© Libro N°. 3006. Metrópolis. Von Harbou, Thea. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Metropolis
Versión Original: © Metrópolis. Thea Von Harbou
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2013/02/metropolis-thea-von-harbou.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2013/02/metropolis-thea-von-harbou.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
METRÓPOLIS
Thea Von Harbou
Título original: Metropolis
Traducción: Amparo García Burgos
© 1927 by Thea von Harbou
© 1977 Ediciones Martínez Roca S.A.
Av. José Antonio 774 - Barcelona
ISBN: 84-7634-256-X
Este
libro no es de hoy ni del futuro. No habla de un lugar. No sirve a ninguna
causa, partido o clase. Tiene una moraleja que se desprende de una verdad
fundamental: «Entre el cerebro y el músculo debe mediar el corazón».
Thea
von Harbou
Introducción
Por
Forrest J. Ackerman,
«Mr.
Ciencia Ficción», ganador del Premio Hugo y fanático de Metrópolis.
Bienvenido
a Metrópolis, mi ciudad.
Población
—según el cálculo de mi amigo A. E. van Vogt—, cincuenta millones
aproximadamente.
He
vivido aquí desde que tenía diez años. Es la ciudad más fabulosa y apasionante
que existe sobre la faz de la Tierra y bajo la Tierra misma. Londres, Los
Angeles, Nueva York, París, Berlín, Tokio... todas mezcladas y fundidas en una.
¡Traten
de imaginarlo!
Cuando
pronuncio el nombre mágico —«Metrópolis»— se funden en mí la suprema arrogancia
del Empire State Building con la elegancia del Taj Mahal, la fama de la Torre
Eiffel y el misterio de la Esfinge de Egipto. «Metrópolis»... La Nueva Babel,
obra maestra arquitectónica de magnificencia monolítica. Los rascacielos del
siglo XX quedan empequeñecidos ante las inmensas rascaestratosferas del siglo
XXI.
Y
allá abajo, en cavernas hechas por el hombre, las máquinas monstruosas de
Moloc, la increíble e inhumana Máquina Geyser, la Máquina Corazón, que ha de
ser atendida constantemente por los Relojes Humanos, los subhumanos
subterráneos, los obreros impotentes del inframundo que viven esclavizados sin
esperanza, siervos de los seres de la superficie, marionetas ciegas a las
órdenes del Amo de Metrópolis.
El
Amo de Metrópolis, Joh Fredersen, hombre forjado de acero de diez grados, frío
como la superficie de Pintón y tan distante como éste. Un gobernante tan
implacable e imperioso como los antiguos Césares.
Oculta
en alguna parte entre las superestructuras futuristas de Metrópolis se alza una
morada anacrónica, superviviente del barroco y el gótico, que alberga un
laboratorio donde se realizan maravillas de alquimia. Con el sello de Salomón
sobre la puerta, aquí podía haber nacido —hace cientos de años— el legendario
Golem. En la actualidad, una araña de mirada salvaje y cabellos blancos teje en
su interior, un genio siniestro que ha sacrificado una mano a su ciencia
sobrehumana. Es la morada fantasmal de Rotwang, el diabólico Ralph 124C41+ de
su época.
Y
Rotwang ha creado a Futura —a la que a veces denomina también Parodia—, un
simulacro de mujer fabricado en un metal capaz de sentir. Un robot hembra con
el que podía haber soñado Rossum.
Metrópolis
—el libro— ha sido comparado con la obra R.U.R. de Karel Capek; con la novela
utópica Erewhon de Samuel Butler, «sobre un tiempo futuro en el que la
maquinaria desarrollaría un alma y se adueñaría del hombre»; con La máquina del
tiempo en la que la mente inquieta y previsora de H. G. Wells concibió un
cuadro inolvidable del desarrollo de las condiciones sociales y económicas al
mando de sus Eloi, los aristócratas y epicúreos del mundo futuro, y los
Morlocks, sus esclavos subterráneos y carentes de inteligencia». Cuando el
durmiente camina (Wells), La tierra bajo Inglaterra (O'Neill), Mirando atrás
(Bellamy) y Verano del 3000 (Martin) —dos de las cuales se publicaron más
tarde— recuerdan ciertos aspectos de este libro.
Thea
von Harbou, su inteligentísima autora, ya fallecida, dio pruebas durante su
vida de una mente literaria que iba muy por delante de la realidad. Cuando los
cohetes interplanetarios estaban en embrión, ella escríbió la famosa Mujer en
la Luna, tanto el libro como el guión cinematográfico. La tumba india, La isla
de los Inmortales, Destino, Espías, Sigfrido (en forma de película y como una
adaptación al cine del Dr. Mabuse) figuraron entre el legado literario y
cinematográfico de Madame von Harbou. Estuvo
casada
con el célebre director Fritz Lang, que tan prodigiosamente materializó su obra
maestra, Metrópolis, en la pantalla, filme que sigue siendo el clásico
incomparable de la ciencia ficción cinematográfica.
«Metrópolis
no se parece a ninguna otra novela escríta en este mundo», dijo entusiasmado un
observador de la época. «Es distinta, única, original. Encierra un drama
tremendo de fuerzas en conflicto y un tema amoroso idílico.»
El
lenguaje de la novela es a veces tan rico como el de Shiel, tan caleidoscópico
como el de Merritt en El emperador de metal, tan austero como el de Bradbury en
El esqueleto, tan poético como el de Póe, tan macabro como el de Machen.
Ciencia
y fantasía, horror y belleza, misterio, amenaza, locura, magnificencia,
significado... por una vez en la vida todos esos elementos se combinaron
mágicamente para crear el clásico imaginativo, la obra suprema: Metrópolis.
Éste
es el libro que ha sido definido como una obra genial.
Estoy
de acuerdo. La experiencia que le suponga su lectura le durará el resto de su
vida.
Forrest
J. Ackerman
Apt.
4E, Torres Rotwang.
Nivel
Lang y Camino Aéreo Harbou
Metrópolis
24
de noviembre, 2026.
1
El
estruendo del gran órgano se elevó como un intenso rugido hacia la cúpula. Su
fuerza titánica redoblaba en la bóveda como queriendo romperla en mil pedazos y
huir al infinito.
Freder
echó la cabeza hacia atrás; sus ojos, desorbitados y enardecidos, miraban sin
ver hacia lo alto. Sus manos ordenaban aquel caos de notas y creaban música,
luchaban con la vibración del sonido que se agitaba hasta lo más profundo de su
ser. Nunca había estado tan cerca de las lágrimas en su vida, y ahora, dichoso
e impotente, se abandonó a aquella neblina brillante que le aturdía.
Sobre
él, la cúpula del cielo en lapislázuli de donde pendían ―misterio en oro, doce
veces repetido― los signos del Zodíaco. Por encima de ellos, los siete
coronados: los planetas. Y más alto todavía, una miríada de estrellas
brillantes como plata: el Universo.
Al
compás de la música, las estrellas de los cielos iniciaron su solemne y
portentosa danza. El estruendo de las notas disolvió la habitación en la nada.
El
órgano que tocaba Freder se alzaba en medio del mar como un acantilado contra
el cual rompían las olas. Con sus poderosas crestas de espuma, se alzaban
violentamente; y la séptima era siempre la más fuerte. Pero muy por encima del
mar, que respondía con su rugido al estruendo de las olas, las estrellas del
cielo tejían su solemne y portentosa danza.
Agitada
hasta el mismo centro, la vieja tierra despertaba de su sueño. Los torrentes se
secaban, las montañas se desmoronaban. De sus entrañas desgarradas estallaba el
fuego. La tierra ardía, con todo lo que había en ella. Las olas del mar se
convertían en olas de fuego. El órgano ardía, una antorcha flameante de música.
La tierra, el mar y el órgano del que surgía el himno, crepitaban y se
convertían en cenizas. Pero muy por encima de los desiertos y los espacios
hacia los que ascendían las llamas de la creación, las estrellas del cielo
trenzaban su solemne y portentosa danza.
Luego,
de las cenizas grises se alzó ―con alas temblorosas e indeciblemente bellas― un
pájaro de plumas cuajadas de luz, lanzando un grito de dolor. Jamás pájaro
alguno había llorado de modo tan angustioso. Voló sobre las cenizas de la
tierra en ruinas; voló más y más alto, sin saber dónde posarse. Voló sobre la
tumba del mar, sobre el cadáver de la tierra.
Nunca,
desde que los ángeles pecaron y cayeron al infierno, había desgarrado el aire
tal grito de desesperación.
Y
después, una estrella se desgajó de su solemne y portentosa danza y se aproximó
a la tierra destruida. Su brillo era más suave que el de la luna, más imperioso
que el fulgor del sol. Era la nota más celestial surgida de la música de las
esferas. Envolvió en su cálida luz al pájaro que lloraba; era tan fuerte como
una deidad y gritaba: «¡A mí! ¡A mí!»
Entonces,
el fúlgido pájaro abandonó la tumba del mar y la tierra y alzó sus alas
dolientes hacia la voz poderosa que hablara. Volando en un círculo de luz,
subió y cantó, fundiéndose como una nota más en la música de las esferas y
desvaneciéndose en la Eternidad…
Freder
deslizó sus dedos del teclado. Se inclinó y hundió el rostro entre las manos.
Se apretó los ojos hasta que la ardiente danza de las estrellas se encendió
tras sus párpados. Nada podía ayudarle… nada. En todas partes, en una
omnipresencia implacable, aquel único rostro se alzaba en su visión. El rostro
austero de la Virgen, el dulce rostro de la Madre…
La
angustia y el deseo con que él llamaba y suplicaba a la única visión que su
corazón anhelaba, no tenía más que un nombre, eterno: ¡Tú!
Dejó
caer las manos, y dirigió la vista a las alturas de aquella habitación rematada
por una hermosa cúpula. Desde la profundidad azul de los cielos, desde el oro
brillante de los cuerpos celestes, desde la penumbra misteriosa que le rodeaba,
la muchacha le miraba con la severidad mortal de la pureza. Era a la vez
doncella y amante, inviolable y graciosa; su hermosa frente refulgía con la
diadema de la divinidad; su voz encarnaba la piedad misma: cada palabra una
canción. Y después… se desvanecía, y era imposible encontrarla. En ninguna
parte, en ninguna parte.
—¡Tú!
—gritó el hombre.
La
nota se estrelló contra los muros, cautiva, sin hallar el modo de escapar.
Ahora
la soledad se le hizo insoportable. Freder se levantó y abrió las ventanas;
ante él se extendía un océano de luces parpadeantes. Cerró firmemente los ojos,
se quedó muy quieto, respirando apenas. Sentía la proximidad de los criados, de
pie y silenciosos, esperando la orden que les permitiría cobrar vida.
Había
uno entre ellos, Slim, con un rostro cortés cuya expresión jamás se alteraba.
Freder le conocía; una palabra a Slim y… si la muchacha todavía caminaba sobre
la tierra con su paso silencioso, éste la encontraría. Pero si uno no quiere
verse maldecido y sentirse para siempre un hombre miserable, no se envía a un
mastín sanguinario a la búsqueda de una corza blanca y sagrada.
Freder
vio, sin necesidad de mirarle, que los ojos de Slim le estudiaban. Sabía que
aquella criatura silenciosa ―a la que su padre había designado como su
todopoderoso protector― era, al mismo tiempo, su guardián. Durante la fiebre de
sus noches de insomnio, durante la fiebre de su trabajo en el estudio, durante
la fiebre que le dominaba cuando tocaba el órgano llamando a Dios, allí estaba
siempre Slim vigilando el pulso del hijo de su gran amo. No presentaba
informes; no se los pedían. Pero, llegado el caso, era indudable que podría
mostrar un diario perfecto, impecable, que registraría desde el número de pasos
con que Freder camina con pies de plomo para librarse de la angustiosa soledad,
minuto a minuto, hasta el hundir la frente entre las manos cansadas de esperar.
¿Sería
posible que este hombre, que todo lo sabía, no supiera de ella?
Nada
en Slim traicionaba que se hubiera percatado de la transformación del carácter
de su joven amo, desde lo sucedido aquel día en la Casa de los Hijos. Pero uno
de los secretos de aquella criatura delgada y silenciosa era el no hacerse
notar nunca; y aunque Slim no podía entrar en la Casa de los Hijos, Freder no
estaba completamente seguro de que aquel agente comprado por su padre se
plegara a las directrices de la Casa.
Freder
se sentía ante él expuesto, desnudo. Una luz penetrante y cruel que nada dejaba
oculto le iluminaba a él y todo cuanto había en su cuarto de trabajo, que era
casi la habitación más alta de Metrópolis.
—Quiero
estar solo —dijo suavemente.
Sin
un murmullo, los criados se desvanecieron. Incluso Slim se fue…; pero todas
aquellas puertas, que se cerraban sin el menor ruido, también podían
entreabrirse silenciosamente, aunque sólo fuera una débil rendija.
Con
ojos doloridos, Freder probó todas las puertas de su cuarto de trabajo.
Una
amarga sonrisa curvaba las comisuras de su boca. Era un tesoro que debia ser
guardado como se guardan las coronas de joyas. El hijo único de un gran padre.
¿Realmente
el único?
Sus
pensamientos se detuvieron de nuevo al concluir el recorrido, y otra vez se
presentó ante él la visión, la escena, el suceso…
La
Casa de los Hijos era uno de los edificios más hermosos de Metrópolis. Los
padres ―para quienes cada revolución de una máquina significaba oro― habían
regalado esta casa a sus hijos. Era más que una casa; casi un distrito. Incluía
teatros, museos de pintura, salas de conferencias, una biblioteca en la que
podían encontrarse todos los libros impresos en los cinco continentes, pistas
de carreras, estadios y los famosos Jardines Eternos.
Contenía
grandes mansiones para los hijos jóvenes de padres indulgentes, y moradas para
sus impecables criados, así como para las bien entrenadas siervas, cuyo
adiestramiento exigía aun más tiempo que el destinado al desarrollo de una
nueva especie de orquídeas. Su tarea principal consistía en mostrarse siempre
deliciosas y alegres; vistiendo ropas encantadoras, rostros maquillados, ojos
cubiertos por una máscara, coronadas de pelucas blancas como la nieve y
fragantes como flores, parecían delicadas muñecas de porcelana y brocado,
deliciosos presentes creados por una mano maestra.
Freder
no era asiduo visitante de la Casa de los Hijos; prefería su cuarto de trabajo
y la cúpula estrellada que cobijaba su órgano. Pero cuando le acometía el deseo
de sumergirse en el gozo radiante de las competiciones en el estadio, era el
más alegre y brillante de todos e iba de victoria en victoria con la risa de un
joven dios.
Y
aquel día también, aquel día también.
Cubierta
todavía su piel por el helado rocío de las aguas que cayeran sobre él, los
músculos temblorosos aún por la borrachera de la victoria, se había tumbado,
esbelto, cansado, sonriente, fuera de sí, ebrio de alegría. El techo de cristal
que envolvía los Jardines Eternos refulgía como un ópalo bañado por la luz del
sol. Jovencitas encantadoras le atendían y servían celosamente, y de sus manos
blancas, de sus dedos delicados, podía comer las frutas que deseara.
Una
se hallaba de pie a su lado, mezclándole una bebida. De la cadera a la rodilla
la envolvía brillante brocado; las piernas esbeltas y desnudas, muy juntas, se
alzaban como columnas de marfil sobre unos zapatos color púrpura. Su hermoso
cuerpo, sin que ella lo advirtiera, temblaba al mismo ritmo que el pecho del
hombre cuando exhalaba su aliento perfumado. Y sus ojos, tras la máscara que
los ocultaban, vigilaban atentamente la labor que realizaban sus hábiles manos.
Sus
labios eran rojos como el coral, y sonreía tan ausente al mirar la bebida que
preparaba, que las demás muchachas rompieron a reír.
Contagiado,
también Freder soltó una carcajada. El gozo de las doncellas aumentó al
advertir el desconcierto de su compañera, quien, ignorando el motivo de su
risa, enrojecía confusa, se sonrojaba toda ella desde la brillante boca hasta
las hermosas caderas. La alegría se transmitía a los amigos sin razón alguna,
sólo porque eran jóvenes y se sentían libres y cuidados, y todos se unieron al
alegre sonido. Como un luminoso arco iris, carcajada tras carcajada, la gozosa
algarada envolvió a los jóvenes.
De
pronto, Freder volvió la cabeza. Sus manos, que descansaban ahora en las
caderas de la muchacha que preparaba la bebida, resbalaron repentinamente y
cayeron como muertas. Cesó la risa, todos quedaron inmóviles. Nadie se atrevía
a esbozar el menor gesto. Sólo alcanzaban a mirar.
Por
la puerta de los Jardines Eternos, abierta de par en par, desfilaba una
procesión infantil. Todos los niños iban cogidos de la mano. Tenían rostros de
gnomo, grises y ancianos; parecían pequeños y fantasmales esqueletos cubiertos
de harapos. Tenían el cabello incoloro, los ojos incoloros. Caminaban sobre
pies desnudos y flacos, siguiendo sin el menor ruido a su guía.
La
guía era una muchacha: rostro sereno de virgen, dulce rostro de madre. Llevaba
de la mano a un niño a cada lado. Se quedó muy quieta mirando a los jóvenes,
uno tras otro, con la mortal severidad de la pureza. Era a la vez doncella y
amante, inviolable y graciosa también; su hermosa frente lucía la diadema de la
divinidad, su voz la piedad misma, cada palabra una canción.
Soltó
a los niños y extendió la mano señalando hacia los jóvenes, diciendo a los
niños:
—¡Mirad,
éstos son vuestros hermanos!
Y,
señalando a los niños, dijo a los jóvenes:
—¡Mirad,
éstos son vuestros hermanos!
Esperó.
Se quedó muy quieta, los ojos clavados en Freder.
Entonces
vinieron los servidores, acudieron los guardianes de las puertas. Entre los
muros de mármol y de cristal, bajo la cúpula opalina de los Jardines Eternos,
reinó por breves instantes una confusión sin precedentes hecha de ruidos,
indignación y embarazo. La muchacha parecía seguir esperando. Nadie se atrevía
a tocarla, aunque se hallara tan indefensa entre los fantasmas grises e
infantiles. Su mirada seguía fija en Freder.
Luego
apartó de él la vista e, inclinándose ligeramente, cogió de nuevo las manos de
los niños, se volvió e hizo salir la procesión.
La
puerta se cerró tras ella, y los servidores desaparecieron tras disculparse
profusamente. Se impuso ahora el vacío y el silencio. Algunos se sintieron
tentados de atribuir lo ocurrido a una alucinación, pero los testigos habían
sido muchos.
Junto
a Freder, sobre el suelo de mosaico iluminado, la muchacha que mezclaba las
bebidas sollozaba sin control. Con un movimiento lento, Freder se inclinó hacia
ella y de pronto arrancó la máscara estrecha y negra que cubría sus ojos.
Ella
chilló como si la hubieran sorprendido desnuda. Sus manos se alzaron, trataron
de quitársela y quedaron impotentes en el aire.
Un
semblante trastornado por el horror miraba al hombre. Los ojos así expuestos
eran vacíos, carentes de sentido. El pequeño rostro, privado del encanto de la
máscara, era horripilante.
Freder
soltó aquel trozo de tela negra y la muchacha se apoderó rápidamente de él.
Freder
miró a su alrededor. Los Jardines Eternos brillaban. Los hermosos seres que los
ocupaban, si bien ligeramente perdido el control, relucían de limpieza, de
cuidados, de abundancia. A todo lo invadía un fresco aroma, el aliento de un
jardín cubierto de rocío.
Freder
se miró a sí mismo. Como todos los jóvenes en la Casa de los Hijos, vestía la
seda blanca que sólo usaban una vez y los suaves y ligeros zapatos de
silenciosas suelas.
Miró
a sus amigos. Vio a unos seres que jamás se cansaban ―a no ser por el deporte―,
que jamás sudaban ―a no ser por el deporte―, que jamás jadeaban ―a no
ser
por el deporte―. Seres que necesitaban de aquellos juegos alegres para que la
comida y la bebida les sentaran bien, para poder dormir a gusto y digerir con
facilidad.
Las
mesas en las que todos habían comido estaban de nuevo llenas, como siempre, de
platos intactos; el vino, dorado o púrpura, frío o natural, se ofrecía
generosamente como las amorosas jovencitas. De nuevo sonaba la música, la que
se había interrumpido cuando una voz juvenil pronunciara aquellas cinco
palabras:
—¡Mirad,
éstos son vuestros hermanos!
Y,
de nuevo, los ojos fijos en Freder:
—¡Mirad,
éstos son vuestros hermanos!
Como
si se asfixiara, Freder se puso en pie de un salto; las mujeres con máscara le
miraron. Corrió a la puerta. Recorrió los pasillos, bajó las escaleras. Llegó a
la entrada.
—¿Quién
era esa muchacha?
Un
encogimiento de hombros. Perplejidad. Disculpas. El suceso era inexcusable,
bien lo sabían los criados. Seguramente habría muchos despedidos. El mayordomo
estaba pálido de cólera.
—No
deseo —dijo Freder, mirando al espacio— que nadie sufra por lo sucedido. No hay
que despedir a nadie, no lo quiero.
El
mayordomo se inclino en silencio. Estaba acostumbrado a los caprichos en la
Casa de los Hijos.
—¿Quién
es la muchacha? ¿Es que nadie puede decírmelo?
No.
Nadie. ¿Y si se llevara a cabo una investigación?
Freder
permanecía en silencio. Pensaba en Slim. Agitó la cabeza. Primero lentamente,
luego con violencia. No… No se envía a una jauría a la caza de una corza blanca
y sagrada.
—Nadie
debe investigar acerca de ella —dijo con voz monótona.
Sintió
la mirada vacía de aquel criado en su rostro. Se sentía ahora pobre y sucio.
Con una angustia que inundó su cuerpo como si tuviera veneno en las venas,
salió de la Casa. Se dirigió a la suya como si marchara hacia el exilio. Se
encerró en su cuarto y se sumergió en el trabajo.
Por
las noches se aferraba a su instrumento, y obligaba a bajar hasta él la
monstruosa soledad de Júpiter y Saturno. Nada podía ayudarle, ¡nada! En una
agonizante omnipresencia se alzaba ante su visión el rostro único: el rostro
austero de la virgen, el rostro dulce de la madre.
Y
una voz hablaba:
—¡Mira,
éstos son tus hermanos!
La
gloria de los cielos desaparecía, y nada significaba la borrachera del trabajo;
y el rugido que brotaba del mar no podía borrar la suave voz de la muchacha:
—¡Mira,
éstos son tus hermanos!
Dios
mío, Dios mío…
Con
un esfuerzo penoso y violento, Freder giró en redondo y se dirigió a su
máquina. Una expresión de alivio cruzó su rostro cuando miró aquella creación
brillante que le esperaba sólo a él, y en la que no había un solo eslabón de
acero, un remache, un muelle que él no hubiera calculado y creado.
La
criatura no era grande, y su fragilidad se acentuaba debido a la amplitud de la
habitación y a la potente luz de sol que la iluminaba. Pero el suave lustre del
metal y la grácil curva con la que, aun en su inmovilidad, el cuerpo poderoso
parecía tensarse a punto de saltar, le prestaban algo de la pureza divina de un
animal hermoso y sin mácula, que carece totalmente de temor porque se sabe
invencible.
Freder
acarició su creación. Apretó la cabeza suavemente contra la máquina. Con afecto
inefable tocó sus miembros, fríos y flexibles.
—Esta
noche —dijo— estaré contigo. Estaré totalmente envuelto por ti. En ti pondré mi
vida y sabré si puedo hacerte vivir. Tal vez sienta tu latir, y el despertar
del movimiento en tu cuerpo controlado. Tal vez sienta el vértigo cuando te
lances a tu elemento sin límites llevándome contigo, a mí, al hombre que te
hizo, por el inmenso mar de medianoche. Las siete estrellas estarán sobre
nosotros, y la triste belleza de la luna. El monte Everest será una colina a
nuestros pies. Tú me llevarás y yo sabré. Me llevarás tan alto como yo desee.
Se
detuvo, cerrando los ojos. El temblor que recorría su cuerpo era compartido,
como una emoción, por la máquina silenciosa.
—Pero
quizá —continuó sin alzar la voz—, quizás observes, mi amada creación, que ya
no eres mi único amor. Nada en la tierra es más vengativo que los celos de una
máquina que se juzga desdeñada. Sí, lo sé, sois amantes imperiosas: «no tendrás
otros dioses más que a mí». ¿Tengo razón? Un pensamiento que se aleje de ti, e
inmediatamente lo adviertes y te vuelves perversa.
»¿Cómo
podría ocultarte que no todos mis pensamientos están contigo? No puedo
evitarlo, creación mía. He sido embrujado. Aprieto mi frente contra ti y mi
frente anhela las rodillas de una muchacha cuyo nombre ni tan siquiera conozco…
Calló,
retuvo el aliento. Alzó la cabeza y escuchó.
Cientos,
miles de veces había oído el mismo sonido en la ciudad. Pero jamás había sabido
comprender.
Era
un sonido inmensamente glorioso y arrobador. Más profundo y más poderoso que
ningún otro sonido sobre la tierra. La voz del océano embravecido, la voz de
los torrentes al despeñarse, la voz del trueno muy cercano quedarían ahogadas
por aquel estruendo de Behemoth. Sin ser agudo penetraba todos los muros y,
mientras duraba, todas las cosas parecían girar en él. Era omnipresente, pues
venía de las alturas y de las profundidades; y era hermoso y horrible, pues era
una orden a la que nadie podía resistirse.
Estaba
muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.
Metrópolis
alzaba su voz. Las máquinas de Metrópolis rugían: pedían alimento.
Freder
abrió de par en par las puertas de cristal. Las sintió vibrar como las cuerdas
al impulso del arco. Salió a la estrecha galería que rodeaba el edificio, casi
el más alto de Metrópolis. El sonido rugiente le recibió, le envolvió, sin
terminar nunca. Tan grande como era Metrópolis, y en los cuatro ángulos de la
ciudad se percibía por igual el rugir de la orden.
Freder
contempló sobre la ciudad el edificio conocido en el mundo como la Nueva Torre
de Babel. El centro neurálgico de esta Nueva Torre de Babel albergaba al hombre
que era, él mismo, el cerebro de Metrópolis.
Mientras
el hombre que allí moraba ―que no era más que trabajo, que despreciaba el
sueño, que comía y bebía mecánicamente― pulsara con sus dedos la placa de metal
azul que jamás otro hombre había tocado, la voz de la ciudad-máquina de
Metrópolis seguiría rugiendo y pidiendo alimento, alimento, alimento…
Y
quería hombres vivos como alimento.
Entonces,
el alimento humano empezó a llegar en masa. Por la calle venía, por su propia
calle que nunca se cruzaba con la de los demás. Era una corriente amplia e
interminable. Una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso
monótono y acompasado. Hombres, hombres, hombres… Todos con el mismo uniforme:
del cuello a los tobillos algodón azul oscuro, los pies calzados con unos
zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo una misma gorra negra.
Y
todos tenían el mismo rostro. Y todos parecían tener la misma edad. Avanzaban
con la cabeza humillada, y mecánicamente ponían un pie delante del otro. Las
puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-máquina de Metrópolis,
los engullían.
Hacia
ellos venía otra procesión: el material ya usado. Se extendía en una corriente
amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo, hombres,
hombres, hombres… Todos con el mismo uniforme, del cuello a los tobillos
algodón oscuro, los pies calzados con los mismos zapatones groseros, el pelo
apretadamente recogido bajo la misma gorra negra.
Y
todos tenían el mismo rostro. Y todos parecían tener mil años. Caminaban con
los brazos inertes, con la cabeza inclinada. Mecánicamente avanzaban, primero
un pie, luego el otro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el
centro-máquina de Metrópolis, vomitaban masas de hombres a la par que las iban
tragando.
Cuando
el alimento fresco hubo desaparecido por las puertas, aquel clamor rugiente
desapareció. En el silencio que se impuso se hizo perceptible de nuevo el
zumbido incesante de la gran metrópoli. El hombre que era el gran cerebro había
dejado de apoyar los dedos sobre la placa azul de metal.
Dentro
de diez horas permitiría que el monstruo rugiera de nuevo. Y de nuevo otras
diez horas después. Y siempre lo mismo, y siempre lo mismo, sin olvidar jamás
esa ley implacable. Metrópolis no sabía cuándo era domingo. Metrópolis no
conocía días santos, ni vacaciones.
Metrópolis
tenía la catedral más sacrificada del mundo, una hermosa joya de estilo gótico.
Según las viejas crónicas, la Virgen coronada de estrellas que se alzaba sobre
su torre sonreía como una madre, cubierta con su manto dorado y mirando hacia
abajo, muy abajo, hacia los tejados rojos; y los únicos compañeros de la
graciosa imagen eran las tórtolas que solían anidar en las gárgolas, y las
campanas, que llevaban los nombres de los cuatro arcángeles.
La
más hermosa de ellas era la campana San Miguel. Se decía que el maestro que la
hizo se condenó por su culpa, ya que fundió plata que había robado ―consagrada
y no consagrada― en el cuerpo de la campana. Como premio de su obra sufrió, en
el lugar de las ejecuciones, el terrible suplicio de la rueda. Pero murió
extraordinariamente feliz, pues la campana San Miguel dejó escuchar su sonido
mientras él moría, y su sonido era tan maravilloso, tan conmovedor, que todos
comprendieron que los santos habían perdonado al pecador, ya que las campanas
celestiales tocaban al recibirle.
Las
campanas seguían sonando con sus antiguas voces metálicas, pero cuando rugía
Metrópolis, hasta la misma San Miguel enronquecía. La Nueva Torre de Babel y
los demás edificios alzaban sus moles sombrías muy por encima de la aguja de la
catedral; tanto, que las jovencitas que trabajaban en los talleres y emisoras
de radio habían de mirar muy hacia abajo, desde las ventanas del piso treinta,
para ver a la Virgen coronada de estrellas; de la misma manera que ella, en la
antigüedad, miraba los tejados rojos. En lugar de tórtolas, máquinas voladoras
pasaban sobre la cúpula de la catedral y sobre la ciudad, posándose en los
tejados desde los cuales, por la noche, columnas brillantes y círculos
luminosos indicaban el curso del vuelo y los puntos de aterrizaje.
El
Amo de Metrópolis había considerado en más de una ocasión la conveniencia de
que se derribara la catedral, puesto que era inútil y obstruía el tráfico de
aquella ciudad de cincuenta millones de habitantes. Pero la pequeña y vehemente
secta de los góticos, cuyo líder era Desertus —medio monje, medio fanático—
había pronunciado un juramento solemne: si una mano de la malvada ciudad de
Metrópolis se atrevía siquiera a tocar una sola piedra del templo, ellos no
descansarían hasta que la malvada ciudad de Metrópolis se convirtiera en un
montón de ruinas a los pies de la catedral.
El
Amo de Metrópolis solía tomar venganza de las amenazas, que constituían la
sexta parte de su correo diario. Pero no tenía interés en luchar contra unos
oponentes a quienes rendiría un servicio si los destrufa por su fe. El gran
cerebro de Metrópolis ―un ser que desconocía el sacrificio de un deseo― sabía
el poder incalculable que los sacrificados y mártires tenían sobre sus
seguidores. Además, la demolición de la catedral no era todavía una cuestión
tan urgente como para iniciar el cálculo de los gastos; aunque, cuando llegara
el momento, el coste de la demolición de la catedral quizá superara el de la
construcción de Metrópolis. Los góticos eran ascéticos, y el Amo de Metrópolis
sabía por experiencia que se compra más barato a un multimillonario que a un
asceta.
Freder
se preguntó, con un extraño sentimiento de amargura, por cuánto tiempo le
permitiría el gran Amo de Metrópolis seguir contemplando la catedral en los
días libres de niebla y lluvia. Cuando el sol se hundia en el horizonte, y las
casas se convertían en montañas y las calles en valles; cuando la corriente de
luz, que siempre parecía helada, surgía de todas las ventanas, de los muros, de
las casas, de los tejados y del corazón de la ciudad; cuando se iniciaba el
parpadeo silencioso de los anuncios eléctricos; cuando los reflectores, con
todos los colores del arco iris, empezaban a funcionar en torno a la Nueva
Torre de Babel; cuando los autobuses se convertían en cadenas continuas de
monstruos despidiendo rayos y los coches más pequeños en peces luminosos que
corrían en un mar profundo; cuando, desde el puerto invisible del ferrocarril
subterráneo, surgía el brillo metálico que era devorado por las sombras…, la
catedral seguía alzándose allí, en su infinito océano de luz que disolvía todas
las formas al vencerlas, el único objeto oscuro, negro y persistente que
parecía, con su ligereza, desprenderse de la tierra, alzarse más y más hasta
convertirse, en aquel torbellino de luz tumultuosa, en el único objeto en
reposo y digno de respeto.
Pero
la Virgen en la punta de la torre tenía su luz propia: la de las estrellas, y
parecía posada ―libre de la negrura de la piedra― en la curva de plata de la
luna.
Freder
nunca había visto el rostro de la Virgen y, sin embargo, lo conocía tan bien
que podría haberlo dibujado: el rostro austero de la Virgen, el dulce rostro de
la Madre.
Se
inclinó, aferrándose a la barandilla de hierro con las palmas ardientes de sus
manos.
—Mírame,
Virgen —suplicó—. Madre, ¡mírame!
El
brillo de un reflector le hirió en los ojos, obligándole a cerrarlos furioso.
Un cohete silbó por el aire dejando caer sobre el pálido crepúsculo de la tarde
una palabra: Yoshiwara.
Los
siete colores del arco iris brillaban, fríos y fantasmales, en círculos que
giraban silenciosos. La enorme esfera del reloj de la Nueva Torre de Babel
estaba bañada por el fuego cruzado de los reflectores. Y por encima, desde el
pálido cielo de aspecto irreal, relucía la palabra: Yoshiwara.
Los
ojos de Freder se clavaron en el reloj de la Nueva Torre de Babel, en el que
los segundos chispeaban con luz propia. Calculó el tiempo que había
transcurrido desde que la voz de Metrópolis rugiera pidiendo su alimento. Sabía
que detrás de aquella esfera que relucía en la Nueva Torre de Babel había una
habitación amplia y desnuda con estrechas ventanas, con cuadros de mandos a
todo lo ancho y lo alto de los muros, y en el centro la mesa de mando, el
instrumento más ingenioso diseñado por el Amo de Metrópolis, instrumento cuyo
manejo le estaba absolutamente reservado.
Sentado
ante ella, la personificación del gran cerebro: el Amo de Metrópolis. A su
derecha, la sensible placa de metal azul, hacia la que extendería la mano
derecha con la seguridad infalible de una máquina perfecta cuando hubieran
pasado a la eternidad los segundos necesarios para que Metrópolis rugiera otra
vez pidiendo alimento, alimento, alimento…
En
ese momento, Freder se vio vencido por la persistente obsesión de que perdería
la razón si hubiera de escuchar de nuevo la voz de Metrópolis. Y, convencido de
la inutilidad de su búsqueda, abandonó el espectáculo de aquella ciudad
borracha de luz y fue en busca del Amo de Metrópolis, Joh Fredersen, su padre.
2
El
centro cerebral de la Nueva Torre de Babel estaba poblado por números.
Desde
una fuente invisible, los números se deslizaban rítmicamente por el aire
refrigerado de la habitación y venían a depositarse, como en una vasija, sobre
la mesa en la que trabajaba el gran Amo de Metrópolis, donde se materializaban
merced a los lápices de sus secretarios: ocho jóvenes que, aun sin serlo, se
parecían como hermanos. Rígidos como estatuas, al escribir sólo movían los
dedos de la mano derecha. Sin embargo, cada uno de ellos, con la frente
cubierta de sudor y los labios entreabiertos, parecía la personificación del
desaliento.
Ninguna
cabeza se alzó a la entrada de Freder, ni siquiera la de su padre.
Bajo
el tercer altavoz se encendió una lámpara. Rojo-blanco. Nueva York habló.
Joh
Fredersen comparaba las cifras de los informes vespertinos de la Bolsa con las
listas que tenía ante él. Sólo una vez se oyó su voz inflexible:
—Un
error. Repitan la investigación.
El
primer secretario tembló y se inclinó todavía más; luego se levantó y se retiró
en silencio. La ceja izquierda de Joh Fredersen se alzó una pizca al seguir con
la mirada a la ñgura que se retiraba… mientras le fue posible sin tener que
volver la cabeza.
Una
línea de castigo, fría y concisa, tachó un nombre.
La
lámpara rojo-blanco brilló de nuevo. Habló la voz. Siguieron cayendo los
números en la gran habitación, en el centro cerebral de Metrópolis.
Freder
permanecía en pie junto a la puerta, inmóvil. Ignoraba si su padre le había
visto. Siempre que entraba en aquella habitación volvía a sentirse un niño de
diez años, inseguro frente a aquella voluntad poderosa y concentrada que se
llamaba Joh Fredersen, su padre.
El
primer secretario pasó ante él, saludándole silenciosa y respetuosamente;
parecía un competidor derrotado que abandona la carrera. El pálido rostro del
joven se inclinó un instante ante los ojos de Freder como una máscara grande y
blanca. Luego desapareció.
Los
números seguían cayendo en la habitación.
Una
silla había quedado vacía. En las otras siete, siete hombres sentados seguían
la pista a los números que surgían incesantemente de lo invisible.
Se
iluminó una lámpara, rojo-blanco.
Habló
Nueva York.
Se
iluminó una lámpara, verde-blanco.
Londres
empezó a hablar.
Freder
miró el reloj frente a la puerta, que dominaba todo el muro como una rueda
gigantesca. Era el mismo reloj que, desde las alturas de la Nueva Torre de
Babel, iluminado por los reflectores, desgranaba sus segundos brillantes como
chispas sobre la gran Metrópolis.
La
cabeza de Joh Fredersen se recortaba contra él. Era como un halo terrible
rodeando al cerebro de Metrópolis.
Los
reflectores giraban en un delirio de color contra las estrechas ventanas que
llegaban del suelo al techo. Cascadas de luz chocaban contra los cristales.
Fuera, al pie de la Nueva Torre de Babel, bullía Metrópolis. Pero en esta
habitación no se oía más que el sonido de los números que caían incesantemente.
El
proceso Rotwang había fabricado muros y ventanas a prueba de sonido.
En
esta habitación que estaba al mismo tiempo coronada y dominada por la poderosa
máquina del tiempo, el reloj, que sólo indicaba números, nada tenía significado
sino los números. El hijo del gran Amo de Metrópolis comprendió que, mientras
los números siguieran cayendo de lo invisible, ninguna palabra que viniera de
una boca visible y no fuera un número recibiría la menor atención.
Por
lo tanto siguió de pie, mirando fijamente la cabeza de su padre, observando
cómo la manecilla monstruosa del reloj que avanzaba inevitablemente ―como una
hoz, como una guadaña que cosechara el tiempo― pasaba sobre su cabeza sin
dañarle y subía, por la esfera cubierta de números, hasta caer de nuevo para
repetir su golpe.
Al
fin se apagó la luz rojo-blanco. Cesó una voz.
Luego
se apagó también la luz verde-blanco.
Silencio.
Las
manos que escribían se detuvieron y, por espacio de un breve instante, todos
siguieron sentados como paralizados, relajados, exhaustos. Luego la voz de Joh
Fredersen dijo, con seca amabilidad:
—Gracias.
Hasta mañana —y, sin volverse:—. ¿Qué quieres, hijo mío?
Los
siete desconocidos dejaron la habitación, ahora silenciosa. Freder avanzó
entonces hasta su padre, cuya mirada barría las listas de los números recién
llegados. Los ojos de Freder se clavaron en la placa azul de metal, junto a la
mano derecha de su padre.
—¿Cómo
supiste que era yo? —preguntó suavemente.
Joh
Fredersen no le miró. Aunque en su rostro había aparecido una paciente
expresión de orgullo al oír la pregunta de su hijo, no había perdido nada de su
concentración. Miró el reloj. Sus manos se deslizaron sobre el cuadro de
mandos; sin el menor sonido iba enviando sus órdenes a los hombres que
esperaban.
—Se
abrió la puerta. Nadie fue anunciado. Y nadie llega hasta mí sin ser anunciado.
Sólo mi hijo.
Una
luz bajo el cristal. Una pregunta. Joh Fredersen apagó la luz. El primer
secretario entró y se acercó al Amo de Metrópolis.
—Tenía
razón. Era un error. Ya ha sido rectificado —expuso, con voz inexpresiva.
—Gracias
—ni una mirada, ni un gesto—. Se ha ordenado al banco que le pague su sueldo.
Buenas noches.
El
joven quedó inmóvil. Tres, cuatro, cinco, seis segundos pasaron en la
gigantesca máquina del tiempo. Dos ojos vacíos ardían en el rostro ceniciento
del joven, imprimiendo su marca de temor en la visión de Freder.
Uno
de los hombros de Joh Fredersen se alzó imperceptiblemente.
—Buenas
noches —contestó el joven, con tono ahogado. Salió.
—¿Por
qué le has despedido, padre? —preguntó el hijo.
—Ya
no me sirve —dijo Joh Fredersen, todavía sin mirarle.
—¿Por
qué no, padre?
—No
me sirven las personas que se sobresaltan si uno habla con ellas —dijo el Amo
de Metrópolis.
—Quizá
se sienta enfermo. Tal vez esté preocupado por alguien que le es muy querido.
—Es
posible. También es posible que siga bajo los efectos de una noche demasiado
larga en Yoshiwara. Freder, deja de suponer que los demás son buenos e
inocentes, que son víctimas, sólo porque sufren. El que sufre ha pecado, contra
él mismo y contra otros.
—¿Tú
no sufres, padre?
—No.
—¿Estás
completamente libre de pecado?
—Ya
ha pasado para mí el tiempo del pecado y el sufrimiento, Freder.
—Y
si este hombre ahora…, nunca he visto tal cosa, pero… creo que otros hombres
que resolvieron poner fin a su vida salieron de una habitación como él…
—Quizá.
—Y
si mañana supieras que había muerto, ¿eso te dejaría impasible?
—Sí.
Freder
guardó silencio.
La
mano de su padre se deslizó sobre una palanca y la bajó. Las lámparas blancas
de todas las habitaciones que rodeaban el centro cerebral de la Nueva Torre de
Babel se apagaron. El Amo de Metrópolis había informado a su mundo circular que
no deseaba ser molestado sin una causa urgente.
—No
puedo tolerar —continuó— que un hombre que trabaja en unión conmigo, a mi
derecha, renuncie a la única gran ventaja que posee sobre la máquina.
—¿Cuál
es esa ventaja, padre?
—La
de deleitarse en el trabajo —respondió el Amo de Metrópolis.
Freder
se pasó la mano por los cabellos, de un rubio sedoso. Abrió los labios como si
fuera a decir algo pero siguió callado.
—¿Supones
acaso —continuó Joh Fredersen— que necesito los lápices de mis secretarios para
comprobar los informes de la bolsa americana? Las tablas índice de las
comunicaciones transoceánicas Rotwang son cien veces más dignas de confianza y
más rápidas que los cerebros y las manos de mis empleados. Pero, mediante la
exactitud de la máquina, puedo medir la exactitud de los hombres; y gracias al
aliento de la máquina, la fuerza de los pulmones de los hombres que compiten
con ella.
—Y
el hombre que acabas de despedir y que está condenado (ya que ser despedido por
ti, padre, significa caer al fondo), perdió su aliento, ¿no es cierto?
—Sí.
—Porque
era un hombre y no una máquina.
—Porque
negó su humanidad ante la máquina.
Freder
alzó la cabeza, profundamente turbados los ojos.
—No
te comprendo ahora, padre —dijo, dolorido.
La
expresión de paciencia se acentuó en el rostro de Joh Fredersen.
—Ese
hombre —dijo suavemente— era mi primer secretario. El salario que recibía era
ocho veces superior al del último. Lo cual le exigía realizar ocho veces más.
Para mí, no para él. Mañana el quinto secretario ocupará su lugar. En una
semana, y gracias a él, el trabajo de los otros cuatro será superfluo. Ese
hombre sí me es útil.
—Porque
te ahorra cuatro hombres.
—No,
Freder. Porque se deleita en el trabajo de los otros cuatro. Porque se lanza de
lleno a su trabajo, se lanza a él con tanto deseo como si fuera una mujer.
Freder
guardó silencio. Joh Fredersen miró fijamente a su hijo.
—¿Te
ha servido de alguna experiencia? —preguntó.
La
triste mirada del muchacho se perdió en el espacio. Una luz intermitente,
blanca y violenta, chocaba contra las ventanas y, en los intervalos de
oscuridad, dejaba ver el cielo, que se extendía como un manto de terciopelo
negro sobre Metrópolis.
—No
lo sé con certeza —dijo Freder, dubitativo—, aunque, por primera vez en mi
vida, creo haber comprendido el ser de una máquina…
—Eso
significaría muchísimo —contestó el Amo de Metrópolis—, pero probablemente te
equivocas, Freder. Si realmente hubieras comprendido el ser de una máquina, no
te sentirías tan turbado.
Freder
dirigió lentamente la mirada ―y la impotencia de su incomprensión― hacia su
padre.
—¿Cómo
podría nadie por menos que sentirse turbado —preguntó— si, como yo, viene a ti
a través de las salas de las máquinas, a través de las gloriosas salas de tus
gloriosas máquinas, y ve las criaturas que están encadenadas a ellas por las
leyes de la eterna vigilancia, sin poder alzar la vista?
Se
detuvo. Tenía los labios secos como el polvo.
Joh
Fredersen se echó atrás en la silla. No había apartado la mirada de su hijo, y
seguía contemplándole intensamente.
—¿Por
qué viniste a mí a través de las salas de las máquinas? —preguntó serenamente—.
No es el camino mejor, ni el más conveniente.
—Deseaba
—respondió el hijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras—, aunque sólo fuera
por una vez, mirar los rostros de estos hombres, estos hombres cuyos hijos son
mis hermanos, cuyas hijas son mis hermanas…
Joh
Fredersen, con los labios muy apretados, pareció meditar unos instantes. El
lápiz que sostenía entre los dedos golpeó rítmicamente el borde de la mesa. Su
mirada pasó de Freder al brillo parpadeante de los segundos en el reloj, para
fijarse de nuevo en su hijo.
—¿Y
qué descubriste? —preguntó.
Segundos,
segundos, segundos de silencio. Luego fue como si el hijo, desarraigándose,
desgarrando todo su ego, se arrojara con un gesto de total sinceridad hacia su
padre. Sin embargo, seguía inmóvil, la cabeza un poco inclinada, hablando
suavemente, como si cada palabra se ahogara en sus labios:
—¡Padre!
¡Ayuda a los hombres que viven ante tus máquinas!
—No
puedo ayudarles —dijo el cerebro de Metrópolis—. Nadie puede ayudarles. Están
donde deben estar, son lo que deben ser. No sirven para nada más, para ninguna
otra cosa.
—Yo
no sé para qué sirven —dijo Freder inexpresivamente, y su cabeza se desplomó
con gesto brusco sobre el pecho—. Sólo sé lo que vi, y cuan horrible fue.
Atravesé las salas de las máquinas; eran como templos. Todos los grandes dioses
vivían en templos blancos. Vi a Baal y a Moloc, a Huitzilopochtli y a Durgha.
Algunos, rodeados por una multitud; otros, terriblemente solitarios. Vi el
carro divino de Juggernaut, y las Torres del Silencio, la cimitarra de Mahoma,
y las cruces del Gólgota. Y todo máquinas, máquinas, máquinas que vivían su
vida divina, confinadas en pedestales como las deidades en los tronos de sus
templos. Sin ojos, pero viéndolo todo; sin oídos, pero oyéndolo todo; sin voz,
y sin embargo agitando el aire de los templos con el aliento eterno de su
vitalidad.
»Y
junto a las máquinas-dioses, sus esclavos: los hombres, hombres atrapados entre
la multitud y la soledad de la máquina. No tienen cargas que llevar; la máquina
las lleva. No tienen que alzar y que empujar; eso lo hace la máquina. Cada uno
en su sitio, cada uno ante su máquina, sólo deben hacer una cosa, repetir
eternamente lo mismo: en el instante preciso, el gesto preciso; siempre la
misma palanca en el segundo exacto. Tienen ojos, pero están ciegos a no ser
para un punto: la escala del manómetro. Tienen oídos, pero están sordos a no
ser para un sonido: el siseo de la máquina. Vigilan y vigilan, sin otro
pensamiento que esta obsesión: si descuidaran su vigilancia, la máquina
despertaría de su sueño aparente y se desbocaría hasta hacerse pedazos. Y la máquina,
que no tiene inteligencia, con su vigilancia intensa absorbe el cerebro
paralizado de su vigilante. Y no se detiene nunca; sigue absorbiendo, y no se
detiene, hasta que aquel cerebro agotado rige un cuerpo que ya no es un hombre
ni una máquina, sino algo seco, vacío, desolado. Y la máquina que ha absorbido
y devorado la médula espinal y el cerebro del hombre y le ha vaciado el cráneo
con la lengua suave de su largo y callado siseo, brilla, aceitada, hermosa,
infalible, en su círculo de luz plateada. Baal y Moloc, Huitzilopochtli y
Durgha.
»Y
tú, padre, tú, pulsas la placa de metal azul con tu mano derecha y tu grande,
gloriosa y terrible ciudad de Metrópolis ruge proclamando que tiene hambre de
nuevos cerebros humanos, y entonces el alimento vivo penetra como una corriente
en las salas de las máquinas que son como templos, y los que ya han sido usados
son arrojados afuera…
Su
voz se quebró. Apretó los puños salvajemente y miró a su padre.
—¡Y
todos son seres humanos!
—Por
desgracia, sí ―la voz del padre resonaba en los oídos de su hijo como si le
hablara tras siete puertas cerradas—. Que los hombres se agoten tan rápidamente
ante las máquinas, Freder, no prueba la crueldad de la máquina, sino la
deficiencia del material humano. El hombre es el producto del cambio, Freder.
Un ser definitivo, para siempre. Si está malformado, no puede ser devuelto al
horno de fundición: hay que utilizarlo tal como es. Y se ha demostrado
estadísticamente que la capacidad del obrero no intelectual disminuye mes a
mes.
Freder
se rió. La risa salió tan seca, tan amarga de sus labios, que Joh Fredersen
alzó violentamente la cabeza mirando a su hijo con los párpados semicerrados.
Lentamente alzó las cejas.
—¿Y
no temes, padre, suponiendo que las estadísticas sean correctas y que la
degeneración del hombre progrese rápidamente, que un día se acabe el alimento
para las máquinas devoradoras de hombres y que el Moloc de cristal, goma y
acero, el Durgha de aluminio con venas de platino, habrán de morirse de hambre?
—Podría
ser —repuso el cerebro de Metrópolis.
—¿Y
entonces?
—Para
entonces —respondió el cerebro de Metrópolis— ya se habrá descubierto un
sustituto para el hombre.
—¿El
hombre mejorado, quieres decir? ¿El hombre-máquina?
—Quizás
—asintió el cerebro de Metrópolis.
Freder
se apartó el cabello húmedo de la frente. Venas azules se destacaban nítidas en
sus sienes. Se inclinó; su aliento llegaba hasta su padre.
—Entonces
escucha siquiera esto, padre. Encárgate de que el hombre-máquina no tenga
cabeza o por lo menos no tenga rostro, o dale un rostro que sonría siempre, o
un rostro de Arlequín, o un visor opaco. ¡Que nadie se horrorice al mirarle!
Porque cuando pasé hoy por las salas de las máquinas, vi a los hombres que
vigilan tus máquinas. Y me reconocieron; y yo les saludé, uno tras otro. Pero
nadie me devolvió el saludo. Las máquinas mantenían sus nervios en una tensión
extrema. Y cuando les miré muy de cerca, padre, tan de cerca como ahora te miro
a ti, me estaba viendo a mí mismo. Cada hombre esclavizado ante tus máquinas,
padre, tiene mi rostro, tiene el rostro de tu hijo.
—Entonces
también el mío, Freder, ya que somos iguales —dijo el Amo de la gran
Metrópolis.
Miró
el reloj y extendió la mano. En todas las habitaciones que rodeaban el centro
cerebral de la Nueva Torre de Babel se encendieron las lámparas blancas.
