© Libro N°. 3003. Matrimonio Obligado. Tellado, Corín. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Matrimonio obligado (2000)
Versión Original: © Matrimonio Obligado. Corín Tellado
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MATRIMONIO OBLIGADO
Corín Tellado
Argumento:
Greg
era un joven campesino que, a base de voluntad y esfuerzo, consiguió construir
un pequeño imperio. Lo tenía todo, excepto una mujer a su gusto; y pensó que
para conseguirla solo era cuestión de imponer su poder. Nada se le resistía.
Pero tropezó con Peggy, una joven muchacha rebelde y de fuerte personalidad,
dispuesta a vengarse de la humillante situación a la que Greg la tenía
sometida, y a luchar por recuperar lo que injustamente le habían arrebatado.
Capítulo
1
Peggy
no daba crédito a lo que veía. Pero el caso es que lo estaba mirando, de pie,
erguida, tan desconcertada y asombrada que hasta miedo le daba contemplar la
enjuta figura que se perdía, como derrumbada, en el sillón orejero.
Max
Hamilton dormía con fatiga. Vestía pantalón arrugado y suéter de lana sobre una
camisa a cuadros. Calzaba botas, y en las suelas se apreciaba el barro seco.
Peggy
dejó el bolso de viaje en una esquina de lo que había sido un precioso salón y
ahora era algo que se le parecía tan solo, y giró todo el cuerpo.
Era
ella una joven de apenas veinte años, esbelta, bien vestida, con clase. Llevaba
un traje pantalón rojo y, debajo, una blusa blanca. Calzaba zapatos tipo
mocasín, negros, de medio tacón. Rubia, de ojos pardos, grandes, de mirada
directa y firme y, en el fondo, un tanto melancólica.
Amanecía.
El sol mortecino apareció en la línea del horizonte, y Peggy buscó a los
sirvientes por la casa, en otros tiempos preciosa y a la sazón casi
destartalada. Cinco años antes había por lo menos un centenar entre el servicio
interior y los que trabajaban en los campos de aquellas parcelas enormes que
pertenecían a los Hamilton, ubicadas en las afueras de Oklahoma City.
Había
llegado en el tren, a primera hora de la mañana, y tomó el primer taxi que
halló en la estación.
Su
primer asombro fue ver que en los pabellones cercanos a la casa apaisada no
había luz ni movimiento y que los patios permanecían silenciosos, como el resto
del valle. Y más asombro le causó todavía girar en torno a la casa y hallar la
puerta trasera abierta. En otros tiempos, seis perros lobo guardaban la
fortaleza, y a la sazón no se oía un solo ladrido.
—Ray,
Helen —gritó.
Un
silencio absoluto.
Peggy
caminó de un lado a otro y volvió a gritar:
—Ray,
Helen…
Eran
los criados de toda la vida y suponía que, aun faltando todos los demás, ellos
jamás dejarían solo a su padre.
Recordaba
perfectamente la alcoba que ocupaba el matrimonio formado por Ray y Helen en la
planta baja. Se acercó a la puerta, y golpeó con los nudillos en ella.
—Ya
va, va —dijo una voz, en la cual ella reconoció a Ray.
Casi
en seguida se abrió aquella puerta, y apareció Ray ya vestido con su traje de
pana y su aire desganado.
Primero
no la reconoció. Bien fuese porque se había despertado al primer grito, o
porque ella, cinco años después, era… «Diferente». O también porque nadie la
esperaba de aquella forma brusca y casi intempestiva.
—Ray,
soy Peggy —dijo ella emocionada.
Ray
dio un salto.
Y,
en vez de abrazar a su señorita, a su niñita querida, entró en la alcoba
gritando:
—Helen,
Helen, es Peggy. Peggy. ¿Me estás oyendo? Peggy está aquí.
—Oh,
oh… —se oyó en el interior de la alcoba. E inmediatamente apareció una mujer de
grises cabellos, vestida de negro y con los ojos húmedos de llanto.
Peggy,
de súbito, se abrazó a ellos y se apretaron sus rostros. Los tres juntos, y los
tres lloraban.
Fue
un momento emocional intenso. Pero después llegó la calma, el miedo de Ray y de
su mujer y el deseo de saber demasiadas cosas en un instante.
—He
visto a papá en el salón. Está desconocido. Ray, ¿por qué papá se ha dormido,
vestido, en la orejera del salón? ¿Y por qué la casa está tan abandonada? ¿Por
qué no hay perros? ¿Y los criados que vivían en los pabellones cercanos?
Hablaba
bajo, pero las palabras se sucedían unas a otras a borbotones.
Ray
la asió de la mano y la metió en la alcoba. Después entró Helen, y el mismo Ray
cerró la puerta.
Quedaron
los tres mirándose de hito en hito.
—Peggy
—dijo Ray con voz extraña—, tenía entendido que tu padre no deseaba que
volvieras aún de Londres.
—Precisamente
por eso vine. Una puede estar ausente de su casa un año, dos, quizá tres, pero
cinco son demasiados. Recibí una carta de papá hace un mes escaso y me decía de
nuevo que siguiera estudiando. También recibí el dinero que me enviaba cada
mes. Esta vez lo pensé detenidamente y no pedí permiso para volver. Aproveché
el viaje de unos amigos que viven en Denver y me vine con ellos en su avión
particular, y de allí en tren hasta Oklahoma City. No avisé de mi llegada
porque estaba harta de que papá me escribiera cada año para decirme que me
quedara en Londres un año más. Se acabó. Mi vida está aquí. Y, además, arte y
decoración se estudian en cualquier parte. Por otro lado —se dejó caer en el
borde de la ancha cama de los dos sirvientes—, no me gustan ni el arte ni la
decoración. Me encanta mi tierra y montar a caballo por esos prados y riscos…
Adoro el campo.
Ray
y Helen, de pie, la escuchaban pesarosos, pero en silencio.
—Papá
era un hombre fuerte cuando me fui. Musculoso, de buen color. No tenía esas
enormes ojeras que le circundan los ojos, ni dormía vestido y con las botas
llenas de barro.
—Llovió
mucho ayer —dijo Ray por toda respuesta, como si todo lo demás no lo
entendiera.
Helen
lanzó una breve mirada sobre el rostro crispado de su esposo. Después guió los
ojos hacia Peggy, que seguía sentada, con el rostro alzado esperando una
explicación.
Pero,
afortunadamente para los criados, se oyó una potente voz que gritaba desde
alguna parte:
—Ray,
Ray, ¿dónde demonios estás? Helen, tráeme una taza de café cargado, negro y
caliente.
Peggy
se levantó como impelida por un resorte.
Helen
salió corriendo, y Ray la seguía a toda prisa.
Peggy
fue tras ellos.
En
la puerta de lo que un día fuera un lujoso salón estaba, erguida, la figura de
Max Hamilton, con su traje de pana, sus polainas aún llenas de barro y una
visera a cuadros cubriéndole la cabeza.
Peggy
se le quedó mirando.
Y él
parpadeaba mirando a su hija, a quien sí conocía, pero que parecía negarse a
reconocer.
Cinco
años cambian mucho a una persona, sobre todo cuando esta persona es una chica
de quince años, larguirucha y sin ninguna gracia femenina. Aquella cosa larga
de coletas rubias era ahora una mujer espléndida, y estaba allí. ¡Allí! Donde
Max Hamilton hubiera preferido, ante todo y sobre todo, que no estuviera. Pero
el caso es que estaba.
Y se
miraron uno a otro como si fuesen dos desconocidos.
Max
tenía el ceño arrugado, y sus ojos pardos casi se juntaban. La mirada era
brillante, pero, en el fondo, desilusionada.
—Papá
—dijo Peggy avanzando a toda prisa.
Y se
abrazó a él.
Max
alzó un brazo con desgana y apretó contra sí el precioso cuerpo de su hija.
—Peggy,
te dije… Te escribí… Te mandé dinero como siempre…
La
apretaba nerviosamente. Se notaba que su alegría de verla era aún superior a su
contrariedad de tenerla allí.
—Papá
—siseaba Peggy casi llorando—, papá, estás muy desconocido.
—Vamos
al salón —dijo Max sin soltarla—. Vamos. Me has desobedecido.
—Es
que no podía más, papá. Nunca estuve contenta en Londres, ni me gustaba lo que
estudiaba. En cambio, echaba de menos el campo, los ríos, los montes, estas
inmensas praderas, incluso el olor del ganado.
—El
café, señor —les interrumpió Helen desde la puerta portando una bandeja.
Detrás
apareció Ray con otra.
—Peggy,
te traigo el desayuno. Seguro que tienes apetito.
Nada.
Las
cosas no eran como cuando las había dejado.
Sentía
una alegría enorme de ver a su padre otra vez pero, al mismo tiempo, su corazón
parecía herido por una espina corrosiva. ¿Qué viento devastador había entrado
en su casa de antes?
¿Qué
enfermedad padecía su padre para verse en aquel estado deplorable de esqueleto
viviente?
—Déjalo
ahí, Ray —dijo, no obstante—, y pon la bandeja de papá en esa mesa, Helen. Yo
le serviré el café.
Helen
y Ray salieron a toda prisa como si escaparan de algo que conocían y no querían
escuchar.
La
puerta se cerró despacio, y cuando Peggy giró, ya su padre se hallaba de nuevo
hundido en su sillón orejero.
—Tu
café, papa. ¿Cuántos terrones? Ya me olvidé de ese detalle.
—Sin
azúcar, Peggy.
—Recuerdo
que antes lo preferías dulce…
—Dame
el café —apremió él algo ausente.
El
día había aclarado del todo y el sol invernal iluminaba el salón.
Peggy,
pensativa, se sentó enfrente de su padre y, tras servirle el café, se sirvió
otro para sí y le echó dos terrones. Lo removió con lentitud. Hamilton, en
cambio, lo tomó de dos tragos largos y él mismo se sirvió otro.
—Papá,
café amargo y sin comer a estas horas…
—Me
hace bien, Peggy —y volvió a repetir con un acento desolado—. No debiste venir.
Estabas muy bien en Londres. Te lo pedía en mi última carta, Peggy. Te decía
muy claro que esperaras un año más.
—No
voy a seguir estudiando —aclaró Peggy con energía—. Estoy gastando dinero y eso
no me sirve de nada. Me gusta el campo y soy tu única hija… Deseaba verte,
papá, y aproveché un viaje de unos amigos que lo hacían en su avión particular.
Me dejaron en Denver y tomé un tren. No avisé de mi llegada porque deseaba
darte una sorpresa. Pero me parece que la sorprendida soy yo.
El
padre se levantó de súbito.
No
tenía el suéter puesto, sino una chaqueta de pana, como el pantalón. Se
apreciaba que sus gritos le habían despertado y se había puesto la chaqueta sin
saber de dónde procedían los gritos y a quién pertenecían.
—Tengo
que salir —dijo—. Hablaremos después.
—Papá.
Él
volvió la cara.
Estaba
algo morena, pero era enjuta, tan delgada que se le notaban los huesos de las
mandíbulas.
—Acomódate
—le recomendó, sin preguntarle por qué le llamaba—. Yo tengo mucho que hacer en
el centro.
—Pero
papá, dime, dime, ¿es que en casa no hay más servicio que Ray y Helen? Cuando
me fui había por lo menos doce personas, y en los patios se amontonaban los
aperos de labranza, los caballos, y también las personas. Y ahora todo está
desolado. Parece que ha cruzado un huracán por aquí.
—Y
quizás haya cruzado. Te veré en otro momento, Peggy. Ahora te digo que tengo
mucho que hacer.
—Pero
dime, dime, papá —e iba corriendo hacia él, que intentaba ya cruzar el umbral—.
¿Estás enfermo?
—¿Enfermo?
—Parpadeaba desconcertado—. Claro que no.
—Has
adelgazado mucho.
—No
siempre uno está mejor por tener carne encima, Peggy.
—Pero
no dormías en tu cama. Estabas dormido en ese orejero cuando yo llegué, y no
tenías la chaqueta puesta.
—Habré
madrugado mucho. A la hora del almuerzo te veré, Peggy. Vendré lo antes
posible.
Y se
fue a toda prisa.
Peggy
intentó detenerlo de nuevo, pero ya Ray aparecía por el patio con el caballo
ensillado. Max montó en él y se fue al galope.
El
centro de Oklahoma City quedaba a unos escasos cinco kilómetros, y el caballo
de Max, con él de jinete, galopaba ya en aquella dirección por una carretera
particular, que desembocaba en el sendero que conducía a la autopista.
Peggy,
con la cara pegada al ventanal, miraba cuanto le rodeaba.
Todo
parecía abandonado, aunque las tierras estaban profusamente sembradas. No había
una sola zona, hasta donde alcanzaba la vista, que estuviera yerma.
Eso
le indicaba que, si bien no veía a los peones, por allí andarían, si lo único
abandonado de verdad era la casa apaisada.
Tendría
que poner orden allí y saber por dónde andaba el resto del servicio.
Retornó
al salón y miró con desgana y enojo los sillones deshilachados, los suelos
sucios de barro, las alfombras demasiado pisadas. Y los cortinones, que fueron
preciosos en sus tiempos, cinco años antes, recién muerta su madre de aquella
súbita enfermedad infecciosa, cuando la enviaron a ella a Londres a toda prisa,
caían ahora sobados, viejos, como si durante años no hubieran sido renovados ni
sacudidos.
«No
debí estar lejos tanto tiempo —se dijo malhumorada—. Tendré que pensar que mi
presencia aquí era necesaria.»
Tomó
el café y decidió entrevistarse con el servicio, llamarles al orden y que todos
se pusieran en función para poner la casa al día, renovar las tapicerías y los
muebles, si era preciso.
Se
dirigió a la cocina, donde esperaba ver a Ray y a Helen.
Y,
en efecto, allí estaban. Mirándose ambos, sentados, como perdidos, en dos
banquetas no demasiado altas, ante la enorme cocina y no lejos de la alargada
mesa que, en un ángulo, estaba siempre preparada y rodeada de sirvientes. A la
sazón estaban ellos solos.
Al
verla, Ray y Helen se levantaron prestos.
—Las
maletas las tiene ya en el cuarto —dijo Ray apurado.
Y
Helen añadió, apurada, como su esposo:
—He
colgado tus ropas en los armarios y los cajones. Las maletas las guardé en los
altillos de los armarios. Si es que te vas a quedar, porque, si marchas de
nuevo, en seguida hago tu equipaje otra vez.
Peggy
se recostó en el umbral. Miraba aquí y allí. La cocina estaba muy limpia. Si
bien no era nueva, tenía aún algo de sabor de hogar. No como antes, por
supuesto.
—¿Dónde
está el servicio? Desde que llegué solo os vi a vosotros.
Ray
y Helen cambiaron una mirada significativa. Ray parecía decirle a su mujer: «El
señor no le dijo nada.» Se diría que Helen le respondía con la mirada: «Pues
nosotros tampoco.»
—Será
mejor que vayas ahora a descansar. Estarás rendida. Te acompaño a tu cuarto.
Nadie lo usó desde que te fuiste, y yo lo limpio todos los días.
Capítulo
2
El
potro de color negro que montaba Max Hamilton no llegó al sendero que conducía
al centro. Max se detuvo en una tasca que había en mitad del camino y ató el
caballo.
Al
verlo el tabernero, le saludó con un:
—Buenos
días, señor Hamilton. Aquí tiene lo suyo.
Y
puso sobre el mostrador una copa de ginebra.
Max
la bebió de un solo trago.
—Otra,
Tom.
—Sí,
señor.
Y de
nuevo Max la tomó sin pestañear.
—Ponlo
en mi cuenta.
Después
de dicho lo cual, salió a toda prisa, desató el caballo, montó en él y tomó el
sendero que conducía al interior del valle.
El
potro galopaba y Max Hamilton miraba al frente con obstinación. En seguida vio
ante sí una portalada y un letrero:
«Rancho
Walker», leyó con una saña extraña.
Y cruzó
la ancha cancela a galope. Había por lo menos un kilómetro que recorrer por
carretera privada antes de llegar a la mansión de Greg Walker, y Max no detuvo
su montura.
Tenía
mucha prisa y, si bien sabía con lo que iba a encontrarse, por lo menos quizá
Greg tuviera un poco de caridad para la situación por la que él atravesaba.
En
seguida vio la inmensidad de los terrenos y la cerca del ganado y no muy lejos
las otras cercas que cerraban a los potros salvajes que más tarde serían
domados y vendidos para carreras, para particulares o para lo que fuese.
Incluso para exportarlos.
El
patio que bordeaba la casa era enorme y se veía mucho movimiento. Había también
dos inmensos camiones cargando frutas de la estación en cajones que se cerraban
y se pesaban en una báscula de tamaño comercial enorme.
Al
sentir el galope del caballo, muchos rostros se volvieron, pero, al
reconocerlo, se alzaron de hombros y tornaron a sus quehaceres.
Sin
desmontar, Max Hamilton frenó su montura y preguntó con voz ronca:
—¿Dónde
anda Greg?
—Aquí
—dijo una voz no menos bronca afluyendo desde una terraza.
La
casa estaba cubierta de yedra y plantas. Las terrazas se extendían de lado a
lado. Las escaleras de granito relucían, y las paredes blancas, como recién
pintadas, contrastaban con el verde de las ventanas.
Max
desmontó y ató el caballo a un poste.
Después
subió aprisa las escaleras hasta llegar donde estaba Gregory Walker.
Era
éste un tipo alto, musculoso. De cabellos lacios de tono castaño claro, y ojos
de color canela, fríos, secos, despóticos.
Vestía
pantalón bombeado de montar. Altas polainas y un grueso suéter de lana de
cuello alto.
—Apestas
a ginebra, Max. ¿Ya has ido por la taberna de Tom?
—Vamos
dentro —dijo Max apresurado.
—Menos
prisas —replicó Greg secamente.
Tenía
el rostro moreno y parecía cuadrado, de helado gesto.
Adusto,
como huraño, y ante todo despótico.
—¿Qué
diablos buscas aquí?
—Te
digo que pases dentro. No quiero que me oiga nadie. Y, por favor, dame una
ginebra.
—¿Y
cuántas van, siendo aún las diez de la mañana Max?
—Si
no entras, soy capaz de matarte, Greg. Esta vez sí…
—Tus
bravatas no me asustan. Pero pasa, si gustas.
Y,
descaradamente, pasó él primero.
Cruzó
un ancho vestíbulo preciosamente decorado, con muchos ventanales y macetas,
muebles de noble madera labrada, y pasó después a un salón que partía del
vestíbulo por una puerta corredera de cristales de colores pálidos.
El
salón era una preciosidad de austeridad y buen gusto.
—Sírvete
tú si gustas —dijo Greg indiferente, sacudiendo la fusta sobre sus leguis.
Se
hallaba de pie en medio del salón. Su rostro adusto, curtido por el sol y los
aires, parecía más el de un peón que el del dueño de aquel imperio.
Veía
sin inmutarse cómo Max Hamilton iba hacia el bar esquinado y se servía una
ginebra y después otra.
Respiraba
hondo.
—Ya
estás colocado, Max —dijo Greg inmutable—, pero, si te apetece, sigue.
Max
enjuto, avejentado al máximo, pues con sus cincuenta y pocos años parecía tener
setenta, miraba a Greg con espanto.
Sus
ojos parecían saltarle de las órbitas.
—Peggy
ha vuelto —dijo nerviosamente.
Greg
se le quedó mirando desconcertado.
—¿Peggy?
—preguntó impertérrito—. ¿Tu hija?
—Sí.
¿Acaso tengo más?
—¿Y
qué me dices a mí, Max? Eso es cosa tuya y de ella. La recuerdo apenas —fruncía
el ceño como buscando en su mente—. Aguarda, recuerdo algo de ella. Era
larguirucha, lacia, con dos coletas enormes y calcetines que le llegaban a
media pierna. Recuerdo también que la llevabas en tu Land Rover a un colegio
privado. Yo entonces ya había dejado los estudios y me importaban un rábano.
—Greg,
yo te juro… Tú nunca me perdonaste. Jamás has olvidado y así me has dejado…
—Alto
ahí, Max. Alto. Y te digo que no vuelvas por aquí para recordarme el pasado.
Eso queda muy lejos. Me he partido el alma y los huesos haciendo de unas ruinas
un poderío, y yo no soy culpable de haber trabajado noche y día y tú haberte
tirado a la bartola y además hacerte como hoy eres.
Max
estiraba un dedo delgado y moreno y lo señalaba con desesperación.
—Nunca
me has perdonado. No has perdonado a nadie. Eres un resentido y un desalmado, y
ahora yo… yo… ¿qué le digo a mi hija?
—Me
tiene sin cuidado lo que le digas. ¿Qué has venido a buscar aquí? Hace siglos
que solo te veo de refilón por las tabernas, bebiendo como un cosaco.
—¿Y
quién es culpable de eso?
—Oh,
no —y levantaba la fusta haciéndola restallar en el aire—. Eso sí que no. Yo no
asumo tus propias responsabilidades. Yo me propuse algo y lo conseguí, pero,
referente a lo tuyo, te aseguro que te libré de una ruina cierta y contundente,
pero yo no la provoqué. Yo lo que hice fue negocio.
—Tú,
desde aquello, has perdido toda consideración hacia el prójimo.
—¿Y
bueno? ¿Acaso el prójimo tuvo consideraciones conmigo? Lárgate, Max, y, si vino
tu hija, será mejor que la mandes de nuevo a donde estaba y aquí se acabó la
cuestión. A mi casa procura no venir a beber. Largo.
Max
se iba tambaleante.
—Un
día te mataré, Greg. ¡Te mataré!
—Ya
mataste antes, Max. Si no con una pistola o un cuchillo, sí con tus incisivas
mentiras. Dejemos las cosas como están. Yo ya las puse donde debían estar. De
modo que largo…
Peggy
entró en su cuarto y se quedó como ensimismada.
En
efecto, tenía razón Helen. Era la única pieza de la casa que continuaba como
siempre. Es más, hasta los muñecos de colores colgaban de las paredes, los
cuadros que ella pintaba en el colegio y que su madre, amante y cariñosísima,
mandaba enmarcar. La sobrecama de colorines limpia, impecable, el suelo
reluciente, y las alfombras peludas; la cama de laca blanca y los ventanales
con los visillos blancos y las cortinas o cortinones de un azul celeste
precioso.
Los
armarios, que tomaban toda una pared lateral, lacados de blanco, como la cama y
el baño de mármol rosa dentro del recinto.
Se
volvió interrogante hacia Helen.
—¿Por
qué esto así y todo lo demás abandonado?
—Yo
me cuidé de este cuarto constantemente.
—¿Y
el resto del servicio?
—Te
pondré un baño caliente.
—Helen,
te estoy haciendo una pregunta directa.
—Me
parece que siento galopar un caballo, Seguro que es el señor, que regresa.
Peggy
se acercó al ventanal y levantó el visillo.
Era
un caballo que cruzaba el sendero.
—¿Por
qué se atraviesa por nuestras posesiones, Helen? Ese caballista debía
desviarse.
—Se
habrá equivocado.
—¿Y
la gente que trabajaba aquí?
—Andará
por los campos.
—No
entiendo nada, Helen, y tú me estás ocultando algo.
—Dispondré
el baño.
Peggy
fue hacia ella como un meteoro y la asió por un brazo.
—Helen,
no me pongas baño ni nada de nada. Quiero saber. Algo ocurre que ignoro. ¿Es
ésa la razón por la cual papá me impidió volver y tuve que hacerlo por mi
cuenta y riesgo?
—Peggy,
yo soy una sirvienta.
—Una
sirvienta que vive en casa desde que nací. Que cuidó a mamá en los peores
momentos. Que la lloró tanto o más que yo, porque tú eras una mujer madura y yo
una cría que casi no sabía aún lo que significaba la muerte.
—Me
estás haciendo daño, Peggy.
La
soltó.
—Oh,
perdona. No quiero hacerte daño porque te quiero mucho, Helen. Pero… pero…
—Yo
no sé nada, Peggy. Te lo puedo jurar. Tu padre es quien tiene que responderte a
todas esas preguntas.
—Pero,
dime, dime al menos… ¿No hay más sirvientes que vosotros?
—Nada
más.
—Y
los otros…
—Pues
se fueron…
—Y
los peones, el ganado, los caballos salvajes…
—No
lo sé.
—¿A
qué hora suele regresar papá del centro?
—No
tiene hora.
—Pero
¿está enfermo?
—Que
yo sepa, no.
—Si
tiene cincuenta y pocos años y parece tener setenta. ¿Cuándo empezó papá a
adelgazar?
—Nosotros
no lo notamos tanto porque estamos aquí todo el día y lo vemos a diario. Yo no
veo que esté tan mal.
—Helen,
me estás mintiendo o callando algo desde que llegué. Pero déjalo así. Ya lo
averiguaré sola. Puedes irte. Llevo cinco años disponiendo mi baño y no
necesito ayuda. Aprendí mucho en el colegio de señoritas adultas adonde me
envió papá.
Helen
se apresuró a salir a toda prisa y con la misma prisa llegó a la cocina donde
Ray empezaba ya a disponer la comida.
—Vienes
traspasada, Helen.
—Es
que me muele a preguntas.
—Y
tú…
—No
sé nada. ¡Nada! Que sea el padre quien se lo diga, si es que se lo quiere
decir. Pero una chica de veinte años no es como una de quince y…
—Lo
esperará y será peor.
—¿Y
qué podemos hacer tú y yo?
—Estoy
poniendo la comida —decía Ray desolado—. Después iremos a limpiar por ahí…
—Nosotros
a limpiar y el señor a destrozar…
—Helen…
—Ya.
Y se
callaba.
—Ella
se enterará de todo, ya lo verás —decía Helen angustiada—. Y lo peor es cuando
le vea llegar, si es que le está esperando.
Ray
lanzó un suspiro profundo.
—Hay
cosas, Helen, que nunca podremos evitar tú y yo… Los demás se fueron, de
acuerdo, pero nosotros nos quedamos aquí…
Greg
detuvo el potro bruscamente. A su lado, jinete en un pura sangre, iba su mano
derecha: Marcel Miller.
