© Libro N°. 2979. Madame Bovery. Flaubert, Gustave. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Madame Bovery. Gustave Flaubert
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MADAME BOVERY
Gustave Flaubert
PRIMERA PARTE
CAPÎTULO PRIMERO
Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director,
Es eguido de un «novato» con atuendo pueblerino y de un celador
cargado con un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, y todos se
fueron poniendo de pie como si los hubieran sorprendido en su trabajo.
El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego,
dirigiéndose al prefecto de estudios, le dijo a media voz:
Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en
quinto. Si por su aplicación y su conducta lo merece, pasará a la clase de los
mayores, como corresponde a su edad.
El «novato», que se había quedado en la esquina, detrás de la
puerta, de modo que apenas se le veía, era un mozo del campo, de unos quince
años, y de una estatura mayor que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo
cortado en flequillo como un sacristán de pueblo, y parecía formal y muy
azorado. Aunque no era ancho de hombros, su chaqueta de paño verde con botones
negros debía de molestarle en las sisas, y por la abertura de las bocamangas se
le veían unas muñecas rojas de ir siempre remangado. Las piernas, embutidas en
medias azules, salían de un pantalón amarillento muy estirado por los tirantes.
Calzaba zapatones, no muy limpios, guarnecidos de clavos.
Comenzaron a recitar las lecciones. El muchacho las escuchó con
toda atención, como si estuviera en el sermón, sin ni siquiera atreverse a
cruzar las piernas ni apoyarse en el codo, y a las dos, cuando sonó la campana,
el prefecto de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en
la fila.
Teníamos costumbre al entrar en clase de tirar las gorras al
suelo para tener después las manos libres; había que echarlas desde el umbral
para que cayeran debajo del banco, de manera que pegasen contra la pared
levantando mucho polvo; era nuestro estilo.
Pero, bien porque no se hubiera fijado en aquella maniobra o
porque no quisiera someterse a ella, ya se había terminado el rezo y el
«novato» aún seguía con la gorra sobre las rodillas. Era uno de esos tocados de
orden compuesto, en el que se encuentran reunidos los elementos de la gorra de
granadero, del chapska(1), del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del
gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene
profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y armada de
ballenas, comenzaba por tres molduras circulares; después se alternaban,
separados por una banda roja, unos rombos de terciopelo con otros de pelo de
conejo; venía después una especie de saco que terminaba en un polígono
acartonado, guarnecido de un bordado en trencilla complicada, y de la que
pendía, al cabo de un largo cordón muy fino, un pequeño colgante de hilos de
oro, como una bellota. Era una gorra nueva y la visera relucía.
1. Tocado de origen polaco con que se cubrían los lanceros del
Segundo Imperio.
Levántese le dijo el profesor.
El «novato» se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se
echó a reír.
Se inclinó para recogerla. El compañero que tenía al lado se la
volvió a tirar de un codazo, él volvió a recogerla.
Deje ya en paz su gorra dijo el profesor, que era hombre de
chispa.
Los colegiales estallaron en una carcajada que desconcertó al
pobre muchacho, de tal modo que no sabía si había que tener la gorra en la
mano, dejarla en el suelo o ponérsela en la cabeza. Volvió a sentarse y la puso
sobre las rodillas.
Levántese le ordenó el profesor`, y dígame su nombre.
El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible:
¡Repita!
Se oyó el mismo tartamudeo de sílabas, ahogado por los abucheos
de la clase. «¡Más alto!», gritó el profesor, «¡más alto!».
El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una
boca desmesurada, y a pleno pulmón, como para llanar a alguien, soltó esta
palabra: Charbovari.
Súbitamente se armó un jaleo, que fue in crescendo, con gritos
agudos (aullaban, ladraban, pataleaban, repetían a coro: ¡Charbovari,
Charbovari!) que luego fue rodando en notas aisladas, y calmándose a duras
penas, resurgiendo a veces de pronto en algún banco donde estallaba
aisladamente, como un petardo mal apagado, alguna risa ahogada.
Sin embargo, bajo la lluvia de amenazas, poco a poco se fue
restableciendo el orden en la clase, y el profesor, que por fin logró captar el
nombre de Charles Bovary, después de que éste se lo dictó, deletreó y releyó,
ordenó inmediatamente al pobre diablo que fuera a sentarse en el banco de los
desaplicados al pie de la tarima del profesor.
El muchacho se puso en movimiento, pero antes de echar a andar,
vaciló.
¿Qué busca? le preguntó el profesor.
Mi go... repuso tímidamente el «novato», dirigiendo miradas
inquietas a su alrededor.
¡Quinientos versos a toda la clase! pronunciado con voz furiosa,
abortó, como el Quos ego(2) una nueva borrasca. ¡A ver si se callan de una vez!
continuó indignado el profesor, mientras se enjugaba la frente con un pañuelo
que se había sacado de su gorro : y usted, «el nuevo», me va a copiar veinte
veces el verbo ridiculus sum.
2. Palabras tomadas de la Eneida de Virgilio que el autor pone
en boca de Neptuno, irritado contra los vientos desencadenados en el mar. En la
boca del prefecto de estudios expresan la cólera y la amenaza a los alumnos.
Obsérvese la importancia del latín en aquella época.
Luego, en tono más suave:
Ya encontrará su gorra: no se la han robado.
Todo volvió a la calma. Las cabezas se inclinaron sobre las
carpetas, y el «novato» permaneció durante dos horas en una compostura
ejemplar, aunque, de vez en cuando, alguna bolita de papel lanzada desde la
punta de una pluma iba a estrellarse en su cara. Pero se limpiaba con la mano y
permanecía inmóvil con la vista baja.
Por la tarde, en el estudio, sacó sus manguitos del pupitre,
puso en orden sus cosas, rayó cuidadosamente el papel. Le vimos trabajar a
conciencia, buscando todas las palabras en el diccionario y haciendo un gran
esfuerzo. Gracias, sin duda, a la aplicación que demostró, no bajó a la clase
inferior, pues, si sabía bastante bien las reglas, carecía de elegancia en los
giros. Había empezado el latín con el cura de su pueblo, pues sus padres, por
razones de economía, habían retrasado todo lo posible su entrada en el colegio.
Su padre, el señor Charles Denis Bartholomé Bovary, antiguo
ayudante de capitán médico, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento
y obligado por aquella época a dejar e1 servicio, aprovechó sus prendas
personales para cazar al vuelo una dote de setenta mil francos que se le
presentaba en la hija de un comerciante de géneros de punto, enamorada de su
tipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus espuelas, con unas
patillas unidas al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el sire de un
valentón y la vivacidad desenvuelta de un viajante de comercio. Ya casado,
vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose
tarde, fumando en grandes pipas de porcelana, y por la noche no regresaba a
casa hasta después de haber asistido a los espectáculos y frecuentado los
cafés. Murió su suegro y dejó poca cosa; el yerno se indignó y se metió a
fabricante, perdió algún dinero, y luego se retiró al campo donde quiso
explotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tanto como de
fabricante de telas de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a
labrar, bebía la sidra de su cosecha en botellas en vez de venderla por
barricas, se comía las más hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de
caza con tocino de sus cerdos, no tardó nada en darse cuenta de que era mejor
abandonar toda especulación.
Por doscientos francos al año, encontró en un pueblo, en los
confines del País de Caux(3), y de la Picardía, para alquilar una especie de
vivienda, mitad granja, mitad casa señorial; y despechado, consumido de pena,
envidiando a todo el mundo, se encerró a los cuarenta y cinco años, asqueado de
los hombres, decía, y decidido a vivir en paz.
3. El Pays de Caux se sitúa en la alta Normandía, en el valle
bajo del Sena, limitando con la región de Picardía.
Su mujer, en otro tiempo, había estado loca por él; lo había
amado con mil servilismos, que le apartaron todavía más de ella.
En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había
vuelto, al envejecer, como el vino destapado que se convierte en vinagre, de
humor difícil, chillona y nerviosa. ¡Había sufrido tanto, sin quejarse, al
principio, cuando le veía correr detrás de todas las mozas del pueblo y
regresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado y apestando a vino!
Después, su orgullo se había rebelado. Entonces se calló tragándose la rabia en
un estoicismo mudo que guardó hasta su muerte.
Siempre andaba de compras y de negocios. Iba a visitar a los
procuradores, al presidente de la audiencia, recordaba el vencimiento de las
letras, obtenía aplazamientos, y en casa planchaba, cosía, lavaba, vigilaba los
obreros, pagaba las cuentas, mientras que, sin preocuparse de nada, el señor,
continuamente embotado en una somnolencia gruñona de la que no se despertaba
más que para decirle cosas desagradables, permanecía fumando al lado del fuego,
escupiendo en las cenizas.
Cuando tuvo un niño, hubo que buscarle una nodriza. Vuelto a
casa, el crío fue mimado como un príncipe. Su madre lo alimentaba con
golosinas; su padre le dejaba corretear descalzo, y para dárselas de filósofo,
decía que incluso podía muy bien ir completamente desnudo, como las crías de
los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, él tenía en la cabeza
un cierto ideal viril de la infancia según el cual trataba de formar a su hijo,
deseando que se educase duramente, a la espartana(4), para que adquiriese una
buena constitución. Le hac(a acostarse en una cams sin calentar, le dabs a
beber grandes tragos de ron y le enseñaba a hacer burla de las procesiones.
Pero de naturaleza apacible, el niño respondfa mal a los esfuerzos paternos. Su
madre le llevaba siempre pegado a sus faldas, le recortaba figuras de cartón,
le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos interminables, llenos de
alegrías melancólicas y de zalamerías parlanchinas. En la soledad de su vida,
trasplantó a aquella cabeza infantil todas sus frustraciones. Soñaba con
posiciones elevadas, le veía ya alto, guapo, inteligente, situado, ingeniero de
caminos, canales y puertos o magistrado. Le enseñó a leer a incluso, con un
viejo piano que tenía, aprendió a cantar dos o tres pequeñas romanzas. Pero a
todo esto el señor Bovary, poco interesado por las letras, decía que todo
aquello no valía la pena.
4. Las ideas pedagógicas del Emilio de Rousseau siguen vigentes
y el padre de Carlos Bovary las asume como programa para la educación de su
hijo, al que incorpora sus propias ideas pintorescas.
¿Tendrían algún. día con qué mantenerle en las escuelas del
estado, comprarle un cargo o un traspaso de una tienda? Por otra parte, un
hombre con tupé(5) triunfa siempre en el mundo. La señora Bovary se mordía los
labios mientras que el niño andaba suelto por el pueblo.
5. Un caradura.
Se iba con los labradores y espantaba a terronazos los cuervos
que volaban. Comía moras a lo largo de las cunetas, guardaba los pavos con una
vara, segaba las mieses, corría por el bosque, jugaba a la rayuela en el
pórtico de la iglesia y en las grandes fiestas pedía al sacristán que le dejase
tocar las campanas, para colgarse con todo su peso de la cuerda grande y
sentirse transportado por ella en su vaivén.
Así creció como un roble, adquiriendo fuertes manos y bellos
colores.
A los doce años, su madre consiguió que comenzara sus estudios.
Encargaron de ellos al cura. Pero las lecciones eran tan cortas y tan mal
aprovechadas, que no podían servir de gran cosa. Era en los momentos perdidos
cuando se las daba, en la sacristía, de pie, deprisa, entre un bautizo y un
entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno después del Angelus, cuando
no tenía que salir. Subían a su cuarto, se instalaban los dos juntos: los
moscardones y las mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de la luz. Hacía
calor, el chico se dormía, y el bueno del preceptor, amodorrado, con las manos
sobre el vientre, no tardaba en roncar con la boca abierta. Otras veces, cuando
el señor cura, al regresar de llevar el Viático a un enfermo de los
alrededores, veía a Carlos vagando por el campo, le llamaba, le sermoneaba un
cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar un verbo al pie
de un árbol. Hasta que venía a interrumpirles la lluvia o un conocido que
pasaba. Por lo demás, el cura estaba contento de su discípulo e incluso decía
que tenía buena memoria.
Carlos no podía quedarse así. La señora Bovary tomó una
decisión. Avergonzado, o más bien cansado, su marido cedió sin resistencia y se
aguardó un año más hasta que el chico hiciera la Primera Comunión.
Pasaron otros seis meses, y al año siguiente, por fin, mandaron
a Carlos al Colegio de Rouen, adonde le llevó su padre en persona, a finales de
octubre, por la feria de San Román.
Hoy ninguno de nosotros podría recordar nada de él. Era un chico
de temperamento moderado, que jugaba en los recreos, trabajaba en las horas de
estudio, estaba atento en clase, dormía bien en el dormitorio general, comía
bien en el refectorio. Tenía por tutor a un ferretero mayorista de la calle
Ganterie, que le sacaba una vez al mes, los domingos, después de cerrar su
tienda, le hacía pasearse por el puerto para ver los barcos y después le volvía
a acompañar al colegio, antes de la cena. Todos los jueves por la noche
escribía una larga carta a su madre, con tinta roja y tres lacres; después
repasaba sus apuntes de historia, o bien un viejo tomo de Anacharsis(6) que
andaba por la sala de estudios. En el paseo charlaba con el criado, que era del
campo como él.
6. Anacharsis en Grèce es el título de un libro escrito por el
padre Barthélemy, en 1708, y que constituye una reconstitución hábil de la vida
pública y privada de los griegos en el siglo IV a. C.
A fuerza de aplicación, se mantuvo siempre hacia la mitad de la
clase; una vez incluso ganó un primer accéssit de historia natural. Pero, al
terminar el tercer año, sus padres le retiraron del colegio para hacerle
estudiar medicina, convencidos de que podía por sí solo terminar el
bachillerato.
Su madre le buscó una habitación en un cuarto piso, que daba a
l'Eau de Robec, en casa de un tintorero conocido. Ultimó los detalles de la
pensión, se procuró unos muebles, una mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa
una vieja cama de cerezo silvestre y compró además una pequeña estufa de hierro
junto con la leña necesaria para que su pobre hijo se calentara. Al cabo de una
semana se marchó, después de hacer mil recomendaciones a su hijo para que se
comportase bien, ahora que iba a «quedarse solo».
El programa de asignaturas que leyó en el tablón de anuncios le
hizo el efecto de un mazazo: clases de anatomía, patología, fisiología,
farmacia, química, y botánica, y de clínica y terapéutica, sin contar la
higiene y la materia médica, nombres todos cuyas etimologías ignoraba y que
eran otras tantas puertas de santuarios llenos de augustas tinieblas.
No se enteró de nada de todo aquello por más que escuchaba, no
captaba nada. Sin embargo, trabajaba, tenía los cuadernos forrados, seguía
todas las clases, no perdía una sola visita. Cumplía con su tarea cotidiana
como un caballo de noria que da vueltas con los ojos vendados sin saber lo que
hace.
Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el
recadero, un trozo de ternera asada al horno, con lo que comía a mediodía
cuando volvía del hospital dando patadas a la pared. Después había que salir
corriendo para las lecciones, al anfiteatro, al hospicio, y volver a casa
recorriendo todas las calles. Por la noche, después de la frugal cena de su
patrón, volvía a su habitación y reanudaba su trabajo con las ropas mojadas que
humeaban sobre su cuerpo delante de la estufa al rojo.
En las hermosas tardes de verano, a la hora en que las calles
tibias están vacías, cuando las criadas juegan al volante(7) en el umbral de
las puertas, abría la ventana y se asomaba. El río que hace de este barrio de
Rouen como una innoble pequeña Venecia, corría a11á abajo, amarillo, violeta, o
azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a la orilla se lavaban los
brazos en el agua.
7 Se juega con raquetas, como el tenis, y consiste en lanzar y
devolver una pelota ligera de corcho o de madera, provisto de unas plumas en
corona.
De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban
madejas de algodón puestas a secar al aire. Énfrente, por encima de los
tejados, se extendía el cielo abierto y puro, con el sol rojizo del ocaso. ¡Qué
bien se debía de estar allí! !Qué frescor bajo el bosque de hayas! Y el
muchacho abría las ventanas de la nariz para aspirar los buenos olores del
campo, que no llegaban hasta él.
Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión
doliente que le hizo casi interesante.
Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las
resoluciones que había tomado. Un día faltó a la visita, al siguiente a clase,
y saboreando la pereza poco a poco, no volvió más.
Se aficionó a la taberna con la pasión del dominó. Encerrarse
cada noche en un sucio establecimiento público, para golpear sobre mesas de
mármol con huesecitos de cordero marcados con puntos negros, le parecía un acto
precioso de su libertad que le aumentaba su propia estimación. Era como la
iniciación en el mundo, el acceso a los placeres prohibidos, y al entrar ponía
la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual.
Entonces muchas cosas reprimidas en él se liberaron; aprendió de
memoria coplas que cantaba en las fiestas de bienvenida. Se entusiasmó por
Béranger, aprendió también a hacer ponche y conoció el amor.
Gracias a toda esa actuación, fracasó por completo en su examen
de «oficial de sanidad»(8). Aquella misma noche le esperaban en casa para
celebrar su éxito.
8. En Francia, de 1803 a 1892, médico que no tenía el título de
doctor en medicina. El diploma de Oficial de Sanidad era otorgado por las
Facultades de Medicina y facultaba para ejercer la profesión en un departamento
determinado, pero no para hacer operaciones quirúrgicas importantes en ausencia
de un doctor.
Marchó a pie y se detuvo a la entrada del pueblo, donde mandó a
buscar a su madre, a quien contó todo. Ella le consoló, achacando el suspenso a
la injusticia de los examinadores, y le tranquilizó un poco encargándose de
arreglar las cosas. Sólo cinco años después el señor Bovary supo la verdad;
como ya había pasado mucho tiempo, la aceptó, ya que no podía suponer que un
hijo suyo fuese un tonto.
Carlos volvió al trabajo y preparó sin interrupción las materias
de su examen cuyas cuestiones se aprendió previamente de memoria. Aprobó con
bastante buena nota. ¡Qué día tan feliz para su madre! Hubo una gran cena.
¿Adónde iría a ejercer su profesión? A Tostes. Allí no había más
que un médico ya viejo. Desde hacía mucho tiempo la señora Bovary esperaba su
muerte, y aún no se había ido al otro barrio el buen señor cuando Carlos estaba
establecido frente a su antecesor.
Pero la misión de la señora Bovary no terminó con haber criado a
su hijo, haberle hecho estudiar medicina y haber descubierto Tostes para
ejercerla: necesitaba una mujer. Y le buscó una: la viuda de un escribano de
Dieppe, que tenía cuarenta y cinco años y mil doscientas libras de renta.
Aunque era fea, seca como un palo y con tantos granos en la cara
como brotes en una primavera, la verdad es que a la señora Dubuc no le faltaban
partidos para escoger. Para conseguir su propósito, mamá Bovary tuvo que
espantarlos a todos, y desbarató muy hábilmente las intrigas de un chacinero
que estaba apoyado por los curas.
Carlos había vislumbrado en el matrimonio la llegada de una
situación mejor, imaginando que sería más libre y que podría disponer de su
persona y de su dinero. Pero su mujer fue el ama; delante de todo el mundo él
tenía que decir esto, no decir aquello, guardar abstinencia los viernes,
vestirse como ella quería, apremiar, siguiendo sus órdenes, a los clientes
morosos. Ella le abría las cartas, le seguía los pasos y le escuchaba a través
del tabique dar sus consultas cuando tenía mujeres en su despacho.
Había que servirle su chocolate todas las mañanas, y necesitaba
cuidados sin fin. Se quejaba continuamente de los nervios, del pecho, de sus
humores. El ruido de pasos le molestaba; si se iban, no podía soportar la
soledad; volvían a su lado y era para verla morir, sin duda. Por la noche,
cuando Carlos regresaba a su casa, sacaba por debajo de sus ropas sus largos
brazos flacos, se los pasaba alrededor del cuello y haciéndole que se sentara
en el borde de la cama se ponía a hablarle de sus penas: ¡la estaba olvidando,
amaba a otra! Ya le habían advertido que sería desgraciada; y terminaba
pidiéndole algún jarabe para su salud y un poco más de amor.
CAPITULO II
Una noche hacia las once los despertó el ruido de un caballo que
se paró justo en la misma puerta. La muchacha abrió la claraboya del desván y
habló un rato con un hombre que estaba en la calle. Venía en busca del médico;
traía una carta. Anastasia bajó las escaleras tiritando y fue a abrir la
cerradura y los cerrojos uno tras otro. El hombre dejó su caballo y entró
inmediatamente detrás de ella. Sacó de su gorro de lana con borlas una carta
envuelta en un trapo y se la presentó cuidadosamente a Carlos quien se apoyó
sobre la almohada para leerla. Anastasia, cerca de la cama, sostenía la luz. La
señora, por pudor, permanecía vuelta hacia la pared dando la espalda.
La carta, cerrada con un pequeño sello de cera azul, suplicaba
al señor Bovary que fuese inmediatamente a la granja de Les Bertaux para
componer una pierna rota. Ahora bien, de Tostes a Les Bertaux hay seis leguas
de camino, pasando por Longueville y Saint Victor. La noche estaba oscura. La
nueva señora Bovary temía que a su marido le pasara algo. Así que se decidió
que el mozo de mulas fuese delante. Carlos se pondría en camino tres horas
después, al salir la luna. Enviarían un muchacho a su encuentro para que le
enseñase el camino de la granja y le abriese la valla. Hacia las cuatro de la
mañana, Carlos, bien enfundado en su abrigo, se puso en camino para Les
Bertaux. Todavía medio dormido por el calor del sueño, se dejaba mecer al trote
pacífico de su caballo. Cuando éste se paraba instintivamente ante esos hoyos
rodeados de espinos que se abren a la orilla de los surcos, Carlos,
despertándose sobresaltado, se acordaba de la pierna rota a intentaba refrescar
en su memoria todos los tipos de fractura que conocía. Ya había cesado de
llover; comenzaba a apuntar el día y en las ramas de los manzanos sin hojas
unos pájaros se mantenían inmóviles, erizando sus plumitas al viento frío de la
mañana. El campo llano se extendía hasta perderse de vista y los pequeños
grupos de árboles en torno a las granjas formaban, a intervalos alejados, unas
manchas de un violeta oscuro sobre aquella gran superficie gris que se perdía
en el horizonte en el tono mortecino del cielo. Carlos abría los ojos de vez en
cuando; después, cansada su mente y volviendo a coger el sueño, entraba en una
especie de modorra en la que, confundiéndose sus sensaciones recientes con los
recuerdos, se percibía a sí mismo con doble personalidad, a la vez estudiante y
casado, acostado en su cama como hacía un momento, atravesando una sala de
operaciones como hacía tiempo. El olor caliente de las cataplasmas se mezclaba
en su cabeza con el verde olor del rocío; escuchaba correr sobre la barra los
anillos de hierro de las camas y oía dormir a su mujer. A1 pasar por
Vassonville distinguió, a la orilla de una cuneta, a un muchacho joven sentado
sobre la hierba.
¿Es usted el médico? preguntó el chico.
Y a la respuesta de Carlos, cogió los zuecos en la mano y echó a
correr delante.
El médico durante el camino comprendió, por lo que decía su
guía, que el señor Rouault debía de ser un agricultor acomodado. Se había roto
la pierna la víspera, de noche, cuando regresaba de celebrar la fiesta de los
Reyes de casa de un vecino. Su mujer había fallecido hacía dos años. No tenía
consigo más que a su «señorita», que le ayudaba a llevar la casa. Las rodadas
se fueron haciendo más profundas. Se acercaban a Les Bertaux. El jovencito,
colándose por un boquete de un seto, desapareció, luego reapareció al fondo de
un corral para abrir la barrera. El caballo resbalaba sobre la hierba mojada;
Carlos se bajaba para pasar bajo las ramas. Los perros guardianes en la perrera
ladraban tirando de las cadenas. Cuando entró en Les Bertaux su caballo se
espantó y reculó.
Era una granja de buena apariencia. En las cuadras, por encima
de las puertas abiertas, se veían grandes caballos de labranza comiendo
tranquilamente en pesebres nuevos. A lo largo de las instalaciones se extendía
un estercolero, de donde ascendía un vaho, y en el que entre las gallinas y los
pavos picoteaban cinco o seis pavos reales, lujo de los corrales del País de
Caux. El corral era largo, el granero era alto, de paredes lisas como la mano.
Debajo del cobertizo había dos grandes carros y cuatro arados, con sus látigos,
sus colleras, sus aparejos completos cuyos vellones de lana azul se ensuciaban
con el fino polvo que caía de los graneros. El corral iba ascendiendo, plantado
de árboles simétricamente espaciados, y cerca de la charca se oía el alegre graznido
de un rebaño de gansos. Una mujer joven, en bata de merino azul adornada con
tres volantes, vino a la puerta a recibir al señor Bovary y le llevó a la
cocina, donde ardía un buen fuego, a cuyo alrededor, en ollitas de tamaño
desigual, hervía el almuerzo de los jornaleros. En el interior de la chimenea
había ropas húmedas puestas a secar. La paleta, las tenazas y el tubo del
fuelle, todo ello de proporciones colosales, brillaban corno acero pulido,
mientras que a lo largo de las paredes se reflejaba de manera desigual la clara
llama del hogar junto con los primeros resplandores del sol que entraba por los
cristales.
Carlos subió al primer piso a ver al enfermo. Lo encontró en
cama, sudando bajo las mantas y sin su gorro de algodón, que había arrojado muy
lejos. Era un hombre pequeño y gordo, de unos cincuenta años, de tez blanca,
ojos azules, calvo por delante de la cabeza y que llevaba pendientes. A su
lado, sobre una silla, había una gran botella de aguardiente, de la que se
servía de vez en cuando para darse ánimos; pero en cuanto vio al médico cesó de
exaltarse, y, en vez de jurar como estaba haciendo desde hacía doce horas,
empezó a quejarse débilmente.
La fractura era sencilla, sin ninguna complicación. Carlos no se
hubiera atrevido a desearla más fácil. Y entonces, recordando las actitudes de
sus maestros junto a la cama de los heridos, reconfortó al paciente con toda
clase de buenas palabras, caricias quirúrgicas, que son como el aceite con que
se engrasan los bisturíes. Para preparar unas tablillas, fueron a buscar en la
cochera un montón de listones. Carlos escogió uno, lo partió en pedazos y lo
pulió con un vidrio, mientras que la criada rasgaba una sábana para hacer
vendas y la señorita Emma trataba de coser unas almohadillas. Como tardó mucho
en encontrar su costurero, su padre se impacientó; ella no dijo nada; pero al
coser se pinchaba los dedos, que se llevaba enseguida a la boca para chuparlos.
Carlos se sorprendió de la blancura de sus uñas. Eran
brillantes, finas en la punta, más limpias que los marfiles de Dieppe y
recortadas en forma de almendra. Su mano, sin embargo, no era bonita, quizá no
bastante pálida y un poco seca en las falanges; era también demasiado larga y
sin suaves inflexiones de líneas en los contornos. Lo que tenía más hermoso
eran los ojos; aunque eran castaños, parecían negros a causa de las pestañas, y
su mirada franca atraía con una audacia cándida.
Una vez hecha la cura, el propio señor Rouault invitó al médico
a tomar un bocado antes de marcharse.
Carlos bajó a la sala, en la planta baja. En una mesita situada
al pie de una gran cama con dosel cubierto de tela estampada con personajes que
representaban a turcos, había dos cubiertos con vasos de plata. Se percibía un
olor a lirio y a sábanas húmedas que salía del alto armario de madera de roble
situado frente a la ventana. En el suelo, en los rincones, alineados de pie,
había unos sacos de trigo. Era el que no cabía en el granero próximo, al que se
subía por tres escalones de piedra. Decorando la estancia, en el centro de la
pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un
clavo una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que
llevaba abajo, escrito en letras góticas: «A mi querido papá.»
Primero hablaron del enfermo, luego del tiempo que hacía, de los
grandes fríos, de los lobos que merodeaban por el campo de noche. La señorita
Rouault no se divertía nada en el campo, sobre todo ahora que tenía a su cargo
ella sola los trabajos de la granja. Como la sala estaba fresca, tiritaba
mientras comía, lo cual descubría un poco sus labios carnosos, que tenía la
costumbre de morderse en sus momentos de silencio.
Llevaba un cuello vuelto blanco. Sus cabellos, cuyos bandós
negros parecían cada uno de una sola pieza de lisos que estaban, se separaban
por una raya fina que se hundía ligeramente siguiendo la curva del cráneo, y
dejando ver apenas el lóbulo de la oreja, iban a recogerse por detrás en un
moño abundante, con un movimiento ondulado hacia las sienes que el médico rural
observó entonces por primera vez en su vida. Sus pómulos eran rosados. Llevaba,
como un hombre, sujetos entre los dos botones de su corpiño, unos lentes de
concha.
Cuando Carlos, después de haber subido a despedirse del señor
Rouault, volvió a la sala antes de marcharse, encontró a la señorita de pie, la
frente apoyada en la ventana y mirando al jardín donde el viento había tirado
los rodrigones de las judías. Se volvió.
¿Busca algo? preguntó.
Mi fusta, por favor repuso el médico.
Y se puso a buscar sobre la cama, detrás de las puertas, debajo
de las sillas; se había caído al suelo entre los sacos y la pared. La señorita
Emma la vio; se inclinó sobre los sacos de trigo. Carlos, por galantería, se
precipitó hacia ella y, al alargar también el brazo en el mismo movimiento,
sintió que su pecho rozaba la espalda de la joven, inclinada debajo de él. Emma
se incorporó toda colorada y le miró por encima del hombro mientras le alargaba
el látigo.
En vez de volver a Les Bertaux tres días después, como había
prometido, volvió al día siguiente, luego dos veces por semana regularmente,
sin contar las visitas inesperadas que hacía de vez en cuando, como sin dar
importancia.
Por lo demás, todo fue bien; el proceso de curación fue normal,
y cuando, al cabo de cuarenta y seis días, vieron que el tío Rouault comenzaba
a caminar solo por su chabola, empezaron a considerar al señor Bovary como un
hombre de gran capacidad. El tío Rouault decía que no le habrían curado mejor
los médicos de Yvetot o incluso los de Rouen.
En cuanto a Carlos, no se esforzaba mucho en averiguar por qué
iba a Les Bertaux de buena gana. De habérselo planteado, sin duda habría
atribuido su celo a la gravedad del caso, o quizás al provecho que esperaba
sacar. ¿Era ésta la razón por la que, a pesar de todo, sus visitas a la granja
constituían, entre las pobres ocupaciones de su vida, una excepción
encantadora? Aquellos días se levantaba temprano, partía al galope, picaba su
caballo, después bajaba para limpiarse los pies en la hierba, y se ponía los
guantes negros antes de entrar. Le gustaba que lo vieran llegar al corral,
sentir contra el hombro la barrera que giraba, oír cantar el gallo en la pared
y ver a los chicos que venían a su encuentro. Le gustaba el granero y las
caballerizas; quería al tío Rouault, que le daba palmaditas en la mano
llamándole su salvador; le gustaban los pequeños zuecos de la señorita Emma
sobre las baldosas bien lavadas de la cocina; sus altos tacones aumentaban su
estatura, y, cuando caminaba delante de él, las suelas de madera, que se
levantaban rápidamente, chasqueaban con un ruido seco contra el cuero de la
botina.
Ella le acompañaba siempre hasta el primer peldaño de la
escalinata. Hasta que no le traín el caballo, esperaba a11í. Como ya se habían
despedido, no se hablaban más; el aire libre la envolvía arremolinando los
finos cabellos locuelos de su nuca o agitándole sobre la cadera las cintas del
delantal que se enroscaban como gallardetes. Una vez, en época de deshielo, la
corteza de los árboles chorreaba en el corral, la nieve se derretía sobre los
tejados de los edificios. Emma estaba en el umbral de la puerta; fue a buscar
su sombrilla y la abrió. La sombrilla, de seda de cuello de paloma, atravesada
por el sol, iluminaba con reflejos móviles la piel blanca de su cara. Ella
sonreía debajo del tibio calorcillo y se oían caer sobre el tenso muaré, una a
una, las gotas de agua.
En los primeros tiempos en que Carlos frecuentaba Les Bertaux,
su mujer no dejaba de preguntar por el enfermo, a incluso en el libro que
llevaba por partida doble había escogido para el tío Rouault una bella página.
Pero cuando supo que tenía una hija, se informó; y se enteró de que la señorita
Rouault, educada en el convento, con las Ursulinas, había recibido lo que se
dice una esmerada educación, y sabía, por tanto, danza, geografía, dibujo,
bordar y tocar el piano. ¡Fue el colmo!
¿Así es que por esto se decía se le alegra la cara cuando va a
verla, y se pone el chaleco sin miedo a que se lo estropee la lluvia? ¡Ah, esa
mujer!, ¡esa mujer!
Y la detestó instintivamente. Al principio se desahogó con
alusiones que Carlos no comprendió; luego, con reflexiones ocasionales que él
dejaba pasar por miedo a la tormenta; finalmente, con ataques a quemarropa a
los que no sabía qué contestar.
¿Por qué volvía a Les Bertaux, si el tío Rouault estaba curado y
aquella gente aún no había pagado? ¡Ah!, es que había allí una persona, alguien
que sabía llevar una conversación, bordar, una persona instruida. Era esto lo
que le gustaba: ¡necesitaba señoritas de ciudad! Y proseguía:
¡La hija del tío Rouault, una señorita de ciudad!
¡Bueno, si su abuelo era pastor y tienen un primo que ha estado
a punto de ser procesado por golpes en una disputa! No vale la pena darse tanto
pisto ni presumir los domingos en la iglesia con un traje de seda como una
condesa. Además, ¡pobre hombre, que si no fuera por las colzas del año pasado,
habría tenido problemas para pagar deudas pendientes!
Por cansancio, Carlos dejó de volver a Les Bertaux. Eloísa le
había hecho jurar con la mano sobre el libro de misa, después de muchos
sollozos y besos, en una gran explosión de amor, que no volvería más. Así que
obedeció; pero la audacia de su deseo protestó contra el servilismo de su
conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, estimó que esta prohibición
de verla era para él como un derecho a amarla. Y además, la viuda estaba flaca;
tenía grandes pretensiones, llevaba siempre un pequeño chal negro cuya punta le
caía entre los omóplatos; su talle seco iba siempre envuelto en unos vestidos a
modo de funda, demasiado cortos, que dejaban ver los tobillos, con las cintas
de sus holgados zapatos trenzados sobre sus medias grises.
La madre de Carlos iba a verles de vez en cuando; pero al cabo
de unos días la nuera parecía azuzarla contra su hijo, y entonces, como dos
cuchillos, se dedicaban a mortificarle con sus reflexiones y sus observaciones.
¡Hacía mal en comer tanto! ¿Por qué convidar siempre a beber al primero que
llegaba? ¡Qué terquedad en no querer llevar ropa de franela!
Ocurrió que, a comienzos de la primavera, un notario de
Ingouville, que tenía fondos de la viuda Dubuc, se embarcó un buen día,
llevándose consigo todo el dinero de la notaría. Es verdad que Eloísa poseía
también, además de una parte de un barco valorada en seis mil francos, su casa
de la calle Saint-François; y, sin embargo, de toda esta fortuna tan cacareada,
no se había visto en casa más que algunos pocos muebles y cuatro trapos. Había
que poner las cosas en claro. La casa de Dieppe estaba carcomida de hipotecas
hasta sus cimientos; lo que ella había depositado en casa del notario sólo Dios
lo sabía, y la parte del barco no pasó de mil escudos. ¡Así que la buena señora
había mentido! En su exasperación, el señor Bovary padre, rompiendo una silla
contra el suelo, acusó a su mujer de haber causado la desgracia de su hijo
uniéndole a semejante penco, cuyos arreos no valían nada. Fueron a Tostes. Se
explicaron. Hubo escenas. Eloísa, llorando, se echó en brazos de su marido, le
conjuró a que la protegiera de sus padres. Carlos quiso hablar por ella. Los
padres se enfadaron y se marcharon.
Pero el mal estaba hecho. Ocho días después, cuando Eloísa
estaba tendiendo ropa en el corral, escupió sangre, y al día siguiente,
mientras Carlos se había vuelto de espaldas para correr la cortina de la
ventana, la mujer dijo: «¡Ah!, Dios mío», lanzó un suspiro y se desvaneció.
Estaba muerta. ¡Qué golpe!
Cuando todo acabó en el cementerio, Carlos volvió a casa. No
encontró á nadie abajo; subió al primero, a la habitación, vio el vestido de su
mujer todavía colgado en la alcoba; entonces, apoyándose en el escritorio,
permaneció hasta la noche sumido en un doloroso sueño. Después de todo, la
había querido.
CAPÍTULO III
Una mañana el tío Rouault fue a pagar a Carlos los honorarios
por el arreglo de su pierna: setenta y cinco francos en monedas de cuarenta
sueldos(1), y un pavo. Se había enterado de la desgracia y le consoló como
pudo.
Ya sé lo que es eso decía, dándole palmaditas en el hombro , yo
también he pasado por ese trance. Cuando perdí a mi pobre difunta, me iba por
los campos para estar solo, caía al pie de un árbol, lloraba, invocaba a Dios,
le decía tonterías; hubiera querido estar como los topos(2), que veía colgados
de las ramas con el vientre corroído por los gusanos, muerto, en una palabra. Y
cuando pensaba que otros en aquel momento estaban estrechando a sus buenas
mujercitas, golpeaba fuertenente con mi bastón, estaba como loco, ya no comía;
la sola idea de ir al café puede creerme, me asqueaba. Pues bien, muy
suavemente, un día tras otro, primavera tras invierno y otoño tras verano,
aquello se fue pasando brizna a brizna, migaja a migaja; aquello se fue,
desapareció, bajó, es un decir, pues siempre queda algo en el fondo, como quien
dice... un peso aquí, en el pecho. Pero como es el destino de todos, no hay que
dejarse decaer y, porque otros hayan muerto, querer morir... Hay que
reanimarse, señor Bovary; ¡eso le pasará! Venga a vernos; mi hija piensa en
usted de vez en cuando, ya lo sabe usted..., y ella dice, ya lo sabe también,
que usted la olvida. Pronto llegará la primavera; iremos a tirar a los conejos
para que se distraiga un poco.
1. El sueldo era una moneda equivalente a 1/20 del franco (0,05
f). Una moneda de 40 sueldos equivalía a 2 francos.
2. Alusión a la costumbre que tienen los campesinos de matar y
exhibir los animales que consideran dañinos para la agricultura.
Carlos siguió su consejo. Volvió a Les Bertaux, encontró todo
como el día anterior, es decir, como hacía cinco meses. Los perales estaban ya
en flor, y el buen señor Rouault, ya curado, iba y venía, lo cual daba más vida
a la granja.
Creyéndose en el deber de prodigar al médico las mayores
cortesías posibles por su luto reciente, le rogó que no se descubriera, le
habló en voz baja, como si hubiera estado enfermo, e incluso aparentó enfadarse
porque no se había prepárado para él algo más ligero que para los demás, como
unos tarritos de nata o unas peras cocidas. Contó chistes. Carlos hasta llegó a
reír; pero al recordar de pronto a su mujer se entristeció. Sirvieron el café;
y ya no volvió a pensar en ella.
Recordó menos, a medida que se iba acostumbrando a vivir solo.
El nuevo atractivo de la independencia pronto le hizo la soledad más
soportable. Ahora podía cambiar las horas de sus comidas, entrar y salir sin
dar explicaciones, y, cuando estaba muy cansado, extender brazos y piernas a
todo to ancho de su cama. Así que se cuidó, se dio buena vida y aceptó los
consuelos que le daban. Por otra parte, la muerte de su mujer no le había
perjudicado en su profesión, pues durante un mes se estuvo hablando de él: «¡Este
pobre joven!, ¡qué desgracia!»
Su nombre se había extendido, su clientela se había acrecentado;
y además iba a Les Bertaux con toda libertad. Tenía una esperanza indefinida,
una felicidad vaga; se encontraba la cara más agradable cuando se cepillaba sus
patillas delante del espejo.
Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo;
entró en la cocina, pero al principio no vio a Emma; los postigos estaban
cerrados. Por las rendijas de la madera, el sol proyectaba sobre las baldosas
grandes rayas delgadas que se quebraban en las aristas de los muebles y
temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban por los vasos
sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo. La
luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba
de un suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba
Emma cosiendo; no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían
gotitas de sudor.
Según costumbre del campo, le invitó a tomar algo. Él no aceptó,
ella insistió, y por fin propuso, riendo, tomar juntos una copita de licor. Fue
a buscar en la alacena una botella de curaçao, alcanzó dos copitas, llenó una
hasta el borde, echó unas gotas en la otra, y, después de brindar, la llevó a
sus labios. Como estaba casi vacía, se echaba hacia atrás para beber; y, con la
cabeza inclinada hacia atrás, los labios adelantados, el cuello tenso, se reía
de no sentir nada, mientras que, sacando la punta de la lengua entre sus finos
dientes, lamía despacito el fondo del vaso.
Volvió a sentarse y reanudó su labor, el zurcido de una media de
algodón blanca; trabajaba con la frente inclinada; no hablaba, Carlos tampoco.
El aire que pasaba por debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las
baldosas. Carlos to miraba arrastrarse, y sólo oía el martilleo interior de su
cabeza y el cacareo lejano de una gallina que había puesto en el corral. Emma,
de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con la palma de las manos, que
luego enfriaba en el pomo de hierro de los grandes morillos.
Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le
preguntó si le sentarían bien los baños de mar; se puso a hablar del convento,
Carlos de su colegio, y se animó la conversación. Subieron al cuarto de Emma.
Le enseñó sus antiguos cuadernos de música, los libritos que le habían dado de
premio y las coronas de hojas de roble abandonadas en el cajón de un armario.
Le habló también de su madre, del cementerio, a incluso le enseñó en el jardín
el arriate donde cogía las flores, todos los primeros viernes de mes, para ir a
ponérselas sobre su tumba. Pero el jardinero que tenían no entendía nada de
flores; ¡tenían tan mal servicio! A ella le habría gustado, aunque sólo fuera
en invierno, vivir en la ciudad, por más que los días largos de buen tiempo hiciesen
tal vez más aburrido el campo en verano y según lo que decía, su voz era clara,
aguda, o, languideciendo de repente, arrastraba unas modulaciones que acababan
casi en murmullos, cuando se hablaba a sí misma, ya alegre, abriendo unos ojos
ingenuos, o ya entornando los párpados, con la mirada anegada de aburrimiento y
el pensamiento errante.
Por la noche, al volver a casa, Carlos repitió una a una las
frases que Emma había dicho, tratando de recordarlas, de completar su sentido,
a fin de reconstruir la porción de exis-tencia que ella había vivido antes de
que él la conociera. Pero nunca pudo verla en su pensamiento de modo diferente
a como la había visto la primera vez, o tal como acababa de dejarla hacía un
momento. Después se preguntó qué sería de ella, si se casaría, y con quién,
¡ay!, el tío Rouault era muy rico, y ella... ¡tan guapa! Pero la cara de Emma
volvía siempre a aparecérsele ante sus ojos y en sus oídos resonaba algo
monótono como el zumbido de una peonza: «¡Y si te casaras!, ¡si te casaras!»
Aquella noche no durmió, tenía un nudo en la garganta, tenía sed; se levantó a
beber agua y abrió la ventana; el cielo estaba estrellado, soplaba un viento
cálido, ladraban perros a to lejos. Carlos volvió la cabeza hacia Les Bertaux.
Pensando que, después de todo, no arriesgaba nada, se prometió a sí mismo hacer
la petición en cuanto se le presentara la ocasión; pero cada vez que se le
presentó, el temor de no encontrar las palabras apropiadas le sellaba los
labios.
Al tío Rouault no le hubiera disgustado que le liberasen de su
hija, que le servía de poco en su casa. En su fuero interno la disculpaba,
reconociendo que tenía demasiado talento para dedicarse a las faenas agrícolas,
oficio maldito del cielo, ya que con él nadie se hacía millonario. Lejos de
haber hecho fortuna, el buen hombre salía perdiendo todos los años, pues si en
los mercados se movía muy bien, complaciéndose en las artimañas del oficio, por
el contrario, el trabajo del campo propiamente dicho, con el gobierno de la
granja, le gustaba menos que a nadie. Siempre con las manos en los bolsillos,
no escatimaba gasto para darse buena vida, pues quería comer bien, estar bien
calentito y dormir en buena cama. Le gustaba la sidra fuerte, las piernas de
cordero poco pasadas, y los «glorias»(3) bien batidos. Comía en la cocina,
solo, delante del fuego, en una mesita que le llevaban ya servida, como en el
teatro.
3. Café mezclado con aguardiente.
Así que viendo que Carlos se ponía colorado cuando estaba junto
a su hija, lo cual significaba que uno de aquellos días la pediría en
matrimonio, fue rumiando por anticipado todo el asunto. Lo encontraba un poco
alfeñique, y no era el yerno que habría deseado; pero tenía fama de buena
conducta, económico instruido, y, sin duda, no regatearía mucho por la dote.
Ahora bien como el tío Rouault iba a tener que vender veintidós acres(4) de su
hacienda, pues debía mucho al albañil, mucho al guarnicionero, y había que
cambiar el árbol del lagar, se dijo:
Si me la pide, se la doy.
4. Acre, antigua medida agraria, equivalente a unas 52 áreas.
Por San Miguel, Carlos fue a pasar tres días a Les Bertaux. El
último día transcurrió como los anteriores, aplazando su declaración de cuarto
en cuarto de hora. El tío Rouault lo acompañó un trecho; iban por un camino
hondo, estaban a punto de despedirse; era el momento. Carlos se señaló como
límite el recodo del seto, y por fin, cuando lo sobrepasó, murmuró:
Señor Rouault, quisiera decirle una cosa.
Se pararon. Carlos callaba.
Pero ¡cuénteme su historia!, ¿se cree que no estoy ya enterado
de todo? dijo el tío Rouault, riendo suavemente.
Tío Rouault..., tío Rouault... balbució Carlos.
Yo no deseo otra cosa continuó el granjero . Aunque sin duda la
niña piensa como yo, habrá que pedirle su parecer. Bueno, váyase; yo me vuelvo
a casa. Si es que sí, óigame bien, no hace falta que vuelva, por la gente, y,
además, a ella le impresionaría demasiado. Pero, para que usted no se consuma
de impaciencia, abriré de par en par el postigo de la ventana contra la pared:
usted podrá verlo mirando atrás, encaramándose sobre el seto.
Y se alejó.
Carlos ató su caballo a un árbol. Corrió a apostarse en el
sendero; esperó. Pasó media hora, después contó diecinueve minutos por su
reloj. De pronto se produjo un ruido contra la pared; se había abierto el
postigo, la aldabilla temblaba todavía. Al día siguiente, a las nueve, estaba
en la granja. Emma se puso colorada cuando entró, pero, se sostuvo, se esforzó
por sonreír un poco. El tío Rouault abrazó a su futuro yerno. Se pusieron a
hablar de las cuestiones de intereses; por otra parte, tenían tiempo por
delante, puesto que no estaba bien que se celebrase la boda hasta que terminase
el luto de Carlos; es decir, hacia la primavera del año siguiente.
En esta espera transcurrió el invierno. La señorita Rouault se
ocupó de su equipo. Una parte de él lo encargó a Rouen, y ella misma se hizo
camisas y gorros de noche con arreglo a dibujos de modas que le prestaron. En
las visitas que Carlos hacía a la granja hablaban de los preparativos de la
boda; se preguntaba dónde se daría el banquete; pensaban en la cantidad de
platos que pondrían y qué entrantes iban a servir.
A Emma, por su parte, le hubiera gustado casarse a medianoche, a
la luz de las antorchas; pero el tío Rouault no compartió en absoluto esta
idea. Se celebró, pues, una boda en la que hubo cuarenta y tres invitados,
estuvieron dieciséis horas sentados a la mesa, y la fiesta se repitió al día
siguiente y un poco los días sucesivos.
CAPITULO IV
Los invitados llegaron temprano en coches (carricoches de un
caballo), charabanes de dos ruedas, viejos cabriolets sin capota, jardineras
con cortinas de cuero, y los jóvenes de los pueblos más cercanos, en carretas,
de pie, en fila, con las manos apoyadas sobre los adrales para no caerse,
puesto que iban al trote y eran fuertemente zarandeados. Vinieron de diez
leguas a la redonda, de Godeville, de Normanville y de Cany. Habían invitado a
todos los parientes de las dos familias, se habían reconciliado con los amigos
con quienes estaban reñidos, habían escrito a los conocidos que no habían visto
desde hacía mucho tiempo.
De vez en cuando se oían latigazos detrás del seto; enseguida se
abría la barrera: era un carricoche que entraba. Galopando hasta el primer
peldaño de la escalinata, paraba en seco y vaciaba su carga, que salía por
todas partes frotándose las rodiIlas y estirando los brazos. Las señoras, de
gorro, llevaban vestidos a la moda de la ciudad, cadenas de reloj de oro,
esclavinas con las puntas cruzadas en la cintura o pequeños chales de color
sujetos a la espalda con un alfiler dejando el cuello descubierto por detrás.
Los chicos, vestidos como sus papás, parecían incómodos con sus trajes nuevos
(muchos incluso estrenaron aquel día el primer par de botas de su vida), y al
lado de ellos se veía, sin decir ni pío, con el vestido blanco de su primera
comunión alargado para la ocasión, a alguna muchachita espigada de catorce o dieciséis
años, su prima o tal vez su hermana menor, coloradota, atontada, con el pelo
brillante de fijador de rosa y con mucho miedo a ensuciarse los guantes. Como
no había bastantes mozos de cuadra para desenganchar todos los coches, los
señores se remangaban y ellos mismos se ponían a la faena.
Según su diferente posición social, vestían fracs, levitas,
chaquetas, chaqués; buenos trajes que conservaban como recuerdo de familia y
que no salían del armario más que en las solemnidades; levitas con grandes
faldones flotando al viento, de cuello cilíndrico y bolsillos grandes como
sacos; chaquetas de grueso paño que combinaban ordinariamente con alguna gorra
con la visera ribeteada de cobre; chaqués muy cortos que tenían en la espalda
dos botones juntos como un par de ojos, y cuyos faldones parecían cortados del
mismo tronco por el hacha de un carpintero. Había algunos incluso, aunque,
naturalmente, éstos tenían que comer al fondo de la mesa, que llevaban blusas
de ceremonia, es decir, con el cuello vuelto sobre los hombros, la espalda
fruncida en pequeños pliegues y el talle muy bajo ceñido por un cinturón
cosido.
Y las camisas se arqueaban sobre los pechos como corazas. Todos
iban con el pelo recién cortado, con las orejas despejadas y bien afeitados;
incluso algunos que se habían levantado antes del amanecer, como no veían bien
para afeitarse, tenían cortes en diagonal debajo de la nariz o a lo largo de
las mejillas raspaduras del tamaño de una moneda de tres francos que se habían
hinchado por el camino al contacto con el aire libre, lo cual jaspeaba un poco
de manchas rosas todas aquellas gruesas caras blancas satisfechas.
Como el ayuntamiento se encontraba a una media legua de la
finca, fueron y volvieron, una vez terminada la ceremonia en la iglesia. El
cortejo, al principio compacto como una sola cinta de color que ondulaba en el
campo, serpenteando entre el trigo verde, se alargó enseguida y se cortó en
grupos diferentes que se rezagaban charlando. El violinista iba en cabeza, con
su violín engalanado de cintas; a continuación marchaban los novios, los
padres, los amigos todos revueltos, y los niños se quedaban atrás, entreteniéndose
en arrancar las campanillas de los tallos de avena o peleándose sin que ellos
los vieran. El vestido de Emma, muy largo, arrastraba un poco; de vez en
cuando, ella se paraba para levantarlo, y entonces, delicadamente, con sus
dedos enguantados, se quitaba las hierbas ásperas con los pequeños pinchos de
los cardos, mientras que Carlos, con las manos libres, esperaba a que ella
hubiese terminado. El tío Rouault, tocado con su sombrero de seda nuevo y con
las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba su
brazo a la señora Bovary madre. En cuanto al señor Bovary padre, que,
despreciando a toda aquella gente, había venido simplemente con una levita de
una fila de botones de corte militar, prodigaba galanterías de taberna a una
joven campesina rubia. Ella las acogía, se ponía colorada, no sabía qué
contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían travesuras por detrás,
provocando anticipadamente el jolgorio; y, aplicando el oído, se seguía oyendo
el rasgueo del violinista, que continuaba tocando en pleno campo. Cuan-do se
daba cuenta de que la gente se retrasaba, se paraba a tomar aliento, enceraba,
frotaba con colofonia su arco para que las cuerdas chirriasen mejor, y luego
reemprendía su marcha bajando y subiendo alternativamente el mástil de su
violín para marcarse bien el compás a sí mismo. El ruido del instrumento
espantaba de lejos a los pajaritos.
La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había
cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de
cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas
con acederas. En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente(1). La
sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y
todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de
natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa,
presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos
esposos en arabescos de finos rasgos. Habían ido a buscar un pastelero a Yvetot
para las tortadas y los guirlaches. Como debutaba en el país, se esmeró en
hacer bien las cosas; y, a los postres, él mismo presentó en la mesa una pieza
montada que causó sensación. Primeramente, en la base, había un cuadrado de
cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de
estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado;
después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya,
rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas,
cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una
pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de
avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate,
cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la
punta.
2. El normando, buen gastrónomo, suele tomar una copa de
aguardiente entre dos platos para abrir el apetito. El «calvados» es
aguardiente de sidra envejedido en toneles de roble, durante quince aefos, para
que tenga buen buquet.
Estuvieron comiendo hasta la noche. Cuando se cansaban de estar
sentados se paseaban por los patios o iban a jugar un partido de chito al
granero, después volvían a la mesa. Algunos, hacia el final, se quedaron
dormidos y roncaron. Pero a la hora del café todo se reanimó; empezaron a
cantar, probaron su fuerza, transportaban pesos, hacían con los pulgares(2)
gestos de un gusto dudoso, intentaban levantar las carretas sobre sus hombros,
se contaban chistes picantes, abrazaban a las señoras. De noche, a la hora de
marcharse, los caballos, hartos de avena hasta las narices, tuvieron
dificultades para entrar en los varales; daban coces, se encabritaban, los
arreos se rompían, sus amos blasfemaban o reían; y toda la noche, a la luz de
la luna, por los caminos del país pasaron carricoches desbocados que corrían a
galope tendido, dando botes en las zanjas, saltando por encima de la grava,
rozando con los taludes, con mujeres que se asomaban por la portezuela para
coger las riendas.
2. Tenemos interpretaciones diferentes del texto «on passait
sous son poucen». Una profesora francesa nos indica que era un juego de
destreza consistente en hincar el pulgar en el suelo y hacer que la gente pase
por debajo. La otra, que hemos elegido en la traducción, proceda de una nota de
Clásicos Larousse.
Los que quedaron en Les Bertaux pasaron la noche bebiendo en la
cocina. Los niños se habían quedado dormidos debajo de los bancos.
La novia había suplicado a su padre que le evitasen las bromas
de costumbre. Sin embargo, un primo suyo, pescadero (que incluso había traído
como regalo de bodas un par de lenguados), empezaba a soplar agua con su boca
por el agujero de la cerradura, cuando llegó el señor Rouault en el preciso
momento para impedirlo, y le explicó que la posición seria de su yerno no
permitía tales inconveniencias. El primo, a pesar de todo, cedió difícilmente
ante estas razones. En su interior acusó al señor Rouault de estar muy
orgulloso y fue a reunirse a un rincón con cuatro o cinco invitados que,
habiéndoles tocado por casualidad varias veces seguidas los peores trozos de
las carnes, murmuraban en voz baja del anfitrión y deseaban su ruina con medias
palabras.
La señora Bovary madre no había despegado los labios en todo el
día. No le habían consultado ni sobre el atuendo de la nuera ni sobre los
preparativos del festín; se retiró temprano. Su esposo, en vez de acompañarla,
marchó a buscar cigarros a Saint Victor y fumó hasta que se hizo de día, sin
dejar de beber grogs(3) de kirsch, mezcla desconocida para aquella gente, y que
fue para él como un motivo de que le tuviesen una consideración todavía mayor.
3. Bebida hecha de agua caliente azucarada, aguardiente, ron...
Carlos no era de carácter bromista, no se había lucido en la
boda. Respondió mediocremente a las bromas, retruécanos, palabras de doble
sentido, parabienes y palabras picantes que tuvieron a bien soltarle desde la
sopa.
Al día siguiente, por el contrario, parecía otro hombre... Era
más bien él a quien se hubiera tomado por la virgen de la víspera, mientras que
la recién casada no dejaba traslucir nada que permitiese sospechar lo más
mínimo. Los más maliciosos sabían qué decir, y cuando pasaba cerca de ellos la
miraban con una atención desmesurada. Pero Carlos no disimulaba nada, le
llamaba «mi mujer», la tuteaba, preguntaba por ella a todos, la buscaba por
todas partes y muchas veces se la llevaba a los patios donde de lejos le veían,
entre los árboles, estrechándole la cintura y caminando medio inclinado sobre
ella, arrugándole con la cabeza el bordado del corpiño.
Dos días después de la boda los esposos se fueron: Carlos no
podía ausentarse por más tiempo a causa de sus enfermos. El tío Rouault mandó
que los llevaran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville.
Allí besó a su hija por última vez, se apeó y volvió a tomar su camino. Cuando
llevaba andados cien pasos aproximadamente, se paró, y, viendo alejarse el
carricoche, cuyas ruedas giraban en el polvo, lanzó un gran suspiro. Después se
acordó de su boda, de sus tiempos de antaño del primer embarazo de su mujer;
estaba muy contento también él el día en que la había trasladado de la casa de
sus padres a la suya, cuando la llevaba a la grupa trotando sobre la nieve,
pues era alrededor de Navidad y el campo estaba todo blanco; ella se agarraba a
él por un brazo mientras que del otro colgaba su cesto; el viento agitaba los
largos encajes de su tocado del País de Caux, que le pasaban a veces por encima
de la boca, y, cuando él volvía la cabeza, veía cerca, sobre su hombro, su
carita sonrosada que sonreía silenciosamente bajo la chapa de oro de su gorro.
Para recalentarse los dedos, se los metía de vez en cuando en el pecho. ¡Qué
viejo era todo esto! ¡Su hijo tendría ahora treinta años! Entonces miró atrás,
no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa sin muebles; y
mezclando los tiernos recuerdos a los negros pensamientos en su cerebro nublado
por los vapores de la fiesta, le dieron muchas ganas de ir un momento a dar una
vuelta cerca de la iglesia. Como, a pesar de todo, temió que esto le pusiese
más triste todavía, se volvió directamente a casa.
El señor y la señora Bovary llegaron a Tostes hacia las seis.
Los vecinos se asomaron a las ventanas para ver a la nueva mujer del médico.
La vieja criada se presentó, la saludó, pidió disculpas por no
tener preparada la cena a invitó a la señora, entretanto, a conocer la casa.
CAPÍTULO V
La fachada de ladrillos se alineaba justo con la calle, o más
bien con la carretera. Detrás de la puerta estaban colgados un abrigo de
esclavina, unas bridas de caballo, una gorra de visera de cuero negro y en un
rincón, en el suelo, un par de polainas todavía cubiertas de barro seco. A la
derecha estaba la sala, es decir, la pieza que servía de comedor y de sala de
estar. Un papel amarillo canario, orlado en la parte superior por una guirnalda
de flores pálidas, temblaba todo él sobre la tela poco tensa; unas cortinas de
calicó blanco, ribeteadas de una trencilla roja, se entrecruzaban a lo largo de
las ventanas, y sobre la estrecha repisa de la chimenea resplandecía un reloj
con la cabeza de Hipócrates entre dos candelabros chapados de plata bajo unos
fanales de forma ovalada. Al otro lado del pasi-llo estaba el consultorio de
Carlos. Pequeña habitación de unos seis pasos de ancho, con una mesa, tres
sillas y un sillón de despacho. Los tomos del Diccionario de Ciencias Médicas,
sin abrir, pero cuya encuadernación en rústica había sufrido en todas las
ventas sucesivas por las que había pasado, llenaban casi ellos solos los seis
estantes de una biblioteca de madera de abeto. El olor de las salsas penetraba
a través de la pared durante las consultas, lo mismo que se oía desde la cocina
toser a los enfermos en el despacho y contar toda su historia. Venía después,
abierta directamente al patio, donde se encontraba la caballeriza, una gran
nave deteriorada que tenía un horno, y que ahora servía de leñera, de bodega,
de almacén, llena de chatarras, de toneles vacíos, de aperos de labranza fuera
de uso, con cantidad de otras cosas llenas de polvo cuya utilidad era imposible
adivinar.
La huerta, más larga que ancha, llegaba, entre dos paredes de
adobe cubiertas de albaricoqueros en espaldera, hasta un seto de espinos que la
separaba de los campos. Había en el centro un cuadrante solar de pizarra sobre
un pedestal de mampostería; cuatro macizos de enclenques escaramujos rodeaban
simétricamente el cuadro más útil de las plantaciones serias. A1 fondo de todo,
bajo las piceas, una figura de cura, de escayola, leía su breviario.
Emma subió a las habitaciones. La primera no estaba amueblada;
pero la segunda, que era la habitación de matrimonio, tenía una cama de caoba
en una alcoba con colgaduras rojas. Una caja de conchas adornaba la cómoda y,
sobre el escritorio, al lado de la ventana, había en una botella un ramo de
azahar atado con cintas de raso blanco. Era un ramo de novia; ¡el ramo de la
otra! Ella lo miró. Carlos se dio cuenta de ello, lo cogió y fue a llevarlo al
desván, mientras que, sentada en una butaca (estaban colocando sus cosas
alrededor de ella), Emma pensaba adónde iría a parar su ramo de novia, que
estaba emba-lado en una caja de cartón, si por casualidad ella llegase a morir.
Los primeros días se dedicó a pensar en los cambios que iba a
hacer en su casa. Retiró los globos de los candelabros, mandó empapelar de
nuevo, pintar la escalera y poner bancos en el jardín, alrededor del reloj de
sol; incluso preguntó qué había que hacer para tener un estanque con surtidor
de agua y peces. Finalmente, sabiendo su marido que a ella le gustaba pasearse
en coche, encontró uno de ocasión, que, una vez puestas linternas nuevas y
guardabarros de cuero picado, quedó casi como un tílburi.
Carlos estaba, pues, feliz y sin preocupación alguna. Una comida
los dos solos, un paseo por la tarde por la carretera principal, acariciarle su
pelo, contemplar su sombrero de paja, colgado en la falleba de una ventana, y
muchas otras cosas más en las que Carlos jamás había sospechado encontrar
placer alguno, constituían ahora su felicidad ininterrumpida. En cama por la
mañana, juntos sobre la almohada, él veía pasar la luz del sol por entre el
vello de sus mejillas rubias medio tapadas por las orejeras subidas de su
gorro. Vistos tan de cerca, sus ojos le parecían más grandes, sobre todo cuando
abría varias veces sus párpados al despertarse; negros en la sombra y de un
azul oscuro en plena luz, tenían como capas de colores sucesivos, que, siendo
más oscuros en el fondo, iban tomándose claros hacia la superficie del esmalte.
La mirada de Carlos se perdía en estas profundidades, y se veía en pequeño
hasta los hombros con el pañuelo,que le cubría la cabeza y el cuello de la
camisa entreabierto. El se levantaba, ella se asomaba a la ventana para verle
salir; y se apoyaba de codos en el antepecho entre dos macetas de geranios,
vestida con un salto de cama que le venía muy holgado. Carlos, en la calle,
sujetaba sus espuelas sobre el mojón y ella seguía hablándole desde arriba,
mientras arrancaba con su boca una brizna de flor o de verde que soplaba hacia
él, y que revoloteando, planeando, haciendo en el aire semicírculos como un
pájaro, iba antes de caer a agarrarse a las crines mal peinadas de la vieja
yegua blanca, inmóvil en la puerta. Carlos, a caballo, le enviaba un beso; ella
respondía con un gesto y volvía a cerrar la ventana. Él partía, y entonces, en
la carretera que extendía sin terminar su larga cinta de polvo, por los caminos
hondos donde los árboles se curvaban en bóveda, en los senderos cuyos trigos le
llegaban hasta las rodillas, con el sol sobre sus hombros y el aire matinal en
las aletas de la nariz, el corazón lleno de las delicias de la noche, el ánimo
tranquilo, la carne satisfecha, iba rumiando su felicidad, como los que siguen
saboreando, después de la comida, el gusto de las trufas que digieren.
Hasta el momento, ¿qué había tenido de bueno su vida? ¿Su época
de colegio, donde permanecía encerrado entre aquellas altas paredes solo en
medio de sus compañeros más ricos o más adelantados que él en sus clases, a
quienes hacía reír con su acento, que se burlaban de su atuendo, y cuyas mamás
venían al locutorio con pasteles en sus manguitos? Después, cuando estudiaba
medicina y mamá no tenía bastante dinero para pagar la contradanza a alguna
obrerita que llegase a ser su amante. Más tarde había vivido catorce meses con
la viuda, que en la cama tenía los pies fríos como témpanos. Pero ahora poseía
de por vida a esta linda mujer a la que adoraba. El Universo para él no
sobrepasaba el contorno sedoso de su falda; y se acusaba de no amarla, tenía
ganas de volver a verla; regresaba pronto a casa, subía la escalera con el
corazón palpitante. Emma estaba arreglándose en su habitación; él llegaba sin
hacer el mínimo ruido, la besaba en la espalda, ella lanzaba un grito.
Él no podía aguantarse sin tocar continuamente su peine, sus
sortijas, su pañoleta; algunas veces le daba en las mejillas grandes besos con
toda la boca, o bien besitos en fila a todo lo largo de su brazo desnudo, desde
la punta de los dedos hasta el hombro; y ella le rechazaba entre sonriente y
enfadada, como se hace a un niño que se te cuelga encima.
Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como
la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse
equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban justamente en
la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le habían
parecido en los libros.
CAPÍTULO VI
Emma había leído Pablo y Virginia(1) y había soñado con la
casita de bambúes, con el negro Domingo con el perro Fiel, pero sobre todo con
la dulce amistad de algún hermanito, que subiera a buscar para ella frutas
rojas a los grandes árboles, más altos que campanarios, o que corriera descalzo
por la arena llevándole un nido de pájaros.
Cuando cumplió trece años, su padre la llevó él mismo a la
ciudad para ponerla en un internado. Se alojaron en una fonda del barrio San
Gervasio, donde les sirvieron la cena en unos platos pintados, que
representaban la historia de la señorita de la Valliere(2). Las leyendas
explicativas, cortadas aquí y a11í por los rasguños de los cuchillos,
glorificaban todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas
de la Corte.
1. Novela de Bernardin de Saint Pierre, de una sensibilidad pre
romántica: pintura graciosa y poética de la adolescencia.
2. La duquesa de La Vallière, favorita de Luis XIV (1644 1710),
y que terminó sus días en un convento de Carmelitas.
Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se
encontró a gusto en compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la
llevaban a la capilla, adonde se entraba desde el refectorio por un largo
corredor. Jugaba muy poco en los recreos, entendía bien el catecismo, y era
ella quien contestaba siempre al señor vicario en las preguntas difíciles.
Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en medio
de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se
fue adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la
frescura de las pilas de agua bendita y del resplandor de las velas. En vez de
seguir la misa, miraba en su libro las ilustraciones piadosas orladas de azul,
y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado Corazón atravesado de agudas flechas
o el Buen Jesús que cae caminando sobre su cruz. Intentó, para mortificarse,
permanecer un día entero sin comer. Buscaba en su imaginación algún voto que
cumplir.
Cuando iba a confesarse, se inventaba pecaditos a fin de
quedarse allí más tiempo, de rodillas en la sombra, con la cara pegada a la
rejilla bajo el cuchicheo del sacerdote. Las comparaciones de novio, de esposo,
de amante celestial y de matrimonio eterno que se repiten en los sermones
suscitaban en el fondo de su alma dulzuras inesperadas.
Por la noche, antes del rezo, hacían en el estudio una lectura
religiosa. Era, durante la semana, algún resumen de Historia Sagrada o las
Conferencias del abate Frayssinous(3), y, los domingos, a modo de recreo,
pasajes del Genio del Cristianismo94). ¡Cómo escuchó, las primeras veces, la
lamentación sonora de las melancolías románticas que se repiten en todos los
ecos de la tierra y de la eternidad! Si su infancia hubiera transcurrido en la
trastienda de un barrio comercial, quizás se habría abierto entonces a las
invasiones líricas de la naturaleza que, ordinariamente, no nos llegan más que
por la traducción de los escritores. Pero conocía muy bien el campo; sabía del
balido de los rebaños, de los productos lácteos, de los arados. Acostumbrada a
los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le
gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía
salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de provecho
personal; y rechazaba como inútil todo to que no contribuía al consuelo
inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que
artístico, buscaba emociones y no paisajes.
3. Predicador francés (1765 1841), autor de la Defensa del
critianismo y de laa libertades galicanas.
4. Obra maestra escrita por Chateaubriand, en 1802, en la que
hace la apología del Cristianismo, demostrando que la religión cristiana es la
más práctica, la más humana y la que más favorece la libertad.
Había en el convento una solterona que venía todos los meses,
durante ocho días, a repasar la ropa. Protegida por el arzobispado como
perteneciente a una antigua familia aristócrata arruinada en la Revolución,
comía en el refectorio a la mesa de las monjas y charlaba con ellas, después de
la comida, antes de subir de nuevo a su trabajo. A menudo las internas se
escapaban del estudio para ir a verla. Sabía de memoria canciones galantes del
siglo pasado, que cantaba a media voz, mientras le daba a la aguja. Contaba
cuentos, traía noticias, hacía los recados en la ciudad, y prestaba a las
mayores, a escondidas, alguna novela que llevaba siempre en los bolsillos de su
delantal, y de la cual la buena señorita devoraba largos capítulos en los
descansos de su tarea. Sólo se trataba de amores, de galanes, amadas, damas
perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios, mensajeros a quienes
matan en todos los relevos, caballos reventados en todas las páginas, bosques
sombríos, vuelcos de corazón, juramentos, sollozos, lágrimas y besos,
barquillas a la luz de la luna, ruiseñores en los bosquecillos, señores bravos
como leones, suaves como corderos, virtuosos como no hay, siempre de punta en
blanco y que lloran como urnas funerarias. Durante seis meses, a los quince
años, Emma se manchó las manos en este polvo de los viejos gabinetes de
lectura(5). Con Walter Scott, después, se apasionó por los temas históricos,
soñó con arcones, salas de guardias y trovadores. Hubiera querido vivir en
alguna vieja mansión, como aquellas castellanas de largo corpiño, que, bajo el
trébol de las ojivas, pasaban sus días con el codo apoyado en la piedra y la
barbilla en la mano, viendo llegar del fondo del campo a un caballero de pluma
blanca galopando sobre un caballo negro. En aquella época rindió culto a María
Estuardo y veneración entusiasta a las mujeres ilustres o desgraciadas: Juana
de Arco, Eloísa, Inés Sorel, la bella Ferronniere, y Clemencia Isaura para ella
se destacaban como cometas sobre la tenebrosa inmensidad de la historia, donde
surgían de nuevo por todas partes, pero más difuminados y sin ninguna relación
entre sí, San Luis con su encina, Bayardo moribundo, algunas ferocidades de
Luis XI, un poco de San Bartolomé, el penacho del Bearnés, y siempre el
recuerdo de los platos pintados donde se ensalzaba a Luis XIV(6).
5. Establecimiento comercial donde el público puede consultar o
pedir en préstamo libros o periódicos.
6. Alusión a personajes de la historia de Francia: Inés Sorel,
la «Dame de Beauté», favorita de Carlos VII; la Belle Ferronnière, amante de
Francisco I; Clémence Isaure, dama tolosana del siglo XIV; Bayardo, capitán que
luchó contra los españoles en Italia. La Saint Barthélemy, matanza de
protestantes en 1562, en las guerras de religión.
En clase de música, en las romanzas que cantaba, sólo se trataba
de angelitos de alas doradas, madonas, lagunas, gondoleros, pacíficas
composiciones que le dejaban entrever, a través de las simplezas del estilo y
las imprudencias de la música, la atractiva fantasmagoría de las realidades
sentimentales. Algunas de sus compañeras traían al convento los keepsakes(7)
que habían recibido de regalo. Había que esconderlos, era un problema; los
leían en el dormitorio. Manejando delicadamente sus bellas encuadernaciones de
raso, Emma fijaba sus miradas de admiración en el nombre de los autores
desconocidos que habían firmado, la mayoría de las veces condes o vizcondes, al
pie de sus obras.
7. Libro álbum, elegantemente presentado
8.
