© Libro N°. 2993. Marfil. Vazquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Marfil. Alberto Vazquez Figueroa
Versión Original: © Marfil. Alberto Vazquez Figueroa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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MARFIL
Alberto Vazquez Figueroa
Alberto Vázquez–Figueroa nace en Santa Cruz de Tenerife en
octubre de 1936 y, antes de cumplir un año, su familia es deportada por motivos
políticos a África, donde permanece entre Marruecos y el Sáhara hasta cumplir
los dieciséis años. A los veinte se convierte en profesor de submarinismo a
bordo del buque–escuela “Cruz del Sur”. Poco después, recién concluida la
carrera de Periodismo, regresa a África durante largas temporadas. A partir de
1962 comienza a trabajar como enviado especial de “Destino”, de “La Vanguardia”
y, posteriormente, Televisión Española. Durante quince años visitó casi cien
países, asistiendo a gran número de los acontecimientos clave de aquel tiempo,
así como a las guerras y revoluciones de países como Chad, Congo, Guinea,
República Dominicana, Bolivia, Guatemala, etc... Las secuelas de un grave
accidente de inmersión le obligaron a abandonar sus actividades como enviado
especial.
Tras dedicarse un corto espacio de tiempo a la dirección
cinematográfica, pasó a concentrarse en un tipo de literatura en la que mezcla
la imaginación con el conocimiento del mundo que le ha tocado vivir. Autor de
grandes éxitos literarios, entre los cuales destacan “Tuareg, Ébano, Manaos,
Océano, Yáiza, El perro, ¡Panamá, Panamá!” y “Cienfuegos”. Nueve de sus novelas
han sido llevadas al cine.
Alberto Vázquez–Figueroa
Alberto Vázquez–Figueroa nos da con “Marfil” una de las novelas
más bien construidas, crudas y realistas de la literatura española
contemporánea. Desarrollada en África –continente que tan bien conoce el
autor–, se centra en torno a una familia deshecha a causa de la degeneración
del padre –llamado “el Coronel”–, hombre burdo, lascivo y alcohólico. Su esposa
–mujer bella, dulce y amable– acaba por desviarse hacia el lesbianismo, como
consecuencia de la brutalidad del marido. Y el hijo, al despertar sexualmente
en su adolescencia, descubre, horrorizado, el desolador cuadro de su familia. Y
como entorno, el continente negro, con su misterio, sus peligros y ese especial
embrujo que ha ejercido siempre sobre los países que lo han colonizado.
La tarde comenzó a caer sobre la llanura, destacando las siluetas
de las colinas de piedra oscura, que se alzaban aquí y allá, aisladas como
castillos medievales, siempre vigilantes, aunque probablemente ningún vigía
había ascendido jamás hasta sus cumbres.
Jonathan adoraba a su madre. La amaba más de lo que cualquier
niño de su edad ama a la suya, y no únicamente porque fuera hermosa, dulce,
inteligente y comprensiva, sino, sobre todo, porque la había visto sufrir en
silencio, durante años –todos los que Jonathan recordaba–, los insultos, malos
tratos y humillaciones que su padre, “el Coronel”, le infligía a diario.
Un macho viejo barritó a lo lejos.
Una pequeña familia de elefantes tomaba el último baño del día
en la poza del río.
Para “el Coronel” nada había en el mundo más que alcohol,
caballos y mujeres –en este orden–, y de entre las últimas, la propia era, sin
duda, la que ocupaba un escalón más bajo, pues recibía mejor trato cualquier
prostituta que le arrastrara a la cama una noche, que la esposa que le había
dedicado su vida y le había dado un hijo tan sensible, inteligente y hermoso
como Jonathan.
Algo se movió entre las altas gramíneas, más allá del
bosquecillo de acacias pardas, y el súbito correteo entre las cebras, los ñus y
los impalas le hizo comprender que la joven leona acababa de lanzarse de nuevo
a una de sus alocadas e inútiles intentonas, que causaban más burla que pánico
entre los habitantes de la pradera, que ya la conocían.
Nada parecía satisfacer más a “el Coronel” que llegar a media
tarde, apestando a coñac, sudor y excrementos de caballo, y comenzar a dar
voces desde la planta baja, ordenando “que fuera lavándose bien y tumbándose en
la cama, que ya subiría en cuanto se echara el último trago”...
Las últimas garzas abandonaron el río y volaron hacia Levante,
en busca de sus altos nidos en los que disfrutar en paz de la suave noche que
llegaba, lejos de merodeadores nocturnos que ya estarían comenzando a
desperezarse en sus cuevas, en las negras profundidades de aquellas colinas de
pizarra, que parecían haber crecido en la planicie como si un gigantesco dedo
se hubiera entretenido en empujar desde muy bajo las entrañas de la tierra,
obligándolas a asomarse intempestivamente al verde paisaje africano.
Si no eran las mismas garzas del año pasado, o del otro, o de
hacía diez, ¿por qué seguían siempre idéntica rutina, rozaban de igual modo la
superficie del agua con las puntas de las alas, se elevaban al llegar al
recodo, cruzaban exactamente por encima del baobab solitario, remontaban la
colina de la izquierda y se dejaban deslizar, sin un aleteo, hasta las copas de
sus árboles?
No le importaba que los criados se enterasen, ni aun que se
enterase su hijo en la estancia contigua, y se diría que más que hacer el amor,
le satisfacía el hecho de que todos en la casa, y aun en la vecindad –sino
hubiera sido tan grande el jardín– se percatasen de que él, el burdo “Coronel”,
estaba poseyendo en esos momentos a su refinada esposa, la más elegante dama de
la ciudad y aun de la provincia, espejo de virtudes y modales, en el que
deberían reflejarse todas las jovencitas de la buena sociedad.
Jonathan advertía luego cómo su madre buscaba durante largo rato
la soledad del más lejano rincón del invernadero, y allí fingía entretenerse
cuidando las rosas, más atareada que nunca, exigiendo que nadie viniera a
interrumpirla, pero Jonathan sabía –lo había visto– que en esos momentos sus
manos no podaban un solo rosal, ni abonaban macetas, ni hacían otra cosa que
mantenerse muy quietas sobre el rostro, como tratando de esconder su vergüenza,
evitar un vahído, desechar un mal recuerdo.
Eran las peores horas del día; cuando los claros trajes, siempre
en tonos pastel, suaves y vaporosos que su madre solía vestir, iban y
desapareciendo al fondo del jardín a medida que la noche avanzaba, y podría
creerse que en cada uno de esos atardeceres se esfumaba en el aire, desaparecía
tragada por su angustia y pesadumbre, para reaparecer horas después, en el
momento de servirse la cena, como renacida de sus propias cenizas, dispuesta a
soportar un día más la presencia de “el Coronel”.
Dejaron de chillar los monos en la arboleda que rodeaba la casa,
y Ahmed trasteó en la cocina, canturreando por lo bajo. Se sirvió un largo vaso
de limonada fría, hizo que los pedazos de hielo tintinearan contra el cristal y
bebió a la muerte del día allá en sus pies; muerte mil veces repetida y
contemplada.
No se cansaba de aquel espectáculo, ni creía que se cansara
nunca, pues por más que fuera el mismo paisaje, cambiaba con las estaciones,
los meses y aun los días, pues si las garzas eran siempre las mismas, distintas
eran, sin embargo, las bandadas de cigüeñas que llegaban anunciando las
lluvias; las chotacabras que emigraban en sentido contrario; los martín
pescadores de cara blanca que anidaban en la ribera, o los solitarios calaos
que correteaban entre la maleza, eternamente asustados, sirviendo de aviso a
todos los habitantes de la zona.
Eran aquéllas las mejores horas del día, cuando las oscuras
colinas y la llanura comenzaban a desaparecer allá a lo lejos, a medida que la
noche avanzaba, y podría creerse que, en cada uno de esos atardeceres, África
se esfumaba en el aire, desaparecía, para reaparecer de nuevo una hora más
tarde, cuando las estrellas se adueñaban del cielo y la tierra, y las aves
nocturnas sustituían con sus voces los silencios de los sueños de las bestias
diurnas.
¿Era ya de noche...?
Una brisa fresca agitó la hamaca bajo el gomero, arrastrando
consigo mil olores aletargados durante el calor del día: olor a orégano, a
tomillo y menta; olor a flores de Europa arraigadas por Ahmed en el jardín
trasero; olor a antílopes que buscaban instintivamente la protección del hombre
y la casa; olor a macho viejo de león hambriento que buscaba el antílope que
buscaba la casa.
A veces, a esa hora, llegaba de visita Monseñor Agostini, amigo
de la familia desde los tiempos en que el abuelo fue embajador en Roma, y
parecía aquel hombre alto y enjuto, de rostro severo y ojos dulces, el único
capaz de influir en su madre, servirle de guía y consejo, inculcarle una nueva
dosis de paciencia con que continuar soportando la vida junto a “el Coronel”.
—¿También hoy patatas fritas?
—Sí, Ahmed... También hoy patatas fritas...
—He hecho arroz con tórtola...
Muy rico...
—Y patatas fritas.
Se alejó rezongando contra las patatas fritas, vicio absurdo de
patrón blanco que comenzaba a echar grasa en la cintura.
—¡Patatas fritas! Toda esa grasa, patatas fritas... Todos los
días te lo digo, y todos los días las comes...
Luego te quejas...
De dónde sacó el nombramiento, nadie lo supo nunca. Jamás puso
el pie en la Academia del Ejército –ni probablemente en colegio alguno–; jamás
fue a una guerra, ni disparó un solo tiro, pero allí estaba siempre, “el
Coronel”, presente, incluso en sus tarjetas de visita, y Jonathan se preguntó a
menudo cuánto le llegaría el capricho de ascenderse definitivamente a
“General”.
Tan sólo una vez siendo muy niño, le oyó mencionar el tema
estando borracho: —Yo ya era coronel a los doce años, y a los dieciocho habría
ascendido, si los sucios comunistas no hubieran derribado a mi tío...
Pocas veces más se habló del “Tío” en la casa, pues su nombre
–borrado de la temática familiar– parecía despertar ecos de miedo, repugnancia
y rencor.
¿Era ya de noche? Llegó más borracho que nunca y traía una
“amiga de la infancia” que insistió en “besar al niño” churreteándolo de rojo
de labios e impregnándolo de un perfume barato y denso. Luego subieron al
cuarto de su madre.
Al día siguiente ella se encerró por horas con Monseñor
Agostini, y mandó llamar a Jonathan. Había un extraño brillo en sus ojos, y su
voz sonaba distinta, más firme, apasionada y llena de matices: —Quiero enviarte
a un colegio –dijo–. Te suplico que te quedes en él hasta que acabes tus
estudios o hasta que yo pueda darte un nuevo hogar. Voy a separarme de tu
padre.
El hielo tintineó en el vaso con el estremecimiento de su mano,
y quiso atribuirlo al viento frío que llegaba de la llanura y no al recuerdo:
—Sí, mamá...
—Prometo ir a verte todos los fines de semana...
Monseñor Agostini le tomó la mano y se la apretó con fuerza,
sonriendo para darle ánimos: —Sabía que comprenderías –afirmó convencido–.
Debes ser fuerte, Jonathan; ayudar a tu madre... Eres cuanto le queda en la
vida...
—¿Cuántas patatas fritas?
La voz llegó estentórea desde la cocina, donde chisporroteaba ya
el aceite, pero no tuvo necesidad de responder, pues lo hizo por él el búho
ratonero que anidaba en el chopo.
Ahmed rió divertido: —¡Grasa! Más grasa en la tripa.
Todos los sábados, sin fallar uno solo en tres años, en invierno
y en verano, con el calor más agobiante o con los campos cubiertos de nieve;
con sol o con lluvia, Jonathan acudió a la estación a las cuatro menos diez de
la tarde, a disfrutar a solas en el minúsculo andén, los maravillosos momentos
que precedían a la aparición de la locomotora en el recodo norte, su silbido de
aviso, su detención rechinante, su chorro de vapor que sonaba a resoplido de
cansancio y satisfacción, y su jadear intermitente mientras el jefe de estación
abría la puerta y tendía la mano a la hermosa dama de vestidos en tonos pastel
y corta melena rubia, que le daba las gracias con un gesto exquisito de su
altiva cabeza.
Todos los sábados y todos los domingos, durante tres
inolvidables años, Jonathan tuvo a su madre para él solo; para hablarle y
mirarla; para sentarse a merendar en el “Parador del Bosque”, o emprender
largos paseos a lo largo del río; para nadar en verano, patinar en invierno, ir
al cine en las tardes y charlar durante horas junto al fuego en las noches...
Nunca, nadie, volvió a mencionar a “el Coronel”. Había
desaparecido de sus vidas y podía creerse que nada tuvo que ver con el
nacimiento de Jonathan, pues nada tenía Jonathan en común con aquel ser brutal
y pendenciero, como si hubiera nacido de su madre –¡tan idéntico a ella en
tantas cosas!–, sin que tuviera parte en ello ningún hombre.
¡Completamente solos en el mundo!
Tal como estaba ahora exceptuando a Ahmed y los animales
salvajes que le rodeaban, e imaginaba que solos seguirían por el resto de sus
vidas, y cuando terminara el colegio continuarían a todas horas juntos, día
tras día, en el pequeño apartamento que ella había decorado en la ciudad.
Y llegó aquel día, y comieron juntos, y quedaron en verse a la
entrada del cine y regresar luego a la casa.
—¡La cena está lista! Las patatas también.
Pero ella no vino.
Cenó solo.
Aguardó una hora. Después, otra.
Apareció muy tarde, sin la eterna serenidad de su mirada; sin su
porte de reina; sin ser ella.
—Lo lamento... No nos dimos cuenta y se hizo tarde.
—¿Quién?
No hubo respuesta, e insistió dulcemente: —Dímelo, madre... Ya
no soy un niño. Han pasado tres años y puedo entender que exista alguien en tu
vida. Él te hizo sufrir mucho, pero eso quedó atrás. Dime quién es. Dímelo tú,
pues prefiero saberlo por ti, a que me lo cuenten mañana los vecinos...
Insistió en el silencio; sus ojos ya no eran los mismos. Nada
era lo mismo en ella, y por primera vez Jonathan creyó que no la conocía.
Una hiena rió a lo lejos; el búho ratonero gritó de nuevo; la
joven leona se quejó de hambre; Ahmed se había ido a dormir y estaba solo,
terriblemente solo en la soledad del corazón de África.
—¡Por favor, madre! No quiero que otros me lo cuenten.
Sus labios se entreabrieron un instante, lo justo para dejar
escapar tan sólo un nombre: —Cristina.
Durmió en la hamaca del porche, como venía haciéndolo cada vez
más a menudo, a medida que viejos recuerdos y olvidadas cicatrices que creía
curadas revivían con más fuerza, como si los años no fueran una cura para todo,
sino un volver al origen de los males.
Le hicieron compañía los impalas, que acudieron a apretujarse a
sus pies, huyendo del macho viejo y la leona joven, y el búho solista se vio
acompañado por un coro de hienas desgraciadas y hambrientas –las más
desgraciadas y hambrientas de las bestias del mundo–; pájaros–bombarderos que
se solicitaban para hacer el amor; pavas en celo; monos inquietos y hasta el
ronco maullido espeluznante del gran leopardo de la encina de la cañada.
Tan sólo ese rugir de gato viejo, ya cerca del alba, le obligó a
agitarse buscando con la punta de los dedos el frío contacto del “Express”.
El amanecer le sorprendió ya lejos de la casa; lejos de la
ciudad aborrecida de improviso; lejos de la figura de su madre, que se había
dormido, vestida, sobre la cama.
No sabía a dónde iba, ni lloraba.
No sentía la fría llovizna de primavera, ni el cansancio del
camino recorrido. No veía pasar los camiones, ni atendió cuando un
automovilista equívoco se ofreció a llevarle... Sus ojos y su mente, su
inteligencia y sus sentidos, parecían haber quedado reducidos a la nada;
reducidos a la escena, obsesionantemente recordaba, de su madre repitiéndole un
nombre: Cristina.
Cristina; la de las largas manos; la de los cabellos cortos; la
de oscuros ojos y gestos eficaces; la del gusto exquisito al diseñar un modelo
o aconsejar un color –siempre suave; siempre en tonos pastel– con el que vestir
a la más elegante de sus clientes.
Cristina, leopardo al acecho, que alisaba las telas en el talle
al probar un vestido; que acortaba la falda; que ajustaba una y otra vez,
incansable, la pinza del escote; que sonreía al niño que aguardaba paciente las
pruebas de su madre; que sonreía a las preciosas dependientas; que a todos
sonreía sin sonreír a nadie, pues tan sólo sus labios sonreían.
El sol estaba alto cuando alcanzó la orilla del río. Lo observó
largamente, fluyendo sin prisas hacia el Norte, arrastrando despacio la maleza
muerta, los troncos caídos, los plumones de un pájaro que se lanzó del nido
demasiado pronto.
Cinco pelícanos blancos se alineaban en formación correcta, como
disciplinados granaderos, medio metro de pico a pico, todos ligeramente vueltos
a la izquierda, observándole pero sin apartar tampoco la vista de la suave
corriente, más allá de la retozona familia de hipopótamos, aguardando la señal
de vida de una bandada de tilapias, para lanzarse a rastrear el fondo,
barriendo el agua con sus enormes buches. Un ibis sagrado con antifaz rojo
violento y dos negros patos chapoteaban en el barro de la orilla, junto a más
de un centenar de menudas garzas grises de pequeño y afilado pico, que hundían
una y otra vez en el fango, en eterna danza de genuflexiones que podía
prolongarse, y lo sabía, desde aquella temprana hora, hasta que apenas
alcanzara a distinguirse su plumaje gris del blanco.
Se sentó a contemplar el río, y fue la última vez en su vida que
lloró –no había cumplido aún los quince añosviendo pasar las grandes barcazas
aguas arriba cargadas de basura de la gran ciudad; viendo bajar la corriente
grasosa y cubierta de detritus; viendo los trenes de mineral atravesar rugiendo
y humeantes el puente de hierro.
Lloró largamente y sin pudor alguno, prometiéndose que luego
jamás volvería a hacerlo, porque nada quedaría en su vida por lo que valiera la
pena llorar, y fue aquélla la primera promesa que se cumplió a sí mismo; su
primer paso de hombre; el comienzo de un camino que habría de llevarle a la
quieta y limpia orilla de un lejano río en un lejano continente.
¿Cuándo empezó todo? ¿Cuando, quizás ante sus propios ojos, las
manos que alisaban a hurtadillas, buscando un contacto no deseado, pasaron a
encontrar respuesta en la piel que se erizaba imperceptiblemente...?
¿Qué ocurría cuando su madre se cambiaba de ropa en el pequeño
vestidor, al final del pasillo, y Cristina entraba a entregarle un nuevo traje
y se quedaba a estudiar el efecto, mientras él esperaba fuera, contemplando por
la ancha cristalera el paso de los transeúntes, o las idas y venidas de las
dependientas que cuchicheaban en el rincón del fondo?
Se esforzó por recordar lo que había oído en el colegio sobre
las relaciones entre hombres y mujeres, entre hombres y hombres, y entre
mujeres solas. ¿Cómo hacerse una idea, si apenas la tenía sobre el sexo en su
forma más simple? Sus conocimientos sobre el tema le venían dados por charlas
de muchachos tan ignorantes como él mismo, y alguna foto entrevista en un
folleto que pasaba velozmente de mano en mano en las clases de Química...
¿Se besarían en la boca, como había visto a las parejas en los
bancos del parque, para buscar furtivamente luego el contacto del pecho o de
los muslos?
¿Qué ocurría allí, tras la cortina, cuando distinguía las
piernas de Cristina, arrodillada, igualando con alfileres el ruedo de una
falda?
Tuvo la sensación de que llorar no era bastante. Debía existir
algo más violento, más profundo, capaz de lanzar fuera un dolor tan intenso;
dolor que le asfixiaba, que le ardía en el pecho; que tan sólo se ahogaba con
las aguas del río o las ruedas del viejo tren de mercancías que atravesaba el
puente, y por un rato –sólo un ratoJonathan deseó firmemente poner fin allí
mismo a sus quince años de vida desgraciada.
Luego la larga noche de vigilia hizo su efecto y se durmió
agotado, bajo el único árbol que quedaba, junto a las aguas sucias y fangosas.
Era un árbol casi sin ramas y sin hojas, triste árbol. Contaba
una leyenda africana que cuando Dios quiso crear al más hermoso y más alto de
todos los árboles, al “rey de la selva”, creó el baobab. Su tronco semejaba una
montaña, grueso y fuerte, y su copa era tan ancha, tan florida y tan bella, que
bajo él buscaban sombra todas las bestias de África. Era hermoso el baobab. Tan
hermoso y alabado, que se le subió la gloria a la cabeza y soñó con ser más y
más alto, alcanzar el cielo y hacer sombra con sus ramas a la tierra. Y llegó a
ser tanta y tan tonta su altivez, que el Señor se ofendió, y una noche, sin
decir nada, le dio la vuelta, le enterró la cabeza y dejó al aire su culo y sus
raíces. Y el baobab –que era tan simple como hermoso– continuó creciendo y
creciendo, siempre hacia abajo, siempre hacia las entrañas de la tierra,
dejando sólo fuera, expuesto a la burla de hombres y de bestias, su feo y
triste trasero, sin ramas y sin hojas.
A Jonathan le gustaba, sin embargo, su baobab, que dominaba un
rincón de la pradera desde hacía dos mil años, sirviendo de guía y referencia a
generaciones de viajeros; conocido ya por Livingstone y Stanley, y no lejos del
cual mató Senoussi, a finales de siglo, un elefante con cien kilos de peso en
cada colmillo, récord del mundo; bestia fabulosa; animal de aspecto casi
prehistórico, que recorría la tierra como un tanque viviente con la cabeza
gacha, abatida por el insoportable peso de su portentoso par de defensas.
¿Qué edad habría alcanzado el dueño de doscientos kilos de
marfil en los colmillos? ¿Cuánto podría medir la huella de su pata?
Observó largo rato el mayor de los machos de la manada, más allá
de la charca. Sus defensas no alcanzarían siquiera la mitad de ese peso, y sin
embargo era ya un animal viejo, buscado y perseguido.
Mucho habían cambiado las cosas a lo largo del siglo. Mucho,
sobre todo, a lo largo de aquellos treinta años de que él era testigo, y en el
transcurso de una generación, el hombre había acabado con la obra de milenios.
Al baobab –si no fuera tan tonto, tan inflado de agua y tan
ciego de su propia hermosura bajo tierra– le temblarían las raíces, que eran
ramas, se le erizarían las hojas solitarias, y sus flores de un día morirían
ante el miedo a que hombres vinieran a buscar oro, cobre o diamantes al mismo
centro de la tierra, allá donde aún crecía su gran tronco y su copa, que soñaba
con darle sombra al mundo.
Rugió la leona al pie de la colina, y le extrañó su rugido a
aquellas horas en que siempre dormía. Prestó atención y percibió, lejano, el
rumor de un motor más allá de las ceibas, y luego, lentamente, se alzó hacia el
cielo, ensuciando el horizonte una débil columna de polvo que avanzaba por el
camino viejo, viniendo desde el Sur.
Era un camión cargado de cemento, que se detuvo lentamente con
chirrido de frenos.
—¿Adónde vas, muchacho?
—Adonde usted me lleve.
—Entiendo. Te escapaste de casa.
Subió en silencio y arrancaron de nuevo. Marcharon largo rato
tras cruzar sobre el río, sin mirarse, atentos tan sólo a la ancha calzada y a
los coches, que empezaban a ser numerosos a esa hora.
El hombre encendió un cigarrillo y le observó de reojo.
—A veces las cosas tienen arreglo, chico... ¿Por qué no vuelves
y hablas con tus padres...?
—No tengo padres.
—¿Abuelos?
—Tampoco.
—¿Nadie?
Negó, pero no pareció creerle.
—Andas empapado, pero tu ropa es buena. No estás solo en el
mundo, no mientas, pero ya tienes edad de decidir las cosas por ti mismo. Tus
años tendría cuando empecé a trabajar, y aquí estoy, siempre en la brecha...
Le llevó hasta muy lejos; nunca supo dónde. Le dio comida y agua
y no le dio consejos. Lo trató como a un hombre en su primer día de ser hombre,
y lo conservó por tiempo en su memoria, asociado con aquel su primer largo
viaje, tan amargo; viaje en el que nunca supo si escapaba, o buscaba a su madre
alejándose de ella; viaje que le acompañaría hasta la muerte, aunque viviera
más que el viejo baobab de la pradera, pues fue un viaje en que se amontonaron
los recuerdos con las más extrañas fantasías; fantasías en las que su madre y
Cristina aparecían siempre como protagonistas; siempre desnudas; siempre
abrazándose.
Recordó la semana en que se fueron juntas a la nieve. ¿Empezaría
allí todo, en la soledad de la montaña, junto al fuego, encerradas durante
cinco días en una cabaña de madera y piedra, lejos de la familia, de la gente y
los hombres...?
Jonathan la vio bajar del tren más morena que nunca, con el
rostro curtido por el aire y la nieve; sonriente; feliz de haber disfrutado de
sus únicas vacaciones en tanto tiempo, pero no pudo imaginar nada, tener
siquiera el más lejano asomo de sospecha cuando le relató esa noche, riendo a
carcajadas, cómo perdió un esquí por la barranca abajo; cómo se extraviaron una
tarde en el bosque; cómo casi se rompe la crisma contra un árbol que se
emperraba en ponerse en su camino...
—¿Me enseñarás a esquiar?
—Cristina es la que sabe. Ella te enseñará. En vacaciones iremos
los tres.
Pero esas vacaciones nunca llegaron. Cristina se fue a Francia a
conocer las modas para el próximo otoño, y la nieve quedó reducida a unos días
en el “Parador del Bosque”; días aun así maravillosos, pues Jonathan no
necesitaba más que a su madre para sentirse feliz en cualquier parte.
Nunca conoció la casa en la montaña. ¿Cuántas mujeres la habrían
conocido? ¿Cuántas habría llevado Cristina a aprender a esquiar; o a ver pasar
las horas junto al fuego, sobre una piel de oso?
Cerraba los ojos y se complacía en el dolor insoportable de
imaginar las manos de Cristina –sus largas manos blancas– desnudando a su
madre; acariciando el pecho de su madre; introduciéndose entre los muslos de su
madre... atrayendo hacia su boca la boca de su madre...
—¿Qué te ocurre, muchacho? Nunca vi a nadie con un aspecto tan
horrible.
—Quisiera vomitar.
Los frenos chirriaron y la nube de polvo se detuvo descendiendo
lentamente hasta posarse de nuevo en el camino y sobre el verdoso techo del
vehículo.
Un hombre bajó el cristal de la ventanilla, por donde escapó a
raudales el aire acondicionado, y lo miró con fijeza, como estudiándolo. Luego
sonrió.
—¿Jonathan Rhin?
Observó con detenimiento al “Range–Rover” último modelo
preparado para atravesar desiertos, sabanas y praderas con una temperatura
interior de veinte grados, y recordó con nostalgia sus asfixiantes caminatas de
treinta años antes.
—¿En qué puedo servirles?
Descendieron. Parecían satisfechos de haberle encontrado; como
si hubieran realizado un largo viaje en su busca, y le llamó la atención el
nacimiento de los pechos de la mujer, que destacaban por el escote de una
camisa masculina. Luego reparó en el negro, un gigante con la fuerza de un oso,
con el rostro marcado de arrugas y cicatrices, y se volvió por último al que
conducía y había hablado: rubio, delgado, más bien pequeño y de sonrisa
abierta.
—Permítame presentarnos... Nina Van Der Bruner... Marengo... y
yo soy Klaus... Klaus Niklaus...
—Oí hablar de un famoso Marengo entre los Sondas... Mató treinta
y seis leones con su lanza.
—Cuarenta y dos leones... –Klaus Niklaus parecía orgulloso de la
fama de su compañero–. Y once elefantes...
El enorme negro avanzó, extendió la mano y apretó con fuerza la
de Jonathan, sacudiendo su brazo con auténtico entusiasmo.
—¿Qué son once elefantes, frente a los dos mil de Jonathan
Rhin...?
Señaló con un gesto el arma apoyada en el tronco de la acacia.
—Un “465” no es una lanza..., y jamás llegué, afortunadamente, a
esos dos mil...
—¿Por qué afortunadamente? ¿Es cierto que ya no mata elefantes?
Era una voz demasiado dulce, demasiado femenina; tanto, que se
sintió momentáneamente sorprendido, y tardó en responder: —No, señorita.
Nunca... –fue todo lo que dijo.
—Ésa es una palabra demasiado rotunda, muchacho. No debes
emplearla hasta que seas hombre y estés seguro de poder cumplirlo... Sea lo que
sea lo que te haya ocurrido, lo olvidarás un día y regresarás.
Le miró desde abajo, desde el borde del camino, y afirmó
convencido: —No, señor... No volveré, puede estar seguro... Y gracias por
todo...
—No hay de qué, muchacho... Aquí me desvío, pero ese tren te
llevará hacia el Sur... ¡Suerte en la vida...!
—Gracias.
Lo vio arrancar y alejarse entre una nube de humo agitando el
brazo en su despedida fina. Se volvió. La estación era pequeña y solitaria,
casi tan pequeña y solitaria como aquella –tan querida– donde tantas veces
esperó a que diesen las cuatro de la tarde.
Aguardó por horas y vio pasar un tren sin detenerse. A media
tarde se le acercó el jefe de estación.
—Aquí no para más que el correo a las tres de la mañana...
—¿Cuánto cuesta el billete?
—¿Hasta dónde?
No hubo respuesta. ¿Qué respuesta había? No sabía dónde estaba,
ni adónde se dirigía. No quería saber nada de nada. Nada que no fuera alejarse
de su madre y de Cristina, pero empezaba a darse cuenta de que su madre y
Cristina eran algo que llevaba muy dentro y no le abandonaría nunca.
—”Nunca” es una palabra que nunca me ha gustado –rió divertida y
se quitó el sombrero de ancha ala, dejando al descubierto su corta melena
rubia.
Le dolió que se le pareciese tanto; que le obligara a recordarle
pese a los años transcurridos, aunque sus gestos fueran bruscos, decididos,
modernos; tan distintos a aquella suave languidez que tanto armonizaba con los
vaporosos vestidos de tonos siempre claros.
¿Habrían sido imposición de Cristina aquellos tonos? ¿Cuándo
había entrado en realidad Cristina a formar parte de sus vidas, eligiendo la
forma de vestir de su madre?
No podía recordar el día en que la viera por primera vez. En
realidad, tampoco recordaba la última, pues era una de esas personas que pasan
por la vida sin dejar huella, sin que nada obligue a reparar en su presencia.
Hablaba poco, jamás dijo nada que mereciese ser recordado, y se
creería que todo su afán se centraba en pasar inadvertida, mantenerse al
margen, ir y venir, sin que se supiera realmente si iba o venía.
Advirtió que hasta ese día había sido para él como una sombra
inexistente, pero de pronto, por una sola palabra de su madre, esa sombra
pasaba a convertirse en lo más importante de su vida; en el ser más odiado; en
el nombre que –lo presentía– atormentaría su vida, noche tras noche, día tras
día, aunque llegase a vivir mil años.
Era como si el mustio gato de la cocina le hubiera saltado a la
garganta, o una lombriz del jardín se convirtiera súbitamente en áspid
venenoso. Era todo lo que no hubiera esperado que pudiera ser Cristina –”la
Modista”–, la que contaban que empezó planchando pantalones y acabó de dueña de
“boutique”.
—Alguna vez cazo algo. Para la cocina –replicó al fin–. Pero
cada vez más raramente, y procuro hacerlo lejos... No me gusta asustar a mis
animales...
—¿Son realmente “suyos”...?
—No, desde luego... Pero las tierras si, y aquí encuentran
refugio.
—Un lugar muy hermoso... Y escondido... Dicen que no le gustan
las visitas. ¿Molestamos?
—No, si se limitan a fotografiar animales sin asustarlos...
–Hizo una pausa que aprovechó para encender la cachimba y observarlos
fijamente–.
¿Han venido a eso?
Klaus Niklaus negó: —No. Sinceramente, no es ésa la razón de la
visita.
Sacudió el brazo, se cercioró de que la cerilla se había apagado
por completo, y tan sólo entonces la arrojó al suelo, entre el pasto seco y
quebradizo.
—Lo imaginaba... ¿Cuál entonces...?
—”Abdullah”.
Le despertó el chirriar de frenos, el resoplar de máquinas y
apagadas voces que discutían sobre un cierto retraso en el horario.
Aterido de frío abandonó el duro banco de madera y fue a buscar
acomodo en la helada soledad de otro banco en un departamento de tercera.
Emprendieron la marcha, monótona y obsesionante, durmiendo a
ratos y a ratos desvelado, porque el cansino correo se detenía estación tras
estación, y cada parada venía precedida de entrechocar de metales, voces y
silbidos, y a cada nueva arrancada le seguían silbidos, voces y chirriar de
metales...
Los pensamientos se le mezclaban con las pesadillas, y nunca
supo qué escenas imaginó despierto y cuáles fueron soñadas, y ya sería ésa una
constante a lo largo de su vida, pues en cuanto se refiriera a su madre y
Cristina, llegaría un momento en que no fuera capaz de diferenciar la verdad de
la mentira; la realidad de la fantasía.
¿Soñaba cuando por primera vez “vio” cómo permitía que la
despojara del vestido y comenzaba a desabrocharle el sujetador de encaje
blanco, o simplemente se había complacido en martirizarse imaginando la escena
al desvelarse en una de aquellas cortas paradas de estaciones sin nombre?
Conocía tan perfectamente la ropa interior de su madre; la había
descubierto tantas veces en el baño, en los cajones, o tendida al sol en el
patio trasero, que igualmente podía evocarla consciente que acariciarla
dormido, y desde muy pequeño, desde que tuvo uso de razón, la visión de
aquellas prendas le produjo un efecto turbador, y al mirarlas no podía evitar
sentirse incómodo, tal vez culpable de “algo”, sin que jamás pudiera definir
exactamente qué era ese “algo” y por qué le afectaba.
—Billetes... pasaporte...
¿Que tenía de mágico aquella ropa fuera del hecho de haber
estado en contacto con la parte más íntima del cuerpo de su madre? ¿Era la
forma, el encaje, el color, o aquel perfume tan suave e inconfundible; perfume
que la seguía a todas partes, y que en todas partes dejaba su presencia;
discreto e inolvidable, personal y único, comunión perfecta entre la química
francesa y la fragancia natural, de carne limpia, fresca, honda y misteriosa,
oculta y viva, de su madre?
¿O era que una tarde entró en su dormitorio cuando acababa de
marcharse “el Coronel” y aquella ropa aparecía sucia y arrugada, marchita y
mancillada, destacando como una mancha acusadora sobre la alfombra, única
prueba –fuera del silencio dolido de su madre– de lo que había sucedido poco
antes...?
Por primera vez estaba húmeda y olía diferente, y por primera
vez no experimentó una dulce turbación, sino una profunda repugnancia, y una
sofocante, incontrolable sensación de ira e impotencia.
Voces, silbatos y entrechocar de hierros. Amanecía cuando puso
el pie en la estación fronteriza, más animada, ruidosa y sucia que cuantas
había dejado atrás, y se escabulló entre los viajeros, evitando, sin saber por
qué, las figuras de los oscuros policías enfundados en gruesos abrigos sin
color definido.
Por primera vez deseó que aquella ropa no fuera tan delicada y
sugestiva, de colores tan suaves y perfume tan cálido, prendas imaginadas para
permanecer ocultas, y no para que “el Coronel” pusiera sobre ellas sus manazas
con sudor de caballos o las babeara con su saliva de alcohólico.
El sol caía a plomo en la más dura hora de África, y las bestias
dormían, grupa con grupa, sin más gestos que el agitar inquieto de sus colas
espantando las moscas, mientras miríadas de cigarras chirriaban monótonas,
extendiendo sobre la llanura, los bosquecillos de acacias y las colinas de
pizarra negra, un rumor soporífero, pegajoso y casi alucinante.
Dolían los ojos de mirar hacia fuera, más allá del porche y su
sombra, o la tela metálica capaz de detener la escasa fuerza de la brisa, y
paladearon en silencio el café fuerte y áspero, casi correoso pero tonificante,
que Ahmed había preparado tras un suculento almuerzo de venado y tilapias.
—?”Abdullah”? –repitió al fin.
—”Abdullah” –insistió Klaus Niklaus–. ¿Lo conoce?
—Lo he visto de lejos... Pero no entiendo por qué vienen a
buscarme...
Hay otros...: Charlie, “Poto–poto”, Stevenson... Almeida, “el
Angolano”... Scott Duvalier... El mismo “Baobab” Roberts...
—Queremos que sea usted.
—Cualquiera de ellos puede hacerlo...
Agitó la corta melena, sonrió, se inclinó hacia adelante y dejó
entrever la puntilla rosada de su sostén y el blanco de su pecho rotundo.
—Buscamos el mejor –señaló–.
¿Acaso no es usted el mejor?
—Nadie puede considerarse el mejor en este oficio –replicó–.
Depende de la suerte...
—No estoy de acuerdo –le interrumpió Marengo–. En África usted
fue siempre el mejor...
Se encogió de hombros. Su indiferencia por el tema era sincera.
—Ya no tiene importancia –dijo–.
Desde el día que me retiré, no puedo ser ni el mejor ni el peor.
En la profesión no cuento, eso es todo.
—Aún está a tiempo de volver...
—¿Volver...?
Sabía que nunca volvería. Que no recorrería de regreso el largo
camino en el tren, ni buscaría un nuevo camión que le hiciera desandar lo
andado, ni se sentaría a la orilla del sucio río a ver pasar gabarras cargadas
de basura, ni vagabundearía otra vez las calles de una ciudad que odiaba.
Volver sería encontrarse con los ojos de su madre; con las manos
de Cristina; con la cama en la que podrían haber sucedido tantas cosas; con
ropa íntima olvidada tras la puerta del cuarto de baño o en el rincón de un
armario. Volver y decir ¿qué?
—Lo comprendo, mamá, y te perdono... No me importará que llegues
tarde a casa o que no llegues cuando te esté esperando para ir al cine.
Trataré de olvidar que estás haciendo “algo” –no sé cómo
llamarlo– con Cristina... Pasaré las noches a solas en mi cuarto esperando oír
tus pasos, sin intentar imaginarme dónde está tu mano en ese instante; dónde tu
boca; dónde tus muslos en que solía recostarme cuando niño, a quedarme dormido,
a aspirar tu fragancia; olor que está ahora mezclado... ¿A qué huele Cristina?
¿Cuál era su perfume preferido...?
No podía recordarlo. Recordaba tan pocas cosas de su persona...
—No. No quiero volver.
—Pero tan sólo usted puede ayudarnos.
—Hay otro... Igor... Igor Zesky. Lo tuve conmigo ocho años; le
enseñé todo lo que se puede saber...
–Hizo una pausa y sonrió levemente, con una cierta tristeza–. Y
es más joven. Mucho más joven...
—Ya pensamos en él –admitió Klaus–. Incluso lo buscamos, pero ha
desaparecido... Hace un año que nadie sabe de él. No está en Mombasa, ni en
Nairobi, ni en Fort–Lamy... Dicen que se fue a Europa sin dejar señas...
—Estará en París, en Praga, o en Marsella...
—Tampoco... –Hizo una corta pausa como si precisara nuevas
fuerzas para lo que iba a decir–. Y necesitamos alguien que conozca los Montes
de Marfil...
Tardó en responder. No era tan sólo la impresión que el nombre
le produjo; no era el recuerdo del lugar o de cuantos allí se perdieron para
siempre; no era siquiera miedo en su forma más simple y permisible; era la
evocación del día en que por primera vez oyó hablar de ellos, acodado en proa,
viendo llegar por babor las verdes costas de Senegal en su primer viaje al
continente.
—¡África! –exclamó el viejo contramaestre–. Eso sí que es algo
grande, muchacho... Lo más grande y fantástico que puedas encontrar en tu
vida... Nada vale la pena hasta que se conoce África... Nada se puede comparar
a sus selvas, sus desiertos, sus animales o sus gentes... Es el continente de
los continentes... El más puro, el más auténtico... En ningún otro encontrarás
unos Montes de Cristal, ni unas Montañas de la Luna, y en todo el Universo no
existe, ni existirá jamás, nada como los Montes de Marfil...
—Nunca oí hablar de ellos...
—Porque nadie ha sido capaz de llegar a ellos... Se ocultan en
el corazón mismo de la selva, rodeados de pantanos impenetrables. No son
grandes: apenas un punto en el mapa; pero allí van a buscar refugio los
elefantes perseguidos, los gigantescos machos, que son los únicos capaces de
resistir el viaje y encontrar el camino. Por eso se les llama los Montes de
Marfil... –Hizo una larga pausa nostálgica, contempló la línea verde de la
costa y agitó la cabeza–. Dicen que hay allí colmillos de más de cien kilos...
El cazador que llegase, se traería el récord del mundo...
El viejo contramaestre jamás llegaría a imaginar que aquel
muchacho que se acodaba junto a él en proa, sería –quince años más tarde– el
primer blanco que cazase en los Montes de Marfil. No encontró colmillos de más
de cien kilos, no pudo mejorar el récord del viejo Senoussi, pero tras ocho
meses de sufrimientos, fatigas e incontables calamidades, regresó con la
tercera parte de los hombres, y una verdadera montaña de marfil, en lo que
constituyó la más grande, la más famosa, la más increíble y legendaria de
cuantas cacerías se habían llevado a cabo en África desde los tiempos del
tratante de esclavos Tippoo–Tip y su ejército de cazadores, o desde los años de
abundancia de Pete Pearson, “Karamojo–Bell” y Billy Pinkering en sus largas
correrías por el rico “Enclave de Ladó”.
—Los Montes de Marfil... –repitió al fin tras el largo
paréntesis–.
¿Allí está “Abdullah”?
Klaus Niklaus y el negro Marengo asintieron en silencio sin
apartar los ojos de su rostro, intentando captar la menor de sus reacciones.
Buscó su pipa y la encendió con calma. Fuera, más allá del
porche, en el llano, algunas cebras comenzaban a aventurarse lejos de la sombra
protectora de las acacias y ramoneaban aquí y allá las hojas más tiernas de los
arbustos bajos, despreocupadas; con la seguridad de que la joven leona y el
viejo leopardo de la cañada tardarían aún en salir en procura de cena.
—Nadie podrá encontrarlo –aseguró por último–. Si se esconde en
los Montes de Marfil, nadie dará con él...
—¡Tenemos que encontrarlo! –Klaus Niklaus parecía excitado–.
Tenemos que encontrarlo... Es demasiado lo que está en juego... ¿Es que no lo
comprende...?
—Sí –admitió–. Lo comprendo...
Pero, ¿qué quiere que haga?
—Todo, muchacho... –El contramaestre le miraba de hito en hito,
ceñudo y seco–. Cuando uno se sube a un barco como tú lo has hecho, tiene que
estar dispuesto a hacerlo todo: fregar cubiertas, pelar patatas, desatrancar
retretes, servir la mesa y recibir patadas en el culo... Si crees que no vas a
aguantarlo, vuelve a tu casa.
—Aguantaré...
Y aguantó. Aguantó tres largos años a bordo del sucio “Pueblo”,
de matrícula de Monrovia, probablemente el primer barco que se matriculó en
Liberia cuando ésta decidió establecer leyes que permitieran a los armadores de
todo el mundo evadir impuestos.
Cómo se mantenía a flote era uno de los grandes misterios de la
mar océana, pero quedaba claro que era el barco con más cubiertas que fregar,
más patatas que pelar y más retretes que desatrancar que surcara los mares.
Era, sin duda, el carguero más inmundo de todos los cargueros,
pero por ello mismo tenía la ventaja de no dejar tiempo libre a los
pensamientos, y así, cuando caía rendido en su maloliente litera del sollado de
proa, su cuerpo no le concedía a su mente un solo instante para divagar; para
irse a otros mundos; para regresar a la eterna pesadilla de su madre y
Cristina; de lo que habían hecho juntas; de lo que seguirían haciendo...
Cumplió dieciocho años con el “Pueblo” atracado en los muelles
de Barcelona, y el cocinero, el sobrecargo y el contramaestre decidieron que
había llegado el momento de celebrarlo y hacerle conocer “la realidad de la
vida”.
Acabaron en una casa de putas de la calle Escudellers, de portal
sombrío y tétrico que apestaba a coles. Patio inmundo, engalanado de ropas
miserables, sábanas gastadas por el uso, escalera crujiente de peldaños
desbastados por miríadas de pasos de marinos borrachos; pasillos mortecinos,
salón de paredes desconchadas, alfombra deshilachada y muebles derruidos... Y
mujeres; caricaturas de mujeres; imitación inconclusa de auténticas mujeres;
burla sin gracia de lo que fueron o debieron ser algún día las mujeres.
—¿Cuál te gusta?
Paseó la mirada por los gruesos rostros abotargados bajo los
churretones de pintura; buscó un hálito humano en los ojos sin vida, hundidos
en abismos sin fondo bajo costras de rímel de a peseta; deslizó su repugnancia
sobre las infladas tetas de vaca recién parida, y sobre los flácidos pechos
caídos de cabra macilenta; se horrorizó con las piernas llagadas o varicosas de
pústulas que entonaban un himno a la sífilis y la gonorrea, y agitó la cabeza
con desgana.
—¿Y qué quieres por un dólar...?
¿Mae West?
—Prefiero esperar aquí...
Cada uno agarró a cada una, las menos malas, y quedaron frente a
él las dos peores; los desechos de todos los desechos; las miserias de todas
las miserias; rubia teñida, gorda, flácida y sudorosa una; enfebrecida,
negruzca y tísica la otra, con ojos de loca desatada, con boca agresiva y manos
de famélica; manos inquietas como arañas pardas; manos que pronto buscaron los
muslos de la gorda, que arañaron su sexo y se hundieron ávidas en su hedionda
mata de pelo ensortijado.
Al poco comenzaron a besarse y rieron ante su turbación y su
sorpresa.
—¿Qué pasa? –exclamó la escuálida negruzca–. ¿Nunca has visto
una tortilla...? ¡Mira! ¡Mira esto!
—¿Te gusta...? Sí... Ya veo que te gusta... Pues aquí no hay
espectáculo gratis, “míster”... Si quieres verlo, ven al cuarto y afloja dos
“pavos”... ¿Has entendido? Dos “pavos”...
Entregó los dólares y las siguió a una habitación inmunda, que
apestaba a orines, sudor y sexo, y a punto estuvo de vomitar en un rincón,
enfermo hasta morir; incapaz de admitir que aquello fuera lo que tantas veces
trató de imaginar; peor aún que en el peor de sus delirios, confusa mezcla de
piernas y gruñidos, de injurias y reniegos, exigencias y gritos, tan grosero y
brutal, tan degradante, que escapó al fin corriendo, y corriendo bajó las
Ramblas hasta el puerto, donde se sentó a los pies de la estatua de Colón, a
respirar el aire de sabor marino; a dejar que huyeran lejos los olores
infectos; a intentar apaciguar su alma, más inquieta que nunca.
¿Cómo consiguió Cristina arrastrarla hasta aquello? ¿Cómo pudo
rebajarla a semejantes límites de bestialidad? ¿Qué había sido de la mujer
serena y delicada, dulce y etérea, espiritualidad y casi mística que él
conocía, y junto a la cual creció, reflejándose en ella, admirándola hora tras
hora, extasiándose ante cada uno de sus gestos, de sus palabras, de sus leves
sonrisas que parecían iluminar el mundo...?
Recordaba a su madre leyendo o bordando junto al fuego
silenciosa y ausente. A menudo dejaba de estudiar, alzaba el rostro y la
observaba, maravillándose una vez más de la serena paz de su belleza; de la
dulce armonía de sus gestos; de la hondura infinita de sus ojos cuando también
alzaba la mirada y sonreía.
Jamás vio a nadie luego sonreír como ella; sonreír por la simple
alegría de devolverle la mirada; de sentir el amor que se sentían; de saberse
adorada por su hijo...
Alzó el rostro, le miró, y se maravilló de la serenidad de su
belleza, de la dulce y agresiva armonía de sus gestos, de la hondura infinita
de sus ojos.
—Queremos que nos lleve hasta los Montes de Marfil, busque el
rastro de “Abdullah” y lo mate... –Se echó hacia atrás en su asiento y extendió
las manos en un ademán incongruente–.
¡Eso es todo...!
Su vista fue de uno al otro: del negro Marengo a las manos del
pequeño Niklaus y el escote de Nina, para detenerse al fin en sus ojos, que le
observaban fijamente: —¿Sólo eso? –comentó, amargamente irónico–. ¿Sólo me pide
que llegue hasta los Montes de Marfil, encuentre al mayor y más inteligente de
cuantos elefantes han existido nunca en África y le pegue un tiro...?
–Agitó la cabeza, burlón y buscó cerillas con las que encender
una vez más su cachimba, que una vez más se había apagado–. No es mucho
–continuó de igual manera–. No es mucho, si se tiene en cuenta que cuando
estuve allí tardamos cuatro meses en llegar, estuvimos perdidos otros dos y
murieron cuarenta de mis hombres... –Lanzó una densa columna de humo–. Y yo era
quince años más joven –concluyó.
—Pero ahora conoce el camino –señaló Niklaus–. Sabe cómo entrar
y salir a través de los pantanos...
—Tal vez –admitió–. Puede que, en efecto, ahora no tardase
cuatro meses, pero, aun así, el esfuerzo me parece excesivo por matar a un
elefante, aunque ese elefante sea “Abdullah”...
–Sonrió levemente–. ¿Saben que, en un tiempo, incluso yo lo
perseguí...?
Fue hace diez años, y ya por entonces sus defensas me parecieron
magníficas... Deben rondar los noventa kilos...
—Se acercan a los cien –puntualizó Marengo–. Y sus huellas
superan los sesenta centímetros de diámetro, con grietas tan profundas que debe
de tener más de ochenta años...
—Una bestia fabulosa –admitió–.
Cuatro metros de alto, y más de seis mil kilos de peso; un
auténtico tanque viviente, con colmillos como postes de teléfono... ¡Dios!
–exclamó–. El último gran elefante de África...
¡África! Penetró en ella por la puerta de Dakar, y siguió luego
a Monrovia, Abidján y Douala, para acabar en Libreville, diminuta y graciosa,
con su estuario invadido por enormes balsas de troncos que los barcos cargaban
directamente del agua, con su “Hotel Roi Denis”, bañado por las olas; con sus
tabernas de madereros, marfileros y buscadores de diamantes; con su olor a
trópico, denso y pegajoso; olor que se acentuaba en los retretes, donde un buen
marino muy viajado podía distinguir, por el olfato, el continente en que
estaba.
África; la vieja África de treinta años antes; el África virgen
de las leyendas; de las grandes manadas de animales libres; de las tribus
auténticas, que no habían evolucionado en mil años; de los bosques apenas
arañados por el hacha de los taladores; de los escasos blancos, amantes de
aventuras... ¡Su África!
Al viejo contramaestre no le extrañó su decisión de quedarse.
—Si yo tuviera tu edad, también me quedaría, muchacho –comentó–.
Te echaré de menos, pero me alegro que tomes esa decisión. El barco, los
puertos y sus putas no son vida para ti. Lo supe siempre... Sobre todo, después
de aquella noche en Barcelona... Fue un error por mi parte.
—Usted no tuvo la culpa... –le tranquilizó–. Nadie tiene la
culpa...
Soy como soy, y no puedo evitarlo...
—Pero no todas las mujeres son iguales –señaló–. Olvida aquella
noche, e inténtalo de nuevo. Eres joven, fuerte, atractivo... ¡Inténtalo!
¿Intentarlo? No; no quería volver a intentarlo. Le bastó una
sola noche –aquella noche– y ya creía saber todo lo que deseaba saber sobre
mujeres.
Admita que debía existir otra cosa; que el amor e incluso el
contacto sexual eran algo distinto; más hermoso, más noble que lo que él había
conocido, pero no experimentaba el menor interés por averiguarlo. Las
relaciones de “el Coronel” con su madre, de su madre con Cristina, y de las
putas de aquel inmundo prostíbulo, le habían bastado para convencerse a sí
mismo de que jamás podría entrar a formar parte del juego, y existía una faceta
de la vida contra la que todo su ser se rebelaba.
No se había convertido en impotente, y lo sabía. No sentía
tampoco atracción por hombre alguno, y a menudo se sorprendía a sí mismo
admirando el paso de una bella muchacha que se cruzaba en su camino, pero se
consideraba incapaz de abordarla, de iniciar la más ligera aproximación, porque
en esos momentos era como si algo en su mente se cerrase, y la sola idea de
sentirla cerca, de tocarla, de olerla, le asqueaba.
Ya en el barco se habían dado cuenta; ya se habían cansado de
invitarle a “ir de putas” cada vez que llegaban a un puerto, e incluso corrían
rumores entre los que menos le conocían: Jonathan; el joven Jonathan Rhin; el
de sonoro nombre, el de apellido falso, sentía repulsión por las mujeres;
odiaba a las putas, era un “pichafría” que prefería gastarle el dinero en ron y
libros.
Más de un disgusto le costaron aquellos rumores, y en ocasiones
tuvo que pararle los pies, a puñetazos, a marineros que confundieron los
papeles. Por todo ello, no sintió pena cuando el “Pueblo” enfiló aquella tarde
la boca del estuario y se alejó hacia el Norte sin más que la desgarbada figura
del contramaestre despidiéndole en popa.
Se alejaban tres años de su vida, tres años de fregar cubiertas,
pelar patatas y desatrancar retretes; tres años de sudor y porquería; de
amarguras, trabajo y violencias. Tres años en los que se había convertido
definitivamente en hombre.
Se volvió a la selva, a la densa, alta e impenetrable selva
gabonesa que nacía allá mismo, casi a la orilla del agua, junto a la arena de
la estrecha playa, y se prometió a sí mismo que a partir de ese instante todo
sería distinto, y dejaría definitivamente atrás sus recuerdos, sus angustias y
sus pesadillas de muchacho.
“Esto es África –se dijo–. Donde todo es nuevo; donde todo es
puro; donde nada tiene que recordarme el pasado”.
—”Abdullah” es quizá lo único que queda del África de mi tiempo
–comentó, al fin, volviendo a la realidad–.