—Marcel,
¿quién es esa chica?
Y
señalaba con la fusta la silueta de una joven que caminaba por los senderos a
paso corto. Vestía traje de montar, altas polainas y blusa roja.
Llevaba
el rubio cabello suelto y, erguida, montaba un caballo blanco.
—No
la conozco —dijo Marcel atisbando con ansiedad—. Es preciosa, ¿no?
—Mucho.
Tiene empaque.
La
chica montada en el caballo blanco cruzó ante ellos. Ni siquiera les miró.
Pero
Greg sí que la miró a ella y de repente siseó:
—Que
me parta un rayo si no es la hija de Max. Peggy Hamilton.
Marcel
dio un salto en la silla.
—Pues
tienes razón. Muy diferente, pero es ella.
Peggy
se alejaba llevando flojas las riendas de su montura y se adentraba en los
pastos.
—Dile
que no son suyos, Marcel.
—¿Estás
loco?
—Te
lo ordeno.
Marcel
titubeó.
—¿No
crees que es mejor en otra ocasión? Igual ya lo sabe…
—Lo
dudo. Max es un cerdo cobarde. Espera —dijo de súbito—. No la detengas. Le haré
una visita mañana mismo. Me gusta. Me gusta una barbaridad. Es lo único que me
falta para conseguirlo todo.
Marcel
se agitó en la silla.
Miraba
a su jefe con expresión sombría.
—Lo
voy a decidir, Marcel —añadió Greg con la mayor sangre fría, que ya no
asombraba a su mano derecha—. ¿Cuántos años tengo? Ah, sí, veintiséis. Hace
nueve que lucho como un demonio. Pues el remate es un broche de oro. ¿Por qué
no al fin y al cabo? ¿Dónde voy a encontrar yo una chica así?
—Greg…
—Guárdate
todos tus comentarios y pensamientos, Marcel. Cuando yo te pido consejo me lo
das, pero si no lo pido, guárdate tus opiniones.
Su
voz era helada.
Marcel
pensaba muchas veces que debía irse, que ya había soportado lo suficiente, pero
le tenía afecto. Pese a su estado corrosivo, a su falta de humanidad, a su
insensibilidad, quizá le quedaba algo bueno dentro, y él siempre estaba
esperando que aquella parte buena de Greg resaltara. Pero ya se cansaba un poco
de esperar.
Sin
embargo, el afecto, la consideración, la unión que tuvieron durante años…
—Volvamos
al rancho —dijo Greg haciendo girar su caballo—. Lo pensaré esta noche. Quizás
antes. No me gusta pensar las cosas demasiado. No merece la pena. Es una chica
preciosa. Cierro los ojos —parecía reflexionar en alta voz— y creo verla
remilgada, altiva, yéndose al colegio privado, mientras me desconocía y yo me
pegaba a la tierra día y noche… Apuesto a que no sabe ni siquiera quién soy.
Pues va a saberlo.
—¿Venganza,
Greg?
—¿Venganza
de qué? Ya la tiene el padre buscándosela por sí solo.
—Pero
tú…
—Marcel,
¿te he preguntado algo concreto?
—No,
no.
—Pues
te callas.
Y
espoleando el caballo se lanzó al galope.
A
todo esto, Peggy, que había salido de casa para pensar, retornaba a ella.
El
patio estaba más recogido. No había carros por el medio, pero tampoco veía más
caballos que el que ella montaba y el que montó su padre por la mañana, al
marcharse.
Ni
ganado. Ni rastros de ganado.
En
cambio, las tierras estaban sembradas y sumamente cuidadas, lo que indicaba
que, si bien no veía peones por las cercanías, se preocupaban de sembrar, lo
que significaba que, al final de la temporada, existiría la recolección.
Entendía
poco de todo aquello, pero muchas cosas le inquietaban.
Sobre
todo, su padre.
Le
esperaría levantada. Quizás a su regreso a casa ya estuviera él en el hogar. Se
había ido muy de mañana y empezaba a oscurecer.
Dejó
el caballo en la cuadra y ella misma lo desensilló.
No
había olvidado aún cómo lo hacían los peones cuando, a los quince años y
fallecer su madre, su padre la envió a Londres.
Entonces
había mucha gente por allí.
Caminaba
despacio de las caballerizas a la casa. Miraba aquí y allí.
El
caballo de su padre no se veía. Aparcado no lejos del garaje, estaba el Land
Rover, ya muy gastado y sucias de barro las ruedas. Parecía que no se había
usado desde hacía mucho tiempo.
No
entró por la puerta principal, sino por la de la cocina. Ray y Helen
manipulaban ante el fogón. Parecían absortos, mudos, como si mil inquietudes
les apalearan.
Al
verla entrar cambiaron el semblante. Sonrieron los dos, pero Peggy pensaba que
su sonrisa era forzada.
Comían,
en la noche, los dos juntos.
Siempre
lo hacían.
Les
servía Sally silenciosa y respetuosa.
Greg
solía comer abundantemente y le gustaba hacerlo en silencio.
Sin
embargo, cuando Sally salió, Greg dijo a su «mano derecha»:
—Pues
se me está haciendo obsesiva la idea, Marcel.
—¿Cuál?
—La
de visitar a esa chica de Max.
—Greg,
¿Por qué más líos?
—¿Líos?
¿Los he buscado yo?
—Tú
no perdonas nunca.
—Jamás.
Pero esto es otra cosa. Tengo demasiado a mi favor y me falta algo. Una mujer
que merezca la pena.
—Pero
debes contar con los sentimientos.
Greg
elevó la cara con rapidez y de repente soltó una atronadora carcajada.
Sus
ojos canela tenían la frialdad del hielo.
—Marcel,
¿cuándo has nacido? ¿Y qué me dices de sentimientos y zarandajas? Para mí,
cuenta el gusto, y todo lo demás me tiene totalmente sin cuidado. Tengo todo
cuanto he querido tener y me falta tiempo para buscar esposa. Esa Peggy, que
tan diferente está y tan hermosa es, me puede servir.
—Greg…
—¿Por
qué gritas así, Marcel?
—Cuando
te oigo tratar de esa manera tan despiadada algo tan delicado, me sacas de
quicio. Es como si trataras de un negocio, de los muchos que has tratado
durante nueve años.
—¿Y
no es igual? Un contrato matrimonial es igualito a un contrato de compra y
venta de ganado o de terrenos.
Marcel
iba a descargar un puñetazo en la mesa, pero Greg le advirtió:
—En
mi casa nada de exaltaciones, Marcel. Me conoces.
—¡Qué
disparate! —Se alteró Marcel—. Cada día te conozco menos.
—Tampoco
eso tiene demasiada importancia.
—¿Y
qué cosa tiene importancia para ti?
—Decidir,
obtener, ordenar.
—Pero
una mujer no es un caballo ni un toro.
—Les
quitan los cuernos a las bestias y son exactamente iguales —masculló.
Y
siguió comiendo como si acabara de rezar el rosario.
Sally
presentó el segundo plato, y, si bien Marcel no se sirvió, Greg lo hizo
abundantemente, y además pidió una nueva botella de buen vino.
—Que
esté frío —dijo—. Va usted a buscarlo a la bodega o envíe a quien sepa elegirlo
bien.
Y
cuando Sally salió asintiendo, Greg, riendo, comentó mirando a su ayudante:
—Es
para celebrar un acontecimiento, Marcel. Y no pongas esa expresión de vinagre.
Siempre estuviste de acuerdo conmigo, has firmado hipotecas y escrituras,
tienes mis poderes más absolutos. ¿A qué fin, de repente, tanto escrúpulo?
—Es
que estás tratando de un ser humano.
Greg
atacó la comida con mucho apetito y comentó sonriente, con aquella sonrisa fría
y adusta:
—Tengo
un excelente cocinero, Marcel. Come, que se te va a desfondar la barriga.
—Greg…
—Ni
una palabra.
—Pero…
—Te
digo que ni una. Cuando te la pida, Marcel.
—¡Cielos,
Greg! Cada día que pasa se me hace un siglo, y mil veces tuve la maleta hecha
para irme.
—Eres
muy dueño. Si tú te vas, buscaré otro aliado curtido en leyes. Tú eres abogado,
¿no es así? Sabes por dónde andas, pero yo también. Uno no se ha matriculado en
la universidad, pero… a fuerza de ver, de escuchar, de experimentar, entiende
tanto como un letrado. Y, además, si tú te vas, no faltará quien llegue. Lo
sabes. Yo no retengo a nadie.
Sally
entraba apresurada con una botella en una cesta de mimbre.
—Señor,
el cocinero, que entiende de vinos, ha ido a buscarla a la bodega.
—Pues
muy bien. Sírvenos.
Marcel
iba a levantarse, pero Greg, sin alzar la cara, dijo tajantemente:
—Si
te vas ahora, no vuelvas a entrar en este comedor.
Marcel
cayó sentado de nuevo.
Y
sin asombro, porque ya lo conocía, le oyó decir como si tal cosa:
—Mañana,
a primera hora, irás a casa de Max Hamilton e invitarás a su hija Peggy a
almorzar conmigo.
Marcel
abrió los ojos como platos.
—¿Y
si se niega? —preguntó con ronco acento.
—Entonces,
si eso ocurre, actuaré personalmente.
Capítulo
3
Peggy
había desistido de preguntar a los dos criados. No soltaban palabra, se habían
ido en evasivas, se aturdían uno a otro. Tanto fue así, que ella terminó por
dejarlos en paz.
Sabía
varias cosas porque ésas no hacía falta que nadie se las dijera. No había más
criados en la casa que Ray y Helen, su esposa. El hogar se hallaba abandonado,
y aquel día todo parecía más recogido, pero no por eso dejaba de ser viejo y
muy ajado. En los patios no se veía un ser vivo, ni siquiera animales, salvo su
caballo. Ello indicaba que, por la causa que fuera, su padre, Ray y Helen se
hallaban solos donde cinco años antes todo era movimiento de personas
asalariadas.
En
el comedor contiguo al salón estaba la mesa puesta para dos, como ella ordenó,
pero eran ya las diez y su padre no había regresado, habiéndose ido a las diez
menos cuarto de la mañana.
No
comió esperando por él. Así que a las once se personó en la cocina diciendo:
—No
esperéis. Podéis iros a la cama. Dejadme la comida en el horno, que yo misma la
calentaré —y, como observaba descontento en el rostro de los dos sirvientes,
añadió—: Vivía en un colegio. Pero cada cual hacía sus cosas. Yo no estoy manca,
y además en cinco años aprendí demasiadas cosas.
Acto
seguido retornó al comedor y, después de mirar absorta la mesa puesta, se
dirigió al salón.
Sólo
había algo vivo en aquella pieza. El retrato de su madre, colgado de la pared y
algunos cuadros y retratos de ella cuando era muy pequeña o tenía diez y doce
años. También había uno de su padre montado a caballo.
Era
un gran mozo, fuerte, musculoso, sano y además varonil y hermoso. No se parecía
nada a la flaca silueta humana que había visto al llegar.
Se
hundió en un sillón y encendió un cigarrillo. Llevaba aún el traje de montar.
Fue lo primero que compró cuando decidió dejar el colegio y después la ciudad
de las nieblas perennes. Solía ahorrar dinero de lo que su padre le enviaba
mensualmente, y cuando decidió regresar por su cuenta y riesgo, compró todo
aquello que creía iba a necesitar en el campo. Un buen equipo, mantas y hasta
adornos decorativos para su persona.
Entre
las volutas de humo que expelía pensaba como si su pensamiento se volviera
hacia atrás. Alguna cosa le resultaba confusa. Sus padres parecían haber tenido
un secreto y se hablaba de cosas a espaldas de ella. Pero aquello pasó y todo
volvió a la normalidad. Nunca supo a ciencia cierta qué cosa sucedió en una
época ya difusa en su mente. ¿Qué años tendría entonces? No más de diez u once.
Más
tarde la vida volvió a tomar su curso normal. Ella acudía al centro, a un
colegio de monjas, y su padre la llevaba en el Land Rover y la iba a recoger un
criado o su mismo padre. A su regreso, su madre siempre estaba alegre. Le
contaba cuentos, la dormía y la educaba.
Fueron
días preciosos.
Los
recordaría y añoraría siempre como los más bellos y plenos de su vida. Pero un
día, cuando apenas tenía catorce años, surgió la enfermedad de su madre. Y
falleció seis meses después, tras no pocos sufrimientos. A ella también le
ocultaban lo que pasaba, como le ocultaron otras cosas. No se daba cuenta
entonces, cuando se las ocultaban, pero sí que, al crecer, se percató de que no
todo habían sido rosas y que sus padres preferían que ella no se enterara de
nada.
Pero
la muerte no se puede ocultar, y cuando ésta tuvo lugar vio llorar a su padre
como un desconsolado. Y ella también lloró hasta secársele los ojos. Y no se
diga nada de Helen y de los otros sirvientes. Su madre era buenísima, y muy
hermosa.
Después,
todo se precipitó. Su padre dio una orden y ella se negó, pero al final él
ganó. La llevaría a Londres a estudiar. No podía cuidarse de ella, según decía,
y había prometido a su madre que la educaría como correspondía a su posición.
Y
fue. Lloró tanto o más que cuando falleció su madre, pero hubo de irse. Su
mismo padre la llevó. Después ya no volvió más por el rancho. Su padre fue a
verla dos veces en aquellos cinco años. Sin embargo, hacía tres que ni siquiera
le escribía cada mes, como hacía antes, sino de seis en seis meses.
Y
siempre decía lo mismo: «Tú te quedas en Londres un año más.»
Hasta
que no pudo soportar la soledad de un colegio lo suficientemente rígido como
para no permitirle conocer apenas el mundo.
En
la pared, pegado a ella de arriba abajo, había un reloj que tocaba las
campanadas fuertes, con lentitud. Peggy salió de sus recuerdos al sentir las
doce.
Se
miró a sí misma, y luego en torno, no entendiendo la ausencia de su padre todo
un día. ¿Qué hacía fuera de casa? ¿Acaso estaba disponiéndolo todo para
enviarla de nuevo a Londres?
«Pues
no pienso irme», se dijo en alta voz.
Y su
propia voz se confundió con el trotar de un caballo. Corrió a la ventana y alzó
el visillo.
Dos
faroles encendidos en el patio y otros dos en la entrada de la casa iluminaban
casi todo el contorno.
Podía,
pues, ver la figura de su padre medio caída sobre el lomo del animal y saltar a
tierra con dificultad. No parecía estar bien, y soltando el visillo salió
corriendo.
Desde
la ventana de su cuarto, Ray decía pegado al cristal:
—Helen,
ha llegado ahora.
—¿Cómo?
—Como
siempre.
—¡Dios
mío, cuando ella se percate…!
—Iré
a ayudarle —decía Ray con voz sombría—. Apuesto que, de no hacerlo, igual se
cae en la terraza y se queda ahí hasta mañana, como otras veces.
—Tal
vez sea mejor que Peggy se percate de la situación por sí sola, Ray. Quédate.
Mañana será otro día, y, si nos pregunta… tendremos que explicarle la verdad.
—De
todos modos, ha dejado el caballo suelto, como siempre, y, si no salgo por la
puerta trasera y lo meto en la caballeriza, se escapará.
—Eso
lo haces todas las noches y el señor nunca se entera. Pero esta noche puede
oírte Peggy y culparnos por no haberle puesto en antecedentes de la verdad.
—Soy
sigiloso como un indio, Helen. No me oirá, y, además, en este momento está
entrando en el salón con su padre sujeto por un brazo.
—Pensará
que es casualidad y que eso sucedió hoy quizá por la emoción de verla a ella.
—Ya veremos.
Vuelvo en seguida. El caballo se me escapará si no lo meto en la cuadra.
Y
salió presuroso.
Al
rato regresó suspirando.
—Ya
está. Pero ellos se hallan en el salón. El señor, tirado en el sillón orejero,
con su mirada extraviada, y Peggy delante de él, con la ceja alzada.
—¿Desde
dónde has visto todo eso?
—Me
colgué del ventanal y asomé un poco la cabeza. Se nota que Peggy no entiende
nada.
—Pero
se dará cuenta…
—Es
posible. Veremos si nos llama o nos dice algo mañana. Quizá piense que es pura
casualidad.
—Desvístete,
Ray.
—No.
Me voy a quedar un rato esperando. Quizá Peggy venga a llamarnos.
Pero,
tras una hora de espera, Peggy no los llamó, y Ray se tendió en el lecho
vestido y todo.
—Aún
esperaré —dijo.
Como
pudo, lo arrastró hacia el salón y, automáticamente, el beodo se hundió en el
sillón orejero bufando. Miraba a su hija y parecía no reconocerla. Peggy se
percataba perfectamente de que su padre estaba muy bebido, tanto, tanto, que
quizá no supiera ni dónde se encontraba, y además no entendía cómo pudo
conducir el potro hasta casa.
«Es
la emoción de verme —pensaba Peggy, dolida, pero dispuesta a que aquello no
volviera a suceder—. Es inútil hacerle entrar ahora en razón. Le dejaré dormir.
Lo taparé con una manta y mañana será otro día.»
No
tenía apetito. Tapó a su padre con una manta y se sentó enfrente a él.
Quedó
ensimismada.
No
suponía ni por lo más remoto que su padre fuese un alcohólico y que aquello
sucedía cada día y cada noche, ya desde primeras horas de la mañana.
No
le cabía en la cabeza tal situación y por eso ni se lo planteó siquiera.
Y,
por lo tanto, que una vez pillara aquella terrible borrachera se podía
disculpar, dado que quizás era ella el motivo de tal situación ocasional.
Max
Hamilton no daba pies ni manos, y sus facciones afiladas aún se ponían más de
relieve.
Angustiada,
Peggy se preguntó qué sucedería si le hacía un café cargado o lo llevaba al
baño y le metía la cabeza bajo el grifo. Pero no. Mejor era dejarle dormir y
que se despejara. Al día siguiente habría tiempo para hablar.
Se
retiró un poco y decidió no irse a la cama, ni cambiarse de ropa, ni comer. Se
le había ido totalmente el apetito. Así que se hundió en un sillón, no lejos de
su padre, y aguardó.
No
durmió nada.
Sentía
a su padre bufar, rezongar cosas entre dientes, y parecía flácido, desarmado,
inútil.
Recordó
a su padre cuando ella tenía entre once y quince años. No bebía jamás. Nunca le
vio borracho. Se pasaba el día a caballo, dirigiendo su rancho y a los hombres
que le ayudaban y que tenía a sus órdenes.
Después,
la tertulia familiar en el salón. Su madre bordando y su padre fumando su pipa
y comentando toda la labor que había realizado en el día. Fueron días
preciosos.
Su
padre, en aquella época, era abstemio, por lo cual tampoco se le podía
reprochar una borrachera. Sin embargo, para ella había algo que le bailaba en
la cabeza. Ray y Helen sabían algo que no decían, eso era obvio, y la situación
del patio y de la casa y la falta de servicio indicaban que allí ocurría algo
que ella ignoraba.
Su
padre se lo diría todo al día siguiente.
Ella
se encargaría de hacerle hablar. No iba a permitirle irse por la mañana, como
aquel día. Tendrían que ser sinceros uno con el otro, pues ella no era la niña
de once años que oía murmullos ni la de quince que obedeció y se fue a Londres
a donde realmente no quería ir.
Había
permanecido allí cinco años y, por lo visto, eso lo estaba viendo ahora claro,
si no hubiese decidido regresar sin avisar, podría haberse quedado en Londres
el resto de su vida sin que su padre moviera un dedo para que volviera a casa.
¿Por qué?
¿Qué
sucesos habían tenido lugar en su ausencia para que todo se volviera del revés?
Tampoco
comprendía por qué los campos estaban sembrados y, sin embargo, desde que llegó
no vio un solo peón en la casa ni en las cercanías.
Había
que aclarar todo eso.
Tenía
veinte años y una extensa cultura, y que todos callaran ya no servía de nada.
Ella deseaba saber hasta el último detalle y, por supuesto, le reprocharía a su
padre aquella estúpida y fuerte borrachera.
No
se dio cuenta de que el sueño le rendía. De que se escurría en el sillón y los
párpados le caían y no era capaz de levantarlos.
No
soñó nada.
Pero
un rayo de luz le dio en la cara y se despertó con premura.
Lo
primero que hizo fue mirar hacia el sillón orejero.
Su
padre no estaba.
Se
levantó del sillón a toda prisa y salió corriendo.
Se
topó con Ray, que limpiaba un macetero, quitando de aquella enredadera las
hojas secas, y a Helen que con un paño intentaba sacar brillo a un mueble.
—¿Y
papá? —preguntó casi a gritos.
Ray
y Helen se cambiaron una mirada.
Fue
Ray el que respondió con un siseo, si bien Peggy entendió que algo no marchaba
como los tres quisieran:
—Ha
salido a caballo al amanecer.
—¿Cómo?
—Pues
sí… Ensilló él el caballo y se fue.
Peggy
se mordió los labios.
No
quería preguntar a Ray las razones ni decirle que su padre había llegado
borracho. Por eso, en silencio, giró y se fue a su alcoba.
No
sabía qué pensar.
Su
padre tuvo que verla dormida no lejos de él. ¿Por qué? ¿Por qué se había ido?
¿Tanto trabajo tenía?
—Iré
a darme una ducha —dijo con voz apagada.
No
la retuvieron. Pero cuando oyeron la puerta cerrarse en la segunda planta, los
sirvientes se miraron de nuevo.
—¿Tú
qué opinas?
—Le
vi salir como alma que lleva el diablo. Seguro que ya está en la taberna de Tom
cargándose de nuevo.
—Ray,
Peggy preguntará.
—O
pensará que nosotros no sabemos que llegó borracho.
—Es
posible.
—Pues
a callar.
En
su alcoba, Peggy, pensativa y contrariada y sobre todo muy disgustada, se dio
una ducha y se cambió de ropa.
Se
puso un pantalón de pana color granate. Botas de caña corta negras, por las
cuales metió las perneras de los pantalones y una camisa negra. Por el cuello
deslizó un pañuelo de lunares negros y granate y se miró al espejo.
—Yo
también tengo ojeras —se dijo ante su propia imagen—. He dormido mal y poco, y
me siento muy desconcertada. No entiendo nada de nada y tampoco voy a preguntar
a Ray ni a Helen. Prefiero que ignoren que papá llegó borracho. A la hora de
almorzar, cuando retorne, le hablaré. Tendrá que ser claro conmigo y le pediré
que no vuelva a ponerse en tal estado.
Se
sentó ante el tocador y se miró fijamente. Deseaba volver al pasado y
desmenuzar cosas que entonces no entendió. Pero la mente se le iba y venía en
rápido vaivén, sin poder retener nada de cuanto había vivido y sabido.
En
estas reflexiones se hallaba cuando sintió dos golpes en la puerta.
Se
levantó con presteza.
Su
padre que volvía.
Pero
no. Era Ray.
—Peggy,
tienes visita.
—¿Visita?
—y abrió la puerta.
Se
topó con un Ray algo agitado.
—¿Qué
sucede, Ray?
—Es
el abogado de nuestro vecino.
—¿Vecino?
—Me
refiero a Gregory Walker. La persona que te espera en el salón es Marcel
Miller. Es abogado y amigo de míster Walker.
—Iré
en seguida —dijo.
Pero
se quedó en su cuarto pensando, reflexionando.
¿Mister
Walker? ¿Gregory Walker?
Capítulo
4
Le
sonaba muchísimo. Algo había oído ella de aquel nombre. Pero no sabía qué. Era
demasiado feliz de niña para recordar cosas que no estaban cerca de ella.
Recordaba únicamente que su padre le había regalado un poney y que junto a la
alta cabalgadura de su padre recorría a veces sus posesiones, y allá abajo, en
el valle, se veía una casita rodeada de tierras y algún ganado.
Su
padre solía decirle:
—Pertenecen
a los Walker. Son pobres, pero honrados…
Después,
no mucho tiempo después, quería recordar que sucedió algo con referencia a
aquella familia, pero a ella le apartaban siempre cuando hacían comentarios, y
nunca se enteró de lo que había ocurrido. Pero la comarca andaba soliviantada.
De eso sí tenía una absoluta certidumbre.
Lo
que no entendía era cómo podía tener abogado un señor que poseía un rancho
diminuto con unas cuantas cabezas de ganado.
Había
que salir de dudas y saber qué deseaba de ella aquel señor.
Así
pues, sacudió su rubia melena, no demasiado larga, y bajó por las escalinatas.
El
bronce relucía, pero el pasamanos, brillante en otros tiempos, parecía
desconchado, pensaba algo aturdida.
«Habrá
que llamar para que lo pulan y lo pinten.»
Helen
seguía en el vestíbulo limpiando el polvo con un paño en la cabeza tapando su
cabello cano.
—¿Dónde
está la visita que me espera, Helen?
—En
el salón. Me he cuidado de hacerle pasar…
—Gracias.
Y
cruzó hacia el salón sin ninguna prisa.
Se
quedó erguida en el umbral. El hombre que la esperaba vestía un traje claro, de
invierno, y bajo él una camisa azulina con un pañuelo asomando por la garganta.
No era ningún viejo. ¿Treinta años? ¿Más, menos? Tampoco importaba demasiado.
Al
verla, se adelantó correcto y atento.
—Señorita
Hamilton…
—Buenos
días —saludó ella, desconcertada.
Y es
que el visitante no parecía un granjero. Tenía todo el aspecto de un señor
joven de capital.
Modales
cuidados, voz educada… no bello, pero sí masculino y correcto.
Ella
extendió la mano, y el hombre, Marcel Miller, porque no era otro, se la besó
con delicadeza.
—Siéntese.
—Usted
es la señorita Hamilton…
—Pues
sí.
—Yo
soy Marcel Miller, abogado y amigo de míster Walker. Gregory Walker.
—Ya.
Mucho gusto. Siéntese, por favor.
Ella
se sentó.
El
abogado se sentó a su vez, algo nervioso.
—Vengo
a saludarla en nombre de mi amigo y cliente y de paso a invitarla a tomar el té
en su rancho esta tarde.
Los
había atrevidos.
