© Libro N°. 2994. María.
Jorge Isaacs. Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © María. Jorge Isaacs
Versión Original: © María. Jorge Isaacs
Circulación conocimiento
libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/03/maria-jorge-isaacs.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir
o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/03/maria-jorge-isaacs.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA
TODA LA CULTURA
MARÍA
Jorge Isaacs
PRÓLOGO
Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén
Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido
con María es tan desconcertante como la paulatina acogida del público.
Ciertamente, la novela de Jorge Isaacs fue bien recibida a la hora de su
publicación —1867—, aunque tuvieron que transcurrir varios años antes de que se
realizaran nuevas ediciones.
Sin embargo, en el interin la novela se había publicado por
entregas en Buenos Aires, México y Chile y pronto cundió el entusiasmo al punto
de que al finalizar el siglo superaba las cincuenta ediciones.
En 1967 —año del centenario de su publicación— María contaba con
ciento cincuenta ediciones, traducciones a múltiples lenguas, adaptaciones
cinematográficas diversas y era ya, sin duda alguna, la novela más leída de
Latinoamérica. Y, curiosamente, ese mismo año se publicaba otra novela
colombiana que tomaba el relevo en la nada frecuente alianza de crítica y
público: Cien Años de Soledad. Cien años de Isaacs a García Márquez, cifra
exacta con la que se constata un precedente singular: el del lector que súbitamente
se multiplica al extremo de que, salvo el Quijote, ninguna otra experiencia
narrativa de nuestra lengua ha contado con tan fervorosa recepción popular.
El caballero de las lágrimas
Jorge Isaacs nació el 1o de abril de 1837 en Cali, Colombia. Su
padre, George Henry Isaacs, comerciante de Jamaica, de origen judío, repudió su
fe y se convirtió al cristianismo para casarse con la colombiana Manuela Ferrer
Scarpetta, de ascendencia catalana. Tras cursar sus estudios primarios en Cali
y Popayán, Isaacs viaja a Bogotá, donde ingresa en el Colegio del Espíritu
Santo. Posteriormente estudia también en los claustros de San Buenaventura y
San Bartolomé, sin llegar a graduarse. Después de cinco años de permanencia en
la capital regresa al Valle del Cauca y se instala en El Paraíso, finca que
tendrá una honda repercusión en el clima de su novela. A la edad de 16 años se
ve obligado a tomar las armas y participa en la primera de sus guerras civiles.
De esta forma, la figura del poeta guerrero, tan cara al romanticismo, se ve en
él precozmente ilustrada; dos años más tarde se casa con Felisa González Umaña,
quien sólo cuenta con catorce años de edad.
Entre 1860 y 1861 Isaacs vuelve a empuñar las armas al lado del
gobierno contra las fuerzas revolucionarias del general Tomás Cipriano de
Mosquera, actitud que contrasta con la que años después adoptara al encarnar él
mismo los principios revolucionarios del liberalismo y combatir a sus antiguos
copartidarios. Tras la muerte de su padre —uno de los fundadores de la
industria azucarera en Colombia— Isaacs se enfrenta a la administración de unos
bienes más bien precarios, gestión ante la que se muestra tan inexperto que
pronto precipita el desastre.
Isaacs viaja de nuevo a Bogotá, llevado por litigios e
instancias judiciales pero también acuciado por el síndrome literario. Es bien
recibido por los miembros de "El Mosaico" y en especial por su
mentor, el escritor y crítico José María Vergara y Vergara, que auspicia y
publica en 1864 el primer libro de Isaacs, el volumen Poesías, que tiene un
inmediato reconocimiento.
Desde muy joven Isaacs se había dedicado a componer poemas de
variada índole, con metro y temas diversos, como es el caso de Mayo, El Gorrión
y La Virginia del Páez. Algunos de estos poemas constituyen cantos a la paz y
bonanza del hogar y otros no son más que cuadros costumbristas puestos en verso
—no en vano "El Mosaico" era un grupo literario formado en torno a la
preocupación costumbrista, y de ello da prueba Vergara y Vergara con su texto
Las Tres Tazas—, aunque la mayor parte del volumen está compuesto por
verdaderos himnos a la naturaleza idílica del Valle del Cauca cuya atmósfera se
traslada posteriormente a largas secuencias de la prosa poética de la novela.
Por esta época la influencia que priva en sus gustos es la de Chateaubriand y
Lamartine, principalmente, aunque también se advierten ecos de otros románticos
franceses e ingleses, a quienes leía con devoción. Isaacs regresa al Valle del
Cauca y trabaja como inspector de obras en la construcción del camino que
conduce de Cali a la Costa del Pacífico.
El proyecto de lo que luego será su novela María adquiere
consistencia y madurez y finalmente forma. Su publicación le merece una
excelente acogida crítica y más lentamente, la atención del público, hasta
convertirse al finalizar el siglo en uno de los libros capitales del continente
y de España. No hay que ignorar aquí que María es la única novela del
romanticismo en castellano que cifra toda su importancia en la recreación del
pathos sentimental, a diferencia del romanticismo americano, atrapado por la preocupación
social —el nativismo, el abolicionismo, el reclamo político—, tal como se
advierte en obras que van desde Amalia y Cumandá hasta Cecilia Valdés, y donde
el nombre femenino de los títulos no es mera casualidad, en lo que respecta a
la novela romántica escrita en España no hay que ignorar el fuerte influjo de
Walter Scott y su peculiar aporte "histórico" lo que generó, a falta
de una verdadera tradición, un cúmulo de productos miméticos, con mayor fortuna
unos que otros. Cabe destacar, dentro de lo recuperable, El Doncel de don
Enrique el Doliente de Larra; Sancho Saldaña, de Espronceda; y El Señor de
Rembibre, de Gil y Carrasco: en todas estas novelas el esquema anecdótico es
scottianamente similar: una relación afectiva (por lo general un triángulo)
sobre un fondo histórico preciso. Tampoco hay que ignorar aquí esa noción más
bien espuria del comercio afectivo que puso de moda el Feuilleton-roman y cuyo
clima, por poner un ejemplo se advierte en El Final de Norma, del español Pedro
Antonio de Alarcón, novela pretendidamente "romántica" aunque
repudiada por su propio autor.
Políticamente uno de los polos de atracción de Isaacs fue Julio
Arboleda, poeta e insurgente, una de las figuras más destacadas del
conservatismo en el que Isaacs militó en su primera época. Fiel a sus
convicciones, el escritor colabora en publicaciones ideológicamente afines y es
miembro de la legislatura parlamentaria en el período coetáneo al de su éxito
literario. Entre 1871 y 1873 Isaacs es nombrado Cónsul de Colombia en Santiago
de Chile y su inesperado cambio político se hace manifiesto: el ideario liberal
desplaza en sus opciones al conservador lo cual equivale, en su época, a
defender sus posturas con las armas. Y si antes combatió con los conservadores,
en 1876 lucha al lado de los liberales con tal denuedo que se destaca como
capitán en la cruenta Batalla de los Chancos. Luego, tras ser nombrado
Gobernador del Cauca, al mando de fuerzas revolucionarias liberales invadió el
Estado de Antioquia, depuso al gobernador y ejerció el gobierno en la región.
Poco después, sitiado por el ejército nacional, se vio obligado a capitular.
Sin embargo, a estas alturas ya es consciente de que sus
aventuras ideológicas, militares y parlamentarias no son más que variantes de
una misma frustración. En 1880 publica La Revolución Radical en Antioquia,
texto en el que explica, no sin cierto afán exculpatorio, su participación en
la invasión de aquel Estado, aunque ello no obstó para que Antioquia vetara su
nombre como representante electo por su circunscripción.
Desilusionado de la política, que no comprendía y para cuyas
lides evidentemente no estaba dotado, formó parte de la comisión oficial que
recorrió la península de la Guajira. En estas experiencias se apoyó para
escribir un "Estudio sobre las tribus indígenas del departamento del
Magdalena", publicado más tarde en los Anales de instrucción pública.
Antaño había descubierto ricos yacimientos de hulla pero dificultades
económicas le impidieron poner en marcha su explotación y sólo el año anterior
al de su muerte una empresa norteamericana decidió financiar la empresa.
Decepcionado por completo, pensó en emigrar a Argentina pero la
revolución de 1885 se lo impidió. La literatura, sin embargo, fue su último
refugio, aunque en realidad nunca dejó de escribir o de concebir planes
literarios, tal como lo demuestran, entre muchos ejemplos, la publicación del
primer Canto del poema Saulo, La Tierra de Córdoba o la redacción de una
célebre y sentida elegía con motivo de la muerte de Elvira, la hermosa hermana
de su amigo el poeta José Asunción Silva, a quien, entre otras cosas, lo unen
el inicial ideario conservador, la escasa pericia para sanear el patrimonio
familiar tras la muerte del padre, la tentación del suicidio, el acometimiento
de empresas económicas algo disparatadas y la gestación de obras paradigmáticas
en el más bien precario panorama literario de la época.
Dentro de los proyectos literarios de Isaacs destaca la
elaboración de las novelas Alma Negra, Tania y Soledad, de las que da noticias
en cartas de 1893. La intención lacrimógena sigue vigente y el autor —a quien
uno de sus críticos llamó "El caballero de las lágrimas"— no puede
prescindir de la influencia de María: "Tania hará llorar menos tal vez,
pero estremecerá y engrandecerá muchas almas..." . Isaacs muere pobre y
desilusionado en Ibagué, capital del Tolima, en abril de 1895. Sus Poesías
completas aparecen con su estudio preliminar de Baldomero Sanín Cano en
Barcelona, en 1920, y su Correspondencia inédita es editada por Cornelio
Hispano en Bogotá, en 1929. Prácticamente toda su experiencia teatral permanece
relegada al campo de las curiosidades. Títulos suyos, en este género, son
Paulina Lamberti, María Adrián o los Montañeses de Lyon, La última noche de
Capua y Amy Robsart, imitación del título homónimo de Víctor Hugo.
La voluntad larmoyante
Al promediar el siglo XIX muy pocos escritores podían permitirse
la libertad de anunciar desde la primera página de un libro que la garantía
cualitativa del mismo estaba en proporción directa con la cantidad de lágrimas
derramadas por el lector. Cierto es que en 1788 Bernardín de Saint-Pierre había
expresado la misma esperanza en el proemio de Paul et Virginie —esa
"tramoya bucólica", como la llamara Willi Hardt—, aunque también lo
es que la reacción larmoyante era mucho más comprensible en la época del escritor
francés que ochenta años después, en un valle idílico de la América meridional.
La cuestión radica en que, por encima de los tópicos y las costumbres, más allá
de las escuelas literarias y los cambios históricos, los lectores de María
lograron satisfacer con creces los deseos del anónimo albacea literario de
Isaacs. Porque la anécdota del libro, pese a estar narrada en primera persona
por Efraín, le llega al lector a través de un no identificado intermediario que
no sólo edita el manuscrito, sino que también escribe unas breves líneas
introductorias en cuyo apartado final hace suyos los deseos del propio autor.
No debe sorprender el uso de este recurso, también utilizado por Saint-Pierre
y, antes que éste, por Goethe en su Werther, libro a cuya atmósfera sentimental
no permaneció indiferente ningún escritor de las diversas promociones
románticas. ¿Qué es en realidad María? La crónica de una muerte anunciada,
apoyada en una feliz confluencia de préstamos autobiográficos y sublimaciones
culturales.
Por el lado autobiográfico, Isaacs se limita a hurtar lo más
significativo de su experiencia personal transfiriéndoselo a su personaje
masculino, con la única y sorprendente excepción de su agitada trayectoria
política —sorprendente si se considera la tentación del epos romántico, ínsita
en la experiencia de Isaacs como en la de sus ídolos Byron y Víctor Hugo—, la
alteración de algunos datos cronológicos y el excesivo encomio de la estirpe
paterna. Por el lado de la cultura, Isaacs otorga a su personaje femenino todo
lo que encuentra sugestivo en una literatura ya clásica como son las piezas
mayores del romanticismo, a lo que hay que agregar una amplia iconografía con
la que el autor conforma físicamente a su heroína: su semblante es el de la
Virgen de la Silla, de Rafael, mientras que sus manos son tan bellas que están
"hechas para oprimir frentes como la de Byron". Es preciso constatar
aquí un hecho curioso: José Mármol, en su novela Amalia, traza el retrato de la
protagonista otorgándole los tributos de las más bellas mujeres judías: el
perfil de María ("la hermana de Moíses"), la mirada de Rut, el talle
de Rahab, el cuello de Abigail y los cabellos de Betsabé.
Al puzzle fisonómico del argentino, Isaacs responde con la
configuración renacentista de una hermosa muchacha judía convertida al
cristianismo, aunque también ella es una perfecta articulación de referentes
estéticos en los que no falta el indispensable toque de sencibilidad y calor
que le dan vida: su voz, sus gestos, su mirada, todo en ella tiene
reminicencias culturales. Efraín, en cambio, es modestamente terreno y a él le
corresponde el papel de evocar por escrito a la amada difunta: algo tan antiguo
como el oficio del poeta, algo tan patético como el romanticismo, algo tan
propio de "El caballero de las lágrimas".
El ritmo autobiográfico, alterado o no, es uniforme y permite
seguir la trayectoria de Efraín desde su niñez y sus estudios en la capital
hasta su regreso a la casa paterna, donde se enamora de María. El paulatino
empeoramiento de la salud de ésta y la evocación de la enfermedad de su madre
no le dejan duda al lector sobre el destino de la heroína, sobre todo si se
tiene en cuenta que tal situación aparece subrayada por la irrupción de una ave
negra, cuyo súbito vuelo en la plenitud de la noche roza la frente de Efraín
(C. XV). Muchos episodios se suceden a partir de este primer llamado de alerta:
los preparativos del viaje de Efraín a Europa y la repercusión que los mismos
tienen en el ánimo de María se ven compensados en un hábil juego de
alternancias con la evocación del frívolo pasado del trío compuesto por Carlos,
Emigdio y Efraín. Sus aventuras y una cierta picaresca rompen eficazmente el
crescendo dramático de la situación principal, a lo que se suma la anécdota de
la doble sesión cinegética: la cacería del tigre y la del venado, excelentes
pretextos para insertar algunos cuadros realistas. La segunda irrupción del ave
negra (C. XXXIV) confirma en la simultaneidad del registro la creciente
desgracia: es ahora María quien ve el ave, aunque en el mismo instante Efraín
contempla los estragos que una carta produce en el ánimo de su padre: la
amenaza de la ruina total.
Episodio aparte merecen Nay y Sinar y su romántica historia, en
la que aparte un exotismo fiel a la línea de Chateaubriand, vuelve a operar la
simetría: el final de la historia de Nay, coronado por el alumbramiento de su
hijo, fruto de su amor con Sinar, coincide con la llegada de la huérfana Ester:
la esclava Nay, convertida en Feliciana, es el aya de Ester, a su vez
convertida en María. Dos apariciones más del ave de mal agüero —los dos
enamorados advierten unidos su presencia (C. XLVII) y finalmente, sólo el
superviviente (C. LXV)— ratifican la voluntad simétrica del autor, evidente en
juegos simultáneos y en la consagración de la duplicidad a lo largo del libro.
Por fin, tras el viaje de Efraín a Inglaterra y su precipitado regreso,
superada la odisea fluvial por el Dagua sobreviene el desenlace: "Algo
como la hoja fría de un puñal penetró en mi cerebro: faltó a mis ojos luz y a
mi pecho aire. Era la muerte que me hería... Ella, tan cruel e implacable, ¿por
qué no supo herir?". Y aquí el pasado se torna, una vez más extremadamente
dúctil: Emma recompone para su hermano Efraín los postreros días de María: es
el pasado que se sumerge dentro del pasado en pos de un orden.
En un último recorrido por la casa se duerme y sueña que María
es su esposa y luego, al visitar el cementerio, el ave negra vuela sobre él por
vez postrera y se posa sobre la cruz de hierro del sepulcro: todo está
consumado y el símbolo se funde con la realidad, el vaticinio se cumple y el
dolor reina en El Paraíso.
La ambivalencia sentimental
La aproximación afectiva de Efraín y María no está desprovista
de una impaciente sensualidad, bien sea en las formas del galanteo, bien en la
morosidad contemplativa —el fetichismo de la voz y del pie, así como la
delectación con las prendas de la difunta— o bien merced a recursos más
sutiles, como cuando la boca de un niño es el lugar de encuentro de los labios
de los enamorados. También en Werther un beso del amante es transmitido por los
labios de un niño a Carlota, una mujer que, como María aparece casi siempre
rodeada de una cohorte infantil.
Por otra parte, el aparente recato de María ante los asedios de
Efraín esconde una no disimulada satisfacción al tiempo que promueve con su
actitud nuevos avances; hay cierta coquetería en su comportamiento, aunque no
quiere decir que con ello asuma actitudes proclives a la frivolidad o a un
abierto devaneo. A todo este perturbador clima que pone en entredicho una
castidad que algunos se apresuran a inscribir en la tradición del amor courtois
y que otros, más imaginativos, remiten a la mariología, es preciso agregar una
amplia sucesión de incidencias que, en el contexto de las relaciones de los
personajes principales, las ilustran e incluso determinan.
La carnalidad como creciente preocupación se abre paso con las
sensaciones vividas en la boda de Bruno y Remigia y la fiesta que la celebra:
esa es la ocasión que aprovecha el padre de Efraín para anunciarle su decisión
de enviarlo a Europa a estudiar medicina. ¿Cómo puede sentirse el joven cuando
en pleno calor de un ágape nupcial se le notifica la inminente separación de su
amada? En el pasado de Efraín hay razones que invitan a dudar de una bien
guardada virtud, sobre todo si se considera su relación con Carlos, su amante
Micaelina y Emigdio víctima éste de las nada ingenuas bromas de la mujer, que
se presta incluso a la burla de sus sentimientos. En este sentido es preciso
destacar las pretensiones que el propio Carlos alimenta por María, la novia de
su amigo. Otra boda, en la que los padrinos son Efraín y María —más guiños
nupciales— es la de Braulio y Tránsito cuyo hijo suscribe con su edad el lapso
de la separación de los enamorados.
También el amor forma parte esencial en la historia de Nay y
Sinar, que tiene como marco étnico los ashantis, en el Africa Occidental. La
boda de Nay y Sinar es ratificada por vínculos más fuertes: la esclavitud que
los separa definitivamente. Ella, empero, da a luz un hijo de Sinar: la
homologación de los hechos resalta un dato: ante la inminente separación de
Efraín y María —el viaje de él, la enfermedad de ella— los amantes no tienen la
recompensa que sí tuvieron Tránsito y Braulio y Nay y Sinar.
La mayor parte de las parejas y bodas del libro parecen
empeñadas en llamar la atención sobre la esterilidad más que sobre la castidad
a que está condenada la pareja principal: no hay hijos en El Paraíso. Sin
embargo, un personaje destaca por su ostensible sensualidad y su capacidad
vital: Salomé. ¿Es casual este nombre en la onomástica judía de Isaacs? El
apetito de la hija de Herodías nada tiene que ver con el de la hija de
Custodio, aunque sí es inquietante. Salomé no sólo es muy hermosa sino también
consciente del fuerte deseo que despierta su cuerpo, tanto que su padre teme
sea seducida, por lo que encarga su protección a Efraín. La castidad de éste es
puesta a prueba por la muchacha, cuyos atributos eróticos no le son
indiferentes al punto de hacerlo vacilar al liberarse ella de su hermano
pequeño cuando deciden bañarse a solas.
Otro personaje notable por su falta de escrúpulos en relación
con el sexo es la vieja Dominga, celestina y en buena parte hechicera —su
filiación con la negra Juana García, en El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle,
es evidente— e imagen en todo refractaria a la inocencia de María. Algo similar
a lo que ocurre con Custodio y su hija Salomé se repite durante el frenético
viaje de regreso entre el ex boga Bibiano y su sugestiva hija núbil Rufina,
quien "por lo movible de su talle y sus sonrisas esquivas me recordaba a
Remigia en la noche de sus bodas".
No deja de ser significativo que un hombre obsedido por el dolor
y la preocupación de no alcanzar a ver con vida a su amada se detenga a recrear
con deleite y no escondida pasión las formas físicas de una muchacha que lo
remite a otra, precisamente durante su noche de bodas. ¿Cabe olvidar a este
respecto que Isaacs mismo se casó con una nínfula de apenas catorce años de
edad? Pero lo erótico no se agota sólo en lo relativo a las personas: la
sensualidad se traslada, en un sugerente e inesperado gesto vitalizador, a la
naturaleza. "La niña está celosa", dice uno de los bogas, y ante las
sospechas del lector, que piensa en Rufina, la respuesta es sorprendente y
poética: se trata del río Pepita, que el boga llama "niña" y que está
"celosa" del río Dagua por el que navegan y del cual es afluente. A
esta comunidad hidrográfica se aplica el mismo criterio pasional que a la
comunidad humana, con sus debilidades y osadías, lo que traza un puente con el
tratamiento vitalizador que José Eustasio Rivera inmortalizara en La Vorágine,
novela en la que los capítulos fluviales de María fijan un sugestivo
precedente.
Un último dato que pone en duda la inocencia a ultranza es la
ofrenda de las trenzas que encarga la difunta y el legado de sus vestidos y
prendas que Efraín recoge y venera con un gesto no ajeno al fetichismo:
"Abrí el armario: todos los aromas de los días de nuestro amor se
exhalaron combinados de él. Mis manos y mis labios palparon aquellos vestidos
tan conocidos para mí...". Ante lo visto, ¿en qué radica el romanticismo
preten-didamente casto y puro de María?
Es evidente que en la novela de Isaacs no todo es orgía
lacrimógena y que también hay espacio para el tono sutil del sentimiento
equívoco: celestinaje, fetichismo, delectatio morosa, la rotundidad erótica de
Salomé y la ambigüedad de algunos otros, como la precoz exuberancia de Rufina y
el toque homosexual del administrador de aduanas, personaje que desata una
serie de compulsiones en Efraín y, por contagio, en el lector. Por otra parte,
a pesar del deliberado timbre sentimental de la novela —el lado cursi y
sensiblero que el vulgo confunde con la única acepción de lo romántico—, hay
también una serie de elementos que ponen de presente el hondo sentido de la
realidad y el pragmatismo de Efraín: la actitud ante los descalabros
financieros de su padre, el viaje de retorno por el río Dagua, sus ideas sobre
la esclavitud, algunos títulos de su propia biblioteca.
A LOS HERMANOS DE EFRAÍN
He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de
aquel a quien tanto amasteis y que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho
esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido pálidas e indignas
de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no
ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis
manos el libro de sus recuerdos: “Lo que ahí falta tú lo sabes: podrás leer
hasta lo que mis lágrimas han borrado”. ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues,
y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he
cumplido fielmente.
I
Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que
diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras,
establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel
tiempo.
En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a
mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque
los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando
salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.
Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de
muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza
infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida,
hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había
pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.
A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida
por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus
adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y
balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la
primera sensación de dolor.
Pocos momentos después seguía yo a mi padre, que ocultaba el
rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso
ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Zabaletas, cuyas vegas quedaban a
nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las
colinas de la vereda, en las que solían divisarse desde la casa viajeros
deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos:
María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi
madre.
II
Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me
recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era
ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del
verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las
crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas
nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por
un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche
habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales,
regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban
sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por
florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez
en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos guaduales;
en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales
momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U... ¡Los
perfumes que aspiraba eran tan gratos, comparados con el de los vestidos
lujosos de ella, el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces
a mi corazón!
Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído
conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis
condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile,
inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de
susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien
hemos soñado a los dieciocho años y una mirada fugitiva suya quema nuestra
frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y
sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una
postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya
la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente,
vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su
alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las
alfombras, lo que remeda aquel canto, que el mundo creerá ideal. Así el cielo,
los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca hacen enmudecer a quien los
contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas
y cantadas: es necesario que vuelvan al alma, empalidecidas por la memoria
infiel.
Antes de ponerse el Sol, ya había yo visto blanquear sobre la
sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella contaba
con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, al través de los cuales
vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones.
Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que me vio
formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedrado del patio.
Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los
brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: era el supremo
placer que conmovía a una naturaleza virgen.
Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las
hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos
anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió del
más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros rozó con su talle; y
sus ojos estaban humedecidos, aún al sonreír a mi primera expresión afectuosa,
como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.
III
A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado
en la parte oriental de la casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las
montañas sobre el fondo estrellado del cielo. Las auras del desierto pasaban
por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear con los rosales que nos
rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río.
Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus
noches, como para recibir a un huésped amigo.
Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su
derecha; mi madre se sentó a la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y
los niños se situaron indistintamente, y María quedó frente a mí.
Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de
satisfacción y sonreía con aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo,
que no he visto nunca en otros labios. Mi madre hablaba poco, porque en esos
momentos era más feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas se empeñaban
en hacerme probar las colaciones y cremas: y se sonrojaba aquella a quien yo
dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora.
María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en
ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres
veces que a su pesar se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos,
húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el velado
primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante
cabellera castaño oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una
de las cuales se veía un clavel encarnado.
Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se
descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino, color
de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta, de blancura mate.
Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a
servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos
cuidadas como las de una reina.
Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de
ellos rezó el Padrenuestro, y sus amos completamos la oración.
La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y
yo.
María tomó en brazos al niño que dormía en su regazo, y mis
hermanas la siguieron a los aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su
dulce afecto.
Ya en el salón, mi padre, para retirarse, les besó la frente a
sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado. Mis
hermanas y María, menos tímidas ya, querían observar qué efecto me causaba el
esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor
del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la altura
de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas,
entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en
donde un hermoso florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa
azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. Las cortinas del
lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de
rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa
pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos mapas,
asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.
—¡Qué bellas flores! —exclamé al ver todas las que del jardín y
del florero cubrían la mesa.
—María recordaba cuánto te agradaban —observó mi madre.
Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se
esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.
—María —dije— va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza
donde se duerme.
—¿Es verdad? —respondió—; pues las repondré mañana.
¡Qué dulce era su acento!
—¿Tantas así hay?
—Muchísimas; se repondrán todos los días.
Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María,
abandonándome por un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía:
esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles, sorprendida
en el rostro de una virgen de Rafael.
IV
Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los
maravillosos cuentos del esclavo Pedro.
Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al
salir había rozado las cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa
salpicada de florecillas azules.
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes
de los naranjos y pomarrosos, y los azahares llenaron mi estancia con su aroma
tan luego como entreabrí la puerta.
La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su
voz de niña, pero más grave y lista ya para prestarse a todas las modulaciones
de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡Cuántas veces, en mis sueños, un eco de ese
mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos han buscado en vano aquel
huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!
La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no
sería ya la compañera de mis juegos; pero en las tardes doradas del verano
estaría en los paseos a mi lado, en medio del grupo de mis hermanas; le
ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su voz, me
mirarían sus ojos, nos separaría un solo paso.
Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la
ventana y divisé a María en una de las calles del jardín, acompañada de Emma:
llevaba un traje más oscuro que el de la víspera, y el pañolón color de
púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre la falda; su
larga cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la
espalda y pecho: ella y mi hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una
vasija de porcelana poco más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba
llenando de rosas abiertas durante la noche, desechando por marchitas las menos
húmedas y lozanas. Ella, riendo con su compañera, hundía las mejillas, más
frescas que las rosas, en el tazón rebosante. Descubrióme Emma: María lo notó,
y sin volverse hacia mí, cayó de rodillas para ocultarme sus pies, desatóse del
talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros, fingía jugar con las
flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las
alboradas en que recogían flores para sus altares.
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero.
Emma y María estaban bordando cerca de ella.
Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez
la sorpresa que involuntariamente le había yo dado en la mañana.
Mi madre quería verme y oírme sin cesar.
Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me
exigía que le describiera bailes espléndidos, hermosos vestidos de señora que
estuvieran en uso, las más bellas mujeres que figuraran entonces en la alta
sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me miraba algunas veces al
descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de asiento; y al
ponerse en pie para acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado,
pude ver sus pies primorosamente calzados: su paso ligero y digno revelaba todo
el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de la virgen
cristiana. Ilumináronsele los ojos cuando mi madre manifestó deseos de que yo
diese a las muchachas algunas lecciones de gramática y geografía, materias en
que no tenían sino muy escasas nociones. Convínose en que daríamos principio a
las lecciones pasados seis u ocho días, durante los cuales podría yo graduar el
estado de los conocimientos de cada una.
Horas después me avisaron que el baño estaba preparado, y fui a
él. Un frondoso y corpulento naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba
pabellón sobre el ancho estanque de canteras bruñidas: sobrenadaban en el agua
muchísimas rosas; semejábase a un baño oriental, y estaba perfumado con las
flores que en la mañana había recogido María.
V
Habían pasado tres días cuando me convidó mi padre a visitar sus
haciendas del valle, y fue preciso complacerlo; por otra parte, yo tenía
interés real a favor de sus empresas. Mi madre se empeñó vivamente por nuestro
pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. María no me suplicó, como
ellas, que regresase en la misma semana; pero me seguía incesantemente con los
ojos durante mis preparativos de viaje.
En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades
notablemente: una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas fanegadas de caña
para abastecerla, extensas dehesas con ganado vacuno y caballar, buenos
cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo más notable de sus
haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos hasta
donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con
su amo. Hallé hombres a los que, niños poco antes, me habían enseñado a poner
trampas a las chilacoas y guatines en la espesura de los bosques; sus padres y
ellos volvieron a verme con inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro,
el buen amigo y fiel ayo, no debía encontrarlo: él había derramado lágrimas al
colocarme sobre el caballo el día de mi partida para Bogotá, diciendo: “Amito
mío, ya no te veré más”. El corazón le avisaba que moriría antes de mi regreso.
Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato
cariñoso a sus esclavos, se mostraba celoso por la buena conducta de sus
esposas y acariciaba a los niños.
Una tarde, ya a puestas del Sol, regresábamos de las labranzas a
la fábrica mi padre, Higinio (el mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos
hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas menos serias: pensaba en los días de
mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién derribados y el de las
piñuelas en sazón: la greguería de los loros en los guaduales y guayabales
vecinos; el tañido lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes;
las castrueras de los esclavos que volvían espaciosamente de las labores con
las herramientas al hombro; los arreboles vistos al través de los cañaverales
movedizos, todo me recordaba las tardes en que, abusando mis hermanas, María y
yo de alguna licencia de mi madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos
solazábamos recogiendo guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos
de piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, y espiando
polluelos de pericos en las cercas de los corrales.
Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un
joven negro de notable apostura:
—Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para
pasado mañana?
—Sí, mi amo —le respondió quitándose el sombrero de junco y
apoyándose en el mango de su pala.
—¿Quiénes son los padrinos?
—Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.
—Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo
lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?
—Todo está ya, mi amo.
—¿Y nada más deseas?
—Su merced verá.
—El cuarto que te ha señalado Higinio, ¿es bueno?
—Sí, mi amo.
—¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.
Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura
deslumbrante, volviendo a mirar a sus compañeros.
—Justo es; te portas muy bien. Ya sabes —agregó, dirigiéndose a
Higinio—: arregla eso, y que queden contentos.
—¿Y sus mercedes se van antes? —preguntó Bruno.
—No —le respondí—, nos damos por convidados.
En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia.
Esa noche, a las siete, montamos mi padre y yo para ir al baile, cuya música
empezábamos a oír. Cuando llegamos, Julián, el esclavo capitán de la cuadrilla,
salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su
vestido de domingo y le pendía de la cintura el largo machete de guarnición
plateada, insignia de su empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitación
había sido desocupada de los enseres de labor que contenía, para hacer el baile
en ella. Habíanla rodeado de tarimas; en una araña de madera suspendida en una
de las vigas, daba vueltas media docena de luces; los músicos y cantores,
mezcla de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había
sino dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques y una
pandereta; pero las finas voces de los negritos entonaban los bambucos con
maestría tal; había en sus cantos tan sentida combinación de melancólicos,
alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente
sencillos, que el más culto dilettante hubiera escuchado en éxtasis aquella
música semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en
ese momento Remigia y Bruno; ella con follao de boleros azules, tumbadillo de
flores rojas, camisa blanca bordada de negro y gargantilla y zarcillos de
cristal color de rubí, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de
esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de
su ruana de hilo, calzón de vistosa manta, camisa blanca aplanchada y un
cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza admirable.
Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos a cada pieza
de baile, tocaron los músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció
que era para el amo. Remigia, animada por su marido y por el capitán, se
resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre; pero entonces no se
atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos
espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.
Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita que
hicimos a las haciendas; mas cuando le dije que en adelante deseaba participar
de sus fatigas quedándome a su lado, me manifestó, casi con pesar, que se veía
en el caso de sacrificar a favor mío su bienestar, cumpliéndome la promesa que
me tenía hecha de tiempo atrás de enviarme a Europa a concluir mis estudios de
medicina, y que debía emprender viaje a más tardar dentro de cuatro meses. Al
hablarme así, su fisonomía se revistió de una seriedad solemne sin afectación,
que se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables. Esto pasaba la
tarde en que regresábamos a la sierra. Empezaba a anochecer, y a no haber sido
así, habría notado la emoción que su negativa me causaba. El resto del camino
se hizo en silencio. ¡Cuán feliz hubiera yo vuelto a ver a María, si la noticia
de ese viaje no se hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis esperanzas
y ella!
VI
¿Qué había pasado en aquellos cuatro días en el alma de María?
Iba ella a colocar una lámpara en una de las mesas del salón,
cuando me acerqué a saludarla, y ya había extrañado no verla en medio del grupo
de la familia en la gradería donde acabábamos de desmontarnos. El temblor de su
mano expuso la lámpara, y yo le presté ayuda, menos tranquilo de lo que creía
estarlo. Parecióme ligeramente pálida, y alrededor de sus ojos había una leve
sombra, imperceptible para quien la hubiese visto sin mirarla. Volvió el rostro
hacia mi madre, que hablaba en ese momento, evitando así que yo pudiera
examinarlo bañado por la luz que teníamos cerca; noté entonces que en el
nacimiento de una de las trenzas tenía un clavel marchito; y era sin duda el
que le había yo dado la víspera de mi marcha para el valle. La crucecilla de
coral esmaltada que había traído para ella, igual a la de mis hermanas, la
llevaba al cuello pendiente de un cordón de pelo negro. Estuvo silenciosa,
sentada en medio de las butacas que ocupábamos mi madre y yo. Como la
resolución de mi padre sobre mi viaje no se apartaba de mi memoria, debí de
parecerle a ella triste, pues me dijo en voz casi baja:
—¿Te ha hecho daño el viaje?
—No, María —le contesté—; pero nos hemos asoleado y hemos andado
tanto...
Iba a decirle algo más, pero el acento confidencial de su voz,
la luz nueva para mí que sorprendí en sus ojos, me impidieron hacer otra cosa
que mirarla, hasta que, notando que se avergonzaba de la involuntaria fijeza de
mis miradas, y encontrándome examinado por una de mi padre (más terrible cuando
cierta sonrisa pasajera vagaba en sus labios), salí del salón con dirección a
mi cuarto.
Cerré las puertas. Allí estaban las flores recogidas por ella
para mí; las ajé con mis besos; quise aspirar de una vez todos sus aromas,
buscando en ellos los de los vestidos de María; bañélas con mis lágrimas...
¡Ah, los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha
pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!
¡Primer amor!... Noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio
dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad
que comprada para un día con las lágrimas de toda una existencia, recibiríamos
como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; luz
inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a
los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los
hombres; delirio delicioso... inspiración del Cielo... ¡María! ¡María! ¡Cuánto
te amé! ¡Cuánto te amara!
VII
Cuando hizo mi padre el último viaje a las Antillas, Salomón,
primo suyo a quien mucho había amado desde la niñez, acababa de perder a su
esposa. Muy jóvenes habían venido juntos a Sudamérica, y en uno de sus viajes
se enamoró mi padre de la hija de un español, intrépido capitán de navío que,
después de haber dejado el servicio por algunos años, se vio forzado en 1819 a
tomar nuevamente las armas en defensa de los reyes de España, y que murió
fusilado en Majagual el 20 de mayo de 1820.
La madre de la joven que mi padre amaba exigió por condición
para dársela por esposa que renunciase él a la religión judaica. Mi padre se
hizo cristiano a los veinte años de edad. Su primo se aficionó en aquellos días
a la religión católica, sin ceder por eso a sus instancias para que también se
hiciese bautizar, pues sabía que lo que hecho por mi padre, le daba la esposa
que deseaba, a él le impediría ser aceptado por la mujer a quien amaba en
Jamaica.
Después de algunos años de separación, volvieron a verse, pues,
los dos amigos. Ya era viudo Salomón. Sara, su esposa, le había dejado una niña
que tenía a la sazón tres años. Mi padre lo encontró desfigurado moral y
físicamente por el dolor, y entonces su nueva religión le dio consuelos para su
primo, consuelos que en vano habían buscado los parientes para salvarlo. Instó
a Salomón para que le diera su hija a fin de educarla a nuestro lado, y se
atrevió a proponerle que la haría cristiana. Salomón aceptó diciéndole: “Es
verdad que solamente mi hija me ha impedido emprender un viaje a la India, que
mejoraría mi espíritu y remediaría mi pobreza: también ha sido ella mi único
consuelo después de la muerte de Sara; pero tú lo quieres, sea hija tuya. Las
cristianas son dulces y buenas, y tu esposa debe ser una santa madre. Si el
cristianismo da en las desgracias supremas el alivio que tú me has dado, tal
vez yo haría desdichada a mi hija dejándola judía. No lo digas a nuestros
parientes; pero cuando llegues a la primera costa donde se halle un sacerdote
católico, hazla bautizar y que le cambien el nombre de Ester en el de María”.
Esto decía el infeliz derramando muchas lágrimas.
A pocos días se daba a la vela en la bahía de Montego la goleta
que debía conducir a mi padre a las costas de Nueva Granada. La ligera nave
ensayaba sus blancas alas como una garza de nuestros bosques las suyas antes de
emprender un largo vuelo. Salomón entró a la habitación de mi padre, que
acababa de arreglar su traje de a bordo, llevando a Ester sentada en uno de sus
brazos, y pendiente del otro un cofre que contenía el equipaje de la niña: ésta
tendió los bracitos a su tío, y Salomón, poniéndola en los de su amigo, se dejó
caer sollozando sobre el pequeño baúl. Aquella criatura, cuya cabeza preciosa
acababa de bañar con una lluvia de lágrimas el bautismo del dolor antes que el
de la religión de Jesús, era un tesoro sagrado; mi padre lo sabía bien, y no lo
olvidó jamás. A Salomón le fue recordada por su amigo, al saltar éste a la
lancha que iba a separarlos, una promesa, y él respondió con voz ahogada: “¡Las
oraciones de mi hija por mí y las mías por ella y su madre, subirán juntas a
los pies del Crucificado!”.
Contaba yo siete años cuando regresó mi padre, y desdeñé los
juguetes preciosos que me trajo de su viaje por admirar aquella niña tan bella,
tan dulce y sonriente. Mi madre la cubrió de caricias, y mis hermanas la
agasajaron con ternura, desde el momento en que mi padre, poniéndola en el
regazo de su esposa, le dijo: “Esta es la hija de Salomón, que él te envía”.
Durante nuestros juegos infantiles sus labios empezaron a
modular acentos castellanos, tan armoniosos y seductores en una linda boca de
mujer y en la risueña de un niño.
Habrían corrido unos seis años. Al entrar yo una tarde en el
cuarto de mi padre, lo oí sollozar: tenía los brazos cruzados sobre la mesa y
en ellos apoyaba la frente; cerca de él mi madre lloraba, y en sus rodillas
reclinaba María la cabeza, sin comprender ese dolor y casi indiferente a los
lamentos de su tío: era que una carta de Kingston, recibida aquel día, daba la
nueva de la muerte de Salomón. Recuerdo solamente una expresión de mi padre en
aquella tarde: “Si todos me van abandonando sin que pueda recibir sus últimos
adioses, ¿a qué volveré yo a mi país?”. ¡Ay, sus cenizas debían descansar en
tierra extraña, sin que los vientos del océano, en cuyas playas retozó siendo
niño, cuya inmensidad cruzó joven y ardiente, vengan a barrer sobre la losa de
su sepulcro las flores secas de los aromas y el polvo de los años!
Pocos eran entonces los que, conociendo nuestra familia,
pudiesen sospechar que María no era hija de mis padres. Hablaba bien nuestro
idioma, era amable, viva e inteligente. Cuando mi madre le acariciaba la
cabeza, al mismo tiempo que a mis hermanas y a mí, ninguno hubiera podido
adivinar cuál era allí la huérfana.
Tenía nueve años. La cabellera abundante, todavía de color
castaño claro, suelta y jugueteando sobre su cintura fina y movible; los ojos
parleros; el acento con algo de melancólico que no tenían nuestras voces; tal
era la imagen que de ella llevé cuando partí de la casa paterna; así estaba en
la mañana de aquel triste día, bajo las enredaderas de la ventana de mi madre.
VIII
A prima noche llamó Emma a mi puerta para que fuera a la mesa.
Me bañé el rostro para ocultar las huellas de mis lágrimas, y me mudé los
vestidos para disculpar mi tardanza.
No estaba María en el comedor, y en vano imaginé que sus
ocupaciones la habían hecho demorarse más de lo acostumbrado. Notando mi padre
un asiento desocupado, preguntó por ella, y Emma la disculpó diciendo que desde
esa tarde había tenido dolor de cabeza y que dormía ya. Procuré no mostrarme
impresionado; y haciendo todo esfuerzo para que la conversación fuera amena,
hablé con entusiasmo de todas las mejoras que había encontrado en las fincas
que acabábamos de visitar. Pero todo fue inútil: mi padre estaba más fatigado
que yo, y se retiró temprano; Emma y mi madre se levantaron para ir a acostar a
los niños y ver cómo estaba María, lo cual les agradecí, sin que me
sorprendiera ya en mí ese mismo sentimiento de gratitud.
Aunque Emma volvió al comedor, la sobremesa no duró largo
tiempo. Felipe y Eloísa, que se habían empeñado en que tomara parte en su juego
de naipes, acusaron de soñolientos mis ojos. Aquél había solicitado inútilmente
de mi madre permiso para acompañarme al día siguiente a la montaña, por lo cual
se retiró descontento.
Meditando en mi cuarto, creí adivinar la causa del sufrimiento
de María. Recordé la manera como yo había salido del salón después de mi
llegada y cómo la impresión que me hizo el acento confidencial de ella fue
motivo de que le contestara con la falta de tino propio de quien está
reprimiendo una emoción. Conociendo ya el origen de su pena, habría dado mil
vidas por obtener un perdón suyo; pero la duda vino a agravar la turbación de
mi espíritu. Dudé del amor de María. ¿Por qué, pensaba yo, se esfuerza mi corazón
en creerla sometida a este mismo martirio? Consideréme indigno de poseer tanta
belleza, tanta inocencia. Echéme en cara ese orgullo que me había ofuscado
hasta el punto de creerme por él objeto de su amor, siendo solamente merecedor
de su cariño de hermana. En mi locura pensé con menos terror, con placer casi,
en mi próximo viaje.
IX
Levantéme al día siguiente cuando amanecía. Los resplandores que
delineaban hacia el oriente las cúspides de la cordillera central doraban en
semicírculos sobre ella algunas nubes ligeras que se desataban las unas de las
otras para alejarse y desaparecer.
Las verdes pampas y selvas del valle se veían como al través de
un vidrio azulado, y en medio de ellas algunas cabañas blancas, humaredas de
los montes recién quemados elevándose en espiral, y alguna vez las revueltas de
un río. La cordillera de occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos
de terciopelo azul oscuro suspendidos de sus centros por manos de genios
velados por las nieblas. Al frente de mi ventana, los rosales y los follajes de
los árboles del huerto parecían temer las primeras brisas que vendrían a
derramar el rocío que brillaba en sus hojas y flores. Todo me pareció triste.
Tomé la escopeta; hice una señal al cariñoso Mayo que, sentado sobre las
piernas traseras, me miraba fijamente, arrugada la frente por la excesiva
atención, aguardando la primera orden; y saltando el vallado de piedra, cogí el
camino de la montaña. Al internarme, la hallé fresca y temblorosa bajo las
caricias de las últimas auras de la noche. Las garzas abandonaban sus
dormideros formando en su vuelo líneas ondulantes que plateaba el Sol, como
cintas abandonadas al capricho del viento. Bandadas numerosas de loros se
levantaban de los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos, y el
diostedé saludaba al día con su canto triste y monótono desde el corazón de la
sierra.
Bajé a la vega montuosa del río por el mismo sendero por donde
lo había hecho tantas veces seis años antes.
El trueno de su raudal se iba aumentando, y poco después
descubrí las corrientes, impetuosas al precipitarse en los saltos, convertidas
en espumas hervidoras en ellos, cristalinas y tersas en los remansos, rodando
siempre sobre un lecho de peñascos afelpados de musgos, orlados en la ribera
por iracales, helechos y cañas de amarillos tallos, plumajes sedosos y
semilleros de color de púrpura.
Detúveme en la mitad del puente, formado por el huracán con un
cedro corpulento, el mismo por donde había pasado en otro tiempo. Floridas
parásitas colgaban de sus ramas, y campanillas azules y tornasoladas bajaban en
festones desde mis pies a mecerse en las ondas. Una vegetación exuberante y
altiva abovedaba a trechos el río, y al través de ella penetraban algunos rayos
del Sol naciente como por la techumbre rota de un templo indiano abandonado.
Mayo aulló cobarde en la ribera que yo acababa de dejar, y a instancias mías se
resolvió a pasar por el puente fantástico, tomando en seguida antes que yo el
sendero que conducía a la posesión del viejo José, quien esperaba de mí aquel
día el pago de su visita de bienvenida.
Después de una pequeña cuesta pendiente y oscura, y de atravesar
a saltos por sobre el arbolado seco de los últimos derribos del montañés, me
hallé en la placeta sembrada de legumbres, desde donde divisé humeando la
casita situada en medio de las colinas verdes, que yo había dejado entre
bosques al parecer indestructibles. Las vacas, hermosas por su tamaño y color,
bramaban a la puerta del corral buscando sus becerros. Las aves domésticas
alborotaban recibiendo la ración matutina; en las palmeras cercanas, que había
respetado el hacha de los labradores, se mecían las oropéndolas bulliciosas en
sus nidos colgantes, y en medio de tan grata algarabía oíase a las veces el
grito agudo del pajarero, que desde su barbacoa y armado de honda espantaba las
guacamayas hambrientas que revoloteaban sobre el maizal.
Los perros del antioqueño le dieron con sus ladridos aviso de mi
llegada. Mayo, temeroso de ellos, se me acercó mohíno. José salió a recibirme,
el hacha en una mano y el sombrero en la otra.
La pequeña vivienda denunciaba laboriosidad, economía y
limpieza; todo era rústico, pero estaba cómodamente dispuesto, y cada cosa en
su lugar. La sala de la casita, perfectamente barrida, poyos de guadua
alrededor, cubiertos de esteras de junco y pieles de oso, algunas estampas de
papel iluminado representando santos y prendidas con espinas de naranjo a las
paredes sin blanquear, tenía a derecha e izquierda la alcoba de la mujer de
José y la de las muchachas. La cocina, formada de caña menuda y con el techo de
hojas de la misma planta, estaba separada de la casa por un huertecillo donde
el perejil, la manzanilla, el poleo y las albahacas mezclaban sus aromas.
Las mujeres parecían vestidas con más esmero que de ordinario.
Las muchachas, Lucía y Tránsito, llevaban enaguas de zaraza morada y camisas
muy blancas con golas de encaje, ribeteadas de trencilla negra, bajo las cuales
escondían parte de sus rosarios, y gargantillas de bombillas de vidrio con
color de ópalo. Las trenzas de sus cabellos, gruesas y de color de azabache,
les jugaban sobre sus espaldas al más leve movimiento de los pies desnudos,
cuidados e inquietos. Me hablaban con suma timidez, y su padre fue quien,
notando eso, las animó diciéndoles: “¿Acaso no es el mismo niño Efraín, porque
venga del colegio sabido y ya mozo?”. Entonces se hicieron más joviales y
risueñas: nos enlazaban amistosamente los recuerdos de los juegos infantiles,
poderosos en la imaginación de los poetas y de las mujeres. Con la vejez, la
fisonomía de José había ganado mucho: aunque no se dejaba la barba, su faz
tenía algo de bíblico, como casi todas las de los ancianos de buenas costumbres
del país donde nació; una cabellera cana y abundante le sombreaba la tostada y
ancha frente, y sus sonrisas revelaban tranquilidad de alma. Luisa, su mujer,
más feliz que él en la lucha con los años, conservaba en el vestir algo de la
manera antioqueña, y su constante jovialidad dejaba comprender que estaba
contenta de su suerte.
José me condujo al río y me habló de sus siembras y cacerías,
mientras yo me sumergía en el remanso diáfano desde el cual se lanzaban las
aguas formando una pequeña cascada. A nuestro regreso encontramos servido en la
única mesa de la casa el provocativo almuerzo. Campeaba el maíz por todas
partes: en la sopa de mote servida en platos de loza vidriada y en doradas
arepas esparcidas sobre el mantel. El único cubierto del menaje estaba cruzado
sobre mi plato blanco y orillado de azul.
Mayo se sentó a mis pies con mirada atenta, pero más humilde que
de costumbre.
José remendaba una atarraya mientras sus hijas, listas pero
vergonzosas, me servían llenas de cuidado, tratando de adivinarme en los ojos
lo que podía faltarme. Mucho se habían embellecido, y de niñas loquillas que
eran se habían hecho mujeres oficiosas.
Apurado el vaso de espesa y espumosa leche, postre de aquel
almuerzo patriarcal, José y yo salimos a recorrer el huerto y la roza que
estaba cogiendo. El quedó admirado de mis conocimientos teóricos sobre las
siembras, y volvimos a la casa una hora después para despedirme yo de las
muchachas y de la madre.
Púsele al buen viejo en la cintura el cuchillo de monte que le
había traído del reino1, al cuello de tránsito y Lucía, preciosos rosarios, y
en manos de Luisa un relicario que ella había encargado a mi madre. Tomé la
vuelta de la montaña cuando era mediodía por filo, según el examen que del Sol
hizo José.
X
A mi regreso, que hice lentamente, la imagen de María volvió a
asirse a mi memoria. Aquellas soledades, sus bosques silenciosos, su flores,
sus aves y sus aguas, ¿por qué me hablaban de ella? ¿Qué había allí de María?
En las sombras húmedas, en la brisa que movía los follajes, en el rumor del
río... Era que veía el Edén, pero faltaba ella; era que no podía dejar de
amarla, aunque no me amase. Y aspiraba el perfume del ramo de azucenas
silvestres que las hijas de José habían formado para mí, pensando yo que acaso
merecerían ser tocadas por los labios de María: así se habían debilitado en tan
pocas horas mis propósitos de la noche.
Apenas llegué a casa, me dirigí al costurero de mi madre: María
estaba con ella; mis hermanas se habían ido al baño. Después de contestarme el
saludo, María bajó los ojos sobre la costura. Mi madre se manifestó regocijada
por mi vuelta; pues sobresaltados en casa con la demora, habían enviado a
buscarme en aquel momento. Hablaba con ellas ponderando los progresos de José,
y Mayo quitaba con la lengua a mis vestidos los cadillos que se les habían
prendido en las malezas.
Levantó María otra vez los ojos, fijándolos en el ramo de
azucenas que tenía yo en la mano izquierda, mientras me apoyaba con la derecha
en la escopeta; creí comprender que las deseaba, pero un temor indefinible,
cierto respeto a mi madre y a mis propósitos de por la noche, me impidieron
ofrecérselas. Mas me deleitaba imaginando cuán bella quedaría una de mis
pequeñas azucenas sobre sus cabellos de color castaño luciente. Para ella
debían ser, porque habría recogido durante la mañana azahares y violetas para
el florero de mi mesa. Cuando entré a mi cuarto no vi una flor allí. Si hubiese
encontrado enrollada sobre la mesa una víbora, no hubiera yo sentido emoción
igual a la que me ocasionó la ausencia de las flores: su fragancia había
llegado a ser algo del espíritu de María que vagaba a mi alrededor en las horas
de estudio, que se mecía en las cortinas de mi lecho durante la noche... ¡Ah!
¡Conque era verdad que no me amaba! ¡Conque había podido engañarme tanto mi
imaginación visionaria! Y de ese ramo que había traído para ella, ¿qué podía yo
hacer? Si otra mujer, bella y seductora, hubiese estado allí en ese momento, en
ese instante de resentimiento contra mi orgullo, de resentimiento con María, a
ella lo habría dado a condición de que lo mostrase a todos y se embelleciera
con él. Lo llevé a mis labios como para despedirme por última vez de una
ilusión querida, y lo arrojé por la ventana.
XI
Hice esfuerzos para mostrarme jovial durante el resto del día.
En la mesa hablé con entusiasmo de las mujeres hermosas de Bogotá, y ponderé
intencionalmente las gracias y el ingenio de P... Mi padre se complacía
oyéndome: Eloísa habría querido que la sobremesa durase hasta la noche. María
estuvo callada; pero me pareció que sus mejillas palidecían algunas veces, y
que su primitivo color no había vuelto a ellas, así como el de las rosas que
durante la noche han engalanado un festín.
Hacia la última parte de la conversación, María había fingido
jugar con la cabellera de Juan, hermano mío de tres años de edad a quien ella
mimaba. Soportó hasta el fin; mas tan luego como me puse en pie, se dirigió
ella con el niño al jardín.
Todo el resto de la tarde y en la prima noche fue necesario
ayudar a mi padre en sus trabajos de escritorio.
A las ocho, y luego que las mujeres habían ya rezado sus
oraciones de costumbre, nos llamaron al comedor. Al sentarnos a la mesa, quedé
sorprendido al ver una de las azucenas en la cabeza de María. Había en su
rostro bellísimo tal aire de noble, inocente y dulce resignación, que como
magnetizado por algo desconocido hasta entonces para mí en ella, no me era
posible dejar de mirarla.
Niña cariñosa y risueña, mujer tan pura y seductora como
aquellas con quienes yo había soñado, así la conocía; pero resignada ante mi
desdén, era nueva para mí. Divinizada por la resignación, me sentía indigno de
fijar una mirada sobre su frente.
Respondí mal a unas preguntas que se me hicieron sobre José y su
familia. A mi padre no se le podía ocultar mi turbación; y dirigiéndose a
María, le dijo sonriendo:
—Hermosas azucenas tienes en los cabellos: yo no he visto de
esas en el jardín.
María, tratando de disimular su desconcierto, respondió con voz
casi imperceptible:
—Es que de estas azucenas sólo hay en la montaña.
Sorprendí en aquel momento una sonrisa bondadosa en los labios
de Emma.
—¿Y quién las ha enviado? —preguntó mi padre.
La turbación de María era ya notable. Yo la miraba; y ella debió
de hallar algo nuevo y animador en mis ojos, pues respondió con acento más
firme:
—Efraín botó unas al huerto; y nos pareció que siendo tan raras,
era lástima que se perdiesen: ésta es una de ellas.
—María —le dije yo—, si hubiese sabido que eran tan estimables
esas flores, las habría guardado... para vosotras; pero me han parecido menos
bellas que las que se ponen diariamente en el florero de mi mesa.
Comprendió ella la causa de mi resentimiento, y me lo dijo tan
claramente una mirada suya, que temí se oyeran las palpitaciones de mi corazón.
Aquella noche, a la hora de retirarse la familia del salón,
María estaba casualmente sentada cerca de mí. Después de haber vacilado mucho,
le dije al fin, con voz que denunciaba mi emoción: “María, eran para ti; pero
no encontré las tuyas”.
Ella balbucía alguna disculpa cuando tropezando en el sofá mi
mano con la suya, se la retuve por un movimiento ajeno a mi voluntad. Dejó de
hablar. Sus ojos me miraron asombrados y huyeron de los míos.
Pasóse por la frente con angustia la mano que tenía libre, y
apoyó en ella la cabeza, hundiendo el brazo desnudo en el almohadón inmediato.
Haciendo al fin un esfuerzo para deshacer ese doble lazo de la materia y del
alma que en tal momento nos unía, púsose en pie; y como concluyendo una
reflexión empezada, me dijo tan quedo que apenas pude oírla: “Entonces... yo
recogeré todos los días las flores más lindas”; y desapareció.
Las almas como la de María ignoran el lenguaje mundano del amor;
pero se doblegan estremeciéndose a la primera caricia de aquel a quien aman,
como la adormidera de los bosques bajo el ala de los vientos.
Acababa de confesar mi amor a María; ella me había animado a
confesárselo, humillándose como una esclava a recoger aquellas flores. Me
repetí con deleite sus últimas palabras; su voz susurraba aún en mi oído:
“Entonces, yo recogeré todos los días las flores más lindas”.
XII
La Luna, que acababa de elevarse llena y grande bajo un cielo
profundo sobre las crestas altísimas de los montes, iluminaba las faldas
selvosas blanqueadas a trechos por las copas de los yarumos, argentando las
espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancólica hasta el fondo
del valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. Aquel
silencio, interrumpido solamente por el rumor del río, era más grato que nunca
a mi alma.
Apoyado de codos sobre el marco de mi ventana, me imaginaba
verla en medio de los rosales entre los cuales la había sorprendido en aquella
mañana primera; estaba allí recogiendo el ramo de azucenas, sacrificando su
orgullo a su amor. Era yo quien iba a turbar en adelante el sueño infantil de
su corazón: podría ya hablarle de mi amor, hacerla el objeto de mi vida.
¡Mañana!, ¡mágica palabra la noche en que se nos ha dicho que somos amados! Sus
miradas, al encontrarse con las mías, no tendrían ya nada que ocultarme; ella
se embellecería para felicidad y orgullo mío.
Nunca las auroras de julio en el Cauca fueron tan bellas como
María cuando se me presentó al día siguiente, momentos después de salir del
baño, la cabellera de carey sombreado suelta y a medio rizar, las mejillas de
color de rosa suavemente desvanecido, pero en algunos momentos avivado por el
rubor; y jugando en sus labios cariñosos aquella sonrisa castísima que revela
en las mujeres como María una felicidad que no les es posible ocultar. Sus
miradas, ya más dulces que brillantes, mostraban que su sueño no era tan
apacible como había solido. Al acercármele noté en su frente una contracción
graciosa y apenas perceptible, especie de fingida severidad de que usó muchas
veces para conmigo cuando después de deslumbrarme con toda la luz de su
belleza, imponía silencio a mis labios, próximos a repetir lo que ella tanto
sabía.
Era ya para mí una necesidad tenerla constantemente a mi lado;
no perder un solo instante de su existencia abandonada a mi amor; y dichoso con
lo que poseía, y ávido aún de dicha, traté de hacer un paraíso de la casa
paterna. Hablé a María y a mi hermana del deseo que habían manifestado ellas de
hacer algunos estudios elementales bajo mi dirección: ellas volvieron a
entusiasmarse con el proyecto, y se decidió que desde ese mismo día se daría
principio.
Convirtieron uno de los ángulos del salón en gabinete de
estudio; desclavaron algunos mapas de mi cuarto; desempolvaron el globo
geográfico que en el escritorio de mi padre había permanecido hasta entonces
ignorado; fueron despejadas de adornos dos consolas para hacer de ellas mesa de
estudio. Mi madre sonreía al presenciar todo aquel desarreglo que nuestro
proyecto aparejaba.
Nos reuníamos todos los días dos horas, durante las cuales les
explicaba yo algún capítulo de geografía, leíamos algo de historia universal, y
las más veces muchas páginas del Genio del Cristianismo. Entonces pude valuar
toda la inteligencia de María: mis frases quedaban grabadas indeleblemente en
su memoria, y su comprensión se adelantaba casi siempre con triunfo infantil a
mis explicaciones.
Emma había sorprendido el secreto y se complacía en nuestra
inocente felicidad. ¿Cómo ocultarle yo en aquellas frecuentes conferencias lo
que en mi corazón pasaba? Ella debió de observar mi mirada inmóvil sobre el
rostro hechicero de su compañera mientras daba ésta una explicación pedida.
Había visto ella temblarle la mano a María si yo se la colocaba sobre algún
punto buscado inútilmente en el mapa. Y siempre que sentado cerca de la mesa,
ellas en pie a uno y otro lado de mi asiento, se inclinaba María para ver mejor
algo que estaba en mi libro o en las cartas, su aliento, rozando mis cabellos,
sus trenzas, al rodar de sus hombros, turbaron mis explicaciones, y Emma pudo
verla enderezarse pudorosa.
En ocasiones, quehaceres domésticos llamaban la atención de mis
discípulas, y mi hermana tomaba siempre a su cargo ir a desempeñarlos para
volver un rato después a reunírsenos. Entonces mi corazón palpitaba
fuertemente. María, con la frente infantilmente grave y los labios casi
risueños, abandonaba a las mías alguna de sus manos aristocráticas sembradas de
hoyuelos, hechas para oprimir frentes como la de Byron; y su acento, sin dejar
de tener aquella música que le era peculiar, se hacía lento y profundo al pronunciar
palabras suavemente articuladas que en vano probaría yo a recordar hoy; porque
no he vuelto a oírlas, porque pronunciadas por otros labios no son las mismas,
y escritas en estas páginas aparecerían sin sentido. Pertenecen a otro idioma,
del cual hace muchos años no viene a mi memoria ni una frase.
XIII
Las páginas de Chateaubriand iban lentamente dando tintas a la
imaginación de María. Tan cristiana y llena de fe, se regocijaba al encontrar
bellezas por ella presentidas en el culto católico. Su alma tomaba de la paleta
que yo le ofrecía, los más preciosos colores para hermosearlo todo; y el fuego
poético, don del Cielo que hace admirables a los hombres que lo poseen y
diviniza a las mujeres que a su pesar lo revelan, daba a su semblante encantos
desconocidos para mí hasta entonces en el rostro humano. Los pensamientos del
poeta, acogidos en el alma de aquella mujer tan seductora en medio de su
inocencia, volvían a mí como eco de una armonía lejana y conocida que torna a
conmover el corazón.
Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes de
color de violeta y lampos de oro pálido, bella como María, bella y transitoria
como fue ésta para mí, ella, mi hermana y yo, sentados sobre la ancha piedra de
la pendiente, desde donde veíamos a la derecha en la honda vega rodar las
corrientes bulliciosas del río, y teniendo a nuestros pies el valle majestuoso
y callado, leía yo el episodio de Atala, y las dos, admirables en su
inmovilidad y abandono, oían brotar de mis labios toda aquella melancolía
aglomerada por el poeta para “hacer llorar al mundo”. Mi hermana, apoyado el
brazo derecho en uno de mis brazos, la cabeza casi unida a la mía, seguía con
los ojos las líneas que yo iba leyendo. María, medio arrodillada cerca de mí,
no separaba de mi rostro sus miradas, húmedas ya.
El Sol se había ocultado cuando con voz alterada leí las últimas
páginas del poema. La cabeza pálida de Emma descansaba sobre mi hombro. María
se ocultaba el rostro con entrambas manos. Luego que leí aquella desgarradora
despedida de Chactas sobre el sepulcro de su amada, despedida que tantas veces
ha arrancado un sollozo a mi pecho: “¡Duerme en paz en extranjera tierra, joven
desventurada! En recompensa de tu amor, de tu destierro y de tu muerte, quedas
abandonada hasta del mismo Chactas”, María, dejando de oír mi voz, descubrió la
faz, y por ella rodaban gruesas lágrimas. Era tan bella como la creación del
poeta, y yo la amaba con el amor que él imaginó. Nos dirigimos en silencio y
lentamente hacia la casa. ¡Ay, mi alma y la de María no sólo estaban conmovidas
por aquella lectura: estaban abrumadas por el presentimiento!
XIV
Pasados tres días, al bajar; una tarde de la montaña, me pareció
notar algún sobresalto en los semblantes de los criados con quienes tropecé en
los corredores interiores. Mi hermana me refirió que María había sufrido un
ataque nervioso; y al agregar que estaba aún sin sentido, procuró calmar cuanto
le fue posible mi dolorosa ansiedad.
Olvidado de toda precaución, entré a la alcoba donde estaba
María, y dominando el frenesí que me hubiera hecho estrecharla contra mi
corazón para volverla a la vida, me acerqué desconcertado a su lecho. A los
pies de éste se hallaba sentado mi padre: fijó en mí una de sus miradas
intensas, y volviéndola después sobre María, parecía quererme hacer una
reconvención al mostrármela. Mi madre estaba allí; pero no levantó la vista
para buscarme, porque, sabedora de mi amor, me compadecía como sabe compadecer una
buena madre en la mujer amada por su hijo, a su hijo mismo.
Permanecí inmóvil contemplándola, sin atreverme a averiguar cuál
era su mal. Estaba como dormida: su rostro, cubierto de palidez mortal, se veía
medio oculto por la cabellera descompuesta, en la cual se descubrían estrujadas
las flores que yo le había dado en la mañana: la frente contraída revelaba un
padecimiento insoportable, y un ligero sudor le humedecía las sienes: de los
ojos cerrados habían tratado de brotar lágrimas que brillaban detenidas en las
pestañas.
Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en pie para
retirarse; mas antes de salir se acercó al lecho, y tomando el pulso de María,
dijo:
—Todo ha pasado. ¡Pobre niña! Es exactamente el mismo mal que
padeció su madre.
El pecho de María se elevó lentamente como para formar un
sollozo, y al volver a su natural estado exhaló sólo un suspiro. Salido que
hubo mi padre, coloquéme a la cabecera del lecho, y olvidándome de mi madre y
de Emma, que permanecían silenciosas, tomé de sobre el almohadón una de las
manos de María, y la bañé en el torrente de mis lágrimas, hasta entonces
contenido. Medía toda mi desgracia: era el mismo mal de su madre, que había
muerto muy joven atacada de una epilepsia incurable. Esta idea se adueñó de
todo mi ser para quebrantarlo.
Sentí algún movimiento en esa mano inerte, a la que mi aliento
no podía volver el calor. María empezaba ya a respirar con más libertad, y sus
labios parecían esforzarse en pronunciar alguna palabra. Movió la cabeza de un
lado a otro, cual si tratara de deshacerse de un peso abrumador. Pasado un
momento de reposo, balbució palabras ininteligibles, pero al fin se percibió
entre ellas claramente mi nombre. En pie yo, devorándola mis miradas, tal vez
oprimí demasiado entre mis manos las suyas, quizá mis labios la llamaron. Abrió
lentamente los ojos, como heridos por una luz intensa, y los fijó en mí,
haciendo esfuerzo para reconocerme. Medio incorporándose un instante después,
“¿qué es?”, me dijo apartándome; “¿qué me ha sucedido?”, continuó, dirigiéndose
a mi madre. Tratamos de tranquilizarla, y con un acento en que había algo de
reconvención, que por entonces no pude explicarme, agregó: “¿Ya ves? Yo lo
temía”.
Quedó, después del acceso, adolorida y profundamente triste.
Volví por la noche a verla, cuando la etiqueta establecida en tales casos por
mi padre lo permitió. Al despedirme de ella, reteniéndome un instante la mano,
“hasta mañana”, me dijo y acentuó esta última palabra como solía hacerlo
siempre que interrumpida nuestra conversación en alguna velada, quedaba
deseando el día siguiente para que la concluyésemos.