—¿Y
no te llena de horror —preguntó el hijo— conocer tantas sombras, tantos
fantasmas que trabajan en tu obra?
—Ya
ha pasado para mí el tiempo del horror, Freder.
Entonces,
Freder dio la vuelta y se marchó a tientas, como un ciego.
Se
detuvo en una habitación que le pareció extraña y helada. Formas humanas se
levantaron de las sillas en las que habían estado esperando y se inclinaron
ante el hijo de Joh Fredersen, el Amo de Metrópolis. Freder sólo reconoció a
uno: era Slim. Vacilante, como si aún no supiera su camino, correspondió a los
que le habían saludado.
Slim
se deslizó al encuentro de Joh Fredersen, que había enviado a buscarle. El Amo
de Metrópolis estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta.
—Espera
—ordenó, sin volverse.
Slim
no se movió. Su respiración era inaudible y sus párpados se cerraron. Hubiérase
dicho que dormía, de no ser por el tenso rictus de su boca que traicionaba una
expectante concentración.
Los
ojos de Joh Fredersen vagaron sobre Metrópolis: un mar rugiente y agitado, con
espuma de luces. En aquellas oleadas, en aquellas cascadas de luz, en el juego
confuso de los colores de las torres en movimiento, luz y brillo, Metrópolis
parecía hacerse transparente. Las casas, recortadas en conos y cubos por las
guadañas en movimiento de los reflectores, brillaban, parecían alzarse,
descender, danzar al compás de la luz que acariciaba sus flancos como fina
lluvia. Las calles reflejaban el brillo esplendente y también relucían, con
todo cuanto circulaba sobre ellas; una corriente incesante que lanzaba chorros
de luz. Sólo la catedral, con la Virgen coronada de estrellas en lo alto de la
torre, se alzaba imponente allá abajo, en la ciudad, como un gigante negro que
durmiera víctima de un encantamiento.
Joh
Fredersen se volvió lentamente y miró a Slim, quien le saludó de pie aún junto
a la puerta. Fredersen cruzó en silencio la amplia habitación, caminando
lentamente hasta llegar a su lado. Allí, de pie ante él, le clavó la mirada y
fue como si atravesara su cuerpo con los ojos, llegando hasta su más íntimo yo.
Slim
aguantó sin titubeos aquel intenso escrutinio. Joh Fredersen dijo, hablando con
gran suavidad:
—A
partir de ahora, quiero ser informado de todos los movimientos de mi hijo.
Tras
una respetuosa inclinación, Slim abandonó en silencio la sala.
Pero
no encontró al hijo de su gran amo donde le dejara. Ni estaba destinado a
encontrarlo.
3
El
hombre que fuera primer secretario de Joh Fredersen se hallaba en una cabina
del Pater Noster, el ascensor que jamás se detenía y que, como una noria de
infinitos cangilones, dragaba la Nueva Torre de Babel. Apoyada la espalda
contra el tabique de madera, el hombre hacía por enésima vez su recorrido por
la casa blanca y llena de sonidos: desde lo más alto del tejado a las
profundidades del sótano, y vuelta a empezar.
La
gente, que entraba y salía apresurada, no le prestaba la menor atención. Uno o
dos le reconocieron, desde luego, pero nadie veía en las gotas de sudor que
perlaban sus sienes otra cosa que no fuera un ansia similar a la suya por ganar
unos segundos. Muy bien. Esperaría hasta que todos lo supieran, hasta que le
cogieran y le sacaran del cubículo. ¿Por qué ocupas aquí un espacio, idiota, si
tienes tanto tiempo? Baja lentamente por las escaleras, utiliza las salidas de
incendios.
Con
el rostro tenso, siguió allí apoyado y esperó.
Ahora,
al surgir de nuevo de las profundidades alzó la mirada y, estupefacto, vio al
hijo de Joh Fredersen. Por una fracción de segundo ambos se miraron a los ojos,
y en ambas miradas se reflejaba la desesperación más profunda. Indiferente, el
ascensor siguió su camino; pero en el descenso el hijo de Joh Fredersen se
hallaba aguardando y, de un paso, estuvo junto al hombre cuya espalda parecía
clavada en la pared de madera.
—¿Cómo
te llamas? —le preguntó amablemente.
Una
vacilación al aspirar el aliento; luego la respuesta sonó expectante:
—Josafat.
—¿Qué
harás ahora, Josafat?
Bajaban.
Bajaban. Cuando pasaron por el gran vestíbulo ―cuyas enormes ventanas daban a
la calle cortada por puentes amplios y ostentosos―, Freder vio, al alzar la
cabeza, delineada contra la negrura del cielo, la palabra que caía: Yoshiwara.
Habló
como si le tendiera ambas manos, como si cerrara los ojos al hablar.
—¿Quieres
venir a mí, Josafat?
Una
mano se estremeció como un pájaro asustado.
—¿Yo?
—vaciló el desconocido.
—Sí,
Josafat.
La
voz joven rebosaba amabilidad. Bajaban. Bajaban. Luz, oscuridad; luz,
oscuridad.
—¿Quieres
venir a mí, Josafat?
—¡Sí!
—exclamó el desconocido, con un fervor incomparable—. ¡Sí, quiero!
Habían
bajado a la luz. Freder le tomó del brazo y le ayudó a abandonar el gran
ascensor de la Nueva Torre de Babel, infundiéndole ánimos cada vez que
vacilaba.
—¿Dónde
vives, Josafat?
—Bloque
noventa. Casa siete. Séptimo piso.
—Entonces
ve a casa, Josafat. Tal vez acuda yo allí personalmente, o quizá te envíe un
mensajero que te traiga a mí. No sé lo que ocurrirá en las próximas horas,
pero, si puedo impedirlo, no quiero que ningún hombre que yo conozca consuma
toda una noche mirando al techo hasta que éste parezca ir a derrumbarse sobre
él.
—¿Qué
puedo hacer por usted? —preguntó el hombre.
Freder
sintió la intensa presión de su mano. Sonrió. Agitó la cabeza.
—Nada.
Vete a casa, tranquilízate y espera. Mañana será otro día, y espero que mejor.
El
hombre le soltó la mano y se alejó.
Freder
le siguió con la mirada y vio como aquél se detenía, se volvía para observarle
por última vez y asentía con una expresión tan vehemente, tan incondicional,
que la sonrisa murió en sus labios.
—Sí,
hombre —dijo Freder—. ¡Te tomo la palabra!
El
Pater Noster zumbaba a sus espaldas. Las cabinas, como cangilones de una draga,
recogían hombres y los soltaban. Pero el hijo de Joh Fredersen no los veía.
Rodeado por quienes luchaban por ganar unos segundos, él permanecía inmóvil,
escuchando cómo rugía en sus revoluciones la Nueva Torre de Babel. El rugido le
parecía ahora el sonido de una de las campanas de la catedral, la voz metálica
de la campana San Miguel. Pero una canción latía por encima de ella, muy dulce,
muy alta. Y su corazón juvenil exultaba en aquella canción.
—¿He
hecho tu voluntad por primera vez, oh gran mediadora de la piedad? —preguntó,
en medio del estruendo de la voz de la campana.
Pero
no le llegó respuesta, y siguió su camino.
Cuando
Slim entró en casa de Freder para interrogar a los criados acerca del paradero
de su amo, el hijo de Joh Fredersen bajaba los escalones que llevaban a la
estructura inferior de la Nueva Torre de Babel. Mientras los criados agitaban
la cabeza, diciendo a Slim que su dueño no había vuelto a casa, el hijo de Joh
Fredersen caminaba hacia los pilares luminosos que le indicaban el camino.
Cuando Slim, tras una mirada al reloj, decidió concederle algún tiempo y
esperar —ya alarmado, ya conjeturando las diversas posibilidades y cómo
enfrentarse a ellas—, el hijo de Joh Fredersen entraba en aquella sala de la
que la Nueva Torre de Babel obtenía las energías para sus propias necesidades.
Había
vacilado mucho tiempo antes de abrir la puerta, pues una existencia horrible se
desarrollaba tras ella. Se oían gemidos, suspiros ahogados, silbidos. Todo el
edificio gruñía. Un temblor incesante estremecía los muros y el suelo. Y entre
todo eso, no había un solo sonido humano. Solamente las cosas y el aire vacío
gemían. En aquella habitación, los hombres tenían los labios impotentes,
sellados. Pero Freder iba a entrar allí por el bien de esos hombres.
Cuando
abrió la puerta, de par en par, una vaharada ardiente y enrarecida le sofocó y
le nubló la vista. La sala estaba débilmente iluminada. El techo, que cabía
imaginar pensado para sostener el peso de toda la tierra, parecía amenazar
perpetuamente con desmoronarse.
Un
débil lamento dificultaba aún más la respiración. Era como si el aliento
también participara de aquel gemido.
El
aire, que llegaba ya enrarecido tras su paso por los pulmones de la gran
Metrópolis, era impulsado mecánicamente hasta aquellas profundidades y
atravesaba la sala como una corriente fría, que batallaba fieramente con el
calor allí reinante.
En
medio de la sala se agazapaba la máquina del Pater Noster. Era como Ganesha, el
dios de cabeza de elefante. Cuidadosamente engrasada, toda ella relucía. Sus
miembros resplandecían. Bajo el cuerpo encogido y la cabeza hundida en el
pecho, sus patas torcidas, semejantes a las de un gnomo, se apoyaban en la
plataforma. El tronco y las patas estaban inmóviles, pero los brazos cortos
empujaban, impulsaban, atrás y adelante, atrás y adelante. Un pequeño punto
luminoso brillaba en la maravilla de las delicadas articulaciones. El suelo de
piedra temblaba bajo el impulso de la pequeña máquina, apenas mayor que un niño
de cinco años.
Los
muros ―en cuyo interior ardían los hornos― irradiaban calor. El olor del aceite
hirviendo flotaba en espesas oleadas. Ni siquiera el correr incesante del aire
renovado podía despejar las emanaciones del aceite. Incluso el agua con que se
rociaba la sala tenía la batalla perdida de antemano: nada podía contra la
furia de los muros que escupían calor, y se evaporaba antes de que pudiera
proteger la piel de los hombres para que no se asaran en aquel infierno.
Los
hombres se deslizaban como sombras confusas. Sus movimientos, el silencio de
sus pasos inaudibles, tenían algo de la negrura fantasmal de los buceadores en
las profundidades marinas. Mantenían los ojos tan abiertos que parecía como si
nunca más fueran a cerrarlos.
Junto
a la pequeña máquina, en el centro de la sala, se hallaba un hombre; vestía el
uniforme de todos los trabajadores de Metrópolis: del cuello a los tobillos
algodón azul oscuro, los pies calzados con unos zapatos groseros, el pelo
apretadamente recogido bajo la gorra negra. La veloz corriente de aire que
cruzaba la sala agitaba los pliegues de su ropa. El hombre mantenía la mano en
una palanca y su mirada estaba fija en un reloj cuyas manecillas vibraban como
la aguja de una brújula.
Freder
cruzó la sala hacia el hombre. Le miró. No conseguía distinguir su rostro. ¿Qué
edad tendría? ¿Mil años…, o menos de veinte? El hombre hablaba consigo mismo,
con labios trémulos. ¿Qué murmuraba el hombre? ¿Tendría también éste el rostro
del hijo de Joh Fredersen?
—¡Mírame!
—dijo Freder, inclinándose hacia él.
Pero
la mirada del hombre no se separaba del reloj. Y la mano seguía febrilmente
aferrada a la palanca. Sus labios balbuceaban frases entrecortadas.
Freder
escuchó las palabras, retazos de palabras interrumpidas por la corriente de
aire:
—Pater
Noster. Eso significa Padre nuestro. ¡Padre nuestro que estás en los cielos!
Pero nosotros estamos en el infierno. ¡Padre nuestro! ¿Cómo te llamas? ¿Te
llamas Pater Noster, Padre nuestro? ¿O Joh Fredersen? ¿O máquina? ¡Te
reverenciamos, máquina, Pater Noster! Venga a nosotros tu reino. Venga a
nosotros tu reino, máquina… Hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo.
»¿Cuál
es Tu voluntad con respecto a nosotros, máquina, Pater Noster? ¿Eres el mismo
en el cielo que en la tierra…? Padre nuestro que estás en los cielos; cuando
nos llames al cielo, ¿nos ocuparemos de las máquinas de Tu mundo, las grandes
ruedas que destrozan los miembros de Tus criaturas, ese gran tiovivo llamado la
tierra? ¡Hágase tu voluntad, Pater Noster! El pan nuestro de cada día dánoslo
hoy. Muele, máquina, muele la harina para nuestro pan. Se hace el pan con la
harina de nuestros huesos. Y perdónanos nuestras deudas. ¿Qué deudas, Pater
Noster? ¿La deuda de tener un cerebro y un corazón que tú no tienes, máquina? Y
no nos dejes caer en la tentación. No, no nos dejes caer en la tentación de
alzarnos contra ti, máquina, porque tú eres más fuerte que nosotros, tú eres
mil veces más fuerte que nosotros, y tú siempre tienes razón y nosotros siempre
estamos equivocados porque somos más débiles que tú, máquina. Pero líbranos del
mal, máquina, líbranos de ti, máquina. Porque tuyo es el reino y el poder y la
gloría para siempre. Amén. Pater Noster, Padre nuestro. Padre nuestro que estás
en los cielos…
Freder
le tocó en el brazo. El hombre se sobresaltó, quedó atónito.
Su
mano soltó la palanca y quedó en el aire como un pájaro herido. Abrió la boca
de par en par, como si se ahogara. Por un segundo, el blanco de los ojos en
aquel rostro rígido fue una visión horrible. Luego, el hombre se desplomó como
un muñeco.
Freder
lo sujetó al verle caer, y le sostuvo con todas sus fuerzas. Miró a su
alrededor: nadie les prestaba la menor atención. Las nubes de vapor, las
emanaciones de humo, les rodeaban como una niebla.
Había
una puerta cercana. Freder llevó al hombre hasta la puerta y la abrió de un
empujón. Conducía a la sala de herramientas. Una caja de embalaje ofrecía un
lugar de descanso; Freder apoyó al hombre en ella.
Unos
ojos mortecinos le miraron. El rostro al que pertenecían apenas era el de un
muchacho.
—¿Cómo
te llamas? —preguntó Freder.
—Once
mil ochocientos once.
—Quiero
saber cómo te llamaba tu madre.
—Georgi.
—Georgi,
¿me conoces?
Junto
con el reconocimiento, la conciencia iluminó los ojos del muchacho.
—Sí,
te conozco. Eres el hijo de Joh Fredersen, de Joh Fredersen que es el padre de
todos nosotros.
—Sí.
Por lo tanto soy tu hermano, ¿lo ves, Georgi? Yo oí tu Pater Noster.
El
muchacho se alzó, repentinamente aterrado.
—¡La
máquina! —se puso violentamente en pie—. ¡Mi máquina!
—Déjala
en paz, Georgi, y escúchame.
—¡Alguien
ha de estar en la máquina!
—Sí.
Alguien ha de estar en la máquina, pero no tú.
—¿Quién
entonces?
—Yo.
Unos
ojos desorbitados fueron la respuesta.
—Yo
—repitió Freder—. ¿Estás dispuesto a escucharme, y podrás acordarte de cuanto
te diga? Es muy importante, Georgi.
—Sí
—dijo éste, paralizado.
—Vamos
a intercambiar nuestras vidas, Georgi. Tú tomarás la mía, y yo la tuya. Yo
ocuparé tu lugar ante la máquina; tú saldrás tranquilamente con mis ropas.
Nadie me observó cuando vine aquí:; nadie te observará cuando salgas. Sólo has
de dominar tus nervios y mantenerte tranquilo. Guárdate de los lugares donde el
aire es como una niebla.
»Cuando
llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrarás dinero más que
suficiente. Tres calles más allá, cambia de coche; toma un taxi. Y vuelve a
hacerlo después de otras tres calles. Luego ve al Bloque Noventa. En la esquina
paga el taxi, y espera hasta que el conductor se haya perdido de vista.
Entonces sube al séptimo piso de la Calle siete. Allí vive un hombre llamado
Josafat. Tienes que ir a él. Dile que yo te envío. Y espérame, o espera el
mensaje que he de enviarte. ¿Lo has entendido, Georgi?
—Sí.
Pero
era un «sí» vacío, que parecía contestar a algo más que a la pregunta de
Freder.
Poco
después, el hijo de Joh Fredersen, el Amo de la gran Metrópolis, estaba ante la
máquina que era como Ganesha, el dios de cabeza de elefante. Llevaba el
uniforme de todos los obreros de Metrópolis: del cuello a los tobillos algodón
azul oscuro, los pies calzados con zapatones groseros, el pelo apretadamente
recogido bajo una gorra negra.
Tenía
la mano en la palanca y los ojos fijos en el reloj, cuyas manecillas vibraban
como la aguja de una brújula. La veloz corriente de aire agitaba los pliegues
de su ropa.
Entonces
sintió que lenta, angustiosamente, el temblor incesante del piso, los muros en
los que silbaban los hornos, el techo que parecía siempre estar a punto de
desmoronarse, el impulso de los brazos de la máquina, la firme resistencia de
aquel cuerpo brillante, hacían nacer en él el terror, incluso el terror de la
certeza de la muerte.
Sintió
—y también vio— cómo, entre las oleadas de vapor, la larga y suave trompa del
dios Ganesha se alzaba, y suavemente, sin el mínimo error, buscaba su frente.
Sintió el contacto de aquella aspiración helada, indolora pero horrible. Justo
en el centro, sobre el puente de la nariz, la trompa fantasmal aspiraba de
prisa. Era como un taladro mortal que apuntaba hacia el centro del cerebro. Y
cual si estuviera unido al reloj de una máquina infernal, el corazón empezó a
latir: Pater Noster, Pater Noster, Pater Noster.
—No
lo consentiré —dijo Freder, echando hacia atrás la cabeza para escapar al
maldito contacto—. No lo consentiré, no, no lo consentiré.
Al
sentir el sudor que le resbalaba de las sienes como gotas de sangre, rebuscó en
todos los bolsillos del extraño uniforme que ahora llevaba, hasta dar con un
andrajoso trapo en uno de ellos. Lo tomó y se secó la frente. Al hacerlo, notó
el roce áspero de un trozo de papel que, inadvertidamente, había tomado junto
con el trapo. Lo examinó con atención.
No
era mayor que la mano de un hombre, y no había texto alguno manuscrito o
impreso en él. Un conjunto de trazos y extraños símbolos sugerían un plano, al
parecer semidestruido.
Freder
trató con todo interés de descifrar algo, pero fracasó. No conocía ninguno de
los signos que aparecían en el plano. A lo sumo, acertó a distinguir una
intrincada red de lo que parecían caminos ―algunos bruscamente cortados―, que
apuntaban todos a un mismo destino, un lugar lleno de cruces.
¿Un
símbolo de la vida? ¿Sentido en lo que no tiene sentido?
Como
hijo de Joh Fredersen, Freder estaba adiestrado para descifrar correcta y
rápidamente cualquier cosa semejante a un plano. Lo guardó en el bolsillo,
aunque siguió viéndolo ante sus ojos.
La
aspiración de la trompa del dios Ganesha se deslizó por el cerebro no sometido,
un cerebro que reflexionaba, analizaba y buscaba. La pequeña máquina que
dirigía el Pater Noster de la Nueva Torre de Babel funcionaba obediente, sin
tregua. Un pequeño rayo de luz parpadeaba sobre sus articulaciones más
delicadas, casi en la parte superior de la máquina, como un pequeño ojo
milicioso.
La
máquina tenía mucho tiempo. Pasarían muchas horas antes que el Amo de
Metrópolis retirara el alimento que las máquinas estaban devorando con sus
dientes poderosos.
Levemente,
cual si sonriera, el ojo brillante, el ojo malicioso de la delicada máquina
miró al hijo de Joh Fredersen que estaba de pie ante ella.
Georgi
había salido de la Nueva Torre de Babel sin que nadie le molestara, y la ciudad
le recibió. Metrópolis, la gran urbe que giraba en la danza de la luz, le
recibió.
Georgi
se detuvo unos momentos al salir, aspirando en la calle aquel aire que le
enardecía. Sentía la fresca seda blanca sobre su cuerpo, y la suavidad de los
zapatos que envolvían sus pies. Aspiró profundamente, y la plenitud de su
propia aspiración le embriagó más que el licor más fuerte.
Contemplaba
una ciudad que jamás había visto, pues la veía como el hombre que nunca había
sido. Ya no caminaba sumergido en una riada humana, una corriente de doce
hombres en fondo. No vestía el algodón azul oscuro, ni los zapatones groseros,
ni la gorra. No iba a trabajar. Se había liberado del trabajo. Otro había
ocupado su puesto.
Un
hombre se había acercado a él y le había dicho: «Vamos a intercambiar nuestras
vidas, Georgi. Tú tomarás la mía y yo la tuya».
«Cuando
llegues a la calle, coge mi coche. En mis bolsillos encontrarás dinero más que
suficiente».
«En
mis bolsillos encontrarás dinero más que suficiente».
«En
mis bolsillos encontrarás dinero más que suficiente».
Georgi
contempló la ciudad que nunca había visto.
¡Ah,
la intoxicación de las luces! ¡Éxtasis del brillo! ¡Ah, ciudad de los mil
tentáculos, laberinto de bloques de luz! ¡Torres luminosas! ¡Altísimas montañas
de esplendor! Desde el cielo aterciopelado cae constantemente una lluvia
dorada, como en el regazo abierto de Diana.
¡Ah,
Metrópolis, Metrópolis!
Dio
unos pasos vacilantes; parecía borracho. Vio una llamarada que subía siseando.
Sobre el cielo, un cohete trazó en pinceladas de luz la palabra: Yoshiwara.
Georgi
cruzó la calle, llegó a unas escaleras y, subiéndolas de tres en tres, alcanzó
una avenida. Suave, flexible, como una bestia negra y domesticada, un coche se
aproximó y se detuvo ante él.
Georgi
saltó al interior del coche y se dejó caer sobre los almohadones. El motor del
poderoso automóvil vibró sin sonido. Un súbito recuerdo asaltó la mente de
Georgi, y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
¿No
había en algún lugar del mundo, no muy lejos, bajo los fundamentos de la Nueva
Torre de Babel, una sala dominada por un temblor incesante? ¿No había, en el
centro de aquella sala, una pequeña y delicada máquina cuyos miembros
resplandecían? Bajo el cuerpo encogido y la cabeza hundida en el pecho, sus
patas torcidas, semejantes a las de un gnomo, se apoyaban en la plataforma. El
tronco y las patas estaban inmóviles, pero los brazos cortos empujaban,
impulsaban, atrás y adelante, atrás y adelante. El suelo de piedra temblaba
bajo el impulso de la pequeña máquina, apenas mayor que un niño de cinco años.
El
chófer preguntó:
—¿Dónde,
señor?
—Siga
derecho —le indicó Georgi, con un movimiento de su mano—. A cualquier parte.
El
hombre le había dicho: «Cambia de coche tres calles más allá». Pero el ritmo
del motor le acunaba, en extremo delicioso. Calle tercera, Calle sexta… Aún
estaba muy lejos del Bloque Noventa.
Se
sentía vencido por el asombro de verse así acunado por el encanto de las luces,
el temblor de la excitación ante el movimiento. Cuanto más se alejaba de la
Nueva Torre de Babel sobre el girar silencioso de las ruedas, más se alejaba de
la conciencia de su propio ser.
¿Quién
era él? ¿No había estado hacía muy poco, con un uniforme azul manchado de
grasa, en un infierno espantoso, la mente absorta en una vigilancia eterna, los
huesos destrozados hasta la médula por la repetición a ritmo constante del
mismo giro de la palanca, con el rostro quemado por un calor insoportable, con
la piel bañada en un sudor salobre que acabaría por pudrirla?
¿No
vivía en una ciudad que se extendía en las profundidades, muy por debajo de las
estaciones del ferrocarril subterráneo de Metrópolis, en una ciudad cuyas casas
se hacinaban sobre plazas y calles como en la superficie lo hacían los
edificios de Metrópolis alzándose en la noche?
¿Había
conocido él alguna vez otra cosa que la horrible monotonía de aquellas casas en
las que no vivían hombre sino números, y que sólo se reconocían por las grandes
placas situadas sobre las puertas?
¿Había
tenido otro propósito su vida que salir por aquellas puertas rematadas por
números para ir a trabajar cuando las sirenas de Metrópolis le llamaban, y
regresar diez horas más tarde, agotado hasta la muerte?
¿Era
él otra cosa que un número —el número 118—11 marcado en su uniforme, en su
gorra? ¿No se había impreso también el número en su alma, en su cerebro, en su
sangre, hasta el punto de que necesitaba hacer un gran esfuerzo para recordar
su propio nombre?
¿Y
ahora?
¿Y
ahora?
Su
cuerpo, refrescado por la ducha pura y fría que le librara del sudor del
trabajo, sentía con asombro indecible el relajamiento dichoso de todos sus
músculos. Estremecido, sintió el contacto acariciador de la seda blanca sobre
su piel desnuda, y al entregarse voluptuosamente al suave ritmo del movimiento,
le venció la conciencia de la primera libertad, la libertad total de cuanto
hasta entonces presionara angustiosamente su existencia. Tan intensa fue la
sensación que estalló en carcajadas dementes, y las lágrimas corrieron sin
control por su rostro.
Violentamente
¡ah, sí! con una violencia gloriosa, la gran ciudad giraba en torno a él como
el mar ruge en torno a las montañas.
El
obrero número 11811, el hombre que vivía en una casa-prisión bajo el tren
subterráneo de Metrópolis, que no conocía otro camino que el que iba desde su
agujero a la máquina, y viceversa, este hombre vio por primera vez en su vida
la maravilla del mundo que era Metrópolis: la ciudad, de noche, brillando bajo
millones y millones de luces.
Vio
el océano de luz que inundaba las avenidas y calles interminables con un brillo
plateado. Vio el rápido parpadeo de los anuncios eléctricos que se ofrecían una
y otra vez a la vista en un éxtasis de luz. Vio las torres que proyectaban
hacia él sus bloques luminosos y se sintió dominado, sometido por aquella
borrachera de luz, sintiendo que aquel océano brillante, con sus cientos de
miles de olas en movimiento, llegaba hasta él, le privaba de aliento, le
impedía respirar, le ahogaba.
Y
entonces comprendió que aquella ciudad de máquinas, aquella ciudad sobria,
fanática, buscaba de noche la compensación a la locura de sus días de trabajo;
que la ciudad, de noche, se perdía como loca, como demente, en la borrachera de
un placer que, llevándola a lo más alto y hundiéndola en lo más bajo, era una
dicha sin límites, inmensamente destructiva.
Georgi
temblaba de pies a cabeza, como si todos sus miembros estuvieran unidos a la
vibración silenciosa e inalterable de la máquina que lo transportaba, al
traqueteo de los cientos y miles de máquinas que pasaban constantemente, una
doble corriente de coches brillantemente iluminados que avanzaban por las
calles de la ciudad en su fiebre nocturna. Y al mismo tiempo, su cuerpo se
estremecía al compás del estallido de las hermosas ruedas de luz, de las
fuentes multicolores con lámparas superpotentes, de los cohetes que ascendían
veloces, de las torres encendidas por el brillo helado del neón.
Y
había una palabra que se repetía sin cesar. De una fuente invisible emergía un
rayo de luz que, al estallar en lo alto, tachonaba con letras de todos los
colores el cielo aterciopelado de Metrópolis.
Y
las letras formaban la palabra: Yoshiwara.
¿Cuál
era su significado?
Suspendido
por las rodillas de los travesanos metálicos de la autopista elevada, un hombre
de piel amarilla, cabeza abajo, arrojaba una lluvia de hojas blancas sobre la
doble fila de coches.
Las
hojas flotaban a merced del viento. La mirada de Georgi captó una de ellas. Con
letras grandes y distorsionadas, se leía la palabra: Yoshiwara.
El
coche se detuvo en un cruce. Hombres de piel amarilla, con abigarradas
chaquetas de seda bordada, se deslizaban, escurridizos como anguilas, entre la
corriente de coches que aguardaban. Uno de ellos trepó al guardabarros del gran
coche negro en el que Georgi iba sentado. Por un segundo aquel rostro de
sonriente horror miró al rostro del joven, pálido y agotado. Por la ventanilla,
el hombre lanzó un puñado de tarjetas que se desparramaron a los pies de
Georgi, quien se inclinó mecánicamente y recogió una de ellas.
En
aquellas tarjetas que exhalaban un perfume seductor, penetrante y agridulce, se
leía en letras grandes y distorsionadas la palabra: Yoshiwara.
Georgi
tenía la garganta seca como el polvo.
Una
voz le había dicho: «En mis bolsillos, encontrarás dinero más que suficiente».
Dinero
suficiente… ¿Para qué? Para arrastrarse por aquella ciudad, aquella ciudad
poderosa, celestial, infernal; para abrazarla con todas las fuerzas, aun en la
impotencia por dominarla; para desesperarse, para lanzarse a ella. ¡Tómame!
¡Tómame! Para sentir la copa llena en los labios y beber sin respirar, con los
dientes clavados en el borde de la copa, eternamente insaciable, compitiendo
con el desbordamiento eterno de la copa de la intoxicación.
¡Ah,
Metrópolis, Metrópolis!
«Dinero
más que suficiente».
Un
extraño sonido estalló en la garganta de Georgi. Había en él algo del estertor
del hombre que se sabe soñando y quiere despertar, y algo del sonido gutural de
la bestia de presa cuando huele la sangre. Su mano aferró con dedos ardorosos y
convulsos el puñado de billetes de banco y Georgi sacudió la cabeza como
buscando el modo de escapar.
Otro
coche se deslizaba silenciosamente junto al suyo: una sombra grande, brillante
y negra, el carruaje digno de una mujer, decorado con flores, iluminado con
lámparas suaves. Georgi vio a la mujer con claridad y ella le miró. Iba
reclinada sobre almohadones y se envolvía de pies a cabeza en una capa
refulgente, que le dejaba desnudo un hombro con la blancura impoluta de un
cisne.
Iba
maquillada de un modo absurdo, como si no quisiera parecer humana, ser una
mujer, sino más bien un extraño animal dispuesto quizás a jugar, quizás a
matar.
Aceptando
serenamente la mirada de Georgi, ella alzó con suavidad la mano derecha
cubierta de gemas y empezó a abanicarse ociosamente con una de las hojas de
papel en las que estaba escrita la palabra: Yoshiwara.
—¡No!
—gritó Georgi.
Se
ahogaba. Secó el sudor que inundaba su frente y sintió el suave y fragante
frescor del pañuelo sobre su piel ardiente.
Unos
ojos le miraban. Unos ojos que pronto desaparecerían. La sonrisa experta de una
boca pintada.
Con
un ronco gemido, Georgi intentó abrir la portezuela y saltar a la calle, pero
el movimiento del coche volvió a lanzarle sobre los almohadones. Apretó los
puños, se los llevó a los ojos, hizo presión sobre ellos. Y su mente le
devolvió una visión algo confusa y neblinosa: una máquina pequeña y fuerte,
apenas mayor que un niño de cinco años. Sus brazos cortos empujaban,
impulsaban, atrás y adelante; atrás y adelante. La cabeza, hundida en el pecho,
se levantaba sonriendo.
—¡No!
—chilló el hombre, aplaudiendo y riendo locamente.
Se
había liberado de la máquina. Había cambiado su vida. ¿Con la de quién? Con la
de un hombre que le dijera: «En mis bolsillos encontrarás dinero más que
suficiente».
El
hombre echó atrás la cabeza, miró el techo que le cubría.
Y en
el techo flameaba la palabra: Yoshiwara.
La
palabra Yoshiwara era como rayos de luz que cayeran en torno a él, paralizando
sus miembros. Estaba sentado, inmóvil, cubierto de sudor frío. Clavó los dedos
en la piel de los almohadones. Tenía la espalda rígida, como si la espina
dorsal fuera de hierro. Le temblaban las mandíbulas.
—¡No!
—exclamó Georgi, apretando los puños.
Pero
ante sus ojos, que miraban al espacio, flameaba la palabra: Yoshiwara. Enormes
altavoces atronaban el aire con ritmos desenfrenados, música de una alegría
chillona y desbordada…
—¡No!
—gimió el hombre; se había mordido hasta hacerse sangre.
Pero
cien cohetes multicolores escribieron en el cielo de terciopelo de Metrópolis
la palabra: Yoshiwara.
Georgi
abrió del todo la ventanilla. La gloriosa ciudad de Metrópolis, bailando en su
borrachera de luz, se lanzaba impetuosamente hacia él como si fuera el único
amado, el único esperado. Se inclinó por la ventanilla y gritó:
—¡Yoshiwara!
Y
volvió a caer sobre los almohadones. El coche giró en suave curva, tomando otra
dirección.
Un
cohete subió, estalló y escribió en el cielo sobre Metrópolis: Yoshiwara.
4
Había
una casa en la gran Metrópolis que era más vieja que la ciudad. Muchos decían
que era incluso más vieja que la catedral y que, antes de que el Arcángel
Miguel intercediera ante Dios, la casa ya existía, sombría y malvada,
desafiando a la catedral con sus ojos muertos.
Había
sobrevivido a los tiempos del humo y el hollín. Cada año que pasaba sobre la
ciudad parecía, al morir, entrar reptando en aquella casa, de modo que ahora
era como un cementerio, un ataúd repleto de años muertos.
Y
sobre la madera negra de la puerta, rojo y cobre, misterioso, se veía el sello
de Salomón: la estrella de cinco puntas.
Se
decía que un mago procedente de Oriente ―a quien siguió la peste― había
construido la casa en siete noches. Pero los albañiles y carpinteros de la
ciudad no sabían quién había hecho los ladrillos, ni quién había colocado el
tejado. No hubo discursos del capataz ni se conmemoró la Fiesta del
Constructor, como era piadosa costumbre. Las crónicas de la ciudad no guardaban
informe alguno de la muerte del mago; ignoraban siquiera si había muerto. Un
día, los ciudadanos, extrañados, se dijeron que los zapatos rojos del mago no
pisaban la ciudad desde hacía tiempo. Forzaron la entrada de la casa y no
hallaron en ella ningún ser viviente. Pero las habitaciones, en las que ni de
día ni de noche penetraba un rayo de luz, parecían seguir aguardando a su amo,
hundidas en el sueño. Por todas partes había pergaminos y libros abiertos,
cubiertos por una capa de polvo como terciopelo plateado.
Y en
todas las puertas, rojo y cobre, misterioso, se veía el sello de Salomón, la
estrella de cinco puntas.
Hubo
un tiempo en que se derribaron los edificios antiguos. Y fue dicho: la casa
debe morir. Pero la casa era más fuerte que las palabras, más fuerte que los
siglos. Unas piedras que se desprendieron mataron a quienes osaron poner la
mano en sus muros. Y el piso se hundió bajo sus pies, arrastrándoles a un pozo
del que nadie había oído hablar. Parecía también como si la plaga que había
seguido al mago se agazapara todavía en los rincones de la vieja casa y
asaltara a los hombres, que morían sin que ningún médico conociera la
enfermedad. La casa resistió a su destrucción con tal fuerza, que la historia
de su maldad desbordó las fronteras de la ciudad y se extendió por toda la
tierra. Al fin, no pudo encontrarse a un solo hombre honrado que se aventurara
a luchar contra ello. Incluso los ladrones y bandidos, a los que se prometió la
remisión de su sentencia si estaban dispuestos a derribar la casa del mago,
prefirieron ir a la picota ―o incluso al patíbulo― antes que atravesar aquellas
puertas selladas y verse rodeados de aquellos vengativos muros.
Con
el tiempo, la pequeña ciudad que había crecido en torno a la catedral se
convirtió en una gran ciudad, y luego en Metrópolis, el centro del mundo.
Un
día llegó de muy lejos un hombre, vio la casa y dijo: «Quiero ésta».
Le
contaron la historia de la casa. No se inmutó, se mantuvo en su resolución. La
compró por un precio ínfimo, se trasladó allí inmediatamente y no hizo la menor
alteración en su estructura.
Este
hombre se llamaba Rotwang; pocos le conocían. Únicamente Joh Fredersen le
conocía muy bien. Le habría resultado mucho más fácil vencer en su lucha por la
catedral contra la secta de los góticos que vencer en la lucha contra Rotwang
por la casa del mago.
Había
muchos en Metrópolis ―en esta ciudad de la prisa razonada y metódica― que
preferían desviarse de su camino antes que pasar junto a la casa de Rotwang.
Ésta apenas llegaba a las rodillas de los gigantes que se alzaban junto a ella.
Para la ciudad tan pulcra que no conocía el humo ni el hollín, aquel antro
suponía un baldón, una vergüenza. Pero seguía en pie. Cuando Rotwang salía y
cruzaba la calle ―cosa que ocurría pocas veces―, muchos le miraban
disimuladamente los pies para ver si calzaba zapatos rojos.
Ante
la puerta de esa casa en la que brillaba el sello de Salomón, se hallaba ahora
Joh Fredersen.
Llamó.
Se oyó una voz, y pareció que la casa hablara en sueños:
—¿Quién
es?
—Joh
Fredersen.
Se
abrió la puerta. Entró. Le rodeaba la oscuridad, pero Joh Fredersen conocía muy
bien la casa. Echó a andar sin vacilación, precedido de un rastro luminoso que
le indicaba el camino. Llegó a la parte superior de la escalera y miró a su
alrededor: en aquel rellano se abrían muchas puertas. En la de enfrente, como
un ojo grande que le observara, brillaba el sello de cobre.
Se
dirigió a ella.
Aunque
la casa de Rotwang tenía muchas puertas, ésta era la única que se abría ante
Joh Fredersen, quizá porque el propietario de la casa sabía muy bien que cruzar
aquel umbral significaba un penoso esfuerzo para él.
Ya
en su interior, inspiró el aire de aquella habitación, lenta, profundamente,
como buscando la huella de otro aliento. Su mano lanzó con indiferencia el
sombrero sobre una silla. Con un agotamiento y un dolor repentinos, dejó que
sus ojos vagaran por el cuarto.
Estaba
casi vacío. Una silla grande como las que se encuentran en las viejas iglesias,
ennegrecida por el tiempo, se hallaba situada ante un cortinaje que recubría la
pared.
Inmóvil,
Joh Fredersen siguió de pie junto a la puerta durante largo tiempo. Había
cerrado los ojos. Con impotencia suprema, respiraba el aroma de jacintos que
parecía llenar el aire inmóvil de aquella habitación.
Sin
abrir los ojos, vacilando un poco pero con seguridad, se dirigió hacia las
cortinas, pesadas y negras, y las descorrió por completo.
Luego
abrió los ojos y quedó inmóvil.
En
un pedestal descansaba el busto en piedra de una mujer.
No
era la obra de un artista; era la obra de un hombre que, en una agonía que las
palabras no podían expresar, había luchado incontables días y noches con la
piedra blanca hasta que al fin ésta pareció comprender y formó por sí sola la
cabeza de la mujer. Parecía que ningún instrumento hubiera trabajado en ella;
como si un hombre, echado ante la piedra, hubiera repetido el nombre de la
mujer incesantemente, con todas sus fuerzas, con todo su anhelo, con toda la
desesperación de su cerebro, su sangre y su corazón, hasta que la piedra
informe se compadeció de él y formó por sí misma la imagen; la imagen de la
mujer que significaba, para dos hombres, todo el cielo y todo el infierno.
Los
ojos de Joh Fredersen se clavaron en las palabras talladas en el pedestal;
palabras cinceladas con maldiciones:
HEL
Nacida
para
ser mi felicidad, una bendición para todos los hombres;
y
perdida
para
Joh Fredersen
pues
murió
al
dar vida a su hijo Freder.
Sí,
había muerto entonces. Pero Joh Fredersen sabía demasiado bien que no murió por
dar a luz a su hijo; Hel murió realmente el día en que huyó de Rotwang para
unirse con él, maravillándose de que sus pies no dejaran huellas sangrientas.
Murió
porque había sido incapaz de resistirse al gran amor de Joh Fredersen, y porque
se había visto forzada ―debido a ello― a destrozar la vida de otro hombre.
Nunca
hubo en un rostro humano una expresión más sublime de liberación, que la que se
reflejó en el rostro de Hel cuando supo que iba a morir. Pero en ese mismo
momento, el hombre más poderoso de Metrópolis se había revolcado en el suelo,
aullando como una bestia salvaje. Y al encontrarse de nuevo con Rotwang ―cuatro
semanas más tarde―, descubrió que la espesa cabellera que cubría la maravillosa
frente del inventor era ahora blanca como la nieve, y en sus ojos… vio el fuego
de un odio rayano en la locura.
En
ese gran amor, en ese gran odio, la pobre Hel había permanecido viva para
ambos.
—Debes
esperar un poco —dijo la voz, que sonaba como si la casa hablara en sueños.
—Escucha,
Rotwang —respondió Joh Fredersen—. Sabes que acepto con paciencia tus pequeños
trucos de magia, y que siempre vengo a ti cuando necesito algo; eres el único
hombre que puede alardear de eso. Pero nunca conseguirás que te secunde cuando
haces el idiota. Sabes también que no tengo tiempo que perder. ¡No hagamos el
ridículo, y ven aquí!
—Te
dije que tendrías que esperar un poco —explicó la voz, que parecía hacerse más
distante.
—No
esperaré. Me iré ahora.
—¡Hazlo,
Joh Fredersen!
Deseaba
hacerlo. Pero la puerta por la que entrara no tenía picaporte, ni llave. El
sello de Salomón ―rojo y cobre― le miraba.
Una
voz, lejana y suave, se rió. Joh Fredersen se había detenido en seco, de
espaldas a la habitación. Un temblor recorrió su cuerpo.
—Habría
que machacarte el cráneo —dijo Joh Fredersen, suavemente—. Habría que
machacarte el cráneo si no contuviera un cerebro tan valioso.
—Ya
no puedes hacerme más daño del que me hiciste —dijo la voz lejana.
Joh
Fredersen guardó silencio.
—¿No
respondes, Joh Fredersen? ¿Acaso te has quedado sin ingenio?
—Un
cerebro como el tuyo debería ser capaz de olvidar —dijo el hombre que estaba
ante la puerta mirando el sello de Salomón.
La
voz suave y lejana rió.
—¿Olvidar?
Sólo dos veces en mi vida he olvidado algo. Una vez, olvidé que el aceite-aetro
y el mercurio tiene una afinidad muy particular, y eso me costó el brazo. Y la
otra…, olvidé que Hel era una mujer y tú un hombre; eso me costó el corazón. Me
temo que la tercera vez puede costarme la cabeza. Nunca más olvidaré nada, Joh
Fredersen.
Éste
guardaba silencio.
La
voz lejana calló también.
Joh
Fredersen dio la vuelta y se dirigió a la mesa. Amontonó libros y pergaminos
para dejar libre una parte de la mesa, se sentó en ella y sacó un trozo de
papel del bolsillo. Lo extendió ante él y lo examinó.
No
era mayor que la mano de un hombre, y no había texto alguno manuscrito o
impreso en él. Un conjunto de trazos y extraños símbolos sugerían un plano, al
parecer semidestruido. Una multitud de líneas se entrecruzaba y parecía
converger en un mismo destino: un lugar lleno de cruces.
De
pronto, sintió tras él una extraña frialdad. Involuntariamente contuvo el
aliento.
Una
mano avanzó junto a su cabeza, una mano flexible, esquelética. La piel
transparente se tensaba sobre unas articulaciones muy finas, que brillaban como
plata bajo la piel. Unos dedos blancos como la nieve se cerraron sobre el plano
que estaba en la mesa y, alzándolo, desaparecieron con él.
Joh
Fredersen se dio vuelta. Con ojos desorbitados, miró al ser que se hallaba ante
él.
Sin
duda, se trataba de una mujer. Bajo el ropaje ligero que vestía se adivinaba un
cuerpo esbelto como un abedul, que se balanceaba sobre los pies muy juntos.
Pero, aunque mujer, no era humana. A través del cuerpo que parecía hecho de
cristal, sus huesos brillaban como plata. Su piel helada, sin una gota de
sangre, irradiaba frío. Tenía las manos, muy hermosas, apretadas contra el seno
inmóvil en un gesto de decisión, casi de desafío.
El
ser carecía de rostro. La hermosa curva del cuello se perdía en una masa
todavía informe. El cráneo estaba desnudo; la nariz, los labios, las sienes,
apenas se insinuaban. Los ojos, como pintados sobre párpados cerrados, miraban
sin ver, con expresión de serena locura.
—Sé
cortés, Parodia mía —dijo la voz lejana—. Saluda a Joh Fredersen, el Amo de la
gran Metrópolis.
Aquel
ser se inclinó lentamente ante el hombre. Los ojos absurdos le atravesaron como
dos llamas ardientes. Empezó a hablar con una voz llena de horrible ternura:
—Buenas
tardes, Joh Fredersen.
Y
estas palabras eran más atractivas que una boca entreabierta.
—¡Bien,
perla mía! ¡Bien, mi joya preciada! —dijo la voz lejana, llena de gozo y
orgullo.
Pero,
en ese momento, el ser perdió el equilibrio y se precipitó sobre Joh Fredersen.
Éste extendió las manos para sostenerlo, y sintió en el momento del contacto un
frío insoportable, cuya brutalidad despertó en él una sensación de cólera y
asco.
De
un empujón, arrojó aquel extraño ser sobre Rotwang, que había aparecido como
caído del aire. Rotwang lo sostuvo por un brazo y agitó la cabeza.
—Demasiada
violencia —dijo—. Demasiada violencia. Mi hermosa Parodia, creo que tu
temperamento te traerá muchos problemas.
—¿Qué
es eso? —preguntó Joh Fredersen, apoyando las manos contra el borde de la mesa.
Rotwang
le miró con los ojos ardientes, como los fuegos de vigilancia cuando el viento
los azota con su látigo helado.
—¿Qué
es? Futura, Parodia, como quieras llamarla —contestó—. También: Engaño. En
resumen, es una mujer. Todo creador se fabrica una mujer. Yo no creo en esa
bobada de que el primer ser humano fuera un hombre. Si un dios masculino creó
el mundo (lo que es de esperar, Joh Fredersen), entonces desde luego creó
primero a la mujer, amorosamente, disfrutando en su creación.
»Observa
ésta, Joh Fredersen: es impecable. Un poco fría, pero eso se debe al material,
que es mi secreto. Pero aún no está totalmente terminada; aún no ha salido del
taller de su creador. No puedo decidirme a completarla, ¿me comprendes? Hacerlo
significaría dejarla en libertad, y aún no quiero saberla libre. Por eso no le
he dado todavía un rostro. Debes dárselo tú, Joh Fredersen, pues tú fuiste
quien encargaste los seres nuevos.
—Yo
te encargué hombres-máquina, Rotwang, a los que poder utilizar en mis máquinas.
No mujeres, no objetos de juego.
—No
son objetos de juego, Joh Fredersen, no. Tú y yo ya no jugamos, ya no
apostamos. Lo hicimos una vez. Una vez, y no más. No se trata de un juguete,
Joh Fredersen, sino de un instrumento. ¿Comprendes lo que significa tener a una
mujer como instrumento? ¿Una mujer así, impecable y fría? Y obediente,
totalmente obediente. ¿Por qué enfrentarte a los góticos y al monje Desertus
por la catedral? ¡Envíales a la mujer, Joh Fredersen! ¡Envíales a la mujer
cuando estén de rodillas flagelándose! Que esta mujer fría e implacable camine
entre sus filas con sus pies de plata y la fragancia del jardín de la vida en
los pliegues de su túnica. ¿Quién sabe en este mundo cómo huelen los capullos
del árbol en el que maduró la manzana de la sabiduría? La mujer es ambas cosas:
la fragancia del capullo… y el fruto.
»¿Quieres
que te explique la creación más reciente de Rotwang el genio, Joh Fredersen?
Sería sacrilegio. Pero te lo debo a ti, pues tú me diste la idea de crear
también. ¿Quieres que te muestre cuan obediente es mi criatura? Dame lo que
tienes en la mano, Parodia.
—¡Detente!
—dijo Joh Fredersen, roncamente.
Pero
la obediencia infalible de la criatura que se hallaba ante los dos hombres no
le permitió un segundo de retraso. Ante los ojos de Joh Fredersen, abrió la
mano y entregó a su creador el trozo de papel que cogiera.
—Eso
es un ardid, Rotwang —dijo.
El
gran inventor le miró y se echó a reír: una risa sin sonido, que le llegaba de
oreja a oreja.
—Nada
de ardides, Joh Fredersen. ¡La obra de un genio! ¿Quieres que Futura baile para
ti? ¿Quieres que mi hermosa Parodia se muestre afectuosa? ¿O triste? ¿Cleopatra
de Damayanti? ¿Quieres que adopte el gesto de las Madonas góticas? ¿O los
gestos de amor de una bailarina asiática? ¿Qué cabellos debo poner sobre el
cráneo de tu instrumento? ¿Quieres que sea modesta, o descarada?
»Perdona
tantas palabras, tú que eres hombre de tan pocas. Estoy borracho, ¿lo ves?,
borracho por el hecho de ser un creador. ¡Me emborracho viendo tu rostro
atónito! He sobrepasado tus esperanzas Joh Fredersen, ¿no es verdad? Y no lo
sabes todo aún: mi hermosa Parodia también puede cantar; y sabe leer. El
mecanismo de su cerebro es tan infalible como el tuyo, Joh Fredersen.
—Si
es así —dijo el Amo de Metrópolis, con cierta sequedad en la voz—, ordénale que
descifre el plano que tienes en la mano, Rotwang.
Éste
estalló en una carcajada semejante a la risa de un borracho. Echó una mirada al
trozo de papel y se dispuso a entregarlo, con aire triunfante, al ser que se
hallaba junto a él.
Pero
se detuvo bruscamente y, boquiabierto, miró el plano, acercándolo más y más a
sus ojos.
Joh
Fredersen, que le observaba, se inclinó. Quería decir algo, hacer una pregunta;
pero antes de que pudiera abrir los labios, Rotwang alzó la cabeza y se
enfrentó a su mirada con un brillo tan intenso en los ojos, que el Amo de la
gran Metrópolis enmudeció.
Dos,
tres veces aquella penetrante mirada pasó del pedazo de papel al rostro de Joh
Fredersen. Y durante todo aquel tiempo, no se escuchó otro sonido en la
habitación que el aliento que salía en oleadas del pecho de Rotwang como de una
fuente hirviente y envenenada.
—¿De
dónde sacaste este plano? —preguntó al fin el gran inventor, profundamente
sorprendido.
—Esa
no es la cuestión —contestó Joh Fredersen—. He venido a ti porque no parece
haber una sola alma en Metrópolis capaz de descifrarlo.
La
risa de Rotwang le interrumpió.
—¡Tus
pobres eruditos! —gritó, riendo—. ¡Qué tarea les has encargado, Joh Fredersen!
¡Cuántas toneladas de papel impreso les habrás obligado a repasar! Estoy seguro
de que no hay una ciudad en todo el globo, desde la construcción de la Antigua
Torre de Babel, que no hayan registrado de norte a sur. ¡Oh, si pudieras
sonreír, Parodia! ¡Si ya tuvieras ojos para guiñarme! Pero ríete al menos,
Parodia. ¡Ríete a carcajadas de esos sabios, que desconocen lo que tienen bajo
sus pies!
El
ser obedeció. Rió a carcajadas.
—Entonces,
¿conoces ese plano…, o lo que representa? —preguntó Joh Fredersen.
—Sí;
por mi pobre alma que lo conozco —contestó Rotwang—. Pero no te diré lo que es
hasta saber dónde lo conseguiste.
Joh
Fredersen reflexionó. Rotwang no apartaba sus ojos de él.
—No
intentes mentirme —añadió suavemente, con una burlona melancolía.
—Alguien
encontró el papel —empezó Joh Fredersen.
—¿Quién
es «alguien»?
—Uno
de mis capataces.
—¿Grot?
—Sí,
Grot.
—¿Dónde
lo encontró?
—En
el bolsillo de un obrero, que murió en el accidente de la máquina Géiser.
—¿Grot
te trajo el papel?
—Sí.
—¿Y
parecía desconocer el significado del plano?
