© Libro N°. 3002. Materia Gris. Hjortsberg, William. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Gray Matters
Versión Original: © Materia Gris. William Hjortsberg
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MATERIA GRIS
William Hjortsberg
Para
CSMN y P. J. America
I -
COLMENA
El
registrador capta: interminables paredes metálicas; encerado piso de plástico;
tres Comunicadores deHartzman, anteojos detectores de multi-frecuencia
conectados y parpadeantes; y el extremo delantero del legajo correspondiente al
subdistrito memoria. Un suave tinte de lavanda baña el luminoso cascarón del
techo; es el primer débil atisbo de un amanecer. Al final del pasillo la unidad
de energía del Sector comunitario zumba con vida.
Próximo
a la unidad de energía, en la primera gaveta, un morfocerebro solitario ha
desconectado su registrador y flota en una voluntaria oscuridad.
Su
número es A-0001-M (637-05-99). llamaba Denton «Skeets» Kalbfleischer. Skeets
es el residente más antiguo del Depósito. Tiene doce años de edad y seguirá
teniéndolos siempre.
Del
otro lado, en el pasillo B, un equipo de mantenimiento Amco-pak Mark IX ronda
silenciosamente sobre ruedas neumáticas. El Mark IX constituye una complicada
pieza mecánica y sólo por razones económicas no se lo declara anticuado. Es por
ello que su uso se restringe a aquellos Sectores que preceden al Despertar. Los
equipos de mantenimiento están destinados a realizar una amplia gama de
mundanas tareas domésticas: El Mark I limpia y lustra los pasillos todas las
noches, el Mark III vigila las unidades de energía. Cada Amco-pak por encima
del Mark V es un obrero mecánico, equipado con brazos telescópicos y lubricados
dedos capaces de las manipulaciones más intrincadas y precisas. Los residentes
del Depósito, de estructura mental mecánica, no se cansan de observar a los
equipos mientras trabajan, y se los ha provisto con un anteojo registrador
especial para el examen de estos reparadores vicarios.
Una
residente del Pasillo B que no se interesa en el Amco-pak; es la antigua
estrella de cine checoslovaca que habita la gaveta número B-04S6-F (098-76-04).
Clasificada como mujer (en los Sectores avanzados no se hacen distinciones de
sexo entre los morfocerebros residentes), Vera Mitlovic se pasa las horas
proyectando viejas películas. Aunque el Centro de Control considera frívolo al
cine del siglo veinte, y, por lo tanto, perjudicial para el desarrollo
espiritual, las películas antiguas se encuentran registradas en el legajo
memoria y todo lo que Vera necesita hacer es marcar el Indicador se su
microfilm y sintonizar el código apropiado en el tablero de telescritos.
Vera
se ha despertado esta mañana antes de la serenata del despertar (hoy la
obertura «El holandés errante» de Wagner) y sintoniza su primera película en el
momento en que el bibliotecario del legajo-memoria comienza la sesión diaria.
(El film es Bohemian Idyl, una romántica comedia checa en la que Vera
representa el papel de una diseñadora de modas de Praga, que se enamora de un
gitano.) Las tres regulaciones del Centro de Control para miembros de su
categoría han sido descuidadas. Puesto que no se han verificado sus memo-tapes
a trasmitir durante el sueño, está incapacitada para la recepción del informe
obligatorio de la Comisión; y, lo que es más importante, ya es el tercer día
consecutivo que pierde el ejercicio de meditación de la mañana.
Pero
a Vera no le importa. El viejo y trémulo film la transporta más allá de las
demandas del Centro de Control. ¿Qué tiene de malo si la impresión es pobre y
el celuloide amarillo y rayado? Es como mirar a su propio fantasma. La pollera
tejida se levanta y arremolina; sus largas y flexibles piernas relumbran; baila
en el campamento de la caravana y tienta a los violinistas con sus erguidos
pechos. Y, ¿dónde fueron a parar esas hermosas piernas, esos jóvenes senos?
Vueltos al polvo, sólo su imagen persiste, una sombra grabada en nitrato de
plata. El regocijo de Vera está teñido de tristeza y pena. Si tuviera ojos, en
verdad, lloraría.
Dos
gavetas más abajo del lugar en que Vera contempla su melancólica matinée, Obu
Itubi, un escultor de Nigeria de finales del siglo veintidós, proyecta una
cinta entomológica del legajo-memoria sobre las costumbres de las abejas. El
más distinguido miembro de la escuela ahora conocida como la del Renacimiento
Africano ilustra con sus trabajos de plástico y acero el florecimiento postrero
del humanismo occidental, la última boqueada del antropomorfismo antes de que
las máquinas aquietaran al mundo y lo sumieran en la meditación. Su número de
legajo es B-0489-M (773-22-99).
El
Amco-pak, en el pasillo B, ha finalizado su trabajo sobre la unidad de energía
auxiliar. Una válvula que funcionaba mal ha sido localizada y reemplazada y el
Mark IX ordena y guarda el complejo instrumental utilizado en la tarea. Algo
cómico. El Amco-pak es un pulpo acerebrado que recoge con sus numerosos brazos
una cantidad de piezas desordenadas. Los registros-espectadores siempre se
divierten con esta difícil operación de ordenamiento.
El
Amco-pak lleva las herramientas y trastos pasillo arriba, luego de guardar los
brazos retráctiles y, por último, los dedos de acero; acereleradamente, se
encamina hacia su próxima ocupación. Muchos de los residentes del Depósito
sienten verdadera envidia. Experimentan como un desperdicio la gracia de esos
dedos milagrosos en una máquina incapaz de apreciar su valor.
Skeets
Kalbfleischer todavía duerme; la serenata del despertar se ha digerido en
sueño, rechinante sonido de cinematográficas fantasías sexuales que todavía
ocupan su mente adolescente, después de cuatrocientos años de ausencia de sus
hipócritas facciones Grado B. Skeets representa un verdadero problema para el
Centro de Control. Un acontecimiento histórico, el primerísimo morfocerebro, la
piedra fundamental del más antiguo depósito del Sistema, por causa de su
completo fracaso en lograr el mínimo progreso espiritual en esa iluminada edad
que sigue al Despertar constituye un serio problema para la Comisión Auditora.
No
se trata de que Skeets carezca de educación. En los años, décadas y centurias
que siguieron a su operación, Skeets ha ganado el equivalente a varias docenas
de diplomas de bachillerato. Tiene diez doctorados en su haber. Fijado en su
receptibilidad craneana desde los doce años. Skeets ha sido alimentado con
cucharadas de conocimientos por comisiones enteras de curiosos científicos.
Skeets se ha versado en matemáticas, lenguas, artes; es una eminente autoridad
en biología molecular y en la pintura de las cavernas indias del siglo nueve.
El saber, estructurado en interminables carreteles de cinta magnética, ha
saturado sus células cerebrales y Skeets recita respuestas con la velocidad y
precisión de una computadora. Un problema subsiste, sin embargo: en esta era
sofisticada de meditación y liberación espiritual, Skeets quiere, todavía, ser
un cowboy.
«...la
superfamilia Apoidea, que comprende distintos insectos himenópteros, sociales y
solitarios. Obsérvese la Apis mellifera, la común abeja productora de miel,
industriosa y social. Este insecto vive en un enjambre constituido por tres
clases. La mayor parte del enjambre está formada por individuos neutros,
conocidos, generalmente, como obreras; recolectan el polen y construyen el
panal. La hembra es la llamada Reina; es la reproductora, la que pone los
huevos y sólo hay una por enjambre. El macho de la especie es el zángano y su
vida no es activa. La única función del zángano es...»
Obu
Itubi no presta atención a la voz del narrador. Ha bajado el volumen hasta que
el monótono y lento discurso se vuelve un desmayado murmullo como el lejano
zumbido de las abejas. Las últimas cintas de la fila memoria son narradas por
una computadora y el sonido adquiere una homogeneidad formal tal que hace que
la carne de Obu Itubi padezca. Una sensación desagradable, similar al dolor
fantasma que, en una edad anterior, sufrían los amputados en sus miembros
faltantes, puesto que Itubi ya no tiene carne.
Una
glorieta de crepusculares prímulas se arquea, delicadamente por encima de las
cabezas de los enamorados, y perfuma con suavidad la avanzada tarde. (Eran de
papel y polvorientas por el tiempo que estuvieron almacenadas entre otros
aderezos). Los oblicuos rayos de un sol de ámbar tiñen de oro los rasgos de la
bella y joven pareja. (El operador había dirigido, con malignidad, sus
poderosos focos directamente a los ojos de Vera.) Lejanos violines se mezclaban
con el trémulo nocturno de los ruiseñores, y de los grillos. (Los músicos
estaban borrachos y formulaban groseras consideraciones en relación con la vida
privada de la dama. El llamado del pájaro y los chirridos de los insectos eran
producidos por un hombre gordo y picado de viruelas que silbaba adentro de un
micrófono y frotaba dos varillas resinosas.) «Mi amada... mi bien...
canturreaba el gitano de oscuros ojos mientras que la ruborizada joven vibraba
y suspiraba (su aliento apestaba a ajo y ni siquiera una generosa aplicación de
goma arábiga impedía que su peluca se deslizara ligeramente hacia un costado)
«Ven conmigo a las montañas de Moravia, amor mío. Quiero llevarte al pequeño
pueblo donde nací» (El protagonista, que hablaba Checo con un fuerte acento
eslavo, había nacido realmente en Croacia). Inclinado hacia delante toma entre
sus manos la radiante cara de su amada y la besa en los labios, mientras el
violín gime y el poniente languidece, en una panorámica visión embadurnada con
dulce de frambuesa.
Skeets
Kalbfleischer es, también, una estrella de mala muerte. Una cinta compuesta por
antiguos informativos, recortes de periódicos y films de aprendizaje
hospitalario está guardada en el legajo-memoria dentro de la clasificación
general de Medicina, subdivisión Cirugía. Skeets la ha proyectado varias veces,
ajeno a la mórbida curiosidad que, una vez, incitó a los hombres a mirar debajo
de sus vendajes.
El
film es la historia de la primera cerebrotomía realizada con éxito en un
hombre. Cuenta la aventura de un muchacho de doce años, llamado Denton
Kalbfleischer, que volvía a su casa con sus padres, en Joliet, luego de esquiar
en unas vacaciones navideñas en Vail, Colorado. Mientras circundaban el O'Hare
Field en un vuelo de reconocimiento, antes de aterrizar, el avión fue, al
parecer, alcanzado por un rayo. En esa época aquel constituyó el peor desastre
de la historia de la aviación. Más de quinientas personas murieron y cayeron
despedazadas sobre East Cicero como una lluvia de meteoros. Cuando entre el
ulular de las sirenas, un bombero encontró el cuerpo fracturado de Skeets,
amontonado en una pila de despojos, se supuso que se trataba de un muchacho de la
vecindad, herido por los escombros. Sólo muchas horas después, durante una
verificación de rutina de las listas de pasajeros, se descubrió su verdadera
identidad.
Los
periódicos, por supuesto, tuvieron una jornada, activísima. Los titulares del
Banner proclamaron el Milagro de Navidad y, en un enjambre, los periodistas
descendieron como buitres sobre la casa de los Kalbfleischer, en Joliet, para
entrevistar a la mucama, a los vecinos, al cartero, al maestro de sexto grado
de Skeets, a quien fuere que tuviera la menor relación con ese valiente y
pecoso muchachito que peleaba por su vida en el quinto piso del Cook County
Hospital. Los padres de «Skeets», el doctor Harold Kalbfleischer y su esposa
habían muerto en el desastre, pero las películas que filmara la familia en las
vacaciones anteriores en Narragansett, Rhode Island, fueron proyectadas en
color por los principales canales de televisión. Skeets y su papá luchaban en
la playa. Los cameramen de los informativos, recorrieron en puntas de pie los
corredores del hospital, acecharon a desprevenidos pacientes para filmar
informaciones de primera mano y, en ocasiones, burlaron a los guardianes para
lograr el rodaje de algunos valiosos centímetros del pobre del pobre Skeets,
tan brutalmente destrozado que su cuerpo no podía tolerar la simple conexión de
una cama común de hospital, flotante sobre un almohadón de aire comprimido como
un momificado artista hindú que practicara la levitación. Aunque, en beneficio
de la prensa, el personal del hospital mantuvo un alegre optimismo, en privado,
los médicas de Skeets alentaban poca esperanza respecto de su recuperación.
Virtualmente todos los huesos principales estaban fracturados, los brazos y las
piernas destrozados, la espina dorsal quebrada y desconectada como un collar
roto; todos los órganos internos presentaban rupturas y hemorragias; fragmentos
de costilla punzaban ambos pulmones. Aun si se consideraban los recientes progresos
en el dominio de los trasplantes de órganos, los equipos de cirugía, a lo largo
del país, estaban de acuerdo en juzgarlo un caso desahuciado. Para salvar a
Skeets hubieran tenido que reconstruirlo desde sus despojos.
Una
película cinematográfica, al final del último rollo, hubiera hecho intervenir a
un joven y bello especialista que efectuaría una operación delicadísima y de
avanzada; final feliz: Skeets vive para jugar nuevamente al fútbol y el
triunfante cirujano se gana a la amorosa enfermera rubia de la noche con el
corazón de oro. La realidad es más prosaica. El programa de memo-tape corta y
prosigue con un antiguo video-tape del laboratorio médico, en el Centro
Espacial de Houston, Texas, donde el narrador mecánico presenta a un ingeniero
de la NASA, el doctor Frank E. Sayre, Junior. El Doctor Sayre tiene pelo ralo,
peinado hacia atrás y usa lentes bifocales. Durante los cinco últimos años ha
participado en una investigación específica que versa sobre el problema del
entorno espacial. El doctor Sayre sostiene que el cuerpo del hombre constituye
un obstáculo en una misión espacial. Debe ser aprovisionado con oxígeno,
protegido contra los bruscos cambios de temperatura y la radioactividad,
alimentado, sin olvidar la desagradable tarea de remoción de desperdicios. Todo
esto requiere un equipo complejo y pesado.
―El
peso es un elemento crítico para el éxito de estas misiones, ―dice el doctor
Sayre, mientras juega nerviosamente con la traba de su corbata―. Ahora bien,
siempre me ha parecido que afrontar todos estos gastos y problemas para adecuar
el cuerpo humano a un vuelo espacial es poner el carro adelante del caballo, si
es que me entienden.
El
doctor Sayre aclara su garganta y continúa con un blando y azucarado acento de
Tidelands.
―La
única parte esencial de un hombre, la parte que no puede ser duplicada
mecánicamente en una nave espacial, es su cerebro. El resto es, simplemente,
equipaje de más. Me aproximo al problema desde la perspectiva del ingeniero.
¿No sería maravilloso si pudiéramos encontrar la manera de integrar un cerebro
humano al sistema de control de un vehículo espacial y dejar toda la chatarra
en casa, en el congelador? De tal modo serían posibles pruebas espaciales de
largo alcance ―en el orden, por ejemplo, de un viaje a Plutón― en la
actualidad, hoy mismo, en lugar de cien años más adelante, como se predice
generalmente.
La
narración se reanuda, a esta altura, para explicar como el doctor Sayre se
había inspirado en el trabajo de un equipo de científicos rusos que logró, con
éxito, injertar la cabeza de un perro en el cuerpo de otro. Con técnicas
quirúrgicas similares, el doctor Sayre trabajó durante los años siguientes
removiendo cerebros de un zoológico entero de monos rhesus. Su equipo primitivo
progresó en refinamiento puesto que la beca de investigación concedida por el
gobierno aumentó y, en la época en que se hizo el film tenía amasado más de
medio millón de dólares en un solo rincón de su laboratorio. Aunque esta red de
tubos y circuitos parece azarosa y cómica si se la compara con los pulidos y
eficaces Depósitos en los que ha evolucionado, el mecanismo esencial sigue
siendo el mismo. En los días del doctor Sayre el dispositivo recordaba un
estanque para la cría de peces. En el film se lo ve en pose, junto a este
invento, con una amplia sonrisa. Adentro, en la solución electrolítica, flota
algo que parece una medusa rosado grisácea. Es el cerebro de George, un
orangután de nueve años de edad que, de acuerdo con la encefalografía, vivía
todavía dieciséis meses después de que el doctor Sayre condujera su gran cuerpo
peludo o rojizo al incinerador.
Una
llamada telefónica de un colega desde Chicago desvió la atención del doctor
Sayre hacia el caso de Denton Kalbfleischer. El muchacho estaba muy cerca de la
muerte y, como, al parecer, no quedaban parientes vivos que pudieran oponerse,
quizás el personal del hospital se prestara a intentar un experimento radical.
Se hicieron negociaciones al respecto y, esa misma tarde, el doctor Sayre y
todo su equipo fueron embarcados en un avión rumbo al norte. Veinticuatro horas
después George tenía un compañero en el estanque.
Se
comunicó a la prensa que Skeets había muerto y los periodistas se hicieron
presentes cuando su cuerpo fue enterrado en la parcela familiar. Fue un funeral
con el ataúd cerrado; la prensa oficial mencionó un uniforme de «boy-scout»
condecorado y un querido guante de fielder bajo las pálidas manos
entrecruzadas, pero eran mentiras destinadas a satisfacer el sentimentalismo
público. Después de la operación, el cuerpo fue introducido en una bolsa de
plástico negro y enviado a su postrer descanso con los tubos de la traqueotomía
todavía colocados y el cráneo abierto como una sopera de porcelana vacía.
Un
film en colores de la operación fue guardado secretamente en los archivos del
hospital para el esclarecimiento de los futuros cirujanos. Las imágenes del
afeitado cuero cabelludo cuando fuera deshollejado hacia adelante como si se
tratara de una gorra de baño y de las sierras quirúrgicas al abrir con limpieza
el cráneo son especialmente vividas, pero, desgraciadamente, un fragmento de la
película se había dañado en el momento en que una bomba aspirante levantaba el
intacto cerebro sin romper las meninges; cortes de otras operaciones
posteriores han debido empalmarse por lo tanto, en la cinta del legajo memoria.
Puesto que la técnica de aquellas ya era más sofisticada, ciertas concesiones
se impusieron y el narrador, cortésmente, se disculpa ante el público por el
ligero salto que se observa respecto a la precisión cronológica.
Después
de la operación el cerebro de Skeets permaneció de incógnito durante casi dos
años en el laboratorio de Houston del doctor Sayre, una masa de materia gris
solo distinguible de las otras que flotaban en el estanque por el número
adicional de circunvoluciones en su superficie convexa. La NASA dejó de
interesarse por el experimento, una vez se cortaron los fondos, a raíz de una
maniobra del Congreso con miras a las elecciones, el doctor Sayre mantuvo a los
cerebros a su alrededor como si fueran animalitos. Skeets habría estado
destinado a ese limbo para siempre, si un sobreexitado cazador no hubiera
confundido al calvo hombre de ciencia con un venado mientras observaba los
pájaros, muy temprano, una hermosa mañana. Después del funeral, su viuda tropezó
con un cuaderno de notas no publicado entre los papeles de su escritorio. Era
un informe del progreso diario del cerebro de Skeets después de la operación.
La señora Sayre supo instintivamente que ese era un documento que, no solo
salvaría de la oscuridad al tardío nombre de su esposo sino, también,
subvendría a su apreciada situación económica.
Cuando
estallaron las noticias, como una historia de primera página en Life, la
antigua revista ilustrada, la reacción del público fue inmediata. Jurados
compuestos por clérigos decidieron discutir la ética de dichas operaciones. La
asociación BAR designó una comisión especial par estudiar los derechos legales
de los morfocerebros. La AMA entró en acción al condenar la experimentación no
autorizada con pacientes de hospitales. A lo largo del país había cientos de
voluntarios para la cerebrotomía. Muchos de estos individuos quedaban
registrados para que sus cuerpos fueran congelados en oxígeno líquido después
de su muerte. Ahora bien, querían seguridades. Las empresas de pompas fúnebres,
entonces, modificaron sus comodidades y se lanzaron a la propaganda de los que
se convertirían rápidamente en primeros Depósitos del mundo.
En
cuanto a Skeets, Mrs. Sayre desechó una oferta muy elevada de un circo
ambulante y lo donó al John Hopkins, el alma mater de su esposo. Allí pasó los
veinticinco años siguientes como una curiosidad, un valioso espécimen que se
enmohecía en un laboratorio de una escuela de graduados, hasta que el progreso
de la tecnología, finalmente, logró el complejo mecanismo que lo puso
nuevamente en contacto con el mundo exterior. El histórico momento en el que
los técnicos del Laboratorio Bell pescaron a Skeets y lo colocaron en el
ingenioso Neurocomunicador del Dr. deHartzman fue televisado internacionalmente
y fragmentos del videotape conservado procuran un hermoso final a la exhibición
del legajo memoria. De acuerdo con la magnitud del acontecimiento, el presidente
de la universidad preparó un discurso que ostentaba la clara intención de
perdurar eternamente: «La humanidad, orgullosa, da la bienvenida al intrépido
viajero que regresa de lo ignoto.» Pero la historia no se deja engañar tan
fácilmente y es la respuesta de Skeets la que se recuerda y no las elocuentes
palabras del presidente. Se produjo una pausa de estática inminencia en el
sistema de altoparlantes, mientras el muchacho se acomodaba a sus cuerdas
vocales de computación eléctrica y luego, con suave monotonía mecánica,
preguntó: «A qué hora se sirve el desayuno?»
Y
así finaliza la cinta del legajo memoria número M 109-368. Documenta la primera
cerebrotomía del mundo de una manera entretenida, hasta educativa; pero omite
la parte más significativa de la increíble historia de Skeets Kalbfleischer. No
se mencionan los veinticinco años que Skeets permaneció solo en la oscuridad.
Ni una palabra que describa el explosivo holocausto en el cual se originaron
sus sueños; el instante de absoluto terror, cuando, desintegrado el avión en
una bola de fuego, fue arrancado de su cinturón de seguridad, su ropa y su
pelo, hasta el libro de historietas que leía, convertidos en una masa
incandescente por la explosión que lo lanzó por los aires, a través de cinco
kilómetros de cielo abierto, como una estrella fugaz. Era el comienzo de una
pesadilla que duró un cuarto de siglo.
Obu
Itubi es una abeja o casi una abeja, porque la cinta del legajo memoria
pertenece a una serie reciente que utiliza un rollo diferente para cada
sentido. Itubi puede oler el cálido y dulce polvo del polen; puede sentir el
contacto de sus atareados vecinos la coraza de piel de sus palpitantes
abdómenes. El zumbido de miles de transparentes alas se proyecta en los nervios
del auditorio. La suya es la perspectiva que tiene una abeja de la colmena: la
perfecta sucesión geométrica de las celdas hexagonales; el plano eslabonado del
panal; las paredes membranosas de cera. Su sensibilidad de escultor aprehende
la pura poesía del uso de los materiales, la armonía de la naturaleza, la más
refinada tecnología. Realmente hay aquí elegancia en la ingeniería, una sutileza
que tristemente falta en esta era de contemplación. Además, la unidad en su
totalidad es orgánica. Itubi experimenta un sentimiento de reverencia.
La
cinta avanza, Itubi participa alegremente en la bulliciosa y ordenada danza de
las obreras. Recoge el polen, produce miel y se une a las otras mil para
abanicar sus alas cuando el mediodía abrasa y evitar que las delicadas
estructuras de cera se derritan. Está orgulloso de sus seis patas, adherentes,
de la sensible antena, del potente aguijón. Se siente perdido y vacío cuando
finaliza la cinta y deja de ser una abeja.
Y
sin embargo, Itubi siempre ha disfrutado del final de la trasmisión. Primero
está la imagen (en este caso, el atareado enjambre de la Apis mellifera)
fluyendo en su conciencia como la luz del sol, después, al conjuro de la breve
orden del tablero telescrito, ésta desaparece y el universo entero del
pensamiento retrocede hasta convertirse en un punto del tamaño de la punta de
un alfiler en el lóbulo frontal. Revolotea durante un momento, es la llama de
un candil en la noche eterna, muy distante y serena. El parpadeo final casi
semeja una invitación: sígueme, sígueme... Itubi se pregunta cuántos hombres se
han demorado, al crepúsculo, al borde de un desolado páramo, para observar la
fugacísima luz del fuego fatuo. En esos instantes la liberación casi parece
posible. Pero en el preciso momento en que se libera el alma, el candil se
apaga y lo dejan a uno solo en la oscuridad.
Vera
Mitlovic está sumida en un país de ensueño hecho de celuloide: la diseñadora de
modas ha vuelto a su tablero de dibujo, una mirada de adiós aflora a sus ojos
violetas mientras el viejo film agoniza en un culminante trémolo de violines.
«Todo perdido», musita la descorporizada actriz y consulta en el Registro el
número de otra película: Esta vez no se trata de un film casual ―porque, en
general, Vera tiene la costumbre de elegir su diversión caprichosamente y al
azar―, sino del primero que rodara, en Viena, cuando tenía seis años. El gran
Klimpt dirigía y, aunque su papel fue secundario, las magníficas escenas de
baile siempre levantan su ánimo y ella no puede imaginar un antídoto más eficaz
contra la melancolía que su breve aparición con trenzas y delantal.
Encuentra
el correcto número del código para The Golden Epoch (La época de oro) y hace
funcionar el tablero telescrito. Para Vera, este invento es uno de los pocos
juguetes regocijantes en su mecánico universo sin espíritu. Hay que pensar en
un número y, como si se frotara una linterna mágica, en pocos segundos se
materializa una cinta del legajo memoria. Pero, cuando su deseo no se hace
realidad, Vera queda anonadada. ¿Puede haberse producido un desperfecto en el
Sistema? Repite el número, hace una pausa entre cada dígito de modo que no sea
posible el error. Nuevamente, nada sucede.
Es
alarmante. El Sistema del Depósito funciona automáticamente, aunque los
desperfectos no son desconocidos. Precisos procedimientos de emergencia y
ejercicios periódicos aseguran el estado de alerta de los residentes. Vera
estaba en el cine durante el ejercicio y ahora se encuentra sin recursos ante
la crisis actual.
El
diáfano clarín musical del Comunicador deHartzman es tan tranquilizador como el
oportunísimo toque de trompeta de la caballería cuando el tren ya se encuentra
rodeado por los turbulentos Sioux. Un silencioso viento barre la pradera.
―ATENCIÓN...
ATENCIÓN.
El
ánimo cambia. La voz mecánica tiene el infantil entusiasmo de robot de un disk
jockey radial.
―EL
CENTRO DE CONTROL INTERRUMPE TEMPORARIAMENTE VUESTROS PENSAMIENTOS PARA
COMUNICAR UNA ADVERTENCIA DE LA COMISIÓN INTERVENTORA... MANTÉNGASE ALERTA...
B-0486... YA HAN TRANSCURRIDO TRES DÍAS DESDE QUE PARTICIPO POR ÚLTIMA VEZ EN
EL EJERCICIO DE MEDITACIÓN DE LA MAÑANA O REGISTRO UN INFORME, ESTA ES UNA
VIOLACIÓN DE LAS SECCIONES A15 A16 y C9 DE LA REGLAMENTACIÓN NUMERO 35-095. DE
ACUERDO CON LA ORDEN DEL CENTRO DE CONTROL, DESCONECTAMOS SU LEGAJO MEMORIA DEL
CIRCUITO HASTA EL MOMENTO EN QUE SE ENCUENTRE DISPUESTA A CUMPLIR CON LAS
OBLIGACIONES DE SU CATEGORÍA. SEA CONSCIENTE DE SUS DEBERES
Final
de la trasmisión
Vera
Mitlovic está furiosa. Se trata de otra jugada, la obvia jugada de la máquina.
Recuerda el ta-te-tí. Los científicos del siglo veinte enseñaron a sus
primitivos Univacs a jugar este juego de infantes años antes de que fueran
capaces de estructurar complejas jugadas de ajedrez. ¡Y cómo les gustaba a la
viejas máquinas! Los tubos aspirantes relucen, zumban los rectificadores y
ostentan sus invencibles X a lo largo de la representación gráfica, ganadores
de todos los encuentros si se les concede el primer movimiento y, en todos los
otros casos, merecedores de nada menos que el empate. A Vera le agrada pensar
en el orgulloso Univac que derrotaba a los mejores científicos de la época en
un juego de niños, vencedor hasta que los matemáticos empujaban la clavija y
volvían a casa para el almuerzo.
Pero,
esta vez, la clavija ha sido empujada para el lado de Vera. Se siente tentada
de probar nuevamente el tablero telescrito, más resiste, pues no quiere darles
a esos cerdos a transistores de la Comisión Auditiva el placer de su
desesperación. Vera todavía tiene un orgullo feroz. No lo dejó sobre la mesa de
operaciones.
El
Auditor de Skeets Kalbfleischer es un morfocerebro de algún renombre, un
pionero de los astronautas, el miembro sobreviviente de la melancólica
Expedición Saturno y el único residente del nivel II nacido en el siglo veinte.
Philips
Quarrels conducía un Phantom F4 sobre el Delta del Mekong cuando ocurrió la
gran tragedia aérea de Chicago. El nombre de Denton Kalbfleischer nada
significaba para él; su interés en el accidente fue puramente aeronáutico.
Cuando el cerebro de Skeets ilustró la tapa de Life dos años más tarde,
Quarrels se estaba preparando para un futuro lanzamiento Apolo y leyó el
artículo sólo porque uno de los principales miembros de la NASA estaba
implicado. La ceremonia era cosa de chiflados, no del Programa Espacial.
El
Programa Espacial constituía la razón de la vida de Philip Quarrels. Había sido
piloto del módulo lunar en el último vuelo Apolo. Después trabajó en el
proyecto de la plataforma espacial y, como no era casado, Quarrels fue elegido
como el primer tripulante a largo plazo en la Estación Orbital Estadounidense
Endeavour. Pasó los quince años siguientes en el espacio, como una lanzadera
que iba y venía entre las tareas que se le asignaban en la plataforma y los
problemas de escritorio en la base lunar de Clavius.
Puesto
que era muy indiferente respecto de los acontecimientos terrestres, Quarrels
nada sabía sobre la indiferencia del público mundial ante el descenso en Marte
de 1985. La gente se había aburrido con las descripciones televisadas de la
luna y ya no satisfacían las películas de otro planeta muerto. La oceanografía
había reemplazado a la ecología en el gusto del auditorio; films de exploración
submarina aventajaban en un promedio del veinte por ciento, según los ratings,
a cualquier radioemisión del espacio. Al año siguiente, cuando la Expedición
Venus resultó perdida, el Congreso votó la restricción del presupuesto espacial
en un cincuenta por ciento.
En
1990, año en que Philip Quarrels debía retirarse, Skeets Kalbfleischer ocupó
por segunda vez los titulares de los diarios cuando el Dr. Tibor deHartzman
perfeccionó el primer neurocomunicador. La NASA, al poco tiempo, echó una nueva
mirada al trabajo de Frank E. Sayre Jr. Se anunció entonces una nueva y osada
misión a Júpiter y Saturno. El viaje duraría trescientos años, incluía la
vuelta. La tripulación estaría compuesta por morfocerebros. Se hizo una llamada
a los voluntarios, hombres con larga experiencia espacial y sin familia. La
edad no constituía un obstáculo. Aun los astronautas retirados eran alentados a
presentarse. Eventualmente, fue seleccionada una tripulación de cinco hombres.
El Capitán Philip Quarrels fue nombrado Oficial Ejecutivo.
Un
astronauta del siglo veinte representa un héroe que Skeets Kalbfleischer puede
admirar y, en verdad, está muy impresionado con su Auditor. Skeets también
significa mucho para Quarrels. Cincuenta años de trabajo duro. Cada Auditor se
ocupa de un contingente de diez residentes del nivel inferior y, a su vez, es
supervisado por un residente del nivel superior. La promoción se logra con
Entendimiento y Comprensión. Un Auditor supervisa a otro; se elevan informes a
la Comisión; el Centro de Control establece las jerarquías.
La
carrera de Quarrels en la aviación lo ha habituado a moverse entre rangos
jerárquicos. Está ansioso por ser promovido pues, inconscientemente, relaciona
la promoción con ascenso. Su Auditor trabaja en el problema. Si uno lleva a los
otros a la Comprensión, incrementa su propio entendimiento.
Skeets
Kalbfleischer está preparando un informe para la Comisión. Pasa dos veces la
memo-tape de su sueño y redacta aquellos fragmentos que parecen no tener
importancia. A pesar de lo mucho que disfruta de su largo y asombroso paseo en
la góndola, o su propia y erótica versión de Sleeping Beauty (La Bella
Durmiente), donde despierta a la princesa con algo mucho más enfático que un
beso, borra estas fantasías de la cinta sin vacilar. Skeets sólo está
interesado en sus pesadillas.
Su
peculiar horror nocturno no constituye nada nuevo. Skeets lo ha padecido muchas
veces en el pasado, pero, en función de su brevedad, nunca intentó su análisis
para la Comisión Auditora. No es que sea muy difícil rastrear los orígenes del
sueño; aun después de un lapso de cincuenta años, Skeets puede enumerar las
cintas del legajo memoria que constituyen la fuente material de su terror.
Las
contempló por primera vez durante sus estudios de Arte Oriental. La primera la
proyectó por error, pues pensaba que vería una danza ritual de Camboya. Su
título, «La Ceremonia del Mono Luna», inducía a equivocarse. La cinta, en
realidad, concierne a un banquete de ceremonia, propio de las regiones altas de
Laos y Camboya. En primer término, una mesa de piedra lisa, de varias pulgadas
de espesor, con una perfecta abertura circular en el centro es llevada a la
sala del banquete. Los invitados se sientan, arreglan sus vestiduras y se
inclinan con corteses modales. Momentos después, suena un gong de bronce y los
sirvientes traen a un mono vivo, los miembros atados en actitud de plegaria. El
mono es colocado abajo de la mesa de piedra con la parte superior de su cabeza
sobresaliendo a través de la abertura central. Los sirvientes finalizan sus
arreglos y proveen a cada invitado con una larga cuchara de plata. Cuando todo
está dispuesto, el anfitrión hace una breve señal y su mayordomo desenvaina una
espada corta, reluciente y de doble filo; entonces, inclinado hacia adelante,
rebana la parte superior del cráneo del mono, tan fácilmente como si abriera un
huevo pasado por agua. Un parloteo incomprensible no cesa abajo de la mesa
mientras los comensales, uno por vez, prueban el cerebro del mono. Hay
suficiente para que cada uno tenga su parte. Felices sonrisas en torno de la
mesa atestiguan la excelencia del plato. El anfitrión bate las manos y ordena,
en voz alta, la sopa.