XV
Cuando salí al corredor que conducía a mi cuarto, un cierzo
impetuoso columpiaba los sauces del patio; y al acercarme al huerto, lo oí
rasgarse en los sotos de naranjos, de donde se lanzaban las aves asustadas.
Relámpagos débiles, semejantes al reflejo instantáneo de un broquel herido por
el resplandor de una hoguera, parecían querer iluminar el fondo tenebroso del
valle.
Recostado en una de las columnas del corredor, sin sentir la
lluvia que me azotaba las sienes, pensaba en la enfermedad de María, sobre la
cual había pronunciado mi padre tan terribles palabras. ¡Mis ojos querían
volver a verla como en las noches silenciosas y serenas que acaso no volverían
ya más!
No sé cuánto tiempo había pasado, cuando algo como el ala
vibrante de un ave vino a rozar mi frente.
Miré hacia los bosques inmediatos para seguirla: era un ave
negra.
Mi cuarto estaba frío; las rosas de la ventana temblaban como si
se temiesen abandonadas a los rigores del tempestuoso viento: el florero
contenía ya marchitos y desmayados los lirios que en la mañana había colocado
en él María. En esto una ráfaga apagó de súbito la lámpara, y un trueno dejó
oír por largo rato su creciente retumbo, como si fuese el de un carro gigante
despeñado de las cumbres rocallosas de la sierra.
En medio de aquella naturaleza sollozante, mi alma tenía una
triste serenidad.
Acababa de dar las doce el reloj del salón. Sentí pasos cerca de
mi puerta y muy luego la voz de mi padre que me llamaba. “Levántate”, me dijo
tan pronto como le respondí, “María sigue mal”.
El acceso había repetido. Después de un cuarto de hora hallábame
percibido para marchar. Mi padre me hacía las últimas indicaciones sobre los
nuevos síntomas de la enfermedad, mientras el negrito Juan Angel aquietaba mi
caballo retinto, impaciente y asustadizo.
Monté; sus cascos herrados crujieron sobre el empedrado, y un
instante después bajaba yo hacia las llanuras del valle buscando el sendero a
la luz de algunos relámpagos lívidos... Iba en solicitud del doctor Mayn, que
pasaba a la sazón una temporada de campo a tres leguas de nuestra hacienda.
La imagen de María, tal como la había visto en el lecho aquella
tarde, al decirme ese “hasta mañana” que tal vez no llegaría, iba conmigo, y
avivando mi impaciencia me hacía medir incesantemente la distancia que me
separaba del término del viaje, impaciencia que la velocidad del caballo no era
bastante a moderar.
Las llanuras empezaban a desaparecer, huyendo en sentido
contrario a mi carrera, semejantes a mantos inmensos arrollados por el huracán.
Los bosques que más cercanos creía, parecían alejarse cuando avanzaba hacia
ellos. Sólo algún gemido del viento entre los higuerones y chiminangos
sombríos, el resuello fatigoso del caballo y el choque de sus cascos en los
pedernales que chispeaban interrumpían el silencio de la noche.
Algunas cabañas de Santa Elena quedaron a mi derecha, y poco
después dejé de oír los ladridos de sus perros. Vacadas dormidas sobre el
camino empezaban a hacerme moderar el paso.
La hermosa casa de los señores de M..., con su capilla blanca y
sus bosques de ceibas, se divisaba en lejanía a los primeros rayos de la luna
naciente, cual castillo cuyas torres y techum-bres hubiese desmoronado el
tiempo.
El Amaime baja crecido con las lluvias de la noche, y su
estruendo me lo anunció mucho antes de que llegase yo a la orilla. A la luz de
la Luna, que atravesando los follajes de las riberas iba a platear las ondas,
pude ver cuánto había aumentado su raudal. Pero no era posible esperar: había
hecho dos leguas en una hora, y aún era poco. Puse las espuelas en los ijares
del caballo, que con las orejas tendidas hacia el fondo del río y resoplando
sordamente parecía calcular la impetuosidad de las aguas que se azotaban a sus
pies: sumergió en ellas las manos, y como sobrecogido por un terror invencible,
retrocedió veloz girando sobre las patas. Le acaricié el cuello y las crines
humedecidas y lo aguijoneé de nuevo para que se lanzase al río; entonces
levantó las manos impacientado, pidiendo al mismo tiempo toda la rienda, que le
abandoné, temeroso de haber errado el botadero2 de las crecientes. El subió por
la ribera unas veinte varas, tomando la ladera de un peñasco; acercó la nariz a
las espumas, y levantándola en seguida, se precipitó en la corriente. El agua
lo cubrió casi todo, llegándome hasta las rodillas. Las olas se encresparon
poco después alrededor de mi cintura. Con una mano le palmeaba el cuello al
animal, única parte visible ya de su cuerpo, mientras con la otra trataba de
hacerle describir más curva hacia arriba la línea de corte, porque de otro
modo, perdida la parte baja de la ladera, era inaccesible por su altura y la
fuerza de las aguas, que columpiaban guaduales desgajados. Había pasado el peligro.
Me apeé para examinar las cinchas, de las cuales se había reventado una. El
noble bruto se sacudió, y un instante después continué la marcha.
Luego que anduve un cuarto de legua, atravesé las ondas del
Nima, humildes, diáfanas y tersas, que rodaban iluminadas hasta perderse en las
sombras de bosques silenciosos. Dejé a la izquierda la pampa de Santa R., cuya
casa, en medio de arboledas de ceibas y bajo el grupo de palmeras que elevan
los follajes sobre su techo, semeja en las noches de luna la tienda de un rey
oriental colgada de los árboles de un oasis.
Eran las dos de la madrugada cuando después de atravesar la
villa de P..., me desmonté a la puerta de la casa en que vivía el médico.
XVI
En la tarde del mismo día se despidió de nosotros el doctor,
después de dejar casi completamente restablecida a María y de haberle prescrito
un régimen para evitar la repetición del acceso, aunque prometió visitar a la
enferma con frecuencia. Yo sentía un alivio indecible al oírle asegurar que no
había peligro alguno, y por él, doble cariño del que hasta entonces le había
profesado, solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a María. Entré a
la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba a acompañarlo en
una legua de camino, se pusieron en marcha.
Estaba acabando de trenzarse los cabellos viéndose en un espejo
que mi hermana sostenía sobre los almohadones. Apartando ruborizada el mueble
me dijo:
—Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad?, pero ya
estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de
anoche.
—En ese viaje no ha habido peligros —le respondí.
—¡El río, sí, el río! Yo pensé en eso y tantas cosas que podían
sucederte por causa mía.
—¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas?...
—Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquí el
doctor, tan sorprendido, que aún no me había pulsado y ya hablaba de eso. Tú y
él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas para que bajase el río.
—El doctor a caballo es una maula; y su mula pacienzuda no es lo
mismo que un buen caballo.
—El hombre que vive en la casita del paso —me interrumpió María—
al reconocer esta mañana tu caballo negro, se admiró de que no se hubiese
ahogado el jinete que anoche se botó al río a tiempo que él le gritaba que no
había vado. ¡Ay! No, no, yo no quiero volver a enfermarme. ¿No te ha dicho el
doctor que no tendré ya novedad?
—Sí —le respondí—; y me ha prometido no dejar pasar dos días
seguidos en estos quince sin venir a verte.
—Entonces no tendrás que hacer otro viaje de noche. ¿Qué habría
yo hecho si...
—Me habrías llorado mucho, ¿no es verdad? —repliqué sonriéndome.
Miróme por algunos momentos, y yo agregué:
—¿Puedo acaso estar cierto de morir en cualquier tiempo
convencido de...
—¿De qué?
Y adivinando lo demás en mi mirada:
—¡Siempre, siempre! —añadió casi en secreto, aparentando examinar
los hermosos encajes de los almohadones.
—Y yo tengo cosas muy tristes que decirte —continuó después de
unos momentos de silencio—; tan tristes, que son la causa de mi enfermedad. Tú
estabas en la montaña... Mamá lo sabe todo; y yo oí que papá le decía a ella
que mi madre había muerto de un mal cuyo nombre no alcancé a oír; que tú
estabas destinado a hacer una bella carrera; y que yo... ¡ah! yo no sé si es
cierto lo que oí... será que no merezco que seas como eres conmigo.
De sus ojos velados rodaron a sus mejillas cálidas, lágrimas que
se apresuró a enjugar.
—No digas eso, María, no lo pienses —le dije—; no; yo te lo
suplico.
—Pero si yo lo he oído, y después fue cuando no supe de mí...
¿Por qué, entonces?
—Mira, yo te ruego... yo... ¿Quieres permitirme te mande que no
hables más de eso?
Había dejado ella caer la frente sobre el brazo en que se
apoyaba y cuya mano estrechaba yo entre las mías, cuando oí en la pieza
inmediata el ruido de los ropajes de Emma, que se acercaba.
Aquella noche, a la hora de la cena, estábamos en el comedor mis
hermanas y yo esperando a mis padres, que tardaban más tiempo del acostumbrado.
Por último se les oyó hablar en el salón como dando fin a una conversación
importante. La noble fisonomía de mi padre mostraba, en la ligera contracción
de las extremidades de sus labios y en la pequeña arruga que por en medio de
las cejas le surcaba la frente, que acababa de sostener una lucha moral que lo
había alterado. Mi madre estaba pálida, pero sin hacer el menor esfuerzo para
mostrarse tranquila, me dijo al sentarse a la mesa:
—No me había acordado de decirte que José estuvo esta mañana a
vernos y a convidarte para una cacería; mas cuando supo la novedad ocurrida,
prometió volver mañana muy temprano. ¿Sabes tú si es cierto que se casa una de
sus hijas?
—Tratará de consultarte su proyecto —observó distraídamente mi
padre.
—Se trata probablemente de una cacería de osos —le respondí.
—¿De osos? ¡Qué! ¿Cazas tú osos?
—Sí, señor; es una cacería divertida que he hecho con él algunas
veces.
—En mi país —repuso mi padre— te tendrían por un bárbaro o por
un héroe.
—Y sin embargo, esa clase de partidas es menos peligrosa que la
de venados, que se hace todos los días y en todas partes; pues aquélla, en
lugar de exigir los cazadores el que tiren a derrumbarse desatentados por entre
breñas y cascadas, necesita solamente un poco de agilidad y puntería certera.
Mi padre, sin dejar ver ya en el semblante el ceño que antes
tenía, habló de la manera como se cazan ciervos en Jamaica y de lo aficionados
que habían sus parientes a esa clase de pasatiempo, distinguiéndose entre
ellos, por su tenacidad, destreza y entusiasmo, Salomón, de quien nos refirió,
riendo ya, algunas anécdotas.
Al levantarnos de la mesa, se acercó a mí para decirme:
—Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi
cuarto.
A tiempo que entraba a él, mi padre escribía dando la espalda a
mi madre, que se hallaba en la parte menos alumbrada de la habitación, sentada
en la butaca que ocupaba siempre que se detenía allí.
—Siéntate —me dijo él, dejando por un momento de escribir y
mirándome por encima de los espejuelos, que eran de vidrios blancos y fino
engaste de oro.
Pasados algunos minutos, habiendo colocado cuidadosamente en su
lugar el libro de cuentas en que estaba escribiendo, acercó un asiento al que
yo ocupaba, y en voz baja habló así:
—He querido que tu madre presencie esta conversación, porque se
trata de un asunto grave sobre el cual tiene ella la misma opinión que yo.
Dirigióse a la puerta para entornarla y botar el cigarro que
estaba fumando, y continuó de esta manera:
—Hace ya tres meses que estás con nosotros y solamente pasados
dos más podrá el señor A... emprender su viaje a Europa, y con él es con quien
debes irte. Esa demora, hasta cierto punto, nada significa; tanto porque es muy
grato para nosotros tenerte a nuestro lado después de seis años de ausencia a
que han de seguir otros, como porque observo con placer que aun aquí, es el
estudio uno de tus goces predilectos. No puedo ocultarte, ni debo hacerlo, que
he concebido grandes esperanzas, por tu carácter y aptitudes, de que coronarás
lúcidamente la carrera que vas a seguir. No ignoras que pronto la familia
necesitará de tu apoyo, con mayor razón después de la muerte de tu hermano.
Luego, haciendo una pausa, prosiguió:
—Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien; tú
no tienes más que veinte años, y a esa edad un amor fomentado
inconsideradamente podría hacer ilusorias todas las esperanzas de que acabo de
hablarte. Tú amas a María, y hace muchos días que lo sé, como es natural. María
es casi mi hija y yo no tendría nada que observar si tu edad y posición nos
permitieran pensar en un matrimonio; pero no lo permiten, y María es muy joven.
No son únicamente éstos los obstáculos que se presentan; hay uno quizá
insuperable, y es de mi deber hablarte de él. María puede arrastrarte y
arrastrarnos contigo a una desgracia lamentable de que está amenazada. El
doctor Mayn se atreve casi a asegurar que ella morirá joven del mismo mal a que
sucumbió su madre: lo que sufrió ayer es un síncope epiléptico, que tomando
incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter
conocido: eso dice el doctor. Responde tú ahora, meditando mucho lo que vas a
decir a una sola pregunta; responde como hombre racional y caballero que eres;
y que no sea lo que contestes dictado por una exaltación extraña a tu carácter,
tratándose de tu porvenir y el de los tuyos. Sabes la opinión del médico,
opinión que merece respeto por ser Mayn quien la da; te es conocida la suerte de
la esposa de Salomón: si nosotros consintiéramos en ello, ¿te casarías hoy con
María?
—Sí, señor —le respondí.
—¿Lo arrostrarías todo?
—¡Todo, todo!
—Creo que no solamente hablo con un hijo sino con el caballero
que en ti he tratado de formar.
Mi madre ocultó en ese momento el rostro en el pañuelo. Mi
padre, enternecido tal vez por esas lágrimas y acaso también por la resolución
que en mí encontraba, conociendo que la voz iba a faltarle, dejó por unos
instantes de hablar.
—Pues bien —continuó—; puesto que esa noble resolución te anima,
convendrás conmigo en que antes de cinco años no podrás ser esposo de María. No
soy yo quien debe decirte que ella, después de haberte amado desde niña, te ama
hoy de tal manera, que emociones intensas, nuevas para ella, son las que, según
Mayn, han hecho aparecer los síntomas de la enfermedad: es decir que tu amor y
el suyo necesitan precauciones y que en adelante exijo me prometas, para tu
bien, puesto que tanto así la amas, y para bien de ella, que seguirás los
consejos del doctor, dados por si llegaba este caso. Nada le debes prometer a
María, pues que la promesa de ser su esposo una vez cumplido el plazo que he
señalado, haría vuestro trato más íntimo, que es precisamente lo que se trata
de evitar. Inútiles son para ti más explicaciones: siguiendo esa conducta,
puedes salvar a María; puedes evitarnos la desgracia de perderla.
—En recompensa de todo lo que te concedemos —dijo volviéndose a
mi madre— debes prometerme lo siguiente: no hablar a María del peligro que la
amenaza, ni revelarle nada de lo que esta noche ha pasado entre nosotros. Debes
saber también mi opinión sobre tu matrimonio con ella, si su enfermedad
persistiere después de tu regreso a este país... pues vamos pronto a separarnos
por algunos años: como padre tuyo y de María, no sería de mi aprobación ese
enlace. Al expresar esta resolución irrevocable, no es por demás hacerte saber
que Salomón, en los tres últimos años de su vida, consiguió formar un capital
de alguna consideración, el cual está en mi poder destinado a servir de dote a
su hija. Mas si ella muere antes de casarse, debe pasar aquél a manos de su
abuela materna, que está en Kingston.
Mi padre se paseó algunos momentos por el cuarto. Creyendo yo
concluida nuestra conferencia, me puse en pie para retirarme; pero él,
volviendo a ocupar su asiento e indicándome el mío, reanudó su discurso así:
—Hace cuatro días que recibí una carta del señor de M...
pidiéndome la mano de María para su hijo Carlos.
No pude ocultar la sorpresa que me causaron estas palabras. Mi
padre se sonrió imperceptiblemente antes de agregar:
—El señor de M... da quince días de término para aceptar o no su
propuesta, durante los cuales vendrán a hacernos una visita que antes me tenían
prometida. Todo te será fácil después de lo pactado entre nosotros. Buenas
noches, pues —dijo poniéndome afectuosamente la mano sobre el hombro—: que seas
muy feliz en tu cacería; yo necesito la piel del oso que mates para ponerla a
los pies de mi catre.
—Está bien —le respondí.
Mi madre me tendió la mano, y reteniendo la mía me dijo:
—Te esperamos temprano; ¡cuidado con esos animales!
Tantas emociones se habían sucedido agitándome en las últimas
horas, que apenas podía darme cuenta de cada una de ellas, y me era imposible
hacerme cargo de mi extraña y difícil situación.
¡María amenazada de muerte; prometida así por recompensa a mi
amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de amarla
menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor adueñado para siempre de
todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la Tierra como una de las beldades
fugitivas de mis sueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e
insensible tal vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la
razón me obligaban a adoptar! Ya no podría yo volver a oírle aquellas confidencias
hechas con voz conmovida; mis labios no podrían tocar ni siquiera el extremo de
una de sus trenzas. Mía o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para
acercarme a ella sería perderla; dejarla llorar en abandono era un suplicio
superior a mis fuerzas.
¡Corazón cobarde!, no fuiste capaz de dejarte consumir por aquel
fuego que mal escondido podía agostarla... ¿Dónde está ella ahora, ahora que ya
no palpitas; ahora que los días y los años pasan sobre mí sin que sepa yo que
te poseo?
Cumpliendo Juan Angel mis órdenes, llamó a la puerta de mi
cuarto al amanecer.
—¿Cómo está la mañana? —le pregunté.
—Mala, mi amo; quiere llover.
—Bueno. Vete a la montaña y dile a José que no me espere hoy.
Cuando abrí la ventana, me arrepentí de haber enviado al
negrito, quien silbando y tarareando bambucos iba a internarse en la primera
mancha del bosque.
Soplaba de la sierra un viento frío y destemplado que sacudía
los rosales y mecía los sauces, desviando en su vuelo a una que otra pareja de
loros viajeros. Todas las aves, lujo del huerto en las mañanas alegres,
callaban, y solamente los pellares revoloteaban en los prados vecinos,
saludando con su canto al triste día de invierno.
En breve las montañas desaparecieron bajo el velo ceniciento de
una lluvia nutrida, que dejaba oír ya su creciente rumor al acercarse azotando
los bosques. A la media hora, turbios y estrepitosos arroyos descendían
peinando los pajonales de las laderas del otro lado del río, que acrecentado,
tronaba iracundo, y se divisaba en las lejanas revueltas amarillento,
desbordado y undoso.
XVII
Diez días habían pasado desde que tuvo lugar aquella penosa
conferencia. No sintiéndome capaz de cumplir los deseos de mi padre sobre la
nueva especie de trato que según él debía yo usar con María, y preocupado
dolorosamente con la propuesta de matrimonio hecha por Carlos, había buscado
toda clase de pretextos para alejarme de la casa. Pasé aquellos días ya
encerrado en mi cuarto, ya en la posesión de José, las más veces vagando a pie
por los alrededores. Llevaba por compañero en mis paseos algún libro en que no
acertaba a poder leer, mi escopeta, que nunca disparaba, y a Mayo, que me
seguía fatigándose. Mientras dominado yo por una honda melancolía dejaba correr
las horas oculto en los sitios más agrestes, él procuraba en vano dormitar
enroscado sobre la hojarasca, de donde lo desalojaban las hormigas o lo hacían
saltar impaciente los tábanos y zancudos. Cuando el viejo amigo se cansaba de
la inacción y el silencio, que le eran antipáticos a pesar de sus achaques, se
me acercaba, y recostando la cabeza sobre una de mis rodillas, me miraba
cariñoso, para alejarse después y esperarme a algunas varas de distancia en el
sendero que conducía a la casa; y en su afán por que emprendiésemos marcha, una
vez conseguido que yo lo siguiera, se propasaba hasta dar algunos brincos de
alegría, juveniles entusiasmos en que, a más de olvidar su compostura y senil
gravedad, salía poco airoso.
Una mañana entró mi madre a mi cuarto, y sentándose a la
cabecera de la cama, de la cual no había salido yo aún, me dijo:
—Esto no puede ser: no debes seguir viviendo así; yo no me
conformo.
Como yo guardara silencio, continuó:
—Lo que haces no es lo que tu padre ha exigido; es mucho más; y
tu conducta es cruel para con nosotros y más cruel aún para con María. Estaba
persuadida de que tus frecuentes paseos tenían por objeto ir a casa de Luisa
con motivo del cariño que te profesan allí; pero Braulio, que vino ayer tarde,
nos hizo saber que hacía cinco días que no te veía. ¿Qué es lo que te causa esa
profunda tristeza que no puedes dominar ni en los pocos ratos que pasas en
sociedad con la familia, y que te hace buscar constantemente la soledad, como
si te fuera ya enojoso el estar con nosotros?
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—María, señora —le respondí—, debe ser completamente libre para
aceptar o no la buena suerte que le ofrece Carlos; y yo, como amigo de él, no
debo hacerle ilusorias las esperanzas que fundadamente debe de alimentar de ser
aceptado.
Así revelaba, sin poder evitarlo, el más insoportable dolor que
me había atormentado desde la noche en que supe la propuesta de los señores de
M... Nada habían llegado a ser para mí delante de aquella propuesta los fatales
pronósticos del doctor sobre la enfermedad de María; nada la necesidad de
separarme de ella por muchos años.
—¿Cómo has podido imaginar tal cosa? —me preguntó sorprendida mi
madre—. Apenas habrá visto ella dos veces a tu amigo: justamente una en que
estuvo aquí algunas horas, y otra en que fuimos a visitar a su familia.
—Pero, madre mía, poco es el tiempo que falta para que se
justifique o se desvanezca lo que he pensado. Me parece que bien vale la pena
de esperar.
—Eres muy injusto, y te arrepentirás de haberlo sido. María, por
dignidad y por deber, sabiéndose dominar mejor que tú, oculta lo mucho que tu
conducta la está haciendo sufrir. Me cuesta trabajo creer lo que veo; me
asombra oír lo que acabas de decir. ¡Yo, que creí darte una grande alegría y
remediarlo todo haciéndote saber lo que Mayn nos dijo ayer al despedirse!
—Diga usted, dígalo —le supliqué incorporándome.
—¿Para qué ya?
—¿Ella no será siempre... no será siempre mi hermana?
—Tarde piensas así. ¿O es que puede un hombre ser caballero y
hacer lo que tú haces? No, no; eso no debe hacerlo un hijo mío... ¡Tu hermana!
¡Y te olvidas de que lo estás diciendo a quien te conoce más que tú mismo! ¡Tu
hermana! ¡Y sé que te ama desde que os dormía a ambos sobre mis rodillas! ¿Y es
ahora cuando lo crees?, ahora que venía a hablarte de eso, asustada por el
sufrimiento que la pobrecita trata inútilmente de ocultarme.
—Yo no quiero, ni por un instante, darle motivo a usted para un
disgusto como el que me deja conocer. Dígame qué debo hacer para remediar lo
que ha encontrado usted reprobable en mi conducta.
—Así debe ser. ¿No deseas que la quiera tanto como a ti?
—Sí, señora; y así es, ¿no es verdad?
—Así sería, aunque me hubiera olvidado de que no tiene otra
madre que yo, de las recomendaciones de Salomón y la confianza de que él me
creyó digna; porque ella lo merece y te ama tanto. El doctor asegura que el mal
de María no es el que sufrió Sara.
—¡El lo ha dicho!
—Sí, tu padre, tranquilizado ya por esa parte, ha querido que yo
te lo haga saber.
—¿Podré, pues, volver a ser con ella como antes? —pregunté
enajenado
—Casi...
—¡Oh! Ella me disculpará; ¿no lo cree usted? ¿El doctor ha dicho
que no hay ya ninguna clase de peligro? —agregué—; es necesario que lo sepa
Carlos.
Mi madre me miró con extrañeza antes de responderme:
—¿Y por qué se le había de ocultar? Réstame decirte lo que creo
debes hacer, puesto que los señores de M... han de venir mañana, según lo
anuncian. Dile esta tarde a María... Pero, ¿qué puedes decirle que baste a
justificar tu despego, sin faltar a las órdenes de tu padre? Y aunque pudieras
hablarle de lo que él te exigió, no podrías disculparte, pues que para hacer lo
que has hecho en estos días hay una causa que por orgullo y delicadeza no debes
descubrir. He ahí el resultado. Es forzoso que yo manifieste a María el motivo
real de tu tristeza.
—Pero si usted lo hace, si he sido ligero en creer lo que he
creído, ¿qué pensará ella de mí?
—Pensará menos mal que considerándote capaz de una veleidad e
inconsecuencia más odiosa que todo.
—Tiene usted razón hasta cierto punto; pero yo le suplico no
diga a María nada de lo que acabamos de hablar. He incurrido en un error, que
tal vez me ha hecho sufrir más a mí que a ella, y debo remediarlo; le prometo a
usted que lo remediaré: le exijo solamente dos días para hacerlo como se debe.
—Bien —me dijo levantándose para irse—; ¿sales hoy?
—Sí, señora.
—¿A dónde vas?
—Voy a pagar a Emigdio su visita de bienvenida; y es
imprescindible, porque ayer le mandé a decir con el mayordomo de su padre que
me esperara hoy a almorzar.
—Mas volverás temprano.
—A las cuatro o las cinco.
—Vente a comer aquí.
—Sí. ¿Está usted otra vez satisfecha de mí?
—Cómo no —respondió sonriendo—. Hasta la tarde, pues: darás
finos recuerdos a las señoras, de parte mía y de las muchachas.
XVIII
Ya estaba yo listo para partir cuando Emma entró a mi cuarto.
Extrañó verme con semblante risueño.
—¿A dónde vas tan contento? —me preguntó.
—Ojalá no tuviera que ir a ninguna parte. A ver a Emigdio, que
se queja de mi inconstancia en todos los tonos, siempre que me encuentro con
él.
—¡Qué injusto! —exclamó riendo—. ¿Inconstante tú?
—¿De qué te ríes?
—Pues de la injusticia de tu amigo. ¡Pobre!
—No, no; tú te ríes de otra cosa.
—De eso es —dijo tomando de mi mesa de baño una peinilla y
acercándoseme—. Deja que te peine yo, porque sabrá usted, señor constante, que
una de las hermanas de su amigo es una linda muchacha. Lástima —continuó,
haciendo el peinado ayudada de sus graciosas manos— que el señorito Efraín se
haya puesto un poquito pálido en estos días, porque las bugueñas no imaginan
belleza varonil sin frescos colores en las mejillas. Pero si la hermana de
Emigdio estuviese al corriente de...
—Tú estás muy parlera hoy.
—¿Sí?, y tú muy alegre. Mírate al espejo y dime si no has
quedado muy bien.
—¡Qué visita! —exclamé oyendo la voz de María que llamaba a mi
hermana.
—De veras. Cuánto mejor sería ir a dar un paseo por los picachos
del boquerón de Amaime y disfrutar del... grandioso y solitario paisaje, o
andar por los montes como res herida, espantando zancudos, sin perjuicio de que
Mayo se llene de nuches... ¡pobre!, que está imposible.
—María te llama —le interrumpí.
—Ya sé para qué es.
—¿Para qué?
—Para que le ayude a hacer una cosa que no debiera hacer.
—¿Se puede saber cuál?
—No hay inconveniente: me está esperando para que vayamos a coger
flores que han de servir para reemplazar éstas, dijo señalando las del florero
de mi mesa; y si yo fuera ella no volvería a poner ni una más ahí.
—Si tú supieras...
—Y si supieras tú...
Mi padre, que me llamaba desde su cuarto, interrumpió aquella
conversación, que continuada, habría podido frustrar lo que desde mi última
entrevista con mi madre me había propuesto llevar a cabo.
Al entrar en el cuarto de mi padre, examinaba él en la ventana
la máquina de un hermoso reloj de bolsillo, y decía:
—Es una cosa admirable: indudablemente vale las treinta libras.
Volviéndose en seguida hacia mí, agregó:
—Este es el reloj que encargué a Londres; míralo.
—Es mucho mejor que el que usted usa —observé examinándolo.
—Pero el que uso es muy exacto, y el tuyo muy pequeño: debes
regalarlo a una de las muchachas y tomar para ti éste.
Sin dejarme tiempo para darle las gracias añadió:
—¿Vas a casa de Emigdio? Di a su padre que puedo preparar el
potrero de guinea para que hagamos la ceba en compañía; pero que su ganado debe
estar listo, precisamente, el quince del entrante.
Volví en seguida a mi cuarto a tomar mis pistolas. María, desde
el jardín y al pie de mi ventana, entregaba a Emma un manojo de montenegros,
mejoranas y claveles; pero el más hermoso de éstos, por su tamaño y lozanía, lo
tenía ella en los labios.
—Buenos días, María —le dije apresurándome a recibirle las
flores.
Ella, palideciendo instantáneamente, correspondió cortada al
saludo, y el clavel se le desprendió de la boca. Entregóme las flores, dejando
caer algunas a los pies, las cuales recogió y puso a mi alcance cuando sus
mejillas estaban nuevamente sonrosadas.
—¿Quieres —le dije al recibir las últimas— cambiarme todas éstas
por el clavel que tenías en los labios?
—Lo he pisado —respondió bajando la cabeza para buscarlo.
—Así pisado, te daré todas éstas por él.
Permanecía en la misma actitud sin responderme.
—¿Permites que vaya yo a recogerlo?
Se inclinó entonces para tomarlo y me lo entregó sin mirarme.
Entre tanto Emma fingía completa distracción colocando las
flores nuevas.
Estrechéle a María la mano con que me entregaba el clavel
deseado, diciéndole:
—¡Gracias, gracias! Hasta la tarde.
Alzó los ojos para verme con la más arrobadora expresión que
pueden producir, al combinarse en la mirada de una mujer, la ternura y el
pudor, la reconvención y las lágrimas.
XIX
Había hecho yo algo más de una legua de camino, y bregaba ya por
abrir la puerta de golpe que daba entrada a los mangones de la hacienda del
padre de Emigdio. Vencida la resistencia que oponían sus goznes y eje
enmohecidos, y la más tenaz aún del pilón, compuesto de una piedra tamaña
enzurronada, la cual, suspendida del techo, daba tormento a los transeúntes
manteniendo cerrado aquel aparato singular, me di por afortunado de no haberme
atascado en el lodazal pedregoso, cuya antigüedad respetable se conocía por el
color del agua estancada.
Atravesé un corto llano en el cual el rabo de zorro, el
friegaplato y la zarza dominaban sobre los gramales pantanosos; allí ramoneaban
algunos caballejos molenderos rapados de crin y cola, correteaban potros y
meditaban burros viejos, tan lacrados y mutilados por el carguío de leña y la
crueldad de sus arrieros, que Buffon se habría encontrado perplejo al tener que
clasificarlos.
La casa, grande y antigua, rodeada de cocoteros y mangos,
destacaba su techumbre cenicienta y alicaída sobre el alto y tupido bosque del
cacaotal.
No se habían agotado los obstáculos para llegar, pues tropecé
con los corrales rodeados de tetillal; y ahí fue lo de rodar trancas de
robustísimas guaduas sobre escalones desvencijados. Vinieron en mi auxilio dos
negros, varón y mujer: él, sin más vestido que unos calzones, mostraba la
espalda atlética luciente con el sudor peculiar de la raza; ella con follao de
fula azul y por camisa un pañuelo anudado hacia la nuca y cogido con la
pretina, el cual le cubría el pecho. Ambos llevaban sombrero de junco, de aquellos
que a poco uso se aparaguan y toman color de techo pajizo.
Iba la risueña y fumadora pareja nada menos que a habérselas con
otra de potros a los cuales había llegado ya su turno en el mayal; y supe a
qué, porque me llamó la atención el ver no sólo al negro sino también a su
compañera, armados de rejos de enlazar. En gritos y carrera estaban cuando me
apeé bajo el alar de la casa, despreciando las amenazas de los perrazos
inhospitalarios que se hallaban tendidos bajo los escaños del corredor.
Algunas angarillas y sudaderos de junco deshilachados y montados
sobre el barandaje bastaron a convencerme de que todos los planes hechos en
Bogotá por Emigdio, impresionado con mis críticas, se habían estrellado contra
lo que él llamaba chocheras de su padre. En cambio habíase mejorado
notablemente la cría de ganado menor, de lo cual eran prueba las cabras de
varios colores que apestaban el patio; e igual mejora observé en la volatería,
pues muchos pavos reales saludaron mi llegada con gritos alarmadores, y entre
los patos criollos o de ciénaga, que nadaban en la acequia vecina, se
distinguían por su porte circunspecto algunos de los llamados chilenos.
Emigdio era un excelente muchacho. Un año antes de mi regreso al
Cauca, lo envió su padre a Bogotá con el objeto de ponerlo, según decía el buen
señor, en camino para hacerse mercader y buen tratante. Carlos, que vivía
conmigo en aquel entonces y se hallaba siempre al corriente hasta de lo que no
debía saber, tropezó con Emigdio, yo no sé dónde, y me lo plantó por delante un
domingo de mañana, precediéndolo al entrar en nuestro cuarto para decirme:
“¡Hombre!, te voy a matar del gusto: te traigo la cosa más linda”.
Yo corrí a abrazar a Emigdio, que parado a la puerta, tenía la
más rara figura que imaginarse puede. Es una insensatez pretender describirlo.
Mi paisano había venido cargado con el sombrero de pelo, color
café con leche, gala de don Ignacio, su padre, en las semanas santas de sus
mocedades. Sea que le viniese estrecho, sea que le pareciese bien llevarlo así,
el trasto formaba con la parte posterior del largo y renegrido cuello de
nuestro amigo, un ángulo de noventa grados. Aquella flacura; aquellas patillas
enralecidas y lacias haciendo juego con la cabellera más desconsolada en su
abandono que se haya visto; aquella tez amarillenta, descaspando las asoleadas
del camino; el cuello de la camisa hundido sin esperanza bajo las solapas de un
chaleco blanco cuyas puntas se odiaban; los brazos aprisionados en las mangas
de una casaca azul; los calzones de cambrún con anchas trabillas de cordobán, y
los botines de cuero de venado alustrado eran causa más que suficiente para
exaltar el entusiasmo de Carlos.
Llevaba Emigdio un par de espuelas orejonas3 en una mano y una
voluminosa encomienda para mí en la otra. Me apresuré a descargarlo de todo,
aprovechando un instante para mirar severamente a Carlos, quien tendido en una
de las camas de nuestra alcoba, mordía una almohada llorando a lágrima viva,
cosa que por poco me produce el desconcierto más inoportuno.
Ofrecí a Emigdio asiento en el saloncito; y como eligiese un
sofá de resorte, el pobre sintiendo que se hundía, procuró a todo trance buscar
algo a qué asirse en el aire; mas, perdida toda esperanza, se rehizo como pudo,
y una vez en pie, dijo:
—¡Qué demonios! A este Carlos no le entra el juicio. ¡Y ahora!
Con razón venía riéndose en la calle de la pegadura que me iba a hacer. ¿Y tú
también?... ¡Vaya! Si esta gente de aquí es el mismo demontres. ¿Qué te parece
la que me han hecho hoy?
Carlos salió de la alcoba, aprovechándose de tan feliz ocasión,
y ambos pudimos reír ya a nuestras anchas.
—¡Qué, Emigdio! —dije a nuestro visitante—: siéntate en esta
butaca, que no tiene trampa. Es necesario que críes correa.
—Sí ea4 —respondió Emigdio sentándose con desconfianza cual si
temiese un nuevo fracaso.
—¿Qué te han hecho? —rió más que preguntó Carlos.
—¿Hase visto? Estaba por no contarles.
—Pero, ¿por qué? —insistió el implacable Carlos, echándole un
brazo sobre los hombros—; cuéntanos.
Emigdio se había enfadado al fin, y a duras penas pudimos
contentarlo. Unas copas de vino y algunos cigarros ratificaron nuestro
armisticio. Sobre el vino observó nuestro paisano que era mejor el de naranja
que hacían en Buga, y el anisete verde de la venta de Paporrina. Los cigarros
de Ambalema le parecieron inferiores a los que aforrados en hojas secas de
plátano y perfumados con otras de higo y de naranjo picadas, traía él en los
bolsillos.
Pasados dos días, estaba ya nuestro Telémaco vestido
convenientemente y acicalado por el maestro Hilario; y aunque su ropa a la moda
le incomodaba y las botas nuevas le hacían ver candelillas, hubo de sujetarse,
estimulado por la vanidad y por Carlos, a lo que él llamaba un martirio.
Establecido en la casa de asistencia que habitábamos nosotros,
nos divertía en las horas de sobremesa refiriendo a nuestras caseras las
aventuras de su viaje y emitiendo concepto sobre todo lo que le había llamado
la atención en la ciudad. En la calle era diferente, pues nos veíamos en la
necesidad de abandonarlo a su propia suerte, o sea a la jovial impertinencia de
los talabarteros y buhoneros, que corrían a sitiarlo apenas lo divisaban, para
ofrecerle sillas chocontanas, arretrancas, zamarros, frenos y mil baratijas.
Por fortuna ya había terminado Emigdio todas sus compras cuando
vino a saber que la hija de la señora de la casa, muchacha despabilada,
despreocupadilla y reidora, se moría por él.
Carlos, sin pararse en barras, logró convencerlo de que
Micaelina había desdeñado hasta entonces los galanteos de todos los comensales;
pero el diablo, que no duerme, hizo que Emigdio sorprendiese en chicoleos una
noche en el comedor a su cabrión y a su amada, cuando creían dormido al
infeliz, pues eran las diez, hora en que solía hallarse él en su tercer sueño;
costumbre que justificaba madrugando siempre, aunque fuese tiritando de frío.
Visto por Emigdio lo que vio y oído lo que oyó, que ojalá para
su reposo y el nuestro nada hubiese visto ni oído, pensó solamente en acelerar
su marcha.
Como no tenía queja de mí, hízome sus confidencias la noche
víspera del viaje, diciéndome, entre otros muchos desahogos:
—En Bogotá no hay señoras: éstas son todas unas... coquetas de
siete suelas. Cuando ésta lo ha hecho, ¿qué se espera? Estoy hasta por no
despedirme de ella. ¡Qué caray!, no hay nada como las muchachas de nuestra
tierra; aquí no hay sino peligros. Ya ves a Carlos: anda hecho un altar de
corpus, se acuesta a las once de la noche y está más fullero5 que nunca. Déjalo
estar; que yo se lo haré saber a don Chomo para que le ponga la ceniza. Me
admira verte a ti pensando tan sólo en tus estudios.
Partió pues Emigdio, y con él la diversión de Carlos y de
Micaelina.
Tal era, en suma, el honradote y campechano amigo a quien iba yo
a visitar.
Esperando verlo venir del interior de la casa, di frente a
retaguardia oyendo que me gritaba al saltar una cerca del patio:
—¡Por fin, so maula!, ya creía que me dejabas esperándote.
Siéntate, que voy allá.
Y se puso a lavarse las manos, que tenía ensangrentadas, en la
acequia del patio.
—¿Qué hacías? —le pregunté después de nuestros saludos.
—Como hoy es día de matanza y mi padre madrugó a irse a los
potreros, estaba yo racionando a los negros, que es una friega; pero ya estoy
desocupado. Mi madre tiene mucho deseo de verte; voy a avisarle que estás aquí.
Quién sabe si lograremos que las muchachas salgan, porque se han vuelto más
cerreras cada día.
—¡Choto! —gritó; y a poco se presentó un negrito medio desnudo,
pasas monas6, y un brazo seco y lleno de cicatrices.
—Lleva a la canoa ese caballo y límpiame el potro alazán.
Y volviéndose a mí, después de haberse fijado en mi cabalgadura,
añadió:
—¡Carrizo con el retinto!
—¿Cómo se averió así el brazo ese muchacho? —pregunté.
—Metiendo caña al trapiche: ¡son tan brutos éstos! No sirve ya
sino para cuidar caballos.
En breve empezaron a servir el almuerzo, mientras yo me las
había con doña Andrea, madre de Emigdio, la que por poco deja su pañolón sin
flecos, durante un cuarto de hora que estuvimos conversando solos.
Emigdio fue a ponerse una chaqueta blanca para sentarse a la
mesa; pero antes nos presentó una negra engalanada el azafate pastuso con
aguamanos, llevando pendiente de uno de los brazos una toalla primorosamente
bordada.
Servíanos de comedor la sala, cuyo ajuar estaba reducido a
viejos canapés de vaqueta, algunos retablos quiteños que representaban santos,
colgados en lo alto de las paredes no muy blancas, y dos mesitas adornadas con
fruteros y loros de yeso.
Sea dicha la verdad: en el almuerzo no hubo grandezas; pero se
conocía que la madre y las hermanas de Emigdio entendían eso de disponerlos. La
sopa de tortilla aromatizada con yerbas frescas de la huerta; el frito de
plátanos, carne desmenuzada y roscas de harina de maíz; el excelente chocolate
de la tierra; el queso de piedra; el pan de leche y el agua servida en antiguos
y grandes jarros de plata no dejaron que desear.
Cuando almorzábamos alcancé a ver espiando por entre una puerta
medio entornada a una de las muchachas; y su carita simpática, iluminada por
unos ojos negros como chambimbes7, dejaba pensar que lo que ocultaba debía de
armonizar muy bien con lo que dejaba ver.
Me despedí a las once de la señora Andrea; porque habíamos
resuelto ir a ver a don Ignacio en los potreros donde estaba haciendo rodeo, y
aprovechar el viaje para darnos un baño en el Amaime.
Emigdio se despojó de su chaqueta para reemplazarla con una
ruana de hilo; de los botines de soche para calzarse alpargatas usadas; se
abrochó unos zamarros blancos de piel melenuda de cabrón; se puso un gran
sombrero de Suaza con funda de percal blanco, y montó en el alazán, teniendo
antes la precaución de vendarle los ojos con un pañuelo. Como el potrón se hizo
una bola y escondió la cola entre las piernas, el jinete le gritó: “¡Ya venís
con tus fullerías!”, descargándole en seguida dos sonoros latigazos con el
manatí palmirano que empuñaba. Con lo cual, después de dos o tres corcovos que
no lograron ni mover siquiera al caballero en su silla chocontana, monté y nos
pusimos en marcha.
Mientras llegábamos al sitio del rodeo, distante de la casa más
de media legua, mi compañero, luego que se aprovechó del primer llanito
aparente para tornear y rayar el caballo, entró en conversación tirada conmigo.
Desembuchó cuanto sabía respecto a las pretensiones matrimoniales de Carlos,
con quien había reanudado amistad desde que volvieron a verse en el Cauca.
—¿Y tú qué dices? —acabó por preguntarme.
Esquivé mañosamente darle respuesta; y él continuó:
—¿Para qué es negarlo? Carlos es muchacho trabajador: luego que
se convenza de que no puede ser hacendado si no deja antes a un lado los
guantes y el paraguas, tiene que irle bien. Todavía se burla de mí porque
enlazo, hago talanquera y barbeo muletos; pero él tiene que hacer lo mismo o
reventar. ¿No lo has visto?
—No.
—Pues ya lo verás. ¿Me crees que no va a bañarse al río cuando
el sol está fuerte, y que si no le ensillan el caballo no monta; todo por no
ponerse moreno y por no ensuciarse las manos? Por lo demás es un caballero, eso
sí: no hace ocho días me sacó de un apuro prestándome doscientos patacones que
necesitaba para comprar unas novillonas. El sabe que no lo echa en saco roto;
pero eso es lo que se llama servir a tiempo. En cuanto a su matrimonio... te
voy a decir una cosa, si me ofreces no chamuscarte.
—Di, hombre, di lo que quieras.
—En tu casa como que viven con mucho tono; y se me figura que
una de esas niñas criadas entre holán, como las de los cuentos, necesita ser
tratada como cosa bendita.
Y soltó una carcajada y prosiguió:
—Lo digo porque ese don Jerónimo, padre de Carlos, tiene más
cáscaras que un sietecueros y es bravo como un ají chivato. Mi padre no lo
puede ver desde que lo tiene metido en un pleito por linderos y yo no sé qué
más. El día que lo encuentra tenemos que ponerle por la noche fomentos de
yerbamora y darle friegas de aguardiente con malambo.
Habíamos llegado al lugar del rodeo. En medio del corral, a la
sombra de un guásimo y al través de la polvareda levantada por la torada en
movimiento, descubrí a don Ignacio, quien se acercó a saludarme. Montaba un
cuartago rosillo y cotudo, enjaezado con un galápago cuyo lustre y deterioro
proclamaban sus merecimientos. La exigua figura del rico propietario estaba
decorada así: zamarros de león raídos y con capellada; espuelas de plata con
rodajas encascabeladas; chaqueta de género sin aplanchar y ruana blanca
recargada de almidón; coronándolo todo un enorme sombrero de jipijapa, de esos
que llaman cuando va al galope quien los lleva: bajo su sombra hacían la tamaña
nariz y los ojillos azules de don Ignacio, el mismo juego que en la cabeza de
un paletón disecado, los granates que lleva por pupilas y el prolongado pico.
Dije a don Ignacio lo que mi padre me había encargado acerca del
ganado que debían cebar en compañía.
—Está bien —me respondió—. Ya ve que la novillada no puede ser
mejor; todos parecen unas torres. ¿No quiere entrar a divertirse un rato?
A Emigdio se le iban los ojos viendo la faena de los vaqueros en
el corral.
—¡Ah Tuso! —gritó—; cuidado con aflojar el pial8 ¡A la cola! ¡A
la cola!
Me excusé con don Ignacio, dándole al mismo tiempo las gracias;
él continuó:
—Nada, nada; los bogotanos les tienen miedo al Sol y a los toros
bravos; por eso los muchachos se echan a perder en los colegios de allá. No me
dejará mentir ese niño bonito hijo de don Chomo: a las siete de la mañana lo he
encontrado de camino aforrado con un pañuelo, de modo que no se le veía sino un
ojo, ¡y con paraguas!... Usted, por lo que veo, siquiera no usa esas cosas.
En ese momento gritaba el vaquero, que con la marca candente
empuñada iba aplicándosela en la paleta a varios toros tendidos y maniatados en
el corral: “Otro... otro...”. A cada uno de esos gritos seguía un berrido, y
hacía don Ignacio con su cortaplumas una muesquecilla más en una varita de
guásimo que le servía de fuete.
Como al levantarse las reses podía haber algunos lances
peligrosos, don Ignacio, después de haber recibido mi despedida, se puso en
salvo entrando a una corraleja vecina.
El sitio escogido por Emigdio en el río era el más adecuado para
disfrutar del baño que las aguas del Amaime ofrecen en el verano, especialmente
a la hora en que llegamos a su orilla. Guabos churimbos, sobre cuyas flores
revoloteaban millares de esmeraldas9, nos ofrecían densa sombra y acolchonada
hojarasca donde extendimos las ruanas. En el fondo del profundo remanso que
estaba a nuestros pies se veían hasta los más pequeños guijarros y jugueteaban
sardinas plateadas. Abajo, sobre las piedras que no cubrían las corrientes,
garzones azules y garcitas blancas pescaban espiando o se peinaban el plumaje.
En la playa de enfrente rumiaban acostadas hermosas vacas; guacamayas
escondidas en los follajes de los cachimbos charlaban a media voz; y tendida en
las ramas altas dormía una partida de monos en perezoso abandono. Las
chicharras hacían resonar por dondequiera sus cantos monótonos. Una que otra
ardilla curiosa asomaba por entre el cañaveral y desaparecía velozmente. Hacia
el interior de la selva oíamos de rato en rato el trino melancólico de las
chilacoas.
—Cuelga tus zamarros lejos de aquí —dije a Emigdio—; porque si
no, saldremos del baño con dolor de cabeza.
Riose él de buena gana, observándome al colocarlos en la
horqueta de un árbol distante:
—¿Quieres que todo huela a rosas? El hombre debe oler a chivo.
—Seguramente; y en prueba de que lo crees, llevas en tus
zamarros todo el almizcle de un cabrero.
Durante nuestro baño, sea que la noche y la orilla de un hermoso
río dispongan el ánimo a hacer confidencias, sea que yo me diese trazas para
que mi amigo me las hiciera, confesóme que después de haber guardado por algún
tiempo como reliquia el recuerdo de Micaelina, se había enamorado locamente de
una preciosa ñapanguita, debilidad que procuraba esconder a la malicia de don
Ignacio, pues que éste había de pretender desbaratarle todo, porque la muchacha
no era señora; y en fin de fines raciocinó así:
—¡Como si pudiera convenirme a mí casarme con una señora, para
que resultara de todo que tuviera que servirle yo a ella en vez de ser el
servido! Y por más caballero que yo sea, ¿qué diablos iba a hacer con una mujer
de esa laya? Pero si conocieras a Zoila... ¡Hombre!, no te pondero; hasta le
harías versos... ¡Qué versos!, se te volvería la boca agua: sus ojos son
capaces de hacer ver a un ciego; tiene la risa más ladina, los pies más lindos,
y una cintura que...
—Poco a poco —le interrumpí—: ¿es decir que estás tan
frenéticamente enamorado que te echarás a ahogar si no te casas con ella?
—¡Me caso aunque me lleve la trampa!
—¿Con una mujer del pueblo? ¿Sin consentimiento de tu padre?...
Ya se ve: tú eres hombre de barbas, y debes saber lo que haces. Y Carlos ¿tiene
noticia de todo eso?
—¡No faltaba otra cosa! ¡Dios me libre! Si en Buga lo tienen en
las palmas de las manos y a boca, qué quieres. La fortuna es que Zoila vive en
San Pedro y no va a Buga sino cada marras.
—Pero a mí sí me la mostrarías.
—A ti es otra cosa; el día que quieras te llevo.
A las tres de la tarde me separé de Emigdio, disculpándome de
mil maneras para no comer con él, y las cuatro serían cuando llegué a casa.
XX
Mi madre y Emma salieron al corredor a recibirme. Mi padre había
montado para ir a visitar los trabajos.
A poco rato se me llamó al comedor, y no tardé en acudir porque
allí esperaba encontrar a María pero me engañé; y como le preguntase a mi madre
por ella, me respondió:
—Como esos señores vienen mañana, las muchachas están afanadas
por que queden muy bien hechos unos dulces; creo que han acabado ya y que
vendrán ahora.
Iba a levantarme de la mesa cuando José, que subía del valle a
la montaña arreando dos mulas cargadas de cañabrava, se paró en el altico desde
el cual se divisaba el interior, y me gritó:
—¡Buenas tardes! No puedo llegar, porque llevo una chúcara y se
me hace noche. Ahí le dejo un recado con las niñas. Madrugue mucho mañana,
porque la cosa está segura.
—Bien —le contesté—; iré muy temprano; saludes a todos.
—¡No se olvide de los balines!
Y saludándome con el sombrero continuó subiendo.
Dirigíme a mi cuarto a preparar la escopeta, no tanto porque
ella necesitase de limpieza cuanto por buscar pretexto para no permanecer en el
comedor, en donde al fin no se presentó María.
Tenía yo abierta en la mano una cajilla de pistones cuando vi a
María venir hacia mí trayéndome el café, que probó con la cucharilla antes de
verme.
Los pistones se me regaron por el suelo apenas se acercó.
Sin resolverse a mirarme, me dio las buenas tardes, y colocando
con mano insegura el platito y la taza en la baranda, buscó por un instante con
ojos cobardes los míos, que la hicieron sonrojar; y entonces, arrodillada, se
puso a recoger los pistones.
—No hagas tú eso —le dije—; yo lo haré después.
—Yo tengo muy buenos ojos para buscar cosas chiquitas
—respondió—; a ver la cajita.
Alargó el brazo para recibirla, exclamando al verla:
—¡Ay! ¡Si se han regado todos!
—No estaba llena —le observé ayudándole.
—Y que se necesitan mañana de éstos —dijo soplándoles el polvo a
los que tenía en la sonrosada palma de una de sus manos.
—¿Por qué mañana y por qué de éstos?
—Porque como esa cacería es peligrosa, se me figura que errar un
tiro sería terrible, y conozco por la cajita que éstos son los que el doctor te
regaló el otro día diciendo que eran ingleses y muy buenos...
—Tú lo oyes todo.
—Algo hubiera dado algunas veces por no oír. Tal vez sería mejor
no ir a esa cacería... José te dejó un recado con nosotras.
—¿Quieres tú que no vaya?
—¿Y cómo podría yo exigir eso?
—¿Por qué no?
Miróme y no respondió.
—Ya me parece que no hay más —dijo poniéndose en pie y mirando
el suelo a su alrededor—; yo me voy. El café estará ya frío.
—Pruébalo.
—Pero no acabes de cargar esa escopeta ahora...
Está bueno —añadió tocando la taza.
—Voy a guardar la escopeta y a tomarlo; pero no te vayas.
Yo había entrado a mi cuarto y vuelto a salir.
—Hay mucho que hacer allá dentro.
—Ah, sí —le contesté—; preparar postres y las galas para mañana.
¿Te vas, pues?
Hizo con los hombros, inclinando al mismo tiempo la cabeza a un
lado, un movimiento que significaba: como tú quieras.
—Yo te debo una explicación —le dije acercándome a ella—.
¿Quieres oírme?
—¿No digo que hay cosas que no quisiera oír? —contestó haciendo
sonar los pistones dentro de la cajita.
—Creía que lo que yo...
—Es cierto eso que vas a decir, eso que crees.
—¿Qué?
—Que a ti sí debiera oírte; pero, esta vez, no.
—¡Qué mal habrás pensado de mí en estos días!
Ella leía, sin contestarme, los letreros de la cajilla.
—Nada te diré, pues; pero dime qué te has supuesto.
—¿Para qué ya?
—¿Es decir que no me permites tampoco disculparme para contigo?
—Lo que quisiera saber es por qué has hecho eso; sin embargo, me
da miedo saberlo por lo mismo que para nada he dado motivo; y siempre pensé que
tendrías alguno que yo no debía saber... Mas como parece que estás contento
otra vez... yo también estoy contenta.
—Yo no merezco que seas tan buena como eres conmigo.
—Quizá seré yo quien no merezca...
—He sido injusto contigo, y si lo permitieras, te pediría de
rodillas que me perdonaras.
Sus ojos velados hacía rato lucieron con toda su belleza, y
exclamó:
—¡Ay! no, ¡Dios mío! Yo lo he olvidado todo... ¿oyes bien?
¡todo!
—Pero con una condición —añadió después de una corta pausa.
—La que quieras.
—El día que yo haga o diga algo que te disguste, me lo dirás; y
yo no volveré a hacerlo ni a decirlo. ¿No es muy fácil eso?
—¿Y yo no debo exigir de tu parte lo mismo?
—No, porque yo no puedo aconsejarte a ti, ni saber siempre si lo
que pienso es lo mejor; además, tú sabes lo que voy a decirte, antes que te lo
diga.
—¿Estás cierta, pues? ¿Vivirás convencida de que te quiero con
toda mi alma? —le dije en voz baja y conmovida.
—Sí, sí —respondió muy quedo; y casi tocándome los labios con
una de sus manos para significarme que callara, dio algunos pasos hacia el
salón.
—¿Qué vas a hacer? —le dije.
—¿No oyes que Juan me llama y llora porque no me encuentra?
Indecisa por un momento, en su sonrisa había tal dulzura y tan
amorosa languidez en su mirada, que ya había ella desaparecido y aún la
contemplaba yo extasiado.
XXI
Al día siguiente al amanecer tomé el camino de la montaña,
acompañado de Juan Angel, que iba cargado con algunos regalos de mi madre para
Luisa y las muchachas. Seguíanos Mayo: su fidelidad era superior a todo
escarmiento, a pesar de algunos malos ratos que había tenido en esa clase de
expediciones, impropias ya de sus años.
Pasado el puente del río, encontramos a José y a su sobrino
Braulio que venían ya a buscarme. Aquél me habló al punto de su proyecto de
caza, reducido a asestar un golpe certero a un tigre famoso en las cercanías,
que le había muerto algunos corderos. Teníale seguido el rastro al animal y
descubierta una de sus guaridas en el nacimiento del río, a más de media legua
arriba de la posesión.
Juan Angel dejó de sudar al oír estos pormenores, y poniendo
sobre la hojarasca el cesto que llevaba, nos veía con ojos tales cual si
estuviera oyendo discutir un proyecto de asesinato.
José continuó hablando así de su plan de ataque:
—Respondo con mis orejas de que no se nos va. Ya veremos si el
valluno Lucas es tan jaque como dice. De Tiburcio sí respondo. ¿Trae la
munición gruesa?
—Sí —le respondí— y la escopeta larga.
—Hoy es el día de Braulio. El tiene mucha gana de verle hacer a
usted una jugada, porque yo le he dicho que usted y yo llamamos errados los
tiros cuando apuntamos a la frente de un oso y la bala se zampa por un ojo.
Rio estrepitosamente, dándole palmadas sobre el hombro a su
sobrino.
—Bueno, y vámonos —continuó—: pero que lleve el negrito estas
legumbres a la señora, porque yo me vuelvo; —y se echó a la espalda el cesto de
Juan Angel, diciendo—: ¿Serán cosas dulces que la niña María pone para su
primo?...
—Ahí vendrá algo que mi madre le envía a Luisa.
—Pero ¿qué es lo que ha tenido la niña? Yo la vi ayer a la
pasada tan fresca y lúcida como siempre. Parece un botón de rosa de Castilla.
—Está buena ya.
—Y tú ¿qué haces ahí que no te largas, negritico? —dijo José a
Juan Angel—. Carga con la guambía10 y vete, para que vuelvas pronto, porque más
tarde no te conviene andar solo por aquí. No hay que decir nada allá abajo.
—¡Cuidado con no volver! —le grité cuando estaba él del otro
lado del río.
Juan Angel desapareció entre el carrizal como un guatín
asustado.
Braulio era un mocetón de mi edad. Hacía dos meses que había
venido de la Provincia11 para acompañar a su tío, y estaba locamente enamorado,
de tiempo atrás, de su prima Tránsito.
La fisonomía del sobrino tenía toda la nobleza que hacía
interesante la del anciano; pero lo más notable en ella era una linda boca, sin
bozo aún, cuya sonrisa femenina contrastaba con la energía varonil de las otras
facciones. Manso de carácter, apuesto, e infatigable en el trabajo, era un
tesoro para José y el más adecuado marido para Tránsito.
La señora Luisa y las muchachas salieron a recibirme a la puerta
de la cabaña, risueñas y afectuosas. Nuestro frecuente trato en los últimos
meses había hecho que las muchachas fuesen menos tímidas conmigo. José mismo,
en nuestras cacerías, es decir, en el campo de batalla, ejercía sobre mí una
autoridad paternal, todo lo cual desaparecía cuando se presentaba en casa, como
si fuese un secreto nuestra amistad leal y sencilla.
—¡Al fin, al fin! —dijo la señora Luisa tomándome por el brazo
para introducirme a la salita—. ¡Siete días!... uno por uno los hemos contado.
Las muchachas me miraban sonriendo maliciosamente.
—Pero ¡Jesús!, qué pálido está —exclamó Luisa mirándome más de
cerca—. Eso no está bueno así; si viniera usted con frecuencia estaría tamaño
de gordo.
—¿Y a ustedes cómo les parezco? —dije a las muchachas.
—¡Eh! —contestó Tránsito—: pues ¿qué nos va a parecer? Si por
estarse allá en sus estudios y...
—Hemos tenido tantas cosas buenas para usted —interrumpió
Lucía—: dejamos dañar la primera badea de la mata nueva, esperándolo: el
jueves, creyendo que venía, le tuvimos una natilla tan buena...
—¡Y qué peje! ¿ah Luisa? —añadió José—; si eso ha sido el
juicio, no hemos sabido qué hacer con él. Pero ha tenido razón para no venir
—continuó en tono grave—; ha habido motivo; y como pronto lo convidarás a que
pase con nosotros un día entero... ¿no es así, Braulio?
—Sí, sí, pase y hablemos de eso. ¿Cuándo es ese gran día, señora
Luisa? ¿cuándo es, Tránsito?
Esta se puso como una grana, y no hubiera levantado los ojos
para ver a su novio por todo el oro del mundo.
—Eso tarda —respondió Luisa—: ¿no ve que falta blanquear la
casita y ponerle las puertas? Vendrá siendo el día de Nuestra Señora de
Guadalupe, porque Tránsito es su devota.
—¿Y eso cuándo es?
—¿Y no sabe? Pues el doce de diciembre. ¿No le han dicho estos
muchachos que quieren hacerlo su padrino?
—No, y la tardanza en darme tan buena noticia no se la perdono a
Tránsito.
—Si yo le dije a Braulio que se lo dijera a usted, porque mi
padre creía que era mejor así.
—Yo agradezco tanto esa elección como no podéis figurároslo; mas
es con la esperanza de que me hagáis muy pronto compadre.
Braulio miró de la manera más tierna a su preciosa novia, y
avergonzada ésta, salió presurosa a disponer el almuerzo, llevándose de paso a
Lucía.
Mis comidas en casa de José no eran ya como la que describí en otra
ocasión: yo hacía en ellas parte de la familia; y sin aparatos de mesa, salvo
el único cubierto que se me destinaba siempre, recibía mi ración de frisoles,
mazamorra, leche y gamuza de manos de la señora Luisa, sentado ni más ni menos
que José y Braulio, en un banquillo de raíz de guadua. No sin dificultad los
acostumbré a tratarme así.
Viajero años después por las montañas del país de José, he visto
ya a puestas de sol llegar labradores alegres a la cabaña donde se me daba
hospitalidad: luego que alababan a Dios ante el venerable jefe de la familia,
esperaban en torno del hogar la cena que la anciana y cariñosa madre repartía:
un plato bastaba a cada pareja de esposos; y los pequeñuelos hacían pinicos
apoyados en las rodillas de sus padres. Y he desviado mis miradas de esas
escenas patriarcales, que me recordaban los últimos días felices de mi
juventud...
El almuerzo fue suculento como de costumbre, y sazonado con una
conversación que dejaba conocer la impaciencia de Braulio y de José por dar
principio a la cacería.
Serían las diez cuando, listos ya todos, cargado Lucas con el
fiambre que Luisa nos había preparado, y después de las entradas y salidas de
José para poner en su gran garniel de nutria tacos de cabuya y otros chismes
que se le habían olvidado, nos pusimos en marcha.
Eramos cinco los cazadores: el mulato Tiburcio, peón de la
chagra12; Lucas, neivano agregado de una hacienda vecina; José, Braulio y yo.
Todos íbamos armados de escopetas. Eran de cazoleta las de los dos primeros, y
excelentes, por supuesto, según ellos. José y Braulio llevaban además lanzas
cuidadosamente enastadas.
En la casa no quedó perro útil: todos atramojados13 de dos en
dos, engrosaron la partida expedicionaria dando aullidos de placer; y hasta el
favorito de la cocinera Marta, Palomo, a quien los conejos tenían con ceguera,
brindó el cuello para ser contado en el número de los hábiles; pero José lo
despidió con un “¡zumba!” seguido de algunos reproches humillantes.
Luisa y las muchachas quedaron intranquilas, especialmente
Tránsito, que sabía bien era su novio quien iba a correr mayores peligros, pues
su idoneidad para el caso era indisputable.
Aprovechando una angosta y enmarañada trocha, empezamos a
ascender por la ribera septentrional del río. Su sesgado cauce, si tal puede
llamarse el fondo selvoso de la cañada, encañonado por peñascos en cuyas cimas
crecían, como en azoteas, crespos helechos y cañas enredadas por floridas
trepadoras, estaba obstruido a trechos con enormes piedras, por entre las
cuales se escapaban las corrientes en ondas veloces, blancos borbollones y
caprichosos plumajes.
Poco más de media legua habíamos andado cuando José,
deteniéndose a la desembocadura de un zanjón ancho, seco y amurallado por altas
barrancas, examinó algunos huesos mal roídos, dispersos en la arena: eran los
del cordero que el día antes se le había puesto de cebo a la fiera.
Precediéndonos Braulio, nos internamos José y yo por el zanjón. Los rastros
subían. Braulio, después de unas cien varas de ascenso, se detuvo, y sin
mirarnos hizo ademán de que parásemos. Puso oído a los rumores de la selva;
aspiró todo el aire que su pecho podía contener; miró hacia la alta bóveda que
los cedros, jiguas y yarumos formaban sobre nosotros, y siguió andando con
lentos y silenciosos pasos. Detúvose de nuevo al cabo de un rato; repitió el
examen hecho en la primera estación; y mostrándonos los rasguños que tenía el
tronco de un árbol que se levantaba desde el fondo del zanjón, nos dijo,
después de un nuevo examen de las huellas: “Por aquí salió: se conoce que está
bien comido y baquiano”. La chamba14 terminaba veinte varas adelante por un
paredón desde cuyo tope se conocía, por la hoya excavada al pie, que en los
días de lluvia se despeñaban por allí las corrientes de la falda.
Contra lo que creía yo conveniente, buscamos otra vez la ribera
del río, y continuamos subiendo por ella. A poco halló Braulio las huellas del
tigre en una playa, y esta vez llegaban hasta la orilla.
Era necesario cerciorarnos de si la fiera había pasado por allí
al otro lado, o si, impidiéndoselo las corrientes, ya muy descolgadas e
impetuosas, había continuado subiendo por la ribera en que estábamos, que era
lo más probable.
Braulio, la escopeta terciada a la espalda, vadeó el raudal
atándose a la cintura un rejo, cuyo extremo retenía José para evitar que un mal
paso hiciera rodar al muchacho a la cascada inmediata.
Guardábase un silencio profundo y acallábamos uno que otro
aullido de impaciencia que dejaban escapar los perros.
—No hay rastro acá— dijo Braulio después de examinar las arenas
y la maleza.
Al ponerse en pie, vuelto hacia nosotros, sobre la cima de un
peñón, le entendimos por los ademanes que nos mandaba estar quietos.
Zafóse de los hombros la escopeta; la apoyó en el pecho como
para disparar sobre las peñas que teníamos a la espalda; se inclinó ligeramente
hacia adelante, firme y tranquilo, y dio fuego.
—¡Allí!— gritó señalando hacia el arbolado de las peñas cuyos
filos nos era imposible divisar; y bajando a saltos a la ribera, añadió:
—¡La cuerda firme, los perros más arriba!
Los perros parecían estar al corriente de lo que había sucedido:
no bien los soltamos, cumpliendo la orden de Braulio, mientras José le ayudaba
a pasar el río, desaparecieron a nuestra derecha por entre los cañaverales.
—¡Quietos!— volvió a gritar Braulio, ganando ya la ribera; y
mientras cargaba precipitadamente la escopeta, divisándome a mí, agregó:
—Usted aquí, patrón.
Los perros perseguían de cerca la presa, que no debía de tener
fácil salida, puesto que los ladridos venían de un mismo punto de la falda.
Braulio tomó una lanza de manos de José, diciéndonos a los dos:
—Ustedes más abajo y más altos, para cuidar este paso, porque el
tigre volverá sobre su rastro si se nos escapa de donde está. Tiburcio con
ustedes— agregó.
Y dirigiéndose a Lucas:
—Los dos a costear el peñón por arriba.
Luego, con su sonrisa dulce de siempre, terminó al colocar con
pulso firme un pistón en la chimenea de la escopeta:
—Es un gatico, y está ya herido.
En diciendo las últimas palabras nos dispersamos.
José, Tiburcio y yo subimos a una roca convenientemente situada.
Tiburcio miraba y remiraba la ceba de su escopeta. José era todo ojos. Desde
allí veíamos lo que pasaba en el peñón y podíamos guardar el paso recomendado;
porque los árboles de la falda, aunque corpulentos, eran raros.