¿Por qué ese interés en matarlo...?
—Adí–Alí lo ha elegido como símbolo de su poder y de su dominio
sobre mi pueblo, los Sondas... –replicó Marengo–. Su Gobierno pregona que
mientras “Abdullah” continúe protegiendo a Adí–Alí, ninguna fuerza, humana o
divina, podrá arrojarle del poder, pese a que su tribu no llega a cien mil
individuos, y los Sondas significamos el ochenta por ciento de la población del
país... ¿Es justo que una minoría étnica nos domine de ese modo por la fuerza y
el terror?
–inquirió–. Tenemos derecho a ser libres, pero los Sondas son un
pueblo atrasado y supersticioso, incapaz de alzarse contra la dictadura de
AdíAlí hasta que “Abdullah” muera...
—Eso es absurdo –protestó–. No es más que un elefante.
—Los Sondas temen a los elefantes, del mismo modo que los
dahomeyanos adoran a las serpientes, los indios a las vacas sagradas y los
camerunenses a arañas y cocodrilos... –le atajó con un gesto, sin permitir que
le interrumpiera–. Resulta estúpido –admitió–. Pero tenga en cuenta que África
acaba de salir de la Prehistoria, y ustedes, los europeos, se dejaron dominar
hasta hace poco por los que aseguraban que tenían a Dios de su parte... –Hizo
una pausa, y continuó con naturalidad–: Si el derecho a gobernar de los reyes
europeos proviene de la Voluntad de un Dios que nadie ha visto, ¿por qué no
puede AdíAlí asegurar que su poder emana del más viejo y más hermoso de los
elefantes, que es para nosotros sagrado, y al que sí hemos visto?
Jonathan Rhin tardó en responder.
Observó fijamente al negro, luego a Nina, y a los pocos
instantes se volvió de nuevo a Marengo.
—¿Me está pidiendo que mate al dios de su tribu...?
—”Abdullah” no puede ser nunca un dios... No es más que una
tradición idiota... Una representación mal entendida. –Agitó la cabeza y sonrió
con tristeza–. Algún día, espero que pronto, mi pueblo se integrará al mundo
que le ha tocado vivir, y no seguiremos eternamente así, viendo cómo aterrizan
aviones de reacción en nuestros aeropuertos; asistiendo a los campeonatos de
fútbol por televisión, y creyendo en elefantes... Mi país se convertirá en un
país civilizado y moderno, y, los Sondas, en una tribu libre de prejuicios, que
romperá para siempre con su pasado de hombre de las cavernas...
Jonathan se echó hacia atrás en el sillón, y al hablar lo hizo
pausadamente, seguro de sí mismo: —Entiendo... –admitió–, y me parece lógico
que intente sacar a su pueblo de la esclavitud en que se encuentra... Pero,
¿qué tengo yo que ver en esto? Me siento viejo, cansado y demasiado alejado del
mundo para meterme ahora en política... Me gusta su pueblo... Ahmed, mi
cocinero, es sonda, y sonda fue Suílem, mi mejor guía, el único hombre que dio
su vida por mí. Pero, sinceramente, creo que con “Abdullah” o sin él, los
Sondas no serán capaces de alzarse contra Adí–Alí...
—¿No cree que vale la pena intentarlo...? –Su voz sonó más
dulce, más femenina que nunca–. ¿No le atrae la idea de que puede tener el
destino de un país en sus manos...?
—No, señorita. No me atrae, ni me atraería aunque en verdad lo
creyese... “Abdullah” hay muchos...
Se puso en pie, dando por concluida la conversación y salió al
porche, a contemplar una vez más el atardecer africano, que siempre sería el
mismo y siempre le parecía diferente: —Lamento que hayan tenido que hacer un
viaje tan largo para nada –añadió–. Pero, realmente, estoy cansado...
Ogooué arriba, el asmático remolcador avanzaba cansino, luchando
contra la corriente, esquivando troncos a la deriva escapados de las grandes
bolsas y rozando las ramas de los altos árboles que, como apretadas filas de
soldados, bordeaban las orillas sin apenas un resquicio que no estuviera
ocupado por aquella selva densa y olorosa, de luz glauca y calor pegajoso.
Días pesados y monótonos, aunque sus ojos parecían maravillarse
con cuanto de nuevo surgía ante ellos: avutardas que cruzaban rozando con la
punta de sus alas las lianas; patos que se sumergían como flechas en un agua en
la que los cocodrilos parecían estar acechándolos, para no permitirles alzar de
nuevo el vuelo; monos que saltaban de rama en rama, compitiendo, con sus
chillidos, con las loras multicolores; nialas que bajaban a beber...
...Y piraguas indígenas desde las que les saludaban negros
sonrientes; negros que aún no habían comenzado a odiar a los blancos
“colonizadores” y que ya se habían olvidado de los blancos “esclavistas” que
medio siglo atrás asolaron con sus razzias los ríos y los bosques de África.
Dejaron a un lado, a la derecha, Lamberené con sus leprosos
sentados juntos al agua en espera de la muerte, y la familiar figura del doctor
Schweitzer agitando la mano desde la puerta de su tosco hospital cuando la
sirena tosió cansinamente tres saludos de homenaje.
Luego, más allá de las más altas copas de los más altos okumé,
el flaco capitán señaló unas sombras que se destacaban lejanas contra el cielo.
—Los Montes de Cristal...
–dijo–. Tierra de gorilas... Detrás empieza el Congo...
¡Congo! Tan sólo el nombre despertaba en su ánimo extraños ecos
de maravillosas aventuras; mundo fabuloso que recorriera Livingstone, y luego,
en su busca, Stanley, cuyos libros le traía su madre cuando venía a verle, y a
menudo los comentaban juntos, sentados frente al fuego en el “Parador de la
Montaña”, extrañas charlas de muchacho soñador y mujer de cultura exquisita,
que también se sentía capaz de soñar con unas selvas que no esperaba ver nunca.
—¿Crees que África ha cambiado?
—Supongo que habrá cambiado, pero aún debe ser un continente tan
inmenso, que existirán regiones salvajes...
—¿Te gustaría ir...?
Rió con aquella risa espontánea y cantarina; risa a la vez
discreta por su estilo, y llamativa por su encanto; risa que dibujaba mejor que
nunca la curvatura de sus labios, en los que destacaban unos dientes blancos y
perfectos.
—¿Me imaginas en la selva? ¿Qué aspecto tendría con un salacof,
falda larga, botas de montar y uno de esos enormes velos blancos que sacan las
mujeres en las películas de Tarzán?
—Estarías preciosa –replicó instantáneamente–. Más bonita aún
que cuando montabas a caballo... Recuerdo cuando te vi por primera vez con
falda de amazona, chaqueta roja y sombrero.
No había otra como tú.
Le atrajo hacia sí y le besó en la frente, revolviéndose el
cabello: —Eso es amor de hijo –dijo–. Tú sí que estabas gracioso con tus botas
de montar y tu fusta... ¿Adónde iría a parar aquella foto...? Me gustaría
encontrarla.
—La rompí. Me parecía ridícula...
—No; no lo era... Y no debes acostumbrarte a considerar ridícula
una vieja foto porque nos muestra tal como no somos ahora... Por años que hayan
pasado, responde a lo que fuimos en un tiempo, y recuerda cómo nos vestíamos,
nos peinábamos y casi cómo pensábamos... Ridiculizarla, es ridiculizar nuestra
vida, renegar de nuestro pasado...
Se volvió a mirarla.
—¿Cómo ha dicho?
—Le he preguntado que en qué piensa tan absorto.
Las últimas garzas volaron otra vez hacia Levante en busca de
sus nidos en los que disfrutar en paz de la suave noche que llegaba, lejos de
los merodeadores nocturnos que ya estarían desperezándose en lo más profundo de
sus cuevas.
—Pensaba en el día en que llegué a África. ¿Sabía que fui
maderero en el río Ogooué, en el Gabón?
—¿Qué le impulsó a dejarlo?
—Los elefantes.
—¿Por qué los elefantes?
No respondió. No se sentía capaz de confesarle a una recién
llegada que un día, muchos años atrás, descubrió de pronto que le gustaba matar
elefantes; que el hecho de perseguirlos a través de las selvas, atravesando
ríos y pantanos, dejándose las manos y el rostro en los zarzales de la
espesura, sufriendo lluvias y calores, para acabar derribándolos de un tiro en
la frente a menos de cinco metros de distancia, le producía un placer, un
cansancio y una excitación como no había experimentado jamás.
Seguir la huella de una bestia de tres mil kilos; acosarla,
arriesgarse a ser aplastado por ella y vencerla, aniquilarla en toda su
gigantesca fuerza por medio de una bala colocada en el lugar oportuno, era algo
nuevo, diferente; algo que le hacía sentirse poderoso, y disipaba todas sus
angustias, sus frustraciones y sus temores.
La energía que durante tantos años había permanecido encerrada
en lo más profundo de sí mismo, sin escape posible, reconcentrada en sus
recuerdos y sus torturas –que era cuanto tenía–, se liberaba con aquellas
largas caminatas, aquella tensión externa, aquella definitiva huida, cuando
apretaba el gatillo y el mundo parecía estallar en una indescriptible
explosión: la explosión de la enorme bala “465 Nitro” de un “Holland–Holland
Express”.
El miedo desapareció también de su vida. No desde un principio,
sino paulatinamente; a medida que fue descubriendo que la idea de ser derrotado
por un elefante y morir en la aventura no le inquietaba, como si lo considerase
un precio razonable; un precio que algún día tendría que pagar a cambio de
cuanto significaba para él la caza.
El primero fue un macho joven, inexperto e imprudente, que tomó
la fea costumbre de entrar por las noches a devorar los campos de maíz de los
indígenas. Acudieron los taladores a pedir ayuda a don Basilio, el español que
dirigía la explotación, y éste –para quien la aventura constituía una rutina en
veinte años de selva gabonesa– le invitó a acompañarle.
—¡Ven! –ofreció–. Ya que no te gustan las negras, aquí no
encontrarás muchas más diversiones. Tres días de caminata ahuyentan la
monotonía de tres meses de tumbar árboles...
—¿Por qué los elefantes...?
–insistió nuevamente, obligándole a salir de su abstracción.
Era realmente la mujer más hermosa que hubiera visto en muchos
años. Casi tan hermosa como su madre de amazona o con el vestido de falda
plisada.
La luz del atardecer, de un sol que se ocultaba ya en el
horizonte, imprimía una extraña tonalidad rojiza a sus cabellos.
—Comencé cazándolos por distracción, y acabé convirtiéndome en
profesional...
—¿Y nunca sintió pena? ¿No le dolió asesinar a tan hermosas
bestias...?
Se encogió de hombros y paseó la vista por la llanura.
—Cuando llegué a África, los elefantes eran una plaga en el
continente... Allá en Gabón arrasaban las plantaciones y se comían en una noche
la cosecha de un pueblo... Hace treinta años, nadie sospechaba que un día
correrían peligro de extinción, ni se hablaba de ecología o preservación de la
fauna... Los elefantes estaban aquí y eran un enemigo que ofrecía, además,
carne para los indígenas y buenos colmillos que se pagaban caros en los puertos
de la costa... –agitó la cabeza y sonrió de nuevo, esta vez con cierta
amargura–. No. Creo que nunca me detuve a meditar si estaba bien o mal... Era
la costumbre, y hacerte o no profesional dependía de tus ganas de caminar, o
del apego que le tuvieras al pellejo.
—¿Y usted no le tenía apego a la vida?
—¿Qué era mi vida? Tumbar árboles desde el amanecer hasta la
anochecida, bajo el calor, la lluvia o los mosquitos. Y por las noches,
emborracharme con ron de raíces en una choza de paja... Tengo que agradecer a
los elefantes que me sacaran de aquel bosque en el que las fiebres me hubieran
matado en dos años... Es preferible una patada de elefante a la consumición por
disentería o malaria.
Don Basilio tenía malaria. Una malaria recalcitrante que se lo
estaba comiendo vivo, lo retenía postrado y lo aniquilaba a ojos vistas, pero,
aun así, mantenía el ánimo fuerte a la hora de lanzarse a la aventura.
Durante cuatro días marcharon tras el “pistero” por lo más
intrincado del bosque, con los pies deshechos y el cuerpo quebrantado por las
noches al relente, bajo una lluvia que a menudo se convertía en diluvio.
No cabía luego la oportunidad de calentarse al sol –que no
llegaba al suelo en la impenetrabilidad de aquella espesura– ni ante un buen
fuego, que no ardía en la madera empapada.
Perdieron la cuenta de los pantanos de “nipa” que atravesaron
con el fango a las rodillas y los riachuelos que vadearon con el agua a la
cintura.
Cuando el elefante sentía calor, buscaba un arroyuelo donde el
agua le mojara la tripa, y comenzaba a recorrerlo aguas abajo, dejándose
arrastrar por la suave corriente, mientras arrancaba, aquí y allá, los frutos
más apetitosos.
Para seguirle, no existía entonces más que el mismo camino, con
las armas y la comida sobre la cabeza y la vista atenta a las orillas, buscando
el punto por el que la bestia había decidido salir a tierra firme.
Luego se sacudían como perros mojados y reemprendían la marcha
confiando en que no apareciese pronto un nuevo arroyuelo.
La selva a su alrededor permanecía en paz. Al rumor de la lluvia
golpeando contra las hojas de las más altas copas, sucedía el grito de los
monos, el canto de infinidad de pájaros y el pesado vuelo de gigantescas
perdices que surgían de entre sus mismos pies y le obligaban a dar un respingo.
De tanto en tanto, alguna serpiente –venenosa o no–, y al cruzar
los diminutos senderos de caza, huellas de jabalí, antílope o leopardo.
En ocasiones –no demasiado a menudo, por fortuna–, la selva de
gruesos árboles con ancha copa y suelo llano dejaba paso al “bícoro”, la selva
primaria, hecha de matojos, espinos y caña brava, donde el elefante se
adentraba siempre, irremediablemente, buscando tallos y frutos tiernos.
Cuando se sabía perseguido –y de alguna forma el elefante solía
averiguarlo–, buscaba el “bícoro” y allí se quedaba muy quieto y en silencio,
con el oído atento y venteando el aire con la trompa en alto, porque para un
animal que veía poco y mal, no existía mejor campo de batalla que aquel en que
su enemigo nada veía.
Y a la hora de la verdad, si se lanzaba a la carga a través de
la espesura tierna, su corpachón lo arrasaba todo a su paso, se abría camino
fácilmente y aplastaba a su perseguidor, que no tenía posibilidad alguna de
escape, atrapado por los mil brazos de los zarzales y las raíces de la selva
primaria.
Y cuando un elefante pasaba sobre un cazador; cuando lo lanzaba
al aire con su trompa una y otra vez, golpeándolo contra los árboles y
machacándolo con el peso de sus tres mil kilos, la pasta informe, ensangrentada
e irreconocible que quedaba de él llegaba a ser tan espantosa, que el mismo
elefante, horrorizado, la cubría con ramas, hojas y barro, ocultándola para
siempre.
Jonathan no podía dejar de pensar en todo ello –todo lo que don
Basilio le había ido contando–, cuando al atardecer del cuarto día apareció un
nuevo bosque primario y el “pistero” musitó convencido: —Está allá dentro y ya
hoy no saldrá. Hay que ir a buscarlo.
—No hay viento –señaló don Basilio–. Esperemos que llueva.
—¿Por qué? –quiso saber Jonathan.
—El rumor de la lluvia cubrirá nuestros pasos.
Se sentaron sobre un tronco caído a aguardar la lluvia, y
transcurrió lo que le pareció la hora más larga de su vida. Comenzaba a caer la
noche, y si no llovía pronto, oscurecería y el animal escaparía en las sombras,
lo que significaría otro día de camino.
Miró a sus compañeros. El “pistero” aparecía inmóvil, como un
árbol muerto, don Basilio se había dormido, y Jonathan rogó que la lluvia
cayera, aunque le inquietaba la idea de internarse en la espesura que nacía
ante ellos, a buscar –casi a tientas– a un gran macho.
Se preguntó si lo que experimentaba era miedo. Era sin duda
nerviosismo, o tal vez miedo; pero no miedo a la muerte o al mal que pudiera
causarle la bestia, sino miedo a sí mismo, a no ser capaz de comportarse como
don Basilio esperaba de él; “miedo a tener miedo”, que significaba a su juicio
el peor de los temores.
Le llegó, imperceptible en un principio, pero cada vez más
claro, un rumor extraño, como de motor lejano y asmático. Miró al “pistero”, y
éste despertó a don Basilio de un codazo.
—Son sus tripas –señaló el español, tras prestar atención–. Está
haciendo la digestión... Es un ruido natural en elefantes libres que se
alimentan de ramas leñosas y frutos duros... Está cerca, muy cerca... Si no
llueve pronto, le llegará nuestro olor y escapará.
Pasó un largo rato; las sombras se hacían cada vez más densas;
algo se movió allá delante, y se escuchó un chasquido de ramas que se rompían,
pero a los pocos instantes la selva se cubrió de un rumor monótono; un
repiqueteo insistente que cubría cualquier otro ruido.
Llovía...
Don Basilio se puso en pie, amartilló el arma y se la ofreció
con un gesto: —Toma –dijo–. Es tuyo. Tu primer elefante...
Echaron a andar hacia donde se había escuchado por última vez al
animal. Jonathan delante, don Basilio a un metro y el “pistero” cerrando la
marcha.
Avanzaron tan despacio, que se diría que no iban a llegar antes
de que cayera la noche, porque a cada instante se detenían a escuchar; a
intentar captar algo más que el rumor de la lluvia, que si servía para ocultar
sus pasos, acallaba también los ruidos de la bestia.
De improviso, don Basilio hizo un gesto, tocándole en el brazo.
Lentamente comenzó a apartar ante él lianas y enredaderas, abrió un hueco,
apenas algo más que un ventanuco en una pared, y le indicó que se asomara. Lo
hizo, y allí, a menos de cuatro metros, distinguió una gran mancha gris: un
culo enorme que agitaba un rabo diminuto.
El corazón le latió en el pecho con más fuerza que nunca,
amenazando escapársele por la boca o alertar con un retumbar al animal, que se
movió ligeramente a la izquierda y dejó a la vista parte de su inmensa cabeza.
Don Basilio llamó de nuevo su atención y, con el dedo, se señaló justo tras la
oreja, en el punto en que la parte alta del pabellón se unía al cráneo.
Luego hizo un significativo gesto de apretar el gatillo.
Alzó el arma, la asomó por el ventanuco vegetal que el español
mantenía abierto, ajustó la culata firmemente contra su hombro, advirtió,
sorprendido, que no estaba asustado ni tan siquiera nervioso, apuntó con sumo
cuidado al lugar señalado y, suavemente, curvó el dedo.
Resonó un estampido, y ramas y hojas volaron impulsadas por la
masa de carne que se abatió como si una hoz gigante le hubiera cercenado las
patas. La tierra retumbó, y cuando el ruido del disparo se perdió en el bosque,
corriendo hacia la noche que ya corría hacia ellos, el elefante –¡su primer
elefante!– había muerto.
No podía sentir pena. En aquel tiempo no podía sentir lástima
más que de sí mismo, y cuanto experimentó hacia los elefantes muertos que
vinieron más tarde, fue agradecimiento; un infinito agradecimiento por
proporcionarle una razón de vivir, pues de otro modo, tal vez no la hubiera
encontrado nunca.
Matar; pero no el hecho de matar en sí, no la violencia o el
sadismo, sino todo lo que lo precedía: lucha y peligro, dieron un sentido a
algo que no lo tenía desde aquella noche en que su madre pronunció una sola
palabra: Cristina.
¿O es que en cada elefante que mataba estaba matando a
Cristina...?
Siempre evitó hacerse seriamente esa pregunta –quizá porque
temía la respuesta–, y en ese caso dejaría de sentir la satisfacción que ahora
sentía con la caza.
¿O quizá –por qué no– sería aún mayor la satisfacción?
Matar a Cristina. Matarla una y mil veces... Perseguirla por
pantanos, riachuelos y selvas; acorralarla, acecharla, apuntarle entre los ojos
o al oído y alojarle en el cerebro una bala capaz de reventarle el cráneo como
un coco.
Pero... ¿Era realmente Cristina la culpable...?
Intentaba saber si todo hubiera ocurrido de igual modo de no
existir ella, con lo que su madre hubiera tenido ocasión de encontrar algún
hombre –cualquier hombre– que supiera darle lo que nunca le diera “el Coronel”.
Porque era en “el Coronel” donde había que buscar la raíz de lo
ocurrido, y si no hubiera sido tan borracho, tan vulgar y tan cerdo,
probablemente su madre nunca habría ido a parar a manos de Cristina.
“Pero –se repetía entonces– de no existir “el Coronel”, tampoco
yo existiría, pues lo quiera o no, es mi padre, aunque cada día me parezca más
absurdo...” “¿Por qué se casaría con él...?
¿Por qué se dejó comprar por sus millones...?” —Era distinto –le
había confesado un día, el único que hablaron de él en muchos años–. Era un
hombre apuesto, aventurero, romántico y galante, que olía a selva, a noches
tropicales y a canciones lánguidas... Yo acababa de cumplir dieciséis años, y
era mi primer verano lejos del internado... No le resultó difícil, y le
halagaba casarse con la primogénita de una familia noble... “Se unirán –solía
decirla sangre nueva y la vieja sangre; el dinero y la alcurnia; el empuje y la
decadencia...” Yo estaba demasiado ciega para ver el peligro... Seguí ciega
hasta la noche de bodas. Demasiado tarde...
No se atrevió a preguntar entonces qué significaba “demasiado
tarde”, y qué había ocurrido aquella primera noche que le hizo comprender su
error.
—Empiezo a entender que pueda vivir tan solo... Es capaz de
pasarse horas contemplando el paisaje sin más compañía que sus pensamientos.
—Perdone... Olvidé que seguía aquí... ¿Dónde están sus
amigos...?
—Ahmed los envió a buscar carne fresca para la cena... Un tipo
extraño ese cocinero... ¿Cuánto hace que lo tiene?
—Veinticinco años.
—Toda una vida... Aun así, ¿no le importa lo que le ocurra a su
pueblo...?
—Escuche, señorita –pareció armarse de paciencia–. Yo admiro a
los Sondas; los quiero y me simpatizan, pero creo que deberían solucionar sus
problemas sin echárselos a la espalda a un pobre paquidermo cuyo único objeto
es comer y mantenerse vivo...
–Buscó una cerilla, no la encontró y abandonó la pipa sobre la
baranda de piedra–. Si no reúnen el valor necesario para librarse por sí solos
de Adí–Alí, merecen cuanto les ocurre.
—Es cierto lo que cuentan –comentó ella–. Nada le interesa en
este mundo: ni la fama, ni el dinero, ni la gente... ¡Nada! ¿Por qué?
—Estoy bien aquí, tengo cuanto necesito, y no deseo otra cosa.
—Difícil me lo pone...
—¿Qué?
—Mi trabajo... ¿Sabe...? Habíamos inventado una historia: Mi
padre permanecía prisionero de Adí–Alí, y yo luchaba por liberarle y derrocar
al tirano... Todo bien estudiado y con una puesta en escena realmente
ingeniosa... –Hizo una pausa–. Pero la verdad no es ésa: me contrataron para
ayudar a “convencerle”... Dicen que soy buena “convenciendo” a la gente...
He hecho que hombres de negocios pagaran por algo un diez por
ciento más de lo que tenían pensado en un principio; que ministros concedieran
permisos que no figuraban en la política de su Gabinete, e, incluso, que un
jeque árabe otorgase concesiones petrolíferas a una compañía de capital
judío...
Ése es mi trabajo...
—Puta de lujo, vaya.
—Usted no se anda por las ramas –protestó–. La mayoría de las
veces ni siquiera necesitaba acostarme con ellos, pero, siendo sincera,
admitiré que sí... En el fondo, no soy más que eso...
—¿Y por qué me lo cuenta? ¿Qué puede importarme?
Se encogió de hombros y agitó el cabello con aquel gesto suyo
tan atrayente: —No lo sé. Tal vez comprendí desde el primer momento que iba a
fracasar. O este ambiente, los animales y la pradera me hacen ver las cosas
diferentes... Quizá por simpatía...
¿Es usted homosexual?
Por primera vez en mucho tiempo se sintió realmente
desconcertado, y tardó en reaccionar. Al fin, inquirió a su vez: —¿Qué le hace
pensar eso?
—Una vez leí que la caza mayor suele ser una suerte de
escapatoria para homosexuales e impotentes... Se liberan de ese modo de sus
traumas...
¿podría ser?
Se encogió de hombros y chupó la pipa aunque continuaba apagada.
—Podría ser... –admitió–. He conocido a cientos de cazadores...
Aficionados de todo el mundo, que me pagaban para que les sirviese de guía, les
pusiera la presa en bandeja, e incluso la liquidara yo si el pulso les
temblaba... Y había de todo: homosexuales, impotentes y sádicos, pero también
auténticos deportistas de valor a toda prueba, con espíritu de competición, que
cazaban por el simple placer de la lucha. No se pueden dar reglas...
—¿Y en su caso? ¿Por qué cazaba?
—Ya se lo he dicho: era profesional.
—No –denegó convencida–. No creo que nadie pueda llegar a
semejante profesionalidad por accidente... Tiene que existir una
predisposición...
—¿Lo sabe por experiencia? –Su intención de herir era notoria, y
no podía pasar inadvertida–. Usted también se considera profesional...
Nina Van Der Bruner se echó a reír sin hipocresía y le maravilló
la espontaneidad de su sonora carcajada.
—¡Oh, vamos! –exclamó ella al fin–. Reconocerá que resulta mucho
más fácil hacerse profesional en mi campo que en el suyo... A miles de chicas
les ocurre... Dan un tropiezo, luego otro, y ya el camino es ancho...
De ser más fea, o un poco menos espabilada, habría acabado en un
prostíbulo, o rondando las esquinas... –se interrumpió un instante y sus labios
se plegaron en una sonrisa amarga–, y aún puede que acabe de ese modo
–comentó–.
Pero supe ingeniármelas, y no me quejo.
—¿Sabe? –admitió él–. Si no lo confiesa, nunca lo hubiera
imaginado... La creía realmente niña mimada de familia rica...
—Lo fui... –su sonrisa había desaparecido–. Fui niña mimada de
familia rica, orgullo de mis padres, espejo de virtudes... Pero la vida nos
lleva por caminos insospechados hasta acabar aquí, en una colina africana,
junto a un misógino al que tenía que convencer de algo absurdo.
—¿Cuánto le pagan?
—Dos mil dólares, más gastos.
—¿Se hubiera acostado con un viejo como yo por dos mil dólares?
—¡Vamos! –protestó–. Usted no es viejo, y lo sabe... Muchas
mujeres se enamorarían del “gran cazador blanco” que vive encerrado en su torre
de marfil recordando tal vez un gran amor ya muerto. –Señaló la cruz de piedra
gris bajo la alta ceiba, al pie de la colina–: ¿Es aquélla su tumba?
—¿Qué le hace suponerlo...?
—¿Por qué responde siempre a una pregunta con otra pregunta...?
Lo supongo, porque se trata de una vieja tumba muy cuidada, donde las flores no
tienen tiempo de marchitarse, y junto a la que no resulta difícil advertir el
espacio justo para otra. Es el más bello lugar que pudiera escoger una pareja
para descansar por toda una eternidad contemplando la pradera africana...
¿Quiere que lo entierren ahí?
—Sí.
—¿Y quién es ella...?
—¿Por qué necesariamente una mujer...? ¿Por qué no un padre, un
hermano, un amigo...?
Don Basilio había muerto comido por las fiebres y los gusanos, y
le dejó en herencia un viejo “Express 475” que se caía a pedazos cada vez que
disparaba, y la valiosa experiencia de años de perseguir elefantes por bosques
y pantanos.
—¡Olvida los árboles, muchacho!
–fue lo último que dijo–. Tú no naciste para leñador... Naciste
para cazar... –Tosió, fatigado–. Con una sangre fría como la tuya no se puede
ser otra cosa que cazador... –Se moría por minutos, y lo sabía, pero no parecía
importarle–. Toma mi viejo “Mannlincher” –continuó–. Aún dará mucha guerra...
Vete al Congo, al Camerún o al Chad, y te harás rico con el marfil... Marfil,
muchacho.
Ésa es la cosa... ¡Marfil...!
Lo enterró donde siempre habían vivido: en el bosque, junto al
río, no lejos de la rampa por la que caían los troncos que formarían luego las
grandes balsas, y se prometió que no tendría el mismo fin que el leñador. Tomó
el arma, dejó la explotación en manos del capataz negro, ofreció trabajo a
siete nativos cansados de cortar okumés y se adentró con ellos en la selva,
para no regresar nunca al Gabón.
Tres meses después apareció en Douala, al pie mismo del Monte
Camerún, con casi dos mil kilos de marfil, y los restos de lo que fue en un
tiempo un soberbio “Mannlincher 475” incapaz ya de disparar un tiro.
En Douala nacería la leyenda de Jonathan Rhin, que se compró esa
misma tarde el mejor “Holland–Holland 465 Express” que se había visto en
África, arma que llegaría a convertirse también en legendaria, y que aún podía
verse allí, sobre la chimenea, tan bruñida y reluciente como cuando salió de
manos de un armero de Londres.
Dos toneladas de marfil, aunque fuera de colmillos medianos de
elefantes de selva, que raramente superaban los cuarenta kilos, constituían en
aquella época una pequeña fortuna, y con ese dinero y los mismos hombres,
Jonathan pudo organizar su primera batida hacia los lados de Benué, a cuyas
orillas acudían las grandes manadas de elefantes de pradera, de gruesas y
curvadas defensas, de un blanco amarillento, que superaban a menudo los sesenta
kilos.
Pero descubrió pronto que constituía aquélla una cacería
distinta, donde lo importante no era –como en el bosque– la larga marcha tras
las huellas y el aproximarse paso a paso, con infinito sigilo, hasta casi
meterle al animal el cañón del arma en la boca y disparar.
Allí en la sabana no sólo se habían desarrollado más los
colmillos y el cuerpo de los elefantes, sino, también, su cráneo, su oído, su
olfato y –sobre todo– su inteligencia.
Existía una notable diferencia entre el tanque viviente, eterno
caminante y eterno masticador ensimismado que recorría incansable las selvas
oscuras, densas y protectoras, y la gran bestia astuta que vagabundeaba por
sabanas y praderas a pecho descubierto sin más defensa frente a su eterno
enemigo –el hombre– que su capacidad de escapar o de matarle.
A orillas del Benué había que colocarle a veces una bala en el
oído a un gran macho que corría a más de ochenta metros de distancia, o detener
en seco de un tiro en el cerebro a un jefe de manada que se lanzaba a la carga
por defender sus crías.
Le disparó a cuanto podía dispararse en este mundo: latas,
botellas, piedras, ramas, aves, liebres, hienas, antílopes, jabalíes, búfalos,
leopardos, leones y elefantes, y llegó un momento en que tuvo que dejar de
disparar y darle un descanso al cuerpo, pues se diría que cada uno de sus
huesos se encontraba a punto de desmembrarse de resultas de los culatazos.
Don Basilio le había contado que, antiguamente, antes de que la
“cordita” sustituyera a la pólvora negra, las armas de gran calibre reculaban
tan espantosamente, que raro era el cazador de elefantes que pudiese disparar
más de cinco veces al día sin resentirse en todo el organismo por el efecto
traumatizante de semejantes cañones en miniatura.
—No serás uno de los grandes hasta que tu hombro no se haya
convertido en un gran callo negruzco –sentenció.
Ahora lo sentía allí, sobre la articulación, y, a menudo, le
dolía con la humedad, recuerdo eterno que se llevaría a la tumba de los miles
de estampidos que resonaron en otro tiempo en sus oídos.
—¿Va a decirme quién está ahí enterrado?
Negó suavemente, sin acritud: —¿Qué importa eso? Se irá mañana,
y jamás volverá a acordarse de mí ni de mi nombre... ¿Qué le importa mi vida?
—No nos iremos –señaló convencida–. Klaus y Marengo no han
perdido la esperanza. Confían en que usted cambie de idea.
—¿Por qué había de hacerlo?
—Por no dejarnos morir en esos pantanos.
—¿Lo intentarán sin mí...?
—Es mucho lo que se juegan... Un país.
—El país de Marengo –admitió–.
Pero el otro..., Niklaus... ¿Qué tiene que ver en esto?
—También es su país; en el que nacieron sus padres y sus
abuelos.
Adí–Alí quiere expulsar a los blancos, como hizo con los
hindúes, y muchos no están dispuestos a irse por las buenas. Niklaus es uno de
ellos.
—¿Cómo espera Adí–Alí gobernar a una nación en la que no tiene
de su parte ni a los blancos, ni a los negros, ni a los hindúes...?
—Tiene las armas, los mercenarios, los sudafricanos y el dinero
de las compañías mineras... Con eso basta.
—Mucho ha cambiado África...
En sus tiempos, los reyezuelos saludaban zalameros al “bwana”
que se dignaba detenerse a pasar la noche en el poblado indígena que encontraba
a su paso, y bastaba ser blanco para sentirse investido de una especie de
autoridad divina que permitía impartir cualquier orden, por absurda que fuera.
En sus tiempos, aún no habían comenzado a soplar vientos de
libertad sobre el continente, y nadie imaginaba que algún día los nativos
serían dueños de todo, y podrían incluso dar órdenes a sus eternos amos: los
blancos.
En sus tiempos, Suílem se sintió orgulloso al ofrecerle el
regalo de la más joven y hermosa de sus hermanas, pues era de todos conocido
que los blancos disfrutaban con las negras apenas convertidas en mujer.
Penetró en la choza, y allí estaba, desnuda y viva, limpia y
alegre con sus pequeños pechos apuntando al cielo, el trasero erguido y los
muslos tersos bajo una piel negra y brillante, feliz de haber resultado elegida
–¡la bella entre las bellas!–, encargada de demostrar al “bwana” blanco cuán
agradecidos se sentían por los elefantes que había matado para ellos, por el
afecto que les demostraba, y por haber escogido al mejor cazador –su hermano
Suílem– como su “pistero” y a su primo segundo –Ahmed Kaufacomo su cocinero.
Se sintió atraído por ella; advirtió que una oleada de calor le
ascendía hasta el rostro y que todo su cuerpo experimentaba una ligera
convulsión; un nerviosismo que no sintió antes ni aun en los peores momentos de
la caza. Le temblaban las manos cuando colgó el arma de una de las paredes de
la choza, y permaneció unos instantes contemplando esa misma pared de paja y
barro, buscando serenarse antes de mirarla.
Permanecía en pie, cerca del fuego, que dibujaba extrañas
sombras sobre su piel oscura, sencilla y franca, sin pudor, sin rubores,
consciente de la belleza de su cuerpo pequeño; consciente también de lo que se
esperaba de ella.
La observó largamente, comparando aquella estampa primitiva y
pura con las prostitutas de Barcelona, y sintió que podría hacerlo; que habían
quedado atrás todas sus inhibiciones, y era aquélla la noche en que al fin
descubriría la verdad sobre sí mismo.
Se aproximó a ella, que le miraba de frente y que tuvo que alzar
el rostro cuando estuvo tan cerca que rozó con la camisa la punta de sus
pezones.
Ella sintió un cosquilleo de placer, que fue a detenerse,
temblando, entre sus piernas, y esperó. Esperó a que fuera él quien tomara la
iniciativa, pues al fin y al cabo no era más que una pobre mujer –casi una
niña– y nada sabía del modo en que querría hacerle el amor el “bwana” blanco.
Y allí quedaron muy quietos, rozándose apenas, y sintieron cada
uno de ellos el calor del otro, la tensión del otro y el deseo del otro, pero
sin saber lo que tenían que hacer, pese a que Jonathan advertía que su cuerpo
estaba dispuesto –más dispuesto que nunca– para hacer el amor.
¿Era vergüenza ante su propia virginidad, o miedo a que aquella
niña negra, ignorante y semisalvaje, descubriera que el gran “bwana” blanco era
más niño, más ignorante y más salvaje aún que ella?
Aspiró profundo y le embriagó un olor picante y denso; olor de
negra limpia, y por primera vez en su vida tuvo tan cerca un rostro de mujer
excitada, que le llegó, muy claro, el tufillo a amoníaco que expelen las fosas
nasales de algunas hembras en celo.
Rebuscó en su memoria aromas semejantes, y no encontró ninguno.
Tan sólo pervivía el leve perfume de su madre, tan personal y tan integrado a
todo lo que fuera su niñez, y el hedor de las sucias prostitutas; hedor que se
mezclaba con el de la casa húmeda y vieja; comistrajos ya fríos, sudor, sexo y
orines.
Lo de ahora era nuevo, nuevo e inquietante en su propia
sencillez, y se sintió como el primer hombre dispuesto a penetrar a la primera
mujer, y quizá contribuía a ello el denso aroma de selva que llegaba de fuera,
el canto de los grillos en la espesura o el bostezo de un leopardo hambriento
más allá de la cerca de espinos.
Luchó consigo mismo y con su timidez, y hubiera dado cuanto
tenía en este mundo por alargar las manos, alzarla por la cintura y tumbarla
sobre la piel de cebra que Suílem había extendido en el rincón del fondo, junto
al fuego.
Hubiera besado su pecho duro y firme, hubiera ajustado las
palmas de sus manos al negro culo de piel lisa y tirante, y habría dejado que
muslos de lava ciñeran sus caderas apretando muy fuerte.
Hubiera alejado de ese modo todos sus recuerdos y todas sus
angustias; se habría liberado para siempre de los terrores que le atormentaban
por las noches; habría despejado las dudas que le asaltaban cuando pensaba en
sí mismo, y pasaría de pronto a convertirse en un hombre nuevo y distinto: el
hombre que siempre soñó ser.
Pero no lo hizo.
Se limitó a permanecer así, quieto, un tiempo que jamás tuvo
medida, y luego dijo: —Vete.
Se desgarró los pantalones al franquear la cerca.
Gritó: “¡Vuelvo en seguida!” y corrió a la casa, saltando la
tapia posterior del jardín, pues sabía que el servicio tenía el día libre,
incluida la cocinera, por cuyo feudo se deslizó escaleras arriba, silencioso,
intentando eludir la reprimenda.
Se estaba cambiando ya con los pantalones en la mano, cuando
escuchó voces abajo, en la piscina, y atisbó por la ventana.
“El Coronel”, balanceándose en la tumbona, con un vaso en una
mano y un habano en la otra, entornaba los ojos divertido, sonriendo a la
figura de su madre, que –desnuda– aparecía de espaldas en el agua, como una
gran mancha blanca contra el azul del fondo.
Se aferró a la cortina porque necesitó apoyo al fallarle las
piernas, y el corazón comenzó a saltarle en el pecho como cuando galopaba
ladera arriba tras el perro. Hizo un esfuerzo por apartar la vista, pero era
como si la fuerza de un imán le atrajese hacia los rosados pechos agitados por
el agua y los blancos muslos que ese agua convertía en una incierta línea
quebrada.
Ella alzó el rostro.
—¡Déjame salir! –suplicó–. Puede llegar un criado...
—Si se le ocurre, lo mato. Quédate ahí, y déjame verte el
culo...
Se puso en pie. El agua no le llegaba más que a la cintura, y
sus pechos aparecían ahora más duros, más hermosos y más erguidos que nunca.
Aún no había cumplido treinta años.
—Estoy cansada –protestó–. ¿Es que no puedes ser como todo el
mundo...?
—Soy como todo el mundo –replicó, apurando el contenido de su
vaso–. Un hombre tiene derecho a ver desnuda a su mujer cuando quiera... ¡Mira!
–señaló riendo–. Mira qué efecto me hace.
Se dejó caer el agua y comenzó a vadear hacia ella. A mitad de
camino, tiró a un lado el habano, que se alejó flotando, y comenzó a
desabrocharse los pantalones, pese a que ella retrocedía, intentando salir de
la piscina.
—¡No! Aquí no... –suplicó.
Pero Jonathan vio cómo la alcanzaba, cómo la aferraba por la
muñeca y cómo la arrinconaba contra el muro impidiéndole escapar.
Era un indigno espectáculo el de la frágil mujer desnuda y
chorreante, abrazada por el hombretón, que aparecía de espaldas con medio
trasero al aire y los pantalones flojos, flotando extrañamente alrededor de sus
nalgas.
Se deslizó hasta el suelo, aún aferrando a la cortina, y quedó
allí sentado, sujetándose las piernas, escuchando las risas y los chapoteos de
“el Coronel”, y las inútiles protestas de su madre.
Permaneció así, anonadado, incapaz de pensar en nada hasta que
cesaron las voces y los murmullos del agua, y volvió lentamente a la realidad
cuando comenzó a caer la noche que le sorprendió acurrucado al pie de la
ventana, sintiendo a su alrededor el silencio del caserón, más vacío que nunca,
pues su madre escondía una vez más su asco en el invernadero, y “el Coronel” se
había marchado, como siempre, “a tomar unas copas al Casino”.
Se avergonzó entonces de sí mismo; de haber estado allí y haber
sorprendido sin querer la denigrante escena, como si no hubiera sido culpa de
“el Coronel”, sino un delito premeditado que había querido cometer acechando a
su madre.
Intentó durante horas, hasta que le llamaron a cenar, analizar
sus sentimientos y averiguar si era vergüenza y confusión lo que experimentaba,
o existía en realidad algo más hondo, algo inconfesable, tan inconfesable que
no sería capaz de admitirlo ante sí mismo.
Era la primera mujer que veía desnuda, y era su madre. Todo su
cuerpo, del estómago a la raíz de los cabellos; de la sangre a las ideas,
parecía haber sufrido de pronto un cambio, como si su vida anterior no hubiera
servido de nada, no contase, hasta el momento de descubrir allá abajo la figura
que flotaba. Una mujer desnuda, tendida boca arriba con las piernas
entreabiertas, era como un fogonazo en su retina; como una explosión en su
cerebro, y había quedado grabada para siempre en lo más íntimo de su ser,
convirtiendo en inútiles cuantos intentos realizara por desechar la escena.
Había sido un descubrimiento importante en su vida, y lo sabía;
había sido como descorrer el primer velo que ocultaba muchas cosas sobre las
que siempre prefirió no saber demasiado; cosas que le inquietaban; que le
atemorizaban; que tenía un “no sé qué” de sórdido y prohibido.
Era una mujer desnuda que flotaba; era una imagen a la vez
atrayente y turbadora; recuerdo que rechazaba y anhelaba al unísono, pero que
se esforzaba por desvincular de la realidad de que aquella mujer era su madre.
Hubiera deseado dividir sus sentimientos. A un lado, la tristeza
y el asco por la escena que había presenciado y que acrecentaba –si ello era
posible– su repugnancia hacia “el Coronel”. Al otro, la turbación y el secreto
placer que producía saber que acababa de escalar un peldaño en su camino hacia
ser hombre, y algún día acariciaría y contemplaría libremente un cuerpo
semejante.
Fue entonces cuando se le ocurrió la idea: una idea sencilla,
que no exigía de su parte más que esfuerzo de imaginación. La mujer que había
visto en la piscina no era su madre. No tenía nada que ver con ella, pues su
madre era un ser delicado y exquisito que vestía vaporosos trajes en tonos
claros y hablaba pausadamente sin alzar jamás la voz, sin un gesto que
desentonara de los otros, muy diferente a la mujer desnuda, de corta melena y
negro pubis; de gestos impacientes y voz acalorada, que trataba de escapar y no
lo conseguía, de un “Coronel” ridículo y borracho, que luchaba por bajarse los
pantalones y sujetar su presa al mismo tiempo, seco de cintura para arriba, y
con los empapados calzoncillos pegados al culo.
“Me reiré cuando lo vea –se prometió–. Estaba tan espantosamente
cómico, que me reiré en sus narices aunque me largue una bofetada... Él sí era
él; pero ella no... Ella tan sólo era una mujer desnuda...” Tranquilizó de ese
modo su conciencia, y pudo bajar a cenar sin temor a que su expresión delatara
lo que había visto. Necesitó tan sólo un pequeño esfuerzo de imaginación, y a
partir de esa noche se deleitó sin miedo con la imagen de la mujer desnuda,
sustituyendo su rostro por el de Marlene Dietrich, de cuyo “Ángel Azul” había
pegado un gran cartel en la pared del cuarto.
—¿Vive aún Marlene Dietrich...?
Le observaron un tanto sorprendidos, y luego se miraron entre
sí. Nina incluso interrumpió su ademán de llevarse la cuchara a la boca, y
quedó pendiente de las palabras de Klaus Niklaus, que inició un gesto
indeterminado: —Creo que sí... ¿Por qué?
—Por nada... ¿Recuerdan aquella escena en la estación, envuelta
en un abrigo blanco...? ¿Era en “Fatalidad”, o el “Expreso de Shanghai”...?
—¡Vamos! –rió Nina–. Yo entonces aún no soñaba con nacer... –Se
volvió a Niklaus–. ¿Y tú...?
—No lo sé... ¿Qué año era?
—Poco antes de la guerra... “Fatalidad” fue la última película
que vi antes de llegar al continente...
—¿Nunca ha vuelto a Europa en esos años...?
—Una vez.
—¿Y no le llama la atención ver cómo ha cambiado...?
—No. No me llama la atención...
África es mi mundo. Ha cambiado más en estos treinta años, que
Europa en tres mil, y yo he sido testigo de ese cambio. Llegué casi en su Edad
de Piedra y conocí tribus que aún no habían descubierto el arco o la rueda...
Hoy hay nativos que me asombran con sus conocimientos de
Física...
—¿Esperaba que nuestro cerebro de negro no tuviera capacidad
para la Física...? –inquirió Marengo, molesto.
—Su padre cazaba elefantes con lanza... Usted cazaba elefantes
con lanza... –Por su tono de voz se advertía que no pretendía ofender–. Si mi
mente tuviera que dar un salto de tres mil años hacia el futuro, probablemente
me volvería loco... Sin embargo, aquí está usted (y millones como usted)
perfectamente adaptados y cuerdos. Ésa es una de las cosas que me fascinan de
África; que me atraen y me hacen considerar a Europa aburrida, fastidiosa y
caduca...
—Creí que aquí, aislado con sus bestias salvajes, permanecía al
margen de los cambios...
—Yo puedo permanecer al margen, pero no soy tan estúpido como
para no advertir que esos cambios se producen –señaló–. Me afectan del mismo
modo que un día me afectó la desaparición de las grandes manadas de elefantes,
o las leyes de caza que reducían mi campo de acción... Por fortuna, dejé de
interesarme por la caza, pero no excluyo que, en cualquier momento, surja algo
o alguien que pretenda expulsarme de aquí...
—¿Un Adí–Alí...?
—Tal vez...
—¿Y no se ha detenido a pensar que estando Adí–Alí al otro lado
de la frontera, e influyendo tanto con sus ideas radicales, alguien puede
sentir la tentación de despanzurrar esta frágil democracia y convertirse en un
Adí–Alí que acabe expulsándole de sus tierras...?
—Naturalmente que lo he pensado...
Pero, ¿qué puedo hacer por evitarlo...?
—Está usted viendo arder la casa de su vecino y se queda con los
brazos cruzados... –Niklaus hizo un amplio ademán hacia la noche–. No sé cuánto
hace que posee estas tierras –continuó–. Pero le diré que mi abuelo llegó al
continente hace sesenta años, se mató trabajando en la hacienda, y casi nos
mató también a sus hijos y nietos... Nuestro sudor ha regado esas tierras, y
ahora Adí–Alí, de un solo plumazo, se las regala a uno de sus “generales”
analfabetos que no sabe qué hacer con ellas. Le pasará lo mismo... Años de
esfuerzo desaparecerán en un instante...
—¿Y cree que matando a un elefante voy a impedirlo...?
–respondió, incrédulo–. ¡No sea iluso!
—Usted mate a “Abdullah”, y yo le garantizo que los Sondas
acabarán con Adí–Alí...
—¿Cómo puede nadie garantizar algo semejante? –protestó–. Ni
usted, ni yo, ni incluso el mismo Marengo, siendo como es un sonda... Los
conozco, y me consta que son un pueblo imprevisible. Tienen grandes virtudes,
pero también inauditos defectos. Son inmaduros como niños, y cambian de idea y
sentimientos sin el menor reparo y sin pudor alguno... –Se volvió a Marengo–.
Perdone –suplicó–. Pero pretendo ser lo más sincero posible...
Los Sondas nunca serán responsables por nada, y ésa es la razón
por la que una minoría, como los Airos, pueden dominarlos e imponer a Adí–Alí.
—Yo acepto mi responsabilidad.
–Marengo hablaba con absoluta normalidad, sin dar importancia a
sus palabras–. Muchos de los míos han sido fusilados contra un bidón porque
aceptaron la responsabilidad que les exigía enfrentarse a Adí–Alí por conseguir
la libertad de nuestro pueblo...
Lo que cuentan son esos grupos, capaces de convertir una masa en
algo grande.
—¿Y usted se siente capaz de convertir a los Sondas en algo
grande...?
—En cuanto podamos sacarlos del terror a que están sometidos...
Hay que hacerles olvidar a un elefante gigante que se esconde en unas montañas
inaccesibles, convenciéndolos de que ese poder sobrenatural que protege al
tirano no es más que pura fantasía.
Hay que sacarles el miedo del cuerpo; el terror a los
fusilamientos y a la guerra civil, y demostrarles que los que los asustan están
más asustados aún porque saben con certeza que ninguna fuerza sobrenatural los
protege... ¿Se imagina cuánto miedo puede llegar a tener quien tan sólo domina
por el miedo...?
—Trato de imaginarlo... –Meditó unos instantes, contempló
largamente a Nina, que escuchaba en silencio recostada en la mecedora, fumando
un cigarrillo tras otro, y cuando al fin habló, no se dirigía a nadie en
particular–. Matar a “Abdullah” no significa para ustedes más que una forma de
desencadenar los acontecimientos. ¿No es cierto? –inquirió.
—Más o menos. Atacar al ídolo por su base, demostrar que Dios no
existe...
—¿Y no temen las consecuencias?
Puede desembocar en una guerra civil...
—Somos mayoría, ya se lo he dicho...
—Mayoría numérica tan sólo. Las armas y el dinero están de parte
de Adí–Alí... Y también los mercenarios... Conozco esas guerras. Las vi en el
Congo y en Nigeria, y sé que, a la larga, nadie sale ganando...
Pueblos arrasados, montañas de cadáveres, niños mutilados y
mujeres a medio devorar después de ser violadas...
–Negó con firmeza, convencido–. No voy a tomar parte en el
inicio de una lucha semejante.
Klaus Niklaus se levantó, desapareció en el pasillo que conducía
a las habitaciones, y regresó a los pocos instantes. Arrojó sobre la mesa un
grueso sobre repleto de fotografías.
—Ahí puede ver las montañas de cadáveres, los pueblos arrasados,
los niños mutilados y las mujeres violadas por las tropas de Adí–Alí en tiempos
de paz... ¿Puede ser peor la guerra?
—No sé lo que puede ser peor o mejor, señor Niklaus –respondió,
malhumorado–. Lo único que sé es que no quiero meterme en un asunto que no me
incumbe y que no acabo de entender...
–Hizo un amplio ademán, dando por finalizada la discusión, y
comenzó a revolver su café–. Terminemos la cena en paz y olvidemos el tema...
Fue una cena tranquila. Durante largo rato nadie abrió la boca
más que para comer, y un silencio hosco, denso, molesto, llenaba la estancia,
silencio ya de sobra conocido, silencio con el que había nacido, se había
criado; silencio que más valía que fuera silencio, pues de lo contrario
desaparecía apabullado por las groserías de “el Coronel” y por las risotadas de
sus amigotes cuando se invitaban a cenar ellos mismos.
Su madre comía poco y despacio, casi sin alzar la vista,
nerviosa en su asiento, digna y delicada, pero internamente inquieta, nerviosa
en lo más profundo de su ser, como si presintiese que había sido descubierta,
aunque tal vez ni ella misma tenía auténtica conciencia de cuál era su
presentimiento.
“El Coronel” devoraba enormes pedazos de carne roja y sangrante,
apenas pasada por la brasa; casi su única comida desde que Jonathan recordaba,
como si no hubiera sido capaz de acostumbrarse, pese a los años que llevaba en
Europa, a otra dieta que no fuera la de su lejano país de origen. Carne cruda,
pelo engomado, delgado bigote caído, amor a la música empalagosa y lastimera, y
millones robados durante el tiempo que su familia permaneció en el poder, era
cuanto “el Coronel” conservaba de su patria, aparte, claro está, de su afición
a los caballos; pero eso bastaba para marcarle de por vida, para convertirle en
una especie de personaje de sainete, caricatura amarga de los “indianos” que
medio siglo atrás dieron brillo a los salones del Viejo Continente.
Intentaba reírse para sus adentros, y no podía. Trataba de
imaginarle tan ridículo con los pantalones caídos y el culo al aire, pero esa
misma ridiculez se le volvía hostil y amarga, y más que reírse en su cara,
hubiera deseado escupirle, clavarle el tenedor en los ojos; reventar para
siempre aquella expresión embotada y estúpida de eterno borracho aburrido que
no miraba a su alrededor más que para buscar algún placer que pudiera sacarle
momentáneamente de su sopor.
—Tan aburrido como un carnero; tan triste cuando no está
ofendiendo o haciendo daño, como una vaca de su hacienda; tan vacío como un
camello de zoológico...
Lo observó largamente por encima del vaso del agua y se volvió a
su madre, que continuaba sin alzar los ojos.
“¿Por qué no me das la alegría de contar que le engañaste...?
–rogó mentalmente–. ¿Por qué no me confiesas que mi padre no es éste, sino otro
cualquiera, un desconocido al que te tropezaste una noche en un baile... un
criado... un marino que no volvió jamás...? Me haría tan feliz la ilusión de
que mi padre fue un ser maravilloso del que tan sólo me separó el destino.