Joh
Fredersen vaciló un momento antes de responder.
—El
significado sí, pero no el plano. Me ha dicho que ha visto con frecuencia este
papel en manos de los obreros, y que éstos lo guardan ansiosamente en secreto.
—Así
que el significado del plano sigue siendo secreto para tu capataz…
—Eso
parece.
Rotwang
se dirigió al ser que estaba de pie junto a él, y que parecía escuchar
intensamente.
—¿Qué
dices de esto, mi hermosa Parodia?
El
ser continuó inmóvil.
—¿Bien?
—insistió Joh Fredersen, con expresión de impaciencia.
Rotwang
le miró. Sus ojos se escondieron tras los párpados, como si no quisieran tener
nada en común con los fuertes y blancos dientes y las mandíbulas de bestia
predadora. Pero tras los párpados casi cerrados, aquellos ojos miraban a Joh
Fredersen como buscando en su rostro la puerta del gran cerebro.
—¿Cómo
puede uno obligarte a nada, Joh Fredersen? —murmuró—. ¿Qué es para ti la
palabra dada, un juramento? ¡Oh, Dios, tú, con tus propias leyes! ¿Qué promesa
mantendrías, si el romperla te pareciera conveniente?
—No
digas estupideces, Rotwang —gruñó Joh Fredersen—. Me morderé la lengua porque
todavía te necesito; sé muy bien que aquellos a quienes necesitamos son
nuestros tiranos solitarios. Pero no divagues más. Si lo sabes, habla.
Rotwang
vacilaba aún. Gradualmente la sonrisa cubrió sus rasgos, una sonrisa benévola y
misteriosa que parecía burlarse de sí misma.
—Estás
de pie en la entrada —dijo.
—¿Qué
significa eso?
—Tómalo
al pie de la letra, Joh Fredersen: estás de pie en la entrada.
—¿Qué
entrada, Rotwang? Estás perdiendo un tiempo que no te pertenece.
La
sonrisa se hizo más profunda y serena en el rostro de Rotwang.
—¿Recuerdas,
Joh Fredersen, con qué obstinación me negué a permitir que el ferrocarril
subterráneo corriera bajo mi casa?
—Ya
lo creo. Y aún recuerdo la suma que me costó el desvío.
—El
secreto era muy caro, lo admito, pero valía la pena. Echa una mirada al plano,
Joh Fredersen, ¿qué es eso?
—Tal
vez un tramo de escalones.
—Efectivamente.
Y tan sucio y desaliñado en el dibujo como lo es en la realidad.
—Luego,
¿conoces el lugar?
—Tengo
ese honor, Joh Fredersen. Ahora, córrete dos pasos a un lado… ¿Qué es esto?
Había
cogido a Joh Fredersen por el brazo. Éste sintió que los dedos penetraban en
sus músculos como las garras de un ave de presa. Con la mano derecha, Rotwang
indicó el lugar donde había estado de pie Joh Fredersen.
—¿Qué
es esto? —repitió, agitándole el brazo que tenía aferrado.
Joh
Fredersen se inclinó. Se enderezó de nuevo.
—¿Una
puerta?
—Exacto,
Joh Fredersen. Una puerta. Una trampa que encaja perfectamente, y bien cerrada.
El hombre que construyó esta casa era una persona muy ordenada y cuidadosa.
Sólo una vez olvidó ser precavido, y pagó por ello. Bajó las escaleras que
están bajo esa trampa, siguió los corredores y pasadizos unidos a ellas… y
jamás encontró el modo de volver. No era fácil, ya que los que allí moraban no
querían que los extraños penetraran en su domicilio.
»Yo
encontré a mi inquisitivo predecesor, Joh Fredersen, y le reconocí en seguida
por sus zapatos rojos y puntiagudos, maravillosamente conservados. Como cadáver
parecía en paz y cristiano, aunque en vida no lo fuera jamás. Quienes le
acompañaron en sus últimas horas, probablemente contribuyeron de modo
considerable a la conversión de aquel antiguo discípulo del diablo.
Señaló
con el índice derecho la masa de cruces, en el centro del plano.
—Aquí
está. Exactamente en este punto. Su cráneo debió encerrar un cerebro tan
valioso como el tuyo, Joh Fredersen, y tuvo que perecer por haberse perdido una
sola vez. ¡Qué lástima!
—¿Dónde
perdió el camino? —preguntó Joh Fredersen.
Rotwang
le miró largo rato antes de hablar.
—En
la ciudad de las tumbas sobre la que se alza Metrópolis —contestó al fin—. Más
abajo de los túneles de topo de tu ferrocarril subterráneo, Joh Fredersen, está
la Metrópolis de hace mil años, de los muertos de hace mil años.
Joh
Fredersen guardó silencio. Fijó la mirada en Rotwang, que no apartaba los ojos
de él.
—¿Y
qué hace el plano de esta… ciudad de las tumbas, en las manos y bolsillos de
mis obreros?
—Eso
es lo que habrá que descubrir —contestó Rotwang.
—¿Me
ayudarás?
—Sí.
—¿Esta
noche?
—Muy
bien.
—Volveré
después del cambio de turno.
—Hazlo,
Joh Fredersen. Y si quieres un buen consejo…
—¿Bien?
—Viste
el uniforme de tus obreros cuando vuelvas.
Joh
Fredersen alzó la cabeza, pero el gran inventor no le dejó hablar. Levantó la
mano, como el que pide y exige silencio.
—El
cráneo del hombre de zapatos rojos también encerraba un cerebro poderoso, Joh
Fredersen, y sin embargo no fue capaz de encontrar el camino de regreso.
Joh
Fredersen reflexionó. Asintió y se volvió para marcharse.
—Sé
cortés, mi hermosa Parodia —dijo Rotwang—. Abre las puertas al Amo de la gran
Metrópolis.
El
ser se deslizó junto a Joh Fredersen. Éste sintió el aliento frío que emanaba
de la figura y advirtió la risa silenciosa en los labios entreabiertos de
Rotwang, el gran inventor. Palideció de rabia, pero no dijo nada.
El
ser extendió su mano cristalina hasta tocar con la punta de los dedos el sello
de Salomón que brillaba sobre la puerta. Ésta se abrió, y Joh Fredersen salió
precedido de Parodia, que bajaba los escalones ante él.
No
había luz en la escalera, ni en el estrecho pasadizo; pero el ser creado por
Rotwang despedía una tenue claridad, suficiente para alumbrar la escalera y las
negras paredes del corredor.
Ambos
se detuvieron en la puerta de la casa.
—Sé
cortés, mi hermosa Parodia… —la voz de Rotwang sonaba suave y lejana; parecía
que la casa hablara en sueños.
El
ser se inclinó. Extendió la mano, una mano graciosa y esquelética. La piel
transparente se tensaba sobre las finas articulaciones, que brillaban como
plata. Los dedos de nívea blancura se abrieron, como los pétalos de un lirio de
cristal.
Joh
Fredersen apoyó en ella su mano, sintiendo en el momento del contacto que
quemaba con una frialdad insoportable. Quiso rechazarla dejos de sí, pero los
dedos de cristal le retenían apretadamente.
—Adiós,
Joh Fredersen —dijo una voz llena de horrible ternura—. Dame pronto un rostro.
Una
risa suave y lejana retumbó por toda la casa. Joh Fredersen se zafó de la mano
que le aprisionaba y salió a toda prisa. La puerta se cerró tras él.
Sobre
la madera negra brillaba, rojo y cobre, el sello de Salomón: la estrella de
cinco puntas.
Cuando
Joh Fredersen estaba a punto de entrar en el centro cerebral de la Nueva Torre
de Babel, Slim, más delgado que nunca, le interceptó el paso:
—¿Qué
ocurre? —preguntó Joh Fredersen.
Slim
fue a hablar, pero a la vista de su amo, las palabras murieron en sus labios.
—¿Bien?
—insistió Joh Fredersen entre dientes.
Slim
inspiró profundamente.
—Debo
informarle, señor Fredersen, que, desde que su hijo salió de esta habitación,
ha desaparecido.
—¿Qué
significa eso? ¿Desaparecido?
—No
ha ido a casa, y ninguno de nuestros hombres le ha visto.
Joh
Fredersen cerró la boca apretadamente.
—¡Búscale!
—dijo con voz ronca—. ¿Para qué estáis todos aquí? ¡Buscadle!
Entró
en el centro cerebral de la Nueva Torre de Babel. Su primera mirada se dirigió
al reloj. Se llegó a la mesa y extendió la mano hacia la placa de metal azul.
5
El
hombre que se hallaba ante la máquina semejante a Ganesha, el dios de cabeza de
elefante, ya no era un ser humano. No era más que una masa de carne agotada, de
cuyos poros fluían, con los regueros de sudor, los últimos residuos de
voluntad. Los ojos alocados ya no veían el manómetro. La mano no guiaba la
palanca, sino que se aferraba a ella en un último esfuerzo por no precipitarse
en los brazos demoledores de la máquina.
El
Pater Noster seguía girando con suavidad. El ojo de la pequeña máquina sonreía
―suave y maliciosamente― al hombre que estaba ante ella, y que ya no era sino
un lamento.
—Padre…
—balbuceó el hijo de Joh Fredersen—. Hoy, por primera vez desde que se creó
Metrópolis, has olvidado que la ciudad y sus grandes máquinas piden
puntualmente alimento fresco. ¿Ha enmudecido Metrópolis, padre? ¡Mírame! ¡Mira
tus máquinas! Sienten náuseas ante los restos que ya han devorado, ante el
alimento putrefacto en que nos hemos convertido. ¿Por qué acallas su voz? ¿Es
que nunca acabarán estas diez horas? Padre nuestro que estás en los cielos…
En
ese momento, los dedos de Joh Fredersen presionaron la pequeña placa de metal
azul y se oyó la voz de la gran Metrópolis.
—Gracias,
padre —suspiró el pobre ser destrozado por la máquina. Sonrió. Advirtió un
gusto salado en los labios, y no supo si era sangre, sudor o lágrimas. Entre
una neblina roja vio a los hombres que venían hacia él. Su mano se deslizó de
la palanca, cayó al suelo. Unos brazos le levantaron y le hicieron alejarse de
allí. Volvió la cabeza a un lado para ocultar su rostro.
El
ojo de la pequeña máquina, suave y malicioso, guiñó a sus espaldas. Adiós,
amigo, pareció decir.
Freder
hundió la cabeza en el pecho. Se sintió arrastrado un poco más allá, oyó el
monótono caminar de los pies que marchaban ante él y vio que caminaba también,
uno más en aquella corriente de doce hombres en fondo. Bajo sus pies el suelo
empezó a moverse, arrastrado hacia arriba, subiéndole con él.
Se
abrieron las puertas de la Nueva Torre de Babel. Hacia él llegaba otra
corriente de hombres.
La
gran Metrópolis seguía rugiendo.
De
pronto calló, y en el silencio Freder distinguió en su oído la respiración de
un hombre, y una voz ―un susurro― que decía:
—Ella
ha llamado, ¿vienes?
No
sabía qué significaba la pregunta, pero asintió. Quería llegar a conocer la
vida de los que caminaban como él, con el uniforme de algodón azul oscuro, la
gorra negra, los zapatones groseros.
Con
los párpados muy apretados siguió adelante, hombro a hombro con un desconocido.
Ella
ha llamado, pensó medio dormido. ¿Quién será?
Seguía
avanzando, avanzando, totalmente agotado. ¿Acaso no tenía final aquel camino?
No sabía adónde iba. Oía los pasos monótonos de los que caminaban junto a él,
como el sonido del agua que cae sin cesar.
Ella
ha llamado, pensó. ¿Quién es ella, cuál es su poder? ¿Cómo es que estos hombres
exhaustos renuncian al descanso para acudir a su llamada? No puede faltarnos
mucho para llegar al centro de la tierra…
Ya
no había ninguna luz. Sólo, aquí y allá, unas linternas parpadeaban en las
manos de los hombres. Al fin, un débil resplandor apareció en la lejanía; la
procesión se detuvo y Freder se tambaleó hacia las piedras, secas y frías.
¿Dónde
estamos?, se preguntó. ¿En una cueva? No es posible que ella se encuentre aquí.
Me temo que hemos acudido en vano. Volvamos, hermanos, vayamos a dormir.
Se
deslizó por la pared, cayó de rodillas y apoyó la cabeza contra la piedra. ¡Qué
suave era!
Un
murmullo le envolvía como el susurro de los árboles movidos por el viento.
Sonrió beatíficamente. Era maravilloso estar cansado.
Entonces
una voz empezó a hablar.
Oh,
dulce voz, pensó Freder, adormilado. Tierna y amada voz, tu voz, Virgen y
Madre. Me he quedado dormido. ¡Sí, estoy soñando! ¡Estoy soñando con tu voz,
amada mía!
Pero
un ligero dolor en la sien le obligó a pensar: Tengo la cabeza apoyada en una
piedra, tengo conciencia de la frialdad de la piedra, siento el frío bajo las
rodillas; luego no estoy durmiendo, sólo estoy soñando. ¿Y si no fuera un
sueño? ¿Y si fuera una realidad?
Con
un gran esfuerzo de voluntad que le arrancó un gemido, se obligó a abrir los
ojos y a mirar a su alrededor.
Una
bóveda, como la bóveda de una cripta; cabezas humanas tan apretujadas que
parecían terrones oscuros en un campo recién arado. Todas las miradas apuntaban
a un punto, a la fuente de una luz tan dulce como Dios.
Las
velas ardían con llamas afiladas: espadas esbeltas y relucientes, que se
alzaban en círculo en torno a la cabeza de una muchacha cuya voz era como el
Amén de Dios.
Habló
la voz, pero Freder no oía las palabras. Sólo percibía un sonido: la bendita
melodía de aquella voz, saturada de dulzura como el aire de un jardín en flor
se impregna de fragancia. Y de pronto, sobre la melodía, doblaron las campanas.
Los muros se estremecieron bajo el rugido de un órgano invisible.
El
cansancio, el agotamiento, se desvanecieron. Sintió que su cuerpo, de los pies
a la cabeza, era de nuevo un instrumento de gozo; los tendones tensos al máximo
―y sin embargo, serenos― en aquel acorde cálido y radiante en el que vibraba
todo su ser.
Anheló
acariciar las piedras sobre las que estaba reclinado. Anheló besar con ternura
inmensa la piedra en que apoyaba la cabeza. Dios, Dios, Dios… El corazón latía
en su pecho, y cada latido era una acción de gracias. Miraba a la muchacha,
pero no la veía; sólo veía un resplandor. Se arrodilló ante él.
—Amada
—musitaron sus labios—, amada mía. ¿Cómo pudo existir el mundo antes de que
existieras tú? ¡Cómo debió sonreír Dios al crearte! ¿Hablas? ¿Qué dices? El
corazón grita en mi interior; no puedo captar tus palabras. Ten paciencia
conmigo, amada mía.
Sin
darse cuenta de ello, como arrastrado por una cuerda invisible, reptó hasta
aquel resplandor que era para él el rostro de, la muchacha. Al fin estuvo tan
cerca que, con sólo extender la mano, alcanzaba a tocar el borde de su vestido.
«¡Mírame,
Virgen!», imploraban sus ojos. «¡Madre, mírame!»
Pero
los ojos amables de la muchacha miraban por encima de él y sus labios decían:
—Hermanos
míos…
Calló
súbitamente, como alarmada.
Freder
alzó la cabeza. Nada había sucedido, nada que pudiera explicarse; sin embargo,
el aire que corría por la bóveda era ahora un aliento rápido, fresco, como si
llegara de unas puertas abiertas. Con un débil chisporroteo, las afiladas
llamas se inclinaron un instante para luego alzarse, inmóviles de nuevo.
«Habla,
amada mía», suplicó el corazón de Freder.
Sí,
ahora habló ella, y esto es lo que dijo:
—¿Queréis
saber cómo empezó la construcción de la Torre de Babel? ¿Queréis saber cómo
terminó? Veo un hombre que viene del amanecer del mundo. Es hermoso, y de
corazón ardiente. Le gusta caminar sobre las montañas, ofrecer su pecho al
viento, hablar con las estrellas. Es fuerte, y gobierna a todas las criaturas.
Sueña con Dios, y se siente íntimamente ligado a él. Sus noches están pobladas
de imágenes.
»Una
inspiración sagrada prende en su corazón. El firmamento se alza sobre él y sus
compañeros. “¡Oh, amigos, amigos!”, grita, señalando hacia los astros. “¡Grande
es el mundo y su Creador! ¡Grande es el hombre! Venid, construyamos una torre
cuya cima alcance el cielo. Cuando estemos de pie sobre su cima y oigamos el
rumor de las estrellas sobre nosotros, escribiremos nuestro Credo en símbolos
dorados en la cima de la torre. ¡Grande es el mundo y su Creador! ¡Grande es el
hombre!”.
»Un
puñado de hombres llenos de confianza se lanzaron a la tarea; cocieron
ladrillos, cavaron la tierra. Nunca los hombres habían trabajado con mayor
rapidez, pues todos ellos no tenían más que un pensamiento, un propósito y un
sueño. Por la tarde, cuando descansaban, no necesitaban hablar para entenderse,
porque cada uno sabía lo que pensaba el otro. Pero después de algún tiempo,
comprendieron que la obra era superior a la fuerza de sus manos, y llamaron a
otros en su ayuda. Pero la tarea siguió creciendo…, llegó a ser abrumadora. Los
constructores enviaron entonces mensajes a los cuatro rincones de la tierra
pidiendo manos, manos que trabajaran en su poderosa obra.
»Llegaron
las manos. Manos que trabajaban por un salario, manos que ignoraban el porqué
de su trabajo. Ninguno de los que construían hacia el sur conocía a los que
estaban construyendo hacia el norte. El cerebro que concibiera la construcción
de la Torre de Babel era desconocido para quienes la edificaban. El cerebro y
las manos estaban totalmente separados, se ignoraban. El cerebro y las manos se
convirtieron en enemigos: el placer de uno se convirtió en la carga del otro.
El himno de alabanza de uno se convirtió en la maldición del otro.
»¡Babel!,
gritaba uno, queriendo decir: divinidad, coronación, triunfo eterno.
»¡Babel!,
gritaba el otro, queriendo decir: infierno, esclavitud, condenación eterna.
»La
misma palabra era plegaria y blasfemia. Aún diciendo las mismas palabras, los
hombres eran incapaces de entenderse. La falta de entendimiento entre los
hombres, y el abismo que separaba al cerebro de las manos fueron las causas de
que la Torre de Babel estuviera destinada a la destrucción, y de que nunca se
escribieran en la cima las doradas palabras: ¡Grande es el mundo y su Creador!
¡Grande es el hombre!
»El
hecho de que el cerebro y las manos ya no se entiendan, destruirá un día la
Nueva Torre de Babel. El cerebro y las manos necesitan un mediador; el mediador
entre el cerebro y las manos debe ser el corazón.
La
muchacha calló. Una respiración ahogada, como un suspiro, surgió de los labios
silenciosos de sus oyentes. Uno de ellos se puso en pie lentamente, y alzando
el rostro delgado y de mirada fanática hacia la muchacha, preguntó:
—¿Y
dónde está nuestro mediador, María?
La
muchacha le miró, y en su dulce rostro brilló una confianza sin límites.
—Espérale
—dijo—, porque es seguro que ha de venir.
Un
murmullo recorrió las filas de los hombres. Freder inclinó la cabeza a los pies
de la muchacha. Todo su ser dijo:
—Seré
yo.
Pero
ella no le vio, ni le oyó.
—¡Tened
paciencia, hermanos míos! —prosiguió—. El camino que vuestro mediador ha de
tomar es largo. Muchos de entre vosotros clamáis por la lucha y la destrucción,
pero yo os digo: no luchéis, hermanos, porque eso lleva al pecado. Creedme:
vendrá uno que hablará por vosotros, que será el mediador entre vosotros y el
hombre cuyo cerebro y voluntad se hallan por encima de todos. Él os dará lo más
preciado: la libertad sin pecado.
Se
levantó de la piedra en la que se hallaba sentada. Un movimiento general agitó
las cabezas vueltas hacia ella. Se alzó una voz. No se veía al que hablaba; era
como si hablaran todos ellos.
—Esperaremos,
María. ¡Pero no por mucho tiempo!
La
muchacha guardó silencio. Con ojos tristes, buscaba al que hablara entre la
multitud.
Un
hombre que se encontraba ante ella le preguntó:
—Y
si al fin luchamos, ¿dónde estarás tú entonces?
—¡Con
vosotros! —respondió la muchacha, abriendo las manos en gesto de ofrenda y
sacrificio—. ¿Os he traicionado alguna vez?
—¡Nunca!
—dijeron los hombres—. Eres como el oro para nosotros. No te defraudaremos.
—Gracias
—dijo la muchacha, cerrando los ojos.
Con
la cabeza inclinada quedó allí en pie, escuchando el rumor de los pies que se
retiraban, pies que caminaban con zapatones groseros.
Cuando
hubo muerto el sonido de los pasos y todo quedó en silencio a su alrededor,
suspiró y abrió los ojos. Entonces vio a un hombre arrodillado a sus pies:
vestía uniforme azul oscuro, gorra negra y calzaba zapatones groseros.
Se
miraron, y entonces le reconoció.
Tras
ellos, en una cueva de techo tan puntiagudo como la oreja del diablo, un hombre
se aferró al brazo de otro.
—Silencio,
calla —susurró una voz, animada por una risa burlona y cargada de despecho.
El
rostro de la muchacha parecía de cristal, lleno de nieve. Esbozó un movimiento
de huida, pero sus rodillas no la obedecían. No tiemblan más unos junquillos en
aguas revueltas que lo que temblaban sus hombros.
—Si
has venido a traicionarnos, hijo de Joh Fredersen, no obtendrás felicidad
alguna por ello —dijo con voz clara.
Freder
se levantó y quedó en pie ante ella.
—¿Es
ésa toda la fe que tienes en mí? —preguntó, gravemente.
Ella
no respondió, pero le miró con ojos llenos de lágrimas.
—Tú
—continuó el hombre—, ¿cómo he de llamarte? No sé tu nombre. Siempre te he
llamado así: «tú». En mis días horribles y mis noches insomnes, temiendo
siempre no encontrarte de nuevo. ¿Sabré al fin tu nombre?
—María.
—María…
No podía ser de otra manera. No facilitaste mi búsqueda, María.
—¿Y
por qué habías de buscarme? ¿Por qué llevas el uniforme de algodón azul? Los
que están condenados a llevarlo toda su vida viven en una ciudad subterránea,
una de las maravillas del mundo. Es ligera, brillante, un modelo de orden. No
le falta nada más que el sol, y la lluvia, y la luna que ilumine sus noches.
Nada más que el cielo. Por eso los niños que allí nacen tienen rostro de gnomo.
¿Acaso deseas bajar a esa ciudad subterránea, para después disfrutar todavía
más de tu morada, tan elevada sobre la gran Metrópolis, bajo la luz del cielo?
Ese uniforme que vistes hoy, ¿lo llevas por diversión?
—No,
María. Lo llevaré siempre.
—¿Como
hijo de Joh Fredersen?
—Él
ya no tiene hijo, a menos que tú, tú misma, se lo devuelvas.
Tras
ellos, en una cueva de techo tan puntiagudo como la oreja del diablo, un hombre
puso la mano sobre la boca del otro.
—Está
escrito —susurró la risa—: «Y el hombre dejará a su padre y a su madre, y se
unirá a su esposa».
—¿No
me comprendes? —continuó Freder—. ¿Por qué me miras con tanta dureza? Deseas
que yo sea el mediador entre Joh Fredersen y los que llamas tus hermanos. No
puede haber un mediador entre el cielo y el infierno si no ha conocido ambos.
Jamás conocí el infierno hasta ayer; por eso fracasé antes, cuando quise
interceder ante mi padre en favor de tus hermanos.
»Hasta
que te vi por primera vez, María, yo había gozado de una vida regalada.
Ignoraba lo que era un deseo irrealizable. Incluso desconocía el deseo, pues
todo era mío. Aunque soy joven, he apurado todos los placeres. No me quedaba
más que un propósito, mi apuesta con la muerte: volar hacia las estrellas. Y
entonces viniste tú, y me mostraste a mis hermanos.
»Desde
aquel día, te he buscado. He deseado tanto verte que, sin vacilar, habría
desafiado a la muerte si alguien me hubiera dicho que ése era el camino hacia
ti. Pero tenía que vivir; era otro el camino.
—¿Para
venir a mí, o a tus hermanos?
—A
ti, María. No quiero parecerte mejor de lo que soy. Quiero venir a ti, María.
Te quiero. No amo a la humanidad por ella misma, sino por ti, porque tú la
amas. No quiero ayudar a la humanidad por ella misma, sino por ti, porque tú lo
deseas.
»Ayer
ayudé a dos hombres: socorrí al que mi padre había despedido, y realicé el
trabajo del hombre cuyo uniforme visto ahora. Ése fue mi camino hacia ti. Dios
te bendiga.
Su
voz se quebró. La muchacha vino hacia él, cogió sus manos en las suyas, volvió
suavemente las palmas hacia arriba y las estudió, examinándolas con sus ojos de
Madona. Finalmente, juntó las manos y las estrechó tiernamente entre las suyas.
—María
—susurró Freder.
María
alzó sus manos hacia el rostro de Freder. Le tocó las mejillas; con las puntas
de los dedos le acarició las cejas y las sienes, una, dos, tres veces. Él la
estrechó contra su corazón y se besaron.
Freder
no sentía ya las piedras bajo sus pies. Era como si un torbellino les
arrastrara a ambos, fundidos en un intenso abrazo; un torbellino surgido del
fondo del océano, una ola de fuego que subía hasta el cielo. Y todo el mar era
un órgano.
Luego
se hundía, se hundía, bajaba sin detenerse hasta el seno del mundo, la fuente
originaria. La sed y su satisfacción, el hambre y la saciedad, el dolor y la
curación, la muerte y la resurrección…
—Tú
—dijo el hombre a los labios de la muchacha—, tú eres realmente la gran
mediadora. Tú eres todo lo más sagrado sobre la tierra, tú eres toda bondad, tú
eres toda gracia. Dudar de ti es dudar de Dios. María, María… Me llamaste:
¡aquí estoy!
Tras
ellos, en una cueva de techo tan puntiagudo como la oreja del diablo, un hombre
se inclinó al oído del otro.
—Me
pediste un rostro para Futura: aquí tienes tu modelo.
—¿Es
una orden?
—Sí.
—Ahora
debes irte, Freder —dijo la muchacha. Sus ojos de Madona le miraban.
—¿Y
dejarte aquí?
Con
el rostro grave, ella asintió con la cabeza.
—Nada
me sucederá. Entre todos los que conocen este lugar, no hay uno solo en el que
no pueda confiar como si fuera mi hermano de sangre. Pero lo que existe entre
tú y yo no es asunto de nadie. Me turbaría tener que explicar… lo que es
inexplicable. ¿Comprendes?
—Sí
—respondió Freder—. Perdóname.
Tras
ellos, en una cueva de techo tan puntiagudo como la oreja del diablo, un hombre
se alejó del muro.
—Ya
sabes lo que tienes que hacer —dijo en voz baja.
—Sí…
—la voz del otro se oyó en la oscuridad, negligente, soñadora—. Pero espera un
poco, amigo; debo preguntarte algo.
—¿Bien?
—¿Has
olvidado tu propio credo? ¿Has olvidado que el pecado y el sufrimiento son
hermanos gemelos? Vas a pecar contra dos personas, amigo.
—¿Qué
tiene eso que ver contigo?
—Nada,
o muy poco. Freder es el hijo de Hel.
—Y
mío.
—Sí.
—Y
no quiero perderlo. ¿No es mejor pecar una vez más?
—Sí.
—Y…
—Y
sufrir, sí. Muy bien, amigo. ¡Que todo suceda según tu credo!
La
muchacha recorría los pasadizos que le eran tan familiares. La brillante
linterna que llevaba en la mano iluminaba el techo y los muros, donde los
muertos dormían en sus nichos de piedra. Jamás había temido a los muertos; sólo
sentía respeto ante su gravedad.
Pero
hoy no veía ni muros ni muertos. Caminaba sonriendo, sin saber por qué sonreía.
Sentía deseos de cantar. Con una expresión de completa felicidad, repetía
suavemente el nombre de su amado:
—Freder,
Freder…
Luego
alzó la cabeza, escuchando intensamente, muy quieta. Había percibido un
susurro. ¿Un eco? No; apenas audible se escuchó una palabra:
—María…
Giró
en redondo, asustada y dichosa. ¿Sería posible que él hubiera vuelto?
—¡Freder!
—escuchó, pero no hubo respuesta—. ¡Freder!
Nada.
De
pronto, notó una corriente de aire helado y los cabellos se le erizaron en la
nuca: una mano de hielo le corrió por la espalda y se oyó un inacabable suspiro
de angustia.
La
muchacha quedó inmóvil. La brillante linterna que tenía en la mano lanzó su luz
temblorosa en torno a sus pies.
—Freder…
―también ahora su voz era sólo un susurro.
No
hubo respuesta. Pero detrás de ella, al fondo del pasadizo por el que había
marchado, percibió el roce suave de unos pies que se deslizaban sobre las
piedras.
Era
algo muy extraño. Nadie sino ella venía jamás por allí. Si había alguien, no
podía ser un amigo. Desde luego, nadie con quien deseara encontrarse.
¿Debería
dejarle pasar?
Sí.
Un
segundo pasadizo se abría a su izquierda. Aguardaría allí hasta que quien la
seguía hubiese pasado.
Se
incrustó en la pared de aquel pasadizo y permaneció inmóvil, en absoluto
silencio. No respiraba. Había apagado la lámpara. Esperaba, rodeada de la mayor
oscuridad. Escuchó. Los pies que se deslizaban en la oscuridad estaban ya muy
cerca. María sólo anhelaba oír cómo pasaban de largo y se perdían en la
lejanía.
Sin
embargo, no fue así. Se habían detenido en seco ante la entrada del pasadizo en
el que ella aguardaba. Quienquiera que fuese, parecía dispuesto a esperar.
En
el silencio absoluto, la muchacha escuchó de pronto su propio corazón que, como
una bomba, latía más y más aprisa, latía más y más fuerte. Sin duda el hombre
que guardaba la entrada del pasadizo oiría también aquellos violentos latidos.
Y si entraba, ella no podría oírle llegar por culpa del loco latir de su
corazón.
Tanteó
con mano temblorosa la pared de piedra. Con el mayor sigilo empezó a alejarse
de la boca del pasadizo, a penetrar en él para alejarse de quien guardaba la
entrada.
Y
los pies reanudaron su marcha.
¿Se
equivocaba, o realmente aquellos pies, aquellos zapatos suaves que se
deslizaban sobre las piedras la perseguían? Una respiración pesada y angustiosa
se percibía cada vez más fuerte, más cerca; un aliento frío en su cuello,
luego…
Nada
más. Silencio, espera, vigilancia. Mantenerse alerta.
¿Qué
era aquello?
Una
criatura nunca vista, sin tronco, sólo brazos, piernas y cabeza. Pero ¡qué
cabeza, Dios mío!
La
criatura estaba agazapada ante María, y con los brazos en cruz cerraba el paso
a la muchacha, que se vio atrapada sin defensa. Un resplandor extraño que
parecía irradiar de aquella cabeza blanda y gelatinosa, iluminaba débilmente el
pasadizo.
«¡Freder!»,
pensó. Se mordió los labios para no pronunciar el nombre, pero el grito surgía
de su corazón.
Giró
en redondo violentamente y emprendió una veloz huida. Corría a ciegas,
golpeándose en las paredes, buscando desesperadamente una salida.
Al
doblar un recodo, tropezó en la oscuridad y cayó. Se llevó los puños a los
oídos para no oír las pisadas que se acercaban. Sabía que estaba atrapada en
las tinieblas, y sin embargo abrió los ojos porque ya no podía soportar los
círculos de fuego que se encendían tras sus párpados cerrados.
Y
entonces vio su propia sombra gigantesca proyectada en el muro. A sus espaldas
había luz, y ante ella vio a un hombre.
¿Un
hombre? No, no lo era.
Eran
los despojos de un hombre, absurdamente recostado contra el muro. Los pies del
esqueleto ―que casi tocaba las rodillas de la muchacha― calzaban unos zapatos
rojos y puntiagudos…
Con
un grito que le desgarró la garganta, la muchacha se incorporó y se echó atrás.
Reemprendió su loca carrera sin mirar nada más, perseguida por la luz, por un
aliento helado que fustigaba su espalda, perseguida por unos pies alados,
suaves como plumas, unos pies que caminaban con zapatos rojos.
Corría,
gritaba y corría…
—¡Freder!
¡Freder!
El
grito le desgarraba la garganta. Cayó.
Se
hallaba ante unas escaleras ruinosas. Con un esfuerzo sobrehumano, ayudándose
con las manos ensangrentadas, subió paso a paso hasta el final.
Las
escaleras conducían a una trampa que se abría en el techo.
La
muchacha gimió:
—¡Freder!
Alzó
los puños. Empujó, la cabeza y los hombros contra la trampa. Y gimió de nuevo:
—¡Freder!
La
puerta se alzó, y cayó hacia atrás con estruendo. Y allá abajo, muy abajo,
estalló una risa.
La
muchacha se alzó sobre el borde de la trampa. Corrió de acá para allá con las
manos extendidas, buscando una salida.
Al
débil resplandor que subía de las profundidades vio una puerta: no tenía llave,
ni picaporte. Sobre la madera oscura brillaba, rojo y cobre, el sello de
Salomón: la estrella de cinco puntas.
La
muchacha giró en redondo. Vio a un hombre sentado en el borde de la trampa.
Sonreía.
Y
entonces se sintió morir, y se hundió en la nada.
6
El
propietario de Yoshiwara solía ganar dinero de muy diversos modos. Uno de
ellos, desde luego el más inocente, consistía en apostar a que nadie —por mucho
que hubiera viajado— sería capaz de adivinar a qué mezcla de razas debía él su
rostro, y hasta entonces había ganado todas las apuestas. Recogía el dinero que
ganaba con unas manos cuya cruel belleza no habría avergonzado a un antepasado
de los Borgias españoles, pero cuyas uñas mostraban un borde sospechosamente
azulado. Por otra parte, la cortesía de su sonrisa ―en esas ocasiones tan
provechosas para él― provenía indudablemente de ese mundo gracioso e insular
que, desde los bordes más orientales de Asia, sonríe siempre gentil y vigilante
a la poderosa América.
Se
combinaban en él características que le hacían parecer un representante de Gran
Bretaña e Irlanda, pues era de cabellos rojos, amante del regateo, aguantaba la
bebida como si se apellidara McFosh, era avaricioso y supersticioso como
cualquier escocés y, cuando ciertas circunstancias lo exigían, poseía la
capacidad de olvidar con elegancia, lo que es la piedra angular del Imperio
Británico. Hablaba prácticamente todas las lenguas vivas, como si su madre le
hubiera enseñado a rezar ―y su padre a maldecir― en todas ellas. Su ambición
parecía surgir de Oriente, su contento de China. Y, por encima de todo ello,
dos ojos serenos y observantes lo vigilaban todo con el tesón y la
perseverancia germánicas.
En
cuanto al resto, y por razones desconocidas para todos, su nombre era
Septiembre.
Los
que visitaban Yoshiwara habían tenido ocasión de verle demostrar una extensa
variedad de emociones: desde el ensimismamiento sereno del salvaje satisfecho,
hasta la excitación en la danza de los ucranianos.
Pero
la expresión de absoluto desconcierto que cubría sus rasgos estaba reservada
para Slim ―a la mañana siguiente del día en que perdiera de vista a su joven
amo― cuando golpeó violentamente el enorme gong con que se pedía la entrada a
Yoshiwara.
Resultaba
extraordinario que la puerta de Yoshiwara ―tan amable por lo general― no
estuviera abierta antes del cuarto golpe de gong, y que la abriera el mismo
Septiembre con una expresión en sus rasgos que anunciaba una catástrofe
inminente. Una máscara cobriza parecía cubrir su rostro. Al reconocer al
conductor del coche en el que Slim había llegado, se deshizo en improperios:
—¡Ojalá
esa cafetera hubiera estallado en mil pedazos antes de que ayer tarde me
trajera a ese lunático! —exclamó—. Ahuyentó a mis clientes antes de que
pensaran en pagar. Las muchachas que no están histéricas, andan por los
rincones como juguetes rotos. A menos que llame a la policía, tendré que
cerrar, pues no creo que ese tipo haya recobrado los cinco sentidos para esta
tarde.
—¿De
quién hablas, Septiembre? —preguntó Slim.
Aquél
le miró. En ese momento, la choza más miserable de Siberia se habría negado de
plano a que le atribuyeran el lugar de nacimiento de un individuo de aspecto
tan idiota.
—Si
es el hombre que yo he venido a buscar aquí —continuó Slim—, te libraré de él
de un modo más agradable y rápido que la policía.
—¿Y
a quién busca usted, señor?
Slim
vaciló. Se aclaró ligeramente la garganta.
—Ya
conoces esa seda blanca que se teje exclusivamente para muy pocos en
Metrópolis…
Tal
vez la larga línea de los antepasados de Septiembre incluyera también un
comerciante de pieles de Tarnópolis, que ahora sonrió en los ojos astutos de su
tataranieto.
—¡Entre,
señor! —invitó el propietario de Yoshiwara, con la auténtica amabilidad de los
cingaleses.
Cuando
la puerta se cerró tras ellos ―amortiguando el bullicio matutino de las calles
de la gran Metrópolis―, llegó a sus oídos el rugir de una voz humana, más
enardecida que el bramido de una bestia borracha de triunfo.
—¿Qué
es eso? —preguntó Slim, bajando involuntariamente la voz.
—¡Él!
—contestó Septiembre, y sólo él podía saber cómo consiguió pronunciar ese
monosílabo con el afán vengativo de toda Córcega.
Los
ojos de Slim le miraron inseguros, pero nada dijo. Siguió a Septiembre por
sobre unas esteras de paja suave y brillante, entre muros de papel enmarcados
en bambú. Tras uno de esos muros se oía el llanto de una mujer: monótono,
desesperanzado, desgarrador, como las lluvias constantes que envuelven la
cumbre del Fujiyama.
—Ésa
es Yuki —murmuró Septiembre, indicando con un ademán la prisión de papel de la
gimiente—. Ha estado llorando desde medianoche, como si quisiera ser la fuente
de un nuevo mar. Esta noche su nariz parecerá una patata hinchada. Y ¿quién
pagará por ello? ¡Yo!
—Y
¿por qué llora ese pequeño copo de nieve? —preguntó Slim sólo interesado a
medias, ya que el estruendo de la voz humana que surgía de las profundidades de
la casa atraía toda su atención.
—¡Oh,
ella no es la única! —contestó Septiembre, con la tolerancia del que posee una
taberna próspera en el puerto de Shanghai—. Pero ella al menos está calmada.
Capullo de Ciruelo ha estado pegando a todos como un puma furioso, y Arco Iris
ha tirado el bol de saki contra el espejo y está tratando de abrirse las venas
con los cristales. Y todo por ese joven vestido de seda blanca.
La
expresión agitada del rostro de Slim se ensombreció. Agitó la cabeza.
—¿Cómo
consiguió apoderarse así de ellas? —preguntó.
Septiembre
se encogió de hombros.
—Maohi
—dijo canturreando, como si empezara uno de esos cuentos de Groenlandia, tanto
más apreciados cuanto más pronto hacen dormir a quien los oye.
—¿Qué
es eso de Maohi? —preguntó Slim, irritado.
Septiembre
hundió la cabeza entre los hombros. Los corpúsculos de sangre irlandesa y
británica que corrían por sus venas parecían desvanecerse a toda prisa, pero la
impenetrable sonrisa japonesa supo ocultarlo antes de que resultara peligroso.
—Usted
no sabe lo que es Maohi. En la gran Metrópolis nadie lo sabe. Pero aquí, en
Yoshiwara, lo saben todos.
—Yo
deseo saberlo también, Septiembre —dijo Slim.
Generaciones
de abogados romanos se inclinaron con Septiembre cuando éste dijo:
―¡Desde
luego, señor!
Pero
no pudieron vencer el guiño de los antepasados borrachos de Copenhague cuando
continuó:
—Maohi
es… Bien, ¿no resulta extraño que de los diez mil huéspedes que ha tenido
Yoshiwara, y que han experimentado con todo detalle lo que significa Maohi,
ninguno sea capaz de recordarlo una vez afuera? No vaya tan aprisa, señor. El
caballero que grita de ese modo no huirá de nosotros, y si tengo que explicarle
lo que significa Maohi…
—Supongo
que drogas, Septiembre.
—Mi
querido señor, el león también es un gato. Maohi es una droga, pero ¿qué es un
gato comparado con un león? Maohi es del otro lado de la tierra. Es lo divino,
lo único, porque es lo único que nos hace sentir la intoxicación de los otros.
—¿La
intoxicación de los otros? —repitió Slim, deteniéndose bruscamente.
Septiembre
sonrió con la sonrisa de Hotei, el dios de la felicidad amigo de los niños.
Puso la mano de los Borgia, con las uñas de borde sospechosamente azulado, en
el brazo de Slim.
—La
intoxicación de los otros, señor. ¿Sabe lo que significa eso? No de uno solo,
sino de la multitud apiñada; la intoxicación de toda una multitud es lo que
proporciona amigos a Maohi.
—¿Tiene
muchos amigos Maohi, Septiembre?
El
propietario de Yoshiwara sonrió, con una sonrisa apocalíptica.
—Señor,
en esta casa hay una sala circular. No existe otra igual. Está construida como
una concha de caracol marino, una inmensa concha, en cuyas espirales resuena el
estruendo de los siete océanos. Es ahí donde se echan las gentes, tan apiñadas
que sus rostros parecen un solo rostro. No se conocen entre sí, y sin embargo
todos son amigos. Todos se sienten febriles. Todos están pálidos de
expectación. Todos tienes las manos unidas. El temblor de los que se sientan en
el fondo de la concha asciende por las espirales hasta aquellos que, desde la
parte más alta, envían hacia ellos su propio temblor.
Septiembre
tragó saliva, respiró. El sudor era como una cadena de gotitas sobre su frente.
Una sonrisa de locura internacional entreabría sus labios.
—Continúa,
Septiembre —dijo Slim.
—De
pronto, el borde de la concha empieza a girar suavemente… ¡ah, cuan
suavemente!, a los acordes de una música que haría estallar en sollozos al peor
asesino y obligaría a sus jueces a perdonarle en el mismo cadalso; una música a
cuyos sones los enemigos mortales se besan, los mendigos se creen reyes, el
hambriento olvida su hambre. A los acordes de esa música, la concha va girando
sobre su corazón estacionario hasta que parece liberarse del suelo y,
alzándose, girar sobre sí misma. Las gentes gritan, ¡no, no en voz alta!;
gritan como los pájaros que se bañan en el mar. Las manos unidas se cierran
apretadamente. Los cuerpos giran a su ritmo.
»Luego
viene el primer balbuceo: Maohi. El balbuceo crece, se transforma en una
oleada, se convierte en una marea de primavera. Toda la concha grita: ¡Maohi,
Maohi! Es como si una pequeña llama viniera a descansar sobre la cabeza de cada
uno, como el fuego de San Telmo. ¡Maohi, Maohi! Llaman a su dios. Llaman a
aquél a quien el dedo del dios va a tocar hoy. Nadie sabe de dónde vendrá, pero
está allí. Saben que está entre ellos; debe salir de entre sus filas. Y ellos
le llaman: ¡Maohi, Maohi! De pronto…
La
mano de los Borgia se alzó, y quedó en el aire como una garra oscura.
—Y
de pronto, un hombre se alza en el centro de la concha, en el círculo
brillante, en el disco iluminado. Pero no es un hombre: es la representación de
la intoxicación de todos ellos. No tiene conciencia de sí mismo. Una ligera
espuma aparece en sus labios. Sus ojos son ardientes, como meteoros fugaces que
dejan huellas de fuego a su paso por el cielo. Se pone en pie y vive su
intoxicación. Él es lo que su intoxicación es. De los miles de ojos que se han
anclado en su alma, surge en él la fuerza de la intoxicación. No hay belleza en
la creación de Dios que no se revele, superada por esas almas intoxicadas. Lo
que él dice se hace visible, lo que él oye se hace audible a todos. Lo que él
siente: poder, deseo, locura…, es sentido por todos ellos. En el área brillante
en torno a la cual gira la concha, a los sones de una música indescriptible, el
que está en éxtasis vive el éxtasis de miles de seres representados en él, y se
extasía por todos.
Septiembre
se detuvo y sonrió a Slim.
—Eso,
señor, es Maohi.
—Realmente,
debe ser una droga poderosa la que inspira al propietario de Yoshiwara
semejante himno —dijo Slim, sintiendo la garganta extrañamente seca—. ¿Crees
que ese individuo que gime ahí abajo se uniría a ese canto de alabanza?
—Pregúnteselo
usted mismo, señor —dijo Septiembre.
Abrió
la puerta y dejó pasar a Slim. Éste se detuvo en el mismo umbral porque, al
principio, no vio nada. Una melancólica penumbra dominaba la sala, cuyas
dimensiones no podía calcular. El suelo bajo sus pies se inclinaba en una
pendiente apenas perceptible; donde ésta terminaba parecía existir tan sólo el
vacío. A derecha e izquierda, los muros en espiral se curvaban hacia lo alto.
Eso
es todo lo que vio Slim. Pero de aquel fondo que era el vacío le llegó un
destello blanco. Y allí flotaba una voz, la voz del asesino que, a la vez, está
siendo asesinado.
—¡Luz,
Septiembre! —dijo Slim, respirando con dificultad. Una sensación insoportable
le atenazaba la garganta.
Lentamente
la sala fue iluminándose. Slim se encontraba de pie en una de las cornisas de
aquella sala redonda, que tenía la forma de una concha marina. Se acercó a la
barandilla y se inclinó sobre ella: en el fondo brillaba un disco blanco.
Rodeándolo, como las cenefas que decoran los bordes de los muebles, vio mujeres
encogidas, arrodilladas, vestidas de hermosas ropas y borrachas. Algunas
apoyaban la frente contra el suelo, las manos crispadas sobre los cabellos de
ébano. Otras estaban encogidas, unidas en grupos, las cabezas muy apiñadas, las
caras reflejando su temor. Unas se agitaban rítmicamente de un lado a otro,
como si invocaran a los dioses. Otras lloraban. Algunas estaban como muertas.
Pero
todas parecían ser las siervas del hombre que se hallaba sobre el disco
iluminado.
Éste
vestía la seda blanca que se tejía exclusivamente para muy pocos en Metrópolis,
y calzaba los zapatos suaves con los que los amados hijos de los padres
poderosos parecían acariciar la tierra. Pero la seda colgaba en harapos sobre
el cuerpo del hombre, y los zapatos cubrían unos pies ensangrentados.
—¿Es
ése el hombre que busca, señor? —preguntó Septiembre, inclinándose
confidencialmente hacia el oído de Slim.
Éste
no contestó. Miraba al hombre.
—Por
lo menos —continuó Septiembre—, es el joven que vino ayer en el mismo coche en
que usted vino hoy. ¡Que el diablo se lo lleve! Ha convertido mi concha
giratoria en la antesala del infierno. Ha lanzado llamas abrasadoras sobre las
almas.
»Yo
he conocido a seres intoxicados con Maohi que se han creído reyes, dioses,
fuego y tormenta, y han obligado a otros a sentirse reyes, dioses, fuego y
tormenta. He conocido a algunos que, en el éxtasis del deseo, han llamado a las
mujeres que estaban en la parte superior de la concha y ellas, lanzándose como
gaviotas con las alas extendidas, han caído a sus pies sin dañarse, mientras
que otras han muerto en la caída.
»Pero
este hombre no se ha sentido ni dios, ni tormenta, ni fuego, y su borrachera,
desde luego, no le inspiraba deseo. Yo creo que ha venido del infierno, y que
ruge con la intoxicación de los condenados. No supo comprender que para ellos
el éxtasis es también condenación. ¡El muy idiota! La plegaria que pronuncia no
le redimirá. Se cree una máquina, y se está rezando a sí mismo. Ha obligado a
los demás a rezar ante él. Les ha obligado a arrastrarse ante él. Les ha
convertido en polvo. Muchos de los que se arrastran hoy por Metrópolis, son
incapaces de comprender por qué tienen los miembros como rotos.
—Calla,
Septiembre —ordenó Slim, roncamente; se llevó la mano a la garganta que le
ardía como una brasa.
Septiembre
guardó silencio, encogiéndose de hombros. Entonces, se oyeron palabras que
estallaban como lava desde las profundidades:
—¡Yo
soy tres en uno: Lucifer, Belial y Satán! ¡Yo soy la muerte eterna! ¡Yo soy la
negación eterna! ¡Venid a mí! ¡En mi infierno hay muchas moradas! ¡Yo os las
asignaré! ¡Soy el gran rey de todos los condenados! ¡Soy una máquina! ¡Soy la
Torre sobre vosotros todos! ¡Soy un martillo, una rueda, un horno ardiente!
¡Soy un asesino, pero de nada me sirven mis víctimas! ¡Quiero víctimas, y las
víctimas no me calman! ¡Rezad ante mí, y sabed que no os oigo! ¡Gritadme “Pater
Noster”, y sabed que estoy sordo!
Slim
giró en redondo, y vio el rostro de Septiembre como una máscara cenicienta a su
lado. Quizás entre los antepasados de Septiembre alguno proviniera de una isla
de los Mares del Sur, donde los dioses significan poco, y los espíritus todo.
—Eso
ya no es un hombre —susurró el dueño de Yoshiwara, con los labios muy pálidos—.
Un hombre habría muerto hace tiempo. Mire sus brazos, señor. ¿Cree que un
hombre puede imitar el movimiento de una máquina durante horas y horas sin
parar, y sin que eso le mate? Está tan muerto como la piedra. Si ahora le
llamáramos, caería y se rompería en pedazos como una estatua de escayola.
Pero
las palabras de Septiembre no parecían penetrar en la conciencia de Slim. Su
rostro tenía una expresión de asco y sufrimiento, y cuando habló parecía
vencido por un dolor profundo.
—Espero,
Septiembre, que esta noche hayas tenido tu última oportunidad de observar los
efectos de Maohi en tus huéspedes.
Septiembre
contestó únicamente con su sonrisa japonesa. Pero no habló.
Slim
se adelantó hasta la barandilla, se inclinó hacia el disco lechoso y gritó, con
un tono agudo como un silbido:
—¡Once
mil ochocientos once!
El
hombre que gesticulaba sobre el disco brillante giró en redondo, como si
hubiera recibido un golpe en el costado. Cesó el ritmo infernal de sus brazos;
murió poco a poco la vibración. Cayó en tierra como un tronco, y ya no volvió a
moverse.
Slim
corrió hacia él y apartó violentamente al círculo de mujeres que, rígidas por
el impacto, parecían sentir un horror aún más profundo ante el brusco
desenlace. Se arrodilló junto al hombre, le miró al rostro, apartó la seda
destrozada de su corazón y, sin entretenerse en comprobar su pulso, lo levantó
y se lo llevó en brazos. Los suspiros de las mujeres le seguían, como una densa
cortina de niebla.
Septiembre
se hizo a un lado al advertir la mirada de Slim. Respirando ahogadamente, pero
sin decir nada, corrió junto a él como un perro ansioso de complacer.
Slim
llegó a la puerta de Yoshiwara. El mismo Septiembre se la abrió. El conductor,
que aguardaba junto al coche, miró con asombro al hombre que Slim llevaba en
brazos, envuelto en harapos de seda blanca que azotaba el viento, y que tenía
un aspecto más horrendo que el de un cadáver.
El
propietario de Yoshiwara se inclinó una y otra vez mientras Slim entraba en el
coche, sin que éste le prestara ya la menor atención. El rostro de Septiembre,
tan gris como filoso, recordaba las hojas de aquellas antiguas espadas forjadas
de acero indio en Shiras o en Ispahán, y en las cuales, disimuladas por los
adornos, había escritas palabras burlonas y mortales.