De los seis perros, dos estaban ya fuera de combate: uno de
ellos destripado a los pies de la fiera; el otro dejando ver las entrañas por
entre uno de los costillares, desgarrado, había venido a buscarnos y expiraba
dando quejidos lastimeros junto a la piedra que ocupábamos.
De espaldas contra un grupo de robles, haciendo serpentear la
cola, erizando el dorso, los ojos llameantes y la dentadura descubierta, el
tigre lanzaba bufidos roncos, y al sacudir la enorme cabeza, las orejas hacían
un ruido semejante al de las castañuelas de madera. Al revolver, hostigado por
los perros, no escarmentados aunque no muy sanos, se veía que de su ijar
izquierdo chorreaba sangre, la que a veces intentaba lamer inútilmente, porque
entonces lo acosaba la jauría con ventaja.
Braulio y Lucas se presentaron saliendo del cañaveral sobre el
peñón, pero un poco más distantes de la fiera que nosotros. Lucas estaba
lívido, y las manchas de carate de sus pómulos, de azul turquí.
Formábamos así un triángulo los cazadores y la pieza, pudiendo
ambos grupos disparar a un tiempo sobre ella sin ofendernos mutuamente.
—¡Fuego todos a un tiempo!— gritó José.
—¡No, no; los perros! —respondió Braulio—; y dejando solo a su
compañero, desapareció.
Comprendí que un disparo general podía terminarlo todo; pero era
cierto que algunos perros sucumbirían; y no muriendo el tigre, le era fácil
hacer una diablura encontrándonos sin armas cargadas.
La cabeza de Braulio, con la boca entreabierta y jadeante, los
ojos desplegados y la cabellera revuelta, asomó por entre el cañaveral, un poco
atrás de los árboles que defendían la espalda de la fiera: en el brazo derecho
llevaba enristrada la lanza, y con el izquierdo desviaba los bejucos que le
impedían ver bien.
Todos quedamos mudos; los perros mismos parecían interesados en
el fin de la partida.
José gritó al fin:
—¡Hubi! ¡Mataleón! ¡Hubi! ¡Pícalo! ¡Truncho!
No convenía dar tregua a la fiera, y se evitaba así riesgo mayor
a Braulio.
Los perros volvieron al ataque simultáneamente. Otro de ellos
quedó muerto sin dar un quejido.
El tigre lanzó un maullido horroroso.
Braulio apareció tras el grupo de robles, hacia nuestro lado,
empuñando el asta de la lanza sin la hoja.
La fiera dio sobre sí misma la vuelta en su busca; y él gritó:
“¡Fuego! ¡fuego!”, volviendo a quedar de un brinco en el mismo
punto donde había asestado la lanzada.
El tigre lo buscaba. Lucas había desaparecido. Tiburcio estaba
de color de aceituna. Apuntó y sólo se quemó la ceba.
José disparó: el tigre rugió de nuevo tratando como de morderse
el lomo, y de un salto volvió instantáneamente sobre Braulio. Este, dando una
nueva vuelta tras de los robles, lanzóse hacia nosotros a recoger la lanza que
le arrojaba José.
Entonces la fiera nos dio frente. Sólo mi escopeta estaba
disponible: disparé; el tigre se sentó sobre la cola, tambaleó y cayó.
Braulio miró atrás instintivamente para saber el efecto del
último tiro. José, Tiburcio y yo nos hallábamos ya cerca de él, y todos dimos a
un tiempo un grito de triunfo.
La fiera arrojaba sanguaza espumosa por la boca: tenía los ojos
empañados e inmóviles, y en el último paroxismo de muerte estiraba las piernas
temblorosas y removía la hojarasca al enrollar y desenrollar la hermosa cola.
—¡Valiente tiro!... ¡Qué tiro! —exclamó Braulio poniéndole un
pie al animal sobre el cogote—: ¡En la frente! ¡Ese sí es un pulso firme!
José, con voz no muy segura todavía (el pobre amaba tanto a su
hija), dijo limpiándose con la manga de la camisa el sudor de la frente:
—No, no... ¡Si es mecha! ¡Santísimo Patriarca! ¡Qué animal tan
bien criado! ¡Hij’, un demonio! ¡Si te toca ni se sabe!...
Miró tristemente los cadáveres de los tres perros diciendo:
—¡Pobre Campanilla!, es la que más siento... ¡Tan guapa mi
perra!
Acarició luego a los otros tres, que con tamaña lengua afuera
jadeaban acostados y desentendidos, como si solamente se hubiera tratado de
acorralar un becerro arisco.
José, tendiéndome su ruana en lo limpio, me dijo:
—Siéntese, niño; vamos a sacar bien el cuero, porque es de
usted: —y en seguida gritó—: ¡Lucas!
Braulio soltó una carcajada, concluyéndola por decir:
—Ya ése estará metido en el gallinero de casa.
—¡Lucas!— volvió a gritar José, sin atender a lo que su sobrino
decía; mas viéndonos a todos reír, preguntó:
—¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es?
—Tío, si el valluno zafó desde que erré la lanzada.
José nos miraba como si fuese imposible entendernos.
—¡Timanejo pícaro!
Y acercándose al río, gritó de forma que las montañas repitieron
su voz.
—¡Lucas del demonio!
—Aquí tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió
Tiburcio.
No, hombre, si es que ese caratoso traía el jotico15 del
fiambre, y este blanco querrá comer algo y... yo también, porque aquí no hay
esperanzas de mazamorra.
Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto
abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos
hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros
cocos de agua del río.
Las provisiones eran blandas y moradas masas de choclo16, queso
fresco y carne asada con primor: todo ello fue puesto sobre hojas de
platanillo. Sacó en seguida de entre una servilleta una botella de vino tinto,
pan, ciruelas e higos pasos, diciendo:
—Esta es cuenta aparte.
Las navajas machetonas salieron de los bolsillos. José nos
dividió la carne, que acompañada con las masas de choclo, era un bocado regio.
Agotamos el tinto, despreciamos el pan, y los higos y ciruelas les gustaron más
a mis compañeros que a mí. No faltó la panela, dulce compañera del viajero, del
cazador y del pobre. El agua estaba helada. Mis cigarros de olor17 humearon
después de aquel rústico banquete.
José estaba de excelente humor, y Braulio se había atrevido a
llamarme padrino.
Con imponderable destreza, Tiburcio desolló el tigre, sacándole
el sebo, que dizque servía para qué sé yo qué.
Acomodadas en las mochilas la piel, cabeza y patas del tigre,
nos pusimos en camino para la posesión de José, el cual, tomando mi escopeta,
la colocó en un mismo hombro con la suya, precediéndonos en la marcha y
llamando a los perros. Deteníase de vez en cuando para recalcar sobre alguno de
los lances de la partida o para echarle alguna nueva maldición a Lucas.
Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban desde que
nos alcanzaron a ver; y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas
entre el susto y la alegría pues por nuestra demora y los disparos que habían
oído suponían que habíamos corrido peligros.
Fue Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente
pálida.
—¿Lo mataron?— nos gritó.
—Sí, hija— le respondió su padre.
Todas nos rodearon, entrando en la cuenta hasta la vieja Marta,
que llevaba en las manos un capón a medio pelar. Lucía se acercó a preguntarme
por mi escopeta, y como yo se la mostrase, añadió en voz baja:
—Nada le ha sucedido, ¿no?
—Nada— le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una
ramita.
—Ya yo pensaba...
—¿No ha bajado ese fantasioso de Lucas por aquí? —preguntó José.
—El no— respondió Marta.
José masculló una maldición.
—¿Pero dónde está lo que mataron?— dijo al fin, haciéndose oír,
la señora Luisa.
—Aquí, tía —contestó Braulio—; y ayudado por su novia, se puso a
desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella
me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me
sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.
Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las
mujeres intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama, no
pudieron contenerse.
—¿Pero cómo lo mataron? ¡Cuenten! —decía la señora Luisa—: todos
están como tristes.
—Cuéntennos— añadió Lucía.
Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos,
dijo:
—El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le
dio este balazo.
Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza. Todos se
volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recompensa de sobra
para una acción que la mereciera.
José siguió refiriendo con pormenores la historia de la
expedición, mientras hacía remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida
de los otros tres.
Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio.
Las mujeres habían vuelto a sus faenas, y yo dormitaba sobre uno
de los poyos de la salita en que Tránsito y Lucía me habían improvisado un
colchón de ruanas. Servíame de arrullo el rumor del río, los graznidos de los
gansos, el balido del rebaño que pacía en las colinas cercanas y los cantos de
las muchachas que lavaban ropa en el arroyo. La naturaleza es la más amorosa de
las madres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma; y si la felicidad
nos acaricia, ella nos sonríe.
XXII
Las instancias de los montañeses me hicieron permanecer con
ellos hasta las cuatro de la tarde, hora en que, después de larguísimas
despedidas, me puse en camino con Braulio, que se empeñó en acompañarme.
Habíame aliviado del peso de la escopeta y colgado de uno de sus hombros una
guambía.
Durante la marcha le hablé de su próximo matrimonio y de la
felicidad que le esperaba, amándolo Tránsito como lo dejaba ver. Me escuchaba
en silencio, pero sonriendo de manera que estaba por demás hacerlo hablar.
Habíamos pasado el río y salido de la última ceja de monte para
empezar a descender por las quiebras de la falda limpia, cuando Juan Angel,
apareciéndose por entre unas moreras, se nos interpuso en el sendero,
diciéndome con las manos unidas en ademán de súplica:
—Yo vine, mi amo... yo iba... pero no me haga nada sumercé... yo
no vuelvo a tener miedo.
—¿Qué has hecho? ¿qué es? —le interrumpí—. ¿Te han enviado de
casa?
—Sí, mi amo, sí, la niña; y como me dijo sumercé que volviera...
No me acordaba de la orden que le había dado.
—¿Conque no volviste de miedo? —le preguntó Braulio riendo—.
—Eso fue, sí, eso fue... Pero como Mayo pasó por aquí asustao, y
luego ñor Lucas me encontró pasando el río y me dijo que el tigre había matao a
ñor Braulio...
Este dio rienda suelta a una estrepitosa risotada, diciéndole al
fin al negrito aterrado:
—¡Y te estuviste todo el día metido entre estos matorrales como
un conejo!
—Como ñor José me gritó que volviera pronto, porque no debía
andar solo por allá arriba... —respondió Juan Angel viéndose las uñas de las
manos.
—¡Vaya! yo te mezquino18 —repuso Braulio; pero es con la
condición de que en otra cacería has de ir pie con pie conmigo.
El negrito lo miró con ojos desconfiados, antes de resolverse a
aceptar así el perdón.
—¿Convienes? —le pregunté distraído.
—Sí, mi amo.
—Pues vamos andando. Tú, Braulio, no te incomodes en acompañarme
más, vuélvete.
—Si es que yo quería...
—No; ya ves que Tránsito está toda asustada hoy. Di allá mil
cosas en mi nombre.
—Y esta guambía que llevaba... Ah —continuó— tómala tú, Juan
Angel. ¿No irás a romper la escopeta del patrón por ahí? Mira que le debo la
vida a ése —dijo—. Será lo mejor—observó al recibírsela yo.
Di un apretón de manos al valiente cazador, y nos separamos.
Distante ya de nosotros, gritó:
—Lo que va en la guambía es la muestra de mineral que le encargó
su papá a mi tío.
Y convencido de que se le había oído se internó en el bosque.
Detúveme a dos tiros de fusil de la casa a orillas del torrente
que descendía ruidoso hasta esconderse en el huerto.
Al continuar bajando busqué a Juan Angel: había desaparecido, y
supuse que, temeroso de mi enojo por su cobardía, habría resuelto solicitar
amparo mejor que el ofrecido por Braulio con tan inaceptables condiciones.
Tenía yo un cariño especial al negrito: él contaba a la sazón
doce años; era simpático y casi pudiera decirse que bello. Aunque inteligente,
su índole tenía algo de huraño. La vida que hasta entonces había llevado no era
la adecuada para dar suelta a su carácter, pues mediaban motivos para mimarlo.
Feliciana, su madre, criada que había desempeñado en la familia funciones de
aya y disfrutado de todas las consideraciones de tal, procuró siempre hacer de
su hijo un buen paje para mí. Mas fuera del servicio de mesa y de cámara y de
su habilidad para preparar café, en lo demás era desmañado y bisoño.
Muy cerca ya de la casa, noté que la familia estaba aún en el
comedor, e inferí que Carlos y su padre habían venido. Desviéme a la derecha,
salté el vallado del huerto, y atravesé éste para llegar a mi cuarto sin ser
visto.
Colgaba el saco de caza y la escopeta cuando percibí un ruido de
voces desacostumbrado. Mi madre entró a mi cuarto en ese momento, y le pregunté
la causa de lo que oía.
—Es —me dijo mi madre— que los señores de M... están aquí, y ya
sabes que don Jerónimo habla siempre como si estuviese a la orilla de un río.
¡Carlos en casa! pensé: éste es el momento de prueba de que
habló mi padre. Carlos habrá pasado un día de enamorado, en ocasión propicia
para admirar a su pretendida. ¡Que no pueda yo hacerle ver a él cuánto la amo!
¡No poder decirle a ella que seré su esposo!... Este es un tormento peor de lo
que yo me había imaginado.
Mi madre, notándome tal vez preocupado, me dijo:
—Como que has vuelto triste.
—No, no, señora; cansado.
—¿La cacería ha sido buena?
—Muy feliz.
—¿Podré decir a tu padre que le tienes ya la piel de oso que te
encargó?
—No ésa, sino una hermosísima de tigre.
—¿De tigre?
—Sí, señora, del que hacía daños por aquí.
—Pero eso habrá sido horrible.
—Los compañeros eran muy valientes y diestros.
Ella había puesto ya a mi alcance todo lo que yo podía necesitar
para el baño y cambio de vestidos; y a tiempo que entornaba la puerta después
de haber salido, le advertí que no dijera todavía que yo había regresado.
Volvió a entrar, y usando de aquella voz dulce cuanto afectuosa
que la hacía irresistible siempre que me aconsejaba, me dijo:
—¿Tienes presente lo que hablamos el otro día sobre la visita de
esos señores, no?
Satisfecha de la respuesta, añadió:
—Bueno. Yo confío en que saldrás muy bien.
Y cerciorada de nuevo de que nada podía faltarme, salió.
Lo que Braulio había dicho que era mineral, no era otra cosa que
la cabeza del tigre; y con tal astucia había conseguido hacer llegar a casa ese
trofeo de nuestra hazaña.
Por los comentarios de la escena hechos en casa después, supe
que en el comedor había sucedido esto:
Iba a servirse el café en el momento en que llegó Juan Angel
diciendo que yo venía ya e impuso a mi padre del contenido de la mochila. Este,
deseoso de que don Jerónimo le diese su opinión sobre los cuarzos, mandó al
negrito que los sacase; y trataba de hacerlo así cuando dio un grito de terror
y un salto de venado sorprendido.
Cada uno de los circunstantes quiso averiguar lo que había
pasado. Juan Angel, de espaldas contra la pared, los ojos tamaños y señalando
con los brazos extendidos hacia el saco, exclamó:
—¡El tigre!
—¿En dónde? —preguntó don Jerónimo derramando parte del café que
tomaba, y poniéndose en pie con más presteza que era de esperarse le permitiera
su esférico abdomen.
Carlos y mi padre dejaron también sus asientos.
Emma y María se acercaron una a otra.
—¡En la guambía! —repuso el interpelado.
A todos les volvió el alma al cuerpo.
Mi padre sacudió con precaución el saco, y viendo rodar la
cabeza sobre las baldosas, dio un paso atrás; don Jerónimo, otro; y apoyando
las manos en las rodillas, prorrumpió:
—¡Monstruoso!
Carlos, adelantándose a examinar de cerca la cabeza:
—¡Horrible!
Felipe, que llegaba llamado por el ruido, se puso en pie sobre
un taburete. Eloísa se asió de un brazo de mi padre. Juan, medio llorando,
trató de subírsele sobre las rodillas a María; y ésta, tan pálida como Emma,
miró con angustia hacia las colinas, esperando verme bajar.
—¿Quién lo mató? —preguntó Carlos a Juan Angel, el cual se había
serenado ya.
—La escopeta del amito.
—¿Conque la escopeta del amito sola? —recalcó don Jerónimo
riendo y ocupando de nuevo su asiento.
—No, mi amo, sino que ñor Braulio dijo ahora en la loma que le
debía la vida a ella...
—¿Dónde está pues Efraín? —preguntó intranquilo mi padre,
mirando a María.
—Se quedó en la quebrada.
En ese momento regresaba mi madre al comedor. Olvidando que
acababa de verme, exclamó:
—¡Ay mi hijo!
—Viene ya —le observó mi padre.
—Sí, sí; ya sé —respondió ella—; pero, ¿cómo habrán muerto este
animal?
—Aquí fue el balazo —dijo Carlos inclinándose a señalar el
foramen de la frente.
—Pero, ¿es posible? —preguntó don Jerónimo a mi padre, acercando
el bracerillo para encender un cigarro—; ¿es de creerse que usted permita esto
a Efraín?
Sonrió mi padre al contestarle con algo de propia satisfacción:
—Le encargué ahora días una piel de oso para los pies de mi
catre, y seguramente habrá preferido traerme una de tigre.
María había visto ya en los ojos de mi madre lo que podía
tranquilizarla. Se dirigió al salón llevando a Juan de la mano: éste, asido de
la falda de ella y asustado aún, le impedía andar. Hubo de alzarlo, y le decía
al salir:
—¿Llorando? ¡ah feo! ¿un hombre con miedo?
Don Jerónimo, que alcanzó a oírla, observó, meciéndose en su
silla y arrojando una bocanada de humo:
—Ese otro también matará tigres.
—Vea usted a Efraín hecho un cazador de fieras —dijo Carlos a
Emma, sentándose a su lado—; y en el colegio no se dignaba disparar un
bodoquerazo a un paparote19. Y no señor... recuerdo ahora que en unos asuetos
le vi hacer buenos tiros en la laguna de Fontibón. ¿Y estas cacerías son
frecuentes?
—Otras veces —respondióle mi hermana— ha muerto con José y
Braulio osos pequeños y lobos muy bonitos.
—¡Yo que pensaba instarle para que hiciésemos mañana una cacería
de venados, y preparándome para esto vine con mi escopeta inglesa!
—El tendrá muchísimo placer en divertir a usted: si ayer hubiese
usted venido, hoy habrían ido ambos a la cacería.
—¡Ah! sí... si yo hubiera sabido...
Mayo, que habría estado despachando algunos bocados sabrosos en
la cocina, pasó entonces por el comedor. Paróse en vista de la cabeza; erizado
el cogote y espinazo, dio un cauto rodeo para acercarse al fin a olfatearla.
Recorrió la casa a galope, y volviendo al comedor, se puso a aullar: no me
encontraba, y acaso le avisaba su instinto que yo había corrido peligros.
A mi padre le impresionaron los aullidos; era hombre que creía
en cierta clase de pronósticos y agüeros, preocupaciones de su raza de las
cuales no había podido prescindir por completo.
—Mayo, Mayo, ¿qué hay? —dijo acariciando al perro, y con mal
disimulada impaciencia—: este niño que no llega...
A ese tiempo entraba yo al salón en un traje en que a la verdad
no me hubieran reconocido sino muy de cerca Tránsito y Lucía.
María estaba allí. Apenas hubo tiempo para que cambiásemos un
saludo y una sonrisa. Juan, que estaba sentado en el regazo de María, me dijo
en su mala lengua al pasar, señalándome la puerta del comedor:
—Ahí está el coco.
Y yo entré al comedor sonriendo, porque me figuraba que el niño
hacía alusión a don Jerónimo.
Di un estrecho abrazo a Carlos, que se adelantó a recibirme; y
por aquel momento olvidé casi del todo lo que en los últimos días había sufrido
por culpa suya.
El señor de M.... estrechó cordialmente en sus manos las mías,
diciendo:
—¡Vaya, vaya! ¿cómo no hemos de estar viejos si todos estos
muchachos se han vuelto hombres?
Seguimos al salón: María no estaba ya en él.
La conversación rodó sobre la cacería última, y fui casi
desmentido por don Jerónimo al asegurarle que el éxito de ella se debía a
Braulio, pues me puso de frente lo referido por Juan Angel.
Emma me hizo saber que Carlos había venido preparado para que
hiciésemos una cacería de venados: él se entusiasmó con la promesa que le hice
de proporcionarle una linda partida a inmediaciones de la casa.
Luego que salió mi hermana, quiso Carlos hacerme ver su escopeta
inglesa, y con tal fin pasamos a mi cuarto. Era el arma exactamente igual a la
que mi padre me había regalado a mi regreso de Bogotá, aunque antes de verla
yo, me aseguraba Carlos que nunca había venido al país cosa semejante.
—Bueno —me dijo, luego que la examiné—. ¿Con esta también
matarías animales de esa clase?
—Seguramente que sí: a sesenta varas de distancia no bajará una
línea.
—¿A sesenta varas se hacen esos tiros?
—Es peligroso contar con todo el alcance del arma en tales
casos; a cuarenta varas es ya un tiro largo.
—¿Qué tan lejos estabas cuando disparaste sobre el tigre?
—A treinta pasos.
—Hombre, yo necesito hacer algo bueno en la cacería que
tendremos, porque de otro modo dejaré enmohecer esta escopeta y juraré no haber
cazado ni tominejas en toda mi vida.
—¡Oh! ya verás: te haré lucir, porque haré entrar el venado al
huerto.
Carlos me hizo mil preguntas sobre sus condiscípulos, vecinas y
amigas de Bogotá: entraron por mucho los recuerdos de nuestra vida estudiantil:
hablóme de Emigdio y de sus nuevas relaciones con él, y se rió de buena gana
acordándose del cómico desenlace de los amores de nuestro amigo con Micaelina.
Carlos había regresado al Cauca ocho meses antes que yo. Durante
este tiempo sus patillas habían mejorado, y la negrura de ellas hacía contraste
con sus mejillas sonrosadas; su boca conservaba la frescura que siempre la hizo
admirable; la cabellera abundante y medio crespa sombreaba su tersa frente, de
ordinario serena como la de un rostro de porcelana. Decididamente era un buen
mozo.
Hablóme también de sus trabajos de campo, de las novillas que
cebaba en la actualidad, de los buenos pastales que estaba haciendo; y por fin
de la esperanza fundada que tenía de ser muy pronto un propietario acomodado.
Yo le veía hacer la puntería seguro del mal suceso; pero procuraba no
interrumpirle para evitarme así la incomodidad de hablarle de mis asuntos.
—Pero, hombre —dijo poniéndose en pie delante de mi mesa y
después de una larguísima disertación acerca de las ventajas de los cebaderos
de guinea sobre los de pasto natural—: aquí hay muchos libros. Tú has venido
cargando con todo el estante. Yo también estudio, es decir, leo... no hay
tiempo para más; y tengo una prima bachillera que se ha empeñado en que me
engulla un diluvio de novelas. Ya sabes que los estudios serios no han sido mi
flaco: por eso no quise graduarme, aunque pude haberlo hecho.
No puedo prescindir del fastidio que me causa la política y de
lo que me encocora todo eso de litis, a pesar de que mi padre se lamenta día y
noche de que no me ponga al frente de sus pleitos; tiene la manía de litigar, y
las cuestiones más graves versan sobre veinte varas cuadradas de pantano o la
variación de cauce de un zanjón que ha tenido el buen gusto de echar al lado
del vecino una fajilla de nuestras tierras.
—Veamos —empezó leyendo el rótulo de los libros— Frayssinous,
Cristo ante el Siglo, La Biblia... Aquí hay mucha cosa mística. Don Quijote...
Por supuesto: jamás he podido leer dos capítulos.
—¿No, eh?
—Blair —continuó—; Chateubriand ...Mi prima Hortensia tiene
furor por esto. Gramática Inglesa. ¡Qué lengua tan rebelde! no pude entrarle.
—Pero ya hablabas algo.
—El “how do you do” como el “comment ca vat’ il” del francés.
—Pero tienes una excelente pronunciación.
—Eso me decían por estimularme.
Y prosiguiendo el examen:
—¿Shakespeare? Calderón... Versos, ¿no? Teatro Español. ¿Más
versos? Confiésamelo, ¿todavía haces versos? Recuerdo que hacías algunos que me
entristecían haciéndome pensar en el Cauca. ¿Conque haces?
—No.
—Me alegro de ello, porque acabarías por morirte de hambre.
—Cortés —continuó—; ¿Conquista de México?
—No; es otra cosa.
—Tocqueville, Democracia en América... ¡Peste! Ségur... ¡Qué
runfla!
Al llegar ahí sonó la campanilla del comedor avisando que el
refresco estaba servido. Carlos, suspendiendo la fiscalización de mis libros,
se acercó al espejo, peinó sus patillas y cabellos con una peinilla de
bolsillo, plegó, como una modista un lazo, el de su corbata azul, y salimos.
XXIII
Carlos y yo nos presentamos en el comedor. Los asientos estaban
distribuidos así: presidía mi padre la mesa; a su izquierda acababa de sentarse
mi madre; a su derecha don Jerónimo, que desdoblaba la servilleta sin
interrumpir la pesada historia de aquel pleito que por linderos sostenía con
don Ignacio; a continuación del de mi madre había un asiento vacío y otro al
lado del señor de M...; en seguida de éstos, dándose frente, se hallaban María
y Emma, y después los niños.
Cumplíame señalarle a Carlos cuál de los dos asientos vacantes
debía ocupar. A tiempo de enseñárselo, María, sin mirarme, apoyó una mano en la
silla que tenía inmediata, como solía hacerlo para indicarme, sin que lo
comprendiesen los demás, que podía estar cerca de ella. Dudando quizá ser
entendida, buscó instantáneamente mis ojos con los suyos, cuyo lenguaje en
tales ocasiones me era tan familiar. No obstante, ofrecí a Carlos la silla que
ella me brindaba, y me senté al lado de Emma.
Puso milagrosamente don Jerónimo punto final a su alegato de
conclusión que había presentado al juzgado el día anterior, y volviéndose a mí,
dijo:
—Vaya que les ha costado trabajo a ustedes interrumpir sus
conferencias. De todo habrá habido: buenos recuerdos del pasado, de ciertas
vecindades que teníamos en Bogotá... proyectos para el porvenir... Corriente.
No hay como volver a ver un condiscípulo querido. Yo tuve que olvidarme de que
ustedes deseaban verse. No acuse usted a Carlos por tanta demora, pues él fue
capaz hasta de proponerme venirse solo.
Manifesté a don Jerónimo que no podía perdonarle el que me
hubiese privado por tanto tiempo el placer de verlos a él y a Carlos; y que sin
embargo, sería menos rencoroso si la permanencia de ellos en casa era larga. A
lo cual me respondió, con la boca no tan desocupada como fuera de desearse, y
mirándome al soslayo mientras tomaba un sorbo de chocolate:
—Eso es difícil, porque mañana empiezan las datas de sal.
Después de un momento de pausa, durante el cual sonrió mi madre
imperceptiblemente, continuó:
—Y no hay remedio: si no estoy yo allá, debe estar éste.
—Tenemos mucho que hacer —apuntó Carlos con cierta suficiencia
de hombre de negocios, la cual debió de parecerle oportuna sabiendo que cazar y
estudiar eran mis ocupaciones ordinarias.
María, resentida tal vez conmigo, esquivaba mirarme. Estaba
bella más que nunca, así ligeramente pálida. Llevaba un traje de gasa negra
profusamente salpicado de uvillas azules, cuya falda, cayendo en numerosísimos
pliegues, susurraba cuando ella andaba tan quedo como las brisas de la noche en
los rosales de mi ventana. Tenía el pecho cubierto con una pañoleta
transparente del mismo color del traje, la que parecía no atreverse a tocar ni
la base de su garganta de tez de azucena; pendiente de ésta, en un cordón de
pelo negro, brillaba una crucecita de diamantes; la cabellera, dividida en dos
trenzas de abundantes guedejas, le ocultaba a medias las sienes y ondeaba en
sus espaldas.
La conversación se había hecho general; y mi hermana me preguntó
casi en secreto por qué había preferido aquel asiento. Yo le respondí con un
“así debe ser” que no la satisfizo: miróme con extrañeza y buscó luego en vano
los ojos de María: estaban tenazmente velados por sus párpados de raso-perla.
Levantados los manteles, se hizo la oración de costumbre. Nos
invitó mi madre a pasar al salón: don Jerónimo y mi padre se quedaron a la mesa
hablando de sus empresas de campo.
Presentéle a Carlos la guitarra de mi hermana, pues sabía que él
tocaba bastante bien ese instrumento. Después de algunas instancias convino en
tocar algo. Preguntó a Emma y a María, mientras templaba, si no eran
aficionadas al baile; y como se dirigiese en particular a la última, ella le
respondió que nunca había bailado.
El se volvió hacia mí, que regresaba en ese momento de mi
cuarto, diciéndome:
—¡Hombre!, ¿es posible?
—¿Qué?
—Que no hayas dado algunas lecciones de baile a tu hermana y a
tu prima. No te creía tan egoísta. ¿O será que Matilde te impuso por condición
que no generalizaras sus conocimientos?
—Ella confió en los tuyos para hacer del Cauca un paraíso de
bailarines —le contesté.
—¿En los míos? Me obligas a confesar a las señoritas que habría
aprovechado más, si tú no hubieras asistido a tomar lecciones al mismo tiempo
que yo.
—Pero eso consistió en que ella tenía esperanza de satisfacerte
en el diciembre pasado, puesto que esperaba verte en el primer baile que se
diese en Chapinero.
La guitarra estaba templada y Carlos tocó una contradanza que él
y yo teníamos motivos para no olvidar.
—¿Qué te acuerda esta pieza? —preguntóme poniéndose la guitarra
perpendicularmente sobre las rodillas.
—Muchas cosas, aunque ninguna en particular.
—¿Ninguna?, ¿y aquel lance jocoserio que tuvo lugar entre los
dos, en casa de la señora...?
—¡Ah!, sí; ya caigo.
—Se trataba —dijo— de evitar un mal rato a nuestra puntillosa
maestra: tú ibas a bailar con ella, y yo...
—Se trataba de saber cuál de nuestras parejas debía poner la
contradanza.
—Y debes confesarme que triunfé, pues te cedí mi puesto —replicó
Carlos riendo.
—Yo tuve la fortuna de no verme obligado a insistir. Haznos el
favor de cantar.
Mientras duró este diálogo, María, que ocupaba con mi hermana el
sofá a cuyo frente estábamos Carlos y yo, fijó por un instante la mirada en mi
interlocutor, para notar al punto lo que sólo para ella era evidente, que yo
estaba contrariado; y fingió luego distraerse en anudar sobre el regazo los
rizos de las extremidades de sus trenzas.
Insistió mi madre en que Carlos cantara. El entonó con voz llena
y sonora una canción que andaba en boga en aquellos días, la cual empezaba así:
El ronco son de la guerrera trompa
Llamó tal vez a la sangrienta lid,
Y entre el rumor de belicosa pompa
Marcha contento al campo el adalid.
Una vez que Carlos dio fin a su trova, suplicó a mi hermana y a
María que cantasen también. Esta parecía no haber oído de qué se trataba.
¿Habrá Carlos descubierto mi amor, me decía yo, y complacídose
por eso en hablar así? Me convencí después de que lo había juzgado mal, de que
si él era capaz de una ligereza, nunca lo sería de una malignidad.
Emma estaba pronta. Acercándose a María, le dijo:
—¿Cantamos?
—¿Pero qué puedo yo cantar? —le respondió.
Me aproximé a María para decirle a media voz:
—¿No hay nada que te guste cantar, nada?
Miróme entonces como lo hacía siempre al decirle yo algo en el
tono con que pronuncié aquellas palabras: y jugó un instante en sus labios una
sonrisa semejante a la de una linda niña que se despierta acariciada por los
besos de su madre.
—Sí, las Hadas —contestó.
Los versos de esta canción habían sido compuestos por mí. Emma,
que los había encontrado en mi escritorio, les adaptó la música de otros que
estaban de moda.
En una de aquellas noches de verano en que los vientos parecen
convidarse al silencio para escuchar vagos rumores y lejanos ecos; en que la
luna tarda o no aparece, temiendo que su luz importune; en que el alma, como
una amante adorada que por unos momentos nos deja, se deshace de nosotros poco
a poco y sonriendo, para tornar más que nunca amorosa; en una noche así, María,
Emma y yo estábamos en el corredor del lado del valle, y después de haber
arrancado la última a la guitarra algunos acordes melancólicos, concertaron
ellas sus voces incultas pero vírgenes como la naturaleza que cantaban.
Sorprendíme, y me parecieron bellas y sentidas mis malas estrofas. Terminada la
última, María apoyó la frente en el hombro de Emma, y cuando la levantó,
entusiasmado murmuré a su oído el último verso. ¡Ah! Ellos parecen conservar
aún de María no sé si un aroma; algo como la humedad de sus lágrimas. Helos
aquí:
Soñé vagar por bosques de palmeras
Cuyos blondos plumajes, al hundir
Su disco el sol en las lejanas sierras,
Cruzaban resplandores de rubí.
Del terso lago se tiñó de rosa
La superficie límpida y azul,
Y a sus orillas garzas y palomas
Posábanse en los sauces y bambús.
Muda la tarde, ante la noche muda
Las gasas de su manto recogió:
Del indo mar dormido en las espumas
La luna hallóla y a sus pies el sol.
Ven conmigo a vagar bajo las selvas
Donde las Hadas templan mi laúd;
Ellas me han dicho que conmigo sueñas,
Que me harán inmortal si me amas tú.
Mi padre y el señor de M... entraron al salón a tiempo que la
canción terminaba. El primero, que sólo tarareaba entre dientes algún aire de
su país, en los momentos en que la apacibilidad de su ánimo era completa, tenía
afición a la música y la había tenido al baile en su juventud.
Don Jerónimo, después de sentarse tan cómodamente como pudo en
un mullido sofá, bostezó de seguida dos veces.
—No había oído esa música con esos versos —observó Carlos a mi
hermana.
—Ella los leyó en un periódico —le contesté— y le puso la música
con que se cantan otros. Los creo malos —agregué—: ¡publican tantas insulseces
de esta laya en los periódicos! Son de un poeta habanero; y se conoce que Cuba
tiene una naturaleza semejante a la del Cauca.
María, mi madre y mi hermana se miraron unas a otras con
extrañeza, sorprendidas de la frescura con que engañaba yo a Carlos; mas era
porque no estaban al corriente del examen que él había hecho por la tarde de
los libros de mi estante, examen en que tan mal parados dejó a mis autores
predilectos; y acordándome con cierto rencor de lo que sobre el Quijote había
dicho, añadí:
—Tú debes de haber visto esos versos en El Día, y es que no te
acuerdas; creo que están firmados por un tal Almendárez.
—Como que no —dijo—; tengo para eso tan mala memoria... Si son
los que le he oído recitar a mi prima... francamente, me parecen mejores
cantados por estas señoritas. Tenga usted la bondad de decirlos —agregó
dirigiéndose a María.
Esta, sonriendo, preguntó a Emma.
—¿Cómo empieza el primero?... Si a mí se me olvidan. Dilos tú,
que los sabes bien.
—Pero usted acaba de cantarlos —le observó Carlos— y recitarlos
es más fácil; por malos que fueran, dichos por usted serían buenos.
María los repitió; mas al llegar a la última estrofa su voz era
casi trémula.
Carlos le dio las gracias, agregando:
—Ahora sí estoy casi seguro de haberlos oído antes.
¡Bah!, me decía yo: de lo que Carlos está cierto es de haber
visto todos los días lo que mis malos versos pintan; pero sin darse cuenta de
ello, como ve su reloj.
XXIV
Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen
preparado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigí al mío: de él salían
en ese momento mi madre y María.
—Yo podré dormir solo aquí, ¿no es verdad? —pregunté a la
primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió:
—No; tu amigo.
—¡Ah! sí, las flores —dije viendo las de mi florero puestas en
él por la mañana y que llevaba en un pañuelo María—. ¿Adónde las llevas?
—Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner
otras allá...
Le agradecí sobremanera la fineza de no permitir que las flores
destinadas por ella para mí, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al
alcance de otro.
Pero ella había dejado el ramo de azucenas que yo había traído
aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las
presenté diciéndole:
—Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio
para ti, al recomendarme te avisara que te había elegido para madrina de su
matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad...
—Sí, sí —me respondió—; ¿conque quiere que yo sea su madrina?
—añadió como consultando a mi madre.
—Eso es muy natural —le dijo ésta.
—¡Y yo que tengo un traje tan lindo para que le sirva ese día!
Es necesario que le digas que yo me he puesto muy contenta al saber que nos...
que me ha preferido para su madrina.
Mis hermanos, Felipe y el que le seguía, recibieron con sorpresa
y placer la noticia de que yo pasaría la noche en el mismo cuarto que ellos.
Habíanse acomodado los dos en una de las camas para que me sirviera la de
Felipe: en las cortinas de ésta había prendido María el medallón de la
Dolorosa, que estaba en las de mi cuarto.
Luego que los niños rezaron arrodilladitos en su cama, me dieron
las buenas noches, y se durmieron después de haberse reído de los miedos que
mutuamente se metían con la cabeza del tigre.
Esa noche no solamente estaba conmigo la imagen de María: los
ángeles de la casa dormían cerca de mí: al despuntar el Sol vendría ella a
buscarlos para besar sus mejillas y llevarlos a la fuente, donde les bañaba los
rostros con sus manos blancas y perfumadas como las rosas de Castilla que ellos
recogían para el altar y para ella.
XXV
Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se
estimulaban a respetar mi sueño. ¡Las palomas cogidas en esos días, y que
alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos, gemían espiando los
primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas.
—No abras —decía Felipe— no abras, que mi hermano está dormido,
y se salen las cuncunas.
—Pero si María nos llamó ya —replicó el chiquito.
—No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado.
—Sí, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la
quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros.
—Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien... —le interrumpió
Felipe.
—¡Vea que gracia! Si es Juan Angel el que te los pone en los
charcos buenos.
E insistía en abrir.
—¡No abras! —replicó Felipe enfadado ya—: aguárdate veo si
Efraín está dormido.
Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama.
Tomélo entonces por el brazo, diciéndole:
—¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito.
Riéronse ambos y se acercaron a poner la demanda
respetuosamente. Quedó todo arreglado con la promesa que les hice de que por la
tarde iría yo a presenciar la postura de los anzuelos. Levantéme y dejándolos
atareados en encarcelar las palomas que aleteaban buscando salida al pie de la
puerta, atravesé el jardín.
Los azahares, albahacas y rosas daban al viento sus delicados
aromas, al recibir las caricias de los primeros rayos de sol, que se asomaban
ya sobre la cumbre de Morrillos, esparciendo hasta el cenit azul pequeñas nubes
de rosa y oro.
Al pasar por frente a la ventana de Emma, oí que hablaban ella y
María, interrumpiéndose para reír. Producían sus voces, con especialidad la de
María, por el incomparable susurro de sus eses, algo parecido al ruido que
formaban las palomas y azulejos al despertarse en los follajes de los naranjos
y madroños del huerto.
Conversaban bajo don Jerónimo y Carlos, paseándose por el
corredor de sus cuartos, cuando salté el vallado del huerto para caer al patio
exterior.
—¡Opa! —dijo el señor de M...— madruga usted como un buen
hacendado. Yo creía que era tan dormiloncito como su amigo cuando vino de
Bogotá; pero los que viven conmigo tienen que acostumbrarse a mañanear.
Siguió haciendo una larga enumeración de las ventajas que
proporciona el dormir poco; a todo lo cual podría habérsele contestado que lo
que él llamaba dormir poco no era otra cosa que dormir mucho empezando
temprano; pues confesaba que tenía por hábito acostarse a las siete u ocho de
la noche, para evitar la jaqueca.
La llegada de Braulio, a quien Juan Angel había ido a llamar a
la madrugada, cumpliendo la orden que le di por la noche, nos impidió disfrutar
el final del discurso del señor de M...
Traía Braulio un par de perros, en los cuales no habría sido
fácil a otro menos conocedor de ellos que yo, reconocer los héroes de nuestra
cacería del día anterior. Mayo gruñó al verlos y vino a esconderse tras de mí
con muestras de antipatía invencible: él, con su blanca piel, todavía hermosa,
las orejas caídas y el ceño y mirar severos, dábase ante los lajeros del
montañés un aire de imponderable aristocracia.
Braulio saludó humildemente y se acercó a preguntarme por la
familia a tiempo que yo le tendía la mano con afecto. Sus perros me hicieron
agasajos en prueba de que les era más simpático que Mayo.
—Tendremos ocasión de ensayar tu escopeta —dije a Carlos—. He
mandado pedir dos perros muy buenos a Santa Elena, y aquí tiene un compañero
con el cual no gastan burlas los venados, y dos cachorros muy diestros.
—¿Esos? —preguntó desdeñosamente Carlos.
—¿Con tales chandosos? —agregó don Jerónimo.
—Sí, señor, con los mismos.
—Lo veré y no lo creeré —contestó el señor de M... emprendiendo
de nuevo sus paseos por el corredor.
Acababan de traernos el café, y obligué a Braulio a que aceptase
la taza destinada para mí. Carlos y su padre no disimularon bien la extrañeza
que les causó mi cortesía para con el montañés.
Poco después, el señor de M... y mi padre montaron para ir a
visitar los trabajos de la hacienda. Braulio, Carlos y yo, nos dedicamos a
preparar las escopetas y a graduar carga a la que mi amigo quería ensayar.
Estábamos en ello cuando mi madre me hizo saber disimuladamente
que quería hablarme. Me esperaba en su costurero. María y mi hermana estaban en
el baño. Haciéndome sentar cerca de ella, me dijo:
—Tu padre insiste en que se dé cuenta a María de la pretensión
de Carlos. ¿Crees tú también que debe hacerse así?
—Creo debe hacerse lo que mi padre disponga.
—Se me figura que opinas de esa manera por obedecerle, no porque
deje de impresionarte el que se tome tal resolución.
—He ofrecido observar esa conducta. Por otra parte, María no es
aún mi prometida y se halla en libertad para decidir lo que le parezca. Ofrecí
no decirle nada de lo acordado con ustedes; y he cumplido.
—Yo temo que la emoción que va a causarle a María el imaginarse
que tu padre y yo estamos lejos de aprobar lo que pasa entre vosotros, le haga
mucho mal. No ha querido tu padre hablar al señor de M... de la enfermedad de
María, temerosos de que se estime eso como un pretexto de repulsa; y como él y
su hijo saben que ella posee una dote... lo demás no quiero decirlo, pero tú lo
comprendes. ¿Qué debemos hacer, pues, dilo tú, para que María no piense ni
remotamente que nosotros nos oponemos a que sea tu esposa; sin dejar yo de
cumplir al mismo tiempo con lo prevenido últimamente por tu padre?
—Tan sólo hay un medio.
—¿Cuál?
—Voy a decírselo a usted; y me prometo que lo aprobará; le
suplico desde ahora que lo apruebe. Revelémosle a María el secreto que mi padre
ha impuesto sobre el consentimiento que me tiene dado de ver en ella a la que
debe ser mi esposa. Yo le ofrezco a usted que seré prudente y que nada
dejaremos notar a mi padre que pueda hacerle comprender esta infidencia
necesaria. ¿Podré yo seguir guardando esa conducta que él exige, sin ocasionar
a María penas que le harán mayor daño que confesárselo todo? Confíe usted en
mí: ¿No es verdad que hay imposibilidad para hacer lo que mi padre desea? Usted
lo ve: ¿No lo cree así?
Mi madre guardó silencio unos instantes, y luego, sonriendo de
la manera más cariñosa, dijo:
—Bueno; pero con tal que no olvides que no debes prometerle sino
aquello que puedas cumplir. ¿Y cómo le hablaré de la propuesta de Carlos?
—Como hablaría a Emma en idéntico caso; y diciéndole después lo
que me ha prometido manifestarle. Si no estoy engañado, las primeras palabras
de usted le harán experimentar una impresión dolorosa, pues que ellas le darán
motivo para temer que usted y mi padre se opongan decididamente a nuestro
enlace. Ella oyó lo que hablaron en cierta ocasión sobre su enfermedad, y sólo
el trato afable que usted ha seguido dándole y la conversación habida ayer
entre ella y yo, la han tranquilizado. Olvídese de mí al hacerle las
reflexiones indispensables sobre la propuesta de Carlos. Yo estaré escuchando
lo que hablen, tras de los bastidores de esa puerta.
Era ésta la del oratorio de mi madre.
—¿Tú? —me preguntó admirada.
—Sí, señora, yo.
—¿Y para qué valerte de ese engaño?
—María se complacerá en que así lo hayamos hecho, en vista de
los resultados.
—¿Cuál resultado te prometes, pues?
—Saber todo lo que ella es capaz de hacer por mí.
—Pero ¿no será mejor, si es que quieres oír lo que va a decirme,
que ignore siempre ella que tú lo oíste y yo lo consentí?
—Así será, si usted lo desea.
—Mala cara tienes tú de cumplir eso.
—Yo le ruego a usted no se oponga.
—Pero ¿no estás viendo que hacer lo que pretendes, si ella llega
a saberlo, es como prometerle yo una cosa que por desgracia no sé si pueda
cumplirle, puesto que en caso de aparecer nuevamente la enfermedad, tu padre se
opondrá a vuestro matrimonio, y tendría yo que hacer lo mismo?
—Ella lo sabe; ella no consentirá nunca en ser mi esposa, si ese
mal reaparece. Mas ¿ha olvidado usted lo que dijo el médico?
—Haz, pues, lo que quieras.
—Oiga usted su voz; ya están aquí. Cuide de que a Emma no vaya
ocurrírsele entrar al oratorio.
María entró sonrosada y riendo aún de lo que había venido
conversando con Emma. Atravesó con paso leve y casi infantil el aposento de mi
madre, a quien no descubrió sino cuando iba a entrar al suyo.
—¡Ah! —exclamó—; ¿Aquí estaba usted? —Y acercándose a ella—:
¡Pero qué pálida está! Se siente mal de la cabeza, ¿no?. Si usted hubiera
tomado un baño... la mejora eso tanto...
—No, no; estoy buena. Te esperaba para hablarte a solas; y como
se trata de una cosa muy grave, temo que todo ello pueda producirte una mala
impresión.
—¿Qué será? ¿Qué es?...
—Siéntate aquí —le dijo mi madre señalándole un taburetico que
tenía a los pies.
Sentóse, y,esforzándose inútilmente por sonreír, su rostro tomó
una expresión de gravedad encantadora.
—Diga usted ya —dijo como tratando de dominar la emoción,
pasándose entrambas manos por la frente, y asegurando en seguida con ellas el
peine de carey dorado que sostenía sus cabellos en forma de un grueso y
luciente cordón que le ceñía las sienes.
—Voy a hablarte de la manera misma que hablaría a Emma en igual
circunstancia.
—Sí, señora: ya oigo.
—Tu papá me ha encargado te diga... que el señor de M... ha
pedido tu mano para su hijo Carlos...
—¡Yo! —exclamó asombrada y haciendo un movimiento involuntario
para ponerse en pie; pero volviendo a caer en su asiento, se cubrió el rostro
con las manos, y oí que sollozaba.
—¿Qué debo decirle, María?
—¿El le ha mandado a usted que me lo diga? —le preguntó con voz
ahogada.
—Sí, hija; y ha cumplido con su deber haciéndotelo saber.
—Pero ¿usted por qué me lo dice?—¿Y qué querías que yo hiciera?
—¡Ah! Decirle que yo no... que yo no puedo... que no.
Después de un instante, alzando a mirar a mi madre, que sin
poderlo evitar lloraba con ella, le dijo:
—Todos lo saben, ¿no es verdad?, todos han querido que usted me
lo diga.
—Sí; todos lo saben, menos Emma.
—Solamente ella... ¡Dios mío! ¡Dios mío! —añadió ocultando la
cabeza en los brazos que apoyaba sobre las rodillas de mi madre; y permaneció
así unos momentos.
Levantando luego pálido el rostro y rociado por una lluvia de
lágrimas:
—Bueno —dijo—: ya usted cumplió; todo lo sé ya.
—Pero María —le interrumpió dulcemente mi madre— ¿es, pues,
tanta desgracia que Carlos quiera ser tu esposo? ¿No es...?
—Yo le ruego... yo no quiero; yo no necesito saber más. ¿Conque
han dejado que usted me lo proponga?... ¡Todos, todos lo han consentido! Pues
yo digo —agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos— digo que antes que
consentir en eso me moriré. ¡Ah! ¿ese señor no sabe que yo tengo la misma
enfermedad que mató a mi madre, siendo todavía ella muy joven?... ¡Ay! ¿Qué
haré yo ahora sin ella?
—¿Y no estoy yo aquí? ¿No te quiero con toda mi alma?...
Mi madre era menos fuerte que lo que ella pensaba.
Por mis mejillas rodaron lágrimas que sentía gotear ardientes
sobre mis manos, apoyadas en uno de los botones de la puerta que me ocultaba.
María respondió a mi madre:
—Pero entonces ¿por qué me propone usted esto?
—Porque era necesario que ese “no” saliera de tus labios, aunque
me supusiera yo que lo darías.
—Y solamente usted se supuso que lo daría yo, ¿no es así?
—Tal vez algún otro lo supuso también. ¡Si supieras cuánto
dolor, cuántos desvelos le ha causado este asunto al que tú juzgas más
culpable!...
—¿A papá? —dijo menos pálida ya.
—No; a Efraín.
María exhaló un débil grito, y dejando caer la cabeza sobre el
regazo de mi madre, se quedó inmóvil.
Esta abría los labios para llamarme, cuando María volvió a
enderezarse lentamente; púsose en pie y dijo casi sonriente, volviendo a
asegurarse los cabellos con las manos temblorosas.
—He hecho mal en llorar así, ¿no es cierto? Yo creí...
—Cálmate y enjuga esas lágrimas: yo quiero volver a verte tan
contenta como estabas. Debes estimar la caballerosidad de su conducta...
—Sí, señora. Que no sepa él que he llorado ¿no? —decía
enjugándose con el pañuelo de mi madre.
—¿No ha hecho bien Efraín en consentir que te lo dijera todo?
—Tal vez... cómo no.
—Pero lo dices de un modo... Tu papá le puso por condición,
aunque no era necesario, que te dejara decidir libremente en este caso.
—¿Condición? ¿Condición para qué?
—Le exigió que no te dijese nunca que sabíamos y consentíamos lo
que entre vosotros pasa.
Las mejillas de María se tiñeron, al oír esto, del más suave
encarnado. Sus ojos estaban clavados en el suelo.
—¿Por qué le exigía eso? —dijo al fin con voz que apenas
alcanzaba a oír yo—. ¿Acaso tengo yo la culpa?... ¿Hago mal, pues?...
—No, hija; pero tu papá creyó que tu enfermedad necesitaba
precauciones...
—¿Precauciones?... ¿No estoy yo buena ya? ¿No creen que no
volveré a sufrir nada? ¿Cómo puede Efraín ser causa de mi mal?
—Sería imposible... queriéndote tanto, y quizá más que tú a él.
María movió la cabeza de un lado a otro, como respondiéndose a
sí misma, y sacudiéndola en seguida con la ligereza con que solía hacerlo de
niña para alejar un recuerdo miedoso, preguntó:
—¿Qué debo hacer? Yo hago ya todo cuanto quieran.
—Carlos tendría hoy ocasión de hablarte de sus pretensiones.
—¿A mí?
—Sí; oye: le dirás, conservando por supuesto toda la serenidad
que te sea posible, que no puedes aceptar su oferta, aunque mucho te honra,
porque eres muy niña, dejándole conocer que te causa verdadera pena dar esa
negativa...
—Pero eso será cuando estemos reunidos todos.
—Sí —le respondió mi madre, complacida del candor que revelaban
su voz y sus miradas—. Creo que sí merezco seas muy condescendiente para
conmigo.
A lo cual nada repuso. Acercando con el brazo derecho la cabeza
de mi madre a la suya, permaneció así unos instantes mostrando en la expresión
de su rostro la más acendrada ternura. Cruzó apresuradamente el aposento y
desapareció tras las cortinas de la puerta que conducía a su habitación.
XXVI
Impuesta mi madre de nuestro proyecto de caza, hizo que se nos
sirviera temprano el almuerzo a Carlos, a Braulio y a mí.
No sin dificultad logré que el montañés se resolviera a sentarse
a la mesa, de la cual ocupó la extremidad opuesta a la en que estábamos Carlos
y yo.
Como era natural, hablamos de la partida que teníamos entre
manos. Carlos decía:
—Braulio responde de que la carga de mi escopeta está
perfectamente graduada; pero continúa ranchado en que no es tan buena como la
tuya, a pesar de que son de una misma fábrica, y de haber disparado él mismo
con la mía sobre una cidra, logrando introducirle cuatro postas. ¿No es así, mi
amigo? —terminó dirigiéndose al montañés.
—Yo respondo —contestó éste— de que el patrón matará a setenta
pasos un pellar con esa escopeta.
—Pues veremos si yo mato un venado. ¿Cómo dispones la cacería?
—agregó dirigiéndose a mí.
—Eso es sabido; como se dispone siempre que se quiere hacer
terminar la faena cerca de la casa: Braulio sube hasta el pie del derrumbo con
sus perros de levante: Juan Angel queda apostado dentro de la quebrada de la
Honda con dos de los cuatro perros que he mandado traer de Santa Elena; tu paje
con los otros dos esperará en la orilla del río para evitar que se nos escape
el venado a la Novillera; tú y yo estaremos listos para acudir al punto que
convenga.
El plan pareció bueno a Braulio, quien después de ensillarnos
los caballos ayudado por Juan Angel, se puso en marcha con éste para desempeñar
la parte que le tocaba en la batida.
El caballo retinto que yo montaba, golpeaba el empedrado cuando
íbamos a salir ya, impaciente por lucir sus habilidades; arqueado el cuello
fino y lustroso como el raso negro, sacudía sus crespas crines estornudando.
Carlos iba caballero en un quiteño castaño coral que el general Flores había
enviado de regalo en esos meses a mi padre.
Recomendada al señor de M... la mayor atención, por si el venado
venía al huerto como nos lo prometíamos, salimos del patio para emprender el
ascenso de la falda, cuyo plano inclinado terminaba a treinta cuadras20 hacia
el oriente, al pie de las montañas.
Al pasar dando vuelta a la casa por frente a los balcones del
departamento de Emma, María estaba apoyada en el barandaje de uno de ellos:
parecía hallarse en uno de aquellos momentos de completa distracción a que con
frecuencia se abandonaba. Eloísa, que se hallaba a su lado, jugaba con los
bucles destrenzados y espesos de la cabellera de su prima.
El ruido de nuestros caballos y los ladridos de los perros
sacaron a María de su enajenamiento, a tiempo que yo la saludaba ?por señas y
que Carlos me imitaba. Noté que ella permanecía en la misma posición y sitio
hasta que nos internamos en la cañada de la Honda.
Mayo nos acompañó hasta el primer torrente que vadeamos; allí
deteniéndose como a reflexionar, regresó a galope corto hacia la casa.
—Oye —le dije a Carlos, luego que se pasó una media hora,
durante la cual le referí sin descansar los más importantes episodios de las
cacerías de venados que los montañeses y yo habíamos hecho—; oye: los gritos de
Braulio y ese ladrido de los perros prueban que han levantado.
Las montañas los repetían; y si se acallaban por ratos,
empezaban de nuevo con mayor fuerza y a menor distancia.
Poco después descendió Braulio por la orilla limpia del bosque
de la cañada. No bien estuvo al lado de Juan Angel, soltó los dos perros que
éste llevaba de cabestro y los detuvo por unos momentos asiéndolos del
pestorejo, hasta que se persuadió que la presa estaba cerca del paso en que nos
hallábamos: animólos con repetidos gritos, y desaparecieron veloces.
Carlos, Juan Angel y yo nos desplegamos en la falda. A poco
vimos que empezaba a atravesarla, seguido de cerca por uno de los perros de
José, el venado, que bajó por la cañada menos de lo que nos habíamos supuesto.
A Juan Angel le blanqueaban los ojos y al reír dejaba ver hasta
las muelas de su fina dentadura. Sin embargo, de haberle ordenado que
permaneciera en la cañada, por si el venado volvía a ella, atravesó con
Braulio, y casi a par de nuestros caballos, los pajonales y ramblas que nos
separaban del río. Al caer a la vega de éste el venado, los perros perdieron el
rastro, y él subió en vez de bajar.
Carlos y yo echamos pie a tierra para poder ayudar a Braulio en
el fondo de la vega.
Perdida más de una hora en idas y venidas, oímos al fin los
ladridos de un perro, los cuales nos dieron esperanza de que se hubiera hallado
de nuevo la pista. Pero Carlos juraba al salir de un bejucal en que se había
metido sin saber cómo ni cuándo, que el bruto de su negro había dejado ir la
pieza río abajo.
Braulio, a quien habíamos perdido de vista hacía rato, gritó con
voz tal que a pesar de la distancia pudimos oírla:
—¡Allá va, allá va! Dejen uno con escopeta allííí; sálganse a lo
liiimpio, porque el venado se vuelve a la Hooonda.
Quedó el paje de Carlos en su puesto, y éste y yo fuimos a tomar
nuestros caballos.
La pieza salía a ese tiempo de la vega, a gran distancia de los
perros, y descendía hacia la casa.
—Apéate —grité a Carlos— espéralo sobre el cerco.
Hízolo así, y cuando el venado se esforzaba, fatigado ya, por
brincar el vallado del huerto, disparó sobre él: el venado siguió; Carlos se
quedó atónito.
Braulio llegó en ese momento, y yo salté del caballo, botándole
las bridas a Juan Angel.
De la casa veían todo lo que estaba pasando. Don Jerónimo salvó,
escopeta en mano, la baranda del corredor, y al ir a disparar sobre el animal,
se enredó los pies dichosamente en las plantas de una era, lo cual iba
haciéndolo caer a tiempo que mi padre le decía:
—¡Cuidado, cuidado! Mire usted que por ahí vienen todos.
Braulio siguió de cerca al venadito, evitando así que los perros
lo despedazasen.
El animal entró al corredor desatentado y tembloroso, y se
acostó casi ahogado debajo de uno de los sofás, de donde lo sacaba Braulio
cuando Carlos y yo llegábamos ya a buen paso. La partida había sido divertida
para mí; pero él procuraba en balde ocultar la impaciencia que le había causado
errar tan bello tiro.
Emma y María se aproximaron tímidamente a tocar el venadito,
suplicando que no lo matásemos: él parecía entender que lo defendían, pues las
miró con ojos húmedos y asombrados, bramando quedo, como acaso lo solía hacer
para llamar a su madre. Quedó absuelto, y Braulio se encargó de atramojarlo y
ponerlo en sitio conveniente.
Pasado todo, Mayo se acercó al prisionero, lo olió a la
distancia que la prudencia exigía, y volviendo a tenderse en el salón, apoyó la
cabeza sobre las manos con la mayor tranquilidad, sin que bastase tan exótica
conducta a privarle de un cariño mío.
Poco después, al despedirse Braulio de mí para volver a la
montaña, me dijo:
—Su amigo está furioso, y yo lo he puesto así para vengarme de
la chacota que hizo de mis perros esta mañana.
Yo le pedí me explicase lo que decía.
—Me supuse —continuó Braulio— que usted le cedería el mejor
tiro, y por eso dejé la escopeta de don Carlos sin municiones cuando me la dio
a cargar.
—Has hecho muy mal —le observé.
—No lo volveré a hacer, y menos con él, porque se me pone que no
cazará más con nosotros... ¡Ah! La señorita María me ha dado mil recados para
Tránsito: le agradezco tanto que esté gustosa de ser nuestra madrina... y no sé
qué hacer para que lo sepa: usted debe decírselo.
—Lo haré así; pierde cuidado.
—Adiós —dijo tendiéndome francamente la mano, sin dejar por eso
de tocarse el ala del sombrero con la otra—; hasta el domingo.
Salió del patio llamando sus perros con el silbido agudo que
producía en tales casos, oprimiendo con el índice y el pulgar el labio
inferior.
XXVII
Hasta entonces había conseguido que Carlos no me hiciera
confidencia alguna sobre las pretensiones que en mala hora para él lo habían
llevado a casa.
Mas luego que nos encontramos solos en mi cuarto, donde me llevó
pretextando deseo de descansar y de que leyésemos algo, conocí que iba a
ponerme en la difícil situación de la cual había logrado escapar hasta allí a
fuerza de maña. Se acostó en mi cama quejándose de calor; y como le dije que
iba a mandar que nos trajeran algunas frutas, me observó que le causaban daño
desde que había sufrido intermitentes. Acerquéme al estante preguntándole qué
deseaba que leyésemos.
—Hazme el favor de no leer nada —me contestó.
—¿Quieres que tomemos un baño en el río?
—El sol me ha producido dolor de cabeza.
Le ofrecí álcali para que absorbiera.
—No, no; esto pasa —respondió rehusándolo.
Golpeándose luego las botas con el látigo que tenía en la mano:
—Juro no volver a cacería de ninguna especie. ¡Caramba! Mire
usté que errar ese tiro...
—Eso nos sucede a todos —le observé acordándome de la venganza
de Braulio.
—¿Cómo a todos? Errarle a un venado a esa distancia, solamente a
mí me sucede.
Tras un momento de silencio, dijo buscando algo con la mirada en
el cuarto:
—¿Qué se han hecho las flores que había aquí ayer?
Hoy no las han repuesto.
—Si hubiera sabido que te complacía verlas ahí, las habría hecho
poner. En Bogotá no eras aficionado a las flores.
Y me puse a hojear un libro que estaba abierto sobre la mesa.
—Jamás lo he sido —contestó Carlos— pero... ¡no leas, hombre!
Mira: hazme el favor de sentarte aquí cerca, porque tengo que referirte cosas
muy interesantes. Cierra la puerta.
Me vi sin salida; hice un esfuerzo para preparar mi fisonomía lo
mejor que me fuera posible en tal lance, resuelto en todo caso a ocultar a
Carlos lo enorme que era la necedad que cometía haciéndome sus confianzas.
Su padre, que llegó en aquel momento al umbral de la puerta, me
libró del tormento a que iba a sujetarme.
Carlos —dijo don Jerónimo desde afuera—: te necesitamos acá.
Había en el tono de su voz algo que me parecía significar: “Eso
está ya muy adelantado”.
Carlos se figuró que sus asuntos marchaban gloriosamente. De un
salto se puso en pie contestando:
—Voy en este momento; —y salió.
A no haber yo fingido leer con la mayor calma en aquellos
instantes, probablemente se habría acercado a mí para decirme sonriendo: “En
vista de la sorpresa que te preparo, vas a perdonarme el que no te haya dicho
nada hasta ahora sobre este asunto”... Mas yo debí de parecerle tan indiferente
a lo que pasaba como traté de fingirlo; lo cual fue conseguir mucho.
Por el ruido de las pisadas de la pareja, conocí que entraban al
cuarto de mi padre.
No queriendo verme de nuevo en peligro de que Carlos me hablase
de sus asuntos, me dirigí a los aposentos de mi madre. María se hallaba en el
costurero: estaba sentada en una silla de cenchas, de la cual caía espumosa,
arregazada a trechos con lazos de cinta celeste, su falda de muselina blanca;
la cabellera, sin trenzas aún, rodábale en bucles sobre los hombros. En la
alfombra que tenía a los pies se había quedado dormido Juan, rodeado de sus
juguetes. Ella, con la cabeza ligeramente echada hacía atrás, parecía estar
viendo al niño: habiéndosele caído de las manos el linón que cosía, descansaba
sobre la alfombra.
Apenas sintió pasos levantó los ojos hacia mí; se pasó por las
sienes las manos para despejarlas de cabellos que no las cubrían, y vergonzosa
se inclinó con presteza a recoger la costura.
—¿Dónde está mi madre? —le pregunté, dejando de mirarla por
contemplar la hermosura del niño dormido.
—En el cuarto de papá.
Y hallando en mi rostro lo que buscó tímidamente al decir esto,
sus labios intentaron sonreír.
Medio arrodillado yo, enjugaba con mi pañuelo la frente del
chiquito.
—¡Ay! —exclamó María— ¿acaso vi que se había dormido? Voy a
acostarlo.
Y se acercó a tomar a Juan. Yo lo estaba alzando ya en mis
brazos y María lo esperaba en los suyos: besé los labios de Juan entreabiertos
y purpurinos, y aproximando su rostro al de María, pasó ella los suyos sobre
esa boca que sonreía al recibir nuestras caricias y lo estrechó tiernamente
contra su pecho.
Salió para volver momentos después a ocupar su asiento, junto al
cual había colocado yo el mío.
Estaba ella arreglando los utensilios de su caja de costura, que
había desordenado Juan, cuando le dije:
—¿Has hablado con mi madre hoy sobre cierta propuesta de Carlos?
—Sí —respondió—prolongando sin mirarme el arreglo de la cajita.
—¿Qué te ha dicho? Deja eso ahora y hablemos formalmente.
Buscó aun algo en el suelo, y tomando por último un aire de
afectada seriedad, que no excluía el vivo rubor de sus mejillas ni el mal
velado brillo de sus ojos, contestó:
—Muchas cosas.
—¿Cuáles?
—Esas que usted aprobó que ella me dijera.
—¿Yo? ¿y por qué me tratas de usted hoy?
—¿No ve que es porque algunas veces me olvido...?
—Di las cosas de que te habló mi madre.
—Si ella no me ha mandado que las diga... Pero lo que yo le
respondí sí se puede contar.
—Bueno; a ver.
—Le dije que... Tampoco se pueden decir ésas.
—Ya me las dirás en otra ocasión, ¿no es verdad?
—Sí; hoy no.
—Mi madre me ha manifestado que estás animada a contestarle a él
lo que debes, a fin de que comprenda que estimas en lo que vale el honor que te
hace.
Miróme entonces fijamente, sin responderme.
—Así debe ser —continué.
Bajó los ojos y siguió guardando silencio, distraída al parecer
en clavar en orden las agujas en su almohadilla.
—María, ¿no me has oído? —agregué.
—Sí.
Y volvió a buscar mis miradas, que me era imposible separar de
su rostro. Vi entonces que en sus pestañas brillaban lágrimas.
—Pero ¿por qué lloras? —le pregunté.
—No, si no lloro... ¿acaso he llorado?
Y tomando mi pañuelo se enjugó precipitadamente los ojos.
—Te han hecho sufrir con eso, ¿no? Si te has de poner triste, no
hablemos más de ello.
—No, no; hablemos.
—¿Es mucho sacrificio resolverte a oír lo que te dirá hoy
Carlos?
—Yo tengo ya que darle a mamá gusto; pero ella me prometió que
me acompañarían. Estarás ahí, ¿no es cierto?
—¿Y para qué así? ¿Cómo tendrá ocasión de hablarte él?
—Pero estarás tan cerca cuanto sea posible.
Y poniéndose a escuchar:
—Es mamá que viene —continuó, poniendo una mano suya en las
mías, para dejarla tocar de mis labios, como solía hacerlo cuando quería hacer
completa, al separarnos, mi felicidad de algunos minutos.
Entró mi madre, y María, ya en pie, me dijo:
—¿El baño?
—Sí —le repuse.
—Y las naranjas cuando estés allá.
—Sí.