Bello, romántico, inteligente, bondadoso... Un aventurero... un
héroe de películas que supo amarte con pasión y ternura; que supo respetarte y
te hizo un hijo que nació del amor imposible; del más dulce y amargo de los
amores; amor de lágrimas y besos; amor de amantes... Soñaría entonces que mi
padre sueña conmigo; que me ama intensamente y en silencio, y que cada tarde
acude a verme desde lejos a la salida del colegio, a comprobar cómo crezco,
cómo adelanto en los estudios, cómo juego y me divierto, cómo me enfermo o me
entristezco... –Sonrió por lo bajo–. ¡Oh, madre! –imploró en silencio–. ¿Por
qué no me das la alegría de saberme hijo de puta...?” —¿De qué te ríes?
—Me rompí el pantalón esta tarde al engancharme en una cerca...
—¿Y eso te parece gracioso?
—Depende... Si no me engancho, me rompo la cabeza...
Tardó en reaccionar, porque el alcohol le hacía comprender las
cosas con retraso. Al fin, extendió el brazo con gesto autoritario y señaló a
lo alto.
—¡Vete a tu cuarto! –Se volvió a ella–. ¿Ésa es la educación que
das a tu hijo...? –inquirió, acusador–. Mira cómo contesta... Un día voy a
traer la fusta y a enseñarte cómo se educa a una familia en mi país...
Ella alzó el rostro sólo un instante: —¿Familia? –inquirió–.
¿Qué familia...?
No escuchó la respuesta. Ya había subido la escalera para
desaparecer en su cuarto, feliz de poder tumbarse a oscuras en la cama, a
disfrutar del descubrimiento que había hecho: la posibilidad de que “el
Coronel” no fuese su padre, sino tan sólo el abotargado y estúpido cornudo
borracho que merecía ser.
“¿Cómo me gustaría que fuera mi padre...? ¿Quién que yo
conozca?” Jugó a imaginarse un padre ideal; un nombre que estuviera de acuerdo
con la personalidad de su madre, e incluso con la que él mismo había heredado.
Alguien que tenía que ser a la vez tierno y firme; amoroso y
severo; inteligente y sencillo; justo y comprensivo; alegre y fuerte; ágil y
divertido; culto y paciente...
¿Alto?
¿Rubio?
¿Ojos claros...?
No es que los rasgos físicos le importaran, pero se sorprendió a
sí mismo al advertir que estaba exigiendo los opuestos a “el Coronel”, grande,
macizo, moreno, ojos oscuros.
“¿Cómo puedo haber salido tan distinto? –se preguntó–. ¿Será
verdad lo que se me acaba de ocurrir como juego...?” Desechó la idea, no porque
le desagradara, sino porque conocía demasiado a su madre.
Otra cualquiera lo habría hecho, pero ella no. Ella era
demasiado recta, demasiado noble. De no serlo, habría tenido un hijo con su
primo Orlando, el “loco”, la oveja negra de la familia; el más divertido,
inteligente, despreocupado y hermoso de los primos del mundo; el único capaz de
llamar “Mulo de la Patagonia” al propio “Coronel”; el único capaz de
abandonarlo todo e irse a la guerra de España a que lo mataran por Quijote.
O habría tenido un hijo con el general Montand, que sí era
general y sí había ganado las estrellas jugándose la vida en Verdún, o con el
mismísimo Monseñor Agostini: el más culto y refinado de cuantos monseñores
echaran al mundo los seminarios de la Ciudad Eterna.
Admitió que no le importaría ser hijo de cura con tal de no ser
hijo de quien era, por más que la leyenda asegurara que los hijos de curas son
transparentes.
“Más me valdría ser transparente que opaco como “el Coronel”,
porque en verdad ése es el término que mejor le cuadra...” “Opaco” era el
término opuesto al que podría elegirse para definir a aquella carne brillante,
negra, dura y lisa... Carne que le había rozado durante unos instantes; que le
había excitado como nunca le excitó ninguna otra; carne que se alejaba ahora
hacia las sombras, humillada y abatida, ansiosa y desconcertada, sin comprender
por qué el “bwana” blanco que tanto la deseaba, la obligaba a marcharse cuando
tan perfumada y tranquila estaba la noche, tan limpia ella, tan barrida la
choza, tan alta la luna, y tan lejos los espíritus del bosque.
Durmió en la hamaca del porche y de nuevo acudieron los impalas
a hacerle compañía, apretujándose bajo sus mismos pies, huyendo del macho viejo
y la leona joven, y el búho solista se vio coreado como siempre por las hienas
hambrientas, los pájaros–bombarderos y las pavas en celo, hasta culminar en el
ronco aullido espeluznante del gran leopardo de la encina de la cañada.
Pero no fue ninguno de esos ruidos –a los que estaba
acostumbrado– el que le despertó, sino el leve rumor de pies descalzos sobre
las baldosas; pies que tanteaban para apartar las grupas de gacelas e impalas
que, de tan amontonadas, impedían avanzar.
Creyó por un instante que aún seguía durmiendo, tan mágica
resultaba la visión de la mujer desnuda abriéndose paso por entre medio
centenar de animales inquietos que la observaban, muy abiertos sus grandes ojos
castaños.
Se contemplaron en silencio; ella, inmóvil en el punto en que él
la había sorprendido; él, sorprendido por su inmóvil presencia.
—Hacía calor dentro –se disculpó–.
Quería tomar el aire, pero no sabía que durmiera aquí... Siento
haberle despertado.
—No tiene importancia, pero no mienta. Nadie sale a pasear
desnudo por un porche a las tres de la mañana, ni aun en el corazón de
África...
Sabía que duermo aquí.
No protestó. Continuó avanzando entre los animales hasta que sus
muslos rozaron el borde de la hamaca. Su leve perfume se mezclaba ahora con el
de las bestias.
—¿Qué otra cosa podía hacer? –se disculpó–. ¿Irme sin intentarlo
todo?
Sonrió, comprensivo: —¿Quién me impediría aceptarla y continuar
negándome a matar a “Abdullah”?
—Usted. Si acepta el pago, acepta el trabajo. Estoy segura...
—¿Alguna vez hizo el amor aquí...?
Debe de ser difícil... muy difícil...
–Rió levemente–. En el momento cumbre, ¡zas!, se voltea, y todos
al suelo...
Movió las caderas, lo que transmitió un leve balanceo a la
hamaca y la estudió con un destello irónico en los ojos.
—Dependerá de la suavidad con que se haga..., y en el amor,
cuanto más suave, más intenso... ¿O no?
—Usted sabrá... Usted es la experta...
—No emplee ese tono, por favor...
–Luego hizo una pausa, y le observó largamente, con interés–.
¿Qué ocurre con usted? –inquirió–. Está en esa edad en que los hombres pierden
la cabeza por una chica como yo, y le gusto... Sin embargo, se mantiene frío y
distante... ¿Por qué?
—Digamos que no quiero meterme en líos –replicó–. Usted sabe que
es hermosa. Quizá la más hermosa mujer que haya visto en mi vida, pero...
¿De verdad cree que es precio suficiente por arriesgar la vida
en pos de “Abdullah”?
—¡Oh, vamos! –protestó ahora, molesta, y tomó asiento a su lado,
inclinando peligrosamente la hamaca–.
¡No me venga con ésas! A usted no le importa arriesgarse
persiguiendo a ese elefante... De hecho, está deseando agarrar su escopeta y
emprender la marcha hacia los Montes de Marfil...
¡No, no lo niegue...! Lo he notado en su forma de hablar de
ellos; en su excitación, incluso en la pasión con que se niega... ¿Por qué se
niega...?
Dejó que la hamaca la meciera contemplando la línea de aquel
cuerpo desnudo que rozaba el suyo. Descansó la vista en los muslos adornados de
un suave bello rubio; en la curva del estómago hundido; en la elevación del
pecho, cuyos pezones rojizos desafiaban a la Naturaleza; en la tersura de la
piel, la esbeltez del cuello, la gracia de la barbilla.
—¿De verdad quiere saberlo?
Afirmó en silencio.
—Es usted –confesó al fin–. Desde el primer momento presentí que
era mi “premio” por matar a “Abdullah”, y de un modo u otro, pronto o tarde,
este momento llegaría... –Agitó la cabeza, pesimista–. Ya no soy un niño; le
doblo la edad, y las mujeres no me han proporcionado más que amarguras...
¿Qué puedo obtener de usted? ¿Una decepción más, o el
descubrimiento de algo tan extraordinario como prometen sus ojos y su cuerpo?
Si a mi edad me entusiasmo, ¿qué ocurrirá al día siguiente de matar a
“Abdullah”, cuando usted continúe su camino y yo regrese aquí a mi soledad de
siempre?
Fue entonces cuando por primera vez se sintió incómoda de
saberse desnuda, y hubiera deseado tener algo con qué cubrir sus pechos y sus
muslos. Le miró largamente, a los ojos, y luego miró a la noche, a las negras
colinas de piedras donde cantaban las pavas en celo y gruñían los viejos
leones.
—Comprendo –admitió–. Quizá nunca me detuve a meditar sobre el
daño que causo... Siempre traté con hombres que sabían de antemano lo que iban
a obtener de mí, y lo aceptaban como lo que en realidad es: un simple
entretenimiento; un “premio” como usted dice... –Sonrió con amargura–. Jamás
imaginé que ese “premio” pudiese significar nada para nadie... ¡Vale tan poco!
—El valor que usted haya querido darle, digo yo... Pero en este
caso no se trata de lo que usted pueda dar, sino de lo que yo pueda recibir...
–señaló–. Imagine por un momento que descubro que he
desperdiciado la mayor parte de mi vida... –frunció el ceño cómicamente–, o me
enamoro... ¡No se ría! ¿No se considera capaz de enamorar a un hombre...?
—¿Sabiendo a lo que me dedico...?
–dudó–. Tal vez, pero no me hago ilusiones... Se le puede
perdonar a una mujer ser puta cuando no sirve para otra cosa..., pero yo podría
ganarme la vida de cien formas...
—Siente poco respeto por sí misma, ¿verdad?
—Ninguno.
—Se nota. Está aquí, desnuda, sentada en mi cama, con los pies
sucios de excrementos de impalas y a punto de enfriarse en cuanto empiece el
relente... –La obligó a que le mirase fijamente a la escasa luz de las
estrellas–. ¿Por qué no vuelve a su casa?
—¿Y cuál es mi casa? ¿El apartamento donde recibo a la gente que
tengo que “convencer”?
Le acarició la mano con gesto paternal, procurando apartar la
vista de su cuerpo desnudo: —Cualquiera... –señaló–. Cualquiera que la aleje de
un viejo cazador que no aspira más que a ver pasar el tiempo sin nuevas
emociones que puedan perturbarle... Para usted, ésta no sería más que una
anécdota, mas para mí sería la última aventura; la que más daño me hiciera; la
que pudiera llegar a creerme, aun sabiendo desde un principio que no es
cierto...
¡Y es tan triste sentirse ridículo a mis años...!
—¡Sus años, sus años! –exclamó, molesta–. Me cansa esa historia
de sus años... ¿Me creería una cosa...?
Me apetece hacer al amor con usted...
Usted debe de hacer bien el amor...
Rió divertido, con ganas, tan espontáneamente, que gacelas e
impalas se agitaron por primera vez en los años que llevaban acudiendo a buscar
protección nocturna.
—¡Oh, vaya! –masculló–. Usted tiene buen ojo...
Se inclinó sobre él y le besó suavemente en la frente.
—¡Buenas noches, Jonathan...!
—Buenas noches, Nina.
La observó mientras se alejaba entre los animales, y al quedar
solo se balanceó un largo rato en la hamaca.
El sueño se había marchado tras ella, y lo supo al instante
cuando advirtió cómo le asaltaban otra vez los recuerdos; cómo volvía su vida a
ser vivida una más de tantas veces, pues ese revivir se había convertido en la
única razón de su existencia; un girar y girar inacabable de la noria de su
pasado, y en ocasiones llegó a pensar que la eternidad del infierno no sería,
también, más que un rememorar así, hasta el infinito, cada una de sus angustias
y dolores.
“Salir de ese círculo; buscar otra cosa; emprender un nuevo
camino y olvidar, tal vez sería la solución –se dijo–. Pero, cuando, como
ahora, se me presenta la oportunidad, la rechazo, me asusto, y prefiero
encerrarme en mi concha, en mis miedos, a sobar y resobar recuerdos que
deberían estar muertos y enterrados, que ya pasaron y que a nada conducen”.
¿Cuántos años sin más compañía que Ahmed, las bestias y sus
recuerdos?
Había perdido la cuenta, del mismo modo que había olvidado
cuándo visitó por última vez una ciudad, vio una película, se compró ropa o
hizo algo por alguien.
“Hacer algo por alguien”. Realmente, si el día del Premio o del
Castigo –si es que los había– dependía el Juicio de lo que se hubiera hecho a
favor o en contra de otros seres humanos, los que tuvieran que juzgar se
enfrentarían a un grave problema, al encontrar las páginas de su libro en
blanco. Si se trataba de contar los miles de animales que había destruido, o
los miles a los que libró más tarde de la destrucción, su libro estaría lleno,
pero en cuanto a seres humanos, lo cierto es que Jonathan Rhin no tenía, en
verdad, mucho que contar.
—¿Por qué lo has hecho? –se quejó amargamente–. Ella es buena,
limpia, hermosa... Todas la querían, pero ahora se ha convertido en la burla
del poblado y la desprecian... ¿Por qué lo has hecho? Es mi hermana, lo mejor
que tengo...
¿Cómo explicárselo...? Contempló el noble rostro cruzado por las
cicatrices rituales de su tribu, y por aquellas –¡tantas!– que había ido
acumulando a lo largo de años de recorrer juntos la selva y las praderas y
enfrentarse a elefantes, leones y leopardos. ¿Cómo contarle a él, que tenía
ocho esposas y a todas contentaba, que su amo y amigo, el gran cazador a quien
tanto admiraba no se sentía capaz de satisfacer a una mujer, la más joven, la
más linda?
—¿Es que no te gustan las negras?
–insistió–. ¿O es tan sólo mi hermana la que no te gusta? Te
mandaré otra, la que quieras, aunque eso aumente la vergüenza que ha caído
sobre mi familia, y ella no pueda ya alzar la cabeza mientras viva...
Tuvo que mentir...
—Nuestras costumbres son distintas, Suílem –dijo–. Una mujer me
espera en mi país, allá en Europa, y no podría volver a ella si anduviera con
otras aquí en África.
—Nunca me habías hablado de ella.
Nunca en todos estos años...
—Tú sabes que hablo poco... –sonrió, conciliador–. Cuéntaselo a
tu hermana. Explícaselo a todo el pueblo, y si quieres, seré yo quien lo
haga... Tu hermana es la más hermosa muchacha que he conocido. La deseo más que
a ninguna otra, pero las costumbres de mi país son distintas, y debéis
respetarlas como yo respeto las vuestras...
—¿Dirás eso en “la Casa de la Palabra”?
—Lo diré en la “Casa de la Palabra”.
Y lo dijo a la noche siguiente, reunidos todos en “la Casa de la
Palabra”; los viejos, dentro, los jóvenes, alrededor; las mujeres y los niños,
algo más lejos, tratando de captar desde allí la voz del “bwana”, que hablaba
de sí mismo; de su amor al poblado, de su inmenso cariño por Suílem y por Ahmed
y de su imposibilidad de tener relación con ninguna mujer, para no perder a la
que amaba, que le esperaba en su lejano país sin selvas, donde blancos eran
todos.
—Pero nadie irá a contar nada –protestó un anciano–. ¿Quién le
dirá a tu mujer que anduviste con otras?
—Yo se lo diré –replicó, mintiendo–, porque no sé mentir.
—¿Y sólo tienes una?
—Sólo una.
—Yo tengo seis –intervino otro anciano–. Y cuando era joven, ni
siquiera seis me bastaban... –Agitó la cabeza, incrédulo–. Y ninguna se hubiera
atrevido a protestar porque anduviese con otra... ¡Es absurdo!
—Es la costumbre... ¿No os duele a vosotros que los blancos
vengamos a alterar vuestras costumbres...?
Meditaron. Al fin los ancianos parecieron aceptar el hecho en su
forma más simple: las costumbres, como la tradición, como los dioses, forman
parte de los pueblos y los hombres, y los demás pueblos y los demás hombres
tienen la obligación de respetarlas.
La historia se dio por concluida cuando Jonathan regaló
públicamente a la hermana de Suílem el más hermoso par de colmillos de su
última cacería; par de colmillos con el que la muchacha pudo comprarse tantas
telas y tantos cachivaches, que se convirtió en el más preciado partido del
pueblo, haciendo a la vez de Suílem el “pistero” más fiel y más constante; el
que jamás perdió un rastro, jamás mostró fatiga, jamás pronunció una sola
palabra de protesta o desaliento, y un día, años más tarde, permitió que un elefante
le aplastara por salvarle la vida.
¡Suílem!
Sonrió al recordar su sonrisa llena de enormes dientes blancos
como teclas de piano, que contrastaban con el negro brillante de su piel.
Quizá, si Suílem no hubiera existido, todo habría sucedido de muy distinta
forma, pues Suílem era amigo íntimo del Gran Cacique que “Fangké”, y sin él
nunca habrían ido a visitar su poblado el día de la “Ceremonia de Iniciación”.
¿Cuál hubiera sido su vida en ese caso?
¿Cuál habría sido su vida de ser hijo del primo Orlando, el
general Montand, Monseñor Agostini o cualquier otro ser humano, ¡cualquier
otro! que no fuera el hediondo y borracho “Coronel”...?
¿Cómo habría crecido Jonathan, de sentirse tan orgulloso de su
padre como lo estaba de su madre?
¡Qué hermosa familia habrían formado! Divertida con el primo
Orlando, que siempre tenía la palabra ocurrente y la sonrisa a punto;
importante con el general, que llegó a Ministro de la Guerra y héroe también en
la Segunda Guerra Mundial; misteriosa con Monseñor, que jamás podría sacar a la
luz su familia, pese a que tenía más derecho que la mayoría a ser dueño de
una...
Amanecía.
El búho se había dormido; las aves diurnas iniciaban tímidamente
sus trinos en el okumé, e impalas y gacelas abandonaban el refugio del porche,
de regreso a la pradera, a sus pastos o sus carreras esquivando a la leona.
El sol tardaría aún en coronar la copa de las acacias pardas y
lanzar su primer rayo sobre el lomo de los hipopótamos del río, pero ya las
tonalidades de grises permitían jugar a averiguar cuáles serían más tarde los
colores que dominarían la pradera, y de entre esos grises destacaban las
primeras jirafas, que acudían, bamboleantes, a abrevar al remanso.
Se arrebujó en la manta y recogió con el dedo la escarcha del
rosal.
Sus flores, sus árboles, sus animales y su pradera, todo su
mundo, despertaban a un nuevo día, y comprendió que era por ese despertar, y no
por el calor o el insomnio, por lo que había adquirido la costumbre de dormir
en la hamaca del porche. No existían grises más hermosos, ni calma más
profunda, ni aun colores más vivos cuando los primeros rayos del sol barrían
oblicuamente la llanura, y hasta las mismas bestias se movían con más
elegancia; más gráciles, casi en cámara lenta; tal vez dormidas aún; tal vez
tan sólo relajadas por la noche en calma, sin que el calor comenzara a tensar
sus nervios y el peligro las pusiera a punto de saltar.
Amanecía en África, y había quien ansiaba que esos amaneceres
fueran diferentes: que no sirvieran tan sólo para despertar a las bestias y
dormir a los búhos, sino que fuera también un despertar de ruidos y máquinas;
de agitación y progreso; de millones de hombres que se afanaban como hormigas
sobre y bajo la tierra, como en Europa, como en América, como en todo el resto
del mundo civilizado, que carecía de espacios libres para las cebras y las
jirafas, para los elefantes y las gacelas, para los pesados hipopótamos o los
frágiles impalas.
Cuando el sol coronó las acacias, su primer rayo le sorprendió
ya junto al río, contemplando a los pelícanos madrugadores que se echaban al
agua en busca de tilapias.
Paseó largo rato, a solas consigo mismo y con sus pensamientos,
tratando de analizar qué era lo que en verdad presentía y deseaba, y Ahmed,
desde la casa, tuvo que golpear tres veces su campana para que acudiera al
desayuno.
El vehículo estaba en la puerta, listo y con el equipaje a
bordo, y en la mesa le esperaban, recién bañados, bien dormidos, hambrientos y
tan jóvenes, tan fuertes, tan animosos, que por un instante sintió miedo, y
estuvo a punto de guardar silencio.
Sin embargo, tomó asiento, colocó la servilleta sobre sus
rodillas, sirvió café, y comentó, sin darle importancia, casi avergonzado de sí
mismo: —Cambié de opinión. Mataré a “Abdullah”.
Aún no había cumplido veinticinco años cuando lo conoció, y
desde el primer momento se sintió atraído e impresionado por su personalidad,
su cultura, su inteligencia y, probablemente también, su fama, pues Sir Thomas
Rigby estaba considerado una de las glorias vivas del Imperio; tan importante
en la historia de la Literatura en un futuro, como lo eran ya William
Shakespeare o Charles Dickens.
Después de Kipling, nadie había escrito nada sobre la India
comparable a “A orillas del Ganges” de Rigby, y ahora, cuando el maestro había
decidido ambientarse para escribir “A orillas del Congo”, solicitaba de los
representantes de su Graciosa Majestad en el continente, que le proporcionasen
el mejor cazador, el mejor guía; el que mejor pudiera mostrarle cuanto quería
ver, y mejor pudiera proteger, al mismo tiempo, su preciosa vida, tan cara a
las letras imperiales.
En principio se pensó en John Taylor, Andy Andersson, John
Hunter o el mismo “Karamojo” Bell, pero al final, sin que nadie comprendiera
sus razones, Rigby se había decidido por un novato cuya fama crecía como la
espuma y pasaba a convertirse en leyenda en la costa este de África.
“Si voy a escribir sobre un continente joven, donde todo es
leyenda, ¿quién mejor para mostrármelo que un hombre joven que empieza a ser
leyenda? –aseguraban que dijo en el momento de hacer su elección–. Taylor está
cansado, y “Karamojo” es demasiado profesional; demasiado frío... Prefiero a
ese... el joven... Rhin...” Lo recibió en la terraza del “Hotel Imperio”,
rodeado de secretarios, camareros, ma3tres y consejeros, pues además de gloria
literaria, Thomas Rigby era propietario de una de las mayores fábricas de
automóviles y maquinaria pesada del Imperio Británico, herencia materna que
había sabido engrandecer astutamente, demostrando que era tan capaz manejando
los números como las letras.
Le invitó a tomar asiento, le sirvió un refresco, y le observó
detenidamente, casi impertinentemente.
—Esperaba conocer a un hombre duro y bronco –dijo–. Y encuentro
un muchacho delicado, que más parece un héroe romántico de la literatura del
siglo Xix... ¿Realmente es usted cazador de elefantes?
—Eso dicen...
—¿Cuántos ha matado?
—Unos trescientos... ¿Le parecen bastantes?
—Demasiados para su edad... ¿Le gusta hacerlo?
—Sí. Me gusta.
—Me lo habían dicho... –sonrió levemente–. Quizá por eso le
elegí como guía... Quiero averiguar por qué un hombre puede tener espíritu de
carnicero.
Fue ésa la primera vez que estuvo a punto de levantarse y
mandarle al infierno, pero fue también la primera vez que descubrió que había
algo hipnótico en la personalidad de Rigby; algo que le impelía a escupirle a
la cara, pero invitaba al mismo tiempo a permanecer allí, escuchándole, fijos
los ojos en sus ojos, como un pajarillo atrapado por el hechizo de una
serpiente.
—Me importa un comino lo que piense –fue todo cuanto dijo–. Por
seis mil dólares mensuales está en su derecho.
—Cuatro mil, me habían dicho...
—Eso era antes... Los carniceros cobran más caro...
—¡Oh, mi Dios! –rió el otro–. Se ha ofendido.
—No, en absoluto –replicó con calma–. Pero si va a estudiarme
como personaje, justo es que me beneficie con ello... –sonrió también, muy
levemente–. He leído a “A orillas del Ganges”... También he leído otros libros
suyos, y sé de dónde saca sus personajes... No tiene imaginación para crearlos:
tan sólo los copia...
No pareció molestarse. Lo aceptó con la naturalidad de quien lo
sabe desde antiguo: —¿Se considera usted un personaje?
—No más que el mayor Toffler, “Sahari” o tantos otros que no
debieron ser, en un principio, más que algo muy pequeño y usted convirtió en lo
que ahora son...
—¡Vaya! –admitió–. Veo que tendremos de qué hablar, aparte de
elefantes, leones y nativos. –Se volvió a uno de sus secretarios–. Robby,
firmaré ese contrato por seis mil dólares... Quiero salir pasado mañana...
Negó, decidido: —El viernes.
—He dicho que pasado mañana...
—Señor Rigby, si firma ese contrato, está aceptando que soy el
único responsable por su vida y por todo cuanto se refiere a la organización de
este viaje... O lo acepta, o lo rechaza.
—¡Oh, vaya, qué hombre tan quisquilloso...! –Encendió una larga
y curvada cachimba, muy de escritor de su época y su país, y lanzó dos espesas
columnas de humo hacia la cara de su interlocutor–. ¿Juega usted al ajedrez,
Jonathan...?
—Algo...
—¡Magnífico...! –Se volvió a su secretario–. Robby, ha tenido
usted suerte. Si Jonathan juega al ajedrez, no necesito que nos acompañe...
El llamado Robby pareció quitarse un enorme peso de encima. Con
su traje oscuro, hongo, paraguas y camisa almidonada, contrastaba con el
paisaje y el calor africano, pero parecía muy capaz de adentrarse en la pradera
o la selva sin cambiar de atuendo.
—Muy agradecido, Sir...
—Nos será usted más útil en retaguardia... Quiero que se ocupe
del abastecimiento, y que el avión nos lleve, dos veces por semana, hielo,
verdura fresca y la Prensa de Europa...
—No creo que encontremos campos de aterrizaje –señaló Jonathan,
desconcertado.
—¡Querido amigo! –se escandalizó Rigby–. ¿Dónde estuvo durante
la guerra? Si algo aprendimos de ella, fue que se puede abastecer por el aire a
un ejército... Lo lanzarán en paracaídas... Escuche, Jonathan...
Quiero verlo todo y experimentarlo todo, pero sin renunciar,
dentro de lo posible, a mi comodidad... Pídale a Robby lo que necesite...
Se puso en pie de un salto, como impulsado por un resorte, y
acudió presuroso a besar la mano de una hermosísima mujer, tan parecida a
Vivian Leigh, que se la diría sacada directamente de la pantalla, aunque
Jonathan difícilmente podía advertir el parecido, ya que a África no había
llegado aún “Lo que el viento se llevó”. Rigby, con la preciosa mano entre las
suyas, como si fuera de su absoluta propiedad –y en realidad así lo daba a
entender–, se aproximó, ofreció un asiento a la recién llegada y la mostró como
quien muestra una obra de arte: —Jonathan –dijo–. Le presento a Lady Ann
Brooks... Ann, querida, éste es Jonathan Rhin, el cazador del que tanto nos han
hablado... –Hizo una pausa–. Lady Ann nos acompañará en el... ¿digamos
safari...?
—Creí que no se trataba de un safari, sino de un viaje de
exploración... El itinerario es demasiado largo para un safari...
—Bueno..., si Hemingway, Ruark y todos esos gringos pueden hacer
safaris, no sé por qué no puedo hacerlos yo... Se han escrito libros
interesantes sobre el tema... –Hizo una pausa–. Y nos gustaría verle en
acción... ¿No es cierto, querida?
Lady Ann no se dignó a responder, concretándose a sonreír
levemente, y Ribgy, por su parte, no pareció esperar respuesta, porque se
limitó a extender la mano hacia Jonathan, que se la estrechó mecánicamente.
—Hasta el viernes, entonces...
Salió del lujoso hotel sin saber si en realidad acudiría o no a
la cita.
Había algo en Sir Thomas que no llegaba a entender, y le ponía
nervioso. Tenía la leve sospecha de que estaba jugando con él y de que jugaría
más, convencido de su superioridad; una superioridad que le venía dada por la
clase social, el nivel cultural y el dinero.
Aún no había llegado a la esquina, cuando pareció haber tomado
una decisión. Sonrió por lo bajo: —Veremos si tiene ganas de reír en medio de
un pantano de la selva, de noche, comido de mosquitos y rodeado de caimanes...
—¿De qué se ríe?
—De ese pantano... Una vez tuve a Sir Thomas Rigby y Lady Ann
Brooks toda una noche ahí dentro, sentados en una piragua y devorados por los
mosquitos...
—¿Rigby? Me fascinó “A orillas del Congo” –comentó Niklaus, que
iba al volante–. Fue uno de los libros que más me impresionaron en mi
infancia...
—Yo iba con él cuando lo escribió.
–Había orgullo y nostalgia en la voz de Jonathan–. Pasamos seis
meses juntos...
—¡Oh, diantre!... No lo sabía...
Entonces, ¿usted debe ser...? ¿Cómo diablos se llamaba...? El
cazador...
El protagonista... ¡Maldita memoria la mía...!
No. No era yo... Rigby tomó algo de mí, y algo de todos los
cazadores que conoció, o de los que yo le conté cosas... “Pondoro” Hunter,
George Rushby, Harry Selby, Pete Pearson... Los mezcló y sacó a O.Hara...
—Un tipo inteligente, Rigby...
Muy inteligente... Me quedé con las ganas de leer “A orillas del
Amazonas”... –Lanzó una ojeada a su derecha, descuidando un instante el camino
salpicado de piedras y baches–: ¿De modo que éste es el famoso pantano...?
—Este mismo, pero han cambiado mucho las cosas... No existía el
camino... En realidad, no existía nada.
—Pero esto está muy lejos del Congo –protestó Nina–. ¿Cómo pudo
escribir aquí un libro que se llama “A orillas del Congo”?
—Para Rigby, el Congo no era más que un título... –señaló,
repitiendo casi palabra por palabra lo que el mismo Rigby le confesara tantos
años atrás–. A través del Ganges reflejó la India y sus problemas. A través del
Congo, África, y con el Amazonas quería estudiar Sudamérica...
Luego pensaba hacer lo mismo con el Mississippi, el Danubio, el
Volga, y el Yang–tsé, y habría mostrado el mundo... Por eso cada uno de sus
personajes era como un arquetipo de cada lugar...
—Eran unos libros apasionantes.
–Klaus Niklaus agitó la cabeza con el entusiasmo que se pone al
recordar buenas cosas de tiempos pasados–.
¿Cómo era él personalmente?
—Apasionante...
Bordearon el pantano y salieron a una carretera asfaltada que se
abría paso a través de una larga hilera de colinas bajas, que se sucedían como
en una inacabable montaña rusa en la que los estómagos subían y bajaban
alternativamente creando una desagradable sensación de angustia.
Colina tras colina, valle tras valle, todo era blanco: copo de
algodón tras copo de algodón, con ejércitos de mujeres y muchachuelos cubiertos
con grandes sombreros que agitaban al paso del vehículo, para inclinarse de
inmediato nuevamente sobre el algodonar, a llenar sus sacos; sacos que recogían
luego los camiones y se llevaban –muy lejos– por la asfaltada carretera que se
perdía de vista, colina tras colina y valle tras valle...
Allí detrás de aquel almacén cazó el mayor león de su vida... ¿O
sería tras la próxima hondonada...? En realidad, el lugar ya no existía, comido
por el algodonar, pero por allí había caído tras darle mucha guerra, pues las
altas gramíneas de color pajizo de final de verano constituían el lugar idóneo
que pudiera escoger un león herido para esconderse del cazador que viniera a
rematarlo.
Rigby le había rogado una y otra vez que no lo intentara.
—¡No sea estúpido, Jonathan!
–suplicó–. Ese bicho está listo, y no llegará a mañana... ¡Deje
que se muera solo! ¡Por los clavos de Cristo, no se meta a buscarlo...!
—Le advertí que no disparara, Sir Thomas... Pero ya que no me
hizo caso, mi obligación es entrar a por él... Me paga por eso.
—Yo le pago para que me enseñe África... No para que se deje
matar como un idiota... ¡Le prohíbo que vaya!
—Escuche, Sir... El cazador profesional que, a sabiendas, deja
escapar herida una pieza peligrosa, se arriesga a perder su licencia... Y
aunque no fuera así... A diez millas hay un poblado indígena... No quiero que
mañana aparezcan muertas un par de mujeres inocentes... ¡Quédese aquí y no se
preocupe...!
Fue en realidad un día terrible.
La hierba era más alta que su cabeza, y el rumor de su cuerpo al
rozarla, le impedía percibir cualquier otro sonido. No había nada a su
alrededor más que una moviente muralla de color arena, y en cualquier momento,
de cualquier parte, a su derecha, a su izquierda, al frente o a la espalda,
podía surgir una masa de músculos, garras y colmillos que le destrozaría de un
zarpazo.
Y los leones no eran su fuerte.
Apenas había matado media docena, y siempre en circunstancias
extrañas, casi por accidente. Él era cazador de elefantes, “marfilero”, y las
restantes bestias de África no constituían más que comparsas del que era y
sería siempre el auténtico rey de la selva, la estepa, o la pradera: el
elefante.
Leones y leopardos se le antojaron siempre gatos grandes, pero
he aquí que ahora tenía que enfrentarse, con un arma demasiado lenta y pesada,
a uno de aquellos gatos –el mayor que viera nunca– tan corpulento y hermoso,
que había sido incluso capaz de despertar en Sir Thomas Rigby el ansia de
matar.
—¡Ése sí es un trofeo! –había exclamado–. Quiero la cabeza de
ese bicho para que se mueran de envidia todos los miembros del “Club de Caza”
de Londres... ¡Tráigamela!
—Tendrá que procurársela usted, Sir... Yo no mato para otros...
—Pero si lo hiero, tendrá que rematarlo, ¿no es cierto?
—Desde luego.
—Evitemos problemas entonces...
Mátelo de una vez, y no sufrirá. Ni él ni yo...
—Lo siento, Sir, no puedo hacerlo... –Observaban a la enorme
bestia, que les observaba a su vez, retadora, desde lo alto de la más alta
colina–.
Mejor es que lo olvide, señor... El terreno no es propicio, y no
he traído más que el “Express” para elefantes...
—¡Oh, vamos! Me complica usted la vida, querido Jonathan. Si le
atizo con esto, lo hago saltar en pedazos...
—Y se quedará usted sin la hermosa cabeza que quiere de trofeo.
Reventará como una nuez. Será como matar conejos con cañón...
—¿Y si no le doy en la cabeza...?
Le tiraré al cuerpo.
—Cuando nos movemos, él se mueve, Sir... Ofrece siempre la cara,
y deja poco cuerpo al descubierto. –Mostró el enorme “Holland–Holland” de
cañones paralelos–. Y, con todos mis respetos, Sir, usted no es el mejor
tirador que yo haya conocido...
Sir Thomas Rigby se sintió más molesto por la leve sonrisa
irónica que Lady Ann trataba de ocultar, que por las palabras de Jonathan, y
fue eso lo que le impulsó a apoderarse del arma, echar rodilla en tierra,
apuntar con todo el cuidado y la atención de que era capaz y apretar el
gatillo.
La explosión atronó el aire, alzó el arma en vilo y estuvo a
punto de derribar al tirador, que buscó apoyo en las piernas de Jonathan.
—¡Mi madre! –masculló–. ¡Qué demonios es esto! –Luego reparó en
que la colina aparecía desierta–. ¿Dónde está el bicho? ¿Lo maté?
—Le arrancó el anca derecha, Sir... Se ocultó entre la hierba...
—¡Gran Dios! ¿De modo que le di en el culo al pobre animal? Será
un hermoso trofeo que colgar sobre la chimenea si aún conserva el rabo...
Pero más vale que dejemos las cosas como están... ¡Vámonos!
Pero Jonathan se opuso, y ahora estaba allí, metido hasta el
cuello –¡hasta mucho más arriba del cuello y del sombrero!– en aquella
aventura, y hubiera dado cualquier cosa por tener enfrente a un macho herido:
el mayor, el más fiero y colmilludo; el más inteligente, astuto y resabiado,
pero un elefante, ¡Señor!, un elefante, porque a los elefantes les conocía los
trucos, se les adelantaba en una décima de segundo, y los frenaba en seco con
una bala del “465” en el cerebro cuando ya se abalanzaban sobre él como un tren
en marcha, a ochenta kilómetros por hora, irresistibles a todo lo que no fuera
una bala en el punto exacto; bala que les obliga a doblar las rodillas como un
caballo apuntillado.
Lo vio llegar, demasiado rápido, demasiado nervioso, y desde el
primer momento supo que no lo lograría, pues era demasiado joven, demasiado
inexperto, y estaba conducido por manos de borracho, que no sabían imponer sus
órdenes, y así, al encarar el tercer obstáculo, se frenó en seco lanzando a su
pesada y bamboleante carga por encima de las orejas.
Un “¡Oh...!” de decepción entre los espectadores acalló algunas
risas provocadas por la grotesca posición en que tocó el suelo el cuerpo del
jinete, y siguió luego un murmullo de disgusto cuando “el Coronel” se puso en
pie, rojo de furia, tomó la rienda del animal y comenzó a descargarle rabiosos
fustazos que obligaron al caballo a cerrar casi al instante su maltratado ojo
derecho.
Tres mozos y un juez de pista acudieron presurosos, pero el
despechado jinete, con demasiado alcohol en el cuerpo, los apartó a un lado, y
no fueron ahora tan sólo fustazos, sino patadas en el estómago lo que propinó a
la aterrorizada bestia, que, incapaz de liberarse y escapar, optó por
abalanzarse sobre su atacante, intentando morderle y desgarrándole la hombrera
de la impecable chaqueta roja.
“El Coronel” dio un salto atrás, impresionado por la cercana
presencia de los enormes dientes, y soltó la rienda, permitiendo que el caballo
se alejara hacia las cuadras, no sin lanzarle la fusta, que fue a golpear
contra la tribuna entre el abucheo general de los espectadores.
—Vámonos de aquí.
Siguió en silencio a su madre, que parecía haberse transformado
de pronto: de la hermosísima amazona, feliz como no la había visto en mucho
tiempo, a la decepcionada y melancólica mujer de siempre, avergonzada por la
actitud de su marido.
Se abrieron paso entre los espectadores, tratando de hacer caso
omiso de sus desagradables comentarios, y se encontraban ya al final de la
tribuna, cerca de la salida, cuando desde el recinto de cuadras les llegó, muy
claro, el inconfundible estampido de un disparo, al que siguió un breve
relincho de dolor.
Corrieron entre la multitud, negándose a aceptar algo de lo que
estaban convencidos de antemano: el hecho de que “el Coronel” había sido capaz
de vengarse del pobre animal, que había caído de rodillas sin dejar de mirar,
con ojos de terror y muerte, al hombre que se complacía en asistir a su agonía
apoyado en uno de los palos de la cerca.
Jinetes, mozos, jueces y público se agolparon formando círculos,
atraídos como por un imán por el hermoso caballo que pataleaba en estertores
agónicos, y Jonathan buscó instintivamente la falda de su madre para ocultar el
rostro, pero su madre acudió de un salto junto a “el Coronel”, le quitó de un
manotazo el arma y, volviéndola al animal, lo remató de un solo tiro, seco y
rápido.
Luego, con el revólver en la mano, se encaró a su marido, que la
observaba molesto, y por un momento Jonathan creyó que iba a disparar contra
él.
Se limitó, sin embargo, a arrojar el arma al suelo, y mascullar
en voz baja, mordiendo las palabras: —¡Eres una bestia! Una bestia peor que el
peor de los caballos, y debieras ser tú el que anduviera a cuatro patas...
Desapareció entre el público, y Jonathan permaneció allí solo,
en medio de la cuadra, pues su padre también se alejó, los espectadores
regresaron a las tribunas, los jinetes a sus caballos, los mozos a sus faenas,
y el niño quedó inmóvil junto al caballo muerto; hipnotizado por el hilillo de
sangre que escurría del orificio de la cabeza, resbalaba por el negro cuello
sudoroso e iba a teñir de rojo la paja que tapizaba el suelo.
Había sangre allí, frente a él, y sangre muy fresca. Advirtió
que todos los velos del cuerpo se le erizaban, señal de que su sexto sentido
había percibido algo que él no era capaz de percibir aún, y sin saber por qué
dio un grito y se echó de cabeza al suelo.
Cuando giró sobre sí mismo, tuvo tiempo de distinguir los
sangrientos cuartos traseros de la fiera que acababa de cruzar sobre él, y caía
aplastando con un sordo rumor la alta hierba que se doblaba como un mullido
colchón bajo su enorme peso.
Disparó a ciegas los dos cañones casi simultáneamente, sin dar
tiempo a que las patas del animal encontraran un punto de apoyo para saltar de
nuevo, y el muro color de arena se abrió como segado por los enormes
proyectiles que buscaban cuerpo y lo encontraron en el estómago del león, que
saltó al aire con un maullido irrepetible, desparramando, en metros a su
alrededor, sangre, riñones e intestinos.
Aún los expulsores no habían casi lanzado fuera los casquillos
vacíos, cuando ya los nuevos cartuchos ocupaban su puesto y el arma se cerraba
con un golpe seco; lista, atenta, amartillada en un gesto tantas veces
repetido, que podía llegar a considerarse más rápido que la vista, casi de
prestidigitador, pues Jonathan sabía que, a menudo, su vida podía depender de
estar o no de nuevo armado.
Pero esta vez la precaución resultaba innecesaria; el león
estaba muerto y bien muerto; tanto, que al ver sus destrozados restos, Sir
Thomas estuvo a punto de devolver el desayuno.
—¡Pobre bestia...! –masculló.
—Ahí tiene su trofeo. Es realmente una cabeza para matar de
envidia a más de uno...
—¡Dios me libre! –negó–. Por nada del mundo quisiera tener ese
despojo sobre mi chimenea, recordándome lo estúpido que puedo llegar a ser...
¿De verdad está usted bien, Jonathan...?
—Perfectamente, Sir...
—Recuérdeme que le aumente el sueldo en mil dólares...
—¡Gracias, Sir...! Se lo recordaré...
—¿Cuánto voy a cobrar?
—¿Cómo dice...?
—Digo que aún no hemos hablado de lo que voy a cobrar por esta
aventura absurda.
Klaus Niklaus le lanzó una ojeada a través del espejo
retrovisor.
—Habíamos pensado veinte mil dólares si todo iba bien... Gastos
aparte, claro...
Meditó un largo rato, contemplando por la ventanilla el
inacabable algodonar que parecía haberse apoderado de todo el continente. Al
fin gruñó su aceptación: —De acuerdo... La mitad por adelantado, y los
colmillos serán míos...
–Hizo una corta pausa–. Si Rigby viviera, se los enviaría... –Se
volvió a Marengo, que viajaba a su lado–. ¿Cree que superarán el récord de
Senoussi...?
El negro agitó la cabeza negativamente: —Lo dudo... Hace años
que no se le ve, pero no creo que crecieran demasiado en ese tiempo. Cuando
alcanzan semejante tamaño, es difícil que continúen desarrollándose de igual
forma...
—¡Lástima!
—¿Por qué esa afición a los trofeos? –intervino Nina–. ¿Qué
importa que un colmillo, un cuerno, una cabeza o una piel sea tres o cinco
centímetros mayor que otra? Parece cosa de niños...
—Y lo es... Una presunción estúpida, que ha costado millones de
muertos y la destrucción de la fauna africana. Han sido los aficionados a los
trofeos los que han aniquilado las especies por el simple placer de colgar en
sus paredes un despojo que acababa apolillándose... Salvo el marfil, y algunos
cuernos que se convierten en objetos de arte, los trofeos no sirven más que
para alimentar la estúpida vanidad de unos imbéciles que necesitan tema de
conversación para las visitas: “Ese león lo maté en Kenya...” “Ese kudú me
costó quince días de penalidades... Es récord de Tanganika y Congo...” –Klaus
Niklaus parecía francamente alterado–. Fueron esos inútiles los que vinieron a
estropear el continente.
Nina Van Der Bruner se volvió a observar a Jonathan, que había
escuchado la perorata sin cambiar de expresión: —¿Usted qué opina? –inquirió–.
Es el que más cazadores ha conocido...
—Yo era profesional –replicó, sin demostrar interés–. Vivía del
marfil como otros viven de convertir las praderas en campos de cultivo... Lo
queramos o no, todos hemos contribuido a la destrucción de África.
—¡Vamos! –protestó Niklaus–. ¿No intentará comparar la labor
positiva de los colonos con la de los cazadores? No lo dice en serio...
—Los colonos contrataban a los cazadores para que les libraran
de las grandes manadas que invadían sus campos. Millones de búfalos, cebras,
jirafas, ñus y antílopes fueron aniquilados por conservar una cosecha o porque
un colono quería apoderarse de territorios que pertenecían a los animales... He
tenido que matar más elefantes por petición de los hacendados que por la
calidad de sus colmillos...
—¡Es que un elefante es capaz de comerse quinientos kilos de
maíz en una noche! Acaba de un golpe con el trabajo de un año...
—Lo sé –admitió–. Y por eso creo que en África nadie tiene que
echarle nada en cara a nadie... Los blancos la hemos destruido, ésa es la
verdad... En un siglo hemos convertido un continente virgen en un puto
continente sin arreglo... ¡Miren esos algodonares...! Los conocí tierra libre,
donde tan sólo habitaban las bestias... Suílem y yo fuimos los primeros en
cazar en estas colinas.
—Es un sendero de elefantes, “bwana” –aseguró–. Observa esas
huellas... Es su camino cuando emigran hacia los pastos del Sur... Si nos
quedamos un mes en estas colinas, los veremos pasar ante nuestras narices...
¡Quedémonos, “bwana”!
Y se quedaron. En la más aislada de las colinas montaron un
campamento, atalaya perfecta no lejos del río al que acudían las manadas a
beber y refrescarse, y cuanto más estudiaban el terreno, más se convencían de
que la alta hierba escondía el “Gran Sendero”; el que año tras año elegían los
elefantes del “enclave de Sorgo” para pasar de unos pastos a otros, cruzando
como por un estrecho cuello de botella, para desparramarse luego por miles y
miles de kilómetros cuadrados de pradera, sabana o pantanal, imposibles de
reagrupar nuevamente hasta que, al concluir la temporada, decidieran retornar a
sus pastos del Norte.
Descansaron. Empleó el tiempo en dar largos paseos, enseñar a
leer a Suílem, y leer y releer él mismo todo cuanto había traído consigo.
Empleó también el tiempo en recordar a su madre, en pensar en sí mismo y en
cuanto la vida podría depararle en aquella nueva profesión que acababa de
elegir.
¡Marfilero! Sonaba extraño, y muchos preferían decir que
“andaban en la senda del marfil”, porque “marfilero” se les antojaba
despectivo, como “alimañero”, aunque todos supieran que el marfilero arriesgaba
la vida día a día, y eran más lo que se habían quedado a mitad de camino,
aplastados por un macho, que los que llegaron al fin de sus días, ricos y
sanos.
¿Qué pensaría su madre si pudiera verle allí, tumbado en una
hamaca bajo una acacia en una alta colina, limpiando y relimpiando su “Express”
y espiando con ayuda de prismáticos la aparición de las primeras manadas en el
“Gran Sendero” que creían haber descubierto?
—No me reconocería... –se dijo–.
No podría admitir nunca que el pequeño y delicado Jonathan se
había convertido en un matador, “un carnicero”.
Porque era inútil negárselo a sí mismo, como hubiera resultado
inútil negárselo años más tarde a Sir Thomas Rigby. Era un carnicero, y lo
sabía. Vivía de la muerte; de abatir cuatro mil kilos de carne por obtener cien
de marfil. Día a día, la tonelada de marfil subía de precio, pero también día a
día, cada una de esas toneladas significaba más en número de vidas, porque el
tamaño de los colmillos disminuía, y los marfileros se volvían menos exigentes
consigo mismos y con la calidad de las defensas que buscaban.
—Cuando llegué a África –le había contado el fabuloso “Samaki”
Salmón, el único hombre del mundo que había llegado a abatir tres mil elefantes
como “Jefe de Operaciones del Control de elefantes”–, los elefantes ocupaban el
setenta por ciento de la superficie de Uganda... Tuvimos que reducirlos a menos
del veinte por ciento de esa superficie, y a veces llegué a matar más
trescientos en una semana... Había defensas enormes y preciosas... Ahora no
logro encontrar una mediana...
“Samaki” Salmón también fue realmente un carnicero. Más que él
mismo, porque tenía orden de destruir manadas enteras: machos, hembras y crías,
como si se tratase de una plaga, sin buscar la pieza sin perseguir al animal de
los colmillos hermosos; sin dar la menor oportunidad de defenderse a sus
víctimas; empleando siempre su portentosa puntería, que le permitía abatir un
elefante, corriendo, de un solo tiro en medio de la frente a doscientos metros.
Por eso “Samaki” no fue nunca un auténtico marfilero; un
“cazador blanco” en toda la extensión de la palabra, y Jonathan, con la mitad
de piezas abatidas, había alcanzado, pese a ello, mayor fama.
Cuando se conocieron, sin embargo, “Samaki” Salmón estaba en
pleno apogeo de su fama como tirador, era “Jefe del Control” en Uganda, y
Jonathan no era aún más que un muchacho nuevo, casi un principiante, que había
obtenido algunos éxitos en la costa oeste, aunque se le auguraba ya un hermoso
porvenir si perdía la costumbre de concederle siempre una oportunidad a la
pieza perseguida.
Allí, en las suaves colinas, no concedería oportunidades, si,
como Suílem aseguraba, llegaban en éxodo las grandes manadas de camino hacia el
Sur. Allí se limitaría a abatir, una tras otra, las mejores piezas; los grandes
machos de enormes colmillos, rápida y limpiamente, sin problemas, porque de lo
que se trataba en aquella oportunidad era de obtener la mayor cantidad posible
de marfil, asentar definitivamente su naciente fama y conseguir un buen equipo
con el que organizar más tarde los grandes safaris que entusiasmaban a los
ricos y dejaban a la larga más dinero que el marfil.
Porque Jonathan presentía que pronto habría de llegar la veda al
continente, la “Gran Prohibición” para los marfileros libres que pateaban
África de punta a punta tras las grandes defensas, y los que no estuvieran en
condiciones de poner sus armas y sus conocimientos a las órdenes de los
aficionados deberían buscar rápidamente otra forma de ganarse la vida.
—Compraremos grandes camiones –le contaba a Suílem–. Montaremos
una oficina en Douala, otra en FortLamy y otra en Stanleyville y formaremos un
triángulo... Todo el corazón de África será nuestro, y llevaremos a los ricos a
cazar a donde quieran: pradera, sabana, selva, desierto, pantano... Podremos
ofrecerles todos los paisajes y todas las especies... ¿Qué te parece, negro?
—Gran cosa, “bwana”, gran cosa...
Pero antes tenemos que matar mucho elefante en esta zona...
—Los mataremos, negro... Si se le ocurre pasar por aquí, los
mataremos...
Y los mataron. Cuarenta días más tarde, cuando comenzaban a
desconfiar, se demostró que una vez más Suílem tenía razón, y aquella sucesión
de valles y colinas se había convertido en “Gran Sendero” de emigración.
Dejaron pasar a los primeros, y los siguieron para abatirlos a
la salida, ya lejos, pues no convenía que los que fueran llegando se
encontraran con los cadáveres de los que les habían precedido. Los escalonaron
de tal forma, que los huesos se fueron secando al sol, de doscientos en
doscientos metros, de colina a colina, de valle a valle, y jamás los buitres,
las hienas y los chacales tuvieron tanto que comer como en aquellos veinte días
en que las manadas de elefantes estuvieron pasando y Jonathan Rhin los estuvo
abatiendo.
Al fin, se dejó caer bajo un arbusto, cansado de la muerte.
“Tengo todo el marfil que pudiera soñar –se dijo–, y no
encuentro placer en asesinar a mansalva. Esto no es lo que busqué en un
principio... No es lo que yo quería...” Paseó la mirada por el inmenso
cementerio de elefantes marcado por los despojos de lo que fueron nobles
bestias, con todos los buitres de África, todas las hienas, todas las moscas y
todas las pestilencias; pestilencia de muerte que le impregnaba la ropa, la
piel y hasta el cabello; olor a toneladas de carne putrefacta, a excrementos
desparramados, a sangre corrompida y pólvora desperdiciada.
—Todo esto fue un día un cementerio –murmuró casi
imperceptiblemente–.
Yo lo convertí en el mayor cementerio de África...
Marengo asintió, como si recordase: —”La Matanza del Gran
Sendero del Enclave de Sorgo”... Mi padre me habló de ella...
Apoyó la frente contra el cristal y contempló largamente los
algodonares: —Entonces me sentí orgulloso, y ahora me avergüenzo... Si hay un
dios de los Animales, me aguarda un infierno bien profundo.
—El dios de los Animales me castigará por eso –se lamentó–. A
causa de mi estúpida vanidad, una hermosa bestia está ahora aquí despanzurrada,
y su familia deshecha... Le doy una orden, Jonathan... No permita que vuelva a
matar a ningún bicho. ¡A ninguno! ¿Está claro?
—Muy claro, Sir... No se preocupe, no volverá a hacerlo.
—Ahora comprendo menos que nunca cómo puede gustarle a nadie
matar animales. ¿Por qué le gusta, Jonathan?
Se encontraban reunidos en torno al fuego, bajo el saliente de
la gran tienda doble y con baño de Sir Thomas, paladeando un magnífico coñac
francés calentado en su justo punto, disfrutando de la suave noche africana en
la cumbre de la misma colina que Jonathan había escogido como campamento años
atrás.
—Es difícil explicarlo, Sir...
Creo que si no tuviera esa vía de escape, mataría personas...
—¿Quiere insinuar que se considera un asesino?
—Tal vez no sea eso exactamente...
Tal vez sea que necesito echar fuera energías, y la caza me
ayuda...
Sir Thomas encendió su larga, delgada y estrambótica cachimba de
después de la cena, y pareció sopesar muy seriamente la respuesta.
—Entiendo –admitió–. La caza puede ser para usted, lo que para
otros el juego, las drogas o el alcohol...
–Hizo una larga pausa–. Un intento de escapatoria a la
insatisfacción.
Usted no es casado. ¿verdad?
—No.
—¿Ni vive con ninguna mujer...?
—No.
—¿Frecuenta a las negras...? He oído decir que cuando un blanco
se acostumbra a ellas, no encuentra placer con las blancas... ¿Es cierto?
—He conocido europeos que lo aseguran...
