© Libro N°. 2980. Maestra En El Arte De La Muerte. Franklin, Ariana. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Maestra En El Arte De La Muerte. Ariana Franklin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA
TODA LA CULTURA
MAESTRA EN EL ARTE DE LA MUERTE
Ariana Franklin
Para
mí agente, Hellen Heder,
maestra
en el arte de los “thríllers”.
Prólogo
Aquí vienen. ya puede distinguirse el tintineo de los arreos y
el polvo que levantan en el camino hacia el cálido cielo estival. Son
peregrinos volviendo de Canterbury tras la Pascua. Lucen distintivos en capas y
sombreros con la imagen del arzobispo mártir Tomás Becket: un buen negocio para
los monjes de Canterbury.
Constituyen una agradable distracción en el tráfico de carretas
cuyos fatigados conductores y bueyes regresan a sus casas tras una dura jornada
arando y sembrando el campo. Los peregrinos, en cambio, bien alimentados,
marchan bulliciosos y exultantes, pues como premio a su travesía, les ha sido
concedida la gracia.
Uno de ellos, sin embargo, aparentemente tan satisfecho como los
demás, es un asesino de niños, y Dios no considerará merecedora de su gracia a
una persona de su condición.
Encabezando la procesión va una robusta mujer montada en una
yegua roana. Lleva prendido un distintivo de plata en el tocado. Es fácil
reconocerla: se trata de la priora del convento de Santa Radegunda, en
Cambridge. Va hablando en voz alta. La monja que la acompaña, en su dócil
percherón, guarda silencio; tan sólo ha podido comprar un Tomás Becket de
estaño.
El apuesto caballero que cabalga entre ellas, manejando con
destreza su corcel, viste sobre su cota de malla un tabardo con una cruz
—testimonio de que ha participado en una cruzada— y un distintivo de plata
semejante al de la priora, y comenta sotto voce las afirmaciones de la
religiosa. Ella no le oye, pero sus chanzas hacen sonreír nerviosamente a la
joven monja.
Siguiendo al grupo va un carro descubierto tirado por mulas.
Transporta un objeto rectangular, algo pequeño para el espacio del que dispone.
Un caballero y su escudero parecen custodiarlo. Está cubierto por un lienzo con
símbolos heráldicos. Con el traqueteo, la tela se ha deslizado dejando a la
vista uno de los ángulos, de oro labrado. Podría tratarse de un gran relicario
o de un pequeño ataúd. El escudero se inclina desde su montura y estira el
lienzo para que el objeto vuelva a quedar oculto.
A continuación aparece un funcionario del rey. Bastante jovial,
grandullón y obeso para su edad, incluso vestido de paisano no puede ocultar su
condición: por una parte, su sirviente lleva un tabardo real bordado con los
leopardos de la Casa de Anjou; y por otra, de sus alforjas repletas sobresalen
un ábaco y el afilado extremo de una balanza para pesar monedas. Cabalga solo,
sin más acompañante que su sirviente. A nadie le agrada un recaudador de
impuestos.
He aquí al prior. También es posible reconocerlo porque lleva
una casulla morada, como todos los canónigos de San Agustín.
Se trata de un personaje importante, el prior Geoffrey, del
monasterio agustino de Barnwell, que, emplazado en un recodo del río Cam,
empequeñece al de Santa Radegunda, su vecino. No es extraño que no se lleve
bien con la priora. Él tiene tres monjes a su servicio, un caballero —otro
cruzado, a juzgar por su tabardo— y un escudero. Desafortunadamente, el prior
está enfermo. Debería ir a la cabeza de la procesión, pero parece que su
voluminoso abdomen le está torturando. Gruñe e ignora al clérigo de tonsura que
trata de distraerle. Pobre hombre, no hay alivio para él en este trecho, ni
siquiera una posada hasta llegar a su enfermería, en el priorato.
Un burgués con rostro enérgico y su esposa demuestran su
preocupación por el prior ofreciendo consejos a sus monjes. Un juglar toca el
laúd y canta. Detrás de él va un cazador, con lanzas y perros del color del
cielo inglés. En pos se ven las mulas de carga y el resto de los sirvientes. El
séquito de siempre.
Y a la cola de la procesión, aún más plebe. Un carro con un
vistoso toldo de signos cabalísticos. Dos hombres en el pescante —uno grande,
el otro pequeño—, ambos de piel oscura. El más alto lleva un turbante al estilo
moro que envuelve su cabeza y sus mejillas. Curanderos trashumantes, tal vez.
Y sentada en la parte posterior, balanceando las piernas como
una campesina, una mujer. Contempla todo lo que la rodea con avidez. Sus ojos
observan un árbol o un terreno de pasto como si les preguntara: ¿cuál es tu
nombre?, ¿para qué sirves?, y si no eres útil, ¿por qué existes? Parece un juez
en un tribunal. O un idiota.
En la amplia pradera que se extiende ante toda esta gente —pues
incluso en el Gran Camino del Norte, en este año del Señor de 1171, están
vedados los árboles a una distancia menor de lo que alcanza una flecha para que
no sirvan de refugio a los asaltantes— se alza en un extremo del camino un
pequeño oratorio de madera, como los que suelen verse habitualmente por aquí,
que alberga una estatua de la Virgen.
Algunos de los jinetes se disponen a hacer una inclinación a
modo de saludo al pasar, pero la priora, con grandes aspavientos, exige que
alguien la ayude a desmontar. Avanza pesadamente sobre la hierba, se arrodilla
y reza. En voz alta.
Uno tras otro, con cierta reticencia, la imitan. El prior
Geoffrey pone los ojos en blanco y gruñe mientras lo ayudan a descender del
caballo.
Incluso los tres ocupantes del carro se han apeado y están de
hinojos; si bien, lejos de la vista, el hombre de piel más oscura dirige sus
oraciones hacia el este. ¡Dios se apiade de todos si sarracenos e infieles
pueden andar por los caminos de Enrique II impunemente!
Los labios musitan a la santa, las manos dibujan una invisible
cruz. Seguramente Dios está llorando, pese a permitir que las manos que han
desgarrado carne inocente permanezcan sin mácula.
La caballería vuelve a montar y avanza en dirección a Cambridge;
la cháchara disminuye y sólo se oye el rumor de los carros de tiro y los
gorjeos de los pájaros.
Pero tenemos entre manos una madeja que desenredar, un hilo que
nos conducirá hasta el asesino de niños. Y para descubrirlo, primero debemos
retroceder unos doce meses en el tiempo...
Capítulo 1
Inglaterra, 1170
Un año estridente: Un rey clamó para librarse de su arzobispo.
Chillaron los monjes de Canterbury al descubrir desparramados los sesos de
aquel arzobispo sobre las piedras de su catedral. El Papa increpó exigiendo al
monarca penitencia. La Iglesia de Inglaterra vociferó triunfante: habían
logrado poner al rey en su lugar.
Y muy lejos, en Cambridgeshire, un niño gritó. Fue un sonido
diminuto, metálico, que, sin embargo, se hizo un hueco entre los demás.
Ese grito atronó esperanzado como una señal, como una súplica:
«Venid, llevadme de aquí, tengo miedo». Hasta entonces, los adultos habían
protegido al niño del peligro, alejándolo de colmenas y marmitas bullentes, y
del fuego del herrero. Debían estar cerca de él. Siempre lo estaban.
Al oírlo, los ciervos que pastaban bajo la luz de la luna
alzaron la cabeza y miraron a su alrededor, ninguna de sus crías estaba en
peligro. Siguieron pastando. Un zorro detuvo su trote y con una pata levantada
se dispuso a tantear por sí mismo la gravedad de la amenaza.
La garganta que emitió el grito era demasiado pequeña y el lugar
demasiado apartado para que algún ser humano pudiera acudir en su auxilio. El
grito cambió, se tornó en algo asombroso, increíblemente agudo, hasta tal punto
que se asemejaba al sonido del silbato con que el cazador llama a los perros.
Los ciervos corrieron, dispersándose entre los árboles. Sus
colas blancas abatiéndose como piezas de dominó en la oscuridad.
El grito se volvió ruego, tal vez al torturador, tal vez a Dios
—«por favor, no...»— antes de desaparecer en un monocorde gemido de agonía y
desesperanza.
Un sentimiento de gratitud invadió el aire cuando el sonido cesó
y fue sustituido por los habituales ruidos nocturnos. El susurro de la brisa
entre las ramas, el gruñido de un tejón, cientos de chillidos de pequeños
mamíferos y pájaros que morían devorados por sus predadores naturales.
Entretanto, en Dover, un anciano era urgido a atravesar el castillo
a una velocidad desacorde con su reumatismo. Era un castillo enorme y frío, con
ecos estremecedores. Sin embargo, y a pesar de la premura con que debía
moverse, el anciano seguía helado, debido en gran parte al miedo que sentía. El
criado le estaba conduciendo hacia el hombre a quienes todos temían.
Avanzaron a lo largo de corredores de piedra. Unas veces pasaban
junto a puertas abiertas por las que salía luz y calor, de las que escapaban
conversaciones o las notas de una viola. Otras, las puertas estaban cerradas.
El anciano imaginaba que detrás de ellas se desarrollaban escenas impías.
A su paso, los sirvientes del castillo se encogían o eran
apartados del camino, de modo que dejaban tras ellos un reguero de bandejas
caídas, orinales derramados y exclamaciones de dolor mal contenidas.
Al final de una escalera circular se encontraron con una larga
galería en la que se hallaban una sucesión de escritorios alineados junto a las
paredes y una gran mesa cubierta por un fieltro verde, dividido en cuadros,
donde se veían diversas pilas de fichas. Alrededor de treinta contables
atiborraban la sala, rasgando los pergaminos con sus plumas, mientras se oían
los chasquidos de las cuentas de colores desplazándose por los alambres de sus
ábacos. Daba la sensación de hallarse en un campo lleno de grillos
voluntariosos.
La única persona inmóvil de la estancia era un hombre sentado en
el alféizar de una de las ventanas.
—Aarón de Lincoln, mi señor —anunció el criado.
Aarón de Lincoln se hincó sobre una de sus doloridas rodillas y
se tocó la frente con los dedos de la mano derecha. Luego extendió su palma en
señal de obediencia hacia el hombre de la ventana.
—¿Sabéis qué es eso? —Aarón, incómodo, miró la gran mesa que
tenía detrás y no respondió. Sabía lo que era, pero la pregunta de Enrique II
era retórica—. No es una mesa para jugar al billar, os lo aseguro —continuó el
rey—. Son mis dominios. Esos cuadrados representan mis condados en Inglaterra y
las fichas sobre ellos muestran qué parte de los ingresos que aporta cada uno
le corresponde al Tesoro Real. Poneos de pie. —El monarca tomó al anciano del
brazo y lo llevó junto a la mesa, señalando uno de los cuadrados—. Este
cuadrado es Cambridgeshire —indicó, y soltó a Aarón—. Apelando a vuestra
considerable agudeza para las finanzas, Aarón, ¿cuantas fichas calculáis que
hay en él?
—¿No las suficientes, mi señor?
—En efecto —afirmó Enrique—. Cambridge es habitualmente un
condado rentable. No demasiado activo, aunque genera una cantidad considerable
de grano, ganado y pescado, proporcionando sustantivos dividendos al Tesoro. Al
igual que hace su numerosa población judía. ¿Creéis que la cantidad de fichas
aquí colocadas representa cabalmente su riqueza? —Nuevamente, el anciano no
respondió—. ¿Y a qué lo achacáis? —preguntó el rey.
—Supongo que se debe a los niños, mi señor. La muerte de un niño
es siempre algo lamentable —repuso Aarón, débilmente.
—Verdaderamente, lo es. —Enrique bajó de la ventana, se sentó en
el borde de la mesa y dejó que sus piernas se balancearan—. Y cuando se
transforma en un asunto económico, es desastroso. Los campesinos de Cambridge
se han sublevado y los judíos están... ¿dónde están?
—Refugiados en este castillo, mi señor.
—Lo cual les ha sido permitido —confirmó el soberano—. En
efecto, gracias a mi caridad, están en mi castillo, alimentándose con mi comida
y defecándola acto seguido, porque están demasiado asustados como para irse. De
todo lo cual se deduce que no estoy obteniendo de ellos ganancia alguna, Aarón.
—No, mi señor.
—Además, los campesinos sublevados han incendiado la torre del
ala este, donde se guardaban los registros de lo que adeudan a los judíos y, en
consecuencia, a mí, por no mencionar las cuentas de los impuestos que deben,
porque creen que los judíos están torturando y asesinando a sus hijos.
Por primera vez, el anciano oyó en su interior el silbido de la
esperanza entre los tambores que anunciaban la ejecución.
—¿Y vos no, mi señor?
—¿Yo no, qué?
—¿No creéis que los judíos están matando a esos niños?
—No lo sé, Aarón —contestó el rey, benévolamente. Sin apartar la
vista del anciano, levantó la mano. Un oficial se acercó corriendo para
entregarle un pergamino—. Ésta es una declaración de un tal Roger de Acton, en
la que sostiene que es una práctica habitual entre vosotros. De acuerdo con el
buen Roger, durante la Pascua los judíos suelen torturar hasta la muerte al
menos a un niño cristiano introduciéndole en un tonel con bisagras que tiene
clavos por dentro. Lo han hecho desde siempre, y así seguirán haciéndolo. —El
rey leyó el pergamino—: «Ponen al niño dentro del tonel y lo remachan para que
los clavos penetren en su carne. Luego, esos demonios recogen la sangre que se
filtra en unos recipientes, para mezclarla con sus alimentos rituales».
—Enrique II miró al anciano—. Nada agradable, Aarón —y continuó leyendo—. «Oh,
y ríen a carcajadas mientras lo hacen».
—Sabéis que eso no es verdad, mi señor.
Por toda respuesta, sólo se escuchó un nuevo chasquido en el
ábaco.
—Pero en estas Pascuas, Aarón, en éstas, habéis comenzado a
crucificarlos. A decir verdad, nuestro buen Roger de Acton declara que el niño
que encontraron había sido crucificado. ¿Cuál era el nombre de ese niño?
—Peter de Trumpington, mi señor —informó el oficial.
—El tal Peter de Trumpington fue crucificado, y puede que los
otros dos niños desaparecidos hayan tenido el mismo destino. La crucifixión,
Aarón. —Aunque el rey la pronunció suavemente, la poderosa y terrible palabra
atravesó la fría galería, acrecentando su poder a medida que avanzaba—. Ya hay
agitadores que pretenden hacer del pequeño Peter un santo, cómo si aún no
tuviéramos suficientes. Hasta ahora han desaparecido dos niños, y otro,
atormentado y desangrado, fue hallado en mis tierras, Aarón. Es demasiada
carnaza. —Enrique bajó de la mesa y caminó por la galería, dejando atrás el
campo de grillos. El anciano lo seguía. El rey arrastró un taburete que había
debajo de una ventana y dio un puntapié a otro cercano a Aarón—. Sentaos.
Aquel extremo de la sala era más silencioso. El glacial y húmedo
aire que entraba por las ventanas sin cristales hizo temblar al anciano. De los
dos, Aarón era quien llevaba las ropas más lujosas. Enrique II vestía como un
cazador, incluso de modo descuidado. Mientras las cortesanas de su esposa se
untaban los cabellos con ungüentos y se perfumaban con esencias aromáticas, el
rey olía a caballo y a sudor. Sus manos parecían de cuero de lo curtidas que
las tenía, y el cabello rojo, muy corto, le nacía de una cabeza tan redonda
como una bala de cañón. No obstante, pensaba Aarón, nadie lo habría confundido
jamás con otra persona. Todos sabían que aquel hombre gobernaba un imperio que
se extendía desde las fronteras de Escocia hasta los Pirineos.
No habría sido difícil guardarle aprecio —tentación que le había
rondado a Aarón— si el hombre no fuera tan horrorosamente imprevisible. Cuando
se encolerizaba, lanzaba invectivas y las personas morían.
—Dios odia a los judíos, Aarón —declaró el monarca—. Vosotros
matasteis a Su Hijo. —Aarón cerró los ojos y esperó—. Y Dios me odia. —Abrió
los ojos. La voz del rey se alzó en un lamento que retumbó en la galería como
un bramido desesperado—: Señor misericordioso, perdona a este rey arrepentido e
infeliz. Tú sabes mejor que nadie que Tomás Becket se oponía a mí en todo y que
por ello, enfurecido, clamé por su muerte. Peccaví, peccavi, algunos caballeros
no comprendieron mi enfado y lo asesinaron, pensando que eso podría
complacerme. Por tal abominación Tú, en tu infinita justicia, me has dado la
espalda. Soy un gusano, mea culpa, mea culpa, mea culpa. Me arrastro bajo tu
ira mientras el único merecedor de tu gloria, el arzobispo Tomás, se sienta a
la diestra de Jesucristo, vuestro piadoso hijo. —Los rostros se giraron hacia
el rey. Las plumas quedaron suspendidas en el aire, los ábacos se detuvieron.
El monarca dejó de golpearse el pecho—. Y, o mucho me equivoco, o el Señor será
tan intolerante como yo —prosiguió en tono de conversación. El rey se inclinó,
puso un dedo debajo de la mandíbula de Aarón de Lincoln y la levantó
suavemente—. En el momento en que esos bastardos cercenaron a Becket, me
convertí en un ser vulnerable. La Iglesia quiere venganza, quiere mi hígado,
caliente y humeante, quiere su recompensa y debe obtenerla, y una de las cosas
que quiere, y que ha querido desde siempre, es que vosotros, los judíos, seáis
expulsados de la cristiandad. —Los contables habían vuelto a sus tareas. El rey
agitaba el documento que tenía en su mano ante las narices del judío—. Esto es
una demanda, Aarón, una reclamación para que todos los judíos sean expulsados
de mi territorio. En este instante, una copia de este documento, también
escrita por el señor Roger de Acton, que los sabuesos del demonio le trituren
los testículos, ha sido enviada al Papa. El niño asesinado en Cambridge y los
demás desaparecidos servirán de pretexto para exigir la expulsión de vuestro
pueblo. Y, tras la muerte de Becket, no estoy en condiciones de negarme,
porque, si lo hiciera, Su Santidad se persuadiría de que debe excomulgarme y mi
reino quedaría en entredicho. ¿Comprendéis lo que eso supondría? Seríamos
arrojados a las tinieblas; a los recién nacidos se les negaría el bautismo; no
se celebrarían matrimonios; los muertos no tendrían sepultura con la bendición
de la Iglesia. Y cualquier advenedizo con mierda en los calzones podría
desafiar mi derecho a gobernar. —Enrique se puso de pie y comenzó a caminar;
hizo una pausa para enderezar un tapiz que el viento había movido—. ¿No soy un
buen rey, Aarón?
—Lo sois, mi señor. —Una respuesta justa. Y también verdadera.
—¿No soy bondadoso con mis judíos, Aarón?
—En efecto, lo sois, mi señor. —Nuevamente, la verdad. El
soberano cobraba impuestos a los judíos con la constancia de un granjero que
ordeña sus vacas. Pero en todo el mundo, ningún otro monarca había sido más
ecuánime con ellos ni mantenía en su reino un orden tan firme como para que los
judíos estuvieran más seguros que en cualquier otro país conocido del orbe.
Acudían desde Francia, España, territorios destino de los cruzados, e incluso
Rusia, para disfrutar de los privilegios y la seguridad de encontrarse en la
Inglaterra de los Plantagenet.
«¿Adonde podremos ir?», pensaba Aarón. «Señor, Señor, no nos
envíes de vuelta al desierto. Si ya no podemos tener nuestra Tierra Prometida,
por lo menos permite que vivamos bajo la protección de este soberano».
Enrique asintió con la cabeza.
—La usura es pecado, Aarón. La Iglesia no la aprueba, ni permite
que los cristianos corrompan su alma practicándola. Esa tarea os corresponde a
vosotros, los judíos, que no tenéis alma. Por supuesto, eso no impide que la
Iglesia os pida dinero prestado. ¿Cuántas catedrales se han construido con
vuestros empréstitos?
—Lincoln —comenzó a contar Aarón con sus dedos temblorosos y
artríticos—, Peterborough, St Albans, no menos de nueve abadías cistercienses,
mi señor, también están...
—Sí, sí. No obstante, lo que aquí nos concierne es que la
séptima parte de mis ingresos anuales proviene de los impuestos que pagáis
vosotros, los judíos. Y la Iglesia desea que me deshaga de vosotros. —El rey
estaba de pie, y una vez más su sangre angevina se hizo notar en las
imprecaciones que resonaron en la galería—. ¿Acaso no he asentado la paz en
este reino como nunca antes había sucedido?
Los secretarios, inquietos, desatendieron sus ábacos para mover
afirmativamente la cabeza. «Sí, mi señor». «Lo habéis hecho, mi señor».
—Lo habéis hecho, mi señor —confirmó Aarón.
—Y no ha sido gracias a los rezos ni al ayuno, os lo aseguro.
—Enrique había vuelto a serenarse—. Para equipar mi ejército, pagar a mis
jueces, sofocar rebeliones en otros territorios y solventar los infernales y
costosos hábitos de mi esposa, necesito dinero. Paz es dinero, Aarón, y dinero
es paz. —El rey se aferró a la capa del anciano y lo arrastró hacia sí—. ¿Quién
está matando a esos niños?
—No somos nosotros, mi señor, lo desconocemos.
En ese instante de proximidad, los crueles ojos azules de
Enrique, con sus pestañas casi invisibles, escudriñaron el alma de Aarón.
—¿Lo desconocemos? —coreó el rey. Soltó al anciano, que se
tranquilizó y se alisó la capa, pero mantuvo su rostro junto al de Aarón—. Creo
que será mejor que lo descubramos, ¿verdad? Y con urgencia —susurró suavemente.
Mientras el oficial acompañaba a Aarón de Lincoln a la escalera,
se oyó la voz de Enrique II.
—Echaría de menos a los judíos, Aarón. —El anciano se volvió
hacia el rey, que sonreía. O eso dedujo al contemplar sus dientes pequeños y
sanos en un gesto parecido a una sonrisa—. Pero ni remotamente tanto como
vosotros, los judíos, me echaríais de menos a mí —precisó.
En el sur de Italia, algunas semanas después, Gordinus el
africano pestañeó amablemente ante su visitante y agitó un dedo. Sabía cómo se
llamaba, pues había sido anunciado con gran pompa: «De Palermo, en
representación de nuestra más graciosa majestad, su excelencia Mordejai ben
Beraja». Incluso conocía su cara, aunque Gordinus sólo recordaba a las personas
por sus enfermedades.
—Almorranas —evocó triunfal—, padecéis de almorranas. ¿Cómo
siguen?
Mordejai ben Beraja no solía desconcertarse con facilidad. No
podía permitírselo, dado que era el secretario personal del rey de Sicilia y el
depositario de los secretos de la casa real. Aunque, ciertamente, se sintió
ofendido —que un hombre padeciera de almorranas no era algo que debiera ser
proclamado en público—, no dejó que su cara lo reflejara y habló con voz fría.
—He venido para saber si Simón de Nápoles ha partido sin
dificultad.
—¿Partido, qué? —preguntó Gordinus con interés.
Aquel genio, pensó Mordejai, siempre había sido difícil de
tratar y en ese momento, cuando comenzaba a declinar, era casi imposible.
Decidió utilizar el efectivo plural mayestático.
—Si ha partido hacia Inglaterra, Gordinus. Simón Menahem de
Nápoles. Lo enviamos a ese país para solucionar un problema que se les ha
presentado a los judíos de allí.
El secretario de Gordinus acudió en su ayuda. Fue hacia una
pared llena de pequeños compartimentos de los que sobresalían rollos de
pergamino que a primera vista parecían tubos. Hablándole como a un niño, le
susurró animosamente:
—Como recordáis, mi señor, teníamos una carta del rey... ¡Oh,
Dios! La ha cambiado de lugar.
El asunto llevaría su tiempo. Lord Mordejai caminó torpemente
por el suelo de mosaicos, donde se veían cupidos disparando sus flechas. Debía
de ser romano, a juzgar por su antigüedad. El lugar había sido una de las
villas de Adriano.
«Estos doctores se rodean de lo mejor», pensó Mordejai olvidando
que los suelos de su propio palazzo en Palermo eran de mármol y oro.
Se sentó en un banco de piedra, al aire libre, junto a una
balaustrada, desde donde se divisaba la ciudad a sus pies y, a lo lejos, las
aguas turquesas del mar Tirreno.
—Su excelencia necesita un almohadón, Gaius —advirtió Gordinus,
siempre alerta por su profesión.
Gaius fue a buscar un almohadón y dátiles y vino.
—¿Su excelencia bebe vino? —preguntó tenso.
El séquito del rey, como el propio Reino de Sicilia y todo el
sur de Italia, se componía de muchas razas y religiones: árabes, lombardos,
griegos, normandos y —como en el caso de Mordejai— judíos. Ofrecer una bebida
podía constituir una ofensa dependiendo de las normas que la religión imponía a
los hábitos alimentarios de unos u otros.
Su excelencia asintió con la cabeza. Se sentía mejor. El
almohadón era una comodidad para su trasero, la brisa del mar le refrescaba, el
vino era bueno. No tenía por qué ofenderse con la franqueza de un anciano. De
hecho, cuando concluyera con su misión se ocuparía del tema de las almorranas.
La última vez Gordinus se las curó. Después de todo, esa ciudad era un lugar
dedicado a curar a los enfermos, y si alguien podía ser considerado el decano
de su gran escuela de medicina, ése era Gordinus el africano.
Olvidando a su invitado, el anciano continuó con la lectura de
un manuscrito. La piel oscura y mustia de su brazo se estiró cuando su mano
introdujo una pluma en la tinta para hacer una modificación. ¿Era tunecino?
¿Moro, tal vez?
Al llegar a la villa, Mordejai había preguntado al mayordomo si
debía quitarse los zapatos antes de entrar.
—He olvidado cuál es la religión de vuestro amo.
—También él, excelencia.
Sólo en Salerno, pensaba Mordejai en ese momento, los hombres se
olvidaban de sus costumbres y de su Dios para venerar a los enfermos.
Él no estaba seguro de aprobarlo. Sin duda era maravilloso, pero
aquello contravenía las leyes eternas: se diseccionaban cadáveres, las mujeres
se libraban de fetos indeseados y se les permitía practicar la medicina, la
carne era mancillada por la cirugía.
Eran cientos las personas que, atraídas por su fama, llegaban a
Salerno, arrastrándose a través de desiertos, estepas y montañas para ser
curados. Ya fuera solos o acarreando a sus enfermos.
Mientras contemplaba el conjunto de tejados, torres y cúpulas
que estaban más abajo y degustaba el vino, Mordejai se maravillaba de que,
entre todas las ciudades, fuera Salerno y no Roma, París, Constantinopla o
Jerusalén la que había desarrollado la escuela de medicina más importante del
mundo.
En ese preciso momento el tañido de las campanas del monasterio
llamando a novenas se cruzó con el grito del muecín, que desde la mezquita
convocaba a la oración, pugnando, a su vez, con el coro de los cantores de la
sinagoga. Todos esos sonidos remontaron la colina para alcanzar los oídos de
los hombres que estaban en el balcón, en un revoltijo de desafinados tonos
graves y agudos.
Ésa era la clave, por supuesto. La mezcla. Los rudos y
codiciosos aventureros normandos que fundaron su reino en Sicilia y el sur de
Italia habían sido pragmáticos y habían mostrado al mismo tiempo visión de
futuro. Siempre que un hombre se adecuara a sus propósitos, no importaba a qué
dios adoraba. Si ansiaban la paz, y en consecuencia, la prosperidad, debían
integrar a los distintos pueblos conquistados. No habría sicilianos de segunda
clase. El árabe, el griego, el latín y el francés serían lenguas oficiales.
Cualquier hombre, independientemente de su fe, podía llegar
hasta donde su capacidad se lo permitiera.
«No debería quejarme», pensaba Mordejai. Él mismo, un judío,
trabajaba para un rey normando junto a cristianos de la Iglesia ortodoxa griega
y católicos fieles al Papa. La galera de la que había desembarcado formaba
parte de la Armada Real de Sicilia, a cargo de un almirante árabe.
Abajo, en las calles, la chilaba se rozaba con la cota de malla
del caballero; el caftán, con el hábito del monje. Sus dueños no sólo no se
insultaban, sino que intercambiaban saludos, noticias y, sobre todo, ideas.
—Aquí está, mi señor —anunció Gaius.
Gordinus cogió la carta.
—Ah, sí, por supuesto. Ahora recuerdo... «Simón Menahem de
Nápoles partirá en un barco para cumplir una misión especial...», mmm... mmm,
«los judíos de Inglaterra se encuentran en un aprieto de cierto peligro. Los
niños del lugar son torturados y asesinados...», oh, por Dios... «y se culpa de
ello a los judíos», ¡oh, por Dios, por Dios! «Se le ha encomendado descubrir
qué ocurre y enviar con el mencionado Simón a una persona versada en causas de
muerte, que hable tanto inglés como yidis, y no cometa indiscreciones en
ninguna de las dos lenguas». —Gordinus sonrió a su secretario—: Y así lo hice,
¿no?
Gaius adoptó una actitud diferente.
—En ese momento surgió un asunto, mi señor...
—Por supuesto, lo hice, lo recuerdo perfectamente. Y no sólo
envié a un experto en procesos mórbidos, sino a una persona que habla latín,
francés y griego además de las lenguas requeridas. Un buen estudiante. Así se
lo dije a Simón, que parecía preocupado. «No encontraréis una persona mejor»,
le aseguré.
—Excelente —exclamó Mordejai—. Excelente.
—Sí, creo que cumplimos con lo especificado por el rey —afirmó
Gordinus, todavía con tono triunfal—. ¿No es así, Gaius?
—Hasta cierto punto, mi señor.
Había algo extraño en la actitud del sirviente. Mordejai estaba
acostumbrado a percibir ese tipo de cosas. Comenzaba a preguntarse por qué
Simón de Nápoles se habría preocupado por la elección del hombre que iba a
acompañarlo.
—A propósito, ¿cómo está el rey? —preguntó Gordinus—. ¿Solucionó
ese pequeño problema?
Mordejai, que ignoraba cuál era el pequeño problema del rey, se
dirigió a Gaius.
—¿A quién envió?
Gaius echó un vistazo a su amo, que había reanudado la lectura.
—La elección fue inusual y me pregunté... —susurró Gaius con voz
apenas audible.
—Escuchad, esta misión es extremadamente delicada. No habrá
elegido a un oriental, ¿verdad? ¿A un amarillo, que se distinguiría como un
limón en Inglaterra?
—No, no lo hice. —Gordinus había vuelto a integrarse en la
conversación.
—Bien, entonces, ¿a quién envió? —Gordinus se lo dijo. La
incredulidad hizo mella en Mordejai—. ¿Cómo? ¿A quién?
Gordinus se lo repitió.
El de Mordejai fue otro de los gritos que rasgaron el aire en
aquel año de chillidos.
—¡Sois un estúpido, un anciano imbécil!
Capítulo 2
Inglaterra, 1171
—Nuestro prior se muere —anunció el joven monje desesperado—. El
prior Geoffrey está agonizando sin un lugar donde yacer. En nombre de Dios, os
pedimos prestado vuestro carro.
Toda la comitiva había sido testigo de las discusiones del monje
con sus hermanos acerca del lugar apropiado para que el prior pasara sus
últimos minutos terrenales. Los otros dos preferían el catafalco abierto en el
que viajaba la priora, o incluso el suelo, antes que el carro cubierto de
aquellos buhoneros paganos.
Un círculo de hábitos negros rodeaba al prior, como cuervos
revoloteando sobre la carroña, agobiándolo con sus cuidados mientras éste se
retorcía de dolor.
La monja joven agitaba un objeto sobre el enfermo.
—Los auténticos nudillos del santo, excelencia. Aplicáoslo
nuevamente... os lo ruego. Esta vez, sus poderes milagrosos...
La suave voz se volvió casi inaudible entre las impacientes
solicitudes del clérigo llamado Roger de Acton, el mismo que había estado
molestando al pobre prior con sus asuntos desde que habían salido de
Canterbury.
—El verdadero nudillo de un verdadero santo crucificado, sólo
hay que tener fe
Incluso la priora pregonaba a los cuatro vientos su
preocupación.
—Posadlo sobre la parte afectada, orando con mayor devoción,
prior Geoffrey, y el pequeño Peter obrará.
La cuestión fue dirimida por el mismo enfermo, quien, entre
bramidos profanos y dolientes, logró indicar que prefería cualquier lugar, aun
cuando fuera pagano, en tanto le permitiera estar lejos de la priora, los
fastidiosos monjes y el resto de estúpidos bastardos reunidos a su alrededor
para contemplar su agonía. Con inusitado énfasis, afirmó que él no era un
entretenimiento morboso. Algunos campesinos que pasaban por el lugar se habían
detenido para mezclarse entre la caballería y observaban con interés las
contorsiones del prior.
El carro de los vendedores ambulantes fue el lugar elegido. En
consecuencia, el joven monje se acercó a dialogar con sus dueños, en normando,
con la esperanza de que entendieran el idioma. Hasta ese momento habían oído
que tanto ellos como la mujer que los acompañaba hablaban una lengua
extranjera.
En un primer momento, parecieron desconcertados.
—¿Qué le ocurre? —preguntó entonces la muchacha pequeña y
desgarbada.
El monje la alejó agitando su mano.
—Apartaos, esto no es asunto de mujeres.
El más bajo de los dos hombres miró hacia el carro con cierta
preocupación.
—Por supuesto... ¿Señor...?
—Hermano Ninian —apuntó el monje.
—Soy Simón de Nápoles. Este caballero es Mansur. Naturalmente,
hermano Ninian, nuestro carro está a vuestro servicio. ¿Qué mal aqueja a este
pobre hombre?
El hermano Ninian se lo explicó.
El sarraceno no modificó su expresión. Probablemente jamás lo
hacía. Pero Simón de Nápoles, haciéndose cargo de la aflicción, era todo
simpatía.
—Tal vez podamos brindarle más ayuda —ofreció—. Mi acompañante
es miembro de la escuela de medicina de Salerno.
—¿Un médico? ¿Es médico?
El monje salió corriendo hacia el círculo donde se hallaba el
prior, mientras gritaba:
—¡Son de Salerno! ¡El moreno es médico, un médico de Salerno!
Un médico de renombre. Todo el mundo lo conocía. El hecho de que
los tres procedieran de Salerno explicaba que parecieran tan extraños. ¿Quién
sabía qué aspecto tenían los italianos?
La mujer se aproximó a los dos hombres sentados en el pescante.
Mansur observaba a Simón con una de aquellas miradas suyas que
parecían desollarlo lentamente.
—El bocazas este les ha dicho que soy un doctor de Salerno.
—¿Eso dije? Yo dije mi acompañante.
Mansur se dirigió a la mujer.
—El pagano no puede orinar —le explicó.
—Pobre hombre —se compadeció Simón—. Lleva más de once horas
así. Se queja de que va a explotar. ¿Es posible tal cosa, doctora? ¿Morir
ahogado por los propios fluidos?
Sí, ciertamente, era posible. No había más que ver los saltos de
dolor que daba el hombre. De seguir así, terminaría por explotar, o al menos su
vejiga lo haría. Era algo propio de la condición masculina. Lo había visto en
la mesa de disección.
Gordinus había utilizado un cadáver para mostrar una patología
similar, pero había dicho que el paciente podría haberse salvado si... si...
Ah, sí. Eso era. Y su padrastro había visto emplear ese procedimiento en
Egipto.
—Humm... —se limitó a decir.
Simón la acechaba como un ave de rapiña.
—¿Puede curarse? Oh, Dios, si eso fuera posible, el beneficio
que obtendríamos para nuestra misión sería incalculable. Es un hombre muy
influyente.
A Adelia aquello no le importaba. Sólo veía en él a una criatura
que sufría. Y sabía que, sin su intervención, la agonía continuaría hasta que
su propia orina lo envenenara. Sin embargo, debía contemplar la posibilidad de
que su diagnóstico fuera equivocado. Existían muchas causas que podían provocar
la retención de orina. No podía errar.
—Humm... —volvió a decir, pero con otro tono.
—¿Es arriesgado? —El tono de Simón también había cambiado—.
¿Puede morir? Doctora, debemos considerar que nuestra posición...
La doctora lo ignoró. A punto estuvo de darse la vuelta y
pedirle a Margaret su opinión antes de que la invadiera una abrumadora
sensación de soledad. El espacio que ella había ocupado durante buena parte de
su niñez estaba vacío, y así seguiría. Margaret había muerto en Ouistreham.
Junto con la desolación llegó la culpa. Margaret jamás debió
haber emprendido aquel viaje, pero había insistido tanto... Adelia tenía
debilidad por ella. Necesitaba de una compañía femenina y como le aterraba que
no fuera la de su estimada servidora, había accedido. Fue demasiado. Casi mil
millas de viaje por mar y el golfo de Vizcaya azotado por la peor tempestad
fueron condiciones demasiado duras para una anciana. Una apoplejía. La mujer
que con su amor había sostenido a Adelia durante veinticinco años había sido
sepultada en la tumba de un minúsculo cementerio a orillas del Orne. Tendría
que enfrentarse sola a la travesía a Inglaterra. Una Ruth en tierras foráneas.
—¿Qué habría dicho esa noble alma ante una situación así?
«No sé para qué me preguntáis. De todos modos, nunca tenéis en
cuenta mis opiniones. Sé que os arriesgaréis por el pobre caballero. Os
conozco, florecilla, no me importunéis pidiéndome consejo, ya que nunca obráis
en consecuencia».
«Y, efectivamente, nunca la obedecí», se dijo suavemente Adelia
recordando su bella entonación de Devon. Margaret sólo había sido su caja de
resonancia. Y su consuelo.
—Tal vez deberíamos partir, doctora —aconsejó Simón.
—El hombre está moribundo.
Ninguno ignoraba el peligro que correrían en el caso de que la
operación fallara. Desde que habían desembarcado en aquel desconocido país,
Adelia no había sentido más que desolación. Su exotismo otorgaba un halo de
hostilidad incluso a la más cordial de las compañías. Pero en este asunto, ni
el peligro latente ni el posible beneficio —si el prior resultaba curado—
tenían mayor importancia: ella era médico y un hombre estaba muriendo; no había
alternativa.
Adelia miró a su alrededor. La calzada, probablemente romana,
era recta como un dedo apuntando en una dirección. Hacia el oeste, a su
izquierda, donde empezaban las tierras pantanosas de Cambridgeshire, el terreno
era llano. La pradera oscura y las tierras húmedas se perdían en el horizonte
dorado y bermellón del atardecer. A su derecha había una colina boscosa de poca
altura y rodadas que llevaban hasta allí. No se divisaba ningún lugar habitado,
una casa, una granja, ni siquiera la cabaña de un cazador. Sus ojos se
detuvieron en la zanja, casi una acequia, que discurría entre el camino y las
colinas. Se quedó contemplando su contenido como si admirara las bendiciones de
la Naturaleza.
Necesitarían privacidad. También luz. Y algo que había en la
zanja.
La doctora dio instrucciones.
Los tres monjes se acercaron cargando a su doliente prior. Un
indignado Roger de Acton corría junto a ellos, todavía pregonando la eficacia
de la reliquia de la priora. El mayor de los monjes se dirigió a Mansur y a
Simón.
—El hermano Ninian dice que vosotros sois doctores de Salerno.
—Su rostro y su nariz podrían haber afilado un pedernal.
Simón miró a Mansur por encima de la cabeza de Adelia, que
permanecía en medio de ambos.
—Ateniéndome rigurosamente a la verdad, puedo deciros que
contamos entre nosotros con considerables conocimientos médicos.
—¿Podéis ayudarme? —gritó nerviosamente el prior a Simón.
—Sí —repuso con firmeza, disimulando la opresión que sentía en
las costillas.
De todos modos, el hermano Gilbert se colgó del brazo del
inválido, reticente a entregar a su superior.
—Prior Geoffrey, ignoramos si estas personas son cristianas.
Necesitaréis del consuelo de la oración. Me quedaré junto a vos.
Simón meneó la cabeza.
—Para realizar la curación es necesario obrar en soledad. Entre
el doctor y su paciente debe haber privacidad.
—¡Por Jesucristo, dadme algún alivio!
Nuevamente fue el mismo prior Geoffrey quien resolvió la
cuestión. Arrojó al suelo al hermano Gilbert y su cristiano solaz. Apartó a los
otros dos monjes y les pidió que esperaran allí. El caballero montaría guardia.
Agitando las piernas y tambaleándose, el prior llegó a la
abertura trasera del carromato. Simón y Mansur lo levantaron con esfuerzo y lo
acomodaron dentro.
Roger de Acton corrió hasta él.
—Señor, si tan sólo dierais una oportunidad a los poderes
milagrosos del nudillo del pequeño Peter...
El grito del prior fue categórico.
—¡Ya lo hice, y sigo sin orinar!
El carro osciló por la cuesta y desapareció entre los árboles.
Adelia, que había estado escarbando en la zanja, lo siguió.
—Temo por él —confesó el hermano Gilbert. En su voz se percibían
más celos que ansiedad.
—Brujería —fue lo único que Roger de Acton pudo exclamar—. Es
mejor morir que resucitar por obra de Belcebú.
Ambos caminaban detrás del carro, pero el caballero del prior,
sir Gervase, siempre dispuesto a burlarse de los monjes, les cerró rápidamente
el paso.
—¿Acaso no han oído que no desea compañía?
Sir Joscelin, el caballero de la priora, fue igualmente
enérgico.
—Creo que debemos respetar su voluntad, hermano.
Los dos permanecieron juntos. Aquellos cruzados con cota de
malla que habían luchado en Tierra Santa desdeñaban como inferiores a los
monjes con hábito que servían pacíficamente a Dios.
El sendero acababa en una extraña colina. El carro ascendió
hasta un gran círculo de hierba en medio de los árboles. El reflejo de los
últimos rayos de sol lo asemejaba a una gran cabeza calva, verde y aplanada,
que proyectaba una luz inquietante sobre el borde del camino, donde el resto de
la partida esperaba acampada, cerca de los caballeros.
—¿Qué lugar es ése? —preguntó el hermano Gilbert, mirando hacia
el carro, aun cuando no podía distinguirlo. Uno de los escuderos, que estaba
desensillando el caballo de su amo, interrumpió su tarea.
—Allí arriba está Wandlebury Ring, señor. Ésas son las colinas
de Gog Magog.
Gog y Magog. Gigantes británicos tan paganos como su nombre.
La comitiva cristiana se apiñó alrededor del fuego, tanto más
cuando se oyó la voz de alarma de sir Gervase que llegaba desde la oscuridad
del bosque.
—Sacrificio sangriento. La cacería salvaje1 clama allí arriba,
señores. ¡Oh, es horrible!
Los cazadores del prior Geoffrey, que reunían a sus perros al
caer la noche, resoplaron y asintieron con la cabeza.
También Mansur desconfiaba del lugar. Se habían detenido a mitad
de camino, en una depresión de la cuesta. Desenganchó las mulas —alborotadas a
causa de los gemidos que salían del carromato—, las amarró con una cuerda para
que pudieran pastar y se dedicó a encender un fuego.
Volcaron en un cuenco lo que quedaba de agua hervida. Adelia
puso dentro lo que había recogido en la zanja y lo observó.
—¿Juncos? ¿Para qué? —preguntó Simón. Adelia se lo explicó y el
hombre palideció—. Él... él no lo permitirá... Es un monje.
—Es un paciente —puntualizó Adelia, y escogiendo dos tallos de
junco los agitó para escurrirles el agua—. Tenedlo preparado.
—¿Preparado? Ningún hombre está preparado para algo así.
Doctora, mi fe en vos es absoluta pero... si me permitís haceros una
pregunta... ¿habéis llevado a cabo este procedimiento antes?
—No. ¿Dónde está mi morral?
Simón la siguió cruzando la hierba.
—¿Habéis visto hacerlo al menos?
—No. Maldición, no tendremos suficiente luz. Dos faroles, Mansur
—exigió, alzando la voz—. Habrá que colgarlos de los arcos del toldo. ¿Dónde
estarán esos lienzos? —se preguntó mientras hurgaba en la alforja de piel de
cabra donde tenía sus útiles.
—¿No deberíamos aclarar este asunto? —preguntó Simón, tratando
de calmarse—. No habéis realizado nunca esta operación ni habéis visto
practicarla.
—No, ya os lo dije —espetó Adelia—. Gordinus la mencionó una
vez. Y Gershom, mi padre adoptivo, me describió el procedimiento después de
haber visitado Egipto. Lo vio pintado en una antigua tumba.
—Pinturas de antiguas tumbas egipcias —repitió Simón dando el
mismo peso a cada una de las palabras—. ¿Eran pinturas en colores?
—No veo ninguna razón por la que no debiera dar buen resultado
—replicó Adelia—. Conforme a mis conocimientos de anatomía masculina, el
procedimiento tiene sentido.
La doctora se puso en marcha. Simón se lanzó tras ella y la
detuvo.
—¿Podemos avanzar un poco más en este razonamiento lógico,
doctora? Estáis a punto de realizar una operación peligrosa...
—Sí. Sí... eso creo.
—... a un prelado de considerable jerarquía. Sus amigos esperan
allí abajo... —advirtió Simón de Nápoles apuntando hacia el pie de la colina,
que poco a poco iba quedando a oscuras—. No todos aprueban nuestra intervención
en este asunto. Para ellos somos extranjeros, no nos tienen por personas de
prestigio. —Tuvo que hacerse a un lado para poder seguir hablando, pues la
doctora había seguido su camino en dirección al carro—. Podría ocurrir, no
estoy diciendo que en efecto ocurra, pero en el caso de que el prior muriera y
sus amigos aplicaran su propia lógica, evidentemente nos colgarían a los tres
de sendos árboles, como quien cuelga ropa lavada en una cuerda. Vuelvo a
preguntar: ¿no deberíamos dejar que la Naturaleza siguiera su curso? Tan sólo
pregunto.
—El hombre se está muriendo, maese Simón.
—Yo... —Los faroles de Mansur iluminaron el rostro de Adelia y
Simón se detuvo, vencido—. Bueno, mi Becca haría lo mismo. —Rebecca era su
esposa, el rasero con el que medía la caridad de los seres humanos—. Adelante,
doctora.
—Necesitaré de vuestra ayuda.
Simón alzó los brazos y los dejó caer.
—La tendréis —prometió, y salió junto a ella, suspirando y
murmurando—. ¿Sería tan malo que la Naturaleza siguiera su curso, Señor? Es
todo lo que pregunto.
Mansur aguardó hasta que subieron al carro y entonces se apostó
de espaldas a él, con los brazos cruzados, a modo de centinela.
El último rayo de sol del ocaso se apagó sin que la luna hubiera
aún ocupado su lugar en el cielo para compensarlo. Las tierras pantanosas y la
colina quedaron a oscuras.
En la pradera, junto al camino, una gruesa figura se separó del
grupo de peregrinos que rodeaban el fuego, aparentemente urgido por sus
necesidades corporales. Valiéndose de la oscuridad, atravesó el camino y con
sorprendente agilidad para su peso saltó la zanja y desapareció entre los
arbustos cercanos al sendero. Maldiciendo para sus adentros las zarzas que
rasgaban su capa, trepó hasta la planicie donde estaba el carro, olfateando
para guiarse por el olor de las mulas y orientándose por un atisbo de luz a
través de los árboles.
Sin embargo, se detuvo para escuchar la conversación de los dos
caballeros que estaban de pie como dos imponentes estatuas en un tramo del
sendero desde donde no se veía el carro. La parte del yelmo que les cubría la
nariz los volvía indistinguibles.
Oyó que uno de ellos hablaba de la cacería salvaje.
—... la colina del Diablo, sin duda.
—Ningún campesino se acerca al lugar y sería deseable que
tampoco nosotros nos viéramos obligados a hacerlo. Antes preferiría a los
sarracenos —replicó claramente su compañero.
Al escuchar aquello, el hombre se santiguó y siguió subiendo con
sumo cuidado. Pasó sigilosamente junto al árabe, otra estatua bajo la luz de la
luna, y, por fin, llegó a un lugar desde el cual podía vislumbrar el interior
del carro, que a la luz de los faroles resplandecía como un ópalo en un fondo
de terciopelo negro.
Se acomodó cuanto pudo. A su alrededor, el paso indolente de los
animales hacía crujir los arbustos. Una lechuza surgió chillando de su cabeza
dispuesta a cazar. Súbitamente se oyeron voces en el carro. Una de ellas se
distinguía con claridad.
—Recostaos. Esto no os causará dolor. Maese Simón, si pudierais
levantar su hábito...
—¿Qué hace ella aquí? ¿Qué tiene en la mano? —se oyó preguntar
al prior Geoffrey con voz aguda.
—Recostaos, cerrad los ojos, tened la seguridad de que esta dama
sabe lo que hace —le respondió el hombre al que llamaban Simón.
—No la tengo. He caído en manos de una bruja. Que Dios tenga
piedad de mí, esta mujer va a sacarme el alma a través del pene. —En la voz del
prior se percibía pánico.
—No os mováis. Maldición —repuso nuevamente la voz melodiosa,
con severidad y concentración—. ¿Queréis que vuestra vejiga explote? Sostened
el pene en alto, maese Simón. Arriba, necesito que se mantenga en una postura
que no ofrezca resistencia. La bacinilla, Simón, rápido, sostenedla ahí.
El prior chilló.
Entonces se oyó un sonido, como si una cascada cayera en una
pila, y un grito de satisfacción, similar al de un hombre que ha saciado su
apetito carnal o cuya vejiga se ha liberado de una tortuosa presión.
Desde su escondite, el recaudador de impuestos del rey abrió los
ojos como platos, hizo una mueca de interés, asintió para sí y comenzó a bajar
la cuesta.
Se preguntaba si los caballeros habrían oído lo mismo que él.
Probablemente no, pensó.
No estaban lo suficientemente cerca del carro y la toca que
protegía su cabeza del yelmo metálico atenuaría el sonido. Por lo tanto, sólo
él, además de los ocupantes del carro y el árabe, estaba en posesión de esa
misteriosa información.
Desanduvo el camino por el que había llegado, agazapándose en
las sombras. Sorprendentemente, a pesar de la oscuridad, eran muchos los
peregrinos que esa noche se habían adentrado en la colina.
Vio al hermano Gilbert, que presumiblemente intentaba descubrir
qué estaba ocurriendo en el carro. Vio a Hugh, el cazador de la priora,
empeñado en el mismo propósito o tal vez atisbando en la espesura, como se
esperaría de él. Y esa figura indefinida que se deslizaba entre los árboles,
¿era la de una mujer? ¿La mujer del mercader en busca de un lugar privado donde
hacer sus necesidades? ¿Una monja dando cuenta de lo mismo? ¿O un monje?
No había modo de saberlo.
Capítulo 3
El amanecer iluminó a los peregrinos que aguardaban junto al
camino, desanimados e irascibles. La priora reconvino a su caballero cuando
éste se interesó por cómo había pasado la noche.
—¿Dónde habéis estado, sir Joscelin?
—Custodiando al prior, señora. Estaba en manos de forasteros y
tal vez necesitara ayuda.
A la priora eso no pareció importarle.
—De modo que eso hicisteis. Y si hubiera querido continuar
anoche, ¿quién habría podido protegerme? Apenas distan cuatro millas para
llegar a Cambridge. El pequeño Peter aguarda al relicario donde se depositarán
sus huesos, y ya ha esperado demasiado.
—Deberíais haber traído los huesos con vos, señora.
El viaje de la priora a Canterbury no había sido tan sólo un
devoto peregrinaje. También había tenido por objeto recoger el relicario
encargado a los orfebres del mártir Tomás Becket, que, tras doce meses de
trabajo, estaba terminado. Allí descansarían los restos del nuevo patrón del
convento, que hasta ahora yacían en una urna de ínfima calidad en Cambridge. La
priora tenía grandes expectativas acerca de lo que ocurriría después.
—He traído su santo nudillo —repuso bruscamente— y si el prior
Geoffrey tuviera tanta fe como presume, habría sido suficiente para curarlo.
—Aun así, madre, ¿cómo podíamos dejar al pobre prior en una
situación tan delicada y en manos de desconocidos? —preguntó suavemente la
joven monja.
En verdad, la priora era capaz de ello, pues la escasa simpatía
que el prior Geoffrey le profesaba era correspondida.
—Él tiene su propio caballero, ¿no? —preguntó a sir Joscelin.
—Para montar guardia durante toda la noche se necesitan dos
hombres, señora —explicó sir Gervase—. Uno de ellos vigila mientras el otro
duerme.
El caballero estaba algo irascible. De hecho, ambos vigías
tenían los ojos enrojecidos, un indicio de que ninguno había dormido.
—¿Acaso yo he dormido? Tanta gente yendo y viniendo a mi
alrededor sin dejar de alborotar. ¿Por qué necesita él doble custodia?
En buena medida, la animosidad que existía entre el convento de
Santa Radegunda y la congregación de San Agustín, en Barnwell, se debía a que
la priora Joan suponía que el prior sentía envidia de los milagros que ya había
realizado el pequeño Peter en su convento. Sin contar que, una vez que
instalaran al pequeño santo en la sepultura adecuada, su fama se expandiría,
los devotos se acercarían a hacer rogativas que duplicarían los ingresos del
convento, y los milagros, por ende, aumentarían. Ante tan poderosos motivos no
era de extrañar la envidia del prior Geoffrey.
—Pongámonos en marcha. No podemos esperar a que se recupere
—ordenó la priora—. ¿Dónde está ese Hugh con mis sabuesos? —preguntó después
mirando a su alrededor—. ¡Demonios! Es capaz de haberlos llevado a la colina.
En un instante sir Joscelin partió en busca del indisciplinado
cazador. Sir Gervase, temiendo por sus propios perros, que se habían sumado a
la jauría de Hugh, lo siguió.
El descanso de toda una noche le había sentado bien al prior.
Acomodado en un tronco, devoraba con apetito los huevos que los italianos
freían en una sartén, mientras trataba de decidir cómo formular las numerosas
preguntas que rondaban en su cabeza.
—Estoy asombrado, maese Simón —empezó el prior.
El hombrecillo que tenía enfrente asintió con la cabeza.
—Es comprensible, excelencia. «Certum est, quia impossibile».
El prior se asombró aún más al oír que un vulgar mercachifle
citaba a Tertuliano. No obstante, la definición había sido precisa: «Cierto es
porque es imposible». ¿Qué clase de gente era aquélla? En cualquier caso, el
religioso comprendió que para averiguarlo lo mejor era empezar por lo
elemental.
—¿Dónde está la mujer?
—Le agrada recorrer las colinas, excelencia, para recoger
hierbas y estudiar la Naturaleza.
—Pues en esta colina debería hacerlo con cautela. Los lugareños
la evitan pues creen que la habitan fantasmas y brujas, y sólo sus ovejas
vienen a pastar aquí. Dicen que Wandlebury Ring es el lugar donde aparece la
cacería salvaje.
—Mansur va siempre con ella.
—¿El sarraceno? —Aun cuando el prior Geoffrey se consideraba un
hombre de criterio amplio y le estuviera agradecido a aquella mujer, se sintió
decepcionado—. Entonces, ¿es una bruja?
—Excelencia, os rogaría que... — trató de explicar Simón con un
gesto de desaprobación— si pudierais evitar la mención de esa palabra en su
presencia... Podría decirse que es una doctora diplomada —agregó. Una vez más,
las palabras de Simón eran absolutamente fieles a la verdad—. La escuela de
Salerno permite que las mujeres practiquen la medicina.
—He oído algo de eso —reconoció el prior—. Salerno, ¿verdad?
Pero me parecía tan imposible de creer como que las vacas vuelan. Parece que de
ahora en adelante tendré que mirar al cielo esperando verlas.
—Será lo mejor, excelencia.
El prior continuó comiendo y disfrutando del verdor de la
primavera y de los gorjeos de los pájaros como no lo había hecho desde hacía
tiempo. Entretanto, trataba de evaluar la situación. Si bien aquellas personas
eran, sin duda, poco respetables, también eran educadas. Ergo, no eran en
absoluto lo que parecían ser.
—Ella me salvó, maese Simón. ¿Aprendió a practicar esa operación
en Salerno?
—Según creo, lo aprendió de los mejores médicos egipcios.
—Extraordinario. Decidme cuáles son sus honorarios.
—No aceptará que le pague.
—¿Cómo es posible? —El asombro del prior Geoffrey experimentaba
un incesante aumento. El hombre que tenía delante y la mujer que lo había
salvado no parecían tener un centavo—. Me insultó, maese Simón.
—Excelencia, os pido disculpas en su nombre. Me temo que entre
sus habilidades no figuran los buenos modales para con los pacientes.
—No, en efecto —convino el prior. Y por lo que había visto,
tampoco recurría a las artimañas propias de la seducción femenina—. Perdonad la
impertinencia de un anciano, pero os lo pregunto para poder dirigirme
correctamente a ella. ¿A quién de ustedes dos... le dedica su cariño?
—A ninguno de los dos, excelencia. —En lugar de sentirse
ofendido, al mercachifle le había causado gracia la pregunta—. Mansur es su
sirviente, un eunuco. Le ocurrió una desgracia. Por mi parte, tengo esposa e
hijos en Nápoles. No nos une esa clase de relación, somos sólo aliados
circunstanciales.
El prior, a pesar de no ser un hombre ingenuo, le creyó, y su
curiosidad se avivó aún más. ¿Qué demonios harían en ese condado?
—No obstante, debo deciros que, cualquiera que sea vuestro
propósito en Cambridge, se verá entorpecido por el hecho de que el grupo esté
constituido de manera tan peculiar. La señora doctora debería contar con
compañía femenina.
Ahora le llegó el turno a Simón de sorprenderse. El prior
Geoffrey comprobó que verdaderamente aquel hombre no veía a su cora-pañera más
que como a una colega.
—Supongo que estáis en lo cierto —admitió Simón—. Tenía una
acompañante cuando partimos para cumplir con esta misión, la niñera de su
infancia, pero la anciana murió durante el viaje.
—Os aconsejo que busquéis a otra. —El prior hizo una pausa y
luego continuó—: Habéis mencionado una misión. ¿Puedo preguntaros de qué se
trata? —Simón parecía dudar—. Maese Simón, presumo que no habéis hecho la
travesía desde Salerno tan sólo para vender panaceas. Si la vuestra es una
misión delicada, podéis hablar impunemente de ella conmigo —propuso el prior, y
como Simón seguía indeciso, chasqueó la lengua, indicando la obviedad de sus
palabras—. Metafóricamente, maese Simón, me tenéis cogido de los testículos.
¿Cómo podría traicionar vuestra confianza sabiendo que estáis en posición de
defenderos simplemente informando al pregonero de que yo, un canónigo de San
Agustín, persona de cierta importancia en Cambridge y, me enorgullece decirlo,
en todo el reino, no sólo dejé la parte más íntima de mi cuerpo en manos de una
mujer, sino que también permití que introdujera en ella el tallo de una planta?
Parafraseando al inmortal Horacio: «¿Qué ocurriría en Corinto?».
—¡Ah...! —exclamó Simón.
—Así es. Hablad con libertad, maese Simón, y saciad la
curiosidad de un anciano.
En consecuencia, Simón le contó que habían viajado a Inglaterra
para descubrir al individuo que estaba asesinando y secuestrando a los niños de
Cambridge. El objetivo de la misión no era usurpar las potestades de los
funcionarios locales.
—Es sólo que en algunas ocasiones las investigaciones realizadas
por quienes detentan la autoridad tienden a cerrar bocas en lugar de abrirlas,
por lo que nosotros, anónimos e ignorados... —Simón hizo hincapié en que no se
trataba de una intromisión. Sin embargo, dado que el descubrimiento del
asesinato se había demorado... obviamente, se trataba de un asesino
particularmente artero... deberían tomar precauciones especiales...—. Nuestros
señores, aquellos que nos han enviado, parecen convencidos de que la señora
doctora y yo poseemos las aptitudes adecuadas para resolver este asunto.
Al escuchar el relato, el prior Geoffrey comprendió que Simón de
Nápoles era judío. Inmediatamente le invadió el pánico. En calidad de autoridad
suprema de una gran orden monástica, sería responsable por el estado del mundo
cuando tuviera que comparecer ante Dios, el día del Juicio, que no tardaría en
llegar. ¿Qué respondería al Todopoderoso, que había ordenado que en él imperara
la única y verdadera fe? ¿Cómo justificaría ante el trono de Dios la existencia
de no conversos que infectaban lo que debía ser un cuerpo íntegro y perfecto?
¿Por qué motivo no había hecho nada?
Era una antigua lucha. Mientras se educaba en el seminario, el
humanismo había sido tema de fervorosa discusión y sus argumentos se habían
impuesto. ¿Qué podía hacer?
No estaba entre los que fomentaban el exterminio. No quería ver
almas —si los judíos tenían alma— desamparadas, arrojadas al infierno. Además
de dar su apoyo a los judíos de Cambridge, los protegía, aun cuando reprendía
duramente a otros hombres de la Iglesia que al pedirles dinero en préstamo
alentaban en ellos el pecado de la usura.
Ahora estaba en deuda con uno de ellos: le debía la vida. Y, en
efecto, si ese hombre —judío o no— podía resolver el misterio que estaba
causando tanto dolor en Cambridge, el prior Geoffrey estaría a su disposición.
No obstante, ¿por qué había traído consigo a un médico, mejor dicho, a una
mujer que ejercía la medicina?
Cuando el prior Geoffrey terminó de escuchar el relato de Simón,
el desconcierto ocupó el lugar del asombro, en buena medida debido a la
franqueza del hombre, una característica que hasta el momento no había
encontrado en su raza. En lugar de palabras cautelosas o incluso arteras, había
oído la verdad.
«¡Pobre tonto!», pensaba el prior. Unas pocas palabras
persuasivas habían sido suficientes para que revelara sus secretos. Qué mente
tan cándida. Carecía de astucia. ¿Quién habría enviado a ese pobre tonto?
Simón ya había contado su historia. Sólo se oía el canto de un
mirlo, que llegaba desde un cerezo silvestre.
—¿Os han enviado los judíos para rescatar a los judíos?
—De ningún modo, excelencia. En verdad os digo que el principal
interesado parece ser el rey de Sicilia, un normando, como bien sabéis. Incluso
a mí me sorprende que así sea. Pero no puedo dejar de suponer que otras
personalidades influyentes han intervenido también en este asunto. Nuestras
credenciales no fueron cuestionadas en Dover, lo que me hace pensar que los
funcionarios ingleses no ignoran nuestra misión. Puedo garantizaros que si se
demostrara que los judíos de Cambridge son culpables de este horroroso crimen,
me ofrecería voluntariamente para preparar la cuerda que los ahorque.
Bien. El prior le creía.
—Pero ¿puedo preguntar por qué, para, llevar a cabo la empresa,
era necesario incluir a esa doctora? Seguramente, dado que se trata de una rara
avis, despertaría una curiosidad indeseada si fuera descubierta.
—También yo tenía mis dudas al principio —declaró Simón.
No habían sido dudas, sino consternación. Nadie le había dicho
nada acerca del sexo del médico que lo acompañaría hasta que la doctora y sus
sirvientes abordaron el barco que los llevaría a Inglaterra. Para entonces, ya
era tarde para protestar. De todos modos, lo había hecho. Gordinus el africano
—el más grande de los médicos y el más ingenuo de los hombres— creyó que sus
aspavientos eran ademanes de despedida, y los devolvió efusivamente mientras el
navío se alejaba.
—Tenía mis dudas —prosiguió—. Sin embargo, ha demostrado ser
modesta y capaz, y habla fluidamente inglés. Más aún... —sonrió Simón con
deleite, acentuando las arrugas de su rostro, mientras distraía la atención del
prior de un tema confidencial; ya tendría ocasión de revelar cuál era la
peculiar habilidad de Adelia, pero aún no era el momento—, como diría mi
esposa, el Señor tiene sus propios motivos. De otro modo, ¿cómo se explica su
presencia en una situación tan crucial? —El prior Geoffrey asintió suavemente
con la cabeza; no había duda de ello. Él mismo ya se había arrodillado
agradeciendo a Dios Todopoderoso haber puesto a esa mujer en su camino—. Sin
embargo —continuó Simón—, nos sería de utilidad conocer cuantos detalles posea
sobre la forma en que fue asesinado ese niño y las condiciones en que
desaparecieron los otros dos antes de llegar al pueblo.
La frase quedó flotando en el aire.
—Los niños... —enunció por fin, pesadamente, el prior Geoffrey—.
Debo deciros, maese Simón, que cuando partimos hacia Canterbury los
desaparecidos ya no eran dos, como decís, sino tres. De hecho, de no haberlo
prometido, no habría formado parte de esta peregrinación, pues me aterrorizaba
que el número siguiera aumentando. Que Dios se apiade de ellos, todos tememos
que los pequeños hayan tenido el mismo destino que el primer niño, Peter.
Crucificado.
—No por los judíos, excelencia. Nosotros no crucificamos niños.
«Vosotros crucificasteis al hijo de Dios», pensó el prior. Pobre
tonto, si revelaba que era un judío en el lugar al que se dirigía, lo
descuartizarían. Y a su doctora con él.
«Maldición, tendré que intervenir en este asunto», se dijo.
—Debo advertiros, maese Simón, que nuestra gente está muy mal
predispuesta hacia los judíos. Temen que otros niños sean secuestrados.
—Excelencia, ¿se ha hecho ya alguna investigación? ¿Qué pruebas
permiten culpar a los judíos?
—La acusación se produjo casi inmediatamente —explicó el prior
Geoffrey— y tengo motivos para temer que...
Los poderosos acudían a Simón Menahem de Nápoles porque conocían
bien sus capacidades. Su talento como agente, investigador, mediador,
interrogador y espía hacía que la gente lo tomara por quien parecía ser.
Ninguna persona podría creer que aquel hombrecillo insignificante, nervioso,
entusiasta, incluso ingenuo, que divulgaba información fidedigna, fuera capaz
de superarla en inteligencia. Sólo cuando el trato estaba hecho, la alianza
sellada o el fondo del asunto descubierto, comprendían que Simón había logrado
exactamente lo que sus amos querían. «Pero es un tonto», se dirían.
Y era a ese tonto —que había analizado la personalidad del
religioso y había descubierto que se sentía profundamente en deuda— a quien el
sutil prior le estaba refiriendo cuanto deseaba saber.
Todo había acontecido aproximadamente un año antes. El último
viernes de Cuaresma, Peter, un niño de ocho años que vivía en Trumpington, una
aldea al suroeste de Cambridge, había ido a recoger, por encargo de su madre,
ramas de sauce, que en Inglaterra reemplazan a las de olivo para la celebración
del Domingo de Ramos.
Peter no había hecho caso de los sauces que crecían cerca de su
casa y había corrido hacia el norte, a lo largo del Cam, recolectando ramas del
árbol que estaba a orillas del río, en la zona vecina al convento de Santa
Radegunda. Se decía que era un árbol sagrado porque lo había plantado la propia
santa.
—Como si una santa germana de los tiempos oscuros hubiera venido
hasta Cambridgeshire para plantar un árbol —ironizó con amargura el prior,
interrumpiendo su relato—. Pero esa arpía... —añadió refiriéndose a la priora
de Santa Radegunda—, eso se lo calla.
Ese mismo día, el último viernes de Cuaresma, algunos de los
judíos más importantes y ricos de Inglaterra se habían reunido en Cambridge, en
la casa de Chaim Leonis, con motivo del casamiento de su hija. Peter vislumbró
el festejo desde el otro lado del río mientras recogía las ramas. Y en lugar de
regresar por el mismo camino, tomó la ruta más corta, por la judería. Cruzó el
puente y pasó por la ciudad para contemplar de cerca los carruajes y las
ornamentadas monturas de los caballos de los invitados, guarecidos en el
establo de Chaim.
—El tío de Peter era el mozo de cuadra de Chaim.
—¿Aquí se permite que los cristianos trabajen para los judíos?
—preguntó Simón como si no conociera la respuesta—. ¡Santo Cielo!
—Oh, sí. Los judíos son patrones muy serios. Y Peter visitaba
regularmente el establo, e incluso la cocina, donde la cocinera de Chaim,
también judía, solía darle dulces, un hecho que perjudicaría a la familia,
porque más tarde se consideraría que los habían utilizado como señuelo.
—Adelante, excelencia, os escucho.
—El tío de Peter, Godwin, estaba tan ocupado con esa cantidad
inusual de caballos que no podía prestar atención al niño y le pidió que
regresara a su casa. Y allí creyó que estaría hasta que, esa noche, ya tarde,
la madre de Peter llegó hasta eí pueblo preguntando por él. Hasta ese momento
nadie se había dado cuenta de que el niño había desaparecido. Se dio alerta a
la guardia y también a las autoridades que vigilaban el río. Era probable que
el cuerpo hubiera caído en las aguas del Cam. Al amanecer rastrearon la ribera.
Nada.
Nada al cabo de una semana. La gente de la ciudad y los aldeanos
que el Viernes Santo llegaban de rodillas hasta la cruz dirigían sus oraciones
a Dios Todopoderoso rogando por el regreso de Peter de Trumpington.
El lunes siguiente, sus preces tuvieron la más espantosa
respuesta. El cuerpo de Peter fue hallado en el río, cerca de la casa de Chaim,
atrapado debajo de un embarcadero.
—No obstante, la culpa no recayó en los judíos —prosiguió el
prior encogiéndose de hombros—. Los niños suelen dar volteretas y pueden caer
al río, dentro de un pozo o en una zanja. Pensábamos que había sido un
accidente hasta que se presentó Martha, la lavandera. Martha vive en Bridge
Street, y Chaim Leonis es uno de sus clientes. Dijo que la noche en que el
pequeño Peter desapareció ella había dejado una canasta con ropa limpia en la
puerta trasera de la casa de Chaim. Como la puerta estaba abierta, entró en la
casa...
—¿Entregó la ropa limpia tan tarde? —preguntó sorprendido
Simón.El prior Geoffrey ladeó la cabeza.
—Creo que debemos aceptar que Martha sentía curiosidad. Nunca
había visto una boda judía. Al igual que ninguno de nosotros, por supuesto. En
cualquier caso, entró en la casa. La parte de atrás estaba desierta, los
invitados se habían trasladado al jardín delantero. En el corredor, una puerta
que daba a una de las habitaciones estaba medio abierta...
—Otra puerta abierta —recalcó Simón, que aparentemente volvía a
sorprenderse.
—¿Os estoy contando algo que ya sabéis? —preguntó el prior
mirándolo a la cara.
—Mis disculpas, excelencia. Continuad con vuestro relato, os lo
ruego.
—Muy bien. Martha miró hacia el interior de la habitación y vio,
dice que vio, un niño colgado de las manos en una cruz. No pudo más que
sentirse aterrorizada porque, en ese preciso instante, la esposa de Chaim
apareció en el corredor y la insultó. Ella huyó.
—¿Sin dar alerta a la guardia? —preguntó Simón.
El prior movió la cabeza, asintiendo.
—En efecto, ahí reside la debilidad de su relato. Suponiendo que
Martha viese el cuerpo en el momento en que dice haberlo visto, no dio alerta a
la guardia. No avisó a nadie. Sólo lo hizo después, cuando el cadáver del
pequeño Peter fue descubierto. Entonces refirió lo que había visto a un vecino,
que a su vez se lo contó a otro vecino, que fue al castillo y se lo dijo al
alguacil. En el sendero que conduce a la casa de Chaim se encontró una rama de
sauce. Un hombre que suele llevar turba al castillo declaró que el último
viernes de Cuaresma, desde la orilla opuesta del río, avistó a dos hombres, uno
de ellos con un sombrero como el que usan los judíos, que desde el gran puente
arrojaban un bulto al Cam. Luego otros dijeron que habían oído gritos que provenían
de la casa de Chaim. Yo vi el cadáver cuando lo sacaron del río y pude observar
los estigmas de la crucifixión. —El prior frunció el ceño—. El pequeño cuerpo
estaba horriblemente hinchado, tenía marcas en las muñecas y el vientre parecía
haber sido abierto con algo semejante a una lanza, y... tenía otras heridas. En
el pueblo inmediatamente hubo un gran tumulto. Para evitar que todos los
hombres, mujeres y niños judíos, que estaban bajo la protección del rey, fueran
víctimas de una carnicería, el alguacil y sus hombres, actuando en nombre del
monarca, los llevaron rápidamente al castillo de Cambridge. En el trayecto, de
todos modos, aquellos que buscaban venganza se apoderaron de Chaim y lo
colgaron del sauce de Santa Radegunda. Cuando su esposa rogó por él, la
capturaron y la descuartizaron. —El prior Geoffrey se santiguó—. El alguacil y
yo hicimos lo que pudimos pero fuimos superados por la furia de los aldeanos.
—Dolorosos recuerdos le hacían fruncir el ceño—. Vi hombres decentes
transformados en seres demoníacos y matronas convertidas en mujeres abandonadas
a sus instintos. —El religioso se quitó el solideo y se pasó la mano por la
calva—. Incluso en esas circunstancias, probablemente habríamos podido poner
freno al problema. El alguacil trató de restaurar el orden y se esperaba que,
dado que Chaim estaba muerto, los demás judíos pudieran regresar a sus hogares.
Pero no. En ese momento apareció Roger de Acton, un clérigo nuevo en nuestro
pueblo, y uno de los peregrinos a Canterbury. Sin duda lo habréis visto, un
sujeto pertinaz, de piernas magras, rasgos miserables, rostro pálido, un ser de
dudosa honradez. El señor Roger... —en la mirada que el prior le lanzó a Simón
se percibía desaprobación— casualmente es primo de la priora de Santa
Radegunda, y pretende ganar fama garabateando opúsculos religiosos que no
revelan más que su ignorancia. —Los dos hombres menearon la cabeza. El mirlo
seguía cantando. El prior Geoffrey suspiró—. El señor Roger oyó la tétrica
palabra, «crucifixión», y se aferró a ella como un hurón. Era algo nuevo, algo
más que una mera acusación de tortura como las que los judíos siempre han
inspirado. Os pido perdón, maese Simón, pero siempre ha sido así.
—Me temo que es cierto, excelencia.
—Se trataba de una nueva representación de la Pascua, un niño
digno de sufrir el martirio del Hijo de Dios y, por lo tanto, indudablemente,
un santo y un hacedor de milagros. Lo habría sepultado con decoro, pero me lo
impidió esa bruja con aspecto humano que se hace pasar por monja de la orden de
Santa Radegunda. —El prior agitó su puño en dirección al camino—. Ella
secuestró el cuerpo del niño, reivindicando que era suyo, tan sólo porque los
padres de Peter viven en un terreno propiedad del convento. Mea culpa. Me temo
que ambos nos disputamos el cadáver. Pero esa mujer, maese Simón, ese monstruo,
no veía el cuerpo de un niño que merecía cristiana sepultura, sino una
adquisición para la guarida del demonio que ella denomina convento, una fuente
de ingresos generados por peregrinos e inválidos que buscan curación. Una
atracción, maese Simón. —El prior se recostó—. Y en eso se ha convertido. Roger
de Acton ha divulgado la noticia. Han visto a nuestra priora pidiendo consejo a
los cambistas de Canterbury acerca de la manera de vender las reliquias y
símbolos del pequeño Peter en la puerta del convento. Quid non mortalia pectora
cogis, auri sacra fames!2
—Estoy impresionado, excelencia —afirmó Simón.
—No puede ser de otro modo, señor. Ella tiene un nudillo de la
mano del niño, que, al igual que su primo, apretó contra mi cuerpo en medio de
mi dolor, diciendo que me curaría instantáneamente. Como veis, Roger de Acton
desea agregarme a su lista de milagros, para que mi nombre sea incluido entre
los de aquellos que solicitan al Vaticano la canonización del pequeño Peter.
—Entiendo.
—Ese nudillo que, siendo tan agudo mi dolor, no tuve escrúpulos
para tocar, no surtió ningún efecto. Mi alivio provino de un origen más
imprevisible —indicó el prior, poniéndose de pie—. Lo cual me recuerda que me
urge hacer mis necesidades.
Simón alzó una mano para detenerlo.
—Pero, excelencia, ¿qué se sabe de los otros niños, los que aún
no han aparecido?
El prior Geoffrey se quedó inmóvil, como si estuviera escuchando
el canto del mirlo.
—Por el momento, nada. El pueblo se ha saciado con Chaim y
Miriam. Los judíos alojados en el castillo se estaban preparando para partir
cuando otro niño desapareció y entonces no nos atrevimos a trasladarlos.
El prior miró hacia otro lado para que Simón no pudiera ver su
rostro.
—Fue el Día de Difuntos. Un niño de mi propia escuela. —Simón
notó que la voz del prior se quebraba—. Luego una niña, la hija de un criador
de aves. El Día de los Santos Inocentes. Que Dios nos ayude. Más recientemente,
el día de San Eduardo, rey y mártir, otro muchacho.
—Pero, excelencia, ¿quién puede acusar a los judíos de estas
desapariciones? ¿Acaso no están aún encerrados en el castillo?
—Al parecer, maese Simón, a los judíos se les atribuye ahora la
capacidad de volar sobre las almenas del castillo, arrebatar a los niños y
desgarrarlos a dentelladas antes de arrojar sus cadáveres en el pantano más
cercano. Os aconsejaría que no revelarais vuestra condición, puesto que... —el
prior hizo una pausa— han aparecido signos.
—¿Signos?
—Los encontraron en las zonas donde fueron vistos cada uno de
los niños. Símbolos cabalísticos. Los aldeanos dicen que se parecen a la
Estrella de David. Y ahora —el prior Geoffrey cruzó las piernas— tengo que
hacer mis necesidades. Es un asunto de cierta importancia.
—Buena suerte, excelencia. —Simón lo vio caminar vacilante hacia
los árboles. Pensó que había acertado al revelarle tanta información. Había
ganado un valioso aliado. A cambio de los datos que el prior le había aportado,
él le había brindado otros, aunque no todos.
La tierra aplastada del sendero que iba hacia la cima de la
colina de Wandlebury provenía de algunas de las grandes zanjas que los primeros
pobladores habían cavado para defender el lugar. Las ovejas, a su paso, la
habían nivelado. Adelia, con una canasta en el brazo, ascendió fácilmente y se
encontró a solas en la cima de la colina, un inmenso círculo cubierto de
hierba, moteado con excrementos de ovejas semejantes a grosellas.
Vista desde lejos, la colina parecía un terreno pelado. Los
únicos árboles crecían un poco más abajo y se agrupaban en la ladera que miraba
hacia el este. El resto estaba cubierto por matas de espino y enebro. La
superficie tenía hoyos por todas partes y curiosas depresiones, algunas de
ellas de dos o tres pies de profundidad y al menos seis de diámetro. Un buen
lugar para torcerse el tobillo.
Hacia el este, por donde salía el sol, el declive era suave;
hacia el oeste la ladera caía abruptamente hacia la llanura.
Adelia se abrió la capa, cruzó las manos por detrás del cuello y
dejó que la brisa traspasara a través de la odiosa túnica de burda lana
adquirida en Dover que Simón de Nápoles le había rogado que usara.
—Para llevar a cabo nuestra misión debemos engañar a la gente
común de Inglaterra, doctora. Si vamos a mezclarnos con ellos para descubrir
qué saben, debemos tener una apariencia similar.
—¿Y sin duda creeréis que cada uno de los rasgos de Mansur son
los de un siervo sajón? Además, ¿qué podéis alegar respecto a nuestros acentos?
Pero Simón había argumentado que tres extranjeros que iban de un
lugar a otro ofreciendo medicinas milagrosas —y por ello ganándose la simpatía
del vulgo— podían oír más secretos que un millar de inquisidores.
—Debemos evitar que nuestra jerarquía nos aleje de aquellos a
los que interrogaremos. No es su respeto, sino la verdad lo que vamos a buscar.
—Con esto —replicó Adelia refiriéndose a la túnica— no será
respeto lo que obtendremos. —No obstante, el cabecilla de la misión era Simón,
más experimentado que ella en el arte de engañar. Adelia se había vestido con
aquella prenda, que era básicamente una tela cerrada en los hombros por dos
prendedores, conservando debajo su ropa interior de seda. Aun cuando nunca se
había contado entre quienes seguían los dictados de la moda, ni siquiera por
acatar las órdenes del rey de Sicilia habría tolerado la arpillera sobre la
piel.
La luz le cegaba. Estaba cansada. Había pasado la noche en vela,
cerciorándose de que su paciente no tuviera fiebre. Al amanecer, la piel del
prior estaba fresca y su pulso normal. Aparentemente la operación había sido un
éxito. Sólo quedaba por ver si podía orinar sin ayuda y sin dolor. Por el
momento, todo en orden, como solía decir Margaret.
Adelia comenzó a caminar, buscando especies vegetales que
pudieran ser de utilidad. Mientras pisaba el terreno con sus bastas botas —otro
detalle del disfraz— percibió un aroma dulzón y desconocido. Entre la hierba
había plantas medicinales: brotes de verbena, hiedra terrestre, hierba gatera,
lechuguilla, clinopodio, una especie que los ingleses denominaban albahaca
silvestre, aunque por su aspecto y su aroma no podía decirse que verdaderamente
lo fuera. En cierta ocasión había comprado un antiguo herbario inglés a los
monjes de Santa Lucía, pero no había podido leerlo. Se lo había regalado a
Margaret, a modo de recuerdo de su tierra natal y sólo lo volvió a recuperar
cuando continuó con sus estudios sobre el reino vegetal.
Era emocionante —tanto como lo habría sido encontrarse por
casualidad con una personalidad ilustre— ver crecer allí, a sus pies, las
mismas especies que había observado en las ilustraciones de aquel herbario. El
autor, que como la mayoría de los herboristas se apoyaba en los conocimientos
de Galeno, prescribía las recomendaciones habituales: laurel para protegerse de
los rayos; consuelda para ahuyentar la peste; mejorana para asentar el útero
—como si el útero pudiera flotar hasta la cabeza y volver a bajar dentro del
cuerpo femenino cual cereza dentro de una botella—. ¿Por qué los estudiosos
nunca observaban?
La doctora comenzó a arrancar algunas plantas.
De pronto se sintió inquieta. No había razón para estarlo, el
gran círculo seguía tan desierto como antes. La sombra de las nubes pasó rauda
sobre la hierba; la luz del día cambió. Un espino raquítico tomó la forma de
una anciana encorvada; el súbito chillido de una urraca hizo que los pájaros
más pequeños salieran volando.
En cualquier caso, habría deseado no ser la única silueta que
sobresalía en medio de tanta llanura. Qué tonta había sido. Las plantas y la
aparente desolación del lugar la habían tentado y, cansada de la cháchara que
la acompañaba desde Canterbury, había cometido el error de aventurarse sola por
esos parajes, después de pedirle a Mansur que cuidara del prior. Un gran error.
Había anulado su inmunidad ante los predadores. De hecho —como bien sabían los
hombres de la región— estar allí sin la compañía de Margaret y Mansur era como
llevar un letrero que dijera: «Venid a violarme». Si la invitación fuera
aceptada, no sería responsabilidad del violador, sino suya.
Maldecía la prisión en la que los hombres encarcelaban a las
mujeres. Adelia ya había padecido sus barrotes invisibles cuando —para ir de
una clase a otra— Mansur insistía en acompañarla por los largos y oscuros
corredores de la escuela de Salerno. Sentía que de ese modo se destacaba entre
los demás estudiantes y adquiría la apariencia de una persona ridícula, rodeada
de privilegios especiales.
Pero, ciertamente, había aprendido la lección el día que
prescindió de su acompañante. Recordaba el ultraje y la desesperación con las
que había tenido que defenderse, con uñas y dientes, de un estudiante; la
sensación indigna de pedir auxilio a gritos —que, gracias a Dios, habían sido
oídos— y el consiguiente sermón de sus profesores y, por supuesto, de Mansur y
Margaret, acerca de los pecados de la arrogancia y la negligencia, que
atentaban contra la buena reputación. Nadie había culpado a aquel joven, aunque
más tarde Mansur —para enseñarle a tener buenos modales— le había roto la
nariz.
Pese a todo, Adelia seguía siendo la misma, su arrogancia no
había desaparecido, y se obligó a caminar un poco más, aunque en dirección a
los árboles, recogiendo un par de plantas antes de mirar a su alrededor.
Nada. La brisa agitó las flores del espino; la luz volvió a
atenuarse cuando una nube pasó delante del sol.
Apareció un faisán, aleteando y chillando. Adelia se volvió para
mirar.
Como si hubiera brotado de la tierra, un hombre se dirigía hacia
ella, proyectando una larga sombra.
Esta vez no se trataba de un estudiante con la cara llena de
granos. Era uno de los rudos y leales cruzados que custodiaban la
peregrinación. Los eslabones metálicos de su cota de malla siseaban bajo el
tabardo. En su boca se dibujaba una sonrisa, pero sus ojos tenían una expresión
tan dura como el metal que le cubría la cabeza y la nariz.
—Bien, muy bien... —decía por anticipado—, muy bien, señorita.
Adelia se sintió profundamente consternada a causa de su propia
estupidez y de lo que se avecinaba. Contaba con algunos recursos; uno de ellos,
una pequeña y siniestra daga que llevaba dentro de la bota. Se la había dado su
madre adoptiva, una siciliana resuelta, con el consejo de dirigirla al ojo del
atacante. Su padrastro judío le había sugerido una defensa más sutil: «Decid a
vuestros agresores que sois una doctora y miradlos con preocupación, como si
hubieran estado en contacto con la peste. Eso hará flaquear a cualquier
hombre».
No obstante, dudaba acerca del ardid más aconsejable para
enfrentarse a la masa metálica que avanzaba hacia ella. Y, teniendo en cuenta
la misión que debía cumplir, tampoco podía divulgar cuál era su profesión.
El hombre estaba aún a cierta distancia. Se mantuvo erguida y
trató de conservar la altivez.
—¿Sí? —respondió bruscamente. Tal vez habría podido
impresionarlo si hubiera podido decir que era Vesubia Adelia Rachel Ortese
Aguilar y estuvieran en Salerno, pero en esa solitaria colina aquello poco
podía ayudar a una extranjera pobremente ataviada, de quien se sabía que
viajaba en un carro de buhoneros, acompañada por dos hombres.
—Así me gusta —replicó el hombre—, una mujer que dice «sí».
Siguió avanzando. Ya no cabían dudas sobre sus intenciones.
Adelia se agachó, buscando a tientas dentro de su bota.
Entonces dos cosas sucedieron a un tiempo, procedentes de
distintas direcciones.
Se oyó el zumbido del aire que, desde detrás de los árboles, era
desplazado por algo que giraba a través de él. Una pequeña hacha clavó su hoja
en la tierra, entre Adelia y el caballero. Por otra parte, un grito resonó en
la colina.
—En nombre de Dios, Gervase, reunid a vuestros malditos perros y
llevadlos de regreso al camino. La señora está impaciente.
Adelia advirtió un cambio en la mirada del caballero. Se inclinó
hacia delante, arrancó enérgicamente el hacha de la tierra y se puso de pie,
sonriendo.
—Debe de ser mágica —comentó en inglés.
El otro cruzado seguía gritándole que buscara a sus perros y
regresara al camino. La turbación del hombre frente a Adelia se transformó en
algo semejante al odio, y luego, en forzado desinterés. Entonces se dio la
vuelta para reunirse con su compañero.
Adelia pensó que no había hecho buenos amigos en ese lugar.
«Dios, cómo detesto tener miedo, —se dijo—. Maldito sea. Y
maldito sea este maldito país, al que no quería venir».
Disgustada consigo misma porque estaba temblando, caminó hacia
un lugar sombreado debajo de los árboles.
—Os pedí que os quedarais junto al carro —indicó la doctora en
árabe.
—Es verdad —acordó Mansur.
Adelia le devolvió el hacha, a la que él llamaba parvaneh, es
decir, mariposa. Mansur se la metió en un extremo del cinto, de modo que
quedara oculta debajo de la túnica, mientras dejaba a la vista su daga
tradicional enfundada en su hermosa vaina. El hacha era un arma inusual entre
los árabes, pero no para las tribus, y los antepasados de Mansur pertenecían a
una de aquellas que se habían enfrentado a los vikingos y se habían dirigido a
Arabia, donde a cambio de sus mercancías exóticas no sólo habían obtenido
armas, sino el secreto para fabricar el acero de calidad superior con el que
estaban hechas.
La señora y su sirviente bajaron juntos la colina, caminando
entre los árboles. Adelia a trompicones; Mansur, a grandes zancadas, con tanta
facilidad como si anduviera por un sendero.
—¿Qué clase de mierda de cabra era ésa? —quiso saber el árabe.
—Uno de ellos se llama Gervase; el otro, Joscelin. Eso creo.
—Cruzados —espetó Mansur, y lanzó un escupitajo.
Tampoco Adelia tenía en alta estima a los cruzados. Salerno
estaba de paso hacia Tierra Santa y había tenido oportunidad de verlos cuando
iban o volvían. La mayoría de los soldados del ejército cruzado eran
intolerables. Tan ignorantes como entusiastas de la obra que realizaban para
mayor gloria de Dios, alteraban la armonía en la que vivían diferentes credos y
razas con sus protestas por la presencia de judíos, moros y cristianos, a los
que a menudo atacaban por practicar religiones diferentes de la suya. A su
regreso, habitualmente se les veía amargados, enfermos y empobrecidos. Sólo
algunos habían sido recompensados con las riquezas o la gracia divina que
esperaban y, en consecuencia, eran igualmente molestos.
Conocía a algunos que jamás habían ido a Ultramar —como
denominaban al Reino de Jerusalén— y simplemente se quedaban en Salerno hasta
que agotaban la suma de dinero que recibían por sumarse a las cruzadas. Luego
retornaban a su lugar de origen, donde se ganaban la admiración de la gente de
la ciudad o la aldea con algunos cuentos producto de su imaginación y una
túnica de cruzado que habían comprado a bajo precio en el mercado de Salerno.
—Habéis asustado a uno de ellos —afirmó Adelia—. Fue un buen
tiro.
—No —respondió el árabe—, fallé.
—Mansur, escuchadme —pidió la doctora—. No estamos aquí para
matar a la población...
Adelia se detuvo. Habían llegado a un sendero y un poco más
abajo estaba el otro cruzado, al que llamaban Joscelin, el protector de la
priora. Había encontrado a uno de los sabuesos y estaba agachado, enganchando
una correa a su collar, mientras amonestaba al cazador que estaba junto a él.
Viéndolos llegar, el caballero se incorporó, sonriendo. Saludó a
Mansur con la cabeza y le deseó un buen día a Adelia.
—Me complace veros acompañada, señora. Éste no es lugar
apropiado para que las bellas damas paseen solas, ni para que otros lo hagan.
No hizo referencia al incidente en la cima de la colina, pero
fue hábil: pareció disculparse en nombre de su amigo y reprobó la actitud de la
dama. No obstante, ¿por qué la había calificado de bella si no lo era, y menos
disfrazada para el papel que representaba? ¿Se sentían los hombres obligados a
cortejar? Si así fuera, pensó Adelia de mala gana, probablemente ese hombre
tuviera más éxito que la mayoría.
El caballero se había quitado el yelmo y la toca, dejando a la
vista su espeso cabello negro, ondulado y bañado en sudor. Los ojos eran
sorprendentemente azules. Y teniendo en cuenta su posición, estaba dedicando su
cortesía a una mujer que aparentemente no tenía ningún merecimiento.
El cazador se mantuvo alejado, en silencio, observándolos con
resentimiento.
Sir Joscelin preguntó por el prior. Adelia fue muy cuidadosa al
decir, señalando a Mansur, que el doctor creía que su paciente estaba
respondiendo favorablemente al tratamiento.
Sir Joscelin hizo una reverencia al árabe. Adelia pensó que al
menos había aprendido buenos modales en su cruzada.
—Oh, sí, la medicina árabe —añadió—. Los que hemos estado en
Tierra Santa le tenemos gran respeto.
—¿Vos y vuestro amigo habéis estado juntos allí? —preguntó
Adelia, intrigada por la disparidad entre los dos hombres.
—En distintos momentos —explicó sir Joscelin—. Es bastante
extraño, pero a pesar de que ambos somos hombres de Cambridge, no nos
encontramos hasta que estuvimos de regreso en nuestro país. Ultramar es un
vasto territorio.
A juzgar por la calidad de sus botas y el pesado anillo de oro
que lucía en uno de sus dedos, el cruzado había sido generosamente
recompensado.
Adelia saludó con la cabeza y siguió su camino; sólo después de
haberlo dejado atrás recordó que correspondía hacer una reverencia ante el
caballero. Sin embargo, pronto se olvidó de él y del bruto que tenía por amigo.
Era doctora, y su mente estaba ocupada con su paciente.
Cuando el prior regresó triunfal, descubrió que la mujer estaba
de vuelta, sentada junto a los restos de la fogata, mientras el sarraceno
cargaba el carro y ensillaba las mulas.
Había temido que llegara ese momento. Una persona tan
distinguida como él se había tendido, medio desnudo y aullando de miedo, frente
a una mujer, una mujer, perdiendo la compostura y la dignidad. Sólo por
sentirse en deuda con ella, por saber que sin su atención habría muerto, no se
había atrevido a ignorarla o a escabullirse antes de que pudieran volver a
encontrarse.
La doctora lo miraba mientras se acercaba.
—¿Habéis orinado?
—Sí.
—¿Sin dolor?
—Sí.
—Bien.
Una escena le vino a la mente. Una vagabunda estaba en medio de
un parto difícil en el portal del priorato. El hermano Theo, el enfermero, no
tuvo más alternativa que atenderla. A la mañana siguiente él y Theo visitaron a
la madre y al bebé. El prior se preguntaba quién se sentiría más avergonzado
por aquel encuentro: la mujer, que durante el parto había exhibido sus partes
más íntimas a un hombre, o el monje, que se había visto obligado a ayudarles a
ella y a su hijo.
Ninguno de los dos. No hubo vergüenza. Se miraron con orgullo.
Lo mismo había sucedido en ese momento. Los brillantes ojos
castaños que lo miraban eran briosos y asexuados, como los de un camarada de
armas. Él era un soldado, inexperto quizás. Juntos habían luchado contra el
enemigo y habían vencido. Le estaba tan agradecido por esa actitud como por
haberlo aliviado. El prior se dirigió hacia la doctora y acercó los labios a su
mano.
—Puella mirabile.
Si Adelia hubiera sido expresiva —cosa que no era—, habría
abrazado a aquel hombre. El método había funcionado. Desde hacía mucho tiempo
no practicaba la medicina general, por lo que había olvidado el inmenso placer
de ver a una criatura liberada de su sufrimiento. No obstante, el prior tenía
que estar al tanto del pronóstico.
—No tan mirabile. Puede volver a suceder —le advirtió.
—¡Maldición! ¡Maldita, maldita sea! —exclamó el prior—. Os ruego
que podáis disculparme, señora —añadió a continuación, recuperando la
compostura.
Adelia le dio una palmada en la mano, le invitó a sentarse en el
tronco y se arrodilló sobre la hierba.
—Los hombres tienen una glándula asociada a sus órganos
reproductores. Rodea el cuello de la vejiga y el primer tramo de la uretra. En
vuestro caso, creo que su tamaño ha aumentado. Ayer ejercía tanta presión que
la vejiga no podía vaciarse —explicó la doctora.
—¿Qué debo hacer?
—Debéis aprender a aliviar la vejiga, si fuera necesario, tal
como yo lo hice: usando un tallo como catheter.
—¿Catheter? —El prior se sorprendió al oír que la mujer decía la
palabra «tubo» en griego.
—Sería conveniente que practicarais. Puedo enseñaros.
Santo Dios, pensó el prior, era capaz de hacerlo. Para ella no
era más que un procedimiento médico. ¡Tener que discutir estos temas con una
mujer, y que una mujer hablara con él de eso!
Durante el viaje desde Canterbury el prior apenas había
advertido la presencia de la joven como una integrante más de la muchedumbre.
Aunque —ahora se daba cuenta— llegada la ocasión de pasar la noche en una
posada, ella, al igual que las monjas, había ocupado los aposentos para mujeres
en lugar de permanecer en el carro junto a sus compañeros. La noche anterior,
mientras miraba con preocupación sus partes pudendas, podía haberla confundido
con uno de sus escribas, concentrado en un complejo manuscrito. Y esa mañana,
la actitud profesional con que ella estaba abordando la situación los sostenía
a ambos por encima de las turbias aguas del género.