Se estremecía al levantar con su aliento el papel de seda de los
grabados, que se levantaba medio doblado y volvía a caer suavemente sobre la
página. Era, detrás de la balaustrada de un balcón, un joven de capa corta
estrechando entre sus brazos a una doncella vestida de blanco, que llevaba una
escarcela a la cintura; o bien los retratos anónimos de las ladies inglesas con
rizos rubios, que nos miran con sus grandes ojos claros bajo su sombrero de
paja redondo. Se veían algunas recostadas en coches rodando por los parques,
donde un lebrel saltaba delante del tronco de caballos conducido al trote por
los pequeños postillones de pantalón blanco. Otras, tendidas sobre un sofá al
lado de una carta de amor abierta, contemplaban la luna por la ventana
entreabierta, medio tapada por una cortina negra. Las ingenuas, una lágrima en
la mejilla, besuqueaban una tórtola a través de los barrotes de una jaula
gótica, o, sonriendo, con la cabeza bajo el hombro, deshojaban una margarita
con sus dedos puntiagudos y curvados hacia arriba como zapatos de punta
respingada. Y también estabais allí vosotros, sultanes de largas pipas,
extasiados en los cenadores, en brazos de las bayaderas, djiaours, sables
turcos, gorros griegos, y, sobre todo, vosotros, paisajes pálidos de las
regiones ditirámbicas, que a menudo nos mostráis a la vez palmeras, abetos,
tigres a la derecha, un león a la izquierda, minaretes tártaros en el
horizonte, ruinas romanas en primer plano, después camellos arrodillados; todo
ello enmarcado por una selva virgen bien limpia y un gran rayo de sol
perpendicular en el agua, de donde de tarde en tarde emergen como rasguños
blancos, sobre un fondo de gris acero, unos cisnes nadando.
Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la
cabeza de Emma, iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante
ella unos detrás de otros, en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano
de algún simón retrasado que rodaba todavía por los bulevares.
Cuando murió su madre, lloró mucho los primeros días. Mandó
hacer un cuadro fúnebre con el pelo de la difunta, y, en una carta que enviaba
a Les Bertaux, toda llena de reflexiones tristes sobre la vida, pedía que
cuando muriese la enterrasen en la misma sepultura. El pobre hombre creyó que
estaba enferma y fue a verla. Emma se sintió satisfecha de haber llegado al
primer intento a ese raro ideal de las existencias pálidas, a donde jamás
llegan los corazones mediocres. Se dejó, pues, llevar por los meandros lamartinianos,
escuchó las arpas sobre los lagos, todos los cantos de cisnes moribundos, todas
las caídas de las hojas, las vírgenes puras que suben al cielo y la voz del
Padre Eterno resonando en los valles. Se cansó de ello y, no queriendo
reconocerlo, continuó por hábito, después por vanidad, y finalmente se vio
sorprendida de sentirse sosegada y sin más tristeza en el corazón que arrugas
en su frente.
Las buenas monjas, que tanto habían profetizado su vocación, se
dieron cuenta con gran asombro de que la señorita Rouault parecía írseles de
las manos. En efecto, ellas le habían prodigado tanto los oficios, los retiros,
las novenas y los sermones, predicado tan bien el respeto que se debe a los
santos y a los mártires, y dado tantos buenos consejos para la modestia del
cuerpo y la salvación de su alma, que ella hizo como los caballos a los que
tiran de la brida: se paró en seco y el bocado se le salió de los dientes.
Aquella alma positiva, en medio de sus entusiasmos, que había amado la iglesia
por sus flores, la música por la letra de las romanzas y la literatura por sus
excitaciones pasionales, se sublevaba ante los misterios de la fe, lo mismo que
se irritaba más contra la disciplina, que era algo que iba en contra de su
constitución. Cuando su padre la retiró del internado, no sintieron verla
marchar. La superiora encontraba incluso que se había vuelto, en los últimos
tiempos, poco respetuosa con la comunidad.
A Emma, ya en su casa, le gustó al principio mandar a los
criados, luego se cansó del campo y echó de menos su convento. Cuando Carlos
vino a Les Bertaux por primera vez, ella se sentía como muy desilusionada, como
quien no tiene ya nada que aprender, ni le queda nada por experimentar.
Pero la ansiedad de un nuevo estado, o tal vez la irritación
causada por la presencia de aquel hombre, había bastado para hacerle creer que
por fin poseía aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido
como un gran pájaro de plumaje rosa planeando en el esplendor de los cielos
poéticos, y no podía imaginarse ahora que aquella calma en que viva fuera la
felicidad que había soñado.
CAPÍTULO VII
A veces pensaba que, a pesar de todo, aquellos eran los más
bellos días de su vida, la luna de miel como decían. Para saborear su dulzura,
habría sin duda que irse a esos países de nombres sonoros donde los días que
siguen a la boda tienen más suaves ocios. En sillas de posta, bajo cortinillas
de seda azul, se sube al paso por caminos escarpados, es-cuchando la canción
del postillón, que se repite en la montaña con las campanillas de las cabras y
el sordo rumor de, la cascada. Cuando se pone el sol, se respira a la orilla de
los golfos el perfume de los limoneros; después, por la noche, en la terraza de
las quintas, a solas y con los dedos entrecruzados, se mira a las estrellas
haciendo proyectos. Le parecía que algunos lugares en la tierra debían de producir
felicidad, como una planta propia de un suelo y que no prospera en otra parte.
¡Quién pudiera asomarse al balcón de los chalets suizos o encerrar su tristeza
en una casa de campo escocesa, con su marido vestido de frac de terciopelo
negro de largos faldones y calzado con botas flexibles y con un sombrero
puntiagudo y puños en las bocamangas!
Quizás hubiera deseado hacer a alguien la confidencia de todas
estas cosas. Pero, ¿cómo explicar un vago malestar que cambia de aspecto como
las nubes, que se arremolina como el viento? Le faltaban las palabras, la
ocasión, ¡el valor!
Si Carlos, sin embargo, lo hubiera querido, si lo hubiera
sospechado, si su mirada, por una sola vez, hubiera ido al encuentro de su
pensamiento, le parecía que una abundancia súbita se habría desprendido de su
corazón, como cae la fruta de un árbol en espaldar cuando se acerca a él la
mano. Pero a medida que se estrechaba más la intimidad de su vida, se producía
un despegue interior que la separaba de él.
La conversación de Carlos era insulsa como una acera de calle, y
las ideas de todo el mundo desfilaban por ella en su traje ordinario, sin
causar emoción, risa o ensueño. Nunca había sentido curiosidad decía cuando
vivía en Rouen, por ir al teatro a ver a los actores de París. No sabía ni
nadar ni practicar la esgrima, ni tirar con la pistola, y, un día, no fue capaz
de explicarle un término de equitación que ella había encontrado en una novela.
¿Acaso un hombre no debía conocerlo todo, destacar en
actividades múltiples, iniciar a la mujer en las energías de la pasión, en los
refinamientos de la vida, en todos los misterios? Pero éste no enseñaba nada,
no sabía nada, no deseaba nada. La creía feliz y ella le reprochaba aquella
calma tan impasible, aquella pachorra apacible, hasta la felicidad que ella le
proporcionaba.
Emma dibujaba a veces; y para Carlos era un gran entretenimiento
permanecer a11í, de pie, mirándola inclinada sobre la lámina, guiñando los ojos
para ver mejor su obra, o modelando con los dedos bolitas de miga de pan.
Cuando tocaba el piano, cuanto más veloces corrían los dedos, más embelesado se
quedaba él. Ella golpeaba las teclas con aplomo, y recorría de arriba a abajo
el teclado sin pararse. Sacudido así por ella, el viejo instrumento, cuyas
cuerdas tremolaban, se oía hasta el extremo del pueblo si la ventana estaba
abierta, y a menudo el alguacil que pasaba por la carretera se paraba a
escucharlo, con su hoja de papel en la mano.
Por otra parte, Emma sabía llevar su casa. Enviaba a los
enfermos la cuenta de sus visitas, en cartas tan bien escritas, que no olían a
factura. Cuando, los domingos, tenían algún vecino invitado, se ingeniaba para
presentar un plato atractivo, sabía colocar sobre hojas de parra las pirámides
de claudias, servía los tarros de confitura volcados en un plato, a incluso
hablaba de comprar enjuagadientes para el postre. Todo esto repercutía en la
consideración de Bovary.
Carlos terminaba estimándose más por tener una mujer semejante.
Mostraba con orgullo en la sala dos pequeños croquis dibujados a lápiz por
ella, a los que había mandado poner unos marcos muy anchos y colgar sobre el
papel de la pared con largos cordones verdes. Al salir de misa, se le veía en
la puerta de la casa con bonitas zapatillas bordadas.
Volvía tarde a casa, a las diez, a medianoche a veces. Entonces
pedía la cena, y, como la criada estaba acostada, era Emma quien se la servía.
Se quitaba la levita para cenar más cómodo. Iba contando una tras otra las
personas que había encontrado, los pueblos donde había estado, las recetas que
había escrito, y, satisfecho de sí mismo, comía el resto del guisado, pelaba su
queso, mordía una manzana, vaciaba su botella, se acostaba boca arriba y
roncaba.
Como había tenido durante mucho tiempo la costumbre del gorro de
algodón para dormir, su pañuelo no le aguantaba en las orejas; por eso su pelo,
por la mañana, estaba caído, revuelto sobre su cara y blanqueado por la pluma
de la almohada, cuyas cintas se desataban durante la noche. Llevaba siempre
unas fuertes botas, que tenían en la punta dos pliegues gruesos torciendo hacia
los tobillos mientras que el resto del empeine continuaba en línea recta,
estirado como si estuviera ep la horma. Decía que esto era suficiente para el
campo.
La madre estaba de acuerdo con esta economía, pues iba a verlo
como antes, cuando había habido en su casa alguna disputa un poco violenta; y
sin embargo la señora Bovary madre parecía prevenida contra su nuera. ¡La
encontraba «de un tono demasiado subido para su posición económica»; la leña,
el azúcar y las velas se gastaban como en una gran casa y la cantidad de carbón
que se quemaba en la cocina habría bastado para veinticinco platos! Ella
ordenaba la ropa en los armarios y le enseñaba a vigilar al carnicero cuando
traía la carne. Emma recibía sus lecciones; la señora Bovary las prodigaba; y
las palabras de «hija mía» y de «mamá» se intercambiaban con un ligero temblor
de labios lanzándose cada una palabras suaves con una voz temblando de cólera.
En el tiempo de la señora Dubuc(1), la vieja señora se sentía
todavía la preferida; pero, ahora, el amor de Carlos por Emma le parecía una
deserción de su ternura, una invasión de aquello que le pertenecía; y observaba
la felicidad de su hijo con un silencio triste, como alguien venido a menos que
mira, a través de los cristales, a la gente sentada a la mesa en su antigua
casa. Le recordaba sus penas y sus sacrificios, y, comparándolos con las
negligencias de Emma, sacaba la conclusión de que no era razonable adorarla de
una manera tan exclusiva.
1. La primera mujer de Carlos Bovary.
Carlos no sabía qué responder; respetaba a su madre y amaba
infinitamente a su mujer; consideraba el juicio de una como infalible y, al
mismo tiempo, encontraba a la otra irreprochable. Cuando la señora Bovary se
había ido, él intentaba insinuar tímidamente, y en los mismos términos, una o
dos de las más anodinas observaciones que había oído a su madre; Emma,
demostrándole con una palabra que se equivocaba, le decía que se ocupase de sus
enfermos.
Entretanto, según teorías que ella creía buenas, quiso sentirse
enamorada. A la luz de la luna, en el jardín, recitaba todas las rimas
apasionadas que sabía de memoria y le cantaba suspirando adagios melancólicos;
pero pronto volvía a su calma inicial y Carlos no se mostraba ni más enamorado
ni más emocionado.
Después de haber intentado de este modo sacarle chispas a su
corazón sin conseguir ninguna reacción de su marido, quien, por lo demás, no
podía comprender lo que ella no sentía, y sólo creía en lo que se manifestaba
por medio de formas convencionales, se convenció sin dificultad de que la
pasión de Carlos no tenía nada de exorbitante. Sus expansiones se habían hecho
regulares; la besaba a ciertas horas, era un hábito entre otros, y como un
postre previsto anticipadamente, después de la monotonía de la cena.
Un guarda forestal, curado por el señor de una pleuresía, había
regalado a la señora una perrita galga italiana; ella la llevaba de paseo, pues
salía a veces, para estar sola un instante y perder de vista el eterno jardín
con el camino polvoriento.
Iba hasta el hayedo de Banneville, cerca del pabellón abandonado
que hace esquina con la pared, por el lado del campo. Hay en el foso, entre las
hierbas, unas largas cañas de hojas cortantes.
Empezaba a mirar todo alrededor, para ver si había cambiado algo
desde la última vez que había venido. Encontraba en sus mismos sitios las
digitales y los alhelíes, los ramos de ortigas alrededor de las grandes piedras
y las capas de liquen a lo largo de las tres ventanas, cuyos postigos siempre
cerrados se iban cayendo de podredumbre sobre sus barrotes de hierro oxidado.
Su pensamiento, sin objetivo al principio, vagaba al azar, como su perrita, que
daba vueltas por el campo, ladraba detrás de las mariposas amarillas, cazaba
las musarañas o mordisqueaba las amapolas a orillas de un trigal. Luego sus
ideas se fijaban poco a poco, y, sentada sobre el césped, que hurgaba a
golpecitos con la contera de su sombrilla, se repetía:
¡Dios mío!, ¿por qué me habré casado?
En la ciudad, con el ruido de las calles, el murmullo de los
teatros y las luces del baile, llevaban unas vidas en las que el corazón se
dilata y se despiertan los sentidos. Pero su vida era fría como un desván cuya
ventana da al norte, y el aburrimiento, araña silenciosa, tejía su tela en la
sombra en todos los rincones de su corazón. Recordaba los días de reparto de
premios, en que subía al estrado para ir a recoger sus pequeñas coronas. Con su
pelo trenzado, su vestido blanco y sus zapatitos de «prunelle»(2) escotados,
tenía un aire simpático, y los señores, cuando regresaba a su puesto, se
inclinaban para felicitarla; el patio estaba lleno de calesas, le decíán adiós
por las portezuelas, el profesor de música pasaba saludando con su caja de
violín. ¡Qué lejos estaba todo aquello! iQué lejos estaba!
2. Tela de lana lisa o de lana y seda que se usaba para
confeccionar zapatos finos y ligeros de señora.
Llamaba a Djali, la cogía entre sus rodillas, pasaba sus dedos
sobre su larga cabeza fina y le decía:
Vamos, besa a tu ama, tú que no tienes penas.
Después, contemplando el gesto melancólico del esbelto animal
que bostezaba lentamente, se enternecía, y, comparándolo consigo misma, le
hablaba en alto, como a un afligido a quien se consuela.
A veces llegaban ráfagas de viento, brisas del mar que,
extendiéndose de repente por toda la llanura del País de Caux, traían a los
confines de los campos un frescor salado. Los juncos silbaban a ras de tierra,
y las hojas de las hayas hacían ruido con un temblor rápido, mientras que las
copas, balanceándose sin cesar, proseguían su gran murmullo. Emma se ceñía el
chal a los hombros y se levantaba.
En la avenida, una luz verde proyectada por el follaje iluminaba
el musgo raso, que crujía suavemente bajo sus pies. El sol se ponía; el cielo
estaba rojo entre las ramas, y los troncos iguales de los árboles plantados en
línea recta parecían una columnata parda que se destacaba sobre un fondo
dorado; el miedo se apoderaba de ella, llamaba a Djali, volvía de prisa a
Tostes por la carretera principal, se hundía en un sillón y no hablaba en toda
la noche.
Pero a finales de septiembre algo extraordinario pasó en su
vida: fue invitada a la Vaubyessard, a casa del marqués de Anvervilliers.
Secretario de Estado bajo la Restauración, el marqués, que
trataba de volver a la vida política, preparaba desde hacía mucho tiempo su
candidatura a la Cámara de Diputados. En invierno hacía muchos repartos de
leña, y en el Consejo General reclamaba siempre con interés carreteras para su
distrito. En la época de los grandes calores había tenido un flemón en la boca,
del que Carlos le había curado como por milagro, acertando con un toque de
lanceta.
El administrador enviado a Tostes para pagar la operación contó,
por la noche, que había visto en el huertecillo del médico unas cerezas
soberbias. Ahora bien, las cerezas crecían mal en la Vaubyessard, el señor
marqués pidió algunos esquejes a Bovary, se sintió obligado a darle las gracias
personalmente, vio a Emma, se dio cuenta de que tenía una bonita cintura y de
que no saludaba como una campesina; de modo que no creyeron en el castillo
sobrepasar los límites de la condescendencia, ni por otra parte cometer una
torpeza, invitando al joven matrimonio.
Un miércoles, a las tres, el señor y la señora Bovary salieron
en su carricoche para la Vaubyessard, con un gran baúl amarrado detrás y una
sombrerera que iba colocada delante del pescante. Carlos llevaba además una
caja entre las piernas.
Llegaron al anochecer, cuando empezaban a encender los faroles
en el parque para alumbrar a los coches.
CAPÍTULO VIII
A mansión, de construcción moderna, al estilo italiano, con dos
alas salientes y tres escalinatas, se alzaba en la parte baja de un inmenso
prado cubierto de hierba donde pastaban algunas vacas, entre bosquecillos de
grandes árboles espaciados mientras que macizos de arbustos, rododendros,
celindas y bolas de nieve abombaban sus matas de verdor desiguales sobre la
línea curva del camino enarenado.
Por debajo de un puente corría un riachuelo; a través de la
bruma, se distinguían unas construcciones cubiertas de paja, esparcidas en la
pradera, que terminaba en suave pendiente en dos lomas cubiertas de bosque y,
por detrás, en los macizos, se alzaban, en dos líneas paralelas, las cocheras y
las cuadras, restos que se conservaban del antiguo castillo demolido.
El carricoche de Carlos se paró delante de la escalinata
central; aparecieron unos criados; se adelantó el marqués, y, ofrecíendo el
brazo a la mujer del médico, la introdujo en el vestíbulo.
Estaba pavimentado de losas de mármol, era de techo muy alto, y
el ruido de los pasos, junto con el de las voces, resonaba como en una iglesia.
Enfrente subía una escalera recta, y a la zquierda una galería que daba al
jardín conducía a la sala de billar, desde cuya puerta se oía el ruido de las
bolas de marfil al chocar en carambola. Cuando lo atravesaba para ir al salón,
Emma vio alrededor de la mesa a unos hombres de aspecto grave, apoyado el
mentón sobre altas corbatas, todos ellos con condecoraciones, y sonriendo en
silencio al empujar el taco de billar. De la oscura madera que revestía las
paredes colgaban unos grandes cuadros con marco dorado que tenían al pie unos
nombres escritos en letras negras. Emma leyó: «Juan Antonio d'Andervilliers
d'lberbonville, conde de la Vaubyessard y barón de la Fresnaye, muerto en la
batalla de Coutras, el 20 de octubre de 1587.» Y en otro: «Juan Antonio Enrique
Guy d'Andervilliers de la Vaubyessard, almirante de Francia y caballero de la
Orden de San Miguel, herido en el combate de la Hougue. Saint Vaast, el 29 de
mayo de 1692, muerto en la Vaubyessard el 23 de enero de 1693.» Después, los
siguientes apenas se distinguían porque la luz de las lámparas, proyectada
sobre el tapete verde del billar, dejaba flotar una sombra en la estancia.
Bruñendo los cuadros horizontales, se quebraba contra ellos en finas aristas,
según las resquebrajaduras del barniz; y de todos aquellos grandes cuadros
negros enmarcados en oro se destacaba, acá y a11á, alguna parte más clara de la
pintura, una frente pálida, dos ojos que parecían mirarte, unas pelucas que se
extendían sobre el hombro empolvado de los uniformes rojos, o bien la hebilla
de una jarretera en lo alto de una rolliza pantorrilla.
El marqués abrió la puerta del salón; una de las damas se
levantó (la marquesa en persona), fue al encuentro de Emma y le hizo sentarse a
su lado en un canapé, donde empezó a hablarle amistosamente, como si la
conociese desde hacía mucho tiempo. Era una mujer de unos cuarenta años, de
hermosos hombros, nariz aguileña, voz cansina, y que llevaba aquella noche
sobre su pelo castaño, una sencilla mantilla de encaje que le caía por detrás
en triángulo. A su lado estaba una joven rubia sentada en una silla de respaldo
alto; y unos señores, que llevaban una pequeña flor en el ojal de su frac,
conversaban con las señoras alrededor de la chimenea.
A las siete sirvieron la cena. Los hombres, más numerosos,
pasaron a la primera mesa, en el vestíbulo, y las señoras a la segunda, en el
comedor, con el marqués y la marquesa.
A1 entrar, Ernma se sintió envuelta por un aire cálido, mezcla
de perfume de flores y de buena ropa blanca, del aroma de las viandas y del
olor de las trufas. Las velas de los candelabros elevaban sus llamas sobre las
tapas de las fuentes de plata; los cristales tallados, cubiertos de un vaho
mate, reflejaban unos rayos pálidos; a lo largo de la mesa se alineaban ramos
de flores, y, en los platos de anchos bordes las servilletas, dispuestas en
forma de mitra, sostenían en el hueco de sus dos pliegues cada una un panecillo
ovalado. Las patas rojas de los bogavantes salían de las fuentes; grandes
frutas en cestas caladas se escalinaban sobre el musgo; las codornices
conservaban sus plumas, olía a buena comida; y con medias de seda, calzón
corto, corbata blanca, chorreras, grave como un juez, el maestresala que pasaba
entre los hombros de los invitados las fuentes con las viandas ya trinchadas,
hacía saltar con un golpe de cuchara el trozo que cada uno escogía. Sobre la
gran estufa de porcelana una estatua de mujer embozada hasta el mentón miraba
inmóvil la sala llena de gente.
Madame Bovary observó que varias damas no habían puesto los
guantes en su copa(1).
Entretanto, en la cabecera de la mesa, solo entre todas estas
mujeres, inclinado sobre su plato lleno, y con la servilleta atada al cuello
como un niño, un anciano comía, dejando caer de su boca gotas de salsa. Tenía
los ojos enrojecidos y llevaba una pequeña coleta, atada con una cinta negra.
Era el suegro del marqués, el viejo duque de Laverdière, el antiguo favorito
del conde de Artón, en tiempos de las partidas de caza en Vaudreuil, en casa
del marqués de Conflans, y que había sido, decían, el amante de la reina María
Antonieta, entre los señores de Coigny y de Lauzun. Había llevado una vida
escandalosa, llena de duelos, de apuestas, de mujeres raptadas, había
derrochado su fortuna y asustado a toda su familia. Un criado, detrás de su
silla, le nombraba en voz alta, al oído, los platos que él señalaba con el dedo
tartamudeando; y sin cesar los ojos de Emma se volvían automáticamente a este
hombre de labios colgantes, como a algo extraordinario y augusto. ¡Había vivido
en la Corte y se había acostado en lechos de reinas!
1. Era una señal. Las mujeres distinguidas solían beber poco.
Las que no tomaban vino ponían sus guantes en el vaso para indicar que no les
sirvieran. Eran guantes de ceremonia, a juego con el vestido. Se encuentran
testimonios literarios de esta costumbre en las novelas francesas del siglo
XIX.
Sirvieron vino de champaña helado. Emma tembló en toda su piel
al sentir aquel frío en su boca. Nunca había visto granadas ni comido piña. El
azúcar en polvo incluso le pareció más blanco y más fino que en otros sitios.
Después, las señoras subieron a sus habitaciones a arreglarse
para el baile.
Emma se acicaló con la conciencia meticulosa de una actriz
debutante. Se arregló el pelo, según las recomendaciones del peluquero, y se
enfundó en su vestido de barés(2), extendido sobre la cama. A Carlos le
apretaba el pantalón en el vientre.
Las trabillas me van a molestar para bailar dijo.
¿Bailar? replicó Emma.
¡Sí!
¡Pero has perdido la cabeza!, se burlarían de ti, quédate en tu
sitio. Además, es más propio para un médico añadió ella.
Carlos se calló. Se paseaba por toda la habitación esperando que
Emma terminase de vestirse.
La veía por detrás, en el espejo, entre dos candelabros. Sus
ojos negros parecían más negros. Sus bandós, suavemente ahuecados hacia las
orejas, brillaban con un destello azul; en su moño temblaba una rosa sobre un
tallo móvil, con gotas de agua artificiales en la punta de sus hojas. Llevaba
un vestido de azafrán pálido, adornado con ramilletes de rosas de pitiminí
mezcladas con verde.
Carlos fue a besarle en el hombro.
¡Déjame! le dijo ella . Me arrugas el vestido.
Se oyó un ritornelo de un violín y los sonidos de una trompa.
Ella bajó la escalera, conteniéndose para no correr.
Habían empezado las contradanzas. Llegaba la gente. Se
empujaban. Emma se situó cerca de la puerta, en una banqueta.
2. Barège: tela de lana ligera y no cruzada, primitivamente
fabricada en Barège (Altos Pirineos), que sirve para hacer chales, vestidos,
etc.
Terminada la contradanza, quedó libre la pista para los grupos
de hombres que charlaban de pie y los servidores de librea que traían grandes
bandejas. En la fila de las mujeres sentadas, los abanicos pintados se
agitaban, los ramilletes de flores medio ocultaban la sonrisa de las caras, y
los frascos con tapa de oro giraban en manos entreabiertas cuyos guantes
blancos marcaban la forma de las uñas y apretaban la carne en la muñeca. Los
adornos de encajes, los broches de diamantes, las pulseras de medallón temblaban
en los corpiños, relucían en los pechos, tintineaban en los brazos desnudos.
Las cabelleras, bien pegadas en las frentes y recogidas en la nuca, lucían en
coronas, en racimos, o en ramilletes de miosotis, jazmín, flores de granado,
espigas o acianos. Algunas madres, con mirada ceñuda, tocadas de turbantes
rojos, permanecían pacíficas en sus asientos.
A Emma le palpitó un poco el corazón cuando, enlazada a su
caballero por la punta de los dedos, fue a ponerse en fila, y esperó el ataque
del violín para comenzar. Pero pronto desapareció la emoción; y balanceándose
al ritmo de la orquesta, se deslizaba hacia delante, con ligeros movimientos
del cuello. Una sonrisa le asomaba a los labios al escuchar ciertos primores
del violín, que tocaba solo, a veces, cuando se callaban los otros
instrumentos; se oía el claro sonido de los luises de oro que se echaban al
lado sobre los tapetes de las mesas; después, todo recomenzaba al mismo tiempo,
el cornetín lanzaba un trompetazo sonoro, los pies volvían a encontrar el
compás, las faldas se ahuecaban, se cogían las manos, se soltaban; los mismos
ojos, que se bajaban ante la pareja de baile, volvían a fijarse en ella.
Algunos hombres, unos quince, de veinticinco a cuarenta años,
que se movían entre las parejas de baile o charlaban a la entrada de las
puertas, se distinguían de la muchedumbre por un aire de familia, cualesquiera
que fuesen sus diferencias de edad, de atuendo o de cara.
Sus trajes, mejor hechos, parecían de un paño más suave, y sus
cabellos peinados en bucles hacia las sienes, abrillantados por pomadas más
finas. Tenían la tez de la riqueza, esa tez blanca realzada por la palidez de
las porcelanas, los reflejos del raso, el barniz de los bellos muebles, y que
se mantiene lozano gracias a un régimen discreto de alimentos exquisitos. Su
cuello se movía holgadamente sobre sus corbatas bajas; sus patillas largas
caían sobre cuellos vueltos; se limpiaban los labios con pañuelos bordados con
una gran inicial y que desprendían un perfume suave. Los que empezaban a
envejecer tenían aspecto juvenil, mientras que un aire de madurez se veía en la
cara de los jóvenes. En sus miradas indiferentes flotaba el sosiego de las
pasiones diariamente satisfechas; y, a través de sus maneras suaves, se
manifestaba esa brutalidad particular que comunica el dominio de las cosas
medio fáciles, en las que se ejercita la fuerza y se recrea la vanidad, el
manejo de los caballos de raza y el trato con las mujeres perdidas.
A tres pasos de Emma, un caballero de frac azul hablaba de
Italia con una mujer pálida que lucía un aderezo de perlas. Ponderaban el
grosor de los pilares de San Pedro, Tívoli, el Vesubio, Castellamare y los
Cassines, las rosas de Génova, el Coliseo a la luz de la luna. Emma escuchaba
con su otra oreja una conversación con muchas palabras que no entendía.
Rodeaban a un hombre muy joven que la semana anterior había derrotado a Miss
Arabelle y a Romulus y ganado dos mil luises saltando un foso en Inglaterra. Uno
se quejaba de sus jinetes, que engordaban; otro, de las erratas de imprenta que
habían alterado el nombre del animal.
La atmósfera del baile estaba pesada; las lámparas palidecían.
La gente refluía a la sala de billar. Un criado se subió a una silla y rompió
dos cristales; al ruido de los vidrios rotos, Madame Bovary volvió la cabeza y
percibió en el jardín, junto a las vidrieras, unas caras de campesinos que
estaban mirando. Entonces acudió a su memoria el recuerdo de Les Bertaux.
Volvió a ver la granja, la charca cenagosa, a su padre en blusa bajo los
manzanos, y se vio a sí misma, como antaño, desnatando con su dedo los barreños
de leche en la lechería. Pero, ante los fulgores de la hora presente, su vida
pasada, tan clara hasta entonces, se desvanecía por completo, y hasta dudaba si
la había vivido. Ella estaba a11í: después, en torno al baile, no había más que
sombra que se extendía a todo lo demás. En aquel momento estaba tomando un
helado de marrasquino, que sostenía con la mano izquierda, en una concha de
plata sobredorada, y entornaba los ojos con la cucharilla entre los dientes.
Una señora a su lado dejó caer su abanico. Un danzante pasaba.
¿Me hace el favor dijo la señora , de recogerme el abanico, que
está detrás de ese canapé?
El caballero se inclinó, y mientras hacía el movimiento de
extender el brazo, Emma vio la mano de la joven que echaba en su sombrero algo
de color blanco, doblado en forma de triángulo. El caballero recogió el abanico
y se lo ofreció a la dama respetuosamente; ella le dio las gracias con una
señal de cabeza y se puso a oler su ramillete de flores.
Después de la cena, en la que se sirvieron muchos vinos de
España, del Rin, sopas de cangrejos y de leche de almendras, pudín a to
Trafalgar y toda clase de carnes frías con gelatinas alrededor que temblaban en
las fuentes, los coches empezaron a marcharse unos detrás de otros. Levantando
la punta de la cortina de muselina, se veía deslizarse en la sombra la luz de
sus linternas. Las banquetas se vaciaban; todavía quedaban algunos jugadores;
los músicos humedecían con la lengua la punta de sus dedos; Carlos estaba medio
dormido, con la espalda apoyada contra una puerta.
A las tres de la mañana comenzó el cotillón. Emma no sabía
bailar el vals. Todo el mundo valseaba, incluso la misma señorita
d'Andervilliers y la marquesa; no quedaban más que los huéspedes del palacio,
una docena de personas más o menos.
Entretanto, uno de los valseadores, a quien llamaban
familiarmente «vizconde», y cuyo chaleco muy abierto parecía ajustado al pecho,
se acercó por segunda vez a invitar a Madame Bovary asegurándole que la
llevaría y que saldría airosa.
Empezaron despacio, después fueron más deprisa. Daban vueltas:
todo giraba a su alrededor, las lámparas, los muebles, las maderas, el suelo,
como un disco sobre su eje. Al pasar cerca de las puertas, los bajos del
vestido de Emma se pegaban al pantalón del vizconde; sus piernas se
entrecruzaban; él inclinaba su mirada hacia ella, ella levantaba la suya hacia
él; una especie de mareo se apoderó de ella, se quedó parada. Volvieron a
empezar; y, con un movimiento más rápido, el vizconde, arrastrándola, desapareció
con ella hasta el fondo de la galería, donde Emma, jadeante, estuvo a punto de
caerse, y un instante apoyó la cabeza sobre el pecho del vizconde, y después,
sin dejar de dar vueltas, pero más despacio, él la volvió a acompañar a su
sitio; ella se apoyó en la pared y se tapó los ojos con la mano.
Cuando volvió a abrirlos, en medio del salon, una dama sentada
sobre un taburete tenía delante de sí a tres caballeros arrodillados. Ella
escogió al vizconde, y el violin volvió a empezar.
Los miraban. Pasaban y volvían, ella con el cuerpo inmóvil y el
mentón bajado, y él siempre en su misma postura, arqueado el cuerpo, echado
hacia atrás, el codo redondeado, los labios salientes. ¡Ésta sí que sabía
valsear! Continuaron mucho tiempo y cansaron a todos los demás.
Aún siguieron hablando algunos minutos, y, después de darse las
buenas noches o más bien los buenos días, los huéspedes del castillo fueron a
acostarse.
Carlos arrastraba los pies cogiéndose al pasamanos, las rodillas
se le metian en el cuerpo. Habia pasado cinco horas seguidas, de pie delante de
las mesas, viendo jugar al whist(3) sin entender nada. Por eso dejó escapar
suspiros de satisfacción cuando se quitó las botas.
3. Juego de cartas extendido en Francia en el siglo XIX,
antecedence del bridge.
Emma se puso un chal sobre los hombros, abrió la ventana y apoyó
los codos en el antepecho.
La noche estaba oscura. Caían unas gotas de lluvia. Ella aspiró
el viento húmedo que le refrescaba los párpados. La música del baile zumbaba
todavía en su oido, y hacía esfuerzos por mantenerse despierta, a fin de
prolongar la ilusión de aquella vida de lujo que pronto tendría que abandonar.
Empezó a amanecer. Emma miró detenidamente las ventanas del
castillo, intentando adivinar cuáles eran las habitaciones de todos aquéllos
que había visto la víspera. Hubiera querido conocer sus vidas, penetrar en
ellas, confundirse con ellas.
Pero temblaba de frío. Se desnudó y se arrebujó entre las
sábanas, contra Carlos, que dormía.
Hubo mucha gente en el desayuno. Duró diez minutos; no se sirvió
ningún licor, lo cual extrañó al médico. Después, la señorita d'Andervilliers
recogió los trozos de bollo en una cestilla para llevárselos a los cisnes del
estanque y se fueron a pasear al invernadero, caliente, donde unas plantas
raras, erizadas de pelos, se escalonaban en pirámides bajo unos jarrones
colgados, que, semejantes a nidos de serpientes, rebosantes, dejaban caer de su
borde largos cordones verdes entrelazados.
El invernadero de naranjos, que se encontraba al fondo, conducía
por un espacio cubierto hasta las dependencias del castillo. El marqués, para
entretener a la joven, la llevó a ver las caballerizas. Por encima de los
pesebres, en forma de canasta, unas placas de porcelana tenian grabado en negro
el nombre de los caballos. Cada animal se agitaba en su compartimento cuando se
pasaba cerca de él chasqueando la lengua. El suelo del guadarnés brillaba a la
vista como el de un salón. Los arreos de coche estaban colocados en el medio
sobre dos columnas giratorias, y los bocados, los látigos, los estribos, las
barbadas, alineadas a todo to largo de la pared.
Carlos, entretanto, fue a pedir a un criado que le enganchara su
coche. Se lo llevaron delante de la escalinata, y una vez en él todos los
paquetes, los esposos Bovary hicieron sus cumplidos al marqués y a la marquesa
y salieron para Tostes.
Emma, silenciosa, miraba girar las ruedas. Carlos, situado en la
punta de la banqueta, conducía con los dos brazos separados, y el pequeño
caballo trotaba levantando las dos patas del mismo lado entre los varales que
estaban demasiado separados para él. Las riendas flojas batían sobre su grupa
empapándose de sudor, y la caja atada detrás del coche golpeaba acompasadamente
la carrocería.
Estaban en los altos de Thibourville, cuando de pronto los
pasaron unos hombres a caballo riendo con sendos cigarros en la boca. Emma
creyó reconocer al vizconde; se volvió y no percibió en el horizonte más que el
movimiento de cabezas que bajaban y subían, según la desigual cadencia del
trote o del galope.
Un cuarto de hora más tarde hubo que pararse para arreglar con
una cuerda la correa de la retranca que se había roto.
Pero Carlos, echando una última ojeada al arnés, vio algo caído
entre las piernas de su caballo; y recogió una cigarrera toda bordada de seda
verde y con un escudo en medio como la portezuela de una carroza.
Hasta hay dos cigarros dentro dijo ; serán para esta noche,
después de cenar.
¿Así que tú fumas? le preguntó ella.
A veces, cuando hay ocasión.
Cuando llegaron a casa la cena no estaba preparada. La señora se
enfadó. Anastasia contestó insolentemente.
¡Márchese! dijo Emma . Esto es una burla, queda despedida.
De cena había sopa de cebolla, con un trozo de ternera con
acederas. Carlos, sentado frente a Emma, dijo frotándose las manos con aire
feliz:
¡Qué bien se está en casa!
Se oía llorar a Anastasia. Él le tenía afecto a aquella pobre
chica. En otro tiempo le había hecho compañía durante muchas noches, en los
ocios de su viudedad.
Era su primera paciente, su más antigua relación en el país.
¿La has despedido de veras?
Sí. ¿Quién me lo impide? contestó Ernma.
Después se calentaron en la cocina mientras les preparaba su
habitación.
Carlos se puso a fumar. Fumaba adelantando los labios,
escupiendo a cada minuto, echándose atrás a cada bocanada.
Te va a hacer daño le dijo ella desdeñosamente.
Dejó su cigarro y corrió a beber en la bomba un vaso de agua
fría. Emma, cogiendo la petaca, la arrojó vivamente en el fondo del armario.
¡Qué largo se hizo el día siguiente!
Emma se paseó por su huertecillo, yendo y viniendo por los
mismos paseos, parándose ante los arriates, ante la espaldera, ante el cura de
alabastro, contemplando embobada todas estas cosas de antaño que conocía tan
bien.
¡Qué lejos le parecía el baile! ¿Y quién alejaba tanto la mañana
de anteayer de la noche de hoy? Su viaje a la Vaubyessard había abierto una
brecha en su vida como esas grandes grietas que una tormenta en una sola noche
excava a veces en las montañas. Sin embargo, se resignó; colocó cuidadosamente
en la cómoda su hermoso traje y hasta sus zapatos de raso, cuya suela se había
vuelto amarilla al contacto con la cera resbaladiza del suelo. Su corazón era
como ellos; al roce con la riqueza, se le había pegado encima algo que ya no se
borraría.
El recuerdo de aquel baile fue una ocupación para Emma. Cada
miércoles se decía al despertar: «¡Ah, hace ocho días... hace quince días...,
hace tres semanas, yo estaba a11í!» Y poco a poco, las fisonomías se fueron
confundiendo en su memoria, olvidó el aire de las contradanzas, no vio con
tanta claridad las libreas y los salones; algunos detalles se le borraron, pero
le quedó la añoranza.
CAPÍTULO IX
A menudo, cuando Carlos había salido, ella iba a coger en el
armario, entre los pliegues de la ropa blanca donde la había dejado, la
cigarrera de seda verde.
La miraba, la abría, a incluso aspiraba el aroma de su forro,
mezcla de verbena y de tabaco. ¿De quién era? Del vizconde. Era quizás un
regalo de su amante. Habrían bordado aquello sobre algún bastidor de
palisandro, mueble gracioso que se ocultaba a todas las miradas, delante del
cual habían pasado muchas horas y sobre el que se habrían inclinado los suaves
rizos de la bordadora pensativa. Un hálito de amor había pasado entre las
mallas del cañamazo; cada puntada de aguja habría fijado a11í una esperanza y
un recuerdo, y todos estos hilos de seda entrelazados no eran más que la
continuidad de la misma pasión silenciosa. Y después, el vizconde se la habría
llevado consigo una mañana. ¿De qué habrían hablado cuando la cigarrera se
quedaba en las chimeneas de ancha campana entre los jarrones de flores y los
relojes Pompadour? Ella estaba en Tostes. ¡El estaba ahora en París, tan lejos!
¿Cómo era París? ¡Qué nombre extraordinario! Ella se lo repetía a media voz,
saboreándolo; sonaba a sus oídos como la campana de una catedral y resplandecía
a sus ojos hasta en la etiqueta de sus tarros de cosméticos.
De noche, cuando los pescaderos pasaban en sus carretas bajo sus
ventanas cantando la Marjolaine, ella se despertaba; y escuchando el ruido de
las ruedas herradas que al salir del pueblo se amortiguaba enseguida al pisar
tierra, se decía:
«¡Mañana estarán allí!»
Y los seguía en su pensamiento, subiendo y bajando las cuestas,
atravesando los pueblos, volando sobre la carretera principal, a la luz de las
estrellas. A1 cabo de una distancia indeterminada se encontraba siempre un
lugar confuso donde expiraba su sueño.
Se compró un plano de París y, con la punta de su dedo sobre el
mapa, hacía recorridos por la capital. Subía los bulevares, deteniéndose en
cada esquina, entre las líneas de las calles, ante los cuadrados blancos que
figuraban las casas. Por fin, cansados los ojos, cerraba sus párpados, y veía
en las tinieblas retorcerse al viento farolas de gas con estribos de calesas,
que bajaban con gran estruendo ante el peristilo de los teatros.
Se suscribió a La Corbeille, periódico femenino, y al Sylphe des
salons. Devoraba, sin dejarse nada, todas las reseñas de los estrenos de
teatro, de carreras y de fiestas, se interesaba por el debut de una cantante,
por la apertura de una tienda. Estaba al tanto de las modas nuevas, conocía las
señas de los buenos modistos, los días de Bois o de Ópera((1). Estudió, en
Eugenio Sue, descripciones de muebles; leyó a Balzac y a George Sand buscando
en ellos satisfacciones imaginarias a sus apetencias personales. Hasta la misma
mesa llevaba su libro y volvía las hojas, mientras que Carlos comía y le
hablaba. El recuerdo del vizconde aparecía siempre en sus lecturas. Entre él y
los personajes inventados establecía comparaciones. Pero el círculo cuyo centro
era el vizconde se ampliaba a su alrededor y aqueIla aureola que tenía,
alejándose de su cara, se extendió más lejos para iluminar otros sueños.
1. Los días en que había carreras de caballos en el Bois de
Boulogne o espectáculo en la ópera.
París, más vago que el Océano, resplandecía, pues, a los ojos de
Emma entre encendidos fulgores. La vida multiforme que se agitaba en aquel
tumulto estaba, sin embargo, compartimentada, clasificada en cuadros distintos.
Emma no percibía más que dos o tres, que le ocultaban todos los demás y
representaban por sí solos la humanidad entera. El mundo de los embajadores
caminaba sobre pavimentos relucientes, en salones revestidos de espejos,
alrededor de mesas ovalés, cubiertas de un tapete de terciopelo con franjas
doradas. A11í había trajes de cola, grandes misterios, angustias disimuladas
bajo sonrisas. Venía luego la sociedad de las duquesas, ¡estaban pálidas!; se
levantaban a las cuatro; las mujeres, ¡pobres ángeles!, llevaban encaje inglés
en las enaguas, y los hombres, capacidades ignoradas bajo apariencias fútiles,
reventaban sus caballos en diversiones, iban a pasar el verano a Baden, y, por
fin, hacia la cuarentena, se casaban con las herederas. En los reservados de
restaurantes donde se cena después de medianoche veía a la luz de las velas la
muchedumbre abigarrada de la gente de letras y las actrices. Aquéllos eran
pródigos como reyes llenos de ambiciones ideales y de delirios fantásticos. Era
una existencia por encima de las demás, entre cielo y tierra, en las
tempestades, algo sublime. El resto de la gente estaba perdido, sin lugar
preciso, y como si no existiera. Por otra parte, cuanto más cercanas estaban
las cosas más se apartaba el pensamiento de ellas. Todo lo que la rodeaba
inmediatamente, ambiente rural aburrido, pequeños burgueses imbéciles,
mediocridad de la existencia, le parecía una excepción en el mundo, un azar
particular en que se encontraba presa; mientras que más allá se extendía hasta
perderse de vista el inmenso país de las felicidades y de las pasiones. En su
deseo confundía las sensualidades del lujo con las alegrías del corazón, la
elegancia de las costumbres, con las delicadezas del sentimiento. ¿No
necesitaba el amor como las plantas tropicales unos terrenos preparados, una
temperatura particular? Los suspiros a la luz de la luna, los largos abrazos,
las lágrimas que corren sobre las manos que se abandonan, todas las fiebres de
la carne y las languideces de la ternura no se separaban del balcón de los
grandes castillos que están llenos de distracciones, de un saloncito con
cortinillas de seda con una alfombra muy gorda, con maceteros bien llenos de
flores, una cama montada sobre un estrado ni del destello de las piedras
preciosas y de los galones de la librea.
El mozo de la posta, que cada mañana venía a cuidar la yegua,
atravesaba el corredor con sus gruesos zuecos; su blusa tenía rotos, sus pies
iban descalzos dentro de las pantuflas. ¡Era el groom en calzón corto con el
que había que conformarse! Terminada su tarea, no volvía en todo el día, pues
Carlos, al volver a casa, metía él mismo su caballo en la cuadra, quitaba la
silla y pasaba el ronzal, mientras que la muchacha traía un haz de paja y la
echaba como podía en el pesebre.
Para reemplazar a Anastasia, que por fin marchó de Tostes hecha
un mar de lágrimas, Emma tomó a su servicio a una joven de catorce años,
huérfana y de fisonomía dulce. Le prohibió los gorros de algodón, le enseñó que
había que hablarle en tercera persona, traer un vaso de agua en un plato,
llamar a las puertas antes de entrar, y a planchar, a almidonar, a vestirla,
quiso hacer de ella su doncella. La nueva criada obedecía sin rechistar para no
ser despedida; y como la señora acostumbraba a dejar la llave en el aparador,
Felicidad cogía cada noche una pequeña provisión de azúcar, que comía sola, en
cama, después de haber hecho sus oraciones.
Por las tardes, a veces, se iba a charlar con los postillones.
La señora se quedaba arriba en sus habitaciones.
Ernma llevaba una bata de casa muy abierta, que dejaba ver entre
las solapas del chal del corpiño una blusa plisada con tres botones dorados. Su
cinturón era un cordón de grandes borlas, y sus pequeñas pantuflas de color
granate tenían un manojo de cintas anchas, que se extendía hasta el empeine. Se
había comprado un secante, un juego de escritorio, un portaplumas y sobres,
aunque no tenía a quién escribir; quitaba el polvo a su anaquel, se miraba en
el espejo, cogía un libro, luego, soñando entre líneas, lo dejaba caer sobre
sus rodillas. Tenía ganas de viajar o de volver a vivir a su convento. Deseaba
a la vez morirse y vivir en París.
Carlos, con nieve o con lluvia, cabalgaba por los atajos. Comía
tortillas en las mesas de las granjas, metía su brazo en camas húmedas; recibía
en la cara el chorro tibio de las sangrías, escuchaba estertores, examinaba
palanganas, levantaba mucha ropa sucia; pero todas las noches encontraba un
fuego vivo, la mesa servida, muebles cómodos, y una mujer bien arreglada,
encantadora, oliendo a limpio, sin saber de dónde venía este olor a no ser que
fuera su piel la que perfumaba su camisa.
Ella le encantaba por un sinfín de delicadezas: ya era una nueva
manera de recortar arandelas de papel para las velas, un volante que cambiaba a
su vestido, o el nombre extraordinario de un plato muy sencillo, y que le había
salido mal a la muchacha, pero que Carlos se comía con satisfacción hasta el
final. Vio en Rouen a unas señoras que llevaban en sus relojes un manojo de
colgantes; ella se compró algunos. Quiso poner sobre su chimenea dos grandes
jarrones de cristal azul, y poco tiempo después un neceser de marfil con un
dedal de plata dorada. Cuanto menos comprendía Carlos estos refinamientos, más
le seducían. Añadían algo al placer de sus sentidos y a la calma de su hogar.
Eran como un polvo de oro esparcido a lo largo del humilde sendero de su vida.
El se encontraba bien, tenía buen aspecto; su reputación estaba
bien acreditada. Los campesinos le querían porque no era orgulloso. Acariciaba
a los niños, no entraba nunca en la taberna, y, además, inspiraba confianza por
su moralidad. Acertaba especialmente en los catarros y en las enfermedades del
pecho. Como tenía mucho miedo a matar a nadie, Carlos casi no recetaba en
realidad más que bebidas calmantes, de vez en cuando algún vomitivo, un baño de
pies o sanguijuelas. No es que le diese miedo la cirugía; sangraba
abundantemente a la gente, como si fueran caballos, y para la extracción de
muelas tenía una fuerza de hierro.
En fin, para estar al corriente, se suscribió a la Ruche
médicale, nuevo periódico del que había recibido un prospecto. Después de la
cena leía un poco; pero el calor de la estancia, unido a la digestión, le hacía
dormir al cabo de cinco minutos; y se quedaba a11í, con la barbilla apoyada en
las dos manos, y el pelo caído como una melena hasta el pie de la lámpara. Emma
lo miraba encogiéndose de hombros. ¿Por qué no tendría al menos por marido a
uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los
libros y, por fin, a los sesenta años, cuando llega la edad de los reumatismos
lucen una sarta de condecoraciones sobre su traje negro mal hecho? Ella hubiera
querido que este nombre de Bovary, que era el suyo, fuese ilustre, verlo exhibido
en los escaparates de las librerías, repetido en los periódicos, conocido en
toda Francia. ¡Pero Carlos no tenía ambición! Un médico de Yvetot, con quien
había coincidido muy recientemente en una consulta, le había humillado un poco
en la misma cama del enfermo, delante de los parientes reunidos. Cuando Carlos
le contó por la noche lo sucedido, Emma se deshizo en improperios contra el
colega. Carlos se conmovió. La besó en la frente con una lágrima. Pero ella
estaba exasperada de vergüenza, tenía ganas de pegarle, se fue a la galería a
abrir la ventana y aspiró el aire fresco para calmarse.
¡Qué pobre hombre!, ¡qué pobre hombre! decía en voz baja,
mordiéndose los labios.
Por lo demás, cada vez se sentía más irritada contra él. Con la
edad, Carlos iba adoptando unos hábitos groseros; en el postre cortaba el
corcho de las botellas vacías; al terminar de comer pasaba la lengua sobre los
dientes; al tragar la sopa hacía una especie de cloqueo y, como empezaba a
engordar, sus ojos, ya pequeños, parecían subírsele hacia las sienes por la
hinchazón de sus pómulos.
Emma a veces le ajustaba en su chaleco el ribete rojo de sus
camisetas, le arreglaba la corbata o escondía los guantes desteñidos que se iba
a poner; y esto no era, como él creía, por él; era por ella misma, por exceso
de egoísmo, por irritación nerviosa. A veces también le hablaba de cosas que
ella había leído, como de un pasaje de una novela, de una nueva obra de teatro,
o de la anécdota del «gran mundo» que se contaba en el folletón; pues, después
de todo, Carlos era alguien, un oído siempre abierto, una aprobación siempre
dispuesta.
Ella hacía muchas confidencias a su perra galga. Se las hubiera
hecho a los troncos de su chimenea y al péndulo de su reloj.
En el fondo de su alma, sin embargo, esperaba un acontecimiento.
Como los náufragos, paseaba sobre la soledad de su vida sus ojos desesperados,
buscando a lo lejos alguna vela blanca en las brumas del horizonte. No sabía
cuál sería su suerte, el viento que la llevaría hasta ella, hacia qué orilla la
conduciría, si sería chalupa o buque de tres puentes, cargado de angustias o
lleno de felicidades hasta los topes. Pero cada mañana, al despertar, lo
esperaba para aquel día, y escuchaba todos los ruidos, se levantaba
sobresaltada, se extrañaba que no viniera; después, al ponerse el sol, más
triste cada vez, deseaba estar ya en el día siguiente.
Volvió la primavera. Tuvo sofocaciones en los primeros calores,
cuando florecieron los perales.
Desde el principio de julio contó con los dedos cuántas semanas
le faltaban para llegar al mes de octubre, pensando que el marqués
d'Andervilliers tal vez daría otro baile en la Vaubyessard. Pero todo
septiembre pasó sin cartas ni visitas.
Después del fastidio de esta decepción, su corazón volvió a
quedarse vacío, y entonces empezó de nuevo la serie de las jornadas iguales. Y
ahora iban a seguir una tras otra, siempre idénticas, inacabables y sin aportar
nada nuevo. Las otras existencias, por monótonas que fueran, tenían al menos la
oportunidad de un acontecimiento. Una aventura ocasionaba a veces peripecias
hasta el infinito y cambiaba el decorado. Pero para ella nada ocurría. ¡Dios lo
había querido! El porvenir era un corredor todo negro, y que tenía en el fondo
su puerta bien cerrada.
Abandonó la música. ¿Para qué tocar?, ¿quién la escucharía? Como
nunca podría, con un traje de terciopelo de manga corta, en un piano de Erard,
en un concierto, tocando con sus dedos ligeros las teclas de marfil, sentir
como una brisa circular a su alrededor como un murmullo de éxtasis, no valía la
pena aburrirse estudiando. Dejó en el armario las carpetas de dibujo y el
bordado. ¿Para qué? ¿Para qué? La costura le irritaba.
Lo he leído todo se decía.
Y se quedaba poniendo las tenazas al rojo en la chimenea o
viendo caer la lluvia.
¡Qué triste se ponía los domingos cuando tocaban a vísperas!
Escuchaba, en un atento alelamiento, sonar uno a uno los golpes de la campana
cascada. Algún gato sobre los tejados, caminando lentamente, arqueaba su lomo a
los pálidos rayos del sol. El viento en la carretera, arrastraba nubes de
polvo. A lo lejos, de vez en cuando, aullaba un perro, y la campana, a
intervalos iguales, continuaba su sonido monótono que se perdía en el campo.
Entretanto salían de la iglesia. Las mujeres en zuecos
lustrados, los campesinos con blusa nueva, los niños saltando con la cabeza
descubierta delante de ellos, todo el mundo volvía a su casa. Y hasta la noche,
cinco o seis hombres, siempre los mismos, se quedaban jugando al chito delante
de la puerta principal de la posada.
El invierno fue frío. Todas las mañanas los cristales estaban
llenos de escarcha, y la luz, blanquecina a través de ellos, como a través de
cristales esmerilados, a veces no variaba en todo el día. Desde las cuatro de
la tarde había que encender la lámpara.
Los días que hacía bueno bajaba a la huerta. El rocío había
dejado sobre las coles encajes de plata con largos hilos claros que se
extendían de una a otra. No se oian los pájaros, todo parecía dormir, la
espaldera cubierta de paja y la parra como una gran serpiente enferma bajo la
albardilla de la pared, donde acercándose se veían arrastrarse cochinillas de
numerosas patas. En las piceas cerca del seto, el cura en tricornio que leía su
breviario había perdido el pie derecho a incluso el yeso, desconchándose con la
helada, y ésta le había dejado la cara cubierta de manchas blancas.
Después volvía a subir, cerraba la puerta, esparcía las brasas
y, desfalleciendo al calor del fuego, sentía venírsele encima un aburrimiento
mayor. De buena gana hubiera bajado a charlar con la muchacha, pero un cierto
pudor se lo impedía.
Todos los días a la misma hora el maestro de escuela, con su
gorro de seda negro, abría los postigos de su casa y pasaba el guarda rural con
su sable sobre la blusa. Por la noche y por la mañana, los caballos de la
posta, de tres en tres, atravesaban la calle para ir a beber a la charca. De
vez en cuando, la puerta de una taberna hacía sonar su campanilla, y cuando
hacía viento se oían tintinear sobre sus dos vástagos las pequeñas bacías de
cobre del peluquero, que servían de insignia de su tienda. Tenía como
decoración un viejo grabado de modas pegado contra un cristal y un busto de
mujer de cera con el pelo amarillo. También el peluquero se lamentaba de su
vocación frustrada, de su porvenir perdido, y soñando con alguna peluquería en
una gran ciudad, como Rouen por ejemplo, en el puerto, cerca del teatro, se
pasaba todo el día paseándose a lo largo, desde el ayuntamiento hasta la
iglesia, taciturno y esperando la clientela. Cuando Madame Bovary levantaba los
ojos lo veía siempre allí, como un centinela, de guardia, con su gorro griego
sobre la oreja y su chaqueta de tela ligera de lana.
Por la tarde, a veces aparecía detrás de los cristales de la
sala una cabeza de hombre, de cara bronceada, patillas negras y que sonreía
lentamente con una ancha y suave sonrisa de dientes blancos. Enseguida empezaba
un vals, y al son del organillo, en un pequeño salón, unos bailarines de un
dedo de alto, mujeres con turbantes rosa, tiroleses con chaqué, monos con frac
negro, caballeros de calzón corto daban vueltas entre los sillones, los sofás,
las consolas, repitiéndose en los pedazos de espejo enlazados en sus esquinas
por un hilito de papel dorado. El hombre le daba al manubrio, mirando a
derecha, a izquierda y hacia las ventanas. De vez en cuando, mientras lanzaba
contra el guardacantón un largo escupitajo de saliva oscura, levantaba con la
rodilla su instrumento, cuya dura correa le cansaba el hombro; y ya doliente y
cansina o alegre y viva, la música de la caja se escapaba zumbando a través de
una cortina de tafetán rosa bajo una reja de cobre en arabescos. Eran canciones
que se tocaban, por otra parte, en los teatros, que se cantaban en los salones,
que se bailaban bajo arañas encendidas, ecos del mundo que llegaban hasta Emma.
Por su cabeza desfilaban zarabandas sin fin, y como una bayadera sobre las
flores de una alfombra, su pensamiento brincaba con las notas, meciéndose de
sueño en sueño, de tristeza en tristeza. Cuando el hombre había recibido la
limosna en su gorra, plegaba una vieja manta de lana azul, cargaba con su
instrumento al hombro y se alejaba con aire cansado. Ella lo veía marchar.
Pero era sobre todo a las horas de las comidas cuando ya no
podia más, en aquella salita de la planta baja, con la estufa que echaba humo,
la puerta que chirriaba, las paredes que rezumaban, el pavimento húmedo; toda
la amargura de la existencia le parecía servida en su plato, y con los vapores
de la sopa subían desde el fondo de su alma como otras tantas bocanadas de
hastío. Carlos comía muy despacio; ella mordisqueaba unas avellanas, o bien,
apoyada en el codo, se entretenía con la punta de su cuchillo en hacer rayas
sobre el hule. Ahora se despreocupaba totalmente del gobierno de su casa y la
señora Bovary ma-dre, cuando fue a pasar a Tostes una parte de la Cuaresma, se
extrañó mucho de aquel cambio. En efecto, Emma, antes tan cuidadosa y delicada,
se pasaba ahora días enteros sin vestirse, llevaba medias grises de algodón, se
alumbraba con velas. Repetía que había que economizar puesto que no eran ricos,
añadiendo que estaba muy contenta, muy feliz, que Tostes le gustaba mucho, y
otras cosas nuevas que tapaban la boca a su suegra. Por lo demás, Emma ya no
parecía dispuesta a seguir sus consejos; incluso una vez en que la señora
Bovary madre se le ocurrió decir que los amos debían vigilar la religión de sus
criados, ella le contestó con una mirada tan irritada y con una sonrisa tan
fría, que la buena mujer no volvió a insistir.
Emma se volvía difícil, caprichosa. Se encargaba platos para
ella que luego no probaba, un día no bebía más que leche pura, y, al día
siguiente, tazas de té por docenas. A menudo se empeñaba en no salir, después
se sofocaba, abría las ventanas, se ponía un vestido ligero. Reñía duro a su
criada, luego le hacía regalos o la mandaba a visitar a las vecinas, lo mismo
que echaba a veces a los pobres todas las monedas de plata de su bolso, aunque
no era tierna, ni fácilmente accesible a la emoción del prójimo, como la mayor
parte de la gente descendiente de campesinos, que conservan siempre en el alma
algo de la callosidad de las manos paternas.
Hacia fines de febrero, el señor Rouault, en recuerdo de su
curación, llevó él mismo a su yerno un pavo soberbio, y se quedó tres días en
Tostes. Como Carlos estaba ocupado con sus enfermos, Emma le hizo compañía.
Fumó en la habitación, escupió sobre los morillos de la chimenea, habló de
cultivos, terneros, vacas, aves y de los concejales; de tal modo que cuando se
marchó el hombre, Emma cerró la puerta con un sentimiento de satisfacción que a
ella misma le sorprendió. Por otra parte, ya no ocultaba su desprecio por nada
ni por nadie; y a veces se ponía a expresar opiniones singulares, censurando lo
que aprobaban, y aprobando cosas perversas o inmorales, lo cual hacía abrir
ojos de asombro a su marido.
¿Duraría siempre esta miseria?, ¿no saldría de a11í jamás? ¡Sin
embargo, Emma valía tanto como todas aquellas que eran felices! Había visto en
la Vaubyessard duquesas menos esbeltas y de modales más ordinarios, y abominaba
de la injusticia de Dios; apoyaba la cabeza en las paredes para llorar;
envidiaba la vida agitada, los bailes de disfraces, los placeres con todos los
arrebatos que desconocía y que debían de dar.
Palidecía y tenía palpitaciones. Carlos le dio valeriana y baños
de alcanfor. Todo lo que probaban parecía irritarle más.
Algunos días charlaba con una facundia febril; a estas
exaltaciones sucedían de pronto unos entorpecimientos en los que se quedaba sin
hablar, sin moverse. Lo que la reanimaba un poco entonces era frotarse los
brazos con un frasco de agua de Colonia.
Como se estaba continuamente quejando de Tostes, Carlos imaginó
que la causa de su enfermedad estaba sin duda en alguna influencia local, y,
persistiendo en esta idea, pensó seriamente en ir a establecerse en otro sitio.
Desde entonces, Emma bebió vinagre para adelgazar, contrajo una
tosecita seca y perdió por completo el apetito.
A Carlos le costaba dejar Tostes después de cuatro años de
estancia y en el momento en que empezaba a situarse a11í. Sin embargo, ¡si era
preciso! La llevó a Rouen a que la viera su antiguo profesor. Era una
enfermedad nerviosa: tenía que cambiar de aires.
Después de haber ido de un lado para otro, Carlos supo que
había, en el distrito de Neufchátel, un pueblo grande llamado Yonville
l'Abbaye, cuyo médico, que era un refugiado polaco, acababa de marcharse la
semana anterior. Entonces escribió al farmacéutico del lugar para saber cuántos
habitantes tenía el pueblo, a qué distancia se encontraba el colega más
próximo, cuánto ganaba al año su predecesor, etc.; y como las respuestas fueron
satisfactorias, resolvió mudarse hacia la primavera si la salud de Emma no
mejoraba.
Un día en que, preparando su traslado, estaba ordenando un
cajón, se pinchó los dedos con algo. Era un alambre de su ramo de novia. Los
capullos de azahar estaban amarillos de polvo, y las cintas de raso, ribeteadas
de plata, se deshilachaban por la orilla. Lo echó al fuego. Ardió más pronto
que una paja seca. Luego se convirtió en algo así como una zarza roja sobre las
cenizas, y se consumía lentamente. Ella lo vio arder. Las pequeñas bayas de
cartón estallaban, los hilos de latón se retorcían, la trencilla se derretía, y
las corolas de papel apergaminadas, balanceándose a lo largo de la plancha, se
echaron a volar por la chimenea.
Cuando salieron de Tostes; en el mes de marzo, Madame Bovary
estaba encinta.
SEGUNDA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Yonville l’Abbaye (así llamado por una antigua abadía de
capuchinos de la que ni siquiera quedan ruinas) es un pueblo a ocho leguas de
Rouen, entre la carretera de Abbeville y la de Beauvais, al fondo de un valle
regado por el Rieule, pequeño río que desemboca en el Andelle, después de haber
hecho mover tres molinos hacia la desembocadura, y en el que hay algunas
truchas que los chicos se divierten en pescar con caña los domingos.
Se deja la carretera principal en la Boissière y se continúa por
la llanura hasta lo alto de la cuesta de los Leux, desde donde se descubre el
valle. El río que lo atraviesa hace de él como dos regiones de distinta
fisonomía: todo lo que queda a la izquierda son pastos, todo lo que queda a la
derecha son tierras de cultivo. Los prados se extienden al pie de una cadena de
pequeñas colinas para juntarse por detrás con los pastos del País de Bray,
mientras que, del lado este, la llanura se va ensanchando en suave pendiente y
muestra hasta perderse de vista sus rubios campos de trigo. El agua que corre a
orilla de la hierba separa con una raya blanca el color de los prados del de
los surcos, y el campo semeja de este modo a un gran manto desplegado que tiene
un cuello de terciopelo verde ribeteado de un césped de plata.
En el extremo del horizonte, cuando se llega, nos encontramos
delante los robles del bosque de Argueil, y las escarpadas cuestas de San Juan,
atravesadas de arriba abajo por anchos regueros rojos, desiguales; son las
huellas de las lluvias, y esos tonos de ladrillo, que se destacan en hilitos
delgados sobre el color gris de la montaña, proceden de la cantidad de
manantiales ferruginosos que corren más a11á en el país cercano.
Estamos en los confines de la Normandía, de la Picardía y de la
Isla de Francia, comarca bastarda donde el habla no tiene acento, como el
paisaje no tiene carácter. Es allí donde se hacen los peores quesos de
Neufchâtel(3) de todo el distrito, y, por otra parte, el cultivo allí es
costoso, porque hace falta mucho estiércol para abonar aquellas tierras que se
desmenuzan llenas de arena y de guijarros.
1. Neufchâtel en Bray, de unos 6.000 habitantes, antigua capital
administrativa del País de Bray, es famosa por su queso «Bondon», de pasta
blanda y forma cilíndrica.
Hasta 1835 no había ninguna carretera transitable para llegar a
Yonville; pero hacia esta época se abrió un camino vecinal que une la carretera
de Abbeville a la de Amiens, y sirve a veces a los carreteros que van de Rouen
a Flandes. Sin embargo, Yonville l'Abbaye se quedó estacionaria a pesar de sus
«nuevas salidas». En vez de mejorar los cultivos, siguen obstinados en los
pastizales, por depreciados que estén, y el pueblo perezoso, apartándose de la
llanura, ha continuado su expansión natural hacia el río. Se le ve desde lejos,
extendido a lo largo del río, como un pastor de vacas que echa la siesta a
orilla del agua.
Al pie de la cuesta, pasado el puente, comienza una calzada
plantada de jóvenes chopos temblones, que lleva directamente hasta las primeras
casas del pueblo. Éstas están rodeadas de setos, en medio de patios llenos de
edificaciones dispersas, lagares, cabañas para los carros y destilerías
diseminadas bajo los árboles frondosos de cuyas ramas cuelgan escaleras, varas
y hoces. Los tejados de paja, como gorros de piel que cubren sus ojos, bajan
hasta el tercio más o menos de las ventanas bajas, cuyos gruesos cristales
abombados están provistos de un nudo en el medio como el fondo de una botella.
Sobre la pared de yeso atravesada en diagonal por travesaños de madera negros,
se apoya a veces algún flaco peral, y las plantas bajas y las puertas tienen
una barrera giratoria para protegerlas de los pollitos, que vienen a picotear
en el umbral, migajas de pan moreno mojado en sidra. Luego los patios se
estrechan, las edificaciones se aproximan, los setos desaparecen; un haz de
helechos se balancea bajo una ventana en la punta de un mango de escoba; hay la
forja de un herrador y luego un carpintero de carros con dos o tres ejemplares
nuevos fuera invadiendo la carretera. Después, a través de un claro, aparece
una casa blanca más a11á de un círculo de césped adornado con un Amor con el
dedo colocado sobre la boca; en cada lado de la escalinata hay dos jarrones de
hierro; en la puerta, unas placas brillantes: es la casa del notario y la más
bonita del país.
La iglesia está al otro lado de la calle, veinte pasos más allá,
a la entrada de la plaza. El pequeño cementerio que la rodea, cerrado por un
muro a la altura del antepecho, está tan lleno de sepulturas que las viejas
lápidas a ras del suelo forman un enlosado continuo, donde la hierba ha
dibujado espontáneamente bancales verdes regulares. La iglesia fue reconstruida
en los últimos años del reinado de Carlos X. La bóveda de madera comienza a
pudrirse por arriba, y, a trechos, resaltan agujeros negros sobre un fondo
azul. Por encima de la puerta, donde estaría el órgano, se mantiene una galena
para los hombres, con una escalera de caracol que resuena bajo los zuecos.
La luz solar, que llega por las vidrieras completamente lisas,
ilumina oblicuamente los bancos, alineados perpendicularmente a la pared,
tapizada aquí y a11á por alguna esterilla clavada, en la que en grandes
caracteres se lee «Banco del Señor Fulano». Más a11á, donde se estrecha la
nave, el confesonario hace juego con una pequeña imagen de la Virgen, vestida
con un traje de raso, tocada con un velo de tul sembrado de estrellas de plata,
y con los pómulos completamente llenos de púrpura como un ídolo de las islas
Sandwich; por último, una copia de la «Sagrada Familia, regalo del ministro del
interior», presidiendo el altar mayor entre cuatro candeleros, remata al fondo
la perspectiva. Las sillas del coro, en madera, de abeto, quedaron sin pintar.
El mercado, es decir, un cobertizo de tejas soportado por unos
veinte postes, ocupa por sí solo casi la mitad de la plaza mayor de Yonville.
El ayuntamiento, construido según los pianos de un arquitecto de Paris, es una
especie de templo griego que hace esquina con la casa del farmacéutico. Tiene
en la planta baja tres columnas jónicas, y en el primer piso, una galería cde
arcos de medio punto, mientras que el tímpano que lo remata está ocupado
totalmente por un gallo galo que apoya una pata sobre la Carta(2) y sostiene
con la otra la balanza de la justicia.
Pero lo que más llama la atención es, frente a la posada del
«León de (Oro», la farmacia del señor Homais. De noche, especialmente, cuando
está encendido su quinqué y los tarros rojos y verdes que adornan su escaparate
proyectan a lo lejos, en el suelo, las dos luces de color, entonces, a través
de ellas, como en luces de Bengala, se entrevé la sombra del farmaceútico, de
codos sobre su mesa. Su casa, de arriba abajo, está llena de carteles con
inscripciones en letra inglesa, en redondilla, en letra de molde: Aguas de
Vichy, de Seltz y de Barèges, jarabes depurativos, medicina Raspail,
racahout(3), pastillas Darcet, pomada Regnault, vendajes, baños, chocolates de
régimen, etc. Y el rótulo, que abarca todo to ancho de la farmacia, lleva en
letras doradas: «Homais, farmacéutico.» Después, al fondo de la tienda, detrás
de las grandes balanzas precintadas sobre el mostrador, se lee la palabra
«laboratorio» por encima de una puerta acristalada que, a media altura, repite
todavía una vez más «Homais» en letras doradas sobre fondo negro.
2. La Carta: acta constitucional de la Restauración (1814),
revisada en 1830 por Luis Felipe, que juró sobre ella. El gallo y la carta son
símbolos que suelen coronar los edificios públicos franceses.
3. Alimento hecho de harinas y féculas diversas, de los turcos y
los árabes, y empleado también en Francia en el siglo XIX.
Después, ya no hay nada más que ver en Yonville. La calle única,
de un tiro de escopeta de larga, y con algunas tiendas a uno y otro lado,
termina bruscamente en el recodo de la carretera. Dejándola a la derecha y
bajando la cuesta de San Juan se llega enseguida al cementerio.
Cuando el cólera, para ensancharlo, tiraron una pared y
compraron tres acres de terreno al lado; pero toda esta parte nueva está casi
deshabitada, pues las tumbas, como antaño, continúan amontonándose hacia la
puerta. El guarda, que es al mismo tiempo enterrador y sacristán en la iglesia,
sacando así de los cadáveres de la parroquia un doble beneficio, aprovechó el
terreno vacío para plantar en él patatas. De año en año, sin embargo, su
pequeño campo se reduce, y cuando sobreviene una epidemia no sabe si debe
alegrarse de los fallecimientos o lamentarse de las sepulturas.
¡Usted vive de los muertos. Lestiboudis! le dijo, por fin, un
día el señor cura.
Estas sombrías palabras le hicieron reflexionar; le contuvieron
algún tiempo; pero todavía hoy sigue cultivando sus tubérculos, a incluso
sostiene con aplomo que crecen de manera espontánea.
Desde los acontecimientos que vamos a contar, nada, en realidad
ha cambiado en Yonville. La bandera tricolor de latón sigue girando en lo alto
del campanario de la iglesia; la tienda del comerciante de novedades sigue
agitando al viento sus dos banderolas de tela estampada; los fetos del
farmacéutico, como paquetes de yesca blanca, se pudren cada día más en su
alcohol cenagoso, y encima de la puerta principal de la posada el viejo león de
oro, desteñido por las lluvias, sigue mostrando a los transeúntes sus rizos de
perrito de aguas.
La tarde en que los esposos Bovary debían llegar a Yonville, la
señora viuda Lefrançois, la dueña de esta posada, estaba tan atareada que
sudaba la gota gorda revolviendo sus cacerolas. Al día siguiente era mercado en
el pueblo. Había que cortar de antemano las carnes, destripar los pollos, hacer
sopa y café. Además, tenía la comida de sus huéspedes, la del médico, de su
mujer y de su muchacha; el billar resonaba de carcajadas; tres molineros en la
salita llamaban para que les trajesen aguardiente; ardía la leña, crepitaban
las brasas, y sobre la larga mesa de la cocina, entre los cuartos de cordero
crudo, se alza-ban pilas de platos que temblaban a las sacudidas del tajo donde
picaban espinacas. En el corral se oían gritar las aves que la criada perseguía
para cortarles el pescuezo.
