© Libro N°. 2992. Alejandra Kollontai. Obras. Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Alejandra Kollontai. Obras
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ALEJANDRA KOLLONTAI
Obras
1872 - 1952
Alejandra
Kollontai (1872 - 1952): Revolucionaria bolchevique. Dirigió la Oposición
Obrera que se opuso al control partidario sobre los sindicatos y promovió el
sindicalismo industrial. Primera embajadora en la historia. Promovió el amor
libre y escribió acerca de temas sociales y de la mujer.
OBRAS:
s/f:
El primer subsidio
1907:
Los fundamentos sociales de la cuestión femenina (Extractos)
1911:
La relaciones sexuales y la lucha de clases
1913:
El Día de la Mujer
1918:
El comunismo y la familia
1921:
La prostitución y cómo combatirla
EL PRIMER SUBSIDIO
Escrito:
1921
Digitalización:
Koba, http://bolchetvo.blogspot.com.
Fuente:
De la tempestad surgieron. Moscu: Editorial Progreso, 1973.
Esta
Edición: Marxists Internet Archive, año 2009
Aquel
Octubre de 1917 era gris, ventoso. El viento agitaba las copas de los árboles
en el jardín del Smolny, del edificio de interminables y tortuosos pasillos y
grandes y luminosas salas, con ese vacío propio de las estancias oficiales,
donde se llevaba a cabo un trabajo intenso, que el mundo no había conocido
nunca.
Hacía
dos días que el Poder había pasado a manos de los Soviets. Del Palacio de
Invierno eran dueños los obreros y los soldados. El gobierno de Kerenski no
existía ya. Pero cada uno de nosotros comprendía que aquello era solamente el
primer peldaño de la dura escalera que conducía a la emancipación de los
trabajadores y a la creación de una República nueva, laboriosa, sin precedente
en la tierra.
El
Comité Central del Partido de los bolcheviques se alojaba en una pequeña
habitación lateral con una mesa sencilla en el centro, periódicos en las
ventanas y en el suelo y unas cuantas sillas. No sé ya para qué había llegado
yo allí entonces, pero sí recuerdo que Vladímir Ilich no me dejó siquiera
plantear la cuestión. Al verme, decidió en el acto que yo debía hacer algo más
necesario que aquello que me proponía.
-
Vaya ahora mismo a encargarse del Ministerio de Asistencia Social del Estado.
Hay que hacerlo inmediatamente.
Vladímir
Ilich estaba tranquilo, casi alegre. Bromeó un poco y, en seguida, pasó a
ocuparse de otro asunto.
No
recuerdo por qué fui para allá sola, sólo se me quedó grabado en la memoria el
húmedo día de octubre en que llegué a la puerta del Ministerio de Asistencia
Social del Estado, que se encontraba en la calle de Kazán. El portero, de
elevada estatura y buena presencia, con barba canosa y galoneado uniforme,
entreabrió la puerta y me examinó de pies a cabeza.
-
¿Quién de sus jefes está aquí ahora? -traté de informarme.
-
Las horas de visita para las peticiones han terminado -me respondió tajante el
galoneado viejo de buena presencia.
-
Pero yo no vengo a hacer ninguna petición. ¿Quién hay aquí de los altos
funcionarios?
- Ya
le han dicho a usted, en ruso, que se recibe a las solicitantes desde la una
hasta las tres, y ahora, mire el reloj, son más de las cuatro.
Yo
insistí, él se mantuvo en sus trece. De nada sirvieron razones. Las horas de
visita habían terminado. Y tenía orden de no dejar pasar a nadie.
A
pesar de la prohibición, intenté subir por la escalera.
Pero
el testarudo viejo se alzó ante mí como un muro impenetrable, sin dejarme
avanzar ni un paso.
Y me
tuve que ir sin conseguir nada, porque tenía prisa para acudir a un mitin. Y
los mítines en aquellos días eran lo más importante, lo fundamental. Allí,
entre las masas de soldados y desposeídos de la ciudad, se decidía la cuestión
de la existencia del Poder soviético, de si lo mantendrían los obreros y
campesinos con capotes de soldado o vencería la burguesía.
A la
mañana siguiente, muy tempranito, sonó el timbre de la vivienda donde me había
instalado al salir de la cárcel en que me metiera Kerenski. El timbrazo era
insistente. Abrimos. Apareció un mujik pequeñajo con zamarrilla, laptis y
barba.
-
¿Vive aquí el Comisario popular Kollontáy? Tengo que verle. Traigo aquí este
papelito para él, del bolchevique principal, de Lenin.
Miro
y veo que efectivamente en el trozo de papel hay escrito, de puño y letra de
Vladímir Ilich:
"Entréguele
cuanto le corresponda por el caballo, de los fondos de Asistencia Social del
Estado".
El
mujik, cachazudo, iba contando todo. En tiempos del zar, en vísperas de Febrero
le habían requisado ya el caballo para necesidades de la guerra. Le prometieron
pagárselo a precio razonable. Pero pasó el tiempo, y no recibió aviso alguno de
pago. Entonces, el mujik fue a Piter (Petrogrado), y estuvo dos meses llamando
a las puertas de todas las instituciones del Gobierno Provisional, sin ningún
resultado. Le mandaban, como a una pelota, de una oficina a otra. Derrochó
paciencia hasta que se le acabó el dinero. Y en aquel momento se enteró, de
pronto, de que había unos hombres, llamados bolcheviques, que devolvían a los
obreros y a los campesinos todo lo que les habían quitado los zares y los
terratenientes, así como lo que le había sido arrebatado al pueblo durante la
guerra. Para ello, sólo hacía falta recibir un papelito del bolchevique
principal, de Lenin. Aquel mujik pequeñajo había encontrado a Vladímir Ilich,
en el Smolny. Antes de que empezara a clarear, le había hecho levantarse y
había conseguido el papelito que me mostraba, pero que no me entregaba.
-
Cuando reciba el dinero, lo entregaré. Y mientras tanto, mejor será que lo
tenga yo. Es lo más seguro.
¿Qué
hacer con el mujik pequeñajo y su caballo? Pues el Ministerio continuaba en
manos de los funcionarios del Gobierno Provisional. Eran tiempos raros: el
Poder estaba ya en manos de los Soviets, el Consejo de Comisarios del Pueblo
era bolchevique, pero las instituciones oficiales, como vagones lanzados,
seguían por los raíles de la política del Gobierno Provisional.
¿Cómo
hacerse cargo del Ministerio? ¿Por la fuerza? Todos huirían, y nos quedaríamos
sin funcionarios.
Decidimos
proceder de otra manera: celebrar una reunión de delegados del sindicato de
empleados subalternos. Lo presidía el mecánico I. Egórov. El sindicato era muy
particular -un verdadero surtido de profesiones- y lo integraban cuantos, con
arreglo a la plantilla correspondiente, trabajaban en calidad de personal
subalterno: carteros, hermanas de la caridad, encargados de las estufas,
contables, escribientes, mecánicos, obreros y obreras de la fábrica de naipes,
guardas y practicantes.
Examinamos
la situación. Se actuó de un modo ejecutivo. Elegimos un Consejo, y a la mañana
siguiente fuimos a hacernos cargo del Ministerio.
Entramos.
El portero de los galones, que no simpatizaba con los bolcheviques, no había
asistido a la reunión. Su gesto era desaprobatorio, pero nos dejó pasar.
Empezamos a subir por la escalera; en dirección contraria a nosotros, descendía
un río de funcionarios, mecanógrafas, tenedores de libros, jefes... Bajaban
corriendo, precipitadamente, no querían ni mirarnos. Nosotros para arriba,
ellos para abajo. El sabotaje de los funcionarios había comenzado. Quedaron
solamente algunas personas. Manifestaron que estaban dispuestas a trabajar con
nosotros, con los bolcheviques. Entramos en los despachos y en las oficinas del
Ministerio. Todo estaba vacío. Las máquinas de escribir abandonadas, los
papeles tirados por el suelo. Y los libros de entradas y de salidas habían sido
recogidos. Estaban encerrados. Y no teníamos las llaves. Tampoco estaban allí
las llaves de la Caja.
¿Quién
las tendría? ¿Cómo íbamos a trabajar sin dinero? La asistencia social del
Estado era una institución cuya labor no era posible detener, pues abarcaba los
asilos, a los mutilados de guerra, los talleres de ortopedia, los hospitales,
los sanatorios, las leproserías, los reformatorios, los colegios de señoritas y
las casas de ciegos… ¡Enorme campo de acción! De todas partes presionaban,
exigían... Y no teníamos las llaves. Pero el más tenaz de todos era el mujik
pequeñajo que había venido con el papelito de Lenin. Cada mañana, apenas
amanecía, ya estaba en la puerta.
-
¿Qué hay del pago del caballo? Era muy bueno. De no haber sido tan fuerte y tan
sufrido, no pondría tanto empeño en que me lo pagaran.
Al
cabo de dos días, aparecieron las llaves. La primera salida de la Caja de
Asistencia Social fue el pago del caballo que el gobierno zarista arrebatara,
con engaños y a la fuerza, al campesino aquel, al mujik pequeñajo, que con
tanta tenacidad había sabido percibir íntegramente, con arreglo al papelito de
V. I. Lenin, la cantidad que le correspondía.
Extractos
de
LOS FUNDAMENTOS SOCIALES DE LA CUESTIÓN FEMENINA
Escrito:
En o antes de 1907.
Historial
de publicación: Publicado por vez primera en 1907.
Traducción
al castellano: Traducida por María Teresa García Banús en 1931, y revisada por
Tamara Ruiz en 2011, para En Lucha.
Fuente
de la presente versión: Tomado de la edición digital de Alexandra Kollontai:
Los fundamentos sociales de la cuestión femenina y otros escritos, Tamara Ruiz
(ed.). En Lucha: España, 2011. http://www.enlucha.org/site/?q=node/15895
Esta
edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2011.
Dejando
a los estudiosos burgueses absortos en el debate de la cuestión de la
superioridad de un sexo sobre el otro, o en el peso de los cerebros y en la
comparación de la estructura psicológica de hombres y mujeres, los seguidores
del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de
cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una
oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor
capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Los
seguidores del materialismo histórico rechazan la existencia de una cuestión de
la mujer específica separada de la cuestión social general de nuestros días.
Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos,
las características naturales han sido un factor secundario en este proceso.
Sólo la desaparición completa de estos factores, sólo la evolución de aquellas
fuerzas que en algún momento del pasado dieron lugar a la subordinación de la
mujer, serán
capaces
de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa actualmente de
forma fundamental. En otras palabras, las mujeres pueden llegar a ser
verdaderamente libres e iguales sólo en un mundo organizado mediante nuevas
líneas sociales y productivas.
Sin
embargo, esto no significa que la mejora parcial de la vida de la mujer dentro
del marco del sistema actual no sea posible. La solución radical de la cuestión
de los trabajadores sólo es posible con la completa reconstrucción de las
relaciones productivas modernas. Pero, ¿debe esto impedirnos trabajar por
reformas que sirvan para satisfacer los intereses más urgentes del
proletariado? Por el contrario, cada nuevo objetivo de la clase trabajadora
representa un paso que conduce a la humanidad hacia el reino de la libertad y
la igualdad social: cada derecho que gana la mujer le acerca a la meta fijada
de su emancipación total…
La
socialdemocracia fue la primera en incluir en su programa la demanda de la
igualdad de derechos de las mujeres con los de los hombres. El partido demanda
siempre y en todas partes, en los discursos y en la prensa, la retirada de las
limitaciones que afectan a las mujeres, es sólo la influencia del partido lo
que ha forzado a otros partidos y gobiernos a llevar a cabo reformas en favor
de las mujeres. Y, en Rusia, este partido no es sólo el defensor de las mujeres
en relación a su posición teórica, sino que siempre y en todos lados se adhiere
al principio de igualdad de la mujer.
¿Qué
impide a nuestras defensoras de los “derechos de igualdad”, en este caso,
aceptar el apoyo de este partido fuerte y experimentado? El hecho es que por
“radicales” que pudieran ser las igualitaristas, siguen siendo fieles a su
propia clase burguesa. Por el momento, la libertad política es un requisito
previo esencial para el crecimiento y el poder de la burguesía rusa. Sin ella
resultará que todo su bienestar económico se ha construido sobre arena. La
demanda de igualdad política es una necesidad para las mujeres que surge de la
vida en sí misma.
La
consigna de “acceso a las profesiones” ha dejado de ser suficiente, y sólo la
participación directa en el gobierno del país promete contribuir a mejorar la
situación económica de la mujer. De ahí el deseo apasionado de las mujeres de
la mediana burguesía por obtener el derecho al voto, y por lo tanto, su
hostilidad hacia el sistema burocrático moderno.
Sin
embargo, en sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus
hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje
socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas
buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna
manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas
mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No
acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender
el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase…
La
lucha por la independencia económica
En
primer lugar debemos preguntarnos si un movimiento unitario sólo de mujeres es
posible en una sociedad basada en las contradicciones de clase. El hecho de que
las mujeres que participan en el movimiento de liberación no representan a una
masa homogénea es evidente para cualquier observador imparcial.
El
mundo de las mujeres está dividido —al igual que lo está el de los hombres— en
dos bandos. Los intereses y aspiraciones de un grupo de mujeres les acercan a
la clase burguesa, mientras que el otro grupo tiene estrechas conexiones con el
proletariado, y sus demandas de liberación abarcan una solución completa a la
cuestión de la mujer. Así, aunque ambos bandos siguen el lema general de la
“liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son diferentes. Cada uno de
los grupos inconscientemente parte de los intereses de su propia clase, lo que
da un colorido específico de clase a los objetivos y tareas que se fija para sí
mismo…
A
pesar de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no
debe perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su
posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la
estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la
liberación de las mujeres no puede completarse.
Si
en determinadas circunstancias las tareas a corto plazo de las mujeres de todas
las clases coinciden los objetivos finales de los dos bandos, que a largo plazo
determinan la dirección del movimiento y las estrategias a seguir, difieren
mucho. Mientras que para las feministas la consecución de la igualdad de
derechos con los hombres en el marco del mundo capitalista actual representa un
fin lo suficientemente concreto en sí mismo, la igualdad de derechos en el
momento actual para las mujeres proletarias, es sólo un medio para avanzar en
la lucha contra la esclavitud económica de la clase trabajadora. Las feministas
ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han
apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos,
dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria
se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo
masculino se concede al “sexo débil”. Las mujeres trabajadoras tienen una
postura diferente. Ellas
no
ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en
los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la
rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero
masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas
odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los
placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del
sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres, como también
es cierto que las condiciones de trabajo asalariado, a veces, convierten a las
mujeres trabajadoras en competidoras y rivales de los hombres. Pero en estas
situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable…
La
mujer trabajadora, no menos que su hermano en la adversidad, odia a ese
monstruo insaciable de fauces doradas que, preocupado solamente en extraer toda
la savia de sus víctimas y de crecer a expensas de millones de vidas humanas,
se abalanza con igual codicia sobre hombres, mujeres y niños. Miles de hilos la
acercan al hombre de clase trabajadora. Las aspiraciones de la mujer burguesa,
por otro lado, parecen extrañas e incomprensibles. No simpatizan con el corazón
del proletariado, no prometen a la mujer proletaria ese futuro brillante hacia
el que se tornan los ojos de toda la humanidad explotada…
El
objetivo final de las mujeres proletarias no evita, por supuesto, el deseo que
tienen de mejorar su situación incluso dentro del marco del sistema burgués
actual. Pero la realización de estos deseos está constantemente dificultada por
los obstáculos que derivan de la naturaleza misma del capitalismo. Una mujer
puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de
trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas
a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad
sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un
lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la
servidumbre, de las lágrimas y las dificultades. Y esto es verdad hasta cierto
punto. Para la mayoría de las mujeres del proletariado, la igualdad de derechos
con los hombres significaría sólo una parte igual de la desigualdad, pero para
las “pocas elegidas”, para las mujeres burguesas, de hecho, abriría las puertas
a derechos y privilegios nuevos y sin precedentes que hasta ahora han sido sólo
disfrutados por los hombres de clase burguesa. Pero, cada nueva concesión que
consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana
menor y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos
sociales opuestos. Sus intereses se verían más claramente en conflicto, sus
aspiraciones más evidentemente en contradicción.
¿Dónde,
entonces, está la “cuestión femenina” general? ¿Dónde está la unidad de tareas
y aspiraciones acerca de las cuales las feministas tienen tanto que decir? Una
mirada fría a la realidad muestra que esa unidad no existe y no puede existir.
En vano, las feministas tratan de convencerse a sí mismas de que la “cuestión
femenina” no tiene nada que ver con aquella del partido político y que “su
solución sólo es posible con la participación de todos los partidos y de todas
las mujeres”. Como ha dicho una de las feministas radicales de Alemania, la
lógica de los hechos nos obliga a rechazar esta ilusión reconfortante de las
feministas…
Las
condiciones y las formas de producción han subyugado a las mujeres durante toda
la historia de la humanidad, y las han relegado gradualmente a la posición de
opresión y dependencia en la que la mayoría de ellas ha permanecido hasta
ahora.
Sería
necesario un cataclismo colosal de toda la estructura social y económica antes
de que las mujeres pudieran comenzar a recuperar la importancia y la
independencia que han perdido. Las inanimadas pero todopoderosas condiciones de
producción han resuelto los problemas que en un tiempo parecieron demasiado
difíciles para los pensadores más destacados. Las mismas fuerzas que durante
miles de años esclavizaron a las mujeres ahora, en una etapa posterior de
desarrollo, las está conduciendo por el camino hacia la libertad y la
independencia…
La
cuestión de la mujer adquirió importancia para las mujeres de las clases
burguesas aproximadamente en la mitad del siglo XIX: un tiempo considerable
después de que la mujer proletaria hubiera llegado al campo del trabajo. Bajo
el impacto de los monstruosos éxitos del capitalismo, las clases medias de la
población fueron golpeadas por olas de necesidad. Los cambios económicos
hicieron que la situación financiera de la pequeña y mediana burguesía se
volviera inestable, y que las mujeres burguesas se enfrentaran a un dilema de
proporciones alarmantes, o bien aceptar la pobreza o conseguir el derecho al
trabajo. Las esposas y las hijas de estos grupos sociales comenzaron a golpear
a las puertas de las universidades, los salones de arte, las casas editoriales,
las oficinas, inundando las profesiones que estaban abiertas para ellas. El
deseo de las mujeres burguesas de conseguir el acceso a la ciencia y los
mayores beneficios de la cultura no fue el resultado de una necesidad
repentina, madura, sino que provino de esa misma cuestión del “pan de cada
día”.
Las
mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura
resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los
hombres profesionales, apegados a sus “pequeños y cómodos puestos de trabajo”,
y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta
lucha dio lugar al “feminismo”: el intento de las mujeres burguesas de
permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los
hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí
mismas con orgullo como la “vanguardia del movimiento de las mujeres”. Se
olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica,
como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y
recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.
Entonces,
¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino
hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de
mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose
de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las
mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento
del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres
burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que
las feministas se enorgullecen tanto…
Nos
resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres
proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento
feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea
lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de
vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de
ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras
por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia
de la lucha del proletariado por su liberación.
¿Qué
fuerza a los propietarios de las fábricas a aumentar el precio del trabajo, a
reducir horas e introducir mejores condiciones de trabajo, si no el temor a una
grave explosión de insatisfacción del proletariado? ¿Qué, si no el miedo a los
“conflictos laborales”, persuade al gobierno de establecer una legislación para
limitar la explotación del trabajo por el capital?…
No
hay un solo partido en el mundo que haya asumido la defensa de las mujeres como
lo ha hecho la socialdemocracia. La mujer trabajadora es ante todo un miembro
de la clase trabajadora, y cuanto más satisfactoria sea la posición y el
bienestar general de cada miembro de la familia proletaria, mayor será el
beneficio a largo plazo para el conjunto de la clase trabajadora…
En
vista a las crecientes dificultades sociales, la devota luchadora por la causa
debe pararse en triste desconcierto. Ella no puede si no ver lo poco que el
movimiento general de las mujeres ha hecho por las mujeres proletarias, lo
incapaz que es de mejorar las condiciones laborales y de vida de la clase
trabajadora. El futuro de la humanidad debe parecer gris, apagado e incierto a
aquellas mujeres que están luchando por la igualdad pero que aun no han
adoptado la perspectiva mundial del proletariado o no han desarrollado una fe
firme en la llegada de un sistema social más perfecto. Mientras el mundo
capitalista actual permanezca inalterado, la liberación debe parecerles
incompleta e imparcial. Que desesperación deben abrazar las más pensativas y
sensibles de estas mujeres. Sólo la clase obrera es capaz de mantener la moral
en el mundo moderno con sus relaciones sociales distorsionadas. Con paso firme
y acompasado avanza firmemente hacia su objetivo. Atrae a las mujeres
trabajadoras a sus filas. La mujer proletaria inicia valientemente el espinoso
camino del trabajo asalariado. Sus piernas flaquean, su cuerpo se desgarra. Hay
peligrosos precipicios a lo largo del camino, y los crueles predadores están
acechando.