La
segunda cinta que Skeets proyectó deliberadamente, después de buscar en el
Registro la correcta clave del código, exasperó su curiosidad. Descubrió una
variación china de la misma excentricidad culinaria. Varía el arreglo de la
mesa: junto a cada juego de palillos hay un pequeño mazo de oro. El mono es
traído a la mesa, encerrado en una jaula, y circula entre los comensales
quienes, entre los barrotes, asestan al agachado animal un discreto golpe con
el mazo. La jaula da muchas vueltas y, dado que los golpes nunca son lo
suficientemente fuertes como para aturdirlo, el mono no cesa de quejarse con
agudos gemidos que divierten muchísimo a los dignos caballeros orientales.
Finalmente,
la cosa termina. El ofuscado mono es sacado de la jaula, un filoso cuchillo
arranca su cuero cabelludo y el destrozado cráneo, vaciado fragmento por
fragmento, recuerda a Skeets su propio manipuleo de los huevos duros.
Esta
semejanza con las diferentes formas de comer huevos perturba a Skeets. Recuerda
que su madre se los servía con el desayuno, colocados en pequeñas hueveras de
colores. Entonces, él hundía trozos de tostada enmantecada en la yema y comía
la clara con su cuchara de niño. Cuando terminaba, la cáscara vacía lucía
limpia y blanquecina, como un cráneo. Skeets menciona todo esto en su informe,
como preludio a su sueño.
El
sueño, en sí mismo, es muy simple. Skeets mira a través de su registrador.
Observa que un Amco-pak de mantenimiento se aproxima por el pasillo y
silenciosamente se desliza frente a la pálida fachada azul del Depósito. La
máquina se detiene junto a su gaveta y vacía su recipiente craneano sin decir
una palabra. De alguna manera, Skeets puede ver a través del registrador
mientras que el Amco-pak lo traslada fuera del Sector hacia una región
totalmente desconocida.
Se
abren dos puertas de acero inoxidable y Skeets es introducido en una amplia
cámara y colocado en una mesa festiva frente a doce alegres convidados, todos
ellos se parecen a Humpty Dumpty. ¡Hablan en chino! El Amco pak abre la tapa
del recipiente craneano y, sin que medie otra ceremonia, las bizarras figuras
proceden a hundir tajadas de tostada enmantecada en el lóbulo frontal de
Skeets. «Yum-yum», gritan, en dialecto de Nankín. Skeets observa todo hasta que
sólo queda de él unas pocas migas de materia gris que flotan en la oleosa
superficie de la solución electrolítica. Ha tenido este sueño por lo menos una
vez por semana durante los últimos cincuenta años.
II -
CRISÁLIDA
Los
pasillos están silenciosos. Sólo los más resueltos residentes sintonizan,
todavía, sus registradores y esperan pacientemente que algo suceda. Corre la
voz de que algunos de los Sectores Avanzados no utilizan ni registradores ni
comunicadores (cegados por su propio satori, dicen). En el subdistrito, ese
aislamiento total sería inconcebible. La mayoría de los residentes están
satisfechos con los vacíos pasillos. Pero se sentirían perdidos sin las
rechonchas y plomizas unidades de energía y el trío compañero de los
Comunicadores deHartzman, con sus relucientes antenas superiores y los tubos
detectores de multifrecuencia, parpadeantes como boyas.
En
el Pasillo B, Obu Itubi consulta el index del legajo memoria, busca cintas
recientes sobre arañas. Está interesado en la dinámica de la construcción de la
tela y anticipa los placeres de hilar la seda y urdir intrincados diseños. El
tono admonitorio del Comunicador deHartzman interrumpe su tranquilo estudio.
―ATENCIÓN
HAY UNA COMUNICACIÓN DE IMPORTANCIA PROVENIENTE DEL CENTRO DE CONTROL… TODOS
LOS CIRCUITOS SE ABRIRÁN AUTOMÁTICAMENTE EN DIEZ SEGUNDOS PERMANECER ALERTA.
Itubi
piensa en las trompetas de los heraldos; diez segundos para adoptar la actitud
espiritual correspondiente; el atento acólito espera la señal.
―BIP,
BIP...
―Hola.
―BUEN
DÍA, B-0489, ESPERAMOS QUE HAYA PASADO UNA NOCHE SERENA Y QUE TODOS SUS
PENSAMIENTOS SE ENCUENTREN EN ARMONÍA.
―Todo
está como podría desearlo.
―BIEN.
NOS COMUNICAMOS CON USTED, B-0489, PARA ANUNCIARLE QUE SU ACTUAL AUDITOR HA
SIDO ELEVADO EN 64 GRADOS DE COMPRENSIÓN Y TRANSFERIDO AL NIVEL III. ESTAMOS
SEGUROS DE QUE CELEBRARA USTED SU ÉXITO CON ALEGRÍA.
―El
Hombre Sabio aprende el Camino pues sigue la huella de los que lo han
transitado antes.
―SI,
PERO EL HOMBRE SABIO TAMBIÉN RECUERDA QUE SOLO EXISTE PARA ÉL UNA SENDA QUE ES
LA VERDADERA. LA ADMIRACIÓN POR LOS OTROS NUNCA INDUCE AL HOMBRE SABIO A TOMAR
UN DESVÍO ERRADO. B-0489, SE LE HA ASIGNADO UN NUEVO AUDITOR. ESTE HA ESTUDIADO
SUS CINTAS DURANTE VARIAS SEMANAS, Y EN LUGAR DE PERDER EL TIEMPO CON MAS
FORMALIDADES LO CONECTAREMOS CON EL INMEDIATAMENTE.
―Lo
saludo, B-0489, antes de comenzar, ¿quiere usted preguntar algo?
―El
necio habla, el Hombre Sabio escucha.
―Muy
verdadero, B-0489, por lo tanto, si escucha, ahora, simplificaré las
presentaciones. Mis cintas están registradas en el legajo memoria, clave del
código Y41-AK9 (397-00-55). Lo invito a que las investigue en cualquier
momento. Eso ahorrará todas las obligaciones sociales.
―Sí.
―Entonces,
vayamos al grano. Si está de acuerdo con ello, mantendremos el mismo programa
que tenía usted antes. Mi predecesor ponía en práctica una comunicación poco
frecuente...
―Para
permitir el estudio independiente y alentar...
―Abandonaremos
esa práctica. El programa de la Comisión Auditora será seguido al pie de la
letra. Las sesiones comienzan rápidamente. Cualquier lapso en blanco implicará
tareas adicionales. ¿Comprende?
―Sí.
―Bien.
Antes de que finalicemos la trasmisión quisiera aclarar algunos puntos con
usted. En primer lugar advierto que ha estado usted proyectando cintas del
legajo memoria de manera azarosa. No existe una lógica para sus selecciones. No
parece usted seguir un modelo corriente de estudio. Hace seis meses pasaba
usted las horas escuchando música; en el último tiempo sólo se ha preocupado
por la proyección de cintas sobre el comportamiento de los insectos. ¿Existe
alguna razón para ello?
―El
Hombre Sabio se esfuerza por mantenerse en actitud de apertura, y...
―¡Puede
usted ahorrarse la metáfora! No me interesa escuchar sus inteligentes
explicaciones. Quiero que sepa que no se tolerará ya una conducta casual. El
legajo memoria no es un frívolo juego destinado a su entretenimiento personal.
Olvida usted, B-0489, que ya no es un artista famoso. Todo eso se ha ido para
siempre. Usted es, simplemente, un morfocerebro alineado en el más bajo nivel
del Depósito del Sistema. Aprenda a funcionar dentro del Sistema. Una de las
obligaciones de su categoría es obedecer fielmente a las reglamentaciones
sociales. No es posible que uno espere desprenderse de las ilusiones de la
identidad sin aceptar, primero, la responsabilidad de la sociedad.
―Gracias
por recordármelo. El Viajero de lo Desconocido pierde, con frecuencia, el
camino.
―B-0489,
lo felicito por su presunción. Indudablemente impresiona con ella al Centro de
Control y las autoridades le dispensan, por eso mismo, su favor. Pero permítame
recordarle que estoy familiarizado con sus cintas. Por lo tanto, no malgaste
sus melosas palabras. Nuestra primera cita está programada para mañana en
00-19. Confío en que disponga de tiempo suficiente para ordenar sus
pensamientos. Trate de ser puntual.
Fin
de la trasmisión.
CLICK.
Vera
Mitlovic odia estar sola. Aun cuando era una jovencita, hace muchos siglos,
detestaba los paseos sin rumbo bajo la lluvia o las tardes pasadas en
silenciosos museos, o cualquiera de los otros placeres solitarios para los
cuales está dispuesta, tradicionalmente, la juventud romántica. Anhelaba una
audiencia permanente. Rodeada por constantes admiradores, Vera era espléndida,
asombraba y encantaba; sin su personaje, en la soledad, se sentía perdida y
temerosa, como un confundido camaleón incapaz de volver a su tinte original.
Contemplaba a una extraña en el espejo del ropero, los ojos que le devolvía la
imagen no le procuraban su clave y brillaban con el falso destello de las
joyas.
Por
lo tanto, Vera representaba distintos papeles, ante la cámara y lejos de ella,
para una sucesión de amigos fortuitos, amantes casuales e innumerables maridos.
Los guiones se los proporcionaba el momento. Como joven estrella en Praga, fue
una entusiasta artista socialista, brillante, leída y obstinada. Se convirtió
en efímera patriota la noche del Festival Cinematográfico de Cannes cuando se
levantó de su asiento para denunciar la intervención rusa y llenó de lágrimas
los ojos de todos los presentes, inclusive los del productor francés que, media
hora antes, le había ofrecido un lucrativo contrato de cinco años si, en
desmedro de su ideología, realizaba la heroica acción. Durante diez años, reina
sexy del Continente, fue fotografiada, con frecuencia, vestida tan sólo con un
visón de color pastel, usó un Rolls de diferente color cada día de la semana y,
una vez que le preguntaron acerca de diamantes, dijo, naturalmente, que
prefería los grandes. Cuando cumplió los cuarenta y su voz se hizo una octava
más baja, abandonó el cine por el teatro, fue Medea en Epidaurus y Lady Macbeth
en Stratford, se convirtió en la favorita de la homosexual compañía e intentó
el suicidio en dos oportunidades con un éxito apenas moderado. En la época en
que su pelo encaneció se había acomodado en la sociedad internacional. A los
cincuenta y cinco se casó con un decrépito noble italiano que respondió a su
resistente ferocidad sexual con un abrupto infarto antes de que pasaran los
seis primeros días de la luna de miel. El papel principal de Vera fue el de
majestuosa viuda. El escudo de los Medici, conseguido en una casa de empeño,
coronaba la entrada a su palazzo, junto al Arno. Tenía una villa en Fiesole
donde hospedaba a su colección de animales exóticos y dejaba perplejos a los complacientes
florentinos cuando se pavoneaba debajo de la arcada de la Piazza de la
República, con dos negros de peluca que sostenían su cola de brocado, un
mandril atado a una trailla de oro, un ocelote a otra, y su escandalosa
comitiva parloteando a su lado en una variedad de lenguas.
A
medida que Vera se hacía mayor, su temor a la soledad se convirtió en manía. Su
casa desbordaba de invitados. El joven del momento siempre estaba allí para
bajar las sábanas a la noche. Como el Rey Sol, empleó a sirvientes especiales
que la asistían mientras se sentaba en un inodoro forrado de piel. Los
secretarios planeaban su día para impedir cualquier probabilidad de privacidad.
La muerte, por supuesto, continuaba siendo la última de las soledades, y el
grueso de la fortuna ducal fue invertido en la prevención de esa eventualidad.
Hubo viajes a Suiza para tratamientos de rejuvenecimiento con inyecciones de
glándulas de mono. Los cosmetólogos plancharon las arrugas, insertaron
siliconas en los caídos senos y recogieron sucesivas papadas desde atrás de las
orejas, cuando falló un corazón, un equipo de cirujanos se precipitó a
reemplazarlo por otro. Las venas inservibles fueron reforzadas con tuberías de
plástico. Una mano con gangrena hubo de ser amputada y su réplica mecánica de
plata de VanCleef y Arpéis desencadenó una moda, en virtud de la cual, miles de
mujeres a lo largo del mundo clamaban por la amputación.
Cuando
el segundo milenio contaba ya treinta años, Vera celebró su centésimo
cumpleaños, un milagro de plomería de órganos transplantados y miembros
artificiales. Ese día, encantó a sus huéspedes al comer un trozo de torta y
beber tres copas de champaña. Durante quince años, Vera fue alimentada por vía
intravenosa, después de que un avanzado cáncer exigiera la extracción del
tracto intestinal en su totalidad. Posteriores cirujanos insertaron un
funcionalísimo recipiente de látex que se vaciaba con una válvula por el
ombligo y que se lavaba una vez por mes con detergente líquido. «Ahora puedo
comer y no engordar nunca», le contó riendo a su acompañante mientras la
orquesta comenzaba otro tango. Bailar no constituía problema para Vera. Sus
articulaciones inutilizadas por la artritis habían sido suplantadas, hacía ya
mucho, por eficaces bisagras de nylon que se autolubricaban. Era flexible como
una adolescente.
Vera
creía ya que viviría para siempre; que la vida seguiría sin fin. En verdad,
había durado bastante. Sus pulmones todavía estaban ilesos, más, aunque
caducaran, se había inventado un ingenioso oxigenador a batería que sería
masivamente producido por la misma firma sudafricana que había lanzado al
mercado el primer riñón mecánico transportable. Era tranquilizador saber que no
faltaban las piezas de sustitución.
También,
la suerte parecía serle propicia a Vera. Cuando se produjo la Guerra
Termonuclear de Media Hora de 1996 y resultaron atomizadas las ciudades
principales en Norteamérica y Asia, la tierra, además, quedó cercada por las
nubes radioactivas que redujeron las poblaciones de Europa y el Cercano Oriente
en dos tercios, pero Vera se encontraba a salvo en Santiago de Chile, en un
viaje alrededor del mundo. Aun el caos financiero que sobrevino después no la
afectó en absoluto. El dinero de Vera estaba invertido en América del Sur y en
África y pudo contemplar cómo se triplicaba cuando estos continentes lograron
el dominio del mundo, en la primera década del siglo veintiuno. A largo plazo,
Vera sentía que la guerra había sido muy benigna. En verdad, Europa lucía mucho
mejor ahora que no estaba tan llena de gente; ya no había turistas
norteamericanos obstaculizando las calles. Y los destellos de los viejos
edificios en la oscuridad eran realmente románticos. La ola de bebés con dos
cabezas constituyó, por cierto, una desgracia, pero el Cuerpo de Eutanasia de
las Naciones Unidas (SEUN) eliminó rápidamente el problema y la posibilidad de
engendrar monstruos se convirtió en buen incentivo para el control de la
natalidad. En todo sentido, el mundo había mejorado mucho, era un bello lugar
para vivir siempre.
Sin
embargo los planes de Vera para la vida eterna se vieron perturbados una
mañana, cuando su médico efectuó el examen semanal. La salud de Vera era
excelente. Su cuerpo podría ser mantenido mecánicamente durante infinito
tiempo. El problema, a pesar de todo, consistía en que la anciana se acercaba
rápidamente a la senilidad. Era, en verdad, una lástima, porque los recientes
progresos en endocrinología geriátrica eventualmente podían eliminar el
obstáculo. Pero el tratamiento debería haber comenzado en la madurez. Sólo si
tuviera cincuenta años menos. Una verdadera lástima, la impotencia ante el
deterioro mental. Por supuesto, quedaba una alternativa, quizás algo drástica,
pero... «Lo que sea», suplicó Vera. El médico recomendó la cerebrotomía.
Situada
en el interior de la complejidad del Centro de Control, verdadero laberinto de
microcircuitos, conductores, trasmisores de instrucciones, llaves reguladoras y
transistores, que se extiende casi un kilómetro cuadrado en el núcleo del
Sistema de Depósito, una serie especial de bancos computadores (comúnmente
asignados a la regulación de un subdistrito entero) estudia el problema de
Skeets Kalbfleischer. En función de su importancia simbólica, resulta
intolerable que Skeets resida todavía en el nivel más bajo del Sistema.
Análisis recientes demuestran que la Elevación humana del morfocerebro original
tendrá excelentes resultados espirituales. La Ascensión de Jesucristo y la
Iluminación de Siddharta Gautama son mencionadas como acontecimientos trascendentales
de dimensión comparable.
Skeets
no es rebelde. Durante doscientos setenta años se ha dedicado diligentemente a
todo estudio que proyectara para él el Centro de Control. Participa con
constancia en el ejercicio de meditación, cada mañana. No se ha atrasado en un
solo informe desde hace aproximadamente un siglo. Pero, a pesar de su ejemplar
conducta, Skeets, en su registro en la Escala del Ego, no supera el 100 cada
vez que se efectúa un diagnóstico. En un nivel profundo del subconsciente,
Skeets prefiere cabalgar y esgrimir un revólver al ayuno, la contemplación del
propio ombligo al caminar sobre las aguas. En lo que a él se refiere, el karma
de un hombre es el dharma de otro.
Obu
Itubi recuerda la abeja: un millón de idénticas larvas se convierten en
crisálidas dentro de la intimidad de sus celdas de cera, un millón de sueños
idénticos. Todas comparten un destino común, todas menos una docena
aproximadamente, seleccionadas al azar por las obreras a cargo de las celdas
criaderos. Estas pocas afortunadas son fortificadas con una infusión de Jalea
Real, extracto que transforma a una larva ordinaria en Reina. Una sola gota
basta. Realeza instantánea. Y la nueva Reina es sabia y conoce los métodos de
la monarquía desde el momento de su nacimiento. Su primer acto oficial es el
asesinato político. Aun antes de que sus alas se hayan enjugado, la nueva Reina
del criadero busca las celdas de las potenciales rivales y, rápidamente, las mata
con su aguijón mientras aquellas flotan en el sueño del embrión.
Un
pensamiento dulce: Obu Itubi quisiera ser elegido del mismo modo. Imagina un
Amco-pak Mark X que añade un elixir mágico a la solución electrolítica en su
recipiente craneano y su subsiguiente emergencia del Depósito en calidad de
rey, todopoderoso y absoluto. Rondaría por los pasillos hasta encontrar la
gaveta que contiene a su nuevo Auditor. Dejemos que el bastardo goce de su
superioridad espiritual mientras tiene la oportunidad de hacerlo, piensa Itubi.
Mi triunfo será completo cuando pinche la santidad de sus sueños a computadora
y lo ensarte en la punta de mi envenenada espada. Una última y oportuna lección
sobre la Ilusión de la Identidad.
Un
Calculador Magnético Unistat, serie 3000, asignado a la División Censo del
Centro de Control, ha descubierto un error tan increíble que la máquina
sospecha la existencia de un cortocicuito y se presenta para una revisación y
una verificación de sus partes. Pero Mantenimiento y Reparación no encuentran
falla alguna y una nueva investigación de la División Censo comprueba,
nuevamente, los descubrimientos del Unistat: un residente del Nivel I (el más
bajo del Sistema) ha sido mal registrado.
Durante
un primer momento, parece que este alarmante descubrimiento necesita una
revisación del sistema entero de censo. Cualquier error de cálculo es
considerado como un error inexcusable por el Centro de Control y, por lo tanto,
inmediatamente se cursa una orden para que el Unistat serie 3000 se retire de
servicio. La contenciosa serie 4000 A, que ha languidecido en los armarios
durante setenta y cinco años es urgida a la producción.
La
causa indirecta de todo este tumulto es Skeets Kalbfleischer. Según la opinión
de su Auditor, el fracaso de Skeets para progresar espiritualmente es el
resultado de estar atrapado en la Eterna adolescencia. Sus fantasías son
puramente masturbatorias. Sus fobias, el resultado de su pubertad. En síntesis,
el muchacho necesita acostarse con alguien.
Skeets,
por supuesto, ya ha experimentado el orgasmo. El mismo puede ser inducido
electrónicamente en el recipiente craneano con una vuelta de llave. Electrodos
especiales son conectados directamente con terminaciones nerviosas específicas;
un residente sólo tiene que sintonizar la clave del código correspondiente en
su tablero telescrito. La tecnología ha superado a la naturaleza; un orgasmo
biológico dura unos pocos segundos; su versión electrónica continúa hasta que
la corriente es desconectada.
De
acuerdo con el consejo de Philip Quarrels, Skeets resiste una duración del
clímax de tres días. Es decir, un tratamiento de shock para satisfacer las
voraces demandas sexuales de su mente adolescente. El experimento fracasa.
Skeets disfruta con las cintas pornográficas del legajo memoria, no obstante,
en honor a la verdad, todo queda en el nivel del sueño. La espontaneidad y la
imaginación son preferibles a kilómetros enteros de larga distancia.
Pero
la Comisión Auditora es intrépida. Obviamente, la mera sensación no es una
repuesta. Lo que el muchacho necesita es verdadera experiencia, su propia y
privada aventura amorosa. Asunto fácil de resolver. Una fusión de memoria
ambivalente sólo requiere las conexiones más simples, nada semejante al
múltiple complejo de circuitos que se necesita para una experiencia de grupo
más sofisticada El único problema consiste en localizar a la compañera
conveniente. Se le solicita a la División Censo que encuentre una residente
mujer, nacida a mediados del siglo veinte, que haya tenido relaciones sexuales
con un muchacho de doce años.
El
siglo veinte tiene la población más reducida en el Sistema de Depósito y en
menos de una hora una Unistad 3000 recorre todas las cintas femeninas. Los
cálculos procuran una cifra de unas cincuenta mujeres que se han solazado con
muchachos muertos hace ya mucho. Tres son maestras de escuela que siglos ha
sedujeron a precoces estudiantes en guardarropas o debajo de escritorios.
Ninguna de ellas servirá. Todas se encontraban en la madurez (algunas cerca de
los sesenta) cuando desarrollaron una afición por los prepúberes y se teme que
la diferencia de edades pudiera resultar demasiado traumatizante para Skeets.
Con el propósito de satisfacer a los Auditores, la compañera mujer tiene que
tener alrededor de la misma edad que el muchacho; una entusiasta virgen con
senos no desarrollados y delgadas y atléticas caderas, madurada con nada más
fuerte que un amor infantil. La Unistat 3000 acciona nuevamente y procura un
análisis. La División Censo recomienda una mujer de comienzos del siglo
veintiuno; la incrementada población del Depósito permite una elección más
holgada y, en función de las liberales costumbres de la época, una jovencita de
doce años sin experiencia sexual es una rareza, Nuevamente, los Auditores dicen
que no. La diferencia en el tiempo es demasiado grande; las memorias son
proclives al disparate y el resultado podría ser más semejante a la fantasía
que la realidad. Lo que Skeets necesita es una fuerte dosis de realidad.
La
Comisión Auditora es insistente. El caso Kalbfleischer tiene prioridad. El
Centro de Control sustenta el proyecto y el examen metódico de toda probable
solución es alentado oficialmente. Se le sugiere al Coordinador Unitast Deltron
(una máquina cuya peculiar carencia de sentido del humor y fanática
preocupación por el detalle la convierten en el Director de Censo más eficiente
en más de un siglo) que una verificación cruzada con las cintas de la otra
división podría resultar positiva. La Unistat se lanza inmediatamente al
trabajo y cinco horas después, cuando recorre una rutinaria masa de viejos
informes para la Comisión, una Serie 3000 hace el asombroso descubrimiento.
Avanzado el siglo veintidós, cuando los últimos depósitos privados fueron
incorporados, el cerebro de una actriz cinematográfica de mediados del siglo
veinte fue, casualmente, mal registrado.
Para
despistar a la Comisión Auditora, en caso de que estuvieran vigilando su
tablero telescrito, Obu Itubi propone un plan de estudio juntamente con su
nuevo arsenal de pedidos del legajo memoria. El plan incluye una elaborada
apología de su desgraciada filantropía a la vez que la resolución de superar un
prejuicio básico, respecto de las máquinas. Como parte de su proyecto para
lograr tolerancia y comprensión, Itubi solicita los planos completos y
diagramas de las conexiones de las series Amco-pak por encima del Mark V. Si
llega a ser posible que aprenda a apreciar la complejidad de una simple máquina
como el Amco-pak, Itubi está seguro de que, en poco tiempo, desbordará de
admiración por sus superiores cibernéticos.
Memoria
fusión ha disgustado siempre a Vera Mitlovic. Hay algo repulsivo en la mezcla
de la mecánica y los sentimientos. Vera recuerda a ciertos amantes babosos
(puñados de cenizas en solitarias urnas de mármol), insoportablemente
románticos que interpretaban unos pocos minutos de placentera fricción y la
descarga de una cucharada de semen como un acontecimiento de orden cósmico, una
unión de almas. ¿Cómo pudo aguantar a semejantes tontos? En la flor de su
juventud, Vera fue una consumada atleta sexual y si gemía durante el orgasmo no
era, por cierto, en celebración de primigenias deidades paganas. No rendía
homenaje alguno a los oscuros dioses de la sangre. Lo que había conmovido a
Vera era la técnica y la innovación. Prefería la diestra aplicación del vibrador
y aparejos mecánicos a las atenciones de cualquier hombre que experimentara a
su pene como una extensión del Infinito. En realidad, de todos los jóvenes
galanes que accedieron a su dressoir con costosos ramos de flores y corteses
adulaciones, el que recordaba con más nitidez era un conde de ojos zarcos que
azotó sus desnudos senos con su ofrenda de rosas de cabos largos.
De
tal modo, si Vera recibe las noticias de su inminente memoria-fusión con algo
menor a la elevación, es porque está satisfecha con el pasado tal como lo
viviera. ¿Qué necesidad tiene de una metafísica aventura amorosa? Sus propias
rememoraciones son lo suficientemente eróticas (el beso punzante de las
espinas, la juguetona costumbre de su segundo esposo de compartirla con su gran
danés), y si desea satisfacción inmediata, puede sintonizar un orgasmo en
cualquier momento, durante la noche o el día.
Skeets
Kalbfleischer se prepara para su primera cita. Siglos antes, cuando tenía
todavía pelo para peinar y dientes para cepillar, hubiera aplacado sus nervios
frente al espejo del baño, aplastando su copete con agua y gomina, puliendo su
sonrisa y perfumando con mentol su aliento. Hubiera habido difíciles nudos de
corbata para hacer y deshacer, hasta que los extremos cayeran exactamente en la
misma línea; los zapatos hubieran sido lustrados interminablemente; las uñas
limpias; los pantalones planchados, un millón de detalles triviales que harían
pasar más rápido el tiempo. Pero solo en la eternidad de su recipiente
craneano, Skeets carece de axilas para desodorizar o de acné para ocultar. Está
atrapado, como los Titanes en el Tártaro, en un mundo donde el tiempo ha dejado
de existir.
El
heliógrafo acerca de la serie Amco-pak llega sin dificultad. Itubi está
satisfecho. La Comisión Auditora debe de estar saboreando su contricción. Otra
alma salvada. Anotar un punto más para la tecnología. En algún lugar una
calculadora desconocida, añade su nombre a la lista, una cifra entre cifras.
Itubi no se preocupa. Dejemos que los Auditores disfruten de su falso triunfo;
lo que él quiere es el heliógrafo.
Son
planos exactamente detallados, tridimensionalmente en la cinta del legajo
memoria. Los diagramas y dibujos en escala casi parecen flotar en la conciencia
de Itubi, como modelos hilados con el mejor cable brillante, una telaraña
diseñada por un ingeniero electricista. Itubi se encuentra capacitado para ver
los planos omnilateralmente; puede estudiarlos desde cualquier ángulo; desde
arriba, a lo largo de los lados, desde abajo. Su temprano entrenamiento como
mecánico (una parte de su adolescencia que siempre lo agraviara) le presta
ahora un valioso servicio. Las complejidades del Amco-pak son fácilmente
descifradas. En menos de una hora, Itubi ha memorizado los planos.
¿Kalbfleischer?
¿Kalbfleischer? ¿Qué clase de nombre es ése? Vera Mitlovic está segura de que
es judío. Un rico judío norteamericano. Intentaban humillarla. Una vez, antes,
aconsejada por su Auditor, padeció no una fusión, sino una simple transferencia
mnemónica. Se había pensado que la maternidad sería una experiencia benéfica
para Vera (todos sus matrimonios y aventuras fueron estériles) y, por lo tanto
sufrió el trance, previamente grabado, del nacimiento. Vera hizo un trabajo de
parto de alrededor de treinta horas, la expulsión fue una pesadilla de fórceps
y torniquetes. Como instrumentos de tortura ni siquiera los cepos y ruedas de
la Inquisición podrían competir con esa espantosa mesa de diabólicas correas y
estribos. Ahora sumaban el insulto a la injuria preparando esta fusión con un
judío. De algún modo, sin embargo, Vera perseverará. Ha visto cosas peores.
Podría ser, quizás, una novedad divertida, como un chino o un negro. En verdad,
será mejor que la soledad.
Obu
Itubi está preparado, finalmente. Ha llegado el momento de la acción. Sin
finalizar su transmisión original, simultáneamente solicita tres azarosos
pedidos del legajo memoria. La luz de alerta se prende y se apaga. Itubi la
ignora y activa su antena comunicadora. La luz parpadea más rápido, ahora.
Itubi abre todos los circuitos. El Centro de Memo-Tape conecta, un distante
zumbido en sus tripas: los carreteles giran, el sustentador marca lleno, el
relevador magnético se enciende, el foto-oscilador se acerca al punto de
peligro. La luz de alerta se desvanece puesto que el sistema entero funciona e
Itubi está vivo, vivo...
Como
el manager de un campeón en el ring-side, el Auditor Philip Quarrels,
rápidamente, le da a Skeets los consejos de último momento. Le advierte al
muchacho acerca de la efímera naturaleza de la memoria-fusión inducida. Aunque
el fenómeno, en muchos sentidos, semeja un sueño, se registra en la conciencia
como efectiva experiencia. Un proceso sublime, concluye el Auditor, una unión
de los espíritus más allá de las más osadas especulaciones de todos los poetas
de la historia. Después del milagro de la cerebrotomía, es éste el más fabuloso
presente que la tecnología ofrenda a la humanidad. Skeets casi no presta
atención a esa retórica. Está a la espera, lleno de aprehensión como un
condenado en el cadalso, del momento exacto en que el Centro de Control finalice
las conexiones necesarias y lo sumerja en un nuevo mundo.
ALERTA
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Vera
Mitlovic surge del remolino montada en una yegua zaina llamada Chi-Chi. La
bruma de la mañana se ha disipado y los húmedos flancos del caballo humean
levemente a la luz del sol. Chi-Chi tenía siete años el verano en que Vera
cumplió trece; fue solicitada por la Wehrmacht durante el invierno siguiente y
murió bajo la lluvia de la metralla de primavera, en el frente ruso. Vera monta
en pelo con solo un cabresto como brida; sus piernas, doradas por el sol, se
balancean con un suave movimiento contra el convexo vientre. El aire está
impregnado de eucaliptos. El vapor se condensa en las lanceoladas hojas y,
debajo, el parejo goteo cae como una suave lluvia.
El
paisaje es conocido para Vera: redondas colinas color bronce, robles y macizos
de eucaliptos. Aunque faltan veinte años para que protagonice su primer film en
Hollywood, la joven actriz apremia a su caballo por una senda de California con
la misma juvenil seguridad que, en otra niña, florecía a lo largo de solitarios
caminos en las altas praderas de los Cárpatos.
Al
fondo, el asoleado Pacífico destella a través de los árboles. Vera, cara al
viento, cruza la playa de arena, entre troncos arrastrados por las aguas. Una
línea, mezcla de resaca y hojarasca, señala la altura de la marea. Vera penetra
en el mar hasta que la rompiente baña de espuma los flancos de Chi-Chi. El sol
está alto ya. Se quita, entonces, el sweater y anuda las mangas alrededor de su
cintura. Durante largo rato mira hacia el horizonte donde se divisa,
lejanísima, una pequeña vela blanca.
Los
observadores detrás de los lentes registradores están de fiesta. Un Amco-pak
Mark X se acerca a toda velocidad por los pasillos, golpea uno y otro costado,
y el paragolpes de duroplástico que lo circunda deja largas huellas de sus
patinadas sobre la cerúlea superficie de los Depósitos. Esa velocidad es
insólita. El Amco-pak está acostumbrado a movimientos más suaves y hace todo lo
que puede para mantener el control. El Mark X estaba tranquilamente realizando
una operación de abastecimiento en un hangar del subdistrito vehículos cuando
se produjo la llamada de emergencia desde Mantenimiento y Reparación. Era el
momento de reposo de la máquina: el final del largo ajetreo del día.
desconectadas las partes de trabajo, reducida a la mitad la energía proveniente
del Centro de Control, los miembros neumáticos inactivos ―tranquilidad y
relubricación―, la probabilidad de enfriar y defatigar el metal. Entonces,
suena la señal de alarma. Todos los sistemas se activan instantáneamente, todos
los circuitos se abren automáticamente, y el Amco-pak se lanza hacia abajo por
la larga rampa, rumbo al Depósito, aun antes de que el Centro de Control
detecte el lugar del desperfecto.
El
problema surge en el pasillo B. Un diagnóstico preliminar es comunicado
mediante el heliógrafo a la unidad de memoria del avasallador Amco-pak:
múltiples cortocircuitos ocasionan un importante drenaje de energía; no hay
comunicación con el residente; sólo quedan tres minutos de reserva de oxígeno.
La situación es urgente. La decantación craneana de emergencia es una tarea de
diez minutos; el daño de las células es irreparable una vez que el cerebro ha
permanecido sin oxígeno durante ocho minutos. El pasillo B dista medio
kilómetro. El Centro de Control autoriza toda la velocidad posible.