—¿Por qué? –Lady Ann pareció interesarse por la conversación, y
se inclinó hacia adelante, haciendo girar una y otra vez el coñac en su copa–.
¿Por qué? –repitió.
Se encogió de hombros: —No lo sé... No tengo idea...
—Entiendo que una mujer blanca pueda preferir sexualmente a un
negro... Tienen el miembro viril más desarrollado por lo general, y aguantan
mucho más que los blancos el orgasmo... Pero en el caso contrario...
¿Qué diferencia puede haber entre el cuerpo de una mujer blanca
y una negra, salvo el color y el olor?
—Nunca tuve relación con ninguna...
Pareció sorprendida, pero no hizo comentario alguno. Se volvió a
Sir Thomas: —¿Y tú?
—Alguna vez –admitió–. Pero la experiencia fue deplorable. Quizá
por estar acostumbradas a los de su raza, el orgasmo es también en ellas
infinitamente más lento... Tuve la desagradable sensación de que me habían
visto pasar como quien ve pasar un avión más allá de las nubes... Hice un poco
de ruido, y !¡paff...!!
Lady Ann rió alegremente y le apretó el brazo con un gesto de
innegable afecto: —¡Oh, mi pobre Thomas! –exclamó–.
¡Qué golpe tan cruel para tu orgullo masculino! En realidad, tu
calidad amatoria es tan exquisita, que exige una gran sensibilidad para
apreciarla en lo que vale... Dudo que ninguna de las negras con que te
acostaras poseyera el suficiente refinamiento...
—¿Lo posees tú?
—La prueba es que estoy aquí, en el corazón de África, con grave
riesgo de ser devorada por un león o un cocodrilo... Por cierto, Jonathan:
¿cuándo nos llevará a visitar ese famoso pantano con tantos cocodrilos y tantos
hipopótamos?
—Pasado mañana... Tendremos que salir muy temprano, si no
queremos arriesgarnos a que la noche nos sorprenda.
—Suena fascinante “una noche en el pantano”...
Entrada la noche, llegó, más borracho que nunca, alborotando en
el bar del hotel, cerrado ya a aquellas horas, exigiendo que le sirvieran una
última copa.
De conserjería avisaron a su madre, que bajó a tratar de
calmarle, para encontrarse –sin mediar palabra– con una sonora bofetada que la
arrojó contra la mesa.
Jonathan contempló la escena desde lo alto de la escalera
sorbiendo lágrimas de ira, preguntándose por qué un camarero no olvidaba por un
instante su condición y le propinaba el escarmiento que se merecía.
—¡Soy un cliente y tengo derecho a que me sirvan! –gritar–. Pago
una fortuna en este cochino hotel y tengo derecho a tomar lo que quiera, a la
hora que quiera...
—Es el tipo que mató un caballo en la prueba de esta tarde...
–comentó alguien.
Vio cómo su madre intentaba ocultar con el dorso de la mano un
hilillo de sangre que le corría por la comisura de la boca, y cómo apretaba
luego los puños en un supremo esfuerzo por contener las lágrimas, al avanzar de
nuevo hacia “el Coronel”.
—Vamos a otra parte –suplicó–. En la esquina hay un Club donde
te servirán lo que quieras...
—No quiero ir a ningún Club –replicó, con la terquedad de los
borrachos–. Un hombre tiene derecho a emborracharse en el hotel que paga, el
día que un hijo de puta de caballo lo ha tirado por las orejas... –Se revolvió
en un amplio giro que estuvo a punto de hacerle caer–. Me tiró...
¿Me oyes? A mí, que aprendí a montar antes que a caminar...
¡Burro maldito!
—Habías bebido...
—¿Y qué...? Borracho, y manco, y tuerto y cojo, sería mejor
jinete que todos estos señoritingos amigos tuyos... ¡Me destetaron con sudor de
caballos...! –Se volvió a los camareros y a los escasos clientes que le
observaban desde el salón–. Yo, a los quince años, era el mejor jinete de mi
país...! –gritó–. ¿Me oyen, pendejos, maricones...? A los quince años ya era
“Coronel”, y el mejor jinete, y había matado a cuatro hombres...
—¡Cálmate, por favor...! –oyó que suplicaba una vez más su
madre–. Vámonos...
—¡Cállate! –le escupió–. No te mantengo para que me eches
sermones...
Estoy hablando con las mariconas de tu país...
Un tipo se levantó. No era ni muy alto ni muy fuerte. Tenía un
aspecto común, caminaba de una manera común, y también de una manera común se
colocó ante “el Coronel”, esquivó sin problema un puñetazo de borracho que el
otro lanzó, y luego, de un golpe seco y contundente, lo derribó como un saco de
patatas.
“El Coronel” le insultó desde el suelo, pero el individuo
regresó a su asiento sin prestarle atención. El gerente acababa de hacer su
aparición, ordenó a dos de los camareros que alzaran al caído y lo llevaran a
la calle, y suplicó a Jonathan y a su madre que abandonaran el hotel.
—¿Y dónde quiere que vayamos a estas horas?
—Lo ignoro, señora, y lo lamento, pero tengo que escoger entre
su marido y mis huéspedes... Si lo de esta tarde fue inhumano y cruel, lo de
esta noche ha resultado bochornoso y denigrante... Les agradeceré que no
vuelvan nunca... La cuenta está pagada...
El botones bajará su equipaje.
Su madre le tomó de la mano y salieron, juntos, a la noche.
Fue en verdad una noche fascinante.
Jonathan se las arregló para que todo se retrasase y la
oscuridad les sorprendiera con la piragua aprisionada por los millones de
brazos de una vegetación espesa y áspera, que nacía del mismo fondo y se
elevaba medio metro por encima de las aguas.
—Debajo están los cocodrilos –señaló Suílem, que gobernaba a
popa–. Miles de cocodrilos, “bwana”, y si volcamos, no viviremos ni cinco
minutos... Mejor esperar a que amanezca y ver por dónde vamos.
—¿Pasar aquí la noche? –se asombró Sir Thomas–. ¿Los cuatro en
esta cáscara de nuez casi sin agua ni comida...?
—Mejor que ser devorado, Sir...
Apenas se distinguían ya los rostros. Las tinieblas caían sobre
ellos hundiéndolos en el anonimato, pero Sir Thomas aún tuvo la oportunidad de
escrutar la expresión de Jonathan antes de comentar con una flema muy
británica: —Estoy de acuerdo... Mejor que acabar devorados, cualquier cosa...
Dormiremos aquí, pero, no sé por qué, tengo la impresión de que
esta aventura se la debemos a usted, Jonathan...
—¡Por Dios, Sir! ¿Me cree capaz...?
—Desde luego que le creo capaz...
–rió–. Y también creo que nos la estaba preparando desde el
principio...
¿Qué opinas, Ann, querida?
—Opino que, como los mosquitos me destrocen el cutis, Jonathan
se acordará de mí y de esta noche toda su vida...
Jonathan se acordaría de Lady Ann y de aquella noche toda su
vida, pero no a causa de los mosquitos.
Pasadas las doce, cuando Sir Thomas dormía a proa, Suílem a
popa, y el mundo no era más que una pura mancha negra, tan negra como Jonathan
no había visto otra en sus muchos años de África, sintió de pronto cómo algo
–tal vez una araña; tal vez una serpiente; tal vez una enorme rana– comenzaba a
deslizarse por su pierna, muslo arriba, y cuando tras permanecer unos instantes
estatuario para evitar una posible mordedura, se disponía a encender la pequeña
linterna e iluminar a la supuesta bestia ponzoñosa, una suave presión, y la
seguridad de que –fuera lo que fuera– estaba comenzando a abrirle la
cremallera, le hizo comprender que no podía tratarse ni de una rana, ni de una
araña, ni de una serpiente, pues su forma de actuar no concordaba en absoluto
con lo que recordaba de semejantes bichos.
Extendió a su vez la mano, desconfiado, para tranquilizarse un
tanto al descubrir las largas uñas y la suave piel de la exquisita y delicada
mano de Lady Ann, y por un instante se maldijo por haber sido capaz de imaginar
que pudiera tratarse de otra persona. Intentó apartarla, pero encontró una
insospechada resistencia, y su nuevo esfuerzo hizo que la inestable piragua se
balanceara levemente.
A proa sonó, alarmada, la voz soñolienta de Sir Thomas Rigby:
—¿Qué ocurre? ¿Quién se mueve?
¿Están locos?
—He sido yo al cambiar de posición, Sir... Lo siento.
—Tenga cuidado... ¿o es que está intentando aprovecharse de Lady
Ann?
–rió muy bajo–. Sería el lugar y el momento más inoportunos,
Jonathan, compréndalo...
Advirtió cómo Lady Ann tenía que apretar el rostro contra su
pierna y morderle el pantalón para no soltar la carcajada, y se quedó muy
quieto, tan quieto como cuando intentaba cazar una manada de gacelas sin
asustarlas, y así le sorprendió el nuevo avance sinuoso de la delicada y
experta mano, que concluyó de abrirle la cremallera y buscó la caricia más
íntima que Jonathan había experimentado nunca.
No sabía qué hacer, ni qué decir.
Su mano luchaba inútilmente en un intento de evitar el contacto
sin mover ni un músculo del cuerpo para que ese movimiento no repercutiera en
la estabilidad de la embarcación, pero cada vez que lograba quitar una mano,
allí estaba la otra, que había acudido en auxilio de la primera, y luego fueron
unos labios, y Jonathan sintió una desesperante necesidad de gritar, de arañar
o tirarse al agua de cabeza, pero no hizo nada, sino que permaneció muy quieto,
casi sin respirar siquiera, descubriendo por primera vez en su vida lo que
significaba el ritmo de una cadencia casi musical, música en la que el tono iba
subiendo poco a poco, poco a poco, hasta convertirse en un crescendo
irresistible, en el que todos los timbales, todos los tambores y todas las
trompetas de todas las orquestas estallaron al unísono, y por segundos Jonathan
supo que no le importaría en absoluto caerse al agua, ser devorado por los
cocodrilos o resultar aplastado por el más patudo de los elefantes.
Quedó cara al cielo, sin aliento ni pensamientos; sin notar ya
las últimas caricias, que casi le hacían daño, contemplando una tímida estrella
titilante que asomaba apenas por entre las espesas nubes que ocultaban el cielo
e impedían que todas las otras estrellas del Universo, e incluso la Luna,
fueran testigos de la más arriesgada, inicua y solapada violación sexual de que
había sido objeto jamás cazador blanco alguno.
Muy despacio bajó la mano, cerró la cremallera y se quedó
dormido, pero al hacerlo, demostró no conocer en absoluto a Lady Ann, pues
cuando prometió que Jonathan recordaría toda la vida aquella noche, sabía lo
que decía, ya que volvió al ataque con idéntico éxito y no insistió la tercera,
porque los primeros pájaros comenzaron a trinar en las copas de los más altos
árboles allá en la lejana orilla, y una tenue claridad lechosa se anunció por
Levante.
Minutos después, Sir Thomas abría los ojos y estudiaba con gesto
preocupado el rostro de sus compañeros de infortunio.
—Tiene usted un aspecto horrendo, Jonathan... ¿No ha dormido
bien...?
—No, Sir..., en absoluto... Me muevo mucho y temía volcar la
piragua...
—Muy considerado por su parte...
Muy considerado... ¿Y tú, Ann, querida...? ¿Cómo has pasado la
noche?
—Excelente, querido, excepto por una ligera sensación de
hambre...
Ahora tengo la boca seca... ¿Queda algo de agua, Jonathan...?
Tuvo que hacer un esfuerzo para no golpearla con la cantimplora
en la cabeza y fingir naturalidad ante su rostro serio, e inexpresivo, tan frío
e indiferente que podría jurarse que, en efecto, había pasado la noche
durmiendo plácidamente.
—¿Alguno de ustedes oyó hablar de la flema británica...? Creo
que soy el que mejor sabe hasta qué punto puede llegar esa maldita flema...
Se volvieron a mirarle. Nina y Marengo, de medio lado, y Klaus
Niklaus, a través del espejo retrovisor. Esperaban, quizá, que explicase el
porqué de semejante aseveración, pero se había hundido de nuevo en la
contemplación del paisaje; la extensa llanura que se abría ante ellos y que se
prolongaba por decenas de kilómetros en todas direcciones, cubierto de un pasto
corto y seco, salpicado aquí y allá de acacias rojas.
—Tierra de rinocerontes –comentó al cabo–. La mejor tierra de
“rinos” que existió nunca... ¿Cuántos ha matado, Marengo?
—En mi país no quedan “rinos”...
—Aquí tampoco, viejo... Aquí tampoco... Pero cuando traje por
primera vez mis camiones a estos llanos, los cegatos cornudos se entretenían en
abollarles las puertas y desconcharles la pintura por simple diversión. Ahora,
si nos descuidamos, nos embestirá una vaca mugrienta...
—Las vacas se comen y dan leche.
Y donde viven una pareja de rinocerontes, pueden vivir
cómodamente veinte vacas...
—Me está hablando de productividad, y yo le estoy hablando de
belleza... Vacas pueden encontrarse en todas partes, incluso en Suiza, y me
parece muy bien que estén allí, con sus pastos floridos y sus montañas de
Heidi; pero ésta es y será siempre tierra de rinocerontes... Fue creada para
ellos, y es bronca, áspera, llana, caliente y polvorienta, como le gusta a los
“rinos”, y no a las vacas... ¿Por qué el hombre se esfuerza siempre en enmendar
al Creador y a la Naturaleza...? Mire esos animales: son flacos y desgarbados;
caricaturas de vacas; bestias enfermas y tristes; incapaces de aprovechar esta
hierba y estas aguas... Y aquí los rinocerontes se criaban gordos y lustrosos;
juguetones y llenos de vida... ¡Dios, qué desperdicio!
—Usted es de los que preferirían que África continuase como hace
treinta años: un lugar salvaje al que acudían los millonarios a disfrutar de
unas hermosas vacaciones...
—Sí, desde luego... Un lugar puro, al que podían venir a
refugiarse todos los desencantados de la civilización; los asqueados; los
tristes; los que se sentían incapaces de continuar una lucha absurda en un
medio absurdo, y buscaban la libertad, la Naturaleza, la vuelta a la vida de
sus antepasados... ¡Eso era mi África...! El último refugio de los animales
salvajes y los hombres libres...
¡Mírela ahora! Pronto estará tan putrefacta, polucionada y
corrompida, como la vieja Europa...
—Al menos los niños no mueren como moscas... En sus tiempos,
sólo tres de cada diez llegaban a adultos...
—¿Y qué? Sobrevivían los fuertes, que engendraban a su vez hijos
fuertes, de los que sobrevivían los más fuertes... creando de ese modo razas
fuertes y hermosas... Pero ahora, las vacunas y las medicinas les hacen
subsistir a todos, sin permitir que la selección natural actúe, y el resultado
es una superpoblación de “mediohombres” que arrastran sus lacras y sus
miserias, procreando nuevas generaciones de seres tan tristes y escuálidos como
esas vacas... No –negó–, África no está hecha para los débiles ni para las
vacas...
—Eso suena a nazi...
—¿Por qué? No estoy refiriéndome a razas superiores, sino a
individuos superiores dentro de una selección natural en todas las razas... Ya
somos demasiados... Demasiados blancos; demasiados negros; demasiados
amarillos... Es hora de que comencemos a disminuir en número y aumentar en
calidad... De lo contrario, por el camino que llevamos, cuando dentro de unos
años seamos quince mil millones de seres humanos, nos tendremos que comer
prácticamente unos a otros.
—¡Vamos, Jonathan! –intervino Nina–. Usted exagera...
—¿Por qué? El canibalismo no está tan lejos de nosotros como
muchos suponen... Ésta es tierra de caníbales... Cada mes desaparecen en los
alrededores un par de muchachas, que van a parar a la mesa de alguna aldea
perdida que quiere celebrar un sacrificio a Elegbá, la Diosa de la
Fecundidad... Es cuestión de costumbre... Aquí, como en Camerún, comerse a
alguien no está mal visto... De igual modo, cuando las circunstancias lo
exijan, el europeo recuperará su ancestral afición a la antropofagia...
—¿Por qué es tan pesimista acerca del futuro?
—Porque la experiencia y la Historia demuestran que tengo razón
al ser pesimista. –Volvió a contemplar el paisaje de vacas mugrientas como
dando por concluida la conversación–.
Por eso elegí vivir entre animales...
Siempre se sabe lo que se puede esperar de ellos...
—Nunca lo hubiera esperado de usted...
Se limitó a sonreír levemente y encogerse de hombros. Era la
primera vez que se encontraban a solas desde aquella noche, sentados a la
sombra de una inmensa acacia, observando de lejos a Sir Thomas que, bajo el ala
de la avioneta, despachaba papeles y firmaba documentos que le había traído su
fiel Robby, siempre enfundado en su británico traje oscuro, con hongo y
paraguas, pese a que en aquel rincón de África no había caído una gota de agua
en los últimos seis meses.
—Me apeteció... –comentó al fin Lady Ann.
—¿Eso...? –inquirió, incrédulo–.
Siempre creí que a una mujer tenía que resultarle repugnante.
Lady Ann distrajo su atención del grupo de indígenas asombrados
que se acercaban tímidamente, paso a paso, al enorme pájaro mecánico que se
había posado en la estepa trayendo en sus entrañas a un ser extrañamente
vestido, y le observó sorprendida: —¿Repugnante...? –repitió–. Me pareció
excitante, divertido, casi sobrecogedor ante la idea de ir a parar al agua y
los cocodrilos, pero no repugnante... Nunca antes había conseguido ser feliz
así tres veces en una noche...
Tuvo la sensación de que no había entendido bien, y pidió una
aclaración: —¿Quiere decir que eso le producía placer?
—Desde luego...
Ahora fue él quien observó, quizás sin reparar en ello, a los
indígenas, que habían comenzado a rozar con las puntas de los dedos el metal
del aparato, comentando sobre los poderes del hombre blanco, capaz de
trasladarse por los cielos en el vientre de tales animales...
Había algo que no concordaba. Algo que le venía dando vueltas
desde aquella noche del pantano, que había traído a su memoria una escena
ocurrida muchos años atrás y a la cual no supo dar explicación válida alguna.
Cenaban en casa los amigotes de siempre. Había espárragos de
primer plato, y “el Coronel” comentó en voz alta, entre grandes risotadas, que
su mujer jamás aprendería a comerlos con delicadeza, pese a que era lo primero
que había intentando enseñarle la noche de bodas.
Su madre se levantó, dio media vuelta y desapareció para ir a
refugiarse en el invernadero, aunque era de noche ya, y a esa hora jamás se
ocupaba de las plantas.
Todos habían reído la broma como si se tratara de algo
extraordinariamente gracioso, pero él, a sus nueve años, no pudo comprenderla,
ni comprendió tampoco que el disgusto le durara a su madre quince días.
Cuatro años más tarde, ya en el internado, un compañero le pasó
unas fotos en la clase de Química, y tan sólo entonces captó el verdadero
significado de aquella escena, pero en su mente quedó la idea de que era algo
que hería y repugnaba profundamente a su madre, y debía herir y repugnar, por
tanto, a todas las mujeres.
Pero ahora, cuando menos pudiera esperarlo y de quien menos
pudiera esperarlo, surgía la revelación de que existían algunas mujeres,
incluso tan cultas y refinadas como Lady Ann Brooks, a quienes semejante acto
excitaba, y una vez más, Jonathan llegó a la conclusión de que sus teorías
sobre el sexo debían de estar erradas.
¿Qué era lo que sentía tras la noche del pantano? Aunque lo
intentara, no podía negar que había experimentado placer en ciertos momentos,
pero un placer que no estaba en absoluto asociado a la idea de mujer –a la que
no veía– sino que le recordaba, más bien, uno de aquellos sueños incontrolables
que le asaltaban a menudo y que le obligaban a despertar desasosegado, sucio y
furioso consigo mismo.
¿Eran sueños de niño o sueños de hombre?
Eran sueños confusos, que nunca recordaba luego, porque su
subconsciente se negaba a recordarlos, y temía que ahora, tras la noche del
pantano, se concretaran y viera en ellos el rostro de Lady Ann en aquel
momento, o lo que él imaginaba que fue el rostro de Lady Ann en aquel momento.
La miró. Fumaba, recostada en su silla de lona, con el brazo
izquierdo displicentemente cruzado sobre el respaldo, bellísima con su blusa de
encaje blanco y sus pantalones ceñidos y enfundados en altas botas. Le miraba a
su vez, como si lo estudiara, como si calculara si valía o no hacer su
adquisición definitiva, y se consideró caballo observado por un apostador u
objeto curioso expuesto en una subasta.
Se preguntó si podía ser la misma mujer, y si aquellas manos
finas y cuidadas que sostenían con estudiada elegancia el cigarrillo, y aquella
boca de labios delgados y un tanto irónicos, aparentemente pequeña, que jamás
pronunciaba una palabra más alta que la anterior, y cuando más llegaba a
abrirse era para pronunciar esa “a” de “darling”, serían las mismas manos y la
misma boca que le habían hecho pasar la noche más inquietante de su vida; noche
que no podría olvidar nunca, como aquella otra, tan lejana, en que escapó
definitivamente de su casa...
—¿En qué piensa...?
—En nada... No puedo explicarlo...
—¿Nunca tuvo de amante a las esposas o las amantes de sus
clientes...?
—Sir Thomas es mi primer cliente... Y no somos amantes, que yo
sepa...
—¿Le gustaría que lo fuéramos?
Su vista recayó en Sir Thomas Rigby, que, con indudable desgana,
concluía de examinar papeles bajo los que estampaba una rápida firma tras
intercambiar algunas palabras con su secretario.
—No. No me gustaría... –replicó por último–. Aunque le cueste
admitirlo, respeto y aprecio a Sir Thomas...
—Lo comprendo... A todos les pasa igual, y yo, además, le
quiero. Pero eso no tiene nada que ver con lo que estamos tratando... –Desde la
copa de la acacia, un pájaro irrespetuoso dejó caer su carga, que vino a
ensuciar la manga de la impecable blusa de Lady Ann que sonrió divertida–.
¡Mierda de pajarito! –exclamó, y luego, tras limpiarse con una hoja seca,
observó atentamente a Jonathan, fijos sus ojos en los de él–. ¿Es usted marica,
Jonathan...? –inquirió con naturalidad.
—No. En absoluto...
—¡Vaya! Eso me tranquiliza...
–confesó–. De todos modos, no se comporta de un modo muy
normal... –continuó–. Otro cualquiera ya me habría saltado encima en cuando Sir
Thomas se descuidara. Estoy acostumbrada a que los hombres no busquen más que
acostarse conmigo, y su actitud me desconcierta...
Jonathan advirtió que, por primera vez en su vida, se estaba
poniendo nervioso. Sir Thomas había concluido sus asuntos con Robby, y venía
sonriendo, feliz de quitarse un peso de encima por largo tiempo. Lady Ann le
veía llegar, pero no cortaba la conversación, ni la cortó cuando tomó asiento
en sus rodillas con toda naturalidad.
—... lo terrible sería que no le gustase porque me empiezo a
poner vieja...
—¿Vieja tú? –protestó Sir Thomas besándola en los labios–. ¡Qué
estupidez! ¿De qué se trata...?
La respuesta llegó espantosamente natural por parte de Lady Ann:
—Discutíamos la posibilidad de convertirnos en amantes, querido...
Pero parece ser que te apreciamos...
Sir Thomas los observó con auténtica estupefacción: —Me parece
encantador por su parte... Yo les aprecio también, pero eso no tiene nada que
ver... –Se volvió a Jonathan y le habló como a un muchacho ignorante al que le
costara entender ciertas cosas–: Si tranquiliza su conciencia, le confesaré
que, en distintas épocas de mi vida, he compartido a Lady Ann con toreros,
corredores de automóviles, jugadores profesionales, barqueros, jockeys, e
incluso tres esposos, legales... ¿O fueron cuatro, querida?
—Tres, no exageremos... Yo engañaba a mis esposos con Sir
Thomas, y a Sir Thomas, con los demás... Aunque no puede considerarse engaño lo
que es conocido, ¿no le parece?
No supo qué responder. Todo era nuevo para él, y aquella charla,
tan de alta comedia, intrascendente al parecer para sus interlocutores, le
inquietaba. Para él era un tema importante; el tema básico de su vida, que le
había marcado y le marcaría para siempre y al que no esperaba saber hacer
frente jamás.
Todo, absolutamente todo cuanto dijese o pensase en torno al
sexo, estaba ligado indefectiblemente a la imagen de su madre; al recuedo de su
madre; a la obsesión de Cristina y su madre, y por ello le resultaba imposible
afrontarlo con ligereza, con indiferencia o con simple naturalidad.
Desde muy niño, desde que su madre escapaba al invernadero, o su
padre gritaba desde el piso bajo “que fuera lavándose bien, que ya subía”, el
sexo había estado rodeado de una atmósfera de sordidez, de desagrado, de
“repelencia” –sordidez, desagrado y “repelencia” que aumentarían con los
acontecimientos y los años– y que se encontraba en completa oposición con
aquella alegre frescura natural con que afrontaban el tema Lady Ann y Sir
Thomas.
Se volvió a ella y la observó un instante fijamente.
—¿Me permite una pregunta íntima, Lady Ann?
—Naturalmente, Jonathan... Lo que no le garantizo es la
respuesta.
—¿Se acostó usted alguna vez con una mujer?
—En verdad creo que no es lo mío... Una vez estuve a punto...
¿Recuerdas a Diana Alexis, querido...? Era la Diosa de la Danza
hecha carne... Verla en el escenario ponía los vellos de punta, y hacía desear
apoderarse por un instante tan sólo de aquel cuerpo etéreo que saltaba
incansable de aquí para allá. Ella lo sabía. Sabía la pasión que despertaba en
el público, y un día, en su casa, bailó para mí sola... ¿Le han hecho alguna
vez strip con el “Lago de los Cisnes” bailado por una figura mundial...?
¡Maravilloso! Sencillamente maravilloso, incluso para mí, que siempre fui una
incondicional absoluta del sexo masculino... Sin saber cómo, me encontré
rodando por la alfombra, abrazada a una Diana Alexis tal como llegó al mundo,
pero a los pocos instantes, queridos míos..., cuando en lugar de lo que yo
estaba acostumbrada a encontrar, encontré el vacío más absoluto, comprendí de
golpe que allí estaba faltando el único eje sobre el que gira el mundo, y me
fui a buscarlo a casa de Sir Thomas...
Sir Thomas Rigby sonrió divertido y la besó con auténtico
afecto; casi con amor.
—Una semana inolvidable, querida... Siempre imaginé que se lo
debía a Diana, aunque nunca me preocupé por confirmarlo... –Se volvió luego a
Jonathan–. ¿Le inquieta el tema de la homosexualidad, Jonathan...?
—Tan sólo en lo que se refiere a mujeres, Sir...
Lady Ann le miró largamente. Luego contempló la tarde que moría.
Se hizo el silencio.
¡Uno, dos...! ¡Uno, dos...!
¡Arriba, abajo!
¡Arriba, abajo!
La veía moverse, reflexionar la cintura, girar sobre sí misma,
sonreírle cuando pasaba cerca, transpirar, inclinarse graciosamente a punto de caer
para que el profesor la recogiese en el momento exacto, rozando el suelo, y
alzarla sin esfuerzo iniciando de nuevo los movimientos y los tímidos pasos de
baile.
No le gustó cómo la tomaba por la cintura, cómo se doblaba a
veces sobre ella, o cómo la cogía en brazos, con la sencillez con que se
levanta un vaso.
—¡Descanso!
Vino a sentarse a su lado, secándose el sudor con una toalla y
envolviéndose en un albornoz para no enfriarse, cubierta como estaba por un
corto maillot y gruesas medias ceñidas al muslo.
—¿Te gusta?
—Parece cansado...
—”Es” cansado... Pero no hay nada mejor para conservar la línea
y sentirse en forma... Toda mi vida hice ballet, y me encantaría que lo
hicieras también.
—No parece cosa de hombres.
—Pues lo es. Observa qué figura tiene Boris...
—Te toca demasiado... Creo que se aprovecha...
Le revolvió el cabello y se inclinó a besarle y susurrarle al
oído: —No tengas celos... No es peligroso...
La miró a lo lejos queriendo averiguar la verdad: —¿Quieres
decir que es de ésos...?
Agitó su hermosa melena rubia, recogida ahora con una ancha
cinta.
—Más o menos... Pero no creas que todos los bailarines lo son...
Los he conocido muy viriles y atractivos...
–Le guiñó un ojo con picardía, como si estuviera confesando el
más escondido de los secretos–. A los quince años estuve locamente enamorada de
mi profesor de baile... Fue mi primer amor –rió–, y cuando bailábamos juntos,
me temblaban las piernas...
—¿Cómo era tú antes...?
—¿Antes?
—Antes de casarte...
Se detuvo en su tarea de secarse el cuello y la cara, inclinada
hacia adelante y con los codos apoyados en las rodillas, en actitud de
descanso. Su expresión cambió como si el relajamiento que el ejercicio le había
causado le permitiera enfrentarse a unos recuerdos o hablar de unos tiempos que
normalmente procuraba olvidar.
—Era feliz... –admitió con voz muy queda–. La muchacha más
alegre y feliz que pudieras imaginar... Y no porque me hicieran la corte o me
hubiesen declarado la chica más bella de la ciudad, sino porque todo a mi
alrededor era hermoso: mi familia, mi casa, mis amigos... –Agitó la cabeza a
sus evocaciones, como maravillándose ella misma de los tiempos que habían
quedado atrás–. Eran los “locos años veinte”..., la Gran Guerra se había
acabado, y nadie hablaba todavía de ese alemán que nos quiere amargar la vida...
En invierno íbamos a Suiza; en verano, a la Costa Azul...
—Me acuerdo de Niza...
–Sí... Aún fuimos alguna vez, hasta que murió el abuelo...
—¿De qué murió el abuelo?
—Probablemente de pena... Su mundo se había venido abajo; mi
madre había muerto, y se daba cuenta de que yo no era feliz... Ya no le
interesaba seguir viviendo... –Hizo un ademán queriendo alejar los recuerdos–.
Pero no hablemos de cosas tristes... Todo eso pasó... De ahora en adelante te
prometo que volveremos a ser felices... Muy felices... Tengo un trabajo que me
gusta, el apartamento ha quedado muy lindo y estaremos siempre juntos... ¿Qué
más se puede pedir?
—Nada.
—Entonces espera que acabe, comemos juntos, me voy al trabajo, y
esta tarde nos vemos una buena película...
¿Te parece?
¿Qué respuesta podía dar? La vio alejarse y reanudar su baile,
admirando cada uno de sus gestos; movimientos dotados de una gracia exquisita;
delicados, armónicos; tan frágil y tan esbelta como debió serlo a los quince
años, como si nunca hubiera tenido un hijo y nunca hubiera sufrido, y nunca
hubieran pasado por ella los años de amargura.
—¿A qué edad dejó usted de ser virgen?
Bajó la revista en que estaba enfrascada, y le miró como si no
hubiera comprendido la pregunta.
—A los dieciocho... –replicó al fin–. ¿Por qué?
—Los muchachos y las muchachas Fangké pierden la virginidad a
los trece... y todos el mismo día...
Le observó largamente, esperando una aclaración, pero él parecía
absorto, observando por la ventanilla el paisaje que cruzaba allá abajo; a diez
mil metros. Por último, cuando ya Nina parecía dispuesta a sumergirse de nuevo
en la lectura de la revista, la atrajo hacia sí y la obligó a mirar hacia un
punto que acababa de aparecer en la distancia: —¿Ve aquella laguna...? Fíjese
en el centro..., una mancha oscura... Es lo que queda del poblado lacustre de
Vié... Ahí vivían los Fangké, la tribu más interesante de África.
—¿Qué fue de ellos?
—Se encontró petróleo en el lago... “El Gran Charco”, le
llamaban, porque su profundidad jamás superaba el metro y medio... Pero
abundaba la pesca, y los Fangké no necesitaban bajar a tierra. Muchos de ellos
nacían y morían de viejos sin haber pisado tierra firme...
—¡Qué cosa tan absurda!
—No era absurdo... Construyeron allí el poblado para librarse de
sus enemigos y de los cazadores de esclavos... Era un lugar precioso... Pero
una noche hubo un escape de petróleo, se prendió fuego, y Vié desapareció... En
un instante, un fallo de la técnica moderna acabó con la civilización más
antigua de África.
—Es hermoso.
—Mucho –admitió Lady Ann–. Mereció la pena el viaje...
Una docena de muchachas y muchachos vestidos de blanco –un
blanco que hacía juego con sus dientes y contrastaba con la negrura intensísima
de su piel– habían hecho su aparición en el centro del gran corro formado por
sus parientes, que habían pasado las cuatro últimas horas danzando y cantando,
pidiendo a los dioses del Lago Onué y el poblado Vié que enviasen sus
bendiciones sobre las criaturas que iban a nacer ese día a una nueva vida.
Un anciano se puso en pie sobre el pequeño estrado que dominaba
la plataforma. Tenía el cuerpo cuajado de cicatrices y tatuajes, pero un rostro
noble y bondadoso, iluminado por unos ojos enormes, llenos de vida. Observó
aprobador a los asustados muchachos y muchachas que aguardaban ante él,
erguidos y con las piernas probablemente temblorosas, y sonrió dulcemente.
—Hoy es un gran día –comenzó–. El “gran día” en que os
iniciaréis en los más profundos y dulces secretos de la naturaleza...: el
conocimiento de vuestro cuerpo; del amor que es capaz de ofrecer y del que se
siente en condiciones de recibir... Es también el día más difícil en la
existencia de un ser humano; aquel en el que descubriréis si sois capaces de
hacer disfrutar a vuestra pareja, y si ella os hace disfrutar a vosotros de ese
don tan preciado que nos han concedido los dioses y que es el placer del amor
entre un hombre y una mujer. –Hizo una larga pausa, en la que recorrió con la
vista el grupo, y se le advertía feliz por ellos, orgulloso de ellos, casi
tembloroso con ellos–.
Mucho es el daño físico y espiritual que este día puede
causaros...
–Suílem susurraba, en el rincón más apartado, la traducción de
cuanto el anciano decía, y que Lady Ann, Sir Thomas y Jonathan escuchaban con
creciente atención–. Mucha es la huella, para bien o para mal, que lo que
ocurra hoy dejará en vosotros para el resto de vuestras vidas, y grave peligro
correríais, si quien os iniciara en estos secretos no os amara lo necesario y
no tuviera con vosotros la suficiente paciencia, delicadeza y ternura...
–Extendió la mano, y de entre los asistentes se alzaron un grupo de hombres y
mujeres; los más acicalados, los más felices; los más nerviosos también–. Por
eso es por lo que los dioses de los Fangké decidieron en el inicio de los
tiempos que fuera el padre el que iniciara a la hija y la madre la que iniciara
al hijo, porque nadie en este mundo será más tierno, paciente y delicado que
quien lo engendró, ni nadie tendrá por él más amor que quien le cuidó desde el
primer día de su vida...
—¡Sus propios padres...! –exclamó Lady Ann sin dar crédito a sus
oídos.
—¿No me diga que iban a acostarse con sus padres...? –inquirió
Nina dejando a un lado la revista e inclinándose hacia adelante en su butaca.
—Sus propios padres –confirmó Suílem–. Y cuando éstos han muerto
o son muy ancianos, toma lugar el hermano o la hermana mayor..., o el pariente
más próximo...
Lady Ann guardó silencio, y juntos observaron ahora la suavidad
y el cariño con que cada padre conducía a su hija a la piragua que aguardaba, y
la diferencia y agradecimiento con que cada hijo ayudaba a su madre a saltar a
la embarcación. Luego, coincidiendo con la caída de la tarde, los hombres
remando y las mujeres a proa, se dirigieron juntos hacia la distante “Casa del
Primer Día”, mientras de todas las gargantas brotaba una cálida y monótona
canción de amor fangké que se alejó deslizándose como un pato sobre la quieta
superficie de la laguna.
Dentro, en la gran choza de fiesta, todos callaban con la vista
fija en la popa de la embarcación, que se hundía lentamente en las primeras
sombras, y al fin un susurro, que inició el anciano, se fue extendiendo como en
oleadas, extraña oración que subía y bajaba; que ganaba en ritmo e intensidad y
que por último fue creciendo y creciendo, y creciendo, hasta que podría decirse
que todo el poblado de Vié, hasta la última y más humilde de las chozas
lacustres, entonaba el electrizante cántico que debía llegar claramente a los
que comenzaban a desembarcar en las sombras de la gran “Casa del Primer Día”.
—¿Qué ocurre ahora? –susurró Sir Thomas.
—Están rezando –aclaró Suílem–.
Todo el pueblo reza pidiendo a los dioses que concedan una
iniciación feliz a los jóvenes, que algún día serán también padres de otros
jóvenes.
—¿Y qué pasará si una de ellas queda embarazada de su padre o de
su hijo? –quiso saber Lady Ann.
—Nunca se ha dado el caso –aclaró Suílem–. Desde hace meses
toman un brebaje que las vuelve temporalmente estériles...
El cántico–oración había ido decreciendo, y acabó por completo
cuando los iniciados y sus padres hubieron desaparecido en el interior de la
Gran Cabaña, en cada una de cuyas estancias se encendió una luz mortecina que
titilaba en la distancia.
Todos los ojos estaban clavados en aquellas luces, y todos los
rostros reflejaban gravedad y respeto.
El anciano tomó de nuevo la palabra y habló dulce y
pausadamente: —Los que tenían que conducirles en la vida y enseñarles cómo
desenvolverse en ella, están enseñándoles ahora lo más importante, y los están
convirtiendo, después de tantos cuidados, en auténticos hombres y mujeres...
–Hizo una pausa y el tono de su voz cambió, se hizo más grave, más imperativo–.
Pero a partir de esta noche –continuó– el hombre será hombre, y
la mujer, mujer; ya lo sabrá todo y será libre de escoger su camino para
siempre... Los dioses maldicen la unión de seres de la misma sangre, que tan
sólo engendra seres de sangre enferma... Amanecerá un nuevo día en el que el
padre tan sólo podrá ser para siempre padre, y la madre, madre...
¡Y caigan todos los castigos de los cielos sobre quienes
ensucien con un pensamiento impuro la Sagrada Ceremonia de la Iniciación...!
Como un eco, un solo monosílabo, quizás un “amén” fangké, surgió
de las sombras, pues ya la rápida noche del trópico había caído sobre la Laguna
Onué, el poblado lacustre de Vié, la gran choza donde había comenzado la
Ceremonia de la Iniciación y la lejana e iluminada “Casa del Primer Día”.
Clavado en su rincón, con los ojos muy abiertos a la noche,
Jonathan Rhin parecía encontrarse muy lejos de allí, lejos de África, lejos de
todo.
La noche era fría y amenazaba lluvia. La calle aparecía
solitaria a aquella hora tardía, y tan sólo la figura del hombre borracho que
aún maldecía sobándose la mandíbula en el rincón más oscuro, junto a la gran
puerta iluminada, contrastaba con el abandono de la ciudad muerta o dormida.
Aguardaron a que un botones les bajara el equipaje, y su madre
le ofreció un billete para que le buscara un taxi, pero el muchacho se disculpó
tímidamente y regresó al interior del hotel.
Las maletas quedaron allí, enormes o inamovibles, acusadoras
bajo la fuerte luz de la escalera, y alzó el rostro hacia su madre mientras le
tomaba de la mano.
Advirtió que lloraba. Lloraba mansamente, sin un
estremecimiento, dejando que las lágrimas fluyeran de sus ojos, incapaz de
contenerlas, con tanta amargura en su quieto silencio como Jonathan no había
visto, ni volvería a ver nunca en ser humano alguno.
Una puerta se abrió en la esquina, bajo un letrero luminoso, y
junto a una pareja que reía, salió ruido de voces y entrechocar de vasos. “El
Coronel” se encaminó hacia allí, dejándolos solos.
—Vamos, hijo –susurró su madre–.
Volvamos a casa...
—¿Y las maletas?
—Olvida las maletas...
Anduvieron por horas a través de calles desiertas; sin rumbo;
sin preguntarle a nadie; indiferentes al frío, al cansancio o la amenaza de
lluvia; perdidos en la ciudad extraña, ajenos a nada que no fuera su amargura y
tristeza, su vergüenza y su infinita sensación de abandono.
No hablaron; no tenían nada que decirse; eran madre e hijo, y
cada uno sabía ya lo que pensaba el otro; lo que sentía el otro; lo que sufría
el otro.
De madrugada se encontraron, sin buscarlo, frente a la estación,
vacía y silenciosa, sin más presencia humana que un despachador adormilado, y
una mujeruca que fregaba el suelo y desapareció al poco con su cubo y sus
escobas.
Aguardaron, aún tomados de la mano, erguidos y en silencio; más
cerca; más unidos que nunca, formando ya un bloque contra el mundo de fuera,
hasta que un altavoz anunció la llegada del tren que los conduciría de vuelta a
casa.
—Señores pasajeros... Dentro de unos instantes aterrizaremos en
el Aeropuerto de Abidján, Costa de Marfil... Les rogamos no fumar, abrocharse
los cinturones y poner los respaldos de sus asientos en posición vertical... La
compañía “Air–Afrique” confía en que hayan tenido un buen viaje, y espera
tenerlos pronto nuevamente a bordo... ¡Muchas gracias...!
El enorme “747” sobrevoló la laguna Ebrié, comenzó a descender a
la altura del puente de Treinchville, pasó silbando sobre las bahías de Cody y
Bancó, sacó las ruedas cuando cruzaba sobre el arrabal indígena de Adjamé y se
lanzó rugiente hacia la larga pista, en la que se posó con un chirriar de
neumáticos y frenos y un estruendo de motores en marcha atrás.
Nina van Bruner movió la cabeza negativamente y murmuró, cuando
los motores dejaron de ensordecerla: —No me imagino acostándome con mi padre...
Ni siquiera una vez...
—¿Y no se lo imaginó nunca? ¿A los nueve años, a los diez, a los
quince...?
—De eso a llevarlo a la práctica media un abismo...
—El abismo que los Fangké fueron capaces de salvar de un salto,
librándose de todas las inhibiciones.
Aquella noche, a solas en la choza que les habían destinado,
incapaces de dormir, obsesionados quizá por las luces que comenzaban a apagarse
en la distante “Casa del Primer Día”, Sir Thomas había planteado la cuestión de
si podía existir algo relacionado con complejos freudianos en la ceremonia que
habían presenciado.
—¿Pueden existir complejos de alguna clase en una tribu tan
primitiva?
–quiso saber Lady Ann–. Esta gente, hace cincuenta años estaba
aún en la Edad de Piedra...
—Pero sabemos que en la Edad de Piedra esos problemas también
existían –señaló Sir Thomas–. No por el deseo, sino por el temor... El macho
temía que su hijo, más joven, le desposeyera de la madre... La madre temía que
la hija, más joven, le robase al padre... Los especialistas sostienen que de
ese temor y del lógico deseo de los hijos de rivalizar con sus progenitores
proviene la raíz del problema... Al menos, eso es lo que recuerdo de lo que
estudié en un tiempo...
—¿Y es está la solución?
—Es, al menos, una solución...
–admitió–. No cabe duda de que obtienen dos resultados a un
tiempo... Hacen menos traumática la iniciación, y satisfacen, de una vez por
todas, un deseo íntimo que muchos arrastran luego hasta la tumba...
—Se diría que estás de acuerdo con ellos –comentó Lady Ann
sirviéndose una copa de coñac.
—Tan sólo trato de analizar sus ventajas e inconvenientes... –Se
volvió a Jonathan, que contemplaba la laguna a través de la ventana–: ¿Usted
qué opina, Jonathan...? No ha abierto la boca en toda la noche...
Se le diría impresionado...
—Lo estoy... –admitió en voz baja, sin volverse.
—¿Por qué?
—Eso es lo que trato de averiguar.
Sir Thomas y Lady Ann intercambiaron una larga mirada. Jonathan
continuaba sin mover un músculo, de espaldas a ellos; de pie junto a la
ventana. Al rato, Sir Thomas pareció tomar una decisión e inquirió sin ninguna
entonación especial: —¿Estaba usted enamorado de su madre, Jonathan...?
Se volvió y los observó. No había curiosidad malsana en ellos;
no había tampoco deseo de molestar... Había, tal vez, una necesidad de saber;
de comprender al hombre que tenían delante, para tratar de comprender, también,
lo que habían presenciado ese día, y tratar, quizá, de comprenderse a sí
mismos.
Avanzó y tomó asiento sobre la fina estera de paja trenzada bajo
la cual el agua de la laguna murmuraba al lamer los pilares de la choza.
—Ésa es una pregunta que me atormenta desde niño –admitió–.
Dónde acaba el amor infantil, y dónde comienza otro tipo de deseo... Intento
conocer la respuesta desde que tengo uso de razón, pero es inútil: no soy capaz
de hallarla por mí mismo...
—Probablemente todos nos hagamos esa pregunta en algún momento
de nuestra vida –admitió Sir Thomas–. Pero la mayoría, con el primer amor por
la primera muchacha, olvidamos el problema... –Hizo una pausa y observó
atentamente a su interlocutor. Sus palabras denotaban un dulce afecto cuando
preguntó–: ¿Es usted virgen, Jonathan...?
Los ojos de Jonathan se encontraron con los de Lady Ann, que
reflejaron una cierta sorpresa y malestar.
La escena de la noche en el pantano le vino a la mente, y se
diría que la invadía de pronto un insoportable temor a la respuesta.
—Sí. Lo soy...
—¡Oh, Dios...! –Lady Ann pareció francamente dolida. Se inclinó
hacia adelante y tomó con afecto su mano–. ¡Oh, Jonathan! –se lamentó–.
¡Si lo hubiera sabido...! ¿Podrá perdonarme?
Sonrió: —Desde luego, Lady Ann... Ya lo he olvidado...
Sir Thomas los observó alternativamente. Cuando habló, no había
exigencia alguna en su tono de voz: —¿Puedo saber de qué se trata?
–inquirió.
—No, “darling”... Fue una tontería por mi parte, y probablemente
Jonathan prefiere que lo ignores...
–Sonrió–. Me avergüenza mi falta de percepción... –señaló–. Pero
me disculpa el hecho de que nunca imaginé que, a estas alturas, pudiera existir
algo semejante...
Sir Thomas se encogió de hombros, dando por buena la
explicación, sin preocuparse por los detalles. Señaló con la cabeza las sombras
de la noche.
—No queda luz... –dijo–. Ya todos han dejado de ser niños...
–Luego pareció tener una idea, se volvió de nuevo a Lady Ann, la estudió
largamente y se dirigió por último a Jonathan–: Tal vez... –comenzó–.
Tal vez le gustaría que fuera ésta también la noche de su
iniciación...
¿Te importaría, querida...?
—En absoluto –replicó, convencida, Lady Ann–. Aunque, después de
lo que he visto, no me siento digna de ello...
—Usted sería probablemente la más digna, Lady Ann –se apresuró a
afirmar Jonathan–. Estoy convencido de que resultaría la compañera ideal para
una iniciación, pero se lo agradezco... Deseo seguir como hasta ahora...
No podría afirmarse que Lady Ann se hubiera sentido ofendida o
decepcionada. Se limitó a sonreír, comprensiva, y le apretó con más fuerza la
mano.
—Entiendo... –replicó–. Es un paso importante en la vida, que
requiere meditación... Y amor... –Hizo una pausa, evocando viejos recuerdos–.
Yo amaba apasionadamente a Sir Thomas cuando me entregué a él... –comentó–.
Aún no había cumplido quince años cuando vino a pasar unos días
a nuestra casa... Casi me triplicaba la edad, pero seducida por las cosas que
contaba sobre las noches de Bombay y Lahore, las cacerías de tigres en Bengala
o las increíbles anécdotas de los maharajás que le invitaban a sus harenes
repletos de odaliscas, aproveché una tarde en que su esposa y mi madre se
habían ido de compras, y me metí en su cama mientras dormía la siesta... Fue un
maravilloso “Día de la Iniciación”, querido... ¿Nunca te lo he dicho?
—Lo supongo, “darling”, ya que sobrevivió a tres matrimonios
tuyos, dos míos, y legiones de amantes...
–Encendió su cachimba, la recta y oscura, sin adornos, pues cada
pipa de Sir Thomas parecía responder a su estado particular de ánimo, y
añadió–: Y fue tan maravilloso, porque también yo te amaba desde el momento en
que te vi llegar en tu poney manchado; tan joven, tan hermosa, tan llena de
vida, que me resultó imposible concebir que pudieras ser hija del apático Sir
Alex Brooks, que me aburrió mortalmente durante los tres años que compartimos
una habitación en Oxford.
Di por bien empleados aquellos años, por el simple hecho de ver
cómo saltaban tus pechos bajo la blusa.
—¡Pobre Sir Alex! Viejo querido...
—De viejo, nada, que tiene mi edad... –se dirigió ahora a
Jonathan–. Casi se muere de apoplejía cuando le pedí la mano de su hija...
“Tendrás que pasar sobre mi cadáver, el de mi esposa y el de la tuya...”,
tronó, y en verdad que lo decía en serio...
—Cosa que tengo que agradecer –le señaló Lady Ann–. Como amante
eres el más encantador de los hombres, pero como esposo hubieras resultado un
auténtico desastre... Aquella decisión del viejo permitió que te siguiera
queriendo hasta hoy.
—¿Qué fue de Lady Ann?
—Permaneció tres años en Amazonas, intentando encontrar a Sir
Thomas... Cuando perdió definitivamente la esperanza, se retiró a su casa de
campo y no volvió a salir... A veces me escribe.
—Usted la aprecia...
—Mucho... –Se volvió al aduanero–. Nada que declarar. El rifle
es mío, pero no vengo a cazar a Costa de Marfil... Estaré unos días de paso, y
viajaremos a África Central...
Nina terminó de cerrar sus maletas y dejó que un mozo se ocupara
de ellas y las condujera al taxi. Se volvió a Jonathan.
—¿Cómo acabó aquello?
—¿Qué?
—La noche... “la Ceremonia de la Iniciación”.
—Con el amanecer las piraguas regresaron de la “Casa del Primer
Día”. El pueblo entero aguardaba a las puertas de sus casas, o en otras
piraguas que escoltaban a las que llegaban, y de nuevo se entonaron cánticos de
amor que todos coreaban...
En la choza grande aguardaba el anciano, que besó a cada uno de
los recién llegados, muchachas y muchachos indistintamente, y tras besarlos los
observaba, mirándoles al fondo de los ojos, como queriendo buscar en ellos la
alegría, la satisfacción, la tristeza o la decepción.
Pareció sentirse feliz con lo que descubría, porque al fin,
sonriente, subió de nuevo al pequeño estrado y extendió los brazos como
queriendo abrazar a los presentes: —Ya sois hombres –dijo–. Ya sois mujeres...
Ya el sol brilla, los peces saltan en el lago, y no hay enemigos que amenacen
nuestra paz... –Hizo un ademán de despedida–. Id con los seres amados, y que
los dioses os concedan una larga y dichosa vida, y muchos hijos...
El grupo se deshizo, y cada muchacha y cada muchacho se fue por
su lado; unos, a reunirse con jóvenes del mismo sexo que les aguardaban después
de haber pasado aquella primera noche separados, y otros, los menos, con grupos
de amigos que les daban cariñosas palmadas felicitándoles por ser adultos.
Lady Ann señaló nostálgica a una joven pareja que se perdía la
vista en un diminuto cayuco hacia lo más intrincado de las islillas del lago.
—El amor... –comentó–. ¿Ahora son libres sexualmente? –inquirió,
volviéndose a Suílem.
—Hasta que decidan casarse...
–replicó el negro. Los Fangké no admiten más limitación sexual
que la que se prometan el día de la boda... Normalmente, la esposa no exige
fidelidad al hombre, e incluso le permite tomar más esposas... El hombre con
varias esposas debe, por su parte, hacer la vista gorda ante sus infidelidades,
siempre que sean discretas y espaciadas... Se comprende que un hombre con ocho
mujeres no tenga fuerzas para contentarlas a todas constantemente...
—Inteligente pueblo –admitió Sir Thomas Rigby–. Soslayan la
guerra, soslayan el trabajo y soslayan los problemas sexuales...
—¿Qué efecto tendría implantar estas costumbres en Europa,
querido...?
¿Te gustaría que nos convirtiéramos en misioneros de la religión
fangké en la vieja Europa destrozada por guerras, odios, luchas laborales y
represiones sexuales...?
—Tengo la impresión de que seríamos devorados como los
misioneros lo fueron en África hace dos siglos...
Nadie entendería un mensaje de amor semejante...
—No, no creo que nadie lo hubiera entendido –admitió Nina en el
momento en que el taxi arrancaba, cruzaba ante la gran cristalera del edificio
terminal y enfilaba la carretera de Abidján–. Europa puede consentir que yo me
gane la vida como puta de lujo, pero no lo que cuenta de los fangké...
¿Realmente no existen ya?
—Algunos sobrevivieron al incendio, pero habían perdido su
poblado y las compañías petroleras no les permitieron regresar a la laguna...
Emigraron a la ciudad y desaparecieron como grupo étnico... En realidad, la
mayoría de las tribus africanas están desapareciendo de igual modo. ¿No vamos
al “Hotel del Parque”? –inquirió, sorprendido, al advertir que al llegar a la
plaza Lapalud, el taxi cruzaba a la derecha bordeando la laguna.
—Está anticuado, Jonathan... ¿No conoce el “Ivoire
Intercontinental”?
Es uno de los mejores del mundo...
—Creí que intentábamos pasar inadvertidos... ¿No es por eso por
lo que hemos viajado en dos grupos?
—En Costa de Marfil no necesitamos precauciones... El presidente
Houphou6t–Boigny no consiente que las influencias de Adí–Alí lleguen hasta
aquí... Por eso escogimos Abidján como cuartel general.
—Comprendo... Pero, ¿por qué este viaje? A estas horas podríamos
estar ya cerca de los Montes de Marfil...
Hemos volado en dirección opuesta...
—No se intranquilice... Hay gente que le espera...
La laguna se abría a su derecha, tan hermosa y quieta como
Jonathan la recordaba de años atrás, pero flanqueada ahora de altos edificios
de atrevidísima arquitectura que se reflejaban, blancos y orgullosos, en el
agua de Ebrié.
