© Libro N°. 3007. Mi Enemigo, Mi Amor. Anton, Shari. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Once a Bride
Versión Original: © Mi Enemigo, Mi Amor. Shari Anton
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/08/mi-enemigo-mi-amor-shari-anton.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/08/mi-enemigo-mi-amor-shari-anton.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MI ENEMIGO, MI AMOR
Shari Anton
SHARI ANTON
MI ENEMIGO,
MI AMOR
Para Ross y Ruth Foley,
por dar al amor una
segunda oportunidad.
¡Brindo por vuestro éxito!
Agradecimientos
Un autor forma parte de un equipo. El mío es excelente.
Doy las gracias a mi agente, Pamela Hopkins, porque nunca ha
perdido la fe en mí.
A mi editora, Karen Kosztolnyik, que no deja de animarme a
escribir la mejor historia.
Y a vosotros, los lectores, a los que todos nos esforzamos en
agradar.
Mi más sincero agradecimiento a todos.
Capítulo 1
Otoño, 1333
El nervioso escudero fue el encargado de anunciárselo, tal como
Sir John Hamelin había ordenado. Padre quería verla en su sala de cuentas sin
dilación.
Eloise Hamelin taconeaba a paso ligero por el suelo del pasillo,
segura de que podría justificar sus últimas compras.
Mantener un castillo tan grande y bien conservado como el de
Lelleford requería la adquisición de ciertos bienes. Eloise libraba a su padre
de la tarea de comprar las cosas más cotidianas, como especias y barriles de
cerveza, sacos de grano o pescado en salazón —esenciales para pasar el
invierno—, y otros artículos de primera necesidad para el hogar. En
compensación, a su padre no le molestaba que ella se diera algún que otro
capricho.
El día anterior, habían asistido mercaderes de toda Inglaterra a
la feria anual que se celebraba en el pueblo cercano y Eloise tuvo la
oportunidad de inspeccionar montones de productos. Su último antojo consistió
en varias piezas de la más fina lana, una compra que le había parecido
indispensable, y estaba convencida de que era el motivo de la llamada de su
padre.
La mayor parte de la lana la utilizaría en la fabricación de
prendas de invierno para su padre. No permitiría que el señor de Lelleford
volviera a Westminster, a la fiesta que el rey daba por Navidad, si no era
vestido con prendas de auténtico lujo.
La lana que sobrara la utilizaría para ella, para trajes
elegantes. Aún no le había dicho que deseaba acompañarlo a la corte del rey,
sino que esperaba el momento adecuado para pedírselo y que su padre no pudiera
negárselo.
Tenía que dejar que lo acompañase.
Eloise no dudaba de que su padre tenía la intención de
encontrarle marido. ¿Qué mejor momento para negociar un matrimonio que en una
reunión en la que estarían presentes los hombres más poderosos del reino?
Estaba destinada a realizar un buen matrimonio y, además, lo consideraba su
deber.
Sólo que, esta vez, quería echarle un vistazo ella misma para
asegurarse de que se tratara de un hombre sano y fuerte, no como Hugh St.
Marten, que había muerto a sus pies en la escalinata de la iglesia antes de
haber podido pronunciar sus votos matrimoniales.
El susto la había dejado aturdida durante días. Dos meses
después, la pena por la muerte de Hugh aún persistía. No llegó a conocerlo muy
bien, pero le resultaba lo bastante agradable como para sentir lástima por el
súbito e innoble fallecimiento de un hombre tan joven.
La gente intentaba no recordarle el suceso pero, de vez en
cuando, había visto las miradas de conmiseración y escuchado «pobre Lady
Eloise» cuando creían que no se daba cuenta, y detestaba que la compadecieran.
Se detuvo delante de la puerta de la sala de su padre. Antes de
llamar, se alisó el vestido verde esmeralda y se sujetó un mechón rebelde en la
trenza. Por último, se irguió, apretó la mandíbula y tocó en la gruesa puerta
de roble.
—¿Eloise?
La voz de su padre tenía un tono agudo, incluso al otro lado de
la puerta. Tal vez no fuera el mejor momento para pedírselo.
—Sí, padre.
Oyó correr el cerrojo y la puerta se abrió dando paso a una
pequeña sala que olía a pergamino nuevo, tinta y velas de cera de abeja. Sin
darle tiempo ni a pestañear, su padre la hizo entrar.
Eloise ahogó un pequeño grito al ver el desorden que reinaba en
la sala, incapaz de comprender por qué la mesa de roble estaba cubierta de
rollos de pergamino, ni por qué un bote abierto de tinta de color azul goteaba
sobre los ropajes del inconsciente hermano Walter, derrumbado con la cabeza
gacha sobre un asiento junto a la mesa.
¿Estaba muerto el monje? No. El joven clérigo respiraba, aunque
muy ligeramente. Eloise se inclinó y con mano temblorosa tocó el corte
sanguinolento que presentaba en la sien.
La puerta se cerró de un golpe y Eloise dio un respingo.
—¡Déjalo en paz!
Demasiado confusa para hacer nada, Eloise se retiró ante la
orden de su padre. La furia le oscurecía sus ojos gris claro, que armonizaban
con su menguante cabellera. Nunca antes lo había visto respirar con tanta
dificultad, ni se había percatado de la fragilidad que se escondía tras su
imponente figura.
Desesperada por encontrar sentido a lo ilógico de la situación,
preguntó:
—¿Qué ha ocurrido?
Su padre sacudió la mano gordezuela en dirección al monje, que
se había convertido recientemente en su escribiente.
—Ese imbécil ha demostrado no ser digno de mi confianza. Puedes
hacer lo que quieras con él cuando me haya ido.
—¿Ido? ¿Adónde? ¿Por qué?
Su padre se acercó a la mesa y metió varios rollos de pergamino
en una bolsa de cuero negro.
—Será mejor que no lo sepas —contestó mirando al religioso—. Me
han declarado rebelde, Eloise. En estos momentos, el conde de Kenworth viene
hacia aquí para arrestarme.
Desconcertada, no hacía más que mirar a su padre. Debía de
tratarse de un error, pero no tenía ni idea de quién podía ser el culpable.
Su padre terminó de cerrar la bolsa.
—No muestres resistencia a Kenworth. Déjalo entrar y permítele
registrar el castillo. Dale comida. Sírvele nuestro mejor vino. ¡Pero por todos
los Santos, no le des motivos para que tome Lelleford por la fuerza!
Eloise salió de pronto de su estupor.
—Santo Dios, padre, ¿de qué se os acusa exactamente?
—De traición.
Eloise sintió que se le revolvía el estómago y que se le
doblaban las rodillas. Estaba segura de que un delito así merecía el peor de
los castigos. Ahorcado, destripado y descuartizado.
De un baúl que había en un rincón de la habitación, sacó un
pequeño cofre de oro con rubíes incrustados y lo puso en la mesa. Sacó dos
puñados de monedas, las metió en su monedero y lo cerró.
—Cose algunas monedas en el dobladillo de tus ropas en el caso
improbable de que te veas obligada a dejar Lelleford. Ruego a Dios que Julius
esté ya de vuelta a casa y pueda hacerse cargo de la situación.
Julius, su hermano mayor, había ido de peregrinación a Italia.
Era inútil desear que entrase por la puerta en aquel preciso momento.
—Padre, tiene que haber alguna manera de resolver…
—La hay pero no con el conde de Kenworth. Él y yo llevamos
demasiado tiempo enemistados. No envíes a Jeanne ni a Geoffrey en busca de
ayuda. No pueden hacer nada para ayudarme, y cuantos menos hijos míos se vean
involucrados, mejor. —Se colocó al hombro la bolsa abultada con los rollos de
pergamino—. Me llevaré a Edgar conmigo. Ahora mismo debe de estar preparando
los caballos.
Eloise comprendió entonces el nerviosismo del escudero cuando
fue a avisarla de que su padre quería verla. Edgar debió de haber sido testigo
de lo ocurrido entre John Hamelin y el hermano Walter, y muy posiblemente sabía
cómo había resultado herido el monje.
—¿Y qué ocurrirá con el hermano Walter?
—El maldito de él vivirá. Probablemente sea mejor no retenerlo.
Sólo tienes que fingir no saber nada de mis asuntos y todo irá bien.
Nunca, en sus diecisiete años de vida, se había sentido tan
ignorante y asustada. El pánico se le mezclaba con la rabia por la forma en que
su padre iba a abandonarla al peligro.
Eloise quería que se quedara, pero si no se marchaba acabaría
colgado en el patio de su propio castillo y con su propia soga.
Notó cómo se le formaba un nudo en la garganta y las lágrimas se
arremolinaban en sus ojos. Se maldijo por ello. No era momento para
sentimentalismos. Sir John Hamelin, caballero del reino y consejero de
confianza del rey, encontraría la manera de hacer frente a los cargos y evitar
la horca.
Pero, por el momento, ella tenía que concentrarse y comportarse
como su padre le había ordenado.
—¿Sabéis cuándo llegará el conde?
—Probablemente antes de la comida de la noche.
Sólo quedaban unas horas. No había tiempo suficiente para
prepararse, pero era lo único que podía hacer.
—Será mejor que os deis prisa entonces.
—Te mandaré una nota haciéndote saber cómo estoy cuando lo
considere seguro. Haz lo que te he dicho y todos estaréis a salvo. Deposito en
ti toda mi confianza, Eloise. No me falles.
—¿Alguna vez lo he hecho?
El padre ladeó la cabeza y se le suavizó la expresión.
—No. De todos mis hijos, tú siempre has mostrado una lealtad
inquebrantable. Cuídate, hija.
Eloise sabía que a su padre le disgustaban las demostraciones de
afecto, pues no solía mostrar su lado más dulce, y no quería ponerlo en una
situación embarazosa. Pero estaban solos y no iba a ver lo en una larga
temporada. Entonces, Eloise abrió los brazos y rodeó su cuerpo rollizo.
Aun antes de notar que su padre respondía al abrazo, pudo oír el
acelerado latir de su corazón.
—No te preocupes, Eloise —le susurró al oído—. Todo saldrá bien.
Eloise quería creerle y, conteniendo las lágrimas, se separó.
—Que Dios os acompañe, padre.
Éste corrió el cerrojo y abrió la puerta lentamente, echando un
vistazo a ambos lados del pasaje antes de salir. Eloise se apoyó en la mesa e
inspiró profundamente varias veces. No había tiempo para la rabia ni la
autocompasión. ¿Por dónde empezar? El hermano Walter seguía tirado en el suelo,
inconsciente, la sangre de la sien se estaba secando rápidamente resaltando
escandalosamente en la pálida piel. Un hombre de poca confianza, según su
padre. El monje se merecía todo lo que le ocurriera por haber contribuido a la
caída de Sir John Hamelin.
Bueno, caída no era la palabra exacta. Seguro que se trataba de
un malentendido que su padre conseguiría solucionar. ¿Traición? ¡Impensable! A
menudo había oído a su padre alabar la política del rey Eduardo y se había
mostrado muy efusivo sobre la habilidad de éste como militar. No tenía sentido
que su padre traicionara al joven rey al que tanto admiraba.
No hagas nada. Finge no saber nada.
Por todos los santos, ¿estaba seguro su padre de lo que le
estaba pidiendo? Claro que sí, pues le había dado instrucciones muy precisas de
cómo debía comportarse.
El monje se retorció y gimió. El muy necio no merecía que se
preocupara por él pero tenía que hacerlo si quería hacerle creer que acababa de
entrar en la habitación y lo había encontrado herido. Se arrodilló y le puso
una mano en el hombro.
—Hermano Walter, ¿me oís? ¿Estáis despierto?
—Se-Señora… Eloise, yo… —El monje abrió los ojos ligeramente.
—No habléis. Debisteis de tropezar y golpearos la cabeza con la
mesa. ¿Podéis incorporaros?
El monje se apoyó en un brazo y se enderezó, moviendo a
continuación la cabeza como si quisiera colocarse el cerebro en su sitio.
Cuando pareció haber recobrado el equilibrio, Eloise se alejó
del monje, a quien de buena gana arrojaría al calabozo.
El hermano Walter miró a su alrededor. ¿Estaría buscando a su
padre? Eloise levantó un bote de tinta caído.
—Vaya desastre. Me atrevería a decir que a mi padre no le
gustará ver todas sus cosas fuera de su sitio. Venid conmigo, bajemos al salón
y ocupémonos de esa herida antes de ordenar la sala.
—¿Dónde está… Sir John?
—No lo sé —contestó ella, tragando el nudo que se le había
formado en la garganta—. ¿Podéis caminar?
—Creo que sí —dijo el monje.
Eloise vio el esfuerzo que le costaba ponerse en pie pero no fue
capaz de sentir compasión por él. Le curaría las heridas si era necesario y
después tal vez podría sonsacarle alguna información.
No hagas nada, se recordó.
Esa iba a ser la orden más difícil de cumplir. No lograba
comprender por qué su padre había considerado mejor huir del enfrentamiento. Se
preguntaba por qué no habría sido mejor asegurar el castillo, colocar más
guardias e impedir la entrada al conde.
Desde la época de la gran conquista, Lelleford había soportado
rotundos ataques y largos asedios. Con la llegada del invierno, el conde no
podría mantener a sus hombres a la intemperie durante mucho tiempo sin pasar
hambre y frío. Las despensas del castillo estaban repletas tras la reciente
cosecha y los pozos rebosaban agua. Habría sido el momento perfecto para
soportar un asedio.
Aun con la amenaza de la horca, huir parecía una postura muy
cobarde, y nunca habría imaginado a su padre capaz de algo así.
Eloise se acercó a la puerta mientras le daba tiempo al monje
para ponerse en pie, pensando que su padre sabía lo que hacía. Tenía que
confiar en que él sabría la mejor forma de enfrentarse no sólo al conde sino
también a los cargos que pesaban sobre él.
Tal como le había ordenado su padre, daría de comer a los
invasores, les serviría el mejor vino y se comportaría como la perfecta
anfitriona. Evitaría a toda costa que el conde de Kenworth tomara Lelleford por
la fuerza.
Viajar con el conde de Kenworth no era muy diferente a viajar
con el propio rey, a ambos les gustaba la comodidad y no reparaban en gastos a
la hora de equipar a sus séquitos.
Sir Roland St. Marten comió en la gran tienda en compañía de
William, conde de Kenworth, y sus caballeros. Fuera, los escuderos y los
hombres de armas comían alegres aunque de manera menos suntuosa.
Cualquiera diría que aquellos hombres viajaban por placer y no
en una importante misión. Kenworth parecía no tener prisa por llegar a
Lelleford, detener a Sir John Hamelin y llevarlo a Westminster para ser
juzgado.
Roland pensaba que Kenworth se equivocaba al creer que, con la
sorpresa a su favor, el caballero permitiría al conde entrar en la fortaleza y
se rendiría fácilmente.
John Hamelin no era el tipo de hombre que se dejaba golpear.
Tras haber pasado varios días en Lelleford, Roland sabía que el castillo era
resistente y estaba bien guarnecido. Sir John podría resistir un asedio durante
meses si quisiera.
Pero capturar a Sir John era problema del conde, no suyo. La
obligación de Roland era ocuparse de la supervisión de Lelleford en nombre del
rey y asegurarse de que la detención se llevara a cabo con limpieza.
Tenía intención de mantenerse imparcial en todo aquel asunto,
puesto que ésa era la única postura inteligente.
El conde se llevó a la boca el último pedazo de lamprea y se
limpió la boca con un trago de buen vino. Felicitó al cocinero eructando
satisfecho y poniendo así fin a la comida.
Kenworth dejó la copa en la mesa y sonrió a los caballeros que
lo atendían.
—Esperemos que el cocinero de Lelleford sea tan bueno como el
nuestro. No me gustaría viajar hasta tan lejos para verme obligado a comer
guisos aguados y mal vino. Decidme, St. Marten, ¿los cocineros de Lelleford
hacen buen uso de las especias?
En vista de que era el único del séquito que había estado en el
castillo de Lelleford, todas aquellas preguntas iban dirigidas a Roland. ¿Qué
le importaría más al conde, la táctica defensiva de la fortaleza, el tamaño de
sus despensas o los hombres que Sir John podría mandar a combatir?
Nada más unirse al séquito del conde, Roland se había dado
cuenta de que éste no veía la posibilidad de que fueran a encontrar obstáculos
y no le agradaban aquellos que opinaban lo contrario.
Guardarse su propia opinión en presencia de hombres de mayor
estatus había sido la primera lección que Roland había aprendido al entrar al
servicio del rey. Los duques y los condes del reino sólo aceptaban indicaciones
de sus consejeros de confianza y entre ellos, aunque la mayoría de las veces
hacían lo que querían.
Y lo que le apetecía al conde en ese preciso momento era
deshacerse de Sir John como si de una molesta espina en el dedo se tratase.
—No tengo quejas de la hospitalidad de Lelleford, ni en lo
referente a la comodidad de las camas ni a la calidad de las viandas que allí
se sirven. —Al notar el disgusto del conde, Roland se apresuró a variar el tono
de su explicación—. Tenéis que recordar que mi estancia en Lelleford tuvo lugar
en un momento en que los Hamelin tenían interés en causar buena impresión a mi
familia. Sin duda las comidas y la compañía no son siempre tan excelentes y
acertadas como las vuestras, señor.
—Yo diría que no. —Kenworth se reclinó en el asiento—. Por poco.
Si Hugh —que en paz descanse— estuviera vivo, ahora vos seríais pariente de ese
traidor.
Roland dejó entrever un escalofrío de repulsión totalmente
sincero.
—Alabado sea Dios por su oportuna intervención, aunque desearía
que no hubiera recurrido a una solución tan drástica.
Ni un día había dejado de recordar la muerte de su hermanastro,
de ver cómo la fascinación de Hugh con la novia desaparecía a medida que el
dolor lo abrumaba y ponía los ojos en blanco justo antes de sufrir un colapso.
Hugh St. Marten había muerto de una forma innoble, tumbado de bruces en los
escalones de la iglesia a los pies de su futura esposa.
Y la futura esposa, Lady Eloise Hamelin, no había derramado ni
una sola lágrima por el hombre que tanta devoción había demostrado por ella y
que nunca habría negado nada a su prometida. Roland había tratado de convencer
a Hugh para que reconsiderase el matrimonio, pero sin éxito.
—Eso le hace preguntarse a uno si no sería algún ser maligno, y
no Dios, el que intervino en aquella funesta circunstancia —dijo el conde
tamborileando con los dedos sobre el apoyabrazos de su asiento.
Dada la repentina muerte de Hugh, Roland también había
sospechado que podría haberse tratado de un acto de traición, aunque no había
encontrado pruebas satisfactorias.
—Los médicos de mi padre nos aseguraron que la muerte se debió
al débil corazón de Hugh, no a un acto vil.
Para vileza, la del propio Roland. Aún seguía teniendo
pesadillas con el acalorado enfrentamiento que había mantenido con Hugh el día
de su muerte. Le resultaba inevitable pensar que su discusión pudiera haber
contribuido a dañar el corazón ya de por sí débil de Hugh, y con ello a
acelerar su muerte.
—Es una pena. Si se hubiera tratado de un acto premeditado,
ahora podríais aprovechar esta situación para vengar la muerte de Hugh.
Oportunidades como ésa no se presentan a menudo.
Incómodo con el tono del conde, Roland se apresuró a dejar clara
su postura en el asunto.
—No tengo ningún asunto pendiente con Sir John que no sea su
traición hacia nuestro amado soberano.
—Como queráis, pero zanjar los asuntos personales resulta
siempre de lo más satisfactorio. —Kenworth se levantó de pronto—. Si queremos
probar la hospitalidad de Lelleford esta noche, debemos irnos. Preparad a los
hombres.
Roland se sacudió de la mente los recuerdos desagradables y los
restos de culpabilidad y salió de la tienda junto a los demás caballeros. Se
dirigió a los caballos —la tarea que le había sido encomendada en este viaje—
para asegurarse de que se les estaban dando todos los cuidados, un trabajo
sencillo gracias a la eficacia de los escuderos, que sabían que los caballos
eran una de las posesiones más apreciadas por los caballeros. Escuderos y mozos
de cuadra corrían de aquí para allá preparando las sillas para sus caballeros,
entre ellos Timothy, el escudero de Roland.
Le resultaba extraño tener a un joven ocupándose de tareas que
hasta hacía bien poco tiempo le habían correspondido a él. Habían ocurrido
muchas cosas en los dos últimos meses, desde la muerte de Hugh.
Tras la boda que no había llegado a celebrarse, Roland había
marchado a la guerra contra los escoceses en compañía de Sir Damian, el
caballero que lo había acogido como a un hijo durante casi toda su vida ya
quien había servido después como fiel escudero. Las cosas dieron un giro
repentino entonces. Se encontraba en el momento adecuado en el lugar
equivocado, Hallidon Hill, protegiendo las espaldas del rey cuando más se
necesitaba.
Un año mayor que el vigesimosegundo rey de Inglaterra, y un poco
más alto y ancho de hombros que él, Roland se había ganado la admiración del
rey Eduardo por su destreza en el campo de batalla y su acertada intervención
entre él y la espada de un escocés.
Después llegó la recompensa. En el transcurso de las pocas
semanas que estuvo al servicio del rey fue nombrado caballero, recibió como
regalo varios caballos de los establos reales, así como todas las armas y la
cota de malla que exigía su rango, y un escudero, Timothy. Lo único que le
faltaba eran los suficientes ingresos para poder mantener su nuevo rango y los
regalos que había recibido.
Motivo por el cual Roland estaba seguro de que el rey Eduardo le
había encomendado aquella tarea. Los reyes podían ser extremadamente generosos
con quienes los servían bien.
Roland tenía intención de comenzar su escalada social siguiendo
fielmente las órdenes de su rey, aunque al maldito conde de Kenworth se le
metiera en la cabeza llevar a cabo alguna maldad.
La tienda del conde descendió al suelo. Pronto, tienda,
mástiles, mobiliario y comida estuvieron metidos en los carros que
transportaban el material. Los caballeros y los hombres de armas se prepararon
para tomar sus puestos en la comitiva.
Rápidamente, Roland terminó de inspeccionar arreos, bocados y
correas. Cuando se aseguró de que ningún caballero ni el conde se caerían de
sus caballos por negligencia de algún escudero, se acercó a su propio caballo y
a su escudero.
—¿Todo listo, Timothy?
Con una radiante sonrisa, el chico de dieciséis años hizo una
profunda reverencia.
—Sí, Sir Roland. Podéis comprobar vos mismo que no hay nada
suelto o fuera de su lugar. No estaría bien que el caballero encargado de los
caballos se cayera del suyo, ¿verdad?
—Diablillo descarado. ¿Tenemos alguna noticia?
Timothy miró por encima del caballo negro de Roland hasta
localizar al escudero del conde.
—Se está tramando algo —susurró el chico—. Gregory lo sabe pero
no lo dice. Sólo sonríe como si conociera el secreto. Puede que los demás nos
estemos equivocando, y no me gusta hablar mal de un compañero, pero…
—Entonces no hables más. La especulación no hace ningún bien.
—Os pido disculpas, señor, por faltar a mi deber.
Roland apretó el hombro flaco de su escudero, sorprendido de que
un chico tan delgado aunque alto para su edad pudiera levantar la silla a lomos
de un caballo tan alto como el suyo.
—No has faltado a tu deber, Timothy. No puedes informarme de
cosas que no sabes. Presta atención a todo lo que ocurra. Es lo único que te
pido.
El escudero levantó la barbilla en un gesto de pura
determinación y, haciendo una nueva reverencia, se dirigió a su montura.
Roland montó y espoleó suavemente a su caballo hacia delante.
Entre los primeros puestos de la comitiva, el conde hablaba con gesto serio con
los dos hombres que habían de adelantarse hasta Lelleford y requerir la
hospitalidad del castillo para el conde y su séquito por esa noche.
Roland se preguntaba si Sir John abriría en efecto las puertas a
Kenworth o lo mandaría al infierno. Y en el primer caso, se preguntaba si el
conde procedería al arresto con la dignidad que le era debida a Sir John o
actuaría de mala fe.
A Roland le hubiera gustado saberlo, pero durante la comida con
los caballeros y el conde no logró averiguar mucho más que Timothy con el resto
de escuderos y mozos.
Tal vez no hubiera nada que averiguar. Tal vez no había razón
para temer traición alguna.
Tal vez las vacas daban vino y las ovejas sábanas de hilo. Su
instinto no le había fallado nunca. Seguía sintiendo un cosquilleo en la nuca.
Estaba tan seguro de que el conde de Kenworth tenía la intención de torturar a
Sir John Hamelin como de que la hija de este último había intentado dominar a
Hugh.
Verdaderamente, había que dar gracias porque Hugh hubiera
logrado escapar de esa «soga» envuelta en sedas y lazos, aunque soga al fin y
al cabo. Su sonrisa resplandeciente ocultaba un corazón de hielo, y tras sus
modales distinguidos se escondía una voluntad de hierro. Un hermoso rostro y
una mente astuta.
Había ido a Lelleford con la esperanza de que le gustara la que
habría de ser la esposa de su medio hermano. Y así había sido. Tal vez
demasiado.
Desgraciadamente, también había decidido que no era la mujer
adecuada para éste.
Roland sonrió deseando que llegara el momento en que Lady Eloise
Hamelin se enterase de que al «desagradable sapo» del hermano de Hugh St.
Marten le había sido encomendada la tarea de supervisar el señorío de
Lelleford.
Iba a ser un interesante duelo de voluntades hasta ver quién de
las dos prevalecía en las próximas semanas. Un torneo que no tenía intención de
perder.
Capítulo 2
Eloise ayudó al hermano Walter a sentarse en un banco cerca de
la chimenea, que lanzaba destellos de luz anaranjada en la cavernosa estancia.
Si hubiera tenido que decir cuál era su rincón favorito del castillo, sin duda
sería aquél.
Cuando era pequeña, se sentaba en el suelo a los pies de su
madre mientras aprendía a tejer la lana. Desde allí veía las coloridas banderas
que pendían de sus mástiles y las armas antiguas que colgaban de las paredes,
cada una de las cuales había sido testigo de un pedazo de la orgullosa historia
de la familia.
Y allí también pasaban la tarde sus padres, rodeados de sus
hijos y los perros de caza favoritos de Sir John. Hablaban de lo que había
sucedido durante el día, se entretenían con algún tranquilo pasatiempo y hacían
planes para el futuro.
Uno a uno, todos la habían abandonado. Su madre había muerto,
Jeanne se había casado; Geoffrey se había exiliado voluntariamente en París y
Julius había ido en peregrinaje a Italia. Y ahora su padre.
Ella había soportado la desaparición de cada uno de ellos en su
momento y había llegado a aceptar sus motivos. En todos los casos menos en el
último.
Miró al enorme lebrel inglés que pasaba la mayor parte del
tiempo junto al fuego, demasiado viejo ya para correr por los campos, pero
demasiado querido para que su padre pudiera sacrificarlo como había hecho con
otros animales cuando no servían para el trabajo. El animal no podría
comprender por qué su dueño ya no le rascaba las orejas, igual que Eloise no
podía comprender por qué el señor del castillo había decidido abandonar allí a
su hija.
Decidida a no dejarse llevar por el sentimiento de autocompasión
que la invadía —un lujo que no podía permitirse—, mandó a una de las sirvientas
a buscar una palangana con agua y tiras de algodón para preparar un vendaje y
procedió a retirar el pelo manchado de sangre de la fea herida.
El monje hizo un gesto de dolor. Eloise, sin embargo, no sintió
remordimiento alguno por hacer le daño al hombre que su padre había considerado
indigno de su confianza. El clérigo probablemente sabría por qué su padre había
considerado necesario abandonar Lelleford, incluso puede que fuera la causa,
pero no se atrevía a preguntar por miedo a revelar que sabía que su padre se
había fugado.
¿Dónde estarían su padre y Edgar en aquel momento? Habrían
atravesado ya las murallas? ¿Adónde irían una vez que hubieran salido de las
tierras de Lelleford?
Tuvo que esforzarse por mantener un tono de voz despreocupado.
—No es muy profunda. Os aseguro que no serán necesarios puntos.
Limpiaré la sangre para asegurarme pero creo que sobreviviréis al percance sin
daños importantes.
—Alabado sea Dios —musitó el hermano Walter con el rostro aún
pálido.
—Así sea —respondió Eloise, por costumbre, aunque también
agradecía que el monje hubiera recobrado el sentido.
No obstante, parecía un poco confuso. Tenía la mirada perdida en
algún punto del gran salón, como si tuviera el pensamiento en otra parte, lejos
de su herida. ¿Se sentiría culpable de haber tomado parte en el aprieto en que
se veía su padre? Eloise esperaba que así fuera.
Al ver la sangre, las gentes del castillo se acercaron para
satisfacer su morbosa curiosidad. La sirvienta se acercó con cuidado para no
derramar el agua de la palangana. A su lado, arrastrando los pies llegó Isolda,
la criada de Eloise, que llevaba toallas, carga menos pesada para favorecer el
paso de sus pies deformes.
¿Sabría Isolda que su querido hermano Edgar había abandonado
Lelleford en compañía del señor del castillo? ¿Habría informado Edgar a Isolda
de que Sir John Hamelin requería los servicios del joven escudero en una huida
apresurada del castillo?
Eloise tomó la toalla de manos de Isolda pero no pudo ver señal
de preocupación alguna en la curva que formaban los labios de la joven, ni en
sus dóciles ojos marrones, lo que le hizo pensar que o bien Isolda no sabía
nada del peligro que pudiera estar corriendo su hermano o sabía ocultar la
preocupación muy bien. Eloise empapó la punta de la toalla en el agua y comenzó
a limpiar suavemente la herida.
—Tal como pensaba. Es fea pero no profunda. No será necesaria
sutura.
Isolda ladeó la cabeza para tener una mejor vista de la herida.
—Sí que es fea. ¿Cómo se ha hecho un corte así, buen monje?
El hermano Walter seguía con la mirada perdida y su silencio
preocupó a Eloise.
Desde que llegó a Lelleford a finales del invierno procedente de
la abadía de Evesham, un monasterio que su padre ayudaba a mantener, el hermano
Walter se había mostrado siempre muy callado. Pasaba el tiempo ocupándose de
las cuentas de su padre o rezando en la capilla. Rara vez hablaba, a menos que
se dirigieran a él, pero siempre contestaba cuando se le preguntaba
directamente o se le hacía un comentario. ¿Acaso el golpe de la cabeza le había
dañado más de lo que a simple vista parecía?
—¿Hermano Walter?
—¿Señora? —contestó él dando un respingo al oír su nombre.
—Isolda os ha preguntado cómo os habéis hecho la herida.
—Debí de golpearme con la mesa cuando…
—Se detuvo al tiempo que se llevaba la mano a la herida. Parecía
que se le estaba pasando el mareo—. Lady Eloise, vuestro padre, he de hablar
con él.
Se ha ido y sabéis muy bien por qué.
—No sé dónde está mi padre en este momento pero seguro que, sea
lo que sea, lo que tenga que decirle podrá esperar a que hayamos vendado esa
herida.
—No hay tiempo —dijo él, levantándose del banco con signos
evidentes de agitación—. Tengo que encontrarlo inmediatamente.
Eloise tomó al monje de la ancha manga de su hábito marrón.
—Aún estáis sangrando. Sentaos antes de que os caigáis, os lo
ruego.
El monje la miró con un gesto de cólera inusual en él y de un
tirón se zafó de Eloise.
—¿Alguien ha visto al señor en los últimos minutos? —gritó a los
presentes.
Los presentes guardaron silencio y algunos movieron la cabeza
por toda respuesta.
—¡Que todos los santos nos ayuden! —dijo el hermano Walter al
tiempo que se dirigía hacia las escaleras y desaparecía tras ellas, llamando
desesperadamente a Sir John.
—Es extraño —dijo Isolda entre risas nerviosas—. No sabía que el
monje pudiera moverse tan rápidamente ni gritar tan alto. Es como si una abeja
se hubiera colado bajo su hábito y amenazara con picarle en sus partes nobles.
Eloise no pudo evitar sonreír ante los modales irreverentes de
su criada y al pensar que el hermano Walter realmente merecía que le picaran.
Se sacudió de la cabeza tan absurdos pensamientos. Pronto
llegaría el conde en busca de su padre para arrestarlo y tendría que estar
preparándose. Sólo había un problema: ¿cómo podía prepararse alguien que se
suponía que no sabía nada? Ni siquiera sabía si podía dejar que el hermano
Walter corriera por todo el castillo llamando a gritos a su padre.
—Ya puedes vaciar la palangana —dijo Eloise a la sirvienta—.
Parece que la herida del buen monje es la menor de nuestras preocupaciones.
Tras ello, el resto de los presentes volvió a sus quehaceres,
excepto Isolda, que se quedó mirando hacia las escaleras, confusa. El sonido de
las sandalias de cuero sobre la piedra precedía el retomo del monje, que al
llegar al gran salón echó un vistazo a la estancia y finalmente salió al patio.
—Debe de tener algo importante que decirle al señor —suspiró
Isolda—. ¿Qué pensáis que podrá ser?
—No tengo la menor idea.
Aunque probablemente pronto lo averiguaría. Si el hermano Walter
no encontraba a Sir John, iría a buscarla a ella —al menos eso esperaba—,
aunque no estaba segura de querer oír lo que fuera a decirle.
Eloise se debatía inquieta entre el deseo de saber lo que le
estaba aconteciendo a su padre y el temor a conocer los detalles. Lo que desde
luego no iba a hacer era salir corriendo tras el monje. Hasta que éste se
dirigiera a ella, lo único que podía hacer era comportarse como si el mundo no
estuviera a punto de derrumbarse sobre ella con gran estruendo.
Eloise posó la mano en el hombro de Isolda. Tres años separaban
a señora y criada en edad, aunque en ese momento Eloise se creyera más vieja
que los altos robles de los bosques que rodeaban Lelleford.
—¿Has terminado ya con las tareas del día?
—Casi, señora. Si no necesitáis más mis servicios, subiré a
vuestra cámara a coser el desgarrón de vuestro vestido gris.
Subir y bajar las escaleras era tremendamente doloroso para la
criada y Eloise lo sabía. A sus catorce años, Isolda nunca se quejaba de dolor
ni de tener que trabajar. Ella lo soportaba estoicamente como si sus pies
fueran normales y hacía todo lo que se encomendaba. Para recompensar la
valentía de su criada y no herir su orgullo, Eloise intentaba no tratarla de
forma diferente a los demás sirvientes de edad y con funciones similares.
—Ya que vas a mi cámara, sube un cubo con carbón. Si esta noche
hace el mismo frío que la pasada, puede que tengamos que encender el brasero.
La chica hizo una inclinación de cabeza. Con el movimiento, unos
mechones de pelo rubio se le salieron de la trenza cubriéndole de manera
descarada la frente. Era una chica muy bonita. Muy dulce. Muy desafortunada.
Ante la necesidad de mantener las manos y la mente ocupadas,
Eloise se dirigió a las escaleras con la intención de ordenar el desastre en la
sala de cuentas de su padre, aunque no sabía dónde había de colocar todos
aquellos rollos de pergamino.
Antes de llegar a la escalinata, uno de los guardias de la torre
de entrada se presentó en el gran salón y se dirigió directamente a ella.
—Lady Eloise, se requiere su presencia en la puerta exterior.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. El conde no podía
haber llegado tan pronto.
—¿Con qué motivo?
—Dos mensajeros esperan fuera. Piden vuestra hospitalidad para
que el conde de Kenworth y su séquito pasen la noche en el castillo. Como el
señor ha salido a cazar, Sir Marcus pensó que los mensajeros debían pedíroslo a
vos.
Sir Marcus, uno de los caballeros del señorío, era el capitán de
la guarnición de Lelleford.
—¿Mi padre ha salido a cazar?
—Sí, señora. Edgar y él llevaban consigo un halcón cuando
abandonaron el castillo. —El guardia sonrió—. Hemos apostado a ver si el señor
consigue cazar a esa garza enorme que ha estado hostigando el lago de las
truchas.
Por lo que parecía, todo el mundo en el castillo creía que el
señor había salido con su halcón. Su padre había tenido el aplomo —o tal vez la
astucia— de darle a ella una excusa creíble para su huida.
Eloise siguió al guardia hasta el exterior del castillo y bajó
la rampa del polvoriento patio que servía como barrera entre la torre del
homenaje y la torre de entrada situada en la muralla interior. Ese punto era lo
más cerca que se permitía estar a alguien desconocido. En tiempos revueltos,
los visitantes eran obligados a detenerse y a responder a algunas preguntas
antes de tenderles el puente levadizo por el que se atravesaba la muralla
exterior. Se trataba en ambos casos de gruesos muros piedra levantados con el
propósito de defender el castillo de las fuerzas invasoras, guarnecidos por
guardias bien entrenados.
Estaba tentada de ordenar que izaran el puente y bajaran el
rastrillo. Desgraciadamente, su padre le había ordenado que permitiera entrar
al enemigo, algo que aún seguía pareciéndole totalmente desacertado.
Cerca de la torre de entrada, Sir Marcus estaba junto a Sir
Simon, el administrador de su padre. Los dos eran fuertes guerreros que habían
estado al servicio de éste desde que le alcanzaba la memoria.
¿Les habrá contado padre el apuro en que se encuentra?, se
preguntó Eloise. Tendría sentido contárselo a sus dos caballeros de confianza.
Finge ignorancia.
Qué irritantes resultaban las órdenes de su padre, pardiez,
especialmente las que tenían que ver con la alimentación y entretenimiento del
conde. Tener al enemigo en su salón, bebiéndose el vino de su padre. Pero eso
no era lo peor. La costumbre de la hospitalidad la obligaba a ofrecer a
Kenworth la mejor cama de la torre del homenaje, la de su padre.
Eloise se detuvo al llegar junto a los caballeros.
—Parece que vamos a tener visita.
Simon asintió al tiempo que entrecerraba los ojos grises.
—Y no son bienvenidos. El conde de Kenworth trae consigo varios
caballeros y hombres de armas.
Caballeros armados y hombres de armas enarbolando picas.
Invasores, no invitados. Se esforzó por mantener la calma.
—Bueno, no es extraño que un conde viaje con séquito, ¿no es
así?
—Así es, pero Kenworth no es amigo de Sir John. He enviado un
grupo de hombres en busca del señor. Lo más prudente sería esperar a que
regresara antes de conceder al conde nuestra hospitalidad. Desgraciadamente, no
lo es tanto hacer esperar a un hombre de tan alto rango.
A juzgar por sus comentarios, Eloise dedujo que padre no le
había dicho a Simon que realmente no iba de caza. De hecho, a excepción del
monje, la única que sabía el motivo de la visita del conde era ella misma y
tenía la orden de dejar entrar a aquel bastardo.
—¿Creéis que mi padre negaría la entrada al conde?
Simon levantó la comisura de los labios con desdén.
—El señor podría sentirse tentado pero dudo mucho que fuera
capaz de semejante insulto.
Eloise soltó una maldición. Tenía la esperanza de que la
respuesta fuera la contraria con tal de ganar un poco más de tiempo. Eloise
miró entonces a Marcus.
—¿Y vos estáis de acuerdo?
Marcus se encogió de hombros antes de contestar:
—Me temo que Simon tiene razón. Debemos permitir que Kenworth y
sus caballeros pernocten en la torre del homenaje, pero su séquito puede
acampar fuera de nuestras murallas. Cuantos menos hombres haya que vigilar en
el interior mejor.
—¿Estará de acuerdo el conde con ello?
Simon resopló.
—No se le dará la opción, señora. Si quiere una comida decente y
una cama blanda para dormir, tendrá que aceptar nuestras condiciones. Son algo
habitual y no debería oponerse.
La tranquilidad de los caballeros pareció calmar un poco sus
nervios. Llevarían a cabo su deber de proteger el castillo, al menos hasta que
descubrieran la verdadera razón de la visita del conde. ¿Pero qué ocurriría
cuando supieran que su señor había sido acusado de traición? Eloise esperaba
que se mostraran sorprendidos e incrédulos pero fieles a Sir John Hamelin y por
extensión a su hija.
—¿Dónde están los mensajeros?
Simon indicó con la mano hacia la puerta exterior.
—Tras la muralla.
Flanqueada por los caballeros, Eloise atravesó la torre de
entrada y salió a la explanada del castillo. Dos hombres de armas vestidos con
el uniforme negro y dorado esperaban junto a sus monturas. Ambos mostraban la
expresión sobria de los soldados, sin dar pista alguna de la desagradable razón
de la visita de su señor, por lo que Eloise supuso que no sabían cuál era.
Inspiró profundamente para calmarse y se dirigió a ellos.
—Podéis informar al conde de Kenworth de que estaremos
complacidos de ofrecerle nuestra hospitalidad para pasar la noche. ¿Cuándo
habremos de esperar su llegada?
El más alto de los dos se inclinó ligeramente.
—Agradecemos vuestra amabilidad, Lady Eloise. El conde llegará
esta tarde.
No quedaba mucho tiempo.
—Haced llegar al conde nuestros saludos.
Los mensajeros montaron y se alejaron a gran velocidad,
levantando polvo a medida que se acercaban a la puerta de la muralla externa.
Simon cruzó los brazos y murmuró:
—Insensatos.
—Igual que el conde —añadió Marcus.
Y como mi padre a veces, pensó Eloise aunque no dijo nada.
Se dio la vuelta para volver a la torre del homenaje, pero
entonces vio que el hermano Walter se dirigía hacia ella con los ojos muy
abiertos y como enloquecidos, con un reguero de sangre seca que le bajaba por
el rostro hasta el cuello. El hombre se desmayaría si no dejaba de correr por
el castillo. Eloise suspiró preguntándose si no sería esto lo mejor.
Marcus se inclinó hacia ella.
—¿Qué diablos le ha ocurrido al monje?
—Se golpeó la cabeza y se ha hecho una brecha. El muy idiota se
niega a que se la curemos.
Marcus levantó una ceja al captar la manera insultante en que su
señora se dirigía a un hombre con hábito ya continuación intercambió una mirada
divertida con Simon.
—¿Queréis que le obliguemos a colaborar, señora?
—Sólo si no logro hacerle entrar en razón.
Eloise abandonó a los dos caballeros y se dirigió hacia el
clérigo, no muy segura de qué hacer con él. ¿Encerrarlo en su habitación?
¿Echarlo del castillo? ¿Dejar que siguiera comportándose a su antojo?
El hombre se detuvo entonces.
—¿Habéis visto al señor, milady?
—Me han dicho que ha salido de caza. Volved…
—¡No! ¡No puede haber salido del castillo!
—¡Os aseguro que es así! —exclamó Eloise sujetándole por el
antebrazo con la esperanza de poder calmarlo—. Dejad que os vende la cabeza y
decidme por qué motivo buscáis a mi padre con tanta urgencia.
El monje cerró los ojos. Hundió los hombros y agachó la cabeza
hasta que clavó la barbilla en el pecho.
—Que el cielo nos asista. Si el señor ha abandonado Lelleford,
temo que sea necesario un milagro para salvarnos.
Su desolación la dejó helada.
—Hermano Walter, será mejor que os expliquéis.
El monje levantó la cabeza lentamente.
—Rezar por la intervención de nuestro Señor. Estaré en la
capilla, señora, de rodillas suplicando hasta que pase la tormenta.
Y diciendo esto se alejó entre el revuelo de sus amplios
ropajes. Eloise reprimió una queja y a regañadientes lo dejó marchar,
consciente al menos de dónde podría encontrarlo.
—¿Señora?
Eloise miró por encima del hombro y vio a Simon en el mismo
sitio donde lo había dejado.
El hombre trató de sonreír aunque sin éxito.
—Supongo que el monje sigue sin entrar en razón. ¿Queréis que
vaya tras él y le obligue a sentarse para curarle las heridas?
Eloise negó con un gesto de la mano.
—No, dejémosle. Ha ido a rezar. Tal vez el Señor le sane la
cabeza. —Y tal vez simplemente era una forma de no estar en presencia de ella—.
Decidme, Simon, ¿conocéis bien al conde de Kenworth?
—Lo suficiente, y también a la mayoría de sus caballeros.
La mayoría de los caballeros, barones y ricos señores del reino,
se conocían por haber luchado juntos a lo largo de los años en distintas
guerras, o entre ellos en los torneos. Simon probablemente supiera cómo tratar
al conde mejor que ella.
—¿Qué le puedo ofrecer de comida al conde para asegurarme que
esté de buen humor?
Simon pensó un momento y finalmente respondió:
—Anguila.
Anguila. El único plato que le producía a ella ardor de estómago
con sólo olerlo. Aun así, ordenaría que se sirviera con la esperanza de que las
molestias de estómago fueran lo peor que habría de soportar esa noche.
Eloise permanecía sentada respirando suavemente, los ojos
cerrados, agradeciendo que le cepillaran el cabello con largas y suaves pasadas
del peine. Isolda parecía percibir la necesidad de paz de su señora, por lo que
realizaba la tarea sin su habitual charlatanería.
Las últimas dos horas habían pasado como en un sueño.
La cocinera se había quejado por tener que añadir la anguila al
menú, ya que no le agradaban los cambios repentinos, ni siquiera aunque un
miembro distinguido del reino fuera invitado inesperadamente. Eloise había
aguantado con paciencia el sermón de la mujer. De no haberlo hecho, el
resultado habría sido una desastrosa comida compuesta por platos fríos y mal
condimentados.
Arreglar el desorden de la sala de cuentas de su padre demostró
ser una tarea descorazonadora. Mientras ordenaba y buscaba un lugar para los
rollos de pergamino desperdigados por toda la estancia, no pudo evitar
preguntarse por qué su padre se había llevado consigo algunos de ellos. ¿Acaso
contenían pruebas concluyentes de su culpabilidad o de su inocencia? Si era
inocente, ¿por qué no se había quedado para enfrentarse al conde?
No había dejado de decirse así misma que su padre admiraba
demasiado al joven rey Eduardo como para traicionarlo. Sin embargo, John
Hamelin había huido llevando consigo pruebas posiblemente condenatorias. Tras
vacilar un momento, había tomado algunas monedas de oro del cofre y las había
ocultado en su dormitorio, por si se daba el caso de que decidiera coserlas al
dobladillo de sus prendas.
Además, estaba el hermano Walter que, por lo que ella sabía,
seguía arrodillado en el suelo de la capilla inmerso en fervorosa súplica.
Mirarlo la había indispuesto y enfadado tanto que había tenido que abandonar la
capilla en silencio sin molestarlo.
El cepillado de sus cabellos no había bastado para tranquilizar
su atribulada mente, pero al menos ya no le dolía la mandíbula de tanto apretar
los dientes. Sería capaz de saludar al conde sin mostrar desprecio por él. Si
quería dar a su padre tiempo para alejarse de Lelleford todo lo posible no le
quedaba más remedio que agradar a Kenworth.
—¿Lazos? —preguntó Isolda.
—Sí. Carmesí y oro.
Mientras Isolda buscaba los lazos, Eloise se limpió los cabellos
que habían caído en los hombros del vestido de terciopelo de color carmesí
ribeteado de oro que llevaba. Era el más rico y elaborado de los que poseía,
confeccionado para su boda con Hugh St. Marten, el único día que lo había
lucido.
Las habilidosas manos de Isolda tejieron una gruesa trenza
alternando cabello y lazos.
—Hermosa para presentarse ante la nobleza, señora.
Lo suficiente para distraer al conde durante una o dos horas
mientras su padre y el hermano de Isolda ponían tiempo y tierra de por medio.
—Eso espero. Isolda, ¿hablaste con Edgar antes de que mi padre y
él se fueran… a cazar?
—Hablé con Edgar por última vez esta mañana. ¿Por qué?
Eloise mantuvo una lucha interna con su conciencia. Contenerse
para no hablar a Isolda de la adversidad que se cernía no le sentaba bien. Si
algo horrible le ocurriera a Edgar, su hermana sufriría lo indecible.
—Sólo me preguntaba si te habría dicho adónde tenían intención
de ir.
—A mí no. —Isolda desató el lazo y rió—. Si tuviera alguna
moneda apostaría a que han ido tras la garza. Pero están tardando mucho. Tal
vez el señor piense que es más importante cazar a la garza que esperar la
llegada de ese conde.
Isolda daba por sentado que la patrulla había encontrado a su
señor y le había informado de la inminente llegada del conde. Eloise sabía que
los hombres estarían preocupados y confusos tras haber buscado a su padre en
sus habituales zonas de caza sin éxito.
—Tal vez. —Eloise se levantó del escabel y se ajustó el ceñidor
de oro que daba dos vueltas al talle hasta caer suavemente sobre sus caderas—.
¿Te parece que necesito algún otro adorno? ¿Un colgante de oro o un broche tal
vez?
—No, señora. Sería una pena. Cuando los hombres se fijen en
vuestro rostro, no se darán cuenta de nada más.
—Me adulas, Isolda.
—No es más que la verdad.
Eloise sabía que los hombres se fijaban en otras partes del
cuerpo de una mujer. Demasiadas veces se había sentido inspeccionada de la
cabeza a los pies, juzgada por sus formas y sus bienes materiales. Algunos se
detenían en su pecho, otros preferían mirar sus caderas. Había aprendido a
distinguir la sincera apreciación de la lujuria. El aspecto de algunos hombres
le parecía repulsivo mientras que otros provocaban en ella un delicioso
hormigueo.
Se tiró ligeramente de la manga para alisar el terciopelo y no
pudo evitar los recuerdos de la funesta boda. Hugh St. Marten y algunos
miembros de su familia habían llegado días antes de que tuviera lugar la
ceremonia. En los pocos momentos que habían tenido para estar a solas, ella
había intentado en vano sentir aquel placentero cosquilleo por su prometido.
En sus ojos había podido percibir una mezcla de afecto y deseo.
Como esposa diligente, habría compartido el lecho con Hugh y le habría dado
hijos. Tal vez, con el tiempo, habría llegado a sentir un profundo cariño hacia
él.
Pero, por desgracia, en aquel momento sus ojos se habían fijado
en otro. Un hombre absolutamente inadecuado, irritante y muy atractivo que
provocaba en ella no hormigueos sino un profundo ardor. Con un escalofrío
agradeció de nuevo a los hados haber descubierto inconscientemente el desdén
que éste sentía hacia ella antes de hacer el ridículo con él, el medio hermano
de su prometido. Muy a su pesar, seguía viendo el rostro de Roland St. Marten
con más claridad que el de Hugh.
Un toque en la puerta trajo a Eloise de vuelta a la realidad.
Isolda dejó entrar a un criado.
—Sir Simon reclama vuestra presencia, señora. El conde ha
llegado.
—Bajaré enseguida.
El criado se marchó corriendo. Eloise inspiró profundamente en
un intento por calmarse.
—Debe de ser un hombre aterrador ese conde —comentó Isolda—. Es
raro verla tan nerviosa.
—¿Se nota demasiado?
—Os retorcéis las manos todo el tiempo. Es una señal inequívoca.
Eloise detuvo el movimiento.
—Desearía que mi padre estuviera aquí para saludar al conde. Los
miembros de la alta nobleza pueden ser unos invitados endiablados.
Con tan desagradable pensamiento, se dirigió hacia el gran
salón. Junto a la puerta se encontraba Simon con un grupo de caballeros
ataviados con cota de malla y un grupo de escuderos. Eloise supuso que el de
más edad y mejor vestido debía de ser William, conde de Kenworth.
Con la barbilla levantada y la espalda derecha, Eloise se
preparó para llevar a cabo su obligación y poco le faltó para tropezar con sus
propios pies cuando vio a un caballero que se apartaba un poco de los demás.
Roland St. Marten. Vestido con cota de malla. Convertido en
caballero y evidentemente al servicio del conde de Kenworth. Escuchaba con gran
interés algo que Simon estaba diciendo al conde, por lo que Eloise esperaba que
no hubiera reparado en su breve titubeo.
De gran altura y robusta complexión de guerrero, Roland tenía
además un cabello negro como el azabache que le acariciaba los hombros. Poseía
unos ojos color avellana de aguda mirada y una poderosa mandíbula. En su primer
encuentro, Eloise había reparado instantáneamente en sus encantos, fascinada
por su aura de fuerza y poder.
Él había advertido a Hugh de que no debía casarse con ella
porque la consideraba una esposa inadecuada. El muy sinvergüenza. Nunca en toda
su vida alguien había osado insultarla de esa manera.
Concéntrate en el conde.
En su rostro se dibujó una sonrisa agradable y cálida. Entonces
Roland pareció percatarse de su presencia y volvió hacia ella sus ojos de
intenso color avellana. Eloise notó débiles las rodillas y la boca seca. Tuvo
que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no prestar atención al calor que
se arremolinaba en su interior y dominar la desvergonzada reacción que
provocaba en ella la presencia del hombre que a esas alturas debería ser —si el
destino no hubiera intervenido— su hermano por matrimonio.
El hombre que había dicho de ella que era una descarada y a
quien ella en aquel momento no consideraba más que un rastrero y desagradable
sapo.
Furiosa, Eloise consiguió dirigir la atención a quien debía, al
conde que estaba allí con intención de arrestar a su padre por traidor.
El conde de Kenworth también había reparado en ella. La inspeccionaba
con ojos entornados y labios apretados. Era bajo. Medio calvo. Bien alimentado.
Un mezquino cerdo con forma humana.
Simon pareció aliviado al verla.
—Señora, nuestro invitado, William, conde de Kenworth.
Eloise hizo una profunda reverenda delante del conde, en señal
de respeto a un hombre de su rango.
—Señor. Vuestra visita nos honra. Os damos la bienvenida a vos y
a vuestros caballeros.
—¿Habéis sido vos quien ha ordenado que mi séquito se quede
fuera de las puertas?
Eloise se irguió para enfrentarse a la desaprobación del conde.
—Sólo seguí la recomendación de nuestros caballeros, señor.
Dejaremos la decisión final a mi padre.
—Entiendo por vuestras palabras que no está aquí.
Ni iba a estarlo.
—Ése es el motivo por el que nos conducimos con prudencia —dijo
volviéndose hacia Simon—. ¿Alguna noticia sobre el paradero de mi padre?
—No, señora. Le he explicado al conde que Sir John había ido a
cazar al no saber que íbamos a recibir visita. Espero que nuestra patrulla y
Sir John lleguen de un momento a otro.
Eloise tuvo que esforzarse por no sonreír.
—Señor, ¿puedo ofreceros a vos ya vuestros caballeros una copa
de nuestro mejor vino y comida para haceros la espera más agradable?
El conde se volvió hacia sus caballeros.
—Quiero que se envíen patrullas. ¡Buscadle!
Padre necesita más tiempo.
—Estoy segura de que no será necesario. Padre estará aquí para
la comida de la noche.
—Sospecho que no. —El conde dio un amenazador paso en dirección
a ella al tiempo que miraba a Simon—. ¡Juro que si Hamelin no aparece pronto
seréis declarada culpable de ayudar a un traidor!
Eloise dejó escapar un grito ahogado que a punto estuvo de hacer
que se atragantara.
Simon desenvainó la espada y el roce del acero en su funda de
cuero se convirtió en una invitación a la batalla que encontró rápida respuesta
por parte de los caballeros del conde.
—¿Sir John un traidor? —preguntó Simon con fiereza—. ¡Nunca!
¿Cómo osáis insultarle en su propio salón, y más cuando no está delante para
defenderse de semejante acusación?
El conde hizo un gesto de desprecio con la mano.
—¡Hamelin ha recibido la acusación formal! ¿Y cómo osáis
desenvainar vuestra espada ante un miembro de la realeza? ¡Apresadle!
Una última espada salió de su funda. La de Roland.
—No apresaremos a nadie que no sea Sir John. Guardad vuestras
espadas.
El conde apretó las manos, concentrando su furia en Roland.
—He dado una orden y espero que sea obedecida.
—Y yo estoy a las órdenes del rey; y pienso obedecer. Intentad
apresar a Sir Simon y yo me pondré de su lado.
—Valiente imbécil. El rey tendrá noticias de vuestra insolencia.
A Roland le temblaban los labios.
—Adelante, señor, proceded. Así Eduardo sabrá que he realizado
sus deseos a la perfección. Si pretendéis enviar una patrulla de caballeros,
hacedlo. Yo aceptaré la amable invitación de Lady Eloise de una copa de vino.
Eloise se acordó de respirar cuando Roland envainó su espada,
pues lo tomó como señal de que el peligro había pasado y se dio cuenta de que a
quien el caballero prestaba servicio en realidad era al rey Eduardo, no a
Kenworth. No sabía si debía sentirse aliviada o no.
El conde hizo un gesto a sus caballeros.
—Id. Antes de marchar, dejad guardias en el puente. Ningún
habitante de Lelleford podrá salir del castillo hasta que Hamelin sea
arrestado.
Los caballeros guardaron sus espadas y Eloise mantuvo las manos
quietas.
Antes de que pudiera ofrecer una copa de vino nuevamente, el
conde miró a Simon y a Roland.
—Traed a todos los caballeros de Lelleford al salón. Quiero
tenerlos bien a la vista. Tened en cuenta que ayudar a un traidor está penado
con la horca y no dudaré en castigar a aquel que interfiera en el arresto de
Hamelin.
Con esas palabras, Kenworth se dirigió con paso firme a la mesa
donde un sirviente había dispuesto jarras y copas.
Simon bajó la espada.
—¿Qué está pasando aquí, Roland? Nada de esto tiene sentido. ¿De
verdad se ha acusado a Sir John de traición?
—Me temo que sí. Kenworth ha venido para arrestar a Sir John y
llevarlo a Westminster a fin de que sea juzgado. El rey será el juez.
Eloise se obligó a mirar a Roland a los ojos color avellana. No
vio en ellos desprecio hacia su padre, pero tampoco un signo de que su opinión
hacia ella hubiera mejorado. Aun así, tenía que saberlo con certeza.
—Mi padre no traicionaría al rey Eduardo, estoy segura de ello.
—Entonces no tiene nada que temer.
—¿De veras? —Eloise ya no estaba segura de nada. Kenworth le
parecía un hombre sediento de sangre. La sangre de su padre.
—Corresponde al rey decidir si es culpable, señora, y Eduardo es
un hombre de inteligencia y honor.
Eso había oído, y más de una vez, de boca del hombre al que
ahora se acusaba de ser un traidor.
—Vos servís a Eduardo, no al conde. ¿Qué hacéis aquí?
Roland miró a su alrededor antes de fijar de nuevo la vista en
ella.
—Por orden del rey, estoy aquí para hacerme cargo de Lelleford
hasta que se decida el destino de vuestro padre.
Sorprendida, Eloise consiguió aguantar el grito de rechazo y
disgusto. ¿Roland St. Marten a cargo de Lelleford? ¡Impensable!
Capítulo 3
La indignación reverberaba en los ojos zafiro de la mujer,
profundos lagos azules en los que cualquier hombre podría ahogarse si no se
andaba con cuidado.
Roland nunca había dudado por qué Hugh se había rendido
instantáneamente a los encantos de su futura mujer. La belleza de Eloise
llamaría la atención de cualquier hombre. De piel clara, boca atrevida, formas
ágiles y dueña de un porte regio, la mujer era merecedora de halagos a su
hermoso rostro, figura curvilínea y gracia innata.
Incluso sabiendo que Eloise Hamelin estaba prometida a su medio
hermano, Roland no había quedado inmune a su belleza. Desde el momento en que
fueron presentados, había notado el hormigueo que un hombre sano sentía cuando
veía a una mujer deseable, motivo que le había hecho envidiar a Hugh por
compartir su lecho conyugal con tan adorable mujer.
Desgraciadamente, en el transcurso de los dos días previos a la
ceremonia, había visto a Hugh enamorado de su prometida hasta el punto de no
ver la presunción de la que hacía gala ésta. De su atrevida boca salían
atrevidas palabras. Sus ojos de zafiro relucían con ira a la más mínima
provocación. Nunca había conocido a una mujer menos dócil.
Aun así, si Eloise hubiera mostrado alguna señal de admiración
hacia Hugh, Roland no habría tenido que advertirle del fuerte temperamento de
su prometida. Debería haberse dado cuenta de que Hugh estaba perdidamente
enamorado de ella y no le escuchaba. Tampoco había contado con que la mujer iba
a escuchar por equivocación sus comentarios y por tanto a tener que añadir su
propia opinión en una discusión ya de por sí acalorada.
Al final, Hugh había muerto enfadado con Roland por hablar mal
de Eloise, que había decidido volver a vestirse con el mismo vestido color
carmesí ribeteado en oro que se había puesto el día de la boda. El tejido de
terciopelo moldeaba su cuerpo a la perfección, igual que aquel día, invitando a
cualquier hombre a apreciarlo, y lo que era aún peor, a desear tocarlo.
—Esto es intolerable —espetó ella—. Seguro que habéis entendido
mal las instrucciones del rey. No puede haber ordenado semejante insulto.
—Os aseguro, señora, que el rey no tenía intención de insultaros
personalmente. Él sólo desea asegurarse de que Lelleford sea correctamente
administrado en ausencia de vuestro padre.
Las aletas de la nariz se le abrieron. Entonces, con la misma
rapidez con que se había encendido su ira, aplacó el fuego con el hielo de su
voluntad. Nunca antes había conocido a una mujer cuyas emociones se alteraran
con tanta rapidez. De nuevo parecía relajada, dueña de su control, regia.
—Podéis decir al rey que no necesitamos a nadie para supervisar
el señorío —dijo finalmente en ese tono sublime que conminaba a obedecer de
inmediato.
Pero a él no le importaba decepcionarla.
—Me temo que no es decisión de ninguno de los dos.
Eloise miró a Simon en busca de una ayuda que el administrador
no podía garantizar. Se limitó a mover la cabeza.
—Señora, si el rey así lo ordena hemos de obedecer. Os garantizo
que lo considero un insulto pero es mejor que sea Sir Roland a quien el rey
haya encomendado la labor que a ningún otro caballero.
La aceptación de lo inevitable por parte de Simon no le sentó
bien y Roland no tuvo la menor duda de que la dama del castillo habría aceptado
a cualquier otro con menos disgusto. Saberlo le molestaba, pero no necesitaba
la aprobación de Eloise ni tampoco su apoyo. La cooperación de los caballeros
era mucho más importante para su éxito.
Lelleford se jactaba de tener un grandioso salón, digno de un
miembro de la realeza, tributo a la herencia, riqueza y alta posición de los
Hamelin. Era asimismo una impresionante fortaleza, con sólidas defensas y una
guarnición bien entrenada. Si todos los caballeros del señorío se aliaran
contra Roland, no tendrían problemas en echarlo y bajar el rastrillo.
Acostumbrado a obedecer órdenes, Sir Simon parecía resignado a
aceptar lo que su señora temía. Roland sólo podía esperar que Sir Marcus y los
otros se mostraran igualmente sensatos.
Roland miró a Kenworth, de pie aún junto a una mesa de
caballete, que parecía contento de beber una segunda copa de lo que seguro era
un buen vino.
—Será mejor que reunamos a los demás —le dijo a Simon—. Y
rápido. No quiero dejar a Kenworth solo demasiado tiempo.
Simon se inclinó ligeramente hacia Eloise.
—Tened cuidado con Kenworth, señora. El conde responde con
facilidad a las provocaciones y tiene mal genio. Regresaremos lo antes posible.
Eloise se cruzó de brazos y les regaló su mirada más mordaz. Por
muchas ganas que tuviera de soltar alguno de sus comentarios cargados de
cinismo, se contuvo limitándose a un amable:
—Muy bien.
Simon se dirigió entonces a la puerta. Roland vaciló pero
finalmente lo siguió, preocupado por tener que dejar a Eloise a solas con
Kenworth. Pero el conde le había ordenado que acompañara a Simon y ya le había
provocado bastante por un día. Con toda seguridad, la joven estaría segura en
el salón durante un rato, siempre y cuando se abstuviera de expresarle sus
opiniones al conde.
—Simon tiene razón. Tened cuidado.
Eloise alzó la barbilla y la nariz en un gesto altanero. Sin una
palabra, se giró sobre los talones y se dirigió hacia el hombre contra el que
la acababan de advertir.
Bueno, la habían advertido. Quizá debería hacer caso, aunque
sólo fuera porque Simon también le había dicho que tuviera cuidado.
Fuera, en el patio, Roland alcanzó a Simon, que ya se dirigía a
la puerta interior.
—¿De qué se acusa exactamente a Sir John? —preguntó Simon con
voz áspera y la mandíbula apretada.
Del peor delito atribuible a un caballero inglés que Roland
pudiera imaginar en los tiempos revueltos que corrían.
—Se le acusa de conspirar con los escoceses.
—¡Ja! ¿John? Nunca. ¿Y el rey ha creído esa tontería?
—No conozco los detalles ni el autor de la acusación, sólo que
el rey ha recibido una misiva en la que se lo condena.
Simon se esforzó por digerir la información y, finalmente, dijo:
—Sir John no es un traidor.
Roland admiraba la lealtad inquebrantable del administrador,
aunque éste estuviera equivocado.
—Eso lo decidirá el rey. Mi obligación es asegurar que Lelleford
y su gente no sufren hasta que la situación se resuelva de un modo u otro.
—¿Por qué vos?
¿Por qué él? Roland esperaba que fuera porque el rey lo
consideraba digno de confianza y hubiera querido darle la oportunidad de
demostrarlo. Pero era una razón de poco peso para confiársela a Simon.
—Tal vez el rey sólo quiera mantenerme fuera de su vista.
Simon parecía divertido.
—Entonces sólo os envía para irritarnos.
—Lady Eloise desde luego no parece contenta de volver a verme.
—Después de lo que sucedió…, y con la sorpresa por la acusación
contra su padre, no la culpo. Creo que se ha tomado la noticia bastante bien.
Simon también se había dado cuenta de su comportamiento
inusualmente gentil. No era propio de Eloise morderse la lengua. Tal vez, la
presencia del conde había subyugado su naturaleza cambiante. Aun así, no dudaba
que se estaba preparando una tormenta, sólo era cuestión de tiempo que
estallara.
Conforme se acercaban a la puerta, Sir Marcus salió a su
encuentro, con el ceño intensamente fruncido.
—¿Es cierto?
Roland no dudaba que para ese momento todos en el castillo ya
sabrían por qué la puerta exterior del castillo había sido cerrada.
Simon explicó a Marcus brevemente lo ocurrido y a continuación
le ordenó que fuera al salón, no sin antes advertirle que vigilara a Eloise de
cerca. Este obedeció, pero sólo después de quejarse sobre lo exagerado que le
parecía que el conde hubiera ordenado bajar el rastrillo, porque estaba seguro
de que Sir John regresaría de cazar en breve y solucionaría el malentendido.
Roland admitió que era posible que John hubiera ido a cazar
realmente. Varias personas lo habían visto salir a caballo con su escudero y un
halcón en el brazo. Como también parecía casi imposible creer que John se
alejara de Lelleford sin decir nada a Simon ni a Marcus, sus hombres de
confianza, sin decirles el motivo de su marcha ni el lugar al que partía.
Conforme hacían la ronda por el patio reclutando a los demás
caballeros, parecía cada vez más claro que todos creían verdaderamente que Sir
John había salido a cazar la garza. Aun así y pese a no tener una razón
contundente para no creer en la veracidad de la historia, Roland no podía
quitarse de encima la impresión de que John se había enterado de que el conde
había partido con la intención de arrestarlo y había decidido huir.
Dejó de darle vueltas a la idea cuando entró en el salón.
Ni rastro de Marcus, ni del conde, ni de Eloise.
El pelo de la nuca se le erizó.
Simon hizo una señal a un criado.
—¿Dónde está la señora?
El criado miró hacia las escaleras que conducían al piso
superior.
—Ha llevado al conde a la sala de cuentas del señor.
—¿Está Marcus con ella? —preguntó Simon con expresión
enfurecida.
—No. El conde mandó a Marcus a buscar al hermano Walter.
Roland se dirigió a las escaleras seguido de cerca por Simon,
deseando fervientemente que Eloise se hubiera tomado en serio la advertencia
que le había hecho. Aunque, si Kenworth le había ordenado que le enseñara la
sala de cuentas de Sir John, a ésta no le habría quedado más remedio que
obedecer. Aun sin saber dónde se hallaba la sala, Roland la habría encontrado
igualmente siguiendo el sonido de la voz de Kenworth.
—¡Estoy en mi derecho! Es vuestro padre, el traidor, quien ya no
tiene derecho alguno!
Roland entró en la pequeña sala. Kenworth estaba sentado tras la
mesa de roble delante de un montón de rollos de pergamino. Eloise estaba de pie
de espaldas a la puerta, los brazos cruzados y la espalda rígida.
—Mi padre no es un traidor —exclamó.
—Las pruebas que se hallan en mi poder dicen lo contrario, y si
hay más pruebas entre los documentos de vuestro padre, tengo la intención de
encontrarlas.
Kenworth miró por encima de Eloise.
—Ah, St. Marten. ¿Habéis encontrado a Hamelin ya?
Eloise se giró sobre los talones. La ira que bullía en su
interior se había convertido en preocupación.
—Todavía no. Al menos, ninguna patrulla ha regresado, que yo
sepa.
El alivio de Eloise contrastaba fuertemente con la frustración
de Kenworth. El conde hizo un gesto con la mano indicándole que se retirara.
—Marchaos. Roland, la dama y los caballeros habrán de quedarse
en el salón bajo vigilancia. La próxima noticia que quiero oír es que John
Hamelin ha sido capturado.
—Como digáis, señor —contestó Roland que, deseando poner a
Eloise fuera del alcance de Kenworth, ofreció una mano con la palma hacia
arriba.
—Venid, señora.
Ella miró la mano extendida y, con gesto airado, pasó junto a
él. Roland sintió un leve pinchazo pero la dejó marchar sin mostrar reacción
alguna. Para Eloise él era el enemigo, el usurpador de la autoridad de su padre
sobre su señorío. Que esta misión molestara a la dama del castillo no era de
sorprender.
Era cierto. Había sido enviado con la orden de supervisar la
detención en nombre del rey, no para trabar amistad con Eloise Hamelin, aunque
tampoco es que deseara hacerlo. Cuanto menos trato tuviera con aquella mujer,
mejor.
Roland salió de la sala de cuentas y cerró la puerta tras él. Se
dirigió a Simon, que permanecía fuera, casi al final del pasaje, por donde
pasaba Eloise en aquel momento. El ribete dorado de su vestido carmesí relucía
con la luz que entraba por una rendija.
—No le está permitido a nadie tocar los documentos privados de
padre sin su permiso —dijo petulantemente al administrador—. ¿Tenemos que
soportar esta insolencia?
—Por parte de un conde, mucho me temo que sí —respondió Simon—.
Por mucho que comparta el disgusto que os causa su presencia y la misión que lo
ha traído a Lelleford, no podemos entorpecer a Kenworth sin arriesgar nuestro
propio pellejo y el de vuestro padre aún más. ¿Por qué quiere hablar con el
hermano Walter?
—Cree que el escribiente de padre puede ayudarle a encontrar lo
que está buscando. De verdad os digo que si supiera que puedo echar al conde
sin causar a mi padre más problemas, lo haría.
Airada aunque manteniendo el control, se giró para hacer frente
a Roland.
—Si debemos sufrir esta injuriosa invasión de nuestro hogar,
desearía saber cuáles son vuestras intenciones como supervisor de nuestro
señorío.
No tenía que dar explicación alguna a la hija del señor, pero,
dado que estaba presente el administrador —de quien necesitaba la cooperación
para que todos aceptaran su autoridad de forma pacífica—, decidió que era una
cortesía que no podía evitar.
—El rey me ha concedido el poder sobre Lelleford. El arresto de
Sir John presenta un riesgo tanto de un ataque del exterior como de un brote de
agitación en el interior. Es mi obligación velar por que nada de eso ocurra.
—¿Tenéis prueba de semejante concesión de autoridad?
—La tengo y se la presentaré a Sir John en cuanto aparezca. Tal
vez deberíamos esperar su regreso en el salón.
—¿Ya nos estáis dando órdenes?
—No es una orden, tan sólo una sugerencia. No, veo qué sentido
tiene permanecer en medio de este pasaje cuando podríamos estar sentados en un
banco del salón.
Eloise frunció los labios y se giró para descender la estrecha
escalera de caracol. Simon y él siguieron su regio caminar a través del salón
hacia la mesa en la que se habían dispuesto jarras y copas.
Sirvió a sus caballeros primero, una violación poco sutil de las
reglas de hospitalidad imperantes, haciéndole ver así que no lo consideraba un
invitado sino un intruso, como si él no lo hubiera notado ya. Cuando finalmente
le entregó una copa llena de vino de color rubí, lo hizo con una mirada que
sugería que preferiría tirarle la bebida a la cara.
Roland tomó un sorbo y se obligó a apreciar el rico aroma y el
cuerpo del vino. Desgraciadamente, no podía sacarse de la mente la fragancia de
la mujer que tan reacia se mostraba a servirle.
Mientras otras mujeres usaban aromas florales y empalagosos que
sólo acertaban a ofrecer una tímida señal de su presencia, Eloise poseía un
penetrante aroma de exóticas especias que despertaba en él pensamientos
poderosamente eróticos que lo arrastraban a querer saborear la delicadeza
oculta bajo tan atractivo envoltorio.
Alzó la copa en señal de apreciación.
—Divino, como siempre.
Los labios de Eloise se curvaron en una falsa sonrisa.