Mis ojos debieron de completar tan tiernamente como mi corazón
lo deseaba estas respuestas pues ella, satisfecha de mi disimulo, sonreía al
oírlas.
Estaba acabando de vestirme a la sombra de los naranjos del
baño, a tiempo que don Jerónimo y mi padre, que deseaba enseñarle el mejor
adorno de su jardín, llegaron a él. El agua estaba a nivel con el chorro, y se
veían en ella, sobrenadando o errantes por el fondo diáfano, las rosas que
Estéfana había derramado en el estanque.
Era Estéfana una negra de doce años, hija de esclavos nuestros:
su índole y belleza la hacían simpática para todos. Tenía un afecto fanático
por su señorita María, la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente.
Llegó Estéfana poco después que mi padre y el señor de M...; y
convencida de que podía acercarse ya, me presentó una copa que contenía naranja
preparada con vino y azúcar.
—Hombre, su hijo de usted vive aquí como un rey, —dijo don
Jerónimo a mi padre.
Este le repuso, a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos
para tomar el camino de la casa:
—Seis años ha vivido como estudiante, y le faltan por vivir así
otros cinco cuando menos.
XXVIII
Aquella tarde, antes de que se levantasen las señoras a preparar
el café, como lo hacían siempre que había extraños en casa, traje a
conversación las pescas de los niños y referí la causa por la cual les había
ofrecido presenciar aquel día la colocación de los anzuelos en la quebrada. Se
aceptó mi propuesta de elegir tal sitio para paseo. Solamente María me miró
como diciéndome “¿conque no hay remedio?”.
Atravesábamos ya el huerto. Fue necesario esperar a María y
también a mi hermana, quien había ido a averiguar la causa de su demora. Daba
yo el brazo a mi madre. Emma rehusó cortésmente apoyarse en el de Carlos, so
pretexto de llevar de la mano a uno de los niños: María lo aceptó casi
temblando, y al poner la mano en él, se detuvo a esperarme; apenas fue posible
significarle que era necesario no vacilar.
Habíamos llegado al punto de la ribera donde en la hoya de la
vega, alfombrada de fina grama, sobresalen de trecho en trecho piedras negras
manchadas de musgos blancos.
La voz de Carlos tomaba un tono confidencial: hasta entonces
había estado sin duda cobrando ánimo y empezaba a dar un rodeo para tomar buen
viento. María intentó detenerse otra vez: en sus miradas a mi madre y a mí
había casi una súplica; y no me quedó otro recurso que procurar no
encontrarlas. Vio en mi semblante algo que le mostró el tormento a que estaba
yo sujeto, pues en su rostro ya pálido noté un ceño de resolución extraño en
ella. Por el continente de Carlos me persuadí de que era llegado el momento en
que deseaba yo escuchar. Ella empezaba a responderle, y como su voz, aunque
trémula, era más clara de lo que él parecía desear, llegaron a mis oídos estas
frases interrumpidas.
—Habría sido mejor que usted hablase solamente con ellos... Sé
estimar el honor que usted... Esta negativa...
Carlos estaba desconcertado: María se había soltado de su brazo,
y acabando de hablar jugaba con los cabellos de Juan, quien asiéndola de la
falda le mostraba un racimo de adorotes colgante del árbol inmediato.
Dudo que la escena que acabo de describir con la exactitud que
me es posible, fuera estimada en lo que valía por don Jerónimo, el cual con las
manos dentro de las faltriqueras de su chupa azul, se acercaba en aquel momento
con mi padre; para éste todo pasó como si lo hubiese oído.
María se agregó mañosamente a nuestro grupo con pretexto de
ayudarle a Juan a coger unas moras que él no alcanzaba. Como yo había tomado ya
las frutas para dárselas al niño, ella me dijo al recibírmelas:
—¿Qué hago para no volver con ese señor?
—Es inevitable —le respondí.
Y me acerqué a Carlos convidándolo a bajar un poco más por la
vega para que viésemos un bello remanso, y le instaba con la mayor naturalidad
que me era posible fingir, que viniésemos a bañarnos en él la mañana siguiente.
Era pintoresco el sitio; pero, decididamente, Carlos veía en éste, menos que en
cualesquiera otros, la hermosura de los árboles y los bejucos florecidos que se
bañaban en las espumas, como guirnaldas desatadas por el viento.
El Sol al acabar de ocultarse teñía las colinas, los bosques y
las corrientes con resplandores color de topacio; con la luz apacible y
misteriosa que llaman los campesinos “el Sol de los venados”, sin duda porque a
tal hora salen esos habitantes de las espesuras a buscar pastos en los
pajonales de las altas cuchillas o al pie de los magueyes que crecen entre las
grietas de los peñascos.
Al unirnos Carlos y yo al grupo que formaban los demás, ya iban
a tomar el camino de la casa, y mi padre, con una oportunidad perfectamente
explicable, dijo a don Jerónimo:
—Nosotros no debemos pasar desde ahora por valetudinarios;
regresemos acompañados.
Dicho esto tomó la mano de María para ponerla en su brazo,
dejando al señor de M... llevar a mi madre y a Emma.
—Han estado más galantes que nosotros —dije a Carlos señalándole
a mi padre y al suyo.
Y los seguimos, llevando yo en los brazos a Juan, quien abriendo
los suyos se me había presentado diciéndome:
—Que me alces, porque hay espinas y estoy cansado.
Refirióme después María que mi padre le había preguntado, cuando
empezaban a vencer las cuestecillas de la vega, qué le había dicho Carlos; y
como insistiese afablemente en que le contara, porque ella guardaba silencio,
se resolvió al fin, animada así, a decirle lo que le había respondido a Carlos.
—¿Es decir, —le preguntó mi padre casi riendo, oída la trabajosa
relación que ella acababa de hacerle— es decir, que no quieres casarte nunca?
Respondióle meneando la cabeza en señal de negativa, sin
atreverse a verlo.
—Hija, ¿sí tendrás ya visto algún novio? —continuó mi padre—:
¿no dices que no?
—Sí digo —contestóle María muy asustada.
—¿Será mejor que ese buen mozo que has desdeñado? —Y al decirle
esto, mi padre le pasó la mano derecha por la frente para conseguir que lo
mirase—. ¿Crees que eres muy linda?
—¿Yo?, no señor.
—Sí y te lo habrá dicho alguno muchas veces. Cuéntame cómo es
ese afortunado.
María temblaba sin atreverse a responder una palabra más, cuando
mi padre continuó diciéndole:
—El te acabará de merecer; tú querrás que sea un hombre de
provecho... Vamos, confiésamelo, ¿no te ha dicho que me lo han contado todo?
—Pero si no hay qué contar.
—¿Conque tienes secretos para tu papá? —le dijo mirándola
cariñosamente y en tono de queja; lo cual animó a María a responderle:
—¿Pues no dice usted que se lo han contado todo?
Mi padre guardó silencio por un rato. Parecía que lo apesaraba
algún recuerdo. Subían las gradas del corredor del huerto cuando ella le oyó
decir:
—¡Pobre Salomón!
Y pasaba al mismo tiempo una de sus manos por la cabellera de la
hija de su amigo.
Aquella noche en la cena, las miradas de María al encontrarlas
yo, empezaron a revelarme lo que entre mi padre y ella había pasado. Se quedaba
a veces pensativa, y creí notar que sus labios pronunciaban en silencio algunas
palabras, como distraída solía hacerlo con los versos que le agradaban.
Mi padre trató, en cuanto le fue posible, de hacer menos difícil
la situación del señor de M... y de su hijo, quien, por lo que se notaba, había
hablado con don Jerónimo sobre lo sucedido en la tarde: todo esfuerzo fue
inútil. Habiendo dicho desde por la mañana el señor de M... que madrugaría al
día siguiente, insistió en que le era preciso estar muy temprano en su
hacienda, y se retiró con Carlos a las nueve de la noche, después de haberse
despedido de la familia en el salón.
Acompañé a mi amigo a su cuarto. Todo mi afecto hacia él había
revivido en esas últimas horas de su permanencia en casa: la hidalguía de su
carácter, esa hidalguía de que tantas pruebas me dio durante nuestra vida de
estudiantes, lo magnificaba de nuevo ante mí. Casi me parecía vituperable la
reserva que me había visto forzado a usar para con él. Si cuando tuve noticia
de sus pretensiones, me decía yo, le hubiese confiado mi amor a María, y lo que
en aquellos tres meses había llegado a ser ella para mí, él, incapaz de
arrostrar las fatales predicciones hechas por el médico, hubiera desistido de
su intento: y yo, menos inconsecuente y más leal, nada tendría que echarme en
cara. Muy pronto, si no las comprende ya, tendrá que conocer las causas de mi
reserva, en ocasión en que esa reserva tanto mal pudo haberle hecho. Estas
reflexiones me apenaban. Las indicaciones recibidas de mi padre para manejar
ese asunto eran tales, que bien podría sincerarme con ellas. Pero no: lo que en
realidad había pasado, lo que tenía que suceder y sucedió, fue que ese amor,
adueñado de mi alma para siempre, la había hecho insensible a todo otro
sentimiento, ciega a cuanto no viniese de María.
Tan luego como estuvimos solos en mi cuarto, me dijo, tomando
todo el aire de franqueza estudiantil, sin que en su fisonomía desapareciera
por completo la contrariedad que denunciaba:
—Tengo que disculparme para contigo de una falta de confianza en
tu lealtad.
Yo deseaba oírle ya la confidencia, tan temible para mí un día
antes.
—¿De qué falta? —le respondí—: no la he notado.
—¿Que no la has notado?
—No.
—¿No sabes el objeto con que mi padre y yo vinimos?
—Sí.
—¿Estás al corriente del resultado de mi propuesta?
—No bien, pero...
—Pero lo adivinas.
—Es verdad.
—Bueno. Entonces ¿por qué no hablé contigo sobre lo que
pretendía, antes de hacerlo con cualquiera otro, antes de consultárselo a mi
padre?
—Una delicadeza exagerada de tu parte...
—No hay tal delicadeza; lo que hubo fue torpeza, imprevisión,
olvido... lo que quieras; pero eso no se llama como lo has llamado.
Se paseó por el cuarto; y deteniéndose luego delante del sillón
que yo ocupaba:
—Oye —dijo— y admírate de mi candidez. ¡Cáspita! Yo no sé para
qué diablos le sirve a uno haber vivido veinticuatro años. Hace poco más de un
año que me separé de ti para venirme al Cauca, y ojalá te hubiera esperado como
tanto lo deseaste. Desde mi llegada a casa fui objeto de las más obsequiosas
atenciones de tu padre y de tu familia toda: ellos veían en mí a un amigo tuyo,
porque acaso les habías hecho saber la clase de amistad que nos unía. Antes de
que vinieras, vi dos o tres veces a la señorita María y a tu hermana, ya de
visita en casa, ya aquí. Hace un mes que me habló mi padre del placer que le
daría yo tomando por esposa a una de las dos. Tu prima había extinguido en mí,
sin saberlo ella, todos aquellos recuerdos de Bogotá que tanto me atormentaban,
como te lo decían mis primeras cartas. Convine con mi padre en que pidiera él
para mí la mano de la señorita María. ¿Por qué no procuré verte antes? Bien es
verdad que la prolongada enfermedad de mi madre me retuvo en la ciudad; pero
¿por qué no te escribí? ¿Sabes por qué?... Creía que al hacerte la confidencia
de mis pretensiones era como exigirte algo a mi favor, y el orgullo me lo
impidió. Olvidé que eras mi amigo; tú tendrías derecho, lo tienes, para
olvidarlo también. Pero si tu prima me hubiese amado; si lo que no era otra
cosa que las consideraciones a que tu amistad me daba derecho, hubiera sido
amor, ¿tú habrías consentido en que ella fuera mi mujer sin...? ¡Vaya! Yo soy
un tonto en preguntártelo, y tú muy cuerdo en no responderme.
—Mira —agregó después de un instante en que estuvo acodado en la
ventana—: tú sabes que yo no soy hombre de los que se echan a morir por estas
cosas: recordarás que siempre me reí de la fe con que creías en las grandes
pasiones de aquellos dramas franceses que me hacían dormir cuando tú me los
leías en las noches de invierno. Lo que hay es otra cosa: yo tengo que casarme;
y me halagaba la idea de entrar a tu casa, de ser casi tu hermano. No ha
sucedido así, pero en cambio buscaré una mujer que me ame sin hacerme merecedor
de tu odio, y...
—¡De mi odio! —exclamé interrumpiéndole.
—Sí; dispensa mi franqueza. ¡Qué niñería... no... qué
imprudencia habría sido ponerme en semejante situación! Bello resultado:
pesadumbres para tu familia, remordimiento para mí, y la pérdida de tu amistad.
—Mucho debes de amarla —continuó después de una pausa—; mucho,
puesto que pocas horas me han bastado para conocerlo, a pesar de lo que has
procurado ocultármelo. ¿No es verdad que la amas así como creíste llegar a amar
cuando tenías dieciocho años?
—Sí —le respondí seducido por su noble franqueza.
—¿Y tu padre lo ignora?
—No.
—¿No? —preguntó admirado.
Entonces le referí la conferencia que había tenido días antes
con mi padre.
—¿Conque todo, todo lo arrostras? —me interrogó maravillado,
apenas hube concluido mi relación—. ¿Y esa enfermedad que probablemente es la
de su madre?... ¿Y vas a pasar quizá la mitad de tu vida sentado sobre una
tumba?...
Estas últimas palabras me hicieron estremecer de dolor: ellas,
pronunciadas por boca de un hombre a quien no otra cosa que su afecto por mí
podía dictárselas; por Carlos, a quien ninguna alucinación engañaba, tenían una
solemnidad terrible, más terrible aún que el sí con el cual acababa yo de
contestarlas.
Púseme en pie, y al ofrecerle mis brazos a Carlos, me estrechó
casi con ternura entre los suyos. Me separé de él abrumado de tristeza, pero
libre ya del remordimiento que me humillaba cuando nuestra conferencia empezó.
Volví al salón. Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un
valse nuevo, María me refirió la conversación que al regreso del paseo había
tenido con mi padre. Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo: recordando
ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba
en los labios.
XXIX
La llegada de los correos y la visita de los señores de M...
habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el
día siguiente, casi sin interrupción; pero en los momentos que nos reunimos con
la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para
la hora del descanso: a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso
trabajo.
A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba, y
respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió:
—Hemos hecho algo pero nos falta mucho. Conque hasta mañana
temprano.
En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el
salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la
Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.
Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado
unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era
permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento
inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto
para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces
sus ojos, en arrobadora languidez, no huían de los míos.
—¿Viste a tu amigo esta mañana? —me preguntó procurando hallar
respuesta en mi semblante.
—Sí: ¿por qué me lo preguntas ahora?
—Porque no he podido hacerlo antes.
—¿Y qué interés tienes en saberlo?
—¿Te instó él a que le pagaras la visita?
—Sí.
—Irás a pagársela, ¿no?
—Seguramente.
—El te quiere mucho, ¿no es así?
—Así lo he creído siempre.
—¿Y lo crees todavía?
—¿Por qué no?
—¿Lo quieres como cuando estábais ambos en el colegio?
—Sí; pero ¿por qué hablas hoy de esto?
—Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él
siguiese siéndolo tuyo... Pero tú no le habrás contado nada.
—¿Nada de qué?
—Pues de eso.
—¿Pero de qué cosa?
—Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho ¿no?
Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para
preguntarme si había hablado de nuestro amor a Carlos, y le respondí:
—Es la primera vez que no te entiendo.
—¡Avemaría! ¿Cómo no has de entender? Que si le has hablado de
lo que...
Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de
su infantil afán, prosiguió:
—Bueno; ya no me digas; —y se puso a hacer torrecillas con las
fichas del tablero en que jugábamos.
—Si no me miras —le dije— no te confieso lo que he dicho a
Carlos.
—Ya, pues... a ver, di —respondióme tratando de hacer lo que yo
le exigía.
—Se lo he contado todo.
—¡Ay!, no; ¿todo?
—¿Hice mal?
—Sí así debía ser... Pero entonces, ¿por qué no se lo contaste
antes de que viniera?
—Mi padre se opuso a ello.
—Sí, pero él no habría venido; ¿no hubiera sido mejor? —Sin
duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.
—¿Seguirá pues siendo tu amigo?
—No hay motivo para que deje de serlo.
—Sí, porque yo no quiero que por esto...
—Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.
—¿Conque te separaste de él como de costumbre?. Y él ¿se ha ido
contento?
—Tan contento como era posible conseguirlo.
—Pero, yo no tengo la culpa, ¿no?
—No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has
hecho.
—Si te quiere de veras, así debe ser. ¿Y sabes por qué ha pasado
todo así con ese señor?
—¿Por qué?
—¡Pero cuidado con reírte!
—No me reiré.
—Pero si ya estás riéndote.
—No es de lo que vas a decirme sino de lo que ya has dicho; di
María.
—Ha sido porque yo le he rezado mucho a la Virgen para que
hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.
—¿Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías?
—Eso era imposible: siempre me concede lo que le pido, y como
esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va —agregó—
y Emma se está durmiendo. Ya ¿no?
—¿Quieres irte?
—¿Y qué voy a hacer?... ¿Mucho escribirán mañana también?
—Parece que sí.
—¿Y cuando Tránsito venga?
—¿A qué horas viene?
—Mandó decir que a las doce.
—A esa hora habremos concluido. Hasta mañana. Respondió a mi
despedida con las mismas palabras; pero admirándose de que me quedase con el
pañuelo que ella tenía en la mano que me dio a estrechar. María no comprendía
que ese pañuelo perfumado era un tesoro para una de mis noches. Después se negó
casi siempre a concederme tal bien, hasta que vinieron los días en que se
mezclaron tantas veces nuestras lágrimas.
XXX
En la mañana siguiente, mi padre dictaba y yo escribía, mientras
él se afeitaba, operación que nunca interrumpía los trabajos empezados, no
obstante el esmero que en ella gastaba siempre. Su cabellera rizada, abundante
aún en la parte posterior de la cabeza, y que dejaba inferir cuán hermosos
serían los cabellos que llevó en su juventud, le pareció un poco larga.
Entreabriendo la puerta que caía al corredor, llamó a mi hermana.
—Está en la huerta —le respondió María desde el costurero de mi
madre—. ¿Necesita usted algo?
—Ven tú, María —le contestó a tiempo que yo le presentaba
algunas cartas concluidas para que las firmase—. ¿Quieres que bajemos mañana?
—Me preguntó firmando la primera.
—Cómo no.
—Será bueno, porque hay mucho que hacer: yendo ambos, nos
desocuparemos más pronto. Puede ser que el señor A... escriba algo sobre su
viaje en este correo: ya se demora en avisar para cuándo debes estar listo.
Entra, hija —agregó volviéndose a María, la cual esperaba afuera por haber
encontrado la puerta entornada.
Ella entró dándonos los buenos días. Sea que hubiese oído las
últimas palabras de mi padre sobre mi viaje, sea que no pudiese prescindir de
su timidez genial delante de éste, con mayor razón desde que él le había
hablado de nuestro amor, se puso algo pálida. Mientras él acababa de firmar, la
mirada de María se paseaba por las láminas del cuarto, después de haberse
encontrado furtivamente con la mía.
—Mira —le dijo mi padre sonriendo al mostrarle los cabellos—¿no
te parece que tengo mucho pelo?
Ella sonrió también al responderle:
—Sí, señor.
—Pues recórtalo un poco. —Y tomó para entregárselas las tijeras
de un estuche que estaba sobre una de las mesas—. Voy a sentarme para que
puedas hacerlo mejor.
Dicho esto, acomodóse en la mitad del cuarto dando la espalda a
la ventana y a nosotros.
—Cuidado, mi hija, con trasquilarme —dijo cuando ella iba a
empezar—. ¿Está principiada la otra carta? —añadió dirigiéndose a mí.
—Sí, señor.
Comenzó a dictar hablando con María mientras yo escribía.
—¿Conque te hace gracia que te pregunte si tengo muchos
cabellos?
—No, señor —respondióle consultándome si iba bien la operación.
—Pues así como los ves —continuó mi padre— fueron tan negros y
abundantes como otros que yo conozco.
María soltó los que tenía en ese momento en la mano.
—¿Qué es? —le preguntó él, volviendo la cabeza para verla.
—Que voy a peinarlos para recortar mejor.
—¿Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto? —le
preguntó después de dictarme una frase.
—No, señor.
—Cuidado, niño, con equivocarse.
María se sonrojó, mirándome con todo el disimulo que era
necesario para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño que
tenía al frente.
—Pues cuando yo tenía veinte años —prosiguió— es decir, cuando
me casé, acostumbraba bañarme la cabeza todos los días con agua de colonia. Qué
disparate, ¿no?
—Y todavía —observó ella.
Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que
acostumbraba.
Yo leí el final de la frase escrita, y él, dictada otra,
continuó su diálogo con María.
—¿Está ya?
—Creo que sí; ¿no? —añadió consultándome.
Cuando María se inclinó a sacudir los recortes de cabellos que
habían caído sobre el cuello de mi padre, la rosa que llevaba en una de las
trenzas le cayó a él a los pies. Iba a alzarla, pero mi padre la había tomado
ya. María volvió a ocupar su puesto tras de la silla, y él le dijo después de
verse en el espejo detenidamente:
—Yo te la pondré ahora donde estaba, para recompensarte lo bien
que lo has hecho; —y acercándose a ella, agregó, colocando la flor con tanta
gracia como lo hubiera podido hacer Emma—: todavía se me puede tener envidia.
Detuvo a María, que se mostraba deseosa de retirarse por temor
de lo que él pudiera añadir, besóle la frente y le dijo en voz baja:
—Hoy no será como ayer; acabaremos temprano.
XXXI
Serían las once. Terminado el trabajo, estaba yo acodado en la
ventana de mi cuarto.
Aquellos momentos de olvido de mí mismo, en que mi pensamiento
se cernía en regiones que casi me eran desconocidas; momentos en que las
palomas que estaban a la sombra en los naranjos agobiados por sus racimos de
oro, se arrullaban amorosas; en que la voz de María, arrullo más dulce aún,
llegaba a mis oídos, tenían un encanto inefable.
La infancia, que en su insaciable curiosidad se asombra de
cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas; la
adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas
visiones de amor... presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en
vano; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece
esforzarse por volver a las delicias de un Edén —ensueño o realidad— que aún no
ha olvidado.
No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del
arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas; no era el vuelo
majestuoso de las águilas negras sobre las cimas cercanas, no era eso lo que
veían mis ojos; era lo que ya no veré más; lo que mi espíritu quebrantado por
tristes realidades no busca o admira únicamente en sus sueños: el mundo que
extasiado contemplé en los primeros albores de la vida.
Divisé en el negro y tortuoso camino de las lomas a Tránsito y a
su padre, quienes venían en cumplimiento de lo que a María tenían prometido.
Crucé el huerto y subí la primera colina para aguardarlos en el puente de la
cascada, visible desde el salón de la casa.
Como estábamos al raso, todavía no eran cortos los montañeses
para conmigo; me dijeron todas aquellas cosas que solían en pasándose algunos
días sin vernos.
Pregunté por Braulio a Tránsito.
—Se quedó aprovechando el buen sol para la revuelta.2l ¿Y la
Virgen de la Silla?
Tránsito acostumbraba preguntarme así por María desde que
advirtió la notable semejanza entre el rostro de la futura madrina y el de una
bella Madona del oratorio de mi madre.
—La viva está buena y esperándote —le respondí—; la pintada,
llena de flores y alumbrada para que te haga muy feliz.
Así que nos acercamos a la casa, María y Emma salieron a recibir
a Tránsito, a la cual dijeron, entre otros agasajos, que estaba muy buena moza;
y era cierto, pues la felicidad la embellecía.
José recibió, sombrero en mano, los cariñosos saludos de sus
señoritas; y zafándose la mochila que traía a la espalda llena de legumbres
para regalo, entró con nosotros, instado por mí, al aposento de mi madre. A su
paso por el salón, Mayo, que dormía bajo una de las mesas, le gruñó, y el
montañés le dijo riendo:
—¡Hola, abuelo! ¿Todavía no me quieres? Será porque estoy tan
viejo como tú.
—¿Y Lucía? —preguntó María a Tránsito— ¿por qué no quiso
acompañarte?
—Si es tan floja que no, y tan montuna.
—Pero Efraín dice que con él no es así —le observó Emma.
Tránsito se rió antes de responder.
Con el señor es menos vergonzosa, porque como va tantas veces
allá, le ha ido perdiendo el miedo.
Tratamos de saber el día en que hubiera de efectuarse el
matrimonio. José, para sacar de apuros a su hija, contestó:
—Queremos que sea de hoy en ocho días. Si está bien pensado, lo
haremos así: en casa madrugaremos mucho, y no parando, llegaremos al pueblo
cuando asome el sol; saliendo ustedes de aquí a las cinco, nos alcanzarán
llegando; y como el señor cura tendrá todo listo, nos despacharemos temprano.
Luisa es enemiga de fiestas, y las muchachas no bailan pasaremos, pues, el
domingo como todos, con la diferencia de que ustedes nos harán una visita; y el
lunes cada cual a su oficio: ¿no le parece? —concluyó dirigiéndose a mí.
—Sí; pero, ¿irá a pie Tránsito al pueblo?
—¡Eh! —exclamó José.
—¿Pues cómo? —preguntó ella admirada.
—A caballo, ¿no están ahí los míos?
—Si a mí me gusta más andar a pie; y a Lucía no es sólo eso,
sino que les tiene miedo a las bestias22.
—¿Pero por qué? —preguntó Emma.
—Si en la provincia solamente los blancos andan a caballo; ¿no
es así padre?
—Sí; y los que no son blancos, cuando ya están viejos.
—¿Quién te ha dicho que no eres blanca —pregunté a Tránsito—; y
blanca como pocas.
La muchacha se puso colorada como una guinda, al responderme:
—Las que yo digo son las gentes ricas, las señoras.
José, luego que fue a saludar a mi padre, se despidió
prometiéndonos volver por la tarde, a pesar de nuestras instancias para que se
quedase a comer con nosotros.
A las cinco, como saliese la familia a acompañar a Tránsito
hasta el pie de la montaña, María, que iba a mi lado, me decía:
—Si hubieras visto a mi ahijada con el traje de novia que le he
hecho, y los zarcillos y gargantilla que le han regalado Emma y mamá, estoy
segura que te habría parecido muy linda.
—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque Tránsito se opuso. Tenemos que preguntarle a mamá qué
dicen y qué hacen los padrinos en la ceremonia.
—De veras, y los ahijados nos enseñarán qué responden los que se
casan, por si se nos llegare a ofrecer.
Ni las miradas ni los labios de María respondieron a esta
alusión a nuestra futura felicidad; y permaneció pensativa mientras andábamos
el corto trecho que nos faltaba para llegar a la orilla de la montaña.
Allí estaba esperando Braulio a su novia, y se adelantó risueño
y respetuoso a saludarnos.
—Se les va a hacer de noche para bajar —nos dijo Tránsito.
Se despidieron cariñosamente de nosotros los montañeses. Se
habían internado algún espacio en la selva cuando oímos la buena voz de Braulio
que cantaba vueltas23 antioqueñas.
Después de nuestro diálogo, María no había vuelto a estar
risueña. Inútilmente trataba yo de ocultarme la causa; bien la sabía por mi
mal: ella pensaba al ver la felicidad de Tránsito y Braulio, en que pronto
íbamos nosotros a separarnos, en que tal vez no volveríamos a vernos... quizá
en la enfermedad de que había muerto su madre. Y no me atrevía a turbar su
silencio.
Bajando las últimas colinas, Juan, a quien ella llevaba de la
mano, me dijo:
—María quiere que yo sea guapo para caminar, y ella está
cansada.
Ofrecíle entonces mi brazo para que se apoyara, lo que no había
podido hacer por atención a Emma y a mi madre.
Estábamos ya a poca distancia de la casa. Se iban apagando los
arreboles que al ocultarse el Sol había dejado sobre las sierras de occidente;
la luna, levantándose a nuestra espalda sobre las montañas de que nos
alejábamos, proyectaba las inquietas sombras de los sauces y enredaderas del
jardín en los muros pálidamente iluminados.
Yo espiaba el rostro de María, sin que ella lo notase, buscando
los síntomas de su mal, a los cuales precedía siempre aquella melancolía que de
súbito se había apoderado de ella.
—¿Por qué te has entristecido? —le pregunté al fin.
—¿No he estado pues como siempre? —me respondió cual si
despertase de un ligero sueño—. ¿Y tú?
—Es porque has estado así.
—Pero, ¿no podría yo contentarte?
—Vuelve pues a estar alegre.
—¿Alegre? —preguntó como admirada—; ¿y lo estarás tú también?
—Sí, sí.
—Mira: ya estoy como quieres —me dijo sonriente—; ¿nada más
exiges?...
—Nada más... ¡Ah! Sí: aquello que me has prometido y no me has
dado.
—¿Qué será? ¿Creerás que no me acuerdo?
—¿No? ¿Y los cabellos?
—¿Y si lo notan al peinarme?
—Dirás que fue cortando una cinta.
—¿Esto es? —dijo— después de haber buscado bajo el pañolón,
mostrándome algo que le negreaba en la mano y que ésta me ocultó al cerrarse.
—Sí, eso; dámelos ahora.
—Si es una cinta —contestó volviendo a guardar lo que me había
mostrado.
—Bueno; no te los exigiré más.
—¡Conque bueno! ¿Y entonces para qué me los he cortado? Es que
falta componerlos bien; y mañana precisamente...
—Esta noche.
—También; esta noche.
Mi brazo oprimió suavemente el suyo, desnudo de la muselina y
encajes de la manga; su mano rodó poco a poco hasta encontrarse con la mía; la
dejó levantar del mismo modo hasta mis labios; y apoyándose con más fuerza en
mí para subir la escalera del corredor, me decía con voz lenta y de vibraciones
acalladas:
—¿Ahora sí estás contento? No volvamos a estar tristes.
Quiso mi padre que en aquella noche le leyese de sobremesa algo
del último número de El Día. Terminada la lectura, se retiró él, y pasé yo a la
sala.
Se me acercó Juan y puso la cabeza en una de mis rodillas.
—¿No duermes esta noche? —le pregunté acariciándolo.
—Quiero que tú me hagas dormir —me contestó en aquella lengua
que pocos podían entenderle.
—¿Y por qué no María?
—Yo estoy muy bravo con ella —repuso acomodándose mejor.
—¿Con ella? ¿Qué le has hecho?
—Si es ella la que no me quiere esta noche.
—Cuéntame por qué.
—Yo le dije que me contara el cuento de la Caperuza, y no ha
querido; le he pedido besos y no me ha hecho caso.
Las quejas de Juan me hicieron temer que la tristeza de María
hubiese continuado.
—Y si esta noche tienes sueños medrosos —dije al niño— ella no
se levantará a acompañarte, como me has referido que lo hace.
—Entonces, mañana no le ayudaré a coger las flores para tu
cuarto ni le llevaré los peines al baño.
—No digas tal; ella te quiere mucho: ve y dile que te dé los
besos que le pediste y que te haga dormir oyendo el cuento.
—No —dijo poniéndose en pie y como entusiasmado por una buena
idea—: voy a traértela para que la regañes.
—¿Yo?
—Voy a traerla.
Y diciéndolo se entró en su busca. A poco se presentó haciendo
el papel de que la conducía de la mano por fuerza. Ella, sonriendo, le
preguntaba:
—¿Adónde me llevas?
—Aquí —respondió Juan— obligándola a sentarse a mi lado.
Referí a María todo lo que había charlado su consentido. Ella,
tomando la cabeza de Juan entre las manos y tocándole la frente con la suya,
díjole:
—¡Ah ingrato! Duérmete pues con él.
Juan se puso a llorar tendiéndome los bracitos para que lo
tomase.
—No, mi amo; no, mi señor —le decía ella—: son chanzas de tu
Mimiya; —y lo acariciaba.
Mas el niño insistió en que yo lo recibiera.
—¿Conque eso haces conmigo, Juan? —continuó María quejándosele.
Bueno, ya el señor está hombre: esta noche haré que le lleven la cama al cuarto
de su hermano; ya él no me necesita: yo me quedaré sola y llorando porque no me
quiere más.
Se cubrió los ojos con una mano para hacerle creer que lloraba:
Juan esperó un instante; mas como ella persistió en fingirle llanto, se
escurrió poco a poco de mis rodillas, y se le acercó tratando de descubrirle el
rostro. Encontrando los labios de María sonrientes, y amorosos los ojos, rió
también y abrazándosele de la cintura recostó la cabeza en su regazo,
diciéndole:
—Te quiero como a los ojitos, te quiero como al corazón. Ya no
estoy bravo ni tonto. Esta noche voy a rezar el bendito muy formal para que me
hagas otros calzones.
—Muéstrame los calzones que te hacen —le dije.
Juan se puso en pie sobre el sofá, entre María y yo, para
hacerme admirar sus primeros calzones.
—¡Qué lindos! —exclamé abrazándolo—. Si me quieres bastante y
eres formal, conseguiré que te hagan muchos, y te compraré silla, zamarros,
espuelas...
—Y un caballito negro —me interrumpió.
—Sí.
Abrazóme dándome un prolongado beso, y asido al cuello de María,
quien volvía el rostro para esquivarle los labios, la obligó a recibir idéntico
agasajo. Se arrodilló donde había estado en pie, con las manos juntas rezó
devotamente el bendito y se reclinó soñoliento sobre la falda que ella le
brindaba.
Noté que la mano izquierda de María jugaba con algo sobre la
cabellera del niño, al paso que una sonrisa maliciosa le asomaba a los labios.
Con una rápida mirada me mostró entre los cabellos de Juan el bucle de los que
me tenía prometidos; ya me apresuraba yo a tomarlos, cuando ella,
reteniéndolos, me dijo:
—¿Y para mí?... tal vez sea malo exigírtelo.
—¿Los míos? —le pregunté.
Significóme que sí, agregando:
—¿No quedarán bien en el mismo guardapelo en que tengo los de mi
madre?
XXXII
En la mañana siguiente tuve que hacer un esfuerzo para que mi
padre no comprendiese lo penoso que me era acompañarlo en su visita a las
haciendas de abajo. El, como lo hacía siempre que iba a emprender viaje, por
corto que fuese, intervenía en el arreglo de todo, aunque no era necesario, y
repetía sus órdenes más que de costumbre. Como era preciso llevar algunas
provisiones delicadas para la semana que íbamos a permanecer fuera de la casa,
provisiones a las cuales era mi padre muy aficionado, riéndose él al ver las
que acomodaban Emma y María en el comedor, dentro de los cuchugos que Juan
Angel debía llevar colgados a la cabeza de la silla, dijo:
—¡Válgame Dios, hijas! ¿Todo eso cabrá ahí?
—Sí, señor —respondió María.
—Pero si con esto bastará para un obispo. ¡Ajá! Eres tú la más
empeñada en que no lo pasemos mal.
María, que estaba de rodillas acomodando las provisiones, y que
le daba la espalda a mi padre, se volvió para decirle tímidamente a tiempo que
yo llegaba:
—Pues como van a estarse tantos días...
—No muchos, niña —le replicó riéndose—. Por mí no lo digo: todo
te lo agradezco, pero este muchacho se pone tan desganado allá... Mira —agregó
dirigiéndose a mí.
—¿Qué cosa?
—Pues todo lo que ponen. Con tal avío hasta puede suceder que me
resuelva a estarme quince días.
—Pero si es mamá quien ha mandado —observó María.
—No hagas caso, judía —así solía llamarla algunas veces cuando
se chanceaba con ella—; todo está bueno; pero no veo aquí tinto del último que
vino, y allá no hay; es necesario llevar.
—Si ya no cabe —le respondió María sonriendo.
—Ya veremos.
Y fue personalmente a la bodega por el vino que indicaba: al
regresar con Juan Angel, recargado además con unas latas de salmón, repitió:
—Ahora veremos.
—¿Eso también? —exclamó ella viendo las latas.
Como mi padre trataba de sacar del cuchugo una lata ya
acomodada, María, alarmándose, le observó:
—Es que esto no puede quedarse.
—¿Por qué, mi hija?
—Porque son las pastas que más le gustan y... porque las he
hecho yo.
—¿Y también son para mí? —le preguntó mi padre por lo bajo.
—¿Pues no están ya acomodadas?
—Digo que...
—Ahora vuelvo —interrumpió ella poniéndose en pie—. Aquí faltan
unos pañuelos.
Y desapareció para regresar un momento después.
Mi padre, que era tenaz cuando se chanceaba, le dijo nuevamente
en el mismo tono que antes, inclinándose a colocar algo cerca de ella:
—Allá cambiaremos pastas por vino.
Ella apenas se atrevía a mirarlo; y notando que el almuerzo
estaba servido, dijo levantándose:
—Ya está la mesa puesta, señor; —y dirigiéndose a Emma—: dejemos
a Estéfana lo que falta; ella lo hará bien.
Cuando yo me dirigía al comedor, María salía de los aposentos de
mi madre, y la detuve allí.
—Corta ahora —le dije el pelo que quieras.
—¡Ay!, no, yo no.
—Di de dónde, pues.
—De donde no se note. —Y me entregó unas tijeras.
Había abierto el guardapelo que llevaba suspendido al cuello.
Presentándome la cajilla vacía, me dijo:
—Ponlo aquí.
—¿Y el de tu madre?
—Voy a colocarlo encima para que no se vea el tuyo.
Hízolo así diciéndome:
—Me parece que hoy te vas contento.
—No, no; es por no disgustar a mi padre; es tan justo que yo
manifieste deseo de ayudarle en sus trabajos y que le ayude.
—Cierto: así debe ser; y yo procuraré también manifestar que no
estoy triste para que mamá y Emma no se resientan conmigo.
—Piénsame mucho —le dije besando el pelo de su madre y la mano
con que lo acomodaba.
—¡Ah!, ¡mucho, mucho! —respondió mirándome con aquella ternura e
inocencia que tan bien sabían hermanarse en sus ojos.
Nos separamos para llegar al comedor por diferentes entradas.
XXXIII
Los soles de siete días se habían apagado sobre nosotros, y
altas horas de sus noches nos sorprendieron trabajando. En la última, recostado
mi padre en un catre, dictaba y yo escribía. Dio las diez el reloj del salón:
le repetí la palabra final de la frase que acababa de escribir; él no dictó
más: volvíme entonces creyendo que no me había oído, y estaba dormido
profundamente. Era él un hombre infatigable; mas aquella vez el trabajo había
sido excesivo. Disminuí la luz del cuarto, entorné las ventanas y puertas, y
esperé a que se despertase, paseándome en el espacioso corredor a la extremidad
del cual se hallaba el escritorio.
Estaba la noche serena y silenciosa: la bóveda del cielo, azul y
transparente, lucía toda la brillantez de su ropaje de verano; en los follajes
negros de las hileras de ceibas que partiendo de los lados del edificio
cerraban el patio; en los ramos de los naranjos que demoraban en el fondo
revoloteaban candelillas24 sinnúmero, y sólo se percibía de vez en cuando el
crujido de los ramajes enlazados, el aleteo de alguna ave asustada o suspiros
del viento.
El blanco pórtico, que frontero al edificio daba entrada al
patio, se destacaba en la oscuridad de la llanura proyectando sus capiteles
sobre la masa informe de las cordilleras lejanas, cuyas crestas aparecían
iluminadas a ratos por fulgores de las tormentas del Pacífico.
María —me decía, atento a los quedos susurros, respiros de
aquella naturaleza en su sueño— María se habrá dormido sonriendo al pensar que
mañana estaré de nuevo a su lado... ¡Pero después! Ese después era terrible:
era mi viaje.
Parecióme oír el galope de un caballo que atravesase la llanura;
supuse que sería un criado que habíamos enviado a la ciudad hacía cuatro días,
y al cual esperábamos con impaciencia, porque debía traer correspondencia
importante. A poco se acercó a la casa.
—¿Camilo? —pregunté.
—Sí, mi amo —respondió entregándome un paquete de cartas después
de alabar a Dios.
El ruido de las espuelas del paje despertó a mi padre.
—¿Qué es esto, hombre? —interrogó al recién llegado.
—Me despacharon a las doce, mi amo, y como el derrame del Cauca
llega al Guayabo tuve que demorarme mucho en el paso.
—Bien: di a Feliciana que te haga poner de comer, y cuida mucho
ese caballo.
Había revisado mi padre las firmas de algunas cartas de las que
contenía el paquete; y encontrando por fin la que deseaba, me dijo:
—Empieza por ésta.
Leí en voz alta algunas líneas, y al llegar a cierto punto me
detuve involuntariamente.
Tomó él la carta, y con los labios contraídos, mientras devoraba
el contenido con los ojos, concluyó la lectura y arrojó el papel sobre la mesa
diciendo:
—¡Ese hombre me ha muerto!, lee esa carta: al cabo sucedió lo
que tu madre temía.
Recogí la carta para convencerme de que era cierto lo que ya me
imaginaba.
—Léela alto —añadió mi padre paseándose por la habitación y
enjugándose el sudor que le humedecía la frente.
—Eso no tiene ya remedio —dijo apenas concluí—. ¡Qué suma y en
qué circunstancias!... Yo soy el único culpable.
Le interrumpí para manifestarle el medio de que creía podíamos
valernos para hacer menos grave la pérdida.
—Es verdad —observó oyéndome ya con alguna calma—; se hará así.
¡Pero quién lo hubiera temido! Yo moriré sin haber aprendido a desconfiar de
los hombres.
Y decía la verdad: ya muchas veces en su vida comercial había
recibido iguales lecciones. Una noche, estando él en la ciudad sin la familia,
se presentó en su cuarto un dependiente a quien había mandado a los Chocoes a
cambiar una considerable cantidad de efectos por oro, que urgía enviar a los
acreedores extranjeros. El agente le dijo:
—Vengo a que me dé usted con qué pagar el flete de una mula, y
un balazo: he jugado y perdido todo cuanto usted me entregó.
—¿Todo, todo se ha perdido? —preguntóle mi padre.
—Sí, señor.
—Tome usted de esa gaveta el dinero que necesita.
Y llamando a uno de su pajes añadió:
—El señor acaba de llegar: avisa adentro para que se le sirva.
Pero aquellos eran otros tiempos. Golpes de fortuna hay que se
sufren en la juventud con indiferencia, sin pronunciar una queja: entonces se
confía en el porvenir. Los que se reciben en la vejez parecen asestados por un
enemigo cobarde: ya es poco el trecho que falta para llegar al sepulcro... Y,
¡cuán raros son los amigos del que muere que sepan serlo de su viuda y de sus
hijos! ¡Cuántos los que espían el aliento postrero de aquel cuya mano, helada
ya, están estrechando, para convertirse luego en verdugos de huérfanos!...
Tres horas habían pasado desde que terminó la escena que acabo
de describir conforme al recuerdo que me ha quedado de aquella noche fatal, a
la que tantas otras habían de parecerse años después.
Mi padre, a tiempo de acostarse, me dijo desde su lecho,
distante pocos pasos del mío:
—Es preciso ocultar a tu madre cuanto sea posible lo que ha
sucedido; y será necesario también demorar un día más nuestro regreso.
Aunque siempre le había oído decir que su sueño tranquilo le
servía de alivio en todos los infortunios de la vida, cuando a poco de haberme
hablado me convencí de que ya él dormía, vi en su reposo tan denodada
resignación, había tal valor en su calma, que no pude menos de permanecer por
mucho espacio contemplándolo.
No había amanecido aún, y tuve que salir en busca de aire mejor
para calmar la especie de fiebre que me había atormentado durante el insomnio
de la noche. Solamente el canto del titiribí y los de las guacharacas de los
bosques vecinos anunciaban la aurora: la naturaleza parecía desperezarse al
despertar de su sueño. A la primera luz del día empezaron a revolotear en los
plátanos y sotos asomas y azulejos; parejas de palomas emprendían viaje a los
campos vecinos, la greguería de las bandadas de loros remedaba el ruido de una
quebrada bulliciosa; y de las copas florecientes de los písamos del cacaotal,
se levantaban las garzas con leve y lento vuelo.
Ya no volveré a admirar aquellos cantos, a respirar aquellos
aromas, a contemplar aquellos paisajes llenos de luz, como en los días alegres
de mi infancia y en los hermosos de mi adolescencia: ¡extraños habitan hoy la
casa de mis padres!
Apagábase la tarde al día siguiente, cuando mi padre y yo
subíamos la verde y tendida falda para llegar a la casa de la sierra. Las
yeguadas que pastaban en la vereda y sus orillas nos daban paso resoplando
asustadas, y los pellares se levantaban de las márgenes de los torrentes para
amenazarnos con su canto y revuelos.
Divisábamos ya de cerca el corredor occidental, donde estaba la
familia esperándonos; y allí volvió mi padre a encargarme ocultara la causa de
nuestra demora y procurase aparecer sereno.
XXXIV
No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor:
no descubrí entre ellas a María. Algunas cuadras antes de llegar a la puerta
del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde
se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y Emma la animaba para que
bajase. Nos les acercamos. La cabellera de María, suelta en largos y lucientes
rizos, negreaba sobre la muselina de su traje color verde mortiño: sentóse para
evitar que el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reía de
su afán:
—¿No ves que no puedo?
—Niña —le dijo mi padre entre sorprendido y risueño— ¿cómo has
logrado subirte ahí?
Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a
nuestro saludo y contestó:
Como estábamos solas...
—Es decir —le interrumpió mi padre— que debemos irnos para que
puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?
—Qué gracia, si yo le ayudé.
—Era que yo no tenía susto.
—Vámonos, pues —concluyó mi padre dirigiéndose a mí— pero
cuidado...
Bien sabía él que yo me quedaría. María acababa de decirme con
los ojos: “No te vayas”. Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi
caballo siguió poco a poco el mismo camino.
—Por aquí fue por donde subimos —me dijo María mostrándome unas
grietas y hoyuelos en la roca.
Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano,
demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a
estrecharla entre las mías. Sentéme a sus pies y ella me dijo:
—¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá?. Creerá que estamos
locas.
Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante
los míos, y la suave palidez de sus mejillas, me decían, como en otros
momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.
—Me voy sola —repitió Emma, a quien habíamos oído mal su primera
amenaza; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.
—No, no; espéranos un instante no más —le suplicó María
poniéndose en pie.
Viendo que yo no me movía, me dijo:
—¿Qué es?
—Es que aquí estamos bien.
—Sí; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a
bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.
Lo retorció agregando:
—Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la
mano, me cojo yo de él.
Persuadida de que podía arriesgarse a bajar sin ser vista, lo
hizo como lo había proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco:
—¿Y tú ahora?
Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le
ofrecí el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.
—Si no hubiera llegado, ¿qué habrías hecho para bajar?,
loquilla.
—Pues habría bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temí
caerme porque hacía mucho viento. Ayer también subimos ahí, y yo bajé bien.
—¿Por qué se han demorado tanto?
—Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse
desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?
—Desear que pasaran.
—¿Nada más?
—Coser y pensar mucho.
—¿En qué?
—En muchas cosas que se piensan y no se dicen.
—¿Ni a mí?
—A ti menos.
—Está bien.
—Porque tú las sabes.
—¿No has leído?
—No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los
cuentos de las Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a
leer Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...
Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:
—Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?
Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.
—¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?
—¿Antenoche? ¡Ah! —repuso deteniéndose— ¿por qué me lo
preguntas?
—A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se
piensan y no se dicen.
—No, no; tú sí.
—¿Sí qué?
—Sí puedes decirlas.
—Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.
—Me da miedo.
—¿Miedo?
—Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor
de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía sueño: oímos
como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la
hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué había... ¡Qué
tontería: vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!
—Acaba, pues.
—Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la
ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma
muy grande: dio un chillido que yo no había oído nunca; pareció encandilarse un
momento con la luz que yo tenía en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras
cabezas a tiempo que íbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por
qué te has quedado así?
—¿Cómo? —le respondí, disimulando la impresión que aquel relato
me causaba.
Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi
padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me
había azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a María le
repitió el acceso; la misma que, sobrecogido, había oído zumbar ya algunas
veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.
—¿Cómo? —me replicó María— veo que he hecho mal en referirte
eso.
—¿Y te figuras tal?
—Si no es que me lo figuro.
—¿Qué te soñaste?
—No debo decírtelo.
—¿Ni más tarde?
—¡Ay!, tal vez nunca.
Emma abría ya la puerta del patio.
—Espéranos —le dijo María— oye, que ahora sí es de veras.
Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo
que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un pavor
indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué;
pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más
tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de
cambiarme el traje de camino.
XXXV
El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el
matrimonio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que
estaríamos entre siete y ocho en la parroquia. Habíase resuelto que mi madre,
María, Felipe y yo seríamos los del paseo, porque mi hermana debía quedarse
arreglando no sé qué regalos que debían enviarse muy de mañana a la montaña,
para que los encontrasen allí los novios a su regreso.
Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra
sentada en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y yo
conversábamos reclinados en el barandaje.
—Tienes —me decía— algo que te molesta, y no puedo adivinar.
—Pero, ¿qué puede ser? ¿No me has visto contento? ¿No he estado
como esperabas que estaría al volver a tu lado?
—No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he
descubierto lo que nunca en ti: que fingías.
—¿Pero contigo?
—Sí.
—Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.
—No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.
—Siempre.
—No; ha sido hoy.
—Va para cuatro meses que vivo engañando...
—¿A mí también?... ¿A mí? ¡Engañarme tú a mí!
Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que
temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:
—Explícame eso.
—Si no tiene explicación.
—Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.
—Todo es cierto.
—¡No es!
—Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pensar,
no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.
—Yo no sé qué será.
—Pues entonces convéncete de que te he engañado.
—No, no; ya voy a decirte; pero ¿cómo te lo puedo decir?
—Piensa.
—Ya pensé —dijo María después de un momento de pausa.
—Di pues.
—Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo
que sea a mí.
—No; así no es.
—¿Y cómo entonces? ¡Ah! Es que lo que dices es cierto.
—Di de otro modo.
—Voy a ver; mas si no quieres esta vez...
—¿Qué?
—Nada; oye: no me mires.
—No te miro.
Entonces se resolvió a decir en voz muy baja.
—Por María que te...
—Ama tanto —concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que
con su ademán confirmaban su inocente súplica.
—Dime ya —insistió.
—He estado engañándote; porque no me he atrevido a confesarte
cuánto te amo en realidad.
—¡Más todavía! ¿Y por qué no me lo has dicho? —Porque he tenido
temor...
—¿Temor de qué?
—De que tú me ames menos, menos que yo.
—¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.
—Si yo te lo hubiera dicho...
—¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?
—¿Lo crees así?
—Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa por
que has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos días?
—Sí.
—¿Qué te ha dicho de mí?
—Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables
de eso.
—Una palabra y no más: ¿qué otra cosa ha dicho? El cree que mi
enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.
—¡Oh!, no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?
—Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado
con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he pedido con
tanto fervor que no me vuelva a dar...
—Quizá no con tanto como yo.
—Pídele siempre.
—Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que
te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que
me la has hecho olvidar hace largo rato.
Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.
—¡Y esa ave negra! —dijo luego que concluí; y volvía con terror
la vista hacia mi cuarto.
—¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?
—Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.
—¿Persistes en no contarme?
—Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte:
es tan buena con nosotros...
A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para
emprender nuestro viaje a la parroquia.
Antes de las cinco llamó Juan Angel a mi puerta. Felipe y él
hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y asegurando
caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su ayuda.
Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome
una taza de café, de dos que llevaba Estéfana, me dio los buenos días, y llamó
en seguida a Felipe para que recibiese la otra.
—Hoy sí —dijo éste sonriendo maliciosamente—. Lo que es el
miedo; y el Retinto está furioso.
Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo:
un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y
abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio
oculta por el velillo azul, una rosa salpicada aún de rocío, descansaba sobre
las gruesas y lucientes trenzas cuyas extremidades ocultaba: arrezagaba con una
de la manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color, un
cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendía de
los hombros en numerosos pliegues.
—¿En cuál caballo quieres ir? —le pregunté.
—En el Retinto.
—¡Pero eso no puede ser! —respondí sorprendido.
—¿Por qué? ¿Temes que me bote?
—Por supuesto
—Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes?
Pregúntale a Emma si no es verdad que yo soy más guapa que ella. Verás qué
mansito es el Retinto conmigo.
—Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que
no lo montas, puede espantarse con la falda.
—Prometo no mostrarle siquiera el fuete.
Felipe, caballero ya en el Chivo, que tal era el nombre de su
caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos, recorriendo el patio.
Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su
rosillo predilecto, único que, según ella, no era una fiera. No estaba yo muy
tranquilo cuando hice montar en el Retinto a María: ella, antes de saltar de la
gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta
entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento
hasta al más leve ruido del ropaje.
—¿Ves? —me dijo María ya sobre el animal—; él me conoce: cuando
papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Angel lo
curara bien todas las tardes.
El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente
conocía aquella voz acariciadora.
Partimos, y Juan Angel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de
la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las
señoras.
La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir
el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello
arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban
importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural
abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.
Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido
completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intranquilo por el brío
del animal, me decía de modo que mi madre no alcanzase a oírla:
—Voy a darle un fuetazo, uno solo.
—Cuidado con hacerlo.
—Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato
con el Retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.
—¡Ahora que ése te conoce tanto, no será así!
—En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.
—¡Ah!, sí; es un excelente animal.
—Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.
—Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.
—Vas a ver que no hace nada.
—¡Cuidado, cuidado, María! Hazme el favor de darme el fuete.
—Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.
Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.
—¿Qué es? —preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo
había acortado el paso con tal fin.
—Nada, señora —respondió María—: que Efraín va persuadido de que
el caballo me va a botar.
—Pero si tú... empecé a contestarle, y ella, poniéndose
disimuladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que
callase, me lo entregó en seguida.
—¡Y por qué vas tan valiente hoy! —le preguntó mi madre—. La
otra vez que montaste en ese caballo le tuviste miedo.
—Y hubo que cambiártelo —agregó Felipe.
—Ustedes me están haciendo quedar malísimamente —contestó María
mirándome sonrojada—: el señor estaba convencido ya de que yo era guapísima.
—¿Conque no tienes miedo hoy? —insistió mi madre.
—Sí tengo —respondióle—; pero no tanto, porque el caballo se ha
amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...
Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas
que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en resplandores
metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en grupos aislados interrumpían
a distancia la llanura: las linfas de los riachuelos que vadeábamos,
abrillantadas por aquella luz corrían a perderse en las sombras, y las lejanas
revueltas del Zabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas
azules.
María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través
de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los
suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me
era casi indiferente.
Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura,
hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente Felipe no había
interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi madre sobre cuanto veía.
En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:
—¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un
rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha sucedido?
—No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.
—¿Es tan irremediable esa pérdida?
—Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de
Braulio.
—¿En la de él solamente?
—Me es más fácil imaginarme la de Braulio. El va a ser desde hoy
completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por muchos años.
Ella me había escuchado sin mirarme, y levantando al fin los
ojos, en los cuales no se había apagado el brillo de felicidad que en aquella
mañana los iluminaba, respondió alzando el velillo:
—¿Esa pérdida no es pues muy grande?
—¿Y por qué insistes en hablar de ella?
—¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado así, y esto me
convence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no estés
contento por haberme visto alegre hoy después de lo que me contaste anoche.
—¿Y esa noticia te causó alegría?
—Tristeza cuando me la diste; pero más tarde...
—Más tarde ¿qué?
—Pensé de otro modo.
—Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegría.
—No tanto, pero...
—Estar como estás hoy.
—¿No digo? Yo sabía que no te podía gustar verme así, y no
quiero que me creas capaz de una tontería.
—¿A ti? ¿Y te imaginas que eso puede llegar a suceder?
—¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra,
de no ver las cosas serias como deben verse.
—No; tú no eres así.
—Sí, señor, sí; por lo menos hasta que me disculpe. Pero
hablemos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho conmigo y
mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.
Así lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y
el de María volvieron a aparearse. Salimos de nuevo a la campaña y veíamos
blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los techos de las casas en
medio de los follajes de los huertos.
—Di, María —le dije entonces.
—Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el
motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no estar
contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir...
—¿Cómo enseñarte lo que no sé?
—¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decías anoche? Voy
a aprovecharme de esa lección.
—¿Desde hoy?
—Desde ahora no —respondió sonriéndose de la misma gravedad que
trataba de aparentar—. Oye, pues yo no he podido prescindir de estar contenta
hoy, porque luego que nos separamos anoche, pensé que de esa pérdida sufrida
por papá, puede resultar... Y ¿qué pensaría él de mí si supiera esto?
—Explícate, y yo te diré qué pensaría.
—Si esa suma que se ha perdido es tanta —se resolvió a decirme
entonces, peinando las crines del caballo con el mango del fuete, que ya le
había devuelto— papá necesitará más de ti..., él consentirá en que le ayudes
desde ahora...
—Sí, sí —le respondí dominado por su mirada tímida y anhelosa al
confesarme lo que tanto recelaba la pudiera mostrar culpable.
—¿Conque es verdad que sí?
—Relevaré a mi padre de la promesa que me tiene hecha de
enviarme a Europa a terminar mis estudios; le prometeré luchar a su lado hasta
el fin por salvar su crédito; y él consentirá; debe consentir... Así no nos
separaremos tú y yo nunca... no nos separarán. Y entonces pronto...
Sin levantar los ojos me significó que sí; y al través de su
velillo, con el cual jugaba la brisa, su pudor era el pudor de un ángel.
Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a
decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se habían cambiado
los vestidos, y salimos.
El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado
de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con él, de lo
cual nos excusamos cuan finamente pudimos.
Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún
tanto pálido, denunciaba su felicidad. Tránsito miraba tenazmente al suelo, y
contestó con voz alterada al llegarle el turno; José, colocado al lado del
cura, empuñaba con mano poco firme uno de los cirios; y sus ojos, que pasaban
constantemente del rostro del sacerdote al de su hija, si no se podía decir que
estaban llorosos, sí que habían llorado.
Al tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los
novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada había amor,
humildad e inocencia; era la promesa única que podía hacer al hombre que amaba,
después de la que acababa de pronunciar ante Dios.
Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio
que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los
alcanzaríamos muy lejos.
A la media hora dimos alcance a la linda pareja y a José, quien
llevaba por delante la vieja mula rucia en que había conducido con los regalos
para el cura, legumbres para el mercado y la ropa de gala de los muchachos.
Tránsito iba ya solamente con su vestido de domingo, y el de novia no le
sentaba mejor: sombrerito de jipijapa, por debajo del cual caían las trenzas
sobre el pañolón negro de guardilla morada: la falda de zaraza rosada con
muchos boleros y ligeramente recogida para librarla del rocío de los gramales,
dejaba ver a veces sus lindos pies, y el embozo, al descubrirse, la camisa
blanca bordada de seda negra y roja.
Acortamos el paso para ir con ellos un rato y esperar a mi
madre. Tránsito iba al lado de María, quitándole del faldón las pelusas que
había recogido en los pajonales: hablaba poco, y en su porte y rostro se
descubría un conjunto tal de modestia, reconocimiento y placer, que es difícil
imaginar.
Al despedirnos de ellos prometiéndoles ir aquella tarde a la
montaña, Tránsito sonrió a María con una dulzura casi hermanal: ésta retuvo
entre las suyas la mano que le ofrecía tímidamente su ahijada, diciéndole:
—Me da mucha pena el pensar que vas a hacer todo el camino a
pie.
—¿Por qué, señorita?
—¿Señorita?
—Madrina, ¿no?
—Sí, sí.
—Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? —dijo dirigiéndose a
los montañeses.
—Sí —respondió Braulio—; y si no te avergüenzas hoy también de
apoyarte en mí para subir los repechos, no llegarás tan cansada.
Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a
José para que al día siguiente llevase la familia a comer con nosotros, y él
quedó comprometido a empeñarse para que así fuese.
La conversación se hizo general durante el regreso, lo que María
y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba de cansancio,
como siempre que andaba a caballo. Solamente al acercarnos a la casa me dijo
María en voz que sólo yo podía oír:
—¿Vas a decir eso hoy a papá?
—Sí.
—No se lo digas hoy.
—¿Por qué?
—Porque no.
—¿Cuándo quieres que se lo diga?
—Si pasados estos ochos días no te habla nada de viaje, busca
ocasión para decírselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un día después de que
hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce entonces a él que está muy
agradecido por lo que le ayudas.
—Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me
tendrá el no saber si acepta.
—¿Y si él no conviene?
—¿Lo temes?
—Sí.
—¿Y qué haremos entonces?
—Tú, obedecerle.
—¿Y tú?
—¡Ay!, quién sabe.
—Debes creer que aceptará, María.
—No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me haría un
mal muy grande. Pero hazlo como te digo: así puede ser que todo salga bien.
XXXVI
Habíamos llegado. Extrañé ver cerradas las ventanas del aposento
de mi madre. Le había ayudado a ella a apearse y estaba haciendo lo mismo con
María a tiempo que Eloísa salió a recibirnos, insinuándonos por señas que no
hiciésemos ruido.
—Papá —dijo— se ha vuelto a acostar, porque está enfermo.
Solamente María y yo podíamos suponer la causa, y nuestras
miradas se encontraron para decírsela. Ella y mi madre entraron al instante a
ver a mi padre; yo las seguí. Como él conoció que nos habíamos preocupado, nos
dijo en voz balbuciente por el escalofrío:
—No es nada; tal vez me levanté sin precaución, y me he
resfriado.
Tenía las manos y los pies yertos, y calenturienta la frente.
A la media hora, María y mi madre se hallaban ya en traje de
casa. Se sirvió el almuerzo, pero ellas no asistieron al comedor. Al levantarme
de la mesa, llegó Emma a decirme que mi padre me llamaba.
La fiebre había tomado incremento. María estaba en pie y
recostada contra una de las columnas de la cama: Emma a su lado y mi madre a la
cabecera.
—Apaguen algunas de esas luces —decía mi padre a tiempo que yo
entraba.
Sólo una había, y estaba en la mesa que le ocultaban las
cortinas.
—Aquí está ya Efraín —le dijo mi madre.
Nos pareció que no había oído. Pasado un momento, dijo como para
sí:
—Esto no tiene sino un remedio. ¿Por qué no viene Efraín para
despachar de una vez todo?
Le hice notar que estaba presente.
—Bueno —continuó— tráelas para firmarlas.
Mi madre apoyaba la frente sobre una de las manos. María y Emma
trataban de saber, mirándome, si existían realmente tales cartas.
—Así que usted esté más reposado se despachará todo mejor.
—¡Qué hombre!, ¡qué hombre! —murmuró; y se quedó en seguida
aletargado.
Llamóme mi madre al salón y me dijo:
—Me parece que debemos llamar al doctor: ¿qué dices?
—Creo que debe llamársele; porque aunque la fiebre pase, nada se
pierde con hacer que venga, y si...
—No, no —interrumpió ella—: siempre que alguna enfermedad le
empieza así, es grave.
Luego que despaché un paje en busca del médico, volví al lado de
mi padre, quien me llamaba otra vez.
—¿A qué hora volvieron? —me preguntó.
—Hace más de una hora.
—¿Dónde está tu madre?
—Voy a llamarla.
—Que no sepa nada.
—Sí, señor, esté usted tranquilo.
—¿Pusiste esa posdata a la carta?
—Sí, señor.
—¿Sacaste del armario aquella correspondencia y los recibos?
Lo dominaba, de seguro, la idea de remediar la pérdida que había
sufrido. Había oído mi madre este último diálogo, y como él pareciese quedarse
dormido, me preguntó:
—¿Ha tenido tu padre alguna molestia en estos días? ¿Ha recibido
alguna mala noticia? ¿Qué es lo que no quiere que yo sepa?
—Nada ha sucedido, nada que se le oculte a usted —le respondí
fingiendo la mayor naturalidad que me fue posible.
—Entonces, ¿qué significa ese delirio? ¿Quién es el hombre de
quien parece quejarse?... ¿De qué cartas habla tanto?
—No puedo adivinarlo, señora.
Ella no quedó satisfecha de mis contestaciones; pero yo no debía
darle otras.
A las cuatro de la tarde llegó el médico. La fiebre no había
cedido, y el enfermo continuaba delirando en unos ratos, aletargado en otros.
Todos los remedios caseros que para el supuesto resfriado se le aplicaron
habían sido hasta entonces ineficaces.
Habiendo el doctor dispuesto que se preparase un baño de tina y
lo necesario para aplicarle a mi padre unas ventosas, fue conmigo a mi cuarto.
Mientras confeccionaba una poción, traté de saber su concepto sobre la
enfermedad.
—Es, probablemente, una fiebre cerebral —me dijo.
—¿Y ese dolor de que se queja en la región del hígado?
—No tiene que ver con lo otro, pero no es despreciable.
—¿Le parece a usted muy grave el mal?
—Así suelen empezar estas fiebres, pero si se atacan en tiempo,
se logra muchas veces vencerlas. ¿Se ha fatigado mucho su padre en estos días?
—Sí, señor; estuvimos hasta ayer en las haciendas de abajo y
tuvo mucho que hacer.
—¿Ha tenido alguna contrariedad, algún disgusto serio?
—Creo que debo hablar a usted con la franqueza que exigen las
circunstancias. Hace tres días recibió la noticia de que un negocio suyo con
cuyo buen éxito necesitaba contar, se había desgraciado.
—¿Y le hizo aquello mucha impresión? Discúlpeme usted si le
hablo de esta manera; creo indispensable hacerlo. Ocasiones tendrá usted
durante sus estudios, y más frecuentemente en la práctica, para convencerse de
que existen enfermedades que proviniendo de sufrimientos del ánimo se disfrazan
con los síntomas de otras, o se complican con las más conocidas por la ciencia.
—Puede usted estar casi seguro de que esa desgracia de que le he
hablado ha sido la causa principal de la enfermedad. Es sí indispensable
advertir a usted que mi madre ignora lo ocurrido, porque mi padre así lo ha
querido para evitarle el pesar que era consiguiente.
—Está bien: ha hecho usted perfectamente en hablarme de ese
modo: esté cierto de que yo sabré aprovecharme prudentemente del secreto.
¡Cuánto siento todo eso! Ahora iremos por camino más conocido. Vamos —agregó
poniéndose en pie, y tomando la copa en que había mezclado las drogas—: creo
que esto hará muy buen efecto.
Eran ya las dos de la mañana. La fiebre no había cedido un
punto.
El doctor, después de velar hasta esa hora, se retiró suplicando
lo llamásemos si se presentaba algún síntoma alarmante.
La estancia, alumbrada escasamente, estaba en profundo silencio.
Permanecía mi madre en una butaca cerca de la cabecera: por el
movimiento de sus labios y por la dirección de sus miradas, fijas en un
eccehomo, colgado sobre la puerta que daba entrada del salón al aposento, podía
conocerse que oraba. Ya, por las palabras que del delirio de mi padre había
anudado, nada de lo ocurrido se le ocultaba. A los pies de la cama, arrodillada
sobre un sofá, y medio oculta por las cortinas, procuraba María volver el calor
a los pies del enfermo, que se había quejado nuevamente de frío. Acerquéme a
ella para decirle muy quedo:
—Retírate a descansar un rato.
—¿Por qué? —me respondió levantando la cabeza, que tenía apoyada
en uno de los brazos: cabeza tan bella en el desaliño de la velada como cuando
estaba adornada primorosamente en el paseo de la mañana anterior.
—Porque te va a hacer mal pasar toda la noche en vela.
—No lo creas; ¿qué hora es?
—Van a ser las tres.