—Abidján sigue siendo la mejor ciudad de África –comentó–. Cada
día es más bella, y se diría que ni las construcciones logran estropearla...
¿Qué es aquello?
Nina Van Der Bruner sonrió al distinguir la altiva torre que
coronaba una península que se adentraba –verde y cuajada de flores– en la
laguna, formando a ambos lados dos quietas y cerradas bahías en las que
pescadores indígenas lanzaban sus redes desde diminutas piraguas.
—Es el “Ivoire”... –señaló–. Y toda la península es su jardín
zoológico...
Tomaron la ancha curva, cruzaron frente al viejo “Hotel du
Cocoddy”, orgullo de la época colonial, y fueron a detenerse ante la fastuosa
entrada del “Ivoire” con su gigantesca torre, que nacía –como una inmensa e
increíble construcción lacustre –de los pilares que clavaba en el fondo de la
más larga y extensa piscina que Jonathan hubiera visto nunca. Muchachas y
muchachos blancos, amarillos y negros, se bañaban o tomaban el sol en
colchoneta, mientras otros recorrían la piscina en toda su extensión a bordo de
pequeñas lanchas eléctricas, perdiéndose por entre túneles de flores y maleza
exuberante, o por entre las enormes columnas que sostenían el grandioso
edificio.
—Nunca creí que pudiera existir algo semejante –admitió–. ¡Es
increíble!
—Espere a ver su decoración, sus habitaciones, sus salas de
fiestas, sus cines, su casino de juego y su pista de patinaje sobre hielo...
—¿Patinaje sobre hielo en Abidján? –rió, incrédulo–. ¿En el
corazón del África tropical, con cuarenta grados en el exterior...? –Agitó la
cabeza como si no pudiera creerla, y se volvió a señalar con el brazo la
fastuosa ciudad que se extendía al otro lado de la laguna, con sus enormes
puentes y rascacielos–. Hace cuarenta años, aquí no existía absolutamente nada
–dijo–. Ni siquiera Abidján, y los elefantes de Bancó acudían a esta laguna a
beber...
Penetraron en el inmenso hall y, casi al instante, Niklaus y
Marengo vinieron a su encuentro con los brazos abiertos.
—¡Al fin llegan! –exclamó el primero–. Estaban
impacientándose...
Empezaban a temer que el gran Jonathan Rhin no vendría y que
todo eran fantasías nuestras...
Jonathan no pareció comprender, y se volvió a Nina.
—¿Quién se impacientaba?
Niklaus no le dio tiempo a esperar respuesta, y lo condujo del
brazo hacia los ascensores, dejando que Nina se ocupara de los trámites de
recepción. El ascensor subió como un bólido, provocándole un súbito vacío en el
estómago, y cuando la puerta se abrió de nuevo, se vio precipitado a una amplia
“suite” ocupada por más de una docena de personas.
Se sintió aturdido por las voces, por los ruidos, por la música
y los gritos de los niños. Cerró los ojos, formuló su deseo y sopló las velas.
Unas se apagaron y otras quedaron agitándose indecisas hasta que
ella le ayudó a concluir la tarea.
—La tarta era muy grande –susurró confidencialmente a su oído–.
Las velas estaban demasiado separadas...
¿Puedes contarme tu deseo?
La miró y sintió la urgente necesidad de esconder su cabeza en
el hueco que formaban su cuello y su corta melena al tener el rostro inclinado
sobre él.
—Pedí no volver a verte llorar nunca –susurró a su vez–. ¡Nunca!
Le besó en la frente, le revolvió el cabello y tomó su mano para
ayudarle a cortar un pedazo de tarta.
—No volveré a llorar, mi vida –prometió–. Pase lo que pase, no
lloraré si eso te hace desgraciado.
Primo Orlando entró en la estancia con las manos a la espalda y
su hermosa sonrisa siempre a punto: —¡Feliz cumpleaños, pequeño!
–Mostró su regalo y puso la cara aguardando un beso de premio–.
Espero que te guste...
—Me gustará. Ha servido para que vinieras...
—¿No lo abres?
—Luego, cuando te hayas ido. Así me acordaré de ti, y será
doblemente bonito...
Primo Orlando se echó a reír, agitó la cabeza y besó a su prima
en la mejilla: —Este hijo tuyo es un genio de la diplomacia... Me hace sentirme
importante...
—Para él lo eres... Sobre todo, desde que te vas a la guerra de
España... ¿No has cambiado de idea...?
—No. No he cambiado, pequeña, y quisiera que, al menos tú, me
comprendieras...
Se alejaron enlazados por la cintura hacia el jardín, en el que
se detuvieron junto a las columnas; el primo Orlando hablando con pasión y
entusiasmo; ella, escuchando con comprensión y pena.
Los contempló tan juntos, tan hermosos, tan parecidos en el
porte y los ademanes, resplandecientes por el sol que se reflejaba en la
piscina y hacía brillar el vestido de su madre, que por un instante sintió un
irrefrenable deseo de subirse a la mesa, acallar las risas y la música, las
voces y los gritos, reclamar la atención de los presentes, chicos y grandes,
compañeros de colegio y amigos de la familia, y declarar solemnemente, para que
el mundo entero pudiera oírle, que aquel hombre, aquel dios que su madre
abrazaba por la cintura, era en realidad su padre, y no la bestia con hedor a
caballo que irrumpiría de pronto en la fiesta dando tumbos de borracho y
ofendiendo al mundo con su sola presencia.
Cortó el más apetitoso pedazo de pastel y se lo llevó en un
plato.
—Vámonos los tres –pidió.
—¿Adónde, hijo?
—A la guerra de España.
—¿Quién ha dicho que vayamos a una guerra?
—¿Qué significa esto entonces?
replicó, señalando con un amplio ademán a la multitud que
llenaba la estancia: periodistas, fotógrafos, radio, televisión...– ¿Qué hacen
aquí?
—Queremos saber si es cierto que piensa matar a “Abdullah”.
—¡Pero, bueno...! –Se volvió a Niklaus–. ¿A quién se le ha
ocurrido la idea...? ¿No se dan cuenta que mañana Adí–Alí sabrá lo que
pretendemos? –Agitó la cabeza, incrédulo, y se dejó caer en un amplio sofá–.
Nadie me advirtió esto... –protestó–.
Creí que iríamos en silencio, mataríamos a “Abdullah”, y se
acabó...
¡Jamás me pasó por la mente que podrían convertirlo en un
espectáculo de circo...!
El más insistente de los reporteros le colocaba el micrófono
bajo la nariz, y le miró como si estuviera viendo a un marciano.
—¡Esto es estúpido! –explotó–. No soy actor de cine, ni un
político, ni me han dado el Premio Nobel de nada... ¡Déjenme en paz!
—¿Pero es que no se da cuenta...?
–El periodista insistía en querer hacerle tragar el micro,
mientras las cámaras giraban con un leve chillido–.
Ese elefante, “Abdullah”, es una especie de divinidad para
millones de Sondas... Y es la fuerza que mantiene a Adí–Alí en el poder... ¿Va
a enfrentarse a él?
—Escuche... –rogó–. He matado más de mil elefantes en mi vida...
Es uno más... No significa nada ni presenta ningún problema...
—¿Por qué ha llegado entonces a convertirse en lo que es?
–inquirió otro periodista con acento francés–.
¿Por qué es el más grande, y el más viejo, y el de mayores
colmillos?
¿Por qué ha logrado escapar de cuantos han intentado matarle...?
—Es el más viejo, porque alguno tiene que serlo –replicó,
intentando conservar la calma–. Y ha llegado a esa edad y ese tamaño, porque
siendo elefante de pradera y espacios abiertos, se ha acostumbrado a vivir en
los bosques que protegen a los elefantes de selva.
—¿Y por qué se ha acostumbrado a vivir en esos bosques?
—Porque descubrió que constituían el mejor escondite cuando
trataban de matarle... –Hizo una pausa–.
“Abdullah” es un elefante astuto...
–admitió–. Más inteligente que la mayoría de sus congéneres,
pues ha sabido sacrificar su afición a las sabanas y praderas por la seguridad
de los Montes de Marfil. Pero ahí acaba todo... No es ni un dios, ni un
espíritu del mal...
—¿Se atreverá entonces a penetrar en los Montes de Marfil a
buscarlo...?
—Estuve una vez, y maté cien grandes machos... Algunos casi como
“Abdullah”.
—¿Cómo sabremos entonces que ha matado a “Abdullah” y no a
ningún otro? –inquirió una muchacha de cabello muy corto y enormes gafas
oscuras que tomaba notas febrilmente en un cuaderno–. No creo que “Abdullah”
lleve carnet de identidad...
—Lo lleva... –interrumpió Marengo–. El mayor elefante que se ha
cazado este siglo, el de Tanzania, de 1971, tenía casi noventa kilos en cada
colmillo... Los de “Abdullah” superan ese peso, y son los únicos que existen...
Volveremos con ellos, y nadie, ni siquiera Adí–Alí podrá dudar de que
pertenecen a su maldito elefante... Y ese día, mi pueblo acabará con el
tirano...
—¿Y si no lo traen...?
El negro se encogió de hombros con gesto de impotencia, e hizo
un ademán queriendo indicar que se daba por vencido: —En ese caso continuará
esclavizando a los Sondas hasta que muera de viejo...
Se hizo un silencio momentáneo.
Los periodistas tomaban notas, los fotógrafos hacían funcionar
una y otra vez sus cámaras y el locutor de televisión parecía haberse concedido
un respiro, meditando su próxima pregunta.
—¿No le preocupa la responsabilidad que ha adquirido al
comprometerse a matar a ese animal...? –inquirió al fin.
Tardó en responder. Se diría que estaba tratando de aquilatar el
problema. Su mirada fue a Niklaus, que se sentaba a su lado, a Marengo, en pie
junto al sofá, y por último a Nina Van Der Bruner, que permanecía en un
discreto segundo término, observándolo todo, apoyada en el quicio de la puerta.
—Sí –admitió al fin–. Empieza a preocuparme esa responsabilidad,
y hasta ahora no me había detenido a meditar en lo que significaba... –Apretó
los labios, frunció el ceño en un claro gesto de concentración mental y movió
la cabeza lentamente–. Pensándolo bien... –continuó–. No es lo mismo matar
elefantes que buscar a un determinado elefante sabiendo que millones de seres
están pendientes del resultado... No... –repitió, convencido–. No es lo mismo.
—¿Y tiene usted la seguridad de que se encuentra en los Montes
de Marfil?
—Eso dicen... No se le ha visto desde hace años... Aquél es el
único escondite posible...
—¿Nos llevaría...?
—¿Adónde? ¿A los montes de Marfil...? Está loco... Algún día
pienso hacer ese viaje y traerme todos los colmillos de elefante que dicen que
caminan por allí, pero no es viaje para hacerlo con Lady Ann...
—¿Cree que no lo soportaría...?
En la India, cazando tigres, pasábamos a veces...
—Esto no es la India, Sir Thomas... Ningún cristiano, que se
sepa, ha ido y vuelto a ese lugar... Preparar una expedición en regla
requeriría mucho tiempo, y usted tiene que volver a Inglaterra.
—Podríamos intentarlo el año próximo...
—El año próximo quiere ir al Amazonas... ¿Lo ha olvidado? Allí
tiene muchos sitios que aún no están explorados... –sonrió–. Incluso puede que
encuentre a su amigo el coronel Fawcett... Aún debe andar por allí, subido a un
árbol...
—No crea que no lo he pensado –señaló Sir Thomas, y hablaba con
toda seriedad–. Si, como dicen Fawcett y su hijo se han convertido en caciques
de una tribu salvaje, podría escribir sobre ellos el libro del siglo... ¿Le
apetecería venir al Amazonas?
—¿Para qué? No hay elefantes...
—¿No hay nada que le interese más que los elefantes,
Jonathan...?
–inquirió Lady Ann desde el interior de su bañera de lona, al
otro lado de la pared, también de lona, de la mayor de las tiendas.
—Nada, Lady Ann...
—¿Ni siquiera su familia?
No se trataba sólo de la pregunta en sí, sino de su intención,
el tono de voz y el modo como quedó flotando en el aire...
Sir Thomas también lo advirtió, porque se interrumpió en su
ademán de limpiar la cachimba y estudió atentamente la reacción de Jonathan.
—No tengo familia –murmuró al fin.
—Eso no es cierto, Jonathan, y usted lo sabe... –Lady Ann se
enjabonaba los brazos tranquilamente, y al hacerlo hablaba con la cabeza alta y
los ojos entrecerrados, como si quisiera imaginar la expresión de su
interlocutor–. Tiene familia en alguna parte, y eso le amarga la vida...
¿Cómo murió su madre...?
—No... No lo sé...
—¡Vamos! Todo el mundo sabe cómo murió su madre... Pero usted
siempre ha sido mal mentiroso... No ha muerto, ¿verdad?
—No lo sé...
—¿Cuánto tiempo hace que no la ve?
—Nueve años...
Lady Ann lanzó un corto silbido.
Luego comenzó a enjuagarse, y se puso en pie en la bañera,
mientras comenzaba a secarse lentamente.
—¿Quiere decir que no sabe de ella desde antes de la guerra?
No obtuvo respuesta. Jonathan se había sumergido en sus propias
ideas.
—Es demasiado tiempo para guardar rencor por algo –continuó Lady
Ann–.
Incluso los ingleses hemos empezado a perdonar a los alemanes
por las bombas que nos tiraron a la cabeza...
Terminó de secarse. Se puso una ligera bata, bajo la cual se la
advertía desnuda, y apareció en la abertura de la tienda de campaña,
cepillándose el pelo.
—¿No cree que sería hora de volver, Jonathan...? ¿Qué pudo
ocurrir que no se pueda olvidar en nueve años?
Jonathan pareció salir de su abstracción, y miró
alternativamente a Lady Ann y a Sir Thomas, que se habían acomodado frente a
él, al otro lado de la mesa, y permanecían pendientes de su respuesta.
—Ustedes lo saben, ¿verdad...?
–inquirió–. O al menos lo imaginan...
—En efecto... Algo imaginamos –admitió Sir Thomas, que había
empleado su largo silencio en prender su rebelde cachimba, que ahora parecía
tirar a la perfección–. Pero nos cuesta creer que, sólo por eso, no quiera
saber nada de ella...
—¿Sólo por eso? –se asombró–.
¿Les parece poco...?
—Le ocurre a mucha gente... –señaló Lady Ann–. La homosexualidad
es uno de los males de nuestro tiempo, pero la sociedad comienza a aceptarlo
sin convertirlo en un drama.
—Puede que la sociedad lo acepte... –replicó–. Pero yo tan sólo
era un niño de quince años, al que todo lo que tenía se le derrumbó encima...
—Pero ahora ya no es un niño –intervino Sir Thomas–. Ahora es un
hombre con capacidad de raciocinio, con capacidad de perdonar y con capacidad
de comprender que está destrozando su vida. ¿Por qué no se atreve de una vez a
enfrentarse a ella?
—¿Volver?
—Sí, volver... Admitir que la vida sexual de cada ser humano es
algo tan íntimo, que ni aun su propio hijo tiene derecho a juzgar.
—Es que yo creo que sí tengo derecho...
—¿Por qué? –Sir Thomas hablaba ahora con absoluta convicción y
más firmemente que nunca–. Yo no hubiera admitido que mis padres intervinieran
en mi vida sexual desde que me consideré con capacidad para discernir lo que
deseaba... Y cuando me enamoré de Lady Ann, que podía ser mi hija, no admití
que nadie opinara... De igual modo, me hubiera podido enamorar de un
camionero... Mientras no haga daño a nadie, son mi vida y mi cuerpo...
—Pero mi madre me hizo daño...
–protestó–. Un daño espantoso. —Eso es culpa suya, no de ella...
Creo que le profesaba un amor excesivo...
—No –negó–. No es lo que usted piensa...
—¿Cómo lo sabe...? Usted analiza sus sentimientos de hoy, pero
no los de entonces, y en aquel tiempo le horrorizaba de tal modo admitirlos,
que los disfrazaba bajo las más diversas formas... A casi todos nos ha ocurrido
lo mismo... –Se sorprendió de la forma como Jonathan le observaba, e hizo un
gesto abriendo las manos en actitud de impotencia–. ¿De qué se extraña?
–inquirió–. Durante la adolescencia, casi todos vivimos una auténtica pesadilla
sexual, de las que pocos se atreven luego a hablar, e incluso recordar. Yo me
masturbé dos años en la biblioteca de mi padre, porque por la rendija de la
puerta podía verle los muslos a las criadas cuando fregaban la escalera... ¡A
las siete de la mañana!
—Yo nunca me masturbé...
—¡Hijo mío...! Usted es un verdadero desastre... ¡Un día u otro
tiene que explotar! La continencia y la castidad están muy bien para los
santos, pero un ser normal no puede ir contra la naturaleza. Tiene que empezar
a tener pensamientos extraños a las ocho o diez años, masturbarse a los doce,
conseguir que la criada o la compañera de escuela se lo haga a los quince, y
acostarse con una mujer a los dieciséis o diecisiete... ¡Es lo normal!
—Así van las cosas en nuestra civilización...
—Lo admito... –aceptó Sir Thomas–. Mejor irían, quizá, con el
sistema de los Fangké, pero como nos faltan miles de años de evolución para
llegar a eso, tenemos que conformarnos con lo que tenemos, y funcionar dentro
de nuestros esquemas... De otro modo, le ocurre lo que a usted... Está
encerrado en África, lejos de su mundo, y se le diría un lobo enjaulado...
¿Sabe que por las noches grita?
—Sí, lo sé... Suílem me lo ha dicho.
—Lo extraño es que no se ande pegando cabezazos contra las
paredes –señaló Lady Ann–. Porque, además, usted no es frío, ni impotente... Yo
soy la única que puede atestiguarlo...
¡Vamos, no se sonroje...! Sir Thomas ya lo sabe...
Hubiera deseado que la tierra se abriese y le tragase en ese
mismo instante, y estuvo tentado de dar un salto y echar a correr hacia la
noche, pero la comprensiva sonrisa de Sir Thomas le impidió moverse.
—No se preocupe –le tranquilizó–.
Ya conocía esa afición de Lady Ann... Se la inculqué yo...
—Creo que eso fue lo que hizo desgraciada a mi madre, y por lo
que le repugnaba que mi padre se le acercara...
—Es algo a lo que las mujeres llegan con el tiempo, y muchas no
llegan nunca... Depende de la educación, los propios instintos, el hombre y,
sobre todo, la forma como se las inicie...
—¿Cómo se inició usted?
La pregunta iba dirigida a Lady Ann, que por primera vez se
sonrojó y podría decirse que la copa se estremeció en su mano. Bebió, dando
tiempo a sus pensamientos, o buscando averiguar si deseaba o no responder, y
tardó en encogerse levemente de hombros, como quitándole importancia.
—Nunca pensé que pudiera hablar sobre esto... –señaló–. Es un
tema demasiado íntimo, pero si sirve de algo, le diré que, en un principio, a
los quince años me hubiera puesto enferma de imaginarlo... Para mí, el sexo era
algo misterioso y oscuro, pero romántico y lleno de belleza...
–Su mirada fue a posarse en el rostro de Sir Thomas Rigby, que
la escuchaba atento, con una leve sonrisa de cariño en los labios–. Supiste
descubrírmelo así –continuó, dirigiéndose ahora a él–. Y, ni por un instante,
me sentí defraudada, asqueada o sucia... Fue todo tan bello, tan completo, tan
desbordante, que cuando, tiempo después, me hiciste ver que ésa era otra forma
de hacerse feliz, fui yo quien encontré felicidad en satisfacerte. –Se volvió
de nuevo a Jonathan, y afirmó convencida–: No hay nada en sus relaciones con un
hombre, que una mujer no pueda admitir si lo ama, y si él sabe exponerlo en la
forma y en el momento oportunos...
—Ella no tuvo ni esa forma, ni ese momento... Mi padre era la
bestia con menos delicadeza y sensibilidad que haya existido nunca...
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué? –inquirió sin comprender.
—¿Por qué era así su padre...?
–insistió Sir Thomas–. ¿Lo fue siempre, o cambió con el tiempo?
¿Puede recordarlo?
No demostró el menor pesar o arrepentimiento por el incidente
del caballo, ni por el bochornoso espectáculo del bar del hotel, ni por dejar a
su esposa y a su hijo solos en la noche de una ciudad desconocida. Cuando
regresó a casa dos días más tarde, lo hizo para buscar dinero, pues había
dejado esperando en la puerta un taxi con tres putas inmundas, que le
reclamaban a gritos, escandalizando la casa, a los criados y al barrio entero.
Tan sólo se calmaron cuando su madre salió a la terraza y las
observó en silencio, sin un gesto; sin más reproche que su fría mirada de
desprecio, su indiferencia y la dulce altivez y señorío que emanaba de su
sereno rostro y su figura; rostro y figura de gran dama; personalidad
irresistible que acalló a las alborotadoras, impresionadas como todo el que se
encontraba en su presencia, como se impresionaba el mundo, excepto el obtuso
“Coronel”, el único ser sobre el Planeta que no se conmovía ante aquella mujer
única.
A veces, durante sus años de estudiante, reciente aún la
separación de sus padres, Jonathan se preguntó si no habría sido ese exceso de
personalidad, esa superioridad indiscutible de su madre, lo que había destruido
a “el Coronel”, incapaz como debía sentirse de superar en nada a la mujer con
la que se había casado. Humillarla, ofenderla, disminuirla o “ningunearla”
–según un modismo sudamericano que con frecuencia le oyó emplear– parecía
haberse convertido en el pasatiempo preferido de “el Coronel”, que no contaba
con otra arma con la que combatir su frustración.
Probablemente –y eso tan sólo podía deducirlo ahora, años más
tarde–, humillarla sexualmente habría constituido una forma de luchar contra la
exquisita delicadeza, el estilo, la cultura, la gracia, la sencillez y la
profundidad de sentimientos que hacían de su madre un ser absolutamente
excepcional.
Estar casado con su madre significaba tanto como estar casado
con una diosa, y pocos hombres hubiesen sido capaces de soportar una prueba
semejante. “El Coronel” era el último de ellos, y ésa debió de ser una de las
razones por las que buscaba, entre las prostitutas más rastreras, una compañía
que pudiera hacerle sentirse momentáneamente superior.
¡Cómo debía aumentar la sensación de repugnancia de su madre
cuando se le metía en la cama apestando a alcohol, sudor y perfume de puta
barata...! No debía extrañar que tuviera que retirarse después al invernadero,
a luchar a solas contra su asco, y tratar de vencer su necesidad de acabar con
todo, frenada únicamente por el hecho de que existía Jonathan, y el bienestar y
el futuro del niño le exigían intentar salvar un matrimonio que nació muerto la
noche de bodas.
Sabía de antemano que, el día que decidiera dar un paso
definitivo y divorciarse de “el Coronel”, éste no daría un céntimo ni para ella
ni para la manutención del niño, y así fue.
El internado hubo que pagarlo con los escasos ahorros que le
quedaban, las últimas joyas que dejara la abuela y el trabajo de una mujer que
no había nacido para vender, sino para comprar, y que en la “boutique” de
Cristina parecía siempre más bien la que iba a adquirir el último modelo recién
llegado que la encargada de ofrecérselo a otras.
Tan sólo en una ocasión, durante sus últimas vacaciones, la vio
trabajar, y sintió frío en el alma al advertir cómo aceptaba órdenes de
Cristina y cómo sonreía a estúpidas clientes –sus antiguas amigas–, que exigían
probarse una y otra vez prendas imaginadas para mujeres veinte kilos más
delgadas que ellas, veinte centímetros más altas que ellas y veinte siglos con
más estilo que ellas.
—¿Por qué las soportas...?
—Tenemos que comer, pequeño...
Cuando termines el colegio y la Universidad, dejaré que me
mantengas con tu trabajo, y las mandaré a todas al infierno... De momento...
Guardó silencio, pero, por el tono de su voz, y porque la
conocía bien, Jonathan dedujo que ese “de momento” significaba que prefería
aquellas pequeñas humillaciones de gordas estúpidas, a las insoportables
humillaciones de “el Coronel”.
También él, Jonathan, lo prefería, y lo hubiera preferido
siempre, de no haber existido Cristina y todo lo que ocurrió después.
—¡Once, negro, impar y falta...!
Volvió a perder, y el insolente jovenzuelo de insolente
prestancia e insolente suerte volvió a ganar, sonrió insolentemente, guiñó el
ojo con picardía a Nina, que se sentaba a su lado, lanzó una aún más insolente
mirada a los enormes y duros pechos que asomaban por el arriesgado escote,
murmuró algo a su oído que la hizo reír y avanzó una alta pila de fichas hacia
el número seis, seguro de ganar nuevamente.
Jonathan contempló sin entusiasmo su última ficha: “Casino Hotel
Ivoire”, 50 francos, Abidján, Costa de Marfil”, y la depositó sin
convencimiento sobre el número ocho, al que había estado jugando toda la noche
sin acertar ni una vez.
Aguardó con la vista fija en la ruleta, pero percibiendo –sin
querer– el cuchicheo y las risas del jovenzuelo y Nina, que se le antojaba esta
noche más hermosa que nunca, más joven que nunca, más insoportablemente
deseable que nunca, con su ceñido traje largo, su desmesurado escote y su corta
melena rubia, limpia y cuidada, agitándose al compás de sus risas...
—¡Seis, par, rojo y falta...!
–cantó la negra voz del “croupier”, ahogada por el grito de
entusiasmo de Nina y la alegre carcajada del jovenzuelo.
Abandonó la mesa y paseó sin rumbo por la amplia sala repleta de
rumores, entrechocar de fichas, deslizarse de bolas de marfil sobre el metal de
las ruletas, chasquidos de cartas al ser barajadas, voces que cantaban números
o jugadas, risas, exclamaciones de entusiasmo, tintinear de vasos...
En el salón vecino se entretuvo con las máquinas “tragaperras”,
fantasía de lucecitas de colores y campanillas, que escupían de tanto en tanto
chorros de monedas como si regurgitasen una comida mal digerida, pero tampoco
le acompañó la suerte, que parecía perseguir tan sólo al vecino de Nina, y
desde donde estaba podía distinguirlos, alborozándose a cada jugada, cada vez
más felices; cada vez más divertidos, cada vez más cerca uno del otro, si os
quedaba alguna posibilidad de acercarse aún más.
—¿Cómo van las cosas?
La ronca voz de Marengo le sacó de su abstracción, y se volvió a
la ancha sonrisa del negro, que –extraño dentro de su elegante traje– le
observaba desde el otro lado de la máquina invencible.
—Se lo traga todo sin devolver un franco... No es mi noche.
—Tampoco la mía... La ruleta se me ha comido por lo menos
colmillo y medio de cuarenta kilos... ¿Qué le parece mi smoking...? Es
alquilado...
—Nadie lo diría... –Hizo un amplio ademán, señalando la amplia
sala, la gente, la ruleta y las mesas de bacarrá–: ¿Qué hacemos aquí,
Marengo...? A estas horas deberíamos estar en los Montes de Marfil, tras la
pista de “Abdullah”, y no perdiendo tiempo y dinero en un Casino... ¿Para esto
me sacaron de casa...?
—Son cosas de Niklaus –replicó el negro, introduciendo a su vez
una moneda en la máquina contigua, que la devoró, impertérrita–. Cree que sin
publicidad resultaría inútil matar a “Abdullah”. Nadie lo creería, o no
merecería más que un suelto en algún periódico...
—¿Sabe lo que hemos conseguido?
–Jonathan le imitó con otra moneda, y con idéntico resultado–.
Si no matamos a “Abdullah”, Adí–Alí será más fuerte que nunca... Gritará a los
cuatro vientos que ni siquiera Jonathan Rhin logró acabar con su elefante
protector, porque es realmente un dios invencible... –Metió una nueva moneda,
tiró de la palanca y observó, desilusionado, cómo dos naranjas que prometían
premio resultaban al fin acompañadas por un manojo de cerezas, lo que quería
decir que su dinero había ido a parar una vez más a las entrañas de la máquina
infernal–. Usted conoce bien a los Sondas; son su gente. Eso acabará de
hundirlos...
—Mi gente está ya tan abajo, que nada puede hundirlos más,
aunque se empeñe... –Hizo una pausa, porque su máquina había escupido media
docena de francos, y hurgó en la cazoleta para hacerse con ellos–. Yo no
entiendo mucho de publicidad, pero confío, como Klaus, en que al menos esto
sirva para poner nervioso a Adí–Alí...
–Río–. ¿Se lo imagina reunido con sus ministros, cavilando en lo
que harán si usted logra abatir a “Abdullah”...? –Introdujo otro níquel y tiró
de la palanca con tanto entusiasmo, que estuvo a punto de arrancarla de su
sitio–. Él fue quien quiso convertir un elefante en símbolo político... ¡Que se
enfrente a las consecuencias...!
—Fue un error –señaló Jonathan–.
Cuando Adí–Alí subió al poder, “Abdullah” era ya un animal
viejo, de casi ochenta años, y ningún elefante suele vivir mucho más que eso...
Al elegirlo como símbolo, se estaba limitando el porvenir...
—Quizás entonces no esperaba durar tanto.
Se le había agotado el dinero, y juntos, sin ponerse de acuerdo,
cruzaron la sala y salieron a los hermosos jardines, la larga piscina y las
cascadas del “Hotel Ivoire”. Lejos, al otro lado de la laguna en calma,
brillaban las luces de Abidján, y una piragua indígena, silenciosa y estilizada
surcó las aguas sin siquiera agitarlas, sin romper el dibujo que la luna
creciente ensayaba más allá del puente.
Avanzaron hasta el borde del agua, y Marengo sacó un paquete de
cigarrillos, del que le ofreció. Contemplaron la noche fumando en silencio y
aspirando el denso olor a flora tropical que ascendía de los cuidados
parterres. Del pequeño zoo llegó el rugir de un león, y de la sala de fiestas
del hotel, una música suave y cadenciosa, vieja melodía europea injertada ahora
de tonalidades africanas.
—Mi país podría ser como éste...
–comentó el negro al rato–. También nos colonizaron los
franceses, y también supieron inculcarnos amor por las cosas agradables.
Poseemos tantas bellezas naturales como Costa de Marfil, y con un Gobierno
liberal y demócrata nos convertiríamos en un paraíso turístico, lo que unido a
nuestras minas y nuestro algodón, nos permitiría un desarrollo digno y una vida
feliz... –Hizo una pausa y su voz sonó amarga, triste, cuajada de nuevos
matices que no había mostrado hasta entonces–. En vez de eso –añadió–, vivimos
en pleno oscurantismo, encerrados en nuestras fronteras, aterrorizados por la
Policía y los mercenarios, viendo cómo nuestras riquezas van a parar a manos de
un puñado de desaprensivos que ni siquiera son de nuestra raza... ¿Sabía que
Adí–Alí es el único dirigente negro que comercia con Sudáfrica, la nación más
racista del mundo...?
—No. No lo sabía...
—Ellos le aconsejan... ¡Y se ríen...! Se ríen al comprobar que
les basta un elefante y superstición para mantener bajo el terror a once
millones de negros... ¡Malditos sean...!
La puerta del casino se abrió, y una pareja que reía y se
abrazaba se adentró en la noche y cruzó junto a ellos sin advertir su
presencia.
Observaron en silencio cómo se besaban y se perdían en dirección
a la oscura silueta del hotel, que se alzaba al final del jardín.
—¡Ocho mil! –exclamaba él–. ¡Ocho mil trescientos francos!
—Nina ha hecho su noche –comentó el negro–. Ese muchacho tiene
suerte en todo... –Apagó el cigarrillo–. Yo también me voy a acostar... ¿Se
queda?
—Quiero pasear un rato, despejar las ideas...
Vio cómo el negro se alejaba por el mismo sendero que habían
seguido Nina y el jovenzuelo, cuyas risas habían desaparecido ya en el interior
del enorme edificio, y alzó el rostro hacia la alta torre, tratando de imaginar
cuál de las luces que se encendieran pertenecería a la pareja, que podría hacer
el amor contemplando la hermosa quietud de la laguna Ebrié y los faros de los
autos que cruzaban el puente de Treinchville en su camino hacia la plaza de la
Independencia y sus ceibas gigantes, donde anidaban todos los murciélagos de
Abidján.
Recordó el día de la despedida, sentados en la terraza del viejo
“Hotel del Parque”, cuando el reventón de un neumático despertó a los enormes
murciélagos, que echaron a volar al unísono, ocultando por un instante el sol y
acallando con el rumor de sus alas los ruidos de la calle.
Abidján no era entonces más que una ciudad naciente, pequeña y
recogida en un rincón de la laguna, blanca y recoleta, con ese aire íntimo y
cerrado que le daban los viejos oficiales de tropas coloniales, los
funcionarios de la Administración que se saludaban al pasar del brazo de sus
esposas y se sentaban en la terraza según su rango, y los vendedores “haussas”
que se lanzaban como moscas sobre los forasteros, intentando venderles sus
figuritas de marfil o sus máscaras de ébano, traídas del corazón mismo del
continente junto a pieles de leopardo y colmillos de rinoceronte.
Toda la plaza era en realidad un gran mercado de esos vendedores
“haussas”, y los que no ofrecían recuerdos típicos, pintaban cuadros también
típicos; cuadros ingenuos, restallantes de colorido, agresivos a veces por su
misma sencillez; cuadros que a menudo el artista pintaba entre rapada y rapada,
pues como el arte no daba para ir viviendo, tenían que ayudarse afeitando
barbas o cabezas al aire libre, expuestos a recibir en la brocha o el pincel la
cagada de uno de los millones de murciélagos que dormían boca abajo a treinta
metros sobre sus cabezas.
—Echaré de menos todo esto...
–dijo–. Han sido unos meses maravillosos... –Luego le tomó la
mano con infinito cariño; con ternura de amiga, de madre; casi de amante–. Y le
echaré de menos sobre todo a usted, Jonathan... ¡No puede imaginar cuánto...!
—Tal vez nos veamos pronto...
El último día, en el último momento, Sir Thomas pareció perder
su flema británica y estuvo a punto de atragantarse con el humo de su pipa.
—¡No lo dice en serio...! ¿Piensa volver...?
—Lo he estado pensando... Me gustaría ver Europa después de
tantos años... Debe de haber cambiado mucho con la guerra...
Lady Ann le observó largamente; había emoción en su mirada.
—¿Buscará a su madre...? –inquirió dulcemente.
—Aún no lo sé... –admitió–. Tengo que pensarlo...
—Hágalo, Jonathan. Hágalo por nosotros... –Se la advertía tan
ilusionada, como si se tratara de su propio hijo–. Significaría tanto saber que
le hemos servido de algo...
—Me han servido de mucho, Lady Ann... Usted lo sabe...
—¡Vamos, Jonathan! –Sir Thomas parecía también verdaderamente
feliz–.
¿A qué está esperando entonces...?
¡Venga con nosotros! Le hago un hueco en el avión, y mañana
puede dormir en su casa...
—¿Mañana...? –Sonrió, enigmático, y negó repetidamente–. No, Sir
Thomas... Si voy en avión, tendré la impresión de que pasé todos estos años a
la vuelta de la esquina y me desconcertaría... Tardé mucho tiempo en llegar
aquí, y no quiero saltármelo de un golpe... Desandar lo andado debe significar
tanto como andarlo de nuevo; tomar conciencia de ello; vivirlo... Son muchas
cosas que tengo que meditar a solas, con tiempo, y muchas las cosas que tengo
que redescubrir...
—Entiendo...
—¿De verdad lo entiende...?
—Hace veinte años salí de la India, y cuando su independencia,
me invitaron a ir en avión, asistir durante una semana a sus celebraciones y
regresar de igual modo... No quise aceptar... Si algún día vuelo a la India,
quiero hacerlo despacio, si es posible en el mismo barco en que la abandoné,
para recorrer Bombay, Nueva Delhi o Lahore en un peregrinaje a mi juventud y mi
pasado. Y eso requiere tiempo, soledad y un muy especial estado de ánimo.
—¿Por qué están siempre los hombres tan ansiosos por peregrinar
a su pasado, sea éste una guerra, un país o una mujer...? –protestó Lady Ann–.
Nosotros no tenemos tanta necesidad de refugiarnos en nuestra
infancia o nuestra juventud... Dejamos menos cosas atrás...
—Un sabio hindú afirmó que el hombre está hecho del barro de los
recuerdos, y la mujer, de la piedra de las esperanzas. Hay que ser tan débil
como el hombre para vivir del pasado, y tan fuerte como la mujer para vivir del
futuro..
—¿Cómo será nuestro futuro?
—Como nosotros queramos... Lo peor ha pasado... Ahora irás a la
Universidad, estaremos siempre juntos y el día de mañana te casarás y yo
cuidaré de mis nietos...
—Pero aún eres joven... Aún podrías casarte otra vez... Los
hombres te miran, me he dado cuenta... Todos los hombres te miran.
Le revolvió el cabello y disimuló su turbación fingiendo
interesarse en las vacas que quedaban atrás y que alzaban aburridamente la
cabeza al paso del tren. Se alegraba ante la idea de que era la última vez que
recorría el camino que había recorrido todos los sábados a la ida y los
domingos a la vuelta, en los últimos tres años.
Ahora, al fin, Jonathan había concluido el internado y regresaba
a casa.
—No deseo volver a casarme –dijo sin mirarle, fija aún la vista
en el verde paisaje cambiante–. Nunca...
No replicó. En el fondo había estado temiendo la respuesta, y
mientras ella miraba por la ventanilla, la observó con un nudo de terror en el
corazón. No se sentía capaz de volver a los tiempos de “el Coronel”; a los
tiempos en que sabía a su madre encerrada con él en una habitación de la que
surgían extraños murmullos e indescifrables lamentos. En aquellos años, ella
había recuperado la serenidad, su hermosa calma, y su sonrisa profunda y
tranquilizadora, y no aceptaba que pudieran volver las huidas a un invernadero,
las cenas en amargo silencio, las bromas soeces, los reproches... Después de
días, meses y años de contar el tiempo, a la espera de que llegara el momento
en que se alejarían juntos del colegio; cuando vivían quizá sus horas más
hermosas, escuchar de sus labios que existía la más remota posibilidad de que
otro hombre viniera a invadir sus vidas, hubiera significado el derrumbamiento
de todas sus esperanzas; el aniquilamiento de sus sueños; el fin de su anhelada
felicidad.
Contempló las largas piernas enfundadas en finas medias de seda
que oscurecían levemente el tono de su piel; los altos zapatos claros, que
alargaban la forma de su empeine; la falda plisada ajustada a sus muslos y
caderas; la blusa entallada, sin una arruga, que se ceñía a su estómago hundido
y a su altivo pecho; el cuello alzado, que enmarcaba el perfecto óvalo de su
rostro impecable, dominado por unos inmensos ojos claros y melancólicos, y una
boca grande y dibujada. Imaginó su ropa íntima, sutil y perfumada, que tantas
veces descubriera en olorosos cajones, y se dijo a sí mismo que aunque lo
intentara, aunque su voz sonara indiferente, aunque mintiese con toda su alma,
jamás podría aceptar que otro hombre –ni aun el mismísimo primo Orlando– rozase
siquiera con sus dedos aquellas piernas; acariciase aquellos muslos; besase
aquel pecho y aquella boca; ensuciase con su sudor y su saliva aquellas prendas
ocultas que se había acostumbrado a considerar parte inseparable de su madre.
Tomó la mano que descansaba abandonada sobre el regazo, se la
llevó a los labios sin apenas rozarla, aspiró su aroma inconfundible y recostó
su mejilla en la palma, advirtiendo que su rostro se amoldaba al hueco como si
estuvieran hechos el uno para el otro.
—Te quiero... –susurró quedamente.
Le acarició el cabello, le miró con infinita ternura a lo más
profundo de los ojos, se inclinó a posar sus labios como un aleteo de colibrí
en su fría frente y sonrió como jamás había sonreído: —Yo también te quiero...
Se llevó la mano a la frente en un ademán instintivo, y alzó el
rostro hacia la ventana que acababa de iluminarse. Dos siluetas se recortaron
un instante en el vano, tal vez contemplando el paisaje, las luces de la ciudad
y la luna que se reflejaba en la laguna, y desaparecieron cuando la luz se
transformó en otra más tenue, más íntima, de color rojizo.
El león enjaulado en el corazón del África de sus antepasados
rugió no lejos de donde rió la hiena también encerrada, pero sus quejas se
acallaron por el tronar de un gigantesco reactor de pasajeros que silbó sobre
ellos al enfilar la cercana cabecera de pista del aeropuerto.
Contempló la noche rememorando la perfección del cuerpo desnudo
que apareció como en sueños abriéndose paso entre impalas y gacelas; recordó
que podía haberlo hecho suyo con tan sólo alargar la mano; lo imaginó ahora
tendido en la gran cama, bajo la incitante luz rojiza, entregado sin reservas a
la suerte insolente del jovenzuelo imberbe, y sintió una puñalada de rencor y
despecho en la boca del estómago.
—¿De qué te quejas? –murmuró para sí–. Tú lo has querido...
Él lo había querido. Permitió que el ahusado cuatrimotor
remontase definitivamente el vuelo llevándose a Lady Ann y Sir Thomas de
regreso a Europa, y cuando la cola se perdió de vista entre las negras nubes
que amenazaban tormenta sobre Abidján, se sintió más triste que nunca; más
abandonado, porque en los seis meses transcurridos se había acostumbrado a
considerarlos su nueva familia, la única que había tenido, pues Sir Thomas
Rigby era el reflejo exacto de lo que le hubiera gustado que fuera su padre, y
Lady Ann Brooks había tenido para con él la comprensión y la ternura de una
hermana.
De nuevo estaba solo, sin más compañía que el silencioso y fiel
Suílem y los elefantes que aguardaban la muerte, pero había tomado conciencia
de lo que deseaba; se abría paso en su ánimo el ansia del regreso, la necesidad
de desandar lo andado; de revivir lo pasado; de reencontrarse con su primer
destino allí donde se había roto, y al día siguiente tomó un avión hacia Dakar,
el primer puerto africano que vieron sus ojos, su primera costa bordeada de
palmeras y el primer olor denso, pegajoso, excitante, de calor tropical que
aspirara tras los amargos y duros años de la sucia Europa.
Aguardó un maderero, tan viejo y herrumbroso como el “Pueblo”,
tan cansino y cansado; con idéntica tripulación de marinos hastiados de fregar
cubiertas y pulir metales impulibles; con un anciano contramaestre que parecía
hermano gemelo del anciano contramaestre de su barco, y pagó a un capitán
cubano para que le hiciera un hueco en su mugrienta cáscara de nuez, la misma
cantidad que hubiera tenido que pagar por un camarote de lujo en el rápido
transatlántico de recreo atracado en el muelle vecino.
—¿Cómo no, hermano? –aceptó, encantado, el mulato–. ¿Quién soy
yo para discutir tus gustos...? ¡Sobrecargo...! Búsquele una litera al
míster... Viajará con nosotros hasta Barcelona.
La sirena del barco llamó tres veces.
Su eco resbaló sobre la quieta laguna, se deslizó bajo el
puente, rozó la proa de la piragua del pescador indígena, inquietó de nuevo al
león y rebotó contra la maciza torre en la que una ventana de tenue luz rojiza
parecía destacar, acusadora, del resto del edificio.
—La estará desnudando. La tenderá en la cama, besará su pecho y
morderá la punta de sus duros pezones...
¡Dios santo! ¡Qué hermosa estaba entre las gacelas...!
—¿En qué piensa...?
Alzó el rostro a la ventana aún iluminada y los bajó de nuevo a
los ojos que le observaban burlonamente inquisidores.
—¿De verdad lo pensaba? –En el tono de su voz predominaba un
deje de reproche–. ¿Creyó que me había ido a la cama con el suizo?
—Los vi marcharse juntos...
—Lo saqué del casino porque le cambió la racha y empezaba a
perder...
–sonrió divertida–. Aun así, ganamos ocho mil trescientos
francos...
—¿Ganamos...?
—Me prometió el diez por ciento si no le abandonaba... Decía que
mis tetas ponían nervioso al “croupier”.
Abrió un poco más su escote, mostrando, al hacerlo, que el leve
vestido se mantenía sin más soporte que el erguido pecho, y enseñó un puñado de
billetes.
—¿Qué le parece? Ochocientos francos... ¿Nos los jugamos?
—No tengo ganas de volver ahí dentro... ¿Ha visto cómo se
refleja la luna en la laguna...?
La observaron juntos largo rato, escuchando también juntos los
ruidos de la noche de Abidján; sintiendo correr a sus pies el ancho desaguadero
de la enorme piscina que caía en cascadas a lo largo del gigantesco jardín,
perdiéndose entre vueltas y revueltas, acacias, sicómoros, rosales, pequeñas
ceibas y cuidados parterres de las más extrañas flores.
—Hermoso jardín... –comentó Nina–. Uno de los más originales que
conozco... ¿Había visto alguna vez una piscina semejante...?
Tardó en responder. Paseó la vista a su alrededor; alzó de nuevo
los ojos a la ventana iluminada, los bajó al agua tibia y rumorosa, los posó en
el rostro de Nina, tras ascender muy despacio por sus esbeltas piernas, sus
caderas y su rotundo pecho, y preguntó: —¿Se atrevería a hacer el amor en la
piscina...?
Faltaban dos horas para el amanecer cuando emprendió la marcha.
La ciudad aún dormía, aunque, al cruzar Adjamé, los primeros madrugadores
comenzaban a abandonar sus casas camino del trabajo y en el puerto las grúas
chirriaban ya y las sirenas anunciaban la próxima partida de los barcos.
Una mulata soñolienta le atendió en el mostrador de
“Air–Afrique”, y le envió al de “KLM”, la única compañía que contaba con un
vuelo mañanero hacia el Este.
—Salimos dentro de una hora, con destino a Accra, Lagos y
Douala.
Allí podrá enlazar mañana con el vuelo de “Air–Zaire”... –le
informó un rubio uniformado.
Sacó un pasaje, y cuando le rogaron que colocara en la balanza
su equipaje, se limitó a dejar sobre ella el pesado “Holland–Holland Express”.
Le observaron con un cierto escepticismo burlón, y mientras se
alejaba hacia los amplios sillones de la sala de espera, imaginó sus
comentarios, confundiéndole con un turista idiota de los que aún creían que
África era un continente inexplorado en el que tan sólo prevalecía la ley de la
selva y de las armas.
Advirtió cómo reían y cuchicheaban entre sí, mientras examinaban
la funda de cuero, pero se sorprendió cuando, al alzar la cabeza del libro, se
encontró frente a la figura del uniformado rubio que le observaba con un
periódico en la mano y un respetuoso aire de admiración.
—¿Me firmaría un autógrafo, señor Rhin? –pidió.
—¿Un autógrafo...? –repitió–.
Nunca he firmado ninguno.
El otro tomó asiento frente a él y le tendió una libreta y un
bolígrafo.
—Perdone que no le reconociera antes –señaló–. Pero no había
leído el periódico de la mañana... ¿De verdad va a matar a “Abdullah”?
Tomó el ejemplar que el otro tenía en la mano, lo desplegó y
echó un vistazo al amplio reportaje que le dedicaban –con profusión de
fotografíasen la tercera página. No cabía duda de que el periodista había
puesto una gran dosis de fantasía en su relato, describiéndole como una especie
de héroe mitológico que venía a acabar con todas las lacras de África por el
expeditivo procedimiento de destruir a un elefante que arrastraría en su caída
a un tirano, que arrastraría a su vez tras él todas las injusticias, crueldades,
miserias y oprobios del continente.
—Este tipo está chiflado...
–comentó.
—Pero usted va a matar ese elefante, ¿no es cierto?
—Primero tengo que encontrarlo...
—¿Y se va así, sin más compañía ni equipaje que esa escopeta?
Sonrió: —Desconfíe de los cazadores muy pertrechados...
–señaló–. Senoussi andaba solo, descalzo y con un viejo fusil de pistón que
cargaba por la boca con balas que él mismo fundía.
—Pero “Abdullah” es peligroso...
—Sólo su nombre –señaló–. El resto pertenece a un pobre animal
que ya debe de estar muy, muy cansado.
—¿Y sus compañeros...? Estos de los que habla el reportaje...
¿Marengo, Niklaus, la muchacha...?
Sonrió al imaginar su sorpresa.
Cuando quisieran reaccionar, se encontraría ya en Douala, y para
el momento en que se decidieran a seguirle, otro avión le habría depositado tan
cerca de los Montes de Marfil, que resultarían inútiles todos sus esfuerzos por
alcanzarle.
Se volvió al rubio y le observó atentamente, intentando
descubrir hasta qué punto podía fiarse de su discreción.
—¿Me haría un favor?
—Desde luego, señor Rhin. Sería un honor...
—Dentro de un par de horas, llame al “Hotel Ivoire”, pregunte
por la señorita Van Der Bruner, y dígale que me he ido. No le descubra mi
itinerario... Que se limite a aguardar noticias mías... En quince días sabré lo
que ocurre con “Abdullah” ...
—¿Quince días...?
—Exactamente, hermano, quince días... En una semana estaremos en
Tenerife, y en otra, habremos llegado a Barcelona... Este viejo cacharro no da
para más...
Acodados en el puente de mando, junto al timonel, contemplaban
la costa africana que hora a hora iba cambiando del verde lujuriante de las
selvas senegalesas al pardorrojizo, y más tarde al amarillo blanquecino de las
costas saharianas, que se perdían de vista, tierra adentro, hacia el confín del
desierto.
A popa, el cocinero y dos marineros japoneses pescaban atunes, y
la emoción no parecía estar en la fácil captura, sino en la dificultad de
izarlos a bordo antes de que los tiburones los dejaran reducidos a la simple
cabeza.
De vez en cuando, uno de esos tiburones se tragaba el atún
completo, convirtiéndose, por tanto, en presa a su vez, pero le bastaban un par
de coletazos y dos tirones para romper en pedazos el sedal entre las
maldiciones de los marineros.
—Ésa es nuestra vida –señaló el capitán–. Años y años de
recorrer la misma ruta, pescar los mismos atunes y acostarnos con las mismas
putas en idénticos puertos...
—También yo fui marino... Aún me duelen los riñones de fregar
cubiertas... Lo cambié por África.
—No me gusta África. Puertos sucios, putas sifilíticas y negros
pendencieros... Afortunadamente, aún se les puede dar una patada en el culo,
pero el día que alcancen la independencia no habrá quien vuelva por estas
tierras... ¡Ah, donde esté mi Caribe...!
No respondió. No creía que fuera posible explicarle en quince
días de viaje lo que significaba África a un capitán de barco que tan sólo
había sabido captar la suciedad de sus puertos o las enfermedades de sus putas.
Lo que el cubano describía no era África. Los puertos no
pertenecían a ningún continente, y en los años que pasó en el “Pueblo” llegó al
convencimiento de que igual daba atracar en Hamburgo, que en Barcelona, Dakar o
Alejandría. Cambiaba el idioma, el color de la piel o el modo de vestir, pero
los barcos eran siempre los mismos, como eran los mismos los marineros, las
putas y los capitanes.
Guardó silencio contemplando aquella misma costa desolada que
contemplara desde el “Pueblo”, mientras trataba de sacarle brillo a una
cornamusa tan desgastada por el salitre, que todos sus esfuerzos por
adecentarla resultaban inútiles.
Intentó hacerse una idea de lo que podría haber cambiado su
madre en ese tiempo. En primavera, habría cumplido cuarenta y tres años, y para
una mujer de su figura y estilo, que se mantenía en línea con el ballet y los
largos paseos, no eran muchos. Casi la misma edad tendría Lady Ann, y debía
reconocer que era una de las mujeres más atractivas y llenas de vitalidad que
conociera nunca.
—Yo soy el que en verdad ha cambiado... –se dijo–. Me fui siendo
un niño y regreso un hombre que ha matado más de trescientos elefantes. Soy
casi diez centímetros más alto, peso treinta kilos más, me salió la barba y se
me oscureció el cabello... No podrá reconocerme. Soy, en todo, otra persona...
Se preguntó qué habría sido de su madre en esos años. Pensó en
Cristina y en si seguirían juntas, pero instintivamente rechazó la idea, sin
querer aceptar la realidad de que tendría que enfrentarse a ella con la
entereza que Sir Thomas había pretendido inculcarle.
—Ni siquiera usted tiene derecho a intervenir en su vida íntima
–había insistido una y otra vez–. Nadie puede juzgar.
Recordaba bien esas palabras. Ella misma las había dicho aquella
noche, cuando hablaron durante horas antes de quedarse dormida; antes de que él
escapara para no volver en tantos años.
—No tienes derecho a juzgarme –se había quedado–. Nadie que no
haya sufrido lo que yo sufrí durante los años que estuve casada con tu padre,
tiene derecho a juzgarme... Cristina me ha dado lo que nunca tuve: comprensión,
protección y ternura, y eso es lo que siempre he necesitado.
—¿A cambio de qué, madre...? Explícame a cambio de qué, que no
puedo entenderlo.
—Tampoco entenderías lo que tu padre pedía a cambio de sus malos
tratos, su bestialidad y sus borracheras.
—¿Pero la amas...? ¿La amas como puedan amarse un hombre y una
mujer...? ¿Como se aman las parejas en el parque o en el cine?
No obtuvo respuesta, o al menos no la recordaba. Había sido todo
tan confuso, que se mezclaban la realidad y la fantasía en su memoria. Tal vez
sí, tal vez hubo respuesta; su madre le confesó que amaba a Cristina, pero su
subconsciente se negaba a admitir que lo había oído y lo rechazaba. No lo
sabía, ni quería martirizarse más con ello. Ahora estaba allí, contemplando la
costa arenosa que iba quedando atrás con desesperante lentitud, y quizá dos
semanas más tarde obtuviera una respuesta a todas sus preguntas.
Dos semanas.
No era mucho para internarse en el corazón de la más intrincada
espesura de África, ascender por las encrespadas paredes de roca y desembocar
en la áspera altiplanicie fangosa y húmeda, donde las botas se hundían hasta
media caña, y las huellas de los elefantes destacaban como pequeños cráteres en
el barro empapado hasta que la siguiente lluvia los anegara por completo.
—Si ha llovido mucho, será un infierno –comentó para sus
adentros–.
Si ha llovido, no encontraré a ese maldito animal, si es que
existe...