—Me alegra que sea de vuestro agrado. No dudéis en decirme si la
comida que se servirá esta noche es igualmente de vuestro particular agrado.
—El conde me preguntó una vez si había encontrado algo que me
disgustase en la hospitalidad de Lelleford. Con toda sinceridad le informé de
que no había sido así. Sospecho que podrá comprobar personalmente que le decía
la verdad.
—Si hubiera tenido otra opción…
—Pero no es así. Además, aun dadas las desafortunadas
circunstancias, dudo que su orgullo os permitiera obsequiarle con algo que no
sea lo mejor de Lelleford.
—¿Creéis que me conocéis muy bien?
La había calado dos meses antes y aún no había encontrado la
razón para cambiar de opinión. Orgullosa. Descarada. Demasiado directa y
franca.
—Lo suficiente.
Eloise se inclinó hacia delante y susurró:
—No sabéis nada.
Su perfume y su cercanía le nublaron el juicio. Con gran
esfuerzo Roland contraatacó acercándose hasta quedar muy cerca de ella.
—¿Eso creéis? Ya se verá entonces, señora.
Simon se aclaró la garganta.
Roland volvió la atención de nuevo a un sitio más apropiado. Por
las heridas de Cristo, el enfrentamiento con Eloise lo había tenido tan absorto
que hasta había olvidado que no estaban solos, distrayéndose de su obligación.
No volvería a ocurrir.
Hizo su entrada en el salón entonces un ceñudo Marcus acompañado
por un hombre de armas en cuyo antebrazo descansaba un halcón peregrino.
—Tenemos dos problemas —dijo Marcus—. No puedo encontrar al
hermano Walter. Tal como sugeristeis señora, miré primero en la capilla. No
está en su cámara. Nadie parece haberle visto. Pero eso no es lo peor. —E hizo
un gesto al soldado—: Informad.
El soldado se dirigió entonces a Simon.
—Hicimos lo que nos ordenasteis. Primero buscamos en el lago de
las truchas y luego en las zonas de caza favoritas de Sir John. No hallamos
rastro ni del señor ni de Edgar hasta hace una hora. —El soldado miró al
halcón—. Estaba atado en un árbol cerca del viejo molino, a plena vista, como
si estuviera esperando a que alguien lo trajera de vuelta a casa.
Durante el silencio por la sorpresa que sobrevino, Roland dejó
la copa en la mesa. Ya nadie podía creer que Sir John Hamelin estuviera
cazando. Había dejado el halcón en un lugar donde sabía que lo buscarían y se
había fugado después.
El conde no se mostraría complacido y Roland temía ser el
encargado de informarle. Aun así, había que hacerlo.
—Informaré a Kenworth —dijo, observando el rostro ceñudo de
media docena de caballeros—. Os pido que esperéis en el salón.
Todos se mostraron de acuerdo.
Eloise volvió los ojos color zafiro hacia él.
—Nosotros no vamos a dar al conde ningún motivo para que haga
daño a Lelleford y a su gente. Os pido que os aseguréis de hacer vos lo mismo.
Roland se dirigió entonces a la sala de cuentas consciente tanto
de la innecesaria advertencia de Eloise como de sus lágrimas contenidas.
Nada de lo vivido hasta entonces había preparado a Eloise para
hacer frente a la exhibición de mal genio de un noble del reino.
Sentada en el estrado, con el conde ocupando la silla de su
padre junto a ella, Eloise trataba de dominar el estómago. Pero con la actitud
hosca de Kenworth y el desagradable olor de la anguila, daba la batalla por
perdida. En vista del agradecimiento recibido por haberle preparado uno de sus
platos preferidos, igual podría haberle dado estofado aguado.
Y su estómago no estaría tan revuelto como el humor de Kenworth.
Porque si estar sentada junto a aquel grosero conde no fuera ya
bastante molesto, a su otro lado estaba Roland St. Marten. Un hombre cuya
presencia física hacía que su corazón latiera un poco más rápido y fuerte cada
vez que se acercaban demasiado. Desde luego, no era la reacción más adecuada.
Y justo en aquel momento se encontraba demasiado cerca de él,
sentada en el mismo banco, separados sólo unos centímetros. A esa distancia, su
aroma varonil casi se imponía al de la anguila. Casi.
A decir verdad, se alegraba de haber contado con la presencia de
Roland durante la larga tarde que habían vivido y cuando las patrullas
regresaron y los caballeros del conde informaron del fracaso de su búsqueda.
Aunque odiaba admitirlo, sólo los modales tranquilizadores de Roland y su firme
presencia de ánimo habían conseguido mantener la ira del conde bajo control.
Sin duda alguna, Lelleford se encontraba firmemente controlado
por William, conde de Kenworth. Sus guardias se estaban ocupando de las
puertas, con orden de no dejar salir a nadie sin permiso. Ni ella ni los
caballeros de Lelleford podían salir del salón, ya que Kenworth temía que
pudieran intentar escapar para ir en ayuda de su señor.
Había tomado el control del castillo, pero no a la fuerza, y
Eloise daba gracias por ello al Señor y, aunque a regañadientes, a Roland St.
Marten.
Lo cierto era que ella debería haber tenido un papel más
importante en la situación en vez de dejar que Roland asumiera casi toda la
tarea. Innegablemente, el hombre poseía una gran fuerza de voluntad e irradiaba
un aura de poder que se mezclaba con una gran inteligencia. Aunque éste se
mostraba educado, Eloise no tenía dudas de que si se le ofendía, también podía
ser peligroso. A la vista estaba que no había vacilado en enfrentarse al conde
y a sus caballeros con su espada para defender a Simon, lo que era una buena
señal.
Aun así, había aceptado su ayuda con demasiada facilidad. Igual
que habían hecho los caballeros de Lelleford aceptando su autoridad sin reparo.
Simon no había discutido a la hora de ceder su habitual lugar en la mesa a
Roland. Simplemente, se había movido un sitio en el banco para que Roland
pudiera sentarse. Marcus también aceptaba la autoridad de Roland como algo
inevitable, por lo que no merecía la pena protestar.
Todo su ser se rebelaba al pensar que otro hombre que no era su
padre, ni ella en su ausencia, fuera a hacerse cargo del señorío. Era
insultante, mortificante… e inevitable. Pero diantre, no tenía que gustarle ni
tampoco tenía que fingir que le gustaba.
Al menos no con Roland St. Marten.
Kenworth era otro asunto.
Quería que el conde se fuera, pero no demasiado pronto. Allá
adónde se dirigiera su padre, quería que llegara sano y salvo sin tener que
preocuparse de que hubieran salido en su persecución. Seguro que tenía que
haber una manera de mantener al conde y a sus caballeros en Lelleford uno o dos
días para darle a su padre un poco más de tiempo.
Kenworth adoraba su buen vino. ¿Sería posible mantener a un
hombre ebrio varios días? Borracho no podría pensar con claridad y mucho menos
montar a caballo para perseguir a su padre.
Desgraciadamente, dudaba mucho que Kenworth se dejara engañar.
Sólo conseguiría crearse más problemas.
El conde tomó su copa. Cuando lo vio fruncir el ceño al ver el
recipiente vacío, Eloise llamó a un criado.
—Trae una jarra de vino para el señor —pidió al chico alto, que
se apresuró a obedecer.
Kenworth golpeó la mesa con la copa, lo que le hizo a ella dar
un respingo a consecuencia del cual sus hombros chocaron con los de Roland.
Duro y firme como una roca, ni se inmutó. Casi inmediatamente,
Eloise irguió la espalda, pero no antes de que la calidez de aquel cuerpo
invadiera el suyo haciéndola sentir segura con su sólida presencia. Se apoyó en
ambas cosas ante la mirada desaprobadora del conde.
—Vuestros sirvientes son unos vagos, Lady Eloise. Ese mozo no
está preparado para servir una gran mesa.
Eloise se sintió ofendida de inmediato. El mozo se había ganado
el derecho a servir la mesa grande, no había cometido ningún error durante la
comida, exceptuando que no se había dado cuenta de que el conde pretendía
vaciar un barril de vino él solo. Sin embargo, no le haría ningún bien informar
a Kenworth de su error.
—La culpa es mía, señor. Debería haberme asegurado de que le
sirvieran los criados más experimentados, no un mozo que podría verse
intimidado ante el honor de servir a un conde. No contamos con invitados de tan
alto rango en nuestro humilde salón todos los días.
Las dulces palabras tenían un repugnante sabor en su boca, pero
parecieron aplacar el humor de Kenworth. Este se reclinó en la silla y su ceño
pareció suavizarse un poco en señal contemplativa. La contemplaba a ella.
Eloise deseó entonces poder leer los pensamientos que se ocultaban tras los
ojos entornados de aquel hombre.
—¿Ningún personaje de alto rango últimamente? —preguntó.
—No, señor.
—¿Ningún terrateniente?
Eloise enlazó las manos sobre el regazo.
—Ningún terrateniente escocés ha visitado nunca Lelleford.
—Me perdonaréis si no os creo. Vuestra mentira muestra que sois
cómplice de vuestro padre traidor. No es una sorpresa, supongo. De hecho,
sospecho que una recua de traidores reside dentro de estas murallas.
Por las heridas de Cristo, estaba harta de aquel odioso conde y
sus terribles acusaciones.
—Entonces me temo que os equivocáis, señor.
—Yo creo que no, pero ya se verá.
A Eloise le hervía la sangre. El mozo se acercó entonces con el
vino y Eloise extendió la mano, tomó la jarra y le hizo una señal al chico de
que se alejara. Deseando tener el coraje para intoxicar a aquel bastardo, llenó
su copa.
—Creo que os equivocáis con mi padre también.
—En cuanto a Sir John, no albergo dudas sobre su culpabilidad y
pronto deberían aparecer las pruebas que así lo demuestren. —El conde miró a su
alrededor—. Ya las tendría si ese condenado clérigo no hubiera desaparecido.
Eloise dejó la jarra en la mesa. Aunque la irritaba que el
hermano Walter hubiera desaparecido, la aliviaba que no pudiera ser llamado
para ayudar al conde a husmear entre los documentos de su padre.
—La última vez que vi al hermano Walter, poco antes de vuestra
llegada, estaba en la capilla. Adónde haya podido ir después lo desconozco.
—St. Marten, al amanecer espero que hayáis podido atrapar a ese
escurridizo monje.
Roland se inclinó hacia delante para poder mirar al conde, que
estaba al otro lado de Eloise.
—Como deseéis, señor. Si está dentro de estos muros, lo
encontraremos.
No era justo que incluso la voz de aquel hombre la afectara, un
grave eco que reverberaba a lo largo de su columna vertebral.
Entonces fue el conde quien se inclinó hacia delante y Eloise,
atrapada entre los dos, trató de hacerse pequeña, aunque sin conseguirlo.
—Será mejor que esté entre estos muros o quienes lo hayan
ayudado a escapar sufrirán por ello.
Eloise estuvo a punto de echarse a temblar ante la amenaza.
—Tal vez el monje aparezca por deseo propio —dijo Roland con un
tono que a Eloise le pareció desprovisto de toda preocupación—. ¿Qué pasará con
Sir John?
Kenworth se reclinó en su asiento de nuevo y tamborileó con los
dedos sobre el reposabrazos.
—He pensado mucho en ello. Hamelin quiere que crea que ha huido,
igual que quería que todo el mundo creyera que había salido a cazar. Una treta
muy acorde para un traidor. Pero no me dejaré engañar. Está cerca, aguardando
mi próximo movimiento. —Se inclinó hacia delante para alcanzar la copa y dio
otro sorbo—. Por la mañana, enviaremos de nuevo patrullas de búsqueda. Entre
mis hombres se encuentran dos de los más hábiles rastreadores del reino. Si
Hamelin está por estos alrededores, lo encontraremos.
Eloise pensó en la breve charla que había mantenido con su
padre. Le había dicho que era mejor qué no supiera adónde se dirigía. Ella
había asumido que su padre intentaría alejarse todo cuanto le fuera posible.
Kenworth cortó un trozo de asquerosa anguila. Se le revolvió el
estómago de nuevo pero con más fuerza. Sería una demostración de malos modales
abandonar la mesa antes que la persona de mayor rango hubiese finalizado la
comida, pero si no lo hacía cometería una ofensa mayor.
—Señor, el día ha sido largo y cansado. Si me lo permitís, me
gustaría retirarme.
El conde la miró con desaprobación antes de hacerle una señal
con la mano para que se alejara.
—Tenéis… mal aspecto. Se os permitirá subir a vuestra cámara con
la promesa de no abandonarla hasta mañana por la mañana.
Ella no deseaba nada más que un poco de intimidad y la comodidad
de su cama.
—Tenéis mi promesa.
—Os aviso de que habrá un guardia en la parte superior de la
torre para asegurarme de que cumplís vuestra palabra.
Un guardia en la puerta. No para protegerla de algún daño sino
para vigilarla, como si estuviera prisionera. ¿Cuántos insultos más tendría que
soportar, sin posibilidad de defenderse, antes de que aquel odioso conde se
marchara?
—Entonces os deseo que paséis buena noche.
Eloise se levantó. Por el rabillo del ojo vio que Isolda se
levantaba de su sitio y se dirigía hacia las escaleras. Con el estómago
completamente revuelto, Eloise no esperó a su criada sino que se apresuró a
llegar a sus aposentos.
Una vez allí, se acercó a una estrecha ventana y vació el
estómago. Tras inspirar profundamente varias veces el aire fresco, pensó que
podría controlar el mareo.
Por todos los santos, cuánto detestaba aquel pescado. Y al conde
de Kenworth. Y a Roland St. Marten. Y el revuelo que su padre esperaba que ella
solucionara.
Se dirigió entonces a la cama y fue ahí cuando se percató del
rollo de pergamino que reposaba sobre el cabezal.
Confusa, lo desenrolló y reconoció la inconfundible letra de su
padre.
Sigue cumpliendo mis órdenes y todo saldrá bien. Sé valiente.
Estoy vigilando y regresaré cuando Kenworth se haya marchado.
Las manos de Eloise temblaron.
¿Cómo se las habría ingeniado su padre para hacerle llegar el
mensaje? Pero lo que era más importante, ¿cómo podría ella informarle de que
regresar no era lo más inteligente?
Tal como el conde sospechaba, su padre estaba vigilando lo que
ocurría en Lelleford. Quizá conseguiría evitar la detención igual que había
hecho ese día. Todo perfecto, si ése fuera el único problema.
Desgraciadamente, aunque el conde se marcharía de Lelleford en
breve, Roland St. Marten no. Este se quedaría allí con su escudero y una
pequeña compañía de hombres de armas. En cuanto su padre apareciera, Roland
llevaría a cabo la orden y ejecutaría el arresto.
Al otro lado de la puerta oyó el resoplido de Isolda. La criada
se habría dado cuenta ya de que su hermano tendría serios problemas por ayudar
a Sir John. Ahora señor y escudero regresarían creyéndose a salvo y sólo
conseguirían que los arrestaran.
Eloise dejó a un lado el pergamino y se puso de pie
preguntándose cómo darle la mala noticia. Cuando la puerta se abrió, toda idea
de preparar a la criada se disipó.
Justo detrás de Isolda estaba el hombre cuya presencia, y
obligación, impedía el regreso sano y salvo de su padre a casa.
Roland St. Marten.
Capítulo 4
La aprensión de Eloise se desvaneció con tal rapidez que Roland
casi puso en duda lo que su vista y su intuición le dictaban. Sin darle tiempo
a seguir contemplando su reacción, Eloise retiró la vista y ocupó sus manos con
lo primero que se le ocurrió, el rollo de pergamino. Lo guardó bajo el ceñidor
de oro sin darle mayor importancia.
Habiendo recobrado la compostura, Eloise lo miró inquisitiva,
ladeando la cabeza y arqueando las cejas con delicadeza.
Roland rodeó a la criada que le impedía el paso y entró en la
cámara, una estancia ricamente dispuesta y agradablemente perfumada, apropiada
para la mujer que habitaba en ella.
Era una cámara confortable. Esteras tejidas cubrían el suelo de
tablones pulidos, y grandes y coloridos tapices con motivos florales colgaban
de las paredes blanqueadas. Sobre la cama con dosel vio un cobertor de
terciopelo color azul intenso a juego con las colgaduras recogidas en ese
momento con un cordón dorado. El jergón de Isolda ocupaba un rincón de la
estancia, no muy lejos de las dos sillas de respaldo alto ricamente labradas
que flanqueaban el brasero de acero con patas.
Vislumbró porcelana blanca bajo la cama —un orinal
probablemente—, que hacía juego con la palangana dispuesta sobre una mesa entre
otros objetos femeninos. Un vaso plateado buscaba su hueco entre lazos, peines
y diminutas botellas de colores.
Un rayo que anunciaba tormenta iluminó momentáneamente la
habitación. El susurro de la brisa fresca jugueteó con los lazos carmesí y oro
de la trenza de Eloise. Él tuvo que reprimir el deseo de quitárselos y soltarle
el cabello.
Roland sabía que Hugh había pasado tiempo con su prometida en
esa cámara, porque insistía en que tenían que conocerse antes de casarse. No
pudo evitar preguntarse en aquel momento si la pareja habría hecho algo más que
hablar. Para mortificación suya, imaginó al hechizado Hugh y a su obstinada
prometida, sueltos los lazos del vestido, entrelazando sus cuerpos sobre aquel
cobertor de terciopelo azul.
Fuera como fuese, la relación entre ambos había terminado con la
muerte de Hugh. Aun así, no le resultaba fácil apartar la erótica visión de
Eloise tumbada en el colchón bajo el cuerpo de Hugh.
—Me gustaría hablar con vos, Lady Eloise. Es necesario que
comprendáis.
La expresión de Eloise se tomó burlona.
—¿Comprender, Sir Roland? Habéis invadido mi casa. En respuesta
a semejante afrenta, esperáis que os alimente y os dé cobijo a vos y a vuestros
esbirros con todo lujo. Que me comporte como una humilde criada mientras jugáis
a ser el amo del castillo. Decidme señor, os lo ruego, ¿qué es lo que a vuestro
juicio no he comprendido?
Roland cruzó los brazos mientras hacía acopio de paciencia, que
esperaba que le durase las semanas venideras. Tratar con Eloise Hamelin
perjudicaba seriamente su naturaleza, por lo general amigable.
Sin perder de vista a Eloise, se dirigió a la criada:
—Isolda, espera en el pasillo. Y cierra la puerta cuando salgas.
La mirada de Eloise se endureció.
—Mi criada se queda.
—Olvidáis quién está al mando, señora. Sería un error aprobar
que vuestra criada desobedezca mis órdenes.
—Una orden ridícula.
—Pero una orden al fin y al cabo. ¿Isolda?
Con los labios fruncidos, Eloise hizo un gesto de asentimiento a
su criada y al momento escuchó el inconfundible resoplido de Isolda y el
chirrido de la puerta al cerrarse.
Sólo el roce de la lengua rosada sobre el grueso labio inferior
delataba su nerviosismo.
—Decidme lo que tengáis que decir y marchaos.
No quería otra cosa que salir de la habitación, no tener que
tratar con Eloise más de lo necesario.
—Tanto Sir Simon como yo os hemos advertido de la cambiante
naturaleza de Kenworth. Sin embargo, tentáis su ira abandonando el salón antes
de lo debido. Sólo he venido para advertiros de que no hagáis nada más que
pueda disgustarle mientras esté aquí.
Eloise arqueó una ceja.
—Decidme. ¿No le habría disgustado más si me hubiera indispuesto
violentamente estando sentada junto a él? Creí haberle hecho un favor
levantándome de la mesa.
Roland no veía ninguna señal de que estuviera sufriendo. A decir
verdad, parecía gozar de un excelente estado de salud.
—¿Os encontráis mal?
—Ya no. El olor de la anguila me revuelve el estómago, así que
juzgué más oportuno levantarme antes de que se hiciera evidente.
—¿Por qué habéis servido anguila entonces?
—Simon me dijo que al conde le gusta especialmente.
Así es que había servido un plato que no podía tolerar en un
gesto para aplacar a Kenworth, quien consideraba aquella comida como poco más
que una obligación.
—Un gesto innecesario, me temo. Lo único que podría aplacar al
conde es la captura de Sir John. A menos que podáis servir a vuestro padre en
una fuente, ni toda la anguila del mundo, por muy bien preparada que estuviera,
podría mejorar el humor de Kenworth.
—Estoy empezando a comprenderlo —contestó Eloise mirándose las
manos enlazadas, un pulgar acariciando inquieto la otra mano—. ¿Qué le ocurrirá
a mi padre si lo capturan?
Roland inspiró para coger fuerza. Eloise ya lo había oído antes.
Nada había cambiado.
—Será llevado a Westminster para ser juzgado.
—¿De veras? ¿Y no decidirá Kenworth administrar justicia de
forma inmediata?
Eloise dijo esto último con dureza, haciéndose eco de las
reservas que él mismo albergaba hacia las intenciones de Kenworth.
—Simon me ha dicho que mi padre ha sido acusado de conspirar con
los escoceses. Pero yo me niego a creerlo. Padre respeta al rey. Piensa que
Eduardo se condujo admirablemente durante el último levantamiento. Esta
acusación de traición no tiene sentido. Quienquiera que acuse a mi padre comete
un grave error —añadió Eloise.
Oyéndola hablar como una hija leal, Roland tuvo que admitir,
aunque a regañadientes, que era digna de admiración.
—Verdaderamente, no sé cómo llegó a oídos del rey. Lo único que
sé es que Eduardo tiene en su poder una misiva que señala a Sir John como
culpable.
—¿Habéis visto vos esa misiva?
—No, sólo me han hablado de su existencia. El propio rey. Si os
sirve de consuelo… —aunque no tenía ni idea de por qué era necesario ofrecerle
consuelo, ni tampoco tenía motivos para pensar que ella fuera a aceptarlo
viniendo de él—, Eduardo está siendo duramente presionado para que crea que Sir
John es un traidor. Sería mejor que vuestro padre presentara defensa
directamente ante el rey y cuanto antes mejor.
Eloise pensó en ello un momento.
—Entonces, si os lo preguntaran, ¿vos aconsejaríais a mi padre
presentarse ante el rey?
—Lo haría. —Algo en el tono y la forma de preguntar le llamó la
atención—. Eloise, ¿sabéis dónde está vuestro padre? ¿Podríais hacerle llegar
este consejo?
Eloise dejó escapar una risa contrariada.
—Ojalá lo supiera y pudiera hacerle llegar vuestro consejo —dijo
moviendo una mano en el aire—. Verdaderamente, sospecho que Kenworth no
permitirá que mi padre se defienda.
—No podéis estar segura.
—No, es cierto. Hay demasiadas cosas que no sé, excepto que mi
padre se ha ido, a Kenworth le ha sido encomendada su captura, y vos estáis
ahora a cargo de Lelleford. Todo ello escapa a mi comprensión.
Le temblaba el labio inferior al hablar. Los ojos se le nublaron
y Roland creyó sentir un temblor interno en respuesta a lo que veía, aunque se
maldijo por ello y se apresuró a sofocarlo. Eloise se estaba permitiendo un
poco de autocompasión, eso era todo, una emoción que él no podía soportar.
—Tal vez las emociones os embargan porque os agarráis con
firmeza a la promesa que le hicisteis.
—¡No estoy emocionada!
Al decirlo, se giró sobre los talones y se acercó a cerrar las
contraventanas. Una parecía negarse a querer cerrarse y al verla esforzarse
Roland terminó por acercarse a ayudarla.
Gran error. Había olvidado cuánto le había costado contenerse
durante toda la cena ante el aroma que desprendía aquella mujer, cuánta fuerza
de voluntad había necesitado para evitar acercarse a ella en un esfuerzo por
distinguir la especia o la potente flor que emitía tan sensual fragancia.
Con un golpe seco y efectivo, la contraventana quedó cerrada.
Debería alejarse, salvo que sus pies parecían no querer moverse.
Eloise alzó la vista y lo miró con ojos húmedos que reflejaban
su propio aturdimiento. Ella tampoco parecía poder moverse, simplemente se
quedó allí quieta y en silencio a la sombra de él, demasiado cercano y
tentador.
El atractivo de Eloise despertó en Roland una reacción puramente
masculina, como el hierro ante una piedra magnetita, y Roland maldijo esa parte
de su cuerpo que se hinchaba en respuesta perfectamente comprensible ante una
hermosa mujer. Puede que fuera una respuesta natural, pero no le estaba
permitido sucumbir. No cuando tenía que hacerle comprender que debía someterse
a su autoridad. No cuando la visión del cuerpo de Eloise enlazado con el de
Hugh permanecía fresca en su imaginación.
Finalmente, retrocedió.
—Tal vez encontréis la situación más tolerable por la mañana.
—¿Seguiréis aquí? ¿Y el conde?
—Sí.
—Entonces la situación seguirá siendo intolerable. Os ruego que
digáis a Isolda que entre cuando salgáis.
Así daba por concluida la conversación, con regios modales.
Debería tomarlo como una afrenta pero no se le ocurría una buena razón para
discutir y odiaba pensar que Eloise tuviera razón, especialmente si Sir John
continuaba sin dejarse capturar.
—¿Creéis que habrán encontrado un lugar seco en el que
cobijarse, señora?
Desde su posición sentada con las piernas cruzadas en medio de
la cama, Eloise miró a Isolda metida en su jergón. La única luz en la estancia
provenía de los carbones del elegante brasero que habían encendido en la fría y
tormentosa noche.
—Es muy probable. —La débil respuesta no apaciguaba la
preocupación por su padre y, evidentemente, tampoco satisfizo la de Isolda por
su hermano.
—Sir John hizo bien llevándose a Edgar con él —dijo Isolda—. Mi
hermano conoce estas tierras y el castillo tan bien como el señor.
Eloise percibió el miedo y el orgullo en su voz. Fuera lo que
fuese lo que el destino guardara para Sir John, Edgar lo compartiría con él.
Cuando todo terminara, el escudero sería recompensado generosamente o colgado
junto al señor al que servía.
Un temblor le recorrió el cuerpo a Eloise, que ella atribuyó al
delgado tejido de lino de su camisón, y bajó la vista hacia el rollo de
pergamino que tenía en el regazo. Pensaba que, de alguna manera, Edgar debía de
haber entrado subrepticiamente en Lelleford para dejarle el mensaje en la cama.
Cómo, lo ignoraba, pero era la única explicación posible.
—Tanto padre como Edgar son hombres con recursos. Ojalá supiera
cómo alertarlos de lo que está ocurriendo en el castillo.
En especial del papel que Roland St. Marten tenía en el asunto.
Aunque Kenworth se marchara pronto, como parecía creer su padre, éste se
encontraría con Roland a su regreso.
Estaba claro que antes la había tomado desprevenida.
Después de haber logrado que la presencia de Roland durante la
cena no la afectara, se había visto obligada a hablar con él en su cámara, un
lugar en el que jamás habría imaginado que lo vería. Había conseguido ocultarle
el pergamino, pero no sus caóticas emociones.
Eloise no recordaba cuándo había sido la última vez que la
habían visto llorar. Siempre, si las lágrimas amenazaban con fuerza, buscaba un
lugar íntimo para derramarlas. Además, llorar la dejaba agotada y sin fuerzas,
y detestaba tanto perder el control que había aprendido a mantener siempre una
férrea compostura.
No se había dejado llevar por las emociones. Las lágrimas se le
habían agolpado en los ojos, pero no las había derramado, aunque le había
costado mucho contenerlas cuando el tono grave de Roland penetró en su interior
ofreciéndole una reconfortante seguridad.
¡Maldición! Ella no quería ni apreciaba los intentos de Roland
de mostrarse cortés. Era el enemigo, el invasor. El sapo desagradable que había
intentado convencer a su medio hermano para que no se casara con ella.
Un breve y extrañamente tierno encuentro no lo absolvía de todos
sus pecados. Ni tampoco los pocos momentos felices que habían compartido antes
de mostrarse como el hombre falso que era en realidad.
En alguna ocasión se le había ocurrido que él tenía buena
opinión de ella. Fue un día en que Roland entró en el establo estando ella allí
y, en aquel momento, le habría gustado que hubiera entrado buscándola a ella.
Pasaron largo rato en agradable compañía admirando los caballos.
Él apreció entonces la gracia y el corazón de la yegua de ella.
Eloise, a su vez, no pudo por menos de admirar la elegancia y la potencia del
semental que montaba él. Le había impresionado con su encanto y su ingenio al
tiempo que se había deleitado con su galantería. Era una pena —había pensado
entonces— que Roland fuera el menor de sus hermanos, un escudero con poco
dinero aún, lejos de ser el heredero inmediato de la baronía de su padre.
Su falta de lealtad hacia Hugh había hecho que se sintiera
culpable, sentimiento que empeoró cuando oyó por casualidad la poca estima en
que Roland la tenía, para finalmente resultarle insoportable cuando Hugh murió.
En su cabeza, Eloise sabía que su necia preferencia por Roland
no había causado la muerte de su prometido, pero en su corazón resonaban ecos
de castigo divino.
Isolda se incorporó en su jergón.
—Señora, no estaréis pensando en advertirles, ¿verdad? Sería
imprudente y peligroso.
Arrancada de sus pensamientos, Eloise releyó la nota de su
padre. Desde el momento en que la encontró, se le habían ocurrido varios
planes, todos ellos a cual más temerario e igualmente condenados al fracaso.
Incluso en el supuesto de que pudiera encontrar la manera de salir sin ser
vista de Lelleford, dudaba mucho que consiguiera localizar a su padre con
facilidad y entrar después en el castillo a hurtadillas.
Tal como ella lo veía, su obligación estaba en el castillo, con
la gente de Lelleford, y su padre no apreciaría ver cómo ella ponía el señorío
en un peligro mayor aún.
Roland se creía a cargo de su hogar. Era necesario que alguien
lo vigilara de cerca para evitar posibles abusos de poder. Además, el mejor
momento para avisar a su padre sería cuando Kenworth y sus hombres se hubieran
marchado y las puertas dejaran de estar tan celosamente guardadas.
—No, no creo que pudiera abandonar el castillo sin ser vista. Y
si las patrullas de vigilancia no son capaces de encontrarlo, dudo mucho que yo
tuviera más suerte. Confío en que mi padre hará lo que considere más adecuado.
Igual que ella debía hacer lo que considerara más adecuado. Por
eso había permitido que Isolda; viera el mensaje, consciente de que su criada
guardaría el secreto porque su hermano se hallaba involucrado. Por la mañana le
hablaría a Simon de los planes de su padre y le pediría consejo sobre qué
hacer, si es que podía hacer algo.
Nadie más debía ver u oír el mensaje. Ya había sido bastante
descuidada al permitir que casi cayera en manos enemigas.
Eloise se deslizó fuera de la cama y caminó por la habitación.
Cogió las tenazas que había junto al brasero y, sujetando firmemente entre
ellas el pergamino, lo acercó cuidadosamente a las ascuas ardientes. El borde
se oscureció y se retorció al quemarse y empezó a salir humo, aunque no llamas.
Isolda tosió y agitó la mano delante de la cara.
—Qué mal huele aquí, señora.
Así era, y la cosa empeoraría si ardía la pieza hecha con el
pellejo de un animal que había debajo.
—Abre las contraventanas.
Aún resonaba el eco de truenos en la lejanía pero lo peor de la
tormenta había pasado y la lluvia se había convertido en una fina cortina. Una
leve brisa empujaba al interior las gotas de agua y se llevaría consigo el humo
y el mal olor.
Decidida a destruir el mensaje de su padre, Eloise volvió a
acercarlo a las ascuas. De nuevo el borde se oscureció y se retorció, pero,
entonces, una bocanada de aire sopló haciendo relucir una diminuta llama.
Fascinada, Eloise observó cómo el fuego avanzaba por el
pergamino hasta llegar a las palabras escritas por su padre. Oía toser a Isolda
mientras ella se apartaba el humo de la cara con una mano.
Fuera, en el pasillo, alguien gritó «¡Fuego!». La puerta se
abrió de golpe y su sorpresa fue mayúscula. Roland estaba en la puerta con los
ojos muy abiertos por el pánico.
—¡Señora la estera! —chilló Isolda.
Eloise volvió la atención hacia el pergamino que ardía en el
brasero. Un trozo se había desprendido y había ido a parar sobre la estera
junto a sus pies desnudos. Antes de que pudiera reparar en ello, Roland cruzó
la estancia tomando de camino la palangana.
Eloise se echó hacia atrás y dio un grito ahogado al notar el
agua en el pecho y el brazo.
Cualquiera hubiese jurado que todo un ejército subía por las
escaleras, a juzgar por el ruido proveniente del exterior Simon llegó con un
cubo lleno de agua, al igual que los otros hombres que lo acompañaban.
Eloise enrojeció de vergüenza de la cabeza a los pies. Sólo
había querido reducir el pergamino a cenizas. La expresión de intensa
desaprobación que vio en los ojos de Roland la acusaba de haber intentado
incendiar el castillo entero.
Isolda se cubrió la cara con las manos. Simon frunció los labios
y sacudió la cabeza. Eloise pensaba en cuánto deseaba salir volando por la
ventana cuando escuchó un rugido proveniente del pasaje.
—¿Qué diantres está ocurriendo?
El conde. Por todos los santos.
Roland hinchó el pecho y a continuación expulsó el aire y tiró
la palangana sobre la cama.
—Simon, detén al conde si puedes. El peligro ha pasado. Todo el
mundo puede regresar a sus jergones o a sus quehaceres.
Con un gesto de asentimiento, Simon sacó a sus hombres de la
estancia. Eloise esperaba que Roland hiciera lo mismo. Deseo inútil. La puerta
se cerró con fuerte estruendo.
A continuación ladeó la cabeza y arqueó las cejas. Era su manera
de pedir una explicación.
Eloise alzó la barbilla.
—Deberíais sentiros avergonzado. No había motivo para gritar la
alarma.
Roland no podía creer su temeridad. Desde el momento que olió el
humo, no había podido controlar el latido desaforado de su corazón. A su mente
habían acudido imágenes horribles. La estancia en llamas. La mujer atrapada o
algo peor. Había visto y olido la carne quemada durante la guerra contra los
escoceses y no quería repetir la experiencia. Aún podía sentir el nauseabundo
olor que empeoraba al mezclarse con el denso humo que flotaría en el aire
durante toda la noche, tal vez durante días.
Hizo entonces un gesto hacia la puerta.
—¿De haber estado vos de guardia junto a la puerta y oler el
humo, no habríais gritado la alarma?
—¿Estabais de guardia en mi puerta? —preguntó con el ceño
fruncido.
—Tengo muy mala suerte con los dados.
—¿Contra quién perdisteis?
—Contra Simon, cuyo sueño acabamos de interrumpir. Él tomará el
relevo después.
—Oh. Bueno, entonces, tal vez deberíais haberos tomado un
momento para comprobar si realmente había peligro antes de molestar a Simon.
—Uno no se arriesga con el fuego. —Miró el pergamino mojado aún
pegado a las tenazas, lo que le hizo suponer que se trataba del mismo que había
visto tomar a Eloise antes de irse a dormir.
En aquel momento no le pareció importante, ocupado como estaba
observando la cámara, imaginando a Hugh abrazado a Eloise sobre aquella misma
cama.
—¿Qué tratabais de quemar?
—No es de vuestra incumbencia —dijo ella escondiendo detrás de
la espalda las tenazas.
—Todo lo que ocurra a partir de ahora en Lelleford es de mi
incumbencia. Dádmelo.
El mentón altivo y delicadamente dibujado de Eloise se alzó aún
más.
—Es privado. Y me parece que no es muy correcto por vuestra
parte continuar en mis aposentos después de entrar sin permiso y estando yo
dentro.
—¡Tal vez deberíais haber cerrado con cerrojo entonces!
—¡Nunca he tenido necesidad de hacerlo! ¡Nadie se ha atrevido
antes a entrar sin ser invitado!
No tenía intención de pedirle perdón. Dio un paso hacia ella
intencionadamente amenazador y la miró con el ceño fruncido que él sabía que
podía hacer temblar a sus soldados.
—O me dais el pergamino voluntariamente o lo tomaré a la fuerza.
—¡Bellaco!
¿Era un bellaco mejor o peor que un sapo desagradable? Roland
decidió no preguntar. Se limitó a mantener la mano extendida y hacer un gesto
de impaciencia con los dedos.
—Ahora mismo, Eloise.
—¡No tenéis ningún derecho!
No pensaba luchar con ella delante de un testigo. Para
salvaguardar su orgullo y librar a Eloise de más vergüenza ordenó:
—Isolda, sal fuera.
—¿Otra vez? —murmuró la criada.
Desde luego aquella criada debía de haber aprendido sus
insolentes modales de su señora.
—No será mucho rato, te lo aseguro.
Eloise frunció el ceño al oírlo. A lo mejor por fin se había
dado cuenta de que hablaba en serio. Era evidente que si daba una orden, ya
fuera a una criada o a la hija de un caballero, esperaba que le obedeciesen.
Isolda se arrastró hacia la puerta.
—Si le hacéis daño, señor, responderéis ante el diablo.
—Cualquier daño que pudiera sufrir será porque se lo haga ella
misma.
Demonios. ¿Por qué tenía que darle explicaciones a una criada?
¡No tenía que dar explicaciones a nadie!
Tras cerrar la puerta, se encontró a solas con una obstinada y
bellísima mujer cuyo camisón húmedo dejaba traslucir una figura de finas curvas
y hermosos atributos. Los pezones oscuros endurecidos por el frío presionaban
sobre el delgado tejido del camisón, una erótica invitación para las manos de
un hombre. Una molesta picazón en la palma de la mano le instaba a responder.
¿Podría seducirla a su antojo? Era un pensamiento tentador, pero
consiguió apartarlo de su mente rápidamente. Su misión era proteger Lelleford,
incluyendo a sus habitantes, especialmente a la hija del señor.
No deseaba enfrentarse a ella, ni mental ni físicamente. Por
desgracia, Eloise se negaba en redondo a acatar su autoridad.
Con la mano extendida, se acercó a ella. Por cada uno de sus
pasos, Eloise retrocedía otro hasta que finalmente su espalda chocó contra la
pared.
—Ya no podéis retroceder más, señora. Así que entregádmelo.
Eloise se deslizó por la pared mientras el camisón se
arremolinaba a sus pies como una nube. Se sentó sobre el pergamino y cruzó los
brazos bajo los pechos respingones.
—Iros, villano, o gritaré, y lamentaréis la afrenta de esta
noche.
Roland suspiró interiormente, sin más remedio que ceder a lo
inevitable, lamentando de antemano lo que tenía que hacer.
—No me dejáis opción, señora.
—No os atreveréis a tocarme. Un caballero decente…
El reto demostró ser la gota que colmó el vaso de su paciencia.
La tomó de los brazos y a continuación la levantó en volandas, todo intento de
protesta por parte de Eloise perdido entre los gruñidos y los gritos ahogados
que terminaron con su estómago sobre el hombro de Roland.
Para afianzar el peso sobre su hombro, Roland colocó una mano en
el suave y redondo trasero que le caía a la altura de la mejilla. Las aletas de
la nariz se le abrieron para dejar que penetrara el aroma de la mujer mientras
a él se le agitaba el cuerpo con el contacto de aquellas prietas carnes que
tenía bajo sus dedos.
Eloise se dedicó a golpearlo con el puño cerrado en la parte
baja de la espalda terminando así con la exquisita fantasía de girar la cabeza
y encontrarse con la dulce suavidad femenina.
—¡Bajadme, bestia!
Roland palmeó el trasero de Eloise con firmeza para que sirviera
de advertencia, pero no demasiado fuerte como para hacerle daño.
—Os aconsejo que me hagáis caso ahora mismo. Podría dejaros una
señal donde nadie pudiera verla.
Eloise se quedó quieta, en absoluto silencio. Roland miró el
pergamino y las tenazas que estaban en el suelo. Primero se desharía de la
gritona que tenía sobre los hombros, y después tomaría el pergamino medio
quemado.
Reticente a que terminara la paz, y a alejarse de la calidez del
cuerpo femenino aunque fuera en una posición tan indecorosa, se dirigió a la
cama.
—No soy vuestro enemigo, Eloise. Me creáis o no, me aseguraré de
que nada malo os ocurra ni a vos ni a vuestra gente ni al señorío en ausencia
de vuestro padre. Vuestra cooperación no es vital, pero ciertamente me haría la
labor más fácil.
—¿Por qué habría de cooperar con vos? —resopló ella.
—Porque los dos queremos lo mismo. Si continuáis luchando contra
mí, Eloise, tendré que emplear métodos más duros con vos, y odiaría tener que
hacerlo. No me obliguéis a utilizar la mano.
Roland era consciente de que había movido la mano. De que seguía
haciéndolo. Se movía en círculos sobre aquel trasero, sobre sus muslos. Eloise
parecía tan suave al tacto, como una gatita que tuvo una vez que le solía
morder y arañar hasta que, se dio cuenta de que podía confiar en él. Excepto
que Eloise no era una gatita sino una leona regia con zarpas afiladas y ningún
motivo para confiar en él.
¿Qué haría si deslizaba la mano bajo el camisón para acariciarla
como era debido? ¿Sería capaz de domarla con sus caricias, de inducirla a
ronronear? Una curiosidad que no se atrevía a satisfacer, sin embargo.
—Os lo ruego, bajadme.
Una petición, no una orden.
—Si lo hago, ¿os quedaréis quieta? Si me haréis perseguiros por
toda la estancia, os juro que no actuaré con tanta suavidad la próxima vez.
Notó un suspiro por su parte. ¿Resignación?
—Habéis ganado esta escaramuza, Sir Roland. Lo único que os pido
es que me concedáis un favor cuando leáis el mensaje.
Roland se quedó helado. ¿Un mensaje? ¿De quién? ¿De Sir John?
¿Con qué derecho pedía un favor?
—¿De qué se trata?
—Me disgusta verdaderamente esta desconcertante posición. La
cabeza empieza a darme vueltas.
¿Le faltaría el equilibrio necesario para salir corriendo? Tal
vez. Además, no podía quedarse al toda la noche con ella sobre los hombros, el
culo en pompa, a merced absoluta de sus deseos.
Porque tenía que admitir que sentía deseos, aunque no tuviera
ningún derecho a satisfacerlos.
Echó un vistazo hacia el lugar en el que había tirado la
palangana y dejó con cuidado a Eloise sobre el cobertor de terciopelo azul.
Quedó tumbada de espaldas frente a él en toda su gloría femenina, los ojos muy
abiertos y ligeramente vidriosos, consciente de su posición vulnerable. Por
todos los santos, era como si estuviera desnuda por lo poco que su camisón
húmedo cubría.
Eloise inspiró profundamente, demasiado para su gusto. Roland
quedó hechizado con el subir y bajar de su pecho y el pulso comenzó a
acelerársele.
Si se inclinara sobre ella, podría saborear las puntas de tan
jugosos pechos, abandonarse al placer de tan suntuoso festín y, con toda
seguridad sufrir un agudo dolor en sus regiones inferiores el resto de la
noche.
—¿Qué favor?
—Que consideréis cuidadosamente las consecuencias antes de
actuar.
—Soy un hombre cuidadoso, Eloise.
—¿De veras? Vuestro hermano Hugh lo era. De vos no estoy tan
segura.
Una vez más la visión de Hugh y Eloise revolcándose en el
cobertor de terciopelo se le vino a la mente. ¿Acaso habría logrado Hugh
aplacar a la leona llenándola de caricias, de besos, haciéndole el amor?
Roland volvió a centrarse en lo que debía. Sin dar más
concesiones, cruzó la estancia y tomó el pergamino. De las pocas palabras que
no habían resultado quemadas por el fuego o la tinta corrida por el agua
lanzada por él, consiguió captar el significado del mensaje y supo quién lo
había enviado.
Si Sir John le había dado órdenes a su hija antes de huir,
Eloise había sabido todo el tiempo el paradero de su padre.
—Visteis a vuestro padre antes de que huyera —dijo arrugando el
pergamino—. Sabíais que Sir John no estaba cazando.
—Lo sabía.
Su voz parecía demasiado cercana para que estuviera hablándole
desde la cama. Entonces se dio la vuelta y vio que estaba justo detrás de él.
—¿Dónde se oculta?
Eloise movió la cabeza.
—Me ordenó que permitiera la entrada al conde, que hiciera lo
que fuese para asegurarme de que Kenworth no se viera obligado a tomar
Lelleford por la fuerza. Y se fue. —Agitó la mano señalando el pergamino—. De
lo que ocurriera después, sólo sé que está esperando la oportunidad para
regresar. Roland, os ruego que no le contéis nada de esto a Kenworth.
Eloise le estaba pidiendo que se uniera a ella en aquella
conspiración. ¡Había que tener agallas para pedirle una cosa así! Pero claro,
qué otra cosa podía esperarse de una mujer tan obstinada como aquélla.
—¡En nombre de Dios! ¿Por qué iba a hacerlo?
Los dedos de Eloise se posaron entonces en el brazo de Roland.
—Porque si el conde llega a enterarse de que mi padre está al
acecho, nadie en Lelleford estará a salvo, lo que según vos es vuestra
responsabilidad. Pensad en ello. ¿Qué podríais hacer si el conde decidiera
prenderle fuego a la torre del homenaje o utilizarme como cebo para hacer salir
de su escondite a mi padre? ¿Podríais detenerlo, cumplir vuestra promesa al
rey?
Se maldijo porque la mujer tenía algo de razón. Irritado,
levantó el pergamino.
—¿Cómo llegó a vuestras manos?
—Lo encontré en mi cama. No sé cómo ha llegado hasta aquí.
¿Se atrevería a creerla?
—Obviamente, alguien lo ha traído.
Asintió pero no dijo más. No era necesario, realmente. Si Sir
John no lo había hecho personalmente, lo habría hecho su escudero, lo que
significaba que, aparte de las puertas, había una manera oculta de entrar y
salir del castillo.
—¿Quién más sabe del mensaje?
—Isolda.
—¿Nadie más? ¿Simon? ¿Algún otro caballero?
Eloise sacudió la cabeza y Roland no pudo por menos de
preguntarse de nuevo si creerla o no. Eloise parecía sincera, pero hasta el
momento lo había engañado a él y a todos los demás.
Quedaban aún unas horas para el amanecer, tiempo suficiente para
decidir qué hacer con la información. Tal como le había dicho a Eloise,
normalmente era un hombre cuidadoso, y en ese momento se abría una delgada
línea entre ayudar a un fugitivo de la justicia y guardar una promesa hecha al
rey.
—Tendréis mi respuesta por la mañana.
Eloise retiró la mano del brazo del hombre.
—Rezaré para que toméis la decisión correcta.
Roland dudaba mucho si confiar en su decisión de rezar.
Consideraría con sumo cuidado qué decir y qué no decir al perverso conde.
Capítulo 5
Eloise bajó la escalera con cautela. Se había sentido tentada de
quedarse en sus aposentos, pero se resistió a hacerlo porque le parecía de una
cobardía inaceptable.
Tenía que saber qué había sucedido durante la agitada noche, que
ella había pasado dándole vueltas a quién podría haberle dejado el mensaje de
su padre y asustada por lo que Roland hubiera decidido hacer con la
información. Se le había formado un nudo en el estómago con la incertidumbre.
Pero también había tenido que luchar con la irritante reacción
de su cuerpo hacia la masculinidad mostrada por Roland.
Santo Dios, qué fuerte era aquel hombre. La había levantado del
suelo y se la había echado al hombro como si no pesara más que un saco de
grano, en una exhibición de fuerza y frustración hacia —tenía que admitirlo— el
inmaduro comportamiento de ella.
En vez de sentarse como una cría sobre el pergamino medio
chamuscado, debería haber intentado negociar su colaboración.
Pero lo que era aún peor, después de que la dejara sobre la
cama, había percibido el deseo que vibraba dentro de él. Totalmente preparada
para recibirlo sobre su cuerpo, no había sentido miedo alguno sólo una extraña
y acuciante expectación que bullía en todo su ser.
Le resultaba ciertamente molesto admitir que no había
pronunciado ni una palabra de queja ni levantado un dedo en defensa propia.
Inexcusable.
En defensa de Roland había que decir que había ganado su propia
batalla interior, pues fue capaz de dominarse cuando recordó que estaba allí
para protegerla. Ella contaba con ese fuerte sentido de la obligación que tenía
Roland, con su honor de caballero, para que su indiscreción no resultara
perjudicial. Nunca debería haberle hablado de su temor por las intenciones de
Kenworth con su padre.
Eloise miró a su alrededor en el gran salón y se fijó en que
había menos gente de lo habitual desayunando. De los caballeros de Lelleford,
sólo Simon estaba presente. Se encogió al ver dos guardias vestidos con el
uniforme de los hombres del conde apostados cerca de la puerta, aunque ni
Kenworth ni Roland estaban a la vista.
Aliviada aunque confusa, se deslizó en un banco junto a Simon.
Este parecía cansado, probablemente porque lo despertaron antes de que tuviera
que tomar el relevo ante su puerta la noche anterior, algo que no tenía sentido
alguno para ella. ¿No habían de ser los hombres de Kenworth los que la
vigilaran? Desconcertante.
—¿Dónde está todo el mundo?
Simon tragó una cucharada de gachas.
—Kenworth ha estado en el salón hasta que salió el primer rayo
de sol. Está tan seguro de sus rastreadores que quería estar con la patrulla
cuando encuentren a Sir John. Algunos de nuestros caballeros están con él,
otros han acompañado a St. Marten a buscar al hermano Walter.
Otro misterio. ¿Dónde demonios podría haberse metido el monje y
por qué? Deseó en silencio que Roland tuviera buena suerte y lo encontrara
antes de que regresara el conde. Ella también tenía algunas preguntas que hacer
al monje.
—Me sorprende que Kenworth haya permitido a nuestros caballeros
salir del salón.
—Kenworth teme que conspiremos si nos deja a solas juntos
demasiado tiempo. Somos rehenes los unos de los otros. —Alzó una ceja—. Vos
también. Os lo ruego, señora, conteneos.
Al contrario de lo que había hecho la noche anterior, quería
decir.
Puesto que Kenworth no irrumpió en su cámara, entendía que Simon
le habría dado al conde alguna explicación de por qué había hombres por el
pasillo portando cubos de agua. Debía admitir que Roland tenía razón: si ella
hubiera estado delante de la puerta de su habitación y hubiera olido el humo,
habría dado la voz de alarma como había hecho él.
En vista de los resultados de sus impetuosas acciones, debería
haber esperado hasta esa mañana para destruir el pergamino, lanzándolo a las
llamas de la chimenea. Así Roland no habría descubierto que su padre estaba en
la zona y no podría traicionar su posición ante Kenworth.
—¿Habéis hablado con Roland esta mañana?
Simon dejó la cuchara de peltre en la escudilla de madera vacía
y la puso a un lado. En poco más que un susurro respondió:
—Me ha contado lo del mensaje y que lo ha destruido. Tenemos
suerte de que no le diera por entregárselo al conde.
El nudo de su estómago pareció disolverse. La actitud de Roland
no le dio la sensación de triunfo pero sí de alivio.
—Parece que no está tan interesado en la captura de mi padre
como en llevar a cabo la promesa hecha al rey.
—Su obligación está aquí con nosotros —dijo él, asintiendo.
Era reconfortante pero eso no significaba que la situación
hubiera cambiado. Roland seguía siendo el invasor, y ella seguía rebelándose
contra la autoridad sobre su hogar que le había concedido el rey.
Consciente de que no podía hacer nada, pasó al otro tema que le
preocupaba.
—Simon, ¿hay alguna manera de entrar en el castillo que no sea a
través de las puertas?
Simón se acarició la barbilla.
—Creía que no, pero estoy empezando a pensar que debe de haber
alguna. Roland dice que encontrasteis el mensaje en la cama cuando os
retirasteis de la mesa anoche, mucho después de que Kenworth ordenara cerrar
las puertas y apostar guardias de vigilancia.
—Entiendo que Edgar se ocultó en alguna parte y lo dejó en mi
cámara, pero no puedo comprender cómo lo hizo.
—Es un misterio. —Simon se removió inquieto, señal de lo
incómodo que le hacía sentir la idea de que alguien pudiera entrar o salir del
castillo sin ser visto—. Tal vez exista un pasadizo secreto que comunique con
las despensas o con la cripta de la capilla, excavado hace siglos y del que el
señor tuviera conocimiento.
Simon no tuvo que decir que si su padre conocía la existencia de
un pasadizo, debería haber informado a su administrador. Eloise pensaba que
también debería haber informado a su hija.
Eloise reprimió un bostezo y se estiró. Si no se levantaba y se
movía un poco, se quedaría dormida en la mesa. Ahora que sabía que Roland no
utilizaría los acontecimientos de la noche anterior en su contra o en contra de
su padre, podría relajarse un poco.
De momento, dejaría en manos de Simon el asunto del pasadizo
secreto. Él investigaría y le informaría si descubría algo.
No se atrevió a mencionar el incidente nocturno que había
interrumpido su sueño. Si se quedaba allí sentada cavilando sobre lo cerca que
había estado de un beso, o algo más, se volvería loca.
—¿Estáis confinado en el salón? —preguntó a Simon.
—Así es. Vos no, pero no os alarméis si os sigue algún guardia.
Si os mostraran el menor signo de insolencia, informadme de inmediato, que ya
me encargaría yo de ponerle en su lugar.
No pudo por menos de sonreír ante la confianza demostrada por
Simon.
—Deduzco que tenéis cierta autoridad sobre los hombres del
conde.
—Soy un caballero, el administrador de Lelleford, lo que me
confiere cierta autoridad. Además, los hombres que nos vigilan ahora son los
mismos que permanecerán aquí con St. Marten. Será mejor que conozcan cuál es su
lugar y sus límites desde el principio.
—¿Y St. Marten?
—Andaos con cuidado con él, señora. Tiene la venia del rey para
darnos órdenes. La presión de la soga que nos imponga dependerá de la relación
que tengamos con él.
La sonrisa de Eloise se notó algo forzada ante la mención de la
palabra «soga».
—¿Queréis decir que debería comportarme con amabilidad con él?
—No sería mala idea.
Eloise se levantó del banco sin poder evitar oír el eco de las
órdenes que su padre le había dado de aplacar a Kenworth. Seguía pareciéndole
una desfachatez. Y ahora Simon le sugería que no enfadara a Roland.
¿Y cómo convivir con una espina que no consigues arrancarte?
Imaginaba que intentado no prestarle atención. Imaginaba.
Lo primero que tenía que hacer era comer algo. Después hablaría
con la cocinera sobre las comidas del mediodía y de la tarde. Y más tarde
hablaría con las lavanderas, sí, se mantendría ocupada y así no pensaría en
Kenworth ni en sus rastreadores ni en el paradero de su padre o del hermano
Walter.
Ni tampoco pensaría en si habría disfrutado con el beso de
Roland. Mientras que los labios de Hugh eran delgados y resecos, los de su
medio hermano aparecían repletos e incitantes. Una boca muy tentadora.
Maldición. Tenía que dejar de comparar a los dos hermanos. No
era justo para ninguno de ellos y sólo le recordaba su infidelidad hacia Hugh.
Uno de los guardias del conde la siguió a la cocina y después a
la lavandería. Se quedó a una respetuosa distancia y guardó silencio. Aunque no
se interponía, a Eloise le irritaba su presencia.
Justo antes del mediodía, cuando se dio cuenta de que no tenía
nada más que hacer para mantener sus pensamientos a raya, Roland y Marcus
atravesaron las puertas del salón llevando consigo a desaliñado hermano Walter.
El monje consiguió distraerla del hermoso hombre que había ocupado sus
pensamientos la noche anterior y gran parte de esa mañana.
Los ropajes del hermano Walter estaban embarrados y hechos
jirones. Había perdido una sandalia también. Eloise percibió el mal olor y le
entraron náuseas. No era barro lo que cubría el hábito de monje.
Tras ella, Simon dejó escapar una maldición inapropiada.
Horrorizada, señaló hacia la puerta.
—Que no entre en el salón hasta que deje de oler. Haré que
lleven cubos de agua al patio.
Roland pareció no mostrarse de acuerdo, pero después cambió de
opinión.
—Mirad a ver si encontráis unas ropas del hermano Walter que no
huelan tan mal —le dijo a Marcus para a continuación sacar a empujones al monje
al patio.
El rostro de Marcus se iluminó, divertido.
Eloise no parecía nada divertida, sin embargo.
—¿Qué demonios os ha hecho traer al monje al salón? Por todos
los santos, ¿dónde lo habéis encontrado?
—Corriendo por el patio en dirección a los establos. Le dimos
caza. Sin saber cómo, se cayó en el montón de estiércol. Creo que Roland lo
traía aquí directamente porque no sabía qué otra cosa hacer con él —contestó
Marcus sonriendo ampliamente—. Con vuestro permiso, señora, iré a ver si
nuestro monje tiene otro hábito y otro par de sandalias.
Eloise no podía por menos de admitir que la escena tenía gracia
y además pensaba que el hermano Walter merecía lo que le pasara.
Fueron necesarios varios cubos de agua para limpiar al monje,
los primeros utilizados en arrancar le la suciedad del hábito. Él permaneció
quieto estoicamente durante todo el proceso y enrojeció cuando le ordenaron
desvestirse. Roland cortó la tímida negativa.
Eloise apartó la vista al ver que el monje obedecía, tan sólo
vio de reojo las ropas húmedas. No la imitó el resto de curiosos reunidos ante
el peculiar baño. Más de una de las sirvientas rió descaradamente. Eloise creyó
que debería haberles ordenado que se alejaran, pero el monje era el único
culpable de lo que le estaba ocurriendo.
—Oled, Lady Eloise. ¿Todavía apesta?
La orden de Roland no hizo sino provocar más risas a los
presentes. Gracias a los hados, Marcus había encontrado un hábito limpio.
Eloise se apiadó del monje y resistió el deseo de acercarse a
oler.
—Ya no huele mal. Ahora puede entrar en el salón.
—Señora —dijo el hermano Walter suavemente—, preferiría la
soledad de la capilla para poder rezar…
Roland lo agarró por la capucha del hábito.
—Al salón, buen monje. Ahora que os tengo no dejaré que os
apartéis de mi vista. Además, estoy ansioso por escuchar vuestras razones para
huir…
Igual le ocurría a Eloise, a pesar de que temía que no iba a
gustarle lo que el monje tenía que decir.
Tras terminar la comida y con una cerveza en la mano, Roland se
dejó caer en el banco frente a Simon y Marcus. No se le ocurría una manera más
agradable de esperar a que Kenworth regresara que en compañía de aquellos
caballeros.
Además, gracias a ellos no pensaba en la dama del castillo, que
había demostrado ser más que una simple distracción.
Mientras buscaba al hermano Walter, no había podido dejar de
darle vueltas a su encuentro con Eloise la noche anterior.
Echarle el agua había sido una forma de apagar las llamas que
consumían el pergamino que ella tenía en la mano y la estera que había bajo sus
pies.
Desgraciadamente, también había empapado el camisón que llevaba
puesto, de forma que el delgado lino se había convertido en un velo
transparente que dejaba ver sus senos. Que sus pezones fueran dos manchas
rosadas era más de lo que necesitaba saber.
No estaba particularmente orgulloso de haberla levantado del
suelo y habérsela echado al hombro. Había sido una exhibición de modales
bárbaros para ser un caballero. Aun así, era lo único que se le había ocurrido
para separar a Eloise del pergamino sobre el que se había sentado.
El recuerdo de su cuerpo cálido y suave sobre su hombro lo había
mantenido despierto toda la noche. Su aroma aún flotaba en su nariz. Y lo que
era aún peor tampoco podía olvidar la visión de Eloise tumbada en la cama
esperando un beso suyo, o algo más.
Poco le había faltado para cumplir las expectativas de la dama.
Y es que ella se había mostrado tan consciente de su presencia
varonil como él de la presencia femenina de ella. Se había quedado quieta, tal
vez algo confundida por la inexplicable atracción que había entre un hombre y
una mujer que supuestamente no podían soportarse.
Eloise le resultaba fascinante.
Lo era en aquel mismo instante. Estaba desconcertada y la culpa
la tenía el hecho de que al hermano Walter le faltara una sandalia. El monje no
hablaba. Le había dicho a ella que no podía decir nada a nadie hasta que
hablara con Sir John.
A Roland no le importaba. Él ya había cumplido con la tarea de
encontrarlo que le había encomendado Kenworth, quien parecía creer que el
clérigo podía suministrarle información sobre la traición llevada a cabo por
Sir John. La negativa del monje a responder a las preguntas de Eloise, sin
embargo, irritaba a la dama hasta lo indecible.
Ver a Eloise a punto de explotar era algo glorioso de
contemplar. Esta recorría el salón supervisando desde la limpieza hasta que la
comida hubo terminado, con la eficiencia de un general con sus tropas. Claro
que ningún general contoneaba las caderas de esa forma al caminar.
Y cada vez que pasaba cerca del taburete que había junto a la
chimenea en el que el desventurado monje estaba sentado, lo miraba como si
quisiera enviarlo al mismísimo infierno.
Marcus se inclinó hacia delante, con un brillo travieso en los
ojos.
—¿Cuánto tiempo creéis que el buen monje guardará silencio una
vez que Kenworth empiece con él?
—No mucho —resopló Simon—. El conde no dudará en usar medidas
más duras que las de Lady Eloise para hacerle hablar.
Roland asintió en silencio y en verdad no deseaba pensar en las
torturas que Kenworth podría llevar a cabo con el reticente monje si Sir John
seguía en paradero desconocido.
Ciertamente, deseó poder cerrar las puertas para que el conde se
quedara fuera de los muros de Lelleford. Kenworth seguiría siendo insoportable
tanto si encontraba a Sir John como si no, bien regodeándose o con el ceño bien
fruncido.
Además, tal y como Roland veía su cometido, tendría que proteger
al monje de Kenworth, igual que había desenvainado la espada para apoyar a
Simon, y al igual que había hecho guardia junto a la puerta de Eloise para
asegurarse de que no le ocurría nada malo.
Para un hombre acostumbrado a ser responsable sólo de sí mismo,
últimamente había acogido a varios individuos bajo su ala. Timothy. Eloise. El
monje. Las gentes de Lelleford.
Un pensamiento sobrecogedor.
Una sonrisa afloró a los labios de Marcus.
—El hermano Walter lamentará haber abandonado la seguridad del
montón de estiércol. Sigo sin comprender por qué pensó que podría ocultarse en
el establo. —Dio un codazo a Simon—. Hasta tú te habrías reído al verlo salir
del montón.
Mientras Roland y Marcus reían, Simon no dejó ver más que un
leve movimiento en la comisura de los labios.
En su primera visita a Lelleford, Roland los había apodado
Marcus el Bromista y Simon el Serio. Durante años los dos habían servido
lealmente a Sir John Hamelin, un barón menor que poseía tierras suficientes
para dar a varios caballeros un cómodo nivel de vida.
La acusación de traición afectaba a los caballeros tanto como al
propio John. De ser declarado culpable, John sería colgado y el rey entregaría
todas las posesiones de Lelleford a uno de sus favoritos. Que a un caballero se
le permitiera permanecer en Lelleford dependía del deseo del nuevo señor y de
las ganas del caballero de jurar lealtad a éste.
Roland dio un sorbo a su cerveza y trató de no codiciar lo que
John Hamelin podía perder.
—Lo que me inquieta es por qué el monje se sintió empujado a
ocultarse. Se muestra firme en su deseo de hablar con John.
Simon se acarició la barbilla.
—Igual que ayer. Para un hombre habitualmente callado, ha hecho
mucho ruido últimamente.
—Tal vez deberíamos intentar averiguar lo que sabe antes de que
vuelva Kenworth.
Simon se levantó del banco.
—Lo mismo que estaba pensando yo —murmuró mientras se dirigía a
la chimenea seguido de cerca por Roland y Marcus.
Simon se cruzó de brazos junto al taburete en el que estaba
sentado el monje, una pose intimidatoria que éste no podía ignorar.
—Es probable que Kenworth no encuentre a Sir John —declaró
Simon—, y que regrese de muy mal humor. Por el bien de todos nosotros, creo que
deberíais decirnos todo lo que sabéis.
El monje levantó la vista y miró a Simon con ojos tristes.
—No. Sir John debe decidir lo que quiere que sepáis sobre sus
asuntos. No quebraré la confianza que tiene en mí ni por vos ni por el conde.
Roland escuchó el roce de las prendas de seda de Eloise, que se
acercaba a él.
—Ya habéis quebrado la confianza de mi padre. —La acusación de
Eloise hizo que el hermano Walter parpadeara sorprendido—. Opino que la herida
de vuestra cabeza es el resultado de una pelea entre mi padre y vos, y no de
una desafortunada caída.
El monje respondió con toda tranquilidad:
—Es cierto, señora, que vuestro padre y yo intercambiamos
algunas palabras desagradables, pero podéis estar segura de que mi herida no me
la causó él. De no haber sufrido lo que vos bien habéis descrito como una
desafortunada caída, el señor ahora no… —Sacudió la cabeza—. No puedo decir
nada más.
Las puertas del salón se abrieron y Kenworth entró seguido de
varios caballeros de Lelleford. Su profundo ceño revelaba el resultado de su
búsqueda. Roland no estaba seguro de que el fracaso de los rastreadores fuera
bueno o malo.
En cierta forma sería mejor para todos, excepto para Sir John,
tal vez, que Kenworth lo hubiera capturado y se hubiera ido de Lelleford
llevando consigo a su prisionero. Por otra parte, Roland albergaba algunas
dudas sobre la culpabilidad de Sir John, dudas planteadas por la absoluta e
inquebrantable seguridad de Eloise y los caballeros sobre su inocencia.
Los ojos del conde se iluminaron al ver al hermano Walter.
—Vaya, vaya. Uno de los fugitivos ha sido encontrado. ¿Dónde
demonios habéis estado, Walter?
El hermano Walter se levantó con visible esfuerzo, manteniéndose
firme ante el disgusto que mostraba el conde.
—Rogando para obtener guía, señor conde.
Una fastidiosa sensación de que algo no iba bien inquietaba a
Roland, aunque no podría decir por qué. Tal vez la postura súbitamente rígida
del monje, o su uso de las palabras «señor conde», le hacían sospechar de
cierta familiaridad.
—¿Por qué habríais de necesitar guía? —preguntó Kenworth—.
Vuestra obligación me parece bastante clara —dijo haciendo un gesto con la mano
hacia Eloise—. Haced que me traigan comida a la sala de cuentas. El monje y yo
tenemos que buscar unos papeles. Por lo más sagrado, si no logro encontrar a
ese traidor, ¡encontraré la prueba de su traición!
Eloise sintió que se le erizaba el cabello pero tuvo la
prudencia de hacer un gesto de asentimiento en señal de obediencia.
El conde giró sobre sus talones, el monje vaciló un poco antes
de seguirle. Fiel a su obligación, Roland también lo siguió.
Cerca de la escalera, el conde volvió la cabeza y vio a Roland,
que se detuvo en seco.
—No se requiere vuestra presencia, St. Marten.
—Pues yo creo que sí, señor. Si algo malo le ocurriera al
hermano Walter, el rey me haría responsable.
—No le ocurrirá nada malo —dijo Kenworth con una malévola
sonrisa en los labios—. Walter no sirve a Lelleford, sino a mí, y por tanto es
asunto mío y no vuestro.
Sorprendido, Roland miró al monje, cuya expresión continuaba
siendo estoica. No se molestó en negarlo.
Ahora Roland sabía por qué Kenworth había estado tan seguro de
la presencia de Sir John Hamelin en Lelleford y de que sería capturado. El
monje era el espía de Kenworth, alguien que informaba al conde con antelación
de los planes de Sir John. ¿Acaso no habría sido el monje quien le había
facilitado las pruebas de la traición de Sir John?
Roland hizo lo único que podía hacer en aquella circunstancia.
Con una ligera inclinación, retrocedió.
—Os dejaré con vuestra tarea, entonces.
Sin más comentario, el conde y el monje desaparecieron escalera
arriba. Roland no tenía que decidir si decírselo a los demás o no. Todos lo
habían oído.
Eloise se sentó en el taburete en el que había estado el monje,
su incredulidad compitiendo con su rabia.
—¡El muy traidor! —exclamó—. ¿Cómo se atreve a hablar de quebrar
la confianza de mi padre cuando todo tiempo ha estado de parte del conde?
La urgencia de correr a reconfortar a Eloise a punto estuvo de
subyugar la lógica de Roland. No podía tomarla en sus brazos y… ¿qué? ¿Decirle
que todo saldría bien? No era verdad. Además, ella tampoco parecía estar a
punto de echarse a llorar ni de necesitar el calor de nadie, mucho menos de él.
Así que resolvió dirigir su atención a Sir Peter, uno de los
caballeros de Lelleford.
—¿Han fracasado los rastreadores?
—No del todo. Si Sir John está en los alrededores, está bien
escondido.
—¿Están buscando todavía?
—Sí, han recibido órdenes de buscar hasta que caiga la noche, si
es necesario.
—¿Por qué ha regresado Kenworth?
Peter sonrió ligeramente.
—Kenworth no es un hombre paciente.
—¿Y el resto de vosotros?
El fuerte caballero se encogió de hombros.
—O Kenworth no quería que viéramos fracasar de nuevo a sus
hombres, o temía que pudiéramos zafarnos y ayudar a Sir John. Lo único que sé
es que aunque esta nueva búsqueda estaba demostrando ser igualmente
infructuosa, ordenó a sus hombres que continuaran y a nosotros que regresáramos
con él.
Eloise se levantó del taburete con elegancia.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
—Esperar —respondió Roland, consciente de que los caballeros se
preguntaban lo mismo y probablemente les irritara la perspectiva de tener que
tomar alguna decisión sobre qué hacer—. Todo depende del éxito de la patrulla
de búsqueda, y de lo que Kenworth encuentre en la sala de vuestro padre.
Eloise miró hacia las escaleras y después a cada uno de los
caballeros con gesto agrio.
—Odio no poder hacer nada —dijo y, a continuación, salió en
dirección a la cocina.
Capítulo 6
Roland salió de la torre con los pensamientos en un caos
absoluto.
Al igual que Eloise, odiaba no poder hacer nada, tener que
permitir que los acontecimientos siguieran su curso sin poder controlarlos.
Aunque no se podía decir que él hubiera ejercido demasiada
influencia sobre las cosas buenas que le habían ocurrido en los últimos meses.
Por un golpe del destino había llamado la atención del rey Eduardo, una
situación fortuita que le había dado la oportunidad de mejorar mucho en su
vida.
Pero lo podía perder todo en menos que cantaba un gallo.
Con las manos detrás de la espalda, se dirigió hacia la torre de
entrada. Los guardias, hombres de armas de Kenworth, lo saludaron al atravesar
el arco y la puerta de hierro.
Tanto el patio del castillo como la liza estaban en calma.
Lugares en los que uno esperaría encontrar movimiento de gente haciendo sus
quehaceres diarios, o granjeros arrendatarios que venían a visitar los
establecimientos de los artesanos que se alineaban a lo largo de toda la
muralla, pero apenas unas cuantas almas circulaban en esos momentos.
El martillo del herrero estaba en silencio; la puerta del
zapatero cerrada. Las mujeres visitaban el pozo común pero no se entretenían a
cotillear. Tampoco había niños jugando con palos y aros. La única actividad
tenía lugar alrededor de los establos, donde escuderos y mozos de cuadra se
afanaban con los caballos recién llegados.
Inquietante. Como si todo el mundo estuviera conteniendo el
aliento a la espera de la captura de su señor, o de la ira del conde si éste
lograba escapar.
Kenworth y el monje estarían ocupados en la sala de las cuentas
bastante tiempo buscando las pruebas de la culpabilidad de Hamelin. Resultaba
asombroso pensar que el conde había metido un espía al servicio de Sir John, y
que éste no se había dado cuenta de que estaba dando trabajo a un informador.
Sin embargo, era una espada que oscilaba en dos sentidos. Al
igual que el monje había espiado a John, también debía de haber sido el que
advirtiera, tal vez involuntariamente, de la llegada inminente del conde,
permitiendo que John escapara de Lelleford antes de poder ser arrestado. Roland
sintió un escalofrío al pensar en lo que el conde le haría a su informador por
haberlo dejado escapar.
Pero no era obligación suya. El monje debía haberse dado cuenta
de que se ponía a sí mismo en peligro al aceptar la posición de espía. Ahora
tendría que pagar por su error.
De forma instintiva, Roland miró hacia el camino de ronda
situado en lo alto de la gruesa muralla que rodeaba la fortaleza. Arqueros
vestidos con el uniforme del conde hacían la ronda, vigilando por si aparecía
algún signo de peligro o regresaban los de más hombres de Kenworth.
Si los rastreadores no encontraban a Hamelin, sería el diablo
ante quien habría que rendir cuentas. Y si Hamelin era capturado, eso sería lo
mejor para todos, excepto, tal vez, para John y su hija.
Roland sacudió la cabeza. Lo mejor sería no pensar en Eloise. Ya
se había visto afectado en varias ocasiones en el día por el aroma que
desprendía o el recuerdo de cómo la había tirado sobre la cama y a punto había
estado de besarla. Con demasiada viveza recordaba cómo lo había mirado con
aquellos ojos de zafiro, expectante, deseosa.
La intensidad que había cobrado la tensión entre ambos lo había
pillado desprevenido, y no podía permitirse cometer el grave error de
involucrarse físicamente con una mujer a la que se suponía que tenía que
proteger. El rey pediría su cabeza ante semejante falta a la obligación, eso si
los caballeros de Lelleford no se la cortaban antes por haber robado la
virginidad de su señora.