El
coche inició suavemente la marcha. Septiembre lo miró y sonrió con la serena
sonrisa del Asia Oriental. Sabía lo que, salvo él, todos ignoraban en
Metrópolis: que con la primera gota de agua o de vino que humedeciera los
labios de un ser humano, desaparecería hasta el recuerdo más débil de lo que
pertenecía al mundo de la droga de Maohi.
El
coche se detuvo ante el primer centro médico. Vinieron unos enfermeros y se
llevaron aquel fardo de humanidad, que temblaba en sus harapos de seda blanca.
Slim miró a su alrededor e hizo señas a un policía estacionado junto a la
puerta.
—Ven
a tomar un informe —le indicó; la lengua apenas le obedecía, tanta era su sed.
El
policía entró en el edificio con él.
—Espera
—dijo Slim, más con un gesto de la cabeza que con palabras.
Había
visto una jarra de agua sobre la mesa. Bebió con la avidez de un animal que al
fin encuentra agua al salir del desierto. Dejó el jarro, y un intenso temblor
recorrió todo su cuerpo.
Se
dirigió a la sala donde llevaran a Georgi. Éste se hallaba recostado en un
lecho, y el médico de guardia le humedecía los labios con vino. Los ojos del
enfermo estaban abiertos de par en par mirando al techo, y sus lágrimas manaban
sin cesar; como si no corrieran por voluntad del hombre, como si se escaparan
de una vasija rota y no pudieran dejar de correr hasta que hubiera quedado
totalmente vacía.
Slim
miró al doctor al rostro, pero éste se encogió de hombros. Slim se inclinó
hacia el hombre postrado.
—Georgi
—dijo en voz baja—, ¿puedes oírme?
El
enfermo asintió, apenas con una inclinación.
—¿Sabes
quién soy?
El
mismo gesto.
—¿Estás
en condiciones de responder a dos o tres preguntas?
Otra
breve inclinación.
—¿Cómo
te hiciste con el traje de seda blanca?
Durante
largo tiempo no recibió respuesta alguna. Sólo lágrimas. Luego vino la voz, más
leve que un susurro:
—Él
cambió sus ropas conmigo.
—¿Quién?
—Freder,
el hijo de Joh Fredersen.
—¿Y
luego, Georgi?
—Me
dijo que había de esperarle…
—¿Dónde,
Georgi?
Un
largo silencio. Y después, con voz apenas audible:
—Calle
noventa. Casa siete. Séptimo piso.
Slim
no insistió; sabía quién vivía allí. Miró al médico, cuyo rostro tenía una
expresión del todo inescrutable. Slim aspiró profundamente y preguntó en un
suspiro:
—¿Por
qué no fuiste allí, Georgi?
Ya
se volvía para irse, pero se detuvo cuando la voz de Georgi surgió temblorosa a
sus espaldas:
—La
ciudad, todas las luces. Dinero más que suficiente. Está escrito: perdónanos
nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación…
La
voz se extinguió y la cabeza de Georgi se ladeó en la almohada. El doctor se
aclaró la garganta cautelosamente. Slim alzó la cabeza como si alguien le
hubiera llamado, luego la inclinó de nuevo.
—Volveré
más tarde —dijo suavemente—. Atiéndele personalmente.
Georgi
estaba dormido.
Slim
dejó la habitación seguido por el policía.
—¿Qué
quieres? —le preguntó ahora, con una mirada de desconcierto.
—El
informe, señor.
—¿Qué
informe?
—Yo
tenía que tomar un informe, señor.
Slim
miró atentamente al policía, casi meditabundo. Alzó una mano y con ella se
frotó la frente.
—Un
error —dijo—. Ha habido un error.
El
policía saludó y ―aunque desconcertado― se retiró, pues conocía a Slim. Éste
seguía de pie en el mismo lugar. Una y otra vez se frotaba la frente, con el
mismo gesto de impotencia.
Al
fin agitó la cabeza, se metió en el coche y dijo:
—Bloque
noventa.
7
¿Dónde
está Georgi? —preguntó Freder, registrando con la vista la casa de Josafat que
se ofrecía ante él, hermosa, con una superabundancia desconcertante de
sillones, divanes y almohadones de seda, con cortinas que tamizaban la luz.
—¿Quién?
—preguntó Josafat, sin entender.
Había
esperado toda la noche sin dormir, y sus ojos parecían excesivamente grandes en
aquel rostro demacrado. Los ojos, que no se apartaban de Freder, eran como
manos alzadas en adoración.
—Georgi
—repitió Freder. Sonreía feliz, a pesar del gesto de cansancio de sus labios.
—¿Quién
es ése? —preguntó Josafat.
—Yo
lo envié a ti.
—Nadie
ha venido.
Freder
le miró sin hablar.
—Estuve
sentado toda la noche en esta silla —continuó Josafat, interpretando
equivocadamente el silencio de Freder—. No dormí ni un segundo. Esperaba
recibir una llamada suya, o que usted o algún mensajero viniera en cualquier
momento. También informé al vigilante. Nadie ha venido.
Freder
seguía en silencio. Lentamente, vacilando casi, cruzó el umbral y entró en la
habitación. Se llevó la mano a la cabeza y se quitó la gorra negra que le
recogía apretadamente los cabellos, la dejó caer al suelo y se llevó ambas
manos a los ojos. Su cuerpo parecía un abedul azotado y vencido por un fuerte
viento.
Josafat
se fijó en el uniforme que llevaba Freder.
—Freder
—empezó con cautela—, ¿cómo es que lleva usted esas ropas?
Freder
seguía apartado de él. Retiró las manos de los ojos y se apretó con ellas el
rostro, como para calmar el dolor que sentía.
—Las
llevaba Georgi —contestó—. Yo le di las mías.
—Entonces,
¿Georgi es un obrero?
—Sí.
Le encontré ante la máquina del Pater Noster. Ocupé su lugar y lo envié a ti.
—Quizá
venga todavía —contestó Josafat.
Freder
agitó la cabeza.
—Debía
de haber llegado hace horas. Además, si le hubieran atrapado al salir de la
Nueva Torre de Babel, alguien habría venido a buscarme mientras yo estaba de
pie ante la máquina.
—¿Había
mucho dinero en el traje que cambió con Georgi? —preguntó Josafat con cautela,
como el que roza una herida abierta.
Freder
asintió.
—Entonces
no debe extrañarse de que Georgi no haya venido… —empezó a decir Josafat, pero
la expresión de dolor y vergüenza en el rostro de Freder le impidieron
continuar—. ¿No quiere sentarse? —le suplicó—. ¿O echarse? Parece tan cansado
que resulta penoso mirarle.
—No
tengo tiempo para descansar —contestó Freder; recorría la habitación sin
propósito determinado, sin sentido, deteniéndose en los lugares donde una silla
o una mesa le ofrecían un punto de apoyo—. La cuestión es ésta, Josafat: dije a
Georgi que viniera aquí y me esperara, o esperara un mensaje mío. Hay una
posibilidad entre mil de que Slim, que me busca, esté ya sobre la pista de
Georgi, y hay una entre mil de que logre sacarle el lugar al que le envié.
—¿Y
usted no quiere que Slim le encuentre?
—No
debe encontrarme, Josafat. Por nada de este mundo.
Josafat
permanecía en pie, silencioso e impotente. Freder le miró con una sonrisa
temblorosa.
—¿Cómo
podremos conseguir dinero ahora, Josafat?
—Eso
no ofrece dificultad alguna para el hijo de Joh Fredersen.
—Más
de lo que tú crees, Josafat, pues ya no soy el hijo de Joh Fredersen.
Josafat
alzó la cabeza.
—No
le entiendo —dijo, después de una pausa.
—No
hay nada que entender, Josafat. Me he liberado de mi padre y ahora sigo mi
propio camino.
El
hombre que fuera el primer secretario del Amo de la gran Metrópolis retuvo el
aliento en los pulmones y luego suspiró lentamente.
—¿Me
permite que le diga algo?
—Bien.
—Uno
no se libera de Joh Fredersen. Es él quien decide si uno sigue a su lado o debe
dejarle. No hay nadie que sea más fuerte que él. Es como la tierra. En lo que
respecta a la tierra, no tenemos voluntad tampoco. Sus leyes nos mantienen
eternamente perpendiculares al centro de ella, aunque nos pongamos cabeza
abajo. Si Joh Fredersen deja libre a un hombre, es lo mismo que si la tierra le
negara su poder de atracción. Significa caer en la nada. Joh Fredersen puede
dejar libre a quien quiera, pero nunca liberará a su hijo.
—Pero
—contestó Freder hablando febrilmente— ¿y si un hombre vence las leyes de la
naturaleza?
—Utopía,
Freder.
—Para
el espíritu inventivo del hombre no hay utopía. Sólo hay un «todavía no». Yo me
he decidido a abrir un camino, y debo seguir. ¡Sí, debo seguir! No sé el camino
todavía, pero lo encontraré, porque debo encontrarlo.
—Dondequiera
que desee ir, Freder…, yo iré con usted.
—Gracias
—dijo Freder, extendiendo la mano y recibiendo un cálido y fuerte apretón.
—Debe
saber, Freder —dijo Josafat con voz ahogada por la emoción—, que todo cuanto
soy y tengo le pertenece. No es mucho, porque he vivido como un loco. Pero para
hoy, y mañana, y pasado mañana….
Freder
agitó la cabeza sin soltarle la mano.
—No,
no —dijo, a la vez que su rostro enrojecía profundamente—, no se empieza así un
camino nuevo. Debemos tratar de encontrar otros medios. No será fácil; Slim
conoce bien su tarea.
—Tal
vez consiguiera ganarse a Slim —dijo Josafat vacilante—. Por extraño que esto
le parezca a usted, él le quiere.
—Slim
ama a todas sus víctimas, lo que no le impide, como el más amable y considerado
de los verdugos, llevarlas a los pies de mi padre. Es el instrumento nato, pero
el instrumento del más fuerte. Jamás se convertiría en el instrumento del
débil, porque eso le humillaría. Y tú mismo acabas de decir, Josafat, cuánto
más fuerte es mi padre que yo.
—Si
pudiera confiar en alguno de sus amigos…
—Yo
no tengo amigos, Josafat.
Éste
deseaba contradecirle, pero se detuvo. Freder volvió la mirada hacia él. Se
enderezó y sonrió, todavía con la mano del otro en la suya.
—Tengo
compañeros de juegos, compañeros de deportes, pero ¿amigos?, ¿un amigo? No,
Josafat. ¿Puede uno confiarse acaso a alguien de quien sólo conoce el sonido de
su risa?
Vio
la mirada de Josafat fija en él, y supo discernir en sus ojos el dolor y la
verdad.
—Sí
—dijo con una sonrisa preocupada—. Me gustaría confiarme a ti, debo confiarme a
ti, Josafat. Debo llamarte amigo y hermano, porque necesito un hombre que
confíe en mí y me acompañe hasta el fin del mundo. ¿Quieres ser tú ese hombre?
—Sí.
—¿Sí?
—se aproximó a él y le puso las manos en los hombros. Le escudriñó el rostro.
Agitó la cabeza—. Aceptas. ¿Sabes lo que eso significa para ambos? La última
plomada, el último anclaje. Apenas te conozco. Quería ayudarte, y ahora ni
siquiera puedo hacerlo porque soy más pobre que tú.
»Tal
vez sea para bien. El hijo de Joh Fredersen quizá pueda ser traicionado, pero
¿yo, Josafat? ¿Un hombre que ya no tiene nada sino su voluntad, y un objetivo?
No valdría la pena traicionarme. ¿Verdad Josafat?
—Que
me mate Dios como se mata a un perro rabioso…
—Está
bien, está bien —la sonrisa de Freder había vuelto a sus labios, clara y
hermosa en su rostro agotado—. Ahora me voy, Josafat. Quiero ir junto a la
madre de mi padre a llevarle algo que es muy sagrado para mí. Estaré aquí de
nuevo antes de la noche. ¿Te encontraré aquí entonces?
—Sí,
Freder, con toda seguridad.
Poco
después —Josafat seguía todavía de pie en el mismo lugar en que Freder le
dejara— alguien llamó a la puerta. Aunque la llamada era tan suave y modesta
como la llamada del que viene a suplicar, algo en ella hizo temblar a Josafat.
Se quedó inmóvil mirando a la puerta, incapaz de hacer nada.
Por
dos veces más se repitió la suave llamada. La impresión de que era ineludible,
de que sería totalmente inútil hacerse el sordo de modo permanente, se apoderó
de Josafat.
—¿Quién
está ahí? —preguntó al fin, con voz ronca.
Sabía
muy bien quién era. Sólo lo preguntaba para ganar tiempo, para respirar hondo,
pues lo necesitaba urgentemente. No esperaba respuesta, ni la recibió tampoco.
La
puerta se abrió. Slim se hallaba en el umbral.
No
se saludaron. Josafat, porque tenía la garganta demasiado seca; Slim, porque su
mirada perspicaz había recorrido la habitación en el momento de cruzar el
umbral y había visto algo: una gorra negra caída en el suelo.
Josafat
siguió la mirada de Slim con sus ojos. No se movió. Con paso silencioso Slim
fue hasta la gorra, se inclinó y la recogió. La giró lentamente a un lado y
otro. La volvió del revés. En el borde bañado de sudor había un número: 11811.
Slim
sostenía la gorra con un gesto casi afectuoso. Clavó los ojos nublados de
cansancio en Josafat y le preguntó hablando en voz muy baja:
—¿Dónde
está Freder, Josafat?
—No
lo sé.
Slim
sonrió como dormido. Dobló la gorra negra. La voz ronca de Josafat continuó:
—Y
aunque lo supiera, tampoco se lo diría.
Slim
miró a Josafat sin dejar de sonreír, ni de acariciar la gorra negra.
—Tienes
razón —dijo cortésmente—. Te pido perdón. Fue una pregunta tonta. Por supuesto
que no me dirás donde está Freder. Tampoco es en absoluto necesario. Es otra
cuestión.
Se
guardó la gorra en el bolsillo después de enrollarla cuidadosamente, y miró
toda la habitación. Se dirigió a un sillón situado junto a una mesa baja, negra
y pulida.
—¿Me
permites? —preguntó cortésmente.
Josafat
hizo un movimiento de cabeza.
—Vives
muy bien aquí —dijo Slim, echándose atrás y examinando la habitación—. Todo
tiene un tono suave, oscuro. En torno a estos almohadones el ambiente está
tibiamente perfumado. Comprendo muy bien lo difícil que te será dejar este
piso.
—No
tengo intención de hacerlo —dijo Josafat.
Slim
cerró los párpados apretadamente, como si deseara dormir.
—No,
todavía no. Pero muy pronto…
—Yo
no diría eso —contestó Josafat. Sus ojos cargados de odio enrojecieron al mirar
a Slim.
—No,
todavía no. Pero muy pronto…
Josafat
seguía inmóvil, pero de pronto dio un puñetazo en el aire como si golpeara una
puerta invisible.
—¿Qué
quiere exactamente? —preguntó, respirando con dificultad—. ¿Qué insinúa con
esas palabras? ¿Qué quiere de mí?
Al
principio, pareció como si Slim no hubiera oído la pregunta. Adormilado, con
los ojos cerrados, seguía allí sentado, respirando ruidosamente. Pero cuando la
piel del sillón crujió bajo los dedos de Josafat, Slim dijo lentamente pero con
toda claridad:
—Quiero
que me digas por qué suma abandonarás este piso, Josafat.
—¿Cuándo?
—Inmediatamente.
—¿Qué
quiere decir inmediatamente?
Slim
abrió los ojos, y eran tan fríos y brillantes como el guijarro del fondo de un
arroyo.
—Inmediatamente
significa dentro de una hora. Inmediatamente significa mucho antes de esta
noche.
Un
escalofrío recorrió la espalda de Josafat. Cerró las manos lentamente y apretó
los puños.
—Salga,
señor —dijo serenamente—. Salga de aquí ahora mismo.
—El
piso es muy bonito —dijo Slim—. No deseas abandonarlo. Vale mucho para el que
sabe apreciar estas cosas. No tendrás tiempo tampoco de hacer las maletas.
Puedes llevarte lo que necesites para veinticuatro horas. El viaje, un traje
nuevo, un año de gastos, todo eso se añadirá a la suma. ¿Cuál es el precio de
tu piso, Josafat?
—Voy
a arrojarle a la calle —balbuceó Josafat, con labios febriles—. Le arrojaré por
la ventana. Sin abrirla. Son siete pisos, mi querido señor.
—Tú
amas a una mujer, y ella no te corresponde. Las mujeres que no están enamoradas
son muy caras, ¿no es verdad? Y tú quieres comprar a esta mujer. De acuerdo. Te
daré tres veces lo que vale el piso. La vida en la costa del Adriático, en
Roma, en Tenerife, un crucero alrededor del mundo en un yate espléndido con una
mujer que desea ser comprada cada día. Es comprensible, Josafat, que el piso
sea caro; pero, para decirte la verdad, es preciso que lo tenga, así que habré
de pagar por él.
Se
metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes. Lo deslizó hacia
Josafat sobre la superficie negra y pulida de la mesa. Éste lo cogió de un
revuelo y lo lanzó al rostro de Slim. Con un movimiento rápido Slim lo atrapó y
volvió a ponerlo suavemente en la mesa. Colocó otro fajo junto a él.
—¿Es
suficiente? —preguntó con voz adormilada.
—¡No!
—aulló Josafat.
—Sensato
—dijo Slim—, muy sensato. ¿Por qué no habrías de aprovechar al límite tus
ventajas? Una oportunidad así de subir de golpe cien escalones en la vida, de
ser independiente, feliz, libre, con el logro de todos los deseos, la
satisfacción de todos los caprichos, poseerte a ti mismo y a una mujer hermosa
a tus pies; una oportunidad así sólo la tendrás una vez en la vida.
¡Aprovéchala, Josafat, si no eres idiota! En confianza: la hermosa de quien
hablábamos ha sido ya informada y te está esperando junto al avión que se halla
dispuesto para el viaje. Tres veces el precio, Josafat, si decides no hacerla
esperar.
Puso
un tercer fajo de billetes sobre la mesa. Miró a Josafat, cuyos ojos
enrojecidos amenazaban con atacarle. Avanzó fieramente, agarró los tres
montones y con manos crispadas empezó a rasgar los billetes.
Slim
meneó la cabeza.
—No
importa —dijo sin turbarse—. Tengo aquí un talonario con cheques firmados por
Joh Fredersen. Escribiremos una suma en la primera hoja: el doble de la
cantidad acordada hasta ahora. ¿Bien, Josafat?
—No
lo haré —dijo el otro, temblando de pies a cabeza.
Slim
sonrió.
—No,
todavía no. Pero muy pronto…
Josafat
no contestó. Miraba el trozo de papel blanco que destacaba sobre el negro de la
mesa. No veía la cifra en él.
Sólo
veía la firma: Joh Fredersen.
Una
firma como escrita con el filo de un hacha: Joh Fredersen.
Apartó
la cabeza, y fue como si sintiera el filo del hacha en el cuello.
—¡No!
—gimió—. ¡No, no, no!
—¿Aún
no es suficiente? —preguntó Slim.
—Sí
—dijo en un murmullo—. Sí, es suficiente.
Slim
se puso en pie. Algo que se le saliera del bolsillo sin él advertirlo ―al sacar
los puñados de billetes― se deslizó ahora de sus rodillas: era una gorra negra
como las que solían usar los obreros de Joh Fredersen.
Un
gemido escapó de los labios de Josafat. Cayó de rodillas. Cogió la gorra con
ambas manos. Se la llevó a la boca. Miró a Slim. Se incorporó. Saltó como un
ciervo ante la jauría, a fin de ganar la puerta.
Pero
Slim fue más rápido. Con un impulso poderoso saltó sobre la mesa y el diván.
Rebotó contra la puerta y quedó en pie ante Josafat. Por una fracción de
segundo, ambos se miraron fijamente. Luego las manos de Josafat se aferraron
furiosas a la garganta de Slim. Éste bajó la cabeza y extendió los brazos,
brazos prensores como los de un pulpo.
Lucharon
estrechamente aferrados, uno ardoroso, el otro helado; uno furioso, el otro
reflexivo; uno gritando, el otro silencioso. La hermosa habitación, convertida
en terreno de lucha, parecía demasiado pequeña para los dos cuerpos enlazados
que se retorcían como peces, que pateaban como ciervos, que se golpeaban como
osos furiosos.
Pero
contra la frialdad terrible e inalterable de Slim era inútil la furia acalorada
de su oponente. De pronto, como si se le hubieran quebrado las rodillas,
Josafat se desmoronó en brazos de Slim y cayó a sus pies, mirándole con ojos
vidriosos.
Slim
le soltó.
—¿Has
tenido ya bastante? —preguntó, sonriendo.
Josafat
no contestó. Levantó penosamente la mano derecha como si la gorra negra de
Freder, que no había soltado ni en toda la furia de la pelea, pesara una
tonelada. La apretó entre las manos, la acarició…
—Vamos,
Josafat, levántate —dijo Slim; hablaba con gravedad, suavemente, incluso con
cierta tristeza—. ¿Me permites que te ayude? Dame las manos. No, no, no te
quitaré esa gorra. Me temo que me vi obligado a hacerte mucho daño. No fue un
placer. Pero tú me obligaste.
Soltó
al hombre, que ahora se hallaba de pie, y miró a su alrededor con melancólica
sonrisa.
—Ha
sido mejor que fijáramos el precio de antemano —dijo—. Ahora el piso sería
mucho más barato.
Suspiró
levemente y miró a Josafat.
—¿Cuándo
estarás dispuesto a irte?
—Ahora
—repuso.
—¿No
te llevarás nada?
—No.
—¿Te
irás tal como estás, con todas las señales de la lucha, roto y destrozado?
—Sí.
—¿Te
parece cortés para con la dama que te espera?
Los
ojos de Josafat recuperaron la vista. Enrojecidos, se volvieron hacia Slim.
—Si
no quiere que mate a esa mujer, haga que se vaya antes de que yo la vea.
Slim
guardó silencio. Josafat se volvió para marcharse. Slim cogió el cheque, lo
dobló y lo metió en el bolsillo de Josafat; éste no ofreció resistencia.
Pasó
ante Slim en su camino hacia la puerta. Luego se detuvo de nuevo y miró hacia
atrás. Agitó la gorra como despidiéndose de la habitación, y estalló en una
risa incesante.
Slim
salió tras él.
8
Freder
subió vacilante los escalones de la catedral. Hel, su madre, solía ir allí a
menudo, pero para él era ésta la primera vez. Ahora anhelaba ver la catedral
con los ojos de su madre, oír con los oídos de ella la plegaria de piedra de
las columnas, cada una con su propia voz.
Entró
en la catedral como un niño, dispuesto a la reverencia pero sin temor. Oyó
―como Hel, su madre― el Kyrie Eleison de las piedras, el Te Deum Laudamus, el
De Profundis y el Jubilate. Y oyó, como su madre, el coro de las piedras que
coronaba el Amén de la cúpula.
Buscó
a María ―que debía esperarle en la escalera del campanario―, pero no pudo
encontrarla. Recorrió la catedral, que parecía desierta. En una ocasión se
detuvo; estaba de pie frente a la Muerte. La imagen fantasmal, tallada en
piedra, se alzaba en un nicho. Llevaba sombrero y una capa muy amplia, la
guadaña al hombro y, colgando del cinto, un reloj de arena. Sus descarnados
dedos sostenían entre los dientes una flauta labrada en hueso. Los siete
pecados capitales eran su acompañamiento.
Freder
miró el rostro de la Muerte y dijo:
—Si
hubieras venido antes no me habrías asustado, pero ahora te lo ruego: ¡apártate
de mí y de mi amada!
Sin
embargo, aquel horrible engendro no parecía escuchar otra cosa que la
silenciosa música de su flauta.
Freder
siguió su deambular. Llegó a la nave central. Ante el altar, una figura oscura
con los brazos en cruz yacía de bruces sobre las piedras; apretaba el rostro
contra la frialdad del suelo como si deseara romper las losas con la presión de
la frente. Vestía los ropajes de un monje, y llevaba la cabeza afeitada. Un
temblor incesante agitaba aquel cuerpo rígido y delgado.
De
pronto se incorporó. Su rostro era una llamarada blanca con dos carbones
encendidos, los ojos. Apuntó con mano temblorosa el crucifijo que se alzaba
sobre el altar y habló con voz ardiente:
—¡No
te dejaré ir, Dios, a menos que me bendigas!
El
eco de las columnas coreó su grito.
El
hijo de Joh Fredersen nunca había visto a aquel hombre. Sin embargo, al
descubrir aquellos ojos flameantes brillar en la profunda palidez del rostro,
supo que era Desertus, el monje, el enemigo de su padre.
Tal
vez su respiración se había hecho demasiado audible; de pronto, las llamas
negras se clavaron en él. El monje se levantó lentamente. Sin pronunciar
palabra, extendió la mano. Señalaba la puerta.
—¿Por
qué me arrojas de aquí, Desertus? —preguntó Freder—. ¿No está abierta a todos
la casa de tu Dios?
—¿Has
venido aquí a buscarle? —preguntó a su vez la voz dura y bronca del monje.
Freder
vaciló. Inclinó la cabeza.
—No
—contestó, aunque en su corazón sabía la verdad.
—Si
no has venido a buscar a Dios, no tienes nada que hacer aquí.
Freder
salió de la catedral como si caminara en sueños. La luz del día hirió sus ojos
con crueldad. Agotado de cansancio, vencido por el dolor, bajó los escalones y
siguió caminando sin rumbo.
El
estruendo de las calles zumbaba en sus oídos como un enjambre de abejas.
Caminaba estupefacto entre los gruesos muros de cristal. No podía pensar más
que en el nombre de su amada, ni sentir otra cosa que su anhelo de ella.
Temblando de cansancio, pensó en los ojos y los labios de la muchacha con un
sentimiento muy semejante a la nostalgia.
¡Ah!,
estar ambos con las frentes unidas, los labios unidos, los ojos cerrados,
respirando en paz. Paz…
—Vamos
—dijo su corazón—, ¿por qué me dejas solo?
Caminó
entre una oleada de transeúntes, ahogando el deseo absurdo de detenerse en
plena corriente y preguntar a las gotas de agua ―a cada ser humano― si conocía
el paradero de María y por qué le hacía esperar en vano.
Llegó
a la casa del mago. Miró a una ventana. ¿Estaba loco?
Allí
estaba María, de pie tras los cristales empañados. Aquéllas eran sus benditas
manos tendidas hacia él y un grito ahogado: «¡Ayúdame!»
La
visión desapareció, tragada por la negrura de la habitación, desvaneciéndose
sin dejar huella, como si jamás hubiera existido. Silenciosa, muerta, malvada,
se levantaba ante él la casa del mago.
Freder
permanecía inmóvil. Aspiró profundamente. Luego, de un salto, se encontró ante
la puerta de la casa.
Rojo
y cobre, sobre la madera negra de la puerta, brillaba el sello de Salomón: la
estrella de cinco puntas.
Freder
llamó. Nada se oyó en la casa. Llamó por segunda vez.
La
casa permaneció obstinadamente muda.
Se
retiró y miró las ventanas. En su negrura sombría, éstas miraban por encima de
él.
Fue
a la puerta de nuevo. La golpeó con los puños. Y el eco de sus golpes agitó la
casa, que pareció burlarse de él.
El
sello de cobre de Salomón le sonreía sobre la puerta cerrada.
Se
mantuvo inmóvil por un instante. Las sienes le latían. Se sentía absolutamente
impotente, tan deseoso de llorar como de estallar en maldiciones.
Entonces
oyó una voz, la voz de su amada:
—¡Freder!
—y otra vez:— ¡Freder!
Sus
ojos se inyectaron en sangre. Tomó impulso para lanzar todo el peso de su
cuerpo contra la puerta. Pero, en aquel mismo momento, la puerta se abrió en un
fantasmal silencio dejándole totalmente libre el camino al interior.
Aquello
era tan inesperado y alarmante que, en pleno impulso, Freder se aferró con
ambas manos a las jambas a fin de no caer. Se clavó los dientes en los labios.
El interior de la casa estaba tan negro como la noche.
Pero
la voz de María le llamaba desde el fondo de la casa:
—¡Freder!
¡Freder!
Entró
corriendo como si estuviera ciego. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas.
Se halló en la oscuridad.
Llamó.
No recibió respuesta. No veía nada. Tanteó. Sintió paredes, paredes
interminables. Finalmente dio con una escalera. Un brillo pálido y rojizo se
movía ante él, como el reflejo de un fuego distante.
De
pronto —se quedó muy quieto, clavando la mano en la piedra— escuchó un sonido
procedente de la nada. El llanto de una mujer que sufría mortalmente.
No
era muy alto el sonido, pero de él parecía surgir la fuente de todas las
lamentaciones. Como si la casa estuviera llorando, como si todas las piedras
del muro fueran una boca que sollozara, liberada de un silencio eterno por una
vez ―y sólo una vez―, para llorar una angustia eterna.
Freder
gritó, comprendiendo que gritaba sólo para no oír más el llanto.
—¡María!
¡María! ¡María! —su voz era tan clara y salvaje como un juramento— ¡Estoy aquí!
Subió
corriendo las escaleras. Llegó a la parte superior, y encontró un pasadizo
apenas iluminado en el que se abrían doce puertas.
En
cada una de ellas brillaba, rojo y cobre, el sello de Salomón: la estrella de
cinco puntas.
Saltó
hacia la primera. Antes de que la hubiera tocado, la puerta se abrió sin ruido
ante él. Sólo el vacío reinaba en su interior. La habitación estaba totalmente
desnuda.
La
segunda puerta. Lo mismo.
La
tercera, la cuarta. Todas se abrían ante él como si con su aliento hubieran
saltado los cerrojos.
Freder
se detuvo en seco. Hundió la cabeza entre los hombros. Alzó la mano y se secó
la frente. Miró a su alrededor. Las puertas seguían abiertas. El llanto había
cesado; todo estaba en silencio.
Pero
de ese silencio le llegó una voz suave y dulce, más tierna que un beso.
—¡Ven!
¡Oh, ven! ¡Estoy aquí, amado mío!
Freder
no se movió. Conocía muy bien aquella voz. Era la voz de María, a quien tanto
amaba. Y, sin embargo, era una voz extraña. Nada en el mundo podía ser más
dulce que la suave llamada, y nada en el mundo había estado jamás tan lleno de
una maldad sombría y mortal.
Freder
sintió que el sudor le corría por la frente.
—¿Quién
eres? —preguntó con voz inexpresiva.
—¿No
me conoces?
—¿Quién
eres?
—María.
—Tú
no eres María.
—¡Freder!
—gimió la voz.
—¿Quieres
que pierda la razón? —preguntó Freder entre dientes—. ¿Por qué no vienes a mí?
—No
puedo, amado mío.
—¿Dónde
estás?
—¡Búscame!
—insinuó, seductora, aquella voz mortal.
Pero,
pugnando con aquella voz burlona, sonaba otra, muerta de miedo y horror, que
era también la voz de María:
—Freder.
Ayúdame, Freder. No sé qué me están haciendo, pero es peor que la muerte. Mis
ojos están ahora en…
De
pronto, como un conmutador que se cierra, la voz se apagó. Pero la otra voz,
que también era la voz de María, rió dulcemente, seductoramente:
—¡Búscame,
amado mío!
Freder
echó a correr. Sin sentido, sin razón, echó a correr. Corrió junto a los muros,
cruzó puertas abiertas, arriba, abajo, de la luz a la oscuridad, arrastrado por
unos conos de luz que de pronto se encendían ante él para hundirse luego en una
tiniebla infernal.
Corría
como un animal ciego, gimiendo a voces. Descubrió que corría en círculos,
siguiendo siempre sus propias huellas; pero no podía salir del círculo, no
podía librarse del círculo maldito. Corría en la neblina púrpura de su propia
sangre, que le llenaba los ojos y oídos; oía el latir tumultuoso de la sangre
en su cerebro y oía muy alto, como el canto de los pájaros, la dulce, mortal y
malvada risa de María:
—¡Búscame,
amado mío! ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!
Al
fin, cayó al suelo. Sus rodillas chocaron contra algo que se interponía en el
camino de su ceguera; tropezó y cayó. Bajo las manos sintió el contacto de las
piedras frías y duras, cortadas en cuadrados perfectos. Todo su cuerpo,
destrozado, atormentado, descansó sobre la dureza helada de los bloques. Trató
de levantarse, cayó de nuevo violentamente y quedó tumbado en el suelo. Como si
una pesada manta viniera a caer sobre él, sofocándole, perdió la consciencia.
Rotwang
le había visto caer. Esperó atento y vigilante, para ver si este joven
descabellado, hijo de Joh Fredersen y de Hel, había tenido ya bastante, o si se
levantaría de nuevo para luchar contra la nada.
Por
lo visto, había sido suficiente. Estaba terriblemente inmóvil. Ni siquiera
respiraba; parecía un cadáver.
El
gran inventor dejó su puesto de escucha. Paseó en silencio por la casa sombría.
Abrió una puerta, y desde el umbral contempló a la muchacha. Ella, única
ocupante de la habitación, lo observó con expectación, plenamente consciente de
su inutilidad.
La
muchacha seguía inmóvil en el extremo más lejano de la habitación, atada a un
sillón alto y estrecho, muy erguida, tan abiertos los ojos que parecía carecer
de párpados. Sus hermosos labios, aun en su palidez hermosos, parecían encerrar
entre ellos lo impronunciable.
Rotwang
se acercó a ella. Sus manos solitarias cortaban el aire como si quisieran
aprisionar el rostro de María. Sus ojos, sus ojos solitarios, se clavaban en el
rostro de María.
—¿No
quieres sonreír, aunque sólo sea una vez? —preguntó—. ¿No quieres llorar,
aunque sólo sea una vez? Necesito ambas cosas: tu sonrisa y tus lágrimas. Tu
imagen, María, tal como eres ahora, está prendida en mi retina y nunca te
perderá. Podría reproducir a ojos cerrados tu horror y tu rigidez. La amarga
expresión de desprecio en tus labios me resulta ya tan familiar como la altivez
de tus cejas… Pero necesito tu sonrisa y tus lágrimas, María, o fracasará mi
obra.
La
muchacha seguía sentada, muda y mirando por encima de él.
Rotwang
tomó una silla, se sentó a horcajadas y, cruzando los brazos sobre el respaldo,
miró a la muchacha con una melancólica sonrisa en los labios.
—Pobre
par de infelices —dijo—, osar alzarse contra Joh Fredersen. Nadie puede
reprocharte nada a ti; tú no le conoces, y no sabes qué estás haciendo. Pero el
hijo sí debería conocer al padre. No creo que exista un solo hombre que pueda
presumir de haber obtenido nada de Joh Fredersen. Sería más fácil doblegar la
voluntad del Dios inescrutable que gobierna el mundo, que la de Joh Fredersen.
La
muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua.
—¿Qué
harás, María, si Joh Fredersen se toma en serio vuestro amor, si viene a ti y
te dice: «Devuélveme a mi hijo»?
La
muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua.
—Él
te preguntará: «¿Qué vale mi hijo para ti?», y, si eres prudente, le
contestarás: «Ni más ni menos que lo que vale para ti». Y él pagará el precio,
y será un precio muy alto, ya que Joh Fredersen sólo tiene un hijo.
La
muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua.
—¿Qué
sabes tú del corazón de Freder? —continuó el hombre—. Es tan joven como el día
al amanecer. El corazón del joven es tuyo al alba, pero ¿dónde estará a
mediodía? ¿Y por la noche? Muy lejos de ti, María. Muy, muy lejos. El mundo es
muy grande, la tierra es tan hermosa… Su padre le enviará alrededor del mundo,
y él te olvidará antes de que sea mediodía en su corazón.
La
muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua. Pero en su boca, semejante a
un capullo de rosa, empezó a florecer una sonrisa. Una sonrisa de tal dulzura,
de tal profundidad, que parecía que en torno a ella empezara el aire a brillar.
El
hombre la observó con ojos solitarios y hambrientos, tan secos como el desierto
que no conoce el rocío. Con voz ronca continuó:
—¿De
dónde has sacado esta ingenua confianza? ¿Crees ser el primer amor de Freder?
¿Has olvidado la Casa de los Hijos, María? Hay cien mujeres allí, y todas son
suyas. Esas mujercitas encantadoras podrían hablarte del amor de Freder, pues
lo conocen mejor que tú. Tú sólo tienes una ventaja sobre ellas: que podrás
llorar cuando él te deje, ya que ellas lo tienen prohibido.
»Cuando
el hijo de Joh Fredersen celebre su matrimonio, será como si lo celebrara toda
Metrópolis. ¿Cuándo? Eso lo decidirá Joh Fredersen. ¿Con quién? Joh Fredersen
lo decidirá. ¡Pero tú no serás la novia. ¡María! El hijo de Joh Fredersen te
habrá olvidado para el día de su boda.
—¡Nunca!
—dijo la muchacha—. ¡Jamás!
Lágrimas
serenas de un amor verdadero fueron a caer sobre la belleza de su sonrisa.
El
hombre se levantó. Permaneció muy quieto ante la muchacha, devorando ávidamente
su imagen. Por fin dio media vuelta y abandonó la habitación.
Cruzó
otro umbral y se quedó mirando al ser, a su criatura de vidrio y metal, que
ahora tenía el rostro casi completo de María. Tendió las manos hacia esa cabeza
y, cuanto más se acercaba a ella, más parecía como si esas manos ―esas manos
solitarias― no desearan crear sino destruir.
—Somos
unos chapuceros, Futura —dijo—, unos chapuceros. ¿Puedo acaso darte una sonrisa
capaz de lograr que los ángeles se precipiten dichosos al infierno? ¿Puedo
acaso darte lágrimas que rediman a Satán y le santifiquen? Parodia es tu
nombre, y el mío Chapucero.
Brillante,
frío y lustroso, el ser erguido frente a él miraba a su creador con ojos
misteriosos. Y cuando Rotwang le puso las manos en los hombros, la magnífica
estructura se agitó en una risa misteriosa.
Al
volver en sí, Freder se encontró envuelto por una luz mortecina. Provenía de
una ventana a través de la cual se distinguía el cielo, pálido, gris. La
ventana era pequeña y daba la impresión de que no se había abierto en muchos
siglos. Sus ojos escrutaron la habitación. Nada de cuanto veía penetraba en su
conciencia. Nada recordaba. Estaba tumbado de espaldas sobre unas piedras frías
y suaves; miembros y articulaciones le dolían espantosamente, con un dolor
sordo.
Volvió
la cabeza a un lado. Vio sus manos, que yacían a sus costados, como si no le
pertenecieran: muy abiertas, muy blancas. Los nudillos despellejados, unas
tiras de piel, unas costras oscuras… ¿Eran éstas sus manos?
Miró
al techo. Era negro, parecía chamuscado. Miró los muros: grises, fríos.
¿Dónde
estaba? Le torturaban la sed y un hambre feroz. Pero aún peor que la sed y el
hambre era el cansancio, que exigía el sueño y no conseguía hallarlo.
De
pronto le sobrecogió el pensamiento de María.
Se
incorporó vacilando, pues los tobillos se negaban a sostenerle. Sus ojos
buscaron las puertas; sólo había una. Fue a ella tambaleándose. La puerta
estaba cerrada; no tenía picaporte, no se abría…
Su
cerebro le ordenó: «No te sorprendas de nada. No permitas que nada te asuste.
Piensa».
Más
allá había una ventana. No tenía marco. Era una simple lámina de cristal
incrustada en la piedra. Desde ella se divisaba una calle desde lo alto, una de
las grandes calles de la gran Metrópolis, llena de gente apresurada. El cristal
de la ventana debía de ser muy grueso: ni el menor sonido penetraba en la
habitación en la que Freder se hallaba cautivo.
Sus
manos tantearon aquel cuadro transparente. Un frío penetrante irradiaba del
cristal, cuya suavidad le recordaba el filo cruel de una hoja de acero. Las
puntas de los dedos resbalaron hacia el borde y quedaron engarfiadas, colgando
en el aire, como hechizadas. Porque allá abajo, muy abajo, vio a María cruzando
la calle.
Los
puños de Freder golpearon el cristal. Gritó el nombre de la muchacha: «¡María!»
Tenía que oírle. Era imposible que no le oyera. Sin acordarse de los nudillos
despellejados, siguió golpeando el cristal.
Pero
María no le oyó. No volvió la cabeza. Con pasos suaves pero rápidos se hundió
en la corriente de peatones como si se hallara en su elemento familiar.
Freder
saltó hacia la puerta. La golpeó con los hombros, las rodillas, con todo su
cuerpo. Ya no gritaba. Aspiraba el aire con la boca muy abierta y el aliento le
quemaba los labios cenicientos. Saltó de nuevo a la ventana. Apenas a diez
pasos de la casa había un policía, que miraba para la morada de Rotwang. El
rostro de aquel hombre ostentaba la indiferencia más completa. Nada parecía más
lejos de su mente que la vigilancia de la casa del mago. Pero era inconcebible
que pasara desapercibido un hombre que trataba de destrozar el cristal de la
casa con los puños ensangrentados.
Freder
se detuvo y miró el rostro del policía con odio irrazonable. Dio la vuelta,
cogió un taburete que se hallaba junto a la mesa y lo lanzó con toda su fuerza
contra la ventana. Nada. El taburete rebotó y el cristal siguió incólume.
La
furia le contraía la garganta. Cogió el taburete y lo lanzó ahora contra la
puerta. El taburete cayó al suelo. Freder corrió a él y, en un ciego impulso de
destrucción, lo alzó y golpeó una y otra vez contra la puerta.
La
madera saltaba hecha astillas. La puerta se quejaba como un ser vivo. Freder no
descansaba. Al ritmo de su sangre ardiente, siguió golpeando, hasta que la
puerta se rompió con un quejido. Freder salió por el agujero. Recorrió la casa.
Sus ojos enloquecidos buscaban un enemigo, un nuevo obstáculo en cada rincón.
Sin que nada se lo impidiera llegó a la puerta, la halló abierta y salió
corriendo a la calle.
Voló
en la dirección que María había tomado, pero la corriente parecía habérsela
tragado. No había ni rastro de ella. Por unos minutos permaneció paralizado,
entre las gentes que caminaban presurosas. Una vana esperanza le nublaba el
cerebro. Quizás ella volviera, tal vez si esperaba…
Pero
recordó la catedral, su espera inútil, la voz en la casa del mago, las palabras
de temor, su dulce risa malvada… ¡No, nada de esperar! Quería saber.
Con
los dientes apretados echó a correr.
Podía
preguntar en casa de María. Estaba muy lejos de allí. ¿Qué diría al llegar? Con
la cabeza descubierta, las manos heridas, los ojos enloquecidos por el
cansancio, corría hacia su destino: la casa de María.
No
sabía cuántas horas, cuántas preciosas horas de ventaja le llevaba aún a Slim.
Se
halló al fin ante unas personas con las que era de suponer que vivía María: un
hombre y una mujer, ambos con el rostro hosco, receloso. La mujer se encargó de
responder. Sus ojos vacilaban. Tenía las manos enlazadas bajo el delantal.
No,
allí no vivía ninguna muchacha llamada María. Nunca había vivido allí.
Freder
miró a la mujer. No le creía. Debía conocer a la muchacha. María tenía que
vivir allí.
Desconcertado,
temiendo que fallara su última esperanza de hallarla, empezó a describirla
según sus recuerdos:
―Tenía
el cabello muy rubio, tenía unos ojos muy amables, tenía la voz de una madre
cariñosa, llevaba unas ropas severas pero lindas…
El
hombre se apartó a un lado y hundió la cabeza entre los hombros, como si no
pudiera soportar las palabras de aquel desconocido. Agitando la cabeza, con
furiosa impaciencia para que Freder terminara, la mujer repitió las mismas
palabras sin variar: la muchacha no vivía allí y eso era todo. ¿No había
terminado aún con tantas preguntas?
Freder
se fue. Se fue sin una palabra. Oyó cómo la puerta se cerraba de golpe a sus
espaldas y las voces se perdían en susurros. Unos pasos interminables le
llevaron de nuevo a la calle.
Y
ahora ¿qué?
Se
detuvo impotente. No sabía a qué lado volverse.
Mortalmente
exhausto, borracho de cansancio, oyó con un gesto repentino de dolor que el
aire en torno a él se llenaba de un sonido poderoso.
Era
un sonido inmensamente glorioso y arrobador. Más profundo y más poderoso que
ningún sonido sobre la tierra. La voz del océano embravecido, la voz de los
torrentes al despeñarse, la voz del trueno muy cercano… quedarían ahogadas y
empequeñecidas por aquel estruendo de Behemoth. Sin ser agudo, penetraba todos
los muros; y mientras duraba, todas las cosas parecían girar en él. Era
omnipresente, pues venía de las alturas y de las profundidades; y era hermoso y
terrible, pues era una orden a la que nadie podía resistirse.
Estaba
muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.
Metrópolis
alzaba su voz. Las máquinas de Metrópolis rugían. Pedían alimento.
—Mi
padre —pensó Freder, sólo consciente a medias— ha pulsado la placa de metal
azul. El cerebro de Metrópolis controla la ciudad. Nada sucede en Metrópolis
que no llegue a sus oídos. Iré a mi padre y le preguntaré si Rotwang, el
inventor, ha estado jugando con María y conmigo en nombre de Joh Fredersen.
Dio
la vuelta y se dirigió hacia la Nueva Torre de Babel.
Partió
con la obstinación del poseído: los labios apretados, las cejas muy fruncidas,
los puños crispados al extremo de unos brazos muy débiles. Partió como si
quisiera aplastar las piedras bajo sus pies, como si toda la sangre de su
cuerpo se hubiera agolpado en los ojos febriles. Corría, y a cada paso en aquel
camino interminable tenía esta impresión: no soy yo quien corre, corro en
espíritu junto a mi propio yo. Yo, espíritu, obligo a mi cuerpo a seguir
adelante aunque se halle mortalmente agotado.
Quienes
le miraron, cuando llegó a la Nueva Torre de Babel, creyeron ver no a un hombre
sino a un espíritu.
Estaba
a punto de entrar en el Pater Noster que proseguía su camino ―una noria para
seres humanos― por la Nueva Torre de Babel, pero un temblor repentino se lo
impidió. ¿Acaso no recordaba que allá abajo, muy, muy abajo, en el subsuelo de
la Nueva Torre de Babel, había una pequeña máquina brillante que era como
Ganesha, el dios de la cabeza de elefante? Bajo el cuerpo encogido y la cabeza
hundida en el pecho, sus patas torcidas semejantes a las de un gnomo se
apoyaban en la plataforma. El tronco y las patas estaban inmóviles, pero los
brazos cortos empujaban, impulsaban atrás y adelante; atrás y adelante…
¿Quién
estaría ahora ante la máquina, maldiciendo la plegaria del señor, la plegaria
del señor de la máquina Pater Noster?
Temblando
de horror, corrió escaleras arriba.
Peldaños,
peldaños y más peldaños; nunca llegaría al fin. La cima de la Nueva Torre de
Babel se alzaba muy cerca del cielo. La torre rugía como el mar. Trepidaba como
el trueno. El sonido de los torrentes al caer latía en sus venas.
—¿Dónde
está mi padre? —preguntó Freder a los servidores.
Le
indicaron una puerta. Querían anunciarle, pero él agitó la cabeza. Se preguntó
por qué le mirarían de un modo tan extraño todos eílos.
Abrió
la puerta. La habitación estaba vacía. Al otro extremo había una segunda puerta
entreabierta. Y se escuchaban voces tras ella.
Freder
quedó repentinamente inmóvil, como si tuviera los pies clavados en el suelo. La
parte superior de su cuerpo se inclinaba hacia adelante. Los puños colgaban
ahora de unos brazos impotentes, sin poder siquiera abrirse, crispados.
Escuchó. Los ojos, en el rostro muy pálido, estaban inyectados en sangre; los
labios abiertos eran un grito mudo.
Luego
consiguió levantar los pies del suelo, y caminó hacia la puerta. La abrió del
todo.
En
medio de la habitación bañada por una luz intensa, se alzaba Joh Fredersen con
una mujer entre los brazos. Y la mujer era María. No luchaba. Echando la cabeza
hacia atrás, entre los brazos del hombre, le ofrecía los labios, su boca
encantadora, aquella risa mortal.
—¡Tú!
—gritó Freder.
Corrió
hacia la muchacha. No veía a su padre. Sólo la veía a ella. No, ni siquiera a
ella; sólo su boca y su risa, dulce y malvada. Joh Fredersen giró en redondo,
grande y amenazador. Soltó a la muchacha. La resguardó tras sus hombros
poderosos, y miró a su hijo con el rostro encendido, en el que centelleaban los
dientes y relucían unos ojos invencibles.
Pero
Freder no vio a su padre. Sólo veía un obstáculo entre él y la muchacha.
Se
lanzó contra él. Lo empujó salvajemente. Le ahogaba el odio contra el
obstáculo. Sus ojos despedían llamas. Buscaban algo que pudieran utilizar como
arma destructora, pero no encontraron nada; entonces Freder arremetió como un
ariete humano. Sus dedos agarraron, sus dientes mordieron. Oía su propio
aliento como un silbido, muy alto y agudo. Sin embargo, en su interior, sólo
había un sonido, sólo un grito: «¡María!», un gemido suplicante: «¡María!»
Ni
un hombre que soñara con el infierno habría chillado más que él en su
pesadilla.
Sin
embargo, entre él y la muchacha, seguía alzándose una roca, una pared viva.
Sus
manos atenazaron la garganta de Joh Fredersen.
—¿Por
qué no te defiendes? —gritó, mirándole enardecido—. ¡Te mataré! ¡Te mataré!
Pero
el hombre no cedía terreno, aunque le estuviera estrangulando. Sacudido por la
furia de Freder, el cuerpo se inclinaba ya a la derecha, ya a la izquierda. Y
mientras esto sucedía, Freder veía entre una niebla transparente el rostro
sonriente de María que, apoyada contra la mesa, miraba con sus ojos de
aguamarina la lucha entre el padre y el hijo.
Y la
voz de su padre dijo:
—Freder…
Miró
el rostro del hombre, y vio a su padre. Vio las manos que apretaban la garganta
de su padre: eran las suyas, las manos del hijo.
Dejó
caer las manos como si se las hubieran cortado, y las miró, balbuceando algo
que era a la vez un juramento y el llanto de un niño que se cree solo en el
mundo.
Y la
voz de su padre dijo:
—Freder…
Cayó
de rodillas. Extendió los brazos, dejó caer la cabeza en las manos de su padre.
Estalló en lágrimas, en sollozos desesperados.
Oyó
que se cerraba una puerta. Giró en redondo. Se puso en pie de un salto. Sus
ojos registraron la habitación.
—¿Dónde
está? —preguntó.
—¿Quién?
—Ella.
—¿Quién?
—Ella.
La que estaba aquí.
—Aquí
no había nadie, Freder.
Los
ojos del muchacho relampaguearon.
—¿Qué
dices? —tartamudeó.
—Que
aquí no ha habido nadie, Freder, más que tú y yo.
Freder
agitó rígidamente la cabeza y se abrió el cuello del uniforme, porque se
ahogaba. Miró a los ojos de su padre como si mirara a lo profundo de un pozo.
—Dices
que aquí no había nadie. ¿Acaso no te he visto cuando sostenías a María en tus
brazos? ¿He estado soñando acaso? Estoy loco, ¿verdad?
—Te
doy mi palabra —dijo Joh Fredersen— de que, cuando viniste a mí, no había
ningún ser humano en la habitación.
Freder
guardó silencio. Sus ojos desconcertados seguían escrutando los rincones.
—Estás
enfermo, Freder —dijo la voz de su padre.
Freder
sonrió. Luego empezó a reír. Se dejó caer en una silla y rió a carcajadas. Se
inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, enterrando la cabeza
entre las manos. Y empezó a balancearse temblando de risa.
Los
ojos de Joh Fredersen estaban clavados en él.
9
El
avión que alejaba de Metrópolis a Josafat surcaba el aire dorado del atardecer
corriendo hacia el sol poniente a velocidad de vértigo, como unido por cuerdas
de metal al disco de oro que se hundía en el horizonte.