Un hombre en pantuflas de piel verde, un poco marcado de viruela
y tocado con un gorro de terciopelo con borla de oro, se calentaba la espalda
contra la chimenea. Su cara no expresaba más que la satisfacción de sí mismo, y
parecía tan contento de la vida como el jilguero colgado encima de su cabeza en
una jaula de mimbre: era el farmacéutico.
¡Artemisa! gritaba la mesonera , ¡parte leña menuda, llena las
botellas, trae aguardiente, date prisa! Si al menos yo supiera qué postre
ofrecer a los señores que ustedes esperan. ¡Bondad divina! Ya están otra vez
ahí los de la mudanza haciendo su estruendo en el billar. ¡Y han dejado su
carro en el portón! « La Golondrina» es capaz de aplastarlo cuando llegue.
¡Llama a Hipólito para que lo coloque en su sitio!... Pensar que, desde esta
mañana, señor Homais, puede que hayan jugado quince partidas y bebido ocho
jarras de sidra... Pero me van a romper el paño de la mesa de billar y
continuaba mirándo-los de lejos con su espumadera en la mano.
La pérdida no sería grande respondió el señor Homais , se
compraría otro.
¡Otro billar! exclamó la viuda.
Es que éste ya no aguanta, señora Lefrançois; se lo repito, ¡se
equivoca!, ¡está completamente equivocada!, y además los aficionados ahora
quieren troneras estrechas y tacos pesados. No se juega ya a carambolas; ¡todo
ha cambiado! ¡Hay que ir con los tiempos!, si no, fíjese en Tellier...
La mesonera se puso roja de despecho. El farmacéutico añadió:
Su billar, por mucho que usted diga, es más bonito que el de
usted; y si, por ejemplo, se les ocurre organizar un campeonato patriótico a
favor de Polonia o de las inundaciones de Lyon...
¡No son los pordioseros como él los que nos asustan! interrumpió
la mesonera, alzando sus gruesos hombros . ¡Vamos!, ¡vamos!, señor Homais,
mientras viva el «León de Oro» la gente seguirá viniendo aquí. Nosotros tenemos
el riñón bien cubierto. En cambio, cualquier mañana verá usted el «Café
Francés» cerrado y con un hermoso cartel sobre la marquesina. Cambiar mi billar
proseguía hablando consigo misma , con lo cómodo que me es para colocar mi
colada, y donde, en la temporada de caza, he dado cama hasta a seis viajeros...
¡Pero ese remolón de Hivert que no acaba de llegar!
¿Le espera usted para la cena de esos señores? preguntó el
farmacéutico.
¿Esperarle? ¡Pues y el señor Binet! A1 dar las seis ya le verá
usted entrar, pues nadie le iguala en el mundo en cuanto a puntualidad. Tiene
que tener siempre su sitio en la salita.
Antes lo matarán que hacerle cenar en otro sitio. ¡Con lo
delicado que es!, ¡y tan exigente para la sidra! No es como el señor León, que
llega a veces a las siete, incluso a las siete y media; ni siquiera mira lo que
come. ¡Qué muchacho más bueno! Jamás dice una palabra más alta que otra.
Es que hay mucha diferencia, ya se sabe, entre alguien que ha
recibido educación y un antiguo carabinero que ahora es recaudador de
impuestos.
Dieron las seis. Entró Binet.
Vestía una levita azul que le caía recta por su propio peso,
alrededor de su cuerpo flaco, y su gorra de cuero, con orejeras atadas con
cordones en la punta de la cabeza, dejaba ver, bajo la visera levantada, una
frente calva, deprimida por el use del casco. Llevaba un chaleco de paño negro,
un cuello de crin, un pantalón gris, y, en todo tiempo, unas botas bien
lustradas que tenían dos abultamientos paralelos debidos a los juanetes. Ni un
solo pelo rebasaba la línea de su rubia sotabarba que, contorneando la
mandíbula, enmarcaba como el borde de un arriate su larga cara, descolorida,
con unos ojos pequeños y una nariz aguileña. Ducho en todos los juegos de
cartas, buen cazador y con una hermosa letra, tenía en su casa un torno con el
que se entretenía en tornear servilleteros que amontonaba en su casa, con el
celo de un artista y el egoísmo de un burgués.
Se dirigió hacia la salita; pero antes hubo que hacer salir a
los tres molineros; y durante todo el tiempo que invirtieron en ponerle la
mesa, Binet permaneció silencioso en su sitio, cerca de la estufa; después
cerró la puerta y se quitó la gorra como de costumbre.
No son las cortesías las que le gastarían la lengua dijo el
farmacéutico, cuando se quedó a solas con la mesonera.
Nunca habla más respondió ella ; la semana pasada vinieron aquí
dos viajantes de telas, unos chicos muy simpáticos, que contaban de noche un
montón de chistes que me hicieron llorar de risa; bueno, pues él permanecía
a11í, como un sábalo, sin decir ni palabra.
Sí dijo el farmacéutico , ni pizca de imaginación ni
ocurrencias, ¡nada de lo que define al hombre de sociedad!
Sin embargo, dicen que tiene posibles objetó la mesonera.
¿Posibles? replicó el señor Homais ; ¡é1! ¿posibles?
Entre los de su clase es probable añadió, en un tono más
tranquilo.
Y prosiguió:
¡Ah!, que un comerciante que tiene relaciones considerables, que
un jurisconsulto, un médico, un farmacéutico estén tan absorbidos, que se
vuelvan raros a incluso huraños, lo comprendo; se citan sus ocurrencias en las
historias. ¡Pero, al menos, es que piensan en algo! A mí, por ejemplo, cuántas
veces me ha ocurrido buscar mi pluma encima de la mesa para escribir una
etiqueta y comprobar, por fin, que la tenía sobre la oreja.
Entretanto, la señora Lefrançois fue a la puerta a mirar si
llegaba «La Golondrina». Se estremeció. Un hombre vestido de negro entró de
pronto en la cocina. Se distinguía, en los últimos resplandores del crepúsculo,
que tenía la cara rubicunda y el cuerpo atlético.
¿En qué puedo servirle, señor cura? preguntó la mesonera al
tiempo que alcanzaba en la chimenea uno de los candeleros de cobre que se
encontraban alineados con sus velas . ¿Quiere tomar algo?, un dedo de casis, un
vaso de vino?
El eclesiástico rehusó muy cortésmente. Venía a buscar su
paraguas, que había olvidado el otro día en el convento de Ernemont, y, después
de haber rogado a la señora Lefrançois que se lo enviase a la casa rectoral por
la noche, salió para ir a la iglesia, donde tocaban al Angelus.
Cuando el farmacéutico dejó de oír en la plaza el ruido de los
zapatos del cura, encontró muy inconveniente su conducta de hacía un instante.
Ese rechazo a la invitación de un refresco le parecía una hipocresía de las más
odiosas; los curas comían y bebían todos con exceso sin que los vieran, y
trataban de volver a los tiempos de los diezmos.
La hotelera tomó la defensa de su cura:
Además, doblegaría a cuatro como usted bajo su rodilla. El año
pasado ayudó a nuestra gente a guardar la paja; llevaba hasta seis haces a la
vez, de fuerte que es.
¡Bravo! dijo el farmacéutico . Mandad hijas a confesarse con
mocetones de semejante temperamento. Si yo fuera el gobierno, querría que
sangrasen a los curas una vez al mes.
Sí, señora Lefrançois, todos los meses una amplia sangría por el
mantenimiento del orden y de las buenas costumbres.
¡Cállese ya, señor Homais!, ¡es usted un impío!, ¡usted no tiene
religión!
El farmacéutico respondió:
Tengo una religión, mi religión, y tengo más que todos ellos,
con sus comedias y sus charlatanerías. Por el contrario, yo adoro a Dios. ¡Creo
en el Ser Supremo, un Creador, cualquiera que sea, me importa poco, que nos ha
puesto aquí abajo para cumplir aquí nuestros deberes de ciudadanos y de padres
de familia; pero no necesito ir a una iglesia a besar bandejas de plata y a
engordar con mi bolsillo un montón de farsantes que se alimentan mejor que
nosotros! Porque se puede honrarlo lo mismo en un bosque, en un campo, o
incluso contemplando la bóveda celeste como los antiguos. Mi Dios, el mío, es
el Dios de Sócrates, de Franklin, de Voltaire y de Béranger(4). Yo estoy a
favor de la Profesión de fe del vicario saboyano(5) y los inmortales principios
del ochenta y nueve. Por tanto, no admito un tipo de Dios que se pasea por su
jardín bastón en mano, aloja a sus amigos en el vientre de las ballenas, muere
lanzando un grito y resucita al cabo de tres días: cosas absurdas en sí mismas
y completamente opuestas, además, a todas las leyes de la física; lo que nos
demuestra, de paso, que los sacerdotes han estado siempre sumidos en una
ignorancia ignominiosa, en la que se esfuerzan por hundir con ellos a los
pueblos.
4. Béranger, cantante francés (1780 1857), nacido en París,
autor a intérprete de canciones epicúreas, patrióticas y políticas, muy
conocidas, como «Le Dieu des bonnes gens», citada en nuestra novela.
5. En ella Rousseau afirma que la religión es una aspiración
natural de su alma y que Dios es una «revelación del corazón».
Se calló, buscando con los ojos a un público a su alrededor,
pues, en su efervescencia, el farmacéutico se había creído por un momento en
pleno consejo municipal. Pero la posadera ya no le escuchaba, prestaba atención
a un ruidq de ruedas lejano. Se distinguió el rodar de un coche mezclado con un
crujido de hierros flojos que daban en el suelo, y por fin «La Golondrina» se
paró delante de la puerta.
Era un arcón amarillo sobre dos grandes ruedas que, subiendo a
la altura de la baca, impedían a los viajeros ver la carretera y les ensuciaban
los hombros. Los pequeños cristales de sus estrechas ventanillas temblaban en
sus bastidores cuando el coche estaba cerrado, y conservaban manchas de barro,
que ni siquiera las lluvias de tormenta lavaban por completo. El tiro era de
tres caballos, de los cuales el del centro iba delante, y cuando bajaban las
cuestas el coche rozaba el suelo con el traqueteo.
Algunos habitantes de Yonville llegaron a la plaza; hablaban
todos a la vez pidiendo noticias, explicaciones y canastas; Hivert no sabía a
cuál atender. Era él quien hacía en la ciudad los encargos del pueblo. Iba a
las tiendas, traía rollos de cuero al zapatero, hierro al herrador, un barril
de arenques para su ama, gorros de la sombrerería, tupés de la peluquería, y a
lo largo del trayecto, a la vuelta, repartía sus paquetes, que tiraba por
encima de las tapias, de pie en el pescante y gritando a pleno pulmón, mientras
que sus caballos iban completamente solos.
Un incidente le había retrasado: la perrita galga de Madame
Bovary se había escapado por el campo. Le habían silbado durante un cuarto de
hora largo; incluso Hivert había vuelto una media legua atrás, creyendo verla a
cada minuto; pero hubo que continuar el camino. Emma lloró, se enfadó; acusó a
Carlos de aquella desgracia. El señor Lleureux, comerciante de telas que
viajaba con ella en el coche, intentó consolarla con muchos ejemplos de perros
perdidos que reconocieron a su amo al cabo de largos años. Se hablaba de uno
que había vuelto de Constantinopla a París. Otro había hecho cincuenta leguas
en línea recta y pasado cuatro ríos a nado; y su propio padre había tenido un
perro de aguas que, después de doce años de ausencia, le había saltado de
pronto en la espalda, en la calle, cuando iba a cenar fuera de casa.
CAPÍTULO II
Emma fue la primera en bajar, después Felicidad, el señor
Lheureux, una nodriza, y hubo que despertar a Carlos en su rincón, donde se
había dormido completamente al llegar la noche.
Homais se presentó; ofreció sus respetos a la señora, sus
cortesías al señor, dijo que estaba encantado de haber podido serles útil, y
añadió con un aire cordial que se había permitido invitarse a sí mismo, puesto
que, además, su mujer estaba ausente.
Madame Bovary, ya dentro de la cocina, se acercó a la chimenea.
Con la punta de sus dos dedos cogió su vestido a la altura de la rodilla, y,
habiéndolo subido hasta los tobillos, extendió sobre la llama, por encima de la
pata de cordero, que daba vueltas en el asador, su pie calzado con una botina
negra. El fuego la iluminaba por completo penetrando con su luz cruda la trama
de su vestido y los poros iguales de su blanca piel e incluso los párpados de
sus ojos que entornaba de vez en cuando. Un gran resplandor rojo pasaba por
encima de ella al soplo del viento que venía por la puerta entreabierta.
Al otro lado de la chimenea, un joven de cabellera rubia la
miraba silenciosamente.
Como se aburría mucho en Yonville, donde estaba de pasante del
notario Guillaumin, a menudo el señor León Dupuis (era el segundo cliente
habitual del «León de Oro») retrasaba la hora de cenar esperando que apareciese
en la posada algún viajero con quien hablar por la noche. Los días en que había
terminado su tarea, sin saber qué hacer, tenía que llegar a la hora exacta, y
soportar, desde la sopa hasta el queso, el cara a cara con Binet. Así que
aceptó de buena gana la invitación que le hizo la hostelera de cenar en
compañía de los recién llegados, y pasaron a la gran sala, donde la señora
Lefrançois, como extraordinario, había dispuesto los cuatro cubiertos.
Homais pidió permiso para seguir con su gorro griego por miedo a
las corizas.
Después, volviéndose hacia su vecina:
¿La señora, sin duda, está un poco cansada? ¡Le traquetean a uno
tanto en nuestra «Golondrina»!
Es verdad respondió Emma ; pero lo desacostumbrado siempre me
divierte; me gusta cambiar de lugar.
¡Es tan aburrido suspiró el pasante vivir clavado en los mismos
sitios!
Si ustedes tuvieran como yo dijo Carlos que andar siempre a
caballo...
Pero replicó León dirigiéndose a Madame Bovary, nada hay más
agradable, me parece; cuando se puede añadió.
Además decía el boticario , el ejercicio de la medicina no es
muy penoso en nuestra tierra; porque el estado de nuestras carreteras permite
usar el cabriolet, y, generalmente, se paga bastante bien, pues los campesinos
son gente acomodada. Según el informe médico, tenemos, aparte los casos
ordinarios de enteritis, bronquitis, afecciones biliosas, etc., de vez en
cuando algunas fiebres intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas
graves, nada especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin
duda, a las deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina.
¡Ah!, tendrá que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades
de la rutina, con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su
ciencia; pues todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que
ir naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima, sin embargo, no puede
decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio algunos nonagenarios.
El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en
la estación fuerte llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo,
lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo cincuenta y cuatro
Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos abrigados de los
vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de los vientos del
Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin embargo, que a
causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia considerable de
animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe, mucho amoniaco,
es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a hidrógeno solamente,
y que absorbiendo el humus de la tierra, confundiendo todas estas emanaciones
diferentes, reuniéndolas en un manojo, por así decirlo, y combinándose por sí
mismas con la electricidad extendida en la atmósfera, cuando la hay, podría a
la larga, como en los países tropicales, engendrar miasmas insalubres; este
calor, digo, se encuentra precisamente templado del lado de donde viene, o más
bien, de donde vendría, es decir, no del lado sur, por los vientos del Sudeste,
los cuales, habiéndose refrescado por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos
llegan a veces de repente como brisas de Rusia.
¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los
alrededores? continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.
¡Oh!, muy pocos contestó él . Hay un sitio que se llama la Pâture,
en lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos
voy a11í y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.
No encuentro nada tan admirable replicó ella como las puestas de
sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar.
¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.
Y además, ¿no le parece replicó Madame Bovary que el espíritu
boga más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el
alma y sugiere ideas de infinito, de ideal?
Pasa lo mismo con los paisajes de montañas repuso León . Tengo
un primo que viajó por Suiza el año pasado, y me decía que uno no puede
figurarse la poesía de los lagos, el encanto de las cascadas, el efecto
gigantesco de los glaciares. Se ven pinos de un tamaño increíble atravesados en
los torrentes, chozas colgadas sobre precipicios, y, a mil pies por debajo de
uno, valles enteros cuando se entreabren las nubes. ¡Estos espectáculos deben
entusiasmar, predisponer a la oración, al éxtasis! Por eso ya no me extraña de
aquel músico célebre que, para excitar mejor su imaginación, acostumbraba a ir
a tocar el piano delante de algún paraje grandioso.
¿Toca usted algún instrumento? preguntó ella.
No, pero me gusta mucho la música respondió él.
¡Ah!, no le haga caso, Madame Bovary interrumpió Homais,
inclinándose sobre su plato , es pura modestia.
Cómo, querido. ¡Eh!, el otro día, en su habitación, usted estaba
cantando L'ange gardien, de maravilla. Yo le escuchaba desde el laboratorio;
modulaba aquello como un actor.
En efecto, León vivía en casa del farmacéutico, donde tenía una
pequeña habitación en el segundo piso, sobre la plaza. Se ruborizó ante el
elogio de su casero, quien ya se había vuelto hacia el médico y le estaba
enumerando uno detrás de otro los principales habitantes de Yonville. Contaba
anécdotas, daba información; no se conocía con exactitud la fortuna del notario
y «estaba también la casa Tuvache» que eran muy pedantes.
Emma replicó:
¿Y qué música prefiere usted?
¡Oh!, la música alemana, la que invita a soñar.
¿Conoce usted a los italianos?
Todavía no; pero los veré el año próximo, cuando vaya a vivir a
París para acabar mi carrera de Derecho.
Es lo que tenía el honor dijo el farmacéutico de explicar a su
marido, a propósito de ese pobre Yanoda que se ha fugado; usted se encontrará
disfrutando, gracias a las locuras que él hizo, de una de las casas más
confortables de Yonville. Lo más cómodo que tiene para un médico es una puerta
que da a la «Avenida» y que permite entrar y salir sin ser visto. Además, está
dotada de todo to que resulta agradable a una familia: lavadero, cocina con
despensa, salón familiar, cuarto para la fruta, etc. Era un mozo que no
reparaba en gastos. Mandó construir, al fondo del jardín, a orilla del agua, un
cenador exclusivamente para beber cerveza en verano, y si a la señora le gusta
la jardinería, podrá...
Mi mujer apenas se ocupa de eso dijo Carlos ; aunque le
recomiendan el ejercicio, prefiere quedarse en su habitación leyendo.
Es como yo replicó León ; qué mejor cosa, en efecto, que estar
por la noche al lado del fuego con un libro, mientras el viento bate los
cristales y arde la lámpara.
¿Verdad que sí? dijo ella, fijando en él sus grandes ojos negros
bien abiertos.
No se piensa en nada proseguía él , las horas pasan. Uno se
pasea inmóvil por países que cree ver, y su pensamiento, enlazándose a la
ficción, se recrea en los detalles o sigue el hilo de las aventuras. Se
identifica con los personajes; parece que somos nosotros mismos los que
palpitamos bajo sus trajes.
¡Es verdad! decía ella ; ¡es verdad!
¿Le ha ocurrido alguna vez replicó León encontrar en un libro
una idea vaga que se ha tenido, alguna imagen oscura que vuelve de lejos, y
como la exposición completa de su sentimiento más sutil?
¡Sí, me ha sucedido respondió ella.
Por eso dijo él me gustan sobre todo los poetas. Encuentro que
los versos son más tiernos que la prosa, y que consiguen mucho mejor hacer
llorar.
Sin embargo, cansan a la larga replicó Emma ; y ahora, al
contrario, me gustan las historias que se siguen de un tirón, donde hay miedo.
Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se
encuentran en la realidad.
En efecto observó el pasante de notario , esas obras que no
llegan al corazón, se apartan, me parece, del verdadero fin del arte. Es tan
agradable entre los desengaños de la vida poder transportarse con el
pensamiento a un mundo de nobles caracteres, afectos puros y cuadros de
felicidad. Para mí, que vivo aquí, lejos del mundo, es mi única distracción.
¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!
Como Tostes, sin duda replicó Emma ; por eso estaba suscrita a
un círculo de lectores.
Si la señora quiere honrarme usándola dijo el farmacéutico, que
acababa de oír estas últimas palabras , yo mismo tengo a su disposición una
biblioteca compuesta de los mejores autores: Voltaire, Rousseau, Delille,
Walter Scott, L'Echo des Feuilletons, etc., y recibo, además, diferentes
periódicos, entre ellos el Fanal de Rouen, diariamente, con la ventaja de ser
su corresponsal para las circunscripciones de Buchy, Forges, Neufchátel,
Yonville y los alrededores.
Hacía dos horas y media que estaban sentados a la mesa, pues la
sirvienta Artemisa, que arrastraba indolentemente sus zapatillas de paño por el
suelo, traía los platos uno a uno, olvidaba todo, no entendía de nada y
continuamente dejaba entreabierta la puerta del billar, que batía contra la
pared con la punta de su pestillo.
Sin darse cuenta, mientras hablaba, León había puesto el pie
sobre uno de los barrotes de la silla en que estaba sentada Madame Bovary.
Llevaba ésta una corbatita de seda azul, que mantenía recto como una gorguera
un cuello de batista encañonado; y según los movimientos de cabeza que hacía,
la parte inferior de su cara se hundía en el vestido o emergía de él
suavemente. Fue así como, uno cerca del otro, mientras que Carlos y el
farmacéutico platicaban, entraron en una de esas vagas conversaciones en que el
azar de las frases lleva siempre al centro fijo de una simpatía común.
Espectáculos de París, títulos de novelas, bailes nuevos, y el mundo que no
conocían, Tostes, donde ella había vivido, Yonville, donde estaban, examinaron
todo, hablaron de todo hasta el final de la cena.
Una vez servido el café, Felicidad se fue a preparar la
habitación en la nueva casa y los invitados se marcharon.
La señora Lefrançois dormía al calor del rescollo, mientras que
el mozo de cuadra, con una linterna en la mano, esperaba al señor y a la señora
Bovary para llevarlos a su casa. Su cabeIlera roja estaba entremezclada de
briznas de paja y cojeaba de la pierna izquierda. Cogió con su otra mano el
paraguas del señor cura y se pusieron en marcha.
El pueblo estaba dormido. Los pilares del mercado proyectaban
unas sombras largas. La tierra estaba toda gris, como en una noche de verano.
Pero como la casa del médico se encontraba a cincuenta metros de
la posada, tuvieron que despedirse pronto, y la compañía se dispersó.
Emma, ya desde el vestíbulo, sintió caer sobre sus hombros, como
un lienzo húmedo, el frío del yeso. Las paredes eran nuevas y los escalones de
madera crujieron. En la habitación, en el primero, una luz blanquecina pasaba a
través de las ventanas sin cortinas. Se entreveían copas de árboles, y más
lejos, medio envuelta en la bruma, la pradera, que humeaba a la luz de la luna
siguiendo el curso del río. En medio del piso, todo revuelto, había cajones de
cómoda, botellas, barras de cortinas, varillas doradas, colchones encima de
sillas y palanganas en el suelo, pues los dos hombres que habían traído los
muebles habían dejado todo a11í de cualquier manera.
Era la cuarta vez que Emma dormía en un lugar desconocido. La
primera había sido el día de su entrada en el internado, la segunda la de su
llegada a Tostes, la tercera en la Vaubyessard, la cuarta era ésta; y cada una
había coincidido con el comienzo de una nueva etapa en su vida. No creía que
las cosas pudiesen ser iguales en lugares diferentes, y, ya que la parte vivida
había sido mala, sin duda to que quedaba por pasar sería mejor.
CAPÍTULO III
Al día siguiente, al despertarse, vio al pasante en la plaza.
Emma estaba en bata de casa. León levantó la cabeza y la saludó. Ella hizo una
inclinación rápida y volvió a cerrar la ventana.
León esperó durante todo el día a que llegasen las seis de la
tarde; pero, al entrar en la posada, no encontró a nadie más que al señor Binet
sentado a la mesa.
Aquella cena de la víspera había sido para él un acontecimiento
relevante; nunca hasta entonces había hablado duranté dos horas seguidas con
una señora. ¿Cómo, pues, había podido exponerle, y en semejante lenguaje,
cantidad de cosas que no hubiera dicho antes tan bien?, era habitualmente
tímido y guardaba esa reserva que participa a la vez del pudor y del disimulo.
La gente de Yonville apreciaba la corrección de sus modales. Escuchaba razonar
a la gente madura, y no parecía exaltado en política, cosa rara en un joven.
Además, poseía talento, pintaba a la acuarela, sabía leer la clave de sol, y le
gustaba dedicarse a la literatura después de la cena, cuando no jugaba a las
cartas. El señor Homais le consideraba por su instrucción; la señora Homais le
tenía afecto por su amabilidad, pues a menudo acompañaba en el jardín a los
pequeños Homais, unos críos, siempre embadurnados, muy mal educados y un poco
linfáticos, como su madre. Para cuidarlos tenían, además de la muchacha, a
Justino, el mancebo de la botica, un primo segundo del señor Homais que habían
tomado en casa por caridad, y que servía al mismo tiempo de criado.
El boticario se portó corno el mejor de los vecinos. Informó a
Madame Bovary sobre los proveedores, hizo venir expresamente a su proveedor de
sidra, probó la bebida él mismo, y vigiló en la bodega para que colocasen bien
los toneles; indicó, además, la manera de arreglárselas para proveerse de
mantequilla barata, y concluyó un trato con Lestiboudis, el sacristán, quien,
además de sus funciones sacerdotales y funerarias, cuidaba los principales
jardines de Yonville por hora o al año, a gusto de los dueños. No era solamente
la necesidad de ocuparse del prójimo lo que movía al farmacéutico a tanta
cordialidad obsequiosa; debajo de aquello había un plan.
Había infringido la ley del 19 ventoso(1) del año XI, artículo
1.° , 48, que prohíbe a todo individuo que no posea diploma el ejercicio de la
medicina; de modo que, por denuncias oscuras, Homais había sido llamado a Rouen
a comparecer ante el fiscal del rey en su despacho particular. El magistrado lo
había recibido de pie, con su toga, armiño al hombro y tocado con birrete. Era
por la mañana, antes de la audiencia. Se oían en el pasillo las pisadas de las
fuertes botas de los gendarmes y como un ruido lejano de grandes cerrojos que
se cerraban. Al farmacéutico le zumbaron los oídos hasta el punto que llegó a
temer una congestión; entrevió profundos calabozos, su familia llorando, la
farmacia vendida, todos los bocales esparcidos; y tuvo que entrar en un café a
tomar una copa de ron con agua de Seltz para reponerse.
l. Revolución Francesa abolió el calendario gregoriano a
implantó el calendario republicano, que duró del 22 de septiembre de 1792 al 1
de enero de 1806. Los nombres de los meses evocan las estaciones del año.
Ventoso corresponde al mes de marzo.
Poco a poco, el recuerdo de aquella admonición se fue
debilitando, y continuaba, como antes, dando consultas anodinas en su rebotica.
Pero el alcalde le tenía enfilado. Algunos colegas estaban celosos, había que
temerlo todo; ganarse al señor Bovary con cortesías era ganar su gratitud, y
evitar que hablase después, si se daba cuenta de algo. Por eso, todas las
mañanas Homais le llevaba «el periódico» y frecuentemente, por la tarde, dejaba
un momento la farmacia para ir a conversar a casa del «oficial de salud».
Carlos estaba triste: la clientela no llegaba. Permanecía
sentado durante largas horas sin hablar, iba a dormir a su consultorio o miraba
cómo cosía su mujer. Para distraerse hacía los trabajos pesados de la casa y
hasta trató de pintar el desván con un resto de pintura que habían dejado los
pintores. Pero los problemas económicos le preocupaban. Había gastado tanto en
las reparaciones de Tostes, en los trajes de su mujer y en la mudanza, que toda
la dote, más de tres mil escudos, se había ido en dos años. Además, ¡cuántas
cosas estropeadas o perdidas en el transporte de Tostes a Yonville, sin contar
el cura de yeso, que, al caer del carro, en un traqueteo muy fuerte, se había
deshecho en mil pedazos en el pavimento de Quincampoix!
Una preocupación mejor vino a distraerle, el embarazo de su
mujer. A medida que se acercaba el final él la mimaba más. Era otro lazo de la
carne que se establecía y como el sentimiento continuo de una unión más
compleja. Cuando veía de lejos su aire perezoso y su talle cimbreándose
suavemente sobre sus caderas sin corsé, cuando frente a frente uno del otro la
contemplaba todo contento, y ella, sentada en su sillón, daba muestras de
fatiga, entonces su felicidad se desbordaba; se levantaba, la besaba, le pasaba
las manos por la cara, le llamaba mamaíta, quería hacerle bailar, y decía,
medio de risa, medio llorando, toda clase de bromas cariñosas que se le
ocurrían. La idea de haber engendrado le deleitaba. Nada le faltaba ahora.
Conocía la existencia humana con todo detalle y se sentaba a la mesa apoyado en
los dos codos, lleno de serenidad.
Emma primero sintió una gran extrañeza, después tuvo deseos de
verse liberada, para saber lo que era ser madre. Pero no pudiendo gastar lo que
quería, tener una cuna en forma de barquilla con cortinas de seda rosa y
gorritos bordados, renunció a la canastilla en un acceso de amargura, y lo
encargó todo de una vez a una costurera del pueblo, sin escoger ni discutir
nada. Así que no se entretuvo en esos preparativos en que la ternura de las
madres se engolosina, y su cariño maternal se vio desde el principio un tanto
atenuado.
Sin embargo, como Carlos en todas las comidas hablaba del
chiquillo, pronto ella acabó por pensar en él de una manera más constante.
Ella deseaba un hijo; sería fuerte y moreno, le llamaría Jorge;
y esta idea de tener un hijo varón era como la revancha esperada de todas sus
impotencias pasadas. Un hombre, al menos, es libre; puede recorrer las pasiones
y los países, atravesar los obstáculos, gustar los placeres más lejanos. Pero a
una mujer esto le está continuamente vedado. Fuerte y flexible a la vez, tiene
en contra de sí las molicies de la carne con las dependencias de la ley. Su
voluntad, como el velo de su sombrero sujeto por un cordón, palpita a todos los
vientos; siempre hay algún deseo que arrastra, pero alguna conveniencia social
que retiene.
Dio a luz un domingo, hacia las seis, al salir el sol.
¡Es una niña! dijo Carlos.
Emma volvió la cabeza y se desmayó.
Casi al instante, la señora Homais acudió a besarla, así como la
señora Lefrançois del « Lion d'Or». El farmacéutico, como hombre discreto, se
limitó a dirigirle algunas felicitaciones provisionales por la puerta
entreabierta. Quiso ver a la niña, y la encontró bien conformada.
Durante su convalecencia Emma estuvo muy preocupada buscando un
nombre para su hija. Primeramente, pasó revista a todos aquellos que tenían
terminaciones italianas, tales como Clara, Luisa, Amanda, Atalía; le gustaba
mucho Galsuinda, más aún Ysolda o Leocadia. Carlos quería llamarla como su
madre; Emma se oponía. Recorrieron el calendario de una punta a otra y
consultaron a los extraños.
El señor León decía el farmacéutico , con quien hablaba yo el
otro día, se extraña de que no elijáis Magdalena que ahora está muy de moda.
Pero la madre de Carlos rechazó enérgicamente este nombre de
pecadora. El señor Humais, por su parte, sentía predilección por todos los que
recordaban a un gran hombre, un hecho ilustre o una idea generosa, y de acuerdo
con esto, había bautizado a sus cuatro hijos. Así, Napoleón representaba la
gloria y Franklin la libertad; Irma, quizás, era una concesión al romanticismo;
pero Atalía(2), un homenaje a la más inmortal obra maestra de la escena
francesa. Como sus convicciones filosóficas no impedían sus admiraciones
artísticas, el pensador que llevaba dentro no ahogaba al hombre, sensible;
sabía establecer diferencias, distinguir entre imaginación y fanatismo. De tal
tragedia, por ejemplo, censuraba las ideas, pero admiraba el estilo; maldecía
la concepción, pero aplaudía todos los detalles, y se desesperaba contra los
personajes, entusiasmándose con sus discursos. Cuando leía los grandes
parlamentos, se sentía transportado; pero cuando pensaba que los curas sacaban
partido de aquello, se sentía contrariado, y en esta confusión de sentimientos
en que se debatía, hubiera querido a la vez poder coronar a Racine con sus dos
manos y discutir con él durante un buen cuarto de hora.
2. Atalía es el título de una tragedia de Racine, considerada
como la obra maestra del gran clásico francés (1639 1699).
Por fin, Emma recordó que en el castillo de la Vaubyessard había
oído a la marquesa llamar Berta a una joven; desde entonces éste fue el nombre
elegido, y como el tío Rouault no podía venir, pidieron al señor Homais que
fuese padrino. Los regalos fueron únicamente productos de su establecimiento, a
saber: seis botes de azufaifas, un bocal entero de sémola árabe, tres colodras
de melcocha, y, además, seis barras de azúcar cande que había encontrado en una
alacena. La noche de la ceremonia hubo una gran cena; a11í estaba el cura; se
calentaron. El señor Homais, en el momento de los licores, entonó el Dieu des
bonnet gens. El señor León cantó una barcarola, y la abuela, que era la
madrina, una romanza del tiempo del Imperio; por fin el abuelo exigió que trajesen
a la niña, y se puso a bautizarla con una copa de champán sobre la cabeza. Esta
burla del primero de los sacramentos indignó al abate Bournisien; el señor
Bovary padre contestó con una cita de la Guerra de los dioses, el cura quiso
marcharse; las señoras suplicaban; Homais se interpuso; y consiguieron que se
volviese a sentar el eclesiástico, quien siguió tomando tranquilamente, en su
platillo, su media taza de café a medio beber.
El señor Bovary padre se quedó un mes en Yonville, a cuyos
habitantes deslumbró con una soberbia gorra de policía, con galones de plata,
que llevaba por la mañana, para fumar su pipa en la plaza. Como también tenía
costumbre de beber mucho aguardiente, frecuentemente mandaba a la criada al
«Lión d'Or» a comprar una botella, que anotaban en la cuenta de su hijo; y,
para perfumar sus pañuelos, gastó toda la provisión de agua de Colonia que
tenía su nuera.
Esta no se encontraba a disgusto en su compañía. Era un hombre
que había recorrido el mundo; hablaba de Berlín, de Viena, de Estrasburgo, de
su época de oficial, de las amantes que había tenido, de las grandes comidas
que había hecho; además, se mostraba amable, a incluso a veces, en la escalera
o en el jardín, la cogía por la cintura exclamando:
¡Carlos, ten cuidado!
La señora Bovary madre llegó a asustarse por la felicidad de su
hijo, y, temiendo que su esposo, a la larga, tuviese una influencia moral sobre
las ideas de la joven, se apresuró a preparar la marcha. Quizás tenía
preocupaciones más serias. El señor Bovary era hombre que no respetaba nada.
Un día, Emma sintió de pronto el deseo de ver a su niñita, que
habían dado a criar a la mujer del carpintero; y, sin mirar en el almanaque si
habían pasado las seis semanas de la Virgen(3), se encaminó hacia la casa de
Rolet, que se encontraba al extremo del pueblo, bajando la cuesta, entre la
carretera principal y las praderas.
3. Son las seis semanas que van desde Navidad hasta la
Purificación (2 de febrero). Se consideraba que la mujer que había dado a luz
debía abstenerse de trabajos físicos durante un periodo análogo al final del
cual se celebraban, y aún se celebran, en algunas regiones ceremonias
religiosas de purificación.
Era mediodía; las casas tenían cerrados los postigos, y los
tejados de pizarras, que relucían bajo la áspera luz del cielo azul, parecían
echar chispas en la cresta de sus hastiales. Soplaba un viento pesado, Emma se
sentía débil al caminar; los guijarros de la acera la herían; vaciló entre
volverse a su casa o entrar en algún sitio a descansar.
En aquel momento, el señor León salió de un portal cercano con
un legajo de papeles bajo el brazo. Se acercó a saludarle y se puso a la sombra
delante de la tienda de Lheureux, bajo el toldo gris que sobresalía.
Madame Bovary dijo que iba a ver a su niña, pero que ya empezaba
a estar cansada.
Si... replicó el señor León, sin atreverse a proseguir.
¿Tiene que hacer algo en alguna parte? le preguntó Emma.
Y a la respuesta del pasante, le pidió que la acompañara.
Aquella misma noche se supo en Yonville, y la señora Tuvache, la mujer del
alcalde, comentó delante de su criada que «Madame Bovary se comprometía».
Para llegar a casa de la nodriza había que girar a la izquierda,
después de la calle, como para ir al cementerio, y seguir entre casitas y
corrales un pequeño sendero, bordeado de alheñas. Estaban en flor lo mismo que
las verónicas y los agavanzos, las ortigas y las zarzas que sobresalían de los
matorrales. Por el hueco de los setos se percibían en las casuchas algún
cochino en un estercolero, algunas vacas atadas frotando sus cuernos contra el
tronco de los árboles. Los dos caminaban juntos, despacio, ella apoyándose en
él y conteniéndole el paso que él acompasaba al de ella; por delante, un
enjambre de moscas revoloteaba zumbando en el aire cálido.
Reconocieron la casa por un viejo nogal que le daba sombra. Baja
y cubierta de tejas oscuras, tenía fuera, bajo el tragaluz del desván, colgada
una ristra de cebollas. Haces de leña menuda, de pie, contra el cercado de
espinos, rodeaban un bancal de lechugas, algunas matas de espliego y guisantes
en flor sostenidos por rodrigones. Corría un agua sucia que se esparcía por la
hierba, y había todo alrededor varios harapos que no se distinguían, medias de
punto, una blusa estampada roja y una gran sábana de gruesa tela tendida a lo
largo del seto. Al ruido de la barrera, apareció la nodriza, que llevaba en
brazos un niño que mamaba. Con la otra mano tiraba de un pobre crío enclenque
con la cara cubierta de escrófula, hijo de un tendero de Rouen y al que sus padres,
demasiado ocupados con su negocio, dejaban en el campo.
Pasen les dijo ; su hija está a11á durmiendo.
La habitación, en la planta baja, la única de la vivienda, tenía
al fondo contra la pared una ancha cama sin cortinas, mientras que la artesa
ocupaba el lado de la ventana, uno de cuyos cristales estaba remendado con una
flor de papel azul. En la esquina, detrás de la puerta, unos borceguíes de
clavos relucientes estaban colocados sobre la piedra del lavadero, cerca de una
botella llena de aceite que llevaba una pluma en su gollete; había un Mathieu
Laensberg(4) tirado en la chimenea polvorienta, entre pedernales, cabos de vela
y pedazos de yesca. Por fin, el último lujo de aquella casa era una Fama
soplando en unas trompetas, imagen recortada, sin duda a propósito,
directamente de algún prospecto de perfumería, y clavada en la pared con seis
clavos de zuecos.
4. Célebre almanaque publicado en Lieja (Bélgica) difundido por
vendedores ambulantes durante todo el siglo XIX.
La hija de Emma dormía en el suelo, en una cúna de mimbre. Ella
la cogió con la manta que la envolvía, y se puso a cantarle suavemente
meciéndola.
León se paseaba por la habitación; le parecía extraño ver a
aquella bella dama, con vestido de nankín, en medio de aquella miseria. Madame
Bovary enrojeció; él se apartó, creyendo que sus ojos quizás habían sido algo
impertinentes. Después Emma volvió a acostar a la niña, que acababa de vomitar
sobre su babero. La nodriza fue inmediatamente a limpiarla asegurando que no se
notaría.
¡Me lo hace mucha veces decía la nodriza , y no hago más que
limpiarla continuamente! ¡Si tuviera la amabilidad de encargar a Camus, el
tendero, que me deje sacar un poco de jabón cuando lo necesito!, sería incluso
más cómodo para usted; así no la molestaría.
¡Bueno, bueno! dijo Emma . ¡Hasta luego, tía Rolet!
Y salió, limpiándose los pies en el umbral de la puerta.
La buena señora la acompañó hasta el fondo del corral, mientras
que le hablaba de lo que le costaba levantarse de noche.
A veces estoy tan rendida que me quedo dormida en la silla; por
esto, debería usted al menos darme una librita de café molido que me duraría un
aces y que tomaría por la mañana con leche.
Después de haber aguantado sus expresiones de agradecimiento,
Madame Bovary se fue; y ya había caminado un poco por el sendero cuando un
ruido de zuecos le hizo volver la cabeza: ¡era la nodriza!
¿Qué pasa?
Entonces la campesina, llevándola aparte, detrás de un olmo,
empezó a hablarle de su marido, que, con su oficio y seis francos al año que el
capitán...
Termine pronto dijo Emma.
Bueno repuso la nodriza arrancando suspiros entre cada palabra ,
temo que se ponga triste viéndome tomar café sola, ya comprende, los hombres...
¡Pues lo tendrá repetía Emma , se lo daré! ...¡Me está cansando!
¡Ay!, señora, a causa de sus heridas, tiene unos dolores
terribles en el pecho. Incluso dice que la sidra le debilita.
¡Pero acabe de una vez, tía Rolet!
Pues mire replicó haciéndole una reverencia , cuando quiera y le
dirigía una mirada suplicante un jarrito de aguardiente dijo finalmente , y le
daré friegas a los pies de su niña, que los tiene tiernecitos como la lengua.
Ya libre de la nodriza, Emma volvió a tomar el brazo del señor
León. Caminó deprisa durante algún tiempo; después acortó el paso, y su mirada,
que dirigía hacia adelante, encontró el hombro del joven cuya levita tenía un
cuello de terciopelo negro. Su pelo castaño le caía encima, lacio y bien
peinado. Observó sus uñas, que eran más largas de las que se llevaban en
Yonville. Una de las grandes ocupaciones del pasante era cuidarlas; y para este
menester tenía un cortaplumas muy especial en su escritorio.
Regresaron a Yonville siguiendo la orilla del río. En la
estación cálida, la ribera, más ensanchada, dejaba descubiertos hasta su base
los muros de las huertas, de donde, por unos escalones, se bajaba hasta el río.
El agua discurría mansamente, rápida y aparentemente fría;
grandes hierbas delgadas se curvaban juntas encima, siguiendo la corriente que
las empujaba, y como verdes cabelleras abandonadas se extendían en su limpidez.
A veces, en la punta de los juncos o sobre la hoja de los nenúfares caminaba o
se posaba un insecto de patas finas. El sol atravesaba con un rayo las pequeñas
pompas azules de las olas que se sucedían rompiéndose; los viejos sauces
podados reflejaban en el agua su corteza gris. Más a11á, todo alrededor, la
pradera parecía vacía.
Era la hora de la comida en las granjas, y la joven y su
acompañante no oían al caminar más que la cadencia de sus pasos sobre la tierra
del sendero, las palabras que se decían y el roce del vestido de Emma que se
propagaba alrededor de ella.
Las tapias de las huertas, rematadas en sus albardillas con
trozos de botellas, estaban calientes como el acristalado de un invernadero. En
los ladrillos habían crecido unos rabanillos, y con la punta de su sombrilla
abierta, Madame Bovary, al pasar, hacía desgranar en polvo amarillo un poco de
sus flores marchitas o alguna rama de madreselvas o de clemátide que colgaban
hacia afuera y se arrastraban un momento sobre el vestido de seda enredándose
en los flecos.
Hablaban de una compañía de bailarines españoles que iba a
actuar en breve en el teatro de Rouen.
¿Irá usted? le preguntó ella.
Si puedo contestó él.
¿No tenían otra cosa qué decirse? Sus ojos, sin embargo, estaban
llenos de una conversación más seria; y, mientras se esforzaban en encontrar
frases banales, se sentían invadidos por una misma languidez; era como un
murmullo del alma, profundo, continuo, que dominaba el de las voces.
Sorprendidos por aquella dulzura nueva, no pensaban en contarse esa sensación o
en descubrir su causa. Las dichas futuras, como las playas de los trópicos,
proyectan sobre la inmensidad que les precede sus suavidades natales, una brisa
perfumada, y uno se adormece en aquella embriaguez sin ni siquiera preocuparse
del horizonte que no se vislumbra. En algunos sitios la tierra estaba hundida
por el paso de los animales; tuvieron que caminar sobre grandes piedras verdes,
espaciadas en el barro. Fre-cuentemente ella se paraba un minuto para mirar
dónde poner su botina, y, tambaleándose sobre la piedra que temblaba, con los
codos en el aire, el busto inclinado, la mirada indecisa, entonces reía, por
miedo a caer en los charcos de agua.
Cuando llegaron ante su huerta, Madame Bovary empujó la pequeña
barrera, subió corriendo las escaleras y desapareció.
León regresó a su despacho. El patrón estaba ausente; echó una
ojeada a los expedientes, se cortó una pluma, finalmente tomó su sombrero y se
marchó.
Se fue a la Pâture, en lo alto de la cuesta de Argueil, a la
entrada del bosque; se acostó en el suelo bajo los abetos, y miró el cielo a
través de sus dedos.
¡Qué aburrimiento! se decía , ¡qué aburrimiento!
Se consideraba digno de lástima viviendo en aquel pueblo con
Homais por amigo y el señor Guillaumin por patrón. Este último, absorbido por
sus negocios, con anteojos de montura de oro y patillas pelirrojas sobre
corbata blanca, no entendía nada de delicadezas del espíritu, aunque se daba un
tono tieso e inglés que había deslumbrado al pasante en los primeros tiempos.
En cuanto a la mujer del farmacéutico, era la mejor esposa de Normandía, mansa
como un cordero, tierna amante de sus hijos, de su padre, de su madre, de sus
primos, compasiva de las desgracias ajenas, despreocupada de sus labores y
enemiga de los corsés; pero tan lenta en sus movimientos, tan aburrida de
escuchar, de un aspecto tan ordinario y de una conversación tan limitada, que a
León nunca se le había ocurrido, aunque ella tenía treinta años y él veinte,
aunque dormían puerta con puerta, y le hablaba todos los días, que pudiera ser
una mujer para alguien, ni que poseyera de su sexo más que el vestido.
Y después de esto, ¡qué había? Binet, algunos comerciantes, dos
o tres taberneros, el cura y, finalmente, el señor Tuvache, el alcalde, con sus
dos hijos, gentes acomodadas, toscas, obtusas, que cultivaban ellos mismos sus
tierras, hacían comilonas en familia, devotos por otra parte, y de un trato
totalmente insoportable.
Pero sobre el fondo vulgar de todos aquellos rostros humanos, la
figura de Emma se destacaba aislada y más lejana sin embargo; pues León
presentía entre ella y él como vagos abismos.
Al principio él había ido a visitarla varias veces a su casa
acompañado del farmaceútico. Carlos no se había mostrado muy interesado por
recibirle; y León no sabía cómo compor-tarse entre el miedo de ser indiscreto y
el deseo de una intimidad que creía casi imposible.
CAPÍTULO IV
Desde los primeros fríos, Emma dejó su habitación para
instalarse en la sala, larga pieza de techo bajo donde había, sobre la
chimenea, un frondoso árbol de coral que se extendía contra el espejo. Sentada
en su sillón, cerca de la ventana, veía a la gente del pueblo pasar por la
acera.
Dos veces al día, León iba de su despacho al «Lion d'Or». Emma,
de lejos, le oía venir; se asomaba a escuchar; y el joven se deslizaba detrás
de la cortina, vestido siempre de la misma manera, y sin volver la cabeza.
Pero, al atardecer, cuando con la barbilla apoyada en su mano izquierda ella
había abandonado sobre sus rodillas la labor comenzada, a veces se estremecía
ante la aparición de aquella sombra que desaparecía de pronto. Se levantaba y
mandaba poner la mesa.
Durante la cena llegaba el señor Homais. Con el gorro griego en
la mano, entraba sin hacer ruido para no molestar a nadie y siempre repitiendo
la misma frase: «Buenas noches a todos.» Después, instalado en su sitio, al
lado de la mesa, entre los dos esposos, preguntaba al médico por sus enfermos,
y éste le consultaba sobre la probabilidad de cobrar los honorarios. Luego se
comentaban las noticias del periódico. Homais, a aquella hora, se lo sabía casi
de memoria; y lo contaba íntegro, con las reflexiones del periodista y todas
las historias de las catástrofes individuales ocurridas en Francia y en el
extranjero. Pero, cuando se agotaba el tema, no tardaba en hacer algunas
observaciones sobre los platos que veía. A veces, incluso, levantándose un
poco, indicaba delicadamente a la señora el trozo más tierno, o, dirigiéndose a
la muchacha, le daba consejos para la preparación de los guisados y la higiene
de los condimentos; hablaba de aroma, osmazomo, jugos y gelatina de una forma
deslumbrante. Con la cabeza, por otra parte, más llena de recetas que su
farmacia lo estaba de tarros, Homais destacaba en la elaboración de gran número
de confituras, vinagres y licores dulces, y conocía también todas las
invenciones nuevas de calentadores económicos, además del arte de conservar los
quesos y de cuidar los vinos enfermos.
A las ocho, Justino venía a buscarle para cerrar la farmacia.
Entonces el señor Homais lo miraba con aire socarrón, sobre todo si estaba allí
Felicidad, pues se había dado cuenta de que su pupilo le cobraba afición a la
casa del médico.
Mi mancebo decía Homais empieza a tener ideas, y creo, que me
lleve el diablo si me equivoco, que está enamorado de la criada de la casa.
Pero un defecto más grave, y que le reprochaba, era el de
escuchar continuamente las conversaciones. Los domingos, por ejemplo, no había
manera de hacerle salir del salón, adonde la señora Homais le había llamado
para que se encargara de los niños, que se dormían en los sillones, estirando
con la espalda las fundas de calicó demasiado holgadas.
No venía mucha gente a estas veladas del farmacéutico, pues su
maledicencia y sus opiniones políticas habían ido apartando de él a diferentes
personas respetables. El pasante no faltaba nunca a la reunión.
Tan pronto oía la campanilla, corría al encuentro de Madame
Bovary, le tomaba el chal, y ponía aparte, debajo del mostrador de la farmacia,
las gruesas zapatillas de orillo que llevaba sobre su calzado cuando había
nieve.
Primero jugaban unas partidas de treinta y una; después el señor
Homais jugaba al écarté(1) con Emma; León, detrás de ella, daba consejos. De
pie y con las manos en el respaldo de la silla, miraba los dientes de su
peineta clavada en el moño. A cada movimiento que ella hacía para echar las
cartas, su vestido se le subía por el lado derecho. De sus cabellos recogidos
bajaba por su espalda un color moreno que, palideciendo gra-dualmente, se
perdía poco a poco en la sombra. Luego, el vestido caía a los dos lados del
asiento ahuecándose, lleno de pliegues, y llegaba hasta el suelo. Cuando León a
veces sentía posarse encima la suela de su bota, se apartaba, como si hubiera
pisado a alguien.
1. Juego de cartas.
Una vez terminada la partida de cartas, el boticario y el médico
jugaban al dominó, y Emma, cambiando de sitio, se ponía de codos en la mesa, a
hojear L'Yllustration. Había llevado su revista de modas. León se ponía al lado
de ella; miraban juntos los grabados sin volver la hoja hasta que los dos
terminaban.
Frecuentemente ella le rogaba que le leyese versos; León los
declamaba con una voz cansina, que se iba alternando cuidadosamente en los
pasajes de amor. Pero el ruido del dominó le contrariaba; el señor Homais
estaba fuerte en este juego y le ganaba a Carlos ahorcándole el seis doble.
Después, habiendo llegado ya a los trescientos, los dos se
sentaban junto al fuego y no tardaban en quedarse dormidos. El fuego se iba
convirtiendo en zenizas; la tetera estaba vacía; León seguía leyendo. Emma le
escuchaba haciendo girar maquinalmente la pantalla de la lámpara, cuya gasa
tenía pintados unos pierrots en coche y unas funambulistas con sus balancines.
León se paraba, señalando con un gesto a su auditorio dormido; entonces se
hablaban en voz baja, y la conversación que tenían les parecía más dulce,
porque nadie les oía.
Así se estableció entre ellos una especie de asociación, un
comercio continuo de libros y de romanzas; el señor Bovary, poco celoso, no
extrañaba nada de aquello.
Carlos recibió por su fiesta una hermosa cabeza frenológica,
totalmente salpicada de cifras hasta el tórax y pintada de azul. Era una
atención del pasante. Tenía muchas otras, hasta hacerle sus recados en Rouen; y
como por entonces una novela había puesto de moda la manía de las plantas
carnosas, León las compraba para la señora y las llevaba sobre sus rodillas, en
«La Golondrina», pinchándose los dedos con sus duras púas.
Ella mandó disponer en su ventana una tablilla con barandilla
para colocar tiestos. El pasante tuvo también su jardín colgante; se veían
cuidando cada uno sus flores en sus respectivas ventanas.
Entre las ventanas del pueblo había una todavía más
frecuentemente ocupada, pues los domingos, desde la mañana a la noche, y todas
las tardes, si el tiempo estaba claro, se veía en la claraboya de un desván el
flaco perfil del señor Binet inclinado sobre su torno, cuyo zumbido monótono
llegaba hasta el «Lion d'Or».
Una noche al volver a casa, León encontró en su habitación un
tapete de terciopelo y lana con hojas sobre fondo pálido, llamó a la señora
Homais, al señor Homais, a Justino, a los niños, a la cocinera, se lo contó a
su patrón; todo el mundo quiso conocer aquel tapete; ¿por qué la mujer del
médico se mostraba tan «generosa» con el pasante? Aquello pareció raro, y se
pensó definitivamente que ella debía ser «su amiga».
El daba motivos para creerlo, pues hablaba continuamente de sus
encantos y de su talento, hasta el punto de que Binet le contestó una vez muy
brutalmente:
¿A mí qué me importa, si no soy de su círculo de amistades?
Él se atormentaba para descubrir cómo declarársele; y siempre
vacilando entre el temor de desagradarle y la vergüenza de ser tan pusilánime,
lloraba de desánimo y de deseos. Después tomaba decisiones enérgicas; escribía
cartas que luego rompía. Se señalaba fechas que iba retrasando. A menudo se
ponía en camino, con el propósito de atreverse a todo; pero esta resolución le
abandonaba inmediatamente en presencia de Emma. Y cuando Carlos, apareciendo de
improviso, le invitaba a subir a su carricoche para que le acompañase a visitar
a algún enfermo en los alrededores, aceptaba enseguida, se despedía de la
señora y se iba. ¿No era su marido algo de ella?
Emma por su parte nunca se preguntó si lo amaba. El amor, creía
ella, debía llegar de pronto, con grandes destellos y túlguraciones, huracán de
los cielos que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como si
fueran hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero. No sabía que, en la
terraza de las casas, la lluvia hace lagos cuando los canales están obstruidos
y hubiese seguido tranquila de no haber descubierto de repente una grieta en la
pared.
CAPÍTULO V
Fue un domingo de febrero, una tarde de nieve.
Habían salido todos, el matrimonio Bovary, Homais y el señor
León, a ver a una media legua de Yonville, en el valle, una hilatura de lino
que estaban montando. El boticario había llevado consigo a Napoleón y a Atalía,
para obligarles a hacer ejercicio, y Justino les acompañaba, llevando los
paraguas al hombro.
Nada, sin embargo, menos curioso que aquella curiosidad. Un gran
espacio de terreno vacío, donde se encontraban revueltas, entre montones de
arena y de guijarros, algunas ruedas de engranaje ya oxidadas, rodeaba un largo
edificio cuadrangular con muchas ventanitas. No estaba terminado de construir y
se veía el cielo a través de las vigas de la techumbre. Atado a la vigueta del
hastial un ramo de paja con algunas espigas hacía restallar al viento sus
cintas tricolores.
Homais hablaba. Explicaba a la «compañía» la importancia futura
de este establecimiento, calculaba la resistencia de los pisos, el espesor de
las paredes, y sentía no tener un bastón métrico como el que tenía el señor
Binet para su use particular.
Emma, que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro,
y miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma, su palidez
deslumbrante; pero volvió la cabeza: Carlos estaba allí. Llevaba la gorra
hundida hasta las cejas, y sus gruesos labios temblequeaban, lo cual añadía a
su cara algo de estúpido; su espalda incluso, su espalda tranquila resultaba
irritante a la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simple-za
del personaje.
Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en su irritación
de una especie de voluptuosidad depravada, León se adelantó un paso. El frío
que le palidecía parecía depositar sobre su cara una languidez más suave; el
cuello de la camisa, un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja
asomaba entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules, levantados hacia
las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y más bellos que esos lagos de las
montañas en los que se refleja el cielo.
¡Desgraciado! exclamó de pronto el boticario.
Y corrió detrás de su hijo, que acababa de precipitarse en un
montón de cal para pintar de blanco sus zapatos. A los reproches con que le
abrumaba, Napoleón comenzó a dar gritos, mientras que Justino le limpiaba los
zapatos con un puñado de paja. Pero hizo falta una navaja; Carlos le ofreció la
suya.
¡Ah! se dijo ella , lleva una navaja en su bolsillo como un
campesino.
Caía la escarcha, y se volvieron hacia Yonville.
Aquella noche Madame Bovary no fue a casa de sus vecinos, y,
cuando se marchó Carlos y ella se sintió sola, surgió de nuevo el paralelo
entre la nitidez de una sensación casi inmediata y esa prolongación de
perspectiva que el recuerdo da a los objetos. Mirando desde la cama el fuego
claro que ardía, seguía viendo como allá lejos, a León de pie, doblando con una
mano su junquillo y llevando de la otra a Atalía, que chupaba tranquilamente un
trozo de hielo. Lo encontraba encantador; no podía dejar de pensar en él;
recordó actitudes suyas en otros días, frases que le había dicho, el tono de su
voz, toda su persona; y se repetía, adelantando sus labios como para besar:
¡Sí, encantador!, ¡encantador!... ¿No estará enamorado? se
preguntó . ¿De quién?... ¡Pues de mí!
Aparecieron a la vez todas las pruebas, su corazón le dio un
vuelco. La llama de la chimenea hacía temblar en el techo una claridad alegre;
ella se volvió de espalda estirando los brazos. Entonces comenzó la eterna
lamentación: ¡Oh!, ¡si el cielo lo hubiese querido! ¿Por qué no puede ser?
¿Quién lo impedía, pues?...
Cuando Carlos volvió a casa a medianoche, Emma fingió
despertarse, y, como él hizo ruido al desnudarse, ella se quejó de jaqueca;
después preguntó con indiferencia cómo había transcurrido la velada.
El señor León dijo él se marchó temprano.
Ella no pudo evitar una sonrisa y se durmió con el alma llena de
un encanto nuevo.
Al día siguiente, al caer la tarde, recibió la visita de un tal
Lheureux, que tenía una tienda de novedades. Era un hombre hábil este tendero.
Gascón de nacimiento, pero normando de adopción, unía su facundia meridional a
la cautela de las gentes de Caux. Su cara gorda, blanda y sin barba, parecía
teñida por un cocimiento de regaliz claro, y su pelo blanco avivaba aún más el
brillo rudo de sus ojillos negros. No se sabía lo que había sido antes:
buhonero, decían unos, banquero en Routot, afirmaban otros. Lo cierto es que
hacía, mentalmente, unos cálculos complicados, que asustaban al propio Binet.
Amable hasta la obsequiosidad, permanecía siempre con la espalda inclinada, en
la actitud de alguien que saluda o que invita.
Después de haber dejado en la puerta su sombrero adornado con un
crespón, puso sobre la mesa una caja verde, y empezó a quejarse a la señora,
con mucha cortesía, de no haber merecido hasta entonces su confianza. Una pobre
tienda como la suya no estaba hecha para atraer a una «elegante»; subrayó la
palabra. Ella no tenía, sin embargo, más que pedir, y él se encargaría de
proporcionarle lo que quisiera, tanto en mercería como en ropa blanca,
sombrerería o novedades, pues iba a la ciudad cuatro veces al mes, regularmente.
Estaba en relación con las casas más fuertes. Podían dar referencias de él en
los «Trois Frères», en «La Barbe d'Or» o en el «Grand Sauvage»; ¡todos estos
señores le conocían como a sus propios bolsillos! Hoy venía a enseñar a la
señora, de paso, varios artículos de que disponía gracias a una ocasión
excepcional, y sacó de la caja media docena de cuellos bordados.
Madame Bovary los examinó.
No necesito nada le dijo.
Entonces el señor Lheureux le mostró delicadamente tres echarpes
argelinos, varios paquetes de agujas inglesas, un par de zapatillas de paja, y,
finalmente, cuatro hueveros de coco, cincelados a mano por presidiarios.
Después, con las dos manos sobre la mesa, el cuello estirado, la cintura
inclinada, seguía con la boca abierta la mirada de Emma que se paseaba indecisa
entre aquellas mercancías. De vez en cuando, como para limpiar el polvo, daba
un golpe con la uña a la seda de los echarpes, que desplegados en toda su
longitud temblaban con un ruido ligero, haciendo centellear a la luz verdosa
del crepúsculo, como pequeñas estrellas, las lentejuelas de oro del tejido.
¿Cuánto cuestan?
Una miseria respondió él , una miseria; pero ya me pagará, sin
prisa; cuando usted quiera; ¡no somos judíos!
Ella reflexionó unos instantes y acabó dando las gracias al
señor Lheureux, quien replicó sin inmutarse:
Bueno, nos entenderemos más adelante; con las señoras siempre me
he entendido, siempre, menos con la mía.
Emma sonrió.
Quiero decir continuó en tono campechano después de su broma ,
que no es el dinero lo que me preocupa. Yo le daría a usted si le hiciera
falta.
Ella hizo un gesto de sorpresa.
¡Ah! dijo él vivamente y en voz baja , no tendría que ir lejos
para encontrarlo; puede estar segura. Y comenzó a pedirle noticias del tío
Tellier, el dueño del «Café Francés», a quién por aquel entonces cuidaba el
señor Bovary.
¿Qué es to que tiene el tío Tellier?... ¡Tose tanto que sacude
toda la casa y me temo mucho que pronto necesite más bien un gabán de abeto que
una camisola de franela. ¡Corrió tantas juergas de joven! Esa gente, señora, no
tenía el menor orden, se ha quemado con el aguardiente. ¡Pero, a pesar de todo,
es triste ver marcharse a un conocido!
Y, mientras que cerraba su caja, hablaba de este modo sobre la
clientela del médico.
Sin duda, es el tiempo dijo mirando los cristales con una cara
de mal humor la causa de estas enfermedades. Tampoco yo me encuentro bien del
todo; tendré que venir un día de estos a consultar al señor por un dolor que
tengo en la espalda. ¡Bueno, hasta la vista, Madame Bovary; a su disposición;
su más humilde servidor!
Y volvió a cerrar la puerta despacio.
Emma mandó que le sirvieran la cena en su habitación, junto al
fuego, en una bandeja; comió despacio; todo le pareció bueno.
¡Qué prudente he sido! se decía pensando en los echarpes. Oyó
pasos en la escalera; era León. Se levantó y tomó de encima de la cómoda, de
entre los paños de dobladillo, el primero de la pila. Parecía muy ocupada
cuando él entró.
La conversación fue lánguida; Madame Bovary la dejaba a cada
minuto, mientras que él mismo permanecía como totalmente cohibido. Sentado en
una silla baja, al lado de la chimenea, daba vueltas entre los dedos al estuche
de marfil; Emma clavaba su aguja, o, de vez en cuando, con su uña, fruncía los
pliegues de la tela. Ella no hablaba; él se callaba, cautivado por su silencio,
corno si lo hubiese estado por sus palabras.
¡Pobre chico! pensaba ella.
¿En qué la habré disgustado? se preguntaba él.
León, sin embargo, acabó por decir que uno de aquellos días
tenía que ir a Rouen para un asunto de su despacho.
Su suscripción de música ha terminado, ¿he de renovarla?
No le contestó ella.
¿Por qué?
Porque...
Y, apretando los labios, tiró lentamente de una larga hebra de
hilo gris. Esta labor irritaba a León. Los dedos de Emma parecían desollarse
por la punta; se le ocurrió una frase galante, pero no se arriesgó.
¿Es que la abandona? repuso él.
¿Qué? contestó ella vivamente ; ¿la música? ¡Ah, Dios mío, sí!,
tengo una casa que gobernar, marido que atender, y mil cosas más, ¡muchas otras
obligaciones que están antes!
Miró el reloj. Carlos se retrasaba. Entonces se hizo la
preocupada. Dos o tres veces incluso repitió:
¡Es tan bueno!
El pasante le tenía afecto al señor Bovary, pero aquella ternura
por él le sorprendió de una forma desagradable; no obstante, continuó su
elogio, un elogio que oía hacer a todo el mundo, y sobre todo al farmacéutico.
¡Ah, es una buena persona! repuso Emma.
Ciertamente dijo el pasante.
Y comenzó a hablar de la señora Homais, cuya indumentaria, muy
descuidada, les movía a risa ordinariamente.
¿Qué importa eso? interrumpió Emma . Una buena madre de familia
no se preocupa por su atavío.
Después volvió a quedarse en silencio.
Ocurrió lo mismo los días siguientes; sus discursos, sus
maneras, todo cambió. Se la vio como tomar a pecho el cuidado de su casa,
volver a la iglesia regularmente y mostrarse más severa con su criada.
Sacó a Berta de la nodriza. Felicidad se la traía cuando había
visitas, y Madame Bovary la desnudaba para enseñarles sus miembros. Decía que
adoraba a los niños; era su consuelo, su alegría, su locura, y acompañaba sus
caricias con expansiones líricas, que a los que no fueran de Yonville les
habría recordado a la Sachette(1) de Nuestra Señora de París.
1. La Sachette, personaje de la novela de Victor Hugo Nuestra
Señora de París.
Cuando Carlos regresaba, encontraba sus zapatillas calentándose
cerca del rescoldo. No les faltaba el forro a sus chalecos ni los botones a sus
camisas, a incluso daba gusto ver en el armario todos sus gorros de algodón
colocados en pilas iguales. Emma no refunfuñaba, como antes, por ir a pasear
por el jardín; lo que él proponía era siempre aceptado, aunque ella no
adivinase sus deseos, a los que se sometía sin decir palabra; y cuando León le
vela al lado del fuego, después de cenar, con las dos manos sobre el vientre,
los dos pies sobre los morillos de la chimenea, las mejillas rosadas por la
digestión, los ojos húmedos de felicidad, con la niña que se arrastraba sobre
la alfombra, y aquella mujer de fina cintura que por encima del respaldo del
sillón venia a besarle en la frente, se decia:
¡Qué locura!, y ¿cómo llegar hasta ella?
Le pareció, pues, así tan virtuosa a inaccesible, que abandonó
hasta la más remota esperanza.
Pero con esta renuncia la colocaba en condiciones
extraordinarias. Para él, Emma se desprendió de sus atractivos carnales de los
cuales él nada podia conseguir; y en su corazón fue subiendo más y más
despegándose a la manera magnífica de una apoteosis que alza su vuelo. Era uno
de esos sentimientos puros que no estorban el ejercicio de la vida, que se
cultivan porque son raros y cuya pérdida afligiría más de lo que alegraría su
posesión.
Emma adelgazó, sus mejillas palidecieron, su cara se alargó. Con
sus bandós negros, sus grandes ojos, su nariz recta, su andar de pájaro, y
siempre silenciosa ahora, ¿no parecía atravesar la existencia, apenas sin
rozarla, y llevar en la frente la señal de alguna predestinación sublime?
Estaha tan triste y tan tranquila, tan dulce y a la vez tan reservada, que uno
se sentía a su lado prendido por un encanto glacial, como se tiembla en las
iglesias bajo el perfume de las flores mezclado al frío de los mármoles.
Tampoco los demás escapaban a esta seducción. El farmacéutico decía:
Es una mujer de grandes recursos y no desentonaría en una
subprefectura.
Las señoras del pueblo admiraban su economía, los clientes su
cortesía, los pobres su caridad. Pero ella estaba llena de concupiscencia, de
rabia, de odio. Aquel vestido de pliegues rectos escondía un corazón agitado, y
aquellos labios tan púdicos no contaban su tormenta. Estaba enamorada de León,
y buscaba la soledad, a fin de poder deleitarse más a gusto en su imagen. La
presencia de su persona turbaba la voluptuosidad de aquella meditación. Emma
palpitaba al ruido de sus pasos; después, en su presencia la emoción decaía, y
luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.
León no sabía, cuando salía desesperado de casa de Emma, que
ella se levantaba detrás de él para verle en la calle. Se preocupaba por sus
idas y venidas; espiaba su rostro; inventó toda una historia a fin de encontrar
un pretexto para visitar su habitación. La mujer del farmacéutico le parecía
muy feliz por dormir bajo el mismo techo; y sus pensamientos iban a abatirse
continuamente en aquella casa, como las palomas del «León de Oro» que iban a
mojar allí, en los canalones, sus patas rosadas y sus alas blancas. Pero Emma,
cuanto más se daba cuenta de su amor, más lo reprimía, para que no se notara y
para disminuirlo. Hubiera querido que León lo sospechara; a imaginaba
casualidades catástrofes que lo hubiesen facilitado. Lo que la retenía, sin
duda, era la pereza o el miedo, y el pudor también. Pensaba que lo había
alejado demasiado, que ya no había tiempo, que todo estaba perdido. Después el
orgullo, la satisfacción de decirse a sí misma: «Soy virtuosa» y de mirarse al
espejo adoptando posturas resignadas la consolaba un poco del sacrificio que
creía hacer.
Entonces, los apetitos de la carne, las codicias del dinero y
las melancolías de la pasión, todo se confundía en un mismo sufrimiento; y, en
vez de desviar su pensamiento, lo fijaba más, excitándose al dolor y buscando
para ello todas las ocasiones. Se irritaba por un plato mal servido o por una
puerta entreabierta, se lamentaba del terciopelo que no tenía, de la felicidad
que le faltaba, de sus sueños demasiado elevados, de su casa demasiado pequeña.
Lo que la desesperaba era que Carlos no parecía ni sospechar su
suplicio. La convicción que tenía el marido de que la hacía feliz le parecía un
insulto imbécil, y su seguridad al respecto, ingratitud. Pues ¿para quién era
ella formal?
¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda
miseria, y como el hebijón puntiagudo de aquel complejo cinturón que la ataba
por todas partes?
Así pues, cargó totalmente sobre él el enorme odio que resultaba
de sus aburrimientos, y cada esfuerzo para disminuirlo no servía más que para
aumentarlo, pues aquel empeño inútil se añadía a los otros motivos de
desesperación y contribuía más al alejamiento. Hasta su propia dulzura de
carácter le rebelaba. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasías
lujosas, la ternura matrimonial, a deseos adúlteros. Hubiera querido que Carlos
le pegase, para poder detestarlo con más razón, vengarse de él. A veces se
extrañaba de las conjeturas atroces que le venían al pensamiento; y tenía que
seguir sonriendo, oír cómo repetían que era feliz, fingir serlo, dejarlo creer.
Sin embargo, estaba asqueada de esta hipocresía. Le daban
tentaciones de escapar con León a alguna parte, muy lejos, para probar una
nueva vida; pero inmediatamente se abría en su alma un abismo vago lleno de
oscuridad.
Además, no me quiere pensaba ella ; ¿qué va a ser de mí?, ¿qué
ayuda esperar, qué consuelo, qué alivio?
Se quedaba destrozada, jadeante, inerte, sollozando en voz baja
y bañada en lágrimas.
¿Por qué no se lo dice al señor? le preguntó la muchacha, cuando
la encontraba en esta crisis.
Son los nervios respondía Emma ; no le digas nada, le
alarmarías.
¡Ah!, sí replicaba Felicidad , usted es igual que la Guérine, la
hija del señor Guérin, el pescador del Pollet, que conocí en Dieppe antes de
venir a casa de los señores. Estaba tan triste, tan triste, que viéndola de pie
a la puerta de su casa, hacía el efecto de un paño fúnebre extendido delante de
la puerta. Su enfermedad, según parece, era una especie de bruma que tenía en
la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le
daba muy fuerte, se iba completamente sola a la orilla del mar, de manera que
el oficial de la aduana, al hacer la ronda, la encontraba a menudo tendida boca
abajo y llorando sobre las piedras. Dicen que, después de casarse, se le pasó.
Pero a mí replicaba Emma es después del casamiento cuando me ha
venido.
CAPÍTULO V
Una tarde en que sentada junto junto a la ventana abierta
acababa de ver a Lestiboudis, el sacristán, que estaba podando el boj, oyó de
pronto tocar al Ángelus.
Era a principios de abril, cuando abren las primaveras; un aire
tibio circulaba sobre los bancales labrados, y los jardines, como mujeres,
parecían componerse para las fiestas de verano. Por los barrotes del cenador y
más allá todo alrededor se veía el río en la pradera dibujando sobre la hierba
sinuosidades vagabundas. El vapor de la tarde pasaba entre los álamos sin
hojas, difuminando sus contornos con un tueste violeta, más pálido y más
transparente que una gasa sutil, prendida de sus ramas. A lo lejos, caminaban
unas reses, no se oían ni sus pasos, ni sus mugidos; y la campana, que seguía
sonando, propagaba por los aires su lamento pacífico.