No ocurriría. No con Eloise. No con la mujer que tan cerca había
estado de convenirse en la esposa de su medio hermano. No con la mujer por la
que los dos habían discutido, la última vez que habían hablado antes de la
muerte de Hugh.
Un grito furioso proveniente de los establos llegó a sus oídos.
Los escuderos de los caballeros de Kenworth permanecían
alineados frente a los escuderos de Lelleford. Con los brazos cruzados sobre el
pecho, los caballeros se estaban retando.
El que más gritaba era el escudero del conde, Gregory. Un
muchacho alto y fuerte, sobrino de Kenworth, que se alzaba como el líder. El
muchacho ponía nervioso a Roland. Gregory utilizaba a menudo su grave tono de
voz y su amenazante actitud para asegurarse de que los otros escuderos lo
reconocieran como a alguien superior en riqueza y rango. Faltaban dos meses
para que lo armaran caballero y Roland sentía lástima por el aún desconocido
chico que Gregory elegiría como escudero.
Apretó el paso cuando vio que Gregory alzaba un puño apretado.
—¡Será colgado como merece! —declaró el escudero arrancando con
ello los gritos en señal de asentimiento de los que estaban de su lado y las
protestas airadas de los otros.
Roland buscó entre ellos a Timothy. El chico permanecía a un
lado, cerca de los caballeros de Lelleford pero no entre ellos, como si
estuviera preparado para tomar parte si era necesario pero a la espera.
Igual que Roland se había mantenido a la espera hasta que la
circunstancia requiriera ponerse del lado de Simon contra Kenworth.
El chico aprendía rápido y bien.
—¡Vuestro todopoderoso conde tiene que encontrarlo antes de
poder colgarlo! Y parece que no está teniendo mucha suerte, ¿no os parece? —ésa
fue la respuesta a modo de insulto.
Roland no sabía cuál de los escuderos de Lelleford se había
atrevido a responder. Aunque eso daba igual, se había limitado a exponer lo que
todos ellos pensaban.
Sin dudarlo, Roland se interpuso entre ambas facciones. Casi de
inmediato, las fieras miradas se suavizaron, los brazos se relajaron, y la
calma reinó. Puede que los escuderos se insultaran entre ellos sin reparos,
pero respetaban la autoridad y el rango de Roland, que siempre hablaba bien del
entrenamiento que estaban recibiendo.
También tenía a su favor que la mayoría de los escuderos eran
sólo unos muchachos, únicamente unos pocos eran mayores y se acercaba el
momento de que los armaran caballeros. En el rostro de éstos seguía presente la
mirada ceñuda, y con ellos habría problemas después si sus caballeros no se
ocupaban de instruirlos en la necesidad de hacer valer la paz, de reforzar los
principios de la caballería que requerían de ellos un comportamiento honorable
hacia otros caballeros.
Desgraciadamente, Roland no podía imaginarse a Kenworth
instruyendo a Gregory en ese sentido.
—Os advierto a todos —dijo Roland con voz suave y casi
inaudible—. Cualquier escudero que golpee a uno de sus compañeros recibirá como
castigo la orden de amontonar estiércol en pago a tan innoble comportamiento.
Sugiero que os dediquéis a hacer algo más propio de vuestra categoría que
gritaros unos a otros como vulgar chusma.
Los escuderos comenzaron a dispersarse evitando mirarle. Todos
excepto dos que parecían querer enfrentarse. Gregory, naturalmente, y Alan, a
quien Roland reconoció como el escudero de Sir Marcus. Estupendo. El escudero
del conde y el del capitán de la guarnición de Lelleford. Sólo tenían ojos el
uno para el otro.
—Gregory, Alan, al igual que otros escuderos de vuestra edad,
espero de vosotros que deis ejemplo de comportamiento caballeroso a los demás.
—Los dos se volvieron para mirarle, en sus ojos un gesto de
sorpresa horrorizada—. Si uno de los chicos más jóvenes sucumbe a la tentación
de pelear, vosotros tendréis que ocuparos de que no lo haga so pena de recibir
el mismo castigo que él.
Roland vio ira en los ojos de Alan, aunque el escudero se mordió
el labio inferior para evitar contestar. No hizo lo mismo Gregory, que pareció
hincharse ofendido.
—Os estáis sobrepasando, Sir Roland. Kenworth tendrá noticia de
esto.
Roland se inclinó hacia delante, harto de que se cuestionara su
autoridad.
—Me amenazas con Kenworth. Él me amenaza con el rey. Juro que
estoy temblando de miedo de pensar lo que el rey va a hacerme cuando se entere
de que tuve que impedir una pelea entre escuderos y después tuve que
conminarlos a que se mostraran responsables de su obligación de mantener la paz
en Lelleford.
Se reclinó entonces y observó a ambos grupos de escuderos.
—No nos corresponde a nosotros juzgar, culpar o absolver.
Ocupaos de vuestras obligaciones. Si no tenéis trabajo suficiente en que ocupar
vuestras manos y vuestras mentes, yo os conseguiré más.
No fue necesario decir más para que se dispersaran. Ninguno de
ellos parecía contento con la interrupción pero todos obedecieron. Los últimos
dos en romper contacto visual fueron Gregory y Alan. Habría problemas entre
ambos de nuevo si la situación no terminaba pronto. Lo mejor para todos sería
que Kenworth abandonase Lelleford —con o sin John Hamelin—, llevando consigo a
sus caballeros y éstos con ellos a sus escuderos.
Había perdido la cuenta de todas las veces en los últimos dos
días que había deseado que Kenworth desapareciera. ¿Cuántas veces habría
deseado Eloise que todos ellos abandonaran Lelleford? Especialmente desde que
había encontrado el mensaje de su padre sobre la cama.
—Bien hecho, señor.
Probablemente no mereciera tal alabanza de Timothy. Roland no
sabía si verdaderamente debería haber dejado que Gregory y Alan llegaran a los
puños para aliviar la rabia que sentían. Por desgracia, independientemente del
resultado, poco habría servido para aplacar las hostilidades existentes entre
los dos escuderos.
El único escudero que permaneció allí fue Timothy, que miraba a
Roland con lo que a éste le pareció verdadera admiración. Esta visible
consideración sirvió para levantar sus ánimos como ninguna otra cosa, aunque no
había hecho nada especial para ganarse el respeto y la lealtad del chico.
—Tal vez. Pero mientras Kenworth permanezca aquí, habrá dos
facciones con ánimo de lucha y las escaramuzas continuarán. Los escuderos
fieles a Sir John están acostumbrados a defender su honor con la misma fiereza
con que actúan sus caballeros o su propia hija.
Timothy frunció el ceño.
—No se trataba de Sir John, sino de su escudero. Gregory
sostiene que Edgar será colgado junto a su señor por haberlo ayudado a escapar.
¿Es cierto?
Gregory había sido más rastrero de lo que Roland había
imaginado.
—Eso depende de la decisión del rey, me temo. Uno podría
argumentar que Edgar no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de su señor y
por lo tanto sería inocente.
—O el rey podría decidir que el escudero ayudó a un traidor, y
condenarle por traición —dijo Timothy, cuyo ceño se había suavizado
ligeramente—. Si eso ocurriera, dejaría en una pésima situación a la hermana de
Edgar. Él es su único protector frente a los insultos o algo peor.
Debido a la deformidad de sus pies, era muy probable que Isolda
sufriera física y mentalmente. La gente, en especial los hombres jóvenes,
podían ser muy malvados y crueles con una pobre campesina sin nadie que la
defendiera de los insultos y otros ataques.
—Dudo mucho que su señora permitiera que le hicieran daño.
Timothy dejó escapar un gruñido de desdén.
—Las damas de alta alcurnia tienden a no darse cuenta del daño
que sufren los que están por debajo, eso suponiendo que se dan cuenta de su
existencia.
Roland supuso que bajo las palabras de su escudero debía
ocultarse algún tipo de incidente personal.
Timothy provenía de una familia de campesinos. Se las había
arreglado solo, a base de duro trabajo, para asegurarse una posición entre el
personal del rey. Había trabajado en los establos hasta que éste lo presentó,
junto a otros cuatro, como candidatos para que Roland eligiera a su escudero.
Por qué éste lo había elegido a él, no podría decirlo. Tal vez
fuera por su ingenio, o por su entusiasmo a la hora de agradarle, que, a veces,
incluso hacía que se tropezara. Lo más probable fuera porque Roland dudaba
mucho que algunos caballeros quisieran tomar como escudero a un chico de clase
baja. Pero no importaba. Se llevaban bien, y el chico a menudo se adelantaba a
las órdenes de Roland. Timothy se adaptaba bien a él.
—No te gustan las damas de alta cuna, ¿no es así?
—No mucho.
Una nube oscureció el rostro habitualmente alegre de Timothy, y
Roland supo que no le contaría nada de forma voluntaria. El chico también podía
ser reservado, lo que Roland consideraba un rasgo positivo. Nunca tendría que
preocuparse ante la posibilidad de una indiscreción por parte de su escudero.
Timothy ladeó la cabeza.
—Dudo mucho que Lady Eloise sea diferente del resto de las que
he conocido en la Corte del rey. No tenéis más que ver cómo se pasea sin mirar
a nadie.
Roland miró por encima del hombro. Ciertamente, Eloise salía a
pasear al patio de armas, con la espalda siempre erguida y los ojos al frente,
como si no quisiera perder de vista un objetivo.
Eloise caminaba con paso resuelto pero poseía una gracia que
delataba no sólo su alta cuna sino su esbelta figura de ciprés. Al igual que el
árbol, aun que imponente, podía doblarse con el fuerte viento y soportar la
mayor de las tormentas.
Puede que no se fijara en nadie, pero todo el mundo se fijaba en
ella, a juzgar por la forma en que todos volvían la cabeza a su paso. Roland
envidiaba al guardia que caminaba a sólo unos pasos detrás de ella, regalándose
la vista con el ágil balanceo de sus caderas, ésa era su obligación.
—Tal vez Lady Eloise sólo piense en lo que tiene que hacer
cuando llegue a su destino.
—Debe de ser algo muy importante entonces.
Sus palabras hicieron que Roland se preguntara cuál sería su
destino.
Pinchado por la suspicacia, Roland dejó a Timothy y, haciéndole
una señal al guardia que caminaba tras Eloise para que se marchara, tomó su
lugar. Ella lo miró de reojo, haciendo notar que se había dado cuenta de su
presencia pero sin dar señal alguna de lo que sintiera por ello.
—¿Tomando el aire? —preguntó Roland.
—Buscando un momento de soledad, que acabo de perder.
Tanto si quería su compañía como si no, ahora que había ordenado
al guardia que se marchase, no tendría más remedio que sufrir su presencia.
Además, sentía curiosidad.
—Os pido disculpas por la intrusión, pero ya que acabo de romper
vuestra paz, podríais decirme qué os ha hecho salir aquí fuera.
—¿Tan difícil os resulta creer que deseara aclarar mis
pensamientos y estirar las piernas al mismo tiempo?
Una búsqueda razonable para cualquier otra mujer, pero no para
ella. A juzgar por lo que había observado, Eloise no hacía nada sin un motivo.
Aun así, él no quería utilizar un tono duro con ella, pero tampoco que lo
ignorara por completo.
—¿Habéis conseguido aclarar vuestros pensamientos?
Eloise sabía que no podía atreverse a contarle a Roland St.
Marten sus verdaderos pensamientos. Algunos, los que se referían a él, eran
demasiado personales y ya le resultaban bastante molestos. Otros, los
referentes a su padre y a Lelleford, podían traerle problemas. Y los que
concernían al monje desleal y su terrible traición la habían dejado sin habla.
No, confiarle sus preocupaciones a Roland no sería inteligente.
Tampoco podía decirle que estaba inspeccionando la muralla con
todo cuidado de no levantar sospechas. Debía haber una manera de salir de
Lelleford que no fueran las puertas, o bien a través de una puerta secreta en
la muralla o a través de un pasadizo subterráneo excavado bajo la torre.
Ella no la utilizaría. Su ausencia se notaría demasiado rápido,
y los caballeros que se lo permitieran serían castigados. Sin embargo, podía
confiar en alguien para que intentara salir de la torre. Quién y cuándo
dependía de lo urgente que fuera la circunstancia y de si conseguía encontrar
el pasadizo.
Había comenzado la búsqueda fuera porque hacía un día radiante y
no muy frío para haber pasado ya la época de la cosecha, y necesitaba salir y
respirar profundamente para que el pánico no se apoderara de ella. Si Roland
decidía caminar a su lado, sería mejor cambiar el tema de la conversación.
—Os vi cerca de los establos, hablando con los escuderos. ¿Algún
problema?
La sonrisa de Roland decía que se había percatado de su
intención, pero fue lo suficientemente discreto como para aceptarlo.
—Todos sienten la tensión y algunos son proclives a aprovecharla
para sus propios fines.
Eloise observó a Roland y su perfil le recordó a Hugh
ligeramente. El dulce, gentil Hugh, que había caído muerto a sus pies. Casi no
pudo contener un escalofrío.
Él le devolvió la mirada, y el dulce parecido con su medio
hermano desapareció.
—Los escuderos de Kenworth estaban provocando a los de Lelleford
con el asunto de la culpabilidad de vuestro padre, y la pena que pueda llegar a
sufrir Edgar por ayudar a su señor. Cuanto más tiempo estén esos escuderos en
mutua compañía, bueno… Sería mejor para todos que la situación se resolviese
pronto.
Excepto que la situación no mejoraría hasta que Kenworth se
fuera, no se resolvería hasta que su padre fuese declarado inocente y Roland
St. Marten abandonara Lelleford.
—¿Cuánto tiempo más esperáis que contemos con la compañía de
Kenworth?
—Hasta que decida que vuestro padre no está en la zona o consiga
capturarlo.
Eloise se mordió el labio inferior. Roland y ella sabían que Sir
John Hamelin no saldría de su escondite en un futuro cercano, especialmente
después de haberle resultado tan eficaz.
Se detuvo odiándose por estar en deuda con Roland por su
silencio en lo referente al mensaje de su padre y sabiendo que debería darle
las gracias por no habérselo contado a Kenworth.
Eloise entrelazó las manos para evitar que temblaran.
—No le contasteis a Kenworth que sabéis que mi padre se oculta
cerca de aquí. ¿Por qué?
Roland cruzó los brazos, molesto por la indecisión. Ella
guardaba silencio, esperando que su vacilación desapareciera, aunque sabía que
él confiaba en ella tanto como ella en él, que no era mucho.
—Por muchas razones, mi deseo de que el conde desaparezca, entre
ellas. En eso, confío que vos y yo estemos de acuerdo.
Y no se equivocaba. Excepto que la marcha del conde sólo
resolvería la mitad de su problema. La otra porción estaba ante sus ojos en ese
momento. Demasiado seguro de sí mismo. Demasiado atractivo. Una amenaza para el
regreso a casa de su padre y para su salud mental.
—Entre mis deseos está el veros a todos desaparecer.
La forma en que las comisuras de sus labios se alzaron pareció
encender una chispa intensa y peligrosa en sus exquisitos ojos color avellana,
y su traicionero corazón se aceleró.
—Me temo, señora, que no puedo concederos todos vuestros deseos
—dijo con suavidad, el ronroneo de su voz le resultó letalmente perturbador,
como si le hubiera leído la mente descubriendo el deseo que ardía en su
corazón. Como si Roland supiera que algunos de esos deseos no tenían nada que
ver con su padre, ni con el conde, ni con pasadizos secretos.
Imposible. Roland era un hombre normal, que no podía adivinar
sus más íntimos y profundos pensamientos.
—Tenéis razón. Estamos de acuerdo en lo que se refiere al conde.
Entonces, ¿cómo nos desharemos de él?
La sonrisa de Roland se expandió.
—Ojalá tuviera una respuesta. —Se encogió de hombros—.
Desgraciadamente, tendremos que esperar a que se vaya.
Eloise cruzó los brazos, pateó el suelo y frunció el ceño.
—Esperar a que Kenworth decida irse nos volverá locos a todos.
—Sobreviviremos. Vamos, mi señora, las sombras empiezan a
alargarse. Deberíais regresar al salón.
No podía continuar con su búsqueda llevando a Roland como
guardia. Además, en algún momento durante su paseo había empezado a preguntarse
si realmente existiría un pasadizo. De haberlo, Simon o Marcus tendrían que
saber de su existencia, y nadie sabía nada.
Pero, ¿de qué otro modo habría entrado Edgar en la torre para
dejar el mensaje? Desconcertante.
Juntos, caminaron en dirección a la puerta de entrada.
—¿Creéis que habrá más problemas entre los escuderos? —preguntó
ella.
—Es probable. Especialmente con Gregory, el escudero de
Kenworth.
—¿Y cómo es eso?
—Gregory es tan arrogante como su señor, tan decidido a ver a
Edgar colgado como Kenworth con vuestro padre. —Roland se detuvo—. Timothy me
expresó su preocupación por la seguridad de la hermana de Edgar. No estaría de
más vigilar de cerca de Isolda.
Otro ataque de ira prendió en el interior de Eloise.
—¡Si algún hombre se atreve a ponerle la mano encima, no sólo
perderá la ofensiva mano sino su inútil cabeza! ¡Sólo porque su hermano no esté
aquí para protegerla no significa que sea vulnerable! La sola idea de pensar
que alguien podría aprovecharse de una chica tan inocente…
Roland posó una mano en su hombro.
—Escucho vuestras palabras, Eloise, y estoy de acuerdo. Se les
ha recordado a los escuderos que están aquí para proteger la paz y mostrar
buenos modales. Si es necesario, designaré a alguien para que la vigile. Sólo
decidle que sea cautelosa.
La cálida mano y el tono suave de Roland no consiguieron que su
irritación se esfumara, pero sí consiguieron tranquilizarla. Si algo malo le
ocurriera a Isolda… Pero no le ocurriría nada. Porque Roland no lo permitiría y
ella le creía y confiaba en su palabra, al menos en eso.
Naturalmente, ella haría lo que estuviera en su mano para
proteger a su criada de los insultos, pero era la firme determinación de Roland
de cumplir con su obligación lo que disipó sus miedos.
Roland se dio cuenta al mismo tiempo que ella que aún la estaba
tocando. Con aquellas grandes manos, de largos dedos y ancha palma. Notó la
fuerza, la calidez que irradiaban, y tuvo la extraña sensación de que si se
inclinara hacia delante y buscara consuelo en sus brazos, él se mostraría
dispuesto y contento de dárselo.
Siempre había sido ella la que infundía ánimo, nunca lo había
buscado para sí.
Formaba parte de su obligación como señora del castillo de su
padre dar limosna y administrar las medicinas a los pobres. Una obligación que
nunca había evitado porque le agradaba. Eloise sabía que a veces con una mera
sonrisa le alegraba el día a un aldeano, que con una caricia podía detener el
llanto de un niño.
Pocos se atrevían a tocarla sin su expresa invitación o permiso.
Y cuando lo hacían era siempre con el respeto debido a su rango.
Que Roland se hubiera atrevido… Le parecía extraño no sentir la
necesidad de sacudirse la mano de encima.
Claro que nadie buscaría consuelo en los brazos del enemigo. Por
mucho que estuvieran de acuerdo en su actitud hacia el conde, seguían
manteniendo posiciones opuestas. Ella se mantenía del lado de su padre y de
Lelleford, él del lado del rey y de sí mismo.
Tampoco tenía que olvidar que ella no le gustaba a Roland St.
Marten; para él era una fresca, una mujer del todo inadecuada para su hermano.
Finalmente se deshizo del contacto con él.
—Iré a ver a Isolda —consiguió decir al tiempo que se dirigía
sola y en silencio hacia la torre.
A lomos de su corcel gris, en lo alto de una frondosa colina a
menos de una legua de distancia, Sir John Hamelin escudriñaba la fortaleza, la
joya de sus posesiones.
Lelleford. Tan cerca y, sin embargo, tan lejos. Maldición. Él
deseaba dormir en su cama esa noche en vez de tener que hacerlo en el duro
suelo. Pero no era posible. Y si se paraba a pensar en el hombre a quien Eloise
habría cedido su lecho, con su grueso colchón de plumas y su cálido cobertor,
ardía de ira. Un lujo que no podía permitirse en ese momento.
Si perdía los nervios y la habilidad para evitar a los
rastreadores de Kenworth, esa noche dormiría en su castillo, sí, pero en el
húmedo y oscuro calabozo. Y Edgar con él.
Maldito Kenworth. Ese hombre debería haber suspendido la
búsqueda el primer día. Pero no. El viejo zorro no se había dejado engañar por
su argucia del rastro falso. Muy al contrario, había decidido quedarse a
disfrutar del buen vino y el cálido fuego, por no hablar de la blanda cama,
mientras enviaba patrullas a inspeccionar las tierras.
John sonrió y admitió que sentía un poco de admiración por su
enemigo. Los dos se habían peleado con dureza muchas veces, y se conocían bien.
La próxima vez que se encontraran cara a cara, felicitaría a William, de
caballero a caballero, por una campaña ejecutada con tanta inteligencia.
Edgar salió entonces del matorral que lo ocultaba ajustándose la
vaina de la espada sobre la túnica. A sus dieciséis años, a punto de alcanzar
la edad adulta, el escudero se había adaptado con mucha facilidad a la tarea de
esconderse con su señor.
John finalmente había apartado de su cabeza las punzadas de
culpa por haberse llevado al chico consigo. Edgar le había demostrado muchas
veces que se podía confiar en él, además de ser una grata compañía. Se había
ganado su puesto, y cuando llegara el momento de armarlo caballero, John quería
dotarlo de los mejores pertrechos, la armadura más fina y el mejor caballo que
le fuera posible.
Claro que antes de eso tendrían que conseguir salir del
berenjenal en el que estaban metidos. Y no deseaba pensar mucho en ello,
tampoco, so pena de ponerse furioso.
Edgar se subió al caballo, ajustó las riendas con las manos
enguantadas y dedicó a su señor una sonrisa que hizo que se le iluminara el
corazón.
—¿Adónde vamos ahora, señor? ¿Nos quedaremos en el molino esta
noche?
—No. Probablemente sea seguro en estos momentos, pero no
deberíamos pasar la noche dos veces en el mismo lugar.
Edgar escudriñó la bóveda que formaban sobre sus cabezas las
cimbreantes copas de los árboles.
—Va a llover esta noche. Necesitaremos un lugar cubierto. Sé que
no os gusta la idea de involucrar a inocentes, pero ningún aldeano os negaría
cobijo.
—No me arriesgaré.
—¿Las cuevas, entonces?
Era una posibilidad, pero John tenía otro destino en mente. No
le gustaba haber llegado a tal punto pero en su situación, pero parecía la
única salida razonable.
—¿Crees que podríamos llegar a la Taberna del Zorro y la Paloma
antes de que caiga la noche?
La sonrisa de Edgar se desvaneció.
—Habéis decidido abandonar las tierras de Lelleford.
No era una decisión fácil.
A John le disgustaba abandonar a su suerte a su hija a pesar de
que fuera sobradamente capaz. Tenía a Simon y a Marcus de su lado, y, tal vez,
Julius regresara pronto de Italia para relevarla de la enorme responsabilidad
de supervisar las propiedades de la familia mientras su padre se enfrentaba a
la acusación de traición.
Ansiaba retorcerle el pescuezo a ese torpe del hermano Walter
hasta que se pusiera de color azul y revelara todo lo que sabía.
Pero, sobre todo, odiaba que Kenworth supiera que había ganado
esta batalla. Ceder terreno al conde le revolvía las tripas y se maldijo por no
ver otra opción si quería ganar la guerra. Y estaba decidido a hacerlo.
Además, sólo en Londres podría conseguir la ayuda que necesitaba
para enfrentarse a los cargos. ¿Cómo? Conocía a algunos hombres que estarían
dispuestos, aunque todavía no había decidido en quién confiar.
Aún tenía tiempo, pero no mucho.
—Sí. Marcharse parece ser la única manera de hacer que Kenworth
abandone mi castillo. Quiero a ese bastardo fuera de mi cama.
Edgar giró la cabeza y observó la vista que se disfrutaba desde
la cima. A John no le pasó inadvertido el anhelo del chico hacia el hogar. Y
después la preocupación, probablemente por Isolda, seguida de la determinación
de asistir a su señor adondequiera que éste le condujera.
—Podemos llegar a Cambridge fácilmente si tomamos el camino
principal —dijo Edgar—. Pero tal vez sea mejor que dejemos marcas para
despistar.
—No, quiero que Kenworth crea que nos hemos alejado bien para
que se preocupe de si estaremos lejos de su alcance.
Un brillo de maldad inocente brilló en los ojos del escudero.
—Podríamos dejar marcas en dirección norte, hacia Escocia. ¿No
creéis que eso le revolvería las entrañas al conde?
John echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír por primera vez
en muchos días.
Capítulo 7
Uno de los rastreadores más apreciados por Kenworth se agachó y,
con la punta de un palo, dibujó un mapa en la tierra.
—Hemos encontrado excrementos de caballo frescos en las colinas.
Han pasado un tiempo ahí —dijo levantándose y mirando a Kenworth—.
Observándonos, imagino. Desde allí puede divisar la liza si tiene buena vista.
Roland notó los labios curvados hacia abajo de Kenworth, pero
consiguió que su rostro no mostrara emoción alguna, obligándose a mostrarse
neutral.
Una posición que no había conseguido mantener últimamente.
Al principio, había creído en la culpabilidad de John Hamelin,
debido especialmente al disgusto que al rey parecía producirle el contenido de
la misiva que había llegado a sus manos. Pero en ese momento, Roland ya no
estaba tan seguro. No después de pasar varios días con la gente que conocía y
amaba a Sir John. A pesar de la lamentable acusación de traición, los
sirvientes y los hombres de armas de Hamelin —por no mencionar a su categórica
hija— se mantenían leales a su señor.
Una devoción así era digna de elogio, y Roland comenzaba a creer
que el apoyo que demostraban no estaba fuera de lugar. Sólo deseaba que Sir
John hubiera llevado el asunto de una forma diferente.
Sin embargo, fuera lo que fuera que creyera en ese momento sobre
la culpabilidad de Sir John, su deber seguía siendo el mismo: hacerse cargo de
Lelleford en el nombre del rey y velar por su seguridad. Y estaba convencido de
que podría llevarlo a cabo mejor lejos de la presencia de Kenworth.
El rastreador se inclinó de nuevo sobre el mapa señalando con el
palo.
—Desde las colinas las marcas conducen al molino y después van
directas hacia el norte. Por lo que aquí vemos, señor, siguen avanzando.
—¿A qué distancia están? —preguntó Kenworth rascándose la
barbilla.
—Hemos seguido las marcas a lo largo del río —dijo el rastreador
levantándose—. Desde ahí hemos podido ver por dónde decidieron vadearlo para
cruzar a la otra orilla. Parece que Sir John finalmente ha movido ficha.
Haciendo caso omiso de los murmullos contrariados del caballero,
el conde replicó:
—Podría ser una treta.
—Puede ser, señor, pero yo diría que se le han terminado los
escondrijos —respondió el rastreador—. Lo estábamos cercando y creo que decidió
que era el momento de poner tierra de por medio.
El hombre parecía tan seguro de sí mismo que Roland quería
creerlo.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué hacia el norte? —murmuró el conde para
sí y a continuación miró hacia el patio—. ¿Qué está tramando ese Hamelin?
—Tal vez busque la ayuda de algún aliado —sugirió uno de los
caballeros—. Considero que no sería muy prudente por su parte involucrar a
terceros, pero puede que esté desesperado.
¿Desesperado? Roland no opinaba lo mismo. Lo más probable era
que Sir John sencillamente se hubiera dado cuenta de que el conde no se
marcharía de Lelleford fácilmente, por lo que había decidido tomar otro plan de
acción para echar de su casa al enemigo. Un buen plan, pero en opinión de
Roland, John había tomado la dirección equivocada. Debería dirigirse a Londres,
hacia el rey, en vez de ir dejando marcas por todo el norte de Inglaterra.
Kenworth se frotó la barbilla de nuevo.
—No confío en esas huellas. Nuestra presa lleva días eludiendo a
las patrullas y de pronto se marcha. Por todos los santos, ojalá supiera qué
está pensando ese hombre, cuáles son sus razones para hacer lo que hace.
Roland dudaba que el conde agradeciera su opinión, pero llegados
a ese punto quería hacer cualquier cosa para acelerar su marcha.
—Sir John tenía que rendirse o huir. Es posible que esperara que
al llegar y no encontrarlo en el castillo, os fuerais de inmediato. Sin
embargo, adivinasteis su juego y os quedasteis, por lo que ha tenido que
cambiar su plan. Cuál es ese nuevo plan, no puedo decirlo, pero coincido con
vuestro rastreador al creer que Sir John ha abandonado los alrededores de
Lelleford. Y de ser así, deberíais seguirlo, so pena de arriesgaros a perderlo.
—Lo que me inquieta es que las marcas sean tan claras. Sí,
quiere que las siga, coincido con vos. Intuyo que es una trampa, ¿no sería un
estúpido si lo persigo?
Otro de los caballeros se aclaró la garganta.
—Si me lo permitís, señor, también es posible que las marcas
sean tan claras porque Sir John tiene prisa. Puede que no tenga tiempo para
cubrirlas porque desee llegar a la frontera con Escocia…
—¡Escocia! —exclamó Kenworth palideciendo.
Roland se guardó para sí el indeseable pensamiento de que el
conde pudiera necesitar su ayuda si tenía que marchar tras Hamelin todo el
camino hasta la frontera escocesa y más allá.
El caballero continuó.
—¿No resulta lógico que el traidor busque cobijo y ayuda de
algún terrateniente escocés? Tal vez el mismo con quien haya estado conspirando
en contra del rey.
El rastreador se volvió hacia el conde.
—Si eso es cierto, señor, Sir John nos lleva ya varias horas de
ventaja y tendremos problemas para alcanzarlo antes de que llegue a la
frontera.
El conde recuperó la compostura y algo de color.
—Ni siquiera Hamelin sería tan estúpido. Dirigirse a Escocia es
casi como admitir su culpabilidad, para lo cual no hay defensa alguna.
—Aunque así sea, señor, es nuestro deber capturarlo —insistió el
caballero—. Cuanto más lejos llegue, menos oportunidades tendremos de darle
alcance, sean cuales sean sus intenciones.
Todos los caballeros parecían estar de acuerdo. Sólo Kenworth
vacilaba, y Roland sólo podía pensar en un motivo para ello.
—Señor, si lo que os preocupa es que Hamelin pueda ejercer su
dominio sobre Lelleford, os aseguro que no debéis preocuparos. En caso de que
lo intentara, juro que lo capturaremos y os enviaremos aviso. Lo único que
tenéis que hacer es mantenerme informado de vuestro paradero.
Kenworth suspiró.
—No estoy seguro de que no vayamos tras una pista falsa, pero
parece que es la única que tenemos. Preparad a los hombres. Saldremos en una
hora.
Los caballeros se dispersaron, llamando a gritos a sus escuderos
y a sus caballos, ordenando que se preparara todo para partir.
Aunque ansioso por decirle a Eloise que uno de sus deseos iba a
cumplirse, Roland permaneció junto al conde observando los preparativos
iniciales.
Era el día que había estado esperando desde que llegaran. El
alivio dio paso a la expectación para convertirse finalmente en miedo. Cada
emoción lo atravesó fugazmente, poniendo en evidencia sus inseguridades a la
hora de dirigir Lelleford.
Claro que sabía cómo supervisar unas propiedades. Uno
básicamente tenía que dejar que los acontecimientos aprendidos desde hacía
tiempo siguieran su curso. Esperaba no encontrar resistencia en Simon y Marcus,
y que la mayor parte de los habitantes de Lelleford obedecieran sus órdenes.
Era Eloise de la que no estaba seguro, aunque parecía haber
llegado a una envidiable paz con la situación. Tal vez, con un poco de suerte,
la joven aceptaría sus órdenes sin rebelarse.
Tampoco contaba con ello, de todos modos.
—Vamos, St. Marten —ordenó el conde, iniciando sus pasos hacia
la torre—. Tenemos que llegar a un acuerdo.
Roland lo acompañó, bastante dispuesto a acordar con el conde
casi cualquier cosa en aquel momento.
—¿De qué se trata, señor?
—Hamelin está tramando algo. Lo intuyo. Y vos habéis expresado
en voz alta mi mayor temor, que cuando me haya ido pueda intentar entrar en
Lelleford y cerrarme las puertas. Si lo consiguiera, podría mantenerse
encerrado aquí durante mucho tiempo. —El conde empezó a subir las escaleras de
la torre—. Os dejaré unos cuantos hombres como apoyo. ¿Creéis que será
suficiente para impedir la entrada a Hamelin y capturarlo si se da la
oportunidad?
—Lo creo, señor.
—Os quedáis con una gran responsabilidad.
—Y haré todo lo que esté en mi mano para cubrir las expectativas
del rey.
Kenworth lo miró de reojo al oír el nombre del rey como si
hubiera olvidado quién había dado inicialmente a Roland la orden de hacerse
cargo de la situación.
—Bien. Os ruego mantengáis las puertas cerradas al menos dos
días más, para que ninguno de los caballeros de Lelleford vea la posibilidad de
tomarme la delantera y avisar a Hamelin de que voy tras él.
—Como digáis.
Roland entró en el salón detrás de Kenworth, que llamaba a
gritos a Gregory.
No se veía a Eloise por ningún sitio, pero Simon estaba sentado
en su lugar habitual en la mesa sobre el estrado, aún confinado en el salón y
seguro que presto a salir de él.
Tan pronto como el conde desapareció escaleras arriba, Roland se
dejó caer en el banco junto al caballero.
—En breve quedaréis libre, Sir Simon —comenzó a decir con una
sonrisa, y a continuación le relató al administrador el informe del rastreador
y la decisión de Kenworth de marcharse.
Simon tomó un gran sorbo de cerveza, tras lo cual dejó la jarra
en la mesa con elegante gesto.
—Alabados sean los santos. ¿Dentro de una hora decís? ¡Ya lo
creo que son buenas noticias!
¿Y dónde estaba Eloise para contarle la buena nueva y contemplar
su rostro iluminado por la alegría?
—Sí, buenas noticias, aunque no podremos salir fuera del
castillo aún en varios días. Al conde le preocupa que alguno de vosotros pueda
salir en busca de Sir John y le advierta. Aun así, la situación aquí mejorará y
doy gracias por ello a Dios y a los hados.
—Todos lo haremos.
Un fuerte golpe en las escaleras interrumpió su celebración.
Kenworth irrumpió en el salón seguido por Gregory, arrastrando el baúl con las
ropas del conde, y el hermano Walter, cargado con un saco enorme que Roland
supuso eran todas las posesiones del clérigo.
Mientras Gregory salía por la puerta, el monje quedó rezagado
junto al conde.
—Me gustaría hablar con ella un momento —murmuró el hermano
Walter.
—Tonterías —respondió el conde—. Dudo que Lady Eloise tenga
interés alguno en lo que puedas querer decirle. Sigue a Gregory. Te buscará un
lugar en el carro.
El monje lanzó a Simon una mirada suplicante y éste le dio la
espalda intencionadamente, evitando así al monje que había estado espiando a
John Hamelin.
Aunque tenía curiosidad por la petición del monje, Roland no se
interpuso. Era mejor que aquél se marchara sin molestar a Eloise.
Kenworth se acercó a la mesa y Simon y Roland se pusieron en
pie.
—Cuando capture a Sir John, puede que crea necesario volver.
Confío en que lo encontraré todo en orden.
Roland le hizo una reverencia de respeto —y de despedida—, pero
sin inclinarse demasiado.
—Esperemos que no sea necesario.
El conde salió del salón, ignorando a todo el que se cruzó con
él, incluido Timothy, que le hizo una seca reverencia en la que Roland no vio
mucho respeto.
—¿Dónde está Lady Eloise? —preguntó Roland a Simon—. Debería
estar avisada de la marcha del conde.
—No estoy muy seguro, pero no puede andar lejos.
Lo que significaba que podía estar en cualquier parte. Roland
hizo señas a Timothy, que atravesó el salón rápidamente.
—Encuentra a la señora. Aún no sabe que Kenworth se va.
El escudero sonrió.
—¿Es cierto entonces? Kenworth marcha tras Sir John?
Ante el gesto afirmativo de Roland, la sonrisa del chico se hizo
más grande y echó a correr hacia la cocina.
El humor de Roland pareció aligerarse aún más, hasta que miró a
Simon, que bebía de su jarra con actitud pensativa.
El administrador debería de estar contento de la marcha del
conde pero no le agradaba saber el motivo por el que lo hacía. Roland sospechó
que a Eloise tampoco.
Con el corazón latiéndole violentamente, y aguantando la
respiración, Eloise alzó la antorcha un poco más, alejando el halo de luz lo
suficiente para asustar a otra rata. El animal corrió a esconderse tras un
montón de basura en un rincón del calabozo. Otro escalofrío le recorrió la
espalda.
Ya había registrado la despensa y la cripta, hasta el último y
oscuro rincón de la torre sin encontrar pasadizo oculto alguno, ni una puerta
que le hubiera pasado inadvertida con anterioridad. Poca esperanza le quedaba
de hallarlo en aquella parte del castillo, pero tenía que mirar.
El guardia que la seguía a todas partes preguntó con un gruñido
de disgusto:
—¿Qué estamos haciendo aquí abajo, señora?
Era la primera vez que le hablaba. Normalmente, la acompañaba
sin cuestionar sus actividades, limitándose a observar. Evidentemente, creía
que estaba loca por adentrarse en el calabozo vacío.
—Mi padre tiene la costumbre de inspeccionar todas las zonas del
castillo una vez a la semana. En su ausencia, tengo la intención de hacer lo
mismo.
—Yo no pasaría aquí demasiado tiempo si fuera vos. Seguro que no
es lugar para una dama.
Tras echar un vistazo a los grilletes clavados en la pared de
piedra, y el enorme y amenazador potro de tortura, tuvo que darle la razón. No
era un lugar agradable para nadie, pero ¿acaso no era ésa la esencia de un
calabozo?
Hazlo.
Eloise avanzó, reanudando su búsqueda a lo largo de las paredes,
evitando pensar en las ratas y otras alimañas. Algo crujió bajo sus pies. Algo
redondo y blanco. Un hueso.
Dio un grito horrorizada, y se llevó una mano a la garganta,
dejando volar la imaginación hacia el oscuro destino de algún pobre hombre
pudriéndose en aquel rincón. No, no era posible. Al menos, no lo creía, no
quería creer que su padre pudiera ser tan cruel.
Pensó entonces en un hueso de animal. Restos de una comida.
El guardia sonrió con suficiencia, y Eloise notó que las
mejillas le ardían de vergüenza. Por todos los santos, se había asustado sin
razón.
De lo alto de las escaleras, oyó que la llamaban y pudo
reconocer la voz de Timothy, el escudero de Roland.
—¡Aquí abajo!
Sus pasos retumbaban en los escalones. Bajó el último con un
salto y una sonrisa. Eloise pensó que se trataba de un chico escandaloso, dueño
de un rostro adorable con los rasgos suaves de un niño. Un muchacho agradable,
aunque sólo fuera por su particular actitud hacia Isolda.
Mientras que los extraños solían ignorar o evitar
intencionadamente a la criada con un defecto en los pies, Timothy siempre se
mostraba disponible y amable, un tributo a quienquiera que hubiera sido
responsable de moldear su comportamiento. ¿Roland? No era muy probable. Más
bien una mujer.
El escudero, siempre educado, hizo una reverencia.
—Debéis subir, señora, a decir adiós al señor.
Eloise escuchó las palabras, aunque sin comprender muy bien su
significado.
—¿Al señor?
—William, conde de Kenworth, está preparando su marcha. Creo que
será algo digno de ver.
—¿Ahora?
—Si no os dais prisa, os lo perderéis.
Eloise dejó la antorcha en manos del guardia y empezó a subir
las escaleras tan rápido como le permitían las piernas. Se apresuró por los
pasillos hasta llegar al salón, desierto casi por completo. Sólo estaba Isolda,
que se acercó a ella arrastrando los pies.
—¿Lo habéis oído, señora? El conde se va.
—Eso me ha dicho Timothy. ¿Ya se ha marchado?
—Puede. Lo único que sé es que todos han ido a las puertas.
Tendréis que daros prisa si queréis verlo marchar.
Eloise cruzó a todo correr el patio del castillo y salió a la
liza. Desde allí pudo ver a la gente congregada alrededor del conde, sus
caballeros, los escuderos y los caballos de éstos, y los carros cargados con
las pertenencias de todos ellos.
También alcanzó a ver al hermano Walter, sentado en uno de los
carros cerca de la puerta, cuyo rastrillo ya se estaba levantando para dejarles
paso. Qué bien que el conde hubiera decidido llevarse consigo al espía.
¡Un día glorioso!
Pero según se acercaba más, se preguntó por qué no todos
compartían su alegría. La multitud guardaba un silencio alarmante, el único
ruido que se escuchaba era el que formaba la comitiva.
Simon y Marcus fruncían el ceño, lo mismo que Roland.
Había dejado que el júbilo nublase su sentido común, tan feliz
estaba con la marcha de Kenworth que no se había parado a pensar en por qué.
¿Acaso habría sido capturado su padre? El miedo le retorcía las
entrañas. Empezó a caminar más despacio buscando alguna señal de la presencia
de su padre, o de Edgar. Al no ver a ninguno, su miedo cedió un poco, hasta que
se dio cuenta de que, tal vez, el conde los mantenía presos fuera de las
puertas.
Se hizo un hueco entre Marcus y Simon, aunque ninguno se dio
cuenta de su presencia, pues estaban demasiado concentrados en Kenworth
mientras subía a su montura. Desde allí, el conde miró a Roland.
—Mi mayor deseo es que el primer mensaje que os envíe sea para
informaros de nuestro éxito. Si nuestra presa consigue escapar, os informaré de
mi paradero en caso de que a ese estúpido traidor se le ocurra regresar.
Eloise sintió que las rodillas le flaqueaban. Su padre aún no
había sido capturado.
—Id con Dios, señor —respondió Roland.
Sin más comentario, Kenworth dirigió su caballo hacia la puerta,
seguido por sus caballeros, y levantando una nube de polvo a medida que la
comitiva iba tomando velocidad.
Eloise tiró de la manga de Marcus.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los rastreadores han encontrado marcas que creen pueden ser de
Sir John. El conde ha decidido seguirlas.
—¿Está en lo cierto esos rastreadores?
—Es probable —suspiró Marcus.
Eloise contuvo la urgencia de llamar al conde e invitarle a
volver a la torre, y allí agasajarlo con toda la atención que le fuera
solicitada con tal de que se quedara tranquilamente junto al fuego. Un
pensamiento ridículo: Se reiría en su cara.
—Si las marcas son tan claras, es porque Sir John quería que
Kenworth las siguiera. Yo no me preocuparía del destino del señor todavía, mi
señora —dijo Simon con gesto ofendido.
—Pero tampoco debería albergar falsas esperanzas sobre su
libertad —dijo Roland—. Sir John tendrá que enfrentarse a los cargos por
traición más tarde o más temprano, tanto si es hecho prisionero por el conde
como si decide entregarse.
Con una pesada losa en el corazón pesado como una losa, Eloise
dejó a los hombres dirigiéndose hacia la torre y subió al camino de ronda.
El viento helado hacía presa en sus prendas agitándole el velo e
impidiéndole ver los campos que rodeaban el castillo. Se envolvió la garganta
con la pieza de seda blanca y se apoyó contra la gruesa y fría piedra, para
observar desde allí a los últimos caballeros del conde que atravesaban el
puente levadizo.
Les deseó buen viaje a todos.
Aun así, no podía apartar la sensación de impotencia al saber
que su padre estaba en algún lugar y ella no podía hacer nada para ayudarlo.
Desde el momento en que la dejara sola y asustada en la sala de cuentas, Eloise
no había podido deshacerse de la angustiosa sensación. Había luchado contra
ella lo mejor que había sabido, intentando sustituirla por la ira.
Ahora, la sombra se cernía como un muro insuperable que no podía
derribar ni tampoco rodear. Las lágrimas llenaron sus ojos. No evitó que
cayeran, tampoco habría podido aunque hubiera querido.
—Id con Dios, padre —susurró, deseando que su padre pudiera oír
sus plegarias.
Claro que eso no era posible. Estaba demasiado lejos. Demasiado
inmerso en sus problemas para oír la voz de su hija o para prestar atención a
sus preocupaciones.
El ruido de pisadas retumbando sobre los escalones de piedra la
alertaron de la presencia de un intruso. Con la base de la mano se secó las
mejillas húmedas.
Para consternación suya, era Roland.
¿Qué más quería aquel hombre de ella? Deseó poder gritarle,
decirle que se fuera con el conde. Excepto que no podía confiar en que no se le
rompiera la voz o se echara a llorar de nuevo. Además, aquel hombre casi nunca
la escuchaba.
Sin embargo, siempre parecía estar cerca cuando la asaltaban las
peores crisis emocionales. ¿Acaso habría percibido que había subido al adarve
para calmar el horrible dolor de corazón que sentía? ¿Acaso sería capaz de
percibir que a la más mínima invitación por su parte ella correría a abrazarse
a él a llorar como una niña? No se atrevería. Le daría demasiada ventaja,
especialmente en ese momento en que se convertía en el soberano de Lelleford.
Y uno no tenía que darle ventaja al enemigo.
Desgraciadamente, pensar en Roland como un enemigo se le hacía
cada vez más difícil. Odiaba que tuviera el control sobre su hogar, pero el
hombre, el caballero cuya fuerza no disminuía ni un ápice cuando decidía ser
gentil y amable, la intrigaba.
Roland le dedicó una leve pero atractiva sonrisa y a
continuación se apoyó en el muro de piedra junto a ella, los hombros de los dos
a escasos centímetros el uno del otro, y se asomó para observar a los hombres
de armas que se alejaban.
El cuerpo enorme de Roland le sirvió de parapeto contra el
viento, haciendo que los escalofríos disminuyeran, un servicio que dudaba mucho
fuera su intención llevar a cabo. Ya que había echado a perder la soledad
buscada, no sintió culpa alguna por aprovecharse un poco del cobijo que le
proporcionaba.
Abajo, los hombres corrían de aquí para allá acomodando enseres
y tiendas, recogiendo las armaduras y ocupando su lugar correspondiente en la
comitiva. Tantos hombres para acompañar a un conde, para capturar a un solo
hombre, y aun así no lo habían conseguido. Menos mal que todos los campos
habían sido segados. La zona que hasta hacia pocos minutos había sido el
campamento de la pequeña guarnición parecía en ese momento un basurero.
Con el conde a la cabeza, la columna frontal comenzó a marchar a
semejanza de una larga y oscura serpiente deslizándose a través de los campos,
aunque en dirección opuesta a la que había esperado.
—¿Por qué marchan hacia el norte?
—Las marcas de Sir John se dirigen hacia el norte, más allá del
río. Uno de los caballeros de Kenworth sugirió que tal vez se estuviera
dirigiendo hacia Escocia.
Eloise consiguió ahogar el ataque de pánico.
—Eso es absurdo.
Roland inspiró profundamente como si necesitara hacer acopio de
toda su paciencia.
—No he dicho que sea así, sólo que algunos piensan que está
buscando la protección de algún terrateniente escocés. Eloise, sean cuales sean
las intenciones de vuestro padre, no hay nada que podamos hacer para ayudarle.
Ella ya lo suponía.
Abajo, una docena de carros cargados con equipaje y provisiones
cerraba la comitiva. En uno de ellos iba sentado el hermano Walter, envuelto en
su hábito marrón para protegerse del viento helado. Nunca antes había visto una
figura tan desamparada, aunque no podía negar que se alegrara de perderlo de
vista.
—Supongo que debería estar molesto porque el conde se lleve a su
espía. Ahora ya nunca conoceremos sus secretos. Si aquella mañana hubiera
sabido hasta dónde alcanzaba su traición, os juro que habría permitido que
Marcus le hubiera amenazado con el filo de su espada para obligarlo a hablar.
He oído que lo encontrasteis herido en el suelo de la sala de cuentas,
sangrando y confuso.
Eloise estaba segura de que su padre y el monje habían
intercambiado duras palabras, que hasta era posible que, durante la pelea, su
padre hubiera empujado al monje contra la mesa, por mucho que éste asegurara
que el golpe sólo se debía a su torpeza.
—Se negó a decirme cómo se había herido, se negó a revelarme lo
que sabía de la desaparición de mi padre. Debería haber insistido.
Pero no lo había hecho. Entonces llegó Kenworth y el monje pasó
a comportarse como un imbécil para pasar a encerrarse con el conde y luego ya
no lo había visto apenas.
—Quería hablar con vos antes de irse —dijo Roland—. Pero el
conde no se lo permitió. Me pregunto qué habrá hecho cambiar a ese monje de
opinión.
Eloise no tenía la más mínima idea.
—¿Encontraron algo importante en la sala de cuentas?
—Tengo mis dudas. No habría sido muy propio del conde contener
las ganas de contar algo así.
Pequeño consuelo.
—Tal vez no haya nada que encontrar.
Kenworth se internó en las tierras boscosas del norte y
desapareció de la vista. Por fin se había ido. Eloise escuchó el rechinar del
puente levadizo y el rastrillo que cerraba de nuevo la puerta de entrada.
Roland retrocedió un paso, dejando que el viento afilado
mordiera la carne de Eloise, y ésta se volvió para mirarlo. Roland apoyó la
cadera contra la muralla de piedra, con expresión pensativa. Entonces, le tomó
una mano y le frotó los nudillos con el pulgar para quitarle una mancha. La
ternura del gesto fue como dulce música para su alma.
—Timothy me ha dicho que os encontró en los calabozos. Ingrato
lugar para una dama de alta cuna como vos. ¿Qué hacíais allí?
Eloise no podía decirle lo que estaba buscando realmente.
—Una inspección rutinaria.
Roland sonrió.
—Eso dijo vuestro guardia. No creo que os creyera tampoco.
Estabais buscando un pasadizo secreto, ¿verdad?
Le irritó profundamente que lo hubiera adivinado. Le recordó el
susto y la vergüenza que había pasado en aquel terrible lugar, y el silencio
fue toda su respuesta.
—Eso pensaba —continuó Roland apretándole la mano con más
fuerza—. Eloise, no sois la única que se pregunta cómo llegó el mensaje de
vuestro padre. Sé que lo estabais buscando porque Marcus y yo hemos
inspeccionado las paredes de la torre piedra a piedra, hasta los calabozos, y
no hemos encontrado nada.
Maldita sea.
—Pero si no existe un pasadizo secreto, ¿cómo llegó entonces?
—No lo sé. Sigue siendo un misterio. Tal vez si todos nos lo
propusiéramos, hallaríamos la solución. A ninguno nos gusta la idea de que
alguien pueda entrar sin ser visto.
Mientras hablaba seguía acariciándole los nudillos, de forma
ausente pero posesiva, como si tuviera todo el derecho y nadie pudiera
discutírselo. Ella debería soltarse, marcar las distancias entre ambos, porque
ahora que Kenworth se había ido, Roland era quien daba las órdenes.
¿Se mostraría justo y honrado? ¿O impondría su poder a la
fuerza, una maza gigante sobre sus cabezas?
Todos en Lelleford parecían deseosos de aceptar el mando de
Roland sobre el señorío. Simon y Marcus lo consideraban un hombre justo. Podría
evitar el aliento de su autoridad, pero ella quería algo más de aquel hombre.
La atracción que sentía hacia él era inexcusable. Sin embargo,
se deleitaba con la sensación de sus manos entre las de él, incluso deseaba
explorar las profundidades de su atractivo.
Cuanto más tiempo continuara allí, más oportunidades tendría de
comportarse como una idiota. Si seguía sus impulsos, traicionaría la confianza
de su padre.
Finalmente retiró la mano, y el frío se hizo patente. La sombra
amenazaba con cubrirla de nuevo. Y con un ejemplo de fuerza de voluntad del que
su padre estaría orgulloso, volvió sus pensamientos a temas mundanos.
—Los aldeanos estarán contentos de ver las puertas abiertas de
nuevo. En cuanto se den cuenta de que el conde se ha ido, se arremolinarán en
el patio para saberlo todo.
—Su curiosidad tendrá que esperar. Las puertas permanecerán
cerradas al menos dos días más. No estaría bien que algún caballero saliera
para correr a avisar a vuestro padre.
Eloise apretó los dientes. Con la marcha del conde, había
esperado poder saborear la libertad. Pero Roland se había dado prisa en
quitarle la miel de los labios.
—Entonces seguimos siendo prisioneros.
—Dos días, Eloise. Estoy seguro de que podréis esperar dos días.
Capítulo 8
Roland pensaba que era una broma pesada del destino. Hacía tres
días que el conde se había ido y había amanecido con amenaza de lluvia. Eloise
se movía inquieta delante de la chimenea, con la capa puesta, deseosa de salir.
No había sobrellevado los dos días de confinamiento adicionales
muy bien, ni siquiera cuando le había dado libertad total para pasear por el
castillo sin llevar un guardia a todas partes.
Aunque sólo fuera por el mal tiempo, se veía obligado a posponer
el paseo a caballo que Eloise quería dar hasta la aldea.
Roland cortó un trozo de pan y trató de concentrarse en su
comida, sin mirar siquiera el estofado de Eloise.
Pero era imposible. Estaba magnífica en aquella postura, la boca
fruncida, las manos entrelazadas a su espalda, sus impacientes pasos, largos
pero gráciles.
Lo miró de nuevo con su gesto de mayor desdén. Le estaba
resultando muy difícil no removerse en su asiento.
—Esto es absurdo, Roland. Os aseguro que no hay ninguna banda de
rufianes ahí fuera. Ningún bribón se atrevería a entrar en las tierras de mi
padre.
A juzgar porto que sabía del fervor de Sir John Hamelin en lo
que se refería a la protección de su señorío, probablemente tuviera razón.
Guardias patrullaban la zona regularmente y se ocupaban de los villanos de
forma rápida y eficaz. Y Roland tenía la intención de que tas cosas siguieran
igual.
—Las patrullas regresarán pronto, y cuando Simon y Marcus me
aseguren que no hay ningún bandido merodeando por la zona, podréis salir.
—¿Cuánto tiempo tardarán?
—No importa lo que tarden.
Eloise se dirigió a un taburete que había junto al fuego y se
sentó, resoplando.
—Si no se dan prisa, tendré que preocuparme más de no empaparme
que de los merodeadores.
—Entonces tal vez deberíais retrasar vuestro paseo a la aldea
hasta que pase la tormenta.
La sugerencia le valió una siniestra mirada de la joven.
Roland hizo acopio de toda su paciencia.
—La aldea, seguirá ahí después de comer.
—Sí, pero a los aldeanos se les ha denegado la entrada al
castillo durante varios días. Nunca antes había ocurrido algo así, y estoy
segura de que algunos de ellos pueden estar pasando penurias, y que otros
tendrán miedo. Su seguridad y, en algunos casos, su supervivencia depende de
nosotros. Será mejor que los visite cuanto antes para tranquilizarles y
decirles que los problemas que pueda estar teniendo mi padre no les afectarán.
Roland sabía que Marcus tenía la intención de acercarse al
pueblo, una señal para todos de que a pesar de los problemas de su señor, la
vida volvería a la casi total normalidad. También sabía que una visita de la
hija de su señor haría maravillas en los ánimos de los preocupados campesinos.
Aun así, sabía perfectamente que la urgencia de Eloise por salir
no se debía sólo a su preocupación por los aldeanos.
—Ardéis en deseos de montar a caballo.
—Cierto. Me gusta montar a caballo tanto como a vos.
Los dos habían descubierto el placer que a ambos les causaba
poco antes de la muerte de Hugh. Roland recordó un día en que, al ver que
Eloise se dirigía a los establos, decidió seguirla y tratar así de conocer un
poco más a la futura esposa de su hermano.
Allí intercambiaron historias de caza, de saltos a caballo por
encima de los troncos y largos paseos por tranquilos caminos. Había entrado
llevado por la curiosidad y había salido de allí encantado y también
absolutamente seguro de que Eloise Hamelin no era la esposa adecuada para su
apacible hermano.
Ahora deseaba, por varias razones, haberse guardado la
curiosidad y no haber decidido querer conocerla ni haberle hecho aquella
observación a Hugh.
—¿Aún tenéis aquella yegua castaña?
La expresión de Eloise se suavizó un poco.
—Sí. A pesar de su edad, sigue teniendo brío, aunque no corra
tan rápido y durante tanto tiempo. Y vos, ¿seguís teniendo el semental negro?
—El mismo no. Cayó en Escocia.
—Una pena. ¿Fue durante una batalla?
—Sí. Valiente hasta el final.
Roland había llorado la pérdida de tan magnífico caballo, pero
admitía que el dolor se vio suavizado con el corcel que le había sido concedido
en sustitución. Un espléndido animal joven, de color negro, y con una fuerza
arrasadora. Regalo de un rey agradecido.
Timothy se inclinó sobre su hombro para rellenarle la copa de
cerveza.
—¿Queréis más pan o queso, señor?
—No, gracias.
—Si no me necesitáis para nada más, saldré a practicar en el
patio.
Por lo que Roland sabía, la mayoría de los caballeros y los
escuderos estaban fuera recorriendo los campos, asegurando la protección de
Lelleford.
—¿Con quién estás practicando?
—Hasta que los otros vuelvan, practicaré cargando contra el
estafermo con mi lanza.
A Roland le parecía extraño que su escudero saliera solo al
patio a enfrentarse con el estafermo, pero no iba a cuestionar los deseos del
muchacho de perfeccionarse, algo que iba logrando sin duda.
—Ve entonces. Mantén la punta bien alta.
Una sonrisa afloró en el rostro del escudero.
—Me esforzaré por no caer, también. Con vuestro permiso, señor.
Timothy se alejó y Roland notó que el salón estaba empezando a
quedarse vacío. La mayoría de la gente había terminado de comer y retomado sus
tareas.
Roland deseó tener él también algo que hacer.
Tal como esperaba, la gente había retomado sus hábitos sin
alboroto, y no se requería de su dirección. Eso estaba bien.
Si no fuera porque la confianza que todos tenían en sus
capacidades conllevaba aburrimiento para él, y le hacía sentir inquieto. A
veces se buscaba algo que hacer para mantenerse ocupado y de paso evitar la
tentación de entrometerse en el camino de Eloise, aunque sólo fuera para ver
dónde estaba y qué estaba haciendo. Así no le haría alguna absurda pregunta con
el único objetivo de escuchar el sonido de su voz.
Tal vez debería unirse a Timothy en la liza.
En ese momento la puerta se abrió arrancándolo de sus
pensamientos. Simon entró y se quitó la capa húmeda.
Eloise se levantó al instante.
—¿Alguna noticia?
El administrador hizo una ligera reverencia.
—Parece que hemos capeado el temporal bien, señora. No hemos
encontrado nada fuera de lo normal. Espero que Marcus pueda decir lo mismo
cuando regrese.
Eloise se giró para mirar a Roland.
—¿Puedo salir ahora?
Este sacudió la cabeza.
—Marcus está inspeccionando la zona que rodea la aldea.
Esperamos su informe.
Sacudiendo las manos en el aire, Eloise elevó los ojos y se dejó
caer de nuevo en el taburete, su exasperación era evidente.
Roland trató de no sonreír y se dio cuenta de que Simon hacía lo
mismo.
Suponía que no era extraño que, en algunas situaciones, Simon y
Marcus actuaran como tíos tolerantes ante algunos comentarios y actos de
Eloise. Los dos la adoraban, la protegerían con sus vidas sin dudarlo. Eloise
sentía por ellos la misma devoción, y siempre acudía en busca de su consejo y
compañía.
Él solía unirse consciente de que era aceptado, aunque aún se
sentía un extraño.
Probablemente fuera mejor así. Puede que tuviera un control
temporal sobre Lelleford, pero algún día o bien Sir John regresaría o el rey
acabaría concediendo el señorío a otro señor. En cualquier caso, Roland tendría
que renunciar a él.
Cuándo llegaría ese momento, dependía del resultado de la
captura y el juicio de John. Dado que no había recibido noticias ni del conde
ni del rey, no tenía idea de cómo estaban yendo las cosas.
Eloise estaba sentada con los brazos cruzados, la punta del pie
golpeando el suelo de piedra frente a la chimenea.
Simon se unió a él en la mesa, contento de haber salido de la
torre.
El administrador se inclinó hacia delante y susurró:
—En verdad os digo, Roland, que no creo que haya ningún peligro
esta mañana. Además, ordenaréis que un escolta vaya con ella, ¿no es así?
A lo que Roland respondió:
—Sí. No podemos permitir que salga de las murallas sin
protección. Si un canalla sin escrúpulos estuviera pensando en adueñarse de las
posesiones de Sir John podría intentar forzar un matrimonio con la hija de
Hamelin. ¿Se negará a llevar escolta?
—No, si se da cuenta de que es necesario, creo.
Roland apuró la cerveza y se levantó.
—Vamos, Eloise, antes de que desgastéis esa piedra.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella entornando los ojos.
—A la aldea. Es lo que queríais, ¿no?
Eloise se levantó de un salto.
—Sí, pero… no veo la razón para que me acompañéis.
—Vuestro padre tiene enemigos. Si alguno de ellos planeara
raptaros nos costaría salvaros. Debéis darme vuestra palabra de que no saldréis
de la fortaleza sin escolta.
Eloise se mordió el labio inferior mientras asumía las
implicaciones de un posible rapto y la lógica que la orden de Roland tenía.
—Tenéis mi palabra.
Y la creyó. Eloise era una mujer inteligente además de hermosa
que reconocía el peligro que tanto ella como el señorío de su padre corrían. No
quería preocuparla pero tampoco deseaba que corriera riesgos innecesarios.
—Vamos, entonces —dijo Roland con una sonrisa, ansioso por salir
de las murallas—. Podréis admirar mi nuevo semental.
Eloise se puso la capa y salieron del salón a toda prisa. Tenía
los ojos brillantes de expectación.
—¿Tan grande es?
Un caballo más grande de lo que hubiera esperado jamás, un
caballo de batalla criado en los establos del rey.
—Juzgadlo vos misma.
Salieron al patio de armas y Roland hacia la zona de
entrenamiento. Timothy ya no tenía todo el patio para él solo.
Uno a uno, los escuderos que habían regresado con Simon se
colocaban las lanzas en el costado y cargaban contra el estafermo. La mayoría
de ellos golpearon el objetivo y lograron pasar sin ser derribados de sus
monturas, para delicia del grupo de muchachas que se había congregado alrededor
para observar y animar.
Roland detuvo ligeramente el paso cuando Timothy tomó su lanza.
El muchacho normalmente lo hacía bien, y esta vez no fue distinto. Con un
elegante movimiento, cargó contra el estafermo y salió airoso, tras lo cual
dirigió su montura hacia las jóvenes criadas, que lo recibieron con elogios.
Roland no pudo evitar reírse.
—No me extraña que Timothy tuviera ganas de salir del salón.
—Isolda me dijo que tenía cosas que hacer. Me pregunto qué
tareas la esperaban en la liza —suspiró Eloise—. Es agradable oír sonidos
alegres en el patio de nuevo.
Roland estaba de acuerdo. Permanecieron allí de pie, observando
a los jóvenes. Los chicos exhibían su talento para delicia de las risueñas
jovencitas. Roland se dio cuenta en seguida de quién era la joven a la que
Timothy dedicó la reverencia más profunda. Isolda le correspondió animándolo
entusiasmada.
La inquietud que Roland intercambió con Eloise no necesitaba
palabras. Su escudero, la criada de ella. Ambos jóvenes pero con una edad
suficiente para conocer sus mentes y sus cuerpos.
—Isolda tiene catorce. ¿Debería preocuparme por ella? —preguntó
Eloise.
A sus dieciséis, Timothy era un buen chico, pero sin duda sufría
las necesidades acuciantes de todo joven. En otras condiciones, Roland no se
preocuparía de si su escudero se entretenía con una criada igualmente ávida.
Sin embargo, el pie deforme de Isolda no le permitía hacer movimientos bruscos,
lo cual la hacía más vulnerable que las demás.
Y tampoco estaba su hermano Edgar para defender su honor si
fuera necesario, ¿Acaso habría decidido Timothy ocupar ese lugar? Era posible,
dada la preocupación que había mostrado por ella unos días antes.
—Si disfrutan de la compañía del otro, no veo razón para
interferir. Sin embargo, si os preocupa, decídmelo y hablaré con Timothy.
Eloise lo miró con una mezcla de gratitud y un sentimiento que
Roland no pudo definir. ¿Sorpresa tal vez? Pero antes de que pudiera estudiar
las profundidades de sus ojos color zafiro, Eloise se dirigió a los establos,
ansiosa por salir.
Camino a los establos, Roland saludó a dos hombres de armas, uno
de ellos perteneciente a la guarnición que le había sido asignada por Kenworth,
y el otro soldado de Lelleford. Con ayuda de los mozos de cuadra, prepararon
los caballos en un santiamén.
Eloise montó con la habilidad de una mujer de alta cuna
entrenada desde pequeña, y manejaba las riendas como cualquier hombre. Roland
marchaba el primero a lo largo del puente levadizo, consciente de la hermosa
figura de la joven sobre su yegua, aun que estuviera cubierta por la larga capa
ribeteada de piel.
—Podemos ir más rápido si queréis —gritó Eloise—. Vuestro
hermoso semental parece muy capaz de correr.
No era una queja, simplemente una graciosa petición.
Roland elevó la vista a las oscuras nubes que cubrían el cielo y
decidió aceptar.
—Id vos primero entonces, así no tendré que preocuparme de no
perderos.
Con un bufido nada propio de una dama, Eloise hincó las espuelas
en los flancos de su yegua y lo adelantó. A Roland no le costó alcanzar su
paso, ni le pasó inadvertida la expresión presumida de su rostro. Galoparon
juntos hasta que llegaron a la aldea y aflojaron el paso.
Las cabañas de madera con los tejados de paja se alineaban en un
círculo dejando en el centro una zona verde con el pozo común. Los jardines y
la huerta, que ni dos meses atrás lucían pletóricos de flores y verduras,
habían sido segados, tras lo cual se permitía al ganado y a las aves de corral
mordisquear los restos de hierba.
En plena época de cosecha, los aldeanos se ocupaban de las
tareas relacionadas. Añadían paja a los tejados de las casas, arreglaban vallas
y cerrojos o cortaban madera recogida en el bosque cercano.
Trabajaban duro a fin de prepararse para los rigores del largo
invierno.
Al notar la presencia de Eloise, los niños salieron al camino y
alegremente corearon su nombre. Eran tantos, que tuvieron que detenerse.
—¡Tened cuidado! ¡No me gustaría que acabarais aplastados como
bichos! —dijo Eloise riéndose y quitando así dureza al comentario.
Roland no la había oído reír antes, no como en ese momento, tan
de buena gana. Fue como si su felicidad hubiera lanzado un hechizo sobre él y,
por un momento, olvidó dónde estaba y por qué había acompañado a Eloise. Sólo
podía disfrutar de la vista de aquella hermosa mujer cuya risa alegre retumbaba
por toda la aldea.
Eloise desmontó y saludó a cada niño por su nombre. Revolvía el
pelo cariñosamente a unos, a otros los abrazaba. Uno en particular, un pequeño
golfillo, le tiró del vestido hasta que lo tomó en brazos y lo abrazó durante
un largo rato.
Era un aspecto de ella que Roland nunca había visto, un lado
cálido y adorable, y verla así hizo que se le formara un nudo en el estómago.
Destilaba cariño entre los pequeños aun sin perder la compostura
de su alto rango, esa actitud noble que la separaba y colocaba por encima de
los campesinos.
Los gritos alegres de los niños alertaron a sus padres, que
dejaron sus quehaceres para atender a su señora. Naturalmente, Eloise, que
también sabía todos sus nombres, preguntó por los enfermos y por el estado de
las cosas en la aldea. Durante el intercambio de cumplidos e información,
Eloise no dejó de sonreír abiertamente, demostrando un genuino interés por
aquellos a los que quería.
Inevitablemente, uno de los campesinos se acercó a ella con el
ceño fruncido.
—¿Es cierto, señora? ¿El señor ha sido acusado de traición?
Su amplia sonrisa cedió un poco, ligeramente.
—¿Puedes imaginar algo más ridículo? De todos los hombres de
este reino, nadie sirve al rey con más agrado que mi padre. ¿Acaso no le habéis
oído todos hablar de las innumerables virtudes de nuestro soberano? —Hizo una
pausa esperando a que todos asintieran y después continuó—. ¿Acaso Sir John
Hamelin no ofrece al rey sus servicios de caballero durante cuarenta días
personalmente en vez de pagar a otros para ofrecer tal servicio, como hacen
otros señores?
Esta vez, los gestos de asentimiento llegaron más rápidamente.
—Sí lo hace, señora.
—Se toma muy seriamente sus obligaciones, Sir John.
—Estoy de acuerdo —declaró Eloise—. Quien quiera que haya
presentado estos cargos no tardará en darse cuenta de su error, os lo aseguro.
No temáis. Mi padre demostrará que es inocente.
Con ayuda de un poyo montó de nuevo y señaló con la mano hacia
Roland.
—Este es Sir Roland St. Marten. Muchos de vosotros lo
recordaréis.
De nuevo, los aldeanos asintieron con la cabeza, y Roland sintió
el peso de sus miradas sobre él. No reconocía el rostro de uno solo de los
aldeanos, pero era evidente que ellos sí lo habían observado y lo recordaban de
su anterior visita.
—Sir Roland y sus hombres están aquí para apoyar a nuestra
guardia en ausencia de mi padre. Así que ya veis, estamos preparados para
cualquier eventualidad. No debéis temer por vuestras vidas ni por vuestro
sustento. Todo irá bien.
Le costó un poco darse cuenta de que Eloise acababa de minimizar
su verdadera obligación como supervisor de Lelleford, para dar a los aldeanos
la impresión de que tan sólo era un caballero más para defender el señorío en
caso de problemas.
¿Cómo se atrevía?
Roland avanzó un poco hacia Eloise y se inclinó levemente para
que sólo ella pudiera oírle.
—Mi función implica bastante más que dar apoyo a la guardia,
señora. ¿No deberíais decirles la verdad?
Eloise arqueó una ceja.
—¿Acaso vuestros guardias no hacen el mismo servicio que los
guardias de Lelleford?
—Sí, pero…
—¿Y no sois vos su jefe?
—Sabéis que sí.
—Entonces, no he dicho ninguna mentira, ¿o sí? Vamos, busquemos
un refugio contra la lluvia.
Y sin darle tiempo a responder, Eloise se subió la capucha de la
capa para cubrirse de la llovizna que comenzaba a caer, sacándolo de su línea
de visión.
Una efectiva maniobra de guerra, un golpe veloz y una retirada
apresurada siempre conseguían desequilibrar al enemigo.
¡Descarada! Entonces, ¿ésa era la táctica que pensaba emplear?
Para él no era un problema. Le enseñaría que a él no era fácil hacerle perder
el equilibrio.
Eloise terminó de despedirse de los aldeanos y se alejó en busca
de refugio para la lluvia. Cuando finalmente se giró hacia él, lo miró con
tanta inocencia que a él le costó discernir si su anterior maniobra no habría
sido obra de su imaginación.
—¿Preparado para regresar? —preguntó, y Roland tuvo que apartar
su momentánea confusión.
Si salían a galope tendido hacia el castillo lograrían evitar
empaparse.
Momentos antes, al entrar en la aldea, deliberadamente había
evitado mirar hacia la iglesia de piedra, pero el lugar en el que murió Hugh no
admitía negación alguna.
Aún podía verle en los escalones de piedra, resplandeciente en
sus ropajes de boda, feliz y orgulloso, mirando a Eloise, ambos tomados de la
mano.
Había amanecido un día cálido, lucía un sol radiante, y el novio
no era consciente de nada más que de su hermosa prometida, cuyo honor y
conveniencia había defendido frente a un entrometido medio hermano medía hora
antes.
Hugh no le había dirigido la palabra ni le había mirado desde
entonces. Había muerto enfadado con el medio hermano que se había atrevido a
exponerle su preocupación por el matrimonio.
Como si hubiera sentido lo que Roland estaba pensando, Eloise
dijo suavemente:
—Yo aún no puedo pasar por delante de la iglesia sin recordarlo.
Roland experimentó de nuevo el tremendo choque que le causara
ver a Hugh llevarse la mano al pecho, mientras su rostro se retorcía de agonía,
y su cuerpo inerte caía sobre los escalones.
—Creía haber dejado toda la tristeza en su tumba —dijo Roland
consciente de la tensión de su voz, y tuvo que aclararse la garganta para
evitar las lágrimas.
Eloise lo miró conmovida.
—Dar sepultura a un hermano tan querido debe de haber sido
horrible para vos. Mis dos hermanos están vivos y se encuentran bien, que yo
sepa. Me quedaría desolada si perdiera a alguno de ellos.
Según él creía, ella no había experimentado desolación con la
muerte de Hugh, no había sentido una soledad tan profunda como para derramar
lágrimas.
—No amabais a Hugh como merecía.
Eloise parpadeó sorprendida ante la grave acusación.
