, le escribía a menudo para
hacerle saber que estaba viva. Había dejado instrucciones en Lancashire para
que las cartas que me enviara me fueran reexpedidas, y durante mi reclusión en
St. John's Street, recibí de él una carta muy amable en la que me decía que el
asunto de su divorcio iba por buen camino, pese a haber encontrado algunas
dificultades con las que no había contado.
No me disgustó en absoluto la noticia de que el proceso fuera
más difícil de lo que había esperado, porque aun cuando no me encontraba
todavía en condiciones de contar con él ni iba a cometer el disparate de
casarme sabiendo que iba a tener un hijo de otro hombre, como sé que algunas
mujeres se .aventuran a hacer, no quería tampoco perderlo, y en una palabra,
resolví hacerme con él cuando estuviera restablecida. Por las apariencias me di
cuenta de que no volvería a saber más de mi esposo, y como el honrado amigo del
Banco había insistido durante todo el tiempo que me casara con él y me había
asegurado que no estaba dispuesto a cambiar de opinión, no tuve ningún
escrúpulo en resolverme a hacerlo si yo podía y él seguía en sus trece. Desde
luego, tenía buenas razones para creerlo así por las cartas que me escribía,
que eran las más obsequiosas y amables que puedan soñarse.
Empecé a aumentar de volumen y las personas en cuya casa me
alojaba se dieron cuenta de ello, y con todas las buenas maneras que les fue
posible me indicaron que debía empezar a pensar en marcharme de allí. Esto me
puso en un gran aprieto, em-
bargándome una gran melancolía, porque verdaderamente no sabía
qué camino tomar. Tenía dinero, pero no amistades, y tenía que contar sólo
conmigo para tener la criatura, dificultad que nunca me había sobrevenido hasta
entonces, como las circunstancias de mi historia han puesto hasta aquí de
manifiesto.
En el transcurso de mi embarazo enfermé seriamente y mi
melancolía hizo que aumentara el mal humor que me dominaba. Mi enfermedad
resultó ser solamente unas fiebres intermitentes, pero en verdad mi temor era
que iba a abortar. En realidad, este temor no lo era porque hubiera estado
contenta de que así fuese, aun cuando nunca tuve el pensamiento de provocar un
aborto voluntariamente, pues, debo decirlo, me repugnaba.
Sin embargo, hablando de ello en la casa, la dueña me recomendó
que fuera a ver a una comadrona. Al principio me resistí, pero acabé por
acceder aunque diciéndole que yo no conocía ninguna comadrona, y dejando el
asunto en sus manos.
Parece ser que la dueña de la casa no era tan ignorante en casos
como el mío como yo había pensado al principio, y así se presentaba ahora
enviándome a una comadrona adecuada, adecuada para mi caso, quiero decir.
La mujer parecía tener mucha experiencia de comadrona, pero
tenía también otra vocación, en la cual era una experta como pocas mujeres lo
son. Mi patrona le había dicho que yo me encontraba en un gran estado de
melancolía y que esto me había perjudicado mucho, y una vez en mi presencia, le
dijo:
-Señora B... (que era el nombre de la comadrona), creo que el
mal de esta señora es de una índole que entra dentro de lo que vos tratáis. Por
tanto, si podéis hacer algo por ella, hacedlo, pues es una dama digna de
respeto.
Y dicho esto, salió de la habitación dejándonos a solas.
Realmente yo no sabía lo que había querido decir, pero tan
pronto como se marchó mi hada madrina, ella empezó a explicarme sus palabras.
-Señora erijo-, parece que no comprendéis lo que vuestra patrona
ha querido expresar, y cuando lo entendáis no debéis en absoluto tener
necesidad de dárselo a entender.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
-Ha querido decir que os encontráis en determinadas
circunstancias que pueden hacer que el parto sea difícil para vos y que no
queréis exponeros a ello. No quiero añadir nada más, sino deciros que si lo creéis
oportuno debéis comunicarme todos los detalles de vuestro caso, cosa que estimo
necesaria aunque no quiero entremeterme en vuestros asuntos, pues quizás esté
en disposición de ayudaros, tranquilizándoos y librándoos de vuestros tristes
pensamientos sobre el particular.
Las palabras que pronunciaba aquella mujer resultaban tan
cordiales para mí que infundieron nueva vida y nuevo espíritu en mi corazón. Mi
sangre volvió a circular normalmente y me sentí otra mujer. Comí con apetito y
en todos los aspectos experimenté una mejoría. Me dijo muchas otras cosas sobre
el mismo tema y habiéndome instado a que me franqueara con ella y prometiéndome
de la manera más solemne mantener el secreto, hizo una pausa como si esperara a
ver el efecto que me había causado y qué era lo que yo diría.
Yo me encontraba demasiado persuadida de la necesidad que tenía
de una mujer semejante para no aceptar su ofrecimiento. Le dije que mi caso era
en parte lo que sospechaba y en parte no, porque en realidad estaba casada y
tenía un marido, pero que por entonces se encontraba en unas circunstancias
especiales y tan lejos que no le era posible presentarse públicamente.
Me interrumpió diciéndome que aquello no era asunto suyo y que
todas las mujeres que recurrían a ella eran casadas desde su punto de vista.
-Todas las mujeres que van a tener un hijo tienen un padre para
él -dijo.
Añadió que si el padre era esposo o no era esposo, no era asunto
de su competencia. Su oficio era asistirme en las circunstancias en que me
encontraba, tanto si tenía marido como si no lo tenía.
-Porque, señora -agregó-, tener un esposo que no puede
presentarse es tanto como no tenerlo y, por tanto, si vos sois esposa o querida
es lo mismo para mí.
Vi, pues, que tanto si era una mujer inmoral como una esposa,
tenía que pasar por lo primero, así que dejé de preocuparme. Le manifesté que
lo que había dicho era la verdad, pero que, no obstante, si debía explicarle mi
caso tenía que decirle cómo era. Así, pues, se lo expliqué con la mayor
brevedad que me fue posible, y terminé con estas palabras:
-Si os he molestado con lo que os he contado no es porque tenga
importancia para vuestra profesión, como vos me habéis dicho antes, sino que os
lo digo con la finalidad de que sepáis que me es indiferente por completo que
mi caso sea secreto o público. Lo único que me preocupa es que no tengo
amistades de ninguna clase en esta parte del país.
-Le comprendo perfectamente, señora -me contestó-, pero no
tenéis la seguridad de impedir las impertinencias de la
parroquia, usuales en casos semejantes, y quizá no sepáis qué
hacer con la criatura cuando nazca.
-Esto último me preocupa más que lo primero.
-Pues bien, señora -replicó la comadrona-, ¿estáis decidida a
poneros en mis manos? Vivo no lejos de aquí. Aunque no quiero hacer
averiguaciones respecto a vos, vos podéis hacerlas de mí. Mi nombre es B. y
vivo en tal calle, donde hay un letrero con una cuna. Soy comadrona y muchas
señoras han venido a mi casa a dar a luz. En términos generales, he inspirado
confianza a la parroquia acerca de lo que puede ocurrir bajo mi techo. En todo
este asunto no tengo que haceros más que una sola pregunta y, si me contestáis
a ella, todo lo demás será completamente fácil para vos.
Comprendí lo que quería decir y, acto seguido, le contesté:
-Señora, creo comprenderos. Doy gracias a Dios de que aun cuando
estoy faltada de amistades en esta parte del mundo, no me falta el dinero, en
cuanto pueda ser necesario, si bien tampoco me sobra.
Esto último lo añadí para que no creyera que podía esperar de mí
grandes cosas.
-Pues bien, señora -me contestó-, ésta es la cosa sin la cual
nada puede hacerse en estos casos y, sin embargo, ya observaréis que no
pretendo engañaros ni ofreceros nada que pueda ser oneroso para vos, y si lo
deseáis, os lo haré saber de antemano para que el precio se adapte a vuestras
posibilidades y sea más o menos elevado, según os parezca.
Le dije que parecía que se había dado cuenta de mi situación y
que no tenía que decirle otra cosa sino lo que ya le había manifestado: que
disponía de dinero suficiente, pero no en gran cantidad, y que había que
organizar las cosas de manera que quedaran eliminados de la cuenta todos los
gastos superfluos.
Me dijo que me presentaría de antemano dos o tres presupuestos
diferentes, a fin de que escogiera el que más me gustara. Esto era lo que yo
deseaba que hiciese.
El día siguiente me trajo copias de los presupuestos siguientes:
£ s d
1. Por tres meses de alojamiento en su casa,
incluida la manutención, a razón de 10 chelines semanales 6 0 0
2. Por una enfermera durante un mes y uso de
ropa de niño 1 10 0
3. Por un clérigo para cristianar al niño, más
los padrinos y el monaguillo 1 10 0 4.
Para la cena del bautizo, con cinco amigos
invitados 1 0 0
5. Por los honorarios de comadrona . . 3 3 0
6. Sueldo de una criada 0 10 0
Total 13 13 0
Este era el primero. El segundo estaba concebido en unos
términos parecidos:
£ s d
1. Por tres meses de alojamiento etcétera, a
20 chelines semanales 13 0 0
2. Por una enfermera durante un mes y uso de
ropas y encajes 2 10 0
3. Por un clérigo, etcétera 2 0 0
4. Cena y dulces 3 3 0
5. Honorarios como los anteriores . . . . 5 5 0
6. Por la criada 1 0 0
Total 26 18 0
Este era el segundo. El tercero, según dijo, era el más costoso,
y se aplicaba cuando aparecían el padre o los amigos:
£ s d
1. Por tres meses de alojamiento y manutención,
con dos habitaciones y un cuarto para
la sirvienta 30 0 0
2. Por una enfermera durante un mes y ropa
de la más fina para el niño 4 4 0
3. Por un clérigo, etcétera 2 10 0
4. Cena 6 0 0
5. Honorarios 10 10 0
6. Por la criada, aparte de la propia . . . . 0 10 0
Total 53 14 0
Examiné estos tres presupuestos, sonreí y le dije que me
parecían muy razonables todos sus extremos teniendo en cuenta todas las cosas y
que no dudaba que sus servicios fueran buenos.
Contestó que no debía juzgarlos hasta que los viera. Yo le dije
que sentía decirle que me parecía que iba a ser de sus clientes de la clase más
modesta.
-Quizá, señora -insinué-, no sea por ello tan bien venida a
vuestra casa.
-En absoluto. Porque por una que tenga del tercer presupuesto,
tengo dos del segundo y cuatro del primero, y el tratamiento es el mismo en
todos los casos. Si dudáis de ello, permitiré que cualquier amiga vuestra
realice una inspección para comprobar si estáis bien atendida o no.
Pasó después a explicar las particularidades de sus
presupuestos.
-Habréis observado que en los tres meses de manutención
solamente cobro a razón de diez chelines por semana, y me atrevo a decir que no
estaréis quejosa de mi mesa. Me parece que no debéis de vivir más barato donde
os hospedáis ahora.
-No, desde luego, no tan barato, porque pago seis chelines
semanales por la habitación y la comida aparte, lo que me cuesta mucho más.
-Tened además en cuenta, señora, que si el niño no vive o nace
muerto, como sabéis que a veces sucede, os ahorráis la partida del cura, y..
que si no tenéis amigos para la cena, os evitáis también ese gasto. Así es que
si quitamos del presupuesto esas dos cosas, el parto no os cuesta más de cinco
libras y tres chelines sobre vuestros gastos corrientes de vida.
Aquello era lo más razonable que había oído en mi vida, así es
que sonreí y le dije que podía considerarme como una de sus clientes, pero le
dije también que como tardaría todavía dos meses en ir o más, quizá me viera
obligada a permanecer con ella más de los tres meses estipulados, y quería
saber si en este caso me obligaría a marcharme antes de lo que fuera
conveniente.
Me contestó que no, que su casa era grande y que además nunca
invitaba a nadie que daba a luz en ella a marcharse hasta que voluntariamente
quisiera hacerlo, y que si se le presentaban más señoras no estaba mal
relacionada con la vecindad y podía ofrecer alojamiento hasta a veinte si se
presentaba la ocasión.
Vi que era una notable dama en su comercio y en pocas palabras
accedí a ponerme en sus manos y le prometí ir a su casa. Habló ella después de
otras cosas, miró a su alrededor en mi alojamiento y me dijo que encontraba en
falta algunas comodidades de las que no carecería en su casa. Le dije que me
daba reparo exigir lo que faltaba porque la patrona parecía no tener práctica
en el negocio o por lo menos yo lo creía así o quizá porque había estado
enferma o tal vez porque estaba embarazada. Temía que se enfadara si le hacía
notar excesivamente mi presencia.
-¡Válgame Dios! -me contestó-. Vuestra patrona no ca
rece de práctica, pues ha hospedado muchas veces a señoras que
se encontraban en vuestras condiciones, pero le es difícil conservar la
parroquia. Además, no es una mujer de las buenas prendas que vos creéis. Sin
embargo, como vais a marcharos, no hace falta que le digáis nada, y yo
procuraré que estéis un poco mejor atendida de lo que estáis, el tiempo que
permanezcáis aquí y ello no ha de costaros más.
No comprendí lo que quería decir con ello, pero le di las
gracias y de esta manera nos separamos. La mañana siguiente me mandó un pollo
asado y caliente y una botella de jerez y ordenó a su sirvienta que me dijera
que vendría a atenderme todos los días durante el tiempo que permaneciera en
aquella casa.
Todo esto era una muestra sorprendente de bondad y de delicadeza
y lo acepté de muy buena gana. Por la noche envió a preguntar si necesitaba
alguna cosa y cómo. me encontraba, y ordenó a la criada que fuera por la mañana
a buscar mi almuerzo. También tenía instrucciones la sirvienta de hacerme
chocolate por la mañana antes de marcharse, y así lo hacía, y al mediodía me
traía tinas mollejas de ternera y un plato de sopa para la cena. De esta manera
cuidaba de mí a distancia, de modo que yo no podía estar más contenta. Me
repuse rápidamente porque verdaderamente mis melancolías anteriores eran la
causa principal de mi enfermedad.
Yo temía que, como generalmente suele ocurrir con tales gentes,
la criada que me había enviado fuera una mozuela desvergonzada de la estirpe de
Drury Lane, y me puso muy inquieta tenerla conmigo, así es que no le permití
que durmiera en mi casa la primera noche y la vigilé estrechamente, como si se
tratara de un conocido ladrón. Mi favorecedora adivinó lo que pasaba, porque me
la envió al cabo de unos días con una nota en la que decía que podía confiar en
la honradez de su sirvienta, que respondía de ella en todos los terrenos y que
no tomaba sirvientes en su casa sin una completa seguridad acerca de su fidelidad.
Entonces me tranquilicé por completo y, en efecto, la conducta de la muchacha
respondía por ella, pues nunca vi ninguna que fuera más recatada, juiciosa y
tranquila que aquélla en el seno de una familia, como más tarde pude descubrir.
Tan pronto como me encontré en condiciones de salir, fui con la
muchacha a ver la casa y el departamento que debía de ocupar llegado el
momento, y todo era tan bonito, tan limpio y estaba tan bien que no tuve nada
que decir, sino que me encontraba maravillosamente complacida y satisfecha de
lo que había encontrado, lo cual, considerando las tristes circunstancias en
que me encontraba, estaba por encima de todo lo que podía buscar.
Tal vez crean ustedes que debería dar alguna indicación de la
naturaleza de las prácticas ilegales de aquella mujer en cuyas manos había
caído, pero esto sería estimular demasiado el vicio. No quiero que mis lectores
conozcan las fáciles maniobras que se ponen en juego para librar a las mujeres
de la carga indeseada de una criatura clandestinamente engendrada. Aquella
grave matrona ponía en juego diversos procedimientos, siendo uno de ellos el
que si un niño nacía, aunque no fuera en su casa, porque a veces era llamada a
partos en casas particulares, tenía personas a su disposición que por unas
monedas se llevaban a la criatura de su lado y también de la parroquia. Según
decía ella, los niños eran honradamente cuidados y atendidos, pero esto,
teniendo en cuenta la gran cantidad que pasaban por sus manos, no pude
comprobarlo nunca.
En muchas ocasiones hablé con ella sobre el particular y siempre
insistió en que salvaba la vida de muchos inocentes corderos, como los llamaba,
pues sin ella hubieran sido asesinados, y también salvaba a muchas mujeres que,
desesperadas por el infortunio, estarían tentadas de destruir a sus hijos y
acabar en la prisión. Reconocí que esto era verdad, y desde luego una cosa
digna de encomio siempre y cuando que los pobres niños cayeran en buenas manos
después y no fueran maltratados, desnutridos y descuidados por los que se
hicieran cargo de ellos. Ella me contestó que siempre se cuidaba de esto y que
las nodrizas escogidas eran siempre mujeres buenas y honradas en las que se
podía confiar.
Yo no podía decir nada en contra y me vi obligada a decir:
-Señora, yo no dudo de vuestra honradez, pero la conducta de
esas gentes es lo más importante.
Pero ella me hizo callar repitiendo de nuevo que ponía mucho
cuidado en lo que hacía y en las personas que elegía.
Lo único que encontré en las conversaciones que sostuve con ella
sobre estos temas que me produjo aversión, fue que en una ocasión, hablando de
lo adelantada que yo estaba ya y de la fecha en que esperaba a mi hijo, me dijo
algo que parecía como si quisiera ayudarme a salir de mi cuidado antes de
tiempo, si yo estaba conforme, o sea, dicho en plata, que ella podía darme algo
para hacerme abortar, si deseaba poner fin a mis preocupaciones. Desde luego,
no tardé en darle a entender que no quería ni pensar en ello y, para hacerle
justicia, diré que eludió la cosa tan inteligentemente que en realidad no puedo
asegurar si verdaderamente quería ponerlo en práctica o si únicamente lo había
mencionado como una cosa horrible, porque disimuló tan bien sus palabras y
captó mis sospechas tan rápidamente que me opuso su más rotunda negativa antes
de que yo pudiera explicarme.
Para abreviar esta parte, diré que abandoné mi alojamiento de
St. John's y me trasladé a la casa de mi maestra, que es como allí la llamaban,
y allí realmente fui tratada ron tanta cortesía, tan cuidadosamente atendida y
tan generosamente abastecida en todo lo que podía necesitar que quedé
sorprendida y no pude de momento ver qué ventaja sacaba mi maestra de todo
ello. Pero más tarde me di cuenta de que su provecho .no estaba en la comida de
las alojadas, que no podía darle gran beneficio, sino en otras cosas de su
administración, de las que puedo decirles que se lucraba grandemente, siendo
apenas creíble la actividad que tenía lo mismo en su casa que fuera de ella en
asuntos de índole privada, o, dicho en claro inglés, relacionados con la
prostitución.
Durante mi estancia en su casa, que duró casi cuatro meses, no
tuvo en sus lechos menos de veinte mujeres libidinosas, y creo que eran treinta
y dos las que trataba fuera, de las cuales una se encontraba alojada en mi
antigua residencia de St. John's.
Esto constituía un extraño testimonio de la extensión del vicio
en aquellos tiempos, y a mí que tan mala había sido, aquello me emocionaba
profundamente. Empezó a repugnarme el lugar en que me encontraba y, sobre todo,
aquellas prácticas ilegales. No obstante, debo decir que nunca vi, porque creo
que no se veía, la menor indecencia durante el tiempo de mi permanencia allí.
Nunca vi subir un hombre por aquella escalera, excepto los que
venían a visitar a las mujeres de parto en el mes de la prueba, y nunca sin ir
acompañados de la señora, que no permitía que ningún hombre pernoctara en la
casa bajo el menor pretexto, aunque fuera para acompañar a su propia esposa, y
su afirmación frecuente era que no le importaba que nacieran niños en su casa,
pero que lo que quería era que nadie los hiciera allí.
Puede tal vez argüirse que aquello era necesario, pero lo cierto
es que al proceder de aquella manera contribuía a mantener la reputación que
tenía su negocio, pues si allí se acogía a las mujeres descarriadas, ella por
nada del mundo hubiera contribuido a su corrupción. Y, sin embargo, el comercio
a que se dedicaba era un comercio criminal.
Mientras estaba allí, y antes de meterme en cama, recibí una
carta de mi representante en el Banco, llena de conceptos amables y
obsequiosos, presionándome para que regresara a Londres. Cuando la recibí hacía
quince días que había sido escrita, porque primero había sido enviada a
Lancashire, de donde me fue reexpedida. Acababa diciéndome que había conseguido
un decreto, creo que era así como lo llamaba, contra su esposa y que estaba
dispuesto a comprometerse seriamente conmigo, si yo lo aceptaba, haciéndome
grandes protestas de cariño. Llegaba a decirme que no me hubiera hecho aquel
ofrecimiento de no saber las circunstancias que habían rodeado mi vida y que,
tal como habían ido las cosas, yo estaba muy lejos de merecer.
Contesté a esta carta con otra fechada en Liverpool, que envié
por un mensajero alegando que lo hacía por mediación de una amiga de la ciudad.
En ella le felicitaba por su liberación, pero expresaba algunos escrúpulos
acerca de la legitimidad de que se casara de nuevo, y suponía que meditaría muy
seriamente sobre este punto antes de resolverlo, pues podía tener unas
consecuencias demasiado grandes para que un hombre de su juicio se aventurara
imprudentemente en un asunto de esta naturaleza. Concluí deseándole toda clase
de aciertos en todo lo que emprendiera sin que yo influyera para nada en sus
decisiones, y no le daba ninguna respuesta acerca de mi regreso a Londres,
aunque mi intención era volver a fines de año, y esto se lo decía en abril.
Hube de meterme en cama a mediados del mes de mayo y tuve otro
hermoso niño, en perfectas condiciones, como siempre en tales ocasiones. Mi
maestra realizó su papel de comadrona con la mayor habilidad, mucho mejor que
en las otras experiencias que había tenido con anterioridad.
Su cuidado para conmigo en mis dolores y después del parto fue
tal que ni mi propia madre me hubiera tratado mejor. Espero que nadie se sienta
animado a seguir las huellas de esta hábil señora en sus prácticas de toda
índole porque haya ocupado un lugar tan difícil de llenar.
Me parece que hacía veintidós días que estaba en cama cuando
recibí otra carta de mi amigo del Banco en la que me comunicaba la sorprendente
noticia de que había obtenido por fin la sentencia definitiva de divorcio
dictada contra su mujer y que ello resolvía todos mis escrúpulos de casarme de
nuevo, como no podía yo suponer ni él esperar, porque su esposa, que había
sufrido remordimientos antes por su conducta, cuando se enteró que él había
ganado el pleito se había suicidado la misma noche.
Se expresó muy cuerdamente al verse implicado en aquel fin
desastroso, pero se absolvió a sí mismo de tener culpa alguna en él, ya que se
había limitado a que se hiciera justicia en un caso en que de forma tan notoria
había sido perjudicado y ofendido. Dijo que, sin embargo, se encontraba
profundamente pesaroso de ello y que en este mundo no tenía otra perspectiva de
satisfacción sino la esperanza de que yo volviese y le aliviara si¡ dolor con
mi compañía. Después me apremió con el mayor empeño a que le diera por lo menos
alguna esperanza de que volvería a' la ciudad para dejarme ver y poder hablarme
más del asunto.
Me sentí extraordinariamente sorprendida ante esta noticia y
empecé a reflexionar sobre mi situación, con la desgracia de tener en aquellos
momentos un niño en mis manos sin saber qué camino seguir. Finalmente, hube de
hablar de mi caso, aunque de una manera harto velada, a mi maestra. Durante
algunos días había estado apesadumbrada y melancólica y ella insistía
continuamente preguntándome qué me pasaba. No podía decirle que tenía una
oferta de matrimonio después de haberle asegurado que tenía esposo, así que en
realidad no sabía qué explicación darle. Reconocí que había algo que me
preocupaba mucho, pero al mismo tiempo le dije que no podía hablar de ello a
ningún ser viviente.
Ella siguió importunándome algunos días, pero yo le decía que
era imposible que comunicara a nadie mi secreto. Esto, en vez de servirle de
contestación definitiva, no hizo sino incrementar su porfía. Me apremió
diciendo que se le habían confiado grandes secretos de esta naturaleza, que
estaba dentro de su profesión ocultarlo todo y que divulgar cosas de esta clase
sería su ruina. Me preguntó si le había oído alguna vez chismorrear sobre
asuntos de otras personas, y que siendo así no era posible que pudiera desconfiar
de ella. Me aseguró que confiárselo a ella era tanto como no decírselo a nadie,
que era muda como la muerte y que verdaderamente debía tratarse de un caso muy
raro para que ella no pudiera ayudarme y que ocultarlo era privarme de toda
posible asistencia y de los medios para conseguirla y privarla a ella de la
oportunidad de poderme servir. En resumen, tenía una elocuencia tan embaucadora
y un poder tan grande de persuasión que no era posible ocultarle nada.
Así, pues, decidí desahogarme con ella. Le conté la historia de
mi casamiento en Lancashire y de qué forma habíamos sido engañados los dos,
cómo habíamos estado juntos y de qué forma nos separamos. Le expliqué que él me
había concedido absoluta libertad para volver a casarme si lo deseaba,
prometiéndome que si se enteraba nunca reclamaría ni me molestaría. Le dije que
yo creía que estaba libre, pero que estaba muy temerosa de aventurarme por
miedo a las consecuencias a que pudiera dar lugar el hecho si se descubría.
Le expliqué después la excelente oferta que tenía, le enseñé las
dos últimas cartas de mi amigo invitándome a ir a Londres, y le hice notar el
afecto y la seriedad con que estaban escritas, pero le oculté el nombre de mi
pretendiente y también la historia del desastre de su esposa, limitándome a
decirle que ella había muerto.
Se echó a reír de mis escrúpulos y me dijo que el otro no había
sido un matrimonio, sino un engaño por ambas partes, y que habiéndonos separado
por mutuo consentimiento la naturaleza del contrato quedaba anulada y la
obligación eliminada.
Tenía argumentos como éste en abundancia y, en resumen, me dio
razones en apoyo de mi razón, pero no me ayudó en cuanto a mis inclinaciones.
Después vino la mayor y principal dificultad: el niño que había
traído al mundo.
Este obstáculo, según me dijo con buenas palabras, podía ser
eliminado de manera que nadie pudiera nunca descubrirlo. Yo sabía que no era
posible que me casara sin ocultar por completo que tenía un hijo, porque no
tardaría en descubrir, por su edad, cuándo había nacido e incluso engendrado
después de mis tratos con él, y ello habría imposibilitado todo acuerdo con él.
Mi corazón se sintió violentamente conmocionado ante la idea de
separarme por completo de la criatura y como no me extrañaría que fuera
asesinado o que muriese por negligencia o malos tratos, lo que viene a ser lo
mismo, si lo dejaba en otras manos, era algo en lo que no podía pensar sin
horror. Deseo que todas las mujeres que consienten desprenderse de sus hijos
poniéndolos a pupilaje, como por decencia se le llama, consideren que no es
otra cosa que un sistema secreto de asesinarlos, esto es, de matarlos impunemente.
Es evidente para cuantos entienden algo de la infancia que
llegamos al mundo desvalidos e incapaces de satisfacer nuestras necesidades y
aun de hacer saber lo que necesitamos y que sin ayuda pereceríamos. Esta ayuda
exige no solamente el apoyo de la madre o de cualquier otra persona, sino
también un gran cuidado y mucha pericia. Sin ello, la mitad de los niños que
nacen perecerían aunque no se les negara el alimento y la otra mitad serían
tullidos o anormales, perderían algunos de sus miembros y tal vez la razón. No
pongo en tela de juicio que éste sea, en parte, el motivo por el que la
naturaleza ha puesto en las madres el cariño por sus hijos, sin el cual éstos
serían incapaces de seguir adelante.
Por esto sólo deben confiarse a los cuidados y el apoyo de las
que les dieron el ser.
Como estos cuidados son imprescindibles para la vida de los
niños, su omisión significa tanto como matarlos. Entregarlos para su crianza a
gentes que no sienten el cariño n cesario que concede la naturaleza, es
abandonarlos y en algunos casos llegar más lejos, constituyendo un crimen
intencionado tanto si el niño vive como si no.
Todas estas cosas se presentaban ante mi vista de la manera más
sombría y terrible, y puesto que había llegado a tener una gran confianza en mi
maestra, a la que había aprendido a llamar madre, le hice partícipe de los
negros pensamientos que me atenazaban y en qué. grado de desesperación me
encontraba. Ella pareció considerar con mayor gravedad esta parte que la otra,
pero como estaba encallecida en estas cosas más allá de la posibilidad de que
la conmovieran motivos religiosos o escrúpulos de conciencia, resultaba tan
impenetrable como cuando le hablé de mis problemas sentimentales. Me preguntó
si no se había mostrado cuidadosa y tierna conmigo durante mi parto, como si yo
hubiese sido su propia hija. Le dije que no podía por menos de reconocer que
así había sido.
-Pues bien, querida -me dijo-, ¿creéis que no hay mujeres que,
ganándose el, pan con ello, tienen a gala cuidar a los niños como podrían
hacerlo sus propias madres y comprenderlos quizá mejor? No temáis. ¿Cómo nos
criaron a nosotras? ¿Estáis segura de que lo fuisteis por vuestra propia madre?
Y, sin embargo, estáis robusta y hermosa.
Me acarició las mejillas y siguió hablando:
-No temáis nada malo, pues yo no tengo criminales a mi servicio.
Empleo las mejores y más honradas nodrizas que puedan hallarse y tengo tan
pocos niños que se malogren en sus manos como si estuvieran en las de sus
madres.
Me tocó en lo vivo al preguntarme si estaba segura de haber sido
criada por mi propia madre, pues, por el contrario, estaba segura de no haberlo
sido. Temblé y me puse pálida ante aquella expresión. «Seguramente -me dije-
esta mujer no puede ser una bruja o estar en comunicación con algún espíritu
para saber qué es lo que hicieron conmigo antes de saberlo yo.» La miré
amedrentada, pero al pensar que no era posible que supiese nada de mí mi
emoción se desvaneció y empecé a encontrarme más tranquila.
Ella se dio cuenta de mi emoción, pero no de su significado, así
es que continuó con su charla desenfrenada acerca de la fragilidad de mi
suposición de que todos los niños que no son criados por sus madres mueren
asesinados, tratando de persuadirme que
las criaturas de que ella se preocupaba eran tan bien tratadas
como pudieran serlo por sus propias madres.
-Todo esto puede ser verdad -repliqué-, y no me extrañaría que
lo fuese, pero mis recelos están realmente bien fundados.
-Decidme cuáles son.
-En primer lugar, vos dais dinero a las gentes que toman al niño
de manos de sus padres y que han de ocuparse de él mientras vive. Como sabéis,
en la mayor parte de casos se trata de personas pobres cuyo beneficio consiste
en desembarazarse de la carga que supone un hijo. ¿Cómo se puede, pues, dudar
de que siendo mejor para ellas que el niño muera no demuestren una excesiva
solicitud en lograr que siga viviendo?
-Todo esto son suposiciones y fantasías -replicó la vieja-. Yo
os puedo asegurar que el crédito de esas gentes depende de la vida del niño que
cuidan con la misma solicitud que podría hacerlo su propia madre.
-Si yo estuviera segura de que mi pequeño iba a ser bien
atendido, me sentiría verdaderamente feliz, pero es imposible que pueda
sentirme satisfecha en este aspecto si no lo veo con mis propios ojos, y tal
como están mis asuntos esto sería la ruina para mí, de modo que no sé qué
hacer.
-¡Bonita historia! -exclamó la maestra-. Lo que vos queréis es
ver el niño y no verlo, estar oculta y al descubierto a la vez. Esto, querida,
es imposible. Lo que tenéis que hacer es lo que han hecho antes otras madres
escrupulosas, que es aceptar las cosas como son y no como vos querríais que
fuesen.
Comprendí lo que quería decir por madres escrupulosas. Debió de
haber dicho prostitutas escrupulosas, pero ella no quería disgustarme porque yo
no era una ramera, sino una mujer legalmente casada, exceptuando la coacción de
mi antiguo matrimonio.
Sin embargo, sea yo lo que sea, no había llegado a esa especie
de endurecimiento propio de la profesión de aquella mujer, quiero decir a ser
indiferente con respecto a la seguridad de mi hijo. Mi cariño hacia él era tan
profundo que estuve a punto de renunciar a mi amigo del Banco con el que me
resultaba tan duro casarme que no encontraba otra solución que apartarme de él.
En esto mi vieja maestra volvía a mi lado con su usual
desenvoltura diciéndome:
-Mirad, querida, me parece que por fin he encontrado una
solución para que estéis segura de que vuestro hijo será bien
tratado y que la persona que cuide de él no os conozca nunca ni
sepa quién es la madre de la criatura.
-¡Oh, señora, si hicierais esto podríais contar con mi
agradecimiento el resto de mi vida!
-Vamos a ver, ¿estáis dispuesta a hacer un pequeño desembolso
anual, un poco más de lo que se suele dar a las personas con las que yo trato?
-Con todo mi corazón, siempre y cuando yo no sea descubierta.
-De esto podéis estar segura, porque la nodriza nunca se
atreverá a hacer investigaciones acerca de vos y sólo iréis conmigo una o dos
veces al año a ver a vuestro hijo, comprobar si lo tratan bien y tener la
satisfacción de ver que se encuentra en buenas manos, sin que nadie sepa quién
sois.
-¿Creéis posible que cuando vaya a ver a mi hijo pueda ocultar
que soy su madre? ¿Creéis que es posible una cosa semejante?
-Bueno, pues aunque se descubra quién sois, la nodriza no será
nunca la más avisada, ya que se le prohibirá hacer indagaciones o formular
preguntas acerca de vos. En caso contrario, perderá el dinero que se supone
vais a entregarle y se le quitará el niño.
Me consideré satisfecha con esto. La semana siguiente llegó una
mujer campesina de Hertford o de sus alrededores, que iba a llevarse al niño a
cambio de una entrega de diez libras. Si yo le entregaba cinco libras más al
año, se vería obligada a traer el niño a casa de mi maestra tan a menudo como
se lo pidiéramos, o iríamos nosotras a su casa para comprobar si era bien
tratado. La mujer tenía muy buen aspecto, era bien parecida y aunque era esposa
de un labriego, tenía muy buenos vestidos y ropas de casa y todo parecía normal
en ella. Con gran dolor de mi corazón y muchas lágrimas dejé que se llevara a
mi hijo. Estuve más tarde en Hertford y la fui a ver en su casa de campo, que
me gustó bastante. Le prometí un sinfín de cosas si trataba bien al niño, de modo
que a las primeras de cambio se dio cuenta de que yo era la madre de la
criatura. En pocas palabras, accedí a que se quedara con el niño y le di diez
libras, mejor dicho se las di a mi maestra para que se las entregara a ella
delante de mí, y la mujer prometió no devolver nunca el niño ni pedir más por
su crianza y guarda. Le prometí que si le prodigaba los mejores cuidados
posibles, le daría algo más cada vez que fuera a verlo. No quedé obligada a
pagar las cinco libras anuales, aunque prometí a mi maestra que lo haría. Así
terminó mi gran preocupación, de una forma que aunque no satisfizo plenamente
mi espíritu fue la más conveniente para mí tal como estaban mis asuntos en
aquellos momentos y dado lo que podía hacer entonces.
Empecé a continuación a escribir a mi amigo del Banco de una
manera más amable y, a principios de julio, le envié una carta en la que le
decía que tenía el propósito de pasar una temporada en la ciudad durante el mes
de agosto. La contestación que me mandó estaba escrita en términos de un
profundo apasionamiento y me rogó que le hiciera saber con anticipación la
fecha de mi llegada para ir a recibirme a dos días de viaje. Esto me confundió
torvamente y no supe qué contestar. De momento pensé en tomar la diligencia y
marcharme a West Chester, con el único propósito de tener la satisfacción de
poder re-gresar y que, él viese que lo hacía en el mismo carruaje, porque tenía
el temor, aunque no tuviese razón para pensarlo, de que él sabía que no me
encontraba en el campo. Y no era un pensamiento mal fundamentado, como no
tardaré en explicar.
Intenté razonar conmigo misma, pero todo fue en vano, porque
tenía aquella impresión tan fuertemente arraigada en mi imaginación que no la
podía resistir. Por último, vino en ayuda de mi deseo de marchar al campo que
sería un buen pretexto para mi vieja maestra y disimularía por completo mis
otros asuntos, puesto que ella no sabía si mi adorador vivía en Londres o en
Lancashire, y cuando le hablé de la resolución que había tomado se quedó
firmemente persuadida de que donde residía él era en este último lugar.
Habiendo tomado mis medidas para realizar el viaje, se lo hice
saber enviando por delante a la muchacha que me atendía para que me guardara
sitio en el carruaje. Ella hubiera querido que la criada cuidara de mí hasta el
final y viniese conmigo en la diligencia, pero yo le convencí de que no sería
muy conveniente. Al marcharme me dijo que no creía necesario comunicarse
conmigo por correspondencia porque sabía que, evidentemente, mi afecto por la
criatura haría que fuese yo quien le escribiera y la visitara tan pronto como
regresara a la ciudad. Le aseguré que así lo haría y de este modo me despedí,
satisfecha de salir de aquella casa, donde, sin embargo, había estado muy bien
acomodada, como ya he relatado antes.
Tomé plaza en el carruaje, pero no hasta el final, sino hasta un
lugar llamado Stone, en Cheshire. Pensé que era un sitio donde no había nada
que me ligara y en el que no sería fácil que me tropezara con ninguna persona
de la ciudad y sus alrededores. Sabía que con dinero en el bolsillo uno se
encuentra bien en todas partes, y permanecí allí dos o tres días esperando mi
oportunidad. Encontré luego asiento en otra diligencia y tomé billete para
Londres.
Envié a mi caballero una carta diciéndole que me encontraría en
-un día determinado en Stony-Stratford, donde el cochero me dijo que se
detendría.
Sucedió que el carruaje que tomé era de servicio discrecional,
pues había sido alquilado por unos señores que iban a West Chester para
embarcar con destino a Irlanda, y al volver no tenía parada en sitios fijos ni
estaba sujeto a un horario determinado, como hacen las diligencias, de manera
que, habiendo estado detenido el domingo, él tenía tiempo de salir y
alcanzarme, cosa que de otra manera no podría haber hecho.
Sin embargo, el aviso le llegó tan justo que no pudo llegar a
Stony-Stratford con tiempo suficiente para estar conmigo por la noche, sino que
me encontró a la mañana siguiente en un lugar llamado Brickhill, cuando
precisamente estábamos entrando en la localidad.
Confieso que me sentí muy satisfecha al verlo, pues me sentí un
poco defraudada aquella noche pensando que quizás había ido un poco lejos en mi
maquinación de volver a la ciudad. Me gustó doblemente por la forma como llegó,
pues venía en un magnífico coche particular tirado por cuatro caballos y con un
criado con librea para atenderlo.
Inmediatamente me sacó de la diligencia, que se detuvo a las
puertas de una posada de Brickhill, y en su coche llegamos a la misma
hospedería y pidió de almorzar. Yo le pregunté qué quería dar a entender con
esto porque yo tenía que continuar el viaje. El me contestó que no, que yo
necesitaba descansar y que aquélla era una buena Casa, aunque se tratase de un
pueblo pequeño. Así, pues, aquella noche no seguiríamos adelante a pesar de
todo.
Yo no le insistí mucho, porque como al venir a buscarme había
hecho muchos gastos, era razonable que le complaciera en algo. Por tanto, cedí
fácilmente en este punto.
Después de cenar dimos un paseo para visitar el pueblo, ver la
iglesia y contemplar los campos y el país, como es corriente que hagan los
forasteros, siendo nuestro posadero nuestro guía cuando visitamos el templo.
Observé que mi caballero hacía muchas preguntas respecto al párroco y comprendí
inmediatamente que lo que quería era proponerme que nos casáramos, y como
seguía fija en mi mente la idea de no rechazarlo, porque en las circunstancias
en que me encontraba no podía decir que no, le
seguí la corriente. No había ya ninguna razón para que
continuara corriendo más riesgos.
Pero mientras estos pensamientos bullían en mi cabeza, lo que
sucedió en pocos momentos, observé que el posadero lo llevaba aparte y, en voz
baja, pero no lo suficiente para que yo no lo oyera, susurró:
-Caballero, si tenéis necesidad...
El resto no pude oírlo, pero debió de ser algo así como:
«Caballero, si tenis necesidad de un ministro, yo tengo un amigo no lejos de
aquí que os podrá servir tan reservadamente como vos queráis.»
Mi adorador contestó en voz lo suficientemente alta para que yo
lo oyera;
-Muy bien, creo que sí.
Apenas habíamos vuelto a la posada cuando se precipitó hacia mí
diciéndome con dulces palabras que puesto que había tenido la fortuna de
encontrarme y todo estaba de acuerdo, apresuraría su felicidad si yo quería
poner un fin al asunto en el mismo lugar en que nos encontrábamos.
-¿Qué queréis decir? -le pregunté, ruborizándome un poco-. Aquí,
en una posada... ¡Alabado sea Dios! ¿Cómo es posible que me habléis de esa
manera?
-Puedo hablaros muy bien -me replicó-. He venido con el
propósito de hacerlo así y voy a probaros lo que he hecho.
Y diciendo esto sacó un gran legajo de papeles.
-Me asustáis -dije-. ¿Qué es todo eso?
-No os asustéis, querida -contestó, besándome.
Era la primera vez que se dirigía a mí con tanta libertad y me
llamaba «querida». Luego repitió:
-No os asustéis. Voy a enseñaros de qué se trata.
Y desdobló los papeles que me había enseñado. Primero vi la
sentencia de divorcio de su mujer con la declaración de que ella había llevado
una conducta inmoral. Después había los certificados del ministro y de los
clérigos de la parroquia donde ella vivía, acreditando que había sido enterrada
e indicando cómo y de qué murió, una copia del acta del coroner presentada al
jurado que había de juzgarle y, por último, el veredicto que presentaba el caso
como non compos mentir.
Todo esto lo hacía con el propósito de darme mayor satisfacción,
aunque yo no era tan escrupulosa y lo hubiera aceptado sin nada de aquello. Lo
examiné todo, sin embargo, lo mejor que pude y le dije que el asunto estaba, en
efecto, suficientemente claro, pero que no valía la pena que se hubiese tomado
la molestia de traerlo todo porque ya habría habido tiempo suficiente para
verlo.
-Bueno -contestó-, puede ser que hubiese habido tiempo, pero
para mí el momento más adecuado es éste precisamente. Había otros papeles
arrollados y le pregunté qué eran. -Esta es precisamente la pregunta que quería
que me hicierais -dijo.
Y al desenvolverlos apareció una cajita de piel de la que sacó
una sortija muy hermosa de diamantes. No pude rechazarla si hubiera estado en
mi ánimo el hacerlo porque me la puso inmediatamente en el dedo. Así, pues, le
hice una pequeña inclina
ción de cabeza y la acepté. Después sacó otra sortija, y dijo:
-Esta es para otra ocasión. Y se la metió en el bolsillo.
-Bien, pero dejadme verla -le dije sonriendo-. Adivino lo que
es. Debéis estar loco.
-Hubiera estado loco si hubiera hecho menos. Yo tenía muchas
ganas de verla, así que le rogué: -Dejadme verla de todas maneras.
-Tened paciencia y primero mirad esto. Desenvolvió otro papel y
se puso a leerlo. -¡Mirad, es la licencia para que nos casemos!
-¡Cuando yo digo que no debéis de andar bien de la cabeza... !
¿Estabais convencido de que aceptaría y me sometería a la primera palabra, o lo
habéis hecho para que no pudiera negarme?
-Ciertamente, esto último es la verdad. Pero tal vez os
equivocáis. No, no. ¿Cómo podéis pensar semejante cosa? ¡No debéis rechazarme,
no podéis rechazarme!
Y diciendo esto empezó a besarme de una manera tan violenta que
no me fue posible desembarazarme de él.
Había una cama en la habitación y nosotros íbamos de un lado
para otro en el ímpetu de nuestra conversación. Por fin me cogió por sorpresa
entre sus brazos y me echó en la cama, tumbándose a mi lado y apretándome
fuertemente y sin hacer la menor insi-nuación indecente me rogó que consintiera
en nuestro casamiento, con repetidas súplicas y argumentos, haciendo protestas
de su cariño y jurando que no me soltaría hasta que no contara con mi promesa
de acceder. Por fin no pude por menos que decir:
-Por lo visto, estáis resuelto a no admitir una negativa.
-¡No os negaréis, no podéis negaros, no debéis negaros!
-Está bien -contesté dándole un beso ligero-, si es así no me
negaré, pero dejadme que me levante.
Veíasele tan transportado con mi consentimiento y con la amable
manera de dárselo que empecé a pensar que lo tomaba ya por el matrimonio y que
no iba a esperar la ceremonia. Pero en esto lo calumniaba, porque dejó de
besarme y, poco después, dándome dos o tres besos más, me dio las gracias por
mi sometimiento a su voluntad, y se encontraba tan dominado por la satisfacción
y la alegría que incluso vi lágrimas en sus ojos.
Me aparté de él porque notaba que los míos también se llenaban
de lágrimas y le pedí licencia para retirarme un rato a mi habitación. Si
alguna vez sentí un arrepentimiento verdadero por la vida viciosa y abominable
que había llevado durante veinticua tro años fue entonces. «¡Oh! -pensé-. ¡Qué
felicidad representa para la Humanidad que no puedan ver unos lo que pasa en el
corazón de los otros... ! ¡Qué felicidad hubiera representado para mí haber
podido ser la esposa de un hombre tan hon
rado y afectuoso como éste desde el principio! »
Luego se me ocurrió lo siguiente: «¡Qué abominable criatura soy!
¡De qué manera va a ser ultrajado por mí este inocente caballero! ¡Qué poco
piensa que habiéndose divorciado él de una mujer inmoral va a caer en los
brazos de otra de la misma calaña! ¡Que va a casarse con una mujer que se ha
acostado con dos hermanos y que ha tenido los tres hijos de su propio hermano!
¡Una mujer que ha nacido en Newgate y cuya madre era una prostituta y es ahora
una ladrona deportada! ¡Una mujer que se ha acostado con trece hombres y que ha
tenido un hijo desde la última vez que él me vio! ¡Pobre caballero! ¿Qué es lo
que va a hacer?» Después de hacerme estos reproches continué pensando: «Pero si
he de ser su esposa, si es la voluntad de Dios concederme su gracia, pro-meto
ser para él una esposa fiel y amarle, correspondiendo al extraño exceso de
pasión que él siente por mí. Me enmendaré en lo presente, en lo que él pueda
ver, por los engaños y las afrentas que he hecho recaer sobre el infeliz, y que
él no ha visto.»
El esperaba con impaciencia que yo saliera de mi habitación,
pero como tardara en hacerlo, bajó por la escalera y se puso a hablar con el
posadero acerca del párroco.
El posadero, que era un individuo entremetido aunque lleno de
buenas intenciones, había ya mandado a buscar al clérigo de la vecindad, y
cuando mi caballero empezó a hablar del asunto y le dijo que quería ir a verlo,
le dijo:
-Caballero, mi amigo el clérigo está va en casa.
Y acto seguido se lo presentó.
Mi amigo le preguntó si tendría inconveniente en unir en
matrimonio a una pareja de forasteros, que estaban dispuestos a casarse
voluntariamente. El clérigo contestó que el señor... ya le había dicho algo del
caso y que esperaba que no se tratara de un asunto clandestino, aunque él le
parecía un caballero serio y tenía noticias de que su prometida no era ninguna
niña que necesitara el consentimiento de nadie.
-Para que no tengáis ninguna duda sobre el particular -le dijo
mi adorador-, leed este papel.
Y exhibió la licencia matrimonial.
-Estoy satisfecho -le dijo el clérigo-. ¿Dónde se encuentra la
dama?
-La veréis en seguida.
Después de decir esto, mi pretendiente empezó a subir por la
escalera a tiempo que yo salía de mi habitación. Me dijo que el clérigo estaba
abajo, que había hablado con él y que después de haber visto la licencia estaba
dispuesto a casarnos de buen grado.
-Pero quiere veros antes -añadió.
Y me preguntó si quería permitir que subiera.
-Ya habrá tiempo toda la mañana -repuse.
-Pero, ¿por qué, querida? Al principio parecía tener algunos
escrúpulos por si erais una muchacha arrebatada violentamente del hogar
paterno, pero yo le he asegurado que los dos teníamos la edad suficiente para
no necesitar otro consentimiento que el nuestro propio y entonces ha sido
cuando ha dicho que deseaba veros.
-Bien, haced lo que queráis -contesté.