Aun así, ella era una mujer y, por desgracia, tan poco atractiva
como su conversación. Una mujer apta para mezclarse entre la multitud y pasar
desapercibida. Una mujer que no llamaba la atención. Un ratón entre ratones.
Dado que ahora él centraba toda su atención, se sintió irritado de que así
fuera. No había motivo para semejante falta de atractivo. Sus rasgos eran
pequeños y proporcionados, al igual que su cuerpo, a juzgar por lo poco que
permitía apreciar la capa que la cubría. Su piel tenía la belleza morena y
aterciopelada que suele encontrarse en el norte de Italia y en Grecia. Los
dientes eran blancos. Debajo de la cofia que llevaba calada hasta las orejas
presumiblemente estaba su cabello. ¿Qué edad tenía? Todavía era joven.
El sol brilló sobre un rostro que privilegiaba la inteligencia a
la belleza. La agudeza le privaba de femineidad. No había huella de artificio.
Era honesta, el prior le reconocía esa virtud. Pulcra como una tabla de lavar,
pero —si bien él era el primero en condenar a las mujeres que se pintaban—
sentía que la absoluta ausencia de artificio en una de ellas era casi una
afrenta. Aún era virgen, podría haberlo jurado.
Adelia vio ante sí a un hombre que comía en exceso, como solía
ocurrir con los superiores de los monasterios, aunque en este caso la
glotonería no intentaba compensar la falta de actividad sexual. Se sentía
segura en su compañía. Desde el primer momento había percibido que para él las
mujeres sólo eran criaturas de la naturaleza, porque, extrañamente, no recurría
al acoso o a la tentación. Los deseos de la carne estaban allí, pero no eran
satisfechos ni controlados por medio de azotes. Los ojos bondadosos hablaban de
una persona que se sentía bien consigo misma. Un hombre que toleraba los
pecados menores, incluidos los propios. El hombre sentía curiosidad por ella;
por supuesto, todos sentían lo mismo una vez que se les prestaba atención.
A pesar de que se esforzaba por ser amable, la doctora se estaba
impacientando. Había pasado la mayor parte de la noche atendiéndolo. Lo menos
que él podía hacer era seguir su consejo.
—¿Estáis escuchándome, excelencia?
—Os ruego que me perdonéis, señora —repuso el prior
enderezándose.
—Os dije que puedo enseñaros a usar el catheter. Si aprendéis
cómo hacerlo, os resultará sencillo poner en práctica el procedimiento.
—Señora, creo que podemos esperar a que surja la necesidad.
Muy bien, pensó Adelia, si así lo prefería.
—Mientras tanto, deberíais hacer más ejercicio y comer menos.
Cargáis demasiado peso.
—Salgo a cazar todas las semanas. A caballo, o a pie, siguiendo
a los perros —explicó el prior Geoffrey, herido en su amor propio.
Dominante, pensó el prior Geoffrey. ¿Y es de Sicilia? Su
experiencia con las mujeres sicilianas —breve pero inolvidable— le recordó el
atractivo de las árabes. Los ojos negros que le sonreían por encima de un velo;
el roce de los dedos teñidos de henna; las palabras tan suaves como la piel, el
aroma de...
Por Dios, pensó Adelia. ¿Por qué le dan tanta importancia a las
fruslerías?
—No me importa —repuso bruscamente.
—¿Cómo?
La doctora suspiró, impaciente.
—Según veo, lamentáis que tanto la mujer como la doctora
carezcan de ornamentos. Es lo que siempre sucede —afirmó—. De ambas estáis
percibiendo lo que en realidad son, señor prior. Si deseáis ornatos, tendréis
que buscarlos en otra parte. No tenéis más que pasar esa piedra —le indicó,
señalando una roca cercana— y encontraréis un charlatán que podrá deslumbraros
con la conjunción favorable de Mercurio y Venus, que os prometerá un venturoso
futuro y os venderá agua coloreada a cambio de una pieza de oro. A mí me da lo
mismo. Yo sólo os mostraré la realidad.
El prior estaba desconcertado. Tenía ante sí la confianza,
incluso la arrogancia, de un experto artesano. La mujer podría haber sido un
fontanero al que había recurrido para reparar una cañería rota. Salvo porque,
según recordó, había evitado que estallara su cañería personal. Sin embargo,
hasta lo práctico podía embellecerse.
—¿Sois tan directa con todos vuestros pacientes?
—No suelo atender pacientes.
—No me sorprende.
Adelia se rió.
Fascinante, pensó el prior, extasiado. Recordó a Horacio: «Dulce
ridentem Lalagen amabo». «Seguiré amando a mi Lalage de dulce risa». Pero la
risa le había conferido instantáneamente a la joven mujer vulnerabilidad e
inocencia, algo totalmente opuesto a la actitud admonitoria que había adoptado
antes, por lo que el súbito cariño que brotaba de él no tenía por destinataria
a Lalage, sino a una hija. El prior decidió que debía protegerla.
Adelia tenía la mano extendida y le estaba ofreciendo algo.
—Os he prescrito una dieta.
—¡Papel, por el Señor! —exclamó el prior—. ¿De dónde obtenéis
papel?
—Los árabes lo fabrican.
El paciente echó un vistazo a la lista. La caligrafía de la
doctora era abominable, pero logró descifrarla.
—¿Agua? ¿Agua hervida? ¿Ocho tazas al día? Señora, ¿queréis
matarme? El poeta Horacio dice que nada valioso puede esperarse de las personas
que beben agua.
—Podríais probar con Marcial —respondió la doctora—, él vivió
más años. Non est vivere, sed valere vita est. La vida no es vivir, sino estar
sano.
El prior meneaba la cabeza, asombrado.
—Os ruego que me digáis vuestro nombre —pidió humildemente.
—Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar —enunció Adelia—. O
doctora Trótula, si preferís. Es el título que la escuela de Salerno otorga a las
mujeres profesoras3.
El prior no sabía cuál elegir.
—¿Vesubia? Un bonito nombre, muy original.
—Adelia —sugirió ella—. Sencillamente, fui encontrada en el
Vesubio. —La mujer extendió la mano como si fuera a estrechar la del prior,
éste contuvo el aliento, pero, en cambio, le cogió la muñeca. Apoyó el pulgar
en el dorso y con los otros dedos presionó la parte más blanda. Sus uñas
estaban cortas y limpias, como todo su cuerpo—. Me abandonaron en la montaña
cuando era un bebé. En una vasija de barro. —La doctora hablaba distraídamente.
El prior comprendió que, en realidad, su intención no era contarle su vida,
sino mantenerlo callado mientras oía su pulso—. Los médicos que me encontraron
y me criaron pensaron que posiblemente yo era griega, porque en Grecia existía
la costumbre de abandonar a las hijas no deseadas. —Soltó la muñeca del prior y
meneó la cabeza—. Demasiado rápido. En verdad, deberíais adelgazar.
«Debe cuidarse», pensó Adelia. Era la única solución.
Al prior le rondaban en la cabeza aquellas peculiaridades. Si
bien el Señor podía exaltar a los menos encumbrados, no era necesario que ella
exhibiera su innoble origen a todo el mundo. ¡Oh, Dios! Lejos de su medio
estaría tan expuesta como un caracol sin su concha.
—¿Habéis sido educada por dos hombres?
Adelia se sintió ofendida, como si el prior hubiera sugerido que
su crianza no había sido normal.
—Era un matrimonio —aclaró, frunciendo el ceño—. Mi madre
adoptiva también es una Trótula. Una cristiana nacida en Salerno.
—¿Y vuestro padre adoptivo?
—Un judío.
De nuevo lo mismo. ¿Le contaría Adelia también aquello a las
aves del cielo?
—Entonces, ¿fuisteis educada en su fe?
Para el prior era importante saberlo. Podía ser su estigma,
debía salvarla de la quema.
—No tengo fe, excepto en aquello que puede ser demostrado.
—¿Sabéis qué es la creación? ¿El propósito de Dios? —preguntó el
prior horrorizado.
—Ciertamente, la creación existió. Que hubiera un propósito, lo
ignoro.
«Dios mío, —pensaba el prior—, no la castigues todavía. La
necesito. No sabe lo que dice».
Adelia estaba de pie. Su eunuco había girado el carro, de modo
que estaba listo para bajar al camino. Simón caminaba hacia ellos.
—Señora Adelia, estoy en deuda con vos y quiero recompensaros
tanto como sea posible. Podéis pedirme un favor y, con la gracia de Dios, os lo
concederé.
Adelia se volvió para mirarlo; estaba considerando la oferta.
Vio sus ojos amables, su inteligencia, su bondad. Le agradaba. Pero para su
profesión lo importante era su cuerpo. Todavía no, pero sí algún día. Observar
la glándula que había dificultado el funcionamiento de la vejiga, pesarla,
compararla...
Simón comenzó a correr en dirección a ellos. Ya la había visto
mirar de esa manera en otras ocasiones. Adelia sólo era capaz de juzgar las
cosas con criterio médico: le pediría al prior que le permitiera disponer de su
cadáver.
—Excelencia —intervino Simón, jadeando—, excelencia, si
desearais tener una gentileza, podríais persuadir a la priora para que permita
a la doctora Trótula ver las reliquias del pequeño Peter. Tal vez puedan
arrojar luz acerca de la manera en que murió.
—¿De verdad? —El prior Geoffrey miró a Vesubia Adelia Rachel
Ortese—. ¿Y cómo podríais hacerlo?
—Me dedico a los muertos.
Capítulo 4
A medida que se acercaban a la gran puerta de la abadía de Barnwell,
el lejano castillo de Cambridge se iba haciendo visible en la única elevación
que había en varias millas a la redonda. Las ruinas de la torre, que se había
incendiado el año anterior, y el andamiaje que las rodeaba le conferían a su
silueta un aspecto descuidado y espinoso. Aunque comparado con las grandes
ciudadelas que Adelia había visto en las laderas de los Apeninos era una
fortaleza más bien pequeña, otorgaba un rudo encanto al paisaje.
—La construyeron los romanos —señaló el prior Geoffrey— para
evitar que los enemigos cruzaran el río, pero, como muchas otras, no sirvió
para derrotar ni a los daneses ni a los vikingos, ni tampoco al duque Guillermo
de Normandía, que después de derribarla tuvo que reconstruirla de nuevo.
La caravana se había reducido. La priora se había adelantado a
toda velocidad, llevando consigo a su monja, su caballero y su primo, Roger de
Acton. Los comerciantes habían tomado el camino hacia Cherry Hinton.
El prior Geoffrey, exultante y nuevamente a caballo, iba a la
cabeza de la procesión inclinándose hacia el pescante del carro tirado por
mulas para hablar con sus salvadores. Con el ceño fruncido, su caballero, sir
Gervase, cerraba el desfile.
—Cambridge les sorprenderá —iba diciendo el prior—, tiene una
buena escuela pitagórica a la que asisten estudiantes de distintos lugares. A
pesar de ser una ciudad del interior, su puerto fluvial es muy activo, casi
tanto como Dover, aunque felizmente hay menos franceses. Las aguas del Cam
pueden ser lentas, pero son navegables hasta su unión con el río Ouse, que a su
vez desemboca en el mar del Norte. Me atrevería a decir que son pocos los
países de Occidente que no llegan a nuestros muelles con sus mercancías,
distribuidas luego por toda Inglaterra en caravanas de mulas que parten de las
vías romanas que atraviesan la ciudad.
—¿Y cuáles son las mercancías que salen de Inglaterra? —preguntó
Simón.
—Lana. Excelente lana de Anglia Oriental —repuso el prior
Geoffrey con una sonrisa que dejaba a la vista la satisfacción del prelado
cuyas tierras proporcionaban buena parte de esa lana—, pescados ahumados,
anguilas, ostras. Oh, sí, maese Simón, Cambridge podría calificarse como
próspera en lo comercial y, me atrevería a decir, cosmopolita en su manera de
pensar.
¿Se atrevía a decirlo? Su corazón sentía cierto recelo cuando
miraba a los tres ocupantes del carro. Incluso en una ciudad acostumbrada a ver
escandinavos bigotudos, plebeyos con zuecos, rusos de ojos rasgados,
templarios, caballeros hospitalarios de San Juan llegados de Tierra Santa,
magiares con sombreros de piel de astracán, encantadores de serpientes, dudaba
que pudiera pasar desapercibido ese trío de seres extraños. Echó un vistazo a
su alrededor y se agachó un poco más.
—¿Habéis pensado en cómo presentaros? —susurró.
—Teniendo en cuenta que nuestro buen Mansur ya es merecedor de
crédito por haberos curado, excelencia, pienso continuar con el engaño
presentándolo como médico; la doctora Trótula y yo seremos sus ayudantes. ¿Será
el mercado un lugar apropiado? Debemos encontrar un lugar donde realizar
nuestras indagaciones.
—¿En ese condenado carro? —Simón de Nápoles había logrado
provocar la indignación del prior—. ¿Haréis que lady Adelia reciba los
escupitajos de las feriantes? ¿Permitiréis que la asedien los vagabundos? —El
prior trató de calmarse—. Comprendo que, dado que en Inglaterra no hay médicos
mujeres, es necesario disfrazar su profesión. Ciertamente, la tendrán por una
extravagancia —«más de lo que en verdad es», pensó—. Pero no la degradaremos a
la altura de una prostituta chillona. La nuestra es una ciudad respetable,
maese Simón, podemos ofreceros algo mejor que eso.
—Excelencia —se limitó a decir Simón, con una inclinación,
mientras pensaba para sus adentros: «Sabía que lo haríais».
—También sería prudente que ninguno de vosotros declare su fe, o
su falta de ella —continuó el prior—. Cambridge es como una ballesta bien
tensada, cualquier anormalidad podía volver a aflojarla. —Especialmente, pensó
el religioso, si esas tres anormalidades estaban decididas a ponerla a prueba.
El prior hizo una pausa. El recaudador de impuestos estaba junto
a ellos y frenaba su caballo para que fuera al paso de la mula. Hizo un ademán
en señal de respeto al prior, saludó con la cabeza a Simón y a Mansur y se
dirigió a Adelia.
—Señora, hemos compartido esta caravana y aún no hemos sido
presentados. Sir Roland Picot, a vuestras órdenes. Rowley para los amigos.
Permitidme felicitaros por haber sido la artífice de la recuperación de nuestro
buen prior.
Simón se inclinó hacia él.
—Las felicitaciones le corresponden a este hombre, señor
—aclaró, señalando a Mansur—. Él es nuestro doctor.
—¿Seguro? He tenido noticia de que se oyó una voz femenina
dirigiendo la operación.
«¿Quién habría hecho circular aquello?», se preguntó Simón.
—Di algo —pidió a Mansur en árabe, dándole un codazo. Mansur lo
ignoró. Simón le golpeó subrepticiamente el tobillo—. Háblale, zoquete.
—¿Qué es lo que ese gordo quiere que diga?
—El doctor se siente complacido de haber podido servir al prior
—explicó Simón al recaudador—. Dice que espera atender del mismo modo a todos
los habitantes de Cambridge que deseen consultarlo.
—¿Ah, sí? —replicó sir Rowley Picot, evitando mencionar que
sabía árabe—. Su voz es asombrosamente aguda.
—Exactamente, sir Roland —afirmó Simón—. Su voz puede ser
confundida con la de una mujer. —Y agregó en tono más confidencial—: Debo
informaros de que cuando era un niño el señor Mansur fue recogido por unos
monjes que, al oírlo cantar, descubrieron su maravillosa voz y se aseguraron de
que la conservara para siempre.
—¡Un castrato, Dios mío! —exclamó sir Roland, observando al
sarraceno.
—Ahora se dedica a la medicina, por supuesto —aseguró Simón—,
pero cuando canta en alabanza al Señor, los ángeles lloran de envidia.
Mansur, que había oído la palabra «castrato», comenzó a proferir
insultos, causando más llanto en los ángeles con sus diatribas a los
cristianos, en general, y con sus alusiones al morboso afecto entre los
camellos y las madres de los monjes bizantinos que lo habían castrado, en
particular. El timbre de su voz de soprano rivalizaba con el canto de los
pájaros y se fundía en el aire como un carámbano.
—¿Lo veis, sir Rowley? —insistió Simón—. Sin duda, ésa fue la
voz que se oyó.
—Así debió ser —acordó sir Roland—. Así debió ser —repitió,
sonriendo a modo de disculpa.
El recaudador siguió tratando de conversar con Adelia, pero las
respuestas de la doctora fueron breves y hoscas. Estaba harta de los molestos
ingleses. Era el campo lo que atraía su atención. Como había vivido entre
colinas, pensaba que la llanura no le gustaría. No había imaginado cielos tan
enormes, ni el significado que conferían a un árbol solitario, a una rara
chimenea torcida, a la torre de una iglesia que se recortara contra él. El
terreno dibujaba un damero verde esmeralda y negro. La diversidad de verdes le
sugería que podría descubrir muchas hierbas desconocidas.
Y sauces. El paisaje estaba lleno de estos árboles, bordeando
los arroyos, las zanjas y los senderos. Sauces para contener las riberas de los
ríos, sauces dorados, blancos, grises, sauces cabrunos, sauces para hacer
paletas de madera para jugar al criquet y para obtener mimbre, y una variedad
llamada sarga, un sauce muy hermoso con los destellos del sol moteando sus
ramas y más bello aún porque su corteza proporciona un brebaje que alivia los
dolores.
Adelia fue impulsada hacia delante cuando Mansur frenó a las
mulas. La procesión se había detenido abruptamente porque el prior Geoffrey
había levantado una mano y había comenzado a rezar. Los hombres se quitaron los
sombreros y los sostuvieron junto a su pecho.
Al traspasar la gran puerta del monasterio vieron un carro
salpicado de barro. La sucia tela que lo cubría dibujaba la forma de tres
pequeños bultos debajo. El hombre que conducía los caballos iba con la cabeza
gacha. Lo seguía una mujer, gritando y rasgándose las vestiduras.
Los niños desaparecidos habían sido hallados.
Dentro del predio de San Agustín, en Barnwell, se encontraba la
iglesia de San Andrés, un templo de unos doscientos pies de longitud, esculpido
y ornamentado para mayor gloria de Dios. Pero ese día, la luminosidad del sol
estival que se filtraba por las altas ventanas ignoraba el artesonado del
techo, los rostros de piedra de los priores cuyas tumbas rodeaban las paredes,
la estatua de San Agustín, el fastuoso pulpito, el brillo del altar y el
tríptico. En su lugar, caía como una saeta sobre los tres pequeños ataúdes
colocados en la nave, cada uno de ellos cubierto con un paño violeta, y sobre
las cabezas de los hombres y mujeres que, ataviados con sus ropas de trabajo,
se habían reunido en torno a ellos.
Los restos habían sido hallados esa mañana en una cañada, cerca
del dique Fleam. Un pastor se había topado con ellos al amanecer, y desde
entonces no había dejado de temblar.
—No estaban allí anoche, os lo juro, prior. No podía creer que
fueran ellos. Los zorros no los habían atacado. Estaban tendidos uno al lado
del otro, Dios los bendiga. Muy ordenados, podría decirse... —Una náusea le
impidió continuar.
Sobre cada uno de los cuerpos alguien había colocado un objeto
semejante a los hallados en los lugares donde los niños habían desaparecido:
una suerte de Estrella de David hecha con juncos.
El prior Geoffrey dio orden de que los tres bultos fueran
trasladados a la iglesia, resistiendo los desesperados intentos de una de las
madres por quitarles el paño que los cubría. Había enviado un mensajero al
castillo para alertar al alguacil de que podían ser nuevamente atacados y para
pedirle que —dado que tenía potestad para investigar las causas de muertes
violentas— examinara inmediatamente los restos y llevara a cabo una
investigación entre toda la población. Así había logrado mantener la calma, pero
los ánimos subyacían exaltados.
La voz del prior resonó con la convicción necesaria para
apaciguar los gritos de la madre, que se transformaron en un llanto silencioso
cuando le garantizó que la muerte sería esclarecida.
«No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un
instante, en un abrir y cerrar de ojos, al sonido de la última trompeta»4
El perfume de los jacintos silvestres que crecían junto a las
puertas, que en ese momento estaban abiertas, y el incienso que impregnaba el
interior conseguían tapar el hedor de los cuerpos en descomposición. Y el canto
prístino de los canónigos casi lograba hacer inaudible el zumbido de las moscas
que, atrapadas bajo el paño violeta, trataban de escapar.
Las palabras de San Pablo mitigaban en parte el dolor del prior,
que imaginaba las almas de los niños irrumpiendo en las praderas celestiales.
Pero no acallaban su ira, porque habían sido catapultados hacia aquéllas antes
de tiempo. Dos de los niños le eran desconocidos, pero el otro se trataba de
Harold, el hijo del vendedor de anguilas, pupilo suyo en la escuela de San
Agustín. Un niño brillante, de seis años, que asistía a clases una vez a la
semana. Había sido identificado por su cabello rojo. Todo un pequeño sajón. En
otoño se había deleitado con las manzanas del huerto del priorato.
«Y yo le pegué en el trasero por eso», pensó el prior.
Oculta tras una columna en la parte posterior de la iglesia,
Adelia observaba que en los rostros que rodeaban los ataúdes surgía poco a poco
cierto consuelo. La estrecha relación entre el priorato y el pueblo le
desconcertaba. En Salerno, los monjes, incluso aquellos que salían al mundo a
desempeñar su tarea, mantenían cierta distancia entre ellos y los feligreses.
—Pero nosotros no somos monjes —le había explicado el prior
Geoffrey—, somos canónigos.
La diferencia parecía ser sutil. Ambos vivían en comunidad, eran
célibes y servían al dios de los cristianos. No obstante, en Cambridge esa
diferencia determinaba la vida cotidiana.
Cuando las campanas de la iglesia dieron la noticia de que los
niños habían sido hallados, los habitantes de la ciudad llegaron corriendo para
abrazar y ser abrazados en su dolor.
—Nuestra orden es menos rígida que la benedictina o la
cisterciense —había aclarado el prior—. Dedicamos menos tiempo a la oración y
al canto y más a la educación, a brindar ayuda a los pobres y enfermos, a oír
confesiones y a las tareas parroquiales en general. Seguramente estáis de
acuerdo con nosotros, mi querida doctora, todo con moderación —había añadido,
tratando de sonreír.
Adelia lo vio bajar del coro —después de haber pedido a los
presentes que se retiraran—, mientras caminaba hacia la luz del sol junto a los
padres, a los que prometía oficiar los funerales... «y descubrir al demonio que
ha hecho esto».
—Sabemos quién lo ha hecho, prior —anunció uno de los padres.
Las expresiones de anuencia resonaron como gruñidos caninos.
—No pueden ser los judíos, hijo. Todavía están dentro del
castillo.
—Ellos tienen sus propias maneras de salir.
Los cuerpos, todavía debajo de los paños violetas, fueron
respetuosamente retirados. El alguacil, luciendo el sombrero de magistrado —que
indicaba que estaba a cargo de la investigación— los acompañó cuando
atravesaron una de las puertas laterales.
La iglesia se quedó vacía. Simón y Mansur decidieron,
prudentemente, no adentrarse en ella. ¿Un judío y un sarraceno en medio de esas
piedras sagradas? ¿En un momento como ése?
Con el morral de cuero de cabra a sus pies, Adelia permanecía
oculta entre las dos columnas más cercanas a la tumba de Paulus, el primer
canónigo de San Agustín de Barnwell, que había ido a ocupar su lugar junto a
Dios en el año de Nuestro Señor de 1151. La inquietaba lo que se avecinaba.
Hasta entonces, nunca había rehuido la responsabilidad de realizar un examen
post mórtem. Y tampoco lo haría ahora. Para eso estaba allí.
—Os envío a cumplir esta misión junto a Simón de Nápoles no sólo
porque sois el único anatomista que habla inglés, sino porque sois la mejor de
todos —había dicho Gordinus.
—Lo sé —había respondido ella—, pero no quiero ir.
Se había visto obligada a hacerlo: el rey de Sicilia así lo
había ordenado.
En la fría sala de piedra de la escuela de medicina de Salerno
donde se hacían las disecciones utilizaba siempre sus propios instrumentos, y
su asistente era Mansur. A su padre adoptivo, que dirigía esas actividades, le
confiaba la tarea de dar a conocer sus hallazgos a las autoridades. Porque, aun
cuando Adelia era capaz de interpretar lo que decían los cuerpos de los muertos
mejor que su padre y que cualquier otra persona, era preciso mantener la
creencia de que lo concerniente a los cuerpos enviados por su signoria era
competencia del doctor Gershom ben Aguilar. Incluso en Salerno, donde se
permitía practicar la medicina a las mujeres, la disección de cadáveres —muy
útil para entender cómo se había producido la muerte y, con mucha frecuencia, a
manos de quién— era profundamente repudiada por la Iglesia.
Por el momento, la ciencia vencía a la religión. Otros médicos
conocían la utilidad del trabajo de Adelia y era un secreto a voces entre las
autoridades laicas. Pero si un funcionario hiciera llegar una queja al Papa,
sería expulsada de la morgue y, muy posiblemente, incluso de la escuela de
medicina. De modo que, aunque esa hipocresía lo avergonzaba, Gershom obtenía
prestigio gracias a descubrimientos que no eran suyos.
Era lo más conveniente para Adelia, cuyo deseo era permanecer en
segundo plano. Como médica, los ojos de la Iglesia no se posaban sobre ella;
como mujer, contrariamente a lo esperado, le aburría hablar de temas femeninos;
no sabía hacerlo. Semejante a un erizo mezclado entre las hojas otoñales, era
punzante con aquellos que trataban de sacarla a la luz.
Pero tratándose de enfermos, las cosas eran distintas. Antes de
que se dedicara a trabajar con cadáveres, los que padecían enfermedades habían
visto en Adelia una faceta que muy pocos habían percibido y aún la recordaban
como un ángel sin alas. Los hombres a los que curaba solían enamorarse de ella
y el prior se habría sorprendido al saber que había recibido más propuestas
matrimoniales que muchas salernitanas ricas y hermosas. Todas habían sido
rechazadas. En la morgue de la escuela, en Salerno, se decía que a Adelia un
hombre sólo le despertaba interés si estaba muerto.
Cadáveres de todas las edades llegaban hasta aquella larga mesa
de mármol de la escuela desde el sur de Italia y Sicilia, enviados por su
signoria y los praetori, que tenían razones para querer enterarse de cómo y por
qué se habían producido las muertes. Habitualmente Adelia lo descubría. Los
cadáveres eran su material de trabajo, tan normal como una horma para un
zapatero. Incluso si se trataba de niños. Tenía la convicción de que la verdad
sobre su muerte no debía ser sepultada junto con ellos. Pero esos casos,
siempre lamentables, la perturbaban, y si se trataba de asesinatos, la
conmocionaban enormemente. Los cuerpos que la aguardaban ahora serían
probablemente más terribles que todos los que había visto. No sólo eso, debía
examinarlos en secreto, sin el instrumental que le proporcionaba la escuela,
sin la ayuda de Mansur y, sobre todo, sin el aliento de su padre adoptivo:
«Adelia, debéis evitar el pavor. Estáis trabajando para combatir la crueldad
humana».
Nunca le había dicho que estuviera combatiendo el mal; al menos,
no el Mal con mayúscula, porque Gershom ben Aguilar creía que el hombre era
artífice de su propia bondad y maldad. Dios y el diablo no tenían nada que ver
en ello. Pero sólo podía predicar esa doctrina en la escuela de medicina de
Salerno, e incluso allí con ciertas reservas.
La autorización para que ella llevara a cabo su particular
investigación en una retrógrada ciudad inglesa —donde podía ser apedreada por
realizarla— era en sí misma extraordinaria. Simón de Nápoles había librado una
ardua batalla para lograrla. El prior se había mostrado reticente a dar su
permiso; le horrorizaba pensar que una mujer pudiera estar en condiciones de
hacer semejante tarea y le asustaba lo que sucedería si se corría la voz de que
una extranjera había estado escudriñando y palpando los cadáveres de esos
pobres niños.
—Cambridge lo tildará de profanación... Yo mismo no estoy seguro
de que no lo sea.
—Excelencia, permitid que descubramos de qué manera murieron los
niños, puesto que los judíos encarcelados no han tenido participación en esos
crímenes. Vos y yo somos hombres de nuestro tiempo, sabemos que las alas no
brotan de los hombros de las personas. En algún lugar, un asesino se mueve
impunemente. Permitid que esos pequeños y tristes cuerpos nos digan quién es.
La muerte habla con la doctora Trótula. Ellos le hablarán.
—Es algo que va en contra de los preceptos de la Santa Madre
Iglesia, significaría profanar la santidad del cuerpo —respondió el prior
Geoffrey, para quien los muertos que hablaban pertenecían a la misma categoría
que los humanos alados.
Simón prometió entonces que no se diseccionarían los cuerpos,
que sólo se examinarían, a lo que el prior finalmente accedió. El hombre de
Nápoles sospechaba que el religioso les había dado su consentimiento no porque
creyera que los cuerpos pudieran revelar algo, sino por temor a que —si la
petición era rechazada— Adelia pudiera regresar al lugar del que había venido,
dejándolo solo ante la próxima arremetida de su vejiga.
De modo que Adelia se vio sola, en un país donde no quería
estar, teniendo que enfrentarse a la peor de las atrocidades.
«Pero ése, Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar, es vuestro
propósito», se dijo. En momentos de vacilación, le gustaba enumerar los
patronímicos que, al igual que su educación y sus extraordinarias ideas, le
habían procurado pródigamente el hombre y la mujer que la habían recogido de la
vasija, entre la lava del Vesubio, para llevarla a su hogar. «Sois la única
capaz de hacerlo, de modo que... hacedlo».
De los tres objetos hallados sobre los cuerpos de los niños
muertos, uno ya había sido enviado al alguacil; otro fue hecho añicos por un
padre fuera de control y el tercero, rescatado in extremis por el prior, le
había sido entregado discretamente a la doctora, que en ese instante lo tenía
en la mano.
Tratando de no llamar la atención, lo levantó cuidadosamente
para verlo a través de un rayo de luz. Estaba hecho de juncos, bella e
intrincadamente entretejidos, y formaba un quincunce. Si el tejedor pretendía
que fuera una Estrella de David, faltaba uno de los vértices. ¿Un mensaje? ¿Un
intento de incriminar a los judíos por parte de alguien con pocas nociones de
judaismo? ¿Una firma?
En Salerno, pensaba Adelia, habría sido posible localizar al
limitado número de personas con destreza suficiente para hacer esa estrella,
pero en Cambridge, donde los juncos crecían indiscriminadamente en las orillas
de los ríos y arroyos, la cestería era una actividad doméstica. En el corto
trecho que conducía hasta el priorato había visto a mujeres sentadas en la
puerta de sus casas con las manos ocupadas en tejer esteras y canastos que eran
verdaderas obras de arte, y a hombres que hacían intrincados techos de juncos.
No, no había nada que esa estrella pudiera decirle por el momento.
El prior Geoffrey regresó, un poco más animado.
—El magistrado ha visto los cuerpos y ha dispuesto que se haga
una investigación.
—¿Y a qué conclusiones ha llegado?
—Los declaró muertos. —Adelia parpadeó—. Sí, sí, era su deber.
Los magistrados no son elegidos en virtud de sus conocimientos médicos. De
momento, los restos reposan en la cámara de Santa Berta. Es un sitio tranquilo
y frío, un poco oscuro para vuestro propósito, pero hemos puesto faroles. El
velatorio, por supuesto, habrá que demorarlo hasta que vuestro examen haya
concluido. Oficialmente, estáis aquí para amortajarlos. —Adelia volvió a
parpadear—. Sí, sí. Será visto como algo extraño, pero soy el prior de esta
orden y sólo Dios Todopoderoso tiene más autoridad que yo.
El prior la condujo ampulosamente hacia la puerta lateral de la
iglesia y le dio instrucciones. Una novicia que estaba desmalezando el jardín
del claustro los miró con curiosidad, pero bastó que su superior chasqueara los
dedos para que volviera a concentrarse en su trabajo.
—Os acompañaría, pero debo ir al castillo para discutir ciertas
eventualidades con el alguacil. Que esto quede entre nosotros: estamos tratando
de prevenir otro tumulto.
Mientras miraba a aquella figura menuda, vestida de marrón, que
andaba trabajosamente cargando con su morral de cuero de cabra, el prior rogó
que por esa vez las leyes de la ciencia y la de Dios Todopoderoso coincidieran.
Regresó a la iglesia con la intención de tomarse un minuto para
orar ante el altar, pero una gran sombra que se acercó desde una de las
columnas de la nave lo sorprendió desagradablemente. En la mano llevaba un
rollo de vitela.
—¿Qué os trae por aquí, sir Roland?
—Vengo a rogar que me sea permitido observar los cuerpos en
privado, excelencia —explicó el recaudador de impuestos—, pero tal parece que
alguien se me ha adelantado.
—Esa tarea corresponde al magistrado que investiga, que ya la ha
realizado. En un par de días comenzará la búsqueda para encontrar al asesino.
Sir Roland señaló la puerta lateral con la cabeza.
—Sin embargo, os he oído dar instrucciones a la dama para que
los examine más exhaustivamente. ¿Creéis que ella puede descubrir algo más?
El prior Geoffrey miró a su alrededor en busca de ayuda, pero no
la encontró.
—¿De qué manera puede lograrlo? ¿Hará magia? ¿Invocará a sus
espíritus? ¿Es una nigromante? ¿Una bruja?
El recaudador de impuestos había ido demasiado lejos.
—Esos niños son sagrados para mí, hijo, tanto como esta iglesia.
Debéis partir —repuso serenamente el prior.
—Os ruego que me perdonéis, prior —se disculpó sir Roland, que
no parecía apenado—. Pero este asunto también es de mi incumbencia, según
declara esta orden del rey. —El recaudador hizo flamear el rollo de manera que
el sello real quedara a la vista—. ¿Quién es esa mujer?
Cualquier orden real estaba por encima de la autoridad del prior
de una congregación religiosa, aun cuando su palabra estuviera próxima a la de
Dios.
—Es una doctora versada en procesos mórbidos —declaró,
vacilante, el prior Geoffrey.
—Por supuesto, Salerno. Debí haberlo imaginado —se dijo el
recaudador de impuestos y silbó con satisfacción—. Una mujer médica, procedente
del único lugar de la cristiandad donde eso no implica una contradicción.
—¿Estáis al tanto de ello?
—Pasé por allí una vez.
El prior alzó una mano admonitoria.
—Sir Roland, por la seguridad de esa joven, por la paz de esta
comunidad y de la ciudad, lo que os he contado debe quedar dentro de estas
paredes.
—«Vir sapiens quipauca loquitur»5, excelencia. Es lo primero que
aprende un recaudador de impuestos.
No tan sabio como astuto, pensó el prior, pero probablemente
capaz de guardar silencio. ¿Cuál era el propósito de ese hombre? Una súbita
idea hizo que el prior extendiera su mano.
—Dejadme ver el documento. —Le echó un vistazo y se lo devolvió
a sir Roland—. No es más que la acreditación habitual de un recaudador de
impuestos. ¿Acaso el rey ha decidido gravar la muerte?
—De ninguna manera. —La idea parecía haber ofendido a sir
Roland—. O al menos no más que de costumbre. Pero si la dama va a realizar una
investigación extraoficial, tanto la ciudad como el priorato podrían ser objeto
de impuestos punitivos. No estoy diciendo que vaya a ocurrir, pero podrían
aplicarse las consabidas multas arbitrarias, confiscación de bienes y otras
medidas similares. —Las regordetas mejillas de sir Roland se abultaron en una
sonrisa cómplice—. Salvo, por supuesto, que yo esté presente para verificar que
todo está en orden.
El prior había sido vencido. Hasta entonces Enrique II se había
controlado, pero parecía del todo irrefutable que en la próxima sesión de los
tribunales superiores Cambridge seria multada, porque allí había muerto uno de
los judíos que más ganancias proporcionaba al rey. Cualquier infracción a sus
leyes otorgaba al monarca la oportunidad de llenar sus arcas a expensas de los
infractores. El rey tenía muy en cuenta la palabra de sus recaudadores, los más
temidos entre los funcionarios reales. Si éste en particular le informaba sobre
alguna irregularidad relacionada con la muerte de los niños, los dientes de ese
codicioso leopardo Plantagenet arrancarían a la ciudad su corazón.
—¿Qué queréis de nosotros, sir Roland? —preguntó el prior
Geoffrey, abatido.
—Quiero ver los cuerpos.
Esas palabras, pronunciadas serenamente, sacudieron al prior
como un látigo.
La antigua cueva donde la sajona Santa Berta había pasado su
vida adulta —hasta que abruptamente los invasores daneses acabaron con ella—
era del todo inadecuada para la labor de Adelia. Aparte de que sus espesos
muros conservaban el frío del interior y de que estaba aislada en medio de un
pantano —en el extremo más lejano de las praderas pobladas de ciervos de
Barnwell—, su estrechez y oscuridad no podía suplirse con los faroles que el
prior había provisto. La rendija que hacía las veces de ventana estaba cerrada
con un cilindro de madera. Las plantas de perifollo que llegaban a la altura de
la cintura proliferaban alrededor de una minúscula puerta debajo de un arco.
Al demonio con todo aquel secreto. Sería necesario dejar la
puerta abierta para tener suficiente luz. El lugar estaba invadido por las
moscas que trataban de entrar. ¿Cómo esperaban que pudiera trabajar en esas
condiciones?
Adelia puso su morral de cuero de cabra sobre la hierba y lo
abrió para verificar su contenido. Cuando volvió a hacer el inventario tuvo que
admitir que estaba demorando el momento en que tendría que abrir la puerta.
Se sintió ridicula. No era una aficionada. Se arrodilló
rápidamente y pidió a los muertos que estaban del otro lado de la puerta que la
perdonaran por manipular sus restos. Pidió que le recordaran el respeto que les
debía. «Permitidme que vuestra carne y vuestros huesos me cuenten lo que
vuestras voces no pueden decir».
Siempre repetía esa frase. Ignoraba si los muertos la oían, pero
su ateísmo no llegaba tan lejos como el de su padre adoptivo. Sin embargo,
sospechaba que lo que tenía por delante esa tarde podría hacer que así fuera.
Se irguió, se puso el delantal de hule que llevaba en el morral,
se quitó el sombrero y se ajustó en la cabeza un casco de gasa con una pieza de
vidrio en la parte de los ojos. Y abrió la puerta de la celda.
Sir Roland Picot disfrutaba de la caminata, satisfecho consigo
mismo. Sería más fácil de lo que había pensado. Una mujer loca, y extranjera,
no tendría más remedio que sucumbir ante su autoridad, pero era una recompensa
excepcional que alguien de la jerarquía del prior Geoffrey también estuviera
bajo su dominio por haberse asociado con esa mujer.
El recaudador de impuestos hizo una pausa junto a la cueva de la
anacoreta. Parecía una enorme colmena. En verdad, los antiguos eremitas amaban
las incomodidades. Y allí, al atravesar la puerta abierta, la vio, concentrada
en algo que estaba sobre una mesa.
Poniéndola a prueba, sir Roland la llamó:
—¿Doctora?
—¿Sí?
«Ja, ja», pensó el recaudador, «tan fácil como atrapar a una
polilla».
—¿Me recordáis, señora? Soy sir Roland Picot, a quien el
prior... —comenzó a decir cuando ella se enderezó y lo miró.
—No me importa quién sois —repuso bruscamente la polilla—. Venid
aquí y mantened a las moscas alejadas.
Sir Roland estaba frente a una silueta humana con mandil y
cabeza de insecto. Arrancó del suelo un manojo de perifollo y se acercó
llevando consigo las umbelíferas. No era así como lo había planeado, pero
obedeció y trató de encogerse para poder atravesar la entrada a la colmena.
—¡Oh, Santo Dios! —exclamó, mientras intentaba retroceder.
—¿Qué ocurre? —preguntó Adelia. Estaba contrariada y tensa.
El hombre se apoyó contra el arco de la puerta, respirando
profundamente.
—Jesús, ten piedad de nosotros.
El hedor era atroz; y aún peor era lo que yacía sobre la mesa,
ante sus ojos.
—No os mováis de la entrada. ¿Sabéis escribir? —preguntó la
doctora con fastidio.
Sir Roland asintió con la cabeza; tenía los ojos cerrados.
—Es lo primero que aprende un recaudador de impuestos.
Adelia le alcanzó una pizarra y una tiza.
—Escribid lo que os diga. Y entretanto, mantened a las moscas
alejadas. —El disgusto se esfumó de su voz y comenzó a hablar monótonamente—.
Los restos de una mujer joven. Algo de cabello claro todavía adherido al
cráneo. Por lo tanto, es... —la doctora interrumpió el monólogo para consultar
una lista que llevaba escrita en el dorso de la mano— Mary. La hija del criador
de aves. Seis años. Desaparecida el Día de los Santos Inocentes, es decir, hace
alrededor de un año. ¿Estáis escribiendo?
—Sí, señora. —La tiza chirrió sobre la pizarra. Sir Roland
siguió mirando hacia el exterior.
—Los huesos están al descubierto. La carne, prácticamente en
estado de descomposición. Ha estado en contacto con cal. Hay un polvillo de
algo que parece lodo seco en la espina y un poco en la parte posterior de la
pelvis. ¿Hay lodo en estos parajes?
—Estamos en el límite de los pantanos. Los cuerpos fueron
hallados en ese lugar.
—¿Los cadáveres yacían boca arriba?
—Por Dios, no lo sé.
—Si así fuera, eso explicaría los rastros en la espalda. Son
escasos. No fue sepultada en lodo, sino más bien en cal. Manos y pies atados
con tiras de material negro. —La doctora hizo una pausa—. En mi morral hay
pinzas. Alcanzádmelas.
Sir Roland hurgó en la bolsa y le entregó un par de finas pinzas
de madera. Luego vio cómo Adelia las usaba para coger una porción de algo que
sostenía frente a la luz.
—Madre de Dios.
El recaudador volvió a la entrada, extendiendo su brazo hacia el
interior para seguir agitando el perifollo. Desde el bosque llegaba el canto
del cuclillo, que evocaba los días cálidos y el aroma de la verbena entre los
árboles. «Bienvenido», pensó. «Gracias a Dios, bienvenido. Os habéis retrasado
este año».
—Abanicad con más fuerza —espetó la doctora, y luego siguió con
su parlamento monocorde—. Las ligaduras están hechas de lana. Mmmm. Alcanzadme
un tubo de vidrio. Aquí, aquí. ¿Dónde estáis? Maldita sea. —Sir Roland encontró
el tubo en el morral, se lo entregó, esperó y volvió a tomar posesión de él. Su
contenido era una cinta cochambrosa—. Hay fragmentos de yeso en el cabello.
También un objeto pegado. Humm. Con forma de rombo, probablemente algún dulce
pegajoso que se ha secado. Será necesario examinarlo más detenidamente.
Alcanzadme otro tubo. —La doctora indicó a sir Roland que sellara ambos tubos
con la arcilla roja que llevaba en el morral—. Roja para Mary, un color
diferente para cada uno de los otros. Tenedlo presente, por favor.
—Sí, doctora.
Con frecuencia las visitas del prior Geoffrey al castillo eran
precedidas por grandes fastos, y el alguacil Baldwin era retribuido en sus
visitas con igual pompa. Una ciudad siempre debe tener presente quiénes son sus
dos hombres más importantes. No obstante, ese día —claro indicio del grado de
preocupación del prior— había dejado de lado trompeta y séquito, y cabalgaba a
través del gran puente en dirección al castillo con la sola compañía del
hermano Ninian.
La gente del pueblo lo perseguía, colgándose de su estribo. A
todos les respondía negativamente. «No, no han sido los judíos. ¿Cómo podrían
haberlo hecho? No, mantened la calma. No, todavía nadie ha sido atrapado, pero
Dios nos ayudará a encontrar al culpable. No, olvidaos de los judíos, no han
sido ellos».
El prior temía por los judíos y los gentiles. Si se producía
otro tumulto, la ira del rey se dirigiría a su ciudad. Y por si no tuviera
suficiente, pensaba furioso el prior, estaba el recaudador de impuestos. Dios
lo castigaría, a él y a toda su descendencia. Además de que el sagaz sir Roland
estaba investigando un asunto en el que verdaderamente habría preferido que no
se entrometiera, el prior estaba preocupado por Adelia, y por sí mismo.
«El advenedizo se lo contará al rey, —iba pensando—. Tanto para
ella como para mí será la ruina. Sir Roland sospecha de nigromancia; ella será
colgada por esa causa y yo... seré denunciado ante el Papa y expulsado de la
Iglesia. Si al recaudador de impuestos tanto le interesaba ver los cuerpos,
¿por qué no insistió en estar presente cuando el magistrado los examinó? ¿Por
qué eludió la vía oficial si él mismo es un funcionario real?».
Igualmente inquietante era que la cara de sir Roland le
resultara familiar. Sir Roland. Sir Roland, en efecto —«¿desde cuándo el rey
confería ese título a los recaudadores de impuestos?»—, le había molestado a lo
largo de todo el trayecto desde Canterbury.
Cuando su caballo abordó esforzadamente el empinado camino que
llevaba al castillo, en la mente del prior se dibujó una escena que había
tenido lugar en esa misma colina un año antes. Los hombres del alguacil
trataban de mantener a una multitud enloquecida lejos de los aterrorizados
judíos. Él mismo y el alguacil vociferaban inútilmente tratando de guardar el
orden.
Pánico y odio, ignorancia y violencia... El demonio estaba en
Cambridge ese día.
«Y también el recaudador de impuestos». Un rostro apenas
vislumbrado entre la multitud, y olvidado hasta ese momento; crispado, como
todos los demás, mientras su dueño peleaba... ¿Con quién? ¿Contra los hombres
del alguacil? ¿O a favor de ellos? En medio de aquella espantosa aglomeración
de ruidos y brazos habría sido imposible saberlo.
El prior azuzó a su caballo.
La presencia de ese hombre, aquel día, en aquel lugar, no tenía
por qué ser necesariamente siniestra. Los alguaciles y los recaudadores de
impuestos suelen prestarse servicios. El alguacil recolectaba las ganancias del
rey; y el recaudador garantizaba que éste no tomara para sí una parte demasiado
generosa de ese dinero.
El prior frenó su caballo al recordar. «Pero volví a verlo en
Santa Radegunda mucho después. Estaba aplaudiendo a un hombre que caminaba
sobre zancos. Y fue entonces cuando desapareció la pequeña Mary. Que Dios se
apiade de nosotros».
El prior clavó las espuelas en los flancos de su caballo.
Aceleró. Debía hablar con el alguacil con más urgencia que nunca.
—Mmm, la pelvis está rota desde abajo. Posiblemente se trate de
un daño accidental post mórtem, pero dado que las cuchilladas parecen haber
sido infligidas con considerable fuerza y los otros huesos no están dañados, lo
más probable es que haya sido causado por un instrumento que perforó la vagina
hacia arriba en un ataque.
Sir Roland la odió. Odió su voz ecuánime, mesurada, que al
pronunciar esas palabras violentaba incluso la esencia de lo femenino: no era
propio de una mujer abrir los labios para dejar escapar obscenidades. El hecho
de enunciarlo en voz alta la convertía en cómplice. Una delincuente, una
hechicera. Sólo los ojos de un ser sanguinario podían haber dirigido la mirada
hacia aquellas atrocidades.
Adelia trataba de imaginar que aquel cuerpo era el de un lechón.
Cuando era estudiante, solía hacer sus prácticas con esos animales. Su carne y
sus huesos eran los más parecidos a los humanos. En las colinas, detrás de un
alto muro, Gordinus conservaba cerdos muertos para sus alumnos, algunos
enterrados o expuestos al aire, otros en chozas de madera o en establos de
piedra.
La mayoría de los alumnos que se adentraban en esa granja de la
muerte caían desmayados por la repulsión que les causaba estar en medio de las
moscas y el hedor. Sólo Adelia observaba el maravilloso proceso que convertía
un cadáver en nada. «Porque hasta un simple esqueleto es efímero y, abandonado
a su suerte, finalmente se desmenuza hasta convertirse en polvo», decía
Gordinus. «Es un proceso maravilloso, querida, gracias al cual los cadáveres
acumulados a lo largo de mil años no nos han invadido».
Era maravilloso. Un mecanismo que disponía de sus propios
recursos para ponerse en acción cuando la respiración abandonaba el cuerpo. La
descomposición la fascinaba porque —todavía no comprendía cómo— cuando los
cadáveres no estaban en un lugar accesible a las moscas de la carne y los
moscardones, el proceso se desarrollaba igualmente sin su participación.
De modo que Adelia, una vez licenciada, había aprendido su
novedoso oficio con los cadáveres de los cerdos. En primavera, en verano, en
otoño y en invierno. Cada estación con su propio grado de descomposición. Cómo
habían muerto. Cuándo. Cerdos sentados sobre sus patas traseras, cerdos cabeza
abajo, cerdos tendidos boca arriba, cerdos descuartizados, víctimas de
enfermedades, enterrados, no enterrados, conservados en agua, cerdos que habían
vivido muchos años, cerdas que habían parido, cerdos machos, lechones.
El lechón. El momento de tomar partido. Había muerto
reciéntemente, sólo tenía unos días. Ella misma lo había llevado a la casa de
Gordinus.
—Algo nuevo. No puedo definir cuál es la sustancia que tiene en
el ano.
—Algo antiguo —había dicho Gordinus—, tan antiguo como el
pecado. Es semen humano.
El maestro la había conducido hacia el balcón desde donde se
veía el mar turquesa, la había invitado a sentarse, la había reconfortado con
un vaso de su mejor vino tinto y le había preguntado si deseaba continuar o
regresar a la tarea de un médico común.
—¿Veréis la verdad o la eludiréis?
Gordinus le había leído algunos poemas de Virgilio, uno de las
Geórgicas —no podía recordar cuál—, transportándola hasta las colinas de la
Toscana, sin caminos y bañadas por el sol, donde las ovejas, rebosantes de
leche, saltaban por la mera dicha de saltar y se tendían junto a los pastores
bajo el influjo de la flauta de Pan.
—Cualquiera de ellos puede coger una oveja, meterle las patas
traseras en sus botas y su miembro en el ano del animal —había asegurado
Gordinus.
—No —desmintió ella.
—O de un niño.
—No.
—O de un bebé.
—No.
—Oh, sí. Lo he visto. ¿Os parece que eso corrompe a las
Geórgicas?
—Eso lo corrompe todo. No puedo continuar.
—El hombre habita entre el Paraíso y el Infierno —le aseguró
alegremente Gordinus—. En ocasiones se eleva hacia el primero, en otras se
arroja hacia el precipicio. Ignorar la capacidad humana de hacer el mal es tan
obtuso como negarse a ver las alturas a las que puede impulsarse. Tal vez todo
se deba a la rotación de los planetas. Habéis visto con vuestros propios ojos
los abismos del hombre. Os he leído algunas líneas que muestran su elevación.
Volved a casa, doctora, y poneos una venda en los ojos. No os culpo. Pero al
mismo tiempo, tapad vuestros oídos ante los gritos de los muertos. La verdad no
es para vos.
Adelia había regresado a casa —a las escuelas y a los
hospitales—, donde recibía el aplauso de aquellos a los que enseñaba y curaba,
pero sus ojos ya no estuvieron vendados, ni sus oídos tapados. Los gritos de la
muerte habían penetrado en ellos y, en consecuencia, volvió al estudio de los
cerdos, y cuando estuvo preparada, al de los cadáveres humanos.
No obstante, en casos como el que tenía delante en ese momento
se ponía una venda simbólica para poder seguir adelante, dotándose de
imaginarias anteojeras para no caer por la paralizante pendiente de la
desesperación. Ese sencillo recurso le permitía ver el cadáver de un cerdo en
lugar del cuerpo desgarrado —alguna vez inmaculado— de un niño.
Las puñaladas que rodeaban la pelvis habían dejado marcas
distintivas. La doctora había visto antes heridas de cuchillo, pero no como
ésas. La hoja del instrumento que las había causado parecía biselada y de doble
filo. Le habría gustado extraer la pelvis para examinarla con más tiempo y
mejor luz, pero le había prometido al prior Geoffrey que no diseccionaría los
cuerpos. Chasqueó los dedos para que el hombre le entregara la pizarra y la
tiza.
Mientras dibujaba, el recaudador la estudió. Los oblicuos rayos
de sol que se filtraban por los barrotes de la minúscula ventana caían sobre
Adelia, que con su extraño atavío semejaba un monstruoso moscardón rondando
sobre la mesa. La gasa suavizaba los rasgos de su cara dándole el aspecto de
una lepidóptera; las hebras de pelo pegadas sobre la frente recordaban a
antenas aplastadas. Y la doctora murmuraba. Aquel «humm» era tan persistente
como el zumbido de la nube omnívora, voladora y compacta suspendida sobre ella.
Adelia completó el esquema y le entregó nuevamente la pizarra y
la tiza.
—Tenedlos —le ordenó.
Echaba en falta a Mansur. Cuando sir Roland se quedó quieto,
observó su aspecto. Lo había visto en otros. Se preguntó a sí misma, con cierto
cansancio, por qué siempre querían matar al mensajero.
El hombre le devolvió la mirada. ¿Ésa era la causa de su
disgusto?
La doctora salió, espantando moscas.
—La niña me está contando lo que le sucedió. Con suerte, incluso
podrá decirme dónde. A partir de esos datos, y con un poco de fortuna, seremos
capaces de deducir quién lo hizo. Si no deseáis saberlo, podéis iros al
infierno. Pero antes traedme a alguien que sí lo desee.
Se quitó el casco, se peinó con los dedos el cabello con
reflejos rubios y enfocó su rostro hacia el sol.
Eran los ojos, concluyó sir Roland. Con los ojos cerrados
recuperaba su edad —según podía apreciar, era apenas más joven que él— y
adquiría cierto atractivo femenino, aunque no para el recaudador, que prefería
mujeres más tiernas y rollizas. Los ojos abiertos la envejecían. Oscuros y
fríos como guijarros y tan carentes de emotividad como esas pequeñas piedras.
No era sorprendente, teniendo en cuenta lo que solían mirar.
Pero si en verdad ella pudiera oficiar de oráculo...
Adelia miró al recaudador.
—¿Y bien?
—Su servidor, señora —afirmó, arrebatándole la pizarra y la
tiza.
—Allí hay más gasa —indicó Adelia—. Cubrios el rostro y luego
venid a ayudarme.
Y los modales, pensó el recaudador. Le gustaban las mujeres con
buenos modales. Mientras volvía a ponerse la máscara, enderezaba sus hombros
estrechos y retornaba hacia el osario, esa mujer reflejaba la cortesía de un
soldado extenuado que regresa al combate.
El segundo bulto contenía el cuerpo de Harold, el niño de
cabello rojo, hijo del vendedor de anguilas y pupilo del colegio del priorato.
—Su carne está mejor conservada que la de Mary, casi momificada.
Le han cortado los párpados y los genitales.
Rowley dejó de espantar las moscas para santiguarse.
La pizarra se llenó de palabras impronunciables. Pero ella las
había pronunciado.
Cuerda de atar. Un instrumento afilado. Inserción anal.
Una y otra vez, cal.
Eso le interesaba a la doctora, según lo que el recaudador pudo
deducir de sus «humm».
—Cantera de cal.
—El camino de Icknield está cerca de aquí —indicó sir Ro-land,
con sentido práctico—. Las colinas de Gog Magog, donde nos detuvimos a causa
del prior, son de cal.
—Los dos niños tienen cal en el cabello. En el caso de Harold,
hay restos incrustados en sus talones.
—¿Qué significa eso?
—Que fue arrastrado por el suelo.
El tercer bulto contenía los restos de Ulric, de ocho años,
desaparecido ese mismo año durante los festejos de San Eduardo. Como su muerte
había sido más reciente que las otras, los frecuentes «humm» de la doctora
alertaron a Rowley —que había comenzado a reconocer las señales— de que allí
había más material para investigar, y más interesante.
—Sin párpados, sin genitales. Este cuerpo no fue sepultado. ¿Qué
clima tuvieron en marzo de este año?
—Creo que fue seco en toda Anglia Oriental, señora. En general,
se oían quejas: los cultivos recién sembrados estaban marchitándose. Frío y
seco.
Frío y seco. La memoria de Adelia —afamada en Salerno— buscó en
la granja de la muerte y llegó hasta el cerdo número 78 de principios del
verano. Casi el mismo peso.
Aquel cerdo también había muerto alrededor de un mes antes, con
clima frío y seco, y estaba en estado de descomposición más avanzado. Adelia
habría esperado que el cuerpo del niño hubiera estado en condiciones similares.
—¿Os mantuvisteis con vida después de vuestra desaparición?
—preguntó la doctora al cuerpo, olvidando que no era Mansur sino un extranjero
quien la escuchaba.
—Jesús, ¿por qué decís tales cosas?
Adelia citó el Eclesiastés, como lo hacía con sus estudiantes.
«Todo tiene su momento; y su tiempo... Hay tiempo de nacer y tiempo de morir.
Hay tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado». También hay tiempo
para pudrirse.
—¿Significa eso que el demonio lo mantuvo con vida? ¿Durante
cuánto tiempo?
—No lo sé.
Había un millar de razones capaces de causar las diferencias
entre ese cuerpo y el del cerdo número 78. La doctora estaba cansada y
perturbada, y eso la volvía irritable. Mansur no habría formulado la pregunta.
Comprendía que era mejor considerar su observación como una pregunta retórica.
Ulric también tenía cal incrustada en los talones.
Cuando los tres cuerpos estuvieron nuevamente envueltos, listos
para ser introducidos en ataúdes, el sol comenzaba a declinar. La mujer salió
para quitarse el mandil y el casco mientras sir Roland bajaba los faroles y los
apagaba, dejando el habitáculo y lo que había en su interior en una bendita
oscuridad.
Al llegar a la puerta el recaudador se arrodilló como lo había
hecho alguna vez frente al Santo Sepulcro, en Jerusalén. Aquella diminuta
cámara era apenas más amplia que la que ahora tenía delante. La mesa donde
yacían los niños de Cambridge tenía aproximadamente la misma medida de la tumba
de Cristo. Y también estaba a oscuras. Más allá, en los alrededores, había una
multitud de altares y capillas que formaban la gran basílica que los primeros
cruzados habían construido en los lugares sagrados, de donde provenía el eco de
las oraciones de los peregrinos y el canto de los monjes griegos de la Iglesia
ortodoxa, que entonaban sus interminables himnos en el Gólgota.
Pero frente a esta puerta sólo se oía el zumbido de las moscas.
En aquella ocasión había orado por el alma de los muertos y para
pedir ayuda y perdón para sí mismo.
Esta vez oró por ellos.
Cuando salió, la mujer estaba lavándose la cara y las manos con
agua de un tonel. En cuanto terminó, él hizo lo mismo. El agua tenía saponaria,
que formaba espuma. Se lavó las manos rompiendo los tallos. Estaba cansado.
Jesús, vaya si lo estaba.
—¿Dónde os alojáis, doctora? —preguntó sir Roland.
Adelia lo miró como si nunca antes lo hubiera visto.
—¿Cómo dijisteis que os llamabais?
Sir Roland trató de no disgustarse. Por la apariencia de la
doctora, podía comprender que estaba más cansada que él.
—Sir Roland Picot, señora. Rowley para los amigos.
Entre los cuales, evidentemente, no era probable que pudiera
contarla.
Adelia asintió con la cabeza.
—Gracias por vuestra ayuda.
La doctora guardó las cosas en su morral, se lo echó a la
espalda y partió.
El recaudador salió corriendo tras ella.
—¿Puedo preguntaros qué conclusiones habéis obtenido de vuestra
investigación?
Adelia no respondió.
Malditas mujeres. Dado que había anotado sus comentarios, supuso
que seguramente la doctora dejaría que a partir de ellos sacara sus propias
conclusiones. Pero Rowley, aunque no era un hombre humilde, sabía que se había
encontrado con una persona que tenía conocimientos inalcanzables para él.
—¿A quién daréis a conocer vuestros hallazgos, doctora? —volvió
a intentar el recaudador.
No hubo respuesta.
Ambos caminaban atravesando las largas sombras de los robles,
que caían sobre la puerta del coto de ciervos del priorato. Desde la capilla
llegaba el tañido de una campana que llamaba a vísperas y, más adelante —donde
a la luz del ocaso se dibujaban los contornos de la panadería y la destilería—,
siluetas vestidas con casullas violetas salían de los edificios hacia los
senderos, como pétalos que el viento arrojara en la misma dirección.
—¿Asistiremos a vísperas? —Sir Roland sentía que nunca como en
ese momento había necesitado el bálsamo de la letanía vespertina. La doctora
meneó la cabeza—. ¿No vais a orar por esos niños? —preguntó disgustado. Cuando
Adelia se volvió para mirarlo observó que su rostro parecía el de un espectro,
a causa de una fatiga y una desazón que superaban las suyas.
—No estoy aquí para rezar por ellos. He venido a hablar por
ellos.
Capítulo 5
De regreso del castillo a su nada desdeñable morada, hogar de
todos sus antecesores en San Agustín, el prior Geoffrey tuvo que resolver
varios asuntos.
—La mujer le está esperando en la biblioteca —informó secamente
el hermano Gilbert. El monje no aprobaba una reunión de igual a igual entre su
superior y una mujer.
El prior Geoffrey entró en la biblioteca y se sentó en la gran
silla que estaba detrás de su escritorio. Sin saludar apenas ni ofrecer asiento
a su visita, pues sabía que no era necesario, le explicó en pocas palabras su
responsabilidad para con los de Salerno, cuál era su problema y qué solución
proponía.
La mujer escuchó. Si bien no era alta ni gorda, con sus botas de
piel de anguila, sus brazos musculosos cruzados sobre el delantal y el cabello
gris que escapaba del pañuelo manchado de sudor que llevaba en la cabeza, tenía
la apariencia contundente y la bárbara femineidad de una sheela-na-gig6 que
convertía la confortable habitación colmada de libros en una cueva.
—En consecuencia, os necesito, Gyltha —concluyó el prior
Geoffrey—. Ellos os necesitan.
—El verano se acerca —apuntó Gyltha con su voz profunda—. En
verano estoy ocupada con las anguilas.
A finales del verano, Gyltha y su nieto salían de los pantanos
empujando carros con toneles repletos de anguilas plateadas, retorciéndose en
su agonía, y se instalaban en su cabaña, con techumbre de juncos, a orillas del
Cam. De allí, en medio de maravillosos vapores, salían anguilas encurtidas,
saladas, ahumadas y en gelatina. Todo gracias a unas recetas que sólo Gyltha
conocía, superiores a cualesquiera otras, y cuyos clientes apreciaban y
esperaban cada año.
—Lo sé —repuso pacientemente el prior Geoffrey. Luego se apoyó
en el respaldo de su gran silla y volvió a hablar con su pronunciado acento de
Anglia Oriental—. Pero es un trabajo condenadamente pesado, y estás
envejeciendo.
—También tú.
Se conocían bien. Mejor que la mayoría de las personas. Un joven
sacerdote normando había llegado a Cambridge para hacerse cargo de la parroquia
de Santa María hacía veinticinco años. Una joven y enérgica mujer de los
pantanos se había encargado de las tareas domésticas de su casa. A nadie le
habría sorprendido que pudieran ser algo más que un patrón y su sirviente. Los
ingleses eran tolerantes respecto del celibato, o negligentes, dependiendo del
punto de vista. Y Roma aún no había comenzado a amenazar con el puño a las
«esposas de los sacerdotes», como lo hacía en este momento.
No obstante, la cintura del joven padre Geoffrey se fue
ensanchando con las comidas de Gyltha y la misma Gyltha también engordó; si se
debió a sus recetas o a otra cosa, era algo que nadie excepto ellos dos sabía.
Al ser llamado por Dios para ingresar en la orden de San Agustín, el padre
Geoffrey ofreció a Gyltha una asignación mensual, pero ella la rechazó y
desapareció en el pantano del que era oriunda.
—Podría procurarte una o dos criadas —sugirió con voz seductora
el prior— para que se ocupen de la cocina, del orden, eso es todo.
—Extranjeros —gruñó Gyltha—. No me llevo bien con los
extranjeros.
Al mirarla el prior recordaba cómo había descrito Guthlac a las
gentes de los pantanos, a quienes el ilustre santo había tratado de inculcar el
cristianismo: «Grandes cabezas, largos cuellos, pálidos rostros y dentaduras
equinas. Señor, sálvanos de ellos». Pero ellos tenían los medios y la
independencia que se necesitaban para resistir a Guillermo el Conquistador,
durante más tiempo y con más firmeza que el resto de los ingleses.
Tampoco les faltaba inteligencia. Gyltha era la persona ideal
para el plan que el prior Geoffrey tenía en mente: era lo suficientemente culta
y, al mismo tiempo, conocida y respetada por los habitantes de Cambridge para
servir de puente entre unos y otros. Si aceptara...
—¿Acaso no era yo un extranjero? —preguntó el prior—. Y te
hiciste cargo de mí. —Gyltha sonrió y por un momento su sorprendente encanto le
recordó al prior Geoffrey aquellos años en su pequeña casa parroquial, junto a
la iglesia de Santa María. Aprovechó su ventaja—. Será bueno para Ulf.
—Le va bastante bien en la escuela.
—Cuando se toma la molestia de asistir.
El hecho de que el joven Ulf hubiera sido admitido en la escuela
del priorato tenía menos que ver con su inteligencia —considerable, aunque
peculiar— que con la sospecha, nunca confirmada por el prior, de que por ser
nieto de Gyltha, el chico también era nieto suyo.
—Es necesario pulir un poco sus modales.
Gyltha se inclinó hacia delante y apoyó un dedo lleno de
cicatrices en el escritorio del prior.
—¿Qué están haciendo ellos aquí? ¿Me lo dirás?
—Enfermé. Ella me salvó la vida.
—¿Ella? He oído que fue el moreno.
—Ella. Y no fue brujería, de ningún modo. Es una verdadera
doctora. Sólo que es mejor que nadie lo sepa.
De nada serviría ocultárselo a Gyltha. Si aceptaba ocuparse de
los salernitanos, lo descubriría. En cualquier caso, la mujer era tan hermética
como las ostras marinas que le regalaba todos los años, de las cuales el prior
había seleccionado las mejores, que en ese momento estaban en la cámara de
hielo del priorato.
—No sé con certeza quién los envió aquí —continuó el prior—,
pero tienen la intención de descubrir quién está matando a los niño?
—Harold. —El rostro de Gyltha no demostraba emoción, pero su voz
era suave; tenía trato con el padre de Harold.
—Harold.
Gyltha asintió.
—Entonces, ¿no fueron los judíos?
—No.
—Nunca creí que hubieran sido ellos.
Desde los claustros que comunicaban la casa del prior con la
iglesia llegaba el sonido de la campana que llamaba a los hermanos a vísperas.
Gyltha suspiró.
—Las criadas, como prometiste, y sólo me ocuparé de la maldita
cocina.
—Beningne, Deo gratias. —El prior se puso de pie y acompañó a
Gyltha a la puerta—. ¿Los Tubs siguen criando esos perros malolientes?
—Más malolientes que nunca.
—Ve con uno de esos perros apestosos. Que no se aparte de ella.
Si hace preguntas, puede causar problemas. Es necesario que estés atenta. Ah, y
ellos no comen nada de cerdo ni marisco.
El prior, a modo de despedida, le dio a Gyltha una palmada en el
trasero. Luego cruzó los brazos debajo de la casulla y salió hacia la capilla
para las vísperas.
Adelia se sentó en un banco del jardín del priorato. Olía el
aroma del romero, que formaba un seto bajo bordeando el parterre de flores que
tenía a sus pies, mientras escuchaba los salmos de vísperas que el aire de la
noche traía desde el claustro atravesando los muros vegetales del jardín hasta
los oscuros árboles del paraíso. Intentaba dejar la mente en blanco, permitir
que esas voces masculinas vertieran un bálsamo en las heridas causadas por las
abominaciones humanas. «Que ante ti se haga valer como el incienso mi plegaria,
mi elevación de manos, como la ofrenda de la tarde...»7, cantaban.
En la casa donde el prior Geoffrey les había alojado por esa
noche a ella, a Simón y a Mansur, les servirían la cena. Eso implicaría
sentarse a la mesa con otros viajeros, y Adelia no estaba de ánimo para
conversaciones triviales. Ajustó las correas de su morral de cuero de cabra
para que, por el momento, la información que los niños muertos le habían
proporcionado quedara atrapada en él, en forma de palabras escritas en tiza
sobre una pizarra. Al día siguiente, cuando lo abriera, sus voces se liberarían
y colmarían sus oídos. Pero esa noche incluso ellos debían ser silenciados:
Adelia no podía tolerar más que la serenidad de la noche.
No se puso de pie hasta que la oscuridad la envolvió. Cogió su
morral y caminó por el sendero. Los largos rayos de luz se proyectaban por las
ventanas gracias a las velas de la casa de huéspedes.
Había sido un error irse a dormir sin cenar. Adelia yacía
insomne en un estrecho catre, dentro de una estrecha celda que daba al pasillo,
reservada a huéspedes féminas, molesta por el mero hecho de estar allí, molesta
con el rey de Sicilia, con ese país y hasta con los propios niños muertos, que
le imponían la carga de su agonía.
—No sé si podré ir —le había replicado a Gordinus la primera vez
que él le mencionó el asunto—. Tengo a mis alumnos, mi trabajo.
Pero no era cuestión de elección. La orden de buscar un experto
en el estudio de los cadáveres había sido impartida por un rey ante el cual
—debido a que también gobernaba el sur de Italia— no había posibilidad de
apelar.
—¿Por qué me elegís a mí?
—Porque cumplís con los requerimientos del rey —había explicado
Gordinus—. No conozco a ninguna otra persona que los reúna. Maese Simón tendrá
la fortuna de contar con vos,
Simón no se consideró tan afortunado como agobiado por la
responsabilidad. Adelia se percató de inmediato. A pesar de sus credenciales,
la presencia de una mujer médico, un ayudante árabe y una acompañante femenina
—Margaret, la bendita Margaret, todavía vivía— había agregado un Pelion de
complicación a la Ossa de una misión que ya era compleja.
Pero una de las aptitudes de Adelia —perfeccionada en el rudo
ambiente de las escuelas— era hacer que su femineidad fuera casi invisible,
exigiendo que no se le hicieran concesiones, mezclándose entre los hombres y
pasando casi desapercibida. Sólo si su profesionalidad se ponía en duda, sus
compañeros descubrían a una Adelia perfectamente visible, que se expresaba en
un lenguaje áspero —de ellos había aprendido a insultar— y capaz de mostrar un
temperamento aún más hosco.
No hubo necesidad de recurrir a ello, pues Simón se mostró
cortés y así, en el transcurso del viaje, fue librándose de sus preocupaciones.
Él la encontró modesta, una calificación que —Adelia había comprobado— solía
otorgarse a las mujeres que no causaban problemas a los hombres. Aparentemente,
la esposa de Simón era el paradigma de la modestia judía y él juzgaba a todas
las demás mujeres de acuerdo con ese modelo. Mansur, el otro cómplice de
Adelia, había dado prueba de su valía y, hasta alcanzar la costa de Francia,
donde Margaret había fallecido, todos habían viajado en perfecta armonía.
Tan sólo la regularidad de su período le recordaba a Adelia que
no era un ser neutro. Y la llegada a Inglaterra y el traslado en carro
adoptando el rol de integrantes de una trouppe de curanderos ambulantes sólo
les había ocasionado falta de comodidades y asombro.
Aún era un misterio el motivo por el cual el rey de Sicilia
había involucrado a Simón de Nápoles, uno de sus investigadores más capaces
—por no hablar de la propia Adelia—, en un asunto que afectaba a los judíos de
una pequeña isla húmeda y fría en el confín del mundo. No le había sido
revelado a Simón, ni tampoco a ella. Su misión era lograr que el nombre de los
judíos estuviera libre de la mácula del asesinato, un propósito que sólo
lograrían si descubrían la identidad del verdadero asesino.
Intuyó que no le gustaría Inglaterra, como así fue. En Salerno
era un miembro respetado de una prestigiosa escuela de medicina en la que
nadie, salvo los recién llegados, se sorprendía al conocer a una mujer que
practicaba la medicina. En esa isla la habían hundido en un estanque. Los
cuerpos que acababa de examinar habían ensombrecido su visión de Cambridge. No
era la primera vez que veía despojos de seres asesinados, pero raramente habían
sido tan terribles como éstos. En algún lugar del país, un carnicero de niños
estaba vivo y se movía con libertad.
La tarea de identificarlo sería extremadamente difícil debido a
la falta de respaldo oficial y a la necesidad de simular que, de ningún modo,
ése era su propósito. En Salerno, aun cuando debía ocultar su identidad, el
trabajo se realizaba de acuerdo con las autoridades; aquí sólo tenía de su
parte al prior, e incluso él no se atrevía a divulgarlo.
Todavía molesta, se durmió y tuvo oscuros sueños.
Se levantó tarde, algo que no solía concederse a otros
huéspedes.
—El prior nos indicó que, debido a vuestro agotamiento, os
excusáramos de asistir a maitines —le contó el hermano Swithin, su pequeño y
rechoncho anfitrión—. Pero mi deber es asegurarme de que vuestro apetito sea
satisfecho al despertar.
Adelia desayunó en la cocina: jamón —un raro lujo para alguien
que viajaba con un judío y un musulmán—, queso fabricado con leche de las
ovejas del priorato, pan fresco elaborado en su tahona, manteca recién hecha y
mermelada —receta del propio hermano Swithin—, una porción de pastel de anguila
y leche tibia recién ordeñada.
—Estabais desfallecida, señora —comentó el hermano Swithin,
sirviéndole más leche—. ¿Os encontráis mejor ahora?
Adelia le sonrió. Lucía un bigote blanco.
—Mucho mejor.
Había estado desfallecida, sí —aunque posiblemente ella y el
hermano Swithin no se refirieran a lo mismo—, pero había recuperado el vigor.
El resentimiento y la compasión por sí misma habían desaparecido. ¿Qué
importaba que tuviera que trabajar en un país extranjero? Los niños eran
universales. Habitaban un territorio que superaba la idea de pertenencia a un
lugar y estaban bajo la protección de leyes eternas. El salvajismo del que
habían sido víctimas Mary, Harold y Ulric no la ofendía menos por el hecho de
que esos niños no hubieran nacido en Salerno. Eran hijos de todos, sus hijos.
Adelia se sintió más segura que nunca. Era preciso eliminar a
ese asesino para que el mundo estuviera más limpio.
«Si alguien ofende a uno de estos pequeños, más le valdría que
le colgaran al cuello una piedra de moler...».
Del cuello de ese delincuente, aunque aún ignoraba quién era,
estaba colgada Adelia, doctora Trótula de Salerno, especialista en muertos, que
no escatimaría esfuerzos y brindaría todo su saber y su experiencia con el fin
de abatirlo.Volvió a la celda para plasmar en papel sus observaciones. De ese
modo, cuando regresara a Salerno, podría enviar el registro de sus hallazgos al
rey de Sicilia, aunque no supiera con qué objetivo los reclamaría el monarca.
Era un trabajo arduo y lento. Más de una vez tuvo que soltar la
pluma para taparse los oídos. Entre las paredes de la celda resonaban los
gritos de los niños. «Por favor, silenciad vuestras voces para que pueda
averiguar quién es él». Pero ellos no habían querido morir y no podían ser
acallados.
Simón y Mansur ya habían partido para alojarse en un lugar
escogido por el prior. Allí tendrían la privacidad necesaria para cumplir su
misión. Pasado el mediodía Adelia se reuniría con ellos.
Le sorprendió, pero no le disgustó —pues le permitía investigar
el territorio del asesino y tener una perspectiva de la ciudad— que el hermano
Swithin, atareado con un nuevo contingente de viajeros, estuviera dispuesto a
dejarla ir sin escolta, y que en las calles de Cambridge —repletas de gente—,
mujeres de todos los estamentos sociales fueran de aquí para allá sin compañía
y con el rostro descubierto.
Era un mundo diferente. Sólo los estudiantes de la escuela
pitagórica, tocados con birretes rojos y muy ruidosos, le resultaron
familiares. Los estudiantes eran iguales en todo el mundo.
En Salerno los aleros protegían del inclemente sol y los puentes
elevados proyectaban sombra en las calles, pero esta ciudad se abría como una
flor para atrapar toda la luz que el cielo inglés pudiera ofrecer.
En realidad, había siniestros callejones laterales, donde
proliferaban como hongos toscas construcciones con techos de juncos. Pero
Adelia recorrió sólo las calles principales, todavía alumbradas por el largo
atardecer, sin preocuparse por su reputación o su monedero como no lo habría
hecho en Salerno.
En Cambridge de lo único que se protegían era del agua, que
corría por canales a ambos lados de la calle, de modo que cada vivienda, cada
tienda, tenía una pasarela para acceder a ellas. Cisternas, bebederos y
estanques confundían la visión y duplicaban las imágenes. Junto a un camino, un
cerdo se reflejaba nítidamente en el charco donde estaba. Los cisnes parecían
flotar unos sobre otros. Los patos nadaban por encima de un arco ojival: la
entrada de una iglesia que se alzaba frente a su estanque. Erráticos cursos de
agua devolvían imágenes de techos y ventanas; espejadas en los riachuelos, las
copas de los sauces parecían crecer hacia abajo. El sol del ocaso teñía todo de
ámbar.
Adelia sentía que Cambridge tocaba la flauta para ella, pero no
estaba dispuesta a bailar. El reflejo que todo duplicaba era síntoma de una
duplicidad más profunda, dos caras, una ciudad de Jano por donde caminaba con
sus dos piernas, como cualquier otro hombre, una criatura que asesinaba niños.
Hasta que fuera descubierto, Cambridge usaría una máscara con la que era
imposible saber si debajo de ella se escondía el hocico de un lobo.
Inevitablemente, se desorientó.
—Por favor, ¿podría indicarme cómo llegar a la casa del viejo
Benjamín?
—¿Para qué queréis ir allí, señora?
Era la tercera persona a la que había pedido ayuda, y la tercera
que le había preguntado para qué quería ir allí.
Se le ocurrió responder «estoy pensando en abrir un burdel»,
pero sabía que no debía exacerbar la curiosidad de Cambridge, por lo que se
limitó a decir «me gustaría saber dónde está».
—Subid por el camino y girad a la izquierda en Jesus Lane; está
en el recodo, frente al río.
Al llegar al río se encontró con una pequeña aglomeración de
gente que se había reunido para observar a Mansur mientras descargaba las
últimas cosas del carro y se disponía a llevarlas al zaguán de la casa.
El prior Geoffrey había creído oportuno que, dado que los tres
estaban de parte de los judíos, los salernitanos ocuparan durante su estancia
una de las casas abandonadas de la judería. No le había parecido prudente
alojarlos en la lujosa mansión de Chaim, que estaba un poco más adelante,
siguiendo el curso del río.
—Como era prestamista, el viejo Benjamín inspiró menos
animosidad en la ciudad que Chaim, que era rico —explicó—, y además desde la
casa se ve el río.
Para Adelia, la existencia de una zona denominada judería —la
casa de Benjamín estaba en uno de sus límites— era una prueba de que los judíos
de Cambridge habían sido excluidos, o se habían excluido ellos mismos, de la
vida de la ciudad, como ocurría en casi todas las ciudades inglesas que habían
atravesado.
Si bien privilegiado, era un gueto y había quedado desierto. La
casa del viejo Benjamín mostraba signos de un incipiente temor. Ocupaba la
esquina de una calle sin salida, para que, ante un eventual ataque, estuviera
tan oculta como fuera posible. Había sido construida con piedra en lugar de
adobe y cañas, y tenía una puerta capaz de soportar la embestida de un carnero.
El nicho de una de las jambas estaba vacío y dejaba ver que el marco de la
mezuzá había sido arrancado.
Del escalón más alto surgió una mujer que ayudó a Mansur con el
equipaje. Adelia se acercó.
—¿Ahora trabajas para ellos, Gyltha? —gritó uno de los mirones.
—Ese es mi problema —respondió la mujer que estaba de pie en el
escalón—. Tú, ocúpate de los tuyos.
Hubo risas disimuladas, pero la gente no se dispersó. Comentaban
la situación en el desenfadado inglés de Anglia Oriental. Algo de lo ocurrido
al prior en la peregrinación circulaba como moneda corriente.
—No son judíos. Nuestra Gyltha no aceptaría trabajar para los
infieles.
—Ese, el que tiene la tela en la cabeza, dicen que es el doctor.
—Por su aspecto parece más un demonio.
—Aunque sea un sarraceno, dicen que curó al prior.
—Me pregunto cuánto cobra.
—¿Será esa mujer su mascota?
La pregunta fue acompañada por un gesto con la cabeza que
señalaba a Adelia.
—No, no lo soy —respondió Adelia.
El hombre que había preguntado estaba desconcertado.
—¿La señora habla inglés?
—Sí, ¿y vos?
El acento de aquella gente —la pronunciación, las extrañas
inflexiones y la entonación ascendente con que terminaban las frases— era
diferente del inglés de la península del suroeste que Adelia había aprendido
sentada en las rodillas de Margaret, pero lograba comprenderlo. Parecía más
divertida que ofendida.
—Un gatito gracioso, ¿verdad? —anunció el hombre a la
improvisada asamblea—. Y ese moreno, un buen médico, ¿no? —preguntó luego
dirigiéndose a Adelia.
—Mejor que cualquiera de los que pueda encontrar por aquí.
Tal vez fuera cierto, pensó Adelia. El enfermero del priorato no
era más que un simple herborista que, aun cuando tenía buena voluntad, había
obtenido sus conocimientos de libros cuyo contenido —en opinión de la doctora—
era en su mayor parte totalmente erróneo.
Las personas a las que el herborista no podía tratar y las que
intentaban hacerlo por sus propios medios estaban a merced de los curanderos de
la ciudad, que les vendían elaboradas, inútiles y costosas pociones,
probablemente desagradables al paladar y preparadas con la intención de
impresionar, más que de curar. Su nuevo amigo hizo una observación.
—Entonces, creo que pagaré una visita. El hermano Theo, del
priorato, se ha dado por vencido conmigo.
—Diles qué es lo que te pasa —le sugirió su vecina con un
codazo, una mujer que sonreía burlona.
—El hermano Theo cree que me hago el enfermo —manifestó
obedientemente Wulf— y no sabe cómo tratarme.
Adelia advirtió que nadie hacía preguntas acerca del motivo por
el cual ella, Simón y Mansur estaban allí. Para los hombres y mujeres de
Cambridge era natural que en su ciudad se establecieran extranjeros. Llegaban
de todas partes para comerciar, no había mejor lugar para hacerlo. Era el país
del dragón.
La doctora trató de abrirse paso para llegar a la entrada, pero
una mujer que tenía en brazos un niño pequeño le impidió continuar.
—Le duele mucho este oído. Necesita un médico.
No todos los integrantes de aquel grupo estaban libres de
curiosidad.
—Está ocupado —apuntó Adelia, pero el niño se quejaba del
dolor—. Está bien, le miraré yo. —Uno de los integrantes del grupo sostuvo
amablemente un candil mientras Adelia le examinaba el oído y abría con
impaciencia su morral para buscar las pinzas—. Ahora sostenedlo para que no se
mueva.
Adelia extrajo una pequeña bola. Tuvo suerte de no perforarle el
tabique.
—¡Que me aspen si no es una mujer sabia! —exclamó alguien.
En segundos se vio rodeada entre empujones de quienes pedían que
los atendiera. En ausencia de un doctor, una mujer sabia serviría.
La rescató oportunamente la mujer a la que habían llamado
Gyltha. Bajó los escalones y se abrió paso en dirección a Adelia, apartando con
los codos los cuerpos que obstruían el camino.
—Váyanse —les pidió—. Todavía no se han mudado, vuelvan mañana.
Gyltha llegó hasta Adelia y la empujó a través del portal.
—Rápido, niña —apuró, dispersándolos a empujones—. ¿Qué habéis
hecho? —susurró.
Adelia la ignoró.
—Ese anciano, el que está allí —dijo, señalándolo—, tiene unas
fiebres que lo hacen temblar.
Parecía malaria, algo extraño. La doctora creía que esa
enfermedad no se manifestaba fuera de los pantanos de Roma.
—Es el doctor quien debe decir eso —declaró Gyltha en voz alta
para que la oyeran—. Entrad, niña. Seguirá enfermo mañana —agregó luego a
Adelia.
De todos modos, tal vez no fuera posible ayudarle demasiado.
Mientras Gyltha la arrastraba para que subiera los escalones, Adelia le gritaba
a la mujer que sostenía el cuerpo tembloroso del anciano.
—Llevadlo a casa, debe estar en cama. Tratad de bajar la fiebre
con paños fríos —fueron las últimas indicaciones que logró dar antes de que la
mujer la arrastrara hasta la casa y cerrara la puerta.
Gyltha miró a Adelia y meneó la cabeza. Lo mismo hizo Simón, que
había estado observando la escena.
Por supuesto. El doctor era Mansur. Ella debía tenerlo presente.
—Pero sería interesante si el diagnóstico fuera malaria —le
comentó a Simón—. Cambridge y Roma. La característica en común son los
pantanos. Eso supongo.
En Roma, algunos atribuían la enfermedad al efecto de los «malos
aires», de ahí su nombre. Otros creían que era consecuencia de beber agua
estancada. Adelia estaba abierta a todas las hipótesis, dado que ninguna había
sido probada.
—Hay una cantidad increíble de enfermos de esas fiebres en los
pantanos —le contó Gyltha—. Nosotros la tratamos con opio. Detiene el temblor.
—¿Opium? ¿Cultiváis adormidera por aquí? —Santo Cielo, cuánto sufrimiento
podría aliviar si tuviera acceso al opio. Nuevamente pensó en la malaria—. Me
pregunto si existe alguna posibilidad de observar el bazo del anciano cuando
muera —le susurró a Simón.
—Podríamos pedir autorización —ironizó Simón, poniendo los ojos
en blanco—. Fiebres, asesinatos de niños, ¿cuál es la diferencia? Delatemos
quiénes somos.
—No me he olvidado del asesino —protestó Adelia—. He estado
examinando su obra.
—¿Mal? —preguntó Simón mientras le cogía la mano.
—Mal.
La irritación de su rostro dejó paso a la aflicción. El que
estaba allí era un hombre con hijos imaginando lo peor que pudiera ocurrirles.
Adelia pensaba que Simón tenía una extraña capacidad para comprender a los
demás que lo convertía en un buen investigador. Pero eso tenía su precio.
Buena parte de su comprensión estaba dirigida a ella.
—¿Podéis tolerarlo, doctora?
—Para eso me he preparado.
—Nadie está preparado para lo que vos habéis visto hoy —afirmó
Simón, meneando la cabeza. Luego respiró profundamente—. Ella es Gyltha. El
prior Geoffrey la ha enviado para que tenga la amabilidad de ocuparse de la
casa. Está al tanto de nuestro cometido —indicó después en su inglés poco
fluido. De un rincón surgió una figura que había estado merodeando como un
animal—. Éste es Ulf. Nieto de Gyltha, según creo. Y esto es... ¿qué es?
—Es Salvaguarda —respondió Gyltha—. Ulf, quítate la maldita
gorra delante de una dama.
Adelia jamás había visto un trío tan rotundamente espantoso. La
mujer y el chico tenían cabezas con forma de ataúd, rostros huesudos y grandes
dientes, una combinación que ella reconocería como característica de los
pantanos. Si Ulf no era tan inquietante como su abuela, se debía a que era un
chico, de ocho o nueve años, y sus rasgos todavía tenían la redondez propia de
la infancia.
Salvaguarda era una enorme pelota de lana apelmazada de la que
salían cuatro patas como agujas de tejer. Tenía apariencia de oveja pero tal
vez fuera un perro. Ninguna oveja olía tan mal.
—Un regalo del prior —aclaró Gyltha—. Tendréis que encargaros de
alimentarlo.
La sala donde estaban reunidos no era mucho más agradable.
Estrecha y miserable, se accedía a ella directamente desde la puerta principal.
Al final de la habitación había otra puerta similar que comunicaba con el resto
de la casa. Incluso durante el día, la sala debía de ser oscura. Esa noche un
farol complementaba las dos saeteras y dejaba a la vista anaqueles desnudos y
rotos.
—Aquí es donde el viejo Ben hacía su trabajo —informó Gyltha—.
Sólo que algún hijo de perra ha robado todos sus bienes —añadió con firmeza.
Algún otro, o tal vez el mismo hijo de perra, había usado el
lugar como letrina.
La nostalgia desgarraba a Adelia. Sobre todo, la nostalgia por
Margaret, su afectuosa presencia. Pero también, oh Dios, por Salerno, los
naranjos, el sol y la sombra, los acueductos, el mar, el baño romano de la casa
en la que vivía junto a sus padres adoptivos, los suelos de baldosas, los
sirvientes educados, su reconocimiento como médica, las aulas de la escuela,
las ensaladas: no había comido verduras desde su llegada a aquel condenado país
carnívoro.
Gyltha abrió la puerta interior y pudieron apreciar la amplitud
del salón del viejo Benjamín, que mejoraba la primera impresión. Olía a agua,
lejía y cera de abejas. Cuando entraron, dos criadas con baldes y trapos
desaparecieron de su vista por una puerta que estaba en el otro extremo. De un
techo abovedado colgaban cadenas de las que pendían bruñidas lámparas de
sinagoga, que iluminaban ramas verdes recién cortadas y los pulidos suelos de
madera de olmo. Una columna de piedra sustentaba una escalera curva por la que
se podía acceder al ático y bajar al sótano.
Era una sala alargada, cuyas ventanas esmeriladas, que cubrían
arbitrariamente toda la pared izquierda, conferían una apariencia fuera de lo
común. Sus distintos tamaños sugerían que el viejo Benjamín —un hombre para
quien era una cuestión de principios no desperdiciar nada— había ampliado o
reducido los marcos originales colocando en su lugar esos vidrios que, no
habiendo sido reclamados por sus propietarios, pasaron a pertenecerle. Había un
mirador, dos celosías, abiertas ambas para que entrara la brisa del río, un
pequeño panel de cristal y un rosetón de vidrio coloreado que de seguro
procedía de una iglesia cristiana. El efecto era desordenado, pero original y
no carente de encanto.
Sin embargo, para Simón y Mansur el non plus ultra se hallaba en
otro lugar: en la cocina, una construcción separada del resto de la casa. Hacia
allí se apresuraron, alentando a Adelia a seguirlos.
—Gyltha es cocinera —apuntó Simón como si emergiera de las
arenas de Egipto rumbo a Caná—. Nuestro prior...
—Que nunca deja de protegernos... —interrumpió Mansur.
—Nuestro muy buen prior nos ha enviado a una cocinera que está a
la par de mi buena Becca. Gyltha superba. Doctora, venid a mirar lo que está
preparando.
En un enorme hogar algo giraba ensartado en varillas de hierro,
salpicando con grasa la turba encendida; de los calderos colgados con ganchos
rezumaban vapores que olían a hierbas y a pescado; una masa de color crema
reposaba en la gran mesa enharinada, lista para amasar.
—Manjares, doctora, suculento pescado, lampreas. Lampreas*
¡alabado sea el Señor!, pato guisado en miel, cordero.
Adelia nunca había visto a dos hombres tan entusiasmados. El
resto del día, hasta el anochecer, se fue en desempaquetar. Había habitaciones
de sobra. A la doctora le habían asignado el solar, un agradable aposento que
daba al río, un lujo después de haber dormido en los dormitorios comunitarios
de las posadas. Las hornacinas estaban vacías; su contenido había sido saqueado
por los insurrectos, pero habían dejado los estantes, donde podría colocar sus
hierbas y pociones.
Cuando finalmente la cena estuvo dispuesta, a Gyltha le irritó
que Mansur y Simón se tomaran tanto tiempo en sus abluciones, y lo mismo Adelia
—como si temiese que la mugre de la casa fuera perniciosa— en lavarse las manos
antes de sentarse a la mesa.
—Se enfría —les espetó bruscamente—. No cocino para paganos a
quienes no les importa que la buena comida se enfríe.
—No es así. De ninguna manera —le aseguró Simón.
La mesa ofrecía todas las delicias que se podían encontrar en
aquellas tierras pantanosas: aves de corral y pescados. Los nostálgicos ojos de
Adelia añoraron alguna que otra verdura, pero sin duda lo que allí había era
apetitoso.
—Bendito seas Hashem, nuestro Dios, rey del Universo, que nos
alimentas con los frutos de la naturaleza —agradeció Simón. Luego cogió de la
mesa una blanca rebanada de pan, partió un trozo y se dispuso a comerlo.
Mansur invocó la bendición de Salmán el Persa, que había dado
alimento a Mahoma.
—Que la buena salud nos acompañe —ofreció Adelia, y se sentaron
a la mesa para compartir las viandas.
Durante el viaje en barco desde Salerno, Mansur había comido con
la tripulación. Pero el último tramo de la travesía por Inglaterra había
discurrido entre posadas y campamentos imponiéndolos una democracia que ninguno
de ellos deseaba abandonar. En cualquier caso, dado que Mansur debía aparecer
como la autoridad de la casa, habría sido incoherente que comiera en la cocina,
junto con los sirvientes.
Adelia había pensado dar a conocer sus hallazgos durante la
comida, pero los hombres, sabiendo qué clase de información recibirían, sólo
parecían dispuestos a dejarse indigestar por la comida de Gyltha. Los elogios
que estaban dedicando a los corderos, cremas y quesos eran interminables. Para
ella, por el contrario, la comida era semejante al viento: necesario para
propulsar barcos, aves y aspas de molinos; pero por lo demás, intrascendente.
Simón bebía vino. Un barril de su viña favorita de la Toscana
había viajado con ellos porque, según se decía, los vinos ingleses eran
imposibles de catar. Mansur y Adelia, como siempre hacían, bebían agua hervida
y filtrada.
Simón le insistía constantemente para que bebiera vino y comiera
más, a pesar de que ella explicó que había desayunado opíparamente en el
priorato. Al hombre de Nápoles le preocupaba que la repulsión provocada por el
examen de los cuerpos pudiera tener consecuencias en su salud. Eso le habría
sucedido a él, pero Adelia lo consideraba una reconvención acerca de su
profesionalidad y alegó, con tono mordaz:
—Ése es mi trabajo. ¿Para qué otra cosa he venido?
Mansur le sugirió a Simón que la dejara tranquila.
—La doctora siempre picotea, como un gorrión.
El árabe, ciertamente, no estaba picoteando.
—Engordaréis —advirtió Adelia, que sabía cuanto le horrorizaba
la idea. Muchos eunucos engullían hasta transformarse en obesos.
Mansur suspiró.
—Esta mujer es una sirena de la comida. Puede llegar al alma de
un hombre a través de su estómago.
A la doctora le divirtió que Mansur viera a Gyltha como una
sirena.
—¿Puedo decírselo a ella?
Para su sorpresa, él se encogió de hombros y asintió.
—Oooh... —fue la respuesta de Adelia.
En los muchos años transcurridos desde que sus padres adoptivos
eligieran a Mansur como su guardaespaldas, Adelia nunca le había escuchado
decir un cumplido a una mujer. Inesperada e inexplicablemente, la destinataria
era una matrona que tenía cara de caballo y con quien no podía hablar en el
mismo idioma.
Las dos criadas que los atendían —ambas se llamaban Matilda, y
sólo se diferenciaban por las iniciales de los santos de sus parroquias, por lo
que una de ellas era Matilda B. y la otra, Matilda W.— estaban tan recelosas de
Mansur como si un oso amaestrado se hubiera sentado a cenar. Entre risitas
nerviosas iban y venían con los platos sin acercarse al extremo donde estaba
sentado Mansur y dejando la comida en la mesa para que los demás comensales se
la pasaran.
«En fin, tendrán que acostumbrarse a él», pensaba Adelia.
Finalmente las criadas despejaron la mesa. Simón se preparó
simbólicamente para la batalla, suspiró y apoyó la espalda en la silla.
—¿Y bien, doctora?
—Todo son hipótesis, como podéis comprender —comenzó Adelia. Ésa
era su invariable advertencia. Luego esperó a que los dos hombres manifestaran
su acuerdo y respiró profundamente—. Creo que los niños fueron llevados a una
cantera de cal para ser asesinados. El caso del pequeño Peter podría ser
diferente. Tal vez por haber sido la primera víctima, el asesino aún no había
establecido una pauta. Pero en los tres cuerpos examinados, los dos chicos
tenían cal incrustada en los talones, lo que indicaría que fueron arrastrados
por el suelo, y había rastros de esa sustancia en los restos de todos ellos.