¿Cómo
podía un don nadie como míster Walker invitarla a ella, que era de élite de
toda la vida? Pero eso carecía de importancia. Ella, antes que señorita, era un
ser humano.
—Dígale
de mi parte al señor Walker que iré con mucho gusto.
—No
sabe cuánto se lo agradezco.
—¿Por
qué? Entre vecinos lo más normal es que se conozcan. Yo recuerdo a míster
Walker que venía al rancho con papá y jugaban a las cartas.
Marcel
se removió inquieto en la butaca.
—No
me refiero al antiguo amigo de su padre, señorita Hamilton.
—¿No?
—Me
refiero a su hijo Greg.
—Oh…
—El
señor Walker padre falleció hace nueve años.
—No
sabía…
—Seguramente
ya estaría usted en Londres.
—Es
posible.
—¿Vengo
a recogerla o irá usted en su caballo?
—Iré
yo.
Marcel
se levantó con la misma corrección.
—Pues,
si le parece, a las cinco. ¿Es mala hora para usted?
—No,
no. Tengo todas las horas del mundo libres.
—La
esperamos.
Peggy
no entendía demasiado.
Pero
consideraba que debía ponerse en pie y acompañar al joven correcto que la
invitaba en nombre de su amo. Seguramente que Ray y Helen le sabrían decir…
—Entonces,
hasta la tarde.
—No
faltaré.
—Gracias.
Y de
nuevo le besó la mano, ya en la puerta principal, y se fue. No a caballo.
Peggy
no salía de su asombro ante el deportivo rojo al cual subió el abogado del
ranchero hijo que la invitaba. ¿Cómo había adquirido aquel coche costosísimo el
dueño de un rancho de quinta categoría que ella recordaba como propiedad de los
Walker?
Marcel
aún agitó la mano antes de arrancar.
Ray
y Helen, dentro del vestíbulo, se miraban consternados.
—Algo
trama el demonio ese —dijo Ray al oído de su mujer.
Pero
como Peggy se volvía hacia ellos, se callaron ambos.
—Bueno
—dijo Peggy aún asombrada—, ya me diréis quién es ese Gregory Walker que me
invita a tomar el té. No sabía que por esta comarca existieran señores
rancheros que aún tuvieran la delicadeza de invitar a sus vecinos.
Ray
engulló saliva.
—¿Has
aceptado, Peggy?
—¿Y
qué podía hacer?
Helen
dejó el paño sobre un banco de madera que presidía la entrada del vestíbulo.
—Yo,
en tu lugar, declinaría la invitación.
—¿Y
por qué? Hay personas pobres, pero correctas y de buena voluntad.
Ray
tosió.
—¿Qué
tienes en el buche, Ray? Dilo ya.
—Es
que, de pobre, Greg Walker no tiene nada, Peggy. Es el dueño de casi toda la
comarca.
Peggy
parpadeó.
—Pero
si yo recuerdo haber paseado con papá en mi poney y él en su pura sangre, y
desde lo alto de la montaña mi padre me señalaba los ranchos, y recuerdo,
asimismo, ver uno chiquito y decirme papá que era de los Walker.
—Eso
fue hace mucho tiempo.
—No
sé el que tendría yo, Ray, pero creo que unos once años. Todo es confuso en mi
mente, pero una cosa recuerdo con precisión. Que papá jugaba a las cartas bajo
el porche con el ranchero Walker y se bebían una sangría entretanto el sol o el
frío cundía por la comarca.
—De
eso hace tanto tiempo que casi no lo recordamos nosotros.
—Helen,
parece que hablas con rencor de todo eso. Fue un pasado precioso. Yo lo evoco
con satisfacción.
—No
lo dudamos.
—Pero
estáis disgustados.
—Yo
no iría a tomar el té.
—¿Y
por qué no? Entre vecinos lo mejor es la cordialidad.
Helen
iba a responder, pero Ray la miró fijamente y la esposa se calló mordiéndose
los labios.
Así
que, rápidamente, asió el paño de nuevo y se puso a limpiar lo que ya tenía
brillante.
—Helen,
eso está superlimpio. ¿Por qué te pones nerviosa?
—Es
que —atajó Ray apresurado— tú eres una señorita y Greg Walker es un granjero
muy rico, pero… sin clase. Y Helen prefiere… prefiere que llames por teléfono y
te excuses.
—Eso
no es correcto, Ray.
—Ya.
—Y,
además, espero que regrese papá para preguntarle. De todos modos, iré. Es mi
postura, mi estilo. No haré de menos a nadie a menos que me ofendan, y este
señor ha sido muy correcto al invitarme.
Se
iba, pero ya caminando añadió:
—Que
el almuerzo esté listo para cuando llegue papá. No entiendo por qué se fue tan
temprano.
Helen
y su esposo no pronunciaron palabra.
Pero
cuando sintieron la puerta del cuarto de Peggy al cerrarse, Helen se volvió
como una enajenada:
—¿Qué
tramará ese canalla?
—Cállate,
Helen.
—Y,
además, Peggy ha silenciado la borrachera de su padre y pensará que es
ocasional.
—Lo
mejor de todo es que recuerde cosas como desvaídas. Yo sí recuerdo que cuando
todo aquel tremendo lío se le ocultaba y se hablaba a sus espaldas… Y después
se pasaba el día en la ciudad estudiando en el colegio. No recuerda nada
concreto.
Helen
se removió inquieta.
—Prefiero
a los padres y los hijos de hoy, Ray. Se enteran de todo. Los padres no hablan
a sus espaldas. Soy mayor, pero entiendo perfectamente la situación juvenil y
lo que los padres hablan delante de sus hijos. De haber ocurrido así hace
tantos años, podríamos hablar a Peggy con claridad.
—Eso
no nos corresponde a nosotros.
—¿Y
esperas que el señor lo haga? A estas horas ya estará tirado en un banco de
cualquier taberna.
—Peggy
se calla lo ocurrido ayer. De modo que nosotros no tenemos por qué decirle
nada.
—Y
cuando se entere y vea que ocurre cada noche, ¿qué explicación le darás cuando
ella te la pida?
—¿Y
quién soy yo para decirle lo que sucede o lo que sucedió?
Helen
recogió de nuevo el paño y empezó a limpiar lo que ya relucía.
—Helen
—dijo su marido—, deja eso y ve a disponer el almuerzo.
—No
supondrás que el padre va a volver.
—No.
Pero ella irá a casa de Greg Walker a tomar el té.
—Y
el hijo de perra ese se lo dice sin ningún miramiento. ¿No sería mejor, para
evitar mayores traumas, que nosotros le dijéramos toda la verdad?
Helen
rezongó entre dientes:
—Me
dan ganas de subir y de contarle todo lo que pasó, lo que está pasando y me
temo que pasará aún.
—¡Helen!
—Reconvino Ray—. Haz lo que te digo y cállate. Tiempo habrá de hablar si es
preciso.
—Y
lo será —casi gritó la esposa.
Y de
inmediato se dirigió a la cocina.
A
las tres de la tarde, vestida como estaba por la mañana, Peggy dejó el comedor
y entró en la cocina.
Se
daba perfecta cuenta de que allí sucedía algo y que los dos sirvientes lo
sabían, pero prefería no preguntarles dado su hostil silencio.
Sin
embargo, preguntar por qué no regresaba su padre a almorzar, sí que cabía en su
norma y se cuadró ante el umbral.
Ray
y Helen se hallaban pegados al fogón y mirando ante sí obstinados y absortos.
—Bueno,
¿es que papá no viene nunca a almorzar?
La
pregunta era directa.
No
mencionaba lo ocurrido en la noche, quizás en defensa de su padre y pensando
que ellos lo ignoraban.
Ray
titubeaba y miraba a su mujer esperando que ésta le ayudase, pero Helen
guardaba un silencio hermético.
—A
veces no puede —se excusó Ray.
—¿Con
frecuencia, Ray?
—Bastante.
—¿Dónde
trabaja tanto? Los sembrados están todos creciendo. No hay peones a la vista,
cuando antes esto estaba lleno de ellos. Los pabellones, vacíos. Fui por allí
hace cosa de una hora y lo vi todo despojado, como si sus habitantes se
escaparan despavoridos…
—Te
serviremos el almuerzo —le cortó Helen—. Y en la noche ya hablarás con tu padre
cuando llegue.
Esperaban
que Peggy les dijera en el estado que había llegado, pero no… Se callaba.
—Podéis
servirme —dijo tan solo.
Y
dejó el umbral.
Se
adentró en el comedor. Tal parecía desganada, flácida, como pensando en
demasiadas cosas que le resultaban complejas y que, por mucha confianza que
tuviera con los sirvientes, no quería abordar.
Y
aún añadió con voz algo confusa:
—A
las cuatro y media tenme el caballo ensillado, Ray. Debo ir a casa de los
Walker a tomar el té. Ha sido una delicadeza por su parte invitarme.
«¡Y
un cuerno!», pensaba Ray furioso.
Pero
en voz alta no dijo palabra y solo movió la cabeza asintiendo.
—¿Queda
donde siempre? —preguntó más tarde mientras Helen le servía.
La
sirvienta se había olvidado de la cita de Peggy por resultarle tremendamente
odiosa.
—¿El
qué, Peggy?
—El
rancho de los Walker.
—A
un kilómetro escaso. Por ese sendero —y estiraba la mano hacia el ventanal—
llegas a caballo en diez minutos escasos.
—Era
chiquitito.
—Era.
—¿Ya
no es así?
—Bueno,
en nueve años las cosas cambian.
—Ya
veo, ya veo. Mi casa, al menos, ha cambiado mucho, para peor.
Ray,
que traía el segundo plato, dijo sombríamente:
—En
cambio, el rancho de los Walker ha crecido para mejor.
—¿Sí?
—Pues
sí…
—Ese
coche color rojo, tan caro… ¿pertenece al abogado o al amo?
—Nada
que se mueve en torno a Greg Walker pertenece a nadie, sino a él.
—Pues
ha medrado mucho en cinco años que yo falto de aquí.
Helen
no pudo callárselo todo.
—Empezó
a medrar antes, pero tú estabas en el colegio y te enterabas de pocas cosas.
—No
te entiendo, Helen.
—Ve,
ve a tomar el té a su casa. Pero yo, en tu lugar, no iría.
—¿Y
por qué? Lo correcto es aceptar una invitación que te hace un vecino, aunque
corresponda a una clase inferior.
Helen
iba a responder, pero Ray lo evitó diciendo:
—El
postre, Helen.
—Oh,
sí.
Y se
fue a toda prisa.
Peggy
iba entendiendo con más precisión que sucedía algo para ella desconocido y que,
por la razón que fuera, Ray y Helen no querían mencionar.
Sería
cosa de pillar a su padre aquella noche y preguntarle.
Su
padre ya no hablaba con una niña o con una adolescente y tendría que hacerse
cargo de eso, por lo cual afloraría la realidad.
No
obstante, sucediera lo que sucediese, ella cumpliría su deber social e iría a
tomar el té a casa de Greg Walker.
Se
le había hecho una invitación correcta, con suma delicadeza, y sería indelicado
por su parte no aceptar. Después de vivir los acontecimientos en su terreno, ya
pensaría qué tipo de preguntas directas haría en el futuro.
Lo
que en forma alguna deseaba era que Ray y Helen, pese a la confianza que les
tenía, supieran el estado lamentable en que había llegado su padre a casa la
noche anterior.
Eso
era cosa suya y de su padre y lo arreglarían entre los dos…
Helen
apareció con el postre, y Peggy tenía apetito.
Lo
comió todo. Porque si algo había que pensar sobre la ausencia de su padre, era
su trabajo, y a él se estaría dedicando, pues prueba de ello era la siembra que
crecía en los campos.
Al
final de la comida y como Ray seguía allí erguido, le dijo rotundamente:
—Ray,
he visto cruzar por nuestras tierras caballistas y me parece mal. Debes
desviarlos. Prohíbe que vuelvan a cruzar. No entiendo cómo papá lo consiente.
Antes esto era intocable y ahora ya he visto en algunos momentos cruzar por un
sendero que nos pertenece, y por lo tanto debe ser prohibitivo para toda
persona que no seamos nosotros.
Ray
asentía, pero miraba sus botas sin pronunciar palabra.
—Pon
un cartel —insistía Peggy—. No entiendo cómo consientes tales situaciones.
Ray,
en silencio, pero asintiendo con cabezaditas, iba recogiendo la mesa y Helen
recibió el servicio y se fue a la cocina.
Tal
como Peggy le había pedido, porque Peggy a ellos no les ordenaba, le tenía
ensillado el caballo blanco. Eran las cuatro y media.
Por
el sendero directo llegaría al rancho de Greg Walker en menos de media hora, y
suponiendo que no fuera al galope, pues de ser así, tardaría bastante menos.
—Debes
decirle lo que hallará —insistía Helen en la cocina—. Ella piensa que…
—Yo
me callo, Helen.
—¿Y
después?
—No
lo sé. Pero si va allí, y va, ya tendrá la respuesta que seguramente en su
fuero interno no deja de hacerse.
—El
señor volverá a la noche en la misma situación.
—Pues
Peggy se irá dando cuenta. No es tonta. Es demasiado lista y no quiere herir a
su padre y piensa —que lo de ayer fue casualidad.
—Ya
viene.
Los
dos salieron apresurados.
En
efecto, Peggy bajaba las escalinatas diciendo:
—Ray,
manda a los pintores que barnicen este pasamanos. Está desconchado.
—Lo
haré.
—¿Está
listo mi caballo?
—Sí,
Peggy, sí.
Y la
miraban los dos embobados.
Iba
guapísima.
Vestía
traje de montar de canutillo rojo. Leguis relucientes y una camisa negra con un
pañuelo asomando, rojo y negro, y encima una casaca haciendo juego con el
pantalón.
En
la cabeza lucía una visera negra graciosísima, y sus rubios cabellos asomaban
bajo ella. Azotaba la fusta contra los leguis.
Ray
pensaba: «Diga lo que diga, está nerviosa.»
Helen
se decía para sus adentros:
«¿Qué
cosa le dirá ese cerdo de Greg?»
Pero
no le impedían ir, porque, por decir, habían dicho lo suficiente para que ella
entendiera y declinara cortésmente la invitación.
Pero
Peggy estaba allí y se iba.
—Cuando
venga papá le decís dónde me encuentro.
—Sí,
Peggy.
—Y
si viene con tiempo, como espero, que me vaya a buscar.
—Claro.
Pero
los dos sabían que el señor no volvería hasta la noche, y además en la misma
situación que el día anterior.
Peggy
montó de un salto y se fue al paso por el sendero que conducía al fondo del
valle, en uno de cuyos montículos se alzaba la casita que ella recordaba…
Helen
y Ray se quedaron erguidos en el patio.
Se
miraban consternados.
—¿Y
ahora, Ray?
—No
sé, Helen.
—Sí
sabes.
—Pues
tendrá que saberlo ella a su vez. Se dará cuenta.
—Y
le dolerá más.
—Nos
acusará por el silencio.
—¿Es
que nos ha preguntado abiertamente? ¿Nos ha dicho lo de su padre de ayer, que
ella presenció? Piensa que fue casualidad…
—Se
me fue el apetito —decía Ray en una tregua de silencio que rompió con voz
ronca.
Helen
se removió inquieta.
—Y a
mí.
—¿Qué
querrá Greg de Peggy?
—Nada
bueno. Nada de lo que diga o haga Greg es bueno.
Se
deslizaban los dos hacia la cocina.
Helen
se sentó ante la mesa y se sujetó la frente con las dos manos.
—Debimos
irnos con los demás, Ray —decía insistente—. Así nos evitaríamos este dolor.
—No
podíamos dejar al señor solo.
—Un
día tendrá que ocurrir.
—Y
lo peor es que lo sufrirá Peggy en sus carnes sin tener culpa de nada.
—Los
hijos, sin proponérselo ni merecérselo, suelen ser responsables de los errores
de sus padres. Pero no todo el mundo lo entiende bien, y las consecuencias
suelen ser funestas.
—Estás
pensando algo malo.
—De
Greg Walker nunca esperaré nada bueno.
Y
los dos se miraron con desesperación y ansiedad.
Capítulo
5
Peggy
llevaba las bridas del caballo sujetas con sus dos finas manos enguantadas. No
tenía prisa, y en menos de media hora, cabalgando con normalidad, llegaría a la
cita que gentilmente, por medio de su abogado, le hacía míster Walker.
Pensaba
en demasiadas cosas. Por ejemplo, antes, cinco años antes, por aquellos lugares
había ranchos diseminados por todo el contorno, y el único enorme y rico era el
de su padre. A la sazón no había casas diseminadas, pero sí enormes extensiones
de tierra sembrada, así como vallas demarcando posesiones y mucho ganado aquí y
allí.
Recordaba
perfectamente que las posesiones de su padre se separaban de las de los demás
por vallas metálicas, ahora aquéllas no existían. Tampoco se veía aquel sendero
que cruzaba paralelo al que seguía su caballo. No entendía las razones. Ahora
todo parecía pertenecer a una misma persona, porque no había demarcaciones,
salvo las lógicas vallas que bordeaban manadas de ganado pastando o que
cerraban nutridos grupos de caballos salvajes.
Abstraída
como iba en todo esto, no se dio cuenta de que a un lado había una anchísima
cancela abierta y, en lo alto, un cartel en letras doradas que decía: «Rancho
Walker».
Detuvo
su montura y, al ver a un pastorcillo que la miraba, le preguntó:
—Para
ir a casa de los señores Walker, ¿qué camino debo tomar?
—El
que tiene enfrente. Tome esa carretera y en cinco minutos estará ante la
mansión.
Peggy
alzó una ceja y espoleó al caballo. A fin de cuentas, tal vez para aquel
chiquillo la casita de los Walker fuera una mansión, pero ella la había visto
hacía años y de mansión no tenía nada.
Sin
embargo, a medida que el caballo avanzaba su jinete miraba asombrada a ambos
lados. Árboles frondosos, terrenos interminables. En lo alto de la ladera, una
hilera de casitas blancas pegadas unas a otras. Aquello no existía cuando ella
paseaba con su padre. Parecían casas de colonos.
Tardó
aún en ver algo que la dejó paralizada y le obligó a detener su montura. En
efecto, ya divisaba la «mansión» y no era una casita pintada de blanco y
pequeñita. Era una mansión enorme, que no tendría más allá de unos pocos años…
«No
entiendo nada. Quizá me haya equivocado —se dijo— o el chico me haya indicado
mal. Pero es que hace años esta mansión no existía aún.»
Espoleó
el caballo porque de repente tenía mucha prisa y deseaba saber muchas cosas y
quizá las descubriera aquella tarde y en aquel lugar.
Al
llegar ante la mansión se dio cuenta de que los patios eran enormes, de que los
peones trabajaban aquí y allí y que todo era movimiento. La mansión se hallaba
en medio del valle, y por todas partes había extensiones interminables de
terreno sembrado.
No
obstante, a un lado de la inmensa casa apaisada había una piscina a ras de las
terrazas y una especie de toldo que salía de la misma mansión. No lejos, al
otro extremo, también había una pista de tenis.
Con
los ojos muy abiertos, Peggy miraba a todos lados. También ella era mirada por
las personas que parecían afanosas trabajando en las cercanías. Levantaban la
cabeza y dejaban a un lado las herramientas para mirarla con mucho asombro,
como si unos la reconocieran y otros no y se lo dijeran por bajines.
En
una terraza alta que presidía la entrada principal de granito y llena de
plantas bien cuidadas, vio al abogado, vestido como por la mañana, y que le
salía al encuentro.
—Señorita
Hamilton, la estaba esperando.
Y
galante, muy correctísimo, le ayudó a descender del potro.
—Hágase
cargo de él —ordenó Marcel a un criado que se hallaba cerca, y después, dando
paso a la joven—: Por aquí.
Y la
condujo hacia el vestíbulo.
Peggy
quedó asombrada, con los ojos como platos mirándolo todo. La decoración divina,
tirando a rústica, pero con un gusto exquisito. Ventanales, cuadros, tapices,
plantas, espejos, muebles de madera noble, alfombras mullidas… Si el exterior
era grandioso, el interior mucho más.
Pero
¿cómo?
¿Sería
de los Walker, de verdad, todo aquello?
No
lo entendía.
Pero
una figura que salía del salón y se plantó en medio de la puerta corredera de
cristales de colores le indicó que no estaba equivocada.
Fuera
por la razón que fuese, aquello pertenecía a los Walker.
El
hombre que se hallaba mirándola vestía pantalón de montar, leguis altos y una
camisa a cuadros despechugada. Tenía el cabello castaño muy lacio y unos ojos
como avellanas, de un canela desconcertante.
No
se movía, pero sí la miraba. Era un rostro adusto, altivo, frío, de mirada
helada. Alto y musculoso y además muy joven. No se le podían calcular los años
por su morenura y sus ojos fríos, pero, por la piel tersa, ella diría que no
alcanzaba los treinta.
—Soy
Gregory Walker —dijo con voz bronca y como rasgada—. Supongo que tú eres Peggy
Hamilton.
La
tuteaba. ¡Hala! Como si se vieran todos los días.
Peggy
no daba demasiada importancia a eso. A fin de cuentas era lo natural entre
vecinos, pero sí que le extrañó el modo como se presentó y la saludó. Se diría
que era descarado, cínico o solo maleducado.
Avanzó
dos pasos y ella extendió la mano. Él la apretó en la suya, diciendo, sin mirar
a su abogado:
—Gracias,
Marcel. Te llamaré si te necesito.
Era
una forma como otra cualquiera de despedirlo.
Marcel
titubeó, y eso lo observó perfectamente Peggy, pero un nuevo gesto frío de su
jefe y aquél giró, yéndose y diciendo únicamente:
—Buenas
tardes, señorita Hamilton.
—Buenas,
míster Miller. Y gracias.
—Por
aquí —dijo Greg sin demasiada delicadeza, y él mismo cerró la puerta corredera.
Peggy
se vio en un salón enorme rodeado de ventanales. Desde allí se veía la piscina
cubierta y la otra al aire libre.
Todo
aquello parecía más una casa encantada que un rancho. Y pensaba, al aceptar el
asiento que él le ofrecía, que no le parecía nada correcto que la recibiera
vestido de aquella manera, con medio pecho fuera y con el vello rizado que
contrastaba con sus cabellos lacios. Sobre aquel vello relucía una cruz sin
imagen colgando de una gruesa cadena de plata.
—No
me puedes recordar —dijo él sentado enfrente de ella con cierto
desmadejamiento—, porque hace nueve años que yo me enterré en estos lugares y
tú te fuiste cuatro años después. Yo, en aquella época, iba a una escuela
estatal, y tú a un colegio privado. Yo iba a la escuela en una vieja bicicleta
y tú en un Land Rover con tu padre o un criado.
—No
recuerdo haberte visto nunca —dijo Peggy, aceptando el tuteo, porque le parecía
absurdo tratarlo de usted si él la tuteaba.
—Bueno,
es que las personas cambian mucho cuando son niños o adolescentes. A ti misma,
si no me dicen que eras tú, no te habría reconocido. Te vi ayer y no te fijaste
en mí. Pasé casi a tu lado en el caballo, pero ibas muy ensimismada. —Y sin
transición—. Sally nos servirá el té en seguida. Ponte cómoda y fuma si gustas.
Acto
seguido abrió una caja que había en una mesa en medio de los dos y le ofreció
cigarrillos.
—Yo
fumo en pipa —dijo cargando la cazoleta—. Es más cómodo para mí, y así fumo
menos.
No
se preocupó en ofrecerle lumbre, lo que dio a entender a Peggy que no se
parecía en nada a su abogado y que, además, desconocía los buenos modales. No
entendía cómo un tipo de aquella clase, un auténtico granjero (y eso no trataba
de disimularlo), podía poseer una sensibilidad semejante para decorar una casa
con tanto gusto. Una casa, por otra parte, de campo, donde más imperaba el
ganado que las personas.
Pero
prefería esperar. Si él no era educado, ella sí que lo era. Veríamos quién era
mejor de los dos.
Desde
el sillón donde se sentaba con las piernas estiradas (otra incorrección) pulsó
un timbre. En seguida se abrió la puerta y apareció una doncella vestida de
negro y con un delantal blanco plisado, empujando un carro de cristal y plata,
con el servicio de té primorosamente preparado.
—Ya
tenemos aquí el té —dijo él—. Gracias, Sally.
Y la
sirvienta, sin decir palabra, se alejó y volvió a cerrar la puerta corredera.
—Yo
te sirvo —dijo Greg con indiferencia y sin deponer su semblante adusto y
rígido, más bien helado, como si las duras facciones estuvieran esculpidas en
piedra—. Sabrás que yo nunca invito a una persona a mi casa si no es por una
razón concreta.
Y
como Peggy entornaba los párpados como esperando cualquier disparate, él
añadió:
—Tu
té.
Y le
pasó la tacita.
—¿Pastas?
—No,
gracias.
—Pues,
como te decía…
—Que
nunca invitas sin razón concreta —atajó ella.
Él,
con su taza en la mano y firmemente sentado, sonreía.
Apenas
se le veían los dientes cuando sonreía. Eran blancos, iguales, casi
amenazadores. En su cara morena, pensaba Peggy, relucían como una provocadora
amenaza.
—Eso
es. Eso es. Me gustas una barbaridad y te he invitado para pedirte algo. Verás,
a fuerza de trabajar, de no dormir, de sorberme el sudor, he conseguido que la
comarca me pertenezca. Lo tengo todo. No me falta absolutamente nada —su voz
era cada vez más metálica—. Solo me falta una esposa. Eh, eh, ¿adonde vas ?
Y su
mano la asía del brazo y la sentaba de nuevo.
—No
hay por qué huir —decía secamente—. Yo no soy de los que usan retóricas ni
palabras balbucientes. Digo las cosas como las siento y como las pienso. De
nada sirve andarse por las ramas, cuando uno se puede asir al tronco con ambos
brazos.
—Me
parece que me estás confundiendo.
Él
meneó su cabeza de castaños cabellos. De tal manera que le caían sobre la
frente y los resoplaba sin delicadeza alguna.