—Admito que no amaba a Hugh. Sólo tuvimos dos días para
conocernos, y unas pocas horas a solas para hablar. Pero sí me pareció un
hombre amable. Honorable.
Una descripción bastante precisa de Hugh. Mucha gente lo había
querido, pero el respeto era otra cosa.
Puede que Hugh fuera adorable, pero nunca había sido un gran
líder. Siempre había tratado de agradar a todos y había terminado satisfaciendo
a muy pocos. El resultado era que todo el mundo se aprovechaba de él.
Sin duda, Hugh se había sentido obnubilado por el aura que
rodeaba a Eloise, por lo que había cedido a todos sus caprichos.
—Hugh se enamoró de vos desde el momento que os vio.
Eloise sonrió con tristeza.
—Eso me decía. Yo no creí sus declaraciones caballerosas, por
supuesto. Nadie entrega su corazón a otro tan rápidamente. Recitaba palabras
dulces para impresionar a su prometida, eso es todo.
¿Acaso Eloise no sabía que Hugh se había enamorado perdidamente
de ella? Roland aún veía la mirada hechizada de su hermano mientras hablaba de
la hermosura y el encanto de su prometida. Muchos habían luchado, incluso
muerto, por los favores de aquella mujer.
—Sois una mujer hermosa, Eloise. No tengo la menor duda de que
la mayoría de los hombres os encuentran atractiva y seductora con sólo miraros.
¿Por qué dudáis de que Hugh os admirase y desease por encima de otras mujeres?
Eloise se quedó callada y, a pesar de que la capucha le ocultaba
el rostro, Roland habría jurado que se había sonrojado. ¿Tal vez porque le
había dicho que era hermosa? Estaba seguro de que se lo habrían dicho muchas
veces. Tenía que saber que su rostro y su figura la situaban entre las mujeres
más deseadas del reino.
—Si un rostro bonito es todo lo que se necesita para conseguir
el cariño de un hombre, entonces es que todos sois unos necios —declaró
fervientemente.
Roland admitía que había visto a muchos hombres comportarse como
idiotas por una mujer, pero también viceversa. Había observado a algunos
miembros del bello sexo, desde lujuriosas criadas hasta ardientes damas nobles,
llegar a límites insospechados para llamar la atención de un hombre que
consideraban atractivo. Cuando la atracción se mezclaba con el deseo la gente
perdía el juicio.
—¿Acaso las mujeres sois diferentes? ¿Acaso no es el bello
rostro de un hombre o la anchura de sus hombros lo que primero os atrae?
Con el descaro del que Roland la había acusado delante de su
hermano, Eloise inspeccionó su rostro, pasando después a los hombros y
terminando en los muslos tensos contra su montura. Roland notó que se caldeaban
sus regiones inferiores tras el atrevido estudio.
—No niego que siempre es agradable mirar a un hombre atractivo.
Vos poseéis unas bellas facciones y una figura bien esculpida. No tengo la
menor duda de que muchas mujeres se habrán sentido atraídas por vuestro físico.
Pero eso no significa que todas ellas estuvieran dispuestas a entregaros su
corazón. —Eloise tiró de las riendas y su yegua retrocedió de inmediato—. El
amor es algo más profundo que el deseo de poseer a alguien por el aspecto
físico.
Y diciendo esto, condujo al animal hacia el camino mientras la
lluvia comenzaba a arreciar. Roland levantó la cabeza, agradecido por la
lluvia, fría y húmeda. Tal vez para cuando llegaran al castillo hubiera logrado
contener la reacción normal que un hombre tenía al ver la apreciación en la
mirada de una mujer.
¿Conque Eloise lo consideraba algo atractivo?
No podía negar la atracción física que sentía hacia Eloise
Hamelin. Ya había tratado de mantener esa reacción bajo control una vez,
consciente de que iba a ser la esposa de Hugh. Y aún seguía sin poder
permitirse cortejarla, por mucho que le agradara la idea.
Había estado a punto de convertirse en su hermana por
matrimonio. Era la hija de un hombre acusado de traición, y, por tanto, un
inconveniente para un hombre que quisiera ascender en su posición. Y en caso de
que los cargos se resolvieran a favor de Sir John, ella volvería a estar
destinada a un hombre de mayor posición y riqueza que Roland St. Marten.
Una causa perdida. Intocable.
Una mujer con un cuerpo deseable que ansiaba acariciar y
excitar. Con unos delicados dedos que ansiaba tener alrededor de su miembro
abultado. Una mujer en cuyos abismos, y si las circunstancias fueran otras,
estaría más que dispuesto a zambullirse, al menor signo de invitación.
Con una última mirada hacia la iglesia, Roland condujo a su
semental hacia el camino, sintiendo la aguda punzada de la excitación en sus
partes nobles y un profundo dolor en el corazón, abrumado por la culpa.
Deseaba a una mujer que no podía tener, que no debería querer,
una mujer a la que, probablemente, había juzgado mal. Tal vez Eloise tuviera
razón. Tal vez los hombres eran unos necios en lo que a mujeres se refería.
Eloise entró en la sala de cuentas y encontró a Simon sentado en
el escritorio de roble, haciendo anotaciones en un estrecho libro de
contabilidad hecho con pliegos de papel de vitela encuadernados en cuero.
Levantó la vista al oírla.
—¿Señora?
Eloise oyó el saludo pero no podía dejar de mirar las manchas de
sangre en la planchas de madera junto al escritorio. La sangre del hermano
Walter. Se necesitaría un ungüento muy potente y frotar con fuerza para
quitarlas.
Aún podía ver al clérigo tirado en el suelo, inmóvil, y oír el
eco de la voz de su padre llenando la habitación.
Y ahora los dos estaban lejos de allí y ella seguía sin saber
qué había pasado entre los dos.
Sintiéndose más abandonada de lo que sabía que era recomendable,
se centró en el momento presente y en por qué estaba buscando a Simon.
—¿Os parece que falta algo?
Simon movió la pluma.
—No, todo parece estar en orden. Los libros de contabilidad, las
escrituras y otros documentos de vuestro padre, todo está aquí. Si el conde
encontró algo de valor para su causa, debe de habérselo llevado consigo.
—Roland cree que el conde habría fanfarroneado delante de todos
si hubiera encontrado algo valioso.
Simon asintió ligeramente.
—Es una buena suposición, aunque no podemos estar seguros.
Eloise se debatía entre decirle o no a Simon lo de los rollos de
pergamino que su padre se llevó consigo. ¿Qué debía guardar en secreto y a
quién?
Los caballeros de su padre eran fieles a su señor, pero ¿podría
esa fidelidad verse en peligro si les decía que probablemente Sir John se
hubiera llevado pruebas incriminatorias contra él?
—Simon, habéis servido a mi padre desde antes de que yo naciera,
durante muchos años habéis sido su administrador. De todos nosotros, puede que
vos seáis quien mejor lo conocía. Ahora os pregunto, ¿puede haber algo de
verdad en esos cargos?
La expresión de Simon se oscureció y Eloise se apresuró a
levantar una mano y la movió en señal negativa.
—Pensadlo un momento. Su posición hace que esté en contacto con
mucha gente de muy diversas creencias. ¿Es posible que estando en la corte o
tal vez en alguno de sus viajes alguien lo pusiera en una situación que haya
podido dar lugar a un malentendido? ¿O tal vez se viera envuelto en una
maquinación para mejorar su posición dentro de la corte y algo saliera mal?
A Eloise no le gustó la expresión que vio en el rostro de Simon.
Los dos sabían que cuando se trataba de sacar beneficio de algo, su padre era
capaz de saltarse la ley un mal menor si pensaba que podía sacar más.
—Es difícil contestar, señora. —Simon hizo un gesto señalando la
habitación—. No he encontrado indicio alguno y os juro que no tenía
conocimiento de maquinación alguna. Puede que alguna vez haya rozado la
ilegalidad, pero de ahí a cometer traición… No sé qué decir.
Así que hasta que no hablara, con su padre no podía absolverlo
ni culparlo. Eloise inspiró profundamente y pasó a otro tema en el que
necesitaba el asesoramiento de Simon.
—¿Habéis visto el documento que prueba la autoridad de Roland
sobre Lelleford?
—¿Con qué objeto? —preguntó Simon sorprendido.
Lo que se temía. Simon y Marcus habían aceptado la palabra de
Roland.
—Roland asegura poseer un escrito del rey que le concede
autoridad sobre Lelleford y que tenía que enseñar a mi padre. En ausencia de
él, ¿no deberíamos pedirle que nos lo enseñara?
Tras pensarlo un momento, Simon dejó a un lado la pluma.
—Confío en la palabra de St. Marten. Él no proclamaría algo que
no es cierto.
La fe incondicional de Simon le resultaba crispante.
—¿Sólo porque es un caballero?
—Porque sé que es un hombre de honor —dijo él ladeando la
cabeza—. Igual que sé que vos lo creéis. ¿Qué os hace poneros en su contra,
señora?
Quiero que se vaya.
Temía lo que pudiera ocurrir si seguía en Lelleford. Veía el
brillo del deseo en sus ojos y ella respondía de buen grado. Además, estaba
empezando a gustarle aquel hombre. Le estaba empezando a costar posicionarse en
su contra cuando de acción y de palabra Roland estaba demostrando ser todo lo
contrario a lo que ella quería que fuera. No cuestionaba su honor, no después
de su ofrecimiento a hablar con Timothy si ella lo consideraba oportuno… ¿Qué
otro caballero se habría preocupado por el trato que una criada recibiera de
manos de su escudero? Especialmente una criada desfigurada cuyo único familiar
del sexo masculino estaba en compañía de un hombre acusado de traición.
Y, en la iglesia, se había sentido tentada de arrojarle los
brazos al cuello y reconfortarle. Algunas de sus palabras hacia ella habían
sido duras, pero comprendía el dolor que las había provocado y estaba más que
dispuesta a perdonarle la falta de cortesía.
Si pudiera obligarlo a marcharse, no tendría que preocuparse por
él nunca más. Él era capaz de derruir sus defensas, y Eloise tenía que
agarrarse a la que podía ser su única posibilidad de construirse un escudo.
—Si mi padre estuviera aquí, pediría que se le mostrara el
escrito del rey. Simplemente creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo.
Simon estudió la estudió atentamente un momento, y finalmente
sonrió, una sonrisa cariñosa y tolerante.
—Entonces deberíais solicitarlo, señora, y no prestar atención a
mi torpe parecer.
Y eso era lo que tenía intención de hacer, en cuanto viera a
Roland.
Capítulo 9
Roland titubeó antes de entrar en el salón que Eloise había
convertido en una enorme sala de costura. Piezas de telas de diversos colores
aparecían extendidas sobre numerosas mesas de caballete donde las mujeres se
preparaban para cortarlas, tijera en mano.
Eloise caminaba entre el caos organizado, como un general entre
sus tropas, perfectamente cómoda en su papel. Se movía entre las mesas
inspeccionando cada pieza, frunciendo el ceño mientras consideraba qué decisión
tomar, y una vez tomada, su ceño se aligeraba mientras daba las instrucciones
precisas de cómo quería que se cortara la prenda.
Aunque no podía oír cada una de sus palabras, escuchó lo
suficiente para saber que la mayor parte de las telas estaban destinadas a
hacer túnicas para Sir John, y el resto serían vestidos para Eloise.
Roland se detuvo junto a Isolda, que supervisaba la mesa en la
que se seleccionaban los hilos más finos para la costura y los que se
utilizarían para decorar cuellos y dobladillos.
—¿Qué es todo esto?
La joven arqueó una ceja como si pensara que era tonto por no
reconocer lo que era obvio.
—¿Señor?
—Es obvio que estáis haciendo vestidos, ¿pero por qué tantos a
la vez?
—Ah —dijo Isolda una vez aclarada su confusión inicial—. La
señora Eloise desea que las prendas estén terminadas antes de la fiesta de
Navidad en la corte, por eso los estamos haciendo ahora.
Prendas que Sir John nunca vestiría si pasaba toda la temporada
en un juicio en vez de asistir a las suntuosas fiestas de la corte. Aun así,
Eloise insistía en comportarse como si nada se interfiriera en el plan original
de pasar las fiestas envueltos en el esplendor de la corte y los nobles.
Eloise estaba de pie junto a una mesa cercana, contemplando una
pieza de color azul zafiro tan brillante que rivalizaba con el color de sus
propios ojos.
Roland la imaginó envuelta en ella, la suave lana cayendo como
una lujosa cascada sobre sus magníficas curvas, marcando y ciñendo en los
lugares apropiados.
Pero es que no había un solo lugar inapropiado en el cuerpo
perfecto de aquella mujer. Se maldijo por imaginarse tirando de los lazos que
ceñían el vestido, dejándola a merced de sus ojos, ver la suave maravilla que
se ocultaba bajo el vestido medio abierto.
Eloise miraba la tela con expresión soñadora, y tomó una esquina
de la pieza para comprobar la textura entre sus dedos pulgar e índice. Un
simple acto, pero tan cargado de sensualidad que Roland notó que le faltaba el
aire.
Eloise dejó la tela en la mesa y se giró hacia la muchacha con
las tijeras.
—Una túnica para el señor. El dobladillo llevará un vivo dorado…
—Es una pena —dijo Roland.
La sorpresa ante la interrupción rivalizaba con el aturdimiento
de Roland por haber expresado en voz alta sus pensamientos. Sin decir una
palabra, Eloise dejó claro que esperaba una explicación por su parte. Roland
debería alejarse de allí y no interferir con lo que no era asunto suyo.
—El color hace juego con vuestros ojos. Sería una pena convertir
esa tela en algo que no sea un vestido para vos.
El ligero temblor en los labios de Eloise le decía que su
comentario había sido recibido con agrado o, al menos, con diversión. Eloise
observó de nuevo la pieza, su deseo de hacerse algo para ella seguía siendo
evidente. Acarició la tela suavemente haciéndola ondear entre sus dedos, lo que
provocó un escalofrío interno en Roland al imaginar esos dedos acariciando su
piel.
—Es la más cara y también la más hermosa de todas, por eso creo
que debe corresponder al hombre que ha pagado por ellas.
Roland recuperó la compostura.
—Vuestro padre no me pareció un hombre vanidoso. Además, pensad
en lo orgulloso que se sentiría al presentar a su hermosa hija en la corte
ricamente vestida.
Eloise levantó la vista y lo miró a través de unas espesas
pestañas de color oscuro.
—¿Eso creéis?
Roland no podía creer que Eloise estuviera poniendo en duda sus
encantos, por lo que supuso que la pregunta era ni una cuestión de orgullo. No
estaba claro que Sir John estuviera en posición de presentarla a la corte en
esas navidades. Aun así, la imaginó del brazo de su padre, con su regio porte,
apenas rozando el suelo de los salones del palacio de Westminster y haciendo
una reverencia ante el rey. Estaba seguro de que una mirada suya bastaría para
caldear los cuerpos de todos los hombres presentes.
El pensamiento provocó un injustificado ataque de posesión que
rozaba los celos. No tenía ningún derecho sobre ella, nunca lo tendría. Era
inevitable que otro hombre poseyera algún día a Eloise Hamelin, por mucho que
la idea pudiera molestarle.
—Lo creo.
—Sir Roland tiene razón, señora —dijo Isolda poniéndose de su
lado—. Con el mismo corte de vuestro vestido de terciopelo color carmesí,
quedaría muy bonito.
—Quedaría magnífico.
Eloise parecía compartir la opinión, porque sus ojos de color
zafiro se agrandaron, brillantes como estrellas.
—Mi querida Isolda. Qué magnífica idea —dijo Eloise mostrando su
acuerdo con un gesto de la mano—. Que así sea, entonces. Para mí, con el mismo
corte que el de terciopelo carmesí. Supervisa el corte, Isolda, para que se
haga correctamente.
Isolda se acercó a la mesa, y Eloise se dirigió a Roland, su
sonrisa más y más amplia a cada paso. Roland sintió que el pulso se le
aceleraba como siempre que estaba muy cerca de ella, y por mucho que lo
intentara, no podía moverse, romper el hechizo que pesaba sobre él.
Eloise se detuvo a unos pocos centímetros, lo suficientemente
cerca como para extender la mano y tocarlo. Roland cruzó los brazos y se
aseguró de estar firmemente adherido al suelo.
—Supongo que debería daros las gracias —dijo Eloise con apenas
un susurro. Con un guiño de complicidad, añadió—: Tengo que admitir que buscaba
una excusa para hacerme un vestido con esa tela azul. Es un color fabuloso, y
el tejido muy suave al tacto.
Afortunadamente, las buenas maneras de la corte acudieron a su
rescate.
—Encantado de estar a vuestro servicio, señora. Ahora, si me
disculpáis, debo…
Eloise posó los dedos sobre su brazo haciendo que se detuviera
en seco.
—¿Podríamos hablar un momento antes?
Roland asintió consciente de que no podría salir de allí. Eloise
retiró la mano y miró hacia el salón.
—Vayamos donde no puedan escucharnos.
Despierta su curiosidad, Roland la siguió hacia una alcoba cerca
de las escaleras. La sonrisa de Eloise había desaparecido y él sintió mucho que
así fuera.
—¿Ocurre algo?
Eloise se frotó las manos, un gesto que Roland le había visto
hacer cada vez que se ponía nerviosa o se enfadaba.
—Creo que no, pero Simon y yo pensamos que deberíamos
asegurarnos —contestó ella retirando la vista brevemente, un tanto vacilante—.
Cuando llegasteis, dijisteis que traíais un escrito del rey para mi padre, en
el que se os concedía la autoridad sobre Lelleford en su ausencia. Hemos sido
laxos al no pedir que nos lo enseñéis.
Era una petición perfectamente lógica. Sin embargo, ¿por qué
sentía que era un intento más de Eloise por desacreditarlo?
—¿Habéis hablado con Simon de esto?
—Está de acuerdo en que, estando mi padre ausente, alguno de
nosotros debería ver el escrito.
—Y ese alguien sois vos.
—O Simon, si así lo preferís —dijo ella ladeando la cabeza.
Tal vez se estuviera ofendiendo sin razón. Le habían ordenado
que entregara el escrito a Sir John, claro que Sir John no estaba allí. Eloise
sólo estaba velando por los intereses de su padre, y no podía culparla por
ello.
—¿Podéis leer el escrito?
—No soy analfabeta. Domino el latín y el francés.
—Entonces venid.
Sorprendida al no encontrar más impedimento por su parte, Eloise
siguió a Roland escaleras arriba. Desde allí, no podía evitar mirar el balanceo
de su amplia espalda o los músculos de sus piernas.
Justo después de su enfrentamiento en la iglesia, se había
jurado que no volvería a fijarse en el bello rostro de aquel hombre ni en sus
fuertes hombros nunca más. El calor subió a sus mejillas al darse cuenta de que
parte del cuerpo del hombre estaba siendo el objeto de su mirada en ese
momento. Una parte que nunca había imaginado admirar en ningún hombre. Roland
era una bonita vista para admirar, por delante o por detrás, y era imposible no
apreciar su figura.
Al llegar al final de las escaleras, Roland giró a la derecha,
en dirección a la cámara que ocupaba. Había sido la cámara, de los hermanos de
Eloise pero ninguno de los dos había sido capaz de ocuparla durante más de un
mes seguido.
Contempló el familiar mobiliario. Dos camas, la de Julius
vestida con un cobertor azul, la de Geoffrey con uno verde. Una mesa de roble
flanqueada por dos sillas, un tablero de ajedrez en el centro con las piezas
preparadas para una partida.
Sólo el baúl de la ropa de Julius permanecía bajo la ventana
cerrada, esperando el regreso de su dueño de Italia, fuera cuando fuera. No
mucho tiempo atrás, ella misma había guardado todas las pertenencias de
Geoffrey en su baúl para llevárselo a Cornualles con motivo de su boda con
Leah. Bueno, casi todas sus pertenencias.
Mientras Roland extraía una gran saca de debajo de la cama,
Eloise cruzó la estancia y se acercó a la repisa de la chimenea. Tomó en sus
manos la favorita de entre las preciosas figuras de madera talladas por su
hermano y de la que no había sido capaz de separarse. Era un sapo enorme
apoyado sobre las ancas traseras, con una mirada de absoluta satisfacción, como
si acabara de tragarse el escarabajo más grande y sabroso del mundo.
Geoffrey lo había tallado para hacerla sonreír y su magia se
apoderó de ella en ese instante. Notó la suave madera entre sus manos y deseó
que el tallista estuviera allí para compartir la carga de los problemas de su
padre. ¿Por qué su padre no había querido que Geoffrey, con todos sus
conocimientos de leyes, fuera en su ayuda? Eloise no podía saberlo.
—Me han dicho que Geoffrey talló esas figuras —dijo Roland—. Un
talento muy útil en un hombre.
—Geoffrey vendía sus tallas para ganar dinero y no morir de
hambre cuando estuvo en París —dijo ella devolviendo el sapo a la repisa,
consciente de que si su hermano no hubiera sido capaz de venderlas para pagarse
los estudios, la comida y un techo, puede que hubiera regresado muchos años
antes, ahorrándoles así sufrimientos y preocupaciones. Pero aquellos malos
tiempos habían pasado ya, y no merecía la pena recordarlos—. Esto es sólo un
ejemplo de su talento. Los caballos que mi padre guarda en su cámara son
magníficos.
—Tendréis que enseñármelos algún día.
Parecía sincero, así que tal vez lo haría, algún día.
Roland sacó el rollo de pergamino, el lacre rojo intacto.
—Aquí está el escrito —añadió.
Eloise lo tomó pero no lo abrió. El sello real estaba impreso en
el lacre, prueba suficiente para ella de que Roland decía la verdad, de que
había perdido. Roland St. Marten tenía autoridad sobre Lelleford y permanecería
allí hasta que el destino de su padre fuera decidido. Y no había nada que ella
pudiera hacer para echarlo.
¡Mal rayo partiera al rey por haber puesto a Roland en su
camino! ¿Por qué él, el único hombre que conseguía sin esfuerzo alguno que su
cuerpo temblara de excitación? ¿Por qué ese caballero con una constitución de
guerrero y unos modales corteses que no podía evitar admirar? ¿Por qué Roland
St. Marten, el hombre que había advertido a su hermano de que una mujer tan
descarada y testaruda no era la esposa más adecuada?
Lo que había querido para su hermano, era muy probable que
también lo quisiera para sí, una mujer sumisa y amable, algo que Eloise no era.
Pero Roland la deseaba. A veces, cuando la miraba, podía ver el
fuego en su mirada, hasta podía sentir la pasión que despertaba en él. Tan
fuerte era la atracción entre los dos que no costaría mucho que se convirtieran
en amantes. Demasiado fuerte, de hecho.
—¿Cómo llegasteis al servicio del rey?
Roland ladeó la cabeza y entornó los ojos, dejándole ver que
había vuelto a tomarle desprevenido. Pero, como siempre, se recuperó
rápidamente.
—Estaba en el lugar inadecuado en el momento preciso. A veces,
una batalla toma un giro inesperado. Me encontré protegiendo la espalda de
Eduardo, y en pago por el servicio recibí una recompensa que no estoy muy
seguro de que mereciera.
—Os tomó a su servicio.
—Me introdujo en la corte, me dio una armadura nueva, caballos y
un escudero.
Eloise conocía el funcionamiento de los favores reales. Por un
buen servicio, un caballero del rey podía ascender y amasar una fortuna
rápidamente.
—¿Tierras no?
—Aún no.
Eloise miró el sello del rey; y de nuevo a Roland, sin poder
evitar el escalofrío que le recorrió la es pina dorsal.
—¿Es eso lo que esperáis conseguir aquí? ¿Tierras? ¿Lelleford?
Roland le sonrió con amargura.
—No, señora, nada tan grande como Lelleford. Espero una pequeña
parcela y los ingresos suficientes para mantener mi oficio de caballero. Mi
servicio aquí no me garantiza nada más.
Sus palabras parecieron tranquilizarla un poco. Había otras
formas en que los reyes recompensaban a aquellos que les mostraban lealtad.
—Tal vez Eduardo os compense con una heredera.
Él se encogió de hombros.
—Uno nunca sabe qué forma tomará la generosidad del rey.
Estaba claro que Roland aceptaría cualquier favor que Eduardo
quisiera concederle, se mostraría agradecido y se esforzaría por seguir
aumentando su riqueza. ¿Acaso no era así como funcionaban las cosas? Algunos
hombres habían nacido para heredar, otros para ganarse la vida o para casarse
bien.
Roland había elegido la segunda, y ella no podía culparlo por su
ambición, un rasgo de la personalidad de los hombres de su familia. Eloise sólo
deseaba que a Roland le hubiera sido encomendada otra misión para demostrar
lealtad al rey.
—¿Vais a leer el escrito?
Las palabras de Roland la devolvieron al presente y a lo que
había ido a hacer allí.
—No. No es necesario. Reconozco el sello del rey. Confío en la
autenticidad del documento que os confiere autoridad sobre Lelleford, como
dijisteis —dijo ella dejando el rollo junto al tablero de ajedrez—. Lo dejaré
con los documentos de mi padre, claro. Querrá verlo… algún día.
—Vaya, vaya. La dama se echa atrás. Creía que no viviría para
verlo.
—Os aseguro que no sé de qué habláis.
—Oh, claro que sí. Esperabais que no tuviera el documento y
tener así la excusa para echarme. Admitidlo, tenéis que aceptar lo que no
podéis cambiar.
Eloise inspiró profundamente. Admitirlo le costaba, no le
gustaba que Roland hubiera adivinado sus intenciones. No sólo era un hombre
fuerte y de buenos modales, sino que también era inteligente. Una combinación
letal.
—Si el conde se hubiera presentado en vuestro hogar para
arrestar vuestro padre y hubiera dejado a un extraño al cargo de las posesiones
de los St. Marten, ¿cómo os habríais sentido?
—Sin duda, igual que vos —contestó él pasándose la mano por el
cabello azabache, en sus ojos una chispa de ira—. Me habría quedado lívido,
incrédulo, y furioso. Defendería a mi padre hasta mi último aliento y con mi
espada si fuera necesario.
—¡Yo también podría empuñar una espada!
Roland sonrió ante su sincera determinación. Desgraciadamente,
no sólo no podría levantar una, sino que le habían ordenado dejar entrar al
conde sin oponerle resistencia.
—Seríais un contrincante muy fiero, Eloise Hamelin.
—¿Es un cumplido, Sir Roland?
Roland extendió la mano en el gesto que los hombres solían
emplear para sellar un trato.
—¿Una tregua, señora?
—Pedís demasiado —dijo ella mirando su mano.
—No os estoy pidiendo que os rindáis, sólo que no sigáis
enfrentándoos a mí. De verdad, Eloise, no pretendo haceros ningún daño ni a vos
ni a los vuestros.
Sólo que ya lo había trastocado todo. Su vida perfectamente
planeada; sus creencias sobre la que era su obligación; su sentido común.
Especialmente esto último. Aún no lo había tocado y una desazón la embargaba
ante la idea.
Incapaz de resistirlo más, colocó la mano sobre la de él y
soportó el calor ardiente que el hombre emitía, dejando que penetrara en su
cuerpo.
—Mon Dieu.
Tras unos instantes de vértigo, Roland admitió con apenas un
susurro:
—Lo sé, yo también puedo sentirlo.
Eloise alzó la vista y miró los ojos avellana de Roland,
oscurecidos por el deseo. ¿De verdad sentía él lo mismo, como si su sangre se
hubiera vuelto espesa y muy caliente?
—Esto no debería ser así.
—La atracción entre nosotros está ahí, tanto si queremos como si
no.
—Pero yo no te gusto.
Roland parecía verdaderamente confuso.
—Yo nunca dije eso.
—Le dijiste a Hugh que era una descarada, inapropiada para…
Lo que ella no fue capaz de decir en voz alta, lo dijo él.
—Inapropiada para ser la esposa de Hugh. Aunque lamento la manera
en que se lo dije, y que te sintieras dolida por mis palabras, sigo creyéndolo.
Habrías hecho mala pareja con Hugh, pero con otro hombre… —Roland avanzó un
paso, acortando la distancia entre ambos, y le acarició la barbilla suavemente
con un dedo—. Para otro hombre menos apacible, serías… perfecta.
Eloise cerró los ojos y tragó con dificultad, apretando la mano
de Roland con más fuerza en un vano intento de mantener el equilibrio mental.
—¿Un hombre como tú?
—Nunca me atrevería.
Uno de los dos debería retirarse, terminar con ese encuentro tan
inapropiado. Eso era lo que le decía su sentido común. Su cuerpo, sin embargo,
se inclinaba hacia el de Roland, recordando otro momento en que habría jurado
que él había deseado besarla, aunque había tenido la fuerza de voluntad para no
hacerlo.
—Pero sí quieres atreverte.
—Lo que yo quiera no importa. Me enviaron aquí para asegurar que
nada malo le ocurriría a Lelleford y a su gente, lo que te incluye a ti.
¡Maldito sentido de la obligación!
—No soy tan frágil, Roland. Te aseguro que soy muy capaz de
cuidar de mí misma.
Sus palabras le valieron otra caricia bajo la barbilla, un leve
roce que hizo que le temblaran las rodillas.
—No eres frágil, pero sí vulnerable. Sería ruin por mi parte
aprovecharme.
—¿Entonces qué vamos a hacer, Roland? Acabas de decir que la
atracción está ahí. ¿Fingiremos que no existe? Me parece que eso ya lo hemos
intentado y hemos fracasado.
Roland le tomó la mejilla en una mano, su rostro evidenciaba la
batalla que estaba teniendo lugar en su interior.
—Eres una tentación para mí, más allá de toda lógica.
—Igual que tú para mí.
La amarga sonrisa volvió al rostro de Roland, que apoyó la
frente en la de Eloise, su aliento en el rostro de ella.
—¿Te han besado alguna vez, Eloise?
—Una o dos veces.
—¿Hugh?
—No.
Entonces, Roland descendió hacia los labios de Eloise, una
caricia suave y húmeda que le hizo perder la cabeza y sentir fuego en sus
regiones inferiores. Con los ojos cerrados, Eloise se zambulló en un territorio
poco familiar, deleitándose en las sensaciones que ambos temían.
Le había mentido. Nunca nadie la había besado, no de aquella
manera.
Roland sabía a cerveza y olía a lana y a humo de la chimenea,
pero también a algo más que era único en él.
Eloise sintió que Roland retrocedía, poniendo fin a un beso
demasiado breve aunque muy turbador.
—¿Qué he hecho, Eloise?
Los remordimientos que vio en él fueron demasiado para ella.
¿Acaso no se había sentido como en un sueño, también él? Tal vez necesitara más
práctica. Quizá con otro beso, tal vez dos, podría atraerlo hacia ella.
—A mí parecer, lo has hecho muy bien. Pero parece que yo no.
¿Probamos otra vez?
—No —dijo él inspirando profundamente y mirando la luz del sol
en lo alto—. Señora mía, no.
—¿Por qué no? Sé que me falta habilidad, pero puedo aprender.
Roland sacudió la cabeza como si no pudiera creer lo que le
estaba pidiendo.
—¿Es eso lo que crees? ¿Qué te falta habilidad?, Por todos los
santos, Eloise. Otro beso como éste y olvidaría dónde estamos y…
De forma abrupta, Roland retrocedió y le dio un beso en el dorso
de la mano que no había soltado en ningún momento, y finalmente la dejó.
—Tengo que irme.
—Pero, Roland…
—Uno de los dos tiene que ser sensato.
Retrocedió sin mirar por dónde iba, chocando contra la puerta
medio abierta, y la abrió por completo de un golpe. Con una maldición giró
sobre sus talones y salió corriendo.
Aturdida, Eloise se dejó caer en una de las sillas cercanas, con
las manos temblorosas y el corazón agitado. Tras irnos minutos, sus enmarañados
pensamientos se aclararon, y fue capaz de contemplar lo ocurrido momentos antes
bajo una nueva luz.
Roland no había salido de allí porque le disgustara estar con
ella sino porque le había gustado el beso tanto o más que a ella. Se había
quedado tan impresionado que el guerrero digno y seguro de sí mismo había
tropezado con la puerta.
Eloise se llevó un dedo a los labios y sintió brotar una sonrisa
en su boca aún cálida.
Por todos los santos, no estaba bien mostrarse tan petulante
tras ver que Roland había perdido el equilibrio momentáneamente. Era
despreciable reírse del mal ajeno.
Echó un vistazo hacia las camas de sus hermanos y se preguntó en
cuál dormiría Roland. Probablemente en la de Julius, bajo la cual guardaba sus
pertenencias.
Los pensamientos de Roland debían de haber ido más allá de un
simple beso, hacia lo que seguía de forma natural… si lo que les había oído
decir a las criadas era cierto.
El acto sexual. Dos cuerpos unidos. Convertirse en amantes.
¿Qué tipo de amante sería Roland?
Se decía que algunos eran tiernos y amaban despacio, mientras
que otros eran bruscos y apresurados. Para algunas mujeres el acto resultaba
tedioso y, para otras, maravilloso.
Era un descaro por su parte desear que Roland regresara junto a
ella, echara el cerrojo de la puerta y la llevara a terrenos aún menos
conocidos para ella.
Esperó, intentando que sus pensamientos regresaran de lo
prohibido. Desilusionada por esperar que Roland volviera y entrara por la
puerta, tomó el pergamino y se levantó, las piernas aún inestables.
Cuando llegó a la puerta, se detuvo en seco al escuchar voces.
Estas llegaban en un susurro, con tono apremiante, de las escaleras del
servicio.
—No deberíamos subir aquí. Hemos estado a punto de ser vistos
—decía una voz masculina, un joven. Parecía angustiado.
—Pero no nos han visto.
¿Isolda?
—No querría que te avergonzaran. Tal vez deberíamos…
¿Timothy?
Isolda rió en tono bajo.
—Te preocupas demasiado. Ven. Conozco un lugar en el que nadie
nos encontrará.
—¿Estás segura, cariño?
—Lo estoy.
Oyó entonces el roce de los tejidos y un cambio en el sonido de
los pasos.
—No es necesario que me cojas en brazos, Tim. Puedo bajar sola
las escaleras.
Silencio.
—¿De verdad quieres que te deje en el suelo? Te juro que no te
dejaré caer.
Un largo suspiro. ¿Un beso, tal vez?
—Lo sé ¿Acaso no eres un joven fuerte y grande que empuña una
lanza con tanta facilidad? No tengo miedo.
—No te haré daño, Isolda. Nunca.
—Lo sé, Tim, lo sé.
Eloise cerró los ojos y bajó la cabeza, escuchando cómo se
alejaban los pasos de Tim por las escaleras. ¿Debía ir tras ellos o dejarlos?
Santo Dios, eran muy jóvenes, e Isolda muy vulnerable.
O tal vez no. Eloise recordaba cuando ella tenía catorce años, y
estaba loca por un caballero que no se atrevía a acercarse a ella porque era la
hija del señor. Desilusionada, había envidiado las relaciones que las criadas
llevaban en secreto y los besos robados.
Ninguno de los dos agradecería la interrupción al igual que ella
se habría puesto furiosa si alguien hubiera interrumpido su beso con Roland.
Claro que Tim e Isolda estaban a punto de hacer algo más que
besarse. Pero incluso sabiéndolo, ¿tenía ella derecho a tratar de proteger a
Isolda de lo que la criada obviamente quería de Tim?
¿De lo que ella misma quería de Roland?
Cerró la puerta de la cámara tras de sí, muy consciente de la
envidia que sentía de Isolda por la facilidad con que podía tomar un amante y
por el cariño y cuidado que Tim tenía la intención de prodigarle.
Con el escrito del rey en las manos, no podía evitar pensar —de
camino a la sala de cuentas de su padre— de quién era Tim escudero. Estaba
totalmente segura de que su señor también se tomaría muchos cuidados para
agradar a su amante.
¿No podía ser tan sencillo, tan natural para señor y señora? ¿No
podía tomar a Roland de la mano y conducirle también a un lugar privado, donde
nadie pudiera encontrarlos, a un lugar que nadie salvo ellos dos conocieran?
Roland creía haber llegado a las almenas sin que nadie hubiera
notado su confusión y excitación. Aunque él tampoco estaba en condiciones de
saber lo que estaba haciendo. Todos lo habrían visto salir, habrían notado su
agitación y el abultamiento bajo sus calzas y supuesto que necesitaba un poco
de intimidad.
Se apretó contra la fría piedra del muro y miró hacia fuera, de
cara al viento helado.
¡Por todos los santos! Seducido por Eloise, la había besado, y
se juraba que no podía entender por qué había bajado la guardia tanto como para
permitir que ocurriera.
¡Eloise era verdaderamente una mujer atrevida!
Y él había resistido. Dios sabía que lo había intentado pero
Eloise se había mostrado tan presta a que ocurriera algo que la tentación había
sido superior a él.
En el momento que le había dicho que Hugh no la había besado, se
sintió liberado de la terrible sensación de que pudiera estar comparándoles, y
acabó cediendo.
Debería haber subido a su cámara solo, haber sacado el escrito y
haber bajado con él al salón. Así no habría probado el sabor de sus labios ni
estaría sufriendo en ese momento los demonios que por la noche lo
atormentarían.
Le había sido confiada la protección de Lelleford y eso
significaba proteger a sus habitantes, especialmente a la hija del señor. ¿Pero
quién le iba a decir que iba a tener que protegerla de sí mismo?
¿Acaso no era Eloise la misma mujer contra la que había
advertido a su hermano, a la que había descrito como una mujer de corazón de
hielo por no haber derramado una sola lágrima por la muerte de Hugh?
No, no lo era, y eso formaba parte de su particular infierno.
Decidida, sí, pero también cálida y generosa. Una leona noble, que también
sabía ronronear.
Por los clavos de Cristo, cómo la deseaba. Todavía no alcanzaba
a comprender cómo había logrado dejarla en su cámara de sólido cerrojo en la
puerta y dos blandas camas en el interior.
Pero lo había hecho, y era lo mejor que podía hacer, por mucho
sufrimiento que implicara para él.
Ella no estaba destinada a ser suya, nunca lo sería.
¿Entonces qué vamos a hacer, Roland? Acabas de decir que la
atracción está ahí. ¿Fingiremos que no existe? Me parece que eso ya lo hemos
intentado y hemos fracasado.
Sí, él había fracasado. Estrepitosamente. Deshonrosamente.
Y si volviera a tentarlo, atrapándolo en su mirada de zafiro,
con la barbilla elevada para mostrarle el ángulo perfecto de sus labios,
probablemente volvería a ceder. Una y mil veces.
No era la primera mujer a la que había besado, nada más lejos de
la verdad. Pero ninguna de las amantes que había tenido, desde la cariñosa
criada de la casa de su padre hasta una dama noble con quien había estado en la
corte del rey, había conseguido incendiar su cuerpo y su alma con sólo un beso.
Si no la conseguía, se volvería loco.
Pero también sería una locura tenerla.
Roland se separó del muro. Tal como él lo veía, tenía sólo dos
opciones. Abandonar Lelleford —algo que no podía hacer— o tomar a Eloise por
amante.
Se rió de su propia arrogancia. Como si se tratara sólo de su
opinión. Nunca había tomado a una mujer por la fuerza, y no iba a empezar
ahora, especialmente con una mujer que no tenía reparos en formular sus deseos
alto y claro.
Tal vez hubiera leído demasiadas cosas en el beso que habían
compartido. Tal vez sus propios deseos le hicieran ver cosas irreales. Tal vez
un beso era lo único que Eloise había deseado.
Sólo que su instinto, que nunca le había fallado hasta el
momento, le decía que si hubiera conducido a Eloise a una de las camas, ella
habría estado más que dispuesta a yacer con él.
Verdaderamente, Eloise no era frágil, tal como había dicho.
Ninguna mujer que hubiera conocido antes era capaz de expresar sus opiniones
como Eloise. Ninguna tenía su fuerza de voluntad. Y si su deseo era que fueran
amantes, sería un idiota rechazándola.
Tendrían que ser discretos. Tanto la reputación de Eloise como
la posición de Roland en tanto que supervisor de Lelleford podrían verse en
tela de juicio si eran descubiertos. Pero si tenían cuidado…
Entonces así sería. No se resistiría pero tampoco sería él quien
iniciara la relación. Si ella lo deseaba se lo haría saber. Dejaría que fuera
Eloise quien lo atrajera a su cama para que nadie pudiera acusarlo de estar
aprovechándose de ella.
Dios sabía que Eloise no necesitaría perseguirlo demasiado.
Capítulo 10
Cuando todas las piezas estuvieron cortadas, almacenadas y
empaquetadas en el orden en el que las prendas debían ir confeccionándose,
Eloise empezó a preocuparse por el paradero de Isolda.
Al no hallarse ni en el salón ni en la cámara que compartían,
Eloise se puso la capa y salió de la torre. Encontró a la criada en el mismo
sitio que la hallara el otro día —sentada en un banco a lo largo de la muralla
de la liza observando a Timothy empuñar la lanza.
En ese momento sólo Roland y Timothy estaban practicando.
Utilizaban espadas de madera para ello, no llevaban cota de malla, ni siquiera
una chaqueta guateada de protección. Vestidos con sendas túnicas marrones de
manga corta ceñidas al cuerpo, atacaban y paraban golpes en una pelea fingida.
Eloise trató de no fijarse en la elocuente figura de Roland, la
gracia y la fuerza que imprimía a sus movimientos. Ahora sería el momento
perfecto para mantener una conversación privada y sincera con Isolda sobre
Timothy, y no dejaría que los movimientos bien sincronizados y seguros del
hombre la distrajeran.
Eloise se deslizó en el banco e Isolda la saludó frunciendo
ligeramente el ceño.
—¿Me necesitáis, señora?
—No. Sólo me preguntaba qué te mantenía alejada del salón tanto
tiempo. Ahora ya lo veo.
El ceño fruncido de Isolda se transformó en una tierna sonrisa.
—Es maravilloso contemplarle.
Eloise miró el objeto de la atracción de Isolda, y pensó que el
señor del muchacho también proporcionaba una agradable diversión para la vista.
—¿De veras?
—Sí, señora —suspiró—. Algún día será un excelente caballero,
igual que Sir Roland.
Los hombres habían bajado las espadas, y Roland hablaba con su
escudero en voz demasiado baja para que Eloise alcanzara a escucharles. Timothy
asintió y, con una mirada de determinación en el rostro, volvió a cruzar la
espada con Roland. El ritmo fue elevándose, las espadas chocaban entre sí cada
vez con mayor fuerza y rapidez.
De hecho, el muchacho mantuvo el ritmo impuesto por su señor,
cuya habilidad era incomparable, incluso en aquel sencillo ejercicio de lucha.
—Ciertamente —reconoció, lo cual no era buena señal para Isolda,
una pobre campesina huérfana. Cuanto más creciera Timothy, menos posibilidades
habría de que deseara seguir en su compañía.
Pero si Edgar se hacía caballero, su hermana también se
beneficiaría del ascenso de su hermano. Desgraciadamente, las perspectivas de
futuro de Edgar no tenían buen aspecto en ese momento, y nunca llegarían a nada
si John Hamelin se arruinaba.
Eloise hizo acopio de todo su coraje para dar el consejo que no
estaba muy segura de que fuera necesario ni siquiera deseado, con la esperanza
de no estropearlo todo.
—Isolda, sé que has estado con Timothy casi toda la tarde.
¿Quieres contarme algo?
Isolda ladeó la cabeza interrogativamente.
—Estaba arriba y os oí hablar. No era mi intención, pero tampoco
quise interrumpir.
La criada no parecía enfadada ni tampoco avergonzada al saberse
descubierta, simplemente estaba pensativa.
—¿Lo desaprobáis?
—No necesariamente —dijo Eloise. Lo cierto era que Timothy le
parecía un joven cariñoso y galante—. Sólo quiero asegurarme de que no te hacen
daño.
—Queréis decir q no queréis que me quede preñada.
Eloise no había pensado en tanto, sólo le preocupaban los
sentimientos de Isolda cuando Timothy abandonara Lelleford, lo que sucedería
algún día. Igual que Roland.
—No sería buena cosa siendo tan joven.
—Cierto, pero no tenéis que preocuparos. Sé cómo evitarlo.
Aquello era totalmente nuevo para Eloise, tanto el hecho de que
hubiera una forma de evitarlo como que Isolda la conociera.
—¿Y esa forma de prevención que dices es… eficaz?
—La mayoría de las veces —dijo Isolda con sonrisa maliciosa—.
¿Por qué, señora? ¿Estáis pensando acaso en tomar un amante?
Eloise no quería ni imaginar la expresión que debía de estar
poniendo o el tono de su voz para que Isolda hubiera pensado algo así.
Desgraciadamente, la criada estaba en lo cierto, aunque Eloise no iba a
reconocerlo.
—Habrá un día en que semejantes conocimientos me serán de
utilidad.
—¿Con Sir Roland tal vez?
—¡Isolda! ¡Menuda insolencia!
La criada se encogió de hombros.
—No sería una sorpresa que lo hicierais. Todos hemos visto las
largas miradas, la forma en que los dos bailáis alrededor del otro. Es la
comidilla de todo el salón.
Eloise cerró los ojos y se apoyó contra el muro de piedra
dejando escapar un gemido. Era inadmisible para la señora del castillo, quien
aparentemente debería haber sido más discreta en su trato con Roland.
¿Por qué nada escapaba a esas agudas miradas y esas lenguas se
movían más rápido que las alas de una abeja?
Y si las siervas del señorío hablaban, los guardias también se
darían a la especulación, y en esos momentos hasta los aldeanos sabrían de la
admiración de su señora hacia Sir Roland.
Maldición.
—¿Es que no hay nada sagrado, ni siquiera privado?
—No mucho, señora. Si os sirve de consuelo, todo el mundo lo
tiene en gran consideración. De hecho, Cook piensa que ya es hora de que
tengáis una aventura apasionada. Dice que os hará bien.
Eloise abrió los ojos desmesuradamente.
—Eso dice, ¿no?
—Sí. ¿Y por qué no? Sir Roland es un hombre guapo y un caballero
de honor. Nadie en todo Lelleford os culparía por llevároslo a la cama. Yo
tampoco.
Ruborizada, Eloise pensó que aquélla era probablemente la
conversación más impropia que había tenido con Isolda. Siempre se habían
mostrado sinceras la una con la otra, pero nunca hasta el punto de tratar un
tema tan delicado.
¿Pero con quién más podía hacerlo? Desde luego no con su padre
ni con sus hermanos. Su madre había muerto antes de que llegara el momento de
hablar del tema y su hermana se había casado joven y vivía lejos. ¡Aun así,
discutir esos asuntos con una criada, más joven que ella, que parecía saber más
de la vida y de los acontecimientos que tenían lugar en la torre que su señora
no era propio!
—No recuerdo haber pedido permiso a nadie, ni siquiera a ti.
—No necesitáis mi permiso, señora. Sólo pensé que os gustaría
saberlo.
Permanecieron sentadas en silencio durante un rato, observando
los embates de los hombres en su ejercicio. El sudor brillaba en el ceño de
Timothy mientras que Roland parecía estar refrenándose un poco frente a su
escudero.
Maldición. El hombre tenía realmente un aspecto magnífico. Le
parecía tan atractivo que a veces el corazón se le aceleraba peligrosamente y
las rodillas le flaqueaban. Podría quedarse horas allí sentada, contemplando
los flexibles músculos de sus brazos y sus ágiles piernas.
A eso había que añadir que también era un hombre galante cuando
la ocasión lo requería y considerado con ella cuando ésta lo necesitaba. Podía
ser muy directo, incluso brusco cuando sus emociones se apoderaban de él, como
cuando habían hablado en la iglesia.
Pero también podía ser gentil, incluso tierno, como cuando se
besaron esa mañana. Un beso que le había hecho albergar pensamientos
pecaminosos y deliciosos sobre el lugar al que uno o dos besos conducían: a su
cama o a la de él; a actos de los que sólo había oído hablar pero que aún no
había experimentado por sí misma.
Toda su vida había creído que el primer hombre con el que se
encamaría sería su esposo, le habían contado que su obligación era proteger su
virtud hasta ese momento, aunque sabía que no todas las mujeres nobles llegaban
vírgenes al matrimonio, que las familias estaban más centradas en las ganancias
que implicaban los contratos matrimoniales que en la virginidad de la mujer. Se
trataba de algo sobre lo que solía hacerse la vista gorda, siempre y cuando
ésta no estuviera embarazada de otro hombre en el momento de la boda, y
dependiendo del rango del novio.
¿Podría ella tomar un amante y no sufrir la peor de las
consecuencias? Y más aún, ¿no sería maravilloso que su primera experiencia se
realizara con un hombre que ella sabía podía ser cariñoso, uno por el que había
empezado a sentir más de lo que debería?
Un hombre que deseaba.
Eloise urgió a Isolda a hablar.
—Dime.
Isolda sabía exactamente a qué se refería.
—Si se hace con la mujer encima, la semilla del hombre se
derrama sobre él en su mayoría.
Eloise arrugó la nariz.
—Suena bastante sucio.
—Pero a algunos hombres no les gusta con la mujer encima. Si es
el hombre quien se pone encima, habrá de sacar su verga antes de que expulse la
semilla.
Eloise estaba empezando a dudar si en realidad quería hacerlo.
—Aún más sucio.
Isolda dejó escapar una risa nerviosa.
—Lo es. Todo se pone pringoso si el hombre no tiene cuidado. —Se
detuvo para añadir—: También he oído que puedes lavarte tus partes muy bien con
agua de limón. Dicen que mata la semilla antes de que pueda brotar.
—¿Agua de limón?
—Con mucho limón.
—Los limones son caros.
—Por eso usamos alguna de las otras dos formas.
Eloise decidió que no quería saber qué método habían utilizado
Isolda y Timothy.
Riéndose de buena gana, Roland le dio unas palmaditas a Timothy
en el brazo y le entregó su espada de prácticas. El muchacho salió corriendo
hacia la armería cercana y Roland se dirigió hacia la puerta de entrada, con la
intención de subir a la torre del homenaje.
Pero entonces la vio y cambió de dirección.
Isolda se levantó del banco.
—Si queréis saber mi opinión, señora, sería una buena idea tener
uno o dos limones a mano antes de Todos los Santos.
Todos los Santos. Apenas quedaban dos días. Una fiesta que se
caracterizaba por las hogueras, las comilonas y los disfraces de la gente. Los
supersticiosos seguían practicando rituales paganos que los protegieran de los
fantasmas, las brujas y todo tipo de demonios, y el monje de la aldea hacía la
vista gorda porque no podía hacer nada para evitarlo.
Un día en el que la cerveza y el vino corrían a mares y todo
tipo de vicios estaban permitidos.
Isolda hizo una reverencia ante Roland al cruzarse con él en el
patio. Este le dedicó una amable sonrisa aunque no le dirigió la palabra, ni
siquiera aminoró el paso.
Eloise hizo entonces ademán de levantarse también, pero Roland
le pidió que permaneciera sentada con un gesto de la mano. Ella obedeció,
mientras un estremecimiento recorría su interior debilitándole las rodillas.
Teniendo en cuenta la naturaleza de la conversación que había tenido con
Isolda, no le sorprendía nada el latido acelerado que había tomado su corazón.
Roland se sentó en el sitio que había dejado libre Isolda. Se
inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas. Entonces respiró
profundamente en busca del valor que necesitaba para lo que tenía que decirle.
—Timothy e Isolda. Lo han hecho.
Y tanto, aunque Eloise no estaba muy segura de cómo se sentía al
respecto. Por una parte, Isolda parecía saber lo que hacía, pero por otra,
Santo Dios, no tenía más que catorce años. Y su amante no era mucho mayor.
—Lo sé. ¿Timothy te lo ha contado?
—Ha llegado tarde al entrenamiento, y su forma de caminar lo
decía todo. Cuando le pregunté, admitió dónde había estado. ¿Isolda te lo ha
confesado?
Eloise cruzó los brazos y se apoyó contra el muro.
—Oí una conversación sin querer. Cuando saliste de tu cámara
después de nuestra… conversación, bajaste por la escalera de los siervos en vez
de la principal, así que debiste de cruzarte con ellos —suspiró—. Podría haber
hecho algo, pero no lo hice.
—¿Lamentas no haberlo hecho?
—Aún no lo he decidido.
Roland asintió, comprensivo.
—¿Quieres que le ordene a Timothy que se aleje de ella?
—¿Acaso lo haría?
—Me gustaría creer que sí.
—Entonces la cuestión es, ¿les estaríamos haciendo un favor o
simplemente entrometiéndonos en algo que no es asunto nuestro?
Roland la miró de soslayo.
—Timothy es mi escudero e Isolda tu criada. ¿Quién más podría
tener el derecho a interferir por su propio bien?
—¿Entonces crees que deberíamos hacerlo?
Roland se cruzó de brazos y se reclinó sobre el muro, a escasos
centímetros de ella. Para asombro de Eloise, y dadas sus reacciones ante la
cercanía del hombre, se sintió cómoda. Sólo quería apoyar la cabeza contra su
hombro y gozar de su cercanía un rato.
—¿Está triste Isolda?
—Lejos de ello. Parece… contenta, feliz, lo que no es muy
habitual en ella. ¿Y Timothy?
Roland se rió.
—Anda pavoneándose como un gallo. Cuando le pregunté si sabía
cómo proteger a Isolda de… las consecuencias, me miró como si me hubiera vuelto
loco. Dijo que sabía lo que hacía. Ha sido una conversación extraña. Me ha
hecho sentirme viejo.
Eloise sabía exactamente cómo se sentía. Ella no sólo se había
sentido vieja sino ignorante. Pero gracias a su criada, ya no lo era.
—Isolda también sabe lo que se hace —suspiró—. Lo que significa,
supongo, que deberíamos dejarlos en paz.
Tras un momento de silencio, Roland dijo:
—Son jóvenes pero no niños. Conozco de algunos matrimonios que
han tenido lugar con parejas aún más jóvenes. Y parece que se quieren.
Eloise no pudo por menos que sonreír al darse cuenta de algo.
—Así que aquí estamos, convenciéndonos de que no debemos hacer
nada al respecto, algo que no se nos da muy bien.
Roland giró la cabeza para mirarla y Eloise ni si quiera trató
de controlar los estremecimientos que su intensa mirada provocaba en ella.
Santo Dios, Roland tenía unos ojos preciosos, y a esa distancia podía discernir
motas doradas entre el color miel verdoso.
—A veces es mejor dejar que las cosas ocurran.
Lo dijo en apenas un susurro, con suavidad, y Eloise sabía que
ya no hablaban del escudero y la criada.
—A veces —susurró ella deseando que Roland captase el doble
sentido.
Roland miró entonces sus labios.
—¿De verdad lo crees?
—Así es.
El ruido de la puerta de la armería la distrajo, haciéndola
recordar que estaban sentados en un lugar público. Timothy había salido y
atravesaba el patio haciendo todo lo posible por ignorar a las dos personas
sentadas en el banco.
Roto el hechizo, Roland se levantó y extendió la mano. Demasiado
formal para el gusto de Eloise, le dijo:
—Venid, señora, os escoltaré hacia el salón. Necesito lavarme.
Eloise aceptó su mano y se levantó deseando que las rodillas la
obedecieran. Roland dejó caer la mano casi de inmediato, lo que hizo que Eloise
se preguntara si no lo habría imaginado todo.
Durante el trayecto hasta la torre, Roland se mantuvo silencioso
y distante, y Eloise se preguntó si realmente tendría necesidad de los limones
que sabía estaban almacenados en la despensa.
Excepto en las comidas, Roland apenas había visto a Eloise en
los últimos dos días. Entre la supervisión de la sala de costura y los
preparativos para la celebración de Todos los Santos, Eloise había corrido de
aquí para allá todo el día, entre la cocina y la aldea.
Roland permanecía junto a Marcus observando cómo encendía con
una antorcha las primeras hogueras que arderían durante toda la tarde y hasta
bien entrada la noche. La gente comenzó a gritar de júbilo cuando las llamas se
elevaron y la madera ardiente comenzó a chisporrotear.
En su rostro había una gran sonrisa, jubilosa y brillante como
las llamas de la hoguera, dando la bienvenida a los espíritus benignos y
manteniendo alejados a los demonios.
Roland había tenido dos días para pensar en ello, y seguía sin
saber si la había comprendido bien o habría malinterpretado sus palabras por
completo. Tras su conversación en el banco, Eloise no había dado indicación
sobre una y otra posibilidad y le resultaba tremendamente frustrante.
Marcus llamó su atención con un codazo y señaló a un grupo de
niños disfrazados con pieles y máscaras de animales que se acercaban
sigilosamente a un grupo de niñas que, lógicamente, salieron corriendo al
verlos, gritando como sólo las niñas gritan al oírlos rugir y gruñir.
Sonriendo, se fijó en los disfraces de los demás, niños y
adultos. Además de las pieles, había demonios y algún santo que otro, todos
juntos en la celebración pagana del Samhain o el día de Todos los Santos para
los cristianos.
Eloise parecía haber decidido no disfrazarse, al igual que
Roland y la mayoría de los caballeros y hombres de armas. Alguien tenía que
velar por la seguridad de la torre mientras los demás festejaban.
Los barriles de cerveza que se habían sacado al patio
permanecían alineados a lo largo de la muralla y multitud de mesas se habían
cubierto de fuentes con pan negro y queso así como grandes cuencos con nueces y
cestas llenas de manzanas de un rojo brillante.
—Tengo que encender dos hogueras más entre la torre y la aldea
—dijo Marcus—. ¿Quieres venir?
Roland lo consideró durante un momento, pero entonces vio a
Eloise dirigiéndose hacia las mesas de comida. Y, de pronto, sintió un gran
deseo de comerse una manzana.
—No, ve y diviértete. Yo vigilaré esto.
Antes de que Marcus diera un solo paso, dos niñitas rubias se
acercaron a él corriendo, los ojos muy abiertos por el miedo, que habría creído
cierto de no ser por las grande sonrisas que cubrían sus rostros relucientes.
—¡Sálvanos papá! ¡Sálvanos!
¿Marcus padre? A Roland no se le había ocurrido pensar que
alguno de los caballeros del señorío pudiera estar casado, y no recordaba haber
visto a las niñas en la torre ni que le hubieran presentado a su esposa.
Un muchacho cubierto con una máscara se les echó encima,
envuelto en una piel de oso, gruñendo como un verdadero animal.
Riéndose, Marcus levantó a las niñas y Roland capturó al oso y
se lo echó encima del hombro.
—No es justo —gruñó el chico, la voz silenciada bajo la piel de
oso—. Siempre las salvas, papá.
Marcus apretó a las niñas contra sí.
—Sí, lo hago, igual que espero que no sigas aterrorizándolas.
—Es un juego.
Marcus se rió.
—Tal vez sea un juego para ti. Pero tu madre no dice lo mismo.
—Dejó a las niñas en el suelo—. Y ahora, iros. Tratad de no meteros en
problemas, ¿vale?
Las niñas se fueron tras prometer que se portarían bien, aunque
ningún adulto lo creería. El chico se limitó a suspirar con resignación.
Roland agitó al chico que llevaba sobre el hombro y que no
tendría más de siete años.
—¿Qué hacemos con el oso, Marcus? Un depredador tan fiero no
debería correr libre por ahí.
El chico se puso rígido, al darse cuenta de que había sido
cazado por un desconocido.
—¿Qué dices tú, Otto? ¿Dejamos que Sir Roland se ocupe de ti
igual que hice yo con el oso bajo cuya piel ahora te escondes?
—¡No! —exclamó Otto estirándose y retirándose la máscara tras la
que se ocultaba un rostro muy parecido al de Marcus—. No dejarás que me
despelleje, ¿verdad, papá?
Marcus se frotó el mentón.
—Bueno, pues no sé. No se puede dejar que los osos de verdad
campen a sus anchas por ahí. Tal vez, si te comportaras como un oso manso…
—O al menos uno menos malhumorado —dijo Roland—. Tal vez, si
Lady Eloise pudiera conseguirle algún dulce con que satisfacer su hambre, Otto
dejaría de gruñirles a sus hermanitas.
Que Otto se rindiera ante el soborno no fue ninguna sorpresa
aunque, recordando su infancia, Roland sabía que la solución no duraría mucho.
Las hermanas del chico regresarían buscando ayuda varias veces más antes de que
acabara el día.
Roland dejó a Otto en las manos de su padre. Tras un breve
abrazo y una palmada cariñosa en el trasero, Marcus dejó al niño en el suelo y
se alejó a encender las hogueras.
Otto se quedó mirando a Roland con cautela.
Con las manos apoyadas en las caderas, Roland le devolvió la
mirada al pilluelo.
—¿Qué dulce te apetece más?
—Tarta.
—¿Alguna en particular?
Otto sacudió la cabeza.
—No muy caprichoso, ¿eh? Veamos qué tiene la señora para
nosotros.
Juntos cruzaron el patio sorteando a los niños que correteaban
por todas partes y saludando a aquellos con los que se cruzaban. Conforme se
acercaban a la mesa, Otto se volvió a poner la máscara.
Eloise los vio llegar y se llevó la mano al pecho mientras
inspeccionaba a Otto.
—¡Por todos los santos, Sir Roland! ¡Un oso ha cruzado las
puertas! ¿Qué hacemos?
Al niño se le oyó reír bajo el supuesto gruñido de animal fiero.
—Este oso busca una tarta. Ha prometido no perseguir ni comerse
a nadie si le damos su premio.
—Difícil trato, pero creo que he visto… —Eloise se giró y buscó
entre las mesas—. ¿Te gusta la de albaricoque?
Otto asintió vigorosamente.
Con elocuente gesto, Eloise le entregó el dulce y el niño se
alejó tras prometer que no les haría nada más a sus hermanas. Eloise se giró
entonces hacia Roland, con una suave sonrisa en el rostro.
—Ahora que el oso ha sido derrotado, tal vez su captor quiera
disfrutar también de su recompensa. ¿Una tarta?
Un beso.
Roland extendió el brazo y tomó una manzana.
—Esto es suficiente —dijo al tiempo que daba un mordisco a la
manzana para mantener la boca ocupada y evitar así decir lo que consideraba una
justa recompensa.
Había mordido un trozo demasiado grande. Un hilo de jugo se
deslizó por una comisura, pero antes de que le diera tiempo a limpiarla, Eloise
la enjugó con la punta de un dedo.
Roland se quedó de piedra pero tragó cuidadosamente para no
atragantarse.
—¿Cómo has conocido a Otto? —preguntó ella con toda
tranquilidad.
Roland tragó por fin el bocado.
—Estaba con Marcus cuando sus niñas se le acercaron rogando que
las salvara. Él las tomó en brazos y yo me quedé con el chico.
—Buena estrategia.
—Eso parece. No me había dado cuenta de que Marcus estaba
casado.
—No lo está. Su amante vive en la aldea con sus hijos —suspiró—.
Marcus se casaría con Claire si ella lo aceptara, pero ya ha enterrado a dos
maridos y se niega a tomar un tercero. Dice que disfruta con las libertades de
una viuda. Yo creo que teme que si se casa con Marcus le ocurra algo malo.
Igual que le había pasado a ella. Con Hugh.
Basta. Lo último que quería hacer era recordarle a su hermano.
—¿Qué otros actos has planeado para este día?
—Juegos para los niños. Las manzanas colgantes. Esta noche habrá
música y baile. Sé de un grupo de chicas que tienen la intención de bajar al
río esta noche y lavar sus vestidos.
Roland arqueó una ceja y ella se explicó.
—Se dice que si lavas tu vestido en las aguas frías de un río en
la víspera de Todos los Santos, verás la cara de tu verdadero amor en la falda
mojada.
—No me parece muy creíble.
—Puede, pero una mujer quiere asegurarse de todas las formas
posibles.
Lo dijo con tanta seriedad que se temió que estuviera hablando
otra vez de Hugh. Pero Hugh ya no estaba. Su rostro no podría aparecer en la
tela mojada.
—¿Irás al río con ellas?
Sus ojos color zafiro relucían con actitud traviesa. Actitud de
mujer traviesa.
—No. Yo tengo… otros planes para la víspera.
Estaba flirteando con él.
—¿Como qué?
Eloise se sonrojó, un tono sonrosado que iluminó sus mejillas.
Encantadora. Y tan seductora como el canto de una sirena.
—Oh, ya pensaremos en algo. Tal vez un baile.
La confirmación de que sus planes lo incluían puso en marcha sus
pensamientos y la sangre empezó a hervirle en las venas. Podía bailar toda la
noche si así conseguía tener a Eloise entre sus brazos.
—Me gusta bailar.
—Maravilloso —dijo ella mirando su mano—. Termina tu manzana,
Sir Roland. Están mejor si se comen antes de que amarilleen.
Roland había olvidado la manzana, pero dio otro mordisco
mientras la observaba alejarse. ¿Sus caderas oscilaban más que de costumbre?
¿Acaso le estaba invitando a seguirla con la mirada que acababa de lanzarle por
encima del hombro?
Se habría puesto a gritar de alegría de no estar en el centro de
toda aquella gente. Una multitud que se iría volviendo más y más escandalosa a
medida que la cerveza empezara a correr, algunos acabarían borrachos incluso
antes de que comenzara el baile.
Sí, bailaría alrededor de la hoguera con Eloise, y cuando se
asegurara de que nadie miraba, la llevaría a algún rincón oscuro y oculto y le
robaría un beso, tal vez dos, tal vez más.
Eloise a punto estuvo de ponerse a patalear de frustración.
Ya era de noche. La música había comenzado y no se veía ni
rastro de Roland en el patio. Estaba segura de que le había dejado claro que lo
estaría esperando.
Por todos los santos, había sido tan directa con él por la tarde
que aún se ruborizaba al recordar con qué descaro le había tocado la comisura
de los labios, cómo le había ordenado casi que bailara con ella alrededor del
fuego.
Nunca antes había solicitado las atenciones amorosas de un
hombre, y ahora se preguntaba si no lo habría hecho mal.
En los últimos dos días había visto cómo actuaban las criadas,
se había fijado en cómo hablaban con la mirada y cómo movían sus cuerpos cuando
se paseaban entre los hombres. Había aprendido mucho observando y ahora deseaba
poner en práctica las sutiles formas de la seducción.
Tal vez hubiera sido demasiado sutil. Tal vez Roland no supiera
de sus planes para bailar con él y pasar después a algo más íntimo. Bueno, aún
quedaba tiempo para corregir cualquier error. La noche era joven y todo estaba
listo.
Había encontrado dos preciosos limones cuyo jugo estaba mezclado
con agua y oculto en su cámara. Isolda le había dejado caer que no la esperara
para dormir.
Lo único que necesitaba era al hombre que quería convertir en su
amante, una perspectiva que le provocaba escalofríos y la aterraba al mismo
tiempo.
Entonces lo vio, al otro lado de la hoguera, caminando junto al
fuego, buscando entre la multitud. Apenas si pudo contenerse para no ponerse a
saltar y mostrarle dónde estaba.
Sintió un vuelco en el estómago cuando al fin la vio. Le pareció
una eternidad el tiempo que tardó en acercarse y hacerle una cortés reverencia.
—¿Me haréis el honor, señora?
Eloise consiguió que la voz le saliera.
—¿Cómo podría rechazar invitación tan galante, amable caballero?
Roland le ofreció la mano y ella introdujo la suya en ella,
lejos quedaba toda sombra de duda. Era una sensación maravillosa, inevitable,
el estar girando alrededor del fuego con Roland St. Marten. Entre sus brazos y
también fuera de ellos, deslizamientos y reverencias. Oía la música, sentía el
calor de las llamas, pero no prestaba atención más que al brillo de sus ojos.
Entonces el sonido de la música se amortiguó y la luz se volvió
más tenue. Solos en la oscuridad, sin saber dónde y sin que le importara,
Roland la atrajo hacia sí y pudo sentir su excitación.
—¿Alguien te echará de menos? —le susurró Roland junto a los
labios.
—No más que a ti.
Otro beso, más profundo esta vez, llenó de escalofríos el cuerpo
de Eloise tal como había esperado cada vez que estaba cerca de él.
—¿Estás segura, Eloise?
El eco de las palabras de Timothy retumbó en sus oídos. ¿Estás
segura, cariño? Escudero y caballero se comportaban igual. Y al igual que su
criada, ella tampoco tenía miedo.
—Lo estoy.
—¿Dónde?
—Mi cámara. Está todo listo.
Roland sonrió al escuchar sus palabras.
—Yo desde luego lo estoy.
Con las manos entrelazadas, Roland la condujo a través de la
liza, manteniéndose ocultos entre las sombras. Casi habían llegado a la torre
de entrada cuando Simon se cruzó en su camino.
El caballero se percató de sus manos entrelazadas y dejó escapar
un suspiro. Eloise se mostró un tanto avergonzada.
—Siento molestar, señora, Roland. Un mensajero del conde de
Lancaster acaba de llegar. Trae noticias de Sir John.
Capítulo 11
Eloise no revelaba emoción alguna mientras leía la misiva a la
pálida luz de una antorcha en el salón.
¿Era la misma mujer de brillante sonrisa que había contemplado
todo el día? ¿La misma mujer directa y sensual que había besado en la oscuridad
y a la que se disponía a llevar a su cámara? Roland no podía creer lo
fácilmente que había pasado de la sensualidad a la actitud regia, de ser una
mujer magnífica en toda su feminidad a la dama del castillo.
Y aun así Roland tenía que admirar la dignidad de Eloise frente
a la adversidad. Si tuviera que luchar en una batalla querría tenerla de su
lado. Aun con recelo, habían pactado una tregua y finalmente un acuerdo. De no
haber sido porque la atracción física había acelerado el proceso, aún estarían
regalándose contestaciones airadas.
Eloise enrolló el pergamino y se dirigió al mensajero.
—Hay comida y bebida en abundancia en la liza. Os ruego aceptéis
nuestra hospitalidad.
El mensajero respondió con una reverencia.
—Mi agradecimiento, señora. Debo salir al alba y me gustaría
llevar una respuesta, si así lo deseáis.
El mensajero fue despachado y Eloise entregó la misiva a Simon.
—No son buenas noticias.
Eloise comenzó a pasear por el salón frotándose las manos, palma
con palma, señal indiscutible de su agitación.
Roland deseaba tomarla en sus brazos y decirle que todo saldría
bien, pero se quedó donde estaba. Primero tenía que saber hasta qué punto eran
malas noticias. Además, tampoco estaba muy seguro de que ella recibiera bien un
abrazo en ese momento, delante de Simon. Bastante avergonzada se había mostrado
cuando el administrador los había encontrado con las manos entrelazadas.
Puede que Eloise tuviera la intención de permitirle unas
licencias con ella que no le permitiera a otro hombre, pero en privado. También
él deseaba mantenerse fuera de las miradas ajenas.
Simon se sentó a una de las mesas de caballete y desenrolló el
pergamino. Roland desvió la atención de Eloise para leer por encima del hombro
de Simon.
Seguido de cerca por el conde de Kenworth, Sir John había
dirigido sus pasos hacia Londres y le había pedido ayuda a Henry, conde de
Lancaster, quien era un fiel partidario del rey Eduardo, como Roland sabía.
Pero éste, en vez de darle cobijo, lo había enviado a la Torre de Londres a la
espera de la decisión del rey.
De eso hacía ya dos días.
No era extraño que Roland no hubiera tenido noticias de
Kenworth. El conde debía de haber encontrado la pista de John Hamelin y lo
había forzado a actuar.
—¿Por qué acudió a Lancaster? —preguntó Eloise.
Simon pareció ponderar la cuestión un momento.
—Lancaster es un hombre razonable. Vuestro padre y él a menudo
comparten opiniones en los temas que se discuten en el Parlamento. No son muy
amigos pero supongo que Sir John lo consideró su última opción.
—Un error.
Roland no pensaba lo mismo. Henry de Grosmont no sólo era conde
de Lancaster, sino de Leicester, Derby y Lincoln. Un aliado poderoso. Y la
Torre de Londres tampoco era sólo una prisión, si no una fortaleza en la que se
guardaban las armas, el dinero y los animales salvajes del rey además de ser
una segura residencia para éste.
—Si me disculpáis, señora, creo que vuestro padre ha hecho una
buena elección.
Eloise pareció ofenderse.
—¡Lancaster lo ha encerrado en la Torre! ¿Cómo puede ser bueno
algo así?
—La Torre no es un lugar tan malo —explicó Roland ante la
incrédula mirada de Eloise—. Es cierto, vuestro padre está encerrado en una
cámara, pero su rango le permite ciertas comodidades. Tendrá una cama y comida
decentes y se le permitirá, bajo vigilancia, por supuesto, estirar las piernas
en el patio. Además, está en el corazón de Londres. Desde allí podrá contactar
con quien crea que le puede servir de ayuda a la causa y tendrá acceso a las
últimas noticias. Pero lo que es más importante, ya no corre ningún peligro
respecto a Kenworth.
Eloise se frotó la frente como si le doliera y tratara de calmar
el dolor.
—¿Entonces qué podemos hacer para ayudarle?
Muy propio de Eloise. Siempre quería hacer algo cuando no había
nada que pudiera hacerse. Fue Simon el que respondió.
—Vuestro padre nos pide que nos tomemos nuestro tiempo. Le
enviaremos el dinero que necesita y esperaremos instrucciones.
Eloise resopló ligeramente.
—De nuevo me pide que no haga nada.
—¿De nuevo?
Eloise se mordió el labio inferior y les dirigió una mirada
llena de pesadumbre.
