© Libro N°. 2995. Mariluán. Blest Gana, Alberto. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Mariluán. Alberto Blest Gana
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MARILUÁN
Alberto Blest Gana
La
indómita energía de la raza inmortalizada por los cantos de Ercilla brillaba en
los ojos de Fermín Mariluán. En un pecho espacioso y levantado, latía su altivo
corazón, cuya viril entereza daba a sus negros y pequeños ojos su tranquilo
mirar, y a los labios, algo abultados, la fría expresión de orgullo que
caracteriza la fisonomía de los araucanos.
Unos
de los amigos de Mariluán, condiscípulo suyo en el Liceo de Chile, nos decía
recordándole:
—Era
enamorado y tenía gran vanidad por su raza valiente y entusiasta de la gloria
militar; su cara era simpática y elegantes sus maneras.
Fermín
Mariluán obtuvo despacho supremo de alférez de caballería y el cariño con que
colocaba su mano pequeña, herencia de su raza, sobre la empuñadura de esa
espada, como impaciente de tener ocasión de sacarla con razón, porque estaba
seguro de poder después envainarla con honor, para cumplir con el lema puesto a
las hojas toledanas en palabras como las que hemos subrayado.
Los
azares de carrera le llevaron a distintos campamentos durante algunos años, y
las prendas de su alma le conquistaron muchos amigos en a paz y el terror de
sus enemigos en los combates. Aquella época de revueltas en que inició su
carrera militar, cuadraba muy bien a su índole aventurera y a su temerario
arrojo. Muchos soldados recuerdan haberle visto en Lircay adelantarse solo a
desafiar al enemigo, con los ojos radiantes de alegría a cada estampido del
cañón.
—Para
mi teniente Mariluán —decían al referir sus guerreras memorias—, todas las
balas eran de estopa, y casi más le gustaba la música de las grandes bocas de
fuego que la del arpa o de la vihuela en que solía cantar.
La
misma mano que blandía la espada como un rayo exterminador, que pulsaba las
cuerdas de la guitarra para acompañar las alegres canciones que Mariluán
gustaba entonar, tenía también el don de trazar una letra elegante, que desde
temprano usó para ayudar a los amigos en el trabajo de la mayoría. Así, los
jefes admiraban su conducta en el combate, su voz y buen humor las bellas en
los ocios de guarnición y su buena voluntad los compañeros, a quienes
desempeñaban su trabajo. Y por esto, todos le amaban.
Mariluán
pertenecía a una de las familias más pudientes de los indígenas de la alta
frontera. Su padre era cacique y descendiente de cacique. El cómo este hijo de
las selvas vírgenes de Arauco llegó a transformarse en el elegante oficial de
granaderos que vamos dando a conocer, helo aquí.
Su
padre, Francisco Mariluán, era uno de los más formidables enemigos de los
chilenos fronterizos por los años 1820 a1825. Hacia esta época el jefe de la
frontera logró llamarle a parlamento y ajustar con el un amistoso convenio de
alianza que aseguró al cacique el grado de sargento mayor de ejército y un
sueldo mensual como gobernador del Butalmapu de los llanos. En prenda de
fidelidad, dio Mariluán en rehenes a su hijo Fermín, que fue educado en el
Liceo de Chile y destinado después al servicio militar, como hemos visto.
Pero
ni los beneficios de la educación, ni el roce con las gentes civilizadas que le
enseñaban hábitos de cultura muy diversos a los contraídos en su niñez,
pudieron jamás borrar del alma de Fermín Mariluán ese amor instintivo al suelo
patrio, que en la raza araucana ha producido los altos hechos que celebra la
epopeya. En medio de la noche, en el silencio del campamento; por la mañana, al
despuntar los primeros rayos del sol, que besa con tibio cariño las hojas
calladas y misteriosas de la oscuridad, como en el despertar espléndido de la
naturaleza saludada por los rosados fulgores de la aurora, Mariluán veía
renacer las escenas de la infancia, los poderosos recuerdos de la familia,
acompañados de esa abrumadora melancolía que cierne sus alas de ángel doliente
sobre el alma de los desterrados del suelo natal.
El
ruido de las armas, el son de la trompeta bélica, los alegres cantos del
soldado, rechazaban después esos recuerdos al santuario en que todas las almas
depositan las memorias queridas, y Mariluán era entonces de los más alegres en
la fatiga y de los más laboriosos en las horas de descanso. Sólo sus facciones
daban a conocer su origen en esos casos, porque su franqueza y buen humor
estaban muy lejos de semejar al meditabundo recogimiento que distingue a los de
su raza en las circunstancias ordinarias de la vida.
En
medio de su actividad y el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, Mariluán
encontraba siempre algunas horas para dedicarse a su lectura favorita. El poema
de don Alonso de Ercilla despertaba en el alma de este indio, pulido por la
civilización, ese orgullo que las razas perseguidas cultivan como una religión
salvadora. El caluroso discurso de Lautaro, que hace tornar "los generosos
pechos" a los derrotados araucanos y cambiar en irresistible ataque la
carrera de los fugitivos, hacía brillar en la vista de Mariluán los destellos
que despiden los ojos de un hijo amante a quien refieren los hechos de un padre
que la suerte no le permitió conocer. Rugía de coraje su altanero pecho con el
atroz suplicio de Caupolicán, y cada fibra de su corazón respondía con rabia
palpitante a la rabia desesperada de Fresia. Las alucinaciones del entusiasmo
le hacían oír voces proféticas que le llamaban a continuar la gigantesca
resistencia de sus antepasados y esas voces decidieron de su destino.
No
era extraño, por consiguiente, que tan constante preocupación llegase a hacer
trazar a Mariluán un plan que acariciaba en el fondo de su alma. Dar cohesión a
las diseminadas tribus que pueblan el territorio araucano; fomentar la
fraternidad, que sólo puede hallar su origen en la unión; alentar el espíritu
de independencia, y aprovechar el valor indomable de los indígenas,
enseñándoles los adelantos guerreros de la civilización, para alcanzar una
victoria que pusiese a los araucanos en aptitud de ajustar un tratado ventajoso
con el gobierno de Chile: he aquí el sueño de este joven, frívolo al parecer, y
en apariencia, también dormido entre los blandos halagos de un amor tiernamente
correspondido.
El
porvenir de paz y de civilización que divisaba después del éxito de su empresa,
el trabajo lento de infundir a los indios el amor a la vida civilizada,
cultivando sus nobles instintos desfigurados por el codicioso espíritu de
rapiña de que siempre han sido víctimas, los dejaba Mariluán gustoso a manos
auxiliares, con tal que nadie le disputase los peligros de la guerra que
meditaba emprender.
II
A
mediados de 1833, Mariluán habitaba ese séptimo cielo de la humana dicha, al
que sólo puede penetrar el corazón asociándose a otro corazón de mujer.
Su
querida se llamaba Rosa Tudela.
En
ese tiempo contaba Mariluán veinticuatro años y rosa diecisiete. Se conocieron
y se amaron. La imperiosa ley de la juventud no ha menester de circunstancias
preparatorias para explicar este fenómeno. Viejo para la humanidad, será
siempre nuevo para los que experimentan sus efectos.
Mariluán
llegó a los Ángeles en abril del año que dejamos citado. Allí vivía doña Andrea
Ramillo, madre de Rosa y de un joven llamado Mariano, que, por muerte de su
padre, había llegado a ser el jefe de esa reducida familia, una de las más
encopetadas del pueblo.
Cuando
Mariluán fue llevado por una amigo a casa de doña Andrea, Mariano Tudela se
encontraba ausente de los Ángeles.
Rosa
y su madre recibieron con cariño al brillante oficial de caballería.
Desde
la primera visita, Rosa y Mariluán cambiaron esas miradas profundas con que,
entre un joven y una niña, se saludan los corazones, mientras que los labios
articulan las palabras frívolas de una primera conversación.
Las
aves, antes de emprender por primera vez el vuelo alas regiones del aire, abren
las alas, se estremecen y las repliegan temerosas, sondeando con la vista los
ilimitados parajes que irresistiblemente las atraen a su centro.
Así
sucede a los corazones al lanzarse en la infinita y desconocida región del amor
primero que les llama con misteriosa voz: divisan el amor, palpitan con
violencia y al decir te amo, se repliegan en la reflexión y en la suda. Esa
inmensa pasión, que no retrocede después ante ningún obstáculo, empieza siempre
por la timidez.
Mariluán
y Rosa dejaron correr un mes, amándose ya, sin atreverse a confesárselo.
La
timidez del oficial, inverosímil a primera vista, queda justificada, diciendo
que Rosa había causado una profunda sensación en su alma, siendo así que hasta
entonces el amor no había sido para Mariluán más que un pasatiempo de
guarnición.
Las
gracias naturales de Rosa explicaban su victoria en el corazón del guerrero.
Era bonita. Rubios cabellos, finísima y blanca tez, lánguidos ojos a los que el
amor daba la luz ofuscadora del relámpago, labios en cuya húmeda superficie
parecía brillar el alma enamorada, esbelto talle que ignora la majestad de su
porte; he aquí lo que a primera vista pareció grabarse en el pecho de Mariluán,
cuyo corazón se lanzó al porvenir con la avidez que distingue a la juventud
para descontar el tiempo que la separa de la fidelidad.
Ese
tiempo no fue largo. El natural donaire con que Mariluán alzaba su frente
altiva, la marcial arrogancia de su cuerpo, la concentración ardiente de su
mirada, destruyeron muy pronto en Rosa la instintiva timidez del corazón
femenil, al soplo de esa brisa perfumada que llamamos ilusión.
Transcurrido
el mes de las emociones mudas, Mariluán y rosa aprovecharon el primer pretexto
que se ofreció para hablar de los primores que habían visto en su excursión
solitaria al país de los idilios del alma.
—Entre
todas las ambiciones que se combaten en mi alma —dijo Mariluán, al oír la
franca respuesta con que Rosa contestó a su primera declaración de amor—,
ninguna juzgué más irrealizable que la de oír lo que Ud. acaba de decirme.
—He
oído contar que Ud. no es nada tímido —replicó sonriéndose la niña—; ¿por qué
le parecía entonces tan difícil que yo le amase
—¡Lo
deseaba tanto! —exclamó el oficial con ingenua emoción.
Y el
esforzado descendiente de los Caupolicanes y los Lautaros tembló como en el
árbol la hoja, con ese frío súbito que hace estremecerse al corazón, cuando
repite el eco de la voz querida que le habla de amor por la primera vez.
Así,
Rosa y Mariluán se dieron la mano para entrar a esa Arcadia del amor platónico,
constantemente explorada por jóvenes parejas, que siempre creen haber hallado
nuevas flores en su poético recinto.
Un
incidente muy sencillo hizo entrar a Mariluán de nuevo en el círculo de ideas
de que la voz de su amada le acababa de sacar. Su asistente, indio de la misma
tribu de Mariluán, llamado Antonio Caleu, le esperaba, en la noche de esta
conversación, a la puerta de la casa que habitaba Rosa.
Antonio,
arrebatado muy joven por los chilenos de los brazos de su familia, en una de
esas frecuentes correrías hechas al territorio araucano por el ejército de la
frontera, había servido desde entonces como corneta en el regimiento de
Mariluán. Los rigores de la disciplina militar no habían bastado a destruir en
el corazón de aquel indio el instinto de independencia transmitido de
generación en generación por los que pusieron a raya el valor de los
conquistadores españoles. Ese instinto hizo concebir a Antonio Caleu un plan de
deserción que puso en práctica tan pronto como surgió de su espíritu. Por
desgracia suya, el sargento de la banda tuvo informaciones de su marcha, le
persiguió y le trajo custodiado al cuartel. Un consejo de oficiales le condenó
a expiar sus instintos de familia con la pena de cincuenta palos.
El
bárbaro castigo se estaba ejecutando en el infeliz Antonio, cuando Mariluán
entró en el patio del cuartel. El oficial y el corneta cambiaron en aquel
instante una mirada en que brilló el fuego de la indignación, por una parte, y
el de una estoica paciencia, por la otra.
Mariluán
sé dió vuelta, empuñando convulsivamente su sable y Antonio sufrió la horrible
pena sin lanzar un solo gemido.
Media
hora después entró Mariluán en el calabozo en que Antonio había sido encerrado.
Los
dos indios se miraron silenciosos durante algunos momentos. El uno civilizado y
elegante, tosco y casi salvaje el otro, parecieron estudiarse antes de
interrumpir el silencio.
Rompiólo
Mariluán, dirigiendo la palabra al otro en la lengua de sus padres.
—¿Por
qué te castigaron? —le preguntó.
—Caleu
quería ver su tierra —dijo Antonio, en cuyos ojos brilló un rayo de alegría al
oír el idioma natal.
Mariluán
miró por a ventana del calabozo, como engolfado en una triste meditación.
—Caleu
piensa mucho en sus padres y no sabe si habrán muerto. Iba a verlos y se
arrancó porque aquí no dan licencia.
—Irás
cuando yo lo permita —le dijo Mariluán—: desde mañana serás mi asistente.
Desde
entonces, Antonio Caleu entró al servicio de nuestro héroe. Fuera del respeto
que como hijo de sus caciques le imponía, Mariluán inspiró a Caleu en cariño
profundo con a dulzura de su trato. En poco tiempo vio Mariluán que aquel
hombre podría serle de inmensa utilidad para la consecución de sus proyectos, y
buscó algunas ocasiones para someter a prueba su fidelidad. Antonio salió
airoso de esas pruebas y se conquistó ala confianza de su oficial, que le envió
en comisión a convocar los principales caciques de los llanos para una conferencia
en que Mariluán meditaba sondear sus intenciones, informarse de sus recursos y
ofrecerles su brazo para realizar la empresa cuyo plan les expondría.
Caleu
desempeñó su comisión y llegó de regreso a Los Ángeles en la noche. No
encontrando a Mariluán en su casa, se fue a esperarlo a la de Rosa.
Por
esto fue que, al verle, dijimos que las ideas de Mariluán, abandonando el campo
florido de amorosos devaneos, habían vuelto al proyecto que al lado de Rosa
olvidara por un instante.
El
oficial y el asistente caminaron silenciosos hasta llegar a la casa que
habitaban.
—¿Cómo
te ha ido? —preguntó Mariluán cuando estuvieron en una pieza cuya puerta cerró
Antonio con cuidado.
—Bien,
mi teniente.
—¿Vendrán
los caciques?
—Vendrá
Cayo y Leviluán, vendrán Canchaleu, Huentecón y Raquio.
—¿Cuándo?
—Para
la luna llena.
Mariluán
se paseó en silencio algunos instantes.
—Irás
a casa de Damián Ramillo —dijo acercándose al asistente— y le dirás que le
espero aquí.
Antonio
se quedó cuadrado militarmente, sin hacer ademán de salir a dar cumplimiento a
la orden que acababa de comunicarle su jefe.
—¿Qué
hay? —le preguntó Mariluán viéndole inmóvil.
—Si
me permite, mi teniente —contestó Caleu—, le diré que ese caballero no me
gusta.
—¿Por
qué?
—Porque
lo he visto muy amigo con otros que han quitado tierras a los indios, y él
mismo...
—Pierde
cuidado —dijo interrumpiéndole el oficial.
Antonio
Caleu salió después de hacer la venia de ordenanza.
III
La
persona acerca de la cual Caleu acababa de manifestar sospechas a Mariluán era
un joven de treinta años, alto y vigoroso.
Damián
Ramillo, hermano de la madre de Rosa, había contraído relaciones de amistad con
Mariluán en casa de su hermana. Pertenecía Damián a una clase de traficantes
muy numerosa y antigua en la frontera de Arauco. Los bienes de fortuna que su
padre le había legado, y que él trataba de aumentar, provenían de convenios
fraudulentos hechos con los indios. Damián Ramillo había heredado de su padre
los bienes y el espíritu de expoliación, por medio del cual soñaba son inmensas
ganancias que en poco tiempo le harían gran capitalista. De aquí su amistad con
Mariluán, a quien con razón suponía algún prestigio entre los araucanos, de
cuyas tribus llegaron comisionados a Los Angeles a felicitar al hijo de unos de
sus caciques más importantes. Damián Ramillo pertenecía a la escuela muy
numerosa en todas partes, de hombres positivos que encaminan todas sus acciones
al único fin que consideran serio en la existencia: el de ganar plata. En
consecuencia pensaba que la intercesión de Mariluán podría valerle algunas de
esas compras de ganado, en las que los chilenos entregan a los indios, como
moneda corriente, mil fruslerías que compran a bajo precio y les transmiten
como de gran valor.
Mariluán
se dejó prender en las redes de este negociante fronterizo. Tomó sus mañosas
disertaciones a favor de los indios por la voz del corazón que se rebela contra
un tráfico infame, ejercido contra seres susceptibles de gran perfeccionamiento
moral. Incapaz de doblez como todo corazón noble. Mariluán confió sus proyectos
a Damián. Esta revelación hizo conocer a Ramillo que necesitaba de gran
maestría para impedir las entrevistas de Mariluán con unos de los caciques que
éste había hecho convocar ya por medio de su asistente; porque ese cacique,
expoliado por él en una compra de terrenos, exigía su devolución. Pero lejos de
dar ningún indicio de sus intenciones, procuró captarse la más ilimitada
confianza de Mariluán, a fin de conocer los pasos de éste y sacar de ellos la
mayor ventaja posible.
Tales
eran las relaciones que mediaban entre el héroe de esta moderna tradición y la
persona a quien iba a llamar Antonio Caleu, en nombre de su teniente.
Debemos
agregar, como una explicación de la resistencia que había apuesto Caleu a
cumplir la orden de Mariluán, que Caleu, menos civilizado que su jefe,
conservaba más intacto el espíritu suspicaz que dirige las acciones de las
razas salvajes. Además, el cacique Canchaleu, a quién Damián Ramillo había
arrebato, por un engaño, una parte de sus tierras, era de los que debían
asistir a la cita dada por Mariluán, y ese cacique había manifestado sus
sospechas a Caleu al oírle el nombre de Ramillo. Desde entonces, Caleu se
propuso inspirar a su teniente esas mismas sospechas; pero viendo que Mariluán
las desechaba con su genial confianza en la lealtad de los otros, determinó
espiar de cerca todos los pasos de aquel falso amigo de su jefe.
Socio
de Damián Ramillo era su sobrino Mariano Tudela, hermano primogénito de Rosa,
que, desde la muerte de su padre, había pasado a ser el jefe de la familia.
Mariano se encontraba ausente de Los Angeles pocas horas después que Mariluán
había salido de la casa de su madre, a cuya puerta vimos le aguardaba Caleu.
Después
de abrazar a doña Andrea, hizo a rosa algunas preguntas acerca de Mariluán.
Estas preguntas dejaron grande inquietud en el ánimo de Rosa, que conocía el
carácter de su hermano y se había acostumbrado a mirarle siempre con respeto.
A
pesar de lo avanzado de la hora, Mariano se dirigió después de esto a casa de
Ramillo. Una criada le dijo que acababa de salir con el asistente de Mariluán.
—Le
dirás que le espero mañana temprano —dijo Mariano al retirarse.
Damián,
entre tanto, había llegado a la pieza en que Mariluán se paseaba, absorto en
sus reflexiones desde la salida de Caleu.
—¿Qué
noticias tenemos? —le preguntó Damián al entrar.
—Los
caciques vendrán a la cita —contestó el oficial.
—¿Cuáles?
—dijo Ramillo.
Mariluán
nombró los que Caleu había enumerado pocos momentos antes.
Al
oír el nombre de Canchaleu, Damián exclamó:
—Ese
es un malvado.
—Me
han dado de él muy buenos informes, por el contrario —replicó el oficial.
Ramillo
encendió un cigarro en la vela y se quedó silencioso.
—Además
—añadió Mariluán con el acento de confianza del que tiene firmeza en sus
resoluciones—, si Canchaleu nos traiciona, yo no tendré embarazo para
atravesarle el corazón con mi espada: los malvados, de cualquier raza que sean,
deben tener el premio que les corresponde.
—No
es fácil averiguar una traición en un indio —dijo Damián.
—¡Bah!
—exclamó Mariluán con soberbio desprecio—, si traiciona, no tiene corazón de
araucano.
Ramillo
iba a responder, pero se contuvo. Hubiérase dicho que una idea repentina la
había hecho juzgar más conveniente el callarse, porque en vez da hablar, hizo
como si su cigarro se estuviese apagando.
—Será
bueno —dijo Mariluán— que usted vaya reuniendo paco a poco las armas de las
milicias.
—Mejor
sería —observó Ramillo— comprometer al regimiento de usted en vuestro complot:
con sólo una compañía de fuerza veterana, haríamos más que con todas las
milicias de la provincia.
—Todo
eso está bueno y me parece bien pensado —dijo Mariluán—; más, para efectuarlo,
hay un obstáculo insuperable.
—¿Cuál?
—Que
yo soy oficial de ese regimiento y no abusaré de mi posición para inducirlo a
la revuelta.
—Pero
usted se va a sublevar —objetó Ramillo.
—Antes
me voy a desertar —repuso Mariluán—, y no induciré a seguirme a uno solo de los
soldados de mi cuerpo. Si mi retiro en estas circunstancias no despertase las
sospechas del general y del gobierno —añadió después de una ligera pausa—, lo
pediría desde ahora.
—Es
una delicadeza exagerada —dijo Damián, que parecía tener algún interés
particular en insistir sobre este punto—; piense usted que con una compañía del
regimiento, tendríamos una base magnífica para organizar una tropa que pudiese
hacer frente a la del Gobierno.
—Nuestra
causa —replicó Mariluán— no ha menester de la traición para triunfar. Serán sus
defensores los que van a pelear por sus hogares violados, por sus hijos
arrebatados de los brazos de sus madres, para venir a ser esclavos de los que
llaman civilizados y que los regalan a un amigo como quien regala un animal.
Tan justa causa no debe ser manchada por el que pretende como yo, ser su jefe.
Los hombres de buena voluntad, que comprendan que esos indios son parte de la
familia humana y tengan la energía de consagrar sus vidas a redimirlos de su
largo infortunio, ésos encontrarán un lugar en nuestras filas.
—Sí,
pero ésos serán pocos —dijo Ramillo— y necesitamos soldados, porque los indios
no sirven más que para una guerra defensiva.
—Formaremos
soldados —repuso Mariluán; para eso necesitamos las armas de los cívicos que
usted me ha ofrecido.
—No
es tan fácil procurárselas —dijo Damián.
Mariluán
se acercó a Ramillo y le dirigió una mirada severa que este trató de recibir
con serenidad.
—Usted
sabe —le dijo con aire orgulloso— que sólo acepto para mi empresa los servicios
que voluntariamente se me ofrecen y que no solicito los de nadie.
—Ya
lo sé —contestó Ramillo con voz seca.
—Le
hablo del armamento de los cívicos porque usted me indicó que sería fácil
obtenerlo; si no se puede, trataremos de suplir su falta y no nos detendremos
por eso.
—¡Oh!
Yo no digo que no se puede —exclamó Damián—, he dicho que me parece difícil;
pero haré todo lo posible para que no nos falte.
Es
rostro de Mariluán tornó a su aspecto comunicativo al oí aquellas palabras que
Damián pronunció con voz afectuosa.
—Se
entiende, y no exijo otra cosa —dijo sentándose al lado de Ramillo.
Después
de un ligero silencio, añadió:
—Ahora,
hablaremos de otro asunto: tengo algo que preguntarle sobre la familia de su
sobrina.
—Pregunte
no más.
—Me
han dicho que Mariano desea casar a Rosa con don Claudio Retamo.
—No
lo positivamente; pero creo que la noticia no es del toso infundada.
—¿Don
Claudio es rico?
—Sí,
bastante.
Después
de esto quedaron en profundo silencio. Damián trató de continuar la
conversación sobre el tema en que acababan de dejarla; pero Mariluán no le
siguió en este terreno, sino que habló de nuevo de la guerra que meditaba
encender, poniéndose al frente de los araucanos. El entusiasmo brillaba en sus
palabras y en sus ojos, que eran como el espejo en que venían a reflejarse las
nobles espiraciones de su corazón. Hablando de su plan de campaña y de los
resultados de la victoria, Mariluán parecía inspirado.
Ramillo
le contestó, fingiendo igual entusiasmo; prometió que haría los mayores
esfuerzos para tener pronto a disposición de Mariluán algún armamento, y se
despidió, después de haber discutido con él las proposiciones que debían hacer
a los caciques en la reunión que tendrían lugar quince días más tarde.
IV
Damián
Ramillo llegó a las ocho de la mañana del día siguiente a casa de Mariano
Tudela.
Este
oyó la relación que le hizo su tío de los proyectos de Mariluán.
—Lo
que debemos evitar a todo trance es que Canchaleu hable con Mariluán —dijo el
hermano de Rosa—; porque ese indio se valdrá de él para entablar el reclamo en
contra de nosotros.
—¿Y
no será mejor hacerlos prender a todos la noche en que deben reunirse?
—preguntó Damián.
—Entonces
reclamarán los herederos o él mismo Canchaleu desde su prisión —respondió
Mariano—, y lo que nosotros debemos evitar es que este negocio salga a luz.
—Mucho
insistí —dijo Ramillo— para que Mariluán hiciese tomar parte en la conspiración
a la tropa de su regimiento. De este modo, con una simple denuncia de algún
soldado a quien era fácil corromper, Mariluán sería tomado preso y juzgado: de
aquí hubiéramos sacado gran ventaja nosotros comprometiendo a Canchaleu; pero
Mariluán se ha opuesto formalmente a ello.
—Y
entonces ¿qué hacemos? —preguntó Mariano.
—Esperar
el día de la reunión de los caciques. Tendremos prevenido al comandante de
armas, y con un piquete de tropa se les sorprende a todos a un tiempo. Si se
defienden, tanto peor para ellos: de todos modos, o Canchaleu cae prisionero, o
tiene que morir en el combate.
—Por
mi parte —dijo Mariano Tudela—, yo deseo ante todo que Mariluán se retire de mi
casa: creo por lo poco que hablé anoche con Rosa, que ella le ama, y entre
tanto yo tengo casi ajustado su casamiento con don Claudio Retamo, como tú
sabes. Si las visitas de Mariluán llegan a oídos de don Claudio, el hombre
puede desanimarse, aunque me habló de Rosa con mucho interés. De todos modos,
yo quiero que ese casamiento se haga, porque don Claudio está cada día más rico
y su apoyo puede servirme mucho para nuestros negocios en Talcahuano.
—No
hay más entonces que cerrar la casa a Mariluán —contestó Damián Ramillo.
—Tú
tienes amistad con él y podrías servirme en esta ocasión —le dijo su sobrino.
—¡Imposible!
—exclamó Ramillo—. ¿No ves que yo debo seguir en buenas relaciones con él hasta
el día de su cita con los indios? De otro modo, Mariluán entra en sospechas y
da contraorden, con lo cual ni evitamos que venga Canchaleu ni nos aseguramos
de su persona.
—Antes
de salir de Talcahuano —dijo Mariano—, don Claudio me prometió que vendría a
verme muy luego: si al llegar a casa encuentra a Mariluán, el matrimonio no se
efectúa, porque él es bastante malicioso para conocer la inclinación de Rosa.
¿Qué haremos para que este indio se retire? Mi madre tiene la culpa de haberlo
recibido aquí —añadió con disgusto.
—Lo
único que yo puedo hacer —dijo Ramillo— es asegurarle lo que anoche le conté
vagamente: es decir, que tú piensas casar a Rosa con don Claudio.
—¿Irás
a verle ahora?
—Hoy
mismo.
—Bien;
yo acá procuraré arreglar las cosas para que él se retire de la casa.
Damián
Ramillo se despidió de su sobrino, que de allí se dirigió al comedor en que su
madre y Rosa le esperaban.
El
almuerzo fue delicioso. Mariano esperó haber concluido y que la criada que
servía se hubiese retirado para hablar del asunto que le preocupaba.
—Madre
—dijo a doña Andrea—, ¿para qué fue a recibir aquí ese oficial Mariluán, que me
dicen viene todas las noches?
Rosa
bajó la vista y se puso muy pálida. Su primer deseo fue el de levantarse y
salir de la pieza; pero se armó de resolución y esperó la contestación de su
madre.
—Le
trajeron aquí —respondió doña Andrea—, y como no había motivo para no
recibirle, le ofrecí la casa.
—¿Usted
no sabe que es indio, entonces? —preguntó Mariano.
Rosa
levantó los ojos y miró resueltamente a su hermano. Un vivo encarnado había
hecho desaparecer la palidez de sus mejillas.
Mariano
aparentó no ver esa mirada y prosiguió:
—Una
niña como Rosa pierde con estas visitas, porque la gente decente se retira de
las casas donde reciben hombres como ése.
—Pero
éste es un joven bien criado —contestó la madre—, y en todas partes le reciben
aquí.
—No
importa —replicó el hijo con voz áspera—; nosotros no debemos recibirle más.
Cuando don Claudio estuvo aquí el mes pasado, quedó muy contentó de la casa y
ahora, en Talcahuano, me habló de Rosa con mucho interés. Don Claudio es un
partido envidiable para cualquier niña: ahora, figúrese que sin tener aquí
ningún negocio de importancia, me ha ofrecido una visita. Claro está que viene
por Rosa, y así me lo dejó entender. ¿Qué diría si al llegar se encontrase con
la casa visitada por oficialillos que no tienen más que su sueldo, y que uno de
ellos se acerca a su hija de usted?