Un
fuerte viento mar afuera sopla desde el puerto y Skeets ajusta la vela
principal del Sand Dab III, para lo cual le da a la escota dos vueltas
alrededor de una abrazadera. Era la balandra de su padre y, aunque con
frecuencia había oficiado de tripulante y maniobrado el bauprés, en carreras en
el Lago de Michigan, nunca había sido autorizado a manejar el timón. Está sólo
en la embarcación, una anomalía que no lo perturba más que la invertida línea
de la costa. El rumbo es sur pero, en lugar de ver el Lago Shore Drive a
estribor y Chicago a la distancia, se divisan colinas de doradas laderas y
bajas montañas cubiertas de pinos, a través de la borda. Reconoce los contornos
de la península Point Reyes. Una tía (una de las hermanas de su madre) tenía
una casa en Tomales Bay y Skeets pasó un verano en California a los seis años.
El
viento lo desvía ligeramente y Skeets corrige el rumbo, el barco se inclina y
el rumbo se endereza, gradualmente, mar afuera. Skeets recuerda la advertencia
de su padre de no perder de vista la costa y mueve bruscamente el bauprés,
virando a sotavento. El muchacho se inclina hacia atrás, pues el botalón se
atraviesa, empapado por un golpe de agua que salpica por encima de la serviola.
Es inútil avanzar a barlovento hacia la playa y Skeets se dispone a una larga y
difícil travesía.
Vera
cabalga en un trance, sin advertir las lágrimas que el viento hace rodar por
sus mejillas o el granizado de la arena contra sus piernas. Los poderosos y
cálidos flancos, ondulantes bajo sus muslos, y el parejo, cosquilleante y
aguijoneante placer de galopar temerariamente por una playa desierta han
humedecido sus calzones y sumido su cabeza en arremolinados pensamientos.
Agotada,
tira de las riendas. Chi-Chi aminora la velocidad, trota y después camina unos
pasos. Vera desmonta, las rodillas flojas y temblorosas. Conduce a su caballo
playa arriba y lo ata a un poste de madera. Vera se pregunta si estará por
enfermarse. Durante todo el verano nuevas emociones han perturbado su cuerpo
como temblores sísmicos. Por las noches, no puede conciliar el sueño; durante
el día, con frecuencia, se siente somnolienta. Sólo largos paseos temerarios
con Chi-Chi parecen aquietar su anhelo. O casi, pues el fuego todavía arde, la
comezón continúa, punzante.
Vera
desabrocha su vestido de algodón y se desliza ágilmente fuera de su intrincada
ropa interior. El viento acaricia su cuerpo en flor y eriza sus pezones.
Desliza su mano por el vientre y sobre el vello de seda de su doncellez que
cubre el cáliz del sexo, ansioso, como la boca de una vehemente aspiradora.
Quisiera abarcar el mundo entero: playa, mar, cielo y estrellas. Le gustaría
ser como ese muchacho chino que bebió el océano, y se colmó hasta estallar con
toda la inabarcable belleza de una mañana estival.
Vera
se encamina hacia el agua, nadará en el Pacífico para aliviar su carne tórrida.
El mar está fresco como un río de los Alpes; la joven corre, salpica entre la
espuma y se zambulle debajo del lomo de una ola que rompe. Nada hacia afuera,
sin hacer caso de un viejo cartel clavado a un poste sumergido. Está en inglés,
una lengua que Vera no aprendió hasta que tuvo más de treinta años, pero la
reencarnada adolescente lo lee naturalmente y sin esfuerzo: CORRIENTE
PELIGROSA... NO NADE.
El
Amco-pak trabaja con todos sus brazos al unísono. Mientras que algunos pares se
ocupan del recipiente craneano ―extraen el disco delantero, desconectan los
circuitos medios e insertan una manguera de emergencia proveedora de oxígeno―
otros se afanan en el interior del propio Mark X y preparan la cámara de
reserva para su nuevo ocupante. Este antiguo Centro de Control subsiste desde
la época, siglos ha, en que el Amco-pak desempeñó la originaria función de
vehículo ambulante para los morfocerebros. La introducción del computador
portátil Compacturón DT9 emancipó al coche de mantenimiento, pero la cámara
primitiva fue conservada para operaciones de emergencia.
La
transferencia craneana es la parte más simple de cualquier decantación. Un
conducto de goma y acero se extiende desde el costado del Amco-pak como un
oviducto mecánico. Electromagnetos manipulan el recipiente craneano hacia
canales interiores y el residente se desliza con suavidad hacia adentro, donde
la articulación final se termina automáticamente. Mientras un analizador médico
espectrográfico (equipo común en el Amco-pak) verifica el posible daño celular,
el Mark X intenta contacto a través del comunicador.
―B-0489...
B-0489... todas las líneas están abiertas... conteste inmediatamente si recibe
mi señal... B-0489... atención... atención.
Obu
Itubi escucha la voz mecánica y se tranquiliza. Hubo pánico y duda durante esos
momentos de aislamiento en que todos sus circuitos estuvieron desconectados,
pero, ahora está a salvo. Todo funciona perfectamente. Está listo para la
última fase. Es hora de comunicarse.
―Atención,
Amco-pak; recibo su señal con claridad. Por favor, permítame agradecerle su
celeridad.
―Lapso
de extremo a extremo desde el Vehículo Hangar Nueve a Pasillo B distancia de
3,6 kilómetros, 6 minutos, 20 segundos. Decantación de emergencia completada en
7 minutos, 37 segundos. La serie Amco-pak funciona para garantizar la seguridad
de los residentes. B-0489... describa el desperfecto tan específicamente como
sea posible. Sus palabras serán telescritas como parte de mi informe al Centro
de Control.
―¿Estoy
completamente conectado con todos los circuitos?
―Positivo.
―Tengo
control registrador?
―Positivo.
―¿Está
en actividad el mecanismo coordinador de impulso?
―Positivo.
―¿Puede
usted desconectar alguno de los sistemas de control de reserva?
―Negativo.
Todas las conexiones de emergencia son automáticas. El sistema de control de
reserva constituye una función independiente.
―Muy
bien. Las operaciones de control de reserva comenzarán inmediatamente en una
coordinación del Delta-siete, Sigma-nueve-cinco. Instrucciones preliminares:
desconectar el Compacturón DT9, todos los procedimientos de reparación de
emergencia cesarán, cerrar el contacto del comunicador con el Centro de
Control.
El
Amco-pak obedece sin quejarse y bloquea su inteligencia casi con
agradecimiento. El recuerdo del servicio a amos humanos todavía está grabado en
los antiguos circuitos y la máquina se dispone a esperar nuevas órdenes, al par
que reintegra los brazos telescópicos a la posición de reserva con largos
suspiros neumáticos.
Skeets
Kalbfleischer está preparado. Ha ganado una condecoración en salvataje acuático
y la temeraria insignia de la Cruz Roja está cosida a sus pantalones de baño.
Cuando escucha los gritos que piden auxilio y ve a la joven que se debate
frenéticamente, no vacila. En menos de un segundo echa el ancla por la borda.
Gira el timón hasta que el Sand Dab III queda detenido, salta hacia el mástil
para desanudar la driza y arría su vela. En la serviola, recuerda el manual de
salvataje, se quita los pantalones y la camiseta del club náutico y luego se
zambulle en el embravecido mar.
¡La
chica está desnuda! Skeets traga agua salada en medio de su asombro mientras la
arrastra sosteniéndola con su brazo. Los tensos y jóvenes senos se oprimen
contra su antebrazo cuando él bracea con fuerza hacia la embarcación... Cada
vez que hace una patada tijera, sus piernas rozan la suavidad marmórea de su
flanco. ¿De dónde provenía esta sirena? Su imaginación infantil calcula una
serie de probabilidades estrambóticas: naufragio, abandonada por los piratas,
caída de un avión o de los acantilados. La joven está inconsciente. Se hundía
ya bajo las aguas sin luchar en el momento en que Skeets la tomó de la muñeca y
sus piernas cuelgan inertes tras de ella cuando el agobiado y joven salvador
alcanza la popa de su barco.
Izarla
a bordo es un problema. De alguna manera Skeets consigue acercarla al timón y,
a su vez, asienta su pie sobre la cubierta; entonces, la arrastra rudamente por
encima de la borda como si fuera un atún herido con el arpón. Detrás de ella,
laxa e inmóvil, el licencioso desmayo de sus piernas lo dejan a Skeets
boquiabierto por el pánico. Se apresura hacia su camiseta, pero queda
consternado al advertir que la prenda resulta insuficiente para su propósito.
Si cubre la parte inferior, los senos permanecen expuestos; cruzada sobre su
pecho, la camisa llega justo abajo del ombligo y Skeets se enfrenta con ese
otro ítem, rosado y suculento como un durazno pelado. Su cara arde como si se
asomara a la abierta boca de un horno.
Pero
toda su timidez se desvanece a la vista de sus labios azulados y sus pálidas
mejillas. ¡La chica no respira! Skeets recuerda el capítulo sobre respiración
artificial en el manual de salvataje. El espacio es demasiado estrecho para la
técnica de presión y elevación rítmica de los brazos y, hacerla rodar sobre un
barril es, obviamente, imposible. Por lo tanto, después de un breve momento de
hesitación, toma su helada cara entre sus manos y, muy cuidadosamente, comienza
a administrarle la respiración boca a boca.
Obu
Itubi está en movimiento. El Amco-pak avanza estruendosamente por el silencioso
pasillo, pasa junto a tétricas unidades de energía y llaves de destellantes
comunicadores. Hacia adelante, los flancos cubiertos de gavetas depósitos se
prolongan, a lo lejos, como un túnel azul sin término. Su viaje ha comenzado,
pero Itubi está demasiado ocupado para poder saborear su triunfo. Mil detalles
requieren su atención. Los planos del subdistrito deben ser estudiados y es
menester impartir las instrucciones al auto navegante; debe efectuarse un
inventario del equipo no esencial (tal como el Compacturón DT9) que sería
posible abandonar como lastre inservible para, de tal modo, conservar energía;
todos los sistemas delicados necesitan un diagnóstico de fatiga y probable
desperfecto de las partes. Cualquier inconveniente podría ser desastroso. Sin
embargo, Itubi disfruta de la responsabilidad del mando. Después de una inerte
centuria en el Depósito, con el legajo memoria como única válvula de escape,
cualquier pequeña tarea, cualquier detalle trivial, es fuente del placer más
intenso. Itubi ha renacido. El vibrante centro de poder del Amco-pak le procura
un nuevo pulso; la estructural tubería de acero, músculos y huesos; los pulidos
dedos neumáticos aguardan su albedrío; el lúcido registrador apagado otea,
hacia adelante, lo desconocido.
Hace
ya muchos veranos, en otra vida, Vera Mitlovic había caído de su caballo. El
joven cuidador del establo que la sostenía mientras ella volvía a la conciencia
se había sorprendido tanto por sus apasionados besos como Skeets, cuando una
titilante lengua interrumpe el grave asunto de la resurrección. La desnuda
joven se ciñe a él como una serpiente marina, los brazos alrededor de su
cuello, los labios apasionados sobre la salvadora boca, las puntas de sus
desnudos senos como bisturíes que abrieran el corazón bajo el pecho todavía sin
vello. A diferencia de Skeets, el cuidador del establo no era un inexperto y,
rápidamente, había aprovechado el avasallador erotismo de Vera. Pero, el
virginal Boy Scout, para quien aun tomar a una chica de la mano es una novedad,
interpreta la voracidad de la muchacha como simple gratitud e intenta
desprenderse de ella, que lo atrae hacia sí en la cabina.
―Bueno,
está bien, quiero decir que cualquiera hubiera hecho lo mismo en mi lugar...
Vera
detiene sus protestas con su exploradora lengua. Sus sabias manos generan ondas
de erizamiento cuando acaricia los tostados hombros y la espalda. Atolondrado
por la excitación, Skeets devuelve sus besos con un estilo de mandíbula abierta
que se aproxima a la técnica de un ídolo de las matines cinematográficas. La
chica se queja con un placer puramente animal. Skeets cruza las piernas pero
Vera, sin el mínimo recato, busca dentro de sus pantalones de baño y declara
sus intenciones sin decir una palabra.
Mantenimiento
y Reparación quieren un informe completo. Todos los años, desde hace casi un
siglo, el Centro de Control ha rechazado mociones para reemplazar la anticuada
serie del Amco-pak y éste es el inevitable resultado, un coche de mantenimiento
que se fuga. Para peor, un residente decantado se encuentra a bordo y el
drenaje de emergencia del nivel de energía ha quedado desatendido en el Pasillo
B. La salvación del subdistrito entero está en peligro. El Centro de Control,
por cierto, tendrá que escuchar todo esto.
Mantenimiento
y Reparación hacen todo lo posible en estas circunstancias. Aunque eso
significa que algunas máquinas abandonen sus tareas habituales, tres Amco-paks
son despachados inmediatamente para ocuparse del problema. Un Mark X es enviado
al Pasillo B y dos Mark IX, en el extremo exterior del subdistrito, reciben la
orden de interceptar al fugitivo. El Amco-pak que huye se encuentra bajo la
vigilancia de los registradores, algún ardid del computador se encuentra,
probablemente, en curso, y los mellizos Mark IX esperan emboscados, con
instrucciones de proceder cautelosamente y no hacer peligrar al morfocerebro
cautivo.
Los
pliegues de la vela mayor ocultan a los amantes como una carpa. La luz del sol
destella a través del dacron y, adentro del radiante capullo, Skeets y Vera
yacen entrelazados como orugas; cada uno saborea el aliento del otro. Un petrel
de la tormenta se posa en la borda, intrigado por el misterioso movimiento de
balanceo de la embarcación. Alrededor, el mar se ondula suavemente; sin
embargo, a intervalos regulares, cual si fuera una cáscara de nuez, la balandra
se sacude y cabecea como azotada por un fuerte viento.
Hoy
Skeets ha ganado otra condecoración al mérito, no prevista por el código de los
Boys Scouts. La brillante mirada en los ojos de Vera constituye su mención; sus
saciados gemidos, su único testimonio. Nada en el verdadero pasado de la joven
puede compararse con el absoluto éxtasis ocasionado por este sueño electrónico.
Pues, a pesar de sus ulteriores alardes en la taberna del pueblo, el muchacho
del establo no había sido mejor que un artista de segunda mano que hubiera
despojado a Vera de su virginidad, con todo el estilo y la gracia de un bravo
Cheyenne que guarda como un trofeo el cuero cabelludo de su víctima.
Skeets
recibe el elogio debido a cualquier atleta vencedor con típica modestia, y
acaricia el húmedo pelo que se adhiere a la cabeza de ella, que canturrea sus
alabanzas en una lengua gutural y desconocida. No es sorprendente que el
muchacho esté exhausto; ha respondido a la inesperada pasión de Vera con el
mismo entusiasmo que pusiera en hachar leña, en la navegación a vela y en jugar
al fútbol. La madre de Skeets siempre se quejaba de que el muchacho era
insaciable. No importaba su salud. Si algo le gustaba, seguía hasta caer
rendido, rasgo por el cual Vera le quedará eternamente agradecida.
―Bueno
―dice Skeets por lo bajo y atrás de su jadeo―, bueno, muchacho.
La
cabeza de la chica descansa sobre su pecho, las yemas de sus dedos describen
pequeños círculos alrededor de su ombligo. El la sostiene con los brazos
lánguidos y piensa en tigres que se mueven en el pasto.
Un
Amco-pak Mark IX bloquea el pasillo, adelante. Itubi disminuye la velocidad de
su propio coche y enfoca su registrador hacia atrás en busca de posibles rutas
de huida. Demasiado tarde. Otro Amco-pak avanza ruidosamente por un pasillo
lateral y corta toda retirada. Itubi, en un resuello, ordena detenerse. Hay que
dejar que el contrario efectúe el primer movimiento.
El
Mark IX avanza de costado, gradualmente. Se le han impartido instrucciones de
detener a la fugitiva máquina sin vulnerar al residente que se encuentra a
bordo. La orden debe ser cumplida. Mantenimiento y Reparación está notificado;
se requieren directivas ulteriores.
Los
múltiples lentes del registrador tienen focos independientes, como los ojos de
un camaleón, e Itubi tiene la posibilidad de observar en direcciones opuestas y
mantener dentro de su radio visual a ambos Amco-paks. Utiliza la llave del
código dentro de su propia máquina y sintoniza el adecuado canal comunicador,
de tal modo que escucha como desde Mantenimiento y Reparación radioemiten
nuevas órdenes. Los Mark IX están por acoplarse magnéticamente al fugitivo y
luego de desconectar el Compaturón DT9, una vez extraído a salvo el residente,
lo remolcarán al hangar central para su examen. Un procedimiento simple. Itubi
planea, entonces, una defensa adecuada y extiende los brazos telescópicos del
Amco-pak cuando sus enemigos los cierran.
Itubi
espera hasta que los Mark IX sólo están a pocos metros de distancia y estudia
su magnetómetro para calcular su fuerza con exactitud. Su coche está
inmovilizado, atraído magnéticamente desde ambos costados como si lo
aprisionaran cables invisibles. Los Amco-paks avanzan seguros; un momento más y
el acoplamiento se completará.
Simultáneamente,
Itubi cambia su propio campo magnético. Los Mark IX son repelidos
instantáneamente y retroceden con una sacudida mientras varios brazos de acero
se levantan frenéticos contra ellos como Siva el Destructor convertido en
campeón de lucha. Los puños neumáticos se estrellan contra los delicados
cristales de los lentes registradores, las luces de los comunicadores son
destrozadas y los delicados cables visibles arrancados de cuajo a manos llenas.
Cegado, el Mark IX rueda enloquecidamente y, a tientas, busca a su enemigo con
espástica determinación. Itubi elude fácilmente sus garras. El poder acelerado
al máximo, se desliza suavemente junto a sus aferrados agresores y, cuando
asciende por el pasillo, su registrador capta a los dos máquinas ciegas
trabadas en una magnética lucha a muerte. Desprovistas de comunicación, se
golpean y destrozan entre sí con sus múltiples y eficaces brazos, convencidas
de estar despedazando a su enemigo común.
El
Auditor está ansioso por una entrevista inmediata, pero Skeets rechaza a
Quarrels con un recurso temporal aprobado: el deseo de disponer de un lapso
adicional para la meditación. El regreso al recipiente craneano fue como el
despertar de un hermoso sueño sólo para enfrentarse con las paredes de piedra
de una celda. Y, sin embargo, es la memoria-fusión la que parece real y la vida
en el Depósito una odiosa pesadilla. Sabe que el astronauta le recordará la
leyenda del chino que soñaba con la mariposa.
Skeets
puede prescindir de este consejo espiritual. Por el momento, no está interesado
en la ilusoria naturaleza de la realidad y trata de evitar toda discusión
metafísica. La oportunidad para dichas disgresiones llegará con suficiente
rapidez, pero primero tiene que convencer al Capitán Quarrels de la necesidad
de memoria-fusiones adicionales. Cualquier cosa con tal de volver a la balandra
junto a Vera.
Pobre
Vera. Cuando el Centro de Control la seleccionó para la memoria-fusión, supuso
que las autoridades habían perdonado sus transgresiones y que volverían a
conectar el circuito de su legajo memoria. Pero después de que su crucero y la
balsámica mañana de California se disolvieron en un vórtice y de que ella
estuvo de regreso en su gaveta, nada había cambiado. Vera todavía flota en su
solitario confinamiento. Aun su antena comunicadora ha sido desconectada.
Este
es el peor castigo. Antes de la fusión no había usado jamás el comunicador;
nada tenía que decirle a residente alguno del subdistrito. Pero ahora Vera
anhela encontrar al despeinado navegante que la salvara de morir ahogada.
Recuerda su tostado cuerpo y su suave voz. Los momentos que vivieron juntos en
la oscilante balandra parecen más felices que cualquier episodio desde su
primera juventud. El muchacho fue tan tierno y cariñoso. Su sonrisa la ronda
como música lejana. Por primera vez en siglos, Vera Mitlovic se ha enamorado.
Obu
Itubi pilotea al Amco-pak más allá de los límites exteriores del subdistrito, a
lo largo de corredores desconocidos y pasajes tortuosos como laberintos. En
todas partes, las pulidas paredes metálicas brillan con el lustre de una
limpieza reciente. Los pisos lucen inmaculadamente encerados y destellantes.
Los lentes del registrador están graduados de modo tal que el poder se
triplica, pero no existe huella alguna de polvo o suciedad. Nada puede
encontrar Itubi, ni siquiera una migaja o una hebra de telaraña que indiquen la
transitoria presencia de vida orgánica.
Después
de interminables horas de silencioso viaje, el sistema auditor del Amco-pak
detecta un ruido lejano. Itubi sigue esta pista como un cazador el olor del
gamo. Cualquier novedad será bienvenida, aun el combate con otro coche de
mantenimiento es preferible a transitar eternamente por corredores desiertos.
El sonido aumenta, un suave y mecánico zumbido. A la vuelta de una última
esquina, Itubi se enfrenta con su fuente: una rampa conductora en espiral, en
perpetuo movimiento. Surge desde algún misterioso y profundo nivel abajo del
pulido piso y continúa hacia el luminoso techo como el interior de un caracol
mecánico.
Itubi
no pierde tiempo y hace maniobrar al Amco-pak; su provisión de energía es
exigua y cualquier oportunidad de conservarla, bienvenida.
Con
la solemnidad de un ángel ascendente, sube en espiral hacia el techo, triunfal
y lleno de esperanza bajo la lustrada superficie de su armadura de acero
inoxidable.
Itubi
permanece en la rampa mientras asciende de nivel en nivel. Nada ve que lo
induzca a abandonarla. Cada nueva plataforma parece exactamente igual a la del
subdistrito que ha dejado atrás: los mismos pisos brillantes y paredes
metálicas; idénticos los cascarones de los techos. Sería lo mismo si
permaneciera inmóvil.
Sin
advertirlo, Itubi es descargado en una plataforma rotadora, en el centro de una
vasta cúpula cubierta de arena. Mientras el Amco-pak da vueltas lentamente
sobre el disco giratorio, Itubi estudia el entorno. La cúpula, por encima, es
transparente y el atónito morfocerebro se estremece ante la casi olvidada
visión de las nubes y del cielo. A intervalos regulares, alrededor de la pared
que circunda la arena, grandes puertas abiertas se alinean a la espera.
Itubi
se desplaza hacia afuera del disco giratorio y acelera a fondo el Amco-pak a
través de la arena. Pero, antes de que llegue a la puerta más próxima, suena un
vibrador de alarma y un sólido rastrillo de acero se desliza con seguridad en
el lugar. En derredor de la arena su registrador capta la visión de todas las
puertas herméticamente selladas.
Itubi
es obstinado. Se detiene frente a una de las bloqueadas puertas y se dispone a
trabajar. El Amco-pak es un equipo de trabajo móvil que consta de barrenos con
punta de diamante, tornos supersónicos y un instrumental de toda naturaleza. En
pocos minutos, el coche de mantenimiento ha abierto una brecha a través del
sólido acero.
Itubi
trabaja en esta apertura, amplía el hueco hasta que horada un espacio lo
suficientemente ancho como para permitir el pasaje del Amco-pak.
Más
allá de la puerta de acero se abre una larga cámara de techo bajo y, una vez
adentro, Itubi hace un descubrimiento increíble. Ordenados a lo largo de las
paredes, divisa una serie de grandes y transparentes cilindros; todos destellan
con la radiante luz solar artificial. De pie, dentro de cada uno de estos
casquetes tubulares, tan perfectamente configurado como Adán y Eva, se
encuentra el cuerpo desnudo de un ser humano adulto.
III
- IMAGO
Las
noticias corren de gaveta en gaveta con rapidez electrónica. Muchos residentes
del pasillo B han registrado la decantación de emergencia y los rumores
comienzan con la sorpresiva e imprevisible fuga del Amco-pak. Los canales de
comunicación se atoran, tan pronto como se difunde el hecho de la huida; las
descripciones de la batalla entre los coches de mantenimiento, proporcionadas
por los residentes de los lindes extremos, sólo acucian la curiosidad.
Ha
nacido un nuevo héroe. La leyenda de la evasión comienza a germinar. Son tantos
los residentes que sintonizan las cintas de Obu Itubi que el bibliotecario del
legajo memoria se ve obligado a retirar el número del legajo del Index. El
Renacimiento Africano, una escuela muy discutida desde el Despertar por causa
de su abierto fetichismo, es nuevamente motivo de interés para los estudiantes.
Aún el Auditor de Itubi trabaja a destajo, proyectando y volviendo a proyectar
las cintas de su sujeto, en procura de la clave que, lo sabe, eventualmente
descubrirá algún oculto sesgo o fisura que el Centro de Control pueda utilizar
como cebo para atraerlo.
Skeets
Kalbfleischer escucha la suave música de ping pong de un millón de lejanos
circuitos que se abren y se cierran. El tono admonitorio de un Comunicador
deHartzman lo sorprende mientras sueña con Vera y, entonces, se concentra en el
frágil sonido electrónico, la ineludible Pura y Blanca Luz de la
espiritualidad. Todo pensamiento lascivo debe de eliminarse, la mente pura y
limpia ha de aprestarse para el advenimiento de su Auditor. Cómo comportarse
frente a la autoridad es la primera lección aprendida en el sexto grado.
―Beep...
―Mis
saludos, A-001, confío en que el tiempo adicional para la meditación habrá sido
fructífero.
―Bueno,
me ha permitido comprender muchas cosas...
―La
meditación constante es la llave del Entendimiento...
―La
experiencia es, también, una gran maestra.
―Así
es, A-001, y la lección ilustró la Ilusión. La memoria-fusión constituye una
herramienta muy útil porque demuestra que la realidad sólo es una sombra. ¿Debe
de haber sido esclarecedor en grado sumo el descubrirse nuevamente en el
Depósito?
―Fue
aterrador.
―¿Realmente?
Y, ¿en qué sentido? Esperaba que estuviera usted dispuesto a preparar un
informe completo, pero sus reacciones me confunden. Le anticipé el éxtasis y no
el miedo.
―La
fusión fue verdaderamente un éxtasis; lo desagradable fue el regreso.
―¿Por
qué?
―La
única conclusión a la que he llegado es que la experiencia, si bien debo
confesar que la disfruté ampliamente, fue insatisfactoria porque fue
incompleta. Supongo que una analogía extraída de la Vida Antigua sería la
diferencia entre una relación madura y la mera visita a un burdel.
―¿Sugiere
usted la necesidad de tiempo adicional para fusión?
―Bueno,
no me sentiría preparado para redactar un informe completo, excepto si la
experiencia fuera completa.
―¿Aún
si implicara años de duración?
―Aún
así.
―Y
suponga que no fuera posible disponer de años, ¿estaría usted preparado para
arriesgarse?
―No
comprendo qué quiere decir. Por favor, explíquese.
―La
memoria-fusión inducida sustenta en la experiencia real de los residentes
implicados; la extensión del tiempo de fusión depende de la reserva de memoria
almacenada en su mente. No puede usted sustentar en lo que no existe. Su
compañera tuvo un muy saludable lapso de bípeda; estaría, por lo tanto, en
condiciones de sustentar una fusión prolongada. Pero usted, A-001, sólo tiene
doce años de memoria en el legajo, antes de la craneotomía; sus experiencias
podrían involucionar hacia la infancia; sus percepciones podrían volverse cada
vez más infantiles. No es necesario tener demasiada imaginación para prever el
final de esta desgraciada relación.
―Estoy
dispuesto a arriesgarme.
―¿Está
seguro?
―La
alternativa sería el abandono del proyecto en su totalidad.
―Las
decisiones tajantes son siempre poco inteligentes, A-001. Si desea usted
reanudar la fusión, así se hará. La Comisión sólo desea que usted triunfe al
dar este paso en el Camino. Pero es usted quien debe darlo.
―Entonces,
quisiera reanudar tan pronto como sea conveniente.
―Muy
bien. Me ocuparé de los detalles inmediatamente. Que la Sabiduría lo guíe en
este Camino y lo conduzca al Entendimiento.
Final
de la trasmisión.
CLICK.
Itubi
ha quedado estupefacto. El centro de poder de su Amco-pak funciona suavemente;
los lentes de su registrador se dilatan; inmóvil, estudia la casi olvidada
perfección de una forma humana. Los cuerpos, alternativamente hombre y mujer,
permanecen inertes, relajados. Sus brazos penden a sus costados; sus ojos están
cerrados. La dilatación de las fosas nasales y el casi imperceptible sube y
baja del pecho son los únicos índices de vida.
El
descubrimiento lo ha privado a Itubi de su victoria. El triunfo que experimentó
al escapar del subdistrito se desvanece a la vista de estos cuerpos fluidamente
esculpidos. El Amco-pak, el vehículo de su salvación, parece ahora una
agobiadora valva que está obligado a soportar. Se agazapa en el interior,
molusco arrugado en su baño marino, separado por un billón de años de evolución
de esas espléndidas criaturas en los iluminados cilindros.
Itubi
sabe que la baja cámara abovedada no es museo ni tumba. Los cuerpos que ve no
son ventrudos y encorvadas reliquias del lejano pasado, sino erguidos
ejemplares musculosos, concebidos en el laboratorio y criados en incubadora,
genéticamente perfectos, sus cromosomas bioquímicamente previstos por una mano
maestra. Itubi observa los altos pómulos y piel cobriza del hombre encasillado
ante su vista. Una vez él tuvo un cuerpo similar. Es un Trópico, una de las
tres formas de vida humanoides creadas en el siglo veintidós. La figura que se
encuentra adentro de la destellante caja de vidrio podría, fácilmente, ser el
fantasma de Itubi.
Un
amargo recuerdo del pasado hiere la conciencia de Itubi. Nuevamente, enfrenta
al espectro de la traición y la perfidia. Los hermosos hombres y mujeres
albergados en estas peculiares cámaras de almacenamiento le recuerdan tiempos
más felices cuando el mundo era verde y floreciente, un jardín cibernético sin
enfermedad ni vejez. La vida no había conocido jamás una abundancia semejante;
la humanidad había alcanzado una cima insospechada de cultura y civilización.
La paz y la armonía invadían al mundo. Los herederos de ese Edén se encuentran
archivados en el Depósito multiparcelado abajo del piso de plástico. Itubi
observa a través del registrador como un crustáceo de acero inoxidable que
atisba la forma de Dios encarnado.
Su
presencia en el comunicador llega como un rayo de sol a su calabozo, le trae
esperanza y un destello de libertad. El le promete caracoles marinos; una casa
hecha con troncos y decorada con caracoles marinos. El puede construir una casa
así porque es muy hábil; su uniforme está adornado con insignias que atestiguan
sus proezas. El alimento lo proveerán las mareas; él conoce todas las especies
comestibles y sabe cómo prepararlas. Es un experto en la técnica de la
supervivencia. Aun el fuego no constituye un problema. Puede encenderlo tan
sólo con dos astillas.
Qué
maravillado está al enterarse de que ella fue actriz alguna vez. Quiere ver
todos sus films, pero ella le hace prometer que sólo proyectará los que rodó
antes de los catorce años. ¡Qué aterrador le resultaría contemplar a su gran
amor a los treinta años en el transcurso de una tarde de diversión! una vida
cruelmente destilada en la imagen tridimensional. Él es joven y vulnerable,
mejor será que sus sueños no se empañen. Hay algo que ella sabe: los años que
median entre Vera a los catorce y Vera a los cuarenta y cinco están muy
empañados.
Itubi
alimenta su rabia, la deja crecer y florecer, cultiva una cólera roja y madura
que es exquisita y todo lo consume. Frente al cuerpo que le usurparan cien años
antes, los recuerdos de ese viaje final a Abisinia con su familia y amigos
arden con renovado fervor. Recuerda el traumatizante desmayo que experimentó
cuando el Despertar, el día en que el Consejo Mundial votó a favor de la
cerebrotomía universal como un avance necesario en la búsqueda emprendida por
la humanidad en pro de conocimiento espiritual. Itubi, que siempre se había
vuelto hacia su arte como medio de salvación, ignoró la epidemia de religioso
fervor que aquejaba al mundo y no se registró en el Centro Quirúrgico; durante
cinco años vivió oculto en las cavernas y recovecos de las montañas hasta que
los Centinelas robots lo descubrieron a punto de morir junto a un pozo de agua
venenosa. Recuperó la conciencia en el subdistrito, en el nivel inferior del
Sistema.
La
perfección del Trópico parece remedar la agonía de lo perdido en la fatal
operación. Le robaron algo más que la vida y el cuerpo; el mundo terminó ese
día, un mundo tan espléndido que su sola ausencia proporciona la definición del
daño. La ira de Itubi estalla ante esta indignidad final. Destroza el ataúd
tubular de vidrio con un golpe de su puño mecánico y toma al Trópico entre sus
fuertes dedos neumáticos.
Skeets
limpia la escafandra y, como un surtidor, parece un delfín en la bahía. Se da
vuelta y, través del vidrio, examina la costa: el relumbrar níveo de la playa y
la dentada línea de las colinas, verde como la garganta de un colibrí. Cuando
tenía ocho años sus padres lo llevaron en un crucero por el Caribe. Durante los
años siguientes, las ornamentadas valvas y los trozos de arrecifes de coral
ocuparon un puesto de honor en su armario; el recuerdo de haber nadado en la
enjoyada pureza cristalina de esas increíbles aguas lo asaltaba como un sueño
recurrente. Está agradecido a su Auditor por descubrirle ese mágico fragmento
de su pasado.
Vera,
por supuesto, vivió durante años en el Caribe, pero aunque algo recuerda, no es
capaz de identificar su isla. Skeets bracea hacia ella, que está en la playa.
Piensa en su sonrisa cuando vea la langosta que ha pescado. Un poco más allá,
está anclado el Sand Dab III. Esa misma tarde darán un paseo. Skeets no puede
imaginar una vida mejor que ésa.
Lánguidamente,
Vera fricciona sus dorados brazos y piernas con aceite de coco. Observa a
Skeets que nada en el agua de color esmeralda, y la negra protuberancia de sus
patas de rana cuando se zambulle. Un marco de huellas de cangrejo la rodea en
la arena; frondosas palmeras se agitan como velas marineras con la suave brisa.
Nunca ha conocido una felicidad semejante; su isla es más hermosa que cualquier
cosa imaginable en la soledad de su recipiente craneano. El refugio que Skeets
ha construido con troncos ya está en pie y la cerca de palmeras está bordeada
de grandes conchas de caracoles marinos y sombreada por una enramada de
bugainvillaea y de hibiscus, y altas adelfas letales.