Era
varonil, atrayente, y su forma de ser distaba mucho de gustar a Peggy, aunque
reconocía que era un tipo de una personalidad fría y cerebral aplastante.
Se
quedó sentada. A fin de cuentas, quien tenía la palabra final en toda aquella
sarta de disparates era ella. Por tanto, en el fondo, se estaba entreteniendo.
—No
me mires de ese modo desconcertante —añadió Greg tomando un sorbo de té, y de
repente dejó la taza en la mesa de ruedas y se levantó—. Prefiero un whisky.
Y,
sin más, se fue a grandes pasos hacia un bar esquinado.
Volvió
inmediatamente con botella y vaso y pulsó de nuevo el timbre al tiempo de
sentarse.
Apareció
Sally, sin que Peggy hubiese dicho nada todavía, tal era su desconcierto.
—Hielo
—dijo él tan solo.
Sally
salió, y al instante regresó con un cubo lleno de cubitos de hielo y unas
pinzas.
Sally
volvió a salir en silencio, y Greg Walker se sirvió dos cubitos en su ancho
vaso mediado de whisky sin soda.
—Tal
vez tú también prefieras el whisky al té.
—Prefiero
el té —le cortó Peggy, ya secamente.
—Eres
muy dueña. Como te decía… ¿Qué te decía? Ah, sí, que te solicito por esposa.
Por esta comarca hay muchas mujeres, pero a mí me gusta todo lo bello y de
momento no encontré nada a mi gusto. Pero cuando te vi ayer, me dije: «Ahí
tienes lo que necesitas.»
—Así
por las buenas.
—Pues
sí. ¿Sucede algo?
—Yo
digo que tendrás que contar con mi opinión.
—Y
cuento. Por eso te estoy advirtiendo.
—Será
pidiendo.
—No,
no, advirtiendo.
—Oye,
¿no me habrás confundido?
—No.
Y
volvía a distender la boca en una cínica sonrisa.
Peggy
decidió no marchar.
Prefería
oírlo hasta el final. No entendía nada, y prefería entenderlo. Ella no era
miedosa. Y las bravatas del vecino le tenían sin cuidado.
Era
un nuevo rico. Un granjero que de la nada llegó a donde quiso.
¿Cómo
hizo?
Deseaba
saberlo.
Y
por eso permanecía sentada.
Veía
cómo Greg se llevaba el vaso a los labios y bebía un largo trago.
—Bueno,
yo creo que, después de tener tanto, me gusta tener esposa, y por eso te mandé
llamar.
—Me
has enviado una invitación por un hombre muy correcto. Pensé que tú serías
igual.
—¿Como
Marcel? Oh, no. Yo no soy de mantequilla. Soy un tipo del campo que luchó lo
suyo para lograr cuanto ambicioné. Marcel está a mi servicio porque yo no soy
letrado, aunque, bien mirado, sé tanto o más que él. La experiencia es la que
manda y yo llevo nueve años luchando con muchas cosas, de las cuales las
conseguí todas y ahora solo me faltas tú.
—Pero
yo no soy ganado ni un trozo de tierra. Tengo más que suficiente para vivir,
sentirme yo y buscar el amor y casarme enamorada.
—Bueno,
bueno, todo eso es lindísimo, muy romántico, muy sentimental, pero nada
práctico.
—¿No
crees que ya he oído bastantes necedades? Mi padre te pedirá cuentas de tus impertinencias.
—¿Estás
segura?
—Por
supuesto.
Y
esta vez sí que se levantó.
Él
lo hizo a su vez.
Era
más alto. Mucho más.
Parecía
poderoso ante ella mirándola con sus ojos desconcertantemente canela, fríos,
despóticos…
—Eres
una belleza, pero no te busco por eso —decía con su medía sonrisa sarcástica
bailándole en los labios—. Eres, además, atractiva y me gustas una barbaridad.
A mi me gustaste desde el momento en que te vi. De niña eras larga y
desmadejada. Lisa como una plancha y no tenías ni una gota de gracia. Además no
mirabas a nadie, ni te enterabas de lo que sucedía en tu entorno. Tú, a lo
tuyo, y los demás que los partiera un rayo. No creo que tú hayas tenido la
culpa, pero aceptabas situaciones falsas y no te importaba saber nada de cuanto
sucedía.
—¿Y
qué tenía que saber? No me lo digas. Sigo sin desear enterarme de nada. Una
cosa sí tengo muy presente. No sueñes con que yo sea tu esposa. Yo no soy
ganado ni un trozo de tierra, ni un matorral. Yo soy un ser humano sensible y,
además, mujer, y tengo mi propio criterio y mi fortuna particular. No estoy en
venta.
Capítulo
6
Greg
no dijo ni una sola palabra. Pero sí que la miraba fijamente, tan fijamente que
Peggy, nerviosa, se vio obligada a desviar los ojos del rostro moreno y firme.
Pero
no sirvió de nada.
Con
la mayor naturalidad del mundo, y como si ese mundo le perteneciera por entero,
antes de que Peggy se percatara, le asió la cara entre sus dos fuertes manos y
¡hala! le buscó la boca y la besó furiosamente.
Peggy
dio un salto hacia atrás.
Sus
labios ardían. Tenían como un calor insoportable.
Él
sonreía con aquella mueca indefinible.
—No
sabes besar o no has querido besar —decía sibilante—. Pero ya aprenderás, o ya
querrás.
Peggy
no pudo remediarlo. Alzó el brazo y antes de que Greg se percatara, aplastó la
fina mano en su mejilla con un chasquido seco y preciso.
Greg,
una vez recibida la bofetada, que no le inmutó ni mucho menos, asió la mano de
ella en el aire y se la apretó con fiereza.
Después
la pegó a su pecho.
Peggy,
estremecida por su fuerza incontenible, sintió en su propio cuerpo cada músculo
erótico de aquel tipo desconcertante.
Y,
de inmediato, Greg volvió a besarla. Esta vez, como un salvaje, le abrió los
labios con los suyos y la retuvo con las dos manos sin que ella pudiera
moverse. Cuando se cansó de besarla la soltó, y sonrió con una risa o mueca
diabólica.
—¡Hala!
Sí lo deseas, puedes irte, y le dices a tu padre que te he ofendido o que te he
elevado hasta mí, cosa nada corriente. Y que, además, te vas a casar conmigo.
—¡Jamás!
—No
seas necia. Yo nunca juego a decir palabras vanas. Cuando las digo se realizan
de inmediato. Ah, no te vayas a lo cobarde. Aguanta el chaparrón, y te advierto
que antes de un mes dormirás en mi cama. Bastante consideración tengo que te
ofrezco mi nombre.
Como
Peggy caminaba apresurada hacia la salida, él, sin moverse, erguido, helado,
añadió antes de que ella abriera la puerta corredera y saliera disparada:
—Podía
tenerte en mi lecho sin el contrato matrimonial, pero prefiero estar casado
como mandan los cánones. Ya nos veremos. No escapes aprisa, que sé dónde vives
y cómo obtenerte.
¡Zas!
Peggy
abrió y cerró con fiereza para salir corriendo.
Se
vio erguida en la terraza de granito buscando su caballo.
—¡Aquí!
—dijo Marcel mostrándoselo.
Pero
Peggy ya no quería ni ver a Marcel.
Saltó
sobre el potro y lo lanzó al galope carretera vecinal adelante.
Al
salir de la ancha cancela decidió atajar y llegar a casa cuanto antes, y tomó
el sendero que partía sus tierras.
Lo
conocía.
Se
hacía cargo de que iba llena de ira, de vergüenza, de humillación y de fiereza.
Pero
cuando intentaba abocar aquel sendero que pertenecía a su padre, vio a dos
caballistas cubriéndolo.
—Aparten
—gritó—. ¿Y qué hacen en mis tierras?
Uno
de los caballistas espoleó el caballo y lo colocó a la altura del de Peggy.
—Tome
el sendero paralelo. Éste es privado.
—De
mi padre, míster Hamilton.
—No,
señora. Es privado particular de míster Walker.
Peggy
quedó erguida en la silla.
Miraba
a los dos hombres con expresión desorbitada.
—¿De
mister Walker?
—Pues
sí, señorita.
—Está
usted totalmente equivocado.
—Nosotros
nunca nos equivocamos. Guardamos esta entrada porque dentro de una semana se
cerrará.
—¿Cómo
dice?
—Por
orden de su dueño, que es míster Walker.
Peggy
sacudió la cabeza como si estuviera oyendo una barbaridad insostenible.
Después, súbitamente, espoleó el caballo y cruzó ante los dos caballistas sin
miramientos y galopó por el sendero que siempre perteneció a su familia.
No
entendía nada, pero algo se interrogaba en su mente y necesitaba saber qué cosa
estaba sucediendo allí.
Llegó
a su casa antes de lo previsto, tal era el galope , al que sometió al potro.
Se
tiró del caballo y lo ató nerviosamente al poste, junto a la cuadra.
Todo
parecía silencioso.
Oscurecía
ya.
En
invierno, el frío apretaba, y más en las noches atardeceres.
Desde
la ventana de la cocina, Helen decía a su marido, que se hallaba sentado ante
la mesa con la cabeza entre las manos:
—Ya
viene. Disponte a responder. Se nota que viene despavorida.
Ray
quedó firme, erguido.
—Helen…
¿Qué digo?
—La
verdad.
—Pero…
—Si
pregunta, claro.
Pero
Peggy entró lívida, nerviosa, alterada, si bien no preguntó nada concreto
referente a lo que pudiera haber descubierto. Solo gritó desde el umbral de la
cocina:
—¿Dónde
está papá?
—No
ha vuelto, Peggy —casi gimió Helen.
—¿Que
no ha vuelto en todo el día?
—Pues
no.
—No
entiendo nada —gritaba—. No entiendo.
Y
salió a toda prisa hacia su alcoba.
Se
tiró en el lecho y se tapó la cara con las manos. ¿Qué estaba sucediendo allí?
¿Y por qué? ¿Cuándo se inició todo aquello?
Sacudía
las piernas como si así desahogara su humillación. Pero no servía de nada. La
humillación estaba dentro y el bochorno la cegaba.
No
obstante, intentó tranquilizarse y, en cierto modo, lo consiguió. No entendía
nada. Ni la actitud de aquel hombre llamado Greg, ni a los dos caballistas que
le cerraron el paso, ni su casa vacía de sirvientes, ni la ausencia de su
padre.
A
las diez aún seguía reflexionando.
Cinco
minutos después, oyó la voz de Helen.
—Peggy,
ven a comer.
—¿Y
papá?
Un
silencio.
—¿Y
papá? —volvió a preguntar.
—No
ha vuelto.
Se
tiró del lecho y se alisó el pantalón con desgana y desesperación al mismo
tiempo. Después abrió la puerta. Se topó con Helen delante, y detrás de ella un
Ray hundido y con mirada extraviada.
No
quiso preguntarles.
No,
nunca. Era su padre quien tenía que darle razón de todo, explicación de todo, y
que fuera él quien se personara en la hacienda de Walker para pedirle cuentas
de su descaro y cinismo.
—Esperaré
por papá para comer —dijo.
Y
cruzó erguida ante ellos.
Tenía
suficiente confianza con Ray y Helen, pero en modo alguno deseaba involucrar a
nadie en aquel asunto. Y menos a ellos, que quizá no supieran nada.
—Esperaré
a papá en el salón —les dijo.
Y
tanto Ray como Helen respetaron su silencio y hasta su adustez, lo cual no era
corriente en la joven Peggy.
—Hemos
puesto la mesa para dos —iba diciendo Helen tras ella—. Pero no estoy muy
segura de que el señor llegue para comer.
Peggy
se volvió en redondo.
—¿Y
por qué, Helen? Papá sabe que le espero, y lo lógico es que deje sus
ocupaciones y venga.
—Es
cierto.
Pero
no añadió más.
No
comió esa noche y se mantuvo sentada en un sofá del salón esperando a su padre.
No
llegó, y ella no durmió.
Helen
y Ray se miraban en la cocina. Sentados en sendas sillas esperaban, pero Peggy
no apareció reclamando la comida ni preguntando por qué no regresaba su padre…
A la
mañana siguiente apareció dormida en el sofá. Y cuando abrió los ojos vio a Ray
y a Helen ante ella silenciosos, mustios, desesperados, mirándola.
—¿Y
papá?
—No
ha vuelto.
—Helen,
¿qué está pasando?
Ray
y su esposa se dieron cuenta de que la pregunta era directa. Había que
responder de una vez o callarse para siempre. Lo lógico es que hablara el
padre, pero, por lo visto, huía y no había forma de abordarlo.
Sabían
por un vecino que míster Hamilton había dormido tendido en un banco de la
taberna de Tom y que cuando despertó empezó a beber de nuevo, lo cual le
alejaría de su casa donde su hija le pediría cuentas y él no estaba dispuesto a
darlas.
El
largo reloj del salón marcaba las diez de la mañana. Peggy miraba aquella
esfera y después a sus sirvientes y no sabía ya qué preguntar. Si ir directa al
grano y contar lo que le había ocurrido con Greg Walker o callarse y esperar.
Pero
decidió preguntar:
—Ray,
¿por qué en nueve años, o menos, Greg se hizo dueño de toda la comarca?
Ray
iba a responder.
No
sabía aún qué cosa iba a decir. No estaba seguro de saber toda la verdad. Nunca
se conoció en el valle esa verdad que Greg tergiversó a su manera, o quizás
estuviera él en la realidad de los hechos. Fuera como fuese… era muy difícil
aclarar las cuestiones que míster Hamilton esquivaba.
En
ese momento se oyó un timbrazo.
Helen
miró a su marido.
—Voy
yo —dijo él.
Y en
seguida regresó diciendo con sordo acento:
—Míster
Miller desea verte, Peggy. Lo dejé solo en el porche. ¿Lo recibes?
Ella,
aturdida, lo pensó un segundo.
Después
dijo enérgicamente:
—Que
pase —y después añadió con sordo acento—: Cuando llegue papá, que venga a
verme.
Marcel
entró. Vestía de azul y llevaba una gruesa zamarra encima del suéter.
—Míster
Miller —comenzó Peggy con enojo—, sigo muy asombrada por varias cosas. ¿Es que
su jefe no recibió ninguna educación o es que su arrogancia supera lo
aprendido?
—Ni
lo uno ni lo otro —respondió Marcel con humildad y siempre dentro de su
delicadeza—. Él decide las cosas. Las piensa y las ejecuta. Los tiempos no
fueron buenos para él. La experiencia recibida fue dura. Muy dura.
—No
entiendo nada. ¿Sabe usted que me pidió ayer en matrimonio?
—Sabía
la razón por la cual le solicitaba.
—Pero
no fue una solicitud, fue una contundente decisión por su parte.
Unilateralmente consideró que yo me casaría con él —Marcel seguía de pie.
La
miraba con ansiedad, y a la vez con inquietud.
—Lo
sé, señorita Hamilton.
—¿Qué
dice?
—Que
se casará con él.
—¿Cómo
se atreve usted…?
—Un
segundo. Si lo prefiere, nos sentamos y dialogamos.
—¿Está
usted aquí por su cuenta y riesgo o le ha enviado él?
—Yo
no hago nada que previamente no ordene Greg Walker.
—¿Así
de sometido lo tiene?
—Creo
que, en el fondo, lo comprendo.
—Ah
—se dejó caer hacia atrás. Vestía la misma ropa. Ni siquiera se había despojado
de los leguis—. Siéntese. Ayer tarde, al regreso, me topé con dos caballistas
que impedían el paso a mis terrenos. Yo deseaba llegar cuanto antes y conocía
el atajo.
—Son
terrenos adquiridos por Greg Walker —dijo Marcel tomando asiento con sumisión y
cierta desgana—. Todo cuanto rodea este valle de Oklahoma es suyo.
—También
las posesiones de mi padre.
—Todo.
—¿Y
cómo se lo ha arrebatado?
—Eso
es lo que vengo aquí a explicarle.
—Por
orden de Greg Walker —dijo sin preguntar.
Marcel
asintió con una cabezadita.
—Yo
espero que me lo explique mi padre.
Marcel
hizo un gesto vago.
—No
es fácil. Lleva aquí cerca de una semana y no ha visto a su señor padre más que
dos veces… Le diré también que su padre un día, ya hace mucho tiempo, quizás
incluso antes de morir su esposa, a raíz de otro acontecimiento que no vale la
pena mencionar en este instante, empezó a hipotecar su hacienda. No fue Greg
esta vez, y yo, como abogado, se lo puedo asegurar, quien tomó esas hipotecas.
Su señor padre las hizo con el banco.
Peggy
se aplastó más contra el sillón.
Ray
y Helen lo sabían todo sin duda, o casi todo, y nada habían dicho. Quizá cuando
sonó el timbre iban a decirlo.
Pero
prefería saberlo por boca de aquel hombre que, en medio de tanta corrupción, le
parecía en cierto modo honrado.
—Siga.
—Las
cosas se precipitaron, y su padre, día a día, fue deshaciéndose de todo.
Hipoteca sobre hipoteca.
—Y
se fueron los sirvientes, los peones, la casa empezó a caerse sola. ¿Es eso lo
que pretende decirme?
—En
cierto modo. Pero lo que sí deseo advertirle es que míster Walker se ha
limitado a parar el golpe que los bancos hubieran descargado sobre toda esta
hacienda. Compró las hipotecas.
—Es
decir, que si no me caso con él como pretende…
—Tendrá
que irse.
Peggy
se levantó.
También
Marcel.
Cumplía
órdenes.
No
podía evitar hacerlo.
Y
Greg, resentido y herido en lo más vivo, no tendría nunca compasión de nadie,
como nadie en su momento la tuvo de él.
Todo
era duro, pero humanamente lógico.
—Márchese,
míster Miller, y diga a su jefe que no. Que jamás, sea por la razón que fuere,
me casaré con él. Es mi última palabra.
Marcel,
que ni siquiera se había quitado la pelliza, caminó despacio hacia la puerta.
—Siento
que sea tan tajante. Y lamento que me toque vivir este momento tan
desagradable. De todos modos, permítame decirle que, por razones que ahora no
voy a profundizar, usted se casará con míster Walker.
Peggy
dio un paso al frente como si su deseo infinito y contundente fuera arañar al
meloso y bien educado abogado.
—¿Cuánto
le paga su jefe por humillar a sus vecinos?
—Lo
estipulado. Sepa que soy su amigo y que, dentro de todo lo corrosivo que usted
vea en él, en el fondo es una bella persona. Motivos le sobran para hacer daño,
tanto como le hicieron a él; sin embargo, se limita a ayudar en cierto modo con
una piedad que nadie merece.
—Márchese
y no vuelva jamás por esta casa.
—Como
usted guste. Pero sepa que dentro de dos semanas, a lo máximo, estará casada
con mi cliente.
—Le
digo —gritó descompuesta, perdiendo su siempre tolerante educación— que se
marche inmediatamente y daré orden de que jamás sea recibido.
Aún
se hallaba derrumbada en el sofá, cuando tímidamente apareció Ray y, detrás de
él, Helen. Sin duda habían oído sus últimos gritos.
O
tal vez sabían mucho más de lo que decían.
Era
inútil ocultar nada ya. Estaba todo a la vista. Se explicaba, pues, por qué el
abandono de su casa, por qué los terrenos sembrados, por qué la ausencia de los
criados…
Ray
y Helen, sin duda, se habían quedado, pero no por deber ni por comodidad, más
bien por afecto hacia su padre. ¿Y cómo su padre cayó tan bajo?
¿Y
cómo pudo una hacienda semejante, el mejor rancho del estado de Oklahoma,
arruinarse en pocos años?
¿Qué
ocultaba todo aquello y qué suceso encubría?
—Ray,
Helen —dijo con un hilo de voz—, sentaos.
Los
dos lo hicieron.
Quedaban
tensos, erguidos de busto para arriba, como a la expectativa.
—¿Hace
mucho que ese hombre educado, de modales refinados, aunque sin duda falsos,
vive pendiente de míster Walker?
—Mucho
tiempo, sí. Su padre fue… ¿cómo decirte? —titubeaba Ray—, defensor en una causa
que tuvo lugar hace muchos años. Nueve quizás. El joven Marcel era ayudante de
su padre en su despacho de abogado y se quedó después junto a Greg Walker.
—¿Y
qué causa fue ésa?
Helen
y Ray se miraron.
—Pienso
que tu padre sabe más de eso que nosotros.
—¿Estuvo
papá implicado?
—En
cierto modo.
—Pero
él era amigo de míster Walker padre.
—Todo
en aquella época era muy diferente. Walker padre era un granjero sin
importancia y míster Hamilton un granjero poderoso. Pero sí, sí, existió una
buena amistad.
—¿Hasta
cuándo?
—Peggy…
—Os
pregunto hasta cuándo existió esa amistad.
—Hasta
que míster Walker se murió.
—Ah…
Y después, papá…
—Míster
Hamilton empezó a abandonar la hacienda. Después enfermó su señora madre. Todo
se precipitó. Hacía cuatro años de aquel suceso, pero… era como si cada día se
recordara. En fin, las cosas no fueron bien, las cosechas malas… Y tu padre
empezó a hipotecar.
—¿Inducido
por míster Walker hijo?
—Eso
creo que no. Otra cosa es cómo Greg se hizo con todo el estado. Nos referimos a
esta parte de él. Los granjeros vendían, se iban. Y Greg se iba haciendo poco a
poco con sus bienes. Les pagaba, eso sí. Pero llegó un día que todo era suyo.
—Y
también los bienes de papá.
Ray
y Helen intercambiaron de nuevo una mirada.
—Mira
—dijo Ray despacio—. Yo tengo mucho en contra de Greg, pero en este caso
concreto debo decir que se limitó a comprar las hipotecas y sembró las tierras
que eran suyas, y los criados se fueron yendo uno tras otro por falta de pago.
—¿Y
papá? ¿Qué hace papá siempre lejos de casa días y días?
Ray
tuvo un arranque.
Prefería
que Peggy supiera las cosas por él a que las supiera por Greg.
Y
apreciaba que, al menos dentro de su corrosivo modo de ser, no se lo había
dicho todo.
Era
un tanto a favor de Greg.
—Os
miráis recelosos. ¿Qué está pasando aquí, además de tenerlo todo hipotecado y
en poder del hombre que asegura que me casaré con él dentro de dos semanas?
—¿Te
ha dicho eso?
—¿Eso
es lo que pretende?
Parecían
alaridos, en vez de preguntas.
Peggy
solo supo mover la cabeza asintiendo.
—¡Maldito
él!
—Hijo
de…
—Callaos.
Es mejor. Debo reflexionar mucho y espero que papá vuelva para hablar con él.
Llevo aquí una semana y no tuve ocasión… Vendrá luego y aclararé esta cuestión,
y, si tenemos que irnos, nos iremos juntos y se lo dejaremos todo a Walker.
Pero casarme con él, jamás…
Helen
miró a su esposo como diciendo: «Tú te callas.» Y Ray apretó los labios.
Se
quedaron mudos los dos.
Peggy,
sin enterarse aún de toda la profundidad del asunto o prefiriendo ignorarlo,
repetía obstinada:
—Lo
dejaremos todo. Se lo diré a papá y que no vuelva a escapar de mí por eso. Se
nota que no se atreve a decírmelo. Él tendría sus razones para hipotecar… Yo le
disculpo. Hay épocas en la vida en las cuales uno tiene que hacer lo que no
desea. Pues ésa sería la que sufrió papá. Ya arreglaremos esto.
Ya
en la cocina, Ray decía sordamente a su mujer:
—Helen,
sigue sin entender casi nada.
—Pues
espera. Tú no abras los labios.
—¿Te
has fijado? Lo que desea ese cerdo es casarse con ella.
—Te
digo que te calles.
Y se
callaron los dos.
El
día avanzaba y míster Hamilton no regresaba, pero ellos sabían bien dónde
encontrarlo si querían buscarle. Pero no querían.
Capítulo
7
A
las diez de la noche sonaron dos fuertes golpes en la puerta principal. Ray y
Helen se miraron e iban a salir aprisa cuando ya Peggy se hallaba corriendo
hacia el portón.
Lo
abrió sin preguntar quién era y entró un hombre vestido con traje de montar y
cargado con un cuerpo humano.
Peggy
no daba crédito a lo que veía. Dado el bulto que llevaba al hombro y que, sin
duda, era su padre borracho, no podía ver al portador de aquel cuerpo. Pero él
debía de conocer bien la casa porque atravesó el vestíbulo, entró en el salón y
dejó la carga en un sofá.
Max
Hamilton parecía un fardo. No daba pie ni mano, y su flaca figura se menguaba
en el sofá como si se muriera de frío.
Fue
entonces cuando vio al portador de su padre. Era Greg.
—Ya
lo tienes ahí —dijo secamente—. Sabía dónde hallarlo y he ido a buscarlo para
que entiendas mejor las cosas. De no haber ido, no hubiera vuelto en días o
meses. A ratos tiene bastante lucidez como para saber que has vuelto, y lo que
él no quería que vieras te lo muestro yo.
Ray
y Helen escuchaban desde el vestíbulo. Se daban cuenta de que todo se
precipitaba y que Greg Walker estaba haciendo todo aquello para que se
inclinara a su favor.
Peggy,
por su parte, había ido a cerrar la puerta del salón y quedó enfrente de Greg
desafiante. Eran dos fuertes personalidades, la de él y la de ella, y las cosas
iban a resultar difíciles, pero Greg tenía una seguridad absoluta. Deseaba
casarse con ella y lo haría por encima de todo.
Que
nadie le preguntara las razones; ni el duro pasado tenía nada que ver con
aquello. Le gustaba Peggy y deseaba tenerla por mujer. Eso era todo.
Jamás
muchacha alguna le había impresionado más. ¿Por qué, pues, renunciar a ella?
Se
miraron desafiantes, y hubo de ser Peggy, muy angustiada, aunque lo disimulaba,
quien retirara primero los ojos.
Se
abalanzó sobre su padre. Pero éste no se enteraba de nada. Dormía encogido, y
Peggy, en un arranque, fue a un mueble y sacó una manta de cuadros. Lo cubrió
con sumo cuidado como si se olvidara de que, de pie, erguido allí, en medio del
salón, Greg la miraba fijamente, con sus ojos gatunos desconcertantes.