—¿Y
quién es ese? —preguntó doña Andrea, mientras que Rosa había vuelto a bajar la
cabeza, como para ocultar el encendido color de sus mejillas.
—¿Quién?
El indio —contestó Mariano—: anoche me lo dijeron varias personas con quienes
hablé.
—En
fin, hijo —repuso la señora, convencida por los argumentos de Mariano y
halagada con la perspectiva que éste le presentaba de tener un yerno rico—, tú
eres el dueño de casa y puedes hacer lo que te parezca mejor.
—Como
yo no conozco a ese mozo —dijo Mariano—, no puedo ir a verle para decirle que
no vuelva más aquí; pero usted y Rosa deben darle a entender que es preciso que
se retire.
—¡Yo
no lo haré nunca! —exclamó Rosa, levantándose de su asiento, como para
infundirse valor con ese movimiento.
—¡Ah!
¿Y por qué? —preguntó Mariano con imperativa voz.
—Porque
no hay motivo para ofender así a un joven que nada malo nos ha hecho —contestó
ella, con voz temblorosa, pero al parecer resuelta.
—Cuando
yo digo que esas vistas no me gustan, es preciso que salga de la casa —exclamó
Mariano irritado.
—Puedes
decírselo tú —replicó Rosa.
—Le
defiendes como si le amases —observó el joven en tono burlón.
—¿Y
eso qué tendría de extraño? —contestó con energía la niña.
—Bueno,
yo lo arreglaré todo y haré que en esta casa se haga mi voluntad —dijo Mariano,
saliendo de la pieza, cuya puerta se cerró con despecho.
Rosa
se arrojó llorando en brazos de su madre.
Mariano
llegó al cuarto de la casa que le servía de habitación. En medio de aquel
cuarto había una mesa de madera pintada de colorado, cubierta con una de esas
grandes mantas que usan en el sur y que llaman chaños ordinariamente. Sobre esa
mesa se veía un tintero con algunas viejas plumas de ganso y algunas hojas de
papel de carta.
Mariano
se dirigió a la mesa apenas entró en el cuarto, se sentó, tomó una pluma y se
puso a escribir. En la línea superior, puso con bastante buena letra lo
siguiente:
Señor
don Fermín Mariluán:
y a
continuación escribió las líneas que siguen, después de meditar un rato y de
enmendar algunas palabras que reemplazaba por otras:
Muy
señor mío:
Como
no tengo el gusto de conocer a usted personalmente, he creído que sería más
acertado dirigirle la presente, porque así es más fácil decir lo que se desea.
A mi llegada a este pueblo, he sabido que mi madre ha recibido varias veces
visitas durante mi ausencia, pues ella no estaba al cabo de los compromisos que
yo he contraído acerca de mi hermana Rosa. A usted no se le ocultará que cuando
una señorita está visitada por jóvenes, esto la compromete a los ojos de los
demás, y si alguno se interesa por ella con el agrado de su familia, esto puede
darle ocasión de pensar que no se cumplen con él los compromisos que se han
formado. En este caso me hallo desde mi llegada, y por tal razón me veo en la
dura necesidad de hacerlo presente a los que visitan a mi casa, para cumplir
así mi palabra con la persona que debe ser mi hermano político, a quien
naturalmente no deben agradarle las visitas de otros jóvenes que pueden
interesarse por la que va a ser su esposa.
Espero,
señor, me disculpará usted esta franqueza, pues la empleo por los motivos
arriba indicados, y le ruego que, aun retirándose de mi casa, se sirva contar
con el aprecio de su obsecuente servidor que S. M. B.
Mariano
Tudela.
Esta
carta llegó a manos de Mariluán pocos momentos después que Ramillo había salido
de su casa.
Lejos
de prevenir el ánimo de Mariluán, como acababa de ofrecerlo a su sobrino,
Ramillo se había limitado a repetirle lo que acerca de los compromisos de
Mariano había dicho el día precedente. Su empeño de desterrar las sospechas de
Mariluán sobre su verdadera conducta y el interés que tenía de continuar
disponiendo de su entera confianza, le indujeron a renovar la conversación
acerca de los planes de guerra, para reiterar sus protestas de adhesión a ellos
y hacer alarde de un entusiasmo ilimitado. Así fue que la carta de Mariano vino
a sorprender a Mariluán en medio de la completa tranquilidad que le inspiraba
la idea de conquistarse el aprecio del hermano de Rosa, como se había
conquistado el de su madre.
Sin
embargo el turbulento carácter de Mariluán, su buen sentido le hizo formular
esta reflexión después de la lectura de esta carta.
Por
su parte él tiene razón.
Más
no por esto creyó hallarse obligado a renunciar a los derechos que le daba el
amor de Rosa. Su espíritu, que enardecían los obstáculos, le aconsejó aceptar
la guerra con la misma franqueza que empleaba el hermano de su querida para
declarársela. Demasiado altanero para traspasar la puerta de una casa que tan
formalmente se le despedía, Mariluán escribió la siguiente contestación:
Señor
don Mariano Tudela.
Muy
señor mío:
Reconozco
a usted la libertad completa con que ha contraído compromiso sobre la suerte de
su hermana; pero a nombre de ella y a mi nombre, repruebo formalmente esos
compromisos: como consecuencia de esta decisión no puedo respetarlos. Mi fuerza
proviene de los derechos que Dios ha otorgado a los corazones de buscarse por
el amor y unirse por el juramento. Rosa y yo nos amamos y nos hemos jurado
constancia. Miro como sagrado este compromiso y lo cumpliré mientras ella no lo
olvide. Por consiguiente, el deseo que usted me manifiesta de no verme en su
casa se cumplirá; el deseo que usted tiene de dar a otro la mano de su hermana,
no.
Alega
usted los derechos de tutoría que la ley de los hombres le concede; yo, los de
amante correspondido, que amparan las leyes de la naturaleza y de su Hacedor.
¿Quién vencerá? El tiempo va a decidirlo: yo desde hoy me apercibo para la
lucha.
Espero
que reconocerá usted que he contestado a la franqueza de su carta con igual
franqueza y que acepte la consideración de S. S. que B. S. M.
Fermín
Mariluán.
Después
de cerrar esta carta, escribió la siguiente a Rosa Tudela:
Señorita:
Una
indicación muy cortés de su hermano me cierra las puertas de su casa. ¿Debo
esperar también que su autoridad me cierra el corazón de usted? En su nombre y
en el mío, he contestado que seguiremos amándonos; más, para persistir en el
intento, necesito de nueva autorización de usted: la espero más enamorado que
nunca.
Firmó
esta carta y las envió ambas con Caleu, después de suministrar los medios de
hacer llegar la última a manos de Rosa, valiéndose de la criada.
Mariano
arrojó con despecho la carta que le iba dirigida. La resolución que respiraba
sus palabras le hizo exclamar:
—¿Quiere
guerra? ¡Pues bien, la tendrá y sin cuartel!
Rosa
leyó, casi al mismo tiempo, su carta y renovó sus juramentos de amorosa
constancia en lo interior del pecho, con el fervor que emplea la mujer en la
observancia de todo culto que le cautiva el corazón. Mientras hacía estos
juramentos mudos, buscó con diligencia un lápiz y escribió a Mariluán la
siguiente contestación.
Yo
le amaré siempre y nunca perteneceré a otro. Tengo miedo que mi hermano me
sorprenda escribiéndole, por eso no le diré nada más; pero si usted halla modo
de ir mañana en la noche a casa de doña Marcelina Llanos, que celebra su día,
podremos hablar mejor que por cartas.
V
El
mismo lugar que Rosa indicó a Mariluán para una entrevista era un obstáculo
para él, porque no tenía relación de amistad con la señora cuya casa se le
designaba.
Era
tarde ya par buscar un amigo común que le presentase, y le parecía impropio,
sobre todo, solicitar este favor para una noche de fiesta.
Quedaba
sólo un arbitrio; pero arbitrio muy usado hasta ahora en algunas provincias, y
que era por entonces casi una consecuencia inevitable en una fiesta de santa:
consistía en dar a la dueña de casa lo que todos los chilenos conocen con el
nombre de esquinazo.
Mariluán
contaba con algunos recursos muy importantes para llevar a cabo esta idea que
podría abrirle las puertas de la casa en que debía encontrar a su querida:
gozaba, por su carácter jovial, de gran popularidad entre las más encopetadas
familias de Los Angeles, tocaba con destreza la guitarra y poseía una voz
agradable.
Estas
dos últimas cualidades le evitaban la molestia de buscar alguna persona que
ejecutase la parte vocal e instrumental, que forma el requisito más importante
de un esquinazo.
Sin
embargo esta clase de actos lo forma la reunión de varias personas que van a
cantar a las puertas de aquella a quien se quiere felicitar, lo que obligó a
Mariluán a invitar a varios amigos y algunas amigas para organizar su
esquinazo. Varios pretextos frívolos le sirvieron para recomendar el secreto a
fin de que sus proyectos no llegasen a oídos de Mariano, que se negaría, en
caso de saberlos, a llevar a su madre y a su hermana, frustrando de este modo
sus esperanzas y la de Rosa.
Hechos
estos preparativos, volvió Mariluán a su casa, fingiéndose de antemano, cual
todo amante lo haría en su lugar, la conversación de la entrevista, las miradas
que más prometen que los labios, las tiernas palabras a las que la emoción
presta su mayor encanto, y las dulces reticencias, en las que los enamorados
encierran un mundo de ideales felicidades.
En
esta disposición de ánimo juzgó oportuno emplear sus dotes poéticas para
solemnizar el esquinazo con algunos versos de su musa, que llevasen a su
querida la expresión de sus enamoradas esperanzas. Al efecto, cogió amiga de
las almas en que impera todo sentimiento grande, y después de emplear una hora
en esta ocupación, cogió la guitarra, colgada al lado de sus armas, y entonó
los versos que acababa de componer, con la música de una canción de su
abundante repertorio.
Para
engañar su impaciencia, después de esto, fuése ala cuartel del regimiento, pasó
revista a las caballerizas, inspeccionó la sala de armas, e hizo ejercicio de
sable en el cuarto de bandera, con una maestría que arrancó vivos aplausos de
algunos oficiales que le miraban.
—Te
empeñas en adiestrarte como si estuvieses en vísperas de algún combate —le dijo
uno de sus camaradas.
—Aquí
—contestó Mariluán—, siempre estamos en esta situación; pero ahora no se trata
de esto caballeros —añadió—: se trata de un asalto para el que vengo a
convidarles.
—¡Asalto!
¿Adónde? —dijeron a un tiempo varias voces.
—A
casa de doña Marcelina Llanos.
—Es
cierto que hoy es su día.
—Mis
armas son la guitarra y la voz —dijo Mariluán.
—¿Vas
a darle un esquinazo?
—Y
cuento con que usted me acompañen.
—¡Como
no! —contestaron todos—, con mucho gusto.
—Yo
llevaré los voladores —dijo un alférez.
—Y
yo los cohetes —agregó un teniente.
—Entonces
caballeros —exclamó Mariluán—, les espero en mi casa a las nueve en punto.
—Oye
Mariluán —le dijo un oficial—; si tomamos la plaza, ¿haremos prisioneras?
—Las
que ustedes puedan, menos una.
—¿Cuál?
—La
que yo me reservo para mí.
—¿La
Ro...? —preguntó con malicia un oficial, sin decir la otra sílaba del nombre.
—...sita
Tudela —agregó Mariluán, concluyendo el nombre en diminutivo.
Envió
un saludo y una sonrisa a sus compañeros de armas, y salió entonando los versos
que había compuesto en la mañana para la fiesta que se acercaba.
Puntuales
fueron a la cita los oficiales que Mariluán había convidado al esquinazo. A las
nueve de la noche salían de su casa en compañía de éste, haciendo sonar los
grandes sables en el empedrado del patio.
—Esto
lleva todas las circunstancias de un malón —dijo uno de los oficiales,
aludiendo a los frecuentes ataques de los indios contra las poblaciones
fronterizas.
—No
habrá más víctimas —contestó Mariluán— que las que ustedes, con los ojos,
hieran en el corazón.
—Tú
nos llevas la ventaja de tener ya herida la tuya —le replicó una voz.
—No
estaría de más ir prendiendo algunos voladores —dijo el alférez que se había
encargado de llevarlos.
—Todavía
no; es preciso economizar las municiones para la hora del ataque —dijo una voz.
—¿Y
adónde vamos por aquí? —preguntó uno de los de la comitiva, viendo que no
caminaba en dirección de la casa de la fiesta.
—Vamos
a buscar a las señoras que nos hacen el honor de acompañarnos —replicó
Mariluán.
—Ah,
ah, tenemos bellas en la columna de ataque —dijo, atusándose los bigotes—.
Estas no son armas para presentarse de conquistador —añadió, haciendo sonar los
proyectiles que llevaba bajo el brazo y llamó para entregárselos al asistente
de Mariluán, que caminaba tras ellos con la guitarra de éste.
La
familia comprometida para llevar con los oficiales el esquinazo, les recibió
con cariñosa acogida, y después de ordenar el orden de la marcha, Mariluán se
puso al frente de la comitiva con Juan Valero, que se quejaba de no haber sido
designado para dar el brazo a algunas de las jóvenes que con ellos iban a la
fiesta.
—Señoritas
—decía el alférez volviendo hacia atrás la cabeza—, ustedes son testigos de que
yo protesto contra la violencia de mi jefe.
—Alférez
Valero —le dijo en tono magistral un capitán que caminaba cerca de él, dando el
brazo a una de las niñas—, usted olvida, como si fuese paisano, las
prescripciones de la ordenanza, que dicen en resumen que ningún oficial puede
quejarse del puesto que sus jefes le asignan y en caso de...
—Etc.,
etc. —replicó el alférez interrumpiendo—; ya lo sé, capitán; pero usted no
tendrá tan buena memoria si no fuese tan bien acomodado.
—Consuélate,
Juan amigo —le dijo Mariluán—, ya vamos a llegar y después caerte alguna buena
presa de guerra.
—Siendo
niña, la declaro buena presa —contestó el alférez alegremente.
En
esos momentos llegaron a las puertas de la casa a que se dirigían.
—Señoritas
y caballeros, en el orden de batalla —dijo Juan Valero, tomando un volador y
blandiéndolo a guisa de espada.
Las
señoras y los oficiales entraron en el patio de la casa, haciendo el menor
ruido posible.
A
través de las vidrieras de una ventana se divisaba la concurrencia, en la que
aun no parecía reinar mucha animación.
Los
que acababan de entrar se agruparon junto a esa ventana que daba a la pieza en
que se hallaban los convidados, dejando un lugar para Mariluán, armado ya de su
guitarra.
—Alférez
Valero, rompa el fuego —dijo éste en voz baja.
—Desde
aquí —dijo el alférez mirando a través de la vidriera —diviso unos ojitos que
me están dando mucho valor para el ataque.
Y
acercando un mechero encendido, que le pasó Caleu, al volador que le acababa de
servir de espada, lo lanzó inflamado al espacio, en donde estallaron sus
cohetes con ruidosa detonación.
—¡Viva
doña Marcelina! —gritó el alférez al mismo tiempo.
Las
personas del salón se agolparon a la ventana y a las puertas, mientras que las
cuerdas de la guitarra principiaron a vibrar melodiosamente bajo los dedos de
Mariluán, que cantó:
Ecos
del alma mía
Son
mis suspiros;
y
para unirse a tu alma
Buscan
caminos.
Tú
eres la aurora
Y yo
el valle que alumbra
Tu
luz hermosa.
Un
aplauso unánime y estrepitoso estalló al apagarse las últimas vibraciones de la
dulce voz con que Mariluán había entonado aquella estrofa.
Rosa,
que había visto desconsolada transcurrir las primeras horas de la noche sin ver
entrar a su amante, corrió a la ventana y desde allí, mientras él cantaba, le
envió una de esas miradas de amor con que las mujeres hacen conocer al hombre
que las ama el irresistible poder de la debilidad con que le avasallan.
—Siga
la música —exclamó el alférez Juan Valero, enviando al aire un volador tras
otro con admirable ligereza, mientras que los de adentro y los de afuera
aplaudían su sin igual pericia.
—Mejor
estabas, Juan, para artillero —le decía una voz.
—Para
el sable no tengo muerta la mano —contestaba el oficial, echando a rodar por el
suelo un paquete encendido de cohetes, cuyas repetidas y estrepitosas
detonaciones saludaba la concurrencia gritando:
—¡Que
viva doña Marcelina!
—¡Que
viva la dueña del santo!
—¡Atención
a la música! —gritó el alférez Valero, oyendo resonar la guitarra.
Apagáronse
las voces y Mariluán, recogiendo con pasión las miradas de Rosa, cantó:
Ignoran
los que oprimen
nuestras
dos almas
que
el amor verdadero
nadie
lo manda.
Almas
amantes
burlando
esos rigores
sabrán
hallarse.
Los
oyentes de dentro y fuera, que conservaba la entonación de la primera estrofa,
repitieron entonces, uniéndose las delicadas voces femeniles y las desafinadas
de los varones, el último verso:
Sabrán
hallarse.
A lo
que el alférez Juan Valero contestó con una granizada de voladores y cohetes,
ayudado de Caleu, que atronaron el patio y arrancaron estrepitosos aplausos y
prolongados vivas a Mariluán, al alférez y a toda la comitiva del esquinazo.
La
dueña de casa apareció, seguida de una criada con una bandeja cubierta de vasos
de místela, que fue ofreciendo a cada uno de los recién llegados e invitándoles
a entrar al mismo tiempo.
—Señorita
—dijo al alférez—, aceptaremos tan amable oferta cuando hayamos concluido.
Y
encendiendo nuevos cohetes y voladores, dijo con voz de mando:
—Adelante,
Mariluán, que suene la guitarra: con el gloriado debes tener la voz muy clara.
Al
dirigir Mariluán una mirada a Rosa, mientras preludiaba los primeros acordes de
introducción, halló fijos en él los ojos de un joven que le era desconocido y
que sólo llamó su atención por hallarse detrás de Rosa y al lado de Damían
Ramillo. Esto le llevó a suponer la verdad, al pensar que el que así le miraba
debía ser Mariano Tudela, suposición que le hizo entonar con más intención la
estrofa última, clavando en Rosa la mirada ardiente y altanera.
A la
flor que cultivo
llaman
constancia,
y
esa flor en la ausencia
crece
y se arraiga.
Los
que aman saben
cuanto
más separados
son
más amantes.
Rosa
unió sus aplausos a los de la entusiasmada concurrencia, arrastrada por su
parte en alas de su amor hasta el completo olvido de su hermano. Sus animados
ojos, el rosado y puro tinte que cubrió sus mejillas, la arrogante actitud de
Mariluán y hasta la viva aprobación con que los demás recibieron el canto del
oficial, hicieron morderse con despecho el labio inferior a Mariano y dar
maquinalmente una patada en tierra.
—¡La
despedida! ¡La despedida! —gritó el alférez Valero, encendiendo sus últimos
cohetes y arrastrando su entusiasmo al resto de al concurrencia, que repitió
sus voces.
Mariluán
entonó una estrofa alusiva a la dueña del santo, que fue recibida con la misma
algazara que las anteriores. Con esto, los del esquinazo, precedidos del ama de
casa, entraron en el salón a recibir las felicitaciones generales.
VI
Señores,
en dispersión —dijo Juan Valero, dirigiéndose a una de las jóvenes que había
llamado su atención a través de la vidriera de la ventana.
Las
señoras y los oficiales que acompañaban a Mariluán aumentaron considerablemente
la animación de la fiesta, cuya languidez había observado desde el patio. En
ese instante se operó un movimiento muy natural en las reuniones de los pueblos
pequeños: la mayor parte de los jóvenes angelinos, que pocos momentos antes
reinaban en el salón por la gracia de la mayoría que representaban, se retiró a
una puerta, cediendo el campo a los oficiales que atraían la mirada de las
mujeres con su buen porte y galoneados uniformes. Además de estas prendas,
recomendables a los ojos del bello sexo, los compañeros de armas de Mariluán
gozaban del valioso prestigio de la novedad, a cuyo imperio tributan homenaje
tanto las grandes cuanto las sociedades reducidas. De manera que a poco rato,
los oficiales se habían apoderado de la fiesta, a la que dieron un carácter
propio de alegría que acompaña a los hijos de Marte en el solaz de las
guarniciones. Pronto resonaron el arpa y la guitarra al compás de la popular
zamacueca, y las parejas agitaron al aire sus pañuelos en los graciosos gritos
de la danza, en la que cada oficial ostentaba a los admirados ojos de los
concurrentes nuevas primorosas posturas, pasos aventurados, genuflexiones
atrevidas y movimientos de cintura característicos del caso.
Los
demás hacían coro al canto, o marcaban con las manos el compás, o reunidos en
grupos, lanzaban todos los dichos tradicionales con que los espectadores
animaban la zamacueca. El alférez Valero, arrastrado por el mágico poder de la
música, se había arrodillado al pie del arpa y tamboreaba con maestría
inimitable, haciendo redobles, dando golpes diversos, ora con el dedo pulgar de
la derecha. Ora con las articulaciones de los otros dedos de la misma mano y
empleando a veces hasta los codos para marcar algún compás final. A esta
algazara se unía la voz de las observaciones particulares, las risas de los
niños de la familia que pululaban entre las sillas y el ruido de los cohetes
que en el patio encendía Caleu a cada pie, de orden del alférez encargado del ramo
pirotécnico de la función. Y en medio de los grupos circulaban, con seguridad
constante, bandejas con vasos de ponche y de mistela, en los que cada cual, sin
distinción se sexos ni de edades, apagaba la sed producida por el calor y el
movimiento.
En
medio de la general alegría, los personajes importantes de esta historia se
hallaban dominados de sus ideas particulares, sin cuidarse de la diversión que
absorbía el espíritu de los demás.
Mariano
Tudela había hecho sentarse a Rosa al lado de su madre y desde un rincón
distante la observaba.
Rosa,
dominada por la presencia de su amante, parecía despreciar la autoridad de su
hermano y repetía con sus bellos ojos a Mariluán los juramentos de su amor,
aumentado por los obstáculos que últimamente le oponía su familia.
Mariluán
esperaba que el movimiento y animación se hiciera general, para acercarse a
Rosa a pesar de la hostil mirada de su hermano, quien, para darse una actitud
natural, conversaba son su tío Damián Ramillo, mientras que con la vista quería
con fundir a Rosa por su desobediencia.
Esta
escena muda y elocuente a un tiempo tenía lugar pocos momentos después de la
entrada de los oficiales al salón, y cuando el alférez Juan Valero comunicaba a
los demás su alegría simpática, con la ocupación que le hemos visto tomar al
pie del arpa.
—No
me parece natural que te retires con tu familia —decía Ramillo, contestando a
Mariano, que creía evitar de este modo que Rosa y Mariluán pudiesen hablar—:
¿no ves —añadía— que todos se fijarán en esto y les darás que hablar?
Entretanto,
viendo Mariluán que la atención de los concurrentes estaba fija en los que
bailaban, atravesó la pieza sin hacer caso de la actitud de Mariano Tudela y
fue a sentarse al lado de Rosa, que le saludó temblando y sin atreverse a
levantar la vista hacía su hermano.
—Rosa
—dijo Mariluán—, sólo vengo a hablarla porque deseo decirle que a pesar de mi
amor a usted y tal vez a causa de este mismo amor, que es verdadero y profundo,
dejo a usted enteramente libre de elegir su suerte.
—¿Por
qué me dice usted eso? —le preguntó la joven, alzando la vista con resolución.
—Porque
sentiría en el alma cualquier pesar que por mí le sobreviniese.
—¿No
sufriría usted por mí?
—Con
mucho gusto, hasta la misma muerte sufriría.
—Entonces,
¿por qué no me cree capaz de hacer lo mismo por usted?
En
ese instante Mariano, a quien Ramillo había estado conteniendo con sus
consejos, abandonó el puesto que ocupaba y se acercó a su madre.
Al
ver este movimiento, Mariluán dijo a Rosa:
—Si
me ama usted de ese modo, es preciso que hablemos, y para esto es menester que
me señale el punto en que podamos vernos.
—Mi
hermano es tan violento: ¡le tengo miedo! —contestó Rosa.
—Sin
embargo, es indispensable que usted que conceda una cita: tengo mil cosas que
decirle.
Mariano
dijo al mismo tiempo a su madre:
—Es
preciso que nos vayamos.
La
señora, acostumbrada a la autoridad de su hijo, sólo aventuró algunas ligeras
observaciones, y viendo lo irrevocable de la resolución de éste, se puso de
pie.
Rosa,
impaciente de ver engañadas sus esperanzas de hablar con Mariluán, le dijo con
resuelta voz:
—Mañana
en la noche, entre las once y las doce, la criada le abrirá la puerta de calle:
yo le esperaré.
Consolado
de estas palabras, Mariluán abandonó la idea que tenía de buscar pretexto para
provocar a Mariano, y dejó su asiento cuando éste, dando el brazo a su madre,
se detenía junto a Rosa, que tuvo que aceptar el brazo que le ofrecía Damián
Ramillo.
Mariano
con su madre y Damián con Rosa hicieron silenciosos el camino hasta la casa de
doña Andrea.
Esta
y su hija se retiraron a sus aposentos, quedando solos Damián y Mariano.
—No
tengas cuidados —dijo Ramillo, despidiéndose de su sobrino para volver a la
fiesta—; yo tengo un huaso más pillo que todos los soldados y oficiales juntos,
y éste observará los movimientos de Mariluán.
—Y
yo también tomaré mis medidas aquí —dijo Mariano dándole las buenas noches.
En
la casa de la tertulia, Mariluán tomaba poca parte en la diversión.
—Vamos,
hijo —díjole, golpeando el hombre, el alférez Valero—, no te creía tan tierno
en esto de amores: te llevan una chica y te quedan aquí muchas otras; ¿por qué
te entristeces?
—¡Yo
entristecerme! —exclamó Mariluán—: ¡Vas a ver si estoy triste!
Y
dirigiéndose a una de las más hermosas niñas de la concurrencia, la invitó a
bailar, continuando la danza y la alegría de todos hasta que la claridad de la
mañana les obligó a buscar el reposo que bien necesitaban.
Al
día siguiente, Mariano hizo a la criada de la casa las recomendaciones
necesarias para estar al cabo de los pasos de su hermana; y Damián Ramillo, por
su parte, encargó al hombre de quien había hablado a su sobrino el seguir a
Mariluán cada vez que saliese de su casa y el entablar relaciones con Caleu a
fin de sorprender los secretos de su amo.
Mariluán
había vuelto, como vimos, de la casa de doña Marcelina Llanos al amanecer.
Durmió sólo dos horas, al cabo de las cuales le despertó Caleu.
Después
de desempeñar sus obligaciones militares, regresó a su casa absorto en
reflexiones muy cercanas a la tristeza. Sus dos amores: el de Rosa, que
despertaba los sentimientos tiernos de su corazón, y el de la independencia y
civilización de su raza, que hacía resonar los nobles instintos y las
esforzadas dotes de su alma, se combatían en su pecho al cercarse el momento de
la cita. Sentía una súbita tristeza al reflexionar que comprometía el destino
de una criatura amante y débil en los peligrosos azares de la vida que él, por
solemnes juramentos hechos a sí mismo, había consagrado ya a la causa de sus
mayores. Las dichas del amor correspondido, por la que todos los jóvenes
suspiran, le parecían entonces una desgracia: amaba a Rosa hasta el punto de
preferir la tranquilidad de ésta a la pasajera ventura adquirida a costa del
sacrificio inevitable del reposo de su existencia. Las reflexiones a que este
género de preocupación daba lugar en su espíritu, le hicieron ver acercarse la
noche, sintiendo crecer su desconsuelo a medida que la hora de la cita se
aproximaba.
A
las once y media se puso Mariluán en marcha hacia la casa de doña Andrea
Ramillo. Las calles, como las todos pueblo reducido, estaban desiertas. La luna
se había ocultado poco tiempo después de aparecer. El aire, que vino a
refrescar las sienes de Mariluán, calmó la tristeza de sus pensamientos,
volviéndole la alegría habitual de su organización privilegiada. Absorto en su
preocupación, no vió a un hombre que le seguía desde alguna distancia, y llegó
a casa de Rosa pensando en las diversas formas de la misma idea, que su
imaginación había recorrido en la expectativa de aquel momento.
Rosa
lo esperaba ya tras la puerta que acababa de abrir con gran preocupación; la
pobre joven temblaba como las avecillas que los niños arrebatan de los nidos:
toda su energía se había reconcentrado en su amor, que daba fuerzas al corazón
cuando los nervios, dominados del miedo, hacían estremecerse su cuerpo. Para
llegar hasta la puerta de calle en que se encontraba, había empleado media
hora: parte de ésta en vestirse con el oído puesta a la respiración de su
madre, que dormía en una pieza contigua a la suya; parte en asegurarse de la
profundidad del sueño de la criada, y finalmente, lo restante, en observar a la
puerta de su hermano, en cuya estancia no percibió ningún movimiento. Al abrir
la puerta, oyó al mismo tiempo los pasos de Mariluán que se acercaba, los
violentos latidos de su corazón, donde el amor la exhortaba a la entereza, y
aquella que puede llamarse vibración del silencio, que produce en los oídos un
rumor misterioso cuando el pavor tiene el ánimo dominado.