Entonces hicieron subir al clérigo, que era un señor jovial y
bonachón. Parece ser que le habían dicho que nos habíamos encontrado allí por
accidente, que yo llegué en la diligencia de Chester y mi caballero en un
carruaje propio con el que venía a mi encuentro, que debíamos haber coincidido
la noche anterior en Stony-Stratford, pero que no había podido ser por no haber
podido él llegar hasta allí. -
-Esto demuestra, caballero -dijo el clérigo-, que todas las
cosas malas tienen también su lado bueno. En este caso lo malo para vos ha sido
bueno para mí, porque si se hubiesen encontrado en Stony-Stratford, como
proyectaban, no habría tenido yo el honor de casaros. Posadero, ¿tenéis el
Common Prayer Book?
Yo di un respingo, haciendo como si me asustara.
-¿Qué quiere decir esto? -pregunté-. ¿Acaso pretendéis casarnos
en una posada y de noche?
-Señora, si es que queréis casaros en la iglesia, no hay
inconveniente alguno, pero os aseguro que el matrimonio será tan válido si se
celebra aquí como allí. Las reglas no nos obligan a casar en ningún otro lugar
que no sea la iglesia, pero si queréis hacerlo en ésta, os advierto que la
encontraréis tan concurrida de gente como si fuera una feria campestre. En
cuanto a la hora de la celebración, no tiene valor alguno en esta ocasión. No
olvidéis que nuestros príncipes se casaron en sus cámaras a las ocho y a las
diez de la noche.
Tardó algún tiempo en convencerme, porque yo hacía como si no
estuviera dispuesta a casarme en otro lugar que no fuera la iglesia, pero todo
era artificioso. Fingí por último que me convencían, y fueron llamados el
posadero, su mujer y su hija para que nos asistieran. El posadero hizo de padre
y de amanuense, todo en una pieza. Nos casamos y ello nos llenó de alegría,
aunque debo de confesar que los reproches que con anterioridad me había hecho
los veía agazapados muy cerca de mí y me arrancaban de vez en cuando un
profundo suspiro, cosa que mi nuevo esposo advirtió tratando de animarme y
pensando el pobre Nombré que yo albergaba algunas pequeñas dudas acerca del
paso que tan apresuradamente había dado.
Aquella noche nos divertimos en grande y, sin embargo, se
mantuvo todo en secreto en la posada, de manera que ni siquiera se enteraron
las criadas de la misma, pues fueron la posadera y su hija las que nos
atendieron no permitiendo que ninguna de las muchachas fuera al piso de arriba.
Nombré madrina de boda a la hija del posadero y solicitando a la mañana
siguiente los servicios de un comerciante, le regalé a la joven una colección
de lazos tan bonita como si la hubiera comprado en la ciudad, y enterándome que
en aquel pueblo hacían puntillas, obsequié a la madre con una pieza de encaje
de hilo para el tocado de la cabeza.
Una de las razones de que el posadero mantuviera aquella reserva
era porque no quería que el ministro de la parroquia se enterara de ello y lo
divulgara. Pero alguien debió de saberlo, pues a la mañana siguiente, muy
temprano, se nos obsequió con una cencerrada debajo de nuestras ventanas, y con
el clamor de todos los instrumentos de música que se pudieron encontrar en el
pueblo. El posadero ahuyentó de malos modos a los alborotadores asegurándoles
que antes de llegar allí ya estábamos casados y que, como habíamos sido
antiguos huéspedes suyos, celebrábamos en su casa la cena de bodas.
Al día siguiente no teníamos fuerza para movernos, porque no
habiendo dormido mucho gracias a la cencerrada, nos encontrábamos soñolientos
hasta el punto de permanecer en la cama hasta casi las doce.
Rogué al posadero que se preocupara de que no nos dieran más
conciertos ni cencerradas y se las compuso tan bien que en lo sucesivo nos
dejaron en paz. Pero entonces ocurrió un extraño incidente que interrumpió por
algún tiempo mi alegría. La habitación principal de la casa daba a la calle, y
mientras mi esposo se hallaba en la planta baja, me dirigí a un extremo de la
estancia y abrí la ventana, pues el tiempo era bueno y caluroso. Cuando me
hallaba de pie ante ella respirando un poco de aire fresco, vi llegar tres
señores a caballo que se dirigían a la posada donde estábamos. ¡Uno de ellos
era mi esposo de Lancashire! Sentí un terror de muerte y una consternación como
nunca había experimentado en mi vida. Se me heló la sangre en las venas y me
puse a temblar como si fuera víctima de un ataque de fiebre intermitente. No
había duda alguna de que era él, pues reconocí su traje, su caballo y su
rostro.
La primera reflexión juiciosa que pude hacerme después de la
emoción inicial fue que mi esposo no se encontraba a mi lado para darse cuenta
de mi turbación, cosa que me tranquilizó un poco. Hacía poco que aquellos
caballeros se encontraban en la casa cuando se asomaron a la ventana de su
habitación, como es corriente hacer, pero la de la mía estaba ya bien cerrada
como pueden ustedes comprender. Sin embargo, no pude resistir la tentación de
espiarles por una rendija y volví a ver a mi antiguo esposo y oí cómo llamaba a
uno de los criados de la casa pidiéndole algo que necesitaba, y entonces tuve
la terrible confirmación de que, en efecto, era aquel a quien yo tanto temía.
Mi interés inmediato se centró en saber qué había venido a hacer
aquí, cosa, como se comprenderá, imposible de averiguar en aquel momento. A
veces en mi imaginación se forjaban una tras otra unas ideas horripilantes. Tan
pronto suponía que me había descubierto y que iba a venir a echarme en cara mi
ingrata conducta y mi ataque contra su honor como creía que subía la escalera
para abrumarme con los peores insultos. Me pasaban, pues, por la mente las
peores ideas y pensaba en las que podrían pasar por la suya si el diablo le
hubiese revelado lo cerca que me tenía.
En este estado de tensión estuve casi dos horas, sin quitar mi
vista de la ventana o de la puerta donde aquellos hombres estaban. Por fin oí
cierto bullicio en .4 pasadizo de la posada, y corriendo a la ventana pude ver,
con la consiguiente satisfacción, que los tres caballeros salían del mesón y
emprendían el camino hacia el Oeste. Si hubiesen ido hacia Londres, mi terror
no habría desaparecido, temerosa de que pudiera tropezarme con mi otro marido
por el camino y me reconociera. Al comprobar que se marchaban en sentido
contrario, la tranquilidad sucedió a mi trastorno anterior.
Decidimos que nuestra partida fuera al día siguiente; pero a eso
de las seis nos alarmó un gran alboroto en la calle, y vimos unos hombres que
corrían a caballo como si estuvieran locos. Nos enteramos que se trataba de una
alarma provocada por tres salteadores de caminos que habían realizado unos
atracos contra dos coches y contra algunos otros viajeros cerca de Dunstable
Hill, y parecía ser que había sido dado aviso de que habían estado en
Brickhill, en la posada donde nos encontrábamos.
Inmediatamente fue cercada y registrada la casa, pero había
suficientes testigos para declarar que aquellos hombres se habían marchado
hacía más de tres horas. Una gran muchedumbre nos rodeaba en aquellos momentos
y mi interés se concentró en mi otro marido. Entonces dije que aquellos hombres
no podían ser los que ellos buscaban, pues yo conocía a uno de ellos, que era
un caballero muy honrado, propietario de una buena ha-cienda en Lancashire.
El jefe de la Policía local, que había dado la alarma, fue
informado inmediatamente de lo que yo decía y vino a verme para oírlo de mi
boca. Le aseguré que había visto a los tres hombres cuando estaba en la
ventana, que después los vi por la ventana de la habitación en que almorzaban,
que más tarde los contemplé cuando montaban a caballo y que podía asegurar que
había identificado a uno de ellos como la persona que yo sabía que estaba en
buena posición y que era un caballero sin tacha de Lancashire, de donde yo
precisamente venía.
El acento de seguridad con que hice mi declaración contuvo los
ímpetus de la masa y produjo al jefe de Policía tanta satisfacción que, acto
seguido, ordenó la retirada diciendo a las gentes del pueblo que no eran
aquéllos los hombres que buscaban porque tenía una información según la cual se
trataba de unos honrados caballeros, y entonces todos se retiraron. La verdad
del asunto no la supe, pero, lo cierto era que de los coches habían sido
robadas, en Dunstable Hill, 560 libras en dinero. Además, algunos de los
mercaderes de encajes que solían viajar por aquel lugar también habían sido
atracados. En cuanto a los tres caballeros queda algo por explicar, pero lo
haré más adelante.
Bueno, aquella alarma nos detuvo allí otro día, aunque mi esposo
era partidario de no demorar el viaje diciéndome que después de un robo es
cuando es más seguro el camino, porque era seguro que los bandidos desaparecían
después de haber sido dada la alarma en el país. Pero yo me sentía temerosa e
inquieta, sobre todo a causa de que mi antiguo marido pudiera todavía hallarse
en la carretera y me reconociese.
Viví entonces los cuatro días seguidos más gratos de toda mi
vida. No fui en ellos más que una sencilla novia y mi nuevo esposo procuró por
todos los medios que todo estuviera a mi gusto. ¡Oh, si aquella situación
pudiera haber durado... ! ¡Cómo habría olvidado tu das mis inquietudes pasadas
y habría evitado futuras tristezas! Pero tenía un pasado demasiado turbulento y
de él tenía que dar cuenta, lo mismo en esta vida que en la otra. Nos marchamos
el quinto día, y el posadero, al darse cuenta de mi inquietud, montó a caballo
con su hijo y tres honrados vecinos del pueblo, provistos todos de buenas armas
de fuego, y sin decirnos nada siguieron detrás del coche hasta vernos seguros
en Dunstable. No pudimos por menos que agasajarles como se merecían en aquella
localidad, lo que costó a mi esposo unos diez o doce chelines, porque también
dio algo a los hombres por el tiempo que habían perdido, aunque el posadero no
quiso admitir nada.
Este fue el suceso más feliz que pudo haberme acontecido,
porque, de haber llegado a Londres sin haberme casado, hubiera tenido que
recurrir a él la primera noche de alojamiento, descubriéndole que no tenía ni
una sola amistad en toda la ciudad que pudiera recibir a una pobre novia.
Estando va casada, no podía ya tener inconveniente en ir directamente a su casa
con él y tomar posesión de un hogar muy bien amueblado. Tenía un esposo en muy
felices circunstancias y esto me aseguraba la perspectiva de una vida tranquila
si sabía comportarme bien. Entonces tuve ocasión de meditar acerca de la
existencia que parecía que iba a llevar. ¡Qué diferente era de la vida absurda
e irregular que había llevado hasta entonces... ! ¡Cuánto más digna es una vida
de virtud y de bondad que la que yo había considerado una vida de placer... !
¡Oh, si aquella etapa feliz de mi vida hubiera podido durar, o
si yo hubiera podido aprender lo que valía durante el tiempo que disfruté de
ella! No hubiera vuelto a caer en la pobreza, que es el castigo seguro de la
virtud, y hubiera sido la más dichosa de las mujeres no sólo en aquellos
momentos, sino siempre. Pero sucedió que al iniciar aquella existencia yo era
realmente una penitente de toda mi vida pasada. Miraba hacia atrás con
repug-nancia y puedo decir que me odiaba a mí misma por ello. Muchas veces
reflexionaba de qué manera mi amante de Bath, tocado por la mano de Dios, se
había arrepentido y me había abandonado negándose a verme más, aun cuando fuera
extremado el amor que por mí sentía. Y aguijoneada por el peor de los demonios,
que es la miseria, yo había vuelto a mis prácticas indignas y me había
aprovechado de lo que llamaban mi lindo rostro para entregarme otra vez al
vicio.
Ahora parecía haberme refugiado en un puerto seguro, después de
la tempestuosa travesía de mi vida pasada y comencé a dar las gracias por mi
liberación. Permanecía muchas horas sentada a solas llorando ante el recuerdo
de las locuras pasadas y las terribles extravagancias de una vida desordenada,
y llegaba a veces a adularme a mí misma diciéndome que estaba sinceramente
arrepentida.
Pero hay tentaciones que no están en el poder de la naturaleza
humana resistirlas y pocos saben cómo se comportarían si se vieran arrastrados
hacia ellas. Así como la ambición es la raíz de todo mal, la miseria es, a mi
juicio, la peor de todas las asechanzas. Pero debo dejar estas divagaciones
para dar cuenta de un hecho fatal que había de volver a torcer el rumbo de mi
existencia.
Yo vivía con mi esposo con la mayor tranquilidad. El era un
hombre tranquilo, sentimental, sobrio, virtuoso, modesto y sincero, y justo y
diligente en sus asuntos. Aunque éstos no eran de gran envergadura, nos
bastaban para llevar una vida de como-didades con los ingresos que conseguía.
No quería vivir con boato ni figurar, como dice el mundo. No lo esperaba ni lo
deseaba, porque odiaba las ligerezas y las extravagancias de mi pasado, así es
que había elegido una vida retirada, frugal y centrada en nosotros mismos. No
tenía amistades ni hacía visitas y me dedicaba a mi esposo, lo que constituía
un placer para mí.
Vivimos un ininterrumpido período de bienestar y de alegría
durante cinco años, cuando de repente un golpe que descargó una mano casi
invisible destrozó mi felicidad y volvió a arrojarme a la calle en unas
condiciones que eran todo lo contrario de lo que yo hasta entonces había estado
disfrutando.
Habiendo confiado mi esposo, a uno de sus compañeros de trabajo,
una cantidad de dinero demasiado importante para que nuestra situación nos
permitiera soportar su pérdida, el empleado lo engañó y aquello pesó de una
manera abrumadora sobre él: La cosa no hubiera sido tan grave si mi marido
hubiera tenido el valor de enfrentarse con su infortunio, pues el crédito de
que gozaba era tan bueno que, como yo le dije, hubiera podido reponerse pronto
de aquel quebranto, pero acobardarse ante la desgracia es tanto como doblar su
peso, y el que piensa que ha de costarle la vida, muere sin remisión.
Fue en vano que yo le hablara tratando de. consolarle. La herida
había profundizado en él, como una puñalada que tocase los puntos más vitales
de su ser. Se sintió inmerso en gran melancolía y desconsuelo y entró en un
estado de letargo hasta que falleció. Aunque me temía aquel golpe, mi alma
sintió una gran opresión, pues me daba cuenta de que si él se moría yo estaba
perdida.
Había tenido de él dos hijos y no más porque, a decir verdad, yo
ya había entrado en la edad en que no pueden tenerse más hijos. Tenía cuarenta
y ocho años y supongo que si él hubiese vivido tampoco habría vuelto a estar
embarazada.
Me vi sola en una situación verdaderamente triste y lamentable y
en algunos aspectos me sentí peor que nunca. En primer lugar había pasado el
tiempo florido en que podía esperar ser cortejada como mujer. Esta agradable
parte de mi ser había entrado en la declinación y solamente quedaban ruinas de
lo que fui y, lo que todavía era peor que esto, era la criatura más abatida y
desconsolada. Yo que había animado a mi esposo y había tratado de sostener su
espíritu ante la desgracia, no podía soportar la mía propia. Hubiera deseado
poseer en el infortunio aquel ánimo que tantas veces le había dicho a él que
era necesario tener para soportar la adversidad.
Mi caso no podía ser ciertamente más deplorable, porque me quedé
absolutamente sin amistades y sin ningún apoyo, y la pérdida que mi esposo
había sufrido redujo mis posibilidades económicas a un extremo que, aunque en
realidad no debía nada a nadie, podía prever fácilmente que con lo que me
quedaba no podría mantenerme mucho tiempo, pues mientras gastaba en mi
subsistencia no tenía ningún medio de que mis reservas aumentaran en un solo
chelín. Así, pues, no veía ante mí más que una terrible zozobra, y esto se
presentaba en mi imaginación con un aspecto tan claro que parecía que ya había
llegado hasta mí lo que tan cerca estaba. Mis aprensiones duplicaban mi
desdicha, pues me imaginaba que cada moneda de seis peniques que pagaba por una
hogaza de pan era la última que iba a tener en el mundo y que el día siguiente
tendría que ayunar y que acabaría muriéndome de hambre.
En mi desventura no contaba con ninguna asistencia ni ningún
amigo que me consolara o aconsejara. Permanecía sentada llorando y
atormentándome noche y día, retorciéndome las manos y algunas veces desvariando
como si me hubiese vuelto loca. Realmente a veces me preguntaba si todo aquello
no habría afectado mi razón, y mi melancolía llegaba a tales extremos que mi
inteligencia se perdía en fantasía y en ideas absurdas. En esta triste
situación viví dos años, gastando lo poco que tenía, llorando continuamente sobre
mis penosas circunstancias, como si estuviera desangrándome hasta morir, sin la
menor esperanza de ayuda de Dios y de los hombres. Y cuando había llorado tanto
y tan a menudo que tenía, como puede decirse, agotadas mis lágrimas, empecé a
sumirme en la más profunda desesperación porque iba quedándome rápidamente sin
dinero.
Para tener un poco de alivio había levantado mi casa y había
alquilado una habitación. Al ir reduciendo mi tren de vida, fui vendiendo la
mayor parte de las cosas que poseía, lo que me proporcionó un poco de dinero.
Con ello viví un año más, a base de la más extremada economía y escatimándolo
todo hasta un extremo increíble. Así, cuando miraba ante mí sentía paralizarse
mi corazón ante la inevitable aproximación de la necesidad y la miseria. Que
nadie lea esta parte de la historia de mi vida sin reflexionar sobre las
circunstancias de un tal estado de desolación y sin pensar en lo que haría ante
la falta de amigos y de pan. Nadie podría en semejante estado dejar de ahorrar
lo poco que tuviera y de elevar al mismo tiempo los ojos al cielo pidiendo
ayuda: «No me hundáis en la miseria a fin de evitarme tener que robar.»
Las épocas de apuros son épocas de terribles tentaciones en las
que se pierden las fuerzas para resistirlas. La miseria abruma, el alma se sume
en la desesperación con el infortunio y en estas condiciones ¿qué puede
hacerse? Una noche, en la que puede decirse que había llegado a las últimas
boqueadas y que puedo asegurar que me sentía como enloquecida y delirante, me
impulsó no sé qué espíritu y sin saber lo que hacía me vestí, puesto que
todavía tenía unos vestidos bastante buenos, y salí. Estoy segura de que lo
hice sin ningún designio determinado. No sabía a dónde iba a ir ni pensé qué
iba a hacer. Fue sin duda el diablo quien me hizo salir, tentándome, pues ni
siquiera sabía lo que hacía.
Dando vueltas sin rumbo, no sé por qué lugares, pasé por delante
de una farmacia que había en Leadenhall Street, y vi que encima de un taburete,
colocado al lado del mostrador, había un pequeño lío envuelto en una tela
blanca. Junto a él, dándole la espalda, se veía una sirvienta que miraba al
fondo del establecimiento, donde un mancebo de botica hallábase detrás del
mostrador, también de espaldas a la puerta, buscando, con una vela en la mano,
algo que había en la parte superior de la estantería. Los dos estaban
distraídos, y en la tienda no había nadie más.
Aquél era el cebo y el diablo, que, como he dicho, preparó la
emboscada, me tentó como si hablara, porque recuerdo y nunca lo olvidaré, que
oí una voz que me decía, detrás de mí: «Toma ese envoltorio, de prisa, ahora
mismo.» No había acabado de oírlo cuando entré en la farmacia y dando mi
espalda a la muchacha, como si estuviera contemplando un carro que pasaba por
allí, me llevé las manos a la espalda, cogí el lío y salí sin que nadie me
viera.
Es imposible expresar el horror que experimentaba mientras hacía
aquello. Cuando salí de la botica no tenía fuerzas para correr y apenas para
andar. Crucé la calle y doblé la primera esquina que vi, que creo que era una
calle que iba a dar a Fenchurch Street. Desde allí volví a cruzar tantas calles
y a doblar tantas esquinas que no podía saber qué camino recorría ni hacia
dónde iba. Apenas sentía el suelo en que posaba mis pies, y cuanto más alejada
me sentía del peligro más de prisa iba, hasta que, rendida y con la respiración
entrecortada, me vi obligada a sentarme en un banco que había junto a una
puerta. Allí empecé a reponerme un poco y me di cuenta de que había llegado a
Thames Street, cerca de Billingspate. Estuve descansando un rato y después
reanudé mi camino. Me ardía la sangre y el corazón me palpitaba como si hubiera
recibido un susto. En una palabra, me hallaba en tal estado de atolondramiento
que no sabía donde iba ni lo que hacía.
Después de haberme cansado de aquella manera durante un
interminable paseo lleno de emociones, empecé a pensar en volver a mi
alojamiento, a donde llegué a eso de las nueve de la noche.
Me era imposible saber de dónde procedía aquel envoltorio ni por
qué circunstancias se hallaba en el lugar en que lo encontré. Cuando lo abrí
aparecieron unas ropas de sobrepaso de buena calidad, casi nuevas, adornadas
con unos encajes muy finos, una escudilla de plata, una jarrita del mismo
metal, seis cucharillas, un poco más de ropa, una camisa de mujer, tres
pañuelos de seda y dentro de la jarrita, envueltos en un papel, dieciocho
chelines y seis peniques en metálico.
Mientras iban apareciendo todas estas cosas yo me iba
encontrando en un estado terrible de miedo físico y de terror mental, a pesar
de que me sintiese completamente a salvo, que me es imposible expresarlo con
palabras. Me senté y me puse a llorar con la mayor vehemencia. «Señor -me
dije-, ¿qué es lo que soy ahora? ¡Nada más que una ladrona! La próxima vez me
atraparán y me llevarán a Newgate, donde seré juzgada y condenada a muerte.»
Con todo esto volví a llorar amargamente mucho rato, y estoy segura de que, a
pesar de lo pobre que era, si no hubiese sido por el miedo que sentía, hubiera
ido a dejar aquellas cosas en el lugar en que las había encontrado, pero fue
una idea que, no tardé en desechar de mi mente. Aquella noche dormí poco. El
horror de lo que había hecho pesaba sobre mi alma y no supe nunca lo que dije
ni lo que hice aquella noche ' ni el día siguiente. Estaba impaciente por oír
alguna noticia de la pérdida de aquellos objetos y deseaba ardientemente saber
si pertenecían a una persona pobre o rica. Pensé que tal vez eran de una pobre
viuda, tan pobre como yo, que las había empaquetado para ir a venderlas y de
esta manera tener un poco de pan para ella y para un pobre niño, que ahora
estaban pasando hambre y sumidos en la desesperación por la falta del poco
dinero que con la venta podrían haber obtenido. Aquella idea me atormentó
durante tres o cuatro días.
Pero mis propias desventuras acallaron aquellas reflexiones y
las perspectivas de mis necesidades, que se agravaban terriblemente cada día
que pasaba, endureció poco a poco mi corazón. Pesaba especialmente sobre mi
alma el pensamiento de que creía haberme reformado, arrepentida de mis pasadas
maldades, durante los años que llevé una existencia juiciosa, seria y retirada.
Ahora me había sentido impulsada a hacer lo que hice por la espantosa situación
en que creía hallarme, a las puertas de la destrucción del cuerpo y del alma.
Dos o tres veces me arrodillé preguntando a Dios con el mayor fervor qué podía
hacer, para lograr mi liberación, pero no puedo decir otra cosa sino que en mis
rezos no había esperanza. No sabía qué hacer. Tenía miedo y reflexioné que mi
arrepentimiento por mi existencia pasada no debía de haber sido bastante
sincero y que por ella el Cielo empezaba a castigarme en este mundo, firmemente
decidíido, al parecer, a que fuera tan miserable como malvada había sido.
De haber continuado pensando así, tal vez me hubiera convertido
en una verdadera penitente, pero dentro de mí se albergaba un mal consejero que
me acuciaba continuamente a buscar un remedio a mi situación empleando los
peores medios. Así, una tarde me volvió a tentar con el mismo malvado instinto
de cuando me dijo: « ¡Coge ese envoltorio! », y me hizo salir de mi casa
buscando algo a que echar mano.
Era aún de día y anduve al azar no sé por dónde y en busca de no
sabía qué, cuando el demonio puso en mi camino una tentación verdaderamente
terrible, que ni antes ni después tuve. Cuando pasaba por Aldersgate Street vi
una linda niñita que había asistido a una escuela de baile y que se dirigía
sola hacia su casa. Entonces mi instigador, como un verdadero ángel malo, me
empujó hacia aquella criatura. Hablé con ella y ella habló de buena gana
conmigo. Cogiéndola de la mano, la llevé hasta una callejuela pavimentada que
desemboca en Bartholomew Close. La niña me dijo que aquél no era el camino de
su casa y yo le contesté:
-Sí lo es, querida. Confía en mí que yo te enseñaré el camino de
tu casa.
La niña llevaba puesto un collar de cuentas de oro, en el que yo
tenía puestos mis ojos, y en la oscuridad de la callejuela me agaché con el
pretexto de que se le había desatado una chancleta y entonces le quité
hábilmente el collar sin que se diera cuenta de ello y volví a cogerle la mano.
Me incitó entonces el demonio a que matara a la niña en aquella sombría
calleja, por si se ponía a gritar si se- enteraba del despojo, pero el solo
pensamiento de ello me llenó de horror, así que tuve la fuerza suficiente para
alejar de mí aquella tentación. Dirigiéndome a la niña le dije que debía de
volver sobre sus pasos, porque, en efecto aquel no era el camino de su casa. Me
dijo que así lo haría, y entonces me fui hasta Bartholomew Close y, dando la
vuelta por otro pasaje que desemboca en Long Lane, no tardé en llegar a
Charterhouse Yard saliendo a St. John's Street. Después, cruzando por
Smithfield, anduve por Chick Lane hasta que, pasando por Field Lane, no tardé
en desembocar en Holborn Bridge. Allí, mezclándome con la densa muchedumbre que
discurre por el lugar, no era posible que me descubrieran. Con esta hazaña
termi
nó mi segunda salida al mundo.
El pensamiento sobre este botín anuló el del anterior y las
reflexiones que me hacía no tardaron en disipar mis escrúpulos.
La pobreza, como ya he dicho, endurecía mi corazón y mi
necesidad me hacía mirar con indiferencia la de los demás. El último asunto no
me produjo ninguna preocupación porque no hice a la niña daño alguno y en
cambio había dado a los padres una lección para que no dejaran que volviese
sola a su casa y para que aprendieran a obrar en lo sucesivo con mayor
prudencia.
El hilo de cuentas de oro valía unas doce o catorce libras.
Supuse que debió ser primero de la madre, porque las cuentas eran demasiado
gruesas para un collar de niña, pero quizá la vanidad de la madre de que su
hija lo luciera en la escuela de baile hizo ponérselo. Sin duda debió de enviar
a alguna criada a buscar a la criatura y a cuidar de ella, ,pero la negligente
muchacha tal vez se tropezó con algún individuo en su camino por lo que la
pobre criatura empezó a vagar sola hasta caer en mis manos.
Sin embargo, como he dicho, no le hice ningún daño y ni siquiera
la asusté, porque todavía albergaba tiernos pensamientos y puedo asegurar que
yo no hubiera cometido aquella tropelía de no sentirme impulsada por la
necesidad.
Después de éstas tuve muchas otras aventuras, pero como era
novata en el oficio no sabía cómo bandearme a menos que el demonio me metiera
las cosas en la cabeza y verdaderamente debo de reconocer que nunca se mostró
remiso conmigo.
Hubo una aventura que tuvo un feliz resultado para mí. Iba por
Lombard Street en la oscuridad de la noche cuando, justamente al final de Three
King Court, vi venir hacia mí a un sujeto con la velocidad del rayo, que dejó
caer, precisamente detrás de mí, un paquete que llevaba en la mano.
Yo me encontraba en la esquina de la calleja. Al tirar el
paquete, el hombre me dijo:
-Dejadlo ahí un momento, señora, y que Dios la bendiga.
Y siguió corriendo con la velocidad del viento.
Tras él aparecieron corriendo dos o tres hombres más, y des
pués, un joven con la cabeza descubierta que iba gritando: -¡A
ellos! ¡Ladrones!
Después llegaron dos o tres hombres más y perseguían a los
anteriores con tanto empeño que aquéllos se vieron obligados a tirar lo que
llevaban. Cogieron a uno, pero el otro se pudo escapar.
Pregunté repetidamente qué pasaba, pero la gente eludía
contestarme y yo no quise ser indiscreta insistiendo. Cuando aquella
muchedumbre hubo pasado, llegó mi oportunidad de dar la vuelta y coger el
paquete que tenía detrás de mí, marchándome rápidamente del lugar. Lo hice con
menos perturbación que en ocasiones anteriores porque aquello no lo había
robado yo, sino que había sido robado por otros para que fuera a mis manos.
Llegué sin novedad a mi alojamiento con aquel paquete, que contenía una pieza
de fina seda negra y otra de terciopelo de seda. La última no era en realidad
más que una parte de una pieza y media, unas once yardas, pero la primera era
una pieza completa de casi cincuenta yardas. Parece ser que procedían de la
tienda de un mercero que había sido saqueada, y digo saqueada porque era muy
considerable el número de mercancías que habían sido robadas en ella y también
bastantes las que se recuperaron, que creo llegaron a seis o siete piezas
completas de seda. No sé cómo pudieron llevarse tantas cosas, pero lo cierto
era que yo no hice más que robar a un ladrón, por lo que no tuve el menor
escrúpulo en quedarme con aquellas mercancías y experimentar por ello una gran
satisfacción. Hasta entonces había tenido mucha suerte y me metí en varias
aventuras más, que aunque no me proporcionaron grandes beneficios tuvieron
éxito. Pero a pesar de ello andaba siempre con el temor de que me sobreviniese
cualquier daño y que pudiera llegar con el tiempo a ser ahorcada. La impresión
que este último pensamiento produjo en mí fue demasiado fuerte para que pudiera
resistirla y me contuve de llevar a cabo algunos intentos a pesar de que sabía
que el riesgo era pequeño.
No quiero dejar de relatar un episodio que constituyó para mí un
gran acicate durante muchos días. Solía pasear por los pueblos que hay
alrededor de la capital para ver si encontraba algo que pudiera convenirme. Al
pasar por delante de una casa cerca de Stepney, vi sobre la ménsula de una
ventana dos sortijas, una pequeña de diamantes y, la otra un sencillo aro de
oro, dejadas allí por alguna señora imprudente, seguramente con más dinero que
previsión, y quizás abandonadas allí solamente., durante el tiempo de lavarse
las manos.
Pasé algunas veces por delante de aquella ventana para ver si
había alguien dentro de la habitación, pero no había nadie. Para estar más
segura se me ocurrió dar unos golpecitos en el cristal, como si quisiera llamar
la atención de alguien. En caso de que hubiera alguna persona se acercaría a la
ventana y entonces le aconsejaría que quitara de allí aquellas sortijas porque
había visto a dos sujetos de mala catadura que se estaban fijando mucho en
ellas. Fue una hábil estratagema. Repiqueteé dos o tres veces, pero no acudió
nadie y viendo entonces que la cosa aparecía despejada, me recliné con fuerza
contra el rectángulo de cristal, el cual se rompió haciendo poco ruido; me
apoderé de las dos sortijas y me marché con ellas sin riesgo alguno. La de
diamantes valía unas tres libras y la otra unos nueve chelines.
Anduve entonces buscando con empeño un mercado donde dar salida
a mis mercancías y en especial a las dos piezas de seda. Me repugnaba
desprenderme de ellas por poco dinero, como hacen por lo general los ladrones
poco experimentados, que después de haber arriesgado sus vidas por un objeto de
positivo valor, se desprenden de él por una bagatela. Estaba decidida a no
hacer tal cosa, pasara lo que pasara, a no ser que me viera reducida a la más
extrema necesidad. Sin embargo, no sabía a punto fijo qué camino tomar. Por
último decidí dirigirme a mi antigua maestra y volver a relacionarme con ella.
Mientras pude le envié siempre puntualmente las cinco libras anuales para mi
hijo, pero llegó un momento en que hube de suspender los envíos. Sin embargo,
le escribí una carta en la que le explicaba las circunstancias difíciles en que
me encontraba desde la pérdida de mi esposo y le rogaba que hiciera todo lo que
pudiera para que el niño no sufriese demasiado a consecuencia de los
infortunios de su madre.
Le hice una visita y vi que todavía se dedicaba a su antiguo
negocio, en parte, aunque no en las florecientes condiciones de antes. Parece
ser que había sido demandada judicialmente por un caballero al que había robado
una hija. Ella aparecía complicada en el rapto y a duras penas escapó de ir a
presidio. Los gastos que tuvo que hacer la dejaron muy pobre. Su casa estaba
amueblada con la más extrema sencillez y ya no gozaba de la reputación de
antes. No obstante, todavía continuaba aguantando el tipo, como vulgarmente se
dice, y como era una mujer activa y muy lista, con lo poco que le quedó, se
dedicó a prestar dinero y gracias a esto vivía últimamente bastante bien.
Me recibió muy amablemente y con las mismas serviciales maneras
de siempre, diciendo que no sentía menos consideración por mí por verme en mala
situación, que se había preocupado de que mi hijo estuviese bien cuidado aunque
yo no pagase por él, y que la mujer que lo tenía era condescendiente y que no
debía de preocuparme por el niño hasta que pudiera ocuparme de él de una manera
efectiva.
Le dije que no tenía mucho dinero, pero que me quedaban algunas
cosas de valor, y le pregunté si podía decirme cómo me las había de arreglar
para convertirlas en dinero contante y sonante. Me preguntó qué era lo que
tenía y entonces saqué el hilo de cuentas de oro, que le dije era uno de los
regalos que me había hecho mi esposo, y luego le mostré las dos piezas de seda,
que; aseguré haber recibido de Irlanda e introducido en la ciudad. Por último
le hice ver la sortija de diamantes. En cuanto al pequeño paquete de la
escudilla y de las cucharillas ya había encontrado la oportunidad de vnder algo
y respecto a la ropa de sobreparto me ofreció quedársela creyendo que la había
usado yo. Me dijo que se había convertido en prestamista y que me compraría
aquellos objetos, pero quedándoselos como si fueran empeñados. Después envió a
buscar a los agentes que tenía, los cuales, a su vez, se las compraron a ella
sin el menor escrúpulo pagándole buenos precios.
Empecé a pensar que aquella mujer podría ayudarme un poco, dada
la lamentable situación en que me encontraba, para poder dedicarme a algo, pues
gustosamente hubiera echado mano de cualquier ocupación honrada que hubiese
tenido a mi alcance. Pero en esto no era hábil y no sabía aprovechar las
ocasiones que pasaban por mi lado. De haber sido más joven, quizás esto me
hubiera ayudado a brillar, pero ya no podía pensar en llevar cierto género de
vida después de haber cumplido los cincuenta años, como era mi caso, y así se
lo hice saber a la que seguía llamando mi maestra.
Me invitó a ir a vivir a su casa, hasta que encontrara trabajo,
pagando muy poca cosa, lo que acepté de mil amores. Y así, pudiendo vivir sin
apuros, tomé ciertas disposiciones relacionadas con el niño que hube de
abandonar para casarme con mi último esposo, cosa que ella me facilitó
diciéndpme que pagara las cinco libras anuales solamente en el caso de que me
encontrara en condiciones de hacerlo. Todo aquello me sirvió de mucha ayuda
durante una corta temporada, abandonando las actividades dolosas que había
emprendido recientemente. De muy buena gana hubiera tratado de ganarme el pan
con la aguja, si pudiera haber encontrado trabajo de esta clase, cosa difícil
para quien, como yo, carecía de amistades.
No obstante, encontré trabajo para confeccionar colchas, batas
de señora, enaguas y cosas por el estilo. Me adapté bien a este trabajo en el
que puse todo mi empeño y con él empecé a vivir honradamente. Pero el diligente
demonio que había decidido que continuara a su servicio, me tentaba
continuamente para que saliera a dar un paseo, esto es, a ver si encontraba
algunas de las cosas que solía encontrar antes.
Una noche obedecí ciegamente a sus requerimientos y efectué un
largo recorrido por las calles, pero sin encontrar nada que valiera la pena,
así es que volví a casa fatigada y con las manos vacías. No contenta con ello,
salí también la noche siguiente y al pasar por delante de una cervecería vi
abierta la puerta de una pequeña habitación que había en ella, al lado mismo de
la puerta de la calle, y sobre una mesa vi una jarra de cerveza de plata, cosa
que era corriente en las tabernas de aquel tiempo. Parecía como si unos
clientes hubieran estado allí bebiendo y los negligentes muchachos de servicio
se hubieran olvidado de retirar el servicio.
Entré tranquilamente en la habitación, puse la jarra en un
rincón del banco, me senté a su lado y llamé golpeando el suelo con el pie. Se
presentó un muchacho al que pedí que me sirviera una pinta de cerveza tibia,
pues el tiempo era frío. El chico se fue y pude oír cómo bajaba a la bodega en
busca de lo que le había pedido. A poco de marcharse aquél entró otro muchacho
en el cuartito y me preguntó:
-¿Llamabais, señora?
-No, hijo mío -le contesté adoptando cierto aire resignado-. Ya
ha ido el otro chico a buscarme una pinta de cerveza.
Mientras permanecía allí, oí que la mujer del mostrador
preguntaba:
-¿Se fueron ya los del cinco?
Este era el cuarto en que yo estaba sentada. -Sí -contestó el
muchacho.
-¿Quién retiró la jarra? -preguntó la mujer del mostrador. -Yo
-contestó otro dependiente-. Ahí está. Y señaló equivocadamente una jarra que
había retirado de otro
cuarto. O tal vez era que se había olvidado de que no la había
retirado, cosa que indudablemente no hizo.
Escuché todo esto con la mayor satisfacción, porque me probaba
que la jarra en cuestión no había sido echada en falta, pues creían de buena fe
que había sido recogida. Al marcharme le dije al dependiente:
-Ten cuidado con la vajilla, muchacho.
Me refería al vaso de plata en que había bebido mi cerveza. El
chico me contestó:
-Sí, señora.
Después de esto no tardé en desaparecer.
Llegué a casa de mi maestra y pensé que había llegado el momento
de hacer un tanteo por si se presentaba algún peligro y podía contar con su
ayuda. Unos momentos después tuve ocasión de hablar con ella y le dije que
tenía un secreto de la mayor im-portancia que le confiaría si me prometía
guardarlo.
Me contestó que habiendo ya guardado fielmente uno de mis
secretos, no había ninguna razón para no hacer lo mismo con otro. Le conté,
pues, todas las cosas extrañas que me habían suce dido y que me habían
convertido en una ladrona, sin la menor inclinación por mi parte para serlo y
por último le expliqué la historia de la jarra.
-¿La habéis traído con vos, querida? -me preguntó.
-Desde luego -contesté enseñándosela-. Y no sé qué hacer. ¿Debo
devolverla?
-¡Devolverla! -exclamó-. Hacedlo si lo que queréis es que os
envíen a Newgate por haberla robado.
-¿Cómo es eso? ¿Pueden ser tan ruines que me hagan detener si se
la devuelvo?
-No conocéis a esa gente, niña mía. No solamente os llevarán a
Newgate, sino que harán que os ahorquen sin ningún miramiento a pesar de
haberla devuelto, o harán un recuento de todas las jarras que puedan haber
perdido y os las harán pagar.
-¿Qué he de hacer, pues? -pregunté.
-Nada. Ya que habéis tenido la habilidad de robarla debéis
quedaros con ella. Nada de pensar en su devolución. Además, hija mía, ¿no la
necesitáis por ventura más que ellos? Os deseo que podáis dar con una ganga
semejante una vez por semana.
Esto me hizo formar un nuevo concepto de mi maestra. Desde que
se había hecho prestamista, tenía a su alrededor una clase de personas qué no
eran las honradas con que se había tratado antes. No había de permanecer mucho
tiempo allí sin descubrir, más claramente que antes, que le llevaban
empuñaduras de espada, cucharas, tenedores, jarras y otros objetos, no para ser
empeñados sino para ser vendidos, y que ella compraba todo lo que le llevaban
sin preguntar nada y haciendo muy buenos negocios, según se desprendía de su
conversación.
Siguiendo el curso de este negocio me enteré también de que
fundía inmediatamente todas las cosas que compraba para que no pudieran ser
identificadas. Una mañana vino a verme diciéndome que se disponía a fundir y
que si yo lo deseaba, incluiría también mi jarra para que nadie pudiese verla.
Le dije que accedía con mucho gusto y entonces la pesó y me dio el valor de la
plata que contenía, aunque me di cuenta de que no hacía lo mismo con el resto
de sus clientes.
Algún tiempo después de esto, un día me encontraba trabajando melancólicamente
cuando empezó a preguntarme qué era lo que me ocurría, como solía hacer. Le
dije que estaba muy triste, que tenía poco trabajo y nada con qué vivir y que
no sabía qué camino tomar. Ella se echó a reír y dijo que lo que tenía que
hacer era salir de nuevo para probar fortuna, pues tal vez pudiera tropezar con
alguna otra pieza de plata.
-¡Oh, señora! -le contesté-. Se trata de un oficio para el que
no tengo habilidad y no tardarán en cogerme y estaré perdida.
-Yo puedo proporcíonaros una instructora que os hará tan diestra
como ella misma.
Yo me eché a temblar al oír aquella proposición porque hasta
aquel momento no había tenido cómplices ni contacto con los de semejante ralea.
Pero ella supo vencer todos mis escrúpulos y todos mis temores. Y en poco
tiempo, con la ayuda de aquella cómplice me convertí en una ladrona
desvergonzada, tan hábil como pudo haberlo sido Moll Cutporse , aunque, si la
fama no miente, no fuera tan primorosa como ella.
Mi cómplice me dio lecciones sobre tres clases de robos, a
saber, el de «mechera», o robo de artículos en las tiendas aprovechando
descuidos de los dependientes; el que se efectuaba en librerías o libros de
bolsillo; y el arte de sustraer los relojes de oro que las mujeres llevaban
prendidos de un costado. Este último lo practicaba ella con tanta habilidad que
ninguna mujer llegó a hacerlo mejor. De estas modalidades me gustaban la
primera y la última y durante algún tiempo me estuvo enseñando a practicarlas
como un profesor enseña a una comadrona y sin cobrarme nada.
Por último me puse en acción. Me había enseñado su arte a la
perfección y varias veces lo practiqué desenganchando un reloj de su costado
con la mayor destreza. Me señaló como mi primera víctima una joven señora
embarazada que llevaba un reloj precioso. El robo lo llevé a cabo cuando ella
salía de la iglesia. Me hizo ponerme al lado de la señora y cuando ella llegaba
al principio de la escalera mi instructora hizo como que se caía y lo hizo
contra la dama con tanta violencia que le dio un gran susto-y las dos se
pusieron a gritar. En el preciso momento en que ella chocaba con la señora, yo
eché mano al reloj y sosteniéndolo en la forma adecuada, el ímpetu hizo que se
desenganchara sin que la interesada sintiera nada. Yo salí inmediatamente de
estampía dejando que mi instructora y la señora se repusieran de la conmoción
producida por el encontronazo y entonces fue cuando se advirtió la desaparición
del reloj.
-Han debido de empujarme unos pícaros para hacer la faena -dijo
mi instructora-. Si la señora se hubiese dado cuenta un poco antes de que le
faltaba, seguramente habríamos podido echarles mano.
Supo adaptarse tan bien a lo sucedido que nadie sospechó de
ella, y yo llegué a casa con una hora de antelación. Esta fue mi primera
aventura en compañía. El reloj era verdaderamente precioso y tenía unas piedras
incrustadas, y mi maestra nos dio por él veinte libras, de las cuales tuve la
mitad.
Me convertí en una perfecta ladrona, endurecida hasta por encima
de cualquier reflexión de conciencia o de pudor y llegando a un grado que nunca
creí posible alcanzar.
De esta forma el diablo, que empezó a empujarme hacia el mal
aprovechándose de mi intolerable miseria, me colocó a una altura por encima de
lo corriente cuando mis necesidades no eran ya tan grandes ni las perspectivas
de pobreza tan temibles. Entonces me dio la vena de trabajar, y como no era
torpe en el manejo de la aguja, probablemente, a medida que iba consiguiendo
amistades, hubiera podido ganarme muy bien la vida.
He de decir que si semejante perspectiva de trabajo se me
hubiese presentado al principio, cuando empecé a sentir que se aproximaba la
miseria, esto es, que semejante probabilidad de ganarme la vida honradamente
hubiera aparecido entonces, nunca habría caído en el malvado oficio en que
ahora estaba embarcada. Pero la práctica del delito me había endurecido y me
volví audaz hasta el último grado, lo que en gran parte era debido al hecho de
que después de tanto tiempo de actuar nunca había sido detenida. En una
palabra, mi socia y yo estuvimos practicando juntas una larga temporada sin ser
nunca descubiertas, lo que hizo que no solamente nos volviéramos más atrevidas,
sino que nos enriquecimos, pues llegó un momento en que tuvimos en nuestras
manos veintiún relojes de oro.
Recuerdo que un día, sintiéndome más reflexiva que de costumbre
y poseyendo ya un capital importante, pues mi parte llegaba casi a doscientas
libras en dinero, se produjo con gran intensidad en mi mente la idea, inspirada
sin duda, si es posible, por algún buen espíritu, de que si al principio la
pobreza me trastornó y me hizo caer en aquellos excesos, ahora que estaban
aliviadas mis calamidades y que podía también conseguir algo trabajando y tenía
un buen fondo en el Banco que podía servirme de base de sustentación, debía
cambiar de vida puesto que todavía estaba a tiempo. No podía esperar estar
siempre en libertad, y, cuando diera un mal paso y fuera detenida estaría
perdida.
Fue aquel, sin duda, un minuto feliz en mi vida, pues, de haber
prestado oídos a la bendita insinuación de donde viniera, todavía hubiese
tenido una posibilidad de llevar una vida normal. Pero mi destino estaba
trazado para que siguiera otro camino diferente.
El activo demonio que tan hábilmente me arrastraba me había
agarrado demasiado fuerte para que me fuera posible retroceder. De la misma
manera que fue la pobreza la que me hizo caer en el barro, la avaricia me
mantenía ahora en él y ya no tenía ninguna posibilidad de volverme atrás. A los
argumentos que mi razón me dictaba para convencerme de que debía abandonar todo
aquello, la avaricia se ponía en primer plano y me susurraba: «¡ Sigue, sigue!
Has tenido mucha suerte. Continúa hasta que llegues a tener cuatrocientas o
quinientas libras y entonces podrás retirarte sin tener que trabajar más en
toda tu vida.»
Así, pues, de la misma manera que había caído entre las garras
del demonio, me vi retenida en ellas como por un hechizo, y no tuve fuerzas
para poder salir de aquel círculo fatal hasta que acabé cayendo en un laberinto
de confusión del que no había ninguna posibilidad de escapar.
Sin embargo, estos pensamientos dejaron cierta impresión dentro
de mí y me hicieron actuar con un poco más de prudencia que antes, más de la
que los que me dirigían acostumbraban a tener. Mi cómplice, como yo la llamaba,
aunque debía de haberle dado el nombre de profesora, fue la primera en caer en
desgracia cuando iba acompañada de otra de sus discípulas. En el momento en que
iban a la caza de botín, intentando dar un golpe en casa de un pañero de
Cheapside, fueron sorprendidas por un jornalero y detenidas con dos piezas de
batista que fueron encontradas en su poder.
Esto fue suficiente para que fueran alojadas en Newgate y allí
tuvieron la desgracia de que salieran a la superficie algunos de sus antiguos
pecados. A consecuencia de ello se abrieron dos sumarios, y como los hechos
resultaron probados, las 'dos fueron condenadas a muerte. Para evitar la
ejecución, las dos alegaron estar embarazadas, aun cuando mi cómplice lo
estuviera tanto como yo misma.
Fui a verlas con frecuencia en su encierro condoliéndome del
trance en que se encontraban y pensando que tal vez me llegaría pronto el turno
a mí. Aquel lugar me llenaba de horror, considerando que era el lugar de mi
desdichado nacimiento y de los in-fortunios de mi madre, hasta el punto de no
poder soportarlo y de verme obligada a dejar de ir a verlas.
¡Oh, si su desgracia hubiera podido servirme de advertencia!
Todavía podía considerarme feliz de poder estar en libertad y de que no hubiese
nada contra mí. Pero aquello no era posible porque la copa de mi amargura no se
había colmado por completo.
Mi cómplice, sentenciada como delincuente habitual, fue
ejecutada. La joven que la acompañaba fue indultada de pena capital, pero aún
hubo de languidecer durante largo tiempo en prisión, y por último consiguió que
su nombre figurara en una amplia amnistía y salió a la calle.