Sus manos y pies estaban atados con tiras de tela. —Adelia miró a Simón—. Lana
negra, de buena calidad. He conservado algunas muestras.
—Preguntaré entre los mercaderes de lana.
—Uno de los cuerpos no fue enterrado. El asesino lo conservó en
algún lugar seco y frío —afirmó la doctora con voz firme—. También es posible
que la niña haya sido apuñalada varias veces en la zona púbica. De los niños,
el cuerpo mejor preservado carece de genitales y diría que el otro también
sufrió la misma brutalidad. —Simón se había cubierto la cara con las manos.
Mansur estaba inmóvil—. Creo que en todos los casos se les cortó los párpados;
no puedo saber si antes o después de matarlos.
—Los demonios están entre nosotros. Señor, ¿por qué permitís que
los torturadores del Gehena8 habiten en cuerpos humanos?
Adelia habría replicado que atribuir los asesinatos a la acción
de fuerzas satánicas era una manera de absolver al autor de los crímenes, que
de ese modo no sería más que la víctima de esas fuerzas incontrolables. Ella lo
veía como un hombre rabioso, como un perro. Pero entonces pensó que admitir que
estuviera enfermo era también darle una excusa para lo imperdonable.
—Mary... —La doctora hizo una pausa. No solía cometer el error
de llamar a un cadáver por su nombre, restaba objetividad e introducía emoción
cuando era esencial ser impersonal. No sabía cómo le había sucedido—. La niña
—volvió a comenzar— tenía algo pegado en el cabello. En principio pensé que
sería semen... —Simón se aferró a la mesa; Adelia se obligó a recordar que no
estaba hablando con sus alumnos—. No obstante, el objeto ha conservado su forma
rectangular original, probablemente fuera un dulce. Debemos considerar
especialmente la hora y el lugar en que fueron descubiertos los cuerpos
—prosiguió serena—. Fueron encontrados en el barro; había restos de lodo sobre
ellos, pero el pastor que los encontró aseguró al prior Geoffrey que no estaban
allí el día anterior. Por lo tanto, fueron trasladados desde el lugar donde
estaban guardados, sobre cal, hasta el sitio donde los encontraron esta mañana,
sobre el lodo.
Como si no hubiera pasado un año.
Simón trataba de interpretar la mirada de Adelia
—Esta mañana llegamos a Cambridge —recordó—. La noche anterior
estuvimos en... ¿cómo se llamaba ese lugar?
—Era un paraje de las colinas de Gog Magog. De cal.
Mansur comprendió lo que Adelia intentaba decir.
—Entonces, ese perro los trasladó durante la noche. ¿Para
nosotros?
Adelia se encogió de hombros. Sólo se pronunciaba sobre aquello
que podía ser demostrado. Los demás debían sacar sus propias conclusiones. La
doctora esperaba las de Simón de Nápoles. El viaje compartido había
incrementado su respeto hacia él. El candor que mostraba en público no era
fingido, sino su manera de reaccionar cuando estaba con gente. Pero en modo
alguno revelaba su brillante y rauda capacidad analítica. Sólo cuando se
quedaba con Mansur y con ella, tenía la gentileza de permitirles ver cómo funcionaba
su cerebro.
—Lo hizo. —Simón golpeó suavemente la mesa con los puños—. Hay
demasiadas conexiones como para suponer que sea una coincidencia. ¿Durante
cuánto tiempo estuvieron desaparecidos los pequeños? ¿Un año en uno de los
casos? Pero bastó que la caravana de peregrinos se detuviera en el camino y
nuestro carro subiera por la colina para que todos ellos fueran hallados.
—Nos ve —observó Mansur.
—Nos vio.
—Y traslada los cuerpos.
—Trasladó los cuerpos. ¿Y por qué? —Simón mostró las palmas de
las manos—. Tenía miedo de que descubriéramos el escondite donde los guardaba.
Adelia asumió el rol de abogado del diablo.
—¿Por qué le asustaría que nosotros los encontráramos? Otras
personas sin duda se han adentrado en esas colinas durante los últimos meses y
no lo hicieron.
—Tal vez no hayan sido tantas. ¿Cómo se llamaba la colina? El
prior me lo dijo. —Simón se dio un golpecito en la frente y luego miró a la
criada que entraba para despuntar el pabilo de las velas—. Ah, Matilda.
—Sí, señor.
—Wand-le-bury Ring —enunció Simón inclinándose hacia delante. La
joven abrió mucho los ojos, hizo la señal de la cruz y volvió por el camino por
el que había venido. Simón miró a su alrededor—. Wandlebury Ring —repitió—, lo
que suponía. Nuestro prior estaba en lo cierto. El lugar está relacionado con
una superstición. Nadie se acerca allí, sólo las ovejas. Pero esa noche
nosotros lo hicimos. Y él nos vio. ¿Qué hacíamos allí? Lo desconocía. ¿Armar
nuestras tiendas de campaña? ¿Pasar la noche? ¿Recorrer el terreno? Sin la
certeza de nuestros propósitos se asustó, puesto que allí estaban los cuerpos y
podíamos encontrarlos. No tuvo otra opción que cambiarlos de lugar. —Simón se
recostó de nuevo en el respaldo de la silla—. Su guarida está en Wandlebury
Ring.
«Nos vio». Imágenes de unas alas de murciélago que se agitaban
sobre una pila de huesos, un hocico olfateando el aire para detectar intrusos y
unas garras que súbitamente se clavaban en ella sobrecogieron a Adelia.
—Entonces, ¿desenterró los cuerpos? ¿Los llevó a otro lugar?
¿Los dejó donde pudieran ser encontrados? —preguntó Mansur. La incredulidad
daba a su voz un tono más agudo del habitual—. ¿Puede ser tan necio?
—Trataba de desorientarnos para que no supiéramos que los
cuerpos habían estado en contacto con cal —explicó Simón—. No contaba con que
la doctora Trótula estuviera aquí.
—Tal vez quería que se encontraran —sugirió Adelia—. ¿Estará
riéndose de nosotros?
De repente apareció Gyltha.
—¿Quién intenta asustar a mis Matildas? —increpó con
agresividad, blandiendo unas tijeras en actitud amenazante. Simón cruzó las
manos sobre el regazo.
—Wand-le-bury Ring, Gyltha —pronunció lentamente Simón.
—¿Qué pasa con ese lugar? No creerán lo que dicen sobre él, ¿no?
¿Cacería salvaje? No me llevo bien con esas cosas. —Gyltha bajó el candil y
comenzó a recortar la punta de la vela—. Es sólo una maldita colina. No me
llevo bien con las colinas.
—¿Cacería salvaje? —preguntó Simón—. ¿Qué significa eso?
—Un grupo de malditos perros con ojos rojos dirigidos por el
príncipe de la oscuridad. No creo una palabra. Para mí no son más que vulgares
asesinos de ovejas. Y tú, Ulf, sal de ahí, mugriento, antes de que te eche los
perros encima.
En el otro extremo del salón había una galería. La escalera
estaba oculta por una puerta disimulada en el revestimiento de madera, de la
que en ese momento asomó sigilosamente la pequeña y poco agraciada figura del
nieto de Gyltha. Murmuraba y miraba a los extranjeros.
—¿Qué dice el chico?
—Nada. —Gyltha le dio un coscorrón y lo llevó hacia la cocina—.
Pregúntenle a ese holgazán de Wulf. Dice que vio una vez la cacería salvaje. Lo
contará todo a cambio de una cerveza.
Cuando Gyltha se marchó, Simón repitió:
—Cacería salvaje, benandanti, chausse sauvage, das woden he-re.
Es una superstición extendida por toda Europa, con más o menos variaciones.
Siempre hay perros con ojos flameantes, un terrible jinete negro y muerte para
aquellos que los ven.
El silencio reinó en la sala. Adelia fue consciente de la
oscuridad más allá de las dos celosías abiertas, donde animales invisibles
hacían crujir la maleza. Desde los juncos del río, el primaveral canto de un
ave que les había acompañado durante la cena le pareció el augurio de infaustos
sucesos. La doctora se frotó los brazos: tenía la piel de gallina.
—Entonces, ¿debemos suponer que el asesino vive en la colina?
—preguntó Adelia.
—Es posible que así sea —respondió Simón—, o tal vez no. En mi
opinión, los niños desaparecieron en los alrededores de la ciudad, aunque no es
probable que llegaran hasta la colina por su cuenta. Ni tampoco que una
criatura pasee habitualmente por ese lugar de forma que él sólo tuviera que
acechar hasta que se acercaron. O bien llegaron allí atraídos por algo, lo que
también es improbable dado que hay una distancia de varias millas, o fueron
trasladados. En consecuencia, podemos presumir que nuestro hombre busca a sus
víctimas en Cambridge y utiliza la colina como lugar para cometer los crímenes.
—Simón parpadeó ante su copa de vino como si la viera por primera vez—. ¿Qué
diría mi Becca de todo esto? —se preguntó, y bebió un sorbo. Adelia y Mansur
aguardaron. Había algo más. Algo que había estado rondándoles y por fin se
abría paso—. Hay otra explicación... —Simón comenzó a hablar lentamente—, que
no me gusta, pero debo considerar. Casi con certeza, nuestra presencia en la
colina precipitó el traslado de los cuerpos. ¿Qué habría ocurrido si en lugar
de haber sido detectados por un asesino que ya estaba in situ, un hecho muy
fortuito, lo hubiéramos llevado con nosotros? —Ese «algo» ya estaba dentro de
la habitación—. ¿A quién estábamos atendiendo? Al prior Geoffrey. ¿Qué
estuvieron haciendo los demás miembros de nuestro grupo esa larga noche? ¿Eh?
Amigos míos, tenemos que considerar la posibilidad de que nuestro asesino sea
uno de los peregrinos que encontramos en Canterbury.
Más allá de las celosías, la noche se volvió más oscura.
Capítulo 6
Las camas mullidas eran una de las cosas a las que Gyltha no se
avenía. Adelia había pedido un colchón de pluma de ganso, como el que usaba
para dormir en Salerno, y así se lo dijo. No parecía un encargo difícil de
cumplir, puesto que los gansos moteaban los cielos de Cambridge.
—Las plumas de ganso son un suplicio, no se pueden lavar. El
colchón de paja es más limpio, el relleno se cambia todos los días.
La tensión interfería entre ambas mujeres sin que ninguna
supiera por qué. Desde el momento en que Adelia había pedido más ensalada en la
comida, Gyltha se había sentido ofendida en su dignidad.
Ante semejante encrucijada, la respuesta sobre el colchón
decidiría quién detentaría la autoridad en el futuro.
Por una parte, la organización de un hogar —aun tan modesto como
aquél— superaba con mucho las habilidades de Adelia, que no sabía comprar
provisiones, ni negociar con otros mercaderes que no fueran los boticarios.
Tampoco sabía hilar ni tejer. Sus conocimientos sobre hierbas y especias tenían
más relación con la medicina que con la cocina. En materia de costura, su
experiencia se limitaba a zurcir piel o músculos desgarrados o volver a unir
rápidamente los cadáveres que había destrozado.
En Salerno, aquello no había tenido importancia. Su venerable
padre adoptivo, tras detectar tempranamente en ella un cerebro que rivalizaba
con el suyo propio, y porque su ciudad era Salerno, la había alentado a
convertirse en doctora, siguiendo sus pasos y los de su esposa. La organización
de su espaciosa villa descansaba en manos de su cuñada, una mujer que sin
necesidad de alzar la voz la hacía funcionar como un engranaje bien ungido.
Por otra parte, la estancia de Adelia en Inglaterra sería
temporal y difícilmente tendría oportunidad de ocuparse de asuntos domésticos,
además de que no estaba preparada para ser intimidada por un sirviente.
—Quiero que os aseguréis de que efectivamente la paja se cambie
todos los días —concluyó secamente.
Una entente que por el momento favorecía a Gyltha. El resultado
final estaba por concretarse. Quizá más adelante, ahora le dolía la cabeza.
La noche anterior Salvaguarda había compartido el solar con
ella. Otra batalla perdida. A sus protestas de que el perro olía demasiado y
debía pernoctar a la intemperie, Gyltha había respondido:
—Órdenes del prior. Os seguirá a todas partes.
Los ronquidos del animal se habían mezclado con voces y
chillidos desconocidos que llegaban desde el río. La posibilidad, sugerida por
Simón, de que el asesino tuviera un rostro familiar, había perturbado su sueño.
Antes de retirarse a dormir, Simón había redundado en el tema.
—¿Quiénes durmieron en el campamento junto al camino y quiénes
partieron? ¿Un monje? ¿Un caballero? ¿Un cazador? ¿Un recaudador de impuestos?
¿Alguno de ellos se escabulló para recoger esos pobres huesos? Debemos tener
presente que eran livianos y tal vez se llevara uno de los caballos de la
caravana. ¿El mercader? ¿Uno de los escuderos? ¿El juglar? ¿Los sirvientes? No
podemos descartar a ninguno de ellos.
Quienquiera que fuera la había acechado durante la noche a
través de la ventana, y después se coló en la habitación adoptando la forma de
una urraca que arrastraba a un niño vivo en sus garras. Había despedazado el
cuerpo sobre el pecho de Adelia, mirándola descaradamente con su ojo sin
párpado mientras picoteaba el hígado del niño.
Era una imagen tan vivida que se despertó jadeando, convencida
de que un pájaro había matado al niño.
—¿Dónde está maese Simón? —preguntó a Gyltha. Era temprano. Se
asomó a las ventanas de poniente de la sala, donde la sombra que proyectaba la
casa cubría el prado hasta cerca del río. La luz del sol se reflejaba en el
Cam, brillante, profundo y sereno, filtrándose entre los sauces. Adelia tuvo
que contener el súbito impulso de chapotear en él como un pato.
—Salió. Quería averiguar dónde había mercaderes de lana.
—Teníamos previsto ir a Wandlebury Ring —comentó Adelia,
irritada—. Así lo acordamos anoche. La prioridad es descubrir la guarida del
asesino.
—Eso dijo él, pero como el señor Negro no podía, irán mañana.
—¡Mansur! —exclamó bruscamente Adelia—. Se llama Mansur. ¿Por
qué no puede ir?
Gyltha le hizo señas para que la siguiera hasta el final de la
sala y entraron en la tienda de empeños del viejo Benjamín.
—Por ellos.
De puntillas, Adelia observó a través de una de las saeteras.
Junto al portal se veía una multitud. Algunas personas estaban
sentadas, como si hubieran esperado allí durante mucho tiempo.
—Quieren ver al doctor Mansur —aclaró Gyltha, con énfasis—. Por
eso no pueden ir a las colinas.
Una complicación imprevista. Al presentar a Mansur como médico
—un médico desconocido, extranjero, en una ciudad populosa— no se les había
ocurrido que podía ser requerido por pacientes. La noticia del encuentro con el
prior se había difundido: en Jesus Lane obtendrían la cura para sus
enfermedades.
Adelia estaba abrumada.
—Pero ¿cómo los voy a atender?
Gyltha se encogió de hombros.
—Por su aspecto, diría que la mayoría morirá de todos modos.
Podemos contarlos entre los fracasos del pequeño Peter.
El pequeño Peter, los huesos del milagroso esqueleto que la
priora había pregonado a los cuatro vientos, como un feriante, a lo largo de
todo el camino desde Canterbury.
Adelia suspiró por el pequeño santo, por la desesperación de
aquellos que llegaban hasta él y la desilusión que ahora les llevaba hasta su
puerta. Lamentablemente, salvo en unos pocos casos, la doctora no podría hacer
más que el pequeño Peter. Hierbas, sanguijuelas, pociones, incluso la fe, no
podían detener el embate de las enfermedades que aquejaban a la mayor parte de
la humanidad. Ella deseaba que no fuera así. ¡Vive Dios si lo deseaba!
Pero hacía mucho tiempo que no se dedicaba a pacientes vivos,
salvo aquellos casos in extremis —y sólo si no había otro médico disponible—
como el del prior.
No obstante, el dolor se había congregado frente a su puerta. No
podía ignorarlo.
Tenía que hacer algo. Pero si la veían practicando la medicina,
todos los doctores de Cambridge correrían a contárselo al obispo. La Iglesia no
aprobaba la intervención humana en la enfermedad. Durante siglos habían
sostenido que la oración y las reliquias de los santos eran los métodos que
Dios proporcionaba para curar. Cualquier otra forma era considerada satánica.
Más tarde se permitió realizar tratamientos fuera de los monasterios, siempre y
cuando los llevaran a cabo médicos laicos —en tanto respetaran los límites
impuestos—, pero a las mujeres, intrínsecamente pecadoras, les estaba
forzosamente prohibido, salvo en el caso de las comadronas reconocidas como
tales, e incluso ellas tenían que ser cuidadosas para que no las acusaran de
brujería.
Hasta en Salerno, el más prestigioso reducto de la medicina, la
Iglesia había tratado de aplicar su ley a los médicos exigiéndoles celibato. No
lo había logrado, y tampoco había conseguido prohibir que las mujeres de la
ciudad fueran médicos. Pero Salerno era la excepción que confirmaba la regla.
—¿Qué haremos? —se preguntó Adelia. Margaret, la más práctica de
las mujeres, lo habría sabido. «Todas las cosas tienen solución. Deja que la
vieja Margaret se ocupe».
Gyltha chasqueó la lengua impaciente.
—¿Por qué lloriqueáis? Es tan fácil como besar mi mano. Tenéis
que actuar como si fuerais la ayudante del doctor, la que prepara sus pociones.
Ellos dirán en inglés qué les pasa. Vos se lo diréis al doctor en esa jerigonza
con que os entendéis, él os responderá en ese mismo idioma y les aconsejaréis
qué hacer.
Una explicación rudimentaria, tan sencilla como eficaz. Cuando
fuera necesario indicar un tratamiento sería el doctor Mansur quien, en
apariencia, daría instrucciones a su ayudante.
—Muy ingenioso —admitió Adelia.
Gyltha se encogió de hombros.
—Evitará que nos molesten.
Cuando Adelia le puso al tanto de la situación, Mansur se lo
tomó con calma, como era su costumbre. Sin embargo, Gyltha no estaba satisfecha
con su aspecto.
—El doctor Braose, que atiende en el mercado, usa una capa con
estrellas, tiene una calavera sobre la mesa y una cosa para leer en las
estrellas.
Adelia se irguió, como lo hacía cuando alguien aludía a la
magia.
—Este doctor practica la medicina, no la hechicería.
Cambridge debería conformarse con un rostro de águila negra
envuelto en una kufiya y una voz de niño cantor. Suficiente magia para
cualquiera.
Ulf fue enviado al boticario con una lista de encargos. Se
dispuso una sala de espera en la antigua tienda de empeño.
Los muy ricos tenían médicos a su servicio. Los muy pobres se
curaban a sí mismos. Quienes llegaban hasta Jesus Lane no pertenecían a ninguna
de esas dos categorías. Eran artesanos y jornaleros a quienes —en el peor de
los casos— les sobraban un par de monedas o incluso un pollo para pagar por el
tratamiento.
La enfermedad había hecho estragos en ellos. Los remedios
caseros no habían funcionado, tampoco las donaciones de dinero y aves de corral
al convento de Santa Radegunda. Como Gyltha había dicho, allí estaban los
fracasos del pequeño Peter.
—¿Cómo le ha ocurrido esto? —preguntó Adelia a la mujer de un
herrero, limpiando suavemente una costra amarilla de sus ojos completamente
pegados. Y recordó que debía agregar—: El doctor quiere saberlo.
Aparentemente, alentada por la priora de Santa Radegunda, la
mujer había humedecido un paño en las pústulas de la carne descompuesta del
pequeño Peter cuando lo sacaron del río y luego se había frotado los ojos con
él para curar su creciente ceguera.
—Alguien debería matar a esa priora —comentó Adelia a Mansur en
árabe.
La esposa del herrero no podía entender las palabras, pero captó
el sentido y se defendió.
—No fue culpa del pequeño Peter. La priora dijo que no recé lo
suficiente.
—Si no la mato yo antes —concluyó Adelia. Nada podía hacerse
para curar la ceguera de esa mujer, pero la mandó a casa con una solución
diluida y filtrada de agrimonia, que con el uso regular le aliviaría la
inflamación.
Ninguno de los casos que siguieron contribuyó a disminuir la ira
de Adelia.
Huesos que por estar rotos desde hacía demasiado tiempo se
habían torcido. Un bebé, muerto en brazos de su madre, que hubiera podido
salvarse con un brebaje de corteza de sauce. Tres dedos del pie fracturados que
se habían gangrenado y cuya amputación no habría sido necesaria si el paciente
no hubiera perdido tiempo rogando al pequeño Peter.
Después de la sutura y el vendaje, el amputado había pasado un
rato recostado y se había ido a su casa. La sala de espera se había vaciado.
Adelia estaba fuera de sí.
—Dios maldiga a Santa Radegunda y a todos sus huesos. ¿Habéis
visto al bebé? ¿Lo habéis visto? —preguntó a Mansur con ira—. ¿Y por qué le
recomendasteis azúcar al chico con tos?
Mansur había degustado el poder y había comenzado a hacer
movimientos cabalísticos con los brazos, sobre la cabeza de los pacientes,
cuando se inclinaban ante él.
—Azúcar para la tos.
—¿Ahora sois doctor? El azúcar puede ser el remedio árabe, pero
en este país es escaso y muy caro. De todos modos, en este caso no causará
ningún daño.
Salió en estampida hacia la cocina para beber un trago de licor.
Cuando terminó, lanzó la taza de hojalata al agua.
—Malditos sean. Maldita sea su ignorancia.
Gyltha dejó de amasar el pan y levantó la cabeza para mirarla.
La mujer le había ayudado a interpretar algunos de los misteriosos síntomas de
los habitantes de Anglia Oriental: por ejemplo, «tembloroso» significaba
inestabilidad en las piernas.
—Chica, habéis salvado el pie del joven Coker.
—Su trabajo es hacer techos de junco —indicó Adelia—. ¿Cómo hará
para subir escaleras con sólo dos dedos en un pie?
—Es mejor que no tener pie.
La actitud de Gyltha había cambiado, pero Adelia estaba
demasiado deprimida para notarlo. Esa mañana, veintiuna personas desesperadas
habían acudido a ella, o en realidad, al doctor Mansur, y si los hubiera
atendido a tiempo, podría haber curado a ocho de ellos. En las condiciones en
que habían llegado, no había logrado curar más que a tres. En verdad, a cuatro;
el chico con tos podría haber mejorado inhalando esencia de pino si sus
pulmones no hubieran estado tan dañados.
No haber estado antes en Cambridge para curarlos la agobiaba;
ellos la habían necesitado.
Mordisqueó distraída una galleta que Gyltha había deslizado en
su mano. Es más, pensó, si los pacientes seguían llegando en esas cantidades,
tendría que instalar su propia cocina. Se necesitaría tiempo y espacio para
preparar tinturas, brebajes, ungüentos, polvos. No confiaba en los boticarios
desde que se había descubierto que el signore D'Amelia adulteraba sus polvos
más caros con cal.
Cal. Allí es donde ella, Simón y Mansur deberían estar, buscando
la cal de Wandlebury Ring, aunque reconocía que Simón había sido prudente por
no ir solo a ese misterioso lugar. Tal vez hiciera falta más de una persona
para mirar detenidamente esas extrañas canteras, por no mencionar la
posibilidad de que el asesino a su vez los estuviera observando, en cuyo caso
Mansur sería muy útil.
—¿Dijisteis que maese Simón fue a ver a los mercaderes de lana?
Gyltha asintió con la cabeza.
—Se llevó las tiras que ese demonio usó para atar a los niños.
Quería averiguar si alguno de ellos las había vendido, y a quién.
En efecto, Adelia había lavado y secado dos de las tiras para
él. Puesto que Wandlebury Ring debía esperar, Simón había empleado su tiempo
buscando en otra dirección. Pero le sorprendía que hubiera puesto al tanto a
Gyltha de sus propósitos. En fin, dado que el ama de llaves era una persona
honesta...
—Venid conmigo —le pidió y la guió escaleras arriba. Luego se
detuvo—. Esta galleta...
—Mis pastas de avena y miel.
—Muy nutritiva.
Adelia llevó a Gyltha hasta la mesa del solar donde estaba el
contenido de su morral de cuero de cabra. Señaló uno de los objetos.
—¿Habéis visto antes algo como esto?
—¿Qué es?
—Creo que es alguna clase de dulce. —Tenía forma de rombo,
estaba gris y seco como una roca. Adelia tuvo que usar su cuchillo más afilado
para cortar una porción, que dejó a la vista el interior, rosado con un tenue
aroma—. Estaba enredado en el cabello de Mary. —Gyltha cerró con fuerza los
ojos y se santiguó. Luego los abrió para observar detenidamente—. Diría que es
gelatina —la animó Adelia—. Con perfume a flores o a frutas. Endulzada con
miel.
—Confitura de gente rica —comentó inmediatamente Gyltha—. Nunca
he visto algo así. Ulf. —En un segundo el nieto entró en la habitación, por lo
que Adelia supuso que había estado detrás de la puerta—. ¿Has visto alguna vez
algo así? —le preguntó su abuela.
—Dulces —gruñó el chico, confirmando que había estado detrás de
la puerta—. Compro dulces todo el tiempo, sí, gasto todo el dinero...
Mientras hablaba, sus ojos pequeños y astutos hacían un
inventario de los objetos obtenidos en la celda de Santa Berta que podían
servir como prueba: el rombo, las tiras de lana restantes que se secaban en la
ventana. Adelia los cubrió con un lienzo.
—¿Y bien?
Ulf meneó la cabeza con indudable autoridad.
—Por la forma, no son de aquí. En este país son enroscados o
redondos.
—Entonces, vete —le ordenó Gyltha—. Si él no los ha visto, no
son de aquí —aseguró cuando el chico salió.
Era decepcionante. La noche anterior la sospecha que pendía
sobre todos los hombres de Cambridge se había limitado a los peregrinos. Aun
así, sin contar a las esposas, las monjas y las sirvientas, las personas que
había que investigar ascendían a cuarenta y siete.
—Seguramente podemos descontar al mercader de Cherry Hinton.
Parece inofensivo —habían decidido.
Pero al consultar a Gyltha descubrieron que Cherry Hinton estaba
al oeste de Cambridge y, en consecuencia, en la linde con Wandlebury Ring.
—No debemos descartar a nadie —había dicho Simón.
Para acotar las sospechas por medio de las pruebas que ya tenían
—antes de comenzar los interrogatorios sobre las cuarenta y siete personas—
Simón se había encargado de determinar el origen de las tiras de lana, y
Adelia, del rombo. Pero éste no pudo ser identificado.
—Aunque debemos suponer que esta rareza reforzará su conexión
con el asesino una vez que lo encontremos —dijo la doctora a Gyltha.
—¿Crees que tentó a Mary con eso?
—Sí.
—Pobre pequeña Mary, tenía miedo de su padre, siempre pegándoles
a ella y a su madre, un torturador, tenía miedo de todo. Nunca se iba lejos
—recordó Gyltha—. ¿La tentaste con esto, miserable? —preguntó, mirando el rombo
petrificado.
Las dos mujeres compartieron un momento de reflexión: una mano
hacía una seña, la otra sostenía el exótico dulce, la niña atraída por él, cada
vez más cerca, un ave rapaz se lanzaba sobre un armiño.
Gyltha corrió escaleras abajo para advertir a Ulf del peligro
que representaban los hombres que ofrecían cosas a los niños.
Seis años. Asustada de todo, seis años junto a un padre brutal,
y una muerte horrorosa, pensaba Adelia. «¿Qué puedo hacer? ¿Qué haré?».
También ella bajó las escaleras.
—¿Puedo llevarme a Ulf? Quizá me sea de utilidad ver los lugares
donde desapareció cada niño. Y quisiera examinar los huesos del pequeño Peter.
—No os dirán mucho, chica. Las monjas los hirvieron.
—Lo sé. —Era el procedimiento habitual con un posible santo—.
Pero los huesos saben hablar.
Peter era el primus inter pares de los niños asesinados, el
primero en desaparecer y el primero en morir. De lo que podía inferirse, su
muerte no era similar a las otras dos, pues presumiblemente había ocurrido en
Cambridge. Además era la única muerte relacionada con la crucifixión, y salvo
que se probara lo contrario, ella y Simón habrían fracasado en la misión de
exonerar a los judíos, sin importar cuántos asesinos hubiera en las colinas de
cal. Así se lo explicaba a Gyltha.
—Tal vez sea posible persuadir a los padres de Peter para que
hablen conmigo. Seguramente vieron el cuerpo antes de que lo recibieran las
monjas.
—¿Walter y su esposa? Ellos vieron las uñas de sus pequeñas
manos y la corona de espinas en su cabecita. No dirán nada nuevo, perderían un
montón de dinero.
—¿Ganan dinero con su hijo muerto?
Gyltha señaló con la mano río arriba.
—Si llegas hasta su casa en Trumpington podrás ver a la gente
clamando por entrar allí para respirar el mismo aire que respiraba el pequeño
Peter y tocar su camisa, aunque no podrán, porque cuando murió usaba la única
que tenía, y a Walter y Ethy sentados en la puerta, cobrándoles un penique a
cada uno.
—Qué vergonzoso.
Gyltha colgó un caldero sobre el fuego y volvió a mirar a
Adelia.
—Aparentemente, nunca habéis pasado necesidades, señora.
Aquel súbito tratamiento de «señora» no era un buen augurio; la
complicidad que habían logrado esa mañana disminuía. Adelia reconoció que no.
—Imaginad que tenéis seis niños a los que alimentar, además del
que murió, y que a cambio de la casa donde vivís, aparte de labrar vuestras
tierras, tenéis que arar y cosechar los campos del convento cuatro días a la
semana. Por no mencionar que Agnes está obligada a hacer la maldita limpieza.
Tal vez no aprobéis su conducta, pero no es vergonzoso tratar de sobrevivir.
Al cabo de un rato, Adelia rompió el silencio.
—Entonces iré a Santa Radegunda y pediré que me permitan ver los
huesos que tienen en su relicario.
—Bah.
—Al menos, echaré un vistazo al lugar —repuso Adelia—. ¿Me
guiará Ulf hasta allí?
Lo haría, aunque no de buen grado. También el perro, que parecía
fruncir el ceño tan horriblemente como el chico.
Tal vez con esos acompañantes —o a pesar de ellos—, Adelia
podría mezclarse entre la gente de Cambridge.
—Mezclarme entre la gente —le explicó enfáticamente a Mansur
cuando él se aprestó a acompañarla—. No podéis venir. Sería más fácil pasar
desapercibida junto a un grupo de acróbatas.
Mansur protestó, pero Adelia le explicó que era pleno día, que
habría gente por todas partes, que llevaba su daga y un perro apestoso cuyo
hedor mantendría alejado a cualquier asaltante. De todos modos, la doctora
pensó que a él no le resultaría desagradable quedarse junto a Gyltha en la
cocina. Y partió.
Detrás de un huerto, una superficie elevada bordeaba un campo
comunal que llegaba hasta el río, dividido en franjas cultivadas. Hombres y
mujeres roturaban la tierra para la siembra de verano. Uno o dos se tocaron la
frente como saludo. Más lejos, la brisa combaba la ropa tendida.
El Cam hacía de límite. Al otro lado del río había un territorio
con suaves ondulaciones, zonas con árboles, otras cubiertas de hierba, una
mansión que en la distancia parecía de juguete. Detrás de Adelia, la ciudad,
con sus bulliciosos muelles en la ribera derecha, parecía disfrutar de un
espectáculo incesante.
—¿Dónde está Trumpington? —preguntó a Ulf.
—Trumpington —gruñó el chico al perro.
Doblaron a la izquierda. La posición del sol de la tarde
indicaba que iban hacia el sur. Vieron pasar botes; mujeres y hombres se
impulsaban con pértigas rumbo a sus tareas; el río era su calle. Algunos
saludaban a Ulf; el chico les respondía inclinando la cabeza y le hacía
comentarios al perro sobre ellos: «Swaney va a cobrar sus rentas, viejo
mugriento; Gammer White con la ropa lavada para los Cheny; la hermana Gordi va
a llevar provisiones a las eremitas, mira cómo se esfuerza; la vieja Moggy
terminó temprano en el mercado».
Avanzaban por un paso elevado para evitar que las botas de
Adelia, los pies desnudos del chico y las patas de Salvaguarda se hundieran en
los prados donde las vacas pastaban entre la hierba crecida, flores amarillas,
sauces y alisos. Sus pezuñas sonaban como ventosas.
Adelia jamás había visto tanto verde y tanta variedad de
tonalidades. Ni tantos pájaros. Ni vacas tan gordas. Los pastos de Salerno eran
secos, sólo aptos para las cabras.
El chico se detuvo y señaló, a lo lejos, un grupo de tejados de
junco y la torre de una iglesia.
—Trumpington —le dijo al perro.
Adelia asintió.
—¿Dónde está el árbol de Santa Radegunda?
El chico puso los ojos en blanco. Recitó: «Santa Rada», y volvió
al sendero por el que habían llegado.
Cruzaron el río por un puente para caminantes que bordeaba la
ribera izquierda del Cam hacia el norte, con Salvaguarda siguiéndoles lenta y
pesadamente los pasos. A cada rato, el chico le presentaba sus quejas al perro.
Adelia comprendió que estaba molesto con Gyltha por haber cambiado de
ocupación. Como recadero en el negocio de las anguilas, solía recibir propinas
de los clientes, una fuente de dinero de la que ahora carecía.
Decidió ignorarlo.
El pitido de un cuerno de caza les llegó desde las colinas del
oeste. Salvaguarda y Ulf alzaron sus poco agraciadas cabezas y se detuvieron.
—Lobo —le informó Ulf al perro.
El eco se extinguió y continuaron su camino.
Desde esa orilla se vislumbraba a la perfección la ciudad de
Cambridge. Recortados contra un cielo inigualablemente puro, sus techos
desiguales —entre los que sobresalían las torres de las iglesias— se veían más
imponentes, e incluso más bellos.
A lo lejos se divisaba el gran puente, un arco enorme y sólido,
abarrotado de gente. Más allá, donde el río formaba un profundo lago, a los
pies de la colina del castillo —casi una montaña en esa planicie—, los barcos
se amontonaban en los diques, y desde esa perspectiva parecían definitivamente
enredados. Grúas de madera descendían y se elevaban como garzas. Se oían gritos
e instrucciones en distintos idiomas. Las embarcaciones eran tan variadas como
las lenguas: largos botes de carga, barcas tiradas por caballos, barcas
impulsadas con pértiga, canoas, buques como arcas, e incluso, para sorpresa de
Adelia, un dhow, una típica embarcación árabe. Podían verse hombres con trenzas
rubias, cubiertos con pieles de animales que les daban aspecto de osos, que bailaban
saltando entre las barcas para entretener a los trabajadores de los muelles.
El bullicio y el ajetreo acentuaban la quietud de la ribera por
la que la doctora caminaba junto al chico y el perro. Oyó que Ulf le anunciaba
al animal que estaban cerca del árbol de Santa Radegunda.
Así lo dedujo Adelia, pues había sido rodeado por una cerca y
fuera había un puesto con una pila de ramas. Dos monjas las cortaban en ramas
más pequeñas, haciendo un hatillo con cada una y vendiéndolas a los buscadores
de reliquias.
De modo que ése era el lugar donde el pequeño Peter había
recogido sus ramas para la Pascua y, en consecuencia, era también el lugar
donde Chaim, el judío, había sido ahorcado.
El árbol estaba fuera del terreno del convento, delimitado por
un muro que, siguiendo el curso del río, llegaba hasta las puertas de un
cobertizo donde se guardaban los botes y hasta a un pequeño embarcadero,
mientras que por el oeste se internaba en el bosque y no era posible ver dónde
terminaba.
Más allá de las puertas abiertas, otras monjas trajinaban en
medio de una multitud de peregrinos, como abejas vestidas de negro y blanco que
guiaban a los recolectores de miel hacia su colmena. Adelia atravesó el arco de
la entrada. Una monja sentada frente a una mesa en el patio soleado advertía a
un hombre y a una mujer que estaban delante de ella:
—La visita a la tumba del pequeño Peter cuesta un penique. O una
docena de huevos. Estamos escasos de ellos. Las gallinas no están poniendo.
—¿Un frasco de miel? —propuso la mujer.
La monja hizo un gesto reprobatorio, pero les permitió pasar.
Adelia contribuyó con dos peniques, porque la monja estaba preparada para
impedir la entrada de Salvaguarda y Ulf se negaba a pasar sin el perro. Las
monedas tintinearon en un cuenco prácticamente lleno. La anterior discusión
había detenido la fila de gente que se alineaba detrás de ella, y una de las
monjas encargadas de la vigilancia se disgustó por la demora y estuvo a punto
de empujarla para que atravesara el pórtico.
Era el primer convento que Adelia visitaba en Inglaterra y no
pudo evitar compararlo con San Jorge, el mayor de los tres conventos de
religiosas de Salerno y el más familiar para ella. Sabía que la comparación era
injusta. San Jorge era un edificio fastuoso de mármol, mosaicos y puertas de
bronce abiertas a unos jardines donde las fuentes refrescaban el ambiente; un
lugar —la madre Ambrosia siempre lo decía— para alimentar de belleza a las
almas que llegan hasta allí ávidas de ella.
Si las almas de Cambridge esperaban que Santa Radegunda les
proporcionara esa clase de sustento, se irían hambrientas. La dote de aquel
hogar femenino había sido escasa, lo que sugería que los generosos de
Inglaterra no apreciaban a las mujeres que consagraban su vida a Dios. En
realidad, había una agradable sencillez en las líneas del conjunto de edificios
rectangulares de piedra anexos al convento, aunque ninguno de ellos era más
grande ni estaba más ornamentado que el granero de San Jorge. La belleza brillaba
por su ausencia. También la caridad. Las monjas de Santa Radegunda estaban más
ocupadas en vender que en dar.
Innumerables puestos se sucedían a lo largo del sendero que
conducía a la iglesia exhibiendo talismanes, insignias, estandartes, placas,
símbolos del pequeño Peter, ampollas que contenían la sangre del llamado a ser
santo, que, si en verdad era sangre humana, estaba tan aguada que apenas tenía
un tinte rosado.
En el ambiente se percibía la ansiedad por comprar. «¿Cuál es
bueno para la gota? ¿Para la diarrea? ¿Para la fertilidad? ¿Puede éste curar
los temblores de una vaca?».
Santa Radegunda no esperaría los años que al Vaticano le
llevaría confirmar la santidad de su mártir. Tampoco lo había hecho Canterbury,
donde la industria en torno al mártir Tomás Becket era mucho mayor y más
organizada.
Aleccionada por los juicios de Gyltha acerca de la necesidad,
Adelia no se atrevió a culpar abiertamente al convento por ese comercio, pese a
despreciar la vulgaridad con que se realizaba. Roger de Acton estaba allí,
yendo y viniendo a lo largo de la fila de peregrinos, blandiendo una ampolla
mientras alentaba a la multitud a comprarla. «Quien se lave con la sangre
contenida en esta pequeña ampolla no necesitará lavarse nunca más». Por la
agria vaharada que dejaba a su paso se hubiera colegido que predicaba con el
ejemplo.
Ese hombre había animado el viaje desde Canterbury, como un mono
enajenado, con sus continuos gritos. Su sombrero de orejeras era demasiado
grande para él, y su sayo verde y negro estaba cubierto de salpicaduras de
barro y comida.
En una peregrinación integrada en su mayoría por personas
educadas, el hombre parecía un idiota. Pero allí, en medio de seres
desesperados, su voz cascada sonaba perentoria. Roger de Acton decía «comprad»
y sus oyentes compraban.
Suponiendo que Dios dotara a sus elegidos de una sagrada
demencia, Acton inspiraba el respeto de uno de esos hombres esqueléticos que
dicen incongruencias en las cuevas de Oriente o un estilita balanceándose en su
columna. ¿Acaso no seguían los santos una vida de privaciones? ¿No llevaba el
cadáver del mártir Tomás Becket un cilicio lleno de piojos? La suciedad, la
exaltación y la habilidad para citar la Biblia eran a menudo sus señas de
santidad.
Roger de Acton pertenecía al tipo de personas que Adelia tenía
por peligrosas. Las que denunciaban a excéntricas ancianas como brujas, las que
llevaban a las adúlteras a comparecer ante un tribunal o las que alzaban sus
voces incitando a la violencia contra otras razas u otras creencias. La
pregunta era: ¿cuan peligroso podía ser?
«¿Habéis sido vos?», se preguntó Adelia. «¿Habéis merodeado por
Wandlebury Ring? ¿Verdaderamente os bañáis en la sangre de los niños?».
Sin embargo, no podía preguntárselo directamente a él, no hasta
que tuviera una buena razón. Entretanto, sus cualidades lo convertían en un
buen candidato.
Pasó junto a ella sin reconocerla; y tampoco lo hizo la priora
Joan, con la que se cruzó cuando se dirigía a la entrada. Vestía ropa de montar
y llevaba un halcón en la muñeca. En su camino, alentaba a los clientes con un
tally ho, como el cazador que ha avistado a un zorro.
Adelia había creído por la actitud segura e intimidatoria de la
priora que el convento que dirigía sería un probado modelo de organización. En
cambio, la negligencia era evidente. Alrededor de la iglesia crecía la maleza,
en su techo faltaban tejas. Los hábitos de las monjas estaban remendados, el
lino blanco de debajo de los tocados negros se veía especialmente sucio y sus
modales eran bastos.
Arrastrando los pies en la fila para entrar en la iglesia, se
preguntó cuál sería el destino del dinero que la orden ganaba gracias al
pequeño Peter. Saltaba a la vista que no se utilizaba para glorificar a Dios.
Tampoco para proporcionar comodidades a los peregrinos: nadie asistía a los
enfermos, no había bancos para los inválidos que esperaban, ni lugares a
resguardo del calor. Si alguien solicitaba alojamiento para pasar la noche le
remitían a una lista con las posadas de la ciudad que se exhibía en la puerta
de la iglesia.
Pero a los suplicantes que arrastraban los pies junto a ella no
parecía importarles. Una mujer con muletas se jactaba de haber visitado las
glorias de Canterbury, Winchester, Walsingham, Bury St Edmunds y St Albans
mientras mostraba sus insignias a quienes la rodeaban, pero toleraba el
descuido del lugar. «Tengo mis esperanzas puestas en éste —decía—. No es un
santo todavía, pero fue crucificado por los judíos: Jesús lo escuchará, estoy
segura».
Un santo inglés que había tenido el mismo destino a manos de los
mismos verdugos que el Hijo de Dios. Que había respirado el mismo aire que
ellos respiraban en ese momento. Sin darse cuenta, Adelia se encontró rogando
para que su santidad fuera verdadera.
Una vez dentro del templo vio a un clérigo sentado ante una mesa
junto a la pared, anotando la declaración de una pálida mujer que le decía que
se sentía mejor después de haber tocado el relicario. Algo demasiado insípido
para Roger de Acton, que llegó como ferviente devoto.
—¿Os sentís fortalecida? ¿Habéis sentido la presencia del
Espíritu Santo? ¿Vuestros pecados han sido perdonados? ¿Vuestra enfermedad se
ha curado?
—Sí—afirmó la mujer—. ¡Sí! —repitió con mayor fervor.
—¡Otro milagro!
La mujer fue llevada al exterior para que los que formaban la
fila la vieran.
—¡Se ha curado! Alabado sea el Señor y su pequeño santo.
La iglesia olía a madera y a paja. Un laberinto dibujado con
tiza en la nave sugería que alguien había intentado reproducir el laberinto de
Jerusalén sobre la piedra, pero eran pocos los peregrinos que obedecían a la
monja que les impulsaba a recorrerlo. Los demás se dirigían atropelladamente
hacia la capilla lateral, donde estaba el relicario. Adelia todavía no
alcanzaba a verlo.
Mientras aguardaba, se entretuvo en observar el lugar. Una fina
placa de piedra rezaba: «En el año de Nuestro Señor de 1138, el rey Esteban
sancionó la donación que William Le Moyne, orfebre, hizo a las hermanas del
claustro recientemente fundado en la ciudad de Cambridge para honrar al difunto
rey Enrique».
Probablemente eso explicaba la pobreza del convento. La guerra
que Esteban había librado contra su prima Matilda había terminado con el
triunfo de ella, o en realidad, de Enrique II, su hijo. Al rey seguramente no
le agradaría hacer donaciones a un convento protegido por el enemigo de su
madre durante trece años.
La lista de prioras que lo habían dirigido mostraba que la madre
Joan detentaba esa jerarquía desde hacía dos años. El abandono que se percibía
en la iglesia hablaba del poco entusiasmo con que desempeñaba su tarea. Sus
intereses, más seculares, estaban insinuados en la pintura de un caballo, cuyo
epígrafe señalaba: «Corazón Valiente. 1151 d.C. - 1169 d.C. Mi buen y fiel
servidor». Una brida y un freno colgaban de los dedos de madera de una estatua
de Santa María.
La pareja que precedía a Adelia ya había llegado al relicario.
Cuando se arrodillaron, la doctora pudo verlo por primera vez. Contuvo la
respiración. Allí, en medio del blanco resplandor de las velas, había
trascendencia suficiente para perdonar todas las vulgaridades que había
observado antes. No se trataba sólo del relicario, sino de la joven monja que,
arrodillada e inmóvil como una piedra, con gesto trágico y manos unidas en
oración, representaba una escena de los Evangelios. Una madre, su hijo muerto. La
escena transmitía tierna gracia.
A Adelia se le erizó la piel de la nuca. Se sintió súbitamente
embelesada por el deseo de creer. Seguramente la deslumbrante verdad que
irradiaba ese lugar llevaría las dudas hasta el Cielo para que Dios se riera de
ellas. La pareja rezaba. Su hijo estaba en Siria, Adelia les había oído hablar
de él. Al unísono, como si lo hubieran ensayado, susurraban:
—Oh, niño santo, si mencionas el nombre de nuestro hijo ante el
Señor y lo envías de vuelta a casa, sano y salvo, os estaremos eternamente
agradecidos.
«Permitidme creer, Dios», pensaba Adelia. Un ruego tan puro y
simple como ése tenía que ser escuchado. «Tan sólo permitidme creer. Tengo
ansia de fe».
El hombre y la mujer salieron abrazados. Adelia se arrodilló. La
monja le sonrió. Reconoció a la pequeña y retraída acompañante de la priora
durante la peregrinación a Canterbury, pero su timidez se había transformado en
compasión. Sus ojos reflejaban una expresión amorosa.
—El pequeño Peter os escuchará, hermana.
El relicario tenía la forma de un ataúd y había sido colocado sobre
una tumba tallada en la piedra para que estuviera a la altura de los ojos de
quienes se arrodillaban ante él. Allí, pues, era donde había ido a parar el
dinero del convento: a una gran urna con incrustaciones de gemas en la que un
orfebre había labrado escenas hogareñas y campestres que describían la vida del
niño, su martirio a manos de los demonios y su ascensión al Paraíso guiado por
Santa María. En uno de los lados tenía una incrustación de madreperla tan fina
que hacía las veces de ventana. En el interior, Adelia sólo pudo distinguir los
huesos de una mano sobre una pequeña almohadilla de terciopelo, dispuestos como
si fueran a otorgar una bendición.
—Podéis besar su nudillo si así lo deseáis —sugirió señalando un
ostensorio apoyado sobre un almohadón, encima del relicario. Se asemejaba a un
broche sajón y tenía un hueso nudoso y diminuto engastado en oro y piedras
preciosas.
Era el hueso trapecio de la mano derecha. La gloria se
desvaneció. Adelia volvió a la realidad.
—Otro penique para ver el esqueleto entero —ofreció.
En la blanca y hermosa frente de la monja se dibujaron surcos.
Luego se inclinó hacia delante, quitó el ostensorio y levantó la tapa del
relicario. Al hacerlo, su manga se arrugó y dejó a la vista un brazo amoratado.
Adelia, impresionada, la miró. «Golpean a esta joven dulce y
amable». La monja sonrió y se cubrió con la manga.
—Dios es bondadoso —declaró.
Adelia esperaba que lo fuera. Sin pedir permiso, cogió una de
las velas y orientó la llama hacia los huesos.
Eran muy pequeños, pobre niño. La imaginación de la priora Joan
había magnificado la idea de Adelia sobre el santo. El relicario era demasiado
largo, el esqueleto se perdía dentro de él, como un niño pequeño vestido con
prendas muy grandes para su tamaño.
Adelia sintió en los ojos el escozor que precede a las lágrimas.
No obstante, pudo ver que la única distorsión en las manos y en los pies era la
falta del trapecio que se exhibía. Las uñas no estaban dañadas. Las costillas y
la espina dorsal no habían sido perforadas. La herida provocada por una lanza
que el prior Geoffrey había descrito a Simón probablemente se debiera a que la
mortificación del cuerpo fue más allá de lo que la piel podía soportar. El
estómago se había desgarrado.
Pero allí, en la zona de los huesos pélvicos, se veían los
mismos cortes, marcados e irregulares, que había visto en los cadáveres de los
otros niños. Tuvo que contenerse para no sacarlos del relicario y examinarlos
más detenidamente, pero estaba casi segura. El niño había sido apuñalado
repetidamente con ese cuchillo tan especial, de un tipo que jamás había visto.
—Eh, señora. —La fila que tenía detrás se estaba impacientando.
Adelia se santiguó y salió. Cuando dejó su penique sobre la mesa
del clérigo que estaba junto a la puerta, éste le preguntó:
—¿Habéis sido curada, señora? Debo anotar todos los milagros.
—Puede escribir que me siento mejor.
«Justificada» habría sido la palabra más apropiada. Ahora lo
sabía. El pequeño Peter no había sido crucificado. Había muerto de modo más
obsceno. Como los otros niños.
«¿Cómo declarar eso en la investigación del magistrado?», pensó
amargamente Adelia. «Yo, doctora Trótula, tengo la prueba material de que este
niño no murió en una cruz, sino en manos de un carnicero que todavía camina
entre vosotros».
«¿Cómo exponerlo ante un jurado que nada sabe de anatomía y
nunca daría credibilidad a las aseveraciones de una mujer extranjera?».
Sólo cuando estuvo fuera de la iglesia advirtió que Ulf no había
entrado con ella. Lo encontró sentado en el suelo, junto al portón, con los
brazos rodeando las rodillas.
—¿Erais amigos vos y el pequeño Peter? —le preguntó súbitamente
Adelia, dándose cuenta de la posibilidad.
Salvaguarda fue destinatario de un elaborado sarcasmo.
—Jamás fui a la maldita escuela con él durante todo el invierno.
Por supuesto que no.
—Entiendo. Lo siento. —Adelia había sido desconsiderada. El
esqueleto que acababa de ver era el de un compañero de escuela y amigo del
chico que, presumiblemente, lloraba por él.
—No son muchos los que pueden decir que han ido a la escuela con
un santo.
El chico se encogió de hombros.
Adelia no estaba acostumbrada a tratar con niños. La mayoría de
los que había conocido eran niños muertos. No sabía dirigirse a ellos salvo
para preguntar y cuando no le respondían, como en este caso, no sabía qué
hacer.
—Regresaremos al árbol de Santa Radegunda —propuso. Quería
conversar con las monjas que estaban allí.
Volvieron sobre sus pasos. Un pensamiento hostigó a Adelia.
—Por casualidad, ¿visteis a vuestro compañero de escuela el día
que desapareció?
Exasperado, el chico miró al perro.
—Era Pascua. Mi abuela y yo todavía estábamos en los pantanos.
—Ah. —Adelia siguió caminando. El intento había valido la pena.
Detrás de ella, el chico murmuró al animal.
—Pero Will estuvo con él, ¿verdad?
Adelia se puso frente a él.
—¿Will?
Ulf se molestó. El perro continuó obtuso.
—Él y Will fueron juntos a buscar ramas de sauce.
En el relato acerca del último día del pequeño Peter, que el
prior Geoffrey había narrado a Simón y éste, a su vez, a Adelia, no se
mencionaba a Will.
—¿Quién es Will?
Cuando el chico se disponía a responder al perro, Adelia le
cogió del mentón, de modo que Ulf no tuvo más alternativa que mirarla a la
cara.
—Preferiría que hablarais directamente conmigo.
Ulf volvió a girar el cuello y miró nuevamente en dirección a
Salvaguarda.
—Ella no nos gusta, ¿verdad?
—A mí tampoco me agradáis vosotros —afirmó Adelia—. Pero lo que
importa es saber quién mató a vuestro compañero de escuela, cómo y por qué.
Estoy capacitada para investigar este tipo de cosas y ahora preciso de los
conocimientos que tenéis sobre este lugar. Dado que vos y vuestra abuela estáis
a mi servicio, debo pediros vuestra colaboración. El que nos agrademos el uno
al otro, o no, carece de importancia.
—Los malditos judíos lo hicieron.
—¿Estáis seguro?
Ulf la miró a los ojos por primera vez. Si el recaudador de
impuestos hubiera estado con ellos en ese momento, habría visto que —como había
ocurrido con Adelia mientras hacía su trabajo— los ojos del niño envejecían.
Adelia vio en ellos una sagacidad casi perturbadora.
—Venid conmigo —indicó Ulf.
Adelia se restregó la mano en la falda —el cabello que
sobresalía de la gorra de Ulf estaba grasiento, y posiblemente, habitado— y lo
siguió. El chico se detuvo.
Al otro lado del río vieron una enorme e imponente mansión con
un terreno cubierto de hierba que conducía a un pequeño embarcadero. Los
postigos cerrados y la maleza que crecía alrededor demostraban que estaba
abandonada.
—La casa del jefe de los judíos —señaló Ulf.
—¿La casa de Chaim? ¿Donde se supone que Peter fue crucificado?
El chico asintió.
—Sólo que no lo estaba. No allí.
—Me han dicho que una mujer vio el cuerpo colgado en una de las
habitaciones.
—Martha —contestó Ulf con un desdén semejante al de un enfermo
de reumatismo crónico, condenado a padecerlo de por vida—. Ésa diría cualquier
cosa para hacerse notar. —Como si hubiera ido demasiado lejos en su crítica,
agregó—: No quiero faltarla. Sólo digo que no lo vio, ni tampoco el viejo que
vende turba. Venid a mirar.
Regresaron al camino. Pasaron por el sauce de Santa Radegunda y
el puesto de ramas en dirección al puente.
Llegaron al lugar donde el hombre que surtía de turba al
castillo había avistado a dos judíos arrojando un bulto —supuestamente el
cuerpo del pequeño Peter— al Cam.
—¿El vendedor de turba también está equivocado? —preguntó
Adelia.
El chico asintió.
—El viejo está medio ciego y es un mentiroso rastrero. No vio
nada. Porqué...
Habían dado la vuelta y ahora miraban hacia el lugar desde donde
se veía la casa de Chaim.
—Porque... —Ulf señaló el embarcadero vacío sobre el agua—,
porque allí es donde ellos encontraron el cuerpo. Atrapado entre los malditos
pilotes. Nadie tiró nada desde el puente porque...
Ulf miró a Adelia, expectante. La estaba poniendo a prueba.
—Porque los cuerpos no flotan contra la corriente —concluyó
Adelia.
Los ojillos astutos y vivarachos de Ulf se animaron súbitamente,
como los de un maestro ante un alumno que inesperadamente responde de manera
correcta. Adelia había aprobado.
Pero si el testimonio del vendedor de turba era a todas luces
falso, eso significaba que las palabras de aquella mujer, asegurando que poco
antes había visto el cuerpo crucificado de Peter en la casa de Chaim, eran
cuestionables. ¿Por qué el dedo acusador apuntaba directamente hacia los
judíos?
—Porque esos malditos lo hicieron —insistía el chico—. Pero no
en ese momento.
Ulf le hizo a Adelia una seña con la mano para que se sentara en
el suelo y luego se colocó a su lado. Comenzó a hablar rápido, permitiéndole
entrar en su mente infantil, que sacaba sus conclusiones —contrariamente a las
de los adultos— basándose en su propia perspectiva.
A Adelia le costaba seguirle, no sólo por la pronunciación, sino
por el dialecto. Saltaba entre las frases reconocibles como quien salta las
matas de una ciénaga.
Por lo que pudo deducir, Will era un niño de aproximadamente la
misma edad de Ulf, que realizaba la misma tarea que Peter, juntar ramas de
sauce para la celebración del Domingo de Ramos. Will vivía en Cambridge, pero
se había encontrado con el niño de Trumpington en el árbol de Santa Radegunda,
donde a ambos les habían llamado la atención los festejos de boda que tenían
lugar en el jardín de la casa de Chaim, al otro lado del río. Peter había
cruzado el puente en compañía de Will y atravesaron la ciudad para ver qué
pasaba en los establos que estaban detrás de la casa.
Después, Will había dejado a su compañero, llevándose consigo
las ramas de sauce que debía entregar a su madre de vuelta a casa.
Hizo una pausa, pero Adelia sabía que había más. Ulf era un
narrador nato. El sol calentaba y era agradable estar sentado a la sombra de
los sauces, aun cuando el pelo de Salvaguarda, pegajoso y duro, crujiera de
manera sospechosa. Ulf, con sus pequeños pies prensiles sumergidos en el río,
se quejaba; tenía hambre.
—Dadme un penique y traeré unos pasteles de la tienda.
—Más tarde. —Adelia lo alentó a continuar—. Dejadme recapitular.
Will partió a su casa, Peter desapareció en la de Chaim y nunca volvieron a
verlo.
El chico resopló burlón.
—Nunca volvió a verlo ningún hijo de perra salvo Will.
—¿Will lo vio de nuevo?
Había sucedido más tarde, ese mismo día, al anochecer. Will
había regresado al Cam para llevar un balde con la cena a su padre, que estaba
calafateando una de las barcas durante la noche, dejándola preparada para la
mañana siguiente. Desde la orilla de Cambridge Will había visto a Peter al otro
lado del río en la ribera izquierda.
—Estaba aquí, justo en este maldito lugar donde estamos
sentados.
Will gritó a Peter que tenía que regresar a su casa.
—Debía hacerlo —agregó Ulf, juicioso—, si quedas atrapado en los
pantanos de Trumpington de noche, los fuegos fatuos te llevan al infierno.
Adelia ignoró el comentario sobre los fuegos fatuos; no sabía
qué eran, ni le importaba.
—Os escucho.
—Entonces Peter le contestó que iba a encontrarse con alguien
por los ju-judíos.
—¿Ju qué?
—Ju-judíos. —Ulf estaba impaciente. Por segunda vez apuntó con
el dedo hacia la casa de Chaim—. Ju-judíos, eso fue lo que dijo. Iba a
encontrarse con alguien por los ju-judíos e invitó a Will a acompañarlo. Pero
Will dijo que no, y está muy contento de no haber ido, porque desde entonces
nadie ha vuelto a ver a Peter.
Ju-judíos. ¿Encontrarse con alguien por los ju-judíos? ¿Cumplir
un encargo de alguno de ellos? ¿Y por qué esa denominación infantil? Había
cientos de denominaciones despectivas para los judíos; había oído infinidad de
ellas desde su llegada a Inglaterra, pero jamás ésa.
Adelia siguió cavilando; trató de recrear la escena de aquella
noche junto al río. Incluso a plena luz del sol, con la muchedumbre reunida en
torno al árbol de Santa Radegunda, un poco más arriba, esa parte de la ribera
era serena, el bosque y la pradera se unían detrás de ella. Sin embargo, en
aquel momento tuvo que haber sido muy tenebrosa.
De la narración se deducía que Peter era un niño fantasioso,
romántico. Ulf había descrito a un chico que se distraía más fácilmente que el
formal Will.
No era difícil imaginarlo: una pequeña figura, saludando a su
amigo, pálido entre la penumbra de los árboles, desapareciendo entre ellos para
siempre.
—¿Se lo ha contado Will a alguien?
No lo había hecho. Al menos, a ningún adulto. Estaba demasiado
asustado por la posibilidad de que los malditos judíos fueran tras él. Y tenía
razones para temer aquello, en opinión de Ulf. Sólo entre sus pares, en aquel
mundo secreto e ignorado de la camaradería infantil, había confesado lo que
sabía.
De cualquier modo, el resultado había sido el deseado: los
judíos habían sido acusados, y el asesino y su esposa, castigados.
«Dejando el terreno libre para que el asesino volviera a matar»,
pensó Adelia.
Ulf la estaba observando.
—¿Queréis saber más? Hay más, pero tendréis que mojaros las
botas.
Ulf le mostró la prueba concluyente de que Peter había regresado
más tarde a casa de Chaim, la prueba de la culpabilidad del judío. Tuvieron que
abrirse paso hacia la orilla del río y caminar agachados. Y, en efecto, se mojó
los pies; y el bajo de la falda. Y una considerable cantidad del lodo de
Cambridge cubrió el resto de su cuerpo. Salvaguarda les siguió.
Cuando los tres resurgieron en la ribera, oscuras sombras que no
provenían de los árboles cayeron sobre ellos.
—Por Dios, mira, si es esa perra extranjera —exclamó sir
Gervase.
—Surgiendo del río como Afrodita —agregó sir Joscelin.
Iban vestidos de cazadores, con prendas de cuero, montados en
sus ruanos como si fueran dioses. Delante de sir Joscelin se veía el cadáver de
un lobo, envuelto en una manta de donde pendía un hocico que aún conservaba el
rictus de un gruñido.
El cazador que los había acompañado en la peregrinación estaba
detrás. Sujetaba con una correa tres sabuesos; cada uno con un tamaño
suficiente como para llevar a Adelia en el lomo; la observaban tranquilamente
desde sus morros peludos.
Hubiera querido huir, pero sir Gervase, con un rodillazo,
adelantó su caballo de modo que Adelia, Ulf y Salvaguarda quedaran dentro de un
triángulo, del que los caballos eran los lados y el río a sus espaldas, la
base.
—Deberíamos preguntarnos qué hace nuestra visitante chapoteando
en el barro, Gervase —manifestó sir Joscelin.
—En verdad, deberíamos. También deberíamos contar al alguacil lo
de las hachas mágicas que aparecen cuando un caballero se digna prestarle
atención. —Más jovial, pero aún amenazante, Gervase estaba decidido a recuperar
la supremacía que había perdido en el encuentro con Adelia—. ¿Qué tenéis que
decir ahora, bruja? ¿Dónde está vuestro amante sarraceno? —A medida que
preguntaba, su tono de voz aumentaba—. ¿Qué haríais si os arrojáramos al río?
¿Eh? ¿Será ése su hermano? Se le ve bastante sucio.
Esta vez ella no se dejó amedrentar. «Imbécil ignorante»,
pensaba. «Os atrevéis a hablarme». Al mismo tiempo, estaba fascinada, no les
quitaba los ojos de encima. Eran tan abominables que eclipsaban incluso a Roger
de Acton. Sir Gervase la había intimidado en la colina sólo para demostrar que
podía hacerlo, y lo haría otra vez si su amigo no estuviera allí. Sólo era
poderoso ante los indefensos.
¿Sería él?
El chico estaba más quieto que un muerto. El perro se había
arrastrado sigilosamente hasta ocultarse detrás de las piernas de Adelia, donde
los sabuesos no pudieran verlo.
—Gervase —increpó bruscamente sir Joscelin. Y luego se dirigió a
Adelia—: No prestéis atención a mi amigo, señora. Está molesto porque su lanza
falló con el viejo lobo —explicó, dando una palmada en la cabeza del animal— y
la mía dio en el blanco. —El caballero sonrió a su compañero antes de volver a
mirar hacia abajo, en dirección a Adelia—. Oí que el buen prior os ha
encontrado un alojamiento más adecuado que el carro.
—Gracias —contestó Adelia—. Así es.
—Y vuestro amigo, el doctor, ¿se ha establecido aquí?
—Sí.
—Un curandero sarraceno y una prostituta causarán buena
impresión.
Sir Gervase era cada vez más grosero y ofensivo.
«Esto es estar entre los débiles», pensaba Adelia. «El fuerte
puede insultarlos con impunidad. Bueno, eso está por ver».
Sir Joscelin ignoró a su compañero.
—Supongo que vuestro doctor no podrá hacer nada por el pobre
Gelhert. El lobo le desgarró la pata —repuso, señalando con la cabeza a uno de
los sabuesos, que tenía la pata levantada.
«También eso es un insulto», pensaba Adelia, «aunque no tenga la
intención de serlo».
—Se le dan mejor los seres humanos. Deberíais aconsejar a
vuestro amigo que consultara a alguien cuanto antes.
—¿Eh? ¿Qué dice esa perra?
—¿Pensáis que está enfermo? —preguntó Joscelin.
—Hay algunos signos.
—¿Qué signos? —La ansiedad invadió súbitamente a Gervase—. ¿Qué
signos, mujer?
—No estoy en condiciones de decirlo —le respondió Adelia a
Joscelin. Era cierto, no había ningún signo—. Pero debería consultar a un
médico, y rápido.
—¡Oh, Dios! —La ansiedad se estaba convirtiendo en alarma—. Ya
he estornudado siete veces esta mañana.
—Estornudos —repitió Adelia, reflexiva—. Eso es, entonces.
—Oh, Dios mío.
Sir Gervase tiró de las riendas y azuzó a su caballo, clavando
las espuelas en los flancos. Adelia, aunque salpicada por el barro, estaba
satisfecha.
Joscelin se quitó el sombrero sonriendo.
—Buenos días, señora.
El cazador le hizo una reverencia, reunió a sus perros y los
siguió.
«Podría ser cualquiera de ellos», se dijo Adelia al verlos
alejarse. «Gervase es un bruto, el otro no».
Sir Joscelin, a pesar de sus modales corteses, era un candidato
tan digno de considerar como su censurable compañero, por quien obviamente
sentía afecto. Había estado en la colina esa mañana.
Pero ¿quién no? Hugh, el cazador, tras esa cara tan insípida,
podía ocultar la brutalidad que en Roger de Acton estaba a la vista. El
mercader de mejillas gordinflonas de Cherry Hinton. También el juglar. Los
monjes. Aquel al que llamaban hermano Gilbert, un chiflado como jamás había
conocido. Todos ellos habían tenido acceso a Wandlebury Ring esa noche. En
cuanto al inquisitivo recaudador de impuestos, todo le hacía sospechoso.
¿Y por qué sólo estoy considerando a los hombres? ¿Qué sucede
con la priora, la monja, la esposa del mercader o las sirvientas?
Pero no. Adelia absolvía a todas las mujeres. No era un crimen
propio de ellas. No porque las mujeres no pudieran ser crueles con un niño
—había examinado muchos cuerpos víctimas de tortura y abandono—, pero en lo
tocante a ataques sexuales siempre habían estado involucrados hombres. Siempre.
—Os hablaron. —La seriedad de Ulf, a diferencia de la actitud de
Adelia, había sido producto del terror—. Cruzados. Han estado en Tierra Santa.
—En efecto, así es —afirmó rotundamente Adelia.
Habían estado allí, se habían enriquecido y habían demostrado su
valentía. El prior Geoffrey le había otorgado a sir Gervase el señorío de
Coton, y a sir Joscelin el convento de Santa Radegunda le había entregado el de
Grantchester. Ambos eran grandes cazadores y el prior les cedía a Hugh y a sus
sabuesos cuando tenían que abatir un demonio como el que cargaba el caballo de
sir Joscelin —había matado ovejas cerca de Trumpington—, porque Hugh era el
mejor cazador de lobos de Cambridgeshire.
«Hombres», pensó Adelia al percibir la admiración de Ulf.
«Aunque sean niños».
Pero ese niño volvía a mirarla con su sabiduría práctica.
—¿Estuvisteis con ellos?
Ella también había superado la prueba.
Amigablemente, caminaron de regreso hacia la casa del viejo
Benjamín. El repugnante Salvaguarda los seguía.
Ya estaba oscuro cuando Simón volvió, hambriento. Un guiso de
anguila y un pastel de pescado lo esperaban. Era viernes y Gyltha había
respetado estrictamente las prescripciones para la cena. Simón se quejó de la
gran cantidad de mercaderes de lana que había en Cambridge y los alrededores.
—Fueron amigables, me explicaron que mis retazos provenían de un
antiguo lote de lana... reconocible por algo que distinguen en el pelo... Se
ofrecieron a ayudarme a seguir el rastro hasta encontrar el fardo del que había
formado parte...
A pesar de la sencillez de su aspecto y su vestido, Simón de
Nápoles procedía de una familia rica y nunca se había parado a pensar el
trayecto que la lana recorría desde la oveja hasta que se convertía en una
pieza de tela. Estaba asombrado.
Mientras comía, compartió sus indagaciones con Adelia y Mansur.
—Usan orina para lavar los vellones, ¿lo sabíais? Los lavan en
cubas que llenan con la contribución de todos los miembros de la familia.
Cardado, vapor, calor y presión, tejido, teñido, mordientes. ¿Podéis concebir
lo difícil que es lograr el color negro? Experto credite. Se debe partir de una
tintura azul intenso, o una combinación de tanino y hierro. El amarillo es más
simple. Hoy he conocido teñidores que desearían que todos nos vistiéramos de
amarillo, como damas de noche... —Los dedos de Adelia comenzaron a repiquetear
en la mesa. El brillo de los ojos de Simón indicaba que su búsqueda había sido
exitosa, pero ella también tenía novedades. Simón lo advirtió—. Oh, bien, las
hebras se clasifican en función de su resistencia, pero, aun así, no podríamos haber
rastreado el origen de este jirón de tejido... —Simón lo sostenía amorosamente
en la mano y Adelia notaba que, más allá del interés que tenía por esos temas,
no había olvidado el propósito con que había sido utilizado— si no hubiera
formado parte del orillo de un tejido, una urdimbre para reforzar los bordes
característica del tejedor... —Simón vio la ansiedad en los ojos de Adelia y
fue al grano—. Es parte de un lote enviado al abad de Ely hace tres años. El
abad tiene la concesión para abastecer a todos los conventos de Cambridgeshire
de la tela con que hacen la ropa de sus monjes.
Mansur fue el primero en responder.
—¿Un hábito? ¿Es la tela del hábito de un monje?
—Sí.
A la afirmación siguió uno de aquellos silencios reflexivos que
caracterizaban sus cenas.
—El único religioso al que podemos absolver es al prior, que
estuvo con nosotros toda la noche —indicó Adelia.
Simón asintió.
—Sus monjes visten de negro debajo de la casulla.
—También las monjas —recordó Mansur.
—Es cierto. —Simón le sonrió—. Pero en este caso es irrelevante,
porque en el curso de mis investigaciones me crucé otra vez con el mercader de
Cherry Hinton que, casualmente, comercia con lana. Me aseguró que las monjas,
su esposa y las sirvientas pasaron la noche en tiendas de campaña, rodeadas y
custodiadas por los hombres de la comitiva. Si una de esas damas es nuestro
asesino, no podría haber pasado desapercibida mientras recorría las colinas
transportando cuerpos. —Eso dejaba sólo a los tres monjes que acompañaban al
prior Geoffrey. Simón los consideró uno por uno—: ¿El joven hermano Ninian? Lo
dudo, aunque, ¿por qué no? ¿El hermano Gilbert? Un hombre desagradable, un
posible sujeto de investigación. ¿El otro? Nadie podía recordar el rostro o la
personalidad del tercer monje. Hasta que no hagamos más averiguaciones, la
especulación es inútil —admitió Simón—. Un hábito desgastado, arrojado en una
pila de cosas en desuso tal vez; el asesino pudo haberlo comprado en cualquier
lugar. Continuaremos cuando estemos más descansados. —Simón se apoyó contra el
respaldo y tomó su copa de vino—. Y ahora, doctora, perdonadme. Los judíos
raramente nos dedicamos a cazar, como sabéis, y me he convertido en algo
tedioso, como cualquier cazador que relata cómo abatió a su presa. ¿Qué
novedades tenéis?
Adelia relató los hechos en orden cronológico y con aspereza. Su
día de caza había sido más fructífero que el de Simón, pero dudaba que a él le
gustara el resultado.
A Simón le parecieron alentadoras sus conclusiones acerca de los
huesos del pequeño Peter.
—Lo sabía. Podemos asestarles un golpe. El niño nunca fue
crucificado.
—No lo fue —confirmó Adelia, que había transportado a sus
oyentes al otro lado del río al referirles su conversación con Ulf.
—Lo tenemos —farfulló Simón tomando vino—. Doctora, habéis
salvado a Israel. ¿El niño fue visto después de salir de la casa de Chaim?
Entonces, todo lo que tenemos que hacer es buscar a ese chico, Will, y llevarlo
a declarar ante el alguacil. «Señor alguacil, aquí hay una prueba viviente de
que los judíos no tuvieron nada que ver con la muerte del pequeño Peter...» —Su
voz se fue apagando cuando vio la expresión de Adelia.
—Me temo que lo hicieron ellos —intervino la doctora.
Capítulo 7
Ese año el número de lugareños encargados de montar guardia en
el castillo de Cambridge para asegurarse de que los judios allí refuigados no
escaparan fue disminuyendo hasta que sólo quedó Agnes, la esposa del vendedor
de anguilas y madre de Harold, el niño cuyos restos aún esperaban sepultura.
La pequeña choza de mimbre que ella misma se había construido
parecía una colmena en contraste con las grandes puertas. Durante el día se
sentaba en la entrada a tejer; a un lado tenía una de las alabardas que su
esposo usaba para cazar anguilas, con la punta clavada en el suelo, al otro,
una gran campana. Por las noches dormía en la choza.
En una ocasión en la que el alguacil había tratado de sacar
clandestinamente a los judíos en medio de una oscura noche de invierno creyendo
que Agnes dormía, la mujer había utilizado sus dos armas. El espadón pasó
rozando a uno de los hombres que acompañaban al alguacil y la campana había
despertado a la ciudad. Los judíos tuvieron que retornar velozmente.
La entrada posterior del castillo también estaba custodiada, en
este caso por unos gansos que anunciaban la presencia de cualquiera que tratara
de salir, semejantes a aquellos de Roma que dieron la alarma al Capitolio
cuando los galos quisieron usurparlo. El intento de los hombres del alguacil
para expulsarlos de los muros del castillo había causado graznidos tan intensos
que nuevamente la alarma corrió por la ciudad.
Mientras subía por el empinado camino que llevaba al castillo,
Adelia se asombraba de que a los hombres del pueblo se les permitiera
desobedecer a la autoridad durante tanto tiempo. En Sicilia, una patrulla de
soldados habría resuelto el problema en minutos.
—¿Para provocar una masacre? —preguntó Simón—. ¿Qué lugar podría
garantizar que los judíos no sufrirían la misma situación?
Todo el país creía que los judíos de Cambridge crucificaban
niños.
Ese día Simón estaba alicaído y —sospechaba Adelia— muy
disgustado. No obstante, su razonamiento era acertado.
Reflexionó acerca de la moderación con que el rey de Inglaterra
debía manejar el asunto. Habría esperado que un hombre temperamental como él se
vengara cruelmente de los habitantes de Cambridge por haber asesinado a los
judíos que más ganancias le proporcionaban. Enrique había sido responsable de
la muerte de Becket, era un tirano, como cualquier otro. Pero hasta ese momento
su mano permanecía inmóvil.
Adelia le había preguntado a Gyltha qué creía que podía
esperarse. Ésta le explicó que la ciudad acataría a regañadientes la multa que
el rey impusiese por la muerte de Chaim, pero no presentía ejecuciones en masa.
El rey era tolerante en tanto no le robaran sus ciervos o le contrariaran más
allá de lo tolerable, como había hecho el arzobispo Tomás Becket.
—No me gustaban los viejos tiempos, cuando su madre y su viejo
tío Esteban se peleaban. ¿La horca? Mandaba a un barón al galope, y no
importaba de qué lado estaba él ni de qué lado estaba uno: colgaba a la gente
sólo por rascarse el culo.
—No es mala idea —replicó Adelia—, pues es una costumbre
asquerosa.
Las dos estaban empezando a llevarse bien. Gyltha le contó que
la guerra civil entre Matilda y Esteban se extendió hasta los pantanos. La isla
de Ely, y su catedral, habían cambiado de dueño tantas veces que nunca se sabía
quién era el obispo.
—Nosotros, los pobres, moríamos y los lobos destrozaban los
cuerpos. Y cuando Geoffrey de Mandeville llegó... —en ese momento, Gyltha había
meneado la cabeza y había interrumpido el relato—, hace casi trece años, pues
desde entonces, y durante este tiempo, Dios y sus santos durmieron y no se
enteraron de nada.
«Durante trece años Dios y sus santos durmieron». Desde su
llegada a Inglaterra Adelia había oído esa frase sobre la guerra civil docenas
de veces. Su recuerdo todavía hacía palidecer al pueblo. La proclamación de
Enrique II había puesto fin a las luchas. Y durante veinte años, Inglaterra se
había convertido en un país pacífico. El Plantagenet era un hombre más sutil de
lo que se creía. Tal vez era digno de consideración.
Recorrieron la última curva del camino y llegaron al muro
cubierto de hierba que estaba delante del castillo.
La sencilla fortaleza normanda que Guillermo el Conquistador
había construido para vigilar el cruce del río se había agrandado, su
empalizada de madera había sido reemplazada por gruesos muros de piedra y el
edificio se había expandido: el castillo contaba con muchas dependencias,
iglesia, caballerizas, corrales, barracas, aposentos para las mujeres, cocinas,
lavandería, huertos y herbarios, lechería, terrenos donde tenían lugar las
justas, patíbulos y calabozos para que un alguacil administrara una ciudad importante
y próspera. En uno de los extremos, andamios y plataformas cubrían la torre en
construcción que reemplazaría a la que se había incendiado.
Afuera, dos centinelas se apoyaban en sus lanzas y hablaban con
Agnes, que tejía sentada en un banco a la entrada de su colmena. Otra persona
estaba sentada en el suelo con la cabeza apoyada en el muro del castillo.
—¿Ese hombre está en todas partes? —gruñó Adelia.
Al ver a los recién llegados, Roger de Acton se puso en pie de
un salto, cogió un tablero de madera, lo colocó sobre un tronco tirado en el
suelo y comenzó a gritar. El mensaje, escrito en tiza, decía: «Orad por el
pequeño Peter, que fue crucificado por los judíos».
El día anterior había honrado con su presencia a los peregrinos
de Santa Radegunda. Hoy, esperando que el obispo visitara al alguacil, Acton
estaba preparado para lanzarse sobre él.
Una vez más, no reconoció a Adelia ni a los dos hombres que iban
con ella, pese a la singularidad de Mansur. La doctora pensó que Roger de Acton
no veía personas, sólo alimento para el infierno, y advirtió que la sucia
sotana que usaba era de fibras de lana semejantes a las que había investigado
Simón.
Parecía desilusionado por no haber conseguido intimidar al
obispo, pero no cabía duda de que tarde o temprano lo lograría. «Los judíos
azotaron al pobre niño hasta desangrarlo —gritaba—. Hicieron rechinar sus
dientes y dijeron que Jesús era el falso profeta. Lo atormentaron de distintas
maneras y luego lo crucificaron».
Simón se dirigió a los soldados y solicitó ver al alguacil. Dijo
que eran de Salerno. Tuvo que alzar la voz para que lo oyeran.
El más viejo de los centinelas no se impresionó.
—¿De dónde dicen que son? —El guarda se dirigió al clérigo que
chillaba—. ¿Os importaría cerrar la boca?
—El prior Geoffrey nos ha mandado visitar al alguacil.
—¿Qué? No oigo nada con los gritos de ese bastardo.
El centinela más joven señaló a Mansur.
—Ah, ¿éste es el doctor negro que curó al prior?
—El mismo.
Entonces Roger de Acton reconoció a Mansur y se acercó. Su
aliento era fétido.
—Sarraceno, ¿sabéis quién es Nuestro Señor Jesucristo?
—Cerrad la boca —le espetó al oído el centinela más viejo—. ¿Y
eso? —indicó dirigiéndose a Simón.
—El perro de esta dama.
Si bien habían podido desembarazarse de Ulf con cierta
dificultad, no habían conseguido disuadir a Gyltha para que les liberara de la
compañía de Salvaguarda.
—No me protege —había protestado la doctora—. Cuando me enfrenté
a esos malditos cruzados se escondió detrás de mí. Es un cobarde.
—Su trabajo no es luchar —había dicho Gyltha—. Es salvaguardar.
—Creo que pueden entrar, ¿no, Rob? —El centinela le guiñó el ojo
a la mujer que estaba sentada ante la choza de mimbre—. ¿De acuerdo, Agnes?
Aun así, el capitán de la guardia los había registrado y una vez
hubo comprobado que no llevaban armas ocultas, los autorizó a atravesar la
pequeña puerta. Acton trató de pasar con ellos y tuvieron que detenerlo.
—¡Es preciso matar a los judíos! —gritaba—. ¡Matar a los que
crucifican!
Las medidas de seguridad se hicieron evidentes cuando fueron
conducidos al patio, donde unos cincuenta judíos disfrutaban de un momento de
esparcimiento bajo el sol. La mayoría de los hombres caminaba y conversaba. Las
mujeres parloteaban en un rincón o jugaban con sus hijos. Vestían como
cualquier cristiano, aunque uno o dos hombres se cubrían con el típico gorro
cónico. Sin embargo, sus ropas raídas permitían distinguir que sus integrantes
eran judíos.
Adelia estaba asombrada. En Salerno había judíos pobres, al
igual que sicilianos, griegos y musulmanes pobres, pero la caridad que fluía de
sus comunidades disimulaba esa pobreza. De hecho, los cristianos de Salerno
sostenían, con cierto sarcasmo, que «entre los judíos no existen pordioseros».
La caridad era un precepto que defendían todas las religiones. Para el
judaismo, todo lo que el hombre posee pertenece a Dios, y Él concede su gracia
al que da, más que al que recibe.
Adelia recordó al anciano que había sacado de quicio a la
hermana de su madre adoptiva por negarse a agradecerle lo que había comido en
su cocina. «¿He comido algo que os pertenecía? Lo que como pertenece a Dios»,
alegó.
La caridad del alguacil para con esos huéspedes no deseados no
parecía ser tan magnífica. Estaban enjutos. Tal vez las comidas del castillo no
estuvieran de acuerdo con las prescripciones que su religión exigía y, en
consecuencia, muchos optaban por no comer lo que se les daba, aventuró. Pero
también la ropa, que seguramente era la que llevaban puesta cuando se les
obligó a abandonar sus casas el año anterior, comenzaba a hacerse jirones.
Algunas mujeres les miraron expectantes mientras atravesaban el
patio. Los hombres estaban demasiado enfrascados en discusiones y no se dieron
cuenta de su presencia.
El más joven de los soldados que los había recibido en la
entrada les guiaba. Cruzaron el puente que salvaba el foso, la puerta enrejada
y luego otro patio.
El frío y enorme salón estaba muy concurrido. Mesas armadas
sobre caballetes se extendían hasta el fondo del recinto, cubiertas por
documentos, listas y cuentas. Los contables los estudiaban minuciosamente, para
después correr a la tarima, donde un hombre corpulento, sentado ante otra mesa
con documentos, listas y cuentas, los apilaba a tal velocidad que amenazaban
con caérsele encima.
Adelia no sabía cuál era la función del alguacil, pero Simón les
había explicado que, en lo concerniente al condado rural donde ejercía esa
función, era el hombre más importante después del rey. Representaba a la corona
y, junto con el obispo diocesano, impartía justicia y era el único responsable
de recaudar impuestos, mantener la paz, perseguir a los delincuentes,
garantizar que no se trabajara los domingos —y vigilar que eso se cumpliera
para que todos pagaran el diezmo y la Iglesia amortizara sus deudas a la
corona—, organizar las ejecuciones, apropiarse en nombre del rey de las
pertenencias de los ajusticiados, y también de las de huérfanos, fugitivos y
bandidos, asegurándose de que su botín fuera a parar a las arcas reales. Y dos
veces al año, enviar el dinero obtenido y el registro de las cuentas al Tesoro
Real en Winchester, a riesgo de perder su puesto si faltaba un solo penique.
—Con tanta responsabilidad, ¿por qué alguien querría ese puesto?
—preguntó Adelia.
—Se lleva un porcentaje —precisó Simón. A juzgar por la calidad
de las vestimentas del alguacil de Hertfordshire y por la cantidad de oro y
piedras preciosas que adornaban sus dedos, el porcentaje era alto, aunque,
seguramente, el alguacil Baldwin lo juzgaba insuficiente. Más que «acosado», la
palabra que mejor le describía era «enajenado». Observaba con la mirada vacía
de un loco al soldado que les había anunciado.
—¿No ven que estoy ocupado? ¿No saben que los jueces ambulantes
están a punto de llegar?
A su lado, un hombre alto y robusto que estaba inclinado sobre
unos papeles se enderezó.
—Señor, creo que estas personas pueden ser de utilidad en el
asunto de los judíos —indicó sir Rowley.
Le hizo un guiño a Adelia, que lo miró sin benevolencia. Otro
igual que el omnipresente Roger de Acton. Y tal vez más siniestro.
El día anterior el prior Geoffrey había enviado una nota a Simón
alertándolo sobre el recaudador de impuestos del rey: «El hombre estaba en la
ciudad al menos en dos de las ocasiones en que desaparecieron niños. Que Dios
Nuestro Señor me perdone si siembro dudas sobre alguien que no las merece, pero
nos corresponde ser cautos hasta que estemos seguros».
Simón comprendía que el prior tuviera motivos para sospechar,
pero no más que de cualquier otro. Decía que le gustaba lo que había visto del
recaudador de impuestos. Adelia, en cambio, desconfiaba de esa apariencia
amigable desde que sir Rowley le había impuesto su presencia mientras examinaba
los cadáveres de los niños. Le parecía un ser perturbador.
Aparentemente sir Rowley tenía el castillo a sus pies. El
alguacil le miraba suplicante, incapaz de afrontar algo más que sus asuntos
inmediatos.
—¿No saben que vendrá un magistrado?
Rowley se dirigió a Simón.
—Mi señor desea saber que os trae por aquí.
—Con el permiso de vuestro señor, desearíamos hablar con Yehuda
Gabirol.
—No hay problema, ¿verdad, mi señor? ¿Puedo mostrarles el
camino? —preguntó sir Rowley, que ya se había puesto en marcha.
El alguacil se aferró a él.
—No me abandonéis, Picot.
—Es sólo un momento, mi señor, os lo prometo.
El recaudador condujo al trío a través del salón, hablando
durante todo el camino.
—El alguacil acaba de saber que los jueces ambulantes pretenden
administrar justicia en Cambridge, justo cuando toca rendir cuentas al tesoro,
lo que significa una considerable cantidad de trabajo extra, y se siente algo,
abrumado, podría decirse. También yo, por supuesto. —Les sonrió con su cara
gordinflona. Habría sido difícil encontrar un hombre menos abrumado—. Tratamos
de descubrir quién tiene deudas con los judíos, y por lo tanto, con el rey.
Chaim era el principal prestamista de este condado y todas sus cuentas se
perdieron en el incendio de la torre. La dificultad que implica recuperar los
documentos perdidos es grande. No obstante... —Sir Rowley hizo una especie de
pequeña reverencia a Adelia—. He oído que la señora doctora ha estado
chapoteando en el Cam. Jamás lo hubiera creído de una doctora, considerando lo
que se vierte en él. Pero tal vez tuvierais vuestros motivos, señora.
—¿Con qué motivo se celebran las sesiones jurídicas? —preguntó
Adelia.
Habían pasado debajo de un arco y seguían a sir Rowley por la
escalera helicoidal de la torre. Las pisadas de Salvaguarda se oían detrás de
ellos.
—En realidad son juicios a cargo de los jueces ambulantes del
rey. Un día del juicio casi tan terrible como el juicio divino para aquellos
que están bajo su autoridad. Se juzga la cerveza y se castiga a quien le agrega
agua. Se juzga el pan y se castiga a quienes no lo pesan honestamente. Se juzga
la culpabilidad o inocencia de los prisioneros que están en la cárcel. Se
decide a quiénes liberar. Declaraciones de tierras, propiedades, pleitos, su
justificación... la lista es extensísima. Es necesario que se constituyan los
jurados. No ocurre todos los años, pero cuando ocurre... ¡Madre de Dios,
ayúdanos, a fe mía que esta escalera es empinada!
Sir Rowley jadeaba. Por las saeteras abiertas entraban rayos de
sol que iluminaban los minúsculos rellanos, cada uno con su puerta en forma de
arco.
—Deberíais tratar de perder peso —le aconsejó Adelia, que tenía
delante el trasero del recaudador mientras subía la escalera.
—Soy un hombre musculoso, señora.
—Gordo —afirmó la doctora y aminoró el paso mientras el hombre
doblaba la curva que tenía delante; de ese modo pudo susurrarle a Simón, que
estaba detrás—: Se quedará para escuchar lo que digamos.
Simón soltó la balaustrada y abrió los brazos.
—Él ya sabe por qué estamos aquí. Él sabe... Señor, está
subiendo con vos estas escaleras y sabe quién sois. ¿Cuál es la diferencia?
La diferencia era que el hombre podía sacar conclusiones de lo
que dijeran a los judíos, mientras que ella no daría nada por cierto hasta
tener pruebas contundentes. Además, no confiaba en sir Rowley.
—¿Y si él fuera el asesino?
—Entonces, ya lo sabe. —Simón cerró los ojos y buscó a tientas
el pasamano.
Sir Rowley los esperaba al final de la escalera, muy ofendido.
—¿Me creéis gordo, señora? Debo deciros que cuando Nur al Din
supo que estaba en camino, levantó su campamento y se perdió en el desierto.
—¿Habéis ido a las cruzadas?
—Los Santos Lugares serían obras inconclusas sin mi
participación.
El recaudador los dejó en una pequeña sala circular donde la
única comodidad eran unos bancos y una mesa iluminados por dos ventanas sin
cristales, prometiendo que el señor Gabirol los atendería en unos minutos y que
les enviaría a su escudero con bebidas.
Simón paseaba de un lado a otro y Mansur se quedó de pie, como
era habitual. Adelia se acercó a las ventanas —una miraba al este, la otra al
oeste— para estudiar el panorama desde cada una de ellas.
Hacia el oeste, entre las colinas, podían verse techos con
almenas en los cuales flameaba un estandarte. A pesar de que en la distancia
era una miniatura, el feudo que sir Gervase había recibido del priorato era más
grande de lo esperado para un caballero. Si el que sir Joscelin había recibido
de las monjas —en el sureste, más allá de lo que se alcanzaba a ver desde allí—
era igualmente grande, aparentemente ambos caballeros habían salido favorecidos
con sus cruzadas.
Llegaron dos hombres. Yehuda Gabirol era joven. Sus negros
aladares, rizados como tirabuzones, enmarcaban unas mejillas hundidas, con un
matiz de palidez latina.
Le acompañaba un anciano que parecía haberse fatigado al subir
la escalera. Casi sin aliento, aferrado al marco de la puerta, se presentó ante
Simón.
—Benjamín ben Rav Moshe. Si vos sois Simón de Nápoles, he
conocido a vuestro padre. El viejo Eli todavía vive, ¿verdad?
El saludo de Simón fue seco, algo poco habitual en él. Del mismo
modo presentó a Adelia y a Mansur: tan sólo dijo sus nombres, sin explicar el
motivo de su presencia.
El anciano saludó inclinando la cabeza; aún resollaba.
—¿Sois vosotros los que ocupáis mi casa?
Aparentemente, Simón no estaba interesado en responder.
—Somos nosotros. Espero que no os moleste —intervino Adelia.
—¿Cómo podría molestarme? —preguntó tristemente el viejo
Benjamín—. ¿Está en buenas condiciones?
—Sí, supongo que al estar ocupada se conservará en mejor estado.
—¿Os gustaron las ventanas del salón?
—Muy bonitas y originales.
Simón se dirigió al joven.
—Yehuda Gabirol, justo antes de Pascua, el año pasado,
contrajisteis matrimonio con la hija de Chaim ben Eliezer, aquí, en Cambridge.
—La causa de todos mis problemas —reconoció melancólicamente
Yehuda.
—El joven viajó desde España para casarse —explicó Benjamín—. Yo
arreglé el casamiento. Sigo pensando que fue una buena elección. Si el
resultado fue desafortunado, ¿es culpa del casamentero?
Simón continuó ignorándolo. Tenía los ojos puestos en Yehuda.
—Un niño de esta ciudad desapareció ese día. Tal vez el señor
Gabirol pueda arrojar luz sobre lo que ocurrió.
Adelia nunca había visto esa faceta de Simón. Estaba disgustado.
Los dos hombres prorrumpieron a hablar en yidis. La aguda voz
del joven era más audible que la de Benjamín, de tono más grave.
—¿Debería saberlo? ¿Acaso soy el guardián de los niños ingleses?
Simón le dio una bofetada.
Un gavilán se apoyó en el alféizar de la ventana, pero partió
enseguida, perturbado por la vibración: el sonido de la bofetada retumbó entre
las paredes de la sala.
En la mejilla de Yehuda se veían las marcas de los dedos.
Mansur se adelantó previendo un contraataque, pero el joven
estaba encogido de miedo y se había cubierto la cara con las manos.
—¿Qué otra cosa podíamos hacer?
Adelia permaneció impasible junto a la ventana mientras los tres
judíos recuperaban la compostura suficiente para arrastrar tres bancos hasta el
centro de la habitación y tomar asiento.
«Hasta para esto tienen un ritual», pensó la doctora.
Benjamín era el que más hablaba; el joven Yehuda se balanceaba y
lloraba.
Había sido una buena boda, recordó Benjamín, una alianza entre
el dinero y la cultura, entre la hija de un hombre rico y este joven erudito
español de excelente cuna al que Chaim pretendía como yerno, y quien le
otorgaría una cuantiosa dote...
—Continuad.
—Era un bello día, a principios del verano. El palio nupcial de
la sinagoga estaba adornado con prímulas. Yo mismo rompí la copa9.
—Continuad con el relato.
—Después de la ceremonia fuimos a casa de Chaim, donde se había
organizado un banquete que, en virtud de la prosperidad del dueño de la casa,
puede durar hasta una semana. Flautas, tambores, violines, címbalos, mesas
repletas de manjares, copas de vino que se llenaban una y otra vez, la
consagración de la novia, vestida de seda blanca, discursos, todo estaba
preparado en el jardín, junto al río, porque la casa no era suficientemente
grande para albergar a todos los invitados, algunos de los cuales habían viajado
más de mil millas para llegar hasta allí. —Luego Benjamín admitió—: Tal vez, en
alguna medida, Chaim estuviera ostentando su riqueza ante la gente de la
ciudad.
Así era, pensó Adelia sin poder evitarlo. Presumía ante los
burgueses de que, pese a no invitarle a sus casas, no tenían inconveniente en
pedir dinero en préstamo.
—Adelante —instó Simón sin remordimientos. En ese momento Mansur
alzó una mano y se acercó de puntillas a la puerta.
—¡Él! —exclamó Adelia, tensa. El recaudador de impuestos estaba
escuchando.
Mansur abrió la puerta con tal fuerza que arrancó la mitad de
los goznes. No era sir Rowley quien estaba arrodillado en el umbral, con la
oreja a la altura del ojo de la cerradura. Era su escudero. En el suelo, a su
lado, había una bandeja con un botellón y varias copas.
Con gran agilidad Mansur recogió la bandeja y de un puntapié
hizo rodar escaleras abajo al hombre que escuchaba a escondidas. El escudero,
un jovenzuelo, llegó hasta un rellano donde quedó doblado, con los pies por
encima de la cabeza.
—¡Ay, ay...! —se le oyó quejarse.
Pero cuando Mansur hizo ademán de seguirlo y patearlo otra vez,
el joven se puso de pie tambaleando y siguió bajando.
Adelia se asombró de que los tres judíos sentados en los bancos
prestaran tan poca atención al incidente, como si se tratara de otro pájaro
posado en el alféizar.
«¿Es el gordinflón sir Rowley el asesino? ¿Por qué le inquietan
los asesinatos de esos niños?».
Para ciertas personas la muerte era algo excitante; Adelia lo
sabía porque había tenido oportunidad de conocerlas. Cuando trabajó con
cadáveres en la cámara de piedra de la escuela no faltaron quienes pretendían
llegar hasta allí recurriendo al soborno. Gordinus se había visto obligado a
apostar un centinela en su granja de la muerte para impedir el paso de hombres,
e incluso de mujeres, deseosos de echar un vistazo a los cadáveres putrefactos
de los cerdos.