Llovía en Douala cuando aterrizaron. Llovía a cántaros, pero eso
no lo inquietó, porque rara era la tarde sin lluvia que recordaba de Douala, y
las lluvias del Camerún nada tenían que ver con las lluvias de los Montes de
Marfil.
Al anochecer escampó, y salió del hotel paseando sin prisas
hasta la plaza de Akwa, donde aún permanecían abiertos los comercios, lo que
aprovechó para pertrecharse de cuanto necesitaba: una caja de municiones, una
mochila, un bote hinchable, una muda de ropa, otro par de botas y algunos
víveres; muy pocos. No más de quince kilos entre todo, lo que unido a los ocho
del “Express”, ya era más de lo que deseaba llevar a través de las selvas,
montañas y barrizales.
Cenó en la terraza del pequeño restaurante parisiense frente al
“Hotel Akwa”, a espaldas de la gasolinera, y sonrió imaginado los comentarios
de Ahmed ante la fuente de patatas fritas con que hizo acompañar la enorme
ración de camarones del Wourri, que daban nombre al país, nadando en una salsa
levemente picante.
—¡Grasa! –clamaría indignado–.
Más grasa a la tripa.
Permitió que dos putitas negras, de las que proliferaban en la
Douala de los últimos años como hongo crecidos bajo la lluvia de la
Independencia, vinieran a sentarse a su mesa, a autoinvitarse en su afán de
convencerle de la maravillosa noche que podrían pasar junto en la casa de la
más vieja de las dos, y les dio cuerda un rato, hasta que aparecieron dos
chulos de camisas brillantes que se apresuraron a interpelar violentamente a
sus “pupilas” recordándoles que no estaban allí para dar charla a un estúpido
blanco, sino para ganarse la vida honradamente y ayudar a ganársela a ellos
mismos.
—¡Id en busca de marinos! –ordenaron por último–. ¡Hay un barco
ruso en el puerto...!
Cuando el cuarteto se alejó hacia el puerto, experimentó un
ramalazo de nostalgia al rememorar la Douala de treinta años antes, en la que
compró un “Holland–Holland” con el que había matado más de mil elefantes, y que
le aguardaba ahora sobre la cama del hotel, a la espera de emprender al día
siguiente la más importante de sus cacerías: la del rey de los elefantes:
“Abdullah”.
No había putas entonces en Douala, o si las había, eran putas
discretas, que aguardaban en sus chozas del barrio indígena la esporádica
visita de algún colono blanco llegado de las explotaciones madereras del
interior, o de la soledad de las selvas, hambriento por una presencia femenina.
No había tampoco chulos, pues su sola presencia indignaba a las
autoridades coloniales, no porque su existencia fuese contra el sentido de la
moral o de la justicia, sino porque su orgullo racista les impedía aceptar que
un negro pudiera quitarle a una negra el dinero que ésta le había quitado a un
blanco.
—Hace treinta años, a ese par de tipos los hubiese perseguido a
gorrazos hasta la selva...
Eructando aún los camarones, se metió en el cine de la esquina,
a ver un “western” en el que un tipo fumaba una larga tagarnina y se cubría el
cuerpo con un sucio poncho, ocultaba bajo ese poncho una plancha de hierro
contra la que rebotaban inútilmente las balas del rifle de su enemigo, al que
iba aproximándose lentamente, aguantando impasible tiro tras tiro, hasta
colocarlo al alcance de su revólver, y abatirlo de un solo balazo en la frente.
Agitó la cabeza admirado por la calenturienta imaginación del
guionista, calculando lo que ocurría con el héroe de la historia si el tipo de
enfrente hubiese tenido en las manos su “Holland–Holland”.
—Del primer zambombazo atraviesa la plancha de hierro, a él, y a
la casa de enfrente, y lo manda a la frontera de México.
Pasó, sin embargo, un rato agradable, y comprobó que en el viejo
cine habían desaparecido las antiguas barreras que separaban el lugar reservado
a los blancos del resto del público.
Significó un grave problema aquella barrera el día que quiso
entrar con Suílem y sus muchachos, tras largos meses de cazar juntos por los
lados del Benué y regresar con una fortuna en marfil que se habían ganado
luchando hombro con hombro.
No dejaban pasar a sus hombres al lugar de los blancos, y si se
sentaba entre los negros, al día siguiente ningún blanco de la ciudad querría
tratos con él.
Aguardó junto a la taquilla a que se pusieran en venta las
entradas de la función siguiente y las compró todas. Chaplin se hubiese sentido
feliz de asistir al espectáculo que significaban ocho negros y un blanco
desternillándose de risa entre las desventuras del “Gran Dictador” en una
enorme sala totalmente vacía.
Recorrieron luego, bebiendo y cantando, las calles dormidas.
Habían ganado dinero y se lo gastaban porque sabían que en el corazón del
continente, en sus praderas y en sus selvas, vagaban aún muchísimos elefantes
que aguardaban a que fueran a quitarles sus colmillos y ése era un trabajo
hermoso y arriesgado.
En un África que comenzaba a industrializarse; que comenzaba a
imbuirse de formas de vida civilizada, y donde los hombres se acostumbraban a
vivir hacinados en barrios miserables, para acudir en masa a fábricas, obras,
carreteras o plantaciones, ellos seguían siendo un grupo libre, salvaje,
independiente; un grupo que compartía, con su joven cabecilla blanco, las
penalidades y las alegrías del ancestral deseo del hombre de perseguir y dar
muerte a la bestia.
Aún eran cazadores; como sus abuelos, sus bisabuelos y los
antepasados de éstos, nacidos y muertos un millón de años atrás. Aún se
consideraban auténticos y puros, porque en cada una de sus expediciones alguno
moría, y el joven “bwana” exponía la vida por el simple afán de demostrar que
no perseguían al macho únicamente por el marfil de sus colmillos, sino porque
la vida tan sólo valía la pena de ser vivida cuando podía no existir al día
siguiente.
Suílem, Dongoro, Ahmed, Fulani, Wam–Bu, el tuerto karibiti,
Jaliffa...
Todos, excepto Ahmed, habían muerto muchos años antes; Suílem,
por salvarle la vida; Wam–Bu, mordido por una serpiente: una mapanare con la
que jugaba como venía jugando con ellas desde que era niño; los demás, ahogados
en los torrentes y los pantanos de los Montes de Marfil.
—No te molestes, “bwana” –le atajó Wam–Bu, cuando quiso montarlo
en el camión y volar al lejano hospital, a tres días de marcha–. Me ha mordido
en el cuello, no hay esperanza...
Despídeme de mis mujeres y mis hijos... Diles que pensé en
ellos, y dales el dinero que me corresponde en este viaje... ¡Adiós, amigos...!
Adiós, Jonathan...
Se sentó frente al fuego y ocultó entre las manos su ancho
rostro, que comenzaba a hincharse, tumefacto e irreconocible. Gimió por dos
veces y su gemido llenó la noche y el espanto de sus amigos, que le observaban
inmóviles. Luego, a los diez minutos, se inclinó muy despacio y cayó de
costado, muerto.
Seis viudas y catorce huérfanos porque unos hábiles dedos se
descuidaron un instante en cuarenta años de juguetear con serpientes. Wam–Bu
era de origen dahomeyano, descendiente directo de los poderosos Ashantis que un
día dominaron la costa oeste de África, y las serpientes eran para él, no sólo
el animal sagrado de su pueblo, cuya vida había que respetar aun por encima de
la propia, sino la amiga y protectora del hogar y la familia; de los hijos y él
mismo; seres divinos a los que se podía manipular con cariño y cuidado; con la
fe y la seguridad de que jamás morderían si se creía en ellas con la fuerza
necesaria.
Tal vez Wam–Bu no tuvo fe esa noche, o tal vez la perdió por
completo cuando se supo muerto por el ser que había adorado desde niño...
—... Tal vez los Sondas dejen de creer en la divinidad de
“Abdullah” el día que se convenzan de que “Abdullah” les está haciendo la
puñeta...
Paseó despacio en la noche hasta el “Hotel del Relais Aeriens”,
en cuyo pequeño bar se tropezó con la tripulación que le había traído desde
Abidján. Cuchicheaban entre ellos, y le invitaron a unirse al grupo. Eran
holandeses, altos y delgados ellos; rubias y hermosas ellas, afable y
respetuoso el comandante.
—Nos aseguraron en Costa de Marfil que es usted el último gran
“cazador blanco” de África... –comentó una de las muchachas.
—Quedamos pocos, pero no creo que sea el último... Lo que ocurre
es que ahora es más difícil. Nadie, aunque quisiera, podría matar mil
elefantes...
—En nuestro país se puede ir a la cárcel por matar a un perro.
—Y en Sudáfrica no se va a la cárcel por matar a un negro... Y
una gran mayoría de sudafricanos son de origen holandés... Todo es cuestión de
costumbres. Es algo que aprendí hace años... Aquí, geográfica y moralmente,
estamos a mitad de camino entre Holanda y Sudáfrica...
Uno de ellos, tal vez el ingeniero de vuelo, pareció molestarse
y fue a responder agriamente, pero el comandante intervino, apaciguador:
—Dígame... ¿Qué se siente ante semejante número de muertes?
—Fatiga. Una indescriptible impresión de vacío y fatiga...
—Entiendo... A mí me ocurre lo mismo recorriendo el mundo en
esta vieja cáscara de nuez que cualquier día se hundirá para siempre dejándonos
agarrados a esos malditos troncos...
¡Treinta años de puerto en puerto, perdida toda esperanza de
conseguir un barco mejor...! ¡Mierda, hermano!
Bebamos hasta caer borrachos...
Bebieron hasta arrastrarse por las calles de Tenerife, de barra
en barra por los cuchitriles del Barrio del Cabo, para concluir en el “Bar–Cos”
de la calle Candelaria, saboreando el excelente whisky auténticamente escocés
que el régimen de puerto–libre permitía a la isla.
Había resultado una larga, pesada y tensa semana. Se levantó el
poniente frente a Cabo Blanco y no les abandonó hasta que estuvieron ya a la
vista de Cabo Juby, donde captaron el S.O.S. de un carguero francés
embarrancado a sesenta millas al norte de Tarfaya, en los traidores bajíos de
Puerto Cansado.
Acudieron en su ayuda con un mar que golpeaba de babor
impidiendo cualquier maniobra, sin poder hacer nada más que fondear a la espera
de que amainara el viento y el agua, viendo cómo gigantescas olas rompían una y
otra vez contra el casco de la embarcación varada, machacando con tal ímpetu,
que al segundo día las primeras planchas del casco saltaron de sus remaches,
por el hueco entró agua, y rebotando en las entrañas mismas de la nave, las
olas elevaron al aire las cubiertas, desparramando cuanto guardaba en las
bodegas.
—¡Es un monstruo! ¡El mar es un monstruo...! –masculló el
capitán–.
De buena gana hundiría mi barco y me iría con usted a cazar
elefantes si es que piensa regresar al continente...
—Regresar... –afirmó–. Naturalmente que regresaré. Ahora sólo
quiero ver de nuevo Europa, pero antes de seis meses estaré de nuevo en casa...
—¿Y dónde está su casa exactamente...?
Se encogió de hombros: —Toda África es mi casa... Se me puede
localizar en Douala, Fort–Lamy o Stanleyville, pero cualquier lugar es bueno
para mí...
–Se sirvió un nuevo trago del excelente whisky del “Bar–Cos”,
rogó al dueño –un catalán– que le echara un poco más de hielo, y continuó–:
Ando errante, pero algún día, cuando tenga suficiente dinero, compraré un lugar
maravilloso que conozco: una pradera inmensa, salpicada de colinas de piedra
negra atravesada por un río en el que se bañan centenares de hipopótamos...
Toda África era su casa... Comprendió que un continente no puede
ser una casa, y si quería ser sincero consigo mismo, debía admitir que nunca,
desde que guardaba memoria, había tenido un hogar como lo tienen la mayoría de
los seres humanos.
De niño, la gran mansión en la que se crió, fría y hostil, salvo
durante las ausencias de “el Coronel”. Más tarde, el internado: tres años de
ver transcurrir semana tras semana, a la espera de las cuatro de la tarde del
sábado, cuando su madre hacía su aparición en la minúscula estación del pueblo,
y por último, el apartamento de la ciudad; la casa con la que soñó durante sus
días de colegio, y en la que no llegó a dormir ni siquiera una noche, pues ya
el amanecer le sorprendió en el camino, viendo cruzar barcazas cargadas de
basura por un ancho río aceitoso.
Vagar sin rumbo hasta llegar al “Pueblo”, con su sucio
camaranchón del sollado de proa; los barracones de la explotación maderera de
orillas del Ogooué, y los infinitos campamentos o las noches al rasco durante
sus largas caminatas en pos de los grandes machos... Nada más...
Iba a cumplir veintiséis años, y sus pertenencias se reducían a
un pesado “Express” de dos cañones, y cosas sin importancia que iba dejando
aquí y allá, y aquí y allá iba comprando cuanto necesitaba. Ni hogar, ni
dirección, ni siquiera un apellido auténtico, porque el que tenía era falso,
aunque ya estaba tan acostumbrado que casi había olvidado el que llevó en un
principio.
El de su padre –de exótica pronunciación latinoamericana–
constituía tal trabalenguas para sus profesores y compañeros, que habían
optado, de común acuerdo, llamarle por el más normal y lógico de su madre
–Newsky–, pero tanto uno como otro le hacían daño; traían demasiados recuerdos
amargos a su memoria, y por eso fue por lo que –el día que el contramaestre del
“Pueblo” le pidió un nombre con el que registrarlo a bordo– no se le ocurrió
otro que el del río cuyo gran puerto acababa de dejar atrás: Rhin...
—Curioso apellido –comentó el viejo–. Suena falso a una legua,
pero allá tú con tus problemas... ¿Te busca la Policía...?
—No, que yo sepa...
—Todo está bien entonces... Más adelante te proporcionaré
cartilla de embarque... Si eres tan loco como para querer navegar en este
barco, no seré yo quien te ponga trabas...
—¡Newsky!
—¿Diga, señor...?
—¿Se puede saber en qué está pensando, Newsky...? De lunes a
viernes es usted un alumno excelente, pero los sábados se diría que el asiento
le quema el culo o le hipnotiza la ventana... ¡Vuelva con nosotros...! Aún
faltan cinco horas para que llegue su madre...
Antes de la comida, el mismo profesor lo llamó a un lado, le
pasó el brazo por el hombro y pasearon juntos hacia el fondo del campo de
deportes.
—Les vi el domingo en la estación... Una mujer realmente
encantadora... ¿Murió su padre, Newsky...?
—No, señor... Vive en Sudamérica...
—Entiendo... ¿Están divorciados...?
—Sí, señor... Hace dos años...
—¡Una lástima...! Una verdadera lástima... Lo echará mucho de
menos...
—En absoluto, señor... Era un hijo de puta...
El circunspecto y estirado profesor de Química, tan imbuido de
su importancia que jamás sospechó que sus clases se emplearan en hacer circular
de banco en banco revistas semipornográficas e historietas de aventuras, se
detuvo en seco, asombrado, y se volvió a contemplar a su alumno con los ojos
dilatados tras sus enormes gafas de concha.
—¡Newshy...! –exclamó, indignado–.
¿Dónde aprendió usted ese lenguaje...?
—En casa, señor... Mi padre lo repetía constantemente, aunque él
lo decía en otro tono, más rápido, contrayendo la frase... “Hijo–é–puta”...
Se lo decía a todo el mundo: a los criados, a mi madre, a mí
mismo...
El profesor dudó. Se le advertía desconcertado; incapaz de
discernir si Jonathan hablaba en serio, amargamente, o le tomaba el pelo con
una elegancia demasiado sutil para su capacidad de apreciación. Comenzaba a
arrepentirse de su demostración de interés por los problemas del muchacho,
porque empezaba a sospechar que el muchacho a su vez sospechaba que su
verdadero interés se limitaba a los problemas de su madre, y eso lo colocaba en
una posición falsa.
La mujer le había impresionado, no cabía duda. Mintió al decir
que los vio juntos el domingo anterior. En realidad, llevaba varios sábados y
domingos tratando de propiciar un encuentro que le permitiese entablar contacto
con la espléndida señora, pero su timidez, por un lado, y la absoluta
indiferencia de Jonathan por otro, abortaron sus maniobras de aproximación.
Debía reconocer que aquel muchacho, al igual que su madre, le
ponía nervioso. De ambos emanaba una especie de altivez innata; un misterioso
efluvio que los hacía parecer distintos, superiores al resto de los mortales, y
cuando se encontraban juntos –como tantas veces los había visto en la estación,
el parador o los caminos del bosque– se diría que formaban una casta aparte, un
mundo propio e íntimo que nada tenía que ver con el resto de los seres humanos
que los rodeaban.
Y para el solitario y onanista profesor, que apenas había
mantenido más contactos femeninos en su vida que el de sus tías solteronas y
aventuras de prostíbulo, la aldea de iniciar algún tipo de relación con aquella
hermosísima divorciada, que quizá se sintiera tan sola y vacía como él mismo,
comenzaba a obsesionarle; le daba vueltas en la cabeza durante las horas de
clase, y las frías noches de su diminuta habitación del último piso del
colegio, habitación impersonal y mustia, idéntica a la de otros muchos profesores
igualmente mustios e impersonales, que veían transcurrir los mejores años de su
vida desasnando mocosos alborotadores sin que nadie pareciese adivinar la
tremenda capacidad de ofrecer amor –espiritual y físico– que guardaba en su
alma y en su cuerpo.
Pero ahora, cuando al fin se había decidido a dar un paso que le
aproximase a Jonathan, captándose su confianza para conseguir de ese modo
aproximarse más tarde a su madre, se sentía resbalar sobre un terreno
peligroso, incapaz de decidir si el joven Newsky había adivinado desde el
primer momento sus intenciones, y estaba tomándole el pelo con la misma
naturalidad con que el profesor experimentaba la sensación que lo hacían la
inmensa mayoría de sus interlocutores.
“¿Por qué? –se repetía una y otra vez–. ¿Por qué no me aceptan
mis alumnos y no logro interesar a nadie, ni imponer respeto, ni despertar
amor...? ¿Por qué, si soy inteligente, y culto, y sensible, y bueno, y
comprensivo...?
Observó largamente al muchacho, al que instintivamente había
retirado el brazo con que lo tomó por los hombros al inicio de su conversación.
—No debería hablar así de su padre –comentó–. Aunque esté lejos
y se haya divorciado, sigue siendo su padre...
—¿Estás seguro...?
Ahora sí que, realmente, el profesor no tuvo respuesta. La
pregunta había sido hecha con tanta serenidad y con expresión tan inocente, que
de nuevo le asaltó la duda, y hubiera dado un dedo por saber si se estaba
burlando de él o no.
—Parece que llaman a comer... –fue todo lo que supo decir–. Es
mejor que se vaya...
Esa misma tarde, mientras merendaban, Jonathan mostró a su madre
al profesor, que cruzaba la calle dando cómicos saltos bajo su viejo paraguas y
esquivando los charcos que dejara el último aguacero.
—”La Grulla–Aldeídica” está loco por ti... –comentó–. Ya no sabe
qué inventar para conocerte...
—Parece un pobre hombre...
—Tiene su habitación llena de revistas de mujeres desnudas...
Dicen que estudiaba para cura y se salió...
Si continúa intentando aproximarse a ti, lo mato...
—¡Jonathan...! –protestó–. ¿Por qué dices esas cosas?
—¿Imaginas que te dé la mano un tipo que se la pasa haciendo
porquerías con una revista delante...?
Le miró severamente, con una severidad que nunca había
encontrado antes en sus ojos, tan dulces y profundos.
—Eso denota una gran incomprensión y crueldad por tu parte
–señaló con voz dura–. No creo que hayas visto lo que hace a solas, y si lee
revistas de mujeres desnudas, tiene edad y criterio para ello... Muchos seres
humanos no encuentran lo que hubieran deseado tener en la vida, y buscan en
libros y revistas una evasión a esa realidad.
No son peores por eso; tal vez, si acaso, más débiles...
–Observó cómo el ridículo hombrecillo se alejaba bajo su paraguas, esquivando
las salpicaduras de los coches y saludando ceremoniosamente a cuantos se
cruzaban en su camino, y añadió–: Si conocerme puede hacerle más feliz, deja
que me conozca, porque eso a mí no va a ofenderme, ni perjudicarme, ni cambiar
un ápice mi vida, y no son muchas las oportunidades que tenemos de hacer algo
por nuestros semejantes... ¿No estás de acuerdo...?
Sintió vergüenza por sí mismo y orgulloso por ella. Por años que
pasaran, por mucho que creyera conocerla, siempre le sorprendía; siempre tenía
algo que enseñarle; una nueva forma de ser más justo, más honesto, mejor, o más
comprensivo...
Corrió por las calles cubiertas de charcos, sin importarle las
salpicaduras de los vehículos, en pos de la lastimosa figura que se perdía de
vista en la distancia.
—¡Profesor, profesor! –llamó.
—Profesor Zesky –se presentó a sí mismo–, Igor Zesky, ex
catedrático de la Universidad de Praga... Expulsado por borracho... –puntualizó
cínicamente–. ¿Me invita usted a una copa...? Hace meses que no pasa un blanco
por este miserable agujero, y los negros me desprecian...
—¿Por qué no se marcha...?
—¿Cómo...? Estoy “varado”...
¿Sabe lo que es un hombre “varado”...? Un ser clavado en un
lugar, lejos de su ambiente, hambriento y embrutecido, sin medios, ni voluntad
para regresar a su mundo o recuperar su propia estimación... ¿Ha visto alguna
vez alguien más hambriento o embrutecido que yo, ni más lejos de su ambiente
que un catedrático checo en el corazón de la selva africana...?
—¿Cómo llegó hasta aquí?
—Borracho... ¿Cómo si no...? ¿Me invita a esa copa?
Hizo un gesto a un cantinero negro para que sirviera al despojo
humano que se había sentado a su mesa y el otro acudió con un sucio vaso y una
botella mediada de un ron que saltaba los ojos sólo de olerlo. Sirvió con
desgana: —Tenga cuidado, “bwana” –advirtió–. Este blanco es un borracho ladrón,
mugriento y hediondo... Habla bonito, pero engaña a la gente... Le robará su
marfil y hasta la escopeta si se descuida...
Era la primera vez que oía a un negro hablar así a un blanco,
sin que éste se alzara de su asiento y lo matara allí mismo. Años más tarde
tendría que acostumbrarse con la llegada de la Independencia, pero, por aquel
entonces, la Independencia era una lejana quimera a la que pocos nativos
aspiraban y, por lo general, un blanco seguía siendo un blanco, miembro de la
raza de los conquistadores, merecedor de respeto por muy bajo que hubiera
caído.
Pero el profesor Igor Zesky, ex catedrático de la Universidad de
Praga, expulsado por borracho pese a su juventud e inteligencia, había caído
mucho más bajo de lo que Jonathan pudiera imaginar, y no se inmutó por los
insultos del cantinero de color, limitándose a extender una temblorosa mano
hacia el vaso, esperar impaciente a que estuviera lleno hasta los bordes del
sospechoso brebaje y tragarse éste es un golpe, sin permitir que se detuviera
un instante en su boca como si le aquejara una prisa inaudita por enviarlo
directamente a su estómago y su cerebro.
Permaneció con el brazo extendido a la expectativa, pero el
negro se alejó ostentosamente hacia el mostrador, tras el que se metió dejando
la botella en la estantería y apoyándose en ésta con ademán provocativo.
—Un día mataré a ese negro –masculló, sin rencor en la voz–. Lo
mataré nada más que por beberme su maldito veneno... ¿Probó alguna vez un ron
tan espantoso...? Bastarían tres botellas para dejar ciego a un hombre...
—¿Por qué insiste entonces...?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Estoy alcoholizado, y llevo un año
aquí, sin trabajo y sin dinero, muriéndome de hambre a base de plátanos verdes
y algún loro que cazo en el bosque...
—¿Cómo llegó hasta aquí? Aún no me ha contestado...
—Alguien dijo que esta tierra era buena para el sisal... Cuando
me expulsaron de la Universidad no tenía adónde ir, y me ofrecieron dirigir la
plantación que está en las afueras del pueblo...
—¿Y no era buena...?
—¿La tierra...? Sí, muy buena...
–afirmó, convencido–. Hubiera sido un magnífico negocio...
—¿Entonces...?
—Me lo bebí todo... –Agitó la cabeza ante su incredulidad y
abrió los brazos en un amplio ademán que quería acabar el mundo a su
alrededor–. No se asombre... ¡Me lo bebí absolutamente todo...! Si a los
veinticuatro años fui capaz de beberme una cátedra de la Universidad de Praga,
¿no iba a beberme una plantación de sisal del sur del Chad...?
—¿Otra copa...?
—No gracias, capitán... Creo que ya hemos terminado con el
whisky de la isla.
Abandonaron el bar tambaleándose, y fueron a sentarse en el
bordillo del monumento de la plaza Candelaria, contemplando desde allí el
puerto de Santa Cruz, el mar al fondo, y el iluminado reloj de la torre del
Cabildo, cuyo carillón llegaba hasta ellos, venciendo el rumor de la música de
la terraza del Casino en la que “lo mejor de Tenerife” celebraba la fecha en
que el general Franco se había amotinado contra el Gobierno de la República
Española a pocos kilómetros del punto en que se encontraban.
—¿Sabía que fue en Tenerife donde Franco inició la guerra?
–señaló el cubano.
—¿Qué guerra?
—La española, naturalmente... Estamos en España...
—El primo Orlando se fue a la guerra en España... –Los vapores
del alcohol le nublaban la vista y las ideas–. Se fue a la guerra de España y
nunca volvió.
—¿En qué lado luchó...?
—No lo sé... ¿Qué más da...?
Imagino que estaría en el lado bueno, porque era un tipo
sensacional...
Callaron. Dos parejas atravesaban la plaza, riendo y bromeando,
en dirección a la puerta del Casino. Vestían de fiesta, y una de las mujeres,
alta, morena, con una elegancia innata y grandes ojos verdes, profundos y
pensativos, le recordó a su madre de los mejores tiempos; su madre de la
estación, del parador y de los largos paseos por el bosque.
Sus miradas se cruzaron y le sorprendió encontrar en la de ella
una especie de comprensiva simpatía hacia la triste pareja de marinos
solitarios que veían pasar las horas sentados en una sucia escalinata de una
plaza vacía de un puerto dormido de una lejana isla.
Se puso en pie de un salto, incapaz de resistir la necesidad de
verla de cerca. Mostró un cigarrillo y se aproximó a su pareja: —¿Por favor,
tiene fuego? –pidió.
Se detuvieron. El hombre rebuscó en sus bolsillos y le ofreció
cerillas con unos dedos en los que la nicotina había marcado al fumador
empedernido.
A la luz de la diminuta llama, tan próximos, los ojos de la
mujer se le antojaron más hermosos; mas tiernos; más llenos de un dulce afecto
por cuanto la rodeaba.
Cuando hubo encendido el cigarrillo, el hombre le ofreció la
caja: —Quédesela –rogó.
—No, por favor...
—No encontrará otra a estas horas, y sé lo que es no poder
fumar... Ahí dentro tengo todas las que necesite...
Dudó. No porque no hubiera sido capaz de comprender la
explicación, o porque no quisiera quedárselas, sino porque de ese modo tenía
más tiempo para contemplar a la mujer que aguardaba tomada del brazo de su
marido, sonriendo levemente, animándole a aceptar el obsequio.
Desde la puerta del Casino, al otro lado de la calle, la segunda
pareja llamó impaciente: —¡Pepe...! ¡Margarita...! ¡Vamos...!
—Gracias...
—De nada...
Los vio alejarse y desaparecer en la iluminada entrada que un
portero uniformado franqueó ceremonioso.
El cubano le aguardaba ligeramente sorprendido: —¿Por qué has
hecho eso? Yo tenía fuego...
—Una vez conocí a una mujer como ésa... Era amable con todos;
incluso con la “Grulla–Aldeídica”.
—¿Está borracho?
—¿Borracho? ¿Ahora? ¿Cómo diablos quiere que esté borracho, si
todo lo que he bebido en un mes es ese vaso de inmundo ron a que acaba de
invitarme...?
—¿Quiere que le saque de aquí?
—Es lo único que deseo en este mundo... ¿Adónde se dirige?
—A los Montes de Marfil... ¿Ha oído hablar de ellos...?
—¡Está loco...! Nadie ha llegado nunca a los Montes de Marfil...
—Yo seré el primero... Esos negros son lo mejor del mundo...
Llevan años conmigo, cazando en toda África, y nunca me abandonan... En
Wassaurri contrataré cien Sondas, y me traeré todo el marfil de esos Montes...
—Lo dicho... ¡Está loco...!
¿Lleva whisky...?
—No.
—¿Coñac... ron... vodka... vino...
cerveza...?
Igor Zesky, ex catedrático de la Universidad de Praga, advirtió
cómo su incredulidad iba en aumento a medida que obtenía una negativa tras
otra.
Hizo un gesto de desesperación.
—¿Cómo pretende que le acompañe...? El marfil no se bebe...
—Le vendrán bien unos meses sin alcohol... Le daré un porcentaje
sobre los beneficios y le enseñaré a cazar... Tal vez algún día pueda
establecerse por su cuenta...
—¿Cazador yo...? –extendió el brazo y mostró una mano que se
estremecía como agitada por el mal de San Vito–. ¡Mire esto! Sin beber, hace
años que no puedo ni limpiarme el culo...
—Se le pasará en seis meses... Le garantizo que si llegamos a
los Montes de Marfil, sale sano o se queda para siempre...
Parecía confundido. Su mirada iba de su interlocutor a los
negros, fuertes, atléticos y alegres que aguardaban junto al camión cargado
hasta los topes de armas, víveres, mantas y tiendas de campaña. Luego se volvió
al hosco cantinero y a la botella de ron que el otro parecía proteger con su
fuerte humanidad.
—Seis meses, ¿eh...? –pareció resignarse–. ¿Me invita a la
última copa...?
Hizo un ademán afirmativo al negro que había seguido con
evidente interés la conversación y que se aproximó con la botella en la mano.
Se mantuvo con ella en el aire y escrutó, no muy convencido, el rostro del
checo.
—¿De verdad se marcha? –quiso saber.
—¡Qué remedio...!
El negro sonrió de oreja a oreja.
—En ese caso, invito yo...
—¡Por favor...!
—¡Faltaría más...! ¡Faltaría más, señora...! Para mí es un
placer...
¿Sabía usted que Jonathan es uno de mis alumnos predilectos...?
Un muchacho realmente excepcional, y no se lo digo porque sea su madre o esté
él delante... Es cierto –Alzó el dedo con un ademán que quería ser
cariñosamente amenazador–. Excepto los sábados, claro está... Los sábados se
pone tan nervioso esperando su llegada, que no sabe dónde tiene la cabeza...
¡Claro que lo entiendo! Sobre todo ahora que he tenido el placer
de conocerla. Lo entiendo y lo disculpo...
–Se inclinó hacia adelante, pretendidamente intimista, como si
estuvieran solos en el amplio salón de té–. No todo el mundo tiene una madre
tan encantadora, comprensiva e inteligente como usted...
—¿Cómo puede saberlo, profesor...?
Apenas me conoce...
—Se presiente, señora... Se presiente, a poca sensibilidad que
se posea... Y espero confirmarlo cuando tengamos la oportunidad de tratarnos
más...
—Me encantaría, profesor... Pero imagine qué cara pondrían los
padres de sus otros alumnos... Pensarían que concede privilegios a Jonathan...
—¿Usted cree...?
Le dejaron allí, sentado, esperando la cuenta que se había
empeñado en pagar, cavilando feliz sobre la posibilidad de que los padres de
otros alumnos y el resto de los profesores pudiesen llegar a creer que concedía
privilegios a Jonathan porque lo consideraba algo muy especial gracias a la
amistad que mantenía con su madre, la hermosa, elegante, culta e inteligente
señora Newsky.
Sentirían envidia. No cabía duda de que todos sentirían envidia
por el hecho de haberle concedido el honor de sentarse a su mesa, compartir su
merienda, disfrutar de su compañía, contemplar de cerca sus ojos, su boca y su
rostro exquisito y depositar un beso muy leve sobre su mano en el momento de la
despedida.
Y tal vez con el tiempo...
Sonrió a sus pensamientos mientras rebuscaba en sus bolsillos
unas monedas que dejar de propina; la más espléndida propina que había dejado
en su vida.
Con el tiempo...
Si hubiera alguna forma de conseguir una fotografía de la señora
Newsky... ¡Si existiera alguna fotografía de la señora Newsky desnuda...!
Tuvo que depositar cien francos en la negra mano del vista de
aduanas para que no hiciera demasiadas preguntas sobre las razones de entrar en
el país con un “465” y una caja de balas, y ya en la calle, le pidió a un
taxista que le llevara a casa de Nikos Lotemonte, el griego, el único que
podría proporcionarle en aquella ciudad miserable el vehículo que necesitaba.
Nikos había muerto ocho años antes, pero su hijo, Adonis,
conservaba el negocio, y se mostró tan activo a la hora de ganar un billete
como lo había sido su ilustre progenitor.
—¡Naturalmente que puedo conseguírselo, señor Rhin! –sentenció
limpiándose con un pedazo de estopa las manos llenas de grasa–. Sé quién tiene
el jeep que usted necesita, pero deberá dejar una buena cantidad de fianza. No
puedo estar seguro de que regrese de los Montes...
—Parece que vuelan las noticias...
—En África, ya sabe... La Radio y los periódicos hablan de
ello...
Aquí se odia a Adí–Alí... Constantemente cruzan la frontera
fugitivos de sus carnicerías, y lo que cuentan pone los pelos de punta...
¿Sabía que el año pasado asesinó a más de sesenta mil Sondas...? ¿Y qué me dice
de los hindúes...? Ciento ochenta mil hindúes que habían trabajado toda su vida
en el país, y los expulsa sin permitirles llevarse nada... Cualquier día serán
los griegos, o los franceses...
Es una bestia loca... ¡Ojalá mate usted a “Abdullah”...
—¿Cuánto podré tener ese jeep...?
—Déjeme hacerle esta noche una revisión completa... ¿Cuántos
van?
—Yo solo.
—¿Solo...? –se asombró–. No puedo creerlo... Yo era un niño
cuando pasó usted por aquí la otra vez, pero recuerdo, como si fuera ayer, que
llevaba una expedición impresionante...
Más de cien negros, y aquel tipo loco, el que se emborrachó con
mi padre hasta casi caerse muertos... ¿Qué fue de él?
—¿Zesky?
—Sí...
—Me prometió que no bebería, Zesky...
—Lo sé... –admitió, abriendo apenas un ojo y tratando de
protegerse de la luz con el ala de su mugriento sombrero–. Pero el griego me
empujó asegurando que no volvería a encontrar una gota de alcohol hasta los
Montes...
—Dudo que necesitara empujarle...
—¡No hay nada!, me dijo. ¡Ni poblados, ni caminos, ni siquiera
un ser humano...! Praderas, selvas, pantanos... ¡es eso todo! Tenía que cargar
las baterías...
Hizo un gesto de dolor cuando un profundo bache lo lanzó por los
aires golpeándole la cabeza contra el techo de la cabina, y se volvió con
horror hacia los negros amontonados en la caja, que cantaban a voz en cuello
una monótona tonada mil veces repetida.
—¡Cuán gritan esos malditos...!
–exclamó–. ¿Es que no conocen otra canción...?
—Es la canción del elefante...
–aclaró–. La canción que hay que cantar cuando se anda en la
senda del marfil. Atrae a los grandes machos de enormes defensas... La
escuchará a todas horas y regresaremos con cientos de colmillos...
—...O no regresaremos nunca –señaló el checo–. No regresaremos
como no ha regresado nadie hasta ahora...
—Yo regresaré –afirmó, convencido.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Pero cada vez que su barco toque en Douala, pregunte
por mí... Tal vez le convenza para que se quede en África.
—Gracias, hermano, pero creo que cuando me canse de esto me
volveré a mi Camagüey... Para negros, con mi tierra me sobra... Me compraré un
terrenito, y a plantar caña...
Contemplaron en silencio Barcelona, que se aproximaba por proa,
envuelta en la densa humareda de sus fábricas, con Montjuñc y el Tibidabo
dominando la ciudad extendida a sus pies.
—¡Ahí la tiene! –señaló con una cierta tristeza en la voz–. El
fin de su viaje... Sentiré que nos deje. No suelo tener con quién hablar...
Asintió, inmerso en sus propios pensamientos, recordando las
muchas veces que llegó a aquel mismo puerto en el viejo “Pueblo”.
Le gustaba Barcelona. Le gustaba, pese al horrendo recuerdo de
la casa de putas, y uno de sus pocos placeres de aquellos tristes viajes fue
pasear por las Ramblas, deteniéndose en sus innumerables quioscos de
periódicos, donde podían comprarse libros y revistas de todo el mundo, o ante
los alegres puestos de los vendedores de flores y pájaros.
Y en las noches de verano; en sus solitarias noches de caliente
verano, cuando apenas era algo más que un chiquillo enrolado en un barco
ruinoso sin nadie en el mundo, aquellas gentes que paseaban por las Ramblas,
que se sentaban en los bancos y en las terrazas de los bares o que abrían un
hueco para que bailara con ellos la “sardana” en la vieja plaza flanqueada por
grises edificios que rezumaban años, humedad e historia, le hacían sentirse un
poco menos aislado, menos abandonado, menos solo.
Recorrió los mismos lugares y encontró a idénticas gentes
sentadas en las Ramblas: vendedores de libros que parecían conocer a cada
cliente por su nombre, o conocer sus gustos cuando los veían detenerse ante el
quiosco; floristas que preparaban ramos o regaban macetas y corros de
bailarines al final de la calle, en la empedrada plaza.
Cenó sobre la playa, en “Casa Costas” donde un día le llevara el
viejo contramaestre a probar “una paella como no encontraría otra ni en la
misma Valencia...”, y quiso recorrer de nuevo, sin más testigos que su propia
memoria, la larga y oscura calle Escudellers, en busca de un portal sucio y
mugriento, con olor a comida y orines, con ásperas voces de borracho y fingidos
lamentos de placer.
Pero no encontró la casa. Tan sólo encontró un profundo agujero
rodeado por los descarnados muros de otras casas que parecían exhibir su
vergonzosa desnudez al faltarles los muros contra los que se apoyaron durante
tanto tiempo.
Le alegró no encontrarla y regresó sobre sus pasos, feliz
consigo mismo; ansioso por alcanzar de nuevo las luces y la animación de las
Ramblas, como si al desaparecer de la faz de la Tierra aquella casa, hubiera
desaparecido también de su recuerdo.
No importaba que las mismas putas ocuparan una casa vecina; no
importaba que siguiesen transmitiendo sus sífilis a otros marinos o acabaran
pidiendo limosna a la puerta de un cine. Ya no estaba allí, al fondo de aquel
patio, aguardando en el grasiento sofá.
Ya no estaban allí. Ya no existían.
Sólo existían las Ramblas, y los libros, y las flores, y las
gentes, y los bailarines de “sardanas”, y los antiguos edificios cubiertos de
historia que devolvían con cien ecos las sonoras llamadas de las sirenas de los
barcos en el silencio de la noche.
Bajó hasta la estación, y se sentó en un banco a ver partir los
trenes; a escuchar olvidados silbatos; entrechocar de hierros, jadear de
calderas; llamadas; deslizarse de carretillas cargadas de equipajes y el lejano
pitido de una locomotora que llegaba abriéndose camino por entre la maraña de
raíles y luces de colores que titilaban fantasmagóricamente en la distancia,
más allá del final del andén cubierto.
Y sintió los olores; indescriptibles olores a estación y trenes,
diferentes a todos los olores de este mundo; inexistentes en el África en que
había pasado tantos años; particular y propio, exclusivo de los arcaicos y
queridos trenes europeos; trenes que le traían a su madre cada sábado a las
cuatro de la tarde; trenes que le llevaron muy lejos en una noche aciaga;
trenes en que regresaron a casa avergonzados y vencidos, tristes y humillados,
silenciosamente cogidos de la mano, intentando inculcarse el uno al otro un
valor y un ánimo que no tenían.
¡Trenes! Amados y aborrecidos trenes, que cada domingo, a las
nueve en punto de la noche, se alejaban llevándose a su madre.
—”Salida del expreso con destino a Perpiñán, Marsella, Tolón y
Niza... Andén número tres”...
Atrás quedó la ciudad miserable, indigna de tal nombre, poblacho
inmundo de casuchas de barro y chozas de paja, último lugar habitado, confín de
todos los caminos, pues más allá no se abría más que la pradera reseca, y más
allá, la selva y más allá, pantanos, y más allá, los Montes.
Dos bidones de gasolina y uno de agua brincaban en la trasera
sujetos con fuertes cadenas, y el “Express” dormitaba en su funda, al alcance
de la mano, en el lugar más protegido y tranquilo del vehículo.
El griego se había mostrado tan eficaz como su padre. Trabajó
toda la noche, y con el amanecer subió a su propia habitación, donde le había
invitado a descansar.
—¡Listo...! –exclamó–. O no entiendo de coches, o ése es el
mejor que se puede encontrar en mil kilómetros...
—¿Aguantará?
—Si no ha vuelto en tres semanas, saldré en su busca hasta el
borde del pantano...
Aceptó en silencio y sacó del bolsillo de la camisa un grueso
fajo de billetes.
—Esto para el jeep, y esto para los gastos... –señaló–. Pero no
vayas por el pantano... ¿Conoces el recodo del río, a la salida del cañón...?
El griego soltó un silbido de admiración, como si de pronto
comprendiera algo que le había estado vedado toda su vida.
—¿De modo que era verdad...?
–inquirió–. ¿No hay que adentrarse en los pantanos, sino
ascender por el cañón de ese maldito río...?
Jonathan trepó al asiento del jeep y lo puso en marcha.
Amanecía, y la primera luz comenzaba a iluminar el horizonte frente a ellos,
marcándole el camino. Estrechó la grasienta mano.
—Ése es un secreto a voces, muchacho. Pero como después de esto
no pienso volver a esos Montes, te confirmaré algo que puede hacerte rico...:
Ese maldito río no es maldito más que durante dos kilómetros... –Le guiñó un
ojo y embragó–. Descubrirlo le costó la vida a cuarenta hombres, pero los que
vinieron detrás se acobardaron... “Chao”!
—¡Suerte, y gracias!
—De nada. Ahora todo depende de ti...
—¿De verdad cree que puedo convertirme en cazador?
Sin descuidar la atención del inexistente camino ni aflojar la presión
que mantenía sobre el volante, estudió de reojo la mano que sostenía el
cigarrillo, tan temblorosa, que le costaba trabajo ajustarla a los labios.
—Habrá que aguardar un tiempo, hasta que el pulso se le calme
–admitió–. ¿Qué tal puntería tenía en el Ejército...?
—Ni buena ni mala...
—¿Cómo andaba antes de nervios...?
—¡Bah...!
—¿De reflejos?
—Los que pueda tener alguien que se ha quemado las pestañas para
obtener una cátedra a los veinticuatro años... –Igor Zesky dio una última
chupada a su cigarrillo y lo arrojó por la ventanilla–. Creo que soy el tipo
más negado que haya podido encontrar...
Se interrumpió ante el brusco frenazo, que le lanzó hacia el
parabrisas e hizo prorrumpir en gritos de protesta a los Sondas que abarrotaban
la caja.
Descendieron de un salto, justo a tiempo para hacer una señal al
segundo camión conducido por Suílem.
—¡Todos abajo! –ordenó Jonathan–.
Hay que buscar un cigarrillo... –Se volvió al checo–. Olvidé
advertírselo, pero no vuelva a tirar una colilla encendida en estas praderas, o
acabará con ellas...
Uno de los nativos señaló una minúscula columna de humo que
empezaba a elevarse a unos metros del último camión. Corrieron hacia ella y se
dedicaron a orinar todos a una sobre el naciente fuego.
—Esto es yesca, amigo mío –insistió–. El fuego puede acabar con
miles de animales... Puede incluso correr más que nosotros si el viento
empuja... Ésta es su primera lección: no le tema a los elefantes, las
serpientes, los leones o los leopardos...
Témale al fuego... En esta parte de África témale al fuego más
que al mismo diablo...
—¿Falta mucho para llegar a esos malditos Montes de Marfil...?
—¿Ve aquellos acantilados de granito, allá al Nordeste? Pues más
lejos, al Sur, dicen que comienzan los pantanos... Por allí tenemos que
meternos, y que sea lo que Dios quiera...
—¡Hermoso panorama! –se lamentó–.
¿De verdad no guarda por ahí un trago de nada...?
—Agua...
—Guárdese el agua para apagar el fuego...
Reemprendieron la marcha, cruzaron ante una tranquila manada de
damaliscos de las secas praderas, y a lo lejos distinguieron algunos oryx de
rectos cuernos y patas blancas, habitantes de la semidesértica región que nacía
al Este.
–Abra bien los ojos –señaló–. Entramos en el África de hace mil
años... Quizá seamos los últimos en poder asistir a este espectáculo.
Papiones y kudús; leones y jirafas; leopardos y cebras; ñus de
cola blanca; gacelas de Thompson; impalas y antílopes azules; elefantes en
pequeñas manadas; chacales; rojos jabalíes de río y otros pardos, del color de
la tierra; centenares de poderosos búfalos e incluso docenas de rinocerontes
negros fueron haciendo su aparición en las horas que siguieron, asombrando con
su tranquila presencia a Jonathan, a Igor, e incluso al negro Suílem, el
pistero, que tantos animales había visto en sus años de correrías por los más
apartados rincones del continente.
—Es como un paraíso... –comentó Jonathan a su acompañante, que
dormitaba apoyado en la ventanilla opuesta–. ¡Cómo le hubiera gustado a Sir
Thomas...!
—¿Quién...?
—Sir Thomas Rigby... ¿Leyó su libro, “A orillas del Congo”?
—Oí hablar de él estando en Praga, pero aún no lo habían
traducido al checo... Y mi inglés no es muy bueno...
—Ahora quiere escribir otro sobre Amazonas...
—Quizá yo escriba un libro algún día...: “Cómo el gran Jonathan
Rhin me arrastró, borracho, a los Montes de Marfil”.
—Ya no está borracho... Y no tendrá ocasión de estarlo en mucho
tiempo... Mire esos facoceros... ¿Le apetecería una pierna de cerdo a la brasa
para cenar...?
—¿De qué serviría si no hay un buen vino para acompañarla...?
—Lo suyo es obsesión, amigo mío...
¿Cuándo empezó a beber?
—Exactamente, nueve meses antes de nacer... Mi madre fue la más
famosa alcohólica de Europa durante dos décadas... Murió de un ataque de
delirium tremens cuando yo tenía tres años...
—No pretendía ser indiscreto...
—Y no lo es... No me importa hablar de mí... Creo que eso me
justifica... Mis padres eran rusos... Lo perdieron todo durante la Revolución,
y nunca supieron aceptar el golpe...
Soñaban con los palacios en que se criaron, y al no poder
recuperarlos, los buscaron en una botella de wodka... Eso es lo que llevo en la
sangre: wodka, y si algún día me encuentro totalmente desesperado, me cortaré
las venas y me la beberé... ¡Dios, qué borrachera espero agarrar...!
—Se compadece demasiado de sí mismo...
—Todos lo hacemos, Jonathan. Todos ansiamos ser compadecidos, en
especial por nosotros mismos... ¿No está de acuerdo?
—Cuando tenía su edad, tal vez...
Ahora, ya no. Voy a cumplir treinta y seis años, y en ciertos
aspectos me siento plenamente satisfecho... –señaló hacia adelante, a los
acantilados que se alzaban en la distancia–. Con el marfil que saque de esos
Montes acabaré de pagar mis tierras y me retiraré a mi casa de la colina a ver
pastar las bestias junto al baobab.
—¿Es usted casado...?
—La admiró.
Estaban solos en el compartimiento, dejando pasar la noche más
allá de la ventanilla, abarrotando la pequeña estancia de un humo azulado que
cobraba nuevo cuerpo al mezclarse con el denso y profundo perfume de la mujer,
que cruzaba las piernas y le mostraba el nacimiento de los muslos, y, en
ocasiones, la misteriosa oscuridad que se ocultaba al fondo, entre ambos, más
allá de las medias color humo o la carne blanca y dura resaltada por la negra
cinta del liguero.
—No. No soy casado.
Le resultó imposible averiguar si la respuesta había sido de su
agrado.
Ella encendió un cigarrillo con la colilla del anterior y lanzó
al aire otra bocanada de humo.
—Fumo demasiado, ¿no es cierto?
–Se subió un poco la falda con un ademán casi mecánico–. Me lo
echan en cara constantemente, ¿pero qué puedo hacer? Soy judía, ¿comprende...?
Trató de buscar la relación, pero no la encontró. Su
desconcierto se reflejó en su rostro, y ella lo advirtió. Se alzó la manga de
la blusa y mostró un número azul grabado en su antebrazo.
—¡Judía...! Treblinka... ¿Entiende ahora? –Tuvo la certeza de
que seguía sin entender, y se dio vencida–. ¿Dónde estuvo usted toda la guerra?
—En África...
—Cuesta trabajo admitir que alguien se mantuviera al margen de
esta guerra. ¿Podía existir un lugar sin muertos, sin hambre y sin torturas?
—África está demasiado lejos, y las noticias apenas llegan.
Ahora empiezo a comprender lo que ocurrió...
—Demasiado tarde... –replicó amargamente, y a Jonathan le
molestó el tono de su voz.
—Yo no tengo la culpa –aclaró–.
La guerra me sorprendió rodeado de animales salvajes y nativos
para los que un conflicto semejante no resultaba siquiera imaginable... Hubiera
sido estúpido volver, ¿no cree? Ideológicamente no pertenecía a ningún bando, y
por nacionalidad, tampoco...
¿Qué pintaba yo en esa guerra?
—Lo mismo que los demás. ¿O cree que los que murieron en
Treblinka la habían iniciado...?
No respondió. El tren corría paralelo a la costa, y a su derecha
iban retrasándose las luces de un gran buque que probablemente se dirigía
también a Niza. Lo observó unos instantes, y se volvió a contemplar de nuevo a
la mujer que se sentaba frente a él que parecía haberse sumergido en sus
propios recuerdos. Era una mujer extraña, de facciones duras y a la vez
tristes; de esbelta figura y menudos pechos; atractiva por la inquietud
alucinada de sus ojos, el movimiento constante de sus manos y sus largas y llamativas
piernas...
Comprendió que pertenecía a una especie de seres humanos que él
no había conocido; seres marcados por los estragos de la guerra; por su hambre,
sus miedos y sus crueldades. Seres que no existían cuando él tomó un barco que
le llevó a Libreville y que aún no habían hecho su aparición en África
concluida la contienda.
Sus ademanes, su forma de vestir, su voz y sus palabras
respondían a un nuevo estilo, más duro, más amargo, más desesperanzado, pues ni
aun en su madre en los peores tiempos de su convivencia con “el Coronel”,
encontró nunca aquella sensación de vacío y fatalidad; de desilusión absoluta;
de existencia mecánica, vivir por seguir viviendo, que advertía en algunas
personas que había ido conociendo desde su regreso a Europa.
“Tal vez mi madre sea ahora así...
–se dijo–. Tal vez la guerra fue con ella tan dura como con esta
mujer y la encuentre vacía y desesperanzada, sin ánimo de seguir adelante...
Quizá no la encuentre...” Desde su llegada a Barcelona; desde que comenzó a
entender lo que había significado la guerra, y que media Europa resultó
destruida o desquiciada por la increíble contienda, le asaltaba a menudo la
idea de que podría no hallar a su madre.
Durante aquellos años había anidado en su subconsciente el
convencimiento de que su madre continuaba tendida en la cama, durmiendo tal
como la dejó; como en un maravilloso cuento infantil. Y si algún día decidía
regresar, sería para despertarla de ese sueño exactamente en el punto y hora en
que la dejó aquella noche.
Él podía haber recorrido miles de kilómetros y matado centenares
de elefantes, pero durante todos esos años nada habría cambiado en el pequeño
apartamento ni en su madre.
Pero al igual que en Barcelona no quedaba más que un gran hueco
donde existió una casa de putas, quizá no encontraría nada allá donde se
dirigía, y advirtió que una extraña desazón comenzaba a apoderarse de su alma,
pues tenía la seguridad de que si no volvía a ver a su madre, toda su vida
continuaría en la línea de frustración y vacío que había seguido hasta ese
instante.
Tenía que recomenzar en un punto, y ese punto no podía ser otro
que aquella noche en que su madre le habló de Cristina.
Un revisor cruzó por el pasillo.
—Dentro de una hora llegaremos a Niza –señaló.
Miró hacia afuera. El barco había quedado definitivamente atrás,
hundido en la noche que empezaba a ceder ante el empuje de un nuevo día que se
anunciaba primaveral y espléndido.
“Hoy hará calor...”, se dijo.
No le preocupaba el calor; sus años de trópico le habían
acostumbrado a él, pero recordaba el bochorno que habían sufrido durante los
días que tardaron en atravesar aquella estepa mustia y rala, de corta
vegetación, salpicada por calvas de roca que reverberaban al sol y anchas
extensiones de arena, desiertos en miniatura, en cuyo centro nacían altas
colinas de un granito rojizo y violento. Era como si el Creador hubiese
pretendido repartir por aquella región un pequeño muestrario de todos los
paisajes, ya que, más adelante, a dos días de marcha, comenzaba de nuevo la
selva, y luego el pantano, flanqueado a un costado por praderas húmedas y
espesas, y por el otro, por el nacimiento de los Montes de Marfil.
—Lugar extraño –comenzó para sus adentros ante la diversidad de
escenarios que se iban abriendo ante el motor del jeep–. No me extraña que sea
de los pocos inexplorados que quedan en el continente... ¿Qué se le puede haber
perdido a nadie aquí más que marfil...?
Algún día, cuando toda África estuviera pisoteada y las
carreteras y las ciudades no dejaran espacio a las bestias salvajes que antaño
fueran dueñas absolutas del continente, aquella región se convertiría
probablemente en parque natural, último refugio de todas las especies y todos
los paisajes, confín del mundo al que tan sólo llegarían los auténticos
estudiosos de lo que constituyó el pasado de la Tierra. Allí, en alguna de sus
cuevas o quebradas, se descubrirá el cráneo del más antiguo antepasado del hombre;
el eslabón que le unía a aquellos monos terrícolas que se apartaban ante el
vehículo: “papionesperrunos” y “monos–patas” de color rojizo que chillaban
indignados y cuyas hembras daban furiosos saltos mortales sin desprenderse de
sus crías, que permanecían aferradas a su estómago como si constituyeran una
prolongación indivisible de su cuerpo.
Había mucho de humano en los papiones de afilado morro que le
veían pasar librando una innegable lucha entre su miedo y su irrefrenable
curiosidad por todo lo extraño. Algunos, los mayores, los machos más poderosos,
incluso se permitían el lujo de perseguirle cuando parecían haber comprendido
que no tenía intención de volver a por ellos...
Los mismos papiones, los mismos antílopes cobos, los mismos
búfalos y los mismos elefantes debieron vagar por el mismo lugar un millón de
años antes, cuando los avestruces que ahora se limitaban a corretear
alocadamente eran, sin embargo, capaces de sobrevolar aquellos mismos cielos.
Todo seguía igual; igual que cuando, diecisiete años antes, sus
camiones cruzaron la llanura sin senderos, a la busca de unos Montes en los que
la leyenda situaba el fabuloso “Cementerio de elefantes”.
—No existe el “Cementerio de elefantes” –le advirtió a Igor
Zesky, que parecía entusiasmado por la idea–.
No existe ni existió más que cuando yo convertí en uno “El
enclave de Sorgo”... Pero si tenemos suerte, encontraremos en esos Montes
manadas como ya no se ven en parte alguna.
—¿Cómo nació entonces la leyenda?
—Como nacen todas. Cuando los nativos advirtieron el interés de
los blancos por el marfil, decidieron explotar su codicia asegurando que, muy
al interior, en un lugar remoto, los elefantes se reunían para morir...
Pero eso no ocurre entre los elefantes; únicamente entre los
lobos de mar...
—Nunca oí hablar de ello...
—En las Galápagos, las islas del Pacífico, cuando un viejo lobo
de mar pierde su última batalla frente a un macho joven y éste le despoja de su
harén, el derrotado se retira al rincón más solitario de la isla y vive aislado
hasta que le llega la muerte... Los indígenas acuden a esos lugares, porque
saben que allí encontrarán sus cadáveres y conseguirán, por tanto, los mayores
colmillos...
—Puede que ése sea el origen de la leyenda –observó el checo–.
Alguien que conocía las costumbres de los lobos de mar pensó que podría
aplicarse a los elefantes...
—Tal vez... Sea como sea, es falsa... –Señaló hacia una charca
que se abría a su izquierda, azul y tranquila, refrescante e invitadora–: ¿Un
poco de agua, aunque sea por fuera...?
–indicó.
El otro sonrió: —Nunca he sido enemigo del agua por fuera. Nos
vendría bien un baño después de tanto polvo...
Los camiones se detuvieron uno tras otro, y casi un centenar de
hombres –negros y blancos– invadieron la gran charca, alborotando y riendo,
salpicándose y chapoteando, asustando a las garzas, los pelícanos, las gacelas
que bajaban a beber, e incluso a los tres enormes cocodrilos que dormitaban en
la orilla y que se perdieron cimbreándose precipitadamente por entre el espeso
cañaveral de la orilla opuesta.
—¡Agua buena, “bwana”! –exclamaba Suílem–. La mejor hasta las
montañas...
—Instala el campamento y llena los depósitos... Dormiremos
aquí...
—Encontró el lugar y se bañó, atento a los enormes cocodrilos,
que esta vez no se espantaban por la intromisión de la montonera, sino que se
mostraban altamente interesados en la presencia del solitario individuo que
osaba aventurarse en sus dominios y constituiría una magnífica cena si se
adentraba en aguas más profundas.
Se enjabonó cabeza y cuerpo, lavó sus ropas, las tendió al sol y
paseó, totalmente desnudo, por el lugar en que antaño alzaran sus tiendas,
encendieran fuego y prepararan una apetitosa cena con los antílopes abatidos
por Dongoro.
Diecisiete años habían transcurrido, y no advirtió síntomas de
que ningún otro ser humano hubiese visitado aquella laguna. Diecisiete años de
la gran aventura de los Montes de Marfil, la que le hizo definitivamente rico y
le permitiría abandonar más tarde la senda de los elefantes, retirándose a su
casa de la colina a proteger animales con tanto entusiasmo como había empleado
en perseguirlos.
—¿Por qué ese cambio?
—Han cambiado las circunstancias... Ya no encuentro placer en
matar. Tampoco lo necesito, y tengo más dinero del que puedo gastarme.
—Creí que lo llevabas en la sangre...
—¿Cómo tú el alcohol...? –negó–.
Ya ves que nada es imprescindible.
Cuando te conocí, estabas convencido de que nunca dejarías de
beber, y ya no tomas una copa hace años... Lo mismo ocurre conmigo: necesitaba
cazar para echar fuera todas mis energías, pero he encontrado otros cauces...
Me retiro; te dejo mi gente, excepto Ahmed... Continúa tú el negocio...
—Los clientes vienen por tu nombre. Cazar con Jonathan Rhin, el
vencedor de los Montes de Marfil, es una cosa. Hacerlo con el ex borracho Igor
Zesky, otra muy distinta.
—También tú estuviste en los Montes de Marfil... ¿Lo has
olvidado?
El checo negó. Se habían sentado en el porche, a contemplar las
negras colinas de pizarra que se alzaban de la llanura, fumando y consumiendo
grandes jarras de limonada que ella preparaba con los limones recolectados en
su propio huerto.
—No estuve en los Montes, y lo sabes... Aunque me arrastraras a
ellos, yo no era más que un alcohólico inútil, que buscaba la forma de
conseguir algo de beber donde no lo había... Creo que ni siquiera sabría
volver.
—Sí sabrías. Y tal vez lo hagas un día. Traerás los mayores
colmillos que existen en la actualidad, y alcanzarás la fama que alcancé yo en
un tiempo...
—No es por hacerte cambiar de idea –comentó tras beber un largo
trago y mirarle fijamente a los ojos–. Pero tú sabes que jamás existirá otro
Jonathan Rhin en África... El tiempo de los grandes cazadores pasó... Tú fuiste
el último, y el único sobre el que Sir Thomas Rigby escribió un libro.
—Yo no soy el O.Hara de ese libro, te lo he dicho mil veces.
—Te conozco demasiado, Jonathan.
No nos hemos separado desde el día que me encontraste en un
agujero del sur del Chad. O.Hara eres tú, y “A orillas del Congo” no es más que
el mundo que te rodeaba cuando tenías veinticinco años... ¿Por qué te
avergüenza admitirlo?
—Porque son muchas las cosas que han cambiado. Y porque O.Hara
es todo aquello que yo no era: un héroe decidido, valiente, frío, irresistible
ante las mujeres y avasallador ante los hombres... –Rió con un deje de irónica
amargura–. ¡Si me hubieses conocido en ese tiempo...!
Agitó la mano en un ademán de asentimiento, como si discutieran
algo que se tenían muy dicho y no lograran convencer nunca el uno al otro.
—¡Lo sé, lo sé...! –admitió–. Si te hubiera conocido en ese
tiempo, hubiera descubierto lo que Rigby descubría sin decirlo: que en el fondo
eras un muchacho tímido y desorientado que se aferraba al peligro y a la
posibilidad de morir aplastado por un elefante, como el náufrago se aferra a la
única tabla que encuentra. –Se puso en pie, paseó despacio por el amplio porche
y se volvió al paisaje, que contempló absorto. Le daba la espalda cuando
continuó–: ¿Crees que no me ocurre lo mismo? Me aferro al peligro y a esas
agotadoras caminatas en pos de cualquier bestia, porque es lo único que puede
salvarme de volver al wodka, al ron o a la cerveza...
—No me lo habías dicho...
—¿Para qué? Ya has hecho demasiado por mí. Sin tu ayuda, ya
estaría muerto, y mi único miedo es quedarme solo y no resistir... –Se volvió a
mirarle de frente y sonrió como tratando de infundirle confianza e infundírsela
él mismo–. Pero no debes preocuparte... –añadió–. Comprendo que tienes tu
propia vida, y es hora de que nos separemos. No te decepcionaré.
Aún desnudo, se sentó en un tronco caído, casi en el mismo punto
en que ambos se tumbaron al sol, mientras Suílem y los Sondas levantaban el
campamento. No recordaba de qué habían hablado exactamente. Tan sólo que, por
primera vez desde que lo recogió, Igor Zesky pareció olvidar su obsesión por el
alcohol y demostró que no había alcanzado una cátedra en la Universidad de
Praga sin razones muy justas.
A partir de aquella charla a orillas de la charca, observados de
lejos por tres golosos cocodrilos prudentes, Igor Zesky y Jonathan Rhin se
dedicarían a aprender el uno del otro, porque se habían reunido dos hombres de
muy distinta educación y muy distintas formas de vida: erudito, intelectual y
estudioso el uno; audaz, práctico, activo y naturalmente inteligente, el otro.
Jonathan Rhin inculcó a Igor Zesky su amor a la Naturaleza, a
los espacios libres y a África, convirtiéndolo en un cazador casi tan bueno
como él, e Igor Zesky enseñó a Jonathan Rhin a apreciar una sinfonía,
comprender a un filósofo y distinguir un auténtico artista de un pintamonas, o
a una poeta de un coplista.
Lanzó una piedra hacia los cocodrilos codiciosos, que le
observaban mucho más envalentonados que aquella tarde.
“¿Dónde estará metido...? –se dijo–. Me hubiera gustado que me
acompañara en esta estúpida aventura”.
Klaus Niklaus aseguraba que no lo habían encontrado en Mombasa,
Nairobi, ni Fort–Lamy. Tampoco habían logrado dar con él en Praga, París o
Marbella, y se sabía que no había salido de caza con ningún cliente. Ahuyentó
los presentimientos que acudían a su mente desde días atrás.
—No es posible –negó, tratando de convencerse a sí mismo–. Igor
no...
Recordó a la piltrafa humana que se autopresentó en la inmunda
choza–cantina de un poblado bamilenké; recordó al hombre exquisito con el que
mantenía largas charlas en el porche de su casa, o durante largas caminatas en
pos de un elefante, y recordó, por último, al borracho inmundo que recuperó de
hediondas cantinas de los suburbios de Douala, Lagos, Stanleyville o Nairobi.
“Igor no puede haber vuelto a las andadas –se repitió, queriendo
estar seguro a toda costa–. No puede haber vuelto después de tantos años...”
—¿Cuántos años?
—Veinte, tal vez... –Señaló hacia lo alto–. Mi abuelo vivía en
aquel caserón de la colina, junto al castillo, y desde mi ventana dominaba el
puerto y la playa. Cada mañana bajaba con mi madre a nadar aquí, en este
rincón, junto a las rocas... Recuerdo que una tarde de verano, particularmente
calurosa, nos bañamos hasta entrada la noche...
Se sentaron en uno de los viejos bancos del Paseo de los
Ingleses, y se entretuvieron a ver a la gente; viejas damas que tiraban de sus
perritos; erguidos caballeros que hojeaban el periódico; parejas de enamorados
que se recostaban en la barandilla contemplando el mar; muchachas y muchachos
que subían y bajaban a la playa o chapoteaban en el agua, allá en la orilla.
—¿Qué ocurriría si no encuentra a su madre...?
Se encogió de hombros sin querer admitirlo.
—¿Qué ocurrió cuando, al salir de Treblinka, no encontró a su
familia...?
—Ya me había hecho a la idea...
Sabía de millones de judíos asesinados, y abrigaba el
convencimiento de que los míos no habrían logrado escapar... Pero su madre...
Dejó caer el albornoz que cubría su ceñido traje de baño negro y
advirtió de inmediato la sensación que su presencia causaba en los bañistas
cuando avanzó muy erguida hacia el agua, ajena a todo lo que no fuera el
chiquillo que llevaba de la mano, indiferente a la expectación que provocaba en
las mujeres que envidiaban su figura o el movimiento de discreta aproximación
que se producía entre los hombres que parecían haber cobrado un súbito interés
por bañarse también.
—¿Qué les pasa? ¿Por qué tienen que venir todos donde estamos
nosotros...?
—¡Déjalos, hijo...! El mar es libre y no tienen otra cosa que
hacer...
Nadaron hacia la balsa, sin prisas, disfrutando del agua azul y
tibia, transparente y reconfortante, que parecía aflojar cada uno de sus
músculos y relajar sus nervios contraídos por el calor del verano que empezaba.
La balsa se encontraba vacía, pero no lo estuvo mucho tiempo.
Apenas puso el pie en ella y se quitó el gorro de goma, sacudiendo con un gesto
muy femenino y muy suyo la corta melena rubia, comenzaron a hacer su aparición
melifluos tritones que se alzaban a pulso en estúpida demostración de músculos
bien formados, para ir a tenderse al sol, escurriendo agua, lo más cerca
posible de la hermosa bañista y el chiquillo.
—Preséntame a tu hermana... –se aventuró el más osado–. ¿Cómo se
llama?
—No es mi hermana; es mi madre.
—¿Tu madre...? –repitió estúpidamente–. ¡No puede ser tu
madre...!
¿Cuántos años tienes...?
—Ocho.
—Ocho... –Agitó la cabeza, incrédulo–. ¿De verdad es su hijo?
—Sí. El tercero, y tengo cuatro más... ¿Por qué no nos dejan en
paz...? Únicamente queremos estar solos...
El tono de su voz no admitía discusión ni daba pie a la
esperanza. Poco a poco, con el rabo entre las piernas, fueron deslizándose al
agua y regresando a la playa, en la que pronto se integraron a la masa de
bañistas anónimos.
Jonathan rió: —Los ha espantado... –exclamó–.
¡Parecían moscas...!
—Justo a tiempo... –suspiró con amargura–. Tu padre nos está
espiando con el catalejo del abuelo. ¡No mires hacia allá!
Lo hizo disimuladamente, sin embargo, y pese a la distancia pudo
comprobar que, en efecto, “el Coronel” los vigilaba desde la más alta de las
ventanas con ayuda del largo catalejo que el abuelo empleaba para observar los
barcos, las estrellas y alguna que otra bañista, según confesaba sin
hipocresía.
Se sintió incómodo; como si estuviera cometiendo un delito por
encontrarse allí, acostado sobre una balsa solitaria en medio de la bahía de
Niza, con la cabeza apoyada en los muslos de su madre, dejando que el sol le
calentara el cuerpo y le tostara la pálida piel del largo invierno.
—¿Por qué hace eso...? –preguntó al fin–. ¿Por qué no quiere
bajar con nosotros a la playa, pero nos espía luego...?
No obtuvo respuesta. Su madre no lo confesó nunca, y él tardaría
en averiguarlo por su cuenta, que uno de los placeres de “el Coronel” era ver
cómo los hombres rodeaban a su esposa, la acosaban, la pretendían, bailaban con
ella e incluso la rozaban... Hacía de pronto su victoriosa aparición cuando
algunos ánimos se enardecían ante la idea de que quizá existía una esperanza de
llegar a algo si el marido consentía, y sólo entonces esgrimía sus derechos,
llevándose a la cama a la mujer que estaban deseando.
Era ése un juego que asqueaba y cansaba a su mujer, que tardó
años en comprenderlo y que le empujó a encerrarse más y más en sí misma,
evitando las fiestas, las reuniones y cuantas oportunidades pudieran
presentarse para que “el Coronel” ejercitase una de sus diversiones favoritas.
—No soy uno de tus caballos –había dicho un día–. No soy uno de
tus caballos que pongas en subasta para cortar la venta cuando se han hecho las
pujas...
—¿Preferirías que se llegase al final...? –fue la respuesta–.
¿Que las pujas subiesen, y tu primo Orlando ganase la subasta...?
Le observó asqueada.
—¿Qué existe en el mundo que tú respetes...? –inquirió con voz
cansada–. ¿Qué, aparte del terror que te inspira tu tío?
Alzó la vista hacia el lejano caserón que dominaba la bahía.
—¿Ve aquella ventana? La del toldo naranja... Desde allí nos
espiaba mi padre cuando mi madre y yo bajábamos a la playa...
—¿Espiaba...?
—Exactamente...
Un barco, quizás el mismo que habían visto la noche antes, cruzó
frente a ellos, enfilando la bocana del puerto. Ella lo contempló largo rato, y
luego fijó la vista nuevamente en la lejana ventana del toldo naranja.
—En Treblinka también nos espiaban... –dijo al fin–. A las más
jóvenes, nos obligaban a acostarnos con los oficiales, y otros oficiales se
divertían mirando por las rendijas de las puertas... Una vez, incluso me
fotografiaron mientras dos hombres me poseían al mismo tiempo.
—¿No le duele hablar de ello?
—¿No le duele hablar de cómo su padre espiaba a su madre...?
–Sonrió levemente–. Se diría que ambos estamos necesitando espantar
fantasmas...
Abandonaron el Paseo de los Ingleses; subieron al promontorio y
bajaron al puerto, a distraerse con el ajetreo de las grúas, los gritos de los
estibadores y el trajín de los camiones que entraban y salían cargando y
descargando.
Más tarde, en “Chez Garrac”, que abría sus ventanas sobre el
mismo puerto, disfrutaron de una excelente bouillabaisse regada con un vino
blanco que les alegró el estómago.
—¿A qué hora sale su tren...?
—A las cinco...
—¿Volverá por Niza?
—Probablemente... ¿Seguirá usted aquí...?
—Probablemente... Tengo una carta de recomendación para un
trabajo...
Niza es un buen lugar para quedarse.
—¿Dónde podré encontrarla...?
Hizo un ademán de ignorancia.
—No lo sé. Durante la guerra me acostumbré a la idea de que las
direcciones no cuentan... Una casa, una calle, incluso una ciudad, desaparecían
de la noche a la mañana... –Hizo una pausa, rememorando algo particularmente
amargo–. Cuando iban a separarnos, en mi familia hicimos una promesa: Después
de la guerra, acudiríamos cada mañana de domingo a una plaza de Varsovia...
Allí nos reuniríamos... –Revolvió el café espeso y aromático y lo bebió muy
despacio, con la vista fija en un cuadro que representaba un naufragio en alta
mar–.
Durante dos años acudí domingo tras domingo... –La taza tembló
en su mano–. Y jamás llegó nadie...
Encendió dos cigarrillos y le tendió uno. Ella lo agradeció con
una sonrisa, fumó con ansia y pareció tranquilizarse.
—Bajaré cada domingo al Paseo de los Ingleses –prometió, y luego
hizo una larga pausa–. Y desearía que una vez, al menos, alguien acudiera...
Extendió la mano por encima de la mesa y tomó la de ella, fría y
ligeramente temblorosa: —Acudiré... –prometió, y luego, el tono de su voz
cambió tratando de hacerse más ligero–. ¿Se ha dado cuenta de que aún no sé su
nombre...? –dijo.
—Raquel.
—Raquel... –repitió.
La tumba se alzaba, solitaria, sobre un promontorio que dominaba
la seca y áspera llanura, a no más de cincuenta metros de donde había muerto
aplastado por un macho furioso.
Detuvo el jeep y se apeó, sintiendo una indescriptible emoción
ante las toscas letras escritas con tinta negra sobre la gran losa de piedra
“Suílem–1958”.
¡Suílem!
Jamás existió negro más fiel, más alegre ni más honrado. Jamás
“pistero” alguno quiso tanto a su “bwana”, ni hubo “bwana” blanco que se
sintiera tan hermanado a su pistero negro, con el que compartió trece años de
luchas y fatigas; de largas caminatas; de dormir espalda contra espalda; de
dividir el último bocado o la última gota de agua.
La gran manada había hecho su aparición más allá de un tupido
bosquecillo de acacias, mostrando al menos siete machos con enormes defensas.
Detuvo el vehículo, pidió a Zesky que no se moviera de su sitio,
tomó a su arma, se echó un puñado de cartuchos al bolsillo y emprendió el
camino hacia la familia de animales que le observaban; los machos delante con
las grandes orejas agitándose como enormes abanicos; las hembras y las crías,
algo más retrasadas, barritando de disgusto.
Suílem bajó de su camión y se puso a su lado, como siempre, con
el 30_,06 terciado sobre el hombro displicentemente, seguro como estaba, por
años de experiencia, de que su jefe no necesitaría ayuda para abatir a dos o
tres de los mejores colmilludos.
Pero fueron cinco. Dos de ellos parecieron resistirse a morir, y
Jonathan no quiso prolongar sus sufrimientos, empleando para ello sus dos
últimas balas, que los apuntillaron definitivamente cuando el resto de la
manada se había perdido de vista en la espesura.
—¡Buen trabajo, negro! –exclamó–.
A este paso no vamos a necesitar llegar a los Montes de
Marfil...
¿Cuánto calculas que hay ahí...?
Avanzaron treinta metros, a observar de cerca las piezas cuando,
de improviso, el retumbar de la tierra a sus espaldas los obligó a volverse.
De alguna parte, no podían saber de dónde, tal vez de entre los
matorrales o de una hondonada oculta, había surgido el más furioso elefante que
hubiera visto nunca, que embestía hacia ellos con la cabeza gacha, la trompa
recogida y los gigantescos colmillos al frente, tan seguro y decidido, tan
ciego en su ataque, que no les cupo duda de que no se detendría más que muerto.
—¡El arma, negro! –gritó.
El pistero descolgó el 30_,06 mientras él dejaba caer al suelo
el vacío e inútil “465”. Tomó el rifle, abrió el cerrojo para montarlo y
advirtió al instante que estaba descargado.
—¡Las balas! –apremió.
De pronto comprendieron que Suílem había cometido el primer
olvido de su vida, mientras el gigantesco macho llegaba como un tren en marcha.
Allí estaban los dos hombres, inermes y asombrados por su debilidad y
estupidez, y fue en ese momento cuando Suílem echó a correr directamente hacia
la bestia, agitando al aire su viejo sombrero, llamando inequívocamente la
atención del cegato animal, al tiempo que gritaba: —¡Corre, “bwana”! ¡Sálvate
tú, que yo estoy muerto...!
Un minuto después estaba muerto.
No cometió el error de correr. Se aplastó contra el suelo,
oculto por unas matas, y desde allí vio cómo la inmensa bestia pisoteaba una y
otra vez al fiel “pistero”, dejándolo convertido en una masa informe sobre la
que arrojó después tierra y maleza, para alejarse nerviosamente en pos de su
manada, no sin intentar por tres veces alzar del suelo a sus compañeros
muertos.
Era sin duda el mayor macho que Jonathan encontrara en sus
largas correrías, y años más tarde, cuando empezó a crecer la fama de
“Abdullah”, no pudo evitar preguntarse si no sería “Abdullah” el gran elefante
que un día mató a Suílem.
En un par de ocasiones anduvo tras su pista, pero “Abdullah” era
un animal astuto y escurridizo, caminante infatigable, siempre alerta, que
jamás permitió que un cazador como Jonathan Rhin le echase la vista encima,
como si su sexto sentido le permitiese distinguir al hombre peligroso del
hombre desarmado.
—Aún no comprendo cómo se te olvidaron aquellas balas, negro...
–comentó–. Debías estar dormido o loco de alegría porque era el primer viaje
que te dejaba conducir un camión...
Había tomado asiento sobre una roca, junto al cúmulo de piedras
coronadas por la inscripción, y encendió la más vieja de sus cachimbas: la que
Suílem le regalara en Douala tras su primera cacería por los lados del Benué.
No se le ocurría otra cosa que quedarse allí a hacer un rato de compañía al
negro, pues no era cuestión de ponerse flores sobre la tumba ni de rezarle a un
Dios en el que el “pistero” no creía.
Giró la vista a su alrededor; a la amplia llanura salpicada de
acacias; al espeso bosquecillo; la silueta de los Montes de Marfil que se
dibujaban al fondo, y los miles de bestias que vagaban por la inmensa región.
—No es malo el sitio, negro...
–comentó–. Si tu espíritu se levanta de noche, tienes espacio
para vagar, y los animales que te gustan... También yo tengo ya mi sitio
reservado, al pie de la colina, cerca de la casa, y junto a ella...
Se alzó de su asiento, bajó la ventanilla y asomó la cabeza para
ver cómo se iban aproximando a la diminuta estación. El tren, cansino y lento
hasta la desesperación, elegido por ser el único que paraba allí, fue aflojando
aún más la marcha entre jadeos y silbidos, voces y entrechocar de hierros, y
cuando se detuvo, saltó a tierra –el único, aparte un escuálido saco de cartas
que alguien lanzó por una ventanilla– y, casi al instante, sin tomar tampoco a
nadie, el correo reemprendió su aburrida marcha.
El jefe de estación plegó de nuevo su bandera, se inclinó a
recoger el saco y lanzó una ojeada de curiosidad al extraño pasajero que había
ido a sentarse en el viejo banco y parecía absorto en la contemplación de su
minúscula, destartalada y vulgar estación.
—¿Está esperando a alguien...?
–inquirió.
Negó, al tiempo que extraía un paquete de auténticos cigarrillos
americanos comprados en el puerto–libre de Tenerife. Al hombre le brillaron los
ojos y aceptó de inmediato el que le ofreció. Lo observó con arrobo: —No hay
muchos de éstos por aquí... –señaló–. La verdad es que no había visto ninguno
desde antes de la guerra.
Le tendió el paquete: —Quédeselo... –Luego metió la mano en su
maleta, extrajo un cartón y se lo ofreció–: Para usted...
—¿Por qué?
—Hace años, siendo un niño, pasé una noche aquí en este banco...
Usted me dio café caliente y bocadillos...
Y me permitió subir al tren sin pagar.
Se sentó a su lado. Dejó sobre el banco la gorra y la bandera y
encendió el cigarrillo usando un viejo mechero de yesca. Trataba de recordar,
pero, por último, negó: —Lo siento... –se disculpó–. Mucha gente pasó por aquí
en esos años... Primero los españoles derrotados, que emigraban hacia el
Este...
Después, los judíos que escapaban de Alemania hacia el Oeste...
Y al fin la guerra...
Fumaron en silencio. Luego pareció comprender que el viajero
prefería quedarse a solas con sus recuerdos, se levantó, recogió sus cosas y
desapareció en el interior de su oficina.
Jonathan concluyó su cigarrillo y permaneció muy quieto, con los
brazos cruzados, mirando sin ver los raíles que se perdían a lo lejos;
reviviendo la tarde y la larga noche que pasó sentado en aquel banco, a solas
con su madre y Cristina, que llenaban en este tiempo todos sus pensamientos.
¡Cristina!
A medida que se iba aproximando, advertía que su recuerdo iba
cobrando fuerza, quizá por su temor de enfrentarse a ella nuevamente. Durante
los años transcurridos en África, en su memoria siempre estuvo la imagen de su
madre, y revivía a menudo escenas o conversaciones que creía olvidadas.
Pero, así como los momentos felices o íntimos habían tomado más
y más relieve con los años, aquella noche amarga y en especial la odiosa imagen
de Cristina, se habían ido diluyendo hasta casi desaparecer.
Ya no se despertaba a medianoche torturado por una pesadilla en
que las veía besándose y abrazándose, ansiosas y sudadas, transformadas de
improviso en las repelentes prostitutas de Barcelona. Ya no se complacía en
atormentarse imaginando lo que estarían haciendo en ese instante. Ya Cristina
había huido de su mente; había muerto.
¿Habrá muerto?
¿Por qué ella sí y mi madre no?
Mañana lo sabré.
—Mañana lo sabré, negro... –Se despidió, alzándose de la roca–.
Mañana a estas horas estaré ya en esos malditos Montes de Marfil, a los que
nunca pudiste llegar, y averiguaré si estoy en lo cierto o me equivoco...
–Hablaba como si realmente creyera que Suílem le escuchaba–. Y
daría cualquier cosa por equivocarme, negro... –Subió al jeep, lo puso en
marcha y le saludó con un gesto–. Si no regreso, es que estaba en lo cierto...
Se alejó, levantando a sus espaldas una nube de polvo, que tardó
en posarse sobre la reseca pradera, los matojos, las acacias y la tumba de
Suílem.
Dos horas después llegaba al río, que se abría camino, vivaz y
rumoroso, por entre una vegetación compacta y verde, que contrastaba con el
paisaje que dejara atrás.
El río; un río bravío y sin nombre, que más adelante comenzaría
a desparramarse por la árida llanura hasta desaparecer tragado por la arena, se
precipitaba ahora, poderoso y rugiente, desde el estrecho cañón que parecía
perderse de vista hacia el Sur, prometiendo aguas igualmente furiosas e
inaccesibles a lo largo de kilómetros y kilómetros, hasta los distantes Montes
de Marfil. Pero Jonathan sabía –lo había descubierto él– que aquel aspecto
hosco, de río inaccesible, no era en verdad más que una fachada de dos
kilómetros. Más allá se transformaba en lo que en realidad fue siempre: un río
dormido y pacífico, que serpenteaba en paz a lo largo de un paisaje agreste y
escarpado.
—Son tantas las cosas que nos asustan y que al enfrentarnos a
ellas no resultan más que fachada... –comentó en voz baja, mientras echaba al
suelo sus pertrechos y comenzaba a hinchar lentamente el bote de resistente
goma–. Mil años rechazando a la gente han estado esos Montes, y bastaba
hacerles frente para descubrir su frágil secreto...
Le asaltó el recuerdo de aquellos que murieron tragados por la
ciénaga o las fiebres, por haber cometido el error de asustarse ante el aspecto
de aquella garganta amenazante y elegir el sendero que marcaban las huellas de
los elefantes a través de los pantanos.
—Comprendo que sólo los elefantes entren y salgan de aquí
–comentó a Zesky en uno de los escasos momentos de lucidez del checo, abatido
por las fiebres y la necesidad de alcohol–.
Conocen el camino y les encanta este barro en el que chapotean
como niños.
No los pican las serpientes, no los atacan los cocodrilos...
¡Maldita sea su estampa, qué escondite han venido a buscarse los hijos de la
gran puta...!
—¡Volvamos! –fue todo lo que acertó a decir el otro–. Volvamos
antes de que nos quedemos todos aquí...
Negó convencido: —Yo sigo hacia el Norte.
—¿Va hacia el Norte...?
Le observó desde lo alto de la cabina y pareció estudiar el
elegante atuendo del hombre que le pedía pasaje y que no tenía el aspecto de
los autostopistas que solía encontrar en la carretera. Acabó encogiéndose de
hombros.
—Sí. Voy al Norte... ¡Suba!
Arrancó, y Jonathan se volvió a contemplar por última vez la
estación, que fue quedando atrás hasta desaparecer en una curva del camino.
Luego se volvió, sacó un billete y se lo entregó al camionero,
que lanzó un silbido de admiración sin decidirse a tomarlo: —¿Está loco...?
–inquirió–. Por ese precio podría viajar en auto de lujo con chófer
uniformado...
—Prefiero viajar así...
El otro le observó de reojo, con un cierto aire de sospecha. Por
último, señaló con un gesto la maleta que aparecía a los pies de Jonathan.
—No llevará nada peligroso, ¿verdad? –inquirió con aire
amenazador–.
¿Armas, drogas, penicilina de contrabando...? No me gustan esas
cosas...
Le tranquilizó con un gesto: —Nada en absoluto...
Por unos instantes se sumergió en la contemplación del paisaje
que se iba abriendo ante ellos, pero advirtió la inquietud del camionero, que
no había quedado satisfecho con su explicación y le lanzaba furtivas miradas de
reojo. Sin volverse comentó: —Hace años, en esta misma carretera, un compañero
suyo me hizo un favor... Es como si estuviera pagándole a él.
—¡Pero es más de lo que gano en quince días...! –le hizo notar.
—No se preocupe. Yo lo gano en un instante...
El camionero aflojó instintivamente la marcha y lo observó,
intentando averiguar hasta qué punto se estaba burlando de él. El rostro
impasible del pasajero lo desconcertó aún más.
—¿Un instante? –inquirió al fin–.
¿Cómo diablos puede ganar ese dinero en un instante...?
—Matando... –aclaró–. Aprieto el gatillo y mato a un elefante,
que me produce más de cien kilos de marfil.
—¿Matando...?
Le preocupaba la reacción de su madre cuando descubriese que su
hijo se ganaba la vida matando. Recordaba el amor con que cuidaba las plantas y
las flores, acostumbrándole desde los primeros años a respetarlas, porque
aseguraba que tenían casi tanta capacidad de sufrir o alegrarse como un ser
humano. Recordaba también la infinita ternura con que trataba a todos los
animales, y lo que padeció el día que tuvo que rematar al caballo herido por
“el Coronel”. No había perro vagabundo, ni gato abandonado, ni pájaro sin nido,
del que su madre, no se compadeciese, como se compadecía de los ancianos y los
niños; los lisiados y los miserables; los ciegos y los enfermos; los tristes y
los desgraciados.
Significaría un duro golpe para ella comprobar que su hijo había
echado en saco roto sus enseñanzas y había olvidado uno de los conceptos que
con más cariño trató de inculcarle: el del respeto a la vida. Y no se
consideraba con valor para confesarle que tales muertes se habían convertido en
una especie de necesidad inevitable y que sin ellas no se hubiera considerado
en condiciones de seguir viviendo.
No quería imaginar cuál hubiera sido su existencia de continuar
en la explotación maderera del Ogooué, cada día más embrutecido por el alcohol
de caña, las fiebres y la monotonía de derribar árbol tras árbol en aquella
selva infinita en la que los árboles podían muy bien no acabar nunca. No
hubiera resultado sorprendente que, a aquella altura –a los veintiséis años mal
cumplidos–, anduviera ya bajo tierra con el hígado reventado por una cirrosis o
el intestino por una amibiasis.
Miles eran los blancos a los que África mataba cada año por el
paludismo, la disentería, la infección intestinal, la enfermedad del sueño, el
alcohol o el tedio, y Jonathan abrigaba el íntimo convencimiento de que la
caza, con su entusiasmo, con su constante actividad, con su falta de tiempo
para pensar en enfermarse era lo que le había mantenido sano.
—¡Matar para vivir! –admitió en voz baja–. Pero yo quizá maté
demasiado...
—¿Decía algo?
Sonrió levemente y negó: —Pensaba... –Hizo una pausa–.
Intento recordar el paisaje, pero resulta imposible... Mucho ha
cambiado.
—La guerra... Éste era su camino... No quedó una casa en pie, ni
un pueblo, ni un árbol... Lo dejaron como la palma de la mano.
Contempló de nuevo el vacío paisaje. Aquí y allá se alzaban
ruinas de lo que fueran granjas, que parecían haber librado cada una de ellas
todas las batallas de la contienda, y más tarde apareció el río, que iba
ganando anchura a ojos vistas, cruzado a veces por los restos de otrora
hermosos puentes.
Era un río sucio y grasiento; río sin vida ni alegría,
aniquilado por los detritus; lento y maloliente; reflejo de un continente ahora
también sucio y grasiento; también triste y maloliente.
Apareció por fin el puente con sus trenes que transportaban
mineral, sus gabarras de basura y el árbol bajo el que lloró –que parecía
milagrosamente conservado–, y pidió al conductor que le dejara allí mismo.
—Puedo llevarle hasta la ciudad...
—Gracias... El resto del camino deseo hacerlo a pie...
El otro no replicó; prefería deshacerse de aquel extraño
pasajero, que le inquietaba más de lo que le acompañaba.
Quedó solo en medio del camino, junto al árbol, a cuyo pie fue a
sentarse para ver pasar las gabarras y los herrumbrosos trenes que hacían
estremecer el puente, resentido en sus cimientos por algún obús que no alcanzó
plenamente su objetivo.
“Cualquier día se vendrá abajo –pensó–. Se hundirá lanzando al
agua toda una carga de mineral que ensuciará aún más el río, pero no parece que
estén las cosas como para construir uno nuevo mientras éste resista”.
Sin saber por qué, el timonel de una de las gabarras le saludó
con el brazo, y eso le sorprendió. Europa se mostraba hostil; todo el mundo
parecía mirar con recelo a todo el mundo, y un brazo agitado en el aire
espontáneamente resultaba chocante y le obligaba a recordar África, donde tan
aficionados eran los indígenas a saludar al que pasaba, lo conociera o no y
fuera del color que fuera.
Luego, súbitamente, desaparecieron las gabarras, los trenes, e
incluso los vehículos que cruzaban la carretera, como si se hubiesen puesto de
acuerdo para dejarlo a solas con sus pensamientos, con sus evocaciones de los
momentos más dolorosos de su vida transcurridos allí, bajo aquel árbol
sobreviviente de cien batallas, el puente ruinoso, la carretera salpicada de
baches y el río cansino y hediondo.
El agua corría rápida, limpia y transparente, por entre una
vegetación compacta y enredada, altos árboles y un denso olor a selva primitiva
y virgen, verde y profunda.
Luchó durante horas con la bravía torrentera, ganando metro tras
metro a fuerza de voluntad y brazos; tentado más de una vez de aflojar la
presión y dejarse arrastrar cañón abajo hasta la quieta llanura; pero cuando
veía que su ánimo decaía y los brazos comenzaban a temblarle, lanzaba un grueso
cabo a los árboles de la orilla, buscaba un recodo donde la corriente fluyera
con menos ímpetu y se tendía a descansar, confiado en los resistentes nudos que
aprendiera a hacer durante sus años en el “Pueblo”.
Llegó incluso a descabezar un corto sueño, mecido por el
bamboleo del agua, masticó luego algo de carne seca y unas galletas saladas y
bebió agua del río, con la que había llenado su cantimplora, no sin agitar
dentro una pastilla desinfectante.
Reanudó la penosa ascensión, reconfortado, y caía la tarde
cuando alcanzó las aguas tranquilas, que discurrían mansamente por el fondo de
altos acantilados en cuyas cumbres volaban águilas guerreras de blanco pecho
moteado de negro, las mayores de su especie en el continente, que le observaban
atentas, trazando amplios círculos sobre su cabeza, como si estuviesen
calculando las posibilidades de triunfo sobre aquella presa extraña en sus
dominios.
Luego vino la lluvia.
Era una lluvia tropical y violenta, como si un bromista se
entretuviera en lanzarle cubos de agua desde el borde de la meseta, y se conformó
con improvisar un tosco refugio utilizando el bote neumático como techo, sin
decidirse a encender fuego; consciente de que el fuego constituiría siempre un
elemento discordante en el pequeño mundo de los húmedos Montes de Marfil.
Cayó la noche y durmió tranquilo, rozando con la punta de los
dedos el frío metal de su “465”, cerrados los ojos, pero abierto el oído como
le había enseñado Suílem; pero como le habían enseñado, sobre todo, treinta
años de noches de selvas, desiertos y praderas africanos.
No soñó con nada, como en los viejos tiempos de caza; cuando el
esfuerzo y la tensión del día resultaban siempre agotadores y las noches
estaban hechas para caer rendido en cualquier parte, cerrar los ojos y
desaparecer del mundo hasta que las primeras loras parlotearan en las copas de
los árboles.
Y charlaron las loras, y se despertó en el acto, aún entre dos
luces, tan presente como antaño, capaz en ese instante de detener a un macho
que cargara sobre él, sereno el pulso, fresca la mente, consciente en una sola
ojeada del mínimo detalle de cuanto ocurría a su alrededor.
Se puso en pie y recogió sus cosas.
Echó a andar carretera adelante, ajeno a los vehículos que
pasaban y al ofrecimiento de un conductor equívoco que se brindó a llevarlo.
Querría llegar a la ciudad tal como había salido: solitario y a pie, tomando
conciencia, metro a metro, de que se iba aproximando a su madre, a su casa, a
su niñez.
Tardó en reconocer las primeras calles. La ciudad se había
extendido, y había sufrido los embates de la guerra, con arrabales que
mostraban la huella de la metralla, aunque sabía que nunca se libró ninguna
batalla en su interior y los tanques y obuses respetaron sus viejos barrios y
sus valiosos monumentos de capital provinciana gloriosa en otro siglo.
El canal y su puente romano, limitado a los peatones, fue lo
primero que saltó a su retina con la claridad de otros tiempos, y a doscientos
metros, la catedral, la plaza de la Concordia y el vetusto edificio de la
Ópera, convertido en cine, aquel ante cuya puerta esperó a su madre largas
horas una tarde de invierno.
El mismo portero, la misma taquillera, idénticos cartelones ante
los que se detenían curiosos niños de la edad que él tenía cuando se detenía a
curiosear aquellos cartelones, y en la esquina de la plaza, la pomposa y
recargada fachada del “Hotel Nacional”, en el que le proporcionaron una enorme
habitación cuyos balcones daban a la plaza, la catedral, el viejo edificio del
Palacio de la Ópera, y el “Gran Café” donde servían chocolate con bizcochos y
tarta de limón, considerados como uno de los vicios más popularizados de la
ciudad y la región.
Deshizo la maleta y se acodó en el balcón para contemplar la
ciudad de su niñez, con sus puntiagudos tejados, sus lejanos campanarios y sus
calles sinuosas, que iban a morir a aquella plaza que se abría a sus pies. Se
esforzó por reconocer a los transeúntes que cruzaban allá abajo, del mismo modo
que se esforzó por hacerse a la idea de que en cualquier momento podía ser su
madre la que atravesara la plaza.
Se duchó, y con la caída de la tarde, una hora antes de que
cerraran los comercios, caminó despacio hasta la calle Nueva, la más ancha, la
de modernos edificios, en cuyas fachadas se abrían los escaparates de los
mejores establecimientos de la ciudad.
En una esquina, frente a la librería, tres maniquíes de yeso
lucían largos abrigos de última moda, blusas, faldas, pañuelos y bolsos, más
allá de un pequeño letrero dorado escrito sobre el propio escaparate:
“Cristina”.
Entró en la librería, ojeó distraídamente volúmenes y revistas,
y de una a otra acera, interrumpido por autos, autobuses y peatones que
cruzaban, atisbó hacia el interior de la “boutique”, en que tres dependientas
atendían a un par de clientes de aire indeciso.
Arriba, en el despacho, junto a los probadores, más allá del
cristal cuyo reflejo le impedía la visión, una mujer se sentaba tras una mesa.
Aguardó. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, y
comprobó que la sangre fría que tanto admiraba don Basilio, había desaparecido
de sus venas. Tenía miedo; un miedo irrefrenable que no había sentido nunca ni
ante el peor de los elefantes ni ante el león herido que intentó acabar con él
en un pajonal africano.
La luz del despacho se apagó, y la mujer descendió, muy
despacio, la estrecha y curvada escalera. Reconoció al instante la estilizada
silueta, la forma de moverse y las largas manos blancas y vivas de Cristina,
que se detuvo a ordenar algo a una de las dependientas.
Podía verla ahora claramente, a plena luz, casi de frente; vieja
y ajada, con las duras facciones marcadas por el tiempo y los estragos que una
vida demasiado intensa habían dejado en sus ojos, sus agrietadas mejillas y las
abultadas bolsas oscuras de sus párpados.
Era ya sin duda una ruina de mujer, de expresión amarga y mirada
cruel; mirada que, aun así, se clavaba con insistencia en una de las
dependientas: una muchachita pelirroja y pizpireta, de cuerpo duro y agresivas
tetas.
Al fin concluyó sus instrucciones, recogió su bolso y salió a la
calle.
Dirigió una distraída mirada a uno y otro lado, se detuvo un
segundo sobre el escaparate de la librería desde la que un joven la observaba,
y se alejó calle abajo, perdiéndose de vista, anónima y vulgar, entre la
muchedumbre.
Encontró un libro de Rigby que no conocía; lo compró tanto por
ser de él, como por agradecimiento a la librería por el perfecto mirador que le
había proporcionado, cruzó la calle y penetró en la “boutique” con aire
indeciso.
La pelirroja de las duras tetas acudió presurosa; feliz por la
novedad de que un hombre joven, apuesto y tostado por el sol llegara a aquel
santuario de mujeres fastidiosas...
—¿En qué puedo servirle?
—Desearía una blusa... Es para un regalo.
—¿Qué talla...?
Dudó, desconcertado. Era la primera vez que se enfrentaba a una
situación parecida, y advirtió furioso que el rubor le subía a las mejillas.
—No tengo idea... –Se esforzó por recordar la estatura y la
constitución física de Raquel–. Como usted, aproximadamente, pero...
—... Con menos pecho naturalmente... –le animó la pelirroja.
—¿Por qué naturalmente? –inquirió sorprendido.
La otra rió con absoluto desparpajo. Se la advertía orgullosa de
sus tetas.
—Porque si tuviera más, sería un fenómeno de circo... –Rió a su
vez.
—Mejor me da un pañuelo...
Colocó sobre el mostrador una bandeja y comenzó a extenderlos e
incluso a probárselos sobre el cuello o la cabeza para que estudiara el efecto.
—¿Cuál le gusta...?
—Ése... El marfil estampado...
–Se decidió a abordar el tema que en verdad le importaba–.
Desearía saludar a la encargada... La señora Newsky...
—¿Newsky...? –negó, convencida–.
No la conozco... La encargada es aquélla... Sandra...
—¿Hace mucho tiempo...?
—Que yo sepa, desde que se reabrió después de la guerra.
–Comenzó a empaquetar el pañuelo, y aprovechó que su compañera se había
aproximado a la caja con ánimo de cobrar–. ¿Recuerdas a una señora Newsky que
estuviera de encargada antes que tú...?
La otra trató de hacer memoria, y negó convencida.
—Cristina nunca la mencionó...
–Se volvió a Jonathan–. Cristina es la propietaria... Ya hoy no
volverá, pero si quiere pasarse mañana, se lo puedo preguntar...
—No, gracias... No tiene importancia... Buenas tardes...
—Buenas noches...
Salió seguido por la decepción de la pelirroja, que hubiese
preferido continuar atendiendo a su único cliente masculino en mucho tiempo, a
tener que acudir en ayuda de su compañera en un intento de vencer la apatía de
las señoras aburridas.
Había comenzado a caer una ligera llovizna de verano, que se
agradecía porque venía a refrescar el ambiente caldeado de las calles, pero que
apresuraba el paso de los sorprendidos transeúntes, que buscaban el refugio de
sus casas, los cafés o los cines.
Permaneció indeciso bajo aquella lluvia, que no le molestaba,
acostumbrado como estaba a los chaparrones africanos, y a vivir durante días
con la ropa húmeda, intentando ordenar sus pensamientos, ajeno al hecho de que
la lluvia iba deshaciendo poco a poco el papel que envolvía el pañuelo,
convirtiendo en ruina su bonito paquete de regalo.
Se decidió al fin y echó a andar con paso rápido, incapaz de
continuar con la duda por más tiempo, hacia la calle, no muy lejana, donde
vivía su madre.
Se detuvo frente al coqueto edificio de pequeños apartamentos,
trató de recordar si era en el tercero o cuarto piso, y alzó el rostro hacia
las ventanas buscando luz en ellas. En el cuarto la había; en el tercero, no.
Aún aguardó unos instantes, y con un esfuerzo, se hundió en el
portal como quien se lanza al agua desde un alto trampolín.
La portera le estudió con atención desde su cuchitril
encristalado.
—¿A quién busca?
—A la señora Newsky... ¿Es el tercero o el cuarto?
—Ni el tercero ni el cuarto...
–Un mazazo golpeó con fuerza la cabeza de Jonathan, que aguardó,
faltándole el aire, la continuación de la frase que tardaba horas en llegar–.
Hace años que se mudó...
—¿Sabe adónde?
Le observó de arriba abajo con evidente desgana, no muy decidida
a dar la información, pero un billete que apareció en la mano de Jonathan la
decidió en el acto... Buscó en un cajón, abrió una resobada carpeta, hojeó
entre un sinfín de papeles, tras calarse unas anacrónicas antiparras, y al fin
apareció dar con lo que buscaba: —Aquí está... Calle Hungría, 56.. No quiso dar
crédito a lo que estaba oyendo. Agitó la cabeza como en una mala pesadilla,
sintió la boca seca y amarga, incapaz de articular una sola palabra, pero al
fin, con un esfuerzo, repitió roncamente: —¿Hungría 56...? ¿Está segura?
—Eso pone aquí... Y ahí le remití la correspondencia...
Le entregó el billete, y sin despedirse salió de nuevo a la
calle y a la llovizna, que en esta ocasión parecía helarse los huesos. Se
detuvo en la esquina, ya empapado, abatido y sin fuerzas, negándose a aceptar
que su madre hubiese sido capaz de regresar a la vieja mansión del invernadero
y la piscina, de la alcoba maldita y el maldito “Coronel”.
Avanzó muy despacio, atento a cada detalle: el río, las paredes
de roca que habían perdido ya su inclinación, los altos árboles, la espesa
maleza y las diminutas playas de una arena blanca y dura, jamás hollada por pie
humano alguno.
Se dio un último baño en el agua clara y transparente, ahora
tranquila antes de precipitarse corriente abajo hacia el cañón, y luego, ya
fresco, inició la penosa ascensión hacia la meseta que habría de llevarle hasta
los Montes de Marfil, cuya silueta se recortaba, lejos, sobre su cabeza.
Era aquél un paisaje casi idílico, pues el bosque comenzaba
pronto a ralear, y los espinos cedían su sitio a las “lianas de agua”, que se
precipitaban desde treinta metros de altura formando extraños dibujos en el
aire, gruesas como su propio brazo y por las que escurría la lluvia, que
formaba en los claros una cortina de agua maravillosamente iluminada por los
rayos del sol de la mañana.
Enormes faisanes y pesadas perdices se alzaban a su paso,
volando cansinamente, sin alejarse, y de las copas de los árboles saltaban
infinidad de ardillas rojizas que abrían su cola como en un ancho timón para
dirigir sus largos vuelos de más de veinte metros.
Un pangolín impasible le observó desde tan cerca como nunca le
había permitido aproximarse ningún otro; le pareció escuchar a su derecha la
algarabía matutina de una familia de gorilas, y hubiera jurado que la extraña
bestia que le observaba, medio oculta por la maleza desde la orilla, era un
okapí, con el que jamás se había encontrado nunca frente a frente, y tan sólo
conocía por fotografías.
Chillaron las águilas guerreras sobre su cabeza, y chillaron las
loras histéricas en las ramas bajas. Aspiró profundo el oscuro y embriagador
perfume de selva húmeda y caliente; de tierra negra y hojarasca putrefacta; de
árboles vivos; de frutos fermentados al aire; el mismo olor de su primera selva
gabonesa; el olor que le incitó a quedarse en África, consciente de que en
pocos lugares encontraría ya aquel aroma primitivo y auténtico que le permitía
tomar conciencia de su propia libertad cuando vagaba solo, como en aquel
momento, por lo más profundo del bosque.
No tenía prisa. En un hombro, la mochila, y en el otro, el
pesado “Express”, buscando en las cortezas de los árboles y en la alfombra de
maleza signos que le hablaran de lo que le interesaba: elefantes.
Abundaban las huellas de venados, leopardos, jabalíes, pequeños
duiqueros, chimpancés, gorilas y la infinita gama de aves de los bosques
umbrosos con buen agua y clima cálido, tranquilos sin la presencia del
depredador humano.
Más arriba, dos horas más arriba, la espesura fue mostrando sus
claros, decreció la pendiente, desaparecieron las lianas, los okumés, las
ceibas e incluso las palmeras, y comenzó a imperar la verde pradera de alta
hierba que los elefantes consumían por toneladas, salpicada aquí y allá por
masas de arbustos espinosos, y altivas ceibas festoneadas por infinitos nidos
de tejedores.
Fue allí donde encontró las primeras huellas, pertenecientes sin
duda a una reducida manada de no más de una docena de individuos, capitaneada
por un macho cuya pisada posterior no superaba los cincuenta centímetros, lo
que descartaba la posibilidad de que pudiera ser tan siquiera interesante como
pieza de caza.
Una hora después pudo distinguirlos, a no más de dos kilómetros,
pastando pacíficamente, ausentes a cuanto no fuese su comida.
Ya la altiplanicie se abría ante él sin obstáculo alguno hasta
los Montes, y Jonathan sabía que era en aquella llanura, y en la hoya de más
arriba, la que se empantanaba con las grandes lluvias, donde los elefantes
preferían retozar y donde probablemente encontraría, si es que lo encontraba,
el gigantesco “Abdullah”.
Se encaminó a un otero que se alzaba a unos tres kilómetros,
trepó a su cumbre, tomó asiento sobre una piedra lisa, extrajo de la funda sus
largos prismáticos y comenzó a recorrer con ellos, metro a metro, la gran
llanura, deteniéndose de tanto en tanto a consumir, sin prisas, una lata de
judías con chorizo, fría, y unas galletas que acompañó con largos tragos de
agua de su cantimplora.
Había más, muchos más animales y de muchas más especies de lo
que recordaba, pero procuró no extasiarse en su contemplación, centrándose en
los elefantes que ramoneaban con la tranquila beatitud de quien se sabe libre
de peligros.
Y de entre los elefantes se limitó a los ejemplares que
superaban a primera vista los tres metros, podían pesar más de cuatro mil kilos
y exhibían defensas de por lo menos dos metros de longitud.
Distinguió uno en verdad portentoso, aislado y erguido,
dominante y orgulloso, que vigilaba a distancia a su manada, con el aire vago e
indiferente que le daba el convencimiento de que ningún otro macho iba a correr
el riesgo de enfrentarse a su poderoso cuerpo y sus inmensos colmillos.
—¡Bicho...! –exclamó para sus adentros–. Debes de tener más de
setenta kilos en cada adorno... En otro tiempo, ya estaría buscándote las
vueltas, pero, pese a tu tamaño, no eres el que me interesa... Por esta vez te
libras.
Continuó observando hasta la caída de la tarde, hasta que se hizo
una idea clara de las familias y los individuos solitarios que poblaban la
llanura, y se tendió a dormir allí mismo, sin encender fuego y sin cenar,
apoyada la cabeza en la mochila, contemplando los millones de estrellas que
tachonaban un cielo sin una nube, llenándose los oídos de los mil rumores de la
pradera, y la nariz, de sus infinitos aromas que despertaban con la noche.
Se sentía feliz de estar allí; del cansancio del día; de los
animales que le rodeaban; de su soledad en el más desconocido y remoto rincón
de África.