El terrible ejemplo de mi cómplice me amedrentó
considerablemente y durante algún tiempo me abstuve de mis correrías, pero una
noche, en la vecindad de la casa de mi maestra, alguien dio la voz de «¡ Fuego!
». Mi maestra se asomó para ver lo que pasaba, pues todavía no nos habíamos
acostado, e inmediatamente se puso a gritar que estaba ardiendo la parte
superior de la casa de una, dama de los alrededores, como efectivamente era.
Entonces me dio un golpecito en el hombro y me dijo:
-He aquí una gran oportunidad que se os presenta, hija mía, pues
el fuego está tan cerca que podréis acercaros a él antes de que la calle quede
bloqueada por la gente. Id corriendo a la casa de la dama y decidle a ella o a
cualquier persona que encontréis, que vais en su ayuda en nombre de una amiga
suya que vive más arriba.
Y me dio el nombre de la amiga de la dueña de la casa
incendiada.
Salí y al llegar al lugar del siniestro me encontré que allí
todo era confusión como puede comprenderse. Entré precipitadamente y me tropecé
con una de las sirvientas, a la que dije:
-¡Dios santo! ¿Cómo ha podido ocurrir semejante catástrofe?
¿Dónde está vuestra ama? ¿Qué hace? ¿Se encuentra a salvo? ¿Dónde están los
niños? Vengo de parte de la señora... para prestarles ayuda.
La muchacha echó a correr y le oí que gritaba con toda la fuerza
de sus pulmones:
-¡Señora, señora, hay aquí una señora que viene de parte de la
señora... para ayudarnos!
La pobre mujer, sin saber lo que se hacía, apareció ante mí con
un envoltorio debajo del brazo y acompañada de dos criaturas.
-Por Dios, señora -le dije-, dejad que lleve a los niños a casa
de la señora... Ella desea que se los mande para poder atenderlos y cuidarlos.
Inmediatamente cogí a uno de ellos de la mano y ella me puso el
otro en los brazos.
-¡Hacedlo así, por el amor de Dios! -me dijo-. Llevádselos a mi
amiga y dadle las más expresivas gracias por sus bondades.
-¿Tenéis algo más que poner a salvo, señora? También puedo
hacerlo.
-¡Gracias y que Dios os bendiga! Tomad este envoltorio que
contiene objetos de plata labrada y llevádselos también. ¡Oh, que buena mujer
es! ¡Dios mío, estamos perdidos, del todo arruinados!
Y salió corriendo, medio trastornada, seguida de las criadas. Yo
lo hice en dirección opuesta con los dos niños y el paquete.
Apenas había llegado a la calle cuando vi otra mujer que se
dirigía hacia mí diciéndome con un tono de viva compasión.
-Por Dios, señora, se os va a caer esa criatura. Dejadme que os
ayude.
Y con un gesto amable intentó desembarazarme del paquete que
llevaba.
-No -le dije-, si queréis ayudarme, coged a este niño de la mano
y llevadlo hacia la parte alta de la calle. Iremos juntas y os gratificaré la
molestia.
Después de lo que había dicho, no le era posible negarse a lo
que yo le pedía. Aquella individua era, en una palabra, de mi mismo oficio y lo
que precisamente quería era el envoltorio. Sin embargo, me acompañó hasta la
puerta de la casa que me había indicado mi protectora porque no podía hacer
otra cosa, y entonces le dije al oído:
-Vamos, muchacha, que ya comprendo a qué trabajo os dedicáis.
Iros con viento fresco a otro lugar, donde sin duda encontraréis bastantes
cosas de que echar mano.
Ella me comprendió y se marchó. Yo me puse a aporrear la puerta
y como los moradores de la casa se habían ya levantado ante el escándalo
provocado por el incendio no tardaron en franquearme la entrada.
-¿Está despierta la señora? -pregunté-. Os ruego que le digáis
que su amiga la señora... le pide por favor que se haga cargo dé estas
criaturas. La pobre señora se encuentra en una situación difícil. Su casa está
ardiendo.
Acogieron a los dos niños muy amablemente y se compadecieron del
infortunio de aquella familia. Cuando me disponía a marcharme con el paquete
una de las criadas me preguntó si no tenía que dejarlo también. Yo repliqué:
-No, querida, esto va a otro sitio. No es de esa familia. Partí
apresuradamente antes de que me hicieran otras preguntas y llevé el envoltorio
de plata labrada, que era de un volumen considerable, a casa de mi maestra, a
la que se lo entregué. Esta me dijo que no lo tocaría, pero que debía de salir
en busca de más cosas.
Me indicó que lo que debía de hacer era visitar la casa de una
señora que se encontraba al lado de la incendiada. Yo intenté obedecerla, pero
ya entonces la alarma provocada por el incendio era muy grande, las bombas
estaban funcionando en la calle y ésta se encontraba tan atestada de gente que
me fue imposible acercarme a la casa por más esfuerzos que hice. Entonces volví
a la casa de mi maestra y llevándome el envoltorio a mi habitación lo abrí y me
puse a examinar su contenido. Verdaderamente aterrada, debo decir el tesoro que
allí encontré. Además de la vajilla familiar de plata, que constaba de muchas
piezas, hallé una cadena de oro de forma antigua y con el cierre roto, lo qué
me hizo suponer que hacía algunos años que no se usaba. También había un joyero
y en él la sortija de compromiso de la señora y algunos trozos rotos de viejos
broches de oro. Encontré, asimismo, un reloj de oro, una bolsa que contenía
aproximadamente veinticuatro libras en monedas antiguas y otras varias cosas de
valor.
Era ésta la mayor de las presas con las que di, y la peor. Y
digo esto último porque, aunque, como arriba he hecho constar, me encontraba
endurecida hasta un extremo más allá de todo poder de reflexión en otros
asuntos, me sentí realmente tocada en la parte más sensible de mi alma cuando
contemplé aquel tesoro, al pensar en la pobre y desconsolada señora que tantas
cosas había perdido además a causa del incendio. Y me dio pena que, después de
creer que había salvado sus objetos' de plata y sus mejores joyas, hubiera de
experimentar la sorpresa y la desesperación de ver que había sido engañada y
que la persona que se había hecho cargo de sus hijos, no iba, como yo había
asegurado, de parte de la dama de la casa próxima, sino que los niños habían
sido depositados allí sin conocimiento de la misma.
No puedo por menos que confesar que lo inhumano de esta acción
que había cometido no dejó de conmoverme, llegando en mi enternecimiento a
hacer que las lágrimas asomaran a mis ojos. Pero a pesar de este convencimiento
de que me había com-portado de una manera cruel e inhumana, no me pudo
convencer mi razón de que debía de restituir lo robado. Es mas, mis reflexiones
acabaron por desvanecerse y terminé por olvidar completamente las
circunstancias que rodearon la acción de apoderarme de aquello.
Pero no fue esto todo. Aunque aquel «trabajo» me había hecho
considerablemente más rica que antes, la resolución que tomé en un tiempo de
abandonar este horrible comercio cuando hubiese tenido algo más, no volvió a
asaltarme, sino que decidí seguir adelante para poseer más y más. La avaricia
se unió de esta manera al éxito y ya no volví a pensar en retirarme a tiempo,
aunque si no lo hacía no podía pretender disfrutar con se-guridad y
tranquilidad de lo que de una manera tan canallesca había conseguido. Un poco
más, un poquito más, era lo que siempre deseaba...
Finalmente, sin hacer caso de la inoportunidad de mis delitos,
me desprendí de todos los remordimientos y centré todas las reflexiones que me
hacía sobre el particular solamente en esto: en poder conseguir más botín para
que se completasen mis deseos.
Cuando tenía en mis manos un botín, el producto de un robo,
todas mis miradas se dirigían al siguiente y esto me alentaba a continuar en el
oficio sin dejarme ánimos para pensar en dejarlo.
En estas condiciones, endurecida por el éxito y resuelta a
seguir adelante, caí en la trampa que me estaba señalada como mi última
recompensa por esta dase de vida. Pero esto no sucedió todavía, sino que corrí
aún otras aventuras, que coronó el triunfo, antes de llegar a mi ruina final.
Seguía viviendo con mi maestra, que por un momento se había
sentido realmente impresionada por el fin en la horca de mi desgraciada
cómplice. Parece ser que ésta conocía lo suficiente de mi maestra para hacerle
seguir, si quería, su misma suerte, lo que originó su inquietud y la hizo
llegar a estar verdaderamente aterrorizada.
Es verdad que cuando aquella desgraciada murió sin haber abierto
la boca para decir lo que sabía, mi maestra se sintió aliviada y hasta tal vez
estuvo satisfecha de que la hubiesen ahorcado, a pesar de haber tenido en sus
manos la posibilidad de haber obtenido el indulto a costa de sus cómplices.
Pero, por otra parte, la forma como murió y el sentimiento de su bondad por no
haber traficado con lo que sabía, hicieron que mi maestra lamentara muy
sinceramente su pérdida. Yo la consolé lo mejor que pude y ella, al
corresponderme, me aconsejó que me espabilara para no correr la misma suerte.
Sin embargo, como ya he dicho, ello me hizo ser algo más
precavida y sentí una aversión particular a actuar de «mechera», especialmente
entre los merceros y pañeros que eran unos individuos que solían tener los ojos
muy abiertos. Realicé un par de intentonas con encajeras y modistas y
particularmente en una tienda que la acababan de establecer dos mujeres jóvenes
sin gran experiencia en el comercio. De allí me llevé una pieza de encaje de
hilo valorada en unas seis o siete libras y un envoltorio de hilo torzal.
Pero fui solamente una vez, porque el truco que empleaba no
podía repetirse.
Siempre considerábamos nuestra acción como una empresa fácil
cuando oíamos que se había abierto una nueva tienda y especialmente cuando la
gente que la regentaba no estaba ducha en lo que era tener un establecimiento.
Esta razón hacía que fueran visitadas una o dos veces al principio del negocio
y tenían que ser los dueños muy vivos para evitarlo.
Tuve otro par de aventuras, pero fueron simples bagatelas,
aunque suficientes para darme para vivir. Después de esto nada importante se me
presentó durante algún tiempo, hasta el punto de que empecé a volver a pensar
seriamente en la conveniencia de abandonar el oficio. Pero mi maestra, que no
estaba dispuesta a perderme y que esperaba grandes cosas de mí, me hizo un día
entrar en contacto con una joven y un individuo que pasaba por ser su marido,
aunque, según pude averiguar luego, no eran esposos, sino socios. Socios, al
parecer, en el oficio que practicaban y socios en algo más. En una palabra,
robaban juntos y se acostaban juntos, y un día fueron apresados juntos y
acabaron siendo ahorcados juntos.
Entré en una especie de sociedad con estos dos tipos con ayuda
de mi maestra, y me arrastraron a tres o cuatro aventuras, en el curso de las
cuales pude darme cuenta de que sus robos eran torpes y groseros, y que si
lograban tener éxito era gracias a una gran dosis de temeridad por su parte y
de negligencia por la de las gentes a las que robaban. Así, pues, decidí que en
lo sucesivo sería muy prudente en todo lo que hiciera con ellos, y realmente en
dos o tres desgraciadas empresas que me propusieron decliné el ofrecimiento y
les convencí de que debían renunciar a llevarlas a cabo. En una ocasión me
propusieron especialmente que fuéramos a robar en una relojería tres relojes de
oró que habían visto durante el día y que ellos sabían donde los guardaban. La pareja
tenía llaves de tantas clases que no era un problema abrir el armario donde el
relojero los guardaba. Nos citamos en un lugar determinado, pero cuando pude
observar a conciencia cómo estaba el asunto, me di cuenta de que lo que se
proponían era penetrar en la casa forzando la puerta, y como esto estaba en
contra de mis principios, no quise tomar parte en el asunto y marcharon solos.
Entraron en la casa violentamente y destrozaron el armario, pero no encontraron
más que uno de los relojes de oro y otro de plata y se apoderaron de ellos
saliendo seguidamente de la casa. Pero la familia del relojero dio la voz de
alarma, gritando: «¡Ladrones!», y el joven fue perseguido y detenido. La mujer,
que de momento logró escapar, tuvo la desgracia de ser también apresada poco
después, encontrándosele los relojes en su poder. De este modo me libré por
segunda vez, pues se pudo comprobar la culpabilidad de la pareja, y los dos
fueron ahorcados por ser antiguos delincuentes a pesar de su juventud. Como
antes he dicho, robaban juntos, dormían juntos y juntos fueron ahorcados, y de
esta forma terminó mi nueva asociación.
Empecé a ser extremadamente prudente después de haber escapado
por un pelo de aquel fregado, pues aproveché el ejemplo de aquellos
desdichados. Pero mi maestra me incitaba todos los días a seguir actuando. Un
día me dio detalles de una presa, que, por haber sido descubierta por ella, le
había de proporcionar una excelente participación en el botín. Había una
importante cantidad de encajes de Flandes oculta en una casa particular, y y
como la importación de esta clase, de encajes estaba prohibida resultaba una
presa magnífica para cualquier aduanero que diera con ella. Mi maestra tenía
una referencia completa, tanto de la cantidad como del lugar exacto donde se
hallaba la mercancía y me lo explicó detalladamente. Yo me dirigí a un aduanero
v j le dije que le haría la denuncia de una cantidad determinada de encaje de
Flandes si me garantizaba que tendría mi parte en la recompensa. Era un trato
tan justo que nada podía haber más legal, así es que el hombre accedió y fue
conmigo a la casa en unión de un agente de Policía. Al decirle que yo podía dar
directamente con el lugar donde escondían la mercancía, me dejaron hacer.
Entré comprimiéndome por un agujero muy oscuro, con una vela en
la mano, y llegué hasta donde estaban las piezas, cuidando, a la vez que le
entregaba la mayor parte, ocultar cierta cantidad para mí sin que nadie se
enterase. El encaje que allí había valía 300 libras, y la parte que me quedé
unas 50. Las personas que vivían en la casa no eran los dueños de los encajes,
que les habían sido confiados por un comerciante, así es que la impresión que
sufrieron no fue tan grande como yo creía.
Dejé al aduanero muy satisfecho con el decomiso que había hecho,
y me citó en su oficina, y allá fui después de haber puesto a buen recaudo lo
que me había guardado particularmente sin despertar la menor sospecha. Cuando
llegué empezó a regatearme el derecho que yo tenía en el decomiso, creyendo que
ignoraba su valor, y trató de despacharme dándome 20 libras. Le dije que no era
tan ignorante como él suponía y no pude por menos que alegrarme cuando me
ofreció llegar a un arreglo.
Le pedí 100 libras, subiendo él a 30. Reduje mi petición a 80
libras y él llegó a 40. Acabó por ofrecerme 50 y yo acepté pidiéndole solamente
que me diera, para mi propio uso, una pieza de encaje que valía 8 ó 9 libras, a
lo que también accedió. Así, pues, conseguí las 50 libras en efectivo, que me
fueron pagadas aquella misma noche, y así puse fin al regateo. El hombre no se
enteró de quién era yo ni se molestó en hacer averiguacio-nes. Si se hubiese
enterado que me había quedado una parte, seguramente no habría sido tan
generoso.
Dividí exactamente estos beneficios con mi maestra, y desde
entonces me convertí en un diestro empresario en asuntos de este tipo. Me di
cuenta de que era el trabajo más provechoso y seguro que podía hacer y me
dediqué a averiguar dónde había mercancías prohibidas y después de comprar
algunas, denunciaba a los poseedores de ellas, aunque ninguno de estos alijos
tuvo la importancia del primero. Pero me gustaba actuar sin peligro y tenía la
precaución de no correr los grandes riesgos en que otros se metían y en los que
solían fracasar constantemente.
La siguiente intentona que realicé fue con un reloj de oro de
señora. Tuvo lugar entre la muchedumbre congregada en una capilla protestante y
corrí gran peligro de ser detenida. Ya tenía en la mano el reloj, pues había
dado a la mujer un fuerte encontronazo como si alguien me hubiera empujado
contra ella, cuando me di cuenta de que no se desenganchaba. Entonces lo dejé y
empecé a gritar, como si me estuvieran matando, que alguien me había pisado el
pie y que debía de haber rateros por allí porque había sentido que daban un
estirón a mi reloj. Debo de hacer observar que en todas estas aventuras siempre
iba muy bien vestida y llevaba prendas muy buenas y un reloj colgado como
cualquier otra señora.
Apenas había dicho yo esto cuando la otra señora gritó también:
«¡Rateros!», porque alguien, dijo, había tratado también de quitarle el reloj.
Cuando intenté arrancarle el reloj me encontraba, naturalmente,
a su lado, pero al ponerme a gritar ya lo había dejado y entonces el gentío nos
separó, y al dar ella la voz de alarma yo ya me encontraba a cierta distancia,
de manera que no pudo en lo más mínimo sospechar de mí. Pero cuando se puso a
gritar: « i Rateros! », alguien exclamó:
-¡Y por aquí debe de andar otro, pues a esta señora también la
han querido robar!
En aquel mismo momento y en un lugar un poco más apartado, por
gran suerte para mí, se volvió a oír el grito: «¡Rateros! », siendo detenido un
joven con las manos en la masa. Esto, aunque una desgracia para el infeliz,
resultó muy oportuno para mí, aunque ya había actuado antes con la debida
habilidad. Pero ahora ya estaba fuera de toda sospecha y la muchedumbre suelta
se precipitó hacia la dirección donde habían gritado, y sacó al muchacho a la
calle y le dio una soberana paliza, cosa que los ladrones prefieren siempre a
ser enviados a Newgate, donde permanecen encerrados hasta morir, o son a veces
ahorcados, siendo lo mejor que pueden esperar, cuando resultan probados sus
delitos, ser deportados.
Escapé de milagro esta vez y me asusté tanto que durante una
buena temporada no volví a dedicarme a los relojes de oro. Concurrieron muchas
circunstancias favorables para mí en aquella aventura, pero la más importante
fue que la mujer de cuyo reloj tiré era una estúpida, es decir, que ignoraba la
naturaleza de la intentona, cosa que no se hubiese sospechado en una mujer que
tenía la prudencia de haber enganchado el reloj con la debida seguridad para
que en ningún caso pudieran quitárselo. Pero al sentir que le daban un tirón,
gritó, se precipitó hacia delante e hizo que la gente se reuniera
tumultuosamente a su alrededor, pero sin hablar de su reloj ni de rateros hasta
que pasaron dos buenos minutos, tiempo suficiente para que yo me apartara.
Cuando yo me puse a gritar detrás de ella, como he dicho, que había rateros,
hice que algunas de las personas que se habían adelantado retrocedieran y por
lo menos siete u ocho se interpusieron entre la señora y yo. Al dar yo el
grito: « ¡Rateros! », antes que ella o por lo menos a la vez, ella podía ser
tan sospechosa como yo y la gente se quedó confundida mientras que si hubiera
tenido la presencia de ánimo que se precisa en tales ocasiones y tan pronto
como sintió el tirón se hubiese vuelto rápidamente en vez de gritar, echando
mano a la persona que se encontraba inmediatamente junto a ella, me hubiera
cogido de una manera infalible.
Este consejo no es muy beneficioso para el gremio, pero da idea
de la forma de actuar de los rateros y cualquiera que lo siga puede tener la
seguridad de atrapar al ladrón, porque es seguro que se escapará si no lo hace
así.
Tuve otra aventura que deja este asunto fuera de duda y puede
servir de enseñanza para la posteridad por lo que a los rateros se refiere. Mi
vieja y buena maestra, para dar un pequeño esbozo a su historia, aunque había
abandonado va el oficio, había nacido ratera y, como supe poco después, había
pasado por los diferentes grados de este arte sin ser detenida más que una vez,
pero de una manera tan evidente, que fue declarada culpable y condenada a
deportación. Pero como era una mujer de una labia extraordinaria y además tenía
dinero, encontró medios, cuando el barco que la llevaba recaló en Irlanda para
aprovisionarse, de desembarcar y huir, y permaneció en el país poniendo en
práctica su oficio durante varios años. Se hizo allí con otras malas compañías
y se convirtió en comadrona y en proxeneta, realizando un sinfín de hazañas que
me relató cuando me contó un poco de su vida al ser más íntimas nuestras
relaciones. Fue a aquella malvada criatura a la que debí toda la habilidad y
todo el arte que llegué a dominar.
Fueron muy pocas las mujeres que llegaron más lejos que yo y que
practicaron la profesión durante tanto tiempo sin que les sucediese ninguna
desgracia.
Después de todas estas aventuras en Irlanda y de llegar a ser
bien conocida en ese país, abandonó Dublín y vino a Inglaterra, pero como aún
no había expirado el tiempo de su destierro, abandonó su antiguo oficio por
miedo a caer en malas manos, lo que hubiera significado su ruina total.
Entonces inició la-misma actividad que había tenido últimamente en Irlanda, no
tardando, gracias a su admirable organización y a su magnífica lengua, en
situarse a la altura que ya he descrito y llegando a ser verdaderamente rica,
aunque su negocio volvió a decaer por las circunstancias que he explicado.
He relatado muchos detalles de la historia de esta mujer para
hacer comprender la influencia que tuvo en la vida de delincuente que yo
llevaba. Ella me guió como llevándome de la mano y me dio tales instrucciones y
las seguí yo tan bien que me convertí en la ladrona más lista de mi época,
zafándome de todos los peligros con tal habilidad que cuando muchos compañeros
que llevaban solamente medio año en el oficio iban a dar con sus huesos en
Newgate, yo llevaba ya cinco años de práctica sin incidentes. Los huéspedes de
aquella prisión habían oído hablar tanto de mí que esperaban que no tardase en
ir a hacerles compañía, pero yo siempre lograba escapar, aunque muchas veces
corriendo grandes peligros.
Uno de los mayores que corría era el de ser ya demasiado
conocida entre los de la profesión, y algunos de ellos, cuyo odio hacia mí se
fundamentaba más bien en la envidia que en el daño que pudiera haberles hecho,
empezaron a soliviantarse porque yo me escapaba siempre mientras ellos eran
apresados y encerrados en Newgate. Fueron ellos los que me pusieron el nombre
de Moll Flanders, que no tenía absolutamente nada que ver con mi nombre
verdadero ni con ninguno de los que había usado con anterioridad, excepto en
una ocasión en que, siendo ya rica, me llamé la señora de Flanders. Pero
aquellos perdidos no podían saberlo, ni yo pude llegar nunca a conocer por qué
llegaron a ponerme aquel nombre.
No tardé mucho en ser informada que algunos de los que
frecuentaban Newgate habían jurado delatarme, y como sabía que dos o tres de
ellos eran capaces de hacerlo la cosa me preocupó bastante y durante mucho
tiempo no me atreví a salir de casa. Pero mi maestra, que era mi socia en mis
triunfos y que jugaba sobre seguro conmigo, pues participaba de mis ganancias y
no de los peligros que me amenazaban, mi maestra, repito, estaba ya cansada de
que llevara una vida inútil y desaprovechara el tiempo, como ella decía, y
encontró un recurso para que pudiera volver a salir, y fue que me vistiera de
hombre y me dedicara así otra vez a la práctica de mis antiguas actividades.
Yo era alta y bien parecida, pero tenía un cutis demasiado suave
para poder pasar por un hombre, pero como no salía más que por la noche pude
bandearme bastante bien. Tardé mucho tiempo, con todo, en acostumbrarme a mis
nuevos vestidos, pues se me hacía casi imposible mostrarme tan ágil, tan activa
y tan hábil en mis actuaciones con un traje tan contrario a mi naturaleza. Y
como me desenvolvía muy torpemente, no obtenía los éxitos de antes ni tenía la
facultad de poder escapar con facilidad, así es que determiné dejarlo,
resolución que pronto fue confirmada por el suceso siguiente:
Al disfrazarme de hombre, mi dueña me puso en contacto con un
joven que era bastante hábil en el oficio y con el que trabajé sin el menor
inconveniente durante tres semanas. Nuestra principal actividad consistía en
acechar los mostradores de los tenderos y arramblar con las mercancías que
hubieran quedado descuidadas en cualquier lugar.
Esto nos permitió llevar a cabo algunos buenos negocios, como
llamábamos nosotros a estos trabajos. Y como siempre estábamos juntos,
intimamos mucho, pero él no sabía que yo no era un hombre, aunque a veces iba
con él a su alojamiento, de acuerdo con las exigencias de nuestro negocio, y
cuatro o cinco veces permanecí a su lado toda la noche. Pero nuestro designio
era otro y era absolutamente necesario que yo ocultara mi sexo, como más
adelante quedó demostrado. Las circunstancias de nuestra manera de vivir,
permaneciendo fuera hasta tarde, así como el tener que dedicarnos a los
negocios más diversos, así como la necesidad de que nadie entrara en nuestra
casa, hacía imposible que yo me negara a acostarme con él, a no ser que le
hubiera dicho que yo era una mujer. Sin embargo, tal como sucedían las cosas
pude ocultarlo sin ninguna dificultad. Pero por su mal y por bien mío aquella
clase de vida no tardó en finalizar, y se acabó cuando yo ya estaba harta de
ella por diferentes razones. Aquel joven y yo habíamos conseguido apoderarnos
de buenos botines en nuestras andanzas, pero la última iba a ser
extraordinaria. Se trataba de una tienda situada en una calle determinada que
tenía detrás un almacén que daba a otra calle. La casa estaba en un chaflán.
Por la ventana del almacén vimos sobre el mostrador y en la
vitrina que había delante cinco piezas de seda, además de otras mercancías, y
aunque era casi de noche, los dependientes, atareados en la tienda, no habían
tenido tiempo de cerrar las ventanas o se habían olvidado de hacerlo.
El joven que me acompañaba sintió tanta alegría al ver esto que
apenas pudo contenerse. Dijo que todo aquello estaba a su alcance y aseguró
entusiasmado que se apoderaría de todo si asaltaba la casa. Traté de
disuadirle, pero todo fue inútil. Teme-rariamente empezó su trabajo. Sin hacer
ruido y con una gran habilidad quitó parte del marco de la ventana, entró y se
apoderó de cuatro piezas de seda. Con ellas en las manos vino hacia mí, pero
inmediatamente los dependientes de la tienda se lanzaron en su persecución. En
aquel momento estábamos juntos, pero yo no había cogido ninguna de las piezas y
le dije apresuradamente:
-¡Por el amor de Dios, corred, porque si os alcanzan estáis
perdido!
Echó él a correr con la velocidad del rayo y yo también, pero la
persecución se hizo más enconada contra él que contra mí, por ser él quien
llevaba las piezas de seda. Arrojó dos de éstas, deteniendo un poco el ímpetu
de sus perseguidores, pero el número de éstos aumentó y algunos se lanzaron
también contra mí. No tardaron en cogerla, con las otras dos piezas en su
poder, pero los demás siguieron persiguiéndome. Con mil apuros logré llegar
hasta la casa de mi maestra y entré en ella, pero no sin que se dieran cuenta
algunos de los que me seguían. Como no llamaron inmediatamente a la puerta,
tuve tiempo de quitarme el traje de hombre y ponerme mis propias ropas. Además,
cuando mis perseguidores quisieron entrar, mi maestra, a la que yo había
contado rápidamente lo ocurrido, los detuvo diciendo que en la casa no había
entrado ningún hombre. Ellos afirmaron que no era verdad y la amenazaron con
echar la puerta abajo si no abría.
Mi maestra, sin experimentar la menor preocupación, acabó
diciéndoles muy tranquilamente que les franquearía la entrada si venían con un
agente de Policía, y que sólo así les permitiría entrar, aunque no era
razonable que lo hiciera toda aquella mu-chedumbre. Los perseguidores no podían
negarse a ello y fueron en busca de un agente. Entonces ella abrió la puerta,
que quedó guardada por el policía, mientras unos hombres que éste nombró se
pusieron a registrar la casa acompañados de mi maestra y recorrieron todas las
habitaciones. Cuando llegó al cuarto donde yo estaba, me llamó y dijo en voz
alta:
-Abre la puerta, por favor, prima. Hay aquí unos señores que
quieren registrar tu cuarto.
Yo tenía a mi lado una niña, nieta de mi maestra, o por lo menos
lo decía ella, y le dije que abriera la puerta, mientras yo permanecía sentada
trabajando, con muchos objetos en desorden a mi alrededor, como si hubiese
estado dedicada todo el día a aquella faena, llevando en la cabeza un gorro de
dormir y abrigada con una bata de mañana. Mi maestra me pidió perdón por tener
que molestarme y me contó a medias lo que ocurría y que no tenía más remedio
que permitirles que abrieran todas las puertas y registraran lo que quisieran
para convencerse por sí mismos, ya que todo lo que podría decirles no les
satisfaría. Yo seguí sentada sin moverme y les dije que podían buscar lo que
quisieran en la habitación, y que si había alguien en la casa no era, desde
luego, en la mía. Del resto de la casa yo no podía decir nada, aunque no
comprendía qué era lo que buscaban.
Todo parecía tan inocente y tan normal a mi alrededor que me
trataron con más cortesía de lo que esperaba, pero no dejaron por ello de
registrar escrupulosamente la habitación, mirando debajo de la cama, en la cama
y en todos los sitios donde era posible que hubiera alguien escondido. Después
de hacerlo y de no encontrar nada, se excusaron por haberme molestado y se
fueron.
Después de haber registrado toda la casa de esta forma, de abajo
arriba y de arriba abajo, sin poder dar con nadie, apaciguaron a toda la
muchedumbre, pero se llevaron a mi maestra a presencia del juez. Dos individuos
juraron haber visto perfectamente cómo se metía en la casa el hombre que iban
persiguiendo. Mi maestra armó un gran alboroto diciendo que aquello era mentira
y que la estaban tratando de aquella forma sin ningún fundamento, pues si había
entrado algún hombre sin que ella lo viera, podía ser muy bien que hubiera
salido de la misma manera, y que ella estaba dispuesta a prestar juramento de
que durante todo el día, que ella supiera, ningún hombre había permanecido de
puertas adentro, lo cual era una gran verdad, y que podía muy bien ser que mientras
ella se encontraba en el piso superior, un individuo asustado, al encontrar la
puerta abierta, hubiese entrado sin que ella lo supiese. Y que de haber sido
así habría vuelto a salir tal vez por la otra puerta, porque había otra que
daba a un callejón, escapando de aquella forma y engañándoles a todos.
Todo esto resultaba probable y el juez se sintió satisfecho al
prestar mi maestra juramento ante él de que no había admitido hombre alguno en
su casa con el propósito de ocultarlo o de protegerlo contra la acción de la
justicia. Este juramento pudo prestarlo sin ningún inconveniente, y de esta
forma la dejaron marchar.
Fácil es imaginar el miedo que me entró por lo que había
ocurrido y a mi maestra le fue imposible conseguir que volviera a vestirme con
aquel traje de hombre, porque, como le manifesté, sería descubierta en seguida.
Mi pobre asociado en aquella diablura se vio metido en un buen
lío, porque fue llevado ante el Lord Mayor y Su Señoría lo hizo encerrar en
Newgate y las personas que tomaron parte en la persecución estaban dispuestas a
tomar parte en la causa instruida contra él y a comparecer en el juicio para
identificarlo y mantener sus acusaciones.
Sin embargo, él consiguió que el juicio se aplazara bajo la
promesa de que descubriría a sus cómplices y especialmente al hombre que había
participado con él en el robo. Y cumplió su promesa porque dio mi nombre, que
fue el de Gabriel Spencer, que era el que yo adoptaba para ir con él. Y aquí se
puso de manifiesto mi prudencia al ocultarle mi sexo y mi nombre, pues de
haberlo sabido podía darme por perdida.
Hizo cuanto pudo por descubrir a aquel Gabriel Spencer. Dio
muchos detalles acerca de mí y reveló el lugar donde creía que vivía, dando
toda clase de detalles de lo que suponía que era mi alojamiento. Pero
habiéndole ocultado la principal circunstancia de mí sexo, yo tenía una gran
ventaja y nunca pudo saber nada de mí. Hizo que dos o tres familias sufrieran
toda clase de molestias al tratar de dar conmigo, pero nada sabían de mí como
no fuera el haberme visto con él, pero nada más. En cuanto a mi maestra, aunque
fue el medio por el que me conoció, como todo se había hecho indirectamente, él
no sabía nada.
Esto se volvió en contra suya, porque habiendo prometido ha cer
revelaciones y no haber podido cumplir su palabra, se creyó que había estado
jugando con la justicia de la ciudad, por lo que fue perseguido todavía con
mayor empeño por los tenderos que le apresaron.
Mi inquietud fue, sin embargo, terrible durante todo este
tiempo, y con objeto de poder estar segura abandoné a mi maestra una temporada.
Tomé una criada y me dirigí, en la diligencia de Dunstable, a la casa de los
posaderos donde tan feliz había sido con mi esposo de Lancashire. Al llegar
allí les conté un cuento diciéndoles que esperaba de un día a otro la llegada
de mi esposo, a quien había escrito que nos encontraríamos en su casa de
Dunstable, y que si el viento le era favorable desembarcaría al cabo de unos
días.
Esperando su llegada, quería residir con ellos. No sabía si
vendría en el coche correo o en la diligencia de West Chester, pero de lo que
estaba segura es que vendría a buscarme allí.
La posadera se puso muy contenta al verme y del posadero sólo
puedo decir que armó tanto jolgorio cuando llegué que si hubiese sido una
princesa no me habría hecho mejor recibimiento. Si hubiera querido, podía haber
estado residiendo allí durante un mes o dos.
Mi caso era de una naturaleza muy diferente a lo que les había
dicho. Me sentía extremadamente temerosa, aunque lo disimulaba tan bien que a
duras penas podría nadie haberlo descubierto, ni tampoco aquel individuo
podría, de una manera - o de otra, dar conmigo, y aunque no podría acusarme de
complicidad en el robo, del que le dije que desistiera, pues no hice otra cosa
que echar a correr, podía denunciarme por otros delitos y de este modo comprar
su vida a cambio de la mía.
Esto me llenaba de grandes temores. No tenía otro apoyo que el
de mi amiga y confidente, mi vieja maestra, así es que me veía obligada a poner
mi vida en sus manos. Así lo hice, comunicándole dónde me encontraba, y durante
el tiempo que permanecí allí recibí algunas cartas suyas. Algunas de ellas casi
me sacaron de quicio, pero por fin recibí la buena nueva de que habían ahorcado
a aquel individuo, o sea la mejor noticia que en mucho tiempo llegaba hasta mí.
Mi permanencia en la posada se prolongó cinco semanas y no puedo
decir otra cosa sino que viví muy agradablemente, si se exceptúa mi secreta
ansiedad, pero cuando recibí aquella carta volví a tener el buen aspecto de
siempre, diciéndole a la posadera que había recibido una misiva de mi esposo en
Irlanda, en la que a la vez que me daba la buena noticia de que se encontraba
muy bien, me comunicaba la mala nueva de que sus negocios no le permitían
abandonar el país con la premura que había creído posible y que por ello yo me
vería obligada a volverme sin él.
La posadera me felicitó, sin embargo, por la buena noticia de
que mi esposo se encontraba bien.
-Porque he venido observando, señora -me dijo la buena mujer-,
qué no estabais lo alegre que acostumbrabais a estar antes y que no hacíais más
que pensar en él. Es fácil advertir el cambio que en vos se ha producido.
Siento que el señor no pueda venir, pues me hubiera complacido mucho verlo, y
espero que cuando tengáis noticias seguras de su llegada, vendréis de nuevo por
aquí, donde se os recibirá con alborozo, señora, cuando tengáis a bien hacerlo.
Después de tan gratos cumplidos, nos separamos y yo regresé muy
contenta a Londres, donde encontré a mi maestra tan satisfecha como yo. Me dijo
que no volvería a recomendarme ningún otro asociado, porque se había dado
cuenta de que cuando iba sola me desenvolvía mejor. Y, en efecto, así ocurría,
porque, preocupándome sólo de mí misma, pocas veces me veía en algún peligro, y
si caía en él salía con más destreza que complicada con los actos torpes de
otras personas, que quizá tenían menos previsión que yo o eran más atrevidas y
más impacientes, porque aunque yo tenía tanto valor como cualquiera para
aventurarme, tomaba más precauciones antes de emprender algo y tenía más
presencia de ánimo cuando me veía obligada a tenerlo.
A veces pensaba en mi atrevimiento en otro sentido. Aunque mis
compañeros eran sorprendidos y todos caían tan repentinamente en manos de la
justicia, no podían resolverme a tomar la firme resolución de abandonar
aquellas actividades, especialmente teniendo en cuenta que distaba mucho de ser
pobre. La tentación producida por la necesidad, que es generalmente la
introducción a ese criminal comercio, había ya desaparecido, puesto que poseía
cerca de 500 libras en dinero contante y sonante, con lo que podría haber
vivido muy bien si me hubiese resuelto a retirarme. Pero repito que no tenía la
menor intención de hacerlo, como me sucedía antes, cuando no disponía más que
de 200 libras y no tenía ante mis ojos los terribles ejemplos de ahora. De esto
resulta evidente para mí que cuando el crimen nos ha endurecido, ningún temor
puede afectamos ni ningún ejemplo servirnos de advertencia.
Tenía una compañera cuyo cruel destino pareció ligarse al mío
durante una temporada, pero de la que pude librarme a tiempo. El caso fue
verdaderamente desgraciado. Había conseguido apoderarme en una mercería de una
pieza de buen damasco y cuando salimos de la tienda se la entregué marchándose
ella en una dirección y yo en otra. Hacía muy poco que habíamos dejado el
establecimiento, cuando el mercero echó en falta su pieza de tela y envió a un
lado y a otro a sus dependientes, que no tar-daron en apoderarse de mi
compañera con la pieza de damasco encima. En cuanto a mí tuve la suerte de
entrar en una tienda de encajes subiendo un par de escalones y tuve la
satisfacción o el terror, al asomarme a la ventana al oír el escándalo que
armaban, de ver a la pobre criatura arrastrada por la Policía, que no tardó en
encerrarla en Newgate.
Tuve buen cuidado de no intentar nada en aquella tienda
revolviendo los géneros para dejar pasar el tiempo. Después compré unas cuantas
yardas de puntilla, las pagué y salí a la calle realmente entristecida por la
pobre mujer que se veía en un apuro por un robo que había cometido yo.
También en esta ocasión quedó demostrado que mis previsiones
servían para mantenerme a salvo, porque siempre que cometía un robo acompañada
no dejaba saber a quienes iban conmigo quién era ni dónde vivía, aunque en más
de una ocasión trataron de espiarme para averiguarlo. Todos me conocían por mi
nombre de guerra de Moll Flanders, aunque algunos creían que yo no era quien
presumía ser. Mi nombre era popular entre ellos, pero no sabían dónde
encontrarme ni si mi barrio estaba al Este o al Oeste de la ciudad, siendo mi
cautela lo que constituía mi seguridad en todas aquellas ocasiones.
Durante algún tiempo estuve en contacto con el caso de aquella
mujer. Sabía que si emprendía algo que me saliera mal y me llevaban a la
prisión donde ella estaba, no tardaría en declarar contra mí y que procuraría
salvar su vida a expensas de la mía. Consideré que mi nombre empezaba a ser
bastante conocido en Old Bailey , y aunque no sabían cómo era yo, si caía en
sus manos sería tratada como una antigua delincuente. Por esta razón me decidí
a ver cuál era el destino de aquella pobre criatura antes de quitarme de en
medio, y en alguna ocasión hice llegar dinero a sus manos para aliviarla en el
trance en que se encontraba.
Por fin compareció en juicio. Alegó que no era ella la que había
robado la pieza, sino una tal señora Flanders, como oía que la llamaban, porque
ella no la conocía, que fue la que le dio el paquete al salir de la tienda
diciéndole que lo llevara a su residencia. Le preguntaron dónde estaba aquella
señora Flanders, 1 pero la infeliz no pudo describirme ni dar la menor
indicación de mi paradero. Los dependientes de la mercería declararon que ella
se encontraba en la tienda al ser robada la mercancía, que inmediatamente la
encontraron a faltar y que salieron en su persecución, encontrándola en su
poder. Después de todo esto el tribunal la declaró culpable, pero considerando
que realmente no era la persona que había robado el género, sino una cómplice
inferior, y que era muy posible que no se pudiera dar con la señora Flanders, o
sea, conmigo, para poder salvar su vida, teniendo en cuenta estas
consideraciones, digo, tuvo a bien condenarla sólo a ser deportada, que era el
castigo más suave que podía recibir en aquella circunstancia. El tribunal le
dijo que si entretanto podía dar con la susodicha señora Flanders, intercedería
para conseguir su indulto, esto es, que si lograba encontrarme y entregarme, no
sería deportada. Tuve el mayor cuidado de que esto no le fuera posible, y poco
después la condenada fue conducida a un barco para cumplir la pena de destierro
que le había sido impuesta.
He de repetir que el destino de aquella mujer me afectó
profundamente y empecé a estar preocupada sabiendo que había sido la culpable
de su desdicha, pero la conservación de mi propia vida, que evidentemente
estaba en peligro, fue lo que me hizo que me despojara de toda ternura. Viendo
que no la condenaban a muerte, me sentí satisfecha de su deportación porque
esta condena le impedía hacerme a mí cualquier daño, pasara lo que pasara.
El destierro de aquella mujer tuvo lugar algunos meses antes del
episodio que últimamente he relatado y contribuyó también parcialmente a que mi
maestra me recomendara que vistiera ropas masculinas para que pudiera pasar
inadvertida, como lo hice. Pero no tardé en cansarme de aquel disfraz, como ya
he dicho, porque en realidad me exponía a demasiadas dificultades.
Me sentí libre del temor de que alguien pudiera testificar
contra mí, porque todos los que tuvieron algo que ver conmigo habían sido
ahorcados o deportados. Se me conocía por el nombre de Moll Flanders y aunque
hubiera tenido la desgracia de ser detenida diría que me llamaba de otro modo y
no podrían achacarme mis antiguos delitos. Empecé, pues, a moverme otra vez con
una mayor libertad y tuve varias aventuras afortunadas, aunque no de la
categoría de las anteriores.
Por aquel entonces se registró otro incendio en las proximi.
dades de donde vivía mi maestra, y yo, como en la otra ocasión, intenté probar
fortuna, pero no me anticipé a la llegada de la muchedumbre, y no solamente no
pude llegar a la casa que era mi objetivo, sino que en vez de lograr una buena
presa me vi ante un infortunio que estuvo a punto de poner fin, de consuno, a
mi vida y a mis malas acciones. El incendio era terrible y la gente, ansiosa de
salvar sus cosas, no encontraba mejor medio que arrojarlas por las ventanas,
cuando una joven tiró un colchón que vino a caer encima de mí. Es cierto que
siendo blando no podía romperme ningún hueso, mas su peso era tan grande que al
caer sobre mi cabeza me derribó dejándome un rato como muerta. La gente no se
preocupó mucho de librarme de aquel peso ni de prestarme auxilio, y así
permanecí debajo del colchón un buen espacio de tiempo, hasta que alguien me
ayudó a levantarme. Tuve la suerte, después de todo, de que la gente de la casa
incendiada no siguiera tirando cosas que inevitablemente hubieran acabado
conmigo. Sin duda, estaba reservada para futuras aflicciones.
Aquel accidente, sin embargo, me estropeó el negocio en aquella
ocasión y volví a la casa de mi maestra, conmocionada y asustada hasta el
último grado. Pasó algún tiempo hasta que volví a estar completamente
restablecida.
Nos hallábamos en una época alegre del año y había empezado la
feria de San Bartolomé. Nunca había dirigido mis pasos hacia aquel lugar por no
ser el sitio donde se celebraba muy favorable para mí. Pero aquella vez fui a
dar una vuelta por el recinto y siguiendo a la gente me encontré en un punto
donde se celebraba una rifa. No tenía gran importancia para mi ni esperaba
obtener ningún provecho. Pero he aquí que, de pronto, vine a dar con un
caballero extremadamente bien portado y con aspecto de ser muy rico, y como en
esos sitios se suele entablar conversación con una gran facilidad, él me eligió
a mí y me hizo objeto de muchas atenciones. Primero me dijo que jugaría por mí
en la rifa y así lo hizo, y habiendo sacado un pequeño objeto (creo que era un
manguito de pluma), me lo regaló. Después siguió conversando conmigo con un
respeto muy poco corriente y comportándose como un verdadero caballero.
Continuó hablándome durante largo rato, hasta que, por último,
me llevó a pasear por el recinto y siguió charlando de mil cosas sin ningún fin
determinado. Finalmente me dijo, sin cumplidos, que le encantaba mi compañía, y
me preguntó si podía atreverse a pedirme que diera un paseo en su coche en su
compañía. Me aseguró que era un hombre de honor y que no iba a solicitar de mí
nada que fuera impropio de él. Aparenté por un momento declinar la invitación,
permití que siguiera importunándome un poco más y acabé por acceder a su
invitación.
Al principio no acertaba a comprender cuáles eran las
intenciones de aquel caballero, pero me di cuenta de que estaba un poco bebido
y que seguía decidido a continuar bebiendo. Me llevó en su coche al «Spring
Garden», en Knightsbridge, donde paseamos por los jardines. Me trataba muy
cortésmente, pero siguió bebiendo copiosamente. Me instó a que yo bebiera
también, pero yo decliné la sugerencia.
Hasta aquí había cumplido su palabra y no insinuó nada fuera de
lugar. Partimos de nuevo en el coche y me llevó a recorrer varias calles. Eran
ya casi las diez de la noche cuando detuvo el carruaje delante de una casa
donde parece ser que lo conocían y en la cual no tuvieron escrúpulo en
acompañarnos escaleras arriba hasta una habitación donde había una cama. Al
principio me resistía a subir, pero después de una breve discusión accedí
también para ver en qué iba a acabar todo aquello y con la esperanza de sacar
algún provecho de la situación. En cuanto al lecho, no presté en realidad mucha
atención.
Entonces empezó a hablarme en un tono distinto de como me había
prometido, y poco a poco yo fui cediendo hasta que, en una palabra, hizo
conmigo lo que quiso. Creo que no necesito decir nada más. Entretanto, siguió
bebiendo copiosamente, y a eso de la una de la madrugada volvimos de nuevo a
entrar en el coche. El aire y el traqueteo del carruaje hicieron que el alcohol
se le subiera más a la cabeza y quiso volver a hacer conmigo en el coche lo que
había hecho antes en la cama, pero pensé que ya mi presa estaba segura. Al
rechazarlo, logré que se tranquilizara un poco, y apenas habían pasado cinco
minutos cuando se quedó completamente dormido.
Aproveché la oportunidad para registrarlo concienzudamente. Le
quité el reloj de oro, una bolsa de seda con dinero, la peluca, los guantes
orlados de plata, la espada y una bonita tabaquera, y abriendo la puerta del
coche me dispuse a apearme en marcha. Pero en una callejuela estrecha, más allá
de Temple Bar, se detuvo para permitir que pasara otro vehículo, y entonces me
deslicé suavemente fuera, zafándome lindamente del coche y del caballero y no
volviendo a verlos más.
Fue una aventura completamente inesperada y no prevista cuando
decidí ir a pasear por la feria. Aunque no estaba tan lejos de la etapa
placentera de la vida para no saber cómo comportarme cuando un mentecato,
cegado por sus apetitos, no sabía dis-tinguir una mujer madura de una joven, no
era excesivamente vieja con mis diez o doce años de más, pero tampoco podía
pasar por una mozuela de diecisiete años y era muy fácil advertirlo. No hay
nada tan absurdo, tan cargante y tan ridículo como un hombre con los vapores
del vino en su cabeza y el arrebato en la sangre de unas inclinaciones
torcidas. Se encuentra poseído a la vez por dos demonios y no puede regirse por
la razón, de la misma manera que un molino no puede moler sin agua. El vicio
destruye todo lo que pueda haber de bueno en él, si es que hay algo, y cegado
por su ardiente deseo comete toda clase de tonterías, como beber más cuando ya
está borracho y elegir una mujer vulgar, sin tener en cuenta quién es o lo que
es, si está sana o enferma, si es limpia o sucia, fea o guapa, joven o vieja,
pues no puede darse cuenta de nada. Un hombre así es peor que un loco suelto.
Impulsado por los dictados de su mente viciosa y corrompida, no sabe lo que se
hace, como no lo sabía aquel infeliz con el que me tropecé y al que despojé de
su reloj y de su dinero.
Estos son los hombres de quienes dice Salomón: «Van como va un
buey al matadero hasta que una flecha les atraviesa el hígado.» Admirable
descripción, por cierto, de la terrible enfermedad, porque es un mal veneno y
letal que se mezcla con la sangre y cuyo centro u origen está en el hígado.
Desde ahí con la rápida circulación de todo el conjunto, la repugnante
infección pasa por el hígado, destroza el espíritu y hiere las entrañas como
con una flecha.