Durante el examen que había realizado en la celda de Santa Berta
la doctora no había detectado esa peculiar forma de lascivia en sir Rowley.
Simplemente parecía consternado.
Pero había enviado a esa criatura —Pipin era el nombre del
escudero— para escuchar a escondidas, lo que sugería que el recaudador quería
estar al tanto de las investigaciones que realizaban ella y Simón, tal vez por
curiosidad —en cuyo caso, ¿por qué no preguntarles directamente a ellos?— o por
temor de que esas investigaciones condujeran hasta él.
¿Qué clase de hombre era?
No el que parecía. Era la única respuesta. Adelia volvió a
prestar atención a los tres hombres sentados en círculo.
Simón todavía no había autorizado a Mansur a servir lo que había
en la bandeja. Estaba presionando a los dos judíos para que siguieran contando
lo que había ocurrido durante la boda de la hija de Chaim.
—Era casi de noche. Los invitados se habían retirado al interior
de la casa para bailar, pero los faroles del jardín permanecían encendidos. Y
posiblemente los hombres estuvieran un poco borrachos —añadió Benjamín.
—¿Vais a contarnos lo que ocurrió?
Simón jamás había mostrado tanta ira.
—Eso hago. Entonces, la novia y su madre, dos mujeres tan unidas
como uña y carne, salieron a tomar el aire y conversar. —Benjamín hablaba cada
vez más lentamente, reticente a decir lo que venía a continuación.
—Había un cuerpo. —Todos miraron a Yehuda. Se habían olvidado de
él—. En medio del jardín, como si alguien lo hubiera arrojado desde el río,
desde un bote. Las mujeres lo vieron, un farol lo alumbraba.
—¿Un niño?
—Tal vez. —Si Yehuda lo había visto aturdido por el vino, sólo
habría vislumbrado una silueta—. Chaim lo vio. Las mujeres gritaron.
—¿Lo visteis, Benjamín? —intervino por primera vez Adelia.
Benjamín la miró, pasó por alto su pregunta y se dirigió a
Simón.
—Yo era el casamentero —contestó a modo de respuesta.
El que había arreglado esa gran boda en la que habían abundado
los brindis. ¿Era posible que no hubiera visto nada?
—¿Qué hizo Chaim?
—Apagó todos los faroles —repuso Yehuda.
Adelia vio que Simón asentía, como si le pareciera razonable. Si
una persona descubría un cadáver en su jardín, en primer lugar apagaría los
faroles para que los vecinos o la gente que pasara por allí no lo vieran.
Una reacción sorprendente, se dijo Adelia, pero ella no era
judía. A ellos les habían endilgado la calumnia: en Pascua los judíos
sacrifican niños cristianos. Era como una sombra adicional, cosida a los
talones, que siempre los perseguía.
—La leyenda es una herramienta —le había dicho su padre
adoptivo— utilizada en contra de todos los que temieron y odiaron la religión
por aquellos que les temen y odian. En el siglo I d.C, en el Imperio Romano,
los acusados de usar la sangre y la carne de los niños para sus rituales fueron
los primeros cristianos.
Luego, durante muchos siglos, se creyó que los devoradores de
niños eran los judíos. La creencia estaba tan profundamente arraigada en la
mitología cristiana, y los judíos la habían padecido tan a menudo, que la
respuesta automática ante el descubrimiento del cuerpo de un niño cristiano en
el jardín de un judío fue el ocultamiento.
—¿Qué otra cosa podíamos hacer? —gritó Benjamín—. Decídmelo,
¿qué debíamos haber hecho? Los judíos más poderosos de Inglaterra estaban con
nosotros esa noche. El rabino David había venido de París; el rabino Meir de
Alemania, ambos son grandes conocedores de la Biblia. Sholem de Chester había
traído a su familia. ¿Podíamos permitir que esos señores fueran despedazados?
Necesitábamos tiempo hasta que se marcharan.
De modo que mientras esos importantes invitados montaban en sus
caballos y se dispersaban en la noche, Chaim envolvió el cuerpo en una sábana y
lo llevó al sótano.
Cómo y por qué había aparecido el cuerpo en el jardín y quién lo
había atacado eran asuntos que difícilmente consideraron los judíos de
Cambridge. Su preocupación era librarse de él.
No era porque carecieran de humanidad —se dijo Adelia—, pero
cada uno de ellos sentía tan cercana la posibilidad de ser asesinado, junto a
toda su familia, que cualquier otra preocupación estaba más allá de sus
posibilidades.
Y se libraron torpemente del problema.
—Estaba amaneciendo —siguió Benjamín— y no habíamos tomado
ninguna decisión. El vino y el miedo nos impedían pensar. Chaim fue quien
decidió por todos nosotros, por sus vecinos. Dios lo tenga en su gloria.
«Vayanse a sus casas y ocúpense de sus cosas como si nada hubiera sucedido. Yo
me encargaré de esto; mi yerno y yo», dijo. —Benjamín se quitó la kipá y se
pasó los dedos por la calva como si todavía tuviera pelo—. Jehová, perdónanos.
Así lo hicimos.
—¿Y qué hicieron Chaim y su yerno?
Simón estaba inclinado hacia Yehuda, que nuevamente ocultaba su
rostro entre las manos.
—Ya era de día, no era posible sacarlo a escondidas de la casa
sin que alguien lo viera. Hubo un silencio.
—Quizá —interrumpió Simón— Chaim recordó que había un conducto
en su sótano. —Yehuda lo miró—. ¿Qué era? —preguntó Simón casi con
indiferencia—. ¿Una cloaca? ¿Una vía de escape?
—Un albañal —admitió vacilante Yehuda—. Por el sótano pasa un
arroyo.
Simón asintió.
—Ya veo, un albañal en el sótano. ¿Es grande? ¿Llega hasta el
río? —preguntó, echando un rápido vistazo a Adelia, que asintió en
conformidad—. ¿Acaso da debajo del pilote donde se amarran las barcas de Chaim?
—¿Cómo lo sabéis?
—Por lo tanto —alegó Simón, todavía suavemente—, lanzasteis el
cuerpo a través del desagüe.
Yehuda se estremeció y volvió a llorar.
—Rezamos por él. En la oscuridad del sótano pronunciamos
nuestras oraciones por el muerto.
—¿Pronunciasteis vuestras oraciones por el muerto? Por Dios, qué
bien. Eso habrá complacido al Señor. Pero no comprobasteis si el cuerpo flotaba
en el río, ¿o sí?
Yehuda, sorprendido, dejó de llorar.
Simón se puso de pie y alzó los brazos como si suplicara al Dios
que dejaba vivir a hombres tan necios como aquéllos.
—Se hizo una batida en el río —intervino Adelia en el dialecto
de Salerno, que sólo comprendían Simón y Mansur—, toda la ciudad salió a
buscarlo. Aunque el cuerpo hubiera quedado atrapado entre los pilotes, una
búsqueda tan exhaustiva lo habría descubierto.
Simón meneó la cabeza.
—Tuvieron tiempo de sobra para meditarlo —dijo, abatido, en la
misma lengua—. Somos judíos, doctora. Los judíos cavilamos. Consideramos los
posibles resultados, las ramificaciones, nos preguntamos si es aceptable para
Dios, y si de todos modos debemos hacerlo, aunque no lo sea. Os aseguro que en
el momento en que terminaron de reflexionar y tomaron su decisión los
buscadores ya habían pasado por allí. —Simón suspiró—. Son unos asnos, peor que
asnos; sin embargo, no asesinaron al niño.
—Lo sé.
Pero no habría tribunal que les creyera. Temiendo, con razón,
por sus propias vidas, Yehuda y su suegro habían tomado una decisión
desesperada llevándola a cabo con poca destreza. Sólo habían ganado unos días
de alivio, durante los cuales el cuerpo, atrapado en el pilote, debajo del
agua, se hinchó lo suficiente como para desengancharse por sí mismo y reflotar
hacia la superficie.
Adelia, impaciente, se dirigió a Yehuda.
—Antes de lanzarlo por el albañal, ¿observasteis el cuerpo? ¿En
qué condiciones estaba? ¿Estaba mutilado? ¿Llevaba ropa?
Yehuda y Benjamín la miraron con terror.
—¿Habéis traído a una mujer morbosa ante nosotros? —preguntó
Benjamín a Simón.
—¿Morbosa? —Simón pretendió golpearles de nuevo. Mansur extendió
su brazo para impedirlo—. Vosotros, que arrojasteis a un pobre niño por un
desagüe, ¿habláis de morbo?
Adelia salió de la sala, dejando a Simón en plena invectiva.
Todavía había una persona en el castillo que podía decirle lo que deseaba
saber.
Cuando cruzaba el salón camino del patio, el recaudador de
impuestos advirtió su partida. Se alejó durante un instante del alguacil para
dar instrucciones a su escudero.
—El sarraceno no está con ella, ¿verdad? —preguntó nerviosamente
Pipin, que todavía se masajeaba el trasero.
—Sólo quiero que averigüéis con quién habla.
Adelia cruzó el patio soleado en dirección al rincón donde
estaban reunidas las mujeres judías. Distinguió a la que buscaba por su
juventud y porque, entre todas, ella estaba sentada en una silla que dejaba a
la vista su vientre abultado. Al menos de ocho meses, calculó.
La doctora hizo una reverencia a la hija de Chaim.
—¿Señora Dina?
Unos ojos oscuros, enormes y recelosos la miraron.
—¿Sí?
La joven estaba demasiado delgada para su condición. El vientre
redondeado parecía una protuberancia invasora adherida a una esbelta planta.
Las ojeras y las mejillas hundidas sombreaban una piel como de vitela.
Pensando como médica, Adelia se dijo: «Os hace falta la comida
de Gyltha, señora; me ocuparé de eso».
Se presentó como Adelia, hija de Gershom de Salerno. Su padre
adoptivo podía ser un judío no practicante, pero no era momento para discutir
sobre su apostasía, o la suya propia.
—¿Podríamos hablar? —inquirió mirando a las mujeres que la
rodeaban—. ¿A solas?
Por un momento Dina permaneció inmóvil. Llevaba un velo casi
transparente para protegerse del sol; su ornamentado tocado no era apropiado
para las faenas diarias. La seda del vestido tenía bordados de perlas que
asomaban por debajo del viejo mantón que le envolvía los hombros. Adelia intuyó
apenada que llevaba la ropa con la que se había casado.
Finalmente, Dina agitó una mano y las mujeres se dispersaron.
Fugitiva y huérfana, todavía detentaba autoridad entre las personas de su mismo
sexo. Su padre había sido el hombre más rico de Cambridge. Y estaba aburrida.
Llevaba un año encerrada junto a ellas y seguramente había oído todo lo que
tenían que contar más de una vez.
—¿Sí?
La joven se levantó el velo. No tenía más de dieciséis años y,
era encantadora, pero en su rostro se percibía amargura. Al oír el motivo que
había llevado a Adelia hasta allí, rezongó.
—No hablaré sobre eso.
—Hay que coger al verdadero asesino.
—Todos ellos son asesinos.
Dina inclinó la cabeza como quien se dispone a escuchar, y
apuntó con el dedo para indicar a Adelia que escuchara junto a ella.
Desde el otro lado del muro llegaban débilmente los gritos de
Roger de Acton, que aparentemente estaba recibiendo al obispo en la entrada del
castillo.
—Debemos matar a los judíos —se desprendía de su monserga.
—¿Sabéis lo que ellos le hicieron a mi padre? ¿Lo que le
hicieron a mi madre? —El gesto de aflicción hizo que su joven rostro pareciera
aún más joven—. Echo de menos a mi madre; la añoro.
Adelia se arrodilló junto a ella, le cogió una mano y se la
llevó a la mejilla.
—Ella desearía que fuerais valiente.
—No puedo.
Dina echó la cabeza hacia atrás y dejó que las lágrimas se
derramaran profusamente.
Adelia miró hacia el lugar donde estaban las otras mujeres, que
avanzaban ansiosas y vacilantes, y meneó la cabeza para indicarles que no se
acercaran.
—Sí, sí podéis —la alentó Adelia, y llevó la mano de Dina y la
suya al vientre de la joven—. Vuestra madre desearía que fuerais valiente en
nombre de su nieto.
Pero el dolor de Dina se mezclaba con el terror.
—Ellos matarán también al bebé —repuso abriendo mucho los ojos—.
¿No los oís? Van a entrar aquí. Entrarán.
Ciertamente, la situación en la que se hallaban era terrible.
Adelia había imaginado el aislamiento, incluso el aburrimiento, pero no lo que
significaba esperar, día tras día, como un animal entrampado, que los lobos
llegaran. Era imposible olvidar que había una manada de ellos fuera. Los
aullidos de Roger de Acton estaban allí para recordarlo.
La doctora trató inútilmente de consolarla.
—El rey no permitirá que entren. Vuestro esposo está aquí para
protegeros.
—Él... —espetó Dina. El desprecio secó sus lágrimas. ¿A quién
desdeñaba tanto? ¿Al rey o a su esposo? La joven no había conocido a su
prometido hasta el día de la boda. Una costumbre que Adelia siempre había
considerado desafortunada. La ley judía no permitía que una mujer joven se
casara contra su voluntad, pero muy a menudo eso sólo significaba que no podía
ser obligada a casarse con un hombre al que odiaba. La misma Adelia había
escapado del matrimonio gracias a la liberalidad de su padre adoptivo, que había
acatado su decisión de permanecer célibe.
«Ya hay buenas esposas, en cantidad, gracias a Dios —había
alegado—, pero pocas buenas médicas. Y una buena doctora vale más que un rubí».
En el caso de Dina, el aciago día de la boda y el posterior
encarcelamiento no habían sido un buen augurio para la dicha matrimonial.
—Escuchadme —exigió bruscamente Adelia—, si no queréis que
vuestro hijo se pase el resto de su vida encerrado, si no queréis que un
asesino quede libre y mate a otro niño, decidme sin más dilación lo que quiero
saber. —Y en su desesperación, agregó—: Perdonadme, pero debéis recordar que él
mató a vuestros padres.
Los hermosos ojos de Dina, con las pestañas húmedas, la miraron
como si fuera una ingenua.
—Lo hicieron por eso mismo. ¿No lo sabíais?
—¿Qué?
—El motivo por el cual asesinaron al niño. Lo mataron sólo para
poder culparnos. De otro modo, ¿por qué habrían dejado su cadáver en nuestro
terreno?
—No —refutó Adelia—. No.
—Por supuesto que sí. —Dina hablaba con desprecio—. Fue algo
premeditado. Luego arengaron a la multitud: «Debemos matar a los judíos»,
«Debemos matar a Chaim, el usurero». Eso es lo que gritaban y eso es lo que
hicieron.
«Debemos matar a los judíos». Desde el portón se oía el eco de
esa frase como si la pronunciara un loro.
—Desde entonces han muerto otros niños —informó Adelia,
desconcertada por lo que acababa de escuchar.
—Es obra de ellos. Sus asesinatos son la excusa para que la
gente, llegado el momento, nos cuelgue a todos nosotros. —Dina era inexorable—.
¿Sabíais que mi madre se puso delante de mí? ¿Sabíais que lo hizo para que la
destrozaran a ella y no a su hija?
Súbitamente la joven se cubrió el rostro con las manos y comenzó
a balancearse, como lo había hecho su esposo poco antes. Pero Dina estaba
rezando por sus muertos.
«Ose shalom bimrovav hu iaase shalom aleinu veal kol Israel;
Veimru: Amen».
—Amén. «El que establece la armonía en sus alturas, nos dé con
sus piedades paz a nosotros y a todo el pueblo de Israel. Amén». Si estás ahí,
Dios —rogó Adelia— que así sea.
Evidentemente, para esas personas su situación era producto de
una actitud deliberada, un plan de los cristianos para matar niños y, de esa
manera, acabar con los judíos. Dina no se preguntaba por qué. La historia era
su respuesta.
Suavemente, aunque con firmeza, Adelia apartó las manos de Dina
para poder ver su rostro.
—Escuchadme, señora. Un hombre mató a esos niños. Uno. He visto
sus cuerpos. Les ha causado heridas tan terribles que puedo deciros por qué lo
hizo. Lo hizo porque su grado de lujuria es inconcebible, porque no es un ser
al que podamos reconocer como humano. Simón de Nápoles ha venido a Inglaterra
para liberar a los judíos de su culpa, pero os pido vuestra ayuda, no porque
seáis judía, sino porque atenta contra toda ley, la de Dios y la de los
hombres, que un niño padezca lo que ellos padecieron.
A lo largo del día los ruidos del castillo se habían
incrementado y los delirios de Roger de Acton quedaron reducidos a la categoría
del piar de un pájaro.
Un toro que esperaba ser alimentado embestía la superficie
áspera de la piedra donde los escuderos afilaban las armas de sus amos. Los
soldados se entrenaban. Los niños, a quienes recientemente se les había
permitido jugar en el jardín del alguacil, reían y gritaban.
Fuera, en el lugar donde se realizaban las justas, el recaudador
de impuestos, decidido a adelgazar, se había unido a otros caballeros que se
ejercitaban con espadas de madera.
—¿Qué es lo que queréis saber? —preguntó Dina.
Adelia le acarició la mejilla.
—Sois digna de vuestra valiente madre —alabó y respiró hondo—.
Dina, visteis el cuerpo tendido en el suelo antes de que se apagaran las luces,
antes de que lo cubrieran con una sábana, antes de que se lo llevaran de allí.
¿En qué condiciones estaba?
—Ese pobre niño. —Esta vez Dina no lloraba por su propio dolor,
por su bebé, por su madre—. Ese pobre niño. Alguien le había cortado los
párpados.
Capítulo 8
—Tenía que asegurarme —explicó Adelia—. El niño podía haber muerto
a manos de una persona que no fuera nuestro asesino, o incluso por accidente, y
las heridas podían ser posteriores a su muerte.
—Eso sucede —indicó Simón— cuando se trata de muertes por
accidente, los arrojan al patio del judío que esté más cerca.
—Necesitaba asegurarme de que había muerto de la misma forma que
los otros. Necesitaba una prueba. —Adelia estaba tan cansada como Simón, si
bien no tan disgustada como él por el tratamiento que los judíos habían dado al
cuerpo que encontraron en su jardín. Sentía pena—. Ahora tenemos la certeza de
que los judíos no lo mataron.
—¿Y quién va a creerlo? —se quejó Simón rotundamente
desalentado.
Estaban cenando. Los últimos rayos de sol penetraban a través de
las ridículas ventanas, templando la sala y dando un matiz dorado a la jarra de
peltre de Simón, que, temiendo acabar el vino, había vuelto a beber cerveza
inglesa. Mansur tomaba una bebida de agua de cebada que Gyltha le había
preparado.
—¿Por qué ese carnicero les corta los párpados? —preguntó
Mansur.
—No lo sé. —Adelia prefería no imaginarlo.
—¿Queréis saber lo que pienso? —preguntó Simón.
Ella no quería saberlo. En Salerno le entregaban cuerpos,
algunos muertos en circunstancias sospechosas. Ella los examinaba y entregaba
los resultados a su padre adoptivo, que a su vez los transmitía a las
autoridades; después, los cuerpos eran retirados. Algunas veces había sabido lo
que le había sucedido al delincuente, si había sido capturado... pero siempre
con posterioridad a su trabajo. Ésta era la primera ocasión en la que estaba
involucrada en la cacería del asesino y no estaba disfrutando de la situación.
—Creo que murieron demasiado rápido —anunció Simón—. El asesino
quiso atraer su atención incluso después de muertos.
Adelia giró la cabeza y observó los pequeños insectos que
bailaban en un rayo de sol.
—Yo sé qué partes le cortaré cuando lo atrapemos, inshalá
—exclamó Mansur.
—Y yo seré vuestro ayudante —acordó Simón.
Los dos eran muy diferentes. El árabe estaba erguido en su
silla, los contornos de su oscuro rostro se desdibujaban entre los blancos
pliegues de la kufiya. El judío permanecía inclinado hacia delante, con el sol
alumbrando el perfil de su mejilla, haciendo girar una y otra vez el botellón
con sus dedos. Pero ambos pensaban lo mismo.
¿Por qué veían aquello como lo más grave? Tal vez para ellos lo
fuera, pero era trivial, como castrar a un animal solitario. El daño causado
por esa criatura en particular era demasiado grande para ser castigado por un
humano. El dolor provocado había llegado muy lejos. Adelia evocó a Agnes, la
madre de Harold, y su vigilia. Pensó en los padres congregados en torno a los
pequeños ataúdes en la iglesia de San Agustín; en los dos hombres en el sótano
de Chaim, rezando mientras violentaban su naturaleza librándose de una temible
carga. Pensó en Dina, que nunca podría librarse de la sombra que la cubría.
Tanto daño merecía maldición eterna. No había reparación posible
para los que seguían vivos. No en esta vida.
—¿Estáis de acuerdo conmigo, doctora?
—¿Qué?
—Mi teoría sobre las mutilaciones.
—No es de mi incumbencia. No estoy aquí para comprender los
motivos que pueda tener un asesino para cometer sus crímenes. Tan sólo para
probar que los cometió. —Los hombres la observaron—. Os pido disculpas —repuso
más serena—. Pero no quiero saber qué hay en su mente.
—Probablemente haya que hacerlo antes de que este asunto
concluya, doctora. Pensar como él piensa —indicó Simón.
—Vos lo haréis, sois el clarividente.
Simón suspiró con tristeza. Todos estaban melancólicos esa
noche.
—Consideremos lo que ya sabemos sobre él. ¿Mansur? —Ningún
asesinato con anterioridad al del niño santo. Tal vez sea nuevo en este lugar,
podría haber llegado hace un año.
—Ah, ¿entonces creéis que ya ha hecho esto antes en algún otro
lugar?
—Un chacal es siempre un chacal.
—Es verdad —concedió Simón—. O quizá sea un nuevo soldado del
ejército de Belcebú, que comienza a satisfacer sus deseos.
Adelia frunció el ceño. Según su intuición, el asesino no era un
hombre muy joven.
Simón levantó la cabeza.
—¿Qué os parece, doctora?
La doctora suspiró, la arrastrarían hacia ese asunto a su pesar.
—¿Estamos haciendo suposiciones?
—Poco más podemos hacer.
Reticente, porque su percepción era apenas una silueta
vislumbrada en la niebla, Adelia comenzó.
—Los ataques son frenéticos, lo que sugiere juventud, pero a la
vez planificados, lo que sugiere madurez. Atrae a sus víctimas hacia un lugar
concreto y solitario, como la colina. Creo que esto es así para que nadie oiga
a sus torturados. Posiblemente se tome su tiempo. No en el caso del pequeño
Peter, claramente más apresurado, sino con los otros niños. —Hizo una pausa
porque su teoría era horrorosa y estaba fundada en escasas pruebas—. Es posible
que los mantenga con vida durante algún tiempo después del secuestro. Eso
sugeriría una paciencia perversa y un gusto por las agonías prolongadas.
Esperaba que el cadáver de la víctima más reciente, teniendo en cuenta la fecha
en que fue secuestrada, mostrara un estado de descomposición más avanzado.
—Adelia los miró—. Pero eso puede deberse a tantos motivos que, como hipótesis,
no tiene peso alguno.
—Ajá. —Simón apartó su copa como si la bebida le ofendiera—. No
seguiremos especulando. De todos modos, tenemos que investigar los movimientos
de cuarenta y siete personas, no sólo de los que vestían hábitos de lana negra.
Le escribiré a mi esposa para decirle que no regresaré a casa por ahora.
—Otra cosa —intervino Adelia—. Hoy cuando hablé con la señora
Dina, me comentó que los asesinatos son el resultado de una conspiración para
culpar a su pueblo...
—No lo son —opinó Simón—. Quizás trata de implicar a los judíos
con sus Estrellas de David, pero no mata por ese motivo.
—Estoy de acuerdo. Cualquiera que sea la primera motivación de
estos asesinatos, no es racial. Hay demasiada ferocidad sexual en ellos. —La
doctora hizo una pausa. Se había jurado no adentrarse en la mente del asesino,
pero sentía que de sí misma surgía un apéndice que lograba alcanzarla y
atraparla—. No obstante, no existe razón alguna para que no se beneficiara con
esa suposición. ¿Por qué arrojó el cuerpo del pequeño Peter en el jardín de
Chaim?
Simón levantó las cejas. La pregunta no necesitaba respuesta:
Chaim era judío, el eterno chivo expiatorio.
—Eso funcionaría muy bien —contestó Mansur—. Ninguna sospecha
sobre el asesino. Y... —el moro cruzó su garganta con el dedo—, adiós, judíos.
—Exactamente —afirmó Adelia—. Adiós, judíos. Una vez más,
convengo en que es probable que el hombre quisiera implicar a los judíos cuando
cometía sus crímenes. Pero ¿por qué eligió a ese judío en particular? ¿Por qué
no dejó el cuerpo en alguna de las otras casas? Estaban vacías y oscuras porque
todos los habitantes de la judería se hallaban en la boda de Dina. Si cogió un
bote, y seguramente así fue, esta casa, la del viejo Benjamín, es la más
cercana al río. El asesino podía haber depositado el cuerpo aquí. En cambio,
asumió un riesgo innecesario y eligió el jardín de Chaim, que estaba bien
iluminado, para arrojarlo.
Simón se inclinó un poco más hacia delante. Su nariz casi tocaba
uno de los candelabros de la mesa.
—Continuad.
Adelia se encogió de hombros.
—Basta observar el resultado final. Los judíos inculpados; la
multitud enloquecida; Chaim, el prestamista más importante de Cambridge,
ahorcado. La torre que contenía los registros de todos aquellos que debían
dinero a los usureros, por ejemplo, a Chaim, incendiada.
—¿Le debería el asesino dinero a Chaim? ¿Nuestro asesino, una
vez satisfecha su perversidad, también quería cancelar su deuda —Simón
consideraba la posibilidad—. Pero ¿pudo haber calculado que la multitud
incendiaría la torre? ¿O que ésta iría a buscar a Chaim y lo ahorcarían?
—Él es parte de la multitud —alegó Mansur. Su voz infantil se
transformó en un chillido—: «Debemos matar a los judíos, debernos matar a
Chaim, terminar con la roñosa usura. Al castillo, llevemos antorchas».
Sorprendido por el sonido, Ulf asomó la cabeza por la
balaustrada de la galería, como un pompón de diente de león blanco, y
despeinado en la creciente oscuridad.
Adelia le hizo un gesto admonitorio.
—Es hora de dormir.
—¿Por qué hablan en esa jerigonza extranjera?
—Para que no escuchéis las conversaciones de los demás. A la
cama.
Ulf asomó medio cuerpo.
—¿Entonces creen que los judíos no mataron a Peter y a los
otros?
—No —contestó Adelia. Y agregó, dado que Ulf había sido quien
había descubierto el desagüe y se lo había mostrado—: Peter estaba muerto
cuando lo encontraron en el jardín. Estaban asustados y lo pusieron en el
albañal para que no sospecharan de ellos.
—Muy listos, ¿verdad? —gruñó disgustado el chico—. Entonces,
¿quién lo mató?
—No lo sabemos. Alguien que quería culpar a Chaim, tal vez una
persona que le debía dinero. Ya es hora de que os vayáis a la cama.
Simón levantó una mano para detenerlo.
—No sabemos quién fue, hijo, tratamos de descubrirlo. —Luego se
dirigió a Adelia en salernitano—: El chico es inteligente y nos ha sido de
utilidad. Tal vez pueda investigar para nosotros.
—No. —Adelia se sorprendió de su propia vehemencia.
—Puedo ayudar. —Ulf abandonó la balaustrada y bajó corriendo las
escaleras—. Soy un buen rastreador. Puedo seguir una huella por toda la ciudad.
Gyltha llegó para encender las velas.
—Ulf, vete a dormir antes de que alimente contigo a los gatos.
—Cuéntales, abuela —pidió Ulf con desesperación—. Diles que soy
un rastreador hábil. Y oigo cosas, ¿verdad, abuela? Puedo oír cosas que nadie
oye porque nadie me presta atención. Puedo ir a muchos lugares... Es mi deber
hacerlo, abuela. Harold y Peter eran mis amigos.
Los ojos de Gyltha se encontraron con los de Adelia. El
instantáneo terror que reflejaron advirtió a Adelia que Gyltha pensaba igual
que ella: el asesino volvería a matar.
Un chacal es siempre un chacal.
—Ulf puede venir con nosotros mañana y mostrarnos dónde fueron
hallados los tres niños —dijo Simón.
—Eso es al pie de Wandlebury Ring —objetó Gyltha—. No quiero que
el chico esté por allí.
—Llevaremos a Mansur con nosotros. El asesino no está en la
colina, Gyltha. Está en la ciudad. Allí secuestró a los niños —explicó Simón.
Gyltha miró a Adelia. Ésta asintió. El chico estaría más seguro
en su compañía que rondando por Cambridge rastreando sus propias pistas.
—¿Qué haremos con los enfermos?
—El doctor no atenderá ese día —declaró Simón con firmeza.
—De camino a la colina visitaremos a los casos más graves de
ayer. Quiero asegurarme del diagnóstico del niño con tos. Y la amputación
necesita un cambio de vendajes —dijo Adelia igualmente firme.
—Deberíamos habernos presentado como astrólogos, o abogados.
Algo inútil. Me temo que el espíritu de Hipócrates nos ha ungido con el yugo
del deber —apuntó Simón.
—Así es. —En el restringido panteón de Adelia, Hipócrates era el
dios supremo.
Lograron que Ulf desapareciera hacia el sótano donde dormían él
y las criadas. Gyltha se retiró a la cocina y los tres extranjeros reanudaron
su conversación.
Simón golpeteaba la mesa con los dedos, pensativo. De pronto se
detuvo.
—Mansur, mi buen y sabio amigo, creo que tenéis razón. Nuestro
asesino formaba parte de la multitud congregada hace un año que clamaba por la
muerte de Chaim. Doctora, ¿estáis de acuerdo?
—Podría ser —admitió cautelosa Adelia—. Ciertamente, la señora
Dina cree que la multitud fue congregada deliberadamente.
«Debemos matar a los judíos», pensó. La exigencia preferida de
Roger de Acton.
—Tal vez los actos de esa criatura sean tan horribles como su
persona.
Lo dijo en voz alta, aunque tenía sus dudas: el asesino de niños
sería una persona persuasiva. No podía imaginar a la tímida Mary tentada por
Acton, sin importar cuántos dulces le ofreciera. Ese hombre carecía de astucia,
era un bufón horrible que no hacía más que perorar. Sin embargo, aun cuando
despreciaba profundamente a esa raza, probablemente hubiera pedido dinero
prestado a un judío.
—No necesariamente —objetó Simón—. He visto a hombres que al
salir de la contaduría de mi padre con los monederos repletos de su oro
condenaban la usura. No obstante, el hombre viste esa tela de lana y debemos
averiguar si estuvo en Cambridge en las fechas indicadas.
Simón estaba más animado. Quizás pudiera adelantar su regreso a
casa.
—Au loup! —Ante el desconcierto de sus compañeros, sonrió y
aclaró—: Estamos sobre la pista, amigos míos. Somos como Nimrod. Señor, si
hubiera sabido las emociones que depara la caza, habría abandonado mis estudios
para convertirme en cazador. Tyer-hillaut. ¿Es así el reclamo?
—Creo que los ingleses gritan halloo y tally ho —sugirió
amablemente Adelia.
—¿Sí? Con qué rapidez se corrompe la lengua... Bien, lo que
importa es que nuestro objetivo está en el punto de mira. Mañana regresaré al
castillo y usaré este excelente órgano —Simón se dio un golpecito en la nariz,
que se movía como la de un animal en busca de su presa— para husmear quién es
el hombre de Cambridge reticente a saldar su deuda con Chaim.
—Mañana no —adujo Adelia—. Mañana iremos a Wandlebury Ring a
indagar, y debemos ir los tres. Y Ulf.
—Pasado mañana, pues. —Simón no se daría por vencido. Alzó su
jarra, primero hacia Adelia y luego hacia Mansur—. Estamos en la pista,
señores. Un hombre de edad madura, que estuvo en Wandlebury Ring hace tres
noches, en Cambridge tales y cuales días. Un hombre que debía mucho dinero a
Chaim y dirigió a la multitud que clamó por la sangre del prestamista. Que
tiene relación con las prendas de lana negra que usan los religiosos. —Simón
bebió un gran trago de cerveza y se limpió la boca—. Prácticamente sabemos de
qué medida son sus botas.
—Que podrían ser de cualquier otra persona —concluyó Adelia.
A esa enumeración, ella habría agregado un toque de genialidad,
porque, seguramente, si al igual que Peter los otros niños habían ido
voluntariamente al encuentro de su asesino, éste tuvo que persuadirlos con
encanto, incluso con humor. Pensó en el obeso recaudador de impuestos.
Gyltha no se avenía bien con la costumbre de trasnochar y llegó
dispuesta a limpiar la mesa mientras los extranjeros todavía estaban sentados a
su alrededor.
—Echemos un vistazo a ese dulce. Tengo al tío de Matilda B. en
la cocina. Fabrica confituras. Tal vez haya visto algo parecido —comentó
Gyltha.
Un comportamiento así habría sido impensable en Salerno, pensó
Adelia mientras subía las escaleras. En la villa de sus padres, su tía se
aseguraba de que los sirvientes no sólo supieran cuál era su lugar, sino de que
lo demostraran con su actitud, y hablaran, respetuosamente, sólo cuando se
dirigían a ellos. Pero ¿qué era preferible?, ¿deferencia o colaboración?
Volvió con el dulce que había encontrado enredado en el cabello
de Mary y desplegó el lienzo en la mesa. Simón retrocedió. El tío de Matilda B.
lo tocó con un dedo pálido y meneó la cabeza.
—¿Estáis seguro? —preguntó Adelia y apuntó una vela hacia el
confite para iluminarlo mejor.
—Es un jujube —reconoció Mansur.
—Hecho con azúcar, según creo —apostilló el tío—. Muy caro para
mi tienda, nosotros hacemos los dulces con miel.
—¿Cómo lo habéis llamado? —preguntó Adelia a Mansur.
—Un jujube. Mi madre los hacía. Que Alá la proteja.
—¡Un jujube! —exclamó Adelia—. Por supuesto, los hacen en el
barrio árabe de Salerno. Oh, Dios... —La doctora se desplomó en una silla.
—¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? —Simón estaba de pie junto a ella.
—No eran ju-judíos, eran jujubes.
Adelia cerró los ojos y los mantuvo apretados, esforzándose en
representar mentalmente la escena en la que un niño miraba hacia atrás antes de
desaparecer entre las sombras de los árboles.
Cuando los abrió, Gyltha había acompañado a Matilda B. y a su
tío hasta la puerta y ya estaba de regreso. Unos rostros perplejos la
observaban.
—Eso fue lo que dijo el pequeño Peter. Ulf me explicó que Peter
le gritó a su amigo Will, desde el otro lado del río, que iba a buscar
ju-judíos. Pero no fue eso lo que dijo. En realidad, fue a buscar jujubes. Una
palabra que Will jamás había oído y la tradujo como ju-judíos.
Todos enmudecieron. Gyltha había acercado una silla y se había
sentado junto a ellos, con los codos en la mesa y las manos en la frente.
Simón rompió el silencio.
—Tienes razón.
Gyltha les miró.
—Le tentaron con eso, seguro. Pero nunca había oído esa palabra.
—Posiblemente los traiga un comerciante árabe —señaló Simón—.
Son dulces de Oriente. Buscaremos a alguien que tenga relación con árabes.
—Cruzados a quienes les gusten los dulces, posiblemente —opinó
Mansur—. Los cruzados solían traerlos consigo de regreso a Salerno. Tal vez
alguno de ellos los haya traído hasta aquí.
—Cierto —indicó Simón nuevamente exaltado—. Es cierto. Nuestro
asesino ha estado en Tierra Santa.
A la mente de Adelia no acudieron sir Gervase o sir Joscelin,
sino, una vez más, el recaudador de impuestos, otro cruzado.
Las ovejas, como los caballos, no pisan por propia voluntad a
los caídos. El pastor a quien llamaban el viejo Walt seguía a su rebaño —que,
como todos los días, iba a pastar a Wandlebury Ring— cuando observó que en esa
marea lanuda se abría una brecha, como si un profeta invisible la hubiera
instado a dividirse. Al llegar al obstáculo que los animales debían sortear, la
marea ya había vuelto a unirse. Pero su perro estaba aullando.
Entonces vio los cuerpos de los niños —cada uno con un extraño
símbolo en el pecho— y sintió que el curso de su vida, en la que su único
enemigo eran el mal tiempo o criaturas de cuatro patas, se rompía.
Ahora el viejo Walt trataba de cambiarlo. Murmuraba a solas, con
las manos resecas y arrugadas sobre el cayado. Una especie de saco le cubría
los hombros y la cabeza. Los ojos, como dos abalorios, miraban fijamente el
lugar donde había visto los cadáveres. Ulf, sentado junto a él, dijo que estaba
rezando a la Virgen.
—Seguramente para que purifique el lugar.
Adelia se había sentado en un tronco un poco más atrás.
Salvaguarda estaba a su lado. Intentaba sonsacar al pastor, aunque los ojos del
hombre recorrieron su silueta sin verla. Pudo comprobar que una mujer
extranjera era para el pastor algo tan desconocido que se transformaba en
invisible.
Sería Ulf quien hiciera las preguntas, ya que, al igual que el
pastor, era un habitante de los pantanos y, en consecuencia, conocía
perfectamente el paisaje.
El paisaje era ciertamente misterioso. A la izquierda de Adelia,
la pendiente del terreno bajaba hasta la llanura del pantano y el océano de
alisos y sauces que guardaba tantos secretos. Hacia la derecha se veía la cima
lejana y desnuda de la colina con las laderas boscosas donde ella, Simón,
Mansur y Ulf habían pasado las tres últimas horas examinando las extrañas
depresiones del terreno; se habían agachado para mirar debajo de los arbustos y
habían buscado una guarida donde hubiera podido cometerse el asesinato, sin
resultados.
Una y otra vez las nubes oscurecían el cielo, llovía levemente y
relucía de nuevo el sol. Aquello parecía afectar a los sonidos de la
naturaleza: el canto de las currucas; las hojas que se estremecían bajo la
lluvia; la brisa que hacía crujir un viejo manzano; los resuellos de Simón,
hombre de ciudad, mientras avanzaba a trompicones; el ruido seco con que las
ovejas engullían bocados de hierba, todo estaba, a juicio de Adelia, recubierto
de un denso silencio en el que aún resonaban gritos insólitos.
Al divisar a lo lejos al pastor —el pastor del priorato, porque
aquéllas eran las ovejas de San Agustín—, encontró la excusa para dejar a los
dos hombres husmear y, contenta, se fue con Ulf para hacerle algunas preguntas.
Repasaba por enésima vez el motivo que los había llevado hasta
aquel lugar: los niños habían muerto en un terreno de cal. No había duda de
ello.
Pero habían sido encontrados en el lodo, allí abajo, en el
sendero fangoso por el que transitaban las ovejas de camino a la colina. Y más:
habían sido hallados la mañana posterior al alboroto que había provocado la
presencia de extraños.
Ergo, los cadáveres habían sido trasladados durante la noche.
Desde sus tumbas de cal. Y la cantera más cercana, la única desde donde era
posible hacer ese traslado en tan pocas horas era Wandlebury Ring.
Miró hacia allí, pestañeando para apartarse las gotas de lluvia,
y vio que Simón y Mansur habían desaparecido.
Estarían abriéndose paso entre los profundos y oscuros senderos
—alguna vez habían sido zanjas que rodeaban la colina— que las copas de los
árboles oscurecían aún más.
¿Qué antiguos pobladores habían cavado esas zanjas y con qué
propósito?
Adelia se preguntó si la sangre de los niños habría sido la
única derramada en aquel terreno. ¿Era posible que un lugar fuera
intrínsecamente malvado, que atrajera lo más oscuro del alma humana y, por eso
mismo, al asesino?
¿O tal vez Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar era presa de las
supersticiones como el anciano que murmuraba conjuros de pie en la hierba?
—¿Hablará con nosotros? —musitó la doctora—. Debe saber si hay
una cueva o algo semejante allí arriba.
—Se niega a subir por la colina —farfulló Ulf, en respuesta—.
Dice que el viejo Nick baila allí por las noches. Los hoyos del suelo son sus
huellas.
—Pero permite que sus ovejas suban.
—En esta época del año tendría que recorrer muchas millas para
encontrar pastos como éstos. El perro las acompaña y le avisa si algo anda mal.
Un perro inteligente. Sería suficiente que Adelia abriera la
boca para que Salvaguarda se escondiera hasta que ella decidiera bajar de la
colina.
La doctora se preguntaba a qué Virgen invocaba el pastor. ¿A
María, madre de Jesús? ¿A alguna divinidad primitiva?
La Iglesia no había logrado prohibir todos los dioses paganos.
Para este anciano las depresiones que se veían en la cima de la colina eran las
huellas de un horror que había precedido al Satán de la cristiandad durante
miles de años.
En la mente de Adelia surgió la imagen de una bestia gigante,
con cuernos, que a su paso pisoteaba a los niños. Se santiguó. ¿Qué le estaba
sucediendo? El frío y la humedad comenzaron a provocarle malestar.
—Maldita sea, preguntadle si verdaderamente ha visto al viejo
Nick en la cima.
Ulf formuló la pregunta con una voz alta y cantarina que ella no
podía comprender. El anciano respondió en el mismo tono.
—Dice que no se acerca a ese lugar. No le culpo. Ha visto los
fuegos durante la noche...
—¿Qué fuegos?
—Luces. Walt supone que es el fuego del viejo Nick, que danza
alrededor de él.
—¿Qué clase de fuego? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Pero el staccato de preguntas había perturbado la comunión que
el pastor había establecido con el espíritu del lugar. Ulf hizo un gesto a
Adelia para que cerrara la boca y ésta volvió a meditar sobre los espíritus del
bien y del mal.
Ese día, en la colina, Adelia se había alegrado de llevar bajo
la túnica el pequeño crucifijo de madera que Margaret le había regalado, y que
usaba por amor a su niñera. No tenía nada en contra de la fe que predicaba el
Nuevo Testamento, que era una religión piadosa y sensible. De hecho, de
rodillas junto a su niñera agonizante, había sido al Jesús de Margaret a quien
había suplicado que la salvara. Él no lo había hecho, pero Adelia lo perdonaba.
El amoroso y viejo corazón de Margaret ya estaba muy cansado para seguir
funcionando y al menos su muerte había sido serena.
Lo que Adelia le reprochaba a la Iglesia era que representara a
Dios como un ser trivial, estúpido, avaro, retrógrado, un tirano antediluviano
que, habiendo creado un mundo tan magníficamente variado, prohibía hacer
preguntas sobre su complejidad, dejando que su pueblo se debatiera en la
ignorancia.
Por no mencionar las mentiras. A los siete años, cuando era
alumna del convento de San Jorge, Adelia estaba dispuesta a creer lo que las
monjas y la Biblia dijeran. Hasta que la madre Ambrosia mencionó la costilla...
El pastor había terminado sus oraciones y le estaba diciendo
algo a Ulf.
—¿Qué dice?
—Habla de los cuerpos, de lo que el demonio les hizo.
Era evidente que el viejo Walt se dirigía a Ulf como a un igual.
Tal vez el hecho de que el chico supiera leer lo elevaba a un nivel superior al
del pastor, y eso obviaba la diferencia de edades.
—¿Y ahora?
—Dice que jamás había visto algo así desde la última vez que el
viejo Nick estuvo aquí y le hizo algo parecido a unas ovejas.
—Oh. —Un lobo u otro animal, pensó Adelia.
—Lamenta no ver muerto a ese hijo de perra, pero sabe que
volverá.
«¿Qué le hizo el viejo Nick a las ovejas?».
—¿Qué hizo? —preguntó de pronto Adelia—. ¿Qué ovejas? ¿Cuándo?
Ulf hizo la pregunta y recibió la respuesta.
—Fue durante un año de grandes tormentas.
—Por Dios, cómo no lo he pensado. ¿Dónde enterró a los animales?
Al principio Adelia y Ulf usaron ramas de árboles como si fueran
picas, pero la cal se desmenuzaba con demasiada facilidad y no sacaban una
cantidad considerable, de modo que se vieron obligados a cavar con las manos.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Ulf, no sin motivo.
—Huesos, niño, huesos. Alguien que no era un zorro, ni un lobo
ni un perro, alguien, atacó a esas ovejas. Eso dijo el pastor.
—El dijo que fue el viejo Nick.
—No existe ningún viejo Nick. Las heridas eran similares, ¿no
fue eso lo que dijo?
El rostro de Ulf perdió el brillo, un signo —Adelia estaba
empezando a conocerlo— de que no le había gustado oír la descripción de las
heridas. Tal vez no tenía que haberlo escuchado. Pero era demasiado tarde.
—Debemos seguir cavando. ¿En qué año fueron las grandes
tormentas?
—El año que se derrumbó el campanario de Santa Etel.
Adelia suspiró. En el mundo de Ulf las estaciones se sucedían
sin que nadie reparara en ello, los cumpleaños pasaban desapercibidos, sólo los
hechos inusuales registraban el paso del tiempo.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó la doctora, y agregó, con
sentido práctico—: ¿En Navidad?
—No era Navidad, era la época de las prímulas. —La expresión del
rostro de Adelia, veteado de cal, instó a Ulf a concentrarse en la pregunta—.
Hace seis o siete Navidades.
—Seguid cavando. Seis o siete años antes.
Por aquel entonces había en Wandlebury Ring un corral para las
ovejas. El viejo Walt había dicho que allí encerraba al rebaño durante la
noche. Había dejado de hacerlo desde la mañana en que encontró la puerta rota y
abierta y los animales muertos en la hierba alrededor del corral.
Cuando el prior Geoffrey supo lo ocurrido, no hizo caso a la
endemoniada historia del pastor. Un lobo, aseguró, y dispuso una cacería para
encontrarlo.
Pero Walt sabía que no se trataba de un lobo. Los lobos no
hacían eso. El pastor había cavado un pozo al pie de la colina, lejos de las
pasturas, y había trasladado los cuerpos, uno por uno, para enterrarlos «de
manera reverente», según le contó a Ulf.
¿Hay almas humanas tan atormentadas como para clavar una y otra
vez su cuchillo en el cuerpo de una oveja? Dios quiera que sólo exista una.
—Aquí hay algo. —Ulf había descubierto un cráneo alargado.
—Bien hecho. —Los dedos de Adelia también tropezaron con unos
huesos—. Debemos encontrar los cuartos traseros.
El viejo Walt les había simplificado las cosas. Con la intención
de que los espíritus de sus ovejas descansaran en paz había dispuesto los
cadáveres en prolijas hileras, como soldados muertos en el campo de batalla.
Adelia tiró de uno de los esqueletos, se acuclilló en el suelo y
le sacudió la cal. No había luz suficiente para examinarlos. Tendría que
esperar a que la lluvia cesara. Al cabo de un rato dejó de llover.
—Ulf, buscad a maese Simón y a Mansur —pidió serenamente la
doctora.
Los huesos estaban limpios, no tenían nada de piel ni lana, lo
que concordaba con el largo tiempo que habían estado sepultados. La parte que
en un cerdo —el único esqueleto animal que Adelia conocía— correspondía a la
pelvis y al pubis estaba terriblemente dañada. El viejo Walt tenía razón: no
había marcas de dientes, eran heridas de puñal.
Cuando el chico partió, Adelia buscó su morral, aflojó el
cordón, sacó la pequeña pizarra que llevaba a todas partes y comenzó a dibujar.
Las roturas de los huesos coincidían con las que había visto en los cuerpos
infantiles. Si no eran obra del mismo cuchillo, se trataba de uno muy similar,
toscamente afilado, como el borde de una madera plana a la que le hubieran
sacado punta.
¿Qué clase de arma era ésa? Ciertamente no podía ser de madera.
Ni tampoco de acero, y dudaba que fuera de hierro con esa forma indefinida. Y
sin embargo era terriblemente incisiva: la espina dorsal del animal estaba
seccionada.
¿Acaso había sido ésa la primera vez que el asesino había puesto
de manifiesto su furia descontrolada? ¿Con animales indefensos? Siempre con los
indefensos.
Pero ¿por qué ese intervalo de seis o siete años hasta que había
vuelto a matar? Ese tipo de conductas no se podían controlar durante tanto
tiempo. Posiblemente no existiera tal intervalo. Habría seguido matando
animales en algún otro lugar y sus muertes se habrían atribuido a un lobo. ¿En
qué momento los animales habían dejado de satisfacerlo? ¿Cuándo había pasado a
los niños? ¿Había sido el pequeño Peter el primero?
Quizá se había ido a otra ciudad —un chacal es siempre un
chacal—, sembrando la muerte a su paso, y al final había regresado a esa
colina, su lugar favorito. El lugar de su danza ritual.
Adelia cerró la pizarra para protegerla de la lluvia, apartó el
esqueleto y se recostó en el suelo boca abajo tratando de llegar hasta la
profundidad del pozo, donde había más huesos. Alguien le dio los buenos días.
«Ha vuelto».
Durante un instante permaneció inmóvil; luego giró torpemente,
con las manos en los esqueletos que tenía detrás para evitar que su torso
cayera encima de ellos.
—¿Hablando con huesos otra vez? —preguntó con interés el
recaudador de impuestos—. ¿Qué le dicen éstos? ¿Beeeee?
Adelia advirtió que la falda se le había levantado dejando a la
vista buena parte de su pierna desnuda, pero no estaba en posición de taparse.
Sir Rowley se inclinó, puso sus manos bajo las axilas de Adelia
y la levantó como si fuera una muñeca.
—Lázaro levantándose de la tumba. Totalmente cubierta de polvo.
—El recaudador comenzó a sacudir su ropa, levantando nubes de cal de olor
ácido.
Adelia apartó la mano, ya no asustada, sino disgustada, muy
disgustada.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Paseando. Es saludable, doctora, seguramente estaréis de
acuerdo.
Sir Rowley estaba radiante y de buen humor; su nítida figura
destacaba en el brumoso paisaje gris. Con las mejillas rubicundas y la capa
parecía un descomunal petirrojo. Se quitó el sombrero para hacerle una
reverencia y con el mismo movimiento recogió su pizarra. Con aparente torpeza,
la abrió y se dispuso a mirar los dibujos.
La cordialidad desapareció. El recaudador se inclinó para
observar el esqueleto. Lentamente se irguió.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hace seis o siete años —respondió Adelia.
«¿Habrá sido él? ¿Se esconderá la locura detrás de esos
desenfadados ojos azules?», se preguntó la doctora.
—Entonces, comenzó con ovejas.
—Sí.
«¿Una inteligencia veloz? ¿O astucia para fingir, sabiendo que
ella ya lo habría deducido?».
La mandíbula de sir Rowley estaba tensa. El hombre que ahora
tenía delante era diferente, mucho menos benévolo. Parecía haber adelgazado.
La lluvia era más intensa. No había señales de Simón ni de
Mansur.
De repente la cogió del brazo y la arrastró. Salvaguarda, que no
había alertado a la doctora de que alguien se acercaba, correteaba alegremente
detrás de ellos. Adelia sabía que tenía que sentir miedo, pero todo lo que
sentía era furia.
Se detuvieron al abrigo de una haya.
—¿Por qué siempre me lleváis ventaja? —Picot la zarandeó—.
¿Quién sois, mujer?
Ella era Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar y estaba siendo
maltratada por un hombre.
—Soy una doctora de Salerno. Me debéis respeto.
Sir Rowley se miró sus enormes manos, aferradas a los brazos de
Adelia, y la soltó.
—Os ruego vuestro perdón, doctora. ¿Estáis bien? —repuso con
tímida sonrisa.
El recaudador se quitó la capa, la extendió cuidadosamente al
pie del árbol y la invitó a sentarse sobre ella. Adelia se alegró de hacerlo;
todavía le temblaban las piernas. El hombre se sentó a su lado.
—Veréis, tengo particular interés en descubrir a este asesino,
pero cada vez que sigo un hilo que puede llevarme a las profundidades de su
laberinto, no encuentro al Minotauro, sino a Ariadna —explicó juiciosamente.
—Y Ariadna os encuentra a vos. ¿Puedo preguntaros qué hilo os ha
conducido hoy hasta aquí?
Salvaguarda levantó la pata en el árbol y luego se instaló en
una de las esquinas libres de la capa.
—¡Oh, eso! —exclamó sir Rowley—. Es fácil de explicar. Cuando me
solicitasteis que anotara la historia que esos pobres huesos os contaron,
indicasteis que habían sido trasladados desde cal a lodo. Una reflexión
instantánea sugería incluso en qué momento se había realizado el traslado. —El
recaudador la miró—. Supongo que vuestros compañeros están buscando en la
colina. —Adelia asintió—. No encontrarán nada. Lo sé bien porque he estado
rondando por la colina las dos últimas noches y creedme, señora, no hay lugar
donde guarecerse cuando llega la oscuridad. —Sir Rowley golpeó con el puño el
trozo de capa que había entre los dos. Adelia se sobresaltó y Salvaguarda la
miró—. Pero está allí. Maldita sea. La clave hacia el Minotauro conduce a ese
lugar. Esos pobres chicos así lo indican. —El recaudador se miró la mano como
si jamás se la hubiera visto antes y la abrió—. De modo que me excusé con el
señor alguacil y monté mi caballo para volver a mirar. ¿Y qué descubrí? A la
señora doctora escuchando lo que dicen otros huesos. Ya lo sabéis todo.
Sir Rowley había recuperado su alegría. La lluvia había caído
suavemente mientras él hablaba. En ese momento reapareció el sol.
Adelia lo creyó tan variable como el clima y pensó que ocultaba
algo.
—¿Os gustan los jujubes?
—Los adoro, señora. ¿Por qué? ¿Me ofreceréis uno?
—No.
—Ah. —La miró con los ojos entornados, como si se tratara de
alguien cuya mente no debía perturbar. Luego habló lenta y amablemente—. Tal
vez podáis decirme quién os ha enviado, a vos y a vuestros compañeros, a
realizar esta investigación.
—El rey de Sicilia.
—El rey de Sicilia —asintió cautelosamente sir Rowley.
Adelia comenzó a reírse. Podría haber dicho la reina de Saba o
el Gran Panjandrum. El recaudador no reconocería que decía la verdad, dado que
no estaba acostumbrado a ello. La tomaría por loca.
La luz del sol se filtraba entre las ramas de haya arrojando
sobre ella una lluvia de cobrizos peniques recién acuñados.
Su penetrante mirada ensombreció a Adelia, que miró hacia otro
lado.
—Volved a casa —aconsejó sir Rowley—. Regresad a Salerno.
La figura de Ulf apareció junto al pozo de las ovejas guiando a
Simón y a Mansur hacia ellos.
El recaudador se irguió muy serio.
—Buenos días, señores —saludó y a continuación explicó el motivo
de su presencia.
Debido a su colaboración con la doctora cuando ésta había
realizado el examen post mórtem de los pobres niños... dedujo, al igual que
ellos, que la colina era el lugar de... Había sondeado el terreno sin hallazgo
alguno... Sería conveniente que los cuatro intercambiaran sus averiguaciones
para llevar a ese demonio ante la justicia...
Adelia se alejó en dirección a Ulf, que estaba sacudiendo su
gorra en la pierna para quitarle las gotas de lluvia. El chico señaló al
recaudador de impuestos.
—No me gusta.
—A mí tampoco —admitió Adelia—. Pero a Salvaguarda parece
agradarle.
Estaba contemplando cómo sir Rowley acariciaba la cabeza del
perro. «Más tarde lo lamentará», pensó distraída la doctora.
Ulf gruñó, disgustado.
—¿Creéis que el que hizo eso a las ovejas fue el mismo que mató
a Harold y a los otros?
—Sí. El arma era similar.
—Me pregunto dónde ha estado asesinando todos estos años —repuso
Ulf.
Era una pregunta inteligente. Hasta Adelia se la había formulado
a sí misma. El recaudador de impuestos también debería habérselo preguntado. Y
no lo había hecho.
«Porque lo sabe», pensó la doctora.
Mientras conducía el carro camino a la ciudad —se diría que eran
buenos vendedores de medicinas después de un día dedicado a recolectar
hierbas—, Simón de Nápoles expresó su satisfacción por haber unido fuerzas con
sir Rowley Picot.
—Pese a su tamaño, posee una mente ágil como pocas. Está
sumamente interesado en el significado que otorgamos a la aparición del cuerpo
del pequeño Peter en el jardín de Chaim y, considerando que él tiene acceso a
las cuentas del condado, ha prometido ayudarme a descubrir quién es el hombre
que le debía dinero. Asimismo, investigará con Mansur los barcos de mercancías
de Arabia para saber cuál de ellos trae jujubes.
—Por Dios —protestó Adelia—. ¿Le habéis contado todo?
—Casi todo. —Simón sonrió ante su exasperación—. Mi querida
doctora, si es el asesino, ya lo sabe.
—Si es el asesino, sabe que lo estamos acorralando. Sabe lo
suficiente como para querer que estemos lejos. Me aconsejó que regresara a
Salerno.
—Sí, en efecto, está preocupado por vos. «No tiene sentido
involucrar a una mujer. ¿Queréis que la asesinen en su cama?», me dijo. —Simón
le guiñó un ojo; estaba de buen humor—. Me pregunto por qué a las personas
siempre las asesinan en el lecho. Nunca a la hora del desayuno. O en el baño.
—Oh, basta. Yo no confío en ese hombre.
—Yo sí, y tengo bastante experiencia con los hombres.
—Me perturba.
—Y considerable experiencia con las mujeres, también. —Simón le
hizo un guiño a Mansur—. Creo que a ella le gusta.
—¿Os ha contado que fue cruzado? —preguntó Adelia furiosa.
—No. —Simón había girado la cabeza para mirarla y se había
puesto serio—. No, no me lo ha dicho.
—Lo fue.
Capítulo 9
Era costumbre entre los habitantes de Cambridge que aquellos que
habían participado en una peregrinación celebraran una fiesta a su regreso.
Durante la travesía solían formarse alianzas, realizarse transacciones
comerciales, concertarse arreglos matrimoniales o, simplemente, habían
compartido santidad y exaltación. Sus mundos se habían ampliado y se recreaban
intercambiando esas experiencias y reuniéndose una vez más para hablar de ellas
y dar gracias por haber regresado sanos y salvos.
En esa ocasión le correspondía a la priora de Santa Radegunda
ser la anfitriona. No obstante, dado que el suyo era aún un convento pequeño y
pobre —situación que la priora Joan y el pequeño Peter se encargarían de
modificar en breve—, el honor de celebrar el festejo en su nombre había recaído
en su caballero y arrendatario, sir Joscelin de Grantchester, cuyos salones y
posesiones eran considerablemente más grandes y opulentos que los de la priora,
una anomalía frecuente en el caso de aquellos que a cambio de sus servicios
recibían tierras de las congregaciones religiosas menos importantes.
Sir Joscelin tenía fama como anfitrión. Se decía que el año
anterior, con motivo de un festejo en honor del abad de Ramsay, treinta vacas,
sesenta cerdos, ciento cincuenta capones, trescientas alondras —utilizaron sus
lenguas— y dos caballeros habían muerto por la causa; estos últimos en una
refriega como divertimento para entretener al abad que superó deliciosamente
esa expectativa.
Por todo ello, las invitaciones eran muy codiciadas. Quienes no
habían formado parte de la peregrinación, pero tenían estrechos vínculos con
los peregrinos —esposas que habían permanecido en casa, hijas, hijos, gente
importante del condado, canónigos, monjas—, tomarían por un ultraje no ser
incluidos. Y, puesto que había que invitarlos, los preparativos del banquete
eran tantos que a los sirvientes apenas les quedaba un segundo para bendecir a
la priora de Santa Radegunda y a su leal caballero, sir Joscelin.
No fue sino la mañana del día del festejo cuando un heraldo
llegó con una invitación para los tres extranjeros de Jesus Lane. Vestido para
la ocasión, provisto de un cuerno que debía hacer sonar, se ofendió cuando
Gyltha le hizo pasar por la puerta trasera.
—No se puede usar la puerta delantera, Matt. El doctor está con
sus pacientes.
—Es sólo un aviso, Gyltha. Mi señor envía sus invitaciones con
un pregón.
Gyltha lo llevó a la cocina y le convidó a un vaso de cerveza
casera. Quería saber qué estaba sucediendo.
Adelia y el doctor Mansur conversaban en la sala con el último
paciente del día. Siempre dejaba a Wulf para el final.
—Wulf, no tenéis ninguna enfermedad: ahogos, malaria, tos,
moquillo o lo que diablos sea, y sin duda no estáis amamantando.
—¿Es lo que el doctor dice?
Adelia se dirigió cansinamente a Mansur.
—Decidle algo, doctor.
—Ese perro haragán merece una patada en el culo.
—El doctor os recomienda trabajar con entusiasmo al aire libre.
—¿Y mi espalda?
—Vuestra espalda está sana.
Wulf era un extraño fenómeno. En una sociedad feudal donde todos
—excepto la creciente clase mercantil— tenían que ganar su sustento trabajando
para otros, él había escapado del vasallaje, huyendo probablemente de su señor
y casándose con una lavandera de Cambridge dispuesta a trabajar por los dos. El
hombre tenía, literalmente, miedo al trabajo. La sola idea lo enfermaba. Pero
temeroso del desprecio de la sociedad —y no queriendo provocarse alguna
dolencia— necesitaba que lo declararan enfermo.
Adelia le trataba con la misma amabilidad que al resto de sus
pacientes. Se preguntaba si, post mórtem, no sería conveniente preservar su
cerebro para enviarlo a Salerno. Quería constatar que no le faltaba ningún
componente. De cualquier forma, se negaba a comprometer su deber como médico
diagnosticando una afección que no existía y prescribiendo tratamientos para
ella.
—¿Y qué me decís de fingirse enfermo? Todavía tengo esa
enfermedad, ¿verdad?
—Un caso difícil —repuso Adelia, y cerró la puerta tras él.
Todavía estaba lloviendo, y el frío y la humedad reinaban en
toda la casa. Gyltha había manifestado su desacuerdo con la idea de encender el
fuego desde finales de marzo hasta principios de noviembre, de modo que el
único lugar abrigado era la cocina, apenas separada de la vivienda. Un sitio
bullicioso, equipado con aparatos tan temibles que, de no ser por sus
cautivantes aromas, podría haberse tomado por una sala de tortura.
Ese día exhibía un nuevo objeto: un tonel de madera similar al
lessiveuse de las lavanderas. La mejor ropa interior de Adelia, de seda de
color azafrán —desconocida en Inglaterra—, colgaba de una cuerda para que el
vapor le alisara las arrugas. Si mal no recordaba, creía haberla guardado entre
la ropa planchada de su alcoba.
—¿Para qué es eso?
—Para vuestro baño —contestó Gyltha.
Adelia no se resistió. No se había vuelto a bañar desde que se
había marchado de Salerno, y echaba de menos la piscina de teselas y agua
caliente de la villa de sus padres adoptivos. Los romanos la habían construido
hacía casi mil quinientos años. El cubo de agua que Matilda W. le llevaba al
solar todas las mañanas no podía compararse. No obstante, todo estaba dispuesto
con demasiada suntuosidad, por lo que preguntó:
—¿Porqué?
—No voy a permitir que me hagáis quedar mal en la fiesta
—explicó Gyltha.
Entonces le contó que había interrogado al mensajero y así había
averiguado que, a petición del prior Geoffrey, sir Joscelin convidaba a su
fiesta al doctor Mansur y a sus dos ayudantes, dado que, si bien no eran
verdaderos peregrinos, se habían unido a ellos en el último tramo de su viaje
de regreso.
Gyltha se lo había tomado como un desafío. La solemnidad de su
expresión dejaba ver que estaba emocionada. Aliada con esos tres tipos
extravagantes, quería demostrar, tanto por amor propio como para que su
prestigio social estuviera a salvo, que eran unos dignos y elegantes señores
ante la mirada escrutadora de los ilustres de la ciudad. Su escaso conocimiento
acerca de las exigencias de tales ocasiones fue completado por Matilda B., cuya
madre, sirvienta del castillo, solía ayudar junto con otras doncellas a
acicalar a la esposa del alguacil cuando había festejos.
En su juventud, Adelia había dedicado demasiado tiempo al
estudio despreciando las diversiones propias de las muchachas de su edad.
Después, el trabajo ocupaba todo su tiempo. Como no pensaba casarse, sus padres
adoptivos la habían dispensado de adquirir modales cortesanos. En consecuencia,
estaba exiguamente preparada para asistir a los bailes que se celebraban en los
palacios de Salerno, y cuando no le quedaba otra opción que ir, se pasaba la
recepción detrás de una columna, resentida y avergonzada.
Habida cuenta de ello, la invitación despertó una antigua
alarma. Instintivamente trató de buscar una excusa para no tener que asistir a
la fiesta.
—Debo consultar a maese Simón.
Pero Simón estaba en el castillo, encerrado con los judíos,
tratando de descubrir quién era el deudor que podía haber deseado la muerte de
Chaim.
—Opinará que deben asistir —apuntó Gyltha.
Probablemente tenía razón. Allí estarían congregados muchos de
los sospechosos, quizás soltaran la lengua después de haber bebido. Sería una
oportunidad para descubrir qué sabían unos de otros.
—De todos modos, habrá que enviar a Ulf al castillo para
preguntárselo.
A decir verdad, Adelia había descubierto que no le desagradaba
tanto la idea de asistir a la fiesta. Sus días en Cambridge estaban cubiertos
por la pátina de la muerte: los niños asesinados, algunos de sus pacientes. El
pequeño con tos finalmente había contraído neumonía; el hombre con malaria
había muerto, al igual que el que tenía una piedra en el riñon, y la mujer que
había dado a luz había acudido a ella demasiado tarde. Los éxitos de Adelia —la
amputación, la fiebre, la hernia— podían descontarse de sus fracasos.
Sería bueno, por una vez, ver cómo se divertían las personas
saludables. Siempre podría permanecer, como era su costumbre, en segundo plano
y pasar desapercibida. Después de todo, una fiesta en Cambridge no podía
competir con la sofisticación de los ágapes de los palacios de la realeza y las
dignidades de la Iglesia en Salerno. No debía dejarse acobardar por lo que,
inevitablemente, sería una reunión bucólica. Y ansiaba bañarse. De haberlo
creído posible lo habría pedido antes. Imaginó que preparar un baño era otra de
las muchas cosas con las que Gyltha no se llevaba bien.
De todos modos, no tenía alternativa. Gyltha y las dos Matildas
estaban decididas. Tenían poco tiempo. El festejo, que podía durar seis o siete
horas, comenzaba a mediodía.
Adelia se desvistió y se sumergió en la tina. A continuación las
criadas vertieron lejía y un puñado de preciados clavos de olor. La restregaron
enérgicamente con piedra pómez y la sumergieron mientras su cabello se
impregnaba de la mezcla antes de pasarle el cepillo y enjuagárselo con agua de
lavanda.
La sacaron del agua, la envolvieron en una sábana y la
introdujeron el cabello en el horno donde se cocinaba el pan.
Su cabello era decepcionante. Se habría esperado más de lo que
había debajo del sombrero o la toca que siempre usaba. Lo llevaba cortado a la
altura de los hombros.
—El color está bien —señaló Gyltha, algo reticente.
—Pero es demasiado corto —objetó Matilda B.—. Tendremos que usar
redecilla.
—Las mallas son caras.
—Todavía no he decidido si iré —gritó Adelia desde el horno.
—Maldita seáis —le respondió Gyltha.
Finalmente, aún de rodillas delante del horno, Adelia le indicó
a sus criadas dónde guardaba el monedero. Estaba repleto. Simón la había
provisto con una letra de crédito de la casa Luccan —banqueros mercantiles con
representantes en Inglaterra— y había retirado dinero suficiente para los dos.
—Si vais al mercado, es hora de que las tres tengáis nuevas
túnicas. Compraos una pieza del mejor barragán.
Le avergonzaba permitirse esos lujos mientras las voluntariosas
mujeres usaban ropas gastadas.
—Una pieza de lino servirá —sugirió Gyltha, lacónica y contenta.
Las criadas apartaron a Adelia del horno, le pusieron su ropa
interior y la sentaron en un banco para cepillarle el cabello hasta que relució
como el oro. Habían comprado una malla plateada con la que confeccionaron
pequeñas redecillas que enroscaron a las trenzas, sujetas sobre las orejas.
Todavía estaban trabajando en el peinado cuando llegó Simón. Al ver a Adelia,
parpadeó.
—Bien. Bien, bien...
Ulf estaba boquiabierto. Adelia se ruborizó.
—Tanto alboroto, y no sé si iremos finalmente —repuso enfadada.
—¿Acaso creéis que podemos dejar de ir? Querida doctora, si a
Cambridge le fuera negada la oportunidad de veros ahora, el cielo lloraría.
Sólo conozco una mujer tan bella como vos, y está en Nápoles.
Adelia le sonrió. Era un hombre sutil que sabía ser galante sin
pretender seducir. Tenía siempre la precaución de mencionar a su esposa, a la
que adoraba, para resaltar no que él era un hombre prohibido, sino que ella,
Adelia, era una mujer prohibida para él. Cualquier otra actitud habría puesto
en peligro una relación que necesariamente era estrecha. Eso les había
permitido ser compañeros y profesarse mutuo respeto por sus cualidades
profesionales.
Y era un bello gesto por su parte ponerla a la par de su esposa,
a la que todavía veía como a la delgada doncella de piel de marfil con la que
se había casado en Nápoles hacía veinte años. Aunque tras haberle dado nueve
hijos, la dama ya no fuera tan esbelta.
Esa mañana Simón tenía un aspecto triunfal.
—Regresaremos pronto —anunció—. No diré nada hasta que haya
descubierto los documentos probatorios, pero existen copias de las cuentas que
se quemaron. Estaba seguro de que las había. Los banqueros de Chaim las
guardaban y como son extensas, pues aparentemente el hombre había prestado
dinero en toda Anglia Oriental, las he llevado al castillo para que sir Rowley
me ayude a estudiarlas minuciosamente.
—¿Es una decisión prudente?
—Creo que sí. El hombre es experto en contabilidad y está tan
ansioso como nosotros por descubrir quiénes eran los deudores de Chaim y quién
lo lamentaba tan profundamente como para desear su muerte.
—Hum...
Simón no estaba dispuesto a escuchar las dudas de Adelia. Creía
saber qué clase de hombre era sir Rowley, sin importarle que hubiera sido un
cruzado. Se vistió rápidamente con sus mejores ropas, para estar a tono con el
festín de Grantchester, y volvió a salir en dirección al castillo.
Adelia decidió que se pondría su vestido gris para contrarrestar
el brillo de la seda de color azafrán, que sólo quedaría a la vista en el corsé
y las mangas.
—No deseo llamar la atención.
Sin embargo, las Matildas optaron por la única prenda digna de
mención que quedaba en su guardarropa, un vestido de brocado con los colores de
un tapiz otoñal. Después de vacilar un instante, Gyltha estuvo de acuerdo. Lo
pasaron cuidadosamente sobre el peinado de Adelia. Sobre las nuevas medias
blancas le calzaron las zapatillas puntiagudas que Margaret había bordado con
hebras de plata.
Los tres arbitros retrocedieron para observar el resultado.
Las Matildas hicieron un gesto de aprobación y aplaudieron.
Gyltha asintió:
—Creo que estará bien. —Toda una hipérbole viniendo de ella.
Adelia echó un rápido vistazo al reflejo de su figura en la
parte inferior de un caldero pulido pero irregular. Vio algo parecido a un
manzano deforme, pero, obviamente, obtuvo la aprobación de los demás.
—El doctor debería llevar un paje a la fiesta —sugirió Matilda
B.—. El alguacil y los demás tienen pajes detrás de su silla, ataja-pedos los
llama mi madre.
—¿Un paje?
Ulf, que seguía mirando a Adelia sin cerrar la boca, advirtió
que cuatro pares de ojos se posaban sobre él y salió corriendo.
La cacería y la lucha que siguieron fueron terroríficas. Los
gritos de Ulf atrajeron a los vecinos, que pensaron que otro niño estaba en
peligro. Adelia, que se mantuvo a distancia para que los manotazos en el agua
no la salpicaran, se reía a carcajadas.
Se gastó más dinero, esta vez en la tienda de trapos viejos de
Ma Mill, donde encontraron un tabardo —viejo, pero todavía útil— casi de la
medida justa que después de frotarlo con vinagre quedó impecable. Vestido con
esa prenda, con la blonda cabellera —cortada como la de un paje— rodeando un
rostro descontento y brillante como una cebolla en escabeche, Ulf también
recibió la aprobación general.
Mansur los eclipsó a ambos. Un agal reemplazaba a su habitual
kufiya. La seda caía, suave y ligera, sobre una túnica de lana blanca. Una daga
con piedras preciosas brillaba en el cinto.
—Un hijo del Mediodía —exclamó Adelia, con una reverencia—. ¡Eeh
l-Halaawa di!10
Mansur bajó la cabeza, pero sus ojos se posaron en Gyltha, que,
ofuscada, atizó el fuego.
—Un gran mayo adornado —declaró.
«Oh, oh», pensó Adelia.
Había mucha comicidad en la parodia de buenos modales con que se
recibían los sombreros, espadas y guantes de los invitados, mientras las botas
y las capas arrastraban el barro de la caminata desde el río —casi todos
llegaban en bote desde la ciudad—; en la artificiosa formalidad con que se
trataban los allegados entre sí; en las sortijas que adornaban los curtidos
dedos femeninos que fabricaban queso en la lechería de su señor.
Pero también había mucho que admirar. Cuánto más amigable
resultaba que —en lugar de ser anunciados por un mayordomo con bastón blanco y
mentón en alto— fuera el propio sir Joscelin quien recibiera a sus invitados en
el arco de la puerta tallada con motivos normandos; que para combatir el frío
se ofreciera a los invitados vino especiado y tibio en lugar de vino fresco;
que llegara el aroma de las carnes de oveja, vaca y cerdo que se asaban en el
patio en lugar de simular ante el huésped —como alguien había hecho en el sur
de Italia— que la comida aparecía por arte de magia, con sólo hacer una seña
con la mano.
De todos modos, con Ulf con el ceño fruncido y Salvaguarda
pisándole los talones —mientras los pajes de algunas damas portaban a sus
perritos falderos—, Adelia no estaba en posición de ser desdeñosa.
Mansur, obviamente, había ganado prestigio a los ojos de
Cambridge. Su vestimenta y su estatura llamaban la atención. Sir Joscelin le
dio la bienvenida con un gracioso saludo y un «As salam alaikum»11.
El asunto de su daga también se resolvió con gracia.
—La daga no es un arma —explicó sir Joscelin a su sirviente, que
se esforzaba por arrancarla del cinto de Mansur y dejarla junto a las espadas
de otros invitados—. Como bien sabemos los cruzados, para un caballero como él
es un ornamento.
Sir Joscelin hizo una reverencia a Adelia y le pidió que
transmitiera al doctor, en su idioma, sus disculpas por la demora con que había
recibido su invitación.
—Temía que le aburrieran nuestras rústicas diversiones, pero el
prior Geoffrey me aseguró que no sería así en absoluto.
Aun cuando el caballero siempre se había mostrado cortés, a
pesar de que ella debía de parecerle una mujerzuela extranjera, Adelia advirtió
que Gyltha había divulgado que la ayudante del doctor era virtuosa.
La bienvenida de la priora fue brusca y desatenta. El saludo que
su caballero dedicó a Mansur y a Adelia la había desconcertado.
—¿Habéis tenido trato con estas personas, sir Joscelin?
—El buen doctor salvó el pie del hombre que fabrica los techos
de junco, señora, y probablemente, también su vida —le respondió el caballero.
Pero sus ojos azules miraban divertidos a Adelia, que temió que él supiera
quién había realizado la amputación.
—Mi querida joven. —El prior Geoffrey la cogió del brazo y la
apartó del lugar—. ¡Qué bella se os ve! Nec me meminisse pigebit Adeliae, dum
memor ipse mei dum spiritus hos regit artus12.
Adelia le sonrió, le había echado de menos.
—¿Cómo sigue vuestra salud, señor?
—Orinando como un caballo de carreras, gracias a vos —le confesó
al oído, para que ella pudiera entenderlo a pesar del bullicio—. ¿Y cómo va la
investigación?
Adelia se disculpó por su negligencia al no mantenerlo
informado; si habían podido avanzar tanto se lo debían a él, pero habían estado
muy ocupados.
—Hemos avanzado y esperamos avanzar aún más esta noche —comentó
Adelia—. Si lo deseáis, ¿podríamos ir a veros mañana para hablaros de nuestros
descubrimientos? Querría preguntaros algunas cuestiones acerca de...
Pero el mismísimo recaudador de impuestos estaba allí, a escasos
metros, mirándola por encima de la muchedumbre. Comenzó a abrirse paso entre un
grupo de invitados en dirección a ella. Parecía más delgado.
—Señora Adelia —saludó sir Rowley con una reverencia. La doctora
le respondió con una inclinación.
—¿Maese Simón está con vos?
—Se ha demorado en el castillo —respondió el recaudador, con un
guiño de complicidad—. Tuve que acompañar al alguacil y a su esposa hasta aquí
y me vi obligado a dejarlo en medio de su tarea. Me rogó que os dijera que
llegará más tarde. Diría que...
Imposible saber qué intentaba decir sir Rowley. Su frase fue
interrumpida por el sonido de una trompeta. Los invitaban a pasar a comer.
El prior Geoffrey se unió a la procesión para llevar a Adelia
hacia el salón. Mansur iba a su lado. Después tendrían que separarse. El prior
iría hacia la mesa principal, que estaba en el centro, sobre una tarima; ella y
Mansur ocuparían una posición más modesta. Adelia tenía curiosidad por saber
qué ubicación le correspondería; la prioridad era una enorme preocupación tanto
para los anfitriones como para los invitados. Había visto a su tía de Salerno
al borde del colapso cuando debiendo sentar alrededor de su mesa a numerosos
invitados ilustres tuvo que hacer mil combinaciones para que ninguno se
sintiera mortalmente ofendido. En teoría, las reglas eran claras: la jerarquía
de un príncipe y un arzobispo eran equivalentes; lo mismo ocurría con un obispo
y un conde; un barón de un feudo precedía a un barón extranjero y así en orden
descendente. Pero si un legado con el mismo rango que un barón pertenecía al
papado, ¿dónde se sentaba? ¿Qué ocurría si el arzobispo había contrariado al
príncipe, lo que era muy frecuente? O viceversa, lo que era aún más frecuente.
Un insulto involuntario podía originar una enemistad entre señoríos. Y el
culpable era siempre el pobre anfitrión.
El asunto preocupaba incluso a Gyltha —que se sentía
indirectamente involucrada—, puesto que había sido invitada para preparar en
las cocinas de Grantchester tentadores platos con anguilas que se servirían esa
noche.
—Estaré observando. Si sir Joscelin les sienta mas allá del
salero, no volverá a recibir de mí ni un solo barril de anguilas.
Al entrar en el salón, Adelia pudo distinguir la cabeza de
Gyltha, que, oculta detrás de una puerta, la buscaba con ansiedad. El ambiente
era tenso, los invitados se lanzaban miradas expectantes, mientras, impasible,
el maestro de ceremonias de sir Joscelin les conducía hasta sus asientos. Los
que luchaban por ascender en la sociedad —en especial aquellos cuya ambición
les había proporcionado una posición, dejando atrás su humilde origen— eran tan
sensibles como los encumbrados, o tal vez más.
Ulf ya había hecho una rápida inspección.
—Él aquí, y vos más allá —dijo señalando con el dedo en una y
otra dirección—. Vos sentaos aquí —le indicó a Mansur con el tono aniñado,
pausado y cauteloso con que siempre se dirigía a él.
Pronto comprobó con alivio, tanto por ella como por Gyltha, que
sir Joscelin había sido considerado. También Mansur le estaba agradecido por
semejante honor para con él, aunque contaba con la compañía de su daga —mucho
más que un objeto decorativo—. No podía esperarse que lo sentaran en la mesa de
las personas más ilustres, donde estaban los anfitriones, el prior y el
alguacil, entre otros. Pero la larga tabla apoyada en caballetes que ocupaba
toda la longitud del gran salón no quedaba muy lejos. Aquella encantadora
monja, la que había permitido que Adelia mirara los huesos del pequeño Peter,
estaba a su izquierda. Menos afortunado, Roger de Acton había sido ubicado
enfrente.
El sitio del recaudador de impuestos había sido largamente
meditado. En virtud de su ocupación no era un personaje muy estimado; no
obstante, era un representante del rey y, en ese momento, la mano derecha del
alguacil. El anfitrión había optado por lo más seguro. Sir Rowley Picot estaba
junto a la esposa del alguacil, haciéndola reír.
Como era previsible —tratándose de una mujer que tan sólo
ayudaba al doctor a preparar sus pociones y, por añadidura, extranjera—, Adelia
se sentó frente a otra de las improvisadas mesas de un extremo del salón,
destinada a los invitados de menor jerarquía. En todo caso, su puesto distaba
varios asientos del ornamentado recipiente para la sal que marcaba el límite
entre los invitados y los sirvientes, también presentes para dar cumplimiento a
la orden de Cristo: alimentar a los pobres. Los que eran aún más pobres estaban
agrupados en el patio, alrededor de un brasero, esperando las sobras. A la
derecha de Adelia estaba Hugh, el cazador, tan inexpresivo como de costumbre,
aunque la saludó con bastante cortesía. A la izquierda, un hombre pequeño y
anciano que no conocía. Le desagradó que el hermano Gilbert ocupara un lugar
frente a ella. Pero así fue.
Los comensales ya estaban congregados en torno a las mesas y los
padres, con disimulo, daban bofetadas a sus hijos cuando trataban de partir un
trozo de pan, porque mucho tenía que suceder antes de que pudieran poner algún
otro alimento sobre éste. Sir Joscelin debía declarar su fidelidad a su señora,
la priora Joan, lo que hizo con una rodilla en el suelo, y luego le entregó —a
modo de simbólica renta— seis palomas blancas como la leche en una jaula
dorada.
El prior Geoffrey debía bendecir la mesa. Las copas se alzarían
para brindar en honor de Tomás de Canterbury y de su nuevo recluta para gloria
de los mártires, el pequeño Peter de Trumpington, la raison d'être de ese
festejo. «Una curiosa costumbre», pensó Adelia cuando se puso de pie para
brindar por la salud de los muertos.
Entre los murmullos respetuosos se oyó un chillido discordante.
—El infiel insulta a nuestros santos. —Roger de Acton apuntaba
con triunfal indignación a Mansur—. Brinda por ellos con agua.
Adelia cerró los ojos. «Dios, no permitáis que apuñale a ese
cerdo».
Pero Mansur permaneció sereno, sorbiendo su agua. Sir Joscelin
aplicó a Acton una reprimenda que oyeron todos los presentes.
—Por su fe, este caballero renuncia a beber alcohol, señor
Roger. Si no sois capaz de tolerar bien la bebida, os sugiero que sigáis su
ejemplo.
Bien hecho. Acton se hundió en su asiento. La opinión que Adelia
tenía de su anfitrión mejoraba. Pero no debía dejarse cautivar por él. «Memento
mori», se dijo. «Recuerda que vas a morir». Él podía ser el asesino; era un
cruzado, como el recaudador de impuestos. Y como otro hombre que estaba en la
mesa principal, sir Gervase, que había seguido cada uno de los pasos de Adelia
desde que había entrado en el salón.
«¿Será él?».
Adelia tenía la certeza de que el asesino había participado en
las cruzadas. No se trataba sólo de haber descubierto que el dulce era un
jujube árabe, sino del tiempo transcurrido entre el ataque a las ovejas y la
muerte de los niños: coincidía exactamente con el período en que Cambridge
había recibido la convocatoria de Ultramar y había respondido enviando a sus
hombres. El problema era que no habían sido pocos.
—¿Que quiénes se fueron de la ciudad el año de la gran tormenta?
—había repetido Gyltha ante la pregunta de Adelia—. Bueno, estaba la hija de Ma
Mill, que, siguiendo con la tradición familiar, se hizo vendedora ambulante...
—Hombres, Gyltha, hombres.
—Oh, un montón de ellos. El abad de Ely ordenó que el país se
uniera a la cruzada. —Cuando Gyltha decía «país» se refería al condado—.
Debieron de ser cientos los que partieron junto a lord Fitzgilbert hacia Tierra
Santa.
Le contó también que aquel había sido un mal año. La gran
tormenta había arruinado las cosechas, las inundaciones arrasaron personas y
viviendas, los pantanos quedaron anegados, incluso el sereno Cam creció
furiosamente. Dios había demostrado su ira por los pecados de Canterbury. Sólo
una cruzada contra sus enemigos podría aplacarla.
Lord Fitzgilbert, que buscaba en Siria terrenos con que
sustituir los suyos, que habían quedado inundados, clavó un estandarte con la
cruz en la plaza del mercado de Cambridge. Los jóvenes a quienes la tormenta
había destruido sus medios de vida respondieron a su llamamiento, del mismo
modo que los ambiciosos, los aventureros, los pretendientes rechazados y los
casados con mujeres cargantes. Los tribunales ofrecieron a los delincuentes la
opción de ir a la cárcel o unirse a la cruzada. Los pecadores que se confesaban
ante los sacerdotes también eran absueltos si optaban por hacerse cruzados. Un
pequeño ejército había abandonado la ciudad.
Lord Fitzgilbert había regresado en un ataúd y yacía en su
propia capilla, debajo de una efigie de mármol que mostraba su imagen, con las
piernas —vestidas con calzas— en cruz, como correspondía a un cruzado. Algunos
murieron después de regresar, a causa de las enfermedades que habían contraído,
y descansaban en tumbas más modestas, con una sencilla espada esculpida en la
piedra. Otros no fueron más que un nombre entre los muchos que conformaban la
lista de muertos que trajeron los supervivientes.
No faltaban los que habían optado por quedarse en Siria, donde
encontraban posibilidades de llevar una vida más opulenta y menos húmeda,
mientras otros regresaron a sus antiguas ocupaciones, de modo que —ése era el
consejo de Gyltha— Adelia y Simón deberían observar atentamente a los
comerciantes, algunos villanos, un herrero y el propio boticario que proveía de
medicinas al doctor Mansur, por no mencionar al hermano Gilbert y al silencioso
canónigo que había acompañado al prior Geoffrey en el camino.
—¿El hermano Gilbert fue a la cruzada?
—Así es. También es sospechoso, no volvió rico como sir Joscelin
y sir Gervase. Muchos pidieron dinero prestado a los judíos, pequeñas sumas,
pero suficientemente importantes para ellos, y no pudieron pagar los intereses.
No me extrañaría que el que gritaba exigiendo colgar a los judíos fuera el
mismo demonio que mató a los pequeños. A muchos les gustaría ver a un judío
colgado, y se dicen cristianos.
Abrumada por la magnitud del problema, en el rostro de Adelia se
había dibujado una mueca de desaliento, pero el razonamiento del ama de llaves
era incuestionable.
De modo que, en medio del festejo, mientras miraba a quienes la
rodeaban, no debía adjudicar un significado siniestro a la evidente riqueza de
sir Joscelin. El origen bien podía ser Siria, en lugar del judío Chaim. Sin
duda, la propiedad de un sajón se había transformado en un edificio de piedra
de considerable belleza. El enorme salón que cobijaba a los invitados tenía un
techo de artesonado tan bueno como cualquiera que hubiera visto en Inglaterra.
Desde la galería situada más allá de la tarima, los músicos tocaban la viola y
la flauta con una destreza que superaba la de un aficionado. Los utensilios de
hierro que habitualmente llevaban los invitados a una comida se habían vuelto
innecesarios: cada comensal encontraba en la mesa un cuchillo y una cuchara.
Los platos y los aguamaniles eran de plata exquisitamente labrada y las
servilletas de damasco.
Adelia expresó su admiración ante los comensales. Hugh se limitó
a asentir. El hombrecillo que estaba sentado a la izquierda intervino:
—Deberían haberlo visto en los antiguos tiempos, cuando
pertenecía a sir Tibault, el padre de sir Joscelin: era un granero carcomido a
punto de derrumbarse. Un viejo inmundo, el caballero. Dios lo tenga en su
gloria, aunque murió a causa de la bebida. ¿No es así, Hugh?
—El hijo es diferente —gruñó Hugh.
—Así es, diferentes como el queso y la cal. Joscelin le ha dado
vida a este lugar. Le ha dado buen destino a su oro.
—¿Oro? —preguntó Adelia.
Al hombrecillo le entusiasmó su curiosidad.
—Eso me dijo. «Hay oro en Ultramar, señor Herbert. A montones».
Veréis, soy su zapatero; un hombre no le mentiría a quien le hace las botas.
—¿También sir Gervase regresó con oro?
—Una tonelada o más, cuentan, sólo que cuida mejor su dinero.
—¿Consiguieron juntos el oro?
—No puedo responderos. Es probable. Difícilmente se les ve
separados. Son como David y Jonathan.
Adelia echó un vistazo a la mesa de los ilustres, donde estaban
David y Jonathan, bien parecidos, seguros, cómodos el uno con el otro,
conversando por encima de la cabeza de la priora.
«¿Y si los asesinos fueran dos, que ambos estuvieran de
acuerdo...?». No lo había pensado, pero debería haberlo hecho.
—¿Están casados?
—Gervase tiene esposa, pobrecita, está postrada y babea. —El
zapatero estaba feliz de demostrar su conocimiento sobre esos hombres
insignes—. Sir Joscelin está negociando su matrimonio con la hija del barón de
Peterborough. Será una buena pareja.
El estridente sonido del cuerno malogró la conversación. Los
invitados tomaron asiento. La comida estaba en camino.
En la mesa de los ilustres, Rowley Picot entretenía a la esposa
del alguacil y le rozaba la rodilla con la suya. También le hacía guiños a la
monja joven sentada en la mesa de más abajo, para hacerla sonrojar, pero sobre
todo sus ojos se dirigían a la pequeña doctora, sentada entre las personas de
nivel inferior, las que trabajaban esforzadamente con sus manos. Tal y como iba
ataviada, debía reconocer que estaba bastante bien. Su piel blanca y
aterciopelada desaparecía en el corsé de color azafrán e invitaba a
acariciarla. Involuntariamente movió la punta de los dedos. No era lo único
digno de palpar, el cabello dorado sugería que también era rubio el que
rodeaba...
Aquella maldita ramera —sir Rowley espantó su ensueño lujurioso—
estaba descubriendo demasiadas cosas, y también maese Simón, y confiaban en que
el maldito gigante árabe los protegería, un eunuco, por Dios.
«Demonios, hay más», pensó Adelia.
Por segunda vez, el cuerno anunció otra hilera de sirvientes que
llegaban de la cocina, encabezados por el maestro de ceremonias. Nuevas
bandejas, incluso más grandes, se apilaban como pequeñas montañas. Eran
necesarios dos hombres para transportarlas. Los alegres convidados —aún más
alegres al verlas— las recibían con expresiones de júbilo.
Los restos de la comida que se había servido en primer lugar
fueron retirados y colocados en una carretilla para llevarlos afuera, donde
hombres, mujeres y niños harapientos esperaban para lanzarse sobre ellos.
Nuevos platos ocuparon su lugar.
—Et maintenant, milords, mesdames... —Por segunda vez, se oyó al
jefe de cocina—. Venyson en furmety gely. Porcelle farce enforce. Pokokkye.
Cranys. Venyson roste. Byttere truffée. Pulle end-re. Braun freyez avec graunt
tartez. Leche Lumbarde. A soltelle.
Francés normando para denominar comida francesa.
—Habla en francés —explicó amablemente el señor Herbert, como si
no lo hubiera dicho ya la primera vez—, sir Joscelin trajo a ese cocinero de
Francia.
Adelia deseó que hubiera regresado a su país. No podía más. Se
empezaba a sentir rara.
Se había negado a beber vino y había pedido agua hervida, una
solicitud que sorprendió al sirviente que llenaba las copas de vino y que no
había sido satisfecha.
Estaba sedienta, y el señor Herbert la había persuadido de que
en lugar de vino o cerveza optara por una bebida inocua hecha con miel, de la
que ya había vaciado varias copas.
Pero aún estaba sedienta. Hacía señas frenéticas a Ulf para que
le trajera un poco de agua del aguamanil de Mansur, pero él no la veía.
Fue Simón de Nápoles quien respondió a sus señas. Acababa de
entrar y estaba presentando sus disculpas a la priora Joan y a sir Joscelin por
su demora.
«Ha descubierto algo», pensó Adelia, irguiéndose en la silla.
Por su manera de andar podía deducir que el tiempo que había pasado en el
castillo había rendido sus frutos. Lo observó mientras hablaba animadamente con
el recaudador de impuestos en un extremo de la mesa de los ilustres; luego
desapareció de su vista para tomar asiento un poco más adelante, en la misma
mesa y en el mismo lado que ella.
En la mesa, pavos reales sacrificados una semana antes lucían su
cola desplegada y carnadas de lechones crujientes exhibían lánguidos la manzana
que tenían entre los dientes. El ojo de un avetoro asado —que sin duda conoció
tiempos mejores entre los juncos de los pantanos a los que pertenecía— miraba
acusadoramente a Adelia. En silencio se disculpó con él: «Lamento que os hayan
metido trufas por el culo».
Nuevamente vislumbró el rostro de Gyltha asomándose por la
puerta de la cocina. Adelia volvió a enderezarse. «He dicho mucho a tu favor».
En su plato limpio apareció un guiso de venado y avena. Le echó
gely de una salsera: grosellas, tal vez.
—Quiero una ensalada —rogó, desesperanzada.
Las palomas, símbolo de la renta de la priora, se habían
escapado de la jaula y se habían unido a los gorriones en las vigas del techo,
desde donde dejaban caer sus excrementos sobre las mesas.
El hermano Gilbert ignoraba a las monjas que tenía a cada lado.
En cambio, miraba a Adelia.
—Deberíais avergonzaros de vuestro cabello, señora —le advirtió,
inclinado hacia delante, desde el otro lado de la mesa.
—¿Por qué? —preguntó Adelia, devolviéndole la mirada.
—Sería mejor que ocultarais vuestros bucles debajo de un velo,
que vistierais ropas de luto y olvidarais vuestro aspecto exterior. Oh, hija de
Eva, aceptad el atuendo de penitencia que corresponde a las mujeres por la
ignominia de Eva, el odio que merecéis por haber causado la caída de la raza
humana.
—No tiene la culpa —la defendió la monja que estaba a su
izquierda—, la caída de la raza humana no es culpa suya. Tampoco mía.
Era una mujer enjuta, de mediana edad, que había estado bebiendo
copiosamente, al igual que el hermano Gilbert. A Adelia le gustaba su aspecto.
El monje se dirigió a ella.
—Silencio, mujer. ¿Vais a discutir con el gran San Tertuliano?
¿Vos, que pertenecéis a una orden de costumbres disipadas?
—Sí —repuso la monja, con jactancia—. Tenemos un santo mejor que
el vuestro. Tenemos al pequeño Peter. Lo mejor que vosotros tenéis es un dedo
gordo del pie de Santa Eteldreda.
—Tenemos un fragmento de la Santísima Cruz —gritó el hermano
Gilbert.
—¿Quién no? —se mofó la monja sentada a la derecha.
El hermano Gilbert parecía haber descendido de su corcel al
polvo y a la sangre del campo de batalla.
—El pequeño Peter se irá a la mierda cuando el archidiácono
investigue vuestro convento, puerca. Y lo hará. Oh, yo sé lo que ocurre en
Santa Radegunda: indisciplina, incumplimiento de los santos oficios, hombres en
vuestras celdas, partidas de caza, travesías río arriba para aprovisionar a
vuestras anacoretas. Oh, no lo creo. Lo sé.
—Sí, les llevamos provisiones —respondió la monja sentada a la
derecha del hermano Gilbert, tan gordinflona como delgada era su compañera—. Y
si luego visito a mi tía, ¿cuál es el problema?
Adelia volvió a escuchar la voz de Ulf cuando le hablaba de la
hermana Gordi. Miró a la monja con los ojos entrecerrados.
—Os he visto —afirmó alegremente—. Os he visto impulsando
vuestro bote río arriba.