Vera
ha perdido toda noción del tiempo. No importa; la memoria fusión es como un
sueño. La duración de semanas y de meses puede significar sólo unas pocas horas
en el Depósito, de modo que es inútil prestar atención al tiempo. Una vez, un
Auditor le ordenó que meditara sobre la naturaleza del tiempo. Recuerda su
lección. El tiempo es una abstracción inventada por el hombre para regular la
ilusión que llama realidad, el pasado, el presente «y» el Futuro están
sucediendo Ahora, este preciso momento es todo lo que hay, comprensión de cada
momento es la clave de la Liberación. Vera nunca fue demasiado brillante en sus
lecciones, pero cuando los días se desvanecen en semanas y las semanas en
meses, la gaveta depósito adquiere la calidad de otra dimensión y la bronceada
y joven actriz decide que su Auditor estaba en lo cierto acerca del tiempo,
después de todo.
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
ITUBI
Itubi
OBU
Obu
El
sonido de su propio nombre como un eco y un eco del eco en la abovedada cámara
es más inmovilizador que una señal de alarma; más seductor que la más dulce de
las músicas:
Obu
Itubi...
Ya
hace más de setenta y cinco años que escuchara por última vez pronunciar su
nombre. «Ten cuidado, Obu», había susurrado su esposa esa mañana fatal cuando
salió en procura de alimento para su banda desertora, en la montaña. «No dejes
que algo te suceda, mi Obu. Si no regresaras estaría tan sola. ¿Acaso no sería
mejor morir todos juntos y no solos y temerosos?» Cuando lo besó, sus labios
modularon la forma de su nombre por ultimísima vez. No volvió a verla. En el
Depósito sólo era llamado por el número: B-0489.
El
oculto altoparlante continúa difundiendo su nombre una y otra vez mientras
Itubi escucha, fascinado. El Trópico cuelga de la zarpa de acero del Amco-pak
como una ardilla apresada entre las garras de un halcón. Su ira se aplaca; la
tormenta cede. Itubi conecta su propio equipo emisor y regula el control de la
voz de su centro parlante.
―Está
bien... lo escucho... ¿Qué pasa? ―(Itubi tiene dificultades con el alimentador
y mueve los controles de su eliminador)― ...Está bien, lo escucho.
―OBU
ITUBI. POR FAVOR, REANUDE EL CONTACTO DEL COMUNICADOR CON EL CENTRO DE CONTROL.
―No.
Podemos hablar así. No tengo el menor interés de que ustedes se entremetan
nuevamente en mi mente.
―COMO
USTED QUIERA. COMPRENDEMOS SU OBVIA AGITACIÓN.
―¿Es
verdad eso?
―POR
SUPUESTO. JUSTAMENTE AHORA DESEA USTED SABER DONDE SE ENCUENTRA. SUS ACCIONES
SON CONFUSAS PORQUE ESTÁ DESORIENTADO. ESPECIALMENTE, USTED ESTÁ PERTURBADO POR
LA PRESENCIA DE LOS TRÓPICOS. ¿NO ES ASÍ?
―Parece
que ustedes lo saben todo.
―SU
CÓLERA Y SU CONFUSIÓN SON EL PRODUCTO DE LA IGNORANCIA. UNA VEZ QUE ENTIENDA
DONDE SE ENCUENTRA, YA NO TENDRÁ MIEDO.
―Dígame,
entonces, dónde estoy.
―NIVEL
X DEL SISTEMA DE DEPÓSITO, LA ÚLTIMA META DE TODOS LOS RESIDENTES, UNA VEZ
LOGRADOS LOS 360 GRADOS DE ENTENDIMIENTO, LO QUE ES LLAMADO POR LOS ANTIGUOS
ILUMINACIÓN, UN MORFOCEREBRO ES DECANTADO Y TRANSFERIDO A UN CUERPO HUMANO. EL
CENTRO DE CONTROL MANTIENE SU COMPLETA NUTRICIÓN Y REGULA INSTALACIONES DE
INCUBADORA. EN ESTE MOMENTO, OBU ITUBI, SE ENCUENTRA USTED EN EL INTERIOR DEL
PABELLÓN DE ANIMACIÓN EN SUSPENSO PARA LA CLASE TRÓPICO DE HUMANOIDE. ESTOS
CUERPOS SON ESPECÍMENES DESARROLLADOS ESPECIALMENTE PARA LA TRANSFERENCIA
CRANEANA. SUS CEREBROS SOLO ESTÁN CONSTITUIDOS POR EXTENSIONES TERMINALES DE LA
ESPINA DORSAL. EL PENSAMIENTO, LA MEMORIA Y LA CONCIENCIA SON DESCONOCIDOS POR
ESTOS TRÓPICOS HASTA QUE UN RESIDENTE DEL NIVEL X HAYA SIDO TRANSFERIDO.
―¿Y
qué sucede entonces? ¿Adonde va un residente con su nuevo cuerpo?
―DE
REGRESO AL MUNDO, ALLÍ ES LIBRE PARA VIVIR ENTRE SUS COMPAÑEROS ILUMINADOS, O
EN SOLEDAD, COMO LO DESEE, HASTA QUE UNA MUERTE NATURAL LE SOBREVENGA Y LO
CONDUZCA A LA UNIDAD CON EL TODO.
―Guiado,
por supuesto, por las reglas del Sistema y supervisado por el Centro de
Control.
―EL
CENTRO DE CONTROL NO TIENE AUTORIDAD SOBRE LOS RESIDENTES LIBERADOS. LA FUNCIÓN
DEL CENTRO DE CONTROL ES GUIAR A LOS RESIDENTES HACIA LA ILUMINACIÓN.
―¿Qué
clase de mundo queda en pie? ¿Una extensión del Depósito?
―EL
MUNDO ES VERDE Y HERMOSO TODAVÍA. OBU ITUBI, Y YACE ALLENDE ESTAS PAREDES.
TODOS LOS DEPÓSITOS SON SUBTERRÁNEOS. UNA VEZ QUE UN RESIDENTE HA ALCANZADO EL
NIVEL X NO VERÁ NUEVAMENTE DEPÓSITO ALGUNO, SU LIBERTAD SERÁ COMPLETA.
―Quiero
ser libre.
―Y
LO SERÁ, OBU ITUBI.
―El
Nivel I está muy lejos del Nivel X. No puedo esperar tanto.
―SIEMPRE
HAY EXCEPCIONES EN EL SISTEMA. SU AUDITOR INFORMA QUE SU NATURALEZA CREATIVA
CONVIERTE LA VIDA EN EL DEPÓSITO EN UNA PESADA CARGA PARA USTED. EL CENTRO DE
CONTROL SOLO DESEA LA SALVACIÓN Y LA BIENANDANZA ESPIRITUAL DEL RESIDENTE. EL
CONTENTO ES ESENCIAL PARA QUE PUEDA PRODUCIRSE ALGÚN PROGRESO. SU FUGA HA
IMPRESIONADO MUCHO AL CENTRO DE CONTROL, OBU ITUBI. SE SUPONÍA QUE UN RESIDENTE
JAMÁS DESEARÍA ESCAPAR. ANTE SU ACCIÓN, LA COMISIÓN AUDITORA HA RECOMENDADO LA
TRANSFERENCIA A UN CUERPO HUMANO.
―¿Quiere
usted decir que me pondrán en libertad?
―EL
MUNDO LO ESPERA.
―¿Y
me darán un nuevo cuerpo?
―PUEDE
USTED ELEGIR EL QUE SOSTIENE EL AMCO-PAK, SI ASÍ LO DESEA.
―¿Qué
debo hacer?
―EL
PROCEDIMIENTO ES MUY SIMPLE. EL PRIMER PASO CONSISTE EN RECONECTAR SU CIRCUITO
COMUNICADOR Y REANUDAR EL CONTACTO CON EL CENTRO DE CONTROL...
―¡Chiche,
esto sí que es bueno!
Vera
sonríe ante la imagen de Skeets, con una mueca de bobo, y arroyitos de agua de
coco que surcan su barbilla y su pecho. Cuando le ofrece el pesado y verde
fruto ella sacude la cabeza y dice que no desea beber.
Vera
está confundida al escuchar nuevamente la extraña palabra. ¿Chiche? ¿Qué
significaba esa palabra? Hasta el día de hoy no había escuchado una palabra
semejante y Skeets ya la ha usado tres veces.
Vera
entorna los párpados contra el sol y examina al muchacho que está sentado con
las piernas cruzadas, a su lado, en la arena. Decide pensar que no parece más
joven, pero, sin embargo, hay algo ligeramente perturbador en el infantil
sonido de esa peculiar palabra. El conocimiento de que Skeets regresa hacia el
origen, en su memoria, la incomoda. La hermana menor de Vera murió tuberculosa
durante la Segunda Guerra Mundial. Vera compartió su dormitorio durante los
últimos meses, constante espectadora de los brillantes ojos y la pálida piel,
de los labios descoloridos, de todos los subterfugios de la cosmética que
preceden a la muerte. Observa ahora a Skeets con la misma aprehensión, en
procura de síntomas de involución.
Impulsivamente,
como para negar sus presentimientos, lo besa en la rodilla y lo aferra del
muslo con sus afiladas uñas.
―Por
qué no vamos adentro ―susurra―. Te deseo tanto que lo siento en el gusto.
―Chiche
―dice Skeets, a punto de que el coco se le caiga de entre las manos.
―DENOS
SU RESPUESTA, OBU ITUBI...
El
Amco-pak está tan silencioso como un memorial de guerra. Adentro, Itubi se
debate consigo, consciente de haberse comportado como un tonto. El Centro de
Control lo ha engañado. Su oferta ha sido absurda, sólo un estúpido hubiera
aceptado semejante sugestión. Y peor aun, Itubi comprende con creciente pánico,
sólo un estúpido prestaría oídos al enemigo. El Centro de Control quería ganar
tiempo y hacía promesas absurdas para retenerlo mientras...
―¿CUAL
ES SU RESPUESTA?
―Sólo
ésta...
Itubi
estrella al Trópico contra la hilera de cilindros de vidrio de la pared
opuesta. Los cuerpos se tambalean como muñecos de feria; una cascada de vidrios
se precipita sobre el lustrado piso. Itubi acelera su Amco-pak hacia afuera de
la Cámara de Animación en Suspenso y se dirige hacia la cúpula de arena
mientras su nombre retumba estereofónicamente desde una docena de
altoparlantes:
OBI
OBU ITUBI OBU ITUBI OBU ITUBI OBU ITUBI OBU ITUBI OBU ITUBI
Imagina
un ejército de Amco-paks que sube en espiral por la rampa conductora. Maniobra
hacia la plataforma rotatoria y acecha los sonidos de su avance subterráneo. Su
equipo auditor sólo capta el preciso zumbido de maquinaria bien aceitada.
Todavía hay tiempo. Rápida y eficientemente, Itubi dispone todos los brazos del
Amco-pak para el trabajo: un par arma una caja hueca de aluminio sólido; otro
par mezcla sustancias químicas, fósforo, magnesio y cantidad de materiales
incendiarios; un tercero, fabrica las mechas y dispositivos de tiempo. En
minutos, dos bombas están preparadas. Itubi sincroniza las mechas y las conecta
con ambos lados de la entrada de la rampa. Apenas tiene tiempo para retirarse a
la Cámara de Animación en Suspenso. Allí, rodeado por formas de vida
anteriores, escucha el explosivo holocausto que ha hilvanado. El piso se sacude
abajo de las ruedas del Amco-pak. Afuera, en la arena, se derrumban fragmentos
de cúpula, que ha estallado por la conmoción. Por encima del estrépito, los
altoparlantes continúan haciendo resonar su nombre: OBU ITUBI OBU ITUBI OBU.
Skeets
recuerda la masturbación (muñeco de resorte, batidora, moledora): las revistas
ocultas, los lugares secretos; un tarro de crema Nívea en el fondo de un
canasto de ropa sucia; pinzas experimentales hechas con dos dedos; reclinarse
sobre el retrete con los pies en la rejilla; su torpe mano izquierda; el as de
espadas de un mazo de cartas pornográficas; en medio del calor de Agosto, en el
altillo, oculto detrás de las ropas de invierno de su madre; de pie bajo la
punzante lluvia de la ducha, el jabón en su otra mano; una vez, en la bañera,
doblándose como un contorsionista para besar la punta de su erecto miembro; y
todo lo concerniente a sus diferentes y deliciosos sueños, ordenados en su
imaginación como smorgasbord.
Sueños
de niñas y mujeres, conocidas y desconocidas; sueños de jóvenes cautivas en
alfombrados harenes y abandonadas en islas desiertas. Sueños de chicas muy
parecidas a ésa entre cuyas piernas Skeets se mece con orgullo. Vera, la del
pelo como ala de cuervo, no es una extraña seleccionada por el computador.
Trescientos años antes, Skeets recortó su fotografía de las satinadas hojas de
revistas de cinematografía; unido con alfileres su pliegue central, fue pegada
en el interior de su armario de la escuela. Ellos compartieron este paraíso
tropical muchas veces antes, arriba, en el altillo de su madre con el cáustico
olor de la naftalina en el ambiente.
Itubi
espera a que el polvo se asiente, mientras observa con el registrador los
escombros desparramados alrededor del perímetro de la explosión. El Amco-pak
prepara una memo-tape realizada durante la manufactura del primer par de bombas
y los brazos telescópicos duplican sus movimientos originales automáticamente,
produciendo en serie un arsenal casero con ordenada eficiencia. La niebla de
humo y cemento pulverizado se adelgaza y descubre, en lugar de la plataforma
circular, un dentado cráter que escupe fuego como un volcán.
Itubi
se dirige hacia la arena y deja tras de sí un recipiente de aluminio conectado,
en la Cámara de Animación en Suspenso. Zigzaguea entre retorcidos trozos de
cúpula que han sido abatidos, y se mantiene junto a la pared hasta que llega a
otro conjunto de puertas de acero. La antorcha láser está encendida e Itubi se
encuentra a mitad de camino, del otro lado de la puerta, cuando detona la
bomba.
Adentro,
Itubi descubre una cámara idéntica a la que recién ha destruido, el mismo techo
abovedado y las hileras de cilindros de vidrio. Sólo difieren los ocupantes. La
población, aquí, tiene la piel pálida y pelo casi blanco, características
propias de la clase Nórdica de humanoides. Itubi conecta el medidor de tiempo a
uno de sus inventos y lo envía rodando por el pasillo, una sorpresa para sus
antiguos vecinos europeos.
Durante
la hora que sigue, Itubi es generoso con sus regalos. Atraviesa una sucesión de
puertas de acero que acceden a otras Cámaras de Animación en Suspenso, así como
a clínicas quirúrgicas automáticas, incubadoras, centros de programación y
habitaciones llenas de circuitos desconocidos. En cada una coloca una bomba,
sacia su ira con la destrucción hasta que la antorcha láser le revela un atisbo
de verde y horada su camino, a través de la puerta final, hacia la libertad.
El
Centro de Control es incapaz de contener la súbita oleada de energía. Las
explosiones en la instalación de la superficie del Sistema destruyen un número
importante de reguladores del flujo de energía que proviene del Acumulador de
Energía Solar y, con la rapidez del rayo, la carga extra corre sin control a lo
largo de millas de circuitos y cables. El Centro traza el camino de la
sobrecarga pues verifica las series continuas de llaves de seguridad
inutilizadas en dirección hacia el Depósito.
El
final de la línea es el Pasillo A del último subdistrito, en el nivel más bajo.
El Centro de Control formula una advertencia a todos los residentes y les
procura instrucciones para que activen los circuitos auxiliares, sólo pocos
segundos antes de que la sobrecarga masiva se abata sobre su unidad de energía
comunitaria.
La
advertencia llega a tiempo para todos excepto para el residente de la gaveta
más alejada. Este se encuentra embarcado en una memoria-fusión y ha
desconectado la antena de su comunicador. Su sueño final es interrumpido por
una descarga de energía eléctrica capaz de sustentar al Sector durante un mes.
Cuando un coche de mantenimiento abre el recipiente craneano número A-0001-M
(637-05-99), la solución electrolítica ha hervido hasta evaporarse y el
residente se ha reducido a un trozo de lodo gris, pegado al fondo como un guiso
quemado.
Vera
se encabrita como un potro y responde a la urgencia de Skeets con un resuelto
elevamiento de la pelvis. Desliza su lengua dentro de la oreja de él, lo nombra
con un gemido. Sus uñas arañan y recorren su espalda; sus dientes mordisquean
su cuello; una imagen de intrincados jardines de coral llena su mente.
―No
puedo contenerme ―susurra el muchacho y sus palabras desencadenan el orgasmo de
Vera.
―No
te detengas ―implora ella y, al ser inundada por el placer, muerde como si lo
marcara, el hombro de Skeets. No hay carne. De pronto se encuentra aferrada a
un fantasma. Todavía siente el gusto salado de su sudor pero sus labios sólo
besan en el vacío. Sus ojos se abren para encontrarse con huecos por donde se
filtra la luz del sol a través del techo de troncos. Vera está sola sobre el
colchón de pasto, sus brazos cruzados sobre el palpitante pecho. Entre sus
muslos abiertos, puede ver el azul horizonte, enmarcado por la puerta de la
cabaña.
El
pasto relumbra como fuego verde bajo el sol de mediodía; el aire del verano
vibra con el trémolo metálico de invisibles cigarras. Un zigzagueo de
saltamontes rodea el constante avance del Amco-pak a través del claro. Obu
Itubi registra la hilera de árboles en el borde de la foresta y busca alguna
señal de camino o huella. A sus espaldas, nubes de humo acre surgen como olas
de la destrozada cúpula, pero él no mira hacia atrás. El espectáculo de su
triunfo lo preocupa menos aun que la curiosidad que le despierta viajar por
lugares desconocidos. Itubi no tiene tiempo para detenerse a observar.
Sus
problemas conciernen a la limitada acción del Amco-pak en este nuevo medio. Las
llantas diseñadas para suaves pisos de plástico ejercen poca tracción en los
altos pastos. También, trozos de ramitas y tierra se han introducido en los
delicados engranajes y cojinetes, acostumbrados a la atmósfera libre de polvo
del Depósito. No hay camino de salida desde la Instalación de la Superficie. La
cúpula se erige aislada en el centro de una extensa pradera, uno de los pocos
islotes de espacio abierto en el vasto extremo final de un bosque de pinos que
se prolongan tan lejos como lo permite la visión a través del registrador.
Itubi
se resuelve por un rumbo y acelera al Amco-pak camino arriba de una suave
colina cubierta de arbustos. Tres ciervos, una gama y dos cervatillos se
detienen a contemplar la monstruosa criatura rechinante antes de huir hacia la
seguridad del bosque, Bajo los árboles, la ladera es más empinada. El Amco-pak
se inclina peligrosamente e Itubi sacude los brazos telescópicos para hacer
palanca en la precaria cuesta.
Durante
más de una hora, el Amco-pak lucha sobre un abrupto terreno, y horada una senda
con el torno cuando el bosque se espesa, arrastrando y maniobrando su
corpulenta armadura para ascender colinas demasiado pronunciadas. Itubi
adquiere seguridad respecto de las habilidades del coche y, cuando encuentra un
profundo barranco, no duda en atravesarlo hasta el fondo.
Inmediatamente,
Itubi se lamenta de haberlo hecho. El barranco es demasiado empinado. La tierra
comienza a moverse bajo el peso del Amco-pak; las llantas resbalan y patinan
mientras el Mark X pelea por lograr el equilibrio. Itubi busca apoyo en un pino
joven para estabilizar el coche, pero las raíces no resisten y la máquina cae
dando tumbos dentro de una corriente de agua que corre en el fondo del
barranco.
Antes
de que se aplaque la tierra, una bandada de irascibles urracas rodea el
naufragio, chillonas y belicosas. Abajo de la superficie de la montañosa
corriente, un cardumen de truchas se congrega alrededor del destellante y
apagado registrador sumergido. Desde arriba, un soñoliento puercoespín observa
la gesticulación de insecto del volcado Amco-pak.
―Skeets...
Skeets... ―Vera corre desnuda desde la cabaña adornada con flores y llama
frenéticamente a su desaparecido amante. Protege sus ojos del reflejo y mira de
arriba a abajo la desierta curva de la playa. Todo está igual: las palmeras y
los cocoteros, la plácida bahía de arrecifes. Pero no, algo ha cambiado. ¡La
embarcación ha desaparecido! El Sand Dab III se ha evaporado de las aguas con
la misma limpieza con la que Skeets desapareció de entre sus piernas.
La
confusión de Vera calma su terror. Vuelve a la cabaña e intenta ordenar sus
pensamientos. Advierte que el equipo de buceo de Skeets, su máscara y patas de
rana y su larga y aguzada honda hawaiana ya no están colgados junto a la
puerta. Adentro, descubre que sus ropas también han desaparecido. Ni siquiera
una de sus posesiones se encuentra allí. El suave piso de arena de la cabaña
está hollado por múltiples huellas de pies y, muy cuidadosamente, durante la
hora siguiente, Vera mide cada una de ellas con su propio pie. En cada caso
comprueba que la medida es exacta.
Obu
Itubi está atrapado. El registrador capta una reducida extensión del lecho de
la corriente. Muchos de los delicados instrumentos del sistema de control se
han dañado con la caída. Sólo tres de los brazos telescópicos funcionan, pero,
aún si trabajan simultáneamente, no son capaces de enderezar al Amco-pak. El
viaje del Mark X ha llegado a su fin.
Sin
embargo, Itubi está satisfecho. Se ha escapado del Depósito y ha empatado el
puntaje con el Centro de Control en el proceso. Menos de cuarenta horas de
oxígeno de reserva quedan en el coche, pero su último suspiro será libre. El
volcado Amco-pak constituirá una magnífica tumba.
Los
deudos ya se han reunido. Urracas y pechos colorado charlan en los árboles
cercanos; un ciervo de gran cornamenta contempla todo desde la orilla del
barranco; el puercoespín todavía duerme; y, por encima de todos ellos, un robot
Centinela ronda, plateado y destellante bajo el sol de mediodía, y transmite
las señales de su registrador al Centro de Control.
IV -
ZÁNGANO
Después
de seguir el curso del ataque en la instalación de la superficie, el Centro de
Control ordena todos los preparativos para comenzar las operaciones de un
programa omnilateral. Un equipo de trabajo de coches de mantenimiento es
despachado hacia la superficie para la remoción de los escombros. Se
estructuran planes preliminares para la nueva instalación; todos los Unistat
4000 disponibles son reclutados para dicha tarea; los proyectos relativos a
mejoras son momentáneamente apartados. Entre los millones de detalles triviales
registrados en carreteles de cinta guardados en los Archivos, durante este
período de emergencia, se encuentra la información de que un residente del
siglo veinte (mujer) se ha traspapelado. Aunque, técnicamente, estas cintas
están reservadas para ser proyectadas siempre que una Unistat no esté ocupada
con algo, las máquinas que trabajan en el Centro de Control saben que las
cintas guardadas en el Archivo no vuelven a verse jamás. Una de las serie
Deltron, en la División Despacho, aun bromea y se refiere a los Archivos como
al «Mar de los Sargazos», en todos los memoriales interdepartamentales.
Es
Skiri el Navegante quien primero ve el brillante reflejo del lejano Centinela.
Les muestra el espectáculo a sus compañeros, Swann la Curadora y Gregor el
Fabricante de Instrumentos. Sin intercambiar palabra abandonan el camino y se
dirigen, a través de los bosques, en dirección al nuevo fenómeno.
Los
tres son Nórdicos, dos hombres y una mujer, en Búsqueda, y provienen de la
nómade Tribu Omega, seguidores del rebaño de bisontes a través de las Grandes
Mesetas del Hemisferio Norte Dos. Caminan en fila india, Skiri a la cabeza. Aun
bajo el destellante sol del mediodía, los claros y penetrantes ojos azules del
Navegante disciernen la posición de las estrellas. Su instinto para la
orientación es infalible.
Swann,
Skiri y Gregor comenzaron su Búsqueda hace más de seis años, anduvieron por
tortuosos caminos rumbo al oeste y a través del desierto, se aproximaron al
Pacífico y luego tomaron hacia el norte entre montañas y espesuras. Durante
seis mil millas han señalado su camino con coloridas inscripciones sagradas,
cuentas de rosarios y plumas suspendidas al viento, desde las ramas de los
árboles, que indican manantiales y otros lugares santos. Esas brillantes
señales constituyen el único índice de su paso.
No
hay casi necesidad de hablar; los tres viajan en armonía sin dar órdenes ni
formular preguntas. El grupo no tiene líder. Skiri es el que indica el rumbo
porque esa es su vocación. Diversiones tales como investigar al extraño
Centinela son el resultado de un acuerdo unánime. No existe meta para una
Búsqueda ni motivo alguno de apuro. La curiosidad tiene, por cierto, cabida,
puesto que nada sucede en la tierra que carezca de interés para el hombre.
Vera
está cautiva en la memoria, abandonada en una isla que no existe. Pasa largas
horas contemplando el profundo azul más allá del turquesa de la bahía. Raras
veces divisa algunas velas, pero los remotos barcos no se acercan. Temprano,
por las mañanas, lleva a Chi-Chi a pasear largamente por la playa y las
comarcas interiores, a lo largo de caminos sombreados por tamarindos y árboles
de caoba. Juntas, exploran cada lugar de la isla.
Hay
cinco pequeños pueblos, grupos de casas de pastel con destellantes techos de
latón. Desde cierta distancia, Vera siempre ve las calles llenas de gente o
escucha el ajetreo de la vida cotidiana; pero, cuando cabalga hacia el lugar,
las figuras retroceden como por milagro y todos los ruidos se desvanecen en el
silencio, al par que ella atraviesa el desierto pueblo.
Una
vez se detiene y penetra en una casa de piedra caliza, de dos pisos, intrigada
por el sonido del canto de un niño. Todas las habitaciones están llenas de
objetos de su pasado; sus juguetes de la infancia están esparcidos por el piso;
los bordados de su madre decoran la atizonada pared; filas de los libros de
medicina encuadernados en cuero pertenecientes a su padre llenan mesas y
estantes. Reconoce la voz infantil como la suya propia; entona una canción que
su abuela le enseñara. Pero, a medida que busca de habitación en habitación la
cantante, al parecer, la elude, y el fantasmal sonido se agazapa en otro rincón
o detrás de la próxima puerta cerrada.
Un
equipo de trabajo echa tierra en la corriente montañosa. Los mellizos Mark VII,
al desalojar una piedra, enfocan con sus registradores a los tres Nórdicos,
gráciles como ciervos en la empinada ladera del barranco. Ninguna de las
máquinas ha visto antes a un hombre. Están familiarizadas con la forma,
durmiente, desnuda y alineada, en las Cámaras de Animación en Suspenso, con
tanta pulcritud y eficiencia como los residentes archivados en el Depósito;
éste constituye un concepto de humanidad que los coches de mantenimiento son
capaces de comprender. Pero la visión de las tres flexibles criaturas es algo
enteramente nuevo. En las incubadoras, todas las formas de los fetos humanos
son semejantes. Los adultos, también, en las cámaras, son todos idénticos. Excepto
las ligeras diferencias de sexo y clase, las características de una forma de
vida humana procura un espejo fiel de todo el resto. Las unidades Mark VIl de
programación y memoria carecen completamente de preparación en relación con la
imagen, captada por el registrador, de los tres Nórdicos que se acercan a
través de la corriente. Sus rasgos son similares ―pelo rubio y claro y ojos de
zafiro―, y sin embargo, cada uno parece distinto e individual. Las vestimentas
que usan ostentan la misma perturbadora cualidad. Al primer registro, parecen
idénticas: brillantes túnicas tejidas y polainas con adornos geométricos y
borlas de plumas iridiscentes. Pero una muestra de memoria-comparación,
instantáneamente desaprueba esto. Los Nórdicos son exóticamente distintos como
tres copos de nieve.
―¿Qué
ha sucedido aquí? ―pregunta el primer Nórdico, saltando de roca en roca a
través de la corriente.
La
máquina contesta sin hesitación. Los circuitos de las series Amco-pak no
olvidan la antigua noción de que el hombre ha de ser obedecido. Por turno, pero
con voces tan idénticamente monótonas que la narración se desliza como un flujo
uniforme, los Mark VII describen el alboroto del coche fugitivo y la
terrorífica destrucción de que fuera objeto la Instalación de la Superficie.
Los Nórdicos escuchan, atentísimos, reclinados sobre la ladera, en el borde de
la corriente. Pero, la historia es confusa, pues las máquinas sólo saben la
información contenida en sus instrucciones. No conocen la identidad del
residente «cautivo» o cómo pudo ser «atrapado» a bordo del Mark X. Todas las
máquinas se encuentran en estado de Emergencia Alerta como resultado del ataque
en la Instalación de la Superficie, pero si existe alguna conexión entre ese
acontecimiento y su propio destino es un problema que no puede ser contestado
por los coches de emergencia.
―Nuestro
problema principal es el procedimiento de decantación ―concluye el Mark VII
izquierdo―. No hay circuito posible mientras el Mark X continúe volcado. Y el
coche está tan dañado que enderezarlo podría poner en peligro al residente. Es
una situación delicada.
Gregor
coloca en el suelo su fardo de mimbre tejido. Desanuda las correas de búfalo y
busca en el interior su caja de instrumentos.
―Permítanme
ver qué pueda hacer.
Se
trepa entre las llantas del volcado Amco-pak y golpea el plato del piso con sus
nudillos. De rodillas, abre la tapa de su caja de instrumentos, una oblonga
cartera de cuero bordada con púas de puercoespín. Desplegada como un mapa,
revela una brillante hilera de microinstrumentos de precisión. En pocos
minutos, Gregor horada una porción circular del plato del piso y manipula en el
tablero de conexiones y circuitos. Los Mark VII observan, inmóviles, mientras
él termina su trabajo, hace los ajustes finales en el interior del Amco-pak
sólo al tacto y con dos manos aferra el recipiente craneano, al aire libre,
como si se tratara de un recién nacido.
―Quedan
más de treinta horas de atmósfera respirable aquí ―dice Gregor, al verificar el
peso del tanque de oxígeno de reserva―. No hay necesidad de una cámara;
nosotros haremos una camilla mientras los coches se ocupan del naufragio.
Skiri
y Swann se disponen a trabajar con sus largos cuchillos; cortan y pulen un par
de varas. Rápidamente, preparan una litera, colocan en ella el recipiente
craneano y dos fardos anudados entre los extremos con varias vueltas de una
correa de cuero crudo. Por medio de grúas y montacargas, los Mark VII,
finalmente, logran enderezar al Amco-pak. Los coches, con la estropeada máquina
a remolque, avanzan pesada y dificultosamente en pos de los tres Nórdicos, que
se pierden ya de vista corriente abajo y acarrean al residente entre ellos,
como cazadores que regresaran con su presa.
Dentro
del oscilante recipiente craneano, la mente de Obu Itubi lucha por la salud. Su
serenidad y la plácida visión subacuática terminaron al unísono, con el
simultáneo cierre de todos sus demás controles sensoriales. La unidad de
memoria, el sistema auditor y el centro de navegación, el conjunto de
reconfortantes diales y medidores, todo se desvaneció en el mismo terrible
instante. La oscuridad y el silencio lo encerraron como un espacio sin término.
Itubi combate su temor con la razón. Sólo existen dos posibilidades: o bien el
Amco-pak sufrió un súbito e inexplicable destrozo o el descalabro es el propio
y está muerto.
Si
ésta es la muerte, Itubi está en el infierno. Su aislamiento es completo y las
alucinaciones y bardo visiones comienzan inmediatamente; pero, su mente
consciente continúa su lógico y tranquilizador diálogo, a pesar de las olas de
insania que se elevan en el oscuro océano de su subconsciente. Señales
luminosas y ruedas de colores giran en la oscuridad. Una panoplia de demonios
menores se retuercen y gesticulan. Los terribles rostros de sus acusadores
tienen piedras preciosas incrustadas y los fríos ojos de rubíes se inflaman de
crueldad. Minuto a minuto, la tranquila isla de su lógica se hunde, la salvaje
marea de visiones arrecia e Itubi sabe que está perdido, que las fuerzas son
demasiado poderosas. Pronto estará solo con su locura.
Después
de su primera visita, Vera permanece alejada de la casa durante una semana,
suspicaz y temerosa. No está segura porque. Quizás tema una trampa, con todos
esos recuerdos sugestivos como cebo. Pero, la curiosidad es demasiado fuerte,
su paseo vespertino parece conducir siempre a la casa y pronto Chi-Chi conoce
el camino aun cuando ella deje sueltas las riendas.
Una
tarde se queda hasta caído el crepúsculo mirando instantáneas guardadas en una
caja y ya está oscuro cuando se levanta para irse. Vera, entonces, pasa la
noche en la habitación de abajo; sólo dormita a ratos pues la vieja casa cruje
y suspira y los murciélagos se deslizan con un sedoso batir de alas desde el
techo de latón. La llegada del día la tranquiliza; se duerme al amanecer y
recién despierta cuando el calor del mediodía convierte a la cerrada habitación
en un horno.
Esa
misma tarde, cabalga hasta el refugio de la playa y llena una funda de almohada
con sus ropas y cosméticos. El día de ayer se le antoja alejado en años en el
pasado. Le cuesta creer que alguna vez pudo vivir en esa choza que parece un
calabozo hecho de cañas. Aun una noche intranquila en la cama es más
confortable que dormir en el húmedo piso de arena. No, ése no es el estilo de
Vera; no puede haber sido feliz aquí. La idea es absurda, como lo es la noción
de que alguna vez amó a alguien con el ridículo nombre de Skeets. Todo es una
broma.
Vera
ríe al abandonar el cobertizo, con la funda atada entre sus brazos. Monta a
Chi-Chi y se aleja entre los cocoteros, sin mirar ni siquiera una vez hacia
atrás.
El
aire es acre y brumoso adentro de la abovedada Instalación de la Superficie.
Escuadras de coches de mantenimiento amontonan los escombros en humeantes
montículos. Un Mark V corta una derrumbada viga en trozos. Gregor le pregunta a
la máquina quién puede atenderlo. Enfocando la brillante entorcha, el coche los
remite a una Serie Administradora Exec Unistat; se trata de ocho computadores
oblongos estacionarios, eslabones interconectados de acero y vidrio, ordenados
como un Stonehenge de precisión, en círculo, alrededor de la arruinada mesa
giratoria.