Es cierto que aquel incauto desventurado no corrió el menor
peligro conmigo, aunque al principio tuve cierto recelo del que podría yo
correr con él. Pero en determinado aspecto merecía ser compadecido, pues
parecía ser un buen hombre, un caballero que no intentaba hacer daño alguno, un
hombre sensible, de muy buena conducta, de aspecto distinguido, continente
robusto, rostro agradable y todo lo que puede satisfacer a cualquiera, sólo que
la noche anterior se la había pasado bebiendo y no en la cama, como me aseguró
cuando estábamos juntos, y su sangre se encontraba ardiendo, y en estas
condiciones su razón, que estaba como dormida, lo había traicionado.
En cuanto a mí, la finalidad que me guiaba era su dinero y todo
lo que pudiera sacar de él. Después, si hubiera tenido medios para hacerlo, lo
hubiese mandado sano y salvo a su hogar y a su familia, porque bien se podía
apostar doble contra sencillo que tenía una esposa honrada y unos hijos
inocentes, ansiosos por su seguridad y que les hubiera gustado verlo en su
hogar y cuidarlo hasta que se restableciera. ¡Y después de aquello, con qué
vergüenza y remordimiento pensaría en lo que había hecho! ¡Cómo se reprocharía
haberse acostado con una prostituta, con una mujer encontrada en la feria,
entre la hez y la escoria de la ciudad! ¡Con qué horror pensaría que tal vez
podía haberle contagiado una enfermedad, que la flecha le hubiese atravesado el
hígado y cómo se odiaría al mirar hacia atrás por su locura y la indignidad de
su vicio! Si poseía algunos principios del honor, y es de creer que los
tuviese, lamentaría haber cedido a aquella tentación abandonando a su recatada
y virtuosa esposa y adquiriendo quizás el morbo de un contagio que envenenaría
la sangre de sus descendientes.
Si estos hombres supieran los despreciables pensamientos que
inspiran a las mujeres que tienen tratos con ellos, sería un freno para ellos.
Como ya he dicho en una ocasión, estas mujeres no tienen ninguna inclinación
por el placer, no han sido educadas para amar al hombre, son pécoras pasivas
que no valoran el deleite sino el dinero. Y cuando el hombre se encuentra
borracho en el éxtasis de su estúpido placer, ellas les registran los bolsillos
para ver lo que pueden encontrar, de lo cual el hombre es tan insensible en el
momento de su locura, como incapaz de pensar lo que hacía con anticipación,
cuando iba tras ello.
Conocí a una mujer que fue tan hábil con cierto individuo, que
realmente no merecía ser tratado mejor, que mientras estaba entretenido con
ella en cierta forma, le quitó la bolsa, que contenía veinte guineas, del
bolsillo del chaleco, donde se la había metido desconfiando de ella, y en su
lugar le colocó otra bolsa que contenía fichas redondas doradas. Después que
hubo terminado con ella, le preguntó:
-Supongo que no me habrás robado la bolsa.
La mujer bromeó con él diciéndole que no creía que tuviera mucho
que perder. El tanteó con sus dedos el bolsillo del chaleco y al ver que la
bolsa seguía en su sitio sonrió satisfecho, y de esta manera ella se quedó con
el dinero. El negocio que tenía consistía en eso. Guardaba en su bolsillo un
reloj de imitación de oro y una bolsa de fichas y daba el cambiazo en tantas
ocasio nes como se le presentaban.
Llegué a casa con mi último botín y se lo enseñé a mi maestra, y
cuando le conté lo ocurrido se afectó tanto que apenas pudo evitar que las
lágrimas asomaran a sus ojos al pensar que un caballero tan cumplido corría
diariamente el riesgo de perderse cada vez que unas copas de vino se le subían
a la cabeza.
Pero al ver los muchos objetos de que me había apoderado, me
dijo que aquello le complacía sobremanera.
-El trato que le habéis dado hará más para que se enmiende que
todos los sermones que pueda haber escuchado en su vida.
Y si el resto de la historia es verdad, así fue.
El día siguiente vi que se preocupaba mucho por la identidad de
aquel caballero. La descripción que le hice de él, de su rostro, de su vestido,
de su persona, todo coincidía para hacerle creer que se trataba de un caballero
al que conocía, así como a su familia.
Se había quedado muy pensativa e insistiendo sobre aquella
característica, saltó y me dijo:
-Apostaría cien libras a que conozco a ese caballero.
-Lo siento -le repliqué-, porque por nada de este mundo quisiera
ser yo la que lo descubriera. Ya le he -causado bastante daño y no deseo ser
instrumento para ocasionarle más.
-Os aseguro que tampoco yo le haré ningún daño, pero debéis
dejarme que satisfaga un poco mi curiosidad, porque si es él, podéis creer que
lo descubriré.
Me sobresaltó un poco oírla hablar así y le dije, con una
preocupación aparente en mi semblante, que pensando de aquella forma, también
podría él tratar de descubrirme y en tal caso podría considerarme perdida.
-¿Por qué pensáis que yo pueda traicionaros, hija mía? -me
replicó con calor-. No lo haría ni por todo lo que él pueda valer en el mundo.
Os he guardado secretos más importantes que éste, de modo que podéis seguir
confiando en mí.
Yo entonces no le dije nada más.
Ella organizó sus planes de otra forma, y sin hacerme partícipe
de ellos se dispuso a aclarar el asunto. Con este fin visitó a un amigo suyo,
que tenía amistad con la familia de la que sospechaba y le dijo que tenía un
gran negocio entre manos con el tal caballero, que por cierto era nada menos
que barón y de muy buena familia, pero que no sabía cómo llegar hasta él sin
que alguien la presentara. Su amigo le prometió en seguida ayudarla en lo que
le pedía y, de acuerdo con ello, se dirigió a la casa del caballero para ver si
se encontraba en aquellos momentos en la ciudad.
El día siguiente visitó a mi maestra diciéndole que sir...
estaba en su casa, pero que le había sucedido una desgracia y se encontraba
enfermo de cuidado, razón por la que no podía hablar con él.
-¿Qué desgracia le ha acaecido? -le preguntó-mi maestra
fingiendo sorprenderse.
-Pues que había ido a visitar a otro caballero amigo suyo que
residía en Hampstead y cuando regresaba, fue atacado y robado. Y como al
parecer había bebido un poco, los malhechores lo atropellaron hiriéndole.
-¿Robado? -inquirió mi maestra-. ¿Y qué es lo que le quitaron?
-Su reloj de oro,. la tabaquera del mismo metal, su hermosa
peluca y todo el dinero que llevaba encima, que podéis contar que sería
bastante, porque sir... no sale nunca sin llevar consigo una bolsa llena de
guineas.
-¡Bah! -exclamó mi maestra en tono de burla-. Me parece que lo
que le sucedió fue que se emborrachó, cayó en manos de una prostituta y ésta lo
desvalijó y ahora va a su mujer con el cuento de que le han atracado. Es una
impostura corriente. Cada día se cuentan a las pobres esposas historias
parecidas.
-¡Quitad allá! -le dijo el amigo-. Habláis de esa forma porque
no conocéis a sir... Es un caballero cumplido y en toda la ciudad no podría
encontrarse un. hombre más sobrio, serio y moderado que él. Odia esas cosas, y
nadie que lo conozca puede pensar semejantes cosas de él.
-Bueno, bueno, no es asunto de mi incumbencia, pues si lo fuera,
no nos sería difícil descubrir algo de lo que os he dicho en este caso. Porque
a veces esos hombres moderados, a juicio de la mayoría, no son mejores que los
demás y lo que sucede es que saben fingir mejor o, si queréis decirlo de otra
forma, que son unos hipócritas más perfectos.
-No, no -le dijo su amigo-. Os puedo asegurar que sir... no es
un hipócrita. Se trata verdaderamente de un hombre muy formal y en su juicio, y
la verdad es que fue atracado.
-Está bien, puede ser así. Esto no es asunto mío. Lo único que
quiero es hablar con él. Mi asunto es de otra naturaleza.
-Sea de la naturaleza que sea el asunto que os hace buscarle, no
le podéis ver todavía porque está bastante enfermo y sufre muchas contusiones.
Debió de caer el pobre en muy malas manos.
-¿Y dónde está herido? -preguntó mi maestra poniéndose un tanto
seria.
-Pues en la cabeza, en las manos y en el rostro, porque parece
ser que los bandidos que lo atracaron debieron de tratarle de una forma
despiadada.
-¡Pobre caballero! -contestó mi maestra-. No cabe duda entonces
que debo de esperar a que se reponga. Espero que no tarde mucho porque tengo
verdadera precisión de hablar con él.
Mi maestra volvió a mi lado y me contó la historia.
-He encontrado --dijo- a vuestro caballero, que por cierto es un
señor de campanillas y se encuentra d pobre en un gran
apuro. Me pregunto qué demonios le hicisteis que casi lo habéis
matado.
Mi aspecto debió de traducir el asombro que me embargaba.
-¡Cómo que casi lo he matado! -exclamé-. Sin duda habéis dado
con otra persona Estoy segura de no haberle hecho nada. Cuando lo dejé estaba
perfectamente, aunque borracho y dormido.
-No sé nada de eso, pero es verdad que se encuentra muy mal.
Y entonces me contó todo lo que le había dicho su amigo sobre el
particular.
-Entonces debió de caer en malas manos después de dejarlo yo,
pues cuando me marché estaba bien.
Diez días más tarde o poco más, mi maestra fue de nuevo a ver a
su amigo para que le presentara el caballero.
Había inquirido noticias por otros conductos y se había enterado
de que estaba mejor, aunque no bien del todo, y había obtenido permiso para
poder hablar con él.
Era una mujer de una habilidad extraordinaria y, en realidad, no
quería ser presentaba por nadie. Me contó lo que pasó mucho mejor de lo que yo
puedo hacerlo, pues, como ya he dicho, era mujer de mucha labia. Cuando estuvo
ante él le dijo que, aunque era una desconocida, se presentaba con el solo
designio de prestarle un servicio y que ya tendría ocasión de ver que no le
guiaba ningún otro fin. Le rogó que le prometiera que si no aceptaba lo que iba
a proponerle, no tomara a mal que se mezclara en una cosa que no era asunto
suyo. Le aseguró que lo que tenía que decirle era un secreto que solamente a él
pertenecía, y tanto si aceptaba como si no aceptaba su ofrecimiento,
continuaría siendo un secreto para el mundo entero, a menos que él lo
divulgase. Si rechazaba sus servicios, no por ello sentiría menos respeto hacia
él, no causándole el menor daño, así que estaba en completa libertad de tomarlo
como quisiera.
Al principio él se mostró muy cauteloso diciendo que no sabía
que hubiera nada relacionado con él que requiriera guardar el secreto; que
nunca había hecho daño a nadie por lo que no le importaba lo que pudiera decir
de él; que no entraba en su carácter ser injusto con nadie, y que no podía
imaginar que nadie pudiera hacerle servicio alguno; pero que si ella estaba
empeñada en rendirle el que decía, no lo tomaría a mal, así es que la dejaba en
completa libertad de decirle o no lo que pretendía.
Ella lo encontró tan indiferente que casi sintió miedo de
meterse en harina. Sin embargo, después de algunos circunloquios, le dijo que,
por una extraña e increíble casualidad, había llegado a su particular
conocimiento la última y dolorosa aventura en que recientemente había caído y
de tal forma que no había nadie más en el mundo que lo supiera, aparte de los
dos, y ni siquiera con el debido detalle la persona que había estado con él.
Al principio él se mostró disgustado.
-¿A qué aventura os referís? -preguntó.
-A la del robo de que fuisteis víctima cuando regresabais de
Knightsbr... de Hampstead, quiero decir, caballero. No os extrañe que pueda
deciros paso a paso todo lo que hicisteis desde el recinto de Smithfield hasta
el «Spring Garden» en Kñightsbridge y de allí hasta la calle... y cómo,
después, fuisteis abandonado dormido en vuestro coche. Os digo que no os
sorprendáis porque no he venido a sacaros nada ni nada os pido y os aseguro que
la mujer que estuvo con vos ignora quién sois y no lo sabrá nunca. Tal vez os
pueda prestar el servicio que he dicho, ya que no he venido simplemente a
informaros de todas estas cosas, como si quisiera que comprarais mi silencio.
Os puedo asegurar, caballero, que sea lo que sea lo que podáis hacer o pensar
sobre el particular y sea lo que sea lo que me digáis, quedará tan secreto como
ahora, como si yo estuviese en la tumba.
El caballero se quedó atónito ante su discurso y le dijo
gravemente.
-Señora, sois para mí una completa desconocida, pero es
verdaderamente lamentable que participéis de un secreto de la peor de las
acciones que he cometido en mi vida y de la que estoy justamente avergonzado,
siendo la única satisfacción que experimentaba la convicción de que solamente
era conocido por Dios y por mi propia conciencia.
-Os ruego, caballero -contestó mi maestra-, que tengáis el
convencimiento de que no debéis de contar el descubrimiento que yo he hecho
como parte de vuestra desgracia. Creo que fue una cosa en la que debisteis de
caer por sorpresa, y que quizás aquella mujer usó de alguna artimaña para
incitaros a ello. No encontraréis ocasión de arrepentiros porque yo me haya
enterado del asunto ni vuestra propia boca permanecerá más cerrada que la mía
ahora y siempre.
-Está bien, pues entonces permitidme que haga justicia a la
mujer que estuvo conmigo. Os aseguro que no me incitó a nada y que más bien me
rechazaba. Fue mi propia locura la que me arrastró y, ¡ay!, la que arrastró a
ella también. Debo de reconocerlo así. En cuanto a lo que me quitó, no podía
esperar otra cosa de ella en las condiciones en que me encontraba, aunque a
punto fijó no sé tampoco si fue la mujer ó el cochero quien me despojó. Si fue
ella se lo perdono y creó que cualquier caballero haría lo mismo. Pero me
interesan otras cosas más que lo que pudiese haberse llevado de mí.
Mi maestra entró entonces de llenó en el asuntó y él se franqueó
completamente con ella. En primer lugar, y con referencia a lo que de mí había
dicho, le manifestó lo siguiente:
-Celebró mucho, caballero, que hayáis rendido justicia a la
persona que estuvo con vos. Os aseguró que es una verdadera señora y no una
mujer de la calle, y por más que consiguierais de ella lo que os proponíais,
estoy segura de que no entra en sus costumbres. Corristeis, verdaderamente, una
gran aventura, caballero, pero si esta parte constituye algo de la inquietud
que os domina, podéis estar completamente tranquilo, porque me atrevo a
aseguraros que ningún otro hombre la había tocado antes que vos, a excepción de
su esposo, fallecido hace casi ocho años.
Parece ser que era ésta su principal preocupación y que se
encontraba verdaderamente atemorizado a causa de ello. Así que cuando mi
maestra le comunicó aquello, pareció hallarse muy complacido y le dijo:
-Pues bien, señora, si he de ser completamente franco con vos,
después de lo que acabó de escuchar, doy por bien perdido todo lo que perdí,
pues considero que la tentación era grande, y si fue ella quien me robó tal vez
lo hizo porque era pobre y lo necesitaba.
-Si no hubiera sido pobre, sir -contestó mi maestra- podéis
estar bien seguro de que nunca hubiese cedido a vuestros deseos, y esa misma
pobreza debió de prevalecer en ella y se justificó pensando que, en las
condiciones en que os encontrabais, el despojo de que os hizo víctima lo
hubiera llevado a cabo cualquier cochero ó portador de silla de postas.
-Es posible, y hasta deseo que le sirva de provecho. Vuelvo a
repetiros que todos los caballeros que hacen estas cosas deberían obtener el
mismo resultado que yo; tal vez entonces les sirviera de escarmiento. Lo único
que me inquietaba era el detalle que vos me habéis aclarado antes.
Al llegar a este punto, empezó a hablar con cierto desparpajó de
lo que había ocurrido entre él y yo, tema no muy adecuado para que una mujer
escriba sobre el mismo, y del miedo cerval que le acometió al pensar que yo
hubiera podido contagiarle alguna enfermedad y que él la hubiese propagado más
tarde. Por último, preguntó si mi amiga podía proporcionarle una oportunidad
para hablar conmigo. Mi maestra le garantizó que yo era una mujer limpia y
llena de salud y de que en este aspecto él podía considerarse tan seguro como
si se hubiera acostado con su propia esposa, pero en cuanto a lo de verme
díjole que podría traer peligrosas consecuencias. No obstante, prometióle que
hablaría conmigo y le daría a conocer mi respuesta, todo ello sin dejar de
emplear argumentos para persuadirle en contra de sus deseos e insistiendo en
que no sería prudente para él. Le dijo también que esperaba que se abstuviese
de reanudar unas relaciones conmigo, porque por lo que a mí se refería,
equivalía a poner mi vida en sus manos.
El caballero afirmó que tenía muchas ganas de verme y que daría
toda clase de garantías con respecto a no aprovecharse de mí, y que ante todo
me absolvería de toda clase de acusaciones. Mi maestra le previno que todo
aquello podía conducir a una mayor difusión del secretó, y al final resultarle
funesto y le rogó que no insistiera sobre este particular, Por último consiguió
hacerle desistir de su empeñó.
A continuación cambiaron algunas palabras acerca de los objetos
que él había perdido, y el caballero se mostró muy interesado por su reloj de
oró, asegurando a mi maestra que si ella conseguía recuperarlo le entregaría de
buena gana tanto dinero como le había costado. Ella contestó que haría cuanto
estuviera en su manó para devolvérselo y que dejaría que él cuidase de
valorarlo.
El día siguiente mi maestra le llevó el reloj y él le entregó
treinta guineas a cambió del mismo, cantidad superior a la que yo hubiese
podido obtener por él, aunque me parece que valía mucho más. Hablóle también de
su peluca que, según él, había costado sesenta guineas y de su caja de rapé, y
pocos días después ella le llevó Tos dos objetos. El caballero mostró gran
satisfacción y dio a mi aya otras treinta guineas. El día siguiente yo le mandé
gratuitamente su magnífica espada y su bastón. No le pedí nada a cambió, pero
en cuanto a verlo seguí manteniendo mi negativa.
Más tarde quiso sostener una larga conversación con mi maestra
para enterarse de cómo había llegado a sus oídos aquel asuntó. Ella compuso una
larga historia sobre aquel tema y le contó que lo había sabido por cierta
persona a la que yo había referido todos los pormenores con objeto de que dicha
persona me ayudase a disponer de sus bienes. Después mi confidente le entregó
todos los objetos a ella, pues su oficio era el de prestamista. Al enterarse
del desastre acaecido a Su Señoría, presintió lo que en realidad había ocurrido
y puesto que aquellos objetos obraban ya en su poder, decidió ir a verlo sin
perder tiempo. A continuación, le aseguró repetidas veces que nadie se iba a
enterar nunca de nada a través de ella y aunque conocía mucho a la mujer en
cuestión, refiriéndose a mí, nunca le revelaría la identidad del caballero. No
es necesario decir que nada de esto era verdad, pero tampoco había perjuicio
alguno para él, puesto que yo nunca conté lo ocurrido a nadie.
Eran muchas las ideas que se anidaban en mi cabeza acerca de una
nueva entrevista con el caballero y muchas veces lamenté haberle opuesto mi
negativa. Estaba segura que de haberlo visto y haberle hecho saber que estaba
enterada de su nombre, hubiese obtenido no pocas ventajas por su parte, y
quizás incluso alguna pequeña pensión. Aunque ello hubiese representado una
existencia no exenta de zozobras, por lo menos no habría estado tan llena de
peligros como la que había llevado hasta aquellos momentos.
Sin embargo, estos pensamientos fueron desapareciendo y seguí
negándome a verle, pero mi maestra siguió visitándolo a menudo y él se mostraba
muy amable con ella haciéndole algún obsequio cada vez que la veía. En cierta
ocasión ella lo encontró muy alegre y llegó a pensar que el vino se le había
subido a la cabeza, y él permitiera ver a aquella mujer que, según dijo, tanto
le había gustado aquella noche, de modo que mi maestra, que desde un principio
apoyaba sus pretensiones, le dijo que puesto que mostraba tantos deseos, casi
se inclinaba a su favor con tal de que lograra convencerme a mí. Añadió también
que si se servía ir a su casa aquella noche, ella trataría de conseguirle una
entrevista confiando en sus repetidas promesas de olvidar lo pasado.
Por tanto, mi maestra vino a verme y me refirió toda la
conversación. Para abreviar diré que no tardó en arrancarme el consentimiento
para algo de lo que estaba arrepintiéndome ya de haberme negado al principio,
de modo que me, preparé para entrevistarme con él. Me vestí con todo el cuidado
posible, puedo asegurarlo, y por primera vez utilicé algunos toques artísticos.
Digo por primera vez, pues nunca había llegado a la bajeza de pintarme, no
habiéndome faltado nunca la vanidad suficiente para creer que no tenía
necesidad de ello.
El vino a la hora convenida, y tal como había dicho mi maestra y
seguía siendo evidente, había estado bebiendo, aunque ni por asomo se acercaba
a lo que podríamos calificar de embriaguez. Pareció muy contento de verme e
inició una larga parrafada acerca del ya pasado asunto. Le presenté repetidas
veces mis excusas y le aseguré que no tenía ningún propósito de cogernada
cuando lo conocí y que no me había enfadado con él, pues lo tenía por un
caballero de finos modales y no olvidaba sus insistentes promesas de mostrarse
cortés conmigo.
El alegó que había bebido mucho y que apenas sabía lo que hacía,
y que de no haber sido por ello, nunca se hubiera permitido tomarse las
libertades que se había tomado conmigo. Me aseguró que nunca había tocado más
mujer que a mí desde que se había casado y que ello le causó una sorpresa; me
dedicó cumplidos por haberle resultado tan agradable, y otras lindezas por el
estilo, y tanto abundó en este tema que advertí que la conversación lo había
puesto en camino de volver a hacer lo mismo. Pero lo atajé con brusquedad y
juré que nunca había permitido que hombre alguno me tocase desde que murió mi
marido, de lo cual hacía ya ocho años. El dijo que me creía y añadió que mi
amiga le había confiado esta intimidad y que esto era precisamente lo que le
había dado tantos deseos de volver a verme, y que puesto que ya había truncado
una vez su virtud conmigo, sin sufrir malas consecuencias, no corría peligro al
aventurarse de nuevo. En resumidas cuentas, ello condujo a lo que yo esperaba y
que no puede ser relatado.
Mi maestra lo había previsto lo mismo que yo, y por tanto lo
llevó a una habitación en la que no había una cama, pero que daba a una alcoba
en la que sí la había. Allí nos retiramos el caballero y yo para pasar la
velada, y después de un rato, él se acostó y durmió toda la noche. Yo me retiré
en seguida, pero por la mañana volví sin haberme vestido y me acosté a su lado
el tiempo restante.
Por tanto, como aquí puede verse, el haber cometido una vez un
delito constituye un lamentable antecedente para volver a perpetrarlo; todo
remordimiento y reflexión se borran cuando la tentación redobla. Si no hubiese
cedido ante él otra vez, su corrompido deseo se hubiera desvanecido, y es muy
probable que nunca hubiera caído en él con nadie más, como no había hecho
antes, como creo de veras.
Cuando se marchaba, le dije que esperaba que estuviese seguro de
no haber sido robado otra vez. Me contestó que estaba tranquilo a este respecto
y que volvía a confiar en mí, y metiéndose la mano en el bolsillo me dio cinco
guineas, el primer dinero que ganaba de aquel modo desde hacía muchos años.
Volví a ser visitada por él, pero nunca se inclinó hacia una
manutención regular, que es lo que a mí me habría agradado. En cierta ocasión,
por cierto, me preguntó cómo me ganaba la vida. Yo le contesté con rapidez y le
aseguré que nunca había hecho lo
que hacía con él, sino que trabajaba como costurera y que apenas
podía defenderme. Dije también que a veces hacía más de lo que podía y que mi
trabajo era muy duro.
Pareció pesaroso al pensar que él había sido el primero en
llevarme por aquel sendero, y me dijo que nunca había pensado hacer tal cosa.
Le causaba cierta impresión haber sido la causa de su propio pecado y del mío
también. A veces expresaba también tales reflexiones sobre el propio delito, y
sobre sus particulares circunstancias con respecto a sí mismo, y explicaba cómo
el vino lo había inducido a estas inclinaciones y cómo el diablo lo había
conducido hasta aquel lugar y hallado un objeto para tentarle, y entonces se
convertía en un tratado de moral.
Cuando estos pensamientos predominaban en él, se marchaba y a
veces no volvía en un mes o aun más tarde, pero después, cuando se debilitaba
su voluntad, la flaqueza volvía a vencer y entonces venía dispuesto a
encenagarse de nuevo. Así vivimos algún tiempo, y aunque no me mantuvo con
todas las de la ley, como suele decirse, nunca dejó de mostrarse generoso y
darme lo suficiente para que pudiera vivir sin trabajar y, lo que era aún
mejor, sin tener que volver a ejercer mi antiguo oficio.
Pero también este asunto tocó a su fin. Apenas transcurrido un
año advertí que no venía tan a menudo y, por último, se marchó para siempre sin
ninguna clase de despedida desagradable o desgarradora. Así concluyó aquel
breve acto de mi existencia, que no tuvo para mí muchas consecuencias y que
añadió mayor peso a mi remordimiento.
Sin embargo, durante aquel intervalo me quedé casi siempre en
casa; por lo menos, como estaba bien provista no tuve ninguna aventura, o mejor
dicho, no la tuve durante los tres primeros meses de dejarme él. Pero después,
descubriendo que mis fondos empezaban a disminuir y no estando dispuesta a
gastar mis reservas pensé otra vez en mi antiguo oficio y en dar un vistazo a
las calles, y mi primer paso fue bastante afortunado.
Me había vestido con unas ropas muy sencillas. Como contaba con
diversos atuendos para presentarme en público, me había puesto un traje de tela
basta, un delantal azul y un sombrero de paja, y me había situado junto a la
puerta de la «Posada de las Tres Copas», en St. John Street. Eran muchos los
arrieros que acudían a aquella posada, y las diligencias que iban a Barnet,
Totteridge y otras localidades paraban siempre en la calle al atardecer,
mientras se disponían a partir, de modo que yo estaba dispuesta para aprovechar
cualquier ocasión que pudiera presentarse. Mi intención era la siguiente: la
gente suele llevar fardos y pequeños paquetes y utilizar a los mensajeros y las
diligencias para que los transporten hasta sus puntos de destino en el campo, y
es usual que esperen en ellas las mujeres, las esposas o las hijas de los
faquines para llevar los paquetes a las personas que emplean sus servicios.
Aunque parezca extraño, ocurrió que mientras yo esperaba junto a
la entrada de la posada, una mujer que hasta entonces también había estado
allí, y que era la esposa de un mozo perteneciente a la diligencia de Barnet,
al observar mi presencia me preguntó si esperaba alguna de las diligencias. Le
contesté que si, que esperaba a mi señora que venía para marcharse a Barnet.
Preguntóme quién era mi dueña y yo repliqué el primer nombre que pasó por mi
cabeza pero, al parecer, acerté el nombre de una familia que vivía en Hadley,
casi al lado de Barnet.
No le dije nada más, ni ella a mí durante un buen rato, pero
después, al llamarla alguien desde una puerta cercana, me rogó que si alguien
preguntaba por la diligencia de Barnet me acercara y la avisara desde la puerta
de la casa, que me pareció ser una taberna. Contesté que lo haría con mucho
gusto y ella se alejó.
Apenas se hubo marchado llegó una criada con un niño, jadeando y
sudando, y preguntó por la diligencia de Barnet. Yo contesté en seguida:
-Es aquí.
-¿Eres de la diligencia de Barnet? -inquirió.
-Sí, querida-contesté yo-. ¿Qué se te ofrece?
-Quiero dos plazas para dos viajeros.
-¿Y dónde están? -le dije.
-Ahí está la niña. Me harás un favor si la metes dentro del
coche, mientras yo voy a buscar a mi señora.
-Pues date prisa, querida -dije-, pues esto no tardará en
llenarse.
La criada llevaba un gran fardo debajo del brazo.
Dejó a la niña en el carruaje y yo le advertí:
-Será mejor que dejes también este paquete.
-No -contestó-, tengo miedo de que alguien pudiera quitárselo a
la niña.
-Déjamelo a mí, pues -sugerí-, y yo lo guardaré.
-Está bien, pero ten mucho cuidado.
-Respondería de él, aunque valiera veinte libras -dije.
-Tómalo, pues erijo la criada antes de marcharse.
Apenas tuve el fardo en mi poder y la criada se perdió de vista,
me dirigí a la taberna en la cual se hallaba la mujer del faquín, pues de
haberla encontrado me hubiese limitado a entregarle el paquete y a pasarle el
recado como si yo me dispusiera a marchar-me y no pudiera quedarme por más
tiempo, pero como no di con ella, me marché de allí y adentrándome en
Charterhouse Lane, atravesé Charterhouse Yard, entré en Long Lane, después me
metí en Bartholomew Close, crucé Little Britain, y pasando por el Hospital
Bluecoat llegué a Newgate Street.
Para evitar que alguien me reconociera, me despojé de mi
delantal azul y con él envolví el fardo, que estaba cubierto con un trozo de
percal estampado muy chillón. Metí también en el fardo el sombrero de paja y me
puse el lío sobre la cabeza, precaución que resultó muy acertada, pues al pasar
delante del Hospital Bluecoat, me topé nada menos que con la criada que me
había confiado el paquete. Al parecer, se dirigía con su señora, a la que había
ido a buscar, hacia la diligencia de Barnet.
Vi que caminaba apresuradamente y yo no tenía interés alguno en
detenerla. Por tanto, se alejó y yo llegué muy sana y salva a mi casa para
entregar el fardo a mi maestra. No contenía dinero, ni plata ni joyas, pero sí
un soberbio traje de damasco indio, una bata y unas enaguas, una cofia y unos
encajes de Flandes, con bastante ropa interior y otros artículos cuyo valor
supe apreciar.
Esta artimaña no era invento mío, sino que me la explicó cierta
persona que la había practicado con éxito, y mi maestra se complació mucho con
ella. En realidad, la llevé a cabo varias veces, aunque nunca la repetí en el
mismo lugar. La vez siguiente la probé en «White Chapel», en la esquina de
Petticoat Lane, donde paran los carruajes que van a Stratford and Bow y sus
alrededores, y otra vez en el «Flying Horse», junto a Bishopgate, donde
esperaban entonces las diligencias de Cheston. Y siempre tuve la fortuna de
volver a casa con algún botín.
En otra ocasión me situé frente a un almacén del muelle donde
atracan los barcos del Norte, de Newcastle-upon-Tyne, Sunderland y otros
lugares. Una vez allí y estando cerrado el almacén llegó un joven con una carta
y reclamó una caja y un cesto procedentes de Newcastle-upon-Tyne. Le pregunté
si tenía los comprobantes necesarios y él me enseñó la carta que debía servirle
para reclamarlos y una relación del contenido. La caja estaba llena de ropa
blanca y el cesto contenía cristalería. Leí la carta y tuve buen cuidado en
fijarme en el nombre, las marcas, el nombre de la persona que remitía el género
y el del que tenía que recibirlo, y rogué al joven que volviera por la mañana,
puesto que el encargado del almacén no volvería en toda la noche.
Me alejé de allí en seguida y después de obtener recado de
escribir en una posada, redacté una carta de míster Richardson, Newcastle, a su
querida prima Jemmy Cole, en Londres, con una lista de lo que mandaba en aquel
barco, pues recordaba al dedillo todos los detalles: tantas piezas de
alemanisco, tantas anos de tejido de Holanda en una caja y un cesto de vasos de
cristal fino de la cristalería de míster Henzill, indicando también que la caja
ostentaba la marca I.C. No. 1, y que el cesto llevaba la dirección en una
etiqueta atada al mismo. Una hora más tarde, volví al almacén, busqué al
guardián y, sin escrúpulo alguno, logré que el envío en cuestión pasara a mi
poder. El valor de las ropas de lino era de unas veintidós libras.
Podría llenar todo este libro con gran variedad de aventuras
parecidas, con nuevos trucos inventados casi a diario y que yo ponía en
práctica con gran destreza, y siempre con buenos resultados.
Por fin, como el cántaro que se rompió de tanto ir a la fuente,
me metí en algunos líos de poca importancia que, a pesar de no afectarme de un
modo fatal, me dieron a conocer, lo cual, después de ser reconocida como
culpable, era lo peor que pudiera sucederme.
Había adoptado un disfraz a base de unas tocas de viuda; no
tenía ningún designio especial, pero esperaba lo que pudiera presentarse, como
tan a menudo solía hacer. Y ocurrió que mientras pasaba por la calle en Covent
Garden, se oyeron unos grites estridentes de: «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» Al
parecer, algunas artistas habían hecho una jugarreta a un tendero y, al verse
perseguidas, unas tomaron una dirección y las demás otra. Según dijeron, una de
ellas llevaba ropas de luto, como si fuera una viuda, por lo cual la
muchedumbre la emprendió conmigo y mientras algunos decían que yo era la
culpable, otros aseguraban que no. Acudió inmediatamente el dependiente del
mercero y juró en voz alta que yo era la persona que andaba buscando y se
apoderó de mí. Sin embargo, cuando llegué arrastrada por la multitud a la
tienda del mercero, él dijo con toda seguridad que yo no era la mujer que había
estado en su tienda, y me habría soltado en seguida si otro individuo no
hubiera dicho gravemente:
-Es mejor esperar que vuelva el dependiente, pues él la ha
reconocido.
Por tanto, me retuvieron allí a la fuerza durante casi media
hora.
Habían llamado a un alguacil y éste se quedó en la tienda
custodiándome. Hablando con él le pregunté dónde vivía y a qué se dedicaba. Sin
poder prever lo que ocurriría después, el hombre me dijo su nombre y su oficio,
así como su dirección, y con un gesto de desafío añadió que ya tendría ocasión
de saber su nombre cuando ingresara en «Old Bailey».
También algunos de los dependientes se insolentaron conmigo y me
costó bastante trabajo lograr que me quitaran las manos de encima. Cierto es
que el propietario se mostró mucho más cortés que ellos, pero no me permitió
marcharme a pesar de que aseguraba no poder decir que yo hubiera estado antes
en su tienda.
Empecé a mostrarme indignada y le dije que esperaba que no
tomase a mal que yo adoptara medidas legales contra él en otra ocasión y que
deseaba poder mandar a buscar a ciertos amigos míos para que se me hiciera la
debida justicia. Me replicó que no podía concederme aquella libertad y que
podría reclamarla cuando compareciese ante el juez. Añadió que, en vista de mis
amenazas, se ocuparía de mí y que me pondría a buen recaudo en Newgate. Le dije
que él tenía los triunfos en la mano en aquellos momentos, pero que no
tardarían en volverse las tornas, y dominé mi carácter tan bien como me fue
posible. Sin embargo, pedí al policía que llamase a un faquín, cosa que
cumplió, y en-tonces pedí pluma, tinta y papel, pero no me entregaron ninguna
de las tres cosas. Pregunté al mensajero su nombre y sus señas, y el pobre
hombre me contestó de buen grado. Le rogué que observara y recordase el modo
como yo era tratada allí y que se fijara en que me retenían por la fuerza.
Añadí que desearía su testimonio en otro lugar y que él no saldría perdiendo al
hablar. El mensajero dijo que me serviría con su mejor voluntad.
-Pero, señora -me dijo-, quisiera oír como se niega a dejaros
marchar, de este modo podría hablar después con mayor claridad.
Al oír estas palabras, me dirigí en voz alta al dueño de la
tienda, diciéndole:
-Caballero, en el fondo de vuestra conciencia sabéis que yo no
soy la persona que andáis buscando y que no he estado antes en vuestra tienda.
Por tanto os exijo que no me retengáis por más tiempo. De lo contrario, servíos
explicar el motivo de mi detención.
El hombre pareció más enojado que nunca al oír mi demanda y
contestó que no haría nada hasta que lo creyese conveniente.
-Muy bien -dije, dirigiéndome al policía y al faquín-, me haréis
el favor de recordar estas palabras en una futura ocasión, caballeros.
El faquín asintió y el policía demostró su preocupación y quiso
persuadir al mercero para que le permitiera marcharse y me soltase a mí, puesto
que, como él mismo había dicho, no creía que yo fuese la persona buscada.
-Mi buen señor -le dijo el mercero con tono insultante-, ¿sois
el juez o un sencillo alguacil? Yo os he encargado su custodia y os ruego que
cumpláis con vuestro deber.
Un poco turbado, pero con gran dignidad, el alguacil le
contestó:
-Sé cuál es mi deber y quién soy yo, señor, pero dudo que vos
sepáis lo que estáis haciendo.
Cambiaron otras palabras ásperas y, entretanto, un dependiente
atrevido y de baja estofa me maltrató bárbaramente, y otro, el mismo que me
había detenido, con el pretexto de registrarme, me puso las manos encima. Le
escupí en pleno rostro, llamé al alguacil y le rogué que tomara nota de los
malos tratos que se me habían infligido.
-Os ruego, señor alguacil -le dije-, que toméis también el
nombre de este villano.
Mientras hablaba señalaba a aquel hombre. El alguacil lo
reprendió como es debido y le dijo que no sabía lo que estaba haciendo, puesto
que su amo reconocía que yo no era la mujer que había estado en su tienda.
-Mucho me temo -añadió el alguacil- que vuestro dueño se esté
metiendo en un buen lío y me arrastre a mí con él, si esta dama llega a probar
quién es y resulta que no es la mujer que pretendéis.
-¡Al diablo con ella! -replicó aquel individuo, con una mueca
insolente de enojo-. Es ella, podéis estar seguro. Juraré que es la misma que
se hallaba en la tienda y que yo le entregué las piezas de satén que hizo
desaparecer con sus propias manos. Ya se enterará cuando míster William y
míster Anthony, los otros empleados, vuelvan. Ellos la reconocerán tan bien
como yo.
En el mismo instante en que aquel granuja estaba diciéndole
estas palabras al alguacil, entraron los mencionados míster William y míster
Anthony, y con ellos una considerable multitud entre la que figuraba la
auténtica viuda por la que me habían toma-do. Entraron sudorosos y dando voces
en la tienda, con grandes gestos de triunfo, arrastrando a la desdichada, sin
hacer caso de su amo, que se hallaba en la trastienda, y exclamando en voz
alta:
-¡Aquí está la viuda, señor!
-¿Qué significa esto? -dijo el propietario-. Pero si ya la
tenemos aquí y éste jura que se trata de ella.
El otro dependiente, el que se llamaba míster Anthony, replicó:
-Míster John puede decir lo que quiera y jurar lo que le venga
en gana, pero ésta es la mujer y aquí está el resto del satén que ha robado. Lo
saqué de entre sus ropas con mis propias manos.
Yo seguía sentada e inmóvil y mi corazón empezaba a
tranquilizarse, pero me limité a sonreír y guardé silencio. El dueño de la
tienda había palidecido y el alguacil dio media vuelta y me miró.
-Dejadlos, señor alguacil -dije-, dejadlos continuar.
El caso era flagrante y no podía ser negado, por lo que el
alguacil hubo de hacerse cargo de la verdadera ladrona y el mercero me dijo con
gran cortesía que lamentaba el error y que esperaba que yo no lo tomaría por
las malas. Dijo también que cada día les ocurrían tantos casos de esta índole
que no se les podía culpar por mostrarse tan severos al tomarse la justicia por
su mano.
-¿Que no lo tome a mal, caballero? -exclamé-. ¿Pues de qué modo
he de tomarlo? Si me hubierais permitido marcharme cuando vuestro insolente
empleado me detuvo en la calle y me trajo a vuestra presencia y cuando vos
mismo reconocisteis que yo no era la persona que buscaban, lo hubiera pasado
por alto sin tomarlo en serio, debido a los muchos sinsabores que sin duda
tenéis que soportar cada día, pero vuestro comportamiento ha sido insoportable
y en especial el de vuestro empleado. Por esto exigiré y obtendré una
reparación.
Entonces él empezó a parlamentar conmigo y dijo que me
concedería cualquier satisfacción razonable, cosa que haría de buen grado si yo
le hubiese contestado qué era lo que de él esperaba. Le contesté que yo no
podía erigirme en mi propio juez y que la ley decidiría en mi lugar y que como
pensaba exponer mis quejas ante un magistrado, ya tendría ocasión de oír allí
lo que yo pensaba declarar. Me dijo que no había motivo para acudir a la
justicia toda vez que estaba ya en libertad para ir donde quisiera y, acto
seguido, llamó al alguacil y le indicó que podía dejarme marchar, pues estaba
libre de toda culpa. El alguacil le habló con calma:
-Señor, acabáis de decirme que yo no era un juez, sino un
sencillo alguacil, y me habéis pedido que cumpliera con mi deber haciéndome
cargo de esta dama como prisionera. Ahora, se ñor, me doy cuenta de que sois
vos quien ignoráis cuál es mi deber, pues queréis convertirme en juez, pero
debo deciros que esto no entra en mis atribuciones. Puedo retener a un preso
cuando alguien me lo confía, pero tan sólo la ley y el magistrado pueden dejar
en libertad al preso. Por tanto, estáis en un error, caballero, pues he de
hacerla comparecer ante un juez ahora mismo, tanto si os agrada como si no.
De momento, el mercero se mostró muy arrogante con el alguacil,
pero no siendo éste un funcionario pagado, sino un hombre recto y acomodado,
pues tengo entendido que se trataba de un tratante en cereales, así como una
persona de sentido común, se mantuvo en sus trece y se negó a dejarme en
libertad sin antes comparecer ante un juez de paz, y yo también insistí en este
punto.
Cuando el mercero advirtió esta actitud, dijo:
-Bien, podéis llevarla donde os plazca.
-Señor -dijo el policía-, vos vendréis con nosotros, sois vos
quien ha presentado la denuncia.
-No, yo no vendré -protestó el tendero-. Ya os he dicho que no
tengo nada que ver con ella.
-Os ruego, señor, que me acompañéis -insistió el policía-, y lo
deseo en bien vuestro, pues el juez no podría hacer nada sin vuestra presencia.
-Y yo os ruego, amigo -dijo el mercero-, que os ocupéis de
vuestros asuntos. Os repito que nada tengo que decir a esta dama y, en nombre
del rey, os encargo que la dejéis en libertad.
-Señor -dijo el alguacil-, por lo que veo ignoráis lo que
significa ser alguacil. Os ruego que no me obliguéis a mostrarme descortés con
vos.
-No creo que sea necesario, bastante lo estáis siendo ya
-replicó el tendero.
-No, señor -dijo el alguacil-, no soy descortés. Sois vos quien
habéis faltado a la ley al detener a esta honrada mujer en plena calle, cuando
ella no molestaba a nadie, y al retenerla en vuestra tienda permitiendo que
vuestros dependientes la maltrataran. ¿Cómo os atrevéis a decir que soy yo el
descortés? Bastante paciencia estoy demostrando al no ordenaros, en nombre del
rey, que vengáis conmigo y al no pedir ayuda para llevaros a la fuerza. Bien
sabéis que no me faltan atribuciones para hacerlo, pero me abstengo y, una vez
más, os ruego que vengáis conmigo.
A pesar de ello, el tendero siguió negándose e insultó al
alguacil con muy malos modales. Pero el alguacil supo contenerse y no perdió la
serenidad. Por fin intervine yo, diciendo:
-Vamos, señor alguacil, dejadlo. Ya encontraré yo el medio de
obligarlo a comparecer ante un magistrado, no temáis. Pero ahí está ese hombre
que me detuvo cuando yo paseaba inocentemente por la calle y vos sois testigo
de las violencias que ha cometido conmigo desde entonces. Solicito vuestro
permiso para presentar mi denuncia y conducirlo ante la justicia.
-Sí, señora -dijo el alguacil.
Y dirigiéndose al individuo, le ordenó:
-Venid, joven, tenéis que acompañarnos. Espero que no ignoréis
las atribuciones del alguacil, aunque vuestro amo finja ignorarlas.
El dependiente tomó el aspecto de un ladrón que acaba de ser
sentenciado y retrocedió unos pasos. Miró a su patrono como si pudiera
ayudarle, pero el tendero, como un estúpido, alentó al joven para que se negara
a obedecer. El dependiente opuso verdadera resistencia al alguacil y cuando
éste quiso cogerlo lo empujó con todas sus fuerzas, en vista de lo cual el
alguacil lo derribó y pidió auxilio, y en el acto la tienda fue invadida por el
gentío y el alguacil arrestó al dueño y a aquel empleado y a todos los
dependientes.
Lo peor del caso fue que la mujer que antes habían detenido y
que era la verdadera ladrona se escabulló entre la multitud, cosa que imitaron
otras dos-que también habían sido detenidas, aunque no sé si eran o no
culpables.
Entretanto, habiendo acudido algunos vecinos que se enteraron a
fuerza de preguntas de lo ocurrido, procuraron que el enfurecido tendero
recuperase su sentido común y, al final, comparecimos todos ante el juez,
seguidos por una multitud de unas quinientas personas. Durante todo el trayecto
pude oír cómo la gente preguntaba qué había sucedido y cómo otros contestaban
diciendo que un mercero había detenido a una dama confundiéndola con una
ladrona, y que después habían capturado a la ladrona, y que entonces la dama
había hecho detener al mercero y lo llevaba ante el juez. Aquello agradaba a la
gente y hacía que el cortejo aumentara, y mientras avanzaba se oían gritos de:
« ¿Quién es la ladrona? », y « ¿Quién es el mercero? », en especial por parte
de las mujeres. Después, cuando supieron quién era, empezaron a vociferar: «¡Es
él! ¡Es él!», y de vez en cuando alguien le arrojaba una pella de barro. Así
caminamos durante un buen rato, hasta que el mercero se vio obligado a suplicar
al alguacil que pidiera un carruaje para protegerse de la chusma.
Por consiguiente, el alguacil y yo, así como el tendero y su
empleado, seguimos el viaje en coche.
Cuando nos presentamos ante el juez, que era un caballero de
Bloomsbury ya muy entrado en años, el alguacil hizo un relato sucinto del
suceso y el juez me rogó que hablase y dijera todo cuanto tenía que decir.
Primero, me preguntó mi nombre, cosa que me incomodó en gran manera, pero que
no pude evitar, y tuve que contestarle que me llamaba Mary Flanders, que era
viuda, que mi marido había sido capitán de barco y que había muerto en un viaje
a Virginia, añadiendo otras circunstancias que él nunca pudiera desmentir, y
que vivía actualmente en la ciudad con una amiga a la que nombré, y que me
disponía a marchar a América donde mi difunto marido tenía su patrimonio. Añadí
que aquel día iba a comprarme ropas de alivio de luto, pero *que cuando aún no
había entrado en la tienda, aquel individuo (señalando al dependiente del
mercero) se abalanzó sobre mí con tanta furia que me dio un gran susto, y me
llevó a la tienda de su amo, donde, aunque éste reconoció que yo no era la
persona que buscaban, no quiso dejarme marchar y me denunció a un alguacil.
Después procedí a relatar los malos tratos que había recibido
del empleado y cómo se negaron a que yo enviase a buscar a alguno de mis
amigos, cómo después consiguieron capturar a la verdadera ladrona y hallaron
encima de ella los géneros robados, y todos los demás detalles.
Después el alguacil explicó su diálogo con el mercero con
respecto a mí y, por último, la negativa del dependiente a acompañarle y los
ánimos que le había dado su amo para que se resistiera, el ataque llevado a
cabo contra él y todo lo que ya he
contado.
El juez escuchó después al tendero y a su empleado. El tende ro
pronunció una larga perorata acerca de las grandes pérdidas que sufría cada día
a causa de ladrones y descuideros, alegando que un error era fácil de cometer y
que cuando se enteró de la
verdad quiso dejarme en libertad. En cuanto al empleado, tuvo
muy poco que decir, peto aseguró que otro empleado le había dicho que yo era la
ladrona que andaban buscando.
Al terminar el interrogatorio, el juez me dijo con gran cortesía
que yo quedaba en libertad, que lamentaba muchísimo que el empleado del mercero
hubiese demostrado tan poca discreción en su afanosa búsqueda como para tomarme
por la culpable, y que creía que de no haberse mostrado ellos tan injustos al
rete nerme, yo les habría perdonado la primera afrenta. No obstante, no se
hallaba en su poder concederme reparación alguna, excepto afearles su conducta,
cosa que pensaba hacer, pero que suponía que yo recurriría a los métodos
previstos por la ley. Entretanto, él cuidaría de darles curso.
Pero en cuanto al delito cometido por el dependiente, me aseguró
poder darme satisfacción inmediata, puesto que debía mandarlo a Newgate nor
atacar a un alguacil y también por maltratarme a mí.