Josafat
iba sentado tras el piloto. Desde el momento en que se elevaron sobre el
aeropuerto y el mosaico de piedra de la gran Metrópolis se desvaneció en las
profundidades insondables, no había dado la menor muestra de estar vivo y de
tener la facultad de respirar y moverse. Hubiérase dicho una estatua de piedra
gris, fría y triste. En una ocasión en que el piloto se volvió a mirarle, se
encontró con los ojos abiertos de aquel ser petrificado, sin hallar en ellos
una respuesta o al menos una señal de conciencia.
Sin
embargo, Josafat había captado aquel movimiento del piloto. La visión de aquel
gesto cauto pero seguro y vigilante se había grabado en su memoria hasta que al
fin lo comprendió.
En
ese instante, la imagen petrificada pareció convertirse de nuevo en un ser
humano. Su pecho se hinchó en una respiración larga, anhelosa, y sus ojos se
alzaron primero hacia el cielo azul verdoso y vacío, luego hacia la tierra, una
alfombra lisa, redonda, tendida hacia el infinito y al sol que giraba hacia
occidente como una bola brillante y, por último, a la cabeza del piloto: a la
gorra del aviador, cuya cabeza se unía a unos hombros amplios de fuerza
hercúlea, de terrible serenidad.
La
poderosa máquina del avión funcionaba en perfecto silencio, pero el aire que
hendía resonaba con un estruendo misterioso, como si la cápsula de los cielos
captara el tronar del globo y se lo devolviera con furia.
El
avión volaba sin rumbo sobre una tierra extraña, como un pájaro incapaz de
hallar su nido.
De
pronto, entre el estruendo del aire, el piloto oyó junto a su oído izquierdo
una voz que decía muy suavemente:
—Regrese.
Al
intentar volverse sintió en la sien el contacto de un objeto frío, al parecer
anguloso y extremadamente duro.
—¡No
se mueva! —ordeno la voz junto a su oído izquierdo, muy suave pero haciéndose
entender sobre el estruendo del aire—. ¡Ni se vuelva tampoco! No tengo
revólver; de haberlo tenido, probablemente no estaría aquí. Lo que tengo en la
mano es una herramienta de acero, lo bastante fuerte para destrozarle el cráneo
si no me obedece inmediatamente. ¡Regrese!
El
piloto se encogió de hombros con un gesto breve e impaciente. El disco
brillante del sol tocó el horizonte, un contacto muy leve, muy ligero. Durante
unos segundos pareció danzar a un ritmo suave y brillante. El morro del avión
giró hacia él y no alteró su curso ni un ápice.
—Creo
que no me ha entendido —prosiguió la voz—. ¡Regrese! Quiero volver a
Metrópolis, ¿me oye? Tengo que estar allí antes de la caída de la tarde. ¿Bien?
—Cállese
—dijo el piloto.
—Por
última vez, ¿va a obedecerme o no?
—Siga
sentado ahí y sin moverse. ¡Maldita sea! ¿Qué se propone?
—¿No
quiere obedecer?
—¿Qué
demonios…?
Una
niña, que aventaba el heno en un campo dorado bajo los últimos rayos del sol,
había visto el gran pájaro que volaba sobre ella en el cielo de la tarde y lo
observaba con ojos cansados por el trabajo, agotados por el verano.
¡De
qué modo tan extraño subía y bajaba el avión! Daba saltos como un caballo que
quisiera librarse del jinete. Tan pronto galopaba hacia el sol, como volvía
grupas. La niña no había visto nunca una criatura tan salvaje y rebelde en el
aire. Ahora volaba de nuevo hacia el oeste, dando tumbos absurdos por el cielo.
Algo caía ahora de él: una tela muy ancha, color gris plata, que se desplegaba
y de la cual colgaba una araña gigantesca.
Chillando,
la niña empezó a correr. La araña, negra y grande, que pendía de finas cuerdas,
era ya un ser humano cuyo rostro, pálido como la muerte, se volvía hacia la
tierra. Al llegar al suelo no pudo conservar el equilibrio y quedó tendido en
la tierra. Como una nube cargada de nieve, suave y brillante, la tela gris
plata cayó sobre él, cubriéndole.
La
niña seguía corriendo. Gritaba sin palabras, sin aliento, como si aquellos
chillidos primitivos fueran su verdadero lenguaje. Con ambos brazos apartó la
tela de plata sedosa recogiéndola contra su seno infantil, para que el hombre
viera de nuevo el sol.
Tendido
de espaldas, Josafat desgarraba con dedos tintos en sangre aquella tela que
había sostenido su peso.
A la
vista de las huellas rojas, una expresión de horror cubrió el rostro de la
niña. Pero no gritó; en ella se adivinaba la decisión de las hembras cuando
huelen a un enemigo y no quieren traicionar su presencia ni tampoco la de sus
crías.
Apretó
los dientes con tanta fuerza que sus labios palidecieron. Se arrodilló junto al
hombre y apoyó la cabeza de éste en su regazo.
Unos
ojos se abrieron en aquel rostro tan blanco que ella sostenía. Josafat
parpadeó, mirando el rostro de la niña y luego buscó en el cielo alguna señal
del avión.
Un
punto negro y rápido se destacaba en el cielo escarlata: el avión. Perdido todo
control, volaba hacia el sol, siempre hacia el oeste. Aferrado a los mandos, el
hombre que no había querido regresar. La gorra empapada en sangre colgaba hecha
jirones sobre el cráneo astillado, pero los puños no habían soltado el timón.
Adiós, piloto.
El
rostro que yacía en el regazo de la niña empezó a sonreír, empezó a preguntar.
¿Dónde
estaba la ciudad más próxima?
No
había ninguna ciudad en muchos kilómetros a la redonda.
¿Dónde
estaba el ferrocarril más cercano?
No
había ferrocarril en muchos kilómetros a la redonda.
Josafat
se incorporó. Miró a su alrededor.
Hasta
donde alcanzaba la vista se extendían campos, praderas y bosques serenos a la
luz crepuscular. El escarlata del cielo iba desvaneciéndose ya. Cantaban los
grillos. Sobre las colinas distantes se adivinaba una tenue neblina, y las
primeras estrellas aparecían con su brillo inmóvil en el cielo sin mácula.
—Tengo
que irme —dijo el hombre de rostro pálido como la muerte.
—Debe
descansar primero —aconsejó la niña.
Los
ojos del hombre la miraron con asombro. Su rostro puro, de frente baja y poco
inteligente, con unos labios muy hermosos, aparecía ante él como bajo una
cúpula de zafiros contra el cielo que se curvaba sobre ella.
—¿No
tienes miedo? —preguntó el hombre.
—No
—dijo la niña.
La
cabeza del hombre cayó en su regazo. Ella se inclinó y cubrió el cuerpo
tembloroso con la seda plateada y ondeante.
—Descansar
—suspiró Josafat.
Ella
no habló. Seguía sentada e inmóvil.
—¿Querrás
despertarme en cuanto salga el sol? —preguntó él, con voz temblorosa.
—Sí
—dijo la niña—. Esté tranquilo.
Josafat
suspiró profundamente. Luego se quedó quieto.
Oscurecía
rápidamente. A lo lejos se oyó una voz pronunciando un nombre, una y otra vez.
Las estrellas brillaban gloriosas sobre el mundo. La voz distante calló al fin.
La
niña miró al hombre cuya cabeza yacía en su regazo. En sus ojos, aleteaba la
vigilancia constante que se advierte en los ojos de los animales y de las
madres.
10
Durante
los días siguientes, cuantas veces Josafat intentó romper la barrera que se
había alzado en torno a Freder, tropezaba con alguien que le decía con gesto
inexpresivo:
—El
señor Freder no puede recibir a nadie. El señor Freder está enfermo.
Pero
Freder no estaba enfermo, al menos no como se manifiesta generalmente la
enfermedad entre los hombres. De la mañana a la noche, de la noche a la mañana,
Josafat vigilaba la casa, la cima de la torre donde se hallaba el piso de
Freder. Por la noche, le veía tras las ventanas de visillos blancos que corrían
a todo lo ancho del muro: una sombra, que paseaba arriba y abajo durante horas
y horas. Le veía a la hora del crepúsculo, cuando aún brillaban los tejados de
Metrópolis bañados por el sol y sus calles ―allá abajo, ya en un abismo de
oscuridad― eran inundadas por torrentes de fría luz; la misma sombra, una forma
inmóvil de pie en la estrecha galería que corría en torno a este edificio, casi
el más alto de Metrópolis.
Lo
que expresaban aquellos paseos, aquella vigilancia inmóvil, no era enfermedad.
Era la impotencia más completa. Tendido en el tejado del edificio que estaba
enfrente del piso de Freder, Josafat vigilaba al hombre que le eligiera como
amigo y hermano, al que había traicionado y al que había vuelto. No lograba
discernir sus rasgos pero, por aquella mancha pálida que era su rostro bajo el
sol poniente o bañado por los reflectores, comprendía que el hombre cuyos ojos
miraban a Metrópolis no la veían en realidad.
En
ocasiones, algunas personas le hablaban, esperando una respuesta. Pero esta
respuesta jamás llegaba, y se retiraban desanimados.
Una
vez acudió Joh Fredersen. Habló durante largo tiempo. Puso la mano sobre la de
su hijo, que descansaba en la barandilla. Su voz no recibió respuesta. La mano
no recibió respuesta. Sólo un instante volvió Freder la cabeza y con
dificultad, como si tuviera el cuello enmohecido. Miró a Joh Fredersen y éste
se marchó.
Y
cuando su padre se hubo ido, Freder volvió de nuevo la cabeza al frente y miró
una vez más a Metrópolis, que bailaba en un remolino de luces; la miró con ojos
ciegos.
La
barandilla de aquella galería estrecha en que se hallaba era un sostenido muro
de soledad, de profunda e interna conciencia de abandono. Ninguna llamada,
ninguna señal, ni el sonido más alto penetraba ese muro bañado por las
corrientes luminosas de la gran Metrópolis.
Josafat
se negaba a aceptar la idea de que se había aventurado a saltar del cielo a la
tierra, que había enviado al infinito a un hombre que se limitaba a cumplir con
su deber, sólo para detenerse ahora ante ese muro de soledad.
Llegó
una noche brillante y etérea sobre Metrópolis. Una tormenta todavía distante
enviaba su aviso en el espesor de las nubes. Las luces de la gran Metrópolis
parecían más violentas, más gozosas de cortar la oscuridad.
Freder
estaba en pie junto a la barandilla de la galería estrecha, sus manos ardientes
apoyadas en ella. Un remolino de viento le sacudió, haciendo ondear la seda
blanca que cubría su cuerpo, ahora muy flaco.
El
alero del tejado donde se hallaba Josafat estaba rodeado por una franja
luminosa en la que parpadeaba una palabra rutilante: Fantasio, Fantasio,
Fantasio…
De
pronto se extinguió la palabra y en su lugar brillaron unos números en la
oscuridad, desapareciendo, emergiendo de nuevo. Y aquella insistencia hacía el
efecto de una llamada penetrante y urgente:
90,
7, 7.
90,
7, 7.
90,
7, 7.
Los
ojos de Freder captaron los números.
90,
7, 7.
Los
pensamientos se atrepellaron en su cerebro. ¿Qué significaban? ¡Qué extraños
eran aquellos números!
90,
7, 7.
90,
7, 7.
90,
7, 7.
Freder
cerró los ojos. Pero ahora los números estaban ya dentro de él. Los veía nacer,
brillar, extinguirse; nacer, brillar, extinguirse…
¿Era
eso? No… ¿O tal vez sí?
¿No
habían significado aquellos números algo para él hacía tiempo, un tiempo que
ahora le parecía terriblemente largo?
90,
7, 7.
De
pronto, una voz dijo en su cerebro: «Bloque noventa, casa siete, séptimo piso».
Freder
abrió los ojos. Allí, justo en la casa de enfrente, surgían los números
preguntando, llamando.
90,
7, 7.
Freder
se inclinó peligrosamente sobre la barandilla. Los números le mareaban. Hizo un
movimiento con el brazo como si quisiera cubrirlos, borrarlos.
El
borde luminoso se apagó. La casa quedó en la oscuridad, sólo iluminada hasta la
mitad de su altura por el brillo que ascendía de la calle. El cielo tormentoso
se hizo repentinamente visible y un rayo iluminó el tejado.
A su
luz desvaída se vio a un hombre.
Freder
se retiró de la barandilla. Se llevó las manos a la boca. Miró a derecha e
izquierda, alzó ambos brazos. Luego se apartó ―como movido por una fuerza
natural― del lugar en que estaba, y entró corriendo en la casa, recorrió la
habitación, se detuvo de nuevo.
Cuidado,
cuidado ahora.
Reflexionó.
Se apretó la cabeza entre los puños. ¿Habría entre sus servidores alguno en
quien pudiera confiar, alguno que no le traicionara ante Slim?
¡Qué
condición tan miserable!
Pero
¿qué otra alternativa tenía sino saltar a la oscuridad, la confianza ciega, la
prueba definitiva de confianza?
Le
hubiera gustado apagar las luces de su habitación, pero se contuvo porque no
podía soportar verse envuelto por las tinieblas. Caminó arriba y abajo, notando
el sudor en la frente, el temblor en sus articulaciones. No hubiera sabido
calcular el tiempo que pasó. La sangre corría en cataratas por sus venas.
Los
primeros rayos cayeron sobre Metrópolis, y el repicar de la lluvia se fundió
suavemente con la respuesta del trueno. Esto apagó el sonido de la puerta al
abrirse. Cuando Freder giró en redondo, Josafat estaba de pie en el centro de
la habitación. Llevaba el uniforme del obrero.
Se
acercaron uno a otro como impulsados por una fuerza poderosa. A medio camino
ambos se detuvieron, se miraron, y en ambos rostros pudo leerse la misma
pregunta horrorizada: ¿Dónde has estado desde que te vi por última vez? ¿A qué
infiernos has descendido?
Freder,
con prisa febril, fue el primero en dominarse. Cogió a su amigo del brazo.
—Siéntate
—dijo, con una voz monótona que en ocasiones tenía esa sequedad de lo que se ha
quemado. Se sentó a su lado sin quitarle la mano del brazo—. Esperaste en vano.
No pude enviarte un mensaje. ¡Perdóname!
—No
tengo nada que perdonarle, Freder —dijo Josafat, serenamente—. No le esperé.
Aquella noche estaba muy lejos, lejos de Metrópolis y de usted.
Los
ojos ansiosos de Freder le miraban.
—Le
traicioné, Freder —confesó Josafat.
Freder
sonrió, pero la mirada de Josafat extinguió su sonrisa.
—Le
traicioné, Freder —repitió el hombre—. Slim vino a mí y me ofreció mucho
dinero. Yo lo rechacé y me reí, pero entonces me puso en la mano un papel con
la firma de su padre. Debe creerme, Freder. Nunca me habría obligado por
dinero; no le hubiera vendido por ninguna cantidad. Pero cuando vi la firma de
su padre… Luché con Slim; con gusto le habría estrangulado. Pero en el papel
estaba escrito: Joh Fredersen, y me quedé sin fuerzas.
—Lo
comprendo —dijo Freder.
—Gracias.
Me embarcaron en un avión para enviarme lejos, muy lejos de Metrópolis. El
piloto me era desconocido. Volábamos directamente hacia el sol. En mi cerebro
vacío se hizo de nuevo la luz: había llegado la hora en que tenía que
esperarle, y no estaría allí cuando usted llegara. Tenía que regresar. Se lo
pedí al piloto. Se negó; quería llevarme por la fuerza más y más lejos de
Metrópolis. Era un hombre tan obstinado como sólo puede serlo el que obedece a
la voluntad de Slim. Supliqué y amenacé, pero no sirvió de nada. Así que, con
una de sus propias herramientas, le partí el cráneo.
Los
dedos de Freder, que aún descansaban en el brazo de Josafat, se contrajeron
levemente, pero pronto quedaron tranquilos otra vez.
—Entonces
salté. Estaba tan lejos, que una niña que me recogió en el campo ni siquiera
conocía el nombre de Metrópolis. Regresé, y no encontré ningún mensaje. Todo lo
que supe fue que estaba enfermo.
Vaciló
y guardó silencio mirando a Freder.
—No
estoy enfermo —dijo éste, fijos los ojos. Soltó el brazo de Josafat y se
inclinó apoyando la cabeza en las manos—. Pero… ¿crees tú, Josafat, que estoy
loco?
—No.
—Pues
debo de estarlo —concluyó.
Se
encogió tanto sobre sí mismo, que parecía que un niño atemorizado hubiera
ocupado su lugar. Su voz sonó de repente muy aguda y débil, y algo en ella hizo
que las lágrimas asomaran a los ojos de Josafat.
Extendió
la mano y, tanteando, halló el hombro de Freder. Le pasó el brazo en torno al
cuello y lo atrajo hacia sí.
—Cuéntemelo
todo, Freder —dijo Josafat—. No creo que haya muchas cosas que me parezcan
invencibles e insuperables desde que salté de aquel avión pilotado por un
muerto. También —continuó con voz suave— aprendí en una sola noche que uno
puede soportar mucho más cuando tiene cerca a alguien que vigila por él, que le
acompaña sin exigir nada a cambio.
—Estoy
loco, Josafat —insistió Freder—. Pero, aunque no sé si esto es un consuelo, no
soy el único.
Josafat
seguía en silencio, su mano inmóvil apoyada pacientemente sobre el hombro de
Freder.
De
pronto, como si su alma fuera un navío cargado en exceso que, perdido el
equilibrio, ha volcado y derrama toda su carga, Freder empezó a hablar. Contó a
su amigo la historia de María, desde su primer encuentro en la Casa de los
Hijos hasta que volvieron a verse en la Ciudad de los Muertos. Le habló de su
espera en la catedral, de su experiencia en la casa de Rotwang, de su búsqueda
inútil, de la tajante negativa que recibiera en casa de María, y le habló
también del momento en que por ello, o por algo que sólo él creyó ver, estuvo a
punto de asesinar a su propio padre. ¿No era eso una locura?
—Una
alucinación, Freder.
—¿Alucinación?
Te diré algo más acerca de las alucinaciones, Josafat, y no debes creer que
estoy delirando, o que he perdido el control de la mente. Quise matar a mi
padre, y no fue culpa mía que aquel intento de parricidio fallara. Desde aquel
instante, ya no he sido humano: soy una criatura que no tiene pies, ni manos,
ni cabeza casi, porque la cabeza únicamente me sirve para pensar sin reposo que
deseé matar a mi propio padre.
»¿Crees
que alguna vez me veré libre de este infierno? Nunca, Josafat, nunca. Cuando
por la noche intento dormir sin conseguirlo, oigo a mi padre caminar arriba y
abajo en la habitación inmediata. Me siento hundido en un pozo de tinieblas,
pero mis pensamientos siguen los pasos de mi padre, como encadenados a sus
zapatos. ¿Qué horror ha sobrevenido en este mundo para que pudiera suceder tal
cosa? ¿Corre acaso un cometa por los cielos, que arrastra a la humanidad a la
locura? ¿Nos ha atacado una plaga desconocida, ha llegado el anticristo, se
acerca tal vez el fin del mundo? Una mujer que no existe se interpone entre el
padre y el hijo, e incita a éste a asesinar a su padre. Tal vez mis
pensamientos se acaloraran en exceso en ese instante. Luego mi padre vino a mí…
Se
detuvo, y sus manos torpes se enredaron en los húmedos cabellos.
—Ya
conoces a mi padre. Hay muchos en la gran Metrópolis que no juzgan humano a Joh
Fredersen, porque no parece necesitar la comida ni la bebida y sólo duerme las
pocas veces que lo desea. Le llaman el cerebro de Metrópolis y, si es cierto
que el temor es la fuente de toda religión, el cerebro de Metrópolis no está
muy lejos de convertirse en una deidad.
»Este
hombre, mi padre, vino a mi lecho. Caminaba de puntillas, Josafat. Se inclinó
sobre mí y retuvo el aliento. Yo tenía los ojos cerrados. Permanecí inmóvil,
pero llegué a creer que mi padre oía el llanto de mi alma. Entonces, le amé más
que a nada en el mundo. Pero, aunque mi vida hubiera dependido de ello, no
habría sido capaz de abrir los ojos. Sentí que la mano de mi padre me alisaba
la almohada. Luego se marchó de nuevo como había venido, de puntillas, cerrando
la puerta calladamente tras él. ¿Sabes lo que había hecho?
—No.
—Claro,
no sé cómo hubieras podido saberlo. Sólo lo comprendí algunas horas más tarde.
Por primera vez desde que se creara la gran Metrópolis, Joh Fredersen no había
pulsado la pequeña placa de metal azul que desencadena el estruendo de la voz
de Metrópolis…, porque no quería turbar el sueño de su hijo.
Josafat
bajó la cabeza y no dijo nada. Freder dejó caer las manos crispadas.
—Entonces
comprendí —continuó— que mi padre me había perdonado. Y al comprenderlo, pude
finalmente dormir.
Se
levantó y quedó en pie, escuchando el rumor de la lluvia. El rayo hendía el
cielo de Metrópolis, anunciando la furia de los truenos.
—Dormí,
pues —continuó Freder en un susurro apenas audible—, y empecé a soñar. Vi esta
ciudad, esta gran Metrópolis, envuelta en un halo fantasmagórico. Una luna
espectral se alzaba en el cielo y, como una luz que recorriera las calles
alucinantes, bañaba la ciudad desierta, abandonada por todos. Las casas
parecían distorsionadas, y tenían rostros que me miraban con gesto malévolo,
con despecho, mientras yo caminaba entre ellas a lo largo de una brillante
calle.
»Era
una calle muy estrecha, encajonada entre las casas. Parecía construida de
cristal verdoso, como un río helado, y yo caminaba por ella contemplando el
fuego que ardía bajo mis pies.
»Ignoraba
mi destino, pero sabía que marchaba hacia él, y me apresuraba para alcanzarlo
lo antes posible. Apretaba el paso cuanto podía, y el eco de mis pasos
despertaba un rumor confuso en las casas distorsionadas, como si éstas
murmuraran contra mí. Apresuré el paso y corrí, y cuanto más rápidamente
corría, más fuerte era el eco de los pasos que me seguían, como si llevara un
ejército a mis talones. Estaba bañado en sudor.
»La
ciudad estaba viva. Las casas estaban vivas. Se reían a mis espaldas con la
boca abierta. Los huecos de sus ventanas, ojos abiertos, guiñaban ciegos,
horribles, maliciosos.
»Sin
poder respirar apenas, llegué a la plaza, ante la catedral. Se hallaba
iluminada, y sus puertas batían sin cesar como si por ellas entrara una
corriente invisible de invitados. Sonaba el órgano, pero no era música lo que
surgía de él. Quejas y gemidos escapaban del instrumento, mezclados con bailes
fantasmales, con canciones lascivas que llegaban de la calle.
»Las
puertas, la luz, el aquelarre de la música del órgano, todo ello sonaba con una
excitación misteriosa, apremiante, como si no hubiera tiempo que perder,
rebosando de satisfacción malévola e intensa.
»Subí
las escaleras del atrio. La puerta abierta me invitaba a entrar. No dudé ni un
instante. Pero aquello no era la catedral, como tampoco la ciudad era
Metrópolis. Al parecer, un grupo de lunáticos se había apoderado de ella. No
eran humanos. Parecían medio monos, medio demonios. En los nichos que ocuparan
los santos se erguían figuras de chivo, petrificadas en las posturas más
ridiculas. Alrededor de cada columna danzaba un corro que aullaba al sonido de
la música.
»Vacío,
sin la figura de Dios, destrozado, el crucifijo colgaba sobre el altar mayor,
del que habían desaparecido los vasos sagrados.
»Un
tipo vestido de negro, la caricatura de un monje, se alzaba en el púlpito
gritando, con voz de predicador: “¡Arrepentíos! ¡El reino de los cielos está
cerca!”
»Un
relincho burlón le contestó. El organista (yo lo vi, era un demonio) se hallaba
de pie, manos y pies sobre las teclas, marcando con su cabeza el ritmo de la
danza del corro de los espíritus.
»El
falso predicador tomó un libro, un enorme libro negro con siete sellos, que fue
abriendo en medio de grandes llamaradas. Murmurando encantamientos, levantó la
tapa y se inclinó sobre el libro. Un círculo de llamas vino repentinamente a
situarse en torno a su cabeza.
»En
lo más alto de la catedral se oyó dar la medianoche. Una y otra vez, como si la
primera no bastara, el reloj repitió las doce campanadas de la hora de los
demonios.
»La
luz de la catedral cambió de color. Si fuera posible hablar de una luz negra,
ésa sería la expresión más adecuada para aquella luz. Sólo en un lugar brillaba
blanca, refulgente, cortante, como una espada de agudo filo: allí donde la
Muerte está representada como un músico que toca la flauta.
»De
pronto se detuvo el órgano, e inmediatamente la danza. La voz del predicador en
el púlpito calló también. Y en un silencio sepulcral, se escuchó el sonido de
una flauta: la Muerte tañía su canción, la canción que nadie, tras ella, ha
podido tocar jamás.
»La
Muerte, con su holgada capa, la guadaña al hombro y el reloj de arena colgado
del cinto, bajó de su nicho y, sin dejar de tocar la música, deambuló por la
catedral. La seguían los siete pecados capitales. La Muerte rodeaba cada
columna. El sonido de su flauta era cada vez más intenso. Los siete pecados
capitales, cogidos de la mano, iniciaron, lenta al principio, ligera después,
una danza macabra.
»Una
luz que parecía hecha de pétalos de rosa inundó la catedral. Un perfume
inexplicablemente dulce y poderoso se alzó como incienso entre los pilares. La
luz se hizo más fuerte, y parecía dotada de sonido. Unos rayos rojos brillaron
desde la altura y fueron a reunirse en la nave central, formando una corona de
brillo extraordinario.
»La
corona rodeaba la cabeza de una mujer, sentada sobre una bestia escarlata que
tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer iba vestida de púrpura y escarlata
y cubierta de oro, perlas y piedras preciosas. En la mano sostenía una copa de
oro, y sobre la coronada frente de la mujer se leía, misteriosamente escrito:
Babilonia.
»Se
alzaba brillante como una deidad. La Muerte y los siete pecados capitales le
hicieron una profunda reverencia. Y la mujer que llevaba el nombre de Babilonia
tenía los rasgos de María, a quien yo amaba.
»La
mujer se puso de pie; con la corona tocaba la cúpula de la enorme catedral.
Alzó el borde de la capa que llevaba, y la abrió con ambas manos. Entonces se
vio que en aquel manto dorado estaban bordadas imágenes de muchos demonios:
seres con cuerpo de mujer y cabeza de serpiente; seres medio toro, medio ángel;
demonios adornados con coronas; leones de rostro humano.
»La
flauta de la Muerte guardó silencio, pero el que se hallaba en el púlpito alzó
el grito: “¡Arrepentíos! ¡El reino de los cielos está cerca!”.
»El
reloj de la iglesia seguía tocando aún las doce de la medianoche.
»La
mujer miró a la Muerte al rostro. “Vete”, le ordenó con voz tajante…, y ésta
obedeció. Se colgó la flauta al cinto junto al reloj de arena y, con la guadaña
al hombro, atravesó la catedral y salió. Y del manto de Babilonia la grande,
los demonios se liberaron, nacieron a la vida y corrieron tras la Muerte, que
bajó los escalones de la catedral y se dirigió a la ciudad; unos pájaros negros
de rostro humano volaban a su alrededor. Alzó la guadaña como si indicara el
camino, y los pájaros se reunieron en una densa bandada que oscureció la luna.
»La
Muerte echó atrás la amplia capa. Pareció crecer desmesuradamente, y emergió
por encima de las casas de Metrópolis. Los edificios más altos apenas
alcanzaban sus rodillas. Entonces agitó la guadaña como dispuesta a segar con
ella; la tierra y todas las estrellas temblaron.
Pero
por lo visto, no estaba lo bastante afilada. La Muerte miró a su alrededor
buscando asiento; la Nueva Torre de Babel le pareció el más adecuado. Se sentó
sobre ella, levantó la guadaña, sacó del cinto la piedra de afilar, escupió en
ella y empezó a repasar el filo de la guadaña. Chispas azules saltaban del
acero. Luego la Muerte se levantó y dio un golpe. Una lluvia de estrellas cayó
del cielo.
»La
Muerte asintió, satisfecha, dio la vuelta y partió en su camino por la gran
Metrópolis.
11
Sí
—dijo Josafat con voz ronca—, pero eso era un sueño.
—Naturalmente
que fue un sueño, y dicen que los sueños son fantasía, ¿no? Pero escucha esto,
Josafat: pasé del sueño a la realidad con una impresión de tristeza que parecía
desgarrarme como un cuchillo. Recordaba la frente de María, ese templo blanco
de bondad y virginidad, mancillado por el nombre de la gran zorra de Babilonia,
y la imagen de la Muerte penetrando en la ciudad seguida por todas las
abominaciones, espíritus de la plaga y mensajeros de la maldad.
»Me
puse de pie, y contemplé la catedral. Sus puertas estaban abiertas; una
multitud sombría se congregaba en las escaleras del atrio. Pensé que entre
todas esas gentes piadosas podría estar María. Dije a mi padre que deseaba ir a
la catedral. Me lo permitió; yo no era un prisionero. Cuando llegué a la
catedral, el órgano resonaba como la trompeta del Juicio. El Dies Irae
estallaba en mil gargantas. El incienso formaba una nube sobre la cabeza de la
multitud arrodillada ante el Dios eterno. El crucifijo pendía sobre el altar
mayor, y a la luz inquieta de las velas las gotas de sangre en la frente
coronada de espinas del Hijo de María parecían correr llenas de vida. Los
santos, en sus nichos de las columnas, me miraban tristemente, como si
conocieran mi horrible sueño.
»Busqué
a María. Sabía muy bien que ni miles de asistentes podrían ocultarla a mis
ojos. Si estaba allí la encontraría, como un pájaro encuentra el camino a su
nido. Pero tenía el corazón muerto en el pecho.
»Sin
embargo, no podía por menos que buscarla. Me dirigí al lugar donde ya la
esperara en otra ocasión. Sí, así recorre un pájaro el lugar que fuera su nido
y que ahora ya no puede encontrar porque el rayo o la tormenta lo han
destruido.
»Cuando
llegué a la columna lateral en cuyo nicho se alza la Muerte, lo encontré vacío.
Era como si la Muerte de mi sueño no hubiera vuelto a su lugar.
»No
digas nada, Josafat. Realmente no tiene importancia, es una coincidencia. Tal
vez la talla estuviera dañada, ¡no lo sé! Créeme, no tiene importancia.
»Luego
se oyó una voz: “¡Arrepentíos! El reino de los cielos está cerca”.
»Era
la voz de Desertus, el monje. Su voz era cortante como un cuchillo; me
atravesaba hasta los huesos. Un silencio mortal se hizo en la iglesia. De todos
los miles de seres que me rodeaban, ninguno respiraba. Estaban arrodillados, y
sus rostros, pálidas máscaras de horror, se volvían hacia el predicador, cuya
voz cortaba el aire como una espada: “¡Arrepentíos! El reino de los cielos está
cerca”.
»Delante
de mí, junto a una columna, se hallaba un joven que fue en tiempos compañero
mío en la Casa de los Hijos. Si no hubiera experimentado personalmente lo mucho
que el rostro humano puede cambiar en tan breve tiempo, no le habría
reconocido. Era mayor que yo, y si bien es cierto que no era el más feliz de
todos, sí el más alegre. Las mujeres le amaban y le temían por igual, ya que no
podían conquistarle mediante las lágrimas ni las risas.
»Ahora
parecía tener mil años y estar profundamente cansado, como si un verdugo cruel
le hubiera arrancado los párpados, condenándole a no morir nunca hasta perecer
de agotamiento. Pero sobre todo, me sorprendió encontrarle en la catedral, ya
que toda su vida se había burlado de la religión.
»Le
puse la mano en el hombro. Lentamente volvió la cabeza y clavó en mí sus ojos,
aquellos ojos secos. Yo deseaba preguntarle: “¿Qué haces aquí, Jan?”, pero la
voz del monje, aquella voz horrible como una espada cortante, se interpuso
entre él y yo: Desertus empezaba a predicar…
Freder
se aproximó a Josafat con un gesto repentino, cual si un súbito temor se
hubiera apoderado de él. Se sentó junto a él, y siguió hablando con
extraordinaria rapidez.
Al
principio, apenas había escuchado al monje. Miraba a Jan y a la congregación
que seguía de rodillas, las cabezas apiñadas. Mientras les miraba, creyó ver
que el monje los arponeaba con sus palabras, como si clavara mortíferas lanzas
en lo más profundo del alma de sus oyentes, como si les desgarrara el cuerpo
que temblaba de temor.
—¿Quién
es ésa que ha incendiado la ciudad? Ella en sí misma es la llama, una llama
impura. Se os dio una señal. Ella es la que arrasa y consume a los hombres.
Ella es Lilith, Astarté, la Rosa del Infierno. Ella es Gomorra, Babilonia,
¡Metrópolis! Vuestra propia ciudad, esta ciudad pecaminosa y desnuda, ha parido
a esta mujer desde el seno del infierno. ¡Vigiladla! Os lo repito: ¡guardaos de
ella! Es la mujer que deberá aparecer antes del Juicio del Mundo.
»El
que tenga oídos para oír, que oiga.
»Siete
ángeles se alzarán ante Dios, y a los siete se les darán trompetas. Y los siete
ángeles con las siete trompetas se dispondrán a tocar. Del cielo caerá una
estrella que abrirá las puertas del abismo, de cuyas profundidades surgirá una
humareda como el humo de un horno gigantesco, y el sol y el aire se
oscurecerán. Un ángel volará por los cielos clamando con voz poderosa: “¡Ay de
los que moran en la tierra!” Y otro ángel le seguirá, diciendo: “¡Ya ha caído,
ya ha caído Babilonia la grande!”.
»Siete
ángeles salen del cielo, y llevan en las manos la copa de la ira de Dios.
Babilonia la grande será recordada a la vista de Dios, y a ésa que está sentada
sobre una bestia escarlata con los nombres de la blasfemia, con siete cabezas y
diez cuernos, le dará la copa del vino de Su ira.
»La
mujer viste de púrpura y escarlata, cubierta de oro, perlas y piedras
preciosas, y tiene en la mano una copa dorada llena de abominaciones y
aberraciones. Y en su frente está escrito un nombre: Misterio. Es Babilonia la
grande, la madre de todas las zorras y de las abominaciones de la tierra.
»¡El
que tenga oídos para oír, que oiga!
»Porque
la mujer a quien veis… es la gran ciudad, que reina sobre los reyes de la
tierra. ¡Adelantaos, hijos míos! ¡Abandonadla, si no participáis de sus
pecados! Porque sus pecados han llegado incluso al cielo, y Dios ha recordado
sus iniquidades.
»¡Ay
de la gran ciudad, Babilonia, la ciudad fuerte, porque dentro de una hora
llegará tu juicio! En una hora te cubrirá la desolación. Regocíjate, Cielo, y
vosotros los santos, y vosotros los apóstoles, porque Dios la juzgará. Un ángel
poderoso tomará una piedra y la arrojará al mar, diciendo: “Del mismo modo en
que la piedra baja hasta el fondo, Babilonia la grande se hundirá y ya no se la
verá más”.
»¡El
que tenga oídos para oír, que oiga!
»La
mujer que se llama Babilonia, la madre de las abominaciones de la tierra,
camina osadamente por Metrópolis. No hay muros ni puertas que le impidan el
paso. Ningún lazo es sagrado para ella. Hasta los juramentos le parecen una
burla. Su sonrisa es la seducción definitiva. La blasfemia es la danza en que
se regocija. Es la llama que dice: “Dios está airado”. ¡Ay de la ciudad que se
extienda a sus pies!
Freder
se inclinó hacia Jan.
—¿De
quién habla? —preguntó, con labios extrañamente fríos—. ¿Habla de una persona,
de una mujer?
Vio
la frente de su amigo cubierta de sudor.
—Está
hablando de ella.… —las palabras brotaban de su boca con dificultad.
—¿De
quién?
—De
ella, ¿no la conoces?
—No
sé —dijo Freder—. ¿A quién te refieres? ―y también él notaba pesada su lengua,
como hecha de arcilla.
Jan
no le respondió. Había encogido los hombros como si le venciera el frío.
Desconcertado, sin decidirse, escuchaba el sonido del órgano.
—Vámonos
—dijo con voz monótona.
Freder
le siguió. Salieron de la catedral. Caminaron juntos en silencio durante mucho
tiempo. Jan parecía tener un destino que Freder ignoraba. No le preguntó.
Aguardaba. Pensaba en su sueño y en las palabras del monje.
Al
fin Jan abrió la boca, pero no miró a Freder; hablaba al espacio.
—Tú
no sabes quién es ella. Bien, nadie lo sabe. Apareció de pronto, y estalló el
fuego. Nadie sabe quién prendió la llama. Pero allí está, y ahora todo está
encendido.
—¿Una
mujer?
—Sí.
Una mujer. Quizá doncella aún, no lo sé. ¿Puedes acaso imaginar un matrimonio
con el hielo? Es inconcebible que ese ser se haya entregado a un hombre. Si
hubiera de hacerlo, se alzaría de los brazos del hombre, brillante y fría, en
la horrible y eterna virginidad de los que no tienen alma.
Se
llevó las manos al cuello; con su gesto trataba de apartar algo que no estaba
allí. Con una mirada de supersticiosa hostilidad, miraba una casa que había
enfrente, al otro lado de la calle.
—¿Qué
te ocurre? —preguntó Freder. No había nada notable en aquella casa, a no ser
que se hallaba al lado de la de Rotwang.
—¡Calla!
—contestó Jan, agarrándole por la muñeca.
—¿Estás
loco? —Freder miraba a su amigo—. ¿Crees que la casa puede oírnos a través de
esta calle infernal?
—Nos
oye —dijo Jan, con expresión obstinada—. ¡Nos oye! ¿Tú crees que es una casa
como las otras? Te equivocas. Todo empezó en esa casa.
—¿Qué
empezó?
—El
espíritu…
Freder
sentía la garganta muy seca. Quería llevarse de allí a su amigo, pero éste se
resistía, obstinado en contemplar la casa.
—Un
día —dijo Jan—, esa casa envió invitaciones a todos los vecinos. Era la
invitación más absurda del mundo. La tarjeta no decía más que lo siguiente:
«Ven esta noche a las diez. Casa dos. Calle ciento trece». Quienes la
recibimos, lo tomamos a broma; pero no queríamos perder la diversión y
decidimos acudir. Por extraño que parezca, nadie conocía la casa, nadie
recordaba haber entrado jamás en ella o haber conocido a sus ocupantes.
»Llegamos
a las diez, vestidos con nuestras mejores galas. En la casa todo estaba
dispuesto para una gran fiesta. Nos recibió un viejo extraordinariamente
cortés, pero que no daba la mano a nadie. Resultaba extraño, pero todos
parecíamos esperar algo, aun sin saber qué. Fuimos bien atendidos por criados
que parecían mudos de nacimiento y que jamás alzaban los ojos. Aunque la sala
en la que estábamos reunidos era tan grande como la nave de una iglesia, el
calor era insoportable, como si el suelo y los muros estuvieran ardiendo.
»De
pronto, uno de los servidores se adelantó desde la puerta hacia nuestro
anfitrión con pasos silenciosos y, sin palabras, sólo con su muda presencia, le
dio una información. Nuestro anfitrión preguntó: “¿Estamos ya todos?” El
servidor inclinó la cabeza. “Entonces, cierra la puerta”. Así lo hizo. Los
criados se corrieron a un lado y se pusieron en fila. En el silencio que se
hizo, se oía el ruido de la calle como si la marea rompiera contra los muros de
la casa.
»”Señoras
y caballeros”, dijo el viejo cortésmente, “tengo el honor de presentarles a mi
hija”. Se inclinó en todas direcciones y luego se volvió de espaldas. Todos
aguardaban. Nadie se movía. “Bien, hija mía”, dijo el viejo con una voz a la
vez suave y horrible, dando una palmada.
»Entonces
apareció ella en las escaleras, y bajó lentamente a la sala…
Jan
tragó saliva. Los dedos, que todavía apretaban la muñeca de Freder, la
oprimieron con más fuerza todavía, como si quisiera aplastarle los huesos.
—¿Por
qué te cuento todo esto? —tartamudeó—. ¿Es que puede describirse el rayo? ¿O la
música? ¿O la fragancia de una flor? Todas las mujeres del salón enrojecieron
de pronto, violenta y febrilmente, y todos los hombres palidecieron. Nadie era
capaz de hacer el menor movimiento, ni de decir una sola palabra.
»¿Conoces
a Rainer y a su joven esposa? ¿Sabes cuánto se aman? Rainer estaba de pie tras
ella y le apoyaba las manos sobre sus hombros, con un gesto de afecto
apasionado y protector. Cuando la muchacha pasó junto a ellos, con un paso
lento y gracioso, llevada de la mano por el viejo, las manos de Rainer
abandonaron los hombros de su esposa. Se miraron, y en ambos rostros latía un
odio repentino y mortal.
»Fue
como si ardiera el aire. Respirábamos fuego. Al mismo tiempo, irradiaba de la
muchacha una frescura, una frialdad insoportable y cruel. La sonrisa que
entreabría sus labios era como ese último verso, el que se calla, de una
canción desvergonzada.
»¿Existe
alguna substancia mediante la cual se destruyen las emociones, como los colores
merced a los ácidos? La presencia de esta muchacha era suficiente para anular
hasta el límite del absurdo todo lo que hay de fidelidad en el corazón humano.
Yo había aceptado la invitación porque Tora me había dicho que ella también
iría. Ahora ya no veo a Tora, ya no he vuelto a verla desde entonces. Y lo más
extraño era que, entre todos aquellos seres inmóviles que estaban allí como
pasmados, no había uno solo capaz de ocultar sus sentimientos. Todos se
percataban de cuanto sentían los demás. Cada uno se sentía desnudo, y veía la
desnudez de los otros.
»Un
odio nacido de la vergüenza se apoderó de nosotros. Tora lloraba. Con gusto le
hubiera pegado. Luego, la muchacha danzó… No, no fue una danza. Se quedó en
pie, libre de la mano del viejo, en el escalón más bajo frente a nosotros;
extendió los brazos y los alzó, con toda la amplitud de su túnica, en un
movimiento suave, interminable. Las manos delicadas se juntaron sobre sus
cabellos. Por sus hombros, senos, caderas, rodillas, corría un incesante
temblor apenas perceptible. Era como el temblor de las aletas de un pez
luminoso del fondo del mar. Y parecía que ese temblor la elevaba más y más
sobre nosotros, aunque ella no movía los pies.
»Ninguna
danza, ningún chillido, ningún grito de animal en celo habría tenido un efecto
tan terrible como el temblor de aquel cuerpo del que parecían emanar, a pesar
de su quietud, de su soledad, oleadas de incitación que alcanzaban a todos
cuantos llenábamos la sala.
»Luego
subió los escalones, caminando hacia atrás con pasos lentos, sin bajar las
manos, y desapareció en la aterciopelada oscuridad.
»Los
servidores abrieron la puerta de la calle. Se pusieron en fila, con la espalda
inclinada. “Buenas noches, señoras y caballeros”, nos dijo el viejo.
Jan
guardó silencio. Se quitó el sombrero y se secó la frente.
—Una
bailarina —dijo Freder con labios fríos—, pero un espíritu…
—¿No
lo crees? Te contaré otra historia. Un hombre y una mujer, de cincuenta y
cuarenta años, ricos y muy felices, tienen un hijo. Le conoces, pero no
mencionaré ningún nombre.
»El
hijo ve a la muchacha. Se vuelve loco. Registra la casa. Insiste al padre de
esa muchacha: “¡Permite que sea mía! ¡Me muero por ella!”. El viejo sonríe, se
encoge de hombros, se calla; lo lamenta mucho, pero la muchacha es
inalcanzable. El joven quiere saltar sobre él, pero es expulsado de la casa,
arrojado a la calle.
»Lo
llevan junto a sus padres. Se pone enfermo, está al borde de la muerte y los
médicos no saben qué hacer. El padre, que es un hombre orgulloso pero solícito,
y que ama a su hijo más que a nada en el mundo, se decide a visitar
personalmente al viejo. Obtiene sin dificultad la entrada en la casa. Encuentra
al viejo y con él a la muchacha, a quien suplica: “¡Salva a mi hijo!”.
»La
muchacha le mira y le responde, con inhumana sonrisa: “Tú no tienes un hijo”.
ȃl
no comprende el significado de esas palabras. Quiere saber más. Interroga a la
muchacha, pero ella siempre le da la misma respuesta. Entonces apremia al
viejo, pero éste se encoge de hombros con una pérfida sonrisa en sus labios.
»De
pronto, el hombre comprende, y regresa a su hogar. Repite a su esposa las
palabras de la muchacha. La mujer se desmorona y confiesa su pecado, un pecado
que sigue latente después de veinte años.
»Pero
a la mujer no le preocupa su propio destino. Sólo piensa en su hijo. La
vergüenza, el abandono, la soledad, nada le importa; todo eso es nada para
ella, pero su hijo lo es todo. Acude a la muchacha y cae de rodillas ante ella:
“Te lo ruego, en nombre de Dios, ¡salva a mi hijo!”.
La
muchacha la mira, le sonríe y le dice: “Tú no tienes un hijo”.
La
mujer cree oír a una lunática, pero esas palabras eran ciertas. El hijo, que
fuera testigo oculto de la conversación entre marido y mujer, se ha quitado la
vida.
—¿Se
trata de Marino?
—Sí.
—Una
terrible coincidencia, Jan, pero insisto: no es un espíritu.
—¿Coincidencia?
¿Que no es un espíritu? ¿Y qué me dices, Freder —continuó, hablándole al oído—,
de una muchacha que puede aparecer en dos lugares a la vez?
—Eso
es absurdo.
—¿Absurdo?
¡Es la verdad, Freder! La muchacha fue vista en la ventana de la casa de
Rotwang, al mismo tiempo que bailaba su danza pecaminosa en Yoshiwara.
—¡Eso
no es cierto! —exclamó Freder.
—Lo
es.
—¿Has
visto tú a la muchacha en Yoshiwara?
—Puedes
verla tú mismo si quieres.
—¿Cómo
se llama?
—María.
Freder
hundió la frente entre las manos. Se dobló en dos, como vencido por una
angustia, una agonía tal como la que Dios permite pocas veces.
—¿Conoces
a la muchacha? —preguntó Jan, inclinándose hacia Freder.
—¡No!
—Pero
la amas… —dijo Jan, y tras esas palabras había odio, un odio dispuesto a
atacar.
—¡Vamos!
—dijo Freder, cogiéndole de la mano.
La
lluvia seguía cayendo mansamente, como un llanto ahogado. Freder clavó los ojos
en Josafat y continuó:
—Pero
Slim apareció de pronto a mi lado, y me dijo: «¿No quiere volver a casa, señor
Freder?».
Josafat
guardó silencio largo tiempo. También Freder callaba.
La
esfera del monstruoso reloj de la Nueva Torre de Babel, bañada en su luz
blanca, se destacaba encuadrada por el hueco de la puerta que daba a la galería
exterior. La manecilla horaria señalaba las doce.
Y
estalló un rugido en toda Metrópolis.
Era
un sonido inmensamente glorioso y arrobador, más profundo y más poderoso que
ningún otro sonido sobre la tierra. La voz del océano embravecido, la voz de
los torrentes al despeñarse, la voz del trueno muy cercano, quedarían ahogadas
por aquel estruendo de Behemoth. Sin ser agudo, penetraba todos los muros; y
mientras duraba, todas las cosas parecían girar en él. Era omnipresente, pues
venía de las alturas y de las profundidades; y era hermoso y horrible, pues era
una orden a la que nadie podía resistirse.
Estaba
muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.
Metrópolis
alzaba su voz. Las máquinas de Metrópolis rugían. Pedían alimento.
Josafat
y Freder cruzaron una mirada.
—En
este momento —dijo aquél— muchos bajan a la Ciudad de los Muertos y esperan a
aquella que llaman María, a aquella que han encontrado tan pura como el oro.
—Sí,
mi buen amigo —dijo Freder—, tienes razón. Iré con ellos.
Por
primera vez en mucho tiempo, había algo semejante a la esperanza en el tono de
su voz.
12
Era
ya la una de la madrugada cuando Joh Fredersen llegó a casa de su madre.
Se
trataba de una granja de un solo piso, con tejado de paja, edificada en lo más
alto de uno de los gigantes de piedra de Metrópolis, no lejos de la catedral.
La rodeaba un jardín rebosante de lirios, malvarrosas, guisantes de olor,
amapolas y narcisos, todo ello presidido por un enorme, majestuoso castaño.
Joh
Fredersen era hijo único y su madre le había amado mucho. Pero el Amo de la
gran Metrópolis, el Amo de la ciudad-máquina, el Cerebro de la Nueva Torre de
Babel se había convertido en un extraño para su madre, y también ella le era
hostil. En una ocasión había presenciado cómo una de las máquinas de Joh
Fredersen destrozaba a los hombres como si fueran madera seca. Había alzado a
Dios sus gritos, pero de nada sirvieron. La mujer se desmoronó y ya nunca pudo
recobrarse. Sólo la cabeza y las manos conservaban la vitalidad en el cuerpo
paralizado, pero la fuerza de una legión ardía en sus ojos.
Rechazaba
a su hijo y se oponía a su trabajo, pero él no la dejaba sola; le imponía su
presencia. Cuando la madre juró enfurecida que deseaba seguir viviendo hasta la
muerte en su casa —bajo el tejado de paja cobijada por la frondosa cúpula del
castaño—, Joh Fredersen hizo trasplantar la casa, el árbol y el jardín en flor
al tejado de un gigantesco edificio de piedra que se alzaba entre la Catedral y
la Nueva Torre de Babel. El castaño había languidecido durante un año, pero
luego reverdeció y el jardín floreció; una maravilla de belleza en torno a la
casa.
Cuando
Joh Fredersen penetró en la granja pesaban sobre sus espaldas días infernales,
noches de insomnio. Encontró a su madre como siempre: sentada en un amplio y
cómodo sillón junto a la ventana abierta, una manta oscura sobre las piernas
ahora paralizadas, la gran Biblia a su alcance en la mesa y en sus manos,
viejas y hermosas, el delicado encaje en el que trabajaba. Como siempre que él
iba a verla, su madre dejó silenciosamente el delicado trabajo y cruzó las
manos con firmeza en el regazo, como si necesitara echar mano de toda su
voluntad y de toda su mente durante los pocos minutos que el hijo, tan
importante, pasaba con ella.
Ya
ni se estrechaban las manos.
—¿Cómo
estás, madre? —preguntó Joh Fredersen.
Ella
le miró con unos ojos en los que brillaba la fuerza de una legión de ángeles. Y
preguntó:
—¿Qué
quieres, Joh?
Él
se sentó ante ella y apoyó la frente en las manos. No había nadie más en la
gran Metrópolis, ni en ningún lugar de la tierra, que pudiera presumir de haber
visto a Joh Fredersen con la frente inclinada.
—Necesito
tu consejo, madre —dijo, mirando al suelo.
Los
ojos de la madre descansaron en los cabellos de su hijo.
—¿Cómo
voy a aconsejarte, Joh? Has emprendido un camino por el que no puedo seguirte
ni con la cabeza ni, desde luego, con el corazón. Ahora te encuentras tan lejos
de mí que mi voz ya no puede alcanzarte. Y, aunque pudiera, ¿me escucharías si
mis palabras fueran: «Vuelve atrás»? No lo hiciste antes, y no lo harías hoy.
Además, se han hecho demasiadas cosas que ya no pueden deshacerse; has cometido
demasiados errores, Joh, y no te has arrepentido. Sigues creyendo en tu verdad.
¿Cómo puedo aconsejarte entonces?
—Se
trata de Freder, madre.
—¿De
Freder?
—Sí.
—¿Qué
le ocurre?
Joh
Fredersen no contestó de inmediato. Las manos de la madre temblaban
violentamente.
—Tuve
que venir a ti, madre, porque Hel ya no vive.
—¿Y
por qué crees que murió?
—Por
mi culpa, ya lo sé. Muchas veces me lo has echado en cara, madre. Me has dicho
que fue como si yo echara vino hirviendo en una copa de cristal. Y hasta el
cristal más hermoso tenía que quebrarse. Pero no me arrepiento, madre. No, no
me arrepiento, porque Hel era mía.