—No
te hagas ilusiones —dijo él fríamente realista—. Ése es su estado de todos los
días y todas las noches. Duerme en los bancos de la taberna de Tom y amanece
con la ginebra en la mano. No tengo por qué ocultarte que ésa, y ninguna otra,
es la razón por la cual te casarás conmigo. No me mires como si me asesinaras.
Te estoy diciendo la verdad y además haciéndote un favor. Lo lógico sería que
dejara a los bancos comerse a tu padre con todos los bienes hipotecados. Y no
pienses tampoco que lo hice por piedad ni por la amistad que un día tuvo con mi
padre. Lo hice por evitar que alguien, que no fuera yo mismo, se hiciera cargo
de esas parcelas y viniera a fastidiar todos mis planes.
—Eres
muy generoso a fuerza de sincero.
—De
nada sirve ocultar las razones por las cuales uno obra de una manera concreta.
Las tierras de tu padre se atraviesan entre las mías. ¿De qué forma hacerme con
ellas e impedir que intrusos vinieran a extorsionarme? Comprando las hipotecas.
Puedo ejecutarlas mañana mismo y mandaros a los dos al diablo, junto con
vuestros dos fieles criados, pero no me da la gana. Y, después de verte, mucho
menos.
Peggy
se iba dando cuenta de que en torno a ella se formaba un círculo vicioso. Pero
aún tenía la esperanza de que su padre se recuperara de aquella borrachera y
razonara y le ayudara a rehacer la vida lejos de aquella comarca.
Pero
Greg, que debió de adivinar lo que pensaba, meneaba la cabeza como denegando,
de un lado a otro, de forma que sus lacios cabellos le cubrían la frente y él
los resoplaba.
—No
tengas esperanzas por lo que hace a tu padre. Ni me culpes a mí de todo lo que
estás viendo. Hay seres humanos que forman parte de sucesos pasados y se
equivocan. Les entra el remordimiento e intentan sofocarlo o destruirlo a base
de copas de ginebra. Tu padre fue uno de esos seres.
—¿Qué
quieres decir?
—Sólo
que tu padre no tiene más arreglo que un sanatorio muy caro. De donde no le
dejen salir. Donde le apliquen una cura de desintoxicación, lo cual no creo que
lo logren. Hace nueve años que bebe sin parar, y de un abstemio se convirtió en
un alcohólico crónico. Si nadie te lo dijo, y sospecho que se lo han callado,
yo te lo estoy diciendo. Ésa, y no otra, es la razón por la cual te casarás
conmigo. No creo que abandones a tu padre en este estado y, además, en una
encrucijada sin salida.
Peggy
respiró hondo.
Lo
miraba y creía estar soñando. Soñando un sueño ruin y cruel, y también le
parecía que el rostro de Greg se parecía a las escaleras de granito que daban
acceso a su regia mansión.
Se
mordió los labios.
—Tú
me estás mintiendo. Hace cinco años papá no bebía, y en ese tiempo no pudo convertirse
en lo que estoy viendo.
—Como
gustes. Ya lo irás comprobando por tu cuenta. Mañana por la mañana, aunque te
quedes ahí velando su sueño, ya se las arreglará para escapar en el menor
descuido, y cuando quieras alcanzarlo ya no te entenderá. Es más —añadió con
entera indiferencia—, no creo que, aunque se lo impidas con tu propio cuerpo,
él se mantenga firme ni te entienda cuando le preguntes. Estas personas, cuando
caen, caen de verdad. Y en cuanto a que no bebía cuando tú estabas aquí, te
diré que te equivocas. No lo sabía nadie. Pero Tom, el tabernero, daba buena
cuenta de su estado. Y a la muerte de tu madre, cuando tú ya estabas a buen
recaudo en un colegio de Londres, la cosa se precipitó.
—¿Y
por qué empezó a beber mi padre —gritó despavorida— si jamás le vi una copa en
la mano ?
—Eso
no lo sé. O, si lo sé, no tengo deseo alguno de meterme en detalles. No suelo
perder el tiempo. De modo que solo te hago una advertencia. Tengo intención de
convertir esta casa en pabellones para los colonos que cuidan mis tierras, y
las obras empezarán pronto. Si deseas librarte de la vergüenza y librar a tu
padre de esa carga asquerosa, prepara tus cosas y cásate conmigo.
—¿Y
por qué tienes tú ese afán tan generoso de casarte si soy la hija de un
alcohólico y además das pruebas de no apreciar a mi padre?
—Yo
siempre voy al grano, a lo que me conviene. No era así antes, pero, a la sazón,
todo lo que no sea yo me importa un rábano. Te vi, me gustaste. Soy un granjero
ordinario, de acuerdo, y me falta un buen pulido. Casado contigo conseguiré
todo lo que necesito.
Se
alejaba hacia la puerta como si acabara de contar un cuento divertido.
Apuntó
hacia ella el dedo enhiesto:
—Piénsalo.
Un buen sanatorio de pago para tu padre, un nombre para tu vida, un bienestar y
un cobijo para tus criados… O la calle y un pequeño lote de ropa para poner
bajo la cabeza cuando te tires a dormir en los vallados con un padre borracho y
dos criados desamparados. Si eres mujer de recursos y de cerebro, entenderás
que te estoy proponiendo lo que te interesa.
—Jamás
te amaré.
—Bueno,
eso es cosa mía. Yo no creo que el amor sea necesario para que dos personas se
identifiquen físicamente. Eso es lo importante. Los sentimientos no conducen
más que a la cursilería y a la desgana. Ya lo sabes —asía el pomo de la
puerta—. Espero tu respuesta. De seguir así, tu padre se destruirá en menos de
un año e irá dejando por ahí tirado su antiguo señorío y toda su vergüenza. Un
hospital corriente no cura tales situaciones. O se paga mucho y fuerte o dile
adiós a una recuperación. Tienes bien donde elegir. Yo espero tu respuesta en
casa.
—¡No!
¡Ya la tienes ahora!
—No
grites tanto. Cuando uno siente lo que dice no le hace falta gritar.
Acto
seguido salió y cerró la puerta.
Peggy
no llamó a Ray y a Helen.
Lloraba.
Se
mordía los labios mirando con ojos desorbitados la figura de su padre
desmadejado, temblando y tapado con una manta.
Es
decir, que la borrachera no era casual, era continua.
Se
llevó las manos a las sienes. En unos segundos se hizo cargo de todo, aunque
quedaban lagunas en su cerebro que esperaba que un día se desvanecerían cuando
supiera todo lo que sin duda aún ignoraba.
Esperanzada,
se sentó tan cerca de su padre que le oía respirar.
No
le permitiría salir cuando despertara. Tendría que ser él quien se lo contara
todo y le explicara las razones por las cuales empezó a beber y se convirtió en
aquello. Una vez sobrio, se daría cuenta de que ella era su hija y de que no
pensaba marcharse sin él, y quizá le oyese para rehacer su vida lejos de toda
aquella miseria moral. No se movió del salón.
Ray
y su mujer se quedaron quietos en la cocina mirándose de hito en hito.
—No
le habló del pasado. Lo rozó apenas.
—Ya,
Ray.
—¿Se
lo decimos nosotros?
—¿Y
qué sabes tú, Ray? Cuando nos dimos cuenta, míster Hamilton ya estaba
enfrascado en la bebida, ya le dominaba. Y menos mal que la señora murió sin
enterarse.
—Fue
a raíz de todo aquello, Helen.
—¿Y
qué? Él no tuvo la culpa. Él dijo lo que oyó y vio. ¿No es eso?
—Pero
nadie esperaba el desenlace y, además, la madre de Greg demostró en su lecho de
muerte…
—No,
no. No demostró. Juró.
—Un
condenado a muerte no jura en vano cuando está muriendo en su lecho.
Volvieron
a quedarse mudos.
—No
nos acostaremos, Helen —dijo Ray al rato, sordamente—. Esperemos a que
despierte el señor. Estoy seguro de que, al ver a Peggy, no se querrá marchar,
y quizá tenga lucidez para responder a las preguntas que ella le hará.
—Ni
tú mismo te crees eso, Ray. Mil veces hemos intentado los dos retenerle, y nos
apartó de un manotazo. Cuando necesite alcohol, no querrá ver delante ni a la
hija, y la prueba la tienes en que hacía dos días que no aparecía.
—¿Y
por qué supones que fue Greg a buscarlo?
—Ya
lo has oído. Se quiere casar con ella.
—Y
se casará.
—Se
casará —repitieron los dos a la vez—. Se casará. Nunca, desde hace nueve años,
ha deseado algo que no consiguiera.
Ray
se pasó nerviosamente la mano por el pelo y la cara. En voz baja reflexionaba.
Helen le escuchaba en silencio.
—Le
recuerdo un crío, y después un adolescente. Era un buen chico. Un chico, diría,
excelente. Pasaba silbando en su bicicleta y ayudaba a su padre en las faenas.
Después, todo se convirtió en rabia, en furia, en corrosión. Yo pienso —añadió
más bajo, como si se diera una razón a sí mismo— que no abusó de nadie. En el
fondo lo entiendo así. Se cerró a trabajar y a rumiar su ira y su impotencia y
sudó sangre sembrando las pocas tierras que tenía. Poco a poco, y gracias a las
buenas cosechas, se fue haciendo con dinero y comprando terrenos. No robó a
nadie. Eso hay que decirlo bien alto. Lo compró en buena lid, y los granjeros
prefirieron el dinero y se fueron yendo. En años, nadie le veía y, según se
cuenta, durmió apenas para conseguir lo que decidió desde el momento que
ocurrió todo aquello. Y trabajó hasta arrancarse la piel. Además, sí tuviera
tanto odio al señor, dejaría que los bancos se apropiaran de todo esto y
dejaran al señor en la calle.
—No
lo hizo por hacer un bien, Ray. ¿Por qué no te lo metes en la cabeza? Lo hizo
para poseer todo el valle y le faltaba lo más importante. Esta hacienda. Ya lo
has oído. Piensa hacer de esta casa pabellones para los colonos. Todos los
peones que antes trabajaban aquí hoy están en la plantilla de sus empleados.
La
noche avanzaba.
Y
ellos se mantenían despiertos, sentados, pero con el oído atento al menor ruido
procedente del salón.
—¿Y
si Peggy se ha dormido molida por su gran cansancio?
—No.
Peggy tiene demasiado dentro de sí y sobre sí, y no se dormirá esta vez.
Esperará paciente a que su padre despierte.
—Si
Peggy se casa con Greg, y se casará, ¿qué haremos tú y yo, Ray? Hace años que
no cobramos el sueldo. No tenemos dinero, ni familiares. ¿A un asilo, Ray?
—Ya
se lo has oído a él. Ese cerdo tiene recursos para todo. Nos llevará a su casa
con Peggy.
—Y
tú supones que Peggy…
—¿Y
qué otro remedio le va a quedar?
Del
salón salía un resoplido. Ray señaló la ventana.
—Amanece,
Helen. El señor se está despabilando.
Se
oía también el ruido de pasos.
Y en
seguida la voz de Peggy diciendo:
—Papá,
¿adonde vas?
—Ah,
estás ahí.
—Papá…
—Volveré
en seguida.
—¡Papá!
—No
seas pesada, Peggy. Yo tengo mis cosas y debo irme. Volveré pronto.
—Papá,
te ruego que te quedes y hablemos.
Se
oían pasos.
Los
de míster Hamilton caminando.
Y
los de Peggy detrás, y su voz angustiosa:
—Papá,
papá, que soy Peggy, tu hija.
—¿Y
piensas que no lo sé?
—Te
trajo Greg Walker anoche, papá. Venías en un estado lamentable.
Ray
y Helen ya estaban en el vestíbulo dispuestos a ayudar a Peggy si ella lo
pedía.
Pero
Peggy solo sabía decir angustiada y a gritos:
—Te
ruego que no salgas, papá. Tenemos que hablar.
—Oh,
sí, después. Vendré a almorzar.
—¡¡Papá!!
Nada.
La
puerta se abrió y Max Hamilton se topó con los dos criados que le impedían el
paso.
Los
miró con los ojos inyectados en sangre y alzó un brazo.
Los
separó, uno a cada lado, con un enérgico movimiento.
Detrás
de él Peggy gritaba:
—Papá,
no te marches. Papá, por favor…
Max
Hamilton se puso una zamarra que colgaba del perchero y calándose la visera se
marchó hacia las caballerizas.
Peggy,
Ray y Helen corrieron tras él, pero cuando llegaban ya salía el potro de Max
Hamilton a toda prisa llevando al alcohólico a su grupa.
Peggy
se sentó en un escalón y ocultó la cara entre las manos.
Capítulo
8
No
se atrevían a tocarla ni a decirle nada. Peggy, con la cara entre las manos,
aún vestida con traje de montar, como el día anterior, permanecía muda,
estática; su cara quedaba oculta entre sus dos manos abiertas.
Y
fue cuando apareció el descapotable deportivo color rojo. Y, al volante, Greg.
Ray
y Helen se escurrieron hacia el interior.
Greg
Walker descendió. Vestía, como casi siempre, y eso que hacía frío, pantalón de
montar, altas polainas y una camisa a cuadros despechugada, pero sobre ella llevaba
una pelliza desabrochada.
—Dije
que no volvería —murmuró con voz ronca y tan suya, despótica y fría—. Pero aquí
estoy. Me imaginaba que Max se iría en cuanto se despabilara.
Asió
a Peggy por un codo y la levantó.
—Vamos
dentro.
Y la
empujó sin demasiados miramientos.
Peggy
se revolvió furiosa. Iba a bofetearlo otra vez, pero se encontraba impotente.
¿No
podía darle una lección a aquel grosero entrometido y aprovechado? Podía. No
sabía aún cómo, pero seguramente que podía.
Además
era orgullosa. Tanto o más que Greg.
De
altivez a altivez, de carácter a carácter, quizá pudiera hundirlo y, sobre
todo, humillarlo.
Así
que se desprendió de su mano ruda, entró en la casa y no se detuvo hasta llegar
al salón. Greg la siguió.
Paso
a paso. Pisando con firmeza.
Cerró
la puerta casi en las mismas narices de Ray y Helen y se quedó pegado a ella
mirando a Peggy, que le esperaba erguida, con esa mirada anodina que, con decir
a veces mucho, casi nunca dice nada.
—Había
prometido no volver, pero tu negativa es un acicate. Vengo a decirte que lo
tengo todo dispuesto. Nos casaremos la semana próxima, a cambio de que yo
cargue con tu padre en el momento más oportuno y me lo lleve a un sanatorio del
centro. Lo tengo todo dispuesto. No le será fácil salir, y con un buen
tratamiento y toda la atención del mundo, llegará a comprender que la bebida no
le trae más que contratiempos y humillaciones. Él, todo un gran señor antaño,
convertido en un pelele.
Peggy
se había serenado.
O
eso parecía.
—Si
te has enamorado de mí… —empezó a decir.
Pero
Greg alzó una mano.
—Pienso
que una cosa es el amor y otra el gusto de tener una mujer como tú. Me gustas,
y me gustas tanto que te tomaría como fuera y por eso te estoy instando a que
aceptes la situación. No es fácil llegar a parte alguna sin dinero. Yo antes
pensaba que sí. Pero desde hace nueve años estoy convencido de que el dinero es
la parte más esencial de la vida, y con él todas las puertas se abren a tu
paso. Es igual que seas un granjero sin cultura. Un tipo despótico. Un
cascarrabias. El dinero todo lo disculpa y lo perdona. Tienes dos opciones. O
ir a buscar a tu padre a la taberna de Tom y hacer el ridículo, porque él no te
seguirá, o aceptar ser mi mujer.
Peggy
se daba cuenta de que él tenía razón.
Y
ella no estaba preparada para tales eventualidades con referencia a su padre.
Si no había podido retenerlo sobrio, ¿qué podría ocurrir estando ya borracho?
Por
otra parte, necesitaba propinar una dura lección a la soberbia de Greg.
Era
un tipo atractivo, pero, dados sus antecedentes, estaba segura de que para ella
el atractivo masculino no sería marca alguna ni la ficharía para el futuro.
Y en
cambio para Greg sería, tenerla a ella, una humillación. ¿Por qué no, después
de todo?
¿Qué
perdía?
Nada,
lo tenía todo perdido.
¿Qué
ganaba?
Lo
que él decía. Poderío, dinero y una revancha.
—¿En
qué condiciones, Greg Walker?
—Sin
condiciones.
Su
voz era calante y cortante a la vez.
No
admitía réplica. Era duro, o lo habían hecho duro, y ella no sabía aún qué cosa
ocurrió en su vida para convertirlo en un ente aprovechado.
—Es
decir, un matrimonio efectivo.
—No
entiendo de comedias. O todo o nada.
—Y
supones que un matrimonio en tales condiciones, sabiendo que te odio, será
duradero.
—Tenlo
por seguro —dijo tajante.
—Es
decir, que tú supones que me apasionarás y enamorarás.
—No
aspiro a tanto. Me basta la tolerancia. No soy un sentimental ni romántico y,
en cambio, soy práctico y realista.
—¿Piensas…
tener familia?
La
miraba sin parpadear.
Peggy
pensaba que cómo podía un hombre como él, duro y árido, tener sensibilidad para
decorar su casa con exquisitez.
¿O
tenía sensibilidad y la ocultaba bajo su capa de adustez? ¿O sería Marcel
Miller el auténtico decorador?
Quiso
saberlo y, para asombro de Greg, le oyó preguntar:
—¿Quién
dirigió la decoración de tu casa?
Greg
elevó una ceja.
No
entendía la pregunta ni sabía qué relación podía tener con la petición que
estaba haciendo sobre el matrimonio.
Pero
respondió:
—Yo.
—¿Solo?
—Por
supuesto.
—Ah.
—No
me has mandado sentarme, pero yo lo voy a hacer. A fin de cuentas no me
considero un educado caballero, sino un tipo cómodo, y de pie me siento
incómodo.
Despojándose
de la pelliza y colgándola en el respaldo de una butaca, se dejó caer
cómodamente en un sillón.
Peggy,
mordiéndose la rabia, también se sentó, no lejos de él.
—Veamos
—decía Peggy con frío mesuramiento—, tú deseas una compañera y, por lo visto,
me has elegido a mí.
—Sin
duda. He correteado de adolescente por estos riscos y valles. No he vivido
demasiado de nueve años a esta parte. Pero tengo un sentido realista de la
vida. Si he conseguido tanto y, en cierto modo y pese a todo, le tengo cierto
afecto a tu padre, prefiero que todo quede en casa, y como tus tierras me
interesan y son mías, te ofrezco generosamente una vida estable a mi lado.
—Con
todas las consecuencias.
—No
sé a qué te refieres.
—Que
no te amo y me tomas por mujer.
Greg
hizo un gesto agrio y despectivo.
—Ya
me conoces bastante. Sabes de lo que soy capaz. Me he arrancado la piel a tiras
para conseguir lo que pretendía. Se lo prometí a mi madre en su lecho de muerte
—su voz se hacía casi hueca, como si no le perteneciera, o saliera de las
mismas entrañas resentidas de su ser—. Se lo dije apenas cinco minutos antes de
que cerrara los ojos: «Seré millonario a costa de cuanto sea y como sea. Desde
la tumba mira mi prosperidad. No voy a tener piedad de nada ni la quiero
tener». Y, por supuesto, no la tengo. De modo que, si he conseguido lo que
prometí, ahora solo me falta una mujer que dé cierto brillo a mi enorme
fortuna. Y date por satisfecha si, de súbito, pienso que mi mujer eres tú.
—Muy
agradecida.
—Sin
reticencias.
Y
levantándose introdujo la mano en el bolsillo interior de su pantalón de montar
y extrajo una cajita de terciopelo.
—No
soy detallista, pero estimo que, dada tu calidad de señorita bien y además
excelentemente educada, necesitas un detalle. Aquí tienes. Es una sortija. La
puedes poner en el dedo en señal de mujer comprometida.
Era
así.
Cambiarlo
no sería fácil.
—Pero…
—Dame
tu mano.
—¿Y
si me negara?
—Saldrías
de mis tierras en veinticuatro horas, y tu padre continuaría tirado por los
bancos de la taberna de Tom.
—Lo
cual indica que me compras.
—Llámalo
como gustes. Me interesas. Eso es todo. Las concesiones huelgan. No seremos un
matrimonio de pacotilla. ¿Que no me amas? Eso es cosa tuya, pero funcionarás
como si me amases.
—¿Y
si jamás olvido las pésimas condiciones en que me compras?
—Tampoco
entro en esos entresijos femeninos. Nos casamos y funcionaremos como matrimonio
auténtico. Todo lo demás me tiene sin cuidado. Es más, supongo que los
granjeros que vendieron sus posesiones y se fueron del estado lo habrán hecho a
regañadientes, pero han vendido. No hipotequé nada. Les hablé con razonamiento
y realismo. Vendieron; pues allá ellos. Yo compré. Lo de tu padre fue diferente
y, para ser más claro —hablaba con una sinceridad aplastante y humillante—,
debí aplastarlo como una rata, pero mi madre me pidió que no lo hiciera. Si
compré sus hipotecas al banco, ten por seguro que le ayudé. A estas horas, de
no haber actuado a tiempo estaríais los dos, y con vuestros fieles sirvientes,
en la calle, en una cuneta o en los vallados. No intento cobrarme favores. No
los merezco. Lo hice así por bien propio y en provecho mío. Como ves, no oculto
nada.
—Ocultas
un pasado del cual nace tu resentimiento. Es lo que ignoro.
—¿Ignorar
qué?
—Lo
ocurrido para que mi padre, de un auténtico señor, se haya convertido en un
payaso.
—Eso
fue cosa suya. Se equivocó. Lo siento.
—Y
te cobras la equivocación tomándome a mí.
—Es
un favor que os hago a todos —y sin transición, seco y helado como siempre,
añadió—: Puedes ponerte la sortija. Es un buen brillante.
—¿Y
si no quisiera ponérmela?
—Pues
te la guardas, y ya te la pondrás cuando te convenzas de que yo soy honesto
contigo.
—Tan
honesto que me adquieres como si fuera una res.
—Si
te empeñas en pensarlo así, es cosa tuya. Yo te tomó como mujer.
—Sea
—decidió ella con una extraña suavidad—. Si deseas tomarme así, me doy. Pero no
me reproches después las condiciones en las cuales me obligas.
—Nos
casamos el lunes en mi mansión. Tengo una capilla apropiada. Tu padre no podrá
estar presente. Entre Marcel, un médico y yo lo pillaremos en plena vehemencia
etílica y le llevaremos a un centro privado que ya tengo dispuesto.
—Es
decir, que tú no olvidas nada.
Greg
lanzó sobre ella una mirada analítica, desnudante.
—Eres
preciosa. Ah, puedes llevar a tus sirvientes. Al día siguiente de la boda
empezarán las obras en este recinto ruinoso.
—¿Y
todo eso lo haces por mí?
—Porque
quiero casarme. Tengo veintiséis años y ganas de detenerme. Me has cautivado, y
tu carácter irascible me agrada. Todo marchará entre marejadas, pero las cosas
fáciles nunca me interesaron. Ponte la sortija o no te la pongas. Eso es asunto
tuyo. No volveré por aquí. El día de la boda, que será el lunes próximo, vendrá
a buscarte Marcel. Te enviaré un traje de novia precioso, pero, si prefieres
casarte de calle, también puedes hacerlo.
Sin
más palabras se acercó a ella.
Peggy
no dio un paso atrás.
¿Lo
quería así?
Pues
así lo tendría.
Greg,
indiferente ante su actitud, le asió la cara entre las dos manos y le buscó la
boca. Se la besó hasta abrirla, pero no sirvió de nada. Peggy no besaba. O no
sabía, o no quería. Greg consideró que, saciada su apetencia, le importaba un
rábano su rechazo.
—El
lunes nos veremos ante un juez y un pastor. Buenos días.
Y se
fue tan tranquilo.
Peggy
dio una patada en el suelo.
Ray
y Helen la sintieron resonar, a la vez que el motor del descapotable rojo al
alejarse.
No
salió a contarles a Ray y a Helen lo ocurrido.
Su
suerte estaba echada.
Sabía
ya que, si no era así, vería a su padre caer día a día, peldaño a peldaño.
Valía
la pena sacrificar su vida por el autor de sus días.
Y
también por Ray y Helen, que, de no casarse con Greg Walker, se verían viejos y
en plena calle sin un centavo.
Miraba
la sortija.
Una
piedra límpida, brillante, auténtica. Quizás un brillante de los más puros,
montado al aire.
Cerró
la caja con fiereza y la ocultó en el fondo del bolsillo del calzón de montar.
Necesitaba
una ducha. Despejarse.
Y,
más que nada, saber a su padre a buen recaudo y en una clínica privada, donde
le curaran su excitación e intoxicación etílica.
¿Valía
la pena sacrificar tanto?
Lo
valía. Después de todo, quizá fuera Greg Walker el que llevara la peor parte.
De
carácter a carácter, veríamos quién podía, ganaba o perdía más.
Pero
eso lo ignoraba Greg, habituado a ganar siempre. Del salón subió a su alcoba y
se metió desnuda en el baño.
El
día avanzaba.
Ya
no esperaba por su padre. Sabía a qué atenerse sobre el particular.
Sólo
el alcohol le libraba de remordimientos, de autenticidades.
De
saber eso desde el principio, hubiera regresado mucho antes y quizá se hubiera
podido poner coto a la situación.
Pero
ya era demasiado tarde.
Una
vez duchada y fresca, con la mente lúcida, no pensó dar un solo paso atrás.
Unos, pensaba, vivían para recrearse; otros, para sacrificarse, y los más, para
vengarse. No tenía opción. Lo suyo estaba decidido ya. Lo había decidido Greg
Walker por su parte de una manera, pero ella lo había aceptado por la suya.
Veríamos quién podía más de los dos.