Ante aquel tañido repetido, el pensamiento de la joven se perdía
en sus viejos recuerdos de juventud y de internado. Recordó los grandes
candelabros que se destacaban en el altar sobre los jarrones llenos de flores,
y el sagrario de columnitas. Hubiera querido, como antaño, confundirse en la
larga fila de velos blancos, que marcaban de negro acá y allá las tocas rígidas
de las hermanitas inclinadas en sus reclintorios; los domingos, en la misa,
cuando levantaba la cabeza, percibía el dulce rostro de la Virgen entre los
remolinos azulados del incienso que subía. Entonces la sobrecogió un
sentimiento de ternura; se sintió languidecer y completamente abandonada, como
una pluma de ave que gira en la tormenta; a instintivamente se encaminó hacia
la iglesia, dispuesta a cualquier devoción, con tal de entregarse a ella con
toda el alma y de olvidarse por completo de su existencia.
Encontró en la plaza a Lestiboudis que volvía de la iglesia,
pues, para no perder el tiempo, prefería interrumpir su tarea, después
continuarla, de modo que tocaba al Ángelus cuando le convenía. Además,
adelantando el toque, recordaba a los chiquillos la hora del catecismo.
Algunos que ya habían llegado jugaban a las bolas sobre las
losas del cementerio. Otros, a caballo sobre la tapia, movían sus piernas,
segando con sus zuecos las grandes ortigas que crecían entre el pequeño recinto
y las últimas tumbas. Era el único lugar verde; todo to demás no era más que
piedras, y estaba siempre cubierto de un polvo fino, a pesar de la escoba de la
sacristía.
Los niños en zapatillas corrían a11í como sobre un entarimado
hecho para ellos, y se oían sus gritos a través del resonar de las campanas. Su
eco disminuía con las oscilaciones de la gruesa cuerda que, cayendo de las
alturas del campanario, arrastraba su punta por el suelo. Pasaban unas
golondrinas dando pequeños gritos, cortando el aire con su vuelo, y volvían
raudas a sus nidos amarillos bajo las tejas del alero. En el fondo de la
iglesia ardía una lámpara, es decir, una mecha de mariposa en un vaso colgado.
Su luz, de lejos, parecía una mancha blanquecina que temblaba en el aceite. Un
largo rayo de sol atravesaba toda la nave y oscurecía más las naves laterales y
los rincones.
¿Dónde está el cura? preguntó Madame Bovary a un chiquillo que
se entretenía en sacudir el torniquete de la puerta en su agujero demasiado
holgado.
Vendrá enseguida respondió.
En efecto, la puerta de la casa rectoral rechinó, apareció el
padre Bournisien, los niños escaparon en pelotón a la iglesia.
¡Esos granujas! murmuró el eclesiástico , siempre igual.
Y recogiendo un catecismo todo hecho trizas que acababa de
pisar:
¡Ésos no respetan nada!
Pero, tan pronto vio a Madame Bovary, dijo.
Perdón, no la reconocía.
Metió el catecismo en el bolsillo y se paró mientras seguía
moviendo entre dos dedos la pesada llave de la sacristía.
El resplandor del sol poniente que le daba de lleno en la cara
palidecía la tela de su sotana, brillante en los codos, deshilachada por abajo.
Manchas de grasa y de tabaco seguían sobre su ancho pecho la línea de los
pequeños botones, y aumentaban al alejarse de su alzacuello, en el que
descansaban los pliegues abundantes de su piel roja; estaba salpicada de
manchas amarillas que desaparecían entre los nudos de la barba entrecana.
Acababa de cenar y respiraba ruidosamente.
¿Cómo está usted? le preguntó él.
Mal contesto Emma ; no me encuentro bien.
Bueno, yo tampoco replicó el eclesiástico . Estos primeros
calores, ¿verdad?, le dejan a uno aplanado de una manera extraña. ¿En fin, qué
quiere usted? Hemos nacido para sufrir, como dice San Pablo. Pero, ¿qué piensa
de esto el señor Bovary?
¡El! exclamó Emma con un gesto de desdén.
¡Cómo! replicó el buen hombre muy extrañado , ¿no le receta
algo?
¡Ah!, no son las medicinas de la tierra lo que necesitaría.
Pero el cura, de vez en cuando, echaba una ojeada a la iglesia
donde todos los chiquillos arrodillados se empujaban con el hombro y caían como
castillos de naipes.
Quisiera saber... continuó Emma.
¡Aguarda, aguarda, Riboudet gritó el eclesiástico con voz
enfadada , te voy a calentar las orejas, tunante!
Después, volviéndose a Emma:
Es el hijo de Boudet, el encofrador; sus padres son acomodados y
le consienten hacer sus caprichos. Sin embargo, aprendería pronto si quisiera,
porque es muy inteligente. Y yo a veces, de broma, le llamo Riboudet, como la
cuesta que se toma para ir a Maromme, a incluso le digo: mont Riboudet. ¡Ah!
¡Ah! ¡Mont Riboudet! El otro día le conté esto a monseñor, y se rió... se dignó
reírse. Y el señor Bovary, ¿cómo está?
Ella parecía no oír. El cura continuó:
Sigue muy ocupado, sin duda. Porque él y yo somos ciertamente
las dos personas de la parroquia que más trabajo tenemos. Pero él es el médico
de los cuerpos, añadió con una risotada, y yo lo soy de las almas.
Sí... dijo , usted alivia todas las penas.
¡Ah, no me hable, Madame Bovary! Esta misma mañana, tuve que it
a Bas Dauville para una vaca que tenía la hinchazón; creían que era un
maleficio. Todas sus vacas, no sé cómo... Pero, ¡perdón! ¡Longuemarre y
Bondet!, ¡demonios! Haced el favor de terminar. ¿Queréis estaros quietos de una
vez? Y, de un salto, se presentó en la iglesia.
Los chiquillos, entonces, se apretaban alrededor del gran atril,
se subían al entarimado del chantre, abrían el misal; y otros, de puntillas
iban a meterse en el confesonario. Pero el cura, de pronto, repartió entre
todos una granizada de bofetadas. Agarrándolos por el cuello de la chaqueta,
los levantaba del suelo y los volvía a poner de rodillas sobre el pavimento del
coro, con fuerza, como si hubiera querido plantarlos a11í.
Mire usted dijo volviendo junto a Emma, y desdoblando su gran
pañuelo de algodón, una de cuyas puntas metió entre sus dientes , ¡los
labradores son dignos de lástima!
Hay otros replicó ella.
Sin duda, los de las ciudades, por ejemplo.
No son ellos...
¡Perdóneme!, he conocido a11í a pobres madres de familia,
mujeres virtuosas, se lo aseguro, verdaderas santas, que ni siquiera tenían
para pan.
Pero, señor cura replicó Emma, retorciendo las comisuras de los
labios al hablar , de las que tienen pan, y no tienen...
Para calentarse en invierno dijo el cura.
¡Bah!, ¿qué importa eso?
¿Cómo qué importa? A mí me parece que cuando se está bien
caliente, bien alimentado, pues en fin...
¡Dios mío! ¡Dios mío! suspiraba Emma.
¿Se encuentra mal¿ dijo el cura, adelantándose con aire
preocupado ; ¿la digestión, tal vez? Tiene que volver a casa, Madame Bovary,
tomar un poco de té; eso la pondrá bien, o un vaso de agua fresca con azúcar
terciado.
¿Por qué?
Y Emma parecía que se despertaba de un sueño.
Como se pasaba la mano por la frente, creí que le daba un mareo.
Luego cambiando de tema:
Pero ¿me preguntaba usted algo? ¿Qué era? Ya no me acuerdo.
¿Yo? Nada..., nada... repetía Emma.
Y su mirada, que dirigía a todo su alrededor, se paró lentamente
en el anciano de sotana. Los dos se miraban, frente a frente, sin hablar.
Entonces, Madame Bovary dijo por fin el cura , discúlpeme, pero
ante todo, el deber, ya sabe usted; tengo que atender a mis granujillas. Ya se
acercan las primeras comuniones. ¡Nos cogerán otra vez de sorpresa, me lo estoy
temiendo! ¡Por eso, a partir de la Ascensión, los tengo aquí puntuales una hora
más! ¡Pobres niños!, nunca sería demasiado pronto para llevarlos por el camino
del Señor, como además nos lo recomendó El mismo por boca de su divino Hijo...
Usted lo pase bien, señora; ¡saludos a su marido!
Y entró en la iglesia, haciendo una genuflexión desde la puerta.
Emma lo vio desaparecer entre la doble fila de bancos, con
pesado andar, la cabeza un poco torcida, y con las dos grandes manos
entreabiertas hacia afuera.
Después, giró rápidamente sobre sus talones, rígido como una
estatua sobre su soporte, y se encaminó hacia su casa. Pero le llegaban todavía
al oído y le seguían la gruesa voz del cura y las claras voces de los
chiquillos.
¿Sois cristianos?
Sí, soy cristiano.
¿Qué es un cristiano?
Es aquel que, estando bautizado..., bautizado..., bautizado.
Emma subió los peldaños de la escalera, y cuando llegó a su
habitación, se dejó caer en un sillón.
La luz blanquecina de los cristales bajaba suavemente con
ondulaciones. Los muebles en su sitio parecían haberse vuelto más inmóviles y
perdidos en la sombra como en un océano tenebroso. La chimenea estaba , pagada,
el péndulo seguía oscilando, y Emma se quedaba pasmada ante la calma de las
cosas, mientras que dentro de ella se producían tantas conmociones. Pero entre
la ventana y la mesa de labor estaba la pequeña Berta, tambaleándose sobre sus
botines de punto y tratando de acercarse a su madre para cogerle las cintas de
su delantal.
¡Déjame! le dijo apartándola con la mano.
La niña se acercó todavía más a sus rodillas y apoyando en ellas
sus brazos, la miraba con sus grandes ojos azules mientras que un hilo de
saliva pura caía de su labio sobre el delantal de seda.
¡Déjame! repitió Emma muy enfadada.
Su cara asustó a la niña, que empezó a gritar.
Bueno, ¡déjame ya! le dijo, empujándola con el codo.
Berta fue a caer al pie de la cómoda contra la percha de cobre;
se hizo un corte en la mejilla, y empezó a sangrar. Madame Bovary corrió a
levantarla, rompió el cordón de la campana, llamó a la criada con todas sus
fuerzas, a iba a empezar a maldecirse cuando apareció Carlos. Era la hora de la
cena, él regresaba.
Mira, querido le dijo Emma con voz tranquila : ahí tienes a la
niña que, jugando, acaba de lastimarse en el suelo.
Carlos la tranquilizó, la cosa no era grave, y fue a buscar
diaquilón.
Madame Bovary no bajó al comedor; quiso quedarse sola cuidando a
su hija. Entonces, mirando cómo dormía, la preocupación que le quedaba fue poco
a poco desapareciendo, y le pareció que era muy tonta y muy buena por haberse
alterado hacía poco, por tan poca cosa. En efecto, Berta ya no sollozaba. Su
respiración ahora levantaba insensiblemente la colcha de algodón.
Unos lagrimones quedaban en los bordes de sus párpados
entreabiertos, que dejaban ver entre las pestañas dos pupilas pálidas,
hundidas; el esparadrapo, pegado en su mejilla, estiraba oblicuamente su piel
tensa.
¡Es una cosa extraña! pensaba Emma , ¡qué fea es esta niña!
Cuando Carlos, a las once de la noche, volvió de la farmacia
adonde había ido después de la cena, para devolver lo que sobraba del
diaquilón, encontró a su mujer de pie al lado de la cuna.
Te digo que esto no es nada le dijo besándola en la frente ; ¡no
te preocupes, querida, te pondrás enferma!
Se había quedadó mucho tiempo en la botica. Aunque no se hubiese
mostrado muy afectado, el señor Homais, sin embargo, se había esforzado en
darle ánimos y subirle la moral. Hablaron entonces de los peligros diversos que
amenazaban a la infancia y del descuido de las criadas. La señora Homais sabía
algo de eso, pues aún conservaba sobre el pecho las huellas de una escudilla de
brasas que una cocinera hacía tiempo le había dejado caer sobre la blusa. Por
eso, estos buenos padres tomaban tantas precauciones. Los cuchillos nunca
estaban afilados ni los pisos encerados. En las ventanas había rejas de hierro
y en los marcos, fuertes barras. Los pequeños Homais, a pesar de su
independencia, no podían moverse sin un vigilante detrás de ellos; al menor
catarro, su padre les atiborraba de jarabes, y hasta que tenían más de cuatro
años llevaban todos inexorablemente unas chichoneras acolchadas. Era, es
cierto, una manía de la señora Homais; su esposo estaba interiormente
preocupado por esto, temiendo los efectos que semejante opresión podría tener
sobre los órganos del intelecto, y llegó a decirle:
¿Pretendes hacer de ellos unos Caribes o unos Bocotudos?
Carlos, por su parte, había intentado varias veces interrumpir
la conversación.
Tengo que hablar con usted le dijo al oído al pasante, que
empezó a caminar delante de él por la escalera.
¿Se sospechará algo? se preguntaba León. El corazón le latía
apresuradamente y se perdía en conjeturas.
Por fin, Carlos, habiendo cerrado la puerta, le rogó que se
enterase en Rouen de lo que podía costar un buen daguerrotipo(1); era una
sorpresa sentimental que reservaba a su mujer, una atención fina, su retrato en
traje negro. Pero antes quería saber a qué atenerse; estas gestiones no debían
de molestar a León, puesto que iba a la ciudad casi todas las semanas.
1. Un procedimiento primitivo de obtener una fotografía. Fue el
francés Daguerre (1787 1851.) el que consiguió Fijar la imagen de un objeto en
una placa metálica, expuesta a la luz unos minutos.
¿A qué iba? Homais sospechaba a este propósito alguna aventura
de joven, una intriga. Pero se equivocaba; León no buscaba ningún amorío.
Estaba más triste que nunca, y la se-ñora Lefrancois se daba bien cuenta de
ello por la cantidad de comida que ahora dejaba en el plato. Para saber algo
más, preguntó al recaudador; Binet contestó en tono altanero, que él no estaba
pagado por la policía.
Su compañero, sin embargo, le parecía muy raro, pues a menudo
León se tumbaba en su silla abriendo los brazos, y se quejaba vagamente de la
existencia.
Es que usted no se distrae suficientemente decía el recaudador.
¿Y cómo?
Yo, en su lugar, tendría un torno.
Pero yo no sé tornear respondía el pasante.
¡Oh!, ¡es cierto! decía el otro acariciando la mandíbula, con un
aire de desdén mezclado de satisfacción.
León estaba cansado de amar sin resultado; después comenzaba a
sentir ese agobio que causa la repetición de la misma vida, cuando ningún
interés la dirige ni la sostiene ninguna esperanza. Estaba tan harto de
Yonville y de sus habitantes, que ver a cierta gente, ciertas casas, le
irritaba hasta más no poder; y el farmacéutico, con lo buena persona que era,
se le hacía totalmente insoportable. Sin embargo, la perspectiva de una
situación nueva le asustaba tanto como le seducía.
Esta aprensión se convirtió pronto en impaciencia, y París
entonces agitó para él, en la lejanía, la fanfarria de sus bailes de máscaras
con la risa de sus modistillas. Puesto que debía terminar sus estudios de
Derecho, ¿por qué no se iba?, ¿quién se lo impedía? Empezó a hacer mentalmente
los preparativos: dispuso de antemano sus ocupaciones. Se amuebló, en su
cabeza, un piso. Allí llevaría una vida de artista. ¡Tomaría lecciones de
guitarra! ¡Tendría una bata de casa, una boina vasca, zapatillas de terciopelo
azul! E incluso contemplaba en su chimenea dos floretes en forma de aspa, con
calavera y la guitarra por encima.
Lo difícil era el consentimiento de su madre; sin embargo, nada
parecía más razonable. Su mismo patrón le aconsejaba visitar otro estudio de
notario donde pudiese completar su formación. Tomando, pues, una decisión
intermedia, León buscó un empleo de oficial segundo en Rouen, pero no lo
encontró, y por fin escribió a su madre una larga carta detallada, en la que le
exponía las razones de ir a vivir a París inmediatamente. Ella dio su
consentimiento.
León no se dio prisa. Cada día, durance todo un mes, Hivert le
transportó de Yonville a Rouen, de Rouen a Yonville, baúles, maletas, paquetes;
y, cuando León hubo repuesto su guardarropa, rellenado sus tres butacas,
comprado una provisión de pañuelos de cuello, en una palabra, hecho más
preparativos que para un viaje alrededor del mundo, fue aplazándolo de una
semana para otra, hasta que recibió una segunda carta de su madre en la que le
daba prisa para marchar, puesto que él deseaba pasar su examen antes de las
vacaciones.
Cuando llegó el momento de las despedidas, la señora Homais
lloró; Justino sollozaba; Homais, como hombre fuerte, disimuló su emoción,
quiso él mismo llevar el abrigo de su amigo hasta la verja del notario, quien
llevaba a León a Rouen en su coche.
Éste último tenía el tiempo justo de decir adiós al señor
Bovary.
Cuando llegó a lo alto de la escalera, se paró porque le faltaba
el aliento. Al verle entrar, Madame Bovary se levantó con presteza.
¡Soy yo otra vez! dijo León.
¡Estaba segura!
Emma se mordió los labios, y una oleada de sangre le corrió bajo
la piel, que se volvió completamente sonrosada, desde la raíz de los cabellos
hasta el borde de su cuello de encaje. Permanecía de pie, apoyando el hombro en
el zócalo de madera.
¿No está el señor? dijo él.
Está ausente.
Está ausente repitió.
Entonces hubo un silencio. Se miraron; y sus pensamientos,
confundidos en la misma angustia, se apretaban estrechamente, como dos pechos
palpitantes.
Me gustaría besar a Berta dijo León.
Emma bajó algunos escalones y llamó a Felicidad.
Él echó rápidamente una amplia ojeada a su alrededor, que se
extendió a las paredes, a las estanterías, a la chimenea, como para penetrarlo
todo, llevarlo todo.
Pero ella volvió, y la criada trajo a Berta, que agitaba un
molinillo de viento atado a un hilo, con la cabeza abajo.
León la besó en el cuello varias veces.
¡Adiós!, ¡pobre niña!, ¡adiós, nuerida pequeña, adiós!
Y se la devolvió a su madre.
Llévesela dijo ésta.
Se quedaron solos, Madame Bovary, de espaldas, con la cara
pegada a un cristal de la ventana; León tenía su gorra en la mano y la golpeaba
suavemente a lo largo de su muslo.
Va a llover dijo Emma.
¡Ah!, tengo un abrigo dijo él.
Ella se volvió, barbilla baja y la frente hacia adelante. La luz
le resbalaba como sobre un mármol, hasta la curva de las cejas, sin que se
pudiese saber to que miraba. Emma miraba en el horizonte sin saber lo que
pensaba en el fondo de sí misma.
¡Adiós! suspiró él.
Emma levantó la cabeza con un movimiento brusco:
Sí, adiós..., ¡márchese!
Se adelantaron el uno hacia el otro; él tendió la mano, ella
vaciló.
A la inglesa, pues dijo Emma ábandonando la suya, y esforzándose
por reír.
León la sintió entre sus dedos, y la sustancia misma de todo su
ser le parecía concentrarse en aquella palma de la mano húmeda.
Después abrió la mano; sus miradas volvieron a encontrarse, y
desapareció.
Cuando llegó a la plaza del mercado, se detuvo, y se escondió
detrás de un pilar, a fin de contemplar por última vez aquella casa blanca con
sus cuatro celosías verdes. Creyó ver una sombra detrás de la ventana, en la
habitación; pero la cortina, separándose del alzapaño como si nadie la tocara,
movió lentamente sus largos pliegues oblicuos, que de un solo salto, se
extendieron todos y quedó recta, más inmóvil que una pared de yeso. León echó a
correr.
Percibió de lejos, en la carretera, el cabriolé de su patrón y,
al lado, a un hombre con delantal que sostenía el caballo. Homais y el señor
Guillaumin charlaban entre sí.
Abráceme dijo el boticario con lágrimas en los ojos . Tome su
abrigo, mi buen amigo; tenga cuidado con el frío. ¡Cuídese, mire por su salud!
¡Vamos, León, al coche! dijo el notario.
Homais se inclinó sobre el guardabarros y con una voz
entrecortada por los sollozos, dejó caer estas dos palabras tristes:
¡Buen viaje!
Buenas tardes, respondió el señor Guillaumin. ¡Afloje las
riendas!
Arrancaron y Homais se volvió.
Madame Bovary había abierto la ventana que daba al jardín, y
miraba las nubes.
Se amontonaban al poniente del lado de Rouen, y rodaban rápidas
sus voluras negras, de las que se destacaban por detrás las grandes líneas del
sol como las flechas de oro de un trofeo suspendido, mientras que el resto del
cielo vacío tenía la blancura de una porcelana. Pero una ráfaga de viento hizo
doblegarse a los álamos, y de pronto empezó a llover; las gotas crepitaban
sobre las hojas verdes. Después, reapareció el sol, cantaron las gallinas, los
gorriones batían sus alas en los matorrales húmedos y los charcos de agua sobre
la arena arrastraban en su curso las flores rosa de ,una acacia.
¡Ah!, ¡qué lejos debe estar ya! pensó ella.
El señor Homais, como de costumbre, vino a las seis y media,
durante la cena.
Bueno dijo sentándose , ¿así es que acabamos de embarcar a
nuestro joven?
¡Eso parece! respondió el médico.
Después, volviéndose en su silla:
¿Y qué hay de nuevo por su casa?
Poca cosa. Unicamente que mi mujer esta tarde ha estado un poco
emocionada. Ya sabe, a las mujeres cualquier cosa les impresiona, ¡y a la mía
sobre todo!, y no deberíamos ir en contra de ello, ya que su organización
nerviosa es mucho más maleable que la nuestra.
¡Ese pobre León! decía Carlos . ¿Cómo va a vivir a París? ¿Se
acostumbrará a11í?
Madame Bovary suspiró.
Ya lo creo dijo el farmacéutico, chasqueando la lengua , los
platos finos en los restaurantes, los bailes de máscaras, el champán, todo eso
va a rodar, se lo aseguro.
No creo que se eche a perder objetó Bovary.
¡Ni yo! replicó vivamcnte el señor Homais , aunque tendrá, no
obstante, que alternar con los demás, si no quiere pasar por un jesuita; y no
sabe usted la vida que llevan aquellos juerguistas en el barrio latino con las
actrices. Por lo demás, los estudiantes están muy bien vistos en París. Por
poco simpáticos que sean, los reciben en los círculos a incluso hay señoras del
Faubourg Saint Germain que se enamoran de ellos, lo cual les proporciona luego
ocasiones de hacer muy buenas bodas.
Pero dijo el médico , temo que él... allá...
Tiene usted razón interrumpió el boticario ; es el reverso de la
medalla y es preciso tener continuamente la mano puesta sobre la cartera. Así,
por ejemplo, está usted en un jardín público, supongamos que se le presenta un
individuo, bien puesto, incluso condecorado, a quien podría tomar por un
diplomático; le aborda; empiezan a hablar; se le insinúa, le invita a una toma
de rapé o le recoge su sombrero. Luego intiman más, le lleva al café, le invita
a su casa de campo, entre dos copas le presenta a toda clase de conocidos, y
las tres cuartas partes de las veces no es más que para robarle su bolsa o para
llevarle por malos pasos.
Es cierto respondió Carlos ; pero yo pensaba sobre todo en las
enfermedades, en la fiebre tifoidea, por ejemplo, que ataca a los estudiantes
de provincias.
Emma se estremeció.
A causa del cambio de régimen de vida continuó el farmacéutico ,
y del trastorno resultante en la economía general. Y además, el agua de París,
¿cómprende usted?, las comidas de los restaurantes, todos esos alimentos
condimentados acaban por calentar la sangre y no valen, digan lo que digan, un
buen puchero. Por mi parte, siempre he preferido la cocina casera: ¡es más
sana! Por eso, cuando estudiaba farmacia en Rouen, vivía en una pensión; comía
con los profesores.
Y continuó exponiendo sus opiniones generales y sus simpatías
personales, hasta el momento en que Justino vino a buscarlo para una yema
mejida que había que preparar.
¡Ni un instante de descanso! exclamó , siempre en el tajo. ¡No
puedo salir un minuto! ¡Como un caballo de tiro, hay que sudar tinta! ¡Qué
calvario!
Después, ya en el umbral, dijo:
A propósito, ¿saben la noticia?
¿Qué noticia?
Que es muy probable replicó Homais levantando sus cejas y
adoptando un tono muy serio , que la exposición agrícola del Sena Inferior se
celebre este año en Yonville l'Abbaye. Al menos circula el rumor. Esta mañana
el periódico insinuaba algo de esto. Sería muy importante para nuestro
distrito. Pero ya hablaremos de esto. Muchas gracias, ya veo; Justino tiene el
farol.
CAPÍTULO VII
El día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció
envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de
las cosas, y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el
viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo
que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada,
ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual,
el cese brusco de una vibración prolongada.
Como al regreso de la Vaubyessard, cuando las contradanzas le
daban vueltas en la cabeza, tenía una melancolía taciturna, una desesperación
adormecida. León se le volvía a aparecer más alto, más guapo, más suave, más
difuso; aunque estuviese separado de ella, no la había abandonado, estaba a11í,
y las paredes de la casa parecían su sombra. Emma no podía apartar su vista de
aquella alfombra que él había pisado, de aquellos muebles vacíos donde se había
sentado. El río seguía corriendo y hacía avanzar lentamente sus pequeñas olas a
lo largo de la ribera resbaladiza. Por ella se habían paseado muchas veces, con
aquel mismo murmullo del agua, sobre las piedras cubiertas de musgo. ¡Qué
buenas jornadas de sol habían tenido!, ¡qué tardes más buenas, solos, a la sombra,
al fondo del jardín! El leía en voz alta, descubierto, sentado en un taburete
de palos secos; el viento fresco de la pradera hacía temblar las páginas del
libro y las capuchinas del cenador... ¡Ah!, ¡se había ido el único encanto de
su vida, la única esperanza posible de una felicidad! ¿Cómo no se había
apoderado de aquella ventura cuando se le presentó? ¿Por qué no lo había
retenido con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería escaparse? Y se
maldijo por no haber amado a León; tuvo sed de sus labios. Le entraron ganas de
correr a unirse con él, de echarse en sus brazos, de decirle: «¡Soy yo, soy
tuya!» Pero las dificultades de la empresa la contenían, y sus deseos,
aumentados con el disgusto, no hacían sino avivarse más.
Desde entonces aquel recuerdo de León fue como el centro de su
hastío; chisporroteaba en él con más fuerza que, en una estepa de Rusia, un
fuego de viajeros abandonado sobre la nieve. Se precipitaba sobre él, se
acurrucaba contra él, removía delicadamente aquel fuego próximo a extinguirse,
iba buscando en torno a ella to que podía avivarlo más; y las reminiscencias
más lejanas como las más inmediatas ocasiones, lo que ella experimentaba con lo
que se imaginaba, sus deseos de voluptuosidad que se dispersaban, sus proyectos
de felicidad que estallaban al viento como ramas secas, su virtud estéril, sus
esperanzas muertas, ella lo recogía todo y lo utilizaba todo para aumentar su
tristeza.
Sin embargo, las llamas se apaciguaron, bien porque la provisión
se agotase por sí misma, o porque su acumulación fuese excesiva. El amor, poco
a poco, se fue apagando por la ausencia, la pena se ahogó por la costumbre; y
aquel brillo de incendio que teñía de púrpura su cielo pálido fue llenándose de
sombra y se borró gradualmente. En su conciencia adormecida, llegó a confundir
las repugnancias hacia su marido con aspiraciones hacia el amante, los ardores
del odio con los calores de la ternura; pero, como el huracán seguía soplando,
y la pasión se consumió hasta las cenizas, y no acudió ningún socorro, no
apareció ningún sol, se hizo noche oscura por todas partes, y Emma permaneció
perdida en un frío horrible que la traspasaba.
Entonces volvieron los malos días de Tostes. Se creía ahora
mucho más desgraciada, pues tenía la experiencia del sufrimiento, con la
certeza de que no acabaría nunca.
Una mujer que se había impuesto tan grandes sacrificios, bien
podía prescindir de caprichos. Se compró un reclinatorio gótico, y se gastó en
un mes catorce francos en limones para limpiarse las uñas; escribió a Rouen
para encargar un vestido de cachemir azul; escogió en casa de Lheureux el más
bonito de sus echarpes; se lo ataba a la cintura por encima de su bata de casa;
y, con los postigos cerrados, con un libro en la mano, permanecía tendida sobre
un sofá con esta vestimenta.
A menudo variaba su peinado; se ponía a la china, en bucles
flojos, en trenzas; se hizo una raya al lado y recogió el pelo por debajo, como
un hombre.
Quiso aprender italiano: compró diccionarios, una gramática, una
provisión de papel blanco. Ensayó lecturas serias, historia y filosofía. De
noche, alguna vez, Carlos despertaba sobresaltado, creyendo que venían a
buscarle para un enfermo:
Ya voy balbuceaba.
Y era el ruido de una cerilla que Emma frotaba para encender de
nuevo la lámpara. Pero ocurrió con sus lecturas lo mismo que con sus labores,
que, una vez comenzadas todas, iban a parar al armario; las tomaba, las dejaba,
pasaba a otras.
Tenía arrebatos que la hubiesen llevado fácilmente a
extravagancias. Un día sostuvo contra su marido que era capaz de beber la mitad
de un gran vaso de aguardiente, y, como Carlos cometió la torpeza de retarla,
ella se tragó el aguardiente hasta la última gota.
A pesar de sus aires evaporados (ésta era la palabra de las
señoras de Yonville), Emma, sin embargo, no parecía contenta, y habitualmente
conservaba en las comisuras de sus labios esa inmóvil contracción que arruga la
cara de las solteronas y la de las ambiciosas venidas a menos. Se la veía toda
pálida, blanca como una sábana; la piel de la nariz se le estiraba hacia las
aletas, sus ojos miraban de una manera vaga.
Por haberse descubierto tres cabellos grises sobre las sienes
habló mucho de su vejez.
Frecuentemente le daban desmayos. Un día incluso escupió sangre,
y, como Carlos se alarmara dejando ver su preocupación:
¡Bah! respondió ella , ¿qué importa eso?
Carlos fue a refugiarse a su despacho; y a11í lloró, de codos
sobre la mesa, sentado en su sillón, debajo de la cabeza frenológica.
Entonces escribió a su madre para rogarle que viniese, y
mantuvieron juntos largas conversaciones a propósito de Emma.
¿Qué decidir?, ¿qué hacer, puesto que ella rechazaba todo
tratamiento?
¿Sabes lo que necesitaría tu mujer? decía mamá Bovary . ¡Serían
unas obligaciones que atender, trabajos manuales! Si tuviera, como tantas
otras, que ganarse la vida, no tendría esos trastornos, que le proceden de un
montón de ideas que se mete en la cabeza y de la ociosidad en que vive.
Sin embargo, trabaja decía Carlos.
¡Ah!, ¡trabaja! ¿Qué hace? Lee muchas novelas, libros, obras que
van contra la religión, en las que se hace burla de los sacerdotes con
discursos sacados de Voltaire. Pero todo esto trae sus consecuencias, ¡pobre
hijo mío!, y el que no tiene religión acaba siempre mal.
Así pues, se tomó la resolución de impedir a Emma la lectura de
novelas. El empeño no parecía nada fácil. La buena señora se encargó de ello:
al pasar por Rouen, iría personalmente a ver al que alquilaba libros y le diría
que Emma se daba de baja en sus suscripciones. No tendría derecho a denunciar a
la policía si el librero persistía a pesar de todo en su oficio de envenenador.
La despedida de suegra y nuera fue seca. Durante las tres
semanas que habían estado juntas no habían intercambiado cuatro palabras,
aparte de las novedades y de los cumplidos cuando se encontraban en la mesa, y
por la noche antes de irse a la cama.
La señora Bovary madre marchó un miércoles, que era día de
mercado en Yonville. La plaza, desde la mañana, estaba ocupada por una fila de
carretas que, todas aculadas y con los varales al aire, se alineaban a lo largo
de las casas desde la iglesia hasta la fonda. Al otro lado, había barracas de
lona donde se vendían telas de algodón, mantas y medias de lana, además de
ronzales para los caballos y paquetes de cintas azules cuyas puntas se agitaban
al viento.
Por el suelo se extendía tosca chatarra entre las pirámides de
huevos y las canastillas de quesos, de donde salían unas pajas pegajosas; cerca
de las trilladoras del trigo, unas gallinas que cloqueaban en jaulas planas
asomaban sus cuellos por los barrotes. La gente, apelotonándose en el mismo
sitio sin querer moverse de a11í, amenazaba a veces con romper el escaparate de
la farmacia. Los miércoles estaba siempre abarrotada de gente y se apretaban en
ella, más para consultar que por comprar medicamentos, tanta fama tenía el
señor Homais en los pueblos del contorno. Su sólido aplomo tenía fascinados a
los campesinos. Le miraban como a un médico mejor que todos los médicos.
Emma estaba asomada a la ventana (se asomaba a menudo: la
ventana, en provincias, sustituye a los teatros y al paseo) y se entretenía en
observar el barullo de los patanes, cuando vio a un señor vestido de levita de
terciopelo verde. Llevaba guantes amarillos, aunque iba calzado con fuertes
polainas, y se dirigía a la casa del médico, seguido de un campesino que
caminaba cabizbajo y pensativo.
¿Puedo ver al señor? preguntó a Justino, que hablaba en la
puerta con Felicidad.
Y tomándole por el criado de la casa:
Dígale que es el señor Rodolfo Boulanger de la Huchette.
No era por vanidad de terrateniente por lo que el recién llegado
había añadido a su apellido la partícula, sino para darse mejor a conocer. La
Huchette, en efecto, era una propiedad cerca de Yonville, cuyo castillo acababa
de adquirir, con dos fincas que él mismo cultivaba personalmente, aunque sin
esforzarse mucho. Era soltero, y pasaba por tener al menos quince mil libras de
renta.
Carlos entró en la sala. El señor Boulanger le presentó a su
criado, que quería que lo sangrasen porque sentía hormigas en todo el cuerpo.
Esto me limpiará objetaba a todos los razonamientos.
Bovary pidió, pues, que le trajeran una venda y una palangana, y
rogó a Justino que la sostuviese. Después, dirigiéndose al aldeano, ya lívido:
¡No tenga miedo, amigo!
No, no respondió el otro , ¡siga adelante!
Y con un aire fanfarrón, tendió su grueso brazo. Al pinchazo de
la lanceta, la sangre brotó y fue a salpicar el espejo.
¡Acerca el recipiente! exclamó Carlos.
¡Recontra! decía el paisano , ¡parece una fuentecica que corre!
¡Qué sangre roja tengo!, debe de ser buena señal, ¿verdad?
A veces replicó el practicante , no se siente nada al principio,
después viene el desvanecimiento, y más particularmente en las personas bien
constituidas, como éste.
El campesino, a estas palabras, soltó el estuche que hacía girar
entre sus dedos. Una sacudida de sus hombros hizo estallar el respaldo de la
silla. Se le cayó el sombrero.
Me lo sospechaba dijo Bovary, aplicando su dedo sobre la vena.
La palangana empezaba a temblar en las manos de Justino; sus
rodillas vacilaron, se volvió pálido.
¡Mi mujer!, ¡mi mujer! llamó Carlos.
De un salto Emma bajó la escalera.
¡Vinagre! gritó él . ¡Ah! ¡Dios mío, dos a la vez!
Y, con el susto, no acertaba a poner la compresa.
No es nada decía muy tranquilamente el señor Boulanger, mientras
sostenía a Justino en brazos.
Y lo sentó en la mesa, apoyándole la espalda en la pared.
Madame Bovary empezó a quitarle la corbata. Había un nudo en los
cordones de la camisa; tardó algunos minutos en mover sus ligeros dedos en el
cuello del joven; después echó vinagre en su pañuelo de batista; le mojaba con
él las sienes a golpecitos y soplaba encima, delicadamente.
El carretero se despertó; pero Justino seguía desmayado y sus
pupilas desaparecían en su esclerótica pálida, como flores azules en leche.
Habría que ocultarle esto dijo Carlos.
Madame Bovary tomó la palangana. En el movimiento que hizo al
inclinarse para ponerla bajo la mesa, su vestido (era un vestido de verano de
cuatro volantes, de color amarillo, de talle bajo y ancho de falda) se extendió
alrededor de ella sobre los baldosas de la sala; y como Emma, agachada, se
tambaleaba un poco abriendo los brazos, los bullones de la tela se quebraban de
trecho en trecho, según las inflexiones de su corpiño. Después se fue a coger
una botella de agua, y estaba disolviendo trozos de azúcar cuando llegó el
farmaceútico. La criada había ido a buscarlo durante la algarada; al ver a su
alumno con los ojos abiertos, respiró. Después, dando vueltas alrededor de él,
lo miraba de arriba abajo:
¡Tonto! decía ; ¡pedazo de tonto en cinco letras! IUna gran
cosa, después de todo una flebotomía!, ¡y un mocetón que no tiene miedo a
nada!, una especie de ardilla, tal como lo ve, que sube a sacudir nueces a
alturas de vértigo. ¡Ah!, ¡sí, habla, presume! iVaya una disposición para
ejercer luego la farmacia; pues puede ocurrir que lo llamen en circunstancias
graves, ante los tribunales, para ilustrar la conciencia de los magistrados; y
tendrás que conservar to sangre fría, razonar, portarte como un hombre, o bien
pasar por un imbécil!
Justino no respondía. El boticario continuaba:
¿Quién to mandó venir?, ¡siempre estás importunando al señor y a
la señora! Además, los miércoles tu presencia me es indispensable. Hay ahora
veinte personas en casa. He dejado todo por el interés que me tomo por ti.
¡Vamos!, ¡vete!, ¡corre!, ¡espérame, y vigila los botes!
Cuando Justino, que estaba vistiéndose, se marchó hablaron un
poco de los desvanecimientos. Madame nunca había tenido.
¡Es extraordinario para una señora! dijo el señor Boulanger .
Por lo demás, hay gente muy delicada. Así, yo he visto, en un duelo, a un
testigo perder el conocimiento, nada más que al ruido de las pistolas que
estaban cargando.
A mí dijo el boticario ver la sangre de los demás no me
impresiona nada; pero sólo el imaginarme que la mía corre bastaría para
causarme desmayos, si pensara demasiado en ello.
Entretanto el señor Boulanger despidió a su criado aconsejándole
que se tranquilizase, puesto que su capricho había sido satisfecho.
Me ha dado ocasión de conocerles a ustedes añadió.
Y miraba a Emma al pronunciar esta frase.
Después depositó tres francos en la esquina de la mesa, se
despidió fríamente y se fue.
Pronto llegó al otro lado del río (era su camino para volver a
la Huchette); y Emma lo vio en la pradera, caminando bajo los álamos, moderando
la marcha, como alguien que reflexiona.
¡Es muy guapa! se decía ; es muy guapa esa mujer del médico.
¡Hermosos dientes, ojos negros, lindo pie, y el porte de una parisina! ¿De
dónde diablos habrá salido? ¿Dónde la habrá encontrado ese patán?
El señor Rodolfo Boulanger tenía treinta y cuatro años; era de
temperamento impetuoso y de inteligencia perspicaz; habiendo tratado mucho a
las mujeres, conocía bien el paño. Aquélla le había parecido bonita; por eso
pensaba en ella y en su marido.
Me parece muy tonto. Ella está cansada de él sin duda. Lleva
unas uñas muy sucias y una barba de tres días. Mientras él va a visitar a sus
enfermos, ella se queda zurciendo calcetines. Y se aburre, ¡quisiera vivir en
la ciudad, bailar la polka todas las noches! ¡Pobre mujercita! Sueña con el
amor, como una carpa con el agua en una mesa de cocina. Con tres palabritas
galantes, se conquistaría, estoy seguro, ¡sería tierna, encantadora!... Sí,
pero ¿cómo deshacerse de ella después?
Entonces las contrapartidas del placer, entrevistas en
perspectiva, le hicieron, por contraste, pensar en su amante. Era una actriz de
Rouen a la que él sostenía; y cuando se detuvo en esta imagen, de la que hasta
en el recuerdo estaba hastiado, pensó:
¡Ahl, Madame Bovary es mucho más bonita que ella, más fresca
sobre todo. Virginia, decididamente, empieza a engordar demasiado. Se pone tan
pesada con sus diversiones. Y, además, ¡qué manía con los camarones!
El campo estaba desierto, y Rodolfo no oía a su alrededor más
que el leve temblor de las hierbas que rozaban su calzado junto con el canto de
los grillos agazapados bajo las avenas; volvía a ver a Emma en la sala, vestida
como la había visto, y la desnudaba.
¡Oh! exclamó, aplastando de un bastonazo un terrón que había
delante de él.
Y enseguida examinó la parte política de la empresa. Se
preguntaba:
¿Dónde encontrarse? ¿Por qué medio? Tendremos continuamente al
crío sobre los hombros, y a la criada, los vecinos, el marido, toda clase de
estorbos considerables. ¡Ah, bah! dijo , ¡se pierde demasiado tiempo!
Después volvió a empezar:
«¡Es que tiene unos ojos que penetran en el corazón como
barrenas! ¡Y ese cutis pálido!... ¡Yo, que adoro las mujeres pálidas!»
En lo alto de la cuesta de Argueil, su resolución estaba tomada
No hay más que buscar las ocasiones. Bueno, pasaré por a11í
alguna vez, les mandaré caza, aves; me haré sangrar si es preciso; nos haremos
amigos, los invitaré a mi casa... ¡Ah!
CAPÍTULO VIII
Por fin llegaron los famosos comiciosl. Desde la mañana de la
solemnidad, todos los habitantes, en sus puertas, hablaban de preparativos;
habían adornado con guirnaldas de hiedra el frontón del ayuntamiento; en un
prado habían levantado una tienda para el banquete, y, en medio de la plaza,
delante de la iglesia, una especie de trompeta debía señalar la Ilegada del
señor prefecto y el nombre de los agricultores galardonados. La guardia
nacional de Buchy (en Yonville no existía) había venido a unirse al cuerpo de
bomberos, del que Binet era el capitán. Aquel día llevaba un cuello todavía más
alto que de costumbre; y, ceñido en su uniforme, tenía el busto tan estirado a
inmóvil, que toda la parte vital de su persona parecía haber bajado a sus dos
piernas, que se levantaban caden-ciosamente, a pasos marcados, con un solo
movimiento. Como había una especie de rivalidad entre el recaudador y el
coronel, el uno y el otro, para mostrar sus talentos, hacían maniobrar a sus
hombres por separado. Se veían alternativamente pasar y volver a pasar las
hombreras rojas y las pecheras negras. Aquello aún no terminaba y ya volvía a
empezar. Nunca había habido semejante despliegue de pomposidad. Desde la
víspera va-rios vecinos habían limpiado sus casas; banderas tricolores colgaban
de las ventanas entreabiertas; todas las tabernas estaban llenas; y, como hacía
buen tiempo, los gorros almidonados, las cruces doradas y las pañoletas de
colores refulgían más que la nieve, relucían al sol claro, y realzaban con su
abigarramiento disperso la oscura monotonía de las levitas y de las blusas
azules. Las campesinas de los alrededores retiraban al bajar del ca-ballo el
gran alfiler que sujetaba su vestido alrededor del cuerpo, remangado por miedo
a mancharlo; y los maridos, al contrario, a fin de no estropear sus sombreros,
los cubrían por encima con pañuelos de bolsillo, cuyas puntas sostenían entre
los dientes.
1. La palabra francesa «comices», que hemos traducido por
«comicios» no significa, en el texto, reunión electoral sino una feria
exposición de ganado, para impulsar el desarrollo agrícola y ganadero de la
región.
De los dos extremos del pueblo llegaba la muchedumbre a la calle
principal, lo mismo que de las callejuelas, de las avenidas y de las casas, y
se oía de vez en cuando abatirse el martillo de las puertas, detrás de las
burguesas con guantes de hilo, que salían a ver la fiesta. Lo que se admiraba
sobre todo eran dos largos tejos cubiertos de farolillos, que flanqueaban un
estrado donde iban a situarse las autoridades; y había, además, junto a las
cuatro columnas del ayuntamiento, cuatro especies de postes, cada uno de los
cuales sostenía un pequeño estandarte de tela verdosa, con inscripciones en
letras doradas. En uno se leía: «Al comercio»; en otro: «A la agricultura»; en
el tercero: «A la Industria»; y en el cuarto: «A las Bellas Artes».
Pero el regocijo que se manifestaba en todas las caras parecía
entristecer a la señora Lefrançois, la hotelera. De pie sobre los escalones de
su cocina, murmuraba para sus adentros:
¡Qué estupidez!, ¡qué estúpidez con esa barraca! Se creen que el
prefecto estará muy a gusto cenando allí, bajo una tienda, como un
saltimbanqui. Y a esos hacinamientos llaman procurar el bien del país, ¡para
eso no valía la pena it a buscar un cocinero a Neufchâtel! ¿Y para quién? ¿Para
unos vaqueros y unos descamisados?...
Pasó el boticario. Llevaba un traje negro, un pantalón de
nankin(2), zapatos de castor, y, caso extraordinario, un sombrero de copa baja.
¡Servidor! dijo , dispénseme, llevo prisa.
Y como la gorda viuda le preguntara adónde iba:
Le parece raro, ¿verdad?, y yo que permanezco más encerrado en
mi laboratorio que el ratón de campo en su queso.
¿Qué queso? dijo la mesonera.
2. Tela de algodón lisa, generalmente de color amarillo,
fabricada primeramente en Nankín (China).
No, ¡nada!, ¡no es nada! replicó Homais . Sólo quería decirle,
señora Lefrançois, que habitualmente permanezco totalmente recluido en mi casa.
Hoy, sin embargo, en vista de la circunstancia, no tengo más remedio que...
¡Ah!, ¿va usted a11á? le dijo ella con aire de desdén.
Sí, voy allá replicó el boticario asombrado ; ¿acaso no formo
parte de la comisión consultiva?
La señora Lefrançois le miró fijamente algunos minutos, y acabó
por contestar sonriente:
¡Eso es otra cosa! ¿Pero qué le importa a usted la agricultura?,
¿entiende usted de eso?
Ciertamente, entiendo de eso, puesto que soy farmacéutico, es
decir, químico, y como la química, señora Lefrançois, tiene por objeto el
conocimiento de la acción recíproca y molecular de todos los cuerpos de la
naturaleza, se deduce de aquí que la agricultura se encuentra comprendida en su
campo. Y, en efecto, composición de los abonos, fermentación de los líquidos,
análisis de los gases a influencia de los mismos, ¿qué es todo eso, dígame,
sino química pura y simple?
La mesonera no contestó nada. Homais continuó:
¿Cree usted que para ser agrónomo es necesario haber cultivado
la tierra por sí mismo o engordado aves? Lo que hay que conocer, más bien, es
la constitución de las sustancias de que se trata, los yacimientos geológicos,
las acciones atmosféricas, la calidad de los terrenos, de los minerales, de las
aguas, la densidad de los diferentes cuerpos y su capilaridad, ¿qué sé yo? Y
hay que conocer a fondo los principios de la higiene, para dirigir, criticar la
construcción de las obras, el régimen de los animales, la alimentación de los
criados, ¡es necesario, señora Lefrancois, dominar la botánica, poder
distinguir las plantas!, ¿me entiende?, cuáles son las saludables y las
deletéreas, cuáles las improductivas y cuáles las nutritivas, si es bueno
arrancar aquí y volver a plantar a11á, proteger unas y destruir otras; en
resumen, hay que estar al corriente de la ciencia por folletos y publicaciones,
estar siempre atentos para indicar las mejoras.
La mesonera no apartaba la vista de la puerta del «Café
Français», y el farmacéutico continuó:
¡Ojalá nuestros agricultores fuesen químicos, o al menos
hiciesen más caso de los consejos de la ciencia! Por ejemplo, he escrito
recientemente un importante opúsculo, una memoria de más de setenta y dos
páginas, titulado: De la sidra, su fabricación, y sus efectos; seguido de
algunas reflexiones nuevas sobre el tema, que he enviado a la Sociedad
Agronómica de Rouen, lo que me ha valido el honor de ser recibido entre sus
miembros, sección de agricultura, clase de pomología; pues bien, si mi trabajo
hubiese sido publicado...
Pero el boticario se paró, tan preocupada parecía la señora
Lefrançois.
¡Ahí los tiene! decía ella , ¡no se comprende!, ¡una tarea
semejante!
Y con unos movimientos de hombros que estiraban sobre su pecho
las mallas de su chaqueta de punto, señalaba con las dos manos la taberna de su
rival, de donde salían en aquel momento canciones.
Por lo demás, no va a durar mucho añadió ella ; antes de ocho
días, todo habrá terminado.
Homais se echó atrás estupefacto. Ella bajó sus tres escalones,
y hablándole al oído:
¡Cómo!, ¿no sabe usted? Le van a embargar esta semana. Es
Lheureux quien lo pone en venta. Le ha acribillado de pagarés.
¡Qué espantosa catástrofe! exclamó el boticario, que siempre
tenía palabras adecuadas para todas las circunstancias imaginables.
La mesonera se puso, pues, a contarle esta historia que había
sabido por Teodoro, el criado del señor Guillaumin, y, aunque detestaba a
Tellier, censuraba a Lheureux. Era un embaucador, un rastrero.
¡Ah, fíjese! dijo ella , allí está en el mercado; saluda a
Madame Bovary, que lleva un sombrero verde. Y va del brazo del señor Boulanger.
¡Madame Bovary! dijo Homais . Voy enseguida a ofrecerle mis
respetos. Quizás le gustará tener un sitio en el recinto, bajo el peristilo.
Y sin escuchar a la señora Lefranrçois, que le llamaba de nuevo
para contarle más cosas, el farmacéutico se alejó con paso rápido, la sonrisa
en los labios y aire decidido, repartiendo a derecha a izquierda muchos saludos
y ocupando mucho espacio con los grandes faldónes de su frac negro, que
flotaban al viento detrás de él.
Rodolfo, que lo había visto de lejos, aceleró el paso; pero
Madame Bovary se quedó sin aliento; él entonces acortó la marcha, y le dijo
sonriendo en un tono brutal:
Es para no tropezar con el gordo ése. Ya comprende, el
boticario.
Ella le dio un codazo.
«¿Qué significa esto?, se preguntó él.»
Y la contempló con el rabillo del ojo, sin dejar de caminar.
La expresión serena de su rostro no dejaba adivinar nada. Se
destacaba en plena luz, en el óvalo de su capote, que tenía unas cintas pálidas
semejantes a hojas de caña. Sus ojos de largas pestañas curvas miraban hacia
delante, y, aunque bien abiertos, parecían un poco estirados hacia los pómulos,
a causa de la sangre que latía suavemente bajo su fina piel. Un color rosa
atravesaba el tabique de su nariz. Inclinaba la cabeza sobre el hombro y se
veía entre sus labios la punta nacarada de sus dientes blancos.
« ¿Se burla de mí?, pensaba Rodolfo.»
Aquel gesto de Emma, sin embargo, no haba sido más que una
advertencia; pues el señor Lheureux les acompañaba y les hablaba de vez en
cuando, como para entrar en conversación:
¡Hace un día espléndido!, ¡todo el mundo está en la calle!,
sopla Levante.
Y Madame Bovary, igual que Rodolfo, apenas le respondía,
mientras que al menor movimiento que hacían, él se acercaba diciendo: «¿Qué
decía usted?», y llevaba la mano a su sombrero.
Cuando llegaron a casa del herrador, en vez de seguir la
carretera hasta la barrera, Rodolfo, bruscamente, tomó un sendero, llevándose a
Madame; y exclamó:
¡Buenas tardes, señor Lheureux! ¡Hasta la vista!
¡Qué manera de despedirle! dijo ella riendo.
Por qué repuso él dejarse manejar por los demás, y ya que hoy
tengo la suerte de estar con usted...
Emma se sonrojó. Rodolfo no terminó la frase. Entonces habló del
buen tiempo y del placer de caminar sobre la hierba. Algunas margaritas habían
retoñado.
¡Qué hèrmosas margaritas dijo él para proporcionar muchos
oráculos a todas las enamoradas del país!
Y añadió:
¿Si yo cogiera algunas? ¿Qué piensa usted?
¿Está usted enamorado? dijo ella tosiendo un poco.
¡Eh!, ¡eh!, ¿quién sabe? contestó Rodolfo.
El prado empezaba a llenarse, y las amas de casa tropezaban con
sus grandes paraguas, sus cestos y sus chiquillos. A menudo había que apartarse
delante de una larga fila de campesinas, criadas, con medias azules, zapatos
bajos, sortijas de plata, y que olían a leche cuando se pasaba al lado de
ellas. Caminaban cogidas de la mano, y se extendían a todo lo largo de la
pradera, desde la línea de los álamos temblones hasta la tienda del banquete.
Pero era el momento del concurso, y los agricultores, unos detrás de otros,
entraban en una especie de hipódromo formado por una larga cuerda sostenida por
unos palos.
Allí estaban los animales, con la cabeza vuelta hacia la cuerda,
y alineando confusamente sus grupas desiguales. Había cerdos adormilados que
hundían en la tierra sus hocicos; terneros que mugían; ovejas que balaban; las
vacas, con una pata doblada, descansaban su panza sobre la hierba, y rumiando
lentamente abrían y cerraban sus pesados párpados a causa de las moscas que
zumbaban a su alrededor. Unos carreteros re-mangados sostenían por el ronzal
caballos sementales encabritados que relinchaban con todas sus fuerzas hacia
donde estaban las yeguas. Éstas permanecían sosegadas, alargando la cabeza y
con las crines colgando, mientras que sus potros descansaban a su sombra o iban
a mamar; y de vez en cuando, y sobre la larga ondulación de todos estos cuerpos
amontonados, se veía alzarse el viento, como una ola, alguna crin blanca, o
sobresalir unos cuernos puntiagudos, y cabezas de hombres que corrían. En lugar
aparte, fuera del vallado, cien pasos más lejos, había un gran toro negro con
bozal que llevaba un anillo de hierro en el morro, tan inmóvil como un animal
de bronce. Un niño andrajoso lo sostenía por una cuerda. Entretanto, entre las
dos hileras, unos señores se acercaban con paso grave examinando cada animal y
después se consultaban en voz baja. Uno de ellos, que parecía más importante,
tomaba, al paso, notas en un cuaderno. Era el presidente del jurado: el señor
Derozerays de la Panville. Tan pronto como reconoció a Rodolfo se adelantó
rápidamente y le dijo sonriendo con un aire amable:
¿Cómo, señor Boulanger, nos abandona usted?
Rodolfo aseguró que volvería. Pero cuando el presidente
desapareció dijo:
Por supuesto que no iré; voy mejor acompañado con usted que con
él.
Y sin dejar de burlarse de la feria, Rodolfo, para circular más
a gusto, mostraba su tarjeta azul al gendarme, y hasta se paraba a veces ante
algún hermoso ejemplar que Madame Bovary apenas apreciaba. El se dio cuenta de
esto, y entonces se puso a hacer bromas sobre las señoras de Yonville, a
propósito de su indumentaria; después se disculpó a sí mismo por el descuido de
la suya, la cual tenía esa incoherencia de cosas comunes y rebuscadas, en las
que el vulgo habitualmente cree entrever la revelación de una existencia
excéntrica, los desórdenes del sentimiento, las tiranías del arte, y siempre un
cierto des-precio de las convenciones sociales, lo cual le seduce o le
desespera. Por ejemplo, su camisa de batista con puños plisados se ahuecaba al
soplo del viento, en el escote de su chaleco, que era de dril gris, y su
pantalón de anchas rayas dejaba al descubierto en los tobillos sus botines de
nankín, con palas de charol. Estaba tan reluciente que la hierba se reflejaba
en él. Pisaba las deyecciones de caballo una mano en el bolsillo de su levita y
su sombrero de paja ladeado.
Además añadió , cuando se vive en el campo...
Es perder el tiempo dijo Emma.
¡Es verdad! replicó Rodolfo . Pensar que nadie entre esas buenas
gentes es capaz de apreciar siquiera el corte de una levita.
Entonces hablaron de la mediocridad provinciana, de las vidas
que se ahogaban, de las ilusiones que se perdían en ella.
Por eso decía Rodolfo yo me sumo en una tristeza...
¡Usted! dijo ella con asombro . ¡Pero si yo le creía muy alegre!
¡Ah!, sí, en apariencia. Porque en medio del mundo sé poner
sobre mi cara una máscara burlona; y sin embargo, cuántas veces a la vista de
un cementerio, de un claro de luna, me he preguntado si no haría mejor yendo a
reunirme con aquellos que están durmiendo...
¡Oh! ¿Y sus amigos? dijo ella . Usted no piensa en eso.
¿Mis amigos? ¿Cuáles? ¿Acaso tengo yo amigos? ¿Quién se preocupa
de mi?
Y acompañó estas últimas palabras con una especie de silbido
entre sus labios.
Pero tuvieron que separarse uno del otro a causa de una pila de
sillas que un hombre llevaba detrás de ellos. Iba tan cargado que sólo se le
veía la punta de los zapatos y el extremo de sus dos brazos abiertos. Era
Lestiboudis, el enterrador, que transportaba entre la muchedumbre las sillas de
la iglesia.
Con gran imaginación para todo lo relativo a sus intereses había
descubierto aquel medio de sacar partido de los «comicios»; y su idea estaba
dando resultado, pues no sabía ya a quién escuchar. En efecto, los aldeanos,
que tenían calor, se disputaban aquellas sillas cuya paja olía a incienso, y se
apoyaban contra sus gruesos respaldos, sucios de la cera de las velas, con una
cierta veneración.
Madame Bovary volvió a tomar el brazo de Rodolfo; él continuó
como hablándose a sí mismo:
¡Sí!, ¡tantas cosas me han faltado!, ¡siempre solo! ¡Ah!, si
hubiese tenido una meta en la vida, si hubiese encontrado un afecto, si hubiese
hallado a alguien... ¡Oh!, ¡cómo habría empleado toda la energía de que soy
capaz, lo habría superado todo, roto todos los obstáculos!
Me parece, sin embargo dijo Emma , que no tiene de qué quejarse.
¡Ah!, ¿cree usted? dijo Rodolfo.
Pues al fin y al cabo replicó ella , es usted libre.
Emma vaciló:
Rico.
No se burle de mí contestó él.
Y ella le estaba jurando que no se burlaba, cuando sonó un
cañonazo; inmediatamente la gente echó a correr en tropel hacia el pueblo. Era
una falsa alarma. El señor no acababa de llegar y los miembros del jurado se
encontraban muy apurados sin saber si había que comenzar la sesión o bien
seguir esperando.
Por fin, al fondo de la plaza, apareció un gran landó de
alquiler, tirado por dos caballos flacos, a los que daba latigazos con todas
sus fuerzas un cochero con sombrero blanco. Binet sólo tuvo tiempo para gritar:
«A formar», y el coronel lo imitó. Corrieron hacia los pabellones. Se
precipitaron. Algunos incluso olvidaron el cuello. Pero el séquito del prefecto
pareció darse cuenta de aquel apuro, y los dos rocines emparejados,
contoneándose sobre la cadeneta del bocado, llegaron a trote corto ante el peristilo
del ayuntamiento justo en el momento en que la guardia nacional y los bomberos
se desplegaban al redoble del tambor, y marcando el paso.
¡Paso! gritó Binet.
¡Alto! gritó el coronel , ¡alineación izquierda!
Y después de un «presenten armas» en que se oyó el ruido de las
abrazaderas, semejante al de un caldero de cobre que rueda por las escaleras,
todos los fusiles volvieron a su posi-ción.
Entonces se vio bajar de la carroza a un señor vestido de chaqué
con bordado de plata, calvo por delante, con tupé en el occipucio, de tez
pálida y aspecto bonachón. Sus dos ojos, muy abultados y cubiertos de gruesos
párpados, se entornaban para contemplar la multitud, al mismo tiempo que
levantaba su nariz puntiaguda y hacía sonreír su boca hundida. Reconoció al
alcalde por la banda, y le comunicó que el señor prefecto no había podido
venir. El era consejero de la prefectura, luego añadió algunas excusas. Tuvache
contestó con cortesías, el otro se mostró confuso y así permanecieron frente a
frente, con sus cabezas casi tocándose, rodeados por los miembros del jurado en
pleno, el consejo municipal, los notables, la guardia nacional y el público. El
señor consejero, apoyando contra su pecho su pequeño tricornio negro, reiteraba
sus saludos, mientras que Tuvache, inclinado como un arco, sonreía también,
tartamudeaba, rebuscaba sus frases, proclamaba su fidelidad a la monarquía, y
el honor que se le hacía a Yonville.
Hipólito, el mozo del mesón, fue a tomar por las riendas los
caballos del cochero, y cojeando con su pie zopo, los llevó bajo el porche del
«Lion d'Or», donde muchos campesinos se amontonaron para ver el coche. Redobló
el tambor, tronó el cañón, y los señores en fila subieron a sentarse en el
estrado, en los sillones de terciopelo rojo que había prestado la señora
Tuvache.
Todas aquellas gentes se parecían. Sus fofas caras rubias, un
poco tostadas por el sol, tenían el color de la sidra dulce, y sus patillas
ahuecadas salían de grandes cuellos duros sujetos por corbatas blancas con el
nudo bien hecho. Todos los chalecos eran de terciopelo y de solapas; todos los
relojes llevaban en el extremo de una larga cinta un colgante ovalado de
cornalina; y apoyaban sus dos manos sobre sus dos muslos, separando
cui-dadosamente la cruz del pantalón, cuyo paño no ajado brillaba más que la
piel de las fuertes botas.
Las damas de la sociedad estaban situadas detrás, bajo el
vestíbulo, entre las columnas, mientras que el público estaba en frente, de
pie, o sentado en sillas. En efecto, Lestiboudis había llevado a11í todas las
que había trasladado de la pradera, e incluso corría cada minuto a buscar más a
la iglesia, y ocasionaba tal atasco con su comercio que era difícil llegar
hasta la escalerilla del estrado.
Creo dijo el señor Lheureux, dirigiéndose al farmacéutico que
pasaba para ocupar su puesto que deberían haber puesto allí dos mástiles
venecianos: con alguna cosa un poco severa y rica como novedad, hubiese sido de
un efecto muy bonito.
Ciertamente respondió Homais , pero, ¡qué quiere usted!, es el
alcalde quien se ha encargado de todo. No tiene mucho gusto este pobre Tuvache,
a incluso carece de lo que se llama talento artístico.
Entretanto, Rodolfo, con Madame Bovary, subió al primer piso del
ayuntamiento, al salón de sesiones, y como estaba vacío, dijo que allí estarían
bien para gozar del espectáculo a sus anchas.
Tomó tres taburetes de alrededor de la mesa oval, bajo el busto
del monarca, y, acercándolos a una de las ventanas, se sentaron el uno al lado
del otro.
Hubo un hormigueo en el estrado, largos murmullos,
conversaciones. Por fin se levantó el señor consejero. Se sabía ahora que se
llamaba Lieuvain, y corría su nombre de boca en boca entre el público. Después
de haber ordenado varias hojas y mirado por encima para ver mejor, comenzó.
«Señores:
Permítanme en primer lugar, antes de hablarles del motivo de
esta reunión de hoy, y estoy seguro de que este sentir será compartido por
todos ustedes, permítanme, digo, hacer justicia a la administración superior,
al gobierno, al monarca, señores, a nuestro soberano, a ese rey bien amado a
quien ninguna rama de la prosperidad pública o privada le es indiferente, y que
dirige a la vez con mano tan firme y tan prudente el carro del estado en medio
de los peligros incesantes de un mar tempestuoso, sabiendo, además, hacer
respetar la paz como la guerra, la industria, el comercio, la agricultura y las
bellas artes.»
Debería dijo Rodolfo , echarme un poco hacia atrás.
¿Por qué? dijo Emma.
Pero en este momento la voz del consejero, elevando el tono de
un modo extraordinario, declaraba:
«Ya no es el tiempo, señores, en que la discordia civil
ensangrentaba nuestras plazas públicas, en que el propietario, el negociante,
el mismo obrero, que se dormía de noche con un sueño apacible, temblaban al
verse despertar de pronto al ruido del toque de rebato, en que las máximas más
subversivas minaban audazmente las bases...»
Es que podrían dijo Rodolfo verme desde abajo; luego tendría
durante quince días que dar explicaciones, y con mi mala fama...
¡Oh!, usted se calumnia dijo Emma.
No, no, es execrable, se lo juro.
«Pero, señores, continuaba el consejero, si, alejando de mi
recuerdo aquellos sombríos cuadros, vuelvo mis ojos a la situación actual de
nuestra hermosa patria: ¿qué veo en ella? Por todas partes florecen el comercio
y las artes; por todas partes nuevas vías de comunicación, como otras tantas
arterias nuevas en el cuerpo del Estado establecen en él nuevas relaciones;
nuestros grandes centros manufactureros han reanudado su actividad; la
religión, más afianzada, sonríe a todos los corazones; nuestros puertos están
llenos, la confianza renace, y, por fin, Francia respira.»
Por lo demás añadió Rodolfo , quizás, desde el punto de vista de
la gente, ¿tienen razón?
¿Cómo es eso? dijo ella.
¿Y cómo ha de ser? dijo él , ¿no sabe usted que hay almas
continuamente atormentadas? Necesitan alternativamente el sueño y la acción,
las pasiones más puras, los goces más furiosos, y se precipitan así en toda
clase de fantasías, de locuras.
Entonces ella lo miró como quien contempla a un viajero que ha
pasado por países extraordinarios, y replicó:
Nosotras, las pobres mujeres, ni siquiera tenemos esa
distracción.
Triste distracción, pues ahí no se encuentra la felicidad.
¿Pero acaso la felicidad se encuentra alguna vez? preguntó ella.
Sí, un día se encuentra respondió él.
«Y esto lo han comprendido ustedes, decía el consejero;
¡ustedes, agricultores, trabajadores del campo; ustedes, pioneros pacíficos de
toda una obra de civilización!, ¡ustedes, hombres de progreso y de moralidad!,
ustedes han comprendido, digo, que las tormentas políticas son todavía más
temibles ciertamente que las perturbaciones atmosféricas...»
Sí, llega un día repitió Rodolfo , un día, de pronto, y cuando
ya se había perdido la esperanza. Entonces se entreabren horizontes, es como
una voz que grita: «¡Aquí está!» Uno siente la necesidad de hacer a esa persona
la confidencia de su vida, de darle todo, de sacrificarle todo. No nos
explicamos, nos adivinamos. Nos hemos vislumbrado en sueños (y él la miraba).
Por fin, está ahí, ese tesoro que tanto se ha buscado, ahí, delante de
nosotros; brilla, resplandece. Sin embargo, seguimos dudando, no nos atrevemos
a creer en él; nos quedamos deslumbrados, como si saliéramos de las tinieblas a
la luz.
Y al terminar estas palabras Rodolfo añadió la pantomima a su
frase. Pasó la mano por la cara como un hombre a quien le da un mareo; después
la dejó caer sobre la de Emma. Ella retiró la suya. Pero el consejero seguía
leyendo:
« ¿Y quien se extrañaría de ello, señores? Sólo aquél que fuese
tan ciego y tan esclavo (no temo decirlo), de los prejuicios de otra época para
seguir desconociendo el espíritu de los pueblos agrícolas. ¿Dónde encontrar, en
efecto, más patriotismo que en el campo, más entrega a la causa pública, más
inteligencia, en una palabra? Y no hablo, señores, de esa inteligencia
superficial, vano ornamento de las mentes ociosas, sino de esa inteligencia
profunda y moderada que se aplica por encima de todo a perseguir fines útiles,
contribuyendo así al bien de cada uno, fruto del respeto a las leyes y la
práctica de los deberes...»
¡Y dale! dijo Rodolfo , siempre los deberes. Estoy harto de esas
palabras. Son un montón de zopencos con chaleco de franela y de beatas de
estufa y rosario que continuamente nos cantan a los oídos: «¡El deber!, ¡el
deber!» ¡Qué diablos!, el deber, es sentir lo que es grande, amar lo que es
bello, y no aceptar todos los convencionalismos de la sociedad, con las
ignominias que ella nos impone.
Sin embargo..., sin embargo objetaba Madame Bovary.
¡Pues no! ¿Por qué predicar contra las pasiones? ¿No son la
única cosa hermosa que hay sobre la tierra, la fuente del heroísmo, del
entusiasmo, de la poesía, de la música, de las artes, en fin, de todo?
Pero es preciso dijo Emma seguir un poco la opinión del mundo y
obedecer su moral.
¡Ah!, es que hay dos replicó él . La pequeña, la convencional,
la de los hombres, la que varía sin cesar y que chilla tan fuerte, se agita
abajo a ras de tierra, como ese hato de im-béciles que usted ve. Pero la otra,
la eterna, está alrededor y por encima, como el paisaje que nos rodea y el
cielo azul que nos alumbra.
El señor Lieuvain acababa de limpiarse la boca con su pañuelo de
bolsillo. Y continuó:
«¿Y para qué hablarles aquí a ustedes de la utilidad de la
agricultura? ¿Quién subviene a nuestras necesidades?, ¿quién provee a nuestra
subsistencia? ¿No es el agricultor? El agricultor, señores, quien sembrando con
mano laboriosa los surcos fecundos de nuestros campos hace nacer el trigo, el
cual, triturado, es transformado en polvo por medio de ingeniosos aparatos, de
donde sale con el nombre de harina, y transportado de a11í a las ciudades llega
a manos del panadero que hace con ella un alimento tanto para el pobre como
para el rico. ¿No es también el agricultor quién, para vestirnos, engorda sus
numerosos rebaños en los pastos? ¿Y cómo nos vestiríamos, cómo nos
alimentaríamos sin el agricultor? Pero, señores, ¿hay necesidad de ir a buscar
ejemplos tan lejos? ¿Quién no ha pensado muchas veces en todo el provecho que
se obtiene de ese modesto animal, adorno de nuestros corrales, que proporciona
a la vez una almohada blanda para nuestras camas, su carne suculenta para
nuestras mesas, y huevos? Pero no terminaría, si tuviera que enumerar unos
detrás de otros los diferentes productos que la tierra bien cultivada, como una
madre generosa, prodiga a sus hijos. Aquí, es la viña; en otro lugar, son las
manzanas de sidra; a11á, la colza; más lejos, los quesos; y el lino; ¡señores,
no olvidemos el lino!, que ha alcanzado estos últimos años un crecimiento
considerable y sobre el cual llamaré particularmente la atención de ustedes.»
No era necesario llamar la atención, pues todas las bocas de la
muchedumbre se mantenían abiertas, como para beber sus palabras. Tuvache, a su
lado, lo escuchaba con los ojos abiertos de par en par; el señor Derozerays de
vez en cuando cerraba suavemente los párpados; y más lejos, el farmacéutico,
con su hijo Napoleón entre sus rodillas, se llevaba la mano a la oreja para no
perder una sola sílaba. Los otros miembros del jurado lentamente movían la
cabeza en señal de aprobación. Los bomberos, debajo del estrado, estaban «en su
lugar descanso» sobre sus bayonetas; y Binet, inmóvil, permanecía con el codo
atrás, con la punta del sable al aire. Quizás oía, pero no debía de ver nada, a
causa de la visera de su casco que le bajaba hasta la nariz. Su lugarteniente,
el hijo menor del tío Tuvache, había agrandado el suyo; pues llevaba uno enorme
que se le movía en la cabeza, dejando asomar una punta de su pañuelo estampado.
Sonreía debajo de él con una dulzura muy infantil, y su carita pálida, por la
que resbalaban unas gotas de sudor, tenía una expresión de satisfacción, de
cansancio y de sueño.
La plaza, hasta las casas, estaba llena de gente. Se veían
personas asomadas a las ventanas, otras de pie en las puertas, y Justino,
delante del escaparate de la farmacia, parecía completamente absorto en la
contemplación de lo que miraba. A pesar del silencio, la voz del señor Lieuvain
se perdía en el aire. Llegaba por trozos de frases, interrumpidas aquí y allí
por el ruido de las sillas entre la muchedumbre; luego se oía de pronto, por
detrás, el prolongado mugido de un buey, o bien los balidos de los corderos que
se contestaban en la esquina de las calles. En efecto, los vaqueros y los
pastores habían llevado allí sus animales que berreaban de vez en cuando,
mientras arrancaban con su lengua un trocito de follaje que les colgaba del
morro.
Rodolfo se había acercado a Emma, y decía en voz baja y deprisa:
¿Es que no le subleva a usted esta conspiración de la sociedad?
¿Hay algún sentimiento que no condene? Los instintos más nobles, las simpatías
más puras son perseguidas, calumniadas, y si, por fin, dos pobres almas se
encuentran, todo está organizado para que no puedan unirse. Sin embargo, ellas
lo intentarán, moverán las alas, se llamarán. ¡Oh!, no importa, tarde o
temprano, dentro de seis meses, diez años, se reunirán, se amarán, porque el
destino lo exige y porque han nacido la una para la otra.
Estaba con los brazos cruzados sobre las rodillas y, levantando
la cara hacia Emma, la miraba de cerca, fijamente. Ella distinguía en sus ojos
unos rayitos de oro que se irradiaban todo alrededor de sus pupilas negras a
incluso percibía el perfume de la pomada que le abrillantaba el cabello.