—Apuesto a que no la habéis visto hacerlo de regreso. —El
hermano Gilbert hervía de furia—. Pasan toda la noche fuera del convento. Su
comportamiento es licencioso y concupiscente. En una orden decente habrían sido
azotadas hasta que sus culos sangraran, pero ¿dónde está su priora? De caza.
Un hombre que odia; un hombre odioso. Y un cruzado. Adelia se
inclinó sobre la mesa.
—¿Os gustan los jujubes, hermano Gilbert?
—¿Qué? ¿Qué? No, detesto los confites.
El monje no le prestó atención y siguió con sus denuncias sobre
Santa Radegunda. Una voz serena y triste sonó a la derecha de Adelia.
—A nuestra Mary le gustaban los confites.
Las lágrimas rodaban penosamente por las vigorosas mejillas, de
Hugh, el cazador, cayendo en su guiso.
—No lloréis —le suplicó Adelia—. No lloréis.
—Era su sobrina. La pequeña Mary fue asesinada. La hija de su
hermana —le susurró a la doctora el zapatero sentado a su izquierda.
—Lo lamento —se compadeció Adelia tocando la mano del cazador—.
De verdad lo lamento.
Unos ojos empañados por las lágrimas, infinitamente tristes, la
miraron.
—Lo encontraré. Le destrozaré el hígado.
—Ambos lo encontraremos —aseguró Adelia. Le irritaba que la
arenga del hermano Gilbert importunara un momento como ése—. No es San
Tertuliano —corrigió adelantando el torso para clavarle al monje un dedo en el
pecho.
—¿Qué?
—Tertuliano. El que habéis citado cuando os referíais a Eva. No
es un santo. ¿Creéis que era santo? Pues no lo era. Se apartó de la Iglesia.
Era... —formuló cuidadosamente— heterodoxo. Eso era. Se unió a los montañistas.
En consecuencia, nunca fue consagrado santo.
Las monjas se regocijaron.
—¿No lo sabíais? —dijo la enjuta.
La respuesta del hermano Gilbert fue ahogada por un nuevo toque
de trompeta y otra hilera de sirvientes que desfilaba a lo largo de la mesa
ubicada sobre la tarima.
—Blaundersorye, curlews en miel, pertyche, eyround angels,
petyperneux...
—¿Qué es «petiperné»? —preguntó el cazador, todavía con
lágrimas.
—Pequeños huevos revueltos —le respondió Adelia y comenzó a
llorar sin poder controlarse.
La parte de su cerebro que no había perdido por completo la
batalla con el aguamiel hizo que se pusiera de pie y llegara hasta una mesa
lateral donde había una pequeña jarra de agua. Aferrada a ella se dirigió a la
puerta, seguida de Salvaguarda.
El recaudador de impuestos la observó alejarse. Varios invitados
ya estaban en el jardín. Los hombres miraban pensativos los troncos de los
árboles, las mujeres se dispersaban para buscar un lugar tranquilo donde
ponerse en cuclillas. Los más pudorosos formaban una inquieta fila para usar
los bancos con agujeros para el trasero que sir Joscelin había instalado sobre
el arroyo que corría hacia el Cam.
Bebiendo ávidamente de la jarra, Adelia salió a dar un paseo,
pasó por los establos, y sintió el reconfortante olor de los caballos, atravesó
oscuros corrales donde aves de rapiña encapuchadas soñaban con abalanzarse en
picado y matar. Había luna. Había hierba, un huerto... El recaudador de
impuestos la encontró dormida debajo de un manzano. Cuando estiró sus brazos
hacia ella, la figura pequeña, oscura y hedionda que estaba a su lado levantó
la cabeza, y otra, mucho más alta y con una daga en el cinto, surgió de las
sombras. Sir Rowley les mostró a ambos sus manos vacías.
—¿Creéis que sería capaz de hacerla daño?
Adelia abrió los ojos. Se incorporó, le dolía la cabeza.
—Tertuliano no es ningún santo, Picot —le dijo.
—Siempre lo dudé —comentó el recaudador, en cuclillas junto a
ella. Se había dirigido a él como si fueran viejos amigos y eso le llenó de
placer—. ¿Qué habéis estado bebiendo?
—Era amarillo —explicó Adelia, tratando de concentrarse.
—Aguamiel. Es necesario tener la fortaleza de un sajón para
resistirla —indicó, y de un tirón la puso de pie—. Venid, os libraréis de ella
bailando.
—No sé bailar. Vayamos a dar una patada al hermano Gilbert.
—Me estáis tentando, pero creo que es mejor que bailemos.
En el salón habían retirado las mesas. Los sobrios músicos de la
galería se habían trasladado a la tarima, transformados en tres hombres
fornidos y sudorosos: uno tocaba el tamboril y los otros dos eran violinistas;
uno de ellos indicaba los pasos de baile con gritos que superaban los
chillidos, las carcajadas, los pisotones y las vueltas en la pista de baile.
El recaudador de impuestos arrastró a Adelia hasta allí.
El baile no se parecía a las disciplinadas y complejas danzas
que se bailaban de puntillas en los palacios de Salerno. En Cambridge no había
elegancia. Su gente no tenía tiempo para tomar lecciones bajo el auspicio de
Terpsícore, simplemente bailaban. Sin cansarse, sin detenerse, sudorosos,
tenaces, apasionados, impulsados por salvajes dioses ancestrales. Un tropezón
aquí o allá, un movimiento equivocado, ¿qué importaba? «Otra vez, a la carga, a
bailar. Al ataque. El pie izquierdo hacia la izquierda, el derecho le sigue.
Espalda con espalda. Recoger la falda. Sonreír. Hombro derecho con hombro
derecho. Giro a la izquierda. Hacia delante. En diagonal. Giro, señores y
señoras, giro, cabrones. Otra vez».
En los muros, las antorchas centelleaban como un fuego
expiatorio. De los juncos que habían quedado machacados en el suelo emanaba un
incienso verde que impregnaba el salón. No había tiempo para recuperar el
aliento. Tocaba el «paso del caballo», atrás en círculo, al centro, bajo el
arco, otra vez, otra vez.
La aguamiel se evaporó y fue reemplazada por la embriaguez del
baile colectivo. Rostros refulgentes aparecían y desaparecían, manos
escurridizas cogían a Adelia, haciéndola girar. Sir Gervase, un desconocido, el
señor Herbert, el alguacil, el prior, el recaudador de impuestos, sir Gervase
otra vez, que la hacía girar con tanta violencia que Adelia temió que la
soltara y la lanzara contra la pared. Hacia el centro, bajo el arco, al galope,
giro.
Imágenes fugaces llenaban la retina de Adelia y desaparecían.
Simón le hizo una seña para anunciarle que se marchaba, pero su sonrisa —en ese
momento sir Rowley la hacía girar velozmente— le alentó a seguir disfrutando.
La alta priora y el pequeño Ulf daban vueltas cogidos de la mano, impulsados
por la fuerza centrífuga. Sir Joscelin le hablaba con seriedad a la pequeña
monja mientras pasaban, espalda con espalda, dibujando una curva. Un círculo de
admiradores rodeaba a Mansur, que danzaba con el rostro impasible sobre espadas
cruzadas mientras entonaba un ma-quam. Roger de Acton trataba de hacer que una
ronda fuera hacia la derecha. Fue arrollado.
Oh, Dios, el cocinero y la esposa del alguacil. No había tiempo
para sorprenderse. Hombro derecho con hombro derecho. A bailar, a bailar. Sus
brazos y los de Picot formaron un arco, Gyltha y el prior Geoffrey pasaron
debajo de él. La monja enjuta y el boticario. Luego Hugh, el cazador, y Matilda
B. Todo el mundo, desde los que estaban más allá del salero a los que tenían
mayor jerarquía, servía a un dios democrático que bailaba. Oh, Dios, esto es
disfrutar. Sin parar. A bailar.
Adelia no advirtió que sus zapatillas se habían desgastado por
completo hasta que sintió el ardor que la fricción le provocaba en las plantas
de los pies.
Se alejó del tumulto. Era hora de partir. Algunos invitados
también se disponían a hacerlo. Un grupo muy numeroso se había reagrupado en
las mesas laterales, donde se estaba sirviendo la cena.
Renqueando, se dirigió hacia la puerta. Mansur la siguió.
—¿Maese Simón ya se ha ido? —le preguntó.
Mansur fue a buscarlo y regresó desde la cocina con Ulf dormido
en sus brazos.
—La mujer dice que salió. —Mansur nunca llamaba a Gyltha por su
nombre, siempre le decía «la mujer».
—¿Ella y las Matildas se quedan?
—Ayudarán con la limpieza. Nosotros llevaremos al chico.
Aparentemente, el prior Geoffrey y sus monjes habían partido
hacía tiempo. También las monjas, salvo la priora Joan, que en un extremo de la
mesa sostenía una porción de pastel de carne de caza en una mano y una jarra de
cerveza en la otra. Estaba tan afable que le sonrió a Mansur y cuando Adelia le
dio las gracias con una reverencia, la bendijo con la mano que sostenía el
pastel.
Fueron al encuentro de sir Joscelin, que volvía del patio,
donde, a la luz de la lumbre, se distinguían figuras royendo huesos.
—Ha sido un honor, señor —correspondió Adelia—. El doctor Mansur
me ha pedido que le exprese nuestra gratitud.
—¿Regresaréis por el río? Puedo preparar mi barca...
No era necesario, habían llegado en el bote del viejo Benjamín,
pero se lo agradecieron. La orilla, aunque iluminada por una única antorcha
colocada en un poste, estaba demasiado oscura para distinguir el bote del viejo
Benjamín de los otros que esperaban a lo largo de la ribera, pero como todos
ellos —excepto el del alguacil Baldwin— eran igualmente sencillos, se llevaron
el primero de la fila.
Adelia se sentó en la proa; Ulf —aún dormido— fue depositado en
su regazo. El desdichado Salvaguarda se mantuvo de pie con sus patas apoyadas
en el pantoque. Mansur cogió el mástil...
El bote se balanceó peligrosamente cuando sir Rowley saltó
dentro de él.
—Al castillo, barquero —ordenó, y se sentó en la bancada—. ¿No
es esto agradable?
Desde el agua surgía una ligera bruma. El brillo débil e
intermitente de la luna desaparecía cuando los árboles de las orillas formaban
un arco que convertía el río en un túnel. Un bulto de un blanco espectral se
transformó en una ráfaga de plumas y en una andanada de graznidos cuando un
cisne surgió de la oscuridad. Como solía hacer cuando remaba, Mansur cantaba en
voz baja, para sí mismo, una reminiscencia atonal de aguas y juncos de otra
tierra.
Sir Rowley felicitó a Adelia por el virtuosismo del barquero.
—Es un árabe de las marismas —explicó ella—. En los terrenos
húmedos se siente como en casa.
—Qué curioso para un eunuco.
Adelia se puso inmediatamente a la defensiva.
—¿Y qué esperabais? ¿Hombres gordos apoltronados en un harén?
El recaudador estaba desconcertado.
—Sí. En realidad, los únicos que he visto lo eran.
—Cuando fuisteis a las cruzadas —sugirió Adelia aún con
agresividad.
—Cuando fui a las cruzadas —admitió sir Rowley.
—Entonces, vuestro conocimiento de los eunucos es limitado, sir
Rowley. Confío ciegamente en que Mansur se case con Gyltha algún día.
—Maldición, su lengua todavía estaba suelta a causa de la aguamiel. ¿Habría
traicionado a su querido árabe? ¿Y a Gyltha?
No permitiría que ese sujeto, ese posible asesino, denigrara a
un hombre que no estaba dispuesto a lamerle las botas.
Rowley se inclinó hacia delante.
—¿Realmente es lo que esperáis? Pensé que su... eh... condición
impedía pensar siquiera en el matrimonio.
Maldición, por mil demonios. Ella misma había originado esa
situación y ahora debía aclarar la condición del castrado. Pero ¿qué podía
hacer?
—Lo único imposible es que de esa unión nazcan niños. Pero como
Gyltha ya no está en edad de concebirlos, eso no será una preocupación para
ellos.
—Entiendo. ¿Y respecto a las demás obligaciones del matrimonio?
—Los eunucos pueden tener una erección —declaró bruscamente. Al
diablo con los eufemismos. ¿Por qué eludir los fenómenos orgánicos? Si el
caballero no deseaba saberlo, que no hubiera preguntado. Advirtió que su
respuesta impresionaba al recaudador. Pero todavía no había terminado—. ¿Creéis
que Mansur eligió ser lo que es? Fue capturado por traficantes de esclavos
cuando era un niño y vendido a unos monjes bizantinos que para preservar su voz
lo castraron; de ese modo podría conservar su registro de soprano. Es una
práctica común entre ellos. Él, a los ocho años, tenía que cantar para los
monjes. Sus torturadores fueron monjes cristianos.
—¿Puedo preguntaros cómo se convirtió en vuestro sirviente?
—Escapó. Mi padre adoptivo lo encontró en una calle de
Alejandría y lo trajo a nuestra casa en Salerno. Mi padre tiene la costumbre de
recoger a los seres perdidos y abandonados.
«Basta, basta», se dijo Adelia. ¿Por qué ese deseo de contarle
su vida? Aquel hombre no significaba nada para ella, era aún peor que nada. No
tenía sentido compartir su historia con él.
Una gallineta hizo crujir los juncos. Algo, una rata de agua tal
vez, se deslizó hacia el agua y se alejó nadando, dejando una estela plateada a
causa de la luna. El bote se adentró en otro túnel.
—Adelia —interrumpió sir Rowley.
—¿Sí? —murmuró ella, con los ojos cerrados.
—Ya habéis brindado vuestra colaboración para aclarar este
asunto. Cuando lleguemos a la casa del viejo Benjamín os acompañaré y hablaré
con maese Simón. Debo hacerle entender que es hora de que regreséis a Salerno.
—No entiendo qué queréis decir. Aún no hemos descubierto al
asesino.
—Nos estamos acercando a su guarida. Si le hacemos salir, será
muy peligroso hasta que lo atrapemos. No quiero que se lance sobre uno de los
nuestros.
—¿Uno de los nuestros? —La desazón que el recaudador de
impuestos siempre le había suscitado se volvió más intensa y aguda—. Soy una
persona cualificada, elegida para esta misión por el rey de Sicilia, no por
Simón, y, ciertamente, no por vos.
—Señora, sencillamente estoy preocupado por vuestra seguridad.
Demasiado tarde. No debía haber sugerido que una mujer como ella
regresara a casa. Había insultado su habilidad profesional.
Adelia comenzó a hablar en árabe, el único idioma en el que
podía insultar libremente porque Margaret no lo entendía. Dijo frases que había
oído pronunciar a Mansur en sus frecuentes discusiones con el cocinero marroquí
de sus padres adoptivos. Sólo en esa lengua podía contrarrestar la furia que
sir Rowley le inspiraba. Habló de asnos anormales y de la preferencia
antinatural que el recaudador tenía por ellos. De sus atributos caninos, sus
pulgas, del funcionamiento de sus intestinos y de sus hábitos alimenticios. Le
dijo dónde podía meterse su preocupación, una exhortación que nuevamente
involucraba a sus intestinos. Poco importaba que Picot fuera capaz de
comprender sus palabras. Podía captar lo esencial.
Mansur los condujo fuera del túnel con una sonrisa burlona.
El resto del viaje transcurrió en silencio.
Cuando llegaron a la casa del viejo Benjamín, Adelia no permitió
que Picot la acompañara.
—¿Le llevo al castillo? —quiso saber Mansur.
—A cualquier lugar, llevadlo a donde sea.
A la mañana siguiente, el administrador de las aguas llegó con
la noticia de que Simón había muerto y su cadáver había sido enviado al
castillo. Adelia comprendió entonces que mientras ella se deshacía en insultos,
el bote había pasado junto al cuerpo, que flotaba, boca abajo, hacia los juncos
de Trumpington.
Capítulo 10
—¿Me está escuchando? —preguntó Sir Rowley a Gyltha señalando a
Adelia.
—Y todo Peterborough —respondió Gyltha. El recaudador de
impuestos había estado gritando—. Pero no está atendiendo.
Adelia sí escuchaba, pero no a sir Rowley Picot. La voz que
resonaba en su cabeza era la de Simón de Nápoles, no decía nada importante,
simplemente conversaba, como solía hacerlo, con su estilo sencillo y ameno.
Como si verdaderamente, en ese momento, estuviera hablando de la lana y sus
procesos. «¿Podéis concebir lo difícil que es lograr el color negro?».
Adelia quería decirle que lo difícil era concebir que estuviera
muerto, que demoraba ese momento porque la pérdida era demasiado grande y en
consecuencia debía ignorarla; esa vida que faltaba dejaba en evidencia el
profundo vacío que él había llenado. Estaban equivocados. Simón no era la clase
de persona que pudiera estar muerta.
Sir Rowley miró a los que se habían reunido en la cocina del
viejo Benjamín, pidiendo ayuda. ¿Todas las mujeres habían enmudecido? ¿Y el
niño? ¿Acaso ella pensaba quedarse sentada mirando el fuego para siempre? El
recaudador apeló al eunuco, que, de pie en la puerta, con los brazos cruzados,
miraba el río.
—Mansur. —Sir Rowley se acercó para mirarlo a la cara—. Mansur.
El cuerpo está en el castillo. De un momento a otro los judíos lo descubrirán y
le darán sepultura. Saben que él era uno de los suyos. Escuchadme. —Sir Rowley
extendió una mano hasta el hombro del árabe y lo sacudió—. No hay tiempo para
lamentos. Ella debe examinar el cadáver cuanto antes. Simón fue asesinado, ¿lo
comprendéis?
—¿Habláis árabe?
—¿Qué idioma creéis que estoy hablando, pedazo de camello?
Despertadla, haced que se mueva.
Con la cabeza inclinada hacia un lado, Adelia reflexionaba
acerca del equilibrio que Simón había logrado, el afecto desprovisto de deseo,
el reconocimiento, su respetuoso humor. Una amistad tan rara entre un hombre y
una mujer que era improbable que la vida volviera a premiarla con algo
semejante. Podía adivinar cómo se sentiría si perdiera a su padre adoptivo.
Luego se enfadó y acusó a la sombra de Simón. ¿Cómo había podido
ser tan descuidado? Era un ser valioso para todos ellos. Lo necesitaban y no
estaba. Morir en un cenagoso río inglés había sido muy estúpido.
Esa pobre mujer a la que tanto había amado. Sus hijos.
Sintió la mano de Mansur en el hombro.
—Este hombre dice que Simón fue asesinado.
Un minuto después, Adelia estaba de pie.
—No —refutó mirando a Picot—. Fue un accidente. Ese hombre, el
administrador de las aguas, le dijo a Gyltha que fue un accidente.
—Había encontrado las cuentas, mujer, sabía quién era.
—Exasperado, sir Rowley masculló entre dientes. Luego comenzó a hablar
pausadamente—. Escuchadme. ¿Me estáis escuchando?
—Sí.
—Simón llegó tarde a la fiesta de Joscelin. ¿Me oís?
—Sí, lo vi.
—Se acercó a la mesa principal para disculparse por su demora.
El maestro de ceremonias lo condujo hasta su lugar, pero cuando pasó junto a
mí, se detuvo y dio un golpecito en una cartera que llevaba en el cinto. Y
dijo... ¿estáis atendiendo? Dijo: «Lo tenemos, sir Rowley. He encontrado las
cuentas». Habló en voz baja, pero eso fue lo que dijo.
—Lo tenemos, sir Rowley —repitió Adelia.
—Eso fue lo que dijo. Acabo de ver su cuerpo. La cartera no está
en el cinto. Le asesinaron para quitársela.
Adelia oyó que Matilda B. dejó escapar una angustiosa
exclamación y Gyltha hizo oír su protesta. ¿Ella y Picot hablaban en inglés?
Seguramente.
—¿Por qué os lo contaría? —preguntó Adelia.
—Santo Cielo, mujer, los dos habíamos estado ocupándonos del
asunto durante todo el día. Era inconcebible que los únicos registros de las
deudas fueran aquellos que se incendiaron. Los malditos judíos podían haberlos
conseguido si se hubieran dado cuenta. Los tenía el banquero de Chaim.
—No digáis eso de ellos. —Adelia le puso una mano en el pecho a
sir Rowley y lo empujó—. No digáis eso. Simón era judio.
—Exactamente —asintió él, sujetándole las manos—. Precisamente
porque era judío debéis venir conmigo ahora y examinar su cuerpo antes de que
los judíos se hagan cargo de él. —Sir Rowley vio la expresión de Adelia y sin
ningún miramiento prosiguió—: Qué le sucedió. Cuándo. A partir de esos datos,
si somos afortunados, seremos capaces de deducir quién. Vos me lo enseñasteis.
—Era mi amigo —repuso Adelia—. No puedo.
Su alma se rebelaba ante esa posibilidad. Lo mismo le habría
ocurrido a Simón si hubiera podido imaginarse observado, palpado y cortado por
ella. De todos modos, los preceptos del judaismo prohibían la autopsia. Adelia
solía desobedecer a la Iglesia cristiana, pero por respeto al querido Simón, no
ofendería a los judíos.
Gyltha se interpuso entre los dos para observar atentamente el
rostro del recaudador.
—¿Estáis diciendo que maese Simón fue asesinado por los mismos
que mataron a los niños? ¿Es eso?
—Sí, sí.
—¿Y ella puede descubrirlo si observa ese pobre cadáver?
Sir Rowley reconoció en Gyltha a una aliada y asintió.
—Es posible.
—Trae su capa —pidió Gyltha a Matilda B. Luego se dirigió á
Adelia—. Iremos juntas. —Y por fin, a Ulf—: Quédate aquí y ayuda a las
Matildas.
Sir Rowley y Gyltha condujeron apresuradamente a Adelia por las
calles, en dirección al puente. Mansur y Salvaguarda los seguían. Ella
continuaba protestando.
—No puede haber sido el asesino. Sólo ataca a los indefensos.
Esto es diferente, es... —Hizo una pausa mientras trataba de definir qué era—.
Es parte de los horrores de todos los días.
Para el funcionario que les había dado la noticia, los cuerpos
que flotaban en su río eran algo común. Ella tampoco había dudado de que se
hubiera ahogado; había examinado demasiados cuerpos llenos de agua en la mesa
de mármol de la morgue de Salerno.
Las personas se ahogaban mientras se daban un baño; los
marineros caían por la borda, muchos de ellos no sabían nadar y las olas
descomunales les arrastraban mar adentro. Niños, hombres y mujeres se ahogaban
en ríos, lagos, fuentes y charcas. La gente hacía apreciaciones erróneas, daba
pasos imprudentes. Era una manera habitual de morir.
Percibió los resoplidos impacientes del recaudador de impuestos
mientras avanzaban a toda velocidad.
—Nuestro hombre es un perro salvaje. Los perros salvajes saltan
a la garganta cuando se sienten amenazados. Simón se había convertido en una
amenaza.
—No era muy grande —señaló Gyltha—. Un hombrecillo agradable,
pero para un perro salvaje no era más grande que un conejo.
No lo era. Excepto para ser asesinado. La mente de Adelia se
resistía a aceptarlo. Ella y Simón habían llegado a Inglaterra para resolver un
problema en el que estaba implicada la población de una pequeña ciudad de un
país extranjero, no para estar en el mismo aprieto. Se había creído exenta de
peligro en virtud de alguna dispensa especial concedida a los investigadores. Y
sabía que Simón había pensado lo mismo.
Hizo un alto.
—¿Hemos estado en peligro?
El recaudador de impuestos también se detuvo.
—Me complace comprobar que lo habéis entendido. ¿Pensabais que
estaríais eximidos de él?
Nuevamente marchaban a toda velocidad. Sir Rowley y Gyltha
hablaban por encima de la cabeza de Adelia.
—¿Lo visteis partir, Gyltha?
—No, se asomó a la cocina para elogiar la comida y me dijo
adiós. —La voz de Gyltha se quebró un instante—. El mismo caballero cortés de
siempre.
—¿Fue antes de que comenzara el baile?
Gyltha suspiró. Había pasado la noche atareada en la cocina de
sir Joscelin.
—No me acuerdo. Es posible. Dijo que se dedicaría a estudiar un
par de cuestiones antes de irse a dormir, eso recuerdo. Por eso se iba
temprano.
—Dedicarse a estudiar.
—Sus propias palabras.
—Iba a examinar las cuentas.
Como de costumbre, el puente estaba lleno de gente. No era
sencillo caminar alineados. Sir Rowley cogió a Adelia firmemente del brazo y
avanzaron chocando con los transeúntes, en su mayoría funcionarios reales,
luciendo los collares que indicaban su rango. Eran muchos, y todos igualmente
apresurados. Adelia se preguntó vagamente para qué habían ido a Cambridge.
La pregunta y la respuesta siguieron rondando en su cabeza.
—¿Dijo que volvería a casa caminando o en bote?
—Estaba ya muy oscuro y seguramente no eligió caminar. —Como la
mayor parte de los habitantes de Cambridge, para Gyltha el bote era el único
medio de transporte—. Tal vez alguien que salía en ese mismo momento se ofreció
a dejarlo en casa.
—Me temo que es lo que sucedió.
—Oh, Dios, ayúdanos.
No, no. Simón no era incauto. No era un niño al que se tienta
con jujubes.
Tontamente, como el hombre de ciudad que era, habría intentado
caminar por la orilla del río. Habría resbalado en la oscuridad, un accidente,
pensaba Adelia.
—¿Quién más se marchó en ese momento? —preguntó Picot.
Pero Gyltha no lo sabía. De todos modos, ya habían llegado al
castillo. Ese día no había judíos en el patio interior. En su lugar había más
funcionarios, se veían por docenas, como una plaga de escarabajos.
El recaudador de impuestos informó a Gyltha.
—Funcionarios del rey. Han llegado para administrar justicia.
Lleva días preparar a los jueces ambulantes. Es por aquí; lo llevaron a la
capilla.
Así lo habían hecho, pero cuando llegaron, la capilla estaba
vacía, salvo por el sacerdote del castillo, que recorría la nave agitando un
incensario tratando de purificarla.
—¿Sabíais que el cadáver era de un judío, sir Rowley? Qué cosa.
Pensábamos que era cristiano, pero cuando nos dispusimos a amortajarlo.... —El
padre Alcuin cogió del brazo al recaudador de impuestos y se alejó con él para
que las mujeres no oyeran—. Cuando lo desvestimos, fue evidente. Estaba
circuncidado.
—¿Qué habéis hecho con él?
—No podía estar aquí, por todos los cielos. Pedí que lo
retiraran. Éste no es lugar para sepultarlo, por más que los judíos armen un
escándalo. He pedido al prior que intervenga. Es un asunto que en realidad
compete al obispo, pero el prior Geoffrey sabe cómo calmar a los israelitas.
El padre Alcuin vio a Mansur y palideció. —¿Por qué habéis
traído a otro pagano a este lugar sagrado? Sacadlo fuera.
Sir Rowley advirtió la desesperación en el rostro de Adelia.
Cogió al pequeño sacerdote de la pechera de su sotana y lo levantó varías
pulgadas del suelo.
—¿Adonde han llevado el cuerpo?
—No lo sé, soltadme, demonio. —Picot volvió a depositarlo en el
suelo—. Ni me importa —añadió, desafiante. Luego el sacerdote volvió a
balancear el incensario y desapareció en una nube de incienso y mal humor.
—No le tratan con respeto —protestó Adelia—. Oh, Picot, haced lo
necesario para que sea sepultado como corresponde a un judío. A pesar de su
apariencia de humanista cosmopolita, en el fondo Simón de Nápoles había sido un
judío devoto. Su propia falta de observancia a los preceptos de la religión
siempre le había preocupado. Para Adelia era terrible que su cuerpo fuera
enterrado sin más, ignorando los ritos de su religión. Gyltha estaba de
acuerdo.
—Eso no está bien —opinó Gyltha—. Lo dice la Biblia: «Se han
llevado a mi Señor y no sé dónde lo han colocado»13. —Blasfemias, tal vez, pero
las palabras fueron pronunciadas con indignación y dolor.
—Señoras —intervino sir Rowley Picot—, aunque tenga que recurrir
al Espíritu Santo, maese Simón será sepultado con la veneración que merece.
—Salió y regresó al cabo de un momento—. Al parecer, los judíos ya se lo han
llevado.
El recaudador partió hacia la torre de los judíos. Las mujeres
lo siguieron; Adelia se aferró a la mano del ama de llaves.
El prior Geoffrey estaba en la puerta de la torre hablando con
un hombre al que ella no conocía, aunque podía verse que era un rabino. Lo
supo, no por los bucles o la barba sin recortar, ni por su ropa —tan raída como
la del resto de los judíos—, sino por sus ojos. Eran los de un erudito, más
severos que los del prior Geoffrey, si bien revelaban el mismo grado de
conocimientos. Hombres con ojos como ésos habían conversado largamente sobre
las leyes del judaismo con su padre adoptivo. Un estudioso del Talmud, pensó
Adelia, y se sintió aliviada. Cuidaría del cuerpo de Simón como él habría
deseado. Y dado que era algo prohibido, no permitiría que el cadáver fuera
sometido a una autopsia, por más que sir Rowley insistiera. Un consuelo para
Adelia.
El prior Geoffrey tomó las manos de la joven entre las suyas.
—Mi querida niña, qué golpe, qué golpe para todos nosotros. Para
vos, la pérdida debe de ser incalculable. Dios lo tenga en su gloria. Cómo me
agradaba ese hombre; la nuestra fue una relación breve, pero pude percibir la
dulzura del alma de maese Simón y su muerte me causa un profundo dolor.
—Prior, debe ser sepultado de acuerdo con las leyes de su
religión, lo que significa que debe hacerse hoy. Mantener el cuerpo insepulto
durante más de veinticuatro horas sería una humillación.
—En cuanto a eso... —El prior Geoffrey estaba incómodo. Se
dirigió al recaudador de impuestos, al igual que el rabino. Era un asunto de
hombres—. Nos encontramos ante una situación nueva, sir Rowley, en verdad estoy
sorprendido de que no haya sucedido antes, pero tal parece que, felizmente por
supuesto, ninguno de los miembros de la comunidad del rabino Gotsce refugiada
en el castillo ha muerto durante el año que han pasado encarcelados...
—No será por la comida —comentó el rabino Gotsce. Su voz era
grave y su cara no mostraba indicios de que estuviera bromeando.
—En consecuencia —continuó el prior— y admito mi responsabilidad
en esto, aún no se ha decidido...
—No hay cementerio para los judíos en el castillo —concluyó el
rabino Gotsce.
El prior Geoffrey asintió.
—Me temo que el padre Alcuin sostiene que todo el predio del
castillo es terreno cristiano.
Sir Rowley hizo una mueca.
—Tal vez esta noche podamos llevarlo a la ciudad a escondidas.
—Tampoco hay cementerio para los judíos en Cambridge —declaró el
rabino Gotsce.
Todos lo miraron, excepto el prior Geoffrey, que parecía
avergonzado.
—¿Qué hicieron en el caso de Chaim y su esposa? —preguntó
Rowley.
—Están en un terreno sin santificar, con los suicidas. Cualquier
otra cosa habría provocado un nuevo tumulto —explicó el prior.
La puerta abierta de la torre, frente a la cual estaban
reunidos, dejaba ver el ajetreo que había en su interior. Mujeres con cuencos y
lienzos colgados del brazo subían y bajaban la escalera circular mientras un
grupo de hombres conversaba de pie en el vestíbulo. En medio de ellos Adelia
vio a Yehuda Gabirol, que se mesaba los cabellos. Ella hizo lo mismo, porque a
la confusa situación se añadía que alguien estaba sufriendo. La conversación
del prior, el rabino y el recaudador de impuestos fue interrumpida una y otra
vez por un sonido fuerte y profundo que salía de una de las ventanas más altas
de la torre, una mezcla de gruñido y el soplido de un fuelle defectuoso. Los
hombres lo ignoraron.
—¿Qué es eso? —preguntó Adelia, pero nadie le prestó atención.
—¿Dónde lleváis habitualmente a vuestros muertos? —quiso saber
Rowley.
—A Londres. El rey fue tan considerado como para concedernos un
cementerio junto al barrio judío. Siempre lo hacemos así.
—¿Es el único?
—El único. Tanto si morimos en York, como en el límite con
Escocia, en Devon o en Cornualles, debemos llevar el ataúd a Londres. Tenemos
que pagar un arancel especial, por supuesto. Y contratar a perros para que
ladren cuando pasamos por las ciudades. —El rabino sonrió sin regocijo—.
Resulta caro.
—No lo sabía —repuso sir Rowley.
—¿Por qué deberíais saberlo? —concedió amablemente el rabino.
—Estamos en un aprieto —señaló el prior Geoffrey—. El pobre
hombre no puede ser enterrado en los terrenos del castillo y dudo que podamos
eludir a la gente de la ciudad durante el tiempo necesario y con la suficiente
seguridad como para llevarlo subrepticiamente a Londres.
¿A Londres? ¿Subrepticiamente? El malestar de Adelia se
convirtió en una ira que difícilmente podía contener. Dio un paso adelante.
—Me perdonaréis, pero Simón de Nápoles no es un problema del que
haya que deshacerse. Fue enviado a este lugar por el rey de Sicilia para
rastrear a un asesino que se encuentra entre vosotros y si este hombre está en
lo correcto —dijo señalando al recaudador de impuestos— murió por ese motivo.
En nombre de Dios, lo mínimo que podéis hacer por él es sepultarlo
respetuosamente.
—Tiene razón, prior —asintió Gyltha—. Era un buen hombre.
Las dos mujeres estaban avergonzando a los hombres. Desde la
ventana se oyó otro gruñido que se transformó en un inconfundible grito
femenino que produjo mayor bochorno.
El rabino Gotsce se sintió obligado a dar una explicación.
—La señora Dina.
—¿El bebé? —preguntó Adelia.
—Un poco antes de tiempo —anunció el rabino—, pero las mujeres
tienen esperanzas de que todo salga bien.
Adelia oyó las palabras de Gyltha.
—«Yahvéh me lo dio, Yahvéh me lo quitó»14.
La doctora no preguntó si Dina estaba bien porque era evidente
que no lo estaba. Encorvada, sintió que se liberaba de una parte de su
disgusto. En un mundo perverso habría algo nuevo y bueno.
El rabino percibió lo que le sucedía.
—¿Sois judía, señora?
—Fui criada por un judío. No soy más que una amiga de Simón.
—Él me lo dijo. Podéis estar tranquila, hija mía. Para todos los
que formamos parte de esta pequeña y desventurada comunidad, el entierro de
vuestro amigo es un deber sagrado. Ya hemos realizado el tahará, hemos lavado
su cuerpo, lo hemos limpiado de pecado para que comience su viaje hacia la otra
vida. Lo hemos vestido con los tajrijim, la sencilla mortaja blanca. Tal y como
ha dispuesto el rabino Gamliel, gran sabio, ahora mismo se está fabricando un
ataúd de madera de sauce para él. ¿Veis? Me he rasgado las vestiduras por él.
El rabino se había rasgado la pechera de su túnica —ya algo
raída— en un gesto ritual de duelo. Adelia tendría que haberse dado cuenta de
ello.
—Os estoy muy agradecida, rabino. Pero debo pediros algo más. Él
no debe estar solo.
—No está solo. El viejo Benjamín es el shomer, vela por él y
está recitando los salmos pertinentes. —Se detuvo y miró a su alrededor. El
prior y el recaudador de impuestos estaban discutiendo acaloradamente, y
prosiguió en voz queda—: En cuanto al entierro, somos personas flexibles, nos
hemos visto obligados a serlo, y el Señor sabe que hay cosas imposibles para
nosotros. Será clemente con lo que decidamos. —Su voz se convirtió casi en un
susurro—. Hemos descubierto que los preceptos cristianos también son flexibles,
especialmente cuando se trata de dinero. Estamos recolectando lo poco que
tenemos para comprar una parcela de terreno en este castillo donde nuestro
amigo pueda yacer dignamente.
Por primera vez en el día, Adelia sonrió.
—Poseo dinero en abundancia.
El rabino Gotsce retrocedió.
—Entonces, no es necesario preocuparse. —Y tomando la mano de
Adelia pronunció la bendición prescrita para los que están de duelo—: «Bendito
eres Tú, Señor, Dios Nuestro, Rey del universo, juez verdadero».
Durante un breve instante, Adelia se sintió embargada de una
grata serenidad. Tal vez fuera la bendición; tal vez, la compañía de hombres de
buena voluntad; tal vez, el alumbramiento del hijo de Dina.
Sin embargo, más allá de las ceremonias con las que fuera
sepultado, Simón estaba muerto. El mundo había perdido a alguien muy valioso. Y
habían apelado a Adelia para establecer si lo sucedido había sido un accidente
o un asesinato. Nadie más que ella podía hacerlo.
La doctora aún se resistía a examinar el cuerpo de Simón. En
parte, así lo entendía, por miedo a lo que pudiera decirle. Si la bestia que
andaba suelta lo había matado, habría asestado una estocada mortal tanto a
Simón, como a su decisión de continuar con la misión. Faltando éste, la
responsabilidad era exclusivamente suya; sin él, Adelia no era más que un junco
solitario, frágil y temeroso.
Pero el rabino, con quien sir Rowley había sostenido una
discusión, no tenía intención de permitir que Adelia se acercara al cuerpo de
Simón de Nápoles.
—No —refutaba—, de ningún modo, y mucho menos una mujer.
—Dux femina facti15 —intervino el prior Geoffrey, con sentido
práctico.
—Señor, el prior tiene razón —suplicó Rowley—. En lo que atañe a
este asunto, quien dirige nuestra empresa es una mujer. Los muertos le hablan,
le dicen la causa de su muerte, y, en consecuencia, podremos deducir quién la
provocó. Se lo debemos al difunto, pero también, y en nombre de la justicia,
para saber si el asesino de los niños también fue el suyo. Por Dios, él
investigaba en bien de vuestro pueblo. Si fue asesinado, ¿no queréis que su
muerte sea vengada?
—Exoriare aliquis nostris ex ossibus ultor16. —El prior seguía
colaborando—. «Álzate de mis huesos, oh vengador, destinado a perseguir con el
fuego».
El rabino hizo una reverencia.
—La justicia es buena, señor, pero hemos descubierto que sólo en
el otro mundo podremos lograrla. Pedís que lo hagamos en nombre de Dios, pero
¿puede complacer al Señor que no respetemos sus leyes?
—Testarudo el pordiosero —advirtió Gyltha a Adelia, sacudiendo
la cabeza.
—Como es característico en un judío.
Adelia solía preguntarse cómo habían sobrevivido esa raza y la
religión frente a la hostilidad universal, un hecho para ella inexplicable.
Exilio, persecución, degradación, intentos de genocidio; todos
los castigos infligidos al pueblo judío no habían logrado sino aferrarlos aún
más tenazmente a sus creencias. Durante la primera cruzada, los ejércitos
cristianos —henchidos de fervor religioso y alcohol— habían asumido el deber
evangélico de convertir a los judíos con los que se encontraban dándoles la
alternativa de ser bautizados o morir. La elección tuvo como resultado la
muerte de cientos de judíos.
El rabino Gotsce era un hombre razonable, pero prefería morir en
los escalones de su torre antes que violar uno de los principios de su fe
permitiendo que una mujer tocara el cadáver de un hombre, más allá del
beneficio que pudiera reportar.
Una muestra más de que en lo referente a la inferioridad del
sexo femenino, las tres religiones coincidían. De hecho, los judíos devotos
agradecían diariamente a Dios no haber nacido mujer.
Mientras la mente de Adelia se ocupaba con estos pensamientos,
una enérgica discusión tenía lugar, sobresaliendo entre todas la voz de sir
Rowley, que en ese momento se dirigía hacia ella.
—Esto es todo lo que he podido obtener: el prior y yo estamos
autorizados para observar el cuerpo. Vos tendréis que permanecer fuera y
decirnos qué debemos buscar.
Absurdo, pero nadie había sido excluido, tampoco ella. Con
considerable esfuerzo, los judíos habían llevado el cadáver a la sala de lo
alto de la torre, la única desocupada, la misma donde ella, Simón y Mansur
habían conocido al viejo Benjamín y a Yehuda.
Aparentemente preocupado por la posibilidad de que la joven
invadiera la sala, el rabino la conminó, en un exceso de celo profesional, a
esperar en el rellano de la escalera, con Salvaguarda a su lado. Oyó que la
puerta se abría. El canto del viejo Benjamín irrumpió brevemente en el hueco de
la escalera antes de que la puerta volviera a cerrarse.
Picot tenía razón. Simón no debía ser enterrado sin haber sido
escuchado. El espíritu de ese hombre vería como una gran profanación que nadie
oyera lo que su cuerpo tenía que decir.
Adelia se sentó en un escalón de piedra y trató de serenarse
mientras se concentraba en recordar cuáles eran los síntomas de la muerte por
ahogamiento. No sería fácil. Sin la posibilidad de cortar una sección de pulmón
para ver si estaba hinchado, si contenía lodo o algas, el diagnóstico
dependería en buena medida de la exclusión de otras causas de muerte. De hecho,
era improbable que hubiera algún signo que les indicara que había sido
asesinado. Quizás podría determinar si estaba vivo cuando cayó al agua, pero
aun así quedaría otra pregunta sin responder: ¿había caído o le habían
empujado?
Oyó la salmodia del viejo Benjamín y el ruido sordo de las botas
del recaudador de impuestos, que bajaba la escalera en dirección a ella.
—Tiene un aspecto sereno. ¿Qué hacemos?
—¿Tiene espuma en la boca y en las fosas nasales?
—No. El cuerpo ha sido lavado.
—Presionad el pecho. Si sale espuma, secadla, y volved a
presionar.
—No sé si el rabino me lo permitirá. Manos gentiles.
Adelia se puso de pie.
—No le preguntéis, sencillamente, hacedlo. —Nuevamente se había
convertido en la doctora de los muertos. Rowley subió apresuradamente la
escalera.
«No tendrás que temer del terror de la noche, ni de la flecha
que vuela por el día»17.
Adelia se apoyó en el triángulo de la saetera que tenía detrás,
distraídamente acarició la cabeza de Salvaguarda y miró el conocido paisaje, el
río, los árboles, y más allá, las colinas. Una poesía bucólica de Virgilio.
«Pero me aterroriza pensar en ese paisaje de noche», pensó.
Sir Rowley estaba nuevamente junto a ella.
—Espuma —dijo, secamente—. Las dos veces. Rosada.
Se había caído al agua vivo. Un indicio, pero no una prueba.
Podría haber sufrido un paro cardíaco que hizo que se cayera al río.
—¿Hay magulladuras?
—No veo ninguna. Tiene cortes entre los dedos. El viejo Benjamín
dijo que encontraron tallos de plantas en ellos. ¿Eso significa algo?
Significaba que Simón estaba vivo cuando había caído al agua. En
el terrible minuto —ése era el tiempo estimado— que tardó en morir había
arrancado juncos y algas que quedaron dentro de sus manos cuando se cerraron en
el espasmo fatal.
—Buscad moretones en la espalda, pero sin ponerlo boca abajo.
Está prohibido.
En esta ocasión pudo oírse la discusión entre Rowley y el
rabino. Las voces de ambos sonaban bruscas. El viejo Benjamín los ignoraba.
«Sobre los frescos pastos me lleva a descansar, y a las aguas
tranquilas me conduce»18.
Sir Rowley ganó. Regresó a donde estaba Adelia.
—Hay moretones aquí y aquí —señaló, posando su mano sobre un
hombro e indicando con la otra una línea que atravesaba la parte superior de la
espalda—. ¿Fue golpeado?
—No. Sucede a veces. El esfuerzo por volver a la superficie
rompe los músculos que rodean los hombros y el cuello. Se ahogó, Picot. Es todo
lo que puedo deciros. Simón se ahogó.
—Hay otro moretón muy distinto —añadió Rowley. Esta vez se llevó
el brazo a la espalda y dibujó un círculo con los dedos, entre los omóplatos—.
¿Qué pudo haberlo causado? —Al ver que la doctora fruncía el ceño, escupió en
el escalón donde estaba parado y se arrodilló para delinear un pequeño círculo
mojado en la piedra—. Algo así. Redondo, distinto, como os dije. ¿Qué puede
ser?
—No lo sé. —La exasperación se apoderó de ella. Con sus nimias
leyes y el temor a la impureza innata de las mujeres, estaban erigiendo una
barrera entre médico y paciente. Simón la llamaba y ellos no le permitían
escucharlo—. Perdonadme —dijo.
La doctora subió las escaleras y entró en la sala. El cuerpo
yacía de lado. En un instante salió fuera otra vez.
—Fue asesinado —le anunció a Rowley.
—¿El mástil de una barca?
—Es probable.
—¿Le hundieron con él?
—Sí.
Capítulo 11
La muralla era una fortificación desde la cual los arqueros
podían repeler —como sucedió durante la guerra entre Esteban y Matilda— un
ataque al castillo. Ese día estaba silenciosa y vacía, salvo por el centinela
que hacía su ronda y la mujer —cubierta por una capa y con un perro a su lado—
que estaba de pie junto a una de las almenas, a quien saludó sin obtener
respuesta.
Era una hermosa tarde. La brisa del oeste, que había desplazado
la lluvia hacia el este, arrastraba unas nubes que parecían lana de cordero por
el impecable cielo azul; inflaba los techos de lona de los puestos del mercado;
agitaba los gallardetes de los barcos amarrados junto al puente; mecía las
ramas de los sauces en una danza armónica y formaba en el río brillantes olas
irregulares, tornando más bello y vivido el paisaje que Adelia despreciaba.
Parecía no verlo.
«¿Cómo habría podido hacerlo? ¿Cómo habría conseguido llevarlo
hasta una posición que le permitiera empujarlo al agua?», se preguntaba. No
habría requerido mucha fuerza para golpearlo con el mástil en la espalda.
Habría descargado todo su peso sobre él de modo que no pudiera moverse. Un
minuto o dos, quizás, mientras escarbaba como un escarabajo, y esa vida
sensible y bondadosa se había extinguido.
Oh, Dios, ¿cómo había sucedido? Adelia imaginó oleadas de barro
dificultando la visión de las algas que le rodeaban y le atrapaban, agónicas
burbujas indicando los últimos rastros de respiración. Comenzó a respirar con
dificultad, sintió el pánico de quien está tragando agua, pese a que inhalaba
el aire limpio de Cambridge. «Basta. Esto no le ayudará», se conminó. ¿Qué
podría ayudarle?
Sin duda, encontrar al asesino —que era también el asesino de
los niños— y llevarlo ante un tribunal, pero cuánto más difícil sería lograrlo
sin él. «Probablemente tengamos que hacerlo antes de que este asunto esté
terminado, doctora. Pensar como él piensa».
Ella le había respondido: «Vos lo haréis, sois el clarividente».
Supo entonces que debía tratar de adentrarse en una mente que veía la muerte
como algo conveniente, y en el caso de los niños, placentero. Pero se sentía
empequeñecida. La ira despertada por la tortura de los niños había sido la de
un deus ex machina, que estaba allí para poner las cosas en orden. Ella y Simón
se habían mantenido al margen, sin llegar a involucrarse; no eran su
continuidad sino su conclusión. Pero su tácita intangibilidad —no estaba
previsto que los dioses se conviertan en mortales— se había quebrado con la
muerte de Simón, arrojando a Adelia al mismo saco que los habitantes de
Cambridge, tan ignorantes e indefensos como minúsculas briznas, sacudidas por
el viento, en manos del destino.
Ahora compartía el dolor de Agnes, sentada ante su choza; de
Hugh, el cazador que se lamentaba por su sobrina; de Gyltha y de cualquier otro
hombre o mujer que pudieran perder a un ser amado.
Sólo cuando oyó unos pasos conocidos que avanzaban hacia ella
supo que los había estado esperando. Saber que el recaudador de impuestos era
tan inocente de los crímenes como ella misma le había proporcionado una tabla
de salvación a la que aferrarse. Y de no ser porque aquella revelación la
desconcertaba, se habría alegrado de disculparse humildemente por sospechar de
él.
Era preferible parecer una persona imperturbable, excepto con
sus seres más cercanos. Adoptaba la actitud amable pero distante de quien había
elegido su profesión respondiendo a la llamada del dios de la medicina. Era su
coraza para desviar la impertinencia, el exceso de confianza y, en ocasiones,
el descarado atrevimiento con que sus alumnos y sus primeros pacientes habían
intentado tratarla. En efecto, Adelia se veía como un ser apartado de la
humanidad, un fortín sereno y oculto con el que sus semejantes podían contar si
era necesario, aunque nunca se dejara involucrar.
Pero ante el dueño de los pasos que se aproximaban Adelia había
mostrado dolor y pánico, había pedido ayuda, rogado, se había apoyado en él,
aun en medio de su sufrimiento había agradecido que estuviera junto a ella.
En consecuencia, el rostro con que Adelia miró a sir Rowley
Picot estaba pálido.
—¿Cuál ha sido el veredicto?
No había sido convocada para mostrar las pruebas al jurado que
precipitadamente se había constituido para investigar la muerte de Simón. Sir
Rowley había creído que revelar su condición de experta en la muerte no le
beneficiaría ni a ella ni a la verdad.
«Sois mujer, y extranjera. Aun cuando os creyeran, sólo os
granjearíais una mala reputación. Yo les mostraré la magulladura en la espalda
y explicaré que él estaba investigando las finanzas del asesino de los niños, y
que por ese motivo se convirtió en su víctima. Pero dudo que el funcionario a
cargo de la investigación o el jurado, todos aldeanos, tengan la inteligencia
necesaria para desenredar esa intrincada madeja con algún argumento creíble».
A juzgar por el aspecto de sir Rowley, no lo habían hecho.
—Muerte accidental por ahogamiento —anunció—. Me han tomado por
loco. —El recaudador apoyó las manos en una almena y lanzó un exasperado
suspiro hacia la ciudad, que se veía más abajo—. Todo lo que pude lograr es
socavar apenas su convicción de que el hombre que mató al pequeño Peter y a los
otros niños fue uno de los suyos y no un judío.
Durante un segundo algo se irguió en la turbulenta mente de Adelia,
mostrando su horrenda dentadura; luego volvió a hundirse en ella, para
ocultarse detrás del dolor, la desilusión y la ansiedad.
—¿Y el entierro?
—Ah, venid conmigo —indicó Picot.
En un instante el servil Salvaguarda se irguió sobre sus patas
como husos y salió trotando tras él. Adelia lo siguió más lentamente.
En el gran patio, la construcción progresaba. Los golpes
insistentes y ensordecedores del martillo en la madera ahogaban el parloteo de
los funcionarios. En un rincón se montaba un nuevo patíbulo con tres horcas que
utilizarían los tribunales cuando los jueces ambulantes vaciaran las cárceles
del condado y juzgaran los casos de las personas acusadas. Junto a las puertas
del palacio se había instalado una larga mesa y un banco a los que se llegaba
subiendo unos escalones —casi a la altura de la cuerda del cadalso— para que
los jueces quedaran por encima de la multitud.
El estruendo se debilitó un poco cuando sir Rowley, seguido por
Adelia y su perro, doblaron una esquina. Dieciséis años de paz con el rey de la
Casa de Anjou habían permitido que los alguaciles de Cambridgeshire se
construyeran una prolongación de sus aposentos, de modo que bajando unos
peldaños se llegaba a un jardín rodeado de muros al que se accedía desde el
exterior por un arco.
Dentro todo era silencio. Adelia podía oír las primeras abejas
del verano volando de una flor a otra.
Un verdadero jardín inglés, un espacio concebido para el
esparcimiento y el cultivo de plantas medicinales y no como un monumento. En
esa época del año carecía de colores, excepto por las prímulas que crecían
entre las piedras de los senderos y la mancha azulada de un parterre de
violetas que se apiñaban siguiendo la parte baja de un muro. Se sentía la
frescura del follaje y el olor a tierra.
—¿Esto servirá? —preguntó sencillamente sir Rowley. Adelia lo
miró, muda—. Es el jardín del alguacil y su esposa. Han accedido a que Simón
sea sepultado aquí —explicó Picot con exagerada paciencia. Luego la cogió del
brazo y la condujo hacia un sendero donde un cerezo silvestre desparramaba sus
delicados capullos blancos sobre la descuidada hierba, salpicada de
margaritas—. Éste es el lugar que hemos elegido.
Adelia cerró los ojos e inspiró profundamente.
—Quiero pagarles —dijo al cabo de un rato.
—De ninguna manera —se negó el recaudador, ofendido—. En
realidad, no me he expresado bien al decir que es el jardín del alguacil, pues,
en última instancia, es el jardín del rey. Él es el propietario de cada acre de
tierra inglesa, excepto las que pertenecen a la Iglesia. Y como Enrique
Plantagenet aprecia a sus judíos y yo soy su representante, sencillamente me
limité a señalar al alguacil Baldwin que al ceder un espacio a los judíos se lo
cedía al rey. Lo que también hará, de otra manera y en breve, porque Enrique
tiene previsto visitar el castillo, otro factor que señalé a su señoría. —Sir
Rowley hizo una pausa y frunció el ceño—. Tendré que presionar al rey para que
en cada ciudad haya un cementerio judío. Es un escándalo que carezcan de ellos.
No creo que esté al tanto.
Tal vez no fuera cuestión de dinero, pero Adelia sabía a quién
debía pagar. Había tiempo para hacerlo, y adecuadamente.
La doctora flexionó su rodilla ante Rowley Picot en una profunda
reverencia.
—Señor, estoy en deuda con vos. No sólo por esta muestra de
amabilidad, sino por las injustas sospechas que albergué con respecto a vuestra
persona. Lo siento profundamente.
Rowley la miró.
—¿Qué sospechas?
Adelia hizo un gesto vago.
—Pensé que podíais ser el asesino.
—¿Yo?
—Habéis ido a las cruzadas. Según creo, también él. Habéis
estado en Cambridge en las fechas pertinentes y en Wandlebury Ring la noche en
que fueron trasladados los cuerpos de los niños... —Por Dios, cada vez que
exponía su teoría le parecía más razonable. ¿Por qué debía disculparse?—. ¿Qué
otra cosa cabía pensar? —preguntó.
Parecía estar petrificado. Sus ojos azules la miraban y la
señalaba con el dedo, incrédulo. Luego se señaló a sí mismo.
—¿Yo?
Adelia se impacientó.
—Veo que era una sospecha vil.
—Condenadamente vil —insistió sir Rowley, tan enérgicamente que
espantó a un petirrojo que emprendió el vuelo—. Señora, debo haceros saber que
me gustan los niños. Sospecho que soy padre de algunos, aun cuando no puedo
reivindicar mi paternidad. He estado buscando a ese bastardo, os lo dije.
—El asesino también podía haberlo dicho. No explicasteis por
qué.
Picot lo pensó un instante.
—¿No lo hice? En rigor, sólo me importa a mí, aunque dadas las
circunstancias... Esto será una confidencia, señora —declaró mirando a Adelia.
—Guardaré el secreto.
A pocos pasos de donde estaban había un bancal de hierba.
Tiernas hojas de lúpulo formaban un tapiz contra los ladrillos del muro. Rowley
lo señaló y se sentó junto a Adelia, con las manos enlazadas sobre las
rodillas.
—Para empezar, debo deciros que soy un hombre afortunado. —Había
sido afortunado por tener un padre que hacía monturas y arneses para el señor
de Aston en Hertfordshire y se encargó de que tuviera educación; por tener una
figura y una fortaleza que llamaban la atención; por tener un cerebro ávido de
conocimientos...—. También deberíais saber que mi destreza matemática es
sobresaliente, al igual que mi dominio de lenguas...
Nada tímido para hablar con franqueza, pensó Adelia, divertida.
Era algo que solía decir Gyltha.
Las habilidades del joven Rowley Picot habían sido advertidas
tempranamente por el amo de su padre, que lo envió a la escuela pitagórica de
Cambridge, donde estudió las ciencias de los griegos y los árabes y donde, a su
vez, fue recomendado por sus tutores a Geoffrey de Luci, canciller de Enrique
II, quien le dio trabajo.
—¿Como recaudador de impuestos? —preguntó Adelia con inocencia.
—En principio, como funcionario del alto tribunal encargado de
las causas de derecho privado —explicó sir Rowley—. Finalmente, llegué a
trabajar para el propio rey, por supuesto.
—Por supuesto.
—¿Puedo continuar con el relato —quiso saber Picot— o preferís
que hablemos del clima?
—Os ruego que continuéis, señor. Estoy verdaderamente interesada
—pidió Adelia, recapacitando.
¿Por qué se burlaba de él precisamente ese día? Él, que lograba
con sus hechos y palabras hacer su sufrimiento más llevadero. «Oh, por Dios»,
pensó, horrorizada. El hombre le resultaba atractivo.
La revelación surgió como un ataque, como si hubiera estado
acechando en algún lugar estrecho y secreto dentro de ella y súbitamente
hubiera crecido demasiado para seguir pasando inadvertido.
¿Atractivo? Con sólo pensarlo las piernas le flaqueaban, su
mente sentía una especie de embriaguez, y también algo parecido a la
incredulidad ante lo inverosímil y el reproche ante un descubrímiento tan
inoportuno.
«Es un hombre demasiado liviano para mí», se decía Adelia. «No
por su peso, ciertamente, sino por su frivolidad. Un trastorno, una locura
causada por un jardín en verano y su imprevista amabilidad. O se debe a que en
este momento estoy desolada. Pasará. Tiene que pasar».
Sir Rowley hablaba animadamente sobre Enrique II.
—Soy el hombre del rey en todo. Hoy soy su recaudador de
impuestos. El día de mañana estaré a su disposición para lo que él decida.
¿Quién era Simón de Nápoles? ¿Qué hacía?
—Era... —Adelia trataba de ordenar sus ideas—. ¿Simón? Bueno...
entre otras cosas, trabajaba secretamente para el rey de Sicilia. —La doctora
trató de dominar sus manos; él no debía notar que le temblaban. Se concentró—.
Alguna vez me confesó que era semejante a un doctor de lo incorpóreo, como una
persona que enmendaba situaciones desafortunadas.
—Un hombre encargado de darles solución. «No os preocupéis,
Simón de Nápoles se ocupará de esto».
—Sí, supongo que eso era.
El hombre que estaba a su lado asintió, y como ella sentía un
feroz interés en saber quién era, y todo lo concerniente a él, comprendió que
también era un hombre encargado de dar soluciones y que el rey de Inglaterra
habría dicho en angevino: «Ne vous en faites pas, Picot va tout arranger».
—Es extraño, ¿verdad? —sugirió sir Rowley—, que la historia
comience con un niño muerto.
Un niño de sangre real, heredero del trono de Inglaterra y del
imperio que su padre había construido para él. Guillermo Plantagenet, hijo del
rey Enrique II y de la reina Leonor de Aquitania, nacido en 1153. Muerto en
1156.
—Enrique no cree en las cruzadas: «Daos la vuelta y mientras
estéis lejos algún bastardo os robará el trono». —Rowley sonrió—. Sin embargo,
Leonor sí cree en ellas y participó en una cruzada con su primer esposo.
Su viaje había generado una leyenda que aún se cantaba en toda
la cristiandad —si bien no en las iglesias— y que trajo a la mente de Adelia
imágenes de una amazona con los pechos desnudos, avanzando por las arenas del
desierto, refulgente y maliciosa, mientras arrastraba a Luis, el pobre y
piadoso rey de Francia tras ella.
—A pesar de ser muy pequeño, Guillermo era muy decidido y había
jurado que iría a las cruzadas cuando creciera. Incluso Leonor y Enrique habían
fabricado una pequeña espada para él, y después de la muerte de su hijo ella
quiso que fuera llevada a Tierra Santa.
Sí, pensó Adelia, conmovida. Había visto muchos casos así de
paso por Salerno: un padre que llevaba la espada de su hijo, o viceversa,
camino a Jerusalén —una cruzada en nombre de otro— como resultado de una
penitencia o para cumplir un juramento propio o una promesa que sus muertos no
pudieron satisfacer.
Tal vez uno o dos días antes no se habría conmovido tanto, pero
la muerte de Simón y esa nueva e imprevista atracción parecían haberla
sensibilizado frente al doloroso amor de toda la humanidad. Qué lamentable.
—Durante mucho tiempo el rey se negó a enviar a alguien.
Sostenía que Dios no le negaría el Paraíso a un niño de tres años por no haber
cumplido un juramento. Pero la reina no le daba tregua y en consecuencia, hace
unos siete años, eligió a Guiscard de Saumur, uno de sus tíos de la Casa de
Anjou, para llevar la espada a Jerusalén. —Rowley volvió a sonreír para sus
adentros—. Enrique siempre actúa con conocimiento de causa. Lord Guiscard era
el candidato idóneo: fuerte, emprendedor y conocedor de Oriente, pero de mal
carácter como todos los Anjou. Una disputa con uno de sus vasallos amenazaba la
paz en Anjou, por lo que el rey pensó que si Guiscard estaba ausente durante un
tiempo las cosas se calmarían. Un guardia montado lo acompañaría. Enrique
pensaba también que debía enviar a uno de sus hombres con Guiscard, un hombre
astuto, con habilidades diplomáticas, o, como él mismo declaró: «Alguien lo
suficientemente fuerte para mantener al cabrón lejos de los problemas».
—¿Vos? —preguntó Adelia.
—Yo —asintió Rowley—. Al mismo tiempo, Enrique me nombró
caballero porque sería el encargado de transportar la espada. La propia Leonor
la sujetó con una correa a mi espalda y desde ese día hasta que la dejé
nuevamente en la tumba del pequeño Guillermo, nunca me aparté de ella. Por la
noche, cuando me la quitaba, dormía con ella al lado. Y así, partimos hacia
Jerusalén. —El nombre de esa ciudad se apoderó del jardín y de ellos dos,
invadiendo el aire con la adoración y la agonía de tres religiones que mantenían
una relación hostil, como astros que emiten su propia vibración mientras se
precipitan hacia el choque—. Jerusalén —volvió a decir Rowley y citó a la reina
de Saba—: «Yo no creía en ello hasta que he venido y lo han visto mis ojos. En
realidad, no se me dijo ni la mitad»19.
Sobrecogido, había pisado las mismas piedras que el Salvador
había santificado, había avanzado de hinojos a lo largo de la Vía Dolorosa, se
había postrado, llorando, en el Santo Sepulcro. En aquel entonces agradeció que
ese núcleo de máxima virtud hubiera sido liberado de la tiranía de los infieles
por los hombres de la primera cruzada, para que los peregrinos cristianos
pudieran volver a venerarlo, como él hacía. No encontraba palabras para
expresar su admiración por ellos.
—Aún hoy no comprendo cómo lo lograron. —Sir Rowley meneaba la
cabeza, como si continuara preguntándoselo—. Moscas, escorpiones, sed, calor;
los caballos morían mientras los jinetes cabalgaban y no era posible tocar la
maldita armadura sin ampollarse los dedos. Fueron diezmados por las
enfermedades. Dios nuestro padre estaba con ellos. De otro modo no podrían
haber recuperado la morada de su hijo. Al menos, eso pensaba entonces.
También había otros placeres, más profanos. Los descendientes de
los primeros cruzados se habían adaptado a la tierra que llamaban Ultramar. En
efecto, era difícil distinguirlos de los árabes, cuyo modo de vida imitaban.
El recaudador de impuestos describió los palacios de mármol, los
patios con fuentes e higueras, los baños.
—Os lo juro, los grandes baños moriscos están bajo el nivel del
suelo.
El aroma intenso y punzante de la seducción impregnaba el
pequeño jardín.
Si bien a todos los caballeros de la expedición les cautivó la
peculiar, extravagante y exótica santidad del lugar, a Rowley le había
fascinado especialmente su carácter difuso y complejo.
—Era desconcertante. Todo estaba enmarañado. No hablo sólo de
cristianos contra sarracenos, nada es tan sencillo. Creía, Dios santo, que un
hombre era mi enemigo porque creía en Alá. Y, oh, Dios, que aquel que se
arrodillaba delante de una cruz era un cristiano y debía estar de mi lado. Pero
nada era necesariamente así, aunque ese hombre, en efecto, fuera un cristiano.
Era igualmente probable que se hubiera aliado con un príncipe musulmán.
Por lo que Adelia sabía, los mercaderes italianos habían
comerciado alegremente con sus pares musulmanes de Siria y Alejandría mucho
antes del año 1096, cuando el papa Urbano llamó a liberar los Santos Lugares
del dominio de los mahometanos. Habían maldecido la expedición salvadora, y
volvieron a hacerlo en 1147, cuando los hombres de la segunda cruzada llegaron
nuevamente a Tierra Santa sin más claridad que sus predecesores acerca del
mosaico de culturas que invadían el lugar. De ese modo, habían deteriorado el
rentable intercambio que había existido entre diferentes religiones a lo largo
de generaciones.
Mientras Rowley describía la mezcla que lo había subyugado,
Adelia se angustiaba. Sus últimas defensas se derrumbaban ante él. Siempre
dispuesta a calificar y descalificar, encontraba en ese hombre una capacidad de
percepción inusual para un cruzado. No. No. Ese capricho debía desaparecer. No
debía admirarlo. No quería enamorarse.
Rowley, ignorante de sus tribulaciones, continuó con su relato.
—En principio me asombró que el apego de judíos y musulmanes por
el Santo Templo fuera tan ferviente como el mío. Para ellos era un lugar
igualmente sagrado.
Si bien en un primer momento esa certeza no había abierto paso a
la duda acerca de la causa de los cruzados —eso «llegaría más tarde»—, comenzó
a disgustarle la intolerancia, manifiesta e intimidatoria, de la mayoría de los
recién llegados. Prefería el modo de vida y la compañía de aquellos que eran
descendientes de cruzados, que se habían adaptado a ese crisol de culturas.
Gracias a su hospitalidad, el aristocrático Guiscard y su séquito habían podido
disfrutar de esa diversidad.
No tenían motivo para regresar a casa. Aprendían árabe, se
bañaban en agua aromatizada con aceites, cazaban junto a sus anfitriones con
pequeños y feroces halcones de Berbería, vestían cómodas túnicas y disfrutaban
de la compañía de mujeres complacientes, bebidas refrescantes, almohadones
mullidos, sirvientes negros, comidas condimentadas con especias. Cuando se
preparaban para la batalla, cubrían su armadura con ropones para protegerse del
sol. De ese modo, salvo por la cruz que exhibía su escudo, no se diferenciaban
de los sarracenos.
Guiscard y su pequeño ejército entraron en guerra. Los
peregrinos se transformaron en cruzados. El rey Amalarico había alistado
urgentemente a todos los francos para evitar que el general árabe Nur al Din
—que había marchado hacia Egipto— lograse unir a los musulmanes para luchar
contra los cristianos.
—Un gran guerrero, Nur al Din, y un gran bastardo. En aquel
momento nos parecía que al unirnos al ejército del rey de Jerusalén nos uníamos
al Rey de los Cielos.
Y así partieron hacia el sur.
Adelia advirtió que pese a que había hecho un relato minucioso,
dibujando para ella domos blancos y dorados, grandes hospitales, calles
repletas de gente, inmensos desiertos, los hechos inherentes a la cruzada eran
exiguos.
—Una sagrada locura. —Aparentemente era todo lo que Rowley tenía
que decir sobre la guerra, aunque agregó—: Aun así, hubo caballerosidad por
parte de ambos bandos. Cuando Amalarico enfermó, Nur al Din decidió interrumpir
la lucha hasta que se restableciera.
Pero el ejército cristiano estaba formado por la escoria de
Europa. Como consecuencia del perdón que el Papa otorgaba a pecadores y
criminales, en tanto estuvieran dispuestos a seguir el camino de las cruzadas,
habían llegado a Ultramar hombres que mataban indiscriminadamente, con la
certeza de que sin importar lo que hicieran, Jesús los recibiría en sus brazos.
—Eran como ganado —precisó—, que apestaba tanto como los
corrales de donde provenían. Habían escapado de la servidumbre, querían tierras
y riquezas.
Masacraban a griegos, armenios y coptos, cristianos más antiguos
que ellos, porque pensaban que eran infieles. Judíos y árabes, versados en la
filosofía de griegos y romanos, y avanzados en matemáticas, medicina y
astronomía, ciencias que los semitas habían legado a Occidente, caían ante
hombres que no sabían leer ni escribir, ni veían motivo alguno para aprender a
hacerlo.
—Amalarico trató de mantenerlos bajo control —repuso Rowley—,
pero continuaban acechando como buitres. Al volver a nuestras líneas
descubrimos que habían abierto la barriga a los cautivos porque pensaban que
los musulmanes se tragaban las piedras preciosas para ponerlas a salvo.
Mujeres, niños, no importaba nadie. Algunos no llegaron a formar parte del
ejército, organizaron bandas que vagaban por los caminos para saquear las
caravanas que transportaban mercancías. Incendiaban y saqueaban, y si eran capturados
decían que lo hacían por la inmortalidad de su alma. Probablemente sigan
haciéndolo. —El cruzado hizo una pausa—. Y nuestro asesino era uno de ellos.
Adelia levantó rápidamente la cabeza para mirarlo.
—¿Lo conocéis? ¿Estuvo allí?
—Nunca lo vi, pero sí, estaba allí. —El petirrojo había
regresado. Revoloteó sobre un arbusto de lavanda y miró un instante a los dos
seres silenciosos del jardín antes de emprender el vuelo detrás de un acentor—.
¿Sabéis lo que estamos consiguiendo con nuestras grandiosas cruzadas? —preguntó
sir Rowley. Adelia meneó la cabeza. La decepción no era una expresión propia
del rostro de ese hombre, pero apareció en ese momento, envejeciéndole. Supuso
que la amargura yacía escondida, oculta bajo la máscara de su jovialidad—. Os
diré qué están logrando. El odio que están suscitando en los árabes supera en
mucho el que sus distintos pueblos solían tenerse entre sí. Conseguirán que se
alie contra la cristiandad una fuerza tan poderosa como jamás se ha visto. El
islam.
Rowley se dirigió a la casa. Ella lo observó alejarse. Ya no le
parecía rechoncho. ¿Cómo había podido pensar algo semejante? Era corpulento.
Le oyó pedir cerveza.
Picot regresó con jarras en ambas manos y le ofreció una.
—La confesión da sed —señaló.
¿Era así? Adelia tomó la jarra y bebió de ella, incapaz de
apartar los ojos del hombre. Intuía con espantosa claridad que, cualquiera que
fuera el pecado que tuviera que confesar, lo absolvería.
Rowley estaba de pie, mirando a la doctora.
—Llevé a la espalda la espada de Guillermo Plantagenet durante
cuatro años. Durante las batallas, la colocaba bajo mi cota de malla para que
no se dañara. Me dejó una marca tan profunda en la piel que todavía conservo
una cicatriz con forma de cruz, semejante a la del asno que llevó a Jesús a
Jerusalén. La única cicatriz de la que estoy orgulloso. —Rowley entornó los
ojos—. ¿Queréis verla?
Adelia le sonrió.
—Tal vez en otro momento.
La doctora se reprochó ser una mujer fácil, seducida hasta el
enamoramiento por el relato de un soldado. Ultramar, valentía, cruzadas, una
fantasía romántica. Debía recuperar la compostura.
—Muy bien, en otro momento —concedió Rowley. Bebió de su cerveza
y se sentó—. ¿Dónde estaba? Oh, sí. En ese momento íbamos hacia Alejandría.
Debíamos evitar que Nur al Din construyera sus embarcaciones en los puertos de
la costa de Egipto. Los sarracenos no habían comenzado la guerra naval, pero lo
harían algún día. Y como dice el proverbio árabe, es mejor oír las flatulencias
de los camellos que los rezos de los hombres. De modo que allí estábamos,
luchando en medio del Sinaí. Arena, calor y el viento que los musulmanes
denominan jamsin azotaban nuestros ojos. Arqueros escitas a caballo atacaban
desde todos los ángulos. Malditos centauros, las flechas caían sobre nosotros
como una plaga de langostas. Hombres y caballos terminaban como erizos. La sed.
Y en medio de todo aquello, Guiscard enfermó gravemente. En toda su vida apenas
si había enfermado y de pronto se sintió aterrorizado por la idea de su
finitud. No quería morir en tierra extranjera. «Llevadme a casa. Prometedme que
me llevaréis hasta Anjou», imploró. Se lo prometí.
En nombre de su amo enfermo, Rowley había tenido que rogar de
rodillas al rey de Jerusalén que le concediera autorización para regresar a
Francia.
—A decir verdad, me alegré. Estaba hastiado de tanta muerte. Me
preguntaba constantemente si Jesucristo había venido a la tierra para eso. Y la
idea del niño que en la tumba esperaba su espada empezaba a quitarme el sueño.
Aun así... —Sir Rowley terminó su cerveza y luego meneó la cabeza, cansado—.
Aun así, al decir adiós me sentí culpable, un traidor. Os lo juro, jamás habría
partido antes de ganar la guerra si Guiscard no me hubiera elegido para
llevarlo de vuelta a casa.
No, pensó Adelia. No lo habría hecho. Pero ¿por qué se
disculpaba? Estaba vivo, y también los hombres a los que habría podido matar si
hubiera permanecido allí. ¿Por qué le avergonzaba más haber abandonado una
guerra como aquélla que haberla continuado? Tal vez fuera la bestia que habita
en todos los hombres, y por todos los cielos, se dijo. «Mi emoción se debe sin
duda a la mala bestia que hay en mí».
—Comencé a organizar el viaje de regreso. Sabía que no sería
fácil. Estábamos en medio del Desierto Blanco, en un lugar llamado Bahariya, un
asentamiento grande por ser un oasis, pero me sorprendería que Dios alguna vez
hubiera oído hablar de él. Intenté volver hacia el oeste, para dar con el Nilo
y navegar en dirección a Alejandría, que todavía no había caído en manos
enemigas. Desde allí podríamos cruzar a Italia. Pero además de la caballería
escita, de los asesinos escondidos detrás de cada maldito arbusto y los pozos
envenenados, estaban nuestros propios bandoleros cristianos en busca del botín,
y a lo largo de los años Guiscard había adquirido tantas reliquias, joyas y
sedas que nos veíamos obligados a viajar con una caravana de mulas de dos
yardas de largo, que no hacía más que incitar al saqueo. Por eso llevábamos
rehenes.
Adelia sacudió la jarra.
—¿Rehenes?
—Por supuesto. —Rowley estaba irritado—. Allí es algo normal.
Como comprenderéis, no buscábamos exigir un rescate, como se hace en Occidente.
En Ultramar, los rehenes son un resguardo. Eran una garantía, un contrato, una
forma viviente de buena voluntad, una promesa de que el acuerdo sería
respetado; formaban parte del intercambio diplomático y cultural entre razas.
Princesas de los francos, de sólo cuatro años de edad, eran retenidas para
garantizar una alianza entre sus padres, cristianos, y los captores moros. Los
hijos de grandes sultanes vivían en los hogares de los francos, en ocasiones
durante años, como garantía de que la conducta de su familia sería la correcta.
Los rehenes evitan derramar sangre. Son un buen recurso. Es como estar en una
ciudad sitiada y tratar de llegar a un acuerdo con quienes imponen el sitio. Se
necesitan rehenes para garantizar que los bastardos no entren en la ciudad
violando y matando, y que aquellos que se rinden no adopten represalias. En el
caso de que alguien deba pagar un rescate y no reúna inmediatamente la suma
exigida, tiene la posibilidad de ofrecer rehenes como garantía por la parte que
adeuda. Los rehenes se utilizan para casi todo. Cuando el emperador Nicéforo
quiso que un poeta árabe fuera a su corte, entregó rehenes al califa Harun al
Rashid, a cuyo servicio estaba el poeta, como garantía de que el hombre sería
reintegrado al califa según lo pactado. Es algo semejante a empeñar bienes.
Adelia meneaba la cabeza, asombrada.
—¿Y funciona?
—A la perfección. —Rowley meditó sobre lo que había dicho—.
Bueno, casi siempre. Nunca advertí que un rehén saliera mal parado, aunque me
han contado que los primeros cruzados fueron bastante rudos. —Picot estaba ansioso
por tranquilizar a Adelia—. Es un método excelente. Preserva la paz, facilita
el entendimiento entre bandos. Sin ir más lejos, esos baños moriscos...
Nosotros, hombres de Occidente, jamás habríamos sabido de ellos si algún rehén
de noble cuna no hubiera exigido a su regreso que los instalaran.
Adelia se preguntaba cómo funcionaba esa reciprocidad. ¿Qué
enseñaban a cambio los caballeros europeos —de cuya higiene no tenía un alto
concepto— a sus captores?
Se estaba desviando del tema central. El relato era minucioso.
Rowley no quería que terminara, y ella tampoco, parecía terrible.
—De modo que tomé rehenes. —Adelia observó los dedos crispados
de sir Rowley, aferrados a la túnica—. Había enviado un emisario a Al Hakim
Biamrallah de Farafra, el hombre que tenía bajo su control la mayor parte de la
ruta que debíamos recorrer. Hakim era fatimí, pertenecía a la rama chií del
islam. Sus hombres se estaban pasando a nuestro lado, en contra de Nur al Din,
que no era fatimí. —La miró por encima del hombro—. Os advertí que era
complicado. El emisario había llevado obsequios y había pedido rehenes para
garantizar la seguridad de Guiscard, sus hombres y sus bestias de carga en su
recorrido hacia el Nilo. Allí íbamos a liberarlos. Los hombres de Hakim
recogerían a los rehenes en ese lugar.
—Entiendo —asintió Adelia, muy suavemente.
—Un viejo zorro astuto, Hakim. —Lo dijo con admiración; era el
reconocimiento de un zorro a otro—. Pese a su larguísima barba blanca, tenía
esposas a montones. Ya nos habíamos encontrado varias veces, habíamos cazado
juntos. Me gustaba.
Adelia seguía mirando las manos de Rowley, que asían la túnica
como un halcón la muñeca de su amo. Le gustaban esas manos.
—¿Y él aceptó?
—Oh, sí. Aceptó. El emisario regresó sin los obsequios y con los
rehenes. Eran dos muchachos. Ubayd, el sobrino de Hakim, y Jaafar, uno de sus
hijos. Ubayd tenía alrededor de doce años. Jaafar... Jaafar tenía ocho, era el
favorito de su padre. —El recaudador de impuestos hizo una pausa y continuó,
abstraído—. Chicos agradables, bien educados, como todos los niños sarracenos.
Les entusiasmaba ser rehenes en nombre de su tío y de su padre. Se sentían
importantes. Para ellos era una aventura. —Las grandes manos se curvaron,
mostrando los huesos de los nudillos—. Una aventura —repitió.
El portón del jardín del alguacil chirrió y entraron dos hombres
con picos. Pasaron delante de sir Rowley y Adelia saludando con el sombrero, y
siguieron por el sendero rumbo a un cerezo, donde comenzaron a cavar.
Sin hacer comentarios, el hombre y la mujer que estaban sentados
en el banco de hierba giraron la cabeza para mirarlos como si se tratara de
sombras distantes que nada tenían que ver con ellos; como si la acción
transcurriera en un lugar totalmente distinto.
—Me tranquilizó descubrir que Hakim no sólo había enviado
conductores de mulas y camellos para ayudarlos a transportar los bienes de
Guiscard, sino también un par de guerreros para custodiarlos. Para entonces,
nuestro grupo de caballeros había mermado. James Selkirk y D'Aix habían sido
asesinados en Antioquía. Gerard de Nantes había muerto en una gresca en una
taberna. Los únicos supervivientes del grupo original éramos Guiscard, Conrad
de Vries y yo. Guiscard, demasiado débil para montar a caballo, viajaba en un
palanquín que avanzaba al paso de los esclavos que lo cargaban, por lo que el
viaje a través del árido paisaje se hizo arduo y lento. La salud de Guiscard
fue empeorando, hasta que no pudimos seguir adelante. Estábamos a mitad de
camino, era tan complicado regresar como continuar. Pero uno de los hombres de
Hakim conocía un oasis a una milla del camino. Llevamos a Guiscard hasta allí y
montamos nuestras tiendas. Era un lugar diminuto, con algunas palmeras de
dátiles. Estaba vacío, pero milagrosamente su fuente tenía agua dulce. Allí
murió Guiscard.
—Lo lamento —dijo Adelia. El abatimiento del hombre que tenía a
su lado era casi palpable.
—También lo lamenté yo, y mucho. —Rowley levantó la cabeza—. Mas
no había tiempo para sentarse a llorar. Vos, mejor que nadie, sabéis lo que
ocurre con los cuerpos, y cómo el calor lo acelera. Para cuando llegáramos al
Nilo el cuerpo ya se habría... Por otra parte, Guiscard pertenecía a la Casa de
Anjou, era tío de Enrique Plantagenet, no un vagabundo que pudiera ser
sepultado en una tumba anónima cavada en arena egipcia. Sus seres queridos
necesitarían que una parte de él regresara para poder realizar los ritos
funerarios. Además, yo le había prometido llevarlo de regreso a casa. Fue
entonces —reconoció Rowley— cuando cometí el error que me acompañará hasta la
muerte. Que Dios me perdone. Dividí a nuestro grupo. Para llegar más rápido,
decidí dejar a los dos jóvenes rehenes en el lugar donde se encontraban,
mientras que De Vries y yo, con un par de sirvientes, volvíamos rápidamente a
Bahariya llevando el cadáver, con la esperanza de encontrar un embalsamador.
Después de todo, estábamos en Egipto, y Herodoto había descrito con prolijos
detalles el método con que los egipcios conservaban a sus muertos.
—¿Habéis leído a Herodoto?
—Acotaciones sobre Egipto, muy ilustrativas.
Pobre Rowley, pensaba Adelia. Brincando por el desierto con un
guía de mil años de antigüedad.
Sir Rowley continuó.
—Los muchachos estaban de acuerdo. Los dos guerreros de Hakim
cuidarían de ellos, tenían muchos sirvientes y esclavos. Les entregué el
espléndido pájaro de Guiscard para que lo hicieran volar mientras estábamos
ausentes. Ellos también eran aficionados a los halcones. Agua, alimento,
tiendas, cobijo por la noche. Hice todo lo que pude. Envié a uno de los
sirvientes árabes para que pusiera al tanto a Hakim de lo ocurrido y le dijera
dónde estaban los chicos, por si algo me sucedía. —Una lista de excusas que se
habría dado a sí mismo miles de veces—. Pensé que sólo De Vries y yo
correríamos riesgos. Los muchachos estaban a buen recaudo. —Picot se volvió
hacia ella, como si quisiera sacudirla—. Era su maldito país.
—Sí —confirmó Adelia.
Desde el fondo del jardín, donde los hombres cavaban la tumba de
Simón, se oía el repetitivo ruido del pico y la pala. Parecían estar a tres mil
millas del crisol de arena caliente donde, en ese momento, ella apenas podía
respirar.
—Construimos un arnés para llevar el palanquín con el cadáver de
Guiscard entre dos animales de carga, y acompañados sólo por dos arrieros,
cabalgamos tan rápido como fue posible. Resultó que no había embalsamador en
Bahariya, pero encontré un viejo hechicero que extrajo el corazón y me lo
entregó en un frasco donde se conservaría y luego hirvió el resto del cuerpo
para recuperar el esqueleto.
Ese procedimiento era más lento de lo que Rowley habría
esperado, pero por fin, con los huesos de Guiscard en una alforja y el corazón
conservado en un frasco cerrado, él y De Vries habían partido de vuelta hacia
el oasis. Lo alcanzaron ocho días después de haberlo abandonado.
—Divisamos los buitres desde tres millas antes de llegar. El
campamento había sido asaltado. Todos los sirvientes estaban muertos. Los
guerreros de Hakim se defendieron con coraje antes de ser destrozados. Se veían
tres cadáveres pertenecientes a los asaltantes. Las tiendas habían
desaparecido, los esclavos, los objetos, los animales. En el terrible silencio
del desierto, oímos que alguien gimoteaba en la copa de una de las palmeras.
Era Ubayd, el mayor de los muchachos. Estaba vivo y no tenía heridas visibles.
Los habían atacado durante la noche, y en la oscuridad él y uno de los esclavos
habían logrado trepar a un árbol y esconderse entre el follaje. El chico había
pasado allí tres días y dos noches. De Vries tuvo que subir y desengancharle
las manos para bajarlo. Lo había visto todo. No podía moverse. A Jaafar, el
niño de ocho años, no pudimos encontrarlo. Todavía estábamos revisando el
lugar, tratando de buscarlo, cuando Hakim llegó con sus hombres. Había recibido
mi mensaje junto con la noticia de que un grupo de asaltantes vagaba por el
lugar. Inmediatamente montó su caballo y salió como un viento del infierno
hacia el oasis. —Rowley dejó caer su cabeza, avergonzado por retribuir bien con
mal—. Hakim no me culpó. No dijo una palabra, ni siquiera después, cuando
encontramos... lo que encontramos. Ubayd le explicó, le dijo al anciano que yo
no tenía la culpa, pero todos estos años he sabido quién fue el culpable. Jamás
debí dejarlos, debí llevarme a los muchachos conmigo. Eran mi responsabilidad.
Eran mis rehenes. —Los dedos de Adelia cubrieron sus manos crispadas. Él no lo
advirtió—. Cuando, por fin, Ubayd estuvo en condiciones de relatar los hechos,
nos explicó que la banda estaba formada por veinte o veinticinco hombres.
Mientras veía la masacre había oído distintos idiomas. «Principalmente el de
los francos», dijo. Y había oído los gritos de su pequeño primo, pidiendo ayuda
a Alá. Los seguimos. Nos llevaban treinta y seis horas de ventaja, pero con
semejante botín no podrían ir muy rápido. Al segundo día vimos las huellas de
un caballo que se había apartado de los demás y se había dirigido al sur. Hakim
había enviado a algunos de sus hombres tras la banda de asaltantes. Yo seguí
las huellas del jinete solitario. Miré hacia atrás, no sé por qué lo hice. El
hombre podía haberse desviado por una docena de motivos. Pero creímos saber
cuál era. Lo intuimos al ver a los buitres volando en círculo sobre un objeto
que estaba detrás de las dunas. Un pequeño cuerpo desnudo estaba arqueado en la
arena, como un signo de interrogación. —Rowley tenía los ojos cerrados—. Ningún
ser humano debería ver o describir lo que le habían hecho a ese niño.
«Yo lo hice», pensó Adelia. «Y os enfadasteis mientras los
estudiaba en la celda de Santa Berta. Los describí y lo lamento. Cuánto lo
lamento por vos».
—El niño y yo habíamos jugado al ajedrez durante el viaje. Era
inteligente, me ganó ocho de cada diez partidas.
Envolvieron el cuerpo en la capa de Rowley y lo llevaron al
palacio de Hakim, donde fue enterrado esa noche entre los gemidos de las
mujeres.
Luego comenzó la verdadera cacería. Una persecución extraña,
conducida por un cabecilla musulmán y un caballero cristiano, bordeando los
campos de batalla donde la media luna y la cruz estaban en guerra.
—El demonio moraba en ese desierto —reflexionó Rowley—. Nos
envió tormentas de arena que borraron las huellas, los lugares donde hacíamos
un alto para descansar no tenían agua y estaban devastados por los cruzados o
los moros, pero nada podía detenernos, y finalmente, encontramos a los
bandoleros. Ubayd los había descrito correctamente, era un grupo variopinto. En
su mayoría desertores, fugitivos, las escoria de las cárceles de la
cristiandad. Nuestro asesino había sido su capitán y al llevarse al niño también
había tomado la mayor parte de las joyas; sus hombres debían apelar a sus
propios recursos, que no eran muchos. Apenas opusieron resistencia. En su
mayoría estaban atontados por el hachís; otros peleaban entre sí por lo que
quedaba del botín. Antes de que murieran, le preguntamos a cada uno de ellos
adonde había ido su jefe, quién era, de qué lugar venía. Ninguno sabía
demasiado acerca del hombre a quien habían seguido. Un cabecilla violento, un
hombre afortunado, fue lo que dijeron. Afortunado. Para una escoria como
aquélla el lugar de origen nada significa. Para ellos era sólo un franco más,
lo que significaba que podía haber vivido en cualquier lugar desde Escocia
hasta el Báltico. Sus descripciones tampoco eran mucho mejores; alto, de
mediana estatura, moreno, rubio. Lo que decían no servía de mucho. Cada uno de
esos hombres tenía su propia idea acerca de su jefe. Uno de ellos dijo que de
la cabeza le salían cuernos.
—¿Dijeron su nombre?
—Lo llamaban Rakshasa. Es el nombre de un demonio. Los moros
asustan a los niños con él. Según me contó Hakim, los rakshasi venían del
Lejano Oriente, India supongo. Los hindúes los lanzaron sobre los musulmanes en
una antigua batalla. Asumen distintas apariencias y atacan a las personas
durante la noche.
Adelia se inclinó hacia atrás y cogió un tallo de lavanda. Lo
frotó entre sus dedos y miró el jardín que la rodeaba tratando de fundirse con
el verdor inglés.
—Es inteligente —admitió el recaudador de impuestos, y luego se
corrigió—. En realidad, más que inteligencia, tiene instinto, puede oler el
peligro en el aire, como una rata. Sabía que lo estábamos buscando, sé que lo
sabía. Estábamos seguros de que se dirigía hacia la parte alta del Nilo y lo
hubiéramos atrapado, Hakim había dado aviso a las tribus fatimíes, si no
hubiese virado hacia el noreste, de regreso a Palestina.
Recuperaron su rastro en Gaza, donde descubrieron que había
zarpado del puerto de Teda en un barco con destino a Chipre.
—¿Cómo? —preguntó Adelia—. ¿Cómo encontraron el rastro?
—Las joyas. Se había llevado la mayor parte de las joyas de
Guiscard. Se vio obligado a venderlas una por una para mantenerse lejos de
nosotros. Cada vez que lo hacía, las tribus de Hakim nos daban aviso. También
nos habían dado su descripción, un hombre alto, casi tanto como yo. —En Gaza,
sir Rowley perdió a sus compañeros—. De Vries quiso quedarse en Tierra Santa.
Jaafar había sido mi rehén, él no había tomado la decisión que había provocado
su muerte y no tenía por qué sentirse obligado a continuar. En cuanto a
Hakim... un buen hombre. Quiso acompañarme, pero le dije que era ya anciano y
que de todos modos no podría pasar desapercibido en la Chipre cristiana, sería
como una hurí entre un grupo de monjes. Bueno, no se lo dije así, aunque ésa
era la idea. Me arrodillé ante él y juré por mi Señor, por la Trinidad y por la
Virgen María que perseguiría a Rakshasa hasta la tumba si fuera necesario, le
cortaría la cabeza a ese bastardo y se la enviaría. Y con la ayuda de Dios, eso
haré.
El recaudador de impuestos se dejó caer de rodillas, se quitó el
sombrero y se santiguó.
Adelia estaba sentada, paralizada, confundida por la repulsión y
el enorme consuelo que encontraba en ese hombre. Algo de la soledad a la que
había sido arrojada por la muerte de Simón había desaparecido. Pero él no era
otro Simón. Se había mantenido fiel a su promesa, tal vez se había apoyado en
ella al interrogar a los asaltantes. «Interrogar» era sin duda un eufemismo
para referirse a la tortura hasta la muerte, algo que Simón no habría deseado
ni hubiera podido hacer. Por Jesús —cuyo atributo era la misericordia—, ese
hombre había jurado venganza y rogaba por ella en ese momento.
Pero cuando Adelia cubrió su mano crispada, las lágrimas de sir
Rowley humedecieron sus dedos y, por un momento, alguien que —como su difunto
amigo— podía sufrir por un niño de otra raza y religión había llenado el
espacio que Simón dejara vacío.
Adelia recuperó la compostura. El recaudador se levantó,
seguiría el relato deambulando por el jardín.
Del mismo modo que sir Rowley la había transportado a través de
las tierras desiertas de Ultramar, estaba dispuesta a acompañarla mientras,
cargando las reliquias del muerto, refería su persecución de Rakshasa por
Europa.
De Gaza a Chipre. De Chipre a Rodas; había zarpado en el barco
siguiente, pero una tormenta separó al cazador de su presa y Rowley no volvió a
encontrar rastros de él hasta Creta. De allí a Siracusa, y siguiendo la costa
de Apulia, a Salerno...
—¿Vivíais entonces allí? —preguntó Rowley.
—Sí, allí estaba.
A Nápoles, a Marsella, y por tierra a través de Francia.
Ningún hombre había hecho una travesía tan curiosa en un país
cristiano, le dijo, porque los cristianos no tuvieron un papel importante.
Quienes lo ayudaron fueron los despreciados: árabes y judíos, orfebres,
fabricantes de baratijas, prestamistas y dueños de tiendas de empeño, gente que
trabajaba en recónditos callejones donde hombres y mujeres cristianos enviaban
a sus sirvientes con objetos para reparar. Moradores de los guetos, la clase de
personas a quien un asesino perseguido y desesperado, con una joya para vender,
estaba obligado a acudir para conseguir dinero.
—No era la Francia que conocía, era como estar en un país
completamente distinto. Me sentía como un ciego a merced de que ellos me
indicaran el rumbo. «¿Por qué perseguís a ese hombre?», me preguntaban. Y yo
les respondía: «Mató a un niño». Eso bastaba. Sí, el primo, la tía, la cuñada o
el hijo habían oído que en el pueblo vecino un extranjero tenía una chuchería
para vender, y a un precio irrisorio porque debía venderlo rápido. —Rowley hizo
una pausa—. ¿Os habéis dado cuenta de que todos, los judíos y árabes de la
cristiandad parecen conocerse entre sí?
—Es preciso que así sea —confirmó Adelia. Rowley se encogió de
hombros.
—De cualquier modo, nunca permanecía en un lugar el tiempo
suficiente para alcanzarlo. Cuando llegaba al pueblo vecino, había escapado
hacia el norte. Siempre hacia el norte. Sabía que se dirigía a algún lugar en
particular. —Había otras escalas horrendas en el camino—. Había cometido otro
crimen en Rodas antes de que yo llegara. Una niña cristiana fue encontrada en
una viña. Toda la isla estaba enfervorizada.
En Marsella causó otra muerte; aquella vez la víctima había sido
un niño mendigo secuestrado junto al camino. Su cadáver apareció tan mutilado
que incluso las autoridades, que no solían preocuparse por el destino de los
vagabundos, habían ofrecido una recompensa a quien encontrara al asesino.
En Montpellier, otro niño, de sólo cuatro años.
—«Por sus frutos los conoceréis», dice la Biblia. Yo lo conocía.
Él iba sembrando mi mapa de cuerpos de niños, como si no pudiera pasar más de
tres meses sin saciarse. Cuando le perdía el rastro, sólo tenía que esperar el
grito de un padre resonando de una ciudad a otra. Entonces montaba a caballo
para seguirlo.
También había encontrado a las mujeres que Rakshasa iba dejando
como estela.
—Atrae a las mujeres. Sólo el Señor sabe por qué. No las trata
bien. Todas las criaturas golpeadas a las que interrogaba se negaban a
colaborar con mi búsqueda. Aparentemente esperaban y deseaban que volviera. No
importaba, para entonces yo estaba siguiendo al pájaro que llevaba consigo.
—¿Un pájaro?
—Un miná. En una jaula. Supe que lo había comprado en un zoco de
Gaza. Podría deciros incluso cuánto pagó por él. Pero por qué lo llevaba
consigo... tal vez fuera su único amigo. —En el rostro de Rowley se dibujó una
sonrisa—. Eso le distinguía, gracias a Dios. Más de una vez recibí noticias
acerca de un hombre alto que llevaba un pájaro enjaulado en su montura. Y por
fin, averigüé adonde se dirigía. Se aproximaban al valle del Loira.
Sir Rowley se había desviado porque en Angers estaba el hogar de
los huesos que transportaba.