Al
descender, enfundada en un traje de fina lana color canela y zapatos de medio
tacón, recién duchada y perfumada, tranquila en apariencia, aunque un volcán
bullía en su mente y en sus entrañas, Ray y Helen, que seguramente lo habían
oído todo, como siempre, la esperaban en el vestíbulo.
No
pensaba comentar el asunto.
Les
daría órdenes concretas.
Y
que ellos pensaran lo que quisieran. Los quería, y mucho, pero sabía que, si
comentaba con ellos lo sucedido y las consecuencias que traería, todo podía venirse
abajo.
Y no
quería.
Había
decidido, y decidido estaba.
—Me
caso el lunes con Greg Walker —les dijo únicamente—. Tengo apetito —añadió,
antes de que ellos pusieran objeción alguna—. Voy a almorzar.
—Peggy.
—Nada,
Helen. Os iréis conmigo. Disponed vuestras cosas. El lunes me caso y os
instalaréis en la mansión de los Walker a mi entera disposición.
—¿Y
el señor?
Eso
dolía.
Pero
no había más remedio.
Si
sacrificaba su vida y sus sentimientos, era solo por su padre. La humillación
le importaba un rábano.
Lo
esencial era sacar a su padre de la terrible intoxicación etílica que sufría.
—Lo
internarán en una clínica privada.
—Oh.
—Ah.
—Mejor
será eso que verle tirado por los bancos de las tabernas.
Los
sirvientes se miraron.
—Sí,
es mejor así —dijo Ray.
—Es
mejor, por supuesto —aceptó Helen.
Y
después, caminando tras ella hacia el comedor, Helen añadió a media voz:
—Pero,
tú…
—Olvídate
de eso, Helen.
—¿Te
casas conforme?
¿Por
qué se lo preguntaban si sabían…?
Pero
en alta voz dijo rotunda:
—Sí.
Y no
permitió que le hablaran más de aquel asunto.
Fueron
días penosos. Esperando siempre ver regresar a su padre, aunque fuese borracho.
Pero
el padre no volvía.
Un
día, el domingo precisamente, Marcel la llamó por teléfono.
Se
puso de mala gana.
—Dígame.
—Su
padre ya está internado.
—Ah.
—Y
bien. En una clínica privada y cerrado a cal y canto. No le harán sufrir.
Cuesta una fortuna, pero dentro de dos meses o más, quizás seis, le verá
aparecer convertido en el señor que siempre fue.
—Gracias.
Un
silencio.
Después…
—Iré
a buscarla el lunes, o sea, mañana a las seis de la tarde. Supongo que habrá
recibido el traje de novia.
Lo
tenía allí.
Veía
la caja, pero no la había abierto ni la abriría.
—Me
caso de calle —le cortó.
—Oh.
—Dígale
a su jefe que puede presentarse en el altar con sus ropas de montar. Yo lo haré
así. Por lo tanto, si piensa tener muchos invitados, mejor que suspenda una
ceremonia multitudinaria.
—No
habrá multitudes. Pasaré a recogerla a usted y a sus criados a las cinco y
media.
—De
acuerdo.
—Lo
siento, señorita Hamilton.
Ni
siquiera se molestó en responderle.
Colgó
sin decir adiós.
Fue
una noche interminable.
Sabía
cuánto le esperaba al día siguiente y sabía, así mismo, que lo soportaría todo estoicamente.
Sin
una sola frase por parte de Ray y de Helen, que la miraban, les ayudó a hacer
sus maletas. También dispuso la de su padre. Al anochecer del domingo, un
sirviente de la mansión de los Walker fue a buscarla. No hubo frases.
Ray,
por orden de Peggy, le entregó la maleta y no comentó absolutamente nada.
Todos
parecían silenciosos. Se diría que, de tanto que tenían que decirse, preferían
no decir nada.
La
noche, para Peggy, y no digamos para Ray y Helen, resultó en vilo, interminable
y dentro de un insomnio insoportable. Amaneció un día frío.
Helen,
cuando servía el desayuno, le dijo a Peggy:
—No
has abierto la caja.
—No
pienso hacerlo.
—Viene
de una modista importante.
—Aun
así.
—¿Cómo
te casarás, Peggy?
Se
miraba.
Vestía
traje de montar, leguis, blusa de colores, casaca haciendo juego con el
pantalón…
—Así.
—¿Así?
—Sí,
Helen. Y, por favor, dispón tus cosas y las de tu marido. Dentro de unos días,
todo este recuerdo del caserón de los Hamilton será demolido.
—Peggy…
—No,
Ray. Ya te estoy viendo detrás de mí. No digas nada.
Y no
lo dijo.
A
las cinco de la tarde, un Mercedes blanco pasó a recogerlos.
Ray
estaba dispuesto, al igual que su esposa. En cambio, Peggy aún permanecía en su
habitación.
Ray
fue el encargado de ir a llamarla.
—Peggy,
está aquí míster Miller al volante del Mercedes de Greg.
—¿También
tiene un Mercedes? —preguntó Peggy levantándose del borde de la cama donde se
hallaba sentada.
—Pues,
sí.
—Bueno,
vamos.
—¿No
te pones el traje de novia?
—No.
Ya os lo he dicho. Me caso vestida así…
—¡Peggy!
—No
me digas nada, Ray. Me obligan a casarme, ¿no es cierto? Pues me caso. Creo que
la tranquilidad y la desintoxicación de papá bien merecen ese sacrificio. Lo
que ocurra después, se verá.
—Vamos,
Peggy, vamos. Nosotros iremos contigo porque no te abandonaremos jamás. Aunque
nos cueste un triunfo y un enorme sacrificio dejar la casa donde hemos sido
felices. Donde hemos sufrido ciertas situaciones. Donde te hemos visto crecer a
ti y morir a tu madre, pero…
—Ray
—dijo Peggy con extraño acento al descender—, un día tendrás que contarme qué
sucedió hace nueve años para que Greg Walker, de una persona, se haya
convertido en una bestia…
Ray
bajó la cabeza.
Abajo
esperaban una Helen nerviosa y un Marcel firme, elegante y tenso.
Peggy
subió al Mercedes sin rechistar.
Marcel,
en silencio, se sentó al volante, una vez todos acomodados y con sus equipajes
en el vehículo.
La
boda tendría lugar veinte minutos después en la capilla ubicada a pocos metros
de la mansión de Greg Walker…
Capítulo
9
El
juez y el pastor se miraron entre sí, pero como eran de la comarca y conocían
muy bien a Greg Walker no les extrañó demasiado que consintiera una ceremonia
en la cual él vestía de calle y ella traje de montar y, además, mantenía firme
en una mano enguantada la fusta.
Greg,
al verla descender, soltó una escandalosa carcajada.
Y
con su vozarrón imponente, exclamó:
—Personal
hasta la tumba. Pues, no está mal. ¿Que te quieres casar vestida así? Pues nos
casamos.
Eso
sí, apreciaba que Greg, vestido de calle, con un traje de tela azul marino,
camisa blanca y corbata, parecía otro.
Mejor
o peor no sabía. Ni tenía intención alguna de preguntárselo.
Dado
lo avanzado del invierno, era ya noche cerrada, y la capilla iluminada formaba,
con las flores, el encendido del patio y los jardines, un contraste bellísimo,
pero eso solo lo pensó por el aire, más bien en su subconsciente.
—Pueden
casarnos ya —dijo Greg empujándola hacia la capilla—. Helen, si quieres ser la
madrina, adelante, y tú Ray, puedes ser el padrino. Tengo cuatro testigos; todo
lo demás sobra.
—Es
que no estamos vestidos para… —se excusaba Helen.
Pero
Greg le atajó.
—Aquí
cada cual va como guste y prefiera. Estás muy bien, Helen. Adelante.
Ni
siquiera había criados por el entorno, aunque Ray y Helen suponían que estarían
atisbando por las esquinas en las ventanas. Para nadie era un secreto que la
señorita Hamilton se casaba obligada y que Greg Walker la compraba, como compró
antes las parcelas de sus vecinos.
La
ceremonia se llevó a cabo en el mayor silencio, y Greg respondió que sí quería
con voz potente. Peggy lo hizo tras una vacilación y con voz ronca y helada.
Cuando
firmaron los testigos, que eran cuatro, tres criados y Marcel, el pastor se
despidió junto con el juez.
Les
entregaron el libro de familia, y Greg, que lo recogió, se lo alargó a Marcel.
—Guárdalo
—le dijo.
Después
salió, asiendo el brazo de la que ya era su esposa.
—Que
os divirtáis —les dijo a Marcel y a los demás—. Ordena una buena comida, Helen.
Y podéis invitar a todos los criados. Yo me voy con Peggy en el Mercedes.
Volveremos dentro de una semana. No más, porque hay mucho que hacer y los
viajes se dejan para más tarde. Tiempo habrá.
Y
como nadie le respondía, ni Peggy abría los labios y continuaba erguida
esperándole, Greg añadió:
—Mi
maleta ya está en el coche y supongo que tendrás la tuya —miraba a Peggy que
desviaba sus ojos— también en el auto. Así que hasta la vista.
Y
asiendo a Peggy por un codo la condujo hasta el Mercedes reluciente que parecía
esperar interrogante.
Todo
quedaba atrás. La noche había cerrado por completo, y allá lejos Greg, que
conducía, veía el automóvil del juez que llevaba al pastor a su parroquia.
—Ya
he visto que no llevas el brillante. Pero no me importa. El día que te lo
pongas pensaré que al fin te he convencido de que lo mejor para ti es lo que
acabas de hacer.
Silencio.
Peggy
iba sentada a su lado y miraba en torno con expresión desvaída.
—Pero
llevas la alianza. Supongo que ésa no te la quitarás.
—Cuando
me estorbe, sí.
—Ya.
Pues procura que no te estorbe.
Conducía
canturreando, como si todo lo que viniera después lo tuviera muy previsto.
Y
vino, claro. En un motel. En la misma autopista había un grupo de moteles
preciosos, alineados, con luces de colores y un conserje en cada pabellón.
Greg
frenó el auto sin preguntarle, pero sí dijo:
—Lo
reservé hace días. Baja.
El
conserje acudió presto y preguntó el nombre. Cuando Greg lo dio, se apresuró a
darle unas llaves.
—Es
el pabellón diez.
—Gracias.
—¿Meto
las maletas?
—Claro.
Y
llevando del brazo, asida por el codo, a Peggy, que parecía una estatua, se
dirigió al pabellón mencionado.
—Déjelo
todo ahí. Gracias.
Y
cerró el pabellón con firmeza.
Era
una suite de lujo, salita, baño y alcoba. El servicio de comedores se hacía
individual y partía de un gran hotel que había al fondo de aquella explanada.
—Bueno
—dijo Greg tranquilo y riendo de una forma que parecía algo forzada—, ya
estamos aquí. Solos y casados. Todo ha sido fácil y, como ves, no te he comido
a bocados.
Pero
se acercaba.
Peggy
pensó que el momento había llegado. No pensaba rebelarse. Su acoplamiento
indiferente y frío quizás exasperara a Greg, tan dueño de sí y tan habituado a
ganar siempre. Pero eso era precisamente lo que ella tenía previsto.
No
sabía mucho de la vida, y menos aún de los hombres. Su padre no le dio opción a
conocerlos por haberla tenido en un colegio rígido y siempre con vigilantes.
Pero eso era lo de menos. Sabía lo suficiente por sus estudios y por sus
extensos conocimientos y también sabía que lo que más podía humillar a un
hombre era la falta de colaboración de la mujer.
Esa
era su revancha.
El
odio era mortal, pero no dejaba, a fin de cuentas, de ser un sentimiento muy
fuerte que a veces hasta se confunde con la pasión amorosa.
Pues
tampoco manifestaría su odio. No le daría a Greg esa satisfacción. ¿Quería
tomarla? Allí estaba.
Pero
Greg, tras asirla por los hombros, la miró fijamente.
—Bueno
—decía—, iremos primero a comer. Lo celebraremos con champán. Si te apetece ir
a comer vestida así, por mí no hay inconveniente. Si te quieres cambiar,
espero.
—No
iré.
—¿No?
¿No tienes apetito?
—Ninguno.
—De
acuerdo. Yo, sí iré. Y, entretanto, si te parece, te acuestas. Yo no tardaré en
volver.
La
besó en la boca con firmeza y ansiedad; después la soltó.
—Sigues
sin desear entrar en el juego. Eso es cosa tuya —la soltó—. Vendré en seguida.
Y se
fue tan pimpante, como si la indiferencia de ella le importara un rábano.
Había
conseguido una vez más lo que deseaba; por tanto, todo lo que viniera detrás
era consecuencia de lo mismo.
Claro
que se acostó.
Ni
siquiera deshizo la maleta. En la bolsa de viaje llevaba todo lo necesario. Así
que, una vez duchada y en camisón, se acostó aparentemente tranquila. No lo
estaba. Sabía que la personalidad de Greg era muy fuerte y que ella desconocía
a los hombres y que su primera experiencia podía marcarla…
Pero
se aguantaría.
Cuando
entró Greg, una hora escasa después, se hizo la dormida.
Pero
no sirvió de nada. Greg se fue hacia el baño tras lanzar sobre ella una mirada
analítica que ni siquiera era pasional. Curiosa únicamente.
Al rato,
por las rendijas de sus ojos, le vio aparecer con pantalón de pijama y el tórax
desnudo.
«Ha
llegado el momento —pensó desalentada—. No me negaré a nada, pero seré lo más
pasivo del mundo.»
Greg
se tendió junto a ella y le pasó los dedos por el pelo con mucho cuidado.
Por
lo visto el león no era tan fiero como parecía; no obstante, Peggy no quiso que
aquel ademán protector la ablandara o la sensibilizara. Se mantuvo rígida.
Fue
un momento terrible. Greg la estaba tomando en brazos y la besaba en el cuello,
en la boca, en los ojos.
Y de
repente despertó en él el tipo apasionado e inescrupuloso. Parecía haber
perdido el sentido, la razón y la palabra.
Todo
en silencio.
Peggy
se vio como si volara, como si la maltrataran impudorosamente. Como si la
posesión fuera bestial.
Pero
no la dañó en nada.
Pasaba
del mayor arrebato a la delicadeza más extraña.
No
fue una hora, ni dos, ni tres, fueron algunas más.
Ya
amanecía cuando Greg la soltó rezongando:
—Pareces
una muñeca de goma. Peor para ti.
Y se
durmió tranquilamente.
Peggy
se mordía los labios besados hasta la saciedad. Una tremenda humillación la
embargaba, pero, evidentemente, era la mujer, no ya solo la esposa de Greg
Walker. El matrimonio se había consumado plenamente.
Hubiera
llorado, pero quemaba sus lágrimas bajo sus pestañas. Jamás había sufrido mayor
humillación.
Greg
la tomaba como si fuera una res. Era suya, y así lo hacía. Importándole un
rábano que ella colaborara o no. Había hecho cuanto había querido y, una vez
saciada su apetencia, se dormía como si aquello le ocurriera a ella cada día o
cada noche. No durmió nada. Le sentía respirar a él acompasadamente; a través
de la lucecita roja que había encendido en una esquina, lo veía como entre
nubes. Firme, fuerte, poderoso y turbador.
Turbador,
sí.
Había
sido todo de lo más sorprendente. Ella nunca pensó… ¡Nunca!, que la relación de
una pareja fuera así. La había sentido en su potencial más absoluto, aunque
soportó estoicamente la situación, por lo cual él dijo aquello de «pareces una
muñeca de goma. Peor para ti».
Fueron
siete días casi todos iguales, pero diferentes entre sí, aunque no lo
pareciera.
Greg
era un tipo poderoso, indiferente a veces, apasionado y acaparador otras, y
maldito lo que parecía importarle que ella se convirtiera en un mueble
inamovible.
En
aquellos siete días lo conoció muy bien. Tenía rayos de flexibilidad y hablaba
del pasado entre brumas, y otras apasionado hasta demoler.
No
pasaron de Tulsa. De aquellos moteles, donde estuvieron dos días, pasaron a
Tulsa y se quedaron en un hotel. A veces Greg se iba y no regresaba en todo el
día, pero a la noche siempre estaba a su lado. La víspera del regreso, Greg se
plantó ante ella y le dijo:
—Mira,
si te casaste para tomar y no dar nada, ya te cansarás. No es bueno ser como
eres tú. Yo digo, si el ser señorita implica esa indiferencia hacia el sexo, es
cosa tuya. Pero ten cuidado que yo no me canse. De momento, el tomarte es
suficiente. Pero si un día necesito tu colaboración, lo vamos a pasar mal los
dos si no colaboras.
Y
reía. Aquella risa suya desgarrada, fría, casi amenazante.
—Te
lo advertí.
—¿Que
no me amabas ni me amarías? Lo sé. Por eso te tolero así, pero todo es cuestión
de que yo te desee diferente.
—Es
que tus deseos nunca podrán coincidir con los míos.
—Mira,
cuando termine de hacer mi maleta espero que tú tengas dispuesta la tuya. Nos
volvemos a casa. Tengo mucho que hacer y ya he conseguido lo que me proponía.
Pero, como hombre que soy, te diré algo que te va a sorprender. Yo conozco más
a las mujeres que tú a los hombres. ¿Sabes lo que eso significa?
—Lo
que has dicho.
—No
sales de tu caparazón ni aunque te pinchen.
—No
siento nada.
—Eso
se lo cuentas a esos hombres que no conocen a las mujeres. ¡Vaya sí sientes! Lo
que pasa es que pretendes castigarme. De momento no lo consigues. ¿No quieres
dar tu brazo a torcer? Eso es cosa tuya. Yo disfruto una barbaridad.
Y
cerró la maleta de un golpe seco.
Sin
duda estaba irritado, y la indiferencia femenina no caía en saco roto. Un
hombre puede tolerar eso un tiempo, pero no toda la vida, ni siquiera meses.
Cuando se sacia la pasión y el deseo, se desea mucho más. Él no lo tenía.
Y
sabía perfectamente que el castigo de Peggy se cifraba en eso.
—Quiero
estar en Oklahoma a la tarde. De modo que cierra tu maleta.
Peggy
lo hizo automáticamente y Greg pulsó un timbre. En seguida apareció el camarero
del piso.
—Llévense
el equipaje a mi coche.
Dicho
lo cual, asió a Peggy por un brazo y salió con ella antes de que lo hiciera el
camarero. Iban solos en el ascensor. Ella vestía un traje pantalón azul oscuro
y camisa roja. Él un traje de fina pana canela.
—Mira
—le dijo, con acento sibilante—, si no me hubiese casado contigo, ahora
andarías por cualquier fonda del estado con un padre alcohólico y dos criados
desamparados a los cuales en cierto modo estás obligada. Yo pienso que te hice
un favor. Pero si tú sigues en ese plan, yo terminaré dejándote por imposible.
Un hombre —añadió más bajo aún, pero contundente— tiene paciencia, y mucha,
cuando algo le interesa, pero llega un momento en que se cansa. Ten cuidado.
Greg
pagó en recepción y, sin soltar el brazo de Peggy, salió con ella y subió al
auto.
Ya
ante el volante, añadió:
—Te
estás jugando la felicidad futura. Yo no soy piadoso ni considerado. Me gustas
mucho, pero así, tal cual eres, llegas a cansar. Yo, en tu lugar, tendría más
cuidado.
—Yo
soy así.
—Y
no puedes cambiar, quieres decirme…
—No
pienso hacerlo.
—Tú
no eres como aparentas —decía él fría y secamente—. Ni mucho menos. Te muerdes,
te cierras en tu caparazón, pero si yo te falto ahora… me pregunto si no me
echarás de menos.
Ya
te he dicho que soy hombre conocedor de la mujer y tú te encierras en ti misma,
doblegas las ansiedades, pero yo te digo, y ten esto muy presente, que eres
mujer de hombre, te gusta la compañía y te gusta el amor. Eres sensible cuando
te das cuenta. Eres vehemente y te niegas a admitirlo…
En
vez de responderle, ella preguntó inesperadamente:
—¿Siempre
fuiste tan posesivo? ¿Tan inescrupuloso? ¿Tan despiadado?
La
miró de refilón.
—Yo
no tengo la culpa de ser así, me hicieron así.
—Pero…
¿quién?
—Entre
todos.
Y
apretaba las mandíbulas.
Peggy
se daba cuenta de que el pasado y las connotaciones de éste se marcaban en la
vida de Greg. ¿Por qué? ¿Y cuándo empezó a odiar a todo el género humano?
—Hay
una laguna en todo esto —dijo con hueco acento—. Me gustaría conocer el fondo
de ese pasado que te ha corrompido.
Greg
se cerró en un mutismo total y, si bien hicieron algunas paradas, él no volvió
a tocar el tema, ni el suyo con ella ni el pasado al cual se refería Peggy.
Capítulo
10
Helen
se hallaba en la alcoba cuando ella llegó.
Se
abrazó a ella. La besó repetidas veces. Lloraba. No podía remediarlo. Había en
su ser un desconcierto indescriptible y, a la vez, un enervamiento raro.
Helen
le acariciaba el pelo, mientras Peggy reclinaba la cabeza en su hombro
sollozando sin poderlo remediar. En la alcoba veía una sola cama y no demasiado
ancha, pero también había una puerta al fondo.
—Helen…
¿es éste mi cuarto?
—Deja
de llorar, Peggy. Por favor. Estás muy dolida, ¿verdad?
—No
sé qué me sucede. Pero tengo ganas de dar gritos.
—No
los des —le pedía Helen en voz baja—. La alcoba de Greg está al lado. Ahí, tras
esa puerta…
—Oh.
—Mira
qué habitación más bonita, Peggy. Tendrás que adaptarte a la nueva vida. Yo me
imagino…
Se
callaba. Mejor. Peggy pensaba, y con toda la razón del mundo, que Helen nunca
podría imaginar la realidad de siete días con Greg.
¡Nunca
nadie podría imaginarlo!
Sentía
en su pecho una súbita agitación domeñada hasta entonces. Greg, con su potencia
masculina, Greg cariñoso, Greg agresivo, Greg despiadado. Greg inescrupuloso e
impudoroso. ¿Qué sabía ella de los hombres y de sus reacciones? Nada. Hasta
conocer a Greg en la intimidad. Y ello suponía una eterna y oculta turbación.
Helen
la soltó y se puso a deshacer las maletas.
—Peggy,
Ray y yo estamos a tu exclusivo servicio. Míster Miller así lo ordenó. Yo soy
tu doncella, y Ray, el mayordomo, juntamente conmigo. Eso quiere decir que el
resto del servicio de Greg no interferirá para nada en esta planta.
—Y
él…
—Estará
ahí —Helen hablaba en voz baja, y con un dedo mostraba la puerta de
comunicación—. Pero yo te aconsejo que no cierres jamás la puerta por dentro.
No
pensaba hacerlo. No era ésa su íntima venganza. Todo lo contrario. Empezaba a
costar.
La
presencia de Greg en su vida, pesaba, turbaba, marcaba…
Se
dejó caer en el borde del lecho y preguntó con acento ahogado:
—¿Qué
sabes de papá?
—Míster
Miller me dio noticias ayer. Está mejor. Se rebela, pero aguanta. Parece ser
que la idea de Greg es curarlo totalmente. No sé si lo conseguirán.
—Siéntate
ahí, Helen.
—¿Dónde?
—Enfrente
de mí. Cuéntame ahora lo que nunca te pregunté directamente. ¿Por qué empezó a
beber papá? ¿Y por qué se menciona siempre un pasado que yo no conozco? ¿Y por
qué cuando yo tenía once años hablabais en voz baja y os callabais cuando
aparecía yo?
Helen
no se sentó.
Se
removía inquieta.
—Peggy
—dijo con voz ausente—, si quieres saber, pregúntaselo a él, a Greg; es el
único que puede decirte la realidad.
—Pero
hubo algo, ¿no es eso? ¿Fue Greg siempre un hombre tan posesivo, tan déspota,
tan indiferente a los dolores humanos?
—No,
Peggy. Era un chico encantador. Pasaba por nuestra finca en bicicleta cantando.
Ayudaba a su padre en las faenas del campo muy contento…
—Luego,
entonces, tú supones que ahora es un resentido.
Helen
se iba hacia la puerta.
—Volveré
luego a colgar tus ropas.
—Helen,
para mí es importante saber…
Y se
atravesó en el camino de Helen, que ya asía el pomo.
La
sirvienta la miraba con desesperación.
—Yo
no entro en detalles, Peggy. Por favor, no me pidas eso.
—Pero
yo necesito saber. ¿Qué papel le tocó a papá en ese pasado que cambió a Greg de
pies a cabeza?
—Por
fuera no cambió, Peggy —siseaba Helen en voz muy baja, casi sibilante—. Cambió
por dentro. Hubo un tiempo en que todos pensábamos que era un desalmado
resentido. Yo no sé ya cómo juzgarle. No es fácil. Hay cosas que cambian a una
persona. Connotaciones que desvían la personalidad. ¡Por el amor de Dios, no me
atosigues!
Peggy
la sacudió con desesperación.
—Pero
tú sabes. Todos sabéis…
Helen
consiguió abrir la puerta y se fue a toda prisa.
Al
darse vuelta, Peggy vio la puerta de comunicación abierta y a Greg de pie en el
umbral.
—¿Qué
importa —preguntó con seco acento— lo que haya pasado antes? ¿Por qué te
interesa tanto? Lo importante es lo que está pasando ahora —y caminaba en
pantalón de montar y altas polainas, con una camisa a cuadros, despechugado
como siempre, y luciendo en su vello rizado, que tanto contrastaba con sus
cabellos lisos, la cadena de plata con el crucifijo sin imagen—. No me gustan
las habitaciones separadas —añadió, como si lo dicho anteriormente ya no le
importara—, pero, dada la situación, entiendo que es mejor así. Yo tampoco
tengo intención de importunarte. No obstante, como eres mi mujer, cuando me
apetezca entro. Espero que nunca se te ocurra cerrar esa puerta, pues de ser
así la tiro abajo…
Peggy
se había pegado a la pared.
No
se había cambiado aún y, si bien se había despojado del bléiser, llevaba puesta
la blusa, que hacía resaltar sus senos túrgidos y su talle esbelto.
Greg
se acercó al ventanal y levantó levemente el visillo.