—Yo no estoy cansada: pronto amanecerá: duerme tú mientras
tanto, y si fuere necesario te haré llamar.
—¿Cómo están los pies?
—¡Ay!, muy fríos.
—Deja que te reemplace ahí algún rato, y después me retiraré.
—Está bien —respondió levantándose con tiento para no hacer el
menor ruido.
Me entregó el cepillo, sonriendo al enseñarme cómo debía tomarlo
para frotar las plantas. Luego que hube tomado su puesto, me dijo:
—No es sino por un momento, mientras voy a ver qué tiene Juan y
vuelvo.
El chiquito había despertado y la llamaba, extrañando no verla
cerca. Se oyó después la voz callada de María, que decía ternezas a Juan, para
lograr que no se levantase, y el ruido de los besos con que lo acariciaba. No
tardó el reloj en dar las tres: María tornó a reclamarme su asiento.
—¿Es tiempo de la bebida? —le pregunté.
—Creo que sí.
—Pregúntale a mi madre.
Llevando ésta la poción y yo la luz, nos acercamos al lecho. A
nuestros llamamientos abrió mi padre los ojos, notablemente inyectados, y
procuró hacerles sombra con una mano, molestado por la luz. Se le instó para
que tomase la bebida. Incorporóse volviendo a quejarse de dolor en el costado
derecho: y después de examinar con mirada incierta cuanto le rodeaba, dijo
algunas palabras en las cuales se oyó “sed”.
—Esto la calmará —le observó mi madre presentándole el vaso.
El se dejó caer sobre las almohadas, diciendo al llevarse
entrambas manos al cerebro:
—¡Aquí!
Logramos de nuevo que hiciera un esfuerzo para levantarse; pero
inútilmente.
El semblante de mi madre dejaba conocer lo que aquella
postración la acobardaba.
Sentándose María al borde de la cama y apoyada en las almohadas,
dijo al enfermo con su voz más cariñosa:
—Papá, procure levantarse para tomar esto; yo voy a ayudarle.
—Veamos, hija —contestó con voz débil.
Ella consiguió recostarlo en su pecho, mientras lo sostenía por
la espalda con el brazo izquierdo. Las negras trenzas de María sombrearon
aquella cabeza cana y venerable a que tan tiernamente ofrecía ella su seno por
cojín.
Una vez tomada la poción, mi madre me entregó el vaso y María
volvió a colocar suavemente a mi padre sobre las almohadas.
—¡Ay! ¡Jesús! ¡Cómo se ha postrado! —me dijo ésta en voz muy
baja, luego que estuvimos cerca de la mesa donde colocaba ella la luz.
—Esa bebida es narcótica —le indiqué por tranquilizarla.
—Pero el delirio no es tan constante ya. ¿Qué te ha dicho el
doctor?
—Que es necesario esperar un poco para hacer remedios más enérgicos.
—Vete a acostar, que con nosotras hay ya; oye, son la tres y
media. Yo despertaré a Emma para que me acompañe, y tú conseguirás que mamá
descanse también un rato.
—Te has puesto pálida; esto va a hacerte muchísimo daño.
Ella estaba frente al espejo del tocador de mi madre, y se miró
en él pasándose las manos por las sienes para medio arreglarse los cabellos al
responderle:
—No tanto: verás cómo nada se me nota.
—Si descansas un rato ahora, puede ser; te haré llamar cuando
sea de día.
Conseguí que las tres me dejaran solo, y me senté a la cabecera.
El sueño del enfermo continuó intranquilo, y a veces se le
percibían palabras mal articuladas del delirio.
Durante una hora desfilaron en mi imaginación todos los cuadros
horrorosos que vendrían en pos de una desgracia, en la cual no podía detenerme
a pensar sin que se contrajera mi corazón dolorosamente.
Empezaba a amanecer; algunas líneas luminosas entraban por las
rendijas de las puertas y ventanas; la luz de la lámpara fue haciéndose más y
más pálida; se oían ya los cantos de los coclíes y los de las aves domésticas.
Entró el doctor.
—¿Lo han llamado a usted? —le pregunté.
—No; es que necesito estar aquí ahora. ¿Cómo ha continuado?
Le indiqué lo que había yo observado; tomó el pulso, mirando al
mismo tiempo su reloj.
—Absolutamente nada —dijo como para sí—. ¿La bebida? —añadió.
—La ha tomado una vez más.
—Démosle otra toma; y para no incomodarlo de nuevo, le pondremos
ahora los cáusticos.
Hicímoslo todo ayudados por Emma.
El médico estaba visiblemente preocupado.
XXXVII
Después de tres días, la fiebre resistía aún a todos los
esfuerzos del médico para combatirla: los síntomas eran tan alarmantes, que ni
a él mismo le era posible ocultar en ciertos momentos la angustia que le
dominaba.
Eran las doce de la noche. El doctor me llamó disimu-ladamente
al salón para decirme:
—Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre: no me
queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una copiosa sangría
que voy a darle, para lo cual está preparado convenientemente.
Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde no producen
de aquí al amanecer una excitación y un delirio crecientes, es difícil
conseguir ya una crisis. Es tiempo de manifestar a usted —continuó después de
alguna pausa— que si al venir el día no se hubiere presentado esa crisis, nada
me resta por hacer. Por ahora, haga usted que la señora se retire, porque,
suceda o no lo que deseo, ella no debe estar en la habitación: es más de
medianoche, y ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso. Si
usted lo juzga conveniente, ruegue también a las señoritas que nos dejen solos.
Le observé que estaba seguro de que ellas se resistirían y que
dado que se consiguiera, aquello podía desconsolar más a mi madre.
—Veo que usted se hace cargo de lo que está pasando, sin perder
el valor que el caso requiere —me dijo examinando escrupulosamente, a la luz de
la bujía inmediata, las lancetas de su estuche de bolsillo—. No hay que
desesperar todavía.
Salimos del salón para ir a poner por obra lo que él estimaba
como último recurso.
Mi padre estaba dominado por el mismo sopor: durante el día y lo
corrido de la noche no había cesado el delirio. Su inmovilidad tenía algo de la
que produce el agotamiento de las últimas fuerzas: casi sordo a todo
llamamiento, solamente los ojos, que abría con dificultad algunas veces,
dejaban conocer que oía; y su respiración era anhelosa.
Mi madre sollozaba sentada a la cabecera de la cama, apoyada la
frente en los almohadones y teniendo entre las manos una de las de mi padre.
Emma y María, ayudadas por Luisa, que aquella noche había venido a reemplazar a
sus hijas, preparaban los útiles para el baño en que se iba a dar la sangría.
Mayn pidió la luz; María la acercó a la cama: por el rostro le
rodaban como a su pesar algunas lágrimas mientras el médico estuvo haciendo el
examen que deseaba.
A la hora, terminado ya todo lo que el doctor estimaba como
extremo recurso, nos dijo:
—Cuando el reloj dé las dos y media, debo estar aquí; pero si me
vence el sueño, que me llamen.
Señalando en seguida al enfermo, añadió:
—Se le debe dejar en completa calma.
Y se retiró después de haber dicho casi risueño alguna chanza a
las muchachas sobre la necesidad que tienen los viejos de dormir a tiempo:
jovialidad digna de agradecérsele, pues que no tenía más objeto que
tranquilizarlas.
Mi madre volvió a ver si lo que durante una hora se había estado
haciendo producía algún efecto consolador; pero logramos convencerla de que el
doctor estaba lleno de esperanzas para el día siguiente; y abrumada por el
cansancio, se durmió en el departamento de Emma, donde quedó Luisa haciéndole
compañía.
Dio las dos el reloj.
María y Emma sabían ya que el doctor deseaba la manifestación de
ciertos síntomas, y espiaron largo tiempo con anhelosa curiosidad el sueño de
mi padre.
El enfermo parecía más tranquilo, y había pedido una vez agua,
aunque con voz muy débil, bastante inteligible, lo cual les hizo concebir
esperanza de que la sangría produjera buenos resultados.
Emma, después de inútiles esfuerzos para evitarlo, se durmió en
la poltrona que estaba a la cabecera de la cama. María, reclinada al principio
en uno de los brazos del pequeño sofá que ocupábamos, había dejado caer sobre
éste, rendida al fin, la cabeza, cuyo perfil resaltaba en el damasco color de
púrpura de los almohadones; habiéndosele desembozado el pañolón de seda que
llevaba, negreaba rodado sobre el nevado linón de la falda, que con los boleros
ajados parecía, a favor de la sombra, formada de espumas. En medio del silencio
que nos rodeaba se percibía su respiración, suave como la de un niño que se ha
dormido en nuestros brazos.
Sonaron las tres. El ruido del reloj hizo hacer un ligero
movimiento a María como para incorporarse; pero fue más poderoso otra vez el
sueño que su voluntad. Hundida la cintura en el ropaje que de ella descendía a
la alfombra, quedaba visible un pie casi infantil, calzado con una chinela roja
salpicada de lentejuelas.
Yo la contemplaba con indecible ternura, y mis ojos, vueltos
algunas veces hacia el lecho de mi padre, tornaban a buscarla, porque mi alma
estaba allí, acariciando esa frente, escuchando los latidos de ese corazón,
esperando oír a cada instante alguna palabra que me revelase alguno de sus
sueños, porque sus labios como que intentaban balbucirla.
Un quejido doloroso del enfermo interrumpió aquel enajenamiento
aliviador de mi espíritu; y la realidad reapareció tan espantosa como era.
Acerquéme al lecho: mi padre, que se apoyaba en uno de sus
brazos, me miró con tenaz fuerza, diciéndome al cabo:
—Acércame la ropa, que es muy tarde ya.
—Es de noche, señor —le respondí.
—¿Cómo de noche? Quiero levantarme.
—Es imposible —le observé suavemente—. ¿No ve usted que le
causaría mucho daño?
Dejó caer otra vez la cabeza en los almohadones, y pronunciaba
en voz baja palabras que no entendí, mientras movía las manos pálidas y
enflaquecidas, cual si estuviese haciendo una cuenta. Viéndole buscar alguna
cosa a su lado, le presenté mi pañuelo.
—Gracias —me dijo, cual si hablase con un extraño; y después de
enjugarse los labios con él, buscó sobre la colcha que lo cubría, un bolsillo
para guardarlo.
Volvió a quedarse dormido algunos momentos. Me acercaba a la
mesa para saber la hora en que el delirio había empezado, cuando él, sentado en
la cama y descorriendo las cortinas que le ocultaban la luz, dejó ver la cabeza
lívida y de asombrado mirar, diciéndome:
—¿Quién está ahí?... ¡Hola! ¡Hola!
Sobrecogido de cierto espanto invencible, a pesar de lo que
prometía aquel delirio tan semejante a la locura, procuré reducirlo a que se acostara.
Clavando él en mí una mirada casi terri-ble, preguntó:
—¿No estuvo él aquí? En este momento se ha levantado de esa
silla.
—¿Quién?
Pronunció el nombre que yo me temía.
Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con
voz más vigorosa ya:
—No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.
Le supliqué que no insistiera en levantarse, pero en tono
imperativo replicó:
—¡Oh! ¡Qué necedad!... ¡La ropa!
Se me ocurrió que María, que había ejercido sobre él en momentos
semejantes tan poderosa influencia, podría ayudarme; mas no me resolví a
separarme del lecho, temeroso de que mi padre se levantase. El estado de
debilidad real en que se hallaba le impedía permanecer mucho tiempo sentado; y
volvió a reclinarse aparentemente tranquilo. Entonces me acerqué a María, y
tomándole la mano que le pendía sobre la falda, la llamé muy quedo. Ella, sin
apartar la mano de la mía, se incorporó sin abrir los ojos; mas luego que me
vio se apresuró a cubrirse los hombros con el paño-lón, y poniéndose en pie me
dijo:
—¿Qué se necesita, ah?
—Es —le respondí— que el delirio ha empezado, y deseo que me
acompañes por si el acceso es muy fuerte.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Va para una hora.
Se acercó al lecho casi contenta por la buena noticia que yo le
daba, y alejándose en puntillas de él, vino a decirme:
—Pero está dormido otra vez.
—Ya verás que eso dura poco.
—¿Y por qué no me habías despertado antes?
—Dormías tan profundamente, que me dio pena hacerlo.
—¿Y Emma también? Ella tiene la culpa de que me haya dormido yo.
Se acercó a Emma y me dijo:
—Mira qué linda está. ¡Pobre! ¿La llamamos?
—Ya ves —le contesté— que da lástima despertar a quien duerme
así.
Le tomó el labio inferior a mi hermana, y cogiéndole después con
ambas manos la cabeza, la llamó inclinándose hasta que se tocaron sus frentes.
Emma despertó casi asustada, pero sonriendo al punto, tomó en las suyas las
manos con que María le acariciaba las sienes.
Mi padre acababa de sentarse con más facilidad de la que hasta
entonces había tenido. Permaneció unos momentos silencioso y como espiando los
ángulos oscuros del aposento. Las muchachas lo miraban aterradas.
—¡Voy allá! —prorrumpió él al fin—; ¡voy en este instante!
Buscó algo sobre la cama, y dirigiéndose de nuevo a quien creía
lo esperaba, añadió:
—Perdone usted que lo haga esperar un instante.
Y dirigiéndose a mí:
—¡Mi ropa!... ¿Qué es esto? ¡La ropa!
María y Emma permanecían inmóviles.
—Es que no está aquí —le respondí— han ido a traerla.
—¿Para qué se la han llevado?
—La habrán ido a cambiar por otra.
—Pero ¿qué demora es ésta? —dijo enjugándose el sudor de la
frente—. ¿Los caballos están listos? —continuó.
—Sí, señor.
—Vaya y diga a Efraín que lo espero para que montemos antes de
que se haga tarde. ¡Muévase, hombre! Juan Angel, el café. ¡No, no... esto es
intolerable!
Y se acercaba al borde de la cama para saltar al suelo. María
aproximóse a él diciéndole:
—No, papá, no haga eso.
—¿Que no qué? —le respondió con aspereza.
—Que si se levanta se impacientará el doctor, porque le hará a
usted mal.
—¿Qué doctor?
—Pues el médico que ha venido a verlo, porque usted está
enfermo.
—Yo estoy bueno, ¿oyes? ¡Bueno!, y quiero levantarme. ¿Ese niño
dónde está, que no aparece?
—Es necesario que yo llame a Mayn, dije al oído a María.
—No, no —me contestó, deteniéndome de una mano y ocultándole con
su cuerpo aquel ademán a mi padre.
—Pero si es indispensable.
—Es que no debes dejarnos solas. Dile a Emma que vaya a
despertar a Luisa para que lo llame.
Lo hice así, y Emma salió.
Mi padre insistía, irritado ya, en levantarse. Hube de
alcanzarle la ropa que pedía y me resolví a ayudarle a vestirse, cerrando antes
las cortinas. Saltó de la cama inmediatamente que se creyó vestido. Estaba
lívido, contraído el ceño; agitábale los labios un temblor constante cual si
estuviese poseído de ira, y sus ojos tenían un brillo siniestro al girar en las
órbitas buscando algo por todas partes. El pie sangrado le impedía andar bien a
pesar de que había aceptado mi brazo para apoyarse. María, en pie, las manos
cruzadas sobre la falda y dejando conocer en su rostro el afán y el dolor que
la angustiaba, no se atrevía a dar un paso hacia nosotros.
—Abra esa puerta —dijo mi padre acercándose a la que conducía al
oratorio.
Le obedecí. El oratorio estaba sin luz. María se apresuró a
precedernos con una, y colocándola cerca de aquella bella imagen de la Virgen
que tanto se le parecía, pronunció palabras que no oí, y sus ojos suplicantes
se fijaron arrasados de lágrimas en el rostro de la imagen. Mi padre se detuvo
en el umbral. Su mirada se hizo menos intranquila, y se apoyó con mayor fuerza
en mi brazo.
—¿Desea usted sentarse? —le pregunté.
—Sí... bueno... Vamos —respondió con voz casi suave.
Lo había vuelto yo a acomodar en la cama cuando entró el doctor:
se le refirió lo que había pasado y se mostró contento, después de pulsarlo.
A la media hora, se acercó Mayn otra vez a examinar al enfermo,
que dormía profundamente: preparó una poción y entregándosela a María, le dijo:
—Usted va a darle esto, instándole para que lo tome con esa
dulzurita que tenemos.
Ella tomó la copa con cierto temor, y nos acercamos a la cama
llevando yo la luz. El doctor se ocultó tras de las cortinas para observar al
enfermo sin ser visto.
María llamó a mi padre con su más suave acento. El, luego que
despertó, se llevó la mano al costado, quejándose al mismo tiempo; fijóse en
María, que le instaba para que tomase la poción, y le dijo:
—Por cucharadas; no puedo levantarme.
Ella empezó a darle así la bebida.
—¿Está dulce? —le preguntó.
—Sí, pero basta con eso ya.
—¿Tiene mucho sueño?
—Sí. ¿Qué hora es?
—Va a amanecer.
—¿Tu mamá?
—Descansando un rato. Tome unas cucharadas más de esto y dormirá
muy bien después.
El significó con la cabeza que no. María buscó los ojos del
médico para consultarle, y él le hizo seña para que le diera más de la bebida.
El enfermo se resistía y ella le dijo, haciendo ademán de que probara el
contenido de la copa:
—Si es muy agradable. Otra cucharada, otra, y no más.
Los labios de mi padre se contrajeron intentando sonreír, y
recibieron el líquido. María se los enjugó con su pañuelo, diciéndole con la
misma ternura con que solía despedirse de Juan después de dejarlo acostado.
—Bueno, pues: ahora a dormir mucho.
Y cerró las cortinas.
—Con una enfermera como usted —le observó el doctor a tiempo que
ella colocaba la luz sobre la mesa— no se moriría ninguno de mis enfermos...
—¿Es decir que ya?... —le interrumpió ella.
—Respondo de todo.
XXXVIII
Pasados diez días, mi padre estaba convaleciente, y la alegría
había vuelto a nuestra casa. Cuando una enfermedad nos ha hecho temer la
pérdida de una persona amada, aquel temor aviva nuestros más dulces afectos
hacia ella, y hay en los cuidados que le prodigamos, alejado ya el peligro, una
ternura capaz de desarmar a la muerte misma.
Había recomendado el médico que se procurase al espíritu del
enfermo la mayor tranquilidad posible. Se evitaba cuidadosamente hablarle de
negocios. Luego que pudo levantarse, le instamos que eligiera un libro para
leer en algunos ratos y escogió el Diario de Napoleón en Santa Elena, lectura
que siempre lo conmovía hondamente.
Reunidos en el costurero de mi madre, nos turnábamos para leerle
Emma, María y yo, y si lo notábamos alguna vez dominado por la tristeza, Emma
tocaba la guitarra para distraerlo. Otras veces solía él hablarnos de los días
de su niñez, de sus padres y hermanos, o nos refería con entusiasmo los viajes
que había hecho en su primera juventud. En ocasiones se chanceaba con mi madre
criticando las costumbres del Chocó, por reír al oírla hacer la defensa de su
tierra natal.
—¿Cuántos años tenía yo cuando nos casamos? —le preguntó una
vez, después de haber hablado de los primeros días de su matrimonio y de un
incendio que los dejó completamente arruinados a los dos meses de verificado
aquél.
—Veintiuno —respondió ella.
—No, hija; tenía veinte. Yo engañé a la señora (así llamaba a su
suegra) temeroso de que me creyese muy muchacho. Como las mujeres, cuando sus
maridos empiezan a envejecer, nunca recuerdan bien los años que ellos tienen,
fácil me ha sido luego rectificar la cuenta.
—¿Veinte años no más? —preguntó Emma admirada.
—Ya lo oyes —respondió mi madre.
—Y usted, ¿cuántos, mamá? —preguntó María.
—Yo tenía dieciséis: un año más de los que tienes tú.
—Pero dile que te cuente —dijo mi padre— la importancia que se
daba para conmigo desde que tuvo quince, que fue entonces cuando yo resolví
casarme con ella y hacerme cristiano.
—A ver, mamá —dijo María.
—Pregúntale a él primero —respondió mi madre— a qué se resolvió
por eso que él llama la importancia que para con él me daba.
Todos nos volvimos hacia mi padre, y él dijo:
—A casarme.
Interrumpió aquella conversación la llegada de Juan Angel, que
venía del pueblo trayendo la correspondencia. Entregó algunos periódicos y dos
cartas, ambas firmadas por el señor A..., y una de ellas de fecha bastante
atrasada.
Luego que vi las firmas, se las pasé a mi padre.
—¡Ah!, sí —dijo devolviéndomelas—; esperaba cartas de él.
La primera se reducía a anunciar que no podría emprender su
viaje a Europa sino pasados cuatro meses, lo cual avisaba para que no se
precipitasen los preparativos del mío. No me atreví a dirigir una sola mirada a
María, temeroso de provocar una emoción mayor que la que me dominaba; pero vino
en mi ayuda la reflexión que hice instantáneamente de que si mi viaje no se
frustraba, me quedaban aún más de tres meses de felicidad. María estaba pálida,
y pretextaba buscar algo en su cajita de costura, que tenía sobre las rodillas.
Mi padre, completamente tranquilo, esperó a que yo concluyese la lectura de la
primera carta para decir:
—Qué se va a hacer: veamos la otra.
Leí los primeros renglones, y comprendiendo que iba a serme
imposible disimular mi turbación, me acerqué a la ventana como para ver mejor,
y poder dar así la espalda a los que oían. La carta decía literalmente esto, en
su parte sustancial:
“Hace quince días que escribí a usted avisándole que me veía
precisado a retardar por cuatro meses más mi viaje; pero habiéndose allanado
cuando y como yo no lo esperaba, los inconvenientes que se me habían
presentado, me apresuro a dirigirle esta carta con el objeto de anunciarle que
el 30 del próximo enero estaré en Cali, donde espero encontrar a Efraín para
que nos pongamos en marcha hacia el puerto el dos de febrero.
”Aunque tuve el pesar de saber que una grave enfermedad lo había
tenido a usted en cama, poco después recibí la agradable noticia de que estaba
ya fuera de peligro. Doy a usted y a su familia la enhorabuena por el pronto
restablecimiento de su salud.
”Espero, pues, que no habrá inconveniente alguno para que usted
me proporcione el placer de llevar la grata compañía de Efraín, por quien, como
usted sabe, he tenido siempre tan particular cariño. Sírvase mostrarle esta
parte de mi carta”.
Cuando volví a buscar mi asiento, encontré las miradas de mi
padre fijas en mí. María y mi hermana salían en aquel momento al salón, y ocupé
la butaca que la primera acababa de dejar, por estar este asiento más a la
sombra.
—¿Cuántos tenemos hoy? —preguntó mi padre.
—Veintiséis —le respondí.
—Nos queda solamente un mes; es necesario no dormirse.
Había en el acento con que pronunció aquellas palabras, y en su
semblante, toda la tranquilidad que revela una resolución inmutable.
Un paje entró a avisarme que estaba listo el caballo que una
hora antes le había mandado preparar.
—Cuando vuelvas de tu paseo —díjome mi padre— contestaremos esa
carta, y la llevarás tú mismo al pueblo, puesto que mañana debías de todos
modos dar una vuelta a las haciendas.
—No me demoraré —dije saliendo.
Necesitaba disimular lo que sufría; llamar en la soledad aquella
dulce esperanza que me había halagado para dejarme luego solo ante la realidad
del temido viaje; necesitaba llorar a solas, para que María no viera mis
lágrimas... ¡Ah!, si ella hubiese podido saber cuántas brotaban de mi corazón
en aquel instante, tampoco habría esperado ya.
Descendí a las anchas vegas del río, donde acercándose a las
llanuras es menos impetuoso: formando majestuosas curvas, pasa al principio por
en medio de colinas pulcramente alfombradas, de las que ruedan a unírsele
torrentes espumosos, y sigue luego acariciando los follajes de los carboneros y
guayabales de la orilla; se oculta después bajo las últimas cintas montañosas
donde parece darle en murmullos sus últimos adioses a la soledad, y al fin
piérdese a lo lejos, muy lejos en la pampa azul, donde en aquel momento el Sol
al esconderse tornasolaba de lila y oro su raudal.
Cuando regresé ascendiendo por los tortuosos senderos de la
ribera, la noche estaba engalanada ya con todos los esplendores del estío. Las
albas espumas del río pasaban resplande-cientes, y las ondas mecían los
cañaverales como diciendo secretos a las auras que venían a peinarles los
plumajes. Los no sombreados remansos reflejaban en su fondo temblorosas las
estrellas; y donde los ramajes de la selva de una y otra orilla se enlazaban
formando pabellones misteriosos, brillaba la luz fosfórica de las luciérnagas
errantes. Sólo el grillar de los insectos nocturnos turbaba aquel silencio de
los bosques; pero de tiempo en tiempo el bujío, guardián de las negras
espesuras, revoloteaba a mi alrededor haciéndome oír su silbido siniestro.
La casa, aunque iluminada ya, estaba silenciosa cuando entregué
en la gradería el caballo a Juan Angel.
Me esperaba mi padre paseándose en el salón: la familia se
hallaba reunida en el oratorio.
—Has tardado —me dijo mi padre—: ¿quieres que escribamos esas
cartas?
—Quisiera que antes habláramos algo sobre mi viaje.
—A ver —me contestó sentándose en un sofá.
Yo permanecí en pie cerca de una mesa y dando la espalda a la
bujía que nos alumbraba.
—Después de la desgracia ocurrida —le dije— después de esa
pérdida, cuyo valor puedo valuar, estimo indispensable manifestar a usted que
no lo creo obligado a hacer el sacrificio que le exige la conclusión de mis
estudios. Antes de que los intereses de la casa sufrieran este desfalco indiqué
a usted que me sería muy satisfactorio en adelante ayudarle en sus trabajos; y
a su negativa de entonces nada pude replicar. Hoy las circunstancias son muy
distintas: todo me hace esperar que usted aceptará mi ofrecimiento; y yo
renuncio gustoso al bien que usted quiere hacerme enviándome a concluir mi
carrera, porque es un deber mío relevar a usted de esa especie de compromiso
que para conmigo tiene contraído.
—Todo eso —me respondió— está hasta cierto punto juiciosamente
pensado. Aunque haya motivos para que hoy más que antes te sea temible ese
viaje, no puedo dejar de conocer, a pesar de todo, que te dominan al hablar así
nobles sentimientos. Pero debo advertirte que mi resolución es irrevocable. Los
gastos que el resto de tu educación me cause en nada empeorarán mi situación, y
una vez concluida tu carrera, la familia cosechará abundante fruto de la
semilla que voy a sembrar. Por lo demás —añadió después de una corta pausa,
durante la cual volvió a pasearse por el salón— creo que tienes el noble
orgullo necesario para no pretender cortar lastimosamente lo que tan bien has
empezado.
—Haré cuanto esté a mi alcance —le contesté completamente
desesperanzado ya—; haré cuanto pueda para corresponder a lo que usted espera
de mí.
—Así debe ser. Vete tranquilo. Estoy seguro de que a tu regreso
ya habré conseguido llevar a cabo con fortuna los proyectos que tengo para
pagar lo que debo. Tu posición será, pues, muy buena dentro de cuatro años, y
María será entonces tu esposa.
Permaneció silencioso otra vez por algunos momentos, y
deteniéndose al fin delante de mí, dijo:
—Vamos pues a escribir; trae aquí lo necesario, no sea que me
haga mal salir al escritorio.
Había acabado de dictarme una larga y afectuosa carta para el
señor A..., y quiso que mi madre, que se presentó en ese momento en el salón,
la oyera leer. Esto era en el fondo lo que leía yo a tiempo que María entró
trayendo el servicio de té para mi padre, ayudada por Estéfana:
“Efraín estará listo para marchar a Cali el treinta de enero; lo
encontrará usted allí y podrán seguir para Buenaventura el dos de febrero, como
usted lo desea”.
Seguían las fórmulas de estilo.
María, a quien daba yo la espalda, puso sobre la mesa y al
alcance de mi padre el plato y taza que llevaba. Quedó al hacerlo iluminada de
lleno por la luz de la mesa; estaba casi lívida: al recibir la tetera que le
presentaba Estéfana, se apoyó con la mano izquierda en el espaldar de la silla
que yo ocupaba, y tuvo que sentarse en el sofá inmediato mientras mi padre se
servía el azúcar. El le presentó la taza y ella se puso en pie para llenarla,
pero le temblaba la mano de tal manera, que viendo mi padre que el té se
derramaba, miró a María diciéndole:
—Basta... basta, hija.
No se le ocultaba a él la causa de aquella turbación. Siguiendo
a María con la mirada mientras ella se dirigía apresuradamente al comedor, y
fijándola después en mi madre, le hizo esta pregunta que sus labios no tenían
necesidad de pronunciar:
—¿Ves esto?
Todos quedamos en silencio; y a poco salí yo con pretexto de
llevar al escritorio los útiles que había traído.
XXXIX
A las ocho sonó la campanilla del comedor; pero no me consideré
con la serenidad necesaria para estar cerca de María después de lo ocurrido.
Mi madre llamó a la puerta de mi cuarto.
—¿Es posible —me dijo cuando hubo entrado— que te dejes dominar
así por este pesar? ¿No podrás, pues, hacerte tan fuerte como otras veces has
podido? Así ha de ser, no sólo porque tu padre se disgustará, sino porque eres
el llamado a darle ánimo a María.
En su voz había, al hablarme así, un dulce acento de
reconvención hermanado con el más musical de la ternura.
Continuó haciéndome la relación de todas las ventajas que iba a
reportarme aquel viaje, sin disimularme los dolores por los cuales tendría que
pasar; y terminó diciéndome:
—Yo, en estos cuatro años que no estarás a mi lado, veré en
María no solamente a una hija querida sino a la mujer destinada a hacerte feliz
y que tanto ha sabido merecer el amor que le tienes: le hablaré constantemente
de ti y procuraré hacerle esperar tu regreso como premio de tu obediencia y de
la suya.
Levanté entonces la cabeza, que sostenían mis manos sobre la
mesa, y nuestros ojos arrasados de lágrimas se buscaron y se prometieron lo que
los labios no saben decir.
—Ve, pues, al comedor —me dijo antes de salir— y disimula cuanto
te sea posible. Tu padre y yo hemos estado hablando mucho respecto de ti, y es
muy probable que se resuelva a hacer lo que puede servirte ya de mayor
consuelo.
Solamente Emma y María estaban en el comedor. Siempre que mi
padre dejaba de ir a la mesa, yo ocupaba la cabecera. Sentadas a uno y otro
lado de ella, me esperaban las dos. Se pasó algún espacio sin que hablásemos.
Sus fisonomías, ambas tan bellas, denunciaban mayor pena que hubieran podido
expresar; pero estaba menos pálida la de mi hermana, y sus miradas no tenían
aquella brillante languidez de ojos hermosos que han llorado. Esta me dijo:
—¿Vas por fin mañana a la hacienda?
—Sí, pero no me estaré allí sino dos días.
—Llevarás a Juan Angel para que vea a su madre; tal vez se haya
ella empeorado.
—Lo llevaré. Higinio escribe que Feliciana está peor y que el
doctor Mayn, que la había estado recetando, ha dejado de hacerlo desde ayer,
por haber seguido a Cali, donde se le llamaba con urgencia.
—Dile a Feliciana muchas cosas afectuosas en nuestro nombre —me
dijo María—: que si sigue enferma, le suplicaremos a mamá que nos lleve a
verla.
Emma volvió a interrumpir el silencio que había seguido al
diálogo anterior para decirme:
—Tránsito, Lucía y Braulio estuvieron aquí esta tarde y
sintieron mucho no encontrarte: te dejaron muchas saludes. Nosotras habíamos
pensado ir a verlos el domingo próximo: se han manejado tan finamente durante
la enfermedad de papá.
—Iremos el lunes, que ya estaré yo aquí —le repuse.
—Si hubieras visto lo que se entristecieron cuando les hablé de
tu viaje a Europa...
María me ocultó el rostro volviéndose como a buscar algo en la
mesa inmediata, mas ya había yo visto brillar las lágrimas que ella intentaba
ocultarnos.
Estéfana vino en aquel momento a decirle que mi madre la
llamaba.
Paseábame en el comedor con la esperanza de poder hablar a María
antes de que se retirase. Emma me dirigía algunas veces la palabra como para
distraerme de las penosas reflexiones que conocía me estaban atormentando.
La noche continuaba serena: los rosales estaban inmóviles; en
las copas de los árboles cercanos no se percibía un susurro; y solamente los
sollozos del río turbaban aquella calma y silen-cio imponentes. Sobre los ropajes
turquíes de las montañas blanqueaban algunas nubes desgarradas, como chales de
gasa nívea que el viento hiciese ondear sobre la falda azul de una odalisca; y
la bóveda diáfana del cielo se arqueaba sobre aquellas cumbres sin nombre,
semejante a una urna convexa de cristal azulado incrustada de diamantes.
María tardaba ya. Mi madre se acercó a indicarme que pasara al
salón: me supuse que deseaba aliviarme con sus dulces promesas.
Sentado mi padre en un sofá, tenía a su lado a María, cuyos ojos
no se levantaron para verme. El me señaló un lugar desocupado cerca de ella. Mi
madre se colocó en una butaca inme-diata a la que ocupaba mi padre.
—Bien, mi hija —dijo éste a María, la cual, con los ojos bajos
aún, jugaba con una de las peinetitas de sus cabellos—; ¿quieres que repita la
pregunta que te hice cuando tu mamá salió, para que me la respondas delante de
Efraín?
Mi padre sonreía y ella meneó lentamente la cabeza en señal de
negativa.
—Y entonces, ¿cómo haremos? —insistió él.
María se atrevió a mirarme un instante; y esa mirada me lo
reveló todo: ¡aún no habían pasado todos nuestros días de felicidad!
—¿No es cierto —volvió a preguntarle mi padre— que prometes a
Efraín ser su esposa cuando él regrese de Europa?
Ella volvió, después de unos momentos de silencio, a buscar mis
ojos con los suyos, y ocultándome de nuevo sus miradas negras y pudorosas,
respondió:
—Si él lo quiere así...
—¿No sabes si lo quiere? —le replicó casi riendo mi padre.
María calló sonrojada, y las vivas tintas que en sus mejillas
mostró ese rubor, no desaparecieron de ellas aquella noche. Mirábala mi madre
de la manera más tierna que ojos de madre pueden mirar. Creí por un instante
que estaba gozando de alguno de esos sueños en que María me hablaba con aquel
acento que le acababa de oír, y en que sus miradas tenían la brillante humedad
que estaba yo espiando en ellas.
—¿Tú sabes que lo quiero así?, ¿no es cierto? —le dije.
—Sí, lo sé —contestó con voz apagada.
—Di a Efraín ahora —le dijo mi padre sin sonreírse ya— las
condiciones con que tú y yo le hacemos esa promesa.
—Con la condición —dijo María— de que se vaya contento... cuanto
es posible.
—¿Cuál otra, hija?
—La otra es que estudie mucho para volver pronto... ¿no es así?
—Sí —contestó mi padre, besándole la frente— y para merecerte.
Las demás condiciones las pondrás tú. ¿Conque te gustan? —añadió volviéndose a
mí y poniéndose en pie.
Yo no tuve palabras qué responderle; y estreché fuertemente
entre las mías la mano que él me tendía al decirme:
—Hasta el lunes, pues; fíjate bien en mis instrucciones y lee
muchas veces el pliego.
Mi madre se acercó a nosotros y abrazó nuestras cabezas
juntándolas de modo que involuntariamente tocaron mis labios la mejilla de
María; y salió dejándonos solos en el salón.
Largo tiempo debió correr desde que mi mano asió en el sofá la
de María y nuestros ojos se encontraron para no dejar de mirarse hasta que sus
labios pronunciaron estas palabras:
—¡Qué bueno es papá! ¿No es verdad?
Le signifiqué que sí, sin que mis labios pudieran balbucir una
sílaba.
—¿Por qué no hablas? ¿Te parecen buenas las condiciones que
pone?
—Sí, María. ¿Y cuáles son las tuyas en pago de tanto bien?
—Una sola.
—Dila.
—Tú la sabes.
—Sí, sí; pero hoy sí debes decirla.
—Que me ames siempre así —respondió, y su mano se enlazó más estrechamente
con la mía.
XL
Cuando llegué a las haciendas en la mañana del día siguiente,
encontré en la casa de habitación al médico que reemplazaba a Mayn en la
asistencia de Feliciana. El, por su porte y fisonomía, parecía más un capitán
retirado que lo que aseguraba ser. Me hizo saber que había perdido toda
esperanza de salvar a la enferma, pues que estaba atacada de una hepatitis que
en su último período resistía ya a toda clase de aplicaciones; y concluyó
manifestándome ser de opinión que se llamara un sacerdote.
Entré al aposento donde se hallaba Feliciana. Ya estaba Juan
Angel allí, y se admiraba de que su madre no le respondiera el alabarle a Dios.
El encontrar a Feliciana en tan desesperante estado no podía menos de
conmoverme.
Di orden para que se aumentase el número de esclavas que le
servían; hice colocarla en una pieza más cómoda, a lo cual ella se había
opuesto humildemente, y se mandó por el sacerdote al pueblo.
Aquella mujer que iba a morir lejos de su patria; aquella mujer
que tan dulce afecto me había tenido desde que fue a nuestra casa; en cuyos
brazos se durmió tantas veces María siendo niña... Pero he aquí su historia,
que referida por Feliciana con rústico y patético lenguaje, entretuvo algunas
veladas de mi infancia.
Magmahú había sido desde su adolescencia uno de los jefes más
distinguidos de los ejércitos de Achanti25, nación poderosa del Africa
occidental. El denuedo y pericia que había mostrado en las frecuentes guerras
que el rey Say Tuto Kuamina sostuvo con los Achimis hasta la muerte de Orsué,
caudillo de éstos; la completa victoria que alcanzó sobre las tribus del
litoral sublevadas contra el rey por Carlos Macharty, a quien Magmahú mismo dio
muerte en el campo de batalla, hicieron que el monarca lo colmara de honores y
riquezas, confiándole al propio tiempo el mando de todas sus tropas, a despecho
de los émulos del afortunado guerrero, los cuales no le perdonaron nunca el
haber merecido tamaño favor.
Pasada la corta paz conseguida con el vencimiento de Macharty,
pues los ingleses, con ejército propio ya, amenazaban a los Achantis, todas las
fuerzas del reino salieron a campaña.
Empeñóse la batalla, y pocas horas bastaron a convencer a los
ingleses de la insuficiencia de sus mortíferas armas contra el valor de los
africanos. Indecisa aún la victoria, Magmahú, resplandeciente de oro, y
terrible en su furor, recorría las huestes animándolas con su intrepidez, y su
voz dominaba el estruendo de las baterías enemigas. Pero en vano envió
repetidas órdenes a los jefes de las reservas para que entrasen en combate
atacando el flanco más debilitado de los invasores. La noche interrumpió la lucha;
y cuando a la primera luz del siguiente día pasó revista Magmahú a sus tropas,
diezmadas por la muerte y la deserción y acobardadas por los jefes que
impidieron la victoria, comprendió que iba a ser vencido, y se preparó para
luchar y morir. El rey, que llegó en tales terribles momentos al campo de sus
huestes, las vio, y pidió la paz. Los ingleses la concedieron y celebraron
tratados con Say Tuto Kuamina. Desde aquel día perdió Magmahú el favor de su
rey.
Irritado el valiente jefe con la injusta conducta del monarca, y
no queriendo dar a su émulos el placer de verle humillado, resolvió
expatriarse. Antes de partir determinó arrojar a la corrientes del Tando la
sangre y las cabezas de sus más hermosos esclavos, como ofrenda a su Dios.
Sinar era entre ellos el más joven y apuesto. Hijo éste de Orsué, el desdichado
caudillo de los Achimis, cayó prisionero lidiando valeroso en la sangrienta
jornada en que su padre fue vencido y muerto; mas temiendo Sinar y sus compatriotas
esclavos la saña implacable de los Achantis, les habían ocultado la noble
estirpe del prisionero que tenían.
Solamente Nay, única hija de Magmahú, conoció aquel secreto.
Siendo niña todavía cuando Sinar vino como siervo a casa del vencedor de Orsué,
la cautivó al principio la digna mansedum-bre del joven guerrero, y más tarde
su ingenio y hermosura. El le enseñaba las danzas de su tierra natal, los
amorosos y sentidos cantares del país de Bambuk26; le refería las maravillosas
leyendas con que su madre lo había entretenido en la niñez; y si algunas
lágrimas rodaban entonces por la tez úvea de las mejillas del esclavo, Nay
solía decirle:
—Yo pediré tu libertad a mi padre para que vuelvas a tu país,
puesto que eres tan desdichado aquí.
Y Sinar no respondía; mas sus grandes ojos dejaban de llorar y
miraban a su joven señora de manera que ella parecía en aquellos momentos la
esclava.
Un día en que Nay, acompañada de su servidumbre, había salido a
pasearse por las cercanías de Cumasia, Sinar, que guiaba el bello avestruz en
que iba sentada su señora como sobre blandos cojines de Bornú, hizo andar al
ave tan precipitadamente, que a poco se encontraron a gran distancia de la
comitiva. Sinar, deteniéndose, con las miradas llameantes y una sonrisa de
triunfo en los labios, dijo a Nay señalándole el valle que tenían a sus pies.
—Nay, he allí el camino que conduce a mi país: yo voy a huir de
mis enemigos, pero tú irás conmigo: serás reina de los Achimis, y la única
mujer mía: yo te amaré más que a la madre desventurada que llora mi muerte, y
nuestros descendientes serán invencibles llevando en sus venas mi sangre y la
tuya. Mira y ven: ¿quién se atreverá a ponerse en mi camino?
Al decir estas últimas palabras levantó el ancho manto de piel
de pantera que le caía de los hombros, y bajo él brillaron las culatas de dos
pistolas y la guarnición de un sable turco ceñido con un chal rojo de Zerbí.
Sinar, de rodillas, cubrió de besos los pies de Nay pendientes
sobre el mullido plumaje del avestruz, y éste halaba cariñoso con el pico los
vistosos ropajes de su señora.
Muda y absorta ella al oír las amorosas y tremendas palabras del
esclavo, reclinó al fin sobre su regazo la bella cabeza de Sinar diciéndole:
—Tú no quieres ser ingrato conmigo, y dices que me amas y me
llevas a ser reina de tu patria; yo no debo ser ingrata con mi padre, que me
amó antes que tú, y a quien mi fuga causaría la desesperación y la muerte.
Espera y partiremos juntos con su consentimiento; espera, Sinar, que yo te
amo...
Y Sinar se estremeció al sentir sobre su frente los ardientes
labios de Nay.
Días y días corrieron, y Sinar esperaba, porque en su esclavitud
era feliz.
Salió Magmahú a campaña contra las tribus insurreccionadas por
Macharty, y Sinar no acompañó a su señor a la guerra como los otros esclavos.
Le había dicho a Nay:
—Prefiero la muerte antes que combatir contra pueblos que fueron
aliados de mi padre.
Ella, en vísperas de marchar las tropas, dio a su amante, sin
que él lo echase de ver, una bebida en la cual había dezumado una planta
soporífera; y el hijo de Orsué quedó así imposibi-litado para marchar, pues que
permaneció por varios días dominado de un sueño invencible, el cual interrumpía
Nay a voluntad, derramándole en los labios un aceite aromático y vivificante.
Mas declarada después la guerra por los ingleses a Say Tuto
Kuamina, Sinar se presentó a Magmahú para decirle:
—Llévame contigo a las batallas: yo combatiré a tu lado contra
los blancos; te prometo que mereceré comer corazones suyos asados por los
sacerdotes, y que traeré en el cuello collares de dientes de los hombres
rubios.
Nay le dio bálsamos preciosos para curar heridas: y poniendo
plumas sagradas en el penacho de su amante, roció con lágrimas el ébano de
aquel pecho que ella acababa de ungir con odorífero aceite y polvos de oro.
En la sangrienta jornada en que los jefes achantis, envidiosos
de la gloria de Magmahú, le impidieron alcanzar victoria sobre los ingleses,
una bala de fusil rompió el brazo izquierdo de Sinar.
Terminada la guerra y hecha la paz, el intrépido capitán de los
Achantis volvió humillado a su hogar; y Nay durante algunos días sólo dejó de
enjugar el lloro que la ira arrancaba a su padre, para ir ocultamente a dar
alivio a Sinar, curándole amorosamente la herida.
Tomada por Magmahú la resolución de abandonar la patria y
ofrecer aquel sangriento sacrificio al río Tando, habló así a su hija:
—Vamos, Nay, a buscar suelo menos ingrato que éste para mis
nietos. Los más bellos y famosos jefes del Gambia, país que visité en mi
juventud, se engreirán de darme asilo en sus hogares, y de preferirte a sus más
bellas mujeres. Estos brazos están todavía fuertes para combatir, y poseo
suficientes riquezas para ser poderoso donde quiera que un techo nos cubra...
Pero antes de partir es necesario que aplaquemos la cólera del Tando, ensañado
contra mí por mi amor a la gloria, y que le sacrifiquemos lo más granado de
nuestros esclavos; Sinar entre ellos el primero...
Nay cayó sin sentido al oír aquella terrible sentencia, dejando
escapar de sus labios el nombre de Sinar. La recogieron sus esclavas, y
Magmahú, fuera de sí, hizo venir a Sinar a su presencia. Desenvainando el
sable, le dijo tartamudeando de ira:
—¡Esclavo!, has puesto tus ojos en mi hija; en castigo haré que
se cierren para siempre.
—Tú lo puedes —respondió sereno el mancebo—: no será la mía la
primera sangre de los reyes de los Achimis con que tu sable se enrojece.
Magmahú quedó desconcertado al oír tales palabras, y el temblor
de su diestra hacía resonar sobre el pavimento el corvo alfanje que empuñaba.
Nay, deshaciéndose de sus esclavas, que aterradas la detenían,
entró a la habitación donde estaban Sinar y Magmahú, y abrazándosele a éste de
las rodillas, bañábale con lágrimas los pies exclamando:
—¡Perdónanos, señor, o mátanos a ambos!
El viejo guerrero, arrojando de sí el arma temible, se dejó caer
en un diván y murmuró al ocultarse el rostro con las manos:
—¡Y ella lo ama!... ¡Orsué, Orsué!, ya te han vengado.
Sentada Nay sobre las rodillas de su padre, lo estrechaba en sus
brazos, y cubriéndole de besos la cana cabellera, le decía sollozante:
—Tendrás dos hijos en vez de uno: aliviaremos tu vejez, y su
brazo te defenderá en los combates.
Levantó Magmahú la cabeza, y haciendo ademán a Sinar para que se
acercara, le dijo con voz y semblante terribles, extendiendo hacia él su
diestra:
—Esta mano dio muerte a tu padre; con ella le arranqué del pecho
el corazón... y mis ojos se gozaron en su agonía...
Nay selló con los suyos los labios de Magmahú, y volviéndose
precipitadamente a Sinar, tendió sus lindas manos hacia él, diciéndole con
amoroso acento:
—Estas curaron tus heridas, y estos ojos han llorado por ti.
Sinar cayó de hinojos ante su amada y su señor, y éste, después
de unos momentos, le dijo abrazando a su hija:
—He aquí lo que te daré en prueba de mi amistad el día en que
esté seguro de la tuya.
—Juro por mis dioses y el tuyo —respondió el hijo de Orsué— que
la mía será eterna.
Pasados dos días, Nay, Sinar y Magmahú salieron de Cumasia a
favor de la oscuridad de la noche, llevando treinta esclavos de ambos sexos,
camellos y avestruces para cabalgar, y cargados otros con las más preciosas
alhajas y vajilla que poseían; gran cantidad de tíbar27 y cauris28, comestibles
y agua como para un largo viaje.
Muchos días gastaron en aquella peligrosa peregrinación. La
caravana tuvo la fortuna de llevar buen; tiempo y de no tropezar con los
sereres29. Durante el viaje, Sinar y Nay disipaban la tristeza del corazón de
Magmahú entonando a dúo alegres canciones; y en las noches serenas a la luz de
la luna y al lado de la tienda de la caravana, ensayaban los dichosos amantes
graciosas danzas al son de las trompetas de marfil y de las liras de los
esclavos.
Por fin llegaron al país de los Kombu–Manez, en las riberas del
Gambia; y aquella tribu celebró con suntuosas fiestas y sacrificios el arribo
de tan ilustres huéspedes.
Desde tiempo inmemorial se hacían los Kombu–Manez y los Cambez
una guerra cruel, guerra atizada en ambos pueblos no solamente por el odio que
se profesaban sino por una criminal avaricia. Unos y otros cambiaban a los
europeos traficantes en esclavos, los prisioneros que hacían en los combates,
por armas, pólvora, sal, fierro y aguardiente; y a falta de enemigos que
vender, los jefes vendían a sus súbditos, y muchas veces aquéllos y éstos a sus
hijos.
El valor y pericia militar de Magmahú y Sinar fueron por algún
tiempo de gran provecho a los Kombu–Manez en la guerra con sus vecinos, pues
libraron contra ellos repetidos combates, en los cuales obtuvieron un éxito
hasta entonces no alcanzado. Precisado Magmahú a optar entre que se degollara a
los prisioneros o que se les vendiera a los europeos, hubo de consentir en lo
último, obteniendo al propio tiempo la ventaja de que el jefe de los
Kombu–Manez impusiera penas temidas a aquellos de sus súbditos que enajenasen a
sus dependientes o a sus hijos.
Una tarde que Nay había ido con algunas de sus esclavas a
bañarse en las riberas del Gambia y que Sinar, bajo la sombra de un gigantesco
baobab, sitio en que se aislaban siempre algunas horas en los días de paz, la
esperaba con amorosa impaciencia, dos pescadores amarraron su piragua en la
misma ribera donde Sinar estaba, y en ella venían dos europeos: el uno se puso
trabajosamente en tierra, y arrodillándose sobre la playa oró por algunos
momentos: los pálidos rayos del Sol moribundo, atravesando los follajes, le
iluminaron la faz tostada por los soles y orlada de una espesa barba, casi
blanca. Como al ponerse de hinojos había colocado sobre las arenas el ancho
sombrero de cañas que llevaba, las brisas del Gambia jugaban con su larga y
enmarañada cabellera.
Tenía un vestido talar negro, enlodado y hecho jirones, y le
brillaba sobre el pecho un crucifijo de cobre.
Así le encontró Nay al acercarse en busca de su amante. Los dos
pescadores subieron a ese tiempo el cadáver del otro europeo, el cual estaba
vestido de la misma manera que su compañero.
Los pescadores refirieron a Sinar cómo habían encontrado a los
dos blancos bajo una barraca de hojas de palmera, dos leguas arriba del Gambia,
expirante el joven y ungiéndole el anciano al pronunciar oraciones en una
lengua extraña.
El viejo sacerdote permaneció por algún rato abstraído de cuanto
le rodeaba. Luego que se puso en pie, Sinar, llevando de la mano a Nay,
asustada ante aquel extranjero de tan raro traje y figura, le preguntó de dónde
venía, qué objeto tenía su viaje y de qué país era; y quedó sorprendido al
oírle responder, aunque con alguna dificultad, en la lengua de los Achimis:
—Yo vengo de tu país: veo pintada en tu pecho la serpiente roja
de los Achimis nobles, y hablas su idioma. Mi misión es de paz y de amor: nací
en Francia. ¿Las leyes de este país no permiten dar sepultura al cadáver del
extranjero? Tus compatriotas lloraron sobre los de otros dos de mis hermanos,
pusieron cruces sobre sus tumbas, y muchos las llevan de oro pendientes del
cuello. ¿Me dejarás, pues, enterrar al extranjero?
Sinar le respondió:
—Parece que dices la verdad, y no debes de ser malo como los
blancos, aunque se te parezcan; pero hay quien mande más que yo entre los
Kombu-Manez. Ven con nosotros: te presentaré a su jefe y llevaremos el cadáver
de tu amigo para saber si permite que lo entierres en sus dominios.
Mientras andaban el corto trecho que los separaba de la ciudad,
Sinar hablaba con el misionero, y esforzábase Nay por entender lo que decían;
seguíanle los dos pescadores condu-ciendo en una manta el cadáver del joven
sacerdote.
Durante el diálogo, Sinar se convenció de que el extranjero era
veraz, por el modo como respondió a las preguntas que le hizo sobre el país de
los Achimis: reinaba en éste un hermano suyo, y a Sinar lo creían muerto.
Explicóle el misionero los medios de que se había valido para captarse el
afecto de algunas tribus de los Achimis; afecto que tuvo por origen el acierto
con que había curado algunos enfermos, y la circunstancia de haber sido uno de
ellos la esclava favorita del Rey. Los Achimis le habían dado una caravana y
víveres para que se dirigiese a la costa con el único de sus compañeros que
sobrevivía; pero sorprendidos en el viaje por una partida enemiga, unos de sus
guardianes los abandonaron y otros fueron muertos; contentándose los vencedores
con dejar sin guías en el desierto a los sacerdotes, temerosos quizá de que los
vencidos volviesen a la pelea. Muchos días viajaron sin otra guía que el Sol y
sin más alimento que las frutas que hallaban en los oasis, y así habían llegado
a la ribera del Gambia, donde, devorado por la fiebre, acababa de expirar el
joven cuando los pescadores los encontraron.
Magmahú y Sinar llevaron al sacerdote a presencia del jefe de
los Kombu-Manez, y el segundo le dijo:
—He aquí un extranjero que te suplica le permitas enterrar en
tus dominios el cadáver de su hermano, y tomar descanso para poder continuar
viaje a su país: en cambio, te promete curar a tu hijo.
Aquella noche, Sinar y dos esclavos suyos ayudaron al misionero
a sepultar el cadáver. Arrodillado el anciano al borde de la huesa que los
esclavos iban colmando, entonó un canto profundamente triste, y la Luna hacía
brillar en la blanca barba del ministro lágrimas que rodaban a humedecer la
tierra extranjera que le ocultaba al denodado amigo.
XLI
Poco menos de dos semanas habían pasado desde la llegada del
sacerdote francés al país de los Kombu–Manez. Sea porque solamente Sinar podía
entenderle, o porque gustase éste del trato del europeo, daban juntos
diariamente largos paseos, de los cuales notó Nay que su amante regresaba
preocupado y melancólico. Supúsose ella que las noticias que daba a Sinar de su
país el extranjero, debían de ser tristes; pero más tarde creyó acertar mejor
con la causa de aquella melancolía, imaginando que los recuerdos de la patria,
avivados por la relación del sacerdote, hacían desear nuevamente al hijo de
Orsué el verse en su suelo natal. Mas como la amorosa ternura de Sinar para con
ella aumentaba en vez de disminuir, procuró aprovechar una ocasión oportuna
para confiarle sus zozobras.
Apagábase una tarde calurosa, y Sinar sentado en la ribera,
parecía dominado por la tristeza que en los pasados días de su esclavitud tanto
había enternecido a Nay. Esta lo divisó y se acercó a él con silenciosos pasos.
Con la corta y pulcra falda de carmesí salpicada de estrellas de plata; el
amplio chal color de cielo, que después de ocultarle el seno, cruzándolo,
pendía de la cintura; turbante rojo prendido con agujas de oro, y collares y
pulsera de ágata, debía estar más seductiva que nunca. Sentóse al lado de su
amado; mas él continuaba meditabundo. Al fin le dijo ella:
—Nunca creí que al acercarse la hora antes tan deseada por ti en
que mi padre debe hacerme tu esposa, hubieras de estar como te veo. ¿Te ama él
ya menos que antes? ¿Soy acaso menos tierna contigo, o no te parezco tan bella
como el día en que merecí me confesaras tu amor?
Sinar, fijos los ojos en las fugitivas ondas del Gambia, parecía
no haber oído. Nay lo contempló en silencio unos momentos con los ojos cuajados
de lágrimas, y su pecho dejó escapar al fin un sollozo. Al oírlo Sinar se
volvió con precipitación hacia ella, y viendo aquellas lágrimas, besóla
tiernamente, diciéndole:
—¿Lloras? ¿Así recibes la felicidad que tanto hemos esperado y
que al fin llega?
—¡Ay de mí! Jamás habías sido sordo a mi voz; jamás te habían
buscado mis ojos sin que los tuyos se mostrasen halagüeños; por eso lloran.
—¿Cuándo, di, el más leve acento tuyo no turbó el más profundo
de mis sueños; cuándo, aunque no te esperase ni te viese, dejé de sentirte si
te acercabas a mí?
—Hace un instante; y tu inocencia, Sinar, confirma tu desdén y
mi desventura.
—Perdón, Nay; perdóname, pues pensaba en ti.
—¿Qué te ha dicho ese extranjero?—preguntóle Nay, enjugadas ya
sus lágrimas, y jugando con los corales y dientes de los collares del
guerrero—; ¿por qué buscas con él la soledad que tantas veces me dijiste te era
odiosa sin mí? ¿Te ha contado que las mujeres de su país son blancas como el
marfil y que sus ojos tienen el azul profundo de las olas del Tando? Mi madre
me lo decía a mí, y había olvidado contártelo... A ella le habló mucho del país
de los blancos un extranjero parecido al que amas, según ella lo amó; pero
desde que partió de Cumasia ese hombre, mi madre se hizo odiosa a Magmahú: ella
adoraba a otro dios, y mi padre... mi padre le dio la muerte.
Nay calló por largo rato, y Sinar se mostraba dominado otra vez
por tristes pensamientos. Despertando de súbito de esa especie de
embebecimiento, toma de la mano a su amada, sube con ella a la cima de un
peñasco, desde el cual se divisaba el desierto sin límites y rielando de trecho
en trecho el caudaloso río, y le dice:
—El Gambia, como el Tando, nacen del seno de las montañas. La
madre no es nunca hechura de su hijo. ¿Sabes tú quién hizo las montañas?
—No.
—Un dios las hizo. ¿Has visto al Tando retroceder en su carrera?
—No.
—El Tando va como una lágrima a perderse en un inmenso mar, ante
el bramido del cual el rumor de un río es como tu voz comparada con la del
huracán que durante las tempestades sacude estos bosques gigantescos cual si
fuesen débiles juncos. ¿Sabes tú quién hizo el mar?
—No.
—El rayo que rasga las nubes y cayendo sobre la copa del baobab
lo despedaza, como tu planta deshace una de sus flores secas; las estrellas que
como el oro y perlas que bordan tus mantos de calín, tachonan el cielo; la
Luna, que te place contemplar en la soledad dejándote aprisionar entre mis
brazos; el sol que bruñó tu tez de azabache y da luz a tus ojos, el Sol ante el
cual el fuego de nuestros sacrificios es menos que el brillo de una luciérnaga:
todas son obras de un solo dios. El no quiere que ame a otra mujer que a ti; él
manda que te ame como a mí mismo; él quiere que yo ría si ríes, que llore yo si
lloras, y que en cambio de tus caricias te defienda como a mi propia vida; que
si mueres llore yo sobre tu tumba hasta que vaya a juntarme contigo más allá de
las estrellas, donde me esperarás.
Nay, entrambas manos cruzadas sobre el hombro de Sinar, lo
contemplaba enamorada y absorta, porque nunca lo había visto tan hermoso.
Estrechándola él contra su corazón, besóle con ardor los labios y continuó:
—Eso me ha dicho el extranjero para que yo te lo enseñe: su Dios
debe ser nuestro Dios.
—Sí, sí —replicó Nay circundándolo con los brazos— y después de
él, yo tu único amor.
XLII
Al amanecer del día en que el jefe de los Kombu-Manez había
ordenado se diera principio a las pomposas fiestas que se hacían en celebración
del desposorio de Sinar, éste, Nay y el misionero bajaron sigilosamente a la
ribera del Gambia, y buscando allí el sitio más recóndito, el misionero se
detuvo y les habló así:
—El dios que os he hecho amar, el dios que adorarán vuestros
hijos no desdeña por templo los pabellones de palmeras que nos ocultan; y en
este instante os está viendo. Pidámosle que os bendiga.
Adelantándose con ellos a la orilla, dijo lentamente y con voz
solemne una oración que los amantes repitieron arrodillados a uno y otro lado
del sacerdote. En seguida les derramó agua sobre la cabeza pronunciando las
palabras del bautismo.
El ministro permaneció orando solo algún espacio, y acercándose
de nuevo a Nay y Sinar, les hizo enlazarse las manos, y antes de bendecírselas
dijo a uno y otro palabras que Nay no olvidó jamás.
Era ya la última noche que los nobles de la tribu pasaban en
casa de Magmahú en danzas y festines. Hermosas mujeres los rodeaban, y ellas y
ellos ostentaban sus más bellas joyas y vestidos. Magmahú, por su gigantesca
estatura y lo lujoso del traje que llevaba, se distinguía en medio de los
guerreros, así como Nay había humillado durante seis días con sus galas y
encantos a las más bellas esposas y esclavas de los Kombu–Manez. Hachones de
resinas aromáticas, sostenidos por cráneos perforados de Cambez, muertos en los
combates por Magmahú, iluminaban los espaciosos aposentos. Si por momentos
cesaban las músicas marciales, eran reemplazadas por la blanda y voluptuosa de
las liras. Los convidados apuraban con exceso caros y enervantes licores; y
todos habían ido rindiéndose lentamente al sueño. Sinar, huyendo de la algazara
de la fiesta, descansaba en un lecho de sus habitaciones mientras Nay le
refrescaba la frente con un abanico de plumas perfumadas.
De improviso se oyeron en el bosque vecino algunas detonaciones
de fusiles seguidas de otras y otras que se acercaban a la morada de Magmahú.
El llamó con voz estentórea a Sinar, quien empuñando un sable salió
precipitadamente en su busca. Nay estaba abrazada a su esposo cuando Magmahú
decía a éste:
—¡Los Cambez!... ¡Son ellos!... ¡Morirán degollados! —añadía
removiendo inútilmente a los valientes tendidos inertes sobre los divanes y
pavimentos.
Algunos hacían esfuerzos para ponerse en pie; pero a los más les
era imposible.
El estruendo de las armas y los gritos de guerra se acercaban.
Incendiadas las casas de la población más próximas a la ribera, un resplandor
rojizo iluminaba el combate, y heridos por él relampagueaban los sables de los
lidiadores.
Magmahú y Sinar, sordos a los alaridos de las mujeres, sordos a
los lamentos de Nay, corrían hacia el sitio en que la pelea era más
encarnizada, a tiempo que una masa compacta y desordenada de soldados se
dirigía a la casa del jefe achanti, llamándoles a él y a Sinar con
enronquecidas voces. Trataron de parapetarse en las habitaciones de Magmahú;
pero todo fue inútil, y tardío ya el coraje con que los jefes extranjeros
combatían y animaban a los guerreros Kombu-Manez.
Atravesado el corazón por una bala, Magmahú cayó. Pocos de sus
compañeros dejaron de correr la misma suerte.
Sinar luchó hasta el fin defendiendo cuerpo a cuerpo a Nay y su
vida, hasta que un capitán de los Cambez, de cuya diestra pendía sangrienta la
cabeza del misionero francés, le gritó:
—Ríndete y te concederé la vida.
Nay presentó entonces las manos para que las atase aquel hombre.
Ella sabía la suerte que le esperaba, y postrándose ante él le dijo:
—No mates a Sinar; yo soy tu esclava.
Sinar acababa de caer herido de un sablazo en la cabeza, y lo
ataban ya como a ella.
Los feroces vencedores recorrieron los aposentos saciando su sed
de sangre al principio, y después saqueándolos y amarrando prisioneros.
Los valientes Kombu-Manez se habían dormido en un festín y no
despertaron... o despertaron esclavos.
Cuando amos y siervos ya, no vencedores y vencidos, llegaron a
la ribera del Gambia, cuyas ondas enrojecían las últimas llamaradas del
incendio, los Cambez hicieron embarcar con precipitación, en canoas que los
esperaban, los numerosos prisioneros que conducían; mas no bien hubieron
desatado éstas para abandonarse a las corrientes, una nutrida descarga de
fusiles, hecha por algunos Kombu-Manez, que tarde ya volvían al combate,
sorprendió a los navegantes que últimos habían dejado la ribera, y los cuerpos
de muchos de ellos flotaron a poco sobre las aguas.
Amanecía cuando los vencedores atracaron las piraguas a la
ribera derecha del río, y dejando algunos de sus soldados en ellas, continuaron
los otros la marcha por tierra custodiando el convoy de prisioneros, y
encontrando de trecho en trecho masas de combatientes que habían emprendido
retirada por en medio de los bosques.
Durante las largas horas del viaje hasta llegar a las
inmediaciones de la costa, no permitieron a Nay los conductores que se acercase
a Sinar, y éste vio incesantemente rodar lágrimas por sus mejillas.
A los dos días, una mañana antes que el Sol ahuyentase las
últimas sombras de la noche, condujeron a Nay y a otros prisioneros a la orilla
del mar. Desde el día anterior la habían separado de su esposo. Algunas canoas
esperaban a los prisioneros varadas en las arenas, y a mucha distancia sobre la
mar que el buen viento rizaba, blanqueaba el velamen de un bergantín.
—¿Dónde está Sinar, que no viene con nosotros? —preguntó Nay a
uno de los jefes compañeros de prisión al saltar a la piragua.
—Desde ayer lo embarcaron —le respondió—; estará en el buque.
Ya en él, Nay busca entre los prisioneros amontonados en la
bodega a Sinar. Llámalo y nadie le responde. Sus miradas extraviadas lo buscan
otra vez en la sentina. Un sollozo y el nombre de su amante salieron a un mismo
tiempo de su pecho, y cayó como muerta.
Cuando despertó de ese sueño quebrantador y espantoso, se halló
sobre cubierta, y sólo divisó a su alrededor el nebuloso horizonte del mar. Nay
no dijo ni un adiós a las montañas de su país.
Los gritos de desesperación que dio al convencerse de la
realidad de su desgracia fueron interrumpidos por las amenazas de un blanco de
la tripulación, y como ella le dirigiese palabras amenazantes que por sus
ademanes tal vez comprendió, alzó sobre Nay el látigo que empuñaba, y... volvió
a hacerla insensible a su desventura.
Una mañana, después de muchos días de navegación, Nay con otros
esclavos estaba sobre cubierta.
Con motivo de la epidemia que había atacado a los prisioneros se
les dejaba respirar aire libre, temeroso sin duda el capitán del buque de que
murieran algunos. Se oyó el grito de “¡tierra!” dado por los marineros.
Levantó ella la cabeza de las rodillas, y divisó una línea azul
más oscura que la que rodeaba constantemente el horizonte. Algunas horas
después entró el bergantín a un puerto de Cuba, donde debían desembarcar
algunos negros. Las mujeres de entre éstos, que iban a separarse de la hija de
Magmahú, le abrazaron las rodillas sollozando, y los varones le dijeron adiós,
doblando las suyas ante ella y sin tratar de ocultar el llanto que derramaban.
Casi se consideraban dichosos los pocos que quedaron al lado de Nay.
El buque, después de recibir nueva carga, zarpó al día
siguiente; y la navegación que siguió fue más penosa por el mal tiempo. Ocho
días habrían pasado, y al visitar una noche el capitán la bodega, encontró
muertos dos esclavos de los seis que, escogidos entre los más apuestos y
robustos, reservaba. El uno se había dado la muerte, y estaba bañado en la
sangre de una ancha herida que tenía en el pecho, y en la cual se veía clavado
un puñal de marinero que el infeliz había recogido probablemente sobre la cubierta:
el otro había sucumbido a la fiebre. Los dos fueron despojados de los grillos
que en una sola barra los aprisionaban a entrambos, y poco después vio sacar
Nay los cadáveres para ser arrojados al mar.