Pero
sólo tomando este camino la mujer es capaz de lograr ese lejano pero atractivo
objetivo: su verdadera liberación en un nuevo mundo del trabajo. Durante este
difícil paso hacia el brillante futuro la mujer trabajadora, hasta hace poco
una humillada, oprimida esclava sin derechos, aprende a desprenderse de la
mentalidad de esclava a la que se ha aferrado, paso a paso se transforma a sí
misma en una trabajadora independiente, una personalidad independiente, libre
en el amor. Es ella, luchando en las filas del proletariado, quien consigue
para las mujeres el derecho a trabajar, es ella, la “hermana menor”, quien
prepara el terreno para la mujer “libre” e “igual” del futuro.
¿Por
qué razón, entonces, debe la mujer trabajadora buscar una unión con las
feministas burguesas? ¿Quién, en realidad, se beneficiaría en el caso de tal
alianza? Ciertamente no la mujer trabajadora. Ella es su propia salvadora, su
futuro está en sus propias manos. La mujer trabajadora protege sus intereses de
clase y no se deja engañar por los grandes discursos sobre el “mundo que
comparten todas las mujeres”. La mujer trabajadora no debe olvidar y no olvida
que si bien el objetivo de las mujeres burguesas es asegurar su propio
bienestar en el marco de una sociedad antagónica a nosotras, nuestro objetivo
es construir, en el lugar del mundo viejo, obsoleto, un brillante templo de
trabajo universal, solidaridad fraternal y alegre libertad…
El matrimonio y el problema de la
familia
Dirijamos
la atención a otro aspecto de la cuestión femenina, el problema de la familia.
Es bien conocida la importancia que tiene para la auténtica emancipación de la
mujer la solución de este problema ardiente y complejo. La aspiración de las
mujeres a la igualdad de derechos no puede verse plenamente satisfecha mediante
la lucha por la emancipación política, la obtención de un doctorado u otros
títulos académicos, o un salario igual ante el mismo trabajo. Para llegar a ser
verdaderamente libre, la mujer debe desprenderse de las cadenas que le arroja
encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia. Para la mujer,
la solución del problema familiar no es menos importante que la conquista de la
igualdad política y el establecimiento de su plena independencia económica.
Las
formas actuales, establecidas por la ley y la costumbre, de la estructura
familiar hacen que la mujer esté oprimida no sólo como persona sino también
como esposa y como madre. En la mayor parte de los países civilizados, el
código civil coloca a la mujer en una situación de mayor o menor dependencia
del hombre, y concede al marido, además del derecho de disponer de los bienes
de su mujer, el de reinar sobre ella moral y físicamente…
Y
allí donde acaba la esclavitud familiar oficial, legalizada, empieza la llamada
“opinión pública” a ejercer sus derechos sobre la mujer. Esta opinión pública
es creada y mantenida por la burguesía con el fin de proteger la “institución
sagrada de la propiedad”. Sirve para reafirmar una hipócrita “doble moral”. La
sociedad burguesa encierra a la mujer en un intolerable cepo económico,
pagándole un salario ridículo por su trabajo. La mujer se ve privada del
derecho que posee todo ciudadano de alzar su voz para defender sus intereses
pisoteados, y tiene la inmensa bondad de ofrecerle esta alternativa: o bien el
yugo conyugal, o bien las asfixias de la prostitución, abiertamente
menospreciada y condenada, pero secretamente apoyada y sostenida.
¿Será
preciso insistir acerca de los sombríos aspectos de la vida conyugal de hoy,
acerca de los sufrimientos de la mujer que se ligan estrechamente a las
actuales estructuras familiares. Ya se ha escrito y se ha dicho mucho sobre
este tema. La literatura está llena de negros cuadros que pintan nuestro
desorden conyugal y familiar. En este campo, ¡cuántas tragedias psicológicas,
cuántas vidas mutiladas, cuántas existencias envenenadas! Por ahora, sólo nos
importa resaltar que la estructura actual de la familia oprime a las mujeres de
todas las clases y condiciones sociales. Las costumbres y las tradiciones
persiguen a la madre soltera de idéntico modo, cualquiera que sea el sector de
la población a la que pertenezca, las leyes colocan bajo la tutela del marido
tanto a la burguesa como a la proletaria y a la campesina.
¿No
hemos descubierto por fin ese aspecto de la cuestión femenina sobre el cual las
mujeres de todas las clases pueden unirse? ¿No pueden luchar conjuntamente
contra las condiciones que las oprimen? ¿Acaso los sufrimientos comunes, el
dolor común borran el abismo del antagonismo de clases y crean una comunidad de
aspiraciones y de tareas para las mujeres de diferentes planos? ¿Acaso es
realizable, en cuanto a los deseos y objetivos comunes, una colaboración de
burguesas y proletarias? Después de todo, las feministas luchan a la vez por
conseguir formas más libres de matrimonio y por el “derecho a la maternidad”,
levantan su voz en defensa de la prostituta a la que todo el mundo acosa.
Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de
unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la “igualdad
moral” entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la
liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de
millones de proletarias que allanan la senda a la “mujer nueva”, en la lucha
por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las
feministas?
Aquí
en Rusia, las mujeres de la mediana burguesía —es decir, este ejército de
mujeres que, poseedoras de una situación independiente, se encontraron de
golpe, en la década de 1860, arrojadas al mercado de trabajo— han resuelto en
la práctica, a título individual, multitud de aspectos embarazosos de la
cuestión matrimonial, saltando valientemente por encima del matrimonio
religioso tradicional y reemplazando la forma consolidada de la familia por una
unión fácil de romper, que se corresponde mejor con las necesidades de esa capa
intelectual, móvil, de la población. Pero las soluciones individuales,
subjetivas, de esta cuestión no cambian la situación y no mitigan el triste
panorama general de la vida familiar. Si alguna fuerza está destruyendo la
forma actual de familia, no es el titánico esfuerzo de los individuos más o
menos fuertes por separado, sino las fuerzas inanimadas y poderosas de la
producción, que están intransigentemente construyendo vida, sobre nuevos
cimientos…
La
heroica lucha de las jóvenes mujeres individuales del mundo burgués, que
arrojan el guante y demandan de la sociedad el derecho a “atreverse a amar” sin
órdenes ni cadenas, debe servir como ejemplo a todas las mujeres que
languidecen bajo el peso de las cadenas familiares: esto es lo que predican las
feministas extranjeras más emancipadas y también nuestras modernas defensoras
de la igualdad aquí. En otros términos, según el espíritu que anima a las
feministas, la cuestión del matrimonio se resolverá independientemente de las
condiciones ambientales, independientemente de un cambio en la estructura
económica de la sociedad, sencillamente merced a los esfuerzos heroicos
individuales y aislados. Basta con que la mujer “se atreva”, y el problema del
matrimonio caerá por su propia inercia.
Pero
las mujeres menos heroicas mueven la cabeza con aire dubitativo: “está todo muy
bien para las heroínas de las novelas que un previsor autor ha dotado de una
cómoda renta, así como de amigos desinteresados y de un extraordinario encanto.
Pero, ¿qué pueden hacer quienes carecen de rentas, de salario suficiente, de
amigos, de atractivo extraordinario?” Y, en cuanto al problema de la
maternidad, que se alza ante la ansiosa mirada de la mujer sedienta de
libertad, ¿qué hay? El “amor libre”, ¿es posible, realizable no como hecho
aislado y excepcional, sino como hecho normal en la estructura económica de la
sociedad de hoy, es decir, como norma imperante y reconocida por todos? ¿Puede
ser ignorado el elemento que determina la actual forma del matrimonio y de la
familia, la propiedad privada? ¿Se puede, en este mundo individualista, abolir
por entero la reglamentación del matrimonio sin que padezcan por ello los
intereses de la mujer? ¿Puede abolirse la única garantía que posee de que no
todo el peso de la maternidad caerá sobre ella? En caso de llevar a efecto tal
abolición, ¿no ocurriría con la mujer lo que ha ocurrido con los obreros? La
supresión de las trabas causadas por los reglamentos corporativos, sin que
nuevas obligaciones hayan sido instituidas para los patronos, ha dejado a los
obreros a merced del poder incontrolado capitalista, y la seductora consigna de
“libre asociación del capital y del trabajo” se ha trocado en una forma
desvergonzada de explotación del trabajo a manos del capital. El “amor libre”,
introducido sistemáticamente en la sociedad de clases actual, en lugar de
liberar a la mujer de las penurias de la vida familiar, ¿no la lastrará
seguramente con una nueva carga: la tarea de cuidar, sola y sin ayuda, de sus
hijos?
Únicamente
una serie de reformas radicales en el ámbito de las relaciones sociales,
reformas mediante las cuales las obligaciones de la familia recaerían sobre la
sociedad y el Estado, crearía la situación favorable para que el principio del
“amor libre” pudiera en cierta medida realizarse. Pero, ¿podemos contar
seriamente con que el Estado clasista actual, por muy democrática que sea su
forma, esté dispuesto a asumir todas las obligaciones referentes a la madre y,
a la joven generación, es decir, aquellas obligaciones que atañen de momento a
la familia en cuanto célula individualista? Tan sólo una transformación radical
de las relaciones productivas puede crear las condiciones sociales
indispensables para proteger a la mujer de los aspectos negativos derivados de
la elástica fórmula del “amor libre”. ¿Realmente no vemos qué confusión y qué
desórdenes de las costumbres sexuales se esconden, en las actuales
circunstancias, a menudo en semejante fórmula? Observad a todos esos señores,
empresarios y administradores de sociedades industriales: ¿no se aprovechan
frecuentemente a su manera del “amor libre” al obligar a obreras, empleadas y
criadas a someterse a sus caprichos sexuales, bajo la amenaza de despido? Esos
patronos que envilecen a su doncella y después la ponen en la calle cuando ha
quedado embarazada, ¿acaso no están aplicando ya la fórmula del “amor libre”?
“Pero
no estamos hablando de ese tipo de “libertad”, objetan las defensoras de la
unión libre. Por el contrario, exigimos la instauración de una “moral única”,
igualmente obligatoria para el hombre y la mujer. Nos oponemos al desorden de
las costumbres sexuales de hoy, proclamamos que sólo es pura una unión libre
fundamentada sobre un amor verdadero”. Pero, ¿no pensáis, queridas amigas, que
vuestro ideal de “unión libre “, llevado a la práctica en la situación
económica y social actual, corre el riesgo de dar resultados que difieren muy
poco de la forma distorsionada de la libertad sexual? El principio del “amor
libre” no podrá entrar en vigor sin traer nuevos sufrimientos a la mujer más
que cuando ella se haya librado de las cadenas materiales que hoy la hacen
doblemente dependiente: del capital y de su marido. El acceso de las mujeres a
un trabajo independiente y a la autonomía económica ha hecho aparecer una
cierta posibilidad de “amor libre”, sobre todo para las intelectuales que
ejercen las profesiones mejor retribuidas. Pero la dependencia de la mujer con
respecto al capital sigue ahí, e incluso se agrava a medida que crece el número
de mujeres de proletarios empujadas a vender su fuerza de trabajo. La consigna
del “amor libre” ¿puede mejorar la triste suerte de estas mujeres que ganan
justo lo mínimo para no morir de hambre? Y, además, el amor libre ¿no se
practica ya ampliamente en la clase obrera, hasta tal punto que más de una vez
la burguesía ha elevado la voz de alarma y ha denunciado la «depravación» y la
«inmoralidad» del proletariado? Cabe señalar que cuando las feministas hablan
con entusiasmo de nuevas formas de unión extramatrimoniales para las burguesas
emancipadas, les dan el bonito nombre de “amor libre”. Pero cuando se trata de
la clase obrera, esas mismas uniones extramatrimoniales son vituperadas con el
término despectivo de “relaciones sexuales desordenadas”. Es bastante
característico.
No
obstante, para la proletaria, habida cuenta de las condiciones actuales, las
consecuencias de la vida en común, ya sea ésta de origen libre o consagrada por
la Iglesia, siguen siendo siempre igual de penosas. Para la esposa y la madre
proletarias, la clave del problema conyugal y familiar no reside en sus formas
exteriores, rituales o civiles, sino en las condiciones económicas y sociales
que determinan esas complejas relaciones familiares a las que debe hacer frente
la mujer de clase obrera. Por supuesto, también para ella es importante conocer
si su marido puede disponer del salario que ella ha ganado, si como marido
posee el derecho de obligarla a vivir con él aun en contra de su voluntad, si
le puede quitar a los hijos por la fuerza, etc. Pero no son tales párrafos del
código civil los que determinan la situación real de la mujer en la familia, y
tampoco se resolverá en ellos el difícil problema familiar. Sea legalizada la
unión ante notario, consagrada por la Iglesia o fundamentada en el principio de
libre consentimiento, la cuestión del matrimonio llegaría a perder su
relevancia para la mayoría de las mujeres si —y únicamente si tal ocurre— la
sociedad les descargara de las mezquinas preocupaciones caseras, inevitables
hoy en este sistema de economías domésticas individuales y dispersas. Es decir,
si la sociedad asumiera el cuidado de la generación más joven, si estuviese
capacitada para proteger la maternidad y dar una madre a cada niño, al menos
durante los primeros meses.
Las
feministas luchan contra un fetiche: el matrimonio legalizado y consagrado por
la Iglesia. Las mujeres proletarias, por el contrario, arriman el hombro contra
las causas que han ocasionado la forma actual del matrimonio y de la familia, y
cuando se esfuerzan en cambiar estas condiciones de vida, saben que también
están ayudando, por ende, a reformar las relaciones entre los sexos. Ahí es
donde estriba la principal diferencia entre el enfoque de la burguesía y el del
proletariado al abordar el complejo problema familiar.
Al
creer ingenuamente en la posibilidad de crear nuevas formas de relaciones
conyugales y familiares sobre el sombrío telón de fondo de la sociedad de
clases contemporánea, las feministas y los reformadores sociales pertenecientes
a la burguesía buscan penosamente tales formas nuevas. Y, puesto que la vida
misma aún no las ha suscitado, precisan inventarlas a toda costa. Deberían ser,
a su juicio, formas modernas de relaciones sexuales que sean capaces de
resolver el complejo problema de la familia bajo el sistema social actual. Y
los ideólogos del mundo burgués —periodistas, escritores, y destacadas mujeres
que luchan por la emancipación— proponen, cada cual por su lado, su “panacea
familiar”, su nueva “fórmula de matrimonio”.
¡Qué
utópicas suenan estas fórmulas de matrimonio! ¡Qué débiles estos paliativos,
cuando se considera a la luz de la penosa realidad de nuestra estructura
moderna de familia! ¡La “unión libre”, el “amor libre”! Para que tales fórmulas
puedan nacer, es preciso proceder a una reforma radical de todas las relaciones
sociales entre las personas. Aún más, es preciso que las normas de la moral
sexual, y con ellas toda la psicología humana, sufran una profunda evolución,
una evolución fundamental. ¿Acaso la psicología humana actual está realmente
dispuesta a admitir el principio del “amor libre”? ¿Y los celos, que consumen
incluso a las mejores almas humanas? ¿Y ese sentimiento, tan hondamente
enraizado, del derecho de propiedad no sólo sobre el cuerpo, sino también sobre
el alma del compañero? ¿Y la incapacidad de inclinarse con simpatía ante una
manifestación de la individualidad de la otra persona, la costumbre bien de
“dominar” al ser amado o bien de hacerse su “esclavo”? ¿Y ese sentimiento
amargo, mortalmente amargo, de abandono y de infinita soledad que se apodera de
uno cuando el ser amado ya no nos quiere y nos deja? ¿Dónde puede encontrar
consuelo la persona solitaria, individualista? La “colectividad”, en el mejor
de los casos, es “un objetivo” hacia el cual dirigir las fuerzas morales e
intelectuales. Pero, ¿es capaz la persona de hoy de comulgar con esa
colectividad hasta el punto de sentir las influencias de interacción
mutuamente? ¿La vida colectiva puede por sí sola sustituir las pequeñas
alegrías personales del individuo? Sin un alma que esté cerca, una “única” alma
gemela, incluso un socialista, incluso un colectivista está infinitamente solo
en nuestro mundo hostil, y únicamente en la clase obrera podemos vislumbrar el
pálido resplandor que anuncia nuevas relaciones, más armoniosas y de espíritu
más social, entre las personas. El problema de la familia es tan complejo,
embrollado y múltiple como la vida misma, y no será nuestro sistema social
quien permita resolverlo.
Otras
fórmulas de matrimonio se han propuesto. Varias mujeres progresistas y
pensadores sociales consideran la unión matrimonial sólo como un método de
producir descendencia. El matrimonio en sí mismo, sostienen, no tiene ningún
valor especial para la mujer: la maternidad es su propósito, su objetivo
sagrado, su misión en la vida. Gracias a tales inspiradas defensoras como Ruth
Bray y Ellen Key, el ideal burgués que reconoce a la mujer como hembra antes
que como persona ha adquirido una aureola especial de progresismo. La
literatura extranjera ha aceptado con entusiasmo el lema propuesto por estas
mujeres modernas. E incluso aquí, en Rusia, en el período anterior a la
tormenta política (de 1905), antes de que los valores sociales fueron objeto de
revisión, la cuestión de la maternidad había atraído la atención de la prensa
diaria. El lema “el derecho a la maternidad” no puede evitar producir una viva
respuesta en los círculos más amplios de la población femenina. Así, a pesar
del hecho de que todas las propuestas de las feministas en este contexto fueran
de índole utópico, el problema era demasiado importante y de actualidad como
para no atraer a las mujeres.
El
“derecho a la maternidad” es el tipo de cuestión que afecta no sólo a las
mujeres de la clase burguesa, sino también, en mayor medida aún, a las mujeres
proletarias. El derecho a ser madre -estas son bellas palabras que van
directamente al “corazón de cualquier mujer” y que hacen que le lata más
rápido. El derecho a alimentar al “propio” hijo con su leche, y asistir a las
primeras señales del despertar de su conciencia, el derecho a cuidar su
diminuto cuerpo y a proteger su delicada alma tierna de las espinas y los
sufrimientos de los primeros pasos en la vida: ¿Qué madre no apoyaría estas
demandas?
Parece
que nos hemos topado de nuevo con un problema que podría servir como un momento
de unidad entre mujeres de diferentes estratos sociales: podría parecer que
hemos encontrado, por fin, el puente de unión entre las mujeres de los dos
mundos hostiles. Echemos un vistazo más minucioso, para descubrir lo que las
mujeres burguesas progresistas entienden como “el derecho a la maternidad”.
Entonces podremos ver si las mujeres proletarias, de hecho, pueden estar de
acuerdo con las soluciones al problema de la maternidad previstas por las
igualitaristas burguesas. A los ojos de sus entusiastas apologistas, la
maternidad tiene un carácter casi sagrado. Luchando por romper los falsos
prejuicios que marcan a una mujer por dedicarse a una actividad natural —el dar
a luz a un hijo— porque la actividad no ha sido santificada por la ley, las
luchadoras por el derecho a la maternidad han doblado el palo en la otra
dirección: para ellas, la maternidad se ha convertido en el objetivo de la vida
de una mujer…
La
devoción de Ellen Key por las obligaciones de la maternidad y la familia le
obliga a ofrecer una garantía de que la unidad familiar aislada seguirá
existiendo incluso en una sociedad transformada en términos socialistas. El
único cambio, tal y como ella lo ve, será que todos los elementos accesorios
que supongan una ventaja o un beneficio material serán excluidos de la unión
matrimonial, que se celebrará conforme a las inclinaciones mutuas, sin
ceremonias ni formalidades: el amor y el matrimonio serán verdaderamente
equivalentes. Sin embargo, la célula familiar aislada es el resultado del mundo
individualista moderno, con su lucha por la supervivencia, sus presiones, su
soledad, la familia es un producto del monstruoso sistema capitalista. ¡Y Key
espera legarle la familia a la sociedad socialista! La sangre y los lazos de
parentesco en la actualidad sirven a menudo, es cierto, como el único sostén en
la vida, como el único refugio en tiempos de penuria y desgracia. ¿Pero será
moral o socialmente necesaria en el futuro? Key no responde a esta pregunta.
Ella tiene demasiado en consideración a la “familia ideal”, esta unidad egoísta
de la burguesía media a la que los devotos de la estructura burguesa de la
sociedad miran con tal admiración.
Pero
la talentosa aunque imprevisible Ellen Key no es la única que pierde el norte
en las contradicciones sociales. Probablemente no haya otra cuestión como la
del matrimonio y la familia sobre la que haya tan poco de acuerdo entre los
socialistas. Si organizásemos una encuesta entre los socialistas, los
resultados probablemente serían muy curiosos. ¿Se marchita la familia? ¿O hay
motivos para creer que los problemas de la familia en la actualidad son sólo
una crisis transitoria? ¿Se conservaría la forma actual de la familia en la
futura sociedad, o será enterrada junto con el sistema capitalista moderno?
Estas son preguntas que bien podrían recibir respuestas muy diferentes…
El
paso de la función educativa desde la familia a la sociedad hará desaparecer
los últimos lazos que mantenían unida la célula familiar aislada. La vieja
familia burguesa empezará a desintegrarse aún más rápidamente y, en la
atmósfera de cambio, veremos dibujarse con una nitidez cada vez mayor las
siluetas todavía indefinidas de las futuras relaciones conyugales. ¿Qué
siluetas confusas son esas, aún sumergidas en las brumas de las influencias
actuales?
¿Hace
falta repetir que la forma opresiva actual del matrimonio dejará sitio a la
unión libre de individuos que se aman? El ideal del amor libre, que se presenta
a la hambrienta imaginación de las mujeres que luchan por su emancipación, se
corresponde sin duda hasta cierto punto con la pauta de relaciones entre los
sexos que instaurará la sociedad colectivista. Sin embargo, las influencias
sociales son tan complejas y sus interacciones tan diversas, que ahora mismo es
imposible imaginar con precisión cómo serán las relaciones del futuro, cuando
se haya cambiado todo el sistema radicalmente. Pero la lenta evolución de las
relaciones entre los sexos que tiene lugar ante nuestros ojos atestigua
claramente que el ritual del matrimonio y la familia cerrada y constrictiva
están abocados a la desaparición.
La lucha por los derechos políticos
Las
feministas responden a nuestras críticas diciendo: incluso si os parecen
equivocados los argumentos que están detrás de nuestra defensa de los derechos
políticos de las mujeres, ¿puede rebajarse la importancia de la demanda en sí,
que es igual de urgente para las feministas y para las representantes de la
clase trabajadora? ¿No pueden las mujeres de ambos bandos sociales, por el bien
de sus aspiraciones políticas comunes, superar las barreras del antagonismo de
clase que las separan? ¿No serán capaces seguramente de librar una lucha común
contra las fuerzas hostiles que los las rodean? La división entre la burguesía
y el proletariado es tan inevitable como otras cuestiones que nos atañen, pero
en el caso de este asunto particular las feministas creen que las mujeres de
las distintas clases sociales no tienen diferencias.
Las
feministas continúan volviendo a estos argumentos con amargura y desconcierto,
viendo nociones preconcebidas de lealtad partidista en la negativa de las
representantes de la clase trabajadora a unir sus fuerzas con ellas en la lucha
por los derechos políticos de las mujeres. ¿Es realmente éste el caso? ¿Existe
una identificación total de las aspiraciones políticas o, en este caso, al
igual que en todos los demás, el antagonismo la creación de un ejército de
mujeres indivisible, por encima de las clases? Tenemos que responder a esta
cuestión antes de que podamos definir las tácticas que las mujeres proletarias
utilizarán para obtener derechos políticos para su sexo.
Las
feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas
incluso dicen estar a favor del socialismo —en un futuro lejano, por supuesto—
pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para
conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad,
que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces
de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que
los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A
pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el
proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han
dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en
causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan
cómodamente familiar.
Por
mucho que las feministas burguesas traten de reprimir el verdadero objetivo de
sus deseos políticos, por mucho que aseguren a sus hermanas menores que la
participación en la vida política promete beneficios inconmensurables para las
mujeres de clase trabajadora, el espíritu burgués que impregna todo el
movimiento feminista da un colorido de clase incluso a la demanda de igualdad
de derechos políticos con los hombres, que podría parecer una demanda general
de las mujeres. Diferentes objetivos e interpretaciones de cómo deben usarse
los derechos políticos crea un abismo insalvable entre las mujeres burguesas y
las proletarias. Esto no contradice el hecho de que las tareas inmediatas de
los dos grupos de mujeres coincidan en cierta medida, puesto que los representantes
de todas las clases que han accedido al poder político se esfuerzan sobre todo
en lograr una revisión del Código Civil, que en cada país, en mayor o menor
medida, discrimina a las mujeres. Las mujeres presionan por conseguir cambios
legales que creen condiciones laborales más favorables para ellas, se mantienen
unidas contra las regulaciones que legalizan la prostitución, etc. Sin embargo,
la coincidencia de estas tareas inmediatas es de carácter puramente formal.
Así, el interés de clase determina que la actitud de los dos grupos hacia estas
reformas sea profundamente contradictoria…
El
instinto de clase —digan lo que digan las feministas— siempre demuestra ser más
poderoso que el noble entusiasmo de las políticas “por encima de las clases”.
En tanto que las mujeres burguesas y sus “hermanas menores” son iguales en su
desigualdad, las primeras pueden, con total sinceridad, hacer grandes esfuerzos
en defender los intereses generales de las mujeres. Pero, una vez que se hayan
superado estas barreras y las mujeres burguesas hayan accedido a la actividad
política, las actuales defensoras de los “derechos de todas las mujeres” se
convertirán en defensoras entusiastas de los privilegios de su clase, se
contentarán con dejar a las hermanas menores sin ningún derecho. Así, cuando
las feministas hablan con las mujeres trabajadoras acerca de la necesidad de
una lucha común para conseguir algún principio “general de las mujeres”, las
mujeres de la clase trabajadora están naturalmente recelosas.
LAS RELACIONES SEXUALES Y LA LUCHA DE CLASES
Escrito:
En o antes de 1911.
Historial
de publicación: Publicado por vez primera en 1911.
Traducción
al castellano: Por Tamara Ruiz en 2011 a partir de la versión inglesa de Alix
Holt de 1977, para En Lucha.
Fuente
de la presente versión: Tomado de la edición digital de Alexandra Kollontai:
Los fundamentos sociales de la cuestión femenina y otros escritos, Tamara Ruiz
(ed.). En Lucha: España, 2011. http://www.enlucha.org/site/?q=node/15895
Esta
edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2011.
Entre
los múltiples problemas que perturban la inteligencia y el corazón de la
humanidad, el problema sexual ocupa indiscutiblemente uno de los primeros
puestos. No hay una sola nación, un solo pueblo en el que la cuestión de las
relaciones entre los sexos no adquiera de día en día un carácter más violento y
doloroso. La humanidad contemporánea atraviesa por una crisis sexual aguda en
la forma, una crisis que se prolonga y que, por tanto, es mucho más grave y más
difícil de resolver.
En
todo el curso de la historia de la humanidad no encontraremos seguramente otra
época en la que los problemas sexuales hayan ocupado en la vida de la sociedad
un lugar tan importante, otra época en la que las relaciones sexuales hayan
acaparado, como por arte de magia, las miradas atormentadas de millones de
personas. En nuestra época, más que en ninguna otra de la historia, los dramas
sexuales constituyen fuente inagotable de inspiración para artistas de todos
los géneros del arte.
Como
la terrible crisis sexual se prolonga, su carácter crónico adquiere mayor
gravedad y más insoluble nos parece la situación presente. Por esto la
humanidad contemporánea se arroja anhelante sobre todos los medios que hacen
entrever una posible solución del problema “maldito”. Pero a cada nueva
tentativa de solución se complica más el enmarañado complejo de las relaciones
entre los sexos, y parece como si fuera imposible descubrir el único hilo que
nos ha de servir para desenredar el compacto nudo. La humanidad, atemorizada,
se precipita desde un extremo al otro; pero el círculo mágico de la cuestión
sexual permanece cerrado tan herméticamente como antes.
Los
elementos conservadores de la sociedad llegan a la conclusión de que es
imprescindible volver a los felices tiempos pasados, restablecer las viejas
costumbres familiares, dar nuevo impulso a las normas tradicionales de la moral
sexual. “Es preciso destruir todas las prohibiciones hipócritas prescritas por
el código de la moral sexual corriente. Ha llegado el momento de arrojar a un
lado ese vejestorio inútil e incómodo… La conciencia individual, la voluntad
individual de cada ser es el único legislador en una cuestión de carácter tan
íntimo”, se oye afirmar entre las filas del campo individualista burgués. “La
solución de los problemas sexuales sólo podrá hallarse en el establecimiento de
un orden social y económico nuevo, con una transformación fundamental de
nuestra sociedad actual”, afirman los socialistas. Pero precisamente este
esperar en el mañana, ¿no indica también que nosotros tampoco hemos logrado
apoderarnos del “hilo conductor”? ¿No deberíamos encontrar o al menos localizar
este “hilo conductor” que promete desenredar el nudo? ¿No deberíamos
encontrarlo ahora, en este mismo momento? El camino que debemos seguir en esta
investigación nos lo ofrece la historia misma de las sociedades humanas, nos lo
ofrece la historia de la lucha ininterrumpida de las clases y de los diversos
grupos sociales, opuestos por sus intereses y sus tendencias.
No
es la primera vez que la humanidad atraviesa un período de crisis sexual aguda.
No es la primera vez que las al parecer firmes y claras prescripciones de la
moral al uso, en el campo de las relaciones sexuales, han sido destruidas por
el aflujo de la corriente de nuevos valores e ideales sociales. La humanidad ha
pasado por una época de “crisis sexual” verdaderamente aguda durante los
períodos del Renacimiento y la Reforma, en el momento en que un formidable
avance social relegaba a un segundo término a la aristocracia feudal, orgullosa
de su nobleza, acostumbrada al dominio absoluto, y en su lugar se asentaba una
nueva fuerza social, la burguesía ascendente, que crecía y se desarrollaba cada
vez con mayor impulso y poder.
La
moralidad sexual del mundo feudal se había desarrollado a partir de las
profundidades de la “forma de vida tribal”: la economía colectiva y el
liderazgo autoritario tribal que reprimía la voluntad individual de cada
miembro. El viejo código moral chocaba con el nuevo código moral de principios
opuestos que imponía la clase burguesa en ascenso. La moral sexual de la nueva
burguesía estaba basada en principios radicalmente opuestos a los principios
morales más esenciales del código feudal. El estricto individualismo y la
exclusividad y el aislamiento de la “familia nuclear” sustituyen al énfasis en
el “trabajo colectivo” que fue característico de la estructura económica tanto
local como regional de la vida ancestral. Los últimos vestigios de ideas
comunales propias, hasta cierto punto, de todas las formas de vida tribal
fueron barridos por el principio de “competencia” bajo el capitalismo, por los
principios triunfantes del individualismo y de la propiedad privada
individualizada, aislada.
La
humanidad, perdida durante el proceso de transición, titubeó durante todo un
siglo entre los dos códigos sexuales de espíritu tan diverso, ansiosa de
adaptarse a la situación, hasta el momento en que el laboratorio de la vida
transformó las viejas normas en un molde nuevo y logró, cuando menos, una
armonía en la forma, una solución en cuanto a su aspecto externo.
Pero
durante esta época de transición, tan viva y llena de colorido, la crisis
sexual, a pesar de revestir un carácter de gravedad, no se presentó en una
forma tan grave y amenazadora como en nuestros tiempos. La principal razón de
esto estriba en que durante los gloriosos días del Renacimiento, en la “nueva
era” en la que la brillante luz de una nueva cultura espiritual inundó el
moribundo mundo con sus vivos colores, inundó la vacía y monótona vida de la
Edad Media, la crisis sexual sólo la experimentó una parte relativamente
reducida de la sociedad. La capa social más considerable de la época, desde el
punto de vista cuantitativo, el campesinado, no sufrió las consecuencias de la
crisis sexual más que de una manera indirecta, cuando, lentamente, con el transcurso
de los siglos, se transformaban las bases económicas en que estaba fundada esta
clase social, es decir, únicamente en la medida en que evolucionaban las
relaciones económicas del campo.
Las
dos tendencias opuestas luchaban en las capas superiores de la sociedad. Allí
era donde se enfrentaban los ideales y las normas de dos concepciones
diferentes de la sociedad, y donde precisamente la crisis sexual, cada vez más
grave y amenazadora, se apoderaba de sus víctimas. Los campesinos, reacios a
toda innovación, clase apegada a sus principios, continuaban apoyándose en las
viejas columnas de las tradiciones ancestrales, y no se transformaba, no
dulcificaba ni adaptaba a las nuevas condiciones de su vida económica el código
inconmovible de la moral sexual tradicional más que bajo la presión de una gran
necesidad. La crisis sexual durante la época de lucha aguda entre el mundo
burgués naciente y el mundo feudal no afectó a la “clase tributaria”.
Es
más, mientras los estratos superiores de la sociedad rompían los viejos
hábitos, la clase campesina se aferraba con mayor fuerza a sus ancestrales
tradiciones. A pesar de todas las tempestades que se desencadenaban sobre su
cabeza, que conmovían hasta el suelo que pisaba, la clase campesina en general,
y particularmente los campesinos rusos, lograron conservar durante siglos y
siglos, en su forma primitiva, los principios esenciales de su código moral
sexual.
El
problema de nuestra época presenta un aspecto totalmente distinto. La crisis
sexual de nuestra época no perdona siquiera a la clase campesina. Como una
enfermedad infecciosa, no reconoce “ni grados ni rangos”. Se extiende desde los
palacios y mansiones hasta los barrios obreros más concurridos, entra en los
apacibles hogares de la pequeña burguesía, y se abre camino hasta la miserable
y solitaria aldea rusa. Elige sus víctimas lo mismo entre los habitantes de las
mansiones de la burguesía europea, que en los húmedos sótanos donde se hacina
la familia obrera y en la choza ahumada del campesino. Para la crisis sexual no
hay “obstáculos ni cerrojos”. Es un profundo error creer que la crisis sexual
sólo alcanza a los representantes de las clases que tienen una posición
económica materialmente asegurada. La indefinida inquietud de la crisis sexual
franquea cada vez con mayor frecuencia el umbral de las habitaciones obreras, y
causa allí tristes dramas que por su intensidad dolorosa no tienen nada que
envidiar a los conflictos psicológicos del “exquisito” mundo burgués.
Pero
precisamente porque la crisis sexual no ataca sólo a los intereses de “quienes
todo lo poseen”, precisamente porque estos problemas sexuales afectan también a
una clase social tan extensa como el proletariado de nuestros tiempos, es
incomprensible e imperdonable que esta cuestión vital, esencialmente violenta y
trágica, sea considerada con tanta indiferencia. Entre las múltiples consignas
fundamentales que la clase obrera debe tener en cuenta en su lucha para la
conquista de la sociedad futura, tiene que incluirse necesariamente la de
establecer relaciones sexuales más sanas y que, por tanto, hagan más feliz a la
humanidad.
Es
imperdonable nuestra actitud de indiferencia ante una de las tareas esenciales
de la clase obrera. Es inexplicable e injustificable que el vital problema
sexual se relegue hipócritamente al casillero de las cuestiones “puramente
privadas”. ¿Por qué negamos a este problema el auxilio de la energía y de la
atención de la colectividad? Las relaciones entre los sexos y la elaboración de
un código sexual que rija estas relaciones aparecen en la historia de la
humanidad, de una manera invariable, como uno de los factores esenciales de la
lucha social. Nada más cierto que la influencia fundamental y decisiva de las
relaciones sexuales de un grupo social determinado en el resultado de la lucha
de esta clase con otra de intereses opuestos.
El
drama de la sociedad actual es tan desesperado porque mientras ante nuestros
ojos vemos cómo se desmoronan las formas corrientes de unión sexual y cómo son
desechados los principios que las regían, desde las capas más bajas de la
sociedad se alzan frescos aromas desconocidos que nos hacen concebir esperanzas
risueñas sobre una nueva forma de vida, y llenan el alma humana con la
nostalgia de ideales futuros, pero cuya realización no parece posible. Somos
personas que vivimos en un mundo caracterizado por el dominio de la propiedad
capitalista, un mundo de agudas contradicciones de clase e imbuidos de una
moral individualista. Aún vivimos y pensamos bajo el funesto signo de un
inevitable aislamiento espiritual. La terrible soledad que cada persona siente en
las inmensas ciudades populosas, en las ciudades modernas, tan bulliciosas y
tentadoras; la soledad, que no disipa la compañía de amigos y compañeros, es la
que empuja a las personas a buscar, con avidez malsana, a su ilusoria “alma
gemela” en un ser del sexo contrario, puesto que sólo el amor posee el mágico
poder de ahuyentar, aunque sólo sea momentáneamente, las tinieblas de la
soledad.
En
ninguna otra época de la historia ha sentido la gente con tanta intensidad como
en la nuestra la soledad espiritual. No podría ser de otra manera. La noche es
mucho más impenetrable cuando a lo lejos vemos brillar una luz.
Las
personas individualistas de nuestra época, unidas por débiles lazos a la
comunidad o a otras individualidades, ven ya brillar en la lejanía una nueva
luz: la transformación de las relaciones sexuales mediante la sustitución del
ciego factor fisiológico por el nuevo factor creador de la solidaridad, de la
camaradería. La moral de la propiedad individualista de nuestros tiempos
empieza a ahogar a las personas. El hombre contemporáneo no se contenta
criticando la calidad de las relaciones entre los sexos, negando las formas
exteriores prescritas por el código de la moral corriente. Su alma solitaria
anhela la renovación de la esencia misma de las relaciones sexuales, desea
ardientemente encontrar el “amor verdadero”, esa gran fuerza confortadora y
creativa que es la única que puede ahuyentar el frío fantasma de la soledad que
padecen los individualistas contemporáneos.
Si
es cierto que la crisis sexual está condicionada en sus tres cuartas partes por
relaciones externas de carácter socioeconómico, no es menos cierto que la otra
cuarta parte de su intensidad es debida a nuestra refinada psicología
individualista, que con tanto cuidado ha cultivado la ideología burguesa
dominante. La humanidad contemporánea, como dice acertadamente la escritora
alemana Meisel-Hess, es muy pobre en “potencial de amor”. Cada uno de los sexos
busca al otro con la única esperanza de lograr la mayor satisfacción posible de
placeres espirituales y físicos para sí, utilizando como medio al otro. El
amante o el novio no piensan para nada en los sentimientos, en la labor
psicológica que se efectúa en el alma de la persona amada.
Quizá
no haya ninguna otra relación humana como las relaciones entre los sexos en la
que se manifieste con tanta intensidad el individualismo grosero que
caracteriza nuestra época. Absurdamente se imagina la persona que para escapar
de la soledad moral que le rodea le basta con amar, con exigir sus derechos
sobre otra alma. Únicamente así espera obtener esa rara dicha: la armonía de la
afinidad moral y la comprensión entre dos seres. Nosotros, los individualistas,
hemos echado a perder nuestras emociones por el constante culto de nuestro
“yo”. Creemos todavía que podemos conquistar sin ningún sacrificio la mayor de
las dichas humanas, el “amor verdadero”, no sólo para nosotros, sino también
para nuestros semejantes. Creemos lograr esto sin tener que dar, en cambio, los
tesoros de nuestra propia alma.
Pretendemos
conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos
incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de
otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla
fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los
sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en
dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y
verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro. Sin embargo, por el
momento, la humanidad tiene que sufrir todavía el frío de la soledad
espiritual, y no le queda más remedio que soñar con una época mejor en la que
todas las relaciones humanas se caractericen por sentimientos de solidaridad,
que podrán ser posibles a causa de las nuevas condiciones de la existencia.
La
crisis sexual no puede resolverse sin una transformación fundamental de la
psicología humana, sólo puede ser vencida por la acumulación de “potencial de
amor”. Pero esta transformación psíquica depende en absoluto de la
reorganización fundamental de nuestras relaciones socioeconómicas sobre una
base comunista. Si rechazamos esta “vieja verdad”, el problema sexual no tiene
solución.
A
pesar de todas las formas de unión sexual que ensaya la humanidad presente, la
crisis sexual no se resuelve en ningún sitio.
No
se han conocido en ninguna época de la historia tantas formas diversas de unión
entre los sexos. Matrimonios indisolubles, con una familia firmemente
constituida, y a su lado la unión libre pasajera; el adulterio conservado en el
mayor secreto, al lado del matrimonio y de la vida en común de una muchacha
soltera con su amante; el matrimonio “por la iglesia”, el matrimonio de dos y
el matrimonio “de tres”, e incluso hasta la forma complicada del “matrimonio de
cuatro”, sin contar las múltiples variantes de la prostitución. Al lado de
estas formas de unión, entre los campesinos y la pequeña burguesía encontramos
vestigios de las viejas costumbres tribales, mezclados con los principios en
descomposición de la familia burguesa e individualista, la vergüenza del
adulterio, la vida marital entre el suegro y la nuera y la libertad absoluta
para la joven soltera. Siempre la misma “moral doble”.
Las
formas actuales de unión entre los sexos son contradictorias y embrolladas, de
tal modo que uno se ve obligado a interrogarse cómo es posible que el hombre
que ha conservado en su alma la fe en la firmeza de los principios morales
pueda continuar admitiendo estas contradicciones y salvar estos criterios
morales irreconciliables, que necesariamente se destruyen el uno al otro.
Tampoco resuelve la cuestión la justificación que se oye corrientemente: “Yo
vivo conforme a los principios de una moral nueva”, puesto que esta “nueva
moral” se encuentra todavía en proceso de formación. Precisamente la labor a
realizar consiste en hacer que surja esta nueva moral, hay que extraer de entre
el caos de las actuales normas sexuales contradictorias la forma, y aclarar los
principios, de una moralidad que corresponda al espíritu de la clase
revolucionaria ascendente.
Además
del extremado individualismo, defecto fundamental de la psicología de la época
actual, de un egocentrismo erigido en culto, la crisis sexual se agrava mucho
más con otros dos factores de la psicología contemporánea: la idea del derecho
de propiedad de un ser sobre el otro y el prejuicio secular de la desigualdad
entre los sexos en todas las esferas de la vida, incluida la esfera sexual.
La
moralidad burguesa, con su familia individualista encerrada en sí misma basada
completamente en la propiedad privada, ha cultivado con esmero la idea de que
un compañero debería “poseer” completamente al otro. La burguesía ha logrado a
la perfección la inoculación de esta idea en la psicología humana. El concepto
de propiedad dentro del matrimonio va hoy día mucho más allá que el concepto de
la propiedad en las relaciones sexuales del código aristocrático. En el curso
del largo período histórico que transcurrió bajo los auspicios de la “tribu”,
la idea de la posesión de la mujer por el marido —la mujer carecía de derechos
de propiedad sobre el marido— no se extendía más allá de la posesión física. La
esposa estaba obligada a guardar al marido fidelidad física, pero su alma no le
pertenecía en absoluto.
Los
caballeros de la Edad Media llegaban incluso a reconocer a sus esposas el
derecho de tener adoradores platónicos y a recibir el testimonio de esta
adoración de caballeros y menestrales. El ideal de la posesión absoluta, de la
posesión no sólo del “yo” físico, sino también del “yo” espiritual por parte
del esposo, del ideal que admite una reivindicación de derechos de propiedad
sobre el mundo espiritual y emocional del ser amado es un ideal que se ha
formado totalmente, y que ha sido cultivado igualmente por la burguesía con el
fin de reforzar los fundamentos de la familia, para asegurarse su estabilidad y
su fuerza durante el período de lucha para la conquista de su predominio
social. Este ideal no sólo lo hemos aceptado como herencia, sino que llegamos
incluso a pretender que sea considerado “como un imperativo” moral
indestructible.
La
idea de propiedad se extiende mucho más allá del matrimonio legal. Es un factor
inevitable que penetra hasta en la unión amorosa más “libre”. Los amantes de
nuestra época, a pesar de su respeto “teórico” por la libertad, sólo se
satisfacen con la conciencia de la fidelidad psicológica de la persona amada.
Con el fin de ahuyentar de nosotros el fantasma amenazador de la soledad,
penetramos de una manera violenta en el alma del ser “amado” con una crueldad y
una falta de delicadeza que sería incomprensible a la humanidad futura. De la
misma manera pretendemos hacer valer nuestros derechos sobre su “yo” espiritual
más íntimo. El amante contemporáneo está dispuesto a perdonar más fácilmente al
ser querido una infidelidad física que una infidelidad moral, y pretende que le
pertenece cada partícula del alma de la persona amada, que se extiende más allá
de los límites de su unión libre. Considera cualquier sentimiento experimentado
fuera de los límites de la relación libre como un despilfarro, como un robo imperdonable
de tesoros que le pertenecían exclusivamente y, por tanto, como un espolio
cometido a sus expensas.
El
mismo origen tiene la absurda indelicadeza que cometen constantemente dos
amantes con respecto a una tercera persona. Todos hemos tenido ocasión de
observar un hecho curioso que se repite continuamente. Dos amantes que apenas
han tenido tiempo de conocerse en sus relaciones mutuas se apresuran a
establecer sus derechos sobre las relaciones personales anteriores del otro y a
intervenir en lo más sagrado y más íntimo de su vida. Dos seres que ayer eran
extraños el uno para el otro, hoy, únicamente porque les unen sensaciones
eróticas comunes, se apresuran a poner la mano sobre el alma del otro, a
disponer del alma desconocida y misteriosa sobre la cual ha grabado el pasado
imágenes imborrables y a instalarse en su interior como si estuvieran en su
propia casa.
Esta
idea de la posesión recíproca de una pareja amorosa extiende su dominio de tal
forma que casi no nos sorprende un hecho tan anormal como el siguiente: dos
recién casados vivían hasta ayer cada uno su propia vida, al día siguiente de
su unión cada uno de ellos abre sin el menor escrúpulo la correspondencia del
otro, y, consecuentemente, el contenido de la carta procedente de una tercera
persona que sólo tiene relación con uno de ellos se convierte en propiedad
común. Una “intimidad” de este tipo no puede adquirirse más que como resultado
de una verdadera unión entre las almas en el curso de una larga vida común de
amistad puesta a prueba. Lo que ocurre en general es que a esta intimidad se le
busca un sustitutivo legítimo, que tiene por base la idea, totalmente
equivocada, de que la intimidad física entre dos seres es una razón suficiente
para extender el derecho de propiedad sobre el ser emocional de la persona
amada.
El
segundo factor que deforma la mentalidad del hombre contemporáneo, y que es una
razón para que la crisis sexual se agudice, es la idea de desigualdad entre los
sexos, desigualdad de derechos y desigualdad en la valoración de su experiencia
física y emocional. La “doble moral”, inherente tanto a la sociedad burguesa
como a la aristocrática, ha envenenado durante siglos la psicología de hombres
y mujeres. Estas actitudes son tan parte de nosotros que es mucho más difícil
librarse de su penetrante ponzoña que de las ideas tocantes a la propiedad de
un esposo sobre el otro, heredadas de la ideología burguesa. La concepción de
desigualdad entre los sexos, incluso en la esfera de la experiencia física y
emocional, obliga a aplicar constantemente medidas diversas para actos
idénticos, según el sexo que los haya realizado. Incluso la persona más
“progresista” de la burguesía que haya sabido desde hace tiempo superar las
prescripciones del código de la moral en uso, será incapaz de sustraerse a la
influencia del medio ambiente y emitirá un juicio completamente distinto, según
se trate de un hombre o de una mujer. Bastará un simple ejemplo: imaginemos que
un intelectual burgués, un hombre de ciencia, un hombre que está involucrado en
asuntos políticos y sociales, que es en definitiva “una personalidad”, e
incluso, una figura pública, se enamora de su cocinera —hecho que, además, se
da con bastante frecuencia— y llega, incluso, a casarse con ella. ¿Modificará
la sociedad burguesa por este hecho su conducta con respecto a la
“personalidad” de este hombre? ¿Pondrá acaso en cuestión su “personalidad”?
¿Dudará de sus cualidades morales?
Naturalmente,
no. Ahora pongamos otro ejemplo: una mujer perteneciente a la sociedad
burguesa, una mujer respetada, considerada, una profesora, médica o escritora.
Una mujer, en suma, con “personalidad”, se enamora de un criado y colma el
“escándalo” consolidando esta cuestión con un matrimonio legal. ¿Cuál será la
actitud de la sociedad burguesa respecto a esta persona hasta ahora respetada?
La sociedad, naturalmente, la mortificará con su “desprecio”. Pero todavía será
mucho más terrible si su marido, el criado, posee una bella fisionomía u otros
atractivos de carácter físico. Nuestra hipócrita sociedad burguesa juzgará su
elección de la forma siguiente: “Es obvio de qué se ha enamorado”.
La
sociedad burguesa no puede perdonar a la mujer que se atreve a dar a la
elección del hombre amado un carácter demasiado individual. Según la tradición
heredada de costumbres tribales, nuestra sociedad pretende todavía que la mujer
continúe teniendo en cuenta, en el momento de entregar su corazón, una serie de
consideraciones de grados y rangos sociales, que tenga en consideración el
medio familiar y los intereses de la familia. La sociedad burguesa no puede
considerar a la mujer como una persona independiente, separada de la célula
familiar, le es completamente imposible apreciarla como una personalidad fuera
del círculo estrecho de las virtudes y deberes familiares.
La
sociedad contemporánea va mucho más lejos que el orden de la antigua sociedad
tribal en la tutela que ejerce sobre la mujer. No sólo le prescribe casarse
únicamente con hombres “dignos” de ella, sino que le prohíbe incluso que llegue
a amar a un ser que es su “inferior”.
Estamos
acostumbrados a ver cómo hombres de un nivel moral e intelectual muy elevado
eligen como compañera de vida a una mujer insignificante y vacua, que de
ninguna manera se corresponde con el valor espiritual del marido. Apreciamos
este hecho como completamente normal y, por tanto, no merece siquiera nuestra
consideración. Todo lo más que puede suceder es que los amigos “se lamenten de
que Iván Ivanovitch se haya casado con una mujer insoportable”. El caso varía
si se trata de una mujer. Entonces nuestra indignación no tiene límites, y la
expresamos con frases como la siguiente: “¡Cómo es posible que una mujer tan
inteligente como María Petrovna pueda amar a una nulidad así!… Tendremos que
poner en duda su inteligencia…”
¿A
qué obedece esta manera diferente de juzgar las cosas? ¿Qué causa determina una
apreciación tan contraria? Esta diversidad de criterio no tiene otro origen que
la idea de la desigualdad entre los sexos, idea que ha sido inoculada a la
humanidad durante siglos y siglos y que ha acabado por apoderarse de nuestra
mentalidad de una manera orgánica. Estamos acostumbrados a valorar a la mujer,
no como una personalidad, con cualidades y defectos individuales,
independientes de sus experiencias físicas y emocionales. Para nosotros la
mujer no tiene valor más que como accesorio del hombre. El hombre, marido o
amante, proyecta sobre la mujer su luz y, es a él, y no a ella misma, a quien
tomamos en consideración como el verdadero elemento determinante de la estructura
espiritual y moral de la mujer. En cambio, cuando valoramos la personalidad del
hombre hacemos por anticipado una total abstracción de sus actos en relación a
sus relaciones sexuales. La personalidad de la mujer, por el contrario, se
valora casi exclusivamente en relación con su vida sexual. Este modo de
apreciar el valor de una personalidad femenina se deriva del papel que ha
representado la mujer durante tantos siglos y sólo ahora es cuando se está
logrando poco a poco una reevaluación de estas actitudes, al menos en términos
generales.
La
atenuación de estas falsas e hipócritas concepciones sólo podrá realizarse con
la transformación del papel económico de la mujer en la sociedad, y con su
entrada independiente en la producción.
Los
tres factores fundamentales que distorsionan nuestra mente, y que deben
afrontarse si se pretende resolver el problema sexual, son: el egoísmo extremo,
la idea del derecho de propiedad de los esposos entre sí y el concepto de
desigualdad entre los sexos en el ámbito de sus experiencias físicas y
emocionales. La humanidad no encontrará solución a este problema hasta que no
haya acumulado en su psicología suficientes reservas de “sentimientos de
consideración”, hasta que su capacidad de amar sea mayor, hasta que el concepto
de libertad en el matrimonio y en la unión libre no sea un hecho consolidado.
En suma, hasta que el principio de camaradería no haya triunfado sobre los
conceptos tradicionales de desigualdad y de subordinación en las relaciones
entre los sexos. Sin una reconstrucción total y fundamental de nuestra
psicología el problema sexual es irresoluble.
¿Pero
no será esta condición previa una utopía desprovista de base, utopía en la que
basan sus consignas ingenuas los idealistas soñadores? Intentemos aumentar la
“capacidad de amar” de la humanidad. ¿Acaso los sabios de todos los pueblos,
desde Buda y Confucio hasta Cristo, no se han entregado desde tiempos remotos a
esta tarea? Sin embargo, ¿hay alguien que crea que la “capacidad de amar” ha
aumentado en la humanidad? Reducir la cuestión de la crisis sexual a utopías de
este tipo, por muy bien intencionadas que sean, ¿no significará prácticamente
un reconocimiento de debilidad y una renuncia a buscar la solución anhelada?
Veamos
si esto es cierto. ¿Es la reeducación radical de nuestra psicología y nuestro
enfoque de las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la
realidad? ¿No podríamos decir que, por el contrario, mientras que grandes
cambios sociales y económicos están en curso, las condiciones que se están
creando demandan y dan lugar a una nuevo fundamento para la experiencia
psicológica que está en consonancia con lo que hemos estado hablando? Ya en
nuestra sociedad avanza un nuevo grupo social que intenta ocupar el primer
puesto y dejar de lado a la burguesía, con su ideología de clase y su código de
moral sexual individualista. Esta clase ascendente, de vanguardia, lleva
necesariamente en su seno los gérmenes de nuevas orientaciones entre los sexos,
relaciones que forzosamente han de estar estrechamente unidas a sus objetivos
sociales de clase.
La
compleja evolución de las relaciones socioeconómicas que tiene lugar ante
nuestros ojos, que pone en conmoción todas nuestras concepciones sobre el papel
de la mujer en la vida social y destruye los fundamentos de la moral sexual
burguesa, trae consigo dos hechos que a primera vista parecen contradictorios.
Por
un lado, observamos los esfuerzos infatigables de la humanidad por adaptarse a
las nuevas condiciones socioeconómicas cambiantes. Esto se manifiesta ya sea en
un intento de conservar las “viejas formas”, dándoles un nuevo contenido
(mantenimiento de la forma exterior del matrimonio indisoluble y monógamo, pero
al mismo tiempo el reconocimiento de hecho de la libertad de los esposos), o,
por el contrario, en la aceptación de nuevas formas que lleven en su interior,
sin embargo, todos los elementos del código moral del matrimonio burgués (la
unión libre en la que el derecho de propiedad de los dos esposos unidos
“libremente” sobrepase los límites del derecho de propiedad del matrimonio
legal).
Por
otra parte, no podemos dejar de señalar la aparición lenta, pero constante, de
nuevas formas de relaciones entre los sexos, que difieren de las formas
externas tanto en la forma exterior como por el espíritu que anima sus normas
vivificadoras.
La
humanidad sondea con inquietud los nuevos ideales. Pero basta examinarlos un
poco detenidamente para reconocer en ellos, a pesar de que sus límites no están
todavía lo suficientemente marcados, los rasgos característicos merced a los
cuales están estrechamente vinculados con las tareas del proletariado, como
aquella clase social a la que le incumbe apoderarse de la fortaleza asediada
del futuro. Quien quiera encontrar en el laberinto de las normas sexuales
contradictorias los gérmenes de relaciones más sanas entre los sexos —que
prometan liberar a la humanidad de la crisis sexual que atraviesa—, tiene
necesariamente que abandonar las cultas estancias de la burguesía, con su
refinada psicología individualista, y echar una ojeada a las habitaciones
hacinadas de los obreros. Allí, en medio del horror y de la miseria causada por
el capitalismo, entre lágrimas y maldiciones, surgen a pesar de todo
manantiales vivificadores que se abren paso por la nueva senda.
Entre
la clase obrera, bajo la presión de duras condiciones económicas, bajo el yugo
implacable de la explotación del capital, se observa el doble proceso al que
acabamos de referirnos. La influencia destructiva del capitalismo, que aniquila
todos los fundamentos de la familia obrera, y obliga al proletariado a
adaptarse “instintivamente” a las condiciones del mundo que le rodea, y
provoca, por tanto, una serie de hechos en lo referente a las relaciones entre
los sexos, análogos a los que se producen también en otras capas de la
sociedad. Debido a los bajos salarios el obrero retrasa de manera continua e
inevitable la edad de contraer matrimonio. Si hace veinte años un obrero podía
casarse de los veintidós a los veinticinco años, hoy día no puede crear un hogar
hasta los treinta años aproximadamente. Además, cuanto más desarrolladas están
en el obrero las necesidades culturales, tanto más valora la posibilidad de
seguir el ritmo de la vida cultural, de ir al teatro, de asistir a
conferencias, leer periódicos,
consagrar
el tiempo que el trabajo le deja libre a la lucha sindical, a la política, a
una actividad por la que siente afición, al arte, a la lectura, etc., y más
tarde tiende a casarse. Sin embargo, las necesidades físicas no tienen para
nada en cuenta su situación financiera, son necesidades vitales de las que no
se puede prescindir. El obrero “soltero”, lo mismo que el burgués “soltero”,
resuelven su problema acudiendo a la prostitución. Este es un ejemplo de la
adaptación pasiva de la clase obrera a las condiciones desfavorables de su
existencia.
Tomemos
otro ejemplo. Al casarse un obrero, y a causa del nivel tan bajo de los
salarios, la nueva familia obrera se ve obligada a resolver el problema del
nacimiento de los hijos de igual forma que lo hace la familia burguesa. La
frecuencia de infanticidios y el aumento de la prostitución son dos son
expresiones del mismo proceso. Ambos son ejemplos de adaptación pasiva del
obrero a la espantosa realidad que le rodea. Pero lo que no hay que olvidar es
que en estos procesos no hay nada que caracterice propiamente al proletariado.
Esta adaptación pasiva es propia de todas las clases y sectores sociales que se
ven envueltos en el proceso mundial de desarrollo del capitalismo.
La
línea de diferenciación comienza precisamente cuando entran en juego los
principios activos y creadores; la delimitación se marca allí donde no se trata
ya de una adaptación, sino de una reacción frente a la realidad opresora.
Comienza donde nacen y se expresan nuevos ideales, donde surgen tímidas
tentativas de relaciones sexuales dotadas de un espíritu nuevo. Pero aún hay
más: debemos señalar que este proceso de reacción se inicia únicamente entre la
clase obrera.
Esto
no quiere decir, en modo alguno, que las otras clases y capas de la sociedad,
principalmente la de los intelectuales burgueses, que es la clase que por las
condiciones de su existencia social se encuentra más cerca de la clase obrera,
no se apoderen de estos elementos nuevos que el proletariado crea y
desenvuelve. La burguesía, impulsada por el deseo instintivo de inyectar vida
nueva a las formas agonizantes de la suya, y ante la impotencia de sus diversas
formas de relaciones sexuales, aprende a toda prisa las formas nuevas que la
clase obrera lleva consigo. Pero, desgraciadamente, ni los ideales, ni él
código de moral sexual elaborados de un modo gradual por el proletariado
corresponden a la esencia moral de las exigencias burguesas de clase. Por tanto,
mientras la moral sexual, nacida de las necesidades de la clase obrera, se
convierte para esta clase en un instrumento nuevo de lucha social, los
“modernismos” de segunda mano que de esa moral deduce la burguesía, no hacen
más que destruir de un modo definitivo las bases de su superioridad social.
El
intento de los intelectuales burgueses de sustituir el matrimonio indisoluble
por los lazos más libres, más fácilmente desligables del matrimonio civil,
conmueve las bases de la estabilidad social de la burguesía, bases que no
pueden ser otras que la familia monógama cimentada en el concepto de propiedad.
Todo
lo contrario sucede en la clase obrera. Una mayor libertad en la unión entre
los sexos, una menor consolidación de sus relaciones sexuales concuerda
totalmente con las tareas fundamentales de esta clase social, y hasta podemos
decir que se derivan directamente de estas tareas. Lo mismo sucede con la
negación del concepto de subordinación en el matrimonio que rompe los últimos
lazos artificiales de la familia burguesa. Todo lo contrario sucede en la clase
proletaria. El factor de la subordinación de un miembro de esta clase social a
otro al igual que el concepto de posesividad en las relaciones, tiene efectos
nocivos sobre la mente del proletariado. A los intereses de la clase
revolucionaria no les conviene en modo alguno “atar” a uno de sus miembros,
puesto que a cada uno de sus representantes independientes le incumbe ante todo
el deber de servir a los intereses de su clase y no los de una célula familiar
aislada.
El
deber del miembro de la sociedad proletaria es ante todo contribuir al triunfo
de los intereses de su clase, por ejemplo, actuando en las huelgas,
participando en todo momento en la lucha. La moral con que la clase trabajadora
juzga todos estos actos caracteriza con perfecta claridad la base de la nueva
moral proletaria.
Supongamos
que un empresario, movido únicamente por intereses familiares, retira de los
negocios su capital en un momento crítico para la empresa. Su acción, apreciada
desde el punto de vista de la moral burguesa, no puede ser más clara, “porque
los intereses de la familia deben figurar en primer lugar”. Comparemos ahora
este juicio con la actitud de los obreros ante el rompehuelgas, que acude al
trabajo durante el conflicto para que su familia no pase hambre. Los intereses
de clase figuran en este ejemplo en primer lugar. Representemos ahora a un
marido burgués que ha conseguido por su amor y devoción a la familia tener
alejada a su mujer de todos sus intereses, a excepción de los deberes de ama de
casa y de mujer consagrada por completo al cuidado de los hijos. El juicio de
la sociedad burguesa será: “un marido ideal que ha sabido crear una familia
ideal”.
Pero,
¿cuál sería la actitud de los obreros hacia un miembro consciente de su clase
que intentase hacer que su mujer se apartase de la lucha social? La moral de la
clase exige, a costa incluso de la felicidad individual, a costa de la familia,
la participación de la mujer en la vida de lucha que transcurre fuera de los
muros de su hogar. Atar a la mujer a la casa, colocar en primer plano los
intereses familiares, propagar la idea de los derechos de la propiedad absoluta
de un esposo sobre su mujer, son actos que violan el principio fundamental de
la ideología de la clase obrera, que destruyen la solidaridad y el compañerismo
y que rompen las cadenas que unen a todo el proletariado. El concepto de
posesión de una personalidad por otra, la idea de la subordinación y de la
desigualdad de los miembros de una sola y misma clase, son conceptos contrarios
a la esencia del concepto de camaradería, que es el principio proletario más
fundamental.
Este
principio básico de la ideología de la clase ascendente es el que da colorido y
determina el nuevo código en formación de la moral sexual del proletariado,
merced al cual se transforma la psicología de la humanidad y llega a adquirir
una acumulación de sentimientos de solidaridad y de libertad, en vez del
concepto de la propiedad, una acumulación de compañerismo en vez de los
conceptos de desigualdad y de subordinación.
Es
una vieja verdad la que establece que toda nueva clase ascendente, nacida como
consecuencia de una cultura material distinta de la del grado precedente de la
evolución económica, enriquece a toda la humanidad con la ideología nueva
característica de esta clase. El código de la moral sexual constituye una parte
integrante de la nueva ideología. Por tanto, basta pronunciar los términos
“ética proletaria” y “moral sexual proletaria” para escapar de la trivial
argumentación: la moral sexual proletaria no es en el fondo más que
“superestructura”, mientras no se experimente la total transformación de la
base económica de la sociedad, no puede haber lugar para ella. ¡Como si una
ideología, sea del género que fuere, no se formase hasta que se hubiera
producido la transformación de las relaciones socioeconómicas necesarias para
asegurar el dominio de la clase de que se trate! La experiencia de la historia
enseña que la elaboración de la ideología de un grupo social, y
consecuentemente de la moral sexual también, se realiza durante el proceso
mismo de la lucha de este grupo contra las fuerzas sociales adversas.
Esta
clase de lucha sólo puede fortalecer su posición social con la ayuda de nuevos
valores espirituales sacados de su propio seno, y que respondan totalmente a
sus tareas como clase ascendente. Sólo mediante estas normas e ideales nuevos
puede esta clase arrebatar el poder a los grupos sociales contrarios.
La
tarea que corresponde, por tanto, a los ideólogos de la clase obrera es buscar
el criterio moral fundamental, producto de los intereses específicos de la
clase obrera y armonizar con este criterio las nacientes normas sexuales.
Ya
es hora de comprender que únicamente después de haber tanteado el proceso
creador que se realiza allá abajo, en las profundas capas sociales, proceso que
engendra necesidades nuevas, nuevos ideales y formas, será posible vislumbrar
el camino en el caos contradictorio de las relaciones sexuales y desenmarañar
la enredada madeja del problema sexual.
Debemos
recordar que el código de la moral sexual, en armonía con las tareas
fundamentales de la clase obrera, puede convertirse en poderoso instrumento que
refuerce la posición de lucha de la clase ascendente. ¿Por qué no servirse de
este instrumento, en interés de la clase obrera, en su lucha por el
establecimiento de un sistema comunista y, a la vez también, por establecer
nuevas relaciones entre los sexos, que sean más perfectas y felices?
EL DÍA DE LA MUJER
¿Qué
es el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las
mujeres de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para
la unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia,
aunque ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y
elocuente a estas preguntas.
El
día de la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el
movimiento obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada
día. Hace veinte años las organizaciones obreras sólo tenías grupos dispersos
de mujeres en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses
tienen más de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000
sindicadas y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los
sindicatos y 20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría,
Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están
organizando a sí mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un
millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del
mundo deben contar cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida,
el seguro de maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a
las trabajadoras.
Hubo
un tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos
solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que
ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras.
Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de
aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el
mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los
trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre
las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué
nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene
derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas
propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…
El
retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e
indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un
daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha,
como se la despertará?
La
socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente.
Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas
entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de
que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como
socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada,
acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón
se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda.
Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de
falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como
trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros
del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la
defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.
Los
socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el
trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos
para las mujeres y la defensa de sus intereses.
Cuanto
más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más
ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido
como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora
también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y
conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del
trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las
mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres,
con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan
en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la
conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y
cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para
las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña
contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos
para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…
Así,
como miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común
de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas
necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas
de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas
necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los
trabajadores como clase.
En
el día de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de
derechos. Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las
mujeres? ¿Por qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para
trabajadoras, conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las
feministas y sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la
diferencia radical entre el movimiento de mujeres socialistas y las
sufraguistas burguesas pueden pensar de esa manera.
¿Cuál
es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el
mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora
sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras
socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la
riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.
Las
feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier
lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los
ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y
trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos
hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección
especial del estado y de la sociedad.
Las
feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también
aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos
políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente
y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores.
Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino
empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.
Los
caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se
han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay
también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las
damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores
no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer,
ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las
mujeres.
Cada
distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera
es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las
filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y
el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer
trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de
la clase trabajadora.
Dejad
que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y
de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las
trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer.
Escrito:
En 1913.
Esta
edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2002.
EL COMUNISMO Y LA FAMILIA
Escrito:
En o antes de 1918.
Historial
de publicación: Publicado por vez primera en 1918. Versión en castellano
publicada por primera vez por Editorial Marxista, Barcelona, en 1937.
Traducción
al castellano: Por Editorial Marxista, Barcelona, 1937.
Fuente
de la presente versión: Tomado de la edicion de Editorial Marxista, Barcelona,
1937.
Esta
edición: Marxists Internet Archive, 2002.
Digitalizado por Aritz.
La
mujer no depende ya del hombre
¿Se
mantendrá la familia en un Estado comunista? ¿Persistirá en la misma forma
actual? Son estas cuestiones que atormentan, en los momentos presentes, a la
mujer de la clase trabajadora y preocupa igualmente a sus compañeros, los
hombres.
No
debe extrañarnos que en estos últimos tiempos este problema perturbe las mentes
de las mujeres trabajadoras. La vida cambia continuamente ante nuestros ojos;
antiguos hábitos y costumbres desaparecen poco a poco. Toda la existencia de la
familia proletaria se modifica y organiza en forma tan nueva, tan fuera de lo
corriente, tan extraña, como nunca pudimos imaginar.
Y
una de las cosas que mayor perplejidad produce en la mujer en estos momentos es
la manera como se ha facilitado el divorcio en Rusia.
De
hecho, en virtud del decreto del Comisario del Pueblo del 18 de diciembre de
1917, el divorcio ha dejado de ser un lijo accesible sólo a los ricos; desde
ahora en adelante, la mujer trabajadora no tendrá que esperar y meses, e
incluso hasta años, para que sea fallada su petición de separación matrimonial
que le dé derecho a independizarse de un marido borracho o brutal, acostumbrado
a golpearla. Desde ahora en adelante el divorcio se podrá obtener amigablemente
dentro del periodo de una o dos semanas todo lo más.
Pero
es precisamente esta facilidad para obtener el divorcio, manantial de tantas
esperanzas para las mujeres que son desgraciadas en su matrimonio, lo que
asusta a otras mujeres, particularmente a aquellas que consideran todavía al
marido como el "proveedor" de la familia, como el único sostén de la
vida, a esas mujeres que no comprenden todavía que deben acostumbrarse a buscar
y a encontrar ese sostén en otro sitio, no en la persona del hombre, sino en la
persona de la sociedad, en el Estado.
Desde
la familia genésica a nuestros días
No
hay ninguna razón para pretender engañarnos a nosotros mismos: la familia
normal de los tiempos pasados en la cual el hombre lo era todo y la mujer nada
-puesto que no tenía voluntad propia, ni dinero propio, ni tiempo del que
disponer libremente-, este tipo de familia sufre modificaciones día por día, y
actualmente es casi una cosa del pasado, lo cual no debe asustarnos.
Bien
sea por error o ignorancia, estamos dispuestos a creer que todo lo que nos
rodea debe permanecer inmutable, mientras todo lo demás cambia. Siempre ha sido
así y siempre lo será. Esta afirmación es un error profundo.
Para
darnos cuenta de su falsedad, no tenemos más que leer cómo vivían las gentes
del pasado, e inmediatamente vemos cómo todo está sujeto a cambio y cómo no hay
costumbres, ni organizaciones políticas, ni moral que permanezcan fijas e
inviolables.
Así,
pues, la familia ha cambiado frecuentemente de forma en las diversas épocas de
la vida de la humanidad.
Hubo
épocas en que la familia fue completamente distinta a como estamos
acostumbrados a admitirla. Hubo un tiempo en que la única forma de familia que
se consideraba normal era la llamada familia genésica, es decir, aquella en que
el cabeza de familia era la anciana madre, en torno a la cual se agrupaban, en
la vida y en el trabajo común, los hijos, nietos y biznietos.
La
familia patriarcal fue en otros tiempos considerada también como la única forma
posible de familia, presidida por un padre-amo, cuya voluntad era ley para
todos los demás miembros de la familia. Aún en nuestros tiempos se pueden
encontrar en las aldeas rusas familias campesinas de este tipo. En realidad
podemos afirmar que en esas localidades la moral y las leyes que rigen la vida
familiar son completamente distintas de las que reglamentan la vida de la
familia del obrero de la ciudad. En el campo existen todavía gran número de
costumbres que ya no es posible encontrar en la familia de la ciudad
proletaria.
El
tipo de familia, sus costumbres, etc., varían según las razas. Hay pueblos,
como por ejemplo los turcos, árabes y persas, entre los cuales la ley autoriza
al marido el tener varias mujeres. Han existido y todavía se encuentran tribus
que toleran la costumbre contraria, es decir, que la mujer tenga varios
maridos.
La
moralidad al uso del hombre de nuestro tiempo le autoriza para exigir de las
jóvenes la virginidad hasta su matrimonio legítimo. Pero, sin embargo, hay
tribus en las que ocurre todo lo contrario: la mujer tiene por orgullo haber
tenido muchos amantes, y se engalana brazos y piernas con brazaletes que
indican el número...
Diversas
costumbres, que a nosotros nos sorprenden, hábitos que podemos incluso
calificar de inmorales, los practican otros pueblos, con la sanción divina,
mientras que, por su parte, califican de "pecaminosas" muchas de
nuestras costumbres y leyes.
Por
tanto, no hay ninguna razón para que nos aterroricemos ante el hecho de que la
familia sufra un cambio, porque gradualmente se descarten vestigios del pasado
vividos hasta ahora, ni porque se implanten nuevas relaciones entre el hombre y
la mujer. No tenemos más que preguntarnos: ¿qué es lo que ha muerto en nuestro
viejo sistema familiar y qué relaciones hay entre el hombre trabajador y la
mujer trabajadora, entre el campesino y la campesina?
¿Cuáles
de sus respectivos derechos y deberes armonizan mejor con las condiciones de
vida de la nueva Rusia? Todo lo que sea compatible con el nuevo estado de cosas
se mantendrá; lo demás, toda esa anticuada morralla que hemos heredado de la
maldita época de servidumbre y dominación, que era la característica de los
terratenientes y capitalistas, todo eso tendrá que ser barrido juntamente con
la misma clase explotadora, con esos enemigos del proletariado y de los pobres.
El
capitalismo ha destruido la vieja vida familiar
La
familia, en su forma actual, no es más que una de tantas herencias del pasado.
Sólidamente unida, compacta en sí misma en sus comienzos, e indisoluble -tal
era el carácter del matrimonio santificado por el cura-, la familia era
igualmente necesaria para cada uno de sus miembros. Porque ¿quién se hubiera
ocupado de criar, vestir y educar a los hijos de no ser la familia? ¿Quién se
hubiera ocupado de guiarlos en la vida? Triste suerte la de los huérfanos en
aquellos tiempos; era el peor destino que pudiera tocarle a uno en suerte.
En
el tipo de familia a que estamos acostumbrados, es el marido el que gana el
sustento, el que mantiene a la mujer y a los hijos. La mujer, por su parte, se
ocupa de los quehaceres domésticos y de criar a los hijos como le parece.
Pero,
desde hace un siglo, esta forma corriente de familia ha experimentado una
destrucción progresiva en todos los países del mundo, en los que domina el
capitalismo, en aquellos países en que el número de fábricas crece rápidamente,
juntamente con otras empresas capitalistas que emplean trabajadores.
Las
costumbres y la moral familiar se forman simultáneamente como consecuencia de
las condiciones generales de la vida que rodea a la familia. Lo que más ha
contribuido a que se modificasen las costumbres familiares de una manera
radical ha sido, indiscutiblemente, la enorme expansión que ha adquirido por
todas partes el trabajo asalariado de la mujer. Anteriormente, era el hombre el
único sostén posible de la familia. Pero desde los últimos cincuenta o sesenta
años, hemos experimentado en Rusia (con anterioridad en otros países) que el
régimen capitalista obliga a las mujeres a buscar trabajo remunerador fuera de
la familia, fuera de su casa.
Treinta millones de mujeres soportan una
doble carga
Como
el salario del hombre, sostén de la familia, resultaba insuficiente para cubrir
las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar trabajo
remunerado; la madre tuvo que llamar también a la puerta de la fábrica. Año por
año, día tras día, fue creciendo el número de mujeres pertenecientes a la clase
trabajadora que abandonaban sus casas para ir a nutrir las filas de las
fábricas, para trabajar como obreras, dependientas, oficinistas, lavanderas o
criadas.
Según
cálculos de antes de la Gran Guerra, en los países de Europa y América
ascendían a sesenta millones las mujeres que se ganaban la vida con su trabajo.
Durante la guerra ese número aumentó considerablemente.
La
inmensa mayoría de estas mujeres estaban casadas; fácil es imaginarnos la vida
familiar que podrían disfrutar. ¡Qué vida familiar puede existir donde la
esposa y madre se va de casa durante ocho horas diarias, diez mejor dicho
(contando el viaje de ida y vuelta)! La casa queda necesariamente descuidad;
los hijos crecen sin ningún cuidado maternal, abandonados a sí mismos en medio
de los peligros de la calle, en la cual pasan la mayor parte del tiempo.
La
mujer casada, la madre que es obrera, suda sangre para cumplir con tres tareas
que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el
trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento
comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos,
y, por último, cuidar de sus hijos.
El
capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la
aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de
casa y madre.
Por
tanto, nos encontramos con que la mujer se agota como consecuencia de esta
triple e insoportable carga, que con frecuencia expresa con gritos de dolor y
hace asomar lágrimas a sus ojos.
Los
cuidados y las preocupaciones han sido en todo tiempo destino de la mujer; pero
nunca ha sido su vida más desgraciada, más desesperada que en estos tiempos
bajo el régimen capitalista, precisamente cuando la industria atraviesa por
periodo de máxima expansión.
Los trabajadores aprenden a existir sin
vida familiar
Cuanto
más se extiende el trabajo asalariado de la mujer, más progresa la
descomposición de la familia. ¡Qué vida familiar puede haber donde el hombre y
la mujer trabajan en la fábrica, en secciones diferentes, si la mujer no
dispone siquiera del tiempo necesario para guisar una comida medianamente buena
para sus hijos! ¡Qué vida familiar puede ser la de una familia en la que el
padre y la madre pasan fuera de casa la mayor parte de las veinticuatro horas
del día, entregados a un duro trabajo, que les impide dedicar unos cuantos
minutos a sus hijos!
En
épocas anteriores, era completamente diferente. La madre, el ama de casa,
permanecía en el hogar, se ocupaba de las tareas domésticas y de sus hijos, a
los cuales no dejaba de observar, siempre vigilante.
Hoy
día, desde las primeras horas de la mañana hasta que suena la sirena de la
fábrica, la mujer trabajadora corre apresurada para llegar a su trabajo; por la
noche, de nuevo, al sonar la sirena, vuelve precipitadamente a casa para
preparar la sopa y hacer los quehaceres domésticos indispensables. A la mañana
siguiente, después de breves horas de sueño, comienza otra vez para la mujer su
pesada carga. No puede, pues, sorprendernos, por tanto, el hecho de que, debido
a estas condiciones de vida, se deshagan los lazos familiares y la familia se
disuelva cada día más. Poco a poco va desapareciendo todo aquello que convertía
a la familia en un todo sólido, todo aquello que constituía sus seguros
cimientos, la familia es cada vez menos necesaria a sus propios miembros y al
Estado. Las viejas formas familiares se convierten en un obstáculo.
¿En
qué consistía la fuerza de la familia en los tiempos pasados? En primer lugar,
en el hecho de que era el marido, el padre, el que mantenía a la familia; en
segundo lugar, el hogar era algo igualmente necesario a todos los miembros de
la familia, y en tercer y último lugar, porque los hijos eran educados por los
padres.
¿Qué
es lo que queda actualmente de todo esto? El marido, como hemos visto, ha
dejado de ser el sostén único de la familia. La mujer, que va a trabajar, se ha
convertido, a este respecto, en igual a su marido. Ha aprendido no sólo a
ganarse la vida, sino también, con gran frecuencia, a ganar la de sus hijos y
su marido. Queda todavía, sin embargo, la función de la familia de criar y
mantener a los hijos mientras son pequeños. Veamos ahora, en realidad, lo que
subsiste de esta obligación.
El trabajo casero no es ya una necesidad
Hubo
un tiempo en que la mujer de la clase pobre, tanto en la ciudad como en el
campo, pasaba su vida entera en el seno de la familia. La mujer no sabía nada
de lo que ocurría más allá del umbral de su casa y es casi seguro que tampoco
deseaba saberlo. En compensación, tenía dentro de su casa las más variadas
ocupaciones, todas útiles y necesarias, no sólo para la vida de la familia en
sí, sino también para la de todo el Estado.
La
mujer hacía, es cierto, todo lo que hoy hace cualquier mujer obrera o
campesina. Guisaba, lavaba, limpiaba la casa y repasaba la ropa de la familia.
Pero no hacía esto sólo. Tenía sobre sí, además, una serie de obligaciones que
no tienen ya las mujeres de nuestro tiempo: hilaba la lana y el lino; tejía las
telas y los adornos, las medias y los calcetines; hacía encajes y se dedicaba,
en la medida de las posibilidades familiares, a las tareas de la conservación
de carnes y demás alimentos; destilaba las bebidas de la familia, e incluso
moldeaba las velas para la casa.
¡Cuán
diversas eran las tareas de la mujer en los tiempos pasados! Así pasaron la
vida nuestras madres y abuelas. Aún en nuestros días, allá en remotas aldeas,
en pleno campo, en contacto con las líneas del tren o lejos de los grandes
ríos, se pueden encontrar pequeños núcleos donde se conserva todavía, sin
modificación alguna, este modo de vida de los buenos tiempos del pasado, en la
que el ama de casa realizaba una serie de trabajos de los que no tiene noción
la mujer trabajadora de las grandes ciudades o de las regiones de gran
población industrial, desde hace mucho tiempo.
El trabajo industrial de la mujer en el
hogar
En
los tiempos de nuestras abuelas eran absolutamente necesarios y útiles todos
los trabajos domésticos de la mujer, de los que dependía el bienestar de la
familia. Cuanto más se dedicaba la mujer de su casa a estas tareas, tanto mejor
era la vida en el hogar, más orden y abundancia se reflejaban en la casa. Hasta
el propio Estado podía beneficiarse un tanto de las actividades de la mujer
como ama de casa. Porque, en realidad, la mujer de otros tiempos no se limitaba
a preparar purés para ella o su familia, sino que sus manos producían muchos
otros productos de riqueza, tales como telas, hilo, mantequilla, etc., cosas
que podían llevarse al mercado y ser consideradas como mercancías, como cosas
de valor.
Es
cierto que en los tiempos de nuestras abuelas y bisabuelas el trabajo no era
evaluado en dinero. Pero no había ningún hombre, fuera campesino u obrero, que
no buscase como compañera una mujer con "manos de oro", frase todavía
proverbial entre el pueblo.
Porque
sólo los recursos del hombre, sin el trabajo doméstico de la mujer, no hubieran
bastado para mantener el hogar.
En
lo que se refiere a los bienes del Estado, a los intereses de la nación,
coincidían con los del marido; cuanto más trabajadora resultaba la mujer en el
seno de su familia, tantos más productos de todas clases producía: telas,
cueros, lana, cuyo sobrante podía ser vendido en el mercado de las cercanías;
consecuentemente, la "mujer de su casa" contribuía a aumentar en su
conjunto la prosperidad económica del país.
La mujer casada y la fábrica
El
capitalismo ha modificado totalmente esta antigua manera de vida. Todo lo que
antes se producía en el seno de la familia, se fabrica ahora en grandes
cantidades en los talleres y en las fábricas. La máquina sustituyó a los ágiles
dedos del ama de casa. ¿Qué mujer de su casa trabajaría hoy día en moldear
velas, hilar o tejer tela? Todos estos productos pueden adquirirse en la tienda
más próxima. Antes, todas las muchachas tenían que aprender a tejer sus medias;
¿es posible encontrar en nuestros tiempos una joven obrera que se haga las
medias? En primer lugar, carece del tiempo necesario para ello. El tiempo es
dinero y no hay nadie que quiera perderlo de una manera improductiva, es decir,
sin obtener ningún provecho. Actualmente, toda mujer de su casa, que es a la
vez una obrera, prefiere comprar las medias hechas que perder tiempo
haciéndolas.
Pocas
mujeres trabajadoras, y sólo en casos aislados, podemos encontrar hoy día que
preparen las conservas para la familia, cuando la realidad es que en la tienda
de comestibles de al lado de su casa puede comprarlas perfectamente preparadas.
Aun en el caso de que el producto vendido en la tienda sea de una calidad
inferior, o que no sea tan bueno como el que pueda hacer una ama de casa
ahorrativa en su hogar, la mujer trabajadora no tiene ni tiempo ni energías
para dedicarse a todas las laboriosas operaciones que requiere un trabajo de
esta clase.
La
realidad, pues, es que la familia contemporánea se independiza cada vez más de
todos aquellos trabajos domésticos sin cuya preocupación no hubieran podido
concebir la vida familiar nuestras abuelas.
Lo
que se producía anteriormente en el seno de la familia se produce actualmente
con el trabajo común de hombres y mujeres trabajadoras en las fábricas y
talleres.
Los
quehaceres individuales están llamados a desaparecer
La
familia actualmente consume sin producir. Las tareas esenciales del ama de casa
han quedado reducidas a cuatro: limpieza (suelos, muebles, calefacción , etc.);
cocina (preparación de comida y cena); lavado y cuidado de la ropa blanca, y
vestidos de la familia (remendado y repaso de la ropa).
Estos
son trabajos agotadores. Consumen todas las energías y todo el tiempo de la
mujer trabajadora, que, además, tiene que trabajar en una fábrica.
Ciertamente
que los quehaceres de nuestras abuelas comprendían muchas más operaciones,
pero, sin embargo, estaban dotados de una cualidad de la que carecen los
trabajos domésticos de la mujer obrera de nuestros días; éstos han perdido su
cualidad de trabajos útiles al Estado desde el punto de vista de la economía
nacional, porque son trabajos con los que no se crean nuevos valores. Con ellos
no se contribuye a la prosperidad del país.
Es
en vano que la mujer trabajadora se pase el día desde la mañana hasta la noche
limpiando su casa, lavando y planchando la ropa, consumiendo sus energías para
conservar sus gastadas ropas en orden, matándose para preparar con sus modestos
recursos la mejor comida posible, porque cuando termine el día no quedará, a
pesar de sus esfuerzos, un resultado material de todo su trabajo diario; con
sus manos infatigables no habrá creado en todo el día nada que pueda ser
considerado como una mercancía en el mercado comercial. Mil años que viviera
todo seguiría igual para la mujer trabajadora. Todas las mañanas habría que
quitar polvo de la cómoda; el marido vendría con ganas de cenar por la noche y
sus chiquitines volverían siempre a casa con los zapatos llenos de barro... El
trabajo del ama de casa reporta cada día menos utilidad, es cada vez más
improductivo.
La
aurora del trabajo casero colectivo
Los
trabajos caseros en forma individual han comenzado a desaparecer y de día en
día van siendo sustituidos por el trabajo casero colectivo, y llegará un día,
más pronto o más tarde, en que la mujer trabajadora no tendrá que ocuparse de
su propio hogar.
En
la Sociedad Comunista del mañana, estos trabajos serán realizados por una
categoría especial de mujeres trabajadoras dedicadas únicamente a estas
ocupaciones.
Las
mujeres de los ricos, hace ya mucho tiempo que viven libres de estas
desagradables y fatigosas tareas. ¿Por qué tiene la mujer trabajadora que
continuar con esta pesada carga?
En
la Rusia Soviética, la vida de la mujer trabajadora debe estar rodeada de las
mismas comodidades, la misma limpieza, la misma higiene, la misma belleza, que
hasta ahora constituía el ambiente de las mujeres pertenecientes a las clases
adineradas. En una Sociedad Comunista la mujer trabajadora no tendrá que pasar
sus escasas horas de descanso en la cocina, porque en la Sociedad Comunista
existirán restaurantes públicos y cocinas centrales en los que podrá ir a comer
todo el mundo.
Estos
establecimientos han ido en aumento en todos los países, incluso dentro del
régimen capitalista. En realidad, se puede decir que desde hace medio siglo
aumentan de día en día en todas las ciudades de Europa; crecen como las setas
después de la lluvia otoñal. Pero mientras en un sistema capitalista sólo
gentes con bolsas bien repletas pueden permitirse el gusto de comer en los
restaurantes, en una ciudad comunista estarán al alcance de todo el mundo.
Lo
mismo se puede decir del lavado de la ropa y demás trabajos caseros. La mujer
trabajadora no tendrá que ahogarse en un océano de porquería ni estropearse la
vista remendando y cosiendo la ropa por las noches. No tendrá más que llevarla
cada semana a los lavaderos centrales para ir a buscarla después lavada y
planchada. De este modo tendrá la mujer trabajadora una preocupación menos.
La
organización de talleres especiales para repasar y remendar la ropa ofrecerán a
la mujer trabajadora la oportunidad de dedicarse por las noches a lecturas
instructivas, a distracciones saludables, en vez de pasarlas como hasta ahora
en tareas agotadoras.
Por
tanto, vemos que las cuatro últimas tareas domésticas que todavía pesan sobre
la mujer de nuestros tiempos desaparecerán con el triunfo del régimen
comunista.
No
tendrá de qué quejarse la mujer obrera, porque la Sociedad Comunista habrá
terminado con el yugo doméstico de la mujer para hacer su vida más alegre, más
rica, más libre y más completa.
La
crianza de los hijos en el régimen capitalista
¿Qué
quedará de la familia cuando hayan desaparecido todos estos quehaceres del
trabajo casero individual? Todavía tendremos que luchar con el problema de los hijos.
Pero en lo que se refiere a esta cuestión, el Estado de los Trabajadores
acudirá en auxilio de la familia, sustituyéndola; gradualmente, la Sociedad se
hará cargo de todas aquellas obligaciones que antes recaían sobre los padres.
Bajo
el régimen capitalista la instrucción del niño ha cesado de ser una obligación
de los padres. El niño aprende en la escuela. En cuanto el niño entra en la
edad escolar, los padres respiran más libremente. Cuando llega este momento, el
desarrollo intelectual del hijo deja de ser un asunto de su incumbencia.
Sin
embargo, con ello no terminaban todas las obligaciones de la familia con
respecto al niño. Todavía subsistía la obligación de alimentar al niño, de
calzarle, vestirle, convertirlo en obrero diestro y honesto para que, con el
tiempo, pudiera bastarse a sí propio y ayudar a sus padres cuando éstos
llegaran a viejos.
Pero
lo más corriente era, sin embargo, que la familia obrera no pudiera casi nunca
cumplir enteramente estas obligaciones con respecto a sus hijos. El reducido
salario de que depende la familia obrera no le permite ni tan siquiera dar a
sus hijos lo suficiente para comer, mientras que el excesivo trabajo que pesa
sobre los padres les impide dedicar a la educación de la joven generación toda
la atención a que obliga este deber. Se daba por sentado que la familia se
ocupaba de la crianza de los hijos. ¿Pero lo hacía en realidad? Más justo sería
decir que es en la calle donde se crían los hijos de los proletarios. Los niños
de la clase trabajadora desconocen las satisfacciones de la vida familiar,
placeres de los cuales participamos todavía nosotros con nuestros padres.
Pero,
además, hay que tener en cuenta que lo reducido de los jornales, la inseguridad
en el trabajo y hasta el hambre convierten frecuentemente al niño de diez años
de la clase trabajadora en un obrero independiente a su vez. Desde este
momento, tan pronto como el hijo (lo mismo si es chico o chica) comienza a
ganar un jornal, se considera a sí mismo dueño de su persona, hasta tal punto
que las palabras y los consejos de sus padres dejan de causarle la menor
impresión, es decir, que se debilita la autoridad de los padres y termina la
obediencia.
A
medida que van desapareciendo uno a uno los trabajos domésticos de la familia,
todas las obligaciones de sostén y crianza de los hijos son desempeñadas por la
sociedad en lugar de por los padres. Bajo el sistema capitalista, los hijos
eran con demasiada frecuencia, en la familia proletaria, una carga pesada e
insostenible.
El
niño y el Estado comunista
En
este aspecto también acudirá la Sociedad Comunista en auxilio de los padres. En
la Rusia Soviética se han emprendido, merced a los Comisariados de Educación
Pública y Bienestar Social, grandes adelantos. Se puede decir que en este
aspecto se han hecho ya muchas cosas para facilitar la tarea de la familia de
criar y mantener a los hijos.
Existen
ya casas para los niños lactantes, guardería infantiles, jardines de la
infancia, colonias y hogares para niños, enfermerías y sanatorios para los
enfermos o delicados, restaurantes, comedores gratuitos para los discípulos en
escuelas, libros de estudio gratuitos, ropas de abrigo y calzado para los niños
de los establecimientos de enseñanza. ¿Todo esto no demuestra suficientemente
que el niño sale ya del marco estrecho de la familia, pasando la carga de su
crianza y educación de los padres a la colectividad?
Los
cuidados de los padres con respecto a los hijos pueden clasificarse en tres
grupos: 1º, cuidados que los niños requieren imprescindiblemente en los
primeros tiempos de su vida; 2º, los cuidados que supone la crianza del niño, y
3º, los cuidados que necesita la educación del niño.
Lo
que se refiere a la instrucción de los niños, en escuelas primarias, institutos
y universidades, se ha convertido ya en una obligación del Estado, incluso en
la sociedad capitalista.
Por
otra parte, las ocupaciones de la clase trabajadora, las condiciones de vida,
obligaban, incluso en la sociedad capitalista, a la creación de lugares de
juego, guarderías, asilos, etc. Cuanto más conciencia tenga la clase
trabajadora de sus derechos, cuanto mejor estén organizados en cualquier Estado
específico, tanto más interés tendrá la sociedad en el problema de aliviar a la
familia del cuidado de los hijos.
Pero
la sociedad burguesa tiene medio de ir demasiado lejos en lo que respecta a
considerar los intereses de la clase trabajadora, y mucho más si contribuye de
este modo a la desintegración de la familia.
Los
capitalistas se dan perfecta cuenta de que el viejo tipo de familia, en la que
la esposa es una esclava y el hombre es responsable del sostén y bienestar de
la familia, de que una familia de esta clase es la mejor arma para ahogar los
esfuerzos del proletariado hacia su libertad, para debilitar el espíritu
revolucionario del hombre y de la mujer proletarios. La preocupación por lo que
le pueda pasar a su familia, priva al obrero de toda su firmeza, le obliga a
transigir con el capital. ¿Qué no harán los padres proletarios cuando sus hijos
tienen hambre?
Contrariamente
a lo que sucede en la sociedad capitalista, que no ha sido capaz de transformar
la educación de la juventud en una verdadera función social, en una obra del
Estado, la Sociedad Comunista considerará como base real de sus leyes y
costumbres, como la primera piedra del nuevo edificio, la educación social de
la generación naciente.
No
será la familia del pasado, mezquina y estrecha, con riñas entre los padres,
con sus intereses exclusivistas para sus hijos, la que moldeará el hombre de la
sociedad del mañana.
El
hombre nuevo, de nuestra nueva sociedad, será moldeado por las organizaciones
socialistas, jardines infantiles, residencias, guarderías de niños, etc., y
muchas otras instituciones de este tipo, en las que el niño pasará la mayor
parte del día y en las que educadores inteligentes le convertirán en un
comunista consciente de la magnitud de esta inviolable divisa: solidaridad,
camaradería, ayuda mutua y devoción a la vida colectiva.
La subsistencia de la madre asegurada
Veamos
ahora, una vez que no se precisa atender a la crianza y educación de los hijos,
qué es lo que quedará de las obligaciones de la familia con respecto a sus
hijos, particularmente después que haya sido aliviada de la mayor parte de los
cuidados materiales que llevan consigo el nacimiento de un hijo, o sea, a
excepción de los cuidados que requiere el niño recién nacido cuando todavía
necesita de la atención de su madre, mientras aprende a andar, agarrándose a
las faldas de su madre. En esto también el Estado Comunista acude presuroso en
auxilio de la madre trabajadora. Ya no existirá la madre agobiada con un
chiquillo en brazos. El Estado de los Trabajadores se encargará de la
obligación de asegurar la subsistencia a todas las madres, estén o no legítimamente
casadas, en tanto que amamanten a su hijo; instalará por doquier casas de
maternidad, organizará en todas las ciudades y en todos los pueblos guarderías
e instituciones semejantes para que la mujer pueda ser útil trabajando para el
Estado mientras, al mismo tiempo, cumple sus funciones de madre.
El
matrimonio dejará de ser una cadena
Las
madres obreras no tienen por qué alarmarse. La Sociedad Comunista no pretende
separar a los hijos de los padres, ni arrancar al recién nacido del pecho de su
madre. No abriga la menor intención de recurrir a la violencia para destruir la
familia como tal. Nada de eso. Estas no son las aspiraciones de la Sociedad
Comunista.
¿Qué
es lo que presenciamos hoy? Pues que se rompen los lazos de la gastada familia.
Esta, gradualmente, se va libertando de todos los trabajos domésticos que
anteriormente eran otros tantos pilares que sostenían la familia como un todo
social. ¿Los cuidados de la limpieza, etc., de la casa? También parece que han
demostrado su inutilidad. ¿Los hijos? Los padres proletarios no pueden ya
atender a su cuidado; no se pueden asegurar ni su subsistencia ni su educación.
Estas
es la situación real cuyas consecuencias sufren por igual los padres y los
hijos.
Por
tanto, la Sociedad Comunista se acercará al hombre y a la mujer proletarios
para decirles: "Sois jóvenes y os amáis". Todo el mundo tiene derecho
a la felicidad. Por eso debéis vivir vuestra vida. No tengáis miedo al
matrimonio, aun cuando el matrimonio no fuera más que una cadena para el hombre
y la mujer de la clase trabajadora en la sociedad capitalista. Y, sobre todo,
no temáis, siendo jóvenes y saludables, dar a vuestro país nuevos obreros,
nuevos ciudadanos niños. La sociedad de los trabajadores necesita de nuevas
fuerzas de trabajo; saluda la llegada de cada recién venido al mundo. Tampoco
temáis por el futuro de vuestro hijo; vuestro hijo no conocerá el hambre, ni el
frío. No será desgraciado, ni quedará abandonado a su suerte como sucedía en la
sociedad capitalista. Tan pronto como el nuevo ser llegue al mundo, el Estado
de la clase Trabajadora, la Sociedad Comunista, asegurará el hijo y a la madre
una ración para su subsistencia y cuidados solícitos. La Patria comunista
alimentará, criará y educará al niño. Pero esta patria no intentará, en modo
alguno, arrancar al hijo de los padres que quieran participar en la educación
de sus pequeñuelos. La Sociedad Comunista tomará a su cargo todas las
obligaciones de la educación del niño, pero nunca despojará de las alegrías
paternales, de las satisfacciones maternales a aquellos que sean capaces de
apreciar y comprender estas alegrías. ¿Se puede, pues, llamar a esto
destrucción de la familia por la violencia o separación a la fuerza de la madre
y el hijo?
La
familia como unión de afectos y camaradería
Hay
algo que no se puede negar, y es el hecho de que ha llegado su hora al viejo
tipo de familia. No tiene de ello la culpa el comunismo: es el resultado del
cambio experimentado por la condiciones de vida. La familia ha dejado de ser
una necesidad para el Estado como ocurría en el pasado.
Todo
lo contrario, resulta algo peor que inútil, puesto que sin necesidad impide que
las mujeres de la clase trabajadora puedan realizar un trabajo mucho más
productivo y mucho más importante. Tampoco es ya necesaria la familia a los
miembros de ella, puesto que la tarea de criar a los hijos, que antes le
pertenecía por completo, pasa cada vez más a manos de la colectividad.
Sobre
las ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma
de familia que supondrá relaciones completamente diferentes entre el hombre y
la mujer, basadas en una unión de afectos y camaradería, en una unión de dos
personas iguales en la Sociedad Comunista, las dos libres, las dos
independientes, las dos obreras. ¡No más "sevidumbre" doméstica para
la mujer! ¡No más desigualdad en el seno mismo de la familia! ¡No más temor por
parte de la mujer de quedarse sin sostén y ayuda si el marido la abandona!
La
mujer, en la Sociedad Comunista, no dependerá de su marido, sino que sus
robustos brazos serán los que la proporcionen el sustento. Se acabará con la
incertidumbre sobre la suerte que puedan correr los hijos. El Estado comunista
asumirá todas estas responsabilidades. El matrimonio quedará purificado de
todos sus elementos materiales, de todos los cálculos de dinero que constituyen
la repugnante mancha de la vida familiar de nuestro tiempo. El matrimonio se
transformará desde ahora en adelante en la unión sublime de dos almas que se
aman, que se profesen fe mutua; una unión de este tipo promete a todo obrero, a
toda obrera, la más completa felicidad, el máximo de la satisfacción que les
puede caber a criaturas conscientes de sí mismas y de la vida que les rodea.
Esta
unión libre, fuerte en el sentimiento de camaradería en que está inspirada, en
vez de la esclavitud conyugal del pasado, es lo que la sociedad comunista del
mañana ofrecerá a hombres y mujeres.
Una
vez se hayan transformado las condiciones de trabajo, una vez haya aumentado la
seguridad material de la mujer trabajadora; una vez haya desaparecido el
matrimonio tal y como lo consagraba la Iglesia -esto es, el llamado matrimonio
indisoluble, que no era en el fondo más que un mero fraude-, una vez este
matrimonio sea sustituido por la unión libre y honesta de hombres y mujeres que
se aman y son camaradas, habrá comenzado a desaparecer otro vergonzoso azote,
otra calamidad horrorosa que mancilla a la humanidad y cuyo peso recae por
entero sobre el hambre de la mujer trabajadora: la prostitución.
Se
acabará para siempre la prostitución
Esta
vergüenza se la debemos al sistema económico hoy en vigor, a la existencia de
la propiedad privada. Una vez haya desaparecido la propiedad privada,
desaparecerá automáticamente el comercio de la mujer.
Por
tanto, la mujer de la clase trabajadora debe dejar de preocuparse porque esté
llamada a desaparecer la familia tal y conforme está constituida en la
actualidad. Sería mucho mejor que saludaran con alegría la aurora de una nueva
sociedad, que liberará a la mujer de la servidumbre doméstica, que aliviará la
carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que, finalmente,
veremos desaparecer la más terrible de las maldiciones que pesan sobre la
mujer: la prostitución.
La
mujer, a la que invitamos a que luche por la gran causa de la liberación de los
trabajadores, tiene que saber que en el nuevo Estado no habrá motivo alguno
para separaciones mezquinas, como ocurre ahora.
"Estos
son mis hijos. Ellos son los únicos a quienes debo toda mi atención maternal,
todo mi afecto; ésos son hijos tuyos; son los hijos del vecino. No tengo nada
que ver con ellos. Tengo bastante con los míos propios".
Desde
ahora, la madre obrera que tenga plena conciencia de su función social, se
elevará a tal extremo que llegará a no establecer diferencias entre "los
tuyos y los míos"; tendrá que recordar siempre que desde ahora no habrá
más que "nuestros" hijos, los del Estado Comunista, posesión común de
todos los trabajadores.
La igualdad social del hombre y la mujer
El
Estado de los Trabajadores tiene necesidad de una nueva forma de relación entre
los sexos. El cariño estrecho y exclusivista de la madre por sus hijos tiene
que ampliarse hasta dar cabida a todos los nuños de la gran familia proletaria.
En
vez del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos
nacer la unión libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros
del Estado Obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones.
En
vez de la familia de tipo individual y egoísta, se levantará una gran familia
universal de trabajadores, en la cual todos los trabajadores, hombres y
mujeres, serán ante todo obreros y camaradas. Estas serán las relaciones entre
hombres y mujeres en la Sociedad Comunista de mañana. Estas nuevas relaciones
asegurarán a la humanidad todos los goces del llamado amor libre, ennoblecido
por una verdadera igualdad social entre compañeros, goces que son desconocidos
en la sociedad comercial del régimen capitalista.
¡Abrid
paso a la existencia de una infancia robusta y sana; abrid paso a una juventud
vigorosa que ame la vida con todas sus alegrías, una juventud libre en sus
sentimientos y en sus afectos!
Esta
es la consigna de la Sociedad Comunista. En nombre de la igualdad, de la
libertad y del amor, hacemos un llamamiento a todas las mujeres trabajadoras, a
todos los hombres trabajadores, mujeres campesinas y campesinos para que
resueltamente y llenos de fe se entreguen al trabajo de reconstrucción de la
sociedad humana para hacerla más perfecta, más justa y más capaz de asegurar al
individuo la felicidad a que tiene derecho.
La
bandera roja de la revolución social que ondeará después de Rusia en otros
países del mundo proclama que no está lejos el momento en el que podamos gozar
del cielo en la tierra, a lo que la humanidad aspira desde hace siglos.
LA PROSTITUCIÓN Y CÓMO COMBATIRLA
Discurso
a la tercera conferencia de dirigentes de los Departamentos Regionales de la
Mujer de toda Rusia
Pronunciado:
Ante la tercera conferencia de dirigentes de los departamentos regionales de la
mujer de toda Rusia, 1921.
Fuente
de la presente versión: Tomado de "La prostitución y cómo
combatirla", en la pagina de Movimiento Femenino de Resistencia.
Esta
edición: Marxists Internet Archive, agosto 2015.
Camaradas,
la cuestión de la prostitución es un tema difícil y espinoso al que se le ha
prestado muy poca atención en la Rusia soviética. Esta oscura herencia de
nuestro pasado capitalista continúa envenenando el ambiente de la república de
los trabajadores y afecta a la salud física y moral de los obreros de la Rusia
soviética. Es cierto que en tres años de revolución la naturaleza de la
prostitución ha variado un poco bajo la presión de las cambiantes condiciones
económico-sociales. Pero estamos todavía lejos de librarnos de este mal. La
prostitución sigue existiendo y amenaza el sentimiento de solidaridad y
camaradería entre los obreros y las obreras, los miembros de la república de
los trabajadores. Y este sentimiento es el cimiento, la base de la sociedad
comunista que estamos construyendo y haciendo realidad. Es hora de que
afrontemos este problema. Es hora de que reflexionemos y atendamos a los
motivos que dan lugar a la prostitución. Es hora de que encontremos formas y
medios de deshacernos de una vez por todas de este mal, para el cual no hay
lugar en una república de los trabajadores.
Nuestra
república de los trabajadores hasta ahora no ha aprobado leyes enfocadas a la
erradicación de la prostitución, y ni siquiera ha publicado una redacción
prestigiosa y científica de la consideración de que la prostitución es algo que
perjudica al colectivo. Sabemos que la prostitución es un mal, hasta
reconocemos que, en este momento, en este período de transición tan complejo,
la prostitución se ha vuelto extremadamente común. Pero hemos dejado de lado el
asunto, nos hemos quedado callados al respecto. En parte por las actitudes
hipócritas que hemos heredado de la burguesía, y en parte por nuestra propia
reticencia a considerar y ponernos de acuerdo sobre el perjuicio que causan el
incremento y la extensión masiva de la prostitución en el colectivo obrero. Y
nuestra desgana en la lucha contra la prostitución se ha visto reflejada en
nuestra legislación.
Hasta
ahora no hemos aprobado ningún estatuto que reconozca la prostitución como un
fenómeno social perjudicial. Cuando las viejas leyes zaristas fueron derogadas
por el Consejo de Comisarios del Pueblo, se suprimieron todos los estatutos
sobre la prostitución. Pero no se presentaron nuevas medidas basadas en los
intereses del pueblo trabajador. Por consiguiente, la política de las
autoridades soviéticas hacia las prostitutas y la prostitución se ha
caracterizado por su diversidad y sus contradicciones. En algunas áreas la
policía todavía detiene a prostitutas igual que en los viejos tiempos. En otros
lugares, subsisten burdeles muy abiertamente (la Comisión Interdepartamental
para la Lucha contra la Prostitución tiene datos sobre esto). Y hay otros
sitios donde las prostitutas son consideradas criminales y son recluidas en
campos de trabajos forzados. Las diferentes actitudes de las autoridades
locales resaltan así la ausencia de un estatuto reconocido ya redactado.
Nuestra actitud vaga hacia este complejo fenómeno social es la responsable de
algunas distorsiones y desviaciones de los principios subyacentes a nuestra
legislación y moral.
Debemos
por tanto no sólo encarar el problema de la prostitución sino buscar una
solución que esté en la línea de nuestros principios fundamentales y el
programa de transformación económica y social que sigue el partido de los
comunistas. Debemos, sobre todo, definir claramente qué es la prostitución. La
prostitución es un fenómeno que está estrechamente ligado a las rentas, y se
desarrolla y prospera en la época dominada por el capital y la propiedad
privada. Las prostitutas, desde nuestro punto de vista, son mujeres que venden
su cuerpo a cambio de beneficio material – por comida decente, por ropa y otras
ventajas; son prostitutas todas aquellas que evitan la necesidad de trabajar
entregándose a sí mismas a un hombre, ya sea por un tiempo o de por vida.
Nuestra
república soviética de trabajadores ha heredado la prostitución del pasado
capitalista, donde sólo un pequeño número de mujeres trabajaban directamente en
la economía nacional y la mayoría contaba con el sostén masculino de la
familia, con el padre o el marido. La prostitución surgió con los primeros
Estados como una sombra inevitable de la institución oficial del matrimonio,
que estaba concebido para preservar los derechos de la propiedad privada y
garantizar la herencia de la propiedad a través de un linaje de herederos
legítimos. La institución del matrimonio hizo posible impedir que la riqueza
acumulada fuera desperdigada entre un gran número de “herederos”. Pero hay una
gran diferencia entre la prostitución de Grecia y Roma y la prostitución que
conocemos hoy. En los tiempos antiguos el número de prostitutas era pequeño, y
no existía esa hipocresía, esencia de la moral del mundo burgués, que fuerza a
la sociedad burguesa a quitarse el sombrero respetuosamente ante la “legítima
esposa” de un magnate industrial (la cual obviamente se ha vendido a un marido
al que no ama) para repudiar a una chica que ha sido forzada a las calles a
causa de la pobreza, la indigencia, el desempleo y otras situaciones sociales
que se derivan de la existencia del capitalismo y la propiedad privada. El
mundo antiguo tenía a la prostitución como el complemento legal a las
relaciones exclusivamente familiares. Aspasia, la amante de Pericles, era
respetada por sus contemporáneos mucho más que las insulsas mujeres del aparato
de reproducción [entiéndase aquí aparato como conjunto de personas – nota del
traductor].
En
la Edad Media, donde predominaba la producción artesanal, la prostitución era
aceptada como algo natural y legítimo. Las prostitutas tenían sus propios
gremios y participaban en festivales y actividades locales de igual manera que
los otros gremios. La prostituta aseguraba que las hijas de los respetables
ciudadanos permanecieran castas y sus mujeres fieles, ya que los hombres
solteros podían, por una retribución, acudir a las miembros del gremio para
obtener consuelo. La prostitución se tornaba así beneficiosa para los
respetables propietarios y era abiertamente aceptada por ellos.
Con
el ascenso del capitalismo, la situación cambia. En los siglos XIX y XX la
prostitución alcanza proporciones amenazantes por primera vez. La venta del
trabajo de la mujer, que está estrecha e inseparablemente conectada a la venta
del cuerpo femenino, se incrementa ininterrumpidamente, llevando a una
situación donde la respetada esposa de un obrero, y no sólo la abandonada y
“deshonrada” chica, se une a las filas de las prostitutas: una madre por el
bien de sus hijos, o una joven como Sonya Marmeladova por el bien de su
familia. Este es el horror y la desesperanza que resulta de la explotación del
trabajo por el capital. Cuando los salarios de una mujer son insuficientes para
mantenerla viva, la venta de favores parece una posible ocupación complementaria.
La moral hipócrita de la sociedad burguesa fomenta la prostitución por la
estructura de su economía explotadora, mientras que al mismo tiempo cubre con
desprecio a cualquier chica o mujer que es forzada a tomar este camino.
La
sombra negra de la prostitución acecha al matrimonio legal de la sociedad
burguesa. La historia nunca antes ha presenciado tal crecimiento de la
prostitución como ha ocurrido en la última parte del siglo XIX y el siglo XX.
En Berlín hay una prostituta por cada veinte de las llamadas mujeres honestas.
En París la proporción es de una de cada dieciocho y en Londres de una de cada
nueve. Existen diferentes tipos de prostitución: existe una prostitución
abierta, que es legal y está sujeta a regulación, y está el tipo secreto,
“temporal”. Todas las formas de prostitución florecen como una flor venenosa en
los barrizales del estilo de vida burgués.
El
mundo de la burguesía no perdona ni a las niñas, forzando a las chicas jóvenes
de nueve y diez años a los sórdidos abusos de ancianos ricos y depravados. En
los países capitalistas hay burdeles que se especializan exclusivamente en
chicas jovencísimas. En el actual período de posguerra, toda mujer tiene que
afrontar la posibilidad del desempleo. El paro azota a la mujer en particular y
causa un enorme incremento del ejército de las “mujeres callejeras”. Masas
hambrientas de mujeres en busca de compradores de “blancas” inundan de noche
las calles de Berlín, París y otros centros desarrollados de los Estados
capitalistas. El comercio con los cuerpos de mujeres se desarrolla muy a la
luz, lo cual no debe sorprendernos si consideramos que toda la vida burguesa
está basada en la compra y la venta. Hay un elemento innegable de
consideraciones materiales y económicas incluso en el más legal de los
matrimonios. La prostitución es la única salida para la mujer que no puede
mantenerse permanentemente. La prostitución bajo el capitalismo les da la
oportunidad a los hombres de tener relaciones sexuales sin tener que asumir la
responsabilidad de mantener a las mujeres hasta la tumba.
Pero
si la prostitución tiene tanto arraigo y está tan extendida, hasta en la misma
Rusia, ¿cómo debemos luchar contra ella? Para responder a esta cuestión debemos
primero analizar con más detalle los factores que hacen surgir la prostitución.
A la ciencia burguesa y sus académicos les encanta demostrar al mundo que la
prostitución es un fenómeno patológico, por ejemplo, que es el resultado de las
anormalidades de algunas mujeres. Del mismo modo que algunas personas son
criminales por naturaleza, algunas mujeres, se argumenta, son prostitutas por
naturaleza. Independientemente de dónde o cómo tales mujeres pudieran haber
vivido, se habrían dedicado a una vida de pecadoras. Los marxistas y los
académicos, médicos y estadísticos más conscientes han demostrado claramente la
idea de que la “disposición innata” es falsa. La prostitución es sobre todo un
fenómeno social; está estrechamente conectado a la necesitada posición de la
mujer y su dependencia económica con respecto al hombre en el matrimonio y la
familia. Las raíces de la prostitución están en
la economía. La mujer, por un lado, está en una posición económicamente
vulnerable, y, por el otro, condicionada por siglos de educación para esperar
favores materiales de un hombre a cambio de favores sexuales – ya se den estos
dentro o fuera de la atadura del matrimonio. Esta es la raíz del problema. Aquí
está el origen de la prostitución.
Si
los académicos burgueses de la escuela Lombroso-Tarnovsky estuviesen en lo
cierto al mantener que las prostitutas nacen con el sello de la corrupción y la
anormalidad sexual, ¿cómo se explicaría algo que es bien sabido por todos: que
en tiempos de crisis y desempleo el número de prostitutas se incrementa
inmediatamente? ¿Cómo se explicaría que los proveedores de “mercancía humana”
que llegaban a la Rusia zarista provenientes de otros países de Europa
occidental siempre encontraban una buena cosecha en zonas donde los cultivos
habían sido un fracaso y la población estaba sufriendo de hambre, mientras que
venían con nuevos empleados desde lejanas regiones de abundancia? ¿Por qué
tantas de las mujeres que supuestamente están destinadas por naturaleza a la ruina
sólo se han dado a la prostitución en años de hambre y desempleo?
Es
también significativo que en los países capitalistas la prostitución recluta a
sus empleados de entre los sectores desposeídos de la población. Trabajo mal
pagado, indigencia, pobreza extrema y la necesidad de mantener a los hermanos y
hermanas más pequeños: estos son los factores causantes del mayor número de
prostitutas. Si las teorías burguesas sobre la disposición innata corrupta y
criminal fueran ciertas, entonces todas las clases de la población deberían
contribuir igualmente a la prostitución. Debería haber la misma proporción de
mujeres corruptas entre los ricos y entre los pobres. Pero las prostitutas
profesionales, mujeres que viven de sus propios cuerpos, son contratadas de las
clases pobres con raras excepciones. La pobreza, el hambre, la privación y las
flagrantes desigualdades sociales, que son la base del orden burgués, conducen
a estas mujeres a la prostitución.
O de
nuevo uno puede señalar que las prostitutas en los países capitalistas tienen
en su mayoría entre 13 y 20 años, de acuerdo con las estadísticas. Las niñas y
las
mujeres
jóvenes, en otras palabras. Y la mayoría de estas chicas están solas y sin
hogar. Las niñas criadas en ambientes ricos que tienen una estupenda familia
burguesa que las protege rara vez caen en la prostitución. Las excepciones son
generalmente víctimas de trágicas circunstancias. Por lo común son víctimas de
la “doble moral” hipócrita. La familia burguesa abandona a la chica que ha
“pecado” y ella – sola, sin mantenimiento y estigmatizada por el desprecio de
la sociedad – ve en la prostitución la única salida.
Podemos
por tanto enumerar como factores causantes de la prostitución: los salarios
bajos, las desigualdades sociales, la dependencia económica de la mujer
respecto al hombre, y la mala costumbre por la cual las mujeres esperan ser
mantenidas a cambio de favores sexuales en vez de a cambio de su trabajo.
La
revolución obrera en Rusia ha destrozado las bases del capitalismo y ha
asestado un duro golpe a la antigua dependencia de la mujer respecto al hombre.
Todos los ciudadanos son iguales ante la comunidad del trabajo. Están obligados
por igual a trabajar por el bien común y son aptos por igual para el apoyo del
colectivo cuando lo necesiten. Una mujer se mantiene no mediante el matrimonio
sino por el papel que juega en la producción y por la contribución que realiza
a la riqueza popular. Las relaciones entre los sexos se están transformando.
Pero todavía somos prisioneros de las viejas ideas. Además, la estructura
económica está lejos de ser completamente organizada de un modo nuevo, y el
comunismo queda aún muy lejos. En este período de transición es natural que la
prostitución siga teniendo un fuerte arraigo. Al fin y al cabo, aunque las
causas principales de la prostitución – la propiedad privada y la política de
fortalecimiento de la familia – han sido eliminadas, otros factores tienen
peso. La indigencia, el abandono, las condiciones insalubres en las viviendas,
la soledad y los bajos salarios para la mujer se mantienen en nuestros días.
Nuestro aparato productivo sigue desplomado y continúa la dislocación de la
economía nacional. Estas y otras condiciones económico-sociales llevan a la
mujer a prostituirse.
Luchar
contra la prostitución significa sobre todo luchar contra estas condiciones –
en otras palabras, significa apoyar la política general del gobierno soviético,
que está dirigida al fortalecimiento de las bases del comunismo y la
organización de la producción.
Algunos
podrían decir que no se necesita ninguna campaña especial, puesto que la
prostitución estará fuera de lugar una vez que el poder de los obreros y las
bases del comunismo estén fortalecidos. Este tipo de argumento no tiene en
cuenta el efecto dañino y divisor que tiene la prostitución en la construcción
de una nueva sociedad comunista.
La
consigna correcta fue formulada en el primer Congreso de la Mujer Obrera y
Campesina de Toda Rusia: “Una mujer de la república obrera soviética es una
ciudadana libre con iguales derechos, y no puede ni debe ser objeto de compra y
venta”. La consigna se proclamó, pero no se hizo nada. Sobre todo la
prostitución perjudica la economía nacional y obstaculiza el desarrollo de las
fuerzas productivas. Sabemos que sólo podemos superar el caos y mejorar la
industria si empleamos los esfuerzos y las energías de los obreros y si
organizamos la fuerza de trabajo disponible de los hombres y las mujeres de la
manera más racional posible. ¡Abajo el trabajo improductivo de las tareas
domésticas y del cuidado de los niños! Abrir paso al trabajo que está
organizado y es productivo, y que sirve a la comunidad del trabajo. Estas son
las consignas que nos deben ocupar.
¿Y
qué es, después de todo, la prostituta profesional? Es una persona cuya energía
no es usada por y para el colectivo; una persona que vive de los demás, tomando
de las raciones de los demás. ¿Se puede permitir esto en una república de los
trabajadores? No. No puede ser permitido, porque reduce las reservas de energía
y el número de las manos laboriosas que están creando la riqueza nacional y el
bienestar general. Desde el punto de vista de la economía nacional la
prostituta profesional es una desertora del trabajo. Por esta razón debemos
oponernos sin compasión a la prostitución. Por los intereses de la economía
debemos empezar una lucha inmediata por reducir el número de prostitutas y
eliminar la prostitución en todas sus formas.
Es
hora de que entendamos que la existencia de la prostitución contradice los
principios básicos de una república de los trabajadores que lucha contra toda
forma de salario inmerecido. En los tres años de revolución nuestras ideas
sobre este tema han cambiado mucho. Una nueva filosofía, que tiene poco en
común con las viejas ideas, está forjándose. Hace tres años considerábamos a un
comerciante una persona totalmente respetable. Asegurándonos de que sus cuentas
estaban en orden y no engañaba ni estafaba a su cliente de una forma demasiado
clara, era recompensado con el título de “comerciante de primera”, “estimado
ciudadano”, etc.
Desde
la revolución las actitudes hacia el comercio y los comerciantes han cambiado
radicalmente. Ahora llamamos al “comerciante honrado” un especulador, y en vez
de recompensarlo con títulos honorarios lo llevamos ante una comisión especial
y lo ponemos en un campo de trabajos forzados. ¿Por qué hacemos esto? Porque
sabemos que solamente podemos construir una nueva economía comunista si todos
los ciudadanos adultos se implican en el trabajo productivo. La persona que no
trabaja y que vive de alguien o de un salario inmerecido perjudica al colectivo
y a la república. Nosotros, por tanto, perseguimos a los especuladores, a los
comerciantes y a los acaparadores, ya que todos viven de las rentas. Debemos
luchar contra la prostitución como otra forma de deserción laboral.
Por
tanto, no condenamos la prostitución y luchamos contra ella como una categoría
especial sino como un tipo de deserción laboral. Para nosotros en la república
de los trabajadores no es importante si una mujer se vende a un hombre o a
muchos, si está considerada como una prostituta profesional vendiendo sus
favores a unos clientes o como esposa vendiéndose a su marido. Todas las
mujeres que evitan el trabajo y no toman parte en la producción o en el cuidado
de los niños se exponen a la posibilidad de que, al igual que a las
prostitutas, se las fuerce a trabajar. No podemos diferenciar entre una
prostituta y una esposa legítima mantenida por su esposo, quienquiera que sea
su marido – incluso si es un “comisario”. El fracaso a la hora de formar parte
del trabajo productivo es el hilo común que conecta a todos los desertores del
trabajo. El colectivo obrero condena a la prostituta no porque entregue su
cuerpo a muchos hombres sino porque, igual que la esposa legítima que se queda
en casa, no hace ningún trabajo útil para la sociedad.
La
segunda razón para organizar una campaña deliberada y planificada contra la
prostitución es la de salvaguardar la salud del pueblo. La Rusia soviética no
quiere que la enfermedad paralice y debilite a sus ciudadanos y reduzca su
capacidad de trabajo. Y la prostitución extiende enfermedades venéreas. Por
supuesto, no es el único medio por el cual la enfermedad se transmite. El
hacinamiento, la ausencia de hábitos de higiene, la vajilla y las toallas
comunes también contribuyen. Además, en esta época de normas morales cambiantes
y particularmente cuando hay también un continuo movimiento de tropas de un
sitio a otro, se registra un intenso ascenso en el número de casos de
enfermedades venéreas que tuvieron lugar al margen de la prostitución
comercial. La guerra civil, por ejemplo, está arrasando en las fértiles
regiones del sur. Los cosacos fueron abatidos y han regresado con los Blancos.
Las mujeres se quedan solas en las aldeas. Tienen abundancia de todo excepto de
maridos. Las tropas del Ejército Rojo entran en la aldea. Son alojados en las
casas y se quedan varias semanas. Se desarrollan relaciones libres entre los
soldados y las mujeres. Estas relaciones no tienen nada que ver con la
prostitución: la mujer va con el hombre voluntariamente porque se siente
atraída por él, y no hay ningún pensamiento de obtener ganancia material de
ello. No es el soldado del Ejército Rojo el que mantiene a la mujer sino más
bien lo contrario. La mujer cuida de él durante el tiempo en que las tropas se
alojan en la aldea. Las tropas se marchan, pero dejan enfermedades venéreas
detrás. La infección se extiende. Las enfermedades se desarrollan, se
multiplican y amenazan con destrozar a las generaciones más jóvenes.