—Tengo
mucho que hacer —comentó, dejando caer el visillo de nuevo—. Están demoliendo
la casa que fue de tus antepasados… Y antes de que sea noche cerrada pretendo
pasar por allí. No me gusta que mi hacienda la dirija nadie y yo tengo esto
abandonado hace siete días largos —se alzaba de hombros situado enfrente de
Peggy—. Si un día entras en razón y aceptas que eres mi mujer con todas las
consecuencias, tiraré ese tabique… y formaré una alcoba enorme donde quiero
solazarme contigo —reía con aquella risa cínica que no siempre convencía, y
menos a Peggy, que lo iba conociendo—. Es un goce tenerte rebelde. De ser las
cosas más fáciles, quizá no me hubieras interesado.
Y
giró sobre sus talones.
Ya
en el umbral, volvió solo la cabeza y apuntó hacia ella él dedo enhiesto.
—Sólo
te molestaré cuando te necesite. Los sentimientos no cuentan ni lo que tú hagas
o digas. Lo que cuenta es lo que yo sienta.
Y se
fue pisando fuerte.
Sus
pasos resonaban en los oídos de Peggy como trallazos.
En
cinco días apenas si salió de aquella planta. No conocía al servicio. A Marcel
lo veía de lejos. Solo Helen y Ray estaban con frecuencia a su lado pero,
cuando tocaba cierto tema, se iban como si alguien los persiguiera.
Y
Greg no abría aquella puerta de comunicación. Se diría que, como él mismo había
dicho, no la necesitaba.
A
veces se veían solo a las horas de las comidas y éstas se efectuaban en
silencio, servidos por Sally. Ni Marcel comía con ellos a la mesa.
Al
quinto día, al atardecer, mandó a Ray que le ensillaran su caballo blanco y se
fue, por el atajo, a casa de su padre, donde nació, creció y fue feliz.
Estaba
demolida.
Había
un montón de obreros trabajando y no se atrevió a acercarse. Vio a Greg lleno
de polvo, dando órdenes, y dio la vuelta al potro, alejándose casi despavorida.
Y
fue esa noche, a la hora de la comida, cuando Greg dijo a los postres:
—Pasaré
esta noche a tu alcoba.
Se
puso a temblar, aunque nadie lo hubiera dicho, por su expresión estática.
Le
echaba de menos. ¿Qué fenómeno era aquél?
Después
de siete días intensos, la ausencia de Greg durante cinco resultaba
desconcertante e incomprensible. No quería ser un objeto, pero estaba viéndose
a sí misma junto a Greg y sabía ya que la manejaba a su antojo, y ella…
¿necesitaba aquel manejo?
¿Era
todo tan físico, tan estúpido, tan necio?
¿La
sorpresa de haber conocido a un hombre posesivo y poderoso, por no haber
conocido antes a otros?
Lo
ignoraba.
En
aquellas cinco noches, cuando lo sentía entrar, se estremecía. Pensaba
subconscientemente: «Ahora viene.» Pero no venía.
Y
apreciaba su falta. ¿Qué tipo de muchacha era ella?
¿Una
física, como Greg, que solo disfrutaba con el cuerpo y para quien no contaban
nada los sentimientos?
¿Había
tenido Greg la culpa?
—¿O
no quieres? —le oyó preguntar con acento sarcástico.
Se
mordió los labios.
No
le miraba.
No
era capaz, porque los ojos color canela de Greg, al fijarse en los suyos, la
taladraban.
Tal
le parecía a Peggy que estaban perdidos en los momentos más íntimos. Y no sabía
ya, dado su desconcierto, si aquellos momentos eran placenteros o repulsivos.
—¿Te
importa acaso que quiera o no quiera? —preguntó haciéndose la valiente.
—No
miras de frente, Peggy. Eso es lamentable para ti. Yo te sigo mirando a los
ojos.
Se
agitó por dentro, pero nadie lo diría al apreciar su aparente pasividad.
—Haz
lo que gustes —dijo.
Y se
levantó con súbita rapidez, como si escapara.
Cruzó
el comedor a paso elástico, pero ella bien sabía que le temblaban las piernas.
Algo
no marchaba, y seguramente era la turbación que empezaba a sentir cuando veía a
Greg o cuando oía sus pasos en la alcoba contigua.
Y
los sintió aquella noche.
Pesados
y firmes.
Los
pasos de Greg que eran, como él, fuertes, poderosos, firmes.
Pero
no se acercaban a la puerta de comunicación.
¿Por
qué?
¿No
había dicho… que pasaría a su alcoba?
Apretó
la cara entre las manos.
Se
sentía deprimida y desbordada por todo lo que quería saber y nadie le decía.
Tal vez si supiera, disculparía la actitud agresiva de Greg, el alcoholismo de
su padre y su propia situación desairada.
Sentía
aquellos pasos ir de un lado a otro. No eran precipitados, ni siquiera
denotaban impaciencia. Más bien se diría que Greg andaba por su alcoba buscando
algo o haciendo algo y se había olvidado de lo que le dijo durante la comida de
la noche.
No
pasaba.
La
puerta no se abría.
¿Es
que ella deseaba que se abriese?
Apretó
las mandíbulas con las dos manos y se metió en el baño.
Necesitaba
una ducha, tranquilizar su nerviosismo, deponer su enervamiento.
Por
lo visto, Greg estaba ganando su batalla con aquellas ausencias.
¿Había
saciado ya su apetito sexual?
Puede
que sí.
O
quizá lo desahogara fuera de aquella alcoba.
Eso
le hacía pedazos, la humillaba hasta extremos exagerados, la destruía.
¿Celos?
¿Celos
en tales situaciones?
Cundió
el silencio en la alcoba contigua y al rato sintió el crujir del somier.
Se
tapó hasta la cabeza.
Y se
durmió al amanecer, como si en vigilia esperara algo concreto que no llegaba.
¿No
había dicho…?
Amaneció
un día gris.
Despertó
tarde por haberse dormido desasosegada al amanecer.
Se
tiró del lecho y se puso la bata y mientras se cepillaba el cabello, sin aviso
se abrió la puerta de comunicación.
Lo
vio allí erguido, déspota como siempre, helado en su mirar canela.
—¿Has
dormido bien, Peggy?
Le
veía a través del espejo mientras se cepillaba el cabello.
No
se volvió.
Se
encontraron sus ojos taladrantes. Los de él fríos, los de ella desconcertados.
—Apuesto
—rio con su risa cínica, que más era mueca que risa— a que me echaste de menos.
—Eres
un sádico.
—Es
posible, pero sádico o no, tú me echaste de menos.
Y se
acercaba.
Vestía
traje de montar. Pantalón, polainas, camisa a cuadros y un pañuelo atado como
al desgaire en la garganta. No llevaba nada encima, pero, atado en torno al
cuello, un suéter formaba el conjunto de su atuendo.
Erguido
y grande. Poderoso.
Masculino
hasta rabiar.
Viril
por encima de todo.
Ella
conocía sus facetas, las que podía conocer, que no todas las del interior de
Greg le eran familiares.
Lo
conocía como hombre, como marido, como amante…
Le
veía acercarse sin prisas, con aquella sonrisa entre cínica y sarcástica que
tanto la hería.
Sin
duda era superior a ella. Tenía más personalidad, y el pasado, fuera cual
fuese, le había pervertido el alma, se la había ahogado.
Sintió
que Greg ponía sus dos manos en sus hombros. Y después veía, a través del
espejo, que inclinaba la cabeza. Estaba aún mojado de la ducha. Experimentó
como un escalofrío turbador en su cuello al sentir la humedad de sus cabellos.
La
besó en la garganta y despacio, como quien sabe lo que hace, lo que busca y lo
que va a encontrar, metió la cabeza bajo la de ella.
Así
le buscó los labios.
Días
y días sin besos. Cinco. Los tenía contados, hora a hora.
Minuto
a minuto.
—Tu
padre está mejor. Se va entregando a los médicos. Se deja curar… —se lo decía
bajo. No parecía déspota ni frío. Era tierno y cálido, intimista.
La
besaba ya.
Peggy,
terca, cerró la boca.
Greg
luchó para abrírsela.
Y la
besó largamente, de una forma distinta.
Como
si le buscara el alma, todo el espíritu y después, al no hallarlo, la boca
únicamente. Fue ruin después en su beso. Era calante y desasosegado.
Furioso
casi.
La
soltó despectivo.
—Eres
como una roca. Peor para ti.
Y se
fue a grandes zancadas.
Ella
temblando aún, y cuando oyó el portazo, se puso en pie.
No
había soltado el cepillo del pelo y sus uñas se clavaban en la carne.
Tenía
la palma herida y dos muescas denotando su nerviosismo.
Se
acercó al ventanal y lo vio salir con una pelliza. Espoleaba el caballo con la
fusta y corría al galope como llevándose el mundo por delante.
En
los quince días siguientes lo vio solo a la hora de comer. Solos, silenciosos.
Él, hostil, indiferente, despótico.
Ella
no sabía.
No
se conocía a sí misma.
Todo
era muy extraño.
Y
fue una tarde de aquellas cuando se encontró con Marcel, que entraba y se iba a
su despacho donde trabajaba casi todo el día.
Le
llamó.
Estaba
al cabo de sus fuerzas.
No
sabía ya por dónde reventar o si callarse para toda la vida. Debió pensar desde
un principio con qué clase de hombre se las veía.
No
valían juegos con Greg.
Ni
servía el método que ella había buscado para vengarse.
—Marcel
—llamó.
El
abogado se volvió en redondo.
—Peggy,
hace mucho que no la veo —y sonriendo, con su esmerada educación—: La casa es
tan grande…
—Me
gustaría hablar con usted, Marcel.
—¿Sí?
Cuando guste.
—Pasemos
a la biblioteca.
Y
Marcel pasó tras ella.
—Dígame,
Marcel, ¿decoró usted esta casa?
—Greg
no gusta de que lo suyo lo toque nadie.
—Pero
esta delicada y preciosa decoración…
—Yo
no participé en nada.
—Ya.
—¿Algo
más, Peggy?
—El
pasado. Usted lo conoce.
—Bueno,
yo creo que, a estas alturas, el pasado no importa nada.
—Me
dicen los que conocieron a Greg Walker que antes no era así.
—¿Así?
Se
dio cuenta de que perdía el tiempo.
Marcel
no hablaría, como no hablaban Helen ni Ray.
—Dejémoslo
así, Marcel. Olvide lo que le he preguntado.
—No
sabe cuánto se lo agradezco. ¿Algo más? Tengo la mesa del despacho llena de
documentos que revisar.
—¿Ha
visto a mi padre?
—Oh,
sí. Estuve allí con Greg ayer noche. Va muy bien. Le cuesta, pero un día, yo
creo que pronto, saldrá curado.
—¿Sabe
que me he casado con míster Walker?
—Claro.
—Ah.
Ya
lo venía sospechando, pero la certidumbre la tuvo aquella misma noche.
Greg
no había venido a comer, ni siquiera al mediodía a almorzar, por lo cual
tampoco se lo dijo a Helen.
Lo
sentía ella.
Y no
sabía si dar gritos de alegría o echarse a llorar de tristeza.
Iba
a ser madre.
De
aquellas relaciones extrañas y particulares con Greg iba a nacer un hijo.
Suponiendo
que alguna vez le pasara por la mente un divorcio, lo desechaba ya, y no solo
por su estado, sino por su relación de mujer con un hombre llamado Greg que no
se amilanaba, que no cedía, que la tomaba cuando le apetecía y la dejaba cuando
le daba la gana.
Se
hallaba con la frente pegada al ventanal y su alcoba estaba a oscuras. Por eso
pudo ver asombrada lo que sucedía en el patio.
Llegaba
Greg en su caballo.
Lo
dejó en manos de un criado y, al cruzar el patio, Greg se detuvo ante un crío
de unos cinco años que sollozaba. Quedó desconcertada, paralizada.
Greg
levantó al niño en brazos, lo apretó contra sí. Lo besaba y lo mecía.
Y
oyó su voz potente y furiosa:
—Jim,
¿quién ha dejado aquí a Sam?
Un
criado llegó rápidamente.
Y se
acercó a Greg.
—Señor
—oyó Peggy con nitidez, pues la ventana estaba solo entornada—, la madre está
enferma y Peter se ha ido porque se rompió una valla. Se conoce que Sam ha
salido al verse solo, pues la madre está en el hospital…
Asombrada,
Peggy veía cómo paternalmente Greg apretaba al niño contra sí. Y decía a
gritos:
—Vete
con él. Llévalo a casa y espera allí hasta que venga Peter. Y mañana me ocuparé
de saber cómo está Ali. No dejes solo a Sam por ningún concepto. Deja cuanto
tengas pendiente y llévalo a casa. ¿Cómo se os ocurre tener a este niño aquí,
medio desnudo, con el frío que hace y cayendo la escarcha?
Aquél
era Greg.
El
tipo más contradictorio que existía. Peggy, aún desconcertada, veía cómo Greg
besaba al crío y le ponía en brazos del criado.
—Si
dejas solo a Sam, mañana Marcel te prepara el despido. ¿Has oído bien?
—Sí,
sí, señor.
—Andando…
Es
decir, que Greg, tan déspota, tan frío, conocía a sus colonos como si fueran
familiares suyos.
¿De
qué capa de helada escarcha se cubría Greg?
¿Era
todo como aparentaba o solo era fachada, boquilla, resentimiento?
Oyó
sus pasos y dejó caer el visillo.
«Entrará
en su cuarto, se cerrará, y sentiré el agua del grifo salir a presión sobre su
cuerpo y después el crujir del lecho.»
Pero
no.
Oyó
el agua, sí.
Y
después los pasos de Greg y al momento vio su silueta en el umbral de la puerta
de comunicación.
Tenía
en el rostro la sonrisa cínica de siempre. No era el hombre, no, que apretaba
al niño llamado Sam contra su pecho.
—Hace
no sé cuánto que no te veo, Peggy. ¿Cómo andas?
Y
desganado, en pijama, se dejaba caer en el lecho de su mujer.
Peggy,
en bata y con un pijama de seda debajo, le miraba indefinidamente.
—No
debes preguntar a nadie por mi pasado, Peggy —añadió Greg con acento pasivo,
como ausente—. Cuando quieras saber algo concreto, pregúntamelo a mí… —Y
poniendo una mano bajo la nuca, parecía dormitar, o mirar al frente por las
rendijas de sus párpados entornados—: A mí siempre, Peggy. A mí…
Capítulo
11
Peggy
decidió en aquel mismo instante hablarle de su estado. ¿Por qué no? Sabía ya,
por lo que había visto instantes antes, que Greg tenía una personalidad que le
definía en apariencia y otra que sin duda ocultaba.
Sabía,
asimismo, que, para bien o para mal, nunca existiría un divorcio, ni siquiera
una separación. Las cosas había que aceptarlas cuando llegaban, y estaban allí.
Iba a tener un hijo suyo, y eso marcaba más, o tanto como todo lo demás. Por
otra parte, también sabía que la ausencia de Greg en su intimidad se notaba, se
añoraba. ¿Para qué engañarse?
Se
hallaba de pie y veía a Greg tendido en su lecho, con las manos bajo la nuca y
la mirada canela desconcertante fija en el techo.
—Voy
a ser madre —dijo de sopetón.
Greg,
de momento, permaneció en la misma postura, como si no entendiera, pero de súbito
se sentó y la miró despavorido.
—¿He…
oído bien?
—Sí.
—Siéntate,
Peggy. Será mejor. De modo que de toda nuestra relación compleja e incompleta
va a nacer un niño o niña ¡qué importa! —Volvía a caer hacia atrás y cerraba
los ojos. De repente parecía pacífico, desvaído, como si retornara a tiempos
muy lejanos—. Si lo educo como me educaron a mí, será positivo. Puedo parecer
un monstruito o un monstruo a secas, pero siempre queda algo de la educación
recibida. Tal vez soy mejor de lo que parezco, o mucho peor. No sé si me
importa…
Hablaba
como si reflexionara en alta voz.
Peggy,
despacio, como si el cuerpo le pesara o le temblaran las piernas, caía en un
sillón no lejos de su lecho, donde Greg seguía tendido, pero ahora con las dos
manos caídas a lo largo del cuerpo.
—Me
alegro de tener un hijo —añadió con voz que no parecía la suya—. Es posible que
eso nos una de verdad. Yo no sé si confesarte mi amor porque ignoro si es amor
lo que siento. Tú eres muy señorita, y yo no dejo de ser un patán… ¡Es curioso!
Nunca pensé y jamás se me pasó por la imaginación que un día me casaría con la
hija del hombre que más odié en el mundo.
¡Su
padre!
Peggy
se estremeció a su pesar. Presentía que al fin iba a saber la verdad que
ocultaba todo aquello.
—Dicen
que cuando la pareja vive en la intimidad y se necesitan, uno de los dos, o los
dos a la vez, tienen que ceder. Yo pensé que no cedería nunca. Me sentía fuerte
y parapetado, etiquetado en el pasado… —Un silencio que Peggy no interrumpió—.
Pero por lo visto, cuando te vi aquel día, jinete en el pura sangre blanco, me
deslumbraste. Fue como una resurrección. Como un empezar en aquel instante —una
risita ahogada le curvó los labios. No la miraba. Seguía con la vista fija en
el techo, pero su voz volvía a sonar algo ronca—. Pensé que me gustabas una
burrada y me negué categóricamente a reconocer que el sentimiento andaba
haciendo cosquillas en mi profunda aridez… Fue un error. Tenerte como una
muñeca de goma no va conmigo. No soporto ser tolerado, necesito ser deseado…
Cometí un error… Un grave error.
—Has
dicho que odiaste a mi padre más que a nadie en el mundo y, sin embargo, le
ayudaste, le estás ayudando.
Greg
no se movía.
Y,
además, seguía mirando al techo con obstinación.
—Hay
errores graves que se confunden. Llegado el momento, comprendí que no podía
permitir que el único amigo de mi padre se deshiciera de sus bienes y preferí
comprar las hipotecas. Tampoco estoy seguro de la razón que me movió a ello.
Quizá mi madre, en su lecho de muerte, liberó mi rencor, mi rabia… Y empecé a
juzgar las cosas como eran en realidad.
—Greg,
¿qué sucedió?
El
aludido abrió los ojos.
Y,
de repente, se sentó en el lecho echando los pies al suelo. Así se quedó
mirando a Peggy con expresión indefinible.
—Peggy,
me dices que vas a ser madre.
—Es
cierto.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bueno,
esperemos que eso ablande las cosas, que las lleve a su cauce lógico. Espero
también que dejes de ser una estatua. Uno acepta esas cuestiones cuando no le
interesan demasiado. Pero cuando siente… no es capaz de soportarlas.
—Estás
hablando en griego. No te entiendo.
Greg
se levantó y quedó frente a ella de pie.
—No
importa, Peggy. No importan demasiadas cosas —su voz no era ni despótica ni
helada, más bien profunda y cálida—. Vamos a tener un hijo y formaremos una
familia bien avenida, o destruida. Eso te corresponde a ti decirlo. Tenerte
como si fueras una muñeca de goma no me conforma ni me complace. El goce ha de
ser mutuo, y la comprensión, plena. Pero yo ya no te voy a retener ni con hijo
ni sin él. Pensé que podría tolerarlo así. Si has pretendido castigar mi
decisión de obligarte al matrimonio, lo has conseguido —se alzó, de hombros—.
De nada sirve ya falsear las cuestiones, hacer de ellas una estúpida demagogia.
No va conmigo. Sin darme cuenta, vuelvo al ayer y me veo desvalido, lleno de
ira, furia y un rencor sobrehumano. Por eso, en su lecho de muerte juré a mi
madre que sería rico, muy rico. Y lo he conseguido. ¿Cómo? No derribé a nadie,
no pasé por encima de nadie, pero les obligué. Legalmente, pero les pagué para
que se fueran todos los granjeros que me estorbaban. No sé si fue un error o
solo una revancha. Todos tenemos pecados humanos, y yo no dejo de ser como los
demás, solo que con más recursos. Pero cuando todo ocurrió, solo poseía una
granja pequeñita, un rancho diminuto y un puñado de tierra que sembré noche y
día con mi sudor.
Peggy
deseaba saber tanto o más que deseaba vivir. Y, además, al sentir la voz de
Greg diferente y su estado triste y amargado, se acercó a él.
Le
puso una mano en el brazo.
—Quizá
si desahogas esa ira que tantos años llevaste dentro, cambien las cosas, Greg.
Él
miró aquella mano que se posaba en su brazo.
—No
llevas el brillante —dijo desganado.
Peggy
retiró la mano con presteza y se fue hacia el ventanal.
Levantó
un poco el visillo y pegó la frente al cristal.
—Hace
un rato te vi tomar a Sam en brazos…
—Ah —exclamó
él de una forma indefinible.
—Le
mecías con ternura. Luego, entonces, no eres tan fiero como pareces. Tienes
sensibilidad.
—Buenas
noches, Peggy —dijo Greg con súbita fiereza.
Y se
perdió por la puerta de comunicación.
Pero
Peggy no estaba dispuesta a dejar las cosas así.
No
se puso el brillante, pero sí que, en unos cuantos pasos, atravesó aquella
puerta y quedó erguida en la alcoba de Greg, el cual se echaba en su lecho con
desgana.
—Si
vienes a burlarte de mi debilidad, mejor que te vayas, Peggy.
—Vengo
a saber por qué ocultas lo que sientes, por qué aparentas lo que no eres, por
qué te empeñas en ser diferente, cuando sigues siendo como siempre fuiste.
—Tú
—sonrió él curvando la boca en una mueca— no me has conocido antes, o, si me
has conocido, ni siquiera te has fijado en mí.
—Pero
otras personas que te trataron de joven dicen que has cambiado. Me gustaría
conocer las causas.
Greg
se sentó de golpe y, echando los pies al suelo, buscó a tientas las chinelas…
—Es
curioso —dijo— que estemos hablando aquí casi como dos amigos.
—Vamos
a ser padres de un hijo y es cosa de los dos.
—No,
Peggy. No nos engañemos. Es cosa mía, tú has recibido mi vida en la tuya como
un impuesto. Lo siento. De repente, y no acierto a entender por qué, lo siento.
No debí tomarte a la fuerza. Debí conquistarte, pero no se puede decir que yo
sea un refinado conquistador. Hace nueve años, o diez, consigo las cosas a
fuerza de indiferencia, de tesón, de lucha y ambición personal. No nos vamos a
engañar ahora en que parece que los dos deseamos poner las cartas boca arriba,
visibles y sobre la mesa.
—Sea
como fuere, el hijo puede limar asperezas, obligarnos a ambos a olvidar cosas…
—¿Tú
sabías que mi padre murió en la cárcel?
Peggy
dio un brinco.
Y
después cayó desplomada en una butaca, no lejos del lecho donde Greg seguía
sentado, inmóvil, mirando al frente como si reviviera todo el pasado.
—Sí,
no te asombres tanto. Fue algo grotesco, absurdo, pero… ocurrió así, sin más. Y
nadie en el Estado lo desconoce. Nadie que tenga mi edad o algo más, algo
menos… Yo tenía diecisiete años… Y era feliz. Mi bicicleta, mis libros, mi
escuela estatal. El poco ganado de mi padre que ayudaba a cuidar. Mi madre era
una santa madre… Y de poco le sirvió.
—Greg…
—Te
asombra mucho, ¿verdad?
—Mucho,
y quisiera saber qué papel tuvo papá en eso.
—Uno
fundamental. El gran señor, el amigo de su amigo inferior… El rico granjero de
nombre ilustre, con antepasados coroneles, marqueses, lores… —Una sarcástica
sonrisa distendía sus labios—. ¿Cómo podía un juez ignorar lo que decía el gran
señor bajo juramento?
—¿Y
qué dijo mi padre, Greg, que así has acabado con él?
Greg
la miró desconcertado.
—¿Yo
acabar con tu padre? ¡Oh, no! Se acabó a sí mismo por su conciencia. No fue
culpable. Lo entendí después. Fue sincero únicamente, pero se equivocó.
—Si
no me explicas todo lo ocurrido, mal podré juzgar yo.
—¿Y
qué importa ya?
—Mucho.
Lo importa todo. Estamos casados y vamos a ser padres… Queramos o no, estamos
unidos y se me antoja que para toda la vida. No estoy educada para abandonar un
hijo, y mi vida casi monacal hasta que te conocí a ti y recibí tantos
desengaños fue diáfana, o pensé que lo era. Estuve muy ciega, Greg. Y no lo
digo con respecto a ti, sino a mi padre, a la muerte de mamá, a todo lo que
supe después del desastre de papá.
—Fue
cuando empezó a beber.
—¿Cuando
tu padre fue apresado? ¿Y por qué murió en la cárcel tu padre?
—Es
largo todo eso —dijo Greg con pasividad y con un dolor que ya no podía
ocultar—. Cuando se tienen diecisiete años y te sientes feliz, que de pronto
culpen a tu padre de asesinato… es demasiado. Destroza, frustra, destruye, te
llena de ira y de rencor.
—Pero…
¿tu padre asesinó?
—No.
Jamás.
—Entonces…
—Ven
aquí, Peggy. Siéntate a mi lado. En este instante no deseo ni siquiera hacer el
amor, no busco placeres o complacencias, ni goces íntimos físicos… Ya todo está
muy claro. Puedes irte cuando gustes. Yo no soy capaz de tomarte como si fueras
la muñeca de goma en que te has convertido. Tal vez no sepas ser diferente, o
yo soy inconformista. Pero si analizo las cosas, es obvio que te tomé a la
fuerza, que te obligué. No existía en mí el rencor de ayer. Día a día, todo eso
se va disipando, y más cuando consigues lo que te has propuesto. Se conoce que
cuando te vi sin saber quién eras ya me gustaste. Entraste en mi sensibilidad,
en mi aridez… Lo ablandaste todo. No voy a seguir el juego sucio de la
ignorancia. Ya no. No serviría de nada.
Peggy,
paso a paso, fue hasta él y se sentó a su lado. Costado con costado.
Se
tocaban, pero no se miraban.