—¿Debía perseguir a Rakshasa, como había jurado? ¿O cumplir mi
promesa a Guiscard y permitir que descansara en su última morada? —Estaba en
Tours cuando el dilema lo llevó a la catedral para rezar pidiendo consejo—. Y
allí Dios Todopoderoso, en su maravilla y gracia, y viendo que mi causa era
justa, me tendió su mano. —Porque cuando Rowley salía de la catedral por el
pórtico oeste, parpadeando hacia la luz del sol, oyó el graznido de un pájaro
que llegaba desde un callejón. La jaula estaba colgaba en la ventana de una
casa—. Lo miré, y él a mí. Dijo buenos días en inglés. Pensé: «El Señor me ha
guiado hasta este callejón por algún motivo, veamos si es la mascota de
Rakshasa». Entonces llamé a la puerta y una mujer me abrió. Pregunté por su
esposo. Dijo que había salido, pero yo podía percibir que estaba allí y que era
él. La mujer era similar a las otras, desaliñada y asustada. Desenvainé mi
espada y traté de abrirme paso pero me golpeaba mientras trataba de subir la
escalera, colgada de mi brazo como un gato, no dejaba de chillar. Desde la
habitación de arriba oí los gritos de él y luego un golpe muy fuerte. Había
saltado por la ventana. Bajé, pero la mujer me impidió el paso y cuando llegué
al callejón ya se había marchado. —Rowley se pasaba las manos por el cabello
espeso y rizado, desesperado, mientras describía la infructuosa persecución que
había tenido lugar a continuación—. Por fin regresé a la casa. La mujer no
estaba, pero en la habitación de arriba encontré la jaula, con el pájaro
revoloteando en su interior, en el lugar donde había caído cuando él saltó. La
levanté y el ave me dijo dónde lo encontraría.
—¿Cómo? ¿Os lo dijo?
—Bueno, no me dijo en qué casa vivía. Me miró con sus ojos
vivaces, rodeados de pliegues, y dijo que yo era un lindo niño, un niño
inteligente, lo habitual. Si bien eran banalidades, me impresionó oírlo porque
sabía que era la voz de Rakshasa. Él lo había adiestrado. No había nada
llamativo en lo que decía, sino en cómo lo decía. El acento. Hablaba con el
deje de Cambridgeshire. El pájaro había copiado el habla de su amo. Rakshasa
era un hombre de este condado. —El recaudador de impuestos se santiguó en señal
de agradecimiento al Dios que había sido bondadoso con él—. Dejé que el pájaro
recitara su repertorio. Tenía tiempo suficiente para llevar a Guiscard hasta
Angers. Sabía hacia dónde se había dirigido Rakshasa. Volvía a su lugar de
origen, para establecerse con lo que le quedaba de las joyas de Guiscard. Eso
hizo, y esta vez no se me escapará. —Rowley miró a Adelia—. Todavía tengo la
jaula.
—¿Qué pasó con el pájaro?
—Le retorcí el pescuezo.
Los hombres que cavaban la tumba habían partido sin que Adelia y
Rowley lo advirtieran. Habían terminado su trabajo. La larga sombra que el muro
proyectaba en el final del jardín había alcanzado el banco de hierba.
Adelia tembló con el aire helado del anochecer. En ese momento
se dio cuenta de que llevaba un rato sintiendo frío. Aún le quedaban muchas
cosas por saber, pero no se vio con ánimo de continuar. Tampoco él.
—Debo ocuparme de los preparativos —declaró Rowley.
Otros lo habían hecho por él.
Un alguacil, un árabe, un recaudador de impuestos, un prior
agustino, dos mujeres y un perro permanecieron en la entrada del jardín, de pie
en el peldaño más alto, mientras Simón de Nápoles, en su ataúd de sauce,
precedido por hombres con antorchas y seguido por todos los hombres judíos del
castillo, era enterrado debajo del cerezo silvestre, en el otro extremo del
jardín. No los invitaron a acercarse más. Bajo una luna casi llena, las
siluetas del cortejo fúnebre se veían muy oscuras, y los capullos del cerezo
muy blancos, como una ráfaga de nieve suspendida en el aire.
El alguacil se mostraba inquieto. Mansur puso sus manos en los
hombros de Adelia y ella se recostó sobre él. Aunque no comprendía las
palabras, escuchaba la sucesión de notas graves que emitía el rabino al recitar
el Salmo 91.
Acostumbrados a que el castillo fuera un lugar ruidoso, todos
ignoraron las voces que se alzaban junto a la puerta principal, las de aquellos
a quienes el padre Alcuin había hecho llegar su descontento.
Después de escuchar al sacerdote, Agnes había abandonado su
choza para dirigirse a la ciudad, mientras Roger de Acton trataba de persuadir
a los guardias de que el entierro secreto de un judío en el terreno del
castillo era una profanación.
Bajo el cerezo, los hombres del cortejo fúnebre percibieron sus
protestas. Sus oídos estaban habituados a los conflictos.
—«El male rachamim... —la voz del rabino Gotsce no decayó— sho
chaim bahmro...». Señor, pleno de maternal compasión, concede el absoluto y
perfecto descanso bajo tus alas protectoras, en el firmamento radiante,
espacioso, sagrado y puro, a nuestro hermano Simón y a las almas de todos los
hombres de nuestro pueblo dentro o fuera de las tierras por donde pasó Abraham,
nuestro antecesor...
«Palabras», pensó Adelia. Un pájaro inocente puede repetir las
palabras de un asesino. Otras palabras pueden pronunciarse en homenaje a una de
sus víctimas y ser un bálsamo para el alma.
Los hombres arrojaron puñados de tierra sobre el ataúd. La
procesión cruzó el jardín para salir por el arco y, aunque Adelia no era judía
y para ellos era sólo una mujer, todos la bendijeron al pasar junto a ella, que
seguía de pie en el peldaño más alto.
«Hamakom y'nachem etchem b'toch sh'ar availai tziyon ee
yerushalayim». Que Dios te consuele entre los dolientes de Sión y Jerusalén.
El rabino se detuvo e hizo una reverencia al alguacil.
—Os agradecemos vuestra bondad, señor, y esperamos que no os
cause problemas.
Luego, todos desaparecieron.
—Bien —intervino el alguacil Baldwin alisándose la ropa—.
Debemos volver al trabajo, sir Rowley. Si es verdad que el demonio les
encuentra ocupación a las manos ociosas, no descubrirá ninguna aquí esta noche.
Adelia le expresó su gratitud.
—¿Podré visitar la tumba mañana?
—Supongo que sí. Y traed con vos al doctor. Todas estas
preocupaciones me han producido una fístula que me incomoda al sentarme. —El
alguacil miró hacia la entrada—. ¿Qué es ese tumulto, Rowley?
Eran unos diez hombres armados con distintos pertrechos
domésticos —horquetas de sus jardines, cuchillos de cocina— con Roger de Acton
a la cabeza, todos ellos poseídos por una rabia mucho tiempo reprimida. Corrían
hacia el jardín gritando tantos insultos que apenas podía distinguirse «asesino
de niños» de «judío».
Acton se dirigía hacia los peldaños, blandiendo en una mano una
antorcha y en la otra una horqueta.
—El judío debe desaparecer del foso que han cavado, porque el
Señor nos ha salvado de su inmundicia. Hemos venido a arrojarlo fuera de
nuestras posesiones. Oh, temblad ante el nombre del Señor, traidores —gritaba,
mientras escupía saliva. Detrás de él, un hombre blandía un temible cuchillo de
carnicero. Los otros hombres se dispersaron en su búsqueda—. Encontrad la
tumba, hermanos, para que podamos descargar nuestra furia sobre su cadáver.
Porque se os ha prometido que aquel que castigue a los infieles no será
castigado.
—No —espetó Adelia—. Han venido a desenterrarlo. Han venido a
desenterrar a Simón. No.
—Mujerzuela. —Mientras Acton subía los peldaños apuntaba con la
horqueta a la doctora—. Vos y vuestra lujuria habéis acompañado al asesino de
niños, pero ya no toleraremos esa vergüenza.
Uno de los hombres estaba junto al cerezo, gritando y
gesticulando hacia los demás.
—Aquí, es aquí.
Adelia esquivó a Acton, bajó los escalones y comenzó a correr
hacia la sepultura. No sabía qué haría al llegar. Sólo podía pensar en que
tenía que detener ese horror.
Sir Rowley Picot corrió tras ella y Mansur los siguió. Roger de
Acton les pisaba los talones y los otros intrusos trataban de interceptarlos.
Todos se confundieron en una maraña de choques, aullidos, puñetazos, puñaladas,
pisotones. Adelia cayó bajo el tumulto.
Semejante violencia la desconcertaba. No tanto por la intención
de castigar, sino por la irracionalidad salvaje de los hombres.
Una bota le rompió la nariz. Se cubrió la cabeza, sobre ella el
mundo se fragmentaba en trozos dentados.
Desde algún lugar una voz firme e imperiosa dominó la situación:
la voz del prior.
Poco a poco los fragmentos fueron cayendo. Después nada. Más
tarde logró ponerse de pie y ver siluetas que se apartaban del lugar donde
Rowley Picot yacía con un cuchillo de carnicero clavado en la ingle. La sangre
manaba profusamente a su alrededor.
Capítulo 12
—¿Estoy muerto? —preguntó sir Rowley al aire.
—No —le respondió Adelia.
La mano débil y pálida del recaudador hurgó debajo de las
sábanas. Se oyó un grito de cruda agonía.
—Oh, Jesús, ¿dónde está mi verga?
—Si os referís a vuestro pene, aún está allí. Bajo los apositos.
—Oh. —Volvió a abrir los ojos—. ¿Funcionará?
—Estoy segura de que funcionará satisfactoriamente en todos los
sentidos —replicó Adelia con claridad.
—Oh.
Sir Rowley cayó nuevamente en un estado de sopor. La breve
conversación lo había reconfortado, aunque no tenía conciencia de que hubiera
tenido lugar.
Adelia se inclinó sobre él y acomodó las sábanas.
—Pero estuvo a punto de desaparecer —murmuró suavemente.
No sólo había corrido el riesgo de perder su membrum virilis
sino también la vida. El cuchillo había tocado una arteria. Si Adelia no
hubiera presionado la herida con el puño mientras trasladaban a Rowley al
interior del edificio, se habría desangrado y muerto antes de que ella pudiera
utilizar la aguja y el hilo de bordar de lady Baldwin. Aun así —aunque lo
ignoraran todos los que la rodeaban, ansiosos—, la sangre había brotado de tal
forma que, si las suturas estaban en el lugar correcto era, sencillamente,
porque la suerte había estado de su lado.
Con todo, la batalla todavía no estaba ganada. Había logrado
extraer los restos de la túnica que el cuchillo había hundido en la herida;
pero para saber qué cantidad de detritus de la hoja había quedado dentro,
habría que lanzar los dados. Un cuerpo extraño podía corromper los tejidos
—habitualmente así sucedía— y, en consecuencia, provocar la muerte. Recordaba
la descomposición característica de los cadáveres gangrenosos y, también, que
había buscado con una curiosidad distante el lugar donde se había originado la
fatalidad.
En esta ocasión, no permanecía distante. Cuando la herida de
Rowley se inflamó y comenzó a delirar a causa de la fiebre rezó como nunca lo
había hecho, mientras humedecía su frente con agua fría y dejaba caer gotas de
una pócima refrescante entre sus labios, flaccidos y cadavéricos.
¿A quién había dirigido sus rezos? A todo, a la nada. Había
suplicado, rogado, exigido que la ayudaran a traerlo de vuelta a la vida.
Maldición. ¿Qué les había prometido a todos los dioses a los que había apelado?
¿Fe? Entonces ya era seguidora de Jehová, Alá y la Santísima Trinidad, sin
olvidar a Hipócrates, y había llorado de agradecimiento cuando el rostro del
paciente pareció relajarse y su respiración dejó de ser un estertor para
convertirse en un suave ronquido. Cuando Rowley despertó de nuevo, Adelia lo
vio explorar instintivamente con su mano. ¡Qué seres tan primitivos eran los
hombres!
—Aún está ahí —dijo, y cerró los ojos con alivio.
—Sí —asintió Adelia.
Incluso a un paso de la muerte conservaban la noción de su
sexualidad.
Rowley abrió los ojos.
—¿Me estáis cuidando?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Cinco noches y... unas siete horas —indicó Adelia después de
mirar hacia la ventana. A través de los maineles, el sol de la tarde proyectaba
haces de luz en el suelo.
—¿Tanto? —Rowley trató de levantar la cabeza—. ¿Dónde estoy?
—En lo alto de la torre.
Poco después de la operación —realizada en la mesa de la cocina
del alguacil— Mansur había llevado al paciente hasta allí, en una sorprendente
demostración de fortaleza, para que médico y paciente estuvieran en un lugar
privado y tranquilo mientras Adelia luchaba por salvar su vida.
La sala no tenía excusado. Pero Adelia había contado con la
colaboración de personas que deseaban, es más, lo ansiaban, subir y bajar
escaleras llevando bacinillas. En su mayoría, mujeres judías agradecidas a sir
Rowley por haber defendido el sepulcro de un hombre de su pueblo. En efecto,
todos los judíos habían ofrecido su ayuda. Pero Adelia tuvo que rechazar a la
mayoría para no ofender a Mansur y Gyltha, que habían abrazado esa causa como
propia.
La brisa entraba por los vanos de la sala manteniéndola libre de
los hedores que circulaban en el nivel más bajo del castillo y de las
emanaciones de sus pozos ciegos. Su única mácula era el tufillo de Salvaguarda;
aun cuando el animal tenía prohibida la entrada, la pestilencia se colaba por
debajo de la puerta. De nada había servido que le bañaran, pues el olor del
animal continuaba atenazando el olfato más atrofiado. De hecho, era lo único
agresivo en él: astutamente se había escabullido de la refriega en el jardín
del alguacil, en lugar de defender a su ama.
—¿Maté a ese bastardo? —preguntó sir Rowley desde la cama.
—¿Roger de Acton? No, está bien, aunque encarcelado en la torre
central. Dejasteis a Quincy, el carnicero, lisiado, a Colin de St Giles con un
tajo en el cuello, y uno de los sujetos que pronunciaba sus inflamadas arengas
tiene sus perspectivas de paternidad notoriamente mermadas, pero el señor Acton
huyó sin heridas.
—Merde.
La breve conversación lo había agotado. Sir Rowley volvió a
sumirse en la inconsciencia.
Primera prioridad, la cópula. En segundo lugar, la batalla. Y
aunque estaba mucho más delgado, la gula era evidente, tanto como la
arrogancia. En suma, reúne la mayoría de los pecados capitales. «¿Por qué,
entonces, entre todos los hombres, sois el único para mí?», pensó Adelia.
Gyltha lo había adivinado. En el punto álgido de la fiebre,
cuando Adelia se negaba a ser reemplazada del lecho del enfermo, el ama de
llaves había dicho:
—Está bien que lo améis, pero de nada le servirá que enferméis
por cuidarlo.
—¿Amar a ese hombre? —Vaya disparate—. Estoy cuidando a un
paciente. Él no es... oh, Gyltha, ¿qué haré? Él no es la clase de hombre
adecuado para mí.
—¿Qué demonios tiene qué ver eso con la clase de cabrón que sea?
—había dicho Gyltha con un suspiro.
De hecho, Adelia se vio obligada a confesar que no tenía nada
que ver.
En verdad, podían decirse muchas cosas a favor de sir Rowley.
Como había demostrado con los judíos, era un defensor innato de los
desamparados. Era divertido, la hacía reír. Y en medio de la fiebre había
regresado una y otra vez a la duna donde yacía el cuerpo mutilado del niño,
para volver a padecer la misma culpa y el mismo dolor. Su mente había
perseguido al asesino, en un delirio tan ardiente y terrible como las arenas
del desierto, hasta que Adelia se vio obligada a administrarle un opiáceo por
temor a que su debilitado organismo se extenuara.
Pero, asimismo, había mucho que decir en su contra. La fiebre
también lo había incitado a murmurar sus apreciaciones carnales sobre las
mujeres que había conocido. A menudo les atribuía cualidades de las comidas que
había degustado en Oriente. La pequeña Sahira, tierna como un tallo de
espárrago. Samina, tan rolliza que bastaba para una cena completa. Abda, negra
y hermosa como el caviar. Más que una lista de cualidades, era un menú. En
cuanto a Zabida, sus escasos conocimientos de lo que hombres y mujeres hacían
en la cama se habían ampliado hasta el asombro con las proezas de esa mujer
acrobática y gregaria.
Más escalofriante aún fue la revelación de la ambición que lo
impulsaba. Al principio, mientras escuchaba las fantásticas conversaciones que
Rowley mantenía con un ser invisible, Adelia había confundido el frecuente uso
de «Señor». Había imaginado que se refería al Señor de los Cielos, pero luego
descubrió que se trataba de Enrique II. La imperiosa necesidad de encontrar y
castigar a Rakshasa se vinculaba con sus servicios al rey de Inglaterra. Si
libraba a Enrique del incordio que privaba al tesoro de los ingresos que le
proporcionaban los judíos de Cambridge, Rowley esperaba la gratitud del rey y
un considerable ascenso.
—¿Barón u obispo? —preguntaba en su delirio, aferrándose a la
mano de Adelia, como si de ella dependiera esa decisión—. ¿Obispado o baronía?
—Cualquiera de esas excelentes perspectivas le provocaba mayor agitación—. No
se moverá. No puedo moverlo —decía, como si el carro que había adosado al
destino del rey fuera demasiado pesado.
Así era él. Sin duda valiente y piadoso, pero sibarita,
lujurioso, astuto, codicioso, ávido de prestigio. Imperfecto, licencioso. No
era el hombre que Adelia habría esperado, deseado o amado.
Pero lo hizo.
Cuando aquella cabeza dolorida había girado sobre la almohada,
dejando el cuello a la vista y pronunciando su nombre —«¿Adelia? Doctora,
¿estáis ahí?»—, sus pecados se habían derretido, y lo mismo había ocurrido con
el corazón de Adelia.
Como Gyltha había dicho, la clase de hombre que él fuera no
tenía la menor importancia.
Pero debía tenerla. Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar tenía
propios y firmes principios. No ambicionaba riquezas o ascensos. Aspiraba a
vivir al servicio del don que le había sido concedido. Porque era un don, y no
implicaba la obligación de engendrar vida, como lo hacían las otras mujeres,
sino de descubrir más sobre la naturaleza de la vida para poder salvarla.
Siempre había sabido, y aún lo sabía, que el amor romántico no
era para ella. Estaba destinada a la castidad, como las monjas, casadas con
Dios. Una castidad enclaustrada en la escuela de medicina de Salerno, desde
donde había imaginado conservarla hasta llegar a una vejez serena, útil y
respetada, despreciando —lo admitía— a las mujeres que se entregaban a una
pasión desgarradora.
Sentada en la sala de la torre, reprochaba al ser que había
sido, de lisa y llana ignorancia. Qué ingenua había sido. No conocía ese
torbellino por el que la razón se dejaba arrasar, a sabiendas de su error.
Debía razonar.
Constituía un privilegio salvar la vida de cualquier ser humano,
pero salvar a ese hombre era, más que un privilegio, su dicha. Le molestaba
incluso que la apartaran de su lado cuando era necesario que atendiera, junto
con Mansur, a los pacientes que las Matildas enviaban al castillo.
Pero era hora de recuperar el sentido común.
El matrimonio era imposible. Aun suponiendo que él se lo
propusiera, lo que era poco probable, Adelia tenía en alta estima su propio
valor y dudaba de que él pudiera reconocerlo. Por una parte, a juzgar por el
color del vello púbico que había descrito durante sus más lujuriosos desvarios,
prefería a las morenas. Por otro lado, no podía —y no lo haría— competir con
mujeres como Zabida.
No. No era probable que una mujer que practicaba la medicina,
reservada y de rostro poco agraciado, lo atrajera. La ansiedad con que
reclamara su presencia en medio de la fiebre había sido una súplica de ayuda.
Él la veía como un ser asexuado. De otro modo el relato de su
cruzada no habría sido tan franco y tan pródigo en insultos. Un hombre podía
hablar en esos términos con un sacerdote amigable, con el prior Geoffrey tal
vez, pero no con la dama de sus sueños.
En cualquier caso, si aspiraba a un obispado no podría proponer
matrimonio a mujer alguna. ¿Ser la amante de un obispo? Había montones de
ellas. Algunas exhibían su condición, desvergonzadamente. De otras se rumoreaba
en voz baja, entre risitas, que tras algún oculto matorral, dependían del
capricho de su amante diocesano.
«Bienvenida a las puertas del paraíso, Adelia. ¿Qué habéis hecho
con vuestra vida?». «Fui la amante de un obispo, Señor».
¿Y si se convertía en barón? Como todos ellos, buscaría una
heredera para incrementar sus posesiones. Pobre heredera. Una vida dedicada al
hogar, a criar niños, a recibir a su esposo y alabar sus malditas hazañas
cuando regresara del campo de batalla al que su rey lo hubiera arrastrado;
donde, indudablemente, dicho esposo había tenido otras mujeres —morenas en este
caso— y había engendrado hijos bastardos con la concupiscencia de un conejo en
celo.
Había alcanzado deliberadamente tal grado de furia ante el
hipotético adulterio de sir Rowley Picot y sus amantes ilegítimas que, cuando
Gyltha entró en la habitación con un cuenco de habas para el paciente, Adelia,
agotada, le dijo:
—Vos y Mansur os ocuparéis del cabrón esta noche. Me voy a casa.
Yehuda la detuvo al pie de la escalera para preguntarle por
Rowley y para llevarla a conocer a su hijo. El bebé que se acurrucaba contra el
pecho de Dina era minúsculo, pero parecía gozar de buena salud, pese a la
preocupación de sus padres porque su peso no aumentaba.
—El rabino Gotsce está de acuerdo. El Brit milá deberá
posponerse; no es posible realizarlo dentro de los ocho días de rigor. Lo
haremos cuando esté más fuerte. ¿Qué os parece, señora?
Adelia consideró prudente no someter al niño a la circuncisión
hasta que creciera un poco.
—¿Creéis que se debe a mi leche? —preguntó Dina—. No tengo
suficiente.
Adelia no era partera. Conocía los rudimentos de esa
especialidad, pero Gordinus siempre había enseñado a sus alumnos que era mejor
dejar esa práctica en manos de mujeres expertas —o como quisieran llamarlas—
salvo que se presentaran complicaciones. Su opinión se fundaba en la
observación: si se comparaban los partos atendidos por comadronas y los
asistidos por médicos, hombres por añadidura, eran más los niños que
sobrevivían si llegaban con la ayuda de esas mujeres. Su criterio no era bien
visto por los médicos y tampoco por la Iglesia. Para ambos era beneficioso
tildar de brujas a la mayoría de las matronas. Pero la cantidad de muertes en
Salerno —tanto de bebés como de sus madres— cuando el parto era atendido por un
médico de sexo masculino sugería que Gordinus estaba en lo cierto.
De todos modos, el bebé era muy pequeño y la leche de su madre
no parecía alimentarlo.
—¿Habéis considerado la posibilidad de buscar una nodriza?
—sugirió Adelia.
—¿Y dónde podríamos encontrarla? —preguntó Yehuda con un
desdeñoso acento ibérico—. ¿Acaso la turba que nos condujo a este lugar tuvo en
cuenta si entre nosotros habría madres que amamantaran? Se les pasó por alto.
No sé por qué.
—Puedo preguntar a lady Baldwin si hay alguna en el castillo
—insinuó vacilante Adelia, previendo que la sugerencia sería rechazada.
Originalmente Margaret había sido su nodriza y Adelia sabía de
hogares judíos que contrataban mujeres con esa finalidad. Pero no sabía si la
rigidez de ese pequeño enclave admitiría que su nuevo miembro fuera amamantado
por un pecho no judío.
Dina la sorprendió.
—Leche, de eso se trata, esposo. Confío en que lady Baldwin
encuentre una mujer honrada.
Yehuda apoyó suavemente su mano en la cabeza de su esposa.
—Siempre que ella no considere que estáis faltando a vuestro
deber de madre. Con todo lo que habéis sufrido, somos afortunados tan sólo por
tener este hijo.
Oh, la paternidad le había hecho madurar. Y Dina, aunque
ansiosa, estaba más feliz que la última vez. Quizás su matrimonio era más
prometedor de lo que había creído en un principio. Cuando Adelia se despidió,
Yehuda la siguió.
—Doctora...
Adelia se dirigió velozmente hacia él.
—No debéis llamarme doctora. El doctor es el señor Mansur
Khayoun de Al Amarah. No soy más que su ayudante.
Obviamente, lo ocurrido en la cocina del alguacil se había
divulgado. Pero ya tenía demasiados problemas como para tener que enfrentarse a
la oposición de los médicos de Cambridge, por no mencionar a la Iglesia, que
inevitablemente surgiría si se difundía la noticia de que era doctora.
Mansur había estado presente durante la operación. Podría decir
que era el experto que supervisaba su tarea, que la urgencia tuvo lugar en un
día sagrado para los musulmanes y que Alá no habría admitido que estuviera en
contacto con la sangre, o algo similar. Yehuda se inclinó ante ella.
—Señora, sólo deseaba deciros que el niño se llamará Simón.
—Gracias —murmuró Adelia, estrechando su mano. Aunque todavía
estaba cansada, el día había cambiado, ella misma había cambiado, se sentía
vital, incluso nerviosa, porque el niño llevaría el nombre de su amigo.
Experimentaba una rara sensación, parecida a la de estar flotando.
Comprendió que estaba enamorada. El amor, aun condenado al
fracaso, daba alas a su alma. Las gaviotas nunca habían dibujado círculos tan
perfectos en la bóveda celeste, nunca sus graznidos habían sido tan
emocionantes.
La prioridad de Adelia era visitar al otro Simón. De camino al
jardín del alguacil recorrió el patio en busca de flores que llevar a su tumba.
Esa parte del castillo era estrictamente utilitaria; las gallinas y los cerdos
habían acabado con la mayor parte de la vegetación, pero algo de hiedra había
prendido en lo alto del viejo muro y un ciruelo silvestre florecía en el
montículo donde se había erigido la torre de madera original.
Unos chiquillos se deslizaban por una rampa de madera, y
mientras Adelia arrancaba con tristeza unas ramas, un niño y una niña se
acercaron a conversar.
—¿Qué es eso?
—Es mi perro —les dijo Adelia.
Por un momento se quedaron pensativos. Luego preguntaron:
—Ese negro que está con vos, señora, ¿es un hechicero?
—Es doctor.
—¿Está curando a sir Rowley, señora?
—Él nos cae bien —interrumpió la niña—. Dice que tiene un ratón
en su mano, pero en realidad es una moneda y nos la regala. Me gusta sir
Rowley.
—También a mí —reconoció Adelia, sin querer. Sintió que su
confesión era tierna.
—Allí están Sam y Bracey. No debieron dejarlos entrar, ¿verdad?
Ni siquiera para matar judíos, dice mi papá.
El niño señaló un lugar junto a los nuevos cadalsos, donde había
una doble picota de la que sobresalían dos cabezas. Tal vez fueran las cabezas
de los hombres que custodiaban la puerta por la que Roger de Acton y la gente
de la ciudad habían entrado en el castillo.
—Sam dice que él no quería dejarlos entrar, pero los cabrones se
abalanzaron sobre él —dijo la niña.
—Por Dios —exclamó Adelia—, ¿desde cuándo están allí?
—No debieron dejarlos entrar, ¿verdad? —preguntó el niño.
La niña estaba más dispuesta a perdonarlos.
—Los dejan en libertad por la noche.
La picota era terrible para la espalda. La doctora se dirigió
hacia allí. Del cuello de cada uno de los guardias pendía un cartel qué decía:
«Incumplimiento del deber».
Adelia eludió cuidadosamente la inmundicia que las víctimas
acumulaban alrededor de sus pies, dejó su ramillete en el suelo y levantó uno
de los carteles. Acomodó las chaquetas de los guardias para que la cuerda, que
les ahogaba, no estuviera en contacto con la piel.
—Creo que así estarán mejor.
—Gracias, señora.
Ambos la miraron de frente, con franqueza militar.
—¿Cuánto tiempo deben permanecer así?
—Dos días más.
—Oh, Dios. Sé que no es fácil, pero si dejáis que vuestras
muñecas carguen el peso de tanto en tanto e inclináis las piernas hacia atrás,
disminuirá la presión sobre la columna.
—Lo tendremos en cuenta, señora —respondió cansinamente uno de
los hombres.
—Bien.
La esposa del alguacil estaba en uno de los extremos de su
jardín, observando los tanacetos mientras mantenía una conversación a gritos
con el rabino Gotsce, que en el extremo opuesto se inclinaba sobre la tumba.
—Deberíais usarla en los zapatos, rabino, como yo. El tanaceto
cura los temblores. —La voz de lady Baldwin llegaba sin esfuerzo hasta la
muralla.
—¿Mejor que el ajo?
—Infinitamente mejor.
Entretenida e inadvertida, Adelia se detuvo en el arco hasta que
lady Baldwin la descubrió.
—Adelia, estabais aquí. ¿Cómo se encuentra hoy sir Rowley?
—Mejor. Gracias, señora.
—Bien, muy bien. Un luchador tan valiente es irreemplazable. ¿Y
cómo está vuestra pobre nariz?
Adelia sonrió.
—Compuesta, ya me he olvidado de ella.
La carrera para detener la hemorragia de Rowley había borrado
todo lo demás. No advirtió que su nariz estaba fracturada hasta dos días
después, cuando Gyltha comentó que se había puesto gibosa y azulada. En cuanto
se deshinchó, pudo colocarse el hueso en su lugar sin dificultad.
Lady Baldwin asintió.
—¡Qué bonito ramillete verde y blanco! El rabino está visitando
la tumba. Id a reuniros con él. Ah, y el perro, ¿es un perro, verdad?, también.
Adelia caminó por el sendero hacia el cerezo. Sobre la tumba
había una sencilla tabla de madera, donde habían grabado en hebreo una
expresión equivalente a «Aquí yace...», seguida por el nombre de Simón. Debajo
se veían las iniciales de las palabras hebreas que significaban «Que su alma
esté ligada a la corriente de vida eterna».
—Por ahora debemos conformarnos con esto. Lady Baldwin está
buscando una lápida de piedra para reemplazarla lo suficientemente pesada para
que no sea posible levantarla. De ese modo la tumba no correrá el riesgo de ser
profanada. —El rabino se puso de pie y se quitó la tierra que tenía en las
manos—. Es una buena mujer.
—Lo es.
Más que del alguacil, aquél era el jardín de su esposa, donde
jugaban sus hijos y donde cultivaba las hierbas que daban sabor a su comida y
aromatizaban sus aposentos. No era poca cosa que hubiera cedido una parte al
cadáver de un hombre despreciado por su religión. Había que reconocer que dado
que en última instancia esos terrenos pertenecían al rey, era un asunto de
force majeure, pero, descontando lo que pensara en privado, lady Baldwin había
accedido con amabilidad.
Más aún, puso en práctica el principio según el cual la caridad
genera obligaciones al que da tanto como al que recibe. Lady Baldwin estaba
demostrando su preocupación por el bienestar de la extraña comunidad que
habitaba su castillo. Le había cedido a Dina los pañales más nuevos de su bebé
y había sugerido que los judíos recibieran una parte del pan que se horneaba en
el castillo para que no tuvieran necesidad de hacerlo ellos mismos.
—Son seres humanos, como nosotros —le había explicado lady
Baldwin a Adelia durante una visita al enfermo en la que le había llevado
gelatina de pierna de cordero—. Y su rabino sabe mucho sobre hierbas,
verdaderamente. Tal parece que las comen en cantidad en Pascua aunque eligen
las amargas, rábano picante y otras similares. ¿Por qué no algo de angélica
para endulzar un poco?
—Así deben ser las hierbas que comen en Pascua —repuso Adelia,
sonriendo.
—Sí, eso mismo me contestó cuando se lo pregunté.
Adelia le demandó si conocía alguna nodriza para el bebé. Lady
Baldwin prometió conseguir una.
—No una de las mujerzuelas del castillo, por cierto —declaró—.
Ese bebé necesita leche cristiana honorable.
Al depositar el ramo sobre la tumba, Adelia se sintió culpable
de no haber cumplido con Simón. El nombre grabado en la tabla de madera debería
gritar que había sido asesinado en lugar de describirlo como víctima de su
propia negligencia.
—Rabino, necesito vuestra ayuda —pidió Adelia—. Debo escribir a
la familia de Simón. Su esposa y sus hijos deben saber que ha muerto.
—Escribidles, entonces. Nos ocuparemos de enviar la carta.
Algunos de nuestros conocidos en Londres pueden hacerla llegar a Nápoles.
—Os lo agradezco. Pero no se trata de eso. ¿Qué debo decirles?
¿Que fue asesinado aunque su muerte haya sido declarada accidental?
—Si fuerais su esposa, ¿qué desearíais saber?
—La verdad —respondió Adelia inmediatamente; pero luego
reflexionó—. Oh, no lo sé. —Para Rebecca sería mejor sufrir porque su esposo se
había ahogado. De ese modo se evitaría torturas inútiles sobre los últimos
minutos de Simón, o que el horror corrompiera su duelo y clamara exigiendo
justicia—. Supongo que es mejor callar —concluyó, vencida—. Al menos hasta que
su muerte sea vengada. Una vez que se descubra al asesino y sea castigado, tal
vez pueda contarles la verdad.
—¿La verdad, Adelia? ¿Así de simple?
—¿No lo es?
El rabino Gotsce suspiró.
—Quizá para vos. Pero como nos enseña el Talmud, el nombre del
Monte Sinaí proviene de la palabra que en hebreo significa odio, siná, porque
la verdad despierta odio hacia aquel que la dice. Jeremías...
Oh, Dios. Jeremías, el profeta lloroso. Ninguna de las voces
serenas, sabias e inteligentes de los judíos que hablaban en el soleado atrio
de la villa de sus padres adoptivos lo había mencionado jamás sin vaticinar el
mal. Era un día tan bello y las flores del cerezo estaban tan hermosas...
—Debemos recordar el antiguo proverbio judío: la verdad es la
mentira más segura.
—Nunca lo he entendido —repuso Adelia.
—Tampoco yo —afirmó el rabino—. Pero de alguna manera nos
advierte que el resto del mundo nunca cree totalmente en la verdad de un judío.
Adelia, ¿creéis que tarde o temprano el verdadero asesino será descubierto y
condenado?
—Tarde o temprano. Dios quiera que sea cuanto antes.
—Amén. ¿Y ese día dichoso la buena gente de Cambridge rodeará
este castillo, llorando, afligida por haber matado a dos judíos y haber
confinado a los demás? ¿Creéis que será así? ¿Que la noticia se difundirá por
la cristiandad y todos sabrán que los judíos no crucifican niños por placer?
¿También creéis eso?
—¿Por qué no? Es la verdad.
El rabino Gotsce se encogió de hombros.
—Es vuestra verdad, la mía, la del hombre que yace en este
lugar. Hasta puede que los habitantes de Cambridge crean en ella. Pero la
verdad viaja lentamente y se debilita en su camino. Las mentiras convenientes
son fuertes y viajan más rápido. Y ésta era una mentira conveniente. Los judíos
pusieron al Cordero de Dios en la cruz. Por lo tanto, crucifican niños. Una
cosa y la otra concuerdan. Una mentira tan oportuna como ésa se difundirá rauda
por toda la cristiandad. Y si llega hasta un pueblo de España, ¿no creerán que
sea verdad? ¿No lo harán los campesinos de Francia? ¿Los de Rusia?
—Por favor, rabino, no sigáis.
Aquel hombre parecía haber vivido miles de años, y tal vez así
fuera. Se agachó para quitar un capullo de la tumba. Luego se irguió, cogió a
Adelia del brazo y fue con ella hasta la puerta.
—Descubrid al asesino, Adelia. Libradnos de nuestro Egipto
inglés. Pero no por ello dejarán de ser los judíos quienes crucificaron a ese
niño.
Descubrid al asesino, pensaba la doctora mientras bajaba por la
colina. Descubrid al asesino, Adelia. No importaba que Simón de Nápoles
estuviera muerto y Rowley Picot fuera de combate y que sólo quedaran ella y
Mansur. Mansur no hablaba inglés y ella no era un sabueso sino una doctora. Y
por encima de todo, eran los únicos que pensaban que había un asesino que debía
ser descubierto.
La facilidad con la que Roger de Acton había reclutado hombres
para atacar el jardín del castillo demostraba que Cambridge aún culpaba de los
asesinatos a los judíos, por muy encerrados que estuvieran cuando se cometieron
tres de los crímenes. No había lugar para la lógica. Los judíos eran temidos
por ser diferentes y para la gente de la ciudad el temor y lo desconocido
implicaban poderes sobrenaturales. Los judíos habían matado al pequeño Peter,
ergo, habían asesinado a los otros.
A pesar de ello, a pesar del rabino y de Jeremías, a pesar de su
dolor por Simón, de su decisión de renunciar al amor carnal y seguir la senda
de la ciencia y la castidad, el día insistía en presentarse igualmente hermoso
ante sus ojos.
Se sentía llena, fortalecida. Desde luego, era vulnerable a la
muerte y al dolor de los demás, pero también a la vida en su infinita
extensión.
La ciudad y su gente nadaban en una pálida efervescencia dorada,
como el champán. Un grupo de estudiantes la saludó quitándose el sombrero. Al
llegar al puente hurgó en su bolsillo en busca de medio penique y descubrió que
no tenía.
—Oh, adelante, entonces. Os deseo un buen día —dijo el hombre
encargado del peaje y no se lo cobró.
Ya en el puente, los hombres que conducían los carros levantaban
la fusta a modo de saludo, los que iban a pie le sonreían.
Adelia se dirigió por el camino más largo hacia la casa del
viejo Benjamín. El que bordeaba el río. Las copas de los sauces la rozaban
amigablemente y los peces que se acercaban a la superficie hacían burbujas
semejantes a las que sentía en sus venas.
Había un hombre en el techo de la casa del viejo Benjamín. La
saludó. Adelia le devolvió el saludo.
—¿Quién es?
—Coker, el techador —le dijo Matilda B.—. Cree que su pie está
mejor y que hay que cambiar una o dos tejas.
—¿Lo hace a cambio de nada?
—Por supuesto —afirmó Matilda, guiñando un ojo—. ¿Acaso el
doctor no le curó el pie?
Adelia había adjudicado a la falta de modales la ingratitud de
los pacientes de Cambridge, que raramente o nunca se mostraban complacidos con
el tratamiento que recibían del doctor Mansur y su ayudante. Habitualmente
abandonaban la sala con el mismo aspecto hosco con que entraban, en agudo
contraste con los salernitanos, que dedicaban cinco minutos a elogiarla.
Pero no fue solo la reparación del techo: un suculento pato
—ofrecido por la esposa del herrero cuyos ojos ya no supuraban— les esperaba
para la cena. Un frasco de miel, una cesta con huevos, una porción de manteca y
una vasija conteniendo algo de aspecto repulsivo que resultó ser hinojo marino
habían sido depositados anónimamente en la puerta de la cocina, lo que sugería
que los habitantes de Cambridge optaban por formas de agradecimiento muy
específicas.
Sin embargo, faltaba algo importante: ¿dónde estaba Ulf?
Matilda B. señaló el río, donde se distinguía una gorra marrón
entre los juncos, debajo de un aliso.
—Está pescando truchas para la cena, Gyltha no debe preocuparse,
le tenemos bien vigilado. Le ordenamos que no se moviera de ese lugar, ni por
jujubes ni por ninguna otra cosa.
—Os ha echado de menos —señaló Matilda W.
—Y yo a él.
Era verdad, aun en medio de la lucha feroz para salvar a Rowley
Picot había lamentado la ausencia del chico y le había mandado mensajes con
Gyltha. El ramo de prímulas atadas con un lazo que Ulf le había enviado con su
abuela «para deciros que lamenta la pérdida que habéis sufrido» estuvo a punto
de hacerla llorar. Ese nuevo amor que sentía irradiaba su luz hacia los demás.
Con la muerte de Simón su brillo se proyectaba en aquellos que, ahora
comprendía, se habían convertido en seres necesarios para su bienestar. Ulf no
era sólo el chico sentado en un cubo, con el ceño fruncido, entre los juncos
del Cam, con una caña casera en sus manos mugrientas.
—Hacedme un hueco —le dijo Adelia—. Dejad que esta dama se
siente.
El chico se movió a regañadientes y ella ocupó su sitio. A
juzgar por la cantidad de truchas que se retorcían en la cesta, Ulf había
acertado con el lugar. Era un arroyo que brotaba entre los juncos y se abría
paso a través del limo, formando un canal de tamaño respetable antes de llegar
al Cam.
Si se comparaba con la zanja que estaba al otro lado de la
ciudad —el King's Ditch, un dique pestilente y estancado que alguna vez había
servido para repeler a los invasores daneses—, el Cam era limpio; pero Adelia
temía que el pescado, que forzosamente comían los viernes, no podía estar en
buen estado si provenía de un río al que se vertían excrementos y ganado de
todo el condado.
Agradeció que Ulf hubiera elegido un lugar de agua clara para
lanzar su caña. Permaneció en silencio durante un rato, observando el sinuoso
movimiento de un pez, que se distinguía tan claramente como si nadara en el
aire. Entre los juncos, los destellos de las libélulas parecían piedras
preciosas.
—¿Cómo está Rowley-Powley?
El apelativo era desdeñoso.
—Mejor, y no deberíais ofenderlo. —Ulf gruñó y sacó la caña con
su captura—. ¿Qué gusanos estáis usando? —preguntó Adelia con amabilidad—. Dan
buen resultado.
—¿Éstos? —escupió—. Esperad a que los tribunales comiencen a
colgar gente, entonces veréis verdaderos gusanos, con ellos se puede conseguir
el pescado que se quiera.
—¿Qué tienen que ver los ahorcados con esto? —preguntó
imprudentemente la doctora.
—En la horca, cuando los cadáveres se pudren, se encuentran los
mejores gusanos. Todo el mundo lo sabe. Con esos gusanos se puede sacar
cualquier pez, ¿no lo sabíais?
No, no lo sabía y habría deseado no saberlo. Ulf la estaba
castigando.
—Debemos hablar. Maese Simón está muerto. Sir Rowley en cama.
Necesito a alguien que sepa pensar para que me ayude a encontrar al asesino.
Sois buen pensador, Ulf, y lo sabéis.
—Sí, maldición, lo soy.
—No quiero oíros maldecir.
Ambos permanecieron en silencio. Ulf estaba usando un curioso
artilugio de su invención; un hilo corría a través del canuto de una gran pluma
de pájaro para que el cebo y los diminutos anzuelos se mantuvieran en la
superficie del agua.
—Os he echado de menos —reconoció Adelia.
—Uh. —Si pensaba que así lo ablandaría... pero después de un
rato Ulf añadió—: ¿Creéis que él ahogó a maese Simón? —Sí, sé que lo hizo.
Otra trucha se acercó al gusano, el muchacho la desenganchó y la
arrojó a la cesta.
—Es el río —afirmó Ulf.
—¿Qué queréis decir?
Adelia se puso de pie. Ulf la miró por primera vez. El pequeño
rostro arrugado mostraba concentración.
—Es el río. El río se los lleva. He estado preguntando...
—¡No! —Adelia casi le gritó—. Ulf, por favor, no debéis hacerlo,
no debéis. Simón también estaba haciendo preguntas. Prometedme, prometedme...
Ulf la miró con desdén.
—Todo lo que hice fue hablar con los parientes. ¿Cuál es el
peligro? ¿Estaba escuchando mientras lo hacía? ¿Se convierte en cuervo y se
posa en los árboles?
Un cuervo. Adelia temblaba. «No diría eso delante de él».
—Esta charla me asquea. ¿Queréis saber o no?
—Quiero saber.
El chico sacó el hilo del agua, lo separó de la caña y los
flotadores, acomodó los elementos cuidadosamente en el cesto de mimbre que usan
los pescadores de Anglia Oriental y luego se sentó con las piernas cruzadas,
mirando a Adelia, como un pequeño Buda a punto de ofrecer su sabiduría.
—Peter, Harold, Mary, Ulric. Hablé con sus parientes, parece que
nadie más los ha escuchado. Todos ellos, todos, fueron vistos por última vez en
el Cam o yendo hacia él. —Ulf levantó un dedo—. ¿Peter? Junto al río. —Levantó
otro dedo—. ¿Mary? Era la hija de Jimmer, el criador de aves, sobrina de Hugh,
el cazador. ¿Y adonde iba cuándo la vieron por última vez? Iba por el juncal
camino de Trumpington para llevar la cena a su padre. —Ulf hizo una pausa—.
Jimmer era uno de los que se abalanzó ante las puertas del castillo. Todavía
culpa a los judíos de lo de Mary.
De modo que el padre de Mary había formado parte del grupo de
hombres que seguía a Roger de Acton. Adelia recordó su aspecto de matón y que
maltrataba a su hija y, muy probablemente, atacaba a los judíos para librarse
de su propia culpa.
Ulf continuó con su lista. Apuntó con el pulgar río arriba.
—¿Harold? —Ulf frunció el ceño apenado—. El hijo del vendedor de
anguilas. Había ido a buscar agua para cubrir las anguilas. Desapareció. —Se
inclinó hacia delante—. Iba hacia el Cam.
—¿Y Ulric? —preguntó Adelia mirándolo a los ojos.
—Ulric —replicó Ulf— vivía con su padre y sus hermanas en Sheeps
Green. Desapareció el día de San Eduardo. ¿En qué día cayó el último San
Eduardo? —Adelia meneó la cabeza—. Lunes —repuso y volvió a sentarse.
—¿Lunes?
Ulf también meneó la cabeza ante su ignorancia.
—¿Os estáis burlando de mí? El día de lavar la ropa, mujer. El
lunes es el día de lavado. Hablé con su hermana. Se les había acabado el agua
de lluvia para hervir y enviaron a Ulric con un par de cubos...
—Río abajo —susurró Adelia, terminando la frase.
Adelia y Ulf se miraron. Luego giraron la cabeza y miraron hacia
el Cam.
Estaba crecido. Durante la semana había llovido copiosamente.
Adelia recordó cómo había tenido que cerrar los postigos de la sala de la torre
para impedir que la lluvia entrara. Ahora, con su aspecto inocente y brillante
por el reflejo del sol, el agua llegaba hasta el borde más alto de sus riberas
como una sinuosa marquetería.
Seguramente no fueran los únicos en advertir que el río era el
factor común en las muertes de los niños, aunque el funcionario a cargo de la
investigación era completamente estúpido. No obstante, el significado podría
habérseles escapado. Para la ciudad, el Cam era despensa, vía de navegación,
lugar de lavado. Sus orillas proporcionaban combustible, juncos para hacer
techos, madera para fabricar muebles. Todos usaban el río. Que los cuatro niños
hubieran desaparecido en sus alrededores no era tan sorprendente; tal vez todo
lo contrario.
Pero Adelia y Ulf sabían algo más. Simón había sido arrojado
deliberadamente a las mismas aguas. La coincidencia había llegado demasiado
lejos.
—Sí —ratificó ella—. Es el río.
Al atardecer, el Cam se volvía bullicioso. Figuras de barcos y
personas se confundían contra el cielo rojo del atardecer. Quienes volvían a su
casa después de un día de trabajo en la ciudad saludaban a los trabajadores que
regresaban del campo hacia el sur, o insultaban si su bote provocaba un atasco.
Los patos se dispersaban, los cisnes armaban alboroto al emprender el vuelo. Un
bote de remos llevaba un ternero recién nacido para ser alimentado por manos
humanas junto al fuego.
—¿Creéis que se llevó a Harold y a los otros a Wandlebury?
—preguntó Ulf.
—No. Allí no hay nada.
Adelia comenzaba a dudar que los crímenes se hubieran cometido
en la colina. Era un sitio demasiado abierto. El prolongado sufrimiento al que
habían sido sometidos los niños requería mayor privacidad, la que podía ofrecer
una habitación, un sótano, un sitio donde esconderlos, a ellos y a sus gritos.
Wandlebury era un lugar solitario pero la agonía era ruidosa. Rakshasa habría
temido que fueran oídos antes de tiempo.
—No —repitió Adelia—, aunque llevara los cuerpos a la colina fue
en otro lugar... —Iba a continuar, pero se detuvo antes de decir «donde los
mató». No debía olvidar que Ulf era sólo un niño—. Y estáis en lo cierto, fue
en el río o cerca de él.
Los dos siguieron mirando el friso móvil que formaban las
personas y los botes.
Pasaron tres criadores de aves con los botes muy cargados.
Llevaban pilas de gansos y patos que se servirían en la mesa del alguacil.
Vieron al boticario en su barca de mimbre y cuero. Ulf dijo que cortejaba a una
muchacha que vivía cerca de Seven Acres. Un oso adiestrado iba sentado en la
popa de un bote mientras su amo remaba hacia su casucha, cerca de Hauxton. Las
mujeres del mercado volvían con sus cajones vacíos, impulsándose con facilidad.
Una barca de ocho remos remolcaba a otra, que transportaba cal y greda, en
dirección al castillo.
—¿Por qué lo seguiste, Hal? —murmuró Ulf—. ¿Quién era?
Adelia pensaba lo mismo. ¿Qué habría atraído a todos los niños
por igual? ¿Quién había estado en el río para llevarlos hacia el señuelo?
¿Quién había dicho «ven conmigo»? No los había tentado sólo con jujubes, debía
tratarse de un personaje que les inspirara respeto, confianza, familiaridad.
Adelia se puso de pie.
—¿Quién es ése? —preguntó al ver una figura con capucha en un
bote.
Casi había oscurecido por completo. Ulf lo observó atentamente y
respondió.
—¿Él? Es el viejo hermano Gil.
—El hermano Gilbert. ¿Adonde va?
—Lleva provisiones a los anacoretas. Barnwell tiene los suyos,
igual que las monjas. Todos viven en los bosques que estan río arriba. —Ulf
escupió—. La abuela no se lleva bien con ellos. Cree que son espantapájaros
viejos y sucios, que se apartan de todo el mundo. Dice que no son cristianos.
De modo que los monjes de Barnwell usaban el río para abastecer
a sus eremitas, tal como hacían las monjas.
—Pero está anocheciendo —repuso Adelia—. ¿Como es que salen tan
tarde? El hermano Gilbert no regresará a tiempo para las completas.
Los religiosos vivían en función de los tañidos que anunciaban
las horas dedicadas a la oración. Para la poblaclon de Cambridge las campanadas
eran el reloj según el cual —durante el día— concertaban citas, daban la vuelta
a la clepsidra o proponían y cerraban tratos. Sus tañidos llevaban a los
labradores al campo en laudes y los enviaban de vuelta a casa en vísperas.
Durante toda la noche el sonido de las campanas no interrumpía el sueño de los
seculares, pero los religiosos, hombres y mujeres, debían salir de sus celdas y
dormitorios para cantar las vigilias.
Una vergonzosa complicidad cubrió las factores nada bonitas de
Ulf.
—Porque les permite pasar una noche fuera del convento, dormir
bajo las estrellas, cazar o pescar al día siguiente, visitar a algun amigo. Tal
vez por eso lo hacen. Por supuesto, las monjas aprovechan, dice la abuela.
Nadie sabe qué hacen en esos bosques, pero... —De pronto, Ulf miró intrigado a
Adelia—. ¿El hermano Gilbert?
La doctora lo miró de la misma manera, y asintió.
—Podría ser él.
Qué vulnerables eran los niños. Si Ulf —a pesar a su natural
perspicacia y del conocimiento que poseía de las circunstancias— no era
proclive a sospechar de una persona de prestigio a la que conocía, los otros
niños habrían sido presas fáciles.
—El viejo Gil es malhumorado, lo sé — admitió el chico
reticente—, pero no les miente a los chicos y es un cru... —Ulr se tapo la
boca. Por primera vez Adelia lo vio turbarse—. Oh, fue un cruzado.
El sol ya había caído. Los pocos botes que quedaban en el Cam
llevaban faroles en la proa. El río se convirtió en un desordenado collar de
luces.
Ulf y Adelia seguían sentados en el mismo lugar, resistiéndose a
moverse. El río les provocaba tanta atracción como rechazo, el alma de los
niños que se había llevado estaba muy cerca; el crujido de los juncos parecía
traer su murmullo.
—¿Por qué no los traes de vuelta, cabrón? —gruñó Ulf.
Adelia lo abrazó. Podía llorar por él. También deseaba que el
tiempo y la naturaleza retrocedieran y trajeran a los niños de vuelta a casa.
Se oyó el grito de Matilda W. Los llamaba para la cena.
—¿Qué haremos mañana? —preguntó Ulf mientras iban hacia la
casa—. ¿Podemos llevar al negro? Sabe remar bastante bien.
—Jamás se me ocurriría ir sin Mansur —contestó Adelia— y si no
lo tratáis con respeto, os quedaréis en casa.
Ambos sabían que era necesario explorar el río. En algún sitio a
lo largo de sus orillas habría una construcción, o un sendero que llevara hacia
ella, donde habría tenido lugar aquel horror. Algo lo delataría. Adelia no
esperaba encontrar una señal clara, pero creía poder reconocerla si la veía.
Esa noche, una silueta de pie en la ribera opuesta del Cam les
vigilaba. Adelia la divisó desde la ventana abierta de su aposento, mientras se
cepillaba el cabello. El terror la paralizó. Por un momento, ella y la sombra
que estaba debajo de los árboles se miraron con la intensidad de dos amantes
separados por un abismo.
Le dio la espalda, apagó la vela y buscó la daga que guardaba en
la mesita de noche antes de irse a dormir. No se atrevía a apartar la vista de
aquella silueta. Temía que cruzara el río y entrara por la ventana.
Cuando tuvo el puñal en la mano se sintió mejor. Era ridículo.
Para llegar a la casa del viejo Benjamín aquel ser debería tener alas o un
artefacto como los que se usaban para cruzar el foso de un castillo. La casa
estaba a oscuras y no podía verla. Pero se sintió observada cuando cerró la
celosía. Bajó las escaleras descalza, para ase-gurarse de que todas las puertas
estuvieran bajo llave, sintiendo que esos ojos perforaban las paredes.
Salvaguarda la seguía receloso. Dos brazos levantaron un arma sobre su cabeza
cuando llegó a la sala.
—Cabrón —gruñó Matilda—. Vete a asustar a otro.
—Lo mismo digo —declaró Adelia, jadeando—. Hay alguien al otro
lado del río. —La criada bajó el atizador.
—Ha estado allí todas las noches desde que se fueron al
castillo. Mirando, siempre mirando. Y el pequeño Ulf era el único hombre en la
casa.
—¿Dónde está Ulf?
Matilda señaló la escalera que llevaba al sótano.
—Duerme tranquilo.
—¿Estáis segura?
—Segura.
Las dos mujeres miraron al mismo tiempo a través del cristal de
la ventana.
—Se ha ido.
Adelia se habría alarmado menos si la misteriosa figura hubiera
permanecido en el mismo lugar.
—¿Por qué no me lo dijisteis?
—Creí que ya teníais bastantes problemas. Pero se lo dije a los
guardianes del río. Unos inútiles de mierda. No vieron a nadie. No es raro, con
el escándalo que armaron al cruzar el puente para llegar a la otra orilla.
Creyeron que era un mirón.
Matilda B. fue hasta el centro de la habitación para dejar el
atizador en su lugar. Por un instante, el artefacto vibró contra los barrotes
del brasero, como si la mano que lo sostenía se estremeciera demasiado y no se
animara a soltarlo.
—No es un mirón, ¿verdad?
—No.
Al día siguiente, Adelia llevó a Ulf a la torre del castillo. Se
quedaría con Gyltha y Mansur.
Capítulo 13
—No iréis sin mí —protestó sir Rowley. Pero al tratar de salir
de la cama perdió el equilibrio—. Oh, Dios, haced que Roger de Acton se pudra.
Dadme un cuchillo de carnicero y le cortaré sus partes pudendas. Las usaré como
carnaza para pescar. Le...
Adelia y Mansur contuvieron la risa. Alzaron al paciente y lo
volvieron a dejar en la cama. Ulf recuperó el gorro de dormir de Rowley y se lo
puso nuevamente en la cabeza.
—Mansur y Ulf me acompañarán. Además, haremos el recorrido de
día. Entretanto, os permito un poco de ejercicio, algo liviano, como caminar
lentamente por la sala para fortalecer los músculos. Como vos mismo habéis
comprobado, es todo lo que estáis en condiciones de hacer. —El recaudador dejó
escapar un gruñido de frustración propinando un puñetazo a las mantas, lo que
provocó otro quejido, esta vez de dolor—. Basta de tonterías —le advirtió
Adelia—. De todos modos, no fue Acton quien os clavó el cuchillo. En realidad,
no puedo aseguraros quién fue.
—No me importa. Quiero verlo ahorcado antes de que los jueces de
los tribunales superiores vean su maldita tonsura y lo dejen ir.
—Debe ser castigado —opinó la doctora. Acton era sin duda
responsable de instigar al enfurecido grupo que se había abierto paso a la
fuerza para profanar la tumba de Simón—. Pero no deseo que lo ahorquen.
—Ha atacado una propiedad del rey, mujer, y casi me deja
castrado. Deberían cocinarlo a fuego lento con una espada en el culo. —Sir
Rowley cambió de posición y la miró de soslayo—. ¿Habéis considerado el hecho
de que vos y yo fuimos los únicos que resultamos heridos en la refriega? Además
de los muchachos que pude dejar fuera de combate, por supuesto.
Adelia no lo había pensado.
—En mi caso, una nariz rota difícilmente merece ser calificada
como una herida. Pudo haber sido mucho peor.
Había sido un accidente, en algún sentido, causado por ella
misma al involucrarse en la pelea.
—Más aún —añadió Rowley, todavía con malicia—. El rabino salió
ileso.
Adelia no lograba entender.
—¿Estáis acusando a los judíos?
—No, en absoluto. Sólo estoy señalando que el buen rabino no fue
agredido. Lo que digo es que, después de la muerte de Simón, sólo hay dos
personas que siguen preguntándose quién mató a los niños. Vos y yo. Y ambos
resultamos heridos.
—Y Mansur —observó distraídamente Adelia, aunque él había salido
ileso.
—Ellos no lo vieron hasta que se sumó a la pelea. Además, Mansur
no ha hecho preguntas, su inglés no es precisamente lo que se dice fluido.
—No comprendo vuestro razonamiento. ¿Estáis diciendo que Roger
de Acton es el asesino? ¿Acton?
—Estoy diciendo, maldición —la debilidad ponía de mal humor a
Rowley—, digo que fue instigado a hacerlo. Alguien le sugirió, a él o a un
miembro de su banda, que vos y yo éramos aliados de los judíos y que debían
matarnos.
—Desde su punto de vista, todos los aliados de los judíos
deberían morir.
—Alguien —explicó el recaudador de impuestos entre dientes—,
alguien quiere darnos caza. A nosotros. A vos y a mí.
Por Dios, pensó Adelia, no, a los dos no. Sólo él había estado
haciendo preguntas junto con Simón. En la fiesta, Simón le había dicho: «Lo
tenemos, sir Rowley». La doctora tanteó el borde de la cama y se sentó.
—Ajá —exclamó Rowley—, ahora se está haciendo la luz, Adelia. Os
quiero lejos de la casa del viejo Benjamín. Debéis venir a vivir aquí, con los
judíos, durante un tiempo.
Adelia recordó la silueta entre los árboles. Le había ocultado a
Rowley lo que ella y Matilda habían visto la noche anterior. Nada podía hacerse
al respecto y no tenía sentido agregarle una nueva frustración.
Era Ulf quien había estado en peligro. El asesino iba tras otro
niño y había elegido a ése en particular. Adelia lo sabía. Por ese motivo el
chico pasaría las noches en el castillo y, durante el día, Mansur lo vigilaría
de cerca.
Pero, Dios santo, si esa criatura consideraba que Rowley
constituía una amenaza, siendo tan ingenioso, y contando con tantos recursos...
entonces, dos seres a los que amaba estaban en peligro.
«Maldito sea», pensó luego la doctora. «Rakshasa está logrando
lo que desea gracias a nosotros, y encima nos ha arrinconado a todos en este
maldito castillo. De este modo jamás lo encontraremos. Al menos, yo he de
moverme con libertad».
—Ulf, explicadle a sir Rowley vuestra teoría sobre el río.
—No, dirá que es una estupidez.
Adelia suspiró. Percibía incipientes celos entre los dos hombres
de su vida.
—Debéis contárselo.
El chico lo hizo, con resentimiento y sin convicción. Rowley
desestimó la hipótesis.
—En esta ciudad todo se relaciona con el río. —Desdeñó por igual
la posibilidad de que el hermano Gilbert fuera el sospechoso—. ¿Creéis que es
Rakshasa? Un monje enclenque como él no podría cruzar el monte de Cambridge, no
me lo imagino cruzando el desierto.
Ninguna opinión era concluyente. Gyltha llegó con la bandeja del
desayuno para Rowley y se sumó a la discusión.
Pese a la aparente ligereza con que hablaban del horror y la
sospecha, la charla dejó mella en Adelia. Al fin y al cabo aquellas personas
eran seres queridos para ella. Bromear con ellos, aunque fuera sobre la vida y
la muerte, le resultó tan desconcertante y placentero —ella, que jamás había
bromeado— que durante un instante experimentó una punzante felicidad.
Hic habitat felicitas.
Ese enorme, lujurioso y mágico hombre que estaba en cama,
llevándose el jamón a la boca, había sido suyo. Su vida había dependido de
ella, la había conservado no sólo gracias a su habilidad, sino a la energía que
le había transmitido. La doctora había pedido esa gracia y le había sido
concedida.
Pero aun cuando para ella fuera maravilloso, su amor no era
correspondido y debería convivir con esa tristeza el resto de su vida. Los
momentos que pasaba en su compañía no hacían más que confirmar que sería
desastroso mostrarse vulnerable ante él. Podría aprovecharlo para rechazarla o
incluso para manipularla. Los propósitos de ambos eran mutuamente destructivos.
De todos modos, esos momentos no se prolongarían durante mucho
más tiempo. La herida estaba cicatrizando, y Rowley ya no aceptaba que ella lo
vistiera. En cambio, dependía de los cuidados de Gyltha o lady Baldwin.
—Es una indecencia que una mujer soltera se inmiscuya en esa
parte del cuerpo masculino —había alegado, secamente.
Adelia había preferido no preguntarle cuál habría sido su
destino si ella no se hubiera inmiscuido en el momento indicado. Ya no la
necesitaba. Debía retirarse.
—De cualquier modo, debemos explorar el río —afirmó Adelia.
—En el nombre de Dios, no podéis ser tan condenadamente estúpida
—espetó sir Rowley.
Indignada, se puso de pie. Estaba dispuesta a morir por ese
cerdo, pero no a ser insultada. Le ajustó con rabia las mantas, y su aroma —una
mezcla de la tintura de trébol que le administraba tres veces al día y la
manzanilla con que se lavaba el cabello— envolvió a Rowley hasta que el tufillo
de Salvaguarda, que pasó junto a la cama siguiendo a su ama, lo aniquiló.
Cuando Adelia salió de la sala, Rowley miró a quienes le
rodeaban en silencio.
—¿No estoy en lo cierto? —preguntó en árabe a Mansur—. No
permitiré que ella explore el río —agregó, irritado a causa del cansancio.
—¿Dónde le permitiréis estar, efendi?
—En una cama, como corresponde. —Si no hubiera estado débil e
irascible, no lo habría dicho, al menos no en voz alta. Nervioso, miró al
árabe, que se le acercaba. No estaba en condiciones de pelear con ese
bastardo—. No quise decir eso —se disculpó, precipitadamente.
—Está bien, efendi —repuso Mansur—. De lo contrario, me veré
obligado a abrir nuevamente vuestra herida y a agrandarla.
Esta vez el aroma que envolvió a Rowley —una combinación de
incienso y madera de sándalo— le llevó de regreso a los zocos.
El árabe se inclinó sobre él y ante su cara juntó la punta de
los dedos de la mano izquierda y los tocó con el índice de la mano derecha, un
delicado movimiento que ponía en duda a los progenitores de sir Rowley
señalando que podía haber tenido cinco padres.
Luego se incorporó, hizo una reverencia y salió de la sala,
seguido por el niño con aspecto de gnomo, cuyo gesto era más simple, más crudo,
pero igualmente explícito.
Gyltha recogió los restos del desayuno, cogió la bandeja y salió
tras ellos.
—No sé qué quisisteis decir, chico, pero hay mejores maneras de
explicarlo.
«Oh, Dios», pensaba sir Rowley, hundiéndose en el colchón. «Me
estoy volviendo pueril. Señor, sálvame, aunque sea cierto. Aquí es donde la
querría, en mi cama, debajo de mí».
Y tanto la deseaba que había tenido que detenerla cuando cubría
su herida con esa inmundicia verde, esa mixtura de consuelda. Porque su miembro
había recuperado su vigor y tendía a ponerse erecto cada vez que ella le
tocaba.
Reprochaba a su Dios —y a sí mismo— que lo hubiera puesto en ese
aprieto. Adelia no era en absoluto su tipo de mujer. ¿Excepcional? No conocía
otra mujer igual. Le debía la vida. Pero, sobre todo, podía hablar con ella
como no podía hacerlo con ninguna otra persona, hombre o mujer. En su relato de
la persecución de Rakshasa le había contado aspectos de sí mismo más que al
propio rey, y temía, además, haber revelado otros detalles inconvenientes en su
delirio. En su compañía podía blasfemar —aunque no a ella, como lamentablemente
había sucedido hacía breves instantes— y eso la transformaba en una compañía
tan agradable como deseable.
¿Podría seducirla? Muy probablemente. Era versada en todas las
funciones del cuerpo, pero indudablemente ingenua acerca de lo que hacía latir
más rápido los corazones. Y Rowley había aprendido a confiar en el considerable
y misterioso atractivo que tenía para las mujeres.
Seduciéndola, no obstante, sólo lograría despojarla de un
plumazo, no sólo de su ropa, sino de su honor y, por supuesto, de aquello que
la hacía excepcional, convirtiéndola en una mujer más en otra cama.
Y él la quería tal como era: con sus «humm» cuando estaba
concentrada, con su vestimenta atroz —aunque en la fiesta de Grantchester le
había sorprendido su estampa—, con la importancia que otorgaba a toda la
humanidad, incluso —más aún, particularmente— a su escoria, con esa seriedad
que podía transformarse en una risa asombrosa, con la manera en que erguía los
hombros cuando se sentía intimidada, con el modo en que combinaba sus temibles
medicinas, con la amabilidad con que sus manos llevaban la taza a su boca, con
su modo de caminar, con su modo de hacer todas las cosas. Adelia tenía virtudes
que él nunca había conocido: todo en ella era virtud.
—¡Oh, demonios! —exclamó sir Rowley a la sala vacía—. Tendré que
casarme con esa mujer.
La aventura río arriba, si bien hermosa, no dio fruto.
Considerando cuál era su objetivo, Adelia se sentía avergonzada de disfrutar
tanto. Se dejaba llevar por los túneles que formaban las copas de los árboles y
al salir nuevamente a la luz del sol, veía a las lavanderas que interrumpían su
trabajo para saludarlos. Una nutria astuta nadaba junto al bote mientras
hombres y perros, desde la orilla, trataban de cazarla; los criadores de aves
desplegaban sus redes; los niños pescaban truchas; y durante millas la ribera
estuvo desierta excepto por las currucas, que se balanceaban peligrosamente en
los juncos mientras cantaban.
Salvaguarda los seguía corriendo pesaroso por la orilla. Se
había revolcado en algo que hacía intolerable su presencia en el bote. Mansur y
Ulf se alternaban para impulsarlo, compitiendo entre sí. Al ver la naturalidad
con que hacían avanzar la embarcación, Adelia quiso intentarlo; supuso que
sería sencillo, pero terminó colgada del mástil como un mono. Afortunadamente
el bote siguió deslizándose sin su ayuda mientras Mansur la rescataba y Ulf se
carcajeaba.
Una multitud de cabañas, chozas y casetas de vendedores de aves
se alineaba junto al río. Todas quedarían desiertas por la noche. Cada una lo
suficientemente desolada como para que cualquier grito que saliera de ellas no
pudieran percibirlo más que los animales salvajes. Por otra parte, eran tan
numerosas que les habría llevado un mes investigarlas, y un año recorrer los
pequeños senderos y los puentes entre los juncos que conducían a las que
estaban más alejadas.
De los afluentes del Cam, algunos eran meros arroyos; otros,
canales de considerable tamaño aptos para la navegación. Las grandes llanuras
estaban surcadas por vías navegables: los pasos elevados, puentes y caminos
terrestres estaban en malas condiciones y a menudo eran intransitables, pero
cualquier persona podía ir donde deseara con un bote.
Mientras Salvaguarda cazaba pájaros, los tres exploradores
comían pan y queso y bebían la mitad de la sidra que Gyltha les había dado,
sentados en la orilla, junto al depósito donde sir Joscelin guardaba sus botes.
En las paredes colgaban remos, mástiles y cañas de pescar, cuyo brillo se
reflejaba tembloroso en el agua. Nada allí hablaba de muerte. A lo sumo, la
vista en lontananza de la gran casa de Grantchester confirmaba que —como todos
los señores feudales— sir Joscelin estaba demasiado ocupado y el horror podía
pasar inadvertido. Pero salvo que las ordeñadoras, los vaqueros, los mozos de
cuadra, los labriegos y los sirvientes de la casa —que allí vivían— fueran
cómplices en el secuestro de los niños, era improbable que el cruzado fuera un
asesino en su propia casa.
De regreso hacia la ciudad, Ulf escupió en el agua.
—Ha sido una maldita pérdida de tiempo.
—No exactamente —precisó Adelia. La excursión le había servido
para advertir algo que habían pasado por alto. Tal vez los niños siguieron
voluntariamente a su secuestrador o bien fueron llevados a la fuerza, pero en
cualquier caso era imposible que hubieran pasado inadvertidos. Todos los botes
que navegaban desde el gran puente río abajo eran de poco calado y tenían los
topes bajos, lo que hacía imposible ocultar la presencia de una criatura más
grande que un bebé, salvo que estuviera tendido bajo la bancada. En
consecuencia, los niños se habían escondido por sí mismos o bien yacían
inconscientes bajo una piel, un saco de arpillera o algo similar, y así
continuaron hasta el lugar de su muerte.
La doctora lo explicó en árabe y en inglés.
—Entonces, él no va en bote —reflexionó Mansur—. Ese demonio los
lleva en su montura. Viaja por tierra.
Era posible. En esa parte de Cambridge las zonas más habitadas
estaban junto a las vías navegables. El interior era virtualmente un desierto,
salvo por los animales con pezuñas que pacían en las llanuras. Pero Adelia lo
dudaba. El protagonismo del río en la desaparición de los niños sugería lo
contrario.
—Entonces es el opio —propuso Mansur.
¿Opio? Era una posibilidad. La insólita extensión de las
plantaciones de adormidera en esa región de Inglaterra y la facilidad con que
podía disponer de sus propiedades medicinales había complacido, aunque también
alarmado, a Adelia. James, el boticario que visitaba a su amante por las
noches, la destilaba en alcohol, y con el nombre de licor de San Gregorio, lo
vendía indiscriminadamente, si bien lo guardaba debajo del mostrador, alejado
de la vista de los clérigos, que lo consideraban impío por su capacidad para
aliviar el dolor, un atributo que sólo le correspondía al Señor.
—Eso es —declaró Ulf—. Les da unas gotas de licor de San
Gregorio. —El chico entrecerró los ojos y mostró los dientes—. «Bebe un sorbo
de esto, cariño, y ven conmigo al paraíso».
Su caricatura del malévolo engaño les causó escalofríos pese a
que era un cálido día de primavera.
Adelia volvió a sentir escalofríos a la mañana siguiente, cuando
tomó asiento en el despacho privado de una contaduría. Los vidrios de las
ventanas estaban unidos por soldaduras de plomo; la sala estaba abarrotada de
documentos y arcones con cadenas y cerrojos; un recinto poco acogedor,
masculino, construido para intimidar a potenciales deudores y para que las
mujeres no se sintieran cómodas en absoluto. El señor De Barque, de De Barque
Hermanos, la recibió receloso y respondió negativamente a su solicitud.
—Pero la letra de crédito estaba librada a nombre de ambos, a
nombre de Simón de Nápoles y al mío —protestó Adelia. Le pareció que las
paredes absorbían sus gritos.
De Barque extendió un dedo y desplegó en su escritorio un rollo
de vitela con un sello.
—Leedlo por vos misma, señora, si sabéis leer en latín;
Adelia lo leyó. Entre los «hasta el momento», los «por cuanto» y
los «en conformidad con» los banqueros Luccan de Salerno —emisores de la letra—
prometían pagar las sumas citadas en nombre del firmante, el rey de Sicilia, a
los hermanos De Barque de Cambridge cuando Simón de Nápoles, el beneficiario,
las solicitara. No se mencionaba a otra persona.
Adelia contempló el rostro obeso, impaciente y desinteresado que
tenía delante. Era fácil insultar a una persona que necesitaba dinero.
—Pero estaba implícito, yo tengo la misma responsabilidad que
maese Simón en la empresa, fui elegida para eso —explicó Adelia, que suponía
que el banquero la consideraba una meretriz.
—Estoy seguro de que así es, señora —repuso el señor De Barque.
—Una nota al banco de Salerno o al rey Guillermo, en Sietelia,
verificará quién soy.
—Entonces enviad esa nota, señora. Mientras tanto... —El señor
De Barque cogió del escritorio una campana y la hizo sonar para llamar a su
secretario. Era un hombre ocupado.
Adelia no se movió de su asiento.
—Eso llevará meses.
No tenía dinero ni siquiera para enviar la carta. Sólo había
encontrado unos peniques en la habitación de Simón. Éste tampoco había
solicitado a los banqueros más dinero ni había guardado el que tenía: lo
llevaba en la cartera que su asesino había robado.
—Puedo pedir un préstamo hasta que...
—No concedemos préstamos a mujeres.
La doctora se zafó del secretario que la tomaba del brazo para
llevarla hacia la salida.
—¿Qué puedo hacer entonces?
Tenía que pagar lo que debía al boticario, al hombre que
esculpiría el nombre de Simón en su lápida de piedra, Mansur necesitaba unas
botas nuevas, ella necesitaba unas botas nuevas...
—Señora, la nuestra es una organización cristiana. Os sugiero
que os dirijáis a los judíos. Son los usureros que elige el rey y, según
entiendo, sois persona de su agrado.
La mirada del hombre era tajante: ella era una mujer, y aliada
de los judíos.
—Estáis al tanto de la situación de los judíos —alegó Adelia con
desesperación—. No tienen acceso a su dinero.
Por un momento, las arrugas le confirieron cierta calidez al
rostro obeso del señor De Barque.
—¿No lo tienen?
Mientras subían la colina, Adelia y Salvaguarda vieron pasar
junto a ellos un carro que llevaba mendigos a la prisión. El bedel del castillo
estaba haciendo una redada. Serían sentenciados en las próximas sesiones de los
tribunales superiores. Una mujer sacudía las rejas con sus manos esqueléticas.
Adelia la miró. Comprendió cuan indefensos estaban los
indigentes. A ella jamás le había faltado dinero. Tenía que volver a Salerno,
pero no podía, no hasta que hubiera descubierto al asesino. Y aun entonces,
¿renunciaría a...? Quiso apartar el nombre de sus pensamientos. Tendría que
dejarlo tarde o temprano. De todos modos, no podía viajar. No tenía dinero.
¿Qué haría? Era una Ruth en un país extranjero. Ruth había
resuelto su situación por medio del matrimonio, pero en este caso no existía
esa posibilidad. ¿Podría al menos subsistir? Mientras estuviera en el castillo,
los pacientes irían a verla allí. Ella y Mansur habían alternado el cuidado de
sir Rowley con la atención a esos enfermos. Pero casi todos eran pobres y no
estaban en condiciones de pagar con dinero.
Su ansiedad no disminuyó cuando, al entrar en la sala de la
torre con Salvaguarda, encontró a sir Rowley levantado y vestido. Estaba
sentado en la cama y conversaba con sir Joscelin de Grantchester y sir Gervase
de Coton.
Se dirigió hacia él.
—Necesita descansar —le dijo bruscamente a Gyltha, apostada como
un centinela en un rincón.
Ignoró a los dos caballeros que se habían puesto de pie al verla
llegar —Gervase a regañadientes, y sólo cuando su compañero se lo indicó— para
tomar el pulso a su paciente. Era más firme que el suyo.
—No os enfadéis con nosotros, señora —declaró sir Joscelin—.
Hemos venido a expresarle nuestra simpatía a sir Rowley. Fue una bendición de
Dios que el doctor y vos estuvierais aquí. Ese pobre diablo de Acton... sólo
nos queda esperar que los tribunales no le permitan escapar de la horca. Todos
estamos de acuerdo en que colgarlo es lo más apropiado.
—¿Lo creen de veras?
—Esta dama no acepta esa penalidad. Tiene métodos más crueles
—precisó Rowley—. Ella administraría una dosis de tintura de hisopo a todos los
criminales.
Sir Joscelin sonrió.
—Eso es realmente cruel.
—¿Acaso vuestros métodos son efectivos? Encerráis a la gente, la
ahorcáis, cortáis sus manos. ¿Podemos dormir tranquilos gracias a eso?
¿Desaparecerán los criminales cuando Roger de Acton muera en la horca?
—preguntó Adelia.
—Él provocó un tumulto —replicó Rowley—, invadió un castillo del
rey, casi me convierte en un castrado. En lo personal, desearía ver a ese
bastardo con una espada en el culo asándose a fuego lento.
—Y el asesino de niños, señora, ¿qué haríais con él? —preguntó
amablemente sir Joscelin.
Adelia no tenía respuesta.
—Duda —indicó sir Gervase con disgusto—. ¿Qué clase de mujer es
ésta?
Era una mujer para quien matar legalmente era una desfachatez
por parte de aquellos que imponían esa penalidad —tan fácilmente, y en
ocasiones, por tan poco— porque la vida, para ella que luchaba por salvarla,
era el único y verdadero milagro. Una mujer que no comulgaba con el juez ni con
el verdugo, sino con el que ocupaba el banquillo del acusado. Se preguntaba qué
habría hecho en sus circunstancias, qué clase de persona habría sido si le
hubiera tocado su mismo destino. Si no la hubieran recogido del Vesubio dos
médicos de Salerno, ¿podría estar ella en ese banquillo?
Para ella la civilización se había interpuesto en el camino de
la violencia y la ley debía ponerle fin. No matar significaba creer que el
hombre podía mejorar. Adelia suponía que el asesino de niños debía morir, como
debía morir un animal rabioso. Pero como doctora que era, se preguntaría
siempre a qué se debía su rabia y lamentaría no saberlo.
Al apartarse de los caballeros en dirección a la mesa de los
medicamentos advirtió que Gyltha estaba rígida.
—¿Qué ocurre?
El ama de llaves parecía extenuada, súbitamente envejecida. Las
manos sostenían con desgana una pequeña cesta de mimbre, con la actitud de los
fieles que reciben del sacerdote la hostia consagrada.
—Sir Joscelin me ha traído unos confites, Adelia, pero Gyltha no
me permite comerlos —aclaró Rowley desde la cama.
—Soy solamente el portador. Lady Baldwin me pidió que los
trajera.
Gyltha miró a Adelia; luego dirigió la vista a la cesta. La
sostuvo con una sola mano y con la otra abrió ligeramente la tapa. Dentro,
sobre hermosas hojas, había muchos jujubes de distintos colores y aromas, con
forma de rombo, como huevos en un nido.
Las mujeres se miraron. Adelia se sintió mal. De espaldas a los
hombres, susurró:
—¿Veneno?
Gyltha se encogió de hombros.
—¿Dónde está Ulf?
—Mansur —susurró a su vez Gyltha—, a salvo.
—El doctor le ha prohibido a sir Rowley los confites.
—Entonces, podéis convidar a nuestros visitantes —sugirió
Rowley.
No podían esconderse de Rakshasa. Eran su objetivo. Dondequiera
que estuvieran, estarían en su punto de mira.
Adelia saludó a los hombres con una leve inclinación de cabeza,
les deseó buen día y fue hacia la puerta seguida por Gyltha, que llevaba
consigo la cesta.
Los medicamentos. Adelia volvió apresuradamente para
controlarlos. Todos los frascos tenían tapa, las cajas estaban apiladas en
orden, tal y como ella y Gyltha solían dejarlas.
Era absurdo. El asesino estaba fuera, no podía tocarlas. Sin
embargo, la noche anterior la había aterrorizado la fantasía de un Rakshasa
alado. Debía reemplazar todas las hierbas, incluso el jarabe, antes de
administrárselas a los enfermos.
¿Estaba fuera? ¿Había estado allí? ¿Estaba allí en ese momento?
La doctora oyó que a sus espaldas los hombres conversaban sobre
caballos, como solían hacer los caballeros. Podía percibir que Gervase estaba
apoltronado en su asiento; sentía que estaba pendiente de ella. Sus frases eran
forzadas y vagas. Cuando lo miró, el hombre hizo un gesto deliberadamente
despectivo.
Adelia no sabía si era el asesino, pero indudablemente era un
bruto y su presencia era un insulto. Fue hacia la puerta y la dejó abierta.
—El paciente está cansado, caballeros.
Sir Joscelin se puso de pie.
—Lamentamos no haber visto al doctor Mansur, ¿verdad, Gervase?
Por favor, hacedle llegar nuestros saludos.
—¿Dónde está? —preguntó sir Gervase.
—Enseñando árabe al rabino Gotsce —respondió Rowley.
Al pasar junto a Adelia rumbo a la puerta, Gervase, simulando
hablar con su compañero, murmuró:
—Qué curioso, un judío y un sarraceno en un castillo real. ¿Para
qué demonios fuimos a las cruzadas?
Adelia cerró la puerta de golpe.
—Maldita sea. Mujer, trataba de sacarles el tema de Ultramar
para descubrir quién estuvo allí, dónde y cuándo. Quizá uno de ellos podía
decirme algo sobre el otro.
—¿Lo hicieron?
—Los habéis despedido demasiado rápido, maldición. —La ira de
sir Rowley era un signo de su recuperación—. Sin embargo, casualmente el
hermano Gilbert admitió haber estado en Chipre en el momento oportuno.
—¿El hermano Gilbert ha estado aquí?
Y el prior Geoffrey, el alguacil Baldwin, el boticario —con un
brebaje que, había jurado, curaría la herida en minutos—, y el rabino Gotsce.
—Soy un hombre popular... ¿Qué ocurre? —preguntó sir Rowley.
Adelia había arrojado una caja de bardana sobre la mesa y la tapa se había
soltado dejando escapar una nube de polvo verde.
—No sois popular —afirmó Adelia entre dientes—, sois un cadáver.
Rakshasa os habría envenenado. —La doctora fue nuevamente hacia la puerta y
llamó a Gyltha, que ya subía las escaleras con la cesta. Adelia se la arrebató,
la abrió y la puso debajo de las narices de Rowley—. ¿Sabéis qué es esto?
—¡Jesucristo! —exclamó Rowley—. Jujubes.
—He estado preguntando —intervino Gyltha—. Una niña se los dio a
uno de los centinelas. Dijo que eran un regalo de su ama para el caballero que
estaba en cama en la torre. Lady Baldwin iba a traerlos, pero sir Joscelin le
ofreció ahorrarle el esfuerzo. Siempre tan cortés ese caballero, no como el
otro.
Gyltha no se entendía con sir Gervase.
—¿Y la niña?
—El centinela es uno de los que el rey envió desde Londres para
custodiar a los judíos. Se llama Barney. Dice que no la conoce.
Llamaron a Mansur y a Ulf para departir sobre el asunto.
—Podrían ser simples jujubes, como sugiere su aspecto —opinó
Rowley.
—Chupad uno y lo sabréis —dijo bruscamente Ulf—. ¿Qué pensáis,
señora?
Adelia había cogido uno con sus pinzas y lo estaba oliendo.
—No lo sé.
—Sugiero hacer una prueba —propuso Rowley—. Se los enviaremos a
Roger de Acton con nuestros saludos.
Era tentador, pero Mansur se los llevó al patio y los arrojó en
la forja del herrero.
—No habrá más visitas en esta sala —ordenó Adelia—. Y ninguno de
vosotros, especialmente Ulf, está autorizado a salir del castillo o pasear
dentro de él sin compañía.
—Por Dios, mujer, así nunca lo encontraremos.
Aparentemente Rowley había estado investigando desde su lecho de
enfermo, valiéndose de su papel de recaudador de impuestos para interrogar a
los visitantes.
Los judíos le habían contado que Chaim, respetuoso con sus
principios, nunca había hablado sobre sus clientes o mencionado la magnitud de
sus deudas. Los únicos registros existentes eran aquellos que se habían quemado
y los que le habían sustraído a Simón.
—Salvo que el tesoro de Winchester tenga una lista de las
cuentas, lo que es probable. He enviado a un escudero para averiguarlo. Al rey
no le agradará. Los judíos generan gran parte de los ingresos de esta nación. Y
si Enrique no se siente complacido...
El hermano Gilbert había declarado que preferiría morir en la
hoguera antes que pedir dinero a los judíos. Lo mismo habían dicho el cruzado
boticario, sir Joscelin y sir Gervase, aunque con menos vehemencia.
—No dirían que lo hicieron, por supuesto, pero los tres parecen
haber logrado la prosperidad con su esfuerzo.
Gyltha asintió.
—Les fue bien en Tierra Santa. James abrió su botica cuando
volvió. Gervase, aunque era un cerdo asqueroso de chico y ahora no es mucho
mejor, recibió tierras. Y el joven Joscelin, que de haber sido por su padre no
tendría con qué taparse el culo, hizo de Grantchester un palacio. ¿El hermano
Gilbert? Es un hombre común.
Se oyó una respiración fatigosa en la escalera. Lady Baldwin
entró en la sala con una mano en la cintura. En la otra traía una carta.
—Enfermedad. En el convento. Que Dios nos ayude. Si fuera la
peste...
Matilda W. llegó detrás de ella.
La carta era para Adelia, la habían enviado a la casa del viejo
Benjamín, por lo que Matilda la había traído hasta el castillo. Era un trozo de
pergamino arrancado de algún manuscrito, lo que revelaba su terrible urgencia.
Pero la escritura era firme y clara.
La priora Joan hace llegar sus saludos a la señora Adelia,
ayudante del doctor Mansur, de quien ha recibido buenas referencias. La
pestilencia ha estallado entre nosotros y ruego, en nombre de Jesús y de su
santa Madre, que la mencionada señora visite el convento de la bendita Santa
Radegunda para que explique al buen doctor lo que sucede y aconseje cómo
aliviar a las hermanas que sufren. Su estado es muy grave, algunas están al
borde de la muerte.
Una posdata decía:
No se discutirán los honorarios. Todo debe hacerse con
discreción para evitar que cunda la alarma.
Un mozo de cuadra y un caballo esperaban a Adelia en el patio.
—Llevaréis un poco de mi caldo de carne —dijo lady Baldwin—.
Joan no suele alarmarse. Debe ser una situación extrema.
Adelia pensó que, en efecto, debía serlo para que una priora
cristiana pidiera auxilio a un médico sarraceno.
—La enfermera también ha caído —anunció Matilda B. Se lo había
dicho el mozo de cuadra—. La mayoría vomita y caga hasta la consumación. Que
Dios nos ayude, podría ser la peste. ¿No ha sufrido bastante esta ciudad? ¿Por
qué el pequeño Peter no les evita esto a las hermanas?
—No iréis, Adelia —declaró Rowley tratando de salir de la cama.
—Es mi deber.
—Me temo que debe ir —intercedió lady Baldwin—. Pese a todos los
rumores malintencionados, la priora no permitirá que un hombre entre en un
santuario habitado por monjas, salvo que se trate de un sacerdote que vaya a
escuchar su confesión. Si la enfermera ha quedado hors de combat, la señora
Adelia es la mejor opción, una excelente opción. Con un diente de ajo en cada
fosa nasal no sucumbirá.
Dicho lo cual, lady Baldwin salió para preparar su caldo de
carne.
Adelia estaba dando explicaciones e instrucciones a Mansur.
—Oh, mi fiel amigo, debéis cuidar de este hombre, esta mujer y
este niño mientras esté ausente. No debéis permitir que vayan solos a ninguna
parte. El demonio está fuera. Prometedme por Alá que los protegeréis.
—¿Y quién os protegerá a vos, pequeña? Esas santas mujeres no
pondrán objeción ante la presencia de un eunuco.
Adelia sonrió.
—No es un harén. Esas mujeres protegen su templo de los hombres.
Estaré bien.
Ulf se colgó de su brazo.
—Yo puedo ir. No soy un hombre todavía. Allí me conocen. Nunca
he cogido nada.
—Esto tampoco lo cogeréis.
—No iréis —manifestó Rowley crispado, arrastrando a Adelia hacia
la ventana, lejos de los demás—. Es un maldito plan para que estéis
desprotegida. De alguna manera, Rakshasa es parte de él.
Al verlo nuevamente de pie, Adelia recordó cuan grande era y
comprendió lo que significaba un hombre poderoso para los indefensos.
Comprendió también que para Rowley el asesinato de Simón había precedido al
suyo. Ella temía por él tanto como él temía por ella. Era conmovedor y
gratificante, pero había cosas que atender.
Debía indicar a Gyltha qué medicamentos de la mesa tendría que
reemplazar, debía recoger otros de la casa del viejo Benjamín... no tenía
tiempo para él en ese momento.
—Sois el único que ha estado haciendo preguntas —repuso,
suavemente—. Os ruego que cuidéis de vuestra persona y de mi gente. En este
momento sólo necesitáis que os cuiden. Gyltha se ocupará de vos. —Adelia
trataba de separarse de él—. Debéis comprenderlo, mi deber está junto a ellas.
—Por Dios —gritó sir Rowley—, ¿podéis dejar de representar el
papel de doctora por una vez?
«¿Representar el papel de doctora?».
A pesar de que todavía notaba el contacto de su mano, Adelia
sintió que el suelo se quebraba entre los dos. Miró a sir Rowley a los ojos a
través de ese abismo. Para él ella era una agradable criaturita que se engañaba
a sí misma, entreteniéndose, sencillamente, como una solterona que llena su
tiempo mientras espera el momento trascendental para una mujer.
Pero, si así fuera, ¿qué significaba la fila de enfermos que la
aguardaban todos los días? ¿Qué significaba Coker, que podía subir escaleras
para reparar techos? ¿Y qué significaba él —se preguntó asombrada, mirándolo a
los ojos—, que se habría desangrado hasta morir?
Tuvo la absoluta certeza de que jamás se casaría con aquel
hombre. Ella era Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar. Podría ser una persona
solitaria, pero siempre sería doctora.
Se sacudió para librarse de él.
—El paciente puede volver a comer sólido, Gyltha. Estos
medicamentos deben ser reemplazados por otros nuevos —dijo, y se marchó.
Además, necesitaba los honorarios que la priora le había
prometido.
La iglesia de Santa Radegunda y los edificios anexos daban una
impresión engañosa. Construidos al término de la invasión danesa, antes de que
la congregación se quedara sin dinero, el edificio principal del convento, la
capilla y los claustros eran amplios y solitarios y habían conocido el reinado
de Eduardo el Confesor. Estaban apartados del río, ocultos entre los árboles,
para que los largos barcos de los vikingos —que serpenteaban por las aguas poco
profundas de los afluentes del Cam— no pudieran descubrirlos.
Los monjes que lo habitaron habían muerto y el lugar había sido
otorgado a una orden de religiosas.
Edric le contaba todo esto a Adelia mientras, seguidos por
Salvaguarda, cabalgaban hacia una entrada lateral del muro. Las puertas
principales estaban clausuradas para los visitantes.
Al igual que Matilda W., el mozo de cuadra se sentía agraviado
porque el pequeño Peter no hacía su trabajo.
—No da buena impresión ver el convento cerrado, justo cuando
empieza la verdadera temporada de peregrinaciones —señaló—. La madre Joan tiene
motivos para estar molesta.
Edric ayudó a descender a Adelia delante del edificio donde se
encontraban el establo y las casetas de los perros —de todos los edificios
pertenecientes al convento que Adelia había visto, era el único que se conservaba
en buen estado— y señaló un sedero que bordeaba un prado.
—Que Dios os acompañe, señora.
Obviamente, él no lo haría.
Pero Adelia no estaba preparada para aislarse del mundo
exterior. Ordenó al mozo de cuadra que fuera al castillo todas las mañanas:
llevaría los mensajes que ella necesitara enviar, preguntaría cómo estaban sus
amigos y traería la respuesta.
Luego partió con Salvaguarda. El ruido de la ciudad, en la otra
orilla, se desvaneció. Las alondras volaban a su alrededor, su canto surgía
burbujeante. Detrás de ella, los perros de la priora ladraron y un corzo bramó
en algún lugar del bosque que tenía frente a sí.
Recordó que en ese mismo bosque estaba el feudo de sir Gervase.
—¿Es posible controlar esto? —preguntó la priora Joan. Estaba
mas ojerosa que en su último encuentro con Adelia.
—No es la peste y tampoco es tifus, gracias a Dios. Ninguna de
las hermanas tiene una erupción. Creo que es cólera —declaró Adelia. La priora
se puso pálida, por lo que agregó—: Se manifiesta con menos virulencia que en
Oriente, pero es bastante serio. Estoy preocupada por vuestra enfermera y por
la hermana Verónica. —Eran, respectivamente, la más anciana y la más joven del
convento. La hermana Verónica era la monja que se había presentado ante Adelia
como una imagen de gracia imperecedera mientras rezaba sobre el relicario del
pequeño Peter.
—Verónica. —La priora parecía angustiada, y eso le causó buena
impresión a Adelia—. La más dulce de todas, que Dios se apiade de ella. ¿Qué
debemos hacer?
¿Qué se debía hacer, en efecto? Adelia miró consternada hacia el
otro lado del claustro, donde, más allá de las columnas del corredor, se erigía
lo que parecía un enorme palomar, con dos filas de diez arcos sin puertas; cada
uno de ellos daba a una celda de menos de cuatro pies de ancho donde las monjas
estaban postradas. No había enfermería. El título de enfermera parecía ser una
denominación honorífica que recaía en la anciana hermana Odilia, sencillamente
porque era entendida en hierbas. Tampoco tenían salón. De hecho, no había
ningún aposento que las monjas pudieran compartir.
—Los monjes que vivían originalmente en este convento eran
ascetas y preferían la privacidad de las celdas individuales —señaló la priora,
advirtiendo el gesto de Adelia—. Las hemos conservado porque hasta el momento
no hemos tenido dinero para reformar nada. ¿Podréis arreglároslas?
—Necesitaré ayuda.
Ya era suficientemente difícil cuidar por sí sola a veinte
mujeres gravemente enfermas, con diarrea y vómitos, en una sala. Pero tener que
ir de una celda a otra, subiendo y bajando por los peldaños fatídicamente
estrechos y sin pasamanos terminaría por aniquilar a la encargada de dispensar
los cuidados.
—Me temo que los sirvientes huyeron ante la mención de la peste.
—De ningún modo queremos que regresen —advirtió Adelia con
firmeza.
Un vistazo al edificio del convento sugería que aquellos que
debían mantenerlo en orden habían permitido que reinara la negligencia mucho
antes de que se desatara la enfermedad, incluso ese abandono bien podría ser su
causa.
—¿Puedo preguntaros si compartís vuestras comidas con las demás
religiosas?
—¿Y qué tiene eso que ver, señora?
La priora estaba ofendida, como si Adelia estuviera acusándola
de no cumplir con su deber.
Y de algún modo así era. Recordaba que la madre Ambrosia se
ocupaba de la correcta alimentación del cuerpo y del espíritu cuando presidía
la mesa en el inmaculado refectorio de San Jorge, en el que todas las comidas
estaban acompañadas por la lectura de un pasaje de la Biblia y donde la falta
de apetito de una monja podía ser detectada para actuar en consecuencia. Pero
Adelia no quería una confrontación tan temprana y aclaró:
—Podría estar relacionado con el envenenamiento.
—¿Envenenamiento? ¿Estáis sugiriendo que alguien trata de
matarnos?
—No de manera deliberada, pero sí accidentalmente. El cólera es
una forma de envenenamiento. Y dado que parecéis estar libre de él...
La expresión de la priora sugería que comenzaba a arrepentirse
de haber llamado a Adelia.
—Da la casualidad de que tengo mis propios aposentos y
habitualmente estoy demasiado ocupada con los asuntos del convento, por lo que
no puedo comer con las hermanas. La semana pasada estuve en Ely, consultando al
abad sobre... temas religiosos.
Comprando uno de los caballos del abad, eso había dicho Edric,
el mozo de cuadra.
La priora Joan continuó.
—Os sugiero limitar vuestra curiosidad al asunto que tenemos
entre manos. Decidle a vuestro doctor que no hay envenenadores aquí, y en el
nombre de Dios, preguntadle qué debemos hacer.