Al tiempo, un escalofrío recorrió la espalda de Roland. Cuando
pilló a Eloise tratando de quemar la carta de su padre, había creído que le
había contado todo lo que sabía, pero al parecer no era así. Se había guardado
un último secreto.
No pudo ocultar la decepción de su voz cuando dijo:
—Eloise, ¿hay algo importante que debiéramos saber?
Ella se sentó en el banco junto a Simon.
—La mañana que se fue, mi padre me hizo llamar a la sala de
cuentas. El hermano Walter yacía en el suelo, sangrando, inmóvil. —Se detuvo al
revivir la experiencia—. Padre estaba furioso con el monje, lo llamó desleal.
Entonces me dijo que el conde de Kenworth llegaría en unas horas y por qué. Me
dijo que dejara pasar al conde, que le diera comida y bebida, que no hiciera
nada que lo empujara a tomar Lelleford por la fuerza.
Simon frunció el ceño en señal de desaprobación.
—Todo el tiempo supisteis las intenciones reales del conde, que
vuestro padre no había salido a cazar. ¿Y aun así no nos avisasteis a Marcus ni
a mí?
—Mi padre sugirió que no hiciera nada, Simon. ¡Fue una orden que
no podía desobedecer! Si él os hubiera llamado a su sala, ¿no habríais hecho lo
mismo, no me habríais mantenido en la ignorancia?
Simon se retorció disgustado.
—¿Entonces por qué me lo decís ahora?
—Porque no puedo seguir sentada viendo cómo mi padre es
castigado por un crimen que no creo que haya cometido. Padre también dijo que
no contactara con mis hermanos para pedirles ayuda. Creo que ha llegado el
momento de llamar a Geoffrey.
Tras un momento, Simon asintió.
—Puede que Sir John no se alegre mucho de verlo, pero parece lo
más sensato.
Roland no pudo evitar preguntar:
—¿Por qué Geoffrey?
—Mi hermano estudió leyes en París.
Entonces se dio cuenta de lo poco que sabía de los hermanos de
Eloise. Su hermana Jeanne se había casado muy joven y había oído rumores de una
pelea entre Sir John y el marido de Jeanne, motivo por el que ésta no había
asistido a la fatídica boda de Eloise. Tampoco lo había hecho su hermano mayor,
Julius, por estar de viaje en peregrinación a Italia. Pero nada se había dicho
del paradero de Geoffrey.
Cualquiera pensaría que un hombre buscaría a su hijo que sabía
de leyes de encontrarse en problemas.
—¿Por qué no quería vuestro padre que Geoffrey se enterara?
Eloise se puso rígida.
—No se llevan muy bien.
Roland comprendió que debía de tratarse de una larga y dolorosa
historia, una que Eloise no le había contado el otro día cuando estuvieron
juntos en la cámara de sus hermanos y tampoco parecía dispuesta a contársela en
ese momento. Pero consideraba que no era ése el mejor momento para pedirle
respuestas que satisficieran su curiosidad.
—¿Contestará vuestro hermano a la llamada?
—Creo que sí. Sólo espero que pueda llegar para ayudar a mi
padre. El mensaje tardará días en llegar a Cornualles, y fuego unos días más
para que Geoffrey llegue a Londres. Para entonces…
Cerró los ojos e inspiró profundamente. Roland sólo podía
imaginar el horror que sabía llegaría. Un juicio rápido y una rápida sentencia.
—Geoffrey tiene tiempo —dijo Roland—. Por lo que sé, estas cosas
pueden durar semanas, incluso meses. Sé de un hombre que lleva en la Torre
desde la primavera a la espera de que el rey tome una decisión.
Cuando Eloise abrió los ojos, vio en ellos una chispa de
esperanza y se preguntó si había hecho bien en decírselo. También sabía el caso
de otro hombre que había salido a los pocos días de su captura, pero ese hombre
había matado a uno de los escuderos del rey y su crimen lo habían presenciado
varios testigos.
Roland esperaba que la causa contra John no pudiera probarse tan
rápidamente y con resultados tan fatales. Sabía que había alguna prueba —la
carta que estaba en posesión del rey— pero no conocía su contenido.
Eloise se levantó del banco.
—Simon, elegid un hombre de fiar para que le lleve la carta a
Geoffrey. Informad también al mensajero de Lancaster que voy a preparar un
paquete para que se lo entregue.
—Sé a qué hombre enviar —informó Simon al tiempo que se
levantaba y salía en su busca dejando a Eloise y a Roland a solas.
Esta tomó la carta y la enrolló.
—Con vuestro permiso, Sir Roland. Tengo muchas cosas que hacer
esta noche.
Lo estaba despachando con su más regia actitud. ¿Cómo podía ser
tan fría y distante con él cuando sólo unos minutos antes habían estado a punto
de convertirse en amantes?
Roland le puso las manos en los hombros y la notó tan rígida e
inflexible que a punto estuvo de retirarlas. Entonces lo miró, sus ojos de
zafiro brillantes de ira, como si sólo se tratara de un obstáculo en su camino.
Aun así, Roland no cedió, con el único deseo de suavizarla y darle todo el
consuelo que pudiera.
No, no habría juegos en la cama esa noche. La unión de sus
cuerpos que con tanta ansia había esperado tendría que seguir esperando. Pero
Eloise y él se convertirían en amantes, si no era esa noche, sería en otro
momento. La atracción existente entre los dos era demasiado fuerte. Le daría
tiempo para superar este traumático acontecimiento, se mostraría paciente y
cercano.
Y entonces la conduciría del regio trono a una blanda cama, y
haría ronronear a la gatita que sabía llevaba dentro.
Cuando la tensión cedió por fin, fue para él una verdadera
recompensa, un precioso regalo.
—Discúlpame, Roland. Deseaba que esta noche fuera… diferente.
Roland depositó un delicado beso en su frente.
—Haz lo que debas. Yo estaré aquí. ¿Puedo ayudarte?
Ella sacudió la cabeza.
—Tengo que escribir las cartas para Geoffrey y para mi padre,
empaquetar unas cuantas túnicas y dinero para mi padre. Creo que es mejor que
lo haga sola.
Debía haber algo que él pudiera hacer.
—¿Y qué pasa con Edgar? También agradecería una muda.
Eloise gimió y bajó la cabeza. Su pelo le hizo cosquillas en la
barbilla, el olor al fuego de las hogueras y a especias que no pudo identificar
jugueteó con sus sentidos.
—Isolda. Hay que decírselo. Pero lo cierto es que no tengo idea
de dónde puede estar.
—Yo la encontraré. Ve y escribe esas cartas.
Quiso besarla de nuevo pero Eloise se deslizó con rapidez
dejándole un vacío en los brazos y un peso en el corazón.
Eloise redactó la carta de Geoffrey, un mensaje sencillo. ¡Si
tan sólo supiera qué decirle a su padre!
Había empezado dos veces y no había podido terminar ninguna de
las dos cartas —una le parecía demasiado furiosa y la otra demasiado fría— lo
que le hizo preguntarse si debía realmente escribirle. Tal vez debiera
limitarse a enviarle el dinero que le había pedido y las túnicas que no había
pedido pero que ella iba a enviar.
¿Estaría acomodado en una confortable cámara tal como pensaba
Roland o lo habrían echado a un calabozo infestado de ratas y basura? Un
escalofrío la recorrió al recordar su visita al calabozo de Lelleford, y se
imaginó que el de la Torre sería mucho peor. Su padre no le daba ninguna pista
en su carta, tan sólo unas breves letras en tono lacónico para decir cómo había
llegado a esa situación y que necesitaba dinero. No había mencionado a Edgar.
Sabía Dios dónde estaría el pobre escudero.
¿Pero qué decirle a su padre? ¿Que la vida en Lelleford seguía,
que había encendido las hogueras para celebrar la fiesta? ¿Que se había
permitido hacer a un lado los terribles problemas mientras planeaba convertirse
en la amante de Roland?
Se sentía culpable y reticente. Era insoportable. Casi podía oír
la voz estruendosa de su padre, despotricando, diciéndole lo que opinaba de sus
planes, de esa manera de malgastar los limones.
¿Cómo había podido pensar por un momento siquiera que podía
tomar un amante sin sufrir consecuencias? Especialmente si se trataba del
hombre a quien se le había asignado la supervisión de Lelleford. Un hombre del
rey. Relacionado con aquellos que querían destruir a su padre, culparlo de
traición.
El enemigo. El invasor.
Sólo que también era un galante caballero, un hombre cuyos besos
y suaves caricias la hacían estremecerse como ningún otro hombre había hecho.
Era una locura recordar el vigoroso beso que habían compartido
en la oscuridad, la cabeza le daba vueltas pero ella no había tenido miedo en
ningún momento. También lo era recordar la manera en que le había puesto las
manos sobre los hombros con firmeza evitando que se marchara, obligándola a
comprender que estaba con ella para todo lo que necesitara, tanto si quería
como si no.
Eloise dejó a un lado la carta para Geoffrey y cogió una bolsa
de cuero. Metió en ella todas las monedas que pudo y ciñó las tiras. Era una
cuantiosa suma para serle confiada a un mensajero, un extraño que podría no ser
de fiar. ¿Pero qué otra cosa podía hacer?
Envolvió la bolsa en una túnica de manga larga hecha de lana y
luego la guardó en una saca junto con otras dos túnicas, una de algodón ligero
y otra confeccionada con terciopelo de color azul oscuro que le parecía la más
apropiada para una audiencia con el rey.
Padre tenía que vestir sus mejores galas en el juicio. Ella
sabía que las apariencias contaban. Una túnica limpia y ricamente decorada
recordaría a todos el rango y la riqueza de Sir John Hamelin, el poder que
pudiera haber perdido.
Estaba segura de que tenía aliados, tal vez incluso Lancaster, a
pesar de que en ese momento lo que había hecho le pareciera más bien una
traición. Roland consideraba que la Torre era un buen lugar para su padre. Ella
deseaba saber más del funcionamiento de todas esas cosas para poder juzgar con
mayor claridad.
Padre contaría además con la ayuda de Geoffrey —de eso no tenía
duda— y la idea pareció apaciguarla un poco. Al menos, un miembro de la familia
en quien padre pudiera depositar toda su confianza estaría en Londres. Y tal
vez, el deseo de ayudar de Geoffrey propiciara la cura de antiguas heridas,
consiguiera acercar a padre e hijo.
Deseó estar allí para poder verlo.
Sus manos se quedaron inmóviles sobre la saca.
Ella podría ir a Londres con el mensajero.
Eloise se rió ante semejante idea. Todos se que darían de piedra
si dijera algo así. Simon y Marcus se negarían en redondo a considerar la
posibilidad de tan largo viaje y su padre se pondría furioso al verla.
Roland también se opondría, claro.
¿Se atrevería a hacer lo que deseaba, ir a Londres para estar
con su padre y su hermano?
Puede que Geoffrey fuera el único que lo aprobara, o al menos
que comprendiera su razonamiento. ¿Qué más necesitaba?
También sería bueno que alguien pudiera comprobar el estado de
Edgar, para poder contárselo a su hermana. Su padre no era el único que tenía
problemas.
¿Se atrevería pues a actuar por impulso?
Isolda entró en ese momento, con dos túnicas limpias para su
hermano dobladas bajo el brazo y lágrimas en los ojos.
—¿Es cierto, señora? ¿De verdad están presos en la Torre de
Londres?
—Eso parece. Dame. Pon la ropa de Edgar aquí, con la de mi
padre.
La saca no estaba llena. Quedaba sitio para un vestido si se
doblaba con cuidado.
Podía hacerlo aunque no sin levantar las sospechas de los mozos
de establo y los guardas de las puertas, pero era posible salir con el
mensajero y ponerse en camino hacia Londres antes de que nadie en la torre del
homenaje se diera cuenta.
Antes de que Simon, Marcus y Roland pudieran repetirle que no
hiciera nada.
Marcus tiró los guantes sobre la mesa de caballete, rebosante de
ira.
—La señora salió del castillo antes del alba, con el mensajero
para su padre.
A Simon se le atragantó el queso que estaba comiendo.
Por su parte, Roland notó que el corazón se le caía a los pies,
absolutamente abatido.
—Les dijo a los guardas que iba a la iglesia de la aldea
—continuó Marcus—, para asegurase de que todo estaba en orden para Todos los
Santos. Cuando los guardas se opusieron a que fuera hasta allí sola, dijo que
el mensajero era toda la protección que necesitaba, lo que les hizo suponer que
mientras hubiera alguien con ella, no pasaba nada.
Perdido el apetito, Roland retiró su escudilla.
—Supongo que no está en la iglesia.
—No. Recé por que así fuera mientras me dirigía hacia allí, pero
no. Creo que todos sabemos a dónde se dirige.
Londres. A ver a su padre en la Torre.
Simon gimió apesadumbrado.
—Sir John se pondrá furioso cuando se entere. ¡Maldición! Me
pareció verla feliz con la idea de enviarle el paquete y la carta a su hermano.
Debería haberlo adivinado.
Marcus se dejó caer en el banco frente a Roland, junto a Simon.
—Sí, deberíamos haberlo hecho. ¿Y ahora qué hacemos?
Roland no tenía duda alguna.
—Ir tras ella y traerla de vuelta.
Los dos caballeros se le quedaron mirando como si les acabara de
proponer que contuvieran una inundación sin presa.
—Eso es que aún no sabéis lo que es tratar de quitarle a Lady
Eloise una idea de la cabeza —comentó Marcus—. Es casi imposible.
—Una pérdida de tiempo —convino Simon.
No así Roland.
—Eloise puede ser razonable.
—Cuando quiere. Desgraciadamente, en este caso mucho me temo que
no atienda a razones.
Roland se levantó del banco no muy contento con lo que acababa
de escuchar.
—Si ninguno de vosotros confía en que pueda convencerla,
entonces iré yo. Y no tengo intención de dejarle opción.
Eloise le llevaba unas dos horas de ventaja. Con suerte, podría
alcanzarla a mediodía y tenerla de vuelta en el castillo por la noche para que
durmiera en su propia cama, como era debido. Pero si no tenía suerte… No, no
pensaría en ello antes de haber salido.
—¿Ha salido con su yegua?
—No. Tomó uno de los corceles más rápidos. Maldición. Tendría
que llevar esteras para dormir y algo de comida en caso de que tuvieran que
pasar la noche por el camino.
En cuanto a ese estúpido mensajero, pagaría caro por semejante
locura.
Roland subió las escaleras llamando a gritos a Timothy.
Mientras se preparaban para salir, Roland no dejaba de cavilar
en el acierto de sus actos. No debería dejar Lelleford, abandonar su
obligación. Por un segundo, consideró la posibilidad de enviar a Simon o a
Marcus, pero ellos eran demasiado susceptibles a los caprichos de la dama.
Además, Eloise también formaba parte de su obligación. Estaba
bajo su protección y él había permitido que se escapara. Sin previo aviso. Sin
considerar las consecuencias de sus actos.
Comprendía por qué Eloise quería ir a Londres. Adoraba a su
padre, y quería estar allí por si la necesitaba. Aparentemente mandar llamar a
su hermano no le había bastado para apaciguar su alma.
Él también comprendía el sentido de la obligación. La lealtad y
el amor hacia un padre. Si se tratara del suyo, Roland no habría dudado en
hacer lo que fuera para ayudarle.
Pero es que con los hombres era distinto. Una mujer tenía que
ser más cuidadosa, los peligros hacia su persona en el camino eran muchos.
Además, podía convenirse en el peón de una maniobra política. Mon Dieu, si
llegara a manos de Kenworth, el resultado podría ser desastroso no sólo para su
padre sino también para ella.
Eso no pasaría. Encontraría a Eloise y la traería de vuelta a
Lelleford, al lugar al que pertenecía. Y no saldría de allí, aunque tuviera que
hacer guardia en su puerta día y noche.
Roland se puso la cota de malla y se sentó en un taburete para
dejar que Timothy le ajustara los herrajes de los hombros.
—Creo que llevamos todo lo que necesitamos —dijo el chico—. Todo
menos la comida. ¿Necesitamos para más de un día?
Roland miró hacia la cama donde había dos esteras para dormir
enrolladas. Perdido en sus pensamientos, no se había dado cuenta de que Timothy
se había preparado para acompañarlo. Probablemente fuera una buena idea. En
presencia de su escudero no cedería a la tentación de estrangular al mensajero
por haber permitido que Eloise se pusiera en peligro.
Pero no dejaría que nadie más los acompañara. No quería saber
nada de los guardias que la habían dejado ir sin haberse ofrecido a
acompañarla. Timothy podría mantener el ritmo que pensaba imprimir a su
carrera. Rápido. Al menos durante las dos primeras horas.
—Coge lo suficiente para esta noche y parte de mañana, por si
acaso.
Timothy apretó el último enganche.
—Voy a la cocina, entonces. Saldré a vuestro encuentro en los
establos.
El muchacho se llevó las mantas enrolladas y atadas con cuerdas
de camino y dejó a Roland colocándose la espada y cubriéndose con un manto de
lana. Al pie de la escalera, Marcus y Simon lo aguardaban con el ceño fruncido.
Roland se puso los guanteletes.
—Espero estar de vuelta antes de la noche. Confío en que os
ocupéis bien de supervisar Lelleford en mi ausencia.
Simon echó los hombros hacia atrás.
—No tenéis que preocuparos por nosotros. Es Eloise la que nos
preocupa —dijo mirando a Marcus—. Os pedimos que no seáis muy duro con ella.
Roland sintió ganas de golpearlos. Si alguien se hubiera
mostrado duro con Eloise alguna vez en su vida, si le hubiera bajado los humos,
ahora estaría allí, sana y salva, y no en medio de un peligroso camino en
dirección a Londres. Bajo la única protección de un maldito mensajero.
—Si no coopera, la traeré hasta aquí aunque sea atada a la grupa
de mi caballo. Vosotros ocupaos de Lelleford. Yo me ocuparé de Eloise.
Centrado en su misión, no se percató de las sonrisas de ambos
caballeros cuando lo vieron salir por la puerta de la torre.
Marcus se rió.
—Creo que Lady Eloise ha encontrado a su hombre perfecto.
Simon se cruzó de brazos.
—Tal vez, pero apuesto a que tratará de convencerlo para que la
lleve a Londres.
—No soy tan tonto como para desprenderme de mi dinero tan
fácilmente.
Isolda le entregó a Tim un paquete con comida.
—He hecho que Cook os ponga comida para tres días, y un poco
más. Tened cuidado.
Tim le limpió con ternura la lágrima que escapó de uno de sus
ojos, evitando así que rodara por su mejilla. Nadie se había preocupado tanto
por él antes, y no estaba muy seguro de cómo aceptarlo.
—No llores por mí.
—Desearía que no tuvieras que ir.
—Allí donde vaya Sir Roland, yo voy. Es la vida del escudero.
—Lo sé, pero aun así…
—Vamos, no estés triste. No estaremos fuera mucho tiempo.
Isolda dejó escapar un profundo suspiro, y con ello se elevaron
sus pechos respingones y henchidos, distrayéndolo de su propósito. Tuvo que
recordarse que Roland lo esperaba en los establos. No podía demorarse.
Tim tomó la bota de vino y el paquete de comida en un brazo y
las esteras de dormir en el otro.
—Acompáñame a la puerta y cuéntame qué vas a hacer mientras yo
esté fuera.
Isolda le sonrió, esa adorable curvatura de sus labios que tanto
iba a echar de menos.
—Tal vez adelante el trabajo con el nuevo vestido de la señora
Eloise. Tiene especial interés en que le termine el azul antes de Navidad.
Tim se preguntó entonces dónde estaría él en Navidad. ¿Aún en
Lelleford? ¿O tal vez en al otro lugar, en compañía de Sir Roland? Tal vez en
la corte del rey, o tal vez en el señorío de St. Marten. En cualquier caso, era
bastante improbable que fuera a pasar la Navidad con Isolda.
O cualquier otra festividad en el futuro. No era más que un
escudero, sin posesiones, sin nada que ofrecerle, y los dos lo sabían y lo
aceptaban. Era estúpido desear algo más.
—¿Te gusta coser?
—Soy buena con la aguja y me agrada ver a otras personas
vestidas con ropas que he hecho yo. —Se detuvo. Aún no habían llegado a la
puerta de la torre de la muralla—. ¿Me harías un gran favor?
¿Acaso aún no sabía que haría lo que fuera para complacerla?
—Lo que desees, cariño.
La sonrisa de Isolda se agrandó al oír el término cariñoso, pero
al momento se desvaneció.
—Si ves a Edgar, dile que le quiero, y que no se preocupe por
mí. Estoy segura de que lo debe de estar pasando muy mal por ello.
Isolda se preocupaba por su hermano, a quien todos suponían
encerrado en la Torre con Sir John. Pero Isolda le estaba pidiendo un favor que
Timothy dudaba mucho que pudiera concederle.
—No iremos hasta Londres. Sir Roland espera encontrar a la
señora Eloise después del mediodía y volver esta noche.
—Eso es lo que Sir Roland pretende. Pero si su plan no sale
bien, y yo te aseguro que la señora Eloise hará todo lo que esté en su poder
para que así sea, ¿hablarás con Edgar por mí?
—Sir Roland no se deja convencer tan fácilmente.
Isolda se limitó a ladear la cabeza y en ese sutil movimiento
Timothy captó una suerte de advertencia por no haber cedido de inmediato a su
deseo. Lo había aprendido de la señora Eloise, Tim estaba seguro de ello. ¿Qué
más podía hacer él sino obedecer?
—Está bien. Si veo a Edgar, le daré tus recuerdos y le aseguraré
que estás bien. ¿Satisfecha?
La vibrante sonrisa de la chica fue toda la recompensa que
necesitaba, el leve beso que le dio en la mejilla un aliciente más. Con una
triste sonrisa, Isolda regresó a la torre.
Timothy por su parte se dirigió a los establos.
Por los clavos de Cristo, era como mantequilla en las manos de
aquella chica, fácilmente moldeable, preparado para derretirse. No era la
primera chica con la que estaba, pero nunca antes ninguna le había afectado
tanto como Isolda.
Eloise era una gran dama, y muy fuerte. Y por lo que había
observado, Sir Roland estaba locamente enamorado de ella. Sin embargo, Roland
tenía más experiencia con el bello sexo, no parecía tan presto a ceder a los
deseos de Eloise con la facilidad con que él reaccionaba ante Isolda.
Roland traería de vuelta a Eloise tal como había prometido,
aunque ésta se opusiera.
Tim sonrió para sí. Tal vez debería observar con más detalle
cómo un caballero manejaba a una dama, aprender a hacerlo. Aprender a ser firme
y a la vez galante; a persuadir a una testaruda mujer aun sin dejar de ser
caballeroso.
Lo cierto era que un escudero podía aprender de su caballero
algo más que la habilidad para sujetar una espada.
Capítulo 12
Eloise sentía que le dolía todo el cuerpo, excepto aquellos
miembros que se le habían dormido. Consiguió bajar del caballo y lo último que deseaba
era montar de nuevo. Con el fin de estirar los miembros doloridos, se movió por
el camino, pero sus piernas y su espalda no se recobraron.
Ni una sola vez mientras planeaba el viaje a Londres la noche
anterior se le había ocurrido pensar que pudiera ser tan doloroso. Claro que
nunca antes había cabalgado durante tantas leguas.
—¿Estáis preparada, señora?
Eloise captó el tono de disculpa presente en la voz del
mensajero. Cuando Daniel accedió a que lo acompañara, le advirtió —Eloise
estaba segura de que con la esperanza de disuadirla de semejante locura— de que
tenía que volver a Londres a toda prisa, que no podía permitirse muchas paradas
para descansar. Era casi mediodía, y se habían detenido para que los caballos
bebieran en un riachuelo, aprovechando el momento para comer algo.
Eloise respondió a la pregunta tirando los restos de la manzana
a un lado del camino y acercando su montura a un tronco lo suficientemente alto
para apoyarse y subir.
—¿Habremos llegado a Windsor al anochecer?
El mensajero sonrió tímidamente, reforzando la idea de Eloise de
que Daniel era joven y le tenía un poco de miedo, obviamente poco acostumbrado
a tratar con mujeres de mucho carácter.
—Con tiempo suficiente para disfrutar de una comida caliente y
reconstituyente y un merecido descanso después. La Posada del Jabalí es un
sitió decente. Espero que lo encontréis cómodo.
Eloise se removió sobre la silla, con la firme creencia de que
hasta el mismo suelo le parecía en aquellos momentos más cómodo que el rígido
cuero.
No había transcurrido ni una hora y sus piernas pedían a gritos
un nuevo descanso, pero no, podía hacer otra cosa que aferrarse a la silla y
tratar de no pensar en el dolor. Había convencido a Daniel para que la dejara
acompañarlo, y con ello había tenido que aceptar todas sus condiciones No podía
romper su promesa ahora, por muy mal que se sintiera.
Al menos hacía buen tiempo. A veces, unas pocas nubes cruzaban
el cielo lanzando una sombra sobre el camino, pero no había amenaza de lluvia.
Estaba agradecida por ello. Sólo mirando las cosas buenas podría apartar las
malas de su mente.
Había pasado toda la mañana preguntándose cómo le explicaría a
su padre sus precipitadas acciones, preocupada por el revuelo que probablemente
habría causado en Lelleford.
¿Se pondría furioso su padre y le ordenaría regresar a casa?
¿Cuánto habrían tardado en darse cuenta de su ausencia en Lelleford? ¿Habría
salido alguien en su busca? ¿Se habría puesto Roland tan furioso que no
volvería a mirarla con dulzura nunca más?
Tenía que dejar de pensar en Roland St. Marten y apartar el
caprichoso anhelo de que entre ellos hubiera algo dulce y amoroso.
Había sido una tonta al dejar que sus deseos de mujer la
hicieran olvidar sus obligaciones de hija. Debía haber antepuesto la situación
de su padre y haber excluido todo lo demás. Su lealtad y devoción debían ser
para él, no para un hombre que podía ser un amante ameno, y la llegada de
Daniel la noche anterior le había recordado su obligación.
¿Pero entonces por qué no podía dejar de mirar de cuando en
cuando por encima del hombro para ver si veía a Roland? Lo cierto era que si
alguien había salido en su busca, sería Marcus o Simon, pero no Roland.
La tarde se les echó encima, y justo cuando creía que se caería
de la silla porque sus piernas se negaban a sujetarla por más tiempo, Daniel
—gracias a Dios— salió del camino para hacer un nuevo descanso.
Al contrario que la vez anterior, Daniel se ofreció a ayudarla a
bajar sin mediar palabra. Elevar la pierna por encima de la silla casi acabó
con ella, pero aguantó el dolor y se sintió orgullosa por no caer desmayada
sobre la tierra del camino.
Se dio cuenta, sin embargo, de que el joven la sujetó por los
codos hasta asegurarse de que podría mantenerse erguida sin ayuda.
—Parecéis agotada, señora.
Eloise no podía negarlo, tan segura estaba de que su aspecto
traicionaba su estado.
—Te agradezco la preocupación, pero sobreviviré.
Eloise ignoró la forma en que el joven frunció el ceño dejando
entrever que tenía serias dudas de ello. Sobreviviría. Cabalgaría tan lejos y
tan rápido como fuera necesario aunque tuviera que atarse a la silla para
lograrlo.
Fue sintiéndose mejor a medida que paseó un poco por el camino.
Cada mordisco de manzana la hizo sentir renovada, o eso se decía a sí misma.
Tan pronto como su trasero tocó el tronco en el que había decidido descansar un
poco, se preguntó si sería capaz de levantarse de nuevo sin perder la dignidad.
Fue entonces cuando oyó el ruido de unos cascos, vigorosos y muy
veloces, que se acercaban por el mismo camino que ellos llevaban.
Daniel se colocó con las piernas ligeramente separadas y la mano
cerca de la espada, entre el camino y ella. A la mente de Eloise acudieron
imágenes de bandidos y rufianes, historias sobre viajeros abordados en los
caminos que había oído contar y se le formó un nudo en el estómago. El
consiguiente temor hizo que el corazón le latiera con fuerza y echara mano a la
bota, donde llevaba oculta una daga.
Tal vez los nuevos viajeros se limitaran a adelantarlos. Rogó
por que así fuera, pero estaría preparada si fueran otras sus intenciones. No
era una mujer indefensa y podía defenderse si llegaba el momento. Crecer en un
señorío rodeada de hombres y viéndolos entrenar con sus armas le había servido
de algo. Lo que le faltaba en habilidad lo supliría con entusiasmo.
Aun así, la mano no dejaba de temblar sobre el mango de la daga.
Entonces, el ruido de cascos fue disminuyendo, y los hombros
rígidos de Daniel parecieron relajarse ligeramente mientras bajaba la espada.
Eloise se obligó a levantarse y mirar quién era.
Roland. Y Timothy tras él. La habían descubierto. Aun consciente
de la mirada severa en su rostro, y de que daría rienda suelta a su ira, Eloise
sintió escalofríos ante la visión de Roland galopando hacia ellos.
Eloise se inclinó para guardar la daga en su bota de nuevo, y
tuvo que apoyarse en la espalda de Daniel para evitar caer.
—¿Señora?
—Estoy bien, sólo he perdido un poco el equilibrio.
El semental de Roland no había hecho sino detenerse cuando éste
ya estaba en el suelo con un ágil y vigoroso salto. Señaló con un dedo
amenazador a Daniel.
—Tú. ¡Ya me ocuparé de ti después!
Razonablemente, el mensajero retrocedió un paso, dejándola
vulnerable a merced de Roland.
Con unas zancadas largas y potentes, se acercó a ella, su ira
amenazadora. Eloise no pudo dominar la desilusión de que a pesar de haber
recorrido una gran distancia a veloz paso, Roland no mostraba señal alguna de
debilidad o cansancio.
Cuanto más se acercaba, más consciente era de que debería
prepararse para enfrentarse a su insistente ruego de que volviera a casa. Pero
Santo Dios, el calor que sentía en su corazón le impedía pensar en algo que no
fuera su presencia. Le costó gran esfuerzo no echarle los brazos al cuello y
gritar de gozo.
Roland se detuvo a pocos centímetros de ella y se cruzó de
brazos.
—¿Tienes idea…, una mínima idea…, qué demonios pasó por tu
cabeza? —Roland no sabía qué más decir. Dirigió los ojos al cielo en busca de
guía y finalmente los cerró no sin antes exhalar un profundo suspiro.
Eloise sintió que su corazón vibraba de felicidad. No estaba tan
enfadado como preocupado. Posó a continuación sus dedos vacilantes en el brazo
de Roland.
—No me ha pasado nada, Roland.
—Ya lo veo. Pero necesito un minuto.
Roland pareció recuperar el control de sus sentimientos, aunque
no le resultaba tarea fácil con los dedos de Eloise describiendo pequeños
círculos sobre su brazo, prueba de la conexión entre él y la mujer a la que no
había dejado de imaginar tirada en un charco de sangre a la vera del camino.
Aún no se atrevía a tocarla, indeciso entre abofetearla con
fiereza por sus temerarios actos y por haberle hecho vivir un verdadero
infierno, o apretarla contra su pecho con fuerza para evitar que volviera a
alejarse de él.
—¿Cómo nos has encontrado? —preguntó Eloise dulcemente.
Algo más calmado, abrió los ojos y la encontró sonriéndole, como
si estuvieran a solas en algún lugar privado y no en medio del camino. Se le
aceleró un poco el corazón y apretó los brazos para mantenerlos en su sitio.
—Un clavo saltó de la herradura de tu corcel y no me ha
resultado difícil seguir tu rastro.
—Oh. —La ligera exhalación de aire lo dejó casi sin aliento—.
Algo tan pequeño. Tal vez cuando lleguemos a la posada esta noche podamos hacer
que le pongan clavos nuevos.
Simon y Marcus le habían advertido de que no cedería fácilmente
a la orden de volver a casa, algo que él ya sabía. No había hecho sino
encontrarla y apenas podía contener las ganas de tenerla entre sus brazos. Lo
último que deseaba era discutir. Sus entrañas estaban tan caldeadas que no
podría argumentar nada… Sólo que ésa no era la actitud para ganar.
Tenía que mostrarse imperativo y no dejarse engatusar si quería
ganar.
—No irás más lejos de este punto. Te llevo de vuelta a casa.
Eloise arqueó una ceja. Sus dedos detuvieron el movimiento
circular pero no soltaron su brazo.
—Pero debo continuar. Roland, mi padre necesita ayuda y no puedo
abandonarle.
—Has pedido ayuda a Geoffrey y cumplido todo lo que tu padre te
pedía en su mensaje. Eloise, no hay nada más que tú puedas hacer.
—Pero tiene que haber algo.
—¿Cómo qué?
—No regresaré hasta que haya hablado con padre.
Había llegado a un callejón sin salida. Debería hacer que
subiera al caballo y conducirla hacia el norte, hacia casa, donde estaría a
salvo. La idea era poderosamente atractiva, pero la súplica que había en sus
ojos le hizo detenerse.
Aun así, ceder a sus deseos, por muy fuertes que fueran, era
inaceptable.
—Si no atiendes a razones por tu propio bien, piensa en tu
padre. Él cree que estás en casa, protegida de todo peligro. Si vas a Londres,
no sólo tendrá que preocuparse por su situación, sino también por ti. Sir John
no necesita distraerse pensando que tiene a su hija dando vueltas, sola, por
Londres.
Eloise se mordió el labio inferior.
—Geoffrey llegará pronto.
—No hasta dentro de unos días. Un tiempo más que suficiente para
que Kenworth se entere de que estás en la zona y aproveche la situación. El
riesgo para ti y para la causa de tu padre es demasiado alto, Eloise. Es mejor
que regreses a Lelleford. Ahora.
—Disculpad, señor.
Roland miró por encima del hombro al mensajero que se acercaba,
y al que no había estrangulado aún por haber tomado parte en la escapada de
Eloise.
—¿Qué ocurre?
A favor de Daniel hay que decir que no se amedrentó.
—Tal vez sea mejor pasar la noche en la posada. Está a sólo una
hora de camino y la señora necesita descansar. Está dolorida y…
Roland se giró en redondo y miró a Eloise.
—¿Qué te duele?
Eloise lanzó a Daniel una mirada irritada.
—Nada que me impida cabalgar.
—Pero no muy lejos —afirmó el mensajero—. Lo cierto es, Sir
Roland, que sólo me he detenido aquí porque cada vez que miraba hacia atrás la
veía contraerse por el dolor. Empecé a preocuparme de que no pudiera mantenerse
sobre la silla. Incluso en el suelo, no parece sostenerse con firmeza.
El contacto de la mano de Eloise sobre su brazo se afianzó.
—¡Es suficiente, Daniel! Mis piernas aún me sostienen.
—Apenas —murmuró el mensajero al tiempo que se giraba y se
acercaba a su montura.
Roland se reprochó con dureza no haber visto lo que era obvio,
no haberse dado cuenta de que se estaba sujetando en su brazo no porque deseara
el contacto, sino para no caer. Él mismo notaba los estragos de la penosa
cabalgata y estaba acostumbrado a ello. Eloise no.
Se habían acabado las órdenes y las discusiones.
La tomó ignorando sus débiles protestas y se acercó hacia el
semental que podría aguantar el peso de los dos. Ahora que tenía a Eloise en
sus brazos, acurrucada contra su pecho, justo donde quería, no la dejaría ir.
—¿Qué posada es, Daniel?
—La Posada del Jabalí, en Windsor.
—Condúcenos hasta allí. Timothy, conduce el corcel de Eloise.
—Puedo montar, Roland —gruñó la muy pícara entre sus brazos.
—Si vienes conmigo no tendré que preocuparme de que puedas
caerte de tu caballo.
—No hay motivo de que te preocupes por mí.
En eso se equivocaba, pero ése no era tema de discusión para
aquel momento.
Una vez sobre su caballo, Roland acomodó a una airada Eloise
sobre sus muslos, le colocó el manto sobre las piernas y espoleó al animal. El
mensajero echó a andar a un paso rápido pero no en demasía.
Avanzaron en silencio. Roland hacía todo lo posible por
concentrarse en el camino en vez de en la mujer que, aun reticente, comenzaba a
relajarse, acurrucándose de vez en cuando contra él, la cabeza apoyada en su
hombro.
Roland percibía la amenaza de lluvia. Oía el ruido de cascos que
le aseguraban la presencia de Timothy justo detrás de él, y el rítmico tintineo
de los arreos de su propia montura igualado al ritmo de su respiración.
Pero, sobre todo, sentía el sólido aunque no pesado cuerpo de
Eloise presionando contra sus muslos, su calidez filtrándose a través de las
capas de ropa e incluso la cota de malla. Sus regiones inferiores se caldearon,
y la idea de una cama mullida, se alzó como una tentación en su cabeza.
Tal vez esa noche…
—Roland, tengo que ir a Londres.
La fantasía se desvaneció.
—Tienes que ir a casa.
—Pero estamos muy cerca, a sólo medio día de camino.
—Eloise, en buena lógica no puedo permitirte que…
—Entonces silencia esa lógica viniendo conmigo.
Otra alocada idea.
—No puedo. Mi deber hacia el rey exige mi presencia en
Lelleford.
Eloise se retorció un poco en el sitio, apretada contra su
cuerpo, y Roland se sintió arder. Le puso la mano en el pecho, en el lugar en
el que estaba el corazón.
—Tú y tu condenado deber. ¿No podrías olvidarlo por unos días?
—No, y lo sabes.
—Esperaba que Marcus o Simon vinieran a buscarme, no tú. ¿Acaso
no has faltado ya a tu deber?
En eso tenía razón, pero no era suficiente.
—Tu protección también es parte de mi deber. Ahora que te tengo,
debemos regresar a toda prisa.
Eloise guardó silencio unos minutos.
—Tengo que hacerte una proposición.
—Eloise, olvídalo. No quiero escucharla.
—Llévame a Londres. Deja que vea a mi padre. Si me ordena
regresar a casa, lo haré sin discutir.
—Eloise…
—Te lo suplico, Roland. Necesito verle, asegurarme de que no
está en un apestoso calabozo, que tiene comida y bebida. Ver con mis ojos que
está bien. Por favor, Roland. Un día o dos es todo lo que pido.
El corazón se le derritió al oír la súplica en su voz. Nunca
había imaginado que vería suplicar a aquella mujer segura y voluntariosa. O era
señal de lo mal que lo estaba pasando o le tomaba por estúpido. Roland le bajó
la capucha y le levantó la barbilla.
Sus ojos de zafiro brillaban húmedos y Roland sintió que se le
rasgaba el alma.
—¿Sin discusión?
—Ni una palabra de protesta, te lo juro.
Una gota de lluvia se posó en su mejilla. Ella no se movió ni la
limpió. La gota se sostuvo allí unos segundos y a continuación rodó.
Incapaz de contenerse por más tiempo, Roland la besó —el sello
de un trato nacido de sus propias necesidades—, y se vio recompensado con un
suspiro de satisfacción. ¿Pero era porque le había gustado el beso o por que
había ganado?
Probablemente lamentara su debilidad más tarde, especialmente
cuando tuviera que dar explicaciones al rey por sus actos. Pero, por el
momento, tenía a Eloise segura entre sus brazos, sus labios fundidos en el beso
más dulce que había compartido jamás, y el resto del mundo podía desaparecer
para siempre.
Aunque el peligro no era grande, Roland durmió —con los ojos
cerrados y los oídos abiertos— sentado a la puerta de la habitación de Eloise,
la espalda contra la puerta.
Al amanecer, abrió un poco la puerta y, al no oír más ruido que
la suave respiración de la joven, se apartó de allí antes de que sus deseos
lujuriosos nublaran todo su juicio.
Uno de los problemas de dormir eran los sueños que acompañaban
el acto, instigados por la cabalgata del día anterior y por el beso. Soñó con
Eloise, con la calidez y la luz que había en sus ojos; con la dulce sonrisa y
lo bien que su cuerpo se amoldaba contra el de él. Se había quedado con ganas
de más, y sufría por ello.
Ella necesitaba dormir, sin embargo. Casi se había caído de
bruces sobre la cena la noche anterior, y necesitaba recobrar fuerzas para el
camino que les quedaba. Sólo una sabandija rastrera la privaría de sus
necesidades por el simple hecho de satisfacer las suyas.
Santo Dios, qué blando había sido. Había cedido a la súplica de
llevarla a Londres y ahora era demasiado tarde para echarse atrás.
Bajó las escaleras y atravesó el cómodo, aunque vacío en esos
momentos, salón de la posada en dirección hacia los establos, con intención de
hablar con Daniel, que debería de estar preparándose para la última parte del
trayecto.
No, no lo había estrangulado, y no lo haría. Roland no podía
regañar a Daniel, por haberse dejado convencer por Eloise para hacer aquel
estúpido viaje después de haberse dejado engatusar él mismo para acompañarla
hasta el final.
Roland apartó de sí la desagradable sensación de culpa por
abandonar su deber con Lelleford y de absoluta idiotez por permitir que Eloise
se hubiera salido con la suya. Lo que estaba hecho, estaba hecho, y cuanto
antes terminara, mejor.
Daniel lo saludó con una sonrisa mezcla de comprensión hacia la
confusión interior de Roland y de alivio por verse relevado de la carga de
Eloise.
—Buenos días, señor. ¿Duerme aún la señora?
—Profundamente. Imagino que aún tardará un rato en despertar y
seguro que la apenará no haber podido despedirse de ti.
—Es una dama muy amable. Tal vez nos encontremos de nuevo en
Londres.
Roland tenía sus dudas. Daniel servía a Lancaster, un conde al
que no permitiría que Eloise se acercara. Puede que fuera un aliado para su
padre, pero, últimamente, Roland había desarrollado cierto disgusto hacia los
condes.
—Por si no es así, te ruego des las gracias a Lancaster por
haberte enviado a Lelleford. A la señora le agradó tener noticias de su padre,
aunque la hayan conducido a esto.
Daniel sacudió la cabeza, disgustado.
—Traté de convencerla de que no hiciera el viaje, pero…
Roland rió con suavidad, imaginando al pobre chico intentando
mostrarse firme frente a las súplicas de Eloise.
—No seas tan duro contigo. Es difícil resistirse a ella.
—Casi imposible. —Daniel montó con habilidad—. A favor de la
señora tengo que decir que también es fuerte. No sólo ha soportado el viaje
sino que no se ha quejado una sola vez. Estoy seguro de que se habría caído del
caballo antes de dignarse a pedirme que disminuyera el paso o que hiciera otro
descanso. La mayoría de las mujeres no son tan fuertes y tenaces.
Ni tan testarudas, decididas y acostumbradas a salirse siempre
con la suya.
—Es… poco común.
—Buena descripción —admitió Daniel mirando el camino—. ¿Algún
otro mensaje que deseéis que lleve? ¿Tal vez para Sir John?
Roland había pensado en advertir a Sir John de la visita de
Eloise, pero finalmente decidió que no. Lo mejor sería que padre e hija se
encontraran en igualdad de condiciones, no dar al padre tiempo para pensar en
posibles castigos a los actos de su hija.
Roland tenía el propósito de asegurarse un alojamiento para esa
noche, llevarla a ver a su padre y regresar a Lelleford a la mañana siguiente.
Ni por un momento dudó de que Sir John se mostraría vehemente al ordenar a su
hija regresar a casa.
—No, ningún mensaje. Ten cuidado.
—Vos también, Sir Roland. Mis saludos para la señora.
Roland se quedó mirando la nube de polvo levantada por el
caballo del mensajero, y entró en el establo. Timothy aún dormía, envuelto en
una manta en el cubículo junto a su caballo. Roland dejó que durmiera un poco
más. No tenía sentido despertar al escudero hasta que Eloise hiciera lo mismo.
Tiempo suficiente para prepararse para el día que les quedaba por delante.
Con cuidado, se deslizó en el cubículo del corcel y comprobó la
herradura de la que se había soltado el clavo, agradeciendo que el animal no
hubiera perdido también la herradura, lo que le habría hecho perder el
equilibrio y posiblemente haber tirado a su jinete y… sacudió la cabeza ante
los retorcidos pensamientos que lo habían acosado durante todo el día anterior.
El nuevo clavo parecía lo suficientemente sólido para sujetar la herradura en
su sitio hasta que llegaran a Lelleford.
No llevarían un paso muy rápido hasta Londres, y harían varios
descansos por el bien de Eloise. Si llegaban a la ciudad hacia media tarde, aún
le daría tiempo suficiente para encontrar alojamiento y para que Eloise viera a
su padre.
En menos de un día, llegarían y se marcharían de Londres.
Ella le había dado su palabra y no pensaba dejar que la
incumpliera.
—¿Alguna vez has estado en Londres?
Eloise se deleitó con la visión de la muralla de la ciudad, el
gigantesco arco de paso hacia el interior.
—Dos veces. Una cuando era pequeña, apenas lo recuerdo. Y otra
vez hace unos siete años. Eso sí lo recuerdo muy bien.
—¿Con qué motivo?
Eloise miró a Roland, que había estado dándole conversación toda
la mañana, sobre todo —sospechaba ella— para no dejarla pensar en su dolorido
trasero. Roland había impuesto un ritmo de paseo, habían parado a descansar
varias veces. A Eloise le pareció muy dulce por su parte, pero a veces habría
deseado que acelerara el paso para que el viaje terminara lo antes posible.
¿Realmente le interesaba saberlo? ¿Y hasta dónde contar?
—Padre tenía que asistir al Parlamento, una sesión en la que
estarían presentes la mayoría de los obispos. Tenía mucho interés en conseguir
un cargo en la Iglesia para Geoffrey, y por ello trajo a mi hermano para que
hablara con los obispos.
Roland frunció el ceño ligeramente.
—Pero entonces tu padre no tendría mucho tiempo para ocuparse de
ti. Me sorprende que te trajera.
Eloise suspiró. Debería mantener la boca cerrada pero Roland ya
sabía que era una mujer decidida, así que ¿por qué no contarle toda la
historia?
—No me trajo. No me gustaba nada la idea de que volviera a
dejarme sola en casa mientras ellos se embarcaban en lo que a mí me parecía una
gran aventura. Me escondí bajo la lona del carro del equipaje. Cuando padre me
encontró, ya era demasiado tarde.
¿Era su imaginación o Roland estaba esforzándose por aguantar la
sonrisa?
—¿Cuándo te encontró?
—Mientras descargaban el carro para subir el equipaje a las
habitaciones en las que habrían de alojarse.
—¿Así que pasaste dos días dando tumbos en aquel carro?
—Tres.
Roland sacudió la cabeza sin poder creerlo.
—¿Cómo conseguiste que nadie te viera? Quiero decir, en algún
momento tendrías que bajarte de allí. Para comer. Para aliviarte.
Siempre se había sentido muy orgullosa de su hazaña, incluso
cuando más tarde su padre le puso la espalda roja con los azotes. Aun así, no
la había hecho regresar a casa. Esperaba que ahora hiciera lo mismo.
—Dormía durante el día y salía por la noche para… mis
necesidades. Uno puede vivir varios días a base de fruta seca y nueces.
—Lo habías planeado de antemano y llevabas comida.
—Bueno, no exactamente. Pero había muchos sacos en el carro.
Roland aún sacudía la cabeza cuando se adelantó a la puerta de
la ciudad para hablar con el guardia. Una vez conseguido el permiso para
entrar, le hizo una señal de que lo acompañara.
Los callejones eran tan estrechos como los recordaba. Los
edificios de dos pisos, las tiendas abajo y las viviendas arriba, habían ido
construyéndose hasta crear una especie de bóveda a cuya sombra quedaban las
calles y los viandantes.
Eloise aguantó el fétido olor de excrementos en las
alcantarillas, el hedor de tanta gente hacinada en tan poco espacio. No
resultaba fácil contener el aliento hasta que llegaran a una calle más amplia.
Roland disminuyó el paso, y le hizo una señal para que se pusiera a su lado.
—Si Geoffrey estaba destinado a la Iglesia, ¿por qué está ahora
casado con… Leah, no es así?
—Geoffrey no creía que tuviera esa vocación, no podía soportar
la idea de la tonsura. El único acuerdo al que llegaron padre y él fue que
tendría una buena educación. Geoffrey pasó dos años estudiando en la abadía de
Westminster antes de regresar a casa. —Y menuda pelea habían tenido. Eloise
guió a su caballo para que rodeara el carro de fruta de un mercader—. Padre
quiso obligarle a tomar los votos. Geoffrey decidió escapar. Se fue a París a
continuar con sus estudios.
—¿Se casó en París entonces?
Si se hubiera quedado en París no habría estado en un barco que
terminó hundiéndose, a punto de perder la vida, aunque sí perdió por un tiempo
la memoria, y todo por ella.
—No. Regresaba a casa para asistir a mi… boda cuando conoció a
Leah. Ella lo cuidó durante su enfermedad y aquello los unió. Me alegro mucho
de que la encontrara, porque ahora es verdaderamente feliz.
—Pero aún no se ha reconciliado con tu padre, por lo que
entiendo. Aun así esperas que Geoffrey venga a Londres.
Eloise no lo dudó.
—Vendrá. Puede que no se lleven bien pero son padre e hijo.
Geoffrey vendrá.
Roland se detuvo delante de la botica, donde un pequeño cartel
con un mortero y una serpiente colgaba sobre la puerta. Sin decir una palabra,
Roland desmontó y entró.
¿Estaría enfermo? No había dicho nada y no le había parecido ver
señal alguna de malestar. Se giró hacia Timothy.
—¿Le pasa algo a Sir Roland?
Timothy sonrió y sacudió la cabeza.
—No, señora, sólo está preguntando si hay alguna habitación que
pueda alquilar. Ya hemos estado aquí antes. Las habitaciones están limpias y
tienen un precio justo. Además, no está lejos de la Torre. Es un lugar muy
conveniente si hay alguna habitación libre.
Eloise se enderezó, consciente de lo mal preparada que había
venido a este viaje. No tenía ni idea de dónde buscar alojamiento, ni cuál era
un precio justo. Aunque Daniel le habría ayudado con esa información, de eso
estaba segura.
Roland salió de la botica y desató de la silla la manta de
dormir.
—¿Sabes adónde llevar los caballos, Timothy?
Timothy desmontó y tomó las riendas del semental.
—Sí, señor. Al maestro Víctor.
Roland tiró la manta al suelo.
—Haz que vea el clavo de la herradura del corcel. Si no
considera que aguante una cabalgata dura de un día, dile que haga las
reparaciones que crea necesarias. —Se acercó al caballo de Eloise y desató el
saco con ropa que llevaba atado a la silla—. Cuando regreses, la señora Green
querría que le hicieras uno o dos recados.
Tim frunció el ceño.
—Disculpad, Sir Roland, pero esperaba que me dejarais
acompañaros a vos y a la señora Eloise a la Torre.
Roland puso el saco junto a su manta de dormir.
—¿Y eso por qué?
—Para ver a Edgar, si es que está allí. Isolda… me pidió que le
diera un mensaje.
Eloise imaginaba cuál era ese mensaje. Asegurar a su hermano que
estaba bien. Aquélla era la prueba de hasta qué punto su criada confiaba en
Timothy para habérselo confiado.
—Los recados podrán esperar. La señora Green no ha dicho que
fueran urgentes.
Eloise supuso que la señora Green era la esposa del boticario,
pero no siguió dándole vueltas al asunto. Junto a su caballo, con los brazos extendidos,
Roland esperaba para ayudarla a desmontar.
Habían repetido esa acción varias veces a lo largo del día, cada
vez que se habían detenido a descansar. En ese momento, al igual que el resto
de las veces, Eloise apoyó las manos en sus anchos hombros, consciente de lo
segura que se sentía con aquellas manos alrededor de su cintura. Sólo una vez,
la primera, se había inclinado tanto y con tanta rapidez que Roland había
tenido que cogerla en brazos.
No era que le resultara desagradable el contacto con su pecho,
bien al contrario, pero aquello había ocurrido en medio del camino, con
Timothy, y no una ciudad entera, como testigo.
Eloise desmontó con toda dignidad, aunque el mismo cosquilleo
recorriera todo su cuerpo, y la misma rigidez afligiera sus piernas.
Timothy se alejó con los caballos. Roland recogió sus
pertenencias y la condujo al interior de la tienda. Tras presentarle brevemente
a la regordeta señora Green con su dulce rostro, se dirigieron a las escaleras.
El escudero tenía razón. La habitación que daba a la calle
parecía limpia y la cama resistente. Un brasero de hierro preparado con carbón
serviría para calentar la estancia. Se percató de los varios jergones
amontonados en una esquina, una pequeña mesa sobre la que había una jarra y un
cuenco y otra sobre la que había una palmatoria con una vela.
Pero lo que la hizo atravesar la cámara para acercarse a la
ventana fue la vista que desde allí tenía.
El cristal no era de la mejor calidad. La superficie presentaba
aquí y allá pequeñas burbujas y el resultado era una textura un poco ondulada y
de poca claridad. No le importaba, porque en la distancia, sobre los tejados de
Londres, se alzaban las puntas de las cuatro almenas blancas que conformaban la
Torre Blanca, la torre que se erguía en el centro de la fortaleza que era en sí
la Torre de Londres.
Pronto vería a su padre. Tal vez antes de lo que le gustaría
sabría los verdaderos motivos por los que se le había acusado de traición.
Su mano paseó temblorosa sobre el cristal helado y duro,
preguntándose si no habría sido un error el viaje.
Capítulo 13
Los hombros se le hundieron al ver la Torre, como si el peso del
mundo reposara sobre su delgada espalda.
Roland tiró sobre la cama la manta de dormir y el saco de
Eloise, consciente de que ésta debía de estar recapacitando sobre el
desaconsejado viaje que acababa de realizar. También sabía lo que diría si le
sugiriera salir de allí y regresar a Lelleford, así que no se molestó en decir
nada.
Tanto si estaba bien o mal, cualquier acto que Eloise llevase a
cabo lo llevaba hasta el final, y dado que había consentido en acompañarla, la
ayudaría en todo lo que pudiera.
Así que en vez de reñirla por la inconsciencia de sus actos, se
acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros. De inmediato, Eloise
se irguió.
—Un vista imponente, ¿verdad?
—La Torre Blanca es blanca de verdad.
Las almenas cuadradas se alzaban justo en el centro del patio de
la fortaleza, sus tejados oscuros y piramidales apuntando hacia el cielo.
—Puede que tu padre no esté retenido en la Torre Blanca. Hay
otras torres más pequeñas junto a ella.
—¿Y todas tienen calabozos?
Tenía que admirar su calma, dada la delicada naturaleza de la
pregunta. Eloise se imaginó a su padre tirado en una celda oscura y húmeda, sus
muñecas sujetas por grilletes, las ratas correteando por el suelo.
Era posible que hubiera calabozos, pero Roland tenía sus dudas.
—No todas. Verdaderamente, algunas de ellas están muy bien
amuebladas, provistas de chimenea y amplios armarios. Aun cuando son hechos
prisioneros, los hombres de alto rango disfrutan de todos los lujos.
Eloise se giró para mirarlo. Roland dejó caer las manos.
—Pero no lo sabemos con seguridad, ¿verdad?
Seguro de que nada podría convencerla hasta que lo viera con sus
propios ojos, Roland decidió mirar el lado práctico.
—Con el dinero que supongo has traído podrá conseguir todo los
lujos que no esté disfrutando ya.
—Espero haber traído suficiente, entonces —dijo ella frunciendo
el ceño.
—¿Dónde está la bolsa?
—En la saca, envuelta en una de sus túnicas.
—Será mejor que la lleves contigo. Los guardas pueden registrar
la saca. Y será mejor que no sepan, de cuánto dinero puede disponer tu padre.
Eloise desató la cuerda que ceñía la saca y extrajo lo que
Roland reconoció como su vestido escarlata y dos túnicas que le parecían
demasiado pequeñas para Sir John. ¿Tal vez para Edgar? A continuación, sacó
otra túnica, de gruesa lana marrón, que extendió sobre la cama dejando a la
vista una bolsa de cuero de buen tamaño, tan llena de monedas que las costuras
parecían a punto de estallar.
—Mon Dieu, Eloise. Dudo mucho de que tu padre quisiera que le
vaciaras todo el cofre.
Ella tomó la bolsa.
—Y no lo hice. Mi padre es un hombre rico. Esto es sólo una
porción de… bueno. También he traído una bolsa más pequeña para mí y llevo
algunas monedas cosidas al dobladillo de mi manto —dijo levantando la vista—.
No nos falta de nada. Tengo dinero para todos los gastos que puedan surgir. La
habitación, los establos para los caballos, las comidas. No tienes que
preocuparte de las costas por acompañarme.
Sintió sudores al ver la cantidad de dinero que había traído
consigo. Desde luego había ido preparada, hasta el punto de ser extremadamente
peligroso. Él no andaría por las calles de la ciudad con tanto dinero de no ser
por una buena razón, y desde luego no lo metería en la torre. Al menos, no en
la primera visita.
—Tendremos que esconder parte.
—¿Por qué?
—No podemos arriesgamos a introducirlo todo en la Torre hasta
saber dónde está tu padre, y lo segura que es su cámara. No tiene sentido
llevarlo y que los guardias nos lo confisquen.
Los ojos se le pusieron como platos al comprender las palabras
de Roland.
—Bueno, entonces… —Echó un vistazo alrededor de la estancia—.
¿Dónde?
Un recuerdo de la última vez que había alquilado aquellas
habitaciones condujo a Roland hacia el rincón donde reposaba el montón de
jergones. Con lentos y deliberados pasos, comprobó la resistencia del piso y
sonrió al notar el gemido de una tabla suelta.
—Aquí debajo —dijo él sacando una daga de su bota para hacer
saltar los clavos.
—Espera, usa la mía.
Eloise se retiró el manto y sacó una daga de plata de la bota
derecha. Asombrado, Roland se quedó mirando la pesada arma en la mano extendida
de Eloise.
—Es una de las viejas dagas de Julius —explicó—. No la extrañará
aunque se estropee. No tiene sentido estropear la tuya.
Roland pensó levemente cuántas más sorpresas recibiría a lo
largo del día. Tomó la daga que le ofrecía y enseguida quedó al descubierto el
hueco bajo la tabla en el que podrían ocultar la bolsa.
—¿Qué tamaño tiene tu monedero?
Eloise se quitó el manto y lo tiró sobre la cama. Se volvió
entonces para mirarlo, las manos cruzadas sobre el pecho, en su rostro un gesto
regio.
—Si no te importa, retira la vista.
Al darse cuenta de que tenía que quedarse medio desnuda para
poder sacar el monedero que llevaba oculto, sus instintos menos caballerosos
parecieron rebelarse y no pudo guardar silencio.
—¿Necesitas ayuda? ¿Desanudar un lazo, soltar alguna cinta?
Humildemente me ofrezco…
—Roland, date la vuelta.
La orden no admitía réplica, pero detectó un aire divertido.
Por mucho que le atrajera la idea de desvestir a Eloise, no era
momento de diversión, no si quería visitar a su padre ese día.
Por el momento, se conformaba con dibujar una sonrisa en su
rostro, aligerar su carga.
—Siempre me han dicho que soy muy hábil con las manos.
—¡Roland! —exclamó ella en tono jocoso.
Satisfecho, suspiró resignado y se dio la vuelta hacia la pared.
—Muy bien, si insistes. Sólo quería ser útil.
—Hmmm —murmuró ella entre el roce de las capas de ropa—. Ya me
has sido de gran ayuda. No querría sobrecargarte.
—Señora mía, puedes creer que no sería una gran carga.
Más roce de prendas, el tintineo de la cadena de oro que ceñía
su cintura. Si se diera la vuelta, la encontraría con la falda levantada, a la
vista su camisa interior. ¿Sería larga o corta? ¿De tejido grueso o fino?
¿Blanco o…?
—Puedes darte la vuelta.
Roland se dio la vuelta rápidamente. Completamente tapada, le
extendió un pequeño monedero de ante que contenía unas pocas monedas.
De vuelta a la realidad, Roland tiró de las cintas que lo ceñían
e inspeccionó el contenido. No estaba muy lleno.
—Tamaño decente. Añadiremos unas cuantas monedas y se lo daremos
a tu padre esta tarde.
Ella acercó la bolsa de mayor tamaño.
—Saca todo lo que necesitemos para nuestros gastos.
No iba a permitir que Sir John pagara todas las costas pero sí
confiaba en que Eloise le permitiera devolvérselo.
—Hablaremos de eso después, cuando sepamos más. Será mejor que
llevemos un buen puñado de monedas, para los guardias.
—¿Los guardias?
—Los que nos dejarán entrar, los que abrirán la puerta de la
cámara de tu padre y, lo más importante, nos dejarán salir de nuevo. Esperarán
un gesto de agradecimiento.
Eloise asintió y metió unas monedas más. Roland aseguró la bolsa
en el hueco bajo el suelo, a continuación colocó la tabla en su sitio y ajustó
los clavos con el tacón de la bota. Después colocó los jergones en el mismo
sitio. Nadie sabría que una pequeña fortuna se ocultaba debajo.
Eloise se sentó en la cama, ni rastro del humor que antes había
demostrado.
—¿Y ahora qué?
Roland soltó la vaina de la espada y la apoyó contra la pared.
—¿Tienes alguna otra arma?
—No. ¿Es que no vas a llevar tu espada?
Se sentiría desnudo sin ella, pero sería mejor dejarla.
—No se permiten armas cerca de un prisionero. Tu daga se quedará
aquí también.
—¿Y la tuya?
—En mi bota. Se la daré a cualquier guardia si me la pide, y le
daré una moneda más para que recuerde que la tiene. Me niego a recorrer las
calles de Londres sin llevar encima un arma, especialmente si se nos hace de
noche.
Eloise se levantó de la cama y se acercó a él. Antes de hablar,
inspiró profundamente.
—Te debo muchas cosas. Puede que hubiera sido capaz de encontrar
alojamiento para mí y para mi caballo, pero el resto… —Miró la daga—. Habría
cometido un tremendo error con el dinero. Las armas. El trato a los guardias.
Pensé que lo único que tenía que hacer era acercarme a las puertas y pedir ver
a mi padre. —Se rió con desdén antes de admitir—: Ni siquiera sé dónde está la
puerta de entrada.
Consciente de que admitir todo aquello debía de haberle costado
mucho, le levantó la barbilla con un dedo para poder verle los ojos. Aquellos
maravillosos ojos azules.
—La única entrada por tierra está en la cara oeste, tras un
puente levadizo. No habrías podido dejar de verla aunque lo hubieras intentado.
Con una triste sonrisa, posó una mano en el pecho de Roland.
—Puede que no, pero te agradezco que vengas conmigo de todas
formas.
Roland notó que sus entrañas ardían, como siempre que estaba
cerca de Eloise. Tantas veces desde que la había encontrado en el camino había
deseado besarla hasta dejarla sin sentido, hacerle olvidarse de los problemas
de su familia por un rato. Perderse en ella.
Y en ese preciso momento lo estaría haciendo si no fuera porque
habría oído los pasos de Timothy subiendo las escaleras.
Eloise llevó el monedero por las calles de la ciudad, pero
cuando cruzaron el puente levadizo y vio a los guardias en la barbacana, se lo
entregó a Roland.
—Será mejor que te ocupes tú de los guardias. Puede que yo no
supiera mostrarles suficiente agradecimiento, o peor, demasiado.
Si se dio cuenta de su nerviosismo, no hizo ningún comentario,
ni la reprendió por tan inusual demostración de inseguridad. Era fácil ocultar
la falta de confianza en sí misma dentro de Lelleford, donde conocía a todos
por su nombre, donde se sentía cómoda en su piel.
Caminando por las calles de Londres, se había sentido muy
incómoda, nada acostumbrada a los empujones de gente extraña y al asalto del
griterío y los fétidos olores. La mera visión de las altas murallas de la Torre
de Londres bastó para aterrorizarla.
De haber estado sola, lo habría negado, haría cualquier cosa
para ver a su padre. Tal vez había aceptado la salida de los cobardes al
aprovecharse de la presteza de Roland a ayudarla, pero por todo lo sagrado, no
quería hacer nada que pudiera levantar las sospechas de un guardia y que
pudiera negarles la entrada. Por entrar y ver a su padre sin problema alguno
valía la pena tragarse el orgullo.
Roland se acercó a uno de los guardias de la barbacana.
—Solicitamos entrada para visitar a un prisionero, Sir John
Hamelin. Soy Sir Roland St. Marten. Traigo conmigo a mi escudero, Timothy, y a
Lady Eloise, la hija de Sir John.
El centinela los estudió a los tres, sus ojos ávidos alertas y
preparados, juzgando si había de dejarles entrar. Debieron de pasar la
inspección porque éste les permitió la entrada.
—Debéis dejar aquí cualquier arma. A la salida os serán
devueltas —señaló.
Roland y Timothy dejaron sus dagas, las cuales fueron
depositadas en una mesa con otras. Si hubo algún intercambio de monedas por
dagas, Eloise no se dio cuenta.
El guardia hizo una señal a continuación a otro guardia.
—Visita para Sir John Hamelin.
Y, de esa forma, fueron escoltados hasta una torre de entrada
coronada por dos almenas cuadradas gemelas que sustentaban un rastrillo doble y
varias saeteras. Nuevamente, Roland explicó su presencia e hizo las
presentaciones debidas, y fueron conducidos a otro guardia que los escoltó a
través de un segundo puente levadizo hasta llegar a la primera muralla y una
nueva puerta almenada con el añadido de un matacán por encima del arco de
entrada.
La torre contaba con múltiples defensas y guardias, lo que hacía
creer que no era una cárcel para prisioneros de alta cuna, sino una fortaleza
diseñada para proteger a las familias reales de Inglaterra. En tiempos
revueltos, una residencia como aquélla proporcionaba un refugio seguro. Así,
cuando Roland repetía por tercera vez quién era y el motivo de su presencia
allí a un guardia gris y de mirada desconfiada, Eloise tuvo que luchar por
contener la sofocante sensación de que estaban atrapados.
El guardia se rascó la barbilla.
—Hamelin, ¿eh? Me parece haber oído ese nombre, pero no recuerdo
en qué torre está… —Esta vez Roland no fue tan sutil a la hora de entregar el
dinero—. Ah, sí, el caballero está en Baliol. Yo mismo os conduciré hasta su
guardián.
Eloise dejó escapar un suspiro de alivio al no tener que seguir
al guardia hasta los calabozos de la Torre Blanca. Sin perder el paso, se
inclinó hacia Roland.
—Baliol me suena familiar. ¿Por qué?
—Supongo que habrás oído hablar de John Baliol, un rey escocés
que intentó desafiar una norma inglesa. Estuvo prisionero aquí hasta que se
rindió. —Roland sonrió ligeramente—. Parece que le dieron su nombre a la torre
en la que estuvo. Nadie tiene a un rey, aunque sea un rey depuesto, en una
cámara desprovista de todo lujo.
Eran buenas noticias, excepto que no le gustaban nada las
implicaciones del asunto.
—Entonces han metido a mi padre en la torre de Baliol porque
consideran que está confabulado con los escoceses.
—O alguien pagó mucho dinero para que le pusieran en la mejor
cámara disponible.
—¿Lancaster?
Roland se limitó a encogerse de hombros.
La torre de Baliol resultó estar situada en el extremo más
alejado de la muralla sudeste. El guardián debió de apreciar mucho el obsequio
hecho por Roland porque se inclinó cortésmente ante éste cuando repitió sus
nombres y la petición de ver a Sir John. Eloise pensó con amargura que a esas
alturas todo el mundo en la torre sabría de su presencia allí y de sus motivos,
pero tuvo que admitir que tenía sentido dada la naturaleza de su visita.
El guardián los condujo por una empinada escalera de caracol,
acompañados todo el tiempo por el tintineo del manojo de llaves que llevaba en
la mano.
—Apuesto a que el señor se alegrará de la compañía. Todavía no
ha venido nadie a visitarlo. Él y su escudero han pasado el tiempo jugando al
ajedrez. Para vuestra información, el toque de queda es a la puesta de sol.
Oiréis la campana.
Eloise dijo en voz baja una oración de agradecimiento. No sólo
se había preocupado por el bienestar de su padre, sino también por el de Edgar.
Lo cierto era que su padre podía haberle informado del paradero de su escudero.
—Os agradecemos la advertencia —dijo Roland por los tres.
El guardián tocó en la gruesa puerta al llegar al primer
rellano.
—¡Sir John! ¡Tenéis visita! ¡Vuestra adorable hija está aquí!
—¿Qué? —fue la respuesta que llegó del interior—. ¿Eloise?
El guardián les dirigió una mirada de disculpa, y probablemente
no comprendió la sonrisa de Eloise. Por primera vez desde que saliera de
Lelleford, tenía la certeza de la situación. Ella conocía muy bien la
diferencia entre el rugido irritado de su padre y un ataque de furia. Con lo
primero, sabía perfectamente cómo bregar.
—Sí, ya era hora, padre. ¿Puedo pasar?
—Será mejor que la dejes entrar, Oswald, para que la muy pájara
me explique ¡qué demonios está haciendo aquí!
El guardián metió la llave en la cerradura, la hizo girar y
abrió la puerta chirriante. Eloise entró pero apenas se fijó en la opulencia de
la cámara. Se dirigió a su padre, que llevaba puesta la misma ropa con la que
iba la última vez que lo vio, y en su rostro eran visibles las arrugas de la
preocupación.
A su espalda, Eloise oyó el ruido de la llave girando en la
cerradura. Sabía que las muestras de afecto no le gustaban mucho a su padre,
pero lo abrazó con fuerza a pesar de ello y enterró el rostro en su hombro. El
abrazo no se debía tanto a él como a ella, como si por haberla hecho pasar un
infierno ahora tuviera que atenerse a sus deseos.
A punto estuvo de echarse a llorar cuando notó los brazos de su
padre alrededor de ella, pero sabía muy bien que no tenía que tentar demasiado
a la suerte. Las lágrimas no harían más que enfadarle.
—St. Marten. ¿Tengo que agradeceros a vos que mi hija haya
salido de Lelleford?
—No, señor. Salió sola. Yo sólo la seguí para asegurarme de que
no sufría daño alguno en el camino.
Eloise los ignoró a los dos, mientras retrocedía un poco para
inspeccionar a su padre.
—Tenéis buen aspecto. ¿Coméis bien?
—Supongo que no te escondiste en un carro de provisiones.
—Esta vez no. Robé vuestro corcel más veloz. ¿Os están tratando
bien?
—Santo Dios, Eloise, es casi imposible ensillar ese caballo. ¿Es
que no tienes sentido común?
Evitó responder a todas sus preguntas, pero Eloise se cercioró
de que no estaba sufriendo mucho, así que lo dejó estar.
—Esta túnica apesta. Os he traído varias, junto con el dinero
que me pedisteis. ¿Habéis encontrado ya ayuda legal?
—No. Por eso necesito el dinero.
—Bien. Será un gasto innecesario. También escribí a Geoffrey.
Debería estar aquí…
—Eloise, te dije específicamente que…
—Sé lo que me dijisteis —dijo ella tratando de encontrar el
equilibrio entre la contrición y la irritación—. Os pido perdón, pero no podía
seguir soportando no hacer nada después de saber que estabais en la Torre. Es
cierto, padre, podríais haberme dicho algo más en el mensaje. Os imaginaba en
un apestoso calabozo, no en una lujosa cámara.
Por primera vez Eloise miró a su alrededor. Provista de una gran
cama vestida con cobertores de terciopelo y una chimenea, la cámara era
verdaderamente lujosa. Copas de plata y un bello tablero de ajedrez de piezas
talladas agraciaban la mesa. En un rincón de la sala vio a Edgar hablando con
Timothy.
—Y no dijisteis una sola palabra de Edgar —añadió.
Su padre se dejó caer en una ostentosa silla.
—Apenas tuve tiempo para escribir el mensaje. No importa eso. No
deberías haber venido.
—¿Se suponía que tenía que confiar a un mensajero una bolsa
llena de dinero? Era mejor traerla en persona.
—Debería azotarte por tu desobediencia.
Su previa irritación estaba cediendo y al hacerlo revelaba el
cansancio que lo afligía.
—El guardián dice que no tenemos mucho tiempo antes del toque de
queda, así que no hay tiempo para unos azotes bien dados. Además, no estáis tan
enfadado de verme.
Su padre extendió una mano y tomó la de ella haciendo que se le
formara a Eloise un nudo en la garganta.
—Me disgusta que hayas abandonado Lelleford, no te equivoques.
Ha sido un acto muy temerario. Tal vez debería estar agradecido de que no
hicieras algo peor, como reclutar una guarnición y entrar a la fuerza para
rescatarme.
Tuvo que sonreír ante tal exageración y ladeó la cabeza con
cierta modestia.
—¿Queréis que lo haga?
Sir John rió alegremente.
—Esperemos no llegar a esa situación —dijo él soltándole la
mano—. Siéntate antes de que cambie de opinión y te azote.
Mientras se dirigía hacia la otra silla de la sala, Sir John se
giró hacia Roland.
—Me han dicho que os ha sido encargada la supervisión de
Lelleford. ¿Por qué habéis escoltado a mi hija hasta aquí en vez de aseguraros
de que mi fortaleza esté segura?
Roland se frotó la nuca dejando a la vista su incomodidad.
—Simon y Marcus son muy capaces de ocuparse de la seguridad de
Lelleford durante mi breve ausencia. Decidí que la seguridad de Eloise era un
asunto más urgente.
Sir John miró a su hija antes de dirigirse a Roland de nuevo.
—No pudisteis convencerla para que volviera a casa, ¿verdad?