Greg
tenía la cabeza baja, y se pasó su mano morena y firme por el lacio cabello que
retiraba de su frente.
—Yo
no soy responsable —añadió quedamente, reflexivo— de lo que tu padre haya
declarado, ni de su afición al alcohol, ni de su ruina. Todo surgió a raíz de
eso, y te aseguro que tu madre estaba viva y ni siquiera enferma. Recuerdo que
venía a ver a mamá. La consolaba y lamentaba que su esposo, tu padre, se viera
obligado a declarar en contra de papá por algo que había oído. Al fin y al cabo
solo hizo eso, declarar lo que sabía, lo que había oído y visto… Un gran señor
como él no podía ocultar la realidad y la verdad, pero su declaración condenó a
mi padre a veinte años de prisión.
—¡Veinte
años! —susurró Peggy atragantada.
—¡Veinte
años para una vida inocente!
—Pero…
—Yo
creo —le atajó Greg con la cara aún entre las manos, como si la voz le saliera
por las rendijas de sus dedos— que se limitó a decir lo que había oído y visto,
pero fue el punto clave para que el tribunal condenara a mi padre. Mi padre era
inocente de lo que se le imputaba, por lo cual se mostró rebelde, irascible. Le
metieron en celda de castigo un montón de veces en un año. Al final, un día se
mató.
—Se…
mató.
—Se
colgó con el cinturón de su pantalón en la cárcel.
—¡Dios
mío! Y dices que papá…
—Lo
condené yo. Pero una vez que supe que se condenaba a sí mismo cesé, y cuando
supe que bebía, que se destrozaba, que lo hipotecaba todo…, pensé que no debía
consentirlo. No sé si ello lo hice por ambición, por codicia o por piedad. ¡Ya
no sé nada!
Y
meneaba la cabeza desesperadamente. Peggy alzó una mano.
Y
asió el brazo de Greg.
—Sigue.
Cuéntamelo todo y yo juzgaré.
—No
hay nada que juzgar, Peggy. Y no lo hay porque mi madre, en su lecho de muerte,
me juró algo que yo ya presentía. Y que a la hora del juicio nadie creyó,
porque era la esposa del inculpado de asesinato. Pero en su lecho de muerte,
una persona como mi madre no jura en vano. Me dijo que esa noche de la muerte
del vecino su marido la había pasado con ella. Que no había salido, se dijera
lo que se dijera en el sumario.
—Pero
papá…
—Les
había oído discutir por asuntos de vallas y ganado, y mi padre había llegado a
decir: «Si vuelves a dejar tu ganado en mis tierras, te pego un tiro y te
mato.» Lo de siempre. Lo que se dice en casos de ira, sin tener intención de
hacerlo.
—Y
papá…
—Lo
oyó, y, tal cual lo oyó, lo dijo a la hora de presentarse a declarar. Ello
sirvió para que mi padre fuera condenado.
Capítulo
12
Hubo
un silencio.
—Yo
tenía diecisiete años, y cuando vi a mi padre morado en el depósito de
cadáveres y sin remisión de indulto ni de aclaración, muerto de ira, furia e
impotencia, me juré a mí mismo reivindicarle. Nunca lo conseguí, si bien todo
el valle conoce la declaración de mi madre a la hora de la muerte, y una
persona que sabe que va a morir jamás miente. En el juicio, la voz de mi madre
era la de un testigo interesado en salvar a su marido, por lo cual fue
invalidada.
—Y
papá…
—Mira,
Peggy, eso ya pasó a la historia, pero a mí me marcó, me frustró, me hizo como
era cuando tú me conociste. Sin embargo, cuando supe que tu padre bebía a raíz
de la muerte del mío, comprendí demasiadas cosas. Y me alegré. Sí, sí, me
alegré de que se estuviera destruyendo. ¿Para qué voy a negarlo? Tu madre
enfermó y falleció sin enterarse de que su marido hipotecaba sus bienes uno a
uno y que además se iba a la taberna de Tom y se hinchaba a beber ginebra.
—¿Y
tu madre?
—Falleció
poco después… Y fue cuando me confesó la realidad, la que nadie le había
creído… Tengo una carta escrita por ella con letra vacilante, confusa. Pero que
se entiende divinamente. Quise reivindicar a mi padre muerto, pero no me sirvió
de nada. La carta de mi madre y su confesión en su lecho de muerte ya la
conocía el tribunal, pero jamás le dieron crédito. Yo sí se lo di.
Su
voz se apagaba.
No
tenía nada en común con la voz que le declaró que se casaría con él fuera como
fuese y quisiera ella o no.
Peggy
estaba tensa.
Sentada
a su lado, sentía el costado de Greg caliente, pero paralizado.
La
verdad relucía, y ella creía en todo lo que de súbito le confesaba Greg, y
hasta disculpaba su ambición y su forma árida de ser.
—Sigue,
Greg.
—¿Para
qué? Todo está aclarado ya. El vecino que había discutido con mi padre apareció
un día degollado y se culpó a mi padre de haberlo hecho. Eso fue todo. Fue
juzgado y condenado, y papá no resistió tal injusticia… Lo demás está muy
explicado. Papá se ahorcó en la cárcel después de castigo tras castigo. No
soportaba todo aquello. Fui a visitarlo a la cárcel y, entre rejas, siempre me
decía: «Hijo, soy inocente. Te juro que jamás mataría una mosca.»
Diciendo
aquello, Greg se levantó.
Se
puso a pasear por la estancia.
—Me
hice duro —dijo—, obstinado, despiadado, lleno de rencor. Cuando supe que tu
padre bebía y se emborrachaba, todo un gran señor, me regocijé. Y cuando supe
que tu madre se moría irremisiblemente, me dolió. Solía venir a casa,
conversaba con mi madre. Disculpaba la declaración de su esposo. Nunca pensó
que esa declaración fuera fundamental para que condenaran a mi padre. Pero el
hecho fue que le condenaron. Yo me juré a mí mismo muchas venganzas, pero no
fue preciso ninguna. El muy ilustre granjero, señor Hamilton, se hizo
alcohólico en dos años…
Desde
el borde del lecho donde se hallaba sentada, Peggy le miraba. Comprendió
demasiadas cosas y dijo en voz baja:
—Ahora
entiendo por qué callaban cuando yo llegaba… Estaba sucediendo todo eso.
—Pues
sí —Greg cayó en el sillón que ella había ocupado momentos antes—. No fui al
entierro de tu madre, y ya sabía que tu padre se estaba destruyendo. Pude
ayudarle entonces, pero no quise… Sin embargo, cuando supe que el banco le iba
a echar del rancho y desposeerlo de todo, yo ya había logrado una fortuna a
fuerza de sudar y no dormir. Se lo había prometido a mi madre en su lecho de
muerte. Lo que nunca le dije es que no pensaba ayudar, sino poseer. Y fui
sacando las cosechas, que fueron buenas aquellos años. Trabajé sin tregua, sin
decaer jamás. Y cuando ella enfermó de tristeza y se murió, más afiancé mi
juramento. Pero no soportaba que tu padre se destruyera. Podía destruirse todo
el mundo en el valle, en el Estado, pero él no. Mi padre solía decirme, cuando
iba a visitarlo, que míster Hamilton solo había dicho la verdad, con la única
diferencia de que él no había asesinado a su vecino, pero aquella discusión que
tu padre declaró era cierta. Totalmente cierta.
—¿Nunca
te habló papá de eso?
—Claro
que sí. Pero demasiado tarde. Mi padre estaba muerto y mi madre enterrada, y la
tuya también. Cuando tú llegaste, en una mañana de lucidez vino a verme. Temía.
Y temía con razón. Yo no iba a devolverle sus bienes y de eso no me arrepiento
nada. Deseaba que todo el Estado se convirtiera en mi poderío y lo he
conseguido ya al comprar las hipotecas de tu padre. Era un pelele, un pobre
diablo. Muerta su esposa, condenado su amigo, tú lejos de él, se embebía en lo
que se había aficionado.
—Dices
que mi padre vino a verte…
—Sí
—asintió rotundamente—. Vino el mismo día que tú, inopinadamente, regresabas.
No sé qué temía. Pero sin duda temía algo. No obstante, en media hora que
estuvo conmigo se situó tras el mostrador de mi bar, y se bebió dos ginebras,
que añadidas a las que ya llevaba en el coleto, formaban esa cadena de
inconsciencia que le privaba de la preocupación. Nunca se perdonó a sí mismo
decir lo que había oído. Era cierto, sí, pero no significaba en modo alguno que
mi padre fuera un asesino. Lo entendió demasiado tarde.
—Con
todo tu dinero, tu poder, ¿no has conseguido jamás reivindicar la honradez de
tu padre?
—Jamás.
Y ya no lucho por ello. Yo sé la verdad.
—¿Qué
verdad, Greg?
—Que
mi padre nunca asesinó a nadie. Esa noche que mataron al vecino
estrangulándolo, mi padre estaba en el lecho con mi madre. Yo he de creer, y
creo, que mamá, a la hora de su muerte, me dijo la verdad, la que el tribunal
no le creyó.
—¿Y
no se supo jamás quién mató al vecino?
—Nunca.
Hay crímenes que nunca se descubren. Mi padre no fue.
—Y
el mío, ¿qué pensó de eso, Greg?
—¿No
lo estás viendo? Empezó a beber a raíz de aquello y se convirtió en un enfermo…
Afortunadamente, tu madre falleció sin enterarse. Hubiera sido peor que viviera
y se enterara.
Otro
silencio.
Nada
tenía que ver aquel Greg confesante con el frustrado de antes.
Era
un tipo lastimado, pero al confesar la realidad se desahogaba.
Peggy,
sin casi darse cuenta de lo que sucedía, le disculpaba.
A
fin de cuentas era un hombre herido al máximo.
Se
imaginaba a sí misma ante un padre muerto en una celda.
—No
me importa ya lo que digan —añadió, con firmeza—. ¡Nada! Que cada cual viva a
su aire. Yo vivo al mío. Levanté un imperio a fuerza de trabajo, de ira, de
tesón, de rabia contenida. ¿Que no fui piadoso con los que se iban? No, nunca.
No ayudaron a mi padre en nada. Pero yo sabía cuánto mi padre estimaba al tuyo.
¿Razones? Pues que siendo un señor, un gran señor, no tenía reparos en jugar a
las cartas y conversar con él. Eso me ayudó a perdonarle, a disculparle, a
ayudarle incluso…
Se
levantó dejando la palabra en el aire.
Y se
encaminó a su lecho, en cuyo borde cayó como un pesado fardo.
Miraba
a Peggy.
Ella
ya no desviaba los ojos. Creía entenderlo o necesitaba entenderlo.
—Te
vi, Peggy, y recordé tu indiferencia cuando yo era un adolescente de diecisiete
años y tú la hija de tu padre. Ausente, ajena a todo.
—Nadie
contaba nada en mi presencia.
—Lo
comprendo.
Y
suave, cariñoso, le pasó un brazo por los hombros.
—Ya
lo sabes todo, Peggy. Ponte en mi lugar.
Cierto.
Se
ponía.
Quizás
hubiera sido más dura que Greg.
—No
pude, en un momento dado —añadió quedamente—, despojar a Max de sus bienes. Los
compré. Me costó la hipoteca más de lo que valía, pero…
—Tu
padre, antes de… matarse, te lo pidió.
—Me
dijo que el tuyo declaró la verdad. Había discutido con el vecino por asuntos
de la hacienda, pero no le había matado. Añadió que tu padre oyó y presenció la
disputa.
—Lo
cual indicaba que papá estaba confesando la verdad.
—Sí,
sí, sin duda. Pero esa declaración, dado el carisma de tu padre, fue decisiva
para condenar al mío… Y papá no resistió saberse inocente y condenado a veinte
años de prisión. Si yo fuera el hombre que soy hoy, lo entendería. Pero era un
crío, y la pena, mezclada con la ira, me inundó, me inutilizó para juzgar
imparcialmente. No obstante, nunca olvidé las recomendaciones de papá cuando
iba a la cárcel a visitarlo: «No seas tirano con Max Hamilton. Ha dicho lo que
vio y oyó y en eso no mintió en absoluto. Dijo la verdad, pero yo no maté a
Fran. Alguien se aprovechó de aquella circunstancia para eliminarlo. Yo no lo
hice.»
Se
levantó de nuevo.
Paseaba
por la alcoba.
Nada
tenía que ver aquel Greg desangelado, con aquel otro que le obligó a casarse.
—Peggy
—se volvió para decir de súbito, con voz tan distinta que no parecía el mismo
Greg que la poseyó sin preguntarle si quería o no ser poseída—, eres libre de
irte. No te voy a quitar el niño. Se conoce que no soy tan insensible como
parece, porque tenerte a la fuerza no me complace ya, me hiere en lo más
profundo de mi ser —hizo una pausa, que Peggy, impresionada, no interrumpió—.
Se conoce que de tu pasividad nació mi amor. Nunca ¡jamás! creí que me
enamoraría. Pero hay raíces, orígenes, que no se pierden ni desvirtúan por más
que uno se empeñe. Yo, ante ti y de repente o quizá día a día, me convierto en
el joven que iba a la escuela estatal en bicicleta… Y entiendo que desde el
momento en que te vi me interesaste. Dado como vivía y para lo que vivía,
soterré sin darme cuenta el interés sentimental. Cuando lo descubrí fue al
sentirte en mis brazos como si fueras una muñeca de goma. No me servía eso. No
me bastaba.
Se
levantó otra vez.
Y
quedó de pie ante ella, que permanecía sentada en el borde del lecho de su
marido.
—Un
escándalo más, Peggy, ya no me asusta. El hecho de que te marches, me dejes y
te lleves el fruto de nuestra frustración, no va a afectarme por el qué dirán,
sino por mí mismo, pero creo merecerlo —meneaba la cabeza y sus lacios cabellos
le cubrían la frente. Los resoplaba, añadiendo a media voz—: No voy a ocultar
ya lo que significa mi vida vacía. En el fondo debo de ser el sentimental que
fui siempre, y seguramente oculté por orgullo o dignidad, o más que nada por el
dolor en mi adolescencia de haber perdido lo que más admiraba.
Se
iba.
Pero
Peggy se levantó como impelida por un resorte.
Y
corrió hacia él, de modo que cubrió la puerta que Greg aún no había alcanzado a
abrir.
—Greg,
no te marches. Hemos de hablar mucho más, y no del pasado —le asió con las dos
manos por la camisa, de modo que Greg quedó paralizado, pegado a la puerta
cerrada y teniéndola a ella anhelante delante de sí—. Por favor. El pasado lo
comprendo, y disculpo tu proceder. Lo comprendo perfectamente. Quizá yo misma
en tu lugar, y teniendo fuerzas y medios, hubiera hecho igual. Cierto que yo no
era responsable de nada y, sin embargo, fui tu objetivo más directo. Pero
también eso es disculpable, teniendo en cuenta que estabas herido a más no
poder.
—Peggy…
—Escucha
y después juzga si gustas. Yo te eché de menos. Has entrado en mi vida a la
fuerza. Me has obligado, sí. Me has coaccionado, pero también me has enseñado a
ser una mujer. Si comprendiste que papá empezó a beber desde que condenaron al
tuyo, ello te demuestra que mi padre no estaba contento consigo mismo y no
toleraba la muerte de su amigo. Si declaró lo que oyó y vio, ¿podía alguien
censurarle por ello? Seguramente que tampoco sabía que de su declaración
surgiera una condena y luego un suicidio… El remordimiento llevó a papá a la
destrucción, y tú, sin darte cuenta, le ayudaste. ¿Es que no pensaste ya en ese
momento en que evitaste que los bancos echaran a papá a la calle, que tú le
disculpabas?
Greg
pasó un dedo por la frente de Peggy.
—Eso
es lo que deseaba decirte desde un principio. Pero no sabía cómo hacerlo. Pero
al anunciarme que voy a tener un hijo tuyo… Dirás que soy un estúpido
sentimental. Un cadete sin experiencia, y no lo soy, pero la sensibilidad no se
puede ocultar cuando pincha tan de cerca y despierta miles y miles de
emotividades.
Peggy
le había rodeado la cintura con sus brazos y reposaba la cabeza en su hombro.
—Greg,
empecemos desde este instante. Olvidemos las causas que mataron a tu padre, la
pena de tu madre, el vicio de mi padre… Es necesario que empecemos de cero. Y,
¿sabes? Me gustaría ir a aquel motel.
Greg
la separó un momento.
La
miraba a los ojos.
—Peggy,
¿estás segura?
—Sí.
—¿Por
todo lo que te conté?
—No.
—¿No?
Peggy
se empinaba sobre la punta de las zapatillas y buscaba ella, ella sola, la boca
masculina.
La
encontró en seguida. Ávida, ansiosa, llena de ternura, pasión y consideración.
Se
besaron como dos dementes.
No
respiraban, y se diría que, por besarse, no podían hacerlo.
Peggy
respiró un segundo para decir queda e íntimamente:
—Greg,
esta noche… Ahora… quiero quedarme a tu lado. Me has atrapado. Y no porque me
hayas contado los motivos que has tenido para hacerte aparentemente despiadado,
sino porque una vez te tuve, te conocí, me enseñaste a vivir una parte
importante de la vida que desconocía por completo. Al faltarme… te eché de
menos. Entendí… Entendí, Greg. ¿Comprendes? Entendí lo que me faltaba y no
podía soportarlo. Eso indica que me enamoré de ti, como tú de mí. O nos
parecemos o nos necesitamos. ¿Qué más da?
Greg
la apretaba contra sí de tal modo que todos los músculos emotivos de su cuerpo
se confundían en la ansiedad y la excitación de Peggy.
—Ven
—le dijo—. Ven, Peggy. Dios te bendiga. Yo… yo… cuando supe que te amaba, no
soporté tu pasividad, tu mudo y sordo castigo. No, no podía soportarlo. Tenerte
como podía tener a una muñeca de goma me resultaba insoportable.
Fue
un momento decisivo para ambos. Peggy se sentía turbada, enervada, pero daba de
sí, y de su condición de mujer, cuanto tenía y necesitaba dar. Greg parecía
perder el sentido a su lado. No quedaba nada de aquel hombre que tomaba sin
preguntar. Era tierno, dulce, apasionado y voluptuoso, pero, más que nada,
sentimental hasta extremos insospechados.
—Cariño,
cariño —siseaba.
Y la
voz parecía que se le escapaba en un largo suspiro de ansiedad.
Peggy
se pegaba a él. No tenía nada de muñeca. En silencio recibiendo sin dar nada,
había aprendido con él a ser mujer, a comportarse según sus deseos y
ansiedades.
Fue
después.
Ya
casi amaneciendo, y se miraban riéndose como dos crios.
—Oye,
Peggy, ¿dónde aprendiste tanto?
—Contigo
en silencio.
—¿Y
qué cosa nos ablandó a los dos, nos purificó, nos hizo entender que la vida es
algo más que rencor y ambición?
—Nuestro
sentimiento profundo, Greg. Nuestros goces mutuos, nuestros placeres físicos.
Somos humanos. Tú me has tomado, yo te toleré. Hoy te necesito y no me importa
gritarlo a los cuatro vientos Pero no pienses que es porque voy a tener un hijo
tuyo. Estoy aprendiendo que lo más importante es la pareja, la comprensión
mutua, la necesidad compartida de todo lo bello que la vida guarda para vivirlo
y disfrutarlo.
—¿Te
das cuenta, Peggy? —Y la sujetaba en su tórax desnudo, buscándole la mirada
parda—. De repente hablamos el mismo lenguaje. Deseamos las mismas cosas,
gozamos con ellas como dos enanos…
—Me
di cuenta en seguida —decía Peggy alzando la cara desde el tórax masculino y
demarcándole las facciones con un dedo— de que dentro de ti había una
sensibilidad especial que doblegabas. Tu casa, la decoración de la misma, tus
modales bruscos, pero en el fondo delicados, tu forma de tenerme, tu afán por
mi colaboración… Todo ello lo vi esta noche. Estaba ciega. Pero no ha sido por
lo que me has contado del pasado y que tanto te endureció superficialmente. Ha
sido cuando te vi tomar a ese niño, Sam, entre los brazos. Y tu enojo ante el
criado, por haberlo dejado solo. Un hombre que siente así, no puede ser jamás
ruin y déspota.
—Mi
careta…
—Eso
es, Greg, eso es. Tu careta. Llevas nueve años con ella y tampoco me extraña
nada. Me pregunto si yo, viviendo tus penas, hubiera sido mejor. Creo que aún
sería peor…
Greg
la soltó de modo casi brusco.
—Vamos
—dijo—, vamos.
—Greg,
¿adonde?
—¿No
has dicho que deseabas ir al motel? Estaremos allí en una hora.
Y le
ayudó a levantarse.
Cubría
su desnudez con una bata. Nadie en el mundo podía ser más delicado que Greg.
¿Dónde
quedaba el despótico personaje que le obligó a casarse?
—No
tenemos tiempo de decir a nadie que nos vamos a pasar una semana en el motel.
¡Aquel motel donde empecé a amarte tanto! Pero le dejaremos una nota a Marcel,
éste lo entenderá. Y al regreso de esa semana de vacaciones para nosotros
solos, iremos a visitar a tu padre.
—Greg,
eres…
—Ya
me lo dirás allí. Allí donde te tomé, te desfloré y no te pregunté si lo
deseabas o no…
Llevaban
dos bolsas de viaje. Y nada más entrar en aquel motel, número diez, que tantos
recuerdos tenía para ambos, ni tiempo les dio a mirarse. Casi a tientas se
buscaron y cayeron en la blandura de aquel lugar que conocía sobradamente sus
íntimas y mutuas rebeldías.
Pero
todo era diferente, y bien que lo sabían los dos.
Greg
se hinchaba y se deshinchaba y la miraba quietamente admirativo.
—No
pensé que te enseñara tanto…
—En
silencio aprendí.
—Peggy…
—¿Tengo
que decírtelo?
—No,
no es preciso.
Fueron
siete días maravillosos, entregados, sin casi salir del motel, salvo para ir a
comer al hotel, cuando no pedían la comida a su suite de lujo.
Se
conocieron en profundidad, y los dos supieron que iban a necesitarse toda la
vida.
Al
regreso pasaron por el siquiátrico. Max Hamilton los miró con ternura.
Estaba
muy recuperado, pero temía salir, por el terror que sentía de volver a caer en
la debilidad.
—Dos
meses más, Peggy —decía mirando a ambos casi a la vez tan juntos que estaban—.
Voy a ser abuelo y no me parece raro nada de cuanto haya hecho Greg. Estaba en
su derecho de juzgar, de castigar… Yo quería a mi buen amigo. No me di cuenta
de que mi declaración de la verdad podría condenarlo, porque siempre estuve
seguro de su inocencia. No pude soportar su condena y menos su muerte súbita…
Yo conocía bien al padre de Greg… Le había oído amenazar a su vecino, pero
jamás consideré que podría matarlo, sin embargo estaba bajo juramento y dije lo
que había oído y presenciado… No soporté el resultado. Pero ahora deseo ir a
vivir con vosotros. Ayudar a Greg, y que Greg te haga feliz a ti… solo deseo
eso. Y para conseguirlo, necesito más tiempo en este centro.
—Papá,
Greg y yo somos felices, te vamos a hacer abuelo…
—Pues
idos a disfrutar, y cuando yo considere que no volveré a caer en la debilidad
de beber, iré a vuestra casa. En el fondo debo de estarle agradecido a Greg,
porque, de no ser por él, que compró las hipotecas, estaría en la calle.
—Era
eso por lo que no deseabas que yo volviera, papá —dijo Peggy sin preguntar.
—Sí,
sí, claro. Por eso fui también a ver a Greg. Temía que el encono llegara
demasiado lejos contigo, que no tenías culpa de nada, que nada sabías… Pero
ahora estoy contento. Os veo juntos, y vuestros ojos indican lo que significáis
el uno para el otro.
—Nos
amamos mucho, Max. Pero también te confesaré que, pese a todo lo aparente,
pretendimos hacernos daño. Yo, por tomarla por esposa a la fuerza; ella, por la
humillación que eso suponía.
—Os
bendigo y me alegro. De muchos males vienen muchos bienes… Eso es importante.
Lo demás ya no cuenta, y no cuenta porque no tiene remedio ni reparación.
—Hay
que dejar el pasado atrás, Max —añadió Greg, feliz, palmeándole el hombro—. Lo
importante es el hoy y el después. Y yo te aseguro que haré feliz a tu hija. No
sé qué hizo ni cómo lo hizo, pero me ha enamorado y ella se enamoró de mí.
Somos una pareja feliz y para rato… Tal vez en el fondo de mi ser lo único que
intento es emular a mis padres y a ti con tu mujer. Sea como fuere, recupérate
y retorna a casa cuando te sientas bien seguro de que no vas a volver a
reincidir…
Max
Hamilton había engordado. Estaba fresco y vital. Los miraba con los ojos
húmedos.
—Dicen
que Dios aprieta, pero no ahoga, y es bien cierto. Os bendigo, Greg, Peggy
querida.
Ya
en el auto, camino del rancho, Peggy asía el brazo de Greg con las dos manos y
Greg pudo ver en un dedo la alianza de oro y, en el otro…, el brillante.
—Te
lo has puesto —siseaba.
—Es
tuyo, Greg. Me lo has regalado, y tú mismo has dicho que el día que te aceptara
me lo pondría. Pues ya está puesto.
—Cariño…
—¿Es
que vas a parar?
—Un
segundo. Me meto en el arcén y te beso. No puedo pasar sin hacerlo.
—¿Te
digo una cosa íntima, Greg?
El
auto ya frenaba en el arcén.
—Di,
di…
—Te
adoro, te necesito, te deseo…
Greg
la besó.
En
plena boca. Como si no se saciara jamás. Los besos de Greg eran llamaradas, y
los de Peggy, fogonazos…
El
pasado se moría allí mismo, como si ya no existiera…
Fin
Matrimonio
obligado (2000)
Título
original: Matrimonio obligado (2000)
Editorial:
Ediciones B
Género:
Contemporáneo
Protagonistas:
Gregory "Greg" Walker y Peggy Hamilton


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