Entonces entró en un estado de languidez, recordó al vizconde
que la había invitado a valsear en la Vaubyessard, y cuya barba exhalaba, como
los cabellos de Rodolfo, aquel olor a vainilla y a limón; y, maquinalmente,
entornó los párpados para respirarlo mejor. Pero en el movimiento que hizo,
retrepándose en su silla, vio a lo lejos, al fondo del horizonte, la vieja
diligencia, «La Golondrina», que bajaba lentamente la cuesta de los Leux,
dejando detrás de ella un largo penacho de polvo. Era en aquel coche amarillo
donde León tantas veces había venido hacia ella; y por aquella carretera por
donde se había ido para siempre. Creyó verlo de frente, en su ventana; después
todo se confundió, pasaron unas nubes; le pareció estar aún bailando un vals, a
la luz de las lámparas, en brazos del vizconde, y que León no estaba lejos, que
iba a venir... y entretanto seguía sintiendo la cabeza de Rodolfo al lado de
ella. La dulzura de esa sensación penetraba así sus deseos de antaño, y como
granos de arena bajo ráfaga de viento, se arremolinaban en la bocanada sutil
del perfume que se derramaba sobre su alma. Abrió las aletas de la nariz varias
veces, fuertemente, para aspirar la frescura de las hiedras alrededor de los
capiteles. Se quitó los guantes, se secó las manos, después, con su pañuelo, se
abanicaba la cara, mientras que a través del latido de sus sienes oía el rumor
de la muchedumbre y la voz del consejero, que salmodiaba sus frases.
Decía:
«¡Continuad!, ¡perseverad!, ¡no escuchéis ni las sugerencias de
la rutina ni los consejos demasiado apresurados de un empirismo temerario!
¡Aplicaos sobre todo a la mejora del suelo, a los buenos abonos, al desarrollo
de las razas caballar, bovina, ovina y porcina! ¡Que estos comicios sean para
vosotros como lides pacíficas en donde el vencedor, al salir de aquí, tenderá
la mano al vencido y fraternizará con él, en la esperanza de una victoria
mejor! ¡Y vosotros, venerables servidores!, humildes criados, cuyos penosos
trabajos ningún gobierno había reconocido hasta hoy, venid a recibir la
recompensa de vuestras virtudes silenciosas, y tened la convicción de que el
Estado, en lo sucesivo, tiene los ojos puestos en vosotros, que os alienta, que
os protege, que hará justicia a vuestras justas reclamaciones y aliviará en
cuanto de él dependa la carga de vuestros penosos sacrificios.»
El señor Lieuvain se volvió a sentar; el señor Derozerays se
levantó y comenzó otro discurso. El suyo quizás no fue tan florido como el del
consejero; pero se destacaba por su estilo más positivo, es decir, por
conocimientos más especializados y consideraciones más elevadas. Así, el elogio
al gobierno era mucho más corto; por el contrario, hablaba más de la religión y
de la agricultura. Se ponía de relieve la relación de una y otra, y cómo habían
colaborado siempre a la civilización. Rodolfo hablaba con Madame Bovary de
sueños, de presentimientos, de magnetismo. Remontándose al origen de las
sociedades, el orador describía aquellos tiempos duros en que los hombres
alimentábanse de bellotas en el fondo de los bosques, después abandonaron las
pieles de animales, se cubrieron con telas, labraron la tierra, plantaron la
viña. ¿Era esto un bien, y no habría en este descubrimiento más inconvenientes
que ventajas? El señor Derozerays se planteaba este problema. Del magnetismo,
poco a poco, Rodolfo pasó a las afinidades, y mientras que el señor presidente
citaba a Cincinato con su arado, a Diocleciano plantando coles, y a los
emperadores de la China inaugurando el año con siembras, el joven explicaba a
Emma que estas atracciones irresistibles tenían su origen en alguna existencia
anterior.
Por ejemplo, nosotros decía él , ¿por ,qué nos hemos conocido?,
¿qué azar lo ha querido? Es que a través del alejamiento, sin duda, como dos
ríos que corren para reunirse, nuestras inclinaciones particulares nos habían
empujado el uno hacia el otro.
Y le cogió la mano. Ella no la retiró.
«¡Conjunto de buenos cultivos!» exclamó el presidente.
Hace poco, por ejemplo, cuando fui a su casa... «Al señor Bizet,
de Quincampoix.»
¿Sabía que os acompañaría?
«iSetenta francos!»
Cien veces quise marcharme y la seguí, me quedé.
«Estiércoles.»
¡Cómo me quedaría esta tarde, mañana, los demás días, toda mi
vida!
«Al señor Carón, de Argueil medalla de oro.»
Porque nunca he encontrado en el trato con la gente una persona
tan encantadora como usted.
«lAl señor Bain, de Givry Saint Martin!»
Por eso yo guardaré su recuerdo.
«Por un carnero merino...»
Pero usted me olvidará, habré pasado como una sombra.
«¡Al señor Belot, de Notre Dame!...»
¡Oh!, no, verdad, ¿seré alguien en su pensamiento, en su vida?
«¡Raza porcina, premio ex aeguo: a los señores Lehérissé y
Cullembourg, sesenta francos!»
Rodolfo le apretaba la mano, y la sentía completamente caliente
y temblorosa como una tórtola cautiva que quiere reemprender su vuelo; pero
fuera que ella tratase de liberarla, soltarla, o bien que respondiese a aquella
presión, hizo un movimiento con los dedos; él exclamó:
¡Oh, graciasl, ¡no me rechaza!, ¡es usted buena!, ¡comprende que
soy suyo! ¡Déjeme que la vea, que la contemple!
Una ráfaga de viento que llegó por las ventanas arrugó el paño
de la mesa, y en la plaza, abajo, todos los grandes gorros de las campesinas se
levantaron como alas de mariposas blancas que se agitan.
«Aprovechamiento de piensos de semillas oleaginosas», continuó
el presidente.
Y se daba prisa.
«Abono flamenco, cultivo del lino, drenaje, arrendamiento a
largo plazo, servicios de criados.»
Rodolfo no hablaba. Se miraban. Un deseo supremo hacía temblar
sus labios secos; y blandamente, sin esfuerzo, sus dedos se entrelazaron.
«¡Catalina Nicasia Isabel Leroux, de Sassetot la Guerrière, por
cincuenta y cuatro años de servicio en la misma granja, medalla de plata premio
de veinticinco francos!»
¿Dónde está, Catalina Leroux? repitió el consejero.
No se presentaba, y se oían voces que murmuraban.
Vete a11í.
No.
¡A la izquierda!
¡No tengas miedo!
¡Ah,, ¡qué tonta es!
¿por fin está? gritó Tuvache.
iSí... ahí va!
¡Que se acerque, pues!
Entonces vieron adelantarse al estrado a una mujer viejecita, de
aspecto tímido, y que parecía encogerse en sus pobres vestidos. Iba calzada con
unos grandes zuecos de madera, y llevaba ceñido a las caderas un gran delantal
azul. Su cara delgada, rodeada de una toca sin ribete, estaba más llena de
arrugas que una manzana reineta pasada, y de las mangas de su blusa roja salían
dos largas manos de articulaciones nudosas. El polvo de los graneros, la potasa
de las coladas y la grasa de las lanas las habían puesto tan costrosas, tan
rozadas y endurecidas que parecían sucias aunque estuviesen lavadas con agua
clara; y, a fuerza de haber servido, seguían entreabiertas como para ofrecer
por sí mismas el humilde homenaje de tantos sufrimientos pasados. Una especie
de rigidez monacal realzaba la expresión de su cara. Ni el menor gesto de
tristeza o de ternura suavizaba aquella mirada pálida. En el trato con los
animales, había tomado su mutismo y su placidez. Era la primera vez que se veía
en medio de tanta gente; y asustada interiormente por las banderas, por los
tambores, por los señores de traje negro y por la cruz de honor del consejero,
permanecía completamente inmóvil, sin saber si adelantarse o escapar, ni por
qué el público la empujaba y por qué los miembros del jurado le sonreían. Así
se mantenía, delante de aquellos burgueses eufóricos, aquel medio siglo de
servidumbre.
¡Acérquese, venerable Catalina Nicasia Isabel Leroux! dijo el
señor consejero, que había tomado de las manos del presidente la lista de los
galardonados.
Y mirando alternativamente el papel y a la vieja señora, repetía
con tono paternal:
¡Acérquese, acérquese!
¿Es usted sorda? dijo Tuvache, saltando en su sillón.
Y empezó a gritarle al oído:
¡Cincuenta y cuatro años de servicio! ¡Una medalla de plata!
¡Veinticinco francos! Es para usted.
Después, cuando tuvo su medalla, la contempló. Entonces una
sonrisa de felicidad se extendió por su cara, y se le oyó mascullar al
marcharse:
Se la daré al cura del pueblo para que me diga misas.
¡Qué fanatismo! exclamó el farmacéutico, inclinándose hacia el
notario.
La sesión había terminado; la gente se dispersó; y ahora que se
habían leído los discursos, cada cual volvía a su puesto y todo volvía a la
rutina; los amos maltrataban a los criados, y éstos golpeaban a los animales,
triunfadores indolentes que se volvían al establo, con una corona verde entre
los cuernos.
Entretanto, los guardias nacionales habían subido al primer piso
del ayuntamiento, con bollos ensartados en sus bayonetas, y el tambor del
batallón con una cesta de botellas. Madame Bovary cogió del brazo a Rodolfo; él
la acompañó a su casa; se separaron ante la puerta; después Rodolfo se paseó
solo por la pradera, esperando la hora del banquete.
El festín fue largo, ruidoso, mal servido; estaban tan
amontonados que apenas podían mover los codos, y las estrechas tablas que
servían de bancos estuvieron a punto de romper bajo el peso de los comensales.
Comían con abundancia. Cada cual se tomaba por lo largo su ración. El sudor
corría por todas las frentes; y un vapor blanco, como la neblina de un río en
una mañana de otoño, flotaba por encima de la mesa, entre los quinqués
colgados. Rodolfo, con la espalda apoyada en el calicó de la tienda, pensaba tanto
en Emrna que no oía nada. Detrás de él, sobre el césped, unos criados apilaban
platos sucios; los vecinos le hablaban; él no les contestaba; le llenaban su
vaso, y en su pensamiento se hacía un silencio, a pesar de que el rumor
aumentaba. Pensaba en lo que ella había dicho y en la forma de sus labios; su
cara, como en un espejo mágico, brillaba sobre la placa de los chacós; los
pliegues de su vestido bajaban a to largo de las paredes, en las perspectivas
del porvenir se sucedían hasta el infinito jornadas de amor.
Volvió a verla de noche, durante los fuegos artificiales; pero
estaba con su marido, la señora Homais y el farmacéutico, el cual se preocupaba
mucho por el peligro de los cohetes perdidos; y a cada momento dejaba a sus
acompañantes para ir a hacer recomendaciones a Binet.
Las piezas pirotécnicas enviadas a la dirección del señor
Tuvache habían sido encerradas en su bodega por exceso de precaución; por eso
la pólvora húmeda apenas se inflamaba, y el número principal, que debía figurar
un dragón mordiéndose la cola, falló completamente. De vez en cuando salía una
pobre candela romana; entonces la muchedumbre con la boca abierta, lanzaba un
clamor en el que se mezclaba el grito de las mujeres, a las que hacían
cosquillas en la cintura aprovechando la oscuridad. Emma, silenciosa, se
inclinaba suavemente sobre el hombro de Carlos; luego, levantando la cara,
seguía en el cielo oscuro la estela luminosa de los cohetes. Rodolfo la
contemplaba a la luz de los faroles encendidos.
Poco a poco se fueron apagando. Las estrellas se encendieron.
Empezaron a caer unas gotas de lluvia. Ella ató la pañoleta sobre su cabeza
descubierta.
En aquel momento el coche del consejero salió del mesón. Su
cochero, que estaba borracho, se adormeció de pronto; y de lejos se veía por
encima de la capota, entre las dos linternas, la masa de su cuerpo que se
balanceaba de derecha a izquierda según los vaivenes del coche.
¡En verdad dijo el boticario , deberíamos ser severos contra la
embriaguez! Yo quisiera que se anotasen semanalmente en la puerta del
ayuntamiento, en una pizarra ad hoc, los nombres de todos aquellos que durante
la semana se hubieran intoxicado de alcohol. Además, para las estadísticas,
tendríamos allí como unos anales patentes a los que se acudiría si fuera
preciso... Pero perdonen.
Y corrió de nuevo hacia el capitán.
Éste regresaba a su casa. Iba a revisar su torno.
Quizás no sería malo le dijo Homais que enviase a uno de sus
hombres o que fuese usted mismo...
¡Déjeme ya tranquilo! contestó el recaudador`, ¡si no pasa nada!
Tranquilícense dijo el boticario, cuando volvió junto a sus
amigos.
El señor Binet me ha asegurado que se habían tomado las medidas.
No caerá ninguna pavesa. Las bombas están llenas. Vámonos a dormir.
En verdad, me hace falta dijo la señora Homais, que bostezaba
notablemente ; pero no importa, hemos tenido un buen día para nuestra fiesta.
Rodolfo repitió en voz baja y con mirada tierna:
¡Oh, sí, muy bueno!
Y después de despedirse, se dieron la espalda.
Dos días después, en Le Fanal de Rouen salió un gran artículo
sobre los comicios. Homais lo había compuesto, inspirado, al día siguiente:
«¿Por qué esos arcos, esas flores, esas guirnaldas? Adónde
corría aquel gentío, como las olas de un mar embravecido, bajo los torrentes de
un sol tropical que extendía su calor so-bre nuestros barbechos.»
Después hablaba de la condición de los campesinos. Ciertamente,
el gobierno hacía mucho, pero no bastante. «¡Ánimo!, le decía; son
indispensables mil reformas, llevémoslas a cabo.» Después, hablando de la
llegada del consejero, no olvidaba «el aire marcial de nuestra milicia», ni
«nuestras más vivarachas aldeanas», ni «los ancianos calvos, especie de
patriarcas que estaban a11í, y algunos de los cuales, restos de nuestras
inmortales fuerzas, sentían todavía latir sus corazones al varonil redoble del
tambor». Él se nombraba de los primeros entre los miembros del jurado, a
incluso recordaba en una nota que el señor Homais, farmacéutico, había enviado
una memoria sobre la sidra a la Sociedad de Agricultores. Cuando llegaba a la
distribución de las recompensas, describía en tono ditirámbico la alegría de
los galardonados: «El padre abrazaba a su hijo, el hermano al hermano, el
esposo a la esposa. Más de uno mostraba con orgullo su humilde medalla y, sin
duda, ya en su casa junto a una buena esposa, la habrá colgado, llorando, de la
modesta pared de su choza.
Hacia las seis, en el prado del señor Liégeard, se reunieron en
un banquete los principales asistentes a la fiesta. En él no dejó de reinar la
mayor cordialidad. Se hicieron diversos brindis: el señor Lieuvain, ¡al
monarca!; el señor Tuvache, ¡al prefecto!; el señor Derozerays, ¡a la
agricultura!; el señor Homais, ¡a la industria y a las Bellas artes, esas dos
hermanasl; el señor Leplichey, ¡a las mejoras! Por la noche, un brillante fuego
de artificio iluminó de pronto los aires. Se diría un verdadero calidoscopio,
un verdadero decorado de ópera, y por un momento nuestra pequeña localidad pudo
sentirse transportada en medio de un sueño de las Mil y una noches.
Hagamos constar que ningún incidente enojoso vino a alterar
aquella reunión de familia.»
Y añadía:
«Sólo se notó la ausencia del clero. Sin duda la sacristía
entiende el progreso de otra manera. ¡Allá ustedes, señores de Loyola!(3).
3. Los Señores de Loyola son los jesuitas. El farmacéutico hace
una vez más gala de su anticlericalismo.
CAPÍTULO IX
Pasaron seis semanas. Rodolfo no volvió. Por fin, una tarde
apareció. Se había dicho, al día siguiente de los comicios:
«No volvamos tan pronto, sería un error.»
Y al final de la semana se fue de caza. Después de la cacería,
pensó que era demasiado tarde, luego se hizo este razonamiento:
«Pero si desde el primer día me ha amado, por la impaciencia de
volver a verme, tiene que quererme más. Sigamos, pues.»
Y comprendió que había calculado bien cuando, al entrar en la
sala, vio que Emma palidecía.
Estaba sola. Anochecía. Los visillos de muselina, a lo largo de
los cristales, oscurecían la luz del crepúsculo, y el dorado del barómetro,
sobre el que daba un rayo de sol, proyectaba luces en el espejo, entre los
festones del polípero.
Rodolfo permaneció de pie, y Emma apenas contestó a sus primeras
frases de cortesía.
Yo dijo he tenido ocupaciones. He estado enfermo.
¿Grave? exclamó ella.
¡Bueno dijo Rodolfo sentándose a su lado sobre un taburete , no!
... Es que no he querido volver.
¿Por qué?
¿No adivina usted?
La volvió a mirar, pero de un modo tan violento que ella bajó la
cabeza sonrojándose. Rodolfo continuó.
¡Emma!
¡Señor! dijo ella, separándose un poco.
¡Ah!, ya ve usted replicó él con voz melancólica que yo tenía
razón de no querer volver; pues este nombre este nombre que llena mi alma y que
se me ha escapado, usted me lo prohíbe, ¡Madame Bovary! ...¡Eh!, ¡todo el mundo
la llama así!... Ese no es su nombre, además; ¡es el nombre de otro!
Y repitió:
¡De otro!
Y se ocultó la cara entre las manos.
¡Sí, pienso en usted continuamente!... Su recuerdo me desespera
¡Ah!, ¡perdón!... La dejo... ¡Adiós!... ¡Me iré lejos, tan lejos que usted ya
no volverá a oír hablar de mí! Y sin embargo..., hoy..., ¡no sé qué fuerza me
ha empujado de nuevo hacia usted! ¡Pues no se lucha contra el cielo, no se
resiste a la sonrisa de los ángeles!, ¡uno se deja arrastrar por lo que es
bello, encantador, adorable!
Era la primera vez que Emma oía decir estas cosas; y su orgullo,
como alguien que se solaza en un baño caliente, se satisfacia suavemente y por
completo al calor de aquel lenguaje.
Pero si no he venido continuó , si no he podido verla, ¡ah!, por
lo menos he contemplado detenidamente lo que le rodea. De noche, todas las
noches, me levantaba, llegaba hasta aquí, miraba su casa, el tejado que
brillaba bajo la luna, los árboles del jardín que se columpiaban en su ventana,
y una lamparita, un resplandor, que brillaba a través de los cristales, en la
sombra. ¡Ah!, usted no podía imaginarse que a11í estaba, tan cerca y tan lejos,
un pobre infeliz...
Emma, sollozando, se volvió hacia él.
¡Oh!, ¡qué bueno es usted! dijo ella.
¡No, la quiero, eso es todo!, ¡usted no lo duda! Dígamelo; ¡una
palabra!; ¡una sola palabra!
Y Rodolfo, insensiblemente, se dejó resbalar del taburete al
suelo; pero se oyó un ruido de zuecos en la cocina, y él se dio cuenta de que
la puerta de la sala no estaba cerrada.
Qué caritativa sería prosiguió levantándose satisfaciendo un
capricho mío.
Quería que le enseñase su casa; deseaba conocerla, y como Madame
Bovary no vio ningún inconveniente, se estaban levantando los dos cuando entró
Carlos.
Buenas tardes, doctor le dijo Rodolfo.
El médico, halagado por ese título inesperado, se deshizo en
obsequiosidades, y el otro aprovechó para reponerse un poco.
La señora me hablaba dijo él entonces de su salud...
Carlos le interrumpió, tenía mil preocupaciones, en efecto; las
opresiones que sufría su mujer volvían a presentarse. Entonces Rodolfo preguntó
si no le sería bueno montar a caballo.
¡Desde luego!, ¡excelente, perfecto!... ¡Es una gran idea!
Debería ponerla en práctica.
Y como ella objetaba que no tenía caballo, el señor Rodolfo le
ofreció uno; ella rehusó su ofrecimiento; él no insistió; después, para
justificar su visita, contó que su carretero, el hombre de la sangría, seguía
teniendo mareos.
Pasaré por a11í dijo Bovary.
No, no, se lo mandaré; vendremos aquí, será más cómodo para
usted.
¡Ah! Muy bien, se lo agradezco.
Y cuando se quedaron solos:
¿Por qué no aceptas las propuestas del señor Boulanger, que son
tan amables?
Ella puso mala cara, buscó mil excusas, y acabó diciendo que
«aquello parecería un poco raro.
¡Ah!, ¡a mí me trae sin cuidado! dijo Carlos, haciendo una
pirueta . ¡La salud ante todo! ¡Haces mal!
¿Y cómo quieres que monte a caballo si no tengo traje de
amazona?
¡Hay que encargarte uno! contestó él.
Lo del traje la decidió.
Cuando tuvo el traje, Carlos escribió al señor Boulanger
diciéndole que su mujer estaba dispuesta, y que contaban con su complacencia.
Al día siguiente a mediodía Rodolfo llegó a la puerta de Carlos
con dos caballos soberbios. Uno de ellos llevaba borlas rojas en las orejas y
una silla de mujer de piel de ante.
Rodolfo calzaba botas altas, flexibles, pensando que sin duda
ella nunca las había visto semejantes; en efecto, Emma quedó encantada de su
porte, cuando él apareció sobre el rellano con su gran levita de terciopelo y
su pantalón de punto blanco. Ella estaba preparada, le esperaba.
Justino se escapó de la farmacia para verla, y el boticario
también salió. Hizo unas recomendaciones al señor Boulanger:
¡Pronto llega una desgracia! ¡Tenga cuidado! ¡Sus caballos
quizás son fogosos!
Ella oyó ruido por encima de la cabeza: era Felicidad que
repiqueteaba en los cristales para entretener a la pequeña Berta. La niña le
envió de lejos un beso; su madre le respondió con un gesto de la empuñadura de
su fusta.
¡Buen paseo! dijo el señor Homais . ¡Prudencia, sobre todo
prudencia!
Y agitó su periódico viéndoles alejarse.
En cuanto sintió tierra, el caballo de Emma emprendió el galope.
Rodolfo galopaba a su lado. A intervalos cambiaban una palabra. La cara un poco
inclinada, la mano en alto y el brazo derecho desplegado, se abandonaba a la
cadencia del movimiento que la mecía en su silla.
Al pie de la cuesta Rodolfo soltó las riendas; salieron juntos,
de un solo salto; después, en lo alto, de pronto los caballos se pararon y el
gran velo azul de Emma se cayó.
Era a primeros de octubre. Había niebla en el campo. Por el
horizonte se extendían unos vapores entre el contorno de las colinas; y otros,
deshilachándose, subían, se perdían. A veces, en una rasgadura de las nubes,
bajo un rayo de sol, se veían a to lejos los tejados de Yonville, con las
cuestas a la orilla del agua, los corrales, las paredes y el campanario de la
iglesia. Emma entornaba los párpados para reconocer su casa, y nunca aquel
pobre pueblo le había parecido tan pequeño. Desde la altura en que estaban,
todo el valle parecía un inmenso lago pálido que se evaporaba en el aire. Los
macizos de árboles, de trecho en trecho, sobresalían como rocas negras; y las
altas líneas de los álamos, que sobresalían entre la bruma, parecían arenales
movidos por el viento.
Al lado, sobre el césped, entre los abetos, una tenue luz
iluminaba la tibia atmósfera. La tierra, rojiza como polvo de tabaco,
amortiguaba el ruido de los pasos, y con la punta de sus herraduras, al
caminar, los caballos se llevaban por delante las piñas caídas.
Rodolfo y Ernma siguieron así el lindero del bosque. Ella se
volvía de vez en cuando a fin de evitar su mirada, y entonces no veía más que
los troncos de los abetos alineados, cuya sucesión continuada le aturdía un
poco. Los caballos resoplaban. El cuero de las sillas crujía.
En el momento en que entraron en el bosque salió el sol.
¡Dios nos protege! dijo Rodolfo.
¿Usted cree? dijo ella.
¡Avancemos!, ¡avancemos! replicó él.
Chasqueó la lengua. Los dos animales corrían. Largos helechos a
orilla del camino prendían en el estribo de Emma. Rodolfo, sin pararse, se
inclinaba y los retiraba al mismo tiempo. Otras veces, para apartar las ramas,
pasaba cerca de ella, y Emma sentía su rodilla rozarle la pierna. El cielo se
había vuelto azul. No se movía una hoja. Había grandes espacios llenos de
brezos completamente floridos, y mantos de violetas alternaban con el revoltijo
de los árboles, que eran grises, leonados o dorados, según la diversidad de los
follajes. A menudo se oía bajo los matorrales deslizarse un leve batir de alas,
o bien el graznido ronco y suave de los cuervos, que levantaban el vuelo entre
los robles. Se apearon. Rodolfo ató los caballos. Ella iba delante, sobre el musgo,
entre las rodadas.
Pero su vestido demasiado largo la estorbaba aunque lo llevaba
levantado por la cola, y Rodolfo, caminando detrás de ella, contemplaba entre
aquella tela negra y la botina negra, la delicadeza de su media blanca, que le
parecía algo de su desnudez. Emma se paró.
Estoy cansada dijo.
¡Vamos, siga intentando! repuso él . ¡Ánimo!
Después, cien pasos más adelante, se paró de nuevo; y a través
de su velo, que desde su sombrero de hombre bajaba oblicuamente sobre sus
caderas, se distinguía su cara en una transparencia azulada, como si nadara
bajo olas de azul.
¿Pero adónde vamos?
Él no contestó nada. Ella respiraba de una forma entrecortada.
Rodolfo miraba alrededor de él y se mordía el bigote.
Llegaron a un sitio más despejado donde habían hecho cortas de
árboles. Se sentaron sobre un tronco, y Rodolfo empezó a hablarle de su amor.
No la asustó nada al principio con cumplidos. Estuvo tranquilo,
serio, melancólico.
Emma le escuchaba con la cabeza baja, mientras que con la punta
de su pie removía unas virutas en el suelo.
Pero en esta frase:
¿Acaso nuestros destinos no son ya comunes?
¡Pues no! respondió ella . Usted lo sabe bien. Es imposible.
Emma se levantó para marchar. Él la cogió por la muñeca. Ella se
paró. Después, habiéndole contemplado unos minutos con ojos enamorados y
completamente húmedos, le dijo vivamente:
¡Vaya!, no hablemos más de esto... ¿dónde están los caballos?
¡Volvámonos!
Él tuvo un gesto de cólera y de fastidio. Ella repitió:
¿Dónde están los caballos?, ¿dónde están los caballos?
Entonces Rodolfo, con una extraña sonrisa y con la mirada fija,
los dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella retrocedió
temblando. Balbuceaba:
¡Oh! ¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos.
Y él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido.
Ya que no hay más remedio replicó él, cambiando de talante.
Emma le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía:
¿Qué le pasaba? ¿Por qué? No la he entendido. Usted se equivoca
conmigo sin duda. Usted está en mi alma como una madona sobre un pedestal, en
un lugar elevado, sólido a inmaculado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito
sus ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi ángel!
Y alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba
débilmente de desprenderse. Él la retenía así, caminando.
Pero oyeron los dos caballos que ramoneaban el follaje.
¡Oh!, un poco más dijo Rodolfo . ¡No nos vayamos!, ¡quédese!
La llevó más lejos, alrededor de un pequeño estanque, donde las
lentejas de agua formaban una capa verde sobre las ondas. Unos nenúfares
marchitos se mantenían inmóviles entre los juncos. Al ruido de sus pasos en la
hierba, unas ranas saltaban para esconderse.
Hago mal, hago mal decía ella . Soy una loca haciéndole caso.
¿Por qué?... ¡Emma! ¡Emma!
¡Oh, Rodolfo!... dijo lentamente la joven mujer apoyándose en su
hombro.
La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita
de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro;
y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la
cara, se entregó.
Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba
entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a
ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si
unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total;
algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos
latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche.
Entonces oyó a lo lejos, más a11á del bosque, sobre las otras colinas, un grito
vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio,
mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados.
Rodolfo, con el cigarro entre los dientes, recomponía con su navaja una de las
riendas que se había roto.
Regresaron a Yonville por el mismo camino, volvieron a ver sobre
el barro las huellas de sus caballos, unas al lado de las otras, y los mismos
matorrales, las mismas piedras en la hierba. Nada había cambiado en torno a
ellos; y sin embargo, para ella había ocurrido algo más importante que si las
montañas se hubiesen desplazado. Rodolfo de vez en cuando se inclinaba y le
tomaba la mano para besársela.
¡Estaba encantadora a caballo! Erguida, con su talle fino, la
rodilla doblada sobre las crines del animal y ligeramente coloreada por el aire
libre sobre el fondo rojizo de la tarde.
Al entrar en Yonville caracoleó sobre el pavimento.
Desde las ventanas la miraban.
Su marido en la cena le encontró buen aspecto; pero ella pareció
no oírlo cuando le preguntó sobre su paseo; y siguió con el codo al borde de su
plato, entre las dos velas encendidas.
¡Emma! dijo él.
¿Qué?
Bueno, he pasado esta tarde por casa del señor Alexandre; tiene
una vieja potranca todavía muy buena, con una pequeña herida en la rodilla
solamente, y que nos dejarían, estoy seguro, por unos cien escudos...
Y añadió:
Incluso pensando que te gustaría, la he apalabrado..., la he
comprado... ¿He hecho bien? ¡Dímelo!
Ella movió la cabeza en señal de asentimiento; luego, un cuarto
de hora después:
Sales esta noche? preguntó ella.
Sí, ¿por qué?
¡Oh!, nada, nada, querido.
Y cuando quedó libre de Carlos, Emma subió a encerrarse en su
habitación. Al principio sintió como un mareo; veía los árboles, los caminos,
las cunetas, a Rodolfo, y se sentía todavía estrechada entre sus brazos,
mientras que se estremecía el follaje y silbaban los juncos.
Pero al verse en el espejo se asustó de su cara. Nunca había
tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos. Algo sutil esparcido
sobre su persona la transfiguraba.
Se repetía: «¡Tengo un amante!, ¡un amante!», deleitándose en
esta idea, como si sintiese renacer en ella otra pubertad. Iba, pues, a poseer
por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado.
Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis,
delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento
resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a
to lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.
Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y
la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con
voces de hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera
de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud,
contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma
experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora
triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos
borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación
alguna.
El día siguiente pasó en una calma nueva. Se hicieron
juramentos. Ella le contó sus tristezas. Rodolfo le interrumpía con sus besos;
y ella le contemplaba con los párpados entornados, le pedía que siguiera
llamándola por su nombre y que repitiera que la amaba. Esto era en el bosque,
como la víspera, en una cabaña de almadreñeros. Sus paredes eran de paja y el
tejado era tan bajo que había que agacharse. Estaban sentados, uno junto al
otro, en un lecho de hojas secas.
A partir de aquel día se escribieron regularmente todas las
tardes. Emma llevaba su carta al fondo de la huerta, cerca del río, en una
grieta de la terraza. Rodolfo iba a buscarla a11í y colocaba otra, que ella
tildaba siempre de muy corta.
Una mañana en que Carlos había salido antes del amanecer, a Emma
se le antojó ver a Rodolfo al instante. Se podía llegar pronto a la Huchette,
permanecer a11í una hora y estar de vuelta en Yonville cuando todo el mundo
estuviese aún durmiendo. Esta idea la hizo jadear de ansia, y pronto se
encontró en medio de la pradera, donde caminaba a pasos rápidos sin mirar hacia
atrás.
Empezaba a apuntar el día. Emma, de lejos, reconoció la casa de
su amante, cuyas dos veletas en cola de milano se recortaban en negro sobre el
pálido crepúsculo.
Pasado el corral de la granja había un cuerpo de edificio que
debía de ser el palacio. Ella entró como si las paredes, al acercarse ella, se
hubieran separado por sí solas. Una gran escalera recta subía hacia el
corredor. Emma giró el pestillo de una puerta, y de pronto, en el fondo de la
habitación, vio a un hombre que dormía. Era Rodolfo. Ella lanzó un grito.
¡Tú aquí! ¡Tú aqul! repetía él . ¿Cómo has hecho para venir?...
¡Ah!, ¡tu vestido está mojado!
¡Te quiero! respondió ella pasándole los brazos alrededor del
cuello.
Como esta primera audacia le había salido bien, ahora cada vez
que Carlos salía temprano, Emma se vestía deprisa y bajaba de puntillas la
escalera que llevaba hasta la orilla del agua.
Pero cuando la pasarela de las vacas estaba levantada, había que
seguir las paredes que se extendían a lo largo del río; la orilla era
resbaladiza; ella, para no caer, se agarraba con la mano a los matojos de
alhelíes marchitos. Después atravesaba los terrenos labrados donde se hundía,
se tambaleaba y se le enredaban sus finas botas. Su pañoleta, atada a la
cabeza, se agitaba al viento en los pastizales; tenía miedo a los bueyes,
echaba a correr; llegaba sin aliento, con las mejillas rosadas y exhalando un fresco
perfume de savia, de verdor y de aire libre. Rodolfo a aquella hora aún estaba
durmiendo. Era como una mañana de primavera que entraba en su habitación.
Las cortinas amarillas a lo largo de las ventanas dejaban pasar
suavemente una pesada luz dorada. Emma caminaba a tientas, abriendo y cerrando
los ojos, mientras que las gotas de rocío prendidas en su pelo hacían como una
aureola de topacios alrededor de su cara. Rodolfo, riendo, la atraía hacia él y
la estrechaba contra su pecho.
Después, ella examinaba el piso, abría los cajones de los
muebles, se peinaba con el peine de Rodolfo y se miraba en el espejo de
afeitarse. A veces, incluso, metía entre sus dientes el tubo de una gran pipa
que estaba sobre la mesa de noche, entre limones y terrones de azúcar, al lado
de una botella de agua.
Necesitaban un buen cuarto de hora para despedirse. Entonces
Emma lloraba; hubiera querido no abandonar nunca a Rodolfo. Algo más fuerte que
ella la empujaba hacia él, de tal modo que un día, viéndola aparecer de
improviso, él frunció el ceño como alguien que está contrariado.
¿Qué tienes? dijo ella . ¿Estás malo? ¡Háblame!
Por fin, él declaró, en tono serio, que sus visitas iban siendo
imprudentes y que ella se comprometía.
CAPÍTULO X
Poco a poco, estos temores de Rodolfo se apoderaron también de
ella. Al principio el amor la había embriagado y nunca había pensado más allá.
Pero ahora que le era indispensable en su vida, temía perder algo de este amor,
o incluso que se viese perturbado. Cuando volvía de casa de Rodolfo echaba
miradas inquietas alrededor, espiando cada forma que pasaba por el horizonte y
cada buhardilla del pueblo desde donde pudieran verla. Escuchaba los pasos, los
gritos, el ruido de los arados; y se paraba más pálida y más trémula que las
hojas de los álamos que se balanceaban sobre su cabeza.
Una mañana que regresaba de esta manera, creyó distinguir de
pronto el largo cañón de una carabina que parecía apuntarle. Sobresalía
oblicuamente de un pequeño tonel, medio hundido entre la hierba a orilla de una
cuneta. Emma, a punto de desfallecer de terror, siguió adelante a pesar de
todo, y un hombre salió del tonel como esos diablos que salen del fondo de las
cajitas disparados por un muelle. Llevaba unas polainas sujetas hasta las
rodillas, la gorra hundida hasta los ojos, sus labios tiritaban de frío y tenía
la nariz roja. Era el capitán Binet al acecho de los patos salvajes.
¡Tenía usted que haber hablado de lejos! exclamó él . Cuando se
ve una escopeta siempre hay que avisar.
El recaudador con esto trataba de disimular el miedo que acababa
de pasar; pues como una orden gubernativa prohibía cazar patos si no era en
barca, el señor Binet, a pesar de su respeto a las leyes, se encontraba en
infracción. Por eso a cada instante le parecía oír los pasos del guarda rural.
Pero esta preocupación excitaba su placer, y, completamente solo en su tonel,
se congratulaba de su felicidad y de su malicia.
Al ver a Enmma, pareció aliviado de un gran peso, y enseguida
entabló conversación:
No hace calor que digamos, ¡pica!
Emma no contestó nada. Binet conrinuó:
¿Ha salido usted muy temprano?
Sí dijo ella balbuceando ; vengo de casa de la nodriza que cría
a mi hija.
¡Ah!, ¡muy bien!, ¡muy bien! Yo, tal como me ve, desde el amanecer
estoy aquí; pero el tiempo está tan sucio que a menos de tener la caza justo en
la misma punta de la nariz...
Buenas noches, señor Binet interrumpió ella dando media vuelta.
Servidor, señora respondió él en tono seco.
Y volvió a su tonel.
Emma se arrepintió de haber dejado tan bruscamente al
recaudador. Sin duda, él iba a hacer conjeturas desfavorables. El cuento de la
nodriza era la peor excusa, pues todo el mundo sabía bien en Yonville que la
pequeña Bovary desde hacía un año había vuelto a casa de sus padres. Además,
nadie vivía en los alrededores; aquel camino sólo llevaba a la Huchette; Binet
había adivinado, pues, de dónde venía, y no callaría, hablaría, estaba segura.
Ella permaneció hasta la noche torturándose la mente con todos los proyectos de
mentiras imaginables, y teniendo sin cesar delante de sus ojos a aquel imbécil
con morral.
Carlos, después de la cena, viéndola preocupada, quiso, para
distraerla, llevarla a casa del farmacéutico; y la primera persona que vio en
la farmacia fue precisamente al recaudador. Estaba de pie delante del
mostrador, alumbrado por la luz del bocal rojo, y decía:
Déme, por favor, media onza de vitriolo.
Justino dijo el boticario , tráenos el ácido sulfúrico.
Después, a Emma, que quería subir al piso de la señora Homais:
No, quédese, no vale la pena, ella va a bajar. Caliéntese en la
estufa entretanto...
Dispénseme... Buenas tardes, doctor pues el farmacéutico se
complacía en pronunciar esta palabra «doctor», como si, dirigiéndose a otro,
hubiese hecho recaer sobre sí mismo algo de la pompa que encontraba en ello ...
Pero ¡cuidado con volcar los morteros!, es mejor que vayas a buscar las sillas
de la salita; ya sabes que hay que mover los sillones del salón.
Y para volver a poner la butaca en su sitio, Homais se
precipitaba fuera del mostrador, cuando Binet le pidió media onza de ácido de
azúcar.
¿Ácido de azúcar? dijo el farmacéutico desdeñosamente . ¡No
conozco, no sé!
¿Usted quiere quizá ácido oxálico? ¿Es oxálico, no es cierto?
Binet explicó que necesitaba un cáustico para preparar él mismo
un agua de cobre con que desoxidar diversos utensilios de caza. Emma se
estremeció.
El farmacéutico empezó a decir.
En efecto, el tiempo no está propicio a causa de la humedad.
Sin embargo replicó el recaudador con aire maficioso , hay quien
no se asusta.
Emma estaba sofocada.
Déme también.
«¿No se marchará de una vez?, pensaba ella.»
Media onza de colofonia y de trementina o cuatro onzas de cera
amarilla, y tres medias onzas de negro animal, por favor, para limpiar los
cueros charolados de mi equipo.
El boticario empezaba a cortar cera, cuando la señora Homais
apareció con Irma en brazos, Napoleón a su lado y Atalía detrás. Fue a sentarse
en el banco de terciopelo, al lado de la ventana, y el chico se acurrucó sobre
un taburete, mientras que su hermana mayor rondaba la caja de azufaifas cerca
de su papaíto. Éste llenaba embudos y tapaba frascos, pegaba etiquetas, hacía
paquetes. Todos callaban a su alrededor; y se oía solamente de vez en cuando
sonar los pesos en las balanzas, con algunas palabras en voz baja del
farmacéutico dando consejos a su discípulo.
¿Cómo está su pequeña? preguntó de pronto la señora Homais.
¡Silencio! exclamó su marido, que estaba anotando unas cifras en
el cuaderno borrador.
¿Por qué no la ha traído? replicó a media voz.
¡Chut!, ¡chut! dijo Emma señalando con el dedo al boticario.
Pero Binet, absorto por completo en la lectura de la suma, no
había oído nada probablemente. Por fin, salió. Entonces Emma, ya liberada,
suspiró hondamente.
¡Qué fuerte respira! dijo la señora Homais.
¡Ah!, es que hace un poco de calor respondió ella.
Al día siguiente pensaron en organizar sus citas; Emma quería
sobornar a su criada con un regalo; pero habría sido mejor descubrir en
Yonville alguna casa discreta. Rodolfo pro-metió buscar una.
Durante todo el invierno, tres o cuatro veces por semana, de
noche cerrada, él llegaba a la huerta. Emma, con toda intención, había retirado
la llave de la barrera que Carlos creyó perdida.
Para avisarla, Rodolfo tiraba a la persiana un puñado de arena.
Ella se levantaba sobresaltada; pero a veces tenía que esperar, pues Carlos
tenía la manía de charlar al lado del fuego y no acababa nunca. Ella se
consumía de irnpaciencia; si sus ojos hubieran podido le habría hecho saltar
por las ventanas. Por fin, comenzaba su aseo nocturno; después, tomaba un libro
y seguía leyendo muy tranquilamente, como si la lectura la entretuviese. Pero
Carlos, que estaba en la cama, la llamaba para acostarse.
Emma, ven le decía , es hora.
¡Sí, ya voy! respondía ella.
Entretanto como las velas le deslumbraban, él se volvía hacia la
pared y se quedaba dormido. Ella se escapaba conteniendo la respiración,
sonriente, palpitante, sin vestirse.
Rodolfo llevaba un gran abrigo; la envolvía por completo, y,
pasándole el brazo por la cintura, la llevaba sin hablar hasta el fondo del
jardín.
Era bajo el cenador, en el mismo banco de palos podridos donde
antaño León la miraba tan enamorado en las noches de verano. Emma ahora apenas
pensaba en él.
Las estrellas brillaban a través de las ramas del jazmín sin
hojas. Detrás de ellos oían correr el río, y, de vez en cuando, en la orilla,
el chasquido de las cañas secas. Masas de sombra, aquí y a11í, se ensanchaban
en la oscuridad, y a veces, movidas todas al unísono, se levantaban y se
inclinaban como inmensas olas negras que se hubiesen adelantado para volver a
cubrirlos. El frío de la noche les hacía juntarse más; los suspiros de sus
labios les parecían más fuertes; sus ojos, que apenas entreveían, les parecían
más grandes, y, en medio del silencio, había palabras pronunciadas tan bajo que
caían sobre su alma con una sonoridad cristalina y que se reproducían, en
vibraciones multiplicadas.
Cuando la noche estaba lluviosa iban a refugiarse al
consultorio, entre la cochera y la caballeriza. Ella encendía uno de los
candelabros de la cocina que había escondido detrás de los libros. Rodolfo se
instalaba a11í como en su casa. La vista de la biblioteca y del despacho, de
todo el departamento finalmente, excitaba su alegría; y no podía contenerse sin
bromear a costa de Carlos, lo cual molestaba a Emma. Ella hubiese deseado verle
más serio, a incluso más dramático, llegado el caso, como aquella vez en que
creyó oír en el paseo de la huerta un ruido de pasos que se acercaban.
Alguien viene dijo ella.
Rodolfo apagó la luz.
¿Tienes tus pistolas?
¿Para qué?
Pues... para defenderte replicó Emma.
¿De tu marido? ¡Ah!, ¡pobre chico!
Y Rodolfo remató la frase con un gesto que significaba: « Lo
aplastaría de un papirotazo.»
Emma se quedó pasmada de su valentía, aunque notara una especie
de falta de delicadeza y de grosería ingenua que le escandalizó.
Rodolfo pensó mucho en aquella historia de pistolas. Si Emma
había hablado en serio, resultaría muy ridículo, pensaba él, incluso odioso,
pues no tenía ninguna razón para odiar al buenazo de Carlos, no estando lo que
se dice consumido por los celos; y, a este propósito, Emma le había hecho un
gran juramento que él no encontraba tampoco del mejor gusto.
Por otra parte, se estaba poniendo muy sentimental. Habían
tenido que intercambiarse retratos, se habían cortado mechones de cabello, y
Emma pedía ahora un anillo, un verdadero anillo de matrimonio en señal de
alianza eterna. A menudo le hablaba de las campanas del atardecer o de las
«voces de la naturaleza»; después, de su madre y de la de él. Rodolfo la había
perdido hacía veinte años. Emma, sin embargo, le consolaba con remilgos de
lenguaje, como se hubiera hecho con un niño abandonado, a incluso le decía a
veces, mirando la luna:
Estoy segura que desde a11á arriba, las dos juntas aprueban
nuestro amor.
¡Pero era tan bonita!, ¡había poseído tan pocas mujeres con
semejante candor! Este amor sin desenfreno era para él algo nuevo, y sacándole
de sus costumbres fáciles, halagaba a la vez su orgullo y su sensualidad. La
exaltación de Emma, que su buen sentido burgués desdeñaba, le parecía en el
fondo del corazón encantadora, puesto que se dirigía a su persona. Entonces,
seguro de ser amado, no se molestó, a insensiblemente sus maneras cambiaron.
Ya no empleaba como antes aquellas palabras tan dulces que la
hacían llorar, ni aquellas vehementes caricias que la enloquecían; de modo que
su gran amor en el que vivía inmersa le pareció que iba descendiendo bajo sus
pies, como el agua de un río que se absorbiera en su cauce, y percibió el
fango. No quería creerlo; redobló su ternura; y Rodolfo, cada vez menos, ocultó
su indiferencia.
Emma no sabía si le pesaba haber cedido o, por el contrario, si
deseaba amarle más. La humillación de sentirse débil se tornaba en rencor que
los placeres atemperaban. No era cariño, era como una seducción permanente.
Rodolfo la subyugaba. Ella casi le tenía miedo.
Las apariencias, sin embargo, eran más tranquilas que nunca,
pues Rodolfo había acertado a llevar el adulterio según su capricho; y al cabo
de seis meses, cuando llegó la primavera, se encontraban, el uno frente al
otro, como dos casados que mantienen tranquilamente una llama doméstica.
Era la época en que el tío Rouault mandaba su pavo en recuerdo
de su pierna recompuesta. El regalo llegaba siempre con una carta. Emma cortó
la cuerda que la ataba al cesto, y leyó las siguientes líneas:
«Mis queridos hijos:
Espero que la presente os encuentre con buena salud y que éste
resulte tan bueno como los otros; parece un poco más tiernecito, y me atrevo a
decir que más lleno. Pero la próxima vez, para cambiar, os mandaré un gallo, a
no ser que prefiráis pavos; y devolvedme la cesta, por favor, con las otras dos
anteriores. He tenido una desgracia en la carretería, cuya cubierta, una noche
de fuerte viento, se echó a volar entre los árboles. La cosecha tampoco ha sido
muy buena que digamos. En fin, no sé cuándo iré a veros. ¡Me es tan difícil
ahora dejar la casa, desde que estoy solo, mi pobre Emma!»
Y aquí había un intervalo entre líneas, como si el buen hombre
hubiese dejado caer su pluma para pensar un rato.
«Yo estoy bien, salvo un catarro que atrapé el otro día en la
feria de Yvetot, adonde había ido para apalabrar a un pastor, pues despedí al
mío porque era de boca muy fina. ¡Cuánto nos hacen sufrir todos estos bandidos!
Además, no era honrado.
He sabido por un vendedor ambulante que, viajando este invierno
por vuestra tierra, tuvo que sacarse una muela, que Bovary seguía trabajando
mucho. No me extrañó, y me enseñó su muela; tomamos café juntos. Le pregunté si
te había visto, me dijo que no, pero que había visto en la caballeriza dos
animales, de donde deduzco que la cosa marcha bien. Mejor, queridos hijos, y
que Dios os conceda toda la felicidad imaginable.
Siento mucho no conocer todavía a mi querida nietecita Berta
Bovary. He plantado para ella, en la huerta, debajo de tu cuarto, un ciruelo de
ciruelas de cascabelillo, y no quiero que lo toquen si no es para hacerle
después compotas, que guardaré en el armario para cuando ella venga.
Adiós, queridos hijos. Un beso para ti, hija mía; otro para
usted, mi yerno, y para la niña en las dos mejillas:
Con muchos recuerdos, vuestro amante padre.
Teodoro Rouault.»
Emma se quedó unos minutos con aquel grueso papel entre sus
dedos. Las faltas de ortografía enlazaban unas con otras, y Emma estaba
absorbida por el dulce pensamiento que cacareaba por todas partes como una
gallina medio escondida en un seto de espinos. Habían secado la tinta con las
cenizas del las, pues un poco de polvo gris resbaló de la carta a su vestido y
ella casi creyó ver a su padre inclinándose hacia el fogón para coger las
tenazas. ¡Cuánto tiempo hacía que ella no estaba a su lado, en el taburete, en
la chimenea, quemando la punta de un palo en la gran llama de los juncos
marinos que chisporroteaban!... Recordó las tardes de verano todas llenas de
sol. Los potros relinchaban cuando se pasaba junto a ellos, y galopaban,
galopaban... Bajo su ventana había una colmena, y a veces las abejas,
revoloteando alrededor de la luz, golpeaban contra los cristales como balas de
oro que rebotaban. ¡Qué felicidad en aquellos tiempos!, ¡qué libertad!, ¡qué
esperanza!, ¡cuántas ilusiones! ¡Ya no quedaba nada de aquello ahora! Lo había
gastado en todas las aventuras de su alma, en todas las situaciones sucesivas,
en la virginidad, en el matrimonio y en el amor, habiéndolas perdido
continuamente a lo largo de su vida, como un viajero que deja algo de su
riqueza en todas las posadas del camino.
¿Pero quién la hacía tan desgraciada?, ¿dónde estaba la
catástrofe extraordinaria que la había trastornado? Y levantó la cabeza,
mirando a su alrededor, como para buscar la causa de lo que le hacía sufrir.
Un rayo de abril tornasolaba las porcelanas de la estantería; el
fuego ardía; ella sentía bajo sus zapatillas la suavidad de la alfombra; el día
estaba claro, la atmósfera tibia, y oyó a su hija que se reía a carcajadas.
En efecto, la niña se estaba revolcando en el prado, en medio de
la hierba que segaban. Estaba echada boca abajo, en lo alto de un almiar. Su
muchacha la sostenía por la falda. Lestiboudis rastrillaba al lado, y cada vez
que se acercaba, la niña se inclinaba haciendo esfuerzos inútiles con sus
bracitos.
¡Tráigamela! dijo su madre, precipitándose para besarla .
¡Cuánto te quiero, pobre hija mía! ¡Cuánto te quiero!
Después, dándose cuenta de que tenía la punta de las orejas un
poco sucias, llamó enseguida para que le trajesen agua caliente, y la limpió,
le cambió de ropa interior, medias, zapatos, hizo mil preguntas sobre su salud,
como si regresara de viaje, y, por fin, volviendo a besarla y lloriqueando, la
dejó en brazos de la criada, que permanecía boquiabierta ante estos excesos de
ternura.
Por la noche, Rodolfo la encontró más seria que de costumbre.
Ya le pasará pensó él , es un capricho.
Y faltó consecutivamente a tres citas.
Cuando volvió, ella se mostró fría y casi desdeñosa.
¡Ah!, ¡pierdes el tiempo, rica!
Y fingió no notar sus suspiros melancólicos, ni el pañuelo que
sacaba.
Fue entonces cuando Emma se arrepintió.
Incluso se preguntó por qué detestaba a Carlos, y si no hubiera
sido mejor poder amarle. Pero él no daba mucho pie a estos renuevos
sentimentales, de modo que ella no acababa de decidirse por hacer un
sacrificio, cuando el boticario vino muy a punto a proporcionarle una ocasión.
CAPÍTULO XI
Homais había leído recientemente el elogio de un nuevo método
para curar a los patizambos; y, como era partidario del progreso, concibió esta
idea patriótica de que Yonville, para «ponerse a nivel», debía hacer
operaciones de estrefopodia.
Porque le decía a Emma ¿qué se arriesga? Fíjese bien y enumeraba
con los dedos las ventajas de la tentativa ; éxito casi seguro, alivio y
embellecimiento del enfermo, inmediato renombre para el operador. Por qué su
marido, por ejemplo, no intenta aliviar a ese pobre Hipólito del «Lion d'Or».
Tenga en cuenta que él contaría su curación a todos los viajeros, y además
(Homais bajaba la voz y miraba a su alrededor), ¿quién me impediría enviar al
periódico una notita al respecto? ¡Dios mío! ¡Como se propague la noticia!, se
hable del caso..., ¡acaba por hacer bola de nieve! ¿Y quién sabe?
En efecto, Bovary podía triunfar; nadie le decía a Emma que su
marido no fuese hábil, y qué satisfacción para ella haberlo comprometido en una
empresa de la que su fama y su fortuna saldrían acrecentadas. Ella no pedía
otra cosa que apoyarse en algo más sólido que el amor.
Carlos, solicitado por el boticario y por ella, se dejó
convencer. Pidió a Rouen el volumen del doctor Duval, y todas las noches, con
la cabeza entre las manos, se sumía en aquella lectura.
Mientras que estudiaba los equinos, los varus, los valgus, es
decir la estrefocatopodia, la estrefendopodia, la estrefexopodia y la
estrefanopodia (o, para hablar claro, las diferentes desviaciones del pie, ya
por debajo, por dentro o por fuera) con la estrefipopodia y la estrefanopodia
(dicho de otro modo, torsión por encima y enderezamiento hacia arriba), el
señor Homais, con toda clase de razonamientos, animaba al mozo de la posada a
operarse.
Apenas sentirás, si acaso, un ligero dolor; es un simple
pinchazo como una pequeña sangría, menos que la extirpación de algunos callos.
Hipólito, reflexionando, hacía un gesto de estupidez.
Por lo demás, continuaba el farmacéutico, ¿a mí qué me importa?,
¡es por ti!, ¡por pura humanidad! Quisiera verte, amigo mío, liberado de tu
horrible cojera, con ese balanceo de la región lumbar, que, por mucho que
digas, tiene que perjudicarte considerablemente eñ el ejercicio de to oficio.
Entonces, Homais le hacía ver cómo se encontraría después mejor
mozo, y más ligero de piernas, a incluso llegó a darle a entender que se
encontraría mejor para gustar a las mujeres, y el mozo de cuadra empezaba a
reír torpemente. Después le atacaba por el lado de la vanidad:
No eres un hombre, ¡pardiez! ¿Qué pasaría si hubieras tenido que
hacer el servicio, combatir por la patria...? ¡Ah, Hipólito!
Y Homais se alejaba, diciendo que no entendía aquella tozudez,
aquella ceguera en rechazar los beneficios de la ciencia.
El infeliz cedió, pues aquello fue como una conjuración; Binet,
que jamás se mezclaba en los asuntos ajenos, la señora Lefrançois, Artemisa,
los vecinos, y hasta el alcalde, señor Tuvache, todo el mundo le aconsejó, le
sermoneó, le avergonzó; pero lo que acabó por decidirle, «es que eso no le
costaría nada». Bovary se encargaba incluso de proporcionar la máquina para la
operación. Emma había tenido esta idea generosa; y Carlos accedió a ello,
diciéndose en el fondo del corazón que su mujer era un ángel.
Con los consejos del farmacéutico, y volviendo a empezar tres
veces, mandó hacer al carpintero, ayudado por el cerrajero, una especie de caja
que pesaba cerca de ocho libras, y en la cual el hierro, la madera, la chapa,
el cuero, los tornillos y las tuercas no se habían escatimado.
Sin embargo, para saber qué tendón cortar a Hipólito, había que
conocer primeramente qué clase de pie zambo era el suyo.
Tenía un pie que formaba con la pierna una línea casi recta, to
cual no le impedía estar vuelto hacia dentro, de suerte que ¿era un equino con
mezcla de un poco de varus o bien un ligero varus fuertemente marcado de
equino? Pero, con este equino, ancho, en efecto, como un pie de caballo, de
piel rugosa, de tendones secos, gruesos dedos, y en el que las uñas negras
figuraban los clavos de una herradura, el estrefópodo galopaba como un ciervo
desde la mañana a la noche. Se le veía continuamente en la plaza, brincando
alrededor de las carretas, echando adelante su soporte desigual. Incluso
parecía más fuerte de aquella pierna que de la otra. A fuerza de haber servido,
había adquirido como unas cualidades morales de paciencia y de energía, y
cuando le daban algún trabajo pesado, se apoyaba preferentemente en ella.
Ahora bien, puesto que era un equino, había que cortar el tendón
de Aquiles, aunque luego hubiera que meterse con el músculo tibial anterior a
fin de deshacerse del varus, pues el médico no se atrevía de una sola vez a las
dos operaciones, e incluso ya estaba temblando, con el miedo de atacar alguna
región importante que no conocía.
Ni Ambrosio Paré(1) aplicando por primera vez desde Celso(2),
con quince siglos de intervalo, la ligadura inmediata de una arteria; ni
Dupuytren(3) cuando hizo la primera ablación de maxilar superior tenían, de
seguro, el corazón tan palpitante, la mano tan temblorosa, ni la mente en tanta
tensión como el señor Bovary cuando se acercó a Hipólito, con su tenótomo entre
los dedos, Y, como en los hospitales, se veían al lado, sobre una mesa, un
montón de hilas, hilos encerados, muchas vendas, una pirámide de vendas, todas
las vendas que había en la botica. Era el señor Homais quien había organizado
desde la mañana todos estos preparativos, tanto para deslumbrar a la
muchedumbre como para ilusionarse a sí mismo. Carlos pinchó la piel; se oyó un
crujido seco. El tendón estaba cortado, la operación había terminado. Hipólito
no volvía de su asombro; se inclinaba sobre las manos de Bovary para cubrirlas
de besos.
1. Cirujano francés del siglo XVI, famoso por haber descubierto
la ligadura de las arterias, que sustituyó a la cauterización en las
amputaciones.
2 Célebre médico, nacido en Roma, en el siglo de Augusto. Seguía
la doctrina de Hipócrates.
3. Cirujano francés (1777 1835). Un museo de anatomía en París
lleva su nombre.
¡Vamos, cálmate decía el boticario , ya demostrarás después tu
reconocimiento a tu bienhechor!
Y bajó a contar el resultado a cinco o seis curiosos que estaban
en el patio, y que se imaginaban que Hipólito iba a reaparecer caminando
normal. Después Carlos, una vez encajada la pierna del enfermo en el motor
mecánico, se volvió a su casa, donde Emma, toda ansiosa, le esperaba a la
puerta. Se le echó al cuello; se sentaron a la mesa; él comió mucho, a incluso
quiso, a los postres, tomar una taza de café, exceso que únicamente se permitía
los domingos cuando había invitados.
Pasaron una velada encantadora, en animada conversación,
haciendo proyectos comunes. Hablaron de su fortuna futura, de mejoras que
introducir en su casa; él veía extender su reputación, aumentar su bienestar,
teniendo siempre el cariño de su mujer; y en ella se encontraba feliz de
renovarse con un sentimiento nuevo, más sano, mejor, en fin, de sentir, alguna
ternura por aquel pobre chico que la quería con locura. La idea de Rodolfo se
le pasó un momento por la cabeza; pero sus ojos se pusieron sobre Carlos; ella
notó incluso con sorpresa que no tenía los dientes feos.
Estaban en la cama cuando el señor Homais, sin hacer caso de la
cocinera, entró de pronto decidido en la habitación, llevando en la mano un
papel recién escrito. Era la noticia que destinaba al Fanal de Rouen. Se la
traía para leérsela.
Lea usted mismo, señor Bovary.
Él leyó:
«A pesar de los prejuicios que cubren todavía una parte de la
faz de Europa como una red, la luz comienza, no obstante, a penetrar en
nuestros campos. Así el martes, nuestra pequeña ciudad de Yonville fue
escenario de una experiencia quirúrgica, que es al mismo tiempo un acto de alta
filantropía. El señor Bovary, uno de nuestros más distinguidos cirujanos...»
¡Ah!, ieso es demasiado! decía Carlos, sofocado por la emoción.
¡En absoluto! ¡Pues cómo!... Operó un pie zambo... No he puesto
el término científico, porque, ¿comprende?, en un periódico..., todo el mundo
quizás no entendería, es preciso que las masas...
En efecto dijo Bovary . Siga.
Continúo dijo el farmacéutico : «El señor Bovary, uno de
nuestros facultativos más distinguidos, ha operado de un pie zambo al llamado
Hipólito Tautin, mozo de cuadra desde hace veinticinco años en el hotel «Lion
d'Or», regido por la señora viuda de Lefrançois, en la plaza de Armas. La
novedad del intento y el interés que despertaba atrajeron tal concurrencia de
gente, que llegaba hasta la puerta del establecimiento. Por lo demás, la
operación se practicó como por encanto, y apenas unas gotas de sangre se derramaron
sobre la piel, como para decir que el tendón rebelde acababa por fin de ceder a
los esfuerzos del arte. El enfermo, cosa extraña (lo afirmamos por haberlo
visto), no acusó ningún dolor. Su estado, hasta el momento, no deja nada que
desear. Todo hace creer que la convalecencia será corta; ¿y quién sabe incluso
si, en la primera fiesta del pueblo, no veremos a nuestro buen hombre
participar en las danzas báquicas, en medio de un coro de graciosos,
demostrando así, a los ojos de todos, por su locuacidad y sus cabrio-las, su
completa curación? ¡Honor, pues, a los sabios generosos!, ¡honor a esas mentes
infatigables que dedican sus vigilias al mejoramiento o al alivio de sus
semejantes! ¡Honor!, ¡tres veces honor! ¡No es ocasión de proclamar que los ciegos
verán, los sordos oirán y los cojos andarán! ¡Pero lo que el fanatismo de
antaño prometía a sus elegidos, la ciencia lo lleva a cabo ahora para todos los
hombres! Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases sucesivas de
esta tan notable curación.»
Lo cual no impidió que, cinco días después, la tía Lefrançois
llegase toda asustada gritando:
¡Socorro! ¡Se muere! ¡Me voy a volver loca!
Carlos se precipitó al «Lion d'On>, y el farmacéutico que le
vio pasar por la plaza, sin sombrero, abandonó la farmacia. Él mismo se
presentó a11í, jadeante, rojo, preocupado. si preguntando a todos los que
subían la escalera:
¿Qué le pasa a nuestro interesante estrefópodo?
El estrefópodo se retorcía con atroces convulsiones, de tal modo
que el motor mecánico en que estaba encerrada su pierna golpeaba contra la
pared hasta hundirla.
Con muchas precauciones, para no perturbar la posición del
miembro, le retiraron la caja y apareció un espectáculo horroroso. Las formas
del pie desaparecían en una hinchazón tal que toda la piel parecía que iba a
reventar y estaba cubierta de equimosis ocasionadas por la famosa máquina.
Hipólito ya se había quejado de los dolores; no le habían hecho caso; hubo que
reconocer que no estaba equivocado del todo; y le dejaron libre algunas horas.
Pero apenas desapareció un poco el edema, los dos sabios juzgaron conveniente
volver a meter el miembro en el aparato, y apretándolo más para acelerar las
cosas. Por fin, al cabo de tres días, como Hipólito ya no podía aguantar más,
le quitaron de nuevo el aparato y se asombraron del resultado que vieron. Una
tumefacción lívida se extendía por toda la pierna, con flictenas, acá y a11á,
de las que salía un líquido negro. Aquello tomaba un cariz serio. Hipólito
comenzaba a preocuparse, y la tía Lefrançois le instaló en una salita, cerca de
la cocina, para que al menos tuviese alguna distracción. Pero el recaudador,
que cenaba a11í todas las noches, se quejó amargamente de semejante vecindad.
Entonces trasladaron a Hipólito a la sala de billar.
Y a11í estaba, gimiendo bajo sus gruesas mantas, pálido, la
barba crecida, los ojos hundidos, volviendo de vez en cuando su cabeza sudorosa
sobre la sucia almohada donde se posaban las moscas. La señora Bovary venía a
verle. Le traía lienzos para sus cataplasmas, y le consolaba, le animaba. Por
lo demás, no le faltaba compañía, sobre todo, los días de mercado, cuando los
campesinos alrededor de él empujaban las bolas de billar, esgrimían los tacos,
fumaban, bebían, cantaban, bailaban.
¿Cómo estás? le decían golpeándole la espalda . iAh!; parece que
no las tienes todas contigo, pero tú tienes la culpa. Había que hacer esto,
hacer aquello.
Y le contaban casos de personas que se habían curado totalmente
con otros remedios distintos de los suyos; después, para consolarle, añadían:
Es que lo escuchas demasiado, ¡levántate ya!
Te cuidas como un rey. iAh!, eso no tiene importancia, ¡viejo
farsante!, ¡pero no hueles bien!
La gangrena, en efecto, avanzaba deprisa. A Bovary aquello le
ponía enfermo. Venía a todas horas, a cada instante. Hipólito lo miraba con los
ojos llenos de espanto y balbuceaba sollozando:
¿Cuándo estaré curado? ¡Ah!, ¡sálveme!..., ¡qué desgraciado
soy!, ¡qué desgraciado soy!
Y el médico se iba, recomendándole siempre la dieta.
No le hagas caso, hijo mío replicaba la señora Lefrançois ; ya
lo han martirizado bastante. ¿Vas a seguir debilitándote? ¡Toma, come!
Y le ofrecía algún buen caldo, alguna tajada de pierna de
cordero, algún trozo de tocino, y a veces unas copitas de aguardiente, que
Hipólito no tenía valor para llevar a sus labios.
El abate Bournisien, al saber que empeoraba, pidió verlo. Empezó
por compadecerle de su enfermedad, al tiempo que declaraba que había que
alegrarse puesto que era la voluntad del Señor, y aprovechar pronto la ocasión
para reconciliarse con el cielo.
Pues decía el eclesiástico en un tono paterno descuidabas un
poco tus deberes; raramente se te veía en el oficio divino; ¿cuántos años hace
que no to acercas a la sagrada mesa? Comprendo que tus ocupaciones, que el
torbellino del mundo hayan podido apartarte de la preocupación de tu salvación.
Pero ahora es el momento de pensar en ella. No desesperes a pesar de todo; he
conocido grandes pecadores que, próximos a comparecer ante Dios, tú no lo estás
todavía, estoy seguro, imploraban sus misericordias y que ciertamente murieron
en las mejores disposiciones. Esperemos que, igual que ellos, tú nos des buenos
ejemplos. Así, por precaución, quién lo impedirá rezar mañana y noche un «Ave
María» y un «Padre nuestro». ¡Sí, hazlo por mí, por complacerme! ¿Qué te cuesta?...
¿Me lo prometes?
El pobre diablo lo prometió. El cura volvió los días siguientes.
Charlaba con la posadera a incluso contaba anécdotas entremezcladas con bromas,
con juegos de palabras que Hipólito no comprendía. Después, cuando la
circunstancia lo permitía, volvía a insistir sobre los temas de religión,
poniendo una cara de circunstancias. Su celo pareció dar resultado, porque
pronto el estrefópodo manifestó propósito de ir en peregrinación al Buen
Socorro, si se curaba: a lo cual el señor Bournisien respondió que no veía inconveniente:
dos precauciones valían más que una. «No se arriesgaba nada.»
El boticario se indignó contra lo que él llamaba «maniobras del
cura»; perjudicaban, según él, la convalecencia de Hipólito y repetía a la
señora Lefrançois:
¡Déjele!, ¡déjele! ¡Usted le está perturbando la moral con su
misticismo!
Pero la buena señora ya no quería seguir escuchándole. El era
«la causa de todo». Por espíritu de contradicción, incluso colgó una pila llena
de agua bendita, con una ramita de boj.
Sin embargo, ni la religión ni tampoco la cirugía parecían
aliviarle, y la invencible gangrena seguía subiendo desde las extremidades
hasta el vientre. Por más que variaban las pociones y se cambiaban las
cataplasmas, los músculos se iban despegando cada día más, y por fin Carlos
contestó con una señal de cabeza afirmativa cuando la señora Lefrançois le
preguntó si no podría, como último recurso, hacer venir de Neufchâtel al señor
Canivet, que era una celebridad.
Doctor en medicina, de cincuenta años, en buena posición y
seguro de sí mismo, el colega no se recató para reírse desdeñosamente cuando
destapó aquella pierna gangrenada hasta la rodilla. Después, habiendo
dictaminado claramente que había que amputar, se fue a la farmacia a
despotricar contra los animales que habían reducido a tal estado a aquel pobre
hombre. Sacudiendo al señor Homais por el botón de la levita, vociferaba en la
farmacia.
¡Esos son inventos de París! ¡Ahí están las ideas de esos
señores de la capital!, ¡es como el estrabismo, el cloroformo y la litotricia,
un montón de monstruosidades que el gobierno debería prohibir! Quieren dárselas
de listos, y les atiborran de medicamentos sin preocuparse de sus
consecuencias. Nosotros no estamos tan capacitados como todo eso; no sómos unos
sabios, unos pisaverdes, unos currutacos; somos facultativos prácticos,
nosotros curamos, y no se nos pasaría por la imaginación operar a alguien que
se encuentra perfectamente bien. ¡Enderezar pies zambos!, ¿se pueden enderezar
pies zambos?, ¡es como si se quisiera, por ejemplo, poner derecho a un
jorobado!
Homais sufría escuchando este discurso, y disimulaba su
desasosiego bajo una sonrisa de cortesano, poniendo cuidado en tratar bien al
señor Canivet, cuyas recetas llegaban a veces hasta Yonville;. por eso no salió
en defensa de Bovary, ni siquiera hizo observación alguna, y, dejando a un lado
sus principios, sacrificó su dignidad a los intereses más serios de su negocio.
Fue un acontecimiento importante en el pueblo aquella amputación
de pierna por el doctor Canivet. Todos los habitantes, aquel día, se habían
levantado más temprano y la Calle Mayor, aunque llena de gente, tenía algo
lúgubre como si se tratara de una ejecución capital. Se discutía en la tienda
de comestibles sobre la enfermedad de Hipólito; los comercios no vendían nada,
y la señora Tuvache, la mujer del alcalde, no se movía de la ventana, por lo
impaciente que estaba de ver llegar al operador.
Llegó en su cabriolet, conducido por él mismo. Pero como la
ballesta del lado derecho había cedido a todo lo largo, bajo el peso de su
corpulencia, resultó que el coche se inclinaba un poco al correr, y sobre el
otro cojín, al lado del doctor, se veía una gran caja forrada de badana roja,
cuyos tres cierres de cobre resplandecían de brillo.
Cuando entró como un torbellino en el portal del «Lion d'Or», el
doctor, gritando muy fuerte, mandó desenganchar su caballo, después fue a la
caballeriza a ver si comía bien la avena; pues, cuando llegaba a casa de sus
enfermos, se preocupaba ante todo de su yegua y de su cabriolet. Se decía
incluso a este propósito: «¡Ah!, ¡el señor Canivet es un extravagante!» Y será
más estimado por este inquebrantable aplomo.
Ya podía hundirse el mundo, que él no alteraría el menor de sus
hábitos.
Homais se presentó.
Cuento con usted dijo el doctor . ¿Estamos preparados?
¡Adelante!
Pero el boticario, sonrojándose, confesó que él era muy sensible
para asistir a semejante operación.
Cuando se es simple espectador decía , la imaginación,
comprende, se impresiona. Y además tengo el sistema nervioso tan...
¡Bah! interrumpió Canivet , usted me parece, por el contrario,
propenso a la apoplejía. Y, además, no me extraña, porque ustedes, los señores
farmacéuticos, están continuamente metidos en sus cocinas, lo cual debe de
terminar alterando su temperamento. Míreme a mí, por ejemplo: todos los días me
levanto a las cuatro, me afeito con agua fría, nunca tengo frío, y no llevo
ropa de franela, no pesco ningún catarro, la caja es resistente. Vivo a veces
de una manera, otras de otra, como filósofo, a lo que salga. Por eso no soy tan
delicado como usted, y me da exactamente lo mismo descuartizar a un cristiano
que la primer ave que se presente. A eso, dirá usted, ¡la costumbre!..., ¡la
costumbre! ....
Entonces, sin ningún miramiento para Hipólito, que sudaba entre
las sábanas, aquellos señores emprendieron una conversación en la que el
boticario comparó la sangre fría de un cirujano a la de un general; y esta
comparación agradó a Canivet, que se extendió en consideraciones sobre las
exigencias de su arte. Lo consideraba como un sacerdocio, aunque los oficiales
de Sanidad lo deshonrasen. Por fin, volviendo al enfermo, examinó las vendas
que había traído Homais, las mismas que habían utilizado en la operación del
pie zambo, y pidió a alguien que le sostuviese la pierna. Mandaron a buscar a
Lestiboudis, y el señor Canivet, después de haberse remangado, pasó a la sala
de billar, mientras que el boticario se quedaba con Artemisa y con la mesonera,
las dos más pálidas que un delantal, y con el oído pegado a la puerta.
Bovary, durante aquel momento, no se atrevió a moverse de su
casa. Permanecía abajo, en la sala, sentado junto a la chimenea apagada, con la
cabeza baja, las manos juntas, los ojos fijos. ¡Qué desgracia!, pensaba, ¡qué
contrariedad! Sin embargo, él había tomado todas las precauciones imaginables.