—Padre, no debéis culpar a Roland. Él pensó que lo mejor era…
—Pero le he cogido en un renuncio. Y puede corregir su error
llevándote sana y salva a casa. ¿Dónde está el dinero que te pedí?
Maldición. Bueno, había ido preparada para oír algo así. Roland
le entregó la bolsa.
—Esto es sólo una porción de lo que Eloise ha traído consigo.
Una bolsa tres veces mayor está oculta en la habitación que hemos alquilado.
Incrédulo, Sir John sacudió la cabeza.
—¿Tres veces?
—No fuisteis muy claro con la cantidad de dinero que queríais.
Os traeremos el resto mañana. Podéis quedaros con lo que consideréis necesario
y yo me llevaré el resto de vuelta a casa.
Excepto que si todo salía como ella quería, no regresaría a casa
hasta pasados unos días. Era cierto que había prometido a Roland que no
discutiría si su padre la echaba de allí y le ordenaba regresar.
Pero eso no había ocurrido, gracias a Dios, y su padre le había
dado inconscientemente más tiempo. Al menos un día. Tal vez más. Con suerte,
aún estaría allí para cuando llegara Geoffrey.
Su padre se reclinó en la silla.
—¿Entonces qué ocurrió tras mi marcha?
Eloise se lanzó a lo que Roland consideró una historia detallada
de los cuidados al hermano Walter y la llegada de Kenworth, detalles algunos
que él mismo no había oído hasta el momento.
Roland se dio cuenta de que la ira de Eloise se había
cristalizado al volver a verle, por lo deliberada que había sido su obediencia.
Se imaginó a Eloise igual que la vio aparecer aquella mañana,
caminando sobre el suelo del gran salón, fría y serena, para saludar al conde,
que había ido hasta allí con el propósito de arrestar a su padre por traición.
No había dejado ver ni un signo de su disgusto ante la apresurada marcha de
éste. Incluso en ese mismo instante, bajo sus palabras, sólo se percibían
pequeñas marcas de su miedo.
Igual había hecho al llegar a la ciudad esa mañana,
recorriéndola con su regia expresión. Sólo que él sabía que había perdido parte
de su coraje al pasar el primer puente levadizo, visible sólo en un ligero
temblor de su mano al pasarle el monedero.
Roland había esperado que pudiera seguir adelante sola, ocuparse
personalmente de los guardias. Podría haberlo hecho si se hubiera dado la
oportunidad. Qué la había empujado a darle la bolsa, no podría decirlo, pero
tenía que admitir que le había emocionado la demostración de confianza en él,
no sólo en eso sino también al permitirle esconder el dinero bajo el suelo.
Eloise podía ser razonable cuando quería, o cuando las
circunstancias así lo solicitaban. Para Roland, había hecho bien llevándola a
Londres, por ella y por su padre. El cansancio visible en los ojos de Sir John
le daban mal aspecto. Para enfrentarse a los días que le esperaban tenía que
estar fuerte, sano y seguro de sí. Tal vez la visita de Eloise despertara su
ánimo.
Tampoco le pasó inadvertido el cariño que los dos se tenían, a
pesar de la pequeña demostración a su llegada. Ese día y el siguiente podrían
ser los últimos en que Eloise viera a su padre vivo si el juicio salía mal.
Inevitablemente, la campana señalando el toque de queda sonó.
Eloise abrazó de nuevo a Sir John, quien aceptó el abrazo con más alegría esta
vez.
—Mañana volveremos con las ropas y el dinero y después me
contaréis cómo llegasteis aquí.
—No es una larga historia.
—Me da igual —contestó ella encogiéndose de hombros.
La llave del guardián giró en la cerradura y Eloise se giró
hacia Edgar, al que también dio un abrazo.
—Tú también tienes buen aspecto. ¿Estás bien?
—Como que hay lluvia, señora. No debisteis preocuparos por mí.
La puerta se abrió y el guardián metió la cabeza.
—Toque de queda. Será mejor que os deis prisa para salir antes
de que cierren las puertas.
Roland hizo salir a Eloise y a Timothy ya continuación salió él.
—St. Marten. —Roland se giró al oír el suave toque de atención
de Sir John—. Os doy las gracias por cuidar de mi hija. Manteneos cerca.
Londres no es un lugar seguro para ella.
Las palabras de Sir John hacían eco en la cabeza de Roland
mientras se apresuraban por las calles casi desiertas, deseoso de estar en la
habitación antes de que la noche cerrada cayera sobre ellos. Deseó haber
llevado consigo su espada. Aunque sabía que las calles de Londres no eran
seguras para una dama sola, Sir John había querido decir algo más. Su
advertencia se refería a alguien, ¿pero a quién?
Los pensamientos de Roland se dirigieron a Kenworth sin dudar,
el único gran enemigo de John Hamelin del que él tuviera constancia.
Se detuvieron sólo dos veces en el camino, una en la barbacana
para recoger sus dagas —las dos estaban donde el guardia las había dejado— y la
segunda en un puesto ambulante para comprar unos pasteles calientes de carne
para la cena.
Eloise estaba callada, una fría expresión en el rostro. Timothy,
sin embargo, se encargaba de llenar el vacío describiéndole a Eloise lo que
significaban algunos de los edificios y lugares por los que pasaban. El chico
adoraba Londres, sus calles atestadas y los ruidosos vendedores. Eloise sonrió
una o dos veces ante el vibrante placer que todo ello parecía provocarle.
En una de esas veces, Eloise le dijo:
—Creo que Edgar y tú habéis tenido una agradable conversación.
Timothy asintió.
—Le di el mensaje de Isolda, le dije lo que estaba ocurriendo en
Lelleford. Se mostró contento con las noticias. También me dijo que a él no le
han acusado de nada y que tiene libertad de ir y venir a su antojo, siempre con
el permiso de la guardia.
Sus palabras parecieron levantar los ánimos de Eloise.
—¿De verdad?
—Sí, señora. Ha elegido quedarse con Sir John porque considera
que ésa es su obligación.
Eloise extendió una mano y revolvió el cabello del chico.
—Gracias. Saberlo aligera mi corazón.
Cuando llegaron a la botica, Timothy tomó su pastel y dijo que
iba a comprobar cómo estaban los caballos, y probablemente echara una partida
de dados con los mozos de cuadra después. Roland subió a la habitación y abrió
la puerta para que Eloise entrara.
Esta se quitó el manto lentamente y lo dejó sobre la cama. A
continuación, se quitó las botas. Con los pies cubiertos sólo con las medias,
se acercó a la ventana.
Había luz suficiente para ver las almenas de la Torre Blanca,
pero no por mucho tiempo.
Roland tiró su propio manto sobre la cama, dejó los pasteles
sobre la mesa y encendió la vela. Cuando se dio la vuelta, Eloise aún miraba
por la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho y una mano en los labios.
—Ven a comer antes de que se enfríe.
—Aún… no puedo.
El tono de su voz le preocupó.
—¿Ocurre algo?
—Todo. Maldición.
Inclinó la cabeza y se cubrió los ojos con la mano. Inspiró
profundamente luchando poderosamente por no llorar y casi lo consiguió.
Bueno, a veces las lágrimas eran beneficiosas para uno. Roland
se acercó a ella, hizo que se diera la vuelta y la tomó en sus brazos. Ella se
fundió con él dócilmente, tan completamente que por un momento Roland se
preguntó si estaría abrazando a la misma mujer.
—Todo no, Eloise. Has visto que tu padre está cómodamente
instalado.
—Sí, pero ellos… cierran su puerta.
—Lo que significa que nadie puede llegar a él sin ser visto. No
lo olvides. Puede que sea un prisionero, pero también está protegido.
Eloise se sorbió la nariz.
—¿Por qué iba eso a preocupar a nadie? Con darles a los guardias
el dinero suficiente estás dentro.
Algo muy cierto. Y probablemente no preguntarían nada a alguien
de alto rango, como un conde, a menos que tuvieran órdenes claras de no admitir
a determinadas personas. Tendría que hablar con el guardián cuando fueran, al
día siguiente para averiguar si tenían orden de actuar así.
No podía involucrarse demasiado en los problemas de Sir John con
el rey, y no lo haría, al menos no más de lo necesario para tranquilizar a
Eloise y que pudiera llegar a casa en paz.
Le retiró de la frente un mechón de pelo que se había soltado.
Tenía una piel tan tersa, y un cabello tan sedoso.
—¿Roland?
—¿Hmmm?
—Cuando volvamos… a la Torre mañana, quiero sobornar a los
guardias.
—Muestras de agradecimiento se llaman.
—Llámalo como quieras, pero quiero hacerlo. Tendrás que
enseñarme a hacerlo con discreción.
Roland percibió la firmeza de nuevo en su voz, y nuevamente se
maravilló de la fuerza de voluntad de aquella mujer. Otras se habrían pasado
todo el tiempo llorando en su hombro. Pero Eloise no. Ella sacaba una gran
fuerza interior para continuar, para hacer lo que la obligación le ordenaba.
—Por la mañana. Ven a comer.
Eloise descruzó los brazos y cerró con fuerza los dedos
alrededor de su túnica.
—Aún no. Un minuto más.
Entonces, lo miró, con unos ojos brillantes por las lágrimas y
enrojecidos, y lo que leyó en ellos le hizo olvidarse de los pasteles. Eloise
se humedeció los labios con la lengua y Roland se olvidó, por completo, de
pensar.
Inclinó la cabeza y la besó, suavemente al principio,
encendiendo chipas que probablemente fuera más inteligente no encender pero
eran demasiado atrayentes para ignorarlas. El deseo lo golpeó con fuerza, un
potente puño envuelto en terciopelo.
Entonces, Eloise profundizó el beso, cubriendo con su suave
hechizo la poca fuerza de voluntad que pudiera quedar en él.
Ella lo deseaba. Él la deseaba. Era más que suficiente para que
los dos terminaran en la cama. Si Eloise mostrara la más mínima vacilación, se
detendría. Si no, le demostraría lo hábil que sus manos podían ser con sus
lazos.
Capítulo 14
Desde el fondo de la cabeza de Eloise una voz insistente le
susurraba una advertencia, pero ella se apresuró a acallarla, demasiado
abrumada por el cosquilleo que recorría su cuerpo.
Se encontraba justo donde quería estar, en los brazos de Roland,
a punto de emprender una gran aventura. Nada, ni siquiera sus músculos
doloridos, podría evitar que se aprovechara de la situación.
Había fantaseado con ese momento durante lo que le parecía una
eternidad, pero había permitido que sólidos y prácticos motivos la disuadieran.
No lo haría más. No cuando la sensación de encontrarse junto a su cuerpo era
tan placentera, no cuando notaba la calidez de su boca presionando
persuasivamente contra la suya.
Nunca antes había deseado tan desesperadamente que la
persuadieran, experimentar el gozo íntimo que conocía estando entre los brazos
de Roland. Nunca antes su corazón había latido con tanta fuerza superando por
completo todo sentido común.
Y se sentía muy bien. Era inevitable.
Sus piernas golpearon contra la cama y los susurros trataron de
nuevo de irrumpir en su cabeza.
Eloise rodeó con sus brazos firmemente a Roland y lo atrajo
hacia sí. Éste se giró y acabó a su lado, un galante gesto para evitarle el
peso de todo su cuerpo sobre ella. Excepto que ella quería sentir ese peso.
Pensó que más tarde ocurriría, cuando se ayuntaran. Y por el calor que sentía
en sus regiones inferiores, esperaba que el momento llegara pronto.
Roland se apoyó en un codo, mirándola con expresión de absoluta
adoración.
—Ahora es cuando se supone que te susurro al oído palabras
dulces, elogio tu hermosura y te digo cuánto tiempo llevo deseando tenerte a mi
lado. —Le acarició la mejilla—. Pero la lengua me falla, Eloise. No hay
palabras para expresarlo con justicia, para describirte la profundidad de mi
anhelo.
Ella le acarició la cuadrada mandíbula maravillada con la
vertiente poética de Roland.
—Debo decir que tu lengua funciona perfectamente. ¿Tus manos son
igual de hábiles? Este vestido tiene muchos lazos que desatar.
Se apartó ligeramente, el ceño fruncido.
—Se supone que tengo que calmar tus miedos de doncella. Es lo
que habitualmente se hace.
Así que había hecho algo mal. No le sorprendía porque no sabía
lo que estaba haciendo.
—Te pido disculpas, entonces. ¿He de hacer yo lo mismo? ¿Decirte
que tus besos son deliciosos y que creo que eres el caballero más bello,
honesto y considerado del reino? Tu experiencia en esto es muy superior a la
mía, Roland. Exóticamente lejano y aun así alguien a quien me parece conocer de
toda la vida.
Roland sonrió.
—Aprendes con rapidez.
—Esa ventaja que tengo, porque hay mucho que me gustaría que me
enseñaras. No soy frágil y nunca se me ha dado bien mostrarme recatada, así que
¿podríamos saltarnos esa parte y pasar directamente a quitarnos la ropa? He
oído que los cuerpos se unen más fácilmente cuando están desnudos.
Había vuelto a sorprenderlo, y su sonrisa se convirtió en un
ceño fruncido. Pero al ver que no se levantaba de la cama de un salto lleno de
indignación, no debía de ser una afrenta muy grave.
—¿No tienes ningún miedo?
—Una pregunta o dos, pero se deben únicamente a mi ignorancia.
Te aseguro que no tengo miedo de ti, Roland, ni tampoco me asusta la idea de
copular contigo. ¿Disipados tus miedos?
Roland recuperó la sonrisa, con un gesto un poco amargo.
—Ni un poco. Me aterras. Pero apartaré mis miedos, te lo
prometo.
—Eres un hombre muy valiente. ¿Y ahora, desatamos los lazos?
—La última vez que me ofrecí a hacerlo me rechazaste.
—Pero tenía una buena razón para ello. Si no recuerdo mal,
estábamos esperando la llegada de Timothy. Estará fuera largo rato esta noche,
¿no es así?
—Lo más probable —respondió él besándole la punta de la nariz—.
Pero en caso de que no calcule bien el tiempo, cerraré con llave. Quédate dónde
estás. Y no se te ocurra empezar a desatarte los lazos.
Nunca se le había dado bien obedecer una orden, pensó ella
inconscientemente. No se tocó los lazos, pero se tumbó boca abajo para mirar a
Roland.
Qué buen ejemplar de gracia varonil y belleza. Era evidente que
habría hecho volver la cabeza a más de una mujer y que habría desatado muchos
lazos en su vida, De pronto se sentía injustificadamente celosa de todas ellas,
pero le tranquilizaba pensar que en ese momento era con ella con quien estaba y
tenía toda la intención de disfrutar de la experiencia.
Tras asegurar la puerta, Roland se sentó en un extremo de la
cama, dándole la espalda, y se quitó las botas. A continuación el cinturón. Y
cuando se llevó las manos hacia el cuello, Eloise no pudo soportarlo más.
Se puso de rodillas y se acercó a él.
—Espera. Deja que yo lo haga.
Él la miró pero no dijo nada. Eloise se apretó contra su espalda
rodeándole con las manos los anchos hombros y tiró de los lazos de su túnica.
Abrió la prenda y la camisa en un solo movimiento.
A la vista quedó una piel tersa y cálida. Sintió un hormigueo en
las puntas de los dedos, anhelantes de acariciar, pero no avanzó en su
exploración más allá de la clavícula. Roland sintió un escalofrío y le sujetó
las muñecas.
—¿Tienes frío? —preguntó Eloise.
—No. ¿Y tú? ¿Quieres que encienda el brasero?
Eloise no quería que se alejara de ella nuevamente, y tampoco
sentía frío. Lo cierto era que sentía mucho calor.
—No es necesario.
Roland le apretó las manos, abrió los brazos y se deslizó fuera
de ellos.
Eloise habría protestado si hubiera podido hablar, pero la boca
y la garganta se le quedaron secas cuando Roland se quitó la túnica y la camisa
de un solo y fluido movimiento, dejando a la vista una ancha y musculosa
espalda. Dejó caer ambas prendas al suelo y se dio la vuelta.
Santo Dios. Sabía que Roland era un hombre fuerte y con una
generosa constitución, pero no se había dado cuenta de lo magníficamente
esculpido que podría ser su torso, cada músculo excepcionalmente definido.
Justo debajo de la clavícula y hasta la cinturilla de sus calzas y de hombro a
hombro, una mata de reluciente vello de color oscuro atraía sus manos
inexorablemente.
Tiró entonces de los cordones que sujetaban sus calzas. Más
lazos.
—¿Quieres desatar estos lazos también?
Bien podría hacerlo si no se hubiera quedado paralizada en el
sitio, si pudiera hacer algo más que mirar allí donde sus dedos tiraban
ligeramente de los cordones.
—Tal vez en otro momento —contestó ella, con voz casi
susurrante, como si no fuera ella quien hablara. Sería por la garganta seca.
Las calzas cayeron al suelo al tiempo que subía el calor por las
mejillas de Eloise, y con ello, su fascinación por aquel hombre. Este no le
dejó sin embargo mucho tiempo para inspeccionar la cautivadora parte de su
cuerpo que lo convertía en el hombre que era antes de arrodillarse en la cama
frente a ella.
—Y ahora tus lazos.
Ya era hora. Roland la besó mientras sus manos desataban los
lazos de sus costados. Eloise no sabía cómo su vestido, su camisa y sus medias
desaparecieron, ni cómo acabaron tendidos uno sobre otro, encima de la cama.
Eloise sólo podía pensar en la sorprendente aunque deliciosa sensación de
sentirse, por fin, piel contra piel.
Las manos de Roland no podían estarse quietas, sus caricias eran
suaves y excitantes a la vez. Se mostró particularmente atento con sus pechos,
los tomó en sus manos, masajeándolos suavemente, y volviéndola loca cuando
empezó a frotar sus pezones con el pulgar. Y su boca, Dios bendito, su boca
empezó a acariciar entonces esos pezones hinchados, anhelantes, con pequeños
mordiscos y lametazos hasta hacerla creer que iba a perder la cabeza por
completo.
Pero algo no estaba bien. Él le estaba haciendo todas aquellas
cosas maravillosas a su cuerpo. ¿No debería ella hacer algo parecido? Sí, le
había acariciado, a todo lo largo de los costados y la espalda. Había enredado
los dedos en el vello de su fuerte torso, un vello que ahora sabía era suave y
sedoso. Incluso se había atrevido a pasar sus manos varias veces sobre su
trasero.
Pero es cierto, había otras partes que también quería tocar,
explorar, aprender cosas de él. Excepto que cada vez que sus dedos se
aventuraban cerca de sus partes viriles, éste le apartaba la mano y la ponía en
algún punto alejado como sus hombros o su pecho.
La presión que iba aumentando dentro de ella era a la vez
placentera y mortificante. Quería que las caricias no se detuvieran nunca y al
mismo tiempo que se terminara. ¿Era normal? Ojalá lo supiera.
—Roland, me siento muy rara.
Este levantó la cabeza, apartando la boca de sus pechos, pero
inmediatamente los cubrió con la mano para contrarrestar la sensación de
pérdida.
—¿Y cómo es eso?
—No puedo evitar pensar que debería estar aprendiendo más cosas.
—Lo harás. A su debido tiempo. Esto está lejos de haber
terminado.
—Sé que aún tenemos que unirnos, ¿pero no debería estar
haciéndote algo mientras llega el momento? Estoy aquí tumbada, sin hacer nada…
Roland la hizo callar con un beso, un largo y profundo beso que
la hizo olvidar toda resolución.
—Deja que me tome mi tiempo contigo esta vez, Eloise. Relájate.
Disfruta. La próxima podrás tomar parte activa, pero no querría que tu primera
vez te resultara decepcionante.
Era muy dulce por su parte pensar así, pero…
—¿Y tú? Si hay algo que debería estar haciendo, quiero saberlo.
No me gustaría que tú acabaras decepcionado.
Roland rió feliz.
—Eso no es posible, créeme.
Y diciendo esto su mano ascendió desde la rodilla de Eloise
recorriendo el interior de su muslo, hacia el punto eróticamente anhelante.
Ella levantó las caderas de la cama al notar que Roland introducía un dedo en
su interior.
—Cuando me una a ti, conoceré la dicha más absoluta que un
hombre pueda experimentar con una mujer. Sólo quiero estar seguro de que tú
también lo sentirás, antes de penetrar en tu interior.
Eloise oyó lo que le decía, y el significado de sus palabras
hallaron sentido entre la niebla que oscurecía su cerebro. La primera vez,
quería obtener de ella una rendición. Tan pocas veces se había sentido
vulnerable que apenas si podía reconocer que lo era. Y aun así, su confianza en
Roland era superior a tal sentimiento. Él no le haría daño, aquel guerrero
convertido en amante. Finalmente, la rendición llegó con pasmosa facilidad.
—¿Te tendré dentro pronto?
—Un poco más —dijo él acompañando su promesa de unas cuantas caricias
en la dulce humedad entre sus piernas abiertas—. Muy pronto.
—Eso espero.
Y con ello, Eloise cerró los ojos.
Roland sacudió la cabeza. Debería haber sabido que hacer el amor
con Eloise sería diferente a cualquier otro encuentro que hubiera tenido con
otras mujeres.
A pesar de su virginidad, era osada y descarada como una
experimentada amante. A duras penas había conseguido él contener la urgente
llamada de su propio cuerpo porque sabía que la primera vez era dolorosa para
una doncella, y la única manera de facilitar el trance era ser tierno. Si
dejaba que lo acariciara como ella había intentado repetidamente, perdería el
control y se hundiría en sus profundidades femeninas con toda su fuerza.
Estaba tan excitado que debería agradecer que Eloise no fuera
tímida ni estuviera asustada, porque no estaba muy seguro de cuánto tiempo más
podría controlar la situación. Mantenerse fuera de ella le estaba resultando
dolorosamente difícil.
Nunca antes había tenido tanto cuidado con una mujer. Aparearse
siempre había sido para él un acto físico, un intercambio de placer mutuo, pero
nada más. Con Eloise era más, mucho más, y temía saber por qué. Porque su
corazón, sus sentimientos estaban implicados, mezclados con aquella hermosa y
resuelta mujer cuyas caderas se elevaban de la cama para recibirle, susurrando
débilmente entre sus lujuriosos labios.
Eloise abrió los ojos cuando notó que Roland se colocaba encima
de ella, cubriéndola con su cuerpo, la llamada a unirse pugnando por hallar
alivio. Eloise sintió la presión de la punta de su miembro contra el sensible
centro de su sexo y abrió los ojos desmesuradamente. Roland sabía que era el
momento y se deslizó dentro de ella un poco más.
—¿Roland?
Éste no sabía muy bien qué iba a preguntarle, pero intentó
adivinarlo.
—Puede que esto te duela un poco. Intenta tranquilizarte.
Pasará.
Ella se humedeció los labios, y la cálida cueva femenina se
cerró sobre su miembro como un guante de terciopelo, como si temiera que fuera
a escapar si no lo sujetaba con fuerza.
Roland no habría podido parar aunque lo hubiera intentado con
todas sus fuerzas. Así que se dejó llevar a la comodidad de ese hogar, traspasó
la barrera natural femenina, que se rompió con tanta facilidad que Eloise ni
siquiera se estremeció de dolor, y penetró hasta el fondo. Nuevamente, Eloise
se cerró sobre él, llevándolo al borde de la locura.
—Oh, Dios mío. Sí. —Sus ojos de zafiro relucían de deseo—. No lo
sabía. Santo Dios, esto es maravilloso.
Las caricias se sucedieron, cada vez más profundas, hasta que
Eloise echó la cabeza hacia atrás y gimió en voz alta. Con una sensación de
alivio y triunfo, Roland se preocupó de conseguir ahora su propio alivio,
embistiéndola al ritmo que marcaba el pulso de Eloise.
En el último momento se retiró, y con ayuda de una toalla que
había en la mesa contigua dejó que sus jugos fluyeran al exterior. Había hecho
lo mismo con otras mujeres, la única manera de protegerlas de una preñez.
Cuando su pene aún latía dolorido, sabía que había hecho lo correcto con
Eloise. ¿Pero entonces por qué su corazón protestaba y su cabeza le gritaba que
aquello no estaba bien?
Tras ello, rodó de nuevo a su lado, atrayéndola junto a él,
cómodamente acurrucados en un capullo de calor corporal bajo las mantas. Eloise
le pasó una pierna por encima del muslo, y posó el brazo a lo ancho de su
pecho, la cabeza apoyada contra su hombro.
Con la voz sedada de una mujer satisfecha sexualmente, Eloise le
dijo:
—No sabía que uno podía sentirse tan vigorizado en un momento y
a continuación tan repleto. ¿Son siempre igual las sensaciones?
A punto estuvo de decirle la verdad, pero experimentó la
ridícula seguridad de que con Eloise lo normal sería siempre lo superior, nunca
lo mediocre.
—La mayoría de las veces, sí.
—Me resulta difícil de creer.
—Dame una hora y te demostraré lo que digo.
Ella se incorporó, el ceño ligeramente fruncido.
—¿Te has sentido… defraudado?
Sólo mentalmente, no físicamente. Suavemente, Roland hizo que
volviera a apoyarse en su hombro de la forma más natural.
—No. Estoy tan repleto como tú.
Lo cierto era que no podía recordar una sola vez en que el mismo
acto le hubiera resultado tan placentero. Y tampoco necesitaba una hora para
recuperarse, pero minutos después, Eloise se quedó dormida, profundamente a
juzgar por el rítmico sonido de su respiración.
Probablemente fuera lo mejor. Timothy volvería pronto.
Con la misma facilidad podría quedarse dormido con ella entre
sus brazos, pasar la noche abrazado a ella, no le importaba. A Timothy tampoco
le importaría, no diría nada, pero Roland no quería arriesgarse a dañar su
reputación. Que Eloise se hubiera entregado a él ya era bastante peligroso. Que
otros lo supieran, inaceptable.
Tras darle un beso en la frente, se deslizó fuera de la cama. El
frío aire de la noche se ocupó de desvanecer su languidez.
En el suelo encontró sus calzas, y se las puso. A los pies de la
cama estaban su túnica y su camisa junto con el vestido y la camisa de Eloise.
Sacó un par de jergones de los que reposaban en un rincón y dejó un tercero
para cubrir la tabla floja bajo la que se ocultaba el tesoro.
Descorrió el cerrojo de la puerta para dejar que entra Timothy y
se dispuso a encender el brasero. Fue entonces cuando oyó el sonido de unas
botas en las escaleras y el murmullo de voces.
Y no pertenecían a Timothy.
Roland sintió el familiar erizamiento del vello en su nuca, y
hacía tiempo que había aprendido a confiar en su instinto. Quienquiera que
estuviera fuera de la habitación no se proponía nada bueno.
Se acercó a un rincón y sacó con cuidado la espada de su vaina,
pero volvió a dejarla en su interior. La daga era mejor opción para espacios
reducidos y con poca luz. Maldición, ¿dónde estaban sus botas? Al otro lado de
la cama.
Roland consideró por un momento la posibilidad de despertar a
Eloise y ordenarle que se tapara con una manta y se quedara acurrucada en el
extremo más alejado, pero mientras sacaba la daga, los sonidos cesaron. Roland
se quedó inmóvil, escuchando atentamente en el silencio de la noche.
—¿Es aquí? —susurró un hombre.
—Sí. Silencio —respondió otro.
¿Serian asaltantes de caminos dispuestos a robar? ¿O se trataría
de peores villanos en busca, tal vez, de Eloise?
Las palabras de advertencia de Sir John resonaron en su mente.
Desearía que hubiera más luz que los débiles rayos de luna que se colaban por
la ventana, pero se dirigió a la puerta de igual forma. Corrieron el cerrojo y
en la puerta se abrió una rendija. Los intrusos aguardaron inmóviles cualquier
posible sonido.
Sonriendo, Roland decidió darles lo que querían. Inspiró
profundamente y lanzando su mejor grito de guerra, cargó contra la puerta.
Despertando de forma tan brusca, con el corazón latiendo
desbocado en su pecho, Eloise se incorporó en la cama y pareció necesitar un
momento para recordar que estaba en una habitación en el piso superior de una
botica. Completamente desorientada, buscó sentido a lo que parecía totalmente
ilógico.
Por algún motivo, la puerta estaba abierta y tres hombres
luchaban cuerpo a cuerpo en el suelo del pasaje exterior. El más alto debía de
ser Roland. Gruñidos y gritos seguidos de patadas y puñetazos. Entonces un
hombre cayó de espaldas y rodó escaleras abajo. Roland agarró al otro y lo
empujó contra la pared.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —gruñó—. ¿Qué buscáis?
—No queríamos hacer daño a nadie.
Sabía que debería estar asustada, pero lo cierto era que Roland
había terminado con la refriega antes de que ella pudiera comprender qué estaba
ocurriendo.
Roland acentuó la presión sobre el pobre hombre contra la pared.
—Respuestas, ¡y las quiero ya!
Incapaz de quedarse más tiempo allí parada, Eloise se deslizó
fuera de la cama y se envolvió en la manta. Se acercó a la puerta consciente de
que no debían verla, pero necesitaba oír lo que estaban diciendo.
—No sé nada, lo juro.
Eloise vio el brillo de la daga que Roland apretaba contra la
garganta del bastardo aquel.
—Si no usáis vuestra lengua para hablar, la perderéis.
Eloise se encogió al oír la amenaza que pareció romper la
resistencia del hombre con total éxito.
—Un hombre pagó a mi amigo para que le llevara a la señora.
—¿Qué hombre?
—Nunca lo he visto. Habló con mi amigo.
—¿Adónde pensabais llevar a la dama?
—A Southwark. A los muelles. Es todo lo que sé. Lo juro.
Desde el pie de las escaleras llegó un grito de mujer. Roland no
movió ni un músculo.
—Señora Green, llamad a un guardia. Nuestros amigos no están
aquí para nada bueno.
El tintineo de la campana de la puerta. Los gritos de pánico de
la señora Green. Eloise lo oía todo en la lejanía, por encima del latido que
retumbaba en sus sienes, propulsado por el horror de lo que los villanos habían
planeado hacer con ella. Habían ido a raptarla, a arrastrarla hacia los muelles
para Dios sabe qué.
¿Por qué?
No se dio cuenta de que había abierto la puerta y estaba
hablando hasta que Roland se giró bruscamente. La distracción permitió al
rufián golpear a Roland y escapar de su captor. Para cuando Roland recuperó el
equilibrio, el hombre había bajado las escaleras.
Roland dejó escapar una maldición y fue tras él, evitando de un
salto al hombre que yacía, inmóvil, al pie de las escaleras.
A Eloise le temblaba todo el cuerpo.
¿Por qué?
John Hamelin no tuvo más que mirar la cara de su hija para saber
que algo horrible había pasado. Muy pocas cosas hacían palidecer a Eloise,
apenas nada podía reducir el brillo de sus ojos azules. No la había visto en un
estado similar desde la muerte de su madre, y sólo era una niña cuando ocurrió.
La tomó en sus brazos y se dirigió a Roland, que le entregó a
Edgar un saco grande. El caballero tampoco parecía haber dormido mucho.
—¿Qué ha ocurrido?
—Tuvimos visita anoche.
—¿Quién?
—Dos hombres. Uno se rompió el cuello al caer por las escaleras,
y el otro huyó.
—Fue culpa mía —susurró Eloise—. Yo… me puse en medio.
—Fue culpa mía —dijo Roland—. Debería haberme puesto las botas
antes de salir tras él.
Culpa mía. Eloise no estaría en Londres si no fuera por el amor
y la preocupación hacia su padre. Debería haber sido más específico en su
mensaje.
Por todos los santos, últimamente había cometido muchos errores,
y no sólo con su hija.
—¿Entonces no sabéis quiénes eran?
—No, pero sabemos que buscaban a Eloise. El que huyó me dijo que
un hombre les pagó para llevarla a Southwark —contestó Roland.
¡Southwark! Una zona horrible en la que los hombres más malvados
andaban a su antojo, y cuyas calles estaban llenas de burdeles. ¿Se daba cuenta
Eloise de lo que podría haberle ocurrido? Sinceramente esperaba que no.
Kenworth —estaba tan seguro de que el conde estaba detrás de
aquella atrocidad como de que estaba prisionero en la torre de Baliol— esta vez
había ido demasiado lejos.
John acompañó a su hija hasta una silla y le sirvió vino en una
copa.
—Cuéntamelo todo.
Eloise tomó un trago y seguidamente lo miró, con una ligera
expresión de cólera en su rostro que a él le infundía esperanzas.
—Todo lo que sabemos es que los hombres sabían dónde estaban
guardados nuestros caballos. Ellos… ellos…
La voz se le quebró y Sir John sintió que se le rompía el
corazón. Roland se aclaró entonces la garganta.
—Cuando Timothy fue a comprobar cómo estaban los caballos
anoche, los hombres se unieron al juego de dados con él y otros mozos. A
Timothy no le gustó el aspecto de los dos hombres, ni algunas de las preguntas
que hacían, así que se marchó. Ellos lo atacaron en una calle cercana. —Roland
hizo una pausa que implicaba que al chico no le había ido muy bien—. Le pegaron
con fuerza y al no decir el paradero de Eloise, le ataron las manos y le
taparon la boca. Mientras uno ocultaba a Timothy, el otro regresó a decirle al
jefe del establo que el chico estaba herido, y que ellos lo llevarían a donde
se hospedaba si les daba la dirección. Victor la sabía, claro.
—¿Y vuestro escudero?
—Los guardias lo encontraron. Está magullado y tiene dos
costillas rotas. Le duele pero se recuperará. La señora Green se está ocupando
de él ahora mismo.
John supo por la expresión de Roland, por el tono oculto bajo
las sucintas palabras, que el caballero quería vengar lo sucedido a su
escudero. Eso podía ser útil. Excepto que preferiría que St. Marten llevara a
Eloise de vuelta a Lelleford, donde los gruesos muros de piedra la protegerían
de Kenworth.
—¿Cuándo regresaréis a Lelleford?
—Tan pronto como Timothy pueda montar de nuevo. La señora Green
no cree que pueda hacerlo antes de uno o dos días. —La expresión de Roland
cambió y John se preparó para lo que sabía se avecinaba—. Ayer me dijisteis que
Eloise no estaba segura en Londres. Anoche pudimos comprobar que era cierto. ¿A
qué nos enfrentamos, Hamelin?
Algún día, el hijo pequeño de St. Marten sería un hombre muy
poderoso. Puede que aún no tuviera propiedades ni dinero, pero poseía la
presencia y la actitud franca de un hombre que podía llegar lejos.
Roland le recordaba mucho a sí mismo cuando era más joven.
—Creo que el conde de Kenworth es el responsable, pero no tengo
pruebas.
Eloise pareció animarse.
—¿Pero qué quiere Kenworth de mí?
—Retenerte a cambio de mi colaboración. Quiere que me confiese
un traidor, y hará lo que sea para conseguirlo. —John trató de contener la
cólera pero no lo consiguió—. Poseo un terreno que él codicia y que yo he
destinado a tu dote. Quiso comprármelo y me negué. Entonces me ofreció un
acuerdo matrimonial para casarte con su segundo hijo, a lo que también me
negué, a mi pesar pues estaba delante de varios testigos. Se tomó la negativa
como un grave insulto, y por eso me persigue sin piedad con estos ridículos
cargos de traición.
—No me dijisteis nada de esa oferta de matrimonio —se quejó
Eloise.
—Como no iba a prosperar, no veía la razón de que tuvieras que
saberlo.
Roland se cruzó de brazos.
—¿Y eso fue antes o después de que prometierais a Eloise con
Hugh?
—Kenworth sabía que vuestro padre y yo estábamos negociando un
acuerdo de matrimonio para Hugh cuando él mi hizo su oferta, y el hecho de que
yo prefiriera una alianza con vuestra familia en vez de con la suya no hizo sino
agravar la ofensa.
—¿Fue Kenworth quien presentó los cargos contra vos, quien le
dio al rey la misiva sugiriendo vuestra culpabilidad?
A John le gustaba la inteligencia que el caballero mostraba.
—En efecto.
—Padre, ¿qué contienen los rollos de pergamino que os llevasteis
del castillo?
—¿Qué pergaminos? —preguntó Roland.
John desearía que Eloise no los hubiera mencionado, pero aún
podía deshacer parte del daño.
—Documentos que necesito para probar mi inocencia. Están a salvo
en posesión del conde de Lancaster.
—¿Podéis confiárselos a él?
—No tuve más opción.
Al menos no mucha, y cuanta más paciencia pedía Lancaster, más
se preguntaba John sí acudir al poderoso conde había sido una buena idea.
Roland paseaba por la cámara, y John podía imaginar el rumbo de
sus pensamientos. También había visto cómo lo miraba Eloise, como si esperara
que pudiera resolver todos sus problemas, enderezar su descolocado mundo. Le
sorprendió la confianza que parecía tener en el caballero que una vez le
disgustó profundamente.
Pero se trataba de algo más. Conocía a su hija. Había confianza
sí, y también respeto, pero también había… ¿cariño? John suspiró para sus
adentros. Si era así, ya podía añadir un problema más a su lista.
Roland se detuvo.
—Sir John, ¿creéis que Kenworth falsificó la misiva para se os
acusara de traición?
El juego iba más allá de lo que Roland imaginaba. Y como en una
buena partida de ajedrez, todas las piezas tenían que colocarse en la posición
correcta si se quería ganar. Aún no era el caso, y puede que nunca llegara a
serlo. Bien podía ser que acabara colgado por un delito que no había cometido.
—No pondría la mano en el fuego por Kenworth.
—Por todos los santos, padre, ¿por qué no le vendéis las tierras
si es eso que quiere?
—Hace meses eso habría funcionado, pero ahora no. No sólo quiere
esas tierras sino venganza por el insulto.
Roland parecía confuso.
—¿Entonces por qué no se llevó a Eloise cuando fue a buscaros,
para casarla así con su hijo? Tuvo una oportunidad perfecta entonces.
—Porque ve la oportunidad de obtener más. Si me declaran
culpable de traición, mis tierras serán entregadas al rey, y Kenworth confía en
poder convencer a Eduardo para que le dé una parte, no sólo el terreno que
deseaba en un principio sino mucho más.
—¿Y no es demasiado vuestra vida a cambio del agravio por
insulto? —Eloise volvió a quejarse.
No para un conde, especialmente para Kenworth. Fuera lo que
fuera que un noble deseara, lo obtenía, sin importar a quien se destruyera por
el camino.
—Uno no puede insultar a un conde y salir airoso. Pero me
corresponde a mí salir de este embrollo —dijo extendiendo una mano a su hija—.
Enséñame lo que me has traído.
Ella se levanto a regañadientes. Quería respuestas, pero él no
podía dárselas. Aún no.
Del saco extrajo dos túnicas y se las dio a Edgar.
—Isolda eligió éstas para ti. Supongo que Timothy ya te ha dicho
que te enviaba recuerdos.
El escudero se puso colorado.
—Timothy también me dijo que no tenía que preocuparme por ella,
pero lo estoy. Debe de estar resultándole muy duro.
—Igual que a todos nosotros. Tal vez una carta tuya la
tranquilice.
Edgar asintió y John se sintió mal por el muchacho, aunque no
demasiado. La lealtad era una cualidad que se esperaba de todo buen escudero, y
lo cierto era que de no haber estado acompañado por Edgar, se habría vuelto
loco. Tendría que recompensarlo por tanta lealtad, si el destino se lo
permitía.
Entonces Eloise sacó la bolsa de cuero más grande que poseía,
tan llena que las costuras parecían a punto de estallar.
—¿Es seguro guardar todo este dinero aquí?
John comprobó el peso de la bolsa de cuero.
—Suficiente. ¿Tienes dinero suficiente para tu estancia y la
vuelta a casa?
—Cosí unas monedas al dobladillo de mi manto, tal como me
ordenaste. Si me devuelves el monedero, debería tener suficiente.
Intercambiaron las bolsas y Eloise vació el contenido de la
saca, tres túnicas más, la mejor que tenía —terciopelo azul oscuro ribeteado de
oro— entre ellas. Eloise pasó la mano por el tejido.
—Pensé que necesitaríais ésta para… la corte.
Puede que así fuera. Había educado a una hija muy inteligente.
—Estoy orgulloso, Eloise.
Ella le recompensó con una dulce sonrisa.
—Hago lo que puedo. ¿Qué queréis que haga ahora?
—Descansar un poco. Tienes muy mal aspecto. Haced que descanse,
St. Marten.
Los dos se despidieron, Eloise insistió en abrazarlo de nuevo,
Roland prometió que cuidaría de ella. Cuando ambos se hubieron marchado, John
se sentó en la silla que se había acostumbrado a utilizar, y se quedó mirando
las piezas de ajedrez.
—No le habéis dicho todo —dijo Edgar.
—No. Sé que Roland St. Marten proviene de una buena familia y he
oído hablar de sus proezas en Escocia. Es un hombre al servicio del rey que
puede llegar muy lejos. Todo apunta a su favor. Lo que aún no sé es si puedo
confiar en él.
—La señora Eloise parece hacerlo.
John tomó el caballo blanco, la cabeza del caballo bellamente
tallada, y le recordó las figuras que solía hacer Geoffrey. Su hijo era un buen
tallista, como lo demostraban las dos estatuillas que guardaba en su cámara en
Lelleford. Dos caballos, uno de guerra y un corcel. Regalos de un hijo con
talento.
¿Tendría el mismo talento con las leyes?
Eloise había enviado un mensaje de socorro a Geoffrey. Pronto
estaría en Londres, lo que significaba que dos de sus hijos estarían en
peligro. Perturbador, sin duda.
John jugueteó con el caballo blanco entre sus dedos.
—Me temo que confía de veras en St. Marten. Sólo el tiempo dirá
si hace bien.
Capítulo 15
Eloise se sentía tan prisionera como su padre, atrapada en la
habitación del piso superior de la botica, con Roland como su guardián, que en
ese momento se encontraba abajo hablando con la señora Green.
Se cumplía ya el tercer día de confinamiento. Excepto por las
visitas diarias a su padre, que cada vez se mostraba más reticente a hablar de
su situación, poco tenía que hacer más que recorrer la habitación y hacer
compañía a Timothy.
Ahora estaba dormido en el jergón que había ocupado desde que
fuera atacado. Cada día parecía más recuperado y sus magulladuras se estaban
borrando. Timothy decía que se veía capaz de soportar un viaje de dos días
hasta Lelleford; Roland, sin embargo, no pensaba igual y ordenó al chico que
descansara. Y Eloise no sabría decir si la actitud protectora de Roland era una
bendición o una maldición.
No podía hacer nada por su padre. Este no le quería decir nada y
estaba segura de que se debía a que temía que pudiera verse más envuelta en el
caso. Aun así, podía pasar un rato con él cada día, algo que su padre parecía
apreciar a pesar de insistir a Roland para que la acompañara a casa.
Puede que Roland se mostrara demasiado protector con Timothy,
pero Eloise sospechaba que su tendencia a alargar su estancia en Londres se
debía a algo más que la salud del escudero. Lo que no sabía era por qué Roland
no le decía nada.
Podía comprender por qué no quería hacerle más preguntas sobre
su padre. Involucrarse demasiado con un hombre acusado de traición no sería
probablemente su mayor interés en ese momento. Involucrarse con la hija de ese
hombre tampoco parecía adecuarse a sus intereses. Si le declaraban culpable, la
mancha del padre podría ensuciar también a la hija, y ningún hombre ambicioso
querría relacionar su nombre con el de ella.
Puede que Roland hubiera salido tras ella para llevarla de
vuelta a casa, pero lo había hecho por su enorme sentido del deber. Puede que
se hubiera metido en la cama con ella, pero la intimidad física podía
atribuirse simplemente a la pasión. Le gustaba, de eso estaba segura, pero se
reservaba lo que ella anhelaba, su amor.
Era un pensamiento deprimente porque se había enamorado de
Roland. Completamente. De la cabeza a los pies. Una estupidez, pero no podía
hacer nada por evitarlo.
No tenía sentido confesárselo, pues temía su reacción
horrorizada. Si padre resultaba culpable, la rehuirían la mayoría de los
hombres de alto rango; Roland entre ellos, si era inteligente. Tampoco habría
un futuro para ellos si padre salía libre porque no permitiría que se casara
con un caballero sin tierras, por muy honesto y cariñoso que fuera con ella.
No, no tenía sentido revelarle sus más profundos sentimientos
cuando el hombre que amaba no era libre para corresponderle. Aunque tampoco era
que fuera a hacerlo, pensó amargamente. La fantasía de que su amor fuera
correspondido era suya, no de él.
Tampoco podía expresarle su amor físicamente compartiendo
habitación con Timothy, que se recuperaba en un jergón al lado de la cama, y
con la señora Green, que había terminado por dormir con ellos en otro jergón
tras la insistencia de Roland, mientras que él dormía fuera en el pasillo, con
la espada como compañera.
Nunca estaban solos, y la falta de intimidad estaba haciendo
mella en su temperamento.
Casi deseaba no haberse rendido la otra noche, así no habría
probado la maravillosa dicha de hacer el amor con Roland. De seguir en la
ignorancia, no sabría lo que se estaba perdiendo. Desgraciadamente, sabía que
si le dieran la posibilidad de volver a saborear el éxtasis, sucumbiría sin
pensarlo. Si Roland la llamara, ella respondería.
Era una herida que ella sola se había hecho al permitir que su
corazón se acercara al de él, al permitir que su cuerpo conociera al compañero
perfecto.
Todo para nada.
Al menos, no habían recibido ninguna otra visita de malas
gentes. Nadie los había abordado en la calle. Si Kenworth verdaderamente se
encontraba tras el conato de rapto, parecía haber renunciado después del primer
intento fallido.
Oyó pasos en las escaleras. Voces. Dos hombres. Uno era Roland,
el otro… Santo Dios, ¿sería cierto? Ya estaba casi en la puerta cuando ésta se
abrió dando respuesta a sus plegarias.
Eloise se lanzó a los brazos de su hermano.
—¡Geoffrey! Dios bendito, has venido. ¡Has venido!
Su hermano se rió.
—¿Acaso lo dudabas?
—Sólo en mis pesadillas.
Retrocedió unos pasos y se deleitó en la vista. Era mayor que
ella por unos años, más alto, pero los dos compartían rasgos de su madre, el
cabello castaño oscuro y los ojos de un azul profundo. Puede que hubieran
estado separados por el tiempo y la distancia, pero el cariño seguía intacto.
Incluso en los años que Geoffrey pasó en París no la había olvidado y se habían
carteado.
Luego él estuvo a punto de morir cuando regresaba a casa en
respuesta a la petición de su hermana de que asistiera a su boda, una petición
que Eloise nunca se perdonaría. Pero eso ya pertenecía al pasado. Ahora estaba
en Londres, y parecía encontrarse bien tras el viaje.
—¿Cómo has llegado aquí tan rápidamente?
—El mensajero de Lelleford casi mata al caballo para entregar su
mensaje, y salí a la hora de haberlo recibido. —Ladeó la cabeza—. Imagina mi
sorpresa cuando me he enterado de que estabas aquí.
Eloise hizo caso omiso a la ligera reprimenda.
—¿Has ido a ver a padre entonces? Claro que lo has hecho. Por
eso has sabido dónde encontrarme.
Geoffrey suspiró y despego las manos de la cintura de su
hermana, señal de separarse, lo que Eloise hizo con cierta reticencia.
—No está muy contento de tenemos aquí, me temo —dijo.
—Vaya noticia.
—Eso es válido para los tres —comentó Roland cuando entró
finalmente en la cámara, cerrando tras él la puerta. Eloise había sido
consciente sólo a medias de su presencia en el umbral de la puerta, apoyado
contra la jamba, observando la reunión con Geoffrey—. Sir John está disgustado
porque no he llevado a Eloise de vuelta a Lelleford.
—Eso me ha dicho padre —Geoffrey miró hacia el jergón en el que
yacía Timothy, que se había despertado y estaba apoyado sobre un hombro—. ¿Cómo
estás, Timothy?
—Mejor, señor. Mi agradecimiento por preguntar.
—Hasta el momento eres tú quien ha sufrido las peores
consecuencias de este viaje. Lo menos que podía hacer era preguntar —dijo él
volviendo la atención a su hermana, y a ésta no le gustó su expresión—. Pero
eres tú por quien padre está más preocupado. A mí no me quiere en Londres. Me
sugirió, con bastante energía, que volviera a Cornualles cuanto antes y que te
llevara conmigo.
Eloise se sintió desfallecer.
—No, Geoffrey.
—Eloise, padre teme que Kenworth venga tras uno de nosotros y
prefiere vernos fuera de peligro. Después de escuchar su historia —Geoffrey
miró levemente a Roland— y lo que Sir Roland me ha contado, no puedo decir que
me parezca mala idea. En Pecham puedo protegerte mejor que aquí, y Leah estará
encantada de tenerte allí.
A ella también le gustaría ver a su hermana por matrimonio, pero
no en ese momento. Eloise se cruzó de brazos.
—Roland me ha protegido bien. No veo la necesidad de atravesar
todo el reino…
—Espera, Eloise. Tu hermano tiene razón.
Que Roland estuviera de acuerdo con ese perverso plan golpeó su
dolorido corazón. Quería enviarla lejos, muy lejos. Si se iba, puede que nunca
volviera a verlo. Era muy doloroso pensar en ello, pero sus sentimientos no
eran lo más importante en ese momento.
En contra de todo sentido común deseaba patalear, llorar y
gritar a aquellos tres hombres por ser tan obstinados, por creer que siempre
sabían lo que era mejor para ella. Excepto que su padre no estaba allí para
verlo, y hacer una escena nunca había sido su estilo.
—Prefiero volver a Lelleford si tengo que ir a algún sitio. Y no
voy a ir a ninguna parte hasta que me asegure de que padre tiene la mejor ayuda
legal que pueda encontrar. —Le puso la mano en el brazo a Geoffrey—. Cuando has
hablado con él, ¿no te ha dado la impresión de que no te estaba contando todo,
que estaba ocultando algo de vital importancia?
—Apenas hemos hablado del caso. He pasado casi todo el rato
escuchando el mismo sermón de siempre de que sus hijos no obedecen sus órdenes.
No quiere mi ayuda. Quiere que estés protegida entre gruesas paredes de piedra.
Tiene sus dudas sobre que Sir Roland regrese a Lelleford para desempeñar la
obligación que le ha sido encomendada.
—Lo entiendo. ¿Pero cómo haremos para que acepte que no vamos a
dejarle solo ahora que nos necesita? Especialmente a ti. Te necesita más que
nunca.
Geoffrey cerró los ojos e inclinó la cabeza.
—Padre nunca me ha necesitado, y ahora tampoco.
—¡Pero eso no es cierto! Te necesita y por eso nos quiere
alejar. Y no podemos dejar que lo haga esta vez. Hay demasiado en juego.
Hablamos de su propia vida, Geoffrey. ¿Cómo podemos hacer que entre en razón?
Cuando abrió los ojos, Eloise vio en ellos el dolor de seguir
enfrentado a su padre. Las peleas. El exilio voluntario de Geoffrey en París.
Años de conflictos, una relación quebrada. Si había un momento para que los dos
volvieran a unirse, era aquél.
—Tal vez escucharía a Julius…
—Pero nuestro hermano está en Italia. No podemos contar con él.
Tampoco podemos involucrar al marido de nuestra hermana. Sólo nos tiene a
nosotros, Geoffrey. No podemos abandonarle.
—Tiene a Henry de Grosmont. ¿Qué puedo hacer por padre que el
conde de Leicester, Lancaster, Derby y Lincoln no pueda?
Eloise estaba a punto de rendirse. Tal vez Geoffrey tuviera
razón: Con un aliado poseedor de cuatro condados, ¿qué podía necesitar padre de
sus hijos? Excepto, tal vez, su apoyo y su amor, algo de lo que parecía
dispuesto a prescindir. Estaba decidida a rendirse cuando Roland intervino.
—Tal vez más de lo que creéis, Geoffrey. Lancaster confinó a
vuestro padre en la Torre aparentando mantener prisionero a un hombre buscado
pero en parte también para protegerlo de sus acusadores. —Miró a Eloise con lo
que a ella le pareció un gesto de culpa—. Me he enterado de que su intención
era aislar a Sir John. Lancaster dio la orden de que tu padre no recibiera
visitas.
Aquello sí que era una novedad.
—¿Cuándo te has enterado? —preguntó Eloise.
—Hace dos días —admitió—. Mientras jugabas al ajedrez con tu
padre, Edgar y yo tuvimos una conversación.
Más secretos. ¿Cuántos más quedaban? Se ocuparía de ello más
tarde.
—Si no permiten a padre recibir visitas, ¿por qué nos han dejado
entrar a nosotros?
—Ha sido cosa de Edgar. Solicitó a Lancaster que os dejara pasar
a ti o a Geoffrey apelando a su compasión. El conde debe de pensar que no
suponéis un peligro para John y por eso accedió. A mí me permiten el paso
porque voy contigo. —Roland sacudió una mano en el aire—. Lo que quiero decir
es que es muy posible que Lancaster quiera hacer lo que considere mejor para tu
padre, pero también te aseguro que el conde tiene sus propios motivos para
involucrarse en el asunto. ¿Cuáles son esas razones? —Se encogió de hombros.
Eloise no se sintió loca de contento con Roland por no habérselo
contado, pero en ese momento podría haberlo besado —allí delante de su escudero
y de su hermano— por estar de su parte.
—Tenemos que averiguar lo que padre nos está ocultando,
Geoffrey.
—¿Y esperas que padre me lo cuente a mí?
—Por todos los santos, sí lo creo —dijo Eloise cogiendo su
manto—. Espero que nos lo diga a los dos. ¿Vienes?
—Si él no viene, yo sí —apuntó Roland ciñendo la espada al
cinto. Desde el asalto, no había vuelto a dejar la espada ni siquiera para ir a
la Torre. Se había hecho muy amigo del guardia que vigilaba las armas—. Con tu
actual humor, la gente de Londres no está segura.
Eloise sonrió ante la pulla y se echó el manto sobre los
hombros.
—Vienes porque piensas que si no me perderé.
—Eso también —dijo tras despedirse con la mano de Timothy, que
hizo ademán de levantarse—. Tú quédate aquí. Enviaré a la señora Green para que
suba a cuidarte.
El escudero gruñó un poco pero obedeció.
Eloise puso la mano sobre el cerrojo.
—¿Estamos listos?
Si hubiera dicho que pretendía salir corriendo desnuda por las
calles de la ciudad Geoffrey y Roland le habrían hecho el mismo caso.
Allí estaban los dos, mirándose fijamente, midiéndose,
evaluándose mutuamente. En ellos había un gesto retador que el otro parecía
aceptar abiertamente.
Entonces Geoffrey sonrió suavemente, como si durante el místico
ritual masculino los dos hubieran llegado a un acuerdo.
—Frente a semejante demostración de solidaridad, ¿cómo negarme?
Roland no se sorprendió de que Eloise avanzara por las calles
como una princesa, honrando a la muchedumbre con su presencia. Tampoco le dio
mucho qué pensar la manera regia en que se ocupó de sobornar a los guardias.
Era esclavo de su sonrisa. Con ella favorecía a su hermano, a la
muchedumbre, a los guardias y hasta a Edgar. Apenas había atisbado un débil
rayo dirigido a él cuando estaban en la habitación, cuando para todos los demás
relucía en todo su esplendor, claramente incapaz de contener su felicidad por
el retorno de Geoffrey.
Iba a echar mucho de menos a aquella mujer.
El momento en que Geoffrey hizo la sugerencia de que viajara con
él a Pecham —Roland suponía que ése debía de ser su señorío en Cornualles— se
había dado cuenta de lo duro que le iba a resultar dejarla ir.
No había imaginado una separación inminente. Al contrario,
pensaba que aún les quedaban muchas semanas juntos; los días en Londres, la
vuelta a Lelleford y la espera del resultado del juicio a Sir John.
Comprender que en unas horas podría desaparecer de su vida le
comía las entrañas, golpeaba su corazón.
No volvería a ver su sonrisa. En su alma quedaría un vacío que
nadie más que Eloise podría llenar.
Su amor hacia ella no iba a ser para siempre. Sí, no podía
seguir negándoselo. Lo había intentado: diciéndose a sí mismo que su
preocupación por ella se debía a su sentido de la responsabilidad;
convenciéndose de que la atracción entre ellos no era más que el resultado de
la justa apreciación varonil hacia una bella mujer. Qué estúpido. Aun así,
admitir que la amaba no le reportaría ningún bien.
Sabía demasiado bien cómo funcionaba el mundo. Él no tenía nada
de valor que ofrecerle al padre para pedir su mano. Puede que fuera de buena
familia y que hubiera alcanzado el rango de caballero, pero sólo heredaría una
pequeña suma de su padre…, nada de tierras, ni riquezas. Aunque algún día
pudiera llegar a adquirir una buena posición en la que poder pedir la mano de
Eloise, ese día aún estaba muy lejos.
Incluso en el caso de que el juicio de Sir John no saliera bien
y le fueran arrancadas sus posesiones, Eloise no se quedaría sin nada. Sus
hermanos cuidarían de ella, velarían por su futuro. Geoffrey estaría encantado,
y lo más probable era que Julius también.
Vanas conjeturas, a menos que tratara de reclamar sus derechos
sobre ella exponiendo la relación íntima de un día que habían compartido, y,
oh, ¿no lo amaría ella sólo por eso? Eloise quedaría horrorizada ante semejante
traición a su confianza, una confianza que ella le había entregado de buena
gana sólo dos noches antes.
Mientras él yacía con Eloise, Timothy era brutalmente golpeado.
En la misma fatídica noche había acabado con la virginidad de
Eloise y le había fallado a su escudero. En ambos casos, había calculado mal el
peligro y ahora dos personas a las que amaba podrían sufrir un daño permanente,
Eloise por su reputación y Timothy por sus heridas.
La culpa lo consumía por todas partes. Por haber estado ausente
de Lelleford más de lo que había planeado, y por no haberse presentado ante el
rey Eduardo para explicarle los motivos. Por no haber estado con Timothy cuando
más lo había necesitado.
Por haberse abandonado en los confines de Eloise, la mujer de la
que su hermano había estado enamorado en el momento de su muerte. Podía ver la
reacción de Hugh ante su aventura amorosa, y ésta sería de horror.
Tal vez sería mejor que Eloise se fuera a casa con Geoffrey
antes de que cometiera otra absurda equivocación que pudiera dañarla.
¿Y entonces por qué había abierto su enorme bocaza para
convencer a Geoffrey de que intentara enfrentarse a Sir John una vez más? Sólo
había una respuesta: porque era lo que Eloise deseaba con toda el alma, lo que
le parecía lo correcto.
Y él no podía negárselo.
Era un estúpido.
La verdad era que también él quería algunas respuestas de Sir
John, aunque éstas podían esperar a que Eloise estuviera a salvo fuera de
Londres. Pero no, allí estaba guiándola de nuevo a la Torre de Londres y a la
cámara de su padre en el piso superior.
Eloise se había quitado el manto y estaba de pie ante su padre
con las manos apoyadas en las caderas dejando que Geoffrey, Roland y Edgar se
preparasen como mejor pudieran.
—Ya es hora de que os rindáis, padre. Geoffrey y yo sabemos que
no nos habéis contado toda la verdad.
—¿Me acusas de mentir?
—Nunca.
Geoffrey se puso al lado de su hermana.
—Os acusa de interpretar la verdad de manera que sirva a
vuestros propósitos. Se os da muy bien hacerlo, ya lo sabéis.
—Y a ti también.
—Aprendí de un maestro.
—Igual que yo —añadió Eloise—. Motivo por el que sabemos lo que
es una evasión en cuanto la vemos. Padre, puede que seamos vuestros hijos, pero
ya somos mayores. Somos razonablemente inteligentes y muy capaces de
enfrentarnos a lo que consideréis necesario.
—Así que ahora estoy siendo poco razonable.
—No, sólo el testarudo de siempre. Pero os advertimos de que
nosotros también podemos serlo. Ni Geoffrey ni yo nos marcharemos de Londres
hasta que sepamos toda la verdad. Aunque tengamos que compartir esta prisión
con vos, y perseguiros día y noche.
Roland no recordaba que los hermanos hubieran hecho tal pacto,
pero como Geoffrey no se molestó en contradecirla, lo dejó estar.
—¿Acaso es malo querer el mal para mis hijos?
Geoffrey extendió el brazo y puso la mano sobre el hombro de su
padre.
—No, no lo es, pero en este caso no es lo más aconsejable. No
podemos quedarnos sentados mientras vemos cómo os cuelgan por un delito que
ninguno de los dos cree que hayáis cometido. ¿Tengo razón en eso?
—Sí.
—Entonces Kenworth os ha tendido una trampa o está haciéndoos
chantaje. Por lo que he sabido, no estáis obteniendo tampoco el apoyo que os
gustaría de Lancaster. Nos necesitáis, padre, aunque sólo sea por nuestro
apoyo, por creer en vuestra inocencia.
John miró a Eloise y a Geoffrey alternativamente.
—Tal vez vuestro apoyo sea demasiado ligero.
Eloise hizo un gesto de desdén con la mano en el aire.
—Tonterías. Puede que estéis diciéndonos sólo lo que os
conviene, incluso que estéis infringiendo una o dos leyes, ¿pero traición?
Aunque jurarais sobre los huesos de San Pedro que habéis conspirado con los
escoceses, no os creería.
John resopló y, tras una larga y reflexiva pausa, cedió.
—De acuerdo. Yo…
Roland sintió de pronto el peso de la mirada suspicaz de Sir
John, casi podía saborear la desconfianza.
—No deberíais preocuparos demasiado por Sir Roland —dijo
Geoffrey—. Su lealtad está con Eloise, lo que significa que no hará ni dirá
nada que pueda causarle algún daño. A decir verdad, si alguien le pone un dedo
encima morirá ensartado en una espada de doble filo.
Eloise se sonrojó levemente. El silencio se cernió sobre todos
ellos mientras Roland admitía para sus adentros la afirmación de Geoffrey.
Había habido un momento, en la habitación de la botica, en que
pensó que Geoffrey podría haber protestado ante su insistencia en escoltar a
Eloise. No se conocían y Roland era perfectamente consciente de que se estaba
involucrando demasiado en lo que debería ser sólo un asunto familiar. Geoffrey
no sólo había transigido sino que ahora le mostraba su apoyo, y aunque no sabía
muy bien por qué, no estaba dispuesto a arriesgarlo.
—Muchas gracias, Sir Geoffrey. En la posición de vuestro padre
puede que yo también hubiera desconfiado de extraños. Si sirve para
tranquilizaros, Sir John, deseo que sepáis que yo también estoy arriesgando
mucho en este asunto. Si Kenworth realmente está detrás del ataque a Timothy,
quiero darle su merecido.
—¿Venganza por vuestro escudero?
Venganza por la paliza, venganza por haber dado a Eloise un susto
de muerte.
Absolución por haber permitido ambas cosas.
Pero había más. A pesar de los intentos de desentenderse de los
problemas de Sir John, creía que el hombre era inocente. Tal vez el apoyo
categórico de Simon y Marcus hacia su señor lo hubiera sorprendido al
principio, pero la defensa que Eloise hacía de su padre, firme y resuelta, le
había causado mucha mayor impresión.
Puede que Sir John no fuera un santo, pero tampoco era el
diablo. Si era inocente, merecía justicia.
—Sí, quiero venganza por Timothy. El muchacho no merecía esos
golpes. La paliza y el intento de rapto de Eloise me han convencido de que
tenéis un enemigo muy poderoso que no duda en maltratar a personas inocentes.
Tanto si sois culpable como si no, considero que los métodos de Kenworth son
aborrecibles. Ese hombre tiene que llevarse su merecido.
John ladeó la cabeza, en expresión reflexiva.
—Siempre en nombre de la caballerosidad, ¿no es cierto?
—No soy modelo de caballero. Tengo muchos defectos. Tal vez
simplemente sienta aversión hacia los tiranos.
Geoffrey se frotó las manos.
—Tenemos mucho que hacer y poco tiempo. Hablad, padre. Divagad,
incluso. Quiero todos los detalles. Uno nunca sabe si un pequeño detalle no
será de vital importancia al exponer todos los datos.
Así, padre e hijos, comenzaron a poner en orden el rompecabezas.
John le habló a Geoffrey de sus insultos a Kenworth y los resultados de esos
actos. Después, le habló de cómo había tomado al hermano Walter a su servicio
sin darse cuenta de que el clérigo era un espía de Kenworth. De cómo había
escapado de la fortaleza y se había ocultado en los bosques, siempre por
delante de las patrullas que salían en su busca.
Eloise levantó una mano.
—Padre, todo este tiempo me he estado preguntando cómo
conseguisteis introducir el mensaje en mi cámara.
—Con nuestros hombres de armas que trajeron de vuelta a mi
halcón. Cuando nos encontraron en el molino, di el halcón a uno y un mensaje a
otro.—Entornó los ojos—. No le descubrieron, ¿verdad? Le dije que tuviera
cuidado.
Eloise se mordió el labio inferior y Roland supo que se sentía
tan estúpida como él en ese momento, al recordar las horas que ambos habían
pasado buscando un pasadizo secreto.
—No, lo metió a hurtadillas en mi cámara y lo dejó sobre la
cama, y ningún otro hombre de armas de la patrulla admitió nunca haberos visto.
Simplemente me preguntaba cómo llegó hasta allí. Seguid con la historia.
—Pero, primero, volvamos al hermano Walter —pidió Geoffrey—.
¿Qué os hizo pensar que era un espía?
—Encontré varios rollos de pergamino en mi sala de cuentas,
todos ellos escritos por la misma mano. No se mencionaba ningún nombre, pero
era evidente que habían sido escritos por un habitante de los Highlands e iban
dirigidos a un simpatizante inglés. Pregunté al hermano Walter cómo habían
llegado a mis papeles. Al principio negó tener conocimiento de ellos, pero
entonces tuve una corazonada. Y acabó confesando que él los había puesto ahí.
—Entonces, se trataba de documentos falsos colocados entre
vuestros papeles para incriminaros.
—Oh, no, Geoffrey. Creo que esos documentos son comunicaciones
verdaderas entre un inglés y un escocés.
—¿Quién? —preguntó Geoffrey en voz baja.
A lo que John respondió con firmeza:
—¿El escocés? No lo sé. ¿El inglés? Kenworth.
Roland no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Kenworth utilizó misivas enviadas a él para tenderos una
trampa?
John asintió.
—Como he dicho, no se menciona ningún nombre, una precaución por
ambas partes, supongo. No tengo idea de quién es el escocés, pero sé que fueron
enviadas a Kenworth.
—¿Cómo?
—A través del hermano Walter. Cuando confesó y me advirtió de
los planes de Kenworth de arrestarme en mi propia casa, me dio todos los
detalles.
Eloise apoyó la cara entre las manos.
—Tenía al monje delante de mí. Lo único que tenía que hacer era
ocultarle y esperar hasta que…
—No, Eloise, era mejor que no lo hicieras —dijo John—. Si el
monje no estaba allí para salir a dar la bienvenida a Kenworth, habría sabido
de inmediato que pasaba algo más aparte de mi ausencia.
—Bueno, no estuvo allí para dar la bienvenida al conde. El monje
decidió ocultarse él solo durante dos días. Roland lo encontró finalmente y se
lo entregó a Kenworth.
—¿Qué explicación dio?
—Sea lo que fuera, se lo dijo a Kenworth a solas. El hermano
Walter se negó a hablar conmigo, jurando que no diría nada del asunto si no era
con vuestro permiso. Me asustó mucho.
John sonrió al oírlo.
—Ya lo imagino. Roland, ¿habló contigo?
—No, ni una palabra. Kenworth tampoco comentó nada. —Roland no
puedo reprimir la risa—. Se me acaba de ocurrir. Cuando nos dirigíamos a
Lelleford, Kenworth estaba seguro de que podría entrar por las buenas y
arrestaros. Ahora sé por qué. Sabía que estaríais en casa porque el monje le
habría confirmado vuestros planes. Sin duda, Kenworth se puso hecho una furia
al no encontraros allí. Por todo lo que es sagrado, me gustaría haber oído lo
que pasó por su cabeza cuando no pudo encontrar los rollos de pergamino
tampoco.
John sonrió.
—La visión del momento se me ha pasado por la cabeza muchas
veces. Todavía me divierte.
—Padre, no es momento para diversiones.
—No, hija, probablemente no. Pero aun así, me divierte y no me
negarás que halle algo divertido en estos momentos de adversidad.
Eloise suspiró.
—Os pido perdón. Lo que me gustaría saber es por qué acudisteis
a Lancaster. Roland dijo una vez que creía que acudiríais al rey.
—Y a punto estuve, pero tal vez sea mejor no haberlo hecho.
Puede que Eduardo me hubiera colgado nada más verme aparecer con aquellos
rollos de pergamino. Lancaster me dio asilo. —Echó un vistazo a la cómoda
cámara en la que se encontraban—. Y consiguió con ello la cólera de Eduardo.
Lancaster ha intentado obtener audiencia con el rey, pero éste se niega a
verle. Así que Lancaster me aconseja que sea paciente, hasta que Eduardo ceda o
Kenworth haga un movimiento en falso.
Eloise resopló.
—Es fácil para él aconsejaros paciencia. No es él quien está
encerrado en la torre de Baliol.
Geoffrey se reclinó en el sofá.
—¿Lancaster tratará de convencer al rey de que Kenworth está
involucrado?
John sacudió la cabeza.
—Bueno, no de inmediato. Primero quiere ver lo que contenía la
misiva en poder de Eduardo.
Roland intentó hacer caso omiso al hormigueo que sentía en la
nuca, que no cedió a pesar de frotarla.
—¿Qué te preocupa, Roland? —preguntó Geoffrey.
Un hombre perceptivo, lo que probablemente hiciera de él un buen
hombre de leyes.
—Eduardo me habló de la misiva, pero no de su contenido, sólo
que por lo que decía enviaba a Kenworth a capturar a John y a mí para que
supervisara sus posesiones. Me temo que la misiva pueda hacer más daño que las
que habéis visto, Sir John.
—Eso es lo que Lancaster quiere saber antes de seguir adelante.
Debería cerrar la boca. No debería ofrecer más información que
pudiera ocasionarle más problemas de los que ya tendría con el rey Eduardo por
haber abandonado su obligación con Lelleford para salir en busca de Eloise. Lo
que originariamente había planeado de estar fuera una noche se había extendido
a varios días ya. Puede que el hecho de que su salida se debiera a buenas
intenciones, dejando a Simon y a Marcus al cuidado del señorío, o que su vuelta
se hubiera visto retrasada por darle más tiempo a su escudero a curarse de una
paliza, no bastaran para apaciguar la furia del rey.
Excepto que Eloise parecía tan triste y desamparada que apenas
podía soportar mirarla sin querer tomarla en sus brazos y susurrarle que todo
iba a salir bien. Si no contribuía a restituirle a su padre, no podría seguir
viviendo consigo.
Tal vez, en el futuro, cuando recordara este funesto momento en
su vida, tuviera para él sentimientos de cariño.
—A mí sí me recibirá Eduardo.
Cuatro pares de ojos se le quedaron mirando. Edgar, con visible
excitación, Geoffrey y John con cautela, y Eloise… con adoración. Como si le
hubiera concedido su mayor sueño. Roland esperaba poder concederle aquello que
más deseaba, la libertad de su padre. Lo mejor que podía hacer era mostrarles a
Geoffrey y a John a lo que se enfrentaban, si el rey le dejaba ver el contenido
de la misiva.
—Debería haber ido a verle cuando llegué a Londres, para ponerle
al corriente de las circunstancias por las que he abandonado Lelleford. Pero
entonces ocurrió el asalto, y no podía dejar a Eloise sola, ni tampoco me
atrevía a llevarla conmigo ante el rey.
—¿Por qué no? —preguntó Eloise con toda inocencia.
—Porque si piensas que un conde puede ser peligroso, no quieras
saber lo que un rey es capaz de hacer cuando se le inoportuna.
—Oh. —Se miró las manos en el regazo y a continuación levantó la
vista y lo miró a través de sus largas pestañas—. Estás diciendo que vas a
ponerte en una precaria situación. Si Eduardo se ofende por inmiscuirte,
pondrás en juego tu futuro al servicio del rey.
—Ya lo hice hace varios días, cuando abandoné Lelleford. Tanto
si Eduardo me permite ver la misiva como si no, debería presentarme ante él y
explicarme.
John se levantó de su silla y se plantó ante él.
—Mis hijos están convencidos de que debería confiar en ti, y lo
haré. Si verdaderamente estás convencido de hacerlo, ten cuidado, Roland. La
ira de un rey puede ser atroz.
—Lo sé bien, Sir John.
—Entonces ve con Dios, muchacho.
Geoffrey se levantó.
—No podemos hacer nada más hasta que Roland hable con el rey. No
sé lo que pensaréis los demás, pero yo me he saltado varias comidas en los
últimos días y estoy hambriento. Eloise, Roland, ¿os tienta la idea de comer
algo?
Aquello bastó para romper la tensión que había en el ambiente y
Roland agradeció en silencio a Geoffrey que le sacara de la torre. La cabeza le
daba vueltas pensando en las implicaciones que tendría lo que había hecho, pero
¿qué otra opción tenía?
Una vez en la barbacana, Roland recogió sus armas y entregó su
vaina y su espada a Geoffrey, que sólo había llevado una daga. Este miró ambas
cosas.
—¿Por qué me das esto?