—Y
por eso murió.
—Sí.
Si no hubiera sido mía, tal vez seguiría viva. Mejor que haya muerto.
—Muerta
está, Joh. Y Freder es su hijo.
—¿Qué
pretendes decir con eso, madre?
—Si
tú no lo supieras igual que yo, no habrías venido hoy a mí.
Joh
Fredersen guardó silencio. A través de la ventana abierta llegaba, irreal y
emotivo, el susurro del castaño.
—Freder
viene aquí a menudo, madre, ¿no es cierto? —preguntó Joh Fredersen.
—Sí.
—Viene
a pedirte ayuda contra mí.
—La
necesita mucho, Joh.
Silencio.
Luego Joh Fredersen alzó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Perdí
a Hel, madre. No puedo perder también a Freder.
—¿Tienes
razones para temer que vayas a perderle?
—Sí.
—Entonces
—dijo ella— me sorprende que Freder no haya venido todavía.
—Está
muy enfermo, madre.
La
vieja hizo un movimiento como si deseara levantarse, y en sus ojos de arcángel
hubo un brillo de cólera.
—Cuando
vino aquí hace poco —dijo—, estaba tan sano como un árbol a punto de florecer.
¿Qué enfermedad padece?
Joh
Fredersen se puso en pie y empezó a recorrer la habitación arriba y abajo. El
perfume de las flores que le llegaba desde el jardín se incrustaba en él como
algo doloroso.
—No
sé —dijo de pronto— cómo pudo entrar esa muchacha en su vida. No sé cómo llegó
a conseguir tan monstruoso poder sobre él. Pero de sus propios labios le oí
decir: «Mi padre ya no tiene un hijo, María».
—Freder
no miente, Joh. De modo que ya le has perdido.
Joh
Fredersen no contestó. Pensaba en Rotwang; éste le había dicho las mismas
palabras.
—¿Has
venido por esto, Joh? —preguntó su madre—. Podías haberte evitado la molestia.
Freder es el hijo de Hel. Eso significa que su corazón es tierno. Pero también
es tu hijo, Joh. Eso significa que tiene un cerebro de acero. Tú sabes muy
bien, Joh, con cuánta obstinación puede luchar un hombre para conseguir la
mujer que desea.
—No
puedes hacer esa comparación, madre. Freder es casi un muchacho. Cuando yo me
llevé a Hel era un hombre, y sabía lo que hacía. Hel me era más necesaria que
el aire para respirar. No podía vivir sin ella, madre. Se la habría arrebatado
al mismo Dios.
—A
Dios no puedes robarle nada, Joh, pero sí al hombre. Y eso fue lo que hiciste.
Has pecado, Joh, pecaste contra un amigo. Porque Hel amaba a Rotwang, y fuiste
tú quien la obligaste a dejarle.
—Cuando
se moría, madre, Hel me amaba.
—Sí,
cuando vio que también tú eras humano, cuando vio que te desesperabas y
llorabas a gritos. Pero, Joh, ¿crees que esa única sonrisa a la hora de su
agonía la ha compensado de todo lo que la llevó a la muerte?
—Déjame
con esa esperanza, madre.
—Con
ese engaño, dirás.
Joh
Fredersen miró a su madre.
—Me
gustaría mucho saber —dijo con voz sombría— con qué alimentas tu crueldad hacia
mí, madre.
—Con
mi temor por ti, Joh, con mi temor por ti.
—No
necesitas temer por mí, madre.
—¡Oh,
sí, Joh! ¡Oh, sí! Tu pecado camina detrás de ti como un buen perro a la zaga.
No pierde tu pista, Joh; siempre está allí, siempre a tus espaldas. El amigo
siempre está desarmado contra su amigo. No lleva escudo ante el pecho, ni
armadura ante el corazón.
El
amigo que cree en su amigo es un hombre indefenso. Y traicionaste a un hombre
indefenso.
—Ya
pagué por mi pecado, madre. Hel ha muerto. Ahora sólo me queda Freder. Es su
legado. Y no abandonaré el legado de Hel. He venido a ti para rogarte, madre:
ayúdame a recuperar a Freder.
Los
ojos de la vieja dama, fijos en él, despedían chispas.
—¿Qué
me contestaste, Joh, cuando quise impedirte que conquistaras a Hel?
—No
lo recuerdo.
—Pues
yo sí, Joh. Recuerdo cada sílaba. Dijiste: «No oigo nada de lo que me dices.
Sólo oigo su nombre. Aunque me quedara ciego, seguiría viendo a Hel. Aunque me
quedara paralítico, aunque mis pies fueran incapaces de caminar, encontraría el
modo de llegar a ella». Eso dijiste. Freder es tu hijo. ¿Qué crees que me
contestaría él si yo le pidiera que abandonara a la muchacha que ama?
Joh
Fredersen guardaba silencio.
—Ten
cuidado, Joh —continuó su madre—. Sé muy bien lo que significa esa frialdad que
ahora se apodera de tus ojos, esa palidez pétrea que ahora se adueña de tu
rostro. Has olvidado que los seres que aman son sagrados. Aunque se equivoquen,
Joh, su misma equivocación es sagrada. Aunque sean locos, Joh, su locura en sí
es sagrada. Dondequiera que existan seres que aman está el jardín de Dios, y
nadie tiene derecho a arrojarlos fuera. Ni siquiera Dios. Sólo su propio
pecado.
—Debo
recuperar a mi hijo —insistió Joh Fredersen—. Había confiado en que tú me
ayudarías y, desde luego, habría sido el medio más suave. Pero te niegas a
ello, y ahora habré de buscar otros medios.
—Según
dices, Freder está enfermo.
—Ya
se pondrá bien.
—¿De
modo que insistes en tu empeño?
—Sí.
—Creo
que Hel lloraría si pudiera oírte.
—Quizá.
Pero Hel ha muerto.
—Acércate,
Joh. Te mostraré unas palabras que nunca olvidarás y que te acompañarán en tu
camino. Son bien fáciles de recordar.
Joh
Fredersen vaciló. Luego se acercó a su madre. Ésta señaló con mano firme un
pasaje de la Biblia que tenía abierta ante ella. Joh Fredersen leyó:
«Lo
que siembre el hombre, eso recogerá».
Giró
en redondo. Cruzó la habitación. Los ojos de su madre le seguían. Cuando se
volvió hacia ella repentinamente, violentamente, con una palabra dura en los
labios, halló sus ojos fijos en él. En aquellos ojos Joh Fredersen descubrió un
amor tan inmenso, un amor tan poderoso, que creyó ver a su madre por primera
vez.
Se
miraron largo tiempo en silencio.
Luego
el hombre avanzó hacia su madre.
—Me
voy ahora, madre —dijo—, y no creo que vuelva a ti otra vez.
No
obtuvo respuesta. Pareció como si él deseara tenderle la mano, pero, a medio
camino, la dejó caer otra vez.
—¿Por
quién lloras, madre? —preguntó—. ¿Por Freder o por mí?
—Por
los dos —le contestó—. Por vosotros dos, Joh.
Él
permaneció en silencio. En su rostro se leía la batalla que libraba su corazón.
Luego, sin mirar de nuevo a su madre, dio la vuelta y salió de la casa sobre la
cual susurraba el castaño.
13
Era
medianoche. No había ninguna luz encendida en la casa. Sólo el resplandor de la
ciudad que entraba por la ventana se extendía como un nimbo pálido sobre el
rostro de la muchacha, que permanecía sentada inmóvil, apoyada contra la pared,
con los párpados cerrados y las manos en el regazo.
—¿Es
que no vas a contestarme nunca? —preguntó el gran inventor.
Quietud.
Silencio. Inmovilidad.
—Eres
más fría que el mármol, más dura que cualquier piedra. Seguro que la uña de tu
dedo meñique corta el diamante como si fuera agua. Yo no imploro tu amor. ¿Qué
sabe una niña del amor? Su fortaleza permanece inatacada, su paraíso cerrado,
nadie sino el dios que los escribió conoce sus libros sellados. ¿Qué sabes tú
de amor? Las mujeres tampoco saben nada del amor. ¿Qué sabe la luz de la luz?
¿La llama del fuego? ¿Qué saben las estrellas de las leyes que las rigen? Hay
que preguntar al caos, al frío, a la oscuridad, a lo jamás redimido y que sigue
luchando por su redención. Hay que preguntar al hombre lo que es el amor. El
himno del cielo sólo puede componerse en el infierno. Yo no imploro tu amor,
María. Pero sí tu piedad, madre de rostro virginal.
Quietud.
Silencio. Inmovilidad.
—Te
retengo cautiva. ¿Acaso es culpa mía? No te retengo cautiva por mí mismo,
María. Por encima de ti y de mí hay una voluntad que me obliga a ser malvado.
¡Ten piedad del que debe ser malvado, María! El manantial de la bondad en mi
interior está cegado. Creí que estaba muerto, pero sólo está encerrado vivo. Mi
ser es una roca de oscuridad. Pero, allá en lo más hondo de la triste piedra,
oigo correr el manantial. Si desafiara la obra que creé a tu imagen, no sería
más de lo que Joh Fredersen se merece, y mucho mejor para mí. Porque él me ha
arruinado, María.
ȃl
me robó a la mujer que yo amaba. No sé si su alma me perteneció en realidad,
pero su piedad sí era mía, y me hacía bueno. Joh Fredersen me quitó a esta
mujer. Él me hizo malvado. Él, que envidiaba al suelo la impronta de los pies
que amaba, hizo de mí un ser malvado al privarme de su piedad. Hel está muerta.
Pero ella le amó. ¡Qué ley más terrible es que los seres de la luz se
conviertan en los seres de la oscuridad, y dejen de lado a los de las sombras!
»Sé
más misericordiosa que Hel, María. Yo desafiaré a la voluntad que está por
encima de ti y de mí. Yo te abriré las puertas. Podrás ir donde quieras y nadie
te detendrá. Pero ¿te quedarías conmigo por tu propia voluntad, María? Yo
anhelo ser bueno, ¿querrás ayudarme?
Quietud.
Silencio. Inmovilidad.
—Tampoco
imploro tu piedad, María. Nada hay en el mundo menos compasivo que la mujer que
no ama más que a un ser. Sois asesinas despiadadas en nombre del amor; sois
diosas de la muerte con vuestra sonrisa.
»Las
manos del amado están frías. Y preguntáis: «¿Quieres que te caliente las manos,
amado?» Y ni siquiera esperáis la respuesta. Incendiáis una ciudad, ahogáis en
llamas todo un reino para que el amado se caliente las manos. Os alzáis hasta
el universo y cogéis las estrellas más radiantes sin preocuparos por la
destrucción del universo o por si rompéis el equilibrio eterno. «¿Deseas las
estrellas, amado?» Y si su respuesta es no, entonces simplemente las dejáis
caer.
»¡Oh,
benditas hacedoras del mal! Os acercáis sin miedo, inviolables, al trono de
Dios y le decís: «¡Levántate, Creador! Necesito el trono del mundo para mi
amado». No veis todos los que mueren; os basta con que él viva. Una gota de
sangre en su dedo os asusta más que la destrucción de un continente. ¡Todo eso
lo sé, y nunca lo he poseído! No, no apelo a tu piedad, María. ¡Pero sí apelo a
tu fidelidad!
Quietud.
Silencio. Inmovilidad.
—¿Conoces
la Ciudad de los Muertos, en el subsuelo de Metrópolis? Una muchacha llamada
María solía reunir allí de noche a sus hermanos. Sus hermanos llevaban uniforme
de algodón azul, gorra negra, zapatones groseros. María les hablaba de un
mediador que vendría a liberarlos. «El mediador entre el cerebro y las manos
debe ser el corazón», ¿no era así?
»Los
hermanos de la muchacha creían en ella. Y esperaban. Esperaron mucho tiempo.
Pero el mediador no vino. Ni vino ella tampoco, ni envió mensaje alguno, ni se
la encontraba por ninguna parte. Pero los hermanos creían en la muchacha, pues
la habían juzgado tan valiosa como el oro. «¡Vendrá!», decían. «¡Vendrá de
nuevo! Es fiel. ¡No nos abandonará! Nos ha dicho que acudirá un mediador. Debe
venir ahora. ¡Seamos pacientes y esperemos!» Pero el mediador no vino. Ni ella
tampoco.
»La
miseria de los hermanos ha crecido de día en día. Donde murmuraban mil, ahora
murmuran diez mil. Ya no pueden alimentarse de esperanzas. Anhelan la lucha, la
destrucción, la ruina, la caída. E incluso los creyentes, incluso los
pacientes, preguntan: «¿Dónde está María? ¿Habrá perdido el oro todo su
valor?».
»¿Vas
a dejarles sin respuesta, María?
Quietud.
Silencio. Inmovilidad.
—Callas.
Eres muy obstinada. Pero ahora te diré algo que acabará indudablemente con tu
obstinación. ¿Crees que te retengo cautiva aquí por gusto? ¿Crees que Joh
Fredersen no conocía otro modo de separarte de su hijo que encerrarte tras el
sello de Salomón que está sobre mi puerta? ¡Oh, no, María… oh, no, mi hermosa
María!
»No
hemos estado ociosos estos días. Te hemos robado tu hermosa alma, tu dulce
alma, esa tierna sonrisa de Dios. Yo te he escuchado como te ha escuchado el
aire. Te he visto furiosa y hundida en la desesperación. Te he visto ardiendo y
te he visto deprimida. Te he oído orar a Dios, y he maldecido a Dios porque Él
no te oía. Me he emborrachado con tu impotencia. Tu llanto lastimero me ha
emborrachado. Cuando tú sollozabas el nombre de tu amado yo creía morir,
vacilaba. Y así, borracho, moribundo y vacilante, me convertí en ladrón, en
ladrón de ti, María.
»Te
creé de nuevo. ¡Yo fui tu segundo creador! Yo te he robado por completo. En
nombre de Joh Fredersen, el Amo de la gran Metrópolis, te robé tu ego, María. Y
ese ego robado —tu otro yo— envió un mensaje a tus hermanos llamándoles de
noche a la Ciudad de los Muertos, y todos acudieron. Cuando tú les hablabas,
les hablabas de paz. Pero Joh Fredersen ya no desea la paz, ¿comprendes? ¡Él
quiere decisión! Ha llegado la hora. Tu ego robado ya no puede hablar de paz:
la boca de Joh Fredersen habla por su boca. Entre tus hermanos, habrá uno que
te ama y que no comprenderá, que dudará de ti, María.
»Dame
tus manos, María, sólo tus manos, nada más. No te pido más. Tus manos deben ser
maravillosas. Perdón es el nombre de la derecha, Redención el de la izquierda.
Si me das tus manos, yo iré contigo a la Ciudad de los Muertos y podrás
prevenir a tus hermanos y desenmascarar a tu ego robado, para que el que te ama
te encuentre de nuevo, y ya no tenga que dudar de ti. ¿Decías algo, María?
Oyó
el dulce, el suave sollozar de la muchacha. Él cayó de rodillas. Quería
arrastrarse hacia ella. Y de pronto se detuvo en seco. Escuchó. Alzó la vista.
Y dijo con una voz que era casi un chillido en la intensidad de su atención:
—¿María?
¿María? ¿No oyes? Hay alguien más en la habitación.
—Sí
—dijo la voz serena de Joh Fredersen.
Y
sus manos atenazaron la garganta de Rotwang, el gran inventor.
14
La
multitud se apiñaba de tal manera bajo la bóveda sepulcral, que las cabezas
parecían terrones en un campo recién arado. Todos los rostros convergían en un
punto, en la fuente de una luz tan suave como Dios. Las velas ardían con llamas
afiladas, como espadas esbeltas y lustrosas que se alzaban en círculo en torno
a la cabeza de la muchacha.
Freder
estaba apretujado en un rincón, tan lejos de la muchacha que sólo percibía la
palidez de su rostro, sus ojos maravillosos y sus labios rojo sangre. Su mirada
estaba pendiente de aquella boca escarlata que se le antojaba el centro de la
tierra al que, por ley eterna, iba a correr su propia sangre. Una boca
atrayente… Los siete pecados capitales tenían una boca así, la mujer que
cabalgaba sobre la bestia escarlata ―con el nombre de Babilonia escrito en la
frente― tenía una boca así… Se llevó las manos a los ojos para no ver más
aquellos labios pecaminosos.
Ahora
oía con mayor claridad. Sí, ésa era su voz, la voz que sonaba como si Dios nada
pudiera negarle. Pero ¿era realmente su voz? Salía de una boca rojo sangre. Era
como una llama, cálida y afilada. Y en ella rebosaba una malvada dulzura.
—Hermanos
míos…
En
aquellas palabras no había paz. Algo siseaba en el aire, semejante a unas
serpientes rojas. El aire era sofocante, angustioso de respirar.
Gimiendo
pesadamente, Freder abrió los ojos.
Ante
él las cabezas eran como una oleada sombría y furiosa, una oleada que rugía
enardecida. Aquí y allá se alzaba una mano en el aire, y las palabras
estallaban como la espuma de las olas. Pero la voz de la muchacha era como una
lengua de fuego que encantaba, que atraía, ardiendo sobre las cabezas.
—¿Qué
es más agradable: el agua o el vino?
—¡El
vino es más agradable!
—¿Quién
bebe el agua?
—¡Nosotros!
—¿Quién
bebe el vino?
—¡Los.
amos! ¡Los amos de las máquinas!
—¿Qué
es más agradable: la carne o el pan seco?
—¡La
carne es más agradable!
—¿Quién
come el pan seco?
—¡Nosotros!
—¿Quién
come la carne?
—¡Los
amos! ¡Los amos de las máquinas!
—¿Qué
es más agradable: vestir el algodón azul o la seda blanca?
—¡La
seda blanca es más agradable!
—¿Quién
viste el algodón azul?
—¡Nosotros!
—¿Quién
viste la seda blanca?
—¡Los
amos! ¡Los hijos de los amos!
—¿Dónde
es más agradable vivir: sobre la tierra o debajo de ella?
—¡Es
más agradable vivir sobre la tierra!
—¿Quién
vive bajo la tierra?
—¡Nosotros!
—¿Quién
vive sobre la tierra?
—¡Los
amos! ¡Los amos de las máquinas!
—¿Cómo
viven vuestras esposas?
—¡En
la miseria!
—¿Cómo
viven vuestros hijos?
—¡En
la miseria!
—¿Qué
hacen vuestras esposas?
—¡Se
mueren de hambre!
—¿Qué
hacen vuestros hijos?
—¡Lloran!
—¿Qué
hacen las esposas de los amos de las máquinas?
—¡Comen
cuanto quieren!
—¿Qué
hacen los hijos de los amos de las máquinas?
—¡Se
divierten!
—¿Quiénes
son los proveedores?
—¡Nosotros!
—¿Quiénes
son los que derrochan?
—¡Los
amos! ¡Los amos de las máquinas!
—¿Qué
sois vosotros?
—¡Esclavos!
—¡No!
¿Qué sois vosotros?
—¡Perros!
—¡No!
¿Qué sois?
—¡Dínoslo!
¡Dínos qué somos!
—¡Sois
idiotas! ¡Torpes! ¡Estúpidos! De la mañana a la noche, a mediodía, por la
tarde, la máquina ruge pidiendo alimento, alimento, alimento. ¡Vosotros sois el
alimento! ¡Sois el alimento vivo! ¡La máquina os devora y luego, exhaustos, os
arroja! ¿Por qué engordáis a las máquinas con vuestros cuerpos? ¿Por qué
aceptáis sus articulaciones con vuestro cerebro? ¿Por qué no dejáis que las
máquinas mueran de hambre, idiotas? ¿Por qué no las dejáis perecer, estúpidos?
¿Por qué las alimentáis?
»Cuanto
más lo hagáis, más hambre tendrán de vuestra carne, de vuestros huesos, de
vuestro cerebro. Vosotros sois diez mil. ¡Vosotros sois cien mil! ¿Por qué no
os lanzáis, cien mil puños asesinos, contra las máquinas? ¡Vosotros sois los
amos de las máquinas, vosotros! No los otros que van por ahí con su seda
blanca. ¡Volved el mundo al revés! ¡Ponedlo patas arriba! ¡Asesinad a vivos y
muertos! ¡Tomad vuestra herencia!
»Ya
habéis esperado bastante. ¡Ha llegado la hora!
Una
voz gritó entre la multitud:
—¡Dirígenos,
María!
Todas
las cabezas se adelantaron en una oleada poderosa. La boca escarlata de la
muchacha soltó una carcajada, y sus enormes ojos verde oscuro llamearon. Alzó
los brazos en un gesto de indecible diñcultad, como si levantara un gran peso.
El cuerpo esbelto pareció crecer, alargarse. Las manos de la muchacha se
unieron sobre sus cabellos. Por los hombros, senos, caderas y rodillas corría
un incesante temblor apenas perceptible y era como si ese temblor la elevara
suavemente en el aire.
Entonces
gritó:
—¡Venid!
¡Venid! ¡Yo os dirigiré! ¡Yo bailaré la danza de la muerte ante vosotros! ¡Yo
bailaré la danza de los asesinos ante vosotros!
Como
una bestia derribada de un hachazo, la multitud se humilló a sus pies con un
gemido sordo. Pero una voz que sollozaba de rabia y de dolor resonó en el
silencio:
—Tú
no eres María.
Todos
se volvieron al instante y miles de ojos se clavaron en un hombre que se erguía
en su rincón. La capa que le cubría había resbalado, dejando al descubierto la
seda blanca de sus vestidos. Su aspecto era terrible; tal parecía que hubiera
muerto desangrado. Extendió la mano, señalando con dedo tembloroso a la
muchacha. Aulló:
—¡Tú
no eres María, no, tú no eres María! ¡Ella predica la paz, no el crimen!
Los
ojos de la multitud empezaron a brillar amenazadores.
Por
unos instantes, la muchacha pareció vacilar e ir a caer de bruces. Pero supo
resistir, e irguió aún más su cuerpo amenazante. Extendió la mano y señaló a
Freder, gritando con una voz que parecía de cristal:
—¡Mirad!
¡Mirad! ¡El hijo de Joh Fredersen! ¡El hijo de Joh Fredersen está entre
vosotros!
La
multitud gritó, y embistió al hijo de Joh Fredersen.
Él
no opuso resistencia. Quedó casi aplastado contra la pared. Fijó en la muchacha
unos ojos en los que se leía la fe en la condenación eterna. Parecía muerto ya,
su cuerpo sin vida cayendo como un fantasma sobre los puños de los que deseaban
asesinarle.
Una
voz gritó:
—¡Perro
con la piel de seda blanca!
Se
alzó un brazo, brilló un cuchillo en el aire.
La
muchacha sobresalía de la multitud y el cuchillo parecía venir volando de sus
ojos.
Pero,
antes de que el cuchillo llegara a atravesar la seda blanca que cubría el
corazón del hijo de Joh Fredersen, un hombre se interpuso… y el cuchillo
atravesó el algodón azul. El uniforme quedó teñido en sangre.
—¡Hermanos!
—dijo el hombre. Moribundo, pero muy erguido, seguía amparando al hijo de Joh
Fredersen con todo su cuerpo. Volvió un poco la cabeza para mirar a Freder y
dijo, con una sonrisa transfigurada por el dolor:—. Hermano…
Freder
le reconoció. Era Georgi, el número 11811, que ahora entregaba su vida por él.
Quiso
lanzarse contra sus asesinos. Pero el moribundo, cual si estuviera crucificado,
le impedía el paso; clavaba los ojos, brillantes como joyas, en la multitud.
—Hermanos…
—comenzó—. Asesinos, hermanos asesinos…
La
multitud le dejó solo y echó a correr. En nombre de la multitud, la muchacha
bailaba y cantaba.
¡Hemos
sentenciado a las máquinas!
¡Hemos
condenado a muerte a las máquinas!
¡Las
máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
¡Muerte!
¡Muerte! ¡Muerte a las máquinas!
Con
el estruendo de miles de alas, los pasos de la multitud resonaron en los
estrechos pasadizos de la Ciudad de los Muertos. La voz de la muchacha se apagó
a lo lejos. Georgi soltó las manos y cayó hacia adelante.
Freder
se arrodilló a su lado y tomó entre sus manos la cabeza de Georgi.
—Avisa
a la ciudad —dijo éste.
—¿Y
tú, vas a morir? —gritó Freder. Sus ojos desconcertados recorrieron los muros
en cuyos nichos reposaban los muertos de mil años—. ¡No hay justicia en este
mundo!
—La
justicia suprema —dijo el número 118—11. De la debilidad, el pecado. Del
pecado, la expiación. ¡Avisa a la ciudad! ¡Avisa!
—¿Y
he de dejarte solo?
—Te
lo ruego.
Freder
se puso en pie, la desesperación en sus ojos. Corrió hacia el pasadizo por el
que desapareciera la multitud.
—¡Por
ahí no! —dijo Georgi—. Por ahí no podrás pasar…
—No
conozco otro camino.
—Yo
te guiaré.
—¡Estás
muriendo, Georgi! ¡El primer paso será tu muerte!
—¿No
quieres avisar a la ciudad? ¿Quieres ser cómplice de su destrucción?
—¡Vamos!
—exclamó Freder.
Levantó
a Georgi. Con la mano apretada sobre la herida, el hombre echó a correr dejando
tras de sí un rastro de sangre.
—¡Corre!
—le gritaba—. ¡Aprisa, no hay tiempo… que perder!
Pasadizos,
cruces, pasadizos, escalones, pasadizos… Georgi se desplomó al pie de una
escalera. Freder quiso levantarle. El otro le rechazó.
—¡Apresúrate!
―dijo. Indicó la escalera con un gesto—. ¡Arriba! Ahora ya no puedes perderte.
¡Apresúrate!
—¿Y
tú, Georgi, y tú?
—Yo
—dijo Georgi, volviendo la cabeza hacia el muro—, yo no voy a contestar más
preguntas.
Freder
soltó la mano de Georgi. Echó a correr escaleras arriba.
La
noche le acogió en sus brazos, la noche de Metrópolis, esa noche borracha de
luces. Todo estaba tranquilo, como de costumbre. Nada indicaba la tormenta que,
desde lo más profundo, se cernía sobre la ciudad.
Pero
el hijo de Joh Fredersen creyó sentir que las piedras cedían bajo sus pies;
creyó oír en el aire el batir de las alas de monstruos extraños, seres con
cuerpo de mujer y cabeza de serpiente, medio toros, medio ángeles, demonios
adornados con coronas, leones de cuerpo humano…
Y
creyó ver a la Muerte sentada sobre la Nueva Torre de Babel, con la capucha y
la capa amplia, afilando la guadaña.
Llegó
a la Nueva Torre de Babel. Todo estaba como de costumbre. El amanecer había
iniciado su lucha con las primeras luces. Buscó a su padre. No le encontró.
Nadie supo decirle dónde había ido Joh Fredersen a medianoche. El centro
cerebral de la Nueva Torre de Babel estaba vacío.
Freder
se secó el sudor que le corría por las sienes.
—Debo
encontrar a mi padre —dijo—. Tengo que hallarle, cueste lo que costare.
Hombres
con ojos de siervos le miraron. Hombres que no conocían otra cosa que la
obediencia ciega, que no podían aconsejar y mucho menos ayudar.
El
hijo de Joh Fredersen se sentó en el lugar de su padre, ante la mesa que solía
ocupar el gran hombre. Estaba tan blanco como la seda que vestía cuando
extendió la mano y apoyó los dedos sobre la pequeña placa de metal azul que
ningún hombre tocara jamás aparte de Joh Fredersen.
Entonces
la gran Metrópolis empezó a rugir. Entonces alzó su voz, su voz infernal. Pero
no pedía alimento, no. Gritaba:
—¡Peligro!
Sobre
la ciudad gigantesca, sobre la ciudad dormida, la voz monstruosa gritaba:
—¡Peligro!
¡Peligro!
Un
temblor apenas perceptible recorrió la Nueva Torre de Babel, como si la tierra
que la sostenía se agitara temerosa en sueños.
15
María
no se atrevía a moverse. Apenas si osaba respirar. No cerraba los ojos por
temor de que, en el breve segundo de un parpadeo, un nuevo horror se apoderara
de ella.
Ignoraba
el tiempo transcurrido desde que las manos de Joh Fredersen se cerraran en
torno a la garganta de Rotwang, el gran inventor. Los dos hombres habían
luchado en las sombras, y sin embargo le parecía que la silueta de aquellas dos
figuras había quedado grabada para siempre en la oscuridad: la mole de Joh
Fredersen con las manos adelantadas, como dos garras, y el cuerpo de Rotwang
pendiendo de ellas, arrastrado hasta cruzar la puerta.
¿Qué
estaba sucediendo en la habitación contigua?
No
oía nada. Pasaron los minutos, minutos interminables, y aunque escuchaba con
todos sus sentidos no percibía el menor ruido, ni rumor de pasos, ni gritos.
¿Estaría acaso respirando el aire que encerraba el crimen?
¡Ah,
aquel férreo apretón en el cuello de Rotwang! ¡Aquel cuerpo arrastrado a la más
profunda oscuridad! ¿Estaría muerto? ¿Lo encontraría tirado detrás de aquella
puerta, en un rincón, roto el cuello y los ojos vidriosos? ¿Seguiría el asesino
tras aquella puerta?
La
habitación en la que estaba retumbó de pronto con el sonido de un sordo latir.
Un sonido atronador que creció, que se hizo más y más violento. Gradualmente
comprendió: era el latir de su propio corazón. Si alguien hubiera entrado en la
habitación no le habría oído, tal era la fuerza de sus latidos.
Las
palabras vacilantes de una plegaria infantil cruzaron por su cerebro, en
confusión, sin sentido: «Dios mío, te lo ruego, quédate conmigo, cuida de mí.
Amén». Pensó en Freder: «No, no llores. ¡No llores! ¡Dios mío, te lo ruego!»
Ya
no soportaba aquel silencio. Necesitaba ver, estar segura. Pero no se atrevía a
dar un paso. Se había puesto de pie, y ahora le faltaba el valor necesario para
sentarse otra vez. Se sentía envuelta por un saco negro, los brazos muy
apretados contra el cuerpo. Le parecía sentir en su nuca el aliento perverso de
algún ser monstruoso.
Ahora
oyó; sí, oyó algo. Pero el sonido no provenía del interior de la casa. Venía de
muy lejos y atravesaba incluso los muros de la casa de Rotwang, inmunes por lo
general a cualquier ruido, viniera de donde viniese.
Era
la voz de Metrópolis. No gritaba pidiendo alimento. Gritaba: «¡Peligro!
¡Peligro!» Y el clamor no se detenía. ¿Quién había osado desencadenar la voz de
la gran Metrópolis, que no obedecía a nadie sino a Joh Fredersen? ¿Acaso ya no
estaba Joh Fredersen en su puesto? ¿Qué peligro amenazaba a Metrópolis? Ni el
fuego ni el agua la harían gritar de aquel modo enloquecido.
¿Sería
el hombre la amenaza? ¿Una revuelta quizá?
Las
palabras de Rotwang resonaron en su cerebro: «En la Ciudad de los Muertos…».
¿Qué estaría ocurriendo en la Ciudad de los Muertos? ¿Surgiría el estruendo de
la Ciudad de los Muertos? ¿Surgiría la destrucción de las profundidades?
«|¡Peligro!
¡Peligro!», gritaba la voz de la gran ciudad.
Impulsada
por una fuerza interior, María echó a correr hacia la puerta y la abrió de par
en par. La habitación que se extendía ante ella estaba débilmente iluminada por
la tenue claridad que se filtraba a través de una ventana. Le pareció vacía.
Una fuerte corriente de aire, proveniente de una fuente invisible, cruzaba la
habitación en un chorro caliente, y traía con fuerza renovada el rugido de la
ciudad.
María
se inclinó hacia adelante. Reconoció la habitación: era aquella cuyas paredes
había recorrido buscando desesperadamente una salida, hasta encontrar una
puerta sin llave ni picaporte: sobre ella, rojo y cobre, brillaba el sello de
Salomón: la estrella de cinco puntas. Allí, en el centro, en el suelo, había
una trampa cuadrada por la que hacía mucho tiempo ―un período que ahora era
incapaz de medir― ella misma había entrado en la casa del gran inventor. El
cuadro brillante de la ventana venía a caer sobre aquella puerta que se abría
en el suelo.
«Una
trampa», pensó la muchacha.
Volvió
la cabeza. ¿Es que no iba a dejar de rugir nunca la gran Metrópolis?
«¡Peligro!
¡Peligro! ¡Peligro!», gritaba la ciudad.
María
dio un paso y se detuvo de nuevo. Entre ella y la trampa había algo en el
suelo. Era un montón irreconocible, algo oscuro e inmóvil. Podía ser humano,
podía ser sólo un saco. Pero estaba allí, y tendría que pasar junto a él si
quería llegar a la trampa.
Con
un gran despliegue de valor, como nunca lo había necesitado en la vida, María
avanzó sigilosamente. El bulto seguía inmóvil. Ella se detuvo, inclinándose
hacia adelante, obligando a sus ojos a reconocerlo, ensordecida por el propio
latir de su corazón y el estruendo de la ciudad rugiente.
Ahora
lo vio con claridad. Se trataba de un hombre. Yacía de bruces, las piernas
recogidas contra el cuerpo, como si hubiera tratado de levantarse y no hubiera
hallado las fuerzas necesarias. Tenía una mano en el cuello, y los dedos
engarfiados hablaban de defensa propia con más claridad que el discurso más
elocuente. La otra mano se extendía inútilmente hacia la trampa, como si
deseara aherrojarla. Esa mano no era de carne y hueso. Era de metal. Y aquella
mano era una obra maestra de Rotwang, el gran inventor.
María
echó una mirada a la puerta sobre la cual brillaba el sello de Salomón. Corrió
hacia ella, aunque sabía que era inútil implorar la libertad a esta puerta
inexorable. Sintió bajo los pies, distante y apagado, fuerte e impetuoso, el
temblor de un trueno distante.
La
voz de la gran Metrópolis rugía: «¡Peligro!»
María
unió las manos y se las llevó a la boca. Corrió a la trampa. Se arrodilló. Miró
al hombre que yacía junto a ella, la mano de metal que parecía obstinarse en
defender la trampa. Los dedos de la mano se volvían hacia ella engarfiados,
como la bestia antes de dar el salto.
Y el
temblor de la ciudad, ahora mucho más poderoso, la agitó de nuevo.
María
cogió la anilla de hierro de la trampa. Quería abrirla, pero la mano que estaba
sobre ella lo impedía obstinadamente.
Oyó
el entrechocar de sus propios dientes. Con cuidado infinito, cogió la mano que
yacía como un cerrojo de acero sobre la trampa. Sintió la frialdad de la muerte
que emanaba de ella. Sus dientes se clavaron en los labios pálidos. Al retirar
la mano con toda su fuerza el cuerpo se volteó, y el rostro grisáceo quedó
mirando a lo alto.
Abrió
del todo la trampa y se lanzó escaleras abajo, sin atreverse a cerrar por miedo
de ver una vez más al hombre que yacía en el suelo. Sintió los escalones bajo
sus pies, y las paredes húmedas a derecha e izquierda. Corrió en la oscuridad,
vagamente temerosa de no saber encontrar el camino.
A su
memoria acudió el recuerdo de los zapatos rojos del mago. Y ello la obligó a
detenerse y a escuchar. ¿Qué era aquel sonido extraño que poblaba los
pasadizos? Parecía un bostezo surgido de las piedras. De pronto, oyó un extraño
chirrido que se producía a intervalos regulares.
La
piedra vivía. Sí, la piedra vivía, las piedras de la Ciudad de los Muertos
nacían a la vida.
Un
temblor de extraordinaria violencia agitó el espacio en que se hallaba María.
Un rumor de piedras que caían, rumor de agua, silencio.
María
se sintió proyectada contra el muro de piedra y notó que éste se movía a sus
espaldas. Gritó. Extendió los brazos y corrió hacia adelante. Tropezaba con
piedras que caían a su paso, pero no vacilaba en su camino. Ignoraba lo que
sucedía, pero ese rumor misterioso que la tormenta trae consigo ―la
proclamación de una gran maldad―, pendía en el aire por encima de su cabeza y
la obligaba a avanzar a toda prisa.
Finalmente
descubrió una luz. Avanzó hacia ella y llegó a un lugar que le era conocido:
grandes velas ardían bajo la bóveda. Con frecuencia se había situado en su
centro y hablado a aquellos a quienes llamaba hermanos.
¿Quién
sino ella tenía derecho a encender esas velas? ¿Para quién habían ardido hoy?
Una corriente de aire violenta agitaba las llamas, y la cera caía en gotas
constantes. María cogió una vela y siguió corriendo con ella.
Llegó
al fondo de la bóveda. Tirada en el suelo encontró una capa. Ninguno de sus
hermanos llevaba una prenda así sobre el uniforme de algodón azul. Se inclinó y
vio en el polvo que tapizaba el suelo un rastro de sangre. Extendió la mano y
tocó una de las gotas. Las puntas de sus dedos se tiñeron de rojo. Se enderezó,
cerró los ojos. Vaciló un momento, y una sonrisa cruzó su rostro, como si
confiara en que aquello fuera una pesadilla.
—Dios
mío, te lo ruego: no me abandones, cuida de mí. Amén.
Apoyó
la cabeza contra el muro de piedra. La pared tembló. En la oscura bóveda, una
hendidura se iba abriendo.
¿Qué
significaba aquello? ¿Qué ocurría allí, encima de ella? Arriba estaban los
túneles del ferrocarril subterráneo. ¿Qué sucedía? Parecía como si tres mil
gigantes jugaran a los dados con montañas de hierro, lanzándolas una contra
otra entre aullidos.
La
hendidura se hizo mayor. El aire se llenó de polvo y piedrecitas.
La
estructura de la Ciudad de los Muertos se estremecía como si un puño poderoso
hubiera abierto de pronto una compuerta, aunque, en vez de agua, caía un alud
de piedras y tierra.
Una
corriente de aire, un remolino irresistible, echó a un lado a la muchacha cual
si fuera una paja. Los esqueletos se alzaron de los nichos, los huesos se
enderezaron, rodaron los cráneos. En la Ciudad de los Muertos pareció haber
llegado el Día del Juicio.
Arriba,
en la gran Metrópolis, la voz del monstruo seguía aullando.
Rojo
estaba el cielo sobre el océano de piedra de la ciudad. Y aquel cielo rojo vio,
entre el océano de piedra de la ciudad, una corriente que avanzaba, amplia e
interminable.
Era
una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso monótono: hombres,
hombres, hombres, todos con el mismo uniforme: del cuello a los tobillos
algodón azul oscuro, el pelo apretadamente recogido bajo la gorra negra, los
pies calzados con unos zapatones groseros. Y todos tenían el mismo rostro: un
rostro salvaje, de ojos enloquecidos. Y todos cantaban la misma canción, una
canción sin melodía que era un juramento, un voto:
¡Hemos
sentenciado a las máquinas!
¡Hemos
condenado a muerte a las máquinas!
¡Las
máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
¡Muerte!
¡Muerte! ¡Muerte a las máquinas!
Una
muchacha bailaba ante aquella muchedumbre enardecida y decía:
—¡Vamos!
¡Vamos! ¡Vamos! ¡Yo os dirigiré! ¡Yo bailaré la danza de la muerte ante
vosotros! ¡Yo bailaré la danza de los asesinos ante vosotros!
—¡Destruir!
¡Destruir! ¡Destruir! —gritaba la multitud.
Actuaban
sin un plan, pero seguían una ley. La destrucción era el nombre de la ley y
ellos la obedecían.
La
multitud se dividió. Una densa corriente se lanzó rugiendo hacia uno de los
túneles del ferrocarril subterráneo. Los trenes estaban dispuestos en todas las
vías. Los reflectores abrían brechas en la oscuridad de los pozos.
La
multitud aulló. ¡Aquél sí era un juguete digno de gigantes! ¿Y no eran ellos
acaso tan fuertes como tres mil gigantes?
Sacaron
a rastras a los conductores de sus puestos y soltaron los frenos. Los raíles
temblaban. Aquellas serpientes que eran los vagones brillantemente iluminados,
más rápidos cuanto más vacíos, se hundieron en la oscuridad. Dos, tres, cuatro
de los conductores lucharon como posesos, pero la multitud los acogió.
—¿Queréis
callar de una vez, perros? ¡Nosotros somos los amos! ¡Queremos jugar! ¡Queremos
jugar como gigantes!
Y
estallaron en su canto, la canción de su odio mortal:
¡Hemos
sentenciado a las máquinas!
¡Hemos
condenado a muerte a las máquinas!
Contaron
los segundos: cincuenta y nueve, sesenta, sesenta y uno, sesenta y dos, ¡ahora!
En
algún punto en lo más profundo del túnel se produjo un estallido como si la
Tierra se partiera en dos. Una y otra vez.
La
multitud aullaba:
¡Las
máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
¡Muerte!
¡Muerte! ¡Muerte a las máquinas!
Súbitamente,
de uno de los túneles surgió un tren como una lengua de fuego, con luces
brillantes, sin conductor; una muerte destructora a toda velocidad.
¿De
dónde venía aquel caballo infernal? ¿Dónde estaban los gigantes que así
respondían al juego de la muchedumbre? El tren se desvaneció entre chirridos y,
unos segundos más tarde, se escuchó un horrible estallido en la profundidad del
túnel. Y a este tren siguió otro, y aún otro más, enviados por manos
desconocidas.
Bajo
los pies de la muchedumbre el suelo comenzaba a agrietarse. Los túneles
vomitaban humo. De pronto se apagaron las luces. Únicamente los relojes, de
brillo blanquecino, colgaban como manchas de luz en una oscuridad cargada de
nubes sofocantes y agitadas.
La
multitud se lanzó escaleras arriba. Tras ella, los demonios desencadenados
arrastraban los vagones; las máquinas sin control caían unas contra otras, unas
sobre otras, y estallaban en llamas.
Metrópolis
tenía un cerebro.
Metrópolis
tenía un corazón.
El
corazón de la ciudad-máquina de Metrópolis moraba en un edificio blanco como
una catedral. Un solo hombre guardaba el corazón de la ciudad-máquina de
Metrópolis.
Su
nombre era Grot, y amaba a su máquina.
Ésta
era un universo en sí misma. Sobre los profundos misterios de sus delicadas
articulaciones, como el disco del sol, como el halo de un ser divino, se alzaba
una rueda de plata en constante movimiento que cubría la pared posterior del
edificio, de lado a lado, de arriba abajo.
No
había una sola máquina de Metrópolis que no recibiera su fuerza de este
corazón. Una única palanca controlaba esta maravilla de acero. Todos los
tesoros del mundo apilados ante él no habrían valido lo que esta máquina para
Grot.
Cuando,
a la hora gris del amanecer, oyó Grot el imponente rugido de Metrópolis, miró
el reloj y pensó: «Esto va contra toda naturaleza y toda ley».
Cuando
a la hora roja del crepúsculo vio Grot la corriente de hombres de doce en fondo
―dirigidos por una muchacha que danzaba al ritmo del canto de la multitud―,
Grot fijó la palanca de la máquina en un punto que decía «Seguridad», cerró
cuidadosamente la puerta del edificio y esperó adentro.
La
multitud atacó la puerta.
«Ya
podéis golpear», pensó Grot. «Esta puerta lo resiste todo». Y miró su máquina,
cuya rueda giraba lentamente.
«No
nos molestarán mucho tiempo», pensó. Esperaba una señal de la Nueva Torre de
Babel, un mensaje de Joh Fredersen. Pero el mensaje no llegaba.
«Él
sabe», se dijo Grot, «que puede confiar en mí».
La
puerta retumbaba como un tambor gigantesco. La multitud se lanzaba como un
ariete vivo contra ella.
«Son
muchísimos», pensó Grot. Miró la puerta: temblaba, pero resistía. Grot asintió
para sí con profunda satisfacción. Le hubiera gustado encender la pipa, de no
ser porque allí estaba prohibido fumar. Asistió a los gritos de la muchedumbre
y sus ataques constantes a la puerta con una impresión de ceñuda complacencia.
Amaba a aquella puerta. Era su aliada. Se volvió, y miró la máquina. Asintió
afectuosamente.
—Nosotros
dos… ¿eh? ¿Qué me dices de esos borrachos estúpidos, máquina?
Ante
la puerta, la tormenta se transformó en un tifón. Era una furia desencadenada,
nacida de un sufrimiento prolongado.
—¡Abre
la puerta! —gritaban furiosos—. ¡Abre la puerta, maldito bribón!
«¡Eso
querríais!», pensó Grot. ¡Qué bien aguantaba la puerta, su hermosa puerta!
¿Qué
cantaban aquellos monos borrachos ahí fuera?
¡Hemos
sentenciado a las máquinas!
¡Hemos
condenado a muerte a las máquinas!
¡Ja,
ja, ja! ¡También él podía cantar! ¡También él conocía canciones de borrachos, y
mejores aún! Golpeó con ambos talones el pedestal de la máquina sobre el que se
había sentado. Se echó atrás la gorra negra, sobre la nuca. Apretando los puños
enrojecidos sobre las rodillas y abriendo la boca, cantó con todas sus fuerzas
mientras sus ojos, pequeños y salvajes, se clavaban en la puerta:
¡Adelante,
borrachos, si os atrevéis!
¡Adelante
si queréis una buena paliza, asquerosos!
¡Vuestra
madre se olvidó
de
apretaros bien los pantalones
cuando
erais pequeños, so golfos!
¡Ni
siquiera sois dignos de la bazofia de los cerdos!
¡Os
caísteis del carro de la basura
cuando
éste tomó una curva!
Y
ahora estáis ante la puerta,
ante
mi hermosa puerta, y gritáis:
¡Abre
la puerta! ¡Abre la puerta!
¡Que
el diablo la abra por vosotros,
piojos
de gallina!
El
pedestal de la máquina vibraba al ritmo del taconeo de sus botas.
Pero
de pronto ambos se detuvieron, el golpear de los tacones y el canto. Una luz,
extraordinariamente potente y blanca, parpadeó tres veces bajo la cúpula del
edificio. Una señal se dejó oír, tan suave y penetrante como el tintineo de la
campanilla de un templo, venciendo cualquier otro sonido.
—¡Sí!
—exclamó Grot, el guardián de la máquina-corazón. Se puso en pie de un salto.
Alzó la frente, que brillaba con la ansiedad juvenil de la obediencia—. ¡Sí,
aquí estoy!
Una
voz lenta dijo claramente:
—Abre
la puerta y entrega la máquina.
Grot
se quedó inmóvil. Unos puños como martillos pendían de sus brazos. Tragó
saliva, pero no dijo nada.
—Repite
las instrucciones —ordenó la voz serena.
El
guardián de la máquina-corazón agitó la cabeza violentamente a un lado y otro,
como si le pesara.
—Yo…
no he entendido bien —respondió con voz vacilante.
La
voz habló con un tono imperioso:
—¡Abre
la puerta y entrega la máquina!
El
hombre seguía sin decir nada, mirando estúpidamente hacia lo alto.
—Repite
las instrucciones —insistió la voz serena.
El
guardián de la máquina-corazón aspiró profundamente.
—¿Quién
habla ahí? —preguntó—. ¿Qué maldito cerdo está diciendo…?
—Abre
la puerta, Grot.
—Y
un cuerno voy a…
—Entrega
la máquina.
—¿La
máquina? —repitió Grot—. ¿Mi máquina?
—Sí.
El
guardián de la máquina-corazón empezó a temblar. Tenía ahora el rostro azulado,
y en él destacaban los ojos como bolas blancuzcas. La multitud, que seguía
atacando la puerta como un ariete, gritaba enronquecida:
¡Las
máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
¡Muerte!
¡Muerte! ¡Muerte a las máquinas!
—¿Quién
habla ahí? —insistió el hombre, con voz tan alta que sus palabras eran un
aullido.
—Habla
Joh Fredersen.
—Quiero
la contraseña.
—La
contraseña es mil tres. La máquina está funcionando a media fuerza. Has puesto
la palanca en «Seguridad».
El
guardián de la máquina-corazón se quedó de piedra.
Luego
dio la vuelta torpemente, se dirigió a la puerta y corrió los cerrojos.
La
multitud le oyó. Aulló triunfante. La puerta se abrió de par en par. Una tromba
humana penetró en la sala arrollando a su paso al hombre, que permanecía de pie
en el umbral. Se lanzaron hacia la máquina; todos querían poner las manos en
ella. Una muchacha dirigía bailando a la multitud.
—¡Mirad!
—gritó—. ¡Mirad! ¡El corazón de Metrópolis! ¿Qué haremos con el corazón de
Metrópolis?
¡Hemos
sentenciado a las máquinas!
¡Hemos
condenado a muerte a las máquinas!
¡Las
máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!
Pero
la multitud ya no seguía la canción de la muchacha. Todos miraban a la máquina,
el corazón de la gran ciudad-máquina que se llamaba Metrópolis y que ellos
habían alimentado. Como un solo hombre se acercaban lentamente a la máquina,
que brillaba cual si fuera de plata. En todos los rostros se leía el odio, en
todos los rostros se leía un temor supersticioso. El deseo de la destrucción
definitiva estaba escrito en todos los rostros.
Pero,
antes de que todo eso llegara a expresarse, Grot, el guardián, se colocó ante
la máquina. No hubo insulto ni obscenidad que no lanzara violentamente al
rostro de la multitud. Las palabras más viles aún no le parecían suficientes.
Y
todos le miraron con ojos enrojecidos. Le miraron con odio. Veían que aquel
hombre estaba allí, delante de ellos, y les insultaba en nombre de la máquina.
Para ellos, hombre y máquina se fundieron en uno, hombre y máquina merecían el
mismo odio. Avanzaron. Cogieron al hombre, deseando coger a la máquina. Le
derribaron, le pisotearon, le arrastraron hasta sacarlo de la sala. Se
olvidaron de la máquina porque ya tenían al hombre —tenían al guardián del
corazón de todas las máquinas— y creyeron que, al llevarse al hombre de la
máquina-corazón, arrancaban el corazón del pecho de la gran ciudad-máquina.
¿Qué
había que hacer con el corazón de Metrópolis? Había de morir, pisoteado por la
multitud.
—¡Muerte!
—gritó la multitud victoriosa—. ¡Muerte a las máquinas!
No
advirtieron que ya no tenían un líder. No advirtieron que la muchacha había
dejado de dirigirles.
Ésta
se hallaba de pie ante la máquina. Su sonrisa era de plata helada. Extendió la
mano, más delicada que el cristal, cogió la poderosa palanca que estaba puesta
en «Seguridad» y la hizo girar sin dejar de sonreír. Luego salió con paso
ligero y alocado.
A
sus espaldas, la máquina empezó a desbocarse. Sobre los profundos misterios de
sus delicadas articulaciones, como el disco del sol, como el halo de un ser
divino, se alzaba la rueda de plata en constante movimiento.
El
corazón de Metrópolis, la ciudad de Joh Fredersen, empezó a desbocarse dominado
por una enfermedad mortal.
16
¡Padre!
El
hijo de Joh Fredersen sabía muy bien que su padre no podía oírle, ya que él,
Freder, se hallaba al pie de la Nueva Torre de Babel ―donde le lanzara el
tumulto que llenaba la calle―, y su padre estaba arriba, muy arriba, sobre el
remolino de la ciudad, el Cerebro incólume en el frío centro cerebral. Sin
embargo, seguía llamándole a gritos; tenía que gritar. Y su grito era a la vez
una petición de socorro y una acusación.
La
estructura circular de la Nueva Torre de Babel estaba abarrotada de gentes que
se lanzaban a la calle riendo como locos. La Nueva Torre de Babel quedaba
desierta. Cuantos habían ocupado sus habitaciones y corredores, cuantos habían
viajado en los cubículos del Pater Noster hacia las profundidades o las
alturas, cuantos habían ocupado su puesto en las escaleras, cuantos habían
recibido instrucciones y las habían transmitido, cuantos habían sudado entre
los números, cuantos habían escuchado las voces susurrantes del mundo, todos,
todos salían de la Nueva Torre de Babel como sale la sangre de una vena cortada
hasta que ésta queda vacía, horriblemente vacía.
Pero
las máquinas seguían viviendo.