Era cosa de la fatalidad. ¡No importa!, si Hipólito llegara a morir, sería él
quien lo habría asesinado. Y además, ¿qué razón daría en las visitas cuando le
preguntaran? Quizás, a pesar de todo, ¿se había equivocado en algo? ÉI
reflexionaba, no encontraba nada. Pero también los más famosos cirujanos se
equivocan. Esto era to que nunca se querría reconocer, al contrario, se iban a
reír, a chillar. Los comentarios llegarían hasta Forges, ¡hasta Neufchätel!,
¡hasta Rouen!, ¡a todas partes! ¡Quién sabe si los colegas no escribirían
contra él! Se originaría una polémica, habría que contestar en los periódicos.
El propio Hipólito podía procesarle. ¡Se veía deshonrado, arruinado, perdido! Y
su imaginación, asaltada por una multitud de hipótesis, se agitaba en medio de
ellas como un tonel vacío arrastrado al mar y que flota sobre las olas.
Emma, frente a él, le miraba; no compartía su humillación, ella
sentía otra: era la de haberse imaginado que un hombre semejante pudiese valer
algo, como si veinte veces no se hubiese ya dado cuenta de su mediocridad.
Carlos se paseaba de un lado a otro de la habitación. Sus botas
crujían sobre el piso.
¡Siéntate! dijo ella , me pones nerviosa.
Él se volvió a sentar.
¿Cómo era posible que ella, tan inteligente, se hubiera
equivocado una vez más? Por lo demás, ¿por qué deplorable manía había
destrozado su existencia en continuos sacrificios? Recordó todos sus instintos
de lujo, todas las privaciones de su alma, las bajezas del matrimonio, del
gobierno de la casa, sus sueños caídos en el barro, como golondrinas heridas,
todo lo que había deseado, todas las privaciones pasadas, todo lo que hubiera
podido tener, y ¿por qué?, ¿por qué?
En medio del silencio que llenaba el pueblo, un grito
desgarrador atravesó el aire. Bovary palideció como si fuera a desmayarse. Emma
frunció el ceño con un gesto nervioso, después continuó. Era por él, sin
embargo, por aquel ser, por aquel hombre que no entendía nada, que no sentía
nada, pues estaba a11í, muy tranquilamente, y sin siquiera sospechar que el
ridículo de su nombre iba en to sucesivo a humillarla como a él.
Había hecho esfuerzos por amarle, y se había arrepentido
llorando por haberse entregado a otro.
Pero puede que fuera un valgus exclamó de repente Bovary que
estaba meditando.
Al choque imprevisto de esta frase que caía sobre su pensamiento
como una bala de plomo en una bandeja de plata, Emma, sobresaltada, levantó la
cabeza para adivinar to que él quería decir; y se miraron silenciosamente, casi
pasmados de verse, tan alejados estaban en su conciencia el uno del otro.
Carlos la contemplaba con la mirada turbia de un hombre borracho, al tiempo que
escuchaba, inmóvil, los últimos gritos del amputado que se prolongaban en
modulaciones lánguidas entrecortadas por gritos agudos, como alarido lejano de
algún animal que están degollando. Emma mordía sus labios pálidos, y dando
vueltas entre sus dedos a una ramita del polípero que había roto, clavaba sobre
Carlos la punta ardiente de sus pupilas, como dos flechas de fuego dispuestas
para disparar. Todo en él le irritaba ahora, su cara, su traje, to que no
decía, su persona entera, en fin, su existencia. Se arrepentía como de un
crimen, de su virtud pasada, y lo que aún le quedaba se derrumbaba bajo los
golpes furiosos de su orgullo. Se deleitaba en todas las perversas ironías del
adulterio triunfante. El recuerdo de su amante se renovaba en ella con
atracciones de vértigo; arrojaba allí su alma, arrastrada hacia aquella imagen
por un entusiasmo nuevo; y Carlos le parecía tan despegado de su vida, tan
ausente para siempre, tan imposible y aniquilado, como si fuera a morir y
hubiera agonizado ante sus ojos.
Se oyó un ruido de pasos en la acera. Carlos miró, y, a través
de la persiana bajada, vio junto al mercado, en pleno sol, al doctor Canivet
que se secaba la frente con su pañuelo. Homais, detrás de él, llevaba en la
mano una gran caja roja, y los dos se dirigían a la farmacia.
Entonces Carlos, presa de una súbita ternura y de desaliento, se
volvió hacia su mujer diciéndole:
¡Abrázame, cariño!
¡Déjame! dijo ella, toda roja de cólera.
¿Qué tienes? ¿Qué tienes? repetía él estupefacto . ¡Cálmate!
¡Bien sabes que lo quiero!..., ¡ven!
¡Basta! exclamó ella con aire terrible.
Y escapando de la sala, Emma cerró la puerta con tanta fuerza,
que el barómetro saltó de la pared y se aplastó en el suelo.
Carlos se derrumbó en su sillón, descompuesto, preguntándose lo
que le pasaba a su mujer, imaginando una enfermedad nerviosa, llorando y
sintiendo vagamente circular alrededor de él algo funesto a incomprensible.
Cuando de noche Rodolfo llegó al jardín, encontró a su amante
que le esperaba al pie de la escalera, en el primer escalón. Se abrazaron y
todo su rencor se derritió como la nieve bajo el calor de aquel beso.
CAPÍTULO XII
Comenzaron de nuevo a amarse. Incluso, a menudo, en medio del
día, Emma le escribía de pronto; luego, a través de los cristales, hacía una
señal a Justino, quien, desatando rápido su delantal, volaba hacia la Huchette.
Rodolfo venía; era para decirle que ella se aburría, que su marido era odioso y
su existencia espantosa.
¿Qué puedo hacer yo? exclamó él un día impacientado. ¡Ah!, ¡si
tú quisieras!...
Estaba sentada en el suelo, entre sus rodillas, con el pelo
suelto y la mirada perdida.
¿Y qué? dijo Rodolfo.
Ella suspiró.
Iríamos a vivir a otro lugar..., a alguna parte...
¡Estás loca, la verdad! dijo él riéndose . ¿Es posible?
Emma insistió; Rodolfo pareció no entender nada y cambió de
conversación.
Lo que él no comprendía era toda aquella complicación en una
cosa tan sencilla como el amor. Emma tenía un motivo, una razón, y como una
especie de apoyo para amarle.
En efecto, aquella ternura crecía de día en día, a medida que
aumentaba el rechazo de su marido. Cuanto más se entregaba a uno, más detestaba
al otro; jamás Carlos le había parecido tan desagradable, con unas manos tan
toscas, una mente tan torpe, unos modales tan vulgares como después de sus
citas con Rodolfo, cuando se encontraban juntos. Entonces, haciéndose la esposa
y la virtuosa, se inflamaba ante el recuerdo de aquella cabeza cuyo pelo negro
se enroscaba en un rizo hacia la frente bronceada, de aquel talle a la vez
robusto y elegante, de aquel hombre, en fin, que poseía tanta experiencia en la
razón, tanto arrebato en el deseo. Para él se limpiaba ella las uñas, con un
esmero de cincelador, y se maquillaba con tanto cuidado y se ponía pachulíl en
sus pañuelos. Se cargaba de pulseras, de sortijas, de collares. Cuando él iba a
venir, llenaba de rosas sus dos grandes jarrones de cristal azul, y arreglaba
su casa y su persona como una cortesana que espera a un príncipe. La criada
tenía que estar continuamente lavando ropa; y, en toda la jornada, Felicidad no
se movía de la cocina, donde el pequeño Justino a menudo le hacía compañía, la
miraba trabajar.
Con el codo sobre la larga mesa donde planchaba, observaba
ávidamente todas aquellas prendas femeninas extendidas a su alrededor: las
enaguas de bombasí, las pañoletas, los cuellos, y los pantalones abiertos,
anchos en las caderas y estrechos por abajo.
¿Para qué sirve eso? preguntaba el joven pasando la mano por el
miriñaque o los corchetes.
¿Pero nunca has visto nada de esto? respondía riendo Felicidad ,
como si lo patrona, la señora Homais, no los llevara iguales.
¡Ah sí!, ¡la señora Homais!
Y añadía con un tono meditabundo:
Perfume obtenido de la planta del mismo nombre.
¿Pero es una señora como la tuya?
Felicidad se impacientaba viéndole dar vueltas a su alrededor.
Ella tenía seis años más que él, y Teodoro, el criado del señor Guillaumin,
empezaba a hacerle la corte.
¡Déjame en paz! le decía apartando el tarro de almidón . Vete a
machacar almendras; siempre estás husmeando alrededor de las mujeres; para
meterte en eso, aguarda a que te salga la barba, travieso chaval.
Vamos, no se enfade, voy a limpiarle sus botines.
E inmediatamente alcanzaba sobre la chambrana los zapatos de
Emma, todos llenos de barro, el barro de las citas que se deshacía en polvo
entre sus dedos y que veía subir suavemente en un rayo de sol.
¡Qué miedo tienes de estropearlos! decía la cocinera, que no se
esmeraba tanto cuando los limpiaba ella misma, porque la señora, cuando la tela
ya no estaba nueva, se los dejaba.
Emma tenía muchos en su armario y los iba gastando poco a poco,
sin que nunca Carlos se permitiese hacerle la menor observación.
Así es que él pagó trescientos francos por una pierna de madera
que Emma creyó oportuno regalar a Hipólito. La pata de palo estaba rellena de
corcho, y tenía articulaciones de muelle, una mecánica complicada cubierta de
un pantalón negro, y ter-minaba en una bota brillante. Pero Hipólito, no
atreviéndose a usar todos los días una pierna tan bonita, supliçó a la señora
Bovary que le procurase otra más cómoda. El médico, desde luego, volvió a pagar
los gastos de esta adquisición.
Así pues, el mozo de cuadra poco a poco volvió a su oficio. Se
le veía como antes recorrer el pueblo, y cuando Carlos oía de lejos, sobre los
adoquines, el ruido seco de su palo, tomaba rápidamente otro camino.
Fue el señor Lheureux, el comerciante, quien se encargó del
pedido; esto le dio ocasión de tratar a Emma. Hablaba con ella de las nuevas
mercancías de París, de mil curiosidades femeninas, se mostraba muy
complaciente, y nunca reclamaba dinero. Emma se entregaba a esa facilidad de
satisfacer todos sus caprichos. Así, quiso adquirir, para regalársela a
Rodolfo, una fusta muy bonita que había en Rouen en una tienda de paraguas.
El señor Lheureux, a la semana siguiente, se la puso sobre la
mesa.
Pero al día siguiente se presentó en su casa con una factura de
doscientos setenta francos sin contar los céntimos. Emma se vio muy apurada:
todos los cajones del escritorio estaban vacíos, se debían más de quince días a
Lestiboudis, dos trimestres a la criada, muchas otras cosas más, y Bovary
esperaba con impaciencia el envío del señor Derozerays, que tenía costumbre,
cada año, de pagarle por San Pedro.
Al principio Emma consiguió liberarse de Lheureux; por fin éste
perdió la paciencia: le perseguían, todo el mundo le debía, y, si no recuperaba
algo, se vería obligado a retirarle todas las mercancías que la señora tenía.
¡Bueno, lléveselas! dijo Emma.
¡Oh!, ¡es de broma! replicó él . Sólo la fusta.
Pero bueno, le diré al señor que me la devuelva.
¡No!, ¡no! dijo ella.
iAh!, ¡te he cogido! pensó Lheureux.
Y, seguro de su descubrimiento, salió repitiendo a media voz, y
con su pequeño silbido habitual:
¡Está bien!, ¡ya veremos!, ¡ya veremos!
Emma estaba pensando cómo salir del apuro, cuando la cocinera
que entraba dejó sobre la chimenea un rollito de papel azul, de parte del señor
Derozerays. Emma saltó encima, lo abrió. Había quince napoleones(2). Era el
importe de la cuenta. Oyó a Carlos por la escalera; echó el oro en el fondo de
su cajón y cogió la llave.
2. Antigua moneda de oro, de 20 francos, con la efigie de
Napoleón.
Tres días después, Lheureux se presentó de nuevo.
Voy a proponerle un arreglo dijo él ; si en vez de la cantidad
convenida, usted quisiera tomar...
¡Aquí la tiene! dijo ella poniéndole en la mano catorce
napoleones.
El tendero quedó estupefacto. Entonces, para disimular su
desencanto, se extendió en excusas y en ofrecimientos de servicios que Emma
rechazó totalmente; después ella se quedó unos minutos palpando en el bolsillo
de su delantal las dos monedas de cien sueldos que le había devuelto. Prometía
economizar, para devolver después...
«¡Ah, bah! pensó ella , ya no se acordará más de esto.»
Además de la fusta con empuñadura roja, Rodolfo había recibido
un sello con esta divisa: Amor nel cor además, un echarpe para hacerse una
bufanda y, finalmente, una petaca muy parecida a la del vizconde, que Carlos
había recogido hacía tiempo en la carretera y que Emma conservaba. Sin embargo,
estos regalos le humillaban. Rechazó varios; ella insistió, y Rodolfo acabó
obedeciendo, encontrándola tiránica y muy dominante.
Además, Emma tenía ideas extravagantes.
Cuando den las doce de la noche decía ella , pensarás en mí.
Y si él confesaba que no había pensado, había una serie de
reproches, que terminaban siempre por la eterna pregunta.
¿Me quieres?
¡Claro que sí, te quiero! le respondía él.
¿Mucho?
¡Desde luego!
¿No has tenido otros amores, eh?
¿Crees que me has cogido virgen? exclamaba él riendo.
Emma lloraba, y él se esforzaba por consolarla adornando con
retruécanos sus protestas amorosas.
¡Oh!, ¡es que te quiero! replicaba ella , te quiero tanto que no
puedo pasar sin ti, ¿lo sabes bien? A veces tengo ganas de volver a verte y
todas las cóleras del amor me desgarran. Me pregunto: ¿Dónde está? ¿Acaso está
hablando con otras mujeres? Ellas le sonríen, él se acerca. ¡Oh, no!, ¿verdad
que ninguna te gusta? Las hay más bonitas; ¡pero yo sé amar mejor! ¡Soy tu
esclava y tu concubina! ¡Tú eres mi rey, mi ídolo! ¡Eres bueno! ¡Eres guapo!
¡Eres inteligente! ¡Eres fuerte!
Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían
ninguna novedad para él. Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de
la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna
monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.
Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos
bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le
habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de
las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan
afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por
las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de
sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es
como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los
osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
Pero, con esta superioridad de crítica propia del que en
cualquier compromiso se mantiene en reserva, Rodolfo percibió en este amor
otros gozos que explotar. Juzgó incómodo todo pudor. La trató sin miramientos.
Hizo de ella algo flexible y corrompido. Era una especie de sumisión idiota
llena de admiración para él, de voluptuosidades para ella., una placidez que la
embotaba, y su alma se hundía en aquella embriaguez y se ahogaba en ella,
empequeñecida como el duque de Clarence en su tonel de malvasía(3).
Sólo por el efecto de sus hábitos amorosos, Madame Bovary cambió
de conducta. Sus miradas se hicieron más atrevidas, sus conversaciones, más
libres; tuvo incluso la inconveniencia de pasearse con Rodolfo, con un
cigarrillo en la boca, como para « burlarse del mundo»; en fin, los que todavía
dudaban ya no dudaron cuando la vieron un día bajar de «La Golondrina», el
talle ceñido por un chaleco, como si fuera un hombre; y la señora Bovary madre,
que después de una espantosa escena con su marido había venido a refugiarse a
casa de su hijo, no fue la burguesa menos escandalizada. Muchas otras cosas le
escandalizaron; en primer lugar, Carlos no había escuchado sus consejos sobre
la prohibición de las novelas; después, «el estilo de la casa» le desagradaba;
se permitió hacerle algunas observaciones, y se enfadaron, sobre todo una vez a
propósito de Felicidad.
3. El duque de Clarence (1449-1478), nacido en Dublín, hermano
de Eduardo IV, rey de Inglaterra, habiendo traicionado a éste, fue ejecutado en
la Torre de Londres.
La señora Bovary madre, la noche anterior, atravesando el
corredor, la había sorprendido en compañía de un hombre, un hombre de barba
oscura, de unos cuarenta años, y que, al ruido de sus pasos, se había escapado
rápidamente de la cocina. Entonces Emma se echó a reír; pero la buena señora
montó en cólera, declarando que, a no ser que se burlasen de las costumbres,
debían vigilar las de los criados.
¿De qué mundo es usted? dijo la nuera, con una mirada tan
impertinente que la señora Bovary le preguntó si no defendía su propia causa.
¡Salga de aquí! dijo la joven levantándose de un salto.
¡Emma!... ¡Mamá!... exclamaba Carlos para reconciliarlas.
Pero las dos habían huido exasperadas. Emma pataleaba
repitiendo:
¡Ah!, ¡qué modales!, ¡qué aldeana!
Carlos corrió hacia su madre; estaba fuera de sus casillas, y
balbuceaba:
¡Es una insolente!, ¡una alocada!, ¡quizás peor que eso!
Y quería marcharse inmediatamente, si su nuera no venía a
presentarle excusas. Carlos se volvió entonces hacia su mujer y la conjuró a
que cediera; se puso de rodillas; ella acabó respondiendo.
¡Ea!, ya voy.
En efecto, tendió la mano a su suegra con una dignidad de
marquesa, diciéndole:
¡Dispénseme, señora!
Después, vuelta a su habitación, se echó en cama boca abajo, y
lloró como una niña, con la cabeza hundida en la almohada.
Habían convenido ella y Rodolfo, que en caso de que aconteciese
algo extraordiario, ella ataría a la persiana un papelito blanco mojado, para
que, si por casualidad él se encontraba en Yonville, acudiera a la callejuela,
detrás de la casa. Emma hizo la señal; llevaba esperando tres cuartos de hora,
cuando de pronto vio a Rodolfo en la esquina del mercado. Estuvo tentada de
abrir la ventana para llamarle; pero él ya había desaparecido. Emma volvió a
sumirse en la desesperación.
Sin embargo, pronto le pareció que caminaban por la acera. Era
él, sin duda; bajó la escalera, atravesó el patio. Allí, fuera, estaba Rodolfo.
Emma se echó en sus brazos.
¡Ten cuidado! dijo él.
¡Ah!, ¡si supieras! replicó ella.
Y empezó a contarle todo, deprisa, sin orden, exagerando los
hechos, inventando varios y prodigando tanto los paréntesis que él no entendía
nada.
¡Vamos!, ¡pobre angel mío, ánimo, consuélate, paciencia!
Pero hace cuatro años que aguanto y que sufro... Un amor como el
nuestro tendrá que confesarse a la faz del cielo: ¡todos son a torturarme! ¡No
aguanto más! ¡Sálvame!
Y se apretaba contra Rodolfo; sus ojos, llenos de lágrimas,
resplandecían como luces bajo el agua; su garganta jadeaba con sollozos
entrecortados; jamás él la había querido tanto; de tal modo que perdió la
cabeza y le dijo:
¿Qué hay que hacer?, ¿qué quieres?
¡Llévame! exclamó ella . ¡Ráptame!... ¡Oh!, ¡te to suplico!
Y se precipitó sobre su boca, como para arrancarle el
consentimiento inesperado que de ella se exhalaba en un beso.
Pero... replicó Rodolfo.
¿Qué?
¿Y tu hija?
Emma reflexionó unos minutos, después contestó:
Nos la llevaremos, ¡qué remedio!
¡Qué mujer! dijo él viéndola alejarse, pues acababa de irse por
el jardín. La llamaban.
La señora Bovary, los días siguientes, se extrañó mucho de la
metamorfosis de su nuera. En efecto, Emma se mostró más dócil, a incluso llegó
su deferencia hasta pedirle una receta para poner pepinillos en escabeche.
¿Era para engañarlos mejor al uno y a la otra?, ¿o bien quería,
por una especie de estoicismo voluptuoso, sentir más profundamente la amargura
de las cosas que iba a abandonar? Pero no reparaba en ello, al contrario; vivía
como perdida en la degustación anticipada de su felicidad cercana. Era un tema
inagotable de charlas con Rodolfo. Se apoyaba en su hombro, murmuraba:
¡Eh!, ¡cuando estemos en la diligencia! ¿Piensas en ello? ¿Es
posible? Me parece que en el momento en que sienta arrancar el coche será como
si subiéramos en globo, como si nos fuéramos a las nubes. ¿Sabes que cuento los
días?... ¿Y tú?...
Nunca Madame Bovary estuvo tan bella como en esta época: tenía
esa indefinible belleza que resulta de la alegría, del entusiasmo, del éxito, y
que no es más que la armonía del temperamento con las circunstancias. Sus
ansias, sus penas, la experiencia del placer y sus ilusiones todavía jóvenes,
igual que les ocurre a las flores, con el abono, la lluvia, los vientos y el
sol, la habían ido desarrollando gradualmente y ella se mostraba, por fin, en
la plenitud de su naturaleza. Sus párpados parecían recortados expresamente
para sus largas miradas amorosas en las que se perdía la pupila, mientras que
un aliento fuerte separaba las finas aletas de su nariz y elevaba la carnosa
comisura de sus labios, sombreados a la luz por un leve bozo negro. Dijérase
que un artista hábil en corrupciones había dispuesto sobre su nuca la trenzada
mata de sus cabellos: se enroscaban en una masa espesa, descuidadamente, y
según los azares del adulterio, que los soltaba todos los días. Su voz ahora
tomaba unas inflexiones más suaves, su talle también; algo sutil y penetrante
se desprendía incluso de sus vestidos y del arco de su pie. Carlos, como en los
primeros tiempos de su matrimonio, la encontraba deliciosa y absolutamente
irresistible.
Cuando regresaba a medianoche no se atrevía a despertarla. La
lamparilla de porcelana proyectaba en el techo un círculo de claridad trémula,
y las cortinas de la cunita formaban como una choza blanca que se abombaba en
la sombra al lado de la cama. Carlos las miraba. Creía oír la respiración
ligera de su hija. Iba a crecer ahora; cada estación, rápidamente, traería un
progreso. Ya la veía volver de la escuela a la caída de la tarde, toda
contenta, con su blusita manchada de tinta, y su cestita colgada del brazo;
después habría que ponerla interna, esto costaría mucho; ¿cómo hacer? Entonces
reflexionaba. Pensaba alquilar una pequeña granja en los alrededores y que él
mismo vigilaría todas las mañanas al ir a visitar a sus enfermos. Ahorraría lo
que le produjera, lo colocaría en la caja de ahorros; luego compraría acciones,
en algún sitio, en cualquiera; por otra parte, la clientela aumentaría; contaba
con eso, pues quería que Berta fuese bien educada, que tuviese talentos, que
aprendiese el piano. ¡Ah!, ¡qué bonita sería, más adelante, a los quince años,
cuando, pareciéndose a su madre, llevase como ella, en verano, grandes
sombreros de paja!, las tomarían de lejos por dos hermanas. Ya la imaginaba
trabajando de noche al lado de ellos, bajo la luz de la lámpara; le bordaría
unas pantuflas; se ocuparía de la casa; la llenaría toda con su gracia y su
alegría. Por fin, pensarían en casarla: le buscarían un buen chico que tuviese
una situación sólida; la haría feliz; esto duraría siempre.
Emma no dormía, parecía estar dormida; y mientras que él se
amodorraba a su lado, ella se despertaba con otros sueños. A1 galope de cuatro
caballos, era transportada desde hacía ocho días hacia un país nuevo, de donde
no volverían más. Caminaban, caminaban, con los brazos entrelazados, sin
hablar. A menudo, desde lo alto de una montaña, divisaba de pronto una ciudad
espléndida con cúpulas, puentes, barcos, bosques de limoneros y catedrales de
mármol blanco, cuyos campanarios agudos albergaban nidos de cigüeñas. Caminaban
al paso, a causa de las grandes losas, y había en el suelo ramos de flores que
les ofrecían mujeres vestidas con corpiño rojo. El tañido de las campanas y los
relinchos de los mulos se confundían con el murmullo de las guitarras y el
ruido de las fuentes, cuyo vapor ascendente refrescaba pilas de frutas,
dispuestas en pirámide al pie de las estatuas pálidas, que sonreían bajo los
surtidores de agua. Y después, una tarde, llegaban a un pueblo de pescadores,
donde se secaban al aire redes oscuras tendidas a lo largo del acantilado y de
las chabolas. Allí es donde se quedarían a vivir; habitarían una casa baja, de
tejado plano, a la sombra de una palmera, en el fondo de un golfo, a orilla del
mar. Se pasearían en góndola, se columpiarían en hamaca; y su existencia sería
fácil y holgada como sus vestidos de seda, toda cálida y estrellada como las
noches suaves que contemplarían. En este tiempo, en la inmensidad de este
porvenir que ella se hacía representar, nada de particular surgía; los días,
todos magníficos, se parecían como olas; y aquello se columpiaba en el
horizonte, infinito, armonioso, azulado a inundado de sol. Pero la niña
empezaba a toser en la cuna, o bien Bovary roncaba más fuerte, y Emma no
conciliaba el sueño hasta la madrugada, cuando el alba blanqueaba las baldosas
y ya el pequeño Justino, en la plaza, abría los postigos de la farmacia.
Emma había llamado al señor Lheureux y le había dicho:
Necesitaría un abrigo, un gran abrigo, de cuello largo, forrado.
¿Se va de viaje? le preguntó él.
¡No!, pero... no importa, ¿cuento con usted, verdad?, ¡y
rápidamente!
El asintió.
Necesitaría, además replicó ella , un arca..., no demasiado
pesada, cómoda.
Sí, sí, ya entiendo, de noventa y dos centímetros
aproximadamente por cincuenta, como las hacen ahora.
Y un bolso de viaje.
«Decididamente pensó Lheureux , aquí hay gato encerrado».
Y tenga esto dijo la señora Bovary sacando su reloj del cinturón
,tome esto: se cobrará de ahí.
Pero el comerciante exclamó que de ninguna manera; se conocían;
¿acaso podía dudar de ella? ¡Qué chiquillada! Ella insistió para que al menos
se quedase con la cadena, y ya Lheureux la había metido en su bolsillo y se
marchaba, cuando Emma volvió a llamarle.
Déjelo todo en su casa. En cuanto al abrigo ella pareció
reflexionar no lo traiga tampoco; solamente me dará la dirección del sastre y
le dirá que me lo tenga preparado.
Era el mes siguiente cuando iban a fugarse. Ella saldría de
Yonvitlle como para ir a hacer compras a Rouen. Rodolfo habría reservado las
plazas, tomado los pasaportes a incluso escrito a París, a fin de contar con la
diligencia completa hasta Marsella, donde comprarían una calesa, y, de allí,
continuarían sin parar camino de Génova. Ella se preocuparía de enviar a casa
de Lheureux el equipaje, que sería llevado directamente a «La Golondrina», de
manera que así no sospechara nadie; y, a todo esto, nunca se hablaba de la
niña. Rodolfo evitaba hablar de ella; quizás ella misma ya no pensaba en esto.
Rodolfo quiso tener dos semanas más por delante para terminar
algunos preparativos; después, al cabo de ocho días, pidió otros quince;
después dijo que estaba enfermo; luego hizo un viaje; pasó el mes de agosto, y
después de todos estos aplazamientos decidieron que sería irrevocablemente el
cuatro de septiembre, un lunes.
Por fin llegó el sábado, la antevíspera.
Aquella noche Rodolfo vino más temprano que de costumbre.
¿Todo está preparado? le preguntó ella.
Sí.
Entonces dieron la vuelta a un arriate y fueron a sentarse cerca
del terraplén, en la tapia.
Estás triste dijo Emma.
No, ¿por qué?
Y entretanto él la miraba de un modo especial, con ternura.
¿Es por marcharte? replicó ella , ¿por dejar tus amistades, tu
vida? ¡Ah!, ya comprendo... ¡Pero yo no tengo a nadie en el mundo!, tú lo eres
todo para mí. Por eso yo seré toda para ti, seré para ti tu familia, tu patria;
te cuidaré, te amaré.
¡Eres un encanto! le dijo él estrechándola entre sus brazos.
¿Verdad? dijo ella con una risa voluptuosa . ¿Me quieres?
¡júralo!
¡Que si te quiero!, ¡que si to quiero!. ¡Si es que te adoro,
amor mío!
La luna, toda redonda y color de púrpura, asomaba a ras del
suelo, al fondo de la pradera. Subía rápida entre las ramas de los álamos, que
la ocultaban de vez en cuando, como una cortina negra, agujereada. Después
apareció, resplandeciente de blancura, en el cielo limpio que alumbraba; y
entonces, reduciendo su marcha, dejó caer sobre el río una gran mancha, que
formaba infinidad de estrellas; y este brillo plateado parecía retorcerse hasta
el fondo, a la manera de una serpiente sin cabeza cubierta de escamas
luminosas. Aquello se parecía también a algún monstruoso candelabro, a lo largo
del cual chorreaban gotas de diamante en fusión. En torno a ellos se extendía
la noche suave; unas capas de sombra llenaban los follajes. Emma, con los ojos
medio cerrados, aspiraba con grandes suspiros el viento fresco que soplaba. No
se hablaban, de absortos que estaban por el ensueño que les dominaba. La
ternura de otros tiempos les volvía a la memoria, abundante y silenciosa como
el río que corría, con tanta suavidad como la que traía del jardín el perfume
de las celindas, y proyectaba en su recuerdo sombras más desmesuradas y
melancólicas que las de los sauces inmóviles que se inclinaban sobre la hierba.
A menudo algún bicho nocturno, erizo o comadreja, dispuesto para cazar, movía
las hojas, o se oía por momentos un melocotón maduro que caía, solo, del
espaldar.
¡Ah!, ¡qué hermosa noche! dijo Rodolfo.
¡Tendremos otras! replicó Ernma.
Y como hablándose a sí misma:
Sí, será bueno viajar... ¿Por qué tengo el corazón triste, sin
embargo? ¿Es el miedo a lo desconocido..., el efecto de los hábitos abandonados
o más bien...? No, es el exceso de felicidad. ¡Qué débil soy, verdad!
¡Perdóname!
Todavía estás a tiempo exclamó Rodolfo . Reflexiona, quizás te
arrepentirás después.
¡Jamás! dijo ella impetuosamente.
Y acercándose a él:
¿Pues qué desgracia puede sobrevenirme? No hay desierto,
precipicio ni océano que no atravesara contigo. A medida que vivamos juntos,
será como un abrazo cada día más apretado, más completo. No tendremos nada que
nos turbe, ninguna preocupación, ningún obstáculo. Viviremos sólo para
nosotros, el uno para el otro, eternamente... ¡Habla, contéstame!
Rodolfo contestaba a intervalos regulares. «Sí... Sí. ..»
Ella le había pasado las manos por los cabellos y repetía con
voz infantil, a pesar de las gruesas lágrimas que le caían:
¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Ah, Rodolfo, querido Rodolfito mío! Sonaron
las campanadas de medianoche.
¡Las doce! exclamó Emma . ¡Vámonos, ya es mañana! ¡Un día más!
Rodolfo se levantó para marcharse; y como si aquel gesto fuese
la señal de su fuga, Emma exclamó, de pronto, con aire jovial:
¿Tienes los pasaportes?
Sí.
¿No olvidas nada?
No.
¿Estás seguro?
Segurísimo.
Es en el Hotel de Provence, donde me esperarás, ¿verdad?... a
mediodía...
Rodolfo hizo un gesto de afirmación con la cabeza.
¡Hasta mañana! dijo Emma en una última caricia.
Y le miró alejarse.
Rodolfo no miraba hacia atrás, Emma corrió detrás de él
inclinándose a la orilla del agua entre malezas:
¡Hasta mañana! exclamó.
Rodolfo estaba ya al otro lado del río y caminaba deprisa por la
pradera.
Al cabo de unos minutos se detuvo; y cuando la vio con su
vestido blanco evaporarse poco a poco en la sombra, como un fantasma, sintió
latirle el corazón con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en un árbol para no
caer.
¡Qué imbécil soy! dijo lanzando un espantoso juramento . No
importa, ¡era una hermosa amante!
Y súbitamente se le reapareció la belleza de Emma, con todos los
placeres de aquel amor. Primeramente se enterneció, después se rebeló contra
ella.
Porque, al fin y al cabo exclamaba gesticulando , yo no puedo
expatriarme y cargar con una niña.
Y se decía estas cosas para reafirmarse en su decisión.
Y, encima, las molestias, los gastos... ¡Ah!, ¡no, no, mil veces
no! ¡Sería demasiado estúpido!
CAPÍTULO XIII
Apenas llegó a casa, Rodolfo se sentó bruscamente a su mesa de
despacho, bajo la cabeza de ciervo que, como trofeo, colgaba de la pared. Pero,
ya con la pluma entre los dedos, no se le ocurrió nada, de modo que, apoyándose
en los dos codos, se puso a reflexionar. Emma le parecía alejada en un pasado
remoto, como si la resolución que él había tomado acabase de poner entre los
dos, de pronto, una inmensa distancia.
A fin de volver a tener en sus manos algo de ella, fue a buscar
al armario, en la cabecera de su cama, una vieja caja de galletas de Reims
donde solía guardar sus cartas de mujeres, y salió de ella un olor a polvo
húmedo y a rosas marchitas. Primero vio un pañuelo de bolsillo, cubierto de
gotitas pálidas. Era un pañuelo de ella, de una vez que había sangrado por la
nariz, yendo de paseo; él ya no se acordaba. Cerca, tropezando en todas las
esquinas, estaba la miniatura que le había dado Emma; su atavío le pareció
pretencioso y su mirada de soslayo, del más lastimoso efecto; después, a fuerza
de contemplar aquella imagen y de evocar el recuerdo del modelo, los rasgos de
Emma se confundieron poco a poco en su memoria, como si el rostro vivo y el
rostro pintado, frotándose el uno contra el otro, se hubieran borrado
recíprocamente. Por fin leyó cartas suyas; estaban llenas de explicaciones
relativas a su viaje, cortas, técnicas y apremiantes como cartas de negocios.
Quiso ver de nuevo las largas, las de antes; para encontrarlas en el fondo de
la caja, Rodolfo revolvió todas las demás; y maquinalmente se puso a buscar en
aquel montón de papeles y de cosas, y encontró mezclados ramilletes, una liga,
un antifaz negro, alfileres y mechones de pelo, castaños, rubios; algunos,
incluso, enredándose en el herraje de la caja, se rompían cuando se abría.
Vagando ast entre sus recuerdos, examinaba la letra y el estilo
de las cartas, tan variadas como sus ortografías. Eran tiernas o joviales,
chistosas, melancólicas; las había que pedían amor y otras que pedían dinero. A
propósito de una palabra, recordaba caras, ciertos gestos, un tono de voz;
algunas veces, sin embargo, no recordaba nada.
En efecto, aquellas mujeres, que acudían a la vez a su
pensamiento, se estorbaban las unas a las otras y se empequeñecían, como bajo
un mismo nivel de amor que las igualaba. Cogiendo, pues, a puñados las cartas
mezcladas, se divirtió durante unos minutos dejándolas caer en cascadas, de la
mano derecha a la mano izquierda. Finalmente, aburrido, cansado, Rodolfo fue a
colocar de nuevo la caja en el armario diciéndose:
¡Qué cantidad de cuentos!
Lo cual resumía su opinión; porque los placeres como escolares
en el patio de un colegio, habían pisoteado de tal modo su corazón, que en él
no crecía nada tierno, y lo que pasaba por a11í, más distraído que los niños,
ni siquiera dejaba, como ellos, su nombre grabado en la pared.
¡Bueno se dijo , empecemos!
Escribió:
«¡Ánimo, Emma!, ¡ánimo! Yo no quiero causar la desgracia de su
existencia...»
«Después de todo, es cierto, pensó Rodolfo; actúo por su bien;
soy honrado.»
«¿Ha sopesado detenidamente su determinación? ¿Sabe el abismo al
que la arrastraba, ángel mío? No, ¿verdad? Iba confiada y loca, creyendo en la
felicidad, en el porvenir... ¡ah!, ¡qué desgraciados somos!, ¡qué insensatos!»
Rodolfo se paró aquí buscando una buena disculpa.
«¿Si le dijera que toda mi fortuna está perdida?... ¡Ah!, no, y
además, esto no impediría nada. Esto serviría para volver a empezar. ¡Es que se
puede hacer entrar en razón a tales mujeres!»
Reflexionó, luego añadió:
«No la olvidaré, puede estar segura, y siempre le profesaré un
profundo afecto; pero un dia, tarde o temprano, este ardor, tal es el destino
de las cosas humanas, habría disminuido, sin duda. Nos habríamos hastiado, y
quién sabe incluso si yo no hubiera tenido el tremendo dolor de asistir a sus
remordimientos y de participar yo mismo en ellos, pues habría sido el
responsable. Sólo pensar en sus sufrimientos me tortura. ¡Emma! ¡Olvídeme! ¿Por
qué tuve que conocerla? ¿Es culpa mía? ¡Oh, Dios mío!, ¡no, no, no culpe de
ello más que a la fatalidad!»
«He aquí una palabra que siempre hace efecto se dijo.»
«¡Ah!, si hubiera sido una de esas mujeres de corazón frívolo
como tantas se ven, yo habría podido, por egoísmo, intentar una experiencia
entonces sin peligro para usted. Pero esta exaltación deliciosa, que es a la
vez su encanto y su tormento, le ha impedido comprender, adorable mujer, la
falsedad de nuestra posición futura. Yo tampoco había reflexionado al
principio, y descansaba a la sombra de esa felicidad ideal, como a la del
manzanillo, sin prever las consecuencias.»
Va quizá a sospechar se dijo que es mi avaricia lo que me hace
renunciar... ¡Ah!, ¡no importa!, ¡lo siento, hay que terminar!:
«El mundo es cruel, Emma. Donde quiera que estuviésemos nos
habría perseguido. Tendría que soportar las preguntas indiscretas, la calumnia,
el desdén, el ultraje tal vez. ¡Usted ultrajada!, ¡oh!... ¡Y yo que la quería
sentar en un trono!, ¡yo que llevo su imagen como un talismán! Porque yo me
castigo con el destierro por todo el mal que le he hecho. Me marcho. ¿Adónde?
No lo sé, ¡estoy loco! ¡Adiós! ¡Sea siempre buena! Guarde el recuerdo del
desgraciado que la ha perdido. Enseñe mi nombre a su hija para que lo invoque
en sus oraciones.»
El pábilo de las dos velas temblaba. Rodolfo se levantó para ir
a cerrar la ventana, y cuando volvió a sentarse:
Me parece que está todo. ¡Ah! Añadiré, para que no venga a
reanimarme: «Estaré lejos cuando lea estas tristes líneas; pues he querido
escaparme lo más pronto posible a fin de evitar la tentación de volver a verla.
¡No es debilidad! Volveré, y puede que más adelante hablemos juntos muy
fríamente de nuestros antiguos amores. ¡Adiós!»
Y había un último adiós, separado en dos palabras: «¡A Dios!»,
lo cual juzgaba de muy buen gusto.
¿Cómo voy a firmar, ahora? se dijo . ¿Su siempre fíel? ¿Su
amigo? Sí, eso es: «Su amigo.»
Rodolfo releyó la carta. la encontró bien. «¡Pobrecilla chica!
pensó enternecido . Va a creerse más insensible que una roca; habrían hecho
falta aquí unas lágrimas; pero no puedo llorar; no es mía la culpa.» Y echando
agua en un vaso, Rodolfo mojó en ella su dedo y dejó caer desde arriba una
gruesa gota, que hizo una mancha pálida sobre la tinta; después, tratando de
cerrar la carta, encontró el sello Amor nel cor.
Esto no pega en este momento... ¡Bah!, ¡no importa!
Después de lo cual, fumó tres pipas y fue a acostarse.
Al día siguiente, cuando se levantó, alrededor de las dos (se
había quedado dormido muy tarde), Rodolfo fue a recoger una cestilla de
albaricoques, puso la carta en el fondo debajo de hojas de parra, y ordenó
enseguida a Girard, su gañán, que la llevase delicadamente.
Se servía de este medio para corresponder con ella, enviándole,
según la temporada, fruta o caza.
Si le pide noticias mías le dijo , contestarás que he salido de
viaje. Hay que entregarle el cestillo a ella misma, en sus propias manos...
¡Vete con cuidado!
Girard se puso su blusa nueva, ató su pañuelo alrededor de los
albaricoques, y caminando a grandes pasos con sus grandes zuecos herrados, tomó
tranquilamente el camino de Yonville.
Madame Bovary, cuando él llegó a casa, estaba preparando con
Felicidad, en la mesa de la cocina, un paquete de ropa.
Aquí tiene dijo el gañán lo que le manda nuestro amo.
Ella fue presa de una corazonada, y, al tiempo que buscaba una
moneda en su bolsillo, miraba al campesino con ojos huraños, mientras que él
mismo la miraba con estupefacción, no comprendiendo que semejante regalo
pudiese conmocionar tanto a alguien. Por fin se marchó. Felicidad quedaba a11í.
Emma no aguantaba más, corrió a la sala como para dejar a11í los albaricoques,
vació el cestillo, arrancó las hojas, encontró la carta, la abrió y, como si
hubiera habido detrás de ella un terrible incendio, Emma empezó a escapar hacia
su habitación, toda asustada.
Carlos estaba allí, ella se dio cuenta; él le habló, Emma no oía
nada, y siguió deprisa subiendo las escaleras, jadeante, loca, y manteniendo
aquella horrible hoja de papel, que le crujía entre los dedos como si fuese de
hojalata. En el segundo piso se paró ante la puerta del desván que estaba
cerrada.
Entonces quiso calmarse; se acordó de la carta, había que
terminarla, no se atrevió. Además, ¿dónde?, ¿cómo?, la verían.
«¡Ah!, no, aquí pensó ella estaré bien.»
Emma empujó la puerta y entró.
Las pizarras del tejado dejaban caer a plomo un calor pesado,
que le apretaba las sienes y la ahogaba; se arrastró hasta la buhardilla
cerrada, corrió el cerrojo y de golpe brotó una luz deslumbrante.
Enfrente, por encima de los tejados, se extendía el campo libre
hasta perderse de vista, las piedras de la acera brillaban, las veletas de las
casas se mantenían inmóviles; en la esquina de la calle salía de un piso
inferior una especie de ronquido con modulaciones estridentes. Era Binet que
trabajaba con el torno. Emma, apoyada en el vano de la buhardilla, releía la
carta con risas de cólera. Pero cuanta mayor atención ponía en ello, más se
confundían sus ideas. Le volvía a ver, le escuchaba, le estrechaba con los dos
brazos; y los latidos del corazón, que la golpeaban bajo el pecho como grandes
golpes de ariete, se aceleraban sin parar, a intervalos desiguales. Miraba a su
alrededor con el deseo de que se abriese la tierra. ¿Por qué no acabar de una
vez? ¿Quién se lo impedía? Era libre. Y se adelantó, miró al pavimento
diciéndose:
¡Vamos!, ¡vamos!
El rayo de luz que subía directamente arrastraba hacia el abismo
el peso de su cuerpo. Le parecía que el suelo de la plaza, oscilante, se
elevaba a lo largo de las paredes, y que el techo de la buhardilla se inclinaba
por la punta, a la manera de un barco que cabecea. Ella se mantenía justo a la
orilla, casi colgada, rodeada de un gran espacio. El azul del cielo la invadía,
el aire circulaba en su cabeza hueca, sólo le faltaba ceder, dejarse llevar, y
el ronquido del torno no cesaba, como una voz furiosa que la llamaba.
¡Mujer!, ¡mujer! gritó Carlos.
Emma se paró.
Pero ¿dónde estás? ¡Vente!
La idea de que acababa de escapar a la muerte estuvo a punto de
hacerle desvanecerse de terror; cerró los ojos; después se estremeció al
contacto de una mano en su manga; era Felicidad.
El señor la espera, señora; la sopa está servida.
¡Y hubo que bajar!, ¡y hubo que sentarse a la mesa!
Intentó comer. Los bocados le ahogaban. Entonces desplegó su
servilleta como para examinar los zurcidos, y quiso realmente aplicarse a ese
trabajo, contar los hilos de la tela. De pronto, le asaltó el recuerdo de la
carta. ¿La había perdido? ¿Dónde encontrarla? Pero ella sentía tal cansancio en
su espíritu que no fue capaz de inventar un pretexto para levantarse de la
mesa. Además se había vuelto cobarde; tenía miedo a Carlos; él lo sabía todo,
seguramente. En efecto, pronunció estas palabras, de un modo especial:
Según parece, tardaremos en volver a ver al señor Rodolfo.
¿Quién te lo ha dicho? dijo ella sobresaltada.
¿Quién me lo ha dicho? replicó él, un poco sorprendido por este
tono brusco ; Girard, a quien he encontrado hace un momento a la puerta del
«Café Francés». Ha salido de viaje o va a salir. Ella dejó escapar un sollozo.
¿Qué es lo que te extraña? Se ausenta así de vez en cuando para
distraerse, y, ¡a fe mía!, yo lo apruebo. ¡Cuando se tiene fortuna y se está
soltero!... Por lo demás, nuestro amigo se divierte a sus anchas, es un
bromista. El señor Langlois me ha contado...
Él se calló por discreción, pues entraba la criada.
Felicidad volvió a poner en el cesto los albaricoques esparcidos
por el aparador; Carlos, sin notar el color rojo de la cara de su mujer, pidió
que se los trajeran, tomó uno y to mordió.
¡Oh!, ¡perfecto! exclamó . Toma, prueba.
Y le tendió la canastilla, que ella rechazó suavemente.
Huele: ¡qué olor! dijo él pasándosela delante de la nariz varias
veces.
¡Me ahogo! exclamó ella levantándose de un salto.
Pero, por un esfuerzo de voluntad, aquel espasmo desapareció; y
después.
¡No es nada! dijo ella , ¡no es nada!, ¡son los nervios!
¡Siéntate, come!
Porque ella temía que fuesen a interrogarla, a cuidarla, a no
dejarla en paz.
Carlos, por obedecer, se había vuelto a sentar, y echaba en su
mano los huesos de los albaricoques que depositaba inmediatamente en su plato.
De pronto, un tilburi azul pasó a trote ligero por la plaza.
Emma lanzó un grito y cayó rígida al suelo, de espalda.
En efecto, Rodolfo, después de muchas reflexiones, se había
decidido a marcharse para Rouen. Ahora bien, como no hay, desde la Muchette a
Buchy, otro camino que el de Yonville, había tenido que atravesar el pueblo, y
Emma lo había reconocido a la luz de los faroles, que cortaban el crepúsculo
como un relámpago.
El farmacéutico, al oír el barullo que había en casa, salió
corriendo hacia ella. La mesa, con todos los platos, se había volcado; salsa,
carne, los cuchillos, el salero y la aceitera llenaban la sala; Carlos pedía
socorro; Berta, asustada, gritaba; y Felicidad cuyas manos temblaban,
desabrochaba a la señora, que tenía convulsiones por todo el cuerpo.
Voy corriendo dijo el boticario a buscar a mi laboratorio un
poco de vinagre aromático.
Después, viendo que Emma volvía a abrir los ojos al respirar el
frasco, dijo el boticario:
Estaba seguro; esto resucitaría a un muerto.
¡Háblanos! decía Carlos , ¡háblanos! ¡Vuelve en ti! ¡Soy yo, tu
Carlos que te quiere! ¿Me reconoces? Mira, aquí tienes a tu hijita: ¡bésala!
La niña tendía los brazos hacia su madre para colgarse a su
cuello. Pero, volviendo la cabeza, Emma dijo con una voz entrecortada:
No, no... ¡nadie!
Y volvió a desvanecerse. La llevaron a su cama.
Allí seguía tendida, con la boca abierta, los párpados cerrados,
las palmas de las manos extendidas, inmóvil, y blanca como una estatua de cera.
De sus ojos salían dos amagos de lágrimas que corrían lentamente hacia la
almohada.
Carlos permanecía en el fondo de la alcoba, y el.farmacéutico, a
su lado, guardaba ese silencio meditativo que conviene tener en las ocasiones
serias de la vida.
Tranquilícese le dijo dándole con el codo , creo que el
paroxismo ha pasado.
Sí, ahora descansa un poco respondió Carlos, que miraba cómo
dormía . ¡Pobre mujer!... ¡Pobre mujerl, ha recaído.
Entonces Homais preguntó cómo había sobrevenido este accidente.
Carlos respondió que le había dado de repente, mientras comía unos
albaricoques.
¡Qué raro!. replicó el farmacéutico . Pero es posible que los
albaricoques fuesen la causa de este síncope ¡Hay naturalezas tan sensibles
frente a ciertos olores!, a incluso sería un buen tema de estudio, tanto en el
plano patológico como en el fisiológico. Los sacerdotes conocían su
importancia, ellos que siempre han mezclado aromas a sus ceremonias. Es para
entorpecer el entendimiento y provocar éxtasis, cosa por otro lado fácil de
obtener en las personas del sexo débil, que son más delicadas. Se habla de
quienes se desmayan al olor del cuero quemado, del pan tierno...
¡Cuidado, que no se despierte! dijo en voz baja Bovary.
Y no sólo continuó el boticario los humanos están expuestos a
estas anomalías, sino también los animales. Así, usted no ignora el efecto
singularmente afrodisiaco que produce la nepeta cataria, vulgarmente llamada
hierba de gato, en los felinos; y por otra parte, para citar un ejemplo cuya
autenticidad garantizo, Bridoux (uno de mis antiguos compañeros, actualmente
establecido en la calle Malpalu) posee un perro al que le dan convulsiones
cuando le presentan una tabaquera. Incluso hace la experiencia delante de sus
amigos, en su pabellón del bosque Guillaume. ¿Se podría creer que un simple
estornutario pudiese ejercer tales efectos en el organismo de un cuadrúpedo? Es
sumamente curioso, ¿no es cierto?
Sí dijo Carlos, que no escuchaba.
Esto nos prueba replicó el otro, sonriendo con un aire de
suficiencia las innumerables irregularidades del sistema nervioso. En cuanto a
la señora, siempre me ha parecido, lo confieso, una verdadera sensitiva. Por
tanto, no le aconsejaré, mi buen amigo, ninguno de esos pretendidos remedios
que, bajo pretexto de curar los síntomas, atacan el temperamento. No, ¡nada de
medicación ociosa!, ¡régimen nada más!, sedantes, emolientes, dulcificantes.
Además, ¿no piensa usted que quizás habría que impresionar la imaginación?
¿En qué?, ¿cómo? dijo Bovary.
¡Ah!, ¡esta es la cuestión! Efectivamente, esa es la cuestión:
That it the question, como leía yo hace poco en el periódico.
Pero Emma, despertándose, exclamó.
¿Y la carta?, ¿y la carta?
Creyeron que deliraba; deliró a partir de medianoche: se le
había declarado una fiebre cerebral.
Durante cuarenta y tres días Carlos no se apartó de su lado.
Abandonó a todos sus enfermos; ya no se acostaba, estaba continuamente
tomándole el pulso, poniéndole sinapismos, compresas de agua fría. Enviaba a
Justino hasta Neufchátel a buscar hielo; el hielo se derretía en el camino;
volvía a enviarlo. Llamó al señor Canivet para consulta; hizo venir de Rouen al
doctor Larivière, su antiguo maestro; estaba desesperado. Lo que más le
asustaba era el abatimiento de Emmá; porque no hablaba, no oía nada a incluso
parecía no sufrir, como si su cuerpo y su alma hubiesen descansado juntos de
todas sus agitaciones.
Hacia mediados de octubre pudo sentarse en la cama con unas
almohadas detrás. Carlos lloró cuando le vio comer su primera rebanada de pan
con mermelada. Las fuerzas le volvieron; se levantaba unas horas por la tarde,
y, un día que se sentía mejor, él trató de hacerle dar un paseo por el jardín,
apoyada en su brazo. La arena de los paseos desaparecía bajo las hojas caídas;
caminaba paso a paso, arrastrando sus zapatillas, y, apoyándose en el hombro de
Carlos, continuaba sonriendo.
Fueron así hasta el fondo, cerca de la terraza. Ella se enderezó
lentamente, se puso la mano delante de los ojos para mirar; miró a lo lejos,
muy a to lejos; pero no había en el horizonte más que grandes hogueras de
hierba que humeaban sobre las colinas.
Vas a cansarte, amor mío dijo Bovary.
Y empujándola suavemente para hacerle entrar bajo el cenador:
Siéntate en ese banco, ahí estarás bien.
¡Oh, no, ahí no! dijo ella con una voz desfallecida. Tuvo un
mareo, y a partir del anochecer volvió a enfermar, con unos síntomas más
indefinidos ciertamente, y con caracteres más complejos. Ya le dolía el
corazón, ya el pecho, la cabeza, las extremidades; le sobrevinieron vómitos en
que Carlos creyó ver los primeros síntomas de un cáncer.
Y, por si fuera poco, Bovary tenía apuros de dinero.
CAPÍTULO XIV
En primer lugar, no sabía cómo hacer para resarcir al señor
Homais de todos los medicamentos que habían venido de su casa; y aunque hubiera
podido, como médico, no pagarlos, se avergonzaba un poco de este favor. Por
otro lado, el gasto de la casa, ahora que lo llevaba la cocinera, era
espantoso; las cuentas llovían; los proveedores murmuraban; el señor Lheureux,
sobre todo, le acosaba. En efecto, en lo más fuerte de la enfermedad de Emma,
éste, aprovechándose de la circunstancia para exagerar su factura, había
llevado rápidamente el abrigo, el bolso de viaje, dos baúles en vez de uno, y
cantidad de cosas más. Por más que Carlos dijo que no los necesitaba, el
comerciante respondió con arrogancia que no los volvía a tomar; además, esto
sería contrariar a la señora en su convalecencia; el señor reflexionaría; en
resumen, él estaba resuelto a demandarle antes que ceder de sus derechos y
llevarse las mercancías. Carlos ordenó después, que las devolviesen a su
tienda; Felicidad se olvidó; él tenía otras preocupaciones; no pensó más en
ello; el señor Lheureux volvió a la carga, y, alternando amenazas con
lamentaciones, maniobró de tal manera, que Bovary acabó por firmar un pagaré a
seis meses de vencimiento. Pero apenas hubo firmado aquél pagaré, se le ocurrió
una idea audaz: la de pedir prestados mil francos al señor Lheureux. Así pues,
preguntó, en un tono un poco molesto, si no había medio de conseguirlos,
añadiendo que sería por un año y al interés que le pidieran. Lheureux corrió a
su tienda, trajo los escudos y dictó otro pagaré, por el cual Bovary declaraba
que pagaría a su orden, el primero de septiembre próximo la cantidad de mil
setenta francos; lo cual, con los ciento ochenta ya estipulados, sumaban mil
doscientos cincuenta. De esta manera, prestando al seis por ciento, a lo que se
sumaba un cuarto de comisión más un tercio por lo menos que le producirían las
mercancías, aquella operación debía, en doce meses, dar treinta francos de
beneficio; y él esperaba que el negocio no acabaría ahí, que no podrían saldar
los pagarés, que los renovarían, y que su pobre dinero, alimentado en casa del
médico como en una Casa de Salud, volvería un día a la suya, mucho más rollizo,
y grueso hasta hacer reventar la bolsa.
Por otra parte, todo le salía bien. Era adjudicatorio de un
suministro de sidra para el hospital de Neufchâtel; el señor Guillaumin le
prometía acciones en las turberas de Grumesnil, y soñaba con establecer un
nuevo servicio de diligencias entre Argueil y Rouen, que no tardaría, sin duda,
en arruinar el carricoche del «Lion d'Or», y que, al ser más rápida, más barata
y llevando más equipajes, pondría en sus manos todo el comercio de Yonville.
Carlos se preguntó varias veces por qué medio, el año próximo,
podría pagar tanto dinero; y buscaba, imaginaba expedientes, como el de
recurrir a su padre o vender algo. Pero su progenitor haría oídos sordos, y él,
por su parte, no tenía nada que vender. Cuando pensabá en tales problemas,
alejaba enseguida de sí un tema de meditación tan desagradable. Se acusaba de
olvidarse de Emma; como si perteneciendo todos sus pensamientos a su mujer,
hubiese sido usurparle algo el no pensar continuamente en ella.
El invierno fue rudo. La convalecencia de la señora fue larga.
Cuando hacía bueno, la llevaban en su sillón al lado de la ventana, la que daba
a la plaza, pues seguía manteniendo su rechazo a la huerta, y la persiana de
este lado estaba constantemente cerrada. Ella quería que vendiesen el caballo;
lo que antes amaba ahora le desagradaba. Todas sus ideas parecían limitarse al
cuidado de sí misma. Permanecía en cama tomando pequeñas colaciones, llamaba a
su criada para preguntarle por las tisanas o para charlar con ella. Entre tanto
la nieve caída sobre el tejado del mercado proyectaba en la habitación un
re-flejo blanco, inmóvil; luego vinieron las lluvias. Y Emma esperaba todos los
días, con una especie de ansiedad, la infalible repetición de acontecimientos
mínimos que, sin embargo, apenas le importaban. El más destacado era, por la
noche, la llegada de «La Golondrina». Entonces la hostelera gritaba y otras
voces le respondían, mientras que el farol de mano de Hipólito, que buscaba
baúles en la baca, hacía de estrella en la oscuridad. A mediodía, regresaba
Carlos. Después salía; luego ella tomaba un caldo, y, hacia las cinco, a la
caída de la tarde, los niños que volvían de clase, arrastrando sus zuecos por
la acera, golpeaban todos con sus reglas la aldaba de los postigos, unos detrás
de otros.
A esa hora iba a visitarla el párroco, señor Bournisien. Le
preguntaba por su salud, le traía noticias y le hacía exhortaciones religiosas
en una pequeña charla mimosa no exenta de atractivo. La simple presencia de la
sotana bastaba para reconfortarla.
Un día en que, en lo más agudo de su enfermedad, se había creído
agonizante, pidió la comunión y a medida que se hacían en su habitación los
preparativos para el sacramento, se transformaba en altar la cómoda llena de
jarabes y Felicidad alfombraba el suelo con dalias, Emma sintió que algo fuerte
pasaba por ella, que le liberaba de sus dolores, de toda percepción, de todo
sentimiento. Su carne aliviada, ya no pesaba, empezaba una vida diferente; le
pareció que su ser, subiendo hacia Dios, iba a anonadarse en aquel amor como un
incienso encendido que se disipa en vapor. Rociaron de agua bendita las
sábanas; el sacerdote sacó del copón la blanca hostia, y desfalleciendo de un
gozo celestial, Emma adelantó sus labios para recibir el cuerpo del Salvador
que se ofrecía. Las cortinas de su alcoba se ahuecaban suavemente alrededor de
ella, en forma de nubes, y las llamas de las dos velas que ardían sobre la
cómoda le parecieron glorias resplandecientes. Entonces dejó caer la cabeza,
creyendo oír en los espacios la música de las arpas seráficas y percibir en un
cielo de azur, en un trono dorado, en medio de los santos que sostenían palmas
verdes, al Dios Padre todo resplandeciente de majestad, que con una señal hacía
bajar hacia la tierra ángeles con las alas de fuego para llevársela en sus
brazos.
Esta visión espléndida quedó en su memoria como la cosa más
bella que fuese posible soñar; de tal modo que ahora se esforzaba en evocar
aquella sensación, que continuaba a pesar de todo, pero de una manera menos
exclusiva y con una dulzura igualmente profunda. Su alma, cansada de orgullo,
descansaba por fin en la humildad cristiana, y, saboreando el placer de ser
débil, Emma contemplaba en sí misma la destrucción de su voluntad, que iba a
dispensar una amplia acogida a la llamada de la gracia. Existían, por tanto, en
lugar de la dicha terrena, otras felicidades mayores, otro amor por encima de
todos los amores, sin intermitencia ni fin, y que crecería eternamente. Ella
entrevió, entre las ilusiones de su esperanza, un estado de pureza flotando por
encima de la tierra, confundiéndose con el cielo, al que aspiraba a llegar.
Quiso ser una santa. Compró rosarios, se puso amuletos; suspiraba por tener en
su habitación, a la cabecera de su cama, un relicario engarzado de esmeraldas,
para besarlo todas las noches.
El cura se maravillaba de todas estas disposiciones, aunque la
religión de Emma, creía él, pudiese, a fuerza de fervor, acabar por rozar la
herejía a incluso la extravagancia. Pero, no estando muy versado en estas
materias, tan pronto como sobrepasaron cierta medida, escribió al señor
Boulard, librero de Monseñor, para que le enviase algo muy selecto para una
persona del sexo femenino, de mucho talento. El librero, con la misma
indiferencia que si hubiera enviado quincalla a negros, le embaló un batiburrillo
de todo lo que de libros piadosos circulaba en el mercado. Eran pequeños
manuales con preguntas y respuestas, panfletos de un tono arrogante en el
estilo del de Maistre(1), especie de novela: ,encuadernadas en cartoné rosa, y
de estilo dulzón, escritas por seminaristas trovadores o por pedantes
arrepentidos. Había allí el Piense bien en esto; El hombre mundano a los pies
de María, por el señor de..., condecorado por varias Ordenes; Errores de
Voltaire, para uso de los jóvenes, etc.
Pero Madame Bovary no tenía todavía la mente bastante lúcida
para dedicarse seriamente a cosa alguna; por otra parte, emprendió estas
lecturas con demasiada precipitación. Se irritó contra las prescripciones del
culto; la arrogancia de los escritos polémicos le desagradó por su obstinación
en perseguir a gente que ella no conocía; y los cuentos profanos con mensaje
religioso le parecieron escritos con tal ignorancia del mundo, que la apartaron
insensiblemente de las verdades cuya prueba esperaba. Sin embargo, persistió y,
cuando el libro le caía de las manos, se sentía presa de la más fina melancolía
católica que un alma etérea pudiese concebir.
En cuanto al recuerdo de Rodolfo, lo había sepultado en el fondo
de su corazón; y allí permanecía, más solemne y más inmóvil que una momia real
en un subterráneo. De aquel gran amor embalsamado se escapaba un aroma que,
atravesándolo todo, perfumaba de ternura la atmósfera inmaculada en que quería
vivir. Cuando se arrodillaba en su reclinatorio gótico, dirigía al Señor las
mismas palabras de dulzura que antaño murmuraba a su amante en los desahogos
del adulterio. Era para hacer venir la fe; peso ningún deleite bajaba de los
cielos, y se levantaba con los miembros cansados, con el vago sentimiento de un
inmenso engaño. Esta búsqueda, pensaba ella, no era sino un mérito más; y en el
orgullo de su devoción, Emma se comparaba a esas grandes señoras de antaño, cuya
gloria había soñado en un retrato de la Vallière(2), y que, arrastrando con
tanta majestad la recargada cola de sus largos vestidos, se retiraban a las
soledades para derramar a los pies de Cristo todas las lágrimas de su corazón
herido por la existencia.
1. Joseph de Maistre (1754 1821), católico, monárquico, autor de
Soirées de Saint Pétersbourg, ardiente defensor de un mundo nuevo en el que las
legítimas conquistas sociales estén al servicio de una unidad espiritual viva,
representada por la Iglesia católica.
2. La Vallière, favorita de Luis XIV, nacida en Tours (1644
1719). Terminó sus días en las Carmelitas.
Entonces, se entregó a caridades excesivas. Cosía trajes para
los pobres; enviaba leña a las mujeres de parto; y Carlos, un día al volver a
casa, encontró en la cocina a tres golfillos sentados a la mesa tomándose una
sopa. Mandó que le trajeran a casa a su hijita, a la que su marido, durante su
enfermedad, había enviado de nuevo a casa de la nodriza. Quiso enseñarle a
leer; por más que Berta lloraba, ella no se irritaba. Había adoptado una
actitud de resignación, una indulgencia universal. Su lenguaje, a propósito de
todo, estaba lleno de expresiones ideales. Le decía a su niña:
¿Se te ha pasado el cólico, ángel mío?
La señora Bovary madre no encontraba nada que censurar, salvo
quizás aquella manía de calcetar prendas para los huérfanos en vez de remendar
sus trapos. Pero abrumada por las querellas domésticas, la buena mujer se
encontraba a gusto en aquella casa tranquila, a incluso se quedó allí hasta
después de Pascua, a fin de evitar los sarcasmos de Bovary padre, que no dejaba
nunca de encargar un embutido el día de Viernes Santo.
Además de la compañía de su suegra, que la fortalecía un poco
por su rectitud de juicio y sus maneras graves, Emma tenía casi todos los días
otras compañías. Eran la señora Lan-glois, la señora Caron, la señora Dubreuil,
la señora Tuvache y, regularmente, de dos a cinco, a la excelente señora
Homais, que nunca había querido creer en ninguno de los chismes que contaban de
su vecina.
También iban a verla los pequeños Homais; los acompañaba
Justino. Subía con ellos a la habitación y permanecía de pie cerca de la
puerta, inmóvil, sin hablar. A menudo, incluso, Madame Bovary, sin preocuparse
de su presencia, empezaba a arreglarse. Comenzaba por quitarse su peineta
sacudiendo la cabeza con un movimiento brusco; cuando Justino vio por primers
vez aquella cabellera suelta, que le llegaba hasta las corvas, desplegando sus
negros rizos, fue para él, pobre infeliz, como la entrada súbita en algo
extraordinario y nuevo cuyo esplendor le asustó.
Ernma, sin duda, no se daba cuenta de aquellas complacencias
silenciosas ni de sus timideces. No sospechaba que el amor, desaparecido de su
vida, palpitaba a11í, cerca de ella, bajo aquella camisa de tela burda, en
aquel corazón de adolescente abierto a las emanaciones dè su belleza. Por lo
demás, ahora rodeaba todo de tal indiferencia, tenía palabras tan afectuosas y
miradas tan altivas, modales tan diversos, que ya no se distinguía el egoísmo
de la caridad, ni la corrupción de la virtud. Una tarde, por ejemplo, se irritó
con su criada, que deseaba salir y balbuceaba buscando un pretexto:
¿Tú le quieres? le dijo.
Y sin esperar la respuesta de Felicidad, que se ponía colorada,
añadió con un tono triste:
¡Vamos, corre!, ¡diviértete!
Al comienzo de la primavera hizo cambiar totalmente la huerta de
un extremo a otro, a pesar de las observaciones de Bovary; él se alegró, sin
embargo, de verla, por fin, manifestar un deseo, cualquiera que fuese. A medida
que se restablecía, manifestó otros. Primeramente buscó la manera de expulsar a
la tía Rolet, la nodriza, que había tomado la costumbre durante su
convalecencia de venir con demasiada frecuencia a la cocina con sus dos niños
de pecho y su huésped con más hambre que un caníbal. Después se deshizo de la
familia Homais, despidió sucesivamente a las demás visitas a incluso frecuentó
la iglesia con menos asiduidad, con gran aplauso del boticario que le dijo
entonces amistosamente:
Se estaba usted haciendo un poco beata.
El señor Bournisien, como antaño, aparecía todos los días al
salir del catecismo. Prefería quedarse fuera a tomar el aire en medio de la
enramada, así llamaba a la glorieta. Era la hora en que volvía Carlos. Tenían
calor, traían sidra dulce y bebían juntos por el total restablecimiento de la
señora.
Allí estaba Binet, un poco más abajo, contra la tapia de la
terraza, pescando cangrejos. Bovary le invitó también a tomar algo, pues era
muy hábil en descorchar botellas.
Es preciso decía dirigiendo a su alrededor y hasta los extremos
del paisaje una mirada de satisfacción mantener así la botella vertical sobre
la mesa, y, una vez cortados los kilos, mover el corcho a vueltecitas,
despacio, despacio, como se hace, por otra parte, con el agua de Seltz en los
restaurantes
Pero durante su demostración la sidra le saltaba a menudo en
plena cara, y entonces el eclesiástico, con una risa opaca, hacía siempre este
chiste:
¡Su bondad salta a los ojos!
En efecto, era un buen hombre, a incluso un día no se
escandalizó del farmacéutico, que aconsejaba a Carlos, para distraer a la
señora, que la llevase al teatro de Rouen a ver al ilustre tenor Lagardy.
Homais, extrañado de aquel silencio, quiso conocer su opinión, y el cura
declaró que veía la música como menos peligrosa para las costumbres que la
literatura.
Pero el farmacéutico emprendió la defensa de las letras. El
teatro, pretendía, servía para criticar los prejuicios, y, bajo la máscara del
placer, enseñaba la virtud.
¡Cartigat(3) ridendo mores, señor Bournisien! Por ejemplo,
fíjese en la mayor parte de las tragedias de Voltaire; están sembradas
hábilmente de reflexiones filosóficas que hacen de ellas una verdadera escuela
de moral y de diplomacia para el pueblo.
3 Alude a la finalidad de la comedia: moralizer deleitando,
según los precepti tas clásicos.
Yo dijo Binet vi hace tiempo una obra de teatro titulada Le
Gamin de Paris, donde se traza el carácter de un viejo general que está
verdaderamente chiflado. Echa una bronca a un hijo de familia que había
seducido a una obrera, que al final...
¡Ciertamente! continuaba Homais , hay mala literatura como hay
mala farmacia; pero condenar en bloque la más importante de las bellas artes me
parece una ligereza, una idea medieval, digna de aquellos abominables tiempos
en los que se encarcelaba a Galileo.
Ya sé objetó el cura que hay buenas obras, buenos autores; sin
embargo, sólo el hecho de que esas personas de diferente sexo estén reunidas en
un lugar encantador, adornado de pompas mundanas, y además esos disfraces
paganos, ese maquillaje, esos candelabros, esas voces afeminadas, todo esto
tiene que acabar por engendrar un cierto libertinaje de espíritu y provocar
pensamientos deshonestos, tentaciones impuras. Tal es al menos la opinión de
todos los Santos Padres. En fin añadió, adoptando repentinamente un tono de voz
místico, mientras que daba vueltas sobre su pulgar a una toma de rapé , si la
Iglesia ha condenado los espectáculos es porque tenía razón; debemos someternos
a sus decretos.
¿Por qué preguntó el boticario excomulga a los comediantes?,
pues antaño participaban abiertamente en las ceremonias del culto. Sí,
representaban en medio del coro una especie de farsas llamadas misterios, en
las cuales las leyes de la decencia se veían a menudo vulneradas.
El eclesiástico se limitó a dejar escapar una lamentación y el
farmacéutico prosiguió:
Es como en la Biblia; ¡hay..., sabe usted..., más de un
detalle... picante, cosas... verdaderamente... atrevidas!
Y a un gesto de irritación que hacía el señor Bournisien:
¡Ah!, usted convendrá conmigo que no es un libro para poner
entre las manos de un joven, y me disgustaría, que Atalía...
¡Pero son los protestantes y no nosotros exclamó el otro
desazonado quienes recomiendan la Biblia!
¡No importa! dijo Homais , me extraña que, en nuestros días, en
un siglo de luces, se obstinen todavía en proscribir un solaz intelectual que
es inofensivo, moralizante a incluso higiénico a veces, ¿verdad, doctor?
Sin duda respondió el médico en tono indolente, ya porque,
pensando lo mismo, no quisiera ofender a nadie, o bien porque no pensara nada.
La conversación parecía terminada cuando el farmacéutico juzgó
conveniente lanzar una nueva pulla.
He conocido a sacerdotes que se vestían de paisano para ir a ver
patalear a las bailarinas.
¡Vamos! dijo el cura.
¡Ah!, ¡pues los he conocido!
Y separando las sílabas de su frase, Homais repitió:
Los he co no ci do.
¡Bueno!, iban por mal camino dijo Bournisien resignado a oírlo
todo.
¡Caramba!, ¡y aun hacen muchos otros disparates! exclamó el
boticario.
¡Señor!... replicó el eclesiástico con una mirada tan hosca, que
el farmacéutico se sintió intimidado.
Sólo quiero decir replicó entonces en un tono menos brutal que
la tolerancia es el medio más seguro de atraer las almas a la religión.
¡Es cierto!, ¡es cierto! concedió el bueno del cura, sentándose
de nuevo en su silla.
Pero no permaneció más que dos minutos. Después, cuando se
marchó, el señor Homais le dijo al médico:
¡Esto es lo que se llama una agarrada! ¡Lo he arrollado, ya ha
visto usted, de qué manera!... En fin, créame, lleve a su señora al
espectáculo, aunque sólo sea para hacer rabiar una vez en la vida a uno de esos
cuervos, ¡caramba! Si hubiera quien me sustituyera, yo mismo les acompañaría.
¡Dése prisa! Lagardy no hará más que una función, está contratado para
Inglaterra con una suma considerable. Según dicen, es un pájaro de cuenta,
¡está bañado en oro!; ¡lleva consigo a tres queridas y a un cocinero! Todos estos
grandes artistas tiran la casa por la ventana; necesitan llevar una vida
desvergonzada que excite un poco la imaginación. Pero mueren en el hospital
porque no tuvieron el sentido de ahorrar cuando eran jóvenes. Bueno, ¡que
aproveche; hasta mañana!
Esta idea del espectáculo germinó pronto en la cabeza de Bovary,
pues inmediatamente se lo comunicó a su mujer, quien al principio la rechazó
alegando el cansancio, el trastorno, el gasto; pero, excepcionalmente, Carlos
no cedió pensando en que esta diversión iba a serle tan provechosa.
No veía ningún impedimento; su madre le había enviado
trescientos francos con los cuales no contaba, las deudas pendientes no eran
grandes, y el vencimiento de los pagarés al señor Lheureux estaba todavía tan
lejos que no había que pensar en ello. Por otra parte, imaginando que ella
tenía escrúpulos, Carlos insistió más; de manera que ella acabó, a fuerza de
insistencia, por decidirse. Y al día siguiente, a las ocho, se embarcaron en
«La Golondrina».