—Rosa
—le dijo Mariluán, tomando una de las manos de la joven, que sintió helada y
trémula entra las suyas—, perdóneme los sinsabores que a mi pesar le causo,
¿cómo podré jamás pagar este sacrificio que usted hace por mí?
—Amándome
como yo le amo, Mariluán —contestó ella.
—Vengo
a darle una prueba de ese amor, presentando a sus ojos la verdadera situación
en que me encuentro.
—¿Qué
situación es ésa? —preguntó Rosa, alarmada.
Mariluán
le reveló entonces sus proyectos de guerra con el colorido elocuente de aquel
que ha consagrado su existencia al triunfo de una causa que cree santa. Las
violencias cometidas contra los araucanos por los habitantes de la frontera; su
raza calumniada por viles intereses; el porvenir que para ella ambicionaba y lo
sagrado de los compromisos contraídos ante su conciencia fueron puntos que
Mariluán tocó con igual vigor y entusiasmo.
—Ahora
—dijo al terminar—, ¿comprende usted el sentimiento con que veo la suerte de
usted encadenada a mi suerte, tal vez su vida dependiente de la mía, que van a
cercar los peligros?
Rosa
retiró sus manos de las de su amante y prorrumpió en ese grito del corazón
femenil, que no admite que haya consideración que puede anteponerse al amor.
—¡Ah!
¡Usted no me ama! —dijo, ocultando sus ojos, de los que brotaron amargas y
abundantes lágrimas.
—Si
no la amase, Rosa —contestó Mariluán—, habría empleado la mala fe de los que
quieren engañar: la amo mas que a mi vida, pero ésta la debo a una causa a cuyo
culto me he consagrado desde niño. Si el amor me hiciese olvidar mis antiguos
juramentos, me despreciaría yo mismo y me creería indigno del amor con que
usted me llena de orgullo.
Rosa
continuaba llorando sin descubrirse el rostro.
—Mi
suerte —prosiguió el joven—, es irrevocable, y por eso, después de largas y
bien penosas reflexiones, me he resuelto a descubrirle mis designios antes que
usted haya comprendido su porvenir con el mío.
—¿acaso
he dicho yo que me arrepiento de amarle? —exclamó Rosa, descubriéndose el
rostro, en el que, a pesar de la oscuridad, vió Mariluán brillar las lágrimas
que lo bañaban.
—Y
esa constancia empeña más mi amor y mi fe, a los que no faltaría jamás —dijo el
joven—; usted tiene a su deposición un porvenir de tranquilidad y de riqueza
que su hermano le ofrece; con mi amor, tal vez, sólo le aguarden lágrimas y
sacrificios crueles: yo le devuelvo, Rosa, sus juramentos; pero agregaré a los
míos, que siempre conservaré su imagen como la única digna de mi amor, como un
talismán contra los peligros, como una divinidad a quien dar gracias por la
buena suerte que me acuda en la empresa que voy a acometer.
—Y
yo no acepto esa devolución —dijo con amoroso entusiasmo, la joven—, porque sé,
Mariluán, que le amaré toda mi vida.
—Entonces
—exclamó el oficial, dejándose arrastrar del mismo entusiasmo—, si usted acepta
los sacrificios que le impondrá mi suerte, sígame, Rosa, huya conmigo porque su
hermano ha jurado separarnos y yo sólo le respetaré cuando él la respete a
usted.
—¡Y
mi madre! —replicó la joven—. ¿Puedo abandonarla cuando ha sido siempre tierna
e indulgente conmigo?
—Entretanto,
¿cómo podremos vernos?, ¿cómo hacer frente a la guerra que su hermano nos
declara con armas tan superiores a las nuestras?
—Tengamos
valor para sufrir, que le cielo no nos abandonará —exclamó Rosa, con la fe de
las mujeres que cuentan siempre con un Dios protector de los amores puros.
Las
palabras con que Mariluán contestaba a esta exclamación se perdieron en el
ruido de fuertes golpes dados a la puerta de calle, junto a la cual se
encontraban los amantes.
Por
un movimiento involuntario, Rosa puso la tranca de la puerta que al llegar
había retirado para abrirla.
Los
golpes continuaron con mayor fuerza.
—Yo
abriré —dijo Mariluán, haciendo ademán de quitar la tranca de la puerta.
—¡No
por Dios! —exclamó Rosa en voz baja—; venga por aquí conmigo le dijo, tomándole
de una mano.
Mariluán
siguió a la joven hacia el interior de la casa.
—Yo
puedo abrirle una puerta y usted saldrá por las tapias del huerto —le dijo al
atravesar el patio.
Mas,
al llegar a un pasadizo que comunicaba al patio que había atravesado con el
segundo, se presentó Mariano envuelto en una manta, armado de una pistola y con
una vela encendida en la mano izquierda.
Al
recocer a Mariluán, que se puso delante de Rosa, Mariano dejó caer la vela y
amartillo la pistola, dirigiéndola contra el oficial. En el mismo instante,
Rosa se arrojó sobre él, y sin quererlo tal vez, dio un fuerte golpe en la mano
derecha de su hermano haciéndole soltar la pistola. Esta era de chispa y al
caer se abrió la cazoleta, dejando salir la pólvora.
Mariano,
sin notar esta circunstancia, se arrojó sobre su arma y dirigiéndola de nuevo
al pecho de Mariluán, hizo fuego. Sólo se oyó el golpe de la piedra en el
rastrillo, y en la oscuridad brillaron las chispas que ese golpe produjo.
Mientras
tanto, Mariluán, sereno, casi risueño, había juntado los brazos sobre el pecho
y parecía desafiar ña ira de su adversario.
Mariano
arrojó con desprecio su arma contra el suelo.
—Mala
pólvora, caballero —le dijo Mariluán.
Su
enemigo, sin contestarle, se volvió hacia Rosa.
—Retírate
a tu cuarto —le dijo con voz imperiosa y llena de rabia.
Los
golpes, que de afuera daban a la puerta de calle, continuaban, aumentando la
intensidad del sonido.
Mariano
esperó que Rosa se hubiese retirado para dirigirse a Mariluán.
—Usted,
caballero —le dijo—, me dará una satisfacción.
—A
pesar de las consideraciones que como hermano de Rosa me merece usted —contestó
Mariluán—, veo que tiene justicia en pedirme satisfacción, sobre todo después
de errar el tiro: estoy pues dispuesto a darla cuando usted guste.
—Ahora
sería imposible —dijo Mariano—: yo debo ante todo acallar lo que sucede por el
honor de mi casa.
—Siempre
me hallará usted a sus órdenes —repuso Mariluán con dignidad.
—Ya
que usted es valiente —replicó Mariano—, espero que no se niegue a hacerme un
servicio.
—El
que usted guste, no siendo el de renunciar a Rosa: usted sabe que ésta es la
causa de la guerra en que nos hallamos.
—El
servicio que voy a pedirle será también a favor de Rosa, porque salvará su
honor: sírvase acompañarme.
—Si
usted gusta pasaré delante de usted —dijo el oficial, para ofrecer mayor
seguridad a su enemigo.
Mariano
le condujo al segundo patio que atravesó con rapidez, y allí a un huerto con
árboles.
—¿Podrá
usted saltar la tapia? —preguntó a Mariluán.
—Con
mucha facilidad —contestó éste, apoyándose en el tronco de un árbol hasta subir
a la pared.
Desde
allí, dijo saludando a Mariano:
—Le
repetiré, caballero, que estoy y estaré a sus órdenes.
—Así
lo espero —contestó el hermano de Rosa.
Mariluán
saltó al otro lado y Mariano se dirigió con ligereza a abrir la puerta de
calle, en la que los golpes no habían cesado todavía.
VII
Casi
parece inútil advertir que la persona que había golpeado a la puerta de casa de
doña Andrea Ramillo, era su hermano Damián.
El
criado de éste había seguido a Mariluán hasta verle entrar en esa casa y
corrido después a dar aviso a su amo de lo que sucedía. Mas a pesar de su
marcha diligencia, el tiempo empleado para llegar a la habitación de Damián, el
que éste puso en despertar, vestirse y correr hasta la puerta a que golpeó con
tanto empeño, dio lugar suficiente a Rosa y a Mariluán para tener la
conversación por esos golpes interrumpida.
Damián
Ramillo había preparado una disculpa en el camino para el caso en que Mariluán
le viese llegar a casa de su sobrino a una hora avanzada; mas, como hemos
visto, la salida de Mariluán por el huerto de la casa evitó a Ramillo la
ocasión de hacer uso de su disculpa.
Recibióle
Mariano Tudela con la explicación de lo que acababa de acontecer.
—Lo
peor es —dijo Damián—, que ese indio maldito es un espadachín.
Mariano,
que no carecía de algún valor, sintió sin embargo, palpitar con violencia su
corazón al oír esto.
—Entonces
—dijo— nos batiremos a pistola.
—Peor
—contestó Ramillo—; yo he visto a Mariluán tirar a treinta pasos a una peseta y
convertirla en dedal.
—Entonces
elijo el sable —replicó el joven Tudela—: yo no dejo de saber algo.
—Mira
—le dijo su tío—, ¿no es una gran tontería que además de que él te haya
ofendido, vayas tú a exponer tu vida?
—Sí,
pero esto no puede quedar así.
—Ya
lo sé; mas lo que a ti te conviene es deshacerte de este enemigo, porque no
sólo no debes exponer tu vida contra la suya, sino que te importa mucho que no
te vuelva a incomodar por algún tiempo, a lo menos hasta que llegue a tu amigo
de Talcahuano y se decida el casamiento de Rosa.
—Ya
lo veo; veo sería muy bueno; pero yo no puedo dejar de desafiar a Mariluán,
porque con la seguridad de que le tengo miedo, se pondrá más insolente y no nos
dejará vivir en paz. Fuera de esto, como te he dicho otras veces, está
comprometiendo mucho a Rosa y pueda hacer que perdamos el magnífico partido que
se presenta.
—Yo
lo arreglaré todo.
—¿Cómo?
—Después
lo sabrás.
—Yo
estoy en el caso de admitir satisfacciones, pero no de darla s.
—Se
entiende: prométeme no más no mezclarte en nada.
—Si
tú me aseguras que no harás nada que pueda deshonrarme, te lo prometo.
—Pierde
cuidado.
Damián
Ramillo tenía ya formado su plan al dar a su sobrino esas seguridades. Las
causas de su interés estaban, antes que en los lazos del estrecho parentesco
que le unían con Mariano, en el estado de los negocios de la compañía en que
ambos giraban. Varios documentos que existían en poder de Ramillo podrían
anularse si, por una desgracia, su sobrino perdía la vida en aquel duelo. Esta
consideración del plan que se preparaba a poner en planta.
—Nombra
dos padrinos para que vayan a ajustar con Mariluán las condiciones del desafío
—dijo a Mariano.
—Tú
serás uno de ellos —respondió éste.
—No
debo ser yo, porque entonces Mariluán desconfiaría de mí y daría contraorden a
los caciques que deben venir a la entrevista: tú sabes que no debemos perder
esta oportunidad de apoderarnos de Canchaleu.
Entonces
indicó a dos de sus amigos, oficiales de caballería cívica como ellos.
—Yo
mismo iré a hablar con los dos —añadió Ramillo.
Al
día siguiente se dirigió a casa de los que él había señalado para padrinos y
les fijó la hora en que encontrarían a Mariluán, diciéndole que la causa del
duelo era la disputa promovida por éste a su sobrino por haber sacado a su
hermana de la tertulia, en circunstancias que conversaba con aquel oficial.
Enseguida se fue a casa de Mariluán. Le encontró cuando acababa de llegar del
ejercicio diario del cuartel.
—Vengo
—le dijo— a excusarme ante usted de una alta involuntaria con que, sin saberlo,
le he perjudicado.
—Una
falta —dijo Mariluán—, la ignoro completamente.
—Yo
fui quien llegué anoche a golpear a la puerta de casa de mi hermana.
—¡Ah!
No lo sabía.
—Mariano
me ha referido lo que sucedió: los golpes que yo di a la puerta le despertaron
sobresaltado, se armó de una pistola y salió medio vestir. En el patio se
encontró con usted y Rosa.
—Así
fue y Rosa me salvó la vida, porque, al parecer, su sobrino de usted es hombre
de pocas palabras.
—Lo
que yo quiero —dijo Ramillo—, es justificarme ante usted de esta acción
involuntaria que después he sentido con toda mi alma: figúrese que anoche
recibí un propio enviado por el mayordomo de mi hacienda, con una carta en la
que me dice que los indios iban a darle un malón y que si no le prestaba
auxilio nos robarían todos los animales. Usted sabe que Mariano y yo tenemos
muchos negocios en compañía, entre ellos el de esta hacienda, por eso fue que
me vine corriendo a su casa, y encontrando la puerta cerrada, me puse a golpear
porque no había tiempo que perder. Mariano me dio algunas armas y municiones, y
esta mañana salieron temprano para la hacienda uno a diez hombres armados; pero
de lo que yo no puedo consolarme es del mal que le hice a usted tan involuntariamente.
—Cierto
que mejor habría hecho usted en no llegar —contestó sonriéndose Mariluán—; pero
tampoco, ¿cómo podría saber usted que yo estaba allí?
—Hay
más todavía —repuso Damián—: Mariano, a pesar de mis consejos, no ha querido
desistir de la idea de desafiar a usted.
—Tiene
razón y ha hecho muy bien en no desistir —exclamó con calor Mariluán—. Nos
hemos declarado la guerra —añadió, volviendo a su jovial sonrisa—; de modo que
si él no me ataca, debe estar persuadido de que por mi arte yo no he de
abandonar el campo. Rosa será mi mujer: así lo he jurado y pienso que no será
don Mariano quien me lo impida mientras yo tenga vida. El único medio de
vencerme y quedar tranquilo será el de matarme.
—Sin
embargo —replicó Damián—, en interés de Rosa, debía usted prestarse a algún
arreglo que evitase este duelo, que puede perjudicar a la reputación de mi
sobrina.
—¡Ah!
Hay un medio muy sencillo de acallarlo todo: que e de la mano de Rosa y seré el
mejor amigo de la familia.
—Para
eso tendrían que faltar a su palabra empeñada ya con otro.
—Es
lástima, porque me habría gustado no tener que apelar a medios violentos para
cumplir mis promesas de amor —dijo Mariluán con cierta tristeza.
—Hay,
sin embargo —replicó Ramillo—, una razón más poderosa que todas las otras para
evitar este desafío.
—¿Cuál?
—Usted
ha consagrado su vida a la causa de los araucanos que yo también defenderé y no
me parece prudente jugarla en un desafío que, por muy diestro que usted sea en
el manejo de las armas, puede serle adverso.
—Vea
usted —dijo Mariluán—, yo tengo por sistema hacer hoy todo lo que creo de mi
deber, sin preocuparme de las dificultades que el cumplimiento de ese deber me
acarreará para el porvenir. Si muero en ese desafío, es claro que no me queda
tiempo para combatir después por mi raza, y sino muero, combatiré con la
conciencia de no haber faltado antes al honor. Además —añadió, dominado por la
idea del fatalismo, propia de las razas primitivas—, ¿cree usted que tengo yo
la pretensión de arreglar el destino a mi sabor? Si muero, tanto peor para los
míos.
—Es
decir que usted está decidido aceptar el desafío.
—Enteramente
y con las condiciones que él imponga. No le pido a usted que sea mi padrino,
porque es tan inmediato pariente de mi adversario.
—Sin
eso, ya me había ofrecido —contestó Damián—; pero como soy su amigo de usted,
no quise tampoco servir a mi sobrino que me lo pidió.
—Entonces
—dijo Mariluán—, voy a escribir a dos amigos del regimiento.
Damián
se despidió de él y poco después salió Caleu llevando una carta al alférez Juan
Valero y a otro oficial amigo de Mariluán.
Ambos
llegaron pocos momentos después a casa de éste.
—¡Cómo!
—exclamó el alférez—, ¡tenemos desafío y con el hermanito de la prenda!: parece
que no te ruegan para que te cases con Rosita; los declaro de muy mal gusto.
¡Huasos al cabo!
—Yo
también soy de tu opinión —dijo Mariluán, golpeando cariñosamente al alférez en
el hombro—: tienen muy mal gusto.
—Quiere
decir que nos batiremos —dijo el otro oficial.
—¿Y
cuáles son las armas? —preguntó el alférez.
—Ellos
tienen el derecho de elegirlas —contestó Mariluán.
—No
será mucho que estos huasos quieran batirse a echona —exclamó Juan Valero,
riéndose—; es el arma de la agricultura.
—Ustedes
aceptarán las armas que ellos quieran —dijo Mariluán.
—yo
soy de opinión —repuso el alférez—, que vaya la mano de Rosita en la parada,
puesto que ella es el origen del combate.
—Pero
si sólo me hieren —replicó Mariluán—, yo no renuncio a ella: me parece mal tu
opinión, Valero.
—Yo
la sostengo —dijo el alférez—: reduzcamos el duelo a una apuesta y entremos
todos en él. Si ellos nos vencen, perderemos; si lo contrario, ganamos. Yo
apuesto con usted a que salimos vencedores.
Golpearon
a la sazón a la puerta y Mariluán, que fue a abrirla, introdujo en la pieza a
los padrinos de Tudela.
—Señores
—les dijo Mariluán—quedan ustedes en su casa, y sólo por lo excepcional del
caso me resigno a privarme del gusto de hacerles personalmente los honores de
ella.
Salió,
y los cuatro padrinos quedaron en privada conferencia.
Los
padrinos de Tudela refirieron después el resultado de la entrevista a Damián
Ramillo, que les esperaba en casa de uno de ellos.
—el
duelo tendrá lugar en mi chacra —dijo éste—, mañana a las seis de la madrugada,
y será a sable, hasta que haya una herida.
—el
alférez —dijo al otro—, proponía que nos batiésemos todos, para calentarnos el
cuerpo, según decía.
—¿Y
ustedes aceptaron?
—No,
por supuesto, sobre todo cuando el motivo de este desafío es una mera disputa,
promovida por la susceptibilidad de Mariluán.
Damián
Ramillo se despidió de ellos y se fue en derechura a casa de su hermana, a
quien llamó para hablar a solas.
Rosa
había pasado el día retirada en su cuarto y entregada a una inquietud mortal.
Damián
refirió las ocurrencias del día a doña Andrea, que le miró con el rostro
cubierto de una gran palidez, exclamando:
—¡Y,
van a batirse!
—Así
parece, si nosotros no nos ponemos de por medio.
—¿qué
podemos hacer? —preguntó la señora con voz temblorosa de espanto.
—Nos
importa más impedir el desafío —dijo Damián—, sin responder a esta pregunta,
cuanto que Mariluán es hombre capaz de matar a tu hijo de una sola estocada.
—¡Dios
mío! —exclamó doña Andrea con desesperado acento—. Mita —añadió, dirigiendo a
su hermano una mirada de angustia—, yo haré todo lo que sea necesario para
impedir el duelo, ¡pero no se me ocurre nada, nada!
—Óyeme
—contestó Damián, satisfecho del grado de alarma en que había puesto a su
hermana—, es preciso que sepas que Mariluán ha jurado que Rosa será su mujer,
de manera que si el desafío no tiene lugar mañana por cualquier motivo y
Mariluán queda libre, estarás sujeta a estos temores todos los días.
—Así
es —dijo doña Andrea, con los ojos llenos de lágrimas.
—Por
consiguiente —prosiguió su hermano—, lo que conviene es que tomen preso a
Mariluán por algunos días, sin comprometer a tu hijo.
—¡Ah,
ojalá pudiese! —exclamó doña Andrea.
—Nada
más fácil, hija.
—¿Cómo?
—Te
vas esta tarde a casa del comandante de Mariluán, le explicas el asunto, y le
pides que le imponga un arresto de diez o quince días. Arrestado Mariluán por
quince días, yo te prometo, bajo mi palabra, que el desafío no tendrá nunca
lugar.
Doña
Andrea dio las más expresivas gracias a su hermano, y sin decir nada a Rosa ni
a su hijo, esperó las oraciones para dirigirse a casa del comandante del cuerpo
en que servía Mariluán.
Este
y sus dos padrinos habían resuelto pasar la noche al lado de una sopera de
ponche para no correr el riesgo de quedarse dormidos, y ser puntuales a la cita
del día siguiente.
VIII
Confidencias
de amor, alegres canciones que Mariluán cantó a instancias de sus amigos,
disertaciones animadas sobre el juego del sable, he aquí las ocupaciones en que
los tres jóvenes pasaron alegremente en vela las horas de la noche.
El
alférez Juan Valero sostenía de cuando en cuando su proposición de reducir el
duelo a una propuesta. Iluminando por la rojiza llama del ponche, declaraba,
además, que lo único que podía hacer enternecerse su corazón, eran los ojos de
una mujer joven y bonita, declaración que el otro oficial aplaudía y que
Mariluán celebraba con el cariño que parecía profesar al alférez.
—¡Hola!,
se nos viene el día —exclamó éste, viendo la luz de la mañana.
—En
marcha —dijo Mariluán, ciñéndose el sable.
—No
olvides, Mariluán, mi consejo —le dijo Valero—, no descubras la cabeza.
—antes
de salir quiero hacerles una declaración —dijo Mariluán, poniéndose entre la
puerta y sus dos amigos.
—Dila
y la discutiremos —contestó el alférez, encendiendo un cigarro en la vela que
apagó después.
—Es
la siguiente —repuso Mariluán—: llevo el firme propósito de mantenerme en la
defensiva.
—Repruebo
el propósito con toda la energía que poseo —exclamó Juan Valero.
—Y
yo también —dijo el otro padrino.
—¿No
advierten ustedes —replicó Mariluán— que mi adversario es el hermano de Rosita?
—Si
él te mata —dijo el alférez—, no por ser Rosita quien es ha de poder
resucitarte.
—Y
sería una vergüenza para el regimiento que un paisano venciese a uno de sus
oficiales —añadió el compañero de Juan.
—A
menos —agregó sonriéndose éste—, que me nombres heredero universal de tus
bienes, incluso el corazón de Rosita, porque entonces yo sigo el duelo por ti.
—Alférez
Valero —le dijo Mariluán con afectada serenidad—, te prevengo que ha pasado la
hora de la risa.
—Bebamos
el último vaso a nuestra seriedad —dijo el alférez, llenando los tres vasos con
los restos del ponche, cuya llama se había apagado ya.
Los
tres jóvenes chocaron sus vasos y los apuraron a grandes tragos.
—Vamos
—dijo Mariluán.
—Voy
a estar más serio que el cura cuando dice dominus vobiscum —exclamó Juan
Valero, ciñiéndose el sable.
Salieron
de la pieza y encontraron en el patio tres caballos ensillados, que Caleu tenía
de las bridas. Montaron en ellos y se dirigieron a la calle, que estaba
completamente desierta. Mariluán hizo tomar el galope a su cabalgadura y los
otros oficiales le imitaron. Al terminar la primera cuadra, salió de la vuelta
de una esquina otro oficial del cuerpo de Mariluán.
—¡Hola,
capitán! —le dijo el alférez Valero—, que madrugador se ha puesto usted!
—Así
es, ¿y ustedes adónde van?
—A
cazar tórtolas —respondió Juan.
—¿Con
sables? —preguntó el recién llegado.
—Es
un nuevo método que ha inventado Mariluán.
El
capitán sacó una carta que presentó a Mariluán.
—Lea
—le dijo.
Mariluán
leyó y dijo con admiración:
—¿Por
qué me arrestan?
—No
se contestó el portador de la orden.
—Vea,
capitán —le dijo Mariluán—, no me niegue este servicio: deme una hora y le
empeño mi palabra de honor que iré a presentarme al cuartel.
—Imposible
—contestó el capitán—: ya lo ve usted, la orden del comandante no admite
réplica.
Inútiles
fueron los ruegos y las promesas. El oficial recién venido declaró que por nada
dejaría de cumplir con aquella orden de su jefe.
—Obedece
—le dijo al oído el alférez—, yo iré en tu lugar.
—Hay
otra orden para usted —dijo el capitán a los padrinos.
—¡Adiós,
diablo! —exclamó el alférez, dando un rabioso golpe en la cabeza de su silla.
—Nos
iremos, pues, al cuartel —dijo el oficial poniéndose en marcha.
—¡Caramba!
—dijo el alférez—, para esto no necesitábamos haber pasado la noche en vela y
haber montado a caballo.
Mariluán
caminó sombrío y silencioso. El alférez Valero entonó, para distraerse, alguna
de las canciones de la noche. Así llegaron al cuartel, en donde recibieron
Mariluán y sus padrinos la orden de quedar arrestados en el cuartel de bandera.
Una
hora después, se presentó el comandante.
—caballeros
—les dijo—: no desconozco las leyes del honor; pero como ustedes saben, la
Ordenanza es severa y debo hacerla cumplir a mis subalternos. He querido, pues,
evitar a ustedes un juicio por desafío, y como sé que ustedes son oficiales de
honor y que anoche habrían tomado alguna medida para llevar a cabo su intento,
he preferido arrestarles a última hora. Tendrán pues el cuartel por cárcel
hasta nueva orden.
Salió
después de decir esto.
Mariluán
escribió a su adversario una carta en la que le explicaba lo sucedido,
confesando que no podía imaginarse el modo cómo el comandante había tenido
noticia del desafío.
A
mediodía se presentó Damián Ramillo a ver a Mariluán.
—Mi
hermana —le dijo—, advertida tal vez por Rosa, ha sospechado lo que iba a
suceder y habrá puesto su sospecha en conocimiento del comandante, que es u
amigo.
—Usted
dirá a su sobrino —contestó Mariluán— que apenas me pongan en libertad me
tendrá a sus órdenes.
Ninguno
de los tres oficiales suponía que el arresto pudiera prolongarse por mucho
tiempo. Transcurrieron, sin embargo, seis días sin que el comandante diese
orden de suspender el castigo. Esta tardanza principió a inquietar a Mariluán,
que veía con impaciencia aproximarse el día fijado para la conferencia con los
caciques de la alta frontera.
A
esta natural inquietud se unía el pesar que le causaba la absoluta
incomunicación en que, desde el día de su arresto, se hallaba con respecto a
Rosa. Vigilada ésta por su hermano, no había podido hacer llegar a manos de su
amante las ardientes cartas que se entretenían en escribirle, para calmar la
tristeza del aislamiento en que las órdenes de Mariano la habían puesto. Al
irritante influjo de su continuo dolor, las ideas de Rosa habían sufrido el
trastorno que en las organizaciones más débiles opera la contrariedad
sistemada. Cuando Mariluán rugía de despecho como un león aprisionado, ella,
pasando de las lágrimas a la impaciencia, se arrepentía sinceramente de no
haber huido con su amante cuando éste se lo propuso. En esos momentos, una
invitación semejante de parte de Mariluán la habría hecho arrojarse sin vacilar
en esa senda, que la ofuscadora luz de la desesperación iluminaba confusamente.
Mariluán,
al séptimo día, hizo conocer a Ramillo los temores que le asaltaban.
—Estoy
resuelto —le dijo—, a escalar las murallas del cuartel si para la noche de la
entrevista no me hallo libre.
Damián
aprobó con calor esta idea. Su interés estaba en que la entrevista tuviese
lugar para apoderarse de Canchaleu, y ni éste ni los otros caciques acudirían
al lugar designado si Mariluán no se presentaba personalmente.
—Yo
puedo tener prontos los caballos —dijo después que hubo exhortado a Mariluán a
poner en planta su proyecto de fuga.
Los
días que mediaron entre esta conversación y el designado para la entrevista,
los empleó Mariluán en tomar todas las medidas y precauciones necesarias para
el éxito de su tentativa.
Caleu
había sido comisionado por Mariluán para referir a los indios convocados a la
reunión la causa por que su jefe no asistiría hasta después de la hora
convenida, pues debía esperar que la tropa estuviese recogida en sus cuadras,
para efectuar su fuga. Era tal prevención indispensable, porque los indios,
cediendo a la superstición propia de su carácter, y a la desconfianza que
ordinariamente les asiste, se habrían retirado del lugar de la cita.
A
las nueve de la noche salió Mariluán de la pieza que le servía de habitación,
desde su arresto en el cuartel. Los centinelas del interior le dejaron pasar
sin dificultad hasta el último patio cuya llave había guardado de antemano. De
ahí pudo sin obstáculo subir a la pared y saltar a ala calle, en donde un
hombre le esperaba con un caballo. Mariluán montó en éste y emprendió el galope
hasta casa de doña Andrea Ramillo, donde se detuvo un momento: la puerta estaba
cerrada, como lo están desde temprano en los pueblos pequeños. El sentimiento
de los deberes que se había impuesto, le hizo desistir del vehemente deseo que
tuvo de penetrar por el huerto en aquella casa y llegar hasta la habitación de
su querida. A fin de no dejarse vencer por este deseo, volvió a emprender el
galope e dirección al punto de la cita, a cuyas inmediaciones había quedado de
esperarle Damián.
Ese
punto se hallaba situado fuera del pueblo como a media legua de distancia, y
era un campo abierto terminado al sur por un bosque, en el que el hacha de los
leñadores había dejado ya muchos claros.