Freder,
que se hallaba solo —una migaja de humanidad— en la inmensa estructura
circular, oyó el rumor suave y profundo que crecía por momentos y, al volverse,
vio que los cubículos vacíos del Pater Noster giraban con rapidez creciente.
Sí, era como si aquellos cubículos vacíos bailaran enloquecidos, y el aullido
que desgarraba la Nueva Torre de Babel parecía proceder de sus vacías
mandíbulas.
—¡Padre!
—gritó Freder. Y toda la estructura circular gritó con él, y con toda la fuerza
de sus pulmones.
Freder
echó a correr, pero no hacia lo alto de la Torre. Corrió hacia sus
profundidades, arrastrado por el horror y la curiosidad, abajo, hacia el
infierno, guiado por los pilares luminosos, a la morada de la máquina del Pater
Noster que era como Ganesha, el dios de cabeza de elefante.
Los
pilares luminosos junto a los que corría no brillaban como de costumbre, con su
luz blanca y helada. Parpadeaban, vacilaban, amenazaban con extinguirse. Ardían
con una luz verde y malvada. Las piedras sobre las que corría se agitaban, cual
si fueran agua. Cuanto más se acercaba a la sala de las máquinas, más fuerte
resonaba la voz de la Torre. Los muros quemaban. El aire era como fuego
incoloro. Si la puerta no se hubiera abierto por sí misma, ninguna mano humana
hubiera podido hacerlo. porque era como una cortina brillante de aceite
líquido.
Freder
sostenía un brazo levantado ante la frente, como para impedir que le estallara
el cerebro. Sus ojos buscaron la máquina, la máquina ante la cual había
trabajado él una vez. Estaba encogida en el centro de la enorme sala. Brillaba
de aceite. Sus miembros resplandecían. Bajo el cuerpo encogido y la cabeza
hundida en el pecho, sus patas torcidas, semejantes a las de un gnomo, se
apoyaban sobre la plataforma. El tronco y las patas estaban inmóviles, pero los
cortos brazos empujaban: atrás y adelante, atrás y adelante.
La
máquina estaba abandonada. Nadie la vigilaba. Ninguna mano sostenía la palanca,
ninguna mirada se clavaba en el reloj cuyas manecillas corrían como locas sobre
los números.
—¡Padre!
—gritó Freder, en el momento en que se lanzaba hacia adelante.
Pero
en ese mismo instante fue como si el cuerpo encogido de la maldita máquina que
era como Ganesha se elevara, movido por la furia; como si las patas se
estiraran sobre sus muñones para dar el salto asesino; como si sus brazos ya no
se extendieran para impulsar sino para agarrar, para destrozar; como si la
fuerte voz de la Nueva Torre de Babel estallara en los pulmones de la máquina
del Pater Noster que aullaba: «¡Muerte!», y repetía sin cesar: «¡Muerte!»
La
cortina en llamas de la puerta se corrió a un lado con un silbido. La máquina
monstruo bajó de la plataforma con sus poderosos brazos girando. Toda la
estructura de la Nueva Torre de Babel tembló. Los muros se agitaron. Gimió el
techo.
Freder
giró en redondo. Alzó los brazos y corrió. Vio que los pilares luminosos se
lanzaban contra él, oyó un chirrido a sus espaldas y sintió que se le helaban
los huesos. Corrió, corrió, corrió enloquecido hacia las puertas que iba
abriendo y cerrando de golpe a sus espaldas, y siguió corriendo.
—¡Padre!
—gritaba. Y después, sintiendo que perdía la cabeza—: Padre Nuestro, que estás
en los cielos…
Arriba.
¿Adónde llevaban estas escaleras? Las puertas se abrían rebotando contra los
muros.
¿Los
templos de las salas de las máquinas? Las deidades, las máquinas-dioses de
Metrópolis. Todos los grandes dioses vivían en templos blancos. Baal y Moloc,
Huitzilopochtli y Durgha. Algunos terriblemente sociables, otros espantosamente
solitarios. Aquí, el carro divino de Juggernaut; allí, las Torres del Silencio;
allá, la cimitarra de Mahoma; más allá, las cruces del Gólgota.
Y ni
un alma, ni un alma en las salas blancas. Las máquinas, las máquinas-dioses
estaban terriblemente abandonadas. Pero todas vivían, sí, todas vivían
realmente una vida mejor, una vida ardiente.
Porque
Metrópolis tenía un cerebro.
Metrópolis
tenía un corazón.
El
corazón de la ciudad-máquina de Metrópolis moraba en un edificio blanco como
una catedral. El corazón de la ciudad-máquina de Metrópoli estaba, hasta este
día y esta hora, guardado por un solo hombre. El corazón de la ciudad-máquina
de Metrópolis era una máquina y un universo en sí mismo. Sobre los profundos
misterios de sus delicadas articulaciones, como el disco del sol, como el halo
de un ser divino, se alzaba la rueda de plata en constante movimiento.
No
había una sola máquina en toda Metrópolis que no recibiera su fuerza de este
corazón.
Una
sola palanca controlaba esta maravilla de acero. Con la palanca colocada en
«Seguridad», todas las máquinas quedaban frenadas como animales domesticados.
Los ejes brillantes del disco girarían lentamente, y podrían distinguirse con
claridad sobre la máquina-corazón.
Si
la palanca se colocaba en «6» —y allí estaba colocada por lo general— aquello
significaba trabajo, un trabajo de esclavos. Las máquinas rugían. La rueda
poderosa de la máquina-corazón era un espejo de plata aparentemente inmóvil,
muy brillante. Y el trueno poderoso de la máquina, originado por el latir del
corazón de ésta, se alzaba como un segundo universo sobre Metrópolis, la ciudad
de Joh Fredersen.
Pero
jamás, desde la construcción de Metrópolis, se había colocado la palanca en
«12».
Y en
«12» estaba ahora. La mano de una muchacha, más delicada que el cristal, había
girado la poderosa palanca hasta llevarla a «12». El corazón de Metrópolis, la
gran ciudad de Joh Fredersen, se había desbocado dominado por una enfermedad
mortal, y enviaba la oleada roja de su fiebre a todas las máquinas alimentadas
por sus latidos.
No
había una sola máquina en toda Metrópolis que no recibiera su fuerza de este
corazón. Y por eso, todas las máquinas-dioses de Metrópolis se contagiaron de
la fiebre.
De
las Torres del Silencio estallaba el vapor de la descomposición. Llamaradas
azules surgieron en el espacio que las rodeaba. Y las torres, las enormes
torres que sólo giraban una vez en el curso del día, empezaron a dar vueltas en
sus pedestales en un baile orgiástico que amenazaba con hacerlas volar por los
aires.
La
espada curva de Mahoma era como un rayo circular en el aire. Sin encontrar
resistencia cortaba, cortaba. Se enfurecía porque no tenía nada que cortar. La
fuerza que así malgastaba inútilmente seguía sin embargo creciendo; al fin, con
un impulso supremo, envió serpientes verdes en todas direcciones.
Y de
los brazos extendidos de las cruces del Gólgota emergían surtidores de chispas
blancas y crepitantes.
Vacilando
bajo el impacto que había agitado a la tierra misma, el carro de Juggernaut,
ahora suelto, empezó a deslizarse, empezó a rodar, se detuvo, quedó colgando
inclinado en la plataforma, tembló como un barco que fuera a caer destrozado
por los arrecifes y al fin se desmoronó con un gemido.
Luego
se levantaron de sus tronos brillantes Baal y Moloc, Huizilopochtli y Durgha.
Todas las máquinas-dioses se pusieron en pie y extendieron los miembros,
gozando de su terrible libertad. Huitzilopochtli pidió a gritos un sacrificio.
Durgha movió sus ocho brazos asesinos. Un fuego devorador ardió en el vientre
de Baal y de Moloc y flameó en sus mandíbulas. Y, rugiendo como una horda de
mil búfalos desviados de su propósito, Asa Thor agitó el martillo infalible.
Freder,
una partícula de polvo perdida entre los pies de los dioses, proseguía su
camino por las salas blancas, los templos rugientes.
—¡Padre!
—gritaba.
Y al
fin oyó su voz.
—¡Sí!
¡Aquí estoy! ¿Qué quieres? ¡Ven aquí, conmigo!
—¿Dónde
estás?
—¡Aquí!
—¡No
consigo verte!
—¡Debes
alzar más la vista!
La
mirada de Freder recorrió la sala. Vio a su padre de pie en una plataforma,
entre los brazos extendidos de las cruces del Gólgota, de cuyos extremos
surgían chispas blancas y crepitantes. En aquel fuego infernal, el rostro de su
padre era una máscara de frialdad serena. Sus ojos eran como acero azulado y
brillante. Entre las grandes máquinas que habían enloquecido él era un dios,
señor de todas ellas.
Freder
corrió hacia él, pero no pudo llegar a su lado. Se aferró al pie de la cruz
llameante. Impactos atronadores resonaban en la Nueva Torre de Babel.
—¡Padre!
—chilló—. ¡Tu ciudad va a la ruina!
Joh
Fredersen no respondió. Aquellos surtidores de chispas parecían estallar en sus
sienes.
—Padre,
¿no comprendes? Tu ciudad va a la ruina, tus máquinas han cobrado vida. Están
haciendo pedazos la ciudad, están destrozando Metrópolis. ¿Me oyes? He visto
una calle cuyas casas bailaban sobre sus fundamentos agitados, como niños
bailando sobre el estómago de un gigante que riera a carcajadas. Una corriente
de lava, cobre brillante, salía de la torre hendida de tu factoría de calderas,
y un hombre desnudo corría ante ella, un hombre con el pelo chamuscado y que
gritaba: «¡Ha llegado el fin del mundo!» Cayó al suelo y la corriente de cobre
le devoró.
»Donde
se alzaba la planta Jetro, hay ahora un inmenso agujero que se está llenando de
agua. Puentes de hierro cuelgan en pedazos entre las torres, que han perdido
las entrañas, y las grúas cuelgan de sus montantes como ahorcados. Y las
gentes, tan incapaces de huir como de resistirse, corren de un lado a otro
entre las casas y las calles ahora condenadas.
Se
aferró al vastago de la cruz y echó atrás la cabeza para mirar al rostro de su
padre.
—No
puedo creer, padre, que exista nada más poderoso que tú. He maldecido tu poder
todopoderoso; tu poder todopoderoso me ha llenado de horror hasta el fondo de
mi corazón. Ahora corro a ti y te pregunto de rodillas: ¿Por qué permites que
la muerte ponga las manos en esta ciudad que es tuya?
—Porque
la muerte ha venido a la ciudad por voluntad mía.
—Por
tu voluntad?
—Sí.
—¿Y
la ciudad ha de perecer?
—¿No
sabes por qué, Freder?
No
hubo respuesta.
—La
ciudad ha de ser destruida para que tú puedas construirla de nuevo.
—¿Yo?
—Tú.
—Entonces,
¿echas sobre mis hombros la responsabilidad por el asesinato de la ciudad?
—La
responsabilidad por este asesinato caerá sobre los hombros de aquellos que
pisotearon a Grot, el guardián de la máquina-corazón, hasta matarlo.
—¿También
esto ocurrió por tu voluntad, padre?
—Sí.
—Luego
¿tú le obligaste a cometer el crimen?
—Por
tu bien, Freder, para que tú pudieras redimirles.
—¿Y
qué hay de aquellos, padre, que perecerán con tu ciudad antes de que yo pueda
redimirlos?
—Preocúpate
de los vivos, Freder, no de los muertos.
—¿Y
si los vivos vienen a matarte?
—Esto
no sucederá, hijo. Sólo uno podía hallar el camino hasta mí entre las máquinas
enloquecidas. Y éste lo encontró: era mi hijo.
Freder
dejó caer la cabeza entre las manos. Se agitó violentamente bajo el dolor.
Gimió suavemente. Estaba a punto de hablar pero, antes de que pudiera hacerlo,
un sonido cortó el aire, un estruendo, como si la tierra estallara en pedazos.
Por
un momento en la blanca sala todo pareció alzarse en el espacio un palmo sobre
el suelo, incluso Moloc y Baal, y Huitzilopochtli y Durgha, incluso el martillo
de Asa Thor y las Torres del Silencio. Las cruces del Gólgota, en cuyos
extremos estallaban surtidores de chispas, se inclinaron y se enderezaron de
nuevo. Y todo volvio a caer en su lugar con terrible fuerza. Todas las luces se
apagaron, y desde lo más profundo, desde lo más distante, se escuchó el aullido
de la ciudad.
—¡Padre!
—gritó Freder.
—Aquí
estoy. ¿Qué quieres?
—¡Quiero
que pongas fin a esta pesadilla!
—¿Ahora?
¿Ahora?
—¡No
quiero que sufra nadie más! ¡Debes ayudarles! ¡Tienes que salvarles, padre! ¡Tú
debes salvarles! ¡Inmediatamente!
—¿Ahora?
¡No!
—Entonces
—dijo Freder, alzando los puños en el aire como si rechazara algo siniestro—,
entonces debo buscar al hombre que puede ayudarme, aunque sea tu enemigo, y
también mío.
—¿Te
refieres a Rotwang? ―no hubo respuesta. Joh Fredersen continuó:—. Rotwang no
puede ayudarte.
—¿Por
qué no?
—Ha
muerto.
Silencio.
Luego, una voz estrangulada preguntó:
—¿Muerto?
—Sí.
—¿Cómo
es que murió tan repentinamente?
—La
razón principal de su muerte, Freder, fue que se atrevió a extender las manos
hacia la muchacha a quien tú amas.
Unos
dedos temblorosos tantearon el vástago de la cruz.
—¿María?
—Así
la llamaba él.
—¿Estaba
con él? ¿En su casa?
—Sí,
Freder.
—Comprendo.
Y ahora, ¿dónde está?
—No
lo sé.
Silencio.
—¿Freder?
No
hubo respuesta.
—¿Freder?
Pero
ya una sombra corría ante los ventanales de la gran catedral de las máquinas.
Corría con la cabeza inclinada, protegiéndose con las manos, como si temiera
que los brazos de Durgha llegaran a cogerle, o que Asa Thor lanzara su martillo
infalible para impedirle la huida.
La
consciencia del fugitivo no llegó a captar que todas las máquinas estaban
quietas ahora. Porque el corazón, el corazón de Metrópolis que ahora nadie
vigilaba, había llegado al término de su carrera hacia la muerte.
17
María
sintió algo que le lamía los pies como la lengua de un perro grande y
bondadoso. Se inclinó a tocar la cabeza del animal, y comprendió que ahora
caminaba por el agua.
¿De
dónde venía? Había llegado silenciosamente, sin la menor agitación, sin olas.
Sin prisas pero de modo constante, subía de nivel; no estaba más fría que el
aire y lamía los tobillos de María.
Retrocedió
un paso. Encogida y temblorosa, se sentó en una piedra tratando de escuchar el
rumor del agua, tan silenciosa.
¿De
dónde venía?
Se
decía que un río corría en lo más profundo del subsuelo de la ciudad. Joh
Fredersen había cortado y desviado su curso cuando construyera la ciudad
subterránea, la maravilla del mundo, para los obreros de Metrópolis. Decían
también que la corriente alimentaba una inmensa y poderosa represa y que allí
funcionaban unas bombas de agua lo bastante potentes como para llenarla o
vaciarla completamente. Una cosa era segura: que en la ciudad subterránea de
los obreros se escuchaba de continuo la vibración de las bombas como un latido
suave e incesante. Si alguna vez callara ese latido, significaría que las
bombas habían dejado de funcionar y la corriente del río subiría de nivel.
Pero
nunca, nunca se habían parado.
¿Y
ahora? ¿De dónde salía el agua silenciosa? ¿Continuaría subiendo?
María
sintió correr el agua. Fluía con un propósito determinado: se abría camino
hacia la ciudad subterránea.
Los
libros antiguos hablan de algunas santas cuya sonrisa, en el momento de
disponerse a recibir la corona del martirio, tenía una dulzura tal que los
ejecutores caían a sus pies y los paganos más endurecidos alababan el nombre de
Dios.
Pero
la sonrisa de María era aún más dulce, pues no pensaba en la corona del gozo
eterno sino sólo en la muerte, y en el hombre que amaba.
El
agua estaba ahora terriblemente fría, y sus pies ligeros se hundían en ella con
un suave chapoteo. El agua empapaba el borde del vestido, que se pegaba a sus
tobillos, dificultando más y más su avance. Pero eso no era lo peor. Lo peor
era que el agua también tenía ahora una voz sutil que decía:
—¿No
sabes, hermosa María, que soy más rápida que los pies más veloces? Ahora te
acaricio los dulces tobillos. Pronto me aferraré a tus rodillas. Seré la
primera en abrazar tus tiernas caderas. Y dudo, María, que llegues a tu destino
antes que yo acaricie tu pecho.
»Hermosa
María, ¡ha llegado el Día del Juicio! Vuelven a la vida los muertos de mil
años. Has de saber que yo les he sacado de sus nichos, y que esos muertos
flotan ahora a tus espaldas. No mires atrás, María, ¡no mires atrás!, pues
vienen dos esqueletos peleándose por la calavera que flota entre ellos, girando
y sonriendo. Y un tercero, su dueño verdadero, corre sobre mí y va a caer entre
ambos rivales.
»Hermosa
María, ¡qué suaves son tus caderas! ¿No va a saberlo nunca el que te ama?
Hermosa María, escucha lo que he de decirte: un poco a la derecha de este
camino hay un tramo de escalones que lleva directamente arriba, a la libertad.
Tus rodillas tiemblan, ¡qué delicioso es eso! ¿Crees que vas a vencer la
debilidad estrujándote las manos? Llamas a Dios, pero créeme. Dios no te oye.
Desde que yo cubrí la tierra con el Diluvio Universal, Dios se ha mostrado
sordo a los gritos de sus criaturas. ¿O crees que acaso he olvidado cómo
gritaban entonces las madres? ¿Tienes tú más responsabilidad en tu conciencia
que Dios en la Suya? ¡Vuelve, hermosa María, vuelve!
»Ya
estás enojándome, María. Y ahora te mataré. ¿Por qué dejas caer en mi seno esas
gotas ardientes y saladas? Ya te abrazo por el pecho, pero eso no me basta.
Quiero tu garganta, tus labios entreabiertos. Quiero tu cabello y tus ojos
llenos de lágrimas.
»¿Crees
que has escapado de mí? No, hermosa María, no. Ahora te cogeré junto con otros
mil, con todos los miles que tú quieres salvar.
María,
exhausta y empapada, empezó a trepar con dificultad por unos escalones de
piedra. Encontró la puerta, la abrió y la cerró de golpe tras ella, mirando
para ver si el agua había atravesado ya el umbral.
Todavía
no. Pero, ¿cuánto podría tardar aún?
No
había ni un alma en todo cuanto se hallaba al alcance de la vista. Calles y
plazas parecían muertas, bañadas por el brillo blanquecino de la luna. Pero…
¿se equivocaba, o aquella luz se hacía más débil y amarillenta por segundos?
Un
impacto, que la lanzó contra la pared más cercana, agitó la tierra. La puerta
de hierro que acababa de atravesar saltó de los goznes, y quedó abierta de par
en par. Negra y silenciosa, el agua desbordó el umbral.
María
se concentró y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones:
—¡Que
está llegando el agua!
Cruzó
corriendo la plaza. Llamó al guardia que, estando de servicio constante, tenía
que dar la señal de alarma en caso de cualquier peligro.
El
guardia no estaba allí.
Un
intenso temblor la hizo vacilar y la arrojó al suelo. María se puso de rodillas
y extendió las manos, con objeto de poner en funcionamiento ella misma la
sirena. El sonido que surgió de aquella garganta metálica fue apenas un gemido,
como el lamento de un cachorro, y la luz se hizo más y más pálida y
amarillenta.
Como
una bestia oscura y reptante, sin prisas, el agua seguía avanzando por la calle
de pavimento uniforme.
Pero
no era sólo el agua lo que llenaba la calle. De pronto, en medio de aquella
soledad desconcertante y aterradora, vio a una niñita medio desnuda cuyos ojos,
velados aún por el sueño, miraban a la bestia oscura y reptante que ya le lamía
los piececitos descalzos.
Con
un grito en el que se mezclaban por igual la preocupación y el alivio, María
voló junto a la pequeña y la cogió en brazos.
—¿Estás
sola, niña? —preguntó con un sollozo repentino—. ¿Dónde está tu padre?
—Se
fue.
—¿Y
tu madre?
—Se
fue.
María
era incapaz de comprender. Desde que huyera de la casa de Rotwang se había
visto lanzada de un horror a otro, sin comprender nada. Aún creía que las
hendiduras en la tierra, los violentos impactos, el rugir de aquel trueno
horrísono y el agua que subía de las agitadas profundidades eran efectos de los
elementos desencadenados. Sin embargo, se negaba a creer que existieran madres
incapaces de lanzarse como una barrera ante sus hijos cuando la tierra abría su
seno y escupía aquellos horrores sobre el mundo.
Pero
el agua que subía más y más, los terremotos que agitaban la tierra, la luz que
iba disminuyendo, no le daban tiempo para pensar. Con la niña en brazos corrió
de casa en casa, llamando a los que se habían ocultado.
Y
todos los niños vinieron, vacilando y llorando. Llegaban en grupos, como
espectros fantasmales, como niños de piedra, concebidos sin pasión, paridos a
disgusto. Eran como pequeños cadáveres vestidos de harapos, despertados el Día
del Juicio por la voz del ángel que se alzaba de las tumbas abiertas. Se
apiñaron en torno a María chillando porque el agua, el agua helada, ya les
lamía los pies.
María
gritó. Había en su voz el grito del pájaro hembra que ve a la muerte alada
sobre sus crías. Fue vadeando entre los cuerpecitos infantiles que se aferraban
a sus manos, a su vestido. La calle fue pronto una oleada de cabecitas
infantiles, sobre las cuales las manos alzadas se agitaban como gaviotas. El
grito de María quedó ahogado por los gemidos de los niños… y la risa del agua
que los perseguía.
La
luz de las lámparas se hacía rojiza, parpadeaba rítmicamente y lanzaba sombras
fantasmales. La calle hacía pendiente. Allí se pasaba lista a diario.
Pero
los enormes ascensores colgaban inermes de sus cables. Cables retorcidos, tan
gruesos como el muslo de un hombre, colgaban en el aire hechos pedazos. Un
aceite negruzco caía a chorros de una cañería destrozada. Y todo envuelto por
un vapor pegajoso y ardiente como hierro al rojo, como piedras incandescentes.
Allá,
en la oscuridad de las calles distantes, la penumbra tenía un tono rojizo.
Había estallado un incendio.
—Arriba
—susurraron los labios resecos de María.
Pero
no podía seguir hablando. Una estrecha escalera de caracol subía a lo alto.
Nadie la utilizaba, ya que se hallaba junto a los ascensores, seguros e
infalibles. María amontonó a los niños en los escalones. Arriba reinaba una
oscuridad densa e impenetrable. Ninguno de los niños se aventuraba a subir
solo.
María
subió vacilante. Como el susurro de mil alas le seguía el sonido de los
piececitos infantiles por la espiral estrecha. Ignoraba el tiempo que llevaban
subiendo. Incontables manitas se aferraban a su traje húmedo. Ella arrastraba
su carga hacia arriba rezando, gimiendo, pidiendo únicamente fuerzas para
resistir una hora más.
—¡No
lloréis, hermanitos! —tartamudeaba—. Hermanitas, ¡no lloréis, por favor!
Los
niños chillaban allá abajo, en las profundidades, y los cien giros de la
escalera repetían como un eco cada grito:
—¡Madre!
¡Madre!
Y
otra vez:
—¡Que
ya viene el agua!
¿Pararse
a descansar a mitad de la escalera? ¡No!
—Hermanitas,
hermanitos… ¡Vamos!
Más
arriba, girando siempre, subiendo siempre; luego, al fin, un amplio rellano.
Una luz grisácea procedente de lo alto. Una habitación con muros; todavía no
era el mundo superior, pero sí su antesala. Un tramo corto de escalones, sobre
los que caía un rayo de luz. La puerta, que era una trampa, estaba cerrada.
Entre la trampa y el muro, una hendidura muy estrecha.
María
lo observó todo, pero aún no sabía qué significaba. Tuvo la impresión
desconcertante de que algo no estaba como debía, pero se negaba a pensar en
ello. Con un gesto casi violento libró sus manos, arrancó el traje de los
deditos de los niños y se adelantó a toda prisa, llevada más por su voluntad
desesperada que por sus pies agotados; cruzó la habitación vacía y subió el
tramo de escalones.
Extendió
las manos y trató de levantar la trampa. No se movió. Otra vez. Sin resultado.
Empujó con la cabeza, los hombros, los brazos, hasta casi romperse los huesos.
Nada. La puerta no cedía un ápice.
Si
un niño hubiera tratado de mover la catedral a empujones, no habría sido un
esfuerzo más inútil, porque sobre esa puerta, la única que comunicaba a las
profundidades, se amontonaban hasta una altura indecible los cadáveres de las
máquinas muertas que, al estallar la locura en toda Metrópolis, fueran juguetes
de la multitud. Un tren tras otro, arrastrando los vagones con gran estruendo,
habían corrido sobre los raíles a velocidad de vértigo entre los aullidos de la
muchedumbre y habían ido a caer unos sobre otros, se habían fundido en un solo
montón. Habían ardido, y ahora yacían medio derretidos, una masa de ruinas,
sobre la puerta. Una sola lámpara, que había quedado ilesa en el techo de la
última locomotora, lanzaba un rayo de luz aguda y corrosiva sobre aquel caos.
María
nada sabía de todo esto. Y no necesitaba saberlo; le bastaba con ver que
aquella puerta, el único medio de liberación para ella y los niños que deseaba
salvar, permanecía inexorable, inmóvil. Finalmente, manos y hombros sangrando,
la cabeza magullada y los pies ateridos y entumecidos, se vio obligada a
resignarse ante lo incomprensible.
Alzó
el rostro hacia el rayo de luz que caía sobre ella. Las palabras de una
plegaria infantil le pasaron por la mente. Bajó la cabeza y se sentó en los
escalones.
Los
niños continuaban en pie, en silencio, muy apretados bajo una maldición que,
aun escapando a su comprensión, se hallaba muy próxima a ellos.
—Hermanitos,
hermanitas —dijo afectuosamente María—, ¿queréis tratar de comprender lo que
voy a deciros?
—Sí
—susurró la masa infantil.
—La
puerta está cerrada, hemos de esperar un poco. Estoy segura de que vendrá
alguien y nos abrirá. ¿Queréis tener paciencia y no asustaros?
—Sí
—le llegó la respuesta, como un suspiro.
—Sentaos
lo mejor que podáis.
Los
niños obedecieron.
—Voy
a contaros un cuento —dijo María.
18
¿Hermanita?
—Dime.
—¡Tengo
tanta hambre, hermana!
—¡Hambre!
—se oyó como un eco en las profundidades.
—¿No
queréis saber el final de mi cuento?
—Sí.
Pero, hermana, cuando hayas terminado, ¿podremos salir a cenar?
—Por
supuesto, en cuanto termine el cuento. Veréis. El señor Zorro se fue a dar un
paseo. Fue por un camino entre hermosas praderas llenas de flores; llevaba la
chaqueta de los domingos y su cola peluda muy erguida y fumaba en su pequeña
pipa e iba cantando sin parar. ¿Sabéis lo que cantaba el Zorro?
¡Yo
soy el alegre Zorro, ¡Hurra!
¡Yo
soy el alegre Zorro. ¡Hurra!
»Y
proseguía su camino saltando de gozo. El pequeño señor Erizo estaba sentado en
su loma, muy contento al ver lo bien que se criaban sus rábanos, y su esposa
estaba junto al seto charlando con la señora Topo, que acababa de comprarse un
abrigo nuevo para el otoño…
—Hermana…
—Dime.
—¿Será
que el agua de abajo viene por nosotros?
—¿Por
qué, hermanito?
—La
oigo gorgotear.
—No
escuches el agua, hermanito. Escucha sólo lo que decía la señora Erizo.
—Sí,
hermana, pero el agua habla tan alto. Creo que habla mucho más alto que la
señora Topo.
—Aléjate
de esa agua tonta, pequeño. Ven aquí conmigo. Aquí no se oye el agua.
—No
puedo acercarme a ti, hermana. No puedo moverme. ¿Por qué no vienes tú a
cogerme?
—¡Y
a mí también, hermana! ¡Sí, a mí también! ¡A mí también!
—No
puedo hacerlo, niños míos. Vuestros hermanitos pequeños están en mi regazo. Se
han dormido y no debo despertarles.
—¡Oh,
hermana!, ¿estás segura de que saldremos?
—¿Por
qué me lo preguntas como si tuvieras miedo?
—¡Se
mueve tanto el suelo! Y caen piedras del techo.
—¿Te
han herido esas piedras tontas?
—No,
pero mi hermanita se ha echado al suelo y ya no se mueve.
—No
le digas nada, pequeño. Tu hermana está dormida.
—¡Si
lloraba hace un instante!
—Pequeño,
no te lamentes, porque se ha ido a un lugar en el que ya no llorará más.
—¿Dónde
se ha ido, hermana?
—Al
cielo, creo.
—Entonces,
¿es que el cielo está tan cerca?
—¡Oh,
sí, muy cerca! Incluso veo la puerta desde aquí! Si no me equivoco, San Pedro
está de pie delante de ella con una llave de oro muy grande para dejarnos
entrar.
—¡Oh,
hermana, hermana! ¡Ahora sí sube el agua! j Ya me ha cogido los pies! ¡Ahora me
levanta!
—¡Hermana!
¡Ayúdame, hermana! ¡El agua está aquí!
—Dios
puede ayudaros, Dios Todopoderoso.
—Hermana,
tengo miedo.
—¿Tienes
miedo de ir al cielo, que es tan encantador?
—¿Es
encantador el cielo?
—¡Oh,
es maravilloso! ¡Maravilloso!
—¿Estará
el señor Zorro en el cielo, y el pequeño señor Erizo?
—No
lo sé. ¿Quieres que se lo pregunte a San Pedro?
—Sí,
hermana. Pero, ¿lloras?
—No.
¿Por qué había de llorar? ¡San Pedro! ¡San Pedro!
—¿Te
ha oído? Dios mío, ¡qué fría está el agua!
—¡San
Pedro! ¡San Pedro!
—Hermana,
creo que acaba de contestarte.
—¿Sí,
pequeño?
—Sí.
Alguien gritaba.
—¡Sí,
yo lo oí también!
—¡Y
yo!
—¡Y
yo!
—Callad,
niños, callad.
—¡Oh,
hermana, hermana!
—Silencio,
por favor, ¡por favor!
—¡María!
—¡Freder!
—María,
¿estás ahí?
—¡Freder!
¡Freder! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy, Freder!
—¿En
la escalera?
—¡Sí!
—¿Por
qué no subes?
—No
puedo alzar la puerta.
—Diez
trenes han chocado. ¡No puedo llegar hasta ti! ¡Debo ir a buscar ayuda!
—¡Oh,
Freder, el agua está casi encima de nosotros!
—¿El
agua?
—¡Sí,
y las paredes empiezan a ceder?
—¿Estás
herida?
—No,
no. ¡Oh, Freder, si pudieras entreabrir la puerta lo suficiente para que yo te
pasara los cuerpecitos de los niños!
El
hombre que estaba sobre la puerta no contestó.
Cuando
ponía a prueba sus músculos en la Casa de los Hijos, luchando por deporte con
sus amigos, jamás adivinó que un día los necesitaría para abrirse camino entre
cables destrozados, pistones volcados y ruedas tumbadas, hasta la mujer que
amaba. Lanzó los pistones a un lado como si fueran brazos humanos, destrozó el
acero como si fuera carne blanda y herida. Llegó de este modo hasta la trampa y
se tumbó en el suelo.
—¿María?
—¡Freder!
—¿Dónde
estás? ¿Por qué me suena tu voz tan lejana?
—Quiero
ser la última que salves, Freder. Llevo a los más pequeñitos en mis hombros y
en mis brazos.
—¿Sigue
subiendo el agua?
—Sí.
—¿De
prisa o despacio?
—Muy
de prisa.
—¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¡No puedo abrir la puerta! Las máquinas se han apilado sobre
ella como una montaña. ¡He de volar estas ruinas, María!
—Muy
bien —su voz sonaba como si ella sonriera—, mientras tanto puedo acabar de
contaros el cuento.
Freder
echó a correr. No sabía dónde le llevaban los pies. Pensaba vagamente en Dios:
«Hágase tu voluntad; líbranos de todo mal; porque Tuyo es el poder».
Desde
el cielo ennegrecido por el hollín fue a caer sobre la ciudad una luz terrible,
del color de la sangre, y la ciudad se destacó como un jirón de terciopelo
desgarrado. No se veía un alma; sin embargo, resonaban en el aire, cortantes
como cuchillos, gritos femeninos en las proximidades de Yoshiwara. Y mientras
el órgano de la catedral silbaba y resoplaba como un cuerpo gigantesco herido
de muerte, sus ventanales, iluminados desde el interior, dejaban escapar un
brillo fantasmal.
Freder
se lanzó hacia la torre en la que siempre morara el corazón de la gran
ciudad-máquina de Metrópolis.
Una
forma humana reptaba por las ruinas, mientras su boca profería las más
terribles maldiciones. El horror que cubría Metrópolis era un paraíso comparado
con la destrucción cruel y definitiva que aquel ser invocaba a lo más profundo
y ardiente del infinito.
Encontró
algo entre las ruinas, se lo acercó al rostro, lo reconoció y estalló en
aullidos semejantes a los de un perro apaleado. Se frotó la boca sollozante con
la pieza de acero.
—¡Que
la plaga maloliente os devore, piojos! ¡Que os hundáis en fango hasta los ojos!
¡Que respiréis gas en vez de aire, y ardáis cada día, durante miles de años,
así una y otra vez!
—¡Grot!
—¡Mierda
sobre…!
—¡Grot!
¡Gracias a Dios! ¡Grot, ven aquí!
—¿Quién
me llama?
—Soy
el hijo de Joh Fredersen.
—¡Diablos!
Eso quería yo… ¡Ven aquí, cerdo! ¡Quiero cogerte entre mis puños! Preferiría
tener a tu padre; pero tú eres parte de él, y eso es mejor que nada. ¡Ven aquí,
si tienes redaños! ¡Ah, muchacho, cómo me gustaría cogerte! ¡Me gustaría
rebozarte con mostaza y devorarte! ¿Sabes lo que ha hecho tu padre?
—¡Grot!
—¡Déjame
terminar, te lo diré! ¿Sabes qué hizo? ¡Me obligó a entregarla, me obligó a
entregar mi máquina!
Y de
nuevo el aullido miserable de un perro apaleado.
—¡Mi
máquina! ¡Mi máquina! ¡Ese diablo de allá arriba! ¡Ese diablo maldito de Dios!
—¡Escúchame,
Grot!
—¡No
quiero escuchar nada!
—Grot,
en la ciudad subterránea ha reventado el agua.
Segundos
de silencio. Luego, una carcajada y, sobre el montón de ruinas, el bailoteo de
un ser a cuatro patas que agitaba sus miembros entre gritos salvajes,
aplaudiendo sin cesar.
—¡Fantástico!
¡Aleluya! ¡Amén!
—¡Grot!
—Freder se apoderó del bailarín loco, y lo sacudió hasta que le castañetearon
los dientes—. ¡El agua ha inundado la ciudad! ¡Las luces ya no existen! ¡El
agua ha subido por las escaleras y ha llegado a la puerta! Y sobre esa puerta,
la única puerta, hay toneladas de trenes que vinieron a chocar allí.
—¡Que
se ahoguen las ratas!
—¡Los
niños, Grot!
Éste
quedó rígido, paralizado.
—Una
muchacha —continuó Freder aferrándose a sus hombros—, una muchacha —repitió
sollozando, inclinando la cabeza como para enterrarla en el pecho del otro—,
una muchacha ha intentado salvar a los niños y está apresada ahora allí con
ellos.
Grot
echó a correr.
—¡Hay
que volar esas ruinas, Grot!
Éste
tropezó, se volvió a medias, siguió corriendo. Y Freder tras él, más cerca que
su sombra…
—Pero
el señor Zorro sabía perfectamente que el señor Erizo vendría a ayudarle a
salir de la trampa, así que no se asustó y esperó alegremente…, aunque pasó
mucho tiempo antes de que el señor Erizo, el galante señor Erizo, volviera.
—¡María!
—¡Oh,
Dios mío! ¡Freder!
—No
te asustes, ¿me oyes?
—Freder,
¿no estás tú en peligro?
No
hubo respuesta. Silencio. El sonido de un fuerte desgarramiento. Luego una voz
infantil:
—¿Vino
al fin el señor Erizo, hermana?
—Sí.
Pero
el sí quedó ahogado por el estallido de mil cables de acero, el rugir de miles
de rocas que fueron lanzadas a lo más alto del cielo.
Otro
estruendo poderoso. Unas nubes grises, lentas. Un rugir distante. Y pasos. El
llanto de los niños. Y, allá arriba, la puerta que se iba alzando.
—¡María!
Apareció
un rostro ennegrecido, unas manos sucias se extendieron tanteando.
—¡María!
—¡Aquí
estoy, Freder!
—Apenas
puedo oírte.
—Que
los niños salgan primero, Freder. La pared se está hundiendo.
Grot
llegó saltando sobre las ruinas y se lanzó a tierra al lado de Freder, metiendo
las manos en el agujero por el que los niños, llorando, pugnaban por salir.
Cogía a los pequeños por el cabello, por el cuello, por la cabeza, y los alzaba
como si levantara plumas. Movido por el temor, casi se le saltaban los ojos de
las órbitas. Lanzaba a los niños por encima de su cuerpo, de modo que los
pequeños caían vacilantes chillando de terror. Y él maldecía como cien diablos.
—¿No
están ya todos?
Gritó
dos nombres.
—¡Padre!
—sollozaron dos vocecitas allá en el fondo.
—¡Que
el diablo os lleve, malditos mequetrefes! —rugió el hombre.
Echó
a los otros niños a un lado con los puños, como si amontonara basura. Luego se
lanzó sobre la abertura y sacó a dos pequeños colgados de su cuello, mojados y
temblando lastimeramente, pero vivos.
Con
los niños en brazos, Grot giró de costado. Se levantó y puso a los dos en pie
ante él.
—¡Maldito
par de estúpidos! —decía entre sollozos.
Se
secó las lágrimas de los ojos y saltó, echando a un lado a los niños como dos
pajitas. Con el rugido furioso de un león corrió a la trampa, de cuyas
profundidades salía ahora María con los ojos cerrados, sostenida por los brazos
de Freder.
—¡Tú,
maldita! —rugió.
Echó
a Freder a un lado, volvió a arrojar a la muchacha al subterráneo, cerró de
golpe la trampa y lanzó todo su peso sobre ella, riendo y con los puños
crispados.
Sólo
con gran esfuerzo se había mantenido Freder en pie. Fuera de sí, se echó ahora
sobre aquel loco para apartarle de la trampa. Cayó sobre él, y rodó con Grot en
un abrazo furioso entre las ruinas de las máquinas.
—¡Suéltame,
perro, perro asqueroso! —graznó Grot, tratando de morder los puños férreos que
le retenían—. ¡Esa mujer asesinó a mi máquina! ¡Esa maldita mujer dirigía a la
plebe! ¡Yo la vi cuando me pisoteaban! ¡Que se ahogue allá abajo! ¡Voy a matar
a esa mujer!
Con
una tensión maravillosa de todos sus músculos Grot se levantó, y logró soltarse
de aquel abrazo furioso con un salto tan brutal que, describiendo una curva,
vino a caer entre los niños.
Maldiciendo,
intentó levantarse de nuevo; pero aunque no estaba herido, no pudo mover un
músculo. Yacía bajo un montón confuso de chiquillos que se le aferraban a los
brazos, piernas y puños. Ni unos grilletes de acero le habrían sujetado con
tanta fuerza como aquellas manitas húmedas y heladas, que defendían a la que
los rescatara a todos. Sí, sus propios hijos estaban ante él, sujetando
rabiosos sus puños crispados y sin asustarse por los ojos inyectados en sangre
con que el gigante los miraba.
—¡Esa
mujer asesinó a mi máquina! —gritó por última vez, más quejoso que enfurecido,
y mirando a la muchacha que descansaba en los brazos de Freder como esperando
que ella lo negara.
—¿Qué
significa eso? —preguntó María—. ¿Qué ha sucedido?
Y
miró la destrucción que imperaba a su alrededor, con unos ojos en los que el
terror sólo estaba suavizado por el agotamiento más profundo.
Freder
no contestó.
—Ven
—dijo. Y, cogiéndola en brazos, la sacó de allí.
Los
niños les siguieron como un rebaño de corderitos, y Grot no tuvo otra
alternativa que marchar tras las huellas de aquellos piececitos, mientras otras
manos infantiles le arrastraban.
19
Habían
llevado a los niños a la Casa de los Hijos, y los ojos de Freder buscaban a
María, arrodillada en la calle entre los últimos niños que quedaban afuera,
consolándoles y brindando su sonrisa encantadora a aquellos rostros llorosos y
desconcertados.
Freder
corrió hasta ellos y llevó a María a la casa, depositándola en un sofá ante el
fuego ardiente del salón y reteniéndola entre sus brazos amorosos.
—No
olvides —dijo— que la muerte, la locura y algo semejante a la destrucción del
mundo han pasado muy cerca de nosotros… y que, después de todo lo que ha
sucedido, ni siquiera conozco el color de tus ojos, ni me has besado una sola
vez por tu propia voluntad.
—Querido
mío —dijo María, inclinándose hacia Freder de modo que sus ojos puros y bañados
en lágrimas de felicidad le miraban muy próximos—, ¿estás seguro de que la
muerte y la locura han terminado ya?
—¡Sí,
amada mía, han terminado ya para nosotros!
—¿Y
para todos los demás?
—¿Acaso
quieres alejarme de ti, María? —preguntó Freder, amorosamente.
Ella
no le contestó, al menos no con palabras. Pero con un gesto que era a la vez
franco y conmovedor, le echó los brazos al cuello y le besó en la boca.
—Ve
—dijo, acariciándole el rostro desconcertado con sus manos virginales,
maternales—, ve en busca de tu padre. Es el mejor camino. Yo iré con los niños
en cuanto tenga las ropas algo más secas, pues me temo —continuó, con una
sonrisa que hizo enrojecer a Freder— que, por numerosas que sean las mujeres
que viven en la Casa de los Hijos, y por muy bien dispuestas que se sientan
hacia mí, ni una sola tendrá un vestido que poder prestarme.
Freder
se levantó y se inclinó hacia ella. Un fuego intenso ardía en aquel rostro,
hermoso y franco, que ahora expresaba vergüenza y tristeza. Pero cuando alzó
los ojos hacia los de María, silenciosamente clavados en él, le cogió las manos
sin decir una palabra y se las llevó a los párpados, quedándose así largo
tiempo.
Durante
ese tiempo, ambos olvidaron que, al otro lado de la pared que los protegía, la
ciudad seguía viviendo un horrible conflicto, y que entre las ruinas miles de
seres, también convertidos en ruinas, aullaban desaforadamente perdida la
razón, y perecían torturados por un terror mortal.
La
voz del Arcángel Miguel, que llegaba desde la catedral, les hizo recuperar la
conciencia de la hora y se separaron apresuradamente, como sorprendidos
faltando a su deber.
María
escuchó los pasos que se retiraban. Luego se volvió y miró a su alrededor.
Qué
extraño sonido tenía la campana. Llamaba con furia, con estruendo agitado, como
si amenazara con caer a cada repique.
El
corazón de María se hizo eco de la campana. Se agitó con un temor lastimoso,
que no surgía sino de la vibración general de terror que cubría la ciudad.
Incluso las llamas cálidas de la chimenea la asustaban, como si ellas tuvieran
cierto conocimiento de los secretos de aquel horror.
Se
incorporó, palpó el borde de su vestido y lo encontró húmedo aún. Sin embargo
decidió no esperar más, y reunirse con los niños. Dio unos pasos por la
habitación en penumbra. ¡Qué oscuro el aire, al otro lado de las ventanas!
Vaciló. Abrió la puerta más próxima y escuchó.
Se
hallaba en el salón de su primer encuentro con Freder, cuando, dirigiendo la
procesión de pequeños espectros ante los seres felices y libres de cuidados,
había despertado el corazón de aquél con sus palabras: «Mirad, éstos son
vuestros hermanos».
No
se veía a ninguno de los antiguos ocupantes de la Casa de los Hijos. Debían
haber dejado hacía tiempo la ciudad en ruinas.
Unas
velas discretamente repartidas daban a la habitación un aspecto acogedor, un
aliento cálido de comodidad. La sala resonaba con los tiernos murmullos de los
niños adormilados, que parloteaban como golondrinas antes de volar a su nido.
Contestándoles
con voz apenas audible, allí estaban las mujeres hermosas, pintadas y vestidas
de brocado, que en tiempos fueran objeto de placer de los Hijos. Temiendo por
igual huir o permanecer, habían optado al fin por refugiarse en la Casa de los
Hijos hasta vencer su indecisión. María les había confiado a los niños, que no
podían haber hallado mejor cuidado, pues, debido a los terribles y hermosos
sucesos que habían tenido lugar, aquel grupo de pequeñas rameras se había
convertido en un grupo de madrecitas amorosas que ardían con un nuevo fuego,
entregadas a un deber que jamás conocieran.
No
lejos de María se hallaba arrodillada la pequeña mezcladora de bebidas, que
ahora lavaba los miembros escuálidos de la hija de Grot. La niña le había
quitado la esponja y, sin decir palabra, actuando con intensa gravedad,
limpiaba sin cansarse el rostro hermoso y pintado de la cortesana.
La
muchacha permanecía arrodillada, muy quieta, con los ojos cerrados. Tampoco se
movió cuando las manos de la niña empezaron a secar su rostro con la toalla
áspera. Poco podía hacer, sin embargo, la hija de Grot, pues, aunque le secaba
las mejillas una y otra vez, unas gotas rápidas y amargas se deslizaban sobre
ellas. Al fin la niña soltó la toalla y observó a la muchacha con ojos
asombrados y teñidos de un cierto reproche. Ante lo cual, ella tomó a la niña
en brazos y apoyó la frente sobre el corazón de la criatura, murmurando
palabras de amor que jamás había oído antes.
María
pasó junto a ellas sin hacer el menor ruido.
Cuando
cerró a sus espaldas la puerta de aquel salón ―en el que jamás penetraba el
menor sonido de la rugiente Metrópolis―, la voz metálica del Ángel de la
catedral le dio en el pecho como un puño de acero y quedó inmóvil, atónita,
llevándose las manos a la cabeza.
¿Por
qué gritaba San Miguel con tan salvaje furia? ¿Por qué se le unía terrible el
rugido de Azrael, el ángel de la muerte?
Salió
a la calle. La oscuridad, como una densa capa de hollín, se extendía sobre la
ciudad. Sólo la catedral brillaba, fantasmal, como un ascua de luz.
El
aire resonaba con una espectral batalla de voces discordantes, aullidos, risas
y silbidos, como si una banda de asesinos y ladrones desfilaran en la
profundidad irreconocible de las calles. Y, mezclados con ellos, chillidos de
mujeres cargados de excitación.
Los
ojos de María buscaron la Nueva Torre de Babel. Sólo tenía una idea en la
mente: acudir a Joh Fredersen. Iría allí.
Pero
no llegó, porque el ambiente se transformó de pronto en una corriente de color
rojo sangre, formada por mil antorchas. Antorchas agitadas por manos de seres
que se apretujaban ante Yoshiwara. Los rostros de aquellos seres brillaban
enloquecidos. Miraban con los ojos enardecidos del que está a punto de
ahogarse, y boqueaban, luchando afanosamente por respirar. Cada uno de ellos
bailaba la danza de la muerte con su propia antorcha, girando locamente, y el
remolino de los bailarines daba origen a una procesión que giraba sobre sí
misma.
—¡Maohi!
—estallaba el grito salvaje sobre la muchedumbre—. ¡Bailad, bailad, bailad!
¡Maohi!
La
procesión flameante iba dirigida por una muchacha. Era María. Y la muchacha
gritaba con la voz de María:
—¡Bailad,
bailad, bailad! ¡Maohi!
Cruzaba
las antorchas como espadas sobre su cabeza. Las blandía a derecha e izquierda,
y una lluvia de chispas caía a su alrededor. A veces parecía cabalgar sobre las
antorchas, y los gemidos de los bailarines de la procesión respondían a las
estridentes carcajadas con que acompañaba sus saltos dementes.
Un
hombre corría junto a la muchacha, a sus pies, como un perro, gritando sin
cesar:
—¡Soy
Jan! ¡Soy Jan! ¡Soy el fiel Jan! ¡Escúchame al fin, María!
Pero
la muchacha le golpeó el rostro con una antorcha, y el fuego prendió en las
ropas. Corrió por algún tiempo junto a la muchacha una antorcha viva. Su voz
seguía sonando entre las llamas:
—¡María!
¡María!
Luego
giró sobre sí mismo, subió al parapeto de la calle y se lanzó como una veta de
fuego a la negrura de las profundidades.
—¡Maohi!
¡Maohi! —gritó la muchacha, agitando las antorchas.
La
procesión era interminable. Un mar de fuego cubría la calle hasta donde
alcanzaba la vista. Los aullidos de los bailarines se mezclaban, aguda y
fieramente, con las furiosas voces de los arcángeles de la catedral. Y tras la
procesión, como arrastrada por una cuerda invisible, corría ahora una muchacha,
el borde húmedo del vestido azotándole los tobillos, el pelo suelto, aterrada,
llevándose las manos a la cabeza y balbuceando un nombre que era una vana
llamada de auxilio: «Freder, Freder…»
La
humareda de las antorchas cubría la procesión como las alas grises de unos
pájaros fantasmales.
Entonces,
la puerta de la catedral se abrió de par en par. De lo más profundo de la nave
surgió potente el sonido del órgano. Y con el cuádruple repique de las
campanas, el rugido del órgano, los gritos de los bailarines, se mezclaron las
voces de un coro poderoso.
La
hora del monje Desertus había llegado.
El
monje Desertus dirigía a los suyos.
Sus
discípulos marchaban de dos en dos. Caminaban descalzos, cubiertos de negras
cogullas abiertas en la espalda hasta la cintura. En las manos llevaban
terribles disciplinas, que agitaban con ambas manos a derecha e izquierda,
flagelándose los hombros desnudos. La sangre manaba por sus espaldas.
Los
góticos cantaban. Cantaban al ritmo de sus pasos. Al ritmo de sus azotes
cantaban.
El
monje Desertus presidía la procesión de los góticos, crucificado en una enorme
cruz negra llevada por doce hombres.
El
negro fuego de las inflamadas pupilas de su rostro lívido se clavaba en la
procesión de los bailarines.
—¡Mirad!
—gritó el monje, con una voz tan poderosa que dominó el cuádruple repique de
las campanas, el sonido del órgano, el coro de los flagelantes y los gritos de
la multitud—. ¡Mirad! ¡Babilonia la grande! ¡La madre de la abominación! ¡Ha
llegado el Día del Juicio, la destrucción del mundo!
—¡Ha
llegado el Día del Juicio! ¡La destrucción del mundo! —cantó el coro de sus
seguidores.
—¡Bailad,
bailad, bailad! ¡Maohi! —chillaba la voz de la mujer que dirigía a los
bailarines. Hizo girar las antorchas sobre sus hombros y las lanzó muy lejos.
Se desgarró el vestido por los hombros hasta más abajo de los senos y quedó
como una antorcha blanca, los brazos extendidos, riendo, agitando el cabello—:
¡Baila conmigo, Desertus! ¡Baila conmigo!
Entonces
la muchacha que se arrastraba al final de la procesión sintió que la cuerda,
aquella cuerda invisible que la retenía, se soltaba de pronto. Giró en redondo
y echó a correr sin saber dónde, sólo para alejarse, sin importarle su destino.
Las
calles parecían volar junto a ella. Corría y corría por una avenida en
pendiente hasta que, por el fondo de la calle, vio venir hacia ella a una
multitud enloquecida. Vio también que los hombres llevaban el uniforme de
algodón azul, y sollozó de alivio:
—¡Hermanos,
hermanos!