El boticario, a quien nada retenía en Yonville, pero que se
creía obligado a no moverse de a11í, suspiró al verles marchar.
Bueno, ¡buen viaje! les dijo , ¡felices mortales!
Después, dirigiéndose a Emma, que llevaba un vestido de seda
azul con cuatro faralaes:
¡Está hermosa como un sol! Va a dar el golpe en Rouen.
La diligencia bajaba al hotel de la «Croix Rouge» en la plaza
Beauvoisine. Era una de esas posadas que hay en los arrabales provincianos, con
grandes caballerizas y pequeños cuartos para dormir, donde se ven en medio del
patio gallinas picoteando la avena bajo los cabriolés llenos de barro de los
viajantes de comercio; buenos viejos albergues, con balcón de madera carcomida,
que crujen al viento en las noches de invierno, siempre llenos de gente, de
barullo y de comida, con mesas negras embadurnadas de té o café con
aguardiente, con gruesos cristales amarillos para las moscas, y servilletas
húmedas manchadas de vino tinto, y que, oliendo siempre a pueblo, como gañanes
vestidos de burgueses, tienen un café a la calle, y por la pane del campo, una
huerta de verduras. Carlos se puso inmediatamente en movimiento. Confundió el
proscenio con las galerías, el patio de butacas con los palcos; anduvo del
acomodador al director, regresó a la posada, volvió al despacho, y varias veces
así, recorrió la ciudad a todo lo largo, desde el teatro hasta el bulevar.
Madame Bovary compró un sombrero, unos guantes, un ramillete de
flores. El doctor temía mucho perder el comienzo; y sin haber tenido tiempo de
tomar un caldo, se presentaron a las puertas del teatro, que todavía estaban
cerradas.
CAPÍTULO XV
EL público esperaba a lo largo de la pared, colocado
simétricamente entre unas barandillas. En la esquina de las calles vecinas,
gigantescos carteles anunciaban en carac-teres barrocos: Lucía de Lammermoor..
Lagardy... Ópera..., etc. Hacía buen tiempo; tenían calor; el sudor corría
entre los rizos, todo el mundo sacaba los pañuelos para secarse las frentes
enrojecidas; y a veces un viento tibio, que soplaba del río, agitaba suavemente
los rebordes de los toldos de cutí(1) que colgaban a la puerta de los cafetines.
Un poco más abajo, sin embargo, se notaba el frescor de una corriente de aire
glacial que olía a sebo, a cuero y a aceite. Era la emanación de la calle de
las Charrettes, llena de grandes almacenes negros donde hacen rodar barricas.
1. Tela gruesa de algodón, de tejido compacto, asargada, que se
emplea para almohadas, colchones, etc.
Por miedo a parecer ridícula, Emma quiso antes de entrar dar un
paseo por el puerto, y Bovary, por prudencia, guardó los billetes en su mano en
el bolsillo del pantalón, apretándola contra su vientre.
Ya en el vestíbulo Emma sintió latir fuertemente su corazón.
Sonrió involuntariamente, por vanidad, viendo a la muchedumbre que se
precipitaba a la derecha por otro corredor, mientras que ella subía a la
escalera del entresuelo. Se divirtió como un niño empujando con su dedo las
amplias puertas tapizadas; aspiró con todo su pecho el olor a polvo de los
pasillos, y una vez sentada en su palco echó el busto hacia atrás con una
desenvoltura de duquesa.
La sala empezaba a llenarse, la gente sacaba los gemelos de los
estuches, y los abonados se saludaban de lejos. Venían a distraerse con las
bellas artes de las preocupaciones del comercio; pero, sin olvidar los
«negocios», seguían hablando de algodones, de alcohol de ochenta y cinco grados
o de añil. Allí se veían cabezas de viejos, inexpresivas y pacíficas, y que,
blanquecinas de cabellos y de cutis, parecían medallas de plata empañadas por
un vapor de plomo. Los jóvenes elegantes se pavoneaban en el patio de butacas,
luciendo en la abertura de su chaleco su corbata rosa o verde manzana; y Madame
Bovary los contemplaba desde arriba apoyando sobre junquillos de empuñadura
dorada la palma tensa de sus guantes amarillos.
Entretanto, se encendieron las luces de la orquesta; la lárnpara
bajó del techo derramando con la irradiación de sus luces una alegría repentina
en la sala; después entraron los músicos unos detrás de otros, y hubo un
prolongado guirigay de bajos que roncaban, violines que chirriaban, trompetas
que sonaban, flautas y flautines que piaban. Pero se oyeron tres golpes en el
escenario; comenzó un redoble de timbales, los instrumentos de cobre tocaron
acordes simultáneos, y al levantarse el telón apareció un paisaje.
Era la encrucijada de un bosque, con una fuente a la izquierda,
a la sombra de un roble. Campesinos y señores, con la manta al hombro, cantaban
todos juntos una canción de caza; luego apareció un capitán que invocaba al
ángel del mal elevando sus brazos al cielo; apareció otro; se fueron y los
cazadores volvieron a empezar.
Emma volvía a encontrarse en las lecturas de su juventud, en
pleno Walter Scott. Le parecía oír a través de la niebla el sonido de las
gaitas escocesas que se extendía por los brezos. Por otra parte, como el
recuerdo de la novela facilitaba la inteligencia del libreto, seguía la intriga
frase a frase, mientras que los vagos pensamientos que volvían a su mente se
dispersaban inmediatamente bajo las ráfagas de la música. Se dejaba mecer por
las melodías y se sentía a sí misma vibrar con todo su ser como si los arcos de
los violines se pasearan por sus nervios, no tenía bastantes ojos para
contemplar los trajes, los decorados, los personajes los árboles pintados que
temblaban cuando los actores caminaban, y las tocas de terciopelo, los abrigos,
las espadas, todas eran imaginaciones que se agitaban en la armonía como en la
atmósfera de otro mundo. Pero una joven se adelantó arrojando una bolsa a un
gallardo escudero. Se quedó sola, y entonces se oyó una flauta que hacía como
un murmullo de fuente o como gorjeo de pájaro. Lucía atacó con aire decidido su
cavatina en sol mayor; se quejaba de amor, pedía alas. Emma, igualmente,
hubiera querido huir de la vida, echándose a volar en un abrazo. De pronto
apareció Edgar Lagardy.
Tenía una de esas palideces espléndidas que dan algo de la
majestad de los mármoles a las razas ardientes del mediodía. Su recio busto
estaba ceñido por un jubón de color pardo; un pequeño puñal cincelado golpeaba
el muslo izquierdo, echaba unas miradas lánguidas a su alrededor descubriendo
sus blaneos dientes. Se decía que una princesa polaca, escuchándole una noche
cantar en la playa de Biarritz, donde carenaba chalupas, se había enamorado de
él. Se arruinó por él. La había dejado plantada a11í por otras mujeres, y esta
resonancia sentimental no hacía sino aumentar su fama artística. El fino
comediante se preocupaba incluso de deslizar en los anuncios una frase poética
sobre la fascinación de su persona y la sensibilidad de su alma. Una bella voz,
un imperturbable aplomo, más temperamento que inteligencia y más énfasis que
lirismo acababan de realzar aquella admirable naturaleza de charlatán, en la
que había algo de barbero y de torero.
Desde la primera escena entusiasmó. Estrechaba a Lucía entre sus
brazos, la dejaba, volvía a estrecharla, parecía desesperado: tenía arrebatos
de cólera, después estertores elegiacos de una dulzura infinita, y de su
garganta desnuda se escapaban las notas llenas de sollozos y de besos. Emma se
inclinaba para verlo arañando con sus uñas el terciopelo de su palco. Se
llenaba el corazón con aquellas lamentaciones melodiosas que se arrastraban en
el acompañamiento de los contrabajos, como gritos de naúfragos en el tumulto de
una tempestad. Reconocía todas las embriagueces y todas las angustias de las
que había estado a punto de morir. La voz de la cantante no le parecía sino el
eco de su conciencia, y aquella ilusión que la encantaba, algo incluso de su
propia vida. Pero nadie en la tierra la había amado con un amor semejante. Él
no lloraba como Edgar la última noche, a la luz de la luna, cuando se decían:
«Hasta mañana; hasta mañana...» La sala reventaba con los bravos; repitieron la
strette(2) entera. Los enamorados hablaban de las flores de su tumba, de
juramentos, de exilio, de fatalidad, de esperanzas, y cuando se dijeron el
adiós final, Emma lanzó un grito agudo que se confundió con la vibración de los
últimosacordes.
2. Parte de una fuga que precede a la conclusión y en la que el
tema y la respuesta se acercan con entradas cada vez más próximas entre sí.
¿Por qué preguntó Bovary ese señor está persiguiéndola?
Que no respondió ella ; es su amante.
Sin embargo, él jura vengarse de su familia, mientras que el
otro, el que ha venido ahora, decía: «Amo a Lucía y me creo amado por ella.»
Por otra parte, él marchó con su padre, cogidos del brazo. ¿Porque es su padre,
verdad, ese pequeño feo que lleva una pluma de gallo en su sombrero?
A pesar de las explicaciones de Emma, desde el dúo recitativo en
el que Gilberto expone a su amo Ashton sus abominables maniobras, Carlos, al
ver el falso anillo de prometida que ha de engañar a Lucía, creyó que era un
recuerdo de amor enviado por Edgardo. Confesaba, por lo demás, no comprender la
historia a causa de la música que no dejaba oír bien las palabras.
¿Qué importa? dijo Emma ; ¡cállate!
Es que a mí me gusta enterarme replicó él inclinándose sobre su
hombro , ya lo sabes.
¡Cállate!, ¡cállate! dijo ella impacientada.
Lucía se adelantaba, medio sostenida por sus compañeras, con una
corona de azahar en el pelo, y más pálida que el raso blanco de su vestido.
Emma pensaba en el día de su boda; y se volvía a ver a11á, en medio de los
trigos, en el pequeño sendero, cuando iba hacia la iglesia. ¿Por qué no había
resistido y suplicado como ésta? Iba, por el contrario, contenta, sin darse
cuenta del abismo en que se precipitaba... ¡Ah, sí!, en la frescura de su
belleza, antes de las huellas del matrimonio y la desilusión del adulterio
hubiera podido consagrar su vida a un gran corazón fuerte; entonces la virtud
la ternura, las voluptuosida-des y el deber se habrían confundido y jamás
habría descendido de una tan alta felicidad. Pero aquella felicidad, sin duda,
era una mentira imaginada por la desesperación de todo deseo. Ahora conocía la
pequeñez de las pasiones que el arte exageraba. Esforzándose por desviar su
pensamiento, Emma quería no ver en esta reproducción de sus dolores más que una
fantasía plástica buena para distraer la vista, a incluso sonreía interiormente
con una compasión desdeñosa cuando, en el fondo del teatro, bajo la puerta de
terciopelo, apareció un hombre con una capa negra.
En un gesto que hizo cayó su gran chambergo español; y enseguida
los instrumentos y los cantores entonaron el sexteto. Edgardo, centelleante de
furia, dominaba a todos los demás con su voz clara. Ashton le lanzaba en notas
graves provocaciones homicidas. Lucía dejaba escapar su aguda queja. Arturo
modulaba aparte sonidos, medios, y el bajo profundo del ministro zumbaba como
un órgano, deliciosamente. Todos coincidían en los gestos; y la cólera, la
venganza, los celos, el terror, la misericordia y la estupefacción salían a la
vez de sus bocas entreabiertas. El enamorado ultrajado blandía su espada
desnuda; su gorguera de encaje se levantaba por sacudidas, según los
movimientos de su pecho, a iba de derecha a izquierda, a grandes pasos,
haciendo sonar contra las tablas las espuelas doradas de sus botas flexibles
que se enganchaban en el tobillo. Tenía que haber, pensaba ella, un inagotable
amor para derramarlo sobre la muchedumbre en tan amplios efluvios. Todas sus
veleidades de denigración se desvanecían bajo la poesía del papel que la
invadía, y arrastrada hacia el hombre por la ilusión del personaje trató de
imaginarse su vida, aquella vida estrepitosa, extraordinaria, espléndida, que
ella habría podido llevar, sin embargo, si el azar lo hubiera querido. Se
habrían conocido, se habrían amado. Con él por todos los reinos de Europa, ella
habría viajado de capital en capital, compartiendo sus fatigas y su orgullo,
recogiendo las flores que le arrojaban, bordando ella misma sus trajes;
después, cada noche, en el fondo de un palco, detrás de la reja con barrotes de
oro, habría recogido, boquiabierta, las expansiones de aquella alma que no
habría cantado más que para ella sola; desde la escena, al tiempo que
representaba, la habría mirado. Pero se volvió loca; ¡él la miraba, estaba
claro! Le entraron ganas de correr a sus brazos para refugiarse en su fuerza,
como en la encarnación del amor mismo, y de decirle, de gritarle: «Ráptame,
llévame, marchemos! ¡Para ti, para ti!, todos mis ardores y todos mis sueños.»
Cayó el telón.
El olor del gas se mezclaba con los alientos; el aire de los
abanicos hacía la atmósfera más sofocante. Emma quiso salir; el público llenaba
los pasillos, y se volvió a echar en su butaca con palpitaciones que la
sofocaban. Carlos, temiendo que se desmayara, corrió a la cantina a buscar un
vaso de horchata.
Le costó trabajo volver a su sitio , pues por todas partes le
daban codazos por el vaso que llevaba entre sus manos, y hasta llegó a derramar
las tres cuartas partes sobre los hombros de una ruanesa de manga corta quien,
sintiendo llegar el líquido frío a los riñones, gritó despavorida, como si la
hubieran asesinado. Su marido, que era hilandero, se enfureció con aquel torpe,
y mientras ella se limpiaba con su pañuelo las manchas de su hermoso vestido de
tafetán cereza, é1 murmuraba con tono desabrido las palabras de indemnización,
gastos, reembolso. Por fin, Carlos llegó al lado de su mujer, diciéndole todo
sofocado:
Creí, en verdad, que no volvía. ¡Hay tanta gente... tanta gente!
Y añadió:
¿A que no adivinas a quién he encontrado a11á arriba? ¡Al señor
León!
¿A León?
¡El mismo! Va a venir a saludarte.
Y al terminar estas palabras el antiguo pasante de Yonville
entró en el palco.
Le tendió su mano con una desenvoltura de hombre de mundo: y
Madame Bovary adelantó maquinalmente la suya, sin duda obedeciendo a la
atracción de una voluntad más fuerte. No la había sentido, desde aquella tarde
de primavera en la que llovía sobre las hojas verdes, cuando se dijeron adiós,
de pie al borde de la ventana. Pero pronto, dándose cuenta de la situación,
sacudió en un esfuerzo aquella neblina de sus recuerdos y empezó a balbucear
frases rápidas:
¡Ah! Hola... ¡Cómo! ¿Usted por aquí?
¡Silencio! gritó una voz del patio de butacas, pues empezaba el
tercer acto.
¿Así que está usted en Rouen?
Sí.
¿Y desde cuando?
¡Fuera, fuera!
El público se volvía hacia ellos; se callaron.
Pero a partir de aquel momento ella no escuchó más; y el coro de
los invitados, la escena de Ashton y su criado, el gran dúo en re mayor, todo
pasó para ella en la lejanía, como si los instrumentos se hubieran vuelto menos
sonoros y los personajes más alejados; recordaba las partidas de cartas en casa
del farmacéutico, y el paseo a casa de la nodriza, las lecturas bajo la
glorieta del jardín, las charlas a solas al lado del fuego, todo aquel pobre
amor tan tranquilo y tan largo, tan discreto, tan tierno, y que ella, sin
embargo, había olvidado. ¿Por qué entonces volvía él? ¿qué combinación de
aventuras volvía a po-nerlo en su vida? El se mantenía detrás de ella, apoyando
su hombro en el tabique; y de vez en cuando, ella se sentía estremecer bajo el
soplo tibio de su respiración que le bajaba hasta la cabellera.
¿Le gusta esto? dijo él inclinándose hacia ella tanto que la
punta de su bigote le rozó la mejilla.
Emma contestó indolentemente:
¡Oh, Dios mío, no!, no mucho.
Entonces le propuso salir del teatro para ir a tomar unos
helados a algún sitio.
¡Ah!, todavía no, quedémonos dijo Bovary . Lucía se ha soltado
el pelo: esto promete un desenlace trágico.
Pero la escena de la locura no interesaba a Emma, y la actuación
de la cantante le pareció exagerada.
Grita mucho dijo Emma volviéndose hacia Carlos, que escuchaba:
Sí... quizás... un poco replicó él, indeciso entre la franqueza
de su placer y el respeto que tenía a las opiniones de su mujer.
Después León dijo suspirando:
¡Hace un calor!
¡Insoportable!, es cierto.
¿Estás incómoda? preguntó Bovary.
Sí; vámonos.
El señor León puso delicadamente sobre los hombros de Emma su
largo chal de encaje, y se fueron los tres a sentarse al puerto, al aire libre,
delante de la cristalera de un café.
Primero hablaron de la enfermedad de Emma, aunque ella
interrumpía a Carlos de vez en cuando, por temor, decía, de aburrir a1 señor
León; y éste les contó que venía a Rouen a pasar dos años en un gran despacho
para adquirir práctica en los asuntos, que en Normandía eran diferentes de los
que se trataban en París. Después preguntó por Berta, por la familia Homais,
por la tía Lefrançois; y como en presencia del marido no tenían nada más que
decirse, pronto se detuvo la conversación.
Gente que salía del espectáculo pasó por la acera, tarareando o
cantando a voz en grito: Oh, ángel bello, Lucía mía. Entonces León, para
dárselas de aficionado, se puso a hablar de música. Había visto a Tamburini, a
Rubini, a Persiani, a Grisi; y al lado de ellos, a pesar de sus grandes
momentos de esplendor, Lagardy no valía nada.
Sin embargo interrumpió Carlos, que daba pequeños mordiscos a su
sorbete de ron , dicen que en el último acto está absolutamente admirable;
siento haber salido antes del final, pues empezaba a divertirme.
De todos modos replicó el pasante , pronto dará otra
representación.
Pero Carlos respondió que se iban al día siguiente.
A menos añadió, volviéndose a su mujer que tú quieras quedarte
sola, cariño.
Y cambiando de maniobra ante aquella situación inesperada que se
le presentaba, el joven comenzó a hacer el elogio de Lagardy en el trozo final.
Era algo soberbio, ¡sublime! Entonces Carlos insistió:
Volverás el domingo. ¡Vamos, decídete! Haces mal en no venir si
sientes que te hace bien, por poco que sea.
Entretanto, las mesas a su alrededor se iban despoblando; vino
un camarero a apostarse discretamente cerca de ellos; Carlos, que comprendió,
sacó su cartera; el pasante le retuvo el brazo, a incluso no se olvidó de
dejar, además, de propina dos monedas de plata, que hizo sonar contra el
mármol.
Verdaderamente murmuró Bovary , no me gusta que usted haya
pagado.
El otro tuvo un gesto desdeñoso lleno de cordialidad, y tomando
su sombrero:
Queda convenido, ¿verdad?, ¿mañana, a las seis?
Carlos dijo de nuevo que no podía ausentarse por más tiempo;
pero que nada impedía que Emma...
Es que... balbuceó ella con una sonrisa especial , no sé si...
¿Bueno!, ya lo pensarás, ya veremos, consulta con la almohada.
Después, a León, que les acompañaba:
Ahora que está usted en nuestras tierras, espero que venga de
vez en cuando a comer con nosotros.
El pasante dijo que iría, puesto que además necesitaba ir a
Yonville para un asunto de su despacho. Y se separaron delante del pasaje Saint
Herbland en el momento en que daban las once y media en la catedral.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
El señor León, mientras estudiaba Derecho, había frecuentado
bastante la «Chaumière», donde llegó a obtener muy buenos éxitos con las
modistillas, que le encontraban «un aire distinguido». Era el más decente de
los estudiantes: no llevaba el pelo ni muy largo ni demasiado corto, no se
gastaba el primero de mes el dinero de su trimestre, y mantenía buenas
relaciones con sus profesores. En cuanto a hacer excesos, siempre se había
abstenido, tanto por pusilanimidad como por delicadeza.
A menudo, cuando se quedaba leyendo en su habitación, o bien
sentado por la tarde bajo los tilos del Luxemburgo dejaba caer el Código en el
suelo, y le asaltaba el recuerdo de Emma. Pero poco a poco este sentimiento se
debilitó, y otras ansias se acumularon encima, aunque persistía, a pesar de
todo, a través de ellas, pues León no perdía las esperanzas y había para él
como una promesa incierta que se hacía en el porvenir, como una fruta dorada
colgada de algún follaje fantástico.
Después, al verla de nuevo al cabo de tres años de ausencia, su
pasión se despertó. Había que decidirse, por fin, pensó, a querer poseerla. Por
otra parte, su timidez se había gastado al contacto con compañías alocadas y
volvía a provincias, despreciando todo to que no pisaba con un pie charolado el
asfalto del bulevar. Al lado de una parisina con encajes, en el salón de algún
doctor ilustre, personaje condecorado y con coehe, el pobre pasante, sin duda,
hubiese temblado como un niño; pero aquí, en Rouen, en el puerto, ante la mujer
de aquel medicucho, se sentía cómodo, seguro por anticipado de deslumbrarla. El
aplomo depende de los ambientes en que uno está; no se habla en el entresuelo
como en el cuarto piso, y la mujer rica parece tener a su alrededor, para
guardar su virtud, todos sus billetes de banco como una coraza en el forro de
su corsé.
Al dejar la víspera por la noche al señor y a la señora Bovary,
León los había seguido de lejos en la calle; después, habiéndolos visto pararse
en la «Croix Rouge», dio media vuelta y pasó toda la noche meditando un plan.
Al día siguiente, a las cinco, entró en la cocina de la posada,
con un nudo en la garganta, las mejillas pálidas, y con esa resolución de los
cobardes a los que nada detiene.
El señor no está respondió un criado.
Esto le pareció de buen augurio. Subió.
Ella no se alteró a primera vista; al contrario, se disculpó por
haberse olvidado de decirle dónde se alojaban.
¡Oh!, lo he adivinado replicó León.
¿Cómo?
Él pretendió haber sido guiado hacia ella al azar, por un
instinto. Ella empezó a sonreír, y pronto, para reparar aquella tontería, León
contó que se había pasado la mañana buscando por todos los hoteles de la
ciudad.
¿Se ha decidido a quedarse? añadió él.
Sí dijo ella , y me he equivocado. No hay que acostumbrarse a
placeres que no podemos permitirnos cuando tenemos a nuestro alrededor mil
exigencias...
¡Oh!, me imagino...
Pues usted no puede imaginárselo porque no es una mujer.
Pero los hombres tenían también sus preocupaciones y la
conversación se encaminó a algunas reflexiones filosóficas. Emma se extendió
largamente sobre la miseria de los afectos terrestres y el eterno aislamiento
en que el corazón permanece encerrado.
Para hacerse valer, o por una imitación ingenua de aquella
melancolía que provocaba la suya, el joven declaró que se había aburrido
prodigiosamente durante todo el tiempo de sus estudios. El Derecho procesal le
irritaba, le atraían otras vocaciones, y su madre no dejaba de atormentarle a
todas horas.
Ellos precisaban cada vez más los motivos de su dolor, y cada
uno, a medida que hablaba, se exaltaba un poco en esta confidencia progresiva.
Pero a veces se paraban a exponer completamente su idea, y entonces trataban de
imaginar una frase que, sin embargo, pudiese traducirla. Emma no confesó su
pasión por otro; León no dijo que la había olvidado.
Quizás él ya no se acordaba de sus cenas después del baile con
mujeres vulgares, y ella no se acordaba, sin duda, de las citas de antaño,
cuando corría por la mañana entre la hierba hacia el castillo de su amante.
Los ruidos de la ciudad apenas llegaban hasta ellos; y la
habitación parecía pequeña, muy a propósito para estrechar más su intimidad.
Emma, vestida con una bata de bombasí(1), apoyaba su moño en el respaldo del
viejo sillón; el papel amarillo de la pared hacía como un fondo de oro detrás
de ella; y su cabeza descubierta se reflejaba en el espejo con la raya Blanca
al medio y la punta de sus orejas que sobresalían bajo sus bandós.
1. Cierta tela gruesa de algodón, con pelo.
Pero, perdón dijo ella , hago mal, ¡le estoy aburriendo con mis
eternas quejas!
No, ¡nunca!, ¡nunca!
¡Si usted supiera replicó Emma, levantando hacia él sus ojos de
los que se desprendía una lágrima todo lo que yo he soñado!
Y yo, ¡oh!, yo he sufrido mucho. Muchas veces salía, me iba, me
paseaba por las avenidas, paseos, muelles, aturdiéndome con el ruido de la
muchedumbre sin poder desterrar la obsesión que me perseguía. Hay en el
bulevar, en una tienda de estampas, un grabado italiano que representa una
Musa. Viste una túnica, y está mirando la luna, con miosotis en su pelo suelto.
Algo me empujaba hacia a11í incesantemente; allí permanecía horas enteras.
Después, con una voz temblorosa:
Se le parecía un poco.
Madame Bovary volvió la cabeza para que él no viese la
irresistible sonrisa que sentía asomársele.
Frecuentemente replicó él le escribía cartas que luego rompía.
Ella no respondía. Él continuó:
A veces me imaginaba que una casualidad la traería a usted aquí.
Creía reconocerla en la esquina de las calles, y corría detrás de todos los
coches en cuya portezuela flotaba un chal, un velo parecido al suyo...
Ella parecía decidida a dejarle hablar sin interrumpirle.
Cruzando los brazos y bajando la cara, contemplaba la lazada de sus zapatillas
y hacía en su raso pequeños movimientos a intervalos con los dedos de su pie.
Sin embargo, suspiró:
Lo que es más lamentable, verdad es arrastrar como yo una vida
inútil. Si nuestros dolores pudieran servir a alguien nos consolaríamos en la
idea del sacrificio.
León se puso a alabar la virtud, el deber y las inmolaciones
silenciosas pues él mismo tenía un increíble deseo de entrega que no podía
saciar.
Me gustaría mucho dijo ella ser una religiosa de hospital.
¡Ay! replicó él , los hombres no tienen esas misiones santas, yo
no veo en ninguna parte ningún oficio..., a no ser quizás el de médico...
Con un encogimiento ligero de hombros, Emma le interrumpió para
quejarse de su enfermedad en la que había estado a la muerte; ¡qué lástima!,
ahora ya no sufriría más. León enseguida envidió la «paz de la tumba», a
incluso una noche escribió su testamento recomendando que le enterrasen con
aquel cubrepiés con franjas de terciopelo que ella le había regalado, pues es
así como hubieran querido estar uno y otro, haciéndose un ideal al cual
ajustaban ahora su vida pasada. Además, la palabra es un laminador que prolonga
todos los sentimientos.
Pero ante aquel invento de la colcha, dijo ella: ¿Por qué? ¿Por
qué? Él vacilaba. ¡Pórque yo a usted la he querido mucho! Y felicitándose por
haber vencido la dificultad, León, con el rabillo del ojo, miraba la cara que
ponía Emma.
Fue como el cielo, cuando una ráfaga de viento barre las nubes.
El montón de pensamientos tristes que los ensombrecía pareció retirarse de sus
ojos azules; toda su cara resplandeció de felicidad.
León esperaba. Por fin Emma respondió:
Siempre lo habia sospechado...
Entonces se contaron los pequeños sucesos de aquella existencia
lejana, de la que acababan de resumir, en una sola palabra, los placeres y las
melancolías. Recordaba la cuna de clemátides, los vestidos que había llevado,
los muebles de su habitación, toda su casa.
¿Y nuestros pobres cactus, dónde están?
El frío los ha matado este invierno.
¡Ah!, ¡cuánto he pensado en ellos, si supiera!, muchas veces los
volvía a ver como antes, cuando, en las mañanas de verano, el sol pegaba en las
celosías... y veía sus dos brazos desnudos que pasaban entre las flores.
¡Pobre amigo! dijo ella tendiéndole la mano.
León muy pronto pegó en ella sus labios. Luego, después de haber
respirado profundamente:
Usted en aquel tiempo era para mí no sé que fuerza
incomprensible que cautivaba mi vida. Una vez, por ejemplo, fui a su casa; pero
usted no se acuerda de esto, sin duda.
Sí dijo ella . Continúe.
Usted estaba abajo, en la antesala, preparada para salir, en el
último escalón; por cierto, llevaba un sombrero con pequeñas flores azules; y
sin que usted me invitara, yo, a pesar mío, la acompañé. Cada minuto tenía cada
vez más conciencia de mi tontería, y seguía caminando a su lado, sin atreverme
a seguirla por completo y sin querer dejarla. Cuando usted entraba en una
tienda, yo quedaba en la calle, la miraba por el cristal quitarse los guantes y
contar el dinero en el mostrador. Después llamó en casa de la señora Tuvache,
le abrieron, y yo me quedé como un idiota delante de la gran puerta pesada que
se había vuelto a cerrar detrás de usted.
Madame Bovary, escuchándole, se asombraba de ser tan vieja;
todas aquellas cosas que reaparecían le parecían ensanchar su existencia;
aquello constituía como unas inmensidades sentimentales a las que ella se
transportaba; y de vez en cuando decía en voz baja y con lós párpados medio
cerrados:
¡Sí, es cierto!..., ¡es cierto!..., ¡es cierto!...
Oyeron dar las ocho en los diferentes relojes del barrio
Beauvoisine, que está lleno de internados, de iglesias y de grandes palacetes
abandonados. Ya no se hablaban; pero sentían, al mirarse, un rumor en sus
cabezas, como si algo sonoro se hubiera recíprocamente escapado de sus pupilas
fijas. Acababan de unirse sus manos; y el pasado, el porvenir, las
reminiscencias y los sueños, todo se encontraba confundido en la suavidad de
aquel éxtasis. La noche se hacía más oscura en las paredes, donde aún brillaban,
medio perdidas en la sombra, los fuertes colores de cuatro estampas que
representaban cuatro escenas de La Tour de Nesle(2), con una leyenda al pie en
español y en francés. Por la ventana de guillotina se veía un rincón de cielo
negro entre tejados puntiagudos.
2. La Tour de Nesle: título de un célebre melodrama de Alejandro
Dumas, en cinco actos y en prosa, cuya protagonista es Margarita de Borgoña,
famosa por sus crímenes.
Ella se levantó para encender dos velas sobre la cómoda, después
volvió a sentarse.
Pues bien... dijo León.
Pues bien... respondió ella.
Y él buscaba el modo de reanudar el diálogo interrumpido, cuando
ella le dijo:
¿Por qué nadie hasta ahora me ha expresado sentimientos
semejantes?
El pasante exclamó que las naturalezas ideales eran difíciles de
comprender. Él, desde que la había visto por primera vez, la había amado; y se
desesperaba pensando en la felicidad que habrían tenido si, por una gracia del
azar, encontrándose antes, se hubiesen únido uno a otro de una manera
indisoluble.
A veces he pensado en ello replicó Emma.
¡Qué sueño! murmuró León.
Y jugueteando con el ribete azul de su largo cinturón blanco,
añadió:
¿Quién nos impide volver a empezar?
No, amigo mío respondió ella . Soy demasiado vieja, usted es
demasiado joven..., ¡olvídeme! Otras le amarán..., usted las amará.
¡No como a usted! exclamó él.
¡Qué niño es! ¡Vamos, sea juicioso! ¡Se to exijo!
Ella le hizo ver las imposibilidades de su amor, y que debían
mantenerse como antes, en los límites de una amistad fraterna.
¿Hablaba en serio al hablar así? Sin duda, Emma no sabía nada
ella misma, totalmente absorbida por el encanto de la seducción y la necesidad
de defenderse de él; y contemplando al joven con una mirada tierna, rechazaba
suavemente las tímidas caricias que sus manos temblorosas intentaban.
¡Ah, perdón! dijo él echándose hacia atrás.
Y Emma fue presa de un vago terror ante aquella timidez, más
peligrosa para ella que la audacia de Rodolfo cuando se adelantaba con los
brazos abiertos. Jamás ningún hombre le había parecido tan guapo. Sus modales
desprendían un exquisito candor. Bajaba sus largas pestañas finas que se
encontraban. Sus mejillas de suave cutis enrojecían, pensaba ella, del deseo de
su persona, y Emma sentía un invencible deseo de poner en ellas sus labios.
Entonces, acercándose al reloj como para mirar la hora, dijo:
¡Qué tarde es, Dios mío!, ¡cuánto charlamos!
ÉI comprendió la alusión y buscó su sombrero.
¡Hasta me he olvidado del espectáculo! ¡Este pobre Bovary que me
había dejado expresamente para eso! El señor Lormeaux, de la calle Grand Pont,
debía llevarme allí con su mujer.
Y había perdido la ocasión, pues ella marchaba al día siguiente.
¿De veras? dijo León.
Sí.
Sin embargo, tengo que volver a verla replicó él ; tenía que
decirle...
¿Qué?
¡Una cosa... grave, seria! ¡Pero no! Además, ¡usted no marchárá,
es imposible! Si usted supiera... Escúcheme... ¿Entonces no me ha comprendido?,
¿no ha adivinado?...
Sin embargo, habla usted bien dijo Emma.
¡Ah!, ¡son bromas! ¡Basta, basta! Permítame, por compasión, que
vuelva a verla..., una vez..., una sola.
Bueno...
Ella se detuvo; después como cambiando de parecer:
¡Oh!, ¡aquí no!
Donde usted quiera.
Quiere usted...
Ella pareció reflexionar, y en un tono breve:
Mañana, a las once en la catedral.
¡Allí estaré! exclamó cogiéndole las manos que ella retiró.
Y como ambos estaban de pie, él situado detrás de ella, se
inclinó hacia su cuello y la besó largamente en la nuca.
¡Pero usted está loco!, ¡ah!, ¡usted está loco! decía ella con
pequeñas risas sonoras, mientras que los besos se multiplicaban.
Entonces, adelantando la cabeza por encima de su hombro, él
pareció buscar el consentimiento de sus ojos. Cayeron sobre él, llenos de una
majestad glacial.
León dio tres pasos atrás para salir. Se quedó en el umbral.
Después musitó con una voz temblorosa:
Hasta mañana.
Ella respondió con una señal de cabeza, y desapareció como un
pájaro en la habitación contigua.
Emma, de noche, escribió al pasante una interminable carta en la
que se liberaba de la cita: ahora todo había terminado, y por su mutua
felicidad no debían volver a verse.
Pero ya cerrada la carta, como no sabía la dirección de León, se
encontró en un apuro.
Se la daré yo misma se dijo ; él acudirá.
Al día siguiente, León, con la ventana abierta y canturreando en
su balcón, lustró él mismo sus zapatos con mucho esmero. Se puso un pantalón
blanco, calcetines finos, una levita verde, extendió en su pañuelo todos los
perfumes que tenía, y después, habiéndose hecho rizar el pelo, se lo desrizó
para darle más elegancia natural.
Aún es demasiado pronto pensó, mirando el cucú del peluquero que
marcaba las nueve.
Leyó una revista de modas atrasada, salió, fumó un cigarro,
subió tres calles, pensó que era hora y se dirigió al atrio de Nuestra Señora.
Era una bella mañana de verano. La plata relucía en las tiendas
de los orfebres, y la luz que llegaba oblicuamente a la catedral ponía reflejos
en las aristas de las piedras grises; una bandada de pájaros revoloteaba en el
cielo azul alrededor de los campaniles trilobulados; la plaza que resonaba de
pregones de los vendedores olía a las flores que bordeaban su pavimento: rosas,
jazmines, claveles, narcisos y nardos, alternando de mane-ra desigual con el
césped húmedo, hierba de gato y álsine para los pájaros; en medio hacía
gorgoteos la fuente, y bajo amplios paraguas, entre puestos de melones en
pirámides, vendedoras con la cabeza descubierta envolvían en papel ramilletes
de violetas.
El joven compró uno. Era la primera vez que compraba flores para
una mujer; y al olerlas, su pecho se llenó de orgullo, como si este homenaje
que dedicaba a otra persona se hubiese vuelto hacia él.
Sin embargo, tenía miedo de ser visto. Entró resueltamente en la
iglesia.
El guarda entonces estaba de pie en medio del pórtico de la
izquierda, por debajo de la Marianne dansante(3), con penacho de plumas en la
cabeza, estoque en la pantorrilla, bastón en la mano, más majestuoso que un
cardenal y reluciente como un copón.
3. Mariana bailanda: es el nombre que dan los habitantes de
Rouen a la imagen de Salomé bailando ante Herodes que figura en el tímpano del
pórtico de San Juan de la catedral.
Se adelantó hacia León, y con esa sonrisa de benignidad
meliflua que adoptan los eclesiásticos cuando preguntan a los
niños:
¿El señor, sin duda, no es de aquí? ¿EI señor desea ver las
curiosidades de la iglesia?
No dijo León.
Y primeramente dio una vuelta por las naves laterales. Después
fue a mirar a la plaza. Emma no llegaba. Volvió de nuevo hasta el coro.
La nave se reflejaba en las pilas llenas de agua bendita, con el
arranque de las ojivas y algunas porciones de vidriera. Pero el reflejo de las
pinturas, quebrándose al borde del mármol, continuaba más lejos, sobre las
losas, como una alfombra abigarrada. La claridad del exterior se prolongaba en
la iglesia, en tres rayos enormes, por los tres pórticos abiertos. De vez en
cuando, al fondo pasaba un sacristán haciendo ante el altar la oblicua
genuflexión de los devotos apresurados. Las arañas de cristal colgaban
inmóviles. En el coro lucía una lámpara de plata; y de las capillas laterales,
de las partes oscuras de la igle-sia, salían a veces como exhalaciones de
suspiros, con el sonido de una verja que volvía a cerrarse, repercutiendo su
eco bajo las altas bóvedas.
León, con paso grave, caminaba cerca de las paredes. Jamás la
vida le había parecido tan buena. Ella iba a venir enseguida, encantadora,
agitada, espiando detrás las miradas que le seguían, y con su vestido de
volantes, sus impertinentes de oro, sus finísimos botines, con toda clase de
elegancias de las que él no había gustado y en la inefable seducción de la
virtud que sucumbe. La iglesia, como un camarín gigantesco, se preparaba para
ella; las bóvedas se inclinaban para recoger en la sombra la confesión de su
amor; las vidrieras resplandecían para iluminar su cara, y los incensarios iban
a arder para que ella apareciese como un ángel entre el humo de los perfumes.
Sin embargo, no aparecía. León se acomodó en una silla y sus
ojos se fijaron en una vidriera azul donde se veían unos barqueros que llevaban
canastas. Estuvo mirándola mucho tiempo atentamente, y contó las escamas de los
pescados y los ojales de los jubones, mientras que su pensamiento andaba
errante en busca de Emma.
El guarda, un poco apartado, se indignaba interiormente contra
ese individuo, que se permitía admirar solo la catedral. Le parecía que se
comportaba de una manera monstruosa, que le robaba en cierto modo, y que casi
cometía un sacrilegio.
Pero un frufrú de seda sobre las losas, el borde de un sombrero,
una esclavina negra... ¡Era ella! León se levantó y corrió a su encuentro.
Emma estaba pálida, caminaba de prisa.
¡Lea! le dijo tendiéndole un papel ... ¡Oh no!
Y bruscamente retiró la mano, para entrar en la capilla de la
Virgen donde, arrodillándose ante una silla, se puso a rezar. El joven se
irritó por esta fantasía beata; después experimentó, sin embargo, un cierto
encanto viéndola, en medio de la cita, así, absorta en las oraciones, como una
marquesa andaluza; pero no tardó en aburrirse porque ella no acababa.
Emma rezaba, o más bien se esforzaba por orar, esperando que
bajara del cielo alguna súbita resolución; y para atraer el auxilio divino se
llenaba los ojos con los esplendores del tabernáculo, aspiraba el perfume de
las julianas blancas abiertas en los grandes jarrones, y prestaba oído al
silencio de la iglesia, que no hacía más que aumentar el tumulto de su corazón.
Ya se levantaba y se iban a marchar cuando el guardia se acercó
decidido, diciendo:
¿La señora, sin duda, no es de aqui? ¿La señora desea ver las
curiosidades de la iglesia?
¡Pues no! dijo el pasante.
¿Por qué no? replicó ella.
Pues ella se agarraba con virtud vacilante a la Virgen, a las
esculturas, a las tumbas, a todos los pretextos.
Entonces, para seguir un orden, al guardián les llevó hasta la
entrada, cerca de la plaza, donde, mostrándoles con su bastón un gran círculo
de adoquines negros, sin inscripciones ni cincelados, dijo majestuosamente.
Aquí tienen la circunferencia de la gran campana de Amboise.
Pesaba cuarenta mil libras. No había otra igual en toda Europa. El obrero que
la fundió murió de gozo...
Vámonos dijo León.
El buen hombre siguió caminando; después, volviendo a la capilla
de la Virgen, extendió los brazos en un gesto sintético de demostración, y más
orgulloso que un propietario campesino enseñando sus árboles en espalderas:
Esta sencilla losa cubre a Pedro de Brézé, señor de la Varenne y
de Brissae, gran mariscal de Poitou y gobernador de Normandía, muerto en la
batalla de Montlhéry el 16 de julio de 1465.
León, mordiéndose los labios, pataleaba.
Y a la derecha, ese gentilhombre cubierto con esa armadura de
hierro, montado en un caballo que se encabrita, es su nieto Luis de Brézé,
señor de Breval y de Montchauvet, conde de Maulevrer, barón de Mauny, chambelán
del rey, caballero de la Orden a igualmente gobernador de Normandía, muerto el
23 de julio de 1531, un domingo, como reza la inscripción; y, por debajo, ese
hombre que se dispone a bajar a la tumba, figura exactamente el mismo. ¿Verdad
que no es posible ver una más perfecta representación de la nada?
Madame Bovary tomó sus impertinentes. León, inmóvil, la miraba
sin intentar siquiera decirle una sola palabra, hacer un solo gesto, tan
desilusionado se sentía ante esta doble actitud de charlatanería y de
indiferencia.
El inagotable guía continuaba:
Al lado de él, esa mujer arrodillada que llora es su esposa
Diana de Poitiers, condesa de Brézé, duquesa de Valentinois, nacida en 1499,
muerta en 1566; y a la izquierda, la que lleva un niño en brazos, la Santísima
Virgen. Ahora miren a este lado: estos son los sepulcros de los Amboise. Los
dos fueron cardenales y arzobispos de Rouen. Aquél era ministro del rey Luis
XII. Hizo mucho por la catedral. En su testamento dejó treinta mil escudos de
oro para los pobres.
Y sin detenerse, sin dejar de hablar, les llevó a una capilla
llena de barandillas: separó algunas y descubrió una especie de bloque, que
bien pudiera haber sido una estatua mal hecha.
Antaño decoraba dijo con una larga lamentación la tumba de
Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra y duque de Normandía. Fueron los
calvinistas los que la redujeron a este estado. La habían enterrado con mala
intención bajo el trono episcopal de monseñor. Miren, aquí está la puerta por
donde monseñor entra a su habitación. Vamos a ver la vidriera de la Gárgola.
Pero León sacó rápidamente una moneda blanca de su bolsillo y
cogió a Emma por el brazo. El guardián se quedó estupefacto, no comprendiendo
en absoluto esta generosidad intempestiva cuando le quedaban todavía al
forastero tantas cosas que ver. Por eso, llamándole de nuevo.
¡Eh! ¡señor! ¡La flecha, la flecha!
Gracias dijo León.
León huía; porque le parecía que su amor, que desde hacía casi
dos horas se había quedado inmóvil en la iglesia como las piedras, iba ahora a
evaporarse, como un humo, por aquella especie de tubo truncado, de jaula
oblonga, de chimenea calada que se eleva tan grotescamente sobre la catedral
como la tentativa extravagante de algún calderero caprichoso.
¿Adónde vamos? decía ella.
Sin contestar, él seguía caminando con paso rápido, y ya Madame
Bovary mojaba su dedo en el agua bendita cuando oyeron detrás de ellos una
fuerte respiración jadeante, entrecortada regularmente por el rebote de un
bastón. León volvió la vista atrás.
¡Señor!
¿Qué?
Y reconoció al guardián, que llevaba bajo el brazo y manteniendo
contra su vientre unos veinte grandes volúmenes en rústica. Eran las obras que
trataban de la catedral.
¡Imbécil! refunfuñó León lanzándose fuera de la iglesia.
En el atrio había un niño jugueteando.
¡Vete a buscarme un coche!
El niño salió disparado por la calle de los Quatre Vents;
entonces quedaron solos unos minutos, frente a frente y un poco confusos.
iAh! ¡León!... Verdaderamente..., no sé... si debo...
Ella estaba melindrosa. Después, en un tono serio:
No es nada conveniente, ¿sabe usted?
¿Por qué? replicó el pasante . ¡Esto se hace en París!
Y estas palabras, como un irresistible argumento, la hicieron
decidirse.
Entretanto el coche no acababa de llegar. León temía que ella
volviese a entrar en la iglesia. Por fin apareció el coche.
¡Salgan al menos pór el pórtico del norte! les gritó el
guardián, que se había,quedado en el umbral, y verán la Resurrección, el Juicio
Final, el Paraíso, el Rey David y los Réprobos en las llamas del infierno.
¿Adónde va el señor? preguntó el cochero.
¡Adonde usted quiera! dijo León metiendo a Emma dentro del
coche.
Y la pesada máquina se puso en marcha.
Bajó por la calle Grand Pont, atravesó la Place des Arts, el
Quai Napoleón, el Pont Neuf y se paró ante la estatua de Pierre Corneille.
¡Siga! dijo una voz que salía del interior.
El coche partió de nuevo, y dejándose llevar por la bajada,
desde el cruce de La Fayette, entró a galope tendido en la estación del
ferrocarril.
¡No, siga recto! exclamó la misma voz.
El coche salió de las verjas, y pronto, llegando al Paseo, trotó
suavemente entre los grandes olmos. El cochero se enjugó la frente, puso su
sombrero de cuero entre las piernas y llevó el coche fuera de los paseos
laterales, a orilla del agua, cerca del césped.
Siguió caminando a lo largo del río por el camino de sirga
pavimentado de guijarros, y durante mucho tiempo, por el lado de Oyssel, más
a11á de las islas.
Pero de pronto echó a correr y atravesó sin parar Quatremares,
Sotteville, la Grande Chaussée, la rue d'Elbeuf, a hizo su tercera parada ante
el jardín des Plantes.
¡Siga caminando! exclamó la voz con más furia.
Y enseguida, reemprendiendo su carrera, pasó por San Severo, por
el Quai des Curandiers, por el Quai Aux Meules, otra vez por el puente, por la
Place du Champ de Mars y detrás de los jardines del hospital, donde unos
ancianos con levita negra se paseaban al sol a lo largo de una terraza toda
verde de hiedra. Volvió a subir el bulevar Cauchoise, después todo el Mont
Riboudet hasta la cuesta de Deville.
Volvió atrás; y entonces, sin idea preconcebida ni dirección, al
azar, se puso a vagabundear. Lo vieron en Saint Pol, en Lescure, en el monte
Gargan, en la Rouge Mare, y en la plaza del Gaillard bois; en la calle
Maladrerie, en la calle Dinanderie, delante de Saint Romain, Saint Vivien,
Saint Maclou, SaintNicaise, delante de la Aduana, en la Basse Vieille Tour, en
los Trois Pipes y en el Cementerio Monumental. De vez en cuando, el cochero
desde su pescante echaba unas miradas desesperadas a las tabernas. No
comprendía qué furia de locomoción impulsaba a aquellos individuos a no querer
pararse. A veces lo intentaba a inmediatamente oía detrás de él exclamaciones
de cólera. Entonces fustigaba con más fuerza a sus dos rocines bañados en
sudor, pero sin fijarse en los baches, tropezando acá y allá, sin preocuparse
de nada, desmoralizado y casi llorando de sed, de cansancio y de tristeza.
Y en el puerto, entre camiones y barricas, y en las calles, en
los guardacantones, la gente del pueblo se quedaba pasmada ante aquella cosa
tan rara en provincias, un coche con las cortinillas echadas, y que reaparecía
así continuamente, más cerrado que un sepulcro y bamboleándose como un navío.
Una vez, en mitad del día, en pleno campo, en el momento que el
sol pegaba más fuerte contra las viejas farolas plateadas, una mano
desenguantada se deslizó bajo las cortinillas de tela amarilla y arrojó
pedacitos de papel que se dispersaron al viento y fueron a caer más lejos, como
mariposas blancas, en un campo de trébol rojo todo florido.
Después, hacia las seis, el coche se paró en una callejuela del
barrio Beauvoisine y se apeó de él una mujer con el velo bajado que echó a
andar sin volver la cabeza.
CAPÍTULO II
Al llegar a la posada, Madame Bovary se extrañó de no ver la
diligencia. Hivert, que la había esperado cincuenta y tres minutos, había
terminado por marcharse.
Sin embargo, nada la obligaba a marchar; pero había dado su
palabra de regresar la misma noche. Además, Carlos la esperaba; y ella sentía
en su corazón esa cobarde docilidad que es, para muchas mujeres, como el
castigo y al mismo tiempo el tributo del adulterio.
Rápidamente hizo el equipaje, pagó la factura, tomó en el patio
un cabriolé, y dando prisa al cochero, animándolo, preguntando a cada instante
la hora y los kilómetros recorridos, llegó a alcanzar a «La Golondrina» hacia
las primeras casas de Quincampoix.
Apenas sentada en su rincón, cerró los ojos y los volvió a abrir
al pie de la cuesta, donde reconoció de lejos a Felicidad que estaba en primer
plano delante de la casa del herrador. Hivert frenó los caballos, y la
cocinera, alzándose hasta la ventanilla, dijo misteriosamente:
Señora, tiene que ir inmediatamente a casa del señor Homais. Es
algo urgente.
El pueblo estaba en silencio como de costumbre. En las esquinas
de las calles había montoncitos de color rosa que humeaban al aire, pues era el
tiempo de hacer las mermeladas, y todo el mundo en Yonville preparaba su
provisión el mismo día. Pero delante de la botica se veía un montón mucho
mayor, y que sobrepasaba a los demás con la superioridad que un laboratorio de
farmacia debe tener sobre los hornillos familiares, una necesidad general sobre
unos caprichos individuales.
Entró. El gran sillón estaba caído, a incluso El Fanal de Rouen
yacía en el suelo, extendido entre las dos manos del mortero. Empujó la puerta
del pasillo, y en medio de la cocina, entre las tinajas oscuras llenas de
grosellas desgranadas, de azúcar en terrones, balanzas sobre la mesa, barreños
al fuego, vio a todos los Homais, grandes y pequeños, con delantales que les
llegaban a la barbilla y con sendos tenedores en la mano. Justino, de pie,
bajaba la cabeza, mientras el farmacéutico gritaba:
¿Quién te dijo que fueras a buscarlo a la leonera?
¿Qué es? ¿Qué pasa?
¿Que qué pasa? respondió el boticario . Estamos haciendo
mermeladas: están cociendo; pero iban a salirse a causa del caldo demasiado
fuerte, le pido otro barreño. Entonces él, por pereza, fue a coger la llave del
la leonera, que estaba colgada en mi laboratorio.
El boticario llamaba así a una especie de gabinete, en el
desván, lleno de utensilios y mercancías de su profesión. Con frecuencia pasaba
allí largas horas, solo, poniendo etiquetas, empaquetando, y lo consideraba no
como simple almacén, sino como un verdadero santuario, de donde salían después,
elaboradas por sus manos, toda clase de píldoras, bolos, tisanas, lociones y
pociones, que iban a extender su celebridad por los alrededores. Nadie en el
mundo ponía allí los pies; y él lo respetaba tanto, que lo barría él mismo. En
fin, si la farmacia abierta al primero que llegaba, era el lugar donde mostraba
su orguIlo, el la leonera era el refugio en donde, concentrándose egoístamente,
Homais se recreaba en el ejercicio de sus predilecciones; por eso el atolondramiento
de Justino le parecía una monstruosa irreverencia, y más rubicundo que las
grosellas, repetía:
Sí, de la leonera. ¡La llave que encierra los ácidos y los
álcalis cáusticos! ¡Haber ido a coger un barreño de reserva!, ¡un barreño con
tapa! y que quizá no usaré ya nunca más. Todo tiene su importancia en las
delicadas operaciones de nuestro arte. Pero ¡demonios!, ¡hay que hacer
distinciones y no emplear para usos casi domésticos lo que está destinado para
los farmacéuticos! Es como si se trinchase un capón con un escalpelo, como si
un magistrado...
¡Pero cálmate! decía la señora Homais.
Y Atalía, tirándole de la levita:
¡Papá!, ¡papá! repetía.
¡No, dejadme! repetía el boticario , ¡dejadme!, ¡caramba! Es
como si esto fuera abrir una tienda de comestibles, ¡palabra de honor! ¡Anda!,
¡no respetes nada!, ¡rompe, haz añi-cos!, ¡suelta las sanguijuelas!, ¡quema el
malvavisco!, ¡escabecha pepinillos en los tarros!, ¡rompe vendas!
Pero usted tenía... dijo Emma.
Perdone un momento. ¿Sabes a qué te exponías? ¿No has visto
nada, en el rincón, a la izquierda, en el tercer estante? ¡habla, contesta, di
algo!
Yo no... sé balbució el chico.
¡Ah!, ¡no sabes! ¡Pues bien, yo sí que lo sé! Has visto una
botella de cristal azul, lacrada, con cera amarilla, que contiene un polvo
blanco, sobre el cual yo había escrito ¡PELIGROSO! ¿y sabes lo que había
dentro?, ¡arsénico!, ¡y tú vas a tocar esto!, ¡a tomar un barreño que estaba al
lado!
¡Al lado! exclamó la señora Homais juntando las manos .
¡Arsénico! ¡Podías envenenarnos a todos!
Y los niños comenzaron a gritar, como si hubiesen ya sentido en
sus entrañas atroces dolores.
¡O bien envenenar a un enfermo! continuó el boticario . ¿Querías
que yo fuese al banquillo de los criminales a la Audiencia? ¿Verme conducido al
patíbulo? Ignoras el cuidado que pongo en las manipulaciones, a pesar de que
tengo una habilidad extraordinaria. Frecuentemente me asusto a mí mismo cuando
pienso en mi responsabilidad, pues el gobierno nos persigue, y la absurda
legislación que nos rige es como una verdadera espada de Damocles que cuelga
sobre nuestra cabeza.
Emma no pensaba ya en preguntar para qué la llamaban, y el farmacéutico
proseguía en frases entrecortadas:
¡Mira cómo agradeces las bondades que se tienen contigo!
¡Mira cómo me pagas los cuidados totalmente paternales que te
prodigo! Porque sin mí, ¿dónde estarías?, ¿qué harías? Quién te da de comer,
educación, vestido y todos los medios para que un día puedas figurar con honor
en las filas de la sociedad? Pero para esto hay que remar duro, y hacer lo que
se dice callos en las manos. Fabricando fit faber, age guod agis(1).
1. Trabajando es como se aprende, atiende a lo que haces. Las
citas latinas, frecuentes, prueban la formación clásica de los estudios de la
época.
Hacía citas en latín de exasperado que estaba. Lo mismo habría
citado chino o groenlandés si hubiese conocido estas dos lenguas, pues se
encontraba en una de esas crisis en que el alma entera muestra indistintamente
lo que encierra, como el océano que en las tempestades se entreabre desde las
algas de su orilla hasta la arena de sus abismos.
Y añadió:
¡Comienzo a arrepentirme terriblemente de haberme hecho cargo de
tu persona! ¡Sin duda habría hecho mejor dejándote pudrir en tu miseria y en la
mugre en que naciste! ¡Nunca servirás más que para guardar vacas! ¡No tienes
ninguna disposición para el estudio, apenas sabes pegar una etiqueta! Y vives
aquí, en mi casa, como un canónigo, a cuerpo de rey, gozando a tus anchas.
Pero Emma, volviéndose a la señora Homais:
Me habían llamado...
¡Ah! ¡Dios mío interrumpió con aire triste la buena señora ,
¿cómo se lo diría?... ¡Es una desgracia!
Y no terminó. El boticario tronaba:
¡Vacíala!, ¡límpiala!, ¡vuelve a ponerla en su sitio!, ¡pero
date prisa!
Y sacudiendo a Justino por el cuello de su blusa, le hizo caer
un libro de su bolsillo.
El chico se bajó. Homais fue más rápido, y habiendo recogido el
volumen, lo contempló con los ojos desorbitados y la boca abierta.
El amor conyugal(2) dijo separando lentamente estas dos palabras
. iAh!, ¡muy bien!, ¡muy bien!, ¡muy bonito!, ¡y grabados!... ¡Ah!, ¡esto es
demasiado fuerte!
2. Era una obra de «iniciación sexual» publicada en 1688 por el
doctor Venette, muy conocida en aquella época. Flaubert, en su Correspondance,
la calica de «obra tonta».
La señora Homais se acercó.
¡No!, ¡no toques!
Los niños quisieron ver las imágenes.
Dijo imperiosamente:
¡Fuera de aquí!
Y salieron.
Él se puso a caminar primeramente de un lado para otro a grandes
pasos, teniendo el volumen abierto entre sus dedos, haciendo girar sus ojos,
sofocado, tumefacto, apoplético. Después se fue derecho a su discípulo, y
plantándose delante de él con los brazos cruzados:
¡Pero es que tú tienes todos los vicios, pequeño desgraciado.
Ten cuidado, estás en una pendiente...! ¡No has pensado que este libro infame
podia caer en manos de mis hijos, encender la chispa en su cerebro, empañar la
pureza de Atalía, corromper a Napoleón! Ya está hecho un hombre. ¿Estás seguro,
al menos, de que no lo han leído? ¿Puedes certificármelo?...
Pero bueno, señor dijo Emma , ¿qué tenía usted que decirme?
Es verdad, señora... Ha muerto su suegro.
En efecto, el señor Bovary padre había fallecido la antevíspera,
de repente, de un ataque de apoplejía, al levantarse de la mesa y, por exceso
de precaución para la sensibilidad de Emma, Carlos había rogado al señor Homais
que le diera con cuidado esta horrible noticia.
Él había meditado la frase, la había redondeado, pulido, puesto
ritmo, era una obra maestra de prudencia y de transiciones, de giros finos y de
delicadezas; pero la cólera había vencido a la retórica.
Emma, sin querer conocer ningún detalle, abandonó la farmacia,
pues el señor Homais había reanudado sus vituperios. Sin embargo, se calmaba, y
ahora refunfuñaba con aire paternal, al tiempo que se abanicaba con su bonete
griego:
No es que desapruebe totalmente la obra. El autor era médico.
Hay en e11a algunos aspectos científicos que no está mal que un hombre los
conozca, y me atrevería a decir que es preciso que los conozca. Pero ¡más
adelante, más adelante! Aguarda al menos a que tú mismo seas un hombre y a que
tu carácter esté formado.
Al oír el aldabonazo de Emma, Carlos, que la esperaba, se
adelantó con los brazos abiertos y le dijo con voz llorosa:
¡Ah!, ¡mi querida amiga!
Entretanto ella respondió:
Sí, ya sé..., ya sé...
Le enseñó la carta en la que su madre contaba la noticia, sin
ninguna hipocresía sentimental. Únicamente sentía que su marido no hubiese
recibido los auxilios de la religión, habiendo muerto en Doudeville, en la
calle, a la puerta de un café, después de una comida patriótica con antiguos
oficiales.
Emma le devolvió la carta; luego, en la cena, por quedar bien,
fingió alguna repugnancia. Pero como él la animaba, decidió ponerse a cenar,
mientras que Carlos, frente a ella, permanecía inmóvil, en una actitud de
tristeza.
De vez en cuando, levantando la cabeza, le dirigía una mirada
prolongada, toda llena de angustia. Una vez suspiró.
¡Hubiera querido volver a verle!
Ella se callaba. Por fin, comprendiendo que había que romper el
silencio:
¿Qué edad tenía to padre?
¡Cincuenta y ocho años!
¡Ah!
Y no dijo nada más.
Un cuarto de hora después, Carlos añadió.
¿Y mi pobre madre?..., ¿qué va a ser de ella ahora?
Emma hizo un gesto de ignorancia.
Viéndola tan taciturna, Carlos la suponía afligida y se
esforzaba por no decirle nada para no avivar aquel dolor que la conmovía. Sin
embargo, olvidándose del suyo propio:
¿Te divertiste mucho ayer? le preguntó.
Sí.
Cuando quitaron el mantel, Bovary no se levantó, Emma tampoco; y
a medida que ella lo miraba, la monotonía de aquel espectáculo desterraba poco
a poco de su corazón todo sentimiento de compasión. Carlos le parecía endeble,
flaco, nulo, en fin un pobre hombre en todos los aspectos. ¿Cómo deshacerse de
él? ¡Qué interminable noche! Algo la dejaba estupefacta como si un vapor de
opio la abotargara.
Oyeron en el vestíbulo el ruido seco de un palo sobre las
tablas. Era Hipólito que traía el equipaje de la señora. Para descargarlo,
describió penosamente un cuarto de círculo con su pierna de madera.
¡Ya ni siquiera piensa! se decía ella mirando al pobre diablo de
cuya roja pelambrera chorreaba el sudor.
Bovary buscaba un ochavo en el fondo de su bolsa sin parecer
comprender todo lo que había para él de humillación sólo con la presencia de
este hombre que permanecía a11í, como el reproche personificado de su incurable
ireptitud.
¡Vaya!, ¡qué bonito ramillete tienes! dijo al ver en la chimenea
las violetas de León.
Sí dijo Emma con indiferencia ; se lo he comprado hace un rato a
una mendiga.
Carlos cogió las violetas, y refrescando en ellas sus ojos
completamente enrojecidos de tanto llorar las olía delicadamente. Ella se las
quitó bruscamente de la mano y fue a poner-las en un vaso de agua.
A1 día siguiente la señora Bovary madre, ella y su hijo lloraron
mucho. Emma, con el pretexto de que tenía que dar órdenes, desapareció.
Pasado ese día, tuvieron que tratar juntos de los problemas del
luto. Se fueron a sentar, con los cestillos de la labor, a oriIla del agua,
bajo el cenador.
Carlos pensaba en su padre, y se extrañaba de sentir tanto
afecto por este hombre a quien hasta entonces había creído no querer sino
medianamente. La viuda pensaba en su marido. Los peores días de antaño le
parecían ahora envidiables. Todo se borraba bajo la instintiva añoranza de una
tan larga convivencia; y de vez en cuando, mientras empujaba la aguja, una
gruesa lágrima se deslizaba por su nariz y se mantenía suspendida un momento.
Emma pensaba que hacía apenas cuarenta y ocho horas estaban juntos, lejos del
mundo, completamente ebrios, no teniendo bastantes ojos para contemplarse.
Trataba de volver a captar los más imperceptibles detalles de aquella jornada
desaparecida. Pero la presencia de la suegra y del marido la molestaba. Habría
querido no oír nada, no ver nada, a fin de no perturbar la intimidad de su amor
que se iba perdiendo, por más que ella hiciera, bajo las sensaciones
exteriores.
Estaba descosiendo el forro de un vestido, cuyos retales se
esparcían a su alrededor; la señora Bovary madre, sin levantar los ojos, hacía
crujir sus tijeras, y Carlos, con sus zapatillas de orillo y su vieja levita
oscura que le servía de bata de casa, permanecía con las dos manos en los
bolsillos y tampoco hablaba; al lado de ellos, Berta, con delantal blanco,
rastrillaba con su pala la arena de los paseos.
De pronto vieron entrar por la barrera al señor Lheureux, el
comerciante de telas.
Venía a ofrecer sus servicios teniendo en cuenta la fatal
circunstancia. Emma respondió que creía no necesitarlos. El comerciante no se
dio por vencido.
Mil disculpas dijo ; desearía tener una conversación particular,
privada.
Dcspués en voz baja:
Es con relación a aquel asunto..., ¿sabe?
Carlos enrojeció hasta las orejas.
¡Ah!, sí..., efectivamente.
Y en su confusión, volviéndose a su mujer.
¿No podrías..., querida?
Ella pareció comprenderle, pues se levantó, y Carlos dijo a su
madre:
¡No es nada! Alguna menudencia doméstica.
No quería de ninguna manera que su madre conociese la historia
del pagaré, pues temía sus observaciones.
Cuando estuvieron solos, el señor Lheureux empezó a felicitar,
con palabras bastante claras, a Emma por la herencia, después a hablar de cosas
indiferentes, de los árboles en espaldera, de la cosecha y de su propia salud,
que seguía así así. En efecto, trabajaba como un condenado, aunque no ganaba
más que para ir viviendo, a pesar de lo que decía la gente.
Emma le dejaba hablar. ¡Le aburría tanto desde hacía dos días!
¿Y ya está totalmente restablecida? continuaba . Mi palabra, que
he visto a su pobre marido muy preocupado. Es un buen chico, aunque los dos
hayamos tenido nuestras diferencias.
Ella preguntó cuáles, pues Carlos le había ocultado la disputa a
propósito de las mercancías suministradas.
¡Pero usted lo sabe bien! dijo Lheureux . Era por aquellos
caprichos de usted, los artículos de viaje.
Se había echado el sombrero sobre los ojos, y con las dos manos
detrás de la espalda, sonriendo y silbando ligeramente, la miraba de frente, de
una manera insoportable. ¿Sospechaba algo? Ella seguía hundida en un mar de
conjeturas. Sin embargo, al final Lheureux continuó.
Nos hemos reconciliado ahora y venía a proponerle un arreglo.
Era la renovación del pagaré firmado por Bovary. El señor, por
lo demás, iría pagando como pudiera; no debía atormentarse, sobre todo ahora
que iba a tener encima una serie de problemas.
E incluso haría mejor descargando esa preocupación en alguien,
en usted, por ejemplo; con un poder sería más cómodo, y entonces usted y yo
juntos haríamos pequeños negocios.
Emma no comprendía. Él se calló. Después, pasando a su negocio,
Lheureux declaró que la señora no podía dejar de comprarle algo. Le enviaría un
barège(3) negro, doce metros, para hacerse un vestido.
3. Tela de lana ligera y no cruzada, primitivamente fabricada en
Barèges (Altos Pirineos), que sirve para hacer chales, vestidos, etc.
El que lleva usted ahora está bien para andar por casa. Necesita
otro para las visitas. Lo he observado a primera vista al entrar. Tengo mucha
vista.
No envió la tela, la llevó él mismo. Después volvió para ver la
que necesitaba; regresó con otros pretextos tratando cada vez de hacerse
amable, servicial, enfeudándose, como habría dicho Homais, y siempre insinuando
algunos consejos a Emma sobre el poder. No hablaba del pagaré. Emma no pensaba
en eso. Carlos, al principio de su convalecencia, le había dicho algo; pero
tantas cosas le habían pasado por la cabeza que ella ya no se acordaba. Además,
evitó provocar toda discusión de intereses; la señora Bovary madre quedó
sorprendida, y atribuyó su cambio de humor a los sentimientos religiosos que se
le habían despertado durante su enfermedad.
Pero, cuando se marchó la suegra, Emma no tardó en asombrar a su
marido por su buen sentido práctico. Habría que informarse, comprobar las
hipotecas, ver si había lugar a una subasta o a una liquidación. Citaba
términos técnicos, al azar, pronunciaba las grandes palabras de orden,
porvenir, previsión, y continuamente exageraba los problemas de la su-cesión;
de tal modo que un día le mostró el modelo de una autorización general para
«regir y administrar sus negocios, hacer préstamos, firmar y endosar todos los
pagarés, pagar toda clase de cuentas, etc.».
Había aprovechado las lecciones de Lheureux.
Carlos, ingenuamente, le preguntó de dónde venía aquel papel.
Del señor Guillaumin.
Y con la mayor sangre fría del mundo, añadió:
No me fío demasiado. ¡Los notarios tienen tan mala fama! Quizás
habría que consultar... No conocemos más que.., ¡Oh!, nadie.
A no ser que León... replicó Carlos, que reflexionaba.
Pero era difícil entenderse por correspondencia. Entonces Emma
se ofreció a hacer aquel viaje. Carlos se lo agradeció. Ella insistió. Fue un
forcejeo de amabilidades mutuas. Por fin, ella exclamó en un tono de enfado
ficticio:
Nó, por favor, yo iré.
¡Qué buena eres! le dijo besándole en la frente.
Al día siguiente tomó «La Golondrina» para ir a Rouen a
consultar al señor León; y se quedó allí tres días.
CAPÍTULO III
Fueron tres días llenos, exquisitos, espléndidos, una verdadera
luna de miel.
Estaban en el «Hotel de Boulogne», en el puerto. Y a11í vivían,
con los postigos y las puertas cerrados, con flores por el suelo y jarabes con
hielo que les traían por la mañana temprano.
Al atardecer tomaban una barca cubierta y se iban a cenar a una
isla.
Era la hora en que se oye al lado de los astilleros retumbar el
mazo de los calafateadores contra el casco de los barcos. De entre los árboles
salía el humo del alquitrán, y sobre el río se veían grandes goterones de grasa
que ondulaban desigualmente bajo el color púrpura del sol como placas de bronce
florentino que fotaran.
Pasaba entre barcas amarradas cuyos largos cables oblicuos
rozaban un poco la cubierta de la barca.
Insensiblemente se alejaban los ruidos de la audad, el rodar de
los carros, el tumulto de las voces, el ladrido de los perros sobre el puente
de los navíos. Emma se desataba el sombrero y llegaban a su isla.
Se instalaban en la sala baja de una taberna, que tenía a la
puerta unas redes negras colgadas. Comían fritura de eperlano, nata y cerezas.
Se acostaban en la hierba; se besaban a escondidas bajo los álamos; y habrían
querido, como dos Robinsones, vivir perpetuamente en aquel pequeño rincón que
les parecía, en su plácida dicha, el más grandioso de la tierra. No era la
primera vez que veían árboles, cielo azul, césped, que oían correr el agua y
soplar la brisa en el follaje; pero sin duda nunca habían admirado todo esto,
como si la naturaleza no existiera antes, o no hubiese comenzado a ser bella
hasta que ellos tuvieron colmados sus deseos.
Por la noche volvían. La barca bordeaba las islas. Los dos
permanecían en el fondo, ocultos en la sombra, sin hablar. Los remos cuadrados
sonaban entre los toletes de hierro; y era como si se marcase el compás con un
metrónomo, mientras que detrás la cuerda que arrastraba no interrumpía su
pequeño chapoteo suave en el agua.
Una vez salió la luna; entonces se pusieron a hacer frases,
inspiradas en el astro melancólico y lleno de poesía; incluso Emma se puso a
cantar:
Un soir, t'en souvient il? Nous voguious, etc.(1)
1. «Un soir, t'en souvient il? Nous voguions en silence...: Una
tarde, ¿te acuerdas?, bajábamos sin decirnos nada. Es un verso de un poema de
Lamartine, titulado «Le Lac».
Su voz armoniosa y suave se perdía sobre las olas; y el viento
se llevaba los trinos que León escuchaba pasar como un batir de alas alrededor
de él.
Emma se mantenía enfrente, apoyada en el tabique de la chalupa,
donde entraba la luna por una de las ventanas abiertas. Su vestido negro, cuyos
pliegues se ensanchaban en abanico, la hacía más delgada y más alta. Tenía la
cabeza erguida, las manos juntas y los ojos mirando al cielo. A veces la sombra
de los sauces la ocultaba por completo, luego reaparecía de pronto como una
visión a la luz de la luna.
León, en el suelo, al lado de ella, encontró bajo su mano una
cinta de seda color rojo vivo.
El barquero la examinó y acabó por decir:
¡Ah!, puede que sea de un grupo que paseé el otro día. Vinieron
un montón de comediantes, señores y señoras, con pasteles, champán, cornetines,
y toda la pesca; había uno sobre todo, un mozo alto y guapo, con bigotito, que
era muy divertido, y decían algo así: «Vamos, cuéntanos algo..., Adolfo...,
Dodolfo...», me parece.
Emma se estremeció.
¿Te sientes mal? dijo León acercándose a ella.
¡Ah!, no es nada. Sin duda, el fresco de la noche.
Y no deben de faltarle mujeres, tampoco añadió el viejo
marinero, creyendo halagar al forastero.
Después, escupiendo en las manos, volvió a coger los remos.
¡Sin embargo, hubo que separarse! Los adioses fueron tristes.
Era a casa de la tía Rolet adonde tenía que enviar las cartas; y le hizo unas
recomendaciones tan precisas sobre el doble sobre, que León admiró grandemente
su astucia amorosa.
Entonces, ¿me dices que todo está bien? le dijo ella en el
último beso.
¡Desde luego que sí!
Pero, ¿por qué, pensó él después, volviendo solo por las calles,
tiene tanto interés por el poder?
CAPÍTULO IV
Enseguida León empezó a adoptar un aire de superioridad ante sus
camaradas, prescindió de su compañía, y descuidó por completo los legajos.
Esperaba las cartas de Emma; las releía. Le contestaba. La
evocaba con toda la fuerza de su deseo y de sus recuerdos. En vez de disminuir
con la ausencia, aquel deseo de volver a verla se acrecentó de tal modo que un
sábado por la mañana se escapó de su despacho.