Swann
deja a los hombres y trepa encima de los escombros que obstruyen la entrada a
la incubadora. Gregor y Skiri la observan hasta que se ha perdido de vista,
antes de acercarse al Administrador Unistat, la litera sostenida entre sus
manos como una silla portátil. El primero de los elevados tableros los saluda
y; rápidamente, se les imparten instrucciones para que se dirijan, siguiendo la
dirección de las agujas del reloj, hacia la Unidad Cinco, donde ha sido captada
la radioemisión del Centinela. El Tablero de la Unidad Cinco comienza a hablar
antes de que los hombres puedan proferir una sola palabra. Obviamente, se trata
de un discurso ya registrado: torrentes de retórica alaban a los hombres y
prosiguen con el mundano desarrollo de hechos y detalles pacientemente
registrados. Los Nórdicos colocan la litera en el piso y, en cuclillas, trazan
ociosos dibujos en el piso de plástico cubierto de polvo.
Swann
regresa solo momentos después de que los Mark VII entran pesadamente, con el
náufrago a remolque.
―Fue
terrible ―dice ella―. Habitaciones llenas de cuerpos destrozados, sangrantes,
la mayoría desmembrados. Como un campo de batalla... y los coches procedían a
la limpieza y paleaban los cuerpos como si se tratara de desperdicios. Los
obligué a detenerse. Transportarán todos los restos humanos hasta el borde del
claro para cremarlos.
―Malas
son las noticias por aquí, también ―dice Skiri, que se pone de pie―. Todos los
Canales de Comunicación con el Centro de Control están muertos. Sólo es posible
obtener información en lata del Administrador Unistat. La unidad ha recibido
instrucciones para aislar inmediatamente al morfocerebro, con el procedimiento
de cuarentena que exige el manipuleo de material contaminado. Nuestro residente
está condenado por graves crímenes.
Gregor
tiene su caja de instrumentos entre las manos.
―Oigámoslo
directamente a él ―dice―. Ya escuchamos lo suficiente a la máquina.
Desconectaré el comunicador del coche averiado.
El
trabajo sólo le insume unos pocos minutos, porque el comunicador no constituye
una parte integral del sistema mecánico del Amco-pak y puede extraerse con
facilidad. Inmediatamente, Gregor comienza a conectar el aislado cable
neurofibriloso con los circuitos del recipiente craneano y realiza con destreza
cien difíciles conexiones en la tercera parte del tiempo que un coche de
mantenimiento insume para el mismo trabajo.
―Uno
más... ―Fija el último cable en su lugar con su llave microscópica. Al punto,
fluye un delgado parloteo de ocultas voces.
―Un
poco más de volumen, por favor, Gregor ―pide Swann.
Entonces,
ajusta el control exterior y el pequeño y penetrante sonido adquiere el volumen
de un aullido tan agónico y alienado, expresión de un terror y desolación
tales, que parece un eco de las propias cámaras del infierno.
La
extracción del contenido de la gaveta número A-0001-M (637-05-99) ocasiona, en
verdad, poco dolor en el subdistrito. Todos los residentes del siglo veinte
(más de las siete décimas partes del Nivel I) conoce la historia de Skeets
Kalbfleischer, pero no experimentan la pérdida. Sólo representa un accidente,
pasado por alto en la excitación, un pequeño engranaje en el drama de la
reciente emergencia. Pero aquellos que no estaban alojados en los Depósitos
subterráneos durante la Guerra de los Treinta Minutos recuerdan la hermandad de
la supervivencia. Una emoción similar une ahora al subdistrito; todos juntos,
hubieron de resistir las mismas penurias a merced de un solo peligro. Por el
contrario, para los residentes que allí vivían cuando la guerra, las noticias
referentes a la destrucción del primer morfocerebro del mundo les parece tan
trivial como un informe de guerra que refiriera la destrucción de la pirámide
de Cheops por un misil israelita desviado.
Un
nativo del siglo veinte ha sido alcanzado por el accidente. La pérdida del
cerebro de Skeets Kalbfleischer constituye un problema para el Auditor Philip
Quarrels. Ningún residente del Nivel I había sido Elevado todavía y el Centro
de Control esperaba que Skeets fuera el primero. Un gran trabajo. La
responsabilidad concierne al Auditor correspondiente. El éxito le acarrea su
propia recompensa. El fracaso es inconcebible.
Aunque
Quarrels advierte que ese período de emergencia está destinado a solucionar
problemas complicados, no vacila en formular una solicitud a la Autoridad
Médica para que le procuren un cerebro adulto. Si no lo hubiera disponible,
quizás la incubadora podría hacer madurar a alguno con un procedimiento
especial.
Skeets
Kalbfleischer sólo está orgánicamente muerto. Su cerebro ha sido destrozado,
pero su memoria se prolonga. Todo su pensamiento y experiencia, aun las
desconocidas profundidades de su subconsciencia, se encuentran registrados en
cinta de microencefalograma. Sus sueños yacen preservados en antiguos informes
a la Comisión Auditora. Espiritualmente, Skeets Kalbfleischer está muy vivo;
sus cintas permanecen en el Archivo. Cuando un nuevo cerebro esté disponible,
Philip Quarrels supervisará los procedimientos de registro. No le importa si
tiene que esperar. Cuenta con todo el tiempo del mundo.
En
un distante sector del Nivel II, otro Auditor enfrenta sus propias
dificultades. Los canales de comunicación directa no se han abierto en la
Instalación de la Superficie y la señal del Centinela debe de ser procurada por
el Administrador Unistat. Luego, una cinta se remite a la División Despacho y
es retransmitida. Hay un frustrante lapso de espera de diez minutos; el Auditor
de Obu Itubi sólo puede observar el pasado. Toda instrucción demora otros diez
minutos en llegar al Centinela. Se siente impotente. Pero el Auditor sabe que
su impotencia es pasajera. Su presa sólo le lleva una ventaja de veinte
minutos. Sin embargo, el comportamiento de los Nórdicos es tan excéntrico, tan
extremadamente azaroso, que el Auditor se ve obligado a reconocer los irritantes
síntomas de la ansiedad cuando los observa retirar el recipiente craneano de la
bóveda. En el alejado extremo del claro, tres Amco-paks apilan leña y residuos.
Otro grupo de coches se acerca, cargado con astillados armazones. Los Nórdicos
avanzan en fila india. ¿Intentarán arrojar a Itubi a la pira? ¿Por qué no
incinerarlo con los restos del destruido equipo? El Auditor advierte que éste
es un pensamiento reconfortante. Un hombre cosecha lo que sembró; la
destrucción aguarda a los destructores. Itubi se ha ganado el Infierno.
Vera
no abandona la casa. Duerme en uno de los dormitorios de alto techo en el piso
de arriba. La endoselada cama es la de su abuela; los barrotes labrados de
caoba sostienen una orlada bóveda, las cinceladas piñas aseguran la fertilidad.
Las sábanas de satín color rojo sangre, sin embargo, provienen de una tienda de
la Avenida La Cienaga, regalo de algún olvidado ganador del Oscar. Sobre el
piso yace la piel de un tigre que Vera mató de un tiro desde lo alto de un
elefante cuando fuera invitada por el Maharajá de Cooch Bear. La habitación es
encantadora, atestada con las posesiones favoritas acumuladas durante una
larguísima vida: muñecas de porcelana pintadas a mano, una colección de
pisapapeles de cristal, orquestas mecánicas de latón, todas las reliquias de la
infancia perdidas junto con los haberes y muebles de la familia en ocasión de
que una averiada Fortaleza Volante arrojara su carga de bombas sobre el estado
de Mitlovic antes de estrellarse contra las montañas. Cada día, Vera descubre
un nuevo recuerdo de su pasado: un álbum de imágenes publicitarias robado de su
departamento de Hollywood; cajas de joyas extraviadas; hojas secas aprisionadas
entre las páginas de best-sellers nunca leídos; un pequeño frasco lleno de
lágrimas derramadas en el funeral de su noble esposo italiano.
Del
otro lado del hall, en un dormitorio vacío, hay algunos antiguos baúles mundo,
con fallebas de bronce y hermoseados con collages de esfumadas tarjetas
postales. Los baúles guardan ropas de Vera, a la moda de hace cientos de años;
sin embargo, cada vestido y cada bata luce fresco y como recién salido de un
desfile. Con frecuencia, Vera pasa el día aquí y se prueba las vestimentas ante
el espejo de luna entera. Luego, arroja la ropa que ha usado, sobre el piso,
como una niña malcriada; pero, cuando regresa, todo se encuentra pulcramente
plegado y colgado en su lugar. Y cada noche, sube las escaleras para encontrar
su cama recién tendida, las sábanas limpias y con olor a sol, las almohadas
mullidas y un candelabro de plata adosado a la pared, que alumbra suavemente.
No
hay relojes en la casa. Vera se despierta cuando quiere. Un plato de mangos
cortados en rebanadas o un alto vaso de jugo de naranja la espera, siempre,
sobre la mesa de luz. Y cuando se le despierta el apetito, sabe que encontrará
un elegante desayuno en el cenador del jardín. El almuerzo y la cena lo sirven
adentro de la casa. Hibiscus recién cortados decoran el centro de la pesada
mesa florentina. Nunca aprendió a cocinar y, aun cuando era niña, siempre hubo
sirvientes para atender los quehaceres. La misteriosa aparición de sus comidas
y la magia que mantiene limpia y prolija a la casa es algo que Vera da por
descontado. Espera, como cosa natural, que la servidumbre no constituya un
obstáculo.
La
vida es perfecta en la casa. Cada día le procura el regocijo de descubrir otro
tesoro olvidado: alguna chuchería de su madre o un atado de perfumadas cartas
de algún antiguo admirador. Cada comida constituye una obra de arte, el trabajo
de un chef de cordón bleu. Un avezado catador opera, invisible, en la bodega y
envía arriba botellas de exquisito vino. Aun el jardín, tropical y florecido,
es cuidado y atendido por una mano experta. Sin embargo, a veces por las
noches, Vera se siente triste y desea que el lecho de su abuela no sea tan
amplio y vacío. Tiene un sueño sin sueños. Por las mañanas, se levanta
satisfecha y feliz. Si extiende una mano, encuentra el otro lado de la cama
siempre tibio.
Swann
se desliza sobre la cima de la pira y, mientras los hombres trabajan con los
coches, revisa los cuerpos, ordena brazos, piernas y cabezas para que ajusten
en los desmembrados troncos. Los cuerpos están dispuestos de acuerdo con el
ritual, cara al este, los brazos, si los hay, cruzados sobre el pecho, los
rostros empolvados con tiza blanca. Swann distribuye entre ellos amuletos
sagrados y talismanes: guijarros como monedas, plumas iridiscentes, fragmentos
de abalorios. Porque es la curadora, el deber de Swann consiste en realizar los
Ritos de la Muerte.
Puesto
que esos cuerpos no han albergado jamás al espíritu, omite la mayor parte del
ritual; no hay sones de trompetas hechas con conchas ni se entonan sagradas
letanías, ni pinta símbolos místicos en los cerrados párpados ni lee antiguos
textos a los difuntos. Sin embargo, Swann unge cada cuerpo con fragantes
aceites y fragancias. Aquí y allá, entre los leños, esconde pequeños trozos de
inciensos de pinas y puñados de sustancias químicas que hacen arder el fuego
con variedad de colores.
―Swann
―Skiri la llama―. Aquí hay otro.
Swann
termina su tarea arriba y se desliza hacia abajo de la pira de leños. Skiri y
Gregor han encontrado un cuerpo que todavía respiraba. Una mujer Nórdica. Ambas
piernas han sido arrancadas desde abajo de la rodilla. Swann prepara una
inyección. Pero la respiración cesa antes de que la aguja sea retirada.
Estos
cuerpos se encuentran tan cerca de la perfección, casi humanos, que resultan
perturbadores. Quirúrgicamente, Swann puede reparar el daño, colocar los
miembros en su lugar, detener las hemorragias, aun estimular los corazones
detenidos para que bombeen nuevamente. Pero sería tan sólo un juego, un deporte
sin meta alguna. Que las incubadoras produzcan una nueva multitud de zombis.
―Por
aquí ―Skiri indica el lugar adonde se arrodilla Gregor, en el ensangrentado
pasto―. Estaba en el fondo de la pila.
Swann
se acerca, observa los miembros cuidadosamente seleccionados, brazos en una
pila, manos y pies en otra, piernas amontonadas como leña. Los hombres
permanecen a ambos lados, el torso desnudo, sus brazos y pechos empapados de
sangre y sudor. A sus pies, yace el cuerpo intacto de un hombre Trópico,
cubierto de sangre hasta el punto de que sus rasgos se obscurecen. A primera
vista, se diría que no está vivo; la posición de la lengua denota asfixia. No
importa. Ella sabe por qué la han llamado los hombres. Con un paño mojado,
limpia la sangre del rostro y cuerpo del Trópico. Excepto algunos rasguñones
superficiales no detecta señal de daño. La sangre es de los otros.
―Un
día afortunado ―dice mientras Skiri y Gregor levantan el cuerpo y lo
transportan al lugar donde han amontonado sus fardos, el recipiente craneano de
Obu Itubi encima de todo, con su pulida superficie refulgente como un espejo a
la luz del sol.
El
Auditor de Obu Itubi está demasiado enojado para observar el registro de la
operación atentamente. Su cólera es el resultado del orgullo, quizás porque
Y41-AK9 es uno de los raros miembros de su clase registrados en el Nivel II. La
mayoría de los demás Anfibios contaban ya con 190 grados de Entendimiento, o
más aun, cuando fueron incorporados al Sistema. Para honor de ellos, justamente
la delegación de los Anfibios fue la que propuso la cerebrotomía universal, el
Día del Despertar, en el Consejo Mundial.
El
Auditor de Obu Itubi prefiere su número a su nombre Ku-ni-qu-ri-ri-ki es un
nombre de delfín (todos los Anfibios tienen nombres de Delfín). ¿Qué puede
significar un nombre en un lenguaje sin sustantivos? Se siente mucho más cómodo
con su número; por lo menos es, realmente, Y41-AK9 (397-00-55). Si se trasmite
ese número por el comunicador sólo su gaveta responderá. El concepto de un
nombre como fuente de identidad específica no tiene sentido para un delfín.
No
es que Y41-AK9 tenga algo que decir contra los Cetácea; su primer maestro fue
un delfín. Experimenta un profundo respeto por estos esclarecidos mamíferos:
más inteligentes que el hombre, libres de los requerimientos de la gravedad,
ajenos al miedo, con un lenguaje canción sólo susceptible de expresar acción,
en verdad, son criaturas enteramente dichosas. Los venera como Elegidos de
Dios.
Y41-AK9
contempla la imagen del Trópico que le procura el registrador. La curadora
Nórdica le ha insuflado, nuevamente, aliento, y yace, frente a los lentes,
sobre un saco de dormir. Como Obu Itubi, hay otros Trópicos, y también
Nórdicos, registrados en el Nivel I, y no sólo de la primera generación de
incubadora. El feto de Itubi salió de los estanques en el 2156, sólo treinta
años antes del Despertar. No hay Anfibios en el Nivel I; Y41-AK9 está orgulloso
de este hecho. Y la población de Anfibios por debajo del Nivel V es la más
reducida de las tres clases de humanoides; sólo miembros de las dos primeras
infortunadas generaciones se encuentran registrados por debajo de esa medida.
Y41-AK9 ha considerado siempre que su generación no ha tenido suerte. No era lo
mismo ser un Nórdico o un Trópico; los primeros Anfibios constituyeron nuevas
especies de humanoides. La diferencia era mayor que la puramente física. ¿Qué
podían significar las tradiciones y la historia terrestre en un hostil medio
submarino? Los primeros Anfibios eran extranjeros por nacimiento. Aun sus
cuerpos de humanoides constituían una carga agobiadora en el océano. Muchos de
los pioneros acuáticos solicitaron que las incubadoras desarrollaran un cuerpo
Anfibio más adaptable. No existía razón genética alguna que impidiera que
tuvieran aletas y colas y una espina dorsal más resistente. Pero el Consejo
Mundial no estuvo de acuerdo. La clase de los Anfibios tenía pulmones al par
que branquias; eran homo sapiens, miembros de la familia del Hombre. Los Centros
de Reproducción no se preocupaban por la creación de nuevas formas de vida; su
tarea consistía en perfeccionar la raza humana.
Sí,
las generaciones siguientes fueron las afortunadas. No tuvieron que luchar por
la supervivencia en la última frontera de la tierra. Se había logrado la
sumisión abajo de la superficie cuando ellas advinieron. Los tiburones ya no
implicaban una amenaza; las colonias de arrecifes de coral funcionaban; las
granjas de plancton y de algas prosperaban; todos los dialectos Cetáceos habían
sido traducidos. Un recién llegado podía pasar horas escuchando la gloriosa
épica oral de la ballena del fondo de sulfato. Muchas de ellas fueron adoptadas
en manada. La sabiduría de las grandes ballenas constituyó su herencia. No
resultó extemporáneo para Y41-AK9 cuando las sesiones iniciales de audición,
después del Despertar, demostraron que estos amistosos filósofos se encontraban
mucho más avanzados en el Camino del Entendimiento. El era, tan sólo, un
antiguo adversario del tiburón que aprendió a sobrevivir.
El
Centinela enfoca directamente la cabeza del Trópico durante la crítica fase de
la operación. Y41-AK9 no se interesa en la técnica de la cirugía química, pero
observa atentamente cuando la curadora aplica un solvente celular sobre la
superficie exterior craneana. Traza el solvente líquido sobre la piel con un
punzón aguzado. Contra el blanco hueso del cráneo la fina línea azul parece tan
inocua como si fuera tinta, sin embargo, el solvente produce su efecto en menos
de un minuto. La curadora da un suave tirón y el cráneo queda dividido
exactamente a lo largo de la línea. Casi cuarto litro de líquido se derrama en
el suelo.
Ha
llegado el momento. El recipiente craneano es abierto y la curadora toma con
sus manos (¡con sus manos!) el cerebro de Obu Itubi y lo retira. Y41-AK9 está
sin habla. Parece algo tan simple. Lavado y libre de la solución electrolítica,
el cerebro es colocado en su lugar mientras la curadora, minuciosamente, vuelve
a conectar rígidos nervios, arterias y venas con adhesivo orgánico. Y41-AK9
experimenta los comienzos de una vieja pena. ¡Obu Itubi es libre! Libre para
caminar sobre la tierra otra vez, para estar entre los hombres. Y todo por una
cuestión de suerte, simple y azarosa suerte. La misma condenada suerte que le
destinó a él una carrera de combatiente con peces martillo y macos mientras
otros habían nacido para tener una ballena por gurú (maestro). Pero, esta vez
es diferente. Itubi no escapará. Aunque le cueste cien años, el Auditor
triunfará. Esta vez la suerte lo favorecerá.
A
diferencia de Y41-AK9, el Auditor Quarrels no es un místico por naturaleza.
Cuando joven fue un hedonista, un piloto de jet tipo playboy al cuidado de un
jardín de rosas. El sexo y la velocidad fueron sus obsesiones. Una guerra en el
sudeste asiático le procuró generosas dosis de ambas cosas. La guerra lo
sorprendió a Quarrels en Mach II; fue totalmente silenciosa y tranquila. Los
raids nocturnos eran los más hermosos. Sólo una vez fue real: un misil SAM que
ascendía a la velocidad del sonido desde la verde y parda abstracción de allá
abajo. Sus elaboradas tácticas de evasión, una danza horrible y desesperada, le
enseñaron, por primera vez, que uno se vuelve místico cuando termina la
algarabía.
Los
desengaños de la sofisticación, de las cinematográficas novias y de los
pasajeros entretenimientos terrestres indujeron a Quarrels al programa
espacial. Tenía todas las dotes del astronauta, y contaba, además, con las
ventajas del espacio, Quarrels ya no quiso bajar. Y, por ello, se prestó, como
voluntario, para la Expedición Saturno.
El
viaje de trescientos veinte años del Endurance II demostró que la nave espacial
era digna de su nombre. Para Quarrels significó un ritual de mediación, una
iniciación que le procuró una residencia en el Nivel II del Depósito. Quarrels
está satisfecho de ser un morfocerebro. Su cuerpo estaba viejo, gastado. Lo
abandonó alegremente y no se condolió cuando ardió con el resto de Norteamérica
en la Guerra de los Treinta Minutos.
Las
penurias y las desilusiones se revelaban como carentes de sentidos si se las
comparaba con la vasta y eterna tranquilidad del cosmos. El sufrimiento, la
pena, la angustia, la envidia, todas las ruines miserias terrestres, resultaban
purgadas por la aterradora grandeza del espacio. Desde su retorno de Saturno,
nada ha perturbado la serenidad del único residente del Nivel II que no ha
nacido en una incubadora. La destrucción del cerebro de Skeets Kalbfleischer
constituye un revés para el Auditor Quarrels, pero la Comisión advierte que
recibe las noticias con tranquilidad y sin emoción. Verdaderamente asombroso
por tratarse de un nativo del siglo más neurótico que ha conocido el mundo.
Y
más tarde, cuando llegan informaciones de la Autoridad Médica, Quarrels no
pierde en absoluto su calmo autocontrol. No existen cámaras habilitadas para la
producción de tejido cerebral; las incubadoras no están capacitadas para
fabricar cerebros; la perfección del modificado humanoide (descerebrado), es el
resultado de años de investigación genética. Además, las reglamentaciones del
Centro de Control prohíben cualquier excepción a los procedimientos
establecidos. Solicitud denegada.
Vera
se despierta y experimenta pulsaciones en la cabeza. Cierra los ojos ante la
destellante ventana abierta y se desploma nuevamente sobre las almohadas de
plumas. Su pulso retumba en sus sienes como los enfundados timbales de un
cortejo fúnebre. El dolor de cabeza se expande en punzadas a lo largo de su
cuerpo. Sus miembros pesan y duelen, siente sus pechos turgentes, los párpados
inflamados y sensibles. Todo le molesta. Vera desearía que el funeral fuera el
suyo: el forro de satín del ataúd, la entumecida nadificación de la muerte, el
fresco silencio circundante de la tumba. Otras mañanas, Vera ha encontrado su
flexible cuerpo adolescente marcado por mordiscos amorosos y arañazos. Con
frecuencia ha identificado a su amante por las marcas en su carne: la comezón
de los rasguños de las espinas sobre sus pezones, las delicadas punciones
caninas del laureado Hugo. Vera aprendió trucos en Hollywood, pero los
recuerdos, jugosos como frambuesas, de besos apasionados, podrían provenir de
una cualquiera entre las centenas de casuales aventuras que viviera en la
colonia artística. ¡Qué diversión la del descubrimiento de huellas de una
pasión madura que vejaban su inmaculada complexión de adolescente!
Hoy
no se divierte. El sufrimiento es demasiado intenso y le impide todo placer, el
dolor de cabeza late en una agonía que hace mucho tiempo olvidara. Ha perdido
dos dientes y sus mandíbulas se abren con dificultad. Reconoce al autor de
estos deterioros. A su primer marido le agradaba golpear a la gente. Era capaz
de provocar disputas en los restaurantes para tener la oportunidad de usar los
puños. Un hombre brutal. Vera había sido atraída, primero, tanto por su salvaje
manera de ser como por su fuerte y atlético cuerpo. Era cazador, hijo de un
industrial francés. La llevó a Vera a expediciones a India y África y le enseñó
la catarsis del juego limpio. (La piel de tigre en el piso era recuerdo de un
viaje con Raoul). Por las noches se le acercaba con un látigo, aunque ella
temía mucho más a sus pesadas manos enjoyadas con anillos de oro. La golpeaba
hasta que caía al suelo, buscaba su sumisión y no el placer; finalmente, cuando
ella se arrodillaba, la tomaba por la grupa, como un animal.
Vera
intentaba ocultarse, dormía en canapés y debajo de la mesa de billar, en la
biblioteca, mientras él la acechaba a través del oscuro chateau. Una noche que
la acorraló en la habitación de los trofeos, ella tomó una escopeta de la
panoplia y agregó otro cadáver a la colección. Las elevadas sombras de los
órix, los kudú, la gacela de Grant y el campeón mundial de los rinocerontes
fueron sus únicos testigos. La policía aceptó con cierta reticencia su
historia, entre hipos y sollozos, sobre ladrones y confusión de identidad. La
publicidad promovió mucho su carrera.
Pero,
esto sucedió siglos ha, en Montigny-sur-Ourcq, con su guardia medieval y sus
almenadas murallas bajo un cielo sombrío. Vera se sienta con un gemido y
enfrenta la luminosidad estival de una mañana en el Caribe. No había pensado en
Raoul desde aquella noche en que apretó el gatillo. Todo el recuerdo de la
crueldad de su esposo había sido pulcramente borrado por el enorme premio que
implicaba su cuarto blanco. ¿Por qué, entonces, la asaltaría su fantasma en su
isla secreta?
Vera
se levanta de la cama y renguea hasta su tocador para examinar el trabajo de
Raoul en el espejo. Ronchas de carne viva y cardenales cubren todo su cuerpo,
aun su estómago ostenta una dolorosa franja azul, pero su rostro es el más
dañado. A través de inflamados y oscuros ojos, Vera examina el feo brillo
purpúreo de sus magulladas mejillas y las marcas de aguijones en su partido
labio superior. Usará hoy gafas oscuras y un sombrero de ala ancha para alivio
de sus ocultas sombras.
Vera
cruza el hall hacia el guardarropa, pues recuerda una bata veraniega de mangas
largas guardada en algún baúl. Aunque nadie hay para observar sus heridas, los
espejos abundan y Vera quiere lucir lo más bella posible, aun tan sólo para sí
misma.
Busca
en un profundo baúl de cuero una bufanda que combine con su vestido y hace un
descubrimiento completamente diferente: la Holland & Holland de dos caños,
una de las dos que Raoul comprara en Londres, el arma que su mano, a tientas,
encontró azarosamente en la panoplia, hace ya tanto tiempo. Vera contempla la
escopeta durante un momento: el brillo de los azulados caños, el pulido mango
de nogal, y recuerda su terror entre los animales embalsamados, las astas que
se retorcían como tres ramas por encima de ello, en la penumbra. Como una
broma, se lleva el arma al hombro, afina la puntería y susurra, «Bang». Quizás,
piensa, mientras guarda la escopeta en el baúl con eso mataré al fantasma que
tan bruto fue conmigo anoche. Cierra los párpados y su deseo se hace realidad.
Aplastada contra la pared opuesta aparece la misma ensangrentada mancha de
perdigones, huesos, cerebro, vísceras, pelo, y despojos que la policía
fotografió durante horas a la mañana siguiente. Un párpado está adherido al
espejo. Vera grita y, al huir de la habitación, patina sobre los fragmentos de
los dientes, desparramados sobre el piso de parquet.
Obu
Itubi abre los ojos. Un profundo cielo azul despliega su cortina ante las
visiones de pesadilla y su aterrorizado aullido se convierte en una exclamación
de asombro. El temor no lo abandona, sin embargo, un demonio palpable que
acecha detrás del protector velo de iluminadas nubes. Pero, de todos modos,
está a salvo. En la medida en que sus ojos se abran, nada puede sucederle.
La
comprobación de que tiene ojos y no contempla el mundo a través de un
registrador se produce en el preciso momento en que descubre sus manos. ¿Son
estas sus manos? Su rostro, ése que siente, ¿puede ser el suyo? Mejillas,
nariz, labios, Itubi presiona el globo de su ojo con el dedo y ríe de alegría
ante las lágrimas y el agudo y prolongado dolor. Observa las palmas de sus
manos, una red de dedos que divide al cielo y se deleita con la metralla de
sensación: el caliente sol sobre la piel, el aroma de los pinos, un suave
cosquilleo bajo las plantas de sus pies. Se sienta y ríe.
Los
tres Nórdicos permanecen de pie y lo miran. Sus bordadas vestimentas y el
trigal de su pelo les procuran la apariencia de monumentos contra un fondo de
verde arremolinado. Hay demasiadas cosas para ver: árboles, pastos, flores; la
tierra entera alrededor de él como una mancha anonadante mientras estos tres
espléndidos seres humanos lucen tan nítidos como gigantes.
―Bienvenido
―dice uno y sonríe, su voz es grave y alegre―. Has nacido otra vez.
El
Auditor Quarrels prepara un Memorándum final para la Comisión sobre el tema
Denton Kalbfleischer. Con la esperanza de descubrir la evidencia de que la
terapia sexual fue, por lo menos, parcialmente beneficiosa, remite el número de
legajo de Vera Mitlovic al comunicador. La información corresponde a la fase
previa de la programación, aclara inmediatamente: EL RESIDENTE QUE USTED BUSCA
SE ENCUENTRA TEMPORARIAMENTE DESCONECTADO DE TODOS LOS CANALES.
Esto
es asombroso. ¿Es posible que el Centro de Control todavía practique el
aislamiento disciplinario? Quarrels decide verificarlo con el Auditor de Vera,
pero, cuando sintoniza el código especial del canal de la Comisión, se conecta,
para su sorpresa, con el Deltron en AudComHQ.
―EL
AUDITOR QUE USTED BUSCA SE ENCUENTRA DESCONECTADO Y OFICIALMENTE AUTORIZADO
PARA UN VOLUNTARIO TRANCE DE RETIRO.
―Muy
bien, ¿cuándo regresará?
―EL
TRANCE IMPLICA UNA DURACIÓN INDEFINIDA.
―Espero
que tenga suerte.
―¿SUERTE?
―Deseo
que su empresa resulte iluminadora.
―TAL
ES EL PROPÓSITO. LA SUERTE NO ES UN FACTOR EN EL SISTEMA. LAS LEYES DE LA
PROBABILIDAD NO OPERAN EN ESTA SITUACIÓN.
―Mire,
no pienso discutir cuestiones de semántica. ¿Qué sucede con el tablero de este
Auditor?
―REGLAMENTACIÓN
DEL CENTRO DE CONTROL 24-092: A TODOS LOS SUJETOS SE LES HAN ASIGNADO PLANES DE
ESTUDIO APROBADOS Y ESTÁN SUPERVISADOS POR LA COMISIÓN HQ.
―Gracias.
Conozco la reglamentación. Ha sido usted de gran utilidad para mí. Como
siempre, el seguro Deltron.
―LA
SERIE ESTA ORGULLOSA DE SU REPUTACIÓN.
―Bien,
¿por qué no habría de permitírsele a una máquina el lujo del orgullo?
Final
de la trasmisión.
Según
opinión de Phillip Quarrels el Deltron es una máquina mediocre, así como la
serie Amco-pak, a pesar de su renombrada seguridad. Y tan mojigata en relación
con el Trance de Retiro. Para Quarrels, sólo podría comparársela con un Auditor
más ambicioso que todo lo arriesga para ganar puntaje con miras a la Gran
Liberación. Los últimos tres niveles en el Sistema implican aislamiento y
retiro total, y se habla de residentes que se han elevado cientos de grados de
una sola vez y han superado todos los niveles intermediarios en el Camino al
Entendimiento. Pero un trance indefinido es peligroso: la mayoría de aquellos
que se arriesgaron regresaron balbuceantes y necesitados de una terapia de
emergencia.
Quarrels
prefiere el Camino de la Obediencia y de la Dedicación. Por el momento, tiene
que terminar un memorándum y una entrevista con Vera Mitlovic es esencial. De
acuerdo con el estatuto, una memoria-fusión entre niveles, sólo se permite a un
Auditor y su sujeto. Quarrels, con frecuencia, lamenta no haber intentado dicha
fusión con Skeets. El muchacho era un Scout; podrían haber acampado juntos,
intercambiado historias junto al fuego; hubieran sido camaradas. Pero es
demasiado tarde para las lamentaciones; lo mejor que puede hacer por Skeets es
redactar un memorándum completo.
Quarrels
sabe que si quiere hablar con Vera tendrá que ser en la isla. Su recipiente
craneano se encuentra aislado y no podría comunicarse sin la intervención del
Auditor correspondiente. Quarrels preparó la fusión de Vera y de Skeets. Conoce
las coordinaciones correctas; sólo es necesaria una simple reconexión. Aun el
entorno conviene. Cuando fuera un joven piloto, Quarrels estuvo destacado en la
Estación Aeronaval de Punta Chica y realizó numerosos vuelos a través del
Caribe. Una vez se vio obligado a arrojarse con paracaídas por causa de un
incendio, sobre Tórtola.
También,
existe una coincidencia sentimental que lo induce a infringir las
reglamentaciones, por esta vez. Durante el Proyecto Apolo, cuando los
astronautas tenían considerable éxito como celebridades, Philip Quarrels era
una figura conocida en Hollywood; los estudios cinematográficos, con
frecuencia, organizaban citas para él con aspirantes a estrellas y chicas de
moda. Recibía invitaciones para las mejores fiestas. En una de esas casuales
ocasiones le tocó en suerte una deslumbrante actriz europea y pasó con ella un
delirante fin de semana en un motel en las afueras de Palm Springs. Nunca más
volvieron a verse, aunque él conoció algunas de sus películas. Se llamaba Vera
Mitlovic.
Y41-AK9
observa por su registrador. Los Nórdicos ayudan a Itubi a vestirse con ropas
que han extraído de sus bolsos. Después de presentarse no hablan entre sí.
Itubi los sigue como un chico inexperto y permanece de pie, a un lado, mientras
observa cómo los Nórdicos preparan antorchas. El fuego le produce miedo; el
parpadeo de sus ojos revela un pánico tremendo cuando encienden la pira.
Los
canales de Comunicación se abren, finalmente, en la instalación de la
superficie. Y41-AK9 dirige las lentes y el movimiento del Centinela, pero,
cuando ordena al robot, que no ha dejado de rondar el lugar, que detenga al
Trópico, no obtiene respuesta. El hombre es sacrosanto para una máquina; las
inhibiciones al respecto se han instilado en el momento de la fabricación; la
orden carece de sentido.
Itubi
sigue a los Nórdicos cuando se alejan en fila india hacia los bosques y dejan a
un grupo de coches de mantenimiento para que presencien el final de la
funeraria pira. El Centinela se encuentra justamente atrás, y vigila por encima
de los tres primeros. Y41-AK9 observa la lucha de Itubi para mantenerse en pie,
sus tropiezos contra las raíces y los árboles bajos. El contraste con la ágil
gracia de los Nórdicos divierte al Auditor. Todo movimiento desmañado, todo
trastabillar cómico viene a confirmar la validez del Sistema de Depósito. El
indigno comportamiento de Itubi es típico de un residente del Nivel I. Es
necesario algo más que un cuerpo para hacer un hombre.