—Supongo que sabes cómo utilizarlas.
—Sí.
—Lleva a Eloise de vuelta a la habitación. Ella sabe dónde
comprar el mejor pastel de carne de la ciudad.
Por primera vez desde que hicieran el amor, Eloise le tocó, puso
los dedos en su brazo.
—¿Adónde vas?
—Al Palacio de Westminster.
—¿Tan pronto?
—Cuanto antes lo haga, mejor.
Y al momento estaban el uno en brazos del otro, fuertemente
apretados, como si tuvieran todo el derecho del mundo a abrazarse en una calle
pública. Roland enterró el rostro en su pelo, zambulléndose en ese exótico
aroma especiado tan característico de ella que nunca había podido identificar.
Se sentía en la gloria, como si aquello fuera a ser siempre así,
cuando sabía que Eloise estaba fuera de su alcance.
—Prométeme que tendrás cuidado —susurró Eloise.
—Por mi honor.
—Yo… —Eloise tragó con dificultad—. Te compraremos un pastel
para la cena. No tardes en volver.
Capítulo 16
Eloise enlazó el brazo con el de su hermano, agradecida por el
apoyo que éste le daba. Necesitaba sentirse cerca de alguien en ese momento y
su hermano era la persona ideal.
Aún no podía creer que Roland se hubiera ofrecido a hablar con
el rey y que hubiera decidido no esperar ni un minuto más para ello. Al hacerlo
se estaba poniendo en una situación muy precaria, y aun así se había mostrado
muy seguro… ¿Acaso no se mostraba siempre así? ¿Y no había sido necesaria hasta
el momento tal seguridad?
Tal vez se estuviera preocupando demasiado.
A decir verdad, no debería haberlo abrazado, pero ¿de qué otra
forma podía expresarle cuánto apreciaba su implicación en e1 momento crucial
del plan que había de demostrar la inocencia de su padre? ¿O acaso lo había
abrazado en un vano esfuerzo por retenerle, para evitar que se enfrentara a
posibles peligros?
Santo Dios, si el rey se tomaba la intromisión de Roland como
una ofensa, éste podría terminar en cerrado en otra de las torres. Entonces
tendría encerrados a dos de los hombres que amaba.
—No le pasará nada, Eloise.
—¿Ahora también sabes leer la mente?
—Es que piensas en alto, y la forma en que sujetas mi brazo me
dice que estás preocupada.
Y el poco convencional abrazo que le había dispensado a Roland
le decía bien claro por quién lo estaba. Eloise aflojó la tensión sobre el
brazo de Geoffrey para no clavarle las uñas.
Este le dio unas palmadas en el hombro.
—Me sorprendió su ofrecimiento.
Roland los había sorprendido a todos, especialmente a padre.
—A mí también. Sabía que estaba disgustado por la paliza que le
han dado a Timothy. Se culpa por no haber cuidado bien de él.
Roland había estado en la cama con ella cuando el asalto tuvo
lugar, un lugar en el que no debería haber estado, haciéndole el amor, algo que
no deberían haber hecho. Ahora, Roland tenía remordimientos de conciencia por
ambas cosas.
Geoffrey se detuvo y la miró como si fuera una niña exasperante.
—Se implica demasiado en tu vida, Eloise, no sólo por Timothy.
—Creo que te equivocas.
Geoffrey sacudió la cabeza y echó a andar.
—La última vez que hablamos de Roland St. Marten lo describiste
como un sapo desagradable. Parece que has cambiado de opinión.
Eloise recordaba la breve conversación a la que se refería
Geoffrey, en un pasaje de Lelleford.
—Estaba enfadada con Roland. Le había dicho a Hugh que me
consideraba demasiado descarada para ser una buena esposa. Lo único que veía en
él era la terrible desaprobación que experimentaba hacia mí y…
—Se convirtió en un sapo desagradable. Entiendo. ¿Qué te ha
hecho cambiar de opinión?
Eloise inspiró profundamente.
—Roland. Él quería mucho a Hugh. Si hubiera escuchado
verdaderamente me habría dado cuenta de que sólo se preocupaba por su hermano.
Puede que todo fuera un juicio apresurado.
—Entonces Roland ha demostrado ser digno de tu confianza.
—Muchas veces. Sabe ser galante y firme, según lo requiera la
circunstancia. Es honesto, leal al rey. ¿Sabías que fue nombrado caballero por
sus proezas en la batalla?
—¿De veras?
—Le salvó la vida al rey, según me dio a entender. Además, tiene
buena mano con los niños y Marcus y Simon también confían en él. Y…
—He entendido el mensaje. Todo un parangón de caballerosidad.
Ah, ya huelo a pastel de carne.
Eloise soltó el brazo de Geoffrey para que éste pudiera comprar
la comida. Cuatro pasteles. Los suyos, uno para Roland y otro para Timothy.
Geoffrey tenía una expresión molesta en la cara, y Eloise se dio
cuenta de que había hablado más de lo debido. Especialmente tras el abrazo que
le había dado a Roland delante de su hermano. Se ofreció a llevar los pasteles,
igual que hacía cuando Roland era quien portaba la espada. Un hombre no podría
empuñar una de forma apropiada en caso de necesidad si tenía las manos llenas.
Continuaron andando y llegaron a la botica que estaba cerca del
puesto. Geoffrey con las manos enlazadas a la espalda.
—Y ese parangón tuyo…
—Roland no es mío. Me he limitado a enumerar sus virtudes para
convencerte de que mi confianza en él no es un error.
—¿De veras?
—Sí.
—Entonces toda tu admiración se debe a su galantería y su honor.
—En parte. También ha sido mi protector y mi consejero. Salí de
Lelleford sin más plan que el de llegar a Londres y ver a padre. Roland sabía
dónde dejar los caballos, dónde alquilar una habitación. Me guió hasta la
Torre, me enseñó la manera de ganarme la confianza de los guardias. Sin Roland,
puede que no hubiese logrado entrar. Estoy en deuda con él. Y después de su
acto de esta tarde, la deuda ha aumentado.
—No es necesario que le pagues con tu corazón, Eloise.
—La gratitud no tiene nada que ver con el porqué amo a…
—¡Maldito Geoffrey! La había empujado a admitirlo y no lo había visto venir—.
No es justo, Geoffrey. Me has engañado para que te lo dijera.
—Es la única forma de conseguirlo, a veces. ¿Entonces amas a
Roland St. Marten?
—Lo negaría si pensara que fueras a creerme.
—Demasiado tarde —dijo él riéndose ligeramente—. Ya era
demasiado tarde en el mismo momento que vi cómo lo mirabas. Imagino que padre
también lo habrá notado. Tal vez sea parte de sus razones para pedirme que te
lleve conmigo a Cornualles mientras Roland vuelve a Lelleford.
—Para separarnos.
—Eso me temo. ¿Sabe Roland que le amas?
Eloise sacudió la cabeza, el corazón tremendamente herido.
—No, no se lo he dicho, y no lo haré. No hay futuro para
nosotros, no importa el resultado del juicio de padre. Roland conoce su
situación y sus obligaciones igual que yo las mías. Es inútil desear otra cosa.
—¿De veras? Yo creía que mi situación con Leah era desesperada,
también, y mira en lo que ha terminado. Ahora estamos casados, tenemos un hijo
en camino…
La noticia elevó los ánimos de Eloise.
—¡De veras! ¡Es maravilloso! ¿Acaso no te dije que Leah te haría
feliz? ¿Para cuándo esperáis que nazca? Yo seré la madrina de tu primer hijo,
¿recuerdas? ¡Qué buena nueva!
—Debería nacer a finales de invierno, y sí, tú serás su madrina,
aunque nunca me diste opción —suspiró—. Te deseo la misma felicidad, que te
cases con un hombre que te quiera tanto como yo quiero a Leah, que pueda darte
un hogar e hijos y toda clase de bendiciones.
—Tal vez Roland podría, pero no estoy segura de que quiera todas
esas cosas conmigo. Además, ¿me imaginas tratando de convencer a padre para que
me deje casarme con un caballero sin tierras?
—Hmm. Sería duro, sí.
—Sí, lo sería.
Geoffrey puso la mano en el cerrojo y tiró, pero vio que la
puerta de la botica estaba atrancada.
Al ver su rostro confundido, Eloise se lo explicó.
—Roland insiste en que cuando no esté, la señora Green cierre la
tienda y todas las puertas, entre ellas la de la habitación en la que está
Timothy. Cuando oye la campana, mira por la ventana para ver quién es y sólo
admite a las personas que conoce. Estoy segura de que estará aquí en un
momento.
—¿Roland cree que podría haber otro ataque?
Eloise notó un escalofrío en la espalda al pensar en el que
había tenido lugar.
—Tal vez, pero lo más probable es que simplemente quiera
asegurarse de que todos aquellos que considera están a su cargo no sufren daño
alguno.
—Algo imposible de hacer.
—Intenta decírselo a Roland.
Roland escanció el vino de una jarra de oro en una copa y se la
entregó a Eduardo, a continuación de lo cual prosiguió con la explicación del
motivo de su visita.
—Entonces salí en busca de la señora Eloise. Cuando la alcancé
decidí que podía acompañarla yo mismo a Londres a visitar a su padre, porque de
otro modo me preocuparía que intentara llegar a la ciudad ella sola.
—Una mujer testaruda. Como su padre.
El rey no tenía idea de lo testaruda e insistente que podía ser
Eloise, y él no iba a decírselo, al menos de momento.
—Confío en que Lelleford está en buenas manos en mi ausencia.
Tanto Simon como Marcus son unos perfectos supervisores. Su creencia en la
inocencia de Sir John nos asegura que harán todo por proteger el castillo.
Estoy convencido de que si Sir John es culpable de los cargos, ninguno de sus
más leales caballeros sabían de las actividades de su señor.
—¿Y su hija?
—Lo mismo, mi señor. Todos se mostraron sorprendidos y
consternados al oír la acusación, y juran que ningún escocés ha cruzado jamás
las puertas de Lelleford.
Eduardo se acercó hacia una silla de brocado, y Roland no dejó
de maravillarse ante aquel hombre. Sólo se llevaban un año de edad, y Eduardo
gobernaba desde hacía varios. Todos los días tenía que enfrentarse a arduas
tareas de Estado, soportar toda una corte de consejeros, cada uno centrado en
un solo tema. Condes, caballeros, su propia esposa.
La reina Filipa también podía ser una mujer testaruda, pero de
una forma menos arrolladora. Y Eduardo amaba a su joven esposa a pesar de que
su matrimonio había sido organizado de antemano.
Eduardo se sentó en la silla.
—¿Has visitado ya la Torre?
—Varias veces de hecho.
Eduardo ladeó la cabeza.
—¿Hace tiempo que estás en la ciudad?
—Desgraciadamente. —Roland vertió vino en una copa de oro con
piedras preciosas incrustadas—. Mi plan original consistía en hacer una noche,
permitir que la señora visitase a su padre, y regresar a Lelleford al día
siguiente. Pero los hados intervinieron. ¿Recordáis a Timothy, mi escudero?
—Un mozo de cuadra, creo recordar. ¿Algún problema? ¿Quieres que
te consiga otro escudero?
—No, Timothy es perfecto. Pero hay un problema. En estos
momentos se recupera de una injustificable y abominable paliza que sufrió hace
unas noches a manos de dos canallas. Sanará, pero llevará tiempo. De ahí mi
presencia en Londres en estos momentos.
Eduardo se pellizcó el puente de la nariz aguileña con el índice
y el pulgar.
—Las calles de Londres están llenas de gentuza, particularmente
cuando cae la noche. Parece que cuantos más guardias contratan los regidores de
la ciudad para que la vigilen, más empeoran las cosas.
—Sí, bueno, estos dos rufianes querían algo más que divertirse a
costa de Timothy. No os aburriré con los detalles, pero los villanos habían
sido enviados para raptar a Lady Eloise. Tuve una escaramuza con los dos. Uno
cayó escaleras abajo y murió, el otro consiguió escapar —en un momento de
distracción que lamento profundamente—, pero no antes de que me dijera que
habían recibido pago para llevarla a toda prisa a Southwark.
Eduardo entornó los ojos.
—Un lugar infernal. Entiendo que has informado a los guardias.
—Naturalmente. No pude ver bien al hombre que escapó pero
Timothy sí. Los vigías no albergan demasiadas esperanzas de encontrar al
culpable, de todas maneras.
—En verdad, debería cambiar impresiones con el obispo de
Winchester sobre los burdeles que hay en sus dominios. Mujeres inocentes no
deberían verse forzadas a llevar semejante vida. Es insólito, y preocupante,
que los rufianes pensaran que podrían vender una mujer de noble cuna a uno de
esos prostíbulos. Habitualmente eligen a niñas campesinas que nadie extrañará
en demasía.
Preocupante ciertamente, pensar en cómo una mujer, fuera cual
fuera su clase social, podía llegar a aquello. No quería ni imaginar los
horrores a los que habría tenido que enfrentarse Eloise.
—No creo que las mujeres nobles de Londres tengan que
preocuparse en este caso, mi señor. Esos rufianes buscaban a una mujer noble en
particular. Lady Eloise. Alguien pagó a esos hombres para raptarla a ella y a
ninguna otra. Me temo que la razón tiene que ver con la situación de su padre.
Eduardo se puso en pie, con expresión insondable, y se acercó a
la ventana alta y con forma de arco desde la que se divisaban los jardines del
palacio.
—Tal vez la hija de un traidor merezca ese destino.
El sentimiento del rey le extrañó enormemente. Roland tuvo que
esforzarse mucho para dar a sus palabras el equilibrio entre la amonestación y
el respeto.
—Mi señor, vos más que nadie deberíais saber que el hijo no debe
sufrir por los pecados cometidos por el padre.
—¿Cómo te atreves? —Eduardo se giró en redondo.
—Sólo porque creo firmemente que Lady Eloise no debería sufrir
ningún daño porque su padre cometiera un delito —por lo que sé aún no probado—,
igual que vuestro reinado hasta el momento está siendo un éxito porque se os
compara con vuestro abuelo en vez de con vuestro padre. Mi señor, si la gente
os culpara por la ineptitud de vuestro padre, ¿disfrutaríais ahora del respeto
y el cariño del pueblo?
—¡Nada tiene que ver una cosa con la otra! Las… intenciones de
mi padre siempre fueron buenas. Claro está que cometió errores de juicio, pero
nunca hizo daño a su reino a propósito. ¡Sir John ha hecho daño a Inglaterra
deliberadamente al vender armas a los escoceses de las Highlands! Cuando hace
daño a Inglaterra, me lo hace a mí, la persona a quien ha jurado lealtad. La
ofensa es imperdonable.
Puede que el tono del rey sonara duro, pero no precipitado. El
rey tenía un temperamento fuerte, pero, hasta el momento, no había mostrado
señal alguna de perderlo.
—Cualquier señal de deslealtad hacia vos merece un castigo. Lo
que corroe mis entrañas es que quienquiera que pagó a los rufianes —y me
gustaría saber quién puede ser esa sabandija— buscaba castigar a una mujer cuyo
único delito es preocuparse y amar a su padre. No pretende ningún daño, mi
señor. La señora Eloise simplemente desea un juicio justo para su padre.
El rey resopló.
—Tengo todas las pruebas que necesito sobre la culpabilidad de
Sir John en el contenido de una misiva.
Eduardo apuró el vino, dejó la copa en una mesa de madera pulida
y muy elaborada, cuyas patas tenían la forma de las garras de un león. Una mesa
digna de un rey, como el resto del mobiliario de la sala. Por muy rico y
poderoso que fuera, Eduardo seguía siendo un hombre joven, cuyo corazón y
cabeza rebosaban de esperanzas y sueños y también de miedo al fracaso, como le
ocurría a cualquier otro hombre joven, como al propio Roland.
Pero a diferencia de éste, Eduardo poseía el poder regio con el
que hacer realidad sus esperanzas y sus sueños, así como el poder de barrer sus
fracasos bajo la alfombra. Eduardo no había ordenado la ejecución inmediata de
Sir John y Roland no podía evitar preguntarse por qué.
—Si las pruebas son tan sólidas, ¿por qué no colgarlo y terminar
con ello?
—Créeme, Roland, que quería hacerlo. Kenworth me instó a ello, y
estuve a punto de subir la cuerda a la Torre y atarla alrededor del cuello de
Sir John yo mismo. Pero entonces ese estúpido de Lancaster comenzó a hablar con
mis consejeros, instándolos a mantener la calma, proclamando que, tal vez, las
cosas no fueran lo que parecían ser. —Eduardo sacudió la mano en el aire—. Que
todo estaba en mi mano. Insistía en que esperase. ¿A qué? Ese hombre es
culpable. Y ahora está encerrado en una confortable cámara en la Torre en vez
de yacer ya en su tumba. Un desafortunado golpe del destino, sin duda.
—¿Tan seguro estáis de la culpabilidad de Sir John?
—Juzga por ti mismo.
Roland posó la copa luchando por que las manos no le temblaran,
mareado de contento por el éxito que había conseguido, y al mismo tiempo
temeroso de lo que pudiera encontrar.
Eduardo abrió un cajón de su escritorio, sacó un rollo y lo
agitó en el aire.
—Aquí está. Léela. Y dime después si mi ira no está justificada.
Roland desenrolló el pergamino y el corazón se le cayó a los
pies. No podía leer la lengua de las Highlands, pero vio por qué la ira del rey
estaba justificada. En la misiva aparecían nombres, Sir John Hamelin y MacLeod,
jefe de un poderoso clan.
—Mis conocimientos de lengua no incluyen el idioma escocés, mi
señor.
—MacLeod agradece a Hamelin las picas y las espadas que usarán
contra nuestro ejército. Aparentemente, Hamelin también proporcionó nobles
alimentos para la mesa del jefe y harina para sus despensas.
Roland enrolló el pergamino y se lo devolvió al rey.
—Condenatorio en verdad. ¿Os puedo preguntar cómo llegó a manos
de Kenworth?
Eduardo guardó de nuevo el pergamino en el cajón de su
escritorio y lo cerró de un golpe.
—Apresó a un mensajero escocés en sus señoríos del norte y entre
sus posesiones halló esta misiva. De no haber sido por ese golpe de suerte, tal
vez nunca lo hubiéramos averiguado.
¿Golpe de suerte? La cabeza de Roland bullía de numerosas
posibilidades, pero las apartó. Se había presentado ante el rey para conocer el
contenido de la misiva, y una vez hecho, no tentaría más su suerte.
—Mi señor, si me lo permitís, yo también os aconsejaría
prudencia.
—¡Oh, Roland, tú también, no!
Roland sonrió ante el tono herido.
—Eso me temo. Bien es verdad que la misiva es condenatoria, y si
Sir John es culpable vos deberíais, en todo vuestro derecho, colgarle. Pero esa
misiva… es tan evidente. Tengo entendido que hay otras misivas en posesión de
Lancaster. ¿Las habéis visto también?
Eduardo se puso rígido.
—Aún no.
Roland no quería hacer ningún comentario sobre la obstinación
del rey al negarse a dar audiencia a Lancaster sólo por una cuestión de
resentimiento hacia él.
—Sería interesante comparar ambos documentos, ¿no os parece?
—Tal vez.
Roland vio la oportunidad no sólo de favorecer a su causa sino
de servir a su rey prestándose como puente entre el él y Lancaster.
—¿Queréis que yo compruebe el contenido de esos documentos en
vuestro lugar?
Eduardo ladeó la cabeza.
—No tengo más remedio que preguntarme por qué estás tan
interesado en este asunto.
—Por hacer justicia. Por serviros en todo lo que pueda. Elegid
la razón que más os guste.
Eduardo miró hacia la ventana, pero se quedó quieto y en
silencio unos minutos más de lo que a Roland le hubiera gustado. Entonces
sonrió ligeramente.
—¿Qué me dices si digo que es por Lady Eloise?
Por el fuego eterno.
Debía haber visto su reacción en su rostro. Eduardo se rió.
—Vamos, Roland. Tu predisposición a complacerla es bastante
obvia. Quieres saber si voy a colgar a su padre o no, ¿no es cierto?
Roland inspiró profundamente y decidió que la diplomacia no era
uno de sus fuertes.
—Por su bien, me gustaría que no lo hicierais. Sin embargo, si
es culpable, yo mismo ayudaría a colocar la cuerda en lo alto de la Torre.
—Lo sé, y por eso te doy mi agradecimiento. También creo que
tienes tus sospechas sobre quién pagó a esos rufianes que dieron una paliza a
tu escudero y trataron de raptar a Eloise.
—Sir John parece inclinado a pensar que Kenworth…
—Ah, sí. Su viejo enemigo, el que me dio la misiva. —Eduardo
sacudió la cabeza—. La eterna lucha por el poder, el eterno enfrentamiento
entre dos señores. Kenworth me insta a celebrar un juicio rápido y que lo
cuelgue; Lancaster me insta a tener prudencia a pesar de las pruebas. Un
verdadero quebradero de cabeza, a veces.
—Mi señor, sé que Kenworth y Lancaster están relacionados con
vos y por eso os esforzáis en mantener buenas relaciones con ambos. Mi pregunta
es, ¿cuánta confianza depositaríais en cada uno?
Eduardo nunca dudaba.
—Tanta como me atreva, pero no puedo permitirme mostrar
preferencias. Siempre y cuando se enfrenten entre ellos y no me hostiguen a mí.
—¿Me dais vuestro permiso para continuar? ¿Ver qué puedo
descubrir?
—Tienes mi permiso, pero no mucho tiempo. Tengo que concluir el
asunto en unos días. Por las heridas de Cristo, agradecería alguna prueba
fiable para inclinarme en una u otra dirección. Y ten cuidado con esos dos
condes, Roland. Ten mucho cuidado.
Las mismas palabras que Eloise le había encarecido. Y por tener
cuidado había acabado con el agua al cuello.
El pastel de carne estaba frío pero a Roland no pareció
importarle. Se lo comió de pie. Entre bocado y bocado les contó el resultado de
su audiencia con el rey. Ni Eloise ni Geoffrey lo interrumpieron, excepto una
vez en que Eloise dejó escapar un gemido al oír que la misiva que el rey le
había permitido ver contenía nombres.
Roland se limpió las manos en una toalla de lino.
—Eduardo no se ha mostrado reacio a que yo investigue un poco.
No me ha dicho nada, pero creo que tiene alguna duda sobre la validez de la
misiva. Cierto es que el documento le enfurece, y sí, si vuestro padre hubiera
recurrido a Eduardo puede que lo hubiera colgado de inmediato. Al pedir la
ayuda de Lancaster, ha ganado algo de tiempo.
El problema es que ahora que tenemos tiempo, ¿qué hacer con él?
¿Enfrentarnos a Kenworth? ¿Preguntar a Lancaster?
Eloise no tenía ninguna sugerencia que hacer. Y tampoco
Geoffrey.
Su hermano estaba de pie al final de la cama, perdido en sus
pensamientos. Por mucho que ella hubiera apreciado su compañía durante las
últimas horas, no había podido relajarse hasta que escuchó los pasos de Roland
en las escaleras. Apenas si había podido contener el alivio que sintió al verlo
de vuelta. Ahora, la presencia de Geoffrey y la de Timothy le impedían hacer lo
que más deseaba, arrojarse en los brazos de Roland y llorar de alegría porque
no lo hubieran encerrado en la Torre.
Obligada a contener sus emociones y a tratar del tema en
cuestión, Eloise dejó ver su frustración.
—Lo que realmente me gustaría saber es si las misivas son
verdaderas o falsas.
—Padre cree que las que él vio son verdaderas —comentó Geoffrey.
—Sólo porque el hermano Walter se lo dijo. No estoy muy segura
de poder confiar en la palabra del monje.
Geoffrey se frotó la frente.
—Como dice Roland, el hecho de que los nombres de padre y ese
MacLeod aparezcan en la misiva ahora en posesión del rey es demasiado obvio
especialmente cuando las otras misivas están escritas de una manera muy
diferente. ¿Pueden ser verdaderas las que padre ha visto y que la del rey sea
falsa?
—Es posible —dijo Roland—, pero me parece que están escritas por
la misma persona. Kenworth quería capturar a vuestro padre y traerlo a Londres
junto con las misivas que, casualmente, sabía que encontraría en su sala de
cuentas. Es de suponer entonces que tenía la intención de utilizar esas misivas
como una prueba más contra Sir John. Si todas las misivas fueron enviadas
supuestamente por MacLeod a vuestro padre, entonces todas deben estar escritas
por la misma mano o el plan de Kenworth no tendría sentido. Por lo que o todas
son verdaderas o todas falsas.
Geoffrey sacudió la cabeza.
—No necesariamente. Es bastante posible que la que contiene los
nombres sea falsa, aunque tan bien hecha que resultaría muy difícil
diferenciarlas.
Eloise se llevó las manos a las sienes, que le empezaban a
doler.
—¿Y cómo encontramos a alguien que pueda diferenciarlas?
Geoffrey comenzó a pasear por la habitación, el golpeteo de sus
botas sobre las tablas de madera resonando con ominoso ritmo. Incluso el
repiqueteo de la lluvia en la ventana le resultaba irritante. Tenía que haber
una forma de deshacer aquel entuerto pero su mente se negaba a funcionar con
claridad.
Roland le puso la mano en la nuca y la masajeó suavemente.
—¿Quieres que le diga a la señora Green que te prepare algún
remedio para la cabeza?
Eloise preferiría poder apoyar la cabeza en el hombro de Roland,
cerrar los ojos y dejar que sus dedos hicieran el milagro en vez de usar un
remedio medicinal. La calidez de las manos del hombre en su cuello, sus dedos
haciendo círculos en él, era como estar en el cielo.
—Tal vez más tarde. Aún no es insoportable.
Geoffrey se detuvo. Eloise giró la cabeza ligeramente y vio que
estaba mirando por la ventana.
—Pasé muchos meses rodeado de monjes —dijo en voz queda—. Se
esperaba de todos los estudiantes que aprendiésemos a escribir con letra
legible, por lo que nos afanábamos en practicar con la tiza y las tablillas,
con pluma y tablas de cera hasta que el profesor quedaba satisfecho con el
resultado. —Se giró y su voz se volvió más potente—. Aquellos interesados en
tomar los votos y entrar al servicio en el scriptorium de un monasterio tenían
que lograr una calificación más alta. Practicaban una y otra vez la misma
letra, hasta que conseguían hacer copias exactas.
—¿Alguno de vosotros sabe lo que el hermano Walter hacía antes
de que padre lo tomara a su ser vicio como escribiente?
Roland se quedó inmóvil.
Eloise sólo podía mirar a Geoffrey, impresionada ante las
implicaciones.
—¿Crees que el hermano Walter falsificó la misiva?
—Es posible. Si partimos de la idea de que la misiva en la que
aparecen los nombres es falsa, Kenworth tuvo que darle a alguien la verdadera
para que hicieran una copia. ¿Por qué no a un clérigo que ha aprendido los
rudimentos de la escritura para que las letras parezcan idénticas?
Un recuerdo pareció abrirse paso en la cabeza de Eloise, el
monje tirado en el suelo, sangrando, y ella furiosa con su padre por
abandonarla. Se había ocupado de la cabeza del monje y éste se había sentido
afligido ante la desaparición del señor.
—Es una buena teoría, Geoffrey —dijo Roland—, pero tu padre dijo
que el hermano Walter le había confesado todo el plan de Kenworth. ¿Olvidaría
decirle que había falsificado una o incluso todas…?
—¡Eso es! —Eloise se levantó de la cama de un salto, sin poder
contener los nervios.
Los dos hombres la miraron como si se hubiera vuelto loca. Pero
no era así. Aún no, al menos.
Levantó las manos con las palmas hacia fuera, tratando de
retener en la memoria el torrente de recuerdos e impresiones, buscando entre
ellos una respuesta lógica. Eloise cerró los ojos para poder concentrarse
mejor.
—Aquella mañana me llamó a su sala de cuentas. El hermano Walter
yacía inconsciente en el suelo. Padre me contó lo que estaba ocurriendo, que
consideraba al monje desleal. Entonces guardó los rollos de pergamino en una
bolsa de viaje, y me dijo cómo había de comportarme cuando el conde llegara.
Después se marchó.
»Naturalmente, yo no comprendía nada. En un principio me pareció
que padre y el monje habían tenido una pelea, aunque el monje me dijo más tarde
que había sido culpa de su torpeza y que se había tropezado y golpeado la
cabeza contra el escritorio. Sea como fuere, cuando finalmente conseguí
llevarlo abajo para curarle la herida, empezó a hacerme preguntas sobre el
paradero de padre, y a mostrarse cada vez más agitado al ver que no le daba
ninguna contestación.
Eloise abrió los ojos, segura de sus suposiciones.
—Corrió por toda la torre y los campos en busca de padre,
insistiendo en que debía hablar con él de inmediato, y lanzando directas
advertencias sobre la suerte que todos correríamos si no lo hacía.
Miró alternativamente a Roland y a Geoffrey y de nuevo a Roland.
—¿No podría ser que el hermano Walter se golpeara la cabeza
antes de poder terminar la confesión de su implicación en el plan de Kenworth?
¿Podría ser posible que hubiera estado a punto de admitir que fue él quien
falsificó la misiva que está en poder del rey?
Geoffrey se rascó el mentón.
—Pudiera ser. Pero si sentía un peso tan fuerte en la mente por
el pecado cometido, ¿por qué no te lo contó a ti después?
—Estaba firmemente decidido a hablar con padre. Debería haberle
presionado, pero estaba tan furiosa con él que apenas podía soportar mirarle. Y
tenía que prepararme para la llegada del conde. Mirando atrás, debería haber
permitido a Marcus que le presionase para obtener información. —Se dejó caer en
la cama disgustada—. ¡Maldición!
—Puede que no lo hubiera hecho de todos modos, Eloise —dijo
Roland—. Como recordarás, Simon, Marcus y yo intentamos hacerle hablar cuando
lo encontramos. Y tampoco entonces lo hizo. Si le hubiera permitido seguir
ocultándose…
—No tenías otra opción. Kenworth quería que lo encontraras. ¡Por
todos los santos! ¡Yo también quería que lo encontraras para poder indicarle
dónde estaba la salida!
—Es posible que él hiciera la copia, y en el caso de que no fuera
así, puede ser que sepa la identidad del autor. Algún otro clérigo, tal vez.
¿Dónde está el hermano Walter ahora? —preguntó Geoffrey.
Eloise gimió porque lo sabía perfectamente y se cubrió la cara
con las manos. Fue Roland quien contestó.
—Con Kenworth. —Roland sacudió la cabeza—. Si el monje le
confesó algo similar a Kenworth, temo por su vida.
—Entonces esperemos que el hombre mostrara un poco de cordura
—comentó Geoffrey—. De estar vivo, ¿dónde estaría?
—Posiblemente en la residencia de Kenworth.
—¿Sabéis dónde está?
—Sí. Partimos hacia Lelleford desde allí.
Notando la creciente excitación en sus voces, Eloise miró a
Roland ya Geoffrey.
—Disculpad, pero no podéis llegar a sus puertas y pedir a
Kenworth que os entregue al hermano Walter.
—Tal vez —admitió Roland—. Sin embargo, puede que haya una
manera de llegar al monje sin que lo sepa Kenworth. Yo podría ir hasta allí,
observar el lugar, ver lo que averiguo.
—Iré contigo —dijo Geoffrey con una sonrisa—. Tengo experiencia
en merodear en la oscuridad.
Roland se molestó al oírlo.
—Uno de los dos tiene que quedarse aquí con Eloise y los otros.
—Yo también puedo ir.
Eloise miró por encima del hombro en dirección a Timothy, que
estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el jergón y no había dicho nada
hasta el momento.
—No —dijo Roland con firmeza.
—En algún momento tendréis que dejarme salir de esta habitación,
señor —se quejó Timothy—. Sé donde está la residencia de la que habláis.
También sé cómo entrar a través de la entrada de la servidumbre. Me resultaría
muy fácil encontrar al monje. —Se frotó las costillas—. Además, Kenworth me
debe una. Si el rufián que me atacó anda por el lugar, me gustaría saberlo.
A Eloise no le gustó la forma en que se suavizó la mirada de
Roland, pero no era decisión de ella. Se trataba de un asunto entre caballero y
escudero.
—¿Podrías hacerlo durante el día?
—Sí, mi señor.
—¿Sin hacerte más daño y sin que te descubran?
Timothy descruzó las piernas y se puso en pie.
—Haré todo lo posible por evitar ambas cosas.
Roland se quedó quieto y callado durante un momento, y después
sacudió el dedo en señal de advertencia.
—No tienes que correr riesgos, y si no regresas en una hora, iré
a buscarte.
Timothy sonrió, y salió de la habitación.
Eloise cerró los ojos y rezó.
Capítulo 17
Con Timothy fuera y Eloise dormida, Roland paseaba arriba y
abajo de la escalera. Geoffrey estaba sentado en un escalón, con las manos
colgando entre las rodillas separadas.
Geoffrey se aclaró la garganta.
—Debo agradecerte todo lo que has hecho por Eloise. Sin tu ayuda
podría… —no pudo evitar un escalofrío—. No quiero pensar en lo que podría
haberle pasado si no la hubieras salvado de sus raptores. Southwark no es lugar
para una dama.
Londres no era lugar para aquella dama en particular. ¿Cuántas
veces se había reprochado haber la traído a la ciudad? ¿Cuánto sufrimiento
podría haberle evitado a ella y a Timothy si se hubiera limitado a llevarla de
vuelta a Lelleford?
Aún le dolía la cabeza, aunque el dolor había cedido un poco con
el remedio que le habría administrado la señora Green, y era de esperar que
desapareciera por completo tras un reparador sueño.
—No son necesarias alabanzas. Si hubiera obligado a Eloise a
regresar a casa, no habría dado oportunidad a que esos villanos trataran de
raptada.
—Pero no lo hiciste, y aunque ellos lo intentaron, no sufrió
ningún daño.
—Pero Timothy sí.
Geoffrey sacudió la mano en el aire.
—Eloise dijo que te culpas de lo ocurrido. Inútil esfuerzo. No
puedes estar en todos los sitios a la vez, ni tampoco podías sospechar que
sabrían de tu presencia en la ciudad. Sería interesante averiguar cómo supo
Kenworth que Eloise y tú estabais en Londres.
Roland también se lo había preguntado y sólo se le ocurría una
respuesta.
—Imagino que Kenworth se interesaría por cualquiera que se
propusiera visitar a Sir John. Una moneda o dos al guardia adecuado y no
tardaría en tener la información que buscaba. Buscar en los establos tres
caballos recientemente instalados, uno de ellos un semental de pura raza, le
resultaría muy fácil.
—Eres hábil con los ejercicios de lógica.
Roland se echó a reír, consciente de que sus pensamientos
últimamente habían tendido más a la fantasía, especialmente los relacionados
con Eloise.
—Tú también. Supongo que es necesario para la práctica de las
leyes.
—Es la primera vez que mis conocimientos van a demostrar ser
útiles, aunque aún no hayamos conseguido el éxito. No hago mucho uso de ellos
en Pecham más allá de lo relacionado con los negocios del señorío.
Roland agradeció el cambio de dirección que había tomado su
conversación. No sólo porque le apartarían de Timothy y de Eloise, sino porque
Geoffrey realmente le agradaba y quería conocerlo mejor.
—Un talento malgastado.
—Me agrada lo que hago. Pecham está situado en lo alto de unos
acantilados en la costa norte de Cornualles. Entre los gritos de los pájaros
marinos, la agitación del viento constante y el embate de las olas, a veces es
difícil escucharse. Obtenemos lo suficiente para comer, vestir y aún ganamos un
poco más de las granjas y la mina de estaño. —Apoyó un codo en la rodilla, la
barbilla en la palma de la mano—. Aparte está ese otro negocio que nos
proporciona algunas libras adicionales.
Roland inclinó la cabeza inquisitivamente. Y Geoffrey alzó una
ceja.
—¿Eloise no te lo ha contado?
—No. ¿Debería?
—No hay ninguna razón especial, supongo. Es sólo que me he dado
cuenta de lo mucho que confía en ti y por eso suponía que te había confiado mi
pequeño secreto.
Roland recordaba cuánto tiempo había tardado Eloise en contarle
todo lo que había sucedido la mañana de la huida de su padre.
—Es bastante difícil arrancarle confidencias a Eloise.
—No confía fácilmente en los demás, por eso siento que yo
también puedo confiar en ti.
Tal vez toda la familia estuviera confiando demasiado en él.
—No tienes que confiarme tus secretos.
Geoffrey miró hacia la botica. La señora Green estaba trabajando
en el jardín de la parte trasera de la casa, cuidando las hierbas que utilizaba
para sus remedios. El último cliente se había ido hacía ya unos minutos.
Se inclinó hacia delante.
—Si alguna vez necesitas una o dos piezas de la más fina seda de
todo el reino, o un delicioso Borgoña para acariciar los labios, todo por una
mínima parte de su precio habitual, yo soy tu hombre.
Roland abrió la boca para preguntar cómo, pero de pronto lo
supo. Cornualles. Artículos de lujo a bajo costo. La confesión pareció dejarle
aturdido.
Bajó la voz hasta ser poco más que un susurro.
—¿Eres un contrabandista?
—Sí. Leah y yo estamos intentando que nuestra gente se olvide de
los abundantes beneficios, alentándolos a vivir con lo que se puede ganar de
forma legal. Pero una vez que han saboreado los placeres de una vida generosa
es difícil convencerlos para que lo olviden.
En vista de que Geoffrey no parecía remiso a hablar del comercio
ilegal, Roland preguntó:
—¿Cómo tú, un hombre de leyes, se ha visto envuelto en el
contrabando?
—No fue idea mía, te lo aseguro. Era parte de la vida que acepté
al casarme con Leah. Su familia llevaba años dedicándose a ello. Cuando nos
casamos, su vida pasó a ser mi vida, y aunque a veces desearía darme cabezazos
contra la pared, no haría nada por cambiar lo que tengo.
—Pecham es la heredad de Leah, por lo que en tiendo.
—Cada una de las cuevas del acantilado y una buena porción de
mineral de estaño. Y la fortaleza y sus dominios, claro. —Guardó silencio
durante un momento antes de proseguir—. Las muertes de su padre y su hermano
fueron un golpe duro para Leah. El futuro reluce ahora que tenemos a nuestro
primer hijo en camino. Será ya bastante difícil explicarles a nuestros hijos
que uno de sus abuelos era un importante contrabandista como para añadir la
historia de otro que murió colgado por traidor.
—Tal vez no ocurra.
—Eso espero. Desgraciadamente, todas estas conjeturas sobre el
hermano Walter no son más que eso, conjeturas. Podríamos estar siguiendo una
pista falsa.
—Entonces tendremos que encontrar la buena.
El problema era que en ese momento no veía otro camino. Dudaba
mucho que Kenworth pudiera ser obligado a confesar haber tendido una trampa a
John. Si la escritura de todas las misivas demostraba ser la misma, el rey
podría verse obligado a aceptar la prueba y John moriría en la horca.
—¿Crees en la inocencia de mi padre?
Roland recordó su torpeza a la hora de evadirse de las preguntas
del rey.
—Tanto si es culpable como si no, merece un juicio justo. Por el
bien de tu hermana, tengo la intención de colaborar para que así sea. Además,
tengo un asunto pendiente con Kenworth.
Geoffrey asintió al comprender.
—Eloise también te lo agradece. Desgraciadamente, si mi padre es
declarado culpable, Eloise será la que peor lo pase. Cierto es que mi padre
perderá la vida y mi hermano su herencia. Pero mi padre ya no tendrá que
preocuparse de nada y Julius puede pedir que se le devuelva su herencia. Puede
tardar años en conseguirlo, pero otros hijos lo han conseguido así que el
esfuerzo siempre merecería la pena. Es Eloise la que sufrirá la pérdida
inmediata de su dote. Sin ella, me temo que tenga que casarse con alguien de
mucho más bajo estatus, si es que llega a casarse. Un crimen. Tiene mucho que
ofrecer a un hombre.
Todo eso ya se le había ocurrido a Roland. La afirmación hecha
por Geoffrey de los efectos que la situación tendría en Eloise no hacía sino
confirmar sus propias conclusiones, excepto una.
—Julius y tú velaréis por su futuro.
—Sí, tanto como nos sea posible. Es una pena que tu hermano
muriera antes de hacer los votos de matrimonio. La dote de Eloise estaría fuera
de peligro, y su reputación no se vería dañada por asociación con mi padre.
Como es la única que aún vive bajo su techo, la gente pensará que conocía las
actividades de mi padre y la condenarán junto con él.
—No es justo.
—Muy injusto, pero la gente es rápida en juzgar con dureza y
aquellos de más alto rango son los que más se apresuran a poner distancia entre
ellos y alguien a quien consideran indigno.
Roland asintió de acuerdo con sus palabras y fue entonces cuando
cobró conciencia de la intención de los comentarios de Geoffrey. Sin saber qué
decir, se quedó mirando al hermano de Eloise, apenas capaz de contener el
tremendo gozo de que se le estuviera ofreciendo su mano, aunque un poco
resentido por verse utilizado en un plan de escape para evitar que perdiera su
dote.
¿O acaso habría malinterpretado las intenciones de Geoffrey?
¿Estaría su deseo de hacer suya a Eloise, para siempre, empañando la intención
de las palabras de Geoffrey?
—¿Me estás sugiriendo que pida la mano de Eloise?
Geoffrey sonrió.
—Me parece que la idea no te parece del todo abominable.
—Tu método es el que me parece abominable.
—El tiempo apremia. Me preocupa mi hermana. Dejarla acomodada
para el futuro me da libertad para concentrarme en otros problemas.
—Muy conveniente para ti.
—Y perfecto para Eloise. —Geoffrey se levantó y se colocó frente
a Roland—. Voy a ser directo. No llega con las manos vacías. Si no recuerdo
mal, entrega al matrimonio dos feudos, uno no está lejos de Lelleford y el otro
en Durham, la propiedad que desea Kenworth por su cercanía a Escocia. Además de
eso están sus bienes muebles, como mobiliario, ropa blanca, vajillas y demás
objetos del hogar. Desconozco la cantidad que mi padre haya destinado como
regalo, pero conociéndolo, será considerable.
El temperamento de Roland estaba a punto de acabar con él.
Comprendía lo que Geoffrey pretendía: vender a su hermana rápidamente antes de
que su valor descendiera. Estaba tratando de conseguir el mejor acuerdo con el
candidato más cercano. Era mortificante… y endiabladamente tentador.
—Tal vez deberías hablar con tu padre y con Eloise antes de
cerrar un acuerdo matrimonial para ella. Puede que ambos pongan alguna
objeción.
—Mi padre no está en posición de hacer objeciones. En cuanto a
Eloise… dudo mucho que lo haga.
—La sonrisa de Geoffrey retornó a sus labios—. Hemos hablado un
poco. Imagina mi sorpresa al enterarme de que ya no te considera un sapo
desagradable.
Roland sintió calor en las orejas.
—Te ha contado la historia, ¿no es cierto?
—No toda, pero lo suficiente. Su opinión sobre ti ha cambiado
considerablemente. Todo un logro por tu parte. Es raro en mi hermana admitir
que pudiera haber estado equivocada.
Puede que Eloise sintiera cariño hacia él, incluso se había ido
a la cama con él una vez, una sola noche de exploración y éxtasis. Si se les
daba la oportunidad, ¿harían un buen matrimonio? ¿Se uniría a él para lo bueno
y lo malo, para siempre?
¿Llegaría a amarlo tanto como él la amaba a ella, o consideraría
su matrimonio como un recordatorio del peor momento de su vida?
Dejando los sentimientos de Eloise a un lado, estaba también la
opinión de Sir John, que se había tomado grandes molestias en elegir
cuidadosamente a su primer prometido. Hugh. El heredero de vastas propiedades y
una riqueza considerable. Digno de la hija de Hamelin.
—Yo no tengo nada que ofrecerle a cambio, Geoffrey. Puede que
pertenezca a una buena familia, pero lo único que poseo es el rango de
caballero sin medios para mantenerlo. Y sí, aunque sé que casarse con una
heredera es una manera honesta y aceptable de conseguir poder y riqueza, me
parece una locura. Creo que tu padre será de la misma opinión.
Geoffrey se encogió de hombros.
—Es posible. Sin embargo, mi padre ya ha aprendido que no todos
los planes que hizo para sus hijos se han cumplido tal y como él los pensó.
Puede que sea un hombre práctico cuando es necesario, y en este caso creo que
verá las cosas de nuestra manera.
Nuestra manera. Como si Roland ya hubiera aceptado. Como si
Eloise lo aceptara.
—También hay que tener en cuenta al rey. Necesito su
consentimiento y, bajo estas circunstancias, puede que no me lo conceda.
Geoffrey se acarició el mentón.
—Puede. Y si le informas después de efectuado, te despedirá de
su servicio. Tienes que decidir si te basta lo que Eloise te ofrece frente a
las posibles compensaciones por parte del rey que pudieras recibir en un
futuro.
Roland quería sujetar el sueño que tenía al alcance de la mano,
y aun así dudaba. Miró hacia la parte superior de las escaleras donde dormía la
mujer que amaba.
—Puede que no me quiera. Puede que la estés sentenciando a un
matrimonio que sólo aceptará porque pensará que tú crees que es lo mejor para
ella. ¿Y entonces, qué, Geoffrey? Puede que acabe odiándonos a los dos.
El otro hombre guardó silencio un momento antes de contestar.
—No te habría hecho la sugerencia si creyera que Eloise fuera a
rechazarla. Ni le permitiría casarse con un hombre que no creyera que la hará
feliz, un hombre que pueda protegerla y amarla durante toda la vida. Yo también
quiero a esa pequeña descarada, más de lo que debería, supongo. Su felicidad me
importa mucho.
Roland escuchó la declaración de amor fraternal, su sinceridad,
y se preguntó cómo reaccionaría Hugh. ¿Le diría que se mantuviera apartado de
Eloise, o que hiciera lo que creyera oportuno para ella?
—Puede que estemos discutiendo por nada. Si el caso de tu padre
puede ganarse, no habrá necesidad de que Eloise se case. ¿Qué me dices si
esperamos a ver cómo se desarrollan las cosas con el hermano Walter antes de
seguir adelante?
—De acuerdo. —Geoffrey miró de nuevo hacia la tienda—. Negociar
me da mucha sed. ¿Tendrá la señora Green una jarra de cerveza en este lugar?
Sí la tenía, y Roland sabía dónde. Llenaron sendas tazas y
hablaron de cómo Roland había ganado su título de caballero y del naufragio que
a punto estuvo de costarle la vida a Geoffrey.
Sonó entonces la campana que había sobre la puerta de la botica,
y Timothy entró. No tenía peor aspecto que antes de salir de allí, y Roland dio
gracias a los hados por ello. Timothy se acercó a la jarra y se sirvió una taza
de cerveza que bebió de un trago.
Tras limpiarse la boca con la manga, Timothy comenzó su relato.
—El hermano Walter no está allí. No regresó a Londres con
Kenworth, y los sirvientes no saben qué le ha ocurrido.
Roland bajó la cabeza. Había esperado mejores noticias. Aunque
el monje estuviera oculto en la residencia de Kenworth, habría habido una
manera de llegar a él. Pero si no estaba en la ciudad, podía estar muerto o…
sabe Dios dónde.
Puso una mano en el hombro del chico.
—Nuestro agradecimiento. ¿Te sientes bien?
—Me duelen un poco las costillas, pero sobreviviré.
—Entiendo que no tuviste problemas para entrar y salir,
Timothy miró a los dos hombres y entonces confesó.
—Puede que me haya visto un guardia. Creí mejor hablar con los
mozos de los establos sobre el monje porque ellos saben todo lo que pasa en ese
sitio. Intenté ocultarme lo mejor posible, pero hay una zona descubierta entre
el establo y la entrada a las habitaciones del servicio que tenía que cruzar.
No creo que nadie importante me viera, pero…
—¿Mencionarán los mozos de los establos algo sobre tu visita?
—No a menos que alguien les pregunte directamente.
—Has hecho un buen trabajo, Timothy. Ve a descansar un poco.
Despacio. Eloise duerme también.
Para sorpresa de Roland, Timothy no opuso resistencia. Terminó
su cerveza y subió lentamente las escaleras.
Geoffrey suspiró.
—Parece que nuestra pista se termina aquí. ¿Alguna idea?
Roland deseó tener alguna.
—Nada.
Geoffrey le clavo una mirada de zafiro igual a la de Eloise.
—¿Hablo con mi padre?
Hablarle a John Hamelin del rey y el monje. Acercarse al padre
para hablarle de un acuerdo matrimonial para su hija.
Teniéndolo todo en cuenta, no había más que una opción. Era
extraño cómo, al final, tal vez la decisión más importante que había tenido que
tomar fuera también la más fácil.
—Me corresponde a mí hablar con Sir John.—Con la mano sobre el
cerrojo de la puerta, Roland se giró—. Prefiero que no le digas nada a Eloise
sobre el acuerdo hasta después.
—Como quieras. Ve con Dios.
Roland recorrió la ruta ya familiar con la mente profundamente
agitada. Hasta que cruzó el primer puente levadizo no se le había ocurrido
pensar que tal vez tuviera que pedir permiso al guardián de Sir John para
hacerle una visita, ya que iba solo.
Tal vez debería haber aceptado la propuesta de Geoffrey de
acompañarle.
No, aquello lo tenía que hacer él solo. Nunca antes había dejado
que otro hombre hiciera lo que le correspondía a él y tampoco lo haría en ese
momento. Allí estaba, y llevaría adelante lo que había ido a hacer.
Ocurrió que Oswald, el guardián de Sir John, ya debía de
considerarlo un miembro de la familia, porque se limitó a saludarle y lo
acompañó escaleras arriba.
Las palmas de las manos comenzaron a sudarle en cuanto se abrió
la puerta. Él no tenía nada que ofrecerle a Sir John. Ni una mínima esperanza
de poder liberarlo, ni una onza de oro, ni siquiera una fuente de peltre para
su hija.
Sólo poseía su buen nombre y la promesa de cuidar de ella en lo
bueno y en lo malo, sin importar cómo fueran las cosas.
No las tenía todas consigo.
John y Edgar estaban sentados a la mesa frente al tablero de
ajedrez, uno de sus pocos entretenimientos. Edgar se levantó cuando vio entrar
a Roland. John hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y lo miró,
esperando ver a su hija o a su hijo.
Roland levantó la mano para indicar a Oswald que esperase un
poco antes de cerrar la puerta.
—Edgar, por favor. Parte de lo que tengo que decirle a Sir John
quiero que sea en privado en este caso.
John entornó los ojos al oírlo, pero hizo un gesto para indicar
a su escudero que podía marcharse.
Una vez fuera y la puerta cerrada con pestillo, Roland enlazó
las manos a la espalda y atravesó la habitación.
—Por lo que parece traes malas noticias —dijo John—. ¿Acaso ha
ordenado el rey que preparen el cadalso?
Roland se permitió una leve sonrisa.
—No es tan malo.
—¿Entonces a qué viene ese gesto tan adusto?
Roland se acomodó en la silla que había frente a Sir John. Lo
primero era lo primero, así que le relató los detalles de su audiencia con el
rey.
—La misiva que está en poder de Eduardo debe ser falsa —insistía
John—. Nunca he hecho tratos con MacLeod. ¡Y desde luego que no le he enviado
picas!
—Vuestros hijos y yo pensamos lo mismo. También creemos que si
la misiva va a usarse como prueba en vuestra contra, la escritura de las
misivas en poder de Lancaster debe ser la misma. Si, como vos decís, las tres
misivas que visteis son verdaderas, escritas por Kenworth para MacLeod, la
cuarta tiene que estar escrita por alguien muy diestro en copiar la letra de
otro. Pensamos que el mejor candidato para ello es el hermano Walter.
John se acarició el mentón.
—Es posible, supongo. El hombre tenía una buena caligrafía, muy
precisa.
—Desgraciadamente, aun en el caso de que sea el falsificador, no
sabemos dónde está. Esperábamos poder arrancarle la confesión o saber quién
copió la misiva. El monje salió de Lelleford con Kenworth, pero no regresó a
Londres con él. Temo que su ausencia pueda limitar nuestras opciones.
Roland esperaba ver la resignación en el hombre, pero en vez de
ello, se encontró con un dedo vacilante y un gesto pensativo.
—No me sorprende que Kenworth no lo haya retenido. El monje ya
no le es útil, así que o bien se ha deshecho de él lo ha enviado de vuelta a su
monasterio.
Roland sintió renacer la esperanza.
—¿Está cerca?
—La abadía de Evesham.
Eso estaba a dos días a caballo. ¿Habría tiempo para encontrar
al monje y traerlo de vuelta a Londres? ¿O estaría perdiendo el tiempo? Era
posible que Kenworth se hubiera deshecho ya de su espía.
—Se lo diré a Geoffrey —dijo Roland pensando que ahora le tocaba
la parte más difícil de la visita. Tratar con John Hamelin, padre—. Geoffrey y
yo hemos discutido otro tema. Eloise.
John se reclinó en la silla, tamborileando los de dos sobre la
mesa.
—¿Qué ha hecho esta vez?
Roland se aguantó la risa.
—Nada fuera de lo habitual.
—¿Entonces qué ocurre con ella?
Roland explicó las razones de Geoffrey para querer casarla a
toda prisa, y asegurar así que las tierras y demás propiedades contenidas en su
dote no le fueran arrebatadas, que es lo que el rey haría si lo peor ocurría.
Durante la explicación, la expresión de John pasó de irritada a
puro macilenta.
—Mi hijo se está preparando para mi muerte.
Roland se dio cuenta de que John siempre había estado preocupado
por el resultado que aquella situación pudiera dar, pero sólo en ese momento se
estaba enfrentando realmente a la posibilidad de acabar ahorcado.
—Geoffrey sigue buscando respuestas y quiere empeñar toda su
energía en que podáis quedar libre de cargos. —No pareció reconfortar demasiado
al hombre, pero era lo único que podía ofrecerle—. Vuestro hijo no sólo piensa
en su hermana sino también en su otro hermano. Si el rey confiscara todas
vuestras propiedades, estoy seguro de que Geoffrey haría la petición formal en
nombre de Julius para que pueda solicitar su herencia.
—¿Y qué pasa con la herencia de Geoffrey? A él también le
corresponde una buena suma.
—No me ha mencionado nada.
John se frotó los ojos cansados.
—Porque no habría nada para él si Julius no recuperase mis
propiedades.
John hizo que el plan de Geoffrey sonaba egoísta.
Roland no lo creía, pero decidió no pronunciarse.
—¿Os oponéis a arreglar un matrimonio para Eloise?
—Oponerme no, pero por todos los santos, no se me ocurre ni un
solo hombre digno de ella dispuesto a casarse con tanta celeridad y contando
con los deplorables cargos que pesan sobre mi cabeza. ¿Tiene Geoffrey a algún
hombre en mente?
El momento había llegado y estaba seguro de que podía contestar
que no porque él no era digno de Eloise.
—Sí, mi señor. Yo.
Roland se preparó para la batalla. El asombro de John presente
en su mirada no podía durar mucho. Pero en lugar de ver furia, el estallido
finalmente tomó el cuerpo de una risa histérica.
—¿Tú? ¡Absurdo! ¿El sexto hijo de un noble, sin más posesiones
que un caballo o dos? ¡Es evidente que podemos encontrar algo mejor!
Roland estaba de acuerdo en eso, pero no iba a rendirse al
primer ataque. Como en toda batalla, a veces uno necesitaba probar varias
estrategias antes de ganar.
Esforzándose por mostrar calma, respondió:
—Si tenéis objeción a mi propuesta, entonces dadme una lista con
los nombres de aquellos que podrían considerar la proposición de matrimonio.
Gustoso se la entregaré a Geoffrey.
John contestó con tono grave:
—Tiene que haber alguien.
—Como digáis. Ayudaría bastante que el hombre que elijáis esté
en Londres, de forma que el matrimonio pueda celebrarse de inmediato. Así la
transferencia de la dote no se topará con obstáculos legales. ¿A quién podemos
preguntar que pase por alto la posibilidad de que se os declare un traidor?
Roland vio la respuesta en el rostro de John. Nadie.
—¡Picáis muy alto, muchacho!
Roland lo sabía y también lo había admitido delante de Geoffrey.
—Soy perfectamente consciente de que bajo otras circunstancias
no se consideraría mi proposición.
John entornó los ojos.
—Fuiste enviado a Lelleford para supervisar el señorío, no para
cortejar a mi hija. ¿Acaso lo tenías planeado desde el principio, pedir al rey
como recompensa a mi hija Eloise?
A punto estuvo de echarse a reír ante la acusación.
—No, Sir John. Nunca tuve esa intención. Lo cierto es que no
quería saber nada de ella en aquel momento. Por si no lo recordáis, nuestra
relación era más que mala por entonces.
—Ah, sí. Ella te consideraba un sapo desagradable.
Roland pensó que podría vivir perfectamente sin escuchar la
misma historia una vez más.
—Cierto. Y yo la consideraba demasiado descarada y testaruda
para mi gusto. No tenía ningún plan relacionado con ella.
—Eloise sigue siendo descarada y testaruda. Siempre lo será.
¿Aun así quieres tomarla por esposa?
Sin pensárselo, y para lo bueno y lo malo, dejó caer la máscara
de calma que llevaba, exponiendo así su corazón. Dejaría que el padre lo
atacara si quería.
—Os aseguro, Sir John, que aunque Eloise viniera con las manos
vacías —en palabras de Geoffrey—, la tomaría por esposa. La dote no me importa,
vuestra hija sí.
El ataque de John no se hizo esperar, raudo e implacable.
—¿Esperas que crea que sientes cariño por Eloise? Vamos, Roland,
admite que ansías las tierras y el dinero. ¿Por qué otro motivo pondrías en
peligro tu futuro al servicio del rey?
Roland sacudió la cabeza.
—Amo a vuestra hija, Sir John. Por ningún otro motivo
consentiría este matrimonio.
John se levantó de la silla y le dio la espalda. Roland respiró
profundamente tratando de calmar la acidez que se le había formado en el
estómago, preparado para el rechazo de Sir John. Tras varios minutos
preguntándose si el silencio de John era la respuesta negativa a la
proposición, Roland también se levantó. Con el corazón dolido, se dirigió a la
puerta.
—La protegerás con tu vida, Roland.
Roland sintió que se iba a derretir en el sitio.
—Os lo juro humildemente.
—Entonces accederé a este matrimonio con una condición —dijo
John girándose finalmente—. El feudo de Durham. Es posible que Kenworth intente
tomarlo por la fuerza si su plan falla. Prométeme que gastarás todo lo
necesario para guarnecerlo y evitar que Kenworth se haga con él. Te juro que si
ese feudo llegara a caer, te perseguiré durante toda la eternidad.
—Tenéis mi juramento.
—Entonces que Geoffrey redacte el contrato matrimonial. Eloise
conoce hasta la última pieza de peltre que le corresponde.
Roland se dio cuenta entonces de que Sir John no había
mencionado nada de obtener el consentimiento de Eloise, aunque lo cierto era
que casi todos los padres pasaban por alto los sentimientos de una hija en esos
asuntos.
Roland, sin embargo, consideraba de vital importancia la opinión
de Eloise y, dado su carácter, el obtener su consentimiento podía ser más arduo
que enfrentarse a Sir John.
Capítulo 18
Atónita, Eloise escuchó mientras Geoffrey y Roland le daban toda
suerte de buenas razones para celebrar una boda a toda prisa.
Le habían contado que no habían encontrado al hermano Walter, y
no le habían dejado tiempo para recuperarse cuando le propusieron aquel
ridículo plan. Sostenían que era la forma de protegerla a ella y a su dote para
que el rey no pudiera arrebatársela y, por lo tanto, tampoco Kenworth en caso
de que su padre no lograra la libertad.
Se dio cuenta de que los dos habían acordado todos los detalles
mientras ella dormía, respaldándose uno a otro, en contra o a favor de ella,
aún no lo había decidido.
Pero era lo que aún no le habían dicho lo que la tenía más
asustada. Aún no le habían dicho quién era el hombre con quien pretendían
desposarla.
No podía soportar mirar a Roland, que parecía deseoso de que
aceptara. Miró entonces a Geoffrey cuyas intenciones eran buenas, sus razones
poderosas, pero en ese momento lo único que deseaba era poder odiarle.
Siempre había sabido que algún día se casaría para favorecer las
ambiciones de su padre o para sellar una alianza. Por esa razón no había puesto
ninguna objeción a su casamiento con Hugh, porque era su obligación como buena
hija.
Ingenuamente había esperado que la segunda vez fuera diferente.
Se había permitido soñar con que ella tendría algo que decir en su segunda
propuesta de matrimonio. Sueños vanos. Deseos sin lógica.
—Has estado muy callada, Eloise —dijo Geoffrey—. ¿Qué piensas?
—Que los dos estáis permitiendo que vuestra imaginación vuele
descontrolada. ¿Qué hombre en su sano juicio me tomaría? Cierto es que mi dote
es considerable, pero por todos los santos, ¡padre está acusado de traición!
¿Qué hombre desearía unir su buen nombre al nuestro so pena de ensuciarlo con
tan ignominiosa mancha? Geoffrey, no puedes endilgarme a un pobre ignorante.
—Eloise…
Geoffrey levantó una mano para detener lo que Roland estuviera a
punto de decir.
—¿Crees que cogería al primero que encontrara en la calle y le
presionaría con una daga contra el cuello para que se casara contigo?
—Claro que no, pero tienes que admitir que las opciones son
limitadas, si es que hay alguna.
Geoffrey entornó los ojos.
—Nunca te he visto rebajar tu valía. Dejando aparte la dote,
tienes mucho que ofrecer a un hombre por ti misma. Por las heridas de Cristo,
Eloise. ¿Qué te hace pensar que necesito buscar debajo de las piedras para
encontrarte marido?
Eloise tragó con dificultad. Su hermano le había hecho un gran
cumplido, aunque lo hubiera hecho de una manera un tanto brusca. Geoffrey la
quería, no tenía dudas de eso. Una vez había cruzado el Canal de la Mancha en
un esfuerzo para asegurarse su felicidad, y había sufrido terriblemente por
ello. Su hermano jamás la forzaría a hacer algo que ella considerara
abominable.
Le sonrió débilmente, porque fue lo único que consiguió.
—¿Qué quieres de mí, Geoffrey?
—Por el momento, una sonrisa más alegre. Sé que lo puedes hacer.
Preferiría que lucharas en vez de ver cómo te rindes tan fácilmente.
—Decídete. Roland y tú lleváis casi una hora golpeando mis
defensas.
—Te pido perdón por ello. No era mi intención debilitarte, tan
sólo darte todas las razones por las que te propongo este matrimonio. Puedes
negarte si no te complace.
Eloise se miró las manos, cuyas palmas aparecían enrojecidas de
frotárselas con tanta fuerza.
—Supongo que ya tienes el consentimiento de padre.
Geoffrey se limitó a asentir.
—Y el hombre que tienes en mente no es cruel ni tiene un pie ya
en la tumba.
Geoffrey miró a Roland.
—Dudo que sea un tirano o demasiado viejo para desempeñar sus
obligaciones maritales.
—Basta —ordenó Roland señalando a continuación la puerta—.
Geoffrey, Timothy, fuera.
Ambos hombres obedecieron con tal premura que Eloise apenas tuvo
tiempo de darse cuenta de que la puerta estaba cerrada cuando Roland extendió
las manos hacia ella. Eloise las tomó y se levantó de la cama. Él las apretó
contra su pecho. Notó entonces que el corazón le latía muy deprisa, el rostro
descompuesto por la incertidumbre.
—Eloise, como Geoffrey ha dicho, puedes negarte.
Roland inspiró profundamente y Eloise sintió que su corazón
empezaba a latir al mismo ritmo que el de él.
—El matrimonio es para toda la vida, tu vida. Ninguno de los dos
quiere obligarte a aceptar un matrimonio no deseado. Si no das tu
consentimiento, encontraremos otra forma de proteger tu dote.
—No hay otra manera. Roland, ¿me estás diciendo que crees que
debería negarme?
Roland sacudió la cabeza.
—Todo lo contrario. Espero que aceptes, tal vez con cierta
alegría, y hasta felicidad. —Sus manos apretaron con más fuerza las de ella—.
Eloise, ¿me harías el gran honor de convertirte en mi esposa?
Atónita, miró aquellos adorables ojos color avellana mientras
una profunda emoción la embargaba. Su mayor deseo se había hecho realidad y
gritaría de dicha de no ser por la mandíbula apretada de Roland o lo escueto de
la petición en sí.
Geoffrey había convencido a Roland para que se casara con ella,
de la misma forma que le había enumerado sus motivos a ella, haciéndole ver lo
sensato del plan.
Ella no era la única que debería poder negarse.
—No es necesario que lo hagas.
—Lo sé, pero no puedo decir que la perspectiva me parezca
desagradable. ¿Y a ti? Sé que no soy el hombre más digno para ti en todo el
reino, pero ¿tú crees que podemos hacer un matrimonio decente?
Qué poco romántico. Aunque claro estaba, su proposición no era
por amor. Eloise era perfectamente consciente de que Roland ganaría mucho
casándose con ella, tierras y riqueza.
Una vez más, los hombres de su vida decidían lo que era mejor
para ella, aunque tal vez en esa ocasión fuera cierto.
Roland obtenía los ingresos necesarios para pagar su cuota de
caballero y ella al hombre que amaba. No era un mal negocio. Y tal vez, con el
tiempo, Roland aprendiera a amarla. Cierto era que ya no le temía al lecho
nupcial.
Eloise sintió que una llama ascendía a sus mejillas al recordar
el encuentro amoroso que habían tenido en esa misma cama.
—Creo que podremos convivir bastante bien.
—Entonces accedes.
—Sí.
Su alivio fue inmediato. Dejó escapar el aire que tenía
contenido en los pulmones, relajó los hombros y se echó a reír.
—Preferiría enfrentarme a una guarnición de lanceros escoceses
que volver a pasar por esto.
—¿Tenías miedo? —preguntó ella retorciéndose las manos.
—No tienes idea. Convencer a tu padre fue una prueba menos
exigente para mis nervios.
Su padre. ¡Mon Dieu, había accedido! Nunca lo habría creído
posible. Y conociendo el funcionamiento de la mente de su padre, Eloise se daba
cuenta de que no habría dado su consentimiento sin pedir algo a cambio.
—¿Qué te ha pedido a cambio de este acuerdo?
—Que si lo peor llegara a ocurrir, deberé guarnecer el feudo de
Durham y defenderlo a toda costa frente a Kenworth. —Roland soltó las manos de
Eloise y la abrazó. Esta deslizó sus manos hasta la cintura de él como si
abrazarse fuera lo más natural en ellos—. Pero no tienes que preocuparte por
eso. Nos ocuparemos de todo lo necesario. En este momento, lo único que quiero
es abrazarte y dejar que mi mente se acostumbre a la idea de que vamos a
casarnos.
—Me esforzaré para que no lamentes nunca haberlo hecho.
Roland la besó cálidamente, con ternura y pasión a la vez. Y
pensar que en poco tiempo tendría todo el derecho legal sobre su boca y su
cuerpo.
—Nada de lamentos —dijo él con un suspiro—. Bueno, tal vez uno.
Tenemos que dejar entrar a Geoffrey para redactar el acuerdo.
Eloise sonrió ante el gesto contrariado de Roland, conocedora de
la promesa que encerraban sus palabras, a la que ella añadió una propia.
—Pero sólo brevemente. Después podemos echarle.
Eloise volvió a sentarse en la cama mientras Roland abría la
puerta. Geoffrey entró sonriendo, pergamino, pluma, tintero y salvadera en
mano. Su autoconfianza merecía un revolcón.
—Lo he rechazado.
La sonrisa se congeló en su rostro y a punto estuvo de que se le
cayeran los artículos que llevaba en las manos.
—Ten piedad, Eloise —la amonestó Roland, incapaz de contener la
risa.
—¿Debería?
—Ya le castigarás más tarde. Ahora tiene trabajo que hacer.
—Muy bien —dijo Eloise sonriendo tiernamente—. Tiene mucho por
lo que responder.
Geoffrey se inclinó hacia Roland.
—Ha aceptado, ¿verdad?
Roland se echó a reír con ganas.
En los minutos que sobrevinieron, Geoffrey escribió
frenéticamente para completar el acuerdo que habría de unir a su hermana con
Roland. De por vida. Como su esposa. Durante todo el tiempo que ésta enumeró
cada una de las posesiones con las que contribuía al matrimonio, Roland no dejó
de moverse arriba y abajo de la habitación, o de mirar por la ventana.
La lista era larga, comenzando con los dos feudos y su
localización, su contribución al rey y los ingresos que podía esperar. Además
había muebles, joyas, platos y fuentes, jarras y cuchillos, manteles y ropa de
cama.
Alzó una ceja cuando oyó la cantidad en oro a la que ascendía la
dote en conjunto.
Geoffrey no pestañeó ni se paró a preguntar si su hermana
recordaba con exactitud.
—También quiero el telar de madre y dos docenas de ovejas. Y una
vaca lechera y una doncella. Isolda vendrá conmigo, si así lo desea.
Geoffrey se detuvo un momento.
—Eso no forma parte de tu dote.
—Ahora sí. Si padre espera que Roland defienda el feudo de
Durham, tendremos necesidad de todo ello.
—Parece una idea práctica. ¿Algo más?
—Eso será suficiente.
Geoffrey añadió los últimos conceptos, secó el escrito y lo
enrolló. A continuación, se lo entregó a Roland.
—Lo único que falta ahora es tu firma y la de mi padre.
Asegúrate de que se haga en presencia de, al menos, dos testigos. Edgar y
Oswald valdrán.
Roland se golpeaba la palma de la mano con el pergamino
enrollado, pero no dijo qué era lo que rondaba su cabeza. Echando los hombros
hacia atrás, se dirigió a Geoffrey.
—¿Has podido encontrar un cura que no ponga objeciones a leernos
las amonestaciones?
Eloise sintió como si un montón de mariposas revolotearan en su
estómago.
Geoffrey asintió.
—Un primo de la señora Green perteneciente a la abadía de
Westminster. Dice que sólo tenemos que llamarle.
—Hazlo entonces.
Habían dicho que la boda habría de celebrarse a toda prisa,
¿pero tanta?
—¿No deberíamos esperar a mañana? Se está haciendo tarde, y
puede que el sacerdote no pueda venir inmediatamente.
Roland inclinó la cabeza y se acercó a ella lentamente. Le tomó
la mejilla con una mano.
—Te mereces algo mejor, mucho mejor, pero mucho me temo que
tendrá que hacerse esta noche. Por la mañana, debo salir hacia Evesham. Tu
padre cree que si el hermano Walter sigue vivo, lo encontraremos en el
monasterio de esa aldea.
Ella le tomó por la muñeca, vacilando entre la excitación por el
giro de los acontecimientos y la tristeza de saber que sólo tendrían una noche
para estar juntos antes de tener que separarse.
—Ay, Roland. —Quería decir más pero las palabras no salieron por
su garganta. ¿Cómo podía pedirle que se quedara cuando la vida de su padre
dependía del éxito de su viaje?
Roland se inclinó hacia ella, le besó la mejilla y susurró:
—Aún puedes retirarte. Tienes que estar segura, Eloise.
Ella lo miró a los ojos color avellana, vio su futuro en ellos,
su amor por él pero también la preocupación de Roland.
—Estoy contenta.
Eloise paseaba nerviosa por el pequeño espacio libre al pie de
las escaleras, esperando a Roland. Estaba oscureciendo. Debería haber vuelto
ya.
En un intento por no preocuparse, se ajustó la pequeña guirnalda
de plantas y flores que la señora Green había confeccionado para ella, para
suplantar la banda metálica que sujetaba el velo. La boticaria había
entretejido hiedra —comúnmente conocida como un amuleto para el matrimonio—,
mejorana para la felicidad y salvia para la sabiduría. Sentimientos de amor.
Pero fue el azafrán —que según la señora Green constituía una poderosa poción
amorosa— lo que hizo que Eloise se sonrojara.
La buena viuda estaba de pie junto a su sobrino el sacerdote,
Geoffrey y Timothy, hablando sobre los últimos acontecimientos acaecidos en la
ciudad, a los que Eloise no era capaz de prestar atención.
Había pensado sin embargo en cambiarse de vestido, pero el único
que había llevado de recambio era el de terciopelo escarlata. Vestido que se
había puesto dos veces. Una con motivo de la fatídica boda y la otra el día que
Kenworth llegó a Lelleford. Malos augurios, se empeñaba en susurrarle una
vocecita, así que decidió dejarlo en su percha.
¿Qué lo estará reteniendo tanto tiempo?
¿Le habrían atacado? ¿Habría cambiado de idea? ¿O acaso su padre
se había negado a firmar el documento por los conceptos que ella había añadido?
Se frotó las manos preocupada por la posibilidad de que, con ese
pequeño alarde de coraje, hubiera arruinado el acuerdo definitivamente.
Cuando la campana que había encima de la puerta sonó, Roland
entró blandiendo el pergamino, sonriente.
—Sir John se mostró reticente respecto a la vaca, pero
finalmente cedió y firmó.
Extendió entonces la mano hacia ella, dejó el pergamino sobre la
mesa de trabajo de la señora Green y la guió hacia el sacerdote. Eloise se
olvidó de las prisas y la preocupación, y se concentró en repetir las palabras
de amor, honor y obediencia a Roland.