Una de las esclavas de Nay y tres de los jefes Kombu-Manez eran
los últimos compañeros que le quedaban, y de éstos sucumbió otro más la misma
mañana en que hubo de acercarse el buque a una costa que entendió Nay llamarse
Darién. A favor de un fuerte viento norte y de la marejada, el bergantín se
internó en el golfo y se colocó cautamente a poca distancia de Pisisí.
Entrada la noche, el capitán hizo poner en una lancha a Nay con
los tres esclavos restantes, y embarcándose él también, dio orden a los
marineros que debían manejarla para que se dirigiesen a cierto punto luminoso
que señaló en la costa. Pronto estuvieron en tierra. Los esclavos fueron
maniatados con cuerdas antes de desembarcar, y guiando uno de los marineros,
siguieron por corto tiempo una senda montuosa. Al llegar a cierto punto, el
capitán dio una señal particular con un silbato, y continuaron avanzando.
Repetida la seña, fue contestada por otra semejante cuando ya divisaban, medio
oculta entre los follajes de frondosos árboles, una casa, en cuyo corredor se
vio luego a un hombre blanco, que con una luz en la mano, se hacía sombra en
los ojos con la otra tratando de distinguir a los recién venidos que se
acercaban. Pero los amenazantes ladridos de algunos perros enormes impedían a
los viajeros adelantar. Aquietados aquéllos por las voces de su amo y de
algunos sirvientes, pudo el capitán subir la escalera de la casa, edificada
sobre estantillos, y después de abrazarse con el dueño, trabaron diálogo,
durante el cual el capitán hablaba sin duda de los esclavos, pues los señalaba
frecuentemente. Dieron orden para que subiesen éstos, y a ese tiempo salió al corredor
una mujer joven, blanca y bastante bella, a quien saludó cordialmente el
marino. El dueño de casa no pareció satisfecho después del examen que hizo de
los tres compañeros de Nay; pero al fijarse en ésta, se detuvo hablando con la
mujer blanca en un idioma más dulce que el que había usado hasta entonces; y
más musical pareció éste al responderle ella, dejando ver a Nay en sus miradas
una compasión que agradeció.
Era el dueño de casa un irlandés llamado William Sardick,
establecido hacía dos años en el golfo de Urabá, no lejos de Turbo, y su
esposa, a quien Nay oyó nombrar Gabriela, una mestiza, cartagenera de
nacimiento.
XLIII
Explotábanse en aquel tiempo muchas minas de oro en el Chocó; y
si se tiene en cuenta el rudimental sistema empleado para elaborarlas, bien
merecen ser calificados de considerables sus productos. Los dueños ocupaban
cuadrillas de esclavos en tales trabajos. Introducíanse por el Atrato la mayor
parte de las mercancías extranjeras que se consumían en el Cauca, y
naturalmente las destinadas a expenderse en el Chocó. Los mercados de Kingston
y de Cartagena eran los más frecuentados por los comerciantes importadores.
Existía en Turbo una bodega.
Esto indicado, es fácil estimar cuán tácticamente había Sardick establecido
su residencia: las comisiones de muchos negociantes; la compra de oro y el
frecuente cambio que con los Cunas ribereños hacía de carey, tagua, pieles,
cacao y caucho, por sales, aguardiente, pólvora, armas y baratijas, eran, sin
contar sus utilidades como agricultor, especulaciones bastante lucrativas para
tenerlo satisfecho y avivarle la risueña esperanza de regresar rico a su país,
de donde había venido miserable. Servíale de poderoso auxiliar su hermano
Thomas, establecido en Cuba y capitán del buque negrero que he seguido en su
viaje. Descargado el bergantín de los efectos que en aquella ocasión traía y
que a su arribo al puerto de La Habana había recibido, y ocupado con
producciones indígenas, almacenadas por William durante algunos meses, todo lo
cual fue ejecutado en dos noches y con el mayor sigilo por los sirvientes de
los contrabandistas, el capitán se dispuso a partir.
Aquel hombre que tan despiadadamente había tratado a los
compañeros de Nay, desde el día en que al levantar un látigo sobre ella la vio
desplomarse inerte a su pies, le dispensó toda la consideración de que su recia
índole era capaz. Comprendiendo Nay que el capitán iba a embarcarse, no pudo
sofocar sus sollozos y lamentos, suponiéndose que aquel hombre volvería a ver
pronto las costas de Africa, de donde la había arrebatado. Acercóse a él, le
pidió de rodillas y con ademanes que no la dejara, besóle los pies, e
imaginando en su dolor que podría comprenderla, le dijo:
—Llévame contigo. Yo seré tu esclava; buscaremos a Sinar, y así
tendrás dos esclavos en vez de uno... Tú que eres blanco y que cruzas los
mares, sabrás dónde está y podremos hallarlo... Nosotros adoramos al mismo dios
que tú, y te seremos fieles, con tal que no nos separes jamás.
Debía estar bella en su doloroso frenesí. El marino la contempló
en silencio: plególe los labios una sonrisa extraña que la rubia y espesa barba
que acariciaba no alcanzó a velar, pasóle por la frente una sombra roja, y sus
ojos dejaron ver la mansedumbre de los del chacal cuando lo acaricia la hembra.
Por fin, tomándole una mano y llevándola contra el pecho, le dio a entender que
si prometía amarlo partirían juntos. Nay, altiva como una reina, se puso en
pie, dio la espalda al irlandés y entró al aposento inmediato. Ahí la recibió
Gabriela, quien después de indicarle temerosa que guardase silencio, le
significó que había obrado bien y le prometió amarla mucho. Como después de
señalarle el cielo le mostró un crucifijo, quedó asombrada al ver a Nay caer de
rodillas ante él, y orar sollozando cual si pidiese a Dios lo que los hombres
le negaban.
Transcurridos seis meses, Nay se hacía entender ya en
castellano, merced a la constancia con que se empeñaba Gabriela en enseñarle su
lengua. Esta sabía ya cómo se había convertido la afri-cana; y lo que había
logrado comprenderle de su historia, la interesaba más y más en su favor. Pero
casi a ninguna hora estaban sin lágrimas los ojos de la hija de Magmahú: el
canto de alguna ave americana que le recordaba las de su país, o la vista de
flores parecidas a las de los bosques de Gambia avivaban su dolor y la hacían
gemir. Como durante los cortos viajes del irlandés le permitía Gabriela dormir
en su aposento, habíale oído muchas veces llamar en sueños a su padre y a su
esposo.
Las despedidas de los compañeros de infortunio habían ido
quebrantando el corazón de esclava, y al fin llegó el día en que se despidió
del último. Ella no había sido vendida, y era tratada con menos crueldad, no
tanto porque la amparase el afecto de su ama, sino porque la desventurada iba a
ser madre, y su señor esperaba realizarla mejor una vez que naciera el
manumiso. Aquel avaro negociaba de contrabando con sangre de reyes.
Nay había resuelto que el hijo de Sinar no fuera esclavo.
En una ocasión en que Gabriela le hablaba del cielo, usó de toda
su salvaje franqueza para preguntarle:
—Los hijos de los esclavos, si mueren bautizados, ¿pueden ser
ángeles?
La criolla adivinó el pensamiento criminal que Nay acariciaba, y
se resolvió a hacerle saber que en el país en que estaba, su hijo sería libre
cuando cumpliera dieciocho años.
Nay respondió solamente en tono de lamento:
—¡Dieciocho años!
Dos meses después dio a luz a un niño, y se empeñó en que se le
cristianara inmediatamente. Así que acarició con el primer beso a su hijo,
comprendió que Dios le enviaba con él un consuelo; y orgullosa de ser madre del
hijo de Sinar, volvieron a sus labios las sonrisas que parecían haber huido de
ellos para siempre.
Un joven inglés que regresaba de las Antillas al interior de
Nueva Granada descansó por casualidad en aquellos meses en la casa de Sardick
antes de emprender la penosa navegación del Atrato. Traía consigo una preciosa
niña de tres años a quien parecía amar tiernamente.
Eran ellos mi padre y Ester, la cual empezaba apenas a
acostumbrarse a responder a su nuevo nombre de María.
Nay supuso que aquella niña era huérfana de madre, y le cobró
particular cariño. Mi padre temía confiársela, a pesar de que María no estaba
contenta sino en los brazos de la esclava o jugando con su hijo; pero Gabriela
lo tranquilizó contándole lo que ella sabía de la historia de la hija de
Magmahú, relación que conmovió al extranjero. Comprendió éste la imprudencia
cometida por la esposa de Sardick al hacerle sabedor de la fecha en que había
sido traída la africana a tierra granadina, puesto que las leyes del país
prohibían desde 1821 la importación de esclavos; y en tal virtud, Nay y su hijo
eran libres. Mas guardóse bien de dar a conocer a Gabriela el error cometido, y
esperó una ocasión favorable para proponer a William le vendiera a Nay.
Un norteamericano que regresaba a su país después de haber
realizado en Citará un cargamento de harina, se detuvo en casa de Sardick,
esperando para continuar su viaje la llegada a Pisisí de los botes que venían
de Cartagena conduciendo las mercancías que importaba mi padre. El yanqui vio a
Nay, y pagado de su gentileza, habló a William durante la comida del deseo que
tenía de llevar una esclava de bellas condiciones, pues que la solicitaba con
el fin de regalarla a su esposa. Nay le fue ofrecida, y el norteamericano,
después de regatear el precio una hora, pesó al irlandés ciento cincuenta
castellanos de oro en pago de la esclava.
Nay supo en seguida por Gabriela, al referirle ésta que estaba
vendida, que esa pequeña porción de oro, pesada por los blancos a su vista, era
el precio en que la estimaban; y sonrió amargamente al pensar que la cambiaban
por un puñado de tíbar. Gabriela no le ocultó que en el país adonde la llevaban
el hijo de Sinar sería esclavo.
Nay se mostró indiferente a todo; pero en la tarde, cuando al
ponerse el Sol se paseaba mi padre por la ribera del mar llevando de la mano a
María, se acercó a él con su hijo en los brazos: en la fisonomía de la esclava
aparecía una mezcla tal de dolor e ira salvaje, que sorprendió a mi padre.
Cayendo de rodillas a sus pies, le dijo en mal castellano:
—Yo sé que en ese país adonde me llevan, mi hijo será esclavo:
si no quieres que lo ahogue esta noche, cómprame; yo me consagraré a servir y
querer a tu hija.
Mi padre allanó todo con dinero. Firmado por el norteamericano
el nuevo documento de venta con todas las formalidades apetecibles, mi padre
escribió a continuación una nota en él, y pasó el pliego a Gabriela para que
Nay la oyese leer. En esas líneas renunciaba al derecho de propiedad que
pudiera tener sobre ella y su hijo.
Impuesto el yanqui de lo que el inglés acababa de hacer, le dijo
admirado:
—No puedo explicarme la conducta de usted. ¿Qué gana esta negra
con ser libre?
—Es —le respondió mi padre— que yo no necesito una esclava sino
un aya que quiera mucho a esta niña.
Y sentando a María sobre la mesa en que acababa de escribir,
hizo que ella le entregase a Nay el papel, diciendo él al mismo tiempo a la
esposa de Sinar estas palabras:
—Guarda bien esto. Eres libre para quedarte o ir a habitar con
mi esposa y mis hijos en el bello país en que viven.
Ella recibió la carta de libertad de manos de María, y tomando a
la niña en los brazos, la cubrió de besos.
Asiendo después una mano de mi padre, tocóla con los labios, y
la acercó llorando a los de su hijo.
Así fueron a habitar en la casa de mis padres Feliciana y Juan
Angel.
A los tres meses, Feliciana, hermosa otra vez y conforme en su
infortunio cuanto era posible, vivía con nosotros amada de mi madre, quien la
distinguió siempre con especial afecto y conside-ración.
En los últimos tiempos, por su enfermedad, y más, por ser
aparente para ello, cuidaba en Santa R... del huerto y la lechería; pero el
principal objeto de su permanencia allí era recibirnos a mi padre y a mí cuando
bajábamos de la sierra.
Niños María y yo, en los momentos en que Feliciana era más
complaciente con nosotros, solíamos acariciarla llamándola Nay; pero pronto
notamos que se entristecía si le dábamos ese nombre. Alguna vez que, sentada a
la cabecera de mi cama, a prima noche, me entretenía con uno de sus fantásticos
cuentos, se quedó silenciosa luego que lo hubo terminado; y yo creí notar que
lloraba.
—¿Por qué lloras? —le pregunté.
—Así que seas hombre —me respondió con su más cariñoso acento—
harás viajes y nos llevarás a Juan Angel y a mí; ¿no es cierto?
—Sí, sí —le contesté entusiasmado—: iremos a la tierra de esas
princesas lindas de tus historias... me las mostrarás... ¿Cómo se llama?
—Africa —contestó.
Yo me soñé esa noche con palacios de oro y oyendo músicas
deliciosas.
XLIV
El cura había administrado los sacramentos a la enferma. Dejando
el médico a la cabecera, monté para ir al pueblo a disponer lo necesario para
el entierro y a poner en el correo aquella carta fatal dirigida al señor A...
Cuando regresé, Feliciana parecía menos quebrantada, y el médico
había concebido una ligera esperanza. Ella me preguntó por cada uno de los de
la familia, y al mencionar a María, dijo:
—¡Quién pudiera verla antes de morir! ¡Yo le habría recomendado
tanto a mi hijo!
Y luego, como para satisfacerme por la preferencia que
manifestaba hacia ella, agregó:
—Si no hubiera sido por la niña, ¿qué sería de él y de mí?
La noche fue muy mala para la enferma. Al día siguiente, sábado,
a las tres de la tarde, el médico entró a mi cuarto diciéndome:
—Morirá hoy. ¿Cómo se llamaba el marido de Feliciana?
—Sinar —le respondí.
—¡Sinar! ¿Y qué se ha hecho? En el delirio pronuncia ese nombre.
No tuve la condescendencia de tratar de enternecer al doctor
refiriéndole las aventuras de Nay, y pasé a la habitación de ella.
El médico decía la verdad: iba a morir y sus labios pronunciaban
sólo ese nombre cuya elocuencia no podían medir las esclavas que la rodeaban,
ni aún su mismo hijo.
Me acerqué para decirle de modo que pudiese oírme:
—¡Nay! ¡Nay!...
Abrió los ojos enturbiados ya.
—¿No me conoces?
Hizo con la cabeza una señal afirmativa.
—¿Quieres que te lea algunas oraciones?
Hizo la misma señal.
Eran las cinco de la tarde cuando hice que alejaran a Juan Angel
del lecho de su madre. Aquellos ojos que tan hermosos habían sido, giraban
amarillentos y ya sin luz en las órbitas ahuecadas: la nariz se le había
afilado: los labios, graciosos aunque ligeramente gruesos, retostados ahora por
la fiebre, dejaban ver los dientes que ya no humedecían: con las manos
crispadas sostenía sobre el pecho un crucifijo, y se esforzaba en vano por
pronunciar el nombre de Jesús, que yo le repetía; nombre del único que podía
devolverle a su esposo.
Había anochecido cuando expiró.
Luego que las esclavas la vistieron y colocaron en un ataúd,
cubierta desde la garganta hasta los pies de un lino blanco, fue puesta en una
mesa enlutada, en cuyas cuatro esquinas había cirios encendidos. Juan Angel a
la cabecera de la mesa derramaba lágrimas sobre la frente de su madre y de su
pecho enronquecido por los sollozos salían lastimeros alaridos.
Mandé orden al capitán de la cuadrilla de esclavos para que
aquella noche la trajese a rezar en casa. Fueron llegando silenciosos, y
ocupando los varones y niños toda la extensión del corredor occidental; las
mujeres se arrodillaron en círculo alrededor del féretro; y como las ventanas
del cuarto mortuorio caían al corredor, ambos grupos rezaban a un mismo tiempo.
Terminado el rosario, una esclava entonó la primera estrofa de
una de esas salves llenas de la dolorosa melancolía y los desgarradores
lamentos de algún corazón esclavo que oró. La cuadrilla repetía en coro cada
estrofa cantada, armonizándose las graves voces de los varones con las puras y
dulces de las mujeres y de los niños. Estos son los versos que de aquel himno
he conservado en la memoria:
En oscuro calabozo
cuya reja al sol ocultan
Negros y altos murallones
Que las prisiones circundan;
En que sólo las cadenas
Que arrastro, el silencio turban
De esta soledad eterna
Donde ni el viento se escucha...
Muero sin ver tus montañas
¡Oh patria!, donde mi cuna
Se meció bajo los bosques
Que no cubrirán mi tumba.
Mientras sonaba el canto, las luces del féretro hacían brillar
las lágrimas que rodaban por los rostros medio embozados de las esclavas, y yo
procuraba inútilmente ocultarles las mías.
La cuadrilla se retiró, y solamente quedaron unas pocas mujeres
que debían turnarse para orar toda la noche, y dos hombres para que preparasen
las andas en que la muerta debía ser conducida al pueblo.
Estaba muy avanzada la noche cuando logré que Juan Angel se
durmiera rendido por su dolor. Me retiré luego a mi cuarto; pero el rumor de
las voces de las mujeres que rezaban y el golpe de los machetes de los esclavos
que preparaban la parihuela de guaduas me despertaban cada vez que había
conciliado el sueño.
A las cuatro, Juan Angel dormía aún. Los ocho esclavos que
conducían el cadáver, y yo, nos pusimos en marcha. Había dado orden al
mayordomo Higinio para que hiciera al negrito esperarme en casa, por evitarle
el lance terrible de despedirse de su madre.
Ninguno de los que acompañábamos a Feliciana pronunció una sola
palabra durante el viaje. Los campesinos que conduciendo víveres al mercado nos
dieron alcance extrañaban aquel silencio, por ser costumbre entre los aldeanos
del país el entregarse a una repugnante orgía en las noches que ellos llaman de
velorio, noches en las cuales los parientes y vecinos del que ha muerto se
reúnen en la casa de los dolientes, so pretexto de rezar por el difunto.
Una vez que las oraciones y misas mortuorias se terminaron, nos
dirigimos con el cadáver al cementerio. Ya la fosa estaba acabada. Al pasar con
él bajo la portada del campo santo, Juan Angel, que había burlado la vigilancia
de Higinio para correr en busca de su madre, nos dio alcance.
Colocado el ataúd en el borde de la huesa, se abrazó de él como
para impedir que se lo ocultasen. Fue necesario acercarme a él y decirle,
mientras lo acariciaba enjugándole las lágrimas:
—No es tu madre esa que ves allí; ella está en el cielo y Dios
no puede perdonarte esa desesperación.
—¡Me dejó solo! ¡Me dejó solo! —repetía el infeliz.
—No, no —le respondí—: aquí estoy yo, que te he querido y te
querré siempre mucho: te quedan María, mi madre, Emma... y todas te servirán de
madres.
El ataúd estaba ya en el fondo de la fosa; uno de los esclavos
le echó encima la primera palada de tierra. Juan Angel, abalanzándose casi
colérico hacia él, le cogió a dos manos la pala, movimiento que nos llenó de
penoso estupor a todos.
A las tres de la tarde del mismo día, dejando una cruz sobre la
tumba de Nay, nos dirigimos su hijo y yo a la hacienda de la sierra30.
XLV
Pasados unos días, empezó a calmarse el pesar que la muerte de
Feliciana había causado en los ánimos de mi madre, Emma y María, sin que por
eso dejase de ser ella el tema frecuente de nuestras conversaciones. Todos
procurábamos aliviar a Juan Angel con nuestros cuidados y afectos, siendo esto
lo mejor que podíamos hacer por su madre. Mi padre le hizo saber que era
completamente libre, aunque la ley lo pusiese bajo su cuidado por algunos años,
y que en adelante debía considerarse solamente como un criado de nuestra casa.
El negrito, que ya tenía noticia de mi próximo viaje, manifestó que lo único
que deseaba era que le permitieran acompañarme, y mi padre le dio alguna
esperanza de complacerlo.
A pesar de lo sucedido la noche víspera de mi marcha a Santa
R... María continuaba siendo para conmigo solamente lo que había sido hasta
entonces: aquel casto misterio que había velado nuestro amor, lo velaba aún.
Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas veces solos en el jardín y
en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor,
recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a mostrármelas,
dejándome escoger las más bellas para mi cuarto, y disputándome algunas que
fingía querer reservar para el oratorio. Ayudábale yo a regar sus eras
predilectas, para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos, sin
advertir qué tan hermosos me parecían. Nos sentábamos a la orilla del derrumbo,
coronado de madreselvas, desde donde veíamos hervir y serpentear las corrientes
del río en el fondo profundo y montuoso de la vega. Afanábase otras veces por
hacerme distinguir sobre los lampos de oro que el Sol dejaba al ocultarse,
leones dormidos, caballos gigantes, ruinas de castillos de jaspe y lapislázuli,
y cuanto se complacía en forjar con entusiasmo infantil.
Pero si la más leve circunstancia nos hacía pensar en el viaje
temido, su brazo no se desenlazaba del mío y deteniéndose en ciertos sitios, me
buscaban sus miradas húmedas, después de espiar en ellos algo invisible para
mí.
Una tarde, ¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria!, la
luz de los arreboles moribundos del ocaso se confundía bajo un cielo color de
lila con los rayos de la luna naciente, blanqueados como los de una lámpara al
cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a
las llanuras: las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los
sotos. Los bucles de la cabellera de María, que recorría lentamente el jardín
asida de mi brazo con entrambas manos, me habían acariciado la frente más de
una vez; ella había intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos
decíamos... De repente se detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró
por algunos instantes hacia la ventana de mi cuarto, y volvió a mí los ojos
para decir-me:
—Aquí fue; así estaba yo vestida... ¿Lo recuerdas?
—¡Siempre, María, siempre!... —le respondí cubriéndole las manos
de besos.
—Mira: aquella noche me desperté temblando, porque soñé que
hacías eso que haces ahora... ¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas,
no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se
las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres
bueno siempre.
Sonreí enternecido por tanta inocencia.
—¿No crees que será así? —me preguntó seria.
Creo que la Virgen no necesitará de tantas rosas. Hizo que nos
acercáramos a la ventana de mi cuarto. Una vez allí, desenlazó su brazo del
mío: se dirigió al arroyo, distante unos pasos, anudándose en la cintura el
pañolón; y trayendo agua en el hueco de las manos juntas, se arrodilló a mis
pies para dejarla caer a gotas sobre una cebollita retoñada, diciéndome:
—Es una mata de azucenas de la montaña.
—¿Y la has sembrado ahí?
—Porque aquí...
—Ya lo sé, pero esperaba que lo hubieras olvidado.
—¿Olvidar? ¡Cómo es tan fácil olvidar! —me dijo sin levantarse
ni mirarme.
Su cabellera rodaba destrenzada hasta el suelo, y el viento
hacía que algunos de sus bucles tocaran las blancas mosquetas de un rosal
inmediato.
—¿Pero no sabes por qué encontraste aquí el ramillete de
azucenas?
—¿Cómo no lo he de saber? Porque ese día hubo quien supusiera
que yo no quería volver a poner flores en su mesa.
—Mírame, María.
—¿Para qué? —respondió sin levantar los ojos de la matita, que
parecía examinar con suma atención.
—Cada azucena que nazca aquí será un castigo cruel por un solo
momento de duda. ¿Sabía yo acaso si era digno?... Vamos a sembrar tus azucenas
lejos de este sitio.
Doblé una rodilla al frente de ella.
—¡No, señor! —me respondió alarmada y cubriendo la matita con
entrambas manos.
Yo me volví a poner en pie; y cruzado de brazos esperaba a que
ella terminara lo que hacía o fingía hacer. Trató de verme sin que yo lo
notase, y rió al fin levantando el rostro lleno de recompensas por un instante
de supuesta severidad, diciéndome:
—Conque muy bravo, ¿no? Voy a contarle, señor, para qué son
todas las azucenas que dé la mata.
Al tratar de ponerse en pie, asida de la mano que yo le ofrecí,
volvió a caer arrodillada, porque la detenían algunos cabellos enredados en las
ramas del rosal: los separamos, y al sacudir ella la cabeza para arreglar la
cabellera, sus miradas tenían una fascinación casi nueva. Apoyada en mi brazo,
observó:
—Vámonos, que va a oscurecer.
—¿Para qué son las azucenas? —insistí al dirigirnos lentamente
al corredor de la montaña.
—Ya sabes para qué servirán las rosas de la mata nueva que te
mostré, ¿no?
—Sí.
—Pues las azucenas servirán para una cosa parecida.
—A ver.
—¿Te gustará encontrar en cada carta mía que recibas, un
pedacito de las azucenas que dé?
—¡Ah!, sí.
—Eso será como decirte muchas cosas que algunas veces no deben
escribirse y que otras me costaría mucho trabajo expresar bien, porque no me
has acabado de enseñar lo necesario para que mis cartas vayan bien puestas...
también es cierto...
—¿Qué es cierto?
—Que ambos tenemos la culpa.
Después de haberse distraído en romper bajo sus pies,
preciosamente calzados, las hojas secas de los mandules y mameyes regadas por
el viento en la callejuela que seguíamos, dijo:
—No quiero ir mañana a la montaña.
—¿Pero no se sentirá Tránsito contigo? Hace un mes que se casó y
no le hemos hecho la primera visita. ¿Por qué no deseas ir?
—Porque... por nada. Le dirás que estamos atareadas con tu
viaje... Cualquier cosa. Que venga ella con Lucía el domingo.
—Está bien. Yo volveré muy temprano.
—Sí: y no habrá cacería.
—Pero esa condición es nueva; y Carlos se reiría de saber que me
la has impuesto.
—¿Y quién ha de ir a decírselo a él?
—Tal vez yo mismo.
—Y eso ¿para qué?
—Para consolarlo de aquel tiro que erró tan lastimosamente al
venadito.
—De veras. A un tigre hubiera sido otra cosa, porque claro está
que debe dar miedo.
—Lo que no sabes es que la escopeta de Carlos no tenía munición
cuando disparó: Braulio se la había sacado.
—Y ¿por qué hizo Braulio eso?
—Por tomar desquite. Carlos y el señor de M... se habían burlado
en aquella mañana de la flacura de los perros de José.
—Braulio hizo mal; ¿verdad? Pero si no lo hubiera hecho así, no
estaría vivo el venadito. Tú no has visto lo alegre que se pone si yo me le
acerco: hasta Mayo ha conseguido que lo quiera, y muchas veces duermen juntos.
¡Es tan lindo! ¡Cómo lo habrá llorado su madre!
—Suéltalo para que se vaya, pues.
—¿Y ella lo buscaría todavía por los montes?
—Tal vez no.
—¿Por qué?
—Porque Braulio me asegura que la venada que mató poco después
en la misma cañada de donde salió el chiquito era la madre.
—¡Ay! ¡Qué hombre!... No vuelvas a matar venadas.
Habíamos llegado al corredor, y Juan, con los brazos abiertos,
salió al encuentro de María: ella lo levantó y desapareció con él después de
haberle hecho reclinar la cabeza soñolienta sobre uno de aquellos hombros de
nácar sonrosado que ni su pañolón ni su cabellera se atrevían en algunos
momentos a ocultar.
XLVI
A las doce del día siguiente bajé de la montaña. El Sol, desde
el cenit, sin nubes que lo estorbaran, lanzaba viva luz intentando abrasar todo
lo que los follajes de los árboles no defendían de sus rayos de fuego. Las
arboledas estaban silenciosas: la brisa no movía los ramajes ni aleteaba un ave
en ellos; las chicharras festejaban infatigables aquel día de estío con que se
engalanaba diciembre: las aguas cristalinas de las fuentes rodaban precipitadas
al atravesar las callejuelas para ir a secretearse bajo los tamarindos y hobos,
y esconderse después en los yerbabuenales frondosos: el valle y sus montañas
parecían iluminados por el resplandor de un espejo gigantesco.
Seguíanme Juan Angel y Mayo. Divisé a María, que llegaba al baño
acompañada de Juan y Estéfana. El perro corrió hacia ellos, y se puso a dar
vueltas alrededor del bello grupo, estornudando y dando aulliditos como solía
hacerlo para expresar contento. María me buscó con mirada anhelosa por todas
partes, y me divisó al fin a tiempo que yo saltaba el vallado del huerto.
Dirigíme hacia donde ella estaba. Sus cabellos, conservando las ondulaciones
que las trenzas les habían impreso, le caían en manojos desordenados sobre el
pañolón y parte de la falda blanca, que recogía con la mano izquierda, mientras
con la derecha se abanicaba con una rama de albahaca.
Estaba sentada bajo el ramaje del naranjo del baño, sobre una
alfombra que Estéfana acababa de extender, cuando me acerqué a saludarla.
—¡Qué sol! —me dijo—; por no haber venido temprano...
—No fue posible.
—Casi nunca es posible. ¿Quieres bañarte y yo me esperaré?
—Oh, no.
—Si es porque falta en el baño algo, yo puedo ponérselo ahora.
—¿Rosas?
—Sí; pero ya las tendrás cuando vengas.
Juan, que había estado haciendo bambolear los racimos de
naranjas que estaban a su alcance y casi sobre el césped, se arrodilló delante
de María para que ella le desabrochara la blusa.
Ese día llevaba yo una abundante provisión de lirios, pues
además de los que me habían guardado Tránsito y Lucía, encontré muchos en el
camino: escogí los más hermosos para entregárselos a María, y recibiendo de
Juan Angel todos los otros, los arrojé al baño. Ella exclamó:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¡Tan lindos!
—Las ondinas —le dije— hacen lo mismo con ellos cuando se bañan
en los remansos.
—¿Quiénes son las ondinas?
—Unas mujeres que quisieran parecerse a ti.
—¿A mí? ¿Dónde las has visto?
—En el río las veía.
María rio, y cuando me alejaba, me dijo:
—No me demoraré sino un ratito.
Media hora después entró al salón donde la esperaba yo. Sus
miradas tenían esa brillantez y sus mejillas el suave rosa que tanto la
embellecía al salir del baño.
Al verme, se detuvo exclamando:
—¡Ah! ¿Por qué aquí?
—Porque supuse que entrarías.
—Y yo, que me esperabas.
Sentóse en el sofá que le indiqué, e interrumpió luego algo en
que pensaba, para decirme:
—¿Por qué es, ah?
—¿Qué cosa?
—Que sucede esto siempre.
—No has dicho qué.
—Que si imagino que vas a hacer algo, lo haces.
—¿Y por qué me avisa también algo que ya vienes, si has tardado?
Eso no tiene explicación.
—Yo quería saber, desde hace días, si sucediéndome esto ahora,
cuando no estés aquí ya, podrás adivinar lo que yo haga y saber yo si estás
pensando...
—En ti, ¿no?
—Será. Vamos al costurero de mamá, que por esperarte no he hecho
nada hoy; y ella quiere que esté a la tarde lo que estoy cosiendo.
—¿Allí estaremos solos?
—¿Y qué nuevo empeño es ese de que estemos siempre solos?
—Todo lo que me estorba...
—¡Chit!...—dijo poniéndose un dedo sobre los labios—. ¿Ya ves?
Están en la repostería —añadió sentándose—. ¿Conque son muy lindas esas
mujeres? —preguntó sonriéndose y arreglando la costura—. ¿Cómo se llaman?
—¡Ah!... son muy lindas.
—¿Y viven en los montes?
—En las orillas del río.
—¿Al sol y al agua? No deben ser muy blancas.
—En las sombras de los grandes bosques.
—¿Y qué hacen allí?
—No sé qué hacen; lo que sí sé es que ya no las encuentro.
—¿Y cuánto hace que te sucede esa desgracia? ¿Por qué no te
esperarán? Siendo tan bonitas, estarás apesadumbrado.
—Están... pero tú no sabes qué es estar así.
—Pues me lo explicarás tú. ¿Cómo están?... ¡No, señor! —agregó
escondiendo en los pliegues de la irlanda que tenía sobre la falda, la mano
derecha que yo había intentado tomarle.
—Está bien.
—Porque no puedo coser, y no dices cómo están las... ¿Cómo se
llaman?
—Voy a confesártelo.
—A ver, pues.
—Están celosas de ti.
—¿Enojadas conmigo?
—Sí.
—¡Conmigo!
—Antes sólo pensaba yo en ellas, y después...
—¿Después?
—Las olvidé por ti.
—Entonces me voy a poner muy orgullosa.
Su mano derecha estaba ya jugando sobre un brazo de la butaca, y
era así como solía indicarme que podía tomarla. Ella siguió diciendo:
—¿En Europa hay ondinas?... Oigame, mi amigo, ¿en Europa hay?
—Sí.
—Entonces... ¡Quién sabe!
—Es seguro que aquéllas se pintan las mejillas con zumos de
flores rojas, y se ponen corsé y botines.
María trataba de coser, pero su mano derecha no estaba firme.
Mientras desenredaba la hebra, me observó:
—Yo conozco uno que se desvive por ver pies lindamente calzados
y... Las flores del baño se van a ir por el desagüe.
—¿Eso quiere decir que debo irme?
—Es que me da lástima de que se pierdan.
—Algo más es.
—De veras: que me da como pena... y otra cosa de que nos vean
tantas veces solos... y Emma y mamá van a venir.
XLVII
Mi padre había resuelto ir a la ciudad antes de mi partida,
tanto porque los negocios lo exigían urgentemente, como para tomarse tiempo
allá para arreglar mi viaje.
El catorce de enero, víspera del día en que debía dejarnos, a
las siete de la noche y después de haber trabajado juntos algunas horas, hice
llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debía seguir con el suyo. Mi
madre acomodaba los baúles arrodillada sobre una alfombra, y Emma y María le
ayudaban. Ya no quedaban por acomodar sino vestidos míos: María tomó algunas
piezas de éstos que estaban en los asientos inmediatos, y al reconocerlas
preguntó:
—¿Esto también?
Mi madre se las recibió sin responder, y se llevó algunas veces
el pañuelo a los ojos mientras las iba colocando.
Salí, y al regresar con algunos papeles que debían ponerse en
los baúles, encontré a María recostada en la baranda del corredor.
—¿Qué es? —le dije—. ¿Por qué lloras?
—Si no lloro...
—Recuerda lo que me tienes prometido.
—Sí, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me
dieras parte del tuyo... Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si
tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las
ocultaría... pero después, ¿quién las sabrá...?
Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas,
diciéndole:
—Espérame, que vuelvo.
—¿Aquí?
—Sí.
Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.
—Mira —me dijo mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han
entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?
Después de unos momentos de silencio, agregó:
—Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto
antes de seguir para Europa...
—¿Habría sido mejor?
—¿Mejor?... ¿Mejor?... ¿Lo has creído alguna vez?
—Bien sabes que no he podido creerlo.
—Yo sí, cuando papá dijo eso que le oí de la enfermedad que
tuve; ¿y tú nunca?
—Nunca.
—¿Y en aquellos diez días?
—Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre...
—Sí; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
—Ya has hecho lo que yo podía exigirte en recompensa.
—¿Algo que valga tanto así?
—Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
—¡Ay!, sí. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por
pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con
la mía.
—Antes —continuó, levantando lentamente la cabeza— me habría
muerto de vergüenza al hablarte así... Tal vez no hago bien...
—¿Mal, María? ¿No eres, pues, casi mi esposa?
—Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me
pareció un imposible...
—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
—No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo entonces...
—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que mis manos registraban
las suyas.
—Esto —le respondí, sacándole del dedo anular de la mano
izquierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos iniciales de los
nombres de sus padres.
—¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la había
ofrecido.
—Te la devolveré el día de nuestras bodas: reemplázala mientras
tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el colegio: por
dentro del aro están tu nombre y el mío. A mí no me viene; a ti sí, ¿no?
—Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los
días de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé para buscártela
y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de María y veloz como el
pensamiento cruzó por delante de nuestros ojos. María dio un grito ahogado, y
cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:
—¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrío de pavor
me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave ominosa no se
oía ya. María estaba inmóvil. Mi madre, que salía del escritorio con una luz,
se acercó alarmada por el grito que acababa de oírle a María: ésta estaba
lívida.
—¿Qué es? —preguntó mi madre.
—Esa ave que vimos en el cuarto de Efraín.
La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:
—Pero niña, ¿cómo te asustas así?
—Usted no sabe... Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquí
—añadió llamándome con la mirada, ya más serena. La campanilla del comedor sonó
y nos dirigíamos allá cuando María se acercó a mi madre para decirle:
—No le vaya a contar mi susto a papá, porque se reirá de mí.
XLVIII
A las siete de la mañana siguiente ya había salido de casa el
equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de camino. Debía
acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señores de M..., de los cuales
iba a despedirme, lo mismo que de otros vecinos. La familia estaba toda en el
corredor cuando acercaron los caballos para que montáramos. Emma y María
salieron de mi cuarto en aquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi padre,
después de besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a María,
a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien le recordó el
encargo que le había hecho de un galapaguito con pistoleras, para ensillar un
potro guaucho, que era su diversión en aquellos días.
Detúvose de nuevo mi padre delante de María, antes de bajar la
escalera, y le dijo en voz baja, poniéndole una mano sobre la cabeza y tratando
inútilmente de conseguir que lo mirara.
—Es convenido que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es
verdad, mi señora?
María le significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que
velaba el pudor, intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó
precipitadamente.
Me despedí hasta la tarde, y estando cerca de María mientras
montaba mi padre, ella me dijo de modo que ninguno otro la oyera:
—Ni un minuto después de las cinco.
De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la
hacienda; me recibió lleno de placer, y tratando de obtener de mí, desde el
punto en que me abrazó, que pasara todo el día con él.
Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco
gusto y arte; recorrimos el huerto, hermosa obra de los antepasados de la
familia, y fuimos por último al pesebre, adornado con media docena de valiosos
caballos.
Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me
dijo:
—Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos
adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponías para
atormentarme al contarte algún capricho desesperador de Matilde. Pero al cabo,
si estás triste porque te vas, eso significa que estarías contento si te
quedaras... ¡Diablo de viaje!
—No seas malagradecido —le respondí—; desde que yo regrese
tendrás médico de balde.
—Cierto, hombre. ¿Crees que no lo había previsto? Estudia mucho
para volver pronto. Si mientras tanto no me mata un tabardillo atrapado en
estos llanos, es posible que me encuentres hidrópico. Estoy aburriéndome
atrozmente. Todo el mundo quiso aquí que fuera a pasar la nochebuena en Buga; y
para quedarme tuve que fingir que me había dislocado un tobillo, a riesgo de
que tal conducta me despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin
tendré que pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y
ruanas como Emigdio... a traer cualquier cosa.
—¿Como una mujer? —le interrumpí.
—¡Toma! ¿Te imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas
las noches hago cien proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un catre desde
las seis de la tarde, aguardando a que vengan los negros a rezar, a que me
llamen después a tomar chocolate, y oyendo luego conchabar desenraíces,
despajes y siembras de caña... A la madrugada de todos los días, el primer olor
de bagazal que me llega a las narices deshace todos mis castillos.
—Pero leerás.
—¿Qué leo? ¿Con quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de
mayordomo que bosteza desde las cinco?
—Saco en limpio que necesitas urgentemente casarte; que has
vuelto a pensar en Matilde y que proyectas traerla aquí.
—Al pie de la letra; eso ha sucedido así. Después que me
convencí de que había cometido un dislate intentando casarme con tu prima (Dios
y ella me lo perdonen), vino la tentación que dices. Pero, ¿sabes lo que suele
sucederme? Después de costarme tanto trabajo como resolver uno de aquellos
problemas de Barcho, imaginarme bien que Matilde es ya mi mujer y que está en
casa, suelto la carcajada al suponerme qué sería de la infeliz.
—Pero, ¿por qué?
—Hombre, Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como
la estatua de Bolívar, como el portero Escamilla: tendría que echárseme a
perder en la trasplanta. ¿Y qué podría yo hacer para evitarlo?
—Pues hacerte amar de ella siempre; proporcionarle todos los
refinamientos y recreaciones posibles... en fin, tú eres rico, y ella te sería
un estímulo para el trabajo. Además, estas llanuras, estos bosques, estos ríos,
¿son por ventura cosas que ella ha visto? ¿Son para verse y no amarse?
—Ya me vienes con poesías. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y
mis tías con sus humos y gazmoñerías? ¿Y esta soledad? ¿Y el calor?... ¿Y el
demonio?...
—Aguárdate —le interrumpí riéndome—; no lo tomes tan a pechos.
—No hablemos más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a
curarme. Cuando regreses, te casarás con la señorita María, ¿no es así?
—Dios mediante...
—¿Quieres que yo sea tu padrino?
—De mil amores.
—Mil gracias. Es, pues, cosa convenida.
—Haz que traigan mi caballo —le dije después de un rato de
silencio.
—¿Te vas ya?
—Lo siento; pero en casa me esperan temprano: ya ves que está
muy próximo el viaje... y tengo que despedirme hoy de Emigdio y de mi compadre
Custodio, que no están muy cerca.
—¿Te vas el treinta precisamente?
—Sí.
—Te quedan sólo quince días; no debo detenerte. Al fin te has
reído de algo, aunque haya sido de mi tedio.
Ni Carlos ni yo pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella
despedida.
Vadeaba el Amaimito a tiempo que oí se me llamaba, y divisé a mi
compadre Custodio saliendo de un bosque inmediato. Cabalgaba en un potrón
melado, de rienda todavía, sobre una silla de gran cabeza: llevaba camisa de
listado azul, los calzones arremangados hasta la rodilla y el capisayo
atravesado a lo largo sobre los muslos. Seguíale, montado en una yegua bebeca
agobiada por los años y por cuatro racimos de plátanos, un muchacho idiota, el
mismo que desempeñaba en la chagra funciones combinadas de porquero, pajarero y
hortelano.
—Dios me lo guarde, compadrito —me dijo el viejo cuando estuvo
cerca—. Si no me empecino a gritarlo, se me escabulle.
—A su casa iba, compadre.
—No me lo diga. Y yo que por poco no salgo de estos montarrones,
dándome forma de topar esa maneta indina que ya se volvió a horrar: pero en el
trapiche me las ha de pagar todas juntas. Si no acierto a pasar por el llanito
de la puerta y a ver los gualas, hasta ahora estaría haraganeando en su busca.
Me fui de jilo, y dicho y hecho: medio comido ya el muleto, y tan bizarrote que
parecía de dos meses. Ni el cuero se pudo sacar, que con otro me había servido
para hacer unos zamarros, que los que tengo están de la vista de los perros.
—No se le dé nada, compadre, que muletos le han de sobrar y años
para verlos de recua. Vámonos, pues.
—Nada, señor —dijo mi compadre empezando a andar y
precediéndome—; si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase cargo: la
miel a real; la rapadura, no se diga; la azucarita que sale blanca, a peso; los
quesos, de balde; y los puercos tragándose todo el maíz de la cosecha, y como
si se botara al río. Los balances de su comadre, aunque la pobre es un
ringlete, no dan ni para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se
gasta; y esos garosos de guardas, tras del sacatín que se las pelan... Qué le cuento:
le compré al amo don Jerónimo el rastrojo aquel del gaudualito; pero ¡qué
hombre tan tirano! ¡Cuatrocientos patacones y diez ternerotes de aparta me
sacó!
—¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?
—¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la
alcancía de Salomé para poder pagarle.
—¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?
—Y si no, ¿dónde le diera el agua? Labra tiras de lomillo que es
lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija de su mamá. Pero si le digo
que esa muchacha me tiene zurumbático, no le miento.
—¿Salomé? Ella tan formalita, tan recatada...
—Ella, compadre; así tan pacatica como la ve.
—¿Qué sucede?
—Usté es caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en
vez de írselo a decir al señor cura de la Parroquia, que yo creo que de puro
santo no tiene ni malicia y se le pasea el alma por el cuerpo. Pero aguárdese y
paso yo primero este zanjón, porque para no embarrarse en él, se necesita
baquía.
Y volviéndose al bobo, que venía durmiéndose entre los plátanos:
—Ve el camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto
pierdo los guangos por dejarte ahí.
El cotudo rió estúpidamente y dio por respuesta algunos
rezongones inarticulados. Mi compadre continuó:
—¿Usté si conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto
Murcia?
—¿No es el que se quería casar con Salomé?
—Allá llegaremos.
—No sé quién lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en
casa de usted y en la de José, y aun hemos cazado algunas veces juntos: es un
guapo mozo.
—Ahí donde lo ve, no le faltan ocho buenas vacas, su punta de
puercos, su estancita y dos buenas yeguas de silla. Porque ñor Murcia, aunque
vivía renegando que daba miedo, era un buen hombre, y le dejó todo eso al
muchacho. El es hijo de una mulata que le costó al viejo una rebotación de
tiricia que por poco se lo lleva, pues a los cuatro meses de haber comprao la
zamba en Quilichao, se le murió; y yo supe el cuento, porque entonces me
gustaba jornalear algunas veces en la chagra de ñor Murcia.
—¿Y qué hay de Tiburcio?
—Allá voy. Pues señor, va para ocho meses que empecé a notar que
al muchacho no le faltaban historias para venir a vernos; pero pronto le cogí
la mácula, y conocí que lo que buscaba era ocasión de ver a Salomé. Un día se
lo dije por lo claro a Candelaria, y ella me salió con la repostada de que tal
vez me había caído nube en los ojos y que el cuento era rancio. Me puse en
atisba un sábado en la tardecita, porque Tiburcio no faltaba los sábados a esa
hora, y cate usté que vi a la muchacha salirle al encuentro apenas lo sintió, y
no me quedó pizca de duda... Eso sí, nada vi que no fuera legítimo. Pasaron
días, y Tiburcio no abría la boca para hablar de casamiento; pero yo pensaba:
cateando que estará a Salomé, y bien guanábano será si no se casa con ella, pues
no es ninguna mechosa, y tan mujer de su casa no hay riesgo de que la halle.
Cuando de golpe dejó de venir Tiburcio, sin que Candelaria pudiera sacarle a la
muchacha el motivo; y como a mí me tiene Salomé el respeto que debe, menos pude
averiguarle; y desde antes de nochebuena Tiburcio no se asoma allá. ¿Si será
usté amigo del niño Justiniano, hermano de don Carlitos?
—No lo veo desde que éramos chicos.
—Pues quítele las patillas que ha echado don Carlos, y ahí lo
tiene individual. Pero ojalá fuera como el hermano; es el mismo patas; pero
bonito mozo, para qué es negarlo. Yo no sé ónde vio él a Salomé: tal vez sería
agora que estuve empeñao sobre hacer el cambalache con su padre, porque el niño
ese vino a herrar los terneros, y desde el mesmo día no me deja comer un
plátano a gusto.
—Eso no está bueno.
—Yo, que se lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe,
me diga un día, que esté lunática, que soy un garlero, sé lo que hago. Pero no
hay mal que no tenga su cura: he estado dando y cavando hasta dar en el toque.
—A ver, compadre; pero dígame antes (y dispense si hay
indiscreción en preguntárselo), ¿qué cara le hace Salomé a Justiniano?
—Déjeme, señor; si eso es lo que me tiene día y noche como si
durmiera yo sobre pringamoza... Compadre, la muchacha está picada... Por no
matarla... Y la pela que le doy si se me mete el mandinga... Lo quiere, niño;
por eso le cuento a usté todo para que me saque con bien.
—¿Y en qué ha conocido usted que está enamorada Salomé?
—¡Válgame! No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve
al blanquito y que toda ella se pone como azogada, si le pasa agua o candela,
porque parece que él vive con sequía, y que fumar es lo único que tiene que
hacer; pues por candela y agua arrima a casa arreo arreo; y no hace falta los
domingos en la tarde en casa de la vieja Dominga ¿no la conoce?
—No.
—Pues estoy por decirle que es de las que usan polvos; y ya no
hay quién le quite de la cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue la que le
ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo divertía a usté; porque el
animalito boqueó sobándose la barriga y dando quejidos como un cristiano.
—Algún alacrán que se habrá comido, compadre.
—¡Deónde! Si trabajo costaba para que probara comida fría:
convénzase que la bruja le hizo maleficio; pero no era allá donde yo iba.
Enanticos que fui a buscar la yegua me encontré a la vieja en el guayabal, que
iba para casa, y como ando orejero, todo fue verla y me le aboqué por delante
para decirle: “Vea, ña Dominga, devuélvase, porque allá tienen las gentes
oficio en lugar de estar en conversas. Van dos viajes con éste que le he dicho
que me choca verla en casa”. Toda ella se puso a temblar, y yo que la vi
asustada, pensé al golpe: este retobo no anda en cosa buena. Salió con éstas y
las otras; pero la dejé como en misa cuando le dije: “Mire que yo soy
malicioso, y si la cojo a usté en la que anda, yo la desuello a rejo, y si no
lo hago, que me quiten el nombre”.
La exaltación de mi compadre había llegado al colmo.
Santiguándose continuó:
—¡Jesús, creo en Dios Padre! Esa cangalla es capaz de hacerme
perder, un día que se me revista la ira mala. Es buen hacer, blanco: tener un
hombre de bien su hija que tantas pesadumbres le ha costao, y que no ha de
faltar quien quiera hacerlo abochornar a uno de lo más querido.
Mi irascible compadre estaba próximo a un acceso de
enternecimiento, y yo, a quien no habían parecido salvas y repiques sus últimas
palabras, me apresuré a decirle:
—Veamos el remedio que usted ha encontrado para el mal, porque
ya voy creyendo que es cosa grave.
—Pues ory verá: su mamá le propuso el otro día a mi mujer que le
mandara a Salomé por una semanas para que la muchacha aprendiera a coser en
fino, que es todo lo que Candelaria desea. Entonces no se pudo... Yo no lo
conocía a usté como agora.
—¡Compadre!
—Por la verdá murió Cristo. Ya el caso es diferente: quiero que
su mamá me tenga allá unos meses a la muchacha, que por ahí no ha de ir a
buscarla ese enemigo malo: Salomé se ajuiciará y será lo mismo que decirle al
que quiera alborotármela que se vaya a la punta de un cuerno. ¿Le parece?
—Por supuesto. Hoy mismo le hablaré a mi madre; y ella y las
muchachas se pondrán muy contentas. Yo le prometo que todo se allanará.
—Dios se lo pague, compadre. Entonces yo me daré formas de que
usté hable hoy un rato solo con Salomé, como quien no quiere la cosa: le
propone que vaya a su casa y le dice que su mamá le está esperando. Usté me
cuenta luego lo que le saque, y así nos saldrá todo derecho como surco. Pero si
la muchacha se encapricha, sí le juro que un día de estos la encajo en uno de
mis mochos, y al beaterio de Cali va a dar, que ahí no se me le ha de asentar
una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro la tengo
hasta que San Juan agache el dedo.
Pasábamos por el rastrojo recién comprado por Custodio y éste me
dijo:
—¿No ve qué primor de tierra y cómo está el espino de mono, que
es la mejor señal del buen terreno? Lo único que lo daña es la falta de agua.
—Compadre —le respondí—, si ya puede usted ponerle toda la que
quiera.
—No embrome; entonces no lo vendo ni por el doble.
—Mi padre consiente en que usted tome tanta cuanta necesite de
los potreros de abajo: yo le hice ver lo que usted me recomendó; y él extrañó
que no le hubiese pedido antes el permiso.
—Pero qué memoria la suya, compadrito: mire que aguardar a las
últimas para avisármelo... Dígamele al patrón que se lo agradezco en mi alma;
que ya sabe que no soy ningún ingrato, y que aquí me tiene con cuanto tengo
para que mande. Candelaria va a estar de pascuas: agua a mano para la huerta,
para el sacatín, para la manguita... Supóngase que la que pasa por la casa es
un hilito, y eso revuelta por los puercos de mi compañero Rudecindo, que lo que
es hozar y dañarme las quinchas, no vagan; de forma que para cuanto limpio hay
que hacer en casa, tienen que empuntar al mudo con la yegua cargada de
calabazos al Amaimito porque para tomar el agua de la Honda, mejor es tragar
lejía, de la pura caparrosa que tiene.
—Es cobre, compadre.
—Eso será.
La noticia del permiso que le concedía mi padre para tomar el
agua refrescó al chagrero hasta el punto de hacer que el potrón en que iba
luciera la trastraba en que decía el picador lo estaba metiendo.
—¿De quien es ese potro?, no tiene el fierro de usted.
—¿Le gusta? Es del abuelo Somera.
—¿Cuánto vale?
—Pues para no andar con vueltas ni regodeos, le confesaré que
don Emigdio no quiso cuatro medallas; y éste es un ranga delante del
rucio–negro mío, que ya lo tengo de freno, y manotea al paso llano, y saca la
cola que es un gusto: ¡así me costó amansarlo, para una semana entera me baldó
este brazo, porque no hay otro que le gane en lo canónigo; y un remache en el
dos y dos... Engordando lo tengo, pues tras la última tambarria que le di quedó
en la espina.
Llegamos a la casa de Custodio, y él taloneó el potro para darse
trazas de abrir la puerta del patio. Apenas dio ésta tras de nosotros el último
quejido y un golpe que hizo estremecer al caballete pajizo, me aconsejó mi
compadre:
—Andele vivo y con tiento a Salomé a ver qué le saca.
—Pierda cuidado —le respondí haciendo llegar al corredor mi
caballo, al cual espantaba la ropa blanca colgada por allí.
Cuando traté de apearme ya le había tapado mi compadre la cabeza
al potro con el capisayo, y estaba teniéndome el estribo y la brida. Después de
amarrar las cabalgaduras entró gritando:
—¡Candelaria! ¡Salomé!
Sólo los bimbos contestaban.
—Pero ni los perros —continuó mi compadre— como si a todos se
los hubiera tragado la tierra.
—Allá voy —respondió desde la cocina mi comadre.
—¡Hu turutas!, si es que aquí está tu compadre Efraín.
—Aguárdeme una nada, compadrito, que es porque estamos bajando
una raspadura y se nos quema.
—¿Y Fermín dónde se ha metido? —preguntó Custodio.
—Se fue con los perros a buscar el puerco cimarrón —respondió la
voz melodiosa de Salomé.
Esta se asomó de pronto a la puerta de la cocina, mientras mi
compadre se empeñaba en ayudarme a quitar los zamarros.
Era pajiza la casita de la chagra y de suelo apisonado, pero muy
limpia y recién enjalbegada: así rodeada de cafetos, anones, papayuelos y otros
árboles frutales, no faltaba a la vivienda sino lo que iba a tener en adelante,
esperanza que tan favorablemente había mejorado el humor de su dueño: agua
corriente y cristalina. La salita tenía por adorno algunos taburetes forrados
de cuero crudo, un escaño, una mesita cubierta por entonces con almidón sobre
lienzos, y el aparador, donde lucían platos y escudillas de varios tamaños y
colores.
Cubría una alta cortina de zaraza rosada la puerta que conducía
a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una deteriorada imagen de
la Virgen del Rosario, completando el altarcito dos pequeñas estatuas de San
José y San Antonio, colocadas a uno y otro lado de la lámina.
Salió a poco de la cocina mi rolliza y reidora comadre, sofocada
con el calor del fogón y empuñando en la mano derecha una cagüinga31. Después
de darme mil quejas por mi inconstancia, terminó por decirme:
—Salomé y yo lo estábamos esperando a comer.
—¿Y eso?
—Aquí llegó Juan Angel por unos reales de huevos, y la señora me
mandó decir que usted venía hoy. Yo mandé llamar a Salomé al río, porque estaba
lavando, y preguntóle lo que le dije, que no me dejará mentir: “Si mi compadre
no viene hoy a comer aquí, lo voy a poner de vuelta y media”.
—Todo lo cual significa que me tienen preparada una boda.
—No lo habré visto yo comer con gana un sancocho hecho de mi
mano; lo malo es que todavía se tarda.
—Mejor, porque así tendré tiempo de ir a bañarme. A ver, Salomé
—dije parándome a la puerta de la cocina, a tiempo que mis compadres se
entraban a la sala conversando bajo—: ¿qué me tienes tú?
—Jalea y esto que le estoy haciendo —me respondió sin dejar de
moler—. Si supiera que lo he estado esperando como el pan bendito...
—Eso será porque me tienes muchas cosas buenas.
—¡Una porcia! Aguárdeme una nadita mientras me lavo, para darle
la mano, aunque será ñanga, porque como ya no es mi amigo...
Esto decía, sin mirarme de lleno, y entre alegre y vergonzosa,
pero dejándome ver, al sonreír su boca de medio lado, aquellos dientes de
blancura inverosímil, compañeros inseparables de húmedos y amorosos labios: sus
mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta tez escapa por
su belleza a toda comparación. Al ir y venir de los desnudos y mórbidos brazos
sobre la piedra en que apoyaba la cintura, mostraba ésta toda su flexibilidad,
le temblaba la suelta cabellera sobre los hombros, y se estiraban los pliegues
de su camisa blanca y bordada. Sacu-diendo la cabeza echada hacia atrás para
volver a la espalda los cabellos, se puso a lavarse las manos, y acabándoselas
de secar sobre los cuadriles, me dijo:
—Como que le gusta ver moler. Si supiera —continuó más paso— lo
molida que me tienen. ¿No le digo que lo he estado esperando?
Colocada de manera que de afuera no podían verla, continuó
dándome la mano:
—Si usté no se hubiera estado un mes sin venir, me habría hecho
un bien. Vea a ver si mi taita está por ahí.
—Ninguno está. ¿No puedo hacerte el mismo bien ahora?
—¡Ya quién sabe!
—Pero di a ver. ¿No estás persuadida de que lo haré de mil
amores?
—Si le dijera que no, sería una mentirosa, porque desde que tomó
tanto empeño para que ese señor inglés viniera a verme cuando me dio el
tabardillo y muchísimo interés porque yo me alentara, me convencí de que sí me
tenía cariño.
—Me alegro de que lo conozcas.
—Pero es que lo que yo tengo que contarle es tantísimo, que así
de pronto no se puede, y antes un milagro es que ya no esté mi mamá aquí...
Escuche que ahí viene.
—No faltará ocasión.
—¡Ay señor!, y yo no me conformo con que se vaya hoy sin
decírselo todo.
—Conque, ¿va a bañarse, compadrito? —dijo entrando Candelaria—.
Entonces voy a traerle una sábana bien olorosa y orita mismo se va con Salomé y
su ahijado; antes ellos traen un viaje de agua, y ésta lava unos coladores, que
con el viaje del mudo por los plátanos y lo que ha habido que hacer para usté y
para mandar a la Parroquia, no ha quedado sino la de la tinaja.
Al oír la propuesta de la buena mujer, me persuadí de que ella
había entrado de lleno en el plan de su marido, y Salomé me hizo al descuido
una muequecita expresiva, de modo que con labios y ojos me significó a un mismo
tiempo: “ahora sí”.
Salí de la cocina y paseándome en la sala mientras se preparaba
lo necesario para el viaje al baño, pensaba que sobrada razón tenía mi compadre
en celar a su hija, pues a cualquiera menos malicioso que él podía ocurrírsele
que la cara de Salomé con sus lunares, y aquel talle y andar, y aquel seno,
parecían cosa más que cierta, imaginada.
Interrumpió aquellas consideraciones Salomé, que parándose a la
puerta, con un sombrerito raspón medio puesto, dijo:
—¿Nos vamos?
Y dándome a oler la sábana que llevaba colgada de un hombro,
añadió:
—¿Qué olor tiene?
—El tuyo.
—A malvas, señor.
—Pues a malvas.
—Porque yo tengo siempre siempre muchas en mi baúl. Camine y no
vaya a creer que es lejos: lo vamos a llevar por debajo del cacaotal; al salir
del otro lado, no hay que andar sino un pedacito, y ya estamos allá.
Fermín, cargado con los calabazos y coladeras, nos precedía.
Este era mi ahijado; tenía yo trece años y él dos cuando le serví de padrino de
confirmación, debido ello al afecto que sus padres me habían dispensado
siempre.
XLIX
Salíamos del patio por detrás de la cocina cuando mi comadre nos
gritaba:
—No se vayan a demorar, que la comida está en estico.
Salomé quiso cerrar la puertecita de trancas por donde habíamos
entrado al cacaotal; pero yo me puse a hacerlo mientras ella me decía:
—¿Qué hacemos con Fermín, que es tan cuentero?
—Tú lo verás.
—Yo sé: deje que estemos más allá, y yo lo engaño.
Cubríanos la densa sombra del cacaotal, que parecía no tener
límites. La belleza de los pies de Salomé, que la falda de pancho azul dejaba
visibles hasta arriba de los tobillos, resaltaba sobre el sendero negro y la
hojarasca seca. Mi ahijado iba tras de nosotros arrojando cáscaras de mazorca y
pepas de aguacate a los cucaracheros cantores y a las nagüiblancas que gemían
bajo los follajes. Al llegar al pie de un cachimbo, se detuvo Salomé y dijo a
su hermano:
—¿Si irán las vacas a ensuciar el agua? Seguro, porque a esta
hora están en el bebedero de arriba. No hay más remedio que ir en una carrera a
espantarlas: corre, mi vida y ves que no se vayan a comer el socobe que se me
quedó olvidado en la horqueta del chiminango. Pero cuidado con ir romper los
trastos o a botar algo. Ya estás allá.
Fermín no se dejó repetir la orden: bien es verdad que se le
había dado de la manera más dulce y comprometedora.
—¿Ya vido? —me preguntó Salomé acortando el paso y mirando hacia
las ramas con mal fingida distracción.
Se puso luego a mirarse los pies cual si contara sus lentos
pasos; y yo interrumpí el silencio que guardábamos diciéndole:
—A ver, qué es lo que hay y con qué te tienen molida.
—Pues ahí verá que me da no sé qué contarle.
—¿Por qué?
—Si es que se me hace hoy como muy triste y... ahora tan serio.
—Es que te parece. Empieza, porque después no se ha de poder. Yo
también tengo algo muy bueno que contarte.
—¿Sí?, usté primero, pues.
—Por nada —le respondí.
—¿Conque así es la cosa? Pues oiga; pero prométame no decir
nadita de lo que...
—Por supuesto.
—Pues lo que sucede es que Tiburcio se ha vuelto un veleta y un
ingrato y que anda buscando majaderías para darme sentimientos; ahora hace cosa
de un mes que estamos de malas sin haberle dado yo motivo.
—¿Ninguno? ¿Estás bien segura?
—Mire... se lo juro.
—¿Y cuál te ha dicho él que tiene para estar así después de
haberte querido tanto?
—¿Tiburcio? Lambido que es: él no me quiere a mí nada; al
principio no sabía yo porqué se ponía malmodoso cada rato, y después caí en la
cuenta de que todo era porque se figuraba que yo le hacía buena cara al primero
que veía. Dígame usté, ¿eso se puede aguantar cuando una es honrada? Primero
dio en creer una bobería y usté anduvo en la danza.
—¿Yo también?
—¡Cuándo se iba a librar!
—¿Y qué creía?
—Para qué es decirle si ya se lo figurará: todo porque lo vio
venir unas veces a casa y porque yo le tengo cariño. ¿Cómo no se lo había de
tener, no?
—¿Y se convenció al fin de que pensaba un disparate?
—Así me costó de lágrimas y buenas palabras para traerlo a
razón.
—Créeme que siento haber sido causa de eso.
—No se le dé nada, porque si no hubiera sido con usté, no habría
faltado otro de quien echar malos juicios. Oiga, que no le he dicho lo mejor.
Mi taita le amansaba potros al niño Justiniano, y él tuvo que venir a ver unos
terneros que tenía en trato: en una de las ocasiones en que el blanco vino, lo
encontró aquí Tiburcio.
—¿Aquí?
—No se haga el bobo; en casa. Para castigo de mis pecados lo
volvió a encontrar otra vez.
—Creo que van dos, Salomé.
—Ojalá hubiera sido eso sólo: también lo encontró un domingo en
la tarde que vino a pedir agua.
—Son tres.
—Nada más, porque aunque ha venido otras veces, Tiburcio no lo
ha visto, pero a mí se me pone que se lo han contado.
—¿Y todo te parece nada en dos platos?
—¿Usté también da en lo mismo? ¡Y agora! ¿Yo tengo la culpa de
que ese blanco dé en venir? ¿Por qué mi taita no le dice que no vuelva, si es
que se puede?
—Es que hay cosas sencillas, difíciles de hacer.
—Ah, pues: eso mismo le digo yo a Tiburcio; pero todo tiene su
remedio, y de eso no me atrevo a hablarle.
—Que se case pronto contigo, ¿no es esto?
—Si tanto me quiere... Pero él ya cuando... y es capaz de creer
que yo soy alguna cualquiera.
Salomé tenía los ojos aguados, y después de dar unos pasos más,
se detuvo a enjugarse las lágrimas.
—No llores —le dije: yo estoy cierto de que no cree tal: todo
eso es obra de los celos y nada más; verás cómo se remedia.
—No lo piense; menos tibante había de ser. Porque le han dicho
que es hijo de caballero, ya nadie le da al tobillo en lo fachendoso, y se
figura que no hay más que él... ¡Caramba!, como si yo fuera alguna negra bozal
o alguna manumisa como él. Ahora está metido donde las provincianas, y todo por
hacerme patear, porque mucho que lo conozco: bien que me alegraría de que ñor
José lo echara a la porra.
—Es necesario que no seas injusta. ¿Qué tiene de particular que
esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el tiempo;
peor sería que pasara los días tunando.
—Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado había de
ser...
—Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual maldita la gracia
que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve?
—Por eso.
Yo me reí de la respuesta, y ella torciendo los ojos, dijo:
—¡Velay! ¿Y eso que cosquillas le hace?
—Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con Tiburcio,
exactamente lo mismo que lo que hace contigo?
—¡Válgame Dios! ¿Yo que hago?
—Pues estar celosa.
—¡Eso sí que no!
—¿No?
—¿Y si él lo ha querido? A mí nadie me quita de la cabeza que si
ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casaría con Lucía, y a no ser porque
Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo deja-ran.
—Pues sábete que Lucía quiere desde que estaba chiquita a un
hermano de Braulio que pronto vendrá; y no te quepa duda, porque Tránsito me lo
ha contado.
Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y
sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes una mata de
buenastardes:
—Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?
—¿Me das permiso para referirle a Tiburcio lo que hemos
conversado?
—No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya a hacer.
—Si solamente te pregunto si lo consientes.
—¿Todito?
—Las quejas sin los agravios.
—Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mí,
no sé ni lo que digo... Vea: se me pone que es mejor no contarle, porque si ya
no me quiere, después andará diciendo que me cansé de llorar por él, y que lo
quise contentar.
—Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar
tus penas.
—¡Ah trabajo! —exclamó poniéndose a llorar.
—Vamos, no seas cobarde —le dije apartándole las manos de la
cara—: lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames a chorros.
—Si Tiburcio creyera eso, no me pasaría yo las noches llorando
hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él mi taita me
ha cogido tema.
—¿Qué quieres apostar conmigo a que mañana en la tarde viene
Tiburcio a verte y a contentarte?
—¡Ay!, le confieso que no tendría con qué pagarle —me respondió
estrechándome la mano en las suyas, y acercándola a su mejilla—. ¿Me lo
promete?
—Muy desgraciado y tonto debo ser si no lo consigo.
—Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya a
contarle a Tiburcio que hemos estado así tan solitos y... Porque vuelve a dar
en lo del otro día, y eso sí era echarlo todo a perder. Ahora —añadió empezando
a subir el cerco— voltéese para allá y no me vea saltar, o saltemos juntos.
—Escrupulosa andas; no lo eras tanto.
—Si es que todos los días le cojo más vergüenza. Súbase pues.
Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró
dificultades que no encontré yo, quedóse sentada encima de la cerca diciéndome:
—Miren al niño; diga algo. Pues ahora no he de bajar si no se
voltea.
—Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre...
—¿Acaso ella es como aquél?... Y asina, ¿cómo quiere que me
baje? ¿No ve que si me enredo?...
—Déjate de monadas y apóyate aquí —le dije presentándole mi
hombro.
—Haga fuerza, pues, porque yo peso como... una pluma —concluyó
saltando ágilmente—. Me voy a poner creidísima, porque conozco muchas blancas
que ya quisieran saltar así talanqueras.
—Eres una boquirrubia.
—¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy a
entromparme con usté.
—¿Vas a qué?
—¡Adiós!... ¿Y no entiende?, pues que voy a enojarme. ¿Qué
hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es antojo que
tengo.
—¿Y si después no podías contentarme?
—¡Ayayay! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo
si me ve llorando.
—Pero eso será porque conozco que no lo haces por coquetería.
—¿Que no lo hago qué? ¿Cómo es el cuento?
—Co-que-te-ría.
—Y eso ¿qué quiere decir? Dígame, que de veras no sé... sólo que
sea cosa mala... Entonces me la tiene muy guardadita, ¿ya l’oye?
—¡Buen negocio!, mientras tú la desperdicias.
—A ver, a ver: di’aquí no paso si no dice.
—Me iré solo —le respondí dando unos pasos.
—¡Jesús!, era yo capaz hasta de revolverle l’agua. ¿Y con qué
sábana se secaba?... Nada, dígame qué es lo que yo desperdicio. Ya se me va
poniendo qué es.
—Di.
—Será... ¿será amor?
—Lo mismo.
—¿Y qué remedio? ¿Porque quiero a ese creído? Si fuera blanca,
pero bien blanca; rica pero bien rica... sí que lo querría a usté; ¿no?
—¿Te parece así? ¿Y qué hacíamos con Tiburcio?
—¿Con Tiburcio? Por amigo de tenderle l’ala a todas, lo poníamos
de mayordomo y lo teníamos aquí —dijo cerrando la mano.
—No me convendría el plan.
—¿Por qué? ¿No le gustaría que yo lo quisiera?
—No es eso, sino el destino que te agrada para Tiburcio.
Salomé rió con toda gana.
Habíamos llegado al riecito, y ella después de poner la sábana
sobre el césped que debía servirme de asiento en la sombra, se arrodilló en una
piedra y se puso a lavarse la cara. Luego que acabó, iba a desatarse de la
cintura un pañuelo para secarse, y le presenté la sábana diciéndole:
—Eso te hará mal si no te bañas.
—Casi... casi que vuelvo a bañarme; y que está l’agua tan
tibiecita; pero usté refrésquese un rato; y ora que venga Fermín, mientras usté
acaba, doy una zambullida yo en el charco de abajo.
En pie ya, se quedó mirándome, y sonreía maliciosa mientras se
pasaba las manos húmedas por los cabellos. Al fin me dijo:
—¿Me creerá que yo me he soñado que era cierto todo lo que le
venía diciendo?
—¿Que Tiburcio no te quería ya?
—¡Malaya!, que yo era blanca... Cuando desperté, me entró una
pesadumbre tan grande, al otro día era domingo y en la parroquia no pensé sino
en el sueño mientras duró la misa: sentada lavando ahí donde usté está, cavilé
toda la semana con eso mismo y...
Interrumpieron las inocentes confidencias de Salomé los gritos
de “¡chino, chino!”, que hacia el lado del cacaotal daba mi compadre llamando a
los cerdos. Salomé se asustó un poco, y mirando en torno, dijo:
—Y este Fermín que se ha vuelto humo... Báñese pronto, pues, que
yo voy a buscarlo río arriba, no sea que se largue sin esperarnos.
—Espéralo aquí, que él vendrá a buscarte. Todo eso es porque has
oído a mi compadre. ¿Te figuras que a él no le gusta que conversemos los dos?
—Que conversemos sí, pero... según.
Saltando con suma agilidad sobre las grandes piedras de la
orilla, desapareció tras de los carboneros frondosos.
Los gritos del compadre seguían y me hicieron pensar que la
confianza de él en mí tenía sus límites. Sin duda nos había seguido de lejos
por entre el cacaotal, y solamente al perdernos de vista se había resuelto a
llamar la piara. Custodio ignoraba que su recomendación estaba ya
diplomáticamente cumplida, y que a los mil encantos de su hija, alma ninguna
podía ser más ciega y sorda que la mía.
Regresé a la casa al paso de Salomé y de Fermín, que iban
cargados con zumbos de calabaza: ella había hecho un rodete de su pañuelo y
colocado en la cabeza sobre él el rústico cántaro, que sin ser sostenido por
mano alguna, no impedía al donoso cuerpo de la conductora ostentar toda su
soltura y gracia de movimientos.
Luego que saltó Salomé como la vez primera, me dio las gracias
con un “Dios se lo pague” y su más chusca sonrisa, añadiendo:
—En pago de esto, estuve echando del lado de arriba mientras se
bañaba, guabitas, flores de carbonero y venturosas; ¿no las vio?
—Sí, pero creí que alguna partida de monos estaría por ahí
arriba.
—Lo desentendido que es usté; y que en ainas me doy una caída
por subirme al guabo.
—¿Y eres tan boba que creas que no caí en la cuenta de que eras
tú quien echaba río abajo las flores?
—Como Juan Angel me ha contado que en la hacienda le echan rosas
a la pila cuando usté va a bañarse, yo eché al agua lo mejor que en el monte
había.
Durante la comida tuve ocasión de admirar, entre otras cosas, la
habilidad de Salomé y mi comadre para asar pintones y quesillos, freír
buñuelos, hacer pandebono y dar temple a la jalea. En las idas y venidas de
Salomé a la cocina, puse yo a mi compadre al corriente de lo que en realidad
quería la muchacha y de lo que yo pensaba hacer para sacarlos a uno y otro de
trabajos. No le cabía al pobre el gusto en el cuerpo; y hasta algunas chanzas
sobre la buena voluntad con que me servía a la mesa, le dirigió a mi compañera
de paseo, que era mucho lograr después de su enojo con ella.
Pasadas las horas de calor, a las cuatro de la tarde, era la
casa una revuelta arca de Noé: los patos empezaron a atravesar por orden de
familias la salita; las gallinas a amotinarse en el patio y al pie del ciruelo,
donde en horquetas de guayabo descansaba la canoíta en que estaba comiendo maíz
mi caballo; los pavos criollos se pavoneaban inflados y devolviendo los gritos
de dos loras maiceras que llamaban a una Benita, que debía ser la cocinera y
los cerdos chillaban tratando de introducir las cabezas por entre los
travesaños de la puerta de golpe. A todo lo cual hay que añadir los gritos de
mi compadre al dar órdenes y los de su mujer espantando los patos y llamando
las gallinas. Fueron largas las despedidas y las promesas que me hizo mi
comadre de encomendarme mucho al Milagroso de Buga para que me fuera bien en el
viaje y volviera pronto. Al despedirme de Salomé, me apretó mucho la mano, y
mirándome tal vez más afectuosamente, me dijo:
—Mire bien que con usté cuento. A mí no me diga adiós para su
viaje de porra... porque aunque sea arrastrándome, al camino he de salir a
verlo, si es que no llega de pasada. No me olvide... vea que si no, yo no sé
qué haga con mi taita.
Hacia el otro lado de una de las quebradas que entre las
quingueadas cintas de bosque bajan ruidosas el declivio, oí una voz sonora de
hombre que cantaba:
Al tiempo le pido tiempo
y el tiempo tiempo me da,
y el mismo tiempo me dice
que él me desengañará.
Salió del arbolado el cantor, y era Tiburcio, que con la ruana
colgada de un hombro y apoyado en el otro un bordón de cuya punta pendía un
pequeño lío, entretenía su camino contando por instinto sus penas a la soledad.
Calló y detúvose al divisarme, y después de un risueño y respetuoso saludo me
dijo luego que me acerqué:
—¡Caramba! que sube tarde y a escape... Cuando el Retinto
suda... ¿De dónde viene así sorbiéndose los vientos?
—De hacer unas visitas, y la última, para fortuna tuya, fue a
casa de Salomé.
—Y hacía marras que no iba.
—Mucho lo he sentido. Y ¿cuánto hace que no vas tú?
El mozo, con la cabeza agachada, se puso a despedazar con el
bordón una matita de lulo, y al cabo alzó a mirarme respondiendo:
—Ella tiene la culpa. ¿Qué le ha contado?
—Que eres un ingrato y un celoso, y que se muere por ti: nada
más.
—¿Conque todo eso le dijo? Pero entonces le guardó lo mejor.
—¿Qué es lo que llamas mejor?
—Las fiestas que tiene con el niño Justiniano.
—Oyeme acá: ¿crees que yo pueda estar enamorado de Salomé?
—¿Cómo lo había de creer?
—Pues tan enamorada está Salomé de Justiniano como yo de ella.
Es necesario que estimes a la muchacha en lo que vale, que para tu bien, es
mucho. Tú la has ofendido con los celos, y con tal que vayas a contentarla,
ella te lo perdonará todo y te querrá más que nunca.
Tiburcio se quedó meditabundo antes de responderme con cierto
acento y aire de tristeza:
—Mire, niño Efraín, yo la quiero tantísimo, que ella no se
figura las crujidas que me ha hecho pasar en este mes. Cuando uno tiene su
genio como a mí me lo dio Dios, todo se aguanta menos que lo tengan a uno por
cipote (perdonándome su mercé la mala palabra). Yo, que le estoy diciendo que
Salomé tiene la culpa, sé lo que le digo.
—Lo que sí no sabes es que contándome hoy tus agravios se ha
desesperado y ha llorado hasta darme lástima.
—¿De veras?
—Y yo inferido que la causa de todo eres tú. Si la quieres como
dices, ¿por qué no te casas con ella? Una vez en tu casa, ¿quién había de verla
sin que tú lo consintieras?
—Yo le confieso que sí he pensado en casarme, pero no me
resolví: lo primero porque Salomé me tenía siempre malicioso, y el dos que yo
no sé si ñor Custodio me la querría dar.
—Pues de ella ya sabes lo que te he dicho; y en cuanto a mi
compadre, yo te respondo. Es necesario que obres racionalmente, y que en prueba
de que me crees, esta tarde misma vayas a casa de Salomé, y sin darte por
entendido de tales sentimientos, le hagas una visita.
—¡Caray con su afán! ¿Conque me responde de todo?
—Sé que Salomé es la muchacha más honesta, bonita y hacendosa
que puedes encontrar, y en cuanto a los compadres, yo sé que te la darán
gustosísimos.
—Pues ahí verá que me estoy animando a ir.
—Si lo dejas para luego y Salomé se despecha y la pierdes, de
nadie tendrás que quejarte.
—Voy, patrón.
—Convenido, y es inútil exigirte me avises cómo te va, porque
estoy cierto de que me quedarás agradecido. Y adiós, que van a ser las cinco.
—Adiós, mi patrón, Dios se lo pague. Siempre le diré lo que
suceda.
—Cuidado con ir a entonar donde te oiga Salomé esos versos que
venías cantando.
Tiburcio rio antes de responderme.
—¿Le parecen insultos? Hasta mañana, y cuente conmigo.
L
El reloj del salón daba las cinco. Mi madre y Emma me esperaban
paseándose en el corredor. María estaba sentada en los primeros escalones de la
gradería, vestida con aquel traje verde que tan hermoso contraste formaba con
el castaño oscuro de sus cabellos, peinados entonces con dos trenzas con las
cuales jugaba Juan medio dormido en el regazo de ella. Se puso en pie al
desmontarme yo. El niño suplicó que lo paseara un ratico en mi caballo, y María
se acercó con él en los brazos para ayudarme a colocarlo sobre las pistoleras
del galápago, diciéndome:
—Apenas son las cinco; ¡qué exactitud! si siempre fuera así...
—¿Qué has hecho hoy con tu Mimiya? —le pregunté a Juan luego que
nos alejamos de la casa.
—Ella es la que ha estado tonta hoy —me respondió.
—¿Cómo así?
—Pues llorando.
—¡Ah! ¿Por qué no la has contentado?
—No quiso, aunque le hice cariños y le llevé flores; pero se lo
conté a mamá.
—¿Y qué hizo mamá?
—Ella sí la contentó abrazándola, porque Mimiya quiere más a
mamá que a mí. Ha estado tonta, pero no le digas nada.
María me recibió a Juan.
—¿Has regado ya las matas? —le pregunté subiendo.
—No, te estaba esperando. Conversa un rato con mamá y Emma,
agregó en voz baja, y así que sea tiempo, me iré a la huerta.
Temía ella siempre que mi hermana y mi madre pudiesen creerla
causa de que se entibiase mi afecto hacia las dos; y procuraba recompensarles
con el suyo lo que del mío les había quitado.
María y yo acabamos de regar las flores. Sentados en un banco de
piedra, teníamos casi a nuestros pies el arroyo, y un grupo de jazmines nos
ocultaba a todas las miradas, menos a las de Juan, que cantando a su modo,
estaba alelado embarcando sobre hojas secas y cáscaras de granadilla,
cucarrones y chapules prisioneros.
Los rayos lívidos del sol, que se ocultaba tras de las montañas
de Mulaló medio embozado por nubes cenicientas fileteadas de oro, jugaban con
las luengas sombras de los sauces, cuyos verdes penachos acariciaba el viento.
Habíamos hablado de Carlos y de sus rarezas, de mi visita a la
casa de Salomé, y los labios de María sonreían tristemente, porque sus ojos no
sonreían ya.
—Mírame —le dije.
Su mirada tenía algo de la languidez que la embellecía en las
noches en que velaba al lado del lecho de mi padre.
—Juan no me ha engañado —agregué.
—¿Qué te ha dicho?
—Que has estado tonta hoy... no lo llames... que has llorado y
que no pudo contentarte; ¿es cierto?
—Sí. Cuando tú y papá íbais a montar esta mañana, se me ocurrió
por un momento que ya no volverías y que me engañaban. Fui a tu cuarto y me
convencí de que no era cierto, porque vi tantas cosas tuyas que no podías
dejar. Todo me pareció tan triste y silencioso después que desapareciste en la
bajada, que tuve más miedo que nunca a ese día que se acerca, que llega sin que
sea posible evitarlo ya... ¿Qué haré? Dime, dime qué debo hacer para que estos
años pasen. Tú durante ellos no vas a estar viendo todo esto. Dedicado al
estudio, viendo países nuevos, olvidarás muchas cosas horas enteras; y yo nada
podré olvidar... me dejas aquí, y recordando y esperando voy a morirme.
Poniendo la mano izquierda sobre mi hombro, dejó descansar por
un instante la cabeza sobre ella.
—No hables así, María —le dije con voz ahogada y acariciando con
mi mano temblorosa su frente pálida—; no hables así; vas a destruir el último
resto de mi valor.
—¡Ah! Tú tienes valor aún, y yo hace días que lo perdí todo. He
podido conformarme —agregó ocultando el rostro con el pañuelo— he debido
prestarme a llevar en mí este afán y angustia que me atormentan, porque a tu
lado se convertía eso en algo que debía ser la felicidad... Pero te vas con
ella, y me quedo sola... y no volveré a ser ya como antes era... ¡Ay! ¿Para qué
viniste?
Sus últimas palabras me hicieron estremecer, y apoyando la
frente sobre las palmas de las manos, respeté su silencio, abrumado por su
dolor.
—Efraín —dijo con su voz más tierna después de unos momentos—;
mira, ya no lloro.
—María —le respondí levantando el rostro, en el cual debió ella
ver algo extraño y solemne, pues me miró inmóvil y fijamente— no te quejes a mí
de mi regreso; quéjate al que te hizo compañera de mi niñez; a quien quiso que
te amara como te amo; cúlpate entonces de ser como eres... quéjate a Dios. ¿Qué
te he exigido, qué me has dado que no pudiera darse y exigirse delante de El?
—¡Nada! ¡Ay, nada! ¿Por qué me lo preguntas así?... Yo no te
culpo; pero ¿culparte de qué?... Ya no me quejo...
—¿No lo acabas de hacer de una vez por todas?
—¿No, no... ¿Qué te dije, qué? Yo soy una muchacha ignorante que
no sabe lo que dice. Mírame —continuó tomando una de mis manos—: no seas
rencoroso conmigo por esa bobería. Yo tendré ya valor... tendré todo; de nada
me quejo.
Recliné de nuevo su cabeza en mi hombro, y ella añadió:
—Yo no volveré jamás a decirte eso... Nunca te habías enojado
conmigo.
Mientras enjugaba yo sus últimas lágrimas, besaban por primera
vez mis labios las ondas de cabellos que le orlaban la frente, para perderse
después en las hermosas trenzas que se enrollaban sobre mis rodillas. Alzó las
manos entonces casi hasta tocar mis labios para defender su frente de las
caricias de ellos; pero en vano, porque no se atrevían a tocarla.
LI
El veintiocho de enero, dos días antes del señalado para mi
viaje, subí a la montaña muy temprano. Braulio había venido a llevarme, enviado
por José y las muchachas que deseaban recibir mi despedida en su casa. El
montañés no interrumpió mi silencio durante la marcha. Cuando llegamos,
Tránsito y Lucía estaban ordeñando la vaca Mariposa en el patiecito de la
cabaña de Braulio, y se levantaron a recibirme con sus agasajos y alegría de
costumbre, convidándome a entrar.
—Acabemos antes de ordeñar la novillona —les dije recostando mi
escopeta en el palenque—; pero Lucía y yo solos, porque quiero conseguir así
que se acuerde de mí todas las mañanas.
Tomé el socobe, en cuyo fondo blanqueaban ya nevadas espumas, y
poniéndolo bajo la ubre de la Mariposa, logré al fin que Lucía, toda
avergonzada, lo acabase de llenar. Mientras esto hacía, le dije mirándola por
debajo de la vaca:
—Como no se han acabado los sobrinos de José, pues yo sé que
Braulio tiene un hermano más buen mozo que él, y que te quiere desde que
estabas como una muñeca...
—Como otro a otra —me interrumpió.
—Lo mismo. Voy a decirle a la señora Luisa que se empeñe con su
marido para que el sobrinito venga a ayudarle; y así, cuando yo vuelva, no te
pondrás colorada de todo.
—¡Eh, eh! —dijo dejando de ordeñar.
—¿No acabas?
—Pero, ¿cómo quiere que acabe, si usté está tan zorral?... Ya no
tiene más.
—¿Y esas dos tetas llenas? Ordéñalas.
—Ello no; si esas son las del ternero.
—¿Conque le digo a Luisa?
Dejó de oprimir con los dientes el inferior de sus voluptuosos
labios para hacer con ellos un gestito que en lenguaje de Lucía significaba “a
ver y cómo no”, y en el mío “haga lo que quiera”.
El becerro, que desesperaba porque le quitaran el bozal, hecho
con una extremidad de la manea, y que lo ataba a una mano de la vaca, quedó a
sus anchas con solo halar la ordeñadora una punta de la cuerda; y Lucía,
viéndolo abalanzarse a la ubre, dijo:
—Eso era lo que te querías; cabezón más fastidioso...
Después de lo cual entró a la casa llevando sobre la cabeza el
socobe y mirándome pícaramente de soslayo.
Yo desalojé de una orilla del arroyo una familia de gansos que
dormitaban sobre el césped, y me puse a hacer mi tocado de mañana conversando
al mismo tiempo con Tránsito y Braulio, quienes tenían las piezas de vestido de
que me había despojado.
—¡Lucía! —gritó Tránsito—; tráete el paño bordado que está en el
baulito pastuso.
—No creas que viene —le dije a mi ahijada; y les conté en
seguida lo que había conversado con Lucía.
Ellos reían a tiempo que Lucía se presentó corriendo con lo que
se le había pedido, contra todo lo que esperábamos; y como adivinaba de qué
habíamos tratado, y que de ella reían sus hermanos, me entregó el paño
volviendo a un lado la cara para que no se la viese ni verme ella, y se dirigió
a Tránsito para hacerle la siguiente observación:
—Ven a ver tu café, porque se me va a quemar, y déjate de estar
ahí riéndote a carcajadas.
—¿Ya está? —preguntó Tránsito.
—¡Ih! hace tiempos.
—¿Qué es eso de café? —pregunté.
—Pues que yo le dije a la señorita, el último día que estuve
allá, que me lo enseñara a hacer, porque se me pone que a usté no le gusta la
gamuza; y por eso fue que nos encontró afanadas ordeñando.
Esto decía colgando el paño, que ya le había devuelto yo, en una
de las hojas de la palma de helecho pintorescamente colocada, en el centro del
patio.
En la casa llamaban la atención a un mismo tiempo la sencillez,
la limpieza y el orden: todo olía a cedro, madera de que estaban hechos los
rústicos muebles, y florecían bajo los aleros macetas de claveles y narcisos
con que la señora Luisa había embellecido la cabañita de su hija: en los
pilares había testas de venados, y las patas disecadas de los mismos servían de
garabatos en la sala y la alcoba.
Tránsito me presentó, entre ufana y temerosa, la taza de café
con leche, primer ensayo de las lecciones que había recibido de María; pero
felicísimo ensayo, pues desde que lo probé conocí que rivalizaba con aquel que
tan primorosamente sabía preparar Juan Angel.
Braulio y yo fuimos a llamar a José y a la señora Luisa, para
que almorzasen con nosotros. El viejo estaba acomodando en jigras las
arracachas y verduras que debía mandar al mercado el día siguiente, y ella
acabando de sacar del horno el pan de yuca que iba a servirnos para el
almuerzo. La hornada había sido feliz como lo demostraban no solamente el color
dorado de los esponjados panes, sino la fragancia tentadora que despedían.
Almorzábamos todos en la cocina: Tránsito desempeñaba lista y
risueña su papel de dueña de casa. Lucía me amenazaba con los ojos cada vez que
le mostraba con los míos a su padre. Los campesinos, con una delicadeza
instintiva, desechaban toda alusión a mi viaje, como para no amargar esas
últimas horas que pasábamos juntos.
Eran ya las once. José, Braulio y yo habíamos visitado el
platanal nuevo, el desmonte que estaban haciendo y el maizal en filote.
Reunidos nuevamente en la salita de la casa de Braulio, y sentados en banquitos
alrededor de una atarraya, le poníamos las últimas plomadas; y la señora Luisa
desgranaba con las muchachas maíz para pilar. Ellas y ellos sentían como yo,
que se acercaba el momento temible de nuestra despedida. Todos guardábamos
silencio. Debía de haber en mi rostro algo que los conmovía, pues esquivaban
mirarme. Al fin, haciendo una resolución, me levanté, después de haber visto mi
reloj. Tomé mi escopeta y sus arreos, y al colgarlos en uno de los garabatos de
la salita, le dije a Braulio:
—Siempre que aciertes un tiro bueno con ella, acuérdate de mí.
El montañés no tuvo voz para darme las gracias.
La señora Luisa, sentada aún, seguía desgranando la mazorca que
tenía en las manos, sin cuidarse de ocultar su lloro. Tránsito y Lucía, en pie
y recostadas a un lado y otro de la puerta, me daban la espalda. Braulio estaba
pálido. José fingía buscar algo en el rincón de las herramientas.
—Bueno, señora Luisa —le dije a la anciana inclinándome para
abrazarla— rece usted mucho por mí.
Ella se puso a sollozar sin responderme.
En pie sobre el quicio de la puerta, junté en un solo abrazo
sobre mi pecho las cabezas de las muchachas, quienes sollozaban mientras mis
lágrimas rodaban por sus cabelleras. Cuando separándome de ellas me volví para
buscar a Braulio y José, ninguno de los dos estaba en la salita; me esperaban
en el corredor.
—Yo voy mañana —me dijo José tendiéndome la mano.
Bien sabíamos él y yo que no iría. Luego que me soltó de sus
brazos Braulio, su tío me estrechó en los suyos, y enjugándose los ojos con la
manga de la camisa, tomó el camino de la roza al mismo tiempo que empezaba yo a
andar por el opuesto, seguido de Mayo, y haciendo una señal a Braulio para que
no me acompañase.
LII
Descendía lentamente hasta el fondo de la cañada: sólo el canto
lejano de las gurríes y el rumor del río turbaban el silencio de las selvas. Mi
corazón iba diciendo un adiós a cada uno de esos sitios, a cada árbol del
sendero, a cada arroyo que cruzaba.
Sentado en la orilla del río veía rodar sus corrientes a mis
pies, pensando en las buenas gentes a quienes mi despedida acababa de hacer
derramar tantas lágrimas; y dejaba gotear las mías sobre las ondas que huían de
mí como los días felices de aquellos seis meses.
Media hora después llegué a la casa y entré al costurero de mi
madre, en donde estaban solamente ella y Emma. Aun cuando haya pasado nuestra
infancia, no por eso nos niega sus mimos una tierna madre: nos faltan sus
besos; nuestra frente, marchita demasiado pronto quizá, no descansa en su
regazo; su voz no nos aduerme; pero nuestra alma recibe las caricias amorosas
de la suya.
Más de una hora había pasado allí, y extrañado de no ver a María
pregunté por ella.
—Estuvimos con ella en el oratorio —me respondió Emma— ahora
quiere que recemos cada rato; después se fue a la repostería: no sabrá que has
vuelto.
Nunca me había sucedido regresar a la casa sin ver a María pocos
momentos después; y mucho temí que hubiese vuelto a caer en aquel abatimiento
que tanto me desanimaba, y para vencer el cual la había visto haciendo en los
últimos ocho días constantes esfuerzos.
Pasada una hora, durante la cual estuve en mi cuarto, llamó Juan
a la puerta para que fuera a comer.
Al salir encontré a María apoyada en la reja del costurero que
caía al corredor.
—Mamá no te ha llamado —me dijo el niño riendo.
—¿Y quién te ha enseñado a decir mentiras? —le respondí—: María
no te perdonará ésta.
—Ella fue la que me mandó —contestó Juan señalándola.
Volvíme hacia María para averiguarle la verdad, pero no fue
preciso, porque ella misma se acusaba con su sonrisa. Sus ojos brillantes
tenían la apacible alegría que nuestro amor les había quitado; sus mejillas, el
vivo sonrosado que las hermoseaba durante nuestros retozos infantiles. Llevaba
un traje blanco, sobre cuya graciosa falda ondulaban las trenzas al más leve
movimiento de su cintura o de sus pies, que jugaban con la alfombra.
—¿Por qué estás triste y encerrado? —me dijo—: yo no he estado
así hoy.
—Tal vez sí —le respondí por tener pretexto para examinarla de
cerca aproximándome a la reja que nos separaba.
Ella bajó los ojos fingiendo anudar de nuevo los largos cordones
de su delantal de gro azul; y cruzando luego las manos por detrás del talle, se
recostó contra una hoja de la ventana diciéndome:
—¿No es verdad?
—Lo dudaba, porque como acabas de engañarme...
—¡Vea qué engaño! ¿Y puede ser bueno estarte así encerrado para
salir después hecho una noche?
—Me gusta verte tan valiente. ¿Y será bueno dejarte ver dos
horas después de que he llegado?
—¿Y las doce son horas de venir de la montaña? También es que yo
he estado muy ocupada. Pero te vi cuando venías bajando. Por más señas no
traías escopeta, y Mayo se había quedado muy atrás.
—Conque ¿muchas ocupaciones?, ¿qué has hecho?
—De todo: algo bueno y algo malo.
—A ver.
—He rezado mucho.
—Ya me decía Emma que a todas horas quieres que te acompañe a
rezar.
—Porque siempre que le cuento a la Virgen que estoy triste, ella
me oye.
—¿En qué lo conoces?
—En que se me quita un poco esta tristeza y me da menos miedo
pensar en tu viaje. Te llevarás tu Dolorosita, ¿no?
—Sí.
—Acompáñanos esta noche al oratorio y verás cómo es cierto lo
que te digo.
—¿Qué es lo otro que has hecho?
—¿Lo malo?
—Sí, lo malo.
—¿Rezas esta noche conmigo y te cuento?
—Sí.
—Pero no se lo dirás a mamá, porque se enojaría.
—Prometo no decírselo.
—He estado aplanchando.
—¿Tú?
—Pues yo.
—Pero, ¿cómo haces eso?
—A escondidas de mamá.
—Haces bien en ocultarte de ella.
—Si lo hago muy rara vez.
—Pero, ¿qué necesidad hay de estropear tus manos tan...?
—¿Tan qué?... ¡Ah!, sí; ya sé. Fue que quise que llevaras tus
más bonitas camisas aplanchadas por mí. ¿No te gusta? Sí me lo agradeces, ¿no?
—¿Y quién te ha enseñado a aplanchar? ¿Cómo se te ha ocurrido
hacerlo?
—Un día que Juan Angel devolvió unas camisas a la criada
encargada de eso, porque dizque a su amito no le parecían buenas, me fijé yo en
ellas y le dije a Marcelina que yo iba a ayudarle para que te parecieran mejor.
Ella creía que no tenían defecto, pero estimulada por mí, le quedaron ya
siempre intachables, pues no volvió a suceder que las devolvieras, aunque yo no
las hubiese tocado.
—Yo te agradezco muchísimo todos esos cuidados; pero no me
imaginé que tuvieras fuerzas ni manos para manejar una plancha.
—Si es una muy chiquita, y envolviéndole bien el asa en un
pañuelo, no puede lastimar las manos.
—A ver cómo las tienes.
—Buenecitas, pues.
—Muéstramelas.
—Si están como siempre.
—Quién sabe.
—Míralas.
Las tomé en las mías y les acaricié las palmas, suaves como el
raso.
—¿Tienen algo? —me preguntó.
—Como las mías pueden estar ásperas...
—No las siento yo así. ¿Qué hiciste tú en la montaña?
—Sufrir mucho. Nunca creí que se afligirían tanto con mi
despedida, ni que me causara tanto pesar decirles adiós, particularmente a
Braulio y a las muchachas.
—¿Qué te dijeron ellas?
—¡Pobres! Nada, porque las ahogaban sus lágrimas: demasiado
decían las que no pudieron ocultarme... Pero no te pongas triste. He hecho mal
en hablarte de esto. Que al recordar yo las últimas horas que pasemos juntos,
te pueda ver como hoy, resignada, casi feliz.
—Sí —dijo volviéndose para enjugarse los ojos—; yo quiero estar
así... ¡Mañana, ya solamente mañana!... Pero como es domingo, estaremos todo el
día juntos: leeremos algo de lo que nos leías cuando estabas recién venido; y
debieras decirme cómo te agrada más verme, para vestirme de ese modo.
—Como estás en este momento.
—Bueno. Ya vienen a llamarte a comer... Ahora, hasta la tarde
—agregó desapareciendo.
Así solía despedirse de mí, aunque en seguida hubiésemos de
estar juntos, porque lo mismo que a mí, le parecía que estando rodeados de la
familia, nos hallábamos separados el uno del otro.
LIII
A las once de la noche del veintinueve me separé de la familia y
de María en el salón. Velé en mi cuarto hasta que oí al reloj dar la una de la mañana,
primera hora de aquel día tanto tiempo temido y que al fin llegaba; no quería
que sus primeros instantes me encontrasen dormido.
Con el mismo traje que tenía me recosté en la cama cuando dieron
las dos. El pañuelo de María, fragante aún con el perfume que siempre usaba
ella, ajado por sus manos y humedecido con sus lágrimas, recibía sobre la
almohada las que rodaban de mis ojos como de una fuente que jamás debía
agotarse.
Si las que derramo aún, al recordar los días que precedieron a
mi viaje, pudieran servir para mojar esta pluma al historiarlos; si fuera
posible a mi mente tan sólo una vez, por un instante siquiera, sorprender a mi
corazón todo lo doloroso de su secreto para revelarlo, las líneas que voy a
trazar serían bellas para los que mucho han llorado, pero acaso funestas para
mí. No nos es dable deleitarnos por siempre con un pesar amado: como las del
dolor, las horas de placer se van. Si alguna vez nos fuese concedido
detenerlas, María hubiera logrado hacer más lentas las que antecedieron a
nuestra despedida. Pero, ¡ay!, todas, sordas a sus sollozos, ciegas ante sus
lágrimas, volaron, y volaban prometiendo volver.
Un estremecimiento nervioso me despertó dos o tres veces en que
el sueño vino a aliviarme. Entonces mis miradas recorrían ese cuarto ya
desmantelado y en desorden por los preparativos de viaje, cuarto donde esperé
tantas veces las alboradas de días venturosos. Y procuraba conciliar de nuevo
el sueño interrumpido, porque así volvía a verla tan bella y ruborosa como en
las primeras tardes de nuestros paseos después de mi regreso; pensativa y
callada como solía quedarse cuando le hacía mis primeras confidencias, en las
cuales casi nada se habían dicho nuestros labios y tanto nuestras miradas y
sonrisas; confiándome con voz queda y temblorosa los secretos infantiles de su
castísimo amor; menos tímidos al fin sus ojos ante los míos, para dejarme ver
en ellos su alma a trueque de que le mostrase la mía... El ruido de un sollozo
volvía a estremecerme; el de aquel que mal ahogado había salido de su pecho esa
noche al separarnos.
No eran las cinco todavía cuando después de haberme esmerado en
ocultar las huellas de tan doloroso insomnio, me paseaba en el corredor, oscuro
aún. Muy pronto vi brillar luz en las rendijas del aposento de María, y luego
oí la voz de Juan que la llamaba.
Los primeros rayos del Sol al levantarse, trataban en vano de
desgarrar la densa neblina que como un velo inmenso y vaporoso pendía desde las
crestas de las montañas, extendiéndose flotante hasta las llanuras lejanas.
Sobre los montes occidentales, limpios y azules, amarillearon luego los templos
de Cali, y al pie de las faldas blanqueaban cual rebaños agrupados los
pueblecillos de Yumbo y Vijes.
Juan Angel, después de haberme traído el café y ensillado mi
caballo negro, que impaciente ennegrecía con sus pisadas el gramal del pie del
naranjo a que estaba atado, me esperaba lloroso, recostado contra la puerta de
mi cuarto, con las polainas y los espolines en las manos: al calzármelos, su
lloro caía en gruesas gotas sobre mis pies.
—No llores —le dije, dando trabajosamente seguridad a mi voz—:
cuando yo regrese, ya serás hombre, y no te volverás a separar de mí. Mientras
tanto, todos te querrán mucho en casa.
Era llegado el momento de reunir todas mis fuerzas. Mis espuelas
resonaron en el salón, que estaba solo. Empujé la puerta entornada del
costurero de mi madre, quien se lanzó del asiento en que estaba a mis brazos.
Ella conocía que las demostraciones de su dolor podían hacer flaquear mi ánimo,
y entre sollozo y sollozo trataba de hablarme de María y de hacerme tiernas
promesas.
Todos habían humedecido mi pecho con su lloro. Emma, que había
sido la última, conociendo qué buscaba yo a mi alrededor al desasirme de sus
brazos, me señaló la puerta del oratorio, y entré a él. Sobre el altar
irradiaban su resplandor amarillento dos luces: María, sentada en la alfombra,
sobre la cual resaltaba el blanco de su ropaje, dio un débil grito al sentirme,
volviendo a dejar caer la cabeza destrenzada sobre el asiento en que la tenía
reclinada cuando entré. Ocultándome así el rostro, alzó la mano derecha para
que yo la tomase: medio arrodillado, la bañé en lágrimas y la cubrí de
caricias; mas al ponerme en pie, como temerosa de que me alejase ya, se levantó
de súbito para asirse sollozante de mi cuello. Mi corazón había guardado para
aquel momento casi todas sus lágrimas.
Mis labios descansaron sobre su frente... María, sacudiendo
estremecida la cabeza, hizo ondular los bucles de su cabellera, y escondiendo
en mi pecho la faz, extendió uno de los brazos para señalarme el altar. Emma,
que acababa de entrar, la recibió inanimada en su regazo, pidiéndome con ademán
suplicante que me alejase. Y obedecí.
LIV
Hacía dos semanas que estaba yo en Londres, y una noche recibí
cartas de la familia. Rompí con mano trémula el paquete, cerrado con el sello
de mi padre.
Había una carta de María. Antes de desdoblarla, busqué en ella
aquel perfume demasiado conocido para mí de la mano que lo había escrito: aún
lo conservaba; en sus pliegues iba un pedacito de cáliz de azucena. Mis ojos
nublados quisieron inútilmente leer las primeras líneas. Abrí uno de los
balcones de mi cuarto, porque parecía no serme suficiente el aire que había en
él... ¡Rosales del huerto de mis amores!... ¡montañas americanas, montañas
mías...! ¡noches azules! La inmensa ciudad, rumorosa aún y medio embozada en su
ropaje de humo, semejaba dormir bajo los densos cortinajes de un cielo plomizo.
Una ráfaga de cierzo azotó mi rostro penetrando en la habitación. Aterrado
junté las hojas del balcón; y solo con mi dolor, al menos solo, lloré largo
tiempo rodeado de oscuridad.
He aquí algunos fragmentos de la carta de María:
“Mientras están de sobremesa en el comedor, después de la cena,
me he venido a tu cuarto para escribirte. Aquí es donde puedo llorar sin que
nadie venga a consolarme; aquí donde me figuro que puedo verte y hablar
contigo. Todo está como lo dejaste, porque mamá y yo hemos querido que esté
así: las últimas flores que puse en tu mesa han ido cayendo marchitas ya al
fondo del florero: ya no se ve una sola; los asientos en los mismos sitios; los
libros como estaban y abierto sobre la mesa el último en que leíste; tu traje
de caza, donde lo colgaste al volver de la montaña la última vez; el almanaque
del estante mostrando siempre ese 30 de enero ¡ay, tan temido, tan espantoso y
ya pasado! Ahora mismo las ramas florecidas de los rosales de tu ventana entran
como a buscarte y tiemblan al abrazarlas yo diciéndoles que volverás.
”¿Dónde estarás? ¿Qué harás en este momento? De nada me sirve
haberte exigido tantas veces me mostraras en el mapa cómo ibas a hacer el
viaje, porque no puedo figurarme nada. Me da miedo pensar en ese mar que todos
admiran, y para mi tormento te veo siempre en medio de él. Pero después de tu
llegada a Londres vas a contármelo todo: me dirás cómo es el paisaje que rodea
la casa en que vives; me describirás minuciosamente tu habitación, sus muebles,
sus adornos; me dirás qué haces todos los días, cómo pasas las noches, a qué
horas estudias, en cuáles descansas, cómo son tus paseos, y en qué ratos
piensas más en tu María. Vuélveme a decir qué horas de aquí corresponden a las
de allá, pues se me ha olvidado.
”José y su familia han venido tres veces desde que te fuiste.
Tránsito y Lucía no te nombran sin que se les llenen los ojos de lágrimas; y
son tan dulces y cariñosas conmigo, tan finas si me hablan de ti, que apenas es
creíble. Ellas me han preguntado si a donde estás tú llegan cartas que se te
escriban, y alegres al saber que sí, me han encargado te diga en su nombre mil
cosas.
”Ni Mayo te olvida. Al día siguiente de tu marcha recorría
desesperado la casa y el huerto buscándote. Se fue a la montaña, y a la
oración, cuando volvió, se puso a aullar sentado en el cerrito de la subida. Lo
vi después acostado a la puerta de tu cuarto: se la abrí, y entró lleno de
gusto; pero no encontrándote después de haber husmeado por todas partes, se me
acercó otra vez triste, y parecía preguntarme por ti con los ojos, a los que
sólo les faltaba llorar; y al nombrarte yo, levantó la cabeza como si fuera a
verte entrar. ¡Pobre! Se figura que te escondes de él como lo hacías algunas
veces para impacientarlo, y entra a todos los cuartos andando paso a paso y sin
hacer el menor ruido, esperando sorprenderte.
”Anoche no concluí esta carta porque mamá y Emma vinieron a
buscarme; ellas creen que me hace daño estar aquí, cuando si me impidieran
estar en tu cuarto, no sé qué haría.
”Juan se despertó esta mañana preguntándome si habías vuelto,
porque dormida me oye nombrarte.
”Nuestra mata de azucenas ha dado la primera, y dentro de esta
carta va un pedacito. ¿No es verdad que estás seguro de que nunca dejará de
florecer? Así necesito creer, así creo que la de rosas dará las más lindas del
jardín”.
LV
Durante un año tuve dos veces cada mes cartas de María. Las
últimas estaban llenas de melancolía tan profunda, que comparadas con ellas,
las primeras que recibí parecían escritas en nuestros días de felicidad.
En vano había tratado de reanimarla diciéndole que esa tristeza
destruiría su salud, por más que hasta entonces hubiese sido tan buena como me
lo decía; en vano. “Yo sé que no puede faltar mucho para que yo te vea —me
había contestado—; desde ese día ya no podré estar triste; estaré siempre a tu
lado... No, no; nadie podrá volver a separarnos”.
La carta que contenía esas palabras fue la única de ella que
recibí en dos meses.
En los últimos días de junio, una tarde se me presentó el señor
A..., que acababa de llegar de París y a quien no había visto desde el pasado
invierno.
—Le traigo a usted cartas de su casa —me dijo después de
habernos abrazado.
—¿De tres correos?
—De uno solo. Debemos hablar algunas palabras antes —me observó
reteniendo el paquete.
Noté en su semblante algo siniestro que me turbó.
—He venido —añadió después de haberse paseado silencioso algunos
instantes por el cuarto— a ayudarle a usted a disponer su regreso a América.
—¡Al Cauca! —exclamé, olvidado por un momento de todo, menos de
María y de mi país.
—Sí —me respondió— pero ya habrá usted adivinado la causa.
—¡Mi madre! —prorrumpí desconcertado.
—Está buena —respondió.
—¿Quién, pues? —grité asiendo el paquete que sus manos retenían.
—Nadie ha muerto.
—¡María! ¡María! —exclamé, como si ella pudiera acudir a mis
voces, y caí sin fuerzas sobre el asiento.
—Vamos —dijo procurando hacerse oír el señor A...—; para esto
fue necesaria mi venida. Ella vivirá si usted llega a tiempo. Lea usted las
cartas, que ahí debe venir una de ella.
“Vente —me decía— ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. Al
fin me consienten que te confiese la verdad: hace un año que me mata hora por
hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos días. Si no hubieran
interrumpido esa felicidad, yo habría vivido para ti.
”Si vienes... sí, vendrás, porque yo tendré fuerzas para
resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu María;
pero esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. Si no te espero, si
una fuerza más poderosa que mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin
que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo guarde, todo lo que yo sé
te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo en donde están los
tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vísperas de irte,
y todas tus cartas.
”Pero, ¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me
alentaré; si vuelvo a oír tu voz, si tus ojos me dicen un solo instante lo que
ellos solo sabían decirme, yo viviré y volveré a ser como antes era. Yo no
quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre”.
—Acabe usted —me dijo el señor A... recogiendo la carta de mi
padre caída a mis pies—. Usted mismo conocerá que no podemos perder tiempo.
Mi padre decía lo que yo había sabido ya demasiado cruelmente.
Quedábales a los médicos sólo una esperanza de salvar a María: la que les hacía
conservar mi regreso. Ante esa necesidad mi padre no vaciló; ordenábame
regresar con la mayor precipitud posible, y se disculpaba por no haberlo
dispuesto así antes.
Dos horas después salí de Londres.
LVI
Hundíase en los confines nebulosos del Pacífico el Sol del
veinticinco de julio, llenando el horizonte de resplandores de oro y rubí;
persiguiendo con sus rayos horizontales hasta las olas azuladas que iban como
fugitivas a ocultarse bajo las selvas sombrías de la costa. La Emilia López, a
bordo de la cual venía yo de Panamá, fondeó en la bahía de Buenaventura después
de haber jugueteado sobre la alfombra marina acariciada por las brisas del
litoral.
Reclinado sobre el barandaje de cubierta, contemplé esas
montañas a vista de las cuales sentía renacer tan dulces esperanzas. Diez y
siete meses antes rodando a sus pies, impulsado por las corrientes tumultuosas
del Dagua, mi corazón había dicho un adiós a cada una de ellas, y su soledad y
silencio habían armonizado con mi dolor.
Estremecida por las brisas, temblaba en mis manos una carta de
María que había recibido en Panamá, la cual volví a leer a la luz del moribundo
crepúsculo. Acaban de recorrerla mis ojos... Amarillenta ya, aún parece húmeda
con mis lágrimas de aquellos días.
“La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas. Ya
puedo contar los días, porque cada uno que pasa acerca más aquel en que he de
volver a verte.
”Hoy ha estado muy hermosa la mañana, tan hermosa como esas que
no has olvidado. Hice que Emma me llevara al huerto; estuve en los sitios que
me son más queridos en él; y me sentí casi buena bajo esos árboles, rodeada de
todas esas flores, viendo correr el arroyo, sentada en el banco de piedra de la
orilla. Si esto me sucede ahora, ¿cómo no he de mejorarme cuando vuelva a
recorrerlo acompañada por ti?
”Acabo de poner azucenas y rosas de las nuestras al cuadro de la
Virgen, y me ha parecido que ella me miraba más dulcemente que de costumbre y
que iba a sonreír.
”Pero quieren que vayamos a la ciudad, porque dicen que allá
podrán asistirme mejor los médicos: yo no necesito otro remedio que verte a mi
lado para siempre. Yo quiero esperarte aquí: no quiero abandonar todo esto que
amabas, porque se me figura que a mí me lo dejaste recomendado y que me amarías
menos en otra parte. Suplicaré para que papá demore nuestro viaje, y mientras
tanto llegarás, adiós”.
Los últimos renglones eran casi ilegibles.
El bote de la aduana, que al echar ancla la goleta, había salido
de la playa, estaba ya inmediato.
—¡Lorenzo! —exclamé al reconocer a un amigo querido en el
gallardo mulato que venía de pie en medio del Administrador y del jefe del
resguardo.
—¡Allá voy! —contestó.
Y subiendo precipitadamente la escala, me estrechó en sus
brazos.
—No lloremos —dijo enjugándose los ojos con una de las puntas de
su manta y esforzándose por sonreír: nos están viendo y esos marineros tienen
corazón de piedra.
Ya en medias palabras me había dicho lo que con mayor ansiedad
deseaba yo saber: María estaba mejor cuando él salió de casa. Aunque hacía dos
semanas que me esperaba en Buenaventura, no habían venido cartas para mí sino
las que él trajo, seguramente porque la familia me aguardaba de un momento a
otro.
Lorenzo no era esclavo. Compañero fiel de mi padre en los viajes
frecuentes que éste hizo durante su vida comercial, era amado por toda la
familia, y gozaba en casa fueros de mayordomo y consideraciones de amigo. En la
fisonomía y talante mostraba su vigor y franco carácter: alto y fornido, tenía
la frente espaciosa y con entradas; hermosos ojos sombreados por cejas crespas
y negras; recta y elástica nariz; bella dentadura, cariñosas sonrisas y barba
enérgica.
Verificada la visita de ceremonia del Administrador al buque, la
cual había precipitado suponiendo encontrarme en él, se puso mi equipaje en el
bote, y yo salté a éste con los que regresaban, después de haberme despedido
del capitán y de algunos de mis compañeros de viaje. Cuando nos acercábamos a
la ribera, el horizonte se había ya entenebrecido: olas negras, tersas y
silenciosas pasaban meciéndonos para perderse de nuevo en la oscuridad:
luciérnagas sinnúmero revoloteaban sobre el crespón rumoroso de las selvas de
las orillas.
El Administrador, sujeto de alguna edad, obeso y rubicundo, era
amigo de mi padre. Luego que estuvimos en tierra, me condujo a su casa y me
instaló él mismo en el cuarto que tenía preparado para mí. Después de colgar
una hamaca corozaleña, amplia y perfumada, salió, diciéndome antes:
—Voy a dar disposiciones para el despacho de tu equipaje, y
otras más importantes y urgentes al cocinero, porque supongo que las bodegas y
repostería de la Emilia no vendrían muy recargadas: me ha parecido hoy muy
retozona.
Aunque el Administrador era padre de una bella e interesante
familia establecida en el interior del Cauca, al hacerse cargo del destino que
desempeñaba, no se había resuelto traerla al puerto, por mil razones que me
tenía dadas y que yo, a pesar de mi inexperiencia, hallé incontestables. Las
gentes porteñas le parecían cada día más alegres, comunicativas y
despreocupadas; pero no encontraría grave mal en ello, puesto que después de
algunos meses de permanencia en la costa, el mismo Administrador se había contagiado
más que medianamente de aquella despreocupa-ción.
Después de un cuarto de hora que yo empleé en cambiar por otro
mi traje de a bordo, el Administrador volvió a buscarme: traía ya en lugar de
su vestido de ceremonia, pantalones y chaqueta de intachable blancura; su
chaleco y corbata habían empezado una nueva temporada de oscuridad y abandono.
—Descansarás un par de días aquí antes de seguir tu viaje —dijo
llenando dos copas con brandy que tomó de una hermosa frasquera.
—Pero es que yo no necesito ni puedo descansar —le observé.
—Toma el brandy; es un excelente Martell; o ¿prefieres otra
cosa?
—Yo creí que Lorenzo tenía preparados bogas y canoas para
madrugar mañana.
—Ya veremos. Conque ¿prefieres ginebra o ajenjo?
—Lo que usted guste.
—Salud, pues —dijo convidándome.
Y después de vaciar de un trago la copa:
—¿No es superior? —preguntó guiñando entrambos ojos; y produciendo
con la lengua y el paladar un ruido semejante al de un beso sonoro, añadió—: ya
se ve que habrás saboreado el más añejo de Inglaterra.
—En todas partes abrasa el paladar. ¿Conque podré madrugar?
—Si todo es broma mía —respondió acostándose descuidadamente en
la hamaca, limpiándose el sudor de la garganta y de la frente con un gran
pañuelo de seda de India, fragante como el de una novia—. Conque abrasa ¿eh?
Pues el agua y él son los únicos médicos que tenemos aquí, salvo mordedura de
víbora.
—Hablemos de veras: ¿Qué es lo que usted llama su broma?
—La propuesta de que descanses, hombre. ¿Se te figura que tu
padre se ha dormido para recomendarme tuviera todo preparado para tu marcha? Va
para quince días que llegó Lorenzo, y hace ocho que están listos los bogas y
ranchada la canoa. Lo cierto es que he debido ser menos puntual, y habría
logrado de esa manera que te dejaras ajonjear por mí dos días.
—¡Cuánto le agradezco su puntualidad!
Rióse ruidosamente impulsando la hamaca para darse aire,
diciéndome al fin:
—¡Malagradecido!
—No es eso: usted sabe que no puedo, que no debo demorarme ni
una hora más de lo indispensable; que es urgente que llegue yo a casa muy
pronto...
—Sí, sí; es verdad; sería un egoísmo de mi parte —dijo ya serio.
—¿Qué sabe usted?
—La enfermedad de una de las señoritas... Pero recibirías las
cartas que te envié a Panamá.
—Sí, gracias, a tiempo de embarcarme.
—¿No te dicen que está mejor?:
—Eso dicen.
—¿Y Lorenzo?
—Dice lo mismo.
Pasado un momento en que ambos guardábamos silencio, el
Administrador gritó incorporándose en la hamaca:
—¡Marcos, la comida!
Un criado entró luego a anunciarnos que la mesa estaba servida.
—Vamos —dijo mi huésped poniéndose en pie— hace hambre; si
hubieras tomado el brandy tendrías un buen apetito. ¡Hola! —agregó a tiempo que
entrábamos al comedor y dirigiéndose a un paje—: si vienen a buscarnos, di que
no estamos en casa. Es necesario que te acuestes temprano para poder madrugar
—me observó señalándome el asiento de la cabecera.
El y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado mío.
—¡Diantre! —exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa
lámpara de la mesa bañó mi rostro—: ¡qué bozo has traído!, si no fueras moreno
se podría jurar que no sabes dar los buenos días en castellano. Se me figura
que estoy viendo a tu padre cuando él tenía veinte años; pero me parece que
eres más alto que él: sin esa seriedad, heredada sin duda de tu madre, creería
estar con el judío la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó. ¿No te
parece Lorenzo?
—Idéntico —respondió éste.
—Si hubieras visto —continuó mi huésped dirigiéndose a él— el
afán de nuestro inglesito luego que le dije que tendría que permanecer conmigo
dos días... Se impacientó hasta decirme que mi brandy abrasaba no sé qué.
¡Caracoles!, temí que me regañara. Vamos a ver si te parece lo mismo este
tinto, y si logramos que te haga sonreír. ¿Qué tal? —añadió después que probé
el vino.
—Es muy bueno.
—Temblando estaba de que me le hicieras gesto porque es lo mejor
que he podido conseguir para que tomes en el río.
La jovialidad del Administrador no flaqueó un instante durante
dos horas. A las nueve permitió que me retirase, prometiéndome estar en pie a
las cuatro de la mañana para acompañarme al embarcadero. A darme las buenas
noches, agregó:
—Espero que no te quejarás mañana de las ratas como la otra vez:
una mala noche que te hicieron pasar les ha costado carísimo: les he hecho
desde entonces guerra a muerte.
LVII
A las cuatro llamó el buen amigo a mi puerta, y hacía una hora
que lo esperaba yo, listo ya para marchar. El, Lorenzo y yo nos desayunamos con
brandy y café mientras los bogas conducían a las canoas mi equipaje, y poco
después estábamos todos en la playa.
La Luna, grande y en su plenitud, descendía ya al ocaso, y al
aparecer bajo las negras nubes que la habían ocultado, bañó las selvas
distantes, los manglares de las riberas y la mar tersa y callada con
resplandores trémulos y rojizos, como los que esparcen los blandones de un
féretro sobre el pavimento de mármol y los muros de una sala mortuoria.
—¿Y ahora hasta cuándo? —me dijo el Administrador
correspondiendo a mi abrazo de despedida con otro apretado.
—Quizá volveré muy pronto —le respondí.
—¿Regresas, pues, a Europa?
—Tal vez.
Aquel hombre tan festivo me pareció melancólico en ese momento.
Al alejarse de la orilla la canoa ranchada, en la cual íbamos
Lorenzo y yo, grito:
—¡Muy buen viaje!
Y dirigiéndose a los dos bogas:
—¡Cortico! ¡Laureán!... cuidármelo mucho, cuidármelo como cosa
mía.
—Sí, mi amo —contestaron a dúo los dos negros. A dos cuadras
estaríamos de la playa, y creí distinguir el bulto blanco del Administrador,
inmóvil en el mismo sitio en que acababa de abrazarme.
Los resplandores amarillentos de la luna, velados a veces,
fúnebres siempre, nos acompañaron hasta después de haber entrado a la
embocadura del Dagua.
Permanecía yo en pie a la puerta del rústico camarote, techumbre
abovedada, hecha con matambas, bejucos y hojas de rabihorcado, que en el río
llaman rancho. Lorenzo, después de haberme arreglado una especie de cama sobre
tablas de guadua bajo aquella navegante gruta, estaba sentado a mis pies con la
cabeza apoyada sobre las rodillas y parecía dormitar. Cortico (o sea Gregorio,
que tal era su nombre de pila bogaba cerca de nosotros refunfuñando a ratos la
tonada de un bunde. El atlético cuerpo de Laureán se dibujaba como el perfil de
un gigante sobre los últimos celajes de la Luna ya casi invisible.
Apenas si se oían el canto monótono y ronco de los bamburés en
los manglares sombríos de las riberas y el ruido sigiloso de las corrientes,
interrumpiendo aquel silencio solemne que rodea los desiertos en su último
sueño, sueño siempre profundo como el del hombre en las postreras horas de la
noche.
—Toma un trago, Cortico, y entona esa canción triste —dije al
boga enano.
—¡Jesú!, mi amo, ¿le parece triste?
Lorenzo escanció de su chamberga pastusa cantidad más que
suficiente de anisado en el mate que el boga le presentó, y éste continuó
diciendo:
—Será que el sereno me ha dado carraspera; —y dirigiéndose a su
compañero—: compae Laureán, el branco que si quere despejá el pecho para que
cantemo un baile alegrito.
—¡A probalo! —respondió el interpelado con voz ronca y sonora—:
otro baile será el que va a empezar en el escuro. ¿Ya sabe?
—Po lo mesmo, señó.
Laureán saboreó el aguardiente como conocedor en la materia,
murmurando:
—Del que ya no baja.
—¿Qué es eso del baile a oscuras? —le pregunté.
Colocándose en su puesto entonó por respuesta el primer verso
del siguiente bunde, respondiéndole Cortico con el segundo, tras de lo cual
hicieron pausa, y continuaron de la misma manera hasta dar fin a la salvaje y
sentida canción.
Se no junde ya la luna;
Remá, remá.
¿Qué hará mi negra tan sola?
Llorá, llorá.
Me coge tu noche escura,
San Juan, San Juan.
Escura como mi negra,
Ni má, ni má.
La lú de su s’ojo mío
Der má, der má.
Lo relámpago parecen,
Bogá, bogá.
Aquel cantar armonizaba dolorosamente con la naturaleza que nos
rodeaba; los tardos ecos de esas selvas inmensas repetían sus acentos
quejumbrosos, profundos y lentos.
—No más bunde —dije a los negros aprovechándome de la última
pausa.
—¿Le parece a su mercé mal cantao? —preguntó Gregorio, que era
el más comunicativo.
—No, hombre, muy triste.
—¿La juga?
—Lo que sea.
—¡Alabao! Si cuando me cantan bien una juga y la baila con este
negro Mariugenia... créame su mercé lo que le digo: hasta lo’ s’ángele del
cielo zapatean con gana de bailala.
—Abra el ojo y cierre el pico, compae —dijo Laureán—; ¿ya oyó?
—¿Acaso soy sordo?
—Bueno, pué.
—Vamo a velo, señó.
Las corrientes del río empezaban a luchar contra nuestra
embarcación. Los chasquidos de los herrones de las palancas, se oían ya.
Algunas veces la de Gregorio daba un golpe en el borde de la canoa para
significar que había que variar de orilla, y atravesábamos la corriente. Poco o
poco fueron haciéndose densas las nieblas. Del lado del mar nos llegaba el
retumbo de truenos lejanos. Los bogas no hablaban. Un ruido semejante al vuelo
rumoroso de un huracán sobre las selvas venía en nuestro alcance. Gruesas gotas
de lluvia empezaron a caer después.
Me recosté en la cama que Lorenzo me había tendido. Este quiso
encender luz, pero Gregorio, que le vio frotar un fósforo, le dijo:
—No prenda vela, patrón, porque me deslumbro y se embarca la
culebra.
La lluvia azotaba rudamente la techumbre del rancho. Aquella
oscuridad y silencio eran gratos para mí después del trato forzado y de la
fingida amabilidad usada durante mi viaje con toda clase de gentes. Los más
dulces recuerdos, los más tristes pensamientos volvieron a disputarse mi
corazón en aquellos instantes para reanimarlo o entristecerlo. Bastábanme ya
cinco días de viaje para volver a tenerla en mis brazos y devolverle toda la
vida que mi ausencia le había robado. Mi voz, mis caricias, mis ojos, que tan
dulcemente habían sabido conmoverla en otros días, ¿no serían capaces de
disputársela al dolor y a la muerte? Aquel amor ante el cual la ciencia se
consideraba impotente, que la ciencia llamaba en su auxilio, debía poderlo
todo.
Recorría, en mi memoria lo que me decía en sus últimas cartas:
“La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas... Yo no puedo
morirme y dejarte solo para siempre”.
La casa paterna en medio de sus verdes colinas, sombreada por
sauces añosos, engalanada con rosales, iluminada por los resplandores del Sol
al nacer, se presentaba a mi imaginación: eran los ropajes de María los que
susurraban cerca de mí; la brisa del Zabaletas, la que movía mis cabellos; las
esencias de las flores cultivadas por María, las que aspiraba yo... Y el
desierto con sus aromas, sus perfumes y sus susurros era cómplice de mi
deliciosa ilusión.
Detúvose la canoa en una playa de la ribera izquierda.
—¿Qué es? —pregunté a Lorenzo.
—Estamos en el Arenal.
—¡Oopa! Un guarda, qué contrabando va —gritó Cortico.
—¡Alto! —contestó un hombre, que debía estar en acecho, pues dio
esa voz a pocas varas de la orilla.
Los bogas soltaron a dúo una estrepitosa carcajada, y no había
puesto punto final a la suya Gregorio, cuando dijo:
—¡San Pablo bendito!, que casi me pica este cristiano. Cabo
Ansermo, a busté lo va a matá un rumatismo metío entre un carrizar. ¿Quién le
contó que yo subía, señó?
—Bellaco —le respondió el guarda— las brujas. ¿A ver que llevas?
—Buque de gente.
Lorenzo había encendido luz, y el cabo entró al rancho, dando de
paso al negro contrabandista una sonora palmada en la espalda a guisa de
cariño. Luego que me saludó franca y respetuosamente, se puso a examinar la
guía, y mientras tanto Laureán y Gregorio, en pampanilla, sonreían asomados a
la boca del camarote.
El primer grito de Gregorio al llegar a la playa alarmó a todo
el destacamento: dos guardas más con caras de mal dormidos, y armados de
carabinas como el que aguardaba agazapado bajo las malezas, llegaron a tiempo
de libación y despedida. La enorme chamberga de Lorenzo tenía para todos, a lo
cual se agregaba que debía estar deseosa de habérselas con otros menos
desdeñosos que sus amos.
Había cesado la lluvia y empezaba a amanecer, cuando después de
las despedidas y cuchufletas picantes sazonadas con risotadas y algo más, que
se cruzaban entre mis bogas y los guardas, continuamos viaje.
De allí para adelante las selvas de las riberas fueron ganando
en majestad y galanura: los grupos de palmeras se hicieron más frecuentes:
veíase la pambil de recta columna manchada de púrpura; la milpesos frondosa
brindando en sus raíces el delicioso fruto; la chontadura y la guatle;
distinguiéndose entre todas la naidí de flexible tallo e inquieto plumaje, por
un no sé qué de coqueto y virginal que recuerda talles seductores y esquivos.
Las más con sus racimos medio defendidos aún por la concha que los había
abrigado, todas con penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la
bienvenida a un amigo no olvidado. Pero aún faltaban allí las bejucadas de
rojos festones, las trepadoras de frágiles y lindas flores, las sedosas larvas
y los aterciopelados musgos de los peñascos. El naguare y el piáunde, como
reyes de la selva, empinaban sus copas sobre ella para divisar algo más
grandioso que el desierto: la mar lejana.
La navegación iba haciéndose cada vez más penosa. Eran casi las
diez cuando llegamos a Callelarga. En la ribera izquierda había una choza,
levantada, como todas las del río, sobre gruesos estantillos de guayacán,
madera que como es sabido, se petrifica en la humedad: así están los habitantes
libres de las inundaciones, y menos en familia con las víboras, que por su
abundancia y diversidad son el terror y pesadilla de los viajeros.
Mientras Lorenzo, guiado por los bogas, iba a disponer nuestro
almuerzo en la casita, permanecí en la canoa preparándome para tomar un baño,
cuya excelencia dejaban prever las aguas cristalinas. Mas no había contado con
los mosquitos, a pesar de que sus venenosas picaduras los hacen inolvidables.
Me atormentaron a su sabor, haciéndole perder al baño que tomé la mitad de su
orientalismo salvaje. El color y otras condiciones de la epidermis de los
negros, los defienden sin duda de esos tenaces y hambrientos enemigos, pues
seguí observando que apenas se daban por notificados los bogas de su
existencia.
Lorenzo me trajo el almuerzo a la canoa, ayudado por Gregorio,
quien se las daba de buen cocinero, y me prometió para el día siguiente un
tapado.
Debíamos llegar por la tarde a San Cipriano, y los bogas no se
hicieron rogar para continuar el viaje, vigorizados ya por el tinto selecto del
Administrador.
El Sol no desmentía ser de verano.
Cuando las riberas lo permitían, Lorenzo y yo, para
desentumirnos o para disminuir el peso de la canoa en pasos de peligro
confesados por los bogas, andábamos por algunas de las orillas cortos trechos,
operación que allí se llama playear; pero en tales casos el temor de tropezar
con alguna guascama o de que alguna chonta se lanzase sobre nosotros, como los
individuos de esa familia de serpientes negras, rollizas y de collar blanco lo
acostumbran, nos hacía andar por las malezas más con los ojos que con los pies.
Era inútil averiguar si Laureán y Gregorio eran curanderos, pues
apenas hay boga que no lo sea y que no lleve consigo colmillos de muchas clases
de víboras y contras para varias de ellas, entre las cuales figuran el guaco,
los bejucos atajasangre, siempreviva, zaragoza, y otras yerbas que no nombran y
que conservan en colmillos de tigre y de caimán ahuecados. Pero eso no basta a
tranquilizar a los viajeros, pues es sabido que tales remedios suelen ser
ineficaces, y muere el que haya sido mordido, después de pocas horas, arrojando
sangre por los poros, y con agonías espantosas.
Llegamos a San Cipriano. En la ribera derecha y en el ángulo
formado por el río que da nombre al sitio, y por el Dagua, que parece
regocijarse con su encuentro, estaba la casa, alzada sobre postes en medio de
un platanal frondoso. No habíamos saltado todavía a la playa y ya Gregorio
gritaba:
—¡Ña Rufina! ¡Aquí voy yo! —Y en seguida—: ¿Dónde cogió esta
viejota?
—Buena tarde, ño Gregorio —respondió una negra joven, asomándose
al corredor.
—Me tiene que da posada, porque traigo cosa buena.
—Sí, señó; suba pué.
—¿Mi compañero?
—En la Junta.
—¿Tío Bibiano?
—Asina no ma, ño Gregorio.
Laureán dio las buenas tardes a la casera y volvió a guardar su
silencio acostumbrado.
Mientras los bogas y Lorenzo sacaban los trastos de la canoa, yo
estaba fijo en algo que Gregorio, sin hacer otra observación, había llamado
viejota: era una culebra gruesa como un brazo fornido, casi de tres varas de
largo, de dorso áspero, color de hoja seca y salpicada de manchas negras;
barriga que parecía de piezas de marfil ensambladas, cabeza enorme y boca tan
grande como la cabeza misma, nariz arremangada y colmillos como uñas de gato.
Estaba colgada por el cuello en un poste del embarcadero, y las aguas de la
orilla jugaban con su cola.
—¡San Pablo! —exclamó Lorenzo fijándose en lo que yo veía—; ¡qué
animalote! Rufina, que se había bajado a alabarme a Dios, observó riéndose, que
más grandes las habían muerto algunas veces.
—¿Dónde encontraron ésta? —le pregunté.
—En la orilla, mi amo, allí en el chípero —me contestó
señalándome un árbol frondoso distante treinta varas de la casa.
—¿Cuándo?
—A la madrugadita que se fue mi hermano a viaje, la topó armaa,
y él la trajo para sacarle la contra. La compañera no estaba ahí, pero hoy la
vi yo y él la topa mañana.
La negra me refirió en seguida que aquella víbora hacía daño de
esta manera: agarrada de alguna rama o bejuco con una uña fuerte que tiene en
la extremidad de la cola, endereza más de la mitad del cuerpo sobre las rocas
del resto: mientras la presa que acecha no le pasa a distancia tal que
solamente extendida en toda su longitud la culebra, pueda alcanzarla, permanece
inmóvil, y conseguida esa condición, muerde a la víctima y la atrae a sí con
una fuerza invencible: si la presa vuelve a alejarse a la distancia precisa, se
repite el ataque hasta que la víctima expira: entonces se enrolla envolviendo
el cadáver y duerme así por algunas horas. Casos han ocurrido en que cazadores
y bogas se salvan de ese género de muerte asiéndole la garganta a la víbora con
entrambas manos y luchando con ella hasta ahogarla, o arrojándole una ruana
sobre la cabeza; mas eso es raro, porque es difícil distinguirla en el bosque,
por asemejarse armada a un tronco delgado en pie y ya seco. Mientras la
verrugosa no halla de dónde agarrar su uña, es del todo inofensiva.