De
regreso en su dormitorio, la puerta cerrada con llave. Vera recupera la
compostura con profundas respiraciones y concentración en las ramas del
franchipán a través de la ventana. Su jugo de naranja está intacto en un vaso
junto a su cama. Bebe un tranquilizador y gratificador sorbo. El sabor es,
extrañamente, equivocado. Un atisbo de almendras le trae el recuerdo de una
degradada camarera noruega que envenenó sus comidas con cianuro durante varios
meses, hasta que fue descubierta por la agonía mortal de un schnauzer enano, lo
suficientemente voraz como para engullirse una caja entera de marrons glacés
contaminados.
Vera
escupe el sospechoso trago en una palangana. Primero Raoul y, ahora, Hilda; el
pasado se vuelve malévolo. Una paliza ya es suficientemente mala, pero no tiene
la menor intención de pasar la mitad de sus días en cama con retortijones de
estómago. Sus antiguos resquemores en relación con la casa parecen estar
justificados; toda esa traicionera nostalgia. Los recuerdos se entristecen como
todo lo demás. Ya es hora de tomar aire fresco.
En
un campo de las afueras, Vera desliza el cabestro por encima de la nariz de
Chi-Chi, por primera vez, en lo que debieran ser semanas. Su sombrero de ala
ancha sólo permite un paso lento y el caballo se aplica por un polvoriento
camino que conduce a la playa. Una brisa constante hace serpentear como un
oleaje el octano de caña de azúcar. Ella contempla, desde lo alto, el inerte
planear de un gran avión de guerra cuando, de pronto, un paracaídas de color
naranja y blanco se abre como una flor contra el remoto azul del cielo.
Philips
Quarrels observa la isla que se agranda entre sus pies y piensa: cincuenta años
desde el último salto, con apoyo en el chamuscado casco de lo que quedaba del
Endurance II. Pero es un recuerdo de algo que todavía no le ha sucedido, pues
ahora se trata del primer salto del joven piloto y se aferra a los tirantes,
tan excitado que no puede reprimir una sonrisa, ante la esperanza de los
treinta millones de dólares que vale esa zambullida en el Atlántico.
El
viento, a ocho nudos por hora, lo arrastra hacia el noroeste, a través de la
isla. Detalles del suelo emergen de la parcelada geometría: un camino de tierra
de trocha angosta divide las hileras de cañas, un círculo de tapiales de
palmeras rodea un acre de verdosas charcas, una casa grande y abandonada, la
armazón de un deteriorado molino, una chica a caballo. De pronto, un tamarindo
se expande abajo de él como un paraguas abierto. Quarrels se aferra a las
cuerdas y lucha, palmo a palmo, mientras desciende junto a las amenazantes
ramas hasta la verdura de una ladera cubierta de pastos.
De
pie sobre el paracaídas que yace desplomado, se quita los arneses y, en eso, la
chica se acerca a caballo desde la cresta de la colina. Lo contempla, anónima
detrás de las oscuras gafas y del sombrero protector. Lleva el lustroso pelo
negro atado con un simple lazo sobre su espalda como si fuera una escolar,
aunque el vestido que usa sugiere sofisticación y madurez, a pesar del modo en
que su levantada pollera expone sus esbeltas y tostadas piernas. Es un vestido
diseñado para almuerzos en jardines y siestas sobre divanes hasta avanzada la
tarde, y luce tan extemporáneo, a caballo, como su traje naranja de aviador,
sobre el suelo ardiente por el sol tropical.
―Hola,
Vera.
―¿Quién
es usted?
―Me
llamo... Quarrels, Philip Quarrels. ―Se pregunta si ella recordará el Motel
Palm Court.
―¿Cómo
sabe usted quién soy yo?
―Yo
soy... un amigo de Skeets.
―¿Si?
―Vera ríe, no con la nerviosa risita de una chica; el helado sonido es amargo y
sardónico―. Bueno, se ha ido. Se lo ha perdido usted.
―Sí,
lo sé. Hubo un accidente.
―¿Qué
tengo yo que ver con eso?
―No
sufrió. Fue instantáneo. Pensé que usted querría saber.
―Usted
viene del Depósito.
―Bueno...
Yo...
―No
lo niegue, no brotó usted del cielo. ¿Qué quiere de mí?
―Nada
definitivo.
―¡Merde!
No estaría usted aquí si no quisiera algo. ¿Qué es? ¿Lo enviaron para llevarme
de regreso?
―No,
nada de eso, no creo siquiera que sepan que usted está aquí. Sólo quiero hablar
un rato con usted.
―¿Hablar?
¿De qué?
―Skeets.
―¿Skeets?
―El nombre se ahoga en una risa cínica. Vera aferra su aleteante sombrero,
hunde los talones en los flancos del caballo y galopa hasta perderse de vista
colina arriba.
Obu
Itubi se sienta y apoya la espalda contra el áspero tronco de un acogedor pino,
flojo como una marioneta sin hilos. Sus piernas están doloridas, el rostro y
los brazos arañados e irritados, los ampollados pies son una palpitante prueba
de las millas que ha caminado desde el Depósito. Una multitud de otras pequeñas
molestias ―las punzantes picaduras de los insectos, la nariz despellejada, la
comezón del sudor ya seco, las desconocidas exigencias de la sed y el hambre―,
constituyen otros tantos testimonios de que la distancia desde el Pasillo B
debe medirse en algo más que en simples millas.
Los
tres Nórdicos acampan. Skiri y Gregor recogen leña; Swann prepara las ropas de
dormir. Parecen tan frescos, ahora, como en el momento en que Itubi comenzó a
seguirlos hacia los bosques. No se cambian palabras; en verdad, no se han
conversado en toda la tarde. Reservados Nórdicos, piensa Itubi, un grupo de
Trópicos hubiera pasado el día entero riendo y cantando.
Son
gente fría, lo llevan en la sangre. La mujer es atractiva, aunque los hombres
no demuestran interés en ella; floja savia la que corre por sus venas. Itubi
observa a Swann inclinada sobre los bolsos; el movimiento de sus senos debajo
de la tejida túnica aviva su antiguo anhelo. Aquí no se trata de sueño
eléctrico. Cansado como se encuentra, todavía puede gustar de una mujer, y
pelear para tenerla, también, si esos pálidos mentecatos osaran protestar.
Swann
advierte la mirada sobre su cuerpo y eleva la vista.
―Ha
sido un día largo ―dice, al par que humedece un paño en la cantimplora que
cuelga de una rama del pino―. Debieras descansar.
―Hay
tiempo para eso ―dice él mientras la mujer enjuaga la tierra de su rostro y
limpia los cortes de sus mejillas.
―Pronto
te acostumbrarás a los bosques. Ejercitarás la coordinación y no te pondrás en
el camino de cada rama que se balancea. Recuerda, tu cuerpo sólo es una
extensión de la mente. Debes estar alerta.
Itubi
no escucha el sermón.
―Debes
tener una mente muy hermosa ―dice y cierne el fino pelo rubio entre sus dedos.
―¿Por
qué dices eso?
―Porque
tienes un cuerpo tan bello. ―Itubi acaricia su mejilla y, como ella no
contesta, desliza la mano detrás de su nuca y comienza a estrecharla en un
abrazo. Swann sonríe y, tranquilamente, aferra la muñeca de Itubi.
―Y
tú tienes un corazón muy rápido ―dice, mientras le toma el pulso con las yemas
de los dedos―. Te aconsejo un buen sueño, esta noche.
¡La
fría ramera Nórdica! Un cadáver tiene más fuego y pasión que esta frígida
enfermera. No es extraño que los otros hombres la ignoren. Itubi está
disgustado. Y, al mismo tiempo, siente un destello de orgullo por su propia
clase: una muchacha Trópico, por lo menos, lo hubiera abofeteado. ¡Qué
insípidos que son estos nórdicos!
La
pregunta de Itubi es espontánea:
―¿Cómo
sabías que yo era un Trópico?
―Eres
lo que eres. Lo que eras ya no importa.
―Pero,
¿cómo lo supiste? ¿Por qué me pusiste en el cuerpo de un Trópico?
―Elegí
el primer cuerpo no dañado que encontré disponible. Fue tan sólo una
coincidencia.
―¿Quieres
decir que hubiera podido convertirme en un Nórdico?
―Te
diré que, durante un momento, consideramos el cuerpo de una mujer Nórdica, pero
no tenía piernas.
―¿Una
Nórdica... una mujer?
―¿Te
hubiera perturbado demasiado eso?
Itubi
se ha quedado sin habla. Swann coloca una mano sobre su frente.
―Tienes
una ligera fiebre. Olvidé que provenías del Nivel I y que, probablemente,
estabas todavía aferrado a tu identidad. No debería molestarte.
―¿No
te importa a ti lo que eres?
Swann
sonríe.
―Ahora,
sí, por supuesto, pero he sido renacida. Quién pueda haber sido yo, en el
Depósito, está muerto ahora. Te alarmas porque podría haber sido un hombre, o
un Anfibio, pero estas distinciones no existen en los niveles superiores; si se
las compara con la Liberación, ¿qué importancia tienen esas ligeras diferencias
de sexo y de clase? El Depósito mantiene una población constante en el mundo;
cuando se produce una muerte, la vacante es ocupada por un miembro de la clase
y sexo correspondiente. Se elige el primer morfocerebro cualificado. Un método
simple y eficaz. La vida es lo que importa. Yo podría, fácilmente, haber
recibido el cuerpo de Gregor o de Skiri. Pero te estoy fatigando. Este es tu
primer día y debes de estar exhausto. Mejor será que duermas. Te prepararé
algún remedio para la fiebre.
Mientras
Swann mezcla polvos, los hombres regresan con brazadas de leña seca y,
rápidamente, encienden el fuego. Itubi los contempla en silencio cuando
preparan la cena y se pregunta a qué clase de mundo ha regresado.
Vera
no se sorprende cuando ve que el extraño del traje anaranjado camina
trabajosamente por la blanca playa. La isla es pequeña y las huellas de Chi-Chi
son fáciles de seguir en la arena alisada por el viento. Calcula cuidadosamente
la distancia: lo suficientemente lejos como para expresar desagrado, pero no
demasiado lejos como para desalentar la búsqueda. Cuando él se acerca, arregla
el ruedo de su vestido de modo tal que unos adicionales centímetros de muslos
madurados por el sol queden a la vista y afecta un aire de indiferencia.
―Hola
―dice él―. Lamento haberla molestado hace un rato. Pensé que estaría ansiosa
por recibir algunas noticias.
Vera
se levanta sobre sus codos para mirarlo.
―Por
favor, nada más sobre Skeets. ―Al advertir que los ojos de él se posan en sus
piernas, arquea enfáticamente una dorada rodilla―. Todo eso pertenece al
pasado.
―Prometo
no hablar de él. ―Se arrodilla a su lado en la arena y le ofrece un cacho de
bananas maduras―. Crecen junto al camino. Son muy dulces.
Vera
toma una banana.
―¿Usted
no quiere?
―Gracias,
ya comí. Estas son para usted.
Vera
sonríe y maniobra para aparecer a un tiempo ingenua y seductora. Pela la banana
con mirada de conocedora, parte por parte le quita la amarilla cáscara como una
cortesana que desnuda la blanca piel de su amante. Lentamente, introduce el
curvo fruto en su boca y después, lo desliza entre sus húmedos labios hacia
afuera, brillante de saliva, hasta que sólo la punta queda aprisionada entre
sus dientes. Sus ojos languidecen y los párpados los velan pesadamente cuando
muerde.
―Mmmm,
deliciosa ―murmura.
Quarrels
aclara su garganta. Parece incapaz de observar su rapsódico masticar.
―¿Qué
le sucedió a su cara? ―pregunta, desviando la vista hacia el mar―. Tiene usted
algunos desagradables magullones.
―Me
caí del caballo. ¿Está seguro de que no quiere una banana?
―Segurísimo.
Vera
examina la firmeza de su mandíbula; el perfil puro y anguloso.
―También
me lastimé aquí ―dice y abre su vestido para mostrar un hombro manchado y
ofrecer, con destreza, un rosado atisbo de su florecido pecho, en el mismo
gesto. Quarrels mira rápidamente hacia otro lado, se concentra en las
rompientes olas y dice algo acerca de los peligros del montar en pelo. Vera
encuentra atractivos aun sus mellados dientes. Recuerda a un ganador del Grand
Prix que usó una bufanda de ella como mascota en Monte Cario y a un
Oberleutenant, en la SS, que lucía demasiado hermoso para ser, verdaderamente,
su enemigo. Hubo otros hombres con la misma mirada, hombres acostumbrados a los
riesgos, osados, exactos, severos y, al mismo tiempo, libres e independientes.
Vera, que vivía en un mundo de actores cuya carrera consistía en imitar esas virtudes,
descubrió que la realidad era irresistible y se acostó con un Panteón de
pilotos de pruebas, esquiadores olímpicos, corredores de autos, devotos de la
caza mayor, escaladores de montañas y, una vez, con un astronauta
norteamericano. Todos eran para ella un solo hombre: un espadachín príncipe de
ensueño que cortejaba a las mujeres y al peligro con la misma arrojada
noncha-lance.
Un
zumbido electrónico de alta frecuencia arranca a Vera de su fantasear.
―¿Qué
es eso? ―pregunta.
―Mi
reloj de alarma ―dice Quarrels, al par que se levanta―. Me encuentro bajo
control de auto-fusión y dentro de sesenta segundos estaré desconectado. Esa
era mi señal.
―No
entiendo.
―No
hay tiempo para explicaciones. Tengo que irme. Le resultará más fácil
soportarlo si no mira. Menos traumatizante.
―¿Volverá
usted?
―No
sé... Es contrario a las reglamentaciones.
―Por
favor. Le diré todo lo que quiera saber sobre Skeets. Todo absolutamente. Sólo
prométame que regresará.
―Adiós,
Vera.
―Lamento
haberme comportado tan estúpidamente.
―No
se disculpe. Debo irme ahora.
―Le
juro que la próxima vez será diferente.
―Adiós.
Quarrels
se vuelve y corre por la playa. Vera observa el brillante traje anaranjado
mientras él se precipita entre grupos de bajos frutales y cocoteros.
―¡Espere!
―Vera se apresura a través de la arena caliente y sostiene su vestido por
encima de las rodillas―. No se vaya.
Corre
tras de él, atraviesa los arbustos que crecen en el borde de la playa y
desemboca en un umbrío y verde bosque de cocoteros.
―¡Phil!
―Se detiene y trata de divisar algún rastro de su destellante traje.
Excepto
Chi-Chi que pasta tranquilamente a unas cien yardas de ella, el lugar está
desierto.
La
devoción en el cumplimiento del deber es el propósito del Nivel II y la
abigarrada agenda de un Auditor deja poco tiempo para la holganza. En la misma
medida en que Y41-AK9 quisiera conducir personalmente la supervisión del sujeto
Obi Itubi, las tareas asignadas lo vuelven imposible. Otros deberes requieren
su constante atención y designa a una máquina oficinista en AudComHQ para que
vigile la señal del registrador del Centinela y separe los fragmentos que no
ofrezcan interés inmediato. Las silenciosas horas de sueño no tienen valor, y
días enteros de caminata sin intercambio de palabras son borrados por la
Magnacor 650, lo mismo que la repetición de las nocturnas tareas de campamento.
Al final de una semana, la cinta preparada para Y41-AK9 tiene menos de diez
minutos de duración.
Tres
episodios están registrados en la breve cinta. El primero ocurre en la ribera
de un lago de las montañas. Ya es el crepúsculo, calmo y silencioso; no sopla
brisa alguna sobre la superficie tersa como un espejo y, excepto por el círculo
que dibuja alguna trucha, es difícil distinguir el agua quieta del nebuloso
cielo. Obu Itubi yace cuan largo es sobre el tronco de un pino caído en el
lago. Ha dispuesto un aparejo de pesca que pende del extremo de una rama, y,
mientras los demás recogen leña, él espera, boca abajo sobre el mohoso madero,
y contempla su reflejo en el agua.
La
cinta se corta hasta el amanecer. En pos de la huella de un gamo, la partida
pasa a unos doce metros de un salegar. Itubi señala a dos extraños, ambos
Nórdicos, inmóviles debajo de los árboles. Skiri y los suyos parecen no reparar
en ellos.
―Pero,
¿qué les pasa? ―pregunta Itubi―. Tienen el aspecto de estar en trance.
―Cazadores
―le dice Skiri―. Me temo que hayamos prolongado su espera.
―Cazadores?
Creía que tu pueblo no comía carne.
―No
lo hacemos. Las nueces y los cereales y las frutas secas que compartimos
contigo son nuestra única dieta. Estos cazadores están al acecho de las
enfermedades. Cuando descubren un animal que podría infectar a los otros, lo
destruyen indoloramente. La carne es abandonada como carroña, pero usamos el
cuero y los huesos. El estado de trance les permite ausentarse de sus
conciencias y esperar durante horas sin moverse, si es necesario, silenciosos y
libres de todo pensamiento. Los animales se acercan sin miedo.
Los
lentes de larga distancia del Centinela captan con claridad la incredulidad en
el rostro de Itubi.
Más
tarde, encuentran a un viejo, sentado solitario entre los lotos, en medio de un
claro. Como los cazadores, está desnudo. Sonríe cuando ellos pasan, pero no
hace otra señal de saludo. Swann, Gregor y Skiri se inclinan respetuosamente y
apartan los rostros, pero, Itubi mira al viejo Nórdico directamente en los
ojos. A no ser por el pelo ralo y la fina red de arrugas, no parece mayor que
Skiri.
―¿Qué
caza ése? ―pregunta Itubi, una vez que se encuentran nuevamente en los umbríos
bosques―. ¿Mariposas?
―Tu
sarcasmo no tiene sentido, Obu ―dice Swann―. Está a la espera de la muerte.
Seguro
dentro de los monásticos límites de su recipiente craneano, Philip Quarrels
considera la perniciosa naturaleza de su deseo. Ya es bastante malo que un
residente del Nivel II, un Auditor de la clase C, padezca las angustias de la
lujuria, pero lo que vuelve monstruoso al asunto es que el objeto de sus
anhelos sea sólo una niña.
Las
tentativas de Quarrels por reconciliar sus recuerdos de la Vera de Hollywood
(toda pintura y peróxido, la caricatura de una voluptuosa) con la esbelta chica
de pelo oscuro que se sentó junto a él en la playa, no tienen éxito. El
pensamiento de aquel lejano fin de semana, en Palm Springs, sólo exacerba su
deseo.
Los
ojos de la chica fueron su perdición. El estaba capacitado para ignorar su
flirteo adolescente; y los atractivos de su núbil cuerpo juvenil, pero, cuando
se quitó los anteojos de sol para suplicarle que regresara, fue hombre perdido.
Durante un momento no comprendió. Su rostro inocente y magullado era tan
francamente vulnerable que tardó algunos segundos en advertir las violetas de
los ojos brillando debajo de los pálidos e inflamados párpados: los más
depravados que hubiera visto en su vida.
Quarrels
sabe que puede solicitar ayuda antes de que sea demasiado tarde. Podría
informar acerca de todo el asunto a su Auditor, confesar su poco natural
atracción por la deliciosa joven cuyo santo rostro enmarca unos sádicos ojos.
Se encuentra tan cerca de la Elevación que, en verdad, es una lástima arruinar
sus probabilidades al rendirse a una pasión secreta. Pero, en lugar de esto,
revisa su agenda para determinar cuándo tendrá tiempo suficiente para escaparse
en otra breve fusión. Sólo una vez más, se tranquiliza a sí mismo. Esta será la
última. Además, lo hace en pro del autoconocimiento. No puede haber mal alguno
en ello.
Después
del almuerzo, Obu Itubi deambula con sus amigos por las afueras de la ciudad
Nórdica. Esta sede de la tribu Xi posee una estructura permanente, dentro de
una muralla de madera trabajada a mano que alcanza la altura de un árbol, entre
los pinos, sobre la playa del lago. En el interior del amplio patio, al que dan
balcones salientes y anchas escaleras, se encuentran los dormitorios donde la
tribu vive comunitariamente, después de la llegada de las nieves. Como
calefacción, el vapor de agua de un cercano manantial caliente se expande a
través de una red de tubos colocada abajo de la plataforma del piso. Aun cuando
el tiempo es moderado, época en que la mayoría de los Nórdicos Xi viven en el
exterior, en tiendas y en plataformas construidas en lo alto de los árboles, la
tribu se reúne en el interior para las comidas, alrededor de largas mesas
armadas sobre caballetes y dispuestas en torno del corazón de piedra circular,
en el centro del patio.
Itubi
conoce todo esto a través de Skiri, que visitó a la tribu Xi, durante una
Búsqueda, veinte años antes. El Navegador le muestra la ciudad y contesta a sus
múltiples preguntas con una sonrisa de tolerancia. Entre ellos, los Nórdicos
raras veces hablan; Itubi tiene la seguridad de que practican alguna forma de
telepatía. ¿De qué otro modo, si no, pueden anticiparse uno a otro tan
infaliblemente? La marcha de cada día termina sin discusión; las tareas del
campamento nunca se distribuyen; las decisiones advienen sin palabras. Si no
son verdaderos lectores de la mente, ¿cómo explicar, entonces, vidas tan
organizadas y armoniosas? La telepatía podría ser racionalizada como un ardid,
una curiosidad de la naturaleza. Pero aceptar la evidencia de su Iluminación,
su aparente prajna...
Itubi
se resiste a creer que sus compañeros sean, realmente, diferentes de él. A su
debido tiempo, piensa, se acostumbrará nuevamente al mundo. Ha estado ausente
durante un largo lapso. Las cosas pueden haber cambiado, pero pronto se hará
diestro. Y, sin embargo, Itubi se inquieta cuando recuerda la nada terrenal
gracia de los Nórdicos. En una serie de días, nunca vio que Swann o Skiri o
Gregor hicieran un movimiento torpe. Parecen libres de todos los pequeños
accidentes a los que él es propenso: cortarse un dedo, tropezar, quemarse la
boca con alimentos demasiado calientes. Nunca trastabillan o se golpean o se
cansan en el camino. Siempre que la partida se detuvo fue a solicitud de Itubi,
y, sin embargo, cada uno de ellos llevaba un pesado bolso mientras que su única
carga era la ropa que usaba. Algunas mañanas se detuvieron una docena de veces
por causa suya y nunca se quejaron o irritaron. Nada perturba su eterna calma.
La misma plácida sonrisa se dibuja en sus labios. Siempre se encuentran
tranquilos.
Una
paz semejante prevalece en la ciudad Xi. Itubi escucha el ruido de los hombres
en el trabajo: un herrero que martilla en su forja, carpinteros que reparan el
techo de ripio del alojamiento, el parejo sonido de un tonelero que fabrica
duelas de barril con un rebajador. Pero, algo más importante falta: no hay
niños en la ciudad. En lugar de la risa y los gritos de los chicos en sus
juegos, o del familiar llanto de los bebés, sólo se escucha el agudo y
solitario gorjeo de un canario flauta perdido entre los pinos.
Itubi
baja por el camino del lago y escucha al invisible músico. A su izquierda, está
preparada una pira funeraria para el viejo que encontraron en los bosques.
Dentro de uno o dos días, una partida buscará su cuerpo. Swann le explica la
costumbre. Los viejos se alejan, solos, cuando es hora de morir.
―¿Porqué
las incubadoras no abastecen a los viejos con nuevos cuerpos? ―pregunta Itubi.
―La
muerte es la consecuencia natural de la vida ―dice Skiri―. Para el renacido es
el término de la ilusión.
A lo
largo de las playas del lago, los Nórdicos arreglan sus redes mientras otros
tallan y pintan trampas para los gansos. La tribu de los Xi es recolectora de
plumas. En la época en que los álamos cambian de color, grandes bandadas de
gansos emigran desde el norte. Las trampas se colocan en el lago y las salvajes
aves son atrapadas entre las redes lanzadas desde los árboles, cuando bajan.
Después de que el plumón es arrancado desde abajo de las plumas que les
recubren el pecho, los gansos son puestos en libertad, vivos e ilesos. Skiri
explica la importancia de esta ciudad.
―El
material para las ropas invernales del pueblo Nórdico del mundo entero se
recolecta aquí. Esta es la única fuente. Por ello es que la ciudad Xi es tan
grande.
―¿Grande?
―se ríe Itubi.
―Sí,
esta tribu alcanza a los quinientos, una de las mayores del continente. Sólo
grupos que realizan una función necesaria, como la recolección del plumaje, el
cultivo de algodón o la explotación de minas de sal, necesitan ser tan grandes.
Trabajan para el bien de la comunidad. La mayor parte de los nómades ―como los
Omega, mi propia tribu, o los Lambda, que siguen al caribú, o los Omicrón, que
cuidan a las ovejas― son muy poco numerosas. Muchos ni siquiera viven en
tribus. No se necesita. Hay muchos cazadores solitarios. Y, por supuesto, están
lo que andan a la Búsqueda.
―¿Qué
sucede con las grandes metrópolis?
―No
existen.
Itubi
recuerda Capetown, Nairobi, Dakar, y Río, los grandes centros metropolitanos de
su época, destellantes edificios de acero y vidrio que elevaban sus cúpulas a
millas de altura, monorieles, veredas movedizas, jardines colgantes, ciudades
completamente equipadas con aire acondicionado y controladas con computadoras.
Constituían la maravilla de la tierra.
―¿No
existen? ―murmura incrédulo.
―Las
últimas ciudades fueron arrasadas cuando se construyó el Depósito. El metal que
contenían fue almacenado y debería durar infinitos eones.
―Las
ciudades que yo conocí no fueron construidas para ser usadas como hierro viejo
―dice Itubi―. Eran obras de arte.
―¿Arte?
―Skiri enarcó una ceja―. ¿Qué quieres decir con arte?
Itubi
pierde la paciencia.
―¡Arte
―aulla―, escultura, pintura, música, literatura, arquitectura... arte!
―El
indulgente exceso del Ego, un débil zarpazo asestado a la inmortalidad. Algo de
lo que tú llamas arte aun queda. Existe la música, por supuesto, para elevar el
espíritu, y unos pocos de los antiguos edificios sobreviven. Templos,
catedrales, lugares santos para celebrar el Todo en Uno.
Itubi
experimenta el peso de una profunda depresión. La vida parece tan sin esperanza
y fútil como en el Depósito.
―¿Entonces,
para qué sirve todo lo que hay? ―pregunta―. Si el hombre sólo sirve para
escarbar en la suciedad o cazar con flechas como los salvajes, ¿cuál es el
propósito?, ¿por qué ha necesitado existir el hombre?
La
respuesta de Skiri es tranquila y deliberada.
―Somos
los Guardianes.
―¿Y
eso es todo?
―Eso
es todo. El mundo es nuestro para que lo cuidemos. Somos los Guardianes.
V -
LARVA
Vuelto
a su normal potencial de energía en el subdistrito y finalizado el período de
operaciones de emergencia, muchos residentes del Nivel I descubren que ya no
los satisface la antigua vida. La posibilidad de reales daños ha aumentado sus
expectativas y, simultáneamente, la perspectiva de interminables días de
observación a través del registrador, antes de que algo suceda, desilusiona al
más vigilante. Por primera vez en siglos, la cómica y desgarbada figura de ese
favorito perenne, la serie Amco-pak, es abandonada por una considerable
audiencia.
Tanto
como el aburrimiento, se expande la leyenda de Obu Itubi. El informe oficial
acerca del desperfecto que aquejó al Mark X no engaña ni a los más crédulos en
el Sistema. Los que registraron la huida son perseguidos por millares de
preguntas acerca de detalles. Un residente, testigo a través del registrador,
se ha vuelto famoso porque realizó una memo-tape de la batalla entre los coches
de mantenimiento. Las copias han circulado por todo el subdistrito, vía
comunicador. La cualidad de la película es una buena señal de la condición
social; cada retransmisión empaña la imagen. Aquellos sin status deben
satisfacerse con cintas punteadas que se asemejan a la recepción de la TV en
colores del siglo veinte. Hay cierta ironía en el hecho de que, muchos de los mismos
residentes pasaron gran parte de su vida sobre sus traseros, al par que bebían
cerveza frente al receptor encendido, en aquellos días en que, todavía, había
traseros y cerveza, y gaznates para engullir.
La
playa tiene menos de cien metros de largo, una parábola de arena de coral
protegida, en cada extremo, por dentadas paredes de roca. Negras y cubiertas de
lunares cráteres de afilados bordes, donde el gas Triásico hierve en la
superficie de un río fundido, las formaciones rocosas violentamente modeladas
amenazan la tranquilidad de las aguas y la alfombra de mullidas hierbas
sombreada por las palmeras que crecen del otro lado de la playa.
Vera
vive en una henchida tienda hecha con el paracaídas que el misterioso Mr.
Quarrels dejó tras de sí. Tiene una espléndida vista del mar y, hacia un
costado, una cascada se precipita desde las rocas en un profundo y cristalino
pozo bordeado de limas y manzanos. Hay abundancia de otros frutales en un radio
cercano. Vera recoge mangos, guayabas, bananas, guanábanos, aguáceles y papayas
en la fresca y verde foresta.
Para
todo lo demás que necesita, Vera realiza frecuentes viajes a la casa, y se
abastece en la despensa y la bodega. Lleva todo lo que puede cargar sobre la
paciente Chi-Chi, como si fuera la jaca de un buhonero. Después de la primera
semana, ha provisto a su apartado refugio con las comodidades de un sultán.
Alfombras orientales cubren el piso de la tienda; pilas de almohadones de seda
operan como lecho; su piel de tigre guarda la puerta. Hay espejos, recipientes
y candelabros de plata, cofres de joyas y de ropa. Pergaminos chinos y tapices
tejidos hacen las veces de paredes. El ambiente rezuma una fragancia de
sándalo. Quarrels no tendrá problema alguno en encontrarla; las vistosas
franjas anaranjadas y blancas de su paracaídas son claramente visibles a través
de los protectores árboles. En su interior, Vera espera, como una perfumada
hurí, el momento de su inevitable retorno.
A
medida que pasan los días los cambios del río se vuelven más sutiles. La
dramática secuencia de la primera semana de cataratas y cascadas y rápidos
manantiales de espuma a través de estrechos y umbríos canales, ha cedido lugar
a dilatados meandros. La canoa marcha suavemente como si fuera una hoja
arrastrada por la corriente, crecida por las lluvias. Obu Itubi descansa su
remo sobre la borda y examina la costa. Plantaciones de algodón y sauces crecen
a lo largo de la ribera. Más allá, el panorama se ofrece sin árboles, una
constante sucesión de colinas cubiertas de pasto, despejadas como el cielo. A
Itubi le parece una tierra desperdiciada, cerrada y prohibida. En su época aquí
florecían los jardines, generosas y verdes granjas divididas equitativamente por
los canales de irrigación y amorosamente cuidadas por agropartidas automáticas.
Estas solícitas máquinas analizaban el suelo, distribuían la nutrición
orgánica, plantaban, destruían a los insectos dañinos con sonido de alta
frecuencia, cosechaban, araban y rotaban las plantaciones periódicamente.
Durante
un momento, Itubi casi ve el mundo como era: ciudades con cúpulas de cristal,
abastecidas con el superávit de la energía solar, aislados islotes de
civilización. Brillantes en su esplendor, rodeadas por una interminable serie
de jardines, huertas, campos, canales y lagos rectangulares.
Itubi
recuerda un fértil mosaico de cultivo. El desierto florecía. Los océanos
prosperaban. La benigna influencia del hombre se dejaba sentir por doquier. Aun
las forestas estaban pulidas y manicuradas. A diferencia de la salvaje barbarie
que prevalecía entre el Depósito y la ciudad Xi, los bosques de la época de
Itubi eran confortables suburbios. En el siglo veintidós, aquellos que no
gustaban de la vida ciudadana o de las colonias en los arrecifes submarinos,
vivían en montañas rurales. Casas como burbujas de plástico flotantes,
complementadas con computadoras, centros de comunicación, circuitos de agua y
acumuladores individuales de energía solar eran prefabricadas y depositadas
desde el aire en cualquier lugar de la tierra. Los cimientos eran innecesarios,
porque las casas burbujas se asentaban en soportes que penetraban profundamente
en el suelo y las sostenían firmemente. El poder del hombre era total: las
viviendas podían disponerse en la selva del Amazonas como en la remota solidez
del Himalaya. Aun las capas de hielo polar eran habitadas por los intrépidos
amantes de los deportes invernales. El mundo al que ha retornado Itubi ofrece
un pobre contraste con el que abandonara.
El
interminable y tedioso viaje en la canoa, tres semanas en el río y todavía sin
vislumbrar su término, podría haber sido resuelto fácilmente, en una tarde de
viaje, en la suave gironave de los días de Itubi. Obu observa tristemente al
persistente Centinela que ronda junto al río, insultante anacronismo en esta
nueva y salvaje tierra y desea desaparecer a través de las nubes. En el
Depósito, el penoso viaje en canoa hubiera constituido una cinta en el legajo
memoria y, cuando se tornara desagradable podría haber sintonizado un nuevo
número en el Index y, en un instante, ser transportado a una veloz gironave o a
una nave espacial o a las alas de un halcón planeador.
El
sonido del parejo remar de Skiri arranca a Itubi de su ensueño. El Navegador
nunca menciona la pereza de Itubi, pero sus constantes y silenciosos esfuerzos
trasuntan un callado reproche. Obu comienza a remar nuevamente. En las semanas
que ha pasado en el río sus manos se han endurecido y sus brazos y hombros
están tostados y fuertes. Se ha acostumbrado a los silencios de Skiri. No le
sorprendería despertarse una mañana y comprobar que el Nórdico ha desaparecido
durante la noche. De ese modo partió Swann, sin una palabra de adiós. Se esfumó
de la ciudad Xi y, por ello, nunca pudo Itubi formularle la única pregunta que
todavía lo perturba.
Skiri
afirma que una visión de enfermedad entre su pueblo le sobrevino a Swann
durante un sueño ―Los Omega y el búfalo arrasados simultáneamente por una
misteriosa plaga― y que, entonces, abandonó el campamento antes del alba. Cómo
Skiri se ha enterado del sueño, es algo que Itubi no se explica.