Lo que debían hacer era pedir ayuda. Lo que enfermaba a las
monjas no estaba en el aire del convento, aunque el lugar era frío, húmedo y
olía a podrido. Adelia regresó hasta las casetas de los perros y ordenó a Edric
que fuera a buscar a las Matildas. Llegaron junto con Gyltha.
—El chico está a salvo en el castillo con sir Rowley y Mansur
—anunció cuando Adelia la reprendió—. Creo que me necesitáis más que ellos.
Eso era indudable, aunque peligroso para todos.
—Os agradeceré que estéis aquí durante el día —explicó Adelia a
las tres mujeres—. No debéis pasar la noche en este lugar porque mientras dure
la pestilencia no podréis comer la comida del convento ni beber su agua. Os
exijo que sea así. En el claustro habrá cubos con brandy y después de tocar a
las monjas, sus bacinillas o cualquier cosa que les pertenezca, debéis usarlo
para lavaros las manos.
—¿Con brandy?
—Con brandy.
Adelia tenía su propia teoría respecto a enfermedades como la
que aquejaba a las monjas. Como tantas de sus teorías, difería de Galeno u
otras en boga. Creía que la diarrea, en casos como aquél, era el intento del
cuerpo de liberarse de una sustancia que no podía tolerar. De alguna manera el
veneno había entrado en el cuerpo, ergo, de alguna manera saldría de él. A
menudo el agua estaba contaminada —como ocurría en las zonas más pobres de
Salerno, donde la enfermedad estaba siempre presente— y por eso consideró que
era la fuente original del veneno hasta que no se probara lo contrario. Dado
que cualquier destilado, en este caso el brandy, solía evitar la putrefacción
de las heridas, también podría actuar sobre cualquier veneno procedente del
cuerpo que estuviera en contacto con las manos de una enfermera, impidiendo el
contagio.
Ése era el razonamiento de Adelia, y actuaba en consecuencia.
—¿Mi brandy? —protestó la priora al ver que el tonel de su
sótano se vertía en dos cubos.
—El doctor insiste en que lo hagamos —repuso Adelia, simulando
que Edric traía del castillo mensajes con instrucciones de Mansur.
—Deberíais saber que es el mejor brandy español —alegó Joan.
—Aún más a mi favor.
Se hallaban en la cocina. Adelia tenía ventaja sobre la priora,
sospechaba que nunca había entrado allí. El lugar era oscuro y estaba lleno de
alimañas. Varias ratas habían huido al verla entrar y Salvaguarda había aullado
tras ellas con un entusiasmo que su ama no le conocía. Las paredes de piedra
estaban impregnadas de grasa. Las hendiduras de la mesa tocinera eran visibles
incluso con los recipientes desparramados y llenos de mugre. Había un leve olor
a rancio. Las ollas, que colgaban de ganchos, rezumaban suciedad y restos de
comida, las latas de harina estaban descubiertas y se intuía movimiento en su
interior; lo mismo podía decirse de los tanques abiertos con agua para cocinar.
Adelia se preguntaba en cuál de ellos habrían hervido el cadáver del pequeño
Peter y si lo habrían lavado después. Hebras de carne colgaban de un cuchillo,
hediondas como pus. Después de olerlas miró a la priora.
—¿Decís que no hay aquí un envenenador? Vuestras cocineras
deberían ser arrestadas.
—Tonterías —sentenció la priora—. Un poco de suciedad jamás ha
hecho daño a nadie. —Pero sujetó el collar de su mascota para que dejara de
lamer un mejunje irreconocible pegado a una fuente que estaba en el suelo—. No
pago al doctor Mansur para que su subordinada espíe el lugar, sino para que mis
monjas se curen.
—El doctor Mansur sostiene que tratar el lugar es tratar al
paciente.
Adelia no estaba dispuesta a ceder. Había administrado una
pildora de opio a las monjas que estaban más graves para aliviar sus
retortijones, y aparte de lavar a las otras y darles sorbos de agua hervida
—algo que ya había encargado a Gyltha y Matilda W.— poco más podía hacerse por
las enfermas hasta que la cocina estuviera en condiciones de ser utilizada.
Miró a Matilda B. para encargarle su hercúlea tarea.
—¿Podéis hacerlo, pequeña? ¿Limpiaréis estos establos de Augea?
—¿También guardaban aquí los caballos? —preguntó Matilda B.
mientras se arremangaba.
—Es muy probable.
Adelia salió a inspeccionar; la resentida priora la siguió. En
el refectorio, una vitrina contenía frascos etiquetados que demostraban el
conocimiento que la hermana Odilia tenía sobre las hierbas. También encontró
una enorme provisión de opio, excesiva en opinión de la doctora, que,
conociendo el poder de la droga, mantenía oculta una dosis mínima ante la
eventualidad de un robo.
La doctora comprobó que el agua del convento era potable. El
terreno estaba coloreado por la turba, pero el agua pura que brotaba de las
capas inferiores corría por un conducto a través de los distintos edificios del
convento. Primero abastecía a la cocina, antes de pasar por el lugar donde se
preparaban las conservas de pescado, situado en el exterior; luego iba a la
lavandería y a la pila, y seguía su curso a lo largo de un práctico declive
pasando bajo un largo banco con múltiples agujeros —el excusado— en el edificio
anexo. El banco estaba bastante limpio, aunque nadie había cepillado el albañal
desde hacía semanas. Un trabajo que Adelia reservaba a la priora. No había
razón alguna para que se lo encargara a Gyltha o a las Matildas.
Pero eso quedaría para más tarde. Habiendo hecho lo posible para
que la condición de sus pacientes no empeorara, Adelia orientó su energía a
salvar sus vidas.
El prior Geoffrey acudió a salvar sus almas. Un gesto que le
honraba, considerando la enemistad existente entre él y la priora. Y que además
demostraba su valentía, habida cuenta de que el sacerdote que habitualmente oía
en confesión a las religiosas se había negado a asistirlas, enviando una carta
con una absolución general para cualquier pecado que pudiera surgir.
Llovía. El agua surgía a chorros de las gárgolas, desde el techo
del corredor del claustro hacia el jardín descubierto del centro. La priora
Joan recibió al prior y se lo agradeció con rígida cortesía. Adelia llevó su
capa mojada a la cocina para que se secara.
Cuando regresó, el prior Geoffrey estaba solo.
—Pobre mujer. Cree que trato de robarle los huesos del pequeño
Peter aprovechándome de su situación.
—¿Estáis bien, prior? —preguntó Adelia, contenta de verlo.
—Muy bien —repuso, guiñándole un ojo—. Por ahora todo funciona
correctamente.
Estaba más delgado, su aspecto era más saludable. Eso la
tranquilizó y también la misión que había traído al prior al convento.
—Los pecados parecen ser insignificantes, salvo para ellas
—explicó la doctora, refiriéndose a las monjas. En los momentos más terribles,
cuando se creían al borde de la muerte, había escuchado las razones por las
cuales la mayoría de sus pacientes se sentían merecedoras del pavoroso fuego
del infierno—. La hermana Walburga se había comido un trozo del embutido que
llevaba a las anacoretas, pero a juzgar por su aflicción se diría que la mujer
era una combinación de jinete del Apocalipsis y meretriz de Babilonia.
De hecho, Adelia ya había desestimado las acusaciones del
hermano Gilbert en relación con la conducta de las monjas. Un médico conocía
muchos secretos de un paciente gravemente enfermo y ella había descubierto que
esas mujeres podían ser chapuceras, indisciplinadas, en su mayoría iletradas
—defectos que ella adjudicaba a la negligencia de su priora—, pero no
inmorales.
—Se reconciliará a través de Cristo —dijo solemnemente el prior
Geoffrey.
Cuando terminó de confesar a las monjas de la planta baja, ya
había oscurecido. Adelia lo esperaba delante de la celda de la hermana
Verónica, al final de la fila, para iluminarle el camino hacia las celdas
superiores.
—He dado a la hermana Odilia la extremaunción —anunció el
religioso.
—Prior, aún tengo esperanzas de salvarla.
El religioso le dio una palmada en el hombro.
—No lo creo, salvo que pudierais realizar milagros, hija. —El
prior miró hacia la celda que acababa de abandonar—. Temo por la hermana
Verónica.
—Yo también.
La joven monja estaba más enferma de lo esperado.
—La confesión no ha aliviado a esa niña del sentimiento de haber
pecado —manifestó el prior Geoffrey—. Ésa es, posiblemente, la cruz que cargan
las almas puras como la suya. Temen demasiado a Dios. Para Verónica, la sangre
de nuestro Señor todavía está húmeda.
Adelia acompañó al prior mientras subía, quejoso, los peldaños,
resbaladizos a causa de la lluvia. Entonces regresó hasta la celda de Odilia.
La enfermera llevaba días tendida en la cama. Con sus manos nudosas, teñidas de
turba, se esforzaba por apartar las sábanas. Adelia volvió a cubrirla, secó el
óleo que le resbalaba por la frente y trató de que comiera un poco de la
gelatina de ternera de Gyltha. La anciana apretó los labios.
—Os fortalecerá —rogó Adelia. No era una buena señal. El alma de
Odilia quería liberarse de su cuerpo vano y exhausto. Sentía que dejarla era
una deserción, pero Gyltha y las Matildas, contra su voluntad, se habían
marchado y sólo quedaban ella y la priora para alimentar a las religiosas.
Walburga —a quien Ulf llamaba la hermana Gordi, pero que ya no
lo era tanto— dijo:
—Dios me ha perdonado. Alabado sea el Señor.
—Sabía que lo haría. Ahora, abrid la boca.
Pero después de unas cucharadas, la monja volvió a demostrar
preocupación.
—¿Quién alimentará a nuestras anacoretas? Es un pecado comer si
ellas pasan hambre.
—Hablaré con el prior Geoffrey. Abrid la boca. Una por el Padre,
muy bien, otra por el Espíritu Santo...
La hermana Agatha, que ocupaba la celda contigua, tuvo otra
recaída después de comer tres cucharadas.
—No os preocupéis —aseguró, secándose la boca—. Me sentiré mejor
mañana. ¿Cómo están las demás? Decidme la verdad.
Adelia sentía simpatía por Agatha, la monja que había tenido el
valor suficiente —¿o la suficiente embriaguez?— para provocar al hermano
Gilbert en la fiesta de Grantchester.
—La mayoría están mejor—respondió Adelia. Aunque luego, al
advertir la mirada socarrona de Agatha, agregó—: Pero la hermana Odilia y la
hermana Verónica no están tan bien como desearía.
—Oh, no, Odilia —exclamó Agatha con apremio—. Es un alma noble.
María, Madre de Dios, intercede por ella.
¿Y Verónica? ¿No pedía que intercediera por ella? La omisión era
extraña. Lo mismo había sucedido con sus otras compañeras. Sólo Walburga, que
tenía casi su misma edad, se había interesado por ella.
Tal vez la belleza y la juventud de Verónica les provocaran
celos, así como el hecho de que fuera, obviamente, la favorita de la priora.
En efecto, era la favorita. El dolor que Adelia había visto en
el rostro de Joan cuando presenciaba el sufrimiento de Verónica hablaba de su
gran amor por ella. La doctora se había convertido en una persona sensible a
todas las expresiones de amor y sentía sincera compasión por la priora. Se
preguntaba si la energía que dedicaba a la caza era una manera de desviar esa
pasión, dado que —por ser una monja, y además la superiora— la culpa debía
desgarrarla.
¿La hermana Verónica sabía que era objeto de deseo?
Probablemente no. Como dijera el prior Geoffrey, la sutileza de esa joven
sugería una vida espiritual que no poseía el resto de la congregación.
Sin embargo, las otras monjas debían de saberlo. La joven no se
quejaba, pero los moretones visibles en su piel indicaban que había recibido
castigos corporales.
El prior había terminado su recorrido por las celdas. Adelia le
pidió que se lavara las manos con brandy. El procedimiento le desconcertó.
—Habitualmente el interior de mi cuerpo se beneficia de él. No
obstante, acataré cualquier cosa que vos ordenéis.
La doctora le alumbró el camino hacia la puerta, donde un mozo
de cuadra lo esperaba junto a los dos caballos.
—Un sitio siniestro —comentó, demorando su partida—. Tal vez se
deba a su arquitectura o a los monjes bárbaros que lo construyeron, pero
siempre que estoy aquí siento la presencia del maligno en lugar de santidad. Y
esta vez no me refiero a la priora Joan. Y la disposición de esas celdas... —El
prior hizo una mueca de asco—. Me resisto a dejaros aquí, con tan poca
asistencia.
—Tengo a Gyltha y a las Matildas —contestó Adelia—. Y a
Salvaguarda, por supuesto.
—¿Gyltha está con vos? ¿Cómo es que no la he visto? Entonces, no
debo preocuparme. Esa mujer puede disipar las fuerzas de la oscuridad con una
sola mano.
El prior le dio su bendición. El mozo de cuadra cogió de sus
manos la caja con los sagrados óleos, la colocó en la bolsa de su montura,
ayudó, no sin esfuerzo, al religioso a subir al caballo y ambos partieron.
Había dejado de llover, pero las nubes ocultaban la luna, en
aquel momento llena. Durante unos minutos Adelia se quedó escuchando el sonido
de los cascos mientras se disipaban en la oscuridad. No le había contado que
Gyltha no se quedaba en el convento por la noche, y que precisamente por las
noches tenía miedo.
—Siniestro —repitió en voz alta—. Incluso el prior lo percibe.
Luego regresó al claustro, pero dejó abierto el portón. Nada
había fuera que la asustara más que el convento mismo. No había aire, mucho
menos luz divina, no había ventanas ni siquiera en la capilla, sólo saeteras
abiertas en las toscas paredes de piedra, prueba de que habían sido construidas
para resistir la barbarie.
Pero la barbarie había entrado. En la cripta de la capilla,
horrorosamente antigua y estrecha, se habían esculpido escenas en las que
dragones y lobos se atacaban mutuamente en medio de figuras humanas. Las
volutas del altar rodeaban una silueta con los brazos en alto, Lázaro tal vez,
aunque a la luz de las velas adquiría una apariencia demoníaca. El decorativo
follaje que rodeaba los arcos de las celdas imitaba un tupido bosque; la hiedra
se enredaba en los contrafuertes.
Por la noche, sentada junto al catre de una monja, Adelia, que
no creía en el demonio, se descubrió tratando de percibir su presencia. Oyó el
grito de un buho a modo de respuesta. Para la doctora, y para el prior
Geoffrey, los veinte enormes agujeros —diez abajo, diez arriba— donde estaban
confinadas las monjas acentuaban la barbarie.
La llamaron desde otra celda. Recorrió valerosamente los
peldaños oscuros y siniestros y la estrecha cornisa que conducía hasta allí.
Durante el día, cuando Gyltha y las Matildas regresaban,
trayendo con ellas el bullicio y el sentido común, se permitía descansar una o
dos horas en los aposentos de la priora, pero incluso entonces el oprobio de
esas dos filas de celdas —semejantes a tumbas de trogloditas— se infiltraba en
sus sueños. Esa noche, mientras caminaba por el claustro para examinar cómo
estaba la hermana Verónica, la luz de su farol iluminó las horribles cabezas
que coronaban los capiteles de las columnas. Le parecieron seres animados que
le hacían muecas. Se sintió feliz de tener a Salvaguarda a su lado.
Verónica se sacudía en su catre, disculpándose con Dios por no
haber muerto.
—Perdonadme, Señor, por no estar con vos. Mis pecados no deben
provocar vuestra ira porque iría hacia vos si pudiera...
—Qué tontería —rechazó Adelia—. Dios está absolutamente conforme
con vos y desea que estéis viva. Abrid la boca, tengo un poco de deliciosa
gelatina de pierna de cordero.
Pero Verónica, como Odilia, no comió. Finalmente Adelia le dio
media pastilla de opio y se quedó junto a ella hasta que surtió efecto. Su
celda era la más sencilla. El único ornamento era una cruz, como los crucifijos
que todas las monjas tenían en la pared, urdida con mimbre.
En algún lugar de los pantanos resonó el canto de un avetoro.
Fuera, el agua goteaba sobre la piedra con exasperante regularidad. Oyó que la
hermana Agatha vomitaba en su celda, un poco más adelante, y fue hacia allá.
Para vaciar la bacinilla era necesario salir del claustro. Una
nube que se desplazaba permitió que el resplandor de la luna alumbrara su
regreso. Adelia vio la figura de un hombre junto a uno de los pilares del
corredor.
Cerró los ojos.
Luego volvió a abrirlos y siguió adelante.
Era una ilusión, producto de las sombras y el brillo de la
lluvia. Allí no había hombre alguno. Puso la mano en la columna y se recostó
sobre ella un instante, respirando agitadamente. La silueta que había
distinguido tenía cuernos. Salvaguarda no parecía haberlo detectado, pero rara
vez distinguía algo.
«Estoy agotada», se dijo.
Desde la celda de Odilia se oyó el grito agudo de la priora
Joan.
Después de rezar sus oraciones, Adelia y la priora envolvieron
el cuerpo de la enfermera en una sábana y lo llevaron a la capilla. Lo
depositaron en un improvisado catafalco, fabricado con dos mesas cubiertas por
un lienzo, y encendieron velas que colocaron en la cabecera y a los pies.
La priora comenzó a cantar un réquiem. Adelia regresó a las
celdas para quedarse junto a Agatha. Todas las monjas estaban dormidas, lo que
agradeció. No se enterarían de la muerte de su compañera hasta que fuera de día
y para entonces estarían en mejores condiciones. ¿Llegaría alguna vez la mañana
a ese horrible lugar? «Un sitio siniestro», había dicho el prior.
El eco lejano de la firme voz de contralto que llegaba desde la
capilla no sonaba como un réquiem cristiano, sino como el lamento por un
guerrero caído. ¿Había sido la muerte de Odilia o algún elemento presente en la
piedra lo que había invocado a la figura con cuernos en el claustro?
Fatiga, volvió a decirse Adelia. Estaba cansada.
Pero la imagen perduraba y para librarse de ella apeló a su
imaginación. La reemplazó por otra, más voluminosa, divertida, infinitamente
más amada: Rowley apareció allí para reemplazar el horror. Con la reconfortante
presencia de ese custodio, Adelia se durmió.
La hermana Agatha murió la noche siguiente.
«Sencillamente su corazón parece haber dejado de latir», fueron
las palabras de Adelia en un mensaje que envió al prior Geoffrey. «Estaba
mejorando. No lo esperaba».
Y la doctora había llorado por eso.
Con un poco de descanso y la comida de Gyltha, las demás monjas
se recuperaron con rapidez.
Verónica y Walburga, las más jóvenes, estuvieron levantadas y
atareadas antes de lo que Adelia habría deseado, aunque era difícil resistirse
a su entusiasmo.
No obstante, no era sensato que insistieran en cumplir con su
deber de aprovisionar a las olvidadas anacoretas, especialmente porque para
llevarles suficiente cantidad de alimentos y turba eran necesarios dos botes, y
cada monja debía impulsar el suyo.
Adelia apeló a la priora Joan para que les prohibiera hacer
esfuerzos. Aún estaba agotada, y lo hizo sin tacto.
—Todavía son mis pacientes. No puedo permitirlo.
—Todavía son mis monjas. Y las anacoretas, mi responsabilidad.
Cada cierto tiempo, la hermana Verónica, especialmente, necesita la libertad y
la soledad que encuentra entre ellas. Siempre que lo ha solicitado, se lo he
concedido.
—El prior Geoffrey me prometió que abastecería a las anacoretas.
—Prefiero no opinar sobre las promesas del prior Geoffrey.
No era la primera vez, ni la segunda ni la tercera que Joan y
Adelia se enfrentaban. La priora, consciente de que sus múltiples ausencias
habían llevado al convento y a sus monjas al borde de la ruina, trataba
involuntariamente de conservar su autoridad oponiéndose a Adelia.
Habían discutido acerca de Salvaguarda. La priora decía que
apestaba, lo cual era cierto, pero no más que los lugares donde vivían las
monjas. Habían discutido acerca de la administración del opio; la priora había
decidido adoptar el criterio de la Iglesia.
—Dios nos envía el dolor, sólo Dios puede librarnos de él.
—¿Quién lo dice? ¿Qué pasaje de la Biblia afirma tal cosa?
—había preguntado Adelia.
—Me han dicho que esa droga crea dependencia. Se crearán el
hábito de tomarla.
—No lo harán. No saben qué están tomando. Es una solución
temporal, un soporífero para aliviar el dolor.
Tal vez porque había ganado esa discusión, perdió esta otra. Las
dos monjas obtuvieron el permiso de su priora para llevar provisiones a las
eremitas. Adelia comprendió que ya no podía hacer más por ellas y abandonó el
convento dos días más tarde.
El mismo día en que los tribunales superiores comenzarían la
vista en Cambridge.
Para cualquier persona el bullicio hubiera sido molesto, pero
para Adelia, que había estado rodeada de silencio, era un azote. La caminata
desde el convento fue ardua. Había recorrido el camino cargando la pesada bolsa
con los medicamentos. Sólo quería llegar a la casa del viejo Benjamín y
descansar, pero la multitud que contemplaba el desfile la detuvo en Bridge
Street.
Al principio le costó comprender quiénes eran esos visitantes.
Los músicos de librea que montando sus caballos hacían sonar trompetas y batían
tamboriles la llevaron de regreso a Salerno, a la semana que precedía al
Miércoles de Ceniza, cuando el carnevale llegaba a la ciudad pese a todos los
esfuerzos de la Iglesia para evitarlo.
Pasaron más tambores, y pertigueros, con trajes muy ornamentados
y grandes mazas doradas sobre los hombros. Y, Santo Cielo, obispos con mitra y
abades sobre caballos adornados, algunos de ellos saludando. Y un comediante
que hacía el papel de verdugo con capucha y hacha...
Luego supo que el verdugo no era un comediante. No había
acróbatas ni osos adiestrados. Los tres leopardos, símbolo de los Plantagenet,
estaban bordados por doquier. Los hermosos palanquines llevados por hombres
vestidos con tabardos transportaban a los jueces que el rey había enviado para
poner a Cambridge en su balanza, y si Rowley estaba en lo cierto, quedaría
desequilibrada.
No obstante, la gente los aclamaba. Estaba ávida de
entretenimiento, y parecía que los juicios, las multas y las sentencias por
venir podían proporcionárselo.
Apabullada por el alboroto, Adelia vio de pronto a Gyltha
abriéndose paso entre la muchedumbre desde el otro lado de la calle, con la
boca abierta, como si también ella estuviera ovacionando el desfile. Pero nada
más lejos.
«Oh, Dios Todopoderoso, no permitas que lo diga, ni siquiera que
lo pronuncie», rogó Adelia.
Gyltha corrió hacia la calzada. Un jinete se vio obligado a
frenar su caballo. Maldijo y llevó hacia un lado a su tembloroso corcel para no
pisotearla. Ella hablaba, miraba, se aferraba a la gente. Ya estaba cerca.
Adelia retrocedió para eludirla, pero era imposible no oír sus gritos.
—¿Alguien ha visto a mi muchacho?
Gyltha podría haber sido ciega. Se colgó de la manga de Adelia
sin reconocerla.
—¿Has visto a mi niño? Se llama Ulf. No lo encuentro.
Capítulo 14
Se sentó a orillas del Cam, en el mismo lugar y sobre el mismo
cubo que había usado Ulf mientras pescaba. Miraba el rio. Sólo eso. Atrás
quedaban las calles bulliciosas y agitadas. En parte por la llegada de los
jueces, y en parte debido a la búsqueda de Ulf. La propia Gyltha, Mansur, las
dos Matildas, los pacientes de Adelia, los clientes de Gyltha, los vecinos, los
jueces locales, y otros, simplemente preocupados, todos buscaban a Ulf con
creciente desesperación.
—El chico estaba inquieto en el castillo y quería ir a pescar
—le explicó Mansur a Adelia, imperturbable, casi rígido—. Fui con él. Entonces
la gordita —se refería a Matilda B.— me llamó desde la casa para que arreglara
la pata de una mesa. Cuando volví a salir, ya no estaba. —Mansur se negaba a
mirarla, lo que revelaba su profundo disgusto—. Decidle a la mujer que lo
siento.
Gyltha no lo había culpado, no culpaba a nadie. El terror era
tan grande que no podía mudarse en ira. Su cuerpo tenía el aspecto marchito de
una mujer más mucho más pequeña y anciana, pero no estaba dispuesta a quedarse
quieta. Ella y Mansur ya habían vadeado el río en ambas direcciones, preguntado
a cuanta persona entontraron, y saltado a los botes para descubrir cualquier
cosa que pudieran ocultar. Ese día interrogarían a los mercaderes que se
apostaban junto al gran puente.
Adelia no fue con ellos. Toda la noche estuvo junto a la ventana
del solar, observando el río. Cuando amaneció, se sentó en el lugar de Ulf,
donde continuó observando, dominada por un dolor terrible y paralizante, aunque
en cualquier caso nada le hubiera apartado de allí. «Es el río», había dicho
Ulf y ella se repetía una y otra vez esa frase porque, si dejaba de escucharla,
le oiría gritar.
Rowley se abrió paso ruidosamente entre los juncos y llegó
renqueando hasta Adelia para convencerla de que abandonara ese lugar. Trató de
convencerla, la sostuvo entre sus brazos. Aparentemente quería que fuera al
castillo, donde se requería su presencia, ocupado como estaba con los
tribunales. Continuamente mencionaba al rey. Ella apenas lo oía.
—Lo siento —repuso Adelia—, pero debo permanecer aquí. Es el
río. El río se los lleva.
—¿Cómo puede llevárselos el río?
Rowley le habló suavemente. Creía que estaba loca, y por
supuesto, así era.
—No lo sé —respondió la doctora—. Debo quedarme aquí hasta que
lo averigüe.
Rowley insistía. Ella lo amaba, pero no lo suficiente como para
ir con él. Estaba bajo el influjo de un amor diferente, más imperioso.
—Volveré —anunció finalmente Rowley.
Adelia asintió y apenas advirtió su partida.
Era un hermoso día, soleado y cálido. Desde los botes, la gente
—enterada de lo ocurrido— gritaba palabras de aliento a la mujer sentada en la
orilla sobre un cubo, con un perro a su lado.
—No te preocupes, tesoro. Seguramente está jugando en algún
lugar. Volverá, como la falsa moneda.
Otros apartaban sus ojos de ella y permanecían en silencio.
Adelia no los veía, no los oía. Veía el pequeño cuerpo de Ulf,
flacucho y desnudo, luchando por librarse de las manos de Gyltha cuando se
disponía a dejarlo caer en el agua para bañarlo.
«Es el río».
Tomó la decisión cuando, al atardecer, vio que la hermana
Verónica y la hermana Walburga pasaban en su bote. Walburga la reconoció y remó
hacia la orilla.
—Seguramente nos echaréis un sermón, señora. Ocurre que las
provisiones que envió el prior no bastaban para alimentar a un gato y debemos
volver río arriba para llevar más. Pero nos sentimos fuertes otra vez, ¿verdad,
hermana? Fuertes por la gracia de Dios.
La hermana Verónica parecía preocupada.
—¿Qué os sucede, señora? Se os ve cansada.
—No me sorprende —declaró Walburga—, está cansada por haber
cuidado de nosotras. Es un ángel. Dios la bendiga.
«Es el río».
Adelia se puso de pie.
—Iré con vosotras, si me lo permitís.
Complacidas, las monjas la ayudaron a subir al bote y la
sentaron en la bancada de popa, con las rodillas flexionadas tocando el mentón
y los pies apoyados en una jaula con gallinas. Se rieron cuando Salvaguarda, al
que llamaban «viejo apestoso», se dispuso a seguirlas, contrariado, por el
camino de sirga.
Las religiosas le contaron que la priora Joan estaba proclamando
al mundo entero que el pequeño Peter había resurgido: muchas de sus monjas
habían estado enfermas, pero sólo dos habían muerto y una de ellas era muy
anciana. El santo había sido sometido a prueba y había cumplido.
Las dos monjas se turnaban para impulsar el bote con una
frecuencia que ponía de manifiesto que aún no habían recuperado toda su
energía, pero no le daban importancia.
—Fue más difícil ayer —explicó Walburga— porque cada una llevaba
su bote. Pero el Señor nos infundió su fortaleza.
Walburga indicó que podía seguir un trecho más antes de
descansar. Con todo, los movimientos de Verónica —más gráciles y menos
esforzados— delinearon una encantadora figura mientras los delgados brazos
presionaban el mástil y lo levantaban casi sin salpicar a sus compañeras de
viaje.
Pasaron por Trumpington, por Grantchester...
Estaban en un lugar del río que la expedición formada por
Adelia, Ulf y Mansur no había explorado. Las aguas se dividían: hacia el sur
seguía el Cam; desde el este recibía un afluente. El bote se dirigió hacia el
este.
Walburga, que estaba remando, respondió a la pregunta de Adelia,
la primera que formulaba.
—Éste es el Granta, el que nos lleva a las anacoretas.
—Y a casa de vuestra tía —añadió Verónica, sonriendo—. También
nos lleva a la casa de vuestra tía, hermana.
En el rostro de Walburga apareció una sonrisa.
—Así es. Se sorprenderá de verme dos veces en una semana.
El paisaje allí era distinto. Una extensión de tierras altas y
planas donde la hierba firme y árboles más grandes reemplazaban a los juncos y
los alisos. A la luz del ocaso, Adelia distinguió setos y cercas en lugar de
diques. La luna, una tenue lámina redondeada en el cielo del atardecer,
comenzaba a delinearse con nitidez.
Salvaguarda empezó a renquear. Verónica propuso que la pobre
criatura viajara con ellas. Cuando las gallinas dejaron de protestar por su
presencia, el silencio fue interrumpido sólo por los últimos gorjeos de los
pájaros.
Walburga guio el mástil hacia una ensenada desde la cual partía
el sendero que llevaba a la granja de su tía. Mientras avanzaba torpemente por
él, dijo:
—No carguéis todo sola, hermana. Dejad que los mayores os
ayuden.
—Lo harán.
—¿Podréis conducir el bote de regreso por vos misma?
Verónica asintió y sonrió. Walburga hizo una reverencia a
Adelia, se despidió y se fue.
El Grama se hacía más estrecho y oscuro a medida que serpenteaba
por un valle. En ocasiones las ramas de las hayas caían hasta el agua y la
monja tenía que agacharse para esquivarlas. Verónica se detuvo para encender un
farol, que puso a sus pies, con el que logró iluminar aproximadamente un par de
metros las oscuras aguas que tenían delante, donde se reflejaban los ojos
verdes de algunos animales que las miraban antes de perderse entre la maleza.
Cuando dejaron atrás los árboles pudieron ver nuevamente la
luna, que plateaba un paisaje blanco y negro de setos y pasturas. Verónica
impulsó el bote hacia la orilla izquierda.
—Final del viaje, alabado sea el Señor.
Adelia miró hacia delante y señaló una enorme elevación a lo
lejos que terminaba en una planicie.
—¿Qué es eso?
Verónica se giró para mirar.
—¿Allí? Eso es Wandlebury Ring.
Por supuesto, eso era.
Una estrella diminuta y titilante parecía haberse posado en la
cima de la colina. Su brillo era intermitente y por momentos se volvía
invisible. Adelia se movió para que Verónica levantara la jaula de gallinas que
estaba debajo de sus piernas.
—Esperaré aquí —dijo.
La monja la observó con recelo. Luego miró las canastas que aún
estaban en el bote y que debía transportar hasta las invisibles ermitas.
—¿Podéis dejar el farol aquí? —preguntó Adelia.
La hermana Verónica ladeó la cabeza.
—¿Tenéis miedo de la oscuridad?
Adelia meditó sobre la pregunta.
—Sí.
—Quedáoslo entonces. Que el Señor os proteja. Regresaré lo más
pronto posible.
La monja cargó un costal sobre el hombro, aferró la jaula con la
otra mano y partió por el sendero iluminado por la luna en dirección a los
árboles.
Adelia esperó a que se alejara, luego puso a Salvaguarda en la
orilla, cogió el farol, lo alzó para comprobar que la llama de la vela era
vigorosa, y comenzó a caminar.
Durante un rato, el río y el sendero que lo bordeaba
serpentearon en la dirección que ella quería seguir, pero después de una milla
tal vez, comprendió que ese rumbo la alejaría hacia el sur. Abandonándolo,
caminó hacia el este en línea recta, como un cuervo, aunque un pájaro no
tendría que sortear los obstáculos con los que se topó Adelia: extensos
zarzales, lomas y hondonadas, resbaladizos a causa de la lluvia reciente;
cercas que no siempre era posible atravesar de un salto o reptando por debajo
de ellas.
Si desde Wandlebury Ring alguna persona hubiera observado las
vueltas con que intentaba sortear esos obstáculos, habría visto una luz
minúscula y errática en medio de la oscuridad del campo que deambulaba sin
rumbo aparente. Una luz que desaparecía ocasionalmente: cuando ella caía y
trataba torpemente de evitar que el farol se golpeara contra el suelo y se
apagara.
Salvaguarda, a su lado, esperaba hasta que Adelia volvía a
ponerse de pie. De vez en cuando un ciervo o un zorro se cruzaban a toda
velocidad en su camino, sorprendiéndola, porque no los había oído. El sonido de
sus propios sollozos —que no eran producto de la pena o el cansancio, sino del
esfuerzo— le impedía oír cualquier otra cosa.
No obstante, si en Wandlebury Ring había un observador, notaría
que a pesar de su trayectoria caprichosa la pequeña luz se acercaba.
Y Adelia, avanzando afanosamente por su valle de sombras, veía
que la colina crecía lentamente hasta llenar todo el paisaje que tenía delante.
La estrella ya no emitía una luz intermitente, sino un resplandor sostenido.
Estuvo a punto de vomitar, disgustada por su propia estupidez.
«¿Por qué no vine directamente a este lugar? Los cuerpos de los
niños me lo dijeron. Cal, dijeron. Donde nos mataron había cal. El río me ha
obnubilado. Pero el río conduce a Wandlebury Ring. Debí haberme dado cuenta».
Con el cuerpo arañado y ensangrentado, renqueando, aunque con el
farol todavía encendido, trepó hasta una superficie plana, para descubrir que
era el mismo lugar —la calzada romana— donde una vez el prior Geoffrey había
gritado a todo el que quisiera oírlo que no podía orinar.
El lugar estaba desierto. Era tarde; la luna estaba alta. Pero
Adelia no tenía noción del tiempo. No existía el pasado y las personas que lo
habitaron. No existía un chico llamado Ulf. Había dejado de verlo y oírlo. Sólo
había una colina y debía llegar hasta la cima. Seguida por el perro, subió por
el empinado sendero sin recordar la primera vez que lo recorrió. Sólo sabía que
debía ir por ese camino.
Cuando llegara a la cima, tendría que buscar la luz
intermitente. La desconcertaba que ya no fuera visible. «Oh, Dios, no permitas
que se apague». En la oscuridad, en esa enorme sucesión de montículos, jamás
encontraría el lugar.
De pronto la vio. Un resplandor surgió entre las ramas de más
allá. Corrió sin tener en cuenta las depresiones del terreno. Cayó al suelo, y
esa vez el farol se apagó. No le importó. Comenzó a arrastrarse.
Era una luz extraña, no provenía de un fuego encendido, ni de
una vela. Se parecía más a un rayo dirigido hacia arriba. Mientras se esforzaba
por acercarse, sus manos no encontraron terreno en el que apoyarse, su cuerpo
se propulsó hacia delante y cayó en un declive del terreno. Salvaguarda miraba
hacia delante; allí estaba la luz, a tres yardas de ella, en el centro de una
depresión con forma de cuenco. No era fuego, ni un farol. No había nadie en el
lugar. La luz provenía de un agujero en la tierra. Era la boca del infierno
iluminada por las llamas que ardían en su interior.
Adelia tuvo que apelar a todas sus aptitudes, a sus
conocimientos sobre ciencias naturales, a las hipótesis probadas, a los asertos
del sentido común, para confrontarlo con lo irracional, para luchar con el
pánico que la invitaba a apartarse llorando del agujero. Rogó a Dios que la
librara de ese sentimiento.
«Dios Todopoderoso, defiéndeme del terror nocturno».
Adelia oyó una voz en su interior.
—No es el pozo del infierno, es sólo un pozo.
Por supuesto, eso era. Un pozo, tan sólo un pozo. Y Ulf estaba
dentro.
Comenzó a reptar hacia delante. Su rodilla chocó contra algo que
estaba sobre la hierba. Parecía formar parte del terreno, pero, después de
tantearlo, Adelia descubrió que era un objeto fabricado por el hombre. Una
rueda enorme y sólida. Se acercó y comprobó que estaba cubierta de turba.
Extendió el brazo para impedir que Salvaguarda se acercara
demasiado; luego, con la lentitud de una tortuga, estiró el cuello para
asomarse al borde del pozo.
Era un boquete de unos seis pies de ancho. Sólo el Señor sabría
cuál era su profundidad. La luz que surgía de su interior no permitía
calcularlo, pero era profundo. Una escala bajaba hacia la claridad. Todo era
blanco, hasta donde podía ver.
Cal. No cabía duda, era cal. La que había cubierto a los niños
muertos.
No era obra de Rakshasa. Una excavación como ésa implicaba un
trabajo a gran escala. Él lo había encontrado y lo había usado. Sin duda lo
había usado.
¿Todas las depresiones de la colina eran entradas ocultas a
yacimientos de cal? ¿Para qué era necesaria tal cantidad de cal? No era momento
de planteárselo. Ulf estaba allí abajo. También el asesino. Él iluminaba el
lugar. La luz provenía de antorchas encendidas, la misma que solía ver el
pastor. Por Dios, deberían haberlo descubierto. Habían rastreado aquella
apestosa colina, recorriendo todas las depresiones para inspeccionarlas. ¿Por
qué habían ignorado esa abierta invitación al mundo subterráneo?
Porque no era abierta.
La rueda cubierta de turba con la que había tropezado no era
tal, sino una tapa, la cubierta de un aljibe. Cuando estaba colocada, la
depresión del terreno tenía el mismo aspecto que las demás.
Rakshasa era un sujeto ingenioso.
Pero parte del terror que erizaba la piel de Adelia la abandonó.
Recordó que mientras el carro de Simón subía por el sendero hacia Wandlebury
Ring, Rakshasa había sido presa del pánico. Se sabía culpable y durante la
noche había sacado los cuerpos del pozo para que su guarida no fuera
descubierta.
«Este túnel es su escondite», pensó Adelia. Un lugar tan
preciado que lo hacía vulnerable. No sólo lo delataba ante ella; aun cuando la
tapa estuviera en su lugar, él sabía que era el túnel que conducía a lo más
íntimo de su ser, la entrada a su alma pútrida, la fatalidad al descubierto. Su
mera existencia era un ultraje a Dios. Y ella lo había encontrado.
Adelia prestó atención. Oyó a su alrededor a los seres que
habitaban la colina, pero desde el túnel no surgía sonido alguno. No tenía que
haber ido sola. Por Dios, ¿qué ayuda podía ofrecerle a ese niño? No contaba con
refuerzos y nadie sabía dónde estaba.
No obstante, las circunstancias no habían permitido que fuera de
otra manera. ¿Qué otra cosa podía hacer? No importaba. Ya estaba hecho. La
leche se había derramado y era preciso secarla de algún modo. Si Ulf estaba
muerto, podía retirar la escala y volver a colocar la rueda en su lugar.
Sepultaría en vida al asesino y se iría de allí mientras Rakshasa se pudría en
su propia tumba.
Pero Adelia intuía que Ulf no había muerto porque, gracias a lo
que los cuerpos le habían contado, suponía que el asesino mantenía con vida a
los niños hasta saciarse. Aun cuando fuera sólo una hipótesis, una frágil
prueba, una tenue certeza, aquello la había impulsado a viajar en el bote de
las monjas y emprender la marcha campo a través hacia ese pozo infernal para...
¿para qué?
Boca abajo, con la cabeza sobre el pozo, Adelia meditaba sobre
las alternativas con la fría lógica de la desesperación. Podía ir en busca de
ayuda, pero considerando el tiempo que le llevaría, no era una alternativa
válida. El último lugar habitado que había visto era la granja de la tía de
Walburga, y estando tan cerca de Ulf no se atrevía a abandonarlo. Podía bajar
al pozo y ser asesinada, algo para lo que en última instancia estaba preparada,
si gracias a ello Ulf lograba escapar. O bien, y esa opción era
considerablemente más meritoria, podía bajar y matar al asesino. Lo que
implicaba encontrar un arma. Debía encontrar un palo, una piedra, algo afilado.
De pronto, Salvaguarda se movió. Un par de manos agarraron a
Adelia de los tobillos, la levantaron y la desplazaron hacia delante. Entonces,
emitiendo un gruñido por el esfuerzo, alguien la arrojó dentro del pozo.
La salvó la escalerilla. A mitad de camino chocó con ella,
rompiéndose algunas costillas pero logrando deslizarse por los peldaños más
bajos durante el resto del descenso. Tenía tiempo, aparentemente tiempo de
sobra, para pensar. «Debo permanecer consciente», se dijo, antes de golpearse
la cabeza contra el suelo y perder el conocimiento.
Recuperó la conciencia mucho tiempo después, mientras viajaba
lentamente entre una borrosa multitud que insistía en moverse, cambiarla de
lugar y hablarle, lo que la irritó tanto que sólo porque estaba muy dolorida no
pudo ordenarles que no lo hicieran. Poco a poco fueron alejándose y las voces
se desvanecieron. Sólo una seguía molestándola.
—Silencio —ordenó y abrió los ojos. Pero le costaba tanto
esfuerzo hacerlo que decidió seguir inconsciente durante un rato, lo cual era
igualmente imposible porque el horror esperaba por ella y por alguien más, y su
cerebro, decidido a luchar por su supervivencia y la de ese otro ser, insistía
en seguir funcionando.
Debía serenarse y pensar. Pero el dolor se lo impedía. Le
estaban trepanando el cráneo. Quizá sufría una conmoción, aunque no podría
estimar su gravedad sin saber durante cuánto tiempo había estado inconsciente.
Maldición. Le dolía la cabeza, y también las costillas; con un gesto crispado,
logró inspirar profundamente. Probablemente no se había perforado el pulmón.
Aparentemente estaba de pie, con los brazos por encima de la cabeza, y eso le
comprimía el pecho.
No importaba. En una situación de peligro tan evidente, el
estado de salud no era importante. Debía pensar y sobrevivir.
Estaba en el pozo. Recordaba haber visto la entrada. Habría
llegado al fondo. Un breve vistazo le reveló que estaba rodeada de blancura. No
podía recordar cómo había pasado de un lugar a otro. Era la consecuencia
natural de la conmoción. Obviamente, la habían empujado, o se había caído.
Alguien más había caído o había sido arrojado allí antes o
después que Adelia, porque en el intento de abrir los ojos había distinguido
una figura en la pared opuesta, la que producía ese sonido incesante y tan
irritante.
«Sálvame y protégeme, Señor y amo, y te seguiré. Toda mi vida me
inclinaré humildemente ante mi Señor. Castígame con tu látigo y tus
escorpiones, pero bríndame tu amparo».
La que balbuceaba era la hermana Verónica. La monja estaba a
unos diez pies de ella, al otro lado de esa cámara sin techo, el hueco del
pozo. Le habían arrancado la toca, que le colgaba del cuello, y los mechones de
cabello le caían sobre el rostro como ráfagas de oscura niebla. Tenía las manos
por encima de la cabeza, esposadas a un perno fijado en la pared. Adelia supuso
que ella se encontraba en la misma situación.
La hermana Verónica estaba aterrorizada, no podía controlarse.
Le caía baba por el mentón, temblaba tanto que las esposas de hierro que le
aprisionaban las muñecas golpeteaban, marcando el ritmo de los ruegos que
salían de su boca.
—Mantened la boca cerrada —exigió Adelia, malhumorada. Verónica
abrió los ojos, atemorizada, aunque en alguna medida su mirada era
justificadamente acusadora.
—Os seguí cuando vi que os habíais marchado.
—Una imprudencia —opinó Adelia.
—La bestia está aquí. María, Madre de Dios, protégenos. Él me
atrapó, está aquí abajo. Nos devorará. Oh, Jesús, María, ambos tienen que
salvarnos, tiene cuernos.
—Me atrevería a decir que sí, pero dejad de gritar.
Tratando de sobrellevar el dolor, Adelia giró la cabeza para
mirar a su alrededor. Su perro yacía despatarrado al pie de la escalerilla, con
el cuello roto.
Un sollozo escapó de su garganta. Pero se obligó a conservar la
compostura. No había lugar para ese sufrimiento. Debía pensar en sobrevivir.
Pero Salvaguarda...
Dos antorchas opuestas, colocadas a cierta altura en sendos
soportes, iluminaban con su llama las paredes rugosas y redondeadas; un alga
verde manchaba su blancura. El lugar donde estaban Adelia y Verónica parecía
ser la base de un enorme tubo de papel grueso, sucio y arrugado.
Estaban solas, no había señales de la bestia que había
mencionado la monja, aunque de cada una de las paredes salían dos túneles. El
que estaba a la izquierda de Adelia tenía una boca pequeña, por la que había
que entrar a gatas y estaba cerrada con una reja de hierro. El de la derecha
estaba iluminado por invisibles antorchas y su agrandada abertura permitía que
un hombre pasara agachado. Un recodo impedía ver su longitud, pero
inmediatamente después de la entrada, apoyado en la pared y reflejado en la blancura
de la cal que tenía enfrente, había un escudo abollado y pulido que ostentaba
el símbolo de los cruzados.
Y en el sitio de honor, en el centro de esa sala de tortura,
entre ella, Verónica y el perro muerto, estaba el altar de la bestia.
Era un yunque. Tan inofensivo en el lugar correcto, tan horrendo
allí. Un yunque arrancado del cálido cobertizo de juncos del herrero para
colocar sobre él a los niños y apuñalarlos. El arma estaba en un extremo; entre
las manchas se distinguían las partes brillantes de una punta de lanza.
Biselada, como las heridas que había causado.
Por Dios, un pedernal, como los que abundan en los yacimientos
de cal. Los antiguos demonios habían excavado esos túneles buscando piedras que
pudieran tallar para matar. Tan primitivo como ellos, Rakshasa usaba un
instrumento fabricado por seres oscuros en una época oscura.
Adelia cerró los ojos.
Pero las manchas de sangre eran opacas. Nadie había muerto sobre
el yunque en los últimos tiempos.
—Ulf —gritó, abriendo los ojos—. Ulf.
A su izquierda, desde la lejana oscuridad del túnel, ahogada por
la porosidad de la cal, pero aún audible, llegó una queja ininteligible.
Adelia miró hacia arriba y dio gracias al círculo de cielo que
estaba sobre su cabeza. El malestar de la conmoción y las náuseas causadas por
el olor omnipresente de la cal y la pestilencia de la resina que se quemaba en
las antorchas dieron paso al fresco aire de mayo. El chico estaba vivo.
Sobre el yunque, a sólo unos pasos, estaba el arma lista para
que su mano la alcanzara.
A juzgar por la situación de Verónica, sus manos también
estarían amarradas, y las esposas que sostenían sus brazos en alto estarían
sujetas a un perno fijado en la pared de cal. Y la cal se desmenuzaba, como la
arena.
Adelia flexionó los codos y tiró del perno. Oh, demonios. Sintió
un latigazo en el pecho. Seguramente con ese movimiento se había perforado el
pulmón. Dejó que su cuerpo colgara de las esposas, resoplando, y esperó a que
de su boca saliera sangre. Después de un rato comprobó que eso no sucedía, pero
si esa maldita monja dejara de lamentarse...
—Basta de gimotear —le gritó a la joven—. Prestad atención,
empujad. Maldición, hacia abajo. El perno. En la pared. Saldrá si tiráis de él.
—Aun en medio del dolor, Adelia había percibido que la cal cedía un poco.
Pero Verónica parecía no entenderla. Sus ojos estaban muy
abiertos y miraban desaforadamente, como los de un ciervo enfrentado a unos
sabuesos. Y tartamudeaba. Tendría que hacerlo por sí misma.
Evitaría otro esfuerzo. Pero si meneaba las esposas el perno se
movería lo suficiente como para crear un agujero a su alrededor y saldría con
facilidad.
Comenzó a sacudir frenéticamente las manos. En su mente sólo existía
esa pieza de hierro, como si ella misma estuviera fijada a la cal; no sin
dolor, lograba desprender pequeñas partículas y veía que el extremo del perno
se iba alejando de... La monja gritó.
—Silencio —gritó a su vez Adelia—. Estoy concentrada.
La monja siguió gritando.
—Él viene.
A su derecha algo se movió. Con reticencia, Adelia giró la
cabeza. Verónica podía verlo, pero a ella se lo impedía la curva del túnel. No
obstante, distinguió un reflejo en el escudo. La superficie despareja y convexa
reflejaba un cuerpo oscuro, degradado y monstruoso a la vez. Era una criatura
desnuda y se miraba, pavoneándose. Se tocó los genitales y luego el aparato que
tenía en la cabeza.
La muerte se preparaba para hacer su aparición.
Invadida de un terror extremo, Adelia perdió todos sus
principios. Si hubiera podido, habría caído de rodillas y se habría arrastrado
a los pies de esa criatura. «Haced lo que os guste con la monja y el niño, pero
dejadme marchar», le habría dicho. Si sus manos hubieran estado libres, habría
corrido hacia la escala, dejando atrás a Ulf. Había perdido el coraje, la
razón, todo excepto el instinto de supervivencia.
Y el remordimiento. Remordimiento de que en medio del pánico
surgiera una visión, no del Creador, sino de Rowley Picot. A punto de morir,
deshonrosamente, lamentaba no haber amado a un hombre de la única manera que
valía la pena.
La criatura salió del túnel. Era alto, y lo parecía aún más
gracias a su cornamenta. Una máscara de piel de venado le cubría la parte
superior del rostro y la nariz, pero el cuerpo era humano; el pecho y el pubis
estaban cubiertos de vello oscuro. Su pene estaba erecto. Meneándose, se acercó
a Adelia y se apretó contra ella. Donde debía haber ojos de ciervo había
agujeros y desde ellos unos ojos azules y humanos la miraban. La boca sonreía.
Olía a animal.
Adelia vomitó.
Cuando la criatura retrocedió para evitar el borbotón, la
cornamenta se balanceó, dejando a la vista las cuerdas con las que se sostenía
en la cabeza, que no estaban tan apretadas como para evitar que se tambaleara.
«Qué vulgar». El desprecio y la furia la invadieron. Tenía
mejores cosas que hacer que estar allí, amenazada por un embaucador disfrazado
con un traje de manufactura casera.
—Apestáis como mierda de perro —le espetó—, no me asustáis. —Con
semejantes artimañas difícilmente podía hacerlo.
Su actitud le desconcertó. Los ojos enmascarados cambiaron de
expresión, sus labios sisearon. Adelia vio que su pene decaía. Pero con una
mano buscaba a tientas detrás de él. Encontró el cuerpo de la hermana Verónica.
Tanteando hacia arriba llegó hasta el cuello de su hábito y lo rasgó hasta la
cintura. La monja gritó.
Sin dejar de mirar a Adelia, exhibió fugazmente su arrogancia.
Luego se dio la vuelta y le mordió el pecho a Verónica. Cuando giró para ver la
reacción de Adelia, su pene estaba nuevamente erecto.
Comenzó a insultarlo. El lenguaje era su única arma arrojadiza.
—Fanfarrón de mierda, chapucero, embaucador inmundo, ¿hay algo
que seáis capaz de hacer bien? ¿Hacer daño a mujeres y niños cuando están
atados? ¿No sabéis excitaros de otra forma? Tanta mascarada para tan poco
hombre, sólo un engreído niño de teta.
De dónde había surgido ese vocabulario era algo que Adelia no
sabía ni le importaba saber. Iban a matarla, pero no moriría degradada, como
Verónica. Moriría insultando.
Dios Todopoderoso, había dado en el blanco. La criatura había
perdido la erección otra vez. Siseaba y, mientras seguía mirando a Adelia,
desgarró el hábito de la monja hasta la entrepierna.
Adelia apeló a todos los idiomas: árabe, hebreo, latín y el
inglés de Anglia Oriental que hablaba Gyltha. Obscenidades de ignotos bajos
fondos acudieron en su ayuda. Lo tildó de bestia informe, mocoso, lameculos,
lascivo, comemierda, pedorrero, farsante maloliente, homo insanus.
Mientras le gritaba miraba su pene, que le indicaba quién estaba
ganando la batalla. Adelia sabía que el acto de matar le provocaría la
eyaculación, pero para estar en condiciones de eyacular la bestia necesitaba
percibir el miedo de su víctima. Algunas criaturas —su padre adoptivo se lo
había dicho—, los reptiles, por ejemplo, arrastraban a los humanos bajo el agua
donde permanecían hasta que su carne se ablandaba lo suficiente para comerla
con placer. Para la criatura que tenía delante, era el terror lo que las volvía
más tiernas.
—Sois un... cocodrilo —le gritó. El temor nutría a Rakshasa. Era
su fuente de excitación, la sopa que lo alimentaba. Si se lo negaba, y si Dios
así lo quería, no podría matar.
Siguió gritándole: era un asqueroso, un onanista, un cerdo con
cerebro de gusano y pito ridículo; las plantas de frambuesa tenían bolas más
grandes.
No tenía tiempo siquiera para sorprenderse de sí misma. Tenía
que sobrevivir. Provocarlo. Mantener la sangre hirviendo en sus propias venas y
enfriar la de Rakshasa. Con cada palabra sacudía los aros de metal que le
rodeaban las muñecas, mientras el perno de la pared iba cediendo.
En el vientre de Verónica había sangre. Su terror era tan
desmedido que yacía inerme ante el abuso de esa criatura, con la cabeza echada
hacia atrás, los ojos cerrados y la boca con el rictus de una calavera.
Adelia seguía vilipendiándole. Sin embargo, fue el propio
Rakshasa quien, arrancando de la pared los grilletes de la monja, la golpeó en
la boca y la llevó del pescuezo hacia el pequeño túnel, donde la hizo caer de
rodillas. De un tirón quitó la reja y señaló hacia el interior.
—Traedlo —ordenó.
Los insultos de Adelia empezaron a sonar entrecortados. Iba a
traer al niño a ese lugar infecto para mancillarlo.
Verónica, de rodillas, miraba a su torturador, aparentemente
desconcertada.
Rakshasa le dio una patada en el trasero y le señaló el agujero
del túnel, pero seguía mirando a Adelia.
—Traed al chico.
La monja reptó dentro del túnel. A medida que avanzaba, el
sonido de los grilletes se iba apagando.
Adelia suplicó en silencio. «Dios Todopoderoso, llévame contigo,
esto es más de lo que puedo soportar».
Rakshasa había levantado el cuerpo de Salvaguarda. Lo arrojó
sobre el yunque, con las patas hacia arriba. Sin apartar la vista de Adelia,
alcanzó el puñal de piedra y verificó que estaba bien afilado cortando el dorso
de su muñeca. Luego levantó el brazo para mostrarle la sangre.
«Si necesita mi terror», pensó Adelia, «ya lo tiene».
La cornamenta se tambaleó cuando, por primera vez, dejó de mirar
a Adelia y bajó la vista. Alzó el cuchillo...
Adelia cerró los ojos. No estaba dispuesta a contemplar el
ceremonial. Prefería que le cortara los párpados, de ese modo no podría verlo.
Pero tuvo que oír cómo el cuchillo entraba en la carne, el
sonido de la succión de los líquidos, los huesos que se astillaban. Una y otra
vez.
Ya no insultaba, no desafiaba. Sus manos estaban quietas. Si
existía el infierno, pensaba Adelia, esa criatura tendría uno propio. Los
ruidos cesaron. Oyó sus pasos, que se acercaban, olió su hedor.
—Mirad.
Adelia meneó la cabeza y sintió un golpe en el brazo izquierdo
que le hizo abrir los ojos. La criatura la había atacado con su arma para
lograr obediencia. Era un ser nimio.
—Mirad.
—No.
Ambos lo oyeron. Había movimiento en el túnel. Bajo la máscara
de venado asomó la dentadura de Rakshasa, que miraba hacia la boca del pasadizo
por donde Ulf salía tropezando. Adelia también volvió la cabeza.
«Que Dios lo proteja».
El chico era pequeño, puro, demasiado real, demasiado normal
para ese escenario monstruoso que la criatura había preparado para él. Ulf
miraba de soslayo. Adelia sintió vergüenza de que la viera allí.
Ulf estaba completamente vestido, pero tambaleante y no del todo
consciente. Tenía las manos atadas por delante y manchas alrededor de la boca y
la nariz. Láudano. Se lo habían acercado al rostro para que no alborotara. Los
ojos del niño se abrieron desmesuradamente al recorrer el inmundo caos que
había sobre el yunque.
—No tengáis miedo, Ulf —le gritó Adelia. No era una sugerencia,
sino una orden. No debía alimentar a la bestia demostrando su temor.
—No tengo miedo —susurró el chico, tratando de concentrarse.
Adelia recuperó el coraje y la valentía y la ferocidad. Ningún
dolor podía detenerla. Rakshasa se dirigía hacia Ulf. Sacudió rabiosa las manos
y el perno cedió. Con el mismo impulso bajó los brazos para que la cadena que
unía los grilletes llegara al cuello de Rakshasa y así estrangularlo. Pero no
alcanzó la altura necesaria y la cadena cayó sobre la cornamenta. Adelia se
colgó de él y comenzó a balancearse. La cornamenta se ladeó y se desplazó hacia
atrás. Las cuerdas que la sostenían se tensaron bajo la nariz de Rakshasa y
sobre sus ojos. Por un momento permaneció ciego, desorientado. Su pie resbaló
al pisar restos de intestinos y se cayó. Adelia se desplomó con él.
Se oyeron gruñidos, de uno y otro. Adelia se colgó de la bestia,
no podía hacer otra cosa. Los dos estaban sujetos a la cornamenta. Ella, de la
cadena, y él, de las cuerdas. Sus cuerpos enredados. Rakshasa se retorcía,
debajo de ella, que intentaba presionar con sus rodillas el brazo que sostenía
el puñal. Torpemente, trató de zafarse de ella para poder atacarla. Pero Adelia
luchó con todas sus fuerzas, resistiendo. Mientras se debatía con la bestia,
gritaba al chico.
—Ulf, marchaos de aquí. La escalerilla. Debéis salir de aquí.
Él quiso erguirse, pero volvió a resbalar y nuevamente se
encontraron en el suelo. El cuchillo se le cayó de la mano. Arrastrando a
Adelia consigo, intentó recuperarlo y embistió contra Ulf y Verónica tratando
de incluirlos en la refriega. Enmarañados, los cuatro rodaron por el suelo.
Adelia creyó percibir ruido en algún lugar, un sonido
desconocido. No le dio importancia. Estaba ciega y sorda. Sus manos habían
encontrado la cornamenta y trataban torpemente de girarla para que una punta
atravesara el cráneo de Rakshasa. Aquel sonido no significaba nada, aunque
fuera su propia agonía. Debía mover las astas, clavarlas en su cerebro. No
dejarse vencer. Ni dejarle escapar. Debía matarlo.
Las cuerdas se soltaron y la cornamenta quedó en sus manos. El
rostro que ocultaba se deslizó, alejándose, y se agazapó dispuesto a saltar.
Durante un segundo estuvieron enfrentados, mirándose con furor y
jadeando. El ruido ya era claramente audible, provenía de la superficie, era
una combinación de sonidos familiares, tan ajenos a esa situación que Adelia no
les prestó atención.
Sin embargo, a la bestia sí pareció afectarle. La expresión de
sus ojos cambió; la tensa dicha de la muerte los abandonó dejando paso al
desánimo. La criatura aún era una bestia que mostraba los dientes, pero estaba
alerta, oliendo, meditando. Tenía miedo.
Bendito sea Dios, pensó Adelia, temiendo equivocarse. Era
maravilloso, el sonido de un cuerno y el ladrido de unos perros.
La cacería venía a buscar a Rakshasa.
Un rictus tan bestial como el de aquella criatura se dibujó en
los labios de Adelia.
—Ahora, os toca morir a vos.
Un grito bajó por el túnel.
—Holaaaa.
Maravilloso. Era la voz de Rowley. Y eran los enormes pies de
Rowley los que bajaban por la escalerilla.
Los ojos de la criatura buscaban frenéticamente, por todas
partes, su cuchillo. Adelia lo vio primero.
—No —gritó Adelia y cayó sobre el arma, cubriéndola—. No la
tendréis.
Rowley, espada en mano, se acercaba al pie de la escala. Los
cuerpos de Ulf y Verónica entorpecieron su avance.
Desde el suelo, Adelia atrapó el talón de Rakshasa, pero sus
dedos resbalaron en la mugre. Rowley lanzaba puntapiés para apartar a la monja
y al chico de su camino. Adelia vislumbró las piernas y el trasero de Rakshasa,
que huía hacia el túnel más grande. Rowley corrió tras él, tropezando con el
escudo. Le oyó blasfemar y luego le perdió de vista.
La doctora se sentó y miró hacia arriba. Los aullidos de los
perros se oían con nitidez. Sus hocicos y dientes se asomaron a la boca del
túnel. La escalerilla se movió. Alguien se disponía a bajar.
Le dolía todo el cuerpo, le habría gustado desmayarse, pero aún
no podía permitírselo. La lucha no había terminado. El puñal no estaba allí.
Tampoco Verónica ni el chico.
Rowley salió corriendo del túnel. De un puntapié apartó el
escudo de su camino y lo arrojó contra el yunque. Luego cogió una de las
antorchas y volvió a desaparecer por donde había venido.
Se quedó a oscuras, la otra antorcha tampoco estaba en su lugar.
Un destello de luz le permitió observar una nube de polvo de cal y el extremo
de un hábito negro que desaparecían por el mismo túnel del que había salido
Ulf. Adelia lo siguió reptando. No. No podía suceder. Ya los habían rescatado.
No podía volver a perderlo.
El túnel era apenas un agujero, una excavación incompleta. La
antorcha de Verónica iluminaba una sucesión de piedras brillantes e irregulares
que se asemejaban a un friso. Cuando el túnel cambió de dirección siguiendo la
veta, dejó de ver la llama. Estaba en la oscuridad total, como un ciego. Pero
continuó.
No. No podía permitirlo. No ahora que los habían rescatado. Se
arrastró sobre un costado. La herida que Rakshasa le había infligido debilitaba
su brazo izquierdo. Estaba cansada, muy cansada. Cansada de tener miedo. Pero
no había tiempo para el cansancio. No en ese momento. Los nodulos de cal se
desmenuzaban debido a la presión de su mano derecha. Tenía que recuperar al
chico. Tenía que salvarlo.
Los encontró en una minúscula cámara, acurrucados como un par de
conejos. La hermana Verónica sostenía en alto la antorcha. Con el otro brazo
rodeaba a Ulf —mustio y con los ojos cerrados—, al tiempo que la mano aferraba
el puñal.
Los hermosos ojos de la monja estaban pensativos. Podía razonar,
aunque de la comisura de sus labios caía un hilo de baba.
—Debemos protegerlo. La bestia no se llevará esta presa.
—No lo hará —dijo suavemente Adelia—. Ha escapado, hermana. Lo
atraparán. Dadme el puñal.
Junto a un poste de hierro fijado al suelo colgaban algunos
trapos, de los que salía una correa y un collar, como los de un perro, si bien
del tamaño del cuello de un niño. Estaban en el depósito de Rakshasa.
El resplandor de la antorcha teñía de rojo las paredes
circulares y dibujaba figuras temblorosas. Adelia no se atrevía a apartar la
vista de la monja, algo que en otras circunstancias jamás hubiera hecho; en
aquel útero obsceno, los embriones no habían esperado para nacer sino para
morir.
—Si alguien ofende a estos pequeños, más le valdría que le
colgaran al cuello una piedra de moler —declaró Verónica.
—Sí, hermana —asintió Adelia—. Así será.
Luego reptó hasta ella y le quitó el puñal.
Entre las dos arrastraron a Ulf por el estrecho túnel. Cuando
salieron vieron a Hugh, el cazador. Confundido, observaba el lugar con un farol
en la mano. Rowley salió del otro túnel entre exabruptos, estaba fuera de sí.
—Lo perdí. Hay docenas de malditos túneles y mi maldita antorcha
se apagó. El bastardo conoce el camino, yo no. —Rowley se dirigía a Adelia como
si estuviera furioso con ella. De hecho, estaba furioso con ella—. Tiene que
haber otro túnel en algún lugar. —Luego se le ocurrió preguntar—: Mujer, ¿os ha
hecho daño? ¿Cómo está el niño?
Rowley les instó a subir por la escalerilla. Él, con Ulf al
hombro, los seguía.
Para Adelia, la ascensión se hizo interminable. Cada avance
significaba vencer el dolor y la debilidad. Habría vuelto a caer en el pozo si
Hugh no hubiera estado detrás para sostenerla. La puñalada del brazo le ardía y
temía que pudiera estar contaminada. Sería tan ridículo morir ahí. Le pondría
brandy, o musgo, eso podría servir. No debía morir, no después de haber
vencido.
«Hemos vencido, Simón», se dijo cuando respiró el aire puro.
Trepó por el último peldaño y miró hacia abajo, donde estaba Rowley.
—Ahora sabrán que no lo hicieron los judíos.
—Lo sabrán —corroboró el recaudador.
Verónica subía aferrada a Rowley, llorando y farfullando. Adelia
logró esforzadamente poner pie en tierra. Los perros la olieron y movieron la
cola contentos, con la satisfacción del deber cumplido. Hugh los llamó y se
apartaron. Rowley salió del túnel.
—Vos se lo diréis. Les diréis que los judíos no lo hicieron. Dos
caballos pastaban cerca de ellos.
—¿Allí murió nuestra Mary? ¿Allí abajo? ¿Quién lo hizo?
—preguntó Hugh.
Adelia le contó cuanto sabía.
Hugh permaneció inmóvil un instante. El farol que iluminaba su
rostro desde abajo dibujaba sombras que lo distorsionaban.
Oscilando entre la frustración y la indecisión, Rowley dejó a
Ulf en brazos de Adelia. Necesitaba hombres para explorar los túneles. Ninguna
de las mujeres estaba en condiciones de buscar refuerzos y no se atrevía a
abandonarlas o enviar a Hugh.
—Alguien debe custodiar este túnel. Él está bajo esta maldita
colina y tarde o temprano se asomará como un conejo, sé que en algún lugar hay
otra salida.
Rowley le arrebató el farol a Hugh y se dispuso a recorrer la
cima de la colina para encontrarla, aunque sabía, al igual que todos los que
allí estaban, que era un intento inútil.
Adelia dejó a Ulf sobre la hierba, en el borde de la depresión,
y con su capa le hizo una almohada. Luego se sentó junto a él y respiró el aire
de la noche. ¿Cómo era posible que aún no hubiera amanecido? Olió el aroma del
espino y del enebro. El dulce olor de la hierba le recordó que estaba mugrienta
de sudor, sangre y orina, probablemente la suya propia, y del hedor del cuerpo
de Rakshasa. Sabía que aunque pasara el resto de su vida bañándose, jamás
podría desprenderse de aquel olor.
Se sentía consumida, como si sólo quedara de ella un saco de
piel temblorosa.
A su lado, Ulf se incorporó y con los puños cerrados inspiró
trabajosamente el vivificante aire. Miró a su alrededor: el paisaje, el cielo,
Hugh, los perros, Adelia.
—¿Dónde estoy? ¿Fuera? —logró preguntar con dificultad.
—Fuera y a salvo —le respondió Adelia.
—¿Lo atraparon?
—Lo harán. —Dios quiera que así sea.
—Él nunca... me dio miedo —explicó Ulf, agitándose—. Luché con
ese cabrón, le grité, no me dejé vencer.
—Lo sé. Usó un licor de adormidera para aplacaros. Sois demasiado
valiente para él —repuso Adelia. Ulf comenzó a llorar y la doctora lo abrazó—.
Ya no es necesario que seáis valiente.
El grupo esperaba a Rowley.
Un atisbo de gris en el cielo, hacia el este, reveló que la
noche terminaba. Al otro lado del pozo la hermana Verónica, arrodillada,
susurraba oraciones que se confundían con el ruido de las hojas.
Hugh tenía un pie apoyado en el último peldaño de la
escalerilla. De ese modo podía percibir cualquier intento de huida. Su mano
estaba sobre el cuchillo de caza que llevaba en el cinto. Tranquilizó a sus
perros, llamándolos por sus nombres y diciéndoles que eran valientes. Luego
miró a Adelia.
—Mis muchachos siguieron el olor de ese viejo perro mestizo
durante todo el camino —relató Hugh. Los sabuesos lo miraron. Parecían
comprender que los había mencionado—. Sir Rowley tuvo un raro presentimiento.
«Ella ha ido a buscar al niño, y es muy probable que la maten por hacerlo»,
dijo. Estaba desesperado y dijo algunas cosas sobre usted. Pero yo le recordé
que llevabais un perro viejo y apestoso y que mis muchachos seguirían el
rastro. ¿Estaba con vos?
Adelia se irguió.
—Sí.
—Lo siento de verdad. Pero cumplió con su deber.
La voz del cazador era mesurada, monótona. Bajo sus pies, la
criatura que había destrozado a su sobrina corría por algún tramo de los
túneles de cal.
Un rumor hizo que Hugh cogiera el cuchillo que llevaba en el
cinto. Tan sólo era un buho que emprendía el vuelo en su última incursión
nocturna. Se oyeron trinos somnolientos. Los pájaros despertaban. Podía
distinguirse a Rowley, no sólo la luz de su farol: una silueta grande y
atareada que usaba su espada como báculo para hollar el terreno. Tarea inútil,
pues los arbustos de esa superficie accidentada e irregular tamizaban la luz de
la luna, creando sombras capaces de ocultar cualquier figura sinuosa que se
escabullera.
Hacia el este el cielo era extraordinario, rojo, tempestuoso y
amenazante, con un ribete negro y dentado.
—Una advertencia para los pastores —anunció Hugh—. El demonio
está presente al rayar el alba.
Adelia observó el cielo con apatía. Junto a ella, Ulf demostró
la misma indiferencia.
«Está perturbado», pensó Adelia, «igual que yo. Hemos tenido
experiencias más allá de lo imaginable que nos han contaminado. Tal vez yo
pueda soportarlo, pero ¿podrá él? Él, que ha sido el engañado».
Ese pensamiento le devolvió la energía. Con gran esfuerzo se
puso de pie y caminó por el borde del pozo hacia el otro lado, donde Verónica
estaba de rodillas, con las manos alzadas en oración. El resplandor del
amanecer la iluminaba. Con la cabeza hacia abajo, rezaba con el mismo fervor
con que Adelia la había visto por primera vez.
—¿Hay otra salida? —le preguntó.
La monja no se movió. Sus labios se detuvieron un instante.
Luego siguió susurrando un padrenuestro.
Adelia le dio un puntapié.
—¿Hay otra salida?
Hugh carraspeó en señal de protesta.
La mirada de Ulf, que había seguido a Adelia, traspasó a la
monja. Su voz resonó en todo Wandlebury Ring.
—Fue ella —exclamó señalando a Verónica—. Malvada, es una mujer
malvada.
—Silencio, muchacho —murmuró Hugh, impresionado.
Las lágrimas rodaban por la cara de Ulf, pero había recuperado
su inteligencia, su entusiasmo y su amarga desazón.
—Fue ella. Ella puso esa cosa sobre mi cara y me llevó. Ella
estaba aquí con él.
—Lo sé —afirmó Adelia—. Fue ella quien me arrojó al pozo.
Los ojos de la monja se posaron suplicantes en Adelia.
—El diablo era demasiado fuerte para mí —explicó—. Me torturaba,
lo habéis visto. Nunca quise hacerlo. —Sus ojos enrojecieron, reflejando la luz
del alba.
Hugh y Ulf se habían girado súbitamente hacia el este. Adelia se
dio la vuelta. El cielo refulgía salvajemente, como si todo un hemisferio se
iluminara amenazando con envolverlos. Y allí, como por arte de magia,
distinguieron al propio demonio, una oscura silueta recortada contra el cielo,
desnudo y corriendo como un venado.
Rowley, que se había alejado unas cincuenta yardas, salió a la
carrera para interceptarlo. La figura dio un brinco y cambió de dirección.
Hasta ellos llegó el aullido de Rowley.
—¡Hugh, se escapa, Hugh!
El cazador se arrodilló y habló en voz baja con sus perros.
Luego los soltó. Con la gracia con que se balancean los caballos de madera
comenzaron la cacería en dirección al sol naciente.
El demonio corría, corría como un poseído, pero la silueta de
los sabuesos ya se recortaba contra el horizonte.
En ciertos aspectos la escena semejaba la ilustración de una
miniatura del infierno en un manuscrito iluminado: sobre un fondo rojo
brillante destacaba en negro el contorno de los perros que trotaban y del
hombre con las manos en alto, como si quisiera trepar al cielo, antes de que la
jauría cayera sobre sir Joscelin de Grantchester y lo hiciera pedazos.
Capítulo 15
Rowley ayudó a Adelia y al chico a subir a uno de los caballos
con los que habían llegado. Hugh alzó a la monja hasta la otra montura. Los
hombres tomaron las riendas y bajaron por la colina, sorteando los tramos más
accidentados para evitar que Adelia sufriera las sacudidas.
Avanzaron en silencio.
En la mano que tenía libre, Rowley llevaba un fardo hecho con su
capa. En él había un objeto redondo que atraía a los perros. Hugh tuvo que
apartarlos. Adelia le echó un vistazo y ya no volvió a mirarlo.
La lluvia que había auspiciado el cielo del amanecer comenzó a
caer cuando llegaron al camino. Los campesinos que pasaban rumbo a sus tareas
los saludaban quitándose las capuchas y observando de reojo la pequeña
procesión seguida por los perros con los belfos rojos.
Al atravesar una zona cenagosa, Rowley apuró el caballo para
hablar con Hugh, que se apartó del camino y regresó con un puñado de musgo de
la ciénaga.
—¿Es éste el lodo que aplicáis sobre las heridas?
Adelia asintió, escurrió el agua de una de las esponjas de turba
y se la aplicó en su brazo.
No tenía sentido morir ahora a causa de la gangrena, cuando ni
siquiera era capaz de preguntarse por qué debía ser así.
—Sería bueno que lo aplicarais también en el ojo —le aconsejó
Rowley. Sólo entonces Adelia advirtió que tenía otra herida y que su ojo
izquierdo se estaba cerrando.
El caballo de la monja los había alcanzado. Adelia observó con
interés que la joven se cubría la cara con la capa. Hugh la había envuelto para
conservar el decoro.
Rowley observó su aspecto.
—¿Podemos continuar? —preguntó, como si ella hubiera exigido que
se detuvieran, y tiró de las riendas sin esperar respuesta.
Adelia se irguió.
—No os he dado las gracias —comenzó y sintió la presión de la
mano de Ulf en su hombro—. Los dos queremos agradeceros...
No había palabras para expresarlo.
—¿Qué demonios creíais que estabais haciendo? ¿Sabéis cómo he
sufrido?
—Lo siento —balbuceó Adelia.
—¿Eso es todo? ¿Eso es una disculpa? ¿Os estáis disculpando?
¿Tenéis mera idea de...? Debo haceros saber que por la gracia de Dios pude
abandonar los tribunales temprano. Partí hacia la casa del viejo Benjamín
porque estaba muy apenado por vuestro sufrimiento. ¿Sufrimiento? María, Madre
de Dios, ¿qué puedo decir de mi sufrimiento cuando descubrí que os habíais
marchado?
—Lo siento —repitió Adelia. En algún lugar muy profundo, en
medio de su agotamiento, sintió un diminuto estremecimiento, una burbuja en
movimiento.
—Matilda B. sugirió que probablemente estuvierais rezando en la
iglesia. Pero yo sabía muy bien que aguardabais a que el maldito río os contara
algo. Se lo dije a Matilda: ha salido a buscar al bastardo como la estúpida
mujer que es.
La burbuja se hizo más grande y se unió a otras. Adelia oyó que
Ulf resoplaba, como solía hacerlo cuando algo le entretenía.
—Veréis... —intentó decir.
Pero Rowley continuó implacable, reprochándole su insensatez. Al
oír el cuerno de Hugh en la otra orilla, había vadeado el maldito río para
alcanzarlo. Inmediatamente, el cazador le propuso rastrear a Adelia por el olor
de Salvaguarda.
—Hugh me contó que el prior Geoffrey os adjudicó el maldito
animal precisamente con ese propósito, porque había temido por vuestra
seguridad en una ciudad extranjera y ningún otro perro tenía un hedor tan
fétido. Siempre me pregunté por qué os acompañaba a todas partes. Al menos
tenía sentido, dejaba una huella, más de lo que vos hicisteis.
«Pobrecito, qué enfadado estaba». Adelia miró al recaudador de
impuestos y suspiró, fascinada.
Le refirió cómo se había precipitado hacia la casa del viejo
Benjamín y había subido a la habitación de Adelia. De allí había tomado la
estera donde dormía Salvaguarda regresando rápidamente con los sabuesos de Hugh
para que la olieran. Obtuvieron los caballos arrebatándoselos a inocentes e
indignados jinetes que se cruzaron en su camino.
Galoparon a lo largo del camino de sirga. Siguieron el rastro
por el Cam, luego por el Granta. Casi lo perdieron al cruzar la llanura...
—Y si ese perro vuestro no hubiera apestado, Dios sabe qué
habría sido de vos. Habría cargado con eso durante años, arpía descabellada.
¿Sabéis cuánto he sufrido?
Ulf soltó una carcajada. Adelia apenas podía respirar; daba
gracias a Dios Todopoderoso por ese hombre.
—Os amo, Rowley Picot —logró decir.
—Eso no viene al caso —refunfuño—. Y no es divertido.
El sopor comenzó a embargarla. La presión de Ulf en sus hombros
la mantenía sobre la montura. No podía rodearla con los brazos para no causarle
dolor.
Más tarde recordaría que al pasar por los grandes portones del
priorato de Barnwell le vino a la memoria la primera vez que ella, Simón y
Mansur entraron allí en su carro de trashumantes, ignorantes de lo que les
esperaba, como recién nacidos. «Pero ahora todos lo sabrían, Simón. Todos».
Luego el sueño la sumió en una larga inconsciencia en la que
sólo tuvo una vaga noción de la voz de Rowley, que resonaba como un tambor
dando explicaciones, y de las órdenes del prior Geoffrey, que aunque
desconcertado, daba instrucciones. Estaban pasando por alto lo más importante y
Adelia se despertó lo suficiente como para decir: «Quiero bañarme», antes de
volver a dormirse.
—Y en nombre de Dios, no os mováis de ahí —le ordenó Rowley y
dio un portazo.
Ella y Ulf estaban solos en una cama. Adelia observaba las vigas
de madera y el familiar artesonado del techo de la habitación; recordaba
haberlo visto. Velas. ¿Velas? ¿No era de día? Sí, pero los postigos estaban
cerrados para evitar que la lluvia las apagara.
—¿Dónde estamos?
—En la casa de huéspedes del prior —dijo Ulf.
—¿Qué sucede?
—No lo sé.
Ulf estaba sentado junto a ella con las rodillas flexionadas y
la mirada perdida. ¿Qué estaba mirando? Adelia le rodeó con su brazo sano y lo
estrechó contra ella. Era su único compañero y lo mismo podía decir él de ella.
Los dos habían sobrevivido a las circunstancias más penosas que un ser humano
podía imaginar. Sólo ellos sabían cuan grande era la distancia recorrida,
cuánto tiempo les había llevado y, en efecto, cuan lejos se habían visto
obligados a llegar. Por haber estado expuestos a la oscuridad más extrema
habían descubierto cosas que no deberían saber, no sólo acerca de sí mismos.
—¿Me lo contaréis?
—No hay nada que contar. Ella llegó con su bote hasta el lugar
donde yo estaba pescando y dijo: «Oh, Ulf, creo que el bote está haciendo
agua». Dulce como la miel. Después puso esa cosa sobre mi cara y me dormí.
Desperté en el pozo. —Ulf echó la cabeza hacia atrás y en la habitación resonó
un grito incrédulo, que mostraba la inocencia de su infancia hecha trizas—.
¿Por qué?
—No lo sé.
El chico la miró desesperado.
—Ella era pura. Él era un cruzado.
—Eran monstruos. Sus semblantes engañaban, pero eran dos
monstruos que se encontraron. Ulf, son muchas más las personas como nosotros,
no como ellos. Infinitamente más. Aferraos a esa idea.
Adelia trataba de seguir su propio consejo.
Los ojos de Ulf se fijaron en los suyos.
—Vinisteis a buscarme.
—No iba a dejaros en sus manos.
El chico meditó un momento y en su pequeño y poco agraciado
rostro resurgió algo de su antigua personalidad.
—Os oí. Chica, no ahorrasteis insultos. Jamás había oído
semejantes burradas, ni siquiera de los soldados.
—No se lo contaréis a nadie, o volveréis al pozo.
Gyltha apareció en el vano de la puerta, y Rowley se asomó
detrás de ella. Estaba furiosa y aliviada. Las lágrimas corrían por su cara.
—Tú, pequeño gusano —le gritó a Ulf—. ¿No te lo dije? Te daré
una paliza...
Sollozando, corrió para alzar a su nieto, que dio un suspiro de
satisfacción y tendió sus brazos hacia ella.
—Dejadnos a solas —pidió Rowley. Detrás de él había varios
sirvientes. Adelia vio el rostro preocupado del hermano Swithin, el encargado
de la hostería del priorato.
Gyltha se dirigía a la puerta con Ulf en sus brazos. Se detuvo
para preguntar a Rowley:
—¿Seguro que no puedo hacer nada por ella?
—No. Fuera.
Gyltha se demoró un poco mirando a Adelia.
—Qué día tan dichoso el que llegaste a Cambridge —exclamó y
desapareció.
Llegaron hombres con una enorme tina de baño, en la que
comenzaron a verter jarros de agua hirviendo. Uno de ellos dejó unas barras de
jabón amarillo sobre una pila de ásperos retazos de sábanas viejas que en el
monasterio suplían a las toallas.
Adelia observó ávida los preparativos. Si bien no podía quitarse
la mugre que los asesinos habían dejado en su mente, al menos se desprendería
de la que quedaba en su cuerpo.
El hermano Swithin parecía preocupado.
—La señora está herida, debería traer al enfermero.
—Cuando encontré a la señora estaba rodando por el suelo,
luchando contra las fuerzas del mal. Sobrevivirá.
—Al menos deberíamos contar con una doncella que la atienda.
—Fuera. Ahora mismo —ordenó Rowley. Luego tomó entre sus brazos
todos los jarros con agua hirviendo que tenían los sirvientes, se acercó a la
puerta y la cerró en su cara.
Adelia advirtió que era un hombre imponente. La gordura de la
que alguna vez se había burlado había disminuido. Todavía pesaba más de lo
debido, pero la fortaleza de sus músculos era patente.
Rowley avanzó hacia el lugar donde ella estaba acostada, la
cogió de las axilas y la levantó. Luego la puso de pie en el suelo y comenzó a
desvestirla, quitándole su horrorosa túnica con sorprendente delicadeza.
Adelia se sintió muy pequeña. ¿Eso era seducción? Seguramente él
se detendría cuando llegara a su enagua.
No era seducción y no se detuvo. Eran cuidados lo que le estaba
brindando. Cuando Rowley levantó su cuerpo desnudo y lo deslizó en el agua
Adelia miró su rostro. Bien podría haber sido el de Gordinus al practicar una
autopsia.
Creyó que se sentiría avergonzada. Pero no lo estaba.
El agua estaba tibia y se sumergió en ella. Antes cogió uno de
los jabones y lo restregó contra su piel, disfrutando de su aspereza. Tenía
dificultad para levantar los brazos, por lo que decidió dejar una parte de su
cuerpo fuera del agua, lo suficiente para pedir a Rowley que le lavara el
cabello y sentir sus dedos firmes en el cuero cabelludo. Los sirvientes habían
dejado aguamaniles con agua limpia que el vertió sobre el cabello para
enjuagarlo. Tampoco podía doblarse para llegar hasta los pies, de modo que
también él se los lavó, minuciosamente, dedo por dedo.
Al mirarlo, Adelia pensó: «Estoy bañándome, desnuda, sin espuma
que me oculte y un hombre me está lavando. Mi reputación está arruinada y al
infierno con ella. He estado en el infierno y todo lo que deseaba era vivir
para este hombre, que me rescató de él».
Adelia, Ulf, todos habían caído en un mundo para el que ni
siquiera las pesadillas les habían preparado. Un mundo paralelo y tan próximo,
que un solo paso en falso podía hacer que cayeran otra vez en él. Estaba al
final de todo, o tal vez al principio. Habían conocido una violencia tal que,
aunque lograron sobrevivir, lo convencional parecía una ilusión. El hilo de su
vida había estado tan próximo a cortarse que jamás volvería a depender del
futuro.
Y en aquel momento había deseado a ese hombre. Y aún lo deseaba.
Adelia, versada en todas las funciones del cuerpo, era
totalmente ignorante acerca de ésta. Se sentía enjabonada, lubricada, por
dentro y por fuera. Como si de ella brotaran hojas, su piel se erizaba hacia
él, desesperaba para que la tocara el hombre que en ese momento no miraba sus
pechos, sino el moretón que le cubría las costillas.
—¿Os hizo daño? ¿Verdaderamente os hizo daño? —preguntó Rowley.
Adelia se preguntó qué significarían para ese hombre las
magulladuras y las heridas en el brazo y en el ojo. Entonces comprendió que se
refería a la posibilidad de que hubiera sido violada. La virginidad era el
Santo Grial de los hombres.
—¿Y si así fuera? —preguntó amablemente.
—De eso se trata —reconoció Rowley, arrodillándose junto a la
tina para que sus cabezas estuvieran al mismo nivel—. Durante todo el camino
hacia la colina pensaba en lo que él podría haceros, y en tanto lograrais
sobrevivir, no me importaba. —Rowley meneó la cabeza ante lo extraordinario—.
Violada o en pedazos, quería que volvierais. Sois mía, no suya.
«Oh. Oh».
—Él no me tocó —confesó Adelia—, aparte de esto y esto otro. Me
curaré.
—Bien —declaró Rowley bruscamente y se puso de pie—. Bien, tengo
muchas cosas por hacer. No puedo entretenerme bañando mujeres. Tengo pendientes
muchos preparativos, entre ellos los de nuestro casamiento.
—¿Casamiento?
—Hablaré con el prior, por supuesto, y él hablará con Mansur.
Estas cosas deben hacerse como corresponde. Y el rey... Tal vez mañana, o
pasado mañana, cuando todo esté arreglado.
—¿Casamiento?
—Debéis casaros conmigo, mujer. Os he visto desnuda mientras os
bañabais.
Rowley se iba a marchar. Era cierto que se marchaba.
Pese al dolor, Adelia salió de la tina y cogió una de las
toallas. No habría mañana, ¿no se daba cuenta? Los mañanas estaban llenos de
cosas horribles. Hoy, ahora, era lo esencial. No había tiempo para hacer lo que
se consideraba apropiado.
—No me dejéis, Rowley, no soportaría estar sola.
Y era cierto. No todas las fuerzas de la oscuridad se habían
esfumado. Una estaba aún en algún lugar de ese edificio. Una parte de ellas
acecharía siempre sus recuerdos. Sólo él podía mantenerlas alejadas.
Temblando, tendió sus brazos para rodearle el cuello y sintió la
cálida y húmeda suavidad de su propia piel, que rozaba a Rowley.
El recaudador se libró suavemente de ella.
—Esto es otra cosa, ¿no lo comprendéis, mujer? Es nuestro
matrimonio, debe hacerse de acuerdo con las leyes sagradas.
Un buen momento, pensó ella, para que él se preocupara por las
leyes sagradas.
—No hay tiempo. Más allá de esa puerta no hay tiempo.
—No, no lo hay. Tengo que ocuparme de algo muy importante.
—Rowley comenzaba a jadear. Los pies desnudos de Adelia estaban sobre sus
botas, la toalla se había caído y cada pulgada de su cuerpo estaba en contacto
con la de ese hombre—. Me lo estáis poniendo muy difícil, Adelia —repuso
Rowley—. En más de un sentido.
—Lo sé.
Adelia podía sentirlo. Rowley fingió un suspiro.
—No será sencillo poseer a una mujer con las costillas rotas.
—Debéis intentarlo.
—Oh, Cristo —espetó con crudeza.
Y la llevó al lecho. Y lo intentó con acierto. Primero la abrazó
suavemente y la apoyó contra su pecho y le susurró en árabe, como si el inglés
y el francés no fueran suficientes para decirle cuan hermosa le parecía aunque
tuviera un ojo negro, y después la sostuvo entre los brazos para soportar el
peso de su cuerpo y no comprimirlo. Ella supo que era hermosa para él, tanto
como él lo era para ella, y que eso era el sexo, esa palpitante y placentera
cabalgata hacia las estrellas.
—¿Podéis hacerlo otra vez?
—Bueno, bueno... mujer. No. No puedo. Todavía no. Ha sido un día
difícil.
Pero después de un rato, probó, satisfaciéndola igualmente. El
hermano Swithin no era generoso con las velas, que se apagaron dejando la
habitación en penumbra. La lluvia todavía azotaba los postigos. Ella estaba
tendida en los brazos de su amante, respirando el delicioso aroma del jabón y
el sudor.
—Os amo tanto —susurró Adelia.
—¿Estáis llorando? —preguntó Rowley poniéndose de pie.
—No.
—Sí, estáis llorando. El coito tiene ese efecto en algunas
mujeres.
—Vos lo sabéis, por supuesto —le increpó secándose los ojos con
el dorso de la mano.
—Amor mío, tenemos todo lo que deseamos. Él ya no está, ella
será... bueno, veremos. Yo seré recompensado como merezco y vos también, no
creeréis que no os merecéis nada. Enrique me dará una buena baronía donde ambos
prosperaremos y criaremos docenas de pequeños barones lindos y regordetes.
Rowley salió de la cama y buscó su ropa.
Falta la capa, se dijo Adelia. Estaba en algún lugar, fuera de
esa habitación; tenía dentro la cabeza de Rakshasa. Más allá de la puerta todo
era terrible. Sólo podían tener todo lo que deseaban allí, en ese momento.
—Quedaos conmigo.
—Regresaré. —La mente de Rowley ya se había alejado de ella—. No
puedo estar aquí todo el día, obligado a copular con una mujer insaciable
contra mi voluntad. Tengo cosas que hacer. Debéis dormir.
Y se marchó.
Con los ojos fijos en la puerta, Adelia pensaba, furiosa, que
podía tenerlo para siempre; a él y a sus pequeños barones. ¿Qué significaba
representar el papel de doctora comparado con esa felicidad? ; Quiénes eran los
muertos para apartarla de la vida?
Con esa nueva convicción, volvió a tenderse en la cama y cerró
los ojos, bostezando satisfecha. Pero mientras se dejaba vencer por el sueño,
su último pensamiento inteligible fue acerca del clítoris. Era un órgano
sorprendente y maravilloso. Debía prestarle más atención la próxima vez que
diseccionara a una mujer.
Siempre, ante todo, la doctora.
Se despertó protestando porque alguien repetía su nombre, pero
estaba decidida a seguir durmiendo. Resopló entre el olor acre de las sábanas,
que habían sido guardadas en poleo para ahuyentar las polillas.
—¿Gyltha? ¿Qué hora es?
—Es de noche. Hora de que os levantéis, niña. Os traje ropa
limpia.
—No.
Adelia se sentía como si la hubieran apaleado y le dolían las
magulladuras. Debía quedarse en cama. Accedió a mirar con un ojo.
—¿Cómo está Ulf?
—Durmiendo el sueño de los justos. —La áspera mano de Gyltha
acarició la mejilla de Adelia un instante—. Pero vos debéis levantaros. Hay
algunos señorones reunidos que quieren que respondáis a sus preguntas.
—Lo supongo —contestó Adelia, cansinamente.
El juicio sería rápido. Su testimonio y el de Ulf serían
fundamentales, aunque había cosas que era mejor no recordar.
Gyltha fue a buscar comida, lonchas de tocino flotando en un
delicioso caldo de alubias. Adelia estaba tan hambrienta que se incorporó por
sí misma.
—Puedo comer sin ayuda.
—No, maldición, no podéis.
Dado que le faltaban las palabras, Gyltha expresaba su gratitud
por el regreso de su nieto llenando con enormes cucharadas la boca de Adelia,
como si fuera un pichón.
Cada pregunta debía ser formulada entre una y otra cuchara de
tocino.
—¿Qué han hecho con...?
Adelia no tenía fuerzas suficientes para nombrar a esa demente.
Y suponía, abatida, que debido a que era una demente, debía procurar que no la
torturaran.
—En la habitación vecina. Atendida como una marquesa. —Los
labios de Gyltha se torcieron como si los hubiera tocado un ácido—. No lo
creen.
—¿Qué es lo que no creen? ¿Quiénes?
—Que ella hacía esas... cosas, junto con él. —Tampoco Gyltha
lograba pronunciar los nombres de los asesinos.
—Ulf puede decírselo. Y yo. Gyltha, ella me arrojó al pozo.
—¿Visteis que era ella? ¿Y qué vale la palabra de Ulf, un
chiquillo ignorante que vende anguilas con su ignorante abuela?
—Fue ella.
Adelia escupió la comida pues el pánico le subía por la
garganta. Estaba de acuerdo en ahorrarle a la monja la tortura; pero no
toleraría que la liberaran. La mujer no estaba en su sano juicio. Podía hacerlo
otra vez.
—Peter, Mary, Harold, Ulric... confiaban en ella, por supuesto,
y aceptaron su convite. Una religiosa que ofrecía jujubes que un cruzado le
había enseñado a preparar. Luego el láudano en la nariz de los niños, hay
cantidad de sobra en el convento. —Nuevamente Adelia veía unas manos delicadas
alzadas en actitud de ruego que al caer mostraban los grilletes de hierro que
las aprisionaban—. Dios Todopoderoso... —clamó y se pasó la mano por la frente.
Gyltha se encogió de hombros.
—Al parecer las monjas de Santa Radegunda no hacen esas cosas.
—Pero era el río. Lo sabía, por eso subí a su bote. Tenían
libertad para recorrerlo de un lado a otro, hacia Grantchester, donde estaba
él. Era un personaje familiar, la gente la saludaba o ni siquiera advertía su
presencia. Una monja devota llevando provisiones a las anacoretas. Nadie
controlaba sus movimientos, y, ciertamente, menos que nadie la priora Joan. Y
Walburga, si era su cómplice, siempre iba a la casa de su tía. ¿No pensaban qué
hacía toda la noche fuera del convento?
—Yo lo sé, Ulf lo sabe. Pero veréis... —Gyltha era un obstinado
abogado del diablo—. Ella está casi tan magullada como vos. Una de las hermanas
vino a bañarla porque yo no puedo tocar a la bruja, pero eché un vistazo.
Moretones por todas partes, mordiscos, un ojo cerrado como el vuestro. Mientras
la bañaba, la monja lloraba por lo que había sufrido la pobre criatura, todo
por ayudaros.
—A ella... le gustaba. Disfrutaba cuando él la maltrataba. Es
verdad.
Gyltha se había retraído, frunciendo el ceño. No entendía.
¿Cómo explicarle, a ella o a cualquiera, que los gritos de
terror de la monja durante las embestidas del depravado se mezclaban con
aullidos de dicha extrema y delirante?
Gyltha no podía comprender tanta perversidad, pensó Adelia con
desesperación. Ella misma tampoco lo entendía.
—Le llevaba a los niños y fue ella quien mató a Simón —reveló
Adelia con desgana.
El cuenco se deslizó de las manos de Gyltha y rodó por la
habitación desparramando caldo por todo el suelo de madera de olmo.
—¿Maese Simón?
Adelia recordó la fiesta en Grantchester. Vio a Simón de
Nápoles, conversando nervioso con el recaudador de impuestos en uno de los
extremos de la mesa principal, con las cuentas en su cartera. Tan sólo unas
sillas les separaban del anfitrión al que inculpaban y pocas más de la mujer
que le proporcionaba las víctimas. Vio al asesino ordenarle que matara a Simón.