Y
extendió las manos.
Pero
un rugido furioso le contestó. Como un muro que se derrumba, la masa se lanzó
hacia adelante, se desperdigó y todos corrieron gritando:
—¡Ahí
está! ¡Ahí está la perra culpable de todo! ¡Cogedla!
Las
mujeres chillaban:
—¡La
bruja! ¡Matadla! ¡Quemad a esta bruja antes de que nos ahoguemos todos!
Y el
resonar de los pies que corrían llenó la calle desierta, por la que huía ahora
la muchacha con el estruendo de un infierno abierto sobre la tierra.
Las
casas pasaban veloces a su lado. No conocía el camino en la oscuridad. Corría
sin propósito, con un horror ciego todavía más profundo, puesto que no sabía su
origen.
Piedras,
palos, fragmentos de acero caían sobre su espalda. La plebe gritaba con una voz
que era apenas humana:
—¡Tras
ella! ¡Cogedla! ¡Que no escape! ¡Más aprisa, más aprisa!
María
ya no sentía sus pies. No sabía si corría sobre piedras o por el agua.
Respiraba anhelosamente, los labios entreabiertos, ahogándose. Calles que
ascendían, calles que bajaban; una danza confusa de luces que se movía muy por
delante de ella. Allá a lo lejos, al extremo de la enorme plaza en la que
también se hallaba la casa de Rotwang, la masa de la catedral se alzaba, pesada
y oscura, envuelta en un brillo sereno y tranquilizador que salía por los
vitrales y la puerta abierta.
Estallando
de pronto en sollozos, María se lanzó hacia adelante en un último impulso
desesperado. Vaciló en los escalones de la catedral, tropezó en la puerta,
percibió el olor del incienso, vio unas pequeñas velas —súplicas piadosas— ante
la imagen de un santo gentil que sufría el martirio con una sonrisa, y cayó
sobre las losas.
Ya
no vio cómo en la plaza, llegando por las dos calles que convergían hacia la
catedral, la corriente de bailarines de Yoshiwara vino a dar con la corriente
enardecida de los obreros y sus mujeres; no oyó el grito bestial que éstas
lanzaron a la vista de la muchacha que iba a hombros de un bailarín y que fue
derribada, capturada y pisoteada; no vio la lucha breve y fatídica, de antemano
decidida, de los hombres vestidos de seda con los hombres vestidos de algodón
azul, ni la pelea ridícula de las mujeres medio desnudas entre las garras y
puños de las esposas de los obreros.
María
yacía en el suelo, olvidada de todo en la suave solemnidad de la muerte, y ni
siquiera la sacó de su profundo desmayo la voz rugiente de la multitud que ante
la catedral disponía una hoguera para la bruja.
20
¡Freder!
¡Grot! ¡Freder!
Josafat
gritaba hasta quedarse ronco, y corría a lo largo de los corredores con la
desesperación de un zorro acosado, hasta que llegó a los escalones que llevaban
a las grandes bombas de agua. Nadie oía sus gritos. En las enormes salas había
máquinas heridas de muerte, que aún deseaban obedecer pero no eran capaces de
hacerlo. La puerta estaba cerrada. Josafat la golpeó con los puños, con los
pies. Grot abrió con un revólver en la mano.
—¿Qué
diablos pasa?
—¡Quítate
de mi camino! ¿Dónde está Freder?
—Aquí.
¿Qué ocurre?
—Freder,
han cogido a María.
—¿Qué?
—Que
han cogido cautiva a María y van a matarla…
Freder
vaciló. Josafat le arrastró hacia la puerta. Como un tronco, Grot se interpuso
en su camino murmurando, los ojos brillantes:
—¡La
mujer que mató a mi máquina!
—¡Cállate,
idiota! ¡Apártate de mi camino!
—Sí,
señor Freder.
—¡Quédate
con las máquinas!
—Sí,
señor Freder.
—¡Vamos,
Josafat!
Y
luego el sonido de unos pasos que corrían, corrían, perdiéndose fantasmales en
la distancia.
Grot
se volvió y se enfrentó con las máquinas paralizadas. Alzó el brazo y golpeó la
que tenía más próxima con toda la fuerza de su puño, como el que golpea a una
mula terca entre los ojos.
—¡La
mujer… —gritó con un gemido—, la mujer que salvó a mis pequeños!
Y se
lanzó sobre la máquina con dientes ansiosos.
—Cuéntame.
Freder
hablaba en voz muy baja, como si no quisiera malgastar un solo átomo de fuerza.
Su rostro era pétreo, muy pálido; sólo sus ojos flameaban en él como joyas.
Saltó al volante del pequeño coche en que viniera Josafat.
—Tendremos
que desviarnos, dar un gran rodeo… —dijo Josafat, fijando los faros—. Muchos
puentes se han hundido.
—¡Cuéntame!
—insistió Freder. Le castañeteaban los dientes como si estuviera helado.
—No
sé quién lo descubrió; probablemente las mujeres que pensaban en sus hijos y
querían volver a casa. No se puede lograr nada de una muchedumbre enloquecida.
De todas formas, cuando vieron que las aguas negras corrían hacia ellas desde
los pozos del ferrocarril subterráneo, y cuando comprendieron que las bombas,
la salvaguardia de su ciudad, habían sido destruidas al pararse las máquinas,
se volvieron locas de desesperación. Dicen que algunas madres, ciegas y sordas
a toda amonestación, intentaron como posesas nadar a través de los túneles
inundados, y la terrible comprensión de la futilidad absoluta de cualquier
intento de rescate las ha convertido en bestias ansiosas de vengarse.
—¿Vengarse?
¿De quién?
—De
la muchacha que los sedujo.
—¿De
la muchacha?
—Freder,
el coche no podrá aguantar esta velocidad.
—Continúa.
—No
sé cómo llegó a caer en sus manos. Me dirigía en busca de usted, cuando vi a
una mujer que cruzaba corriendo la plaza de la catedral, los cabellos al
viento, la multitud enloquecida tras ella. La noche se había transformado en un
infierno. Los góticos siguen desfilando por la ciudad, azotándose, y llevan al
monje Desertus clavado en una cruz. Van predicando: «¡Ha llegado el Día del
Juicio!», y por lo visto ya han convertido a muchos, pues Septiembre yace
encogido ante las ruinas humeantes de Yoshiwara. Una tropa de bailarines con
antorchas se unió a los flagelantes, y entre maldiciones han quemado Yoshiwara
hasta los cimientos.
—¡La
muchacha, Josafat!
—No
llegó a la catedral, Freder, donde buscaba refugiarse. La atraparon cuando
tropezó en la escalera, el vestido colgando de su cuerpo en harapos. Una mujer,
en cuyos ojos brillaba la locura, chilló como inspirada con el don de profecía:
«¡Mirad! ¡Mirad! ¡Los santos han bajado de los pedestales y han evitado que la
bruja entrara en la catedral!»
—¿Y
luego?
—Ante
la catedral están levantando una hoguera, en la que quemar a la bruja.
Freder
no respondió palabra. Se inclinó más aún sobre el volante; el coche gruñó y dio
un salto.
Josafat
clavó los dedos en el brazo de Freder.
—¡Para,
por el amor de Dios!
El
coche se detuvo.
—Tenemos
que girar a la izquierda. ¿No ves que el puente ha desaparecido?
—¿Y
el próximo?
—Intransitable.
—Escucha…
―Freder hizo silencio.
—¿Qué
quieres que escuche?
—¿No
oyes nada?
—No.
—¡Tienes
que oírlo!
—Pero
¿qué, Freder?
—Gritos,
chillidos distantes.
—No
oigo nada.
—Pero…
¡es preciso que lo oigas!
—¿Por
qué no continúas, Freder?
—¿No
ves cómo se ha enrojecido allí el cielo?
—Por
las antorchas, Freder.
—¡Su
luz no es tan fuerte!
—Freder,
estamos perdiendo el tiempo.
Freder
no contestó. Miraba los restos del puente de hierro que colgaban sobre el
abismo de la calle. Tenía que cruzar, sí, tenía que cruzar al otro lado para
llegar a la catedral por el camino más corto.
Todo
el armazón de una torre, abierta de arriba abajo, había caído y cruzaba de un
lado de la calle al otro, con un brillo metálico a la luz insegura de la noche.
—Baja
—dijo Freder.
—¿Por
qué?
—¡Baja,
te digo!
—Quiero
saber por qué.
—Porque
voy a cruzar por ahí.
—¿Por
dónde?
—Sobre
esa torre.
—¿Que
vas a…?
—Sí.
—¡Es
un suicidio, Freder!
—No
te pedí que me acompañaras. ¡Baja!
—No
lo permitiré. ¡Es una locura!
—¿No
ves el fuego que arde allí?
Las
palabras no parecían salir de la boca de Freder. Todas las heridas de la ciudad
moribunda gemían en ellas.
—¡Adelante!
—dijo Josafat, con los dientes apretados.
El
coche dio un salto. Trepó. Los hierros estrechos acogieron las ruedas, que
patinaban con un sonido malicioso e hipócrita.
La
sangre corría por los labios de Freder.
—¡No!
¡No eches el freno, por el amor de Dios, no eches el freno! —gritó el hombre
sentado a su lado, aferrándose enloquecido a la mano de Freder.
La
torre caída crujió. El coche quedó por unos instantes suspendido en el vacío.
Con un estallido, todo el armazón se desintegró en el aire tras ellos. Llegaron
al otro lado con un ímpetu que ya era incontrolable. El coche volcó.
Freder
salió con paso vacilante. Josafat quedó tirado en su interior.
—¡Josafat!
—Corre,
no es nada; te juro por Dios que no es nada —dijo, con una sonrisa convulsa en
el rostro pálido—. Piensa en María y corre…
Freder
obedeció.
Josafat
volvió la cabeza, vio la negrura de la calle rematada de rojo, oyó miles de
gritos y pensó torpemente, alzando los puños en el aire: «Me gustaría ser Grot,
para saber jurar tan bien como él». Apoyó la cabeza en el respaldo, y perdió
toda conciencia que no fuera la del dolor.
Freder
corría como jamás lo había hecho. No eran sus pies los que le llevaban: era su
corazón desbocado, sus pensamientos. Calles, escaleras, más calles, y al fin,
la plaza de la catedral.
Todo
el espacio ante los amplios escalones era una enorme confusión de seres
humanos; y entre ellos, sobre el rugido de mil carcajadas de locura
desesperada, de gritos de furia, del humo de antorchas y teas, en lo alto de la
pira…
—¡María!
Freder
cayó de rodillas, como si le hubieran cortado los tendones.
—¡María!
La
muchacha que él había tomado por María alzó la cabeza, le buscó. Sus ojos le
encontraron al fin. Sonrió; se echó a reír.
—¡Baila
conmigo, amado! —sonó su voz, aguda como un cuchillo entre el estruendo.
Freder
se puso en pie. La multitud le reconoció. La multitud se lanzó hacia él
chillando y aullando.
—¡El
hijo de Joh Fredersen! ¡El hijo de Joh Fredersen!
Trataron
de cogerle. Luchó salvajemente con ellos. Se defendió, la espalda contra el
parapeto de la calle.
—¿Por
qué queréis matarla, diablos? ¡Ha salvado a vuestros hijos!
Sólo
le respondieron las carcajadas. Las mujeres lloraban entre risas, mordiéndose
los puños.
—¡Sí,
sí, ha salvado a nuestros hijos! ¡Ha salvado a nuestros hijos con la canción de
las máquinas muertas! ¡Salvó a nuestros hijos con el agua helada!
—Id
a la Casa de los Hijos. ¡Vuestros pequeños están allí!
—¡Nuestros
pequeños no están en la Casa de los Hijos! Allí viven los de tu raza,
defendidos por su dinero. Los hijos de tu clase, ¡perro con piel de seda
blanca!
—Escuchadme,
por Dios, ¡escuchadme!
—No
queremos oír nada.
—¡María!
¡Amada, amada mía!
—¡No
grites así, hijo de Joh Fredersen, o te haremos callar para siempre!
—Matadme
si habéis de matar, ¡pero que viva ella!
—Cada
uno a su momento, hijo de Joh Fredersen. Primero verás morir a tu amada, ¡una
muerte espléndida y calurosa!
Una
mujer —¡la esposa de Grot!— se arrancó una tira de la falda y ató las manos de
Freder. Le sujetaron al parapeto con cuerdas. Luchó como una bestia salvaje,
gritando hasta que las venas de la garganta estuvieron a punto de estallarle.
Atado, impotente, echó atrás la cabeza y vio el cielo del amanecer sobre
Metrópolis: puro, tierno, de un azul verdoso.
—¡Dios!
—gritó, tratando de arrojarse de rodillas a pesar de las ataduras—. ¡Dios mío!
¿Dónde estás?
Un
resplandor intenso captó su mirada. La pira flameaba. Hombres y mujeres
bailaban cogidos de la mano en torno a la hoguera, más y más aprisa, en
círculos más y más amplios, riendo, pateando, chillando:
—¡Bruja!
¡Bruja!
Freder
rompió sus ligaduras. Cayó de cabeza a los pies de los bailarines.
Y lo
último que vio de la muchacha, mientras sus ropas y cabellos ardían como un
manto de fuego, fue la encantadora sonrisa, la maravilla de sus ojos y su boca
de pecado mortal que susurraba entre las llamas:
—¡Baila
conmigo, amado mío! ¡Baila conmigo!
21
Rotwang
despertó, pero él sabía muy bien que estaba muerto. Y esta conciencia le
llenaba de la satisfacción más profunda. Su cuerpo doliente ya no tenía nada
que ver con él. Tal vez fuera eso el último resto de vida. Pero algo le
preocupaba intensamente cuando se incorporó y miró en todas direcciones: Hel no
estaba allí.
Era
preciso hallar a Hel.
Había
terminado al fin una primera existencia sin Hel. ¿Y ahora la segunda? ¡No!
Mejor sería seguir muerto.
Se
puso en pie. Le resultó muy difícil. Sin duda llevaba allí mucho tiempo
yaciendo, un cadáver. Era de noche también. Se veía un incendio, se escuchaban
ruidos, chillidos de seres humanos.
Había
esperado quedar libre de ellos. Pero, por lo visto, el Creador Todopoderoso no
podía pasarse sin sus criaturas. Ahora sólo tenía un propósito: sólo deseaba a
su Hel. Cuando la hubiera encontrado —así lo prometió— nunca se pelearía de
nuevo con el Padre de todas las cosas.
Echó
a andar. La puerta que daba a la calle colgaba de sus goznes. Extraño. Se
detuvo delante de la casa y miró con decisión. Lo que vio parecía semejante a
la Metrópolis que él conociera, pero una Metrópolis que se hubiera vuelto loca.
Las casas se agitaban como atacadas por el baile de San Vito. Y un gentío
enajenado, extraordinariamente rudo y grosero, chillaba y saltaba en torno a
una hoguera flameante sobre la que se alzaba una criatura de belleza suprema y
—en opinión de Rotwang— serenamente tranquila.
¡Ah,
sí, era ella! Aquella que, en su existencia anterior, intentara crear para
reemplazar a su Hel perdida, para ridiculizar la obra del Creador. No estaba
mal para ser un principio; pero, buen Dios, comparada con Hel, ¡qué basura!
Los
gritones individuos de allá abajo tenían toda la razón para querer quemarla,
aunque le pareció una demostración de imbecilidad el querer destruir su obra,
su primera prueba. Pero tal vez fuera ésa la costumbre de las gentes en esta
existencia y, desde luego, él no deseaba discutir con ellos. Quería hallar a
Hel y nada más.
Sabía
exactamente dónde buscarla. ¡Amaba tanto la catedral su piadosa Hel! Y, si la
luz vacilante de la hoguera no le engañaba —pues el cielo verdoso aún no
permitía ver nada— Hel se hallaba, como una niña asustada, en la negrura de la
entrada de la catedral, las manos delicadas fuertemente enlazadas sobre el
seno, más parecida que nunca a una santa.
Pasando
junto a los que daban vueltas en torno a la hoguera, evitando siempre con toda
cortesía interponerse en su camino, Rotwang avanzó tranquilamente hacia la
catedral.
Sí,
era su Hel. Él también subió los escalones. ¡Qué alta parecía la puerta! El
frío interior y el incienso le recibieron. Todos los santos en los nichos de
los pilares mostraban sus rostros piadosos y encantadores sonriendo amablemente
―como regocijándose con él―, porque ahora al fin iba a encontrar a Hel, su Hel,
de nuevo.
Estaba
junto a la escalera que llevaba al campanario. Le pareció muy pálida,
indescriptiblemente patética. La primera luz pálida de la mañana caía a través
de un ventanal alargado sobre su cabello y su frente.
—Hel
—dijo Rotwang, latiéndole alocado el corazón. Extendió las manos—. Ven a mí,
Hel mía. ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo he tenido que vivir sin ti!
Pero
ella no venía. Huía de él; con el rostro aterrado se apartaba de él.
—Hel
—rogó el hombre—, ¿por qué tienes miedo de mí? Aunque esté muerto no soy un
fantasma. Tenía que morir para venir a ti. Siempre te he deseado. ¡No tienes
derecho a dejarme solo ahora! Quiero tus manos. ¡Dámelas!
Pero
sus dedos anhelosos se cerraron en el vacío. Unos pasos subían veloces por la
escalera de piedra que llevaba al campanario.
Algo
muy semejante a la cólera dominó el corazón de Rotwang. En lo más hondo de su
alma torturada yacía el recuerdo de un día, en el que Hel huyera también de él
para irse con otro. No, no debía pensar en ello. Eso formaba parte de su
primera existencia, y sería insensato recordarlo en este otro mundo mejor, que
también él, como la humanidad en general, había esperado.
¿Por
qué huía Hel?
Siguió
sus pasos. Comenzó a subir y subir escalones. Los pasos de ella, rápidos y
temerosos, le precedían constantemente. Y cuanto más arriba huía ella, más
salvajemente latía el corazón de Rotwang en aquel terrible ascenso, más se
enrojecían sus ojos inyectados en sangre y más furiosa hervía en él la cólera.
No tenía por qué huir de él, ¡no debía hacerlo! Si pudiera cogerla de la mano,
¡jamás, jamás la soltaría de nuevo! Su mano de metal sería como un anillo
forjado en torno a su muñeca, y ya jamás ella podría huir para irse con otro.
Ambos
habían llegado a lo alto del campanario. La persiguió entre las campanas. Le
bloqueó el camino a las escaleras. Se rió, una risa triste y maligna.
—¡Hel,
mi querida Hel, ya no puedes escapar de mí!
Ella
dio un salto, ágil y desesperado, y se colgó de la cuerda de la campana San
Miguel. Ésta alzó su voz metálica que sonaba rota, como una queja. La risa de
Rotwang se mezcló con el sonido de la campana. Su brazo de metal, la
maravillosa realización de un genio, se alargó como el brazo fantasmal de un
esqueleto y cogió la cuerda de la campana.
—¡Hel,
mi querida Hel, ya no puedes escapar de mí!
La
muchacha vino a dar contra el parapeto. Miró a su alrededor, temblando como un
pájaro. No podía alcanzar las escaleras. Tampoco podía subir más alto. Estaba
atrapada. Vio los ojos de Rotwang y vio sus manos. Sin vacilar, sin
reflexionar, con una ferocidad que encendió todo su rostro antes tan pálido,
saltó por la ventana del campanario y quedó colgada del cable de acero de la
conducción eléctrica.
—¡Freder!
—gritó—. ¡Ayúdame!
Abajo,
allá abajo, junto a la pira flameante, yacía una criatura en el suelo, la
frente hundida en el polvo. Pero la llamada le volvió en sí tan
inesperadamente, que se levantó cual si hubiese recibido un latigazo. Y miró
hacia lo alto.
Todos
los que habían estado danzando en círculos enloquecidos en torno a la hoguera
miraron también petrificados, rígidos: una muchacha colgada como una
golondrina, aferrada a la torre de la catedral, y las manos de Rotwang tendidas
hacia ella.
22
Joh
Fredersen estaba de pie en la habitación en forma de cúpula de la Nueva Torre
de Babel esperando a Slim, quien debía traerle noticias de su hijo.
Una
oscuridad fantasmal cubría la Nueva Torre de Babel. La luz había desaparecido
por completo. Había muerto para siempre en el momento en que la gigantesca
rueda del corazón de Metrópolis se saliera de su estructura ―con un rugido
semejante al de mil bestias heridas― y, todavía girando, ascendiera al techo,
rebotara en él con un estruendo demoledor, propio de un gong tan grande como el
cielo, para venir a caer y destrozarse sobre las ruinas de la hasta entonces
obra maestra de acero.
Joh
Fredersen estuvo mucho tiempo de pie en el mismo sitio, sin moverse. Le parecía
que había pasado toda una eternidad desde que enviara a Slim en busca de
noticias de su hijo. Pero Slim no volvía.
Joh
Fredersen sentía todo su cuerpo helado. Sus manos, que colgaban impotentes,
apretaban una linterna.
Esperó.
Echó una mirada al reloj…, pero las saetas del gigante marcaban una hora
imposible. La Nueva Torre de Babel se había perdido, en realidad. Allí, donde
cada día llegaba hasta Joh Fredersen el latir de las calles que discurrían bajo
la Torre, el estruendo del tráfico de cincuenta millones, la locura mágica de
la velocidad, ahora sólo le llegaba un penetrante silencio de terror.
Unos
pasos tambaleantes corrieron hacia la puerta de la habitación exterior. Joh
Fredersen dirigió hacia allí la luz de su linterna. La puerta se abrió de par
en par y Slim apareció en el umbral.
Allí
vaciló. A la luz excesivamente brillante de la linterna, su rostro estaba
teñido de una palidez verdosa. Joh Fredersen anhelaba hacer una pregunta, pero
ni el menor sonido pasaba por sus labios. Una sequedad terrible le ardía en la
garganta. En su mano la linterna vaciló, tembló, y su haz desorientado barrió
paredes y techo.
Slim
se acercó apresuradamente a Joh Fredersen. En sus ojos, muy abiertos, se
reflejaba un horror inextinguible.
—Su
hijo —balbuceó—, su hijo, señor Fredersen…
Joh
Fredersen seguía callado. No hizo movimiento alguno pero se inclinó un poco
―sólo un poco― hacia adelante.
—No
he encontrado a su hijo —dijo Slim.
No
esperó a que Joh Fredersen le contestara. Su cuerpo tan alto, que siempre diera
impresión de ascetismo y crueldad, cuyos movimientos —al servicio de Joh
Fredersen— habían ido ganando gradualmente la seguridad desinteresada, la
exactitud de una máquina, pareció desmoronarse ahora, perdido ya el control. Su
voz inquirió agudamente, dominada por un frenesí profundo e interno:
—¿Sabe,
señor Fredersen, lo que está sucediendo en Metrópolis?
—Lo
que yo quiero —contestó Joh Fredersen. Las palabras sonaron mecánicamente, como
si hubieran sido ensayadas antes de ser pronunciadas—. ¿Qué significa eso de
que no has encontrado a mi hijo?
—Significa…
lo que dije —contestó Slim, con la misma voz aguda. En sus ojos latía un odio
terrible. Muy erguido, también él se inclinó ahora hacia adelante como
dispuesto a saltar sobre Joh Fredersen, las manos engarfiadas como garras—.
Significa que Freder, su hijo, no ha sido hallado; significa que quizá quiso
ver con sus propios ojos lo que era de Metrópolis por voluntad de su padre a
manos de unos pocos lunáticos; significa, según me han dicho esos criados medio
idiotas, que su hijo abandonó la seguridad de esta casa y se marchó en compañía
de un hombre que llevaba el uniforme de los obreros de Metrópolis; significa
que tal vez sea muy difícil hallar a su hijo en esta ciudad en la cual, y por
su voluntad, ha estallado la locura. ¡La locura de destruir, señor Fredersen,
la locura de destrozar!
Quiso
continuar, pero no pudo.
La
mano derecha de Joh Fredersen había hecho un gesto carente de sentido: la
linterna cayó de su mano y quedó encendida en el suelo. El hombre más poderoso
de Metrópolis dio media vuelta ―como si le hubieran disparado un tiro― y se
dejó caer con ojos vacíos en una silla.
Slim
se adelantó para mirar a Joh Fredersen al rostro, pero ante aquellos ojos quedó
mudo de horror.
Diez,
veinte, treinta segundos pasaron y aún no se atrevía a respirar. Su mirada
horrorizada seguía los movimientos carentes de propósito de las manos de Joh
Fredersen, que tanteaban como buscando algún medio de rescate que no podían
encontrar. De pronto, súbitamente, la mano se alzó de la mesa. Y extendió el
índice como reclamando atención. Joh Fredersen murmuró algo. Luego se echó a
reír. Era una risa triste y cansada, y al oírla, Slim sintió que se le erizaban
los cabellos.
Joh
Fredersen hablaba consigo mismo. ¿Qué decía? Slim se inclinó sobre él. Vio que
el índice de la mano derecha de Joh Fredersen se deslizaba lentamente sobre la
mesa brillante, como si siguiera, como si leyera las líneas de un libro:
―Lo
que el hombre siembra, eso recogerá.
Luego
la frente de Joh Fredersen cayó sobre la madera suave de la mesa y con una voz
dulce, en un tono que nadie —a excepción de una mujer muerta— había oído de sus
labios, empezó a repetir el nombre de su hijo…
Por
las escaleras de la Nueva Torre de Babel subía cansadamente un hombre. Raras
veces sucedía esto en la gran Metrópolis, la ciudad de Joh Fredersen, la ciudad
fanática del ahorro del tiempo. Las escaleras se reservaban para el caso de que
todos los ascensores y el Pater Noster estuvieran abarrotados o para casos de
emergencia, situaciones altamente improbables en aquel ambiente perfecto para
los seres humanos. Pero lo improbable había sucedido: amontonados unos sobre
otros, los ascensores habían caído destrozados bloqueando los huecos, y los
cubículos del Pater Noster, retorcidos y devorados por un fuego infernal,
habían caído hechos cenizas en las profundidades.
Por
las escaleras de la Nueva Torre de Babel subía vacilante Josafat. Había
aprendido a jurar en aquel cuarto de hora incluso tan bien como Grot, y ahora
practicaba hasta el límite aquel arte recién adquirido. Rugía por el dolor que
le atenazaba los miembros. Escupía su exceso de odio y desprecio y la angustia
que le doblaba las rodillas.
Salvajes
e ingeniosas eran las imprecaciones que lanzaba en cada descansillo, en cada
curva de la escalera. Pero las iba conquistando todas, ciento seis tramos de
escaleras, cada uno de treinta escalones. Llegó al semicírculo en el que se
abrían las puertas de los ascensores. En un ángulo, ante la puerta de las
habitaciones de Joh Fredersen, se acurrucaba un grupo de seres humanos apiñados
por el impulso común de un horror indecible.
Volvieron
la cabeza para mirar al hombre que ascendía las escaleras, apoyándose en las
paredes como única ayuda. La mirada enloquecida de Josafat los abarcó a todos.
—¿Qué
ocurre? —preguntó sin aliento—. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Voces
agitadas susurraron. Nadie sabía quién hablaba. Se cruzaban y mezclaban las
palabras:
—Nos
envió por toda la ciudad, barrida ahora por la muerte. Nos envió a buscar a su
hijo Freder. No pudimos hallarle. Ninguno de nosotros. No nos atrevemos a
aparecer ante Joh Fredersen. Nadie se atreve a darle la noticia de que no hemos
podido encontrar a su hijo.
Una
voz sonó muy alta y aguda en aquella confusión de cuerpos:
—¿Quién
puede encontrar una sola alma condenada en este infierno?
—Calla,
calla…
—Escucha…
—Está
hablando con Slim…
Y en
la tensión de la escucha ―que acalló todo sonido―, las cabezas se inclinaron
hacia la puerta. Tras la cual se escuchó una voz, como si una madera se
quebrara:
—¿Dónde
está mi hijo?
Josafat
se dirigió vacilante a la puerta. El grito ahogado de todos aquellos hombres
trató de detenerle. Unas manos intentaron sujetarle.
—¡No
vayas! ¡No!
Pero
Josafat había abierto ya la puerta. A través de los enormes ventanales, las
primeras luces del amanecer venían a caer sobre el suelo, brillantes como
manchas sangrientas. Junto a la pared, muy cerca de la puerta, estaba Slim. Y
justo ante él se alzaba Joh Fredersen. Apretados los puños contra la pared, le
retenía allí como si le hubiera atravesado los brazos, crucificándole.
—¿Dónde
está mi hijo? —decía Joh Fredersen con voz sofocada—. ¿Dónde está mi hijo?
Slim
echó atrás la cabeza. De sus labios cenicientos salieron unas palabras, en tono
monótono:
—Mañana
habrá muchos en Metrópolis que preguntarán: «Joh Fredersen, ¿dónde está mi
hijo?»
Los
puños de Joh Fredersen se relajaron. Giró en redondo. Entonces, el que fuera el
Amo de la gran Metrópolis, vio que había otro hombre en la habitación. El sudor
corría por su cara en gotas frías y lentas. El rostro estaba convulso por la
horrible sospecha.
—¿Dónde
está mi hijo? —balbuceó Joh Fredersen. Extendió la mano en un gesto de
impotencia—. ¿Sabes dónde está mi hijo?
Josafat
no contestó. ¡Sí!, gritaba la respuesta en su garganta. Pero no hallaba las
palabras. Algo en su garganta amenazaba con estrangularle. ¡Dios Todopoderoso!
¡Dios del Cielo! ¿Era en realidad Joh Fredersen quien estaba ante él?
Joh
Fredersen avanzó con movimientos inseguros. Inclinó la cabeza para mirarle
intensamente.
—Te
conozco —dijo con voz monótona—. Eres Josafat, y fuiste mi primer secretario.
Yo te despedí. Te traté cruelmente. Obré mal contigo y te arruiné. Te pido
perdón. Lamento haber sido cruel contigo, o con otros. Perdóname, perdóname,
Josafat.
»Hace
diez horas que no sé dónde está mi hijo; hace diez horas, Josafat, que he
estado enviando a todos los hombres que podía encontrar por esta maldita ciudad
para que buscaran a mi hijo. Sé que es insensato, sé que es inútil, que el día
amanece, que yo sigo hablando y hablando, y sé que estoy loco pero quizá, quizá
sepas tú dónde está mi hijo…
—Lo
han capturado —dijo Josafat, y fue como si desgarrara la palabra de su garganta
y temiera desangrarse por ello—, capturado…
Una
estúpida sonrisa apareció en el rostro de Joh Fredersen.
—¿Qué
significa capturado?
—La
multitud le ha cogido.
—¿Cogido?
—Sí.
—¿A
mi hijo?
—Sí.
A Freder, a su hijo.
Un
sonido animal y lastimero estalló en la boca de Joh Fredersen. La boca quedó
abierta y distorsionada, las manos se alzaron como en infantil defensa para
protegerse de un golpe que ya había caído sobre él. Y su voz insistió, aguda:
—¿A
mi hijo?
—Se
lo llevaron prisionero —siguió diciendo Josafat, lentamente— porque buscaban
una víctima para saciar su desesperación, la furia de su agonía. Cuando
supieron que las aguas negras corrían hacia ellos y que toda la ciudad de los
obreros se había inundado, se volvieron locos de desesperación. Dicen que
algunas madres, ciegas y sordas a toda admonición, intentaron como posesas
zambullirse en los pozos inundados. La terrible inutilidad de cualquier intento
de rescate las ha convertido en bestias, y desean vengarse.
—Vengarse,
¿de quién?
—De
la muchacha que les sedujo.
—¿La
muchacha?
—Sí.
—Continúa.
—Han
cogido a la muchacha, a la que culpan de todo este horror. Freder quiso
salvarla, pues la ama, y le han atrapado también. Le están obligando a
presenciar como muere su amada. Han levantado una pira ante la catedral, a cuyo
alrededor danzan como posesos al grito de: «¡Hemos cogido al hijo de Joh
Fredersen y a su amada!». Yo sé, yo sé que Freder no sobrevivirá a esta locura.
Por
el espacio de varios segundos hubo un silencio tan profundo, tan perfecto, que
el brillo dorado de la mañana que se adentró con fuerza en la habitación
pareció un estruendo poderoso. Al fin, Joh Fredersen dio la vuelta y echó a
correr.
Nada
podría detenerle.
Cruzó
ante el grupo que esperaba en la antesala y se lanzó escaleras abajo. Bajaba a
grandes saltos, sin fijarse siquiera dónde pisaba; con los ojos desorbitados,
el pelo revuelto como una llamarada sobre su frente y, en los labios, un grito
sin sonido, un nombre que era incapaz de articular: «¡Freder!»
Infinidad
de escalones, muros hendidos, bloques de piedra destrozados, hierros
retorcidos, destrucción, ruina.
La
calle.
El
día amanecía rojo sobre la calle. Gritos en el aire. Y el brillo de las llamas.
Y humo. Voces y gritos, gritos de horror, de temor, de una tensión extrema.
Al
fin, la plaza de la catedral.
La
pira, la multitud. Hombres y mujeres no miraban ya a la hoguera sobre cuyas
llamas ardientes yacía una criatura de metal y cristal con la cabeza y el
cuerpo de una mujer, sino que todos los ojos se volvían hacia arriba, hacia las
alturas de la catedral, cuyo tejado brillaba bajo el sol de la mañana.
Joh
Fredersen se detuvo como si le hubieran golpeado en las rodillas.
—Q-qué…
—tartamudeó.
Alzó
los ojos, se llevó lentamente las manos a la cabeza. Hundió la cabeza entre las
manos. Sin un sonido, como derribado por una guadaña, cayó de rodillas.
En
lo más alto del tejado de la catedral, estrechamente abrazados, incrustados el
uno en el otro, luchaban Freder y Rotwang bajo la luz del sol.
Luchaban
engarfiados, las piernas enlazadas. No se necesitaba una vista muy aguda para
advertir que Rotwang era, con mucho, el más fuerte. La forma esbelta del
muchacho vestido de harapos de seda blanca se doblaba bajo el abrazo
desgarrador del gran inventor, e iba venciéndose hacia atrás. Aquel cuerpo
blanco se ofrecía en un arco de fascinante, de horrible maravilla, la cabeza
muy atrás, las rodillas delante. Y Rotwang, todo negrura, se alzaba como una
mole imponente sobre la seda blanca, forzándole a caer. En la estrecha galería
Freder quedó encogido sobre sí mismo, sin moverse ya. Sobre él, erguido,
inclinándose apenas, Rotwang le miró y luego se giró…
Por
el estrecho alero se aproximaba, vacilante, María. A la luz de la mañana, que
surgía gloriosa e imperiosa, su voz flotaba como el llanto de un pobre pájaro:
—¡Freder!
¡Freder!
Estallaron
los susurros en la plaza de la catedral. Se volvieron algunas cabezas, le
señalaban con las manos.
—¡Mirad,
Joh Fredersen! ¡Ahí está Joh Fredersen!
Una
voz de mujer gritó:
—¿Has
comprobado ya por ti mismo, Joh Fredersen, lo que significa que te maten a tu
hijo?
Josafat
saltó ante el hombre que estaba de rodillas sin oír nada de lo que pasaba a su
alrededor.
—¿Qué
ocurre? —gritó—. ¿Qué os ocurre a todos vosotros? Vuestros hijos han sido
salvados, están en la Casa de los Hijos. María y el hijo de Joh Fredersen
salvaron a vuestros pequeños.
Joh
Fredersen no oía nada. No oyó el grito que, como una acción de gracias
vociferante, estalló de pronto en la boca de la multitud. No oyó los sollozos
con que la multitud caía de rodillas. No oyó los gemidos de las mujeres, la
respiración ahogada de los hombres, ni las plegarias, las palabras de gratitud,
las alabanzas. Sólo sus ojos seguían vivos. Sus ojos que, como si carecieran de
párpados, seguían clavados en el tejado de la catedral.
María
había llegado junto al bulto blanco que yacía encogido en un ángulo, entre la
aguja y el tejado. Se arrodilló junto a él, extendiendo las manos, ciega de
tristeza.
—Freder,
Freder…
Con
el gruñido salvaje de una bestia de presa, Rotwang la cogió. María luchó
gritando. Pero él le cerró los labios. Con expresión de desconcierto miró el
rostro de la muchacha surcado de lágrimas.
—Hel,
mi Hel, ¿por qué luchas contra mí?
La
tenía entre sus brazos, como una presa que nadie podría arrebatarle ahora. Con
el impulso bestial del que se ve perseguido injustamente, Rotwang trepó por una
escalerilla que se hallaba a espaldas suyas, llevando a la muchacha entre sus
brazos.
Eso
fue lo primero que vio Freder al abrir los ojos y librarse con esfuerzo del
estado de semiinconsciencia en que se hallaba. Levantándose vivamente, se lanzó
también hacia la escalerilla. Subió casi corriendo, con la seguridad ciega que
nacía del amor que le impulsaba. Alcanzó a Rotwang, que soltó a su presa. María
se salvó de la terrible caída aferrándose a la curva dorada de la luna sobre la
que descansaba la Virgen coronada de estrellas.
Extendió
la mano para coger a Freder… Pero, en ese mismo instante, Rotwang se lanzó
sobre él y de nuevo se agarraron y rodaron estrechamente enlazados sobre el
tejado de la catedral, rebotando violentamente contra la estrecha barandilla de
la galería.
Un
aullido de temor estalló en labios de la multitud. Ni Rotwang ni Freder lo
oyeron. Con un juramento terrible aquél logró incorporarse. Vio sobre él,
recortada contra el azul del cielo, una gárgola cuya faz monstruosa parecía
reírse de él, cuya lengua afilada se alargaba en una mueca burlona. Se levantó
y saltó, el puño como una garra, hacia la gárgola sonriente. Y la gárgola se
rompió.
Rotwang
perdió el equilibrio y, cuando ya nada parecía poder salvarle, su mano poderosa
se aferró al estrecho borde de un adorno de la catedral.
Mirando
hacia arriba, al azul infinito del cielo matinal, vio el rostro de Hel, que
tanto amara; era como el rostro del hermoso Ángel de la Muerte que le sonreía,
los labios muy cerca de la frente.
Unas
alas negras y grandes iban extendiéndose, y eran lo bastante fuertes para
llevarse al cielo este mundo perdido.
—Hel
—dijo el hombre—, mi Hel, al fin…
Y
sus dedos soltaron voluntariamente su apoyo.
Joh
Fredersen no vio la caída ni oyó el grito de la multitud. Únicamente veía la
figura cubierta de blanco, el hombre que, con la muchacha en brazos, caminaba
por el tejado de la catedral con el paso seguro del que nada teme.
Entonces
Joh Fredersen se inclinó hasta tocar las piedras de la plaza de la catedral. Y
los que estaban junto a él le oyeron llorar, un llanto que surgía de su corazón
como el agua de una roca.
Cuando
sus manos se separaron y descubrió la cabeza, los que le rodeaban vieron que
los cabellos de Joh Fredersen se habían tornado blancos como la nieve.
23
¡Amada
mía! —dijo Freder.
Era
la llamada más suave, con el tono más dulce de que es capaz la voz humana. Pero
tampoco María contestó a ella, como no había respondido a los gritos de
desesperación con que el hombre que la amaba luchaba por volverla en sí.
Yacía
sobre los escalones del altar mayor, tendida en toda su belleza, la cabeza
entre los brazos de Freder, las manos entre las manos de su amado. El corazón
le latía lentamente, apenas perceptible. No respiraba. Se hallaba hundida en lo
más profundo de un agotamiento total del que ni un grito, ni una súplica, ni
una palabra de desesperación era capaz de sacarla. Parecía muerta.
Una
mano se apoyó en el hombro de Freder.
Volvió
la cabeza y se encontró con el rostro de su padre.
¿Era
éste su padre? ¿Era éste Joh Fredersen, el Amo de la gran Metrópolis? ¿Tenía su
padre los cabellos tan blancos? ¿Una frente tan atormentada? ¿Unos ojos tan
torturados?
¿Acaso
en el mundo, después de esta noche de locura, no había más que horror y muerte,
destrucción y agonía sin fin?
—¿Qué
buscas? —preguntó Freder—. ¿Es que quieres quitármela? ¿Has hecho ya tus planes
para separarnos? ¿Hay alguna empresa poderosa en peligro a la cual tengamos que
ser sacrificados ella y yo?
—¿A
quién hablas, Freder? —preguntó su padre con voz amable.
Freder
no contestó. Abrió los ojos inquisitivamente porque había escuchado una voz que
jamás oyera antes. Guardó silencio.
—Porque,
si hablas a Joh Fredersen —continuó la misma voz amable—, debes saber que ha
muerto esta noche, ha muerto siete veces.
Los
ojos de Freder, en los que latía el sufrimiento, se alzaron a mirar otros ojos
fijos en él. Un sollozo lastimero estalló en sus labios:
—¡Oh,
Dios mío! Padre, padre…
Joh
Fredersen se inclinó hacia su hijo y la muchacha que yacía en el regazo de
Freder.
—Se
muere, padre, ¿no ves que se muere?
Joh
Fredersen agitó la cabeza.
—No,
no —dijo muy dulcemente—. No, Freder. Hubo una hora en mi vida en la que yo
estuve también arrodillado como tú y sosteniendo en mis brazos a la mujer que
amaba. Pero ella sí murió. Conozco muy bien el rostro de un moribundo. Lo he
conocido y nunca lo olvidaré. La muchacha sólo está dormida. No trates de
despertarla a la fuerza.
Y,
con un gesto de ternura imposible de describir, su mano se deslizó del hombro
de Freder y acarició el cabello de la muchacha dormida.
—Queridísima
niña —murmuró—, queridísima niña…
Desde
la profundidad de su sueño, ella le respondió con una sonrisa de dulzura
infinita, ante la cual se inclinó Joh Fredersen como si presenciara una
revelación.
Entonces
dejó a su hijo y a la muchacha, y se dispuso a salir de la catedral, gloriosa y
alegre ahora gracias a los luminosos rayos del sol.
Freder
le observó ir hasta que sus ojos se nublaron. De pronto, con un fervor
repentino, violento y apasionado, alzó la boca de la muchacha hasta sus labios
y la besó como si deseara morir con ella. La maravilla de aquellos rayos de luz
le habían revelado que, con el día, la transformación invulnerable de la
oscuridad en luz se consumaba de nuevo en toda su grandeza, en toda su gracia.
—Vuelve
en ti, María, amor mío —dijo animándola con sus caricias, con su amor—. Ven a
mí, amada. Ven a mí.
La
suave respuesta de un latido débil, de una respiración apenas audible, hizo que
la risa surgiera en su garganta y que las palabras susurradas con ardor
murieran en sus labios.
Joh
Fredersen escuchó el sonido de la risa de su hijo. Ya estaba cerca de la puerta
de la catedral. Se volvió y miró las columnas en cuyos nichos delicados las
imágenes de los santos le sonreían con gentileza.
—Vosotros
sufristeis —pensó como si soñara— y fuisteis redimidos por el sufrimiento. Así
alcanzasteis la felicidad. ¿Vale la pena sufrir? Sí.
Y
salió de la catedral con los pies muy pesados, como muertos; cruzó vacilante la
gran puerta y, al recibir en sus ojos todo el impacto de la luz, se balanceó
débil y mareado.
Porque
el cáliz del sufrimiento que había apurado era muy fuerte.
Y en
su interior se dijo al alejarse:
—Iré
a casa a buscar a mi madre.
24
¿Freder?
—susurró una voz muy dulce.
—¡Sí,
amada mía! ¡Háblame! ¡Háblame!
—¿Dónde
estamos?
—En
la catedral.
—¿Es
de día o de noche?
—Es
de día.
—¿No
estaba aquí tu padre con nosotros ahora mismo?
—Sí,
amor mío.
—¿Y
puso su mano sobre mis cabellos?
—¿Lo
sentiste?
—¡Oh,
Freder! Cuando tu padre estaba aquí me pareció oír un manantial poderoso que
amenazaba con estallar en el interior de una roca. Un manantial de aguas tintas
en sangre. Pero supe también que, cuando el manantial fuera lo bastante fuerte
para surgir a través de la piedra, sería más dulce que el rocío y más blanco
que la luz.
—Bendita
seas por tu fe, María.
Ella
sonrió. Guardó silencio.
—¿Por
qué no abres los ojos, amada mía? —preguntó Freder anheloso.
—Veo
una ciudad que se alza bajo la luz.
—¿La
construiré yo?
—No,
Freder, tú no. Tu padre.
—¿Mi
padre?
—Sí.
—María,
cuando antes hablabas de mi padre no había amor en tu voz.
—Muchas
cosas han ocurrido desde entonces, Freder. Desde entonces ha nacido a la vida
un manantial encerrado en una roca. Desde entonces, los cabellos de Joh
Fredersen se han vuelto blancos como la nieve, por el terror mortal que
sintiera por su hijo. Desde entonces, aquellos a los que yo llamara mis
hermanos han pecado a causa de un sufrimiento excesivo. Desde entonces, Joh
Fredersen ha sufrido a causa de un pecado excesivo. ¿No vas a permitir ahora
que ambos, tu padre y mis hermanos, paguen por su pecado, lo expíen y se
reconcilien, Freder?
—Sí,
María.
—¿Les
ayudarás tú, que eres el mediador?
—Sí,
María.
Ella
abrió los párpados y clavó en él la maravilla azul de sus pupilas. Inclinándose
sobre ella, Freder contempló con piadoso asombro cómo se reflejaba en sus ojos
de Madona aquel reino celestial de las santas leyendas, quienes les miraban
desde los altos y estrechos ventanales.
Involuntariamente
alzó él los ojos, y por primera vez se dio cuenta plenamente del lugar al que
había llevado a la muchacha que amaba.
—Dios
nos está mirando —susurró, reteniéndola sobre su pecho con brazos amorosos—.
Dios nos está sonriendo, María.
—Amén
—repuso ella sobre su corazón.
25
Joh
Fredersen llegó a casa de su madre.
La
muerte había pasado sobre Metrópolis. La destrucción del mundo y el Día del
Juicio habían dejado oír sus voces entre el estruendo de las explosiones y el
violento repique de las campanas de la catedral, pero Joh Fredersen halló a su
madre como siempre la encontrara: junto a la ventana abierta, en su amplio y
cómodo sillón, la manta oscura sobre las rodillas paralizadas, la gran Biblia
en la mesa y, entre las manos viejas pero hermosas aún, el encaje delicado que
tejía.
Ella
volvió los ojos hacia la puerta y vio a su hijo.
La
expresión de firme severidad se hizo más dura en su rostro. No dijo nada. Pero
en sus labios apretados algo parecía susurrar: «Mal estás en verdad, Joh
Fredersen». Y le miraba como un juez.
Él
se quitó el sombrero. Entonces vio su madre los blancos cabellos que le cubrían
la frente.
—Hijo
—dijo dulcemente, tendiéndole los brazos.
Joh
Fredersen cayó de rodillas junto a su madre. La rodeó con sus brazos, hundió la
cabeza en aquel seno que una vez le llevara gozoso. Sintió las manos de su
madre en los cabellos, sintió que le acariciaban como temerosas de herirle,
como si los cabellos blancos fueran la prueba de una herida todavía abierta en
el corazón, y oyó su voz amada que le decía:
—Niño
mío, mi niño, mi pobre hijo…
El
murmullo de las hojas del castaño ante la ventana llenó un largo silencio
cargado de anhelo, de amor. Luego empezó a hablar Joh Fredersen. Hablaba con la
ansiedad del que se sumerge en agua bendita, con el fervor del que se confiesa
arrepentido, con la voluntad del que se halla dispuesto a hacer cualquier
penitencia cuando ya está perdonado. Su voz era suave y parecía llegar de muy
lejos, de la orilla distante de un ancho río.
Habló
de Freder. Luego le falló la voz enteramente. Se puso en pie y empezó a
recorrer la habitación. Cuando se volvió de nuevo hacia su madre había en sus
ojos una soledad gozosa, la comprensión de una generosidad necesaria, la del
árbol dispuesto a dar su fruto ya maduro.
—Me
pareció —dijo mirando al espacio— que veía su rostro por primera vez cuando él
me habló esta mañana. Es un rostro muy extraño, madre. Muy semejante al mío, y
sin embargo, muy suyo. El rostro de su hermosa madre muerta pero, al mismo
tiempo, con los rasgos de María, como si hubiera nacido por segunda vez de esa
criatura virginal. Y al mismo tiempo también es el rostro de las masas que
confiaban en ella, que le eran tan queridos como hermanos…
—Y
¿cómo es que ahora conoces el rostro de las masas, Joh? —preguntó suavemente su
madre.
Durante
algún tiempo, Joh Fredersen no pudo responder.
—Tienes
mucha razón en preguntármelo, madre —dijo al fin—. Desde las alturas de la
Nueva Torre de Babel no podía distinguir sus rostros. Y en la noche de locura
en que los miré por primera vez, estaban tan convulsos, tan dominados por su
propio horror, que ni siquiera parecían ellos mismos. Cuando salí por la puerta
de la catedral esta mañana, las masas me aguardaban de pie, como un solo
hombre, mirándome. Todos aquellos rostros se volvían lentamente hacia mí. Y
entonces los vi: no eran viejos ni jóvenes; no había en ellos dolor ni gozo.
«¿Qué queréis?», pregunté. Y uno contestó: «Estamos esperando, señor
Fredersen». «¿A qué?», insistí. «Estamos esperando a que alguien venga y nos
diga adónde debemos ir».
—¿Quieres
ser tú el que se lo diga, Joh? —preguntó su madre.
—Sí.
—Y
¿confiarán ellos en ti?
—No
lo sé, madre. Tal vez, si yo hubiera nacido hace mil años, emprendiera ahora el
camino vestido de peregrino hacia los Santos Lugares, sin volver a casa hasta
haber refrescado en el Jordán mis pies agotados de la marcha y haber orado al
Redentor en los lugares en que nos redimió. Y, si no fuera el hombre que soy,
tal vez se me ocurriera partir de viaje por los caminos de aquellos que viven
en las sombras.
»Tal
vez me sentara con ellos en los rincones de su pobreza, y aprendiera a
comprender sus gemidos y maldiciones, en los que la vida infernal que llevan ha
transformado sus plegarias; pues de la comprensión viene el amor, y yo anhelo
amar a la humanidad, madre. Sin embargo, creo que actuar es mejor que
peregrinar, y que una buena obra vale mucho más que las mejores palabras. Y
creo también que encontraré el modo de hacerlo, pues junto a mí hay dos
personas que desean ayudarme.
—Tres,
Joh.
Los
ojos del hijo buscaron la mirada de la madre.
—¿Quién
es la tercera?
—Hel.
—¿Hel?
—Sí,
hijo.
Joh
Fredersen guardó silencio.
Ella
repasó las páginas de la Biblia hasta hallar lo que buscaba. Era una carta. La
cogió y dijo, sosteniéndola amorosamente:
—Recibí
esta carta que Hel me escribió antes de morir. Me pidió que te la diera cuando,
y éstas fueron sus palabras, «cuando hubieras encontrado el camino a casa, a
mí, a ti mismo».
Silenciosamente,
sin abrir los labios, Joh Fredersen extendió la mano y cogió la carta.
El
sobre amarillento contenía únicamente una fina hoja de papel. En ella se leía
con una escritura casi infantil:
Me
voy a Dios, e ignoro cuándo leerás estas líneas, Joh. Pero sé que las leerás un
día y, hasta que te reúnas conmigo, agotaré esta bendición eterna rogando a
Dios que me perdone por haber hecho uso de dos frases de su Santo Libro con
objeto de entregarte mi corazón, Joh.
Una
es: «Te he amado con un amor eterno». Y la otra: «Porque yo estaré siempre
contigo, hasta el fin del mundo».
HEL
Joh
Fredersen tardó en guardar de nuevo el papel en su sobre. Alzó los ojos hacia
la ventana abierta, junto a la cual se hallaba sentada su madre, y corriendo
por el azul suave del cielo, vio unas nubes grandes y blancas, como barcos
cargados de tesoros de un mundo lejano.
—¿En
qué piensas, hijo? —preguntó la voz de su madre, con amor.
Pero
Joh Fredersen no le respondió. Su corazón plenamente redimido repetía
calladamente en su interior:
«Hasta
el fin del mundo, hasta el fin del mundo…»
FIN


Publicar un comentario