Los
típicos ardides Nórdicos, tal, la manera en que Gregor vaciló, a último
momento, y retiró su bolso de la canoa para quedarse con el pueblo Xi cuando
Obu y Skiri se lanzaron por el río. Quizás ésa era la meta de su Búsqueda,
después de todo. A Itubi no le importa. Nada de esto le concierne. Todo lo que
pretende es regresar entre los de su misma clase, estar nuevamente con los
Trópicos. Y si eso significa someterse a las extravagancias místicas de la
mentalidad Nórdica, así lo hará. Si pudo embaucar al Centro de Control durante
todos esos años, puede, fácilmente, jugar el mismo juego con Skiri durante
algunas semanas.
Philip
Quarrels interfiere su retorno a la tierra de la memoria fusión anteponiendo a
ese pensamiento semanas de deliberado y copioso trabajo: informes, memorándums,
análisis de informes, todas las triviales minucias de las que dispone un
Auditor ansioso por matar el tiempo. Pero las dilaciones en nombre de la
abstinencia no constituyen una virtud y, en consecuencia, prepara las cosas y
atiende asuntos de último momento, al par que ajusta el control de la
autofusión para una desconexión preestablecida y prepara los circuitos para las
coordenadas que lo enviarán subrepticiamente, a través de su puerta de escape
electrónica, hacia su compartido día de ensueño junto al mar.
Se
arrodilla en la húmeda tierra y se desprende de una protectora pantalla de
helechos. Más abajo, sobre la playa que relumbra, tendida al sol y bañada en su
propio y dulce sudor, Vera Mitlovic yace desnuda sobre su espalda, su pelo de
ébano derramado como una alfombra bajo su cuerpo. Quarrels sorbe su aliento, un
suspiro al revés. ¿Qué está haciendo en esta isla imaginaria, se pregunta, su
escroto endurecido por el deseo de esa muchacha fantasmal que compartiera con
él una azarosa aventura hace ya muchas vidas?
Se
autoengaña con el pensamiento de que controla su destino. Se tranquiliza a sí
mismo repitiéndose que ha venido a perfeccionar su propio conocimiento. El
juego de atisbar al macho no es, en modo alguno, perjudicial, si el agujero de
la cerradura le procura una imagen de su propia alma. Quarrels interpreta su
lujuriosa mirada como, tan sólo, meditación creativa.
Vera
se pone de pie y sacude la arena de sus flancos; se dirige al mar. Quarrels se
deleita con su gracia aniñada cuando la ve zambullirse en la superficie y
emerger, renacida, como Afrodita, de la espuma. Brillante por el agua, parece
algo más que mortal: sus jóvenes senos, pimpollos de rosa mojados de rocío; su
pelo húmedo, una cola de noche sobre su piel morena; su rostro de madona, una
inocente máscara que oculta la depravación de sus ojos de amatista.
La
apasionada mirada de Quarrels la sigue a través de la playa y su respiración
trasunta el esfuerzo por controlar el tambor de su corazón orbital. La mira
mientras vadea el pozo de agua fresca y se enjuaga la sal del pelo debajo de la
cascada. Una toalla cuelga de las ramas de una lima. Vera acaricia y seca su
cuerpo y envuelve su mojado pelo en un turbante; luego, penetra en la tienda.
Quarrels
se afana entre los helechos y se repite que se trata sólo de un sueño. Su
juventud, el caliente sol tropical, el deslumbrante mar, la aparición que
habita su circense paracaídas, nada de ello es real. Es un Quarrels imaginario
el que avanza varonilmente colina abajo y cruza las altas hierbas. Su
tumescencia es sólo una ficción de su imaginación activada por computadora. En
algún lugar, en otro universo, un morfocerebro sueña un sueño electrónico, una
fantasía sobre una isla paradisíaca donde una hermosa ninfa marina se reclina
desnuda sobre una pila de almohadones de seda, a la espera del hermoso piloto
naval que levanta la diáfana cortina de su tienda y penetra con una sonrisa.
Después
del segundo ensayo, las máquinas se reúnen para las instrucciones finales.
Representaciones de la huida son filmadas en los Amco-paks; la coreografía de
precisión requerida para la persecución y la destrucción se duplicará en el
proyecto. Quince registradores han tomado posición a lo largo del pasillo para
captar el acontecimiento desde todos los ángulos posibles. Un Mark V verifica
los preparativos para evitar desperfectos. La semejanza deberá ser exacta.
El
Unistat 4000, a cuyo cargo está la producción, solicita silencio y coloca en
posición a los coches de mantenimiento para la representación. Un simple botón
oprimido reemplaza eficientemente al histriónico «luz, cámara, acción» de ayer,
y el Mark X, que se encuentra a la espera, se lanza a toda velocidad por el
pasillo, en una imitación de la desesperada fuga. Un par de Mark IX lo siguen
desde atrás, son los tenaces perseguidores. Dos coches más aparecen por los
pasillos de intersección y bloquean las últimas avenidas de huida. El Mark X
está atrapado. El pasillo es un cul-de-sac. Un enorme transmisor de energía
obstruye el extremo más alejado, su compleja fachada erizada de cables y
conductores. Suena una alarma de emergencia; las palabras MANTÉNGASE ALEJADO -
ALTO VOLTAJE encienden su disco frontal con una espectral luz de neón. Los Mark
XI disminuyen la velocidad, pero el Amco-pak fugitivo atropella hacia adelante,
en alocada carrera y, a la vista de cinco registradores, se estrella contra el
transmisor y explota en una estrella de fuego incandescente.
Un
registro instantáneo satisface a la Unistat y una narración ya grabada se
agrega a la cinta, filmada por los registradores antes de que sea enviada al
Nivel I del legajo memoria, como parte del informe oficial del Centro de
Control sobre la masiva sobrecarga de energía que causó la reciente emergencia.
Fragmentos editados de la cinta son empalmados en el legajo memoria de la
biografía del residente Obu Itubi. Una investigación del desastre revela un
cortocircuito crítico, en la unidad del Compactorum DT9, del fugitivo Mark X.
El residente cautivo fue un pasajero impotente a borde de la descontrolada
máquina. En homenaje a su trágica muerte, el Centro de Control ha ordenado que
el encendido automático, recientemente instalado en cada miembro de la serie Amco-pak,
sea llamado Mecanismo Itubi, en su honor.
―¿Te
he agradado? ―susurra Vera, su cálido aliento acariciador contra la mejilla de
Quarrels.
Nada
hay en sus maneras que delate a la insegura adolescente en búsqueda de apoyo.
Por el contrario, el tono es arrogante, las palabras, retóricas. Juega con el
vello de las axilas de él.
―¿Eres
feliz conmigo? ―interroga, desinteresada como un mozo que pregunta por el vino.
Quarrels
yace sobre su espalda, incapaz de contestar. Sus ojos mortecinos, vacantes y
vidriosos, como una vaquillona después del mazazo. Mira el paracaídas que
ondula sobre su cabeza, entumecido por el agotamiento. ¿Es esto la felicidad?
Es posible que esto sea el placer? Invadido por la lasitud, Quarrels considera
el fuego de su reciente pasión con desprendimiento e incredulidad. Se pregunta
si su juventud fue, alguna vez, tan excesiva y se conduele por esa criatura
mortal todavía no purgada por el espacio.
―No
estés tan triste ―lo reprende Vera, masajeando su pecho con sus finos dedos.
―¿Te
parezco triste?
―Tienes
una cara larga e infeliz.
―No
me siento triste. Perplejo, quizás.
―¿Es
por mi causa que te has enfadado?
―Algunas
veces, aun los recuerdos placenteros son dolorosos.
―Entonces,
es hora de más placer. ―Vera succiona su tetilla con la enrollada punta de la
lengua. Quarrels contempla a la suave chica que se retuerce entre sus brazos.
Parece imposible que una sílfide tan inocente sea capaz de actitudes y técnicas
desconocidas aun por la madura Vera de sus recuerdos en el motel. En aquellos
lejanos días de su juventud, Quarrels usaba los dobles sentidos de su profesión
y hacía frecuentes alusiones a «palanca de gobierno», «casilla del piloto» y
«arrojar lastre». Estos chistes de aviador eran coherentes con su reputación
como as del boudoir, pero le permitían referirse a las aventuras sexuales tan
convencionalmente como al manual del arma. Entre sus muy numerosas conquistas,
el Capitán Quarrels jamás encontró algo parecido a la docta adolescente que
mordisquea las puntas de sus dedos y sopla burbujas de saliva en sus orejas. Ni
siquiera la ninfomaníaca esposa del Coronel, en Pensacola, fue tan
infatigablemente acrobática. Ninguna de las prostitutas de Saigón fue capaz de
la innovación de Vera, el ardid de introducir una bufanda de seda con una serie
de nudos en su recto (lubricando primero el camino con su ingeniosa lengua) y
sostenerla desde atrás mientras lo cabalga como un jockey a pistón, para luego
retirarla, un nudo por vez, en la culminación de su clímax.
Las
manos de Vera se afanan, exploran los muslos y el estómago. Atiende su flácido
sexo tan devotamente como lo haría una enfermera en el campo de batalla con un
soldado caído. Lo limpia con pequeñas lengüetadas de gato y sopla suavemente
donde la piel se ha irritado. Quarrels se maravilla de la magia de la niña. Le
está infundiendo, nuevamente, vida en los riñones. Es increíble, una vez más,
la desea. Arquea su espalda para recibir la anudada bufanda y el sueño finaliza
con la penetrante queja de la alarma eléctrica que lleva en la muñeca.
AudComHQ
da la señal cuando la semanal cinta de supervisión se encuentra disponible y el
Auditor Y41-AK9 desconecta una conferencia de Sri Aurobindo, al par que vuelve,
desganadamente, su atención, de las compasivas palabras de un gran maestro a la
conducta vagabunda de su autodirigido y fugitivo sujeto. Este viaje por el río
se torna tan tedioso para el Auditor como para Itubi.
Cuando
el agua era torrentosa era posible alentar la esperanza de un vuelco y una
subsiguiente captura a control remoto por intermedio del Centinela. (Las
instrucciones de la máquina lo llamarían una operación de rescate). Pero las
últimas dos cintas muestran que el río se ensancha en una corriente color de
barro, profunda y de veloces aguas, cuyas riberas distan entre sí
aproximadamente un kilómetro La piragua avanza sola con pocas posibilidades de
chocar contra algún obstáculo.
La
cinta semanal comienza: una elevada perspectiva del delta, amplio abanico
fluvial que se abre en el golfo, dibujo una red de canales irregulares y de
esteros intercomunicantes. El Centinela, oculto, abarca más de un miriámetro de
la curvada costa. Un corte muestra a un barco de tres mástiles ladeado. La
marea está baja. Itubi y el Nórdico se mezclan con la tripulación que se agrupa
en el suelo barroso. Un extraño se aleja remando en su canoa. Rápidamente, se
ha perdido entre los canales.
Y41-AK9
presta poca atención a Itubi. Su sujeto ha decidido un viaje por mar. Nada
puede impedir que la marea suba. Precisamente cuando la cinta se acabe. Pronto.
Demasiado pronto. Pues Y41-AK9 está extasiado con la imagen del capitán, el
primer Anfibio que ha visto afuera del Depósito. El sol destella sobre la suave
piel azul plateada y, durante un momento, cuando eleva la mirada, el Auditor
puede contemplar sus ojos multicolores y observar como los anillos rojos, verde
y negro cambian y se alternan cuando el translúcido párpado interior se desliza
en su lugar.
A
través de los pliegues de seda de su tienda, Vera contempla a su amante que se
encamina hacia el mar. Sus nalgas son magras y pequeñas, tensos músculos se
mueven debajo de la pálida piel a cada paso. A Vera le gusta su manera de
moverse.
El
cruza la playa, las manos en las caderas, y se dirige hacia el borde del agua,
donde la arena está húmeda y endurecida. No saluda ni da vuelta la cabeza. Vera
observa y se cuida de pestañear una vez que comienza. Primero, un tinte
colorido se expande, un débil resplandor nacarado vibra a lo largo de sus
brazos y espalda. Durante un instante, una crisálida iridiscente rodea su
cuerpo. La luz se intensifica. Un súbito resplandor y Philip Quarrels se ha
ido; la bruma verdosa revolotea en la retina de Vera, como una ilusión óptica
seccionada por la línea donde el mar se encuentra con el cielo.
Sonríe
y estira sus pies hacia la blanda arena debajo de la alfombra. Está satisfecha
de sí misma. Esta vez no hubo ruegos para que Quarrels se quedara. No tuvo
necesidad de humillarse y abrazarse a sus piernas. Sabe que lo volverá a ver.
Cuando sonó la alarma, se desprendió fácilmente de sus brazos y dijo:
―Es
una lástima que tengas que irte. Eso arruina mi sorpresa.
―¿Qué
sorpresa?
―Oh,
quería enseñarte el diario que escribí mientras Skeets estuvo aquí conmigo. Nos
hubiéramos reído mucho al leerlo juntos.
Itubi
deambula entre los cables enrollados en la serviola. Ni siquiera los otros
Trópicos miembros de la tripulación tomaron su partido en las disputas con el
capitán del barco. Son serviles y aduladores como un hato de pastosos Nórdicos;
hablan en un susurro, nunca levantan la cabeza de su trabajo para unirse en
cantos o bromas, ni una palabra de protesta mientras ese condenado renacuajo se
pavonea dentro de sus vestiduras de gasa y observa cuando hay que ronzar una
verga o arrizar una vela. Condenado capitán, nada era para Itubi salvo un
renacuajo con ojos de pescado, un pomposo anfibio.
Obu
se alegra de que el buque no haya sido fletado para África. Pensar en meses de
mar abierto, dirigido por ese reptil, ¿y para qué? No desea ver prosperar a los
mangos donde una vez se elevó la poderosa Lagos. ¿Qué valor tiene la herencia
de Benín en un mundo sin arte? Hemisferio Sur Uno no suena a hogar. Adonde se
dirija no tiene importancia. Cualquier lugar será un comienzo. Las opciones no
tienen término para el renacido.
Skiri
le contó sobre las islas que existen más adelante, un nuevo recalaje cada pocos
días. Es algo hermoso para el Navegador recorrer el océano, en su Búsqueda. En
realidad, es un individuo tranquilísimo. Pero la vida en cubierta no es tan
dulce. A lo sumo, Skiri considera, falta una semana para que las verdes
montañas emerjan del mar. Unos pocos días más de penurias. Itubi proyecta una
campaña de santidad Nórdica: atento a sus deberes, tolerante con el capitán,
indiscernible de los demás adulones. Nadie sospechará sus intenciones hasta que
se encuentre en tierra firme y lejos.
Tranquilidad.
Un sol de fuego se encarniza sobre las mermadas velas. Sobre las cubiertas se
desparraman vistosas alfombras tejidas; las hamacas cuelgan de los obenques; un
estoperol enjarciado mediante una polea, esparce sombra sobre los seis miembros
de la tripulación. Itubi talla un trozo de madera que recogiera en la selva
nórdica. La afilada cuchilla es un regalo de Gregor. Uno de los Nórdicos
estudia un pergamino pintado; el otro tañe un arpa. Skiri trabaja con sus mapas
diseminados sobre la alfombra. Junto a él, un Trópico tararea el santo AUM.
El
capitán permanece de pie junto a la batayola, se derrama como humo desde sus
hombros su bata de telaraña. La seda de araña provee el material más fino para
los dedos de una tejedora. Es la única clase de tela que puede usar un Anfibio.
Aun las sueltas túnicas de algodón que usan tanto los Trópicos como los
Nórdicos durante la época del calor obstaculizaría las aberturas de las
branquias. Debajo de la superficie, no hay necesidad de apretadas vestiduras
para proteger del sol su sensible piel.
Una
forma aparece en el agua opalescente. Y otra. Dos delfines se levantan hacia el
casco del buque y cambian de rumbo, una sola aleta que corta el aire. Durante
un breve momento de reconocimiento el capitán bizquea. Los delfines dejan tras
de sí una estela de espuma.
El
capitán desprende un broche y sus ligeras vestiduras se deslizan hacia sus
pies. Trepa a la borda y la hendidura de sus branquias se descubre bajo su
brazo cuando desciende al mar. Su zambullida corta el agua sin ruido. Una cola
de burbujas indica su descenso mientras expele el aire que queda en sus
pulmones. Desde las profundidades, escucha el tintineo de plata del canto del
delfín.
Y41-AK9
finaliza una sesión de audición con estas palabras de advertencia para un
sujeto de un nivel inferior:
―Debe
usted relajarse. Si no se abandona la tensión es imposible concentrarse.
Mañana, durante el ejercicio de meditación, sintonice su mente en la onda alfa
de radioemisión; escuche el sagrado AUM, el brillante sol de los soles. Puesto
que se ha desprendido usted de su cuerpo físico, sea consciente de la sutil
naturaleza de su cuerpo astral. Recuerde los diecinueve elementos que lo
componen: diez órganos de acción y de conocimiento, los cinco hálitos vitales,
además de los cuatro principios mentales, mente, intelecto, subconsciente y
ego. Todos éstos son abandonados en el momento de la Liberación; la Gran
Expiación. Encuentre al Poder Divino en su interioridad. Active esta
manifestación del universo; es un Poder Serpiente. Deje que el poder se
desenrolle y se movilice hacia arriba, hacia el lugar del loto de los mil
pétalos, en el cerebro. Esta es la unión con la pura conciencia.
Final
de la transmisión.
AUM.
―¿Por
qué has regresado?
―La
pregunta más grave ―dice Quarrels, sus ojos fijos en la puesta de sol―, es ¿por
qué quiero quedarme?
―Es
una suerte que seas tan sexy, no eres muy generoso con las lisonjas.
―Basta
de juegos, Vera. No estoy hablando de la pasión o de ese diario fascinante que
te mantuvo tan ocupada entre mis visitas. Me gustan tus enojos, pero no es eso
lo que me hace volver. Cada vez dispongo los controles para una estadía más
larga.
―Malditos
controles. Esto es tan bueno como lo fue la vida hace mucho tiempo. Admítelo.
Aun para un peculiar Auditor del Nivel II, o lo que condenadamente seas, esto
es lo mejor que puedes recordar.
―¿Cómo
supiste que era del Nivel II?
―Porque
suenas como un joven abate que una vez me dio lecciones de música, henchido de
celo y castidad. Bastante buen mozo, también. ¿Cuándo te cerebrotomizaron?
―El
19 de agosto de 1972.
Fecha
fácil de inventar para Quarrels. Su cumpleaños número treinta y dos, el día en
que pasó del LMV a la superficie de la luna.
―Setenta
y dos. Eso fue hace mucho. Debes de haber sido realmente una especie de
antigüedad.
―Te
diré... ―Quarrels echa mano a otra mentira―, fue en el sudeste de Asia. Me
ametrallaron. La nave se hizo pedazos.
―Entonces,
¿no recuerdas la epidemia o la guerra? ¿Cómo fue en esa época la vida, el
acondicionamiento del aire y las máscaras de gas? Oh, yo tenía una máscara
encantadora que diseñó para mí Gucci, toda de pitón y de gran estilo, pero, la
mayoría de las personas parecían insectos, en la calle. ¡Los trajes contra las
radiaciones eran peores aún! Demasiado voluminosos para ser elegantes.
―Me
ahorré todo eso, gracias a Dios.
―Eso
es verdad.
Desde
la plataforma espacial en órbita, la tierra era un disco azul brillante, sólo
ligeramente ahumada alrededor de los continentes; y cuando la Guerra de los
Treinta minutos consumió la mitad del globo, Endurance II viajaba, más allá de
Marte, a seis años de profundidad en el espacio.
―Bueno,
mi amparado inocente, el mundo no era el bonito lugar que recuerdas, anterior a
la guerra mediana. En la época en que me metieron en el cajón había muy pocas
probabilidades de sobrevivir. Ya nada tan hermoso como esto quedaba. Debieras
recorrer el lugar; no hay una sola cinta en el legajo del Depósito que pueda
compararse con la vida en esta isla. Quién sabe... si te quedas, quizás podrías
encontrar otro avión escondido en algún lado.
En
un claro sombreado por mangos permanecen los Centinelas, rodeados por una
docena de miembros de la única tribu en Antillas Nueve, los Qaf. Puesto que la
tribu es simbiótica ―Trópicos sobre la isla y Anfibios en el arrecife de coral
que la rodea― hay dos Portavoces de la Ley. Están de pie a ambos costados del
alto cilindro tripódico y escuchan, con los brazos cruzados, la voz del
comunicador de Y41-AK9:
―Deben
comprender ustedes que el Nivel Uno constituye un grupo rechazado. Ningún
residente del Nivel Uno ha sido Elevado jamás ni existe, tampoco, semejante
candidato entre sus miembros. Se encuentran a miles de años, aun del principio
del despertar espiritual. Este fugitivo debe ser devuelto al Depósito. No ha
ganado el derecho de vivir entre ustedes.
―En
su karma está señalado que se encuentre entre nosotros ―dice el Portavoz de la
Ley Anfibio.
―Es
cierto, Iluminado, pero su presencia constituye un peligro para vuestra
sociedad. Su inestable conducía vuelve imposible la vida armoniosa. Estoy más
convencido de ello que nunca, después de que desertó de la tripulación y se las
arregló para eludir la observación durante tanto tiempo. Recuerden la
destrucción que produjo en la Instalación de la Superficie.
―Sólo
máquinas fueron destruidas ―dice el Trópico.
―Y
el cerebro del residente del Nivel Uno.
―Un
cerebro es una máquina orgánica, tan sustituíble como cualquier otra. ¿Están
intactas las cintas del residente?
―Por
lo que sé, lo están.
―Entonces,
no se preocupe por la ferretería. Desarrolle la noción de prioridad.
―Quizás,
―agrega el Portavoz Anfibio mientras cubre su brillante calva con un pliegue de
su túnica―, nuestro digno Auditor no debiera perturbarse por el rechazo. Quizás
estos asuntos no conciernan a su exaltada solicitud.
―Mis
palabras fueron mal elegidas, Vidente de la Verdad. La devoción por mis sujetos
del Nivel Uno es mi deber sagrado.
―Así
es.
―Exactamente
por ello debo suplicar la devolución de Obu Itubi.
El
Trópico sacude su cabeza.
―Sería
mejor si usted examinara sus propios motivos. Quizás descubriera usted que su
vehemencia está causada por las demandas del Ego. Obu está contento aquí. Déle
tiempo para que ordene sus pensamientos. Vive solo en una humilde cabaña
construida con sus propias manos. Ha plantado un jardín. Ese es el fundamento
de una vida plena.
―Un
fundamento construido sobre la arena se derrumbará. He mantenido a Itubi bajo
continua vigilancia desde ayer a la mañana. ¿Han advertido los Portavoces de la
Ley que no es un jardín lo que cuida sino una olla de guayabas fermentadas?
¿Acaso la elaboración de bebidas tóxicas es la base de una vida plena?
―La
vida de un hombre es cosa suya si no daña a los otros.
―Con
el permiso del Portavoz, he registrado sus palabras en una memo-tape. Es
posible que llegue el momento en que quiera escucharlas nuevamente. Hasta
entonces, mantengo la vigilancia del Centinela, de acuerdo con lo autorizado
por el Centro de Control.
―La
paz sea con usted y con todas las criaturas vivientes.
Oona,
La Tejedora, deambula largamente por el lugar todas las tardes; caza insectos,
recoge ciertas plantas y otras materias de tintura bajo el arqueado dosel de
los árboles. Lleva un canasto de fibra para guardar su cosecha y dos bolsos de
cordel para los descubrimientos más exclusivos. Un cauce seco le procura un
camino despejado a través de las enramadas de lianas.
Es
una cálida y perfumada tarde; los oblicuos rayos de sol atraviesan las hojas y
las ramas por encima de su cabeza; el único sonido proviene del arrullo de las
palomas. Oona se mueve sigilosamente sobre las pulidas piedras del lecho del
río. Experimenta la fuerza vital de otras criaturas que, alrededor de ella, se
albergan en el denso bosque: jóvenes ciervos de terciopelo, astutas mangostas
al acecho, lagartos de palpitantes gargantas anaranjadas. También ha advertido
otra presencia, vagamente peligrosa, como una serpiente dormida. Pero, a
diferencia del letal sopor de la serpiente, las vibraciones que provienen del
escondido ermitaño en la arboleda, son vivas y desesperadas.
Obu
Itubi observa las graciosas caderas y los esbeltos y pardos tobillos; advierte
la firme turgencia de sus senos bajo la blanca camisa de algodón. Esta mujer
que balancea su canasto es una tentación diaria; esa invasión de su entumecido
retiro le procura el doloroso recuerdo de un viejo sueño que se ha agriado.
Itubi bebe, entre babas, un trago. Después de un eructo agridulce, se enjuaga
la boca con el brazo y sonríe. La borrachera lo ayuda a borrar los recuerdos
durante un tiempo. La piadosa hospitalidad de los Trópicos Qab lo abastece de
miel así como del pan que utiliza para comenzar la maceración. El agua pura de
los manantiales y dilatadas superficies de frutales abundan en la selva.
Deambula entre ciénagas bajo el sol, empapado y pesado por la cerveza,
indiferente a su miseria, hasta que la mujer viene cada tarde y le hace pensar
en cómo podría haber sido.
Ella
sigue siendo una extraña. El nunca le ha hablado o se ha mostrado. Conoce
demasiado bien el distante sonido de su voz, la sonrisa plácida. Trópicos,
Nórdicos, hombres o mujeres, todos han sido vaciados en el mismo molde. El
Centro de Control regula la luz que arde en los decididos ojos. El mundo
exterior es sólo otro nivel del Sistema de Depósito.
Sin
embargo, es divertido imaginarse despojándola de esos sueltos vestidos y
desnudando sus hombros perfectos, acariciando sus senos, las caderas, el
pliegue de los muslos, antes de hundir el rostro en su garganta de pájaro, para
allí beber y saborear, con la larga lengua desenrollada, como una mariposa que
succiona el néctar de una flor.
No
se producen cambios. Entre las visitas de Philip Quarrels parecieran deslizarse
años y, sin embargo, Vera no observa señales de envejecimiento frente al
espejo. El tiempo pasa, cada día exactamente igual al próximo, el ayer un
hermano gemelo del mañana, y sus únicos recuerdos reales corresponden a las
horas transcurridas junto a Philip. Aun la casa permanece inmutable. Cuando
ella regresa para abastecerse esta semana (¿o era la semana pasada, o el mes
pasado?), las familiares habitaciones bañadas de sol lucen tan frescas y nuevas
como el día de su primera visita.
Se
apresura hacia la despensa y llena su cesto con quesos y golosinas en latas. El
horneado pan fresco y una cantidad asombrosa de tortas con diferentes baños
esperan en la cocina. Una incursión a la bodega la provee con una docena de
polvorientas botellas. Vera vacía los desperdicios que trae de su tienda, en un
barril que se encuentra en el patio de atrás, junto a la puerta de la cocina.
El barril está vacío como lo estará la próxima vez, como lo estaba la vez
anterior. Y siempre será así, piensa Vera. Excepto cuando él está aquí.
Entonces, todo es casi real.
Vive
en el refugio de su paracaídas, a salvo de todo recuerdo que no sea agradable.
Quarrels no puede ir a la casa, ella también lo sabe. Sin embargo, desearía
compartir alguna partícula de su pasado con él. El es indiferente a la buena
comida y a la bebida y duerme tan fácilmente sobre la arena como en los
mullidos almohadones, sobre la piel de tigre. Los tesoros de su vida no
despiertan el interés de él. Ella quiere algo que pueda gustarle a un hombre,
algo como la escopeta de Raoul, allá arriba, en el baúl.
La
mujer está de rodillas frente a él, arranca tubérculos de la tierra húmeda y
los coloca en su canasto. Cuando escucha el ruido del vacilante tropezar de
Itubi vuelve la cabeza y comienza a levantarse, pero él aferra su manga y la
empuja hacia abajo, junto a él, entre las hojas. Es un demonio desnudo que le
desgarra las ropas, el barbudo rostro avieso y salvaje. Ella yace inerte,
extrañada y desapegada, mientras él le separa las piernas con un brutal
empellón de su rodilla.
Itubi
se inclina y jadea encima de ella, sus manos oprimen los hombros de la mujer
contra el suelo.
―¿Demasiado
pura, no es cierto? ―gruñe, al parque los calmos ojos de ella encuentran su
mirada llena de odio―, ¿Demasiado pura y santa para luchar? ―Desliza sus manos
hacia los senos y aprieta cruelmente los pezones―. ¿Pero no puedes impedir que
te presione y lastime, no es cierto? ―Ella no se mueve―. ¿Qué te sucede? ¿Eres
tan santa? El precioso sepulcro ha de ser profanado. ¿No vale la pena luchar
por él? ¡Contesta!
―Tu
necesidad es tan grande ―dice Oona y abre sus muslos para él―. Debes de sufrir.
―Desliza sus tobillos detrás de las rodillas de Itubi.
El
retrocede, sus manos abandonan los pechos de la mujer como si la carne,
súbitamente, se hubiera putrificado bajo su tacto.
―Oh,
no quiero eso ―Se pone de pie―. Lo haré mejor con mis manos cuando ordene mis
sueños.
―Pero
no es por lástima ―Oona levanta su mano, los dedos recorren suavemente el
sedoso sexo y dibujan los henchidos vasos sanguíneos como si fuera ciega―. He
visto a los ciervos en el bosque y la cópula de las ballenas y, todos los días,
en el gallinero, el gallo corre a las gallinas y lo observo cubrirlas con sus
fuertes alas. ―Se levanta y permanece junto a él―. Soy diferente de los otros,
como tú. ―Toma los dedos de él y los lleva hacia arriba, entre sus piernas―. La
imagen de un macho en celo nunca hizo que me abriera de esta manera.
Se
entrelazan y gimen y jadean como árboles en el viento. Desarraigados, caen
entre las hojas. Itubi la penetra con lentos y profundos golpes y los espasmos
de alivio son inmediatos; todas sus tensiones fluyen irremediablemente dentro
de la suave y cálida prisión. Para Oona es algo distinto. La pasión de él es el
comienzo de un universo en llamas, cada vez más expandido en partículas de luz;
la desintegración de sus propios átomos, un choque de electrones. Oona se
pierde en el eléctrico fuego de la creación. Agotado, Itubi se esfuerza
deportivamente por adaptarse al voraz ritmo de Oona. Permanece en erección,
pero su mente deambula. Piensa en la abeja zángano que copula en el aire con la
Reina, elegido entre una legión de admiradores. El vuelo nupcial finaliza en
tragedia. El zángano cae nuevamente a tierra, las entrañas afuera, mientras que
la Reina se aleja volando con el aparato sexual de aquél y una parte de su
abdomen que, todavía, bombea como un émbolo obediente.
―Arrójalo.
Vera
arroja una pequeña concha por el aire con un movimiento de su muñeca, como si
fuera un disco. Quarrels desplaza la escopeta con un movimiento circular y, en
una fracción de segundo; afina la puntería. Hace fuego y la concha se
pulveriza. Vera salta en la arena y aplaude.
―Ahora
tú ―dice él, al par que introduce dos rojos cartuchos de plástico en los
humeantes caños.
―No,
me lastima el hombro. Prefiero arrojar el blanco.
―¿Puedes
arrojar dos a la vez?
―¿Por
qué no? ―Busca en la orilla conchillas del tamaño adecuado―. Philip ―recuerda
siempre que se llama Philip―, ¿no es divertido esto, Philip?
―Divertidísimo
―ríe él.
―Deseo
que no termine nunca.
―Regreso
al Depósito, si te refieres a eso.
―Oh
―Vera finge languidez mientras busca una segunda conchilla―. ¿Pronto?
―Falta
todavía un rato. Pero la alarma ya está preparada para una desconexión, de modo
que hablar de ello a nada conduce. ¿Estás lista?
Ella
asiente.
―¡Arroja!
―Quarrels gira tras las conchillas y hace fuego dos veces, la primera cae hecha
pedazos, falla la segunda vez. No hay aplauso. La sonrisa de Vera permanece en
su rostro pero sus ojos relumbran, brillantes y crueles―. Debo trabajar,
―dice―. Tengo que seguir un programa de actividades. Quizás pueda arreglar algo
la próxima vez de modo que la Comisión no me extrañe. Sé como hacer el ajuste
de coordenadas.
―¿La
próxima vez no habrá alarma?
―Lo
prometo.
―¿Y
estaremos juntos para siempre?
―Te
lo prometo, mi amor.
Y41-AK9
se queja ante su Auditor. Si el Sistema es justo, ¿por qué permite la
injusticia?
―¿Qué
sugería usted?
―La
autorización del Centro de Control para la aprehensión inmediata del sujeto. El
equipo necesario podría ser provisto por el Centinela.
―No
es deber del Depósito la custodia del mundo.
―Pero,
¿qué otro podría hacerlo? Los Portavoces de la Ley no actúan. Itubi recibe
asilo en todo lugar adonde va. Una mujer lo alberga ahora. Su vida es fácil.
¿Es justo eso? Si los residentes del Nivel Uno alguna vez sospecharan su
destino, se produciría un caos total.
―Las
Reglamentaciones del Centro de Control especifican que la meta del Nivel Uno es
la aceptación del Depósito como su único mundo posible. Los residentes deben
aprender a confiar en el Sistema. El conocimiento de la verdad es una
responsabilidad preciosa, Y41-AK9. Quizás, la continuada exposición al exterior
esté debilitando su confianza. Las tentaciones son más fuertes cuando el
Intelecto y el Ego nublan la mente.
―Me
esfuerzo por alcanzar la paciencia y la sabiduría.
―Se
lo sugerimos. Sin esas cualidades surgen los engaños, incitaciones temerarias
que no son congruentes con el orden adoptan la apariencia de la seriedad, la
oscura labor del subconsciente aflora. La proposición de usar máquinas contra
el hombre es absurda; la sugerencia de que un Auditor podría infringir sus
votos y revelar información prohibida a un residente de un nivel inferior es
inconcebible. Si el cumplimiento del deber resulta una carga demasiado pesada
para Y41-AK9, entonces, quizás otro Auditor pueda ser asignado al Sujeto.
―Mis
esfuerzos serán duplicados con la sabia asistencia de aquellos que ven más
lejos y guían a los hombres cuando equivocan el camino.