Y volvió a verlos bailando, al cruzado y a la monja, dándose mutuas
instrucciones. «Por Dios, ¿cómo no se lo había imaginado?». El irascible hermano
Gilbert, el que odiaba a las mujeres —sin ser consciente de ello—, había tenido
la bondad de indicárselo: «Pasan toda la noche fuera del convento. Su
comportamiento es licencioso y concupiscente. En una orden decente habrían sido
azotadas hasta que sus culos sangraran, pero ¿dónde está su priora? De caza».
Simón había partido temprano para examinar las cuentas que había
obtenido. Dejarlo con vida suponía arriesgarse a que descubriera quién tenía
motivos pecuniarios para implicar a los judíos en los asesinatos. Su anfitrión
había regresado del jardín después de comprobar que su cómplice estaba en
camino.
La monja se había retirado de la fiesta temprano. Vio a las
otras monjas en Grantchester más tarde, pero no a ella. No había duda. Y a la
priora la vio un poco más tarde. Y entonces, ¿qué? La más amable y angelical de
las monjas habría dicho: «Está muy oscura la noche para caminar tan lejos,
maese Simón, puedo llevaros en bote hasta vuestra casa si me lo permitís. Hay
espacio suficiente para vos, y me agradará contar con vuestra compañía».
Adelia vio la imagen del tramo del Cam donde los altos sauces
impiden el paso de la luz y una delgada figura con muñecas fuertes como el
acero hundiendo el mástil en el agua, presionando con él a un hombre como si
pescara un pez con un arpón mientras Simón luchaba por mantenerse a flote y
finalmente se hundía.
—Él le ordenó que matara a Simón y le robara la cartera —explicó
Adelia—. Ella hizo exactamente lo que le pidió, era su esclava. En el pozo tuve
que quitarle a Ulf, creo que pensaba matarlo para que no la delatara.
—¿Acaso creéis que no lo sé? —preguntó Gyltha, aun cuando sus
manos se movían expresando su rechazo—. ¿Acaso no me ha contado Ulf lo que ella
hizo? Y también lo que ambos le habrían hecho si el buen Dios no os hubiera
enviado para detenerlos. Lo mismo que les hicieron a los otros... —Gyltha
entrecerró los ojos y se puso de pie—. Vayamos a su habitación para asfixiarla
con una almohada.
—No. Todos deben saber lo que ella hizo, y lo que él hizo.
Rakshasa había logrado huir de la justicia. Su terrible final...
—Adelia cerró su mente a aquella espantosa escena que se dibujaba contra el
cielo del amanecer— no había sido justicia. Eliminar a esa criatura del mundo
había impedido poner en uno de los platillos de la balanza la pila de pequeños
cadáveres que había sembrado en su trayecto desde Tierra Santa. Aunque lo
hubieran capturado, llevado ante los tribunales, juzgado y ejecutado, la
balanza no habría estado en equilibrio para aquellos a quienes arrebató a sus
hijos, pero al menos la gente habría sabido lo que el asesino había hecho y
habría visto el castigo. Los judíos habrían sido públicamente exonerados. Más
importante aún, la ley, que transforma el caos en orden, que distingue a la
civilización humana de los animales, habría sido respetada.
Mientras Gyltha la ayudaba a vestirse, Adelia hacía examen de
conciencia para cerciorarse de que sus objeciones contra la pena de muerte
seguían intactas. Así era. Los locos debían ser controlados, ciertamente, pero
no asesinados por orden judicial. Rakshasa había escapado de los procedimientos
legales; no debía suceder lo mismo con su cómplice. Sus acciones debían darse a
conocer para restablecer en alguna medida el equilibrio del mundo.
—Debe ser juzgada —repuso Adelia.
—¿Creéis que irá a juicio?
Golpearon la puerta. Era el prior Geoffrey.
—Mi querida niña, mi pobre y querida niña. Doy gracias al Señor
por vuestro coraje y decisión.
Adelia pasó por alto sus plegarias.
—Prior, la monja... Fue cómplice en todo. Es tan asesina como
él. Ella mató a Simón de Nápoles sin titubear. ¿Creéis lo que os digo?
—Me temo que debo creerlo. He oído el relato de Ulf, que, aunque
confuso debido al soporífero que le administró, no deja dudas acerca de que
ella lo secuestró conduciéndole a ese lugar donde su vida corrió peligro. He
escuchado también los testimonios de sir Rowley y el cazador. Esta misma noche
he visitado el pozo con ellos.
—¿Habéis ido a Wandlebury?
—Sí —confesó el prior, con desgana—. Hugh me llevó hasta allí y
debo confesar que nunca he estado tan cerca del infierno. Por Dios, qué
elementos encontramos. Mi único regocijo es saber que el alma de sir Joscelin
arderá durante toda la eternidad. Joscelin... —el énfasis con que hablaba el
prior reforzaba su convicción—, un chico de este lugar... al que pensaba
proponer como futuro alguacil del condado. —Una chispa de indignación animó los
cansados ojos del prior—. Incluso acepté una donación para nuestra nueva
capilla de esas manos abyectas.
—Dinero de los judíos —adivinó Adelia—. Les debía dinero a los
judíos.
El prior suspiró.
—Lo supuse. Bueno, por fin nuestros amigos de la torre han sido
absueltos.
—¿Y sabrá la ciudad que han sido exculpados? —Olvidando sus
modales, Adelia señaló con el pulgar la habitación donde se alojaba la monja—.
¿Será llevada a juicio? —añadió algo molesta. Había intuido cierta reserva,
algo nebuloso en las respuestas del prior.
El religioso se dirigió hacia la ventana y abrió un poco el
postigo.
—Ellos dijeron que llovería. El amanecer fue una verdadera
advertencia para los pastores. Bueno, los jardines lo necesitan después de una
primavera tan seca. —El prior cerró el postigo—. Sí, los altos tribunales, que
gracias al Cielo aún siguen aquí, harán una proclama declarando la inocencia de
los judíos. Pero en cuanto a la... mujer... He convocado a todos aquellos que
están preocupados por llegar a la verdad del asunto. Están llegando en este
momento.
—¿Un consejo? ¿Por qué no un juicio? ¿Y por qué durante la
noche?
Como si Adelia no hubiera hablado, el prior continuó.
—Esperaba que se realizara en el castillo, pero los miembros de
los altos tribunales creyeron conveniente que el interrogatorio se realizara
aquí para evitar que se confunda con los procesos legales. Después de todo,
aquí es donde los niños están sepultados. En fin, ya veremos...
Un hombre tan bueno, su primer amigo en Inglaterra, y aún no le
había dado las gracias.
—Excelencia, os debo mi vida. Si no me hubierais regalado el
perro, pobre criatura... ¿Habéis visto lo que le hicieron?
—Lo vi. —El prior Geoffrey meneó la cabeza. Luego esbozó una
sonrisa—. He dado instrucciones para que sus restos sean entregados a Hugh, de
quien el hermano Gilbert sospecha que entierra a sus perros en el cementerio
del priorato a escondidas. Salvaguarda bien puede yacer junto a otros seres
menos leales. —En medio de tanto dolor, la muerte de Salvaguarda era un hecho
menor. No obstante, había sido motivo de pena. Adelia se sintió reconfortada—.
Sin embargo —continuó el prior—, como vos y yo sabemos, también le debéis la
vida a alguien que detenta más derechos y, en parte, estoy aquí respondiendo a
su petición.
Pero la mente de Adelia estaba nuevamente ocupada con la monja.
Iban a dejarla en libertad. Nadie la había visto matar. Ni Ulf, ni Rowley, ni
siquiera ella. Era una monja, la Iglesia temía el escándalo. La dejarían libre.
—No lo consentiré, prior —exclamó.
El prior Geoffrey, que había pronunciando palabras obviamente
lisonjeras, se quedó boquiabierto. Parpadeó.
—Una decisión algo precipitada, Adelia.
—Todos deben saber lo que ocurrió. Ella debe ser juzgada aunque
sea considerada demasiado enferma para recibir una sentencia. Por los niños,
por Simón, por mí. Encontré su guarida y a punto estuve de morir allí. Es
necesario, forzosamente, hacer justicia. No se trata de ser sanguinario o de
buscar venganza. Pero si todo esto no tiene su debida conclusión las pesadillas
de muchas personas no tendrán fin. —De pronto se detuvo, como si acabara de
comprender algo de lo que el prior había dicho—. Os pido disculpas, excelencia,
estabais diciendo que...
El prior Geoffrey suspiró y volvió a comenzar.
—Antes de que me viera obligado a regresar al tribunal, no sé si
sabéis que el rey ha llegado, él vino a verme. A falta de nadie más, parece
considerarme in loco parentis...
—¿El rey? —Adelia no lograba seguir el hilo de sus palabras.
El prior suspiró una vez más.
—Sir Rowley Picot. Sir Rowley me ha pedido que venga a veros
para —en verdad, sus gestos sugerían que era un asunto ya resuelto— pedir
vuestra mano.
Era lo que completaba ese día extraordinario. Había caído en el
infierno y había sido rescatada de él. Un hombre había muerto destrozado. En la
habitación contigua había una asesina. Había perdido su virginidad, una pérdida
gloriosa, y el hombre que se la había llevado optaba por la etiqueta,
utilizando los buenos oficios de un sucedáneo de padre para pedir su mano.
—Debo agregar —explicó el prior Geoffrey— que la proposición
tiene un coste. Durante las sesiones de los tribunales, el rey ha ofrecido a
sir Rowley el obispado de St Albans, y yo mismo he oído que Picot rechazaba la
oferta con el argumento de que quería tener libertad para casarse. —¿La quería
hasta tal punto?—. El rey Enrique no se sintió complacido —prosiguió el prior—.
Tiene un particular interés en designar a nuestro buen recaudador para dicha
diócesis, y ciertamente no está acostumbrado a que frustren sus planes. Pero
sir Rowley fue inflexible.
En esa ocasión la boca de Adelia permaneció inmóvil, incapaz de
pronunciar la respuesta que debía dar.
Junto con el arrebato del amor llegó el miedo a decir que sí, a
aceptar que era lo que más quería, porque esa mañana Rowley había ahuyentado el
daño causado a su mente y la había purificado. Lo cual, por supuesto, era
peligroso. Si se había sacrificado tanto por ella, ¿no era correcto y hermoso
que hiciera un sacrificio similar por él?
Sacrificio.
El prior Geoffrey alegó:
—Aunque haya desilusionado al rey Enrique, el pretendiente me ha
encargado que os diga que sigue siendo una figura estimada y elegida para
ocupar una alta posición, de modo que la unión no será para vos desventajosa.
—Viendo que Adelia aún no respondía, continuó—: A decir verdad, yo estaría
feliz de veros unida a él. —Unida—. Adelia, querida. —El prior Geoffrey le
cogió la mano—. El hombre merece una respuesta.
La merecía. Y se la dio.
La puerta se abrió y el hermano Gilbert permaneció en el umbral,
malinterpretando la escena que tenía delante —el superior de su congregación
con dos mujeres en un dormitorio—, qué indecoroso.
—Los señores están reunidos, prior.
—Entonces debemos atenderlos. —El prior le cogió la mano a
Adelia y se la besó. Pero lo decididamente indecoroso fue el guiño que Gyltha y
él intercambiaron.
Las dignidades convocadas se habían reunido en el refectorio del
monasterio. De ese modo los monjes podían utilizar la iglesia en sus horas de
vigilia, como hacían habitualmente. Por su parte, ellos no interrumpirían el
consejo, dado que ya habían cenado y faltaban horas para el desayuno.
Quizás nunca supieran que se había realizado, pensó Adelia.
El denominado consejo era, de hecho, un juicio. No se juzgaba a
la joven mujer que estaba convenientemente escoltada por la priora y la hermana
Walburga, con la cabeza algo inclinada y las manos mansamente cruzadas.
La acusada era Vesubia Adelia Rachel Ortese Aguilar, una
extranjera —quien, a petición de la priora Joan, había sido obligada a
abandonar el lecho donde convalecía— por haber formulado una acusación
injustificada, obscena, demoníaca, contra un miembro inocente y piadoso de la
santa orden de Santa Radegunda, y debía ser castigada por ello.
Adelia estaba de pie en el centro de una sala. Los diablillos
que tachonaban las vigas del artesonado le sonreían. La larga mesa y sus bancos
habían sido trasladados hacia uno de los extremos. Contra la pared se alineaban
las sillas de los jueces. Esas variaciones habían alterado las bellas
proporciones del salón, aumentando la crispación de Adelia, fruto de la
incredulidad, la ira y, por qué no decirlo, el decidido terror, puesto que
frente a ella estaban tres de los muchos jueces ambulantes llegados a Cambridge
para las sesiones de los altos tribunales, los obispos de Norwich y Lincoln, y
el abad de Ely. Eran los representantes de la autoridad legal de Inglaterra.
Podían cerrar sus puños enjoyados y aplastar a Adelia. También ellos parecían
disgustados por verse privados de su merecido sueño —después de un largo día
dictaminando— y haber tenido que ser trasladados en medio de la noche y la
tormenta desde el castillo hasta San Agustín para sentarse frente a ella.
Adelia sentía que la hostilidad que emanaba de esos hombres era suficiente para
que a su paso las ramas que estaban en el suelo se hicieran trizas y formaran
pilas.
El más hostil era el archidiácono de Canterbury. No era juez,
pero se consideraba —y evidentemente los demás coincidían con su apreciación—
la voz del finado y mártir Tomás Becket, y todo indicaba que cualquier ataque a
un miembro de la Iglesia —en este caso, la denuncia de Adelia contra la hermana
Verónica de Santa Radegunda— era para él comparable con la actitud de los
caballeros de Enrique II que habían desparramado los sesos de Becket en el
suelo de su catedral.
El prior Geoffrey se sorprendió de que todos fueran hombres de
la Iglesia.
—Señorías, esperaba también la asistencia de algunos seculares.
—Este asunto atañe exclusivamente a la Iglesia —respondieron. El
prior se vio obligado a callar. Ellos eran sus superiores.
Un joven, entendido con todo ese procedimiento, los acompañaba,
aunque a juzgar por su vestimenta no era clérigo. Traía una escribanía para
tomar notas. Adelia supo su nombre cuando alguien se dirigió a él: Hubert
Walter.
Detrás de las sillas se alineaban varias personas que trabajaban
para los tribunales, dos secretarios —uno de ellos dormía de pie—, un hombre
armado que había olvidado quitarse el gorro de dormir antes de ponerse el
yelmo, y dos alguaciles con esposas en el cinto y sendas mazas.
Adelia estaba sola y alejada de ellos, Mansur no había sido
autorizado a quedarse a su lado más que un momento.
—¿Qué es... eso, prior?
—Es el sirviente de la señora Adelia, su señoría.
—¿Un sarraceno?
—Un distinguido doctor árabe, su señoría.
—Ella no necesita doctor o sirviente, y tampoco nosotros.
Mansur fue expulsado de la sala.
El prior Geoffrey permaneció de pie junto al alguacil Baldwin en
uno de los extremos de la fila de sillas; detrás se distinguía al hermano
Gilbert.
Aquel bendito había hecho todo lo posible. Había contado la
horrenda historia, explicando la participación de Simón y Adelia, había dado a
conocer los hallazgos de maese Simón y las circunstancias de su muerte, había
referido las pruebas que había visto con sus propios ojos al descender por el
pozo de Wandlebury Ring, concluyendo con la acusación contra la hermana
Verónica.
Había tenido la precaución de no comentar que Adelia había
examinado los cadáveres de los niños y la calificación con que contaba para
hacerlo. Ella agradecía a Dios que lo hubiera pasado por alto. Su situación ya
era suficientemente complicada como para añadirle además una acusación por
actos de brujería.
Se llamó a Hugh, el cazador, que esperaba en el refectorio con
sus garantes, los hombres que —de acuerdo con el sistema legal de Inglaterra—
daban fe de su honestidad. De pie, sosteniendo el sombrero a la altura del
pecho, declaró que, al mirar en el pozo, había identificado la figura desnuda
de sir Joscelin de Grantchester. Había descendido, examinado el puñal de
piedra, y en la cámara con forma de útero había reconocido el collar de perro
sujeto a una cadena.
—Era de sir Joscelin, sus señorías. Había visto docenas de veces
a su perro con ese collar, y su sello estaba grabado en el cuero.
El collar del perro fue entregado, el sello examinado.
No quedaban dudas de que sir Joscelin de Grantchester había
matado a los niños. Los jueces estaban consternados.
«Joscelin de Grantchester debe ser declarado culpable de felonía
y asesinato. Sus restos serán exhibidos en la plaza del mercado de Cambridge y
no recibirán cristiana sepultura».
En cuanto a la hermana Verónica...
No había pruebas concluyentes en su contra porque no se permitió
que Ulf diera su testimonio.
—¿Cuántos años tiene el niño, prior? No debería contar con un
garante hasta que cumpla doce.
—Nueve, su señoría, pero es un niño perspicaz y honesto.
—¿Cuál es su condición?
—Es persona libre, su señoría, no un siervo. Trabaja con su
abuela vendiendo anguilas.
En ese momento el hermano Gilbert intervino. Susurró arteramente
algo en el oído del archidiácono, dando señales de satisfacción.
Ah, la abuela no era casada, jamás lo había sido, posiblemete
fuera progenitura de hijos ilegítimos. El chico era una especie de bastardo, no
tenía rango social alguno. La ley no le reconocía derechos.
Por lo tanto, Ulf, como Mansur, había sido confinado a la cocina
aneja al refectorio. Gyltha le tapó la boca para que no se oyeran sus gritos y
ambos escuchaban desde el otro lado de la ventanilla, a través de la cual
llegaba el aroma del tocino y el caldo que iba impregnando las lujosas capas de
armiño de los jueces, mientras el rabino Gotsce —también en la cocina— les
traducía al inglés lo que esos señores decían en latín. Su presencia había
escandalizado a la corte.
—¿Habéis traído a un judío ante nosotros, prior Geoffrey?
—Su señoría, los judíos de esta ciudad han sido groseramente
calumniados. Puedo demostrar que sir Joscelin era uno de sus principales
deudores y que parte de su vileza consistió en lograr que ellos fueran acusados
por sus crímenes y que sus cuentas fueran quemadas.
—¿El judío tiene pruebas?
—Las cuentas fueron destruidas, su señoría, como os dije. Pero
seguramente el rabino tiene autoridad para...
—La ley no le reconoce autoridad.
La ley tampoco reconocía que una monja en cuyo rostro se
percibía la pureza de su alma pudiera hacer aquello que Adelia alegaba.
La priora habló en su nombre.
—Como Santa Radegunda, la amada fundadora de nuestra orden, la
hermana Verónica nació en Turingia. Pero su padre, un mercader, se estableció
en Poitiers, donde ella fue entregada al convento cuando tenía tres años.
Siendo aún una niña fue enviada a Inglaterra. Incluso a tan temprana edad era
evidente su devoción por Dios y su Santa Madre, que ha conservado desde
entonces. —La priora Joan había atemperado su voz; las manos callosas a causa
de sostener las riendas estaban ocultas en sus mangas. Todo en ella indicaba
que era la autoridad de una disciplinada congregación religiosa—. Señorías, doy
fe de la modestia y la templanza de esta monja, y de su devoción al Señor. Más
de una vez, mientras las demás monjas disfrutaban de sus momentos de recreo,
ella ha permanecido arrodillada junto a nuestro bendito pequeño Peter de
Trumpington.
Desde la cocina se oyó un chillido ahogado.
—A quien ella condujo a la muerte —concluyó Adelia.
—Dominad vuestra lengua, mujer —le advirtió el archidiácono.
La priora se giró hacia Adelia y la señaló con el dedo. Su voz
resonó como un cuerno de caza.
—Juzgad por vosotros mismos, señorías. Juzgad entre eso, una
víbora difamadora, y esto, un ejemplo de santidad.
Por desgracia, el vestido que Gyltha le había traído era el que
Adelia había usado en la fiesta de Grantchester. El corsé era demasiado bajo y
el color demasiado vivo. No resultaba favorecida en la comparación con el
sobrio blanco y negro de la monja. Desafortunadamente también, en medio de su
dicha por el regreso de Ulf, Gyltha había olvidado traerle un velo o un
sombrero, y en consecuencia, Adelia, que había perdido el que llevaba en las
profundidades de Wandlebury Ring, tenía la cabeza tan descubierta como una
ramera.
Nadie, salvo el prior Geoffrey, habló en su nombre.
Ni siquiera Rowley Picot, pues no estaba presente.
El archidiácono de Canterbury se puso de pie. Todavía llevaba
las zapatillas que usaba al levantarse de la cama. Era un anciano diminuto,
pleno de vitalidad.
—Expidámonos presto sobre este asunto para que todos podamos
retornar a nuestros lechos y si descubrimos que la acusación ha sido
malintencionada... —eí rostro que miró a Adeíia era el de un mono malvado— los
responsables serán azotados.
Uno por uno, los pilares sobre los que Adelia había construido
su alegato fueron analizados y descartados.
¿La palabra de un menor, bastardo y vendedor de anguilas, contra
la de una esposa de Cristo?
¿La familiaridad que la dama tenía con el río? ¿Quién, en esa
ciudad rodeada de agua, no era diestro manejando un bote?
¿Láudano? ¿No estaba generalmente disponible en cualquier
botica?
¿Que ocasionalmente pasara la noche fuera del convento? Bien...
Por primera vez, el joven llamado Hubert Walter —que había
estado concentrado en sus anotaciones— alzó la cabeza e hizo oír su voz.
—Tal vez eso necesite una explicación, señor. Es algo inusual.
—Si me permitís, señorías. —La priora Joan volvía a atacar—.
Llevar provisiones a nuestras anacoretas es un acto de caridad que consume
todas las energías de la hermana Verónica. Podéis ver cuan frágil es. En
consecuencia, cuenta con mi permiso para pasar esas noches dedicada al descanso
y la meditación en compañía de una de las eremitas antes de regresar al
convento.
—Loable, en verdad.
Los ojos de los jueces se posaron, llenos de admiración, en la
figura de la hermana Verónica, delgada como una vara de sauce.
Adelia se preguntaba quién sería esa eremita, y por qué no había
comparecido ante esa corte para decir cuántas noches ella y la hermana Verónica
habían dedicado a la meditación: ninguna, podía asegurarlo.
Pero era justificable. Precisamente por ser una anacoreta no
habría llegado hasta allí. Exigir que lo hiciera sólo daría lugar a nuevas
comparaciones desventajosas, esta vez, entre la estridencia de Adelia y el
respetuoso silencio de Verónica.
«¿Dónde estás, Rowley? Si vamos a casarnos, no deberías haberme
dejado sola. Rowley, la dejarán libre».
El desmoronamiento continuó.
¿Quién había visto cómo había muerto Simón de Nápoles? ¿La
investigación no había confirmado acaso que murió ahogado, por accidente?
Las paredes del gran salón se cerraban en torno a ella. Un
alguacil observaba las esposas, tratando de determinar si su tamaño era
adecuado para las pequeñas muñecas de Adelia. Sobre su cabeza, las gárgolas se
regodeaban; los ojos de los jueces la desollaban.
El archidiácono estaba preguntando acerca de los motivos que la
habían llevado a Wandlebury Ring.
—¿Con qué intención fue hasta ese infame lugar, señorías? ¿Cómo
sabía lo que ocurría allí? Podríamos suponer que ella era cómplice del demonio
de Grantchester en lugar de la santa mujer a la que acusa, cuyo único crimen,
aparentemente, fue seguirla sin pensar en su propia seguridad.
El prior Geoffrey abrió la boca, pero Hubert Walter, que seguía
entretenido, se anticipó a sus palabras.
—Creo que debemos aceptar, señorías, que los cuatro niños
murieron antes de que esta mujer llegara a Inglaterra. Al menos, debemos
exculparla de esos crímenes.
El archidiácono estaba disgustado.
—No obstante, hemos probado que es una calumniadora y ella misma
ha declarado que sabía de la existencia del pozo y las circunstancias
relacionadas con él. Es extraño, señorías. Me resulta sospechoso.
—También a mí —intervino el obispo de Norwich, bostezando—.
Condenen a la maldita mujer a ser azotada y terminemos con esto.
—¿Ése es el veredicto de todos?
Ése era.
Adelia gritó, no en su defensa, sino en nombre de los niños de
Cambridge.
—No la dejéis ir, os lo ruego. Volverá a matar.
Los jueces no la escucharon, ni siquiera la miraron. Su atención
se había vuelto hacia la persona que acababa de entrar en el refectorio, por la
cocina, con un cuenco de caldo con tocino del que daba buena cuenta.
Guiñó un ojo a la asamblea.
—¿Un juicio, verdad?
Adelia esperaba que ese hombre, vestido con ropas sencillas,
fuera despedido entre epítetos despectivos por donde había venido. Un par de
sabuesos habían entrado con él. Sería un cazador, llegado a ese lugar por
equivocación.
Pero los señores jueces permanecían de pie haciendo reverencias.
Ennrique Plantagenet, rey de Inglaterra, duque de Normandía y
Aquitania, conde de Anjou, se sentó en la mesa del refectorio, dejó que sus
piernas se balancearan y miró a su alrededor.
—¿Y bien?
—No es un juicio, excelencia. —El obispo de Norwich se había
despertado y trinaba como una alondra—. Tan sólo un consejo, una investigación
preliminar acerca de la muerte de los niños de nuestra ciudad. El asesino ha
sido identificado pero esa... —dijo señalando a Adelia— esa mujer ha acusado de
complicidad a esta monja de Santa Radegunda.
—Ah, sí —asintió el rey, complacido—. Pensé que el reino de lo
espiritual contaba aquí con un exceso de representantes. ¿Dónde está De Luci?
¿Y De Glanville? ¿Dónde están los representantes del mundo terrenal?
—No quisimos interrumpir su descanso, excelencia.
—Muy considerado —repuso Enrique, aún complacido. Sin embargo,
el obispo temblaba—. ¿Y a qué conclusiones hemos llegado?
Hubert Walter había abandonado su lugar para ubicarse junto al
rey, con el pergamino en la mano. El monarca dejó el cuenco de caldo para
leerlo.
—Espero que no os importe que me entrometa en este caso. Me está
causando algunos problemas. Mis judíos de Cambridge han sido encarcelados en la
torre del castillo por este motivo. —Luego el rey agregó, amablemente—: Y en
consecuencia mis ganancias han disminuido.
La frase del soberano hizo que los jueces se revolvieran,
turbados.
Mientras leía el pergamino, el rey cogió un puñado de ramas del
suelo. Un tenso silencio reinó en la sala, sólo interrumpido por la lluvia que
golpeaba los cristales de las altas ventanas y un perro que roía un hueso que
había encontrado debajo de la mesa.
Adelia no sabía cómo se sostenía en pie. Le temblaban las
piernas. Ese hombre de aspecto tan común había sembrado un terror
indiscriminado en el refectorio.
El rey comenzó a murmurar, acercando el pergamino a un
candelabro para leer mejor.
—El chico dice que fue secuestrado por la monja... no reconocido
por la ley... humm. —Enrique puso una de las ramas que sostenía junto al
candelabro—. Espléndido caldo, prior —comentó distraídamente.
—Gracias, excelencia.
—El conocimiento del río, y el uso que la monja hacía... —Otra
rama fue depositada junto a la primera—. Un opiáceo... —Esta vez la rama quedó
encima de las otras dos, formando una cruz—. Toda la noche en vigilia con una
eremita... —El rey levantó la vista—. ¿La eremita ha sido llamada a prestar
testimonio? Oh, no, lo olvidaba, esto no es un juicio.
Las piernas de Adelia se debilitaron, pero en esa ocasión debido
a una esperanza, tan tenue que apenas se atrevía a alentar. Las ramas de
Enrique Plantagenet, claramente entrecruzadas —como si las hubiera dispuesto
para el juego que consistía en quitar una de ellas sin mover las demás— se
multiplicaban con cada párrafo de las pruebas que ella había presentado en
contra de Verónica.
—Simón de Nápoles, ahogado mientras estaba en posesión de las
cuentas... el río otra vez... un judío, por supuesto, qué se podía esperar...
—El rey meneó la cabeza ante el trato desconsiderado hacia los judíos y siguió
leyendo—: Las sospechas de la mujer laica... Wan-del-bury Ring... sostiene que
ella fue arrojada a un pozo... no vio quién... peleas... mujer laica y monja...
ambas heridas... niño rescatado... caballero del lugar responsable...
El rey dejó de leer, miró la pila de ramas, luego a los jueces.
El obispo de Norwich carraspeó.
—Como veréis, excelencia, todos los cargos contra la hermana
Verónica carecen de sustento. Nadie puede acusarla porque...
—Salvo el niño, por supuesto —interrumpió Enrique—, pero no
podemos dar ningún valor legal a sus palabras, ¿verdad? No, estoy de acuerdo,
todo es circunstancial —alegó, y volvió a mirar las ramas—. Maldición, hay
cantidad de circunstancias, pero... —El rey infló sus mejillas, sopló con
fuerza y las ramas se desparramaron—. En consecuencia, ¿qué habéis decidido
hacer con esta dama calumniadora llamada... Adele? Vuestra caligrafía es
lamentable, Hubert.
—Lo siento, excelencia. Su nombre es Adelia.
El archidiácono estaba cada vez más inquieto.
—Es imperdonable que ella calumnie de esa manera a una
religiosa. Su actitud no puede ser ignorada.
—Ciertamente —afirmó Enrique—. Deberíamos colgarla, ¿estáis de
acuerdo?
El archidiácono pasó a la ofensiva.
—Esta mujer es una extranjera, no se sabe de dónde ha llegado,
vino en compañía de un judío y un sarraceno. ¿Permitiremos que eleve sus
calumnias contra la Santa Madre Iglesia? ¿Con qué derecho? ¿Quién la envió y
por qué? ¿Para sembrar discordia? Os digo que el demonio la ha puesto entre
nosotros.
—En realidad, fui yo —manifestó el rey.
Sobre la sala se abatió el silencio como una avalancha de nieve.
Desde la puerta que estaba detrás de los jueces se oía chapotear a los monjes
de Barnwell mientras se dirigían desde el claustro hacia la iglesia bajo la
lluvia.
El rey miró por primera vez a Adelia, y una sonrisa dejó a la
vista sus pequeños dientes feroces.
—No lo sabíais, ¿verdad? —Luego se dirigió a los jueces, que
seguían de pie. No habían sido invitados a tomar asiento—. Veréis, señorías.
Los niños estaban desapareciendo en Cambridge, y lo mismo pasaba con mis
ingresos. Los judíos estaban en la torre. En las calles había tumultos.
Entonces le dije a Aarón de Lincoln, lo conocéis, obispo, os ha prestado dinero
para vuestra catedral: «Aarón, debemos hacer algo respecto a lo que ocurre en
Cambridge. Si los judíos están masacrando niños para sus rituales, debemos
llevarlos a la horca. Si no, será otro el que deba morir». Lo que me
recuerda... —El rey alzó la voz—. Venid, rabino, me han dicho que esto no es un
juicio. —La puerta de la cocina se abrió y el rabino Gotsce entró
cautelosamente, haciendo frecuentes reverencias, que daban cuenta de su
nerviosismo. El rey no le dio importancia—. Como decía, Aarón se retiró para
pensar sobre el asunto, y cuando lo hubo meditado, regresó. Declaró que el
hombre que necesitábamos era, sin duda, Simón de Nápoles. Otro judío, señores,
un investigador de renombre. Aarón también sugirió que Simón viniera acompañado
por una persona experta en el arte de la muerte. —El rey dedicó otra de sus
sonrisas a los jueces—. Seguramente os preguntaréis: ¿qué es un experto en el
arte de la muerte? Yo mismo me lo pregunté. ¿Un nigromante? ¿Una especie de
torturador refinado? Pero no, tal parece que existen personas calificadas que
pueden interpretar los cadáveres, y en este caso, podían descubrir de qué
manera habían muerto los niños de Cambridge y eso podía dar indicios acerca de
quién había sido el asesino. ¿Hay un poco más de este excelente caldo?
La digresión en medio del discurso del rey se produjo tan
rápidamente que pasaron unos instantes antes de que el prior Geoffrey se
levantara y cruzara la sala hacia la ventanilla, como un sonámbulo. Como algo
natural, una mujer le alcanzó un cuenco humeante. Lo cogió, regresó y se lo
ofreció al rey con una rodilla en el suelo.
En el ínterin, el rey se había dedicado a conversar con la
priora Joan.
—Esperaba ir a cazar verracos esta noche. ¿Será demasiado tarde?
¿Habrán regresado a su guarida?
La priora pareció confusa, pero estaba encantada.
—Todavía no, excelencia. Si me permitís una sugerencia, vuestros
sabuesos pueden guiaros hacia los bosques de Babraham donde... —Su voz se fue
apagando a medida que comprendió su error—. Sólo repito lo que he oído,
excelencia. No tengo tiempo para cazar.
—¿De verdad, señora? —Enrique parecía muy sorprendido—-. He oído
que sois famosa, una asidua Diana.
Una emboscada, pensó Adelia. Advirtió que estaba presenciando un
ejercicio que, más allá de que resultara exitoso, llevaba la astucia al terreno
del arte.
—Entonces... —prosiguió el rey, masticando—. Gracias, prior.
Entonces pregunté a Aarón: «¿Dónde demonios encontraremos un experto en el arte
de la muerte?». Y él dijo: «No es necesario ir muy lejos, excelencia. En
Salerno». A nuestro Aarón le agrada bromear. Aparentemente, en la excelente
escuela de medicina de Salerno se enseña esa misteriosa ciencia. De modo que,
para abreviar un poco esta larga historia, escribí al rey de Sicilia... —El rey
dirigió una mirada fulminante a la priora—. Es mi primo, como sabéis. Le
escribí para solicitarle los servicios de Simón de Nápoles y de un experto en
la muerte. —Enrique había tragado demasiado rápido y comenzó a toser. Hubert
Walter le dio unas palmadas en la espalda—. Gracias, Hubert —dijo secándose los
ojos—. Bien. Dos cosas salieron mal. Por una parte, yo estaba fuera de
Inglaterra combatiendo a los malditos Lusignan cuando Simón de Nápoles llegó a
este país. Por otra, parece que en Salerno las mujeres estudian medicina.
¿Pueden creerlo, señorías? Y algún idiota incapaz de distinguir a Adán de Eva
en lugar de enviar a un experto en el arte de la muerte mandó una experta. Allí
está. —Sólo el rey se dignó mirar a Adelia. Los demás continuaron con los ojos
fijos en él—. Por lo que me temo, señorías, que no podremos ahorcarla, aunque
fuera nuestro deseo. No nos pertenece, es una subdita del rey de Sicilia y mi
primo Guillermo querrá que se la devolvamos en buenas condiciones. —El rey
había bajado de la mesa, caminaba por la sala hurgándose los dientes, sumido en
profunda meditación—. ¿Qué podéis decir, señorías? ¿Creéis que, teniendo en
cuenta que esta mujer y un judío parecen haber evitado que más niños tuvieran
una muerte horrenda en manos de un caballero cuya cabeza ahora se conserva en
un barril de salmuera del castillo... —Enrique suspiró desconcertado y meneó la
cabeza—, podemos atrevernos a azotarla? —Nadie habló. No se esperaba que lo
hicieran—. De hecho, señorías, me atrevo a asegurar que mi primo Guillermo no
verá con buenos ojos que alguien importune a la señora Adelia pretendiendo
acusarla de brujería o conducta indebida. —La voz del rey se había convertido
en un látigo—. Como tampoco lo haré yo.
«Os serviré el resto de mis días», pensó Adelia, llena de
gratitud y admiración. «Pero, incluso vos, el gran Plantagenet, ¿lograréis que
esta monja sea juzgada?».
Rowley había llegado a la sala. Hizo una reverencia al monarca,
mucho menos alto que él, y le entregó algunas cosas.
—Siento haberos hecho esperar, excelencia. —Ambos se miraron y
Rowley asintió. Eran aliados.
Rowley caminó en dirección al prior Geoffrey. Su capa se veía
más oscura, mojada por la lluvia, y olía a aire fresco. Eso era él, aire
fresco, y Adelia se sintió súbitamente colmada de felicidad por llevar un
vestido con corsé y la cabeza descubierta como una ramera. Podía haberse
desnudado nuevamente para él. «Seré vuestra ramera todas las veces que lo
deseéis, estoy orgullosa de serlo».
Le vio comentar algo. El prior dio instrucciones al hermano
Gilbert, que salió de la sala.
El rey había vuelto a ocupar su lugar sobre la mesa. Se dirigió
a la más gorda de las tres monjas que estaban en el centro del refectorio.
—Hermana, sí, vos, venid aquí.
La priora Joan miraba con desconfianza a Walburga, que,
recelosa, se acercaba al rey. Los ojos de Verónica seguían mirando hacia abajo
y sus manos no se habían movido en ningún momento.
Con más amabilidad, pero con el mismo audible tono de voz, el
rey la interrogó:
—Decidme, hermana, ¿qué hacéis en el convento? Hablad con
franqueza, os prometo que nada os sucederá.
Lo hizo, las palabras surgieron entrecortadas al principio, pero
pocas personas podían resistirse a Enrique cuando era amable, y Walburga era
una de ellas.
—Medito sobre la palabra del Señor, excelencia, como las demás,
rezo las oraciones de la fundadora de nuestra orden y voy en bote a llevar
provisiones a las anacoretas... —En ese punto hubo un atisbo de duda.
Adelia comprendió que Walburga, con su escaso dominio del latín,
estaba tan desconcertada por el desarrollo de los acontecimientos que no había
comprendido la mayor parte de lo dirimido.
—Y así pasamos los días, casi siempre...
—¿Os alimentáis bien? ¿La comida es abundante?
—Oh, sí, excelencia. —Walburga podía hablar sobre ese tema y se
sentía más segura—. La madre Joan siempre nos trae algunas de las liebres que
caza y mi tía prepara la manteca y la crema. Nos alimentamos muy bien.
—¿Qué más hacéis?
—Lustro el relicario del pequeño Peter y hago trabajos de
cestería que los peregrinos compran como recuerdo y...
—Apuesto a que sois la mejor tejedora del convento —opinó
Enrique, muy jovial.
—Bueno, no debería decirlo, pero lo hago muy bien, aunque tal
vez la hermana Verónica y la pobre hermana Agnes podrían igualarme.
—Supongo que cada una tiene su propio estilo. —Walburga
parpadeó. Enrique comprendió que debía formular la pregunta de otro modo—. Si
quisiera elegir un recuerdo entre una pila de ellos, ¿podríais decirme cuál fue
hecho por vos, por Agnes o por Verónica?
Por Dios. Adelia sintió un escalofrío. Miró a Rowley, pero él no
le devolvió la mirada. Walburga se rio tímidamente.
—No es necesario, excelencia. Puedo hacer uno para vos, gratis.
El rey sonrió.
—Vaya, ya le he pedido a sir Rowley que traiga algunos. —El
monarca cogió uno de los pequeños objetos de la pila de figuras y esteras que
el recaudador de impuestos le había entregado—. ¿Habéis hecho éste?
—Oh, no. Ése lo hizo la hermana Odilia antes de morir.
—¿Y éste?
—Magdalene.
—¿Y este otro?
—Verónica.
—Prior —llamó. El hermano Gilbert había regresado. El prior
Geoffrey traía otros objetos para que Walburga los observara—. ¿Y éstos, niña?
¿Quién los hizo?
Estaban en la palma de su mano, como estrellas hechas con
tallos, bella e intrincadamente entretejidos con la forma de un quincucio.
Walburga disfrutaba del juego.
—Ésos también los hizo la hermana Verónica.
—¿Estáis segura?
—Completamente segura, excelencia. Es su diversión. La pobre
hermana Agnes decía que no debía hacerlos, porque tenían un aspecto pagano,
pero no hacían ningún daño.
—Ningún daño —coreó suavemente el rey—. ¿Prior?
El prior Geoffrey se puso frente a los jueces.
—Señorías, estos recuerdos estaban sobre los cadáveres de los
niños cuando los encontraron en Wandlebury. Esta monja acaba de identificarlos.
Ha dicho que son obra de la religiosa acusada.
Adelia contuvo la respiración. No era suficiente. Ella podría
dar cientos de excusas. Era ingenioso, pero no constituía una prueba.
Sin embargo, lo fue para la priora Joan, que miró a su protegida
con desesperación.
Lo fue para Verónica. Durante un instante permaneció serena.
Luego gritó, levantó la cabeza y sacudió las manos.
—Protegedme, señorías. Creéis que fue devorado por los perros,
pero está allí arriba. Allí arriba.
Todos los ojos miraron, junto con ella, las vigas donde las
gárgolas se reían desde las sombras y luego se dirigieron a Verónica. La monja
se había tirado al suelo y se retorcía como una posesa.
—Os hará daño. Me hace daño cuando no le obedezco. Me hace daño
cuando entra dentro de mí. Él hace daño. Oh, salvadme del diablo.
Capítulo 16
El aire de la sala se enrareció volviéndose tórrido y pesado.
Los hombres estaban cabizbajos, las bocas inexpresivas, los cuerpos rígidos.
Verónica giraba entre la paja del suelo, levantándose el hábito, señalando su
vagina y gritando que el diablo había entrado por allí.
Los objetos hechos por la monja, livianos como plumas,
resultaron ser una prueba de tanto peso que todas las mentiras quedaron a la
vista. Se había abierto una puerta por la que salía toda la pestilencia.
—Le rogué a la madre... sálvame, sálvame María... pero él me
clavó su cuerno aquí, aquí. Me hizo mucho daño... Tenía una cornamenta... Yo no
podía... Dulce hijo de María, me obligó a ver las cosas que hacía... cosas
horribles, horribles... había sangre, mucha sangre. Ansiaba la sangre del
Señor, pero era esclava del diablo... él hace daño... me mordió los pechos...
aquí, me desnudó... me pegó... puso su cuerno en mi boca... Rogué que Jesús me
ayudara... pero él es el príncipe de la oscuridad... oigo su voz, me dijo que
hiciera cosas... tenía miedo... detenedlo... no lo dejéis marchar...
Ruegos, humillaciones. Una y otra vez.
«Ésa fue su alianza con la bestia», pensó Adelia. Una y otra
vez. Durante meses le había procurado un niño tras otro, había observado la
tortura, y no había intentado liberarse. Eso no era esclavitud.
Además de exponer su alma, Verónica también exponía su joven
cuerpo. Se había recogido la falda por encima de las pantorrillas. Sus pequeños
pechos asomaban entre las rasgaduras de su hábito.
Era una actuación. Culpaba al demonio. Había matado a Simón.
Estaba disfrutando. Era sexo, sólo eso.
Los jueces estaban más que embelesados. El obispo de Norwich
apoyaba la cabeza en su muleta. El anciano archidiácono resoplaba. Hubert
Walter babeaba. Incluso Rowley se pasó la lengua por los labios.
Cuando Verónica hizo una pausa para recuperar el aliento, un
obispo dijo casi reverentemente:
—Está poseída por el demonio. Jamás he visto un caso tan claro.
Los demonios lo habían hecho. Una vez más el príncipe de la
oscuridad intentaba socavar los cimientos de la Santa Madre Iglesia. Un
incidente lamentable pero comprensible, parte de la lucha entre el pecado y la
santidad. Sólo el demonio era culpable. Adelia miró el rostro del único hombre
de la sala que contemplaba el espectáculo con irónica admiración.
—Ella mató a Simón de Nápoles —afirmó Adelia.
—Lo sé.
—Ella participó en el asesinato de los niños.
—Lo sé.
Verónica se arrastraba por el suelo, en dirección a los jueces.
Se aferró a las zapatillas del archidiácono y su cabellera suave y oscura cayó
sobre los pies del religioso.
—Salvadme, mi señor, no dejéis que me obligue otra vez. Ansío
reunirme con el Señor, llevadme con mi Redentor. Apartad al demonio.
La inocencia había desaparecido de la enajenada y desmelenada
Verónica y el atractivo sexual había ocupado su lugar, más viejo y magullado
que aquello que reemplazaba, pero aun así atractivo.
El archidiácono se agachó hacia ella.
—Ya está bien, niña.
La mesa se sacudió cuando Enrique saltó de ella.
—¿Criáis cerdos, señor prior?
El prior Geoffrey miró hacia otro lado.
—¿Cerdos?
—Cerdos. Que alguien ayude a esta mujer a ponerse de pie.
Se dieron instrucciones. Dos hombres armados levantaron a
Verónica, que quedó colgando entre ambos.
—Ahora, señora —le dijo Enrique—, podréis ayudarnos.
Verónica levantó sus párpados para mirarlo. La expresión de sus
ojos era calculadora.
—Llevadme con mi Redentor. Dejad que lave mis pecados en la
sangre del Señor.
—La redención está en la verdad y, por lo tanto, nos contaréis
cómo mató el demonio a los niños. Debéis mostrarnos de qué manera lo hizo.
—¿Es lo que el Señor quiere? Había sangre, mucha sangre.
—Insisto en ello. —El rey levantó una mano. Era una advertencia
para los jueces, que se habían puesto de pie—. Ella lo sabe. Lo vio. Nos lo
mostrará.
Hugh entró con un lechón, que mostró al rey. El monarca lo
aprobó. Cuando el cazador pasó junto a ella camino de la cocina, Adelia,
desconcertada, vio un hocico pequeño y redondeado. Olía a granja.
Uno de los hombres armados pasó arrastrando a Verónica en la
misma dirección, seguido por el otro, que llevaba ceremoniosamente, en sus
manos abiertas, un puñal con la hoja tallada, un puñal de piedra, el puñal.
¿Eso es lo que quiere que suceda? Dios, sálvanos.
Todos, los jueces, Walburga —parpadeando—, se apretujaron rumbo
a la cocina. La priora Joan trató de mantenerse alejada, pero el rey la cogió
por el codo y la llevó consigo.
—Ulf no debe ver esto —replicó Adelia cuando Rowley pasó a su
lado.
—Lo envié a casa con Gyltha.
Luego, él también salió en dirección a la cocina. Adelia
permaneció en el refectorio vacío.
¿Acaso era todo aquello una maniobra del rey? No se trataba sólo
de probar la culpabilidad de Verónica: Enrique estaba vengándose de la Iglesia,
que lo había condenado por el asesinato de Tomás Becket.
También eso era horrible. Una trampa tendida por un rey artero
no sólo para que cayera una criatura que —dado que la trampa era tan artera
como él— no tenía más alternativa que caer en ella, sino para que su mayor
enemigo comprobara su propia debilidad.
Sin embargo, aunque la criatura que cayera en ella fuera vil,
una trampa era siempre una trampa.
A causa de las idas y venidas la puerta del claustro estaba
abierta. Amanecía y los monjes cantaban. No habían dejado de cantar en ningún
momento. Mientras escuchaba esas voces acompasadas y armoniosas, sintió que el
aire nocturno enfriaba las lágrimas que corrían por sus mejillas. No las había
notado.
Escuchó la voz del rey desde la cocina.
—Ponedlo en la tabla del carnicero. Muy bien, hermana.
Mostradnos lo que él hizo.
Luego pusieron el puñal en la mano de Verónica.
—No es necesario que lo utilicéis. Sólo decidnos cómo lo hizo.
Las palabras de la monja se oían nítidamente a través de la
ventanilla.
—¿Seré redimida?
—La verdad es redención —repitió el rey, inexorable.
Silencio.
—A él no le gustaba que cerraran los ojos. —Se oyó el primer
chillido del lechón—. Y luego...
Adelia se tapó las orejas, pero sus manos no lograron aislarla
de otro grito, más desgarrador, y luego otro. La voz de la monja se alzaba
sobre ellos.
—Así, luego así, y luego...
Estaba loca. Si antes había tratado de engañar con astucia, no
era más que la astucia del insano e incluso ese recurso la había abandonado.
«Dios, ¿qué hay en esa mente?».
¿Carcajadas? No, era una risita nerviosa, un sonido maníaco que
iba en aumento. Mientras succionaba la vida que se estaba cobrando, la voz
humana de Verónica se transformaba en algo inhumano que se alzaba sobre los
gritos de agonía del lechón, hasta que se convirtió en un sonido estridente que
evocaba a un animal con los dientes manchados de hierba y largas orejas. El
sonido quebró la serenidad de la noche.
Era un rebuzno.
Los hombres armados llevaron nuevamente a la monja hasta el
refectorio y la arrojaron al suelo. La sangre del lechón que empapaba su hábito
caía sobre la paja. Los jueces describieron un gran círculo para eludirla. El
obispo de Norwich se sacudía distraídamente la sotana salpicada. Mansur y
Rowley tenían una expresión pétrea. El rabino Gotsce estaba increíblemente
pálido. La priora Joan se dejó caer en un banco y ocultó la cabeza entre las
manos. Hugh se apoyó en el marco de la puerta con la mirada extraviada.
Adelia corrió hacia la hermana Walburga, que se tambaleaba y
estaba a punto de caer. Le faltaba el aire. La doctora le apretó las comisuras
de los labios.
—Tranquila. Respirad lentamente.
Se oyó la voz del rey.
—Bien, señorías, aparentemente la hermana le prestó al demonio
toda su colaboración.
En el silencio de la sala sólo se oía la respiración de la
aterrorizada Walburga.
Al cabo de un rato habló uno de los obispos.
—Será juzgada por un tribunal eclesiástico, por supuesto.
—Eso significa que le concederéis los beneficios que
corresponden al clero —objetó el rey.
—Todavía está entre los nuestros, excelencia.
—¿Y qué haréis con ella? La Iglesia no puede sentenciarla a
muerte, no puede derramar sangre. Todo lo que vuestro tribunal puede hacer es
excomulgarla y enviarla al mundo de los laicos. ¿Qué ocurrirá la próxima vez
que un asesino la tiente?
—Cuidado, Plantagenet —amenazó el archidiácono—. ¿Acaso continúa
vuestra disputa con el bendito Tomás? ¿Deberá morir otra vez a manos de
vuestros caballeros? ¿Pondréis en duda sus palabras? «El único rey que el clero
reconoce es Jesucristo, y él obedece al Rey de los Cielos. Los miembros de la
Iglesia deben regirse por sus propias leyes». La excomunión es la coerción más
efectiva. Esta mujer desquiciada perderá su alma.
Ésa era la voz que había resonado en una catedral cuando la
sangre de su arzobispo manchó los peldaños. Y resonaba en ese momento en un
refectorio provincial donde la sangre de un lechón empapaba las baldosas.
—Ella ya ha perdido su alma. ¿Deberá Inglaterra perder más
niños? —se oyó decir a otra voz, la que aplicaba la lógica secular. Era lo
razonable.
Pero no en ese momento. Enrique se aferró a los hombros de uno
de sus hombres armados y lo sacudió. Luego hizo lo mismo con el rabino, y con
Hugh.
—¿Lo veis? Esa era la disputa entre Becket y yo. Podéis
juzgarlos en vuestros propios tribunales, le dije, pero entregadme a los
culpables para que los castigue. He perdido, ¿lo veis? Los asesinos y los
violadores andan sueltos por mi territorio porque he perdido.
El rey recorría la habitación sacudiendo y arrojando a los
hombres como si fueran ratas. Hubert Walter se colgó de uno de sus brazos,
suplicando, y fue arrastrado.
—Excelencia, debéis recordar, os lo ruego...
El monarca se libró de él y lo miró.
—No lo toleraré, Hubert —declaró, secándose la saliva—. ¿Me
habéis oído, señorías? No lo toleraré. —Más tranquilo, el rey se enfrentó a los
temblorosos jueces—. Juzgadla, condenadla, quitadle su alma, pero yo no
permitiré que el aliento de esa criatura corrompa mi reino. Enviadla nuevamente
a Turingia, a las Indias, a donde sea. No admitiré que mueran más niños y por
la salvación de mi alma os juro que si dentro de dos días ese ser sigue
respirando el aire del territorio Plantagenet, declararé ante el mundo entero
lo que la Iglesia ha consentido. Y vos, señora... —Era el turno de la priora
Joan. El rey le tiró del tocado para levantar su cabeza, que estaba apoyada en
la mesa, dejando a la vista el cabello hirsuto y gris—. Si impusierais a
vuestras religiosas la mitad de la disciplina que aplicáis a vuestros
sabuesos... Ella debe marcharse, ¿lo comprendéis? Debe marcharse, o de lo
contrario derribaré vuestro convento, piedra por piedra, con su superiora
dentro. Ahora, abandonad este lugar y llevaos a ese gusano apestoso con vos.
Fue una partida lamentable. El prior Geoffrey estaba junto a la
puerta. Se le veía viejo y descompuesto. Ya no llovía, pero el aire húmedo y
helado del amanecer rodeaba de espesa niebla las figuras cubiertas por capas y
capuchas que montaban sus caballos, o subían en sus palanquines, volviéndolas
indistinguibles. Sólo se oía el ruido de los cascos sobre los adoquines, los
resoplidos de los caballos, los primeros trinos de los zorzales y el canto de
un gallo desde algún gallinero lejano. Nadie hablaba. Todos parecían
sonámbulos, almas en el limbo.
Todo lo contrario a la ruidosa despedida del rey: un alboroto de
sabuesos y jinetes cabalgando hacia el portón rumbo a la llanura.
A Adelia le pareció ver dos figuras con velo escoltadas por
hombres armados. Tal vez la silueta encorvada, con sombrero, que avanzaba
pesadamente hacia el castillo era la del rabino. Sólo Mansur, Dios le bendiga,
estaba junto a ella.
La doctora regresó al refectorio para consolar a Walburga. Se
habían olvidado de ella. Luego esperó a Rowley Picot. Y siguió esperando. Tal
vez se había marchado.
—¿Estáis mejor? —preguntó Adelia. Le preocupaba el estado de
Walburga. Su pulso se había acelerado de manera alarmante después de presenciar
la escena en la cocina. La monja asintió.
Ambas se movían serenamente en medio de la niebla. Mansur iba
junto a ellas. Dos veces se dio la vuelta para buscar a Salvaguarda. Dos veces
lo recordó. Al darse la vuelta por tercera vez...
—Oh, no, por Dios.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mansur.
Rakshasa caminaba detrás de ellos, oculto en la niebla.
Mansur cogió su daga; luego la volvió a poner en el cinto.
—Es el otro. Quedaos aquí.
Aún con la respiración entrecortada, Adelia vio que Mansur se
adelantaba para hablar con sir Gervase, que parecía un espectro. Estaba
consumido y extrañamente indeciso. Él y el árabe recorrieron un trecho. Los
perdió de vista, pero los oyó murmurar.
Mansur regresó sin compañía. Él y las dos mujeres siguieron
caminando.
—Debemos enviarle un frasco de ungüento —indicó Mansur.
—¿Por qué? —Dado que nada de esa noche resultaba normal, Adelia
sonrió—. ¿Tiene sífilis?
—Los otros médicos no han podido ayudarlo. El pobre hombre ha intentado
consultarme durante estos últimos días. Dice que estuvo vigilando la casa del
judío esperando mi regreso.
—Lo vi. Me teme. Le daré su maldito ungüento y le pondré
pimienta. Le enseñaré a no acechar en la orilla de los ríos. A él y a su
sífilis.
—Haréis lo que debe hacer una doctora —la reprendió Mansur—. Es
un hombre afligido, teme por lo que pueda decir su esposa. Que Alá se apiade de
él.
—Debería haberle sido fiel —opinó Adelia—. Oh, puede ser
gonorrea. —La doctora seguía sonriendo—. Pero no se lo diremos.
Ya había amanecido cuando traspasaron las puertas de la ciudad.
Podían ver el gran puente. Una manada de ovejas lo cruzaba causando desorden.
Algunos estudiantes volvían tambaleándose a sus casas después de haber pasado
la noche fuera.
Resoplando, Walburga dijo de pronto, incrédula:
—Pero ella era la mejor de nosotras, la más pura. La admiraba
por ser tan buena.
—Estaba loca —repuso Adelia—. No es responsable de ser una
enferma.
—¿Qué es lo que causa esa enfermedad?
—No lo sé.
Tal vez la tuviera latente desde hacía tiempo. Una persona
reprimida, condenada a la castidad y a la obediencia desde que tenía tres años,
encuentra por casualidad a un hombre que la domina. Rowley le había dicho que
Rakshasa atraía a las mujeres.
«Sólo Dios sabe por qué. No las trata bien». ¿El coito salvaje
había dado rienda suelta a la locura? Era posible.
—No lo sé —volvió a decir Adelia—. Debéis respirar sin
esforzaros. Lentamente.
Un jinete se acercó cuando llegaron al pie del puente. Sir
Rowley Picot miró a Adelia.
—¿No merezco una explicación, señora?
—Se la he dado al prior Geoffrey. Vuestra proposición me honra y
me complace. —Oh, era terrible—. Rowley, sólo me casaría con vos, con ningún
otro hombre jamás, jamás. Pero...
—¿Acaso no me porté bien esta mañana cuando hicimos el amor?
Deliberadamente Rowley hablaba en inglés y la monja que estaba
junto a Adelia se sorprendió al descubrir que conocía el antiguo idioma
anglosajón.
—Sí, os portasteis muy bien.
—Os rescaté. Os salvé de ese monstruo.
—También es cierto.
Pero había sido la combinación de aptitudes que ella y Simón de
Nápoles poseían lo que les había conducido hacia Wandlebury Ring, a pesar de
que había cometido un enorme error al aventurarse sola.
Esas mismas aptitudes le habían permitido salvar a Ulf, habían
liberado a los judíos. Aunque nadie, excepto el rey, lo había mencionado, su
investigación había demostrado aguda lógica y frío razonamiento y... en fin,
instinto, pero instinto basado en el conocimiento. Raras aptitudes en una época
dogmática, demasiado extrañas, tanto que le causaron a Simón la muerte;
demasiado valiosas para ser sepultadas y eso sucedería si ella se casaba.
Angustiada, Adelia había meditado sobre todo aquello. El
resultado era inexorable. Aunque se hubiera enamorado, todo en el mundo
permanecía igual. Los cadáveres seguirían gritando. Tenía el deber de oírlos.
—No soy libre, no puedo casarme —repuso—. Soy una doctora de los
muertos.
—Podéis iros con ellos.
Rowley azuzó a su caballo y partió hacia el puente, dejándola desconsolada
y extrañamente resentida. Ni siquiera se había ofrecido a llevarla a su casa.
—Eh —le gritó—, supongo que enviaréis la cabeza de Rakshasa a
Oriente, para que la reciba Hakim.
—Sí, con gran satisfacción.
Siempre podía hacerla reír, aun cuando estuviera llorando/
—Bien —contestó.
Muchas cosas sucedieron ese día en Cambridge.
Los jueces de los altos tribunales escucharon los testimonios y
dictaminaron sobre casos de robo, monedas con los bordes recortados, riñas
callejeras, un bebé asfixiado, bigamia, disputas territoriales, cerveza aguada,
panes que pesaban menos de lo debido, testamentos polémicos, incautación de
bienes con muerte de la víctima, mendicidad, pleitos entre capitanes de barcos
mercantes, peleas a puñetazos entre vecinos, incendios intencionados, herederas
fugitivas, aprendices traviesos.
A mediodía se hizo un alto. Los tambores redoblaron y las
trompetas sonaron para pedir que la muchedumbre que poblaba el patio del
castillo prestara atención. Un heraldo, de pie en el estrado junto a los
jueces, desplegó un rollo para leerlo en voz tan alta que se oyó en toda la
ciudad.
—Se hace saber que, ante Dios y para satisfacción de los jueces
aquí presentes, se ha probado que el caballero llamado Joscelin de Grantchester
fue el vil asesino de Peter de Trumpington, de Harold, de la parroquia de Santa
María, de Mary, hija de Bonning, el criador de aves, y de Ulric, de la
parroquia de San Juan, y que el mencionado Joscelin de Grantchester murió
durante su persecución de manera acorde con sus crímenes, devorado por perros.
Se hace saber también que los judíos de Cambridge han sido absueltos de su
culpabilidad por esos crímenes y de toda sospecha relacionada con ellos, por lo
que retornarán a sus legítimos hogares y ocupaciones sin impedimento alguno. En
el nombre de Enrique, rey de Inglaterra, servidor de Dios.
No se mencionaba a la monja. La Iglesia no hablaba del asunto.
Pero Cambridge era un mar de murmullos y a lo largo de la tarde
Agnes —la esposa del vendedor de anguilas y madre de Harold— desarmó la pequeña
colmena frente a la que se sentaba a las puertas del castillo desde la muerte
de su hijo. Arrastró los materiales por la colina y volvió a construirla en el
portal del convento de Santa Radegunda.
Todos fueron testigos.
Otras cosas sucedieron en secreto, y en la oscuridad, aunque
nunca se supo quiénes fueron los responsables. Seguramente, las altas
dignidades de la Santa Iglesia se reunieron a puerta cerrada y uno de ellos
clamó: «¿Quién nos librará de esa mujer que nos avergüenza?», así como Enrique
II había gritado una vez pidiendo que lo libraran del turbulento Becket.
Lo que sucedió después fue más confuso, porque no se dieron
instrucciones, aunque tal vez hubiera insinuaciones livianas como mosquitos,
tanto que no podía decirse que habían existido, deseos expresados en un código
tan bizantino que no admitía traducción, y que sólo comprendían quienes lo
conocían. Todo eso, tal vez, para que no se dijera que algunos hombres —no eran
clérigos— amparados por la oscuridad de la noche habían ido al convento de
Santa Radegunda y hecho su tarea cumpliendo órdenes de alguna otra persona.
Posiblemente Agnes sabía algo pero guardó silencio.
Ambas cosas, lo transparente y lo sombrío, sucedieron sin que
Adelia se enterara. Por orden de Gyltha, durmió durante todo el día. Cuando se
despertó, se encontró con una fila de pacientes que serpenteaba por Jesus Lane.
Esperaban que el doctor Mansur los atendiera. Se ocupó de los casos más graves.
Luego hizo un alto y consultó a Gyltha.
—Debería ir al convento para ver cómo está Walburga. He sido
negligente.
—Teníais que reponeros.
—Gyltha, no quiero ir a ese lugar.
—Entonces no vayáis.
—Debo ir. Otro ataque similar puede paralizar su corazón.
—Las puertas del convento están cerradas y nadie atiende a los
que llegan hasta allí. Eso es lo que dicen. Y ésa, ésa... —Gyltha todavía no
lograba pronunciar su nombre—. Se ha ido, eso dicen.
—¿Ya no está? —Nadie pierde el tiempo cuando el rey da una
orden, pensó Adelia. Le roy le veult—. ¿Adonde la han enviado?
Gyltha se encogió de hombros.
—Se ha ido. Es todo lo que sé.
El alivio que sintió Adelia prácticamente le sanó las costillas.
Enrique Plantagenet había purificado el aire de su reino para que ella pudiera
respirarlo.
Sin embargo, al hacerlo había enrarecido el de otra nación. ¿Qué
harían con ella en ese otro lugar?
Adelia trató de evitar la imagen de la monja contorsionándose,
tal como la había visto en el suelo del refectorio, aunque en su fantasía
aparecía encadenada, en un lugar oscuro y mugriento. No lograba apartar esa
visión y la preocupación que le causaba. Era una doctora y los verdaderos
médicos no juzgaban, sólo diagnosticaban. Había curado heridas y enfermedades
de hombres y mujeres que en lo personal le disgustaban sin que eso repercutiera
en su trabajo. Sus temperamentos podían causarle rechazo, no sus cuerpos
sufrientes y desvalidos.
La monja estaba loca. En bien de la sociedad debería estar bajo
vigilancia durante toda su vida. Pero...
—Que Dios se apiade de ella y la trate bien —murmuró Adelia.
Gyltha miró a la doctora como si también fuera una lunática.
—Ha sido tratada como merecía —repuso impasible—. Eso dicen.
Ulf, como por ensalmo, estaba estudiando. Se le veía más
tranquilo y serio que antes. Gyltha dijo que el chico quería ser abogado. Y si
bien era algo agradable y admirable, Adelia extrañaba al antiguo Ulf.
—Aparentemente las puertas del convento están cerradas —le contó
Adelia—. Pero debo entrar para ver a Walburga. Está enferma.
—¿Qué? ¿La hermana Gordi? —Ulf estaba nuevamente en forma—.
Venid conmigo, no podrán dejarme fuera.
Gyltha y Mansur podrían hacerse cargo de los demás pacientes.
Adelia fue a buscar sus medicamentos. La sandalia de la Virgen era una hierba
excelente para la histeria y el pánico. Y el aceite de rosa era sedante.
Partió junto a Ulf.
Desde los muros del castillo, un recaudador de impuestos que
disfrutaba de un merecido descanso después del ajetreo de los tribunales
reconoció dos delgadas figuras entre las muchas que cruzaban el gran puente.
Habría distinguido a la silueta algo más alta entre millones, por su espantoso
sombrero.
Era el momento indicado, aprovechando su ausencia. Pidió su
caballo.
¿Por qué sir Rowley Picot —para sanar su corazón herido— sintió
el impulso de pedir consejo a Gyltha, un ama de llaves y vendedora de anguilas?
No lo sabía con certeza. Tal vez porque en Cambridge ella era la mujer más
cercana al amor de su vida. Quizás porque ella también lo había cuidado para
devolverlo a la vida, porque era un ejemplo de sentido común, porque las
indiscreciones sobre su pasado... Sencillamente porque sentía ese impulso, al
demonio con todo lo demás.
Apenado, Rowley masticaba una de las empanadas de Gyltha.
—No quiere casarse conmigo, Gyltha.
—Por supuesto. Sería un desperdicio. Ella es... —Gyltha trataba
de establecer una analogía con algún personaje de leyenda, pero sólo le venía a
la mente la palabra «unicornio»—, es especial —prefirió decir.
—Yo soy especial.
Gyltha se levantó para darle a sir Rowley una palmada en la
cabeza.
—Vos sois un buen chico y llegaréis lejos, pero ella es...
—Nuevamente, no lograba hacer la comparación—. El buen Dios rompió el molde
después de hacerla. Todos la necesitamos, no sólo vos.
—¿Y no la tendré de ninguna manera?
—Tal vez no le interese casarse, pero hay otras maneras de obtener
lo que deseas.
Gyltha sabía desde hacía tiempo que tratándose de un deseo tan
particular —y precisamente por serlo— lo mejor era satisfacerlo de manera
abundante, saludable y frecuente.
Una mujer podía conservar su independencia, tal y como ella
había hecho, y aun así tener recuerdos que hicieran más cálidas las noches de
invierno.
—Santo Dios, mujer, ¿estáis sugiriendo...? Mis intenciones para
con la señora Adelia son... eran... honorables.
Gyltha, que nunca había considerado el honor como un requisito
para que un hombre y una mujer florecieran, suspiró.
—Eso es enternecedor, pero no os servirá de nada.
Rowley se inclinó hacia delante.
—Muy bien. ¿Cómo?
La ansiedad de su rostro era capaz de derretir un corazón más
duro que el de Gyltha.
—Por Dios, creía que erais un hombre inteligente y sois un
verdadero zoquete. Ella es doctora, ¿no?
—Sí, Gyltha —asintió Rowley, tratando de ser paciente—. Ése es
el motivo por el que no me ha aceptado.
—¿Y qué hacen los doctores?
—Atienden a sus pacientes.
—Eso hacen y creo que aquí hay una doctora que podría ser más
tierna que ninguna otra con un paciente, siempre que él esté muy mal y
suponiendo que ella le tuviera cariño.
—Gyltha —declaró gravemente sir Rowley—. De no encontrarme
indispuesto repentinamente, os pediría a vos que os casarais conmigo.
Vieron la multitud en la puerta del convento después de cruzar
el puente y dejar atrás los sauces de la ribera.
—Oh, Dios, se ha corrido la voz —exclamó Adelia.
Agnes y su pequeña choza estaban allí, como una incitación al
crimen.
Era previsible. La furia de los habitantes de Cambridge había
cambiado de destinatario y la multitud se unía en contra de las monjas, así
como antes se había unido en contra de los judíos.
Sin embargo, no era una turba. Había bastante gente,
principalmente artesanos y comerciantes, pero su furia iba desapareciendo para
mezclarse con... ¿emoción tal vez? Adelia no podía precisarlo.
¿Por qué no tenían una actitud más violenta, semejante a la que
mostraron frente a los judíos? Posiblemente estuvieran avergonzados. Habían
descubierto que los asesinos no estaban entre un grupo de seres despreciados.
Eran de su propio bando, personas respetadas, una de ellas una amiga de
confianza a la que saludaban casi todos los días. Si bien era cierto que la
monja ya estaba lejos y no podían lincharla, podían responsabilizar a la priora
Joan por permitir que una demente hubiera gozado de ese enorme grado de
libertad durante tanto tiempo.
Ulf conversaba con Coker, el techador, aquel a quien Adelia le
había curado el pie. Hablaban en el dialecto de la gente de Cambridge,
incomprensible para la doctora. El paciente de Adelia, que habitualmente la
saludaba con afecto, evitó mirarla. Al regresar, tampoco Ulf la miró.
—No entréis —le dijo.
—Debo hacerlo, Walburga es mi paciente.
—Bueno, no iré con vos. —La cara del chico se había endurecido,
como sucedía cuando estaba disgustado.
—Entiendo. —No debía haberlo llevado. Para él ese convento se
había convertido en el hogar de una bruja.
En la sólida hoja de madera se abrió una portezuela y por ella
salieron dos trabajadores cubiertos de polvo.
Adelia vio su oportunidad. Con un «permitidme», se escabulló y
oyó que cerraban la puerta detrás de ella.
Inmediatamente percibió algo extraño y un silencio absoluto.
Alguien, presumiblemente los trabajadores, habían clavado tablas de madera ante
la puerta de la iglesia, la misma que solía estar abierta a los peregrinos que
se reunían allí para rezar ante el relicario del pequeño Peter de Trumpington.
Qué curioso, el niño perdía su falsa denominación de santo
cuando se descubría que había sido sacrificado por cristianos. También era
curioso que el menoscabo general que la indolente priora había ignorado se
hubiera convertido tan rápidamente en deterioro.
Mientras caminaba por el sendero en dirección al edificio del
convento, Adelia evitó pensar que los pájaros habían dejado de cantar. En
realidad aún cantaban, pero el tono era diferente. La doctora temblaba, sería
obra de su imaginación.
Los establos y las casetas de los perros de la priora Joan
estaban desiertos. Las cuadras tenían los portillos abiertos.
El edificio de las monjas estaba silencioso. Al llegar a la
entrada del claustro Adelia sintió que no podía continuar. El día estaba gris
—algo inesperado para esa estación— y las columnas que surgían entre la hierba
le recordaron vagamente la noche en que había visto la sombra malvada de un ser
con cuernos, como si el obsceno deseo de esa religiosa lo hubiera convocado.
«Por Dios, él está muerto y ella se ha ido. No queda nadie
aquí». Sin embargo, había alguien. Una figura con un tocado rezaba en el
corredor que conducía al sur, tan inmóvil como las piedras sobre las que estaba
arrodillada.
—¿Priora?
La figura no se movió.
Adelia se acercó y le tocó el brazo.
—Priora. —La ayudó a ponerse de pie.
Tan sólo había pasado una noche y la mujer se había convertido
en una anciana. Su cara grande y poco agraciada se había hundido y deformado;
parecía una gárgola. Lentamente giró la cabeza.
—¿Qué?
—He venido a... —Adelia alzó la voz. Era como hablar con un
sordo—. He traído medicamentos para la hermana Walburga. —Tuvo que repetirlo.
Todo indicaba que Joan no la reconocía.
—¿Walburga?
—Está enferma.
—¿Enferma? —La priora apartó la vista—. Se ha ido. Todas se han
ido.
De modo que finalmente la Iglesia había entrado allí.
—Lo siento —susurró Adelia. Y era cierto. Era terrible ver a un
ser humano tan deteriorado. No sólo eso. También era terrible ver el convento
ruinoso, había algo extraño, el edificio parecía combado y el claustro daba la
impresión de haberse inclinado. El olor, la forma, eran diferentes.
Y había un sonido casi imperceptible, como el zumbido de un
insecto atrapado en un frasco, apenas audible.
—¿Adonde ha ido Walburga?
—¿Qué?
—La hermana Walburga. ¿Dónde está?
—Oh. —La priora intentó concentrarse—. Con su tía, supongo.
Entonces, no tenía nada que hacer allí. Podía irse. Pero Adelia
se demoraba.
—¿Hay algo que pueda hacer por vos, priora?
—¿Qué? Idos. Dejadme en paz.
—Estáis enferma, puedo ayudaros. ¿Hay alguien más aquí? Por
Dios, ¿qué es ese sonido? —Aunque tenue, el silbido era exasperante—. ¿No lo
oís? Es una especie de vibración.
—Es un fantasma —repuso la gárgola viviente—. Mi castigo es
oírlo hasta que se detenga. Ahora, idos. Dejadme escuchar los gritos de los
muertos. Ni siquiera vos podéis ayudar a un fantasma. Adelia retrocedió.
—Enviaré a alguien —alegó, y por primera vez en su vida huyó de
un enfermo.
El prior Geoffrey. Él podría hacer algo, sacarla de allí, aunque
los espectros que rondaban a Joan la perseguirían a donde fuera.
También siguieron a Adelia mientras corría. Casi se arrojó a
través de la portezuela en su urgencia por salir.
La doctora recobró la compostura y se puso frente a la madre de
Harold. La mujer la miró como si ambas compartieran un poderoso secreto.
—Se ha ido, Agnes. La han enviado a otro lugar. Todas se han
ido. Queda sólo la priora —repuso débilmente Adelia.
No era suficiente. Su hijo había muerto. Los aterradores ojos de
Agnes decían que había más, lo sabía, las dos lo sabían.
Entonces Adelia comprendió. Todo adquirió sentido. Aquel olor
tan fuera de contexto que no había reconocido era el agrio hedor de la muerte
reciente. Dios, por favor. Percibió por el rabillo del ojo la extraña asimetría
en el palomar que habitaban las monjas, debía haber dos filas de diez celdas,
pero en una había nueve: una blanca pared ocupaba el lugar de la décima.
El silencio, esa vibración... como el zumbido de un insecto
atrapado en un frasco, «el grito de los muertos».
Adelia se tambaleó entre la multitud y vomitó.
Alguien, aferrado a la manga de su vestido, le hablaba.
—El rey...
El prior. Él podía detener todo aquello. Debía encontrar al
prior Geoffrey.
La voz era insistente.
—El rey os ordena presentaros ante él, señora.
En el nombre de Cristo. ¿Cómo se atrevían a hacer semejantes
atrocidades en el nombre de Cristo?
—El rey, señora... —insistía un sujeto de librea.
—El rey puede irse al infierno. Debo encontrar al prior.
El siervo de librea la cogió de la cintura y la subió a un
caballo. El animal trotaba mientras el mensajero real cabalgaba a su lado y
manejaba las riendas.
—No es necesario mandar a los reyes al infierno, señora. Suelen
estar allí.
Cruzaron el puente, subieron la colina y atravesaron las puertas
del castillo para llegar al patio.
El mensajero la ayudó a bajar del caballo.
En el jardín de la familia del alguacil, donde habían sepultado
a Simón, Enrique II —de regreso del infierno— estaba sentado con las piernas
cruzadas en el mismo banco de hierba donde Rowley Picot le había relatado su
viaje a Tierra Santa. Estaba zurciendo un guante de caza con hilo y aguja
mientras dictaba a Hubert Walter, quien, arrodillado a su lado, llevaba la
escribanía colgada del cuello.
—Ah, señora...
Adelia se arrojó a sus pies. Después de todo, un rey podía
hacerlo.
—La han emparedado, excelencia. Os lo ruego, detenedlos.
—¿A quién han emparedado? ¿Qué debo detener?
—La monja. Verónica. Por favor, excelencia. La han emparedado
viva. —Enrique se miró las botas, mojadas por el llanto de Adelia.
—Me dijeron que la habían enviado a Noruega. Pensé que era
extraño. ¿Sabíais esto, Hubert?
—No, excelencia.
—Debéis sacarla de allí. Es obsceno, una abominación. Oh, por
Dios, no puedo tolerarlo. Está loca. Su maldad es producto de la locura.
En su dolor, Adelia daba puñetazos en el suelo.
Hubert Walter se quitó la pequeña escribanía que tenía colgada y
sentó a Adelia en el banco. Le habló suavemente, como a un caballo.
—Tranquila, señora. Quieta. Así, así, debéis tranquilizaros.
Hubert le dio un pañuelo con manchas de tinta. Adelia se sonó la
nariz. Trató de controlarse.
—Excelencia, tapiaron su celda en el convento con ella dentro.
La oí gritar. Por muy condenables que sean sus actos, esto no puede permitirse.
Es un crimen que clama al Cielo.
—Debo decir que me parece un poco cruel —opinó el rey—. Así es
la Iglesia, ya veis. Yo sencillamente la habría colgado.
—Debéis detener esto —le gritó Adelia—. Aun sin agua... una
persona puede resistir tres o cuatro días esa tortura.
—No lo sabía. ¿Lo sabíais, Hubert? —demandó Enrique con vivo
interés. El rey cogió el pañuelo de la mano de Adelia y le secó el rostro, muy
serio—. Comprendéis que no estoy en condiciones de hacer nada, ¿verdad?
—No, no lo comprendo. El rey es el rey.
—Y la Iglesia es la Iglesia. ¿Los escuchasteis anoche? Pues hoy
me escucharéis a mí, señora. —Adelia miró hacia otro lado. El rey le dio una
palmada en la mano y luego la puso entre las suyas—. Escuchadme. —El monarca
alzó las dos manos y señaló la ciudad—. Allí hay un andrajoso al que llaman
Roger de Acton. Hace unos días, el desgraciado incitó a una multitud a atacar
este castillo, este castillo real, mi castillo. Durante ese ataque vuestro
amigo y mi amigo, Rowley Picot, fue herido. Y yo nada pude hacer. ¿Por qué?
Porque ese desquiciado tiene una tonsura en la cabeza y puede escupir un
padrenuestro, con lo que se convierte en un clérigo de la Iglesia y tiene
derecho a sus beneficios. ¿Puedo castigarlo, Hubert?
—Le habéis dado una patada en el culo en nombre de Picot,
excelencia.
—Le he dado una patada en el culo y hasta eso me ha reconvenido
la Iglesia. —El rey cogió el brazo de Adelia y lo movió de arriba abajo para
hacer el correspondiente ademán—. Cuando esos malditos caballeros interpretaron
mi ira como una orden y montaron sus caballos para matar a Becket, tuve que
someterme a ser flagelado por todos los miembros del cabildo de la catedral de
Canterbury. La humillación de desnudar mi espalda ante su látigo fue la única
manera de evitar que el Papa impusiera una interdicción a toda Inglaterra. Esos
malditos monjes. Creedme, esos bastardos pueden dar fe de ello. —El rey suspiró
y soltó la mano de Adelia—. Algún día este país se habrá librado del dominio
del Papa, si Dios quiere. Pero aún no. Y no gracias a mí.
Adelia había dejado de escuchar. Había captado lo esencial, pero
no las palabras. Se puso de pie y caminó por el sendero hacia la tumba de Simón
de Nápoles.
Hubert Walter, impactado por semejante lèse majesté, intentó ir
tras ella, pero se lo impidieron.
—Os tomáis mucho trabajo con esa mujer ruda y recalcitrante,
excelencia.
—Le doy utilidad a lo útil, Hubert. Fenómenos como ella no
llegan a mí todos los días.
Por fin el sol asomó, como correspondía a un día de mayo,
llenando de vida el jardín que la lluvia había refrescado. Los tanacetos de
lady Baldwin habían crecido, las abejas iban de un lado a otro entre los
perifollos.
Un petirrojo que estaba en la tumba voló cuando percibió la
proximidad de Adelia, aunque no fue muy lejos. La doctora usó el pañuelo de
Hubert Walter para limpiar sus excrementos.
«Estamos entre bárbaros, Simón».
La tabla de madera había sido reemplazada por una elegante
lápida de mármol, grabada con su nombre y una frase: «Que su alma se una a la
corriente de vida eterna».
Eran bárbaros amables, eso era lo que Simón le decía. Luchaban
contra su propia barbarie: Gyltha, el prior Geoffrey, Rowley, el extraño rey...
«No obstante», le respondía Adelia, «no puedo tolerarlo».
Se dio la vuelta, y ya serena, regresó por el sendero. Enrique
había continuado con su costura y miraba a Adelia mientras se aproximaba.
—¿Y bien?
Con una reverencia, Adelia declaró:
—Os agradezco vuestra consideración, excelencia, pero no puedo
permanecer más tiempo aquí. Debo regresar a Salerno.
El rey cortó el hilo con sus dientes pequeños pero fuertes.
—No.
—¿Perdón?
—He dicho no. —El rey se puso el guante y movió los dedos,
admirando su trabajo—. Vive Dios, que soy ingenioso. Seguramente lo he heredado
de la hija del curtidor. ¿Sabíais que entre mis antepasados hay un curtidor,
señora? —El monarca le sonrió—. He dicho que no, no podéis partir. Necesito de
vuestro particular talento, doctora. En mi reino hay gran cantidad de muertos
que desearían ser escuchados, Dios sabe que los hay. Y quiero saber qué dicen.
Adelia lo observó.
—No podéis retenerme aquí.
—¿Hubert?
—Creo que descubriréis que puede, señora —informó Hubert Walter,
con tono de disculpa—. Le roy le veult. Ahora mismo, siguiendo instrucciones
del rey, estoy escribiendo una carta al rey de Sicilia solicitándole que nos
permita contar con vuestra presencia durante un tiempo más.
—No soy un objeto —gritó Adelia—. Soy un ser humano, no podéis
pedirme en préstamo.
—Y yo soy un rey —sostuvo el monarca—. Tal vez no pueda
controlar a la Iglesia, pero, por la salvación de mi alma, os juro que controlo
cada maldito puerto de este país. Y si digo que os quedáis, os quedáis.
Enrique la miraba con amable desinterés, simulando estar
enfadado. Adelia sabía que su amabilidad, su encantadora franqueza, eran meras
herramientas que utilizaba para gobernar un imperio y que, para él, ella no era
más que un artefacto que algún día podría ser útil.
—Entonces también me emparedáis a mí.
El rey levantó las cejas.
—En cierto modo así es, aunque espero que vuestro confinamiento
os resulte más cómodo y placentero que... bueno, no hablaremos de eso.
«Nadie hablará de eso», pensó Adelia. El insecto zumbaría en el
frasco hasta que llegara el silencio. Y ella tendría que vivir con ese sonido
el resto de su vida.
—La habría dejado marchar, si hubiera podido. Lo sabéis —precisó
el monarca.
—Sí. Lo sé.
—En cualquier caso, señora, me debéis vuestros servicios.
¿Durante cuánto tiempo tendría que zumbar antes de que la dejara
marchar?, se preguntó la doctora. El hecho de que ese frasco se hubiera
convertido en un lugar amado para ella no venía al caso.
Pero así era.
Adelia estaba recuperando el equilibrio y podía pensar. Se
tomaría tiempo para hacerlo. El rey era paciente con ella, lo que indicaba que
la valoraba. Muy bien, lo aprovecharía.
—Me niego a permanecer en un país tan retrógrado que sus judíos
sólo cuentan con un cementerio en Londres.
El rey estaba desconcertado.
—¿No hay otros?
—Debéis saber que no.
—En realidad, no lo sabía. Los reyes tenemos que ocuparnos de
gran cantidad de cosas. —Enrique chasqueó los dedos—. Escribid, Hubert:
cementerios para los judíos. —Luego se dirigió a Adelia—. Ya está. Le roy le
veult.
—Gracias. —La doctora regresó al asunto que tenían entre manos—.
¿Puedo preguntaros por qué estoy en deuda con vos?
—Me debéis un obispado, señora. Tenía la esperanza de que sir
Rowley llevara adelante mi lucha contra la Iglesia, pero ha rechazado mi oferta
porque quiere ser libre para casarse. Según entiendo, vos sois el objeto de sus
aspiraciones matrimoniales.
—No soy un objeto en absoluto —replicó Adelia con desgana—,
puesto que, a mi vez, he rechazado a sir Rowley. Soy una doctora, no una
esposa.
—¿Es eso cierto? —El rostro del rey se iluminó; luego adoptó una
expresión doliente—. Sin embargo, me temo que ahora los dos lo hemos perdido.
El pobre hombre se está muriendo.
—¿Qué?
—¿Hubert?
—Eso creemos, señora —anunció Hubert Walter—. La herida que
sufrió en el ataque al castillo ha vuelto a abrirse y un médico de la ciudad
dice que...
Hubert se encontró hablando con el aire, lèse majesté, otra vez.
Adelia había desaparecido. El rey la vio cerrar la puerta de un golpe.
—Sin embargo, es una mujer de palabra. Y, felizmente para mí, no
se casará con él. —El rey se puso de pie—. Creo, Hubert, que aún podremos
nombrar a Rowley Picot obispo de St Albans.
—Él os lo agradecerá, excelencia.
—Creo que sí, muy pronto, afortunado demonio.
Tres días después, el insecto dejó de zumbar. Agnes, la madre de
Harold, deshizo su choza en forma de colmena por última vez y regresó a casa,
junto a su esposo.
Adelia no oyó el silencio hasta más tarde. En ese momento estaba
en la cama con el obispo electo de St Albans.
Epílogo
Ya se van los jueces ambulantes, por la vía romana, desde
Cambridge hasta la próxima ciudad donde comenzarán nuevos procesos. Suenan las
trompetas, los alguaciles echan a patadas a los excitados niños y los perros
ladran al paso de ornamentados caballos y palanquines. Los sirvientes espolean
a las mulas cargadas con rollos de vitela repletos de palabras; los secretarios
garabatean en sus pizarras; los perros responden al chasquido del látigo de su
amo.
Se han ido. El camino está vacío, excepto por humeantes pilas de
estiércol. Una nueva Cambridge rastrillada y adornada suspira con alivio. En el
castillo, el alguacil Baldwin se retira a descansar con un paño húmedo en la
cabeza mientras, en el patio, los cadáveres se balancean en el cadalso bajo la
brisa de mayo, que esparce capullos sobre ellos como una bendición.
Hemos estado demasiado ocupados con nuestros propios asuntos
para observar a los tribunales en acción. Pero si los hubiéramos observado,
habríamos sido testigos de algo nuevo, de algo maravilloso, de un momento
crucial en el que las leyes de Inglaterra dieron un gran salto desde la
oscuridad y la superstición hacia la luz.
Durante las sesiones de los tribunales nadie fue arrojado al
estanque para comprobar si era inocente o culpable del crimen que le imputaban
(era inocente el que se hundía y culpable el que flotaba). No se fundió hierro
en la mano de mujer alguna para demostrar que había robado, matado, etcétera
(si la quemadura se curaba en el transcurso de cierto número de días, era
exonerada. De lo contrario, castigada).
Tampoco el dios de las batallas solventó las disputas
territoriales (que hasta hace poco las partes en liza resolvían peleando hasta
que uno de ellos muriera o gritara «cobarde» y arrojara su espada en señal de
rendición).
No. Nadie solicitó la opinión del dios de las batallas, del
agua, del hierro candente, como lo habían hecho hasta entonces. Enrique
Plantagenet no creía en ellos. En su lugar, fueron doce hombres los encargados
de considerar las pruebas sobre el crimen o el pleito en cuestión para luego
decir a los jueces si en su opinión eran suficientes.
Esos hombres formaron lo que se dio en llamar un jurado. Una
primicia.
Hubo otra novedad. En lugar de la antigua tradición legal según
la cual cada barón o señor feudal podía sentenciar a aquellos que le habían
perjudicado y colgarlos de acuerdo con su criterio, Enrique II otorgó a los
ingleses un sistema legal metódico y único, aplicable en todo el reino y
denominado derecho consuetudinario.
¿Y dónde está ese astuto rey que facilitó a la civilización
semejantes adelantos?
Ha dejado que los jueces procedieran y se ha ido de caza.
Podemos oír a sus perros ladrando por las colinas.
Tal vez sabe, como nosotros, que sólo permanecerá en el recuerdo
popular por el asesinato de Tomás Becket.
Quizá sus judíos sepan —lo saben— que aunque fueron absueltos en
Cambridge seguirán llevando el estigma del asesinato ritual de niños y serán
castigados por los siglos de los siglos.
Así son las cosas.
Que Dios nos bendiga a todos.
* * *
NOTA DE LA AUTORA
Es casi imposible escribir una historia que transcurre en el
siglo XII tratando de que sea comprensible y sin caer en algún anacronismo.
Para evitar confusiones, he utilizado nombres y términos modernos. Por ejemplo,
Cambridge se llamó Grentebridge o Grantebridge hasta el siglo XIV, mucho
después de que fuera fundada la universidad.
El título de doctor no era concedido entonces a los médicos,
sólo a los profesores de lógica. No obstante, la operación descrita en el
capítulo II no es un anacronismo. La idea de utilizar juncos como catéteres
para vaciar una vejiga comprimida por la próstata puede hacernos estremecer,
pero un eminente profesor de urología me aseguró que ese procedimiento se llevó
a cabo durante siglos, como puede comprobarse en las ilustraciones de antiguos
murales egipcios.
El uso de opio como anestésico no está citado en los manuscritos
médicos de la época, hasta donde sé, posiblemente porque habría despertado la
indignación de la Iglesia, que creía que el sufrimiento era una forma de
salvación. Pero el opio se conseguía fácilmente en Inglaterra, especialmente en
la zona de los pantanos, desde épocas remotas y no es improbable que los
doctores menos preocupados por los preceptos de la religión y más preocupados
por sus pacientes lo empleasen; también solían utilizarlo los cirujanos en los
barcos.
Aunque he agregado personajes de ficción entre los niños
desaparecidos y he ambientado el relato en Cambridge, la historia del pequeño
Peter de Trumpington es casi la copia de un misterio de la vida real,
relacionado con la muerte de un niño de ocho años, William de Norwich, en 1144.
A partir de ese hecho los judíos de Inglaterra comenzaron a ser acusados de
cometer asesinatos rituales.
Si bien no hay registro de que la espada del primogénito de
Enrique II hubiera sido llevada a Tierra Santa, la que perteneció a su segundo
hijo, también llamado Enrique, fue transportada hasta ese lugar por Guillermo
el Mariscal. De ese modo se convirtió postumamente en cruzado.
Durante el reinado de Enrique II los judíos de Inglaterra fueron
autorizados a tener sus propios cementerios locales; el derecho fue otorgado en
1177.
Es poco probable que haya canteras de cal en la colina de
Wandlebury, pero ¿quién sabe? Los hombres del Neolítico hacían excavaciones
para extraer las piedras con las que tallaban sus cuchillos y hachas. Una vez
que habían agotado las existencias de un túnel lo llenaban con escombros,
dejando leves depresiones en la hierba que les señalaban el lugar que ya habían
explotado. Dado que en el siglo XVIII Wandlebury se convirtió en un terreno de
propiedad privada donde se construyeron establos para caballos de carreras
—ahora pertenece a la Cambridge Preservations Society—, incluso esas
depresiones habrían sido cubiertas para alisar el terreno por donde pasarían
los caballos.
De modo que, en beneficio del relato, me siento justificada por
haber trasladado a Cambridgeshire uno de los cuatrocientos túneles descubiertos
en Grime's Graves, un lugar cercano a Thetford, en Norfolk. Esas obras
asombrosas —hoy en día es posible visitar alguna aunque hay que descender una
escalera de treinta pies para poder entrar— acaban de ser identificadas como lo
que realmente fueron en el siglo XIX, ya que hasta ahora se creía que las
depresiones del terreno eran tumbas («graves»), de ahí su nombre.
Por último, en la Inglaterra del siglo XII las diócesis
episcopales eran más escasas que en nuestros días y mucho más extensas. Por
ejemplo, durante algún tiempo, Cambridge estuvo bajo el control de la diócesis
de Dorchester, en el lejano condado de Dorset. En consecuencia, el obispado de
St Albans sólo existe en la ficción.
* * *
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
ARIANA FRANKLIN
Nació en Devon y, como su padre, se hizo periodista.
Tras participar junto con la Marina Real vestida de uniforme de
combate en una de sus prácticas militares en Gales, acompañó a la reina en una
visita oficial, no pudo celebrar su veintiún cumpleaños porque tenía que cubrir
un asesinato y se casó, de forma casi inevitable, con otro periodista.
En ese momento decidió que permanecer casada era una buena idea,
por lo que abandonó su carrera en los periódicos nacionales y se instaló en el
campo a escribir para revistas, tener dos hijas y estudiar Historia Medieval.
Maestra en el arte de la muerte, su primer thriller histórico,
discurre en el siglo XII, su época preferida, y fue considerada la novela mejor
documentada del año por el historiador y periodista de la BBC David Starkey..
MAESTRA EN EL ARTE DE LA MUERTE
Inglaterra, año del Señor de 1171: en Cambridge aparece el
cadáver de un niño horriblemente asesinado. Otros muchos han desaparecido. Los
judíos, directamente acusados de estos crímenes por la todopoderosa jerarquía
católica, buscan refugio entre los muros del castillo para evitar las iras de
los soliviantados ciudadanos. Al rey Enrique esta situación dista de
complacerle: necesita a los judíos para llenar sus arcas y debe encontrarse al
verdadero culpable para aplacar al pueblo, que ha elevado a la categoría de
santo al niño asesinado.
Para esclarecer la situación aparecen en Cambridge un reputado
investigador, Simón de Nápoles, acompañado de una misteriosa mujer, Adelia
Aguilar, y de un enigmático hombre de origen árabe, Mansur.
La especialidad de Adelia, doctora en la célebre escuela de
medicina de Salerno, es el estudio y la disección de cadáveres. Se trata de una
maestra en el arte de la muerte, algo que debe disimular cuidadosamente si no
quiere correr el riesgo de ser acusada de brujería.
Las investigaciones conducen a Adelia hasta el último rincón de
Cambridge. Encontrará amigos que la ayudarán y hallará el amor... pero también
tendrá que luchar denodadamente con un terrible asesino dispuesto a seguir
matando y con las supersticiones y prejuicios de los habitantes de la ciudad.
* * *
FIN
© 2007, Ariana Franklin
Título original: Mistress of the Art of Death
© De la traducción. 2007, Luisa Borovsky
©2007, Santillana Ediciones Generales, S. L.
Colección Suma de Letras
Primera edición: febrero de 2007
Diseño de cubierta: Alejandro Terán
Diseño de interiores: Raquel Cañé
ISBN: 84-8365-012-7
Depósito legal: M-777-2007
1 Según un antiguo mito de los pueblos germanos y britanos,
distinguir en el cielo una partida de caza dirigida por almas en pena
presagiaba una catástrofe o la muerte de quien la contemplaba.
2 Virgilio, Eneida, III, 57. «¡A qué no arrastrarás a los
mortales corazones, impía sed de oro!»
3 Se llamaban así por Trótula de Salerno (P-1085), doctora
especializada en enfermedades ginecológicas. Muy célebre en su época, destacó
entre el círculo de doctoras llamadas Mulieres Salernitae, las Damas de
Salerno.
4 1 Corintios 15, 51-52.
5 Hombre sabio, poco hablador.
6 Figuras talladas de mujeres desnudas que exhiben la vulva.
Suelen verse en iglesias, conventos y castillos medievales de Irlanda e
Inglaterra. Se cree que pueden simbolizar a las antiguas diosas paganas, ser
icono de fertilidad, una advertencia ante el pecado de la lujuria o una
protección contra el mal.
7 Salmo 141,2.
8 Gehena significa valle de Hinón en griego, un lugar cercano a
Jerusalén en el que los judíos apóstatas sacrificaban a sus hijos a dioses
paganos.
9 En las bodas judías la ceremonia finaliza cuando se rompe la
copa que los novios han compartido previamente. Esta costumbre data de los
tiempos talmúdicos y simboliza la idea de que se debe mantener la destrucción
del templo de Jerusalén en la mente.
10 Expresión en egipcio que significa «¡Qué belleza!».
11 Tradicional saludo árabe cuyo significado es «Que la paz sea
contigo».
12 Virgilio, Eneida, IV, 335-336: «Nunca me pesará acordarme de
Elisa mientras conserve memoria de mí mismo, mientras anime mi cuerpo el soplo
de la vida». El prior cambia el nombre de Elisa por el de Adelia.
13 Juan 20,13
14 Job 1,21
15 Virgilio, Eneida, I, 364: «Una mujer capitanea la empresa».
16 Virgilio, Eneida, IV, 624-625.
17 Salmos 90, 5
18 Salmos 23,2.
19 1 Reyes, 10, 7


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