Rufina, señalándome el camino, subió con admirable destreza la
escalera formada de un solo tronco de guayacán con muescas, y aun me ofreció la
mano, entre risueña y respetuosa, cuando ya iba yo a pisar el pavimento de la
choza, hecho de tablas picadas de pambil, negras y brillantes por el uso. Ella,
con las trenzas de pasa esmeradamente atadas a la parte posterior de la cabeza,
que no carecía de cierto garbo natural, follao de pancho azul y camisa blanca,
todo muy limpio, candongas de higas azules y gargantilla de lo mismo, aumentada
con escuditos y cavalongas, me pareció graciosamente original, después de haber
dejado por tanto tiempo de ver mujeres de esa especie; y lo dejativo de su voz,
cuya gracia consiste, en gentes de la raza, en elevar el tono en la sílaba
acentuada de la palabra final de cada frase; lo movible de su talle y sus
sonrisas esquivas, me recordaban a Remigia en la noche de sus bodas. Bibiano,
padre de la núbil negra, que era un boga de poco más de cincuenta años,
inutilizado ya por el reumatismo, resultado del oficio, salió a recibirme, el
sombrero en la mano, y apoyándose en un grueso bastón de chonta: vestía
calzones de bayeta amarilla y camisa de listado azul, cuyas faldas llevaba por
fuera.
Componíase la casa, como que era una de las mejores del río, de
un corredor, del cual, en cierta manera, formaba continuación la sala, pues las
paredes de palma de ésta, en dos de los lados, apenas se levantaban a vara y
media del suelo, presentando así la vista del Dagua por una parte y la del
dorrnido y sombrío San Cipriano por la otra: a la sala seguía una alcoba, de la
que se salía a la cocina, cuya hornilla estaba formada por un gran cajón de
tablas de palma rellenado con tierra, sobre el cual descansaban las tulpas y el
aparato para hacer el fufú. Sustentado sobre las vigas de la sala, había un
tablado que la abovedaba en una tercera parte, especie de despensa en que se
veían amarillear hartones y guineos, adonde subía frecuentemente Rufina por una
escalera más cómoda que la del patio. De una viga colgaban atarrayas y
catangas, y estaban atravesadas sobre otras, muchas palancas y varas de pescar.
De un garabato pendían un mal tamboril y una carrasca, y en un rincón estaba
recostado el carángano, rústico bajo en la música de aquellas riberas.
Pronto estuvo mi hamaca colgada. Acostado en ella veía los
montes distantes no hollados aún, que iluminaba la última luz amarilla de la
tarde, y las ondas del Dagua pasar atornasoladas de azul, verde y oro. Bibiano,
estimulado por mi franqueza y cariño, sentado cerca de mí, tejía crezneja para
sombreros, fumando en su congola, conversándome de los viajes de su mocedad, de
la difunta (su mujer), de la manera de hacer la pesca en corrales y de sus
achaques. Había sido esclavo hasta los treinta años en la mina del Iró, y a
esa, edad consiguió, a fuerza de penosos trabajos y de economías, comprar su
libertad y la de su mujer, que había sobrevivido poco tiempo a su
establecimiento en el Dagua.
Los bogas, con calzones ya, charlaban con Rufina; y Lorenzo,
después de haber sacado sus comestibles refinados para acompañar el sancocho de
nayo que nos estaba preparando la hija de Bibiano, había venido a recostarse
silencioso en el rincón más oscuro de la sala.
Era casi de noche cuando se oyeron gritos de pasajeros en el
río: Lorenzo bajó apresuradamente y regresó pocos momentos después diciendo que
era el correo que subía; y había tomado noticia de que mi equipaje quedaba en
Mondomo.
Pronto nos rodeó la noche con toda su pompa americana: las
noches del Cauca, las de Londres, las pasadas en alta mar, ¿por qué no eran tan
majestuosamente tristes como aquéllas?
Bibiano me dejó, creyéndome dormido, y fue a apurar la comida.
Lorenzo encendió vela y preparó la mesita de la casa con el menaje de nuestra
alforja.
A las ocho todos estaban, bien o mal, acomodados para dormir.
Lorenzo, luego que me hubo acomodado con esmero casi maternal en la hamaca, se
acostó en la suya.
—Taita —dijo Rufina desde su alcoba a Bibiano, que dormía con
nosotros en la sala—: escuche su mercé la verrugosa cantando en el río.
En efecto, se oía hacia ese lado algo como el cocleo de una
gallina enorme.
—Avísale a ño Laureán —continuó la muchacha— para que a la
madrugada pasen con mañita.
—¿Ya oíte, hombre? —preguntó Bibiano.
—Sí, señó —respondió Laureán, a quien debía de tener despierto
la voz de Rufina, pues según comprendí más tarde, era su novia.
—¿Qué es esto grande que vuela aquí? —pregunté a Bibiano,
próximo ya a figurarme que sería alguna culebra alada.
El murciélago, amito —contestó—; pero no haya miedo que le pique
durmiendo en la hamaca.
Los tales murciélagos son verdaderos vampiros que sangran en
poco rato a quien llega a dejarles disponibles la nariz o las yemas de los
dedos; y realmente se salvan de su chupadura los que duermen en hamaca.
LVIII
Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A
favor de la luna, la noche parecía un día opaco. A las cuatro, encomendados a
la Virgen en las despedidas de Bibiano y de su hija, nos embarcamos.
—Aquí canta la verrugosa, compae —dijo Laureán a Cortico luego
que hubimos navegado un corto trecho— saque afuerita, no vaya a tá armaa.
Todo el peligro para mí era que la víbora se entrase a la canoa,
pues estaba defendido por el techo del rancho; pero agarrado por ella alguno de
los bogas, el naufragio era probable.
Pasamos felizmente; mas, la verdad sea dicha, ninguno tranquilo.
El almuerzo de aquel día fue copia del anterior, salvo el
aumento del tapado que Gregorio había prometido, potaje que preparó haciendo un
hoyo en la playa, y una vez depositado en él, envuelto en hojas de bijao, la
carne, plátanos y demás que debían componer el cocido, lo cubrió con tierra y
encima de todo encendió un fogón.
Era increíble que la navegación fuese más penosa en adelante que
la que habíamos hecho hasta allí; pero lo fue: en el Dagua es donde con toda
propiedad puede decirse que no hay imposibles.
A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un
remanso, Luareán lo rehusó, y se internó en el bosque algunos pasos para
regresar trayendo unas hojas: después de estregarlas en un mate lleno de agua,
hasta que el líquido se tiñó de verde, coló éste en la copa de su sombrero y se
lo tomó. Era zumo de hoja hedionda, único antídoto contra las fiebres, temibles
en la costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.
Las palancas, que cuando se baja el río sirven mil veces para
evitar un estrellamiento general, son menos útiles para subirlo. Desde Fleco, a
cada paso caían al agua Gregorio y Laureán, siempre después del consabido golpe
de aviso, y entonces el primero cabestreaba la canoa asiéndola por el galindro,
mientras el compañero la impulsaba por la popa. Así se subían los chorros o
cabezones inevitables; pero para librarse de los más furiosos había pequeños
caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y más o menos escasos
de agua, por los cuales subía la canoa rozando con el casco los guijarros del
cauce y balanceándose algunas veces sobre las rocas más salientes.
Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen
más y más descolgadas las corrientes a medida que nos acercábamos al Saltico,
los bogas al cambiar de orilla impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al
mismo tiempo de un salto sobre ella, para empuñar las palancas; y
abandonándolas en el instante, una vez atravesado el río, impedían que nos
arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya.
Después de cada lance de esta especie, se hacía necesario arrojar de la canoa
el agua que le había entrado, operación que ejecutaban los bogas
instantáneamente amagando dar un paso y volviendo a traer el pie avanzando
hacia el firme, con lo cual salían de en medio de éstos plumadas de agua. Tales
evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados por Laureán, aunque
él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habría podido pasar
por el dios del río; pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña
siempre, parecía presentar la figura recortada de su compañero, con sus piernas
que formaban al andar casi una “o”, y cuyos pies encorvados hacia adentro eran
más que pies, instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban
terror.
Pernoctamos aquel día en el Saltico, pobre y desapacible caserío
a pesar del movimiento que le daban sus bodegas. Allí hay un obstáculo para la
navegación, y es generalmente el término de viaje de los bogas que vienen del
Puerto, así como los que subían del Saltico llegaban solamente al Salto, y a
este punto los que bajaban diariamente de Juntas.
La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra la canoa, ya sin
rancho, para ponerla en la playa donde debía embarcarme al día siguiente. Del
Saltico al Salto, los peligros del viaje salieron de la esfera de toda
ponderación.
En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para
vencer el último obstáculo que allí merece el honor de tal nombre.
Los bosques iban teniendo a medida que nos alejábamos de la
costa, toda aquella majestad, galanura, diversidad de tintas y abundancia de
aromas que hacen de las selvas del interior un conjunto indescriptible. Mas el
reino vegetal imperaba casi solo: oíase de tarde en tarde y a lo lejos el canto
del paují; muy rara pareja de panchanas atravesaba a veces por encima de las
montañas casi perpendiculares que encajonaban la vega; y alguna primavera
volaba furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los guabos apiñados
o por los cañaverales, chontas, nacederos y chíperos, sobre los cuales mecían
las guaduas sus arqueados plumajes. El martín pescador, única ave acuática
habitadora de aquellas riberas, rozaba por rareza los remansos con sus alas, o
se hundía en ellos para sacar en el pico algún pececillo plateado.
Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y
las más capaces de ellas tendrían ocho varas de largo, y escasamente una de
ancho.
El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y
achicando incesantemente el delantero, el de la popa sentado a veces,
tranquilos siempre, apenas divisados al descender por en medio de los chorros
de una revuelta lejana, desaparecían en ella y pasaban muy luego velozmente por
cerca de nosotros, para volver a verse abajo y distantes ya, como corriendo
sobre las espumas.
Los peñascos escarpados de la Víbora, Delfina con su limpio
riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que mezcla después
tímidamente sus corrientes con las impetuosas del Dagua, y el derrumbo del
Arrayán, fueron quedando a la izquierda. Allí hubo necesidad de hacer alto para
conseguir una palanca, pues Laureán acababa de romper su último repuesto. Hacía
una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el río empezaba a traer
cintas de espumas y algunas malezas menudas.
—La niña tá celosa —dijo Cortico cuando arrimamos a la playa.
Creí que se refería a una música tristísima y como ahogada, que
parecía venir de la choza vecina.
—¿Qué niña es ésa? —le pregunté.
—Pue Pepita, mi amo.
Entonces caí en la cuenta de que se refería al hermoso río de
ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de Juntas.
—¿Por qué está celosa?
—¿No ve sumercé lo que baja?
—No.
—La creciente.
—¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que
él.
Gregorio se rio antes de responderme:
—Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita e, porque el río no
baja amarillo.
Subí al rancho mientras los bogas hacían sus prevenciones,
deseoso de ver qué instrumento tocaban allí: era una marimba, pequeño teclado
de chontas sobre tarros de guadua alineados de mayor a menor, y que se hace
sonar con bolillos pequeños aforrados en vaqueta.
Una vez conseguida la palanca y llenada la condición
indispensable de que fuese de biguare o cueronegro, continuamos subiendo con
mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se hiciesen importunos.
Los bogas estimulados por Lorenzo y la gratificación que les
tenía yo prometida por su buen manejo, se esforzaron a fin de hacerme llegar de
día a Juntas. Poco después dejamos a la derecha la campiñita de Sombrerillo,
cuyo verdor contrasta con la aspereza de las montañas que la sombrean hacia el
sur. Eran las cuatro de la tarde cuando pasamos al pie de los agrios peñascos
de Medialuna. Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso
término a la inverosímil navegación saltando a una playa de Juntas.
El amigo D..., antiguo dependiente de mi padre, me estaba
esperando, avisado por el correísta que nos dio alcance en San Cipriano, de que
yo debía llegar aquella tarde. Me condujo a su casa, en donde fui a esperar a
Lorenzo y a los bogas. Estos quedaron muy contentos con “mi persona”, como
decía Gregorio. Debían madrugar al día siguiente, y se despidieron de mí de la
manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas de cognac y
de haberme recibido una carta para el Administrador.
LIX
Al sentarnos a la mesa manifesté a D... que deseaba continuar el
viaje la misma tarde si era posible, suplicándole venciese inconvenientes. El
pareció consultar a Lorenzo, quien se apresuró a responderme que las bestias
estaban en el pueblo y que la noche era de luna. Le di orden para que sin
demora preparase nuestra marcha; y en vista de la manera como lo resolví, D...
no hizo observación de ninguna especie.
Poco rato después me presentó Lorenzo los arreos de montar,
manifestándome por lo bajo cuánto le complacía el que no pernoctásemos en
Juntas.
Arreglado lo necesario para que D... pagase la conducción de mi
equipaje hasta allí y lo pusiera en camino nuevamente, nos despedimos de él y
montamos en buenas mulas, seguidos de un muchacho que, caballero en otra,
llevaba al arzón un par de cuchugos pequeños con mi ropa de camino y algo de
avío que se apresuró a poner en ellos nuestro huésped.
Habíamos vencido más de la mitad de la subida de la Puerta,
cuando se ocultaba ya el Sol. En los momentos en que mi cabalgadura tomaba
aliento, no pude menos de ver con satisfacción la hondonada de donde acababa de
salir, y respiré con deleite el aire vivificador de la sierra. Veía ya en el
fondo de la profunda vega la población de Juntas con sus techumbres pajizas y
cenicientas: el Dagua, lujoso con la luz que entonces lo bañaba, orlaba el
islote del caserío, y rodando precipitadamente hasta perderse en la revuelta
del Credo, espejeaba a lo lejos en las playas de Sombrerillo.
Por primera vez después de mi salida de Londres me sentía
absolutamente dueño de mi voluntad para acortar la distancia que me separaba de
María. La certeza de que solamente me faltaban por hacer dos jornadas para
terminar el viaje, hubiera sido bastante a hacerme reventar durante ellas
cuatro mulas como la que cabalgaba. Lorenzo, experimentado de lo que resulta de
tales afanes en tales caminos, trató de hacerme moderar algo el paso, y con el
justo pretexto de servir de guía, se me colocó por delante a tiempo que faltaba
poco para que coronáramos la cuesta.
Cuando llegamos al Hormiguero, solamente la luna nos mostraba la
senda. Me detuve porque Lorenzo había echado pie a tierra allí, lo cual tenía
en alarma a los perros de la casa. Recostándose él sobre el cuello de mi mula,
me dijo sonriendo:
—¿Le parece bueno que durmamos aquí? Esta es buena gente y hay
pasto para las bestias.
—No seas flojo —le contesté—: yo no tengo sueño y las mulas
están frescas.
—No se afane —me observó tomándome el estribo—: lo que quiero es
ventear estos judas, no sea que se nos achajuanen por estar tan ovachonas.
Justo viene con mis mulas para Juntas —continuó descinchando la mía— y según me
dijo ese muchacho que encontramos en la Puerta, debe toldar esta noche en
Santana, si no consigue llegar a Hojas. Donde lo encontremos, tomamos chocolate
e iremos a dormir un ratico por ahí donde se pueda. ¿Le gusta así?
—Por supuesto: es necesario llegar a Cali mañana en la tarde.
—No tanto: dando las siete en San Francisco iremos entrando;
pero yendo a mi paso, porque de no, daremos gracias en llegar a San Antonio.
Hablando y haciendo, bañaba los lomos de las mulas con buchadas
de anisado. Sacó fuego de su eslabón y encendió cigarro; echó una reprimenda al
muchacho, que venía atrasándose, porque dizque su mula era cueruda, y
emprendimos nuevamente marcha mal despedidos por los gozques de la casita.
No obstante que el camino estaba bueno, es decir, seco, no
pudimos llegar a Hojas sino pasadas las diez. Sobre el plano que corona la
cuesta blanqueaba una tolda. Lorenzo, fijándose en las mulas que ramoneaban en
las orillas de la senda, dijo:
—Ahí está Justo, porque aquí andan el Tamborero y el Frontino,
que nunca desmanchan.
—¿Qué gente es ésa? —le pregunté.
—Pues machos míos.
Silencio profundo reinaba en torno de la caravana arriera: un
viento frío columpiaba los cañaverales y mandules de las faldas vecinas,
avivando a veces las brasas amortiguadas de dos fogones inmediatos a la tolda.
Junto a uno de ellos dormía enroscado un perro negro, que gruñó al sentirnos y
ladró al reconocernos por extraños.
—¡Avemaría! —gritó Lorenzo, dando así a los arrieros el saludo
que entre ellos se acostumbraba al llegar a una posada—. ¡Calla, Barbillas!
—agregó dirigiéndose al perro y echando pie a tierra.
Un mulato alto y delgado salió de entre las barricadas de
zurrones de tabaco, que tapiaban los dos costados de la tolda por donde ésta no
llegaba hasta el suelo: era el caporal Justo. Vestía camisa de coleta con
pretensiones a blusa corta, calzoncillos bombachos, y tenía la cabeza cubierta
con un pañuelo atado a la nuca.
—¡Olé!, ñor Lorenzo —dijo a su patrón reconociéndolo; y agregó—:
¿éste no es el niño Efraín?
Correspondimos a sus saludos, Lorenzo con un pampeo en la
espalda y una chanzoneta, yo lo más cariñosamente que el estropeo me lo
permitía.
—Apéense —continuó el caporal—; traerán cansada alguna mula.
—Las tuyas serán las cansadas —le respondió Lorenzo— pues vienen
a paso de hormiga.
—Ahí verá que no. ¿Pero qué andan haciendo a estas horas?
—Caminando mientras tú roncas. Déjate de conversar y manda al
guión que nos atice unas brasas para hacer chocolate.
Los otros arrieros se habían despertado, así como el negrito que
debía atizar. Justo encendió un cabo de vela, y después de colocarlo en un
plátano agujereado, tendió un cobijón limpio en el suelo para que yo me
sentase.
—¿Y hast’onde van ahora? —preguntó mientras Lorenzo sacaba de
sus cojinetes provisiones para acompañar el chocolate.
—A Santana —respondió—. ¿Cómo van las muletas? El hijo de la
García me dijo al salir de Juntas que se te había cansado la rosilla.
—Es la única maulona, pero ten con ten, ahí viene.
—No vayas a sacar carga de fardos en ellas.
—¡Tan fullero que era yo! Y qué buenas van a salir las
condenadas: eso sí la Manzanilla me hizo en Santa Rosa una de toditicos los
diablos: quien la ve tan tasajuda y es la más filática; pero ya va dando: con
los atillos la traigo desde Platanares.
La olleta del chocolate hirviendo entró en escena, y los
arrieros a cual más listo ofrecieron sus matecillos de cintura para que lo
tomásemos.
—¡Válgame! —decía Justo mientras yo saboreaba aquel chocolate
arrieramente hecho y servido, pero el más oportuno que me ha venido a las
manos—. ¿Quién iba a conocer al niño Efraín? Al reventón llevará a ñor Lorenzo;
¿no?
En cambio de su agua tibia de calabazo dimos a Justo y a sus
mozos buen brandy, y nos dispusimos a marchar.
—Las once irán siendo —dijo el caporal alzando a ver la luna,
que bañaba con blanca luz las altivas lomas de los Chancos y Bitaco.
Vi el reloj y efectivamente eran las once. Nos despedimos de los
arrieros, y cuando nos habíamos alejado media cuadra de la tolda, llamó Justo a
Lorenzo: éste me alcanzó pocos instantes después.
LX
Al día siguiente a las cuatro de la tarde llegué al alto de las
Cruces. Apeéme para pisar aquel suelo desde donde dije adiós para mi mal a la
tierra nativa. Volví a ver ese valle del Cauca, país tan bello cuanto
desventurado yo... Tantas veces había soñado divisarlo desde aquella montaña,
que después de tenerlo delante con toda su esplendidez, miraba a mi alrededor
para convencerme de que en tal momento no era juguete de un sueño. Mi corazón
palpitaba aceleradamente como si presintiese que pronto iba a reclinarse sobre
él la cabeza de María; y mis oídos ansiaban recoger en el viento una voz
perdida de ella. Fijos estaban mis ojos sobre las colinas iluminadas al pie de
la sierra distante, donde blanqueaba la casa de mis padres.
Lorenzo acababa de darme alcance trayendo del diestro un hermoso
caballo blanco que había recibido en Tocotá para que yo hiciese en él las tres
últimas leguas de la jornada.
—Mira le dije cuando se disponía a ensillármelo, y mi brazo le
mostraba el punto blanco de la sierra al cual no podía yo dejar de mirar—;
mañana a esta hora estaremos allá.
—¿Pero allá a qué? —respondió.
—¡Cómo!
—La familia está en Cali.
—Tú no me lo habías dicho. ¿Por qué se han venido?
—Justo me contó anoche que la señorita seguía muy mala.
Lorenzo al decir esto no me miraba, y me pareció conmovido.
Monté temblando en el caballo que él me presentaba ensillado ya,
y el brioso animal empezó a descender velozmente y casi a vuelos por el
pedregoso sendero.
La tarde se apagaba cuando doblé la última cuchilla de las
montañuelas. Un viento impetuoso de occidente zumbaba en torno de mí en los
peñascos y malezas desordenando las abundantes crines del caballo. En el confín
del horizonte a mi izquierda no blanqueaba ya la casa de mis padres sobre las
faldas sombrías de la montaña; y a la derecha, muy lejos, bajo un cielo turquí,
se descubrían lampos de la mole del Huila medio arropado por brumas flotantes.
Quien aquello crió, me decía yo, no puede destruir aún la más
bella de sus criaturas y lo que él ha querido que yo más ame. Y sofocaba de
nuevo en mi pecho sollozos que me ahogaban.
Ya dejaba a mi izquierda la pulcra y amena vega del Peñón, digna
de su hermoso río y de mis gratos recuerdos de infancia. La ciudad acababa de
dormirse sobre su verde y acojinado lecho: como bandadas de aves enormes que se
cernieran buscando sus nidos, divisábanse sobre ella, abrillantados por la
luna, los follajes de las palmeras.
Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a la puerta
de la casa. Un paje abrió. Apeándome boté las bridas en sus manos y recorrí
precipitadamente el zaguán y parte del corredor que me separaba de la entrada
al salón: estaba oscuro. Me había adelantado pocos pasos en él cuando oí un
grito y me sentí abrazado.
—¡María! ¡Mi María! —exclamé estrechando contra mi corazón
aquella cabeza entregada a mis caricias.
—¡Ay!, ¡No, no, Dios mío! —interrumpióme sollozando.
Y desprendiéndose de mi cuello cayó sobre el sofá inmediato: era
Emma. Vestía de negro, y la luna acababa de bañar su rostro lívido y regado de
lágrimas.
Se abrió la puerta del aposento de mi madre en ese instante.
Ella, balbuciente y palpándome con sus besos, me arrastró en los brazos al
asiento donde Emma estaba muda e inmóvil.
—¿Dónde está, pues, donde está? —grité poniéndome en pie.
—¡Hijo de mi alma! —exclamó mi madre con el más hondo acento de
ternura y volviendo a estrecharme contra su seno—: en el cielo.
Algo como la hoja fría de un puñal penetró en mi cerebro: faltó
a mis ojos luz y a mi pecho aire. Era la muerte que me hería... Ella, tan cruel
e implacable, ¿por qué no supo herir?...
LXI
Me fue imposible darme cuenta de lo que por mí había pasado, una
noche que desperté en un lecho rodeado de personas y objetos que casi no podía
distinguir. Una lámpara velada, cuya luz hacían más opaca las cortinas de la
cama, difundía por la silenciosa habitación una claridad indecisa. Intenté en
vano incorporarme: llamé, y sentí que estrechaban una de mis manos; torné a
llamar, y el nombre que débilmente pronunciaba tuvo por respuesta un sollozo.
Volvíme hacia el lado de donde éste había salido y reconocí a mi madre, cuya
mirada anhelosa y llena de lágrimas estaba fija en mi rostro. Me hizo casi en
secreto y con su más suave voz, muchas preguntas para cerciorarse de si estaba
aliviado.
—¿Conque es verdad? —le dije cuando el recuerdo aún confuso de
la última vez en que la había visto, vino a mi memoria.
Sin responderme, reclinó la frente en el almohadón, uniendo así
nuestras cabezas.
Después de unos momentos tuve la crueldad de decirle:
—¡Así me engañaron!... ¿A qué he venido?
—¿Y yo? —me interrumpió humedeciendo mi cuello con sus lágrimas.
Mas su dolor y su ternura no conseguían que algunas corriesen de
mis ojos.
Se trataba, sin duda, de evitarme toda fuerte emoción, pues poco
rato después se acercó silencioso mi padre, y me estrechó una mano, mientras se
enjugaba los ojos sombreados por el insomnio.
Mi madre, Eloísa y Emma se turnaron aquella noche para velar
cerca de mi lecho, luego que el doctor se retiró prometiendo una lenta pero
positiva reposición. Inútilmente agotaron ellas sus más dulces cuidados para
hacerme conciliar el sueño. Así que mi madre se durmió rendida por el
cansancio, supe que hacía algo más de veinticuatro horas que me hallaba en
casa.
Emma sabía lo único que me faltaba saber: la historia de sus
últimos días... sus últimos momentos y sus últimas palabras. Sentía que para
oír esas confidencias terribles, me faltaba valor, pero no pude dominar mi sed
de dolorosos pormenores, y le hice muchas preguntas. Ella sólo me respondía con
el acento de una madre que hace dormir a su hijo en la cuna:
—Mañana.
Y acariciaba mi frente con sus manos o jugaba con mis cabellos.
LXII
Tres semanas habían corrido desde mi regreso, durante las cuales
me retuvieron a su lado Emma y mi madre, aconsejadas por el médico y
disculpando su tenacidad con el mal estado de mi salud.
Los días y las noches de dos meses habían pasado sobre su tumba
y mis labios no hablan murmurado una oración sobre ella. Sentíame aún sin la
fuerza necesaria para visitar la abandonada mansión de nuestros amores, para
mirar ese sepulcro que a mis ojos la escondía y la negaba a mis brazos. Pero en
aquellos sitios debía esperarme ella: allí estaban los tristes presentes de su
despedida para mí, que no había volado a recibir su último adiós y su primer
beso antes que la muerte helara sus labios.
Emma fue exprimiendo lentamente en mi corazón toda la amargura
de las postreras confidencias de María para mí. Así, recomendada para romper el
dique de mis lágrimas, no tuvo más tarde cómo enjugarlas, y mezclando las suyas
a las mías pasaron esas horas dolorosas y lentas.
En la mañana que siguió a la tarde en que María me escribió su
última carta, Emma, después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la
halló sentada en el banco de piedra del jardín: dábase ver lo que había
llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los
circundaba, humedecían aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas
pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanía: exhalaba
sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se había desahogado.
—¿Por qué has venido sola hoy? —le preguntó Emma abrazándola—:
yo quería acompañarte como ayer.
—Sí —le respondió—; lo sabía; pero deseaba venir sola; creí que
tendría fuerzas. Ayúdame a andar.
Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a
mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló casi
sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:
—Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le
pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.
Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió:
—¡Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le
dirás que lo cuidé mientras pude —dijo volviéndose a Emma, que lloraba con
ella.
Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole:
—¿Por qué te entristeces así? ¿No ha convenido papá en demorar
nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te sientes mejor?
—Estémonos todavía aquí —le respondió acercándose lentamente a
la ventana de mi cuarto: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó
después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi
hermana—: Dile que nunca dejó de florecer. Ahora sí vámonos.
Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno
suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:
—¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquí!
Durante el día se la vio más triste y silenciosa que de
costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con
algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había cogido por la mañana; y
allí fue Emma a buscarla cuando ya había oscurecido. Estaba de codos en la
ventana; y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.
—María —le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos
momentos— ¿no te hará mal este viento de la noche?
Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano,
atrayéndola a sí y haciendo que se sentase a su lado en el sofá:
—Ya nada puede hacerme mal.
—¿No quieres que vayamos al oratorio?
—Ahora no: deseo estarme aquí todavía; tengo que decirte tantas
cosas...
—¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan
obediente a las prescripciones del doctor, vas así a hacer infructuosos todos
sus cuidados y los nuestros: hace dos días que no eres ya dócil como antes.
—Es que no saben que voy a morirme —respondió abrazando a Emma y
sollozando contra su pecho.
—¡Morirte! ¿Morirte cuando Efraín va a llegar?...
—Sin verlo otra vez, sin decirle... morirme sin poderlo esperar.
Esto es espantoso —agregó estremeciéndose después de una pausa—; pero es
cierto: nunca los síntomas del acceso han sido como los que estoy sintiendo. Yo
necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decírtelo. Oye: quiero
dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que
tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y
los de mi madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje; y en mi
delantal azul envolverás mis trenzas... No te aflijas así —continuó acercando
su mejilla fría a la de mi hermana—; yo no podría ya ser su esposa... Dios
quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy, del trance de verme expirar.
¡Ay!, yo podría morirme conforme, dándole mi último adiós. Estréchalo por mí en
tus brazos y dile que en vano luché por no abandonarlo... que me espantaba más
su soledad que la muerte misma, y...
María dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla
ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no respondió; dio voces
y corrieron en su auxilio.
Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla
del acceso, y en la mañana del siguiente día se declaró impotente para
salvarla.
El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al
llamamiento que se le hizo.
Frente al lecho de María se colocó en una mesa adornada con las
más bellas flores del jardín, el crucifijo del oratorio, y lo alumbraban dos
cirios benditos. De rodillas ante aquel altar humilde y perfumado, oró el
sacerdote durante una hora; y al levantarse, le entregó uno de los cirios a mi
padre y otro a Mayn para acercarse con ellos al lecho de la moribunda. Mi madre
y mis hermanas, Luisa, sus hijas y algunas esclavas se arrodillaron para
presenciar la ceremonia. El ministro pronunció estas palabras al oído de María:
—Hija mía, Dios viene a visitarte: ¿quieres recibirlo?
Ella continuó muda e inmóvil como si durmiese profundamente. El
sacerdote miró a Mayn, quien, comprendiendo al instante esa mirada, tomó el
pulso a María, diciendo en seguida en voz baja:
—Cuatro horas lo menos.
El sacerdote la bendijo y la ungió. Los sollozos de mi madre,
mis hermanas y las hijas del montañés acompañaron la oración.
Una hora después de la ceremonia, Juan se había acercado al
lecho y se empinaba para alcanzar a ver a María, llorando porque no lo subían.
Tomólo mi madre en sus brazos y lo sentó en el lecho.
—¿Está dormida, no? —preguntó el inocente reclinando la cabeza
en el mismo almohadón en que descansaba la de María, y tomándole en sus manitas
una de las trenzas como lo acostumbraba para dormirse.
Mi padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi
madre y que los asistentes presenciaban contristados.
A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecía a la cabecera
pulsando constantemente a María, se puso en pie, y sus ojos humedecidos dejaron
comprender a mi padre que había terminado la agonía. Sus sollozos hicieron que
Emma y mi madre se precipitasen sobre el lecho. Estaba como dormida; pero
dormida para siempre... ¡muerta!, ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su
postrer aliento, sin que mis oídos hubiesen escuchado su último adiós, sin que
algunas de tantas lágrimas vertidas por mí después sobre su sepulcro, hubiesen
caído sobre su frente!
Cuando mi madre se convenció de que María había muerto, ante su
cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que penetraba en la
estancia por una ventana que acababa de abrir, exclamó con voz enronquecida por
el llanto, besando una de esas manos ya fría e insensible:
—¡María!... ¡Hija de mi corazón!... ¿Por qué nos dejas así?...
¡Ay!, ya nunca más podrás oírme... ¿Qué responderé a mi hijo cuando me pregunte
por ti? ¡Qué hará, Dios mío!... ¡Muerta!, ¡muerta sin haber exhalado una queja!
Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro
blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de sublime
resignación. La luz de los cirios brillando en su frente tersa y sobre sus
anchos párpados, proyectaba la sombra de las pestañas sobre las mejillas:
aquellos labios pálidos parecían haberse helado cuando intentaban sonreír;
podía creerse que alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio
envueltas en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre el
pecho, sostenía un crucifijo.
Así la vio Emma a las tres de la madrugada, al acercarse a
cumplir el más terrible encargo de María.
El sacerdote estaba orando de rodillas al pie del ataúd. La
brisa de la noche, perfumada de rosas y azahares, agitaba las llamas de los
cirios, gastados ya.
“Creí —decía Emma— que al cortar la primera trenza iba a mirarme
tan dulcemente como solía si reclinada la cabeza en mi falda le peinaba yo los
cabellos. Púselas al pie de la imagen de la Virgen y por última vez le besé las
mejillas... Cuando desperté dos horas después... ¡ya no estaba allí!”.
Braulio, José y cuatro peones más condujeron al pueblo el
cadáver, cruzando esas llanuras y descansando bajo aquellos bosques por donde
en una mañana feliz pasó María a mi lado amante y amada el día del matrimonio
de Tránsito. Mi padre y el cura seguían paso ante paso el humilde convoy... ¡ay
de mí!, ¡humilde y silencioso como el de Nay!
Mi padre regresó al medio día lentamente y ya solo. Al apearse
hizo esfuerzos inútiles para sofocar los sollozos que lo ahogaban. Sentado en
el salón, en medio de Emma y mi madre y rodeado de los niños que aguardaban en
vano sus caricias, dio rienda a su dolor, haciéndose necesario que mi madre
procurase darle una conformidad que ella misma no podía tener.
“Yo —decía él— yo autor de ese viaje maldecido, ¡la he muerto!
Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija, ¿qué habría yo de decirle?... Y
Efraín... y Efraín...
¡Ah! ¿Para qué lo he llamado? ¿Así le cumpliré mis promesas?”.
Aquella tarde dejaron la hacienda de la sierra para ir a
pernoctar en la del valle, de donde debían emprender al día siguiente viaje a
la ciudad.
Braulio y Tránsito convinieron en habitar la casa para cuidar de
ella durante la ausencia de la familia.
LXIII
Dos meses después de la muerte de María, el diez de septiembre,
oía yo a Emma el final de aquella relación que ella retardó el mayor tiempo que
le fue posible. Era de noche ya y Juan dormía sobre mis rodillas, costumbre que
había contraído desde mi regreso, porque acaso adivinaba instintivamente que yo
procuraba reemplazarle en parte el amor y los maternales cuidados de María.
Emma me entregó la llave del armario en que estaban guardados,
en la casa de la sierra, los vestidos de María y todo aquello que más
especialmente había ella recomendado se guardara para mí.
A la madrugada del día que siguió a esa noche me puse en camino
para Santa R... en donde hacía dos semanas que permanecía mi padre, después de
haber dejado prevenido todo lo necesario para mi regreso a Europa, el cual
debía emprender el diez y ocho de aquel mes.
El doce a las cuatro de la tarde me despedí de mi padre, a quien
había hecho creer que deseaba pasar la noche en la hacienda de Carlos, para de
esa manera estar más temprano en Cali al día siguiente. Cuando abracé a mi
padre, tenía él en las manos un paquete sellado, y entregándomelo me dijo:
—A Kingston: contiene la última voluntad de Salomón y la dote de
su hija. Si mi interés por ti —agregó con voz que la emoción hacía trémula— me
hizo alejarte de ella y precipitar tal vez su muerte... tú sabrás
disculparme... ¿Quién debe hacerlo si no eres tú?
Oído que hubo la respuesta que profundamente conmovido di a esa
excusa paternal tan tierna como humildemente dada, me estrechó de nuevo entre
sus brazos. ¡Aún persiste en mi oído su acento al pronunciar aquel adiós!
Saliendo a la llanura de... después de haber vadeado el Amaime,
esperé a Juan Angel para indicarle que tomase el camino de la sierra. Miróme
como asustado con la orden que recibía; pero viéndome doblar sobre la derecha,
me siguió tan de cerca como le fue posible, y poco después lo perdí de vista.
Ya empezaba a oír el ruido de las corrientes del Zabaletas;
divisaba la copa de los sauces. Detúveme en la asomada de la colina. Dos años
antes, en una tarde como aquella, que entonces armonizaba con mi felicidad y
ahora era indiferente a mi dolor, había divisado desde allí mismo las luces de
ese hogar donde con amorosa ansiedad era esperado. María estaba allí... Ya esa
casa cerrada y sus contornos solitarios y silenciosos: ¡entonces el amor que
nacía y ya el amor sin esperanza! Allí, a pocos pasos del sendero que la grama
empezaba a borrar, veía la ancha piedra que nos sirvió de asiento tantas veces
en aquellas felices tardes de lectura. Estaba, al fin, inmediato al huerto
confidente de mis amores: las palomas y los tordos aleteaban piando y gimiendo
en los follajes de los naranjos: el viento arrastraba hojas secas sobre el
empedrado de la gradería.
Salté del caballo, abandonándolo a su voluntad, y sin fuerzas ni
voz para llamar, me senté en uno de esos escalones desde donde tantas veces su
voz agasajadora y sus ojos amantes me dijeron adioses.
Rato después, casi de noche ya, sentí pasos cerca de mí: era una
anciana esclava que habiendo visto mi caballo suelto en el pesebre, salía a
saber quién era su dueño. Seguíale trabajosamente Mayo: la vista de ese animal,
amigo de mi niñez, cariñoso compañero de mis días de felicidad, arrancó gemidos
a mi pecho: presentándome la cabeza para recibir un agasajo, lamía el polvo de
mis botas, y sentándose a mis pies aulló dolorosamente.
La esclava trajo las llaves de la casa y al mismo tiempo me
avisó que Braulio y Tránsito estaban en la montaña. Entré al salón, y dando
algunos pasos en él sin que mis ojos nublados pudiesen distinguir los objetos,
caí en el sofá donde con ella me había sentado siempre, donde por vez primera
le hablé de mi amor.
Cuando levanté el rostro, me rodeaba una completa oscuridad.
Abrí la puerta del aposento de mi madre, y mis espuelas resonaron lúgubremente
en aquel recinto frío y oloroso a tumba. Entonces una fuerza nueva en mi dolor
me hizo precipitar al oratorio. Iba a pedírsela a Dios... ¡ni El podía querer
ya devolvérmela en la tierra! Iba a buscarla allí donde mis brazos la habían
estrechado, donde por vez primera mis labios descansaran sobre su frente... La
luz de la luna que se levantaba, penetrando por la celosía entreabierta, me
dejó ver lo único que debía encontrar: el paño fúnebre medio rodado de la mesa
donde su ataúd descansó: los restos de los cirios que habían alumbrado el
túmulo... ¡el silencio sordo a mis gemidos, la eternidad muda ante mi dolor!
Vi luz en el aposento de mi madre: era que Juan Angel acababa de
poner una bujía en una de las mesas: la tomé, mandándole con un ademán que me
dejase solo, y me dirigí a la alcoba de María. Algo de sus perfumes había
allí... velando las últimas prendas de su amor, su espíritu debía estarme
esperando. El crucifijo aún sobre la mesa: las flores marchitas sobre su pena:
el lecho donde había muerto, desmantelado ya: teñidas todavía algunas copas con
las últimas pociones que le habían dado. Abrí el armario: todos los aromas de
los días de nuestro amor se exhalaron combinados de él. Mis manos y mis labios
palparon aquellos vestidos tan conocidos para mí. Halé el cajón que Emma me
había indicado; el cofre precioso estaba allí. Un grito escapó de mi pecho, y
una sombra me cubrió los ojos al desenrollarse entre mis manos aquellas trenzas
que parecían sensibles a mis besos.
Una hora después... ¡Dios mío!, tú lo sabes. Yo había recorrido
el huerto llamándola, pidiéndosela a los follajes que nos habían dado sombra, y
al desierto que en sus ecos solamente me devolvía su nombre. A la orilla del
abismo cubierto por los rosales, en cuyo fondo informe y oscuro blanqueaban las
nieblas y tronaba el río, un pensamiento criminal estancó por un instante mis
lágrimas y enfrió mi frente...
Una persona de quien me ocultaban los rosales, pronunció mi
nombre cerca de mí: era Tránsito. Al aproximárseme debió producirle espanto mi
rostro, pues por unos momentos permaneció asombrada. La respuesta que di a la
súplica que me hizo para que dejase aquel sitio, le reveló quizá con su
amargura todo el desprecio que en tales instantes tenía yo por la vida. La
pobre muchacha se puso a llorar sin insistir por el momento; pero reanimada,
balbució con la voz doliente de una esclava quejosa:
—¿Tampoco quiere ver a Braulio ni a mi hijo?
—No llores, Tránsito, y perdóname —le dije. ¿Dónde están?
Ella estrechó una de mis manos sin haber enjugado todavía sus
lágrimas, y me condujo al corredor del jardín, en donde su marido me esperaba.
Después de que Braulio recibió mi abrazo, Tránsito puso en mis rodillas un
precioso niño de seis meses, y arrodillada a mis pies sonreía a su hijo y me
miraba complacida acariciar el fruto de sus inocentes amores.
LXIV
¡Inolvidable y última noche pasada en el hogar donde corrieron
los años de mi niñez y los días felices de mi juventud! Como el ave impelida
por el huracán a las pampas abrasadas intenta en vano sesgar su vuelo hacia el
umbroso bosque nativo, y ajados ya los plumajes regresa a él después de la
tormenta, y busca inútilmente el nido de sus amores revoloteando en torno del
árbol destrozado, así mi alma abatida va en las horas de mi sueño a vagar en
torno del que fue hogar de mis padres. Frondosos naranjos, gentiles y verdes
sauces que conmigo crecísteis, ¡cómo os habéis envejecido! Rosas y azucenas de
María, ¡quién las amará si existen! aromas del lozano huerto, ¡no volveré a
aspiraros! Susurradores vientos, rumoroso río... ¡no volveré a oíros!
La media noche me halló velando en mi cuarto. Todo estaba allí
como yo lo había dejado; solamente las manos de María habían removido lo
indispensable, engalanando la estancia para mi regreso: marchitas y carcomidas
por los insectos permanecían en el florero las últimas azucenas que ella le
puso. Ante esa mesa abrí el paquete de las cartas que me había devuelto al
morir. Aquellas líneas borradas por mis lágrimas y trazadas cuando tan lejos
estaba de creer que serían mis últimas palabras dirigidas a ella; aquellos
pliegos ajados en su seno, fueron desplegados y leídos uno a uno; y buscando
entre las cartas de María la contestación a cada una de las que yo le había
escrito, compaginé ese diálogo de inmortal amor dictado por la esperanza e
interrumpido por la muerte.
Teniendo entre mis manos las trenzas de María y recostado en el
sofá en que Emma le había oído sus postreras confidencias, dio las dos el
reloj; él había medido también las horas de aquella noche angustiosa, víspera
de mi viaje; él debía medir las de la última que pasé en la morada de mis
mayores.
Soñé que María era ya mi esposa: ese castísimo delirio había
sido y debía continuar siendo el único deleite de mi alma: vestía un traje
blanco vaporoso, y llevaba un delantal azul, azul como si hubiese sido formado
de un jirón del cielo; era aquel delantal que tantas veces le ayudé a llenar de
flores, y que ella sabía atar tan linda y descuidadamente a su cintura
inquieta, aquel en que había yo encontrado envueltos sus cabellos: entreabrió
cuidadosamente la puerta de mi cuarto, y procurando no hacer ni el más leve
ruido con sus ropajes, se arrodilló sobre la alfombra, al pie del sofá: después
de mirarme medio sonreída, cual si temiera que mi sueño fuese fingido, tocó mi
frente con sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez: menos
temerosa ya de mi engaño, dejóme aspirar un momento su aliento tibio y
fragante; pero entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los
suyos: sentóse en la alfombra, y mientras leía algunas de las páginas dispersas
en ella, tenía sobre la mejilla una de mis manos que pendía sobre los
almohadones: sintiendo ella animada esa mano, volvió hacia mí su mirada llena
de amor, sonriendo como ella sola podía sonreír; atraje sobre mi pecho su
cabeza, y reclinada así, buscaba mis ojos mientras le orlaba yo la frente con
sus trenzas sedosas o aspiraba con deleite su perfume de albahaca.
Un grito, grito mío, interrumpió aquel sueño: la realidad lo
turbaba celosa como si aquel instante hubiese sido un siglo de dicha. La
lámpara se había consumido; por la ventana penetraba el viento frío de la
madrugada; mis manos estaban yertas y oprimían aquellas trenzas, único despojo
de su belleza, única verdad de mi sueño.
LXV
En la tarde de ese día, durante el cual había visitado todos los
sitios que me eran queridos, y que no debía volver a ver, me preparaba para
emprender viaje a la ciudad, pasando por el cementerio de la parroquia donde
estaba la tumba de María. Juan Angel y Braulio se habían adelantado a esperarme
en él, y José, su mujer y sus hijas me rodeaban ya para recibir mi despedida.
Invitados por mí me siguieron al oratorio, y todos de rodillas, todos llorando,
oramos por el alma de aquella a quien tanto habíamos amado. José interrumpió el
silencio que siguió a esa oración solemne para recitar una súplica a la
protectora de los peregrinos y navegantes.
Ya en el corredor, Tránsito y Lucía, después de recibir mi
adiós, sollozaban cubierto el rostro y sentadas en el pavimento; la señora
Luisa había desaparecido; José, volviendo a un lado la faz para ocultarme sus
lágrimas, me esperaba teniendo el caballo del cabestro al pie de la gradería;
Mayo, meneando la cola y tendido en el gramal, espiaba todos mis movimientos
como cuando en sus días de vigor salíamos a caza de perdices.
Faltóme la voz para decir una postrera palabra cariñosa a José y
a sus hijas; ellos tampoco la habrían tenido para responderme.
A pocas cuadras de la casa me detuve antes de emprender la
bajada a ver una vez más aquella mansión querida y sus contornos. De las horas
de felicidad que en ella había pasado, sólo llevaba conmigo el recuerdo; de
María, los dones que me había dejado al borde de su tumba.
Llegó Mayo entonces, y fatigado se detuvo a la orilla del
torrente que nos separaba: dos veces intentó vadearlo y en ambas hubo de
retroceder: sentóse sobre el césped y aulló tan lastimosamente como si sus
alaridos tuviesen algo de humano, como si con ellos quisiera recordarme cuánto
me había amado, y reconvenirme porque lo abandonaba en su vejez.
A la hora y media me desmontaba a la portada de una especie de
huerto, aislado en la llanura y cercado de palenque, que era el cementerio de
la aldea. Braulio, recibiendo el caballo y participando de la emoción que
descubría en mi rostro, empujó una hoja de la puerta y no dio un paso más.
Atravesé por en medio de las malezas y de las cruces de leño y de guadua que se
levantaban sobre ellas. El Sol al ponerse cruzaba el ramaje enmarañado de la
selva vecina con algunos rayos, que amarilleaban sobre los zarzales y en los
follajes de los árboles que sombreaban las tumbas. Al dar la vuelta a un grupo
de corpulentos tamarindos quedé enfrente de un pedestal blanco y manchado por
las lluvias, sobre el cual se elevaba una cruz de hierro: acerquéme. En una
plancha negra que las adormideras medio ocultaban ya, empecé a leer: “María”...
A aquel monólogo terrible del alma ante la muerte, del alma que
la interroga, que la maldice... que le ruega, que la llama... demasiado
elocuente respuesta dio esa tumba fría y sorda, que mis brazos oprimían y mis
lágrimas bañaban.
El ruido de unos pasos sobre la hojarasca me hizo levantar al
frente del pedestal: Braulio se acercó a mí, y entregándome una corona de rosas
y azucenas, obsequio de las hijas de José, permaneció en el mismo sitio como
para indicarme que era hora de partir.
Púseme en pie para colgarla de la cruz, y volví a abrazarme a
los pies de ella para dar a María y a su sepulcro un último adiós...
Había ya montado, y Braulio estrechaba entre sus manos una de
las mías, cuando el revuelo de un ave que al pasar sobre nuestras cabezas dio
un graznido siniestro y conocido para mí, interrumpió nuestra despedida: la vi
volar hacia la cruz de hierro, y posada ya en uno de sus brazos, aleteó
repitiendo su espantoso canto.
Estremecido, partí a galope por en medio de la pampa solitaria,
cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche.
NOTAS
2. Lugar donde se toma el vado.
3. Espuelas grandes usadas en la Sabana de Bogotá.
4. Modismo que consiste en repetir en tono de mofa la última
parte de la última palabra del interlocutor.
5. Provincialismo, por presumido.
6. Provincialismo, por de color de mono.
7. Cierta semilla muy negra y redonda.
8. Cuerda con que maniatan las reses para echarlas a tierra
9. Insectos así llamados por el color de sus alas.
10. Mochila de cabuya.
18. Quiere decir, defiendo.
20. Cuadra se toma por calle, y de allí ha pasado a significar
cien varas.
12. Quiere decir haciendita.
13. Atraillados.
15. Maletica.
16. Maíz todavía tierno.
17. Llámanse así los hechos de una clase de tabaco que se
produce a inmediaciones de Pahnira, casi tan aromático como el habano
23. Música y danza popular en Antioquia.
25. Cantú, hablando de los Achantis, dice: “Son negros, pero se
distinguen de las razas del mismo color, pareciéndose más a los abisinios, en
razón a que tienen el pelo largo y lacio, barba, rostro ovalado, nariz
aguileña, y el cuerpo biien proporcionado... El espíritu guerrero es en general
entre ellos, y son soldados desde que se encuentran en edad de tomar las
armas”.
26. Historiadores y geógrafos, como Cantú y Malte-Brun, dicen
que los negros africanos son en extremos aficionados a la danza, cantares y
música. Siendo el bambuco una música que en nada se asemeja a la de los
aborígenes americanos, ni a los aires españoles, no hay ligereza en asegurar
que fue traída de Africa por los primeros esclavos que los conquistadores
importaron al Cauca, tanto más que el nombre que hoy tiene parece no ser otro
que el de Bambuk levemente alterado.
27. Oro en polvo
28. Conchas que sirven de moneda.
29. Ladrones.
30. Si hay quien pueda creer exageradas las desventuras de Nay y
de sus compañeros de esclavitud, la lectura del Capítulo VI, Epoca XIV y del
XVIII, Epoca XVII de la Historia Universal de Cantú, bastará a convencerle de
que al bosquejar algunos cuadros del episodio, se han desdeñado tintas que
podían servir para hacerlo espantosamente verdadero.
La cuestión judía
En un elogioso y poco conocido texto sobre María, publicado en
1937 como homenaje al centenario de Isaacs, Jorge Luis Borges afirma:
"Isaacs no era más romántico que nosotros. No en vano lo sabemos criollo y
judío, hijo de dos sangres incrédulas...". La opinión sobre el peculiar
romanticismo del autor de María coincide con la que ya hemos expuesto y su
condición de criollo es también evidente; no ocurre lo mismo con su pretendida
filiación judía, por diversas razones discutible.
En realidad, el tema del judaísmo de Isaacs es algo que cae en
el abuso, sostenido en parte por una crítica torpe y en parte por iniciativa
del propio autor. El orgullo no justificado por todo lo judío se torna aquí
chocante e incluso sospechoso, pues demostrado está que la pasión de Isaacs por
el Antiguo Testamento y lo que implica es posterior a la publicación de María,
libro que contrasta en todo con la misma Biblia, ya que a la edulcorada
pastoral del primer texto se opone la severa reflexión sobre la condición
humana del segundo, a tenor de la férula moral mosaica. ¿Qué actitud asumirán
Efraín y María ante una lectura que concilia el incesto con el onanismo, el
fratricidio con el adulterio, el voyeurismo con la sodomía? El contraste es aún
mayor cuando el propio autor nos presenta a una pareja de enamorados que,
atosigados por sentimientos aparentemente inmaculados, derraman torrentes de
lágrimas al evocar a Chactas ante la tumba de Atala. ¿Qué tiene que ver la
púdica María con la tremenda y perturbadora eclosión sensual de la sulamita,
tal como pretenden hacerlo creer algunos exegetas del sionismo literario? Está
claro que Isaacs busca sublimar a posteriori una estirpe con la que poco tiene
que ver ya que su padre, que sí era de origen judío, repudió su religión y
adoptó la fe cristiana para poder casarse con una mujer de hondas convicciones
católicas. Ni siquiera en Saulo, pese al tono orientalista, se puede rastrear
un estrato hebreo profundo, pues el poema cae pronto en el repertorio de
motivos que ya en esa época (1881) había puesto en marcha el primer modernismo:
joyas, perfumes, lugares y nombres míticos ("Al oírse la cítara de oro /
del hijo de Juvan en el desierto, / despiertan en las vastas soledades /
agrestes ruiseñores, / y en deliquios de amor lloran las flores").
Isaacs consagró tanto las presuntas virtudes de su
"raza" que a nombre de una poco probable arcadia patriarcal, se
erigió en el apologista a ultranza de la causa semita —"El autor estaba
inserto en el tronco de Sem", afirma tan retórica como equivocadamente
Luis Alberto Sánchez—, causa no tan politizada entonces como ocurrió años
después, cuando en vida del escritor se desató el escándalo internacional
motivado por la estafa de los banqueros judíos involucrados en el Affaire
Panamá y que conllevó la ruina de cientos de pequeños inversores.
Paradójicamente, el edén semita que Isaacs se empeñaba en ver en la sociedad de
Antioquia es contestado por una opinión implacable recogida por el poeta mayor
de esa región, Gregorio Gutiérrez González, contemporáneo de Isaacs, en su
texto Felipe: "Raza de mercaderes que especula / con todo y sobre todo.
Raza impía, / por cuyas venas sin calor circula / la sangre vil de la nación
judía; / y pesos sobre pesos acumula / el precio de su honor, su mercancía, / y
como sólo al interés se entiende, / todo se compra allí, todo se
vende...".
Es muy probable que la preocupación de Isaacs por lo judío
estuviera apoyada en un propósito diferenciador, aunque no de tipo
antropológico sino literario: era una forma de ser distinto y esa alteridad no
implicaba necesariamente una confesión de superioridad ante sus compatriotas,
pese a que creyera estar más cerca de Sión que de Cali, sino de afirmación
temática apoyada en los ancestros repudiados por su padre: no hay que olvidar
que las mitificaciones librescas y la transformación del pasado son elementos
inequívocos de la parafernalia romántica. Sin embargo, el idilio de Isaacs no
puede desvincularse del todo de cierta visión del Génesis, pues incluso en El
Paraíso la cuota edénica y tribal, regida por el amor y la sabiduría del
patriarca en medio de una flora y una fauna que resaltan la peculiaridad del
hábitat, remite al orden primigenio de convivencia donde hasta la proximidad
del parentesco está despojada de culpa. Salomón el padre de María, es primo del
padre de Efraín, lo que implica un cierto vínculo entre los enamorados pero que
no alcanza a enturbiar la perspectiva de una boda. De todas formas, no escapa
al lector la constatación de un hecho: Isaacs, que reclama para sí la identidad
judía, extiende a todo lo que ama esta misma pretensión: da por sentado que él
y su familia son judíos como también lo presupone para el antioqueño José, su
mujer Luisa y sus hijas Lucía y Tránsito. María, la protagonista, hija de
Salomón y de Sara, sí es judía étnica y culturalmente ya que sus padres lo eran
y sólo tras la muerte de Sara, Salomón, seguro de que "haría desdichada a
mi hija dejándola judía", ruega la conviertan al cristianismo, por lo que
la niña deja de llamarse Ester y se transforma en María. ¿Sabiduría de Salomón?
¿Mero oportunismo? También el padre de Isaacs abjuró para casarse con una
católica. ¿Acaso la coartada del converso no es la de refinar en la nueva fe su
fanatismo primitivo?
Conscientes de la incertidumbre que conlleva la presunción de
paternidad —evidente en la actitud de casi todas las culturas y consagrada en
la sentencia Pater semper incertus fuit— los judíos, para salvaguardar de
cualquier duda la legitimidad de su tradición y su ancestro, optaron muy
sensatamente por definir como judío sólo al "hijo de mujer judía", ya
que —presuponían— la madre es la única que sabe quién es el verdadero padre del
hijo que da a luz. Al amparo de esta tradición, y considerando la identidad
colombiana de la madre del autor, difícilmente podría argumentarse a favor de
Isaacs como de "un semita de estirpe británica", consideración que sí
es aplicable en todo a su padre, George Henry Isaacs. Las pretensiones de
Isaacs son, en consecuencia, meras sublimaciones de un pasado que entroniza
románticamente: María es la mitificación de un amor perdido como perdida es la
estirpe del padre, por lo que, en una especie de compensación el escritor
extiende su jurisdicción mítica a todo lo que ama.
Por otra parte, el juego simétrico que se advierte como una de
las constantes de la novela permite homologar la obsesión judía y el episodio
de los ashantis. Como algo inherente al panel de temas del romanticismo, tanto
los judíos como los ashantis son elementos exóticos, sobre todo en el contexto
colombiano, de la misma forma que exóticos son los Cantos de Ossian en Werther
o los natchez en la narrativa de Chateaubriand. En María, la primera filiación
de judíos y ashantis está justificada por el exotismo y la segunda obedece a su
carácter de comunidades dispersas por el mundo y acuciadas por la persecución:
no hay que perder de vista el hecho de que María es antes que nada un nombre
sobrepuesto al original de Ester —tampoco deben olvidarse las connotaciones que
la homónima heroína hebrea tuvo en épocas de cautiverio— y que ella y el hijo
de Nay y Sinar —nombres de indudable resonancia bíblica—, sirven par unir las
dos historias extranjeras en el pasado de la anécdota. Nay, la superviviente de
un pueblo perseguido, se convierte en el aya de Ester, la superviviente de
otro. Las dos mujeres se reencuentran en una tierra extraña —que bien puede ser
la tierra prometida, El Paraíso— y se adaptan al nuevo medio al punto de
cambiar su identidad, su nombre. Tras largas peripecias a lo largo del mundo,
judíos y ashantis se reúnen en el seno de un país paradisiaco donde la leche y
la miel bíblicas encuentran un sucedáneo —y no es un chiste— en la caña de
azúcar. Sin embargo, las interpretaciones no deben ir más allá de lo meramente
coincidencial, pues querer buscar herméticos significados de esta novela en la
Cábala, como pretenden algunos, o de panteizar el Valle del Cauca, como sugiere
un ex presidente colombiano, es sacar las cosas de su lugar. A todo esto, ¿a
quién puede extrañar la dedicatoria "A los hermanos de Efraín"? La
frase encierra un homenaje y la advertencia implícita de que no hay que olvidar
la historia si se quiere sobrevivir, pues la escritura guarda todos los
detalles de esa pasión que la tribu debe conocer. ¿No es ésta una de las
aspiraciones de la más remota tradición judía? Perpetuarse como pueblo a través
del lenguaje, sacralizar el texto, sublimar el amor por el dolor de la pérdida.
La biblioteca de El Paraíso
En una época lastrada por esa perniciosa idea de la originalidad
llamada inspiración, y que el romanticismo convirtió en categoría autónoma y
autosuficiente, Isaacs se manifiesta, sorprendentemente y contra todos los usos
establecidos en su medio, como un escritor que nutre su literatura de
literatura. Las referencias bibliográficas que se pueden encontrar en María son
innumerables, no sólo las que se infieren de la lectura de la anécdota central,
sino también aquellas que son comprobables a través de referencias explícitas
en el argumento.
De otra parte la aparente inocencia formal de María está
hábilmente salpicada por elementos propios más de un aventajado conocedor de su
oficio que de un sentimental desesperado. Por eso, la naï veté con que a menudo
se ha calificado esta novela obedece también a una estratagema de alguien que
so pretexto de narrar una historia presuntamente desmayada y pueril se permite
jugar con elementos literarios nuevos que crean un curioso conflicto entre el
dinamismo formal y la capciosa estolidez de la trama. Algunos de esos elementos
son el empleo de un repertorio realista —a despecho del costumbrismo vigente en
el país y que tan bien cultivaban sus amigos y mentores de "El
Mosaico"— para recrear el escenario de una historia insobornablemente
romántica. En este sentido, ¿cómo tildar de ingenuo un estilo que da muestras
de tanta destreza como el capítulo en el que Efraín, tras el ataque epiléptico
de María, en medio de la tormenta, sale en busca del doctor Mayn? No hay que
olvidar que la tormenta tiene aquí un estricto doble sentido, psicológico y
telúrico, fiel a una de las convicciones más consultadas por el romanticismo:
la de que el espacio exterior no es más que una metáfora del yo. Algo similar
cabe decir de los capítulos dedicados a la cacería y a la travesía fluvial al
regreso de Londres, ejemplos de una escritura eficaz no sólo por la límpida
descripción sino por la sabia ordenación de las secuencias.
Otras manifestaciones de la pericia de Isaacs son la ruptura de
la linealidad del discurso temporal para dar cabida en un salto anecdótico de
varios capítulos a la exótica historia de Nay y Sinar, verdadero ejercicio de
novela dentro de la novela; el evidente afán del autor por jugar con las
posibilidades semánticas del cliché, el localismo y el neologismo; el
fascinante empleo del elemento simbolista del ave negra con toda su carga de
significado a lo largo de cuatro estratégicas situaciones, lo que conlleva por
lo menos una triple sincronía de caracteres románticos, realistas y
simbolistas. El ave de mal agüero, con todas sus implicaciones librescas —un
caso significativo es el que posteriormente ofrece Altamirano en El zarco: el
bandido colgado del árbol donde recurrentemente el búho cantaba una monodia
trágica—, se salva del tópico fácil gracias al hábil empleo que de su concurso
hace Isaacs, con lo que supera el sensus literalis de la figura y accede al
sensus allegoricus. Pero no sólo Poe y Coleridge presiden el motivo del ave,
sino que también Rafael Pombo, el más importante de los poetas románticos de
Colombia, es un punto de referencia obligado; en su poema Melancolía Pombo
escribe algo que parece magistral comentario a la situación de Efraín tras la
muerte de María: "y así como ella expiró, / ignorada, humilde, pura, /
muere en tu nido, ave oscura / y como tú, muera yo...".
Un último ejemplo que une en un mismo fragmento la destreza
formal y la situación de los personajes es el que en el capítulo VI le sirve a
Isaacs para canalizar la exaltación casi atormentada del amor de Efraín por
María, para lo cual hace uso de la técnica de los dos puntos que se abren sin
pausa, como el corazón y el deseo del protagonista. La fuerza de los
sentimientos de Efraín consigue que el doble punto se abra en siete ocasiones
como siete esclusas de significado en un breve párrafo, lo cual nos remite a la
técnica que cien años después Juan Goytisolo llevara a su plenitud en la novela
Reivindicación del conde don Julián, aunque en esta ocasión no es el corazón
del amante quien habla sino la historia traicionada de un país. En ambos casos
la inocencia queda excluida por completo.
Fue Vergara y Vergara el primero en constatar lo obvio: el marco
de referencias literarias en el que se apoya la anécdota de la novela de
Isaacs. El autor de Las tres tazas afirmó en una temprana reseña —que a partir
de la tercera edición figuró como prólogo de María— la presencia evidente de
dos piezas claves de la literatura francesa en la obra de Isaacs: Paul et
Virginie, de Saint-Pierre (apreciable no sólo en los propósitos lacrimógenos de
la dedicatoria, sino también en las desgracias de la joven pareja de
protagonistas), y Atala, de Chateaubriand (perceptible en el clima general, en
menciones expresas, y sobre todo, en la exótica historia de Nay y Sinar). A
estas dos insoslayables referencias se han ido sumando otras aportadas por la
crítica, aunque lo que aquí interesa es el escrutinio que conforma la
biblioteca que alienta el idilio de los protagonistas.
Ya en el capítulo XII se impone la figura de Chateaubriand:
Efraín lee en voz alta el Genio del Cristianismo y constata: "Entonces
pude valuar toda la inteligencia de María: mis frases quedaban grabadas
indeleblemente en su memoria, y su comprensión se adelantaba casi siempre con
triunfo infantil a mis explicaciones". En páginas posteriores se narra la
conmoción que produce en el ánimo de los enamorados la lectura de Atala y el
desenlace de este libro no está exento de timbres premonitorios. Efraín coteja
entonces la actitud de María con la de la heroína de Chateaubriand y descubre
que su novia es "tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con
el amor que él imaginó". El orden temático se diversifica y aparecen a
continuación referencias a Buffon, cuyas obras sobre historia natural le
permiten a Efraín trazar un balance de la flora y fauna de la región. Hay
también citas por alusión, como las de Telemaco (Fénelon) y Cabrion (Eugène
Sue). Sin embargo, es Carlos el amigo de Efraín, quien en el capítulo XXII hace
el catálogo de títulos y autores que descansan en los estantes de la
biblioteca: Frayssinous, Blair, Shakespeare, Calderón (y un volumen de teatro
español), Tocqueville (y su Democracia en América), Ségur y las obras Cristo
ante el siglo, la Biblia, Don Quijote y una gramática inglesa. Más adelante se
citan otros títulos, algunos inidentificables, como una imitación de la Virgen:
sería genial que tal texto resultara apócrifo, sobre todo a tenor del carácter
de María.
La heroína confiesa su gusto por la lectura sólo en presencia de
Efraín y es esta la razón por la cual en su ausencia se aburre con "los
cuentos de las Veladas de la Quinta" (Les veillées du château,de la
condesa de Genlis) y un libro de título casi homónimo, Las tardes de la Granja
(Les soirées de la chaumière, de F.G. Ducray-Duminil), cargados de consejos
didácticos. Tras la enfermedad del padre de Efraín el libro elegido para
amenizar su convalecencia es el Diario de Napoleón en Santa Elena, aunque el inventario
más completo es el elaborado por Carlos y que Efraín considera una abierta
"fiscalización" de sus gustos. Se da por sentado que el afán
autobiográfico de Isaacs lo lleva a otorgarle a su héroe sus lecturas
preferidas, ya que los libros citados eran propiedad del autor y, junto a otros
no censados, pasaron a engrosar la Biblioteca Nacional de Bogotá, a principios
de este siglo. Los escritores frecuentados por Isaacs pueden ser múltiples,
aunque a la vista de ciertas coincidencias o menciones expresas o veladas cabe
agregar los nombres de Goethe, Byron y Víctor Hugo. Algunos críticos añaden
títulos como Graciela y Rafael, de Lamartine, e incluso Lucía de Lammermoor, de
Walter Scott, pero de seguir por esta vía la lista sería infinita.
Borges afirmaba que ordenar el anaquel de una biblioteca es una
forma de hacer autocrítica y tal opinión adquiere aquí toda su verdad, sobre
todo si tenemos en cuenta la "vindicación" que Borges mismo hizo de
María el año del centenario del nacimiento de Isaacs y que constituye un
colofón elocuente de lo dicho hasta ahora y un rotundo juicio de valor:
"Ayer, el día veinticuatro de abril de 1937, de dos y cuarto de la tarde a
nueve menos diez de la noche, la novela María era muy legible. Si al lector no
le basta mi palabra, o quiere comprobar si esa virtud no ha sido agotada por
mí, puede hacer él mismo la prueba, nada voluptuosa por cierto, pero tampoco
ingrata...".
FIN


Publicar un comentario