Por consiguiente, mandó al individuo a Newgate por aquellas
fechorías y su amo pagó una fianza, y con ello terminó la audiencia. Yo tuve la
satisfacción de ver cómo la muchedumbre que los estaba esperando a los dos les
increpaba y arrojaba piedras e in-mundicias a los carruajes que se los
llevaban. Seguidamente volví a casa para reunirme con mi maestra.
Cuando conté la historia a mi maestra, se echó a reír.
-¿Por qué tanta alegría? -pregunté-. Esa historia no es tan
graciosa como parece. Tened la seguridad de que he pasado mis angustias, y
miedo también, al hallarme a la merced de aquella pandilla de rufianes.
-¡Qué risa! -exclamó mi maestra-. Me río, criatura, de la suerte
que tenéis. Pero si este asunto es el mejor negocio que habéis encontrado en
vuestra vida, si sabéis manejarlo... Os aseguro que lograréis que el mercero os
pague quinientas libras por daños y perjuicios, aparte de lo que saquéis del
dependiente.
Yo pensaba de un modo muy distinto, especialmente porque había
dado mi nombre al juez y sabía que mi nombre era tan conocido entre la gente de
Hicks's Hall, de Old Bailey y de otros lugares por el estilo, que si mi asunto
era juzgado en público y mi nombre salía a relucir, ningún tribunal me
otorgaría reparaciones debido a mi reputación. Sin embargo, me veía obligada a
iniciar una querella en toda forma y, por tanto, mi maestra me buscó un
individuo adecuado para llevar el asunto, puesto que era un abogado de alta
categoría y de excelente reputación. Desde luego, no se puede negar que estuvo
muy acertada, pues si hubiera contratado los servicios de algún abogadillo de
tres al cuarto, desconocido o de mala reputación, poco hubiera podido sacar yo
de aquel asunto.
Me entrevisté con el letrado y le di todos los detalles como los
he referido ya antes, y él me aseguró que se trataba de un caso muy sólido y
que no cabía duda de que el jurado tendría que concederme daños y perjuicios
muy considerables. Por tanto, después de tener en cuenta todos los detalles,
inició la querella, y el mercero, al ser detenido, depositó una fianza. Pocos
días después fue a ver a mi abogado, acompañado por el suyo, para notificarle
que deseaba llegar a un arreglo. Manifestó que todo había sido consecuencia de
un desdichado arrebato, que yo tenía una lengua tan viperina como provocadora y
que había sabido usarla burlándome de ellos e insultándolos incluso cuando se
convencieron de que yo era inocente, y que yo los había incitado, y otras cosas
por el estilo.
Mi letrado maniobró con mucha habilidad a mi favor. Les hizo
creer que yo era una viuda acaudalada, muy capaz de hacerme justicia, y que
contaba también con amigos influyentes que me apoyarían; que éstos me habían
hecho prometer que seguiría el asunto hasta el final, y que aunque me costara
mil libras no vacilaría en obtener una satisfacción, pues las afrentas
recibidas eran inadmisibles.
No obstante, ellos persuadieron a mi abogado para que les
prometiera que él no enconaría la cuestión, que si yo me inclinaba hacia un
arreglo él no se opondría, y que me convencería de que era mejor la paz que la
guerra, por todo lo cual él no saldría perdiendo nada. El letrado me lo contó
todo honradamente y me dijo que si intentaban sobornarlo no dejaría de
decírmelo, pero, en resumidas cuentas, me dijo que, en su opinión, era mejor
llegar a un acuerdo con ellos, pues estaban muy asustados y tenían grandes
deseos de conseguir un arreglo. Sabiendo que tendrían que cargar con las costas
del juicio, él creía que me darían de buen grado más de lo que cualquier
tribunal podía obligarles a pagar. Le pregunté cuál era su opinión acerca de la
cantidad que estaban dispuestos a abonarme, y él me dijo que no podía
satisfacer mi curiosidad respecto a este punto, pero que me podría informar
mejor cuando, viera otra vez al otro letrado. Pocc tiempo después lo visitaron
de nuevo para saber si había hablado conmigo. Les contestó afirmativamente y
explicó que no me había juzgado tan adversa a un arreglo como lo eran algunos
de mis amigos, que no perdonaban el insulto que se me había infligido y me
apoyaban, y que ellos eran los que atizaban el fuego y me instaban a vengarme
si no se me hacía justicia, como ellos solían decir. Por consiguiente, no sabía
qué contestarles, pero les aseguró que haría todo lo que estuviera en su mano
para convencerme, con la condición de saber qué dase de proposi-ción podía
ofrecerme. Ellos fingieron que no podían hacer ninguna propuesta porque cabía
la posibilidad de que fuese utilizada en contra suya y mi letrado replicó que,
del mismo modo, él tampoco podía hacer ninguna oferta, pues ello podría
redundar en perjuicio de la indemnización que el jurado se viera inclinado a
decidir. Sin embargo, después de una larga conversación y de mutuas promesas de
que ninguno de los dos bandos aprovecharía las ventajas de lo que se conviniera
en aquella o en otra reunión, llegaron a una especie de acuerdo, pero eran tan
distintos los dos puntos de vista que poco o nada cabía esperar de él. Mi
abogado pidió 500 libras y las costas, y ellos ofrecieron 50 sin costas, de
modo que las negociaciones quedaron rotas y el mercero pidió tener una
entrevista conmigo, a lo que mi abogado accedió prontamente.
El letrado me recomendó que asistiera a esta entrevista con mis
mejores ropas y con toda compostura para que el tendero pudiera ver que yo era
más de lo que aparentaba el día en que me aprehendió. Por consiguiente, me
presenté con un traje nuevo de alivio de luto, siguiendo la pauta de lo que
había explicado al juez. Me adorné también, tanto como podía permitir a una
viuda el alivio de luto, y mi maestra me prestó un soberbio collar de perlas
que se cerraba por detrás con un broche de diamantes y que tenía empeñado, y
colgué a mi costado un reloj de oro de muy buena calidad, de modo que, en una
palabra, hacía muy buena figura. Además, esperé que ellos hubiesen llegado y me
presenté en un carruaje, acompañada de mi doncella.
Cuando entré en la habitación, el mercero se quedó atónito. Se
levantó y me hizo una reverencia que fingí no ver. Me senté donde me indicó mi
letrado, pues nos hallábamos en su casa. Al poco rato, el mercero me confesó
que apenas me había reconocido, y empezó a dedicarme una serie de cumplidos. Le
repliqué que fue antes cuando no me reconoció y que, de haberlo hecho, estaba
segura de que no me habría tratado como lo hizo.
Me aseguró que él lamentaba muchísimo lo que había ocurrido y
que precisamente para testimoniarme su buena disposición en cuanto a ofrecerme
una reparación había solicitado aquella entrevista. Añadió que esperaba que yo
no llevase el asunto hasta un límite extremo, cosa que no sólo podía significar
una cuantiosa pérdida para él, sino también ser la ruina de su tienda y
negocio, en cuyo caso yo tendría la satisfacción de haber devuelto una injuria
con un perjuicio diez veces mayor. Pero en este último caso yo no obtendría
nada, en tanto que su intención consistía en hacerme toda la justicia posible
sin que ni él ni yo nos viéramos metidos en las tribulaciones y en los gastos
de un proceso.
Le contesté que me alegraba de oírle hablar con un buen sentido
tan distinto al que había empleado la otra vez; que era verdad que en muchos
casos de afrenta el arrepentimiento bastaba para servir de satisfacción, pero
que aquello había ido demasiado lejos para ser considerado como un caso
ordinario; que yo no era vengativa ni buscaba su ruina, ni la de ninguna otra
persona, pero que mis amigos se mostraban unánimes en no permitirme
una-negligencia como sería la de dar por liquidado un asunto de tal índole sin
una suficiente reparación de mi honor; que ser tomada por una ladrona era una
indignidad que ro podía ser pasada por alto; que nunca había sido tratada de
aquel modo por nadie que me conociera y que, aun reconociendo que debido a mi
viudez había pasado una temporada de negligencia y descuido en cuanto a mi
persona y ello me hubiera podido hacer pasar por lo que no era, siempre
quedaban los malos tratos que recibí después... A continuación enumeré todos
los detalles que he contado antes, añadiendo que eran tan irritantes que no
sabía cómo tenía paciencia para repetirlos.
El lo admitió todo y se mostró muy humilde. Me hizo
proposiciones muy interesantes, llegando hasta las 100 libras y al pago de
todos los gastos, y añadió que me haría un suntuoso obsequio consistente en
ropas. Yo subí hasta 300 libras y exigí que se publicara una aclaración de lo
sucedido en los periódicos de mayor divulgación.
Era ésta una cláusula que él no podía aceptar en modo alguno.
Sin embargo, por fin y gracias a la intervención de mi abogado, llegó a las 150
libras y un traje de seda negra. Yo accedí, y allí mismo, a petición de mi
abogado, cumplió mis condiciones, pagó al letrado sus honorarios y los gastos,
e incluso acabó ofreciéndonos una buena cena.
Cuando fui a cobrar el dinero, me hice acompañar por mi maestra
ataviada como una anciana duquesa y por un caballero muy bien trajeado que
fingía cortejarme, pero al que yo llamaba primo. El letrado cuidó de insinuar
que aquel caballero aspiraba a casarse conmigo.
El mercero nos trató con gran esplendidez y pagó la suma con
harta satisfacción, a pesar de que el asunto le costó sus buenas 200 libras o
más. En el transcurso de nuestra última entrevista, cuando todo estuvo
acordado, se puso sobre el tapete el asunto del dependiente, y el tendero
suplicó con gran insistencia en su favor. Me dijo que se trataba de un hombre
que había poseído una tienda de su propiedad y había gozado de cierta
prosperidad; que tenía una esposa y varios hijos y que era muy pobre, y que no
tenía nada para poder ofrecerme una reparación, pero que vendría a pedirme
perdón de rodillas si yo así lo deseaba. Aquel insolente pícaro no me
preocupaba y su humillación no significaba
nada para mí, puesto que no podía sacar nada de él. Por tanto,
poco importaba que me mostrara generosa con él. Dije que no deseaba la ruina de
ningún hombre y que, por consiguiente, accediendo a sus peticiones, perdonaría
al mozo, pues la venganza era algo que se hallaba muy por debajo de mí.
Cuando estábamos cenando trajo al desdichado para que me diera
las gracias, cosa que hizo con tanta humildad como insultante era la altivez
que había empleado al injuriarme, y así como en la ofensa fue un ejemplo de
total bajeza de espíritu, crueldad e inflexibilidad aprovechando su ventajosa
situación, en su aflicción se mostró un dechado de abyección y de cobardía. En
consecuencia, rechacé sus adulaciones, le dije que lo perdonaba y le rogué que
se retirase, pues a pesar de mí perdón su presencia no me era nada agradable.
Mi situación era entonces muy satisfactoria y ojalá hubiera
sabido retirarme de mis actividades. Mi maestra solía decir que yo era la
ladrona más rica de Inglaterra, y bien puede creerse, ya que poseía 700 libras
en metálico, aparte de vestidos, anillos, algo de vajilla y dos relojes de oro,
todo ello robado, pues aparte de los que he mencionado, había cometido
innumerables hurtos. ¡Ah, si hubiera tenido entonces la gracia del
arrepentimiento, aún hubiera estado a tiempo de repudiar mis locuras y de ofrecer
alguna reparación por ellas! Pero la satisfacción que tenía que dar por los
delitos que había cometido, tenía que esperar aún, y me costaba tanto evitar la
tentación de salir a ganarme la vida, como yo solía decir, como en los tiempos
en que la necesidad me obligaba de veras a ir a buscarme el pan.
No pasó mucho tiempo después del asunto del mercero cuando me
eché a la calle con un equipo muy distinto de los que había utilizado hasta
entonces. Me disfracé de mendiga con los harapos más desaliñados y toscos que
pude encontrar y merodeé atisban-do y escuchando ante todas las ventanas y las
puertas que encontraba a mi paso, y tales fueron mis aprietos que aprendí a
comportarme mucho peor de lo que había hecho hasta entonces. Como es natural,
aborrecía aquellos harapos y la suciedad. Estaba acostumbrada a la limpieza y
al orden y no podía cambiar, fuera cual fuese mí condición. Por consiguiente,
aquél fue el disfraz más desagradable que me había puesto. Llegué a decirme que
no me serviría de nada, pues aquel atuendo atemorizaba e intimidaba a todo el
mundo y creí que todos me miraban como temiendo que me acercase a ellos por si
les hurtaba algo y también por si les contagiaba algún parásito o alguna
enfermedad. La primera vez que salí vagué toda la tarde sin conseguir nada y
volví a casa mojada, dolorida y fatigada. Sin embargo, volví a salir la noche
siguiente y tuve una pequeña aventura que estuvo a punto de costarme cara.
Mientras me hallaba junto a la puerta de una taberna, llegó un caballero
montado en su caballo y se apeó ante la puerta. Como iba a entrar en la
taberna, llamó a un mozo para que le vigilase el caballo. Estuvo mucho rato
dentro y el mozo oyó que su amo lo estaba llamando y pensó que se enojaría con
él. Al verme a mí a su lado, me hizo gesto de que me acercara.
-Venid, buena mujer -me dijo-, sostened un rato ese caballo
mientras yo entro. Cuando salga el caballero os dará algo.
-Sí -contesté yo.
Pero empuñando las riendas, me alejé de allí tranquilamente con
el caballo y lo llevé a mi maestra.
Aquello podía ser un botín para los que hubieran entendido en
tales menesteres, pero nunca hubo desdichado ladrón tan confuso ante lo que
tenía que hacer con lo que había robado, pues cuando llegué a casa mi maestra
se quedó de una pieza y ninguna de las dos sabía qué hacer con el animal.
Llevarlo a un establo era un trabajo inútil, pues era seguro que la noticia
sería publicada en la Gaceta, junto con la descripción del caballo, de modo que
no nos atreveríamos a ir a recogerlo.
La única solución para aquella infortunada aventura consistía en
llevar el caballo a una posada y enviar un mensajero con una nota a la taberna
diciendo que el caballo del caballero que se extravió a tal hora había sido
abandonado en tal posada y que podía ser recogido allí, y que la pobre mujer
que cuidaba de él, habiéndosele escapado en la calle, no pudo devolverlo y lo
dejó allí. Hubiéramos podido esperar hasta que el propietario publicase un
anuncio y ofreciera una recompensa, pero no quisimos arriesgarnos a ir a
cobrarla.
Por consiguiente, aquello fue y no fue un robo, pues poco se
perdió con ello y nada se ganó. Yo estaba ya bastante harta de salir vestida de
mendiga. No me ofrecía ninguna compensación y creía además que el disfraz
resultaba ominoso y de mal agüero.
Cuando utilizaba aquel disfraz, me tropecé con una pandilla de
individuos de la peor calaña que me había echado en cara hasta entonces, y pude
conocer algo de sus actividades. Eran monederos falsos y me hicieron
proposiciones con sustanciosos beneficios para mí, pero la tarea que pensaban
asignarme era la más peligrosa. Se trataba de manejar el troquel, como ellos
llamaban a dicha operación, y ello, de haber sido detenida, hubiera significado
la pena de muerte, y además en la estaca, es decir, ser quemada viva en una
estaca, de modo que a pesar de que mi aspecto fuese el de una mendiga y aunque
me prometieron montañas de oro por mis servicios, no pudieron convencerme. Es
verdad que de haber sido una mendiga auténtica o si me hubiera sentido tan
desesperada como cuando comencé, tal vez hubiéramos llegado a un trato, pues,
¿qué puede importarle la muerte al que no sabe cómo vivir? Pero en aquellos
momentos mi situación no era tan grave y yo no estaba dispuesta a correr
riesgos tan terribles. Además, sólo el pensar en ser quemada atada a una estaca
me llenaba de terror, me helaba la sangre y me rodeaba con un hálito en el que
no podía pensar sin echarme a temblar.
Aquello puso también punto final a mi disfraz, pues no me agradó
la propuesta, aunque a ellos no se lo dije y les di la impresión de que me
agradaba, e incluso les prometí volver a verlos. Pero no me atreví a verlos
más, pues de haberme reunido otra vez con ellos y no haber aceptado, aunque
hubiese declinado la invitación con las mayores garantías de secreto, hubieran
sido capaces de matarme para quedarse tranquilos, como esa gente suele decir.
En cuanto a esta clase de tranquilidad, hay que saber comprender a esos hombres
capaces de matar a la gente con tal de evitar un riesgo.
Lo que acabo de referir y el robo de caballos no eran
ciertamente mis especialidades, y no me costó mucho llegar a la decisión de no
volver a saber nada más de ellas. Mis negocios pertenecían a otras esferas, y
aunque éstas tuvieran también sus difi-cultades, eran más adecuadas para mí,
aparte de que resultaban más artísticas y poseían más caminos para escapar y
más posibilidades de disimulo si ocurría algo inesperado.
En aquellos tiempos recibí también varias propuestas para unirme
a una cuadrilla de salteadores de casas, pero era ésta una actividad en la que
tampoco me complacía embarcarme, lo mismo que en el negocio de los monederos
falsos. Me ofrecí para acompañar a dos hombres y a una mujer que se ganaban la
vida entrando en las casas por medio de estratagemas, y con ellos me vino en
gana correr aventuras. Pero eran ya tres y no les gustaba hacer tantas partes
ni a mí tampoco pertenecer a una cuadrilla tan numerosa, por lo que no entré en
tratos con ellos y decliné la oferta. Ellos pagaron cara su siguiente
tentativa.
Al final conocí a una mujer que a veces me había contado sus
aventuras en el muelle, aventuras a las que sonreía el éxito, y me uní a ella y
el negocio fue muy fructífero. Un día conocimos a unos holandeses en St.
Catherine, lugar adonde íbamos fingiendo comprar géneros entrados de
contrabando. Yo estuve dos o tres
veces en una casa en la que vi una gran cantidad de artículos
prohibidos, y mi compañera se llevó en cierta ocasión tres piezas de seda negra
holandesa que nos proporcionó pingües beneficios de los que yo obtuve mi parte.
Pero en todas las visitas que yo efectué no pude tener la oportunidad de
actuar, de modo que tuve que dejarlo, pues había estado allí tantas veces que
empezaban a sospechar y se mostraban tan desconfiados que comprendí que no
cabía esperar nada.
Aquello me desanimó un poco y resolví intentar alguna otra cosa,
pues no estaba acostumbrada a volver tan a menudo con las manos vacías. Por
tanto, al día siguiente me vestí con todo esmero y di un paseo por el otro lado
de la ciudad. Pasé ante el Exchange, en el Strand, sin saber qué podía
encontrar allí, pero de pronto advertí que se había congregado una gran
muchedumbre en aquel lugar, y todo el mundo, tenderos y transeúntes, esperaban
y miraban. Se trataba de una gran duquesa que había entrado en el Exchange, y
se decía que la reina estaba a punto de llegar.
Me acerqué a una tienda y me coloqué de espaldas al mostrador,
como para dejar paso libre al gentío, sin apartar la mirada de una pieza de
encajes que el tendero estaba enseñando a unas damas que se hallaban junto a
mí. El tendero y su dependiente estaban tan ocupados mirando quién venía y en
qué tienda entraría, que encontré el medio de meterme un paquete de encajes en
el bolsillo. Así, el tendero pagó cara su curiosidad por ver a la reina.
Salí de la tienda como si me impulsara el gentío y, mezclándome
con la multitud, salí por la otra puerta del Exchange y me alejé de allí antes
de que echaran de menos los encajes. Para no ser seguida, llamé un carruaje y
me metí dentro. Apenas había tenido tiempo de cerrar la puerta del coche cuando
vi a la dependienta de la tienda y a cinco o seis personas más que corrían por
la calle gritando como si estuvieran asustadas. No chillaban: «¡ Al ladrón! »,
puesto que nadie huía, pero pude oír dos o tres veces las palabras «robo» y
«encajes», y observé que la dependienta se retorcía las manos y corría mirando
a uno y otro lado como presa de un gran pavor. El cochero que yo había llamado
estaba subiendo al pescante, pero aún no se había sentado y los caballos todavía
no se movían, por cuya causa me acometió una gran intranquilidad, y, tomando el
paquete de encajes, me dispuse a tirarlo por la ventanilla delantera, detrás
del cochero. Pero con gran satisfacción por mi parte, pocos momentos después el
coche empezó a avanzar, pues el cochero se había sentado y había dicho
algo a sus caballos. Así, pues, nos alejamos sin ser
interrumpidos y yo llegué a casa con mi adquisición, cuyo valor se aproximaba a
las 20 libras.
El día siguiente me vestí con un traje distinto y recorrí el
mismo itinerario, pero no se me puso nada a tiro hasta llegar al parque de St.
James, donde vi muchas damas elegantes que se paseaban por el Mall. Entre ellas
había una jovencita, de unos doce o trece años, acompañada por su hermana, una
niña que tendría unos nueve años. Observé que la mayor de las dos llevaba un
magnífico reloj de oro y un valioso collar de perlas y que las dos eran
vigiladas por un lacayo de librea. Mas por no ser corriente que un lacayo siga
a sus dueñas en el Mall, me fijé en que se detenía al entrar ellas allí y que
la mayor de las dos hermanas hablaba con él, diciéndole, al parecer, que las
esperase allí hasta su regreso.
Cuando oí que despedía al lacayo, me acerqué a él y le pregunté
quién era aquella joven. Charlé con él comentando el encanto de la niña que la
acompañaba y la gentileza y elegancia de la hermana mayor, añadiendo que su
seriedad la convertía ya en una mujercita, y el muy tonto me dijo por fin que
era la hija mayor de sir Thomas... de Essex, y que era poseedora de una gran
fortuna; que su madre todavía no había llegado a la ciudad y que ella se
alojaba con la esposa de sir William..., de Suffolk, en su mansión de Suffolk
Street, y me dio muchos detalles más; que las acompañaban también una criada y
otra mujer, aparte del coche de sir Thomas, el cochero y él, y que la joven
dama ejercía su autoridad sobre toda la familia, tanto allí como en su casa. En
resumen, me dio detalles lo bastante abundantes para que yo pudiera emprender
mi tarea.
Yo iba muy bien vestida y lucía un reloj de oro como la joven.
Me separé del lacayo y me coloqué en la misma hilera en la que paseaba la
joven, después de haber esperado a que dieran media vuelta para recorrer de
nuevo el Mall, y la saludé por su nombre dándole el título de lady Betty. Le
pregunté si había tenido noticias recientes de su padre y cuándo llegaría su
señora madre a la ciudad, y me interesé por su salud.
Le hablé con tanta familiaridad de todos sus parientes que no
pudo por menos que suponer que conocía íntimamente a toda su familia. Le
pregunté el motivo de que viajase sin mistress Chime, su camarera particular,
para que se preocupara de mistress Judith, o sea, su hermana menor. Después
emprendí con ella una larga conversación acerca de su hermana, le dije que era
ya toda una mujercita, le pregunté si estaba aprendiendo el francés y mil cosas
más, hasta que, de pronto, vimos llegar a la Guardia y el gentío corrió para
ver cómo el rey entraba en el Parlamento.
Las damas llenaron todo un lado del Mall y yo ayudé a la joven a
situarse sobre el borde de la baranda para que la altura le permitiera ver
mejor, y cogí en brazos a la pequeña y la levanté también. Durante esta
operación me adueñé tan limpiamente del reloj de oro de lady Betty que ella no
se dio cuenta ni lo encontró a faltar hasta que toda la muchedumbre se hubo
dispersado y ella se vio_ de nuevo en medio del Mall entre las demás señoras.
Me despedí de ella entre el gentío y le dije como si tuviera
prisa:
-Mi querida lady Betty, cuidad de vuestra hermana.
Y fingí que la multitud me arrastraba y que me veía obligada,
muy a pesar mío, a separarme de ellas.
En estos casos, el apresuramiento cede en seguida y el lugar
recobra su calma apenas ha pasado el rey, pero como siempre hay carreras y
alboroto mientras pasa, y yo ya me había despedido de las damitas y había
llevado a cabo mi negocio con ellas sin tropiezo alguno, seguí a buen paso
entre la multitud como si corriera para ver al rey, y no tardé en situarme en
cabeza del gentío y seguir allí hasta el final del Mall. Cuando el rey se
dirigió hacia el cuartel de los Horse Guards, yo me introduje en el pasaje que
entonces atravesaba la parte inferior del Haymarket y allí llamé a un coche
para alejarme de una vez. Confieso que no he mantenido la palabra que di en
cuanto a ir a visitar a mi lady Betty.
Había llegado a acariciar la idea de quedarme junto a lady Betty
hasta que ésta echase de menos el reloj y entonces armar un gran revuelo,
acompañarla hasta su coche, meterme también en el coche y acompañarla hasta su
casa, puesto que ella parecía muy encariñada conmigo, y tan engañada quedó
gracias a mi charla acerca de sus amistades y familiares que pensé que sería
muy fácil llevar el asunto hasta más lejos y obtener, por lo menos, el collar
de perlas. Pero cuando consideré que, aunque la jovencita no hubiera sospechado
de mí podían sospechar otras personas y que si yo era registrada todo se
descubriría, decidí que lo mejor sería darme por satisfecha con lo que ya había
conseguido.
Después supe por casualidad que cuando la joven descubrió la
desaparición de su reloj, armó un gran alboroto en el parque y ordenó a su
lacayo que recorriera las inmediaciones para ver si podía dar conmigo. Me
describió con tanta exactitud, que el lacayo supo en seguida que se trataba de
la mujer que había estado hablando con él y que tantas preguntas le había hecho
acerca de sus amos, pero yo estaba ya muy lejos cuando ella llamó a su lacayo
para contarle lo sucedido.
Después de ésta tuve otra aventura, muy distinta de todas las
que había corrido hasta entonces. El escenario fue una casa de juego cercana a
Covent Garden.
Vi entrar y salir varias personas y permanecí un buen rato en el
zaguán con otra mujer, y al ver a un caballero que se disponía a subir y que
parecía ser hombre de clase superior, le pregunté:
-Perdonad, señor, ¿está permitido que suban las mujeres? -Sí,
señora -me contestó-, y también se les permite jugar si así lo desean.
-Me gustaría mucho -afirmé.
Al oír mis palabras, me dijo que él me presentaría si yo lo
deseaba, en vista de lo cual le seguí hasta la puerta y él me orientó.
-Aquí, señora, están los jugadores, si es que tenéis ganas de
probar la suerte.
Di un vistazo y dije en voz alta a la mujer que me acompañaba:
-Aquí sólo hay hombres. No me atrevo a jugar con ellos.
Al oírme, uno de los caballeros repuso:
-Nada debéis temer, señora. Somos jugadores de buena fe y os
damos la bienvenida y os rogamos que juguéis cuanto os
plazca.
Me acerqué un poco más para ver mejor, y uno de ellos me acercó
una silla y yo me senté y contemplé cómo los jugadores manejaban los dados.
Después dije a mi compañera:
-Estos caballeros juegan demasiado fuerte para nosotras. Es
mejor que nos vayamos.
Los jugadores se mostraron muy corteses y uno de ellos me animó
muy particularmente, diciéndome:
-Vamos, señora, si queréis probar vuestra suerte y os atrevéis a
confiar en mí, os garantizo que nadie abusará aquí de vuestra buena fe.
-No, caballero -repliqué, sonriendo-, estoy convencida de que
ninguno de estos caballeros haría víctima de sus trucos a una dama.
Pero seguí negándome a jugar, aunque exhibí un monedero lleno de
monedas para que pudieran ver que no era el dinero lo queme interesaba.
Después de un buen rato de permanecer sentada allí, otro
caballero me dijo, bromeando:
-Vamos, señora, veo que os asusta aventuraros por cuenta
vuestra. Las damas siempre me han dado buena suerte, de modo que podéis apostar
por mí si no queréis hacerlo por vos misma.
-Señor, me sabría muy mal perder el dinero vuestro -le dije.
Y añadí:
-También yo tengo buena suerte, pero estos caballeros hacen unas
apuestas tan altas que no me atrevo a arriesgar mi dinero.
-Perfectamente -dijo él-, ahí van diez guineas, señora.
Apostadlas por mí.
Recogí su dinero y empecé a jugar mientras él me miraba. Perdí
nueve guineas apostando una o dos cada vez y cuando la banca pasó a manos de un
hombre sentado junto a mí, el caballero me entregó diez guineas más y me obligó
a apostar cinco de golpe. El caballero que tenía la banca pasó, y con ello
recuperé cinco de sus guineas. Animóse al ver aquella jugada y me pidió que me
hiciera cargo de la banca, lo cual no dejaba de ser un riesgo audaz. Sin
embargo, retuve la banca tanto tiempo que recuperé todo su dinero y reuní un
buen montón de monedas en mi regazo, y lo que aún fue mejor, cuando me vino una
suerte adversa sólo tuve que pagar una o dos monedas a los que habían apostado
y así pude salir muy airosa.
Al llegar a este punto, ofrecí al caballero todo el dinero, pues
era suyo y quise que siguiera jugando él alegando que no entendía del todo
aquel juego. El se echó a reír y dijo que si me acompañaba la buena suerte no
importaba que entendiera o no el juego, pero que no debía abandonarlo. Por
tanto, tomó las quince guineas que me había entregado al principio y me rogó
que jugase con el dinero restante. Le pedí que contase el dinero que me
quedaba, pero él dijo:
-No, no les digáis nada, sé que sois persona honrada y trae mala
suerte contar el dinero.
Por tanto, seguí jugando.
Jugué un buen rato y me acompañó la buena suerte, pero la última
vez que tuve la banca apostaron muy fuerte y yo lo perdí todo. Había retenido
la banca hasta ganar ochenta guineas, pero perdí más de la mitad en la última
jugada. Entonces me levanté, por temor a perder también el resto, y dije al
caballero:
-Os ruego que os sentéis y que dispongáis de vuestro juego. Creo
que no lo he hecho mal del todo.
El hubiera deseado que yo siguiese jugando, pero se hacía tarde
y yo tenía ganas de marcharme. Cuando le entregué el dinero, le dije qué
esperaba que me permitiera marcharme y que contara lo que había ganado y
comprobase cuánta suerte le había traído. Había sesenta y tres guineas.
-¡Oh! -exclamé-. De no haber sido por esta última y desdichada
jugada, os hubiera entregado un centenar de guineas.
Le di todo el dinero, pero él se negó a aceptarlo hasta que yo
hubiera cogido algo para mí, rogándome que obrara a mi gusto. Yo me negué e
insistí en que no cogería nada. Si él tenía interés en darme algo, debía ser a
su placer.
Entonces, los demás jugadores gritaron:
-¡Dáselo todo!
Pero yo me negué resueltamente a ello. Entonces, uno de ellos
exclamó:
-Vamos, Jack, pártelo con ella. ¿No sabes que siempre conviene
estar en paz con las damas?
Por consiguiente, él dividió el dinero conmigo y yo me marché
con treinta guineas, aparte de las cuarenta y tres que había sustraído con mi
arte particular, cosa que lamenté después, puesto que él había sido tan
generoso conmigo.
De este modo llegué a casa con setenta y tres guineas, y mi
anciana maestra pudo comprobar mi buena suerte en el juego. Sin embargo, me
aconsejó que no volviera a aventurarme, y yo atendí su recomendación, pues
nunca volví a entrar allí. Sabía tan bien como ella que si la pasión del juego
se apoderaba de mí, no tardaría en perder aquella suma y todo lo que tenía.
Hasta aquel momento, la fortuna me había sonreído y yo había
prosperado tanto y mi maestra también, pues siempre tenía su parte, que la
anciana empezó a hablar seriamente de retirarnos mientras todo marchaba bien y
darnos por satisfechas con lo que habíamos obtenido. Pero no sé qué hado me
guiaba que me mostré tan reacia a ello entonces como ella se había mostrado
antes, al proponérselo yo, y en mala hora abandonamos toda idea de retirarnos.
En resumidas cuentas, yo adquirí más astucia y audacia que nunca y mis éxitos
consiguieron que mi nombre fuese tan famoso como el del mejor ladrón que
hubiera pisado Newgate o el Old Bailey.
Algunas veces me había permitido el lujo de repetir el mismo
truco varias veces, cosa que en la práctica no es de recomendar, pero que a mí
no se me dio mal del todo, porque, en general, adoptaba nuevos disfraces y
procuraba aparecer con distintos aspectos cada vez que salía de caza.
No era una época muy animada del año, y la mayor parte de los
caballeros estaban fuera de la ciudad. Tunbridge, Epson y otros lugares por el
estilo estaban llenos de gente. Pero la ciudad estaba bastante deshabitada, de
modo que al finalizar la temporada, notando que nuestro negocio decaía
bastante, me uní a una pandilla que solía ir cada año a la feria de
Stourbridge, y de ésta a la de Bury, en Suffolk. Nos prometíamos grandes
operaciones en estos lugares, pero cuando pude observar cómo marchaban las cosas,
me sentí bastante pesimista, pues salvo pequeñas raterías, poco había que
valiera la pena. Por otra parte, si se conseguía algún botín no era fácil
sacarlo de allí, y tampoco había la varie-dad de ocasiones que se presentaban
en Londres. Todo cuanto obtuve del viaje fue un reloj de oro en la feria de
Bury, y un pequeño paquete de lino en Cambridge, cosa que me dio ocasión para
abandonar aquellos lugares. Empleé un truco muy antiguo, considerando que
podría darme resultado con un tendero de fuera, aunque en Londres resultase ya
inútil.
Compré en una tienda de tejidos, no en la feria, sino en el
mismo Cambridge, tanta holanda fina y otros artículos como pude por la suma de
siete guineas. Hecho esto, les rogué que me lo mandaran a la posada a la que, a
propósito, me había trasladado aquella misma mañana como si tuviera la
intención de pasar la noche en ella.
Ordené al comerciante que me lo mandara a una hora determinada,
y que en la posada le haría efectivo su importe. A la hora convenida, el
tendero me envió el género y yo situé a una mujer de nuestra pandilla ante la
puerta de la habitación. Cuando la criada de la posada acompañó al mensajero,
que era un joven aprendiz, hasta la puerta, aquélla le dijo que su señora
estaba durmiendo, pero que si dejaba el paquete y volvía una hora más tarde yo
estaría ya despierta y él recibiría su dinero. Dejó el paquete sin la menor
vacilación y se marchó, y media hora más tarde, mi camarera y yo nos largamos
de allí. Aquella misma tarde alquilé un caballo y un lacayo y fuimos hasta
Newmarket y allí obtuve pasaje en una diligencia que no iba muy llena y que se
dirigía a St. Edmund's Bury. Allí, como ya he dicho antes, pude hacer poco
negocio exceptuando el hurto de un reloj de oro en un pequeño teatro de las
afueras, aprovechando la circunstancia de que su dueña estaba no sólo muy
alegre, sino, según creo, un poco bebida, cosa que me facilitó muchísimo mi
labor.
Me marché con mi pequeño botín a Ipswich, y de allí a Harwich,
donde me instalé en una posada fingiendo acabar de llegar de Holanda,
convencida de que podría realizar alguna adquisición entre los extranjeros que
pernoctaban allí. Sin embargo, descubrí que no solían llevar consigo objetos de
valor, exceptuando lo que guardaban en sus maletines o bolsas de viaje y que,
generalmente, quedaba bajo la custodia de algún criado. Con todo, una noche
conseguí sustraer uno de aquellos maletines de la habitación donde descansaba
el caballero, aprovechando que el criado se había quedado dormido sobre la
cama, al parecer muy borracho.
La habitación en la que yo me alojaba era contigua a la del
holandés y después de arrastrar la pesada maleta, con no poco esfuerzo, desde
su habitación hasta la mía, salí a la calle para ver si podía hallar algún
medio para alejarla de allí. Caminé un buen rato, pero no pude ver probabilidad
alguna ni de poner a buen recaudo la maleta ni de ocultar lo que pudiera
contener después de abrirla, ya que la ciudad era muy pequeña y yo una
forastera en ella. Por consiguiente, me dispuse a regresar con la resolución de
devolverla y dejarla donde la había encontrado. Pero en aquel preciso momento
oí que un hombre instaba a otros para que se dieran prisa, pues el barco estaba
a punto de zarpar y era la hora de aprovechar la marea. Me dirigí en seguida a
aquel individuo.
-¿A qué barco pertenecéis, amigo? -pregunté. -A la chalana de
Ipswich, señora -me contestó. -¿Cuándo zarpa?
-En este preciso momento, señora -dijo el hombre-. ¿Queréis
subir a bordo?
-Sí, siempre y cuando esperéis que vaya a buscar mis cosas.
-¿Dónde tenéis vuestro equipaje, señora? -preguntó él. -En la posada.
-Está bien, os acompañaré -me dijo con gran cortesía-, y yo lo
traeré hasta aquí.
-Venid conmigo, pues -dije yo.
El hombre se apresuró a seguirme.
La gente de la posada estaba muy atareada, pues acababa de
llegar el paquebote de Holanda y también dos diligencias con pasajeros de
Londres, pues había otro paquebote a punto de zarpar rumbo a Holanda. Aquellas
diligencias tenían que marcharse a la mañana siguiente con los pasajeros que
acababan de desembarcar. Dado este apresuramiento, nadie paró mientes en que yo
me acercara al mostrador y pagase mi alojamiento explicando a la dueña que
acababa de obtener mi pasaje en una chalana.
Estas chalanas son barcos de buen tamaño dispuestos para tras
ladar pasajeros desde Harwich hasta Londres, y aunque se les haya dado el
nombre de chalanas, palabra que se utiliza en el Támesis para designar los
pequeños botes con uno o dos tripulantes, eran embarcaciones capaces para una
veintena de pasajeros y diez o quince toneladas de carga, y aparejadas para
navegar en alta mar. Yo me había enterado de todo esto al preguntar la noche
anterior cuáles eran los medios para regresar a Londres.
La dueña de la posada se mostró muy atenta y cobró su dinero,
pero no tardaron en llamarla, pues en toda la casa reinaba una gran agitación.
Aprovechando la oportunidad, hice subir al hombre a mi cuarto, le entregué la
maleta, que más bien era un baúl, después de envolverla con un delantal, y él
se marchó directamente hacia su barco y yo lo seguí sin que nadie nos hiciera
la menor pregunta, pues el criado holandés seguía durmiendo su borrachera y su
amo estaba cenando abajo con otros caballeros extranjeros y entre ellos reinaba
gran alegría. Por consiguiente, pude marcharme a Ipswich y, ya más avanzada la
noche, la gente de la posada sólo pudo averiguar que yo me había marchado a
Londres en la chalana de Harwich, tal como había explicado a la dueña.
En Ipswich fui molestada por los funcionarios de la aduana, que
cogieron mi baúl y quisieron abrirlo para registrarlo. Les dije que estaba
dispuesta a ello y que podrían registrarlo, pero que mi marido tenía la llave y
no había regresado aún de Harwich. Dije esto para que si, al registrarlo,
hallaban unos objetos más propios de un hombre que de una mujer, no les
pareciera extraño. Sin embargo, al insistir ellos en abrir el baúl, les di
permiso para forzar la cerradura, cosa que no fue difícil.
No encontraron nada que pudiera interesarles, pues la maleta ya
había sido revisada antes, pero descubrieron varias cosas que me llenaron a mí
de satisfacción, en particular una bolsa de dinero en pistolas francesas y unos
cuantos ducados holandeses. El resto se componía principalmente de dos pelucas,
ropa interior, unas navajas, jabón de olor, perfumes y otros artículos
necesarios para un caballero, pasando todo por ser propiedad de mi esposo y sin
que nadie me opusiera ningún obstáculo.
Era una hora muy temprana de la mañana y estaba muy oscuro, y yo
no sabía qué hacer, pues no cabía duda de que no tardaría en ser perseguida y
quizá capturada luego con mi botín. Por tanto decidí adoptar otras medidas.
Entré tranquilamente en una posada con mi baúl y, después de vaciarlo para que
su volumen no estorbase mis movimientos, guardé lo que contenía de más valor y
se lo di a la propietaria rogándole que me lo guardara hasta que yo pudiera ir
a buscarlo. Acto seguido, volví a salir a la calle.
Cuando me hallaba en la población, a buena distancia de la
rasada, vi una anciana que acababa de abrir la puerta de su casa y trabé
conversación con ella, haciéndole gran cantidad de preguntas, todas ellas
ajenas al propósito que yo perseguía, pero durante nuestra charla pude saber la
situación de aquella ciudad. Me hallaba en una calle que conducía hacia Hadley,
pero había otra que llevaba hasta los muelles, otra hacia el centro de la
población, y, por último, otra que marcaba la dirección de Colchester. Por
tanto, la carretera de Londres se encontraba allí.
No tardé en saber lo que quería, gracias a la anciana, pues sólo
me interesaba la carretera de Londres, y me dirigí hacia allí sin perder
tiempo. No pensaba ir a pie, ni a Londres ni a Colchester, pero sí tenía ganas
de alejarme sin ser vista de Ipswich.
Caminé unas dos o tres millas y después encontré un campesino
dedicado a sus tareas de labranza sin que pueda precisar qué estaba haciendo, y
le dirigí primero unas preguntas que no me interesaban, pero al final le dije
que me dirigía a Londres y que la diligencia estaba tan llena que no había
podido obtener pasaje en ella, y le pregunté si podía indicarme dónde me
alquilarían un caballo y un buen hombre que me condujera hasta Colchester,
donde tal vez consiguiera hallar asiento en una de las diligencias. El
campesino me miró fijamente y durante medio minuto no dijo nada, hasta que, por
fin, rascándose la cabeza, me contestó:
-¿Un caballero para llevaros a Colchester? Pues sí, señora,
pagando podéis obtener tantos caballos como queráis.
-Pues claro está, amigo -dije yo-, de esto estoy bien segura. No
esperaba obtenerlo sin pagar.
-Sí, pero, ¿cuánto estaríais dispuesta a pagar por él?
-No sé, amigo mío, pues ignoro cuáles son los precios aquí, en
el campo, toda vez que soy forastera. Pero si podéis conseguirme un caballo
barato, os daré algo por vuestra molestia. -Bien, ésta es una proposición muy
honesta -dijo el campesino.
«No tan honesta -me dije para mis adentros- si supieras el
resto.»
-Pues bien, señora -me dijo el hombre-, yo tengo un caballo
adecuado y no me importaría venir a acompañaros.
-¿De veras? -dije-. Está bien, creo que sois un hombre de bien y
me alegraría cerrar el trato con vos. Os pagaré razonablemente.
-Y yo me mostraré también razonable. Si os llevo hasta
Colchester, os cobraré cinco chelines, pues no creo poder estar de regreso esta
noche.
En resumidas cuentas, contraté los servicios de aquel buen
hombre y su caballo, pero cuando llegamos a un pueblo junto a la carretera (no
recuerdo su nombre, pero por él pasaba un río), fingí encontrarme muy mal y
aseguré que no podía seguir el viaje aquella noche, pero que si él quería
quedarse conmigo, puesto que yo era forastera, le pagaría gustosamente lo que
me pidiera por él y su caballo.
Recurrí a esta artimaña porque sabía que el caballero holandés y
sus criados pasarían por la carretera aquel mismo día, ya fuese en la
diligencia o en la silla de postas, y pensé que el criado borracho o cualquier
otro bien podían haberme visto en Harwich y reconocerme. Por tanto, pensé que
haciendo aquella parada el peligro desaparecería.
Pasamos la noche allí y la mañana siguiente partimos no muy
temprano, por lo que daban ya las diez cuando llegué a Colchester. Tuve un vivo
placer al ver aquella ciudad en la que había pasado tantos días agradables e
hice muchas preguntas acerca de los buenos amigos que había tenido allí, pero
poco pude sacar en limpio. Todos habían muerto o se habían trasladado a otros
lugares. Las mujeres se habían casado o se habían marchado a Londres. El
caballero y la dama que habían sido mis primeros bienhechores habían fallecido,
y lo que más me afectó fue saber que el joven caballero que había sido mi
primer amante y después mi cuñado, había muerto. Había dejado dos hijos, ya
crecidos, pero también éstos se habían trasladado a Londres.
Despedí al campesino y permanecí allí tres o cuatro días de
incógnito y después tomé pasaje en una galera, pues no quise arriesgarme a ser
vista en las diligencias de Harwich. Pero tanta cautela resultó inútil, pues,
exceptuando a la mujer de la posada, en Harwich no había nadie que me
conociera, y tampoco era lógico suponer que ella, teniendo en cuenta su
apresuramiento y que sólo me había visto una vez y aun a la luz de una vela,
hubiera podido reconocerme.
Regresé, pues, a Londres, y aunque gracias a mi última aventura
conseguí un botín considerable, no me quedaron ganas de volver a merodear por
las afueras, y no hubiera vuelto a repetir mi viaje ni siquiera en el caso de
haber continuado mi oficio hasta el fin de mis días. Ofrecí a mi maestra el
relato de mis andanzas. Le gustó mucho la historia de Harwich y, mientras
discurríamos sobre aquellas cosas, ella observó que por ser el ladrón un ser
que se aprovecha de los errores de los demás, sólo pueden presentarse muchas
oportunidades al que se muestra vigilante e industrioso. Creía, por tanto, que
una persona tan exquisitamente sagaz en su oficio como yo, no podía dejar de
obtener resultados extraordinarios dondequiera que me encontrase.
Por otra parte, todas las facetas de mi historia, si bien se
considera, pueden resultar útiles para las personas honradas y promover la
debida cautela en gentes de todas clases para resguardarse de sorpresas de ese
estilo y para obligarles a mantener los ojos bien abiertos cuando se vean ante
extraños de cualquier índole, pues rara vez deja de acecharles alguno de estos
peligros. Por consiguiente, la moraleja de mi relato debe ser captada por el
buen sentido y el juicio del lector, pues no soy yo quién para recomendarla.
Ojalá la experiencia de una criatura sumida en el delito y muy miserable sirva
de advertencia para aquellos que leen.
Me acerco ya a la descripción de una nueva serie de escenas de
mi vida. A mi regreso, endurecida por una larga carrera criminal coronada por
grandes éxitos, por lo menos que yo sepa, no tenía intención, como ya he dicho,
de abandonar una actividad que, si hubiera debido juzgar por el ejemplo de
otros, tenía que terminar necesariamente del modo más mísero y lamentable.
En la tarde del día siguiente a la Navidad, y para dar remate a
un largo y delictuoso período, salí a ver qué podía ofrecérseme y, pasando ante
una platería en Foster Lane, reparé en un cebo tentador y al que nadie en mi
oficio hubiera podido resistirse. No había nadie en la tienda, por lo que pude
ver, y en el escaparate brillaba una gran cantidad de piezas de plata lo mismo
que al lado del mostrador. El dueño, según supuse, debía de hallarse en otro
lado de la tienda.
Entré con la mayor desfachatez y estaba a punto de apoderarme de
una pieza de plata, y habría podido hacerlo y marcharme con ella si sólo
hubiese dependido de la vigilancia de los hombres que trabajaban en la tienda,
cuando un vecino que se encontraba en una casa que había al otro lado de la
calle, al verme entrar y observando que no había nadie en la tienda, atravesó
corriendo y sin preguntarme quién era ni lo que deseaba, me agarró fuertemente
y llamó a gritos a la gente del taller.
Como ya he dicho, yo no había tocado nada aún y al oír que
alguien corría hacia la tienda, tuve la presencia de ánimo de golpear
ruidosamente el suelo con los pies y también de empezar a gritar cuando aquel
hombre me puso la mano encima.
Sin embargo, como hacía siempre que demostraba tanto más valor
cuanto mayor era el peligro, cuando aquel individuo quiso detenerme sostuve con
toda serenidad que había entrado para comprar media docena de cucharas de
plata, y tuve la gran suerte de que aquel platero vendiera cubiertos e incluso
los fabricase para otras tiendas. El hombre se echó a reír al oír aquella
excusa y en su celo por destacar el servicio que había hecho a su vecino,
insistió en que yo no había entrado para comprar, sino para robar. Con ello, se
congregó una gran multitud. Dije al dueño de la tienda, que acababa de ser
avisado por alguien que se había acercado, que era inútil armar un jaleo y
seguir discutiendo acerca de aquel asunto. El vecino había insistido en que yo
había entrado allí para robar y tendría que probarlo y yo deseaba que todos
compareciéramos ante un magistrado sin necesidad de pronunciar más palabras,
pues empezaba a comprender que lo mejor sería mostrarme inflexible con el
hombre que me había sorprendido.