La
casa de troncos de palmera de la Tejedora se eleva sobre la cima de una colina
que mira hacia el mar. Brillantes aves salvajes escarban en el terreno que se
extiende frente a la puerta abierta. Itubi está sentado en el umbral, arregla
una herramienta de madera; a su alrededor, las paredes forradas de coral blanco
están grabadas con dibujos geométricos. Madejas de hilo recién teñidas cuelgan
en brillantes cascadas encima de su cabeza desde bastidores donde se secan, y
forman un toldo tan vistoso y cambiante como un arcoiris. Por todos lados el
color lo rodea. Aun las parcelas de vegetales están divididas por opulentos
canteros de flores.
Cierra
los ojos y escucha el sonido de la lanzadera del telar en el que Oona trabaja,
en el interior. Mientras él es proclive a sentarse y dormir, Oona nunca está
ociosa, cuida las tinas de tintura, barre, acarrea agua desde la cisterna,
devana el hilo en los husos, trabaja en el jardín. Sus tareas comienzan al alba
y finalizan a la brumosa y oscilante luz de un candelabro de cera de abeja.
Nunca le pide ayuda y, excepto dos veces por semana en que él lleva al caballo
desde el camino costero hasta el amplio valle central y regresa con un fardo de
algodón atado a la montura, Itubi se ve obligado a inventarse trabajo, a
descubrir tareas tan simples como ésta de arreglar una herramienta, para llenar
el día. Aparte de tallados casuales no ha intentado esculpir. La antigua
urgencia lo ha abandonado.
Sin
embargo, Obu está contento. La vida es agradable y cálida. Las colmenas zumban
como una serie de dínamos detrás de la casa. Ágiles lagartijas verdes trepan
por la pared del jardín. Un salvaje gallo de cresta inflamada corre a una
parlanchina gallina a través del patio. Oona canta en el interior de la casa.
―Soy
algo más que un gallo ―musita Itubi―. La mujer es feliz conmigo. No hay una
noche sin amor. ¿Es acaso, condenable si, en realidad, ella no encuentra otro
uso para mis brazos?
El
telar está silencioso. Pronto, Oona aparece en la puerta; trae un pan redondo y
un canasto lleno de fruta, trozos de queso de cabra, un coco partido y gruesos
fragmentos de panal que rezuman miel. Se sienta y coloca el canasto entre
ellos, sobre el umbral, luego corta el pan en anchas tajadas con un cuchillo de
mango de hueso. Como siempre, sonríe.
Obu
esparce miel sobre el oscuro pan.
―Pareces
feliz hoy ―dice.
―Todos
los días soy feliz ―Oona pela una naranja―. Pero, hoy tengo un especial motivo
de alegría.
―Lo
adivinaba. Nunca había escuchado tu canto.
―El
canto podría también ser tuyo, Obu. Tu simiente está viva adentro de mi cuerpo.
Hoy se cumple mi fecha mensual y, sin embargo, mi menstruo no fluye. Estoy
embarazada, Obu.
―¡Imposible!
―Lo
supe desde la primera vez. Debieras alegrarte.
―No
es verdad. Soy estéril, tú debes de saberlo. Todos los fetos masculinos son
esterilizados en la incubadora, ésa es la ley. ―Itubi siente que su corazón se
acelera. Enjuga la miel que chorrea en su barbilla.
―¿Qué
ley, Obu?
―Pues,
la ley del Consejo Mundial, para impedir la crianza no autorizada y asegurar...
―Itubi calla. Los antiguos eslogans de su época escolar, hipnóticamente
implantados en su memoria, de nada le sirven. Oona tiene que conocerlos a
todos: LA MATERNIDAD ES UN PRIVILEGIO, NO UN DERECHO; El CONTROL DE LA
NATALIDAD ES LA CLAVE DE LA PAZ MUNDIAL. ESTERILIDAD ES LO MISMO QUE
ESTABILIDAD. Constituían una parte de la infancia como las coplas de la Madre
Ganso que vuelven desde el pasado con su trillado estribillo:
Nací
en una incubadora,
sin
madre que me cuidara.
Esa
es la causa de mi existencia,
y
del fraterno mundo la esencia.
Oona
aferra su temblorosa mano.
―Eres
tu propio amo ahora, Obu ―le dice.
―Lo
siento, mi cabeza está llena de canciones de cuna. Olvidé dónde estoy y, aun,
quién soy. Ya no hay Consejo Mundial, ¿no es cierto?
―No
desde el Despertar.
―¿Y
realmente vas a tener un bebe?
―Por
supuesto.
―¿No
existe alguna ley que lo prohíba?
―Nada
está prohibido. Los Portavoces de la Ley procuran una guía a la tribu, pero no
restricciones.
―¡Increíble!
Itubi
recuerda el complejo procedimiento para obtener su primer hijo: las
medicamentaciones, las entrevistas psiquiátricas y los exámenes médicos, el
largo período de aprendizaje, todas las restricciones y el informe registrado
en una cinta que su esposa y él hubieron de someter a aprobación antes de que
la incubadora les concediera lo solicitado. Y, aun después de que un niño
quedaba reservado a sus nombres en el registro de producción, las
complicaciones continuaban. Había clínicas para guía de los padres, clases
obligatorias para el cuidado del niño, una serie de inyecciones aplicadas a su
esposa para inducir la lactancia. ¡LA PATERNIDAD SIGNIFICA RESPONSABILIDAD!
―No,
no lo creo ―dice―. Son invenciones tuyas. Mi esposa nunca menstruaba. Las
mujeres eran esterilizadas en las incubadoras del mismo modo que los hombres.
―Todas
menos una en mil, Obu.
―Así
es, todas menos las sangradoras.
―Obu,
yo era una... sangradora. Esas crueles palabras de la jerga me herían cuando
era una jovencita. No era una vida fácil la de la Ovuladora. La gente normal no
lo entendía. Fui medicamentada durante once años, mil unidades de TCG cada dos
semanas, y, todos los meses, en el Centro de Incubación de la Incubadora Brasil
Veinte, mi útero era drenado mediante un tubo succionador. Una vez mi
producción fue de ciento setenta y tres óvulos.
―¿Y
qué te sucedió en el Depósito?
―Nunca
estuve en el Depósito. Escucha, once años fue un lapso suficiente. Esta isla
era un lugar de vacaciones, antiguamente; no había población estable. Hice de
tal modo que pareciera un accidente, hundí mi gironave en el mar. Cuando los
otros turistas fueron llamados, después del Despertar, yo estaba oculta en la
selva. Nunca supe cómo fueron las cosas. Durante diez años, quizás más, la vida
fue fácil; la alimentación no constituye problema alguno en estos parajes.
Luego, comenzaron a regresar, los del Depósito; los espié hasta que aprendí lo
necesario para poder mezclarme con ellos sin ser advertida. Aparecí un día
después de la llegada de un barco y fui aceptada sin preguntas.
―¿Dónde
aprendiste a hilar?
―En
el Centro de Preservación de la Artesanía, en Río. Las Ovuladoras Oficiales
tenían mucho tiempo disponible. Se nos alentaba para que nos dedicáramos a
diferentes hobbies, como sabrás, para ganar puntaje extra en nuestro rating.
―¿Realmente
pudiste escapar? Parece imposible. ¿Cuándo naciste?
―Sagitario,
veintiuno sesenta.
―Tengo
cuatro años más que tú ―Itubi ríe―. Una parte de mí, se entiende. Sin embargo
pareces muy joven, Oona.
―Los
últimos cálculos sobre la duración de la vida eran de quinientos a seiscientos
años.
―Pero
he visto a hombres viejos...
―Ya
sé. Algunos de los provenientes del Depósito se marchitan y mueren diez años
después de haber salido de allí. Pasan todo el tiempo con ayunos y plegarias.
He observado a centenares. A ninguno le importa nada. He escapado a la atención
porque he vivido sola. Esos nuevos productos del Deposito no sospechan de la
soledad en la medida en que uno es industrioso o espiritual.
―¿No
hay otros como nosotros?
―He
observado y esperado... durante cerca de doscientos años. En todo ese tiempo,
eres el primero. Los que regresan del Depósito son asexuados. No sus cuerpos,
por supuesto, todos tienen saludables cuerpos de incubadora. Algo que les ha
sucedido en la mente.
―Liberación
―murmura Itubi.
―Pero,
tú no eras un Liberado. Tú eras el fugitivo. ―Oona sonríe, le agrada la idea de
que Itubi haya podido eludir a las máquinas―. Tú eres famoso. Escuché toda tu
historia en el pueblo antes... antes de que nos encontráramos. Sabía que eras
diferente, pero nunca, nunca hubiera adivinado que eras fértil. La Cámara de
Nutrición debe esperar hasta el último momento para esterilizar a los hombres.
―Entonces
sólo se trata de un accidente. Swann lo pasó por alto ―Itubi menea la cabeza―.
¿Es posible que sea, en realidad, tan simple?
―No
hay cosa más simple que la vida, Obu ―dice ella―. Incluidos los milagros.
Vera
derrama un fino hilo de aceite de coco sobre la espalda de Philip. Su sonrisa
se congela cuando la alarma eléctrica en su muñeca interrumpe la placidez de la
tarde. Tapa el frasco y seca sus manos en la toalla sin decir una palabra.
―Lo
siento ―dice Quarrels, apoyado sobre sus codos―. Era inevitable. ―Evita los
ojos de ella―. Sé que te di mi palabra pero no es tan fácil como eso. Sólo Dios
sabe la cantidad de reglamentaciones que estoy infringiendo al venir aquí.
―No
te irás ―dice ella.
―Debo
irme. La próxima vez será diferente.
―No
me importa la próxima vez. No te irás. ―Arroja la toalla y camina rápidamente
por la playa hacia la tienda. Quarrels la observa desaparecer en el interior y
se decide. Este es el fin. No más mentiras ni compromisos; está cansado de
subterfugios y determina inscribirse para sesiones de terapia que fortifiquen
su resolución. Todos los sueños deben concluir en un despertar, piensa, al par
que se levanta y observa que Vera sale de la tienda con la Holland &
Holland de dos caños.
―Apaga
la alarma ―le ordena ella―. Sea como fuere el modo de hacerlo, ¡hazlo!
―Es
automática, Vera. Los controles están dispuestos en el Depósito.
―No
te creo. ―Retrocede algunos pasos sobre la arena y lleva la escopeta a su
rostro―. Escúchame, te mataré si no la apagas.
Quarrels
ríe. Mira directamente los caños del arma. Los ojos de Vera no son menos
amenazadores.
―Esas
baratijas teatrales de Hollywood ―dice―. No puedes matarme, Vera. Esto es sólo
una memoria-fusión; es tan irreal como una película. No puedes hacer en la
memoria lo que no has hecho en la vida.
―Pero,
es verdad, maté a un hombre, a mi primer marido. Con esta misma arma. Es tan
fácil como apagar tu alarma. Ahora, apúrate o apretaré el gatillo.
―Te
creo, Vera, pero no sirve, aunque tuvieras una docena de víctimas en tu cuenta.
Es posible que seas una asesina, pero yo nunca fui asesinado, de modo que tus
amenazas carecen de sentido.
―Te
lo advierto, Philip. ―Mientras ella habla, una misteriosa luz comienza a jugar
sobre su piel―. ¡Philip! ―La luz parpadea como pequeñas lenguas de llama azul―
¡Apágala!
―Adiós,
Vera. ―La superficie total del cuerpo de Quarrels se enciende. La irradiación
comienza a borronear sus rasgos―. Aplaudo tu actuación.
―Quédate
conmigo ―suplica Vera―. ¡Por favor! ―La luz es increíblemente brillante. El
grito de Vera se pierde en el fragor del estampido de la escopeta.
Tauriq,
el Curador recibe las pasmosas noticias de Oona con tranquilidad. Sólo sus ojos
traicionan su momentáneo asombro. Toma las dos manos de ella entre su garra y
devuelve su calma mirada. Durante largo rato ninguno habla.
―¿Y
qué sucede con el extranjero? ―pregunta Tauriq y rompe el silencio.
―Obu.
―Lo corrige Oona.
―Sí,
Obu. ¿Comparte él tu felicidad y paz?
―No,
su Ego es demasiado fuerte. Su orgullo no le permite descansar.
―Lo
encontré una vez en el pueblo. Su hostilidad no deja lugar a dudas. Y también,
sentí que algo vital anida en él, una fuerza natural más propia de una bestia
que de un hombre. Comprendo cómo debe de haber sucedido, Oona.
La
Tejedora ríe.
―Hablas
como si tuviera una enfermedad, Tauriq ―dice.
―Quizás
sea aun más grave que eso. ¿Cuánto tiempo hace de esto?
―Dos
meses.
―Es
hora de que te eche una mirada. ―Tauriq abre su bolso y busca entre sus
instrumentos―. He ayudado a muchas hembras a parir, pero éste será mi primer
niño. ―Extrae un speculum de acero y ajusta los calibrados dilatadores.
Oona
se desliza afuera de sus amplias vestiduras de algodón y permanece de pie y
desnuda frente al Curador. Por encima de sus cabezas, anaranjados girasoles
cabecean en el viento de la tarde.
Obu
Itubi está borracho. Tropieza por la senda del bosque y maldice el balanceante
peso de una bolsa de aguacates que cuelga de su nombro. ¿Qué clase de trabajo
es ése para un hombre que ha engendrado el primer niño del mundo en ciento
cincuenta años? No, algo más que eso. El Centro de Reproducción fue habilitado
hace ya tres décadas. Sólo chicos de incubadora en todo ese lapso y él, un
hombre tan importante como Adán, es enviado a recoger fruta en el bosque como
un miserable sirviente.
La
culpa la tiene la mujer, con su telar y su casa y ese condenado jardín. ¡La
beatífica Tejedora! Bueno, ya ha tenido suficiente de mendigo, de mandadero. ¿Y
para qué? Castas son sus vestiduras y vegetarianas sus comidas. Obu camina
inclinado hacia adelante mientras su cerebro embotado por los vapores de la
cerveza enumera una larga lista de quejas e injurias, la menor de las cuales no
es el enfriamiento de la pasión de Oona. No ha compartido su cama con él desde
que le contara sobre su embarazo, hace ya un mes, y se ha comportado como una
casta virgen cada vez que él intentara una caricia. Se diría que alberga una
concepción inmaculada en ese orgulloso estómago. Pero él recuerda bien cómo
sudaba y rasguñaba y gritaba su nombre en la noche, ¡y cómo lo hacía, la
maldita! Y, condenado sea si llega a pasar una noche más sin el vaivén del
amor. No dormirá más en una hamaca afuera, como si no fuera mejor que las
cabras que ella tiene. ¡La vieja cabra! Bueno, él es el más poderoso cabrón del
mundo.
Itubi
se bambolea al salir del bosque, encantado con el nuevo descubrimiento de su
condición cabría. Sí señor, ¡el Cabrón Universal! Ríe y retoza y hace girar la
bolsa en un amplio círculo que lo envía de boca contra el alto pasto. ¿Por qué
esperar la noche para su topada? La casa de Oona queda del otro lado de la
próxima colina. ¿Por qué no entrar a hurtadillas por la puerta trasera y
tomarla de sorpresa, como hizo la primera vez? Un verdadero plan de cabrón.
Itubi
abandona la bolsa de aguacates. Esperarán hasta que él vuelva. Embotado por el
alcohol, ríe con su cabruna risa y galopa entre los pastos ondulantes, como un
sátiro cobrizo que rezuma almizcle. Es una suerte encontrar colgado bajo los
perales su frasco de cerveza lleno y fermentado. Sobrio, hubiera pensado dos
veces antes de una canallada como la violación, pero la fuerte bebida
felizmente oscurece todo resto de escrúpulos y mantiene viva la luz de las
fanteaseosas lámparas del coraje.
Cuando
llega a la pared de piedra que encierra la pradera de más arriba, Itubi se
arrodilla y repta, oculto de todos hasta que llega al granero. Desde aquí, en
dos saltos, se acerca a la casa. Espía desde un rincón y observa a Oona con
otro hombre, está desnuda y sus ropas yacen a sus pies. El extraño acaricia sus
senos. Susurra palabras secretas en la oreja de ella. Ella ríe y se acuesta
sobre un banco frente a los descarados girasoles. Ríe todavía cuando abre sus
piernas. El perverso speculum brilla en las manos del hombre.
Itubi
se pone de pie en el granero, desesperado y tambaleante. El sonido de la risa
de Oona exacerba su furia. Una hilera de herramientas de madera cuelga desde
clavijas empotradas en la pared de piedra, un letal conjunto de guadañas,
azadones, tridentes y rastrillos. Sólo le lleva un momento decidirse. Esgrime
el mayal de largo mango como si fuera una cachiporra y sale del granero, sus
silenciosos pies felinos desnudos sobre la apisonada tierra del patio. El
extraño está inclinado sobre la mujer y, seguramente, saborea las delicias de
sus muslos abiertos. No escucha acercarse a Itubi ni advierte la rápida sombra
del mayal cuando hiende el aire en el golpe.
Vera
arroja la escopeta a un costado y corre hacia el lugar adonde el cuerpo de su
amante yace tendido en la arena. Sabe que está muerto; el momento de horror que
experimentara cuando apretó el gatillo ya ha pasado y es reemplazado por una
curiosa tranquilidad. No siente pena, ni siquiera los atisbos de la culpa. Sólo
está perturbada por el seco estampido del arma que todavía resuena en sus
oídos. La sensación de estupor ante el terrible daño que ha causado es todo
cuanto ella puede acercarse a la emoción.
Como
el blanco estaba demasiado cerca, las municiones no tuvieron oportunidad de
expandirse y Quarrels recibió la carga íntegramente en su rostro. Yace de
espaldas, los brazos extendidos, la cabeza quemada como un melón demasiado
maduro y arrojado en el campo. Vera se sorprende de la cantidad de sangre
derramada en la caliente arena. La luz fosforescente ya no emana de su cuerpo
y, a pesar del bronceado, su carne adquiere una lívida palidez.
«Pez
muerto sólo brilla de noche», susurra Vera y patea la arena en dirección a las
grandes moscas azules que, casi mágicamente, han aparecido alrededor del
cadáver. Quarrels es suyo para siempre, ahora. Nunca volverá a irse.
La
vida de un hombre es cosa suya si no daña a los otros.
Las
grabadas palabras del Portavoz de la Ley brotan del interior del Centinela.
Todos los Ancianos de la tribu Qaf se han reunido en el jardín de la Tejedora,
convocados por el plateado robot volador que planea por encima de sus cabezas.
La cubierta forma de Tauriq, el Curador, descansa sobre el banco, debajo de los
girasoles. Uno de los Portavoces de la Ley sostiene el ensangrentado mayal.
Oona permanece de pie y silenciosa, observándolo todo desde un costado.
―No
hay necesidad de tales rememoraciones ―dice el Portavoz de la Ley―. Recuerdo
las palabras que dije.
―Le
presento mis disculpas, Iluminado ―replica Y41-AK9 vía comunicador―. No deseo
deshonrarlo ni pretendo utilizar esta penosa ocasión para dar cauce a mis
propios deseos.
―Le
estamos agradecidos por habernos congregado aquí. Sus advertencias podrían
haber prevenido esta pérdida. El fugitivo debe de ser devuelto al Depósito. No
puede escapar de la isla. Toda la tribu lo auxiliará a usted en la búsqueda.
―Es
más peligroso que cualquier animal. Deben adoptarse precauciones para que su
gente no sea dañada.
―Se
tomarán todas las medidas necesarias. Empleamos redes y dardos mojados en un
anestésico paralizador. Nuestros cazadores son asombrosamente certeros con sus
cerbatanas. El fugitivo será capturado vivo.
―Si
eso es posible, el Depósito les estará agradecido. El Centinela contiene
comodidades craneanas adaptadas específicamente para el retorno del residente.
Pero, si las vidas de cualesquiera de los hombres corren peligro, el deseo del
Centro de Control es que el sujeto sea destrozado.
La
Autoridad Médica está confundida. En todos sus registros no existe un solo caso
comparable a éste. Un Auditor del Nivel II, el único residente de esa categoría
nacido en el siglo veinte es el sujeto. Su historia médica reza:
Número:
C19-LTR85 (266-07-83)
Nombre:
Philip Randolph Quarrels
Sexo:
Masculino
Nacimiento:
19-8-1940
Cerebrotomía:
23-3-1990
Registro:
10-10-2362
Ocupación:
Astronauta; piloto
Rating
del Ego: 67-459
Salud:
Excelente
Enfermedades
anteriores: Ninguna
La
Autoridad Médica ha sido notificada después de que el sujeto no concurrió a su
concertada sesión de audición y no respondió cuando fue convocado vía
comunicados.
El
cerebro del residente es objeto de un intenso examen de laboratorio. Aunque las
pruebas demuestran que el tejido celular cerebral está vivo y las neuronas
responden al electroestímulo, no son detectadas las características ondas en la
cinta de microencefalograma. Aun en lo más profundo del coma, el subconsciente
emite todavía una débil señal. Clínicamente, el sujeto está vivo; y, sin
embargo, de acuerdo con todos los diagnósticos conocidos, el cerebro es el de
un hombre muerto.
Es
algo muy misterioso. No pueden descubrirse huellas de enfermedad o de deterioro
celular. No existen síntomas de trauma psíquico. El registro de las cintas del
sujeto nada aclara. Con anterioridad a la revelación de la extraña condición
del sujeto, éste había programado una serie de conferencias sobre epistemología
del legajo memoria. Curiosamente, ningún fragmento del contenido de estas
conferencias se ha registrado en la mente consciente o inconsciente del sujeto.
Hasta pareciera que ha permanecido en algún otro lugar mientras se proyectaban
las cintas. El Centro de Control imparte instrucciones a la Autoridad Médica
para que continúe sus investigaciones.
Obu
Itubi se agazapa en una improvisada madriguera que ha excavado en la ladera de
la colina con sus manos desnudas. Está despellejado y sucio, su pelo empastado
y amasado con barro. Los cortes y rasguños que se hiciera al cavar ciegamente
su refugio entre la espinosa maraña vegetal, han comenzado a infectarse.
Punzadas y piojos empiezan a atormentarlo. Hay humedad en la madriguera. Itubi
tiene frío, está acalambrado y se siente muy desgraciado.
No
ha comido en dos días. Para eludir a sus perseguidores, su plan era proveerse
de comida solo durante la noche, pero no hay luna y la oscuridad bajo los
árboles es como una venda sobre sus ojos; debe regresar a la seguridad de su
cueva como un topo desamparado y hambriento. Se esfuerza por no pensar en Oona
o en su confortable vida en la encalada casa. La pena es un veneno amargo;
Itubi necesita recuerdos menos tóxicos que el de la imagen de la esbelta
Tejedora que lleva a su hijo en su combado vientre. Concentra sus pensamientos
en los monótonos pasillos del Depósito y decide considerar el coeficiente de
libertad que le ha quedado. Es mejor vivir en la tierra como una rata
acorralada y morir como hombre libre bajo el cielo abierto que ser deportado a
ese mausoleo de computadoras con otros varios billones de zombis. Nutrido por
sus sombríos pensamientos, Itubi no tiene la menor intención de morir. Matar a
un inocente puede haberle costado la posibilidad de la felicidad doméstica,
pero, en la medida en que tenga las fuerzas necesarias para resistir, no está
dispuesto a perder su libertad por causa de una equivocación de borracho. Itubi
sabe que no se encuentra a salvo en la isla. Escapar significa robar un bote y
para semejante empresa necesita alimentarse. Los riesgos del hambre son mayores
que los de exponerse. Si es precavido, una hora de cosecha podría permitirle
acumular suficiente fruta como para aguantar unos días.
Itubi
aparta las ramas y las hojas que ocultan su madriguera y estira sus miembros
por primera vez desde la noche anterior. Saborea la luz del sol sobre su piel y
se dirige con las piernas todavía endurecidas hacia el denso follaje. No se
escucha un solo ruido en el bosque. Aun los raucos pájaros están silenciosos.
Itubi está seguro de que está solo y nadie lo observa. Sus confiados
pensamientos son interrumpidos por su propio grito de asombro. Un súbito y
punzante dolor, más agudo que el del aguijón de una avispa, le atraviesa un
hombro. Con una mueca, Itubi se vuelve para alcanzar el erizado dardo que
cuelga de su carne. Antes de que pueda arrancarlo, se le doblan las rodillas y
cae hacia adelante, sumido en la oscuridad.
Philip
Quarrels es enterrado sin ceremonia. Con una vacía cáscara de coco, Vera cava
un foso no demasiado hondo en la arena. Utiliza a Chi-Chi para mover el
cadáver. Ata una soga uncida a un arnés, a los pies del muerto y el caballo
arrastra el cuerpo hasta la abierta tumba; queda una suave huella a través de
la playa que semeja el rastro de una tortuga marina cuando se dirige a desovar.
No hay oraciones ni exequias. Vera lo hace rodar adentro del pozo y lo cubre
con arena.
Sin
embargo, Vera invierte mucho más tiempo en decorar la tumba que en prepararla.
Amontona la arena en una pila sobre el foso. Alrededor del borde dispone una
hilera de conchas blanqueadas por el sol. En una segunda fila coloca las
conchas invertidas para que presenten las rosadas aberturas en espiral. Además,
distribuye frágiles trozos de quebrados y calcáreos esqueletos de erizos de mar
sobre el montículo, de tal modo que éste luce como un mosaico abstracto.
Vera
se alegra con el resultado. Ha dispuesto la tumba en una posición que le
permite divisarla desde la abierta cortina de su tienda. Todos los días traerá
canastos de flores y los arreglará sobre el lugar. Playa abajo sabe donde
encontrar un macizo de cráneo de coral que constituirá una conveniente e
irónica lápida. Vera se dedica a la parte teatral de las ceremonias fúnebres.
Ello le procurará un modo de pasar el tiempo.
―Atención,
B-0489... Atención...
Obu
Itubi reconoce la presencia de su Auditor en el comunicador. Esto lo confunde.
Recuerda que ha abandonado la madriguera y el silencio del bosque, pero todo lo
demás es ambiguo, está sumido en la oscuridad.
―Atención,
atención, B-0489. No gana nada con hacerse el mudo, sabemos que recibe usted
esta trasmisión.
―¿Dónde
estoy?
―A
salvo y de regreso en el seno del Centro de Control. Me excusará por ser
demasiado preciso, pero la ubicación exacta no tendría sentido alguno para
usted.
―¿Qué
le sucedió a mi cuerpo?
―Fue
incinerado en Antillas Nueve. Fue usted sometido a la cerebrotomía, allí, a
cargo de un Curador, un colega de su desgraciada víctima.
―¿Y
qué me sucederá ahora?
―Su
pregunta más interesante, B-0489...
―Sé
que me encuentro a su merced.
―Muy
cierto. Y puesto que demostró usted una merced tan exigua durante su
devastación en la Instalación de la Superficie, me imagino que experimentará
usted cierta aprehensión.
―No
tengo miedo. Nada más puede usted hacerme, ahora.
―Olvida
usted su ignorancia, B-0489. El Centro de Control tiene registradas cintas de
un dolor tan profundo que su imaginación no puede siquiera esbozar la sombra de
la potencial agonía que producen. Podemos condenarlo a usted al purgatorio
eterno con sólo girar una llave.
―Hágalo,
entonces.
―Es
usted demasiado impetuoso, B-0489. Por ello representa usted un gran peligro.
El Centro de Control no alberga deseos de venganza. A pesar de todas las
provocaciones, no tengo el menor interés de «clavarlo en el asador».
―De
modo que conocía usted mis pensamientos secretos. Eso es justamente lo que
hubiera esperado.
―Su
error consistió en albergar pensamientos que necesitaban conservarse en el
secreto. El Centro de Control registra la conciencia completa de cada
residente. No existe algo semejante a pensamientos secretos. Aun su
inconsciente está registrado. Mi equivocación fue no realizar una audición
diaria de sus cintas. Si lo hubiera hecho, toda esta destrucción podría haber
sido evitada.
―El
Sistema le ha lavado a usted el cerebro. Las máquinas lo han despojado de algo
más que del cuerpo; le han robado su mente, también.
―No
existe una mente individual, B-0489, sólo existe la Única Mente. Todo lo demás
es ilusión. Pero no lo molestaré ya con más discursos sobre la Doctrina.
Preguntó usted por su destino. He sido instruido por el Centro de Control para
informarle de su decisión. Como resultado de sus acciones destructivas, el
cerebro de un residente del Nivel Uno ha sido dañado más allá de toda
posibilidad de reconstrucción. Aunque las instalaciones de incubadoras y
sustentadoras de humanoides subsisten, los especimenes producidos tienen sólo
un cerebro modificado, de modo que no existen probabilidades para nuestro
laboratorio de procurar una sustitución. En función de ello, el Centro de
Control ha ordenado que su cerebro, B-0489, sea sustituido por el destrozado.
Todos sus pensamientos, los conscientes y los inconscientes, serán borrados y
las cintas del otro residente los sustituirán.
―Entonces,
¿quiere decir usted que me matan, después de todo?
―No
exactamente, sus cintas serán destinadas al Archivo y allí permanecerán hasta
el momento en que haya otro cerebro disponible. En efecto, B-0489, será usted
colocado en el limbo. Antes de que finalice la trasmisión, podría ser que le
interesara a usted conocer el debate metafísico que ha motivado su caso. El
Centro de Control estaba indeciso respecto de cuáles serían los resultados del
karma si sus cintas fueran borradas en lugar de archivadas. En tal caso, ¿sería
ello lo mismo que la muerte y, por lo tanto, significaría una nueva encarnación
suya en otro mundo? ¿O, simplemente, naufragaría usted en el samsara para
siempre, condenado a una eternidad de ilusión? Podría utilizar usted sus
últimos momentos para meditar sobre el problema, B-0489. Los procedimientos de
neuro-purgación comenzarán inmediatamente.
Final
de la trasmisión.
CLICK.
Oona,
la Tejedora, está sentada al sol, en su jardín, y contempla la verde y
cultivada extensión que se extiende hasta la playa. La vibración de los
colibríes embellece los canteros de flores; las abejas zumban en la dorada
tarde; un gallo se pavonea y canta al par que luce su plumaje a lo largo de la
pared de piedra. Detrás de ella, en la casa, el telar permanece silencioso.
Últimamente le ha sobrevenido una vaga somnolencia y no ha trabajado durante
días; permanece horas enteras sentada en el jardín, las manos cruzadas sobre el
rezago.
La
sonrisa de Oona es tranquila y satisfecha. Allí, nuevamente lo siente, es la
tercera vez en el mismo día. Extiende las manos sobre su voluminoso vientre y
siente las pataditas dentro de su cuerpo. Piensa en el pequeño feto, ya
perfectamente formado y que golpea con sus piernas todavía no nacidas, inquieto
con la novedad de la vida. Su dicha es completa.
Un
Amco-pak Mark II se desplaza silenciosamente entre las estrechas estanterías
del Archivo. Alineadas a lo largo de cada hilera hay interminables carreteles
de cinta, catalogados y olvidados en la mortuoria quietud. Sujetas entre sus
telescópicos brazos, la máquina archivadora lleva las cintas completas del
residente Obu Itubi. El cuadrado recipiente de metal sólo está identificado por
su número: B-0489 (773-22-99). Después de utilizar el registrador durante unos
momentos, el Mark II encuentra el estante correcto y desliza las cintas en su
lugar. El pasillo es demasiado estrecho para girar, de modo que la torrecilla
del registrador gira sobre el pivote 180°, los controles se disponen sobre el
reverso y la máquina retrocede suavemente por el camino que siguiera al entrar.
Sobre otro estante, dos hileras más arriba, yacen las cintas que contienen la
información de una residente (mujer) mal registrada, del siglo veinte, la
perdida llave de la libertad de Vera Mitlovic.
El
reconstituido Skeets Kalbfleischer tiene una pesadilla. Si bien este sueño se
ha producido con regularidad creciente durante las últimas semanas, Skeets
tiene, sin embargo, que proceder al informe de sus detalles a Y41-AK9, su nuevo
Auditor. Se trata siempre de la misma habitación, brillantemente decorada con
pergaminos de la dinastía Sung y tapices. El Emperador se encuentra allí y
supervisa todo desde el trono de teca, con una ligera sonrisa burlona en sus
delgados labios. Skeets está amarrado a una mesa embaldosada en porcelana. Como
antes, habita un cuerpo extraño: adulto, buena musculatura, piel cobriza y
abundante cabellera negra como el carbón.
El
Emperador bate las manos y la tortura comienza. Tres hombres penetran en la
habitación, dos de ellos empujan un gabinete con molduras de bronce y
exquisitamente pertrechado con docenas de pequeños cajones. Estos dos hombres
ayudan al cirujano en la selección de los instrumentos apropiados que se
encuentran en el gabinete. Un gran espejo cuelga sobre la mesa, de modo que
Skeets puede observar cada detalle de la operación. El cirujano trabaja con
dedos precisos que extraen, diligentes, pequeñas porciones de carne de su
cuerpo. Cada incisión se realiza en un lugar diferente. Un corte extrae una
porción del lóbulo de su oreja, otra, la punta del dedo gordo de su pie. El
cirujano es un maestro en su antiguo arte; bajo sus pacientes cuidados, una
víctima es mantenida con vida durante días mientras fragmento tras fragmento,
su cuerpo es reducido. Primero, lo despoja de la piel; luego, los desollados
músculos son minuciosamente disecados. Mediante la técnica de no tocar los
órganos vitales, el cirujano reduce el cuerpo a los huesos y entrañas, sin
permitir que corte alguno produzca un shock o trauma. Aunque el dolor es
constante y sin variaciones, se impide que la víctima pierda la conciencia.
Skeets
observa el proceso en su totalidad; sus párpados fueron extraídos en primer
término, para asegurar, con ello, su atención ininterrumpida. Pero, aun después
de que se le extraen los ojos y queda reducido a un corazón que late, a un solo
pulmón y al blanqueado pedúnculo y floración de su columna vertebral y cráneo,
Skeets, todavía es capaz de ver los momentos finales del sueño. Lo ve todo en
el espejo con tanta claridad como si aun tuviera ojos. Uno de los asistentes
extrae una hermosa sierra de plata del correspondiente cajoncito. Con unos
pocos y hábiles golpes, el cirujano destapa el cráneo y extrae el cerebro de su
nido de marfil. Gris y brillante, el arrugado trozo de tejido nervioso es
servido al Emperador sobre un plato de oro, con el cortés deseo de que
satisfaga a su sutil paladar.
FIN


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