Durmió poco y mal. Aún no había logrado acostumbrarse al tráfago
de los camiones que cruzaban bajo su balcón, y del enorme reloj de la catedral
le llegaban, sonoras, majestuosas y desvelantes, las campanadas que marcaban
cada hora, cada media y cada cuarto.
Pero más que los carillones, el tráfico de la ciudad o las voces
de los borrachos que rebotaban en las paredes del viejo edificio de la Ópera
transformado en cine, lo que le mantenía despierto era la idea de que su madre
debía de encontrarse en esos momentos durmiendo junto al “Coronel” y quizá
permitiendo que “el Coronel” volviera a humillarla haciéndole el amor a su
manera.
¿Por qué?
Por más vueltas que le daba, no lograba hacerse a la idea de que
hubiera una sola razón en el mundo, ninguna fuerza humana que pudiera
arrastrarla de nuevo a su lado, cuando había tenido, tantos años atrás, el
coraje de dejarle, incluso con la responsabilidad y la carga que un niño de
once años significaba.
Le constaba que él no podía haber cambiado. No era de los que
cambiaban aunque el mundo se hundiera. Menos aún, tras soportar la pública
humillación de un divorcio solicitado por ella y descubrir, porque seguramente
lo habría descubierto, la verdad de sus relaciones con Cristina.
Si lo odiaba; si le repugnaba; si se ponía enferma tan sólo de
nombrarlo... ¿Por qué, Dios mío...?
El reloj de la catedral desgranó, implacable, su quinta
campanada cuando se sumió en una inquietante duermevela en la que se le
aparecieron, entremezclados y confusos, su madre, “el Coronel”, Cristina,
Raquel, Lady Ann, Sir Thomas y la pelirroja de las enormes tetas...
Y con las campanadas de las ocho estaba ya despierto nuevamente,
fumando en la cama, fijos los ojos en las sombras chinescas que formaban en el
techo de su habitación los transeúntes y los vehículos que pasaban por la
calle.
De fuera le llegaban los mil ruidos y los agresivos olores de la
ciudad, que su fino olfato, acostumbrado a la vida al aire libre, percibía con
una fidelidad que en esos momentos se le antojaba excesiva. A la gasolina de
mala calidad se unían las pestilencias de las basuras del camión de recogidas
que acababa de pasar; el olor a guisos que comenzaba a llegar de la cocina de
la planta baja y el hedor a sumidero y humedad que surgía del viejo baño.
Dejó pasar las horas, cigarrillo tras cigarrillo, incapaz de
alzarse de la cama, salir a la calle y enfrentarse a la realidad de que había
vuelto para descubrir que su madre se entregaba de nuevo a “el Coronel”, lo que
le hacía tanto o más daño que saber que se entregaba a Cristina.
¿Qué era peor?
Resultaba inútil preguntárselo.
Ambas cosas se le antojaban monstruosas, por más que Sir Thomas
hubiera insistido una y otra vez en que no tenía derecho a intervenir en la
vida privada de su madre.
Venía dispuesto a aceptar que se acostase, si lo deseaba, con
Cristina. En diez años había tenido tiempo de hacerse a la idea, y sobre todo
en aquellos últimos meses de reflexión había logrado dominar su repugnancia,
tratando de comprender los motivos por los que su madre llegara a la
homosexualidad. Consiguió disculparla, “absolverla”, por el simple
procedimiento de acumular todas las culpas sobre “el Coronel” y la vida cruel y
degradante que le proporcionó y que habría de acabar arrojándola –por reacción–
en brazos de una mujer sensible.
Pero ahora... ¿Qué comprensión podía tener para quien prefería
regresar a todas las crueldades y degradaciones?
Recordaba que el día que le entregaron su documento de divorcio,
había comentado inconteniblemente: —Es como si me hubiera librado de una
larguísima pesadilla; como si hubiera salido a la luz tras un tortuoso túnel en
tinieblas infestado de ratas y serpientes... Es como nacer.
Tomó un largo baño relajante, se cambió de ropa, cerró el
equipaje, lo dejó dispuesto sobre la cama y bajó a desayunar chocolate con
bizcochos y tarta de limón al “Gran Café”, donde le atendió el mismo camarero
renqueante que le atendía cada mañana cuando su madre le invitaba a un helado
de frambuesa con naranja.
Mientras aguardaba el chocolate, los bizcochos y la tarta de
limón, se sumergió en la lectura de las primeras páginas de “Atardecer en
Capadocia”, y allí estaban tal como los había conocido, Sir Thomas y Lady Ann,
y le pareció verlos y escucharlos sin que cambiaran más que los nombres y el
paisaje, sustituida la exuberancia húmeda de África Central por la reseca
aridez de Asia Menor.
Hubiera deseado tenerlos a su lado, allí sentados en torno a un
velador de mármol en la ancha acera protegida del sol por viejos plátanos
contaminados por el humo, para afrontar con su ayuda la nueva situación que le
angustiaba. Ni siquiera se la había pasado por la mente la idea de presentarse
en la vieja mansión, tocar el timbre y aguardar a que un criado le hiciera
pasar al despacho de “el Coronel” o a la pequeña sala de estar de su madre, a
la que inmediatamente acudiría su padre.
“¿Qué podían decirse...? ¿Qué reacción tendrían?” “Preparad una
fiesta; que todos se alegren, que ha vuelto el hijo pródigo... Lo había perdido
y lo he encontrado...” Sabía que esa noche emprendería nuevamente la larga
huida; más derrotado; más incapacitado que nunca para rehacer su vida desde el
punto en que se había roto; pero en su fuero interno se rebelaba contra esa
derrota, pues aquella plaza, aquellos edificios, aquellas viejas carteleras de
cine y aquel camarero que se apoyaba impasible en la columna, contemplando a
sus parroquianos desde medio siglo atrás, le proporcionaban una profunda y
plácida sensación de paz; de bienestar; de regreso a los mejores momentos de su
infancia, cuando a aquella hora cercana a mediodía, llegaba de la mano de su
madre, tras el matutino paseo por el parque, a tomarse un helado de frambuesa
con naranja, curiosear los escaparates, analizar las posibilidades de la
película de esa tarde y ver pasar a la gente, en espera de regresar a casa, a
disponerlo todo para el almuerzo.
Y la vio en su mente, apareciendo por la esquina de la farmacia,
viniendo del parque y el canal, con su paso sereno, su blusa clara, su falda
cimbreante, sus finos zapatos de tacón, su corta melena que danzaba apenas
acariciando una vez y otra sus mejillas, el bolso al brazo y de la mano el
niño, despertando a su paso la admiración respetuosa de quienes la conocían
desde siempre y de quienes no la conocían.
Y la vio apareciendo por la esquina de la farmacia, viniendo del
parque y el canal, con su paso sereno, su blusa clara, su falda cimbreante, sus
finos zapatos de tacón, su corta melena que danzaba apenas acariciando una vez
y otra las mejillas, el bolso al brazo y de la mano el niño, despertando a su
paso la admiración respetuosa de quienes la conocían desde siempre y de quienes
no la conocían.
Los años no habían querido dejar su huella en aquella figura de
gacela, ni en su rostro de estampa, ni en su aire de colegiala melancólica, y
si acaso en sus ojos, en lo más profundo del verde de sus ojos podía
descubrirse una mayor intensidad en la tristeza de su mirar profundo y grave,
mirar que se había vuelto ligeramente distraído, como si no repararse en nada
de cuanto le rodeaba, como si nada le importase, y le bastara con su sola
presencia, con su vida y sus recuerdos.
La saludaban las gentes al pasar, y la plaza pareció cobrar una
nueva alegría, pues el sol asomó de improviso por entre dos calles estrechas, y
marcó en el pavimento, por donde ella iba a cruzar, una franja de luz
resplandeciente como un homenaje de la Naturaleza a la mujer que en sí misma
representaba un homenaje a esa Naturaleza.
Contuvo la respiración como si la vida se hubiera detenido y el
mundo cesara de girar. Cerró el libro que temblaba en sus manos, heladas y
muertas de improviso, y comprendió que de su rostro había huido hasta la última
gota de sangre, cuando vio cómo venía directamente hacia él, cruzaba a menos de
un metro de su pie sin reparar siquiera en su presencia, y tomaba asiento en la
silla que el camarero renco le presentaba como si hubiera estado aguardando
desde horas su llegada.
—¡Buenos días, Luis...!
—¡Buenos días, señora... ¿Lo de siempre...?
Asintió en silencio, cruzó sus increíbles piernas, se alisó la
falda, cubriéndose las rodillas, dirigió una distraída mirada a su alrededor
sin detener en nadie los ojos, ni siquiera en el joven que parecía hipnotizado
por su presencia, abrió, por la página marcada con una vieja fotografía, el
libro que traía y comenzó a leer, ausente a cuanto la rodeaba.
Abrió el libro por donde había marcado, trató de leer y
descubrió que las líneas y las letras habían emprendido una furiosa danza, en
la que nada tenía sentido, como si cada signo hubiera cobrado de improviso vida
propia.
Por un instante temió que iba a devolver el desayuno, el
chocolate, los bizcochos y la deliciosa tarta de limón, y tuvo que dejar de
leer y concentrarse en un punto de la fachada opuesta, un arabesco del friso de
la catedral, buscando tranquilizarse, pues se sentía tan enfermo como cuando, a
orillas del Ogooué, le asaltaron los primeros ataques de malaria.
Si hubiera tenido que ponerse en pie, habría caído al suelo. Las
piernas le temblaban convulsivamente y las notaba como de gelatina, sin
músculos ni huesos, sin relación alguna con el resto de su cuerpo, viviendo su
propia vida al golpear rítmicamente contra la pata de hierro del velador de
mármol.
Despacio, muy despacio, giró su asiento casi imperceptiblemente,
para poder observarla ahora a su gusto por encima del “Atardecer en Capadocia”,
y más allá de un jubilado que leía el periódico concienzudamente, tan a fondo y
tan cerca, que en ocasiones le impedía la visión, y en lugar del rostro de su
madre tenía ante sus ojos los resultados de los partidos de fútbol de la
capital o las declaraciones de Rita Hayworth, la última vampiresa
norteamericana, que parecía haber convulsionado al mundo con una película
escandalosa.
Por dos veces la vio inclinar el libro y consultar la hora, y
rogó para que los minutos se detuvieran y no tuviera que marcharse, aunque en
su fuero interno abrigaba la certeza de que ya no viajaría esa noche, sino que
continuaría acudiendo día tras día a la terraza del “Gran Café” a desayunar
chocolate con bizcochos y tarta de limón y aguardar la llegada de su madre.
Luego, ella alzó el rostro, recorrió con la vista las mesas
circundantes sin detenerse en ninguna, y, por fin, le miró.
Le miró a los ojos, sin que en su nerviosismo pudiera Jonathan
discernir si en verdad le estaba mirando o era más bien una ojeada vaga y
distraída en la que veía más allá de su cuerpo.
El jubilado dobló nuevamente el periódico, Rita Hayworth y los
partidos de fútbol se interpusieron entre los ojos de su madre y los suyos, y
tuvo que hacer un esfuerzo para no levantarse de un salto, arrebatarle al
maldito viejo el periódico y hacérselo trizas.
Cuando el campo visual estuvo nuevamente libre, ella había
vuelto a enfrascarse en su libro, ofreciéndole, recortada contra la luz del
fondo, la línea de su perfil inimitable, los labios que tantas veces le
besaron, el altivo cuello, los erguidos senos de adolescente y los rubios
cabellos con los que una leve brisa intentaba iniciar un jugueteo.
La brisa soplaba del Nordeste, se encaró a ella, agradeciendo
que no delatara su presencia, y avanzó así, sin riesgo alguno, aproximándose
hasta menos de doscientos metros de las manadas, más atento a las marcas que
las patas dejaban en tierra que a los ejemplares mismos, por grandes que fueran
sus defensas.
Llegó hasta el bosquecillo, junto al que descubrió la tarde
antes la presencia del gran macho, y aunque no pudo verlo, allí estaban sus
huellas; frescas y claras como una tarjeta de visita. El diámetro de sus patas
traseras se aproximaba a los setenta centímetros, lo que confirmaba su
impresión de que se trataba de un animal increíblemente corpulento; la hondura
le hablaba de casi cuatro mil kilos de peso, pero las grietas de esas patas
dibujadas en el barro le obligaron a admitir que, en efecto, aquel bicho no
habría cumplido aún los setenta años.
Para Jonathan, como para Suílem, como para todos aquellos que
hubiesen perseguido tantos elefantes durante tantos años, leer la edad de un
animal en su pisada era como para un gitano leer los años en los dientes de un
caballo.
—No es “Abdullah”... –admitió–.
Y si éste no lo es, no quiero imaginar qué aspecto tendrá el
maldito.
Debe de ser tan grande como una de esas montañas...
Continuó su avance, aproximándose cada vez más a las faldas del
Marfil Norte, con los ojos fijos en el suelo y en las cortezas de los árboles,
buscando un indicio que le hablara de un paquidermo gigante, deteniéndose de
tanto en tanto a estudiar, con ayuda de sus prismáticos, el paisaje que le
circundaba.
A media mañana comenzó a trepar la ladera, hacia los grandes
cazaderos, registrando centímetro a centímetro la quebrada, tan plagada de
huellas, que se diría que todas las bestias de África habían pasado por allí
alguna vez.
El gigantesco macho no estaba solo: tres o cuatro alcanzaban
casi su tamaño, identificables claramente por su forma de pisar y por las
marcas que dejaban las grietas de sus patas, y descubrió uno no demasiado
grande, pero sí viejo, muy viejo; tal vez una hembra ya semiderrengada que
superaba con creces los ochenta años; el más viejo animal de su especie de que
hubiera tenido noticia jamás.
Huellas antiguas, de casi un año, borradas por la lluvia, el
viento y el polvo; perceptibles tan sólo en muy contados rincones en que habían
permanecido protegidas; huellas frescas, de días, de semanas, de horas y de
instantes, porque le precedía una manada de veinte ejemplares que ascendían sin
prisas hacia los húmedos pastos y los altos bosques; huellas grandes y
pequeñas, de mamíferos, de aves... y...
¡Allí estaba!, semioculta, casi inadvertida a primera vista,
pero clara a sus ojos, los únicos quizá, con los de Suílem, que hubieran sido
capaces de distinguirla entre la alta hierba, en el diminuto claro; claro no
mayor que la huella misma, huella de dos, a lo sumo tres días, que se dirigía a
la cima del monte, y que le hizo sentir una profunda e incontenible tristeza,
amargura en el alma, al advertir que había acertado.
La observó largo rato, tratando de convencerse a sí mismo de
que, pese a las pruebas, se equivocaba, pero allí seguía ella, inmóvil, leyendo
atenta, consultando de tanto en tanto la hora, como la recordaba cuando niño.
Sobre las doce y veinte, llamaría al renco, pagaría su refresco, cerraría su
libro y emprendería el regreso a la gran casa, a dar las últimas órdenes a los
criados y vigilar que todo estuviera a gusto de “el Coronel”.
El auto negro, oficial e impotente, se detuvo. Un sargento
uniformado saltó a tierra, abrió la puerta y se cuadró rígidamente cuando hizo
su aparición el general Montand, que le devolvió el saludo con su único brazo,
asintió a sus indicaciones, montó de nuevo, arrancó y se perdió de vista.
El general se dirigió directamente hacia la mesa de su madre,
que había cerrado el libro y le tendía la mano, que el otro besó para tomar de
inmediato asiento a su lado y hacer un gesto al camarero, que desapareció en el
interior del café como si supiera de antemano lo que tenía que servir.
El corazón le dio un vuelco. Al sentarse, el general había unido
su silla a la de su madre, a la que acababa de besar levemente en la mejilla.
Luego advirtió que se sumergían en una conversación hecha tan
sólo para dos, en voz muy baja, salpicada sin duda de sobreentendidos, miradas,
sonrisas y algún que otro furtivo contacto, pues no le pasó inadvertido que la
única mano del general se posaba de tanto en tanto sobre la de su madre, sin
que ella las apartara de inmediato, sino que, a veces, las abandonaba allí
durante largos minutos.
El camarero había servido ya un rojo aperitivo al general, para
volver a retirarse a su rincón de siempre, a contemplar con desgana a
parroquianos y transeúntes, lo que constituía la rutina diaria de su monótona
existencia.
Lo llamó con un gesto, abonó la cuenta, dejó en el plato una más
que espléndida propina y preguntó en voz baja: —Perdone... ¿No es la señora
Newsky...? ¿La esposa de “el Coronel”?
El renco no necesitó volverse.
Asintió convencido y replicó en tono confidencial: —Sí, es ella
–Bajó aún más la voz–. Pero “el Coronel” murió hace seis años... Dicen que lo
mataron de una cuchillada allá en su tierra...
–Ahora fue ya un susurro–. En un prostíbulo... ¿La conoce?
Negó en silencio y no advirtió cómo el otro se alejaba entre las
mesas, muy ufano, quizá, por el hecho de estar tan bien informado.
El jubilado se levantó y se fue, dejando abandonado sobre el
mármol su periódico, y ahora nada le impedía la perfecta visión de la pareja,
que continuaba su animado diálogo, del que no le llegaban más que palabras
sueltas, y resultaba claro que se encontraban a gusto en mutua compañía, y no
hacían en verdad mala pareja, aunque al general le habían marcado los años y la
dureza de la guerra, que parecía haberse llevado, además de su entereza de
cuerpo, aquella irónica expresión de los ojos que hacía creer siempre que
estaba burlándose de los demás.
“¿Así que “el Coronel” ha muerto...? –susurró para sus adentros,
y lamentó no tener una copa con la que brindar por la buena noticia–. Ha muerto
el falso “Coronel”, y un general auténtico intenta ocupar su puesto”.
No sabía si romper a reír o echarse a llorar. No sabía qué
hacer, ni qué decir, ni qué pensar, porque todo había ocurrido demasiado
precipitadamente, como cuando varios elefantes se lanzaban a la carga desde
distintos puntos, o como aquel amanecer en que desembocaron en un claro donde
aún dormía una familia de gorilas.
Se encontraron de pronto bajo el árbol de las hembras y las
crías, rodeados por los grandes machos furiosos que se lanzaban al ataque desde
los cuatro puntos cardinales en defensa de sus familias, que creían amenazadas,
y le dolió como nunca tener que apretar el gatillo y derribar una tras otra,
confusamente, enredadamente, impensadamente, a aquellas nobles y pacíficas
bestias a las que jamás pretendió hacer daño.
La impresión era la misma. Su padre había muerto, su madre
coqueteaba públicamente con un heroico general, y no había podido averiguar si
Cristina continuaba o no formando parte de su vida porque resultaba claro que
sus relaciones con el militar no debían pasar de aquellos encuentros, aquel
dejarse o no dejarse tomar la mano, y aquel casto beso en la mejilla a la vista
de todos.
Intentó ponerse en lo peor; en la posibilidad de que su madre
estuviera manteniendo una relación pública e inocente con el general, y otra,
privada e inconfesable, con Cristina; pero estaba allí, ante él, a no más de
diez metros de distancia, y podía distinguir claramente sus ojos, su noble
rostro, su serena expresión, la curva de su boca, todo cuanto sabía que
significaba su madre, la personalidad de su madre, el carácter, la firmeza, la
entereza y la honradez de su madre, y desechó la idea por indigna de ella.
La miró como para convencerse de que estaba en lo cierto, y
descubrió que le estaba mirando. Ya no había jubilado entre ellos; ya no había
periódico, ni siquiera general, que parecía haber desaparecido. Ya no había más
que dos ojos que le miraban fijamente, como hipnotizados, clavados en los
suyos, y una mujer que no escuchaba al hombre que le hablaba, que no sentía, ni
olía, ni veía nada que no fuera el rostro del joven de pelo castaño, ojos
claros, boca temblorosa y manos inmóviles sobre un libro, que parecía querer
devorarla con los ojos, abrazarla, besarla, gritarle, llorarle, reír, tirarse a
sus pies.
Ella apoyó los codos en la mesa, se llevó las manos al rostro y
lo ocultó, excepto los ojos, que seguían mirando, incapaces de desviarse un
solo instante, y de los que habían brotado ahora dos regueros de silenciosas y
calientes lágrimas, mientras de la boca oculta se escapaba un ronco sollozo que
pareció agitar todo su cuerpo.
El mundo se había detenido; el reloj de la catedral había dejado
de sonar a mitad de una campanada; el general era como una estatua de sal,
inmóvil y desconcertado, y en toda la extensión del Universo nada ocurría en
ese instante comparable al hecho de que un hombre y una mujer se estaban
mirando; se estaban descubriendo; se estaban diciendo en silencio todo cuanto
no habían podido decirse en diez años de vivir minuto a minuto el uno para el
otro.
Lloraban.
Lloraban los dos, sin pudor y sin ruido, sin gestos ni
aspavientos, tranquilos y relajados, porque aquellas lágrimas eran como el
escape imprescindible a todas sus emociones; conscientes de que no serían
capaces de moverse, de acudir el uno junto al otro, hasta que se hubiesen
desahogado.
— Jonathan... –murmuró, como en un rezo; como en una súplica;
como en una necesidad de obtener confirmación.
Se puso en pie y avanzó hacia ella, que continuaba inmóvil,
mirándole. Se detuvo al fin, rozó con sus dedos las puntas de los dedos que aún
cubrían su rostro y tomó asiento en la silla que el impresionado general le
cedía.
—¡Hola, madre! –fue todo lo que se sintió capaz de decir.
En algún rincón del bosque, a media ladera, dominando la suave
pendiente, estaría aguardándole el dueño de la huella.
Tomó asiento junto a ella, dejó a un lado el arma, abrió la
mochila y comenzó a comer, meditabundo, sin fijar la atención en lo alto, pero
tratando de hacerse cargo, tan sólo con furtivas ojeadas, del lugar escogido.
Con un buen rifle de mira telescópica, el dueño de aquella
huella, parapetado tras los árboles, podía mandarle al infierno en cuanto
adelantase trescientos metros, pero allí, donde ahora se encontraba, no se
atrevería a intentarlo, porque si delataba su presencia, tenía las de perder
frente a Jonathan Rhin y su “Express 465”.
Lo presintió desde el primer momento; desde que comenzaron a
hablarle de “Abdullah”, y Marengo dejó escapar que nadie lo había visto en los
últimos años.
Vino luego la insistencia en que tenía que matarlo él, Jonathan
Rhin, el último de los “cazadores–blancos” de África; el más conocido y
respetado; el que los años y el libro de Sir Thomas habían convertido en una
leyenda viva, que subsistía aislado en su lejana torre de marfil de las colinas
de pizarra. Le alertó, por último, el revuelo de informadores que proclamaron
al mundo el sorprendente duelo que pensaba librar en los Montes de Marfil un
“elefante–dios” y un “hombre–leyenda”.
En cierto aspecto halagaba su vanidad, pero en otro, le
molestaba el hecho de que alguien pudiera considerarle tan estúpido como para
no percatarse de la trampa.
Demasiado sutil para el embotado cerebro de gorila asesino de
AdíAlí, pero no para sus consejeros blancos, los refinados y astutos nazis
sudafricanos. Algún día, en alguna parte, el “Dios “Abdullah” “ había dejado de
existir. Quizá se hundió para siempre en aquellos mismos Montes de Marfil, o lo
mató un cazador en Kenya, poco importaba, pero su ausencia sería pronto
advertida por los Sondas, comenzaría a correr el rumor de su muerte, y antes de
seis meses, esos mismos Sondas se habrían alzado en armas, barriendo –aunque
sólo fuera por número– a todos los “airos”, los mercenarios, y los
“afrikaaners” del gran Adí–Alí, que acabaría colgado de un poste.
Agitó la cabeza mientras terminaba su somero almuerzo, y se
entretuvo en encender su cachimba parsimoniosamente, concentrado en sus ideas,
satisfecho de advertir que la mayor parte de las piezas del rompecabezas
parecían encajar una en la otra, con la aparición de una simple huella humana
en el lugar en que siempre imaginó encontrarla.
Hubiera resultado muy difícil llegar a aquellos Montes e
intentar colocarse en una posición ventajosa sin dejar un solo rastro que el
entrenado ojo de Jonathan Rhin no hubiera descubierto. Tal vez Suílem... Tal
vez Wam–Bu..., pero no quien calzaba aquella pesada bota del cuarenta y dos con
dibujos antideslizantes en la suela y el tacón.
—Alguien me toma por tonto –masculló, malhumorado, lanzando al
aire una columna de humo que debía ser, para el que le observaba desde arriba,
como una bandera agitada al viento–.
Alguien... –repitió–; pero, ¿quién...?
No pensaba avanzar a pecho descubierto a averiguarlo, ni
retroceder precipitadamente para que le anduvieran persiguiendo y le abatieran
en el cañón, el río o la llanura, destrozaran su cuerpo y se presentaran ante
el mundo con la prueba de que el legendario Jonathan Rhin había muerto pateado
por el “dios–elefante” que continuaba en su olímpico monte, protegiendo desde
allí la persona del gran Adí–Alí.
—No voy a dejar que me jodas, negro de mierda... –masculló,
comenzando a enfurecerse, pese a que desde que salió a Abidján venía
prometiéndose que no lo haría–. No vas a joderme...
Tal vez yo no consiga convencer al mundo de que tu dios no
existe, pero tú no vas a demostrar a costa mía que sí existe... –Mordió la
embocadura de su cachimba, tratando de calmarse–.
Lo más que te concedo es tablas, como decía Sir Thomas cuando se
veía con el agua al cuello. –Extendió la mano y acarició el frío cañón de su
“Holland–Holland” reluciente y engrasado–. Yo puedo estar viejo y pasado
–admitió–, pero éste se conserva como el día que le compré en Douala...
Apagó su pipa, la golpeó en el tacón de la bota, se la guardó en
el bolsillo de la camisa, comprobó que el arma estaba lista para disparar, se
recostó en la piedra buscando una posición más cómoda, encogió las piernas, se
echó el ala del sombrero sobre el rostro hasta casi ocultar los ojos y comentó:
—A quienquiera que esté allá arriba, lo voy a poner nervioso echándome una
siesta...
Sonrió para sus adentros y cerró los ojos, dispuesto a disfrutar
durante un par de horas de sus recuerdos y sus pensamientos; recuerdos de aquel
día –tantos años hacía ya– en que se sentó en una mesa del “Gran Café” a mirar
a su madre.
El general, inteligente, sensible y discreto como era, los dejó
solos, y el camarero renco, demostrando una memoria portentosa, apareció a los
pocos instantes con un gran helado de frambuesa y naranja, lo colocó ante
Jonathan, al que sonrió como si lo hubiera atendido el día anterior, y por
primera vez en muchos años abandonó su puesto y desapareció en el interior del
establecimiento.
Revolvió el helado, lo probó, evocando el olvidado sabor, sonrió
muy levemente y lo señaló con un gesto: —Estoy en casa... –murmuró.
Ella se limitaba a mirarle, y tan sólo extendió la mano para
acariciarle el cabello, echárselo hacia atrás y contemplar mejor el curtido
rostro de hombre que había sustituido, alrededor de los mismos ojos, al
delicado rostro de niño del Jonathan de antaño.
—Es como un milagro... –acertó a murmurar al fin–. ¡Once
años...!
–Hizo una pausa y trató de leer en lo más profundo de sus ojos–.
¿Necesitaste este tiempo para perdonarme...?
Negó suavemente: —Para comprender que no tengo derecho a
juzgarte... Resultó difícil, pero lo logré... –Hizo un esfuerzo, intentando que
su voz no delatara lo que sentía cuando inquirió con forzada naturalidad–:
¿Sigues con ella?
—Acabó aquella noche. Cuando advertí que te habías ido... –Le
apretó las manos con más fuerza–. Para mí no significaba más que protección y
compañía hasta que regresaras del colegio. Lo terrible ha sido la angustia y el
vacío de estos años...
Con un gesto señaló hacia el punto por el que se había alejado
el general: —¿Y él...?
—Perdió su familia en la guerra, y nos acompañamos mutuamente.
—¿No te ha pedido que te cases...?
—El matrimonio me trae recuerdos demasiado amargos, tú lo
sabes...
–Hizo una pausa, en la que estudió las manos de su hijo,
buscando en ellas, quizá, la marca de un anillo, e inquirió–: ¿Y tú? ¿Te has
cansado...?
Pensó en Raquel, a la vez infantil y endurecida, repleta de
amarga desesperanza tras el dolor sufrido y un invencible deseo de ilusionarse
con una nueva felicidad que le permitiera aferrarse a la vida, incapaz de
aceptar que sus sufrimientos no habían quedado para siempre atrás y le aguardaba
un futuro en alguna parte.
Pensó en Raquel, a la vez niña y mujer; dulce y cruel, pero
profundamente femenina bajo su coraza de defensiva masculinidad, con su pecho
pequeño, sus rotundos muslos y sus manos huesudas repletas de suaves caricias.
Echó hacia atrás el sombrero, alzó la vista hacia la línea de
árboles, los escrutó uno por uno, tratando de averiguar tras cuál de ellos se
escondería, y comprendió que el recuerdo agridulce de Raquel había empañado por
un instante los recuerdos de aquel primer encuentro con su madre.
—Raquel... –murmuró para sus adentros, y luego se dirigió en voz
queda hacia la colina, como si quien allí estuviera pudiese escucharle–.
No pienso dejarme matar aquí –advirtió–. Mi tumba está lista
allá, bajo la casa, al pie de la colina...
La tarde caía, el sol descendía hacia el horizonte y lanzaba sus
rayos hacia la cumbre y la línea de árboles.
Sabía que era el momento en que esos rayos de sol se colaban
hasta el fondo de la mira telescópica de un fusil, enturbiando la visión del
tirador, emitiendo destellos.
Era, por tanto, el momento que había estado esperando, pero se
mantuvo muy quieto, junto a la roca y la huella, abrigando la secreta esperanza
de que quien se emboscaba allá arriba no se percatara de su añagaza.
Dejó a un lado, abandonada para evitar cualquier estorbo, la
mochila, se llenó los bolsillos de cartuchos, comprobó que el arma estaba
montada y corridos los seguros, se cercioró de que el sol se encontraba
justamente a su espalda, e inició la ascensión tranquilamente, sin esfuerzos
bruscos, sin prisas, sin el menor gesto que pudiera alterar su pulso, su
respiración, su equilibrio.
Alcanzó el punto temido. Trescientos metros le separaban de la
línea de árboles, y cruzó el arma ante el pecho, con el dedo en el gatillo y el
cañón fuertemente sujeto con la mano izquierda. Su enemigo, si en realidad
tenía un enemigo allá en lo alto, no podía llamarse a engaño: Jonathan conocía
su presencia, y su actitud prevenida y hostil lo demostraba. En una décima de
segundo, el hombre que ascendía por la colina podía echarse el arma al hombro y
disparar.
Y lo hizo.
Lo hizo en el instante en que la mira telescópica de un rifle
“416 Mauser–Magnum” hizo su tímida aparición por entre la maleza e intentó
centrar la cruz de su lente en la cabeza de Jonathan. El cristal lanzó el
esperado destello, herido por el sol que le entraba de frente, y antes de que
el emboscado tuviera tiempo de ajustar su puntería, una enorme bala “465” para
elefantes atravesó el follaje que le protegía, tronchó tres ramas sin apenas
desviarse, le alcanzó en pleno estómago y lo estrelló contra un árbol a cuatro
metros de distancia, en el que rebotó con un crujido de huesos destrozados y un
alarido de dolor.
Inmóvil a media ladera, con las piernas muy abiertas y el arma
aún encarada, Jonathan no precisó del grito ni el golpe del cuerpo para
comprobar que había dado en el blanco. Una experiencia de treinta años le
permitía adivinar, desde el momento en que la bala iba saliendo por el cañón,
si andaba o no en la línea correcta.
Pero esta vez todo le pareció diferente. Esta vez no era un
elefante, un león, un leopardo, ni cualquier otra bestia de la selva, la
llanura o el desierto. Esta vez era un ser humano; un hombre; el primero, que
Jonathan había matado en su larga vida de matar.
—¿Es así como te ganas la vida...?
¿Matando elefantes...?
Asintió en silencio. Paseaban a orillas del canal en su segundo
día de estar juntos; de decirse todo lo que no se habían dicho en aquellos
largos años. Ella se detuvo y dejó que se adelantara unos pasos y se volviera a
mirarla. Le observó. Aún le costaba esfuerzo hacerse a la idea de que aquel
hombre alto, tostado, viril y extraordinariamente hermoso, que atraía las
miradas de todas las mujeres, fuera su hijo; el mismo chiquillo dulce y tímido
que recostaba la cabeza en sus muslos para dormir la siesta cuando salían a
comer al campo.
—No puedo imaginarlo –negó, reanudando la marcha y poniéndose a
su altura–. No puedo imaginarte matando elefantes...
—¿Me habrías imaginado matando hombres en la guerra? –inquirió–.
Eso sí me espanta y me enferma tan sólo de pensarlo... –Hizo una pausa mientras
reanudaban el paseo tomados del brazo–. En África aún sobran elefantes
–continuó–. Si hay que matarlos, más vale que lo haga yo limpia y rápidamente,
sin permitir que sufran, que al estilo de los nativos, alanceándolos o
rodeándolos con un cerco de fuego para quemarlos vivos.
—¿Y por qué matarlos? –se lamentó.
—Porque muchos consideran que pertenecen a otro tiempo –señaló–.
Y porque la Naturaleza los dotó de unos colmillos que los hombres desean, y
contra eso nada puede hacerse...
Siempre habrá quien los persiga y los mate.
—Eso no te disculpa...
—Lo sé, madre, pero no pretendo disculparme... –Tomaron asiento
en un banco de madera, frente al canal, que discurría tranquilo–. Hay muchas
razones por las que mato elefantes.
Entre ellas el dinero.
—Ya no necesitas dinero... Has heredado la casa y la hacienda de
tu padre... –Le tomó de la mano y se la acarició tiernamente–. Ya no necesitas
volver a África ni matar elefantes...
Negó convencido: —No quiero esa casa, ni esa hacienda, ni nada
que provenga de él...
–replicó sin una sola duda en la voz–.
Decidimos que había dejado de formar parte de nuestras vidas,
¿recuerdas?
Eso fue para bien y para mal...
—Entonces... –Se la advertía desolada, desilusionada–. Todos los
años que he tenido que pasar en esa casa repleta de recuerdos amargos para que
no te dieran por desaparecido y los parientes se lanzaran sobre la herencia,
¿han resultado inútiles...?
—Lo lamento, madre. –Su voz sonaba absolutamente sincera, sin la
menor sombra de duda–. Puedes quedártela, venderla o regalarla a los pobres...
Lo que quieras; pero jamás volveré a ella ni tocaré un céntimo
que le perteneciera. –Sonrió con cierta amargura–: Ya ni siquiera llevo su
apellido.
Reanudaron el paseo, cruzaron en silencio el parque, sumidos en
sus pensamientos, sin necesidad de hablarse, felices por estar el uno junto al
otro. Desembocaron en la esquina de la farmacia, cruzaron la plaza y fueron a
sentarse a la misma mesa de aquella mañana.
El camarero les sirvió con rapidez y amabilidad, casi tan feliz
como ellos; como si hubiera tomado parte en aquella historia y fuera un
personaje importante en el suceso que comentaba la ciudad: el regreso a casa
del chico que había estado perdido once años.
—¿Volverás a África? –inquirió al fin, con temor en la voz.
Tardó en responder. Saboreó sin prisa el helado, y resultaba
evidente que libraba una batalla en su interior, y aún no había tomado una
decisión: —Aún no lo sé –admitió–. Pero creo que no podría acostumbrarme a
vivir nuevamente en Europa, lejos de las grandes llanuras, los animales y la
selva. –Hizo una pausa, y la miró a los ojos, queriendo leer en ellos la
respuesta antes que en sus labios–.
¿Vendrías conmigo...?
—Iré adonde tú vayas –replicó sin dudarlo–. África, o el Polo,
sea donde sea. Tú eres mi hijo; te perdí mucho tiempo, y quiero recuperar esos
años...
—¿Y el general...?
Su expresión se nubló un instante.
Agitó la cabeza negando con suavidad: —No es más que un amigo,
ya te lo dije... –Su voz se enronqueció un tanto– Y le hago sufrir.
—¿Por qué?
—Se encuentra solo, y abrigaba la esperanza de que aceptara
casarme con él.
—Es un hombre agradable, y creo que te sientes a gusto a su
lado.
Ella comenzó a revolver en su lado; tal vez buscando su paquete
de cigarrillos y su encendedor; tal vez tratando de ocultar su turbación.
Cuando logró dar con lo que tanto parecía desear, lo dejó sobre el mármol de la
mesa, como si de pronto hubiese perdido interés en fumar. Se decidió a mirar a
su hijo a los ojos.
—Sí, desde luego –aceptó–, me siento a gusto con él, pero a ti
no puedo mentirte. La idea de que me toque, me enferma.
—No todos los hombres son como era él... Hay parejas que se
quieren; que son felices con eso; que lo convierten en algo hermoso...
—¡Lo sé! –le interrumpió. Se la advertía más nerviosa que nunca,
como si el tema le quemara, y ahora buscó un cigarrillo y lo encendió agitada–.
Pero no tuve más experiencia que la de tu padre, y aunque trato
de convencerme de que con él sería diferente, mi interior se revuelve contra
aquellos recuerdos... Era humillante, vergonzoso, sucio y aberrante... Nadie
puede concebir ni comprender lo que siento.
—Yo puedo comprenderlo, madre.
No fueron sus palabras, sino el tono de su voz lo que la alertó,
obligándola a observarle con más fijeza, negándose, quizás, a aceptar la verdad
de lo que acababa de presentir.
—¿Qué quieres decir...?
—Sólo eso, madre... Que puedo comprenderte.
—No... –negó, convencida–. Únicamente puede comprender quien
haya sentido como yo un rechazo absoluto hacia cualquier contacto. –Le apretó
con fuerza el brazo, solicitando de él una respuesta sincera y temiéndola al
mismo tiempo–. ¿Te ocurre eso, Jonathan...?
Estaba en lo cierto. El hombre había muerto destrozado por una
bala hecha para elefantes, y experimentó una irrefrenable necesidad de vomitar
allí mismo.
Se inclinó a hacerlo, y fue entonces cuando advirtió que una
mano gigantesca le elevaba en el aire y le lanzaba rodando colina abajo, sin
que lograra detenerse hasta que un matojo frenó su caída.
Intentó incorporarse, pero comprendió que resultaba inútil.
Sentía un dolor insoportable en la espalda y en el pecho, y se diría que sus
piernas habían desaparecido, corriendo tras el estampido que había continuado
su loca huida pendiente abajo.
Quiso respirar, y le costó un gran esfuerzo. Buscó el arma a su
alrededor, pero estaba lejos. Irguió la cabeza, y todo lo que pudo distinguir
fueron dos hombres que habían surgido de la espesura y avanzaban hacia él, con
las armas aún encaradas, listas a disparar de nuevo a la menor señal de
peligro.
Comprendió que había perdido la partida, pero no le importó. En
el fondo de su alma sabía que había acudido a los Montes de Marfil para
perderla, porque desde el comienzo de los tiempos, desde que aquellos Montes
salieron de la nada para convertirse en el último refugio de las grandes
manadas, estaba escrito que Jonathan Rhin iría a morir allí, al lugar del que
un día muy lejano oyó hablar por primera vez a un viejo contramaestre de un
viejo y sucio barco.
—Tan sólo lamento que patearán mi cuerpo –musitó–. Lo
destrozarán para convertirme en una prueba de que dios existe, y no podré
descansar para siempre en mi tumba, junto a ella...
Llegaron a su lado y abatieron las armas al comprender que
ningún peligro cabía esperar del hombre derribado, que había realizado un gran
esfuerzo para incorporarse apoyándose contra el matojo.
Intercambiaron unas frases en afrikaaner y luego, ya en inglés,
el más alto comentó burlón: —¿De modo que tú eres el gran Jonathan Rhin el
invencible? Creí que ibas a dar más trabajo cuando te vi subir con el arma
lista... ¿Desde cuándo sabías que te esperábamos?
Le costó un gran esfuerzo articular palabra, y el aire parecía
escapársele por el enorme agujero abierto en el pecho, en el que borboteaba la
sangre: —Desde siempre... Fue un truco muy burdo.
—¿Por qué viniste entonces...?
Se encogió de hombros: —Valía la pena intentarlo... –Tosió y
escupió sangre–. Cazar a Dios...
El otro no respondió. De entre los árboles había surgido un
nuevo personaje, que corría hacia ellos, dando voces, bandazos y traspiés.
—¿Qué ha pasado? –gritaba con voz ronca y pastosa–. ¿Qué ha
pasado...?
Al llegar a menos de cinco metros del herido, se detuvo y lo
observó asombrado. Se diría que toda daba vueltas en su cabeza y no podía
asociar las ideas.
Jonathan intentó sonreír: —¡Hola, Igor...! –dijo–. Todo el viaje
vine rogando que no hubieras sido tú.
—¡Jonathan! –exclamó.
—Sí, madre...
—Esa muchacha... La que te espera en Niza... ¿Por qué no lo
intentas con ella?
Dejó la maleta a medio deshacer sobre la cama, y salió a la
terraza común, desde la que le había llamado mientras contemplaba el atardecer
sobre el bosque de pinos y los tejados del colegio.
—No quiero fracasar una vez más –replicó, mientras tomaba
asiento en el ancho muro de piedra, apoyando la espalda en una gigantesca
maceta de piedra labrada–. No con ella... –añadió–. Sufrió mucho en la guerra,
la violentaron decenas de hombres, y si no lo logro, creerá que es porque me
asquea o pienso en los otros...
—Entiendo... –Se aproximó y le acarició el cabello, con la misma
ternura con que solía hacerlo cuando aún era un niño y ella acudía cada sábado
a visitarle a aquel mismo parador, donde les reservaban siempre las mismas
habitaciones y salían cada tarde a contemplar la puesta de sol desde la misma
terraza.
Había sido un hermoso viaje; un regresar juntos a la pequeña
estación, el solitario parador, el viejo colegio y los escondidos senderos del
bosque.
Había sido una idea común, porque en aquel parador y en aquellos
bosques habían sido más felices que en ninguna otra parte de este mundo, y se
habían sentido más cerca el uno del otro; más unidos; más madre e hijo.
En el gran caserón pervivía el recuerdo aborrecido de “el
Coronel”; en el “Gran Café”, el parque o el canal aparecía, como un fantasma,
la triste soledad con que ella los había recorrido en infinitos paseos durante
once años. Únicamente allí, en el bosque y el parador, todo resultaba perfecto.
Un sol rojo y brillante se hundía tras el campanario del
colegio, campanario que le llamó a misa cada mañana durante tres largos años.
Contemplaron cómo se sumergía en el horizonte hasta desaparecer, y luego ella
pareció volver a la realidad, tomó a su hijo por la barbilla y le obligó a
mirarla: —Es culpa mía, ¿verdad? –quiso saber.
—¿Qué?
—Tu impotencia...
—No soy impotente –aseguró, convencido.
—No, desde luego –admitió–. Tal vez no lo eres físicamente, pero
te asquean las mujeres... Dime –suplicó–. ¿Fue por mi culpa...?
—No lo sé... –confesó–. A veces pienso que sí; otras, estoy
seguro de que fueron aquellas putas de Barcelona... Si lo hubieras visto,
madre...
Era el espectáculo más abominable, más repugnante, más... –Se
interrumpió bruscamente ante la palidez de ella, y cayó en la cuenta de su
error–. ¡Lo lamento...! –Se disculpó, dolido–. Lo lamento, madre, no ha sido mi
intención...
—Lo sé... –Le acarició la mejilla–. Olvídalo, hijo... Ya ha
pasado... Lo que importa eres tú... –Hizo una pausa, le tomó de las manos y
habló con pasión, casi con violencia–.
No quiero que destroces tu vida como destrozaron la mía. No
quiero que te conviertas en un ser frustrado como lo fui yo... Tú eres un
muchacho normal, del mismo modo que yo era una muchacha normal... –Agitó la
cabeza como desechando una horrenda pesadilla–.
¡Por Dios! No permitas tú también que destruyan tu vida...
—¿Y cómo evitarlo, madre...?
–inquirió–. ¿Cómo quieres que luche contra esos sentimientos...?
–Le tomó la cara entre las manos y la miró al fondo de los ojos–. ¡Oh, madre!
–se lamentó–. ¡Oh, madre...! ¡Cómo desearía haber nacido fangké!
—¡Yo no lo sabía...! ¡Yo no lo sabía, Jonathan, te lo juro! Me
ofrecieron diez mil dólares por traerles a matar a “Abdullah”! –Le tomó por la
solapa, arrodillado a su lado como estaba, apestando a coñac y a sudor,
intentando obligarle a que lo mirara de frente y admitir que decía la verdad–.
¡Yo no lo sabía...! –sollozó–. Yo sólo les mostré el camino, porque me
aseguraron que Raquel estaba enferma y tú no podías venir...
Le miró con pena, convencido de que el pobre borracho no mentía:
—Raquel murió hace tres años...
–susurró con el escaso aliento que le quedaba–. La enterré al
pie de la casa, junto a sus limoneros... Y allí me gustaría que me enterraran,
viejo... ¿Vas a llevarme...?
—Voy a llevarte, Jonathan... –El checo parecía haberse serenado
y su voz sonaba firme, convencida–. Voy a sacarte de aquí como tú me sacaste de
aquel maldito agujero del Chad...
–Alzó el rostro hacia los impasibles sudafricanos, que
observaban la escena con aire de fastidio, apoyados en sus pesados rifles y
fumando displicentemente sus cigarrillos mientras un hombre moría ante sus
ojos.
—No voy a dejar que lo maten, ¿me oyen? –advirtió–. Él es como
mi hermano, y no voy a dejar que se muera aquí... Lo curaré y me lo llevaré...
Ni siquiera se tomaron la molestia de responderle, conscientes
de lo absurdo de su charla. El hombre se moría, estaba claro. Nadie se salvaba
con una bala calibre “416” en el pecho, y lo sabían. Sin embargo, cuando Igor
extrajo del bolsillo un sucio pañuelo e intentó taponar el hueco por el que
Jonathan se desangraba, el más alto de los afrikaaners se lo arrebató de un
manotazo y lo lanzó lejos: —¡Déjese de tonterías! –exclamó–.
Que se muera de una vez, o le pego otro tiro.
El checo le miró asombrado con el aire de quien no entiende lo
que ocurre. Tambaleándose aún, se puso en pie con un gran esfuerzo y se
encaminó a por su pañuelo ante la fría indiferencia de los otros. Avanzó cinco
metros dando traspiés, llegó junto al pañuelo, se agachó y de improviso se
apoderó del “Holland–Holland” de Jonathan y quedó en el suelo, de rodillas, con
el arma encarada, lista y montada, apuntando a los afrikaaners, que no habían
tenido ocasión de reaccionar, y permanecieron como estaban, inmóviles y con las
armas al brazo.
—¡Soltadlas! –gritó, y se le advertía sereno, seguro de sí
mismo, mientras el cañón el “Express 465” iba de uno a otro y él se alzaba
lentamente sin quitarles la vista de encima–. ¡He dicho que las soltéis!
Los sudafricanos se consultaron con los ojos, parecieron
entenderse y negaron al unísono: —No –replicó el más alto, que parecía llevar
la voz cantante–. No tienes más que una bala, y si disparas, el que quede vivo
podrá matarte... –Era sin duda un hombre frío, acostumbrado a situaciones de
peligro–. Si obedecemos –continuó–, nos matarás a los dos... ¡No somos
estúpidos...!
Durante unos segundos infinitamente largos, los cuatro hombres
permanecieron muy quietos, convencidos de que la situación había desembocado en
un callejón sin salida. Jonathan respiraba fatigosamente, limitado a su papel
de mero espectador, incapaz de mover un músculo, y advertía que las fuerzas le
abandonaban a cada segundo que pasaba; Igor Zesky, aparentemente desconcertado,
dudaba entre matar a uno cualquiera de los dos o tirar lejos el arma y echar a
correr. Los sudafricanos, tensos y expectantes, no necesitaban más que una
oportunidad para encararse el fusil y disparar.
Poco a poco, muy poco a poco, el checo comenzó a retroceder, al
tiempo que giraba hacia la izquierda, con ánimo de ascender hacia los árboles y
esconderse allí. Al hacerlo, sus enemigos giraban también sobre sí mismos,
decididos a darle siempre la cara, y el más alto tensó los músculos al
comprender que su oportunidad le llegaría en el momento en que su compañero se
interpusiera entre Igor y él.
Cuando Igor comenzaba a alejarse por la colina, y estaba a punto
de colocarse en línea con los otros, Jonathan advirtió la intención del
afrikaaner, quiso avisar del peligro a su amigo, pero, súbitamente, comprendió.
Y también comprendió el afrikaaner una décima de segundo antes
de que se decidiera a emplear a su compañero como escudo, porque fue en ese
instante, justamente en ese instante, cuando Igor Zesky apretó el gatillo, y
del enorme “Holland–Holland 465 Express” surgió como un obús una bala
gigantesca, especial para cráneos de elefante, que atravesó al primer
afrikaaner como si fuera de mantequilla, atravesó al segundo –hubiera
atravesado a cinco más que estuvieran en filay se perdió aullando ladera abajo.
Segundos después, el checo se inclinaba sobre Jonathan,
intentando taponarle la herida.
—¡Ahora, tranquilo...! –pidió–.
Voy a curarte y sacarte de aquí...
Se limitó a tomarle la mano y obligar a que le mirara de frente:
—¡No te esfuerces, viejo...!
–pidió–. Yo ya estoy listo... Lo que quiero es que me entierren
con Raquel y cuentes lo que ha pasado... –Sacó del bolsillo de la camisa un
recorte de periódico, sucio de sangre, y se lo entregó–. Busca en Abidján al
negro y a la chica... Que se libren de Niklaus, que los está utilizando...
–Tosió, y esta vez la sangre brotó a borbotones, incontenible.
Se moría por minutos, y lo sabía–. Eso fue lo que me desconcertó en un
principio...
–susurró ya con un hilo de voz–.
Ellos dos son sinceros... Tenía que creerles...
El profesor Igor Zesky, ex catedrático de la Universidad de
Praga, expulsado por borracho, estudió desconcertado el pedazo de papel de
periódico, observó a su amigo, que se estaba muriendo, y agitó la cabeza
queriendo despejarla de todas sus sombras.
—¡No entiendo nada, Jonathan...!
¿Qué es lo que ha ocurrido? –inquirió–. ¿Por qué me han traído
aquí?
¿Por qué te han matado? ¿Por qué he tenido que matar a esos
dos...?
—Por lo mismo de siempre, Igor...
–Ya casi no se le oía–. Por su dios de mentira... Lo necesitan
para seguir siendo los dueños...
Cerró los ojos. Se sentía muy cansado. Le quedaba poco tiempo;
veía venir la muerte, y deseaba emplear ese tiempo en recordar aquella noche en
la que la voz de un viejo fangké de rostro arrugado y cubierto de cicatrices
resonó extrañamente sobre un bosque lejano, sobre la torre del campanario de un
colegio, una diminuta estación y un solitario parador de alta montaña, para
penetrar, al fin, en una ancha habitación por la amplia puerta que se abría a
la terraza: “Hoy es el gran día –decía aquella voz–. Hoy es el “gran día” en
que os iniciaréis en los profundos secretos de la Naturaleza...” –El hombre y
la mujer se contemplaban, desnudos, con el amor y el respeto con que jamás se
contemplaron antes hombre y mujer alguna–. “...En el conocimiento de vuestro cuerpo,
el amor que es capaz de ofrecer, y el que se siente en condiciones de
recibir...” –Era tanto el amor que se daban sin tocarse...–.
“Es también el día más difícil en la existencia de un ser
humano...” –continuaba monótona, profunda y grave, la voz del anciano, mientras
el hombre y la mujer se besaban leve, muy levemente, por primera vez–. “Aquel
en que descubriréis si sois capaces de hacer disfrutar, y si os hacen
disfrutar, de ese don tan preciado que nos han concedido los dioses, y que es
el placer del amor entre un hombre y una mujer”.
–Por primera vez, también, comenzaron a saber lo que era el
placer del amor entre un hombre y una mujer–. “Mucho es el daño físico y
espiritual que este día puede causaros...” –La mujer intentaba olvidar los años
de humillación, de repugnancia, de terror ante la sola idea de sentir el
contacto de un hombre–. “Mucha la huella, para bien o para mal, que lo que hoy
ocurra dejará en vuestra vida...” –El hombre cerraba los ojos al espectáculo de
dos prostitutas revolcándose en un lecho mugriento–. “Y grave peligro
correríais si quien os iniciara en estos secretos no os amara lo necesario ni
tuviera con vosotros la suficiente paciencia y delicadeza”. –Aquel hombre y
aquella mujer se amaban desde el comienzo de los tiempos; desde antes de tener
memoria; desde antes incluso de haber nacido...–. “Por eso es por lo que los
dioses fangké decidieron que fuera el padre el que iniciara a la hija, y la
madre la que iniciara al hijo, porque nadie será nunca más tierno y
delicado...” Todo fue tierno, todo fue delicado; todo fue hermoso, sin pecado,
porque no había deseo en ellos, sino tan sólo una inconmensurable necesidad de
ayudar al otro; de abrir las puertas cerradas en el otro; de derribar los
obstáculos del otro; de devolver a la vida al otro.
Y el hombre comprendió que en la mañana del domingo siguiente
podría acudir a una cita junto a la orilla del mar, en Niza.
Y la mujer comprendió que en la mañana del domingo siguiente
podría acudir, con una nueva ilusión, a una vieja cita en un viejo café de una
vieja plaza.
Y amaneció.
Y la voz de un viejo fangké de rostro arrugado y cubierto de
cicatrices resonó otra vez sobre el bosque lejano: “...Y amanecerá un nuevo día
en el que ya el padre tan sólo podrá ser padre, y la madre, madre, y caigan los
castigos del cielo sobre quien ensucie con un pensamiento impuro la Sagrada
Ceremonia de la Iniciación...” Abrió los ojos, fijó la vista en el enorme
elefante que ascendía lentamente por la verde colina; reparó en sus largos
colmillos, en su amplia frente y su porte majestuoso, agitó la cabeza con el
último gesto que se sintió con fuerzas de realizar y musitó imperceptiblemente:
—Qué absurda esperanza la mía...: Cazar a Dios.
Fin


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