Mariluán
buscó a Ramillo al llegar a ese campo; pero no hallándole, siguió corriendo
hasta el punto cercano al bosque en que le esperaban los caciques acompañados
de sus mocetones. Estos y aquellos formaban el número de cincuenta guerreros,
armados de lanza y formados en semicírculo. Al centro esperaban los caciques,
montados en hermosos caballos. Los resplandores de la luna iluminaban con
tintes misteriosos aquellos rostros pálidos, a los que las negras cabelleras
flotantes hasta los hombros y sujetados en la frente por cintillos rojos, en
algunos, y en otros por cintillos de metal dorado, daban un aspecto imponente y
fantástico.
Mariluán
abrazó con cariño a Cayó su hermano y colocándose en el pequeño círculo que
formaban los caciques, oyó la arenga que Leviluán, el mentor nombrado a Cayo
por su padre, le dirigió con el acento cadencioso y severo de su idioma natal.
En ese discurso, Leviluán le ofrecía a nombre de los caciques presentes, y de
varios otros que habían enviado sus representantes, y de varios otros que
habían enviado sus representantes al parlamento, el suministrarle un número de
guerreros suficiente para hacer la guerra contra los españoles, hasta recobrar
las propiedades que éstos ocupaban en la ribera Norte del Bío-Bío.
Mariluán
contestó en el mismo idioma, pero dando a sus frases la forma de su cultura,
explicándoles su plan y sus deseos, sin ocultarles los sacrificios que la
guerra les impondría durante algún tiempo. Las palabras que resumen ese plan y
con las que terminó su arenga fueron las siguientes:
—"Tenemos
derecho de conservar nuestro territorio y el sagrado deber de combatir por la
defensa de nuestras familias. Os ofrezco mi vida para esto y pido sólo el mando
general durante la guerra. Quiero que la obediencia sea sin réplica, sin
reflexión al arrojo, sin flaqueza la constancia. Si muero, mi hermano Cayo
podrá continuar mi obra. El fin a que aspiro llegar es el siguiente: que el
Gobierno de Chile reglamente la internación de sus súbditos en el territorio de
nuestros padres; que las autoridades nos presten su amparo, comprometiéndonos
nosotros a respetarlas; que nuestros hermanos sean devueltos a sus hogares, y
que se nombren tribunales que oigan los reclamos que tenéis que hacer contra
los que os han despojado de vuestras tierras".
Los
caciques aprobaron con visibles muestras de satisfacción estas palabras y
entraron a pedir explicaciones acerca de ciertos puntos, como el de la
internación de los chilenos, por ejemplo, antiguo y perpetuo origen de esta
lucha eterna con los araucanos.
El
sonido de una corneta que resonó en ese momento, repitiéndose en los ecos de
los valles cercanos, puso en alarma a los indios que, creyéndose traicionados
por Mariluán, se apoderaron de él.
—Me
han traicionado —exclamó éste, desenvainado su sable—; pero no lo siento,
porque así podré manifestaros que soy capaz del mando que acabo de pedir.
Cayo
intervino a favor de su hermano y los caciques le soltaron, para prepararse a
la lucha.
A la
luz de la luna, se divisaba casi todo el campo rodeado por fuerza de
caballería, cuyos sables reflejaban los rayos del astro que iba a presenciar
aquel combate nocturno.
IX
La
presencia de la tropa que así llegaba a sorprender a los indios se explica con
los que ya hemos dicho sobre los intereses de Damián Ramillo, quien, hallándose
al cabo de los designios de Mariluán y habiéndole facilitado los medios de
fugarse, dio avisos necesarios para hacerle prender con los caciques. En el
carácter de Ramillo se comprende sin dificultad que, al transmitir esos avisos,
hubiese tomado ciertas precauciones para añejar las sospechas que sobre él
pudieran recaer de tal denuncia. El tiempo empleado en preparar a la tropa en
llegar al punto de la reunión había dado lugar para que en la entrevista
tuviese cabida las explicaciones que a la ligera dejamos referidas.
Mariluán
conoció con una mirada rápida y certera que creyéndolos tal vez en menor
numero, el que mandaba la fuerza del Gobierno los había hecho rodear,
debilitando así el poder de la resistencia. En el centro, sin embargo, había
alguna tropa de infantería cívica reunida muy ligera. De este centro partían
dos alas compuestas de caballería. Estas observaciones decidieron a Mariluán
por el ataque, decisión que comunicó a su hermano Cayo y a los demás caciques
en pocas palabras.
—Lo
que nos importa —dijo— es franquearnos el paso; mas para hacerlo debemos
desorganizarlos con un ataque vigoroso. No debemos huir cuando hayamos roto su
línea, sino empeñar con ellos un ligero combate, a fin de impedirle que nos
molesten en la retirada. El punto de reunión será la casa de Cayo: allí nos
reuniremos para la guerra.
Dicho
esto organizó su gente en dos columnas que, llegadas al centro de los enemigos,
debían dividirse para destruir las dos alas y ponerse en retirada al toque de
una corneta que había llevado Caleu. Después de estas medidas que Mariluán
explicó a los caciques, dio con voz entera y enérgica la orden de cargar.
Las
dos columnas de indios se lanzaron en veloz carrera, con Mariluán y Cayo a la
cabeza, cayendo sobre el centro de la tropa que la rodeaba. Esta, que contaba
con menor número de enemigos y estaba muy lejos de esperar un ataque de los que
se preparaba a tomar prisioneros sin que pusieran resistencia, recibió a los
indios con una descarga cerrada. Las balas fueron a tronchar las copas de los
árboles, sin herir a uno sólo de los agresores. Hecha esta descarga, los
cívicos rompieron filas, antes que los indios hubiesen llegado hasta ellos, con
lo cual, éstos, no encontrando obstáculo en el centro, ejecutaron la evolución
ordenada por Mariluán sobre los flancos.
No
se hallaban tampoco los flancos preparados para resistir en la disposición que
describimos. Replegándose los unos sobre los otros al rudo ataque de los
araucanos, pronto la confusión y el desorden se introdujeron en ambas alas, lo
que daba mayor empuje a los indios y desmoralizaba por instantes a la tropa del
Gobierno. Sin embargo, llegó un momento, casi a un mismo tiempo en las dos
alas, en que agrupados a los extremos los soldados que retrocedían, formaron
pelotones compactos en los que la resistencia se hizo enérgica y eran
desesperados los golpes de los agredidos. Muchas lanzas de araucanos caían
tronchadas al golpe de los hachazos con que los soldados desviaban de su pecho
las puntas que, blandiéndose, les amenazaban. Aquella resistencia y la proximidad
en que los combatientes se encontraban, empezaron a embarazar los movimientos
de los araucanos, que daban vueltas a sus caballos para tomar distancia
conveniente y arremetían con furor a estrellarse contra los sables de los
soldados.
Al
ruido de las armas se unía el chivateo general de los indios, el movimiento de
los caballos y las voces de los jefes, aumentándose la confusión con el empeño
de los oficiales en organizar los pelotones para atacar a su vez. Mariluán
conoció entonces que prolongándose la resistencia y estableciéndose el orden
entre los contrarios, prendía, en caso de ser derrotado, la oportunidad de
retirarse, y dio la voz a Caleu, que tocó la señal convenida.
El
sonido de la corneta hizo ponerse en marcha a los indios acostumbrados a esta
clase de escaramuzas, y los del gobierno, juzgando que ese sonido ordenaba
alguna nueva maniobra y separados los unos de los otros por la destrucción del
centro en que se apoyaban, sólo pensaron en perseguir a los que se retiraban
cuando los indios habían emprendido la carrera y se hallaban ya a una distancia
considerable.
A
ese paso corrieron cerca de media legua, y a la voz de Mariluán hicieron alto.
A lo lejos se oía el ruido de los soldados que les perseguían, después de haber
perdido algunos minutos en reponerse de la confusión en que habían quedado.
Después de algunos instantes de reposo, dio Mariluán de nuevo la orden de la
marcha. En una segunda parada no se oía ya el ruido de los perseguidores, que
habiendo corrido poco más de media legua, renunciaron a seguir adelante. La
fuerza de Mariluán tomó entonces un paso más regular, dirigiéndose al Bío-Bío,
que pasó dos horas después de haber emprendido la retirada, y continuo su
marcha con entera seguridad.
Durante
la última parte del cambio, los caciques se habían reunido y conversaban acerca
del ligero combate que acababa de tener. No habían perdido ningún jinete y los
heridos no eran muchos, no de gravedad, mientras que habían visto rodar por
tierra a varios soldados del Gobierno. Aquel éxito completo, obtenido con tan
pequeño número de guerreros, les hizo elevar un coro de alabanzas a Mariluán,
que caminaba delante de ellos hablando con su hermano Cayo. Maravillábanse
sobre todo de la ligereza con que el nuevo jefe había adoptado el plan de
ataque, de la exactitud de sus previsiones y del sereno valor con que había
hecho ejecutar sus acertadas órdenes. Los resultados de aquella escaramuza
colocaron a Mariluán a grandes alturas en la consideración de los indios, que
desde ese momento le otorgaron la más ilimitada confianza.
Entre
tanto, Mariluán caminaba ala lado de Cayo engolfado en sus recuerdos de
infancia, que los lugares que recorría y las personas de que iba rodeado
evocaban en su memoria. A vueltas de un matorral, cuya espesura hacía más
misteriosa la luz plateada de la luna, próxima a ocultarse en el horizonte;
sobre las ondas del arroyo que enturbiaban, al pasar, los cascos de las
cabalgaduras; en los recodos de los senderos bordados de verde hierba, se
levantaban, cual fantasmas que se despiertan, sus ideas de la niñez; tomaban
formas las reminiscencias extraviadas en la memoria y alzaban su alegre voz las
ideales felicidades de los años perdidos. Uníase entonces el presente al pasado
en el espíritu de Mariluán, que saludaba con alma reverente a las divinidades
de los primeros años, juraba con orgullo la emancipación, por medio de la
libertad y del trabajo civilizador, de la raza cuya sangre circulaba por sus
venas, y en el fondo del corazón, dorada por los reflejos del amor, brillaba la
imagen de Rosa como luz reservada para iluminar la siempre fantástica dicha del
porvenir. En el suelo que le había visto nacer, con las palpitaciones del
corazón producidas por el reciente combate, con la guerra en perspectiva y el
amor venturoso en esperanza, Mariluán se sentía poderoso y feliz en aquel
momento.
La
comitiva llegó al rayar el alba al Butalmapu o distrito gobernado por Cayo,
bajo la dirección del prudente Leviluán. Una turba de mujeres y niños recibió a
los guerreros al lado de grandes hogueras, junto a las que, al parecer, habían
velado esperándoles. Los caciques expresaron, por boca de Leviluán la
admiración que les había inspirado la conducta de su nuevo caudillo y
despacharon aviso a las demás reducciones para anunciarles lo acontecido,
encomiando el valor y pericia militar de Mariluán y pidiéndoles su cooperación
en la guerra que iban a emprender.
En
Los Angeles reinaba al mismo tiempo la alarma producida por el combate, cuyos
pormenores se comentaban con el miedo que infunden los indios a las poblaciones
de la frontera, dándoles los sombríos colores del pavor y señalándoles como
precursores de una serie de ataques, que en pos de sí arrastrarían las
calamidades infinitas que siempre los han señalado.
Todos
los corrillos daban una versión distinta a la fuga de Mariluán, suponiendo
algunos que había sostenido un combate contra la guardia del cuartel para salir
de él, y haciéndole otros vagar por los tejados como un fantasma. Las mujeres
se representaban la figura del joven oficial como el tipo del amante que los
sueños prometen a cada corazón joven, y las que habían pasado el período alegre
y ardiente de las ilusiones, en hombros de los años, trataban de pintarles con
los negros colores que debe suponerse en un caudillo de hordas devastadoras y
salvajes.
Así,
el nombre de Fermín Mariluán resonaba en toda la frontera, como el del genio de
la guerra entre los suyos, como el del amor entre las mujeres y como el azote
de la humanidad entre sus enemigos y la gente asustadiza.
Un
corazón celebraba en silencio las proezas que de Mariluán llegaron contando al
pueblo los que le habían visto en el combate de la noche: ese corazón era el de
Rosa, que sufría en silencio los cargos reiterados que contra su amante
formulaba su hermano y las inculpaciones que cada cual se creía con derecho de
hacerle por haber huido con el fin de encender la guerra, añadiéndose las
calumnias que sobre este tema forjaban los más empeñados en concitar el odio
público a los indios que en mejor ocasión habían expoliado a su antojo. En el
corazón de aquella joven había bastante amor para ver crecer a su amante en
proporción del empeño que tomaban sus enemigos para desconceptuarle a sus ojos.
A
fin de calmar la creciente alarma de la población y con la mira de llevar la
guerra al territorio araucano, las autoridades militares y civiles de Los
Angeles expedían órdenes para llamar tropa de las otras plazas de la frontera;
tomaban las necesarias providencias para equipar y poner a los cívicos en
estado de unirse a la fuerza veterana y anunciaban la próxima salida de una
expedición formidable, que no sólo pondría a raya los desmanes de los salvajes,
sino que, llevando con sus pendones la victoria, los escarmentaría (es el
término oficialmente consagrado) por mucho tiempo.
Estas
noticias llegaban a oídos de Mariluán por diversos conductos, que él había
tenido el cuidado de preparar de antemano. Ninguna de ellas, sin embargo, le
intimidaba: firme en su propósito, aceleraba la reunión de sus guerreros,
acogía a sus particulares en la disciplina militar, formando así alguna
infantería, y desplegaba en fin una actividad incansable, dando al mismo tiempo
el ejemplo de la sobriedad a los suyos para ir gradualmente morigerando sus
costumbres.
Quería
al mismo tiempo Mariluán introducir en medio de su campamento las comodidades
de la vida civilizada, en cuanto las circunstancias de aquel lugar y el estado
de la guerra lo permitiesen. Sabría por experiencia personal que el ejemplo
destruye los hábitos más arraigados, y esperaba que modificando los hábitos
domésticos de los indígenas, les prepararía poco a poco a entrar en vía de
regeneración que ambicionaba abrirle. Animado de tales deseos y esperanzas,
había sacado partido de las aptitudes de varios artesanos que llegaban al
campamento buscando fortuna entre los indios, o perseguidos por las autoridades
chilenas, y emprendido desde los primeros días con su auxilio la construcción
de una casita, al pie de una colina, en al que esperaba residir durante los
intervalos de la guerra.
Todos
estos trabajos, en los que Mariluán desplegaba una constancia y actividad
infatigables, no le impedían, sin embargo, consagrar a Rosa su tiernos e
incesantes recuerdos. El vigor de la juventud encuentra fuerzas, como en este
caso, para llevar de frente los más arduos propósitos; siempre que el corazón
esté templado en las máximas salvadoras de la hidalguía y del amor a sus
semejantes.
Al
cuarto día de su llegada a la reducción de sus mayores, Mariluán decidió enviar
un emisario a Los Angeles para informarse del verdadero estado de la plaza y
traerle noticias de Rosa. Con este fin llamó a Caleu, que desde su llegada le
secundaba en todos sus trabajos.
—Necesito
—le dijo— que vayas a Los Angeles y entregues una carta a la persona que te
indicaré.
—Estoy
pronto —contestó Caleu.
—Pero
es preciso que busques los medios de presentarte en casa de esa persona y en el
cuartel, sin que te conozcan ni sospechen el objeto de tu misión.
Caleu
reflexionó algunos momentos y dijo:
—Iré
con Peuquilén y ejecutaré las órdenes de mi teniente.
Mariluán
ordenó a Caleu prepararse para salir al día siguiente y escribió con un lápiz
esta carta a Rosa:
Los
acontecimientos me han lanzado en la ejecución de mi empresa antes que hubiese
tomado las medidas necesarias para llevarla a un remate feliz, con menos
dificultades que las que ahora se me presentan. No desmayo por esto y confío en
mi estrella y en la causa a que me hallo consagrado. Esta causa ha sido mi
única aspiración por mucho tiempo y dejó de ser la sola querida de mi alma el
día en que el amor me abrió las puertas del mundo encantado en que usted me ha
hecho penetrar: vivo pues para usted y para combatir por la regeneración de mi
raza que perdone la guerra es de usted, pero en medio de los peligros, será su
imagen la que evoque, ella la que me infundirá valor y su nombre el talismán
que sostendrá mi esperanza. A pesar de esto, usted es libre, como lo era antes
de conocerme y nunca admitiré mi felicidad completa, si para hallarme a su lado
haya de imponerle un sacrificio o de hacerla verter una lágrima. En todo lo que
toca a nuestro amor, recibiré las órdenes de usted y tendré constancia para cumplirlas.
En mi actual situación, no pido masa que una palabra de amor, algo que me
traiga una parte de su corazón, a cuyas palpitaciones responderán siempre las
del mío.
En
la noche entregó esta carta Mariluán a Caleu, dándole además instrucciones
sobre el género de noticias que debía recoger en el pueblo, referente al estado
militar de la plaza y a la organización de la fuerza que allí se preparaba para
atacarle.
Al
rayar el alba del siguiente día, presentóse Caleu a Mariluán. Venía acompañado
del indio que había nombrado el día anterior. Peuquilén era un mocetón de
veintiocho a treinta años, bajo y corpulento, en cuyos ojos brillaba un fuego
sombrío. Entre aquellos valientes, Peuquilén se había hecho notar por su
temeraria osadía: los rasgos de crueldad que le hacían notable en la guerra,
lejos de desacreditarle a los ojos de los indios, le revestían de cierto
prestigio, que aumenta entre los salvajes el valimiento en razón de los abusos
que de la fuerza bruta es capaz de cometer un hombre. Peuquilén formaba parte
de todas las avanzadas y preparaba las sorpresas, que constituyen el fondo de
la táctica araucana, con una pericia y sagacidad indisputables.
Estas
cualidades le habían hecho elegir por Caleu para compañero de su peligrosa
expedición.
Peuquilén
y Caleu se habían desfigurado de tal modo, por medio de rayas hábilmente
combinadas para turbar la proporción natural de las facciones, que Mariluán no
pudo reconocerles hasta que Caleu le dirigió la palabra en español. Ambos
llevaban al hombro grandes sacos llenos de yerbas medicinales, que forman un
activo ramo de comercio entre los indios y las poblaciones de la frontera.
Cuando
vió Caleu satisfecho a Mariluán de su disfraz, se despidió, prometiéndole traer
todas las noticias que le pedía y se puso en marcha conversando alegremente con
su compañero.
X
Los
indios pasaron la noche cerca de Los Angeles y entraron al pueblo a las nueve
del siguiente día.
Caleu
observaba a su paso cuanto veía y se detuvo en varias casas a vender plantas
medicinales que decía llevar de la costa. Al mismo tiempo se manifestaba muy
sorprendido de la relación del combate mandado por Mariluán, del cual aseguraba
no se tenía la menor noticia en la baja frontera.
De
este modo, había ya entrado en tres casas antes de presentarse en la de doña
Andrea Ramillo. Al atravesar el patio de esta casa, vio Caleu a Mariano Tudela
que salía de un cuarto a mirarles. Él y su compañero se dirigieron hacia el
joven, ofreciéndole en venta algunas yerbas, que presentaban como verdaderas
panaceas contra todas las dolencias imaginables.
Desde
una ventana les había visto Rosa, mientras hablaban con su hermano. Un vago
presentimiento, que no es en realidad más que el recuerdo velador que ocupa la
imaginación de los que aman, hizo pensar a Rosa, o más bien desear, que
aquellos indios le trajesen alguna noticia de Mariluán.
Mariano
les decía es ese instante que en la casa nadie necesitaba medicinas.
Caleu
sin darse por despedido, se acerco a la ventana e hizo a Rosa la misma oferta
que acababa de hacerle a su hermano.
Rosa
abrió la ventana y se puso junto a la reja a escuchar la descripción que Caleu
hacía de sus plantas. Este, que vio a Mariano dejar la puerta en que había
permanecido de pie y dirigirse a la que comunicaba con la pieza en que Rosa se
encontraba, dijo a la niña en voz más baja:
—Soy
Caleu señorita.
La
joven cambió de color al oír el nombre del asistente de Mariluán, a quien no
había reconocido.
En
ese instante entró Mariano en la pieza.
Rosa
llamó a la criada que acudió en el momento.
—Aquí
venden remedios para las muelas —le dijo.
Los
indios, sin esperar a que se les llamase, habían entrado en la pieza en que se
hallaba Rosa y Mariano. Caleu, para ganar tiempo, empezó a enumerar las
virtudes de cada una de las plantas que llevaba, y como los criados en general
gustan de los remedios maravillosos como los que Caleu presentaba, las
preguntas y las respuestas se sucedieron un largo rato entre el indio y la
criada, la cual resultó padecer de cada una de las dolencias que enumeraba
Caleu.
Mariano,
preocupado de otras ideas, se había puesto a pasear a lo largo del cuarto,
mientras que Rosa y la criada hablaban con los indios.
Caleu
esperó que Mariano le volviese la espalda en uno de sus paseos y deslizó la
carta de Mariluán entre unas yerbas que pasó a Rosa. Esta tomó el papel y
fingió seguir examinando las yerbas.
Entretanto
Peuquilén, que representaba un papel mudo en aquella escena, fijaba en Rosa una
ardiente mirada. Hubiérase dicho que la belleza de la joven, hirieron con
súbita luz el alma de aquel indio, se reflejaba en sus ojos, iluminaba sus
facciones que indicaban una admiración visible y hacía contraer sus labios
delgados con una expresión de energía sobrenatural.
Al
cabo de algunos instantes de silenciosa contemplación, bajáronse los párpados
de Peuquilén y su pecho exhaló un ahogado suspiro. Después fijó la vista en
Mariano, con el aire de desprecio de que se revisten los indios en presencia de
la gente civilizada. Y enseguida miró de nuevo a Rosa, paseando su mirada por
el delicado contorno de su cara y deteniéndola en los grandes pendientes de oro
que adornaban la rosada oreja de la joven.
Cuando
Caleu pasó a ésta la carta de Mariluán, los ojos de Peuquilén despidieron rayos
sombríos, que un buen fisonomista habría atribuido al despecho celoso que envía
a las pupilas la repentina llamarada que abrasa con tal sentimiento al corazón.
Entregada
la carta, empezó a disminuir la locuacidad con que Caleu había querido
prolongar aquella situación hasta poder cumplir con el encargo que llevaba.
Rosa
compró algunas yerbas para justificar a los ojos de su hermano el interés con
que había permanecido junto a los indios, y la criada empleó una parte d sus
ahorros en yerbas para curar sus propias dolencias y las de sus vecinos.
Caleu
y Peuquilén arreglaron enseguida su mercadería, pusiéronse al hombro los sacos
y salieron de la pieza. Cuando todavía iban en la mitad del patio, Rosa divisó
en el lugar que había ocupado Caleu una de esas bolsas de género, ribeteadas
con cintas, que usan las gentes del pueblo para guardar tabaco, hojas y plantas.
Una idea luminosa surgió a la vista de ese objeto en la imaginación de la
joven, que desde que había recibido la carta de Mariluán, buscaba los medios de
transmitirle la contestación. Apoderóse de la bolsa y corrió a entregarla
llamando a Caleu.
—Vuelva
esta noche de todos modos —le dijo con precipitación, agregando—: pasado mañana
nos vamos de aquí para Concepción.
—¡Ah,
la bolsita! —exclamó Caleu, que intencionalmente la había dejado al retirarse—;
iba a volver a buscarla —añadió en voz baja.
Esto
había pasado en muy cortos momentos. Cuando Rosa volvía y Caleu continuaba su
marcha, Mariano interrumpía su paseo para observar lo que ya no era tiempo de
ver.
Antes
que los indios hubiesen salido del patio, Damián Ramillo apareció en la puerta
de calle.
Caleu
le ofreció su mercancía, disfrazando la voz cuanto le fue posible, pues temía
que Ramillo, acostumbrado a verle en casa de Mariluán, le reconociese.
Damián
se detuvo y dirigió a Caleu una profunda mirada, que éste sin pestañear. Al
mismo tiempo se decía el tío de Mariano que aquella voz no le era desconocida.
Para evocar sus recuerdos, hizo a Caleu algunas preguntas en español que el
indio contestó en lengua araucana.
Damián
siguió su camino hacia el interior de la casa, engañado por la propiedad de las
respuestas de Caleu, que refería sus contestaciones a nombres y lugares de la
baja frontera. Los indios, por su parte, salieron de la casa sin mirar a
Ramillo.
Si
al espíritu suspicaz que éste poseía, se agregan los temores que su traición a
Mariluán le inspiraba y el estado de alarma en que vivía la población, se
comprenderá muy bien cómo Damián entró en la pieza en que se paseaba su
sobrino, preocupado en extremo del encuentro con los indios y de las confusas
sospechas que la voz de Caleu le había hecho concebir.
Doña
Andrea, que acababa de entrar, y Rosa que seguía examinando las yerbas para
ocultar su turbación, se sentaron cerca de la ventana.
Después
de saludar, Damián se sentó pensativo.
—Dime
¿, Mariano —exclamó de repente—, ¿nada te ha dado que pensar la aparición de
estos indios?
—Son
de los indios mansos, que estamos viendo todos los días —contestó Mariano.
—¿No
podrían ser espías de Mariluán? —volvió a decir Ramillo.
Los
ojos de éste y los de su sobrino se dirigieron hacia Rosa, como si hubiesen
estado convencidos de antemano en descubrir la verdad en su semblante.
Rosa
cambió al momento de color y viéndose tan directamente observada, no pudo
disimular su turbación.
Este
indicio pareció iluminar la confusa sospecha de Damián y despertar la misma
idea en el espíritu de Mariano.
Ramillo
hizo una señal a su sobrino y los salieron de la pieza, dejando a Rosa
entregada a una zozobra terrible, que tenía que ocultar en presencia de su
madre.
—Yo
he creído —dijo Damián a Mariano cuando estuvieron solos— reconocer la voz del
asistente de Mariluán; será bueno que los sigamos.
Púsose
Mariano el sombrero y salió con Ramillo de la casa. Cuando estuvieron en la
calle no divisaron a los indios ni cerca ni a los lejos.
Caleu
y Peuquilén habían apretado el paso y tenido tiempo de torcer una esquina antes
de que saliesen sus perseguidores. En pueblos como lo era entonces el de Los
Angeles, los sitios sin edificio a la calle son muy comunes.
En
uno de esta clase, cerrado por tapias en gran parte destruidas por las lluvias,
entró Caleu con su compañero.
—Te
vas a juntar con mi teniente —le dijo— y le darás esta noticia: se van con la
señorita pasado mañana para concepción. Yo me quedo para llevarle carta de ella
y noticias que voy a tomar al cuartel: si mañana en la noche no estoy allá es
señal que habrán tomado preso.
Salió
de ahí encargando a Peuquilén que siguiese otro camino y volase en vez de
andar; después de lo cual tomó una dirección que le llevó fuera del pueblo, a
unos ranchos situados a su inmediación. Caleu entró en uno de ellos, en cuyo
interior había dos soldados y algunas mujeres que preparaban la comida. Los dos
soldados jugaban al monte con un naipe cuyos colores era difícil distinguir:
una manta les servía de carpeta.
—¿Cómo
va, José guerra? ¿Cómo va Pedro Milla? —dijo Caleu acercándose a los dos
jugadores que no le habían visto entrar.
Estos
le miraron sin conocerle, a pesar de que parecían familiarizados con la voz de
Caleu.
—¿Ya
no conocen al amigo Caleu? —le preguntó riéndose.
—¡Quién
te ha de conocer con esa de pintamonos! —exclamó uno de los soldados con
admiradora actitud.
—¡Vaya
con Caleu! —dijo el otro—, más parece brujo que gente!.
Caleu
les dijo al oído algunas palabras y los dos soldados salieron con él fuera del
rancho.
—¿Cuál
es que han desertado? —les preguntó.
—Ayer
no más salimos del calabozo —dijo José Guerra.
—¿Entonces
nos vamos juntos?
—¿Ahora?
—¿Esta
noche?
—Mandaremos
a las mujeres adelante —dijo Pedro Milla.
—No,
mejor que nos sigan de atrás —observó el otro.
Poco
rato después entraron en el rancho, donde esperaron la noche jugando al naipe.
A la
oración, Caleu sacó del fondo de su saco de yerbas su uniforme de soldado, se
limpió la cara, y quitándose los atavíos con que se hallaba disfrazado, se
vistió de militar.
A
las ocho oyeron la retreta que se tocaba a la puerta del cuartel.
Cuando
terminó ésta, los tres salieron del rancho después de haber fijado con las
mujeres un punto de reunión a orillas del Bío-Bío.
Las
mujeres de soldados, como se sabe, son seres en los que ordinariamente el
cariño toma las proporciones de la obediencia pasiva e inalterable que
distingue a los perros. Las que vimos preparando la comida no hicieron objeción
al plan de fuga que les comunicaron José Guerra y Pedro Milla mientras comían.
Cuando éstos salieron con Caleu, arreglaron ellas en atados su modestísimo
equipaje y, llevándolo a cuestas, emprendieron la marcha hacia el punto que les
habían designado.