Cuando desde lo alto de la cuesta divisó en el valle el
campanario de la iglesia con su bandera de hojalata que giraba al viento,
sintió ese deleite mezcla de vanidad triunfante y de enternecimiento egoísta
que deben de experimentar los millonarios cuando vuelven a visitar su pueblo.
Fue a rondar alrededor de su casa. En la cocina brillaba una
luz. Espió su sombra detrás de las cortinas. No apareció nada.
La tía Lefrançois al verle hizo grandes exclamaciones, y lo
encontró «alto y delgado», mientras que Artemisa, por el contrario, lo encontró
«más fuerte y más moreno».
Cenó, como en otro tiempo, en la salita, pero solo, sin el
recaudador; pues Binet, «cansado» de esperar «La Golondrina», había decidido
cenar una hora antes, y ahora cenaba a las cinco en punto, y aún decía que la
vieja carraca se retrasaba.
Sin embargo, León se decidió; fue a llamar a casa del médico. La
señora estaba en su habitación, de donde no bajó hasta un cuarto de hora
después. El señor pareció encantado de volver a verle; pero no se movió de casa
en toda la noche ni en todo el día siguiente.
León la vio a solas, muy tarde, por la noche, detrás de la
huerta, en la callejuela; ¡en la callejuela, como con el otro! Había tormenta y
conversaban bajo un paraguas a la luz de los relámpagos.
La separación se les hacía insoportable.
¡Antes morir! decía Emma.
Y se retorcía en sus brazos bañada en lágrimas.
¡Adiós!..., ¡adiós!... ¿Cuándo lo volveré a ver?
Volvieron sobre sus pasos para besarse otra vez; y entonces Emma
le hizo la promesa de encontrar muy pronto, como fuese, la ocasión permanente
para verse en libertad, al menos una vez por semana. Emma no lo dudaba. Estaba,
además, llena de esperanza. Iba a recibir dinero.
Y así compró para su habitación un par de cortinas amariIlas de
rayas anchas que el señor Lheureux le había ofrecido baratas; pensó en una
alfombra, y Lheureux, diciendo que «aquello no era pedir la luna», se
comprometió amablemente a proporcionarle una. Emma no podía prescindir de sus
servicios. Mandaba a buscarle veinte veces al día, y él se presentaba en el
acto con sus artículos sin rechistar una palabra. No acertaba a comprender por
qué la tía Rolet almorzaba todos los días en casa de Emma, a incluso le hacía
visitas particulares.
Fue por aquella época, es decir hacia comienzos del invierno,
cuando le entró una gran fiebre musical.
Una noche que Carlos la escuchaba volvió a empezar cuatro veces
seguidas el mismo trozo, dejándolo siempre con despecho, insatisfecha, mientras
que Carlos, sin notar la diferencia, exclamaba:
¡Bravo!..., ¡muy bien!... ¿Por qué te incomodas? ¡Adelante!
¡Pues no! ¡Me sale muy mal!, tengo los dedos entumecidos.
Al día siguiente Carlos le pidió que le volviera a tocar algo.
¡Vaya, para darte gusto!
Y Carlos confesó que había perdido un poco. Se equivocaba de
pentagrama, se embarullaba; después, parando en seco:
¡Ea, se acabó!, tendría que tomar unas lecciones; pero...
Se mordió los labios y añadió:
Veinte francos por lección es demasiado caro.
Sí, en efecto..., un poco... dijo Carlos con una risita boba .
Sin embargo, creo que quizás se conseguiría por menos, pues hay artistas
desconocidos que muchas veces valen más que celebridades.
Búscalos dijo Emma.
Al día siguiente, al regresar a casa, la contempló con una
mirada pícara, y por fin no pudo dejar de escapar esta frase:
¡Qué tozuda eres a veces! Hoy he estado en Barfeuchères. Bueno,
pues la señora Liégeard me ha asegurado que sus tres hijas, que están en la
Misericordia, tomaban lecciones por cincuenta sueldos la sesión, y, además, ¡de
una famosa profesora!
Emma se encogió de hombros y no volvió a abrir su instrumento.
Pero cuando pasaba cerca de él, si Bovary estaba allí, suspiraba:
¡Ah!, ¡pobre piano mío!
Y cuando iban a verla no dejaba de explicar que había abandonado
la música y que ahora no podía ponerse de nuevo a ella por razones de fuerza
mayor. Entonces la compadecían. ¡Qué lástima!, ¡ella que tenía tan buenas
disposiciones! Incluso se lo decían a Bovary. Se lo echaban en cara, y sobre
todo el farmacéutico.
¡Hace usted mal!, nunca se deben dejar a barbecho las dotes
naturales. Además, piense, amigo mío, que animando a la señora a estudiar,
usted economiza para más adelante en la educación musical de su hija. Yo soy
partidario de que las madres eduquen personalmente a sus hijos. Es una idea de
Rousseau, quizás todavía un poco nueva, pero que acabará imponiéndose, estoy
seguro, como la lactancia materna y la vacuna.
Carlos volvió a insistir sobre aquella cuestión del piano, Emma
respondió con acritud que era mejor venderlo. Ver marchar aquel piano, que le
había proporcionado tantas vanidosas satisfacciones, era para Madame Bovary
como el indefinible suicidio de una parte de ella misma.
Si quisieras... decía él , de vez en cuando, una lección no
sería, después de todo, extremadamente ruinoso.
Pero las lecciones replicaba ella sólo resultan provechosas si
son seguidas.
Y fue así como se las arregló para conseguir de su esposo el
permiso para ir a la ciudad una vez por semana a ver a su amante. Y al cabo de
un mes reconocieron incluso que había hecho progresos considerables.
CAPÍTULO V
Era los jueves. Emma se levantaba y se vestía en silencio para
no despertar a Carlos, quien la hubiera reprendido cariñosamente por arreglarse
tan temprano. Después caminaba de un lado para otro; se ponía delante de las
ventanas, miraba la plaza. La primera claridad circulaba entre los pilares del
mercado, y la casa del farmacéutico, cuyos postigos estaban cerrados, dejaba
ver en el color pálido del amanecer las mayúsculas de su rótulo.
Cuando el reloj marcaba las siete y cuarto se iba al «León de
Oro», cuya puerta venía a abrirle Artemisa medio dormida. Removía para la
señora las brasas escondidas bajo las cenizas. Emma se quedaba sola en la
cocina. De vez en cuando salía. Hivert enganchaba los caballos sin prisa a la
vez que escuchaba a la tía Lefrançois que, sacando por una ventanilla la cabeza
tocada con gorro de algodón, le hacía muchos encargos y le daba explicaciones
como para volver loco a cualquier otro hombre. Emma se calentaba los pies
pateando con sus botines los adoquines del patio.
Por fin, después de haber tomado la sopa, puesto su capote,
encendido la pipa y empuñado la fusta, Hivert se instalaba tranquilamente en el
pescante.
«La Golondrina» arrancaba a trote corto, y durante tres cuartos
de legua se paraba de trecho en trecho para tomar viajeros que la aguardaban de
pie, a orilla del camino, delante de la tapia de los corrales. Los que habían
avisado la víspera se hacían esperar; algunos incluso estaban todavía en cama
en sus casas; Hivert llamaba, gritaba, juraba, luego se apeaba a iba a golpear
fuertemente a las puertas. El viento soplaba por las rendijas de las
ventanillas.
Entretanto, las cuatro banquetas se llenaban, el coche rodaba,
los manzanos en fila se sucedían; y la carretera, entre sus dos largas cunetas
llenas de agua amarillenta, iba estrechándose continuamente hacia el horizonte.
Emma la conocía de punta a cabo, sabía que después de un
pastizal había un poste, después un olmo, un granero o una casilla de caminero;
a veces, incluso, para darse sorpresas, cerraba los ojos. Pero no perdía nunca
el sentido claro de la distancia que faltaba por recorrer.
Por fin, se acercaban las casas de ladrillos, la tierra resonaba
bajo las ruedas. «La Golondrina» se deslizaba entre jardines donde se percibían
por una empalizada estatuas, una parra, unos tejos recortados y un columpio.
Luego, en un solo golpe de vista, aparecía la ciudad.
Situada por completo en el anfiteatro y envuelta en la niebla,
se ensanchaba más a11á de los puentes, confusamente. Luego la campiña volvía a
subir con una ondulación monótona, hasta tocar en la lejanía la base indecisa
del cielo pálido. Visto así desde arriba, todo el paisaje tenía el aire inmóvil
de una pintura; los barcos anclados se amontonaban en un rincón; el río
redondeaba su curva al pie de las colinas verdes, y las islas, de forma
oblonga, parecían sobre el agua grandes peces negros parados. Las chimeneas de
las fábricas lanzaban inmensos penachos oscuros que levantaban el vuelo por su
extremo. Se oía el ronquido de las fundiciones con el carillón claro de las
iglesias que se alzaban en la bruma. Los árboles de los bulevares, sin hojas,
formaban como una maraña color violeta en medio de las casas, y los tejados,
todos relucientes de lluvia, reflejaban de modo desigual según la altura de los
barrios. A veces un golpe de viento llevaba las nubes hacia la costa de Santa
Catalina, como olas aéreas que se rompían en silencio contra un acantilado.
Algo vertiginoso se desprendía para ella de estas existencias
amontonadas, y su corazón se ensanchaba ampliamente como si las ciento veinte
mil almas que palpitaban a11í le hubiesen enviado todas a la vez el vapor de
las pasiones que ella les suponía. Su amor crecía ante el espacio y se llenaba
de tumulto con los zumbidos vagos que subían. Ella to volvía a derramar fuera,
en las plazas, en los paseos, en las calles, y la vieja ciudad normanda
aparecía ante sus ojos como una capital desmesurada, como una Babilonia en la
que ella entraba. Se asomaba con las dos manos por la ventanilla, aspirando la
brisa; los tres caballos galopaban, las piedras rechinaban en el barro, la
diligencia se balanceaba, a Hivert, de lejos, daba voces a los carricoches en
la carretera, mientras que los burgueses que habían pasado la noche en el
bosque Guillaume bajaban la cuesta tranquilamente en su cochecito familiar.
Se paraban en la barrera; Emma se desataba los chanclos,
cambiaba de guantes, se ponía bien el chal, y veinte pasos más lejos se apeaba
de «La Golondrina».
La ciudad se despertaba entonces. Los dependientes, con gorro
griego, frotaban el escaparate de las tiendas, y unas mujeres con cestos
apoyados en la cadera lanzaban a intervalos un grito sonoro en las esquinas de
las calles. Ella caminaba con los ojos fijos en el suelo, rozando las paredes y
sonriendo de placer bajo su velo negro que le cubría la cara.
Por miedo a que la vieran, no tomaba ordinariamente el camino
más corto. Se metía por las calles oscuras y llegaba toda sudorosa hacia la
parte baja de la calle Nationale, cerca de la fuente que hay a11í. Es el barrio
del teatro, de las tabernas y de las prostitutas. A menudo pasaba al lado de
ella una carreta que llevaba algún decorado que se movía. Unos chicos con
delantal echaban arena sobre las losas entre arbustos verdes. Olía a ajenjo, a
tabaco y a ostras.
Emma torcía por una calle, reconocía a León por su pelo rizado
que se salía de su sombrero.
León continuaba caminando por la acera. Ella le seguía hasta el
hotel, él abría la puerta, entraba... ¡Qué apretón, qué abrazo!
Después se precipitaban las palabras, los besos. Se contaban las
penas de la semana, los presentimientos, las inquietudes por las cartas; pero
ahora se olvidaba todo y se miraban frente a frente con risas de voluptuosidad
y palabras de ternura.
La cama era un gran lecho de caoba en forma de barquilla. Las
cortinas de seda roja lisa, que bajaban del techo, se recogían muy abajo, hacia
la cabecera que se ensanchaba; y nada en el mundo era tan bello como su cabeza
morena y su piel blanca que se destacaban sobre aquel color púrpura, cuando con
un gesto de pudor cerraba los brazos desnudos, tapándose la cara con las manos.
El tibio aposento con su alfombra discreta, sus adornos
juguetones y su luz tranquila parecía muy a propósito para las intimidades de
la pasión. Las barras terminaban en punta de flecha, los alzapaños de cobre y
las gruesas bolas de los morillos relucían de pronto cuando entraba el sol.
Sobre la chimenea, entre los candelabros, había dos de esas grandes caracolas
rosadas en las que se oye el ruido del mar cuando se las acerca al oído.
¡Cuánto les gustaba aquel cómodo aposento, lleno de alegría, a
pesar de su esplendor un poco marchito! Siempre encontraban los muebles en su
sitio, y a veces unas horquillas que Emma había olvidado el jueves anterior
bajo el soporte del reloj. Comían al lado del fuego, en un pequeño velador con
incrustaciones de palisandro. Emma trinchaba, le ponía los trozos en su plato
diciéndole toda clase de zalamerías; y se reía con una risa sonora y libertina
cuando la espuma del champán desbordaba el vaso ligero sobre las sortijas de
sus dedos. Estaban tan completamente locos en la posesión de sí mismos que se
creían allí en su propia casa, y como si fueran a vivir a11í hasta la muerte
como dos eternos recién casados. Decían nuestra habitación, nuestra alfombra,
nuestras butacas, incluso ella decía mis pantuflas, un regalo de León, un
capricho que ella había tenido. Eran unas pantuflas de raso color rosa
ribeteadas de plumón de cisne. Cuando se sentaba sobre las rodillas de León, su
pierna, entonces demasiado corta, colgaba en el aire, y el gracioso calzado,
que no tenía contrafuerte, se sostenía sólo por los dedos de su pie desnudo.
Él saboreaba por primera vez la indecible delicadeza de las
elegancias femeninas. Nunca había conocido aquella gracia de lenguaje, aquel
pudor en el vestido, aquellas posturas de paloma adormilada. Admiraba la
exaltación de su alma y los encajes de su falda. Además, ¿no era «una mujer de
mundo» y una mujer casada, en fin, una verdadera amante?
Por la diversidad de su humor, alternativamente místico o
alegre, charlatán, taciturno, exaltado o indolente, ella iba despertando en él
mil deseos evocando instintos o reminiscencias. Era la enamorada de todas las
novelas, la heroína de todos los dramas, la vaga «ella» de todos los libros de
versos. Encontraba en sus hombros el color ámbar de la Odalisca en el baño(1);
tenía el largo corpiño de bas castellanas feudales; se parecía también a la
Mujer pálida de Barcelona(2), pero por encima de todo era un ángel.
1. Es un cuadro muy famoso del pintor francés Ingres (1780
1867). Sus retratos de mujer se caracterizan por el color ámbar de su pintura.
2. Cuadro de Courbet (1819 1877), pintor contemporáneo de
Flaubert. Este cuadro fue pintado en Lyon en 1854. Se llama también Retrato de
una española. Figura en la portada de Madame Bovary, ed. de Poche.
A menudo, al mirarla, le parecía a León que su alma, escapándose
hacia ella, se esparcía como una onda sobre el contorno de su cabeza y
descendía arrastrada hacia la blancura de su seno.
Se ponía en el suelo delante de ella, y con los codos sobre las
rodillas la contemplaba sonriendo y con la frente tensa.
Ella se inclinaba sobre él y murmuraba como sofocada de
embriaguez:
iOh!, ¡no te muevas!, ¡no hables!, ¡mírame! ¡De tus ojos sale
algo tan dulce, que me hace tanto bien!
Le llamaba niño:
Niño, ¿me quieres?
Y apenas oía su respuesta, en la precipitación con que aquellos
labios subían para dársela en la boca.
Había encima del reloj de péndulo un pequeño Cupido de bronce
que hacía melindres redondeando los brazos bajo una guirnalda dorada. Muchas
veces se rieron de él, pero cuando había que separarse todo les parecía serio.
Inmóviles el uno frente al otro, se repetían:
¡Hasta el jueves!..., ¡hasta el jueves!
De pronto ella le cogía la cabeza entre las dos manos, le besaba
rápido en la frente, exclamando: «¡Adiós!», y se precipitaba por la escalera.
Iba a la calle de la Comedia, a una peluquería, a arreglarse sus
bandós. Llegaba la noche; encendían el gas en la tienda.
Oía la campanilla del teatro que llamaba a los cómicos a la
representación, y veía, enfrente, pasar hombres con la cara blanca y mujeres
con vestidos ajados que entraban por la puerta de los bastidores.
Hacía calor en aquella pequeña peluquería demasiado baja, donde
la estufa zumbaba en medio de las pelucas y de las pomadas. El olor de las
tenacillas, con aquellas manos grasientas que le tocaban la cabeza, no tardaba
en dejarla sin sentido y se quedaba un poco dormida bajo el peinador. A veces
el chico, mientras la peinaba, le ofrecía entradas para el baile de disfraces.
Después se marchaba. Subía de nuevo las calles, llegaba a la
«Croix Rouge»; recogía sus zuecos que había escondido por la mañana debajo de
un banco y se acomodaba en su sitio entre los viajeros impacientes. Algunos se
apeaban al pie de la cuesta. Ella se quedaba sola en la diligencia.
A cada vuelta se veían cada vez mejor todas las luces de la
ciudad que formaban un amplio vapor luminoso por encima de bas casas amontonadas.
Emma se ponía de rodillas sobre los cojines y se le perdía la mirada en aquel
deslumbramiento. Sollozaba, llamaba a León, y le enviaba palabras tiernas y
besos que se perdían en el viento.
Había en la cuesta un pobre diablo que vagabundeaba con su
bastón por en medio de las diligencias. Un montón de harapos cubría sus hombros
y un viejo sombrero desfondado que se había redondeado como una palangana le
tapaba la cara; pero cuando se lo quitaba descubría, en lugar de párpados, dos
órbitas abiertas todas ensangrentadas. La carne se deshilachaba en jirones
rojos, y de allí corrían líquidos que se coagulaban en costras verdes hasta la
nariz cuyas aletas negras sorbían convulsivamente. Para hablar echaba hacia
atrás la cabeza con una risa idiota; entonces sus pupilas azuladas, girando con
un movimiento continuo, iban a estrellarse hacia las sienes, al borde de la
llaga viva.
Cantaba una pequeña canción siguiendo los coches:
Souvent la chaleur d'un beau jour
Fait rêver fillette á l'amour.
Y en todo lo que seguía se hablaba de pájaros, sol y follaje.
A veces, aparecía de pronto detrás de Emma, con la cabez
descubierta. Ella se apartaba con un grito. Hivert venía a hacerle bromas. Le
decía que debía poner una barraca en la feria de San Román, o bien le
preguntaba en tono de broma por su amiguita.
Con frecuencia estaban en marcha cuando su sombrero, con un
movimientu brusco, entraba en la diligencia por la ventanilla, mientras él se
agarraba con el otro brazo sobre el estribo entre las salpicaduras de las
ruedas. Su voz, al principio débil como un vagido, se volvía aguda. Se
arrastraba en la noche, como el confuso lamento de una indefinida angustia; y,
a través del tintineo de los cascabeles, del murmullo de los árboles y del
zumbido de la caja hueca, tenía algo de lejano que trastornaba a Emma. Aquello
le llegaba al fondo del alma como un torbellino que se precipita en el abismo y
la arrastraba por los espacios de una melancolía sin límites. Pero Hivert, que
se daba cuenta de un contrapeso, largaba grandes latigazos a ciegas. La tralla
le pegaba en las llagas y él caía en el fango dando un gran alarido.
Después, los viajeros de «La Golondrina» acababan por dormirse,
unos con la boca abierta, otros con la barbilla sobre el pecho, apoyándose en
el hombro de su vecino, o bien con el brazo pasado sobre la correa, meciéndose
al compás del bamboleo del coche; y el reflejo de la linterna que se balanceaba
fuera, sobre la grupa de los caballos de tiro, penetrando en el interior por
las cortinas de percal color chocolate, ponía sombras sanguinolentas sobre
todos aquellos individuos inmóviles. Emma, transida de tristeza, tiritaba bajo
sus vestidos, y sentía cada vez más frío en los pies, con la muerte en el alma.
Carlos, en casa, la esperaba; «La Golondrina» siempre llegaba
tarde los jueves. Por fin, llegaba la señora y apenas besaba a la niña. La cena
no estaba preparada, pero no importaba, ella disculpaba a la cocinera. Ahora
parecía que todo le estaba permitido a aquella chica.
A menudo, su marido, viéndola tan pálida, le preguntaba si no se
encontraba mal.
No decía Emma.
Pero replicaba él estás muy rara esta noche.
¡Bah!, no es nada, no es nada.
Había incluso días en que, apenas llegaba a casa, subía a su
habitación; y Justino, que se encontraba allí, circulaba silenciosamente,
esmerándose en servirla más que una excelente doncella. Colocaba las cerillas,
la palmatoria, un libro, disponía su camisón, abría las sábanas.
Vamos decía ella , está bien, ¡vete!
Pero él se quedaba de pie, con las manos colgando y los ojos
abiertos como prendido entre los hilos innumerables de un súbito ensueño.
La jornada del día siguiente era espantosa, y las que seguían
eran más intolerables todavía por la impaciencia que tenía Emma de recobrar su
felicidad, codicia áspera, inflamada de imágenes conocidas, y que, al séptimo
día, resplandecía sin trabas en las caricias de León. Los ardores de éste se
ocultaban bajo expansiones de asombro y de reconocimiento. Emma saboreaba aquel
amor de una manera discreta y absorta, lo cuidaba por medio de todos los
artificios de su ternura y temblaba un poco ante el miedo de perderlo más
adelante.
A menudo ella le decía, con dulce voz melancólica:
¡Ah!, tú me dejarás..., te cansarás..., serás como los otros.
Él preguntaba:
¿Qué otros?
Pues los hombres, en fin respondía ella.
Después añadía rechazándole con un gesto lánguido:
Sois todos unos infames.
Un día que filosofaban sobre desilusiones terrestres, ella llegó
a decir, para poner a prueba sus celos o quizás cediendo a una necesidad de
expansión demasiado fuerte, que en otro tiempo, antes de él, ella había amado a
alguien, «no como a ti», replicó rápidamente, jurando por su hija «que no había
pasado nada».
El joven la creyó y, sin embargo, la interrogó para saber lo que
hacía aquel hombre.
Era capitán de barco, querido.
¿No era esto prevenir toda averiguación y, al mismo tiempo,
situarse muy alto, por esta pretendida fascinación ejercida sobre un hombre que
debía ser de naturaleza belicosa y acostumbrado a hacerse obedecer?
El pasante sintió entonces lo ínfimo de su posición; tuvo
envidia de las charreteras, de las cruces, de los títulos. Todo esto debía de
gustarle a ella, él lo sospechaba por su modo de gastar.
Sin embargo, Emma callaba una multitud de extravagancias, tales
como el deseo de tener, para llevarla a Rouen, un tílburi azul, tirado por un
caballo inglés, y conducido por un cochero, calzado de botas con vueltas. Era
Justino quien le había inspirado ese capricho, suplicándole que lo tomase en su
casa como criado; y si esta privación no atenuaba en cada cita el placer de la
llegada, aumentaba ciertamente la amargura del regreso.
A menudo, cuando hablaban juntos de París, ella terminaba
murmurando:
¡Ah!, ¡qué bien viviríamos a11í!
¿No somos felices? replicaba dulcemente el joven pasándole la
mano por sus bandós.
Sí, es cierto decía ella , estoy loca; ¡bésame!
Estaba con su marido más encantadora que nunca, le hacía
natillas de pistache y tocaba valses después de cenar. Así que él se sentía
entonces el más afortunado de los mortales, y Emma vivía sin preocupación,
cuando una noche, de pronto:
¿Es la señorita Lempereur, verdad, quien te da lecciones?
Sí.
Bueno, la he visto hace poco, en casa de la señora Liégeard. Le
hable de ti; no te conoce.
Fue como un rayo. Sin embargo, ella replicó con naturalidad:
¡Ah!, ¿sin duda, había olvidado mi nombre?
¿Pero quizás hay en Rouen dijo el médico varias señoritas
Lempereur que son profesoras de piano?
¡Es posible!
Después, vivamente:
Sin embargo, tengo sus recibos, ¡toma, mira!
Y se fue al secreter, buscó en todos los cajones, confundió los
papeles y acabó perdiendo la cabeza de tal modo que Carlos la animó a que no se
preocupase tanto por aquellos miserables recibos.
iOh!, los encontraré dijo ella.
En efecto, el viernes siguiente, Carlos, al poner una de sus
botas en el cuarto oscuro donde guardaba su ropa, notó una hoja de papel entre
el cuero y su calcetín, la cogió y leyó:
«Recibido, por tres meses de clase y material diverso, la
cantidad de sesenta y cinco francos. FÉLICIE LEMPEREUR, profesora de música.»
¿Cómo diablos está esto en mis botas?
Sin duda respondió ella , se habrá caído de la vieja caja de las
facturas que está a la orilla de la tabla.
A partir de este momento, su existencia no fue más que una sarta
de mentiras en las que envolvía su amor como en velos para ocultarlo.
Era una necesidad, una manía, un placer, hasta tal punto que, si
decía que ayer había pasado por el lado derecho de una calle, había que creer
que había sido por el lado izquierdo.
Una mañana que acababa de salir, según su costumbre, bastante
ligera de ropa, empezó a nevar de pronto; Carlos, que observaba el tiempo desde
la ventana, vio al abate Bournisien que iba para Rouen en el cochecito del
señor Tuvache. Entonces bajó para confiar al eclesiástico un grueso chal para
que se lo entregara a Madame nada más llegar a la «Croix Rouge». Apenas llegó a
la hospedería, Bournisien preguntó por la señora del médico de Yonville. La
hostelera contestó que frecuentaba muy poco su establecimiento. Por eso,
aquella misma noche, al encontrar a Madame Bovary en «La Golondrina», el cura
le contó lo ocurrido, sin al parecer darle importancia, pues se puso a hacer el
elogio de un predicador que por entonces hacía maravillas en la catedral y al
que iban a oír todas las señoras.
Pero si el cura no había pedido explicaciones, otros podrían
después mostrarse menos discretos. Por lo cual Emma creyó conveniente alojarse
siempre en la «Croix Rouge», de modo que las buenas gentes de su pueblo que la
veían en la escalera no pudieran sospechar nada.
Un día, sin embargo, el señor Lheureux la vio salir del «Hôtel
de Boulogne» del brazo de León; y Emma tuvo miedo, pensando que el comerciante
se iría de la lengua. No era tan tonto como para eso.
Pero tres días después entró en el cuarto de Emma, cerró la
puerta y dijo:
Necesito dinero.
Ella declaró que no podía dárselo. Lheureux se deshizo en
lamentaciones y le recordó todas las atenciones que había tenido con ella.
En efecto, de los dos pagarés firmados por Carlos, Emma, hasta
entonces, sólo había pagado uno. En cuanto al segundo, el comerciante, a
instancias de ella, había accedido a sustituirlo por otros dos, que a su vez
fueron renovados aplazando mucho la fecha de su vencimiento. Después, sacó del
bolsillo una lista de artículos no pagados aún, a saber: las cortinas, la
alfombra, la tela para las butacas, varios vestidos y varios artículos de
tocador, cuyo valor ascendía a unos dos mil francos.
Emma bajó la cabeza; Lheureux añadió:
Pero si usted no dispone de dinero, tiene «bienes».
Y le indicó una pobre casucha sita en Barneville, cerca de
Aumale, que no rentaba gran cosa. Antaño pertenecía a una pequeña granja
vendida por el señor Bovary, pues Lheureux lo sabía todo, hasta las hectáreas
que medía y el nombre de los colindantes.
Yo, en su lugar, me desprendería de ella, y aún me sobraría
dinero.
Emma señaló la dificultad de encontrar comprador; Lheureux le
dio esperanzas de encontrarlo; pero ella le preguntó cómo se las arreglaría
para poder vender.
¿No tiene usted el poder? le replicó él.
Aquella palabra le llegó como una bocanada de aire fresco.
Déjeme la cuenta dijo Emma.
¡Oh!, no vale la pena replicó Lheureux.
Volvió a la semana siguiente, y presumió de haber conseguido
encontrar, después de muchas gestiones, a un tal Langlois, que desde hacía
mucho tiempo codiciaba la finca sin ofrecer precio por ella.
¡El precio es lo de menos! exclamó Emma.
Había que esperar, por el contrario, a tantear a aquel mozo. La
cosa valía la pena de un viaje, y como ella no podía hacerlo, él se ofreció
para desplazarse hasta a11í y ponerse al habla con Langlois. Una vez de vuelta,
dijo que el comprador ofrecía cuatro mil francos.
Emma se regocijó al conocer esta noticia.
Francamente añadió él , está bien pagada.
Emma cobró la mitad del dinero inmediatamente, y cuando fue a
liquidar su cuenta, el comerciante le dijo:
Me apena, palabra de honor, verla deshacerse de golpe y porrazo
de una cantidad tan importante como ésta.
Entonces ella miró los billetes de banco, y pensando en el
número ilimitado de citas que representaban aquellos dos mil francos:
¡Cómo!, ¡cómo! balbució.
¡Oh! replicó Lheureux, en tono bonachón , en las facturas se
puede meter lo que se quiera. ¿Acaso no sé yo lo que es gobernar una casa?
Y la miraba fijamente mientras sostenía en la mano dos largos
papeles que hacía resbalar entre sus uñas. Por fin, abriendo su cartera,
extendió sobre la mesa cuatro letras de cambio de mil francos cada una.
Firme esto le dijo , y quédese con todo.
Ella protestó escandalizada.
Pero si yo le doy el sobrante dijo descaradamente el señor
Lheureux , ¿no le hago un favor?
Y tomando una pluma, escribió al pie de la cuenta: «Recibido de
Madame Bovary cuatro mil francos.»
¿Qué le preocupa si va a cobrar dentro de seis meses el resto de
la venta de su barraca, y yo le aplazo el vencimiento de la última letra para
después del pago?
Emma se embrollaba un poco en sus cálculos, le tintineaban los
oídos como si alrededor de ella sonaran sobre el suelo monedas de oro que caían
de sacos rotos. Finalmente, Lheureux le explicó que un amigo suyo, Vinçart,
banquero en Rouen, iba a descontar aquellas cuatro letras y luego él mismo
entregaría a Madame el sobrante de la deuda real.
Pero en lugar de dos mil francos, no le trajo más que mil
ochocientos, pues el amigo Vinçart, como es lógico, se había quedado con
doscientos por gastos de comisión y de descuento.
Después le reclamó un recibo con un gesto de indiferencia.
Usted comprende..., en el comercio..., a veces..., y con la
fecha, por favor, la fecha.
Ante Emma se abrió un horizonte de fantasías realizables. Tuvo
la suficiente prudencia para guardar mil escudos, con los que pagó a su
vencimiento las tres primeras letras; pero la cuarta, por casualidad, cayó en
casa un jueves, y Carlos, trastornado, aguardó pacientemente a que regresara su
mujer para pedirle explicaciones.
Si no le había hablado de aquella letra era para evitarle
preocupaciones domésticas; se sentó sobre sus rodillas, le acarició, le
arrulló, hizo una larga enumeración de todas las cosas indispensables compradas
a crédito.
En fin, reconocerás que, para tanta cosa, no resulta demasiado
caro.
Carlos, sin saber qué hacer, recurrió inmediatamente al eterno
Lheureux, quien le juró que arreglaría las cosas, si el señor le firmaba dos
letras, una de ellas de setecientos francos, pagadera a los tres meses. Para
hacer frente a la situación, escribió a su madre una carta patética. En vez de
enviarle la contestación, ella se presentó en casa; y cuando Emma quiso saber
si le había sacado algo:
Sí respondió Carlos . Pero quiere ver la factura.
Al día siguiente, al amanecer, Emma corrió a casa del señor
Lheureux para pedirle que le hiciera otra cuenta que no sobrepasara los mil
francos, pues para enseñar la de cuatro mil habría que decir que había pagado
los dos tercios, confesar, por consiguiente, la venta del inmueble, negociación
bien llevada por el comerciante y que no se conoció hasta mucho después.
A pesar del precio muy barato de cada artículo, la señora Bovary
madre no dejó de encontrar el gasto exagerado.
¿No podían pasar sin una alfombra?, ¿por qué tapizar de nuevo
los sillones? En mis tiempos, en cada casa había un solo sillón, para las
personas mayores, al menos así era en casa de mi madre, que era una mujer
honrada, os lo aseguro. ¡No todo el mundo puede ser rico! ¡Ninguna fortuna
resiste el despilfarro! ¡Yo me avergonzaría de llevar una vida tan regalada
como la vuestra! y, sin embargo, yo soy vieja, necesito cuidados... ¡Hay que
ver!, ¡hay que verl, ¡cuántos perifollos!, ¡cuánta ostentación! ¡Pero cómo!,
seda para forros, a dos francos... cuando se encuentra chaconada(3) a diez
sueldos y hasta a ocho sueldos que cumple perfectamente su cometido.
3. Tela fina de algodón, de colores vivos, que se usaba para
vestidos de mujer en la segunda mitad del siglo XIX.
Emma, arrellanada en el canapé, replicaba lo más tranquila
posible:
¡Eh!, señora, ¡ya está bien!, ¡ya está bien!
La señora seguía sermoneándola, prediciéndoles que terminarían
en el asilo. Además, la culpa era de Bovary. Menos mal que había prometido
anular aquel poder.
¿Cómo?
¡Ah!, me lo ha jurado replicó la buena señora.
Emma abrió la ventana, llamó a Carlos y el pobre muchacho se vio
obligado a confesar la palabra que le había arrancado su madre.
Emma desapareció y volvió enseguida tendiéndole majestuosamente
una hoja grande de papel.
Muchas gracias dijo la vieja señora.
Y echó al fuego el poder.
Emma estalló en una risa estridente, estrepitosa,
ininterrumpida; tenía un ataque de nervios.
¡Ay, Dios mío! exclamó Carlos . ¡Tú tienes la culpa, vienes aquí
a armar escándalo!
Su madre, encogiéndose de hombros, decía que « todo aqueIlo no
era más que teatro».
Pero Carlos, rebelándose por primera vez, salió en defensa de su
mujer, de modo que la señora Bovary madre quiso marcharse. Al día siguiente se
fue, y en el umbral de la puerta, como él tratase de retenerla, ella le
replicó:
¡No, no! La quieres más que a mí, y tienes razón, es como debe
ser. Pero ¡peor para ti!, ¡ya lo verás! ¡Consérvate bien!..., pues no estoy
dispuesta, como tú dices, a venir a armar escándalos.
No por eso Carlos dejó de quedar muy avergonzado frente a Emma,
pues ella no ocultaba el rencor que le guardaba por su falta de confianza; él
tuvo que rogarle mucho para que accediera a tener otro poder, a incluso la
acompañó a casa del señor Guillaumin para extendérselo por segunda vez,
completamente igual al primero.
Lo comprendo dijo el notario ; un hombre de ciencia no puede
perder él tiempo en los detalles prácticos de la vida.
Y Carlos se sintió aliviado por aquella reflexión lisonjera que
daba a su debilidad las halagüeñas apariencias de una preocupación superior.
¡Qué desbordamiento el jueves siguiente, en el hotel, en su
habitación, con León! Emma rió, lloró, cantó, bailó, mandó subir sorbetes,
quiso fumar cigarrillos, a León le pareció extravagante, pero adorable,
soberbia.
León no sabía qué reacción de todo su ser la impulsaba más a
precipitarse en los gozos de la vida. Se volvía irritable, glotona, voluptuosa;
y se paseaba con él por las calles con la frente alta, sin miedo, decía ella,
de comprometerse. A veces, sin embargo, Emma se estremecía ante la idea súbita
de encontrarse con Rodolfo; pues, aunque estuviesen separados para siempre, le
parecía que no estaba completamente liberada de su dependencia.
Una noche no volvió a Yonville, Carlos estaba loco de
impaciencia, y la pequeña Berta, que no quería acostarse sin su mamá, sollozaba
intensamente. Justino salió sin rumbo, por la carretera. El señor Homais dejó
su farmacia.
Por fin, a las once, no aguantando más, Carlos enganchó su
caballo, saltó al pescante, fustigó al animal y hacia las dos de la mañana
llegó a la «Croix Rouge». No había nadie. Pensó que el pasante quizá la habría
visto; pero ¿dónde vivía? Afortunadamente, Carlos se acordó de las señas de su
patrón. Y a11á se fue,
Comenzaba a clarear el día. Distinguió unos rótulos por encima
de una puerta; llamó. Alguien, sin abrirle, le dio a gritos la información que
le pedía, mientras se deshacía en improperios contra los que molestaban a la
gente durante la noche.
La casa donde vivía el pasante no tenía ni campanilla, ni
aldabón, ni portero. Carlos dio fuertes puñetazos en los postigos. En aquel
momento pasó por allí un policía; entonces Carlos tuvo miedo y se fue.
Estoy loco se decía ; sin duda la habrán invitado a cenar en
casa del señor Lormeaux.
La familia Lormeaux ya no vivía en Rouen.
Se habrá quedado a cuidar a la señora Dubreuil. ¡Pero si la
señora Dubreuil murió hace diez meses!... ¿Dónde puede estar?
Se le ocurrió una idea. Entró en un café y pidió el Anuario; y
buscó rápidamente el nombre de la señorita Lempereur, que vivía en la calle de
la Renelle des Maroquiniers, número 74.
Cuando entraba en esta calle, apareció Emma en persona en el
otro extremo; Carlos, más que abrazarla, se echó sobre ella, exclamando:
¿Quién te retuvo ayer?
Estuve enferma.
¿Y de qué?... ¿Dónde?... ¿Cómo?...
Emma se pasó la mano por la frente y contestó:
En casa de la señorita Lempereur.
¡Estaba seguro!, a11á iba yo.
¡Ohl, no vale la pena. Acaba de salir hace un momento; pero en
lo sucesivo no te preocupes. No me siento libre, ya comprendes, si sé que el
menor retraso te trastorna de esta manera.
Era como una especie de permiso que se daba a sí misma para
estar más libre en sus escapadas. Y lo aprovechó ampliamente a sus anchas.
Cuando sentía deseos de ver a León, se iba con cualquier pretexto, y como él no
la esperaba aquel día, era ella quien iba a buscarle al despacho.
Las primeras veces fue para él una alegría; pero al poco tiempo
le dijo la verdad: que su jefe se quejaba mucho de aquellos trastornos.
¡Bah!, vente le decía ella.
Y él se escapaba del despacho.
Emma quiso que se vistiera todo de negro y se dejara una
perilla, para parecerse a los retratos de Luis XIII. Deseó conocer su
alojamiento y lo encontró vulgar; él se sonrojó y ella no le hizo caso, luego
le aconsejó que comprara unas cortinas parecidas a las suyas, y como León
objetara el gasto:
¡Ah!, ¡ah!, tienes apego a tus dineritos dijo ella riendo.
León tenía que contarle cada vez todo lo que había hecho desde
la última cita. Pidió versos, versos para ella, un poema de amor en honor suyo;
León nunca llegó a encontrar la rima del segundo verso, y acabó por copiar un
soneto de un keepsake.
Lo hizo menos por vanidad que por complacerla. No discutía sus
ideas; aceptaba todos sus gustos; él iba convirtiéndose en la verdadera querida
de Emma más de lo que ésta lo era de él. Emma tenía para él palabras tiernas y
unos besos que le robaban el alma. ¿Dónde había aprendido aquella corrupción
casi inmaterial a fuerza de ser profunda y disimulada?
CAPÍTULO VI
En los viajes que hacía para verla, León cenaba a menudo en casa
del boticario, y por cortesía se creyó obligado a invitarle a su vez.
¡Con mucho gusto! respondió el señor Homais ; además, necesito
remozarme un poco, pues aquí me estoy embruteciendo. ¡Iremos al teatro, al
restaurante, haremos locuras!
¡Ah!, hijo mío murmuró tiernamente la señora Homais, asustada
ante los vagos peligros que su marido se disponía a correr.
Bueno, ¿y qué?, ¿no te parece que estoy arruinando bastante mi
salud viviendo entre las emanaciones continuas de 1a farmacia? Así son las
mujeres: tienen celos de la ciencia, pero luego se oponen a que uno disfrute de
las más legítimas distracciones. No importa, cuente conmigo; uno de estos días
me dejo caer en Rouen y ya verá cómo hacemos rodar los monises,
En otro tiempo el boticario se hubiera guardado muy bien de
emplear semejante expresión; pero ahora le daba por hablar en una jerga alocada
y parisina que encontraba del mejor gusto; y como Madame Bovary, su vecina,
interrogaba con curiosidad al pasante sobre las costumbres de la capital, hasta
hablaba argot para deslumbrar... a los burgueses, diciendo turne, bazar,
chicard, chicandard, Breda street, y Je me la casse, por: me voy.
Y un jueves, Emma se sorprendió al encontrar en la cocina del
«Lion d'Or» al señor Homais vestido de viaje, es decir, con un viejo abrigo que
no le habían visto nunca, llevando en una mano una maleta y en la otra el folgo
de su establecimiento, No había confiado a nadie su proyecto por miedo a que el
público se preocupase por su ausencia.
La idea de volver a ver los lugares donde había pasado su
juventud le exaltaba sin duda, pues no paró de charlar en todo el viaje; luego,
apenas llegaron, saltó con presteza del coche para ir en busca de León; y por
más que el pasante se resistió, el señor Homais se lo llevó al gran café de
«Normandie», donde entró majestuosamente sin quitarse el sombrero, creyendo que
era muy provinciano descubrirse en un lugar público.
Emma esperó a León tres cuartos de hora. Por fin, corrió a su
despacho, y, perdida en toda clase de conjeturas, acusándolo de indiferencia y
reprochándose a sí misma su debilidad, se pasó la tarde con la frente pegada a
la ventana.
A las dos, pasante y boticario seguían sentados a la mesa el uno
frente al otro. La gran sala se iba quedando vacía; el tubo de la estufa, en
forma de palmera, contorneaba en el techo blanco su haz dorado; y cerca de
ellos, detrás de la cristalera, a pleno sol, un pequeño surtidor gorgoteaba en
una pileta de mármol donde entre berros y espárragos, tres bogavantes
aletargados se alargaban hasta un montón de codornices apiladas en el borde del
estanque.
Homais se deleitaba. Aunque se embriagase de lujo más que de
buena comida, el vino de Pomard, sin embargo, le excitaba un poco las facultades,
y cuando apareció la tortilla al ron expuso teorías inmorales sobre las
mujeres. Lo que le seducía, por encima de todo, era el chic. Adoraba un atuendo
elegante en una casa bien amueblada, y en cuanto a las cualidades físicas no
despreciaba el «buen bocado».
León miraba el reloj con desesperación. El boticario bebía,
comía, hablaba.
Usted debe de encontrarse muy independiente en Rouen le dijo de
pronto . Por lo demás, sus amores no están muy lejos.
Y como el otro se sonrojaba:
¡Vamos, sea franco! éNo me negará que en Yonville...?
El joven balbució.
En casa de Madame Bovary, ¿no cortejaba usted...?
¿A quién?
¡A la criada!
No bromeaba; pero pudiendo más la vanidad que la prudencia, León
protestó a pesar de todo. Además, sólo le gustaban las morenas.
Le alabo el gusto dijo el farmacéutico ; tienen más
temperamento.
Y acercándose al oído de su amigo, le indicó los síntomas por
los que se conocía que una mujer tenía temperamento. Incluso se lanzó a una
digresión etnográfica: la alemana era vaporosa, la francesa libertina, la
italiana apasionada.
¿Y las negras? preguntó el pasante.
Eso es un gusto de artista dijo Homais . ¡Mozo!, dos medias
tazas.
¿Nos vamos? dijo, por fin, León impaciéntandose.
Yes.
Pero antes de irse quiso ver al dueño del establecimiento y
felicitarle. Entonces el joven, para quedarse solo, alegó que tenía trabajo.
¡Ah!, ¡le acompaño! dijo Homais.
Y mientras iban calle abajo, le hablaba de su mujer, de sus
hijos, del porvenir de éstos y de su farmacia, le contaba la decadencia en que
estaba antes y el grado de perfección a que él la había elevado.
Delante del «Hôtel de Boulogne», León le dejó bruscamente,
corrió por la escalera, y encontró a su amante muy sobresaltada.
A1 oír el nombre del farmacéutico se puso furiosa. Sin embargo,
León acumulaba buenas razones; él no tenía la culpa, ¿acaso no conocía ella al
señor Homais?, ¿cómo podía pensar que prefiriese su compañía? Pero ella trataba
de irse; él la retuvo; y, cayendo de rodillas, la abrazó por la cintura, en una
actitud lánguida toda llena de concupiscencia y de súplica.
Emma estaba de pie; sus grandes ojos ardientes le miraban
seriamente y casi de un modo terrible. Luego se le nublaron de lágrimas, bajó
sus rosados párpados, soltó las manos, y León se las llevaba a su boca cuando
apareció un criado avisando que preguntaban por el señor.
¿Vas a volver? le dijo ella.
Sí.
Pero ¿cuándo?
Enseguida.
Es un truco dijo el farmacéutico al ver a León . He querido
interrumpir esa visita que me parecía que le contrariaba. Vamos a casa de Bridoux
a tomar una copa de garus(1).
León juró que tenía que volver a su despacho. Entonces el
boticario bromeó acerca de los legajos, del procedimiento.
Olvídese un poco del Cujas y del Bartole(2), ¡qué demonio!
¿Quién se lo impide? ¡Sea valiente! Vamos a casa de Bridoux; verá su perro. ¡Es
curiosísimo!
1. Elixir estomacal a base de canela, nuez moscada y azafrán.
2. Famosos juristas y tratadistas de Derecho. Bartolo, italiano,
del siglo xiv; Cujas, francés, del xvi. Recuérdese que Flaubert cursó estudios
de Derecho en la Universidad de París.
Y como el pasante seguía firme en su propósito.
Iré con usted. Le esperaré leyendo un periódico a hojeando el
código.
León, aturdido por la cólera de Emma, la charlatanería del señor
Homais y quizás por la pesadez de la digestión del almuerzo, permanecía
indeciso y como fascinado por el farma-céutico que seguía insistiendo:
¡Vamos a casa de Bridoux!, está a dos pasos, en la calle
Malpalu.
Entonces, por cobardía, por necedad, por ese incalificable
sentimiento que nos arrastra a las acciones menos deseadas, se dejó llevar a
casa de Bridoux; y lo encontraron en su pequeño patio, vigilando a tres
muchachos que jadeaban dando vueltas a la gran rueda de una máquina para hacer
agua de Seltz. Homais les dio consejos; abrazó a Bridoux; tomaron el garus.
Veinte veces intentó León marcharse; pero el otro le sujetaba por el brazo
diciéndole:
Enseguida, ya nos vamos. Iremos al Fanal de Rouen, a ver a
aquellos señores. Le presentaré a Thomassin.
Sin embargo, León logró liberarse del boticario y dio un salto
hasta el hotel. Emma ya no estaba a11í.
Acababa de salir desesperada. Ahora lo detestaba. Aquella falta
a la cita le parecía un ultraje y buscaba otras razones para despegarse de él;
era incapaz de heroísmo, débil, trivial, más blando que una mujer, además de
avaro y pusilánime.
Luego, calmándose, acabó por descubrir que tal vez lo había
calumniado. Pero la denigración de las personas a quienes amamos siempre nos
aleja de ellas un poco. No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda
en las manos.
Llegaron a hablar más frecuentemente de cosas indiferentes a su
amor; y en las cartas que Emma le enviaba hablaba de flores, de versos, de la
luna y de las estrellas, recursos ingenuos de una pasión debilitada que
intentaba avivarse con todas las ayudas exteriores. Ella se prometía
continuamente, para su próximo viaje, una felicidad profunda; después confesaba
no sentir nada extraordinario. Esta decepción se borraba rápidamente bajo una
esperanza nueva, y Emma volvía más entusiasmada, más ávida. Se desvestía
brutalmente arrancando la cinta delgada de su corsé, que silbaba alrededor de
sus caderas como una culebra que se escurre. Iba de puntillas, descalza a mirar
otra vez si la puerta estaba cerrada, después con un solo gesto dejaba caer
juntos todos sus vestidos; y pálida, sin hablar, seria, se dejaba caer contra
el pecho de su amante con un prolongado estremecimiento.
Sin embargo, había en su frente cubierta de gotas de sudor frío,
en sus labios balbucientes, en sus pupilas extraviadas, en sus abrazos, algo
extremado, vago y lúgubre, que a León le parecía deslizarse entre los dos
sutilmente, como para separarlos.
León no se atrevía a hacerle preguntas, pero al verla tan
experimentada, pensaba que ella había tenido que pasar todas las pruebas del
sufrimiento y del placer. Lo que antes le encantaba ahora le asustaba un poco.
Además, él se sublevaba contra la absorción, cada vez mayor, de su
personalidad. Estaba resentido contra Emma por esta victoria permanente.
Incluso se esforzaba por no quererla; después, al oír el crujido de sus
botínes, se sentía cobarde, como los borrachos a la vista de los licores
fuertes.
Ella no dejaba, es cierto, de prodigarle toda clase de
atenciones, desde los refinamientos de la mesa hasta las coqueterías del traje
y las languideces de la mirada. Traía de Yonville rosas en su seno, y se las
echaba a la cara, se preocupaba por su salud, le daba consejos sobre su
conducta; y, a fin de retenerlo más, esperando que el cielo tal vez le
ayudaría, le puso al cueIlo una medalla de la Virgen. Se informaba, como una
madre virtuosa, acerca de las compañías que frecuentaba. Le decía:
No los veas, no salgas, no pienses más que en nosotros; ¡ámame!
Ella habría querido poder vigilar su vida, y se le ocurrió la
idea de hacerle seguir por las calles. Había siempre cerca del hotel una
especie de vagabundo que abordaba a los viajeros y que no rehusaría... Pero su
orgullo se rebeló.
¡Eh!, ¡qué le vamos a hacer!, que me engañe, ¡qué me importa!,
¿es que me interesa?
Un día que se habían separado temprano y ella volvía sola por el
bulevar vio los muros de su convento; se sentó en un banco a la sombra de los
olmos. ¡Qué calma la de aquellos tiempos!
¡Cómo añoraba los inefables sentimientos de amor que trataba de
imaginarse a través de los libros!
Los primeros meses de su matrimonio, sus paseos a caballo por el
bosque, el vizconde que valseaba, y Lagardy cantando, todo volvía a pasar
delante de sus ojos... Y de pronto León le pareció tan lejano como los demás.
Sin embargo, le quiero se decía.
¡No importa!, no era feliz, no lo había sido nunca. ¿De dónde
venía aquella insatisfacción de la vida, aquella instantánea corrupción de las
cosas en las que se apoyaba?... Pero si había en alguna parte un ser fuerte y
bello, una naturaleza valerosa, llena a la vez de exaltación y de
refinamientos, un corazón de poeta bajo una forma de ángel, lira con cuerdas de
bronce, que tocara al cielo epitalamios elegiacos, ¿por qué, por azar, no lo
encontraría ella?
¡Oh!, ¡qué dificultad! Por otra parte, nada valía la pena de una
búsqueda; ¡todo era mentira! Cada sonrisa ocultaba un bostezo de aburrimiento,
cada alegría una maldición, todo placer su hastío, y los mejores besos no
dejaban en los labios más que un irrealizable deseo de una voluptuosidad más
alta.
Un estertor metálico se arrastró por los aires y en la campana
del convento se oyeron cuatro campanadas. ¡Las cuatro! Le parecía que estaba
a11í, en aquel banco, desde la eternidad. Pero un infinito de pasiones puede
concentrarse en un minuto, como una muchedumbre en un pequeño espacio.
Emma vivía totalmente absorbida por las suyas y no se preocupaba
del dinero más que una archiduquesa.
Pero una vez un hombre de aspecto enclenque, rubicundo y calvo
entró en su casa diciéndose mandado por el señor Vinçart, de Rouen. Retiró los
alfileres que cerraban el bolsillo lateral de su larga levita verde, los clavó
sobre su manga y alargó cortésmente un papel.
Era un pagaré de setecientos francos, firmado por ella, y que
Lheureux, a pesar de todas sus promesas, había endosado a Vinçart. Emma mandó a
la muchacha a casa de Lheureux. Éste dijo que no podía ir.
Entonces el desconocido, que había permanecido de pie,
dirigiendo a derecha y a izquierda miradas curiosas disimuladas por sus espesas
cejas rubias, preguntó con aire ingenuo:
¿Qué respuesta da al señor Vinçart?
Bueno respondió Emma , dígale... que no tengo... Será la semana
que viene... Que espere..., sí, la semana que viene.
Y el buen hombre se fue sin decir palabra.
Pero al día siguiente, a mediodía, Emma recibió un protesto; y a
la vista del papel timbrado, donde aparecía varias veces y en grandes
caracteres: LICENCIADO HARENG, UJIER EN BUCHY, se asustó tanto, que fue
corriendo a toda prisa a casa del tendero.
Lo encontró en su tienda atando un paquete.
¡Servidor! dijo , estoy con usted.
Lheureux no dejó su tarea, ayudado por una joven de unos trece
años, un poco jorobada y que le servía a la vez de dependienta y de cocinera.
Después, arrastrando sus zuecos sobre el entarimado de la
tienda, subió delante de Madame al primer piso y la hizo pasar a un estrecho
despacho donde en una gran mesa de pino había algunos libros registro
protegidos transversalmente por una barra de hierro cerrada con candado. Contra
la pared, debajo de unos cortes de «indiana»(3), se entreveía una caja fuerte,
pero de tal dimensión que debía contener algo más que pagarés y dinero. El
señor Lheureux, en efecto, tenía casa de empeños, y era a11í donde había guardado
la cadena de oro de Madame Bovary, junto con los pendientes del pobre tío
Tellier, quien, forzado al fin a vender, había comprado en Quincampoix una
mísera tienda de alimentación, donde se moría de su catarro crónico, en medio
de sus velas, menos amarillentas que su cara.
3. Indiana: tela de algodón estampada, fabricada primitivamente
en la India e imitada después en Europa. La industria textil alcanzó un gran
desarrollo en Rouen a principios del siglo XVII, que se amplió a comienzos del
XX. En Madame Bovary se mencionan varios tipos de telas.
4.
Lheureux se sentó en su amplio sillón de paja diciendo:
¿Qué hay de nuevo?
Tenga.
Y le enseñó el papel.
Bueno, ¿qué puedo hacer?
Entonces Emma se enfureció, recordando la palabra que él le
había dado de no endosar aquellos pagarés; él lo reconoció.
Pero yo mismo me he visto obligado, estaba con el agua al
cuello.
¿Y qué va a pasar ahora? replicó ella.
¡Oh!, es muy sencillo, un juicio del tribunal, y después el
embargo...; ¡no hay nada que hacer!
Emma se contenía para no pegarle. Le preguntó suavemente si no
había manera de calmar al señor Vinçart.
¡Pues sí! Estamos listos, calmar a Vinçart; se ve que usted no
lo conoce; es más feroz que un árabe.
Sin embargo, el señor Lheureux tenía que intervenir.
¡Escuche!, me parece que hasta ahora he sido bastante bueno con
usted. Y abriendo uno de sus registros:
¡Mire!
Después, recorriendo la página con su dedo:
Vamos a ver..., vamos a ver... El 3 de agosto, doscientos
francos... El 17 de junio siguiente, ciento cincuenta... 23 de marzo, cuarenta
y seis... En abril...
Se detuvo como temiendo hacer alguna tontería.
Y no digo nada de los pagarés firmados por el señor, uno de
setecientos francos y otro de trescientos. En cuanto a sus pequeños anticipos,
a los intereses, es para no acabar, uno se pierde, ¡ya no quiero saber nada!
Emma lloraba, incluso le llamó «su buen señor Lheureux». Pero él
se escudaba siempre en aquel bribón de Vinçart. Por otra parte, él no tenía un
céntimo, nadie le pagaba ahora, lo explotaban, un pobre tendero como él no
podía hacer anticipos.
Emma se callaba, y el señor Lheureux, que mordisqueaba las
barbas de una pluma, se sintió, sin duda, preocupado por aquel silencio, pues
dijo:
Si al menos uno de estos días tuviera algunos ingresos... yo
podría...
Además dijo ella , en cuanto cobre lo de Barueville... ¿Cómo?...
Y al enterarse de que Langlois no había pagado todavía, pareció
muy sorprendido. Después, con una voz melosa:
Y usted y yo podemos convenir, ¿dice usted?
¡Oh, lo que usted quiera!
Entonces él cerró los ojos para reflexionar, escribió algunas
cifras, y declarando que se perjudicaría mucho, que el asunto era escabroso, y
que se «sacrificaba», dictó cuatro paga-rés de doscientos cincuenta francos
cada uno, espaciados los unos de los otros en un mes de vencimiento.
¡Ojalá Vinçart se digne escucharme! De todos modos, esto está
decidido, yo no pierdo el tiempo, soy claro como el agua.
Después le enseñó con indiferencia varias mercancías nuevas,
ninguna de las cuales, según su parecer, era digna de Madame.
¡Cuando pienso que tengo aquí un vestido a siete sueldos el
metro, y buen tinte garantizado! ¡Sin embargo, hay quien se traga el anzuelo!,
a la gente no se le cuenta la verdad, puede usted creerme queriendo por esta
confesión de pillería para con los otros convencerla por completo de su
probidad.
Después la llamó otra vez para enseñarle tres varas de guipur
que había encontrado recientemente.
¡Es bonito! decía Lheureux ; se lleva mucho ahora para cabeceras
de sillones, es la moda.
Y más pronto que un escamoteador envolvió la tela de guipur en
un papel azul y la puso en manos de Emma.
Al menos, que yo sepa...
¡Ah!, después replicó él, dándole la espalda.
Aquella misma noche Emma instó a Bovary para que escribiera a su
madre a fin de que le enviase enseguida todo to que le quedaba de su herencia.
La suegra contestó que ya no tenía nada; la liquidación se había cerrado, y les
quedaba, además de Barneville, seiscientas libras de renta, que ella les
mandaría puntualmente.
Entonces Madame extendió facturas a dos o tres clientes, y
pronto utilizó ampliamente este procedimiento, que le daba buen resultado.
Tenía siempre cuidado de añadir una postdata:
«No diga nada a mi marido, ya sabe que es orgulloso...
Dispénseme... Su servidora...» Hubo algunas reclamaciones; pero ella las
interceptó.
Para sacar dinero, empezó a vender sus guantes y sus sombreros
viejos, la vieja chatarra; y regateaba con sagacidad, pues su sangre campesina
la empujaba a la ganancia. Después, en sus viajes a la ciudad, compraría de
ocasión baratijas, que el señor Lheureux, a falta de otras, le tomaría sin
duda. Compró plumas de avestruz, porcelana china y arcones; pedía prestado a
Felicidad, a la señora Lefrançois, a la hotelera de la «Croix Rouge», a todo el
mundo, en cualquier lugar. Con el dinero que por fin recibió de Barneville
saldó dos pagarés; los otros mil quinientos francos se fueron. Se volvió a
empeñar de nuevo, y ¡siempre igual!
Es cierto que a veces trataba de hacer cálculos; pero le salían
unas cosas tan exorbitantes que no podía creerlo. Entonces volvía a empezar, se
embarullaba enseguida, dejaba todo y ya no pensaba más en ello.
La casa estaba muy triste ahora. Se veía salir de ella a los
proveedores con unas caras furiosas. Había pañuelos tirados sobre los
hornillos; y la pequeña Berta, con gran escándalo de la señora Homais, llevaba
las medias rotas. Si Carlos, tímidamente, se atrevía a hacer una observación,
ella le respondía bruscamente que no tenía la culpa.
¿Por qué estos arrebatos? El se lo explicaba todo por su antigua
enfermedad nerviosa; y reprochándose haber tomado por defectos sus achaques, se
acusaba de egoísmo, tenía ganas de correr a besarla.
«¡Oh!, no se decía , la molestaría.»
Y se paraba.
Después de la cena se paseaba solo por el jardín; sentaba a la
pequeña Berta sobre las rodillas, y, abriendo su revista de medicina, trataba
de enseñarle a leer. La niña, que no estudiaba nunca, no tardaba en abrir unos
grandes ojos tristes y se echaba a llorar. Entonces él la consolaba; iba a
buscarle agua en la regadera para hacer ríos en la arena, o rompía las ramas de
las alheñas para plantar árboles en los arriates, lo cual estropeaba poco el
jardín, todo lleno de malezas; ¡se debían tantos jornales a Lestiboudis!
Después la niña tenía frío y llamaba a su madre.
Llama a la muchacha decía Carlos . Ya sabes, hijita, que mamá no
quiere que la molesten.
Comenzaba el otoño y ya caían las hojas como hacía dos años
cuando estaba enferma. ¡Cuándo acabará esto! Y Carlos continuaba caminando con
las manos detrás de la espalda.
La señora estaba en su habitación. No subían a ella. Permanecía
todo el día abotargada, a medio vestir y, de vez en cuando, quemando pastillas
del serrallo que había comprado en Rouen en la tienda de un argelino. Para no
tener de noche a su lado a aquel hombre que dormía, acabó, a fuerza de muecas,
por relegarlo al segundo piso; y se quedaba hasta la madrugada leyendo libros
extravagantes donde había escenas de orgías con situaciones sangrientas. A
menudo le asaltaba el terror y lanzaba un grito. Carlos acudía.
¡Ah!, ¡vete! le decía.
Otras veces, quemada más fuertemente por aquella llama íntima
avivada por el adulterio, jadeante, conmovida, ardiente de deseos, abría la
ventana, aspiraba el aire frío, soltaba al viento su cabellera demasiado
pesada, y, mirando a las estrellas, anhelaba amores de príncipe. Pensaba en él,
en León. Entonces habría dado todo por una sola de aquellas citas que la
saciaban.
Eran sus días de gala. Ella quería que fuesen espléndidos, y
cuando no podía pagar él solo el gasto, ella completaba el resto liberalmente,
lo cual ocurría casi todas las veces. Él trató de hacerle comprender que
estarían bien en otro lado, en algún hotel más modesto; pero ella puso
objeciones.
Un día sacó del bolso seis cucharillas de plata dorada (era el
regalo de boda del señor Rouault), rogándole que fuese inmediatamente a llevar
aquello, a nombre de ella, al Monte de Piedad; y León obedeció, aunque esta
gestión le desgarraba. Temía comprometerse.
Después, reflexionando, advirtió León que su amante adoptaba
unas actitudes extrañas, y que quizás no estuvieran equivocados los que querían
separarle de ella.
En efecto, alguien había enviado a su madre una larga carta
anónima, para avisarla de su hijo se estaba perdiendo con una mujer casada; y
enseguida la buena señora, entreviendo el eterno fantasma de las familias, es
decir, la vaga criatura perniciosa, la sirena, el monstruo que habitaba
fantásticamente en las profundidades del amor, escribió al notario Dubocage, su
patrón, el cual estuvo muy acertado en este asunto. Pasó con él tres cuartos de
hora queriendo abrirle los ojos, advertirle del precipicio. Tal intriga dañaría
más adelante su despacho. Le suplicó que rompiese, y sino hacía este sacrificio
por su propio interés, que lo hiciese al menos por él, ¡Dubocage!
León había jurado, por fin, no volver a ver a Emma; y se
reprochaba no haber mantenido su palabra, considerando todo lo que aquella
mujer podría todavía acarrearle de líos y habladurías sin contar las bromas de
sus compañeros que se despachaban a gusto por la mañana alrededor de la estufa.
Además, él iba a ascender a primer pasante de notaría: era el momento de ser
serio. Por eso renunciaba a la flauta, a los sentimientos exaltados, a la
imaginación, pues todo burgués, en el acaloramiento de la juventud, aunque sólo
fuese un día, un minuto, se creía capaz de inmensas pasiones, de altas
empresas. El más mediocre libertino soñó con sultanas; cada notario lleva en sí
los restos de un poet.
Ahora se aburría cuando Emma, de repente, se ponía a sollozar
sobre su pecho; y su corazón, como la gente que no puede soportar más que una
cierta dosis de música, se adormecía de indiferencia en el estrépito de un amor
cuyas delicadezas ya no distinguía.
Se conocían demasiado para gozar de aquellos embelesos de la
posesión que centuplican su gozo. Ella estaba tan hastiada de él como él
cansado de ella. Emma volvía a encontrar en el adulterio todas las soserías del
matrimonio.
Pero ¿cómo poder desprenderse de él? Por otra parte, por más que
se sintiese humillada por la bajeza de tal felicidad, se agarraba a ella por
costumbre o por corrupción; y cada día se enviciaba más, agotando toda
felicidad a fuerza de quererla demasiado grande. Acusaba a León de sus
esperanzas decepcionadas, como si la hubiese traicionado; y hasta deseaba una
catástrofe que le obligase a la separación, puesto que no tenía el valor de
decidirse a romper.
No dejaba de escribirle cartas de amor, en virtud de esa idea de
que una mujer debe seguir escribiendo a su amante.
Pero al escribir veía a otro hombre, a un fantasma hecho de sus
más ardientes recuerdos, de sus más bellas lecturas, de sus más ardientes
deseos; y, por fin, se le hacía tan verdadero y accesible que palpitaba
maravillada, sin poder, sin embargo, imaginarlo claramente, hasta tal punto se
perdía como un dios bajo la abundancia de sus atributos. Aquel fantasma
habitaba el país azulado donde las escaleras de seda se mecen en balcones, bajo
el soplo de las flores, al claro de luna. Ella lo sentía a su lado, iba a venir
y la raptaría toda entera en un beso. Después volvía a desplomarse, rota, pues
aquellos impulsos de amor imaginario la agotaban más que las grandes orgías.
Ahora sentía un cansancio incesante y total. A menudo incluso
recibía citaciones judiciales, papel timbrado que apenas miraba. Hubiera
querido no seguir viviendo o dormir ininterrumpidamente.
El día de la mi carême(4) no volvió a Yonville; por la noche fue
al baile de máscaras. Se puso un pantalón de terciopelo y unas medias rojas,
una peluca con un lacito en la nuca y un tricornio caído sobre la oreja. Saltó
toda la noche al son furioso de los trombones; hacían corro a su alrededor; y
por la mañana se encontró en el peristilo del teatro entre cinco o seis
máscaras, mujeres de rompe y rasga y marineros, camaradas de León, que hablaban
de ir a cenar.
4 Mi carême, en el texto, es el jueves de la tercera semana de
Cuaresma, en el que se celebran bailes y desfiles de máscaras.
Los cafés de alrededor estaban llenos. Vieron en el puerto un
restaurante de los más mediocres, cuyo dueño les abrió, en el cuarto piso, una
pequeña habitación.
Los hombres cuchicheaban en un rincón, sin duda consultándose
sobre el gasto. Había un pasante de notario, dos estudiantes de medicina y un
dependiente: ¡qué compañía para ella! En cuanto a las mujeres, Emma se dio
cuenta pronto, por el timbre de sus voces, que debían ser casi todas de ínfima
categoría. Entonces tuvo miedo, retiró hacia atrás su silla y bajó los ojos.
Los otros se pusieron a comer. Emma no comió; le ardía la
frente, le picaban los párpados y sentía un frío glacial en la piel. Dentro de
su cabeza seguía retumbando el suelo del baile, bajo las pisadas rítmicas de
los mil pies que bailaban. Después, el olor del ponche con el humo de los
cigarros la mareó. Se desmayó; la llevaron junto a la ventana.
Comenzaba a apuntar el día, y una gran mancha de color púrpura
se ensanchaba en el cielo pálido por la parte de Santa Catalina. El río,
lívido, se agitaba con el viento; no había nadie en los puentes; las farolas se
apagaban.
Emma se reanimó entretanto, y llegó a pensar en Berta, que
dormía a11á, en la habitación de su criada. Pero pasó una carreta llena de
largas cintas de hierro, haciendo contra la pared de las casas una vibración
metálica ensordecedora.
Emma se esquivó bruscamente, se desprendió de su traje, dijo a
León que tenía que volver a casa, y por fin quedó sola en el «Hôtel de
Boulogne». Todo, incluso ella misma, le era insoportable. Habría querido,
escapándose como un pájaro, ir a rejuvenecerse a algún lugar, muy lejos, en los
espacios inmaculados.
Salió, atravesó el bulevar, la plaza Cauchoise y el suburbio,
hasta una calle descubierta que dominaba unos jardines. Caminaba deprisa, el
aire libre la calmaba; y poco a poco las caras de la muchedumbre, las caretas,
las contradanzas, las lámparas, la cena, aquellas mujeres, todo desaparecía
como brumas arrebatadas por el viento. Después, volviendo a la «Croix Rouge»,
se echó en su cama, en la pequeña habitación del segundo, donde colgaban las
estampas de la Tour de Nesle. A las cuatro de la tarde la despertó Hivert.
Al entrar en su casa, Felicidad le enseñó detrás del reloj un
papel gris. Emma leyó:
«En virtud de traslado, en forma ejecutoria de una...
sentencia...»
¿Qué sentencia? En efecto, la víspera, habían traído otro papel
que ella no conocía; por eso quedó estupefacta ante estas palabras:
«Requiriendo en nombre del rey, la ley y la justicia, a Madame
Bovary...»
Entonces, saltando varias líneas, vio:
«En un plazo máximo de» ¿cómo, pues?, ¿así? . «Pagar la suma
total de ocho mil francos.» E incluso más abajo, se leía:
«Será apremiada por toda vía de derecho, y especialmente por el
embargo por vía ejecutiva de sus muebles y efectos.»
¿Qué hacer?... Tenía un plazo de veinticuatro horas: ¡mañana!
Lheureux, pensó, quería sin duda darle otro susto; pues ella adivinó de pronto
todas sus maniobras, el objetivo que buscaba con sus complacencias. Lo que la
tranquilizaba era la exageración misma de la cantidad.
Sin embargo, a fuerza de comprar, de no pagar, de pedir
prestado, de firmar pagarés, de renovar aquellos pagarés, que se inflaban a
cada nuevo vencimiento, Emma había terminado proporcionando al tal Lheureux un
capital, que él esperaba impacientemente para sus especulaciones.
Se presentó en casa del tendero con aire desenvuelto.
¿Sabe lo que me pasa? ¡Seguramente que es una broma!
No.
¿Cómo es eso?
Él se volvió lentamente, y le dijo cruzándose los brazos:
¿Pensaba usted, señora mía, que yo iba, hasta la consumación de
los siglos, a ser su proveedor y banquero? ¡Por el amor de Dios! Tengo que
recuperar lo que he desembolsado, ¡seamos justos!
Ella protestó de la cuantía de la deuda.
¡Ah!, ¡qué le vamos a hacer!, ¡el tribunal lo ha reconocido!,
¡hay una sentencia!, ¡se la han notificado! Además, no soy yo, es Vinçart.
¿Es que usted no podría...?
¡Oh, nada en absoluto!
Pero..., sin embargo..., razonemos.
Y ella se fue por los cerros de úbeda; no se había enterado de
nada..., era una sorpresa...
¿De quién es la culpa? dijo Lheureux saludándola irónicamente .
Mientras que yo estoy trabajando como un negro, usted se divierte de lo lindo.
¡Ah!, ¡nada de sermones!
Eso nunca hace daño le replicó él.
Ella estuvo cobarde, le suplicó; a incluso apoyó su linda mano
blanca y larga sobre las rodillas del comerciante.
¡Déjeme ya! ¡Parece que quiere seducirme!
¡Es usted un miserable! exclamó ella.
¡Oh!, ¡oh!, ¡qué maneras! replicó riendo.
Ya haré saber quién es usted. Se lo diré a mi marido.
Bien, yo le enseñaré algo a su marido...
Y Lheureux sacó de su caja fuerte el recibo de mil ochocientos
francos que ella le había dado en ocasión del descuento de Vinçart.
¿Cree usted añadió él que no se va a dar cuenta de sus pequeños
robos ese pobre hombre?
Emma se desplomó más abatida que si hubiese recibido un mazazo.
Él se paseaba desde la ventana a la mesa, sin dejar de repetir:
¡Ah!, ya lo creo que lo enseñaré... sí que se lo enseñaré...
Después se acercó a ella, y con voz suave:
No es divertido, lo sé; después de todo nadie se ha muerto por
esto, y como es el único medio que le queda de devolverme mi dinero...
¿Pero dónde encontrarlo? dijo Emma retorciéndose los brazos.
¡Ah, bah!, ¡cuando, como usted, se tienen amigos!
Y la miraba de una manera tan penetrante y tan terrible que ella
tembló hasta las entrañas.
Se lo prometo dijo ella , firmaré...
¡Ya estoy harto de sus firmas!
¡Volveré a vender...!
¡Vamos! dijo él encogiéndose de hombros , ya no le queda nada.
Y llamó por la mirilla que daba a la tienda.
¡Anita!, no olvides los tres cupones del número 14.
Apareció la sirviènta; Emma comprendió, y preguntó cuánto dinero
necesitaría para detener todas las diligencias.
¡Es demasiado tarde!
¿Pero si trajera algunos miles de francos, la cuarta parte del
total, la tercera, casi todo?
Pues no, ¡es inútil!
Y la empujaba suavemente hacia la escalera.
Le conjuro, señor Lheureux, ¡unos días más!
Ella sollozaba.
Vaya, bueno, ¡lagrimitas!
¡Usted me desespera!
¡Me trae sin cuidado dijo él volviendo a cerrar la puerta.
CAPