© Libro N°. 2990. Maremagnum. Vázquez Figueroa, Alberto. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Maremagnum. Alberto Vázquez Figueroa
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Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MAREMAGNUM
Alberto Vázquez Figueroa
En
Europa, todo acaba en tragedia.
HENRI
MICHAUX, Un bárbaro en Asia
CAPÍTULO
1
Nueva
vida al oeste de Lisboa Quizás no fue una buena idea emprender aquella
expedición y lanzar a cuarenta personas por el estrecho talud continental de
Lisboa rumbo al sueño americano, pero mi socio Tiro Las y yo llevábamos más de
seis meses sin trabajar y el dinero se nos estaba terminando. Los diez mil
dólares que nos ofrecieron a cada uno por llevar aquella caravana hacia el
oeste nos permitirían recuperarnos de nuestro lamentable estado económico.
Además, perder tanto tiempo sin nada que hacer en los bares y tugurios de Belem
comenzaba a ser desquiciante.
Necesitábamos
algo de acción. Por eso aceptamos ser los guías de aquellos tipos hacia el
oeste. Por eso, y porque éramos los mejores en el medio inhóspito, desconocido
y salvaje de las Nuevas Tierras.
Tanto
Tiro como yo nos habíamos forjado ya una cierta reputación en las arenas del
Sahara años atrás como exploradores y directores de aventuras privadas, pero de
un tiempo a esta parte, nuestro prestigio había crecido desmesuradamente hasta
convertirnos en una especie de referencia para todos los pobres desgraciados
que pretendían internarse hacia el oeste por vía terrestre. Dos largos viajes
acompañando a sendos equipos de las televisiones holandesa y noruega, nos
habían catapultado directos a la fama. Hombres deseosos de aventuras nos
buscaban a altas horas de la madrugada en cualquier antro de mala muerte,
ebrios de alcohol y sueños, y nos pedían nuestra opinión sobre el viaje que
pensaban iniciar.
Mi
socio Tiro y yo siempre les decíamos lo mismo: olvidadlo. Casi todo el que se
interna en las Nuevas Tierras, muere tarde o temprano. Aquel es un mundo
distinto a todo lo conocido hasta hoy. No hay carreteras, caminos, sendas ni
nada que se le parezca. El agua escasea y los ríos cambian la dirección de sus
cauces a capricho. Ningún lugar es bueno para detenerse. Tan sólo hay sal,
arena, rocas y desierto. Un sitio del que, nada más llegar, estás deseando
irte. El infierno.
Pero
hay algunos hombres demasiado testarudos para comprender la más esencial de las
recomendaciones: protege tu vida. Así que invierten todo su capital en una
empresa desquiciada y deciden ir a buscar lo que la vieja Europa no puede
darles. O, al menos, eso es lo que ellos piensan. El señor Vinicius era uno de
ellos. Había conseguido convencer a un puñado de familias de que lo que de
verdad valía la pena en este mundo estaba a cinco mil quinientos kilómetros al
oeste de Lisboa. Era la ciudad de Nueva York, el verdadero sueño americano.
Pretendían
afincarse cerca de ella y crear una nueva metrópoli a su imagen y semejanza.
Mirarse
en el espejo de la más increíble ciudad del mundo y reproducir, una a una,
todas sus cualidades unos cuantos kilómetros a su este. A Tiro y a mí todo eso
siempre nos trajo sin cuidado. Lo importante para nosotros fue siempre los diez
mil por barba, así que aceptamos el encargo. Llevaríamos a aquellos pioneros
rumbo a su nuevo mundo, rumbo hacia el oeste.
Tardamos
poco más de una semana en organizarnos. El señor Vinicius sabía hacer bien las
cosas. Supo invertir el dinero que los colonos le habían confiado y se hizo con
cuatro unimog en bastante buen estado, un zil ruso algo destartalado, varios
cuatro por cuatro chevrolet, opel, mitsubishi y toyota, además de unos
preciosos jeeps, y una decena de motocicletas todoterrenos perfectamente
equipadas para la larga travesía. Adquirió, también, combustible suficiente
para llegar hasta las Azores sin problemas, piezas de recambio, herramientas,
teléfonos celulares, armas, víveres, agua potable y medicinas. Subió a las
varias familias que comandaba en los vehículos y se puso en nuestras manos.
Rumbo siempre hacia el oeste.
—Le
daré la mitad ahora y la mitad cuando lleguemos a nuestro destino, señor Small
—me dijo.
—De
acuerdo, me parece un buen trato —respondí mientras aspiraba lentamente y sin
perder de vista su extremo, un buen dunhill número 500.
Me
estaba haciendo viejo y ya no tenía el cuerpo para demasiado regateos.
El
arreglo con el señor Vinicius fue rápido. Siempre me pareció un tipo honrado.
Y mi
olfato jamás me había fallado. Desde los tiempos en que cabalgaba mi vieja
suzuki DR 400 por las dunas del Sahara, me había dejado llevar siempre por mi
instinto. Es la mejor arma en medio del desierto. No puede serlo menos ante dos
vasos de cerveza y un futuro cliente. Así que me fié del señor Vinicius.
Además, sabía que yo jugaba con ventaja. Una vez dentro de las Nuevas Tierras,
era para él como su dios. Nada existía sin mí y yo era el centro de su
existencia. Tan claro como que si dejaba de serlo, ellos morían en medio de
aquella inmensidad árida.
Mientras
hablaba con el señor Vinicius, alcé la mirada y observé un rato el firmamento.
Unas breves nubes enturbiaban un cielo de un azul casi perfecto.
Estábamos
a primeros de mayo y el sol comenzaba a calentar con parsimonia sobre Lisboa.
La suave brisa proveniente del mar que hacía unos cuantos años refrescaba
aquella tierra recalentada, había prácticamente desaparecido desde que tuvo
lugar la Gran Evaporación.
Hace
seis años ya de ello. Nadie pudo predecir jamás algo como lo que sucedió en
aquellos días. Fue un proceso bastante rápido que duró tan sólo unos pocos
meses. El agua de todos los mares y océanos del mundo se fue. Dicen los
científicos que salió despedida a las capas altas de la atmósfera y, desde ahí,
al espacio exterior. Quién sabe. Una especie de eyaculación planetaria o algo
así. El agua que durante millones de años nos había atravesado a todos nosotros
en un ciclo interminable, ahora se había marchado, con una colosal montaña de
información acumulada, a otro lugar lejano en la galaxia. Un plan fenomenal.
A
Tiro y a mí eso nos importaba bien poco. Somos gente que se adapta a las
circunstancias. Y para dos tipos cuyo oficio es el dirigir personas a través de
los parajes más agrestes del planeta, aquello fue como encontrar el Edén. Un
verdadero golpe de suerte. Así que no nos lo pensamos dos veces y nos fuimos
derechos a Lisboa. Supimos intuir a tiempo que aquel sería el punto clave para
las expediciones que se emprendiesen rumbo al oeste. Sabíamos que iban a llegar
y llegaron. Y allí estábamos mi socio Tiro Las y yo dispuestos a alquilar
nuestros expertos servicios a quienes se decidiesen a contratarlos.
No
todo el mundo puede o necesita alquilar helicópteros. Cuando se trata de
transportar un equipo pesado y voluminoso, el mejor camino es el terrestre.
Además,
los helicópteros son muy caros y su autonomía escasa. Todo esto añadido al
hecho de que a ningún piloto en su sano juicio se le ocurriría internarse en un
territorio desconocido y desierto en el que cualquier avería del aparato
resultara fatal. Pero eso, Tiro y yo nos convertimos pronto en los amos de
Lisboa.
Porque,
además de los dos viajes con los equipos de televisión en los que habíamos
logrado alcanzar las Azores, rebasar la cima de la Dorsal Atlántica y descender
prácticamente hasta su base antes de iniciar el camino de regreso, Tiro y yo
habíamos tomado parte en decenas de pequeñas expediciones de varios días de
duración y riesgo controlado. En estas excursiones, bajábamos a personajes de
muy diferente pelaje que albergaban el sueño de vivir una exigua pero real
aventura en las Nuevas Tierras. Los hacíamos descender a través del talud y
avanzábamos unos cuantos kilómetros por la pendiente continental sin alcanzar
nunca el verdadero fondo marino. Después de pernoctar un par de días al aire
libre, los devolvíamos a casa atesorando una experiencia inolvidable.
Después
de unos cuantos años haciendo lo mismo, nos aburrimos y fuimos dejándolo.
Teníamos algo de dinero ahorrado y era hora de ir gastándolo como es debido en
los bares de Belem. Llevábamos unos cuantos días rumiando la idea de volver a
ponernos a trabajar, cuando el señor Vinicius entró en contacto con nosotros y
nos contó su plan.
Debían
ser las cinco o la seis de la tarde y mi socio estaba ya bastante borracho
después de todo el día bebiendo sin parar. Bailaba en un rincón de un garito
indecente perdido entre las callejuelas cercanas a lo que un día fue la costa,
cuando vi entrar al tipo. Era un hombretón de unos sesenta años, rubio y con el
escaso pelo que conservaba afeitado al cero. Vestía unos pantalones militares
negros ajustados al tobillo, botas de motorista y una camiseta sin mangas que
dejaba asomar el denso y dorado vello de su pecho. Se dirigió al camarero y
éste hizo una vaga señal en la dirección de mi mesa.
—¿El
señor Small? —preguntó con voz ruda.
—Puede
ser.
—¿El
señor Bingo Small? —repitió.
—¿Quién
lo pregunta?
—Me
llamo Vinicius, Héctor Walter Vinicius, y me han dicho que es usted el mejor
explorador que puedo encontrar en Lisboa.
—Eso
dicen por ahí —dije mientras lanzaba una bocanada del humo de mi puro.
—Quiero
contratar sus servicios. Quiero que dirija una expedición a través de las
Nuevas Tierras. Sé que usted puede hacerlo. Las referencias que conservo de
usted son inmejorables. Tengo a unas cuantas familias acampadas en la
plataforma continental, a menos de un kilómetro de la línea de la costa. Ellos
son mi gente, lo único que quiero en este mundo y por lo que daría mi vida
misma. Le pido que sea la persona que nos guíe en dirección a nuestro deseo:
queremos viajar directos al sueño americano.
—¿El
sueño americano?
—Sí,
renunciamos a nuestra vida de europeos mediocres y buscamos algo mejor para los
nuestros. Los hijos que nuestras mujeres han parido, merecen una vida mejor.
Queremos viajar a los Estados Unidos de América y construir nuestra nueva vida
allí.
—Prueben
a tomar un avión...
—Es
imposible. Transportamos con nosotros todas nuestras posesiones.
Llevamos
todos los enseres que acumulamos, embalados en varios camiones. Los necesitamos
para emprender una nueva vida. Además, el avión nos llevaría directamente a una
de las ciudades de la costa este. Y nosotros lo que queremos es colonizar las
Nuevas Tierras. Hacerlas nuestras, convertirlas en nuestro territorio, izar
allí nuestra bandera, crear desde cero un nuevo lugar para vivir. Somos
pioneros y debemos viajar hacia el oeste en el que encontraremos una nueva
vida.
—Y
desean que yo les lleve hasta allí...
—Sabemos
que es el mejor haciéndolo. Usted ha conseguido atravesar la Dorsal Atlántica
en dos ocasiones. Tiene los contactos necesarios en las Azores gracias a los
cuales podremos abastecernos en la mitad del viaje.
—Pero
yo jamás he alcanzado la línea de la costa norteamericana.
—Lo
sé, pero también sé que, una vez descendida la dorsal por el lado americano, el
camino es bastante aceptable.
—Son
más de dos mil kilómetros aún hasta Nueva York.
—Desde
luego, pero el camino es bastante llano a partir de allí. Será como ir rodando.
Podemos hacerlo. Sé que, con su ayuda, podemos hacerlo.
Yo
fumaba despacio y hacía que las volutas de humo me envolviesen. No quería que
aquel tipo pudiese leer en mis ojos, ni por asomo, lo que estaba pasando
entonces por mi cabeza.
—Le
pagaremos con generosidad —dijo el señor Vinicius.
—Tengo
un socio y jamás viajo sin él —aduje tratando de no hacer ningún gesto hacia el
lugar en el que Tiro se tambaleaba absolutamente ebrio.
—Por
supuesto, nosotros no queremos decirle cómo ha de llevar su negocio, señor
Small. Habrá la misma cantidad para él, se lo prometo. Diez mil dólares para
cada uno en metálico.
La
cifra no estaba nada mal. Pero antes de aceptar, quería dar un vistazo completo
al señor Vinicius.
—Salgamos
a tomar un rato el aire, si le parece. Aquí la atmósfera está demasiado
cargada.
Cruzamos
la puerta del garito y salimos a la calle. Desde allí, se podía ver la línea de
la costa y las Nuevas Tierras hasta donde ser perdía la vista. Las estuvimos
observando un buen rato en silencio.
—Le
daré la mitad ahora y la mitad cuando lleguemos a nuestro destino, señor Small
—dijo el señor Vinicius.
Acepté.
CAPÍTULO
2
Palabras
y oraciones a la puerta del infierno Mi socio y yo descendimos a la plataforma
continental en nuestras motocicletas todoterrenos. Los colonos habían situado
su campamento muy cerca de la línea de la costa. Podíamos ver, mientras
rodábamos despacio hacia ellos, los camiones y los vehículos formando un
círculo en cuyo interior las mujeres cocinaban, los niños jugaban y la vida de
esta pequeña comunidad aguardaba el momento de emprender rumbo al oeste.
La
plataforma continental de Lisboa es extremadamente pequeña. Apenas un par de
kilómetros de ancho. Después, el talud se abre camino en una brutal caída de la
que no se vislumbra el fin. Conocía bien aquel terreno. Lo había recorrido al
menos en un centenar de ocasiones, hacia arriba y hacia abajo. Un mal lugar
para adentrarse con mujeres y niños.
De
eso es de lo que les sobraba al grupo del señor Vinicius. Tan sólo un puñado de
hombres, algunos hijos mayores y el resto, un buen montón de mujeres, hijas y
niños. Un mal asunto, sin duda. Cuando llegamos a la altura del campamento, un
joven de unos veinticinco años quitó del freno de mano de un excelente jeep
mahindra de color rojo espléndidamente equipado para el viaje en el desierto:
techos de lona abatibles, gancho de remolque con motor, estriberas, defensa
delantera y unas increíbles llantas doradas. El joven, sin dejar de
observarnos, dejó que el vehículo se deslizara en la arena y permitió que
nuestras motocicletas pasaran a través del hueco, al interior del círculo.
—Hola,
amigos, bienvenidos —el señor Vinicius surgió de debajo de un unimog con las
manos manchadas de grasa—. Nos sentimos muy felices de tenerles con nosotros.
Detuve
mi suzuki y Tiro hizo lo mismo con su vertemati MX 500. Un par de niños de no
más de diez años de edad, intentaron acercarse a nosotros con la intención de
observar nuestras máquinas más de cerca, pero sus madres se lo impidieron
sujetándolos por los hombros.
El
señor Vinicius sonreía abiertamente.
—Estos
son los hombres que van a hacer realidad nuestro sueño. Acercaos y los
conoceréis —dijo.
Aquella
pobre gente fue rodeándonos poco a poco. Mi socio y yo habíamos echado pie a
tierra pero no habíamos descendido de las motocicletas. Aquel era nuestro sitio
natural en medio de toda aquella arena y no nos gustaba abandonarlo sin una
razón de peso. Las motocicletas eran nuestro verdadero seguro de vida.
Con
ellas teníamos una posibilidad de regresar sanos y salvos a casa.
La
caravana de pioneros estaba constituida por siete familias, cada una de ellas
formada por un matrimonio de mediana edad y una prole bastante numerosa.
Algunos
de ellos eran ya prácticamente hombres. Otros, por el contrario, aún no habían
terminado de crecer.
—Déjeme
que le presente, en primer lugar, a mi familia. Esta es la señora Vinicius
—dijo mientras señalaba a una mujer de unos cincuenta y cinco años que aún
conservaba cierto encanto. Y añadió—: Y ésta es mi hija Lorna.
El
señor Vinicius pasó su tostado brazo, por el hombro de una jovencita de pelo
moreno y tejanos raídos de no más de veinte años.
—Maldita
sea, papá, tienes las manos llenas de grasa —dijo la joven revolviéndose hasta
deshacerse del paternal abrazo.
El
señor Vinicius volvió a sonreír: —Todo un carácter esta niña. Bien, permítame
que le presente a los demás.
Veamos:
aquí tiene a los Ictius, los Licius, los Sacius, los Catius, los Finetius y los
Fictius.
Los
aludidos iban acercándose el dedo índice a la frente a modo de saludo.
Algún
hombre se acercó y estrechó nuestras manos. Habían realizado un círculo en
torno a nosotros y permanecían en silencio. Parecía que estaban aguardando algo
de nuestra parte. Probablemente lo esperaban. Quizás era un buen momento para
decir unas cuantas palabras aunque yo sabía que jamás había sido un orador
notable.
—…ste
puede ser un buen momento para que dirija unas palabras, señor Small —dijo el
señor Vinicius leyéndome el pensamiento.
En
fin, que no me quedaba más remedio. Los pioneros esperaban escuchar la voz de
su guía y ese era yo.
—Mi
nombre es Bingo Small —comencé despacio y mirándoles a los ojos uno a uno,
hombres, mujeres y niños— y, como saben, he sido contratado, junto a mi socio
Tiro Las, para conducirles a través del desierto atlántico hacia el otro lado
de la dorsal. Personalmente pienso que este viaje que van ustedes a emprender,
es la mayor estupidez que he escuchado en los últimos años, pero la paga es
buena y lo haré. Les llevaré al lugar que pretenden alcanzar.
Saqué,
de uno de los bolsillos de mi pantalón, un dunhill a medio fumar y lo prendí
despacio. Los colonos permanecían en el más absoluto de los silencios.
Aspiré
un par de veces y lancé una densa nube de humo blanco antes de continuar: —Este
viaje tiene una serie de normas básicas que todos ustedes cumplirán de manera
obligada. Si no las acatan a rajatabla, morirán. O les mataré yo mismo si
entiendo que con su actitud ponen en peligro la supervivencia del grupo. En
medio de las Nuevas Tierras no existe más ley que la que yo imponga. No habrá
tribunales de apelación ni posibilidad alguna de eludir los mandatos que yo
emita.
Para
ello, me ayudaré de esto —dije extrayendo de su funda de cuero en el flanco
trasero de la suzuki mi heckler & koch semiautomática y alzándola en el
aire.
El
efecto obtenido en los colonos supongo que fue el deseado. No suelo ser amigo
de estos gestos teatrales, pero la ocasión lo requería. Era lo que ellos
esperaban de mí y eso mismo tenía que darles. A fin de cuentas, yo era el
hombre fuerte y duro que necesitaban para alcanzar su insensata fantasía. No
podía defraudarles antes de comenzar. Así que blandí mi semiautomática sin
rubor. Los niños se estremecieron al verla brillar al sol de la mañana, sus
madres los atrajeron hacia ellas de forma inconsciente para apretar aún más su
abrazo y los hombres fruncieron el ceño en una mueca que debió de ser una
mezcla de consentimiento y preocupación.
—A
partir de ahora, todos ustedes dejarán de ser individuos, familiares y amigos
para pasar a ser miembros iguales de la caravana. Todos, hombres, mujeres y
niños trabajarán según sus posibilidades y capacidades para llevar la caravana
adelante.
Ese
será el único objetivo. Llegar a nuestro destino sanos y salvos. No les oculto
que las Nuevas Tierras están plagadas de toda serie de peligros. Si hacen
siempre lo que les digo y se comportan como deben hacerlo, llegaremos al lugar
que pretenden ir, se lo aseguro. No me den problemas y yo no se los daré.
Cumplan
mis órdenes de forma rápida, eficiente y sin cuestionarlas en ningún momento y
sobrevivirán. Respeten a sus vehículos sobre cualquier otra cosa.
Podemos
sobrevivir unos días sin agua y sin alimentos, pero no avanzaremos un solo
kilómetro más sin combustible ni piezas de recambio. No dudaré en abandonar en
el camino a cualquiera de ustedes que haga un uso inadecuado de su máquina.
Di
una nueva bocanada a mi puro y continué sin prisa.
—Llevan
ustedes un buen equipo. En esto, he de felicitar al señor Vinicius.
Disponemos
de los vehículos, las armas y la tecnología necesaria para llegar.
Cinco
camiones, siete cuatro por cuatro y nueve motocicletas todoterrenos, son un
material excelente para rodar por este desierto. Además, llevamos buenas armas
y un equipo de teléfonos celulares inmejorable. En todo momento, tendremos
conexión a través de los satélites Dromius con Lisboa, las Azores y Nueva York.
Recibiremos todos los días los partes meteorológicos y nuestras posibles
señales de socorro se escucharán en cualquier lugar del mundo. Pero nada más
que eso. Oirán nuestras señales y se quedarán cruzados de brazos deseándonos la
mejor de las suertes. Porque una vez ahí dentro dependeremos tan sólo de
nosotros mismos y de nuestro talento para avanzar y sobrevivir. Nadie, repito,
nadie se aventura en las Nuevas Tierras para emprender una misión de rescate.
Estaremos
solos. Ustedes y yo. Así que lo mejor que podemos hacer es llevarnos bien desde
el principio.
Tuve
que parar para poder dedicar un poco de tiempo a mi dunhill. Estos dichosos
puros son como las buenas mujeres. Te proporcionan gratos momentos de placer
pero piden, a cambio, una buena porción de tu tiempo.
—Llevamos,
también —proseguí—, alimentos, agua, combustible, repuestos y munición
suficiente para llegar hasta las Azores sin problemas. Una vez allí, podremos
abastecernos de todo lo necesario para continuar el camino. Jamás, repito,
jamás quiero que nadie haga un uso irresponsable del agua y del combustible.
Los
necesitamos para llegar de la misma forma que necesitamos nuestra propia
sangre. Son indispensables. Hagan un uso razonable de todo ello y las cosas
irán bien. Por supuesto, el acceso a estos suministros estará restringido. Ya
he dado las instrucciones al señor Vinicius para que asigne, entre los hombres
del grupo, los turnos de custodia necesarios. El agua, el combustible y los
recambios viajarán todos ellos en un mismo camión guiado por el señor Ictius.
Cuando estemos detenidos y por la noche, éste camión estará siempre vigilado
por un hombre armado. Cuando estemos en movimiento y ante cualquier avatar,
proteger y salvar a este camión, será de prioridad absoluta para todos. Como ya
he dicho, no dudaré en elegir entre este camión o cualquiera de ustedes. Lo
siento, pero las cosas en el desierto son así.
Me
puse en pie sobre la motocicleta y, dejándome caer con todo mi peso, la
arranqué a la primera.
—Una
cosa más. Si algo me ocurriese, confíen en mi socio el señor Las. …l sabrá
llevarles a donde tengan que ir —aceleré un par de veces—. Nada más. Es hora de
irnos.
—Un
momento, señor Small —me interrumpió el señor Vinicius—. Nos gustaría, antes de
partir, poder decir una oración.
¿Una
oración? Aquella idea me parecía un disparate. En el lugar al que nos
dirigíamos, no había dioses. De eso estaba bien seguro. Pero esta gente tenía
la mente llena de idea delirantes, así que asentí con la cabeza.
—Sea
breve, señor Vinicius, por favor. Tenemos aún una dura jornada por delante.
El
señor Vinicius hizo un gesto con la mano y los demás se le acercaron.
Debía
ser, además del líder indiscutible de su pequeña comunidad, una especie de guía
espiritual que dirigía sus almas. No me extrañaría que, detrás de aquel hombre
de grandes hombros y aspecto hosco se encontrase un trastornado.
Personalmente,
jamás he tenido ningún tipo de prejuicio si el cliente paga bien. Y el señor
Vinicius y los suyos disponían de dinero en abundancia que iban a compartir con
mi socio y conmigo. Eso era lo realmente importante para nosotros.
—Dios
nuestro —comenzó el señor Vinicius—, sabes que siempre te hemos tenido presente
y que eres nuestro rumbo y nuestro destino. Caminamos desde lejos por ti, y
hemos llegado hasta aquí gracias a ti. Permite, Señor, que estos humildes
siervos tuyos, puedan seguir siéndolo en las Nuevas Tierras y en el camino que
hacia ellas emprendemos hoy. Guiados por tu palabra hemos llegado hasta aquí.
Este es nuestro punto de partida hacia el cumplimiento de tu mandato divino.
Repudiamos
nuestro modo de vida europeo y caminamos, seguros, hacia el lugar señalado para
adorarte durante el resto de nuestros días. Bendícenos, Señor, bendice este
viaje hacia el oeste que iniciamos ahora en tu nombre y bajo tu protección y
bendice, también, a la tierra americana que nos aguarda y en cuyo seno
construiremos tu Iglesia. Amén.
—Amén
—respondieron los demás al unísono.
Era
la hora de marcharnos de allí. Hice una señal con la cabeza a mi socio y escupí
por última vez sobre la arena de Lisboa. Mi dunhill se había apagado
definitivamente.
CAPÍTULO
3
En
el camino de los sueños de sal y arena El descenso del talud continental fue
más duro de lo que pensaba.
Conocíamos
piedra a piedra el camino pues lo habíamos recorrido en decenas de ocasiones,
pero jamás habíamos llevado con nosotros una caravana tan pesada y numerosa.
Los automóviles no eran un problema. Eran poderosos y descendían bien por los
caminos estrechos y encrespados del talud. Conducidos por los cabezas de
familia o por los hijos varones mayores, el descenso era lento pero constante y
seguro. Aquella gente sabía lo que se hacía. No eran, en absoluto, unos
aficionados.
Reconocían
a la perfección el momento en el que habían de detenerse y hacer descender a
las mujeres un trecho a pie. No ponían, en ningún momento, la integridad física
de nadie en peligro. Al menos, no lo hacía más de lo estrictamente necesario.
Las
diez motocicletas, montadas todas ellas por los jóvenes más fornidos y
corpulentos de la caravana, descendían con rapidez por las paredes del talud.
En más de una ocasión ordené a un par de ellos adelantarse para estudiar el
terreno y decidir la mejor de las rutas. No tenía demasiadas dudas al respecto,
pero era importante para mí poner a prueba a aquellos muchachos. Supieron
responder en todo momento. Avanzaron con destreza por el camino de rocas
cubiertas por una fina capa de arena y sal, examinaron el terreno y regresaron
pronto con la información.
Todo
ello, vigilado por la atenta mirada de sus padres. Los hombres de la caravana
hablaban poco. Parecían estar en permanente estado de alerta, más que por lo
que pudiera depararles el difícil entorno en el que nos hallábamos, por el
cariz que nuestra colaboración tomase. Cuando parábamos un rato para estudiar
la situación y decidir los próximos pasos, se miraban de soslayo y trataban de
transmitirse sus impresiones sin apenas cruzar palabra. Una situación un tanto
tensa pero habitual en estos casos. No me preocupaba en absoluto.
Mi
verdadera preocupación era el descenso de los cinco camiones cargados hasta
arriba de toda una suerte de enseres y artefactos. Los colonos lo eran desde el
principio al final. Portaban en sus camiones todo lo necesario para emprender
una vida desde cero. Lo que no acarreaban en aquellos camiones es que no era
imprescindible para su futura subsistencia. Y a buen seguro, así lo era. Porque
si algo comprendí rápido de aquella gente, es que no eran en modo alguno unos
aficionados con mayor o menor devoción por su líder. No, los tipos eran muy
buenos.
Unos
pobres desgraciados, a fin de cuentas, por lo descabellado de sus intenciones,
pero unos verdaderos profesionales en la organización y desarrollo del viaje.
Conocían sus oficios: era mecánicos, constructores, agricultores,
electricistas, cocineros, incluso los había con conocimientos prácticos de
medicina. Tan sólo les faltaba un expedicionario. Ahí entrábamos nosotros.
La
dificultad del descenso de los camiones retardaba a toda la comitiva.
Sobre
todo el viejo zil ruso que era el peor de todos los vehículos que llevábamos.
El
señor Vinicius me confesó que su idea inicial era la de haber comprado tan sólo
camiones unimog, el mejor camión del mundo para terrenos difíciles, pero no le
fue posible. No quería arriesgarse a llegar a Lisboa y no tener los vehículos
necesarios, así que los compró en Madrid. El tipo que se los vendió le obligó a
hacerse con el paquete completo: cuatro mercedes unimog y un zil seis por seis,
duro y tremendamente resistente, pero torpe y espeso en los terrenos muy
escarpados como en el que nos hallábamos. Los buenos tiempos en los que
transportaba misiles tierra aire soviéticos de un extremo al otro de la gran
Rusia habían pasado definitivamente. El señor Vinicius, que no era tonto,
consiguió un buen precio por todo y los puso en la autopista derechos a Lisboa.
Una vez allí, cargó el zil con los elementos más livianos y poco importantes de
todo el cargamento. Si había que perder un vehículo y conseguir que la pérdida
fuera soportable para el grupo, ese vehículo era el zil.
Como
en el talud no había árboles ni nada que se les pareciera en los que sujetar
los cables de acero y hacer más seguro el descenso, tuve que optar por utilizar
automóviles como colchón de los camiones más importantes. Sabía que me la
estaba jugando, pero, al menos en el caso del unimog 404 conducido por el señor
Ictius en el que portábamos el agua, el combustible y los recambios, el riesgo
era necesario. Así que situé el mitsubishi pajero conducido por el hijo del
señor Sacius justo delante de él e hice que no se separase más de un metro de
distancia.
Así,
si el unimog se iba camino abajo, el mitsubishi lo frenaría. Sabía que podía
hacerlo. Su motor diesel era una máquina que se comportaba a la perfección en
condiciones de esfuerzo extremo. Tan sólo hacía falta que las ruedas
acompañasen y el agarre no flaqueara.
La
fórmula funcionó sin problemas durante unos cuantos kilómetros. En un par de
ocasiones, el parachoques del unimog tocó la parte trasera del mitsubishi pero
el muchacho de los Sacius dominaba bien su trabajo. Sabía cuando emplearse a
fondo con el freno y cuando ir dándole un respiro para no calentarlo en exceso.
En una de las ocasiones, el camión resbaló en un pequeño banco de arena y se
deslizó hacia abajo haciendo añicos uno de los pilotos traseros del cuatro por
cuatro, pero intuyendo el muchacho que el señor Ictius se había hecho con el
control de su máquina, aceleró un poco y abrió un pequeño hueco entre ambos.
Los
suficiente para evitar quedarse enganchados por accidente. La suerte no debía
de tentarse más de lo necesario.
Animado
por nuestro pequeño éxito, hice pasar delante a los cuatro por cuatro más
pequeños que utilizábamos sólo para transportar personas y muy poco equipo y al
chevrolet que cargaba las tiendas de lona que serían las casas de los colonos
en las Nuevas Tierras. Ellos descendían a buen ritmo y sin dificultades.
No
era buena idea obligarles a retardar su descenso y gastar, así,
innecesariamente, combustible y pastillas de freno.
Un
par de motocicletas se quedaron con nosotros para servirnos de enlaces y el zil
pasó delante del unimog del señor Ictius. No quería que, si el zil perdía en
control, arrastrase a los vehículos que pudieran encontrarse delante de él.
Pero como tampoco era cuestión de perder un camión el primer día, puse el opel
frontera delante de él y repetí la maniobra del unimog.
Vimos
como el grueso de la caravana descendía por el talud con un paso ligero. Mandé
a Tiro con ellos para que los guiara y, sobre todo, para que frenara los
ímpetus de los más jóvenes. La facilidad con la que estaban descendiendo podía
confundirles y hacer que se confiaran. Ese era el peor pecado en el talud.
Un
exceso de confianza podía llevarnos irremisiblemente a la muerte.
Detrás
nos quedamos los dos camiones, los dos vehículos que hacían de colchón, un par
de muchachos en sus motocicletas y yo. El descenso era cada vez más lento y
llegué a pensar que no podríamos concluirlo antes de la noche. Los hombres
estaban cansados por el intenso esfuerzo. Los chicos de las motocicletas, en no
pocas ocasiones, tenían que bajarse de ellas y ayudar a los conductores de los
camiones cubriendo áreas de escasa visibilidad.
En
un corto llano, el zil comenzó a tener problemas. La arena estaba demasiado
blanda y el camión tendía continuamente a hundirse. Nos encontrábamos cerca del
final del descenso y podíamos, desde allí, observar cómo los demás ya lo
estaban alcanzando. Usé los prismáticos para ver a Tiro adelantándose y
estudiando el firme del terreno. Ya se había dado cuenta de que hoy la arena
estaba demasiado suelta y esponjosa. Eso no era nada bueno para nuestros
pesados camiones, así que siempre era preferible adelantarse para dar un
vistazo. Vi cómo el chevrolet amagaba un par de embarrancamientos, pero supo
salir de ellos sin demasiados inconvenientes.
No
ocurrió lo mismo con nuestro zil. Cuando llegábamos al final del llano que
atravesábamos y a un par de kilómetros del final de la bajada, el zil
embarrancó en un maldito banco de arena. A pesar de que era un seis por seis y
que su conductor sabía utilizar el embrague, la rueda trasera de la parte
derecha estaba hundida hasta la mitad en la arena. Tuvimos que parar todos y
hacer pie en tierra para echar una mano.
Usé
mi teléfono celular para avisar a mi socio.
—Tenemos
un problema con el zil, Tiro. Ha metido una de las traseras en un banco de
arena. Vamos a usar las planchas de aluminio para tratar de sacarlo. Nos
llevará un tiempo.
—Recibido.
Por aquí todo perfecto. Estamos abajo esperando. Voy a comenzar a montar el
campamento. Creo que éste será un buen sitio para pasar la noche.
—De
acuerdo. Estaremos con vosotros, a lo sumo, en un par de horas.
Cerré
la comunicación y me dirigí a mis hombres.
—Bien,
amigos, ha llegado la hora del trabajo duro. Bajen las planchas de aluminio.
Tenemos
que poner a flote este camión.
Señalé
hacia abajo.
—Los
demás han llegado al final del descenso. Van a alzar el campamento y nos
aguardan para cenar. No les hagamos esperar demasiado.
Los
muchachos tomaron las palas y comenzaron a quitar arena en torno a la rueda
varada. Después de un rato de cavar, consiguieron hacer un buen agujero en el
que la rueda comenzó a moverse. Arrancamos el camión y tratamos de que
avanzase, pero el hueco era demasiado profundo. No merecía la pena pens árselo
más. Colocamos un par de planchas de aluminio haciéndole el camino a la rueda y
el conductor pisó a fondo. El zil salió lanzado hacia delante. Habíamos tomado
la precaución de situar el frontera unos cuantos metros más abajo para evitar
un choque en una salida brusca, pero el zil rodaba desbocado por el camino y su
conductor parecía no hacerse con el control. Observábamos cómo se encendía y se
apagaban sucesivamente las luces de freno. Trataba de no efectuar una frenada
larga y perder, así, el gobierno del vehículo, pero el frontera estaba cada vez
más cerca y aquello no paraba. Por fin, decidió jugársela a una carta: hundió
su bota en el pedal del freno y empujó hasta el fondo. El zil coleó y se cruzó en
el camino. Durante un momento, las tres ruedas del lado izquierdo perdieron el
contacto con la arena. Parecía que iba a volcar, pero hubo suerte y recobró el
equilibrio. La carga se tambaleó y algunos objetos cayeron al suelo. Pero el
viejo zil se había detenido. El frontera había salvado su carrocería por un par
de escasos metros.
De
repente, oímos los disparos. Miré rápidamente hacia abajo. Absorto en la
operación de salvamento del camión, había dejado de prestar atención a los
demás por un buen rato. Miré hacia mi suzuki y una luz brillaba en el panel. Mi
teléfono celular conectado al ordenador de la motocicleta estaba enviando
señales luminosas. Tenía una llamada.
Corrí
hacia la motocicleta y cogí el teléfono.
—Maldita
sea, nos están atacando, Bingo, necesitamos vuestra ayuda de inmediato —tronó
la voz de Tiro Las.
—Aguanta,
estamos con vosotros en quince minutos. Forma un círculo con los vehículos y
trata de llegar hasta el camión de las automáticas —dije.
—Han
salido de debajo de las piedras, los muy cabrones. Disparan a matar, Bingo.
—¿Tenemos
alguna baja?
—Creo
que no, pero esto se está poniendo muy feo. Necesitamos refuerzos de manera
urgente.
Cerré
la comunicación y me puse el casco.
—Nos
vamos —grité—. Las dos motocicletas y el frontera, conmigo. Los demás, tratad
de descender lo más rápido posible. No quiero al grupo desperdigado.
Señor
Ictius, tenga su rifle preparado. Quiero su camión protegido. Nos va mucho en
ello.
El
señor Ictius asomó la cabeza por la ventanilla. Con gesto serio respondió:
—Confíe en mí, señor Small. Esos hijos de puta no podrán con nosotros.
Solté
el seguro de la funda de mi arma y me lancé talud abajo a toda máquina.
CAPÍTULO
4
Ratas
en el desierto La caravana se hallaba justo en el lugar en el que el talud finalizaba
de forma brusca dando paso a una llanura con una ligera pendiente. Mi socio
había conseguido que los vehículos se ordenaran en círculo y ahora estos les
servían de resguardo.
Entre
Tiro y el señor Vinicius habían organizado una tímida la defensa.
Estaba
disparando con sus armas cortas y repelían el ataque parapetados detrás de los
vehículos. A todas luces, no habían tenido la oportunidad de descargar de los
camiones las armas automáticas. Desenfundé mi pistola y comencé a disparar en
dirección a nuestros agresores. Lo único que pretendía era alcanzar la caravana
y sumarme a la lucha. Nada podríamos conseguir si no nos organizábamos en serio
y de inmediato.
Cuando
Tiro nos avistó, dio la orden de disparar a discreción. Nos estaban cubriendo
lo mejor que podían y, aunque funcionó, uno de los muchachos que pilotaban
detrás de mí, sufrió un pequeño rasguño en un brazo producto de una bala
enemiga.
—Ya
estoy aquí. Nos ha costado entrar —le dije a Tiro.
—Nos
atacaron de imprevisto, Bingo —respondió—. No les vimos llegar.
Están
ahí, tras esa loma. Deben de ser quince o veinte a lo sumo.
—Bien,
lo importante es organizar la defensa. Voy a tratar de llegar hasta las
automáticas. Cúbreme.
Corrí
agachado entre los vehículos fui directo hacia el unimog en el que guardábamos
el armamento. El señor Vinicius había comprendido mis intenciones y ya se
acercaba junto con un par de hombres.
Subí
al camión y durante un instante pude ver una bala pasar como una centella a un
par de palmos de mi rostro. Me lancé hacia dentro de furgón y caí rodando entre
cajas, lonas y demás artefactos que transportábamos en él.
—A
la derecha, señor Small, las armas están a la derecha —me gritó el señor
Vinicius desde fuera.
Allí
estaba, brillando en la penumbra del interior del camión, un buen arsenal de
ametralladoras listas para ser utilizadas. Las fui cogiendo una a una y
pasándoselas al señor Vinicius.
—Vamos
a joder bien a esos cabrones —dije.
Teníamos,
también, un par de rifles de asalto usados por los soldados de la OTAN que la
perspicacia del señor Vinicius había podido conseguir. Me los eché a la espalda
y, de un salto, descendí del unimog.
Cuando
llegué a la altura del grupo, los hombres estaban situándose en posición de
hacer uso de las ametralladoras. Habían abandonado las pistolas de diez
milímetros con las que habían estado luchando hasta ahora y empuñaban, no sin
cierto orgullo de pioneros, las automáticas.
—¿A
qué esperan para hacerlas sonar? —aullé.
El
festival dio comienzo de inmediato. Aquel material era mortífero de necesidad y
muy pronto comenzamos a tener controlada una situación que nos había estado
venciendo por momentos. Oímos algunos gritos tras la loma rival.
Esos
cerdos comenzaban a besar la arena.
—Tenga,
señor Vinicius —dije mientras le ofrecía uno de los rifles de asalto—.
Apóyese
sobre un vehículo, apunte con tiento y disparé. Caerán como miserables.
El
señor Vinicius hizo lo que le ordené. Se escudó tras unos de los jeeps, afinó
su puntería y apretó el gatillo. Las balas salieron derechas a su objetivo. Un
tipo surgió tras la loma, dio un salto hacia delante y cayó muerto.
—Dispárele
a la cabeza. Quizás esté sólo herido.
—Pero,
¿quiénes son estos animales? No sabía que bajar aquí pudiera ser tan peligroso.
—Son
ratas blancas. Por lo general, no suelen dar demasiados problemas. Su proceder
es bastante cobarde. Se dedican al pillaje y a atracar a los turistas. Una
escoria a la que hay que hacer frente sin miramientos.
—Eso
téngalo usted por seguro.
—Vienen
de ¡frica. Son grupos más o menos organizados de magrebíes y subsaharianos.
Antes de la Gran Evaporación, utilizaban el estrecho de Gibraltar para entrar
en Europa. Se la jugaban en el mar y, aunque muchos de ellos perecían en las
aguas, otros conseguían llegar y burlar a la policía de la frontera.
—Había
oído hablar de ello.
—Una
vez en tierra europea, se las ingeniaban para dispersarse por todo el
continente. Ya sabe, buscaban nuestro modo de vida europeo pero negándose a
renunciar al suyo. Pretendían expandir su credo y su cultura por toda nuestra
tierra.
Basura.
El
señor Vinicius y yo hablábamos sin mirarnos a la cara. Estábamos bastante
ocupados disparando contra aquellos cabrones africanos.
—Después
de la Gran Evaporación, siguieron entrando a pie —continué—.
Pero
la policía construyó torretas a lo largo de toda la línea de la costa y recibió
órdenes de disparar a matar. Ahora el estrecho es un cementerio. Está plagado
de cadáveres que se pudren al sol. Los africanos creyeron que, yendo en gran
número, les sería más fácil pasar. La policía no se atrevería a disparar contra
una muchedumbre de mujeres, niños y ancianos. Y, en caso de hacerlo, no podrían
acabar con todos. Algunos lograrían alcanzar el litoral y penetrar en el
continente. A fin de cuentas, tenían asumido que cruzar el estrecho de
Gibraltar siempre les ocasionó un porcentaje importante de bajas.
Mi
socio se acercó a nosotros.
—Estamos
tomando el control, Bingo —me dijo—. Creo que les estamos dando una buena
lección.
—Los
muchachos se están portando de maravilla —respondí—. Ve a la parte de atrás y
comprueba que las mujeres y los críos se encuentren bien.
Tiro
se agachó y salió corriendo. Le cubrí con una buena ráfaga que limpió la cresta
de la loma de los bastardos levantando una densa polvareda.
—Pero
la policía tenía otros planes —me dirigí al señor Vinicius—. Le importó una
mierda aquella gente. Hicieron lo que tenían que hacer: proteger Europa de
todos aquellos despojos. Así que dispararon con ametralladoras y causaron una
carnicería que los mantuvo a raya durante más de un año. Después, volvieron a
las andadas, pero los nuestros no se amilanaron. Cuando las cosas se pusieron
difíciles y no había balas para todos, llegaron a utilizar misiles. Hay un par
de cráteres bien abonados en medio del estrecho. Deben haber brotado árboles a
estas alturas.
Hice
una pausa para enviar a uno de los muchachos a por más munición y proseguí:
—Con la frontera tan bien custodiada, no conseguía entrar ningún elemento en el
continente. Parecieron desistir. Pero esa morralla no sabe quedarse quieta es
sus tierras y lo que de verdad le gusta es venir a jodernos, así que comenzaron
a abrirse camino por las Nuevas Tierras. No suelen aventurarse demasiado lejos.
Carecen
de cualquier conocimiento para guiarse en la llanura abisal y necesitan tener
siempre a golpe de vista el talud. Viajan en vehículos desvencijados que
consiguen robar a los turistas y viven exclusivamente del pillaje, del robo y
de la extorsión.
De
esta forma, comenzaron a viajar hacia el norte. Llegaron a Lisboa y muchos de
ellos se asentaron por aquí. Esto está plagado de pequeñas tribus de maleantes
africanos. No son demasiado peligrosos. Por eso les llamamos las ratas blancas.
Disponen de armas pero no son buenos tiradores. Pueden llegar a matar si hace
falta, porque para ellos la vida humana no tiene ningún valor, pero si se les
trata como es debido, regresan a sus madrigueras de inmediato.
Paré
un momento a descansar. Apoyé la espalda contra la carrocería del vehículo y
saqué un dunhill del bolsillo.
—Lo
que le digo, señor Vinicius, auténtica basura.
Los
disparos se iban espaciando cada vez más. Ordené un alto el fuego para evaluar
la situación.
—Que
nadie se mueva ni dispare —dije mientras encendía el puro—. Vamos a ver si
hemos solucionado definitivamente el problema.
Tras
la loma enemiga no se observaba movimiento. No sabía si habíamos acabado con
todos, pero, al menos, se estaban muy quietecitos.
—Cubridme
—indiqué a los hombres que se hallaban más cerca de mí.
Salté
encima del vehículo que nos parapetaba y salí a terreno descubierto.
Comencé
a caminar agachado y en zigzag. De repente, se oyó una explosión y después una
humareda se alzó tras la loma. Conocía de sobra aquel sonido. Alguien había
arrancado un vehículo cuyo motor hacía aguas por todos lados.
Corrí
todo lo que pude y alcancé la loma justo en el momento en el que un asqueroso
land rover que se caía a trozos, abandonaba el lugar. Aún llevaba conmigo mi
rifle de asalto, así que clavé una rodilla en tierra y me dispuse a hacer un
buen tiro. Al margen de este vehículo, no pude ver ningún movimiento más.
Habíamos
dado buena cuenta de aquellos cabrones. En un vistazo rápido, conté una docena
de cadáveres desperdigados por el suelo. No había ningún hombre blanco. Sólo
árabes y negros. Vestían ropas mugrientas y no parecían demasiado bien
alimentados. Uno de ellos tenía la boca entreabierta y pude vislumbrar su
dentadura destrozada por la caries. Aún había un par de vehículos más con las
puertas abiertas calentándose al sol.
El
land rover que huía era una verdadera pieza de museo. Debía de tener más de
cincuenta años y no estaba ya para demasiadas alegrías. La cabina estaba
protegida por una lona trasera, así que no podía ver a los que iban en ella.
Una verdadera lástima. Me hubiese encantado hacer un disparo directo a la nuca
del conductor y ver cómo el vehículo continuaba su camino por su propia cuenta.
Decidí
disparar contra una de las ruedas traseras. El disparo la reventó a la primera.
Animado por el éxito, disparé en dirección a la otra rueda. Esto fue ya
demasiado y el land rover se detuvo clavado en la arena. Dos tipos salieron de
la cabina, uno en cada dirección, y comenzaron a correr como poseídos por el
demonio. Había llegado el momento de la verdadera diversión. Apunté despacio,
calculé la velocidad del viento, hice un par de movimientos para soltar los
músculos del cuello y le reventé la cabeza a aquel desperdicio de un certero
balazo.
El
otro tipo se me estaba escapando. Pero yo ya estaba preparado de nuevo.
Volví
a apuntar y disparé. El africano seguía corriendo por el desierto. Había
fallado.
Me
volví a preparar, pero cuando me disponía a apretar el gatillo, alguien efectuó
un disparo detrás de mí. El cabrón cayó al suelo y se quedó inmóvil. Me podía
apostar lo que fuese a que estaba muerto. Giré la cabeza y, allí estaba mi
socio acompañado de Lorna Vinicius. La joven portaba en la mano una pistola
humeante.
—Lo
siento, Bingo. La muchacha insistió y no pude negarme —se excusó mi Tiro.
Genial.
No era suficiente que los problemas surgiesen solos. Mi propio socio tenía que
ir directamente a buscarlos.
Me
puse en pie y, sin brusquedades, le quité la pistola de la mano a la chica.
Iba
a decirle algo, pero decidí callarme. Con las mujeres, esa suele ser la mejor
de las opciones. En cambio, Tiro debía oírme.
—No
quiero que las mujeres utilicen las armas si no es estrictamente necesario.
¿Queda
claro? —dije con voz firme.
Se
nos había ido acercando el resto de los hombres.
—Esto
va para todos —dije dirigiéndome a ellos—. Mantengan a las mujeres alejadas del
armamento. Este trabajo es cosa nuestra.
—Pero
señor Small... —comenzó a decir Lorna Vinicius.
—Calla
—le espetó su padre—. Haremos justo lo que dice el señor Small sin discusión. Y
ahora vuelve con las demás mujeres. Sin una palabra.
Lorna
arrugó en ceño y dio media vuelta hundiendo los talones en la arena.
Comenzó
a caminar deprisa hacia los vehículos.
—Discúlpela,
señor Small —el señor Vinicius se dirigió a mí—. Se encuentra en esa mala edad,
ya sabe usted. Le garantizo que no volverá a ocurrir una cosa así.
Eso
esperaba. Se hizo un molesto silencio en el grupo. Notaba a Tiro algo
contrariado. Sabía que estaba avergonzado, pero, aunque era capaz de poner mi
vida en sus manos en medio en cualquier situación, cuando había unas faldas de
por medio, mi socio era otra persona. Me temo que era algo superior a sus
fuerzas.
—Creo
que es hora de echar un trago —dije.
CAPÍTULO
5
Un
lugar llamado sueño americano Con la noche cerrada en medio del desierto, el
campamento era el lugar más acogedor en muchos kilómetros a la redonda.
Habíamos encendido una buena hoguera y, tras la cena, cuando las mujeres se
habían ya retirado a dormir en sus improvisadas camas bajo los camiones, los
hombres nos reunimos a charlar sobre lo que se nos venía encima. Algunos de los
muchachos de mayor edad se habían unido a nosotros. Mi socio sacó una botella
de Four Roses que llevaba consigo y la fue pasando entre los presentes. Un poco
de whisky nos vino bien para templar nuestros cuerpos agotados por el esfuerzo
del día. Con la anochecida, la temperatura había descendido bastante y casi
hacía frío.
—Sentimos
que aquel ya no era nuestro hogar —decía el señor Vinicius.
Cuando
el señor Vinicius hablaba refiriéndose al grupo, el resto de hombres asentía en
silencio. En general, cuando el señor Vinicius hablaba, hacía o pensaba alguna
cosa, todos los demás mostraban su acuerdo de manera inmediata y absolutamente
sumisa. No parecía haber quiebras en su liderazgo. Un liderazgo que, por otro
lado, ni a mi socio ni a mí, se nos expresó ninguna vez de forma explícita.
Todos
lo aprobaban y jamás se ponía en tela de juicio, pero nunca se estableció de
una manera clara sobre la mesa.
—No
nos lo pensamos dos veces —continuó—. Vendimos todas nuestras posesiones y nos
dirigimos al punto de partida para la nueva vida que anhelábamos alcanzar.
Desde el centro de Europa, pronto alcanzamos París. Este corto viaje lo hicimos
de forma desordenada. Cada familia se las arregló para llegar como pudo. Una
vez en París, comprendimos que aquella no era la forma correcta de hacerlo.
…ramos una comunidad y debíamos comportarnos como tal. No éramos miembros
aislados. Nunca lo fuimos y jamás volveríamos a serlo. …ste era uno de nuestros
principales preceptos. Debíamos aceptarlo con tal y orientar todas nuestras
acciones hacia su cumplimiento. Así que en París, reunimos algo de dinero y
compramos un autobús con el cual hacer el resto del viaje. Cargamos todo
nuestro equipaje y a nuestras familias y partimos rumbo a Madrid. Habíamos
decidido que el grueso de nuestro aprovisionamiento lo efectuaríamos en esta
ciudad.
No
quisimos correr en ningún momento el riesgo de llegar a Lisboa y encontrarnos
con las manos vacías. Lisboa era sólo el punto de partida. Allí nos haríamos
con todos los elementos perecederos y alguna que otra cosa, pero en Madrid
teníamos que conseguir todo nuestro equipo. Vendimos el autobús y pasamos una
semana entera tratando en hallar los vehículos que necesitábamos a buen precio.
El
dinero nunca fue un problema para nosotros. Pero, desde luego, necesitábamos
hasta la última de las monedas para garantizar el éxito de nuestra empresa. Así
que luchamos para conseguir el mejor de los precios. Compramos los camiones,
los cuatro por cuatro y casi todas las motocicletas. Algunos de ellos no se
encontraban en demasiado buen estado. Fue necesario que algunos de los nuestros
se emplearan a fondo con ellos. Les cambiamos bastantes piezas y los pusimos
pronto a punto. Teníamos que salir cuanto antes de aquella ciudad. No era
nuestro sitio y nuestras familias se sentían incómodas. Nunca hemos despreciado
la falta de comodidad si esto es un camino hacia una vida mejor, pero no era
necesario prolongar demasiado una situación evitable. Así que cargamos nuestros
vehículos y salimos rumbo a Lisboa. Un par de días después, estábamos ya
acampados en la plataforma continental a la espera del momento propicio para la
partida.
—Pero,
¿acaso tenían problemas en su país? ¿Estaban perseguidos o algo por el estilo?
—pregunté mientras daba un buen trago de la botella de Four Roses.
—No,
en absoluto. La nuestra no es una mala tierra. Al contrario. Trabajando duro y
sin descanso, se puede sacar adelante, sin dificultades, una familia. Pero el
entorno se había ido degradando progresivamente. Europa ya no es un buen lugar
para vivir. No es una tierra de oportunidades. Ni con todo el esfuerzo del
mundo, el trabajo de un hombre puede producir nada más allá de lo estrictamente
necesario para alimentar a tu familia, mantener tu casa y conseguir unos días
de vacación al año. Las cosas ya no son como antaño. Parece que todo está
detenido. Es como si el tiempo no pasase más por el corazón de Europa. Este es
un continente anquilosado que no ofrece oportunidades. Las burocracias se han
apoderado de todo. Son dueñas y señoras de todo lo que nos rodea, de nuestros
trabajos, de nuestro modo de vida, del agua que bebemos, de la comida que
nuestros hijos se llevan a la boca y hasta del aire que respiramos. Esa es una
situación intolerable, verdaderamente intolerable.
El
señor Vinicius hablaba mientras observaba cómo, de la hoguera, surgían chispas
que ascendían y se perdían en la oscuridad.
—Sentimos
que aquel ya no era nuestro hogar —repitió—. Ya nada nos unía a la tierra, la
ilusión estaba perdida. Carecíamos de un verdadero motivo para vivir.
Nuestro
sueño europeo estaba agotado para siempre.
En
el desierto en el que nos hallábamos, al margen de unas cuantas serpientes y
bastantes insectos, no existía vida animal. El silencio era sepulcral alrededor
de nosotros.
—Entonces
comenzamos a pensar en las Nuevas Tierras. Todo lo que sabíamos de ellas era lo
que habíamos conseguido comprender a través de los medios de comunicación. En
realidad, para nosotros, perdidos en el centro de Europa, que los océanos de
todo el mundo hubieran desaparecido de repente, era un hecho absolutamente
intranscendental. Ni siquiera lo notamos en el nivel de los ríos. Estábamos
demasiado arriba en sus cauces para que las mareas tuvieran efecto sobre ellos.
Pero algo caló hondo dentro de nosotros. Comprendimos que aquella era una vía
directa hacia el cambio que necesitábamos, así que comenzamos a recabar
información. Supimos que había gente instalándose en las tierras próximas a la
línea de las costas de los Estados Unidos. Nuevos pioneros que establecían
campamentos en las plataformas continentales a lo largo de todo el territorio.
Unos
pocos, al principio, que fueron multiplicándose con el paso del tiempo.
Ahora,
algunos de ellos forman verdaderas ciudades. Han ido sustituyendo sus tiendas
de lona por casas de ladrillo y madera. Están situadas a escasos kilómetros de
las ciudades costeras americanas y su economía se basa, casi de manera
absoluta, en el comercio. Han conseguido desalar parcelas de tierra y las
cultivan.
Poseen
ganado y producen carne y leche. Tienen todas sus oportunidades intactas.
Había
un extraño brillo en los ojos del señor Vinicius. Quizás una mezcla de
entusiasmo, fe y esperanza.
—Nuestra
intención es viajar hasta allí para conseguir unirnos a una de estas ciudades
—prosiguió—. Sobre todas las demás, nosotros queremos alcanzar la costa de
Nueva York. Su plataforma continental es inmensa y hay enormes extensiones de
tierra disponibles para los pioneros. Son propiedad del primero que llegue allí
y las haga suyas. Al parecer, los pioneros han comenzado a organizarse.
Disponen de un registro en el que se inscriben los nuevos propietarios y sus
tierras. Tan sólo es necesario ocuparlas y explotarlas para adquirir la
propiedad sobre ellas. Ese es nuestro lugar. Una tierra en la que los sueños
están intactos.
El
resto de los hombres asintió en silencio. Algunos, los más jóvenes, hicieron
comentarios entre sí sin apenas levantar la voz. Aquellas parecían ser unas
palabras cargadas de magia. Nuevas Tierras, Nuevos Sueños.
—El
sueño americano, señor Small, el sueño americano... Eso es lo que perseguimos
—dijo el señor Vinicius—. Por eso, sólo por eso, he embarcado a mi familia y a
las de estos hombres que usted tiene delante en una aventura de casi diez mil
kilómetros. Ahí es donde queremos ir y ahí es donde usted nos va a llevar. A la
búsqueda de un buen lugar para vivir. Donde nuestros hijos puedan crecer en
libertad, dueños de sus posibilidades, capaces de alcanzar lo que se propongan,
dependientes únicamente de sus propias capacidades como hombres. Un lugar
alejado de las terribles burocracias europeas, de un modo de vida caduco y
anquilosado, lejos del pensamiento original que Dios legó a sus pueblos. Nos
estamos alejando de la propuesta inicial de Dios, señor Small. Europa camina
por vías equivocadas y algún día, más pronto que tarde, pagará por ello. Lo
hará, pero nosotros ya no estemos allí para verlo. Nos habremos unido al
verdadero pueblo de Dios guiado directamente por su mano diestra. Somos
temerosos de la verdad divina. Y acatamos todos y cada uno de sus mandatos.
El
señor Vinicius hizo una pausa. Se había ido creciendo en su discurso y ahora
aquello parecía un sermón.
—Viajamos
hacia el oeste, hacia la tierra prometida. Hacemos acopio de víveres y armas,
de fe en el Señor y respeto hacia su Iglesia. Nosotros somos sus verdaderos
siervos y ha llegado el momento de mostrarnos como tales. Sin ambages, sin
excusas, sin aplazamientos. En el oeste está nuestra verdadera afirmación como
comunidad de Dios.
La
pequeña soflama del señor Vinicius ratificó lo que desde hace unos días venía
sospechando: aquellos tipos estaban chalados. Habían decidido abandonar sus
cómodas vidas en una de las regiones más ricas del planeta para lanzarse a lo
desconocido. Abandonaban el bienestar de sus casas, la calefacción en invierno,
la comida siempre disponible, el agua corriente, las calles pavimentadas, el
alcantarillado público, la electricidad, el aire acondicionado, los hospitales,
la vida tranquila, todo, a cambio de un sueño intangible que, al parecer, iba a
hacerles más felices en este mundo y asegurarles, de paso, su mejor estancia en
el otro. No, decididamente aquello no era para mí. Yo disfrutaba poniendo los
pies encima de la mesa de mi casa de Lisboa y mirando el televisor durante
horas y horas con un buen vaso de cerveza en una mano y un puro asquerosamente
humeante en la otra. Adoraba la vida en Lisboa. Adoraba la vieja Europa. Ese
era mi hogar. En ella me sentía como en casa. No importaba demasiado en qué ciudad
me hallase: Amsterdam, Londres, Viena, Düsseldorf, Turín. Todas ellas eran
buenos lugares para sentarse un rato a fumar y observar cómo el tiempo
transcurre sin demasiada prisa. Llevaba miles de años haciéndolo sobre aquellas
calles. Y, si nada lo remediaba, varios miles más iban a transcurrir hasta que
dejara de hacerlo. Eso, como mínimo. Así que no merecía la pena ir a la
búsqueda de un mundo incierto.
Desde
luego que no. A mi socio y a mí no se nos había perdido nada en el oeste. En
cuanto consiguiésemos guiar a aquel atajo de chiflados hasta el lugar al que
querían ir, nosotros continuaríamos viaje hasta la ciudad de Nueva York. Una
vez allí, nos dirigiríamos directamente al aeropuerto y embarcaríamos, junto a
nuestras motocicletas, en un avión rumbo a casa. Rumbo a Lisboa, a nuestra
vieja y querida Lisboa.
—Le
diré una cosa, señor Vinicius —comencé a hablar—, los motivos que les llevan a
emprender este viaje no son de nuestra incumbencia. En realidad, nos trae sin
cuidado cuáles sean los móviles que les llevan a actuar de la manera que lo
hacen. No sé si quiere escucharlo. A nosotros todo esto nos parece una locura,
pero ustedes pagan y nosotros haremos el trabajo lo mejor que sepamos. Dije que
les llevaríamos a su destino y lo haremos aunque en el intento nos vaya la
vida.
Cuente
con ello. Nosotros nos ganamos así el pan.
—No
aspiramos a ser entendidos. Sabemos que nuestro camino está plagado de
incomprensión y así lo aceptamos. Ustedes hagan su trabajo. El resto es cosa
nuestra, señor Small.
Di
un par de bocanadas al dunhill con la mirada perdida en la oscuridad. La
hoguera se había consumido por completo y ahora apenas quedaban unas brasas
incandescentes. Sujeté lo que me quedaba del puro entre los dedos índice y
pulgar y lo lancé a las cenizas.
—Es
hora de irse a dormir —dije poniéndome en pie—. Mañana nos espera un día muy
duro.
CAPÍTULO
6
El
amor y la muerte caminan de la mano Prefería cien veces el ataque de una horda
de africanos enloquecidos, antes que ver merodear por mi caravana a jovencitas
moviendo estúpidamente las caderas.
Sobre
todo, si Tiro Las andaba cerca. Por eso, Lorna Vinicius se convirtió en un
problema. La muchacha, en cuanto podía, rondaba cerca de mi socio. Por suerte,
el señor Vinicius hizo buena su palabra y trató de mantener en su sitio a su
hija.
Pero
en cuanto éste se centraba en múltiples ocupaciones diarias, la chica
revoloteaba en torno a Tiro con cualquier pretexto. Al principio, Tiro trataba
de mantener las distancias. Sabía que yo le estaba observando y que mi ira no
tardaría en surgir. Pero después, su naturaleza idiotizada fue superior a todas
sus fuerzas de contención y comenzó a tontear con la chica.
Lorna
solía vestir siempre unos viejos pantalones tejanos plagados de agujeros que
permitían vislumbrar diminutas porciones de su piel cobriza, los bajos
deshilachados, una blusa estampada en tonos ajados, varios collares de borlas
al cuello y unas sandalias sujetas al pie con una cinta entre los dedos. Su
larga melena morena desaliñada, los ojos negros de mirada perdida y los labios
gruesos y sonrosados, le daban el aspecto encantador de parecer siempre recién
despertada.
Rodamos
un par de días por el fondo del valle que se halla inmediatamente debajo de
Lisboa. Con los turistas, nunca íbamos más allá de aquella zona. Al oeste, una
cordillera de montañas se alzaba de repente, pero existía un paso ancho y
transitable por el que continuar el viaje. Mi socio y yo lo conocíamos de sobra
pues lo habíamos atravesado en varias ocasiones. Era necesario acercarse
bastante para poder descubrirlo. La entrada estaba escondida tras unas rocas y
giraba con brusquedad hacia la derecha.
El
paso era bueno pero había que moverse con tiento. El lugar era idóneo para una
emboscada de piratas del desierto. A pesar de todo, no me preocupaba demasiado
la idea. Sabía que aquella zona estaba demasiado lejos de cualquier sitio
habitado para que los estúpidos y primitivos piratas africanos llegasen hasta
allí.
Sus
land rover jamás aguantarían cuatro o cinco días seguidos de viaje por el
desierto abierto. Necesitaban acceder a tierra habitada con demasiada
frecuencia para aprovisionarse de repuestos y combustible.
Tardamos
un par de jornadas en alcanzar la zona. El viaje estaba siendo tranquilo y, por
suerte, no habíamos tenido incidencias de consideración. Un par de ruedas
pinchadas, algún que otro embarrancamiento sin importancia y la indisposición
pasajera de una de las mujeres a la que el continuo renquear de su vehículo la
mareó un poco.
No
tenía la menor duda de que mi socio se sentía atraído por Lorna Vinicius. En
demasiadas ocasiones y sin necesidad real de hacerlo, la motocicleta de Tiro se
acercaba al unimog de los Vinicius. Durante un buen rato, mi socio rodaba
paralelo al camión y conversaba de cualquier cosa con el señor Vinicius.
Lorna
solía viajar en la cabina sentada entre su padre y su madre. Como casi siempre
la conversación discurría por terrenos que poco tenían que ver con el
desarrollo de la caravana, la muchacha se inmiscuía, a la mínima ocasión, en el
diálogo.
La
caravana apenas se detenía en todo el día. Rodábamos de sol a sol y sin parar,
incluso, en las horas de mayor calor. A fin de cuentas, aún estábamos en mayo,
así que el sol, aunque intenso en medio de aquel desierto casi blanco de arena
y sal sin, en ocasiones, una sola sombra en decenas de kilómetros a la redonda,
no hacía insoportable el viaje. Las escasas paradas que efectuábamos eran para
atender los vehículos. Tenerlos rodando durante tantas horas, hacía que el
mantenimiento continuo fuese absolutamente necesario. Una vez al día, además,
solíamos para durante un par de horas para comer. Dibujábamos un círculo con
los vehículos y todos en la caravana se aplicaban en sus tareas dentro de él.
Habíamos
asignado tareas de manera estricta para que nadie estuviese nunca desocupado.
Incluso los niños más pequeños tenían quehaceres adaptados a sus posibilidades.
Una vez detenidos, todos sabía qué debían hacer. Nadie daba órdenes si no era
necesario. El plan era que todo estuviera lo suficientemente organizado para
que cada elemento de la caravana funcionase de manera autónoma y efectiva.
Las
mujeres se ocupaban siempre de la comida. La señora Fictius, una rolliza
mujerona que hacía crujir la amortiguación de su vehículo cada vez que se subía
en él, era la encargada de la despensa. Ella administraba los víveres y llevaba
una detallada relación de los mismos. Hasta el último de los tarros de
mermelada, estaba anotado en el libro de registro de la señora Fictius. Aquella
mujer de aspecto lozano, era incombustible. Trabajaba sin descanso y su labor
era impecable. Con tres o cuatro como ella, podría haber llevado a media Europa
hasta las mismísimas puertas del infierno.
Además
de llevar el registro de los alimentos, la señora Fictius se encargaba de
decidir qué habíamos de comer los demás en cada momento. Ella preparaba el menú
y dirigía su ejecución. Lorna le ayudaba en estas tareas. Al principio fue una
más de las jóvenes que debían prestar sus brazos a estas tareas, pero, en muy
poco tiempo, reunió la confianza de la señora Fictius y se convirtió en su mano
derecha.
Al
tercer día de expedición, Lorna ya daba indicaciones a sus compañeras y tomaba
decisiones propias relacionadas con su labor.
El
señor Vinicius no vio mal aquella situación. Lorna, a fin de cuentas, hacía
bien su trabajo y nunca trataba de evitarlo. Siempre estaba dispuesta a ayudar
allí donde fuese necesario. Esto, unido al hecho de que siempre se hallaba bajo
la estrecha vigilancia de la señora Fictius, hizo que su atención sobre la
muchacha se relajase.
Tiro
se dio cuenta pronto de esta situación y no perdió el tiempo a la hora de
aprovecharla. Mi socio y yo éramos los únicos en la caravana que no teníamos
tareas concretas asignadas más allá de la que nos había llevado hasta allí.
Cuando la caravana se detenía, mi socio y yo rodábamos un rato más por los
alrededores.
Nos
gustaba dar siempre un vistazo por las cercanías que nos evitase cualquier mal
encuentro. Cuando regresábamos de nuestra pequeña ronda, comunicábamos las
novedades al hombre que se hallase con el turno de guardia y aparcábamos
nuestras motocicletas. A partir de ese momento, gozábamos de cierta libertad
para movernos por el campamento. Libertad que Tiro aprovechaba para rondar
cerca de Lorna. Según él, con la intención de ayudarla en sus quehaceres.
—Lorna,
permíteme que acarreé yo esa gran cacerola —decía con voz atontada—.
Una
chica como tú no debería estropearse las manos en estas labores.
A la
señora Fictius aquello no le hacía demasiada gracia. No decía nada porque, a
fin de cuentas, Tiro era uno de los guías y podía hacer y decir lo que le
viniese en gana, pero su mirada no era precisamente de aprobación. Yo me daba
cuenta de que aquellos repentinos ataques de efusividad en su labor, eran
producto de los tonteos de su subalterna.
Así
que Tiro volvía a las andadas una y otra vez: —Déjame que lleve yo ese saco de
legumbres —decía.
—No
se preocupe, señor Las, no es tan pesado como parece —replicaba la muchacha
fingiendo cierto azoramiento.
En
ese momento, se agachaba con la intención de mostrar a mi socio parte del
interior de su escote. Y Tiro no pedía la ocasión de dar un vistazo rápido a su
ropa interior.
En
un par de ocasiones, harto de observar aquella situación, llamaba a mi socio
con cualquier excusa: —Tiro, acércate. Tenemos un problema con el eje trasero
de este camión —gritaba para asegurarme que me oía.
Mi
socio levantaba la cabeza del escote de Lorna Vinicius y, sin perder su sonrisa
bobalicona, respondía: —Ahora mismo voy, Bingo. Es tan sólo un minuto.
Y se
acercaba a regañadientes.
—Aléjate
de esa muchacha. No es cosa buena —le decía yo.
—Tan
sólo quiero echar una mano, ya lo sabes —alegaba.
—No
juegues conmigo, Tiro. Te conozco de sobra y sé cuáles son tus intenciones.
Pero,
como siempre que se trabaja de mujeres, Tiro ignoraba por completo mis
indicaciones y volvía a lo suyo.
—Oh,
Lorna, hoy estás verdaderamente hermosa —le decía.
—Muchas
gracias, señor Las, es usted muy amable.
—Esos
collares, ¿no serán el regalo de algún novio que abandonaste en Europa?
—preguntaba mientras los señalaba con el dedo.
—Oh,
no, señor Las, me los regaló mi madre el día que cumplí los dieciocho años.
En
una ocasión que nos habíamos detenido para comer, ordené recoger el campamento
antes de tiempo y ponernos en ruta con presteza, sólo para poder evitar oír
tanta memez junta. Era superior a mis fuerzas. El contacto intensivo con
aquellos chalados, estaba contagiando a mi socio Tiro. Parecía estar perdiendo
él mismo, el poco juicio que le quedaba.
—Es
hora de marcharnos. Recojan todo cuanto antes y suban a los vehículos. Nos
vamos —dije en voz alta para que todo el mundo me oyese.
No
era costumbre oponerse a mis mandatos y, en aquella ocasión no fue menos. Pero
el señor Finetius, un tipo delgado y fibroso con el pelo ralo, estiró, desde
debajo de zil, un par de brazos repletos de grasa y aceite y gritó: —Deme un
par de minutos, señor Small. Enseguida termino con esto.
El
señor Finetius era uno de nuestros mecánicos. Había aprovechado la hora del
almuerzo para hacer algunos retoques en los bajos del viejo zil. Aquella
máquina necesitaba un mantenimiento intensivo y no era raro encontrar en todo
momento a uno de nuestros hombres hurgando en sus entrañas con la intención de
realizar un ajuste o practicar una reparación de urgencia.
Me
di cuenta de que mi enfado era únicamente con Tiro Las y, a lo sumo, con
aquella zorrita de labios carnosos que pretendía embaucarlo, pero que, por
ello, no debía presionar, sin razón aparente, al resto de la comitiva que hacía
su trabajo sin tacha.
—Tómese
su tiempo, señor Finetius. Le esperaremos el tiempo que sea necesario —dije.
—No
tardo nada —dijo el aludido mientras sus brazos volvían a desaparecer bajo el
zil.
Estuve
enredando en mi suzuki para ocupar el tiempo mientras el señor Finetius
finalizaba su labor. La tapa del depósito del combustible hacía tiempo que no
cerraba bien y, a veces, cuando el terreno era escarpado y la motocicleta se
agitaba demasiado, solía escaparse un pequeño reguero de líquido. Estaba
tratando de apretar con fuerza la tapa, cuando vi surgir, bajo el zil, una
repugnante víbora que se alejaba serpenteando a toda velocidad. En un gesto
rápido, desenfundé mi arma y le disparé una ráfaga caliente. El bicho quedó inerte
en la arena con el cuerpo fragmentado en cuatro o cinco trozos.
—¿Ha
visto eso, señor Finetius? —dije—. Ha pasado muy cerca de usted.
El
señor Finetius parecía no haberme escuchado.
—Digo
que una serpiente acaba de rondarle —grité.
Volví
a obtener el silencio por respuesta.
—¿Señor
Finetius? —me acerqué al camión—. ¿Se encuentra usted bien?
Aún
con el arma en la mano, me agaché y vi al señor Finetius bajo el camión. Miraba
hacia arriba, como si estuviese observando los bajos del vehículo con
detenimiento. Pero el señor Finetius no se movía.
Temiéndome
lo peor, dejé el arma en la arena y tiré con fuerza de las piernas del hombre.
La delgadez de su cuerpo hizo que bastase un tirón para sacarlo casi por
completo. El sol había comenzado a declinar desde su punto más alto en el
firmamento y aún apenas conseguía que los cuerpos arrojaran sombras sobre la
arena. Con esa primera luz de la tarde, pude ver claramente la huella de los
dos colmillos de la víbora en el cuello del señor Finetius. El inmundo animal
le había mordido con tan mala suerte, que uno de los orificios estaba en medio
del trayecto de la vena yugular. El veneno que le había sido inoculado, surtió
efecto casi al instante. El señor Finetius estaba muerto.
CAPÍTULO
7
Réquiem
por un continente El incidente nos hizo perder medio día. Aquellos tipos
estaban locos, pero, al menos, no eran unos bárbaros, así que tuvimos que
cumplir con todos intrincados rituales propios de su creencia. Sobre todo y
teniendo en cuenta que el señor Finetius era un cabeza de familia. Su rango en
la comunidad obligaba a unos responsos de mayor entidad. Y si en algo eran
persistentes e inflexibles, era en el cumplimiento de sus deberes morales. En
realidad, el propio viaje lo interpretaban como una especie de obligación
insalvable. Parecía que no les quedase otro remedio que emigrar a las Nuevas
Tierras. Europa era el cáncer y ellos pretendían extirpárselo de cuajo.
La
reacción inicial fue de aflicción general. Todo se detuvo en un instante.
Cada
uno de los miembros de la expedición cesó en sus actividades y permaneció
quieto y en silencio en el mismo lugar en el que el suceso les había
sorprendido.
Algunos
se encontraban dentro de los cuatro por cuatro a la espera de la señal de
salida. Otros cargaban bultos en los unimogs. Un joven lustraba los radios de
su motocicleta. Oyeron los disparos de mi arma y pudieron ver cómo tiraba de
las piernas del señor Finetius. Ocurrió en pocos segundos.
Uno
de los hombres tenía ya en marcha su vehículo. Calentaba el motor mientras
aguardaba. Había concluido su trabajo y permanecía sentado al volante fumando
un cigarrillo. Cuando vio el cadáver, simplemente giró el contacto del vehículo
y detuvo el motor. Tan sólo eso. Siguió allí sentado fumando en silencio.
Esperaba.
Los
propios hijos de la víctima quedaron paralizados en el sitio. Era su padre el
que yacía muerto en medio de la arena y ellos no hicieron nada por acercarse al
cuerpo. Se observaron los unos a los otros y buscaron con la mirada a otra
persona. La única persona que podía devolver, con su grito desesperado, el
ritmo de la vida a su cadencia habitual.
La
señora Finetius surgió del interior de uno de los camiones. Había subido a él
con intención de ordenar unos cuantos bultos. La señora Fictius había
solicitado su ayuda después del almuerzo y ella, una mujer a la que el trabajo
físico no le arredraba en absoluto, aceptó de buen gusto. Ascendió al camión y
estuvo separando en grupos varios bidones de agua. Debía equilibrarse el peso
de los bultos para evitar que el camión volcase en un giro. Como el agua se iba
consumiendo progresivamente, era necesaria una continua reubicación de los
bidones para evitar que el peso se concentrase demasiado.
Al
igual que el resto, debió oír los disparos y asomó la cabeza entre la lona del
camión para enterarse de qué había sucedido. Su reacción no fue inmediata.
Se
hizo esperar un poco. Quizás, desde el lugar en el que se hallaba, no pudo
tomar conciencia de lo ocurrido hasta pasado unos instantes. Entonces,
descendió y, presa de un ataque de nervios, comenzó a gritar sin control.
Apenas se movía. Estaba ahí mismo, junto al unimog en el que había estado
trabajando. Era como si acercarse demasiado fuese a complicar aún más las
cosas.
Su
grito de consternación fue una especie de señal para el resto. Entonces, y sólo
entonces, el resto del grupo supo que debía hacer algo. Además, parecía que
sabían qué era lo que de cada uno se esperaba que realizase exactamente. Un par
de mujeres, las de mayor edad, se dirigieron sin vacilar hacia la señora
Finetius y la tomaron cada una por un brazo. Comenzaron a hablarle en voz baja,
casi al oído. Palabras de aliento para una viuda que acababa de estrenar su
condición hacía un par de minutos. En las próximas horas ya no se separarían un
instante de ella. Se convirtieron en su sombra. La guiaban por el campamento,
hacían que tomase algún alimento o un poco de agua. De una forma u otra, era
las personas que se dedicaban a acompañarla en su sentimiento desolado.
Los
hijos del señor Finetius escucharon los gritos de su madre. En ese momento, un
resorte accionó sus cuerpos y se lanzaron a la carrera hacia su padre recién
muerto. Se arrojaron sobre él con violencia. Una de las jóvenes en las que cuyo
trayecto yo me interponía llegó, incluso, a empujarme con violencia para que le
permitiese pasar. Lloraron y gritaron con todo el dolor de sus almas. Algunos
jóvenes se acercaban y trataban de infundirles algo de consuelo con palmadas en
los hombros y abrazos a los niños.
Recogí
mi arma de la arena. Estaba allí desde que la había lanzado para arrastrar al
señor Finetius. Volví a ponerla dentro de su funda en la motocicleta.
Miré
en rededor mío. Mi socio tenía la misma cara de asombro que debía tener yo
mismo. Habíamos visto morir a muchos hombres y los gestos de duelo no nos eran
ajenos. Sabíamos que era algo que había que soportar como inevitable. Pero no
todo era normal en aquel. Parecía como si todo fuese una representación de
teatro. La sensación era muy leve. Si uno no se detenía a observar con
detenimiento, la impresión podía pasar desapercibida. Había algo en aquellas
caras, algo en las miradas perdidas y huecas. Era como si todo el mundo hiciese
lo que se suponía que debía hacer, como si alguien lo hubiera programado de
antemano y tan sólo se representasen papeles. Creí, incluso, que la propia
viuda y los hijos del muerto seguían un guión establecido de antemano.
Lo
supe más tarde. El ritual era imprescindible para estas personas. Vivían en
torno a una ceremonia, la necesitaban para sentirse seres vivos. Todo su
sentido de la comunidad se sustentaba en una compleja maraña de ritos,
costumbres y prácticas. Cada una de sus acciones se basaba, antes que en el
deseo o la conveniencia, en el deber. Estaban obligados, de una manera muy
íntima, a hacer todo lo que hacían, a ejecutarlo sin tacha, sin que un reproche
del grupo fuese necesario.
Con
este planteamiento vital, tratar de aligerar los oficios por el difunto, era
tarea poco menos que imposible de lograr. Me resigné y accedí a perder el resto
del día.
El
señor Vinicius, como siempre había sido, se arrogó el liderazgo de los
responsorios. Incluso cuestionó mi autoridad cuando asumió, sin tan siquiera
consultarlo, que aquel día no viajaríamos más.
—Debemos
dar piadosa sepultura al señor Finetius. Era uno de los nuestros y como tal ha
de ser tratado —dijo.
Miré
hacia el cielo. Aún podíamos disponer de seis horas de buena luz para viajar.
Una lástima. Un verdadero golpe de mala suerte.
Se
organizaron rápidamente. El cuerpo del señor Finetius fue llevado a un lugar
retirado tras un par de jeeps. Al rato, cuatro hombres lo devolvieron al centro
del círculo. Habían improvisado una plataforma con unos cuantos tablones de
madera y, sobre ella, yacía el cadáver. Cada uno de los hombres sujetaba una de
las esquinas de la plataforma. Solemnemente, lo depositaron sobre la arena. El
señor Finetius vestía ahora el mejor de sus trajes. Lo habían vestido así para
el funeral. Lo que era reservado par las grandes ocasiones en este mundo, le
acompañaría para siempre en el otro. Quizás allí todos los días eran una gran
ocasión.
Mi
socio y yo nos hicimos a un lado antes de que la ceremonia comenzase.
Los
colonos se habían reunido en torno al cuerpo y permanecían en posición
respetuosa.
Los
hombres se habían descubierto y cruzaban las manos sobre el vientre.
La
señora Finetius era la única persona del duelo que, junto a las dos mujeres que
la acompañaban, permanecía sentada frente al difunto. Su lamento no cesaba,
aunque ahora los gritos eran tan sólo esporádicos y un lento y monótono llanto
era su única expresión de dolor.
El
señor Vinicius, vestido con sus pantalones militares negros, dirigiéndose a su
comunidad, tomó la palabra: —Hoy un hombre nos ha abandonado. Uno de los
nuestros no pudo cumplir su sueño. Un accidente que nadie pudo predecir, se lo
ha llevado.
Contengamos
la ira y creamos en la justicia de nuestro Dios. Aunque nos resulte difícil
comprenderlo, este sacrificio es parte del precio que debemos pagar por nuestra
libertad. Porque hoy despedimos a un hombre cuya única pretensión en sus
últimos días fue la de despedirse de un continente. Nuestro amigo había dicho
adiós, como nosotros decimos ahora, a una Europa muerta y sin futuro para los
nuestros. Ahí están los hijos del señor Finetius. Observadlos. Por ellos, y
sólo por ellos, nuestro hermano perseguía un mundo mejor. Lejos de la
podredumbre de un continente que se muere de viejo. …l albergaba en su pecho un
corazón joven y, por eso, anhelaba hallar una tierra joven en la que poder
hacer realidad todas las promesas que su arcaico país había incumplido. Lejos
de lo que, desde niño, había conocido: un mundo oscuro, pequeño, cerrado, sin
oportunidades, baldío.
Me
lo temía. El señor Vinicius iba a aprovechar la ocasión para soltar sin recato
toda su serie de ideas absurdas sobre la vida en Europa. Tiro y yo fumábamos
apoyados en el chevrolet. No había nada que hacer excepto esperar.
—Y
ahora yo maldigo la tierra que acabamos de abandonar. Maldigo su esencia
malévola que obliga a embarcar familias enteras rumbo a lo desconocido.
Porque,
amigos, nada hay para nosotros en el continente que abandonamos.
Todos
nuestros sueños morirán si permanecemos un solo minuto más en él. Era
absolutamente necesario abandonarlo a su suerte pues la nuestra propia estaba
en peligro. El éxodo era un deber moral. Así lo entendió nuestro hermano y por
esa lealtad a sus verdaderas convicciones, dio la vida. …l, como nosotros,
creyó, desde el principio, en el sueño americano y se dispuso a hacer todo lo
que de posible hubiese en su mano para alcanzarlo. No se dejó cegar por los
fuegos de artificio de la europeidad más banal. …l sabía que, tras aquellas
presunciones, nunca existiría una gran patria en la que vivir. Jamás podría un
hombre descansar mientras pensaba que otros estarían ocupándose de su
bienestar. No en Europa. No es esa tierra de egoísmo y ataduras. Por eso, junto
a nosotros, emprendió el largo viaje rumbo al sueño americano.
El
señor Vinicius hizo un enfático silencio y luego prosiguió: —Pero Dios no quiso
que él alcanzase jamás ese sueño. Esa fue su decisión.
Démoslo,
pues, a la tierra con pesar, pero con regocijo. Ahora nuestro compañero,
nuestro padre y esposo, está con Dios. Su alma justa y buena perdurará con …l.
Bajó
la mirada al suelo y la mantuvo así durante unos minutos de reflexión.
Recordé
los tugurios de Lisboa que en los últimos meses se habían convertido en nuestro
auténtico hogar. Añoraba el viejo Belem. Los bares abiertos hasta el amanecer,
el sosegado transcurrir del tiempo, la extraña mezcolanza de calidez sureña y
modernidad europea. Eso era Lisboa. Mi vieja y querida Lisboa.
Decididamente
el señor Vinicius y los suyos estaban chalados. ¿Por qué se empeñaban en
abandonar el mejor lugar del mundo para vivir? Había estado en muchos lugares
repartidos por casi todo el mundo. Pero nada como Europa. No había en el mundo
una ciudad tan acogedora para vivir que Lisboa. Allí era imposible sentirse
extranjero. Las gentes eran cordiales, tranquilas, la felicidad se respiraba en
el ambiente. No, estaba claro. Yo no cambiaba el lento traquetear de los
tranvías de Lisboa por ningún otro lugar en el mundo.
El
señor Vinicius y los suyos, desde luego, no eran de la misma opinión.
Aunque
el coste por alcanzar tanto sueño ridículo comenzaba a tener consecuencias
irreparables. ¿Cuántos más caerían en este viaje demencial? Aún no habíamos
hecho más que empezar. Nos hallábamos a unos cuatrocientos kilómetros de
Lisboa. Quizás algo más. Lo peor del viaje estaba por llegar. A buen seguro,
más almas nos abandonarían antes de llegar a nuestro destino.
Un
par de hombres tomó unas palas y comenzó a cavar en la arena. Un triste destino
final para un mecánico nacido en el centro de Europa.
CAPÍTULO
8
Miedo
en el desfiladero Nos encontrábamos en la bocana del desfiladero. La llanura
finalizaba con brusquedad y una alta cordillera de montañas con paredes
encrespadas interrumpía la horizontalidad que, a lo largo de los últimos días,
nos había traído hasta aquí. La entrada al paso que atravesaba el desfiladero
no tenía más de tres o cuatro metros de ancho. Se hallaba oculta tras unas
rocas que hacían que fuese invisible si uno no se acercaba lo suficiente. Unos
años antes, mi socio y yo la habíamos descubierto de manera accidental. Era una
especie de secreto que guardábamos con celo. En Lisboa, muchos expedicionarios
pretendieron que les diésemos la situación del lugar exacto, pero siempre nos
negamos. A fin de cuentas, aquel era nuestro oficio y disponer de cierta
ventaja sobre los demás era algo que redundaba, sin duda, en nuestro propio
beneficio. No había razón alguna para ir contando por ahí nuestras rutas
predilectas. Que cada cual buscase su camino en la arena.
Una
vez dentro del desfiladero, éste se iba haciendo paulatinamente más ancho hasta
alcanzar, en algunos tramos, los quince o veinte metros de distancia entre
pared y pared. El piso era de buena calidad para los vehículos. Miles de años
de sedimentación reunida en un lugar tan estrecho, habían convertido al suelo
en una suave alfombra de arena fina y apretada. Los todoterrenos rodaban por
allí casi como por cualquier autopista europea. Tan sólo los continuos
requiebros en la ruta, hacían que la marcha tuviese que moderar su velocidad
una y otra vez.
Incluso
el vetusto zil parecía que se sentía a gusto en aquel terreno. Mantenía sin
dificultad la velocidad de los demás y no ocasionaba problemas.
Organicé
concienzudamente la marcha en el interior del desfiladero. Aquel lugar era una
especie de cárcel de cuyo interior era imposible salir. No había ni un solo
lugar por el que escapar. Una vez dentro, la única opción posible era avanzar
hasta el final. Las paredes brotaban del suelo casi verticales. No había
caminos por los que un hombre pudiera ascender y, mucho menos, una caravana de
pesados vehículos como la nuestra. Lo más importante una vez dentro, era salir
de allí cuanto antes. Calculaba que, si todo iba bien, podríamos recorrer sus
cincuenta kilómetros de longitud en unas dos horas. Un tiempo en el que
estábamos a merced de cualquier enemigo.
Sabía
que estábamos demasiado lejos de la línea de la costa para que los africanos se
aventurasen por aquella zona, pero no podía descartar a otro tipo de piratas.
Por ello, decidí tener prevista cualquier situación de este tipo y situé
hombres armados en diversos puntos de la caravana. Utilicé a los que disponían
de las motocicletas más potentes y que, por ello, eran capaces de reaccionar
con mayor prontitud ante un eventual ataque. Mientras yo viajaba en la cabeza
de la comitiva, situé a mi socio en retaguardia. Su labor era permanecer allí y
retrasarse de vez en cuando para estar seguro de que nadie nos seguía. No quise
que ese trabajo lo hiciese ninguno de los muchachos. No los quería rondando en
soledad por ahí.
Esa
misión era para un hombre experimentado al que, en caso de pérdida, el pánico
no le impidiera hallar en rastro correcto de la columna.
Tiro
Las era ese hombre. Lo había visto salir de las situaciones más difíciles sin
apenas esfuerzo. En una ocasión, estuvo perdido en el desierto del Sahara
durante seis días. Se mantuvo vivo alimentándose únicamente de serpientes y
bebiendo un tercio de litro de agua que llevaba dentro de su cantimplora en el
momento de extraviarse. Cuando por fin lo encontramos, dormía plácidamente a la
sombra de su vertemati. Aún le quedaba combustible suficiente para rodar unas
cuantas decenas más de kilómetros. Lo que más le preocupaba es que se había
quedado sin cerillas y llevaba tres días enteros sin fumar.
Ordené
que todos portasen sus teléfonos celulares encendidos. Viajábamos con un
pequeño generador de energía alimentado por combustible. Me gustaba hacerlo
siempre así. Mi intención era la de no depender, en exceso, de las baterías de
los vehículos para obtener energía. Todas las noches, los acumuladores de los
celulares eran cargados. No quería a nadie incomunicado en la expedición. Si
debíamos tener problemas, quería que, al menos, supiésemos comunicárnoslos.
Hicimos
varias pruebas. Por momentos, la cobertura dentro del desfiladero descendía.
Había lugares, incluso, en los que, debido a la especialmente abrupta situación
de las paredes de piedra, la comunicación entre los teléfonos era imposible de
entablar. Los satélites Dromius no llegaban, con su densa red, hasta aquel
agujero perdido entre las rocas. Eso era lo que más odiaba. Podía afrontar el
peligro de atravesar, al mando de un grupo de cuarenta personas, un desfiladero
en medio del infierno, pero si, además, no podía comunicarme con mis hombres,
la situación se tornaba desesperante. Así que había que salir de allí cuanto
antes. Ese era el plan.
El
señor Vinicius viajaba con su camión en la cola de la caravana. Me acerqué
hasta él y situé mi motocicleta a la misma altura de la ventanilla del
conductor.
—Señor
Vinicius, quiero que todo esté bajo control —dije—. No quiero que perdamos la
tensión. Nos movemos por un terreno muy peligroso.
—Lo
sé, señor Small, lo sé... Cualquiera puede apostarse en esas peñas de ahí
—respondió mientras señalaba con la cabeza— y dispararnos sin tregua.
—Hay
diez hombres vigilando de continuo las paredes. Espero que no suframos ningún
percance.
—Los
míos responderán, se lo aseguro. Son buenos muchachos. Y buenos tiradores,
pierda cuidado.
Aceleré
y regresé a mi lugar en la vanguardia de la caravana. Las ruedas de la
motocicleta apenas levantaban arena del suelo. Todo estaba tranquilo. Incluso
la señorita Vinicius parecía más recatada que de costumbre. En todo el tiempo
que estuve conversando con su padre, apenas había levantado la vista del libro
que leía.
No
se podía decir lo mismo de mi socio. Viajaba unos metros por detrás de camión
de los Vinicius y, de vez en cuando, daba un acelerón y avanzaba hasta su
altura. Daba un par de instrucciones al hombre que vigilaba aquella zona y
pasaba por delante del unimog de los Vinicius.
—¿Dónde
diablos estás, Tiro? No te veo en retaguardia —le grité por el celular.
—Me
adelanté un momento, Bingo. Ya regresaba.
—No
quiero que abandones tu posición. Esto es importante, Tiro. No lo olvides.
—Relájate,
muchacho. Te noto algo tenso.
—Este
maldito desfiladero me pone nervioso. Quiero sacar a toda esta gente de aquí
cuanto antes.
—Tranquilo,
Bingo, aquí no hay nadie. No hay un bicho vivo en kilómetros a la redonda.
Hemos cruzado varias veces por aquí y jamás hemos tenido un solo percance.
—No
tientes nuestra suerte, no la tientes...
Cerré
la comunicación. Todo estaba yendo sobre lo previsto, pero eso no evitaba que
sufriese una sensación de temor. No me importa reconocerlo. Estaba pasando
auténtico miedo en aquel desfiladero. La posibilidad de que alguien nos atacase
en un lugar tan desprotegido y con tan escasas posibilidades de salir con vida,
me producía un pánico indescriptible.
Rodamos
durante media hora más. El sol ascendía en el cielo y comenzaba a calentar
fuerte. La disposición de las paredes rocosas hacía que, en ocasiones, parte
del trayecto transcurriese por zonas ensombrecidas. Lugares que apenas eran
caldeados por el sol y que casi siempre permanecían en penumbra.
Un
escalofrío recorrió mi espalda. Demasiado silencio. Demasiada tranquilidad.
Aquello
no me gustaba nada. Llamé a Tiro: —Permanece atento. Tengo un presentimiento.
Esto está demasiado quieto.
No
me gusta nada.
—Recibido.
Siempre
fui un hombre de presagios. Era como un sexto sentido que jamás me había
fallado. No sabría como expresarlo con mayor claridad. Había algo dentro de mi
cabeza que me decía una y otra vez que no todo encajaba en ese instante.
Quizás
no fuese más que una sucesión de circunstancias asociadas de forma peligrosa
originando una alerta. Detalles que, por separado, probablemente no
significarían nada, pero que, una vez analizados en conjunto, daban como
resultado un estado de intranquilidad. Eso debía ser la intuición.
De
pronto, los vi. Eran dos sombras en lo alto de una de las crestas rocosas.
Permanecían
inmóviles y no parecían demasiado preocupadas por ocultar su presencia. El sol
estaba a sus espaldas y, en el contraluz, pude distinguir la silueta de las
motocicletas que montaban. Tenían un pie en tierra y las máquinas, a buen
seguro, detenidas. Y, desde luego, nos estaban observando a nosotros.
—Tiro
—susurré por el teléfono temeroso de que el eco llevase mis palabras hasta las
dos figuras—. Tiro, ¿has visto eso?
—Los
veo, Bingo, los veo. Llevan ahí unos cinco minutos.
La
voz de mi socio sonaba entrecortada. La cobertura se volvía escasa por
momentos.
—Maldita
sea, Tiro, hay un par de tipos ahí arriba. Sabía que algo estaba sucediendo. Lo
presentía. Mi olfato nunca me engaña.
Arrojé
el puro que fumaba sobre la arena. Estaba demasiado nervioso para poder
prestarle toda la atención que merecía.
Llamé
al señor Ictius.
—No
quiero que se alarme, pero hay dos motoristas vigilándonos desde la parte
superior de la pared que tenemos a nuestra izquierda —dije—. No quiero que mire
ahora. Haga como si nada extraño ocurriese. Voy a ordenar a un par de hombres
que cubran su vehículo.
Sabía
que, si íbamos a ser atacados, el unimog conducido por el señor Ictius con todo
nuestro combustible, el agua y los víveres, sería el principal objetivo de los
piratas. No estaba seguro de que ellos lo supiesen, pero era posible que nos
estuvieran siguiendo desde hace tiempo. No quería correr más riesgos de los que
ya estábamos corriendo.
Reduje
mi velocidad y dejé que la caravana me fuese sobrepasando. Dos hijos de los
Licius rodaban en torno a la mitad de la columna en sendas motocicletas
todoterrenos. Tratando de parecer despreocupado, me situé entre ellos y les
hablé: —Tenemos una visita no deseada. Están sobre la pared de piedra —hice una
pequeña pausa para que se hicieran cargo de la situación—. Despacio y sin
llamar la atención, id junto al camión del señor Ictius. Uno a cada lado. Tened
las armas disponibles. No las desenfundéis. Tan sólo estad preparados para
hacer uso de ellas si fuera necesario.
Los
muchachos cumplieron mi orden con diligencia. Ahora tenía el camión tan
protegido como aquel lugar permitía. Lo cual era prácticamente lo mismo que
decir nada. Dos tipos con un buen par de rifles con mira telescópica, podían
acabar con diez o doce de los nuestros antes de que nosotros lográsemos salir
de allí en estampida. Si nuestra velocidad de reacción era la suficiente,
quizás podríamos dejar la cifra en cinco o seis bajas. Nunca menos. De
cualquier forma, una nefasta perspectiva.
De
buena gana me hubiese lanzado a la carrera por el desfiladero y hubiera tratado
de dar alcance a aquellos tipos. No me gustaban las visitas inesperadas. Y
ésta, sin duda, lo era. A pesar de que nada en su comportamiento hacía pensar
en que podían ser agresivas para nosotros, no me fiaba. Aquello era el desierto
atlántico y los tipos que rondaban por allí no eran precisamente gente normal y
corriente. Pero estaba al mando de una comitiva de colonos. No podía obviarlo.
La
caravana fue avanzando sin variar el ritmo. Unas mujeres, las cuales no habían
sido informadas de la situación, solicitaron detenernos un rato para descansar.
La
negativa fue rotunda y algo malhumorada. No había tiempo para explicaciones.
Estas
mujeres no hacían otra cosa que plantearme problemas. Estaba en su naturaleza
acabar con la paciencia de uno a base de requerimientos y peticiones.
Al
demonio con ellas. Bastante hacía con tratar de salvarles la vida.
Veinte
minutos después la caravana había superado el lugar en el que habíamos avistado
las dos sombras. Continuamos todos atentos. Ordené que nadie bajara la guardia.
Podían aparecen en cualquier momento y desde cualquier lugar.
La
cadena montañosa finalizó tan bruscamente como había surgido. El desfiladero se
estrechó y, tras unas cuantas curvas, apareció el desierto abierto. Volver a
ver aquellas grandes extensiones de arena y sal me hizo recobrar el aliento.
Aún
rodamos unos cincuenta kilómetros hacia el oeste. Quería estar todo lo lejos
que pudiese de aquellas rocas.
CAPÍTULO
9
Búsqueda
de las sombras desconocidas Hasta después de la cena no conseguí serenarme un
poco. La señora Fictius había cocinado un buen arroz con trozos de carne y, una
vez con el estómago lleno, pude comenzar a pensar con claridad.
Los
hombres, como ya se estaba haciendo costumbre entre nosotros, nos solíamos
reunir, tras la cena, en torno a una fogata. Comentábamos las incidencias
acaecidas durante el día y debatíamos los problemas cotidianos que se nos iban
presentando. Aquella noche no hubo hoguera. No quería delatar nuestra presencia
de una forma tan clara y explícita en medio de la noche. Con, al menos, un par
de tipos rondando por ahí, lo mejor era no dar demasiadas señales de nuestra
posición.
Las
dos sombras en la pared de roca fueron el tema principal aquella noche.
Los
hombres que no se habían percatado del suceso, fueron informados con rapidez.
—Creo
que deberíamos tomar precauciones. No está de más llevar siempre hombres
armados protegiendo la caravana —dijo uno.
—A
partir de ahora estamos relativamente a salvo —respondí con una taza de café en
la mano y mi dunhill en la otra—. Una vez en terreno abierto, atacarnos es más
difícil. Los veremos llegar sin dificultades y tendremos tiempo de prepararnos
para hacerles frente.
—En
caso de que sus intenciones sean perversas —señaló otro.
—Desde
luego. En ningún momento mostraron agresividad hacia nosotros.
Simplemente
se apostaron en lo alto de las rocas y nos observaron. Porque de eso sí estoy
absolutamente seguro. No estaban allí matando el tiempo. Nos contemplaban sin
ningún tipo de duda.
Los
hombres bebían café, fumaban y, de vez en cuando, se susurraban al oído. Había
una botella de Four Roses rondando por ahí y algunos nos servimos un poco en la
taza del café.
—Cojamos
las motocicletas y vayamos a por ellos ahora mismo —sentenció uno de los
jóvenes con menos seso.
—Eso
sería un suicidio. En primer lugar, es una locura recorrer este desierto en
mitad de la noche. Podríamos perdernos en menos de diez minutos. En segundo
lugar, los tipos podrían localizarnos antes de que nosotros diésemos con ellos.
Eso sería lo más probable. Basta con que dispongan de sensores de calor para
que la presencia de nuestras motocicletas se vislumbre como luciérnagas en la
noche. Y, aunque careciesen de ellos, el ruido de los motores nos delataría de
inmediato. No, esa no es una buena idea.
—¿Y
si hacemos algo por el estilo cuando amanezca? —dijo Tiro—. Podríamos esperar a
las primeras luces del alba y salir a dar una vuelta de reconocimiento por ahí.
Me
detuve a pensar unos instantes antes de dar una respuesta. El plan de mi socio
no era malo, pero no quería asumir riesgos innecesarios. Es posible que me
estuviera haciendo viejo. Hace unos años no lo hubiese dudado dos veces. Habría
salido a por ellos antes de que ellos nos diesen alcance a nosotros. Pero ahora
prefería adoptar posturas más conservadoras. Sería que los años comenzaban a
pesarme.
O
quizás las casi cuarenta personas que, bajo mi entera responsabilidad, estaba
conduciendo a través del Atlántico.
—De
acuerdo, daremos una vuelta. Pero sólo cuando haya luz suficiente.
Nunca
antes del alba —dije—. Y tú te quedas, Tiro.
—Demonios,
Bingo —protestó—, yo quiero ir contigo.
—No
eso es imposible. Alguien ha de quedarse al cargo de la caravana cuando yo no
esté. Debes permanecer aquí. No dejaré a todas estas personas sin nadie a su
cargo en medio del desierto más duro del mundo.
—Pero
Bingo...
—Es
mi decisión, Tiro. Te quedas.
Mi
socio sabía que, cuando tomaba una decisión, nunca daba marcha atrás, así que
no insistió. Es algo que aprendí en el ejército. Cuando un hombre decide algo,
sobre todo si ese hombre tiene un rango superior a los que le rodean, jamás
debe desdecirse de su palabra. Incluso en los casos en los que, más tarde, se
dé cuenta de que está equivocado. Las decisiones hay que mantenerlas hasta el
final.
Es
lo que los demás esperan de quien esté al mando. Uno no puede ir cambiando de
opinión a cada momento. Lo único que se consigue de esta forma es crear
confusión entre los subordinados.
Así
que, aunque no estaba demasiado seguro de lo que estaba diciendo e,
influenciado quizás, en exceso, por mi estómago lleno y el café con whisky,
prometí una pequeña expedición de reconocimiento por la mañana.
—Iremos
sólo dos hombres —añadí—. Dos motocicletas tan sólo. Es la única manera de
tratar de pasar desapercibidos.
Miré
en torno a mí. Necesitaba elegir un compañero. Frente a mí se sentaba uno de
los muchachos a los que había ordenado proteger el camión de los víveres.
Un
joven alto y fuerte, de veintiuno o veintidós años, bien parecido. No le había
oído hablar en demasiadas ocasiones y eso siempre era un punto a su favor.
Si
algo no podría soportar, es a alguien con incontinencia verbal a primeras horas
de la mañana.
—Muchacho
—dije—. ¿Cómo te llamas?
—Licius,
señor, Bras Licius.
—Bien,
Bras, tú me acompañarás mañana. ¿Está de acuerdo?
—Desde
luego, señor Small, desde luego. Haré lo que usted me pide.
—En
ese caso, cuento contigo al amanecer. Ten a punto tu arma. Puede ser peligroso.
Alguien
dio un codazo al señor Licius. Uno de sus muchachos trataría directamente con
el jefe. El señor Licius no pudo menos que esbozar una leve sonrisa de
satisfacción. Era uno de sus chicos el que me acompañaría por la mañana.
Todo
un honor, al parecer.
—Creo
que es el momento de retirarnos, si les parece. Mañana no va a ser un día fácil
—dije mientras me ponía en pie.
Cogí
a mi socio por el brazo cuando nos dirigíamos a acostarnos.
—Manténte
lejos de la niña de los Vinicius. Es una orden.
—Pero
Bingo, sabes que no hay peligro alguno conmigo.
—Tiro,
tú eres el peligro en persona cuando se trata de mujeres. Y ahí hay una que te
tienta demasiado.
Me
acerqué a su oreja.
—En
unos días llegaremos a las Azores. Allí podrás desfogarte todo lo que quieras,
¿está claro?
Mi
socio no contestaba, así que insistí: —¿Está claro?
—Está
claro, Bingo, está claro —dijo a la vez que, de un gesto brusco, se deshacía de
mi apretón en su brazo.
No
dormí demasiado bien aquella noche. Cuando llegaron las primeras luces del
alba, me encontraron despierto. Tenía grabadas, dentro de mi mente, aquellas
sobras y no había manera de quitármelas de encima. Así que decidí que lo mejor
era estar ocupado. No sería una mala idea dar un vistazo a mi suzuki antes de
comenzar la jornada. Mi motocicleta no era, en modo alguno, una máquina joven.
Tenía ya bastantes años y, aunque la mayor parte de sus elementos habían sido
renovados periódicamente, ya no tenía intacto su nervio inicial. Por otro lado,
había conseguido conservar la magia de las motocicletas de antaño. No se
fabricaban máquinas como las de antes. Aunque había probado nuevas motocicletas
y, durante temporadas había rodado sobre algunas de ellas, con ninguna me
compenetraba de igual manera que con mi veterana suzuki. Nos conocíamos
perfectamente el uno a la otra. Sabía cómo iba a responder ante cualquier
eventualidad.
No
me jugaría nunca una mala pasada, de eso estaba seguro. Lo cual no se podía
siempre de la mayoría de los hombres.
Bras
Licius apareció puntual. No tenía aspecto de acabar de despertarse, así que
supuse que los nervios por su nueva misión le habían mantenido en vela durante
gran parte de la noche. Le saludé con un gesto. Había calentado algo de café y
se lo ofrecí. Bebimos en silencio mientras observábamos cómo el sol se
levantaba sobre el continente europeo. El espectáculo era maravilloso pero yo
lo único que deseaba en aquel momento era meterles sendas balas en la cabeza a
los dos tipos que íbamos a buscar.
Arrancamos
las motocicletas y salimos del campamento. El hombre que permanecía de guardia
nos saludó agitando despacio su arma. La temperatura era bastante baja y
tuvimos que cerrar nuestras guerreras hasta el cuello. A lo largo de la hora
siguiente, no crucé una sola palabra con el chico de los Licius. Rodamos en
dirección a la cordillera montañosa, hacia el lugar en el que el día anterior
habíamos avistado las dos sombras. Una vez allí, ascendimos entre las rocas sin
rumbo fijo. El terreno se abría escarpado ante nosotros, pero nuestras
motocicletas se las arreglaban bien para ascender. Bras conducía su máquina con
pericia. No se vio en la necesidad de hacer pie a tierra en ningún momento. No
puedo decir lo mismo de mí. Quizás había engordado un poco después de tantos
meses de sedentarismo en Lisboa. En cuatro ocasiones tuve que apoyar un pie en
el suelo para no perder el equilibrio.
—Vamos
a detenernos un momento —dije.
Bras
detuvo la motocicleta al instante. Como se hallaba delante de mí, y me daba la
espalda, levantó la rueda delantera y giró sin moverse del sitio. El muchacho
tenía una gran fuerza física. Hacían falta unos cuantos buenos músculos para
mover así una motocicleta tan pesada como la suya.
—Voy
a realizar una llamada —añadí mientras encendía mí teléfono celular.
Iba
a recabar algo de información. Tenía un contacto en la policía de las Azores y,
de vez en cuando, hacía uso de él para hacer algunas averiguaciones.
Desde
la Gran Evaporación, la policía de las Azores había pasado de ser un cuerpo
regional sin demasiados recursos a una de las policías más avanzadas, dotadas
de tecnología y preparadas del mundo. Aquel trozo de tierra civilizada en mitad
del desierto atlántico se había convertido en uno de los lugares más
transitados del mundo. Su aeropuerto había sido ampliado en dos ocasiones a lo
largo de los seis últimos años. Visitantes de toda condición llegaban hasta
allí no siempre con la intención de hacer turismo por las laderas de la dorsal.
Ladrones, piratas, fugitivos y maleantes de todo tipo se daban cita en lo que
hasta hace bien poco habían sido unas tranquilas islas perdidas en medio del
océano.
—¿Cavalho?
—pregunté al teléfono.
Cavalho
Gonzales era un tipo que había conocido años atrás cuando era sargento del
ejército portugués en Angola. A pesar de que la descolonización había tenido
lugar mucho tiempo antes, al gobierno de Lisboa siempre le había gustado
mantener retenes militares de forma no oficial. Vestían de paisano, pero no
mostraban demasiado interés por ocultar su condición. Mataban la mayor parte
del tiempo en los bares de Luanda ocupándose de beber en firme. Cuando estaban
los suficientemente alcoholizados, el gobierno los devolvía a la metrópoli y
eran sustituidos por personal de refresco. En fin, unas largas vacaciones a
cuenta del contribuyente.
—¿Quién
es?
—Cavalho,
soy Bingo Small. Disculpa que te llame tan temprano.
—¡Bingo
Small! Maldito zorro... ¿Cuánto tiempo más vas a dejar pasar sin tomar una copa
con tu viejo amigo Cavalho?
—Quizás
te acepte esa copa antes de lo que piensas. Estoy a medio camino entre Lisboa y
tu bar preferido.
—¿Todavía
te dedicas a llevar infelices al desierto? Bonito oficio el tuyo...
—Ya
sabes —bromeé—, un hombre tiene que comer todos los días.
—¿Qué
es lo que se te ofrece a estas horas?
—Necesito
una información.
—Tú
dirás...
—Quiero
saber si habéis detectado piratas últimamente en la zona este.
—Esto
está cada día más plagado de maleantes, muchacho. Los muy cabrones le están
perdiendo el respeto al desierto. Pero tan al este como te encuentras tú no los
habíamos detectado nunca. ¿Puedes darme tu situación exacta?
—Estamos
en la cordillera montañosa que hay a unos quinientos kilómetros al oeste de
Lisboa.
—Esa
zona es una zona, por lo habitual, tranquila. Está demasiado lejos de cualquier
lugar civilizado. Sería una locura tratar de subsistir allí.
—Pues
aquí hay gente, eso puedo asegurártelo.
—Estaremos
atentos a cualquier señal. Es lo único que puedo decirte desde aquí.
—Gracias,
Cavalho, te debo una.
—Unas
cuantas, muchacho, unas cuantas...
Cerré
la comunicación. El sol comenzaba a calentar y el olor a sal impregnaba el
ambiente. Un típico día en medio del Atlántico.
CAPÍTULO
10
La
soberbia no tuvo la culpa Rondamos aquella zona un rato más y no hallamos
rastros de los dos hombres.
El
camino se volvía cada vez más escarpado. El tránsito era, a cada momento, más
dificultoso. Algunos trozos de roca se desprendían con demasiada facilidad al
paso de las ruedas de nuestras motocicletas. Había que prestar toda la atención
posible al camino. De esta manera, escudriñar el paraje se tornaba una misión
complicada. No quedaba más remedio que parar, de cuando en cuando, para dar un
vistazo.
A lo
lejos, en la llanura, nuestro campamento comenzaba a cobrar vida. Con los
prismáticos podíamos observar el movimiento previo a la partida. Esa era mi
orden para Tiro. Ellos debían emprender el viaje sin dilación. Ya les
alcanzaríamos más tarde. Nuestras motocicletas podían viajar a una velocidad
muy superior al resto de los vehículos. Les daríamos alcance antes de que
cayese la noche.
Mientras,
nuestra pequeña excursión a través de la cordillera montañosa comenzaba a
aburrirme. No había ni rastro de las sobras avistadas el día anterior.
Y no
parecía que iba a haberlo. Aquel lugar era inmenso y estaba repleto de lomas,
colinas, crestas y rocas que se alzaban en medio del camino sin aviso previo.
Un lugar perfecto para esconder un ejército completo.
Pero,
a veces, cuando uno menos se lo espera, tiene un golpe de suerte imprevisto. O
quizás sucedió que ellos no hicieron nada por ocultarse. De cualquier forma,
ahí estaban, a unos doscientos metros de donde nosotros nos encontr ábamos,
montados en sus motocicletas y observándonos, de igual manera a la que, en el
día anterior, los avistamos.
Bras
no pudo reprimir un grito: —Señor Small, mire, ahí los tenemos.
Detuve
mi máquina y los miré. No parecía preocuparles nuestra presencia.
Estaba
seguro que nos habían visto, pero no hacían nada por huir. Mal asunto. No les
inspirábamos el menor temor. Lo cual, me lo causaba a mí. Comencé a sentir
cierta inseguridad. Estábamos en un terreno que desconocíamos por completo y no
podríamos ir tras ellos de manera indefinida. Debíamos medir con cuidado el uso
del combustible de nuestros depósitos o nos quedaríamos tirados en medio del
desierto, absolutamente indefensos y expuestos a cualquier ataque.
Pero,
¿en qué demonios estaba pensando? ¿No era yo el gran aventurero y
expedicionario que jamás le había hecho ascos al peligro? Me estaba haciendo
viejo, definitivamente me estaba haciendo viejo. Jamás había razonado tanto las
cosas ni tomado tantas precauciones. ¿Qué es lo que hubiera hecho hace unos
años al encontrarme a aquellos tipos al alcance de la mano? Perseguirlos sin
importarme nada más, darles alcance y obligarlos por la fuerza a que me
explicasen qué diablos pretendían con ese maldito juego del escondite.
Así
que no me lo pensé dos veces. A por ellos.
—Bras,
ten preparada tu arma —ordené mientras aceleraba mi motocicleta y salía a toda
velocidad de allí.
Los
dos hombres no reaccionaron con rapidez cuando vieron que nos acerc ábamos
hacia su posición a toda velocidad. Aún permanecieron un rato sin efectuar un
solo movimiento. Sorteábamos las rocas, saltábamos por encima de ellas y
volábamos un rato. Aquella era la juerga que desde hace tiempo necesitaba para
desentumecer mi anquilosado cuerpo. Las sensaciones que el vértigo y el riesgo
provocaban en mi cuerpo, volvieron a brotar en mí después de bastante tiempo de
mantenerlas olvidadas.
Por
fin, los hombres se pusieron en marcha. Giraron sus máquinas sobre sí mismas y
se lanzaron por los riscos. Eran muy buenos. Sabían manejarse en este medio.
Pero nosotros también lo éramos. Sobre todo Bras Licius, que sorteaba los
obstáculos como si la motocicleta fuese una prolongación de su cuerpo.
A
pesar de que nos empleábamos a fondo, no les dábamos alcance. Ellos debían
conocer este paraje y eso les daba cierta ventaja. Tomaban los giros sin dudar
un instante y no titubeaban a la hora de escoger el camino a seguir.
Nosotros,
al menos, no les perdíamos de vista. Sólo en tres o cuatro ocasiones
desaparecieron de nuestro campo visual aunque, en todas ellas, volvimos pronto
a tenerlos al alcance de nuestra mirada.
Después
de casi media hora de persecución en la que nunca les tuvimos a menos de ciento
cincuenta metros de distancia, desaparecieron tras unas peñas.
Estaban
ahí y simplemente desaparecieron. Hicieron un salto hacia delante y, uno tras
otro, se esfumaron sin dejar rastro. Pensé que quizás se tratara de un pequeño
desnivel entre las rocas y que pronto volveríamos a divisarlos, pero no fue
así.
Por
el contrario, lo que se apareció ante nuestros ojos fue una de las visiones más
sorprendentes que he tenido en toda mi vida. Y las he tenido bastantes
extrañas, todo hay que decirlo.
Allí
mismo, en medio de una gran vaguada a la que los riscos daban paso de manera
repentina, se encontraba uno de los mayores barcos transatlánticos de la
historia de la navegación civil. Sabía que debía de estar por allí, pero nunca
lo había visto. Tampoco me había tomado demasiadas molestias en buscarlo. Había
escuchado toda clase de historias al respecto en los bares de Lisboa, pero no
me había preocupado en comprobarlas. Es posible que no me las creyese del todo.
Pero
ahí estaba la prueba real: un gran barco de más de doscientos cincuenta metros
de eslora encallado en la cumbre de una montaña de piedra y sal.
—Dios
santo —acertó a exclamar Bras—. ¿Qué es esto?
—Es
el Rey Juan —respondí—. Lleva aquí desde hace seis años.
—¿Cómo
ha llegado hasta este lugar?
—Hace
seis años aquí había tres kilómetros de agua, muchacho.
Simplemente,
encalló.
Bras
no podía dar crédito a sus ojos. Yo, la verdad, tampoco. El espectáculo era
grandioso, sin duda. Pero era cierto, ahí estaba, tranquilamente posado sobre
un lecho de roca rojiza.
—Pero...
—a Bras le faltaban las palabras.
—No
le dio tiempo a llegar. Hicieron mal sus cálculos. Cuando dio comienzo la Gran
Evaporación, el barco estaba amarrado en Buenos Aires. Nadie pensaba que la
perdida de agua iba a ser total, así que no se dieron prisa en reaccionar y
estuvo allí durante unos cuantos meses más. Cuando los armadores tomaron
conciencia de que el problema del agua se agravaba, lo mandaron llamar. El
barco es, al menos lo era, de un gran consorcio portugués. Hubiera agua o no en
los océanos, este cascarón vale cientos de millones. Ellos lo querían en
Lisboa, así que dispusieron que iniciara el regreso. Para aprovechar el viaje,
esperaron a que se llenase de pasajeros. Mover este barco por el Atlántico sin
pasajeros, es un lujo que nadie se podía permitir —hice una pausa para detenerme
a pensar—. Ese fue el problema. Perdieron demasiado tiempo y no pudieron
llegar. Les faltaron unas horas. Este buque, con todas sus máquinas a pleno
rendimiento, está a unas horas de Lisboa. Pero estas montañas no estaban en sus
planes. No las pudo superar y las crestas de piedra se convirtieron en afilados
arrecifes. No se pudo hacer nada.
Embarrancó
sin remedio.
—El
tiempo que perdieron en llenar de pasajeros el barco fue precioso. Si no lo
hubieran perdido, el buque estaría sano y salvo en Lisboa.
—En realidad,
ahora también está sano y salvo —dije—. Sólo que descansa un poco más lejos de
Lisboa. Quizás sea lo mejor. Por lo menos, no tienen problemas de pillaje. Debe
de estar todo intacto, tal y como lo dejaron en el momento de abandonarlo.
—Pero,
¿cómo consiguieron los pasajeros salir de aquí?
—La
mayoría murieron. Al parecer, y, según cuentan, cundió el pánico y muchos de
ellos se lanzaron al desierto sin la mínima probabilidad de sobrevivir.
Las
misiones de rescate tardarían mucho tiempo en llegar ya que todo el mundo,
durante los últimos días de la Gran Evaporación, estaba demasiado ocupado en
trabajos de la más diversa índole y los servicios de seguridad se afanaban en
proteger y custodiar lo que más a mano tenían. Nunca se les ocurriría lanzase
en una misión desesperada rumbo a lo desconocido para salvar a varios cientos
de turistas de lujo. Piensa que, en aquellos días, no sabíamos qué nos íbamos a
encontrar una vez que las aguas desaparecieron. El desconocimiento de los
fondos marinos siempre fue enorme.
—Es
decir, que todos estos alrededores están plagados de cadáveres.
—Tú
lo has dicho. Además, fueron cadáveres innecesarios. Esto era una ciudad
flotante —dije señalando al transatlántico—. Seguro que podían haberse
organizado para resistir durante muchos meses. Tendrían alimentos y agua de
sobra para aguantar. Pero el pánico les venció. Se lanzaron a lo desconocido.
Es probable que pensasen que se hallaban más cerca de la costa portuguesa de lo
que en realidad se encontraban. No lo sé. En cualquier caso, murieron como
ratas aplastadas bajo el sol. Un hombre, lanzado a pie por este desierto, sin
agua ni preparación específica, no puede sobrevivir más de unos pocos días.
Ellos creerían que lo podían soportar y que aguantarían hasta el final pero la
verdad es que nadie lo consiguió. Cuando la compañía armadora consiguió juntar
un equipo de rescate formado por una flotilla de helicópteros, no encontraron
apenas supervivientes.
Curiosamente,
no eran más que unas decenas de viejos y mujeres con niños pequeños a los que
emprender la partida caminando desierto a través, les había sido imposible. Su
incapacidad les salvó la vida. Cuentan que muchos hombres abandonaron a sus
familias para tratar de ponerse a salvo ellos mismos. Fueron unos cobardes.
Prefirieron abandonar a los de su propia sangre con tal de poner a salvo su
pellejo. Pero el destino es sabio a la vez que cruel, y sabe colocar a cada
cual en su sitio. Todos esos cobardes perecieron de la manera más horrible. Con
la piel cuarteada por el sol, absolutamente deshidratados y sin poder dar un
solo paso más por sí mismos.
—Dios
castiga la soberbia humana —sentenció, un tanto enigmático, Bras.
Le
observé un rato pensando muy bien lo que iba a decir.
—¡Qué
diablos! La soberbia humana no tiene nada que ver en esto. El buque encalló por
un error de cálculo, por un fallo humano. Estoy harto de que, cada vez que un
transatlántico se hunde o encalla, todo el mundo decida que eso sucedió por
culpa de la soberbia de los hombres. ¡Menuda estupidez! También se estrellan
los aviones y no por ello nadie habla de vanidad.
Me
excité un poco, pero es que aquel tipo de afirmaciones sin sentido me sacaba de
mis casillas.
—El
buque tuvo mala suerte —continué—. Si se estuviese dirigiendo a cualquier otra
ciudad, es posible que se hubiera salvado. Aún disponía de las horas
suficientes para llegar. No hubiera conseguido superar el talud continental,
eso seguro, pero, al menos, estaría a pocos kilómetros de tierra habitada. En
esas circunstancias, una salida a pie para los pasajeros, hubiera sido
factible. Pero fue el pánico el que los perdió a todos y dirigió sus destinos
en línea recta hacia la muerte segura. En definitiva, un error humano seguido
de un pánico generalizado. Eso fue lo que los mató a todos.
Bras
no había dejado de mirar al Rey Juan durante nuestra conversación.
Estábamos
justo detrás de su popa y teníamos una visión longitudinal de la nave.
Apenas
se había escorado y mantenía el porte y la elegancia de antaño intactos.
Ni
siquiera el brillo de sus elementos metálicos había menguado en exceso. Se
aparecía ante nosotros fabuloso y rebosante de magia. Era la primera vez que
veíamos una cosa así y, probablemente, sería la última. No hay demasiadas
oportunidades de encontrar todos los días transatlánticos intactos varados en
medio del desierto. Había visto muchos restos de naves naufragadas que la Gran
Evaporación dejó al descubierto, había visto pequeñas embarcaciones varadas por
falta de agua navegable, pero algo de aquella grandeza, jamás.
—Están
ahí —dije.
—¿Qué?
—respondió Bras.
—Los
tipos. Digo que están ahí, en la cubierta de popa. Míralos.
CAPÍTULO
11
Rodando
sobre cubiertas de madera Oímos unos disparos y varias balas pasaron cerca de
nosotros. Demasiado cerca.
—Vamos
—grité a Bras.
—¿Cómo
dice, señor Small? —preguntó agachando la cabeza para esquivar el fuego.
—Adelante,
muchacho, vamos a saltar. Ahí abajo, a la cubierta del buque.
—¿Saltar?
—La
mejor manera de defenderse de un ataque es atacando.
Aceleré
mi motocicleta y di marcha atrás para tomar impulso. Un par de giros de muñeca
y todo hacia delante. Bras no tardó en imitarme.
—Dales
duro, muchacho.
Las
motocicletas saltaron al vacío en una caída de cinco o seis metros. Perdí algo
el equilibrio al aterrizar, pero me rehice pronto. Bras, llegó unos segundos
después. Su máquina se clavó en el suelo y la amortiguación la balanceó arriba
y abajo unas cuantas veces.
Volvimos
a oír las balas zumbando en nuestros oídos. Solté el seguro de la funda de mi
arma y me hice con ella. Puse el dedo en el gatillo y disparé una ráfaga hacia
el frente, sin apuntar a ningún sitio en concreto. Era un aviso: estábamos
dispuestos a entablar batalla. No íbamos a soportar una lluvia de proyectiles
sin darles nada a cambio. Aquí estaba nuestra respuesta.
Bras
empuñaba ya su semiautomática.
—Dispara
—ordené—. Al cuerpo, sin tregua.
Hizo
una ráfaga de aviso. Estábamos en la cubierta de popa y la inclinación del piso
era casi inexistente. Las motocicletas podían rodar por allí como por una pista
de asfalto recién construida. Aquí y allá podíamos ver pequeños obstáculos ante
los que había que mantener cierto cuidado: hamacas volcadas, sillas plegables,
bolsas de plástico, algo de basura desperdigada... Los restos que atestiguaban
la presencia de personas en aquel lugar.
Los
dos tipos debieron de quedarse algo confundidos ante nuestra reacción, porque
sólo acertaron a dar media vuelta y ponerse a cubierto de nuestro fuego.
—Tras
ellos, Bras —dije—. Ahí están, tras esos botes salvavidas.
El
transatlántico permanecía prácticamente intacto. Si tuviese agua bajo la
quilla, podría encender motores y salir de allí rumbo a cualquier lugar del
mundo.
Sólo
las numerosas huellas de ruedas sobre la cubierta de madera hacían suponer que
allí estaba ocurriendo algo fuera de lo normal.
Perseguimos
a los dos tipos por la cubierta de estribor. Nos lanzamos a la carrera escalera
abajo y esquivamos varios botes salvavidas. Estuve a punto de irme al suelo en
una ocasión. El piso resbalaba en algunos tramos y las ruedas de nuestras
motocicletas, pensadas para rodar por terrenos agrestes, no se adherían lo
necesario al suelo de madera.
Atravesamos
una puerta y accedimos al interior de buque. El terreno se tornaba peligroso.
Los tipos a los que perseguíamos podían apostarse detrás de cualquier lugar y
emboscarnos sin darnos la menor oportunidad. Por suerte, el sonido del motor de
sus motocicletas descubría constantemente su posición. Trababa de escuchar con
atención. Necesita escuchar siempre dos motores. Esa era la señal de que todo
estaba bien y nada se complicaba más de lo necesario.
Bras
tuvo que ponerse detrás de mí para poder transitar por aquellos estrechos
pasillos. Debíamos de estar en la zona de primera clase, porque el lujo de la
decoración era evidente. Suntuosos candelabros de bronce en las paredes,
grandes cuadros con motivos campestres, tapizados hasta el techo, moqueta en
los suelos... Lo que, en definitiva, la gente rica supone que es el lujo. Desde
luego, la moqueta no volvería a ser lo mismo después de que nuestras máquinas
hubiesen dado una vuelta por allí.
Los
largos y enrevesados pasillos dieron paso a una gran estancia. Debía de ser un
gran salón de baile preparado para, al menos, cien o doscientas personas.
Disponía
de dos alturas, las cuales se comunicaban gracias a una escalinata
ostentosamente alfombrada que se bifurcaba en dos sentidos. Los dos hombres
subieron a través de ella con cierta dificultad. Uno de ellos resbaló y tuvo
que apoyarse en una estatuilla de bronce que, a modo de pequeña lámpara,
iluminaba el inicio de la escalera. No lo dudé dos veces. Me detuve y empuñé mi
heckler & koch, apunté con cuidado y apreté el gatillo un par de veces. El
tipo dio un grito y se llevó una mano al hombro derecho. Había hecho blanco.
A
pesar de estar herido, el tipo se rehizo y recuperó el equilibrio de su
máquina. Aceleró y ascendió por las escaleras tras su compañero.
—Muy
bien, señor Small —dijo Bras.
—Ahora
contamos con una pequeña ventaja. Aprovechémosla.
Ascendimos
por la escalinata y fuimos tras ellos. Habían girado a la izquierda y corrían
por una gran balconada circular que rodeaba todo el salón. Parecía que ya no
tenían las ideas tan claras. Con uno de ellos herido, habían perdido el control
que, sobre la situación, habían tenido hasta ahora. Comenzábamos a tener la
sartén por el mango. Eso me gustaba y me excitaba aún más. Odiaba que otros
dirigiesen mi actividad. Yo quería ser siempre el dueño de mis actos. A
balazos, si era necesario.
Aquel
salón abierto y despejado no era el mejor lugar para que dos hombres, uno de
ellos herido en un hombro, huyesen del fuego de otros dos. Así que fueron
listos e hicieron lo que debían hacer. En cuanto encontraron una puerta
abierta, la cruzaron y accedieron de nuevo al intrincado laberinto de pasillos.
Podía
ver rastros de sangre sobre el suelo. El tipo al que había herido debía sangrar
bastante.
Volvimos
a salir al exterior. Ahora estábamos en una de las cubiertas superiores.
Era
una zona deportiva con pistas de tenis y una piscina repleta de agua estancada
que había tomado, con el tiempo, un color verdoso y oscuro. Fuimos tomando
velocidad y saltando de cubierta en cubierta. No les dábamos alcance pero
tampoco les perdíamos de vista.
Poco
a poco, la cubierta superior del buque se fue estrechando hasta casi
desaparecer. Estábamos en el puente de mando. La cubierta rodeaba el puente por
su parte inferior y los hombres la siguieron. Permanecíamos muy cerca de ellos.
Si
tomábamos bien la curva, podíamos ganar el espacio necesario para darles
alcance. El hombre que viajaba herido tuvo serias dificultades para girar a
gran velocidad. Su máquina se tambaleó, perdió el equilibrio y, finalmente,
rodó por el suelo. Durante un instante, los hombres desaparecieron de nuestro
campo de visión. Era cuestión de un par de segundos. Giraríamos y
encontraríamos al hombre tendido en el suelo. Al menos éste, ya era nuestro.
Con un poco de suerte, su compañero se habría detenido para esperarle y
podríamos dar caza a ambos al mismo tiempo.
Pero
las cosas no fueron tan bien como esperábamos. Dimos la curva y, en efecto, ahí
estaba el hombre al que perseguíamos tendido en el suelo. Sangraba
abundantemente del hombro y su motocicleta había ido a estrellarse contra la
valla protectora. Pero, además, tras él, cuarenta o cincuenta tipos montados
todos ellos en potentes motocicletas todoterrenos nos observaban en silencio.
Bras
y yo casi colisionamos al intentar detenernos en seco. Las cosas se habían
complicado súbitamente y de qué manera. Ni siquiera intentamos apuntarles con
nuestras armas. A todas luces, eran demasiados para nosotros.
—Tenemos
un problema, señor Small —dijo Bras.
—Como
lo sabes, muchacho, como lo sabes...
No
quedaba otro remedio que aguardar algún movimiento por su parte. Los tipos no
estarían contentos, eso seguro. Para empezar, éramos nosotros quienes les
perseguíamos. Ellos, la verdad, no nos habían causado ningún problema. Tan sólo
se detuvieron a observarnos en el desfiladero y ahí comenzó todo. Quizás fui un
poco suspicaz y saqué las cosas de quicio. Todo ello unido al hecho de que
había herido a uno de los suyos con mi semiautomática. Estábamos en un buen
aprieto.
Percibí
con claridad el rumor de las armas. No nos apuntaban directamente.
Su
número lo hacía innecesario. Pero iban armados y nos lo estaban haciendo saber.
—¿Qué
vamos a hacer ahora, señor Small? —acertó a preguntar Bras.
—No
lo sé —respondí—. De momento, ni te muevas. Aguarda mi señal.
Teníamos
que salir de allí a toda costa. El hombre al que había herido hablaba con el
que parecía ser el jefe de la banda. Se trataba de un tipo alto, musculoso, con
la piel muy morena y vestido como un motorista. A pesar del color de su piel,
el hombre era de raza blanca. Todos los del grupo lo eran. No vi árabes ni
negros entre ellos. Eran europeos, no cabía duda. Portugueses o, a lo sumo,
españoles.
Debían
de ser una banda de delincuentes que se habían lanzado a practicar la piratería
en las Nuevas Tierras. Quizás estaban probando suerte con los turistas y
algunos expedicionarios. Habrían encontrado, en alguna de sus correrías, el
transatlántico varado y lo habían convertido en su refugio. Y ahora nosotros
les habíamos fastidiado y bien. Estábamos dentro de la boca del lobo y había
que salir como fuera.
—Veo
que os dedicáis a perseguir a mis hombres sin que estos os hayan, tan siquiera,
atacado previamente —comenzó a decir el jefe de la banda.
—Creo
que todo esto se trata de un monumental error —dije.
Trataba
de ganar todo el tiempo que fuera posible.
—No
existe ningún error. Tenéis una cuenta pendiente con nosotros y la vamos a
resolver de inmediato —dijo mientras nos empuñaba con su arma.
Al
verlo, reaccioné. Estábamos desesperados y como tal teníamos que actuar. En un
gesto rápido, tomé mi arma y disparé una ráfaga contra el grupo de hombres.
Creo que logré alcanzar a tres o cuatro, todos ellos a la altura del estómago.
No
tuve que decir ni una sola palabra a Bras Licius. Comprendió perfectamente mis
intenciones. Por otro lado, tampoco eran demasiado complejas. Se trataba de
salir de allí a toda la velocidad que pudiésemos.
Hicimos
girar nuestras máquinas sobre sí mismas sin apenas moverlas del sitio. En medio
del chirrido que las ruedas provocaron sobre la madera de la cubierta, el ruido
de las balas comenzó a sonar. Los piratas habían reaccionado y nos atacaban.
Esta vez iba muy en serio. Nos matarían en cuanto tuvieran la mínima
oportunidad. Estaban enfadados de verdad.
Salimos
disparados rodeando el puente de mando en dirección contraria a la que nos
había traído. Unos cuantos se lanzaron a la carrera detrás de nosotros.
Por
suerte, la cubierta que rodeaba el puente de mando era muy estrecha y tuvieron
que turnarse para poder pasar. Bras iba delante de mí y se empleaba con su
máquina todo lo a fondo que podía. Por suerte, era imposible para nuestros
perseguidores, guiar una motocicleta a toda velocidad por un lugar tan estrecho
como aquel y, al mismo tiempo, hacer fuego con sus armas. Corrían el riesgo de
rodar por los suelos al primer error. Lo cual, desde luego, no hacía
desaparecer el peligro, pero, al menos, no daba una oportunidad.
Fuimos
saltando de cubierta en cubierta. Buscábamos la popa del barco. Es posible que
existiese algún lugar más idóneo para abandonar la nave, pero no era momento de
andar buscándolo. Íbamos a tratar de salir por el mismo lugar a través del que
habíamos penetrado.
Nos
mantuvimos siempre en cubierta. Conociendo que el transatlántico estaba plagado
de indeseables, era una locura volver a adentrarse por pasillos y salones.
Nadie sabía lo que podíamos encontrarnos. Así que rodamos paralelos a la borda
del barco con seis o siete piratas pegados a nuestras ruedas traseras.
Llegamos
a la popa y rápidamente nos dimos cuenta de que allí no había salida posible.
El lugar desde el que habíamos saltado estaba demasiado alto para poder volver
a acceder a él. Había que buscar otro punto para apearnos del barco, así que
continuamos rodando un buen rato cubierta tras cubierta. Les estábamos dando
demasiado tiempo para organizarse, de manera que ocurrió lo que tenía que
suceder: nos atraparon como ratas en una ratonera. Los piratas nos rodeaban por
todas partes. Sólo había una solución. Saltar al vacío y esperar que la caída
no fuese demasiado dura. Miré por la borda y calculé. No habría más de diez
metros hasta las rocas. Teníamos que jugárnosla. Bras comprendió, raudo, mis
intenciones.
No
hubo, casi, ni que indicarle nada.
—¡Salta!
CAPÍTULO
12
El
lugar al que todo el agua se fue Me sentía un tanto ridículo agazapado, junto a
Bras Licius y nuestras respectivas motocicletas, en aquel maldito hueco entre
las rocas. La noche había caído, oscura y cerrada sobre el desierto, y los
piratas parecían haber cesado en la persecución. Pero yo, a estas alturas, no
me fiaba de nada, así que, al encontrar unas cuantas rocas que formaban, por su
disposición, una diminuta y resguardada covachuela, decidí que ese sería un
buen lugar para pernoctar. Tenía un feo hematoma en el costado que me produje
al golpearme contra el depósito del combustible de mi máquina en el momento de
lanzarnos al vacío para huir del transatl ántico. Me rehice rápido y aguanté el
dolor todo lo que pude hasta que cayó la noche. Por suerte, Bras no tuvo, a
excepción de algunos rasguños, ningún percance mayor. Pudo, así, guiar nuestra
huida. Yo apenas podía limitarme a conducir mi motocicleta. El dolor se volvió,
por momentos, insoportable. No sé que hubiese sucedido de no tener al muchacho
conmigo. El señor Licius podía estar orgulloso de su chico.
Los
piratas se asombraron un tanto ante nuestra decisión de saltar por la borda.
Creo que tardaron algo en reaccionar. Un tiempo que, para nosotros, fue
precioso. Para cuando se lanzaron a la persecución, nosotros ya habíamos
adquirido una buena ventaja. No creo que saltasen, al igual que nosotros, por
la borda de la nave. A buen seguro, ellos disponían de un lugar más adecuado
para tomar tierra. Pero, sin duda, llegar hasta él, les llevó demasiado tiempo.
Para entonces, nosotros ya nos habíamos repuesto del impacto contra el suelo y
estábamos a un par de kilómetros de allí.
Durante
todo el resto del día, pudimos ver la nube de fina arena que, a su paso,
levantaban los piratas lanzados tras nuestra pista. Una vez en terreno abierto,
nos convertimos en un objetivo muy vulnerable pero no había otro remedio.
Teníamos
que alcanzar a los nuestros y obtener, así, la ayuda que necesitábamos.
Sin
parar de rodar en ningún momento y con el costado doliéndome horriblemente,
pude llamar por teléfono a mi socio. Además de que un par de hombres armados no
nos vendrían nada mal en aquel momento, el combustible comenzaba a escasear. No
alcanzaríamos la caravana a aquella velocidad. Estamos consumiendo muy deprisa
el poco líquido que nos restaba. Así que mi socio lo vio claro: necesitábamos
que uno de los cuatro por cuatro diese la vuelta y nos ofreciera su apoyo. De
inmediato, ordenó que un jeep con tres hombres jóvenes a bordo regresara en
nuestra ayuda. Mientras, y, puesto que la noche se nos echaba encima, nosotros
debíamos buscar un lugar lo más resguardado posible y esperar.
Cuando
la puesta del sol hizo que, tanto nosotros como nuestros perseguidores,
necesitáramos utilizar los faros de las motocicletas para poder seguir rodando
por el desierto, la persecución se simplificó bastante. Para ellos no éramos
más que dos puntos rojos en medio de la noche y, de igual manera, nosotros no
estábamos perseguidos sino por varias decenas de potentes haces de luz blanca.
Nuestra
posición permanecía descubierta en todo momento pero, al mismo tiempo, con la
de ellos ocurría algo similar.
La
única forma de desaparecer por completo era apagar los faros. Pero, al mismo
tiempo, en ese instante se terminaba nuestra marcha. No podíamos rodar un solo
metro más sin una fuente de luz que alumbrase el camino. La noche había caído
muy cerrada y no había Luna. Tuvimos suerte de acertar a vislumbrar la pequeña
cueva en medio de la arena.
No
me lo pensé demasiado. Me dolía todo el cuerpo y sabía que Bras no estaba lejos
del agotamiento. Había sido un día muy duro para él. Sin duda, no estaba
acostumbrado a este tipo de emociones. Entramos en la cueva y nos acurrucamos
contra el fondo. Las motocicletas, tumbadas en la arena, ocupaban el resto del
espacio. No tenía más de tres metros de fondo y otros dos de ancho. Un lugar
ciertamente incómodo pero lo suficientemente resguardado como para hacerlo casi
invisible. Apagamos los faros y los motores y, en la oscuridad, masticamos unas
barras de chocolate y frutos secos que habíamos traído con nosotros.
Con
un poco de suerte, los piratas no nos encontrarían y podríamos pasar
desapercibidos en nuestro escondrijo. Si nos daban por perdidos, quizás se
cansarían y regresarían a su guarida en el buque varado. Por la mañana, después
de toda una noche de viaje, los hombres de apoyo llegarían hasta nosotros como
más armas y reservas de combustible.
—Trata
de dormir un poco —me dirigí a Bras en la oscuridad.
—Sí...
Nos
tumbamos. La cueva no permitía que estuviésemos en pie. Tan sólo nos dejaba
permanecer agachados en cuclillas, así que la postura más cómoda era
absolutamente tumbados. Me situé junto a la entrada y observé el exterior. Todo
parecía tranquilo. Cerré los ojos. En mi mano derecha tenía mi arma dispuesta
por si algún visitante nocturno nos acechaba.
—¿Cómo
fue, señor Small? —preguntó súbitamente Bras. Parecía haber meditado bastante
la idoneidad de hacer la pregunta antes de formularla.
—¿A
qué te refieres?
No
necesitaba una respuesta. Sabía qué era lo que Bras deseaba conocer.
—La
Gran Evaporación. A eso me refiero. Me gustaría saber qué sucedió.
Usted
sabe que nosotros estábamos en el centro de Europa y allí no hay mar ni nada
que se le parezca. Lo seguimos por la televisión pero no es lo mismo.
—Desde
luego que no es lo mismo, muchacho, desde luego que no.
Al
parecer, el tan ansiado sueño no iba a llegar pronto. Podría haber mandado
callar a aquel muchacho, pero después de su comportamiento a lo largo del día,
satisfacer su curiosidad juvenil es lo menos que podía hacer por él.
—Todo
ocurrió sin previo aviso —comencé—. Yo estaba, durante aquellos días, pasando
una temporada en las playas de Dakar. Había concluido la época de las carreras
de vehículos a través del desierto y trataba de descansar durante un par de
semanas. Siempre me gustó Dakar. Un lugar especial, sin duda alguna.
Escudriñé
el exterior de la cueva. Todo estaba oscuro y tranquilo.
—No
puedo recordar la fecha exacta. A mediados de enero, quizás. Un buen día nos
levantamos y notamos como un ligero vapor emanaba de la superficie del océano.
El agua, sin embargo, permanecía a su temperatura habitual. No había ascendido
ni medio grado. Simplemente, una parte de ella se estaba transformando en
estado gaseoso y ascendía hasta formar unas densas nubes unos cuantos
kilómetros por encima de nosotros. Fue un proceso lento al principio pero que,
gradualmente, se fue acelerando. Un mes después del inicio de la evaporación,
el agua ascendía en nubes densas y apretadas. Era imposible ver nada a través
de ellas. Es como si una niebla cerrada se hubiera apostado sobre el mar. La
única diferencia es que se movía en sentido ascendente produciendo un leve y
arrullador murmullo.
—¿No
estaba caliente?
—No,
en ningún momento. El agua permaneció siempre en su temperatura habitual.
Podías bañarte en el mar con toda tranquilidad. De hecho, sumergirte en
aquellas aguas en medio de aquella poderosa neblina ascendente, producía una
sensación de relajamiento indescriptible. No estaba nada mal, de veras. Mucho
mejor, sin duda, que una sauna.
—¿Y
la gente? ¿Cómo reaccionó?
—Al
principio con cierto temor y extrañeza. Después, con una mezcla de fascinación
e intranquilidad. A fin de cuentas, en Dakar mucha gente dependía del mar para
subsistir. La pesca, las playas, las calas fascinantes, todo ello reportaba un
buen chorro de beneficios a esa pobre gente. Ahora ya no les queda nada de
nada. Lo han perdido todo.
—Continúe...
—Con
le paso de los meses, tres o cuatro a lo sumo, el asunto de la evaporación tomó
proporciones serias. Decidí quedarme en Dakar más tiempo del que tenía
previsto. Tenía noticias de que el fenómeno estaba sucediendo en todo el
planeta al mismo tiempo, pero no quería alejarme de aquella costa. Lo que
ocurría era absolutamente excepcional y no quería perdérmelo por nada del
mundo.
El
océano ya había perdido más de los dos tercios de su líquido. Los científicos
se devanaban los sesos tratando de buscar una explicación a todo aquello. Los
gobiernos buscaban medidas de control que detuviesen el proceso, pero nada se
podía hacer. Aquello sucedía de una manera inevitable. Simplemente, el agua del
mar se estaba marchando a otro lugar. Dijeron que a las capas altas de la
atmósfera y, desde ahí, al espacio exterior. Creo que incluso pusieron en
órbita, con suma urgencia, un transbordador espacial para observar, desde
fuera, el fenómeno.
Como
puedes ver, no tuvieron demasiado éxito.
—¿No
cree usted que pudo ser un aviso de Dios?
—¿Cómo
dices, muchacho?
—Sí,
ya sabe, una señal divina. Dios hace cosas de esas. Recuerde lo que ocurrió con
el Diluvio Universal. Esto pudo ser una cosa por el estilo, pero en el sentido
inverso. Dios nos envió un aviso en forma de Gran Evaporación. Nos quitó algo
que siempre tuvimos, que fue importante para nosotros y, sin lo cual, podríamos
pervivir sin problemas, pero su falta sería, para siempre notoria. Piense que
el hecho de que solamente el agua salada fuera la que se evaporó es un dato a
tener en cuenta para su valoración. ¿Por qué el agua de los ríos, los lagos y
los embalses, el agua dulce, en definitiva, no se marchó también? Aún la
tenemos disponible.
Sigue
cursando su ciclo como si nada hubiera sucedido. Y la lluvia no ha dejado de
caer.
Traté
de pensar en lo que Bras me decía, pero estaba demasiado cansado.
—No
lo sé, muchacho. Quizás tengas razón. Aunque yo no creo demasiado en Dios ni en
historias de ese tipo. Yo creo, más bien, que el agua se marchó porque tenía
que ocurrir. Supongo que, al final, encontrarán una explicación racional para
todo esto.
—No
se cierre usted a otras interpretaciones —bajó el volumen de su voz hasta
convertirlo en un susurro—. Le voy a confesar una cosa, señor Small.
Nosotros
creemos que fue una señal divina. Por eso estamos haciendo lo que hacemos. Por
eso abandonamos el viejo mundo. Porque Dios nos ha dicho, con su señal, que en
éste impera la corrupción y que es necesario buscar nuevos lugares, mucho más
puros y acordes con su ley, para vivir. Buscamos la tierra prometida, el
territorio destinado para los que creen y confían en su mandato.
Aquello
comenzaba a parecerse demasiado a un sermón. Bras Licius era un buen muchacho,
de eso no había duda. Se había comportado como un verdadero hombre a lo largo
del día. No vaciló en ningún momento y supo estar siempre a la altura de las
circunstancias. Todo eso me condujo a olvidar que esta gente estaba
completamente chalada. Su comportamiento era siempre, en apariencia, normal.
Pero,
de vez en cuando, surgía su demencia paranoica. Ese era uno de esos momentos. Y
yo estaba demasiado agotado para soportarlo.
—Duérmete,
muchacho —dije con la intención de dar por concluida la charla.
Pero
Bras tenía que concluir su perorata para poder quedarse tranquilo.
—Usted
mismo ha dicho que nadie, ni los más sabios entre los sabios, ha podido hallar
una explicación a todo lo que sucedió. Y no la encuentran porque no existe a
ese nivel. Por muchas vueltas que le den. Por muchos ensayos en laboratorios
que efectúen. Por muchas catas y exploraciones del terreno que hagan. La
explicación hay que buscarla más allá. En el terreno de Dios. Esto es obra
suya, no lo dude. Sólo …l puede hacer que todo el agua de los mares del mundo
desaparezca sin dejar rastro. Hubo señales pequeñas pero nadie las tomó en
cuenta.
Por
eso se sintió obligado a actuar a lo grande. Debía mostrarnos su presencia por
medios que todos pudiesen interpretar. Nunca más una de sus señales sería
obviada.
De
eso puede estar bien seguro.
El
sueño me estaba venciendo. Casi no oía la voz de Bras. Creo que aún habló
durante un rato más pero yo ya no entendí nada.
CAPÍTULO
13
Arbustos,
arroyos y un lugar en las nubes Me despertó el sonido del teléfono. Eran los
muchachos que mi socio había enviado en nuestra búsqueda. No conseguían hallar
nuestra posición así que salí de la cueva y los busqué con la mirada. Acababa
de amanecer y, por suerte, no había ni rastro de los piratas. Debían de haberse
cansado de perseguirnos y, con la caída de la noche, probablemente regresaron a
su guarida. Mis hombres estaban no más dejos de unas decenas de metros del
lugar en el que nos hallábamos.
Les
hice una señal con la mano. El jeep se puso en marcha y pronto estuvieron con
nosotros.
—¿Se
encuentran bien, señor Small? —dijo uno de los chicos.
—Todo
en orden —dije mientras me tocaba el costado.
Aún
me dolía bastante pero estaba mejor que el día anterior. Con una buena pomada
para bajar la inflamación, lo soportaría sin dificultad.
—¿Y
Bras?
—Ahí
está —respondí señalando el hueco entre las rocas—. Creo que aún está dormido.
Traían
combustible, comida y agua. Uno de los hombres se apostó para vigilar mientras
los demás tomábamos café y unas deliciosas galletas de avena que había
preparado la señora Fictius. Cuando terminábamos de desayunar, Bras se levantó
algo enfadado porque no le habíamos despertado antes.
—Te
habías ganado el descanso —bromeé.
No
había ni rastro de los piratas. Parecían haber desaparecido. Desde luego, no
les íbamos a dar tiempo a que nos encontraran de nuevo. Pronto nosotros
seríamos historia en aquella zona.
—La
caravana se encuentra a unos ciento cincuenta kilómetros de aquí —dijeron.
—Si
salimos ahora mismo, les daremos alcance antes de la noche. Podemos rodar a más
del doble de velocidad que los unimogs.
Borramos
todos los rastros de nuestra presencia y arrancamos las máquinas.
El
día había amanecido algo nublado pero no amenazaba lluvia. Comenzamos a
recorrer un terreno que era sencillo de superar. Al margen de unas cuantas
dunas de arena prieta fácilmente salvables, la dificultad del terreno era casi
inexistente.
A
mediodía nos detuvimos un rato para reponer fuerzas. Ya estábamos lejos de la
zona en la que perdimos de vista a los piratas, pero no quisimos encender
fuego. Eso nos demoraría en exceso. Continuamos con nuestra dieta de galletas y
algunos frutos secos y nos hicimos de nuevo a la ruta. En varias ocasiones
hallamos pequeños riachuelos de agua dulce. Vimos, en torno a ellos, huellas
recientes de vehículos. Los nuestros se habían detenido, sin duda, con la
intención de repostar agua. Disponían del equipo necesario para comprobar su
potabilidad.
Nosotros,
por el contrario, carecíamos de ellos. Me podía apostar lo que fuera con quien
quisiese a que aquel agua estaba en perfectas condiciones para ser consumida.
Había pasado muchos días en el desierto atlántico y sabía que no se trataba de
otra cosa más que de agua de lluvia que había encontrado, en su camino, unas
cuantas capas de tierra impermeable que no permitían su filtración.
En
todas las Nuevas Tierras, se estaba configurando una vasta red de ríos,
riachuelos y lagos naturales. Nunca había podido ver grandes cauces, pero en
Lisboa se escuchaban, muy a menudo, historias sobre enormes caudales de agua al
sur de las Canarias.
La
red fluvial aún permanecía en un estado incipiente. La labor de erosión
necesaria para que los lechos de los ríos pudieran adquirir profundidad y no
derramar, así, el agua que transportaban, no había hecho más que comenzar. Aún
quedaban decenas de años hasta que los ríos, sobre todo los grandes cauces,
adoptasen lechos estables por los que fluir de manera ordenada.
Pronto,
comenzamos a notar que el terreno comenzaba a tornarse ascendente.
La
llanura que nos había acompañado durante todo el día, fue dando paso a un
terreno de colinas cada vez más prominentes. Al principio, apenas se notaba el
cambio. La transición era muy lenta. Pero no cabía duda de que estabamos
abandonando una zona de gran aridez para penetrar en otra más húmeda. Incluso,
el paisaje se fue alumbrando con menudas matas y arbustos de un color verde
cetrino. En un momento en el que nos detuvimos unos segundos para decidir el
rumbo correcto, escuchamos el murmullo de un arroyo que parecía correr cerca.
Esto,
la verdad, nos infundía ánimos. Tantos días viendo solamente arena, sal y
rocas, acababan con la moral de cualquier hombre. A pesar de que se tratase de
cinco tipos como los que allí nos hallábamos. Me sentía bien entre aquellos
muchachos. Sabían de la vida dura y eso, para un explorador como yo, decía
mucho en su favor. Habían sido educados para saber soportar el sufrimiento y
crecerse ante él. Buscaban siempre soluciones y no les había visto amilanarse
ante la dificultad. Manejaban las armas con experiencia y conocimiento. Sabían
conducir sus máquinas y no se arredraban ante la posibilidad de tener que
hurgar en los motores. Unos grandes tipos, en definitiva. Bien enseñados. Con
arrestos suficientes para sobrevivir en este desierto. Sabrían proteger a sus
familias. Podrían abrirse un hueco y salir adelante. Lástima que todas esas
virtudes las desaprovecharan en esta tierra baldía y hostil. Tercos hasta la
saciedad estos muchachos.
Empecinados
en sus absurdas teorías sobre Dios y sus señales. Con unos cuantos como ellos
podría fundar la mejor compañía de exploradores de Europa occidental.
El
terreno seguía encrespándose y notábamos cómo las máquinas calentaban sus
motores algo más de lo que nos habían tenido acostumbrados hasta ahora.
—La
parte más complicada del viaje acaba de dar comienzo —dije.
—¿Hemos
llegado...? —preguntó uno de ellos.
—Sí,
ahí la tenéis. La gran Dorsal Atlántica. Una fenomenal cordillera montañosa de
mil kilómetros de ancho que hemos de superar para poder acceder a la vertiente
americana. No hay otro camino excepto el que tenéis ante vuestros ojos —hice
una pausa—. Y ahí arriba, justo en la cresta de estas montañas de casi cuatro
mil metros de altura, en el lugar donde podéis ver todas esas nubes, están las
Azores. El último lugar habitado de Europa. Tras él, lo único que encontraremos
es el desierto más cruel y salvaje del mundo. Tres mil kilómetros en línea
recta hasta la ciudad de Nueva York.
—Las
Azores...
—Sí
—sonreí—. Un lugar civilizado en medio de toda esta locura. Os aseguro que, si
queréis, podréis divertiros a lo grande. Quizás sea la última vez de vuestras
vidas. Según he comprendido, entre vuestros planes futuros no se encuentran los
de hacer una juerga de vez en cuando.
—¿Permaneceremos
en ellas mucho tiempo?
—No
demasiado. Lo justo para abastecernos de nuevo y emprender camino sin que nada
nos falte. Las Azores están, desde siempre, comunicadas con el continente a
través de sus varios aeropuertos. Por su situación estratégica, nunca les ha
faltado de nada. Allí podremos encontrar prácticamente todo lo que se nos
ocurra. Y también unos cuantos bares en los que echarse al cuerpo unas copas.
—No
creo que eso sea para nosotros señor Small. No podemos desviarnos un solo
milímetro de nuestro plan original, entiéndalo.
—Como
queráis. Pero sabed que os estáis perdiendo algo grande.
Comenzaba
a atardecer. La presencia de la dorsal era, cada vez, más notoria.
La
arena que nos había acompañado hasta ahora, se volvió más gruesa y adquirió la
forma de diminutos cantos rodados. A lo lejos, se distinguían las cumbres
habitadas de las montañas. Aún estaban muy distantes, pero tenerlas a la vista
ayudaba a proseguir el camino.
Unos
seiscientos metros por encima del lugar en el que nos hallábamos, divisamos a
la caravana. Se movía despacio por el terreno escarpado. Llamé por teléfono a
Tiro Las.
—Os
tenemos a la vista. Gira la cabeza y nos podrás ver —le dije.
—Por
fin. Espero que, a partir de ahora, os unáis al trabajo. Estoy harto de que a
mí siempre me toque trabajar mientras otros están pasándoselo en grande —me
respondió.
—Tranquilo,
chico, ya estamos aquí. Tuvimos ciertos problemas pero, por lo demás, llegamos
dispuestos a alcanzar la Azores en menos de un par de días.
—Me
muero porque llegue ese momento. Mi cuerpo necesita tumbarse sobre una cama de
verdad y dormir durante catorce horas seguidas.
—¿Habéis
tenido algún percance?
—Nada
importante. Pura rutina, ya sabes. Pinchazos, pequeñas averías, algún calentón
del motor, nada importante. El señor Vinicius se ha encargado con presteza de
todo ello. Por lo demás, tranquilidad absoluta.
Al
menos, la caravana había transitado sin contratiempos. Lo único que me faltaba
en ese momento era tener que comenzar a solventar incidentes.
—Mira
el sol —dije mientras observaba las cumbres—. Nos queda poco más de una hora de
luz. Así que, en cuento encuentres un lugar que consideres apropiado, detén la
comitiva e instala el campamento. Pasaremos la noche por aquí.
…ste
parece un lugar tranquilo.
—De
acuerdo. No tardéis. Aún me queda un poco de whisky para compartir.
—En
media hora os alcanzamos.
Cerré
la comunicación. Los muchachos rodaban en silencio. El sol había descendido lo
suficiente como para dejar en penumbra toda la vertiente de la dorsal.
De
vez en cuando, nos veíamos obligados a efectuar bruscos giros para rodear
grandes trozos de roca que nos encontrábamos en el camino. Entonces, el sol nos
iluminaba con su luz cada vez más rojiza. El terreno adquiría, así, un aspecto
extraño e inquietante. La sal, que hasta ahora se nos había presentado en forma
de gránulos mezclados con la arena, se aparecía en grandes trozos del tamaño de
un puño que crujían y se desmenuzaban al pisarlos con nuestras ruedas.
No
me estaba yendo mal del todo. Había perdido un hombre en un accidente estúpido
pero el balance general era positivo. Habíamos sido atacados en dos ocasiones,
la segunda de ellas por culpa nuestra, pero no había que lamentar bajas. Mi
golpe en el costado y un cansancio generalizado eran las únicas consecuencias
de aquellos infortunados encuentros. Por otro lado, los vehículos estaban
respondiendo de manera asombrosa. Si conseguíamos llegar hasta las Azores en
aquel estado, me daba más que por satisfecho. Y nada hacía pensar que no lo
pudiéramos conseguir. Tan sólo nos tenía que acompañar un poco la suerte y que
los bandidos de las Azores nos dejasen en paz.
El
grupo respondía bien. Es posible que fuese demasiado severo en mi calificación
inicial. Eran hombres duros y mujeres resistentes. No se amilanaban ante el
trabajo intenso. Sabían lo que se traían entre manos. El señor Vinicius, que
era un líder nato, había adiestrado con precisión a su comunidad. Su carácter
correoso parecía que tenía el don de inculcarse, de manera natural, en las
personas con las que entablaba contacto. Los muchachos eran tipos recios que no
dejaban que sus deseos vitales se interpusieran ante lo que ellos creían su
destino supremo.
Jamás
los vi palidecer. Siempre eran capaces de tragarse su agotamiento y aguantar un
rato más sin desfallecer.
El
único problema que me preocupaba era Lorna Vinicius. Aquella muchacha con
aspecto de buena chica, podía ser una fuente inagotable de problemas.
Conocía,
de sobra, a las de su especie. Siempre, en apariencia, comedidas y educadas
pero que, sin que te dieses cuenta, eran capaz de organizar una compleja red de
subterfugios, argucias y falsedades que expandían en rededor suyo. Si tenías la
desdicha de caer en ella, podías darte por acabado porque esta clase de
serpientes es de las que no te suelta hasta que te destruye por completo. Te
clavan sus dientes y aprietan. Cuando la sangre fluye, se la beben hasta
dejarte seco. Y mi socio parecía dispuesto a lanzarse de brazos abiertos en su
red. Desde luego, ese era un problema, un verdadero problema. Quizás, tras un
par de días en la civilización, Tiro se calmase un poco. Eso esperaba. Porque
si algún fallo había que encontrar en mi socio, éste siempre provenía de su
pasión desmedida e incontrolable por las faldas. Después de tantos años rodando
juntos, sabía que, en último extremo, la única forma de parar sus pies era
meterle un tiro en la cabeza. Un tipo obstinado en su obsesión por las mujeres.
CAPÍTULO
14
La
serpiente busca su presa en la noche Desde luego, nuestro problema era Lorna
Vinicius. Por si aún no lo tenía claro, esa misma noche tomé conciencia de la
verdadera magnitud del conflicto.
Alcanzamos
la caravana cuando el sol se ponía sobre las cumbres. Habían comenzado a
organizar el campamento nocturno y Tiro salió a recibirnos con el torso
desnudo. Sudaba abundantemente y manchas de aceite le cubrían los brazos y el
pecho. Portaba una llave inglesa en la mano. El zil volvía a dar problemas
pero, según él, lo tenían todo bajo control.
—Es
cosa de un par de retoques —dijo.
Lorna
apareció pronto. La chica de los Vinicius apenas abría la boca pero yo sabía
leer el lenguaje de su cuerpo. Era una verdadera puta. Con todas las letras y
en todas las acepciones de su significado. La muy fulana rondaba el rastro de
mi socio, sembraba su pútrida simiente y olisqueaba buscando el momento
propicio para lanzar el ataque definitivo.
Mi
socio, un imbécil integral de pies a cabeza con menos seso que su vertemati
500, se hacía eco de todas sus señales.
—Oh,
vaya, señor Las, tiene una mancha de grasa en la nariz —decía.
Desde
luego. En la nariz y en el noventa por ciento restante de su cuerpo.
Bastaban
cinco minutos de hurgar en los bajos del zil para acabar perdido de una mezcla
asquerosa de aceite, arena y sal.
Pero
Tiro se empecinaba en no analizar, ni por un momento, de forma racional la
situación. Se dejaba llevar porque todo aquello le encantaba de verdad.
Y
esa era la principal artimaña de la muchacha.
—No
es nada. Sólo un poco de suciedad —respondía mientras la mirada se le perdía en
su escote.
En
la cena, se sentaron uno al lado del otro. Lorna permanecía siempre atenta a
todos los comentarios de mi socio. Reía hasta las más nimia de sus estupideces
y se apuraba en atender todos sus deseos.
—Tomaría
un poco más de esa carne, señora Fictius —decía. Y, antes de que la buena
señora se levantara para tomar su plato y servirle otra ración, Lorna había
dado un salto de su asiento y ya estaba ocupada en la labor.
—Tenga,
señor Las, coma un poco más. Seguro que está usted cansadísimo.
La
señora Fictius, que no era nada tonta, se daba perfecta cuenta de la situación.
El
trato con la muchacha durante mucho tiempo le había llevado a conocer todas sus
argucias. A buen seguro, no era el primer hombre con el que las utilizaba.
Pero
ella poco podía hacer. Puesto que Lorna estaba a su cargo como ayudante en las
tareas de control de la despensa y preparación de los alimentos, trataba de
mantenerla distraída con severas jornadas de trabajo. La muchacha, lejos de
quejarse, cumplía rigurosamente todos sus deberes. Era lo que se les había
inculcado desde pequeños: el cumplimiento de las obligaciones y la obediencia
incondicional.
A
pesar de todo, continuaba implacable en su plan para embaucar a mi socio.
Después
de retirarnos a dormir, se produjo el incidente más grave. Hasta ahora, el
asunto no había ido, en ningún momento, demasiado lejos. Lorna estaba buscando
la oportunidad propicia para saltar sobre el cuello de mi socio. Sin prisa. Sin
precipitaciones. Olisqueaba el ambiente y valoraba con sumo cuidado sus
posibilidades. No se arriesgaría, por nada del mundo, en un ataque sin
posibilidades de conclusión favorable.
Los
hombres siempre dormíamos a la intemperie. A las mujeres con niños pequeños, se
les permitía hacerlo dentro de los camiones entre los huecos que dejaba la
carga. El resto de las mujeres, pernoctaban bajo los vehículos.
No
hacía demasiado frío, pero en las horas previas al amanecer, la temperatura
podía bajar bastante. A veces, se levantaba un suave pero persistente viento
del este que helaba las venas. Para protegernos de él, utilizábamos gruesas
mantas portuguesas en las que nos envolvíamos de pies a cabeza.
Tras
la cena, Tiro y yo estuvimos un buen rato charlando y haciendo planes.
No
nos atrevimos a encender fuego. Estábamos demasiado cerca de las Azores y
aquella era una zona de piratas. El frío, pronto, comenzó a calar en los
huesos, de manera que decidimos irnos a dormir. No había transcurrido ni media
hora, cuando escuché una serie de ruidos. Tomé mi arma y me decidí a echar un
vistazo. No tardé en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Una sombra
recorría el campamento sigilosamente. Sabía de quién se trataba. No me cabía la
menor duda. Me agazapé y esperé.
Mi
socio se había tumbado a dormir algo separado del grupo. Solía roncar con
profusión y eso, al parecer, le sirvió de excusa para no permanecer unido al
grupo. Lorna Vinicius apareció un rato después. Recorrió, con sigilo, el
campamento, saltó entre los hombres que dormían y se deslizó bajo la manta de
Tiro Las.
Les
dejé que retozaran un rato. Tenía que dejar que mi socio diese un mordisco a la
manzana antes de quitarle de la boca el fruto entero. Pero sólo un bocado.
Nada
más. Después, saqué mi semiautomática y la puse en la sien de Tiro.
—Deja
a la muchacha —dije con voz que trató de parecer autoritaria.
—Déjame
en paz, Bingo —respondió sin moverse un milímetro.
—Suéltala
ahora.
Mi
socio aflojó su abrazo y la muchacha se incorporó bajo la manta. Tenía la blusa
abierta y uno de sus pechos, erecto, firme y desafiante, se aparecía ante mí
sin disimulo. La muy zorra no hizo nada por cubrirse. Ahora estábamos a solas.
No
había nadie más ante quien fingir. No era necesario mantener posturas forzadas.
La
muchacha se mostraba tal y como era.
Sonrió
como una puta barata. Por fin, decidió llevarse la mano a la blusa para cubrir
su desnudez pero, antes de hacerlo, la pasó por el pecho en un gesto lascivo.
—Y
tú, atiéndeme bien —me dirigí a ella—. Quiero que te mantengas lejos del señor
Las. ¿Queda suficientemente claro?
La
muchacha me sostuvo la mirada con absoluto descaro. No dijo nada.
—¿Entiendes
lo que te estoy diciendo? —repetí.
—Sí,
señor Small —dijo—. Lo comprendo perfectamente.
Agachó
la cabeza y trató de parecer humillada. Pero yo sabía que la muy arpía no hacía
más que aparentar algo que no sentía en realidad. Eso me ponía de muy mal
humor. Durante unos instantes vi su verdadero rostro. Ahora, volvía a
interpretar su personaje habitual. Una pobre chica alejada del amor en medio
del desierto más inhóspito. A mí no me engañaba. Insistí: —Quiero que te
dediques exclusivamente a tus tareas en la caravana. Si no lo haces, me veré
obligado a hablar con tu padre. No me gustan las furcias que se meten en las
camas ajenas. Y, mucho menos, si, con esto, se pone en peligro la misión para
la que he sido contratado.
Lorna
movía su cuerpo hacia un lado y hacia otro con un movimiento rítmico y
constante. Trataba de parecer desvalida e indefensa.
—Vamos,
Bingo —dijo mi socio—, deja en paz a la muchacha. No han sido más que unas
cuantas caricias. No tiene la mayor importancia.
—Tú
no te metas en esto —espeté.
Es
lo único que me faltaba. Que Tiro Las tratase de discernir, por su cuenta, lo
que era justo de lo que no lo era. Su cerebro microscópico no había sido
concebido para llegar a conclusiones complejas.
—Y
quiero decirte una cosa —añadí—. Olvida las faldas mientras estemos trabajando.
Sabes
que no es mi estilo mezclar los negocios con el placer. Dentro de unos días
llegaremos a las Azores y, entonces, tendrás tiempo de sobra para desahogarte.
Yo
mismo te acompañaré. Mientras ese momento llega, limítate a realizar tu
trabajo.
Hubo
un silencio un tanto violento. Me daba cuenta de que no podía anotarme la
victoria de esta batalla. En realidad, no había conseguido gran cosa. Sabía que
la chica volvería a las andadas y que mi socio no ofrecería demasiada
resistencia.
Problemas.
A la
mañana siguiente, mi socio me dirigía la palabra como si nada hubiera sucedido.
…l no daba demasiada importancia a estas cosas. En realidad, las olvidaba
pronto. Vivía el presente y lo demás le traía sin cuidado. Yo traté de parecer
molesto con él. En cierto modo, lo estaba, pero, como Tiro no se daba por
aludido, desistí en mi actitud. A fin de cuentas, necesitaba tratarle con
normalidad para que nuestro trabajo no se tornase intolerable.
Durante
las siguientes noches, no ocurrió nada. Las jornadas de trabajo eran agotadoras
y todos, hombres y mujeres, terminábamos exhaustos. El terreno se había
inclinado mucho y algunos camiones tenían dificultades para ascender.
Contaba
con ello y así se lo había dicho al señor Vinicius antes de nuestra partida.
Si
cargábamos demasiado los camiones, el paso de la dorsal no estaría exento de
problemas. Habíamos descendido por el talud continental sin demasiados
incidentes y eso hacía suponer que el descenso de la dorsal por el lado
americano, mucho más suave y gradual que aquel, se llevaría a cabo sin graves
lances. Pero ascender hacia las Azores se convertía en todo un reto. Los
motores se calentaban en exceso y, a veces, la carga hacía que los camiones
tuviesen que rodar a muy baja velocidad. Había tramos en los que los viajeros
tenían que caminar junto a los vehículos para eliminar peso de estos.
Tuvimos
que utilizar los cables en no pocas ocasiones y remolcar a los unimogs.
Cada
uno de los cuatro por cuatro portaba, en su parte trasera, un cable de acero de
unos diez metros de longitud con un gancho en el extremo. Al principio, los
fuimos usando de manera esporádica pero, con el paso de los días, me di cuenta
de que era mejor llevar permanentemente sujetos los camiones. La velocidad
nunca era ya la suficiente para que los cables molestasen y, aunque no siempre
fueran necesarios, ahorrábamos mucho tiempo evitando tener que montarlos y
desmontarlos varias veces al día.
Lorna
parecía haber atendido mis palabras. Se mantuvo lejos de Tiro. Había ordenado a
la señora Fictius que le asignase aún más tareas de las que tenía.
Quería
que, a final del día, a la muchacha no le quedara ninguna gana de seguir
intrigando. La señora Fictius actuó encantada. No aprobaba, en modo alguno, la
actitud de la chica. Sabía que tontear un poco era lo propio de su edad, pero
ella se excedía demasiado. Le asignó más tareas y la hacía trabajar de sol a
sol. Siempre había algo que ordenar en la despensa, cajas que reorganizar y
víveres que recontar.
La
despensa era uno de los lugares estratégicos de la caravana y no podía haber
sorpresas en ella.
—Quizás
el señor Vinicius debería conocer algunas cosas que ocurren por aquí... —dejó
caer la señora Fictius en una ocasión.
No
le respondí. Me limité a mirarla y a asentir levemente. No me atrevía a dar ese
paso. Podría volverse contra mí. Necesitaba a Tiro y no podía permitir que la
desconfianza cayese sobre él. Además, era mi socio y mi amigo. No tenía la
menor duda de que era un descerebrado, pero no era mal muchacho. Si hablaba con
el señor Vinicius, quizás sólo conseguiría que el ambiente de la caravana se
enrareciese. Lo mejor era esperar. Las Azores estaban ahí mismo y mi socio
podría desfogarse sin causar más problemas. Lástima que la zorrita no pudiera
hacer lo mismo. Yo, personalmente, era capaz de pasearla por todos los tugurios
de las Azores hasta encontrarle un buen muchacho portugués que le calmase los
ánimos si, de esta manera, consiguiera que la paz retornase a mi caravana. Pero
el señor Vinicius era capaz de meterme una bala en la cabeza si hacía una cosa
de ese estilo. Lorna era su niña, su única hija y la adoraba. No permitiría que
cualquier tipo se la acercase con torcidas intenciones. Mi socio, incluido.
CAPÍTULO
15
Existencia
en las cumbres de las montañas Conseguimos alcanzar las Azores con el zil casi
en las últimas. Necesitaba una revisión a fondo que, al menos, nos ocuparía dos
días. El señor Vinicius rápidamente lo dispuso todo para que así fuese. No
quería que perdiésemos un minuto más de los necesarios. Y yo estaba de acuerdo
en eso. No quería abandonar la tensión del viaje. Los dos días de descanso me
vendrían bien, pero no era necesario ninguno más.
La
primera de las Azores que, desde nuestra posición, avistamos con nitidez, fue
S„o Miguel. Se trataba de un territorio de poco más de sesenta kilómetros de
largo con ciudades de cierta entidad que le hacían a uno sentirse de nuevo en
la civilización. Disponía del aeropuerto internacional más importante de todas
las Azores a través del cual era permanentemente abastecida desde Lisboa y
Frankfurt. Si siempre lo habían sido, ahora las Azores eran, más que nunca, uno
de los lugares estratégicamente mejor situados en el mapa del globo.
Bordeando
Santa Maria, entramos en S„o Miguel a través de una playa de su cara sur cerca
de Ponta Delgada. Fue una magnífica sensación volver a sentir el asfalto bajo
nuestras ruedas. Llevábamos el polvo, la arena y la sal de muchos días en el
cuerpo. El cansancio lo debíamos llevar dibujado en la cara porque, los
primeros lugareños que avistamos, se llevaron las manos a la cabeza al observar
nuestro lamentable estado.
Después
de instalar el campamento y dejar a señor Vinicius al cargo de la caravana, mi
socio y yo nos dirigimos a Ponta Delgada. Necesitábamos un buen baño, una
comida decente y una copa en un vaso limpio. Aparcamos las motocicletas frente
a un hotel y reservamos un par de habitaciones. Una vez en el interior de la
mía, me quité la ropa junto a la cama y sacudí toda arena que llevaba encima
antes de meterme en la bañera. Por lo menos, me había deshecho de un par de
kilogramos de peso.
Nunca
había sido demasiado amigo de los baños, pero aquel me supo a gloria.
Lo
necesitaba de verdad. Me serví un vaso de whisky del bar de la habitación,
encendí un dunhill número 500 y me tumbé en la bañera. Tenía el cuerpo dolorido
y cansado. Aquel agua caliente era un bálsamo para mi piel. Aspiré el humo del
puro. En silencio, las bocanadas salían de mi boca y ascendían mezclándose con
el vapor. El whisky no era de mi marca pero no estaba nada mal. Después de lo
que habíamos pasado, hasta el más infecto de los brebajes satisfaría mis
necesidades.
Comenzaba
a sentirme bien.
Tomé
el teléfono y llamé a la recepción. Quería que alguien diese un buen lavado a
mi ropa. Un rato después, llamaron a la puerta.
—Adelante
—ordené.
Una
mujer joven entró en la habitación y trató de hallarme.
—Aquí
—grité a través de la puerta entreabierta del baño.
La
mujer asomó su cabeza y, evitando mirarme directamente, dijo: —Me envían a
recoger su ropa.
Era
morena y con la tez oscura. El uniforme del hotel le sentaba estupendamente y
se ajustaba con cierta picardía a las curvas de su cuerpo. Los senos se
apretaban dentro de la blusa y brotaban hacia arriba. La falda cubría sus
piernas hasta las rodillas y dejaba entrever unas fabulosas piernas rectas y
delgadas. Me di cuenta, entonces, de que había casi un mes que no miraba con
deseo a una mujer.
Había
estado demasiado ocupado en mis obligaciones al frente de la caravana como para
poder pensar en otra cosa.
—Está
ahí fuera —le respondí.
—Muchas
gracias. La tendrá lista en un par de horas. ¿Quiere que se la enviemos?
—Se
lo ruego.
La
mujer salió de la habitación con mis malolientes ropajes apoyados en su regazo.
Volví a dar una calada a mi cigarro mientras sorbía despacio del vaso.
Cinco
minutos después, me había quedado profundamente dormido.
Desperté
cuando alguien golpeó la puerta. El cigarro flotaba, apagado, en el agua de la
bañera. El vaso de whisky había rodado por el suelo derramando el líquido por
toda la alfombra. Tardé unos instantes en tomar conciencia del lugar en el que
me encontraba. Notaba cierta extrañeza al no hallarme en mitad del desierto.
Cuando
uno pasa demasiado tiempo ahí abajo, termina por creer que no existe nada al
margen de ello.
Volvieron
a llamar a la puerta.
—Pase
—grité.
La
misma mujer que había recogido mi ropa, la traía ahora recién doblada y
planchada.
—Hay
algunas manchas que no han salido, señor.
El
agua de la bañera estaba fría y no quedaba ni rastro del vapor. Debían haber
transcurrido las dos horas.
—Déjela
sobre la cama —dije mientras me incorporaba.
Salí
de la bañera y me sequé el cuerpo con una toalla de un blanco inmaculado y
suave como las plumas. Después, me la puse rodeando la cintura y salí fuera del
baño. La mujer permanecía en medio de la habitación esperando instrucciones.
En
aquel momento me pareció bellísima.
—¿Desea
algo más el señor? —preguntó mirándome a los ojos.
—Sí,
pero supongo que usted no puede dármelo —respondí mientras ponía atención en
escudriñas su respuesta.
La
mujer no bajó la mirada en ningún momento ni dio señales de azoramiento.
—Me
temo que no, señor —dijo.
Dio
media vuelta y salió de la habitación cerrando la puerta con mucha delicadeza.
Demasiada
delicadeza, diría yo.
El
sol estaba a punto de ponerse. Miré por la ventana de la habitación y observé
cómo caía por el mismo lugar al que nos dirigíamos. Nos restaba, aún, la parte
más dura del viaje. No estaba demasiado seguro de poder llevar a aquel grupo de
chiflados hasta su destino. No lo veía nada claro. Pero tendría que intentarlo.
Eso
sería dentro de dos días. Ahora era el momento de correrse una buena juerga en
compañía de mi socio. Nos la habíamos ganado, de eso no había la menor duda.
Me
vestí y salí al pasillo. La habitación de mi socio era la inmediatamente
contigua a la mía. Llamé una vez a la puerta y la empujé. Estaba abierta. Mi
socio estaba terminando de afeitarse mientras fumaba un puro de considerables
dimensiones.
Sobre
la cama había unos cuantos botellines de licor vacíos. Tiro había dado buena
cuenta del bar de su habitación. Estaba claro que esa noche buscaba diversión.
Y la había empezado a buscar por su cuenta. Antes de salir de su habitación del
hotel, ya estaba medio borracho.
Mientras
esperaba que terminase, decidí servirme una copa. Mi socio había acabado con
las existencias de whisky, así que me serví un vodka. No estaba demasiado frío,
pero me cayó bien en el estómago. Me había despertado con el cuerpo algo
desencajado. Dos horas a remojo, aunque tuviera unos cuantos baños atrasados,
era demasiado para mi piel poco acostumbrada a la humedad.
Con
la ropa limpia, la cara rasurada y oliendo a jabón, éramos personas diferentes.
Al
menos, así nos sentíamos. Dejamos las motocicletas en aparcamiento del hotel y,
caminando, salimos a las calles de la ciudad con el ánimo despejado y una
mezcla de cansancio y ganas de diversión en el cuerpo. Para desembarazarnos del
primero y profundizar abiertamente en las segundas, Tiro y yo seguimos una
drástica y antigua dieta: ingerir todo el alcohol que nuestro cuerpo pudiese
soportar antes de caer paralizados.
A
partir de ese momento, el recuerdo se hace cada vez más endeble.
Grandes
lagunas en mi pensamiento me obligan a suponer la mayor parte de lo que aquella
noche ocurrió. Lo primero que puedo volver a recordar con nitidez, era el sol
de la mañana en nuestras caras. Estábamos tendidos junto a unos contenedores de
basura perdidos en una de las callejuelas de Ponta Delgada. Tiro tenía bastante
sangre coagulada en la cara. Parecía haber brotado de su nariz y haberse
solidificado allí mismo ante de que nadie la limpiase. Su camisa aparecía rota
por varias partes y había perdido casi todos los botones. El pantalón estaba
sucio y grandes manchas oscuras, presumiblemente de su propia sangre, rodeaban
los muslos.
Mi
aspecto no era, en ningún modo, bastante mejor. Tenía casi toda la ropa rota y
me dolían horriblemente los nudillos de la mano derecha. Me palpé con cuidado a
la búsqueda de alguna lesión importante, pero, al margen de unas cuantas
magulladuras, mi estado era normal. Había una cosa que estaba clara: la fiesta
había sido de las que hacen época.
Un
vehículo de la policía portuguesa se detuvo a unos metros de nosotros y dos
agentes descendieron de él. Vestían de uniforme y les acompañaba un tercer
hombre de paisano que había llegado a pie. …ste sacó su placa del bolsillo y se
la colocó en el cinturón del pantalón. Llevaba americana y camisa de color rosa
pálido con el nudo de la corbata aflojado. Portaba un modelo bastante antiguo
de gafas de sol con el cristal de espejo.
Me
daba cuenta de que nuestra situación, tumbados entre bolsas repletas de basura,
era lamentable y no quería ni pensar en lo que habíamos realizado aquella
noche. Por mi cabeza pasaban sillas destrozadas, mujeres corriendo en ropa
interior, botellas de whisky rotas por el suelo y peleas a puñetazos.
—Veo
que ya habéis llegado a la ciudad.
Levanté
la mirada y vi el rostro de Cavalho Gonzáles mirándome directamente.
—Eso
me temo —acerté a decir mientras me rascaba la parte trasera de la cabeza.
—Nos
hemos dado cuenta. Medio Ponta Delgada se ha dado cuenta. Os habéis hecho
notar, de eso no hay duda.
—Creo
que montamos algo de jaleo. Ya sabes, con la intención de divertirnos...
—¿Algo
de jaleo? La vuestra ha sido la mayor juerga que se recuerda hace años en este
lugar.
Tiro
comenzó a moverse y abrió los ojos.
—Tu
amigo es un buen elemento. Tenemos varias quejas contra él. Eso, tan sólo en
las horas que lleváis en la ciudad. Habéis batido todas las marcas.
—¿Qué
diablos ha pasado? —preguntó mi socio mirando en torno a él.
—Escuchadme
—dijo Cavalho—. Sabéis que os aprecio. A ti, Bingo, te conozco desde los
tiempos de Angola, pero tienes que darte cuenta de que esto no es Luanda.
—Créeme
que me doy cuenta —dije—. Y siento mucho las molestias que hayamos podido
ocasionar. Sabes que, por lo general, nos gusta pasar desapercibidos.
—Quizás
en otras ocasiones, pero no en ésta. Habéis armado demasiado jaleo. Tengo un
buen montón de quejas amontonadas sobre la mesa de mi despacho.
Debería
deteneros ahora mismo y poneros a la sombra unos cuantos días —Gonzales hizo
una pausa—. Creo que lo mejor que podéis hacer es abandonar la ciudad de
inmediato.
—Mañana,
sin falta —alegué—. Danos tan sólo veinticuatro horas más. Las necesitamos para
que nuestros clientes terminen de abastecerse. Después, partiremos sin demora.
—¿Cuál
es vuestro camino?
—Todo
al oeste.
—¿Al
oeste? Al oeste no hay más que piratas, forajidos y ladrones.
Quinientos
kilómetros al oeste del último territorio de las Azores, comienza la tierra
inexplorada. Allí gobiernan asesinos y delincuentes huidos de las justicias de
medio mundo. Lo único que conseguiréis yendo hasta aquel lugar, es poner en
peligro vuestras vidas. Y, según mis noticias, los de las gentes que lleváis
con vosotros.
—¿Tan
mal está la cosa?
—Peor.
Si conseguís esquivar a los cabrones que actúan en lo que os resta de Dorsal
Atlántica, os daréis de bruces con el plato más amargo de vuestras vidas.
Los
cabrones más grandes del mundo están ahí fuera —señaló con el dedo en una
dirección pero, en mi estado, era incapaz de dilucidar si lo hacía en la
dirección correcta—. Por no hablar de todo lo demás. Os enfrentáis al peor de
los desiertos del mundo. Lo que habéis pasado hasta llegar aquí es un juego de
niños comparado con lo que os resta.
—Me
temo que lo sé, Cavalho, me temo que lo sé...
—Es
el consejo que tengo para ti, muchacho. Coge a esa piltrafa que tienes por
compañero, a los malditos locos a los que guías y da media vuelta antes de que
sea demasiado tarde.
—Creo
que ya es demasiado tarde —intenté incorporarme entre la basura—.
Está
decidido. Iremos hasta el final.
—Pero
—Cavalho deslizó sus gafas de sol hasta sostenerlas en la punta de la nariz—,
¿qué demonios es lo que buscáis allí?
—El
sueño americano, Cavalho, el sueño americano...
CAPÍTULO
16
El
infierno en el que nada sobrevive El resto del día nos lo pasamos descansando.
Por suerte, el bueno de Cavalho nos permitió pasar la jornada completa en la
ciudad con la condición expresa de que no saliésemos de nuestra habitación del
hotel si no era para arrancar las motocicletas y dirigirnos al desierto. No
hubo que hacer ningún esfuerzo.
La
resaca nos estaba devorando por dentro y ocupamos gran parte del día en dormir.
Por la tarde, conseguimos algo de ropa nueva en una pequeña tienda cercana y,
después de pagar la cuenta, nos dirigimos al aparcamiento.
Allí
estaban ellas dos. Nuestras motocicletas se aparecían ante nosotros
resplandecientes.
El
día anterior habíamos encargado al propietario de un taller mecánico que había
unas cuantas calles más allá del hotel, que les diese un vistazo completo.
Queríamos que las revisara de arriba abajo. Les esperaba un duro trago y debían
estar a punto. Ambas tenían cubiertas nuevas y les habían sacado brillo a todos
los componentes metálicos.
Monté
sobre la suzuki y accioné el arranque. Rugió a la primera. Apreté las hebillas
de mis botas y me dirigí, con Tiro detrás de mí, hacia la salida. Miré al
cielo. Estaba prácticamente despejado y, aunque el viento que azotaba
permanentemente las Azores impedía que el calor hiciera subir demasiado la
temperatura, el ambiente era cálido.
Nos
dirigimos al punto de encuentro. La caravana se encontraba donde la habíamos
dejado el día anterior. Parecía que había transcurrido una eternidad, pero no
habían sido más que unas cuantas horas. Me sentí bien. Aún tenía algo de
resaca, pero haber perdido de vista a toda aquella gente al menos durante unas
horas, me había causado un buen efecto. Me tomaba las cosas de otra forma. Por
otro lado, sabía que ahora comenzaba lo realmente complicado. La etapa final
del viaje era la más complicada con diferencia. Por si no lo tenía claro,
Cavalho me lo había expuesto sin el menor asomo de duda. Nos dirigíamos al peor
territorio sobre la faz de la Tierra. Lo pasaríamos mal ahí abajo y,
probablemente, algunos de los nuestros no sobrevivirían a la terrible prueba.
Espera, al menos, que otros sí lo hiciéramos. No me apetecía, la verdad,
dejarme la vida en medio de la nada más desapacible y perdida del mundo. Yo
siempre había soñado con envejecer tranquilamente en mi casa de Lisboa, mirando
por la ventana al desierto, dejando pasar los días sin prisa. O, quizás, volver
a ¡frica y buscar un buen refugio en las playas de Dakar. En cualquier caso, mi
objetivo era salir vivo de allí. Y cumplir la misión para la que había sido
contratado. Con el dinero obtenido, mi socio y yo podríamos pasar una buen
temporada acodados en la barra de cualquier antro de Lisboa. Sin prisas, sin
estrecheces. Descansando mi cuerpo dolorido. Cada día me iba pesando más el
paso por este mundo. Por decirlo de una manera más exacta, el paso de este mundo
por mi cuerpo envejecido. Ya no era un muchacho.
Demasiados
kilómetros, demasiada arena y demasiado polvo. El olor a combustible lo llevaba
implantado en cada uno de los poros de mi piel y no creo que ni con un millar
de baños jabonosos, pudiera deshacerme de él. Lo llevaba conmigo para siempre.
Era mi marca, mi sello personal. Bingo Small, el hombre que cabalga su
motocicleta siempre hacia la puesta del sol. Siempre hacia el oeste. Abriendo
caminos y explorando las Nuevas Tierras. Ese era yo y esa imagen de mí me hacía
sentirme bien.
Miré
de reojo y observé a mi socio rodando en silencio a mi lado. …l no se planteaba
ninguno de estos asuntos. Simplemente rodaba a mi lado. Sin importarle
demasiado el destino. Sin hacer ascos a ningún encargo. Olvidando el valor real
de las cosas materiales. Nunca le vi preocuparse por el dinero ni por sus
posesiones terrenales. Tiro Las, al margen de su motocicleta y la ropa que
llevaba puesta en cada momento, no atesoraba nada más. Vivía en habitaciones de
alquiler y, cuando no tenía dinero, en el sillón de cualquier amigo. Se
alimentaba de comida rápida y de whisky americano. No era, lo que podemos
decir, un tipo demasiado listo. Se obcecaba con facilidad y era testarudo como
un viejo camión militar.
Apenas
diferenciaba un buen negocio de uno nefasto. Por eso lo llevaba siempre
conmigo. Solo, no hubiera podido sobrevivir en este negocio. Se le podía
engañar con demasiada facilidad. …l, a cambio, me ofrecía su lealtad eterna. La
mejor de las ofrendas que un hombre puede dar a otro. Y, además, lo hacía sin
pedir nada a cambio. Era su forma de ser. Un gran tipo en cuyas manos jamás
dudada en dejar mi vida si era necesario. Antes permitiría que le matasen que
consentir que a mí me ocurriera algo malo por su culpa. Un poco inconsciente e
infantil cuando se trababa de mujeres, pero un buen tipo, en definitiva. No
solía causar daños irreparables.
Nos
conocimos en el desierto de Egipto. Ambos trabajábamos para sendos millonarios
con ansias de aventura que habían decidido tomarse, todos los años, un par de
semanas para descubrir los parajes más inhóspitos del norte de ¡frica.
Como
estos suelen ser siempre los más agrestes e inesperados, necesitaban de
personal cualificado para que se hiciera cargo de sus expediciones. En
realidad, se trababa de viajes de puro lujo. Aquella gente no se privaba nunca
de nada y el hecho de que nos encontrásemos a cientos de kilómetros del lugar
medianamente civilizado más cercano, nunca era un obstáculo. Transportaban
consigo toneladas de material y utilizaban, sin dudarlo, una flotilla de
helicópteros de apoyo. Siempre disponían un avión privado preparado en la pista
de un aeropuerto. En caso de emergencia, podían estar en cualquier ciudad de
Europa en menos de tres horas.
Coincidíamos
porque nuestros jefes se conocían y tenían negocios en común. Nuestra labor era
exclusivamente de guías, así que, cuando no estábamos rodando por la arena,
simplemente esperábamos. Así, nos fuimos conociendo y compartiendo largas
noches de whisky al abrigo de las pirámides.
Luxor
fue el destino que nos unió definitivamente. Utilizábamos todoterrenos con
equipamiento de lujo para circular por las ruinas del templo mortuorio de la
reina Hatshepsut. Aquellos tipos envolvían su soberbia en billetes grandes y
subían con motocicletas por las piedras que llevaban allí varios miles de años.
Sin ningún pudor ni la más mínima preocupación. El gobierno egipcio prefería
mirar hacia otro lado y ocultar, una vez habíamos abandonado el lugar, las
huellas de nuestros neumáticos.
Tiro
nunca tuvo conciencia exacta de lo que hacía cuando ponía su motocicleta sobre
una rueda o corría a toda velocidad sobre aquellas rampas. A él todo aquello le
parecía un fenomenal circuito para vehículos todoterrenos. Solía obsequiar a su
jefe con una ruta a través de todo el anfiteatro a alta velocidad.
Emociones
excitantes. A mí, todo aquello me sacaba de quicio. Además, mi patrón, al ver
lo que en la expedición de su amigo hacían, comenzó a pedirme cosas similares.
Yo, por supuesto, me negué. Hatshepsut llevaba allí demasiado tiempo como para
que se permitiera que un grupo de cretinos millonarios occidentales turbase su
paz eterna. Un día llamé la atención a Tiro sobre lo que estaba haciendo. Se
encogió de hombros y dijo algo así como: —De acuerdo, no lo volveré a hacer
más.
No
se le ocurrió nada más solemne. Simplemente dijo que esa sería la última vez.
Si estaba haciendo algo mal, nunca era demasiado tarde para rectificar.
A
parir de aquel día, Tiro Las se convirtió en mi socio. Finalizamos las
expediciones que teníamos contratadas, cobramos el dinero acordado y nos fuimos
directos a Dakar. Allí vivimos, sin demasiadas preocupaciones, varios años.
Exceptuando
unas cuantas temporadas en otras zonas de ¡frica y algún viaje muy bien pagado
a Sudamérica, no nos movimos de allí. Era una gran vida. Lo que siempre
llamamos, para referirnos a aquella época, los buenos tiempos.
Después
llegó la Gran Evaporación y nuestro regreso a Europa. La gente perdió el
interés por los desiertos de siempre y quiso explorar los nuevos. Sin agua en
los océanos, el desierto estaba disponible en cualquier rincón del mundo. No
era necesario viajar a otro continente para encontrarlo. Europa era el destino
definitivo.
Y,
una vez allí, no hubo ninguna duda. Nuestra ciudad era Lisboa.
Templada,
acogedora y mestiza, la ciudad nos hacía sentirnos en nuestra casa.
Nadie
es extranjero en Lisboa.
Poco
a poco, comenzamos a internarnos en lo que pronto se llamó las Nuevas Tierras.
Un mundo fascinante, inexplorado y muy peligroso. Todo estaba por conformarse
en él. Los ríos no fluían por cauces ordenados y, cuando llovía, grandes
torrentes de agua lo arrastraban todo a su paso. Salvo algunos matorrales de
rápido crecimiento, no existía vegetación. La sal acumulada durante la
evaporación hacía imposible la creación de bosques tal y como se conocen en lo
que siempre fue tierra firme. Sería necesario que cayese mucha lluvia para
limpiar de sal toda aquella tierra baldía. Aún tendrían que pasar muchos años.
Décadas, quiz ás, siglos. Nosotros, a todas luces, no lo veríamos con nuestros
propios ojos.
El
ecosistema que se formaba, no permitía la vida animal. Tan sólo las especies
acostumbradas a vivir en situaciones extremas habían logrado colonizar estos
territorios: serpientes, alacranes, insectos y algunos diminutos roedores
habían construido, en el desierto salado, su morada más querida. Posiblemente
no hubiera en todo aquel lugar un solo animal que no fuese dañino para el ser
humano.
Todos
picaban, mordían o le arrancaban la piel a uno en cuanto se descuidase.
Había
que andar con mucho tiento. Una picadura en medio de la nada más absoluta, sin
posibilidad alguna de rescate real, con el hospital más cercano a cientos de
kilómetros, se convertía en mortal de necesidad. Había visto a hombres morir
allí por mordeduras de serpientes que, en condiciones normales, no son letales.
El veneno tardaba unas horas en actuar, pero allí todo eso carecía de
importancia. El tipo atravesaba una larga agonía en la que, en todo momento,
era consciente de que su suerte estaba echada. No había nada que hacer por él a
excepción de acompañarle en sus últimas horas. Si hubiera estado en la
civilización, hubiera tenido tiempo de llamar a un taxi, ponerse ropa limpia y
salir tranquilamente hacia el hospital.
En
las Nuevas Tierras, sólo podía limitarse a esperar que la muerte le
sobreviniese cuanto antes y la agonía no se prolongara demasiado.
Aunque
llamábamos, por hacerlo de alguna manera, desierto a ese lugar, lo correcto
hubiera sido llamarlo infierno. Era lo más parecido que se me ocurría. Si el
infierno existía de verdad, tenía que ser muy parecido al Atlántico sin una
sola gota de agua. Un vasto territorio de rocas, arena, sal y calor en el que
nunca nada importante podría desarrollarse. Aunque los colonos se empeñasen en
lo contrario, aquella era una tierra maldita que nadie quería para sí.
La
sal acababa con todo. Penetraba en los motores de los vehículos, en las
despensas, en todos los orificios del cuerpo. Entraba en la nariz y en las
orejas, formaba una costra que era necesario extraerse periódicamente para que
la piel no se abrasara. Se introducía entre los pliegues de la ropa e irritaba
brazos, piernas, ingles y todo aquel lugar en el que la carne se plegara sobre
sí misma.
Llegamos
a encontrar extensiones de sal de más de dos metros de espesor.
La
sequedad había conseguido que la capa de sal se resquebrajase dando lugar a
rocas enormes de varias toneladas de peso. Pudimos ver cómo la sal se
desprendía en las lomas de las montañas y caía sin control formando aludes que
arrasaban todo a su paso y convertían las tierras en páramos que tardarían
cientos de años ser reconquistados por la vida. La lluvia, lejos de su habitual
efecto purificador, era, en esta tierra, cómplice de la sal y ayudaba a que
ésta penetrase hasta lo más profundo del subsuelo. La desolación reinaba,
quizás para siempre, en este territorio infernal.
CAPÍTULO
17
Bienvenidos
a América Con la primera luz del alba, levantamos el campamento y nos hicimos
al camino. Descendimos con precaución más allá de la playa por la que habíamos
accedido a S„o Miguel y nos lanzamos hacia abajo. La pendiente, aunque no tan
pronunciada como el talud de Lisboa, era importante. El camino, bastante bien
dibujado por la multitud de expediciones de turistas que se aventuraban por
aquel paraje, cambiaba de dirección continuamente. De cuando en cuando, nos
tocaba ascender pequeñas lomas o rodar en sentido opuesto al que nos llevaba al
oeste.
Horas
más tarde, divisamos al norte las cumbres en las que bullían el resto de las
Azores. Terceira, S„o Jorge, Pico y, por fin, Faial, la más occidental de
todas.
Aún
quedaban, mucho más al noroeste, dos cumbres más, Corvo y Flores, pero tan sólo
acertamos a vislumbrarlas en la lejanía: estaban bastante lejos de nuestro
trayecto.
Fueron
necesarios dos días de transitar por aquellos caminos pedregosos para abandonar
definitivamente territorio portugués. La senda se tornaba, por momentos, un
laberinto de cerros y colinas en los que el tránsito con vehículos pesados se
hacía complejo. Optamos por llevar, de nuevo, los camiones sujetos con cables
de acero. Había que estar muy atento con esta maniobra en este tipo de terreno
en el que tan pronto se ascendía un duro repecho como se bajaba a tumba
abierta. En caso de que, en un infortunado accidente, un camión perdiese el
control y se lanzase al vacío, el cuatro por cuatro al que iba sujeto sería
arrastrado, sin remedio, tras él.
Las
Azores, además del único sitio para abastecerse en mitad del Atlántico,
constituían la mejor ruta para atravesar la gran dorsal. En sus inmediaciones
no existían paredes verticales ni terrenos que, con dificultad, únicamente a
pie podrían ser transitados. El valle central de la dorsal se disgregaba en
multitud de pequeños riscos salvables con un poco de paciencia y cuidado. El
hecho de estar cerca de un lugar habitado y continuamente comunicado con el
resto del mundo, hacía que los caminos se conocieran y los guías se
intercambiasen información. Sabía, incluso, de manuales de rutas y pistas que
circulaban en cursillos para profesionales en algunas ciudades de Europa.
Pudimos
ver las marcas en las rocas. Había tipos que habían descendido hasta allí con
botes de pintura y habían marcado las diferentes rutas con líneas de colores.
Ni quería ni podía perder un solo minuto de mi precioso tiempo en tratar de
interpretar aquel primitivo lenguaje. Supongo que se trataría de tipos que,
como yo, dedicaban su vida a llevar cretinos viajeros de un lado a otro. A
juzgar por la disposición de las marcas, las expediciones debían de aventurarse
por allí a pie. Al menos, yo no perdía la dignidad bajándome de mi motocicleta.
Vimos
una de ella no mucho más tarde. Caminaban a buen paso a dos o tres kilómetros
de nuestra posición. Eran unas treinta personas vestidas con pantalón corto,
gorras de baloncesto y crema solar cubriéndoles el rostro. Gracias a mis
prismáticos, pude ver hombres armados en vanguardia y en retaguardia. Al
parecer, no querían correr ningún peligro. Perder algún turista en una
excursión a manos de los piratas, sería una nefasta publicidad para el negocio.
Ellos también nos avistaron. Los hombres armados no guardaron recato en
mirarnos directamente a través de sus prismáticos. Parecieron darse cuenta con
prontitud de que no suponíamos un peligro para ellos. Siguieron su camino sin
volver la vista una sola vez y ser perdieron tras una curva en las rocas.
Al
día siguiente, nos topamos de bruces con una nueva expedición de excursionistas
a pie. La última de las Azores había quedado bastante atrás y me sorprendió
encontrar gente caminando por aquellos parajes. Eran una docena de hombres y
mujeres acompañados por un guía armado. Portaban el mejor de los equipos:
mochilas anatómicas, tiendas de supervivencia, vestuario ligero y botas de
primera calidad.
—Buenos
días —saludé—. ¿Tienen ustedes algún problema?
—Ninguno.
El
guía de la expedición se detuvo y se secó el sudor en el antebrazo mientras me
hablaba.
—Se
hallan un poco lejos de las rutas habituales para los turistas, ¿no es así?
—pregunté.
—Nosotros
no somos exactamente turistas —pareció ofenderse—. …sta es una expedición para
la exploración de la zona oeste de las Azores. Somos científicos.
—Lo
siento, no lo sabía —creí oportuno ofrecer una disculpa—. ¿Y qué estudian
ustedes en este pedregal?
—De
momento, nada. Tan sólo reconocemos el terreno y tratamos de trazar un mapa.
—Vaya,
pues me alegro de haberme encontrado con ustedes. Creo que son los tipos
adecuados para encontrase uno en medio de este maldito laberinto de colinas.
No
bromeaba. Hacía unas horas que me sentía algo desorientado. Añadí: —¿Sabrían
situar, con exactitud, el lugar en el que nos hallamos?
El
guía miró hacia el cielo y lo pensó durante unos segundos. Se agachó y,
mientras se rascaba la rodilla, dijo: —Creo que, por unos pocos kilómetros,
estamos ya al otro lado.
—¿Al
otro lado?
—Sí,
están ustedes pisando la placa norteamericana. …ste, ni política ni geogr
áficamente es ya territorio europeo.
Cuando
los pioneros escucharon aquello, comenzaron a dar gritos de alegría.
Bajaron
de los vehículos y se abrazaron los unos a los otros. Más de uno hincó las
rodillas en la piedra y, con solemnidad y recogimiento, ofreció una oración de
gratitud a su dios.
Los
científicos no pudieron ocultar su sorpresa ante aquella poco habitual actitud.
El guía se me acercó para que los demás no oyesen lo que tenía que decirme:
—¿Les ocurre algo? ¿Están enfermos?
Algunos
colonos se habían abalanzado sobre los científicos y se abrazaban a ellos con
mucho menos decoro del que, en circunstancias normales, sus creencias les
permitirían.
—Si
lo desea, llevamos con nosotros un botiquín de urgencia... —balbuceó el guía.
—No
se preocupe. No es nada. Se lo agradezco, de cualquier forma.
Me
apoyé sobre el manillar y me dispuse a esperar. Estos chalados bien podrían
pasarme así el resto del día. Mi socio decidió apagar su motor y encender un
cigarrillo. Quizás esa era la mejor de las opciones. Busqué en mis bolsillos y
extraje uno de mis puros. Lo mejor era tomárselo con calma.
—Lo
hemos conseguido. Alabado sea el Señor —gritaba una mujer mientras alzaba los
brazos y los abría con las palmas de las manos extendidas.
—Dios
salve a América —decía otro—. Bienaventurados los que pisan, por primera vez,
esta tierra santa, porque ellos entrarán en el reino de Dios.
Así,
estuvieron un buen rato. Los científicos no daban crédito a lo que sus ojos
veían. Después de superar la sorpresa inicial, comenzaron a sonreír y a
colaborar con los abrazos y estrujones. Aquello era lo más parecido a un circo
que había visto en mi vida.
—¿Suele
pasarles esto muy a menudo? —inquirió el guía.
—No,
la verdad es que no les había visto así nunca. Su historia es un poco larga de
contar. Por resumir, le diré que, para ellos, esta tierra que pisan es algo así
como la tierra prometida. Ellos lo llaman el sueño americano. Supongo que, en
estos momentos, sienten que su sueño anhelado por el que han trabajado tan
duramente durante los últimos tiempos, comienza a cumplirse. Es cierto que aún
nos quedan miles de kilómetros de trayecto, pero saberse en tierra
norteamericana les han infundido bastante ánimo.
—¿El
sueño americano?
—Sí,
no me haga demasiado caso porque nunca les he prestado demasiada atención. Me
limito a guiarles por este desierto. Es para lo que me pagan. Pero estos
chiflados creen, sin ningún atisbo de duda, que Europa está perdida y en
decadencia y que la única posibilidad de que su estilo de vida sobreviva, pasa
por abandonarla y asentarse en las Nuevas Tierras americanas que la Gran
Evaporación descubrió.
Hice
una pausa para fumar y añadí: —Creen que la evaporación del agua marina es una
señal de Dios. Algo así como el Diluvio Universal, pero al revés. Al parecer,
como a Dios el asunto de añadir agua a las vidas de los hombres no le acabó de
funcionar, en esta ocasión se limitó a eliminar la mayor parte de la que había.
—Curiosa
teoría, no cabe duda.
—Están
como para ingresarlos a todos juntos en un psiquiátrico, pero la paga es buena.
Y un hombre tiene que buscarse el sustento hoy en día.
—Pero
ahí no hay más que sal y arena —dijo mientras señalaba con el dedo hacia el
oeste.
—Lo
sé. Y se lo he repetido hasta la saciedad. Pero no escuchan. Tienen una especie
de líder —hice un gesto con la cabeza hacia el lugar en el que se encontraba el
señor Vinicius—. A él es al único que hacen caso. El resto de las opiniones,
está de más.
Los
abrazos y felicitaciones no parecían estar llegando a su término. Seguían
enfrascados en su frenética actividad. A estas alturas, ya nadie permanecía en
su vehículo. Todos habían descendido y se dedicaban, con ahínco, a abrazarse y
besarse. Hombres, mujeres y niños de aquella caravana, todos sin distinción,
habían culminado una de las metas más importantes en sus vidas. Para ellos,
pisar tierra americana era un logro sin parangón. Sobre todo si, como en su
caso, lo había conseguido viajando por tierra y portando, a cuestas, todo lo
necesario para construir un nuevo hogar.
—Ya
entiendo... —dijo el guía de la expedición científica—. Son una especie de
secta de fanáticos que se niegan a aceptar cualquier explicación racional al
fenómeno.
—No
lo sé... Quizás tenga razón —reflexioné en voz alta—. Pero, desde luego, no son
peligrosos ni destructivos. Estos pobres infelices no hacen daño a nadie.
Su
locura es privada y tratan que los demás piensen como ellos.
—No
son los únicos. Tengo noticias de que muchas sectas apocalípticas se han
dirigido a la costa este norteamericana con la intención de establecerse allí y
formar ciudades en el desierto.
—Exactamente.
Estos tipos se llaman, a sí mismos, pioneros y pretenden reunirse con los de su
propia naturaleza. Creen estar conquistando nuevos territorios para la
civilización. Y, en cierto modo —di una prolongada calada al puroalgo de eso
hay.
—No
me haga demasiado caso porque mis referencias son escasas, pero creo que el
gobierno de los Estados Unidos alienta este tipo de conductas. Suponen que todo
este proceso es positivo para su país. Es una especie de expansión territorial
sin coste alguno para ellos. Con limitarse a tener controlados a los colonos y
evitar desmanes importantes, lo consideran suficiente.
El
guía se abrazó, brevemente, a la señora Ictius que pasaba por allí y prosiguió:
—Además, usted sabe que Norteamérica se creó sobre la base de las expediciones
de pioneros. Al menos, todas sus tierras del oeste se colonizaron de esta
forma. El procedimiento no les es ajeno en modo alguno.
—Están
reviviendo los tiempos de antaño —sugerí.
—Eso
es. Les funcionó una vez y suponen que no ha de fallarles en una segunda.
—Si
un país se construye basado en entusiasmo, éste será uno de los grandes.
De
eso no me cabe la menor duda.
Los
científicos trataban, ahora que el incidente parecía haber comenzado a
calmarse, de reorganizar su comitiva. Recogían las mochilas que algunos de
ellos habían dejado en el suelo, se frotaban algo de crema solar en el rostro y
revisaban el estado del calzado.
—Bien,
es el momento de despedirnos —dijo el guía.
—Ha
sido un placer. Creo que nosotros retomaremos la marcha en breve.
Parece
que se están calmando.
—Veo
que llevan teléfonos celulares. Aún vamos a estar unos cuantos días por aquí,
así que si quiere puedo darles nuestros números. Contamos con un médico en la
expedición que puede serles de...
El
guía dejó de hablar y comenzó a mirarme de una manera extraña.
Mantenía
los labios entreabiertos pero no decía nada. Sus ojos dejaron de estar fijos en
mí y comenzaron a girar hacia arriba. En un momento, el tipo perdió el
equilibrio y cayó de espaldas, inmóvil, delante de mí.
—Qué
demonios... —comencé a mascullar.
Miré
con atención y lo vi. De un pequeño orificio en mitad de la espalda, comenzaba
a salir un hilo de sangre que empapaba la camiseta. El tipo estaba muerto.
CAPÍTULO
18
El
tirador solitario Había sido un disparo, no cabía duda. Me bastó un solo
vistazo para darme cuenta. Ningún animal mata de una manera tan fulminante.
Debía reaccionar con presteza. No había escuchado el sonido del tiro. Es
posible que el viento en contra y el bullicio de los colonos hubiera hecho que
pasase desapercibido.
—¡A
cubierto, todos a cubierto! —grité.
Me
arrojé al suelo y la motocicleta cayó conmigo. Arrastrándome como pude,
conseguí hacerme con mi arma. El tirador volvió a hacer fuego y esta vez sí
llegó hasta mí el sonido de los disparos. Estaba parapetado tras una de las
muchas rocas que nos rodeaban y, no me cabía la menor duda, utilizaba para
atacarnos un rifle con mira telescópica. Desde la distancia en la que le
suponía, no podía impactar sobre nosotros de otra manera.
Apretaba
el gatillo con intervalos de unos cinco segundos entre disparo y disparo. En
medio del desorden provocado por el pánico que se suscitó, era una buena
cadencia para eliminar el máximo número de individuos sin desperdiciar apenas munición.
Pude
ver cómo algunos de los nuestros caían bajo su fuego. También disparaba sobre
los científicos. Varios de ellos se desplomaron antes de poder ponerse a
cubierto. Tenía que hacer algo. Rodé sobre mi espalda e hice unos disparos
hacia el frente. No apuntaba a ningún lugar concreto, pero quería hacerle saber
que estábamos dispuestos a presentar batalla.
Los
disparos cesaron durante unos instantes y, de nuevo, se reanudaron.
Disparaba
a matar. No tenía la menos intención de dejar heridos. Di un rápido vistazo en
torno a mí y traté de evaluar nuestras bajas. Pude ver, al menos, a tres
hombres y a dos mujeres tendidos en el suelo. Ninguno de ellos se movía. Habían
caído, además del guía, cuatro o cinco miembros de la otra expedición.
Traté
de buscar a mi socio.
—Tiro,
¿dónde te encuentras? —grité al aire.
—Aquí,
muchacho —oí su voz unos metros más allá.
Había
que organizar una defensa cuanto antes.
—Estamos
cayendo como ratas bajo su fuego —dije.
—No
hace falta que lo jures. Lo estoy viendo con mis propios ojos.
—¿Lo
tienes en tu ángulo de visión?
—Creo
que sí. Sé donde está ese hijo de puta.
—Tenemos
que hacerle salir como sea.
—Esto
es cosa mía, Bingo. El muy cerdo se va a enterar con quién se la está jugando.
—No
hagas tonterías, Tiro. Muévete con cuidado. Ya hemos tenido demasiadas bajas
por hoy.
—¡Cúbreme!
Dicho
esto, mi socio saltó de su escondite tras las rocas y comenzó a correr agachado
y en zigzag.
—¡Fuego,
maldita sea, fuego! —grité con todas mis fuerzas mientras me alzaba y disparaba
una ráfaga contra el tirador.
Unos
cuantos hombres escucharon mi orden y se aprestaron a hacer lo mismo. Barrimos
las rocas con nuestras balas, pero yo sabía que el muy bastardo estaría lo
suficientemente resguardado para que no pudiésemos hacer blanco.
Pude
oír unos lamentos. Era la señora Sacius. Yacía tendida en medio del fuego
cruzado. Miré y vi como la sangre le brotaba de una herida cercana al cuello.
Estaba
muerta. No podíamos hacer nada por ella. Le quedaban, tan sólo, unos minutos de
vida.
De
repente, un niño saltó entre las rocas. Permanecía a cubierto, pero los gemidos
de la mujer llamaron su atención. Era su madre. Corrió hacia ella y se lanzó
sobre su pecho.
—¡Mamá,
mamá! —sollozaba.
Una
mujer gritó: —¡Haced algo, el chico está en peligro!
Desde
luego, había que hacer algo. El problema era saber qué. No podíamos lanzar un
ataque desesperado para salvar al niño. Eso hubiera puesto en peligro
demasiadas vidas. No podía permitir que, para mantener una vida, se perdieran
muchas más.
El
tirador dejó de disparan un momento. Fue algo muy rápido pero me di cuenta. La
cadencia de los disparos había cambiado. Se había vuelto más lenta y erraba
bastante a menudo. El tipo había divisado al niño y estaba calculando su
estrategia. Deseé con todas mis fuerzas que le quedase un atisbo de humanidad
en un rincón perdido de su alma. No tendría el coraje para disparar contra un
niño indefenso. Un niño que se abrazaba a su madre casi muerta, que gimoteaba
junto a ella y le acariciaba el rostro con ternura. Pronto, supe la respuesta.
El
grito de niño fue muy débil. Gritó como si se hubiera pinchado con una aguja.
Nada más. Un gritito y cayó desplomado sobre su madre. Muerto. …sta aún estaba
viva cuando el crío dejó de moverse.
Tiro
consiguió llegar hasta el camión en el que guardábamos el armamento.
De
un salto, entró, por la parte trasera, en el interior. Al rato, vi cómo
llegaba, arrastrándose, hasta la cabina del conductor. El tirador también se
había percatado de ello, porque disparó dos veces contra ella y rompió las
lunas delanteras. Tiro se lanzó al suelo y giró la llave del contacto. El
camión arrancó. Mi socio, sin asomar la cabeza, comenzó a girar lentamente el
camión hasta situar su parte trasera en la dirección desde la que llegaban los
disparos. Conducía con todo el cuerpo debajo del volante. Sentado en el suelo,
utilizaba las rodillas para pisar los pedales.
Entonces
me di cuenta de lo que pretendía hacer. Tiro iba a acabar con todo aquello de
un disparo.
—¡Cubridle,
demonios! —grité. En el camión, además de armas y municiones, portábamos
explosivos. Una bala perdida podía hacer volar a mi socio en mil pedazos.
Se
oyeron unos cuantos ruidos dentro del camión. Me puse a disparar como si me
llevase el infierno. Había que dar tiempo a Tiro para que culminase su labor.
Estaba
preparando el rifle antitanque que el señor Vinicius había adquirido en Madrid
para las ocasiones especiales. Y ahora estábamos en mitad de una de ellas.
—Por
si acaso, nunca se sabe lo que podemos encontrarnos allí —había dicho el señor
Vinicius con su habitual convicción.
Tenía
que reconocer que, en lo relativo al abastecimiento, el señor Vinicius sabía
hacer las cosas.
Mientras,
Tiro parecía haber terminado el montaje del rifle. Lanzaba proyectiles de 57
milímetros capaces de agujerear una plancha de acero sin dificultad.
A la
distancia que mi socio se encontraba de su objetivo, eran letales de necesidad.
—¡Voy
a joderte bien, cabrón! —se oyó dentro del camión.
Acto
seguido, escuchamos el disparo y el camión se balanceó sobre sus
amortiguadores. El impacto fue instantáneo y provocó una gran polvareda.
Cuando
ésta se disipó un poco, pudimos ver la roca en la que había hecho blanco
partida por la mitad. De su parte superior, sobresalía un brazo inmóvil.
Sin
dejar de mirarlo, ordené a mis hombres que se acercaran con mucha precaución.
No quería que corriésemos ningún riesgo. El tirador parecía estar muerto.
—Está
muerto el hijo de puta —gritó Tiro.
—Puede
tratarse de una trampa —dije.
—Imposible.
El M18 no deja supervivientes. Esto es una máquina de matar perfecta. Si tienes
la mala suerte de hallarte en su trayectoria, despídete del mundo.
Mi
socio no estaba equivocado. El impacto había destrozado el cuerpo del tirador.
Un gran trozo de roca le había caído sobre el tórax y le había oprimido las
vías respiratorias.
Unos
metros más allá, estaba su vehículo. Se trataba de un maravilloso hummer gris
de cuatro plazas. La carrocería brillaba como si la acabasen de lustrar.
Hasta
el último de los detalles había sido cuidado con esmero. Su dueño lo había
tratado con mucho cariño. Se podía notar. Y no era de extrañar, porque el
hummer siempre había sido el mejor cuatro por cuatro del mundo. Ser propietario
de uno de los de su clase no suponía lo mismo que poseer cualquier otro
todoterreno.
Los
hummer eran especiales. Con ellos se podía abordar una expedición a cualquier
tipo de superficie. No tenía obstáculos. Sólo una pared vertical podía
frenarles el paso. Unos vehículos fenomenales.
—Bonita
manera de entrar en América —dije mientras movía con el pie el cuerpo del
tirador.
Tiro
llegó hasta nuestra altura y observó, satisfecho, las consecuencias de su
osadía.
—Estuvo
muy bien lo que hiciste —le palmeé la espalda—. Creo que has salvado unas
cuantas vidas.
—¿Quién
diablos es este cabrón?
Había
oído hablar de ellos. Tiradores solitarios que se embarcaban en cacerías del
hombre sin esperar ninguna recompensa más allá del disfrute que la muerte y la
desolación provocaban en ellos. Cazadores venidos de ¡frica y de Asia a los que
las presas mayores ya no les excitaban lo suficiente. Iban a la búsqueda de
nuevas emociones para poder mantener viva su afición. Ahora, en el desierto
atlántico, equipados con los mejores rifles de mira telescópica y los vehículos
más modernos y eficaces, se dedicaban a matar hombres por diversión.
Estos
tipos podían llegar a amasar verdaderas fortunas durante años de trabajo al
frente de grandes expediciones de caza mayor. Un gran cazador experto y con
agallas era un profesional muy cotizado en Boston o Chicago. Los hombres de
negocios que habitaban los áticos de las grandes corporaciones financieras, no
encontraban satisfacción en las diversiones habituales. Por ello, tenían que
estar siempre a la búsqueda de nuevas emociones. La caza mayor era una de las
preferidas.
Además
de la excitación que el acto de abatir un animal varias veces más pesado que
uno mismo llevaba implícita, los safaris se constituían en verdaderas
vacaciones de lujo. Estos hombres no escatimaban en medios. Los equipos que
portaban siempre eran los mejores, los hoteles los más opulentos, la comida se
traía directamente desde América y, por supuesto, el personal empleado era el
más diestro que se podía contratar.
Los
cazadores profesionales que abatían animales por oficio, pronto dejaban de
disfrutar con aquello. Un elefante africano muerto se convertía en
cotidianeidad.
Un
tigre de bengala cosido a balazos, era algo habitual. La emoción desaparecía
con el paso de los años. El trabajo se convertía en pura rutina.
Muchos
de estos cazadores no lo pudieron soportar más y se retiraron.
Desmontaron
sus armas y no volvieron a efectuar un solo disparo nunca más.
Otros,
por el contrario, tenían el virus de la muerte inoculado en sus venas.
Necesitaban
matar para sentirse vivos y los cocodrilos, los hipopótamos y los guepardos
había dejado de ser interesantes. Tenían, para ellos, el mismo interés que un
mosquito. Ninguno. Por eso, unos cuantos decidieron dar un paso más allá. De
pronto, se había abierto ante ellos un desierto casi infinito con toda clase de
climas y terrenos en el que había comenzado a dominar un animal: el hombre. No
era, en modo alguno, el más hábil de todos. Desde luego, no era el más fuerte.
Ni siquiera el más rápido. Pero disponía de una cualidad que lo hacía superior
a todos los demás: era inteligente. Y eso, precisamente eso, lo dotaba de un
atractivo inigualable. El hombre podría trazar estrategias de defensa ante un
ataque. Podía interpretar el pensamiento del cazador y actuar en consecuencia.
Disponía de un amplio abanico de posibilidades de reacción. Además, utilizaba,
al igual que el propio cazador, armas de fuego.
—Es
un francotirador —dije—. Puede que el primer norteamericano con el que hemos
tomado contacto.
Su
aspecto era caucásico. Alto y fornido. De unos cincuenta años. Llevaba ropa
militar y gafas de sol. La piel estaba curtida por el sol. El hombre había
pasado muchas horas de su vida a la intemperie. Estaba acostumbrado a moverse
por terrenos difíciles. Un viejo ejemplar de una raza casi extinta. Un cazador
solitario.
Observé
la escena. Varios de los nuestros estaban muertos. El guía de los científicos y
algunos hombres de su expedición, yacían, también, inertes. Los supervivientes
comenzaban a salir de sus escondites y trataban de auxiliar al resto.
Poco
se podía hacer. El tirador no había dejado heridos. Era un profesional. Una
bala, un cadáver. Eso se aprende en la selva. Disparar sin la seguridad de
matar, puede poner en riesgo la propia vida del que dispara. Por eso, ninguno
de estos hombres fallaba jamás.
Conté
los cadáveres. Habían caído cinco de los nuestros y el niño. De la otra
expedición, había cinco cuerpos más tendidos en la roca. En total, once bajas.
Un golpe muy duro.
CAPÍTULO
19
La gran
decisión El señor Vinicius se llevaba las manos a la cabeza y caminaba de un
lado a otro sin rumbo fijo. La desesperación parecía haberse apoderado de él.
No vacilaba en gritar y lamentarse.
—¿Qué
es lo que ha ocurrido? ¿Quién es la bestia capaz de hacer una cosa así?
Las
lágrimas resbalaban por su rostro.
—Dios
santo, cuánta barbarie...
Tuvo
que ocurrir algo de esa magnitud para que el señor Vinicius mostrase, de
verdad, sus sentimientos. Hasta ahora, nunca los había sacado a relucir.
Siempre
recto y taciturno, ocultando lo que sentía tras una barrera infranqueable.
—Uno,
dos, tres, cuatro, cinco... —contaba los cadáveres en voz alta y señal ándolos
con el dedo—. Seis, ese salvaje ha matado a seis de los nuestros.
—Y
cinco más de la otra expedición —añadí.
Los
colonos expresaban su dolor sin represiones. Ver al señor Vinicius doliéndose a
viva voz, parecía una autorización expresa para que los demás hiciesen lo
propio. Mientras, los supervivientes de la caravana científica eran, en su
mayoría, presa de ataques de nervios. Una mujer, tan sólo, se mantenía entera y
trataba de interesarse por los caídos.
Un
griterío desaforado se adueñó del lugar.
—¡Maldito
desalmado! —exclamaba, desconsolada, la señora Catius ante el cuerpo de su
marido.
—Son
mis padres. ¡Ha matado a mis padres! —lloraba el hijo mayor de los Ictius.
—¿Qué
va a ser de nosotros?
El
señor Vinicius se dio cuenta de la consternación reinante y comprendió que era
su deber de líder de la comunidad tomar la iniciativa. Trató de serenarse un
poco y asumir su condición de guía moral, de hombre bueno y recto.
—¡Amigos!
—gritó alzado los brazos en el aire—. …ste es, sin duda, el peor momento de
todos a los que nos hemos enfrentado. Hemos de ser fuertes.
—¿Cómo
vamos a ser fuertes ante tanta desdicha? —gritó un hombre.
—Porque
se lo debemos a ellos. Es lo que los que han caído hubiesen deseado.
Debemos
estar muy unidos —respondió el señor Vinicius.
—Al
diablo la unidad. Esto ya no hay quien lo arregle.
—Desde
luego que no. Las pérdidas han sido irreparables. Pero debemos continuar.
Se
hablaban los unos a los otros a gritos, desde lejos. No se había formado un
grupo. Hacerlo hubiera significado que los que ya no se podían mover por su
propia cuenta quedaban irremediablemente fuera de él. Nadie parecía dispuesto a
dar el paso de reconocer ese extremo. La evidencia estaba clara, pero mantener
la posición inicial era una manera de tratar de detener el tiempo.
Alguien
intentó poner calma: —Ahora no es momento para las discusiones. Debemos
enterrar a los muertos y organizar un oficio por sus almas.
—Tiene
razón.
—Desde
luego, eso es lo que debemos hacer.
—Aquí
hay un par de heridos que precisan atención.
Ocupamos
varias horas en cavar unas tumbas. En aquel terreno pétreo, apenas existían
oportunidades para excavar un agujero en el suelo. Tuvimos que trasladar los
cadáveres unos cien metros más allá hasta dar con un lugar en el que poder
hundir las palas.
El
señor Vinicius, como no podía ser menos, se ocupó de los responsos. Ya
conocíamos el ritual. Fue largo y pesado. Si por un cabeza de familia como el
señor Finetius habíamos ocupado varias horas en su última despedida, por un
entierro de las características y magnitud del presente, el oficio fúnebre se
prolongó hasta la caída del sol.
Fue
algo triste. Y no por el dolor que la despedida de unos seres queridos lleva
consigo. No. Se trataba de la actitud de todos los supervivientes durante el
responso. Se metieron de lleno en el ritual. Sentí cómo cobraban vida, cómo sus
sentidos se animaban y compartían con mayor intensidad. Parecía que se
sintiesen felices en medio de su desgracia. La ceremonia les daba vida.
Por
supuesto, también rezaron los muertos de la expedición científica. Yo hubiera
sido partidario de enterrarlos a todos sin más y salir cuanto antes de allí,
pero si se iba a rendir honores a unos cuantos, debía ser para todos. No hubo
la menor duda. Se lo comenté al señor Vinicius y aceptó sin rechistar.
—No
se preocupe. Ellos también son hijos de nuestro Dios. Recibirán el tratamiento
que consideramos justo para todos sus siervos. Después, …l sabrá reconocer a
los que de verdad son los suyos.
Se
afanaron en cavar las tumbas. Había tanto trabajo que, incluso, Tiro y yo
echamos una mano. No se avinieron a realizar una fosa común para los once
cuerpos.
Según
dijeron, era indigno, así que tuvimos que cavar los once agujeros uno a uno.
Para evitar que el viento y el agua de la lluvia dejasen al descubierto los
cuerpos, hubo que cavar bastante. Los colonos creían que un cadáver debía de
permanecer bajo tierra por el resto de la eternidad. Sería indigno para un ser
humano que sus restos, por la incidencia del clima, afloraran con el tiempo. De
no ser así, yo me hubiese decantado por unas cuantas tumbas superficiales.
Decidimos
abandonar el zil allí mismo. Ahora que éramos menos personas, no necesitábamos
tantos vehículos. Además, los conductores escaseaban. No podía dejar en manos
de cualquiera un camión pesado y repleto de carga como el zil. No era fácil de
conducir. Como buen vehículo viejo, estaba lleno de trucos y manías. Por eso,
decidí que lo mejor era abandonarlo. Por otro lado, teníamos el fantástico
hummer que el francotirador nos había legado. No se podía renunciar a un
vehículo de esas características.
Ordené
que la carga del zil fuera repartida entre los demás camiones.
Abandonamos
algunos enseres de los fallecidos e hicimos huecos como pudimos.
Se
extrajo todo el combustible que llevaba en el depósito y lo guardamos en los
nuestros.
Dos
jóvenes arrancaron varias tablas del zil e improvisaron once cruces para las
tumbas. En ellas, se inscribió el nombre de los fallecidos. Debajo, su año de
nacimiento y el presente. Todo resultó muy rudimentario pero no parecía
importarles.
—A
los ojos de Dios, es el acto lo que cuenta de veras.
De
acuerdo. Por mí no había ningún problema.
Cayó
la noche. Pidieron permiso para encender una hoguera y acepté. Por si acaso,
puse un hombre en un puesto de vigía. Las cosas no podían ir a peor pero era
mejor asegurarse.
—¿Y
ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo el hijo de los Ictius—. Mis padres están
muertos. Los dos. Ese asesino nos los ha arrebatado. Su sueño era llegar hasta
las tierras de América, pero ellos ya no lo verán nunca cumplido.
Hizo
una pausa y agachó la cabeza antes de continuar: —A mí no me queda una sola
razón para continuar. Mis hermanos y yo no tenemos nada que hacer en las Nuevas
Tierras. Nunca, sin nuestros queridos padres, encontraremos en ellas un
verdadero hogar.
—No
digas eso —interrumpió el señor Vinicius—. Comprendo tu dolor. Y lo comparto
como todos nosotros lo compartimos. Los que han caído hoy eran parte de nuestra
gran familia. Todos somos familiares aquí. Mi dolor está con el tuyo, te lo
aseguro. Si ahora pudiera, cambiaría mi vida por la de los que se han ido.
—Pero
no lo puede hacer, señor Vinicius, no lo puede hacer —sollozó el muchacho.
Se
dio cuenta de que estaba perdiendo la compostura y, aclarándose la garganta,
añadió con solemnidad: —Nosotros regresamos a Europa.
—¿Cómo?
—Que
regresamos. No vamos a continuar hacia delante. Las cosas han cambiado
radicalmente y ya no hay nada ni nadie que nos impulse a seguir. Mis hermanos y
yo regresamos a Europa.
—Pero
estamos en mitad del Atlántico. No lo conseguiréis vosotros solos.
—Las
Azores quedan a unos pocos días de viaje. Regresaremos hasta ellas y, allí,
tomaremos un avión rumbo a Frankfurt. Podemos estar en casa en menos de una
semana.
—¡No!
Vuestra casa ya no es aquella. Europa es una tierra en la que impera el mal. Abandonarla
fue un mandato que debemos seguir hasta el final. No podemos volvernos atrás.
—Nuestra
casa está en el lugar en el que estén nuestros padres. Por eso, porque nosotros
siempre obedecemos de manera respetuosa los dictámenes, hemos llegado hasta
aquí. Con nuestros padres muertos, soy yo, el primogénito, quien ha de tomar
las decisiones y hacerse cargo de la familia.
—No
pongo en duda eso que dices. Sé que así es y que así debe ser. Ahora eres tú el
cabeza de familia. Por eso, porque lo eres, me dirijo a ti y te pido que
reconsideres tu postura. De igual a igual, te imploro que no modifiques los
planes iniciales en los que tus padres creyeron ciegamente.
—No
estoy seguro de querer seguir persiguiendo el sueño americano.
—¡No
hables así! Blasfemas cuando lo haces. Ansiar el sueño americano no es un
sentimiento arbitrario. No puede serlo, porque nuestro propio Dios nos dice que
ha de ser así. Y la palabra de Dios es infalible. Limítate a escuchar sus
señales.
—Jamás
se me ocurriría poner en tela de juicio la palabra de Dios. Antes moriría que
negar su voz. Yo tan sólo digo que quizás estemos interpretando erróneamente
sus señales.
—¿Dónde
está, acaso, todo el agua que aquí falta? ¿No te parece eso una señal lo
suficientemente poderosa? Piensa en los antecedentes bíblicos, muchacho, piensa
en ellos. ¿Acaso Noé se negó a escuchar la voz de Dios?
—No,
señor Vinicius, no, pero creo que...
El
hijo de los Ictius dudó un instante. El señor Vinicius, beneficiándose de su
vacilación, aprovechó para lanzar un nuevo ataque: —Entiendo tu dolor y la
perturbación que éste conlleva. Lo sé y, como te digo, lo comparto contigo. Tu
sufrimiento es mi sufrimiento. Pero también te digo que el mandato de Dios está
sobre todo lo demás. …l nos envía pruebas, pruebas que, en ocasiones, son
terribles. Como ésta que hoy nos ha tocado afrontar. Y hemos de hacerlo sin
dudar. Acataremos la obra de Dios porque no puede ser de otra forma. Sus
designios son inescrutables para nosotros. Siempre, desde el principio de los
tiempos, fue así. Y siempre lo será hasta el día del Juicio Final.
El
señor Vinicius se acercó hasta el joven y puso la mano en su hombro. Esa era la
mayor señal de afecto que podía permitirse. Ya no estaba ante un muchacho sino
ante el hombre que, a partir de hoy, guiaría sus hermanos por el mundo hasta
que estos los hiciesen por su propia cuenta. Había ascendido al rango de cabeza
de familia. Por primera vez, dejó de tutearle: —Se lo diré una vez, señor
Ictius. Dios jamás se equivoca. Y las señales que nos muestra son claras.
Europa yace moribunda. No sabemos qué le deparará el futuro pero, a buen
seguro, nada bueno. Dios es justo con los que le siguen y confían en su
palabra, pero implacable con los que la obvian. No es de extrañar, pues, que
una época de horror se cierna sobre el que, durante milenios, fue nuestro continente.
Por
ello, hemos de huir de allí. Dios nos dice que tomemos a nuestras familias y
partamos hacia el lugar que …l considerará digno de su reinado. Antes de que
decida descargar su ira. Entonces, en ese momento, nadie podrá sobrevivir.
Lanzará
fuego, lodo, piedra y agua. Lo arrasará todo con su deseo. Nosotros, en ese
momento, estaremos lejos de allí. …l nos quiere y por eso nos lo comunica.
Somos
su pueblo y nuestro destino está en la tierra prometida.
El
señor Ictius lo pensó en silencio. Todos, incluso los científicos, habían
enmudecido y esperaban su respuesta.
—Permaneceremos
en el grupo —dijo alzando la cabeza—. Usted tiene razón.
No
se puede ir contra el mandato supremo. Conseguiremos llegar a la tierra
prometida. Aquí están mis dos brazos listos para trabajar. Cuente conmigo y con
los míos.
El
señor Vinicius sonrió abiertamente. Aún mantenía la mano sobre el hombre del
señor Ictius y la alzó para volver a dejarla caer en lo que quiso ser una
palmada.
—Ha
tomado la decisión correcta, señor Ictius. Una gran decisión.
CAPÍTULO
20
La
larga ruta de la muerte Los científicos, una vez sobrepuestos, me aseguraron
que les sería sencillo alcanzar las Azores sin más ayuda. Tenían contratada su
recogida en un punto acordado para dentro de tres días. Se dirigirían allí y
esperarían. Por si fuera necesario, les facilité el número de teléfono de
Cavalho Gonzales. Una llamada a tiempo, podría simplificarles los trámites
burocráticos que ahora les tocaba afrontar.
Por
la mañana, un rato después de amanecer, levantaron el campamento.
Nuestra
caravana, con casi un tercio menos de integrantes que los que tuvo en Lisboa,
se hizo, también, al camino. Rodamos durante varios días en medio del más
sombrío de los silencios. Superar el duro golpe que habíamos recibido, era algo
que no se conseguiría de un día para otro. Además de compañeros y amigos, los
que habíamos dejado atrás eran padres, madres y hermanos.
La
desolación era extrema. En los escasos momentos que nos deteníamos para comer o
por cuestiones técnicas, el padecimiento no tardaba en aflorar. Los colonos
comenzaban a llorar en silencio, si apenas llamar la atención. Era una
expresión de dolor sorda y callada. Se prolongaba en el tiempo y tardaría en
cesar.
El
luto que comenzaron todos a guardar, se basaba en la total ausencia de alegría
y ganas de vivir. Se mantenían siempre cabizbajos y tristes.
Mi
socio me hizo, en alguna ocasión, un comentario al respecto: —Parece como si
estuvieran afligidos por obligación.
No
se equivocaba. La felicidad estaba considerada, en aquellas circunstancias,
como una traición a los caídos y una falta de respeto hacia su memoria. Nadie
osaba, tan siquiera, sonreír efímeramente. Había que mantenerse en el más
severo de los lutos. Era lo que estaba bien.
Pronto,
abandonamos la Dorsal Atlántica y nos internamos en la gran llanura de la placa
norteamericana. Nos restaba, aún, un largo trayecto hasta nuestro destino. Por
suerte, la superficie, de aquí en adelante y según todos los mapas, era
prácticamente plana. Tan sólo pequeñas colinas y ondulaciones del terreno
rompían, aquí y allá, la monotonía del viaje.
Estábamos
en el límite del territorio conocido por mi socio y yo. Jamás habíamos ido más
allá del punto en el que nos encontrábamos. Eran tierras que muy pocos habían
alcanzado. Para los europeos, llegar hasta aquí se constituía en una empresa
casi impracticable. Nosotros mismos habíamos pagado un alto precio.
Alcanzar
este punto en el mapa no nos estaba, en modo alguno, saliendo gratis.
Por
otro lado, los americanos no tenían el menor interés en emprender una ruta de
este tipo en dirección contraria a la nuestra. Su curiosidad por Europa se
acaba pronto. Ningún americano estaba tan loco como para abandonar su país y
enrolarse rumbo a lo desconocido.
La
muerte, que tan cerca habíamos visto, no se decidió a olvidarse de nosotros.
Comenzamos
a divisar distintos restos de barcos hundidos. Al parecer, en tiempos, aquella
había sido una zona de tormentas que había enviado a pique a muchos navíos.
Los
había de todas las épocas y tamaños. Desde grandes galeones españoles del siglo
XVIII hasta fenomenales petroleros de la segunda mitad del XX.
Desde
buques norteamericanos de la guerra mundial hasta mercantes orientales.
Transatlánticos,
fragatas, galeras, todos presentaban un estado ruinoso y gastado después de
muchos años con más de tres mil quinientos metros de océano encima.
Las
escenas de los desastres tenían que ser reconstruidas mentalmente.
Algunas
embarcaciones se nos aparecían hechas pedazos y distantes estos varios
kilómetros los unos de los otros. Era normal toparnos con la proa de una
carabela por la mañana y, hasta bien entrada la tarde y muchos kilómetros de
viaje más allá, no encontrar el resto del navío.
Dimos
con un barco en bastante buen estado. Tenía unos setenta metros de eslora y
presentaba un gran agujero de cuatro o cinco metros de diámetro en el casco. A
buen seguro, había chocado contra algo más fuerte y poderoso que él y lo había
enviado a fondo del mar. Conservaba gran parte de sus elementos ornamentales y,
sobre el puente de mando, se hallaban los esqueletos, limpios, blancos y
brillantes de dos marinos. Nos detuvimos a inspeccionar y, en un camarote,
encontramos libros que se había publicado hace, tan sólo, doce años.
Había
más esqueletos. Estaban por todas partes. Algunos de ellos se hallaban tendidos
en sus catres. Probablemente el hundimiento les había sorprendido de repente y
habían pasado del sueño a la muerte sin tomar conciencia de que la vida se les
escapaba. A muchos nos les dio tiempo a salir a cubierta y subirse a un bote
salvavidas. Habían muerto en el mismo lugar en el que, en el momento del
desastre, el alud de agua les había sorprendido.
El
barco era un mercante coreano que transportaba elementos electrónicos.
En
sus bodegas, se apilaban cientos de bultos con circuitos impresos, cables y
placas para computadoras. Con la ayuda de una palanca de acero, conseguimos
abrir varias pero nada de lo que encontramos se hallaba en estado aprovechable.
La carga estaba perdida por completo.
El
señor Vinicius dijo algo sobre la posibilidad de detenernos y dar cristiana
sepultura a los esqueletos.
—No
somos bárbaros, señor Small. Todos nosotros escuchamos la palabra de Dios y
seguimos fielmente sus mandatos. Espero que ustedes lo hagan también.
Me
negué en rotundo y traté de que mi postura pareciese inflexible.
Habíamos
contado más de veinte cuerpos en nuestro pequeño registro del barco y no era
improbable que hubiese varios más. Tardaríamos al menos dos días en cavar
tumbas para todos. Por suerte, pude convencerle. Aquellos hombres no habían
pertenecido nunca al cristianismo y, quizás, en su religión no tuviera tanta
importancia la inhumación de los restos. Además, la mayor parte de lo que
aquellos hombres fueron, se lo habían comido los peces.
—¿Qué
es lo quiere enterrar, señor Vinicius? Aquí no queda prácticamente nada de
ellos. A buen seguro, en su país, les fue oficiado un funeral según su credo.
Le aseguro que estos hombres descansan en paz.
El
señor Vinicius titubeó pero, finalmente, accedió a mi requerimiento. No
podíamos perder más tiempo. Los víveres no eran eternos y, aunque no nos
faltaba de nada, no era cuestión de perder días sin una razón clara. Teníamos
que ganar terreno al precio que fuera. Había que llegar a nuestro destino
cuanto antes.
Y no
sólo por los víveres. Había que mantener alta la moral del grupo y demorar
nuestro viaje por el desierto no ayudaba en nada. Además de recorrer
kilómetros, los colonos tenían que tener diáfana la sensación de estar
haciéndolo. Esto no podía parecer un peregrinaje eterno. Debíamos cubrir etapas
de una manera clara.
Al
menos, mientras los intereses de mi socio y los míos no estuviesen
comprometidos.
Trescientos
kilómetros al oeste, hice buena esta afirmación. En medio de un gran banco de
arena por el que transitábamos con sumo tiento, nos topamos con un enorme
galeón español. Nos extrañó que se encontrara tan alejado de su ruta habitual.
No es que supiera demasiado sobre barcos antiguos y sus rutas de navegación,
pero unos cuantos años de transitar por el lecho del Atlántico me había
otorgado ciertos conocimientos. Era anormal encontrar galeones españoles tan al
norte. Sus rutas habituales solían enlazar con el Caribe y la parte sur del
continente americano. Los españoles nunca navegaban por aguas demasiado frías.
Nueva
York y, en general, la costa este norteamericana, les era un mundo ajeno.
Quizás
su insólita situación supusiese que, en el momento del hundimiento, se
encontraba perdido. Es posible que la tripulación se hallase diezmada o enferma
y que todo ello terminara con el navío en el fondo del mar.
El
casco, medio enterrado en la arena, se encontraba íntegro lo que, casi con toda
seguridad, significaba que el galeón había zozobrado en mitad de una tormenta.
El
oleaje extremo y, posiblemente, la falta de pericia en el manejo de la nave,
hizo que se fuese a pique sin que la estructura sufriese apenas daños.
Después,
el lodo y la arena lo cubrirían durante años retardando la putrefacción hasta
que, tras la evaporación, volviese a ver la luz del día.
Conservaba
todos los cañones intactos en sus lugares habituales. En caso de tener el buque
una vía de agua, es lo primero de lo que se deshacían. Su gran peso y el valor
escaso los volvían prescindibles. Eso nos llevó a pensar que, definitivamente,
una tormenta había acabado con la travesía del galeón. Desde luego, si
conservaba los cañones, con más razón almacenaría la carga que transportaba en
el momento del hundimiento.
La
madera estaba muy podrida y se rompía fácilmente con la mano. No nos costó
abrirnos paso a través del casco. El señor Vinicius no era partidario de
detenernos en esos menesteres. Puesto que después de varios siglos posado en el
lecho marino no quedaba un solo resto humano al que dar cristiana sepultura, su
interés por el navío desapareció por completo.
Pero
ahora era yo el que tenía curiosidad e iba a hacer valer mi posición en la
caravana. Hasta ahora, había soportado toda clase de situaciones inútiles y
estúpidas. En este momento, era mi turno. Quería resarcirme. Me tomaría unas
horas libres para rebuscar en el fondo del galeón. Eso es lo que haría. Mi
socio y yo nos lo merecíamos. Uno no se encuentra un galeón intacto todos los
días. Y éste, a juzgar por la limpieza de su entorno, permanecía virgen. Los
carroñeros del desierto aún no habían dado con él. Si no lo hacíamos nosotros,
pronto tipos con muchos menos escrúpulos que nosotros lo asaltarían sin piedad.
Así que no existía ninguna razón para no hacerlo.
El
señor Vinicius, receloso, aceptó de mala gana.
—No
se demoren demasiado.
—Descuide.
Daremos un vistazo nada más.
Mi
socio dio una patada con su bota de motorista en el casco de babor y, en dos
intentos, hizo un hueco por el que podríamos haber entrado montados en uno de
los jeeps. Las aguas frías y el lodo habían conseguido conservar el maderamen
en pie. Pero a nosotros nos interesaba más lo que había en la bodega.
Penetramos
en el interior oscuro y, con la ayuda de linternas, nos abrimos paso.
Era
imposible reconocer nada allí dentro. Todo se había echado a perder con el paso
de los siglos. Rebuscamos entre una masa informe de bultos redondeados y,
después de dar de lado varias de las múltiples piedras que el barco llevaba en
el interior para mantener su estabilidad en alta mar, encontramos lo que, desde
el principio, íbamos buscando. Los cofres del tesoro se aparecían, a la luz de
las linternas, ante nosotros.
Oía
al señor Vinicius hablar a nuestras espaldas. Parecía haber leído nuestros
pensamientos.
—La
avaricia es un pecado capital. Va en contra de las leyes de Dios. Todos
pagaremos por ello, señor Small.
No
le presté demasiada atención. Estaba demasiado centrado en mi labor.
Los
galeones siempre se hacían a la mar con sus bodegas repletas de riquezas. Los
españoles los utilizaban básicamente para eso. Expoliaban los territorios de
ultramar y, sin un ápice de verg¸enza ni vacilación, enviaban los tesoros a
España.
Todo
lo que, para ellos, se considerase de algún valor material, era embarcado sin
dilación. Y eso es lo que mi socio y yo buscábamos. El oro de los españoles.
Reventar
las cerraduras de los cofres no fue tarea sencilla. El tiempo y el agua salada
habían soldado todas las partes metálicas y ahora era imposible volverlas a
separar. Mi socio no tardó en encontrar la solución. Disparó varias veces
contra el primer arcón que encontró y la madera cedió de inmediato. Allí
estaba, intacto, su maravilloso contenido: corazas, ornamentos, espadas,
collares, brazaletes, abalorios, dagas y muchos otros objetos imposibles de
identificar.
Mi
socio y yo sonreímos a la luz tenue de las linternas. Para nosotros, se habían
acabado los años de duro trabajo. …sta se había convertido, de repente, en
nuestra última expedición. …ramos, sin ningún atisbo de duda, ricos.
CAPÍTULO
21
El
germen de la discordia Cargamos el contenido de varios cofres sobre la zona
trasera del hummer.
A
pesar de ello, la mayor parte del tesoro se quedaba en la bodega del galeón.
Sería una insensatez tratar de llevárnoslo todo. Era mejor actuar de manera
racional y llevarnos sólo lo que podíamos transportar sin tener que abandonar,
por ello, enseres esenciales en la expedición.
El
señor Vinicius se opuso desde el principio: —No necesitan todo ese oro. Dios no
tolera la avaricia. Conténtense con lo que …l les ha otorgado y no ansíen más
—dijo.
—Esto
no es avaricia —repliqué—. Simplemente nos hemos encontrado este tesoro en
medio del desierto. ¿Acaso no es lícito llevárnoslo con nosotros? Tan siquiera
cargamos con todo. Sólo hemos tomado una pequeña parte.
—No,
no es lícito. Al menos, a los ojos de Dios.
Sus
propios hombres no estaban demasiado seguros de lo que decía. Noté, en sus
rostros, la sombra de la duda. No osaban decir nada para no contradecir la
voluntad de su líder, pero yo sabía que, al menos algunos de ellos, hubieran
tomado sin dudarlo, con gusto, parte del botín encontrado. Puse palabras a
todos estos pensamientos: —¿Y por qué no cogen ustedes todo el oro que queda
ahí dentro y entran en América por la puerta grande? Con todo ese dinero no
tendrían que asentarse en las tierras colindantes a Nueva York. Podrían
comprarse un edificio entero en pleno Manhattan y vivir el resto de sus días
allí sin pasar ningún tipo de penuria.
—¡No!
—exclamó el señor Vinicius—. No repudiamos la riqueza ni el enriquecimiento.
Pero
toda ganancia ha de provenir del esfuerzo de quien la alcanza.
Cualquier
otra vía que difiera de un par de fuertes brazos trabajando y una frente
sudorosa, debe de ser descartada. El trabajo ennoblece a quien lo practica.
Los
colonos le miraban fijamente y, en alguno de ellos, la duda comenzó a dar paso
al espanto: —Pero, señor Vinicius —dijo uno de los jóvenes—. No creo que
contrariemos la palabra de Dios si cogemos parte del oro. Está claro que carece
de dueño.
—El
hecho que no pertenezca a nadie no nos da derecho a tomarlo. Eso es irrelevante
a los ojos de Dios.
—¿Está
usted seguro? A fin de cuentas, es el propio Dios quien nos lo pone en el
camino.
—Nos
lo pone en nuestro camino a modo de prueba. Dios nos eligió, nos hizo
partícipes de su noticia. …l quiso que nosotros supiésemos interpretar su
señal. Somos su pueblo y éste es su éxodo. Pero ser los elegidos no nos exime
de nuevas y más severas pruebas. Tenemos, en todo momento, que demostrar ser
dignos de estar a su lado.
El
señor Vinicius ya no hacía ningún esfuerzo por ocultar su paranoia. Las largas
jornadas de viaje a través del desierto parecían haberle reafirmado en sus
convicciones. Su fanatismo y su delirio estaban subiendo de tono y comenzaban a
preocuparme. Cada vez se parecía más a un profeta.
—Yo
os lo digo. No prestéis atención al oro de los hombres. Ese metal está maldito.
Procede de la avidez de unos cuantos por acaparar los bienes de muchos.
Si
lo aceptamos, aceptamos su procedencia y pasamos por alto la codicia y la
ruindad de quienes lo obtuvieron sin el esfuerzo que honra y sacraliza.
Me
estaba empezando a cansar de tanta monserga. Aquel tipo vestido con ropa
militar y con un arma semiautomática en el cinturón estaba acabando con mi
paciencia. Iba a llevarles hasta su destino en las Nuevas Tierras. Lo había
prometido y así lo cumpliría. Pero no iba a aguantas muchas más idioteces. Si
volvía a oír a hablar de la palabra de Dios, los dejaba abandonados en medio
del desierto.
—Mire,
señor Vinicius —comencé a decir—, haga usted lo que quiera con su vida y, si
los que están con usted quieren hacerlo caso, allá ellos. Ni mi socio ni yo
tenemos nada que añadir. Pero una cosa quiero que le quede meridianamente
clara: nos vamos a llevar con nosotros, le guste o no, este oro. Si lo desean,
ahí dentro hay mucho más. Podemos coger todo el que podamos transportar hasta
Nueva York y compartirlo. Le doy mi palabra que, si lo desea, podemos hacer dos
partes iguales de todo lo que consigamos llevar hasta la civilización. Una de
ellas será para mi socio y para mí, y la otra para ustedes. Es un buen trato y
se lo ofrezco amistosamente.
El
señor Vinicius no se lo pensó ni un instante. Tenía todas las respuestas
preparadas y su discurso perfectamente nítido.
—Ni
lo sueñe. Ninguno de los nuestros podrá las manos sobre el oro.
Nosotros
nos mantenemos lejos de la tentación. Rechazamos la avaricia y todos los
pecados capitales.
Observé
a todos aquellos hombres y mujeres. Estaban cansados, en sus caras se podía ver
reflejado el sufrimiento que llevaban acumulado. No era exploradores ni
aventureros y, aunque acostumbrados al trabajo duro, la prueba que estaban
superando era demasiado intensa. Comenzaban a resentirse y me daba cuenta de
ello. Sé que la mayoría hubiera tomado el oro y no hubiese parado de correr
hasta Nueva York. Lo hubiera hecho de buena gana a pesar de que su dios se lo
prohibiese. Pero la presencia y la personalidad del señor Vinicius parecía ser
demasiado poderosa para ellos. No eran capaces de salvarla, de hacerla a un
lado y dar paso a las suyas propias.
—No,
señor Small, esto no es para nosotros —dijeron—. Somos el pueblo de Dios y
nuestras manos permanecen pulcras. Construiremos el nuevo mundo con el sudor de
nuestras frentes.
Algunos,
inconscientemente, se miraron las palmas de las manos. Estaban sucias, llenas
de callos y heridas. Salvo las de las muchachas más jóvenes a las que se les
había permitido disfrutar de trabajos más livianos, todos los colonos disponían
de manos gruesas y escasamente atractivas. Aquellas manos estaban cansadas.
Habían
trabajado hasta el agotamiento a lo largo de sus vidas y aún debían, sin
desfallecer, construir un mundo desde el principio.
Me
sentía eufórico. El hallazgo del oro había conseguido que mi ánimo se levantase
por completo después de unos cuantos días de decaimiento. Haber perdido un
tercio de las personas a mi cargo, era algo que no me gustaba en absoluto.
Por
eso, sin pensármelo demasiado, insistí: —Vamos, no sean estúpidos. Tienen al
alcance de la mano la solución a sus vidas. No tendrán que volver a trabajar
nunca más. Aquí hay oro para todos.
Me
dirigía a todos los hombres y mujeres en general. Los miraba sucesivamente, uno
tras otro, a los ojos, sin recato. El señor Vinicius se opuso con rudeza:
—Usted no es nadie para hacer ese tipo de propuestas —dijo.
Y,
dirigiéndose a su gente, añadió: —Que nadie dé crédito a sus palabras. No es un
hombre bueno el que las pronuncia. Desechadlas de inmediato y escuchad, tan
sólo, la voz de vuestro Dios.
Mi
pequeño discurso comenzaba a hacer su efecto. El mismo joven que había
intervenido antes, volvió a decir algo: —Un poco de oro no nos hará daño —dijo
evitando mirar al señor Vinicius.
—¡Calla!
—No
tenemos que obviar la palabra de nuestro Dios. Sólo digo que con el dinero que
podamos obtener de la venta del oro, nuestro objetivo estará más cerca. No creo
que Dios tenga objeciones contra esto.
—¡Tú
no eres nadie para interpretar la palabra de Dios!
—No
pretendía serlo, señor. Pero pienso que no hay ningún mal en servirse de lo que
la Providencia sitúa en nuestro camino.
—Ese
deseo es avaricia. Dios te castigará por ello.
—¿Por
qué? ¿A quién causamos perjuicio?
—Os
hacéis daño a vosotros mismos. Todo ese oro al alcance de las manos es una
prueba que Dios sitúa en vuestro camino para probar la pureza que alberg áis.
Tomadlo y estaréis impuros a sus ojos.
—Pero
con el oro podemos servir de manera más eficaz a su causa.
Podremos
construir templos en los que rendirle pleitesía y extender su mensaje.
—Dios
no quiere moradas lujosas, sobre todo si su construcción está manchada con un
pecado capital.
Se
había formado un pequeño corro y algunos más observaban, con atención, desde
más lejos. Estaba claro que el tema les interesaba a todos. El señor Licius
tomó la palabra. Ahora era un cabeza de familia el que hablaba.
—Quizás
el muchacho no esté desencaminado —reflexionó en voz alta—. ¿por qué no lo
medita un poco, señor Vinicius? Ninguno de nosotros pretende poner en
entredicho su autoridad al frente de nuestra comunidad. Tiene todo mi apoyo y
el de mi familia. Y creo que puede contar, también, con el de las demás. No se
trata de cuestionar su facultad para interpretar, en su justa medida, los
designios de nuestro Señor. Pero, sinceramente, creo que debería reflexionar un
momento.
El
señor Vinicius no quiso parecer intolerante y se tomó su tiempo antes de
contestar. Se le notaba contrariado, pero era capaz de controlar la situación.
—Sé
que todos vosotros estáis de mi parte. No habríamos llegado, juntos, hasta aquí
si así no fuese. Sé, de igual manera, que mi autoridad no se cuestiona.
Pero
no por ello he de dejar de señalar lo que pienso —tomó aire antes de
proseguir—.
Y
estoy plenamente convencido de que aceptar toda esa riqueza que no nos hemos
ganado con honradez, va en contra de los presupuestos de Dios. Si lo hacemos,
nos convertimos en indignos para …l. Eso, señor Licius, es algo que no puedo,
ni debo, tolerar.
—¡América
permite la riqueza! —gritó un muchacho que, hasta ahora, se había mantenido en
silencio.
—Sí
—respondió el señor Vinicius sin perder la calma—, es cierto. El pudor ante el
éxito es uno de los valores europeos que rechazamos. Sabemos, a ciencia cierta,
que esa manera de comportarse está condenada por Dios. Son los valores
americanos los que …l alienta. Pero también has de saber una cosa: la riqueza a
cualquier precio no la quiere Dios para los suyos. Aceptarla, supondría aprobar
que el robo, el asesinato y la violación están justificados. Y no lo están.
Dios no tolera el pecado ni a los pecadores.
El
corro era cada vez más grande. Unas cuantas personas, demasiado ocupadas en
otras labores, habían quedado descolgadas de él, pero ahora la discusión en
viva voz llamaba su atención. Un par de hombres que habían estado trabajando en
los bajos de un camión, se acercaban despacio, un tanto desconcertados por el
acaloramiento de los del grupo, mientras trataban de limpiarse las manos de
grasa en un trapo mugriento.
Todos
prestaban atención. La situación se había vuelto comprometida y el señor
Vinicius tenía que hacer lo necesario para que, a pesar de lo que los suyos
decían, su figura no resultase desautorizada. Si después de todo lo dicho, se
volvía atrás y permitía que los colonos cargasen el oro en los camiones, su
autoridad se vería menguada. Eso no lo podía permitir, así que decidió dar un
golpe de efecto con el que salir reforzado de la situación.
—Está
bien. Transijo. Tomad el oro y que Dios os juzgue en este mismo instante.
Que
todo el que contraríe la palabra de Dios, reciba su justo castigo de inmediato
—dijo con voz solemne.
Conocía
bien a los suyos y sabía que, en esta tesitura, ninguno de ellos tendría el
coraje de cargar con un solo abalorio. Una cosa era que lo deseasen, pero otra
bien distinta, que fueran capaces de reunir el arrojo necesario para hacerlo.
Todos
ellos creían fervientemente en la palabra de Dios. De eso, estaba bien seguro.
No
le cabía la menos duda.
El
señor Vinicius agachó la cabeza y comenzó a rezar en voz baja. Los demás no se
atrevían a pronunciar una palabra o efectuar un movimiento. No osaban
interrumpir el susurro de su líder. Algunos, aún exaltados por el roce de la
riqueza absoluta, quisieron decir algo. Finalmente, se reprimieron.
Pasado
un rato, el señor Vinicius dejó de rezar y dijo: —De acuerdo. Todos a los
vehículos. Nos vamos de aquí.
Nadie
se opuso.
CAPÍTULO
22
Hallazgo
de los cables que guían la manada El señor Vinicius se opuso, en un primer
momento, a que uno de los suyos condujese el hummer con el cargamento del oro.
Por fin, pude convencerle que, tanto mi socio como yo, debíamos permanecer
siempre sobre nuestras motocicletas, así que, al final, permitió que uno de los
muchachos se pusiera a los mandos del cuatro por cuatro.
Fueron
días melancólicos y tranquilos. La desidia y el abatimiento se habían apoderado
de la caravana. El incidente del oro no había sido olvidado. La parte de mi
socio y mía estaba ahí mismo, a la vista de todos, tan sólo cubierta con una
lona de color verde. Cualquiera podía acercarse, levantarla y observar la
fortuna de la que, de la manera más estúpida, habían decidido no apoderarse.
Esto terminaba de minar una moral ya bastante desalentada de antemano.
El
señor Vinicius no aprobaba nuestra actitud. Estaba seguro de ello. No le había
agradado en absoluto que tomásemos el tesoro y partiéramos con él.
Aunque
nosotros dos no estábamos bajo su dominio moral, a fin de cuentas era una
especie de negación de su mensaje. Lo cual, nos traía sin cuidado.
Tiro
y yo nos sentíamos más felices que nunca. No lo ocultábamos, y viajábamos en la
caravana silbado y cantando canciones. Con ello, no conseguíamos sino hundir
más aún el ánimo de los pioneros. Pero, al diablo con ellos. No debían olvidar
que nos estábamos comportando como unos caballeros. Cualquiera en nuestro lugar
los hubiese abandonado a su suerte a medio camino entre las Azores y Nueva
York. Pero nosotros, no. Si las cosas no se torcían demasiado y nadie nos hacía
la vida lo suficientemente insoportable como para considerarnos eximidos de la
obligación de continuar viaje, llevaríamos a todos aquellos chiflados hasta su
destino final.
Vimos,
a lo lejos, varios restos de naufragios más, pero nadie sugirió que nos
acercáramos a explorarlos. Yo tampoco lo planteé. Aunque nos hubiésemos
encontrado con el mayor tesoro de todos los tiempos desde la época de Colón, no
podríamos cargar con él. Portábamos todo el oro que nos era posible sin situar,
al hacerlo, en peligro nuestras vidas y las de los que con nosotros iban.
No
por ello, las miradas dejaban de perderse en el horizonte. Sobre todo las de
los más jóvenes, muchos de los cuales, a buen seguro, hubieran acelerado sus
máquinas y rebuscado, como posesos, entre los restos hasta encontrar algo de
valor. Pero el sometimiento a la comunidad y, sobre todo, al señor Vinicius,
era demasiado poderoso para ser quebrado de la noche a la mañana. Tenían miedo,
mucho miedo. Podía notarse en el aire.
Lorna
Vinicius también parecía afectada por desidia general. Parecía, incluso, que,
durante unos días, había perdido el interés por mi socio. Se dejaba llevar por
las mujeres que tenía a su lado y el tiempo que no ocupaba en sus ocupaciones
habituales, lo pasaba acompañado a su madre. Ambas, junto a una o dos mujeres
más, habían constituido una especie de comisión que prestaba ayuda emocional a
los que más la necesitaban. Muchos habían perdido las ganas de continuar hacia
delante pero, desde luego, se sentían absolutamente incapaces de deshacer el
camino andado. Así, seguían hora tras hora, día tras día, de modo maquinal, las
huellas de los neumáticos del vehículo anterior.
Una
vez en terreno absolutamente desconocido, la orientación se fue haciendo cada
vez más compleja. Disponíamos de la instrumentación necesaria para que el
satélite nos diese nuestra situación exacta, pero hacía días que estábamos
fuera de su zona de cobertura. Hasta que alcanzásemos la zona cercana a Nueva
York, no volverían, de nuevo, a sernos útiles. Sin el auxilio tecnológico, sólo
el sol y la brújula podían servirnos de ayuda.
Comencé
a tomar la costumbre de enviar siempre una avanzadilla de dos hombres en
motocicleta que explorasen el área que después iba a ser atravesada por la
columna. Avanzaban unos kilómetros, estudiaban la ruta y regresaban a informar.
Formé varios equipos y fueron turnándose en la labor. Todos los días, con las
primeras luces del alba, partía el primer equipo. Tres horas después, volvía de
regreso. Me facilitaban un escueto parte y se reintegraban a la caravana. Por
la tarde, tras la parada de la comida, un segundo equipo partía con idéntica
misión.
Pronto,
tan siquiera fue necesario dar las órdenes pertinentes. Los muchachos conocían
sus turnos y había memorizado un pequeño calendario. Cada tres días más o
menos, un equipo tenía que volver a salir en viaje de exploración.
Como
tras el incidente con el francotirador el número de varones había menguado,
solicité al señor Vinicius que tuviese a bien autorizar a las mujeres jóvenes
para que participasen en los viajes de reconocimiento. Se negó en redondo.
Las
mujeres de su comunidad no debían realizar trabajos tradicionalmente asignados
a los hombres. Cada cual tenía delimitadas con nitidez sus funciones.
No
había, pues, ninguna razón para romper el equilibrio reinante.
—Estamos
haciendo trabajar demasiado a los chicos —dije—. Si las muchachas compartiesen
parte de sus tareas, ellos podrían dedicar más tiempo al descanso y recuperarse
mejor.
—No,
es imposible. Cada cual tiene que realizar las tareas que le son adecuadas
—afirmó—. Y esto es algo que no pienso discutir con usted.
Mi
relación con el señor Vinicius se había tornado distante desde el incidente del
galeón. Ya no hablábamos tanto como antes y nuestras conversaciones se
limitaban a breves comentarios sobre la ruta y del funcionamiento interno de la
caravana.
—Como
guste, pero no estamos equilibrando el esfuerzo. Algunos se cansan en exceso
mientras otros con dificultad cubren los mínimos.
Al
infierno. Eran su gente. Allá él y sus decisiones. Dentro de unos días
llegaríamos a nuestro destino y mi relación con el señor Vinicius y su horda de
chalados finalizaría para siempre. Un poco más allá estaría Nueva York y el
prometedor futuro que nos estaba aguardando.
Esa
misma mañana, los dos hombres que se habían adelantado, regresaron con una
noticia bien escueta: —No hay nada ahí, señor Small. Solamente una llanura
desértica en todas direcciones.
Subí
a una loma que sobresalía no más de diez metros de altura sobre el resto del
terreno y observé. Definitivamente, había perdido la noción de dónde nos
hallábamos con exactitud. Es posible que nos encontrásemos al sur de la gran
plataforma continental de Terranova, pero no podía asegurarlo. De cualquier
forma, y aun siendo así, estábamos lo suficientemente alejados de la plataforma
como para no poder utilizarla de referencia visual.
En
pocas palabras, nos hallábamos, más o menos, perdidos. No es que estuviera
preocupado en exceso. Bastaba con guiar la caravana hacia el ocaso del sol para
toparnos, tarde o temprano, con un lugar habitado. De eso no había duda.
Pero
de una correcta orientación dependía que no perdiésemos demasiados días en
rutas zigzagueantes.
No
hice ningún comentario al respecto. Volver a discutir con el señor Vinicius era
una opción que quedaba lejos de mis deseos. Sólo a Tiro hice partícipe de mi
certeza.
—Los
cables —dijo—. Busquemos los cables. Eso es lo que siempre dice Cavalho: si te
pierdes, los cables te llevarán de regreso a casa.
Desde
luego. El cerebro de mi socio había, por un instante, dado señales de vida y,
en un fugaz destello, había encontrado la solución: los cables transoceánicos.
Aquel
maldito lugar estaba surcado por la densa red cables que se utilizaba para
transmitir datos de una punta del mundo a la otra.
Deberíamos
tenerlos bajos los pies. En los terrenos cercanos a la línea de costa, se
solían enterrar por precaución, pero, a partir de unos kilómetros más allá,
simplemente se dejaban caer en el lecho. Con el paso del tiempo, una leve capa
de fango y arena los acababa cubriendo. No teníamos más que buscar con atención
y seguro que encontraríamos un lugar en el que el viento hubiese soplado con la
suficiente fuerza como para volver a descubrirlos.
Los
cables viajaban formando casi un triángulo perfecto que tenía como base a las
ciudades costeras de Islandia, Irlanda y Portugal y como vértice a la gran
ciudad: Nueva York.
Estaba
claro. No había más que buscar uno de ellos y seguirlo hasta el final.
Nos
llevaría hasta nuestro destino por el camino más corto.
—Si
quieres, puedo adelantarme y buscar un poco por ahí. No deben de andar lejos
—dijo mi socio.
Pero
no fue tan sencillo como parecía. Los endemoniados cables no aparecían por
ningún lugar. Hasta tres días después, Tiro no fue capaz de dar con uno de
ellos. Por suerte, una gran roca de varias toneladas que rompía la monotonía de
la gran llanura, se topó en la ruta de uno de los cables. …ste se vio obligado
a torcer hacia arriba para salvarla y volver a descender de nuevo. Antes y
después de la piedra, su rastro se perdía bajo la arena. Pero en el tramo de la
roca, ahí estaba, a plena luz del día.
El
cable tenía unos quince centímetros de diámetro y su color negro se hallaba
gastado por el sol. A buen seguro, el cable se encontraba aún en activo.
En
ese mismo instante, cientos de personas, quizás miles, hablaban a través del
cable que sostenía en mi mano.
Lo
miré con detenimiento. Una serie de números y símbolos se sucedían a lo largo
del cable. Su significado nos era desconocido. Muy probablemente, no se trataba
de otra cosa que de datos técnicos que señalaban de la capacidad del cable, su
fabricante, el modelo, la empresa instaladora y la fecha de su construcción.
Pero,
cada poco menos de un metro, una palabra, grabada en letras de color amarillo,
se repetía una y otra vez: Atlantis—13.
—Bonito
nombre para un viejo cable —comentó mi socio.
—Sí
—dije mientras trataba de localizarlo en un mapa de telecomunicaciones
oceánicas que llevaba conmigo.
La
caravana no se había detenido y avanzada, lenta y pesarosamente, siempre hacia
el oeste. Dejaba, tras de sí, una tenue nube de polvo que delataba, en todo
momento, su situación. Desde nuestra posición, parecía una gran manada de
elefantes silenciosos que se dirigían a morir. Era una extraña visión.
Sonó
mi teléfono.
—¿Qué
es lo que están haciendo ahí? —se oyó la voz del señor Vinicius.
—Estamos
verificando nuestra ruta —contesté—. Continúen avanzando al ritmo actual. Ya
les alcanzaremos.
El
tipo parecía no fiarse de nosotros. Quizás pensase que íbamos a largarnos de
allí y dejarles tirados en medio del desierto. Lo cual no era sino una idea
absolutamente fuera de lugar y propia, tan sólo, de una mente paranoica como la
suya. No podríamos llegar muy lejos con tan sólo el combustible que en esos
momentos albergábamos en los depósitos de nuestras motocicletas. Era de locos.
Pero
el señor Vinicius no estaba muy lejos de alcanzar esta condición.
Además,
estaba el asunto de oro. El hummer viajaba con el resto de la caravana y por
nada del mundo, sobre todo después de las discordias y tensiones que todo este
asunto había causado, íbamos a desprendernos de él. Era nuestro y no lo
abandonaríamos en el desierto.
—Aquí
está —exclamé mientras señalaba, con el dedo, un punto en el mapa—.
…ste
es el Atlantis—13. Se trata de un cable transoceánico de alta capacidad. Es
bastante nuevo. Posiblemente lo instalaron justo antes de la Gran Evaporación.
Y me juego mi parte del tesoro a que está en pleno rendimiento.
Mi
socio trató de mover el cable con las manos, pero pesaba demasiado y se
encontraba bien arraigado en la arena.
—Fenomenal
—dijo mientras simulaba prestar atención al mapa—. ¿Se halla dentro de nuestra
ruta?
—Sí,
no hay duda. Este cable une directamente Gibraltar con Nueva York.
Evita
las Azores rodeándolas por el sur y vuelve a subir un poco hacia el norte hasta
situarse en nuestra posición. Estamos en el buen camino. No tenemos que hacer
otra cosa excepto seguirlo, y llegaremos a nuestro destino.
CAPÍTULO
23
Los
amos del desierto Eso hicimos, aunque con no pocas dificultades. El cable
estaba, en su mayor parte, enterrado unos centímetros en la arena. Lo
suficiente para permanecer casi siempre oculto. A pesar de ello, de vez en
cuando, volvía a surgir a la superficie y comprobábamos que nos hallábamos en
la ruta correcta.
Mi
socio solía verificar que se tratase del cable que seguíamos y no de otro.
Se
acercaba, desmontaba de la motocicleta y acercaba el rostro al cable.
—Es
el Atlantis—13 —decía.
Así,
avanzábamos un buen tramo más de camino con la seguridad de saber que no
errábamos el rumbo.
El
señor Vinicius se intrigó ante nuestras maniobras de reconocimiento del
terreno. Pero no quise informarle de qué se trataba. Yo también sabía
enfadarme.
Estaba
harto de aguantar manías y tenía que quedar bien claro. Yo estaba al mando. Que
se enterase en señor Vinicius. Mi socio Tiro Las y yo, Bingo Small,
gobernábamos la caravana. En todo momento, nosotros impartíamos las
instrucciones.
Quería
que quedara bien claro que el control estaba en nuestras manos y, por eso, me
negué a dar más información de la estrictamente necesaria.
—¿Qué
es lo que están buscando? —decía el señor Vinicius cuando veía a mi socio
detenerse para revolver con el pie en la arena al creer haber vislumbrado un
trozo del cable.
—Orientación
en el desierto —me apresuraba a responder, de modo enigmático, antes de que mi
socio abriese la boca y echara mi secretismo a perder.
El
señor Vinicius se guardaba su curiosidad y, en lugar de tratar de recabar más
información, callaba tratando de mantener la dignidad.
Nos
sentíamos los amos del desierto.
…ramos
los amos del desierto.
Comenzamos
a hacer valer nuestra posición dominante. Hasta ahora, nos habíamos comportado
con absoluta profesionalidad y cumplíamos con el trabajo sin vacilación. A
partir de ese momento, comenzamos a ser más descuidados y a no prestar toda la
atención que la caravana precisaba.
El
cansancio también había llegado hasta nosotros. Eran demasiados días en aquel
infierno. Necesitaba darme una ducha y comer sentado a una mesa de verdad.
Quería
ver la televisión y acodarme en la barra de un bar. Un afeitado no me vendría
nada mal. Ni un corte de pelo. Me dolía la espalda. Tantas horas sentado
acababan con la columna vertebral de cualquiera.
Necesitaba
un respiro.
Detuve
la caravana un par de horas antes de que se pusiese el sol. Por lo general, si
no surgían problemas técnicos, apurábamos la etapa del día hasta que no hubiera
luz, pero aquel día no podía continuar ni un solo metro más.
—¿Por
qué nos detenemos tan pronto? —preguntó el señor Vinicius—. Aún nos queda un
buen rato de luz. Podemos seguir unos cuantos kilómetros más.
—No
puede ser, señor Vinicius. No puede ser —dije por toda respuesta.
El
señor Vinicius insistió.
—Esto
no es, en absoluto, normal. Todas las máquinas están funcionando a la
perfección y no tenemos ningún problema a la vista. Podemos seguir rodando.
—Le
digo que no vamos a seguir. Hoy no, señor Vinicius, hoy no.
Tan
siquiera le miraba. No iba a admitir que mi orden se desobedeciese y el señor
Vinicius lo sabía. Podíamos habernos enfrascado en una ardua discusión sobre la
idoneidad de seguir el viaje, pero vio mi rostro descompuesto y no insistió.
—De
acuerdo —dijo—. Pararemos.
—Desde
luego que pararemos —murmuré para mí.
—¿Cómo
dice?
Callé.
Habíamos
visto el cable unos cincuenta kilómetros atrás. Aunque, desde entonces, no nos
habíamos vuelto a topar con él, estábamos rodando en la dirección acertada.
¡Qué más querían! Les estábamos guiando hacia su sueño americano.
Estabamos
poniendo la piedra angular de su maldita nueva civilización.
Las
mujeres comenzaron a preparar la cena mientras algunos hombres llenaban los
depósitos de combustible y realizaban pequeños ajustes en los motores.
Observaba
la actividad de los pioneros como si no fuese conmigo. Me sentía, cada vez, más
ajeno a todos ellos. Aquella no era mi gente ni me sentía vinculado a ella.
No
nos unía ningún lazo de afecto. La nuestra era una relación exclusivamente
comercial. Yo les daba algo que necesitaban y ellos me pagaban lo acordado.
Aunque
yo ya había conseguido el dinero que necesitaba para vivir el resto de mis días
por otro lado. Ahí estaba el hummer con el tesoro español. Pero eso no
significaba nada. Siempre me tuve por un hombre de palabra e iba a serlo
también en aquellas circunstancias.
Quizás
necesitara sentirme así en aquel momento. Era una forma de evadirme, de estar
donde quería estar. Cualquier lugar del mundo excepto aquel.
Hasta
la más infecta de las ciudades en las que había vivido, se me aparecía como
maravillosa y acogedora entonces. Solamente quería encontrarme lejos de la
arena, el polvo y la sal.
Mi socio
y yo salimos a dar una vuelta con el pretexto de explorar los alrededores.
Uno
de los muchachos se estaba encargando de revisar nuestras motocicletas, así que
decidimos ir a pie. Llevábamos con nosotros una botella de Four Roses y fuimos
pasándonosla una y otra vez. Poco rato después, comencé a sentir los síntomas
del alcohol. Las piernas se me tornaban pesadas y era incapaz de fijar la vista
en un lugar concreto y mantener la atención en él.
—Estoy
harto de todo esto —dije, algo mareado. Llevaba muchas horas sin probar
alimento y aquel whisky estaba yendo directamente a la sangre.
—Sí,
lo mismo digo —Tiro Las no era hombre de ideas propias.
—Me
dan ganas de abandonar a todos estos locos aquí mismo.
—Hagámoslo
pues.
Mi
socio no bromeaba. Estaba diciendo lo que, de verdad, sentía. Si de él
dependiera, en ese mismo momento hubiéramos llenado el hummer de combustible y,
con unos cuantos bidones de agua y algunos víveres, estaríamos en el desierto
rumbo a Nueva York.
—No
es lo correcto, Tiro...
—Al
diablo con lo que está bien y está mal. Tenemos el tesoro, ¿no? Pues
olvidémonos de ellos.
—No
sé...
—¿Qué
es lo que querían? ¿Que les llevásemos al desierto? Pues ya están en el
desierto. No exactamente donde ellos querían pero en el desierto a fin de
cuentas.
Ahí
está Nueva York —señaló el lugar por el que sol comenzaba a ponerse—.
Todo
recto. Que sigan el cable. No hay pérdida posible.
Di
un largo trago a la botella. El whisky estaba caliente y caía en el estómago
como una llamarada.
—Vamos
a llevarles hasta donde prometimos. Morirían si no lo hacemos. No creo que sean
capaces de llegar por sus propios medios.
—Pues
de tocarnos las narices continuamente sí son capaces. De eso, sí son capaces.
Malditos chalados...
—Gracias
a estos chalados nosotros hemos encontrado la solución a nuestras vidas.
Mi
socio eructó con sonoridad.
—Cualquier
día de estos pensaba yo darme una vuelta por aquí. Habríamos encontrado el
tesoro de igual manera. No es mérito de los chalados.
El
alcohol estaba haciendo el efecto habitual en el cerebro de Tiro. Se volvía
jactancioso y dejaba de atenerse a razones.
—Lo
que yo te diga. Lo hubiéramos encontrado de igual manera.
De
repente, algo se movió, en la arena, frente a nosotros. No me lo pensé dos
veces. Llevaba una pequeña pistola en el cinturón, la desenfundé e hice varios
disparos.
—¿Está
muerta? —preguntó mi socio.
Nos
acercamos y vimos una pequeña serpiente de color rojo pálido con el cuerpo
partido en dos trozos. Uno de mis disparos le había alcanzado de lleno.
—Por
supuesto —afirmé—. El whisky siempre me ayudó a afinar la puntería.
Se
oyeron voces provenientes de la dirección del campamento. Habían oído los
disparos y se acercaban con la intención de averiguar qué ocurría. Un hombre
portaba un rifle en los brazos y se estaba preparando para abrir fuego.
—Tranquilo
—le dije con voz pastosa—. No ocurre nada. Se trata sólo de una serpiente.
Bajó
el arma y dio media vuelta sin decir una sola palabra. Había sido una falsa
alarma. El resto de colonos que habían llegado con él, hicieron lo propio.
Tenían
mucho trabajo que hacer como para estar perdiendo el tiempo en asuntos sin
importancia.
—¿Qué
ha sido eso? —se oyó otra voz—. Dios mío, Dios mío...
Era
Lorna Vinicius. También había escuchado las detonaciones y, al parecer, muy
preocupada por nuestra salud, corría amaneradamente hacia el lugar en el que
nos encontrábamos.
—Dios
mío —repitió—. ¿Están bien?
Hablaba
en plural pero su mirada se dirigía únicamente hacia mi socio.
—No
ha sido nada, nena. Tan sólo una serpiente apestosa —dijo mi socio levantando
el pecho—. Le hemos dado lo suyo.
Yo
le había dado lo suyo. …l se había limitado a observar. No es que me importase
que se anotara tantos que no le correspondían ante la muchacha, pero las cosas
había que contarlas como habían sucedido.
—Alabado
sea el Señor, me he preocupado tanto... —comenzó a intrigar Lorna Vinicius.
—No
ha sido nada —decía mi socio mirándola a los ojos.
—No
quisiera que nunca te ocurriese nada malo —añadió la chica mientras ponía las
palmas de las manos sobre el pecho de mi socio.
—Tranquila,
nena, aún no ha nacido el bicho que sea capaz de acabar con Tiro Las.
—Me
alegro de oír eso.
Lorna
sonreía e iba acercando su cuerpo cada vez más al de mi socio. Fue posando los
pechos despacio sobre él para que pudiese notar su voluminosidad.
Tiro
respondió a sus señales pasándole un brazo por la espalda y sujetando su
cintura.
—¿Sabes
que eres una chica muy bonita...? —decía.
Aquello
sobrepasaba, con creces, el límite de lo admisible. La muchacha era una
monumental zorra, pero la insensatez de mi socio no se quedaba atrás.
—¡Tiro!
—exclamé—. ¿Qué es lo que estás haciendo? ¿Acaso has pedido el juicio?
Pero
mi socio no hacía caso a mis palabras. El Four Roses conseguía que todo,
excepto lo que él priorizaba de forma absoluta, careciera de interés. Había
comenzado a recorrer con la mano todo el cuerpo de Lorna. A ella parecía
encantarle sentirse absolutamente manoseada.
—¡Basta,
Tiro! —volví a decir.
Quería
parecer imperativo, pero sin gritar demasiado para no llamar la atención.
Pero
yo también estaba bastante borracho, así que debí de gritar más de lo
conveniente.
Varios
hombres se acercaron. Uno de ellos vociferó: —Señor Vinicius, venga aquí. Se
trata de su hija.
Tiro
tenía las manos en los pechos de Lorna y los manoseaba sin recato. No se daba
cuenta que, en torno a nosotros, se estaba agrupando una pequeña multitud.
—Es
suficiente, Tiro, es suficiente —decía yo—. Nos vas a meter en un buen lío.
Para
entonces, el señor Vinicius había llegado hasta el lugar en el que nos
hallábamos. Se abrió paso entre el grupo y se encontró con la lamentable
escena.
—Lorna
—dijo sin levantar la voz—. Regresa con tu madre.
—Pero
papá —replicó la muchacha—, yo le quiero...
El
hombre insistió: —No voy a volver a repetírtelo. Vuelve con tu madre. Ahora
mismo.
Mi
socio, sin soltarla, se encaró al señor Vinicius.
—Oiga
—comenzó con voz gruesa—, ¿no ha escuchado lo que ha dicho la chica?
—Tú
cállate de inmediato —intervine yo.
El
ambiente se había vuelto muy tenso.
—Señor
Small, quiero que su hombre suelte a la mi hija —dijo el señor Vinicius—.
Ahora.
—Ya
me has oído —le decía a mi socio—. Suéltala y después hablaremos.
—¿Y
si me niego? —retó Tiro.
—Si
te niegas, tendré que obligarte. El señor Vinicius es el padre de la muchacha y
ésta debe obedecerle. Las cosas son así, Tiro. Los hijos han de obedecer a los
padres.
Tenía
la mente nublada por el alcohol, pero en ese momento hubiera dicho cualquier
cosa con tal de no crear más tensión con los colonos. Ya no les soportaba, pero
aún tenía un cometido que cumplir a su lado y esta situación no ayudaba nada a
llevarlo a cabo. Además, hubiera sido capaz de creer y decir cualquier cosa con
tal de mantener a aquella zorra lejos de mi amigo.
—¿Cómo
me vas a obligar?
—Así
—dije.
Y le
apunté con la pistola directamente a la cabeza.
CAPÍTULO
24
El
cementerio de las ballenas varadas Los días comenzaron a volverse lentos y
pesados. Parecía que el tiempo se negaba, al igual que nosotros, a permanecer
más tiempo en aquel lugar. Todo se volvía horrible: la arena, el calor y la
sal. Y una caravana de dementes en medio de aquel desierto.
Si
nunca me había importado demasiado, ahora odiaba de veras el sueño americano.
En lo que a mí se refería, América entera podía irse al infierno. O venirse
aquí, que era prácticamente lo mismo.
Todos
los días nos levantábamos con el alba, desayunábamos unas cuantas galletas y
algo de café y nos poníamos en marcha. A media mañana hacíamos un pequeño
descanso. Los vehículos se resentían cada vez más del largo viaje y había que
realizar continuas reparaciones. Después, unas cuantas horas más de rodar por
la arena y nuevamente nos deteníamos. Masticábamos un poco de comida en
conserva y volvíamos a viajar hasta la puesta del sol. Así, un día tras otro.
Sin cambios, sin variantes. Siempre hacia el oeste.
—¿Lo
hubieras hecho? —preguntó un día Tiro mientras cabalgábamos con el sol hiriendo
nuestras espaldas.
—¿Hacer
qué? —respondí.
—Dispararme
—miró hacia el frente—. Ya sabes, el otro día, cuando estábamos borrachos.
—Claro
que no, muchacho —sonreí.
El
incidente con el señor Vinicius y su hija había deteriorado por completo las
relaciones con los colonos. Ahora, apenas nos dirigíamos la palabra de no ser
que fuese estrictamente necesario.
—Hemos
de detenernos media hora para reparar un neumático —decía uno de los hombres
aproximándose a nuestra posición.
Sin
esperar respuesta, volvía a marcharse. No esperaban autorización para actuar,
pero seguían manteniendo la costumbre de tenerme informado de todo lo que
ocurría en la caravana. Sin familiaridades ni cordialidad. Tan sólo lo justo y
necesario.
Durante
el rato que los hombres permanecían trabajando en los vehículos, mi socio y yo
solíamos alejarnos un poco del grupo y dábamos un pequeño paseo.
Nos
gustaba estirar las piernas después de tantas horas subidos en las
motocicletas.
Nunca
íbamos demasiado lejos, pero nos gustaba perderlos, por unos minutos, de vista
y fingir que no estaban ahí, que todo lo que estaba sucediendo no era más que
un mal sueño. Pero no, un rato después, dábamos media vuelta y los
encontrábamos de nuevo en el mismo sitio en el que los habíamos dejado.
Nos
quedaba el vago consuelo de que cada jornada que pasaba, era una jornada menos
que restaba para alcanzar nuestro destino. El día menos esperado, avistaríamos
la gran ciudad y todos nuestros males desaparecerían esfumados en el aire.
Tomaríamos el hummer y pondríamos rumbo a la civilización. Sería el día cero,
la hora cero, para una nueva vida. Esto se iba a acabar pronto.
—Aguanta
un poco más, muchacho —le decía a Tiro cuando veía que su moral decaía.
…l
asentía y no decía nada.
—Vamos,
chico, esto está hecho —me animaba mi socio al verme alicaído.
—No
es nada. Es que estoy un poco cansado —aducía yo.
Así,
dándonos ánimos mutuamente, íbamos tirando hacia delante.
Es
posible que no lo hubiéramos conseguido el uno sin el otro. Yo, al menos, sé
que no. El apoyo de Tiro, en aquellas condiciones extremas, era imprescindible.
El
tipo siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Tenía sus momentos malos, como
todos en la caravana, pero se reponía con facilidad. Yo podía caer en una
depresión que me dejaba sin habla durante dos o tres días, pero él siempre
permanecía entero la mayor parte del tiempo. Era un alivio para mí saber que,
en todo momento, podía contar con su ayuda.
Fue
en aquellos días cuando tomamos una decisión importante. El racionamiento de
los víveres, no sería aplicable al alcohol. …ste podría ser consumido sin medida
teniendo siempre cuidado de no emborracharnos demasiado. Lo necesit ábamos.
Para nosotros dos se convirtió en la única escapatoria posible a todo aquel
infierno. Era así de simple. Sabíamos que si bebíamos más de la cuenta, las
botellas de whisky se acabarían pronto y no habría más. Pero eso no nos
importaba.
Si
no bebíamos lo suficiente todas las noches, nunca conseguiríamos que hubiera un
mañana en el que poder continuar bebiendo. Por lo tanto, mejor era acabar con
él cuanto antes y hacer más llevaderos el máximo de días posibles.
Después
de aquello, ya veríamos. Quizás conseguiríamos hacer que durase hasta una
semana antes de alcanzar el objetivo. Quién sabe. Ese era un problema que se
resolvería en su momento justo. Ahora teníamos que sobrevivir día a día.
Pronto,
comenzamos a beber también durante el día. Mi socio y yo portábamos pequeñas
petacas con licor de las que bebíamos cuando la caravana se detenía. No nos
emborrachábamos, pero conseguíamos que un leve y permanente sopor se apoderase
de nosotros e hiciese el viaje más soportable.
Aprendimos
a ignorar la presencia de los colonos. Avanzábamos junto a ellos, cada uno de
nosotros en nuestra posición, yo en la vanguardia de la columna y mi socio algo
más retrasado, pero ni siquiera los veíamos. De vez en cuando, Tiro se acercaba
al frente o yo me dejaba caer hacia atrás y tomábamos un trago.
Algo
rápido, sin apenas cruzar una palabra, pero comunicando, con nuestras
presencias, que el uno estaba junto al otro hasta el final.
—La
verdad es que me hiciste sentir miedo —decía, de vez en cuando, mi socio al
recordar la escena con el señor Vinicius. Y añadía como si con esta reflexión
lo resumiese todo—: Maldito cabrón...
—A
veces pienso si no fue una mala idea no meterte un disparo en la cabeza —le
respondí una vez—. Tienes que tratar de serenarte y saber mantener el control.
No
se puede hacer lo que hiciste.
—Y
tú, ¿qué hubieras hecho si te hallaras en mi lugar?
—Olvidarme
de la muchacha, a buen seguro. Tendrás todas las chicas que quieras una vez que
lleguemos a Nueva York. Si no eres capaz de aguantar tu ansiedad hasta el
regreso a Lisboa, puedes comprar todos los burdeles de la Gran Manzana con eso
que llevamos ahí —señalé el hummer con la cabeza.
…l
se limitaba a sonreír.
—Voy
a ver si localizo el cable —decía, y se perdía durante un par de horas.
Tiro
aprovechaba sus pequeñas expediciones privadas para sentirse libre durante un
rato. Lo necesitaba, era vital para él, y por eso yo no le decía nada.
Supongo
que no hacía nada especial. En realidad, no había nada especial que hacer en
medio del desierto. Una vez escuché unos disparos y, a su regreso, le pregunté
qué había sucedido.
—Serpientes
—dijo por toda respuesta.
En
una de las ocasiones, regresó al poco rato de partir visiblemente excitado.
Se
acercó con su motocicleta hasta mí levantando una gran polvareda.
—Tienes
que ver esto, Bingo, es increíble.
Inconscientemente,
llevé la mano a mi arma pero Tiro me tranquilizó: —No, déjala, no es nada de
eso —y añadió—: Sígueme.
Hice
una indicación al señor Vinicius y nos alejamos un poco de la caravana.
Era
la primera hora de la tarde y el calor era insoportable. El sol viajaba muy
alto en el firmamento y la intensidad de la luz nos obligaba a utilizar
continuamente nuestras gafas ahumadas.
A un
par de kilómetros de allí, nos topamos de frente con el espectáculo más
fabuloso que jamás haya sido observado sobre la faz del planeta. Cientos, miles
de esqueletos de ballenas se alineaban sobre la arena hasta donde alcanzaba la
vista. Era como si todas las ballenas de todos los océanos del mundo, al ver
desaparecer su medio natural, hubieran decidido reunirse allí para morir
juntas. Los huesos, brillantes por el sol, se apilaban unos sobre los otros
dando lugar a fant ásticas arquitecturas. Después de observar, extasiados,
durante un buen rato, nos dimos cuenta de que no estaban dispuestos al azar.
Los esqueletos se agrupaban de una forma especial. Los más pequeños siempre
estaban cercanos, casi unidos, a otros mayores. Algunos de los más grandes se
entrelazaban entre sí. Parecía que las ballenas, al verse morir asfixiadas por
el peso de sus propios cuerpos, hubieran decidido abrazarse para iniciar, así,
juntas, el viaje definitivo.
—Vaya,
no había caído en ello —dijo Tiro.
—¿En
qué? —pregunté sin poder dejar de mirar en dirección a los huesos.
—En
lo de los peces —respondió pensativo—. Debieron achicharrarse todos bajo el
sol.
—Supongo
que sí. Y los que pudieron soportar las altas temperaturas, murieron de
asfixia.
—Qué
horrible...
—Sí,
especialmente el caso de las ballenas. Míralas, están agrupadas por familias,
por comunidades. Deben ser países enteros de ballenas.
—Que
decidieron venir a este lugar para morir todas juntas.
—Nosotros
no lo haríamos.
—¿A
qué te refieres?
Busqué
en mis bolsillos un cigarro antes de contestar.
—A
morir juntos y en armonía. Es un gesto muy bello, ¿no crees?
—Sí...
—Tiro se lo estaba pensando—. Debían ser unos bichos muy listos. Al menos,
vieron lo que se les venía encima.
—Tuvo
que ser horrible. Los momentos finales debieron de ser dantescos.
Cada
uno de esos animales pesaba varias toneladas. Y hay miles de ellos. Esto fue el
apocalipsis, no cabe duda.
—Bueno,
al menos terminaron civilizadamente.
Tiro
se quedó pensando en lo que había dicho. Había algo que no le acababa de
cuadrar. Al final, aquellos descomunales bichos eran los que se habían
comportado racionalmente.
—Sí,
sé en qué estás pensando —dije—. Y tienes toda la razón.
La
caravana de los colonos se estaba acercando. Se habían desviado algo de la ruta
prevista. Al parecer, ellos también albergaban curiosidad por saber qué es lo
que mi socio había hallado tan interesante en medio de la arena.
Los
señalé con la mirada.
—Míralos
—añadí—. Unos cuantos ejemplares sanos y fuertes de la especie más poderosa y
desarrolla de la Tierra. Ellos son la conclusión de millones de años de
evolución. Es la victoria de la vida, el éxito de la selección natural.
El
unimog del señor Licius fue el primero en alcanzarnos. El hombre detuvo el
camión y, sin detener el motor, se apeó y quedó paralizado ante lo que se
extendía ante sus ojos.
—Santo
Dios... —comenzó mientras se llevaba las manos a la cabeza y arqueaba la
espalda.
Las
palabras se le trabaron en la garganta y no pudo decir nada más. El resto de
colonos llegó tras él y su reacción no fue, en modo alguno, distinta a la suya.
—¿Qué
es esto? —preguntó uno sin dar crédito a sus ojos.
—¡Virgen
Santa, esto es el final! —dijo otro.
Lorna
Vinicius había descendido del camión en el que viajaba con su padre y se llevó
las manos abiertas al rostro. Parecía querer taparse los ojos para no seguir
viendo aquello, pero, por alguna razón, no terminaba nunca de hacerlo.
—¿Qué
son, qué son? —repitió, algo temerosa.
—Tranquila,
nena —mi socio aprovechó la ocasión para dirigirle la palabra—.
No
son más que cadáveres. No pueden hacernos ningún mal.
Una
gran respuesta por parte de mi socio. El tipo no perdía una sola oportunidad de
lucirse.
—Más
bien, son esqueletos —maticé—. Huesos brillando al sol.
—¿Y
cómo han llegado hasta aquí? —preguntó la muchacha.
—No
lo sabemos con certeza —dijo Tiro—. Pero creemos que vinieron a este lugar para
morir.
—¿Cómo?
—Bueno
—titubeó mi socio—, nosotros no sabemos demasiado, pero, al parecer, se
juntaron para morir.
—De
amor —añadí.
—¿De
amor? —preguntó ella—. Qué bello suena todo eso.
—En
realidad —dije—, no murieron exactamente de amor. Fue la asfixia provocada por
el peso de sus propios cuerpos lo que las mató, pero quería decir que fue el
amor lo que les llevó a hacerlo todas juntas en lugar de ir cayendo cada una en
un lugar diferente. Al menos, ésta es nuestra teoría.
No
sabía por qué le estaba dando tantas explicaciones a aquella mujer que tantos
problemas nos había causado, pero añadí: —Míralas —extendí, hacia el frente, mi
brazo con la palma de la mano abierta—.
Son
una nación entera. Una gran nación de ballenas varadas.
CAPÍTULO
25
Mavericks
El resto de la tarde la dedicamos a viajar rodeando el gran cementerio de osamentas.
Los esqueletos estaban dispuestos de forma que apenas ningún elemento
permanecía separado del gran grupo. Tan sólo aquí y allá, un par de individuos
habían decidido morir al margen del grupo. Debía de tratarse de inadaptados, de
viejos mavericks incapaces de asumir la preeminencia del clan, de parias de la
nación de las ballenas. Murieron solos, aislados, lejos del calor del grupo, de
la noción de sentirse pertenecientes a algo más grande que ellos mismos.
Yo
los miraba mientras la caravana avanzaba, pesarosa, en torno a ellos.
Sentí
una enorme pena por los mavericks. Ahí estaban sus cuerpos, alejados unos
metros del resto. Estaban solos, pero no en una soledad absoluta. Habían
venido, junto al resto, al punto de reunión para la muerte. Se habían visto
morir, habían tomado conciencia de lo que les venía encima, y decidieron
regresar con la manada.
Quizás,
sucedió que ya era demasiado tarde para que ésta los admitiese. O, por el
contrario, puede que ellos se negaran a asumir una integración total y
absoluta, a renegar de todo lo que, a lo largo de sus vidas, habían sido: seres
libres sin nada que les atase en el mundo.
De
cualquier forma, ahí estaban sus esqueletos. Patéticos, solos, separados.
Miré
a Tiro viajando junto a la caravana, en silencio. Sus gestos y sus actitudes
emanaban un sentido de independencia del que los demás carecían.
Cualquiera
que, desde fuera, hubiese observado la columna, hubiera sabido rápidamente que,
al menos, dos elementos no pertenecían a la misma. Viajaban con ella, junto a
ella, pero manteniendo siempre una distancia que los separaba. Mi socio y yo no
teníamos nada que ver con aquella gente. No teníamos demasiado que ver con
ningún grupo de gente: familia, nación, raza. Nos gustaba sentirnos
independiente de todo y de todos. Y eso, como ahora podía observar sin ningún
asomo de duda, tenía su precio.
Cayó
la tarde cuando aún no habíamos superado por completo el cementerio de las
ballenas. Aquello parecía no tener fin. Quizás nuestros datos iniciales se
habían quedado cortos. Era muy posible que la cifra de esqueletos hubiera que
contabilizarla por millones. Observamos cómo la forma y el tamaño de los
esqueletos iba cambiando según avanzábamos. De las descomunales y anchas cajas
torácicas que habíamos visto al principio pasamos a descubrir otras mucho más
pequeñas y esbeltas. Sin duda, se trataba de otra especie de ballenas. A buen
seguro, más allá, en el interior del cementerio, en aquel lugar al que el paso
nos estaba imposibilitado por la elevada densidad de armazones óseos, habría
muchas otras especies de ballenas descansando eternamente.
La
gran nación de las ballenas se había agrupado, para morir, en países, en
clanes, en grupos, en familias. Nada parecía haber quedado al azar. Incluso,
era curioso contemplar cómo los esqueletos de las crías yacían siempre
protegidas por osamentas mayores. Los padres se ocupaban de los suyos.
Decidimos
pernoctar allí mismo. A la luz de la tarde, el espectáculo de los esqueletos
era sobrecogedor, pero allí no había nada que temer. Eran huesos y sólo huesos.
Algunos hombres tuvieron una gran idea. Extrajeron varias lonas de un camión y
las extendieron sobre una monumental caja torácica. Cubrieron concienzudamente
los extremos y las partes bajas y lograron crear una nave cerrada y habitable
de considerables dimensiones. Ellos mismos se asombraron ante los resultados
obtenidos.
—Miren,
ya tenemos un hogar —bromeaban.
El
señor Vinicius no pareció tener reparos ante la acción de sus hombres.
Es
probable que lo analizará y sopesase la dimensión del pecado cometido, pero no
dijo nada. Al parecer, para él también, los huesos de ballena eran huesos de
ballena.
Y,
la verdad, pasar una noche a buen resguardo, era un plan seductor.
—Esta
noche no dormiremos a la intemperie —decían, sonriendo, los hombres.
Con
los vehículos, se formó un semicírculo que protegía la entrada de la
improvisada vivienda. Allí dentro, un hombre podía permanecer, sin ninguna
dificultad, en pie. Al fondo, en la zona más abrigada y lejos del viento del
desierto, se instaló a los más pequeños. Después, se situaron las mujeres y,
por fin, cerca de la entrada, los hombres se hicieron un hueco.
—¿Cree
que esta noche podríamos hacer una buena fogata? —inquirió un hombre.
El
señor Vinicius se volvió hacia mí sin decir nada. Asentí. Estabamos demasiado
lejos de cualquier lugar como para temer un ataque de extraños.
Podíamos
dar fuego al cementerio completo y nadie se daría cuenta de ello. No me cabía
la menor duda de que estábamos pisando tierra en la que jamás nadie había
puesto sus pies.
—Combustible
no nos falta —dije.
—Desde
luego —dijo el hombre. Y añadió dirigiéndose a un par de muchachos—.
…chenme
una mano con esos huesos.
Se
dirigieron a un esqueleto cercano y trataron de arrancar una de las costillas
del esqueleto de un cetáceo no demasiado grande. A pesar de ello, el hueso ni
se movió de su sitio.
—Quizás
deberíamos probar con alguno más pequeño —dijo uno de los chicos.
—Ni
lo sueñe. …ste es el nuestro. Me he dado cuenta desde el principio.
Arderá
como un tronco de cien años. Con él, tendremos lumbre hasta el amanecer.
El
tipo se subió a la parte trasera de un camión y, al rato, surgió portando una
motosierra en la mano.
—Hace
tiempo que no la arrancamos, pero seguro que funcionará.
Acto
seguido, miró el depósito de combustible y comprobó que hubiera suficiente.
Sujetó la motosierra con la mano izquierda alejando los dientes todo lo posible
de su cuerpo y, con la mano libre, tiró fuertemente de la cuerda. La motosierra
hizo un ruido sordo, pareció que iba a ponerse en funcionamiento y se detuvo.
El
hombre volvió a intentarlo en dos ocasiones más con idéntico resultado.
—No
lo logrará —dijo alguien—. Esa máquina lleva demasiado tiempo parada.
Hay
que desmontarla y engrasarla de nuevo.
—Espere
un poco —adujo el hombre—. Déjeme que lo intente una vez más.
Se
preparó, ahuecó un poco los brazos y, con todas sus fuerzas, dio un tirón a la
cuerda. La motosierra renqueó y, cuando parecía que iba, como en las ocasiones
anteriores, a detenerse sin remisión, tembló y se puso en marcha.
—¿Qué
les había dicho? —gritó el hombre con alegría.
Con
paso firme y enérgico, se dirigió hacia el esqueleto y acercó la motosierra a
la costilla que antes no había podido arrancar con las manos desnudas.
—Ahora
verán —dijo—. Es mía.
La
motosierra comenzó a penetrar el gran hueso. El tipo sabía manejar la máquina
y, con destreza, iba dando cortes en la costilla hasta que, unos minutos
después, la había troceado por completo.
Los
demás observábamos la escena en silencio. Nos habíamos reunido a la entrada del
esqueleto cubierto con lonas y comenzamos a beber y a fumar sin cruzar una sola
palabra. Por una vez, había algo diferente que mirar. No es que se tratase de
una gran exhibición, pero aquel tipo subido al esqueleto de un ser que había
sido decenas de veces más grande y poderoso que él, resulta, cuanto menos,
curioso. La luz de la Luna, casi llena aquella noche, contribuía a que el
espectáculo mereciera ser observado.
—Creo
que voy a cortar unos cuantos más —dijo al finalizar.
—Con
lo que ha cortado, tenemos de sobra para toda la noche —le gritó uno de los más
jóvenes.
—Es
posible, pero me apetece seguir un rato más. Este trabajo desentumece los
músculos. Me hacía falta algo así. Creo que ustedes deberían hacer algo
parecido.
Retiró
los trozos de hueso que había cortado y clavó la motosierra en una nueva
costilla del esqueleto. Si bien en la primera de ellas había tenido cuidado de
que los cortes fueran los adecuados para obtener trozos de hueso con el tamaño
apropiado para arder en una hoguera, a partir de ese momento se dedicó a hundir
la motosierra donde mejor le parecía, sin seguir un plan previamente
establecido.
Tiro
y yo continuamos fumando en silencio. Los colonos se estaban animando y los más
jóvenes decidieron sumarse a la exhibición.
—Déjeme
que pruebe yo ahora —dijo uno.
En
un par de saltos, se encaramó a la parte alta de uno de los esqueletos que aún
se mantenían intactos y alargó el brazo para tomar la motosierra que el hombre
le tendía.
—Deme
eso. Ahora verá —bromeó.
Llevaba
el torso desnudo y pronto comenzó a sudar. El muchacho apenas tenía vello y sus
músculos estaban muy desarrollados. Sólo se escuchaba el ruido de la motosierra
interrumpido de vez en cuando por la llamada, en el interior del refugio, de un
niño a su madre.
—El
chico está fuerte —comentó Tiro.
—Sí...
—respondí.
En
media hora había conseguido tumbar prácticamente toda la caja torácica de la
ballena. El sudor resbalaba por su piel morena y la tornaba brillante a la luz
nocturna. Cualquier muchacha se podría haber enamorado de él en aquel mismo
momento. Estos chicos emanaban salud por todos los poros de su piel.
Eran
buenos muchachos. Habían aprendido a hacer siempre lo que debían y no había,
entre ellos, símbolos de rebeldía importantes. Era una lástima que su futuro
estuviera ligado a los dementes de sus padres. Porque, para ellos, no había
escapatoria posible. Seguirían junto a su comunidad, sin desertar, hasta el
final de sus días. El temor ante Dios y el profundo respeto a sus tradiciones,
les impedía, no ya romper con la comunidad y emprender una nueva vida de forma
independiente, sino, tan sólo, tratar de pensar de manera autónoma.
Puesto
que uno de los hombres había estado cortando con la motosierra los huesos de
una ballena varada, aquel no podía suponer un acto reprobable. Era así de
simple. Ni siquiera había que pensárselo. Lo decidido por uno de los mayores, y
cuanto más mayor, mejor, era indiscutible para el resto. Cuestionarlo de
cualquier manera, hubiera sido considerado como una falta de respeto. Y, ante
las faltas de respeto, el mayor castigo lo llevaban con ellos mismos: desde muy
pequeños se les había inculcado un sentimiento de culpa que surgía con el
quebrantamiento de lo tenido por bueno. Ni siquiera era necesario que nadie les
reprendiera.
Si
la educación recibida había sido la adecuada, bastaba con señalarles el error
cometido para que el sentimiento de culpa aflorase y realizara su desagradable
labor.
Habían
encendido la hoguera. El fuego prendió con facilidad y pronto grandes llamas se
alzaban en la oscuridad. El whisky estaba haciendo su efecto y comencé a
sentirme bien. Al menos, todo lo bien que un hombre cansado, sucio y roto puede
sentirse en medio del desierto.
Tomé
otro trago y miré el fuego. Era reconfortante dejar la mirada en suspenso y el
pensamiento vagando sin rumbo fijo. Algo así como mirar la televisión.
Estar
frente a ella pero sin estarlo del todo.
Otros
muchachos, igual de fuertes y espléndidos que el primero, fueron turn ándose
con la motosierra. Entre todos, consiguieron abatir varios esqueletos. Las
risas y los desafíos no faltaban. Competían entre sí para conocer quién era el
más rápido con la motosierra, quién el más hábil y quién el más robusto.
Después,
el combustible de la máquina se terminó y los muchachos decidieron continuar la
competición con las manos y los pies. Derribaron varias estructuras óseas más
antes de caer exhaustos.
Toda
la zona cercana al refugio mostraba un aspecto desolador. Los colonos habían
arrasado, al menos, veinte o veinticinco esqueletos de ballena. Trozos de hueso
y astillas yacían esparcidos en la arena. Caminar entre ellos se había vuelto
difícil. Los hombres comenzaron a retirarse con cuidado. Entre risas y
comentarios relativos al buen rato pasado, fueron penetrando en el refugio y
acomodándose en los lugares asignados para pasar la noche.
Aquella
noche no apostamos, como era costumbre, un vigía en las cercanías del
campamento. Si se daba la improbable posibilidad de que hubiera enemigos por
allí, ya habrían dado con nosotros hace tiempo. En las dos últimas horas no
habíamos pasado, precisamente, desapercibidos.
Mi
socio y yo nos habíamos quedado solos frente a la fogata. Aspiraba las últimas
bocanadas del cigarro.
—…sta
es la diferencia, Tiro —dije—. ¿La ves?
—¿Qué
diferencia?
—Entre
la civilización de las ballenas y la de los hombres.
—¿Cuál
es?
—Ellas
nunca se hubieran ensañado con nuestros restos.
CAPÍTULO
26
Algo
de mala suerte, algo de buena suerte Nos despertó un estruendo sobre las lonas.
Por primera vez desde que partimos de Lisboa, supimos qué era una tormenta en
medio del desierto. Nos habíamos topado con la lluvia antes, pero nunca se
había tratado de algo más que de pequeños aguaceros. Lo de ahora era totalmente
diferente. El ruido que producían las gotas de agua al golpear sobre nuestra
improvisada techumbre, hacía que fuese muy difícil comunicarse dentro del
refugio.
—Sería
una buena idea partir cuanto antes —dije.
—No
podremos ir demasiado lejos con este tiempo —replicó el señor Vinicius—. Está
diluviando ahí fuera.
Una
buena manera de comenzar la mañana, sin duda.
Ordené
que algunos hombres se aseguraran del estado de los vehículos. El agua
torrencial estaba comenzando a crear pequeños arroyos en la arena y a
estancarse en las zonas bajas. Un rato después, tenía la suficiente fuerza como
para desplazar pequeños trozos de los huesos seccionados la noche anterior.
—Asegúrense
de que los camiones estén bien.
Los
hombres corrieron entre la lluvia. Vi cómo ponían piedras en las ruedas de uno
de los unimogs que se hallaba en una ligera pendiente. Sus pies se hundían cada
vez más en la arena y les costaba caminar.
—Esto
se está poniendo muy feo —dijeron a su regreso.
El
señor Vinicius se estaba poniendo algo nervioso. Era consciente de que la
situación se complicaba por momentos.
—Hay
que buscar un lugar mejor que éste para pasar la tormenta —le dije—.
Podemos
tener problemas si continuamos aquí.
—Mire,
señor Vinicius —dijo un muchacho.
El
agua había comenzado a entrar dentro del refugio por los resquicios dejados
entre la lona y la arena del suelo. Se deslizaba hacia el centro y comenzaba a
acumularse formando un pequeño charco.
El
señor Vinicius me miró y dijo: —Nos vamos.
En
menos de diez minutos, casi todos los colonos se hallaban en los vehículos.
Sólo
tres hombres se quedaron atrás recogiendo las lonas sobre el esqueleto de la
ballena. La intensidad de la lluvia era tan grande, que pronto todos estábamos
empapados por completo. En el fondo de un camión, mi socio y yo guard ábamos
nuestra ropa de agua. Tiro decidió que, a pesar de hallarnos ya completamente
mojados, quizás era una buena idea ir a buscarla. De todas formas, la partida
se demoraba porque un camión tenía dificultades con una de sus ruedas traseras.
Se
había hundido en la arena mojada y resbalaba una y otra vez.
—Toma
—dijo mi socio alargándome un impermeable negro.
Alguien
gritó en la lluvia: —Tenemos problemas con este camión. Necesitamos ayuda.
Me
puse el impermeable sobre la ropa mojada y me dirigí, junto al resto de los
hombres, a echar una mano.
—Es
la rueda izquierda. Ayer este firme era sólido, pero hoy se ha convertido en un
lodazal. Por más que lo hemos intentado, no conseguimos que salga de ahí.
—Deberíamos
utilizar las planchas de aluminio —dijo el señor Vinicius.
—Esta
maldita lluvia nos va a causar muchos problemas —añadió un muchacho.
El
temporal arreciaba por momentos. Dos hombres vinieron con las planchas de
aluminio y las pusieron junto a la rueda estancada.
—Bien,
ahora es el momento de empujar.
El
conductor del camión se puso al volante y giró el contacto. El vehículo arrancó
a la primera liberando una densa humareda negra por el tubo de escape.
—Encima
esto —dijo Tiro girando el rostro para no respirar el humo.
—Vamos,
cuanto antes empecemos, antes saldremos de aquí.
Empujamos
con fuerza mientras un chico trataba de deslizar las planchas debajo de la
rueda.
—Un
poco más y lo conseguimos —gritó mientras los demás no cesábamos de empujar.
La
rueda giró sin conseguir que el camión avanzase.
—¡Adelante,
que nadie se detenga!
—¡Todos
juntos ahora!
El
camión se desplazó unos centímetros hacia delante para después retroceder, pero
fue suficiente para que el muchacho deslizase las planchas debajo de la rueda.
—¡Lo
conseguí! —gritó.
El
conductor aceleró de nuevo y el camión salió de su trampa. Rodó unos metros y
se detuvo.
—En
marcha —dije mientras la lluvia me resbalaba por el rostro.
La
caravana partió muy lentamente. El terreno estaba casi impracticable, pero
había que tratar de buscar un lugar más favorable. Quedarnos donde estábamos,
suponía correr el peligro de quedar definitivamente enterrados en la arena
mojada. Rescatar a un camión hundido por completo en el fango era una operación
que podía ocupar cerca de medio día. Por ello, quería salir de allí cuanto
antes. Quizás no encontrásemos un terreno mejor, pero al menos lo estábamos
intentando.
Miré
al cielo y no vi más que negros nubarrones. Aún llovería durante muchas horas.
Quizás días. Tratábamos de evitar el terreno blando, pero aquel maldito lugar
se estaba convirtiendo en un pantano por momentos. A unos cincuenta metros del
borde del cementerio, mi socio dio con una franja de tierra que parecía más
consistente. Di la orden de circular por allí siempre hacia el oeste.
Desde
aquella distancia, los esqueletos brillaban a la luz mortecina de los focos de
los camiones. Se mostraban tristes, melancólicos y parecían estar deseosos de
que los dejásemos atrás y olvidásemos para siempre el lugar en el que se
hallaba su posición. Pronto, muy pronto, volvieron a quedarse solos. De una
manera tan repentina como los encontramos, desaparecieron en la lluvia.
Rodamos
en aquellas penosas condiciones durante toda la mañana. Al mediodía, detuvimos
la caravana al escaso abrigo de unas pequeñas rocas y e improvisamos un refugio
extendiendo las lonas que nos habían resguardado la noche anterior en el hueco
dejando por dos camiones. Allí, en tan reducido espacio, los colonos se fueron
apiñando y la señora Fictius repartió algunos alimentos fríos.
Comimos
sin apenas hablar y mirando repetidamente al firmamento. No amainaba ni tenía
aspecto de querer hacerlo pronto. Por el contrario, el cielo se oscurecía más y
más por momentos hasta casi anochecer en mitad del día.
Tiro
masticaba unos frutos secos en silencio. Miraba al suelo, distraído, y
golpeaba, con la suela de la bota, los cantos que surgían de la arena. De
pronto, cayó en la cuenta.
—¡Piedra!
—exclamó.
Escupió
los frutos secos de la boca y se agachó hasta tocarlas con las manos.
—Fíjate,
Bingo —añadió—. El piso es de piedra. Está enterrada en la arena, pero me juego
mi parte del tesoro a que estamos sobre una gran roca.
Se
puso en pie y señaló en torno a nosotros: —Mira el paisaje. Ha cambiado. ¿No te
das cuenta? Esas rocas de ahí no están aisladas. Tienen la misma composición
que éstas de aquí. Y que aquellas —iba indicando con el dedo las rocas del
entorno.
—Demonios...
—me daba cuenta de lo que eso, si era cierto, podía suponer.
—Es
posible que sea el fin de las tierras arenosas —aventuró mi socio.
—No
te hagas ilusiones —dije—. Quizás sea una roca pequeña y volvamos de nuevo a la
arena.
—No,
ha de ser una gran placa, ha de serlo...
Si
de verdad estábamos en terreno rocoso, aquel era un gran golpe de suerte.
Desde
que salimos de las Azores no habíamos encontrado otra que arena y más arena.
Las ruedas de los vehículos se hundían en ella y les costaba avanzar mucho más
que sobre un terreno rígido. Si ahora, como creía Tiro, habíamos encontrado una
gran placa de roca de varios cientos de kilómetros de largo, podríamos llegar a
nuestro destino en mucho menos tiempo que el necesario para hacerlo sobre
arena.
—Lo
presiento, esto es una gran placa —insistía mi socio—. Voy a comprobarlo ahora
mismo.
Así
era Tiro Las. Cuando se le metía algo en la cabeza, no paraba hasta llegar al
final.
—Me
adelantaré unos kilómetros y echaré un vistazo —me dijo mientras sacudía su
impermeable para eliminar el agua que se había ido acumulando en los pliegues.
—De
acuerdo, pero no quiero que te alejes demasiado con este tiempo. Y mantén tu
teléfono conectado en todo momento.
Cogió
unos cuantos frutos secos del tarro en el que la señora Fictius los guardaba,
le lanzó un guiño acompañado de una sonrisa y subió a su motocicleta.
—Es
usted un cielo —dijo mientras que con los labios hacía el gesto de un beso.
—Rufián...
—farfulló la señora Fictius.
Tiro
arrancó la motocicleta y se esfumó en la lluvia.
Continuamos
comiendo desganadamente. El señor Vinicius, contagiado, al parecer, por el
ímpetu de mi socio, se dirigió a mí en un tono afable que no empleaba hacía
mucho tiempo.
—¿Cuánto
cree que nos falta para llegar?
—No
estoy muy seguro. Hace días que no lo calculo. Pero no creo que sean más de mil
kilómetros. No muchos más, en todo caso.
Al
oír aquello, los colonos comenzaron a murmurar entre ellos. Aunque daba lo
mismo que hubieran hablado a gritos. Nos encontrábamos apiñados en un espacio
tan reducido que cualquier susurro era escuchado, sin dificultad, por la
completa totalidad del grupo.
—¿Has
oído eso?
—Sí,
estamos casi en nuestro destino.
—Ya
no queda nada... Tan sólo un pequeño esfuerzo más.
Se
daban ánimos los unos a los otros. Pobres desgraciados. Cuando hablaban así,
cuando descubrían toda su debilidad mostrándose humanos, me daban pena. En el
fondo no eran más que un puñado de pobres diablos guiados por un loco
visionario. Incluso me dio cierto reparo contarles la verdad completa: —Pero
recuerden que hemos de ascender el talud. Y el de Nueva York no es igual que el
de Lisboa. Aquel se hallaba inmediatamente después de la ciudad, pero éste se
encuentra bastante alejado de la línea de la costa. Desde él hasta la
metrópoli, aún restan unos cien kilómetros de viaje a través de la plataforma
continental.
—No
importa —dijo alguien que se encontraba al fondo y del que no podía ver su
rostro—. Los haremos gustosos. Será el último tramo hacia nuestro ansiado
sueño.
—Sí
—intervino el señor Vinicius—, será una especie de paseo triunfal hacia la
tierra prometida. Dios estará con nosotros y todo será fácil y sosegado. …l
sabrá reconocer a los suyos y a los que, tan duramente, se han sacrificado por
seguir su palabra.
No
dije nada más. Conocía de sobra la monserga y sabía que nada podía conseguir si
continuaba hablando en aquella dirección.
—Creo
que va siendo hora de que nos pongamos en camino, señor Vinicius —señalé
mientras miraba la lluvia.
Rodamos
varias horas más antes de que escampase. Mi socio debía de estar en lo cierto
porque cada vez era más frecuente encontrar un piso firme. Los bancos de arena
iban desapareciendo progresivamente y el agua de la lluvia arrastraba el lodo
dejando la piedra al descubierto.
Cuando
por fin paró de llover, apareció Tiro. Se hallaba tan excitado como cuando se
marchó.
—Tenía
razón, Bingo —dijo exultante—. Hay un firme de roca hasta donde se pierde la
vista.
—Eso
es genial, muchacho.
—Vamos
a ahorrarnos, por lo menos, una semana de viaje. Eso, si no es más.
Y
sin esperar una sola palabra más por mi parte, se marchó a extender por ahí la
noticia.
—Eh,
señor Vinicius, oiga —gritaba—. Estamos sobre una gran placa de roca.
Yo
tenía razón.
Miré
al cielo. Se estaba abriendo grandes claros y el sol comenzaba a brillar.
No
quedaban más de dos horas de luz, pero se agradecía un poco de calor después de
habernos pasado el día empapados hasta los huesos. Tenía todo el cuerpo
entumecido y necesitaba beber algo caliente. De momento, debía de conformarme
con un trago de whisky. Busqué en el bolsillo uno de mis últimos dunhills.
Apenas
me quedaban dos o tres más. Y un par de botellas de Four Roses. La cosa se
estaba poniendo fea. Al menos, la fecha de regreso a casa estaba cada vez más
cerca. A pesar de estar en pleno verano, en aquel momento lo único que deseaba
era enterrarme bajo las mantas de mi cama en Lisboa. Y dormir una semana
entera.
—Dios
santo. Miren eso —gritó, de improviso, una muchacha.
Alcé
la vista y, entre las nubes, con la luz del sol en declive tras él, apareció
ante nosotros.
CAPÍTULO
27
¿Hay
alguien ahí?
—¿Qué
diablos es?
—¡Es
un cuervo!
—¡No!
¡Una gaviota!
—Maldita
sea, es una paloma. Bendito sea el Señor, es una paloma.
Aspiré
una buena bocanada del puro y retuve unos instantes el aire.
Después,
lo solté despacio. El humo se dispersó muy lentamente creando toda una suerte
de curvas y ondulaciones en el aire. Entorné los ojos y ahí estaba. Era, sin
duda alguna, una paloma.
Al
margen de insectos y serpientes, se trataba del primer animal vivo que veíamos
desde nuestra salida de las Azores. Y era, ni más ni menos, que una paloma.
Aquel
bicho no podía vivir por allí. El entorno era demasiado salvaje para él.
A
buen seguro venía de tierra habitada. Del oeste. Del lugar al que nosotros nos
dirigíamos.
—¿Lo
ha visto, señor Small? —me dijo el señor Vinicius.
—Sí,
es una paloma, no cabe duda.
—Eso
significa...
—Significa
que estamos cerca de un lugar habitado.
—¿De
la gran ciudad?
—Probablemente.
¿Qué otro lugar habitado vamos a encontrar por aquí?
El
señor Vinicius trataba de contener su emoción para no parecer un ser humano
ante mí. No así el resto de los colonos, los cuales habían estallado de júbilo
y se abrazaban los unos a los otros profiriendo exclamaciones de gozo.
Tiro
se acercó con Lorna Vinicius tras él. Al parecer, había aprovechado, con la
complicidad de la muchacha, el pequeño desorden para reunirse y abrazarse ellos
también.
El
señor Vinicius frunció el ceño. Yo me puse en guardia inmediatamente.
No
quería uno solo problema más. Aquella paloma significaba que estábamos llegando
a nuestro destino. Quería decir, ni más ni menos, que mi cama de Lisboa estaba
cada vez más cerca. Y no estaba dispuesto a que nada ni nadie se interpusiese
entre yo y aquella cama. No, no lo estaba.
Mi
socio se adelantó a cualquiera de nosotros: —Vamos, señor Vinicius, sonría un
poco. Hoy es un día alegre.
El
señor Vinicius iba a responder cuando oímos varios disparos.
—¡Le
he dado! ¡Le he dado! —exclamó alguien.
Bras
Licius alzó los brazos en el aire. En uno de ellos, portaba el rifle
semiautomático del cual habían partido los disparos que habíamos escuchado.
—¡Mira,
ahí ha caído! —exclamó un muchacho mientras corría hacia el lugar señalado.
La
paloma yacía, muerta, entre las piedras.
—Mire,
señor Vinicius —dijo Bras señalando el animal—. Esta noche nos la comeremos. Le
voy a pedir a la señora Fictius que nos la prepare para la cena. No dará para
mucho, pero no me diga que no le hace ilusión comer comida fresca.
—Sí,
sí, estamos hartos de tanto alimento en conserva —dijo el muchacho que había
corrido tras la paloma muerta.
—Queremos
comer comida de verdad —apuntó otro.
El
señor Vinicius, que había permanecido sin hablar durante todo aquel tiempo,
rompió su silencio: —¡Basta! ¿Qué es lo que somos? ¿Animales?
Su
ira acalló todas las voces y quebró la alegría imperante. Se dirigió a todos
cuando añadió: —Se están comportando como bestias. No hemos llegado hasta aquí
para dejarnos llevar ahora por nuestros más bajos instintos. Somos discípulos
de Dios y temerosos de su palabra.
Utilizó
la pausa como elemento para mantener la tensión. Todos callaban.
Nadie
se hubiera atrevido, en aquel instante, a mover un solo músculo.
—No
me importa que, esta noche, demos cuenta o no de esa paloma —prosiguió—.
Pero
lo que no voy a permitir es que la armonía habitual en nuestra comunidad, se
altere. Sabíamos que un día, tarde o temprano, iba a llegar este momento.
¿Alguien
lo dudaba, acaso? Entonces, ¿a qué viene tanto alboroto? ¿Por qué tanto
desorden?
Miró,
uno a uno, a todos los colonos. Les miraba a los ojos, con dureza,
reprendiéndoles por su comportamiento indigno.
—Vamos,
señor Vinicius —intervino mi socio—, no sea usted tan duro. A fin de cuentas,
hoy es un día grande. El primer día de nuestros últimos días en el desierto.
¿Cómo
pretende que estas personas no se alegren?
El
señor Vinicius se volvió hacia Tiro. Vi la violencia más salvaje inyectada en
sus ojos.
—¡Calla,
maldito! No oses dirigirme la palabra. Y mucho menos, no se te ocurra decirme
cómo he de guiar a los míos. Tú no eres nadie para interpretar nuestra manera
de comprender el mundo. ¡Tú! ¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes?
¿Quién
te envía? —se dirigió al resto—. Yo os lo diré. Este hombre no es más que un
enviado del propio Demonio.
—Oiga...
—intervine.
—Usted
no se meta en esto, señor Small. Contra usted no tengo nada. Es este hombre
quien altera la paz de mi comunidad.
El
señor Vinicius tenía en tensión todos los músculos de su cuerpo. Las arterias
del cuello se habían dilatado y podía ver cómo se agitaban cuando el corazón
bombeaba sangre a través de ellas.
—Mire
—dije tratando de poner algo de paz—. No ha ocurrido nada. No se altere usted.
Vamos, sigamos con nuestro camino y no le demos más vueltas al asunto. Dentro
de unos días habremos llegado a nuestro destino y cada cual seguir á su ruta.
No nos volverá a ver nunca más, eso se lo garantizo. Ni a mi socio ni a mí.
Pero
el señor Vinicius no prestaba atención a nadie.
—Quiero
que se aleje de ella para siempre —prosiguió mientras cogía del brazo, con
rudeza, a Lorna—. Que se mantenga alejado de mi hija.
—Desde
luego, cuente con ello —clavé la mirada en mi socio—. Tiene mi palabra de que
su hija no volverá a ser molestada nunca más.
Esto
pareció calmarle un poco. Pronto, apareció la señora Vinicius y, entre ella y
la muchacha, se lo llevaron al camión. Se notaba que estaban preocupadas por su
estado y, de alguna manera, en la mirada que la señora Vinicius nos lanzó, iba
implícita una disculpa por su comportamiento. Al menos, esa fue mi impresión.
Aunque,
quizás, estuviera equivocado.
Apenas
quedaba un rato más de luz. El sol comenzaba a ponerse y no merecía la pena
continuar la marcha. Así que ordené situar el campamento allí mismo.
Esa
noche sí aposté un vigía en lo alto de una roca cercana.
Por
la mañana, todo había vuelto a la normalidad. Los colonos se afanaban en sus
tareas sin parecer recordar el incidente del día anterior. Nadie demostraba una
agitación especial. Su comportamiento era monótono y habitual.
Rodamos
varias horas por un terreno bastante bueno: firme, llano y seco.
La
lluvia del día anterior se canalizaba en pequeños ríos y arroyos que,
progresivamente, iban encontrándose los unos a los otros hasta formar una
cuenca. Sólo en algunos sitios quedaban aisladas algunas minúsculas balsas de
agua estancada que se evaporaba tranquilamente al radiante sol del mediodía.
—¿Crees
que podríamos beber esta agua? —preguntó Tiro.
—Es
posible. No se trata más que de agua de lluvia. Pero sospecho que su contacto
con el suelo la ha vuelto salada —respondí.
—Eso
es fácil de comprobar.
Mi
socio detuvo su motocicleta y se apeó de ella. De rodillas en el suelo, acercó
sus labios a un curso de agua cercano.
—No
corras riesgos innecesarios. Es mejor que no la bebas.
—Descuida.
No beberé. Tan sólo quiero probar su sabor. Mojaré, nada más, mis labios.
Tocó
el agua y pasó la lengua por los labios. Sonrió.
—Es
dulce. Apuesto a que se puede beber con toda tranquilidad.
—O,
cuanto menos, darnos un buen baño en ella.
—Eso
sería, simplemente, genial. Creo que necesito un buen baño —dijo mientras
alzaba los brazos y olisqueaba su propia ropa.
—Es
una lástima que no haya un arroyo con el suficiente caudal para entrar en él.
Estaría bien poder poner nuestro cuerpo a remojo.
En
el descanso que hicimos para comer, Tiro insistió: —Cada vez los arroyos llevan
un caudal mayor. ¿No crees que todo esa agua debe de ir a algún lugar? Sería
decepcionante que finalmente se filtrase en el subsuelo...
—No
lo sé —dije pensativo—. Todo es posible.
Y
añadí: —Hace rato que vengo dándole vueltas a un asunto. Sinceramente, pienso
que nos hallamos muy lejos aún de la línea de la costa como para que una paloma
como la que vimos ayer se aventure hasta aquí.
—¿Qué
quieres decir?
—Pues
que es posible que haya un lugar habitado mucho antes. Y no me refiero a los
asentamientos de los colonos que son nuestra meta. Esos están demasiado cerca
de la gran ciudad para ser considerados metrópolis independientes.
—¿A
qué te refieres?
—Me
refiero a un lugar en medio de todo esto. Tiene que haber algo. Fíjate: el
paisaje ha cambiado. Ya no es tan abrupto como hasta hace unos días. El suelo
es mucho más sencillo de transitar y hay agua. ¿Qué impide que exista algún
asentamiento humano por aquí?
—Bandidos...
—Es
posible. O, sencillamente, chiflados como estos que llevamos aquí. Es imposible
de saber. Aunque tengo una sospecha: los bandidos no crían palomas.
—Desde
luego que no. Ellos viven exclusivamente del pillaje. Entonces...
—Entonces
deben de ser colonos. Americanos, quizás. Gentes que han realizado el camino en
sentido inverso. Sólo que, en su lugar, el trayecto ha sido mucho más corto.
—Está
claro. Se trata de eso, sin duda.
—En
realidad, no lo sabemos con certeza. Se trata tan sólo de una suposición.
Por
eso, es mejor no decir nada a los colonos. Lo que tenga que ser, ya vendr á por
su propia vía.
El
resto del día y todo el día siguiente los ocupamos en rodar. Habíamos perdido
por completo el rastro del cable, pero me sentía capaz de orientarme hasta
Nueva York. No habría problemas.
Tiro
se empeñó en seguir los cursos de los arroyos. Aunque a mí no me pareció una
buena idea, aquello no nos desviaba demasiado de nuestro rumbo, así que,
después de resistirme un poco, accedí.
—Los
cursos de agua buscan el llano, no el oeste —dije—. Escucha, muchacho, yo
también tengo curiosidad por saber quién puede vivir en este paraje. Es posible
que haya otro tipo de pioneros distintos de los que llevábamos con nosotros.
Gente
más cabal, más sensata, que busca un modo de vida diferente pero sin
chaladuras.
Pero
por mucho que nuestra curiosidad sea grande, tenemos una misión que cumplir. Y
la cumpliremos.
Cada
vez que decía esto, me sentía menos convencido de su veracidad. La misión, para
mí, se había ido, poco a poco, diluyendo en un pasado confuso y llegué a pensar
que aquellos tipos que rodaban tras de mí, eran tan sólo unos desconocidos que,
casualmente, viajaban a mi lado.
Pero
sabía que debía aguantar. Tenía que ir hasta el final y cumplir lo pactado.
Era
una cuestión de satisfacción personal, de saber que uno está haciendo lo que
sabe que debe hacer.
—Si
de mí dependiera, hace tiempo que les había abandonado en mitad del desierto
—dijo Tiro.
Así,
de esta forma tan sencilla, mi socio penetraba en mis pensamientos y se
interponía entre el deseo y la razón. Para él todo era, siempre, simple.
Utilizaba, tan sólo, el deseo, debido a lo cual, jamás se le planteaban
conflictos.
—Ya
hemos hablado de esto con anterioridad. Vamos a ir hasta el final —dije—. Pase
lo que pase.
—¡Miren,
miren! —unos gritos nos interrumpieron—. Más pájaros.
Alcé
la mirada y ahí estaban. Serían diez o doce, quizás más. Se movían describiendo
grandes círculos sobre el cielo y a gran velocidad. Desde luego, esta vez no se
trataba de palomas. Sus cuerpos eran demasiado pequeños y muy oscuros.
—Que
nadie dispare contra ellos —ordené.
Los
pájaros no parecían ir a ningún lado. Simplemente estaban ahí, volando en
círculos. Es posible que buscaran alimentos entre las rocas.
—Creo
que tu teoría va a ser cierta —dijo mi socio—. Esos pájaros no han llegado
hasta aquí solos.
El
curso del agua que seguíamos había aumentado considerablemente su caudal en los
últimos kilómetros. Varios arroyos colindantes confluían en él sumando sus
aguas. Pronto, en una de las riberas del riachuelo, vimos algo que nos llenó de
alborozo: la primera planta norteamericana.
CAPÍTULO
28
Pájaros,
ríos, árboles y algo de tranquilidad —A partir de este preciso momento, quiero
que todo el mundo extreme las precauciones —dije durante la cena—. Tenemos
motivos suficientes para sospechar que muy pronto vamos a encontrarnos con
personas cerca de aquí.
Se
levantó una nube de murmullos. Los colonos se sentían excitados ante la idea.
¿A quiénes nos íbamos a encontrar? ¿Estábamos ya cerca de los que ellos
consideraban los suyos? ¿Había muchas más expediciones que, como la nuestra,
habían llegado desde lejos? ¿O se trataba, como ya habíamos comprobado a lo
largo de nuestro viaje por el desierto, de simples maleantes y delincuentes
huidos de la justicia?
—Vamos
a ir todos armados y en todo momento —dijo el señor Vinicius—.
Todos
portarán siempre un arma consigo. Incluidas las mujeres. Solamente quedan
exentos los niños más pequeños. El resto llevará una pistola cargada.
Los
colonos atendían las instrucciones en silencio. La hora de la verdad estaba
cerca. Tenían el sueño americano al alcance de la mano y no lo iban a dejar
escapar.
—Quiero
—intervine— que se mantengan alerta. Aún nos quedan muchos kilómetros de viaje
hasta Nueva York. Es muy posible que nos encontremos grupos de pioneros mucho
antes, pero también es posible que no. No lo sabemos con certeza. Y, si hay
pioneros, desconocemos si serán amistosos. Lo desconocemos todo, incluso el
terreno sobre el que nos movemos. …sta es la peor de las situaciones
previsibles. Creo que contaban con ello. Pero que nadie se preocupe.
Ustedes
están preparados para afrontar lo que se nos viene encima. Si nos topamos con
enemigos, les haremos frente con todo nuestro potencial. Si, por el contrario,
es gente amiga la que hallamos en el camino, esa será nuestra primera
satisfacción.
De
cualquier forma, algo es imprescindible a partir de ahora: permanecer siempre
alerta y no bajar nunca la guardia.
Hice
una pausa y observé los rostros de los colonos. Después, proseguí: —El único
objetivo es mantenerse con vida y alcanzar nuestro destino final.
Les
prometí que les llevaría hasta las puertas de Nueva York y lo voy a cumplir.
Pase
lo que pase. Espero que todos ustedes estén a la altura de las circunstancias.
Aquella
noche, muchos colonos tardaron en conciliar el sueño. Llevaban meses, años
incluso, detrás de este sueño. Le habían dedicado todo lo que tenían: dinero,
dedicación, esfuerzo. Creían en él a ciegas. Estaban absolutamente seguros de
lo que hacían y no les asaltaba la duda. El culpable de todo ello era, desde
luego, el señor Vinicius. Sin él, no lo hubieran conseguido nunca. Era el líder
indiscutible, su guía, su sacerdote, su visionario.
A lo
largo de las largas semanas en el desierto, el sueño había permanecido
aletargado. El viaje estaba siendo duro, cruel en no pocas ocasiones y, sobre
todo, monótono hasta la saciedad. Sólo habían encontrado arena, sal y calor.
Durante miles de kilómetros. Al final, todos se habían acostumbrado a ello.
Rodaban de manera mecánica, se detenía para comer sin darle importancia, todo
ello sin esbozar siempre un atisbo de queja, en completa resignación ante lo
que estaba sucediendo.
El
sueño lo era todo para ellos y en aras de él, eran capaces de sacrificarlo
todo.
Porque
eso era lo que estaban haciendo los colonos: un fenomenal sacrificio.
Lo
habían dado todo. Ya nada tenían en Europa que les perteneciese: amigos, dinero
o bienes materiales. Todo había sido suprimido. Todo sacrificado. Y, aunque
nada de eso debió de ser fácil, la recompensa a su alcance lo compensaba todo.
Por
ello, al día siguiente, cuando vimos más plantas en las riberas del riachuelo,
el entusiasmo fue creciente. No por las plantas en sí mismas, sino por lo que
éstas significaban: la vida era posible en el desierto. A fin de cuentas
aquellos locos pretendían pasar el resto de sus vidas en aquel lugar. Iban a
crear nuevas ciudades, nuevos lugares en los que la civilización y los valores
americanos se asentasen, pero, mientras todo esto sucedía, tendrían que habitar
una tierra inhóspita y, en la mayor parte de los casos, yerma. Así que era
normal que, encontrar un escuálido arbusto reseco el medio del camino, les
regocijase. Siempre, claro está, dentro de los límites de contención que el
señor Vinicius y, por extensión, el resto de los cabezas de familia, consideraban
adecuados a las circunstancias. No era conveniente expresar demasiado
entusiasmo antes de haber alcanzado definitivamente el objetivo. Y, en este
caso, tenía que estar de acuerdo con el señor Vinicius: no había que cantar
victoria antes de tiempo.
El
paisaje circundante cambiaba a gran velocidad. Desde la hora del desayuno a la
de la comida, la densidad de la vegetación había pasado de ser escasa y tan
sólo en las riberas del río, a volverse más espesa y poder hallar arbustos y
matojos incluso a muchos metros del flujo principal. Esto significaba sólo una
cosa: la humedad del subsuelo era la suficiente para que las plantas pudiesen
vivir allí sin tener la necesidad de hacerlo en la orilla del río. No se
trataba de un efecto de las últimas lluvias. Aquellos arbustos eran mucho más
antiguos.
A
media tarde, vimos el primer árbol. Después, vinieron otros. Al principio,
estaban aislados, pero después comenzamos a encontrarlos agrupados formando
pequeños bosquecillos que invitaban a detenerse junto a ellos.
—¿No
te parece una buena idea? —decía Tiro de vez en cuando—. Vamos, no tardaremos
más de una hora. Mira esos de ahí. El río pasa al lado de ellos. Y ahora ya
lleva caudal suficiente como para darnos un baño. ¿Lo hacemos?
Insistió
varias veces pero me mantuve firme. Había que aprovechar al máximo la luz del
sol. Pero, paradójicamente, fue su mayor enemigo en la caravana quien le vino a
dar la razón.
—¿Qué
le parece si damos por finalizada la etapa de hoy y permitimos que los
muchachos se den un chapuzón en el río? —dijo el señor Vinicius—. Y las mujeres
estarían encantadas de poder lavarse el pelo y asearse, por una vez, en
condiciones.
No
me lo tenía que decir más veces. Me negué a detener antes la caravana porque la
extrema severidad de su comportamiento se me había contagiado, pero si era él
quien daba la orden de acampar, por mí no había problema.
—Nos
paramos aquí —dije—. Junto a esos árboles. Quiero siempre dos hombres apostados
en aquellas rocas. Permanezcan atentos y esperen el relevo.
Haremos
turnos de dos horas.
Como
era costumbre, los vehículos formaron un círculo en cuyo interior se
desarrollaban las actividades de los colonos.
—No
olvide nadie que hoy también hay que realizar las tareas habituales.
Cada
cual ya conoce las suyas —dijo el señor Vinicius—. Quiero todos los vehículos
revisados y con los depósitos llenos de combustible. Revisen, igualmente, las
armas. Deben de estar listas para ser usadas en cualquier momento. Una vez
hayan finalizado con sus labores habituales, tienen permiso para bañarse en el
río.
Hubo
algún grito de celebración y todos se pusieron, de inmediato, con sus tareas.
Si por lo general eran disciplinados y se aplicaban en ellas, aquel día todo el
mundo trabajó como nunca lo había hecho. Los camiones estuvieron a punto en
menos de media hora, se cambiaron neumáticos en escasos minutos y había hombres
entrando y saliendo de las cabinas a una velocidad de vértigo. Las mujeres,
ayudándose las unas a las otras para poder, así, terminar cuanto antes, lavaron
ropa, prepararon la cena, revisaron las existencias de la despensa y engrasaron
las armas sin perder un solo instante. Aquella gente con los cuerpos derrotados
por el esfuerzo realizado durante miles de kilómetros, había resucitado
impulsando sus corazones a partir de ilusión y entusiasmo.
—¡Al
agua! —exclamó el primero de los muchachos que, en calzoncillos, se lanzó de
cabeza al río.
No
había ningún peligro. El curso tenía unos cuatro metros de ancho y no más de
cincuenta centímetros de profundidad. La pendiente era escasa y el agua corría
mansa. El lecho de piedra aún no erosionada por el flujo del agua, obligaba a
caminar con cuidado para no herirse en los pies.
—Aquí
se puede pisar sin riesgo —gritó el chico—. Hay una piedra plana bastante
grande.
Varios
muchachos más le siguieron. Mi socio se quitó la ropa y se sumó a ellos.
Chapotearon un rato y jugaron como niños lanzándose agua con las manos los unos
a los otros. Algunas chicas se desnudaron también y entraron en el agua, pero
lo hicieron unos cuantos metros más arriba en el curso del río, justo donde
éste formaba un pequeño recodo que, unido a los árboles que crecían en la
orilla, servía de obstáculo natural que las hacía permanecer ocultas.
—No
conviene que las muchachas se bañen desnudas junto a los chicos —explicó el
señor Vinicius.
—Que
una de las mujeres vaya con ellas y se aposte en las cercanías. Y que se lleve
un rifle y munición —dije—. No son nuestros muchachos los que precisamente me
preocupan.
Mi
socio y varios de los muchachos eran de la misma opinión que el señor Vinicius,
así que, poco a poco y sin brusquedades, se fueron acercando al lugar en el que
las chicas se bañaban. Cuando el señor Vinicius se percató de ello, puso fin al
juego de manera terminante: —Se acabó. Os comportáis como animales en celo.
¿Qué ha sido de la educación que se os ha proporcionado? Miraos, parecéis
bestias que sólo buscan la fornicación y el pecado. A partir de ahora nada de
retozos. Procederéis a afeitaros y lavaros a fondo. Falta os hace.
Después
de la reprimenda, estimé que era un buen momento para entrar yo también en el
agua. Me desnudé y, en calzoncillos, entré en el río. El agua estaba templada y
apetecible. La suave corriente mecía el cuerpo y relajaba los músculos.
Llevaba
en la boca el último de mis dunhills. Era un buen momento para decir adiós al
tabaco. Tranquilamente, sin prisas.
Enjaboné
todo mi cuerpo, incluida la barba, y dejé que la espuma ablandase la suciedad
incrustada en los poros de la piel. Al poco tiempo, Tiro se acercó hasta mí y
me pidió que le pasase la pastilla de jabón. Mientras se enjabonaba, dijo: —Ah,
lo que daría por ver a Lorna dándose ese baño...
—Ni
lo sueñes —respondí—. Antes te pego un tiro. Y esta vez va en serio, no lo
dudes. Comienza a afeitarte y quítate esa idea de la cabeza.
Mi
socio restregó la pastilla de jabón por el rostro y, con la punta de los dedos,
frotó hasta obtener una abundante espuma.
—Muchacho
—gritó en dirección a la orilla—, lánzame esa navaja de ahí.
Ambos
comenzamos a afeitarnos sentados en el lecho del río. El agua nos cubría hasta
el pecho y el murmullo del curso deslizándose se confundía con el trino de los
pájaros. Aquello era un verdadero remanso de paz y tranquilidad.
—Limítate
a escuchar a los pájaros y olvídate de la chica —le dije.
—Pero
no me digas —insistió en voz baja para que nadie le oyese— que no te la
imaginas desnuda. Con sus pechos erectos y sus muslos bien formados. La piel
morena y el pelo mojado. Debe de estar deliciosa. Me encantaría probar un
bocado de ese cuerpo virginal. Tan sólo un mordisco pequeño. Pondría los
dientes sobre su vientre y apretaría un poco. Tomaría un trozo de carne y
tiraría de ella con suavidad. Después, mi lengua subiría hacia esos pechos
maravillosos y los recorrería sin cesar.
Me
estaba empezando a poner nervioso.
—Ya
basta —dije.
—No
me digas que no te gustaría probarla —bromeaba mientras me daba golpecitos con
el brazo.
—No
me gustaría —respondí—. Aunque fuera la última mujer de todo el planeta.
—Vamos,
vamos, di la verdad...
—Estoy
diciendo la verdad. No te digo que no sea una guapa muchacha. Lo es. Es muy
atractiva. Pero no es mi tipo. Demasiado arpía para mi gusto.
—Bueno,
a mí eso me importa bien poco. Una mujer es una mujer. De eso no hay duda.
Y se
lanzó hacia atrás sumergiéndose en el agua y creando una nube de blanca espuma
en torno él.
CAPÍTULO
29
Dios
salve a América —Tenemos que llegar para saber cómo se está construyendo todo
aquello, pero nosotros ya tenemos unas cuantas ideas al respecto —explicaba el
señor Vinicius.
Extrañamente,
aquella noche, al abrigo de los árboles y con el rumor del río cerca, se había
vuelto más comunicativo. Parecía haber olvidado los rencores pasados. O,
quizás, se trataba de una estrategia para mantenerme de su lado.
Todavía
me necesitaba. En realidad, me necesitaba más que nunca. El tramo final era
desconocido para todos nosotros, pero yo era el único en todo el grupo capaz de
guiarme sin pérdida en el desierto. Además, sabía cómo hacer frente a los
posibles enemigos que podíamos encontrarnos en el camino.
Hacía
una noche deliciosa. Ya estábamos en pleno verano y era agradable que, por las
noches, la temperatura disminuyera. De vez en cuando, se levantaba algo de
viento que contribuía a refrescar el ambiente.
Habíamos
encendido un pequeño fuego para cocinar y, aunque tenía la seguridad de que,
estando entre los árboles, no podía ser visto desde lejos, ordené extinguirlo
una vez que no fue estrictamente necesario. Cada día extremaba más las
precauciones. Prefería excederme a quedarme corto. Un error en aquel lugar
ignoto podría resultar fatal. No sabía qué había en nuestro entorno. Lo que
hubiera más allá de lo que la vista alcanzaba, era absolutamente desconocido.
El bien o el mal podían estar esperándonos unos kilómetros más adelante. Mi
intención era divisarlo antes de que él me viese a mí. Un poco de ventaja nunca
debe desdeñarse cuando no se dispone de otro arma más eficaz.
El
señor Vinicius estaba nervioso. Era capaz de notarlo. No le había visto así
nunca. /ltimamente perdía la calma con demasiada frecuencia. Se había vuelto
malhumorado y sus reacciones eran mucho más imprevisibles. La cercanía del
final del viaje le estaba trastornando. Porque, si para los demás aquel momento
era muy importante en sus vidas, para el señor Vinicius lo era todo. El punto
cero a partir desde el cual contar. El lugar y la hora en el que toda su vida
comenzaría, de nuevo, a tener sentido.
Añadido
a esto, el asunto de su hija con mi socio no le había ayudado en absoluto. Lo
desaprobaba rotundamente y había comenzado a desarrollar un odio visceral por
Tiro Las. Para él, mi socio personificaba todos los males. Le hacía culpable de
todo lo negativo que nos sucedía. Incluso cuando el problema no tenía nada que
ver con Tiro, el señor Vinicius se las arreglaba para descargar algo de culpa
sobre él.
Yo
trataba de preservar la paz manteniendo a mi socio lejos de él. Quería que
tuviese el mínimo número de posibilidades para atacarle. Por eso, siempre que
era posible, le encargaba trabajos alejado de la columna. Tiro respondía
entusiasmado.
A él
siempre le había gustado trabajar a su aire. No se sentía miembro de la manada
y prefería vigilarla desde fuera.
Esto
era así hasta tal punto que la pérdida definitiva del rastro del cable
submarino fue un duro golpe para mi socio. Se había tomado la tarea de su
seguimiento muy en serio. Este trabajo le permitía perdernos de vista durante
unas cuantas horas al día y le daba la oportunidad de estar a solas con el
paisaje. Incluso cuando ya habíamos renunciado a encontrarlo de nuevo, estuvo
unos cuantos días insistiendo en la búsqueda.
—Déjalo,
Tiro, a partir de ahora podemos orientarnos fácilmente sin él —le decía.
—Es
que no puedo comprender cómo hemos perdido el rastro, no lo puedo comprender...
—respondía.
Por
fin, decidió darse por vencido. No fue sencillo. Tuve que insistir en no pocas
ocasiones. Pero noté que algo importante se había terminado para él. Así que no
me quedó más remedio que asignarle nuevas tareas en las que poder seguir
disfrutando de esas cuantas horas lejos de nosotros. Hasta hube de inventarme
una. Tiro fue, desde entonces, el encargado de vigilar que no quedaran, tras
nosotros, signos evidentes del paso de la caravana. No era algo importante.
Desde luego, un hombre solo era incapaz de borrar el rastro de los neumáticos
de varios vehículos todoterrenos, pero, al menos, debía encargarse de destruir
las señales que íbamos dejando un tanto inconscientemente: restos de comida,
envases vacíos, plásticos, manchas de aceite... Cualquiera que quisiese seguir
nuestro rastro, podría hacerlo sin dificultad a pesar de los rastros borrados
por Tiro, pero ese par de horas que pasaba en soledad, le proporcionaban
fuerzas para seguir adelante.
Y
eso era importante, porque mi socio, si ya lo había sido siempre para mí, ahora
más que nunca se había vuelto imprescindible.
—Nuestro
plan principal —prosiguió el señor Vinicius en medio de la oscuridades pasar a
formar parte del sueño americano. Ese es el único modo de vida que prosperará
en el mundo. Y, por ello, queremos pasar a ser partícipes de él.
Pero
no queremos ser molestos o hacerlo en condiciones de desventaja. Dios quiso que
naciéramos en Europa y, para el gobierno de los Estados Unidos no somos otra
cosa que extranjeros. Así sea si Dios lo ha decidido. Pero esto nos acarrea
numerosos problemas. No podemos entrar libremente en el país y fundirnos en su
modo de vida. No tenemos esa oportunidad. Por suerte, Dios siempre está del
lado de los suyos y siempre deja una puerta abierta. La Gran Evaporación es
nuestra puerta. Vamos a establecernos en los nuevos territorios y tratar de
edificar nuestra vida allí.
Nos
encontrábamos en el centro del círculo realizado con los vehículos de la
caravana. La noche era clara y podíamos vernos las caras sin más necesidad de
luz que la que un pequeño farol nos proporcionaba. El aspecto de los colonos
había mejorado considerablemente. El baño nos había sentado muy bien. La
mayoría de los hombres nos habíamos afeitado y todas las mujeres se habían
lavado el cabello. Olía a jabón en todo el campamento. El señor Vinicius
hablaba mientras todos los demás escuchaban. Nada fuera de lo habitual entre
ellos.
—Somos
artesanos. Sabemos muchos oficios y podemos crear con nuestras manos. Sabremos
comerciar con la gran ciudad.
Un
hombre intervino: —Tenemos noticia de que el gobierno concede permisos para que
los pioneros entren en el país con la intención de abastecerse y comerciar. Al
parecer, los asentamientos de los colonos están cobrando la suficiente
importancia como para que el gobierno comience a considerarlos. Se rumorea, y
esto es tan sólo un rumor, que tarde o temprano se anexionará estos
territorios. Quizás, toda la plataforma continental hasta el talud. Esto
supondría la creación de nuevos estados o, cuanto menos, la ampliación de los
existentes. Y, por supuesto, todos los que en ese momento se encontrasen
habitándolos, pasarían, de forma automática, a ser ciudadanos americanos de
pleno derecho.
—Nosotros
estaremos allí cuando eso suceda —interrumpió otro hombre.
Se
escucharon unos susurros: —¡Tráela, tráela ahora!
—No,
no es el momento...
—Vamos,
hazlo, no te demores.
El
señor Vinicius miró en la dirección de los rumores. Unos cuantos jóvenes
cuchicheaban en voz baja. Se hallaban bastante agitados y se daban codazos los
unos a los otros. Cuando se percataron de que el señor Vinicius les observaba
fijamente, se quedaron quietos y en silencio.
Sólo
uno de ellos se atrevió a hablar: —¿Cree usted que podríamos sacarla un rato?
No la vemos desde que partimos de Europa.
El
señor Vinicius no dijo nada. Rumiaba su respuesta.
—Se
lo ruego —continuó el muchacho—. Es importante para nosotros. Nos dará ánimos
para continuar.
El
señor Vinicius se llevó un dedo a frente y dijo: —De acuerdo, pero con mucho
cuidado.
—Gracias,
señor.
El
chico se puso en pie y tomó rumbo al camión que portaba los bultos que no se
empleaban a lo largo del viaje. Se trata de enseres, muebles, ajuares y, en
general, toda clase de artilugios necesarios para la vida cotidiana. Nada de
ello se desembaló durante la travesía. Habitualmente, este camión viajaba
cerrado por completo y sólo se abría muy de vez en cuando.
Entró
dentro y pasó un buen rato rebuscando. Oímos algunos ruidos de cajas moviéndose
y bultos desplazados. Después, salió con una caja metálica en las manos. La
portaba con mucha atención. Caminó hacia nosotros muy despacio y mirando bien
dónde ponía los pies. Parecía no querer tropezar y caer con aquel preciado
objeto en sus brazos.
—¡brala
usted, señor Vinicius —dijo.
—Puedes
hacerlo tú mismo, muchacho. Adelante.
El
joven depositó la caja en el suelo y, antes de abrirla, se frotó, nervioso, las
manos. Los colonos miraban con atención. Al parecer, todos allí, a excepción de
mi socio y yo, sabían cuál era su contenido.
La
caja disponía de una cerradura que se abría mediante la inclusión de una
combinación de cuatro números. Para ello, cuatro ruletas con todos los dígitos
en cada una de ellas, se disponían sobre el pestillo.
El
muchacho giró las ruletas y situó los números correctos en línea. Apretó una
pestaña del pestillo y éste se abrió limpiamente.
—Todos
nosotros —explicó el señor Vinicius— conocemos la contraseña.
Esto
es así para que cualquiera, sea quien sea, pueda abrirla cuando lleguemos a
nuestro destino. Bien sabe usted que no todos de entre los nuestros lo van a
conseguir.
Pero,
aunque sea sólo uno el miembro de nuestra comunidad que alcance el destino
anhelado, éste siempre podrá abrir la caja y, así, hacer bueno nuestro sueño.
Confiamos en Dios para que así sea. Sabemos que no nos abandonará.
Nuestra
estirpe pasará a forma parte de América.
Tiro
y yo estiramos los cuellos para no perder detalle de lo que allí, tan
celosamente, se guardaba.
El
chico, con las dos manos, levantó la tapa de la caja y apareció, ante nuestros
ojos, un objeto cubierto por un papel fino y claro. Retiró el papel y,
perfectamente doblada, había una gran bandera de los Estados Unidos. Introdujo
las manos abiertas por debajo de la bandera y la extrajo con sumo cuidado de la
caja.
—Ayúdenme
con ella —dijo.
Varios
hombres se dispusieron a hacerlo. Tomaron la tela por los bordes y la
desplegaron. La bandera tenía unos dos metros de largo y todas las barras y
estrellas habían sido cosidas a mano. Los bordes estaban rematados con cinta de
color dorado. En cada lugar, se había utilizado hilo del mismo color de la tela
correspondiente para que éste no se notara.
Todos
miraban la bandera con respeto y veneración. Parecía que nos encontr ábamos
dentro de un templo y que aquellos tipos no eran sino fieles devotos que
observaban con atención la imagen de su dios.
—Es
bella, ¿verdad? —preguntó el señor Vinicius.
—Es
una bandera —respondí.
—No
es una bandera —se enojó el señor Vinicius—. Es la bandera de los Estados
Unidos de América. Es el símbolo de nuestra redención. Usted también debería
mostrarle cierto respeto.
—No
le falto al respeto. Pero no se trata más que de una bandera. Y, por si no
fuera poco, no es la de mi país.
—Los
Estados Unidos no son un país. Son el modo de vida que Dios aprueba y al que
todos debemos aproximarnos si queremos salvar nuestras almas. Ya le dije, en
una ocasión anterior, que la Gran Evaporación fue una señal divina. Lo que Dios
hace es abrirnos un camino directo hacia su verdadera tierra. Después, sólo …l
sabe lo que ocurrirá con el resto de los territorios. Nada bueno, eso sí se lo
puedo augurar. Nada bueno... Espero sinceramente que haya piedad para los que
se quedan. Pero la mano de Dios es inflexible con los que le dan la espalda,
así que...
—Como
quiera —interrumpí.
Me
había hecho el firme propósito de no volver a discutir nunca más con el señor
Vinicius. Allá él con sus locuras.
Se
levantó una tenue brisa que agitó la bandera sostenida por los hombres.
La
Luna brillaba, intensa, en la noche e iluminaba los rostros de los colonos. De
buena gana, hubiera encendido un buen puro en aquel momento.
CAPÍTULO
30
El
principio del fin Hasta que, por fin, divisamos la columna de humo. Después de
tanto tiempo rodeado, siempre, de las mismas personas, los mismos hábitos, las
mismas locuras, había llegado el ansiado momento de encontrar señales de
actividad humana ajenas a las nuestras.
Divisamos
el humo avanzada ya la mañana. El sol había ascendido lo suficiente en el
firmamento como para que el calor fuera importante. Allá, a lo lejos, unos dos
o tres kilómetros por delante de nosotros, se alzaba una tenue columna de humo
apenas visible a simple vista. Fue Tiro el que, gracias a sus prismáticos, la
divisó.
—Mira
—dijo—. No dejes de ver esto. Creo que tus sospechas van a ser ciertas.
Y lo
eran. Desde luego que lo eran. Aquello no era un incendio fortuito en medio del
desierto. Se trataba de actividad humana.
A lo
largo de la ruta, nos íbamos topando con pequeños bosquecillos de arbustos y
árboles jóvenes como el que la noche anterior habíamos dejado atrás.
Se
agrupaban en torno al río principal y a sus cauces secundarios. No era extraño
hallar, también, ejemplares más o menos aislados del resto o, a lo sumo,
reunidos en grupos de no más de cuatro o cinco unidades.
De
vez en cuando, atravesábamos áreas despejadas. El desierto se negaba a
desaparecer por completo y nos recordaba permanentemente su presencia. Tan sólo
se había limitado a ceder parte de su espacio. Disminuía la presión permitiendo
que el agua corriese, viva, por sus dominios. Y con el agua, por supuesto, la
vida.
Nos
hallábamos atravesando una de estas zonas despobladas y secas, cuando vimos, en
la lejanía, la columna de humo ascendiendo pesarosamente hacia el cielo desde
un área con bastante vegetación. El río describía, en este lugar, una gran
curva de varios kilómetros de radio que nosotros estábamos evitando. No íbamos
a realizar camino adicional únicamente por seguir el curso de río. Cuando era
necesario, abandonábamos la ruta de la ribera y nos internábamos en el
desierto.
Si
teníamos suerte, el río nos volvía a encontrar. Y, hasta ese momento, habíamos
disfrutado de ella.
—¿Ahora
qué? —preguntó mi socio.
—Detendremos
la caravana.
Busqué
un lugar propicio para parar y di la orden.
—¿Qué
ocurre? ¿Por qué nos detenemos? —gritó del señor Vinicius sacando la cabeza por
la ventanilla de su camión—. Aún queda un buen rato hasta la hora de comer.
Avancé
con mi motocicleta hasta él. Mi socio venía tras de mí.
—Hemos
divisado algo —dije cuando llegué a su altura—. Utilice sus prismáticos. Es en
aquella dirección. Se trata de una columna de humo.
El
señor Vinicius buscó debajo del volante del camión, extrajo unos diminutos
prismáticos de campaña y observó, a través de ellos, en la dirección que le
indicaba. Durante unos momentos que se me hicieron interminables, el señor
Vinicius no dijo nada. Sólo miraba. Apoyaba el brazo libre en la ventanilla
abierta del camión y golpeaba, con la punta del dedo índice, la carrocería.
—¿Qué
sugiere que hagamos, señor Small? —dijo sin dejar de mirar por los prismáticos.
—Supongo
que, llegados hasta este punto, deberíamos acercarnos y tratar de entablar
contacto. No han de ser necesariamente malas personas. Pero nunca lo sabremos
si no nos acercamos.
—¿Todos?
—No,
toda la caravana no. Sería una imprudencia. Pero podemos hacer que un par de
hombres se acerquen y los observen un rato. Después, si las condiciones son
propicias, podrían llamar al resto del grupo.
—Me
parece una buena idea. ¿Y quiénes sugiere usted que sean esos dos hombres?
Por
primera vez, dejó de mirar a través de los prismáticos y nos observó fijamente.
Mi
socio se hallaba justo a mi lado. Apoyaba los brazos en el manillar de su
motocicleta.
—…ste
es un trabajo para hombres de verdad —dijo—. Déjelo de nuestra cuenta.
La
gran fortuna de viajar junto a Tiro Las es que, en los momentos más
embarazosos, se crecía ante la dificultad. Su reacción se basaba esencialmente
en la falta de reflexión acerca del peligro que podía correr, pero eso bastaba.
A veces era mejor no pensárselo dos veces.
—Ya
ha oído a mi socio —dije—. Iremos nosotros.
Nos
dirigimos al camión de las armas y nos aprovisionamos de suficiente munición.
—Quiero
que ustedes se queden aquí y se preparen para un eventual ataque —grité
dirigiéndome a todo el grupo—. …ste es un momento de máximo peligro.
Ahí
delante hay gente y no sabemos cuáles son sus intenciones. Así que hemos de
estar preparados. Sitúen los vehículos formando un círculo y establezcan la
defensa desde el interior. Quiero todas las armas cargadas y dispuestas para
ser disparadas.
Todo
el mundo a trabajar.
Verifiqué
la carga de mi pistola.
—Suerte
para todos.
Y
así, de esta manera tan simple, mi socio y yo volvimos a estar solos junto al
polvo del camino. Como en los viejos tiempos. Mirando al peligro cara a cara.
Nos
acercamos a toda velocidad. Nuestra idea inicial era la de apostarnos tras
alguna roca y observarlos sin ser vistos. Pero el terreno estaba completamente
despejado en torno al grupo de árboles y no era posible llegar hasta ellos sin
delatar nuestra presencia.
Por
suerte, el bosque era más espeso y amplio de lo que parecía desde lejos, y no
había vigilantes a la vista. Ocultamos las motocicletas tras unos arbustos y
continuamos a pie.
—Estoy
algo nervioso —dije—. Permanece atento en todo momento. No quiero tener ningún
susto.
—Cuenta
con ello.
Después
de que pasaran unos diez minutos caminando, avistamos el campamento.
La
columna de humo que nos había llevado hasta allí provenía de una fogata en la
que una mujer joven cocinaba. A su alrededor, cuatro niños pequeños jugaban con
una pelota de plástico. De vez en cuando, la mujer se volvía hacia ellos y les
hablaba sonriente.
Un
poco más allá, se disponían, formando una fila casi perfecta, diez tiendas de
campaña de lona verde. La mayoría de ellas permanecían cerradas, pero la más
cercana al lugar en el que se encontraba la mujer, tenía el acceso abierto. Era
una especie de despensa o almacén. Vimos salir un hombre de ella. No tendría
más de treinta años. Tanto la mujer como él, iban vestidos con ropa deportiva.
Nos
tranquilizó observar que no portaban armas.
Tras
el campamento, el río que habíamos estado siguiendo se ensanchaba y formaba un
pequeño lago del que oímos llegar gritos infantiles. Un grupo de hombres y
mujeres se acercaban, desde allí, hacia la hoguera. Caminaban sin prisa y
conversando distendidamente entre ellos. Cuando estuvieron cerca, saludaron a
la mujer que cocinaba y charlaron un rato con ella. Hablaban una mezcla de
inglés y español fácil de comprender.
—¿Ves
las armas? ¿Las ves, maldita sea? —me dijo Tiro en un susurro.
—No,
no las veo —respondí—. No van armados. Creo que no van armados.
Al
menos, yo no veo armas.
—Yo
tampoco veo nada.
Era
una buena señal. Aquellos tipos no parecían ser agresivos. Cocinaban y
conversaban sin parecer tener más preocupaciones inmediatas. Había niños
jugando, lo cual hacía suponer que se trataba de familias. Unos cuantos colonos
a la búsqueda de nuevas experiencias.
—Creo
que deberíamos mostrar nuestra presencia —dije.
—De
acuerdo —accedió mi socio—, pero mantengámonos alerta. No sabemos cuál puede
ser su reacción.
Salimos
de entre los árboles y comenzamos a caminar despacio hacia ellos.
Al
principio, no nos vieron. Anduvimos varios metros delante de él sin que se
percatasen de nuestra presencia. Tuvo que ser necesario el sonido de una rama
al quebrarse a nuestro paso para delatarnos.
Una
de las mujeres dijo algo y el resto se giró rápidamente. Se quedaron quietos,
paralizados. Podríamos haber abierto fuego sobre ellos con facilidad. En ningún
momento trataron de buscar ningún arma ni nada parecido. Simplemente se
quedaron inmóviles, aguardando acontecimientos.
—Tranquilo,
muchacho —me dijo Tiro en voz baja sin dejar de observarlos—, estos tipos no
van a darnos problemas.
—Lo
sé, me he dado cuenta.
Cuando
nos hallábamos a menos de diez metros de ellos, comencé a hablar: —Hola, somos
amigos —les enseñé mis manos abiertas y separadas del cuerpo—.
No
queremos hacerles daño.
Los
colonos se miraron entre sí con gesto desconfiado. Parecían interrogarse sobre
la naturaleza de nuestras intenciones.
—Hola
—repetí—. Somos viajeros. Venimos desde Europa. Nos gustaría poder hablar con
ustedes.
Tiro
no pedía de vista ni uno solo de sus movimientos. Estaba en permanente tensión,
preparado para responder ante cualquier reacción extraña de los colonos.
—Nuestra
intención es asentarnos en las Nuevas Tierras —proseguí hablando despacio para
asegurarme que comprendían lo que decía—. Somos colonos al igual que ustedes.
—Colonos...
—dijo uno de los hombres.
—Eso
es —repliqué mostrándome sonriente—. Mi socio y yo guiamos a un grupo de
europeos que vienen con la intención de iniciar una nueva vida. Pero no teman.
No lo van a hacer aquí. No tendrán que compartir su tierra con ellos.
Seguimos
viaje hacia la línea de costa norteamericana.
—Nosotros
somos norteamericanos.
El
nivel de desconfianza mutua había descendido. Extendí mi mano abierta hacia
delante con la intención de que me la estrecharan. Los colonos la aceptaron.
—Me
llamo Bingo Small y éste es mi socio Tiro Las —dije—. Somos exploradores y,
como les digo, dirigimos una caravana de pioneros.
—Europeos...
—Sí,
venimos de Europa. Partimos hace semanas de Lisboa. Hemos cruzado todo el
desierto atlántico en vehículos todoterrenos.
—Eso
que dice es increíble.
—Pues
puede creérselo. Le aseguro que es verdad. Además, tengo las pruebas.
Señalé
hacia el este.
—Ahí
están, muy cerca de aquí. En menos de media hora pueden estar aquí con
nosotros.
—¿Y
son muchos?
—En
este momento, treinta y cuatro personas. …ramos más, pero sufrimos algunas
bajas a lo largo del viaje.
—Oh,
vaya, cuánto lo siento —intervino una de las mujeres—. En las Nuevas Tierras
hay mucha gente mala. Por suerte, hasta este lugar no han llegado.
Estamos
demasiado lejos de cualquier sitio habitado.
—Nos
ocupamos de que nadie nos encuentre. Tratamos de pasar desapercibidos
—intervino de nuevo el hombre.
—Pues
me temo —sonreí—, que su fogata se ve a kilómetros de distancia.
—¿Veis?
—el hombre se dirigió a su gente—. Os lo dije. No podemos encender fuego
siempre que queramos sin tomar ninguna clase de precaución antes.
—Vamos,
Paul —dijo la mujer—. Sabes que hemos de cocinar a diario. No podemos dar a los
niños siempre comida en conserva.
—Lo
sé, lo sé —el hombre titubeaba—, pero la seguridad es lo primero.
La
mujer se dirigió a nosotros.
—Paul
está obsesionado con la seguridad. No quiere que nos pase nada, ¿sabe?
—Lo
comprendo —dije—. La seguridad es muy importante.
—¿Te
das cuenta, Ally? ¿Oyes a este hombre? —reprendía—. …l sí que sabe cómo se
deben hacer las cosas. No como nosotros. Cualquier día vamos a tener un
disgusto por no haberlo previsto con antelación.
—Bien
—traté de interceder—, si quieren, nosotros estaríamos encantados de ayudarles
con su sistema de seguridad. Seguro que tienen aspectos mejorables. A cambio,
sólo les pedimos que nos dejen descansar junto a ustedes. No les molestaremos,
se lo aseguro. Disponemos de nuestros propios víveres. Tenemos todo lo que
necesitamos. Sólo queremos descansar y poder hablar con otras personas.
Piense
que los miembros de nuestra caravana llevan semanas sin ver una sola cara
diferente.
El
hombre no estaba seguro de que fuese una buena idea. Treinta y cuatro personas
invadiendo su casa no era algo habitual entre ellos.
—No
sé que decirle. No me interprete mal, pero nosotros vinimos aquí huyendo de las
multitudes de la gran ciudad. Nos gusta la vida sencilla, sin aglomeraciones...
—¡Paul!
—exclamó la mujer—. ¿Dónde queda nuestra hospitalidad? Son personas de buena
fe. Si quisieran hacernos daño, ya lo habrían hecho. ¿No te das cuenta?
Sin
esperar respuesta de su compañero, se dirigió a mí y añadió: —Discúlpenos,
señor Small. Tanto tiempo viviendo en soledad nos ha hecho olvidar nuestros
modales. Por supuesto que pueden venir. Nuestra casa es su casa.
Tienen
las puertas abiertas.
CAPÍTULO
31
Una
simple diferencia de opiniones —Quiero que todos ustedes me escuchen
atentamente.
La
caravana entera estaba presa de la excitación. Los colonos se apiñaban unos
contra otros y trataban de acercarse lo más posible a nosotros para no perder
detalle de lo que les teníamos que decir.
—Quiero
que entiendan —proseguí— que esta gente no es la que están buscando.
Aún
nos quedan unos cuantos kilómetros para hallar a los suyos. Pero las personas
que hemos encontrado también son pioneros en estas tierras y admiten que todos
nosotros podamos pasar unas horas junto a ellos.
Mientras
hablaba, movía las manos de arriba hacia abajo con las palmas abiertas tratando
de calmar los ánimos.
—Repito:
no piensen que estos colonos son igual que ustedes. Su filosofía es otra bien
distinta y espero que no haya ningún problema en ese sentido —y miré al señor
Vinicius—. Si creen que no puedan soportar su compañía, es mejor que pasemos de
largo. Son buenas personas y no tenemos por qué molestarles.
El
señor Vinicius se hallaba rodeado de algunos de los cabezas de familia.
Hablaban,
entre ellos, en voz baja. Debían estar sopesando la conveniencia para los suyos
de encontrarse, abiertamente, con gentes distintas.
—Está
bien —dijo el señor Vinicius no sin ciertos reparos—, pasaremos el resto del
día y la noche con ellos.
—De acuerdo
—repliqué—. Adelante.
Guiamos
a la caravana hasta el campamento de los pioneros americanos. La noticia de
nuestra presencia se había corrido y estaban aguardándonos la casi totalidad de
los miembros de la comunidad.
—Pararemos
aquí —grité—. Detengan ahí mismo los vehículos.
Los
motores se detuvieron. Poco a poco, los colonos fueron descendiendo y
acercándose. No hablaban entre ellos y, mucho menos, se atrevieron a dirigir la
palabra al resto.
—Vamos,
acérquense —dije—. Vamos, vamos...
Al
comparar nuestro aspecto con el de los americanos, me di cuenta que el reciente
baño había supuesto, tan sólo, un remiendo en nuestra lamentable apariencia.
Un
niño americano de unos cuatro años se acercó corriendo hacia nosotros y golpeó
con el puño cerrado en la pierna de uno de los muchachos. Una mujer joven,
posiblemente su madre, sonrojada, corrió detrás de él y lo tomó por el brazo.
Al hacerlo, sonrió al muchacho: —Perdona —dijo—, no está acostumbrado a ver
caras nuevas.
—Oh,
no tiene importancia, señora —respondió de inmediato el muchacho—.
No
ha sido nada, se lo aseguro...
La
mujer se dirigió al grupo: —Pero, vamos, no se queden ahí. Adelante, vengan
—con la mano libre les invitaba a entrar en el campamento—. Nos disponíamos a
comer. No creo que haya suficiente para todos con lo que hemos preparado, pero
compartiremos lo que tenemos con mucho gusto.
Los
colonos se sintieron sorprendidos ante la cordialidad de la mujer. Su
naturaleza desconfiada contrastaba con la extroversión de los americanos.
—Oh,
veo que tienen niños —añadió—. Tenemos leche y pan recién hecho.
Tráiganlos
aquí, comerán con los nuestros.
Estaban
paralizados. Quietos. Sin decir una palabra ni moverse. Miraban de soslayo al
señor Vinicius pero no se atrevían a preguntarle directamente cuál era, en esta
ocasión, el proceder adecuado. Por fin, el propio señor Vinicius tomó la
iniciativa. Se sentía receloso, pero no quería ser descortés. Para él,
comportarse de la manera adecuada en cada ocasión, era fundamental, así que no
quería herir los sentimientos de los americanos rechazando su cordial
ofrecimiento. Por otro lado, no acababa de comprender cómo norteamericanos de
pleno derecho había decidido abandonar su país y su modo de vida a cambio de
una existencia miserable en medio de la nada. Ellos vivirían en las Nuevas
Tierras hasta que, con el paso del tiempo, éstas fuesen reconocidas como territorios
norteamericanos, pero el procedimiento inverso se le hacía incomprensible. ¿Por
qué aquella gente había abandonado, después de tenerlo entre las manos, el
ansiado sueño americano?
—Porque
el sueño americano no existe. Así de sencillo —respondió el hombre llamado
Paul, durante la comida, a una pregunta directa de mi socio.
Tiro
y yo nos sentíamos animados. El viaje estaba llegando a su fin y eso nos ponía
de buen humor. Además, poder hablar con gente normal después de tanto tiempo
entre chalados, era algo gratificante.
Nos
dirigíamos directamente a los americanos sin dar pie a los colonos para entrar
en la conversación. El señor Vinicius y cuatro de los cabezas de familia se
hallaban sentados a la mesa con nosotros. Aquel momento fue revelador para mí.
Si
aún conservaba algún respeto por la figura del señor Vinicius, desapareció en
aquel preciso instante. Aquellos pobres tipos eran seres patéticos incapaces de
relacionarse normalmente con personas ajenas a su propia locura.
—¿Cómo
puede decir eso? —acertó a balbucear el señor Vinicius.
—Porque
es cierto —respondió el hombre—. El sueño americano no es otra cosa que un
grandísimo engaño.
—No
puede ser, no puede ser —replicó el señor Vinicius—. Usted está hablando con
resentimiento.
—¿Resentimiento?
¿Por qué?
—Entiendo
que los Estados Unidos de América le puedan haber tratado a usted y a los suyos
con dureza. Puedo comprenderlo. Pero, ¿acaso hicieron todo lo posible por
crecerse ante la adversidad? Siempre se puede hacer algo más, siempre podemos
luchar...
—No
—interrumpió el hombre—. Mi país jamás me ha tratado mal. Provengo de una
familia neoyorquina de clase media. Fui a la universidad y encontré un buen
empleo. Tenía una bonita casa, dinero en el banco, dos automóviles, seguridad,
lo tenía todo. Jamás pasamos dificultades.
—Ahora
sí que no lo comprendo.
—Es
el sistema lo que está fallando. Está corrompido. Se ha perdido el sentido
verdadero de la vida: vivimos engullidos por el entorno. …l nos puede, nos
controla, decide cómo hemos de ser, cuál ha de ser nuestro comportamiento. Es
simple. Pero en Nueva York no nos dábamos cuenta de ello. Vivíamos para muchas
otras cosas, excepto para lo que, de verdad, es imprescindible.
—Desde
luego, en eso debo darle la razón. Nuestra vida ha de trascender para ser
plena. Los valores religiosos suponen el fortalecimiento del alma y nosotros
los consideramos imprescindibles.
—No
me refiero a eso. Nosotros somos todos ateos y vivimos sin religión.
Los
valores que defendemos son los de la civilización humanizada. Los Estados
Unidos se han deshumanizado por completo. Y ese no era un modo de vida
razonable para nosotros. Por eso vinimos aquí. Buscando algo más sencillo y
original.
—Pero
todo eso lo podrían ustedes solucionar si escucharan la palabra de Dios. ¿Acaso
no se dan cuenta de que …l ha elegido a su país como su verdadera tierra?
—¿Ah
sí? —el hombre se echó hacia atrás en su asiento—. Pues mire, toda suya.
Nosotros preferimos seguir aquí, viviendo con tranquilidad. Sin ningún tipo de
lujo material, eso sí, pero con el más preciado de los bienes siempre a nuestro
alcance: la vida serena, consciente y humana.
El
señor Vinicius se hallaba nervioso e incómodo. No estaba acostumbrado a
discutir con personas que, además de sus convicciones, pusieran en tela de
juicio su autoridad moral. Y a aquellos americanos les importaban bien poco las
chaladuras del señor Vinicius y los suyos. En realidad, se trataba de unas
gentes extremadamente tolerantes. Hasta el punto de parecerles fenomenales las
locuras ajenas siempre que no se interpusieran demasiado en su concepción de la
vida.
Vivían
y dejaban vivir.
Traté
de que la conversación tomase otro rumbo menos conflictivo. A fin de cuentas,
el que tenía que soportar al señor Vinicius una vez que dejásemos atrás a los
pioneros americanos, era yo. Así que era mejor tenerlo calmado.
—¿Y
llevan mucho tiempo instalados aquí? —pregunté.
—Dos
años —respondió el hombre—. Todos nosotros venimos de Nueva York a excepción de
dos familias que provienen de Boston. Todos nosotros llev ábamos años dándole
vueltas a la idea de dar un giro brusco a nuestras vidas y retornar a un modo
de vida más saludable. Habíamos empezado a ahorrar para comprar una granja.
Pero la Gran Evaporación nos abrió un nuevo camino.
El
grupo de los americanos estaba compuesto de ocho familias jóvenes. En total,
casi una treintena de personas. La mayoría de ellos eran parejas jóvenes con
hijos pequeños. Vivían, por que pudimos observar, del cultivo de un pequeño
huerto y de la crianza de algunos animales: gallinas, conejos, patos, cabras y
algún cerdo. Bajo una de las tiendas de lona, se encontraban lo que ellos
llamaban taller.
Allí
fabricaban diversos objetos de facturación manual. También tejían alfombras y
mantas de vivos coloridos.
—Aquí
estamos bien. Llevamos una vida sosegada y el trabajo que realizamos colma
sobradamente nuestras necesidades. Cultivamos nuestros propios alimentos y
disponemos de animales. Además, una vez cada dos meses, vamos a la ciudad y
vendemos las mercancías que manufacturamos. Pequeños objetos decorativos y de
uso doméstico —sonrió—. Un pequeño negocio sin pretensiones.
—Vaya,
eso que dice me interesa —intervine.
—Si
quiere, podemos pasar ahora mismo al taller y...
—No,
no me refiero a eso —interrumpí—. Estoy seguro de que la actividad que
desarrollan es muy interesante pero yo me refiero al hecho de que ustedes van a
la ciudad. ¿Se refiere a Nueva York?
—Oh,
claro —el hombre pareció sorprenderse—. ¿A qué otra ciudad podría referirme? A
la maldita ciudad de Nueva York.
En
la parte trasera del campamento, junto a los árboles, podían verse dos viejas
furgonetas Volkswagen.
—¿Así
que hacen el camino con frecuencia?
—Una
vez cada dos meses, más o menos. El viaje nos ocupa cinco días.
Necesitamos
dos para ir, uno para comerciar y dos para volver. Es importante conocer bien
el camino, ¿sabe? Ascender el talud puede llevarle más de tres días, pero si
sabe por dónde hacerlo, lo conseguirá en uno solo.
—¿Y
usted podría indicarnos ese camino?
—Por
supuesto, lo haremos con mucho gusto.
—Lo
que no puedo acabar de vislumbrar —el señor Vinicius volvió a terciar en la
conversación— son los motivos que ustedes tuvieron para renunciar a su país.
—Y
lo que yo no puedo entender —el hombre se volvió hacia el señor Vinicius algo
irritado por su persistencia— es que ustedes abandonasen el mejor lugar del
mundo para vivir: Europa.
—¿Pero
cómo puede decir eso? Europa es un lugar abocado al exterminio.
Su
modo de vida es caduco, no tiene futuro y Dios...
—Deje
de hablar de Dios en mi casa. Aquí esa palabra no tiene ningún significado.
Una
mujer puso sobre la mesa una gran cesta con galletas y chocolate.
—Le
diré una cosa más —añadió el hombre tomando una—. Puesto que usted se permite
decir en mi propia mesa qué es lo apropiado para nosotros, voy a hacer lo
propio con usted. Voy a decirle a las claras qué opino de su filosofía y del
éxodo que ésta ha provocado.
Se
llevó la galleta a la boca y la mordió. Con un gesto nos invitó a hacer lo
mismo.
—Vaya,
lo siento, discúlpenme por comer antes de ofrecerles a ustedes. Creo que Ally
tiene razón. Tanto tiempo aquí nos está haciendo olvidar nuestros modales
—sonrió abiertamente. Y añadió—: A nosotros nos hubiera encantado nacer
europeos. Su modo de vida mantiene lo mejor del sistema americano pero, al
mismo tiempo, conserva la humanidad que aquí hemos perdido. Es nuestra
sociedad, y no la suya, la que está abocada al fracaso. Eso puedo asegurárselo.
A fin de cuentas, yo soy norteamericano y conozco el sistema de memoria. He
vivido aquí toda mi vida. No voy a negarle que somos el país más poderoso del
mundo.
Nuestra
economía es sólida y puede que jamás quiebre. Se han establecido las
precauciones necesarias para que esto sea así. Pero, escúcheme, éste ya no es
un buen lugar para criar niños. Nos hemos olvidado de ser hombres. Hemos creído
que la humanidad es un rasgo que viene implícito en nuestra condición de seres
humanos.
Y
nada más lejos de la verdad. Se lo aseguro. La humanidad hay que adquirirla día
a día. En Europa, esto aún es posible. En América, ya no lo es.
El
hombre alargó el brazo para tomar otra galleta de la cesta.
—Pero
vamos —añadió—, coman, coman, están deliciosas...
CAPÍTULO
32
/ltima
conversación antes del adiós —Creo que me he enamorado.
Mi
socio y yo mirábamos el agua, sentados en el suelo a la luz de la Luna.
Fumábamos,
uno tras otro, cigarrillos Lucky Strike que nos habían proporcionado los
americanos. Había descendido algo la temperatura y, entre los árboles, la
temperatura era fresca.
—Decididamente,
eres idiota del todo —dije—. Sabía que podías serlo mucho.
Te
he visto en no pocas ocasiones haciendo el imbécil hasta más no poder, pero
esto supera todo lo vivido hasta ahora. Tu nivel de idiotez crece día a día.
No
nos mirábamos a los ojos. Observábamos la superficie del río con la visión
perdida.
—No
entiendo cómo puedes decir eso —replicó Tiro—. Vale, estoy de acuerdo en que no
siempre me comporto como sería adecuado a las circunstancias. He estado a punto
de fastidiarla en varias ocasiones.
—La
has fastidiado en varias ocasiones —interrumpí—. Podría ponerme a enumerar las
múltiples situaciones en las que, desde que estamos juntos, te he sacado de
líos verdaderamente difíciles, y se nos amanecería antes de que hubiese
finalizado.
Los
colonos se habían ido a dormir. Después de la comida con los americanos,
pasamos toda la tarde en el campamento. Aquella gente no vivía mal. Se las
habían ingeniado para disponer de todo lo necesario. Incluso tenían un reducido
dispensario en el que poder realizar hasta pequeñas intervenciones quirúrgicas.
Al parecer, había un médico entre ellos y se había ocupado de que todos
tuvieran nociones bastante sólidas de primeros auxilios. En aquella tierra,
lejos de todo, conocer en cada momento lo que había que hacer, era primordial.
Ellos lo sabían y ponían los medios para que fuese así.
Hasta
disponían de un minúsculo generador de electricidad alimentado con gasóleo.
Según dijeron, apenas lo ponían en marcha porque se habían acostumbrado a vivir
sin necesidades superfluas, pero ahí estaba, previendo cualquier eventualidad.
La
tarde había sido muy agradable. El sol brilló en el cielo sin tregua e hizo un
calor sofocante. Los niños de los americanos pasaron las horas, entre risas y
juegos, en el río. Sólo a media tarde, pararon un rato para merendar. A pesar
de encontrarse fuera de la ciudad, sus padres habían dispuesto un estricto
sistema educativo para ellos.
—No
vamos a criar salvajes —dijeron—. Una cosa es que hayamos elegido un modo de
vida natural, y otra bien distinta que esto se confunda con el salvajismo.
Somos
humanistas y ese es nuestro bien más preciado. …stas son las ideas que
inculcamos a nuestros hijos.
Después
de observar, con envidia, durante un buen rato los juegos en el agua de los
niños americanos, los niños europeos pidieron permiso para hacer lo mismo.
Nadie se atrevió a tomar la decisión de concedérselo. Hacerlo suponía dar el
visto bueno a mezclarse con gentes diferentes y asumir la responsabilidad del
posible daño que esto podría ocasionar en las indefensas mentalidades de los
niños. Cuando no pudieron aguantar más el deseo de bañarse y estuvieron todos
ellos presos de un ataque de ansiedad que les impedía permanecer quietos, el
señor Vinicius dio la autorización.
—Que
sea un baño corto.
Los
niños de los colonos europeos pasaron el resto de la tarde jugando, riendo y
divirtiéndose con los niños de los colonos americanos. Fue delicioso
observarlos. Desnudos en el agua, apenas se diferenciaban los unos de los
otros.
Eran
tan sólo niños jugando.
—Creo
que tengo posibilidades con ella —prosiguió mi socio.
—Me
gustaría saber a qué le llamas tú posibilidades —repliqué.
—Pues
ya sabes. Formar una pareja y después, quizás, con el tiempo, una familia...
—Tú
te has vuelto definitivamente loco. La chaladura de esos tipos se te ha debido
de contagiar.
—¿Por
qué dices eso? —pareció indignarse.
—Porque
tú, al igual que yo, jamás vamos a formar una familia ni nada por el estilo. Yo
soy tu única familia. Y deberías cuidarme, porque no te queda nada más.
—No
sé si tengo demasiadas ganas de envejecer contigo...
—Pues
no creo que te queden muchas más opciones. Mírate: eres un auténtico desastre,
un tipo que aprecia demasiado la libertad como para establecer ataduras a largo
plazo. No, desde luego, no te veo al lado de ninguna fulana.
—Pero
Lorna es especial...
—Y
mucho menos, al lado de esta fulana.
—Me
gustaría que no hablaran en ese tono de ella.
—Hablo
en el tono que me da la gana. Además, a ti ella te importa un carajo.
A mí
no me engañas. Lo único que quieres es hacerle el amor. Nada más.
Puede
que te hayas figurado otras cosas pero es, simplemente, eso: figuraciones.
Hazme
caso. Te conozco desde hace muchos años y reconozco la situación.
Cuando
la chica es virgen y desvalida, creas toda esta ficción del enamoramiento.
Me
conozco el asunto de sobra. Cuando hayas conseguido dormir con ella, las cosas
te parecerán distintas. Ya no habrá amor ni nada por el estilo.
—No,
Bingo, esta vez es diferente.
—Es
diferente porque en esta ocasión ni siquiera vas a tener la ocasión de
comprobar que tengo razón. Por nada del mundo vas a acostarte con Lorna
Vinicius. ¿Está claro?
—Creo
que tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer.
—Soy
tu amigo. Eso es suficiente. Escúchame atentamente porque no te lo voy a
repetir más veces: no vas a hacer el amor con Lorna Vinicius. Y no hay nada más
que hablar. No lo vas a hacer y punto. Pasado mañana estaremos en Nueva York.
Ya se puede disfrutar de su aroma desde aquí. ¿Lo hueles?
Tiro
olisqueó el aire y negó con la cabeza.
—Pues
yo sí —proseguí—. Se trata de Nueva York, muchacho. Y tenemos un montón de
dinero en ese vehículo de ahí. Somos ricos, ¿no lo entiendes? Vamos a vivir el
resto de nuestros días como verdaderos reyes. No hablo de una riqueza modesta,
en absoluto. Hablo de ser podridamente ricos. Si lo deseas, podrás alquilar una
suite en el hotel de cinco estrellas de la ciudad más cara del mundo y vivir
allí el resto de tus días rodeados de prostitutas de lujo y champán francés.
—Vaya,
esa idea es seductora, pero ya había pensado en sentar la cabeza junto a Lorna.
Algo más sencillo, sin tantas pretensiones.
—Tiro,
vete a la mierda —concluí.
Comenzaba
a sacarme de quicio, y sabía que, cuando de ser testarudo se trataba, mi socio era
de los mejores.
—Mira
—traté de hablar con serenidad—. ¿Sabes los problemas que podría ocasionarnos
su padre si te ve junto a ella? ¿Has pensado en lo que nos puede hacer ese
loco? Tienen armas, Tiro, muchas armas. Están chalados, pero saben usarlas. Nos
podemos meter en un verdadero lío. Vamos, sé razonable y olvídala.
Tendrás
todas las chicas que quieras a tu alcance a partir de pasado mañana.
Callamos
durante un rato y seguimos fumando en silencio. Era una lástima que los
americanos no tuvieran alcohol. No es que estuvieran en contra de él, pero
dijeron que les distraería del objetivo de vivir en calma.
—Creo
que deberíamos ir pensando —dije para cambiar de tema y tratar de involucrar a
Tiro en mis planes— qué es lo que vamos a hacer cuando lleguemos a la gran
ciudad.
—Dormir
durante una semana en una enorme cama redonda con sábanas limpias —repuso Tiro.
—Me
refiero a qué vamos a hacer con nuestras vidas después de haber recobrado la
normalidad. ¿Quieres regresar a Lisboa?
—Ya
te he dicho lo que quiero.
—Vale,
vale, de acuerdo, no volvamos al tema de Lorna Vinicius. Pero, hagas lo que
hagas —trataba de ser razonable y cauto—, deberás vivir en alguna ciudad.
Nueva
York es una idea que no deja de ser atrayente pero mi sueño es regresar a casa
cuanto antes.
—Bien,
me parece bien. Me da igual una ciudad que otra. Creo que podríamos ir contigo.
A Lorna le gustaría que estuvieses siempre con nosotros...
—¡Basta
ya, Tiro! —grité fuera de mis casillas—. ¡Deja el tema, maldita sea!
—¡De
acuerdo, ni una palabra más! —gritó él también.
Volvimos
a mirar el agua en silencio. Traté de calmarme y pensar. Tenía que trazar algún
tipo de plan para cuando, dentro de un par de días, nos separásemos de los
colonos. No iba a permitir, desde luego, que Lorna Vinicius se viniera con
nosotros. Ni siquiera aunque se diese la remota posibilidad de que su padre
autorizara la unión. ¿Qué diablos iba a hacer Tiro Las junto a una muchachita
educada en la más rancia de las tradiciones europeas que, además, era una de
las más grandes arpías que había conocido jamás? No, no iba a permitirlo. Si
era necesario, le dispararía en una pierna para poder llevármelo. No iba a
dudarlo dos veces.
—Creo
que ya va siendo hora de irnos a dormir —dije.
—¿El
último cigarrillo? —preguntó mientras me alargaba la cajetilla.
—De
acuerdo —respondí mientras tomaba uno.
Dimos
unas cuantas bocanadas y lanzamos las colillas al agua describiendo un gran
arco en el aire. Estaba preocupado. Realmente preocupado. Mi socio, si se lo
proponía, sabía ser obstinado de verdad. Cuando algo se le metía en la cabeza,
no había forma de conseguir que la olvidase. Lucharía por ello con todas sus
fuerzas aunque, minutos después de conseguirlo, decidiera que ya no le
interesaba.
Así
era Tiro Las. Una maldita cabeza dura. Y hueca. No sabría con cuál de las dos
opciones quedarme. Tratar con cada una de ellas por separado y obtener
resultados razonables, era una tarea titánica. Batallar con ambas, era poco
menos que una misión imposible.
Pero
había algo que tenía bien claro que no iba a hacer. Pasara lo que pasara, jamás
le abandonaría a su suerte. Tiro era mi amigo, mi socio, mi compañero.
Sin
él, estaba perdido. Nos necesitábamos el uno al otro. Y podíamos prescindir del
resto de la humanidad si disponíamos de la suficiente cantidad de whisky y
cigarros. Una vida sencilla. Como la de los americanos. Pero sin, desde luego,
tanto desierto de por medio. En una ciudad. Lisboa, preferiblemente. La vieja y
tranquila Lisboa. La estaba echando de menos. Ansiaba que llegase el momento en
el que todo fuera de nuevo como antes. Los bares de Belem, la brisa nocturna,
las mujeres de tez oscura, el sabor tranquilo...
Conocía
Nueva York. Había estado en tres o cuatro ocasiones y no me pareció un mal
lugar para vivir. Pero no, en esta ocasión, no. Regresaríamos a casa, a nuestra
Lisboa. Mi socio y yo, juntos. Los dos. Y nadie más.
En
aquel momento, lo que de verdad tenía que hacer era meditar un plan para
librarme de Lorna Vinicius y, sobre todo, evitar la ira desbocada de su padre
en el momento que mi socio diese un paso en falso. Había que estar muy atento
para que todo saliese como yo lo deseaba.
Ya
debía ser medianoche. El cielo estaba despejado y la Luna brillaba. El azar
hizo que nos hubiéramos sentado mirando hacia el oeste.
—Ahí
está —dije.
—¿Sí?
—inquirió Tiro.
—La
tierra prometida, el maldito lugar al que tenemos que llevar a los colonos.
Quizás
no fue una buena idea emprender esta aventura.
—No
estoy de acuerdo. Nos ha ido bien, ¿no es así? Estamos vivos, como siempre.
—Sí...
—Pues
eso es lo que sirve. Estamos aquí y podemos contarlo. Somos los primeros en
hacerlo, Bingo, los primeros tipos que han atravesado el desierto atlántico y
están vivos para contarlo. Nosotros sí que somos unos pioneros.
—En
eso, tengo que darte la razón. Se hablará durante mucho tiempo de nuestra
hazaña. Lo hemos conseguido.
Dimos
un último vistazo hacia el oeste antes de irnos a dormir. Solamente se
escuchaba el canto de algunos insectos nocturnos.
—Bingo
—dijo mi socio mientras me ponía una mano en la rodilla al levantarse.
—¿Qué?
—Siempre
te querré más que a nadie.
—Vete
al infierno.
CAPÍTULO
33
Hacia
el oeste, hacia el cielo Gracias al exacto plano que nos trazaron los
americanos, el resto del camino fue sencillo. Como bien habían dicho, no
estábamos a más de dos días de Nueva York.
La
ruta estaba marcada por los neumáticos de las dos furgonetas Volkswagen de los
americanos. Aquellos tipos tenían serias dificultades para ocultar su posición.
Eran absolutamente vulnerables. A pesar de que mi socio y yo les dimos algunas
instrucciones y aportamos varias ideas en torno al modo de establecer, primero,
una mayor capacidad de mimesis con el entorno y, después, si se diera el caso,
una mejor defensa de la posición, estaban abocados a la destrucción.
Tarde
o temprano, dentro de un mes o de muchos años, alguien con malas intenciones
llegaría hasta ellos. Serían presa suya sin demasiada dificultad. Caerían como
ratas bajo el fuego de una ametralladora. Estaban muertos y su maravilloso modo
de vida no les serviría de nada a la hora de defenderse.
…ste
era, por desgracia, un mundo en guerra y el ser humano el mayor predador de la
Tierra. En la civilización, los instintos primarios de destrucción estaban
sujetos por leyes y convenciones sociales, pero en las Nuevas Tierras no
existía nada de eso. Aún faltaban decenas de años para que llegaran hasta allí.
Mientras,
imperaba la ley del más fuerte. El más poderoso se imponía, siempre, al más
débil. Se alzaba sobre él, clavaba sus garras, lo mataba, lo devoraba, se
recreaba con sus restos... En esta tierra salvaje, sólo las armas y el poder
físico daban la razón. Cualquier otro discurso estaba de más.
Los
pioneros americanos estaban equivocados. No conseguirían, en aquel lugar, crear
una civilización humanizada. Al contrario. El mal les invadiría cruelmente y
arrasaría con todo. La Nuevas Tierras eran el peor lugar de todos los posibles
para desarrollar una civilización basada en la capacidad intelectual del
hombre. Aquel era el imperio de los rifles automáticos. Si aún no lo era,
pronto lo sería. Aún no habían transcurrido suficientes años desde la Gran
Evaporación como para que la maldad hubiera extendido sus garras hasta allí.
Pero llegaría.
Pronto
llegaría.
Por
suerte, mi socio y yo, cuando aquel momento se presentase, estaríamos a miles
de kilómetros de allí. En un lugar mucho más amable para vivir: nuestra vieja y
querida Europa. Con sus problemas y sus conflictos aún sin resolver, pero
tranquila, pacífica, culta y noble. Ahí sí que merecía la pena vivir. Un lugar
en el que la villanía se hallaba disminuida y relegada a estrechos ámbitos. Un
lugar adecuado para que los niños crecieran en paz.
A
media tarde del día siguiente, llegamos hasta el pie del talud. Los americanos
nos habían dicho que, en este caso, la línea recta no era camino más corto.
De
seguir por primer lugar en el que topamos con él, nos hubiéramos perdido en un
intrincado laberinto de ascensiones y descensos sin final. Su experiencia,
después de haberlo recorrido decenas de veces, les indicaba que era mejor
seguir unos kilómetros hacia el norte siguiendo la base del talud, y ascender
por un punto señalado con dos marcas horizontales de color rojo.
Los
americanos, en su inconsciencia, no sólo no borraban las huellas que dejaban en
el camino, sino que lo marcaban para que cualquiera pudiera conocer su ruta.
Ellos lo hacían con la intención de facilitarse el trabajo y no perderse nunca.
Gracias a las marcas del camino, podían enviar a la gran ciudad a personas que
nunca hubieran realizado la ruta y no se extraviarían. Pero delatar su
presencia de una manera tan clara, era cosa de idiotas. Simplemente se podían
haber limitado a gritar a los cuatro vientos su posición. El resultado, en la
práctica, sería el mismo.
Cuando
encontramos las primeras marcas, quedaban nos más de tres horas de luz.
Decidimos, entonces, que sería mejor aguardar al día siguiente y comenzar la
ascensión a primera hora de la mañana. Eso nos daría tiempo para efectuar la
última revisión a los vehículos y evitar, así, sorpresas en mitad del ascenso.
Establecimos
el campamento al resguardo de unas rocas, justo unos veinte o treinta metros
dentro del talud, y dispusimos un régimen muy severo de guardias.
Al
día siguiente nos esperaban muchas dificultades, pero la noche teníamos que
pasarla en calma. Sin sorpresas.
Fue
una noche tensa. Tenía que luchar en varios frentes al mismo tiempo.
Por
un lado, debíamos mantenernos alerta para evitar cualquier ataque inesperado.
Estabamos
ya, desde ese preciso instante, en territorio hostil, y un asalto de maleantes
no quedaba, en modo alguno, descartado. Por otro lado, el señor Vinicius se
encontraba preso de un estado de excitación tan enorme, que prácticamente era
imposible mantener una conversación de dos minutos con él.
Estábamos
a menos de una jornada de su momento anhelado. Ni siquiera un tipo, por lo
general, tan templado como él, podía permanecer sereno en aquellas horas.
Finalmente,
se hallaba mi socio y su maldita obsesión por Lorna Vinicius. Yo sabía
perfectamente que su atracción no pasaba de ser sexual, pero él se había
empeñado en ocultar aquel deseo bajo un halo de amor incondicional. Tenía que
vigilarlo muy de cerca. No me fiaba, en absoluto, de él.
Apenas
pude dormir unas pocas horas pero, por suerte, todo transcurrió sin problemas.
Antes del amanecer, ya estábamos todos listos para la partida. Aquel era
nuestro último desayuno en la ruta. Si las cosas sucedían como las tenía
planeadas, antes del atardecer habríamos finalizado la ascensión del talud y
nos hallaríamos en la plataforma continental norteamericana. A unos cien
kilómetros escasos de aquel punto, se hallaba la ciudad de Nueva York. El lugar
más resplandeciente del mundo. El sitio que había deslumbrado, con su fulgor, a
los europeos que llevaba conmigo. Ese brillo era el responsable del endemoniado
dolor de cabeza que en ese momento tenía.
Había
que terminar con esto cuanto antes. Di la orden de ponernos en marcha y
comenzamos a ascender, lentamente, por el talud. Los cuatro por cuatro pasaron
delante y los camiones lo hicieron después. Situé motocicletas con hombres
armados en vanguardia y retaguardia para que nos cubrieran en todo momento.
Además, varias mujeres con rifles se ubicaron en las cabinas con las
ventanillas abiertas listas para abrir fuego a la menor indicación.
El
piso era de tierra bastante sólida y apenas se producían desprendimientos.
Los
pioneros americanos habían pisado el terreno lo suficiente con sus furgonetas
para que, ahora, el paso fuese mucho más sencillo. Las marcas rojas aparecían
por doquier en las rocas. Era imposible perderse allí.
En
dos o tres ocasiones, un camión introdujo una de sus ruedas en un banco de
arena, pero pudimos sacarlo con facilidad sin tener que utilizar las planchas
de aluminio. Bastó con colocar alguna piedra debajo de la rueda para que ésta
rodase limpiamente y el camión saliera hacia delante. Tuvimos bastante suerte
en ese sentido. No me hubiera hecho ninguna gracia tener que perder mucho
tiempo con la mitad de los hombres ocupado en liberar un camión. Trabajar en el
camino significaba tener las manos ocupadas en algo diferente a un arma o un
volante. Y eso, dadas las circunstancias, no era una buena idea. Prefería tener
la columna en marcha. Al menos, eso significaba que, cada vez, restaba menos
tiempo para estar fuera de peligro.
Durante
todo el ascenso, mi mente estaba dándole vueltas y más vueltas a lo que iba a
suceder en las horas venideras. Una vez alcanzado el punto final, tenía dos
objetivos prioritarios: ocuparme del hummer con el tesoro y vigilar el proceder
de mi socio. Ambas cosas eran de vital importancia. No pensaba renunciar a
ninguna de ellas por nada. Había realizado mi apuesta e iba a ser algo grande.
Teníamos
que conseguirlo.
Unas
cuatro horas después de iniciar la ascensión, escuchamos el ruido de un motor
unos metros más arriba.
—¡Quietos!
—grité—. Permanezcan todos quietos. Detengan los vehículos.
La
caravana se detuvo pesarosamente. La polvareda que levantábamos se debía estar
viendo en muchos kilómetros a la redonda. Me hallaba muy tenso. Ni uno solo de
mis músculos se encontraba relajado. Tenía un pie en tierra y el arma en la
mano. Alguien se acercaba hacia nosotros.
Observé
al señor Vinicius. Estaba, como siempre, al mando de su camión y el sudor les
resbalaba por el rostro. Se hallaba casi paralizado por el pánico y eso era lo
que menos necesitaba en aquel momento.
Alcé
mi arma en el aire y miré a los hombres. Era mi señal para que estuvieran
preparados y abrir fuego en cualquier momento. No sabíamos qué se nos venía
encima. No teníamos ni la más remota idea.
El
sonido del motor fue aumentando hasta que, tras una curva en el camino,
apareció un viejo land rover de color blanco. Tenía la carrocería abollada en
varios lugares y el óxido comenzaba a carcomerla poco a poco. Le faltaba, al
menos, uno de los faros delanteros y parte del parachoques.
El
land rover se acercó y miré dentro. Iba a disparar a la menor sospecha, estaba
seguro de que lo iba a hacer. No entraba en mis planes correr el más mínimo
riesgo. Conducía el vehículo un hombre pequeño de rasgos asiáticos. Tenía que
levantar mucho los brazos para poner asir el volante con firmeza, así que su
rostro aparecía por debajo de las manos dándole un aspecto algo grotesco.
Junto
al conductor, en el asiento de al lado, otro oriental nos miraba con asombro.
…ste era más alto y extremadamente delgado. Vestía una camiseta de tiras que
dejaba al descubierto sus hombros y casi todo el tórax. Desde varios metros de
distancia, pude verle marcados todos y cada uno de sus huesos.
Los
dos tipos no parecían peligrosos. Al flaco no podía verle las manos, pero no
daba la impresión de estar preparado para disparar sobre nosotros.
Aquellos
hombres tenían todo el aspecto de ser unos pobres desgraciados rumbo a ningún
lugar.
Cuando
el vehículo llegó a mi altura, hice un gesto con la cabeza a modo de saludo. El
conductor dijo algo que no pude comprender y me miró con una mezcla de asombro
y desinterés. No debimos de parecerles especialmente interesantes, pues, sin
detener el land rover ni aminorar la marcha, fueron sorteando nuestros
vehículos hasta rebasarnos por completo y desaparecer camino abajo.
—El
peligro ha pasado —avisé cuando el sonido del motor se oía lejano.
Alguien
gritó para liberar la tensión.
—Tranquilos
—dije—. Ya falta poco para llegar.
La
caravana volvió a ponerse en marcha. Rodamos lentamente y en silencio.
Nadie
parecía tener ganas de hablar. El relajamiento después de la tensión acumulada
dejaba los cuerpos rendidos.
Lo
más sorprendente del encuentro con los orientales, fue la naturalidad con la
que estos nos recibieron. No se sorprendieron en ningún momento ni hicieron
además de detenerse. Su saludo, corto y seco, fue casi una especie de
concesión, de gracia que se nos otorgaba. Esa no era, desde luego, la forma en
la que se recibe a alguien en el desierto. Un encuentro en un lugar así tenía
que ser, por lo menos, algo más sustancioso. Lo cual quería decir que, o bien
los orientales eran especialmente estúpidos e ignorantes de las más básicas
normas del comportamiento humano, o, por el contrario, que el desierto, a pesar
de lo que nosotros creíamos, ya se había terminado.
De
algún modo, ya no estábamos donde creíamos estar. El desierto nos había
abandonado. Allí, en aquel preciso lugar, era algo totalmente normal encontrar
a alguien en el camino y rebasarlo sin más. Bastaba una leve inclinación de la
cabeza o un par de palabras para cumplir el trámite del saludo.
Estábamos
acercándonos a la cumbre. Podíamos verla desde nuestra situación.
Una
arista casi recta que daba paso a lo desconocido. Pronto la alcanzaríamos y, al
mismo tiempo, daríamos el último paso hacia casa.
CAPÍTULO
34
Miren,
esto que ven es lo prometido La miríada de ciudades organizadas a lo largo de
toda la plataforma continental norteamericana que los colonos esperaban
encontrar, se vio reducida a una infinidad de tiendas de campaña, casuchas,
barracones y chamizos atropellados por todo el territorio. Allí no existía el
orden, nunca había existido y, muy probablemente, jamás existiría. No había
nada parecido a las calles ni lugar adecuado para transitar. Los escasos
vehículos que se observaban, eran siempre furgonetas o todoterrenos en un
estado lamentable de conservación. El primitivo zil que habíamos abandonado
cientos de kilómetros atrás, era un vehículo casi nuevo al lado de aquellas
sucias antiguallas.
La
caravana tuvo que hacerse paso entre la inmundicia para poder avanzar.
Era
necesario que uno de los muchachos, con el rostro desencajado y mudo por el
horror, fuese abriéndonos paso montado en su motocicleta.
Vimos
gentes desaliñadas que vestían harapos, niños desnutridos correteando con la
cara sucia, viejos sentados en cualquier parte que roían, sin dientes, despojos
y desperdicios que habían podido recuperar de aquel inmenso vertedero.
No
oímos, ni una sola vez, risas o alborozo. La alegría parecía estar desterrada
de aquel lugar. Las personas, lo que quedaba de ellas pues no sé si se podía
denominar como tales a aquellos cuerpos cabizbajos y derrotados, iban de un
lado a otro con el gesto austero y la mirada perdida. Hombres acabados, mujeres
entregadas a la desesperación.
Los
había de todas las razas: negros, blancos, orientales, hispanos y varias
decenas de mestizajes más. Vivían los unos sobre los otros, apiñados, en una
masa amorfa e indivisible. Los prejuicios raciales parecían haber desaparecido.
En una sociedad tan extremadamente decadente y primitiva como aquella, el
racismo era un lujo que no se podían permitir.
En
algunos sitios, se levantaban fogatas y la gente cocinaba, sin nada mejor que
hacer, al aire libre. Era frecuente ver a varias personas apiladas en torno a
una olla con la cara apoyada en las manos y los codos en las rodillas. Apenas
cruzaban palabras entre ellos y, cuando lo hacían, era en idiomas
ininteligibles la mayoría de ellos para nosotros. En algunas ocasiones, pude
distinguir trozos de conversación en inglés. También escuché palabras en
español sudamericano y en un portugués casi irreconocible.
Un
olor nauseabundo impregnaba el aire. Olía a podrido, a fermentación de
alimentos putrefactos, a carne muerta. Las mujeres de los colonos pusieron
pañuelos sobre la cara de los niños para atenuar, en lo posible, aquella
horrible fetidez. Ellas mismas, en cuanto pudieron, hicieron lo mismo. Incluso
algún hombre tuvo arcadas y estuvo a punto de vomitar.
En
la lejanía, escuchamos las detonaciones de algunos disparos. Eso hizo que
volviésemos a permanecer en alerta. Lo que habíamos podido ver desde que
pisamos la plataforma continental, había causado una impresión tan honda en
todos nosotros, que muchos habíamos perdido la tensión en el cuerpo y las armas
colgaban de las manos inofensivas. En ese momento, recobramos la tensión
olvidada.
Ni
siquiera fue necesario recordárselo a los colonos. Ellos mismos, al oír los
disparos, reaccionaron de forma refleja empuñando con fuerza los rifles.
Podía
sentir mi heckler & koch semiautomática apretada dentro de mis pantalones y
eso me daba confianza. Los colonos, probablemente, estaban rezando en silencio
a su dios para que les protegiera ante cualquier eventualidad en aquella tierra
maldita, pero yo prefería confiar mi integridad física a un buen arma de fuego.
Miré
de soslayo hacia el hummer y vi a mi socio rodando a un escaso metro de su
carrocería. El muchacho que lo conducía trataba de mantenerse firme, pero la
mueca de su rostro delataba que iba hundido por dentro. No era para menos:
hasta el más curtido de los hombres del desierto, podía sentir un momento de
flaqueza ante tanto horror.
Tiro
me miró e hizo una leve señal con los dedos. Sabía que nos jugábamos mucho
atravesando aquel lugar con un vehículo repleto hasta los topes de riquezas
extraordinarias. Si por cualquier motivo aquellos desarrapados llegaban a
conocer la naturaleza de nuestro cargamento, estábamos muertos de inmediato.
No
podríamos hacer frente a una muchedumbre hambrienta y andrajosa por muchas
armas que tuviésemos a nuestro alcance. A buen seguro, ellos también disponían
de armas y algo me decía que en abundancia. Los niños no tendrían una comida
decente que llevarse a la boca. Alimentándose de basura y desperdicios se
podía, aunque con dificultad, salir adelante. Pero lo que, desde luego, estaba
seguro que no faltaban allí, eran armas y munición en abundancia. Buena prueba
eran las detonaciones que, aunque amortiguadas por la distancia, estábamos
escuchando.
Por
suerte, habíamos tomado la precaución de cubrir todo el tesoro con una lona y
asido ésta con fuertes cordajes a la carrocería del hummer.
Avanzábamos
muy despacio. Los innumerables obstáculos que hallábamos en nuestro camino,
hacían que la caravana tuviera que detenerse en no pocas ocasiones.
El
ruido de los camiones poniéndose en marcha una y otra vez era casi el único
sonido que nos acompañaba.
—Estamos
tan sólo en los suburbios de las Nuevas Tierras. Piensen que hemos entrado por
la puerta trasera —dijo el señor Vinicius tratando de animar a los suyos ante
la desolación general—. Más adelante encontraremos lugares mejores que éste.
Las
detonaciones se habían detenido. Parecía que la tranquilidad volvía a reinar en
aquel paraje. Quedaban aún varias horas de sol y teníamos que seguir avanzado.
Nadie
en su sano juicio se hubiera aventurado a pasar la noche en aquel sitio.
La
esperanza en que las palabras del señor Vinicius fuesen ciertas y que, más
adelante encontrásemos asentamientos civilizados o, cuanto menos, más acordes a
una idea básica de orden, nos daba fuerza para seguir. En aquellos momentos, la
fe ciega en la posibilidad de encontrar algo mejor, era lo único que teníamos.
Teníamos
que aferrarnos a ella con todas las escasas fuerzas que aún nos quedaban.
Me
acerqué hacia mi socio: —¿Cómo lo ves? —preguntó.
—Muy
feo respondí—. Este asunto se está volviendo muy feo. No nos queda otra cosa
que hacer excepto seguir avanzando. Espero que la suerte esté de nuestro lado.
Lo
estaba. Poco a poco, la miseria, si bien no desapareció, se fue transformando
en un orden más aparente. Las viviendas comenzaban a tener más aspecto de
tales, las calles se disponían con mayor acierto y la calidad de vida parecía
mayor. Ya no se veían personas tiradas en la calle y los niños vestían, aunque
con modestia, limpios y arreglados.
Comenzamos
a ver las primeras casas de cierta solidez. Los materiales rígidos iban
apareciendo en la construcción de las viviendas y, un rato después, vimos los
primeros elementos ornamentales. Esto fue un paso decisivo. Significaba que las
gentes que vivían en esta zona de la plataforma, disponían de recursos
suficientes como para emplearlos en algo intranscendental.
Las
viviendas fueros espaciándose y se abrieron amplios territorios cultivados.
Hombres
subidos a enormes tractores, araban la tierra. Los vimos también ocupados en
levantar cercados para el ganado. Progresivamente, la prosperidad se iba
abriendo paso. Aquellos granjeros en nada se diferenciaban de los que podíamos
haber visto antes en la tierra civilizada. Se ocupaban de sus labores con
meticulosidad y dedicación. Disponían de maquinaria y mano de obra suficiente.
Mujeres
y niños ayudaban en las tareas y no fue raro encontrar muchachos de unos trece
años al volante de mastodónticas cosechadoras norteamericanas.
Nadie
nos detuvo en ningún momento a nuestro paso. La percepción que habíamos
obtenido en el encuentro con los orientales del talud, se estaba confirmando a
cada momento. No suponíamos nada extraño para aquellas gentes.
Quizás,
el hecho de ser un número elevado de vehículos rodando juntos, hacía que se
despertase algo su curiosidad, pero nunca hasta el punto de dedicarnos una
atención especial.
Volvimos
a escuchar detonaciones pero siempre lejanas. Las personas que íbamos dejando
atrás, no les daban la menor importancia. Debía de tratarse de algo frecuente,
porque se habían habituado tanto a ellas que parecía que ni siquiera las
oyesen. Era un ruido de fondo, intermitente, mortecino. Existía una guerra
solapada en aquel territorio, pero nadie se preocupaba demasiado. Quizás
porque, para ellos, aquello era normal y cotidiano.
Los
colonos miraban, extasiados, a uno y otro lado. El estupor inicial ante la
desolación, se había transformado en una curiosidad infinita. Por fortuna para
ellos, el aspecto de las nuevas colonias americanas estaba mejorando según
avanz ábamos. Aquel territorio que atravesábamos, disponía ya de las mínimas
condiciones de habitabilidad para un europeo. Los caminos se hallaban
practicables y se notaba que existía una organización social gobernando todo
aquello. Lo que habíamos dejado atrás, como muy bien dijo el señor Vinicius, no
se trataba sino de los suburbios miserables de esta gran tierra. Un lugar donde
miles de personas se apilaban esperando un golpe de suerte que no llegaría
jamás.
Aquí,
a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de Nueva York, la civilización imperaba.
Los negros y los hispanos habían casi desaparecido y sólo se veían blancos
trabajando la tierra. Vestían, todos ellos, monos de faena o pantalones sujetos
con tirantes. Se protegían la cabeza con sombreros de ala o gorras con visera.
El calor de la tarde, hacía que se hubieran subido las mangas de las camisas
dejando a la vista fuertes brazos tostados por el sol.
Nos
hallábamos en un lugar que podía ser considerado adecuado por nuestros colonos.
Me acerqué al camión del señor Vinicius y, sin dejar de rodar, le dije: —¿Qué
la parece?
—Mucho
mejor —respondió.
Parecía
aliviado. Lo que habíamos visto era realmente demoledor. Llegar por tierra
desde Europa y toparse de bruces con aquello, tiraba por los suelos la moral de
cualquiera.
—Pues
aquí está —dije—. El sueño americano. Señor, yo ya he cumplido. Les he traído
hasta aquí.
—Desde
luego. Lo ha conseguido usted, señor Small. Le felicito sinceramente.
—Ahora
tenemos que buscar un lugar adecuado para ustedes. Parece que estas tierras
están todas ocupadas. Pero ustedes son blancos —di un nuevo vistazo al entorno—
y tienen el dinero suficiente para establecerse. Sabrán salir adelante.
—Delo
por hecho, señor Small, delo por hecho.
Seguimos
avanzando por un camino bastante ancho que permitía, con cuidado, la
circulación en ambos sentidos. En aquel lugar existía una extraña conjunción de
elementos modernos con utensilios tradicionales. Además de las grandes máquinas
de cosechar limpias, modernas y relumbrantes, había coches tirados por caballos
que se cruzaban en nuestro camino con toda naturalidad. Los hombres que los
guiaban, portaban teléfonos celulares y aparatos de escuchar música.
Un
par de muchachos de unos dieciséis años se cruzaron en nuestro camino montando
sendas bicicletas. Les detuve con una seña y pregunté: —Por favor, me gustaría
saber quién manda aquí. ¿Hay un ayuntamiento o algo por el estilo al que
podamos ir?
Los
muchachos se miraron entre sí y uno de ellos, rubio, de ojos azules y la tez
muy clara, respondió: —Claro, el ayuntamiento no está muy lejos de aquí. Tienen
que seguir por este camino durante una media hora y tomar la primera a la
derecha. Después, sigan otro rato y lo encontrarán enfrente. Se trata de un
edificio de ladrillo gris.
No
tiene pérdida.
—Muchas
gracias por la información —dije.
—De
nada, señor —el muchacho se llevó la mano a la gorra.
Me
volví hacia el señor Vinicius y dije: —Creo que lo que deberíamos hacer es
dirigirnos directamente al gobierno de esta tierra. Sé cómo ir al ayuntamiento.
Allí les informarán sobre los pasos a seguir para adquirir tierras de cultivo.
—Es
una buena idea —manifestó el señor Vinicius.
Aún
se hallaba muy ansioso, pero parecía que se había calmado algo. Al menos, ya
podía mantener una conversación y responder con lógica.
La
tarde estaba cayendo. El sol comenzaba a ponerse por el oeste y el cielo se
tiñó de un color naranja intenso. En la lejanía, entornado los ojos para no
resultar heridos por los aún intensos rayos del sol, pudimos ver cómo,
desafiante, gloriosa, casi humana, la Estatua de la Libertad se alzaba sobre un
montículo en el terreno.
CAPÍTULO
35
Pena,
soledad y final Seguimos por el camino, como nos habían dicho los jóvenes, a lo
largo de media hora y encontramos un cruce de vías en medio de un campo de
cultivo.
Una
rudimentaria señal de madera, indicaba el camino a seguir hacia el
ayuntamiento.
En
varios kilómetros a la redonda, no se veía un alma. Nos hallábamos en una zona
de amplias fincas explotadas por los pioneros. Muy lejos, hacia el sur, una
cosechadora laboraba en medio del campo. Oímos el ladrido de un perro guiando
el ganado.
El
sol estaba a punto de ponerse. Hacía calor y la gran ciudad comenzaba a
encender sus luces. El sueño americano brillaba, vacilante, al atardecer. Ahí
estaba, ante nuestros propios ojos: la tierra de las oportunidades intactas. El
lugar cuyo mágico encanto hacía que las personas estuvieran dispuestas a morir
con tal de ser partícipes de él.
—Bueno,
aquí está —dije—. A partir de ahora, creo que ya no nos necesitan.
…ste
es el punto final. Ha llegado la hora de la despedida.
—Ha
cumplido con su trabajo, señor Small —dijo el señor Vinicius—. Y ha cumplido
bien. Siempre le estaremos agradecidos y le tendremos presente en nuestras
oraciones. Aquí tiene lo convenido.
Cogí
el sobre que me alargaba con nuestra paga en su interior. No me importaba
demasiado pues tenía el hummer con el tesoro español, pero, qué demonios, nos
lo habíamos ganado y era nuestro.
—Gracias,
señor Vinicius. Ha sido un placer.
Mi
socio se dirigió al hummer e hizo bajar al muchacho que lo conducía.
—Ahora
es mi turno, chico —dijo.
El
muchacho descendió del vehículo y sujetó la puerta mientras Tiro entraba en él.
Había dejado la motocicleta en el borde del camino.
—Mírala
—le dijo—. ¿A que es bonita? Hemos pasado mucho juntos. Ahora es tuya. Cuida de
ella.
—¿De
veras, señor Las? —el muchacho no podía creer lo que oía.
—Llévatela.
Yo no puedo seguir con ella. Alguien ha de conducir este vehículo.
Estoy
seguro de que tu sabrás apreciarla como se merece.
—Oh,
vaya, muchas gracias, señor Las —agregó el chico mientras comenzaba a caminar
hacia la vertemati—. No se preocupe, la cuidaré como a mi propia vida.
Está
en buenas manos, se lo aseguro.
De
repente, la portezuela del camión conducido por el señor Vinicius se abrió y su
hija Lorna salió de él. La caravana se hallaba detenida a un lado del camino
con todos los vehículos alineados uno tras otro. Entre el unimog del señor
Vinicius y el hummer de mi socio, había cinco o seis vehículos que aguardaban
el momento de reemprender la marcha. Lorna corría, alocadamente, hacia el
hummer mientras gritaba: —Espérame, Tiro, espérame. No me dejes.
Cuando
llegó hasta él, mi socio se estiró dentro del cuatro por cuatro para abrir la
puerta del acompañante. La muchacha la empujó con el brazo y entró dentro.
—Se
viene conmigo, señor Vinicius —dijo mi socio—. Ya lo ha oído. Es su deseo.
Era
el momento de afrontar el problema. No quedaba tiempo para el diálogo y,
además, me temía que de nada iba a servir a estas alturas.
Liberé
el seguro de mi arma tratando de que nadie se diera cuenta del gesto.
Aún
estaba sobre mi motocicleta y junto al camión del señor Vinicius.
…ste,
al oír las palabras de mi socio, montó en cólera. Descendió del camión a toda
prisa y dio un traspié que casi le lleva al suelo.
—¿Qué
diablos está diciendo? —gritó—. A mi hija no se la lleva nadie y menos un
condenado desgraciado como ese.
—Eh,
oiga —intervine—. No hable así de mi socio si no quiere tener problemas
conmigo.
Ya
no me importaba mantener las apariencias. Todo había terminado y dentro de dos
minutos íbamos a marcharnos de allí para siempre. Nunca más volveríamos a ver a
los malditos colonos.
—Usted
no se meta —el señor Vinicius se giró hacia mí—. Voy a terminar con esta
situación de una vez. Tenía que haberlo hecho hace tiempo y ahora me arrepiento
de mi indecisión. Así que no se inmiscuya si no quiere salir dañado.
—¿Me
está amenazando?
—Yo
no amenazo a nadie. Actúo.
Se
giró hacia el camión y metió las manos dentro de la cabina. Cogió su rifle y
verificó que estuviera cargado.
—Deje
el arma de nuevo en el camión —dije—. Déjela ahora mismo.
Tenía
mi brazo extendido hacia él y le estaba apuntado con mi semiautom ática.
—Ahora
es usted el que amenaza, señor Small —replicó sin dejar de manejar su arma—.
Vamos, dispáreme si ése es su deseo.
Comenzó
a caminar hacia la posición del hummer. Le seguí detrás sin dejar de apuntarle
con mi arma. No quería dar un paso en falso. Todos los colonos estaban armados
y, a buen seguro, en aquel momento un montón de cañones apuntaba a mi cabeza.
—Vamos,
sal de ahí y muere como un hombre —le dijo a mi socio mientras le apuntaba a
través de la ventanilla—. Voy a meterte una bala en el cerebro.
—¡No!
—gritó Lorna saliendo del vehículo—. Vamos, papá, él no tiene la culpa, déjale
en paz. Soy yo la que quiere irse.
—Calla,
maldita sea. No sabes lo que dices. Es el demonio quien habla con tu voz. …l te
ha poseído y te hace decir cosas que mi hija nunca hubiera pronunciado.
—No,
papá, no. Deseo ir con él. Le quiero, ¿no puedes comprenderlo? Es el hombre al
que quiero en este mundo y le seguiré al lugar al que vaya.
—No
lo harás. Al menos, no mientras yo esté vivo.
—Sí
lo haré, papá, te guste o no.
La tensión
había llegado al límite. Habían surgido armas de todas partes y todas ellas nos
apuntaban a mi socio y a mí. Estábamos en desventaja. Tiro tenía las manos
sobre el volante y no se movía. No quería hacer ni un solo movimiento que
levantase sospechas. Ante un hombre en el estado de excitación del señor
Vinicius, cualquier impulso podía resultar sospechoso y llevarle a disparar.
Lorna
hizo ademán de volver a introducirse dentro del vehículo.
—¡Quieta!
No te muevas. No vas a entrar ahí.
—Voy
a hacerlo, papá.
—No,
Satanás, no lo vas a hacer.
El
señor Vinicius apretó el gatillo e hizo varios disparos. Su hija, cayó
desplomada en el suelo.
Se
oyeron varios gritos. Algunos colonos armados se hallaban ya junto al hummer y
gritaban exaltados. El pánico comenzaba a generalizarse.
—¿Qué
es lo que ha hecho, señor Vinicius? ¿Qué es lo que ha hecho?
—Callaos
todos. No quiero escuchar a nadie —dijo el señor Vinicius. Y, dirigiéndome a mi
socio, añadió—: Tú, sal del vehículo. Despacio y ense—ándome las manos.
Había
llegado el momento de jugarse el todo por el todo. No quedaba otro remedio si
queríamos salir con vida de aquella. El señor Vinicius había enloquecido por
completo y sus acólitos no parecían cuestionar su autoridad a pesar de la
barbaridad que acababa de cometer.
Mi
socio abrió la portezuela y comenzó a descender muy lentamente.
Cuando
se estaba incorporando, lanzó su cuerpo hacia delante y clavó su hombro en el
estómago del señor Vinicius. Levantó, al mismo tiempo, un brazo y empujó el
rifle hacia arriba. El señor Vinicius, en un acto reflejo, realizó un disparo
que se perdió en el aire.
—Cúbrete
—grité mientras me giraba y abría fuego contra los colonos.
Impacté
sobre varios de ellos que cayeron al suelo entre gritos de dolor.
Otros,
por el contrario, pudieron rehacerse y se parapetaron detrás del camión más
cercano.
Para
entonces, mi socio había conseguido hacerse con su arma y me secundó en la
lucha. Abrió fuego sobre el camión y los mantuvo a raya durante un rato.
Agachándonos
todo lo que pudimos y corriendo en zigzag, conseguimos llegar hasta una pequeña
loma que se encontraba más allá del linde del camino y allí nos dispusimos a
resistir.
El
señor Vinicius, que había caído al suelo gracias al empujón de Tiro, consiguió
llegar, arrastrándose entre la lluvia de balas, hasta la posición de los suyos.
Desde
allí, dirigía el ataque.
—De
nuevo en problemas —me dijo mi socio mientras cargaba su arma con la espalda
apoyada en la loma.
—Sí,
como en los viejos tiempos —recordé.
—Saldremos
adelante.
Estuvimos
disparando a ráfagas durante bastante tiempo. Ellos eran muchos más y tenían
más munición, pero no sabían protegerse. Maté a varios en los primeros diez
minutos. Sus cuerpos, inertes, caían hacia delante.
Uno
de los jóvenes, se atrevió a usar un cadáver como trinchera para poder, así,
obtener una mejor situación de disparo, pero le sirvió de poco. Mi socio le
metió una bala por el hombro que debió llegarle al corazón.
—Nos
estamos quedando sin cargas —anunció mi socio.
Era
cierto. Dentro de poco habríamos hecho el último disparo y estaríamos,
indefensos, a merced de los colonos.
—Voy
a intentar algo —dijo Tiro—. Creo que, desde aquí, puedo impactar sobre el
depósito del camión tras el que están parapetados. Si lo consigo, estallar á
por los aires y los colonos con él. Pero he de ponerme en pie y descubrirme
para obtener una buena posición.
Antes
de que pudiésemos discutirlo, mi socio se puso en pie y gritó antes de
disparar: —¡Cúbreme!
Abrí
fuego contra todo lo que había enfrente de mí. Ni siquiera apuntaba.
Sólo
quería crear una pantalla de balas que impidiese que nadie disparara contra mi
socio. Porque, él era mi socio. Había confiado, como siempre, en mí. Sabía que
podía contar conmigo. Sabía que yo le iba a cubrir y que, estando conmigo, nada
le podía suceder.
Se
produjo una gran explosión y del lugar del camión surgió un gran hongo rojizo
rodeado de denso humo negro. Tiro lo había conseguido y los cuerpos
carbonizados de los colonos, junto a trozos de metal y neumáticos ardiendo,
volaban sobre nosotros. Nos escondimos tras la loma para evitar ser alcanzados
por aquella metralla. Apoyé mi espalda en la tierra y tomé aire.
Miré
en dirección a mi socio y entonces me di cuenta de que la confianza depositada
sobre mí, había sido quebrada. Tenía la mano en el pecho y trataba de taponar
una herida de la que brotaba abundante sangre. A pesar de su situación, me
miraba sonriente.
—Creo
que algo ha salido mal —dijo.
—Tranquilo,
amigo, tranquilo, te vas a poner bien.
Había
arrojado mi arma y me encontraba inclinado sobre él. Le pasé la mano por detrás
de la cabeza y traté de que se sintiera cómodo. Le miré el pecho y me di cuenta
de que la herida era muy fea. Estaba muy cerca del corazón y, sin duda, le
había agujereado un pulmón.
—Te
voy a llevar a la ciudad. Vas a curarte —dije.
Sus
ojos se cerraban y apenas podía hablar. Le faltaba el aire.
—Esta
vez no, amigo —balbuceó—. Algo no salió con debía. Creo que es hora de que
vuelvas a casa.
—Claro,
volveré a casa, pero contigo...
—No,
vete ya. No se puede hacer nada por mí.
Tenía
la camiseta empapada en sangre. Apretaba su mano contra la herida y yo, en un
gesto desesperado, traté de hacer lo propio. Mientras presionaba con fuerza,
rompí a llorar. Mi socio trató de añadir algo más, pero no pudo.
—Tiro...
Cerré
sus ojos antes de ponerme en pie. La vista se me nublaba y no podía ver con
claridad. Cogí mi arma y volví al camino. Algunas mujeres vagaban sobre los
restos de la explosión y trataban de encontrar algún vestigio reconocible. El
peligro había pasado.
La
humareda aún no se había disipado por completo, pero recordaba el lugar en el
que se hallaba el hummer. Llegué hasta él, entré y, sentado al volante, giré el
contacto. El vehículo se puso en marcha con mucha suavidad. Había anochecido y
Nueva York brillaba en la oscuridad. Encendí los faros y pisé el acelerador.
FIN


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