Por
su parte, Damián Ramillo y su sobrino habían recorrido infructuosamente las
calles en busca de los indios. No pudiendo encontrarles, sintieron debilitarse
sus sospechas a medida que transcurrían las horas. Así fue que al anochecer,
cuando Ramillo se despidió de su sobrino para retirarse a su casa, Mariano
estaba persuadido de que el exceso de la suspicacia les había engañado. Después
de la retreta, las calles de Los Angeles quedaron en silencio profundo. Desde
el combate que había tenido lugar en noches pasadas a sus inmediaciones, ningún
habitante del pueblo se atrevía a salir de la casa. Gracias a esta
circunstancia, Caleu y sus compañeros atravesaron las calles en completa
seguridad. Durante su marcha, Caleu explicó a los soldados el plan que había ideado
para recibir la contestación de Rosa, que debía llevar a su jefe, plan que le
vamos a ver ejecutar en casa de doña Andrea a cuya puerta llegó antes de las
ocho y cuarto.
Caleu
entró en el patio precediendo a sus compañeros; llevaba una vara de cabo de
escuadra y habíase puesto en el brazo la jineta, distintivo de su clase.
A
los golpes que dio Caleu en la puerta de las habitaciones que deslindaban con
el patio, acudió Mariano preguntando el objeto que le llevaba.
Se
recordará que Mariano, habiendo llegado a Los Angeles poco antes de la fuga de
Mariluán, no conocía al asistente de éste.
—Vengo
mandado por mi mayor —dijo Caleu—, a buscar a los indios que andaban esta
mañana vendiendo yerbas.
—¿Y
por qué vienen a buscarlos aquí? —preguntó el joven.
—Dicen
que los han visto esta tarde entrar en el huerto de esta casa por las paredes
—contestó el asistente de Mariluán—: deme permiso para entrar a buscarlos.
—¿Y
quiénes son esos indios?
—Se
sabe que son de Mariluán.
Rosa
y su madre oían esta conversación desde el punto en que se hallaban cosiendo
cerca de una mesa.
Doña
Andrea dejó su asiento alarmada y Rosa se acercó a la puerta, sacando del
bolsillo una carta que ocultó en la mano derecha.
—Bueno,
pues, entren a buscarlos —dijo Mariano a Caleu.
Este
entró seguido de sus compañeros.
Rosa
no se atrevió a acercárseles por temor de despertar las sospechas de su
hermano, quien condujo a los soldados hasta la huerta, de la que volvieron al
cabo de diez minutos, que emplearon en fingidas pesquisas.
Cuando
atravesaban el patio segundo de la casa, Caleu sintió un ligero ruido en una
ventana y acercándose a ella con precipitación recibió la carta que Rosa le
pasó a través de la reja. Este movimiento fue tan rápido que, cuando Mariano
miró a ese lado, ya Caleu había recibido la carta. Sin embargo, alcanzó a ver a
Rosa que se ocultaba.
—¿Qué
tiene usted qué hacer ahí? —preguntó con voz áspera a Caleu.
—Me
pareció ver una persona que se escondía —contestó el indio—, y era una
señorita.
La
oscuridad de la noche había favorecido aquel movimiento, que durante el día
habría sido imposible ejecutar. Además, como la supuesta misión de aquellos
soldados confirmaba en partes las sospechas de Damián, Mariano halló muy
naturales las pesquisas de Caleu y estuvo muy distante de figurarse la verdad
de lo que estaba presenciando.
Caleu
se despidió de Mariano diciendo que tenía orden de buscar a los indios toda la
noche, y saliendo de la casa emprendió la marcha con sus dos compañeros hacia
el campamento de Mariluán.
XI
El
nuevo caudillo de los araucanos había recibido las noticias que Caleu le
transmitió por medio de Peuquilén, poco más o menos al tiempo en que Caleu
hacía su segunda entrada en casa de Rosa. De modo que Caleu, en vez de hallar a
Mariluán en su campamento, le encontró en marcha hacia el Bío-Bío, punto en el
cual había determinado pernoctar a fin de encontrarse en actitud de adoptar con
prontitud el temperamento que más cuadrase con sus intereses, en virtud de las
noticias que le diese su asistente.
Este
le entregó la carta de Rosa, refiriéndole los ardides de que se había valido
para burlar la vigilancia de que estaba rodeada aquella joven.
Una
parte de ña carta, en que Rosa describía a su amante la situación en que se
encontraba, era el reflejo del estado en que se hallaba su espíritu y explica
la determinación que veremos tomar a Mariluán.
Necesito
de todo este amor —decía después de colocar su corazón en manos de su amante—
para llevar con resignación las penas que me causa mi hermano desde la noche en
que le encontró a usted aquí. Con frecuencia me obliga a no salir de mi cuarto,
lo que no sería un castigo, porque estando sola vivo con usted; pero con más
frecuencia me amenaza con encerarme en un convento si no le prometo casarme con
un amigo suyo de Talcahuano.
Figúrese,
Mariluán, después de estas amenazas, con cuanta desesperación no veré acercarse
el día fijado para trasladarnos a Concepción. Desde ahora diviso mi vida en ese
pueblo, separada de usted a quien amo más que nunca, y obligada tal vez por mi
hermano a casarme con otro. ¡No creo que pueda resistir a tan grandes
sufrimientos, y si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener
que renunciar al amor de usted!".
Mariluán
leyó esta carta a la luz del fuego del campamento, en medio de un espeso
bosque, oyendo a pocos pasos el ruido de las aguas del Bío-Bío. Parece que en
presencia de la naturaleza dormida, al alma rompiese las ligaduras que la
sujetan a los objetos que la rodean y adquiriese la propiedad de transportarse
con mas facilidad al lugar de su anhelo. Así el alma de Mariluán voló al lado
de la afligida amante, enjugó sus lágrimas con tiernos cariños y juró a sus
plantas sustraerla a la opresión tiránica, bajo cuyo peso gemía la infeliz. Al
releer los renglones que hemos transcrito, parecíale irresistible aquel dolor,
expresado con la ingenuidad del corazón sincero, y las últimas palabras
"preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted"
resonaban en sus oídos como el llamado lastimero de la desesperación, que
invocaba su amparo en nombre del juramento que les unía.
Estas
impresiones le hicieron cambiar de determinación. Al avanzar sobre Los Angeles,
sentía Mariluán que, por impedir la partida de Rosa, iba a comprometer su
causa, atacando a un pueblo sin los elementos necesarios para una victoria
decisiva. La carta de Rosa le aisló, por decirlo así, de la gente que
capitaneaba, haciéndole concebir el proyecto de un rapto, en el que debía
exponerse solo a los peligros, sin arriesgar la suerte de su empresa guerrera.
Así se conciliaba el deber del corazón y el deber del pueblo que desempeñaba.
No
podía disimular Mariluán que la empresa era arriesgada. Penetrar en medio de
una población hostil y arrancar del seno de su familia a una joven guardada por
el interés celoso de un hermano, eran actos para cuya ejecución debía unirse al
valor una excesiva prudencia. Él sentía el valor en el pecho, esperaba la
prudencia de los consejos el amor y fiaba además, en la casualidad, diosa que
recibe siempre el incienso de los jóvenes y más de los jóvenes enamorados, es
decir, de los seres que tienen mayor confianza en el porvenir.
Animado
de este propósito, impuso a Caleu de sus designios a la mañana siguiente,
encargándole elegir cinco hombres más, de conocida audacia, para secundarle en
su atrevida excursión, que fijó para la noche.
En
ese mismo día, la noticia de lo acaecido en casa de Tudela había aumentado la
alarma de la población. Mariano y su tío la esparcieron, refiriendo la visita
de los tres soldados, que fácilmente se averiguó no haber sido mandados por
ninguna autoridad. Con estos datos por base, los alarmistas, que en toda
sociedad existen, ponderaron la inminencia del peligro y aseguraron que
Mariluán era uno de los tres soldados que figuraban en la relación de Mariano.
La gente del pueblo y aún la más ilustrada prestaba mediante estos relatos,
fantásticas proporciones al jefe araucano, y las autoridades tomaban las
medidas oportunas para evitar una sorpresa del temerario cuanto temible
caudillo. Con este fin se decidió hacer dormir aquella noche sobre las armas a
la tropa y establecer puestos de vigilancia a las entradas del pueblo. En estos
preparativos y en estos temores transcurrió el día. A las oraciones la tropa
estaba acuartelada, los piquetes encargados de custodiar el pueblo sobre las
armas y cada familia recogida en su casa y haciendo deprisa los preparativos
para alejarse cuanto antes de aquel centro de incesantes zozobras y peligros.
Durante
el mismo tiempo, Mariluán había avanzado con una escolta de seis hombres, entre
los cuales se encontraba Peuquilén. Estos atrevidos guerreros calcularon su
marcha para llegar de noche a inmediaciones de Los Angeles. A la oración fue
destacado Caleu a reconocer el campo, comisión que desempeño con su habitual
sagacidad, transmitiendo a Mariluán noticia de los puestos de guardia que
resguardaban las entradas principales del pueblo.
Siendo
la fuerza de los indios la caballería, se habían descuidado algunas entradas
por las que sólo podía penetrar la infantería, escalando las tapias de algunos
huertos y sitios deshabitados. Naturalmente Mariluán, como práctico de aquellas
localidades, dirigió sus pasos a uno de esos puntos, después de esperar que una
hora o dos de vigilancia hubiese calmado el ardor con que toda fuerza armada
desempeña las primeras horas de su facción. Cuando Mariluán y su gente,
atravesando sitios, saltando tapias, deteniéndose para ver si eran descubiertos
y huyendo a veces de los perros, únicos enemigos que salían a disputarles el
paso, llegando a las inmediaciones de la casa de doña Andrea Ramillo, daban las
diez de la noche.
Al
exterior del primer huerto en que habían entrado, Mariluán dejó a uno de los
individuos que le acompañaban para custodiar dos caballos ensillados que había
llevado, para Rosa el uno y el otro para él.
Apenas
estuvieron al pie de las tapias que cerraban el huerto de doña Andrea,
escaláronlas con facilidad y se pusieron en observación en distintos puntos. El
huerto estaba silencioso como todo el pueblo. Bajó Mariluán al interior,
siguiéndole Caleu y los otros, que caminaron tras él con cautela para no hacer
ningún ruido que pudiese alarmar a los de la casa. Así avanzaron en medio de la
oscuridad hasta la puerta del huerto, al pie de la cual vieron dibujarse en
bulto y oyeron, aproximándose a él, la tranquila respiración de un hombre
profundamente dormido.
Este
hombre era uno de los centinelas colocados por Mariano para dar la voz de
alarma, precaución tomada en casi todas las casas desde que se temía un ataque
de los indios.
Dos
de los que acompañaban a Mariluán se apoderaron del que dormía, que despertó
sobresaltado.
—Si
das un solo grito, mueres al instante —le dijo Mariluán, haciendo brillar a sus
ojos la hoja reluciente de un gran puñal.
El
hombre no opuso resistencia y se dejó amarar al tronco de un árbol. Interrogado
por Mariluán sobre la familia de Rosa, contestó que debía salir de Los Angeles
al despuntar el día. Por indicación de Caleu, el prisionero quedó encomendado a
la custodia de Peuquilén, con orden de matarle en caso que intentase huir o
diese alguna voz. Hecho esto, entró Mariluán en el patio segundo, seguido de
Caleu y de los otros indios.
Necesario
es advertir que los habitantes de la casa se hallaban cada cual en sus piezas,
haciendo los últimos preparativos para el viaje del siguiente día. Doña Andrea
se había retirado a su dormitorio, dejando a Rosa y a la criada al cuidado de
terminar esos preparativos, mientras que Mariano se hallaba a la sazón en la
pieza que le servía de escritorio, dejando algunas instrucciones por escrito a
una persona que le servía de mayordomo en sus diversos negocios.
Mariluán
y su comitiva llegaron a un corredor sobre el cual se abrían las puertas de la
casa que daban al segundo patio. Por las hendiduras de una de esas puertas se
divisaba luz. Era la pieza que ocupaban en ese momento Rosa y la criada.
Mariluán
aplicó la vista a la mayor hendidura y divisó a Rosa sentada al lado de una
mesa. La expresión del rostro y la actitud en que la joven se encontraba, con
la frente apoyada en una mano y la vista fija en la mesa, acusaba una tremenda
tristeza. El rosado color de sus mejillas parecía borrado por el llanto que
había dejado en los ojos, antes alegres y melancólicos entonces, la traza de su
ardiente pasaje. Bien cuadrada el abatimiento de la frente, la palidez de las
mejillas, el desconsuelo amargo de la mirada inmóvil, con aquella frase de
ingenuo dolor que Mariluán conservaba como una prenda de amor en el corazón:
"Si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener que
renunciar al amor de usted"
El
primer ímpetu del joven fue el de abrir con violencia la puerta, arrojándose a
los pies de su amante, jurarle de rodillas un amor sin límites y volver con
tiernos y rendidos halagos la alegría a su rostro mustio y los fuertes latidos
de la pasión al corazón embotado en tan amargo sentimiento. Pero al mismo
tiempo vio Mariluán que era preciso refrenar su ardor y su impetuosa voluntad:
la puerta estaba con llave y era menester emplear la prudencia para no hacer
abortar una empresa llevada con tanta felicidad hasta entonces. Con este fin,
tomó consejo de Caleu, de cuya sagacidad le habían dado alta idea los últimos
sucesos.
—Yo,
en lugar de mi teniente —dijo Caleu que conservaba la costumbre de dar a
Mariluán su tratamiento militar—, golpeaba a la puerta haciendo el hombre del
huerto.
—Y
ese hombre, ¿cómo se llama? —preguntó Mariluán.
—Dijo
que se llamaba Pedro.
—Golpea
tú y responde a lo que pregunten —díjole Mariluán.
Caleu
cumplió esta orden, llamando al mismo tiempo a la criada, cuyo nombre conocía.
Inmediatamente respondió ésta y Mariluán vio al través de la puerta a Rosa que
dejaba su asiento.
—Ábrame
la puerta —dijo Caleu a la criada.
Esta
torció la llave, creyendo sin duda que el que hablaba era el hombre apostado en
el huerto.
Inmediatamente
penetró Mariluán a la cabeza de los suyos, y antes que la criada hubiese tenido
tiempo de dar un grito ni hacer un movimiento, Caleu puso un puñal al pecho,
diciéndole:
—¡No
hay que chistar!
La
criada cayó de rodillas, juntando las manos en señal de súplica.
—Rosa
—dijo Mariluán, acercándose a la joven —vengo a salvarla.
Rosa,
embargada la voz por el espanto y la sorpresa, no acertaba a contestar.
—No
puedo vivir lejos de usted —le dijo con apasionado acento Mariluán—: la amo más
que a todo el mundo, déjeme salvarla de los que la oprimen.
La
joven miró con espanto hacia el cuarto de su hermano, cuya puerta estaba
entreabierta.
—¡Huya
—le dijo—, mi hermano esta ahí!
Mariluán
se dirigió entonces con velocidad a la pieza que Rosa designaba con vista.
Caleu y los indios le siguieron. Rosa se dejó caer sobre una silla casi sin
sentido, y la criada, siempre de rodillas, empezó a implorar en vos alta la
protección de todos los santos de cielo.
Mariano
se abalanzó sobre un sable al ver entrara a Mariluán con sus indios.
—La
defensa es inútil, caballero —le dijo Mariluán con tono de cortesía.
—¿Se
trata de asesinarme? —preguntó el joven, con voz que la conciencia del peligro
había puesto temblorosa.
—Nada
de eso, serénese usted —replico Mariluán con desdeñosa voz.
—Entonces,
¿qué quiere usted?
—¿No
nos hemos declarado la guerra? —dijo el oficial desertor—; pues bien, vengo a
salvar a Rosa, cuyo corazón me pertenece.
—¡Oh,
usted abusa de la fuerza! Yo le creía más valiente —exclamó Mariano.
Los
ojos de Mariluán chispearon de coraje, alzó la orgullosa frente echando hacia
atrás su abundante cabellera, que había descubierto quitándose la gorra al
hablar con Rosa, desenvainó con garbo la espada y se adelantó algunos pasos.
—Si
usted gusta —dijo a Mariano— aquí podemos arreglar nuestra primera cuenta
pendiente.
—Usted
no advierte que yo estoy solo y usted acompañado.
—Juro
por mi honor que estos hombres le respetaran a usted.
—Y
que ganaría yo con batirme, siempre quedaría en poder de usted, o de los suyos
—replicó Mariano, esperando ganar tiempo con la vaga esperanza de que llegase
algún inesperado socorro.
Mariluán
se volvió hacia Caleu sin responder a Mariano.
—Si
este caballero me mata combatiendo conmigo —le dijo—, usted se volverán al
campamento sin tocar un pelo de la ropa ni a él ni a nadie de esta casa.
Luego
dirigiéndose a Mariano:
—El
tiempo se nos va —añadió—; si usted quiere vamos a al calle.
—No,
en guardia —exclamó Mariluán, levantando su sable.
En
ese momento se oyó un grito ahogado que salía de la pieza en que había quedado
Rosa. Era una voz lastimera que decía:
—¡Socorro,
socorro!
La
tercera repetición de esta palabra se oyó más apagada y al parecer más distante
que la primera.
Mariluán
reconoció en esa voz la de su amante y dio un salto hacia la puerta del cuarto.
La
pieza, en que momentos antes estaba Rosa y la criada, se encontraba desierta.
Mariluán oyó en el patio, que comunicaba con el huerto, repetirse la voz que
acababa de pedir socorro; pero esta vez, articulando sonidos confusos, como los
de una persona a quien han tapado la boca para impedirle el gritar.
—Caleu
—dijo Mariluán a su asistente—, amarren ustedes a este caballero sin hacerle
mal ninguno y síganme después.
Y
salió con precipitación, corriendo hacia el segundo patio. La voz apagada
continuaba alejándose con dirección al huerto.
XII
Peuquilén
había quedado, como dijimos, encargado de custodiar al hombre que guardaba la
puerta de comunicación entre el huerto y el patio segundo de la casa de doña
Andrea Ramillo. Habíase tomado la determinación de emplear a Peuquilén de este
modo, porque en gran parte dependía el éxito de la empresa del tiempo que
tuviesen para ejecutarla sin ser molestados. Confiando en el valor y astucia de
Peuquilén para guardar la retirada e impedir que el prisionero diese la alarma,
avanzó Mariluán, como vimos, seguido de su gente.
Había,
sin embargo, dos causas poderosas que impulsaban a Peuquilén a dejar abandonado
su puesto para seguir el camino del robo y algo de violento y salvaje que, por
su impetuoso desarreglo, apenas nos atrevemos a designar con el nombre de amor.
El
primero de estos móviles no necesita, según pensamos, de explicaciones para
alcanzar las proporciones de verosímil: los indios, como generalmente también
la parte menos civilizada de nuestra población, tienen desarrollado el instinto
de rapiña en grado superlativo. Un robo no es para los araucanos más que un
acto de astucia o de audacia que de ninguna manera afrenta al que lo comete ni
le turba la conciencia. Acaso hayan germinado estas ideas en esa raza indómita
por la guerra de rapiña y de despojo que los civilizados les han hecho desde la
conquista; acaso ese desprecio a las leyes de la propiedad sea hijo también de
su ignorancia y de su costumbre de mirar todo acto contra los de la frontera
como un ardid guerrero permitido en la constante hostilidad que los divide de
nosotros; sea como quiera nada arguye esta propensión en contra de la
posibilidad de morigerar los hábitos de los araucanos por medio de una bien
calculada propaganda civilizadora. Sólo apuntamos estas ligerísimas excepciones
para evitar que por la tendencia de Peuquilén se deduzcan consecuencias en
contra de la elevación de miras que Mariluán manifestaba al consagrarse a la
regeneración de su raza. Hecha esta advertencia, podemos repetir que Peuquilén
se sentía arrastrado al interior de la casa, por la esperanza de botín que en
el desorden esperaba recoger.
El
segundo móvil que le impulsaba es más fácil de explicar. Establecimos ciertas
restricciones al designarlo con el nombre de amor. Tenemos tan profundo respeto
a ese sentimiento, cuando inviste el noble carácter de pureza con que emana de
las almas bien organizadas, que nos fue necesaria esa restricción para hablar
de la fuerza que obraba en el pecho de Peuquilén. La imagen de Rosa habíase
grabado en su corazón con líneas de fuego; de modo que el corazón inflamado
enviaba hirviente a las venas la sangre puesta en movimiento por sus latidos.
De aquí el fuego de su cerebro, que reflejaba como una lámina metálica la
imagen de la joven, y de aquí la tempestuosa turbación de sus sentidos, la
sangre azotándose contra las sienes, agolpándose bullidora en el pecho, turbado
su vista externa a favor de la interna clavada en esa imagen; de aquí, en fin,
lo que para anunciarlo, hemos llamado amor por un instante. La idílica
aspiración del alma, mecida por la ideas civilizadas con respecto al amor, no
existían, por supuesto, en Peuquilén; ninguna flor halagada por el viento libre
de los llanos le recordaba a la joven, ni las brisas remedaban en su oído la
tibia respiración a cuyo compás el seno se movía blandamente. Era Peuquilén un
león que, para refrescar su cabeza, agitaba la melena al aire y rugía, y con
violenta impaciencia escarbaba el suelo que creía sentir inflamado porque su
planta le comunicaba el calor. Aquella criatura, blanca, rosada, esbelta,
artísticamente proporcionada, de cuello redondo y flexible, de mirada
eléctrica, porque reflejaba su amor, hirió como una flecha el corazón del
indio, que juró arrebatarla al mundo, sustraerla a las miradas de todos y
condenarla, por bella, al suspiro de su amor salvaje y tempestuoso.
De
modo que, cuando Peuquilén se vió solo, al lado de un hombre indefenso, y
cuando vió que ese hombre era el obstáculo que le separaba de su presa y del
lugar en que podía robar, arrojó sobre el infeliz prisionero una mirada de fría
crueldad, la mirada de las aves de rapiña sobre la presa, y alzando después ña
diestra en que brillaba el agudo puñal, le dejó caer con violencia sobre el
pecho del hombre amarrado, que sólo pudo defenderse con una mirada de suprema
angustia. Siguiéronse algunas convulsiones, el estertor de la respiración que
se acaba, y la barba del infeliz cayó sobre su pecho lentamente.
Peuquilén
le desnudó con admirable ligereza y amarró los vestidos, tintos de sangre,
alrededor de su cintura. Enseguida corrió hasta el corredor, se asomó a la
puerta que había quedado de par en par, vió a Rosa con la frente entre las
manos, pálida y sin movimiento, a la criada con las manos elevadas al cielo, y
vió también sobre la mesa un mate con bombilla de plata.
La
criada dijo un ¡Jesús! Con aterrado acento, al ver aquel rostro descompuesto
por la codicia, aquellos ojos inflamados por ávidos deseos, y halló fuerzas
para arrancar al cuarto en que dormía doña Andrea, en el que entró cerrando
tras ella la puerta.
Un
salto bastó a Peuquilén para llegar hasta Rosa, que sólo en ese momento, y al
ruido de la puerta que cerraba la criada, alzó la frente, y con la rapidez que
acababa de desplegar, guardó Peuquilén el mate y la bombilla, pasó sus músculos
brazos alrededor del flexible talle de Rosa, la levantó cual si no sintiera su
peso, y tratando de ahogar su voz con la mano derecha, emprendió la fuga con la
joven a cuestas, en dirección al huerto.
Entonces
fue cuando Mariluán oyó la voz de su querida que imploraba socorro, y que por
momentos iba alejándose.
En
vano el sable, mientras daba a Caleu la orden de amarar a Mariano, y salió
corriendo tras la voz que pedía auxilio al alejarse.
Sin
embargo de su hercúlea fuerza, no pedía Peuquilén correr con la velocidad de
Mariluán. Este le alcanzó cuando el indio trataba de colocar a Rosa sobre la
barba de la tapia que era bastante baja. Peuquilén dejó a la joven, que cayó al
suelo sin conocimiento, y sacando el puñal que había guardado en la cintura,
quiso arrojarse contra Mariluán, mas éste paro el golpe, apretándole con una
mano la garganta y tomándole con la otra el brazo derecho, antes que pudiese
descargarlo. En esta actitud, Mariluán dio un fuerte empuje a Peuquilén, que
perdió el equilibrio y cayó al suelo. Mariluán le arrancó el puñal, le hizo
enderezarse, y le asestó con la mano derecha empuñada un rudo golpe en la sien.
El indio se alejó algunos pasos impelido por la fuerza del brazo que le asestó
aquel golpe, vaciló algunos segundos, como buscando un apoyo con las manos
extendidas y volvió a caer al suelo como un cuerpo sin vida. Esta vez no hizo
un solo movimiento.
Mariluán,
sin preocuparse de él, voló al lugar en que había caído su querida.
—Rosa
—le dijo levantándola entre sus brazos—, soy yo Mariluán, su amante que viene a
salvarla; huyamos de aquí.
Y
mientras esto decía, colocó a la joven sobre la barda de la tapia, subió a su
lado, saltó a la parte exterior y tomando a Rosa de la cintura, la bajó de la
tapia y emprendió la marcha, llevándola en sus brazos, como pocos momentos
antes la conducía Peuquilén.
Rosa
había abierto los ojos, pero parecía despertar de un sueño, o más bien creía
hallarse bajo el peso de una pesadilla durante aquella marcha fantástica.
Porque
oía la voz suave de su amante que murmuraba a su oído tiernas palabras de
cariño, y veía desaparecer los árboles, y en el cielo sereno brillar las
estrellas con suave fulgor, mientras que el aire fresco de la noche bañaba su
rostro, trayéndole ráfagas de esos olores agrestes que parecen recibir los
pulmones como una caricia de amistad que ensancha el pecho.
Así
llegaron al punto en que se encontraban los caballos. Ahí colocó Mariluán a
Rosa con respetuoso cuidado.
—Ninguno
de su familia correrá el menor peligro —dijo a la joven—, yo respondo de ellos
con mi vida.
—Nadie
la ofenderá.
—¡Ah,
yo no puedo abandonarla! —exclamó la joven prorrumpiendo en llanto.
Mariluán
le tomó las manos con las que ella iba a cubrirse el rostro.
—yo
respeto ese llanto, y estoy pronto a obedecerle Rosa —le dijo—. Si he dado este
paso, es porque creí que usted me amaba y debía velar por su suerte. Ordene
usted y la llevaré a su casa: para mí después de esto, el sacrificio de la vida
será una necesidad, porque siento que no podré vivir sin ese amor que usted me
arrebata.
Rosa
apoyó su frente en el pecho de Mariluán. Este continuó con agitación.
—Al
lado de su familia, Rosa; le espera tal vez un porvenir brillante, la riqueza y
la tranquilidad; al lado mío las privaciones y los cuidados la amenazan; pero
esas privaciones y esos cuidados destruirán mi amor inmenso, y los pobres
indios que me llaman su jefe la servirán a usted con la sumisión de los
esclavos. Decida usted: es completamente libre.
Hubiérase
dicho que sólo en ese instante sentía Rosa las dificultades de su situación,
porque en vez de responder a Mariluán se alejó de él, cubriendo con ambas manos
el rostro que bañaron abundantes lágrimas.
El
joven hizo un movimiento de desesperación y, cruzando los brazos sobre el
pecho, esperó que se decidiese su destino.
El
tiempo huía y el peligro aumentaba, pues de un momento a otro la voz de alarma
podía esparcirse en el pueblo.
Rosa,
por su parte luchaba en ese instante con los más encontrados sentimientos: ala
voz que le aconsejaba la fuga, respondía con igual elocuencia la del amor
filial. Seguir a Mariluán era obedecer al imperio de su amor que las
contrariedades habían aumentado y fortalecido; era sustraerse a la hostigosa
vigilancia de un hermano, a los días de lágrimas y el eterno luto del corazón;
pero era también abandonar a su madre en la hora del peligro y acarrear sobre
su amor y su porvenir la justa maldición del Cielo.
La
impaciencia no podía dejar permanecer a Mariluán por mucho tiempo en la actitud
de estoica resignación que había tomado al ver alejarse a Rosa. Transcurridos
cinco minutos se acercó a la joven.
—Permítame
llevarla a su casa —le dijo con voz sombría—: jamás, Rosa, la alejaré de su
familia sin su completa voluntad.
La
joven se descubrió el semblante y dirigió a Mariluán una mirada de cariñosa
solicitud, exclamando:
—¡Y
usted!
—Yo
correré la suerte que el destino me reserve —contestó Mariluán con tristeza.
—¡Ah!
¡Usted va a despreciarme y aborrecerme! —dijo Rosa, apoderándose de una mano de
su amante.
—¿Yo?
¡Jamás! —exclamó éste—: sólo acusaré a mi mala suerte que se ha negado a
conservarme una de mis ilusiones más querida.
En
ese momento llegó Caleu con su comitiva.
Mariluán
interrogó a su asistente en español en presencia de Rosa. Las explicaciones de
Caleu no dejaban la menor duda acerca de la seguridad en que quedaban doña
Andrea y su hijo, a quienes se había puesto solamente en la imposibilidad de
dar la alarma entes que Mariluán y los suyos estuviesen a salvo.
—No
importa —dijo Mariluán a Rosa—, yo la acompañaré hasta dejarla a usted al lado
de su madre.
Rosa,
como avergonzada, acercó entonces sus labios al oído de su amante y le dijo
estas palabras de confianza infantil, que pintan la triunfante fascinación que
ejerce el amor en los corazones jóvenes y delicados.
—Mi
vida es de usted; yo le seguiré a todas partes.
—¡Vamos!
—exclamó el joven, alzando la hermosa frente como iluminada por el triunfo.