En realidad, el dueño y la dueña de la tienda no eran tan
testarudos como el individuo de la casa de enfrente, y el hombre me dijo:
-Señora, tal vez hayáis entrado en mi tienda con la mejor
intención del mundo, pero no deja de ser una cosa extraña entrar en una tienda
como la mía no habiendo nadie en ella, y no haría justicia a mi vecino, que tan
amable ha sido conmigo, si no reconociera que le asiste parte de razón. De
todos modos, no puedo asegurar que intentarais apoderaros de algo, y en
realidad no sé qué hacer.
Le apremié para que compareciera conmigo ante un magistrado, y
si podía probárseme algo que indicase intención de robar yo me sometería de
buena gana, pero si ocurría lo contrario exigiría una reparación.
Mientras debatíamos aquel punto y habiéndose congregado un
nutrido grupo de personas ante la puerta, acertó a pasar por allí sir T. B., un
regidor de la ciudad y juez de paz, y al enterarse el orfebre salió para rogar
a Su Señoría que entrara y decidiera d caso.
Para hacer justicia al platero, he de decir que relató lo
sucedido con toda exactitud y moderación, y el individuo que había querido
detenerme contó su historia con gran acaloramiento y de un modo apasionado,
cosa que me hizo más bien que mal. Me llegó a mí la vez de hablar y expliqué a
Su Señoría que era forastera en Londres y que acababa de llegar del Norte. Le
di mi dirección y expliqué que pasaba por la calle y había entrado
en la tienda del joyero para comprar media docena de cucharas.
Por suerte, llevaba una vieja cuchara de plata en el bolsillo, y sacándola le
conté que llevaba aquella cuchara para compararla con media docena de cucharas
nuevas, de modo que hicieran juego con otras que tenía en mi casa en el campo.
Al no ver a nadie en la tienda, había golpeado muy fuerte con
los pies en el suelo para que alguien me oyera y también había llamado en voz
alta. Era verdad que había objetos de plata en la tienda, pero nadie podía
decir que los hubiese tocado, ni siquiera que me hubiera acercado a ellos.
Entonces un individuo entró corriendo en la tienda, procedente de la calle, y
me agarró con unos modales violentos en el preciso momento en que yo estaba
llamando a la gente de la tienda y si hubiera tenido verdaderamente la
intención de prestar un servicio a su vecino, se habría mantenido a distancia y
habría vigilado en silencio para ver si yo tocaba algo o no, y en caso
afirmativo habría podido entrar sorprendiéndome con las manos en la masa.
-Esto es cierto -dijo el regidor.
Y volviéndose hacia el hombre que me había detenido le preguntó
si era verdad que yo estaba golpeando el suelo con los pies.
El hombre contestó que sí, pero que ello podía ser debido a su
entrada en la tienda.
-Nada de eso -dijo el regidor, interrumpiéndolo-. Ahora os
estáis contradiciendo, pues acabáis de decir que ella estaba en la tienda y que
os daba la espalda, por lo que no pudo veros hasta que le pusisteis la mano
encima.
Desde luego, yo había estado de espaldas a la calle, pero como
mi oficio requería mirar un poco a todas partes a la vez, en realidad me había
dado cuenta de que se acercaba aunque él no lo advirtiese.
Terminado el interrogatorio el regidor expuso su opinión de que
el vecino había cometido un error y que yo era inocente. El orfebre y su esposa
estuvieron de acuerdo y quedé en libertad, pero cuando me disponía a marcharme,
el regidor dijo:
-¡Un momento, señora! Si pensabais comprar cucharas, espero que
no permitiréis que este amigo pierda un cliente a causa de un error.
-No, señor, compraré las cucharas si hacen juego con ésta que he
traído de muestra.
El joyero me enseñó varias del mismo juego, las pesó y me dijo
que costaban treinta y cinco chelines. Yo saqué mi bolsa para pagarlas, y en
ella llevaba unas veinte guineas, pues nunca salía
sin llevar conmigo una suma respetable, por lo que pudiera
ocurrir, y ya en otras ocasiones había sacado partido de ella.
Cuando el regidor vio mi bolsa, dijo:
-Perfectamente, señora. Ahora sí que estoy convencido de que os
han interpretado mal. Os he pedido que comprarais las cucharas y me he quedado
para presenciar la operación. Si no hubierais tenido dinero para pagarlas,
habría sospechado que no habíais entrado en la tienda con intención de comprar,
pues no me cabe duda de que las personas que abrigan designios como los que os
pretendían achacar rara vez llevan tanto dinero en el bolsillo, como, según
veo, lleváis vos.
Sonreí y dije a Su Señoría que en este caso debía algo de su
favor a mi dinero, pero que esperaba que también juzgase razonable la justicia
que me había hecho antes. Contestó que sí, pero que aquello había confirmado su
opinión y que se hallaba plena-mente convencido de que se me había infligido
una afrenta. De este modo, abandoné aquel lugar con todos los honores, a pesar
de haberme hallado al borde del desastre. .
Tres días después, y sin que aquel peligro me hubiera hecho más
cautelosa, como había sido antes, y siempre siguiendo la carrera que durante
tanto tiempo había practicado, me aventuré en el interior de una casa cuya
puerta estaba abierta' y me apo-deré, sin pensar que podía ser vista, de dos
piezas de seda estampada de la llamada brocado y de gran calidad. No era una
mercería ni el almacén de un mercero, sino que parecía una vivienda particular
habitada por alguien que se dedicaba a vender los géneros de los tejedores a
los tenderos actuando cómo intermediario.
Para abreviar esta página negra de mi historia, diré que fui
sorprendida por dos criadas que se abalanzaron gritando contra mí cuando
cruzaba la puerta, y una de ellas me metió de un empujón en el cuarto mientras
la otra cerraba la puerta. Intenté parlamentar con ellas, pero no me dejaron.
Dos dragones enfurecidos no hubieran mostrado más ira que ellas; rasgaron mis
ropas y gritaron y rugieron como si se dispusieran a asesinarme. Vino después
la dueña de la casa seguida por el propietario, y todos ellos se mostraron muy
indignados, sobre todo en los primeros momentos.
Yo hablé con mucha finura dirigiéndome al dueño y expliqué que
la puerta estaba abierta y que había cosas que representaban una tentación para
mí, puesto que era pobre y muy desgraciada y que la pobreza era algo que a
veces no se podía resistir, y le supliqué con lágrimas en los ojos que se
apiadase de mí. La dueña de la casa inclinóse hacia la compasión y se mostró
dispuesta a dejarme marchar y casi llegó a persuadir también a su marido, pero
las dos malditas criadas habían salido, antes de que nadie se lo ordenase, en
busca de un alguacil, y entonces el propietario de la casa dijo que no podía
echarse atrás. Debía comparecer ante el juez, y explicó a su esposa que podía
verse en un serio conflicto si me dejaba marchar.
La aparición del alguacil me paralizó de terror, y de haber
podido me hubiera escondido debajo del suelo. Fingí desmayarme y algunos
creyeron que había muerto. La mujer volvió a intervenir en mi favor y rogó a su
marido que, puesto que no había cogido nada, me dejara marchar. Yo le ofrecí
pagarle las dos piezas aunque no me había quedado con ellas, y argumenté que si
él recuperaba lo que le pertenecía y no había sufrido pérdida alguna sería
inhumano llevarme al patíbulo y verter mi sangre tan sólo por el intento de
apoderarme de ello. Advertí al alguacil que no había violentado ninguna puerta
ni me había llevado nada, y cuando comparecí ante el juez y alegué que no había
forzado puertas ni me había llevado ninguna prenda, éste mostróse predispuesto
a dejarme en libertad, pero la desvergonzada moza que me había detenido afirmó
que yo me marchaba con las telas y que ella me lo impidió obligándome a entrar
otra vez a empujones cuando ya me hallaba en el umbral. En vista de ello, el
juez extendió la orden de arresto y fui trasladada a Newgate.
¡Horrible lugar! Mi sangre se hiela al oír su nombre. La prisión
donde tantos amigos míos habían sido encerrados y desde la cual muchos
partieron hacia el árbol fatal. El lugar donde mí padre pasó por tantos
sufrimientos, donde yo vine al -mundo y en el cual no esperaba más redención
que una muerte infamante. Para terminar, el lugar que llevaba tanto tiempo
esperándome y que hasta entonces, con un alarde de habilidad y de suerte, había
conseguido evitar.
Hallábame ya presa y no me es posible describir el terror que me
dominaba cuando me vi allí por primera vez y presencié a mi alrededor todos los
horrores de aquel lugar siniestro. Me consideré perdida y pensé que nada podía
esperar ya del mundo como no fuese salir de él de la manera más infamante. El
ruido infernal, los rugidos, los juramentos y los clamores, el hedor y la
suciedad y el sinnúmero de penosos detalles que allí pude observar parecían
unirse para que aquello pareciera el anuncio del mismo infierno.
Entonces me reproché las muchas advertencias que mi propia razón
me había hecho, y que ya he explicado antes, con respecto a mi extraordinaria
suerte y a los muchos peligros que había esquivado, aconsejándome que me
retirase mientras aún estaba a tiempo. Recordé también cómo me había resistido
a ellas y había endurecido mis sentidos contra aquel temor. Parecióme como si
un destino inevitable me hubiese arrastrado hacia aquel lugar y que iba a
expiar todos mis delitos en el patíbulo. Pensé también que mi sangre debía
servir de satisfacción a la justicia y que había llegado la última hora de mi
vida y de mis fechorías. Estas ideas se mezclaron confusamente en mi cabeza y
me sumie-ron en un abatimiento lleno de melancolía y desesperación.
Entonces me arrepentí sinceramente de todo mi pasado, pero este
arrepentimiento no me proporcionó ninguna satisfacción, ni mucho menos la paz,
pues me dije a mí misma que se trataba de un arrepentimiento fruto de la
impotencia para cometer nuevos pecados. Me pareció que no lamentaba haber
cometido aquellos crímenes, a pesar de ser ofensas contra Dios y el prójimo,
sino que me dolía el castigo que iba a sufrir por ellos. Pensé que era una
penitente, no por lo que había pecado, sino por los sufrimientos que me
esperaban, y ello disipó en mis pensamientos toda tranquilidad e incluso la
esperanza de un arrepentimiento auténtico. Durante unos días y unas noches
después de mi llegada a aquel lugar maldito no me fue posible dormir y poco me
hubiese importado morir allí mismo, aunque tampoco consideraba la muerte como
es debido. En realidad, mi imaginación no podía concebir nada más horrible que
aquel lugar y nada podía ser tan odioso para mí como las personas que me
rodeaban. Me hubiera considerado feliz si me hubieran enviado a cualquier otra
parte del mundo, con tal de que no fuese Newgate.
Además, ¡cómo se alegraron las otras presas que ya llevaban
tiempo allí al enterarse de mi llegada! ¿Cómo? ¿Mistress Flanders ha llegado a
Newgate por fin? ¿Qué? ¿Mistress Mary, mistress Molly, y después Moll Flanders
a secas? Creían que el diablo me había estado ayudando, según dijeron, puesto
que la suerte me había sonreído tanto tiempo. Hacía muchos años que me estaban
esperando. ¡Y por fin había llegado! Después se burlaron de mi desgracia, me
dieron la bienvenida a la casa, me aconsejaron que no me dejase abatir, me
dieron ánimos, me dijeron que tal vez las cosas no me irían tan mal como yo
temía y otras lindezas por el estilo. Después pidieron brandy y bebieron a mi
salud, pero me obligaron a pagarlo alegando que yo acababa de llegar a la casa
y que sin duda tenía dinero en el bolsillo, pues ellas no tenían ni un penique.
Pregunté a una de ellas cuánto tiempo llevaba allí y me contestó
que cuatro meses. Inquirí qué impresión le había causado cuando llegó.
-La misma que a ti -me dijo-. Aborrecible y espantoso. Creí
hallarme en el infierno y sigo creyéndolo todavía, pero ahora ya me he
acostumbrado y me tiene sin cuidado.
-Supongo -aventuré yo- que tu vida no corre peligro.
-Te equivocas al suponerlo, te lo aseguro. Lo que ocurre es que
alegué estar encinta, pero estoy tan embarazada como el juez que me juzgó y
espero que no tardarán en volver a llamarme.
Se refería a volver a ser juzgada. Cuando a una mujer se le ha
concedido una prórroga debido a su embarazo y resulta que no lo está o de
estarlo ha dado a luz, se la vuelve a juzgar.
-¿Y cómo puedes estar tan tranquila? -le pregunté.
-¡Ay, hija! -replicó-. ¿Y qué quieres que haga? ¿De qué sirve
entristecerse? Si me ahorcan, terminarán todas mis cuitas.
Y diciendo esto se alejó cantando una canción compuesta por
algún ingenioso habitante de Newgate:
Si me cuelgan de la soga,
oiré el tañido de la campana
y esto marcará el final de la pobre Jenny.
Menciono este detalle porque vale la pena que cualquier
delincuente que haya ido a parar a la siniestra prisión de Newgate observe cómo
el tiempo, la necesidad y la conversación con los desdichados allí recluidos
llegan a convertir aquel lugar en algo familiar, y cómo al final logran
reconciliarse con lo que al principio era su mayor preocupación recobrando en
su infortunio la misma impúdica alegría y el mismo donaire que ostentaban antes
de entrar allí.
No soy yo de los que aseguran que el diablo no es tan feo como
lo pintan, pues no hay pluma que pueda trazar un cuadro auténtico del lugar ni
espíritu que pueda concebirlo con exactitud sin haber estado allí. Pero el modo
como el infierno puede convertirse gradualmente en algo natural, y no sólo
tolerable sino incluso agradable, es un hecho incomprensible para los que, como
yo, lo han experimentado.
La misma noche que fui conducida a Newgate mandé una
comunicación a mi maestra, que tuvo una gran sorpresa, como bien puede
suponerse, y pasó una noche casi tan terrible como la mía en la prisión.
Vino a verme la mañana siguiente e hizo cuanto pudo para
reconfortarme, pero comprendió que sus esfuerzos eran inútiles. Sin embargo,
como ella dijo, dejarse abrumar por el peso equivalía a incrementarlo y se puso
inmediatamente a llevar a cabo las gestiones más apropiadas para evitar lo
peor. Lo primero que hizo fue ponerse en contacto con una de las dos arpías que
me habían sorprendido. Habló con ellas, trató de persuadirlas, les ofreció
dinero y, en una palabra, trató por todos los medios imaginables de evitar su
acusación. Llegó a ofrecer a una de las criadas cien libras para abandonar a su
dueña y no comparecer en mi juicio, pero la muchacha se mostró tan obstinada
que, a pesar de ser una sirvienta que no ganaría más de tres libras al año,
rechazó la oferta y la hubiese rechazado, como dijo mi maestra, aunque hubiese
llegado a las quinientas guineas. Después se dedicó a la otra criada que, al
parecer, no era tan testaruda como la primera y a veces parecía inclinada a
mostrarse compasiva, pero la otra se mantuvo en sus trece y la obligó a cambiar
de opinión, y no sólo no cedió ante las súplicas de mi maestra, sino que llegó
a amenazarla con hacerla prender si intentaba falsear la verdad.
Después la emprendió con el dueño de la casa, o sea con el
hombre cuyos bienes yo había intentado robar, y en especial con su mujer que,
como ya he dicho, sintió al principio cierta compasión por mí. Descubrió que la
mujer seguía manteniendo el mismo criterio, pero el marido alegó que la misma
justicia que me había arrestado a mí le obligaba a él a sostener la denuncia, y
que no-podía desentenderse de ello:
Mi maestra se ofreció para buscar amigos que se ocuparían de
hacer desaparecer sus declaraciones, y que ello no debía inquietarle, pero no
pudo convencerlo de que esto era posible ni de que podía pasarse sin reproducir
su testimonio contra mí. Por tanto, yo iba a tener tres testigos de cargo, el
dueño y las dos criadas, en una palabra, que podía estar tan segura de que me
jugaba la vida como de que por entonces seguía viviendo y tan sólo me quedaba
pensar en la muerte y prepararme debidamente.
Como he mencionado ya, contaba únicamente con una base muy
endeble, puesto que todo mi arrepentimiento me parecía ser efecto del miedo que
sentía en aquel momento y del pesar que debía sentir por la desastrosa vida que
había llevado y que había sido causa de mis desdichas y por haber ofendido a mi
Creador que no tardaría en convertirse en mi propio juez.
Pasé unos días allí con el alma llena de los más intensos
horrores. Tenía la muerte ante mí, y día y noche no hacía más que pensar en
horcas y sogas, en diablos y malos espíritus. No puedo expresar mi terror en
palabras ni explicar cómo me hallaba acorralada entre la atormentadora
aprensión de la muerte y el remordimiento de mi conciencia que me reprochaba mi
desastroso pasado.
El capellán de Newgate vino a verme y me dirigió unas palabras,
pero todos sus buenos oficios consistieron en alentarme para que confesara mi
crimen, aunque no sabía la causa de mi encarcelamiento, sin cuyo requisito,
según afirmó, Dios no me perdonaría nunca, y tan parco fue su parlamento que yo
no obtuve el menor consuelo con sus palabras. Por otra parte, ver a aquel pobre
hombre predicándome arrepentimiento por la mañana y descubrir que al mediodía
ya estaba borracho de brandy me produjo una gran impresión, de modo que el
capellán empezó a asquearme más que su misión, y lo mismo me ocurrió también
con ésta de un modo gradual y por culpa suya. Al final, deseé que no viniera a
importunarme más.
No sé cómo pudo ocurrir, a no ser que fuese obra de las
infatigables gestiones de mi diligente maestra, pero lo cierto es que no tuve
que comparecer en las primeras sesiones del gran jurado en Guildhall. Por
tanto, tuve cuatro o cinco semanas de respiro. Esto hubiera tenido que ser
aprovechado por mí como un tiempo adicional para reflexionar sobre mi pasado y
como preparación paya lo que tenía que venir. En otras palabras, hubiera debido
considerarlo como un período apto para mi arrepentimiento y emplearlo como tal,
pero no pudo ser así. Lamentaba mucho, como antes, hallarme en Newgate, pero
eran muy escasos los síntomas de arrepentimiento que se manifestaban en mí.
Por el contrario, igual que las aguas de las cavidades y grutas
de las montañas que petrifican y convierten en roca todo aquello que se halla
sometido a su goteo, mis continuas conversaciones con aquella pandilla de
delincuentes que me rodeaba ejercieron sobre mí los mismos efectos que habían
obrado sobre los demás. Fui degenerando hasta transformarme en .piedra, en un
ser estúpido y desprovisto de sentidos, y al final en un ser desequilibrado
como ellos. Al poco tiempo me sentía tan complacida y a mis anchas en aquel
lugar como si hubiese nacido allí.
Apenas resulta posible imaginar que nuestras naturalezas sean
capaces de tanta degeneración como para llegar a considerar tranquilo y
agradable un lugar donde reina la más absoluta miseria. He aquí una
circunstancia de la que difícilmente podría hallarse un ejemplo peor. Me sentía
todo lo exquisitamente desdichada que podía serlo una persona que poseyera
vida, salud y dinero, como era mí caso.
Las culpas pesaban sobre mí con fuerza suficiente para hundir a
cualquier criatura a la que quedara aún un mínimo de reflexión v conservase
algún sentido de la felicidad de esta vida o de la desdicha de otra. Si antes
había experimentado un principio de remordimiento, pero no de arrepentimiento,
ya no sentía ni lo uno ni lo otro. Se me acusaba de un delito cuyo castigo,
según nuestras leyes, era la muerte, y las pruebas eran tan evidentes que no me
daban pie para declararme inocente. Poseía también la nombradía de una
delincuente veterana, de modo que sólo me cabía esperar la muerte al cabo de
unas semanas. Tampoco pasaba por mi mente la idea de evadirme, y en cambio, se
había apoderado de mí un extraño letargo. No quedaban en mí ni zozobras, ni
aprensiones, ni pena, y los efectos de la primera sorpresa se habían
desvanecido. No sé que se había hecho de mí. Mis sentidos, mi razón, hasta mi
conciencia, estaban adormilados. Durante cuarenta años, mi vida había sido una
horrible mezcla de delitos, de prostitución, de adulterio, de incestos, de
robos y de mentiras. En una palabra, con la excepción de la traición y el
asesinato, nada había dejado de practicar desde los dieciocho años hasta los
sesenta, edad en que me hallé ante las puertas del castigo. Pero a pesar de que
la muerte se cernía ya sobre mí, no tenía una noción exacta de mi situación ni
pensaba siquiera en el cielo o el infierno. Solamente experimentaba una ligera
sensación semejante al dolor que se siente por una ligera punzada y desaparece.
Tampoco tenía ánimos para pedir perdón a Dios, ni pensaba en ello. Y con esto,
según creo, he ofrecido una breve descripción de la más lamentable miseria que
pueda existir sobre la Tierra.
Todos mis aterradores pensamientos se habían esfumado, los
horrores del lugar me eran ya familiares, y ya no me molestaban los ruidos y la
algarabía de la prisión. En resumen, me habían convertido en un habitante más
de Newgate tan vil y despreciable como cualquiera de los demás. Apenas
conservaba los hábitos y costumbres de la buena educación que hasta entonces se
habían transparentado en mi conversación y era tan grande la degeneración a la
que había llegado que parecía como si nunca hubiera sido una persona distinta a
lo que era entonces.
En este difícil momento de mi vida tuve otra súbita sorpresa que
me inspiró un sentimiento de pesar del que ya me creía inmune. Me dijeron que
la noche anterior, a hora ya muy avanzada, habían sido conducidos a la prisión
tres salteadores de cami-
nos que habían cometido un robo en la carretera que conduce
desde Windsor hasta Hounslow Heath. Perseguidos hasta Uxbridge por las fuerzas
del Condado, los tres bandoleros habían sido capturados después de ofrecer una
viva resistencia. En el transcurso de la pelea resultaron heridos no sé cuántos
habitantes del Condado, y algunos perdieron la vida.
No es de extrañar que todas las presas sintiéramos deseos de ver
a tan bravos y destacados caballeros de los que se decía que no admitían
comparación con los demás hombres del oficio, especialmente porque se rumoreaba
que por la mañana serían trasladados a otra ala del edificio, puesto que
incluso habían dado dinero al jefe de la prisión para que los trasladase a la
parte mejor de la misma. Por tanto, todas las mujeres nos agrupamos a su paso
para conseguir verlos, pero cuál no sería mi asombro y sorpresa al reconocer en
el primero de ellos a mi marido de Lancashire, el mismo que vivía tan bien en
Dunstable y el mismo al que más tarde vi en Brickhill cuando yo estaba casada
con mi último marido, como ya he relatado.
Aquella visión me dejó aturdida y no supe qué hacer ni qué
decir. El no me reconoció y éste fue mi único consuelo. Me aparté de mis
compañeras y me retiré a un lugar tan solitario como podía permitir aquel
espantoso lugar, y allí lloré amargamente un buen rato.
« ¡Soy un ser despreciable! -me dije a mí misma-. ¿A cuántas
personas habré hecho desgraciadas? ¿A cuántos seres desdichados he mandado a
hacer compañía al diablo? »
Cargué en mi conciencia todas las desventuras de aquel
caballero. Me había dicho en Chester que estaba arruinado y que su fortuna
había sido dilapidada por culpa mía, puesto que creyéndome mujer acaudalada
había contraído deudas por un valor muy superiora lo que podía pagar y no sabía
qué hacer. Me aseguró que se alistaría en el ejército y que tomaría el
mosquete, o que compraría un caballo y se iría a correr mundo, como él decía, y
aunque nunca le dije que yo poseía una fortuna y por tanto no llegué a mentirle
a este respecto, desde luego lo alenté a creer tal cosa y por este motivo yo
fui la causa y origen de sus fechorías.
La sorpresa de verlo allí me produjo una profunda impresión y me
dio motivo para unas reflexiones más profundas que todas las que me había hecho
hasta entonces. Día y noche estuve preocupándome por él, sobre todo cuando me
dijeron que era el capitán de la banda y que había cometido tantos robos que a
su lado Hind, Whitney o el Granjero Dorado no eran más que unos simples
aficionados, y que sería ahorcado aunque fuese el único habitante del país en
que había nacido. También me aseguraron que eran innumerables las personas que
declararían en contra suya.
La compasión que por él sentía llegó a abrumarme. Mi propia
situación no me inquietaba si la comparaba con la suya, y por su causa me llené
de reproches. Lamenté su situación y el peligro que entonces lo amenazaba,
hasta el punto de que nada fue capaz de consolarme y volvieron a acometerme las
primeras reflexiones que antes me había hecho acerca de la vida horrible y
detestable que había llevado hasta entonces, y con ellas el aborrecimiento del
lugar en que me hallaba y de mi existencia en él. Cambié, pues, otra vez y me
convertí en una persona distinta.
Mientras me hallaba bajo aquella penosa influencia, me llegaron
noticias de que en las próximas sesiones del tribunal había una citación
presentada ante el gran jurado contra mí y que a no dudar mi delito sería
juzgado en el Old Bailey. Mi carácter había sufrido un gran cambio y la
endurecida y maligna audacia de mi espíritu se derrumbó. Consciente de mis
culpas, una sensación de responsabilidad empezó a adueñarse de mi espíritu.
Dicho de otro modo, empecé a pensar, y ello significó el primer paso desde los
infiernos hacia el cielo. Aquel carácter demoníaco y corrompido del que tanto
he hablado antes no era sino una privación de la facultad de pensar, y el que
recupera el don del pensamiento está salvado.
Tan pronto como empecé a pensar, lo primero que se me ocurrió
fue exclamar:
-¡Dios mío! ¿Qué será de mí? ¡Es seguro que moriré! Con toda
seguridad seré juzgada y después de ello no me quedará más que la muerte. No
tengo amigos. ¿Qué voy a hacer? No cabe duda de que me condenarán. ¡Señor,
tened piedad de mí! ¿Qué va a ser de mí?
Podrá creerse que, por ser los primeros después de tanto tiempo,
aquellos pensamientos eran muy lúgubres, pero en ellos no había más que temor
de lo que se avecinaba. En ninguno había ni un ápice de remordimiento.
Mi pavor era inmenso y mi desconsuelo inconmensurable. Al
sentirme tan sola, sin nadie a quien poder confiar mis cuitas, aquel
desasosiego pesaba de tal modo sobre mí que muchas veces prorrumpía en
sollozos. Mandé a buscar a mi maestra y ella se comportó como una verdadera
amiga. No dejó nada por remover para evitar que el gran jurado aceptara la
denuncia contra mí. Buscó un par de componentes del jurado y habló con ellos
haciendo todo lo que pudo para inculcarles una disposición favorable, alegando
que yo no había robado nada, que no había forzado ninguna puerta, etc. Pero
todo fue inútil, la mayoría se impuso y las dos criadas mantuvieron su
acusación. El jurado aceptó la denuncia presentada contra mí por robo con
fractura.
Cuando me enteré de aquellas noticias perdí el conocimiento, y
cuando volví en mí creí que iba a morirme del disgusto. Mi maestra se comportó
como una madre. Vino a verme y lloró conmigo, pero no consiguió consolarme.
Para aumentar aún más mi terror, en toda la prisión se decía que aquello me
costaría la vida. Podía oír a menudo cómo las demás presas lo comentaban entre
sí, y veía cómo movían la cabeza a la vez que se lamentaban de ello como era
costumbre en aquel lugar. Pero nadie venía a decirme algo, hasta que por fin
uno de los carceleros se dirigió a mí en privado y me dijo suspirando:
-Mistress Flanders, vais a ser juzgada el viernes y estamos ya a
miércoles. ¿Qué pensáis hacer?
Palidecí intensamente y contesté:
-¡Sabe Dios lo que voy a hacer! ¡Por mi parte, no tengo ni la
menor idea!
-No quiero datos falsas esperanzas -dijo el carcelero-. Es mejor
que os preparéis a morir, pues sin duda alguna seréis declarada culpable, y
puesto que aseguran que sois reincidente en vuestros delitos, no creo que
podáis contar con alguna clemencia. Dicen que vuestro caso está perfectamente
claro y que los testigos jurarán de tal modo que sois culpable que nada podréis
oponer en vuestra defensa.
Aquello fue como un golpe asestado en el punto más vital de un
ser ya oprimido por sus temores, y durante un buen rato me sentí incapaz de
articular palabra alguna. Por último, estallé en sollozos y exclamé:
-¡Dios mío! ¿Y qué puedo hacer yo?
-¿Hacer? -contestó el carcelero-. Enviar a buscar al capellán,
enviar a buscar un sacerdote y hablar con él, pues a menos que contéis con muy
buenos amigos, mistress Flanders, podéis consideraros borrada del mundo de los
vivos.
No dejaba de ser un buen consejo, pero resultaba muy brusco para
mí, o por lo menos así lo creí entonces. Me quedé sumida en la mayor confusión
que pueda imaginarse y toda aquella noche la pasé despierta. Después empecé a
rezar mis oraciones, cosa que había hecho muy pocas veces desde la muerte de mi
último marido. No sé si puedo calificar de oraciones mis lamentaciones, pues
era tan grande mi desasosiego y tan vivo el terror que sentía que aunque lloré
y repetí varias veces la jaculatoria « ¡Señor, tened piedad de mí! », en ningún
momento tuve en cuenta que era una miserable pecadora ni pensé en confesar mis
faltas a Dios pidiéndole perdón por mis muchos pecados. Me abru-maba la
gravedad de mi situación, tener que ser juzgada y el estar segura de mi condena
y ejecución, y pensando en ello grité durante toda la noche:
-¡Señor! ¿Qué será de mí? ¡Señor! ¿Qué puedo hacer? ¡Señor, me
ahorcarán! ¡Señor, apiadaos de mí!
Mí pobre y afligida maestra estaba tan angustiada como yo y
mostraba un arrepentimiento mucho mayor, aunque no corría peligro de tener que
comparecer ante un tribunal para ser juzgada. No es que no lo mereciera tanto
como yo, y ella era la primera en reconocerlo, pero no había hecho nada durante
muchos años, aparte de hacerse cargo de lo que los demás robaban y alentarnos a
seguir robando. Pero se echó a llorar desespera-damente, retorciéndose las
manos y gritando que estaba perdida, que pesaba sobre ella una maldición de los
cielos, que se condenaría, que había sido la perdición de todos sus amigos, que
tal y cual habían acabado en el patíbulo por su culpa, y nombró a diez u once
personas, algunas de las cuales eran conocidas mías, _que habían tenido tan triste
final. Añadió que era también la causa de mi desgracia, puesto que ella me
había persuadido para continuar cuando yo estaba dispuesta a abandonar mi
oficio. Al llegar a este punto, la interrumpí:
-¡No, señora, no! No digáis esto, puesto que vos queríais que me
retirase cuando obtuve el dinero del mercero y también cuando regresé de mi
viaje a Harwich, y yo no quise escucharos. Por tanto, no tenéis por qué
acusaros. Soy yo la causa de mi ruina y la que me he precipitado en esta mísera
situación.
Como puede verse, no había remedio y la acusación siguió en pie.
El martes fui conducida a la sala de sesiones y allí se me comunicó mi proceso.
Al día siguiente todo quedó listo para el juicio. Al incoarse el proceso me
declaré «no culpable» y en realidad podía hacerlo, pues la acusación era de
robo con premeditación, o sea por el robo de dos piezas de brocado, valoradas
en cuarenta y seis libras y propiedad de Anthony Johnson y por forzar las
puertas de la casa de éste. Yo sabía muy bien que nunca conseguirían probar que
hubiese forzado las puertas ni siquiera que hubiera tocado un pestillo.
Cuando comenzó la vista y se leyó la acusación me entraron ganas
de hablar, pero me habían dicho que primero debían hacerlo los testigos y que
después se me concedería la palabra a mí, aunque dijeron la verdad procuraron
agravar los hechos tanto como pudieron y juraron que las telas se hallaban en
mi poder, que las había ocultado entre mis ropas, que me disponía a marcharme
con ellas, que ya tenía un pie en el umbral cuando ellas llegaron, y que
después puse el otro pie, de modo que me hallaba ya en la calle antes de que me
detuvieran, y que después se apoderaron de mí, me obligaron a entrar de nuevo y
recuperaron las piezas de tela. En general, aquellos datos eran verídicos pero
creo, e insistí sobre el particular, que me detuvieron antes de que yo hubiera
atravesado el umbral de la casa. Pero no era cosa que importase mucho, pues lo
cierto es que me había apoderado de las piezas y _e me disponía a marcharme con
ellas cuando fui sorprendida.
Sin embargo, alegué que no había robado nada, que ellos nada
habían perdido, que la puerta estaba abierta y que yo entré al ver los géneros
en el interior, con la intención de comprarlos. Si los había cogido al ver que
no había nadie en la casa, esto no quería decir que tuviera la intención de
robarlos, puesto que sólo los había llevado hasta la puerta, sin cruzarla, con
la intención de examinarlos a la luz del día.
El tribunal no quiso admitir aquella justificación y rechazó la
posibilidad de que yo pretendiera comprar las telas ya que la casa no era
ninguna tienda para la venta al público. En cuanto a lo de llevarlas hasta la
puerta para verlas mejor, las dos criadas se rieron con insolencia y exhibieron
su ingenio ante el tribunal diciendo que sin duda las había examinado muy bien
y que me habían gustado desde el momento que las había ocultado entre mis ropas
y me disponía a marcharme con ellas.
Finalmente fui declarada culpable de robo, pero se me eximió de
la agravante de fractura, cosa que me proporcionó muy escaso consuelo, toda vez
que lo primero comportaba una sentencia de muerte, y lo segundo hubiera hecho
otro tanto. El día siguiente volví a comparecer para escuchar la sentencia y
cuando me preguntaron qué tenía que alegar antes de ser pronunciada la
sentencia, permanecí silenciosa durante un buen rato, pero alguien que estaba
detrás de mí me apremió en voz alta para que hablase ante los jueces, pues ello
podía redundar en mi favor. Este consejo me animó y les dije que nada podía
alegar para detener la sentencia, pero que sí podía decir mucho para suplicar
la demencia del tribunal. Esperaba que se tuvieran en cuenta las circunstancias
que habían concurrido en mi delito, pues no había violentado la puerta ni me
había llevado nada; que nadie había sufrido pérdidas; que la persona a quien
pertenecían aquellos bienes estaba dispuesta a unirse a mi petición de
clemencia, cosa que hizo, y muy honradamente, y que, en el peor de los casos,
se trataba de mi primer delito y que nunca había comparecido ante un tribunal
de justicia. En resumen, hablé con más bríos de loo que hubiera creído ser
capaz y con un tono tan lleno de emoción y acompañado de lágrimas, aunque
evitando que éstas pudieran entorpecer mi parlamento, que pude observar cómo
provocaba la emoción de otras personas que estaban escuchándome.
Los jueces permanecieron graves y silenciosos, me concedieron
plena audiencia y el tiempo necesario para decir todo lo que quisiera, pero sin
afirmar ni negar pronunciaron la sentencia de muerte, una sentencia que fue
para mí como la misma muerte y que me dejó anonadada. Todos mis ánimos me
abandonaron, mi lengua enmudeció y mis ojos fueron incapaces de contemplar ni a
Dios ni a los hombres.
Mi pobre maestra estaba desconsolada y ella, que había sido
antes mi apoyo, necesitó ser reconfortada. Llorando y rabiando
alternativamente, completamente fuera de sí, era la imagen exacta de una loca
recluida en Bedlam. No sólo la desesperaba lo que me había ocurrido a mí, sino
que la había invadido el horror ante su propia vida ruin, y empezó a contemplar
su pasado de un modo muy distinto al mío, pues se mostró del todo arrepentida
de sus pecados e invadida por el dolor ante tanto infortunio. Mandó también
buscar a un sacerdote, un hombre recto, honrado y piadoso, y con su ayuda, se
dedicó con tanta voluntad a conseguir un sincero arrepentimiento que tengo la
seguridad, y también la tuvo el clérigo, de que pudo ser considerada como una
auténtica penitente. Es más, no se limitó a serlo en aquella ocasión, dadas las
circunstancias, sino que perseveró en su actitud, según supe después, hasta el
día de su muerte. Es difícil expresar cuál era entonces mi situación. No tenía
delante de mí sino una muerte inmediata, y como no contaba con amigos que
pudieran ayudarme o hacer gestiones en mi favor, no esperaba más que ver mi
nombre en la lista siniestra que debía de aparecer el viernes siguiente
anunciando mi ejecución y la de cinco condenados más.
Entretanto, mi pobre maestra me procuró la visita de un
sacerdote que vino a verme a instancias suyas primero, y mías después. Me
exhortó gravemente a arrepentirme de todos mis pecados y a no perder más
tiempo, sin engañarme a mí misma con espe-ranzas de vivir, pues, según me dijo,
estaba informado de que no me quedaba ninguna posibilidad. Lo que tenía que
hacer sin falta era elevar mi alma a Dios y suplicar su perdón en nombre de
Jesucristo. Realzó sus exhortaciones con citas adecuadas de las Santas Escrituras
recomendando el arrepentimiento a los peores pecadores e instándoles para que
se apartaran de sus senderos tortuosos y después se arrodilló y rezó conmigo.
Por primera vez empecé a experimentar síntomas de un auténtico
arrepentimiento y comencé a considerar mi pasado con horror y a tener un punto
de vista distinto sobre los diversos aspectos de mi vida, y no fueron pocas las
cosas que adquirieron otro aspecto del que tenían antes. Los hechos más
destacados, , las sensaciones de felicidad y de alegría y las penas de mi
existencia quedaron relegadas a segundo término y fueron sustituidas en mis
pensamientos por algo infinitamente superior a todo lo que había conocido
durante mi existencia hasta el punto de que me parecía una estupidez dar valor
aunque fuese a lo más valioso de la tierra.
La palabra «eternidad» se me representó con todos sus
incomprensibles aditamentos y adquirí unas nociones tan extensas ' acerca de
ella que no sé cómo expresarlas. A su lado, ¡qué viles, groseras y absurdas
parecían todas las cosas agradables! Me refiero a lo que antes había
considerado como agradable y especialmente cuando pensaba que aquellos placeres
tan sórdidos eran el cebo para que pusiéramos en peligro la felicidad eterna.
Estas reflexiones fueron acompañadas a su debido tiempo por
severos reproches interiores contra mi vergonzosa conducta anterior. Descubrí
que me había despojado de toda esperanza de felicidad en una eternidad en la
que estaba a punto de entrar y que, por el contrario, me había hecho merecedora
a todos los sufrimientos de una vida que, por desgracia, también era eterna.
No me siento capaz de dar lecciones a nadie, pero explico estas
, cosas del mismo modo que se me iban ocurriendo. Procuro expresarlo lo mejor
posible, pero no acierto a describir, ni por asomo, la viva impresión que
aquellos momentos causaron en mi alma. En realidad, aquellas impresiones no
pueden expresarse con palabras, y si ello es posible no soy yo la que pueda
hacerlo. El lector es quien debe reflexionar sobre ellas tal como le dicten sus
propias circunstancias y, sin duda, en un momento u otro de su vida llegará a
comprenderlas. Quiero decir que tendrá una visión más clara de los hechos que
la que pueda tener ahora y una impresión más dolorosa al pensar en ellos.
Pero volvamos a mi historia. El capellán me apremió para que le
contara, si me parecía conveniente, cuál era mi posición ante el más allá. Me
dijo que no acudía a mí como capellán de la cárcel, cuya misión consiste en
arrancar confesiones a los presos por motivos particulares, o para descubrir a
otros posibles delincuentes, sino que su objetivo consistía en provocar en mí
una libertad de palabra que me permitiera descargarme del peso de mis pecados y
reconfortarme tanto como le fuera posible. Me aseguró que todo lo que le
contara sería mantenido en secreto y como algo de lo que sólo Dios y yo éramos
testigos. Dijo también que sólo deseaba saberlo todo para poder proporcionarme
el consuelo y el apoyo que tanto necesitaba y para rogar a Dios por mí.
Este trato tan amistoso abrió la puerta de mis pasiones. Sus
palabras me llegaron al fondo del alma y le conté todas las miserias de mi
vida. En una palabra, le hice un resumen de toda esta historia y le ofrecí un
retrato en miniatura de mi conducta durante cincuenta años.
No le oculté nada y él, a su vez, me exhortó para que procurara
sentir un sincero arrepentimiento, me explicó lo que significaba aquella
palabra y después trazó ante mí un cuadro de infinita misericordia, proclamado
desde el cielo para los pecadores de la peor especie, que me privó del habla y
me sumió en la desesperación al pensar que yo no podía ser aceptada. En esta
situación me dejó la primera noche.
La mañana siguiente volvió a visitarme y siguió con su sistema
consistente en explicar las condiciones de la misericordia divina. Según él,
ésta se obtenía al mostrarnos sinceramente deseosos de conseguirla. Tan sólo se
requería un sincero pesar y un arrepen-timiento de todo cuanto malo había hecho
y que me había convertido en objeto del castigo de Dios. No me siento capaz de
repetir las pláticas excelentes de aquel hombre extraordinario; sólo puedo
decir que infundó una nueva vida a mi corazón y me pro-porcionó una paz
espiritual que no había conocido nunca en toda mi vida. Derramé abundantes
lágrimas y sentí una vergüenza indecible al recordar mis delitos, pero al mismo
tiempo experimenté una alegría interior ante la perspectiva de convertirme en
una auténtica penitente y hacerme acreedora a los consuelos de mi nueva
situación, o sea, a la esperanza de obtener el perdón. Y tan veloz corre el
pensamiento y tan fuerte era la impresión que todo aquello me había producido
que en aquellos momentos habría aceptado de buena gana mi ejecución sin ningún
temor confiando en la infinita misericordia como penitente.
El buen clérigo se emocionó tanto al ver la influencia que sus
palabras habían ejercido sobre mí, que dio gracias a Dios por haber venido a
visitarme, y decidió no abandonarme hasta el último momento, o sea, no dejar de
visitarme.
Pasaron no menos de doce días después de la vista de la causa
sin que apareciera la orden de ejecución, pero, por fin, un miércoles fue
publicada la lista de los que debían ser ejecutados, y mi nombre figuraba en
ella. Aquello representó un golpe terrible para mí, a pesar de mi resolución.
Mi corazón pareció paralizarse y me desmayé dos veces seguidas, pero no dije ni
una palabra. El buen sacerdote me compadeció sinceramente e hizo además cuanto
pudo para reconfortarme con los mismos argumentos y la misma elocuencia llena
de emoción que había empleado conmigo los días anteriores, y aquella noche se
quedó a mi lado hasta que los carceleros le dijeron que le encerrarían conmigo
hasta la mañana siguiente, lo que él no aceptó.
Temí no poder verlo el día siguiente, puesto que era la víscera
de la fecha fijada para la ejecución. Grandes eran mi pesadumbre y mi
desconsuelo y me desesperaba no poder contar con el aliento que con tanto éxito
me había prodigado en sus primeras visitas. Esperé con creciente impaciencia y
presa de la mayor angustia hasta que, alrededor de las cuatro, entró en mi
cuarto. Gracias al dinero, pues sin él nada podía conseguirse en aquel lugar,
había obtenido el privilegio de no ser encerrada en la celda de los condenados
con los demás prisioneros sentenciados a muerte, y disponía de un pequeño
aposento para mí sola.
El corazón me dio un salto cuando oí su voz junto a la puerta,
aun antes de verlo, pero júzguese cuál sería la impresión que me produjo
cuando, después de ofrecerme una excusa por su ausencia, me comunicó que había
empleado el tiempo en beneficio mío y que había logrado un informe favorable
acerca de mi caso por parte del archivero del ministro de Estado. En otras
palabras, me notificó que mi ejecución había sido suspendida.
A pesar de que empleó toda clase de precauciones para
comunicarme aquella noticia que no podía serme ocultada so pena de incurrir en
crueldad, la impresión fue excesiva para mí y de igual modo que antes me había
trastornado el dolor, la alegría fue tan inmensa entonces que sufrí un desmayo
mucho más peligroso que los de antes, y sólo con las mayores dificultades
conseguí reponerme.
Después de dirigirme una cristiana exhortación para que la
alegría de mi indulto no menguase mi arrepentimiento y de indicarme que tenía
que marcharse para presentar la orden de aplazamiento a las autoridades de la
prisión, el buen hombre se detuvo ante la puerta de mi celda y rogó a Dios por
mí con vivo fervor. Pidió que mi arrepentimiento fuese sincero y que mi retorno
a la vida no significase una reincidencia en todas las locuras que había
prometido tan solemnemente abandonar. Me uní de todo corazón a su plegaria y no
es necesario añadir que toda aquella noche no cesé de pensar en la misericordia
divina que me había otorgado la vida, y de arrepentirme de mis pecados pasados
más que nunca, en un estado de beatitud completamente nuevo para mí.
Todo esto podrá parecer desligado del resto de esta narración y
sobre todo aquellos que se hayan divertido con la lectura de mis fechorías tal
vez no sepan apreciar esta parte, que es la que describe la mejor faceta de mi
vida, la más beneficiosa para mí y la más aleccionadora para los demás. Pero
quiero esperar que aun éstos me permitirán que complete mi historia. Sería
demasiado sarcasmo afirmar que hay personas a quienes agrade más el crimen que
el arrepentimiento, las cuales hubiesen preferido que mi historia acabase en
tragedia, para lo cual faltó bien poco.
Pero sigo con mi relato. La mañana siguiente tuvo lugar una
escena desgarradora en la prisión. Lo primero que me saludó al despuntar el día
fue el tañido de la campana del Santo Sepulcro que indicaba el momento fatal.
Apenas se dejó oír, levantóse un clamor de-gritos y de llantos procedentes de
la celda de los sentenciados en la que estaban encerrados los seis desdichados
que debían ser ajusticiados aquel día, unos por distintos delitos y dos de
ellos por asesinato.
Siguió una confusa algarabía general entre los demás presos, que
expresaron su pesar por la suerte de aquellos infelices aunque de maneras muy
distintas entre sí. Algunos lloraban por ellos, otros los aclamaban y les
deseaban un buen viaje; otros maldecían a quienes los habían llevado a tan
trágica situación, aludiendo a los testigos y jueces; muchos se apiadaban de
ellos y algunos, muy pocos, rezaban por sus almas.
Apenas pude ordenar mi mente de modo que me fuese posible
agradecer a la providencia misericordiosa que me había arrancado de las garras
de aquella tragedia. Permanecí encerrada en un absoluto mutismo, abrumada por
la situación, sin poder expresar lo que hervía en mi corazón. En tales
ocasiones, los sufrimientos sufren alteraciones que llegan a desfigurar por
completo todos sus matices.
Mientras tanto, los allí sentenciados se preparaban para morir y
el capellán de la prisión iba de uno a otro exhortándolos a someterse a su
suerte. Al pensar que yo hubiera podido contarme entre ellos me acometió un
violento temblor como si estuviera sufriendo un ataque de fiebre, y me sentí
incapaz de hablar ni de mirar. Tan pronto como los condenados subieron a los
carros y se alejaron de allí, cosa que no tuve el valor de contemplar,
prorrumpí en fuertes sollozos que no pude sofocar a pesar de que 'I recurrí a
todas mis fuerzas.
Aquel acceso de llanto me duró cerca de las dos horas, durante '
las cuales perecieron todos los condenados, y fue seguido por una humilde
alegría que se convirtió en un verdadero transporte de agradecimiento que no
acierto a describir y que continué sintiendo la mayor parte del día.
Al atardecer, el buen sacerdote volvió a visitarme y me dedicó
una de sus acostumbradas pláticas. Me felicitó por el hecho de poder dedicar
mucho tiempo a arrepentirme mientras aquellas seis desdichadas criaturas
expiraban sin poder aprovechar sus posibilidades de salvación y me recomendó
encarecidamente que mantuviera los mismos sentimientos que me iluminaban cuando
me disponía a enfrentarme con la eternidad. Al final me indicó que no debía
pensar que todo había terminado, puesto que un aplazamiento no equivalía a un
indulto y que todavía no podía asegurarme los efectos de sus gestiones. Sin
embargo, contaba ya con la merced de poder ganar tiempo y a mí me incumbía
aprovechar la oportunidad.
A pesar de ser tan razonables, sus palabras entristecieron mi
corazón, pues parecía como si él temiera que el asunto pudiera tener todavía un
fatal desenlace. Me guardé mucho de pedirle explicaciones, pues era evidente
que había hecho cuanto estaba en su ruano-para lograr un-resultado halagüeño y
que confiaba en conseguirlo, pero sin poder ofrecer una seguridad absoluta. Los
acontecimientos siguientes probaron que estaba en lo cierto.
Transcurridos quince días empecé a temer verme incluida en la
siguiente lista de ejecuciones. No sin grandes dificultades, y sobre todo
gracias a una humilde petición de deportación, conseguí evitarlo, tan mala era
mi fama y tanto pesaba el informe fatal de ser una reincidente. Sin embargo, en
este punto no se me hizo la debida justicia, pues ante la ley yo no era
reincidente, ya que nunca había comparecido ante tribunal alguno. Por
consi-guiente, los jueces no pudieron cargar sobre mis hombros esta agravante,
a pesar de que el fiscal se obstinó en presentar mi caso como a él le pareció
mejor.
Yo estaba casi segura de salvar la vida, pero bajo las duras
condiciones de la deportación, cosa ya bastante mala en sí, aunque no tanto si
se tenía en cuenta que yo no estaba en condiciones de oponerme a la sentencia.
Todos preferimos cualquier cosa, por mala que sea, a la muerte, especialmente
en una situación tan grave como la mía.
El buen sacerdote, gracias al cual, a pesar de no conocerme,
había obtenido mi indulto, lamentó sinceramente esta resolución. Me aseguró que
él hubiera preferido que yo terminase mi vida bajo la influencia de un
beneficioso arrepentimiento en vez de volver a encontrarme entre gentes de la
peor extracción como suelen ser los condenados a destierro. Dijo también que
sería un verdadero milagro si no volvía a las andadas.
He de mencionar otra vez a mi maestra, que había caído
gravemente enferma a causa de aquel desastre. Al verse tan cerca de la muerte a
consecuencia de su enfermedad como yo a causa de mi sentencia, se arrepintió
sinceramente de sus culpas. No hablaba de ella porque pasé mucho tiempo sin
verla, pero cuando recobró su salud y se vio con fuerzas para salir, no vaciló
en venir a verme.
Le expliqué mi situación, así como mis cuitas y las esperanzas
que se habían despertado en mí y le conté cómo había escapado a mi siniestro
destino y en qué condiciones, y ella estaba presente cuando el clérigo expresó
el temor-de mi posible recaída por las malas compañías que suelen frecuentar
los deportados. En realidad, yo era la primera en abrigar esta duda, pues de
sobras conocía la clase de personas que me acompañarían en el exilio, y tuve
que confesar a mi maestra que los temores del buen sacerdote no carecían de
fundamento.
-Estoy de acuerdo -repuso ella-, pero espero que el horrible
ejemplo de esa gente no te haga cambiar de idea.
Apenas se hubo marchado el sacerdote, mi maestra me pidió que no
me desalentara, pues había una probabilidad de hallar una solución a mi
problema, añadiendo que más tarde entraríamos en detalles acerca de ello.
La miré con fijeza y me pareció que su aspecto era más animoso
que de costumbre. Inmediatamente concebí una serie de ideas relacionadas con mi
liberación, aunque me fuese imposible concretar ni una sola de ellas y mucho
menos descubrir alguna posi-bilidad. Pero no estaba dispuesta a dejarla marchar
sin que me diera explicaciones y, a pesar de su resistencia, prevaleció mi
insistencia y tuvo que contestarme con las siguientes palabras:
-Tienes dinero, ¿no es cierto? ¿Has oído hablar de alguien que
fuese deportado teniendo un centenar de libras en el bolsillo, chiquilla?
Entonces comprendí sus insinuaciones, pero le contesté que lo
dejaba en sus manos, toda vez que no veía más camino que el estricto
cumplimiento de la sentencia, y que ésta debía ser considerada como una merced.
-Veremos qué puede hacerse -me contestó escuetamente antes de
marcharse.
Después de firmada la orden de deportación, permanecí en la
prisión unas quince semanas más. Desconozco los motivos, pero lo cierto es que
pasado este tiempo fui embarrada en un barco anclado en el Támesis con un grupo
formado por las trece criaturas más viles que Newgate había albergado en
aquellos tiempos. Se necesitaría un libro mucho más extenso que éste para
describir hasta qué punto de malicia y de villanía habían llegado mis trece
acompañantes y su comportamiento durante el viaje. El capitán del barco me dio
detalles muy divertidos e incluso hizo que su oficial redactara un relato
escrito.
Sería demasiado aburrido describir aquí los pequeños incidentes
que me acaecieron en este período, o sea, entre la orden definitiva de
deportación y el momento en que embarqué. Estoy demasiado cerca del final de mi
historia para ocuparme de ellos, pero no puedo omitir lo que me ocurrió con mi
esposo de Lancashire.
Como ya he referido, mi marido había sido trasladado desde las
celdas comunes de la prisión a las que daban al patio, junto con sus tres
camaradas, y digo tres porque poco después capturaron a otro de la banda. Por
razones que desconozco pasaron allí casi tres meses sin que se les llamara a
juicio. Tengo la impresión de que habían encontrado el medio de sobornar a
alguno de los testigos de la acusación y que durante aquel tiempo fue necesario
acumular las pruebas necesarias para proceder a la vista de la causa. Después
de no pocas dificultades consiguieron reunir por fin pruebas contra dos de
ellos y los hicieron comparecer ante los jueces, pero los otros dos, uno de los
cuales era mi marido, vieron aplazado su juicio.
Según creo, había una prueba positiva en contra de cada uno,
pero como la ley obligaba a que fuesen dos los testigos de cargo, nada podía
hacerse por el momento. Sin embargo, los jueces no estaban dispuestos a
decretar su libertad, sabiendo que tarde o temprano contarían con nuevas
pruebas, y para acelerar el asunto se ordenó la publicación -de unos bandos
proclamando que cualquiera que hubiese sido robado por aquellos dos presos
tenía que pasar por la prisión y reconocerlos si éste era el caso.
Aproveché esta oportunidad para satisfacer mi curiosidad
fingiendo haber sido víctima de un robo en la diligencia de Dunstable y dije
que deseaba ir a ver a los dos bandoleros. Pero cuando entré en el patio de la
cárcel oculté mi rostro de modo que él no pudiera verme ni saber quién era yo y
cuando volví proclamé públicamente que los había reconocido.
En el acto corrió por la prisión el rumor de que Moll Flanders
atestiguaría contra uno de los salteadores y que, gracias a ello, escaparía a
la deportación.
Los dos presos se enteraron e inmediatamente mi marido expuso
sus deseos de ver a aquella mistress Flanders que tan bien le conocía y que se
disponía a atestiguar en contra suya, y como es lógico se me dio permiso para
entrevistarme con él.
Me vestí con las mejores ropas de que pude disponer y me dirigí
al patio de los presos, pero durante algún tiempo oculté mi rostro con un
capuchón. Al principio, él se mostró muy poco hablador y sólo me preguntó si lo
conocía. Contesté afirmativamente, pero seguí manteniendo oculto mi rostro y
alteré la voz, de modo que él no pudiera sospechar con quién estaba hablando.
El me preguntó entonces si lo había visto alguna vez, y yo le contesté que sí,
entre Dunstable y Brickhill, pero volviéndome hacia el guardián que asistía a
la entrevista le rogué que me permitiera hablar con el preso a solas.
El hombre asintió muy cortésmente y se retiró.
Apenas se hubo marchado y cerrado la puerta, me despojé de mi
capucha y, estallando en sollozos, exclamé:
-¿No me reconoces, querido?
El palideció y no pudo proferir palabra, como si hubiera sido
herido por un rayo. Por fin, sin recuperarse de su sorpresa, sólo atinó a
decirme:
-Deja que me siente.
Dejándose caer en una silla, apoyó un codo sobre la mesa y,
sosteniéndose la cabeza con la mano, fijó los ojos en el suelo, como si
estuviera aturdido.
Entretanto yo lloraba con tal vehemencia que pasó un buen rato
antes de que pudiera hablar otra vez, pero cuando mis copiosas lágrimas
consiguieron aliviarme un poco, repetí las mismas palabras de antes:
-¿No me reconoces, querido?
-Sí -me contestó sin poder añadir nada más.
Después de largo rato de estupor, me miró y preguntó:
-¿Cómo has podido ser tan cruel?
De momento no comprendí a qué se refería y contesté:
-¿Cómo puedes llamarme cruel? ¿En qué he sido cruel contigo?
-¿Acaso venir a verme en un lugar como este no equivale a un
insulto? Yo no te he robado nada, por lo menos en la carretera.
Al oír esto me di cuenta de que él nada sabía de las tristes
circunstancias que yo estaba atravesando y que creía que al enterarme yo de que
estaba preso había acudido allí para reprocharle su abandono. Pero era mucho lo
que tenía que decirle para sentirme incomodada, y en breves palabras le aseguré
que nada había más lejos de mi intención que ir a verlo para insultarlo y que
mi objeto era condolernos mutuamente. Añadí que pronto se convencería de ello
cuando le contara que mi situación era peor que la suya en muchos aspectos. Al
oír esto, mi marido mostró su preocupación pero me preguntó con una sonrisa
escéptica:
-¿Cómo puede ser esto? ¿Vienes a verme, estando yo preso en
Newgate y habiendo sido ejecutados ya dos de mis compañeros, y dices que tu
situación es peor que la mía?
-Mira, querido -contesté-, tendremos que hablar durante un buen
rato si empiezo a relatar mi historia, pero si estás dispuesto a escucharme
pronto te convencerás de lo que te digo.
-¿Cómo puede ser posible -repitió él-, si en el próximo juicio
espero ser condenado a muerte?
-Verás que es posible cuando te diga que yo he sido juzgada hace
tres sesiones y condenada a muerte. ¿No crees que estoy peor que tú?
Enmudeció otra vez, estupefacto, y exclamó:
-¡Desdichada pareja...! ¿Cómo ha podido ocurrir todo esto?
-Vamos, vamos, querido, siéntate y comparemos nuestras cuitas.
Estoy presa en esta misma cárcel y en circunstancias mucho peores que las
tuyas. Cuando te cuente los detalles, te convencerás de que no he venido aquí
para insultarte.
Nos sentamos y yo le conté lo que creí más conveniente acerca de
mi vida, pintándome como sumida en la mayor pobreza y rodeada de compañías que
me habían llevado hasta el punto de intentar resolver mi situación por medios
que yo desconocía hasta entonces. Después le expliqué mi intento de robo en la
casa del comerciante y cómo fui detenida al cruzar la puerta y obligada por la
criada a volver a entrar. Añadí que no había forzado ninguna cerradura ni me
había llevado nada, pero que a pesar de ello fui considerada culpable y
condenada a muerte y que, antes de la ejecución, los jueces, conmovidos ante la
gravedad de mi situación, habían accedido a suspender la sentencia con la
condición de que fuese deportada.
Le conté también que temía lo peor al ser confundida con una tal
Moll Flanders, célebre ladrona de la que todos habían oído hablar, pero a la
que nadie había visto. Como él sabía, mi nombre no era éste, pero no tuve más
remedio que cargar con toda la culpa y con aquel nombre fui juzgada como
reincidente habitual, aunque aquélla fuese la primera vez que comparecía ante
un tribunal. Narré todo lo que me había acontecido desde la última vez que nos
habíamos visto, sin omitir la ocasión en que lo vi en Brickhill, cuando le
perseguían, y mis afirmaciones de que lo conocía como un caballero honrado.
Gracias a ello cesó su persecución y los alguaciles se dieron por satisfechos.
Escuchó con atención todo mi relato, sonriendo ante la mayor
parte de los detalles, que eran insignificantes al lado de las aventuras que él
había corrido, pero cuando mencioné lo de Brickhill se quedó sorprendido.
-¿Fuiste tú, querida, quien burló a la gente que nos estaba
pisando los talones en Brickhill? -me preguntó.
-Sí, fui yo contesté.
Y añadí toda clase de pormenores acerca de aquel asunto.
-En este caso fuiste tú quien me salvó la vida aquella vez, y me
alegro de debértela, pues pienso devolverte el favor. Te sacaré de aquí, aunque
mi empeño me cueste la vida.
Me resistí a ello asegurándole que el riesgo era excesivo y que
no valía la pena de correrlo, sobre todo cuando se trataba de mi vida, que no
tenía ningún valor.
-No digas esto, pues se trata de una vida que para mí tiene un
valor incalculable -me aseguró-. Es una vida que sirvió para salvar la mía,
pues hasta aquel día en Brickhill nunca había corrido un serio peligro de
perderla.
Refirió entonces el peligro que lo amenazó por el hecho de creer
que nadie le perseguía, pues habían salido de Hockley por otro camino y habían
llegado hasta Brickhill a campo traviesa, seguros de no haber sido vistos por
nadie.
A continuación me hizo un extenso relato de su vida, una
historia verdaderamente curiosa y hasta cierto punto divertida. Me contó que se
había dedicado al oficio de salteador de caminos doce años antes de casarse
conmigo, que la mujer que se hacía pasar por su hermana no guardaba parentesco
alguno con él, sino que pertenecía a su banda y vivía en la ciudad para
informarle acerca de sus numerosos conocidos y que le suministraba detalles
concretos de las personas que se ausentaban de la ciudad, gracias a lo cual
había conseguido muy cuantiosos botines. Me aseguró también que aquella mujer
creyó haberle proporcionado una fortuna cuando me presentó a él, pero que en
esto se equivocó, cosa por la que no podía achacársele, en realidad, culpa
alguna. Dijo que de haber sido verdad lo de mi opulencia, estaba resuelto a
abandonar su profesión y a vivir una existencia tranquila y apacible sin
aparecer en público hasta poder beneficiarse de un indulto general o conseguir,
gracias a su dinero, un perdón particular. Sin embargo, como las cosas fueron
muy distintas, se vio obligado a reorganizar su banda y volver a su antiguo
oficio.
Me explicó con muchos detalles algunas de sus aventuras, en
particular la que corrió al asaltar la diligencia de West Chester cerca de
Lichfield, y en la que consiguió un espléndido botín, y el atraco a cinco
ganaderos que se dirigían a la feria de Burford, en Wiltshire, para comprar
ovejas. Estos dos golpes le proporcionaron mucho dinero y si hubiese . sabido
dónde poder hallarme habría accedido a mi proposición de marcharnos los dos a
Virginia o instalarnos en alguna de las colonias inglesas en América.
Me aseguró que me había escrito dos o tres cartas a la dirección
que yo le indiqué, pero que nada más había sabido de mí. Bien sabía yo que esto
era verdad, pero como las cartas llegaron a mi poder cuando yo vivía con mi
otro marido, nada pude hacer más que dejar de contestarlas para que él creyese
que no las había recibido.
Habiendo sufrido aquella decepción, continuó con sus actividades
dades delictivas, aunque después de conseguir tanto dinero no corriera ya
riesgos tan desesperados como los de antes. Después me contó varias peleas
terribles que había librado en los caminos contra viajeros que supieron
defender con encono sus bienes, y me mostró varias heridas que había recibido,
en particular una de pistola que le rompió el brazo y otra de espada que lo
atravesó de parte a parte, aunque sin llegar a sus órganos vitales. Uno de sus
camaradas le demostró su lealtad ayudándole a cabalgar durante ochenta millas,
antes de que su brazo empezara a empeorar. Luego visitaron a un cirujano de una
ciudad lejana fingiendo ser unos caballeros que al dirigirse hacia Carlisle
habían sido asaltados por unos bandoleros y que un disparo le había roto el
brazo. Aquel amigo supo presentar tan bien la situación que no sólo nadie
sospechó de ellos, sino que pudieron permanecer a buen cubierto hasta que la
herida estuvo completamente curada. Mucho más me contó de sus andanzas, pero,
con gran sentimiento por mi parte, omito su relato, puesto que ésta es mi
historia y no la de mi esposo.
A continuación me interesé por las circunstancias por las que
atravesaba en aquellos momentos y por el resultado que esperaba de su juicio.
Me aseguró que no había pruebas contra él, o que eran muy menguadas. Tenía la
suerte de que en los tres robos de los que se les hacía responsables, él sólo
había tomado parte en uno y que únicamente existía un testigo de cargo, lo cual
no bastaba. Sin embargo, se esperaba que se presentaran otros y cuando yo
llegué creyó que acudía con este objeto. De todos modos, si alguien comparecía
para atestiguar contra él, aún le quedaba una posibilidad, pues se le había
insinuado que si se sometía voluntariamente a la deportación se pasaría por
alto su juicio. Pero él no quería ni pensar en ello creyendo que era preferible
dejarse ahorcar.
Le reprendí por estas palabras diciéndole que lo reprendía por
dos razones: primera, porque si era deportado dispondría de mil medios, siendo
como era un caballero y un hombre audaz y emprendedor, de volver a la patria, y
segundo, porque tal vez incluso pudiera también evitar el viaje de ida. Sonrió
al oírme y dijo que de las dos ideas prefería la segunda, pues le causaba
horror ser enviado a las plantaciones del mismo modo que los romanos condenaban
a sus esclavos a trabajar en las minas. Insistió también en que creía
preferible la horca a la deportación, y que ésta era la creencia general de
todos los caballeros a quienes las circunstancias obligaban a adoptar el oficio
de bandolero, pues el patíbulo era, por lo menos, el punto final de todas las
miserias terrenales, y en cuanto a lo que viniera después, su opinión era de
que cualquiera podía tener las mismas probabilidades de arrepentirse
sinceramente en los últimos días de su vida con todos los temores y las agonías
de las celdas y en la fosa de los condenados que en los bosques y lugares
salvajes de América, puesto que la servidumbre y los trabajos manuales eran
cosas a las que ningún caballero podría acostumbrarse nunca y que ello sólo
podía obligarles a convertirse en sus propios verdugos, cosa que sería
muchísimo peor, y que, en vista de todo ello, no quería ni oír hablar de
deportación.
Hice cuanto pude para persuadirle y uní a mis argumentos las
lágrimas, la más poderosa de las armas femeninas. Alegué que la infamia que
representaba una ejecución pública era mucho peor para el ánimo de un caballero
que todas las mortificaciones que pudiera tener que soportar en el extranjero y
que la deportación significaba por lo menos una posibilidad de seguir viviendo
mientras que la horca era el final de toda esperanza. Añadí también que no le
costaría mucho granjearse la amistad del capitán del barco, pues suelen ser
hombres de buen humor y de cierta alcurnia, y que su dinero no tardaría en
permitirle abrirse un camino cuando llegase a Virginia.
Me miró pensativo y creí adivinar que carecía de dinero, pero me
equivoqué, pues su mente estaba enfocando otra cuestión.
-Acabas de insinuar, querida, que tal vez haya algún medio para
evitar el viaje por lo que cabe suponer la posibilidad de sobornar a alguien
aquí. Preferiría entregar doscientas libras para evitarme el destierro que cien
libras para ser puesto en libertad al llegar a América.
-Dices esto, querido, porque no conoces aquello tan bien como
yo.
-Es posible que sea así -replicó él-, pero no por ello dejo de
creer que tú harías lo mismo a no ser porque tu madre, según me dijiste, vive
en América.
Contesté que lo más probable era que mi madre hubiese muerto
hacía ya muchos años y en cuanto a mis demás parientes en aquellas tierras no
los conocía siquiera. Debido a los infortunios que me habían reducido a tan
mísera condición durante los últimos tiempos, no había mantenido
correspondencia alguna con ellos, y por consiguiente cabía esperar una fría
acogida por parte de mis familiares si les hacía mi primera visita como presa
deportada, así es que si iba allí, estaba dispuesta a no comparecer ante ellos.
No obstante, eran muchos los planes que me había forjado y que me
proporcionaban cierta resignación. En cuanto a él, si se veía obligado a
partir, yo cuidaría de aleccionarlo para que nunca hubiera de convertirse en un
sirviente, sobre todo si no le faltaba el dinero, ya que éste era el mejor
amigo en tales situaciones.
Sonrió y me dijo que él no había dicho que tuviera dinero. Lo
interrumpí para decirle que no había interpretado bien mis palabras y que yo no
esperaba ninguna ayuda monetaria por parte de él, sino que, por el contrario,
aunque yo no lo poseyera en cantidad, más bien lo añadiría al suyo para que
tuviera más medios para desenvolverse en caso de tener lugar la deportación.
El me contestó con el mayor afecto diciéndome que no contaba con
una cantidad muy importante, pero que nunca me negaría nada si yo se lo pedía,
y me aseguró que no tenía el menor inconveniente en hablar conmigo de tales
asuntos y que lo que más le interesaba era lo que yo le había insinuado antes
porque en su país sabía desenvolverse muy bien, pero que en otro lugar se
convertiría en el ser más ignorante y desgraciado del mundo.
Le contesté que se atormentaba en vano y que si tenía dinero, de
lo cual yo me alegraba mucho, no sólo podría evitar la servidumbre que se
suponía debía ser la consecuencia de la deportación, sino que conseguiría
empezar una nueva vida en la que no habría fracaso alguno, siempre y cuando
aplicase a ella un mínimo de esfuerzo. No podía dejar de recordar que era lo
que yo le había recomendado tantos años antes, proponiéndoselo para que
sirviera de mutuo amparo para los dos y de punto de partida para arreglar nuestras
existencias. Añadí entonces que para demostrarle mis razones y también para
convencerle de las probabilidades de éxito, vería como yo me libraba de la pena
de la deportación y, una vez libre, me iría con él por mi propia voluntad y
llevándome el dinero que me hubiese bastado para subsistir sin ayuda de nadie.
Dije también que nuestros infortunios habían sido tan grandes que los dos
teníamos que hacernos a la idea de abandonar nuestro país para ir a vivir donde
nadie pudiera atormentarnos con nuestro pasado y donde no existieran recuerdos
de la prisión ni de los terrores de la celda de los condenados. Una vez allí
podríamos contemplar con mayor tranquilidad el desastre de nuestra vida
anterior sabiendo que nuestros enemigos nos habían olvidado por completo y que
podíamos vivir como habitantes de un mundo nuevo sin que tuviéramos que dar
explicaciones a nadie.
Utilicé tantos argumentos y contesté tan atinadamente a sus
obstinadas objeciones que me abrazó y me dijo que lo había convencido, que
seguiría mis consejos y que se sometería a su suerte con la esperanza de contar
con mi apoyo y con una compañera tan buena en su miseria.
Sin embargo, volvió a recordarme lo que antes yo había
mencionado, o sea, la cuestión de evitar el viaje, lo cual, según me dijo,
sería lo mejor de todo. Repliqué que ya lo vería y que podía estar convencido
de que haría cuanto estuviese en mi mano por evitarlo, que si fracasaba en mi
empeño sería porque la imposibilidad habría sido absoluta.
Después de nuestra larga entrevista nos separamos con unas
muestras de afecto y ternura iguales, si no superiores, a las de nuestra
despedida en Dunstable. Entonces comprendí el motivo de que en aquella ocasión
él no hubiese querido llegar más allá de Dunstable y por qué, cuando nos
despedimos allí, me dijo que no convenía que me acompañara más trecho en
dirección a Londres, como hubiera sido su deseo. He observado que la historia
de toda su vida constituiría un relato más placentero que la de la mía; no obstante,
nada más extraño que el hecho de haber practicado su calamitosa profesión
durante veinticinco años sin haber sido capturado obteniendo los mayores
éxitos, viviendo a veces regiamente, retirándose durante largas temporadas
acompañado de un mayordomo y sentándose a menudo en los cafés para oír de boca
de sus mismas víctimas las historias de sus hazañas acompañadas de toda clase
de detalles que permitían identificarlas sin lugar a dudas.
Al parecer, así vivía en Liverpool en los tiempos en que
contrajo su desdichado matrimonio conmigo por dinero. Si yo hubiese sido la
mujer rica que aparentaba, estoy segura de que hubiera seguido llevando una
vida tan apacible como honrada.
Dentro de su infortunio, tuvo la suerte de no hallarse en el
lugar donde fue perpetrado el robo por el que se le había encarcelado, por cuyo
motivo ninguna de las víctimas pudo reconocerlo o acusarle. Pero cuando fue
capturado con el resto de la banda, un campesino charlatán juró que él estaba
presente y, dada la posibilidad de que hubiera otros testigos, decidióse
mantenerlo en prisión.
Sin embargo, se le había ofrecido la deportación gracias, según
creo, a la intercesión de algún personaje influyente que insistió en que la
aceptase con preferencia a un juicio. Por mi parte, sabiendo que existía el
peligro inminente de que comparecieran otros testigos, di la razón a su amigo e
insistí un día tras otro para que no demorase por más tiempo su respuesta.
Por fin, y no sin grandes dificultades, dio su consentimiento,
pero como la deportación no había sido decretada por un tribunal, como en mi
caso, topó con un serio obstáculo que le impedía la proyectada fuga. Su buen
amigo, el que había intercedido por él, había garantizado personalmente su
partida asegurando que no regresaría antes de expirar su condena.
Este inconveniente dio al traste con todos mis planes, pues las
gestiones que había iniciado para conseguir su fuga resultaron inútiles, a no
ser que yo lo abandonase y lo dejara partir solo. Mi marido protestó y dijo que
prefería correr el albur del juicio, aunque sabía que éste sólo podía
significar la horca.
Pero volvamos a mi relato. De acuerdo con la sentencia, se
acercaba ya el día de mi partida. Mi maestra, que continuaba demostrándome su
fiel amistad, había tratado de obtener mi perdón, pero no podía hacerse nada
sin un desembolso demasiado oneroso para mis medios, y entonces pensé que si me
quedaba sin dinero, a menos que volviera a dedicarme a mis anteriores
actividades, me vería en una situación peor que la de ser deportada, puesto que
me constaba que en América podría vivir, pero en mi país ocurriría lo
contrario. El buen sacerdote hizo también todo lo que pudo, en otro sentido,
para evitar mi deportación, pero se le contestó que sus primeras súplicas
habían salvado mi vida y que ya no podía pedir más. Lamentó profundamente mi
partida, pues, según me dijo, temía que yo pudiera olvidar los buenos
propósitos que me había hecho en vísperas de mi ejecu-ción y que tanto
alentaron sus excelentes consejos. Aquel hombre piadoso sufría al pensar en
aquella posibilidad.
Por otra parte, yo no solicitaba ya tanto su presencia, aunque
supe ocultarle los motivos, y hasta el último momento supo tan sólo que yo
partía deshecha por la aflicción.
A principios de febrero fui embarcada con otros siete convictos
en un mercante que zarpaba rumbo a Virginia, fletado por un comerciante, y cuyo
punto de partida era Deptford Reach. El funcionario de la cárcel nos entregó al
capitán y éste le firmó el correspondiente recibo.
Pasamos la primera noche en la bodega, confinados de tal modo
que temí perecer por sofocación, y la mañana siguiente el barco descendió por
el río hasta llegar a un lugar llamado Bubby's Hole, medida tomada de acuerdo
con el comerciante, según se nos explicó, para evitar toda posibilidad de
huida. Sin embargo, cuando el buque levó anclas se nos permitió una mayor
libertad de movimientos y pudimos subir a cubierta, aunque no a la que estaba
reservada para el capitán y los pasajeros.
Cuando noté que zarpábamos por el ajetreo de los marineros y el
movimiento del barco, tuve una desagradable sorpresa, pues temí que nos
hiciéramos ya a la mar y que nuestros amigos no pudieran despedirse de
nosotros. Después me tranquilicé al observar que el barco anclaba de nuevo, y
poco después se nos comunicó que a la mañana siguiente tendríamos permiso para
subir a cubierta y recibir a nuestras amistades, si es que teníamos alguna.
Pasé aquella noche sobre las duras tablas de la cubierta, igual
que los demás pasajeros, pero después pudimos disponer de unas pequeñas cabinas
en las que podrían dormir los que dispusieran de los enseres apropiados y de
algún espacio para colocar baúles o maletas de ropa los que los tuviéramos,
pues algunos de los convictos no tenían ni una camisa para ponerse ni un solo
penique en sus bolsillos. Sin embargo, no tardaron en acomodarse todos, en
especial las mujeres que consiguieron algún dinero de los marineros a cambio de
lavarles la ropa y gracias a ello pudieron adquirir lo más necesario.
Cuando subimos a cubierta la mañana siguiente, pregunté a uno de
los oficiales del buque si se me permitiría mandar una carta a mis amigos
informándoles acerca del paradero del barco y pidiéndoles algunas cosas que me
eran necesarias. El hombre, que me parece que era el contramaestre, se mostró
muy amable y cortés al decirme que gustosamente me concedería este favor o
cualquier otro que le pidiese, siempre y cuando estuviera dentro de sus
posibilidades. Le dije que no deseaba nada más y él me explicó que el barco
llegaría a Londres aprovechando la próxima marea y que desde allí podría enviar
mi carta.
Por consiguiente, cuando zarpó el barco, el buen hombre vino a
decírmelo y me preguntó si había escrito la carta, en cuyo caso él cuidaría de
que fuese enviada. Como es lógico, yo estaba bien preparada a este respecto,
pues disponía de antemano de papel, pluma y tinta y había escrito ya una carta
dirigida a mi aya maestra, a la que adjunté otra para mi esposo sin que
indicara en ella que se trataba de mi marido. En la de mi maestra indicaba el
paradero del barco y le rogaba que me mandara unas cuantas cosas que tenía
preparadas para el viaje.
Al entregar la carta al contramaestre le di un chelín
indicándole que era para el mensajero y rogándole que la mandase tan pronto
tocáramos tierra.
También pedí que el mismo mensajero cuidara de traerme la
respuesta con objeto de saber si me mandaban mis cosas, añadiendo que si el
barco partía antes de que obraran en mi poder yo estaría perdida.
Tuve la precaución, al entregar la carta al contramaestre, de
que éste supiera que yo era una presa algo más acomodada que las demás y así
dejé que viera que mi bolsa estaba muy bien provista.
El resultado fue que desde entonces me dispensó un trato muy
distinto al que en otras circunstancias hubiera merecido a bordo, pues aunque
desde un principio se había mostrado cortés debido más bien a la natural
compasión hacia una mujer desdichada, a partir de entonces redobló sus
atenciones y procuró que yo me sintiera mucho más a mis anchas a bordo del
barco.
Entregó puntualmente la carta a mi maestra y me trajo la
respuesta por escrito, y al darme el mensaje me devolvió el chelín.
-Tomad vuestro chelín -me dijo-, pues la carta la he entregado
yo mismo.
La sorpresa me dejó sin palabras, pero al cabo de un buen rato
pude decirle:
-Sois muy amable, señor. Os ruego que por lo menos os cobréis el
coche que os ha conducido hasta allí.
-De ningún modo -replicó él-. Ya me considero suficientemente
pagado. ¿Quién es aquella dama? ¿Vuestra hermana?
-No, señor, no nos une ningún parentesco, pero es una buena
amiga. Es la única amistad que tengo en este mundo.
-Pues no abundan mucho tales amigas. Por vuestra causa lloraba
como si fuera una chiquilla.
-No me extraña -dije-. Estoy segura de que sería capaz de dar
cien libras por sacarme de este atolladero.
-¿De veras? -exclamó él-. Por la mitad de esta suma, yo sería
capaz de proporcionaros un medio de escapar.
Había bajado la voz para que nadie pudiera oírnos.
-¡Pobre de mí! -me lamenté-. Una vez en libertad, si me
volvieran a detener me costaría la vida.
-No es probable, porque supongo que una vez fuera del barco
sabríais adoptar vuestras precauciones. Pero esto ya no me incumbe a mí.
Dicho esto, abandonamos el tema por aquel momento.
Entretanto, mi amiga, fiel hasta el último instante, había
entregado personalmente la carta a mi esposo y había recogido la respuesta de
éste, y al día siguiente vino al barco con una colchoeta marinera y las sábanas
necesarias, todo muy completo pero sin lujos innecesarios. También me trajo una
especie de cómoda, apta para los viajes por mar, con todo cuanto pudiera yo
necesitar y en una de sus esquinas había un cajón secreto que contenía todo mi
dinero. Es decir, la mayor parte de mi capital; puesto que el resto había
decidido dejarlo en casa para enviármelo más tarde en forma de los objetos que
pudiera precisar para aposentarme. Pensé que en América el dinero no era una
cosa tan primordial, toda vez que eran muchas las compras que se hacían pagando
en tabaco y no valía la pena de llevarme todo mi capital de una sola vez.
Pero mi caso era especial. Por una parte, no podía marcharme sin
dinero ni enseres, y por otra, siendo una pobre convicta que iba a ser vendida
tan pronto desembarcáramos, llevar conmigo un exceso de bienes representaba el
peligro de que la gente se quedara con ellos. Esto acabó de decidirme a llevar
solamente una parte de mis ahorros y confiar el resto a mi maestra.
Ella me trajo muchas otras cosas, pero no era prudente que yo me
mostrase a bordo bien provista en exceso, por lo menos hasta que conociera el
talante de nuestro capitán. Cuando mi maestra subió a bordo creí que iba a
morirse allí mismo. Su corazón se desgarró al verme y al pensar que iba a
separarse de mí, se echó a llorar tan desconsoladamente que durante un buen
rato no pudo pronunciar palabra.
Aproveché aquellos momentos para leer la carta de mi esposo, y
debo confesar que me dejó perpleja. Me decía en ella que estaba dispuesto a
marcharse, pero que sería imposible recibir su indulto con el tiempo suficiente
para embarcar conmigo. Lo que era aún peor es que dudaba de si le permitirían
embarcar en el buque que él quisiera o si lo embarcarían en cualquier otro,
entregándolo en custodia al capitán junto con otros convictos. Mostraba
claramente su desesperación ante la probabilidad de que no pudiéramos vernos
hasta llegar a Virginia, si es que no lo impedía un naufragio o una desgracia.
Terminaba diciendo que si no podía reunirse conmigo se consideraría la persona
más desdichada de la Tierra.
Todo esto me resultó muy lamentable y de momento no supe qué
actitud adoptar. Expliqué a mi maestra lo que me había dicho el contramaestre,
y ella me aconsejó que me pusiera de acuerdo con él. Pero esto no me interesaba
hasta poder saber si mi esposo vendría conmigo o no. Por último, me vi obligada
a contar a mi maestra toda la verdad, ocultándole tan sólo que el preso era mi
marido. Le dije que entre los dos habíamos lle-gado a un provechoso acuerdo
para marcharnos juntos y que él disponía de dinero.
Después le expliqué detenidamente lo que me había propuesto
hacer cuando llegásemos a América: trabajar la tierra, criar ganado y, en
resumidas cuentas, enriquecernos sin correr más aventuras. Y como si se tratara
de un gran secreto añadí que nos casaríamos tan pronto como pudiéramos
reunirnos a bordo.
Al oír todo esto, la anciana se alegró sinceramente y a partir
de aquel mismo instante se dedicó con ahínco a conseguir que mi marido pudiera
salir de la cárcel con el tiempo necesario para viajar en el mismo barco que
yo. Lo consiguió por fin, aunque con grandes dificultades y sin poder evitar
que el traslado se efectuara bajo la condición de convicto, a pesar de que no
lo era aún, puesto que no había sido juzgado. Esto representó una seria
mortificación para él. Al ver que nuestro destino estaba ya decidido y que los
dos nos hallábamos a bordo de un barco a punto de zarpar para Virginia, yo para
ser vendida allí por un período de cinco años y él con la condición de no
volver nunca a Inglaterra, su ánimo se derrumbó y se mostró muy abatido. La
mortificación de ser embarcado como preso lo incomodó muchísimo, puesto que al
principio se le había asegurado que viajaría como un caballero que gozase de
libertad. De todos modos, al llegar a su destino, no sería vendido como
nosotros, y por esta razón tuvo que pagar su pasaje al capitán.
Nuestra primera actividad consistió en comparar los respectivos
capitales.
Mostróse muy sincero conmigo y me confesó que al ingresar en la
prisión llevaba la bolsa bien provista, pero que su estancia en la misma como
caballero y, sobre todo, los sobornos necesarios para aliviar su caso le habían
costado muy caros. En resumidas cuentas, su capital había quedado reducido a
ciento ocho libras, la mayor parte de ellas en oro.
Con la misma honradez yo le di cuenta de mis disponibilidades, o
sea, de lo que había decidido llevar conmigo, pues estaba resuelta, pasara lo
que pasara, a dejar una reserva en manos de mi maestra. Si yo fallecía, lo que
mi marido recibiría no era una cantidad despreciable y lo que me guardaba mi
maestra pasaría a poder de ella que tanto lo merecía.
El dinero que tenía para el viaje ascendía a doscientas cuarenta
y seis libras y unos cuantos chelines. Por consiguiente, entre los dos
sumábamos trescientas cincuenta y cuatro libras, capital bien menguado para
comenzar con él una nueva vida.
Lo peor era que nuestra fortuna consistía en dinero, y todo el
mundo sabe que el dinero resulta de poca utilidad en las plantaciones. Bien
sabía yo que el suyo era todo el que le quedaba, pero mi caso era distinto. Yo
poseía de setecientas a ochocientas libras en metálico cuando el desastre se
abatió sobre mí, y había dejado trescientas en poder de la más fiel de las
amigas. Además de esto, poseía algunos objetos de gran valor, en particular dos
relojes de oro, unas piezas de vajilla de plata y varios anillos. Mi maestra
había puesto todos estos objetos en una cómoda, junto con el dinero, y con esta
pequeña fortuna y mis sesenta y un años a cuestas me lancé a la conquista de un
nuevo mundo, con el aspecto aparente de una desdichada convicta desposeída de todo
y que debía a la deportación haber escapado al patíbulo. Mis ropas eran
sencillas y ajadas, pero estaban limpias y bien remendadas, y a bordo nadie
sabía que yo poseyera ningún objeto de valor.
Pero yo tenía algunos trajes de gran calidad y disponía de ropa
blanca en abundancia. Ordené que fuesen empaquetados en dos grandes cajas y las
embarqué, no como bienes personales míos sino consignadas a mi verdadero nombre
y destinadas a Virginia. Me hice extender los conocimientos de embarque y metí
en las cajas la plata, los relojes y todo lo que tenía de valor, con excepción
del dinero que metí en el cajón secreto de la cómoda, donde nadie podría
encontrarlo a no ser que hicieran astillas el mueble.
Al subir a bordo mi esposo, tres semanas más tarde, su mirada
expresaba indignación y la cólera hervía en su interior. Había llegado al
muelle en compañía de otros tres huéspedes de Newgate y había sido procesado.
Expuso sus quejas a los amigos que lo habían ayudado con su influencia, pero
éstos replicaron que bastante habían hecho ya y que sus informes eran tan
pésimos y aún seguían empeorando que podía darse por satisfecho si no volvían a
acusarlo por otros delitos. Esta respuesta lo aquietó un poco, pues sabía
perfectamente lo que podía haber ocurrido, y no le faltaban razones para ello.
Vio también el buen paso que había dado al aceptar la deportación, y al
calmarse su ira su aspecto mejoró, empezó a alegrarse y cuando yo le expresé mi
contento por tenerle de nuevo a mi lado, me abrazó y reconoció con gran ternura
que yo le había dado el mejor consejo posible.
-Querida -me dijo-, me has salvado la vida dos veces. De ahora
en, adelante, tú lo dispondrás todo y yo siempre seguiré tus consejos.
El barco había empezado ya a llenarse. Varios pasajeros subieron
a bordo y por tratarse de personas honradas y que habían pagado su pasaje, se
les asignó acomodo en los mejores camarotes y en otras partes del barco
mientras nosotros, los convictos, éramos alojados en cualquier rincón de las
bodegas. Pero cuando llegó mi esposo, yo hablé con el mismo contramaestre que
me había demostrado su buena voluntad al llevar personalmente mi carta. Le dije
que me había prestado ya muy valiosos servicios sin percibir recompensa alguna
por mi parte y mientras le hablaba le metí una guinea en la mano. Entonces le
conté la llegada de mi marido a bordo y que tanto él como yo, antes de nuestros
actuales infortunios, habíamos sido personas de muy distinta alcurnia de los desdichados
que nos acompañaban y que deseábamos que él se enterase si cabía la posibilidad
de que el capitán nos permitiera gozar de algunas de las comodidades existentes
a bordo. Añadí que, en justa retribución, nosotros sabríamos corresponder
debidamente a sus desvelos. El hombre aceptó la guinea con visible satisfacción
y prometió ayudarnos.
Después nos aseguró que el capitán, que era uno de los hombres
más simpáticos del mundo, se avendría a procurarnos cuanto pudiéramos necesitar
y, para mayor tranquilidad nuestra, añadió que cuando subiera la marca hablaría
con el capitán acerca del asunto.
La mañana siguiente, habiéndome levantado un poco más tarde de
lo que tenía por costumbre, subí a cubierta y vi al contramaestre que estaba
trabajando entre los demás marineros. Me entristecí y avancé hacia él para
hablarle. El también me vio y salió a mi encuentro, pero sin darle tiempo para
hablar, le dije sonriendo:
-Tengo la impresión, señor, de que os habéis olvidado de
nosotros. Observo que estáis muy ocupado.
-Venid conmigo y veréis si os he olvidado -replicó con presteza.
Me acompañó hasta la toldilla y entró en un camarote donde un
caballero estaba escribiendo, con una gran cantidad de papeles sobre su mesa.
-Esta es la dama de que os ha hablado el capitán -dijo el
contramaestre.
Y volviéndose hacia mí me explicó:
-Me he ocupado de vuestro asunto hasta el punto de haber
visitado al capitán, repitiéndole al pie de la letra todo cuanto me pedisteis
para que, junto con vuestro esposo, pudierais gozar de algunas comodidades
durante el viaje. El capitán me ha ordenado que hablara con este caballero, que
es el segundo de a bordo, para que os enseñásemos todo cuanto pueda serviros de
alojamiento adecuado. También me dijo que no seríais tratados como temíais al
principio, sino con el mismo respeto que se debe a los demás pasajeros.
Entonces me habló el segundo de a bordo y, sin darme tiempo
para' que expresara mi agradecimiento al contramaestre por su amabilidad,
confirmó todo lo que éste había dicho, añadiendo que el capitán tenía especial
satisfacción en mostrarse amable y caritativo, en especial con aquellos que
estaban siendo víctimas de algún infortunio. A continuación me enseñó varias
cabinas, algunas de las cuales daban a la toldilla y otras al entrepuente, pero
que comunicaban también con la toldilla destinada a los pasajeros, y me
permitió elegir la que más me agradara. Escogí una contigua al entrepuente y
que disponía de lugar suficiente para instalar la cómoda y nuestras maletas,
así como una mesita para comer.
El segundo me dijo entonces que el contramaestre había dado tan
buenas referencias de mí y de mi esposo, en cuanto a nuestro buen
comportamiento, que tenía órdenes de consultarme si deseábamos comer con él
durante todo el viaje, como hacían los demás pasajeros. También podíamos elegir
entre adquirir provisiones por nuestra cuenta o compartir los alimentos de la
despensa general. Le di las gracias y le rogué que el capitán decidiera lo que
le pareciese más oportuno. Después le pedí permiso para retirarme y comunicar
las buenas noticias a mi esposo, que no se encontraba muy bien y no había
salido aún de su cabina. Mi esposo, que todavía se resentía de la indignidad
que según él había tenido que sufrir y que seguía mostrándose hosco e
intratable, se animó de tal modo al oír mi relato que volvió a ser el de antes
y en todo su ser se reflejó un nuevo vigor. No cabe duda que los espíritus más
fuertes son los que, al sufrir una aflicción, se muestran más predispuestos a
la desesperación.
Cuando se hubo recuperado de su sorpresa, mi esposo subió
conmigo y dio gracias al segundo de a bordo por la amabilidad que había tenido
con nosotros y le rogó también que hablase con el capitán y le ofreciese el
pago anticipado de nuestro pasaje y de todas las comodidades que nos
dispensaba. El segundo dijo que el capitán llegaría al atardecer y que entonces
hablaría con él. Efectivamente, el capitán subió a bordo aquella misma tarde y
comprobamos que era el hombre afable y cortés que el contramaestre nos había
descrito. Por su parte, se mostró tan encantado de la conversación de mi marido
que no quiso que nos alojáramos en la cabina que habíamos elegido, sino que nos
cedió otra que comunicaba directamente con la toldilla.
Tampoco se mostró desconsiderado ni demostró demasiada avidez,
puesto que por quince guineas nos solucionó nuestros pasajes incluyendo el
camarote y la comida. Cenamos en la mesa del capitán y pasamos una velada
deliciosa.
El capitán se había instalado en otra parte de la toldilla, pues
había cedido la «casa redonda», como llamaban a su camarote, a un rico
plantador que viajaba en compañía de su esposa y tres hijos. Estos cinco
pasajeros comían aparte. Había también otros pasajeros corrientes, alojados en
el entrepuente, y nuestros antiguos compañeros se hallaban encerrados en la
bodega mientras el barco estaba anclado y rara vez se les permitía subir a
cubierta.
No pude abstenerme de contar a mi maestra lo que había ocurrido,
pues era justo que ella, que tanto se había ocupado de mí, pudiera alegrarse de
nuestra buena suerte. Aparte de ello, necesitaba su ayuda para que me
facilitara varias cosas necesarias. Antes no hubiera podido hacer ostentación
de ellas, pero entonces, disponiendo de un camarote y de un lugar donde guardar
nuestros objetos, encargué en abundancia artículos necesarios para pasar un
buen viaje, tales como brandy, azúcar y limones para preparar ponches y
obsequiar al capitán como se merecía. También encargué una copiosa provisión de
alimentos y bebidas, así como una cama más ancha con sus ropas. En una palabra,
es-tábamos resueltos a que no nos faltase nada durante todo el viaje.
Entretanto no me había ocupado aún de lo que pudiéramos
necesitar cuando llegásemos a nuestro destino y empezáramos nuestra vida de
plantadores. Como yo ignoraba por completo todo cuanto pudiera requerirse, en
especial lo referente a herra-mientas para trabajar la tierra o para edificar,
y pensando que allí todo costaría por lo menos el doble, hablé de esta cuestión
con mi maestra, y ella visitó al capitán. Refirióle sus esperanzas en cuanto a
hallar un camino para sus dos infortunados primos, como nos llamaba ella y
conseguir nuestra libertad cuando llegásemos a América, y después de este
preámbulo explicó al capitán que, a pesar de lo desdichado de nuestra
situación, no estábamos privados de medios para iniciar una vida de trabajo y
que habíamos decidido ser plantadores. Preguntóle a continuación si él podía
aconsejarnos sobre este particular. El capitán ofreció inmediatamente sus
buenos consejos, le explicó el modo de iniciar este negocio y le aseguró que
nada tenía de difícil para las personas industriosas que desearan rehacer sus
fortunas.
-Señora -le dijo-, en aquel país nada impide a cualquier
persona, aun hallándose en peor situación que la de vuestros primos, labrarse
un porvenir, siempre y cuando dediquen toda la diligencia y el sentido común
necesario para salir airosos en su cometido.
Entonces mi maestra y amiga le preguntó qué deberíamos llevar
con nosotros, y el capitán, a fuer de hombre ducho y veraz, le contestó:
-Ante todo, vuestros primos han de procurar que alguien los
compre como sirvientes, de acuerdo con las condiciones de su deportación, y
después, en nombre del comprador, pueden ir a donde se les antoje. Pueden
elegir entre comprar una plantación ya en marcha, o bien adquirir tierras del
Gobierno y empezar a trabajar donde les plazca con buenas probabilidades de
hacer negocio.
Ella le rogó que nos prestara su ayuda y él prometió hacerlo,
promesa que cumplió debidamente. También se comprometió a darnos el mejor
consejo y a no imponernos nada que se opusiera a nuestros deseos, lo cual era
más de lo que podíamos desear.
Después, mi maestra le preguntó si sería necesario que nos
proveyéramos de herramientas y materiales para nuestro trabajo en la
plantación, y él contestó:
-Desde luego. Esto es muy importante.
Entonces la anciana le rogó que nos ayudara también en aquel
punto, y le aseguró que ella nos facilitaría todo cuanto pudiéramos necesitar
sin regatear su precio. El capitán le preparó una larga lista de objetos
indispensables para un plantador y calculó que vendrían a costar ochenta o cien
libras. Mi maestra empleó tanta destreza para comprarlo todo como si hubiera
sido un veterano mercader de Virginia, aunque siguiendo mis instrucciones
adquirió doble cantidad de todo lo que el capitán había anotado en su lista.
Embarcó los objetos a su nombre, hizo extender los
correspondientes conocimientos de embarque, y los endosó a nombre de mi marido.
Después aseguró todo el cargamento, de modo que nos sentimos protegidos contra
cualquier imprevisto.
Debí de haber explicado antes que mi marido le entregó todo su
capital de ciento ocho libras, casi todo en oro, para efectuar las compras y yo
añadí un buen puñado de monedas. Por consi- guiente, no sólo no tuve que tocar
la reserva que había entregado a mi maestra, sino que después de embarcado
nuestro cargamento, aún dispusimos de casi doscientas libras, cantidad más que
suficiente para nuestros planes.
Contentos y satisfechos al ver el giro que tomaba nuestra
situación, levamos anclas en Bugby's Hole y nos dirigimos a Gravesend, donde el
barco permaneció durante diez días más y el capitán se instaló definitivamente
a bordo. Mientras permanecimos allí, el capitán tuvo con nosotros una atención
inesperada, pues nos permitió ir a tierra a dar un paseo con la condición de
que le diéramos nuestra palabra de honor de que no trataríamos de escaparnos y
de que volveríamos a bordo de buen grado y en su compañía. Era una muestra tan
grande de confianza que mi marido se emocionó y, lleno de gratitud, le dijo que
él era incapaz de devolverle un favor tan inmenso por lo que no podía aceptarlo
ni tampoco permitir que el capitán corriera aquel riesgo. Después de cambiar
una serie de palabras corteses, yo entregué a mi esposo una bolsa que contenía
ochenta guineas y él la puso en manos del capitán.
-Tomadla, capitán -le dijo-, en prenda de nuestra lealtad. Si
dejamos de hacer algo que no corresponda a vuestra confianza, podéis
quedárosla.
Y seguidamente desembarcamos.
En realidad, el capitán podía estar tranquilo en cuanto a una
posible fuga por nuestra parte, pues habiendo tomado ya nuestras medidas para
establecernos en América no hubiera sido racional intentar quedarnos en
Inglaterra poniendo con ello en peligro nuestras vidas. Por consiguiente
bajamos a tierra con el capitán y cenamos juntos en Gravesend pasando una
velada muy feliz. Nos quedamos a dormir en la misma posada y volvimos a bordo
con él a la mañana siguiente. Aprovechamos la ocasión para comprar diez docenas
de botellas de cerveza de buena calidad, vino, unos cuantos pollos y varias
cosas más que pudieran resultarnos útiles a bordo.
Mi maestra y amiga nos acompañó y paseó con nosotros hasta
llegar al muelle y lo. mismo hizo la esposa del capitán con la que volvió más
tarde. La pena que experimenté cuando me separé de ella fue mayor que si
hubiera sido mi madre. Nunca más volví a verla. El tercer día se levantó viento
del Este y zarpamos el 10 de• abril. No atracamos en ningún otro puerto hasta
que, al azotarnos una fuerte galerna frente a las costas de Irlanda, el barco
se vio obligado a anclar en una pequeña bahía, cerca de la desembocadura de un
río cuyo nombre no recuerdo. Me dijeron, sin embargo, que pasaba por Limerick y
que era el río más caudaloso de Irlanda.
Al vernos inmovilizados allí por el mal tiempo, el capitán, que
seguía siendo el hombre jovial y agradable de siempre, volvió a acompañarnos a
tierra. Fue un rasgo de amabilidad en atención a mi esposo, pues, éste no
soportaba bien los embates del mar y solía marearse, en especial cuando el
oleaje era tan violento. Allí volvimos a hacer un nuevo acopio de provisiones,
especialmente carne de buey, de cerdo, de cordero y varios pollos, y el capitán
encargó también seis barriles de carne para reforzar la despensa del barco.
Permanecimos allí cinco días y cuando el tiempo fue más apacible nos hicimos de
nuevo a la mar y cuarenta y dos días después avistábamos las costas de
Virginia.
Al acercarnos a tierra, el capitán me llamó y me dijo que, a
juzgar por nuestras conversaciones, yo tenía familiares allí y no era la
primera vez que desembarcaba en aquel país. Por consiguiente, me suponía
conocedora de las costumbres de los habitantes al disponer de los convictos
cuando éstos llegaban. Repliqué que no conocía esta costumbre y que, en cuanto
a mis parientes, podía estar seguro de que no me presentaría a ninguno de ellos
mientras yo fuese una pobre presa. Por lo demás, nos poníamos por completo en
sus manos para que él nos ayudase tal como nos había prometido. Me dijo que yo
debía encontrar alguien que viniera a comprarnos y que respondiera de nosotros
ante el gobernador de la región, si éste se interesaba por nuestras personas.
Le aseguré que haríamos lo que él nos indicara, y él habló con un colono amigo
suyo para que comprase dos sirvientes, mi marido y yo. Así fuimos vendidos y
desembarcados con nuestro dueño. El capitán vino con nosotros y nos acompañó
hasta una especie de taberna donde nos prepararon un ponche de ron y pasamos un
rato muy alegre. Poco después, el colono nos entregó un certificado de libertad
y una carta en la que aseguraba que le habíamos servido fielmente, y quedamos
libres para dirigirnos a donde más nos agradara.
Por este favor el capitán nos pidió seis mil medidas de tabaco,
diciéndonos que era para aquel conocido suyo. Las compramos en el acto y además
le regalamos veinte guineas, cosa que lo dejó plenamente satisfecho.
No sería adecuado entrar aquí en descripciones de la parte de
Virginia en la que nos establecimos, y esto por diversos motivos. Bastará con
decir que nos adentramos en el río Potomac y pensamos instalarnos allí, aunque
después cambiamos de idea.
Lo primero que hice después de haber desembarcado todas nuestras
propiedades y de ponerlas a buen recaudo en un almacén que alquilamos con una
casita en el villorrio donde nos dejó el barco, fue interesarme por el paradero
de mi madre y más tarde por el de mi hermano, aquel infausto personaje con el
que me casé, como ya he explicado. Unas investigaciones discretas me
permitieron averiguar que mi madre había fallecido y que mi hermano (y marido)
vivía aún., lo que no me alegró mucho, preciso es confesarlo. Pero aún había
noticias peores. Mi hermano se había marchado de la plantación en que vivía
antes y en compañía de uno de sus hijos se había instalado en otra muy cercana
al lugar donde nosotros habíamos desembarcado y alquilado el almacén.
Al principio me sentí un poco alarmada, pero traté de
tranquilizarme pensando que no podría reconocerme. En cambio, yo tenía gran
curiosidad por verlo, siempre y cuando pasara inadvertida para él. Para
conseguirlo, pregunté cuál era la plantación en que vivía y, haciéndome
acompañar por una mujer del mismo pueblo, me dirigí a ella como si sólo
quisiera dar un vistazo a los alrededores. Por fin llegué tan cerca que pude
ver su casa. Pregunté a la mujer quién era el propietario de aquella plantación
y ella señaló hacia nuestra derecha.
-Allí está el caballero a quien pertenece la plantación. El que
lo acompaña es su padre.
-¿Sabéis cuáles son sus nombres de pila?
-Ignoro cuál pueda ser el del anciano, pero el hijo se llama
Humphrey. Y según creo, éste es también el nombre del padre.
Podrá comprenderse cuál fue la sensación, mezcla de alegría y de
espanto, que embargó mi ánimo en aquel momento, pues así estuve segura de que
se trataba nada menos que de mi hijo, acompañado de su padre que era mi
hermano. Me oculté la cara con la capucha, a pesar de que después de veinte
años de ausencia y desconociendo mi presencia en aquellas tierras, era
imposible que pudiera reconocerme. Pero aquella precaución fue del todo inútil,
pues la vista del caballero había quedado sumamente debilitada a consecuencia
de alguna enfermedad y apenas si podía ver lo bastante como para andar sin
chocar con algún árbol o caerse en una zanja. La mujer que me acompañaba me
refirió aquel detalle por pura casualidad, sin sospechar la importancia que
tenía para mí. Mientras ellos se acercaban, yo pregunté:
-¿La conoce él, mistress Owen?
-Sí -me contestó-. Si me oye hablar me reconocerá, pero apenas
puede ver.
Fue entonces cuando me explicó su enfermedad de la vista que ya
he mencionado.
Esto redobló mi seguridad y cuando pasaron por delante de mí me
quité la capucha. Era un verdadero suplicio para una madre ver su hijo, un
joven apuesto y elegante en la flor de la vida, y no atreverse a darse a
conocer y fingir que no se fijaba en él. Cualquier madre que lea estas líneas
sabrá comprenderme y adivinará con cuánta angustia tuve que contenerme, cuáles
fueron los impulsos de mi alma que pugnaba por lanzarse entre sus brazos y cómo
se retorcieron mis entrañas mientras dudaba, como sigo dudando ahora al no
saber cómo expresar con palabras tamaña agonía. Cuando hubo pasado, permanecí
anonadada y muy temblorosa, mirándolo hasta que se perdió de vista. Después,
sentándome sobre el césped junto a un lugar que yo había marcado, fingí tomarme
algún reposo y, colocándome de espaldas a mi acompañante y acercando el rostro
al suelo, prorrumpí en sollozos y besé la tierra que había pisado mí hijo.
No pude ocultar mucho tiempo mi estado de ánimo a la buena
mujer, y ésta, al darse cuenta, creyó que no me encontraba bien, cosa que me vi
forzada a admitir. Me ayudó a levantarme diciéndome que el suelo estaba
cubierto de humedad y nos marchamos de aquel lugar.
Mientras regresábamos, sin dejar de hablar de aquel anciano y de
su hijo, tuve .que experimentar un nuevo motivo de tristeza. La mujer inició un
relato con el que, sin duda, pretendía distraerme.
-Entre los vecinos circula una historia muy curiosa acerca de lo
que le ocurrió a este caballero donde vivía antes.
-¿Qué es ello? -pregunté.
-Cuando era joven se fue a Inglaterra y allí se enamoró de una
muchacha, una joven de belleza sin par, se casó con ella y la trajo aquí para
que la conociera su madre, que entonces aún vivía. Pasaron unos años y nacieron
hijos, uno de los cuales fue el joven que acaba de pasar con él. Al cabo de
mucho tiempo, hablando la madre de las desventuras que le habían acontecido en
Inglaterra, su nuera empezó a sentir gran sorpresa e inquietud, y al cabo de un
rato una serie de detalles le demostraron, sin duda alguna, que la anciana era
su madre y que, por consiguiente, el hijo de ésta se había casado con su propia
hermana. Toda la familia se quedó horrorizada y la confusión fue tan grande que
poco faltó para que ocasionara la ruina de todos. La joven se negó a seguir
viviendo con él, y el hijo, marido y hermano a la vez, estaba desesperado.
Finalmente, su esposa se marchó a Inglaterra y nunca más ha vuelto a saberse de
ella.
No es de extrañar que este relato me impresionara profundamente,
pero resulta imposible describir mi desasosiego. Fingí asombrarme mucho ante
aquella historia e hice numerosas preguntas que la mujer supo contestar con un
gran aplomo. Después pregunté detalles acerca de aquella familia, inquiriendo
cómo había muerto la madre, o sea mi madre, y a quién había dejado sus bienes.
Mi interés no era infundado, puesto que mi madre me había prometido con toda
solemnidad que cuando muriese me dejaría algo y que no modificaría su voluntad
mientras yo viviera. De un modo u otro tenía que agenciarme lo que era mío, sin
que pudiera evitarlo mi hijo ni mi hermano y esposo. La mujer me dijo que no
sabía exactamente la naturaleza del legado, pero que había oído comentar que mi
madre había dejado una importante suma en metálico, garantizada por la
plantación, para que fuese hecha efectiva a su hija si alguna vez se sabían
noticias de ella, ya fuese en Inglaterra o en otra parte, y que el legado había
sido puesto bajo la custodia de su nieto.
Era aquélla una noticia extraordinaria y el lector podrá
imaginar la alegría que me produjo. Al propio tiempo empecé a pensar cómo,
cuándo y dónde me daría a conocer, y si sería mejor revelar mi identidad o
abstenerme de hacerlo.
Tratábase de un problema que no sabía cómo resolver, como
tampoco sabía qué actitud adoptar. La duda me acometió de día y de noche. No
podía dormir ni sabía mantener una conversación. Mi marido se dio cuenta y se
inquietó por mí, pero todos sus esfuerzos para distraerme fueron en vano.
Insistió para que le confiara mis inquietudes, pero yo traté de disimular hasta
que, por fin, después de importunarme sin cesar, me vi obligada a inventar una
historia que no dejaba de tener una cierta base de veracidad.
Le conté que estaba intranquila porque había llegado a la
conclusión de que deberíamos instalarnos en otro lugar y cambiar nuestros
planes, puesto que si nos quedábamos en aquella región yo no tardaría en ser
reconocida. Expliqué que, al morir mi madre, unos parientes habían venido a
vivir en las inmediaciones de nuestra casa y que para evitar que descubrieran
mi identidad, cosa que dadas nuestras circunstancias resultaba bastante
inconveniente, tendríamos que marcharnos. Añadí que no sabía qué hacer y que aquella
duda era la que fomentaba mi melancolía.
Mostróse de acuerdo conmigo en que no convenía que nadie me
reconociera en la situación en que nos hallábamos y me aseguró que él estaba
dispuesto a trasladarse a otro lugar cualquiera, e incluso a otro país si yo lo
consideraba necesario. Pero entonces se presentó otra dificultad: si nos
marchábamos a otra colonia, yo no podría continuar mis averiguaciones acerca
del legado que me dejó mi madre. Tampoco podía revelar el secreto de mi primer
casamiento a mi nuevo esposo porque no era una historia para ser contada e
ignoraba las consecuencias que podría tener si lo hacía. Y por otra parte, era
casi imposible llegar al fondo del asunto sin pregonarla por toda la comarca
revelando quién era yo y la triste situación en que me veía.
Durante mucho tiempo seguía sumida en aquella zozobra y mi
estado llegó a intranquilizar a mi marido. Adivinaba mi inquietud y advertía
que yo no me franqueba con él para hacerle partícipe de mis preocupaciones, y a
menudo se lamentaba de que yo no quisiera confiar en él impidiendo con ello que
pudiera aliviar mis pesares. Lo cierto es que hubiera podido confiarle
cualquier otra cosa, pues no había un esposo mejor que él en todo el mundo,
pero no sabía cómo explicarle un hecho tan monstruoso, y al no poder contarlo a
nadie, la carga se me hacía insoportable. Dígase lo que se quiera acerca de la
dificultad del sexo débil en mantener un secreto, mi vida es una clara
demostración de lo contrario. Pero tanto si se trata del sexo débil como del
fuerte, un secreto tan grave debe ser compartido siempre con un confidente, con
un amigo íntimo, al que poder comunicarle la alegría o el pesar, según sea el
caso. De lo contrario, su peso va aumentando y llega a convertirse en
insostenible. Nadie podrá contradecirme en dicho punto.
Esta es la causa de que tantas veces hombres y mujeres, incluso
hombres dotados de las mejores cualidades, se hayan sentido débiles en este
aspecto y no hayan podido ocultar la carga de una alegría secreta o de un pesar
íntimo, viéndose obligados a revelarlo únicamente para descargar sus
conciencias y liberar sus mentes de aquella presión. No es una insensatez
hacerlo ni una falta de reflexión, sino un desahogo natural, pues, si estas
personas hubieran seguido luchando mucho tiempo contra aquella opresión, habrían
llegado a hablar en sueños revelando su secreto, sin parar mientes en los que
pudieran oírlo. Esta necesidad natural se manifiesta a veces con tanta
vehemencia en las mentes de aquellos que se han hecho culpables de alguna
villanía atroz, como por ejemplo los que han tomado parte en un asesinato, que
se ven obligados a confesar sus culpas a pesar de que las consecuencias han de
ser forzosamente desastrosas para ellos. Aunque sea cierto que la Divina
Justicia es la que debe adjudicarse el mérito de todas estas revelaciones y
confesiones, no deja de ser verdad también que la Providencia, que suele actuar
valiéndose de medios naturales, emplea para ello las mismas causas naturales
para conseguir tan extraordinarios efectos.
Gracias a mi larga experiencia en el mundo del crimen y de los
criminales, podría citar notables ejemplos. Conocí en Newgate a un individuo
que a base de sobornos conseguía salir casi cada noche para cometer sus robos,
comunicando después sus activi-dades a ciertos funcionarios de la ley para que
éstos devolvieran los géneros robados a la mañana siguiente y cobraran una
recompensa. Aquel hombre sabía que contaría en sueños todo lo que había hecho y
explicaría lo que había hurtado como si estuviera despierto y no hubiese
peligro alguno en lo que decía. Y para así evitarlo se metía en su celda o se
hacía encerrar por algunos de los guardianes cómplices para que nadie pudiera
oírlo. En cambio, si podía explicar lo que había hecho a algún compañero, a
algún otro ladrón o a los que podían ser calificados de patronos suyos, no le
ocurría nada y podía dormir tan pacíficamente como cualquier persona honrada.
Como esta historia pretende realzar los valores morales y servir
de instrucción, advertencia y consejo a todos los lectores, espero que toda
esta disgresión acerca de la gente que se ve forzada a revelar los mayores
secretos, propios o ajenos, no sea considerada superflua.
A pesar de aquel peso que oprimía mi alma, seguí esforzándome en
hallar una solución, pero el único alivio que pude conseguir fue revelar a mi
esposo lo que consideré necesario para convencerlo de la imperiosa necesidad de
trasladarnos a otro lugar. El paso siguiente consistió en decidir en cuál de
las colonias inglesas nos estableceríamos.
Mi marido desconocía por completo el país y carecía de toda idea
acerca de la localización geográfica de todas sus regiones. En cuanto a mí,
ignorante hasta el momento de escribir este libro incluso del significado de la
palabra «geografía», poseía tan sólo una somera documentación gracias a las
largas conversaciones sostenidas con personas que iban o venían de distintos
lugares. Pero me constaba que Maryland, Pennsylvania, East y West Persey, Nueva
York y Nueva Inglaterra se hallaban al norte de Virginia y que, por
consiguiente, su clima era más frío, cosa que a mí no me convenía en absoluto.
Siempre había preferido los lugares cálidos y al entrar en la vejez aún me
interesaba más evitar el frío. Por tanto, pensé en marcharnos a Carolina, única
colonia meridional que los ingleses poseen en el continente americano, y así lo
convenimos.
Tenía también en cuenta que desde allí me sería fácil
desplazarme a Virginia cuando juzgase oportuno realizar averiguaciones acerca
de la herencia de mi madre y darme a conocer para exigirla.
Una vez tomada esta decisión, propuse a mi marido que nos
marcháramos con todos nuestros bienes a Carolina y que nos instaláramos allí.
Mi esposo accedió en seguida, convencido, por mis reiteradas afirmaciones, de
que en Virginia corría el peligro de ser reconocida. Así, pues, conseguí
ocultarle mis verdaderos motivos.
Pero no tardé en topar con una nueva dificultad. El asunto más
importante seguía atormentándome y no me decidía a abandonar aquella región sin
llevar a cabo algunas pesquisas sobre la herencia de mi madre. Tampoco me
avenía a marcharme sin darme a conocer a mi primer marido (y hermano) y a mi
hijo. 1,0 único que me interesaba era hacerlo sin que se enterase mi marido
actual y sin que aquéllos supieran que yo había vuelto a casarme.
Después de mucho reflexionar pensé enviar a mi marido a Carolina
con todos nuestros enseres y seguirle yo después, pero comprendí que aquello
era imposible. Debido a su desconocimiento de aquellas tierras y de los métodos
empleados para establecerse allí, el pobre hombre no sabría cómo desenvolverse.
Después pensé en marcharnos los dos con parte de nuestros bienes y volver yo
después a buscar el resto cuando estuviéramos instalados, pero supuse que él se
negaría a separarse de mí y quedarse solo. El motivo era evidente. Mi marido
era un caballero de pura cepa y, en consecuencia, no sólo un incapaz sino
también un indolente, y una vez instalados toda su actividad consistiría en
pasear por los bosques con su fusil cazando como si fuera un indio en vez de
atender el negocio de la plantación.
Como puede verse, las dificultades que se me presentaban eran
insoslayables y yo no sabía qué hacer. Pero cada vez se me hacía más
irresistible mi deseso de darme a conocer a mi marido y hermano, puesto que me
atosigaba el pensamiento de que si no lo hacía mientras él viviera, sería en
vano que después tratara de convencer a mi hijo de que yo era su madre, y con
ello me despojaría a la vez de su ayuda y afecto y de lo que mi madre hubiera
podido dejarme en su testamento. Por otra parte, no me parecía muy adecuado
identificarme ante ellos en mi situación, tanto en lo que se refería a estar
casada con otro hombre como al hecho de ser una delincuente deportada por las
autoridades de Inglaterra. Teniendo en cuenta estos dos factores, comprendí que
era completamente indispensable marcharme de aquellos lugares y presentarme a
mi hermano y marido y a mi hijo bajo otro aspecto y como si procediera de otro
sitio.
Dadas estas consideraciones, seguí insistiendo ante mi marido
acerca de la absoluta necesidad de abandonar nuestro hogar junto al río Potomac
antes de que alguien parase mientes en nosotros. En cambio, si nos marchábamos
a otra parte, siempre podríamos gozar de la reputación de una familia honrada
dedicada a explotar una plantación, puesto que a los habitantes no podía dejar
de agradarles que la gente acudiese a sus tierras para enriquecerlas, ya fuese
comprando plantaciones o iniciando otras nuevas. De este modo podíamos tener la
seguridad de ser objeto de un amable y cálido recibimiento sin que hubiera
ningún peligro de ser reconocidos.
Le dije también que, a pesar de tener parientes en aquellas
inmediaciones y de no atreverme a correr el riesgo de ser reconocida por ellos
y de que se enterasen de los motivos de mi llegada, también tenía mis motivos
para suponer que mi madre, fallecida allí, me había dejado algo, tal vez de
considerable importancia y valía la pena que yo llevara a cabo algunas
averiguaciones. Y desde luego, no podía hacer nada sin exponerme a la
curiosidad pública, a menos que nos alejáramos de allí. Después, una vez establecidos,
yo podría volver para visitar a mi hermano y a mi sobrino, darme a conocer,
reclamar lo que era mío y al propio tiempo conseguir que se me hiciera justicia
de buen grado y sin obstáculo alguno. En cambio, si lo intentaba entonces, no
podía esperar otra cosa que disgustos y una posible acogida con insultos y
afrentas que él, mi esposo, no podría tolerar. Además, en caso de que se me
exigieran pruebas legales de que yo era la hija, tal vez me viera obligada a
entablar un recurso en Inglaterra, y si lo perdía podría despedirme de todo.
Con estos argumentos, y después de haber informado a mi marido de todo cuan-to
necesitaba saber, decidimos marchamos y fijar nuestra morada en otra colonia.
Desde el primer momento, fue Carolina el lugar elegido.
Con este objeto nos enteramos de los buques que se dirigían a
Carolina y no tardamos en averiguar todos los pormenores necesarios. En el otro
extremo de la bahía, o sea en Maryland, había un barco procedente de Carolina,
cargado de arroz y otros artículos, que debía regresar a su punto de origen
antes de continuar hasta Jamaica con su cargamento. Al enterarnos de ello,
alquilamos una chalupa y, con un saludo final al Potomac, nos dirigimos hacia
Maryland con todos nuestros bienes.
Fue un viaje largo y poco placentero y mi esposo aseguró que le
sentaba peor que la travesía desde Inglaterra, puesto que el tiempo era pésimo,
el mar estaba embravecido y nuestra embarcación era tan pequeña como incómoda.
Además, cuando habíamos remontado cien millas del Potomac y nos hallábamos en
un lugar llamado Westmoreland Country, como este río es el más importante de
Virginia (he oído decir que es el mayor río del mundo y que desemboca en otro
río), el tiempo adquirió un cariz francamente amenazador y a menudo corrimos
serios peligros. Aunque se le dé el nombre de río, el Potomac es en algunos
lugares tan ancho que al encontrarnos en el centro no podíamos ver tierra por
ningún lado, y ello en un trayecto de muchas leguas. Después tuvimos que atravesar
el gran río o bahía de Chesapeake, que es donde desemboca el Potomac con una
anchura de casi treinta millas, y desde allí penetramos en unas aguas mucho más
extensas cuyos nombres desconozco. En total, recorrimos unas doscientas millas
a bordo de una diminuta y vetusta chalupa con todos nuestros tesoros, y si nos
hubiera ocurrido algún accidente nos hubiéramos quedado en la más absoluta
miseria. Aun suponiendo que hubiésemos perdido nuestros bienes, pero salvado
nuestras vidas, habríamos quedado desvalidos en aquellos remotos lugares en los
que no teníamos ni un solo amigo. Sólo al pensar en ello sigo horrorizándome.
Después de cinco días de navegación llegamos a un lugar llamado,
según creo, Phillip's Point, pero sólo para enterarnos de que el buque de
Carolina había zarpado hacía tres días, después de haber embarcado su
cargamento. Ello nos causó el consiguiente disgusto, pero yo dispuesta a no
dejarme desalentar por nada, dije- a mi esposo que si no podíamos marcharnos a
Carolina y toda vez que la región en la que nos hallábamos parecía ser muy
fértil y acogedora, podíamos echarle un vistazo y si nos gustaba quedarnos
allí.
Desembarcamos sin perder tiempo, pero no conseguimos hallar
ningún alojamiento ni tampoco un almacén donde poder guardar nuestros objetos.
Sin embargo, conocimos a un honrado cuáquero que nos habló de un lugar situado
a unas sesenta millas al Este, o sea cerca de la boca de la bahía. El vivía
allí y nos aseguró que podríamos instalarnos tanto para trabajar en alguna
plantación como para buscar algún sitio más conveniente. Nos invitó con tanta
amabilidad y su aspecto era tan honrado que accedimos a marcharnos en su
compañía.
Una vez allí adquirió para nosotros dos servidores, una mujer
inglesa que acababa de desembarcar de un barco llegado de Liverpool y un negro,
ayuda del todo indispensable para cualquiera que pensara establecer su negocio
en aquellas tierras. El honrado cuáquero nos ayudó desinteresadamente y cuando
llegamos a la región que nos había indicado nos buscó un lugar adecuado para
nuestros enseres, así como un alojamiento para nosotros y para nuestros
criados. Después de un par de meses de gestiones, y siempre guiados por él,
adquirimos un extenso terreno, propiedad del gobernador de la región, y allí
iniciamos nuestra plantación. Con ello descartamos por completo toda idea de
dirigirnos a Carolina, puesto que allí habíamos sido muy bien recibidos,
contábamos con un alojamiento muy conveniente hasta que pudiéramos disponer de
una vivienda propia, y disponíamos de tierras, así como de troncos y otros
materiales para construir una casa, todo ello gracias a los buenos oficios del
cuáquero.
Al cabo de un año poseíamos ya casi cincuenta acres, en parte
cercados y en parte plantados de tabaco. Teníamos además un huerto y suficiente
cantidad de maíz, verduras y pan para alimentar a nuestros criados.
Entonces fue cuando persuadí a mi esposo para que me permitiera
volver a la bahía para saber noticias de mis parientes. El accedió de muy buena
gana, pues el negocio lo absorbía y podía dedicarse también a la caza, cosa que
le encantaba. A menudo comentábamos satisfechos nuestra situación, más feliz no
sólo que nuestra temporada en Newgate, sino incluso que nuestros períodos más
prósperos en las viles actividades a que nos habíamos dedicado los dos.
Nuestro negocio iba viento en popa. Compramos a los propietarios
de la colonia nuevas tierras por valor de treinta y cinco libras, suficientes
para iniciar una plantación que daría trabajo a cincuenta o sesenta personas y
que, bien cuidada, bastaría para mantenernos durante los años que nos pudieran
quedar de vida.
En cuanto a descendencia, mi edad avanzada no me permitía
hacerme ninguna ilusión.
Pero nuestra buena suerte no terminó aquí. Como he dicho, crucé
la bahía para volver al lugar donde se hallaban mi primer marido y hermano y mi
hijo, pero en vez de dirigirme al mismo pueblo donde habíamos vivido antes,
atravesé otro río importante llamado Rappahannock con objeto de llegar a la
plantación por el otro extremo. Las tierras de mi hermano eran muy extensas y
atravesando un arroyo navegable que desembocaba en el Rappahannock, desembarqué
muy cerca de ellas.
Estaba decidida a presentarme en seguida a mi hermano y marido y
decirle quién era, pero no sabiendo cuál sería su reacción ante mi inesperada
visita, resolví mandarle antes una carta revelándole mi identidad y
asegurándole que no iba para causarle molestia alguna acerca de nuestras
pasadas relaciones, sino que pensaba dirigirme a él como una hermana a su
hermano suplicándole su ayuda en caso de que mi madre me hubiera recor-dado en
su testamento, no dudando que sabría hacerme justicia al tener en cuenta que
había ido desde tan lejos para averiguar aquel detalle.
Añadí algunas frases tan tiernas como gentiles mencionando a su
hijo que era también mío. Como no me cabía ninguna culpa por haberme casado con
él, así como tampoco a él por haberse casado conmigo, ya que ninguno de los dos
estaba enterado de nuestro parentesco, le escribí que esperaba que me
permitiría satisfacer mí apremiante deseo de ver por una sola vez a mi único
hijo y expresarle mi cariño maternal que nada ni nadie habían conseguido
sofocar.
Estaba segura de que al recibir esta carta la entregaría
inmediatamente a su hijo para que la leyera, toda vez que la enfermedad de sus
ojos le impediría leerla por sí mismo. Pero ocurrió algo aún más favorable,
puesto que a causa de la debilidad de su vista, había encargado a su hijo que
abriera todas las cartas que llegasen dirigidas a él, y no encontrándose en la
casa el anciano cuando llegó mi mensajero, mi carta fue puesta en el acto en
manos de mi hijo, y fue éste quien la abrió y la leyó.
Al momento llamó al mensajero y le preguntó dónde estaba la
persona que le había entregado aquella carta. El mensajero le indicó el lugar,
distante unas siete millas de la hacienda, y mi hijo mandó ensillar en seguida
un caballo y, acompañado por dos criados y del mensajero, salió a mi encuentro
sin perder un instante. Júzguese cuál sería mi consternación cuando volvió el
mensajero y me explicó que el anciano no estaba en casa, pero que su hijo venía
a verme. Mi confusión fue indecible, pues ignoraba si venía en son de paz o de
guerra, y no sabía cuál debía ser mi actitud. Poco tiempo tuve para
reflexionar, pues mi hijo llegó pisándole los talones al mensajero, y apenas
entró en la casa me pareció oírle preguntar quién era la dama que lo había
mandado, y al señalarme el hombre a mí se acercó, me cogió en sus brazos y me
besó estrechándome con tanta pasión que me privó del habla. Pude notar que
respiraba convulsamente, como un niño pequeño que tratara de sofocar sus
sollozos.
No acierto a describir la alegría que embargó mi alma cuando
comprendí que no acudía a mí como un extraño, sino como el hijo que se reúne
con su madre a la que no había llegado a conocer. Lloramos los dos un buen
rato, hasta que por fin él recuperó el habla.
-¡Querida madre! -exclamó-. ¿Es verdad que seguís viviendo?
Nunca hubiera creído poder ver vuestro rostro.
Yo no pude articular palabra alguna.
Después de recobrarnos un poco de nuestra emoción, pudimos
conversar y él me contó lo ocurrido. No había enseñado la carta a su padre ni
le había hablado de ella. La herencia de su abuela se hallaba bajo su custodia
y me la entregaría sin obstáculo alguno. En cuanto a su padre, me dijo que
estaba enfermo del cuerpo y del espíritu, que se mostraba iracundo y tornadizo,
que estaba casi ciego, y que no podía hacer nada. Añadió que como dudaba de
cuál sería su actitud en un asunto tan delicado como aquél, había preferido
acudir él personalmente, aparte de su irresistible deseo de verme, y que
pensaba dejar en mis manos la cuestión de si convenía o no revelar mi identidad
a su padre.
Tan prudentes y sensatas fueron sus explicaciones que me
convencí de que mi hijo era un hombre de -sentido común y que no tenía
necesidad de mis consejos. Contesté que no me extrañaba que su padre fuese tal
como él me lo había descrito, puesto que su mente presentaba ya señales de
extravío aun antes de marcharme yo y el principal motivo de mi marcha fue mi
negativa a dejarme persuadir de que ocultásemos nuestro parentesco y
siguiéramos viviendo como marido y mujer después de enterarme yo de que él era
mi hermano. Puesto que él conocía mucho mejor que yo el estado actual de su
padre, yo me uniría de buena gana a cualquier iniciativa que él quisiera
señalarme. Por todo eso le aseguré que me era indiferente ver a su padre,
puesto que ya lo había visto a él, y que la mejor noticia que podía darme era
la de que el legado de su abuela se hallaba en sus manos, lo cual, dada su
rectitud, me garantizaba que yo sería tratada con justicia. Pregunté cuánto
tiempo hacía que había muerto mi madre y dónde falleció, y él me refirió tantos
detalles acerca de la familia que no me quedó la menor duda de que yo era
real-mente su madre.
Mi hijo se interesó después por mí, y yo le expliqué que vivía
en Maryland, al otro lado de la bahía, y que me había instalado en la
plantación de un conocido que había venido de Inglaterra en el mismo barco que
yo. Añadí que no disponía de alojamiento en el lugar donde me encontraba
entonces. Mi hijo me rogó que fuese a su casa y que viviera con él, si así lo
deseaba, para siempre. Por lo que a su padre se refería, no reconocía a nadie y
nunca sospecharía mi identidad. Yo reflexioné unos instantes y contesté que no
creía oportuno vivir bajo el mismo techo que su padre y tener siempre presente
el recuerdo de lo que tan duro golpe había asestado a mi vida. Aunque me
gustaría disfrutar de la compañía de mi hijo, en aquella casa me hallaría
siempre bajo el temor de traicionar mi verdadera identidad al hablar y no me
sería posible evitar alguna palabra que pudiera descubrir todo el asunto, cosa
que no me convenía lo más mínimo.
Mi hijo reconoció que tenía razón.
-Pero entonces, querida madre -me dijo-, tendréis que vivir tan
cerca de mí como os sea posible.
Después me acompañó, montada en su caballo, hasta la plantación
contigua a la suya, donde fui acogida con tanta amabilidad como si se hubiera
tratado de su propia casa. Después de instalarme allí, volvió a su hogar,
asegurándome que el día siguiente volveríamos a hablar de nuestros asuntos,
pero antes me presentó como si yo fuese su tía y encargó a sus colonos que me
trataran con los mayores miramientos. Dos horas después de su partida, me mandó
un muchacho negro para que cuidara de mí y provisiones ya preparadas para mi
cena. Por tanto, me encontré en un nuevo mundo y empecé a lamentar en mi fuero
interno haber traído conmigo a mi marido de Lancashire.
No obstante, este mal pensamiento no caló en mi corazón, pues
quería de veras a mi marido y siempre lo había amado. Aparte de ello, él se
había hecho merecedor de mi afecto.
La mañana siguiente, apenas me había levantado cuando mi hijo
vino a verme. Después de dirigirme unas palabras cariñosas, me entregó una
bolsa de piel con cincuenta y cinco monedas españolas de las llamadas pistolas,
diciéndome que aquello serviría para cubrir mis gastos de viaje, toda vez que,
aunque no quería ser indiscreto, suponía que yo no había traído mucho dinero
conmigo, ya que no era usual disponer de grandes canti-dades en aquel país.
Después sacó el testamento de su abuela y me lo leyó, enterándome de que me
había dejado una pequeña plantación en York River, que es donde había vivido
ella, con el personal y ganado que le pertenecía, poniéndolo todo bajo la
custodia de mi hijo para que él me lo entregara a mí si descubría que yo seguía
con vida, a mis herederos si tenía descendencia o a cualquiera a quien yo
hubiese nombrado heredero mío. Los beneficios que produjera aquella plantación
pasaban a ser propiedad de mi hijo hasta que yo apareciera. De lo contrario,
todo debía ser para él o para sus herederos.
Me dijo que aquella plantación, aunque situada lejos de sus
tierras, no se había arrendado y que la dirigía un mayoral que también se
ocupaba de otras posesiones de su padre; que dicho mayoral había trabajado de
firme, y que él mismo iba allí tres o cuatro veces al año para echar una
ojeada. Le pregunté cuál podía ser el valor de la plantación y me contestó que
si yo deseaba arrendarla me entregaría unas sesenta libras anuales, pero que si
yo prefería vivir en ella creía que podría hacerle rendir casi ciento cincuenta
libras.
Pero al comprender que yo prefería instalarme en el otro lado de
la bahía o que tal vez querría regresar a Inglaterra, se ofreció para dirigirla
él personalmente, como hacía con la suya, y me expresó su convicción de que
podría mandarme tabaco suficiente a Inglaterra como para permitirme obtener un
beneficio de un centenar de libras anuales o tal vez más.
Todo ello me parecía increíble, pues no estaba acostumbrada a
tales magnificencias. Mi mente me hizo pensar más que nunca y mi corazón se
volvió agradecido a la Providencia que tantos prodigios había obrado en mi
favor, a pesar de ser yo uno de los seres más despreciables -que haya vivido
bajo la capa de los cielos. Y debo insistir nuevamente que no sólo en esta
ocasión, sino cada vez que me sentí embargada por el agradecimiento, mi
horrible pasado y mi vida abominable me parecieron más mons-truosos que nunca y
mi aborrecimiento por mis pecados nunca fue mayor que cuando advertí que la
Providencia me otorgaba sus favores a pesar de que yo correspondía a ellos con
las más negras villanías.
Pero dejo al lector que medite sobre estas reflexiones mías, que
bien lo merecen, y vuelvo a los hechos. El cariño de mi hijo y sus amables
ofrecimientos me arrancaron lágrimas cada vez que habló conmigo. En realidad,
yo apenas podía conversar con él, pues tenía que callarme una y otra vez a
causa de los sollozos que anudaban mi garganta. Por fin pude expresarle mi
felicidad al obtener lo que él me había estado guardando. Le dije también que,
puesto que él era mi único hijo y que mi edad me impediría tener descendencia
aunque volviera a casarme, deseaba que él me procurase los medios para redactar
un testamento en el cual sedó dejadla todo a él y a sus herederos. Aproveché la
ocasión para preguntarle, sonriendo, cuál era el motivo de que siguiera siendo
soltero. Su respuesta fue pronta v vehemente. Me contestó que las mujeres aptas
para esposas no abundaban mucho en Virginia y me pidió que si yo regresaba a
Inglaterra le enviara una esposa desde Londres.
Esto fue lo más importante de nuestra conversación del primer
día, el mejor que había pasado en toda mi vida y que tantas satisfacciones me
reportó. El siguió viniendo a verme cada día y pasó largos ratos conmigo. En
varias ocasiones me acompañó a visitar amistades suyas y en todas partes fui
recibida con el mayor respeto. También cené varias veces en su propia casa
tomando precauciones para evitar que su padre me viera. Le hice un regalo
eligiendo lo que tenía más valor entre mis cosas. Fue uno de los dos relojes de
oro que ya he mencionado antes y que yo guardaba en mi cómoda. Había tenido la
precaución de llevarme el mejor de los dos y se lo entregué el tercer día,
diciéndole que carecía de valor, pero que deseaba que lo guardara como una
prueba de mi cariño. Me guardé mucho de contarle que lo había sustraído del
bolsillo de una dama que salía de una capilla londinense.
Lo tomó titubeando, como si dudase en quedárselo o no, pero yo
insistí y le obligué. Su valor no era, en realidad, muy inferior al de la bolsa
llena de monedas de oro español que él me había entregado, sin tener en cuenta
que en América fácilmente valdría el doble de lo que pudiese costar en Londres.
Mi hijo lo besó y me aseguró que era un recuerdo del que no se separaría jamás.
Pocos días después me trajo los papeles del testamento y vino
acompañado por un escribano. Yo los firmé de buena gana y se los entregué
cubriéndolo de besos porque nunca existió un cariño mayor entre una madre y un
hijo. El día siguiente me trajo otro documento firmado y sellado por él en el
que se comprometía a administrar por mi cuenta mi plantación poniendo en ello
su mayor empeño y remitiéndome las ganancias cuando yo lo indicara. También me
garantizaba un beneficio de cien libras anuales. Me informó que habiendo
cerrado el trato antes de la cosecha, yo tenía derecho a los beneficios de
aquel año, y acto seguido me pagó cien libras en monedas españolas de a ocho
y me pidió un recibo por aquel año dándolo por terminado en j
Navidad. El siguiente se extendería hasta el mes de agosto.
Permanecí allí cinco semanas y me dolió mucho tener que
marcharme. Mi hijo me hubiera acompañado gustoso, pero yo no quise permitirlo.
No obstante, me cedió una chalupa de su propiedad, semejante a un yate, que le
servía para sus negocios y también para sus excursiones. Yo acepté y después de
las más afectuosas muestras de cariño nos despedimos y al cabo de dos días
llegué sana y salva al pueblo de nuestro amigo el cuáquero.
Para nuestra plantación llevaba tres caballos con sus
correspondientes arreos, unos cuantos cerdos, dos vacas y muchas cosas más,
todo ello regalo del hijo más amable y afectuoso que r haya podido existir.
Expliqué a mi marido todos los detalles del viaje, aunque diciéndole que había
visto a mi primo y no hablándole, como es natural, de mi hijo cuya existencia
ignoraba. Al principio, le dije que había perdido mi reloj y él lo consideró
como una gran desgracia, pero después le expliqué las gentilezas de mi primo y
lo de la plantación que había heredado de mi madre y que él había tenido bajo
su custodia a su cuidado comprometiéndose él a rendirme cuentas exactas de sus
beneficios y por último le entregué las cien libras en metálico consideradas
como los beneficios del primer año. Enseñándole al mismo tiempo la bolsa de
piel que contenía las monedas españolas, le dije:
-Y aquí tienes, querido, mi reloj de oro.
Tan cierto es que el cielo ejerce los mismos efectos en todos
los corazones cuando las mercedes se prodigan sobre ellos que mi marido alzó
los brazos y exclamó en un rapto de alegría:
-¡Esto es un don providencial para un ser tan desgraciado como
yo!
Después le conté todo lo que había traído a bordo de la chalupa
aparte de aquellos regalos, o sea los caballos, los cerdos y las vacas, además
de otros bienes para la plantación. Todo ello acrecentó su sorpresa y le colmó
de dicha, y a partir de aquel momento estoy convencida de que se convirtió en
un hombre arrepentido y enteramente reformado. Podría escribir una historia aún
más larga que ésta para demostrar esta verdad y aunque dudo que resultase tan
distraída como la que hace referencia a nuestras ruindades, he pensado hacerlo.
Pero como ésta es mi historia y no la de mi esposo, continúo la
narración de mis andanzas. Seguimos trabajando de firme en nuestra plantación y
gracias a la ayuda y a los buenos consejos de los amigos que nos ganó nuestra
buena conducta, en especial los del buen cuáquero que se convirtió en un
compañero tan fiel como generoso, obtuvimos grandes provechos. Como contábamos
con medios suficientes para empezar y aún pudimos incrementarlos con ciento
cincuenta libras más, aumentamos el número de nuestros sirvientes, construimos
una excelente vivienda y cada año cultivamos una buena porción de tierra. El
segundo año escribí a mi maestra y amiga participándole con júbilo nuestro
éxito y le indiqué que me enviase el dinero que yo le había dejado, que
ascendía a algo más de doscientas cincuenta libras, en especies, cosa que ella
efectuó con su habitual eficiencia y fidelidad, llegando todo felizmente a
nuestro poder.
En el cargamento había toda clase de ropas, tanto para mi esposo
como para mí, y tuve buen cuidado en comprarle a él todas aquellas cosas que yo
sabía le entusiasmaban: dos pelucas largas de gran calidad, dos espadas con
empuñadura de plata, tres o cuatro magníficas escopetas de caza, una excelente
silla de montar tapizada de rojo con sus fundas y sus pistolas, en una palabra,
todo lo que se me ocurrió para halagarle y para ayudarle a recuperar su talante
de siempre, o sea el de un cumplido caballero. También encargué una gran
cantidad de artículos para nuestro hogar y ropa blanca para los dos, así como
algunos vestidos para mí, aunque pocos, pues ya había venido muy bien provista
de ellos. El resto del envío consistía en herramientas de todas clases, arreos
para los caballos, utensilios, trajes para los criados y ropas de lana, tejidos
de sarga, medias, zapatos, sombreros y otras prendas adecuadas para los
sirvientes, todo ello siguiendo las instrucciones del cuáquero. Todo este
cargamento llegó en perfectas condiciones, y además tres criadas, mozas
robustas especialmente elegidas por mi amiga, muy a propósito para aquellas
tierras y para las tareas que tendrían que llevar a cabo. Una de ellas nos
llegó por partida doble, pues habiendo tenido un lío con uno de los marineros
antes de llegar a Gravesend, dio a luz un hermoso chiquillo siete meses después
de su llegada a América.
Como puede suponerse, mi esposo se quedó muy sorprendido al
recibir todo aquel material, y al hablar después' conmigo me dijo:
-Querida mía, ¿qué significa todo esto? Mucho me temo que
hayamos incurrido en deudas. ¿Cuándo crees que podremos pagarlo?
-Esposo mío --,contesté-, está todo pagado.
Seguidamente le conté que ignorando lo que podía suceder nos en
el transcurso de nuestro viaje y considerando a lo que podían exponernos las
circunstancias de aquellos momentos, no me había llevado todo mi capital, sino
que había dejado una parte en poder de mi amiga. Puesto que ya nos habíamos
establecido y que estábamos bien instalados, había ordenado que nos fuera
remitido, como él había podido ver.
Se quedó estupefacto y durante un buen rato estuvo contando con
los dedos sin decir palabra.
Por fin, me dijo:
-Vamos a ver, tenemos en primer lugar doscientas cuarenta y seis
libras en dinero contante y sonante; después, dos relojes de oro, varios
anillos de brillantes y piezas de plata; una plantación en York River que nos
da un beneficio de cien libras anuales; además, ciento cincuenta libras en
plata y una chalupa cargada de caballos, vacas, cerdos y provisiones.
Siguió contando con los dedos y empezó otra vez por el pulgar.
-Y ahora un cargamento que en Inglaterra ha costado doscientas
cincuenta libras, y aquí vale el doble. Bueno, ¿qué te parece? ¿Quién dijo que
me había equivocado cuando me casé contigo en Lancashire? Ya sabía yo que me
había casado con una mujer rica, y muy rica a fe mía.
Realmente, estábamos en buena posición y nuestra fortuna iba más
en aumento cada año, pues nuestra plantación prosperaba sin cesar. Al cabo de
ocho años llegó a darnos un beneficio de trescientas libras anuales.
Un año después hice mi primera 'visita a la bahía para ver a mi
hijo y recibir el pago anual de los beneficios de mi gran plantación, y apenas
había desembarcado me enteré de la inesperada noticia de que mi marido había
fallecido y que había sido ente-rrado dos semanas antes. Debo confesar que
aquella muerte no me desagradó, puesto que me permitiría presentarme en todas
partes con mi verdadera personalidad, o sea, como una respetable mujer casada.
Por consiguiente, antes de despedirme de mi hijo le insinué que tal vez
contraería matrimonio con un caballero que poseía una plantación cercana a la
mía, y aunque me consideraba en perfecta libertad para casarme, todavía tenía
ciertas dudas temiendo que mi pasado pudiera revivir y atormentar a mi esposo.
Mi hijo, que seguía siendo el mismo muchacho cariñoso y espléndido, me atendió
de nuevo en su casa, me pagó cien libras y cuando me marché me colmó de
regalos.
Poco, después, le comuniqué que me había casado y le invité para
que viniera a vernos. Mi esposo le escribió también una carta muy amable
manifestándole sus deseos de conocerlo. Pocos meses después vino z vernos y dio
la casualidad de que llegó casi al mismo tiempo que el cargamento de
Inglaterra. Yo le hice creer que todo aquello pertenecía a mi esposo y no a mí.
Debo indicar que al enterarme de la muerte de mi esposo y
hermano, confesé espontáneamente a mi esposo actual todo el asunto y le aclaré
que el pretendido primo era mi propio hijo, nacido de aquel desdichado
matrimonio. Mientras me escuchaba se mostró muy tranquilo, y más tarde me dijo
que de haber seguido viviendo mi hermano él hubiera aceptado la situación con
la misma serenidad.
-No fue culpa tuya ni suya -me dijo-. Fue un error imposible de
evitar.
Únicamente me reprochó mi intención de ocultarlo y seguir
viviendo con él cuando sabía ya que era mi hermano. Esto, según él, fue lo más
feo del asunto.
Con esto quedaron allanadas todas las dificultades y los dos
seguimos disfrutando de una vida agradable, rodeados de todas las comodidades
imaginables.
Hemos llegado ya a nuestra vejez. Yo he regresado a Inglaterra,
a mis setenta años, lo que significa que mi marido tiene ya sesenta y ocho. Por
mi parte he cumplido sobradamente el período fijado para mi destierro. A pesar
de las desdichas y miserias que mi marido y yo hemos pasado, nuestra salud es
excelente. El se quedó en América algún tiempo para cuidar nuestros negocios.
Al principio, yo tenía la intención de volver allá para reunirme con él, pero a
instancias suyas he tenido que alterar esta decisión, pues él ha resuelto
volver a Inglaterra donde pensamos pasar lo que nos queda de vida haciendo
penitencia por las faltas cometidas durante nuestras accidentadas existencias.
Escrito el año 1683.


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