En
una reunión conjunta del departamento de protección de la maternidad y el
departamento de la mujer, el profesor Koltsov habló de eugenesia, la ciencia de
mantener y mejorar la salud de la humanidad. La prostitución está estrechamente
relacionada con este problema, ya que es una de las formas principales en que
se extienden las infecciones. Las tesis de la comisión interdepartamental sobre
la lucha contra la prostitución señalan que es una tarea urgente el desarrollo
de medidas especiales para luchar contra las enfermedades venéreas. Se deben
por supuesto dar pasos para tratar todo tipo de enfermedades, y no sólo la
prostitución en la forma que la hipócrita sociedad burguesa lo hace. Pero
aunque las enfermedades se extiendan hasta cierto punto por las circunstancias
cotidianas, no obstante es esencial difundir una clara idea de cuál es el papel
que la prostitución juega aquí. La organización correcta de la educación sexual
para los jóvenes es especialmente importante. Debemos armar a los jóvenes de
información precisa que les permita llegar a la vida con los ojos abiertos. No
debemos quedarnos por más tiempo callados ante cuestiones relacionadas con la
vida sexual; debemos romper con la falsa e intolerante moral burguesa.
La
prostitución no es compatible con la república obrera soviética por una tercera
razón: no contribuye al desarrollo y fortalecimiento ni de un carácter de clase
ni del proletariado y su nueva moral.
¿Cuál
es el atributo fundamental de la clase obrera? ¿Cuál es su arma moral más
fuerte en esta lucha? La solidaridad y el compañerismo es la base del comunismo.
Hasta que este sentido no se desarrolle ampliamente entre los trabajadores, la
construcción de una verdadera sociedad comunista es inconcebible. Los
comunistas políticamente más conscientes deberían en consecuencia fomentar el
desarrollo de la solidaridad en todos los sentidos y luchar contra los que
entorpecen su desarrollo – la prostitución destruye la igualdad, la solidaridad
y el compañerismo de las dos mitades de la clase obrera. Un hombre que compra
los favores de una mujer no la ve como una camarada o como una persona con
iguales derechos. Ve a la mujer como dependiente de él mismo y como una
criatura desigual de rango inferior que es inservible al Estado de los
trabajadores. El desprecio que tiene por la prostituta, cuyos favores ha comprado,
afecta en su actitud hacia todas las mujeres. El desarrollo de la prostitución,
lejos de permitir el incremento del sentimiento de camaradería y de la
solidaridad, fortalece la desigualdad de las relaciones entre sexos.
La
prostitución es ajena y perjudicial para la nueva moral comunista que está en
proceso de formación. La tarea del partido en general y de los departamentos de
la mujer en particular debe ser lanzar una amplia y decidida campaña contra
esta herencia del pasado. En la sociedad burguesa todos los intentos de luchar
contra la prostitución eran un inútil gasto de energía, ya que los dos factores
que alimentaban el fenómeno – la propiedad privada y la dependencia material,
directa de la mayoría de las mujeres respecto al hombre – estaban firmemente
establecidas. En una república de los trabajadores la situación ha cambiado. La
propiedad privada se ha abolido y todos los ciudadanos de la república están
obligados a trabajar. El matrimonio ha dejado de ser un método mediante el cual
la mujer podía encontrar alguien que la mantuviese y así evitar la necesidad de
trabajar y de mantenerse a sí misma mediante su propio trabajo. Los grandes
factores sociales que daban pie a la prostitución han sido eliminados en la Rusia
soviética. Un número de factores secundarios económicos y sociales aún
perviven, con los cuales es más fácil acabar. Los departamentos de la mujer
deben abordar la lucha con energía y encontrarán un amplio campo para la
actividad.
Por
iniciativa del Departamento Central, se organizó el año pasado una comisión
interdepartamental dedicada a la lucha contra la prostitución. Por varias
razones el trabajo de la comisión fue descuidado por un tiempo, pero desde el
otoño de este año ha habido señales de vida, y con la cooperación del doctor
Goldman y el Departamento Central (de la Mujer) se ha planeado y organizado
trabajo. Se han implicado representantes de los Consejos de Comisarios del
Pueblo de salud, trabajo, seguridad social e industria, el departamento de la
mujer y la unión de la juventud comunista. La comisión ha impreso las tesis en
el boletín nº 4, distribuye circulares a todos los departamentos regionales de
seguridad social que esbozan un plan para establecer comisiones similares por
todo el país, y ha comenzado a poner en marcha una serie de medidas concretas
que abarcan los factores que dan lugar a la prostitución.
La
comisión interdepartamental considera necesario que los departamentos de la
mujer tomen parte activa en esta tarea, ya que la prostitución afecta a las
mujeres desposeídas de la clase obrera. Es nuestro trabajo, es el trabajo de
los departamentos de la mujer organizar una campaña de masas en torno a la
cuestión de la prostitución. Debemos abordar este tema teniendo en cuenta los
intereses del colectivo obrero y asegurar que la revolución dentro de la
familia se complete, y que las relaciones entre los sexos se sustenten en una
base más humana.
La
comisión interdepartamental, como dicen las tesis claramente, es de la opinión
de que la lucha contra la prostitución está relacionada fundamentalmente con la
realización de nuestra política soviética en el área de la economía y la
construcción general. La prostitución será erradicada cuando las bases del
comunismo se fortalezcan. Esta es la certeza que determina nuestras acciones.
Pero también necesitamos comprender la importancia de crear una moral
comunista. Las dos tareas están estrechamente conectadas: la nueva moral la
crea una nueva economía, pero no construiremos una nueva economía comunista sin
el apoyo de una nueva moral. La claridad y un pensamiento preciso son
esenciales en este asunto, y no tenemos nada que temer de la verdad. Los
comunistas deben aceptar abiertamente que están teniendo lugar cambios sin
precedente en la naturaleza de las
relaciones sexuales. Son los cambios en la estructura económica y el nuevo
papel que la mujer juega en la actividad productiva del Estado obrero los que
han dado vida a esta revolución. En este difícil período de transición, donde
se está destruyendo lo viejo y lo nuevo está en proceso de crearse, las
relaciones entre sexos a veces se manifiestan como no compatibles con los
intereses del colectivo. Pero hay también algo bueno en la diversidad de
relaciones que se tienen.
Nuestro
partido y los departamentos de la mujer en particular deben analizar las
diferentes formas de relaciones para determinar cuáles son compatibles con las
tareas generales de la clase revolucionaria y sirven al fortalecimiento del
colectivo y sus intereses. Los comunistas deben rechazar todo comportamiento
que sea perjudicial para el colectivo. Así es como el Departamento Central de
la Mujer ha entendido las tareas de la comisión interdepartamental. No sólo es
necesario tomar medidas prácticas para luchar contra la situación y las
circunstancias que nutren la prostitución y resolver los problemas de la
vivienda y la soledad, etc; sino también ayudar a la clase obrera a establecer
su moral junto a su dictadura.
La
comisión interdepartamental señala que en la Rusia soviética la prostitución se
practica (a) como una profesión y (b) como un medio de conseguir ingresos
complementarios. La primera forma de prostitución es menos común y en
Petrogrado, por ejemplo, el número de prostitutas no ha sido reducido
significativamente por las detenciones de los profesionales. El segundo tipo de
prostitución está extendido en los países capitalistas (en Petrogrado, después
de la revolución, de un total de cincuenta mil prostitutas sólo unas seis o
siete mil estaban registradas), y continúa bajo distintas apariencias en
nuestra Rusia, las mujeres soviéticas intercambian sus favores por un par de
botas de tacón alto; las mujeres trabajadoras y las madres de las familias
venden sus favores por harina. Las mujeres campesinas duermen con los
encargados de los destacamentos anti-especuladores con la esperanza de
ahorrarse su comida empaquetada, y las trabajadoras de oficina duermen con sus
jefes a cambio de raciones, zapato, etc. con la esperanza de conseguir un
ascenso.
¿Cómo
podríamos luchar contra esta situación? La comisión interdepartamental tuvo que
afrontar la importante cuestión de si debía hacerse o no de la prostitución un
delito. Muchos de los representantes de la comisión se vieron conducidos hacia
el punto de vista de que la prostitución debería ser un delito, argumentando
que las prostitutas profesionales son verdaderas desertoras del trabajo. Si se
aprobaran tales leyes, las detenciones y los campos forzados para las
prostitutas se convertirían en política oficial.
El
Departamento Central se pronunció firme y absolutamente en contra de esa
medida, señalando que, si las prostitutas debieran ser arrestadas sobre tales
bases, también debería arrestarse a todas las esposas legítimas que son
mantenidas por sus maridos y no contribuyen a la sociedad. La prostituta y el
ama de casa son ambas desertoras del trabajo, y no se puede enviar a una a
campos de trabajos forzados sin enviar a la otra. Esta fue la posición que tomó
el Departamento Central, y fue apoyada por el representante del Comisariado de
Justicia. Si tomamos la deserción laboral como norma, no podemos ayudar a
sancionar todas las formas de deserción laboral. El matrimonio o la existencia
de ciertas relaciones entre los sexos no tienen importancia ni juegan ningún
papel en la definición de los delitos en una república del trabajo.
En
la sociedad burguesa una mujer está condenada a la persecución no cuando no
realiza trabajo alguno en beneficio de la comunidad ni porque se vende por
beneficios materiales (dos tercios de las mujeres en la sociedad burguesa se
venden a sus legítimos maridos), sino cuando sus relaciones sexuales son
informales y de corta duración. El matrimonio en la sociedad burguesa se
caracteriza por su duración y por la naturaleza oficial de su registro. La
herencia de la propiedad se conserva de esta manera. Las relaciones que tienen
una naturaleza temporal y carecen de sanción oficial están consideradas
vergonzosas por los intolerantes e hipócritas defensores de la moral burguesa.
¿Podemos
nosotros, que defendemos los intereses de los obreros, definir las relaciones
temporales y no registradas como delictivas? Por supuesto que no. La libertad
en las relaciones entre los sexos no contradice la ideología comunista. Los
intereses del colectivo obrero no se ven afectados por la naturaleza temporal o
duradera de una relación o porque esté fundamentada en el amor, la pasión o una
atracción física pasajera.
Una
relación es dañina y ajena al colectivo sólo si se da el negocio material entre
sexos, sólo cuando los cálculos mundanos son un sustituto de la atracción
mutua. Si el negocio toma la forma de prostitución o de una relación de
matrimonio legal no es importante. Estas relaciones dañinas no pueden ser
permitidas, ya que amenazan la igualdad y la solidaridad. Debemos por tanto
condenar toda prostitución, e ir igual de lejos explicando a estas esposas
legítimas que son “mujeres sustentadas” qué lamentable e intolerable papel
están jugando en el Estado obrero.
¿Puede
la presencia u otra forma de negocio material ser empleado como norma en la
determinación de qué es y qué no es un delito? ¿Podemos realmente persuadir a
una pareja para que admita si hay un elemento de cálculo en su relación o no?
¿Funcionaría una ley como esta, especialmente teniendo en cuenta que ahora
mismo se tienen una gran variedad de relaciones entre los obreros y que las
ideas sobre la moral sexual están en constante cambio? ¿Dónde termina la
prostitución y dónde empieza el matrimonio de conveniencia? La comisión
interdepartamental se opuso a la sugerencia de que las prostitutas deberían ser
penadas por prostituirse, por ejemplo por la compra y la venta. Se limitan a
sugerir que todo convicto desertor del trabajo se dirija a la red de seguridad
social y de allí a la sección del Comisariado encargado de la utilización de la
fuerza de trabajo o a los sanatorios y hospitales. La prostituta no es un caso
especial; como con otras categorías de desertor, sólo es enviada a hacer
trabajos forzados si evade el trabajo una y otra vez. Las prostitutas no son
tratadas de un modo diferente de los otros desertores del trabajo. Este es un
paso importante y valiente, digno de la primera república del trabajo del
mundo.
La
cuestión de la prostitución como un delito se trató en la tesis nº 15. El
siguiente problema que tenía que ser afrontado era el de si la ley debería
penar a los clientes de la prostitución. Había algunos en la comisión que
estaban a favor de esto, pero tuvieron que abandonar la idea, que no se
derivaba lógicamente de nuestras premisas fundamentales. ¿Cómo se define a un
cliente? ¿Es alguien que compra los favores de una mujer? En ese caso los
maridos de muchas esposas legítimas serían también culpables. ¿Quién puede
decidir quién es un cliente y quién no? Se sugirió que este problema se
estudiara más a fondo antes de que se tomase una decisión, pero el Departamento
Central y la mayoría de la comisión estaban en contra de ello. Como
representante del Comisariado de justicia, admití que, si no era posible
definir con precisión cuándo se había cometido un delito, entonces la idea de
penar a los clientes era insostenible. La posición del Departamento Central fue
adoptada una vez más.
Pero
mientras la comisión aceptaba que los clientes no podían ser penados por la
ley, se expresó por la condena moral de aquellos que frecuentaban a prostitutas
o que de alguna forma hacían negocio de la prostitución. De hecho las tesis de
la comisión señalan que los intermediarios que sacan tajada de la prostitución
pueden ser procesados como personas que ganan dinero de otra forma que no es de
su propia fuerza de trabajo. Las propuestas legislativas para ello han sido
redactadas por la comisión interdepartamental y expuestas al Consejo de
Comisarios del Pueblo. Entrarán en vigor próximamente.
Me
falta indicar las medidas puramente prácticas que pueden ayudar a reducir la
prostitución, y en la implementación de las que el departamento de la mujer
puede jugar un papel activo. No hay duda de que los salarios bajos e
insuficientes que las mujeres reciben siguen funcionando como uno de los
factores reales que empujan a la mujer a la prostitución. Según la ley, los
salarios de los trabajadores y las trabajadoras son iguales, pero en la
práctica la mayoría de las mujeres son contratadas en trabajos no cualificados.
El problema de mejorar sus habilidades mediante el desarrollo de una red de
cursos especiales debe ser tratado. La tarea del departamento de la mujer debe
ser influir en las autoridades de la educación para que redoblen la provisión
de formación vocacional para la mujer trabajadora.
El
atraso político de la mujer y su falta de conciencia social es una segunda
causa de la prostitución. El departamento de la mujer debería incrementar su
trabajo entre la mujer proletaria. La mejor forma de luchar contra la
prostitución es elevar la conciencia política de las amplias masas femeninas e
involucrarlas en la lucha revolucionaria para construir el comunismo.
El
hecho de que la situación de la vivienda no se haya resuelto aún también
fomenta la prostitución. El departamento de la mujer y la comisión para la
lucha contra la prostitución pueden y deben tener algo que decir sobre la
solución de este problema. La comisión interdepartamental está sacando adelante
un proyecto sobre la provisión de comunas barriales para los jóvenes
trabajadores y sobre el establecimiento de casas que proveerán de acomodamiento
a las mujeres cuando hayan recién llegado en cualquier lado. Sin embargo, hasta
que el departamento de la mujer y los konsomoles de las provincias muestren
algo de iniciativa y se muevan en este sentido, todas las directrices de la
comisión quedarán como bonitas y benévolas resoluciones – pero se quedarán en el
papel. Y hay mucho que podemos y debemos hacer. Los departamentos locales de la
mujer deben trabajar conjuntamente con las comisiones de educación para
plantear la cuestión de la correcta organización de la educación sexual en los
colegios. También podrían mantener una serie de debates y lecturas sobre el
matrimonio, la familia y la historia de las relaciones entre sexos, remarcando
la dependencia de este fenómeno y de la moral sexual misma con respecto a los
factores económicos.
Es
hora de que esclarezcamos la cuestión de las relaciones sexuales. Es hora de
que nos aproximemos a esta cuestión con un espíritu de crítica implacable y
científica. Ya he dicho que la comisión interdepartamental ha aceptado que las
prostitutas profesionales deben ser tratadas de la misma forma que los
desertores laborales. De aquí por tanto se deduce que la mujer que tenga un
trabajo pero que esté practicando la prostitución como fuente de ingresos
secundaria no puede ser perseguida. Pero esto no quiere decir que no luchemos
contra la prostitución. Somos conscientes de que, como he señalado
anteriormente en más de una ocasión, la prostitución perjudica al colectivo
obrero, afectando negativamente a la psicología de los hombres y las mujeres y
distorsionando los sentimientos de igualdad y solidaridad. Nuestra tarea es
reeducar al colectivo obrero y armonizar su psicología con las tareas
económicas de la clase obrera. Debemos desechar inflexiblemente las viejas
ideas y actitudes a las que nos aferramos a través de las costumbres. La
economía va por delante, ha aventajado a la ideología. La vieja estructura
económica se está desintegrando y con ella el viejo tipo de matrimonio, pero
nos aferramos a los estilos de vida burgueses. Estamos dispuestos a rechazar
todos los aspectos del viejo sistema y dar la bienvenida a la revolución en
todas las esferas de la vida, sólo que… ¡no toques a la familia, no trates de
cambiar la familia! Incluso los comunistas políticamente más conscientes tienen
miedo de contemplar honradamente la verdad, dejan de lado la evidencia que
demuestra sin lugar a dudas que las ataduras de la vieja familia se están
debilitando y que las nuevas formas de la economía dictan nuevas formas de
relaciones entre sexos. El poder soviético reconoce que la mujer tiene un papel
que jugar en la economía nacional y la ha situado en una posición igual a la
del hombre en este sentido, pero en la vida diaria aún tenemos que soportar las
“viejas formas” y estamos dispuestos a aceptar como normales matrimonios que se
basan en la dependencia material de la mujer con respecto al hombre. En nuestra
lucha contra la prostitución debemos aclarar nuestra actitud hacia las
relaciones conyugales que se basan en los propios principios de “compra y
venta”. Debemos aprender a ser inflexibles en este tema; no debemos desviarnos
de nuestro propósito por demandas sentimentales tales como “mediante tu crítica
y tu sermoneo científico violas los sagrados lazos familiares”. Tenemos que
dejar bien claro que la vieja forma de familia ha sido superada. La sociedad
comunista no tiene ninguna necesidad de ella. El mundo burgués dio su bendición
a la exclusividad y al aislamiento de la pareja matrimonial respecto del
colectivo; en la sociedad burguesa, atomizada e individualista, la familia era
la única protección de la tormenta de la vida, un puerto tranquilo en un mar de
hostilidad y competencia. La familia era un colectivo independiente y cerrado.
En la sociedad comunista esto no debe existir. La sociedad comunista presupone
un sentido tan fuerte del colectivo que se excluye cualquier posibilidad de
existencia del grupo familiar aislado e introspectivo. En el presente se puede
observar que las ataduras de parentesco, familia e incluso de vida matrimonial
se van debilitando. Nuevas ataduras están siendo forjadas entre los
trabajadores y el compañerismo, los intereses comunes, la responsabilidad
colectiva y la fe en el colectivo se están asentando como los más altos
principios morales.
No
me haré cargo de predecir la forma de matrimonio o de relaciones entre sexos
que se asumirán en el futuro. Pero de una cosa no hay duda: el comunismo estará
ausente de toda dependencia de la mujer con respecto al hombre y de todos los
elementos de cálculos materiales que se hallan en el matrimonio contemporáneo.
Las relaciones sexuales estarán basadas en un instinto saludable de
reproducción provocado por el desenfreno del amor joven, por una ferviente
pasión, por un fogonazo de atracción física o por una cariñosa luz de armonía
intelectual y emocional. Tales relaciones sexuales no tienen nada en común con
la prostitución. La prostitución es espantosa porque es un acto de violencia de
la mujer sobre sí misma en el nombre del beneficio material. La prostitución es
un acto brutal de cálculo material que no deja lugar para el amor y la pasión.
Donde empieza la pasión y la atracción, termina la prostitución. Bajo el
comunismo, la prostitución y la familia contemporánea desaparecerán. Se
desarrollarán las relaciones sexuales saludables, alegres y libres. Una nueva
generación surgirá, independiente y valiente y con un fuerte sentido del
colectivo: una generación que sitúa el bien del colectivo por encima de todo.
¡Camaradas!
Estamos sentando las bases para este futuro comunista. Está en nuestras manos
acelerar la llegada de este futuro. Debemos fortalecer el sentido de
solidaridad en el seno de la clase obrera. Debemos fomentar este sentido de
compañerismo. La prostitución obstaculiza el desarrollo de la solidaridad, y
por tanto debemos apelar a los departamentos de la mujer para que comiencen una
campaña inmediata para erradicar este mal.
¡Camaradas!
Nuestra tarea es cortar las raíces que dan vida a la prostitución. Nuestra
tarea es librar una lucha sin tregua contra todos los remanentes de
individualismo y del antiguo tipo de matrimonio. Nuestra tarea es revolucionar
las actitudes en la esfera de las relaciones sexuales, armonizarlas con el
interés del colectivo obrero. Cuando el colectivo comunista haya eliminado las
formas contemporáneas de matrimonio y de familia, el problema de la
prostitución dejará de existir.
Pongámonos
manos a la obra, camaradas. La nueva familia está ya en proceso de creación y
la gran familia del triunfante proletariado mundial se está desarrollando y
haciéndose más fuerte.


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