Y
colocó a Rosa sobre el caballo que le tenía preparado; saltó con agilidad sobre
el suyo y dijo:
—Rosa,
viviré sólo para usted, y seré el primero de sus esclavos.
Dio
enseguida al indio que cuidaba los caballos algunas órdenes para tranquilizar a
Rosa con respecto a la suerte de su familia, y emprendió con ella el galope por
el camino que conduce de Los Angeles a la alta frontera.
XIII
Las
órdenes de Mariluán habían sido estrictamente cumplidas por Caleu. Este hizo
ver a Mariano Tudela que la resistencia sería inútil, cuando no temeraria,
puesto que tendría que sucumbir al mayor número y perder la vida que podría
conservar entregándose a discreción.
Mariano
se dejó convencer por la evidencia y tuvo que consentir en que le amarrasen al
pie del catre, quedando además con la ventana y la puerta del cuarto cerradas.
Los indios pasaron de ahí al cuarto en que se ocultan doña Andrea y la criada
que, cediendo a las amenazas del incendio que empleó Caleu, abrieron la puerta
y dejaron cerrada otra que comunicaba la pieza en que se habían refugiado con
el resto del edificio. En vano doña Andrea empleó las súplicas más fervientes
para enternecer a los emisarios de Mariluán: esas súplicas no podían tener
ningún valor ante Caleu, que respetaba como sagrados los mandatos de su jefe.
De manera que, sin hacerles agravio alguno, dejó a la señora y a la criada
encerradas como había dejado a mariano y puso llave también a las puertas que
daban al primer patio, a fin de ganar el tiempo necesario para una retirada
segura, al que efectuó con los suyos por el mismo camino que había seguido
Mariluán para salir con Rosa.
Mientras
Caleu tomaba estas precauciones para evitarla persecución, Peuquilén volvía en
sí del golpe que había recibido y emprendía la fuga. Mas en vez de dirigirse
por el camino seguido por Mariluán, él se internó en el pueblo y pasó el resto
de la noche oculto entre unas arboledas del camino que sale de Los Ángeles a
los pueblos del norte.
Poco
rato después de la salida de los indios Mariano Tudela empezó a dar voces para
llamar al criado que había puesto a custodiar la puerta de la calle, antes de
retirarse a la pieza en que le sorprendió Mariluán. Más de una hora transcurrió
sin que nadie acudiese a estas voces y sin que lograse Mariano, en sus
continuos esfuerzos, desatar las ligaduras que le impedían todo movimiento.
Por
fin, sus gritos llegaron confusamente a los oídos del criado, que había dormido
las primeras horas de la noche con profundo sueño de la gente de nuestro
pueblo. En darse cuenta de estas voces y en llegar hasta la ventana del cuarto
de Mariano, el criado empleó más de media hora. Cerciorado de que le llamaban
del interior de la casa, trató entonces de entrar en ella y encontró cerradas
todas las puertas, las que abandonó después de convencerse de que era imposible
abrirlas a menos de romperlas. En esta ocupación llegaron los primeros albores
del día. El criado salió a la calle, informó a algunos vecinos de lo que
acontecía y decidió con ellos dar la vuelta para entrar en la casa por el
huerto.
El
terror se apoderó del criado y de los que le acompañaban al ver, no lejos de la
puerta de comunicación del huerto con el patio segundo, el cadáver del infeliz
que Peuquilén había asesinado para entrar en la casa. Como por este lado las
puertas habían quedado abiertas, entraron hasta los cuartos en que mariano,
doña Andrea y la criada estaban prisioneros. Habiéndose llevado Caleu las
llaves de esas puertas, fue menester romperlas, lo que se ejecutó con algunas
dificultades.
Las
casa de doña Andrea se llenaba entretanto de gente, que acudía a la noticia,
pronto divulgada, del ataque de aquella noche. El cadáver de la víctima de
Peuquilén produjo en el pueblo un terror difícil de pintarse y el nombre de
Mariluán, unido al relato de la temeraria empresa, al rapto de Rosa y al
horrible tratamiento de que supusieron víctimas a las personas de su familia,
fue objeto de generales imprecaciones y amenazas de venganza.
Mariano
y Damián juraron también vengarse de aquel ultraje, y las autoridades civiles y
militares, instigados por ellos, ordenaron para el mismo día la salida de la
expedición contra los indios, al propio tiempo que se ponía a precio la cabeza
de Mariluán y de sus cómplices, autores del asesinato perpetrado en aquella
noche funesta y del rapto de una hija de las principales familias de la
población.
A
pesar de la actitud de los jefes, la fuerza expedicionaria pudo sólo ponerse en
marcha a las dos de la tarde, a fin de acampar en la noche a las márgenes del
Bío-Bío. Mariano Tudela se había unido a la expedición con su tío Damián
Ramillo y una parte de la caballería cívica de que eran oficiales.
La
tropa expedicionaria salió de Los Ángeles al son de la música y recibiendo los
vivas de la población, que saludaba a cada uno de los soldados como sus
defensores y pronosticaba, como siempre se acostumbra, un triunfo espléndido y
completo.
Entrada
ya la noche, esta fuerza acampó a orillas del Bío-Bío como se había resuelto.
En
el campamento se presentó Peuquilén a Mariano Tudela: había seguido de lejos al
ejercito y sabía que a cabeza de Mariluán estaba puesta a precio. A fin de
alejar sospechas inventó una historia de ciertos ultrajes hechos a su familia
por la de Mariluán, ultrajes que él había jurado vengar en éste. La conferencia
entre Mariano y Peuquilén fue corta, pero decisiva: ambos habían jurado un odio
eterno al jefe de los araucanos; mas, el hijo de doña Andrea ignoraba que Rosa
era el origen del odio de Peuquilén como lo era el suyo. Sin embargo, de no
ofrecerle aquel indio ninguna garantía, Mariano le dio algún dinero,
ofreciéndole completar la suma de quinientos pesos cuando le presentase la
cabeza de Mariluán y le entregase libre a Rosa.
Peuquilén
puso algunas dificultades en esta última condición, pues quería reservarse el
derecho de ganar dinero, de vengarse de Mariluán y de huir después con Rosa a
los montes, donde estaba seguro de encontrar puntos inaccesibles a toda
pesquisa. El deseo de vengarse obligó a Mariano a pasar por estas
restricciones, porque Peuquilén se comprometía sólo a traer a Rosa si le fuera
posible, no siendo bastante la falta de esta condición para privarle de los
quinientos pesos que debían entregarle por la cabeza de Mariluán.
Iguales
aprestos bélicos habían tenido lugar durante ese día en el campamento de los
indios.
Mariluán
entretanto había caminado con Rosa toda la noche y llegando a mediodía a las
obsesiones de Cayo. Una habitación de éste, arreglada por mano de Mariluán, fue
destinada a Rosa. En el camino y en presencia de su amante, la joven había
tenido que disimilar la profunda tristeza que la invadía a medida que se
alejaba de su madre y que se internaba en aquel territorio inculto, habitado
por gente cuyo aspecto le infundía un invencible espanto, a pesar de las
señales de obediencia que prodigaban a Mariluán.
Cuando
el joven instaló a Rosa como dijimos, le dio por custodia una gruesa partida de
gente comandada por su propio hermano, que respondió de la seguridad de la
niña. Hecho esto, reunió Mariluán su gente en número de dos mil hombres y dio
orden de avanzar hacia el Bío-Bío. Sus espías llegaban anunciándole que la
tropa del Gobierno se ponía también en marcha hacia las márgenes del mismo rió.
Después
de ver desfilar su gente, Mariluán entró a despedirse de Rosa. No se ocultaron
a su vista penetrante las trazas que el llanto había dejado en las mejillas de
su querida, la que, sin embargo, trató de recibirle con una sonrisa.
Mariluán
se acercó a ella, aparentando una alegría que estaba muy lejos de sentir a la
vista del justo pesar que leía en los ojos de Rosa.
—Mañana
—le dijo con tono de confianza—, habré derrotado la fuerza del gobierno y tal
vez seamos libres, Rosa: usted de volver al seno de su familia y yo de
probarla, una vez más, que en el amor que siento hay un profundo aprecio y un
completo desinterés, puesto que obedeceré a un deseo d su corazón. Entretanto,
usted está más en seguridad aquí que al lado de los suyos. Cayo con su vida me
ha respondido de usted.
Rosa
dio las gracias a su amante con una profunda mirada de reconocimiento,
diciéndole:
—Siempre
le he creído noble, Mariluán, y por esto le amo; pero ya que usted me ama como
dice y ya que yo le he hecho el sacrificio de abandonar por usted a mi familia,
¿no tengo derecho a exigir también algún sacrificio de su parte?
—Mi
vida es de usted —contestó el joven con pasión.
—Pues
bien, alejémonos entonces de aquí —repuso ella con animación febril—; huyamos a
Valdivia, donde usted quiera; pero salgamos de aquí: todo esto me espanta,
¡quién me asegura que usted no puede morir en un combate de los que se
preparan!
—Pero
estos combates son ahora indispensables, Rosa —exclamó Mariluán.
—¿Por
qué indispensables cuando podíamos huir?
—Porque
debo combatir para defenderla a usted: ¡la huida es imposible!
Mariluán
apeló en esta conversación a toda su elocuencia para calmar los temores de la
joven: pinto con abultados colores el poder de los suyos y las probabilidades
que casi le aseguraban la victoria; juró a Rosa que ganaba ésta, que era por
otra parte el modo de abrirse un camino para salir de Arauco sin ser
aprehendidos, le consagraría su vida y su ambición, dejando la empresa a cargo
de su hermano que era querido y respetado entre los indios.
Después
de esto, se despidió besando la mano de su amante, con el respeto que los
antiguos paladines consagran al culto de la dama de su corazón.
Rosa
se arrojó sobre un tosco banco, prorrumpiendo en lastimeros gemidos, y
Mariluán, montaron a caballo, emprendió el galope hasta ponerse a la cabeza de
sus guerreros.
Llevando
a la grupa cincuenta hombres de infantería que había podido reunir Mariluán de
los desertores de Los Ángeles, la marcha se hizo con rapidez. Al anochecer se
estableció el acampo en un bosque, con todas las precauciones necesarias para
evitar direcciones, lo que llegaron después trayendo la noticia de que el
ejercito del Gobierno se había detenido en la orilla Norte de la línea
fronteriza.
La
posición respectiva en que quedaban al anochecer los dos ejércitos hacía pues
presagiar una batalla inevitable para el día siguiente, atendiendo también al
espíritu de que los jefes de ambas fuerzas estaban animados.
XIV
La
división del Gobierno era muy inferior numéricamente a la fuerza de los
araucanos. Componíase de un regimiento de caballería cívica, y dos piezas de
montaña servidas por el competente número de artilleros. En todo, menos de mil
hombres.
Mariluán,
como antes dijimos, comandaba una fuerza de dos mil hombres, de los cuales sólo
cincuenta eran de infantería colectiva, mal disciplinados y no muy bien
armados.
Por
consiguiente, la inferioridad numérica de los del Gobierno se hallaba con usura
compensaba por la calidad de la tropa, por su disciplina y por sus armas y
municiones.
Informado
Mariluán por sus espías de la clase de tropa con que contaba la división del
Gobierno, determinó cambiar el plan de operaciones que había formado al acampar
y que consistía en disputar al enemigo el paso del Bío-Bío. La existencia de
las dos piezas de artillería, llevada a Los Angeles desde una de las plazas
vecinas después de la fuga de Mariluán, le hizo conocer que se exponía a perder
inútilmente sus guerreros, defendiendo con caballería un paso que con dos
cañones era fácil proteger. En consecuencia, abandonó su campo antes de rayar
el alba y se dirigió al interior a buscar una posición ventajosa y adecuada a
la clase de tropa de que podía disponer.
La
división del Gobierno se ponía en marcha poco después. El paso del rió se
efectuó sin ninguna dificultad, y para acelerar la marcha, se puso la
infantería a la grupa de la caballería.
Mariluán
llevaba al enemigo una hora de ventaja: esto le dio tiempo de elegir su
posición para atacar por sorpresa como siempre lo hacen los araucanos. Situó en
un gran bosque la mitad de su gente, bajo el mando de Leviluán, que debía
atacar al enemigo por la retaguardia, y él marchó con la infantería y el resto
de la fuerza a ocupar una altura, cubierta de espeso bosque también, en el que
ocultó a gran parte de los suyos, dejando sólo a la vista una partida de su
caballería en el camino que debía seguir el enemigo.
Cuando
las dos fuerzas se avistaron eran cerca de las tres de la tarde. La del
Gobierno había caminado con mucha lentitud y después de reconocer que los
indios habían acampado cerca del río en la noche. El temor de una sorpresa la
había obligado a internarse a paso lento y siempre apercibida para el combate.
A un
tiempo resonaron los clarines de la caballería por un lado y por toro los
gritos de los indios: estos ruidos fueron a perderse junto en los ecos de los
cerros vecinos, que lo repitieron apagándolos gradualmente. A ellos siguió la
detonación de los cañones que, situados en una altura, empezaron a dirigir un
nutrido fuego sobre la caballería de Mariluán.
Este
conoció la importancia de arrebatar aquellas piezas al enemigo y emprendió una
carga a la cabeza de seiscientos hombres, a los que salió a detener la
caballería del Gobierno. Mientras así se trataba el combate, Leviluán, a la
cabeza de la fuerza de los indios oculta tras el bosque que había quedado a
retaguardia del enemigo, atacó a éste por la espalda y llegó casi hasta los
cañones que, volviéndose sobre ellos con admirable prontitud, hicieron
horribles estragos en sus mal ordenados pelotones, poniéndolos al fin en
derrota, auxiliados por la infantería.
Mariluán,
rechazando también con alguna pérdida de los suyos, trabajaba por ordenarlos y
volver nuevamente al ataque. Siendo su caballería mucho mas ligera que la del
Gobierno, la mandada por Leviluán había dado la vuelta y reunióse a Mariluán,
que ordenó una nueva carga a los cañones. En ese momento tuvo lugar lo más rudo
del combate: una parte de los indios cargó con tal ímpetu sobre la caballería
del Gobierno, que ésta no pudo resistir a su empuje y perdió algún terreno,
mientras que la infantería que se había replegado sobre los cañones para
protegerlos, tuvo que huir después de dos descargas que alcanzó a disparar
antes que los de Mariluán hubiesen llegado sobre ellos.
Pero
esta retirada no fue el desorden completo de la derrota, sino que, gracias a
los esfuerzos de los oficiales, la tropa siguió haciendo fuego a medida que se
organizaba a alguna distancia de los indios. Al efecto, la caballería del
Gobierno, que había sido casi arrollada por el número y el ímpetu de los
indios, había, como dijimos, emprendido la retirada después de una corta
resistencia, y formándose a dos cuadras del punto en que acababa de resistir,
sirvió de valla para atajar la carrera de la infantería, que pudo reorganizarse
y romper el fuego nuevamente.
La
tropa de Mariluán había llevado sus hombres de infantería a la grupa hasta muy
cerca de los cañones. Al llegar a estos, los infantes echaron pie a tierra y
empeñaron con ardor el combate que dió por resultado la toma de los cañones.
Apoderado de estos Mariluán, se apresuró a clavarlos y a ponerse en retirada,
pues la tropa del Gobierno volvía nuevamente a la carga.
A
pesar de la ventaja alcanzada por Mariluán, la pérdida era infinitamente más
numerosa de su parte, circunstancia que se explica por las armas de sus
enemigos. El campo se hallaba cubierto de cadáveres de indios, y muchos jinetes
empezaban a flaquear al ver de nuevo embestirles la tropa que con sus cargas
creían haber derrotado. No acostumbrados los indios, sino a las sorpresas y
combates momentáneos, no esperaron las ordenes de Mariluán, y en vez de
arremeter nuevamente sobre el enemigo, volvieron brida y corrieron hacia el
bosque en que al principio se ocultaba la infantería.
Esta
retirada dio nuevo ardor a la tropa del Gobierno, que aceleró la marcha tras
los fugitivos indios, adelantándose de tal modo un piquete de caballería, que
llegó al bosque al mismo tiempo que los araucanos y se encontró envuelto entre
las últimas partidas de éstos con que Mariluán había tratado de proteger la
retirada. El resto de la fuerza agresora se había detenido, sabiendo que era
inútil penetrar en el bosque y temiendo ver salir de entre sus árboles apiñados
otra falange de guerreros, con el ardor de los que acababan de atacar con tanto
brío.
El
piquete envuelto entre los indios quiso retroceder cuando era tarde: muchas
lanzas se dirigieron al pecho de los veinte soldados que lo componían bajo el
mando de un oficial, que se defendía con admirable arrojo.
—¡Juan!
¡Juan! —gritó Mariluán al ver a este oficial, dando al mismo tiempo un rudo
golpe a la lanza de un indio que sólo distaba media vara de la espalda de
alférez Juan Valero, a quién el jefe de los araucanos acababa de reconocer.
—¡Caramba,
Mariluán! —gritó el alférez—, líbrame de estos tigres: ¡que vengan uno a uno y
veremos!
Mariluán
dio la orden de respetar al joven, orden que los indios obedecieron, vengándose
con los soldados que le acompañaban, de los cuales la mayor parte cayeron
atravesados por numerosas lanzas.
—Con
mil diablos —dijo Juan Valero a Mariluán—, te has portado como un gran general
con estos indios que sólo tienen lanza.
—Vamos,
sígueme, eres mi prisionero —contestó Mariluán, observando que los del Gobierno
se acercaban.
Y
emprendió la marcha con el alférez, que no opuso ninguna resistencia para
galopar al lado de su amigo.
Los
del Gobierno renunciaron a perseguirles y emplearon el resto del día en reunir
los dispersos y buscar un lugar aparente para pasar la noche con seguridad.
Mariluán
siguió galopando con su amigo a la cabeza de una fuerza considerable en
dirección a las tierras de Cayo, donde le esperaba Rosa con el alma destrozada
por un día de espantosa inquietud.
XV
Se
ha visto que la victoria quedó indecisa. Semejantes resultados es muy común en
las campañas emprendidas contra los araucanos desde la conquista. La táctica
indígena consiste en molestar al enemigo por medio de emboscadas, escaramuzas y
sorpresas: casi nunca presenta batalla campal como en cierto modo lo había
hecho Mariluán. Así fue que después de las poderosas cargas que hemos descrito,
y satisfechos con haber muerto algunos soldados, los indios emprendieron la
retirada, teniendo aún el poder suficiente para resistir y para alcanzar tal
vez con perseverancia una completa victoria. Como tal, no obstante la
consideraron ellos, orgullosos de los voluntarios de que habían despojado a los
enemigos que caían y admirándose del temerario arrojo y de la impasible
serenidad de Mariluán.
Este
llegó a las tierras de su hermano y estableció el campamento a dos cuadras de
las casas, tomando todas las precauciones necesarias para evitar una sorpresa.-
dispuesta de este modo su tropa, dejó a Leviluán el cuidado de ella y se
dirigió con el alférez Valero a la casa en que le aguardaba Rosa.
La
joven acaba de secar sus lágrimas para recibir a su amante, que al saludarla
leyó en sus marchitos y en sus pálidas mejillas la horrible tortura, que con un
sublime esfuerzo de amor quería ocultarle.
—¡En
fin! —exclamó el alférez saludando a la niña—. Usted, señorita, me sacará de
esta pesadilla de caras infernales. Con una carcelera como usted acepto la
prisión de mil amores.
Rosa
le contestó con una sonrisa melancólica.
Mariluán,
a pesar de sus esfuerzos para dominarse, estaba sombrío y pensativo. Sentía una
profunda tristeza al considerar la suerte de aquella hermosa criatura,
sacrificada a su loca pasión y a su imprudencia.
Sólo
Juan Valero conservaba su genial alegría.
—Señorita
—dijo a Rosa—, está usted defendida por un valiente; pero de veras que la
compadezco al verla entre esta gente feroz y fea. Por mi parte —añadió—,
declaro que si Mariluán no tiene intenciones de fusilarme, yo haré todo lo
posible para fugarme desde mañana.
—No
te fugarás, Juan —le dijo Mariluán, golpeándole el hombro.
—Bah
—exclamó el alférez—, lo veremos: cierto que te profeso muy sincera amistad,
pero no podría vivir a tu lado, Mariluán. ¡A quien se le ocurre también venir a
hospedarse entre esta gente!
—No
te fugarás porque te voy a pedir un servicio —replicó Mariluán.
—¡A
mí estoy bueno para servicios! Sin embargo, puedes pedir: a ver, habla.
—Cenaremos
primero —contestó Mariluán.
Eran
como las siete de la noche.
Las
mujeres de Cayo trajeron una mesa, pusieron blancos manteles que, por encargo
de Mariluán, había llevado Caleu, y colocaron sobre la mesa una fuente de
cazuela y algunas botellas.
—¡Caramba!
—exclamó Valero al ver las botellas—. ¡Parece que la civilización va entrando
por aquí!
Sentáronse
en la mesa, que presidió Rosa, haciendo inaudito esfuerzos para ocultar su
tristeza.
El
alférez brindó a la salud de Rosa, a la de Mariluán, a la de las señoritas de
Los Ángeles, por las que exhaló un suspiro, y finalmente a su propia salud.
—Ahora
—dijo a Mariluán—, vas explicarme el motivo de esta guerra. ¡Maldito si te
entiendo! ¡Dejar un lindo regimiento para venir a mandar indios! Señorita
—añadió, volviéndose hacia Rosa—, si no estuviese usted aquí, declaraba que
Mariluán merecía ser fusilado.
Mariluán
le explicó sus miras respecto a los indios, como antes las había explicado a
Rosa; pero se estrelló contra las preocupaciones recogidas entre los habitantes
de la frontera.
—Mejor
sería —dijo el alférez encendiendo un cigarro —que enseñases a hablar a los
pájaros: estos indios no se civilizarán jamás.
—¿Y
yo? —preguntó Mariluán con orgullo.
—Eh,
una golondrina no hace verano —replicó Juan.
—En
fin —dijo Mariluán—, yo tengo fe en el porvenir.
—Te
lo deseo muy próspero —repuso el alférez—; pero yo en tu lugar estaría siempre
prevenido: apenas estos indios crean que tú no trabajas únicamente por sus
intereses, te pasan su lanza al través del pecho, y por la espalda, ¡que es lo
peor!
Rosa
miró con ojos de espanto al joven que hacía este pronóstico con un vago acento
de amenaza.
—En
fin — exclamó Mariluán—, estoy resuelto a sacrificarme por ellos.
En
esta contestación había un ligero acento de impaciencia.
Juan
Valero le miró con sangre fría.
—Lo
siento por ti —contestó—; pero sobre todo por esta señorita.
Mariluán
hizo el movimiento de cabeza de un hombre que recuerda una idea medio olvidada
y dijo:
—Para
ella es para quien voy a pedirte el servicio de que te hablé. Óyeme: veo que
Rosa no debe permanecer aquí por más tiempo, pues es necesario convenir que yo
tengo que jugar diariamente mi vida, y si muero, ella queda abandonada.
Mariluán
pronunció estas palabras con un acento de mal disimulada tristeza, que hizo
brotar el llanto de los ojos de la joven.
Juan
Valero contestó:
—Tienes
mucha razón.
—Para
evitar este mal —prosiguió Mariluán—, he aquí lo que he imaginado: tú, con una
fuerza que pondré bajo tus órdenes, la escoltaras hasta entregarla a su
familia...
—¡No
me iré! —exclamó, interrumpiéndole, Rosa.
En
sus ojos brilló a través de las lágrimas un rayo de espléndido entusiasmo, que
su corazón de mujer enamorada enviaba en un arrebato de amor.
Mariluán
se acercó a ella con tranquila pero melancólica gravedad.
—El
sacrificio que usted se impone, Rosa —le dijo—, es sublime, pero mi muerte
puede esterilizarlo: vuelva usted al lado de su familia, y si yo consigo
arreglar una paz como lo espero, volaré a sus pies y usted dispondrá de mi vida
en adelante.
—tiene
razón Mariluán, señorita —agregó el alférez—; usted no debe permanecer aquí.
Mañana recibe Mariluán una bala, porque al fin y al cabo nadie tiene su vida
comprada y así es nuestra suerte, ¿qué haría usted entre los indios?
¿Obedecerían a Cayo como obedecen a Mariluán? Yo no lo creo.
—Yo
esperaré hasta que la paz se ajuste —contestó ella, con la energía que
encuentra la mujer cuando se trata de un sacrificio por el hombre que impera en
su corazón.
—Imposible,
no puedo aceptar, exponiéndola a una suerte horrible si yo muero —exclamó
Mariluán con calor.
—El
paso que he dado —replicó ella— fue decisivo y no puedo ahora volver atrás.
—Eso
no puede ser —repuso Mariluán—; yo he conocido la temeridad de lo que la
obligué a hacer cuando no era ya posible volverá a su familia. Ahora no debemos
despreciar la ocasión que se presenta.
—Y
si esa paz no se consigue —preguntó Rosa—, ¿cómo puede usted salir de aquí?
—Pelearé
hasta morir o hasta alcanzar condiciones ventajosas para estos pobres indios.
—En
tal caso, yo seguiré su suerte —dijo la joven con resuelto ademán.
El
alférez la miró con admiración.
—Vea,
Rosa —dijo Mariluán en tono de persuasiva súplica—, impóngame usted cualquier
condición y la obedeceré; pero no permanezca aquí por más tiempo.
—Huya
usted conmigo —contestó Rosa—. ¿Cree usted —añadió con calor— que me resigne
abandonarle después de haber arrastrado lo que más puede intimidar a una mujer?
Juan
Valero tomó la palabra cuando Mariluán iba a contestar.
—Señorita
—dijo—, si Mariluán huyese de aquí con usted, se perdería para siempre. ¿Dónde
podría ocultarse? ¿No vale más que entre en tratados y estipule su libertad?
—Que
me prometa entonces no continuar esta guerra si no aceptan sus tratados —dijo
la joven.
Mariluán
recibió la mirada de alférez que le decía "vamos, la mentira es
necesaria", y contestó:
—Haré
todo lo posible para ajustar la paz a toda costa.
—Y
entonces, ¿qué inconveniente hay para que yo me quede? —preguntó Rosa.
—Uno
muy grande, señorita —replicó el alférez—: si las proposiciones no se hacen
esta noche, mañana será atacado Mariluán y ¿quién puede responder del resultado
del combate?
—Pero
usted mismo —le contestó Rosa— puede llevar ahora las proposiciones de paz.
—Es
cierto, señorita; pero hay otro inconveniente para esto —dijo Valero.
—¿cuál?
—¿Qué
estoy resuelto a no ir solo, y si usted no me acompaña, me quedaré aquí.
Mariluán
dirigió al alférez una mirada de reconocimiento y Rosa bajó la frente, dando un
suspiro de impaciencia.
Durante
algunos minutos reinó en la choza el más profundo silencio.
Mariluán
trabajaba con la imaginación para encontrar un argumento capaz de convencer a
Rosa de la necesidad de abandonarle.
Rosa
permanecía impasible y el alférez miraba al techo con el aire de un hombre que
busca alguna idea luminosa para zanjar una dificultad.
Al
fin, viendo Mariluán que los momentos eran preciosos, rompió el silencio.
—¿Qué
condiciones quiere usted imponerme para consentir en marcharse? —dijo a la
joven.
—Que
usted me acompañe —contestó ella—. ¿No abandoné a mi familia por usted? —añadió
al ver que Mariluán bajaba la frente con tristeza.
—Es
cierto, disponga usted de mí —contestó Mariluán.
—¡Al
fin! —exclamó Rosa con alegría.
—Esta
señorita tiene razón —fijo el alférez—: tú debes consagrarte a la
exclusivamente, puesto que abandonó por ti su familia y su casa.
—Estoy
pronto a obedecer —contestó Mariluán.
Rosa
le estrechó una mano con agradecimiento.
—Ya
me hacía usted dudar de su amor —le dijo en voz baja.
—Mi
vida le pertenece, Rosa —murmuró Mariluán, vencido por aquella dulce presión y
por la mirada de profundo amor con que la joven había acompañado sus palabras.
—entonces
—dijo el alférez—, pongámonos en marcha y yo serviré de parlamentario a nuestra
llegada al campamento.
—Bien,
daré mis órdenes —dijo Mariluán.
Rosa,
Mariluán y Valero salieron de la casa y se detuvieron a la puerta.
La
noche era serena y las estrellas del cielo enviaban a al tierra su dudosa luz,
aumentando al parecer la oscuridad de los bosques que rodeaban la habitación de
Cayo.
Mariluán
hizo llamar a su hermano por medio de un indio que velaba al lado de la puerta.
—En
fin —dijo a Rosa el alférez—, cuando consigamos sacar a Mariluán de esta
madriguera de salvajes, podremos obtener su perdón, ofreciendo la paz.
—Le
perdonarán —contestó Rosa—, puesto que él puede hacer que los indios vuelvan a
la obediencia del Gobierno.
Mariluán,
entretanto, daba a su hermano sus instrucciones, explicándole la causa que le
obligaba a marcharse.
—Si
yo no vuelvo mañana —le dijo al despedirse—, tú atacarás, a menos de recibir
una orden contraria de mi parte. Una vez que yo haya dejado a Rosa en completa
seguridad, volveré aquí a pelear por nuestra causa.
Cayo,
sin emprender el respeto que su hermano manifestaba a Rosa, prometió obedecer,
porque había visto que Mariluán era valiente en el combate y cuerdo en el
consejo.