El sacerdote se giró entonces hacia éste y mientras comenzaba a
recitar los votos que había de unirlos, Roland se llevó al pecho las manos de
Eloise. Ella sintió el latido de su corazón, acelerado pero vigoroso, golpe a
golpe.
Esta vez, su futuro esposo sobreviviría a la ceremonia, y se dio
cuenta de que lo que Roland buscaba era tranquilizarla. Cuando las lágrimas se
arremolinaron en sus ojos, parpadeó furiosamente para aguantarlas, pero una
escapó y rodó por sus mejillas antes de que pudiera evitarlo.
Por todos los santos, definitivamente estaba contenta.
Ahora sí que es mía.
Roland repetía la frase una y otra vez en la cabeza. Con el
tiempo, de tanto repetirla, puede que empezara a creerlo.
Le sudaban las palmas de las manos. El estómago le hacía
extraños movimientos. Apenas podía contener la sensación de que las rodillas se
le derretían.
¿Qué había hecho él para merecer un premio semejante? En verdad,
no era digno de Eloise. Y aun así, allí estaba ella sonriendo y con lágrimas en
los ojos.
Nunca jamás entendería los motivos de las lágrimas en las
mujeres, y le costó trabajo no extender la mano para limpiar las gotas que
corrían por sus lindas mejillas. Pero sostenerle las manos donde ella pudiera
sentir el latido de su corazón le parecía más importante.
Ay, Hugh. Siento mucho que no estés aquí, pero no me pidas que
sienta remordimientos por que Eloise sea mía ahora. No puedo hacerlo. Ahora
comprendo lo que sentías cuando la mirabas. Yo estaba equivocado, Hugh.
Perdóname.
Y en su corazón, Roland sabía que Hugh no le preguntaría nada y
tampoco duraría en perdonarle.
Formarían un buen matrimonio. Él se ocuparía de ello. La haría
feliz, se prometió en silencio, mientras en voz alta juraba amarla, honrarla y
protegerla.
Y no pudo evitar sonreír cuando el sacerdote les ordenó crecer y
multiplicarse.
—¿Tenéis anillo? —preguntó el sacerdote.
—Sí —respondió él y, soltando las manos de Eloise, metió la mano
en su monedero. Sacó un anillo de oro con rubíes engarzados y notó que a Eloise
se le abrían los ojos como platos al reconocerlo—. Tu padre no podía estar
presente, pero quería que su espíritu lo estuviera. Nos lo presta hasta que
podamos comprar uno para ti.
Esta vez, Roland comprendió perfectamente el motivo de las
lágrimas. El también había estado a punto de derramarlas cuando Sir John le
había puesto en la mano el anillo.
Con el anillo demasiado grande en el dedo de Eloise, el
sacerdote ató una tira de tejido de lino alrededor de sus manos enlazadas, los
bendijo y los conminó a compartir un beso de paz.
Paz. ¡Ja! Todo su cuerpo vibró al saborear los labios de su
esposa.
—Id en paz y amor, hijos míos. Que Dios ilumine y bendiga
vuestro camino todos los días de vuestra vida.
Y quedó hecho. Sus vidas estarían, a partir de ese momento,
unidas.
Se sirvió cerveza y se intercambiaron abrazos y apretones de
manos.
Roland desenrolló el pergamino lo suficiente para que los
presentes vieran las firmas que sellaban el acuerdo y para que los testigos del
matrimonio añadieran sus nombres y sus firmas al final. Tras utilizar la
salvadera para secarlo, guardó la prueba de su unión con Eloise en su túnica,
para tenerla a buen recaudo si alguien cuestionaba la validez del matrimonio.
La cena de bodas que se sirvió consistió en un sabroso estofado
de carne y pan negro, y Roland hizo un apunte mental para no olvidarse de
pagarle a la señora Green una cantidad adicional por toda su gentileza,
especialmente después de todos los problemas que había llevado a su casa.
Tras pagar al sacerdote, Timothy y Geoffrey subieron a la
habitación y sacaron dos jergones, haciendo procaces comentarios sobre los
motivos para dejar libre la habitación del piso superior.
Cuando al fin Roland la tuvo para él solo, la noche oscura y
fugaz, a la luz temblorosa de una vela, procedió a deshacer los lazos de su
vestido lenta y reverencialmente.
Ella le pasó el dedo por los labios sonriendo suavemente.
—Esposo —susurró como si estuviera probando a ver si el título
sonaba bien.
—¿Mi esposa tiene algún requerimiento?
—No esta vez. Ahora sé de lo que eres capaz, y prometiste que
podría tener una parte más activa esta vez. Guíame, esposo. Estoy ansiosa por
aprender más.
Su confianza en sí misma y su disposición —ambas cosas un buen
augurio para el éxito de su matrimonio y de la próxima hora— alcanzaron
rápidamente su objetivo.
—Tenemos una larga noche ante nosotros.
—¡Eso espero!
Roland se tomó su tiempo en quitarle la ropa, cada prenda, desde
la guirnalda de hierbas hasta las medias, mostrando la adoración que sentía por
aquel cuerpo con caricias y besos hasta descubrir su piel cremosa.
Ella devolvió el favor. Eloise se afanó con las botas, pero no
tuvo problemas con los lazos de su túnica. Resultaba muy amoroso ver cómo
intentaba torpemente desatar los cordones de sus calzas, pero cómo consiguió
finalmente desatarlas y las bajó lo suficiente para que él saliera de ellas.
Eloise no pudo por menos que quedarse mirando su erección.
Resultaba muy sensual y atractivo, casi endiabladamente
excitante, que una mujer ya desnuda se ocupara de desnudarle a uno y después se
quedara mirando su virilidad con un grado de admiración que rozaba el respeto
reverencial. Pensar que esa mujer que tenía ante sí en toda su gloria femenina
era Eloise, su amor y su amante, y ahora esposa, hizo que se sintiera muy
humilde.
Entonces lo tocó suavemente, las yemas de sus dedos rozaron la
punta, y él respondió con un escalofrío involuntario.
—¿Sensible? —preguntó ella.
Él apretó los dientes.
—Sí.
—¿Y aquí también?
La caricia a lo largo del pene le provocó toda una riada de
escalofríos y una intolerable necesidad de ella.
—Especialmente ahí.
Rodeó su sexo con la mano.
—Entonces cuando colocas… esto dentro de mí, me sientes a tu
alrededor, y…
Roland se apartó y la tomó en brazos. La muy pícara aprendía
deprisa.
—Sí, siento tu cuerpo a mi alrededor igual que tú me sientes en
tu interior.
Cayeron sobre el colchón pesadamente y rodaron hasta el centro
de la cama, donde se quedaron de costado, mirándose.
—Eres como un guante de terciopelo en el que encajo a la
perfección. Puedo sentir el ritmo de tu excitación cuando alcanzas el gozo
conyugal.
Ella se apretó contra él en señal de invitación.
—Muéstramelo.
—Pensé que querías tomar parte activa.
—Después. Ahora te necesito dentro de mí, Roland. Quiero que
lleves a cabo esas obligaciones maritales que entiendo debo soportar.
Soportar. ¡Ja! Él le enseñaría lo que era soportar, si es que él
podía.
Reculó hasta quedarse a la altura justa y le levantó una pierna
sobre sus caderas, abriéndola para él, y se deslizó dentro de ella. No mucho,
pero lo suficiente para que Eloise cerrara los ojos, arqueara la espalda y
susurrara algo entre dientes justo en el momento que las paredes de su sexo se
cerraban sobre su vara.
—Ten piedad, Roland.
¿Piedad? ¿De quién? ¿De ella o de él? No importaba.
Roland comenzó a moverse rítmicamente, dándole más cada vez,
conteniendo los aullidos que su cuerpo le lanzaba pidiendo ser liberado.
El sudor le cubría el labio superior. Pasó la mano por debajo de
ella, sujetándola con fuerza contra sí. Enterrado hasta la empuñadura, le dio
todo lo que tenía. Placer. Éxtasis carnal. El regalo sensual de un hombre para
su mujer.
Eloise comenzó a jadear. Clavó los dedos en los hombros de
Roland. Este se introdujo en la boca uno de sus pezones y comenzó a chuparlo
con deleite hasta que escuchó el gemido gutural de su esposa, su apasionada
súplica única en ella.
El respondió con su cuerpo y su corazón, penetrando en ella
hasta que los gemidos se convirtieron en gritos de satisfacción.
Sin embargo, él continuó acariciándola suavemente, disfrutando
del pulso del éxtasis de su esposa. Finalmente, Roland se detuvo, dejando que
Eloise recobrara el sentido. Cuando ésta abrió los ojos y lo miró, le regaló
una sonrisa que rozaba la veneración.
—Lo has sentido —dijo ella.
—Así es —respondió él besando el valle que formaban sus pechos—.
¿Recuerdas la otra noche cuando me preguntaste si me había quedado
decepcionado?
—Dijiste que no —dijo ella con los ojos nubla dos—. ¿Lo estás
ahora?
—No, aún no, nunca lo estaré. Quería enseñarte una cosa más,
cómo saber sin duda si has complacido a tu esposo.
Y una vez más, Roland impuso el ritmo, esta vez relajando su
voluntad y renunciando a todo control sobre sí mismo.
—¿Qué tengo que hacer?
—Nada por el momento, simplemente deja que… mmmm.
El ritmo se incrementó, se hizo más rápido y potente, y su
semilla se derramó dentro de ella en una exhibición de magnífica liberación.
Esta vez, se sintió completo, unido a ella, no como la otra vez.
Esta vez, los dos eran uno solo.
—Oh, Dios mío.
—Ah, sí.
Eloise le retiró un mechón de pelo de la frente húmeda.
—¿Te ha… dolido?
—Tanto como a ti.
—Tanto, ¿eh? Tal vez deberías mostrármelo otra vez para
asegurarme de que he comprendido cómo funciona.
Y así lo hizo.
Roland se vistió en la oscuridad.
La llama se había consumido hacía ya horas, y el carbón del
brasero había quedado reducido a rescoldos brillantes. La luz aún no se
filtraba por la ventana.
No quería ir a ningún sitio; tan sólo deseaba quedarse bajo las
mantas, arrebujado contra Eloise. Desde luego no quería salir al amanecer de un
frío día de noviembre. Y, menos aún, dirigirse a la abadía de Evesham.
Cumplir con su obligación no le había resultado nunca tan
costoso, pero tampoco antes había tenido que cumplir una tan urgente. Ya
vestido, se sentó en el borde de la cama para ponerse las botas.
La mano de Eloise se posó en la parte baja de su espalda y
empezó a ascender por su columna.
—No quería despertarte.
—He sentido frío —dijo ella con voz adormilada, el sonido más
seductor que había escuchado jamás, exceptuando, tal vez, los pequeños ruiditos
que hacía su garganta cuando…
—Vuelve a dormirte. Anoche no dormiste mucho.
Una leve risa precedió al roce de las mantas y las sábanas. Se
puso de rodillas apretando su cuerpo desnudo contra la espalda de Roland, que
ya tenía puesta la túnica. Aun así, el calor corporal de Eloise traspasó el
tejido de lana. Sus brazos le rodearon el torso, y le mordisqueó ligeramente el
cuello.
—Tú tampoco has descansado mucho.
—Por tu culpa.
—La acepto.
Él besó el antebrazo que le rodeaba justo por debajo de la
barbilla.
—Si no dejas que me vaya, mujer, no seré responsable de mis
actos.
—Ojalá no tuvieras que irte —dijo ella con un suspiro.
—Yo tampoco, pero debo hacerlo.
Eloise le besó el cuello por debajo de la oreja, la combinación
de su boca húmeda y el cálido aliento despertó el instinto masculino en sus
partes inferiores.
—Regresarás pronto.
Era una orden que él obedecería por varias razones.
—Tan pronto como pueda. Me llevaré tu corcel, para el monje.
—Esperemos que su velocidad te sea de ayuda —dijo ella
despegándose de él—. ¿Qué ocurrirá si el monje no está en la abadía?
Roland terminó de ponerse las botas y se giró un poco. La
silueta oscura de Eloise se recortaba contra la pálida luz del amanecer.
—Geoffrey tiene algunas ideas. No desesperes, Eloise.
Ella cambió de posición y al momento Roland tenía los brazos y
la boca llenos de ella. Por todos los santos, le resultaría muy fácil
acostumbrarse a unas despedidas tan apasionadas. Apenas podía esperar para
celebrar el regreso a casa.
—Ten cuidado, St. Marten. Me he acostumbrado a compartir mi cama
contigo.
—¿Después de una sola noche?
—Tienes que admitir que has estado impresionante.
Dejarla allí era la tarea más difícil que había hecho en su
vida. Geoffrey lo esperaba al pie de las escaleras, vestido sólo con las
calzas, su silueta iluminada por una pequeña vela.
—¿Cómo está?
No podía decirle al hermano de Eloise lo magnífica que había
estado y durante varias horas.
—No ha dormido mucho.
—Era su noche de bodas. Si hubiera dormido, me preguntaría si
tienes algún problema.
—Según ella, no tengo ninguno —dijo Roland dándole a Geoffrey
una palmada cariñosa en el brazo—. Cuida de ella. Debería estar de vuelta en
cuatro días. Como sabes, me llevo el corcel. Tampoco estaría de más enviar un
mensajero a Lelleford para que empiecen a empaquetar las pertenencias de
Eloise.
—Deseoso de llevarte el botín, ¿eh?
En sus palabras había tan buena intención que Roland no lo tomó
como una ofensa.
—Naturalmente. ¿Vas a ver a Lancaster hoy?
—Sí. Lo mejor es tener alguna otra defensa en mente. Tal vez
Lancaster ya tenga un plan.
Roland lo esperaba de todo corazón, porque no había nada seguro
en su viaje a Evesham.
Capítulo 19
Roland llevaba fuera dos días. Eloise lo echaba terriblemente de
menos, y estaba más preocupada por él que por el resultado de la empresa que se
traían entre manos. Probablemente sonara desleal hacia su padre, pero tras
pronunciar los votos matrimoniales, el centro de su vida había cambiado por
completo.
Esposo. La palabra aún le sonaba extraña, pero mágica.
—¿Te sientes mal? —preguntó su padre.
Aun sabiendo que él no podía haber oído sus pensamientos, ladeó
la cabeza inquisitivamente. Él le señaló el regazo.
—No has dejado de jugar con el anillo en los últimos dos días.
¿Tan molesto te resulta llevarlo?
En absoluto, ni respecto al anillo ni respecto a su matrimonio
ni respecto a la inusual demostración de afecto por parte de su padre. Si no
fuera por las circunstancias, estaría exultante de gozo.
—No —dijo ella girando una vez más el anillo y deteniendo a
continuación el movimiento de sus manos—. Imagino que tu mano sí se siente
extraña por no llevarlo.
—Me estoy acostumbrando —dijo él moviendo los dedos.
Igual que se había acostumbrado a su cámara en la torre de
Baliol. Desde su silla, cerca de la mesa, Eloise echó un vistazo a la
habitación. Era una cámara muy cómoda en muchos aspectos, pero estar allí
encerrado todo el tiempo, con la única excepción de los paseos que le permitían
dar por el patio de la Torre… Ella se volvería loca.
Últimamente había pasado mucho tiempo encerrada con su padre
mientras Geoffrey se mantenía ocupado reuniendo información y buscando
opiniones que le pudieran resultar de ayuda a Sir John. Hacia el final del día,
cuando llegaba para relatarles sus hallazgos y recogerla, Eloise estaba siempre
más que dispuesta a irse.
En ese mismo momento, Geoffrey estaría tratando de recibir
audiencia de Lancaster, a quien el rey había consentido en ver esa misma
mañana.
—St. Marten debería poder comprarte un bonito anillo con el
dinero que ha recibido. Le hemos hecho un hombre muy rico.
Un comentario desagradecido. Roland no le había dicho nada de su
negociación con su padre, y ella tampoco le había preguntado, en gran parte
porque no había tenido tiempo.
Muchas cosas habían ocurrido en muy poco tiempo. Desde el
momento de la llegada de Geoffrey hasta la marcha de Roland, todo estaba
borroso.
Excepto su noche de bodas. Eso lo recordaba con todo lujo de
detalles.
—Sabíais que estabais haciendo rico a Roland cuando firmasteis
el documento. Sería bastante mezquino envidiarle por mi dote ahora —dijo ella
entornando los ojos—. No sacasteis nada, ¿verdad?
Su padre tomó un peón y lo movió un recuadro, el lugar en el que
ella podría comérselo con su alfil. ¿Un movimiento desaconsejado? ¿O una trampa
para ella?
—No, pero tú sí añadiste algo. Puedo comprender lo de las ovejas
y el telar, ¿pero la vaca lechera?
—Necesitaremos leche para hacer queso, y no recuerdo el ganado
que se cuida en el feudo de Durham. ¿No me iréis a racanear una vaca?
—Supongo que será mejor que la tengas tú a que se quede con ella
Kenworth.
Esa era otra faceta que había notado recientemente, la inusual
sumisión de su padre a un destino intolerable. Según pasaban los días, su
carácter se mostraba más torturado y desesperado. Ella esperaba que Geoffrey
trajera buenas noticias, aunque sólo fuera para levantarle los ánimos a su
padre.
—Kenworth no os arrebatará nada. ¿Cómo podéis mostraros tan
hosco cuando tanto Geoffrey como Roland trabajan con gran diligencia en vuestro
favor? Seguro que uno de ellos…
Su padre agitó una mano en el aire interrumpiéndola.
—Geoffrey se pasa el día recorriendo Londres, hablando con aquel
que quiera escucharle, pero la única opinión que importa es la del rey y me
temo que él ya me considera culpable. En cuanto a Roland, el muchacho tiene
buena intención, pero puede que su viaje a Evesham no haya valido para nada.
Incluso en el caso de que nuestro escurridizo monje se halle en la abadía,
¿quién dice que hablará en mi favor? El hermano Walter es, después de todo, el
espía de Kenworth.
Tras hablar así se puso en pie, y se dirigió a la ventana en
evidente estado de agitación.
Una vez más, Eloise sintió que no había conseguido animarle, y
finalmente tuvo que admitir que sólo las buenas noticias de Geoffrey o de
Roland lo conseguirían.
Si todo salía bien, Roland debería llegar a la abadía esa tarde
y estaría de vuelta en Londres en dos días más. Hasta el momento, lo único que
podía hacer era esperar.
Allí estaba ella sin hacer nada una vez más, situación que le
ponía los nervios a flor de piel. La paciencia nunca había sido una de sus
virtudes.
Eloise dejó la partida de ajedrez, que tampoco interesaba ya a
su padre. Y se acercó a él.
Dos cuervos estaban posados en el camino de ronda que conectaba
las numerosas torres a lo largo de la muralla. Sobresaltados por un ruido
proveniente de abajo, las aves extendieron sus alas de un negro reluciente y
levantaron el vuelo.
El ruido se repitió, el choque de madera contra madera, y Eloise
miró hacia abajo. Allí estaban Timothy y Edgar haciendo un poco de ejercicio
con espadas de entrenamiento.
—¿De dónde han sacado esas armas?
—Oswald, lo más probable. Las armas se almacenan en el piso
inferior.
—Aun así, son armas en manos de unos escuderos, uno de ellos el
vuestro. Me sorprende que Oswald les haya permitido usarlas.
Su padre se encogió de hombros.
—Imagino que Oswald les habrá pedido algún tipo de juramento
antes de dárselas. Son buenos muchachos.
Eloise también lo creía.
—Timothy aún se resiente de las costillas. ¿Veis cómo se amaga?
—Edgar lo está teniendo en cuenta. Los dos se han hecho muy
amigos, ¿no crees?
Eloise suponía que Timothy no le había hablado a Edgar de su
aventura con Isolda o Edgar no se mostraría tan comprensivo.
Aunque su propio hermano tampoco había liquidado a su amante. Lo
cierto era que Geoffrey y Roland parecían congeniar muy bien, lo que le
agradaba.
—Timothy y Edgar tienen mucho en común —respondió Eloise.
—¿Crees que Roland aceptará quedarse con Edgar como escudero? El
muchacho llegará a ser un buen caballero con el apropiado entrenamiento.
La aceptación de la derrota que demostraba su padre la molestaba
sobremanera.
—Así que además de mí, ahora también queréis entregar a Edgar.
¿Es éste el mejor plan que se os ocurre, entregar todo lo que tenéis antes de
que el verdugo deslice el nudo por vuestro cuello?
Su padre alzó una ceja a modo de advertencia. Eloise hizo caso
omiso. Prefería que le gritara antes que hundirse en la desesperación.
Eloise cruzó la habitación y se acercó a las perchas de las que
colgaban las túnicas de su padre y tomó una de ellas.
—¿A quién debería entregarle esto? Tal vez le quede bien a Simon
—dijo ella tomando a continuación la túnica de terciopelo azul oscuro ribeteada
en oro que ella le había llevado para su audiencia con el rey—. Marcus siempre
ha admirado ésta. ¿O debería venderla y dar el dinero a los pobres?
—Eloise…
—Vuestro semental. ¿Tenéis alguien en mente o debería quedárselo
Geoffrey?
—Ya basta.
—¡Oh, yo creo que no! Ya que vos no estáis seguro de que ni
vuestro hijo ni mi marido puedan encontrar la manera de ayudaros, quiero saber
cómo deseáis que disponga de vuestras pertenencias para que Kenworth no pueda
reclamarlas.
—Has ido demasiado lejos, hija.
Sin demasiada dulzura, Eloise dejó las túnicas de nuevo en sus
perchas.
—Entonces os pido perdón, padre. Es sólo que me resulta
descorazonador oíros hablar como si ya estuvierais camino del cadalso.
—Tienes que asumir que es una posibilidad.
—Lo haré cuando se dé el caso, pero hasta entonces, hay
esperanza.
John dejó escapar una pequeña risotada.
—Siempre tan optimista. Bien. Haz las cosas como quieras.
Siempre lo haces —dijo él ladeando la cabeza—. Como tu matrimonio. Roland y
Geoffrey me aseguraron que estabas contenta. ¿Es cierto?
Pregunta extraña. Cuando le habló del acuerdo al que había
llegado para casarla con Hugh, no se había molestado en preguntarle si estaba
contenta, simplemente le había pedido su consentimiento. Claro que en aquella
ocasión el acuerdo matrimonial había sido cosa suya y no de Geoffrey.
No habían hablado de ello, pero Eloise no tenía dudas de que
Geoffrey había urdido el plan y había convencido a Roland. Ella veía como su
obligación, una obligación muy placentera, conseguir que Roland no se
arrepintiera.
—Estoy contenta. ¿Tenías alguna razón para dudarlo?
—Te criaste para esperar lo mejor en un esposo, y nunca he visto
que te contentaras con algo que no fuera lo mejor.
Eloise recordó entonces sus intenciones de acompañar a su padre
a la corte para las Navidades, para ver con sus propios ojos a los hombres que
habrían de competir por obtener su mano. Primero consideraría su posición,
después su aspecto y riqueza, pero nunca se habría detenido en Roland St.
Marten. Y ahora allí estaba, casada con un hombre que era sexto en la línea
hereditaria de su familia, sin tierras ni riqueza que lo recomendaran, y ella
estaba contenta con el acuerdo, por razones que su padre nunca entendería.
—No tengo queja, padre.
Entonces el ruido de llaves fuera de la puerta le hizo volver la
cabeza. Oswald abrió y entró Geoffrey. La mirada en el rostro de su hermano no
presagiaba buenas noticias. Hundida, regresó a su silla junto a la mesa.
Geoffrey tiró el manto sobre la cama y esperó a que el guardián
cerrara la puerta con llave antes de hablar.
—Lancaster ha ido a ver al rey esta mañana. No ha sido una
audiencia muy agradable, según me ha dicho. Kenworth estaba presente también.
—Geoffrey se detuvo como seleccionando cuidadosamente las palabras o
reordenando sus pensamientos—. Lancaster no me ha contado todo lo que se dijo
durante la audiencia, pero el resultado no es en nuestro favor. Eduardo quiere
que el asunto se resuelva ya. Ha ordenado a todas las partes que se retiren a
sus cámaras a deliberar.
Eloise se puso de pie de un salto.
—¡Pero eso no le deja a Roland tiempo suficiente para regresar
con el hermano Walter!
—Lo sé. Le he pedido a Lancaster que solicite un aplazamiento.
Él se ha mostrado de acuerdo, pero dado el presente humor del rey, no tiene
demasiadas esperanzas. Kenworth le está presionando para que tome una decisión
y Lancaster no saber cuánto podrá resistir el rey sin dar una imagen de
debilidad.
—No mucho —comentó su padre—. El padre de Eduardo tendía a
posponer las decisiones hasta que el curso de los acontecimientos las tomaba
por él, con resultados desastrosos muchas veces. No es una reputación que el
hijo quiera crearse. ¿Le has dicho a Lancaster dónde está Roland y cuáles son
sus intenciones?
—Sí. Sabiendo lo que sabía de la audiencia de Roland con el rey,
pensé que éste podría querer darle a Roland la oportunidad de que regresase.
—O no. —Padre volvió a mirar por la ventana, la cabeza inclinada
hacia delante—. Tal como me temía, todo dependerá de si Eduardo me cree a mí o
al conde de Kenworth. Os aconsejo que no pongáis demasiadas esperanzas en el
éxito.
Roland caminaba por la sala del abad Clement, con cuidado de no
golpearse con ninguna de las sobrecargadas piezas de mobiliario que lo
decoraban. Se sentía demasiado grande para la habitación, demasiado pesado para
aquellas sillas, con más desagrado del que quería admitir.
Desde su llegada a Evesham, donde había solicitado ver al
hermano Walter, Roland había pasado de monje en monje hasta terminar en el
despacho del abad. Algo no debía de ir bien. Algo tan simple como una visita a
un monje no debería requerir el consentimiento ni la presencia del abad.
Aun así, el abad Clement había pedido a su ayudante que fuera a
buscar al hermano Walter, así que tal vez no estuviera ocurriendo nada malo.
Roland sonrió interiormente y se dio cuenta de que Eloise le había contagiado
su optimismo. Aquella dama le había afectado más de lo que él creía.
—Paciencia, hijo mío. Llevará algo de tiempo localizar al
hermano Walter. ¿Puedo ofreceros vino o cerveza?
Tiempo. Cada momento contaba. El abad no lo sabía porque Roland
no le había dicho el motivo por el que deseaba ver al hermano Walter, tan sólo
que la razón era de vital importancia.
—Aprecio vuestra hospitalidad, señor abad.
El abad Clement escanció una generosa cantidad de vino en una
copa de costoso oro aunque de diseño sencillo. Hombre de gran corpulencia y
aparente buen humor, el abad señaló con una mano adornada con tres sólidos
anillos hacia una pesada silla tapizada de brocado.
—Tomad asiento, Sir Roland. Y contadme noticias de Londres.
Cerca de mostrarse horriblemente grosero con un hombre de la
Iglesia, Roland no veía escapatoria, así que hizo una pequeña selección de
noticias con la esperanza de que el hermano Walter apareciera en breve por la
puerta.
Se contuvo de mencionar los cargos que pesaban sobre Sir John.
Hasta que salió de Londres, Roland no había empezado a preguntarse hasta qué
punto las noticias corrían ni la influencia que Kenworth pudiera tener sobre la
abadía de Evesham y su abad. Lo mejor sería no decir nada delante de gente en
la que no pudiera confiar con toda seguridad y guardarse los motivos que le
llevaban a buscar al monje.
El vino bajó por su garganta con facilidad, y con cada sorbo
Roland contaba los valiosos minutos que estaba perdiendo. Era necesario que se
pusieran en camino ya buen paso. Por el bien de Sir John y por el suyo propio.
Echaba terriblemente en falta a Eloise. ¿Hacía sólo dos días que
había salido de la calidez de su abrazo para partir hacia Evesham? Le parecía
una eternidad.
En el camino a la abadía, había pensado mucho en ella, en lo que
estaría haciendo y dónde se encontraría. Su hermano cuidaría de ella, Roland lo
sabía. Geoffrey se aseguraría de que nada malo le ocurriera durante su
ausencia. Pero hasta que no la viera de nuevo, Roland sabía que no estaría
tranquilo.
Santo Dios, por ella se sentía trastornado. Había arriesgado
mucho y todo por el amor de una mujer. Una idea caballeresca que no tenía
cabida en el mundo real. Uno podía desear mucho a una mujer en la lejanía,
escribir versos a la belleza de su dama o incluso jurar llevar a cabo una
proeza en su nombre. Sin embargo, ningún caballero sensato pondría su buen
nombre en peligro ni arriesgaría su futuro al servicio del rey en nombre del
amor.
Sin embargo, él lo había hecho. Al casarse con Eloise. Al ayudar
a su padre.
Puede que Sir John fuera declarado culpable de traición. El rey
podría no sentirse complacido con su matrimonio con Eloise. Aun así, ni todo el
poder del cielo y de la tierra podría haber evitado que se casara con ella una
vez que ésta dio su consentimiento.
Apuró la copa.
Ella también parecía contenta con el matrimonio, pero Eloise era
una mujer fuerte y orgullosa. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que se diera cuenta
de lo realmente inconsistente que era el acuerdo matrimonial que había
aceptado? Podía ser incluso que lamentara aquello a lo que había renunciado.
¿Seguiría estando contenta si su marido no lograra devolverle a su padre?
¿Por qué su habitual confianza en sus fuerzas y habilidades
parecía tambalearse en lo referente a Eloise?
Porque la amaba. Porque aborrecía la idea de perder la alegría y
el gozo que hallaba cuando estaba entre sus brazos. Por primera vez en su vida,
se había rendido a los designios que marcaba el corazón en vez de seguir las
advertencias que le dictaba la cabeza. Su posición era de absoluta humildad.
Roland se levantó cuando se abrió la puerta. El ayudante del
abad regresaba… sin el hermano Walter.
El monje se inclinó ante el prelado.
—El hermano Walter solicita vuestra indulgencia y pide ser
excusado de esta audiencia. Expresa su deseo de no hablar con Sir Roland.
Roland estuvo a punto de lanzar la copa por los aires. Desde
luego no era lo que esperaba.
—¿Te ha dado alguna razón? —preguntó el abad.
—No, mi señor. Ninguna.
El abad miró a Roland con gesto inquisitivo. A Roland no se le
ocurría ninguna razón por la que el monje pudiera querer ocultarse, en
cualquier caso ninguna era para los oídos del abad. Al recordar cómo sacó al
monje de los establos en Lelleford, el embarazoso baño que le dieron en medio
del patio y la posterior entrega a Kenworth, Roland luchaba entre decir la
verdad o salir de allí.
—Entiendo su reticencia. Me temo que nuestro último encuentro no
fue amistoso en demasía, pero esperaba que hubiera encontrado en su corazón el
perdón para mí. Os aseguro, mi señor abad, que el hermano Walter no tiene nada
que temer de mí.
No mucho, en cualquier caso. No si el hombre salía de su
escondite y se subía al caballo.
El ayudante meneó la cabeza.
—El hermano Walter ha sido muy claro. Me dijo que le desea buen
viaje a Sir Roland.
Sin el tiempo ni la paciencia para aplacar los ánimos o
negociar, Roland se apoyó sobre el escritorio de madera pulida del abad y se
inclinó hacia delante.
—Con el debido respeto hacia la reticencia del hermano Walter,
debo hablar con él. Que este buen monje aquí presente haga que el hermano venga
a mi presencia o que me lleve ante él, no me importa. Sin embargo, no me iré de
aquí hasta que haya hablado con él.
Roland suponía que un hombre no llega a la posición de abad si
no posee algún tipo de poder. El abad de Evesham le dirigió una mirada
fulminante.
—No obligaré a ninguno de mis monjes a tomar parte en una
audiencia en la que se siente intimidado. ¿Cuál es el motivo de vuestra visita?
—Asuntos del rey. —No era una mentira, y pareció surtir efectos,
pues el ayudante del abad levantó la ceja y dejó escapar un grito por la
impresión.
No así el abad.
—El rey, decís. ¿Qué puede querer el rey de nuestro hermano?
Roland retrocedió.
Se me permite informar al hermano Walter. Si él desea decíroslo,
puede hacerlo. Sin embargo, baste decir que la vida de un hombre puede depender
de cierta información que el hermano posee. ¿Dejaréis que un hombre muera por
la reticencia del hermano Walter?
El abad no se tomó mucho tiempo para pensarlo.
—Os llevaremos ante el hermano Walter, pero insisto en estar
presente cuando habléis con él.
—Me parece justo.
Roland avanzaba por los pasajes de la abadía junto al abad.
Nunca antes había pisado un monasterio y le impresionaba comprobar que su
estructura fuera tan similar a la de un castillo. Gruesas paredes de piedra. Un
gran salón dispuesto con mesas de caballete a todo lo largo. Gente de aquí para
allá ocupada en diversas tareas, aunque el palmoteo de las sandalias sustituía
el golpeteo de las botas.
Excepto que allí todos los presentes eran hombres, todos
respetuosamente silenciosos. No un silencio ominoso, pero casi. Era difícil
imaginar a un hombre tan vital como Geoffrey en un ambiente como aquél, y sin
embargo muy fácil encajar que un hombre asustadizo como el hermano Walter
pudieran hallar solaz entre sus paredes.
El monje que los guiaba aminoró el paso cuando se acercaron al
arco que daba acceso al claustro de la abadía.
—¿En el claustro? —preguntó el abad.
—Sí, mi señor. En el banco del extremo más alejado.
El abad despidió al monje y cruzó el pasadizo abovedado que
conducía a un espacio abierto en el centro justo de la abadía. En el rincón más
alejado, un monje ataviado con hábito marrón aparecía encogido dentro de una
pequeña alcoba.
Roland sintió que el pulso de le aceleraba al reconocer a su
presa. Temiendo que el hermano Walter pudiera salir corriendo si se aproximaba
bruscamente, igualó el paso con el del abad, con sumo cuidado de no
sobrepasarle.
Conforme se acercaban a él, el monje levantó la cabeza
lentamente, y puso unos ojos como platos por el miedo. El abad levantó las
manos, con las palmas hacia él, y aceleró el paso. Roland se quedó quieto.
—Venimos en paz, hijo mío. No queremos hacerte ningún daño —dijo
el abad.
El monje no lo creía, pero no hizo movimiento alguno salvo el
visible estremecimiento cuando el abad le puso la mano en el hombro.
Mientras el abad susurraba palabras tranquilizadoras, Roland se
dio cuenta de que algo terrible debía de haberle ocurrido al hermano Walter
tras abandonar Lelleford. El hombre se había mostrado asustadizo, sí, pero no
como un conejo a punto de ser cazado por un halcón.
¿Obra de Kenworth? Roland recordaba haber pensado que el monje
podría haber sufrido las consecuencias de alertar a Sir John de la llegada de
Kenworth. Este no se había deshecho de su espía, pero estaba claro que se había
ocupado de que se le infligiera algún castigo.
Tras la exhibición por parte del abad de sus dotes persuasivas,
el hermano Walter terminó por levantarse del banco y se metió las manos en las
anchas mangas del hábito. No estaba temblando pero Roland sentía que seguía
teniendo miedo.
Aunque algo impaciente, Roland esperó a que el abad le hiciera
una leve señal con la mano para acercarse.
—Hermano Walter —dijo Roland suavemente—. Le he dado al abad
Clement mi palabra de que no os haría daño. Como caballero, un hombre que se
enorgullece por su honor, os hago ahora la misma promesa. No tenéis nada que
temer de mí.
—Vos servís a… Kenworth.
Roland no sabía cuánta influencia podía tener Kenworth sobre la
abadía ni sobre el abad, si es que tenía alguna, pero decidió que debía correr
cierto riesgo.
—Estoy al servicio del rey no de Kenworth. He venido en nombre
de una tercera persona que necesita vuestra ayuda mucho. ¿Puedo pediros el gran
favor de hablar con vos en privado?
El abad dio una pequeña palmada en el hombro del monje.
—No me alejaré de aquí. Me sentaré en tu banco.
El hermano Walter tragó con dificultad, y asintió levemente. El
abad se sentó en el banco cercano, pero lo suficientemente lejos como para
darles privacidad.
En un intento de no parecer tan intimidatorio, Roland enlazó las
manos tras la espalda. No tenía tiempo para preguntar al monje y sonsacarle lo
que sabía del asunto. Pero aunque directo, podía ser amable.
—Me temo que Kenworth está a punto de salirse con la suya en el
asunto de Sir John, que en estos momentos está encerrado en la Torre de Londres
a la espera de juicio. Hermano Walter, Sir John no puede librarse de los cargos
que pesan sobre él sin vuestra ayuda. ¿Vendréis conmigo?
—No, no puedo salir de aquí —dijo Walter con voz casi
inaudible—. No puedo.
Roland se esforzó por mantener la calma delante de un hombre que
sentía pánico.
—La señora Eloise cree que queríais decirle a su padre algo
vital la mañana que Sir John salió de Lelleford huyendo de Kenworth. ¿Es eso
cierto?
El monje dejó caer la cabeza.
—¿Cómo está… la señora?
Fue el turno de Roland de tomar aliento para tranquilizarse.
—Está en Londres, haciendo todo lo que puede para alegrar los
ánimos de su padre. —Y entonces supo cómo podía ganarse la confianza del
monje—. Ahora estamos casados, Lady Eloise y yo.
El miedo cedió ligeramente.
—¿Vos sois ahora hijo por matrimonio de Sir John?
—Así es, y como tal, quiero ayudarle en todo lo posible. ¿Está
en lo cierto mi esposa al creer que queríais decirle a su padre algo de la
misiva que está en posesión del rey?
El monje cerró los ojos pero guardó silencio.
—Hermano Walter, Sir John puede terminar colgado si no termináis
vuestra confesión.
Un visible escalofrío recorrió el cuerpo del hombre, que apretó
los ojos con fuerza. Por un momento, Roland creyó que el monje iba a salir
corriendo. Entonces se calmó y abrió los ojos. Un matiz cercano al desafío
iluminó sus rasgos.
—Sir John es un buen hombre —dijo con una voz que parecía ir
recuperando la fuerza.
—Yo también lo creo. Tan bueno como es el juicio de Dios. En
cualquier caso, no es culpable de traición.
—No, no lo es.
Al final, Roland empezó a sentirse esperanzado.
—¿Vendréis conmigo?
—Kenworth…
Roland esperó a que el monje terminara pero no lo hizo. Las
palabras parecían habérsele atascado en la garganta. Al no haber sentido nunca
un terror igual hacia ningún hombre, Roland intentó comprender al monje.
—Kenworth no os hará daño. El hijo de Sir John, Geoffrey, o yo
seremos vuestros guardianes. Es muy posible que ni siquiera tengáis que volver
a ver a Kenworth.
El hermano Walter miró hacia el abad, que seguía sentado en el
banco. ¿Buscaría guía tal vez?
Los minutos pasaban, el tiempo se reducía.
Roland levantó la mano derecha.
—Os doy mi promesa de que, bien ocultándoos o con la espada,
haré todo lo posible por defenderos de Kenworth.
El hermano Walter miró la mano extendida y, lentamente, deslizó
la suya de la ancha manga de su hábito.
Lisiado. Tenía los dedos torcidos. El pulgar parecía roto. Los
nudillos extremadamente hinchados y prominentes.
Roland comprendió entonces el miedo del monje y consiguió
mantener la calma mientras estrechaban las manos. Roland apretó la mano del
monje con tanta firmeza como se atrevió sin llegar a hacerle daño, y al momento
notó que el monje respondía con un apretón no extremadamente duro pero sí con
cierta presión.
—Iré con vos —dijo el monje.
Roland notó que un gran alivio se apoderaba de él y sus
pensamientos se centraron de nuevo en el viaje de retorno. Aunque odiaba
mencionar la herida, no pudo por menos que preguntar.
—¿Podéis montar a caballo?
—Sí. Iré a buscar mi manto.
El monje cruzó el claustro a toda prisa.
El abad posó la mano en el hombro de Roland.
—Os habéis portado muy bien, hijo. No había visto esa actitud en
el hermano Walter desde que regresó a nosotros.
—¿Qué le ha ocurrido en la mano?
—Me dijo que se cayó y la rueda de una carreta le aplastó los
dedos.
Roland no dudaba de que se tratara de la rueda de una carreta,
pero no podía evitar preguntarse cómo había hecho el monje para ir a dar a esa
posición. Ciertamente, se trataba de un hombre algo torpe, pero Roland dudaba
mucho de que la herida hubiera sido una casualidad.
—Habría sido mejor para el hermano Walter que no hubiera salido
nunca de la abadía.
El abad se limitó a encogerse de hombros.
—Tal vez. Nunca se me ocurrió cuestionarle sus motivos para
aceptar la oferta de Sir John Hamelin para que trabajara para él como su
escribiente. Supongo que debería haberlo hecho.
—¿Y cómo es eso?
—El hermano Walter es el hijo bastardo del conde de Kenworth. Os
confío su persona para que lo protejáis. No me decepcionéis, Sir Roland.
¿Hijo bastardo?
Roland se tambaleó ante la noticia. Aun antes de haberla
asimilado por completo, no pudo evitar comprender todas las acciones del monje
y su miedo.
El hermano Walter había accedido a trabajar como espía con el
fin de complacer a su padre. La conciencia del monje debía de haber estado
remordiéndole hasta el punto de que informó a Sir John, a quien había llegado a
respetar. Como castigo por su traición, Kenworth había perdonado la vida al
hermano Walter pero no sin antes dejarle un recordatorio de su acto de traidor.
Y ahora él le estaba pidiendo que traicionara a su padre. Por
todos los santos. ¿Sería capaz el monje de encontrar la fuerza para hacer lo
que se le estaba pidiendo? Y de ser así, ¿podría Roland proteger al hermano
Walter contra la ira de Kenworth?
Capítulo 20
Ataviada con su vestido de color carmesí, las manos enlazadas
sobre el regazo, Eloise se sentó en una silla tapizada en el extremo más
alejado de la suntuosa cámara del rey.
A un lado del escritorio del rey estaba William, conde de
Kenworth, y al otro Geoffrey y su padre.
Sentado en una silla que más parecía un trono, el rey Eduardo se
inclinó hacia delante sobre el escritorio, los brazos cruzados, las cuatro
misivas extendidas delante de él.
Lancaster no había podido asistir. Temiéndose que la audiencia
pudiera desembocar en una pelea entre el rey y los dos condes y seguro de que
podría representar perfectamente a su padre, Geoffrey le había pedido a
Lancaster que no apareciera.
Roland tampoco estaba presente, y su ausencia continuada no
hacía sino apretar el nudo que ella tenía en el estómago.
Tenía que haber estado de vuelta hacia la tarde del día
anterior, y a cada hora que pasaba Eloise se preocupaba menos de si había
logrado encontrar al monje y más sobre su propia seguridad.
Cierto era que quería que Roland apareciera con el monje, pero
en ese momento se contentaría con saber que no le había pasado nada malo. No
dejaba de mirar hacia la puerta al tiempo que intentaba no perder detalle de
los argumentos presentados ante el rey Eduardo de una forma respetuosa y
civilizada.
El rey escuchaba sin hacer comentario alguno, sin mostrar sus
pensamientos, mientras Kenworth intercambiaba con Geoffrey puntos de vista
opuestos sobre la credibilidad de las misivas y la cualidad del carácter de su
padre.
Aunque la falta de reacción del rey la irritaba, Eloise estaba
agradablemente sorprendida ante su aplomo y su presencia imponente. Tal vez
influyeran las múltiples historias que le había oído contar a su padre sobre
las proezas del rey, o tal vez sintiera el magnetismo de su poder y su
posición. En cualquier caso, estaría dispuesta a jurar lealtad al joven rey en
ese mismo momento.
Kenworth agitó una mano en el aire.
—Mi señor, las misivas hablan por sí mismas. La cuestión no es
si John Hamelin ha estado conspirando con el jefe escocés, sino durante cuánto
tiempo.
—Nunca —replicó su padre con tranquilidad, hablando por primera
vez.
Kenworth le señaló con un dedo.
—Esta vez te han cogido, Hamelin. Negar los cargos no hará sino
aumentar tu deshonor.
—Nunca —repitió padre con más fuerza—. Fue tu espía quien
introdujo las misivas en mi sala de cuentas. Lo que me hace preguntarme dónde
las obtuvo. ¿De ti tal vez, Kenworth?
Geoffrey hizo un gesto nervioso y Eloise apretó con más fuerza
las manos sobre el regazo. Padre y Geoffrey habían acordado no mencionar sus
sospechas sobre la naturaleza del papel del hermano Walter. En parte porque su
creencia se basaba en gran parte en especulaciones, pero sobre todo porque no
podían probar nada sin la presencia del monje.
—¡Ridículo! —la voz de Kenworth resonó en la espaciosa cámara.
El rey ignoró el exabrupto y se limitó a arquear la ceja en
dirección a su padre.
—¿Qué espía?
—Un monje que tomé a mi servicio como escribiente. La mañana que
había de llegar Kenworth, el hermano Walter confesó que había introducido las
misivas en Lelleford y me avisó de que Kenworth tenía previsto ir a mi castillo
para arrestarme por traición.
Kenworth sacudió la cabeza.
—Mentiras y más mentiras. Es cierto que el hermano Walter sabía
lo de las misivas. Nos hizo un gran servicio, mi señor, informándome de su
existencia.
Eduardo miró a Kenworth.
—No me informasteis del papel de ese monje.
—No me pareció importante. El descubrimiento de las misivas por
parte del monje no hace sino apoyar todo lo que ya sabíamos a través de la
misiva que encontramos en posesión del mensajero de MacLeod. La existencia de
las misivas en sí es lo importante, no cómo las conseguimos. —Kenworth señaló
con la mano hacia el escritorio—. Es toda la prueba que necesitamos para enviar
a este traidor a la horca, mi señor. Decid una palabra y haré que se ejecute la
orden.
Eloise tuvo que contenerse para no suplicarle al rey que no
creyera en las apariencias, hacer que se diera cuenta de que las pruebas que
tenía ante sus ojos eran falsas. ¿Pero cómo no hacerles caso? A pesar de todo
lo dicho, era el nombre de su padre y no el de Kenworth el que aparecía en la
misiva, relacionado claramente con el de MacLeod.
Eduardo miró a Kenworth.
—¿Dónde está el monje?
Kenworth abrió la boca para responder, pero Geoffrey se le
adelantó.
—Creemos que está en la abadía de Evesham, mi señor. Roland St.
Marten ha ido en su busca.
Kenworth resopló.
—St. Marten. Canalla indigno de confianza. Ha traicionado
vuestra confianza, mi señor. ¿Sois consciente de que ha desobedecido vuestras
órdenes? En vez de permanecer en Lelleford, ha traído a la hija del traidor a
Londres. —Kenworth miró a Eloise con desprecio y ésta sintió un escalofrío a lo
largo de la espalda—. ¿Sabes, Hamelin, que comparten una habitación encima de
una botica? St. Marten ha estado copulando con tu hija.
Eloise dejó escapar un grito al oír la deshonrosa descripción de
sus relaciones íntimas con Roland. Mientras el calor subía por sus mejillas en
parte por la vergüenza y en parte por la indignación en nombre de Roland, se
dio cuenta de que Kenworth acababa de confesar que sabía dónde se alojaban en
la ciudad. Tal vez hubiera sido él quien había enviado a aquellos dos granujas
a raptarla tal como creía su padre.
Sir John, por su parte, agitó una mano en el aire en señal de
quitar importancia al hecho.
—Lo que St. Marten haga o no haga con Eloise es cosa suya.
¿Sabías, Kenworth, que están casados?
Eloise hizo un gesto de disgusto al ver la ceja arqueada en el
rostro del rey. Roland aún no había tenido tiempo de informar al rey de su
matrimonio. Podría tener problemas por ello más tarde.
Aun así, la súbita palidez de Kenworth al darse cuenta de que
Durham seguía estando lejos de su alcance le resultó a ella muy satisfactoria.
—¿Casados? ¿St. Marten y tu hija?
La sonrisa de su padre se agrandó.
—Hace varias noches.
La agitación de Kenworth se agudizó.
—Imposible. Yo me habría enterado de haberse celebrado tal
ceremonia.
—St. Marten posee el acuerdo matrimonial firmado y formalizado.
Varias personas estaban presentes cuando intercambiaron los votos. —Su padre
ladeó la cabeza—. Entiendo que has estado vigilando a Roland. Lo cual me hace
preguntarme por la calidad de los criminales que contratas.
Kenworth apretó los puños y volvió a abrirlos repetidamente, la
necesidad de golpear a su padre se hizo evidente para todos los allí presentes,
entre ellos el rey.
—¿Importa mucho el hecho de que St. Marten se haya casado?
—preguntó el rey.
El conde pareció recuperar las riendas de su ira.
—No, mi señor. Tampoco importa el monje. Lo cierto es que, aun
en el caso de que St. Marten llegara con el hermano Walter, el monje se
limitaría a confirmar lo que os acabo de decir.
O Kenworth estaba muy seguro de lo que el monje iba a decir, o
el hermano Walter no estaba en Evesham. O Kenworth se había asegurado de que
Roland no pudiera presentar al monje ante el rey.
Eloise sintió las manos temblorosas. ¿Habría ordenado Kenworth a
sus secuaces que siguieran a Roland fuera de Londres y que lo capturaran o lo
mataran al comprobar que se dirigía a Evesham?
El duro golpe que sintió en el corazón no hizo sino aumentar su
furia. Eloise se puso en pie, preparada para clavarle las uñas a Kenworth hasta
destrozarlo si no le decía dónde estaba Roland.
El maldito bellaco se libró porque en ese momento las pesadas
puertas de roble de la sala se abrieron dando paso a Roland.
Vivo. Cubierto del polvo del camino y con el pelo revuelto, con
aspecto agotado pero vivo.
Eloise cubrió la distancia que la separaba de él y le echó los
brazos al cuello deleitándose en la sensación de oír el latido de Roland tan
cerca del suyo. Eloise cerró los ojos sin apartarse del esposo por el que había
empezado a temer, el hombre que amaba más allá de toda razón.
Santo Dios, aquel hombre la había trastornado. Contra toda
lógica, había estado a punto de enfrentarse a un conde por el mero hecho de que
hubiera podido hacerle daño a Roland, sin haber pensado ni por un momento en
toda la gente que había en aquella cámara.
¡Había estado a punto de ponerse en evidencia delante del Rey!
Sólo en ese momento se le ocurría pensar que los presentes pudieran sentirse
avergonzados por su impulsiva muestra de afecto.
Eloise se tranquilizó al notar que a Roland no parecía
importarle. Sus brazos le ciñeron la cintura con fuerza mientras ella le
rodeaba el cuello.
—Gracias a Dios —susurró—. ¿Qué te ha retenido tanto tiempo?
—El hermano Walter no podía sentarse bien sobre el caballo —dijo
con un tono que le dejaba claro que había algo más, que ahí no terminaba la
historia—. Te pido perdón si la demora te ha causado congoja.
—Yo… estaba preocupada.
Tras apretarla una vez más con fuerza a modo de tranquilizador
gesto, Roland aflojó los brazos.
—Pronto terminará todo.
Eloise se apartó no sin cierta reticencia y miró al monje que
podía ser la salvación de su padre. El hermano Walter miraba al suelo, las
manos metidas en las amplias mangas. Con el mismo aspecto de agotamiento que
Roland, el monje movía los labios en una plegaria silenciosa.
Con cautela, Roland tocó al monje en el antebrazo.
—No contaba con que estuviera presente Kenworth. ¿Podéis
continuar?
Los ojos grises del hombre se abrieron y Eloise percibió un
pánico tan abrumador que también sintió deseos de rodearle los hombros con el
brazo.
El hermano Walter hizo un ligero asentimiento con la cabeza que
no pareció demasiado tranquilizador.
Roland tomó el brazo de Eloise y lo pasó por el suyo y echaron a
andar. Tras ella, oía el palmoteo de las sandalias del monje y el roce del
hábito contra el suelo. A pocos pasos de distancia del rey, Roland se detuvo y
Eloise hizo una profunda reverenda en consonancia con la inclinación de Roland.
—Mi señor. —Roland se giró levemente e indicó al monje que se
acercara—. Este es el hermano Walter, de la abadía de Evesham, que sirvió a Sir
John como escribiente durante varios meses. Ha accedido a decirnos todo lo que
sabe de este asunto.
Kenworth resopló.
—Ya os he dicho lo que sabe ese monje, mi señor. Es una pérdida
de tiempo dejarle hablar. Sin embargo, si todos insisten en ello, hermano
Walter, decidnos cómo me ayudasteis a humillar a este traidor.
Eloise se preguntó si habría sido sólo ella la que había
percibido el tono amenazador del conde. Pero no era así. La mirada del hermano
Walter voló de Kenworth a Sir John y finalmente se posó en el rey.
—¿Qué sabéis, monje? —preguntó Eduardo.
El hermano Walter abrió la boca pero a continuación apretó los
labios. Fue entonces cuando Eloise se dio cuenta de que estaba temblando
violentamente y el sudor perlaba su frente. Su terror era palpable. ¿Tenía
miedo del rey? No, más probablemente, todo apuntaba a Kenworth.
Eloise sintió que, en un momento de pánico, el monje podía salir
huyendo de allí. Si no hablaba, no podría confirmar todas sus sospechas… Las
consecuencias eran demasiado insoportables, especialmente ahora que estaba tan
cerca de la liberación de su padre.
Se deslizó de su posición junto a Roland y puso una mano en el
brazo del hermano Walter. Tras un momento, el temblor cedió.
—Hermano Walter —comenzó Eloise con su tono más tranquilizador—,
la mañana que mi padre salió de Lelleford, queríais decirle algo de tal
importancia que todos estaríamos en peligro si no lograbais dar con él. Muchas
cosas han ocurrido desde entonces, y el peligro está muy cerca. Sólo vos podéis
salvarle. Os pido, hermano Walter, que terminéis vuestra confesión.
Él la miró durante un momento y replicó con voz apenas audible:
—Yo escribí… la misiva.
Eloise notó que todos los hombres presentes se cernían sobre
ella al tiempo que su mundo se tornaba brillante de nuevo.
—¿Qué misiva?
—La que contiene el nombre de Sir John y de MacLeod.
Las palabras quedaron en el aire durante unos segundos hasta que
finalmente Kenworth se dio cuenta de que ya no controlaba a su espía. Su ira
estalló palpitante y amenazadora al tiempo que se abalanzaba sobre el monje,
pero Roland detuvo su ataque sosteniéndolo por la muñeca.
Bajo los dedos de Eloise, el hermano Walter comenzó a temblar de
nuevo.
El conde miró a Roland.
—¿Os atrevéis a ponerme la mano encima? ¡Volvéis a olvidar cuál
es vuestro lugar, St. Marten!
Roland le dedicó al conde una sonrisa feroz que hizo que Eloise
sintiera escalofríos por la columna vertebral.
—Para que conste, mi lugar está entre vos y el hermano Walter,
mi señor conde.
Kenworth intentó soltarse de las garras de Roland sin éxito.
Este afianzó su posición entre ambos.
—¡Basta! —gritó el rey—. St. Marten, soltad al conde.
Roland obedeció, pero no abandonó su actitud protectora.
Kenworth recuperó la dignidad, pero su confianza se vio
disminuida. La preocupación hizo que frunciera más el ceño.
—¿Qué tenéis que decir a eso, Kenworth? —El rey tomó en las
manos la misiva más condenatoria—. ¿Hicisteis que vuestro espía copiara esta
misiva con el fin de implicar a Hamelin?
—¡El monje miente! St. Marten tiene que haber amenazado a Walter
o haberle prometido una jugosa recompensa. Os juro que en una hora puedo hacer
que venga el hombre que encontró la misiva en poder del mensajero escocés.
—Y yo os juro, mi señor, que no he prometido a este hombre nada
más que mi protección —aseguró Roland—. Ha venido por deseo propio.
El hermano Walter se aclaró la garganta.
—Sir Roland no me ha obligado a dejar Evesham. Mi recompensa
será enmendar el daño que le he hecho a Sir John. Ojalá Dios pueda perdonarme
por semejante atrocidad.
Kenworth se giró y miró al rey de frente.
—Se me está acusando injustamente, mi señor, y exijo una
disculpa. —Se dirigió al monje—. Exijo que demuestre su acusación. Dice haber
escrito la misiva. De ser cierto, debería poder hacer una copia exacta de la
misma. Estoy seguro de que no podrá.
Roland giró la cabeza y miró al monje con un gesto
desconcertante. Eloise sintió un nudo en el estómago. Algo no iba bien. Si el
monje había escrito la misiva, debería poder hacer una copia. Y una vez hecha,
su padre quedaría en libertad.
En honor del monje hay que decir que no pareció dudarlo ni un
momento.
—Necesitaré material de escritura, mi señor.
El rey se levantó y le hizo una señal al hermano Walter para que
se sentara en su silla. De un cajón sacó pergamino, pluma y tintero.
Eloise dejó escapar un grito de desaliento cuando el hermano
Walter deslizó las manos fuera del refugio de sus mangas dejando a la vista una
mano derecha visiblemente deformada. El corazón se le cayó a los pies cuando
sus dedos torcidos rozaron la pluma.
A continuación, con los labios fruncidos y un gesto de atroz
sufrimiento en los ojos, el hermano Walter tomó la pluma con la mano izquierda,
la mojó en el tintero y comenzó a escribir.
Kenworth tiró con fuerza de su guardián y corrió a la puerta.
Al momento siguiente, Eloise no podría decir quién alcanzó al
conde primero, Geoffrey o su padre, ni cuál de los dos lo sometió dejándole con
la cara contra el suelo de mármol. Pero al final fue su padre quien apoyó la
rodilla sobre la espalda de William, conde de Kenworth, manteniendo al traidor
cautivo hasta que los hombres del rey entraron en la sala.
Durante la escaramuza, Eloise permaneció junto a Roland, con el
estómago hecho un nudo hasta que la puerta se cerró, silenciando la riada de
improperios que Kenworth iba escupiendo mientras era arrastrado fuera de la
sala por la guardia real.
El rey Eduardo inspiró profundamente.
—St. Marten, puede que os necesite para tender la soga en la
Torre.
Roland sonrió levemente.
—Como digáis, mi señor.
Celebraron el buen resultado cenando juntos en una posada. Su
padre había insistido en invitar a todos aquellos que le habían apoyado a comer
cordero asado y una gran variedad de acompañamientos para la carne.
Alrededor de la enorme mesa redonda, brindaron por el éxito
levantando sus copas. Padre daba las gracias efusivamente a todos, incluyendo a
la señora Green y a Oswald, el guardián. Haciendo gala de su generosidad, padre
incluso había ofrecido al hermano Walter su antiguo trabajo como escribiente en
Lelleford, pero éste declinó el ofrecimiento tímidamente, objetando que
prefería regresar a la abadía de Evesham.
Antes, Roland le había contado lo que había averiguado sobre la
relación del monje con Kenworth, y sus sospechas sobre lo que le había ocurrido
en la mano. Kenworth le había prestado tan poca atención a su hijo bastardo que
ni siquiera sabía que era zurdo.
Qué triste debía de haberle resultado al pobre monje tener que
traicionar, en nombre de la justicia, a un padre al que sólo quería agradar.
Qué horrible para el hermano Walter sentirse tan utilizado y despreciado.
Eloise estaba encantada de ver a su padre y a su hermano
sentados juntos, en agradable compañía, como no los había visto nunca. Tal vez
no estuvieran de acuerdo en todo, pero al menos podían soportar la presencia
del otro sin rencor.
Los dos escuderos bebían alegremente. Edgar y Timothy habían
confraternizado maravillosamente. Eloise sólo esperaba que su amistad perdurase
cuando ambos se reunieran con Isolda. Era de esperar que Edgar aceptan la
relación con Timothy igual que Geoffrey había aceptado la suya con Roland. Sólo
el tiempo lo diría, y Eloise decidió que no quería preocuparse por nada esa
noche.
No habían hecho ningún plan para el viaje de vuelta a Lelleford.
Al menos allí era adónde Eloise suponía que irían, a sólo fuera para recoger
sus pertenencias. Santo Dios, no le importaba adónde fueran, siempre que Roland
la llevara consigo.
Y su mundo estaría lleno de color y dicha si Roland pareciera
más feliz. Había estado muy callado durante la cena, aceptando los elogios de
su padre con amabilidad pero sin gesto triunfal. Incluso en ese momento, una
vez que toda la comida hubo sido retirada de la mesa y la cerveza corría por
las copas, Eloise tenía la desconcertante sensación de que Roland no se
consideraba el héroe por haber llevado al hermano Walter a la audiencia justo a
tiempo de poder ayudar a su padre.
Un ejercicio de modestia que sería encomiable de no ser porque
Roland era su héroe, y su esposo, y más tarde ella se encargaría de demostrarle
cuánto lo apreciaba y adoraba. En una de las habitaciones de la posada. No sólo
les había convidado a todos a cenar, sino que su padre había alquilado varias
habitaciones para que nadie tuviera que salir a la calle a tan altas horas de
la noche.
Santo Dios, apenas si podía esperar a que Roland la condujera
hacia su habitación, y la desnudara y cubriera su cuerpo con el suyo sobre el
colchón. Eloise se juró que conseguiría hacer que su esposo sonriera aunque
necesitara toda la noche para ello.
Notó que sus partes más íntimas se caldeaban y se inclinó hacia
él rozándole levemente el brazo en el movimiento. Roland la miró y vio su suave
sonrisa.
Buena señal pero no lo suficiente. Eloise se inclinó un poco más
hacia él hasta que sus muslos se tocaron.
Roland arqueó una ceja, su mirada dulcificada con una chispa
divertida. No era exactamente la reacción que estaba buscando pero mejor eso
que el gesto serio, casi taciturno, que había mostrado durante casi toda la
velada.
—¿Es necesario que me suba a tu regazo para que me prestes
atención? —le susurró.
Roland elevó las comisuras de los labios.
—¿Te sientes desatendida?
—He dormido sola cuatro noches y no he dormido bien.
Roland miró a los demás presentes en la mesa, ninguno parecía
tan escandaloso ya como antes. Timothy se había quedado dormido sobre la mesa,
la cabeza apoyada en los brazos cruzados, y probablemente no se moviera de allí
en toda la noche.
—Si quieres que nos retiremos, señora mía, adelante.
¡Por fin! Tras la ronda de buenas noches, Eloise inició la
subida al piso superior, donde estaban las habitaciones. Una vez allí, ésta
cruzó la estancia en dirección a las perchas mientras se quitaba la banda
metálica que sujetaba el velo y éste a continuación. Cuando se giró, vio a
Roland de pie junto a la puerta, mirándola con una intensidad excitante y
aterradora al mismo tiempo.
Eloise deseaba despojarle de sus ropajes, excitarle hasta el
punto de hacerle olvidar incluso su nombre. Era evidente que él quería lo
mismo… pero algo le hacía contenerse.
—¿Qué te preocupa, Roland?
—Las circunstancias han… cambiado.
—De veras es así, y para mejor. Todos han disfrutado del festejo
de esta noche excepto tú. Y posiblemente el hermano Walter. ¿Acaso te aflige su
difícil situación?
Roland se pasó una mano por el pelo.
—No, el monje estará bien en cuanto regrese a la abadía.
El tono de su voz la hizo guardar silencio mientras cubría la
distancia que los separaba. Eloise levantó la vista y contempló el adorado
rostro de su hombre.
—Mi padre es libre. El rey no está enfadado por nuestro
matrimonio.
Gracias a Dios. Todo el tiempo le había preocupado la reacción
del rey, éste no había reñido a Roland. Incluso le había dicho que habría más
riquezas para él. Después de todo, el rey había adquirido todas las propiedades
de un condado con las que poder recompensar a aquellos que habían llevado a
Kenworth ante la justicia.
—Todo ha salido bien, y eso es motivo de alegría. ¿Por qué, mi
querido esposo, no lo estás celebrando haciéndole el amor a tu esposa?
Con suavidad, Roland le echó la mata de pelo hacia atrás.
—Tenemos que hablar primero.
¿Ahora? Eloise inspiró profundamente y frenó su impaciencia,
tratando de recordar que una buena esposa debería saber adaptarse a los deseos
de su esposo. Al menos a algunos de ellos.
—¿Sobre qué?
—Nuestro matrimonio.
Eloise notó que el corazón le daba un vuelco. Era lo que se
había estado temiendo. Roland se había arrepentido del apresurado acuerdo al
que había accedido bajo la presión de Geoffrey, a pesar de que el matrimonio
hubiera parecido una buena de cisión al principio.
Eloise le puso la mano en el pecho.
—¿No habíamos decidido poner todo de nuestra parte para hacer
funcionar este matrimonio? Sé que no soy perfecta, Roland, pero te prometo que
intentaré ser una buena esposa, menos descarada. —Suspiró—. Aunque supongo que
ya he roto mi promesa esta noche al sugerir que subiéramos a la habitación,
rogándote prácticamente que me hicieras el amor. Te pido perdón. ¿Deseas que
volvamos abajo?
Roland sonrió.
—Nada me gustaría más que estar en la cama contigo. Siempre que
quieras que lo hagamos, bastará con que me hagas una señal con el dedo y lo
dejaré todo para acudir a tu llamada.
Confundida, Eloise apretó con más fuerza la túnica de Roland.
—Me temo que no te entiendo.
—Accediste a este matrimonio para salvaguardar tu dote, porque
si las cosas no salían bien para tu padre, ningún hombre te requeriría como
esposa. La situación ha cambiado. Lo cierto es, Eloise, que ahora podrías tener
a cualquier hombre del reino que desearas. Temo que termines por lamentar
haberte casado con alguien de rango muy inferior al que mereces.
¡Cómo podía ser tan necio! ¿Acaso no sabía que ella había
obtenido justo lo que más deseaba? No, no lo sabía porque a ella le había dado
demasiado miedo exponerle sus verdaderos sentimientos.
Eloise le rodeó el cuello con los brazos y se apretó al hombre
en cuyas manos había depositado su corazón y su felicidad, el hombre en quien
confiaba para que la mantuviera siempre sana y salva y llenara su vida de amor.
—Mi querido Roland, tienes razón. No he recibido lo que merecía.
En vez de casarme con un gran señor, me he casado con un caballero. Un hombre
de coraje y honor a quien amaré y admiraré hasta el día de mi muerte. Te amo,
Roland. No podría estar más contenta con nuestro matrimonio.
Roland la estrechó entre sus brazos con fuerza y su abrazo le
fue correspondido.
—Me da miedo creer haber oído lo que he oído.
No era muy propio de Roland mostrarse inseguro, pero si era
reafirmación lo que necesitaba ella estaba más que dispuesta a dársela. En ese
momento y siempre.
—Te amo, Roland St. Marten, con todo mi corazón y mi ser. Decía
la verdad cuando hicimos nuestros votos matrimoniales. Te amaré, honraré y
cuidaré —y ocasionalmente obedeceré— todos los días de mi vida.
Roland no pudo evitar sonreírse.
—Hay algo que quiero enseñarte, querida mía.
Querida mía. No era la declaración de amor eterno que había
esperado pero era un término cariñoso. Un comienzo.
Con reticencia, Eloise lo dejó ir. Roland sacó un rollo de
pergamino de los pliegues de su túnica y Eloise lo reconoció como el acuerdo
matrimonial.
—Sé lo que el acuerdo contiene.
—No todo. No la parte en la que dice que yo no llego con las
manos vacías y sólo unas calzas a nuestro matrimonio.
Una imagen ciertamente erótica. Si hubiera pretendido hacer un
comentario gracioso, ella contestaría, pero Eloise sabía que a Roland no le
había sentado muy mal recibir tan vasta cantidad de dinero sin dar nada a
cambio, así que se contuvo para no decir nada.
—No necesito ver un listado con tus caballos y armadura. ¡El
cielo sea loado, Roland! Nada de eso me importa…
—Lo sé, pero a mí sí —dijo él golpeándose la palma de la mano
con el pergamino—. Cuando me dirigía a la Torre para pedirle tu mano a tu
padre, lo dispar de la situación me angustiaba. Yo conseguía riquezas con las
que no me había atrevido a soñar, y no tenía nada que regalar a mi prometida.
Aquello me resultaba difícil de aceptar.
Eloise notó el orgullo herido en sus palabras.
—¿Sigues sintiéndote así?
—Un poco, pero no mucho —dijo él deshaciendo el lazo que cerraba
el rollo—. Rectifiqué la situación lo mejor que se me ocurrió, dándote lo único
que poseía que me parecía apropiado.
—Sólo te necesito a ti.
Roland tomó el rostro de Eloise en sus manos cálidas, haciendo
que el latido de su corazón se acelerara. Tanta ternura había en sus ojos color
avellana que Eloise quería derretirse.
—Si eso es lo que piensas de verdad, entonces éste es el momento
que había estado esperando para enseñarte esto —dijo él entregándole el rollo—.
Léelo y créeme.
Eloise desenrolló el pergamino y leyó por encima la lista de
objetos que ella misma le había dado a Geoffrey. Hacia el final, sobre la
miríada de firmas, una cláusula había sido añadida. Estaba escrita en una letra
desconocida para ella.
Como regalo a su prometida, Sir Roland St. Marten, caballero al
servicio del Rey Eduardo de Inglaterra, jura proteger y cuidar a Eloise Hamelin
de Lelleford. Dueño de nada material de valor, le ofrece todo lo que tiene, su
palabra de honor de que siempre la amará y cuidará todos los días de su vida,
sin importar las vicisitudes que el destino pueda traer consigo.
Amará y cuidará.
Eloise se quedó sin habla. Los ojos se le llenaron de lágrimas
cegándola y evitando que pudiera releer aquellas preciosas palabras.
—Oh, Roland —dijo abrazándose a él, llorando de alegría, y buscó
la protección en sus fuertes brazos.
—Te amo, Eloise. Como le dije a tu padre, mi amor por ti era la
única razón por la que accedí a este matrimonio. Mi mayor deseo era que, algún
día, pudieras corresponderme.
—¿Por qué…? —Eloise se detuvo y se aclaró la garganta antes de
continuar—. ¿Por qué no me lo dijiste sencillamente?
—Porque quería que lo creyeras por ti misma —dijo acariciándole
la mejilla con la palma de la mano, que se había vuelto a humedecer—.
¿Recuerdas que una vez me dijiste que una mujer no podía creer las palabras
dulces del hombre que aspira conseguir su mano, que las demostraciones de
adoración no eran más que declaraciones caballerosas sin importancia?
Recordaba haber dicho algo parecido el día que pasaron cerca de
la iglesia de la aldea, el día que discutieron sobre la muerte de Hugh y la
adoración que éste sentía hacia su prometida.
—Lo recuerdo.
—Por eso puse mis sentimientos por escrito, para que si alguna
vez dudabas de que te hablaba en serio cuando te decía que te amaba, sólo
tuvieras que leer nuestro acuerdo matrimonial que nadie puede romper ni
separar.
Con la prueba irrefutable del amor de Roland hacia ella, Eloise
lo atrajo hacia sí y lo besó con toda el alma. Le había dado lo único que
poseía, su corazón.
Ella protegería siempre, velaría por su seguridad. Empezando por
esa misma noche.
Eloise dejó el pergamino sobre la mesa y empezó a desatar los
lazos de la túnica de Roland.
—¿Y ahora estás preparado para celebrarlo?
Por el rostro de Roland cruzó una sonrisa…, que duró casi toda
la noche.
* * *
FIN
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
SHARI ANTON
Shari Anton es una de las grandes figuras de la novela romántica
gracias a su prolífica producción (una decena de libros desde 1997) y a la
buena acogida recibida tanto por parte del público como de la crítica.
Shari Antón, nacida en Estados Unidos, se ha especializado en
escribir historias de amor, ambientadas principalmente en la Inglaterra
medieval. Entre sus títulos más exitosos destacan El esposo perfecto, Mi
enemigo, mi amor y Magia a medianoche que fue finalista del prestigioso
National Reader’s Choise Award.
Pagina web de esta autora
www.sharianton.com
MI ENEMIGO, MI AMOR
Eloise Hamelin está viviendo una auténtica pesadilla. Su
prometido ha caído fulminado a la entrada de la iglesia el mismo día de la
boda. Su amado padre es acusado de alta traición y desaparece misteriosamente.
Y el rey envía a un caballero para que la vigile a ella y a todos los de su
casa. Un caballero a quien Eloise conoció cuando estuvo a punto de casarse con
Hugh..., y por el que suspira en secreto.
Y Roland St. Marten no podía imaginar un infierno peor que tener
que supervisar el castillo de Lelleford. Su dueña y señora lo trata no como a
su protector, sino como a un huésped no deseado. El enfrentamiento es
inevitable, y el amor que, en medio de sus agrias discusiones, empieza a surgir
entre ellos, también. ¿Pero cómo podrá Roland ser fiel a su rey y, al mismo
tiempo, seguir los dictados de su corazón?
* * *
Título original: Once a Bride
© 2004 by Sharon Antoniewicz
Libro publicado por acuerdo con Warner Books, Inc.,
New York, Nueva York, EE. UU.
Traducción: Ana Belén Fletes Valera
© De esta edición: octubre 2006, Punto de Lectura, S. L.
ISBN: 84-663-1818-6
Depósito legal: B -31. 511-2006
Impreso en España - Printed in Spain
Diseño de cubierta: Pdl Ilustraciones de cubierta.
Diseño de colección: Punto de Lectura


Publicar un comentario