Media
hora después, Rosa, Mariluán y Valero, escoltados por cincuenta mocetones, se
ponían en marcha hacia el campamento de la fuerza del Gobierno.
XVI
La
idea de volver al seno de su familia y de alcanzar el perdón de Mariluán había
ensanchado el corazón de Rosa, oprimido durante los últimos días por el más
profundo abatimiento. Al melancólico silencio en que permanecía desde su fuga
de la casa materna, sucedió, con la marcha, una alegría expansiva, que hizo
olvidar a Mariluán el sentimiento con que se alejaba de los araucanos a cuya
suerte había consagrado los más ardientes votos de su vida.
Conociendo
Juan Valero que Rosa y Mariluán preferirían conversar solos, habíase adelantado
algunos pasos y se entretenía en silbar las tonadas que más habían amenizado
sus pasatiempos de guarnición.
Los
dos amantes quedaron así en completa libertad de comunicarse sus pensamientos.
Jurándose un amor inmutable y olvidándose de los escollos de la singular
situación en que encontraban, Rosa y Mariluán dirigieron sus miradas al
porvenir, que el amor y la ilusión embellecían, y formaron mil proyectos de
futura dicha, arreglando a su guisa los venideros acontecimientos de su
existencia. Prestábales la noche el prestigio de su oscuridad y de su misterio,
de manera que fácilmente pudieron olvidar el objeto de su viaje y acordarse
sólo del puro sentimiento que los unía y con el cual esperaban vencer los
obstáculos que la familia de Rosa pudiese oponer a su unión ante la iglesia,
que exigía la joven como el primer paso del venturoso porvenir que se fingían.
Mariluán,
exaltado también por la sinceridad de su amor, dejaba de acusarse al formar
proyectos en que olvidaba a los araucanos que le habían confiando su suerte y
se contentaba con la esperanza de ajustar una paz con algunas garantías para
los que se hallaban sobre las armas.
La
oscuridad de la noche les obligaba a caminar lentamente, de modo que la
indecisa luz de los primeros albores de la mañana se esparcía por el cielo,
cuando la comitiva se encontraba todavía como a media legua de distancia del
campamento a que se dirigía.
Al
ver que las sombras de la noche se disipaban, Mariluán llamó a Valero que
siempre caminaba delante de ellos:
—Es
tiempo ya de arreglar las condiciones de la entrevista —le dijo—.
Principiaremos por lo relativo a Rosa, y tú vas a comprometerte a cumplir mi
plan con toda exactitud.
—Como
si se tratase de cumplir con la ordenanza —dijo el alférez.
—La
llevaras al campamento —continuó Mariluán— y pedirás allí una escolta para
conducirla a su casa.
—Usted
se olvida, Mariluán—exclamó Rosa—, que he venido con la condición de no
separarme de usted.
—En
tal caso —replicó Mariluán—, no sé qué instrucciones dar a nuestro
parlamentario.
—Creo
—dijo Rosa— que lo mejor será presentarnos los tres a la entrevista a que el
señor Valero tendrá la bondad de llamar a su jefe.
—Entonces
—repuso Mariluán, dirigiéndose a Juan Valero—, adelántate a nosotros y pide a
ti jefe que nombre a alguno para tratar con nosotros. Se entiende —añadió— que
empeñas tu palabras de honor de volver a ser mi prisionero en caso que tu
misión no tenga buen resultado.
—Lo
prometo bajo mi palabra —dijo Valero.
Y
picando los ijares a su cabalgadura emprendió el galope hacia el punto que
ocupaba la fuerza del Gobierno.
Los
compañeros de armas, que le creían muerto por los indios, le recibieron con
grandes muestras de admiración y regocijo. Valero fue rodeado por oficiales y
tropa, y principiaron entre ellos esas fúnebres explicaciones que tienen lugar
al día siguiente de un combate, en las cuales se cuentan los presentes y
deploran la pérdida de los que la muerte arrebató en la refriega.
Los
soldados preguntaban a Juan por los que le habían acompañado, cuyos cadáveres
permanecían en el bosque en que el alférez había sido tomado prisionero.
Al
saber la suerte que les había cabido, unos juraban vengarles y otros recordaban
los lazos de amistad que con los muertos les unían.
—en
fin —dijo Juan—, yo necesito hablar con el comandante, y me permitirán ustedes
que vaya a buscarle. Un oficial acompañó a Valero hasta el punto en que se
hallaba el jefe de la división.
—señor
—le dijo el alférez después de las primeras explicaciones—, yo vengo aquí bajo
mi palabra de honor y en calidad de parlamentario.
—no
trato con salvajes, sino con rebeldes —dijo el jefe—, y los perseguiré hasta
dejarlos escarmentados.
Valero
hizo respetuosamente observar que no sólo se trataba de ajustar una paz
ventajosa para el Gobierno, conquistando la amistad de varias tribus de las más
importantes, sino que era necesario no olvidar que de esa paz dependía también
la suerte de Rosa, a quien el honor y la galantería militares aconsejaban
salvar.
El
jefe se paseó en silencio durante algunos momentos delante de Valero, que
esperaba su respuesta.
—hágales
usted venir —dijo rompiendo de repente el silencio.
El
alférez no se atrevió a pedir garantías, dominado por un sentimiento de
subordinación; pero se quedó inmóvil en su puesto.
—cumpla
usted mis órdenes —añadió el jefe—; veo que es preciso no abandonar a esa niña
cuyo hermano ha prestado buenos servicios.
Valero
hizo con la cabeza una señal de aprobación y se quedó siempre en el puesto que
ocupaba.
—¿Qué
más tiene que decir, alférez Valero? —exclamó el jefe, viendo la inmovilidad
del parlamentario.
—Que
necesito llevar a Mariluán la promesa de que se respetará su persona y su
libertad —contestó Juan, viendo que era preciso explicarse categóricamente.
—En
ese punto me hallará usted inflexible —dijo el jefe—: Mariluán, antes de ser
nuestro enemigo y el instigador de la sublevación de los indios, es un oficial
desertor, y como tal debe ser aprendido y juzgado.
—Observaré
con todo respeto —repuso Valero— que ahora es jefe de una fuerza considerable,
que puede molestar mucho al Gobierno y sostener una guerra que acarreará
grandes males y gastos enormes. Además —añadió, alentado por la tensión con que
su jefe le escuchaba—, Mariluán ha sido un buen oficial y más bien las
circunstancias que su voluntad le han arrojado en la empresa que ahora dirige.
—De
todo eso se tendrá cuenta al juzgarle —dijo el jefe—; pero si quiere obtener la
paz, es necesario que se entregue él mismo en garantía: dígaselo usted de mi
parte y adviértale que en caso de no hacerlo así le perseguiré a muerte.
Juan
Valero saludó y se retiró cabizbajo. En ese momento se acercó a él Mariano
Tudela a pedirle noticias de Rosa.
Valero
le informó de las intenciones de Mariluán, instándole a fin de que interviniese
con el jefe de la expedición para que no impusiese condiciones de arreglo muy
desventajosas para los araucanos.
Montó
enseguida a caballo y se dirigió a galope tendido al punto en que Rosa,
Mariluán y su escolta habían hecho alto para esperarle.
Rosa
y Mariluán le salieron al encuentro. El rostro de la joven manifestaba la
inquietud que durante la expectativa se había apoderado de ella, mientras que a
fría mirada de Mariluán indicaba el valor con que estaba dispuesto a someterse
a su destino si era adverso.
Valero
les refirió minuciosamente la entrevista que había tenido con el jefe y terminó
diciendo que, a pesar de sus palabras, le creía animado de indulgencia hacia
Mariluán.
—¡Pero
esa condición es inadmisible! —exclamó Rosa, al oír que Mariluán debía
entregarse prisionero.
Esa
exclamación iba acompañada de una mirada de amorosa solicitud con que cubrió a
su amante, cual si quisiese de nuevo jurarle que no le abandonaría. Pero esa
dulce expresión de su semblante se cambió en admiración cuando oyó decir a
Mariluán:
—al
contrario, es el único modo de entrar en algún arreglo: conozco al comandante y
sé que hará por mí todo lo que pueda.
Juan
Valero no comprendió tampoco la facilidad con que Mariluán aceptaba la dura
condición de entregarse en manos de sus enemigos, que difícilmente serían
jueces imparciales.
—Estás
en completa libertad de aceptar o no —dijo a Mariluán, que le miraba con
semblante risueño—, pues yo me guardaré bien de decir al comandante que en caso
de negativa yo era tu prisionero: por consiguiente dispón como te parezca.
—Lo
repito, es el único modo de concluir esto —respondió Mariluán—, y en vista de
tan grave consideración, acepto lo que se me propone.
—¡Pero
le seguirán a usted un consejo de guerra! —exclamó Rosa con inquietud.
—Y
yo probaré que mis intenciones al tener mi primera entrevista con los indios
eran pacificas —replicó Mariluán—, y que sólo el ataque que sufrimos y la
necesidad de no ser sacrificado por los caciques como traidor, me obligó a
ponerme en defensa.
Luego,
acercándose a Rosa, díjole en voz baja:
—Después
que usted se ha fugado conmigo de la casa de su madre, no le queda a su familia
otro partido que consentir en nuestra unión, y su hermano tendrá que emplear
todo su influjo en mi favor.
Este
argumento pudo más que los otros en el ánimo de la niña, que consintió en que
Mariluán se entregase, prometiéndose en su interior obtener la absolución de su
amante a fuerza de súplicas y mediante el influjo de su tío y de su hermano.
Mariluán
llamó entonces al jefe de su comitiva y él explicó las causas que le obligaban
a constituirse prisionero, asegurándole que es el único modo de alcanzar del
Gobierno una paz ventajosa.
—Cuando
recobre mi libertad —añadió— volveré al lado de ustedes y siempre estaré
dispuesto a consagrar mi vida a la causa de mis hermanos.
Dicho
esto les dio la orden de retirarse, dándole para su hermano Cayo amplias
explicaciones sobre lo que debían exigir para deponer las armas. Esas
instrucciones eran poco más o menos las mismas que había explayado en la
primera conferencia con los caciques.
Caleu,
que hacia parte de comitiva, quiso seguir a su jefe.
—No,
quédate, a ti te fusilarían o harían morir a palos —le dijo Mariluán—.
Conságrate a servir a Cayo y guárdate para mejores tiempos.
Enseguida
Rosa, Mariluán y Valero emprendieron la marcha hacia el campamento de la
división del Gobierno y los indios al que ocupaba Cayo al frente de sus
guerreros.
En
un paso estrecho en que era preciso desfilar uno a uno, Valero dejó pasar a
Rosa y se acercó a Mariluán.
—Explícame
—le dijo en voz baja— la facilidad con que abandonas tu empresa y vas a
entregarte a discreción.
—Es
el único modo de salvar a Rosa —contestó Mariluán con la vista animada por el
entusiasmo del sacrificio—: ella habría querido regresar conmigo al campo de
Cayo si me hubiese negado a entregarme y de este modo me era imposible hacer la
guerra y muy doloroso verla sacrificarse por mí.
—En
fin —dijo suspirando el alférez—, tú lo has querido.
—Eh
—exclamó Mariluán—, si me fusilan, mi querido Valero, los pocos días que he
permanecido entre mis hermanos no habrán sido del todo estériles, puesto que
ahora conocen mejor sus derechos y lo que deben pedir al Gobierno para librarse
de las expoliaciones de que son víctimas.
XVII
Hemos
indicado ya que desde que Mariluán tuvo a Rosa en su campamento, conoció las
dificultades de su situación, agravadas por la presencia de un ser delicado a
quien debía consagrar especialmente su solicitud, desde que ella le confiaba su
destino y arrostraba, por seguirle, los peligros de la arriesgada empresa en
que Mariluán se hallaba comprometido.
Por
otra parte, Mariluán amaba demasiado a Rosa para abusar de una posición creada
por la confianza y por el amor de la joven. Sus instintos de hidalguía y su
lealtad caballeresca le hacían respetar a su querida en proporción a su
debilidad y desamparo. Rosa se había puesto en sus brazos con entera confianza
y Mariluán habría preferido perder la vida antes que burlarla y traicionar la
noble pureza de la sincera pasión que a ella le unía. Para llegar a esa
respetuosa actitud del amante, Mariluán no había tenido necesidad de
reflexionar: habíale bastado obedecer a los que dijimos le caracterizaban,
instintos de hidalguía. Y Rosa vivió rodeada de su adoración y respeto.
Mas,
al mismo tiempo y por causa también de sus elevados sentimientos, Mariluán
conoció que la presencia de Rosa en su campo sería un obstáculo perpetuo a todo
empresa arriesgada y que siempre le acompañaría en el combate el temor de
abandonarla a merced de los indios, que probablemente no la respetarían si le
faltaba el apoyo de su prestigio y el de la obediencia que, al nombrarle su
jefe, le habían jurado.
Por
esto fue que al tomar prisionero a Juan, su primera idea fue la de aprovechar
tan infeliz ocasión de restituir a Rosa al seno de su familia. La honda
melancolía que a su pesar retrataban las facciones de la joven le había hecho
esperar que ella no opondría resistencia a este plan, y la circunstancia de
haberse fugado Rosa le tranquilizaba respecto a la resistencia de la familia,
que no se pondría a que él volviese el lustre a su honra cuando el éxito
hubiese coronado la empresa que había acometido. Su valor y su fe en la
santidad de la causa por que combatía le hacía mirar como seguro este
resultado.
Pero,
como hemos visto, Rosa se había obstinado en seguir los azares de su suerte; le
había probado que su amor era más poderoso que el pesar de verse separada de
los suyos, y que al sacrificarle su honra, quería también sacrificarle su
existencia si era preciso. Esta actitud, que él no esperaba a pesar de su
confianza en el amor de Rosa, le hizo conocer que a tan noble desprendimiento
no podía corresponderse sino con igual desinterés y magnanimidad. Así Mariluán
decidió zanjar la dificultad ofreciendo su persona como el único medio de
salvar a su querida; obedeció el destino que le mandaba abandonar sus sueños de
gloria; confió a la providencia la causa a que había jurado consagrares y
admitió la proposición que por medio de Juan Valero le hacía el jefe de las
fuerzas del Gobierno.
Sin
embargo, al entregarse Mariluán en poder de sus enemigos para conseguir que
Rosa volviese al seno de su familia, no abandonaba la esperanza de burlar la
vigilancia de sus carceleros y poder de nuevo colocarse al frente de los
araucanos hasta llevar su empresa a un remate feliz. A pesar de la preocupación
que la futura suerte de Rosa le causaba; a pesar de que después de conocer el
tesoro de amor que le consagraba su querida, veía que una existencia pacífica a
su lado habría sido tal vez la más envidiable felicidad. Mariluán, mientras
caminaba a entregarse sin condiciones, volvía la imaginación al deseo constante
de su vida, que cultivado en la soledad y fortalecido en la reflexión, había
llegado a ser para él una condición de existencia: a la regeneración de su
raza, por la que había abandonado una posición segura y honrosa en el ejercito,
cuyo valor conocía y estimaba.
De
este modo, al llegar al campamento del Gobierno, Mariluán formaba planes de
fuga, y pronosticaba a Rosa un venturoso porvenir con una confianza
comunicativa de que la joven involuntariamente participaba.
El
comandante de la división del Gobierno había salido al encuentro de la
comitiva, acompañado de Mariano Tudela.
Damián
Ramillo había buscado un pretexto para regresar a Los Angeles, al saber que
Mariluán se presentaba a tratar de la paz y se había puesto en marcha al mismo
tiempo que Juan Valero salía a llevar a Mariluán la respuesta del comandante.
Temiendo del carácter impetuoso de Mariluán alguna acusación que descubriese
sus intrigas, había dado por causa de su vuelta la necesidad de llevar a doña
Andrea Ramillo noticias de su hija y dejado a Mariano las instrucciones
necesarias para evitar los reclamos que Mariluán pudiese hacer a nombre de
Canchaleu.
El
comandante recibió a Mariluán con severidad y Mariano Tudela principio por
dirigir a su hermana amargos reproches.
—Caballeros
—dijo Mariluán—, al venir a entregarme en poder de ustedes, he creído que
trataba con gentes de honor, y si bien no pido ninguna indulgencia para mí,
creo que tengo derecho de exigir se guarden a esta señorita todos los respetos
que su sexo y su posición merecen.
—Mal
ha dado usted el ejemplo de ese respeto —contestó Mariano Tudela con áspera
voz.
—He
respetado su honor como el mío propio —replicó Mariluán con altivez—, y no
admito reconvenciones de nadie.
—Además
—dijo Rosa—, yo he seguido a Mariluán porque le amo y puedo levantar mi frente
con orgullo, porque he dado mi amor a quien merece y aspira a poseer mi mano.
El
comandante y Mariano Tudela, que esperaban encontrar con una mujer llorosa y
avergonzada de su falta, no pudieron dejar de manifestar su admiración al oír
aquella respuesta y el acento de modesta dignidad con que fue pronunciada.
—Tú
olvida —replicó Mariano— que para dar tu mano necesitas el consentimiento de tu
madre y el mío.
—Pero
sabías que ustedes estaban resueltos a no consultar mi voluntad para
sacrificarme —dijo Rosa— y he querido colocarme en una situación que me hiciese
dueña de mi mano.
—Eso
lo veremos —exclamó Mariano con acento amenazador.
—Yo
he venido a colocarme bajo la protección de usted —dijo Rosa al comandante, a
quien la entereza de la joven tenia cautivado.
—Señorita
—contesto—, me honra usted altamente con su confianza; pero me es forzoso
reconocer los derechos que sobre usted tiene su hermano, que es el jefe de su
familia.
—¡Ah!
—exclamó Rosa, cubriéndose con las manos el rostro, sobre el que rodaron sus
lágrimas—, bien sabía que iba a ser desgraciada viniéndome aquí.
El
comandante se acercó a ella conmovido y le dijo en voz baja:
—Juro
a usted por mi honor que Mariluán no correrá ningún peligro y que haré cuanto
pueda para que su familia lo admita por marido de usted.
—¡Pero
yo no quiero abandonarle! —le dijo Rosa con la voz cortada por los sollozos.
—Obedezca
usted a su hermano y deje lo demás de mi cuenta —le contestó el comandante.
Se
volvió entonces hacia Mariluán, diciéndole:
—Yo
le respondo que esta señorita será tratada con toda clase de consideraciones.
—en
tal caso, comandante —respondió Mariluán—, estoy a las órdenes de usted.
—Siga
usted al alférez Valero —le dijo el comandante—; él le conducirá a usted al
punto en que está la tropa que debe custodiarle.
Mariluán
dirigió a Rosa una mirada de adiós, a la que la joven quiso contestar bajándose
del caballo y corriendo a estrecharle entre sus brazos; pero un sentimiento de
pudor la detuvo en presencia de los que la observaban y sólo contestó a la
despedida de su amante con una mirada que nublaban las lágrimas.
—Valor,
amigo —dijo a Mariluán el alférez—; comprendo lo que sufres por lo que a mí me
pasa: yo prefiero que me den un balazo a ver llorar a una mujer bonita.
Al
mismo tiempo, el comandante, que había quedado junto a Rosa, le decía:
—Tenga
usted confianza en mí, señorita, y vuélvase con su hermano a Los Angeles: yo le
respondo de la suerte de Mariluán.
Algunos
momentos después, Mariluán, rodeado de un piquete de tropa encargado de
custodiarle, formaba a retaguardia de la división del Gobierno y Rosa seguía a
su hermano que, escoltado de alguna fuerza cívica había tomado el camino de Los
Angeles.
En
fin —decía para sí Mariluán—, lo principal está hecho ya.
Y
ahogaba un suspiro que su alma dirigía a su amante, al pensar con satisfacción
en el sacrificio que por dejarla en seguridad había hecho.
Rosa
caminaba entregada a la más profunda desesperación. Al verse a merced del
imperioso dominio de su hermano, olvidaba las promesas que el comandante había
retirado hasta el momento de despedirse y sólo oía la voz de los lúgubres
presentimientos que su tristeza y la separación de Mariluán le sugerían.
A
pocas cuadras del campamento, salió de entre unos matorrales un indio que se
dirigió a Mariano.
—¿Qué
hay, Peuquilén? —le dijo éste, reconociendo al que había adelantado algún
dinero sobre la cabeza de Mariluán, que, como dijimos, las autoridades habían
puesto a precio. El indio habló algunos minutos con Mariano y se despidió de
él, volviendo a internarse entre los espesos matorrales que bordeaban el
camino.
Oculto
tras unos boldos, Peuquilén siguió con la vista a Rosa, con esa expresión de
salvaje ardor que le vimos cuando se presentó en casa de doña Andrea a vender
yerbas con Caleu. Cuando la hubo perdido de vista, dejó su puesto y se dirigió
al lugar que ocupaba la división del Gobierno.
XVIII
Llevada
por Caleu y los demás que habían escoltado a Mariluán la noticia de su prisión
al campamento de Cayo, éste y los demás caciques se reunieron a conferenciar
sobre la marcha que decían seguir en adelante. La impresión que dominó
generalmente en aquel consejo fue la del desaliento. La pericia y el valor
desplegados por Mariluán en los pocos días que había permanecido al frente de
los araucanos le habían conquistado el respeto de éstos y su más ilimitada
confianza para las cosas de la guerra. Todos los caciques se expresaron en este
sentido, y condenaron como dirigirlos al combate. También la obediencia que les
servía de lazo de unión, rota con la ausencia del caudillo, daba lugar a que de
nuevo apareciesen las rivalidades de tribu, y a que faltase, por consiguiente,
la cohesión que necesitaban para hacer frente a las fuerzas del Gobierno, que
por sus armas y su táctica podían batirles con muy escaso número de gente.
Cada
una de estas consideraciones fue explayada en largos discursos, que al fin
hicieron prevalecer la idea de enviar una disposición al jefe enemigo a
proponerle la paz. Esta proposición estaba en armonía con la índole de los
araucanos, que pasan de las hostilidades a la obediencia ciega, siempre que lo
juzgan oportuno para sus intereses, reservándose, in petto, el derecho de
faltar a lo pactado, cuando creen que esos intereses lo reclaman nuevamente.
Partió
pues la embajada compuesta de Cayo y de algunos otros caciques.
La
división del Gobierno se preparaba a marchar hacia el campo araucano, cuando
los parlamentarios de éstos llegaron anunciando el objeto que les llevaba.
El
jefe del Gobierno que se había internado en el territorio indígena sin los
recursos suficientes para una campaña formal, aceptó gustoso la conferencia,
mientras que exteriormente manifestaba hacerlo persuadido de que renunciaba por
humanidad a la victoria.
Con
tal disposición de ánimo por ambas partes beligerantes, el arreglo de la paz no
fue largo ni difícil. El jefe del Gobierno impuso por condición el pago de los
gastos de guerra con una cantidad de animales vacunos que los indios se
comprometían a entregar en un termino dado; la completa obediencia a las
autoridades de la República, para lo cual se colocarían en las diversas tribus
sublevadas capitanes de amigos con resta del Estado, y por fin, en prenda de
cumplimiento, quedarían en rehenes el mismo Cayo y los hijos mayores de los
demás caciques presentes a la conferencia.
Terminados
estos arreglos, el jefe se apresuró a contramarchar hacía Los Ángeles,
llevándose los rehenes pactados y al prisionero caudillo de los araucanos,
acerca del cual no había admitido las condiciones que Cayo había propuesto para
alcanzar su libertad.
Como
dijimos ante, Peuquilén había regresado al campamento de los chilenos después
de hablar con Mariano Tudela. Sus relaciones con este joven le habían
conquistado la confianza de los oficiales y tropa de la División, de modo que
Peuquilén gozaba de entera libertad entre sus naturales enemigos.
El
último acontecimiento que ponía fin a la campaña había desbaratado sus planes
de venganza y las probabilidades con que contaba de ganar una fuerte suma con
la cabeza de Mariluán, a quién había jurado un odio implacable desde la escena
del huerto en casa de Mariano Tudela. La codicia que domina principalmente
entre las razas salvajes velaba en el alma de Peuquilén y no le dejaba
renunciar a sus planes de venganza y de lucro, a pesar del contratiempo que le
ocurría con la prisión de Mariluán. Meditando el modo de llevarlos a efecto,
siguió la marcha de la división y se acercó varias veces a Mariluán, haciéndole
signos de inteligencia cuando los soldados no le observaban.
Mariluán,
que le había casi olvidado con los sucesos de los últimos días, vió un rayo de
luz para su esperanza con la presencia de Peuquilén. A medida que las horas
transcurrían y que la imaginación de Mariluán se acostumbraba a la idea de
verse separado de Rosa, sus ideas volvían a su primera preocupación, con la
porfía de todo el que ha consagrado sus desvelos al culto de una idea: de modo
que, cuando al anochecer, la división acampaba a poca distancia de la ribera
Norte del Bío-Bío, Mariluán sólo pensaba en la fuga y en encender nuevamente la
guerra, a fin de vengar las onerosas condiciones con que por falta de su apoyo,
lo araucanos habían ajustado la paz.
Una
circunstancia favorecía esta esperanza de Mariluán: su popularidad entre la
tropa del regimiento a que había pertenecido y el amor que muchos de los
soldados le profesaban. Mariluán vió que no se engañaba al contar con esa
popularidad, porque durante la marcha, el piquete encargado de custodiarle le
dio muestras de adhesión y respeto, indicándole el sargento que mandaba la
partida que deseaba cumplir con su deber, sin faltarle a ninguno de los
miramientos a que su pasada conducta con la tropa le hacía acreedor.
Poco
antes de llegar al punto elegido por el jefe de la división para pernoctar,
acercóse Peuquilén a la partida que custodiaba a Mariluán, y entabló poco a
poco conversación con él. Mariluán principió reconviniendo a Peuquilén por su
comportamiento en la noche del asalto dado a casa de doña Andrea Ramillo; pero
el indio, lejos de desconcertarse, encontró varios argumentos para probar que
se había conducido con lealtad y que su objeto al arrebatar a Rosa de la casa
había sido servir a los intereses de Mariluán, sacando a la joven mientras que
él se apoderaba del hermano que podía frustrara el intento que les llevaba,
oponiendo una seria resistencia con sus armas. A los cargos que Mariluán le
hizo por no haberse reunido a los suyos en los días de combate, Peuquilén
contestó que, sorprendido en su marcha por la división de Españoles, le había
sido preciso fingirse enemigo de Mariluán, diciendo que pertenecía a una tribu
amiga del Gobierno de Chile.
Tanto
estas explicaciones dadas por Peuquilén con maestría y sagacidad, cuando el
deseo de recobrar la libertad, que dominaba a Mariluán. Le hicieron confiar de
nuevo en Peuquilén, que con maña le habló de las razones que los parlamentarios
de los indios, incluso Cayo había tenido presentes para proponer el convenio
ajustado. Como se sabe, la principal de esas razones había sido la falta de un
jefe que, como Mariluán, reuniese a su valor y conocimientos militares la
cualidad de imponer igual respeto a los caciques que no podían suponerle
intereses personales, desde que reconocía a su hermano Cayo el derecho
correspondía a Mariluán. A fin de avivar los deseos que éste expresaba sin
rebozo de tentar una evasión para reparar los males que su juicio había ocasionado
su determinación de entregares a sus adversarios, Peuquilén exageró las
probabilidades de éxito que tendría una nueva guerra, a la que seducidos por la
fama del caudillo, acudirían de todas partes de la Araucanía numerosas huestes
de auxiliares.
Animados
pues por esta conversación que tanto lisonjeaba sus deseos, y llevado por la
impetuosidad natural de su carácter, Mariluán decidió hacer su tentativa de
fuga en aquella misma noche; para lo cual se ofreció a ayudarle Peuquilén
trayendo a inmediaciones del campamento un caballo en que Mariluán se pondría
muy luego a salvo de toda persecución, reuniéndose a los guerreros que aun no
debían deberse alejado de las casas de Cayo.
Consolado
Mariluán con este nuevo propósito, vió con agradable sorpresa, al acampar la
división, que del piquete de tropa que en el camino le había custodiado, se
mandaba separa la mayor parte, dejando sólo un sargento y seis soldados para
guardarle.
No
era una simple casualidad esta medida que tan lisonjeramente halagaba las
nuevas esperanzas de Mariluán. En ella tenía parte la intención directa del
jefe que comandaba la expedición. Este había comprendido las causas que habían
determinado a Mariluán a entregarse en su poder y después de sus promesas a
Rosa, veía lo delicado de su posición, al reflexionar en la inflexibilidad de
las leyes militares por las que debía se juzgado el prisionero como oficial
desertor y como jefe de la rebelión indígena. A esta consideración se agregaba
el aprecio que tenía a Mariluán por su valor y relevantes prendas personales,
de manera que a medida que temía por la suerte de éste cuando fue sometido a un
consejo de guerra, conocía las dificultades que se oponían al cumplimiento de
las promesas que había hecho a Rosa para decidirla a separarse resignada de su
amante.
De
estas reflexiones surgió naturales en su espíritu el deseo de que Mariluán se
sustrajese por medio de la fuga a la suerte que le amenazaba en su poder y con
esta mira dio por pretexto la necesidad de resguardar debidamente el
campamento, para disminuir la fuerza del piquete que custodiaba a Mariluán.
Ninguna sospecha podía recaer sobre él por esta medida, desde que el prisionero
había venido a entregarse voluntariamente, por lo cual todos suponían que el
hacerle custodiar era una simple formalidad militar, a la cual no podía
sacrificarse la seguridad del campamento, a cuyas inmediaciones aconsejaba la
prudencia apostar partidas avanzadas, con el fin de evitar las sorpresas que
acostumbraban hacer los araucanos a las fuerzas que se internan en su territorio.
Esperando
que Mariluán únicamente comprendiese sus intenciones y supiese aprovecharse de
ella, se retiró el comandante a su puesto para pasar la noche, en
circunstancias que Peuquilén iba en busca del caballo que había ofrecido a
Mariluán y que éste, despreciando los peligrosa que podían amenazarle, esperaba
con impaciencia la hora en que la tropa durmiese profundamente para efectuar
sus fuga; Viéndose de antemano al frente de una nueva campaña cuyos resultados
doraba el reflejo de sus ilusiones generosas, iluminando la regeneración de su
raza, y contemplando su felicidad al lado de Rosa que premiaría con su amor y
su constancia el noble desinterés de sus esfuerzos.
XIX
A
los rayos del sol que se ocultaba en el ocaso sucedió la luz de los fuegos del
campamento. Las llamas que se levantaban rectas hacia el cielo iluminaban los
rostros de la tropa agrupada en derredor de las fogatas.
La
idea de la paz recién ajustada y la de volver al seno familiar después de
escapar a los peligros de la campaña, enviaban también sus reflejos de la
alegría al semblante de los soldados, que, al amor de la lumbre, se referían
las escenas recientes o recordaban los hechos de pasadas excursiones al suelo
araucano.
Los
oficiales, reunidos en un grupo aparte, celebraban también el próximo regreso a
Los Angeles, formando alegres proyectos de combates harto más gratos al corazón
que aquellos en que acababan de dar nuevas muestras del valor que siempre ha
distinguido al ejército. Chileno.
También,
como era natural, hablaron de Mariluán.
—en
su lugar —dijo uno de los oficiales—, yo me habría ido con la muchacha a
cualquiera parte menos a esta tierra de salvajes.
—Y a
mí —añadió otro— primero me costaban las orejas que entregar a la chica.
—Hablas
como hablaría un perro de presa que tuviese el don de la palabra, exclamó
sonriéndose el alférez Valero, contestando a este último.
Una
carcajada general acogió a esta contestación, mientras que Valero golpeaba con
cariño el hombro del oficial a quien había respondido de ese modo. Este oficial
era uno de los que iban a servir de testigo a Mariluán. En su duelo con Mariano
Tudela.
Juan
Valero continuó:
—Mariluán
cortó la dificultad en que se hallaba por uno de esos rasgos de heroísmo que le
son propios. Rosa le sacrificaba su honor y tal vez su vida: él decidió comprar
con la suya la tranquilidad de Rosa. Entregándose prisionero, la obligó a
volver al lado de su familia de donde conoció demasiado tarde que no debió
haberla sacado.
—Lo
peor del caso —dijo el que había hablado antes que Valero —es que corre mucho
riesgo de ser fusilado. ¡Pobre Mariluán!
Algunos
momentos de silencio siguieron a estas palabras. Una botella de aguardiente que
pasó de mano en mano pareció preocupar la imaginación de los oficiales durante
ese silencio. El que lo interrumpió fue hablando de un asunto distinto del que
les ocupaba y, en la nueva conversación, se obtuvieron de tomar parte Valero y
el oficial que había compadecido la suerte de Mariluán.
El
alférez le dijo al oído cuando los demás estaban distraídos en su conversación.
—Mariluán
será fusilado si no tiene amigos capaces de servirle en la desgracia.
—Yo
soy su amigo y le serviré en lo que mi honro me lo permita —contestó el
oficial.
—Tengo
un proyecto —repuso Valero—, y si ustedes se ofrecen a secundarme, podré más
fácilmente llevarlo a cabo.
—¿Qué
proyecto?
—El
de hacer fugarse a Mariluán con tal que nos dé su palabra de honor de no volver
a tomar parte en la guerra de los indios.
—Me
parece bien.
—Creo
que es lo único que razonablemente puede exigírsele —añadió Valero.
Los
dos se separaron del grupo de los oficiales so pretexto de pasar revista al
campamento. Visitando los diversos puestos que ocupaba la tropa, llegaron al
punto en que se hallaba lo que servía de custodia a Mariluán.
El
joven se había recostado sobre una gruesa manta extendida sobre el suelo y
miraba las estrellas absorto en una profunda meditación.
El
sargento y los hombres que le guardaban habían hecho, como el resto del
ejercito, una fogata, a cuyo derredor se encontraban sentados preparando el
rancho de la noche.
Los
dos oficiales dirigieron algunas palabras cariñosas a Mariluán que se había
puesto de pie para recibirlos.
—¿Qué
hacías? —le preguntó Valero.
—Para
distraerme estaba contando las estrellas —contestó sonriendo Mariluán.
—Y
siempre te salía una de menos, ¿no es verdad? —replicó Valero.
—¿Por
qué? —preguntó Mariluán sin comprenderle.
—Porque
falta Rosa —contestó el alférez.
—¡Pobre
Rosa! —murmuró con tristeza Mariluán.
Siguióse
un momento de silencio.
Venimos
a hablarte de un asunto muy serio —dijo Valero bajando un poco la voz.
—Ustedes
saben —contestó Mariluán— que soy serio cuando es preciso. ¿De qué se trata?
—Queremos
salvarte —le dijo el oficial que acompañaba a Juan Valero.
—La
oferta no sólo me parece seria sino muy agradable —dijo Mariluán—; les doy a
ustedes las gracias por tan generoso deseo.
—No
te apresures tanto —exclamó el alférez—, porque tenemos algunas condiciones que
proponerte.
—¿Condiciones?
—dijo Mariluán—, no las adivino.
—Se
reduce a lo siguiente —prosiguió Valero—: nos hemos comprometido a contribuir a
tu fuga en cuanto podamos, si tú te comprometes bajo tu palabra de honor a no
volver a tomar parte en la guerra de los indios en contra el gobierno.
—Después
de lo que he hablado contigo —dijo Mariluán al alférez—, no comprendo que me
propongas la libertad a ese precio.
—Si
no lo hiciera, creería faltar a mi deber —repuso Juan—:yo bien puedo servir a
un amigo como tú, exponiéndome a perder mi empleo y a ser castigado
severamente; pero no consentiría en poner las armas en la mano a un enemigo de
mi causa.
—¿Habrías
aceptado cuando eras mi prisionero una condición semejante? —preguntó Mariluán.
—No
—respondió Valero.
—Pues
yo tampoco puedo aceptar lo que me propones: la causa de los araucanos es la
mía.
—Es
decir que persistes en sacrificarte por ellos —exclamó el otro oficial.
—Me
lo he jurado a mí mismo —dijo con firmeza Mariluán.
—Tú
conoces las leyes militares —observó Juan— y no ignoras que un consejo de
guerra te debe condenar a ser pasado por las armas.
—Seré
pasado por las armas; pero no pasaré por la de honra de faltar a mi conciencia
—exclamó Mariluán con el acento de una orgullosa convicción.
—No
te cría tan porfiado, Mariluán —dijo el alférez con acento de triste
reconvención.
—No
tan loco te creía yo —añadió su compañero—. ¡Sacrificarse por los indios!
—¡Ustedes
olvidan que soy indio también! —replicó Mariluán con viveza.
—¡Indio
civilizado y que vale más que muchos chilenos! —dijo el compañero del alférez.
—¿Y
por qué los demás de mi raza no han de poder civilizarse como yo? —repuso
Mariluán.
Valero
y su amigo bajaron la vista. Los ojos de Mariluán brillaban con un fuego
extraño. Hubiérasele creído inspirado.
—Ustedes
no me han comprendido ni me comprenden —prosiguió—. ¿Creen acaso que poniéndome
a la cabeza de los araucanos he tenido la loca pretensión de conquistar a
Chile? Ustedes conocen mi corazón; ¿se figuran que encendí la guerra por ver
matarse a hermanos con hermanos? Y, sin embargo, la explicación de mi conducta
es muy sencilla. Soy araucano, y no puedo mirar indiferente lo que sufren los
araucanos: poner fin a esos sufrimientos, colocando a los indios en situación
de hacerse oír del gobierno, he aquí mi ambición. Mas no podrán obtener la
reparación y la justicia que merecen si no se presentan fuertes y terribles.
Con el fuerte se trata y al débil se le oprime. Yo he querido salvarlos de esa
opresión y que se les mire como a hermanos y no como a un pueblo enemigo del
cual se pueden sacar esclavos, despojándole de sus tierras. A este fin he
consagrado mi vida y por esa idea moriré: la creo noble, la creo santa. ¿No he
peleado ya bastante por el triunfo de tal o cual mandatario? ¡Pues bien, yo
quiero pelear por la felicidad de los que son mis hermanos!
—Te
olvidas que ya no puedes hacerlo —díjole el oficial que acompañaba a Valero.
Mariluán
les miró un momento como vacilando ante lo que iba a contestar. Luego les dijo
en voz baja:
—Ustedes
han venido a darme una prueba de amistad que les agradezco en el alma. Para
corresponderles en algo, quiero ser franco con ustedes y comunicarles el plan
que tengo entre manso. Me pienso fugar esta misma noche.
—Si
te descubren te fusilan —exclamo Valero.
—Si
no corriese ningún riesgo, ¿qué mérito tendría el rehusar la oferta de ustedes?
—replicó Mariluán—. Prométanme ustedes que nada harán para impedírmelo: es todo
lo que necesito.
—En
cuanto a eso no tenga cuidado —dijo Juan Valero.
—Nos
queremos como si nada supiésemos —añadió el otro.
—No
esperaba menos de la amistad de ustedes —repuso Mariluán—. Les advertiré
también que ninguno de la división es cómplice de mi plan: yo solo soy
responsable de todo.
—Es
decir que en caso de conseguir tu objeto, vuelves a ser nuestro enemigo —dijo
el compañero del alférez.
—Mi
destino me colocará en filas contrarias a las de ustedes —contesto Mariluán—;
pero jamás seré enemigo de mis leales compañeros de armas.
—Y
si consigues salir de aquí, ¿qué piensas hacer? —preguntó Valero.
—Reunir
a los caciques, cambiar las condiciones onerosas de la paz que por culpa mía se
han visto obligados a proponer y tratar entonces de modo que se tengan en
cuanta los derechos de los araucanos. Que se les devuelvan las tierras que se
les han arrebatado por engaños y fraudes, que se les restituyan los
prisioneros, que se reglamenten los contratos entre españoles y araucanos,
dando a estos las garantías de que carecen: en una palabra, que se les asegure
el amparo de las leyes a que todo ciudadano chileno tiene derecho, y ellos
ofrecerán por su parte las garantías que se les pidan.
—En
fin —dijo el alférez, como desalentado por el entusiasmo con que Mariluán
hablaba de su idea favorita—, haz lo que te parezca; por mi parte, te he
advertido ya los peligros que corres.
—Que
importan los peligros —exclamó Mariluán—; la vida del hombre, a mi juicio, vale
más sacrificándose a una idea generosa y grande, que reservándose para llegar a
la muerte después de una serie de días estériles y de satisfacciones egoístas.
Yo nací araucano y es justo que me consagre al engrandecimiento de mi raza. Los
que han asombrado al mundo con su valor son susceptibles de engrandecerse y
concurrir a la felicidad del país en general. Este convencimiento ha dirigido
siempre mis reflexiones y dirigirá mi brazo en el combate: que triunfo o que
fracase, nadie me impondrá la idea de que un pueblo tan noble para defender su
independencia es sólo una raza de salvajes incapaces de perfeccionamiento
moral.
—De
todas maneras —dijo Valero con cierta melancolía—, lo que yo veo de más próximo
es tu sacrificio.
—Aun
cuando muera sin realizar mis planes —replicó Mariluán— no creo que mi sangre
será estéril: ella fecundará una idea grande y yo habré cumplido con mi deber.
En
este instante reinaba ya un profundo silencio en el campamento. Los fuegos se
habían apagado poco a poco; las conversaciones habían languidecido, y dominando
el cansancio sobre la emoción de los espíritus, el sueño empezaba a apoderarse
de la tropa.
El
oficial que acompañaba a Valero hizo notar esta circunstancia al alférez.
Juan
pasó la mano a Mariluán, dominado por una visible emoción.
—¿hasta
cuándo? —le dijo—, ni tú ni yo lo sabemos. Acaso sea ésta una despedida eterna.
—tienes
razón —contestóle igualmente conmovido Mariluán—, y tus palabras me hacen
recordar que no debo despreciar esta feliz casualidad de llevar un recuerdo a
Rosa.
—A
propósito, ¿qué le diré? —preguntó Valero.
Mariluán
se sacó un anillo que llevaba en el índice de la mano izquierda y lo pasó al
alférez.
—Le
dirás que nunca la olvidaré —le dijo— y que mi primera ambición será volar a su
lado cuando haya cumplido mi deber. Ruégale que me perdone, si muero, por haber
consagrado a otra causa una vida que en parte le pertenece; pero dile que
siempre seré digno de su amor.
Para
hacer esta última recomendación, Mariluán se había separado con Valero algunos
pasos del otro oficial. Pronunció aquellas palabras con sencillez, sin afectada
melancolía, como el hombre que cree natural al cumplimiento de los más penosos
deberes. Pero, a pesar de la naturalidad de su tono, Juan Valero sintió temblar
entre sus manos las de Mariluán.
El
silencio de la noche dio mayor solemnidad a la despedida, en la que aquellos
jóvenes, acostumbrados a los azares de la guerra, se sentían dominados por el
presentimiento de una eterna separación. Por esto fue que se abrazaron con
fraternal cariño, y mientras Mariluán esperaba la hora oportuna de poner en
práctica su tentativa de evasión, el alegre alférez, dominado por ese
presentimiento, daba un profundo suspiro, pensando, al dormirse, en la suerte
de su amigo.
XX
Algunos
momentos después de la despedida de los tres oficiales, reinaba en el
campamento un profundo silencio.
Con
la extinción de las fogatas pareció haber aumentado en el punto que ocupaba la
tropa la claridad de la noche. Mariluán hizo esta observación al tender su
vista en derredor y al divisar a los centinelas que se paseaban a distancia del
lugar en que él se hallaba, decidido a llevar adelante su plan, esperó con
paciencia un segundo relevo de centinela, pues sabía que los entrantes a
quienes se habría arrancado del sueño para cumplir su facción se dejarían
vencer del cansancio con más facilidad que los salientes.
En
esta expectativa transcurrió una hora. Al cabo de este tiempo, los ronquidos de
la tropa que le custodiaba le anunciaron que podía salir sin dificultad.
Púsose
de pie con gran cautela y permaneció inmóvil en esa actitud durante algunos
momentos. Desde su puesto observó que los centinelas no se paseaban ya. Esta
observación le alentó para dirigirse al lugar en que Peuquilén debía esperarle
con caballos, y se adelantó envuelto en su manta, tratando de ahogar el ruido
de sus pasos.
A
poca distancia de la línea ocupada por los centinelas, vió Mariluán a uno de
ellos sentados con el fusil entre las piernas y al parecer dormido.
Adelantándose algunos pasos divisó no lejos a otro en la misma actitud. La
distancia no le permitía ver al que de este último seguía, y confiado en que
durmiese también, avanzó con paso resuelto y salvó la línea guardada por los
centinelas. Mas a pocos pasos oyó la voz de "¿quién vive?" dada por
uno de ellos, y repetida por el que tenía más próximo. Al oír esa voz, lejos de
intimidarse ni detenerse, Mariluán se puso a correr y oyó en ese instante una
detonación de fusil, a la que siguió otra inmediatamente.
Gracias
a la oscuridad de la noche, las balas habían pasado a gran distancia de
Mariluán, que vió que para salvarse necesitaba de toda la velocidad de sus
piernas. Redobló por consiguiente la carrera y en pocos momentos llegó al lugar
convenido con Peuquilén.
Este
le esperaba con dos caballos.
De
un salto, Mariluán subió a uno de ellos, tomó una soga de crin que servía de
riendas y emprendió la carrera, seguido de Peuquilén que había saltado sobre el
otro caballo.
Al
tiempo de emprender la marcha oyeron las voces de alarma del campamento.
Despertaba la tropa por los dos tiros que los centinelas habían tirado a
Mariluán, apoderábase medio dormida de las armas y se agrupaba alrededor de sus
jefes.
Mariluán
y Peuquilén, entretanto, corrieron a galope tendido durante algunos minutos por
el camino que conducía a las posesiones de Cayo. A pesar de lo práctico de
Peuquilén en aquellas localidades, la dudosa claridad de las estrellas no
permitía a los dos fugitivos acelerar la marcha a medida del deseo. Un tronco
de árbol arrojado al través del camino o algún estrecho desfiladero eran
obstáculo bastante serio para impedirles al galope y obligarles a caminare al
paso o al trote, según las circunstancia.
Empeñábase
tanto Mariluán en acelerar la marcha porque conocía el arrojo de los soldados
que pertenecían al regimiento en que había servido, y sabía que les
perseguirían con tesón si se les daba orden para ello.
Al
cabo de un cuarto de hora de marcha, Mariluán y Peuquilén se detuvieron a
conferenciar. Según sus reflexiones, más convenía abandonar los caballos y
dirigirse a la casa de Cato, por senderos extraviados, a fin de ponerse a
cubierto de la persecución de la tropa de la caballería que creyeron sería
enviada en su seguimiento.
Una
circunstancia contribuyo también poderosamente en el ánimo de Mariluán para
adoptar esta determinación: había perdida ya la costumbre de montar en pelo a
caballo, de modo que con lo andado ya, sentía que el resto de la marcha le
sería penoso.
Ambos
echaron pie a tierra, en consecuencia del nuevo plan de marcha, y después de
tirar los caballos por las riendas hasta alejarlos convenientemente del camino,
se perdieron entre los matorrales con la agilidad reposada del zorro que sabe
siempre correr o detenerse a tiempo cuando es perseguido.
Precipitando
el paso a medida que el terreno lo permitía, acortándolo cuando atravesaban por
espesos matorrales y deteniéndose para observar si algún ruido indicaba la
proximidad de los perseguidores, Mariluán y Peuquilén hablaban poco, y parecían
cada cual ocupado de sus particulares reflexiones. Al cabo de una hora de esta
marcha que la desigualdad del piso y la falta de luz hacían sumamente fatigosa,
Mariluán, que caminaba adelante, se detuvo como para tomar aliento. En ese
instante, y mientras dirigía la vista como para reconocer el camino que debía
seguir, Peuquilén descubrió la mano derecha armada de un puñal que sacó de su
cintura, y antes que Mariluán hubiese vuelto la cabeza, se arrojo sobre él,
asestándole un fuerte golpe en la espalda.
La
fuerza del golpe hizo penetrar el puñal en el pulmón izquierdo de Mariluán, que
al darse vuelta recibió un nuevo golpe que le arrojó en tierra.
Ni
un solo grito, ni una sola exclamación fue lanzada por el infeliz caudillo de
los araucanos.
Hizo
sólo un movimiento para arrojarse sobre su agresor, y extendiendo los brazos
hacía adelante, cayó de espaldas, arrojando torrentes de sangre por las dos
heridas que acababa de recibir.
Peuquilén,
con los ojos fijos en su víctima, se retiro algunos pasos, cual si hubiese
temido que aquel hombre desarmado y moribundo pudiese luchar con él en su
agonía.
Mariluán
se revolcó en el suelo durante algunos momentos, hizo nuevos esfuerzos para
levantarse, y lanzando un rugido de despecho, exhaló el último aliento con la
vista fija en su asesino que permanecía inmóvil delante de él y pronto a
acometerle de nuevo si daba señales de poder incorporarse.
Todo
quedó después en el más lúgubre y profundo silencio. Sólo se oía junto al
cadáver de Mariluán la agitada respiración de Peuquilén, que le contempló
durante algunos minutos sin hacer un movimiento, como dominando la agitación en
que su horrible crimen le había dejado.
Convencido
al fin, por la completa inmovilidad de Mariluán, que ya no corría ningún
peligro en acercarse, llegó hasta el cadáver adelantándose con cautela, le tomó
del cabello y con su afilado puñal separo la cabeza del tronco.
Durante
esta atroz operación, los ojos de Peuquilén brillaban con los sombríos
resplandores de la venganza satisfecha. El temor que le inspiraba Mariluán
había desaparecido. A la escasa luz de las estrellas contempló el rostro pálido
de su víctima y sus facciones se iluminaron con una salvaje alegría: para él,
la cabeza de Mariluán representaba la satisfacción del rencor y el pago
ofrecido al asesino por las autoridades chilenas. La helada sombra del
remordimiento no oscureció por un solo instante la expresión de salvaje
crueldad con que Peuquilén sostenía de los cabellos la ensangrentada cabeza de
Mariluán.
Tal
es el trágico fin que ha conservado la crónica del generoso descendiente de los
héroes inmortalizados por la epopeya. El sol fecundo de la civilización había
hecho germinar ene l pecho de Mariluán la simiente de una noble esperanza:
quería regenerar a su raza por medio del trabajo y de la honradez. A este
elevado fin consagró sus pensamientos y su vida. Su fe sincera eh la justicia
de su causa la hallaba en la convicción que le asistía de que el pueblo que
posee tan incontrastable amor a la independencia y a la libertad, no podía
dejar de poseer también dotes intelectuales relevantes y fáciles de cultivar.
En
medio de los vicios adquiridos por los araucanos en una lucha de más de tres
siglos contra enemigo que siempre enarbolaban la bandera de la opresión y del
despojo, Mariluán divisaba a la raza primitiva de sus mayores, rindiendo a la
muerte los heroicos pechos antes que doblar el cuello a la esclavitud que les
amenazaba. Esta reflexión, madurada por el estudio y el amor a las grandes
acciones, hizo revivir en sus venas la sangre de Lautaro, y en su pecho nacer
el entusiasmo por la fraternidad con los antiguos enemigos, después de
conquistar la igualdad de derechos para sus hermanos oprimidos. Mientras
consumaba Peuquilén su bárbara venganza, la división del Gobierno dejaba el
campamento y seguía su marcha hacía Los Ángeles. Mariluán se había engañado creyendo
que le perseguirían, pues el jefe de la expedición celebró su fuga con íntima
alegría y renunció a perseguirle. Satisfecho de haber asegurado la paz y
conseguido garantías para el reembolso de los gastos de guerra, dio la orden de
seguir la marcha, llevándose los rehenes que los araucanos puesto en su poder.
Una
carta escrita por el alférez Juan Valero a un amigo de Santiago que le pedía
noticias de Mariluán y de los acontecimientos de la frontera, completará la
relación de los hechos que ponen fin a la presente historia. En esa carta
relata el alférez algunos de los sucesos que dejamos referidos y después de dar
cuenta de su llegada a Los Ángeles, continúa:
Apenas
me vi libre del cuartel, mi primer cuidado fue dirigirme a cumplir el encargo
que me hizo Mariluán, al despedirse, poco antes de su fuga del campamento. Para
esto me fui a casa de doña Andrea Ramillo, que me recibió cordialmente. Su hijo
había hablado de mí muy favorablemente, pues creía que yo había aconsejado a
Mariluán el paso que había dado para entregar a Rosa. Pocos momentos después de
mi entrada a la casa, apareció Rosa en la pieza en que su madre me había
recibido. Estaba vestida de negro y muy pálida. Al saludarme, me dirigió una
triste mirada llena de inquietud y se sentó junto a mí sin hablar una palabra y
sin quitarme la vista. No necesitaba yo de gran penetración para conocer que la
pobre niña esperaba noticias de Mariluán, en una mortal inquietud, y como había
ofrecido a mi amigo entregar a Rosa el anillo que me había dado para ella, me
decidí a entrar en explicaciones, hablando con franqueza del objeto de mi
visita.
Para
esto me dirigí primeramente a doña Andrea y le di cuanta de la noble conducta
de mi amigo para con su hija, conducta que yo pude observar mientras fui
prisionero de Mariluán, añadiendo que no dudaba que pudiesen encontrar para
marido de Rosa muchos hombres más ricos; pero que era imposible hallar una más
desinteresado ni más digno de su corazón. Luego me dirigí a Rosa diciéndole:
"Mariluán, señorita, se fugo anoche de nuestro campamento.
Un
rayo de alegría iluminó su semblante al oír estas palabras. La misma expresión
de amor profundo con que la había vista despedirse de Mariluán cubrió su
rostro, y sus ojos, fatigados por el llanto, me miraron con un agradecimiento
que no puede pintarse. Entonces le entregue el anillo de Mariluán que ella
apretó convulsivamente entre sus manos, mientras que sus ojos se arrastraron en
lágrimas que corrieron por sus mejillas descoloridas. Pero muy luego esa luz de
alegría se borró de su semblante, y enjugándose las lágrimas, me preguntó:
"¿Y no dijo cuando volvería?"
Iba
yo a contestar que Mariluán deseaba con ardor volver a su lado y hacerse
perdonar de su madre, cuando oímos un gran ruido de voces en la calle y vimos
atravesar delante de la puerta a mucha gente que corría hacía el norte. Sin
darnos cuenta de lo que hacíamos, los tres salimos a la puerta de calle y
divisamos a poca distancia, avanzando en la dirección en que estábamos, un
grupo de gentes que daba voces y se atropellaba en su carrera. Pronto se
hallaron muy cerca de nosotros y entonces se alzó del medio de un largo palo
con una cabeza clavada en la punta. Rosa dio un agudo grito y cayó de espaldas:
había reconocido la cabeza de Mariluán al mismo tiempo que yo.
Por
atender a Rosa, que alcancé felizmente a sujetar antes que cayese, no pude
distinguir a la persona que llevaba la cabeza de mi amigo y que parecía haberla
levantado intencionalmente, al tiempo de pasar delante de nosotros. El tumulto
siguió corriendo con dirección al cuartel y yo conduje a Rosa desmayada a la
pieza de que acabábamos de salir. Pintarte el dolor y la sorpresa que todo
aquello me había causado sería imposible: las ideas se confundían en mi cabeza
y, después de dejar a Rosa sobre un sofá, rodeada de su madre y de las
sirvientes de la casa, me quede algunos instantes como el que en una pesadilla
hace esfuerzos inútiles para correr. Deseaba salir de la casa y no podía. Por
fin, la idea de vengar a Mariluán vino a dar un impulso a mi voluntad y salí
corriendo hacia el cuartel, adonde había visto dirigirse el grupo de gentes
hacía un momento.
Difícil
me fue penetrar al través de la multitud de hombres, de mujeres y niños
apiñados a la puerta del cuartel: todos querían entrar a despecho del centinela
que los amenazaba con la culata de su cabina. Por fin, no pudiendo abrirme paso
y persuadirlo por la curiosidad que observaba en todos de que el conductor de
la cabeza de Mariluán se hallaba en el interior, saqué mi espada y amenace con
la voz a los que me cerraban el camino. Gracias a esto la multitud se apartó
dejándome libre el paso.
Como
te dije, la idea de vengar a Mariluán, a quien justamente suponía yo asesinado,
fue lo que me conducía al cuartel. Dominado por esa idea entré con espada en
mano y dirigí ansioso la vista en busca del que conducía la cabeza; pero el
patio estaba caso desierto. He aquí lo que había sucedido. Peuquilén, un indio
que nos había acompañado en la expedición, era el que conducía en una pica la
cabeza de Mariluán. Entró pidiendo la gratificación que antes se había ofrecido
al que entregase esa cabeza y se hallaba en el medio del patio, esperando la
llegada del comandante a quien habían ido a buscar, cuando se arrojó sobre él
Cayo, el hermano de Mariluán, con un puñal y dando feroces alaridos. Antes que
nadie hubiese podido sujetarle, Peuquilén cayó con el corazón atravesado por el
puñal de Cayo, que vengó así su infeliz hermano. Se presume que ese indio
malvado facilitó a Mariluán los medios de fugarse y le asesinó para recibir el
precio de su cabeza.
Yo
recogí la cabeza de mi amigo y mandé hacer un cajón para enterrarla con su
cuerpo que me prometí salir a buscar, para lo cual obtuve un permiso del
comandante. Una hora antes de salir volví a casa de Rosa. La encontré delirando
y en un lamentable estado de desesperación. Sus lamentos y les suplicas que
hacía para que la dejaran volver al lado de Mariluán, destrozaban el corazón.
Con las lágrimas en los ojos salí de allí y me interne en la tierra con una
escolta, en busca del cadáver del desgraciado Mariluán que encontré al día
siguiente y conduje a Los Ángeles, en cuyo panteón lo hice enterrar.
Todos
los días voy a informarme de la salud de Rosa. Al tercero cesó el delirio y
desde entonces vive sentada en una silla, sin mirar a nadie, sin hablar una
sola palabra y dirigiendo de cuando en cuando la vista hacía la calle. A la
hora en que vió la cabeza de Mariluán, un gran estremecimiento sacude su
cuerpo, da un grito agudo y permanece delirando dos o tres horas; después, cae
en el abatimiento profundo de antes. En estos diez días transcurridos desde la
hora fatal en que salimos juntos a la puerta de calle, su persona ha sufrido
una completa transformación: parece un cadáver y es muy de temer que no
sobreviva mucho tiempo al peso de su dolor.
FIN


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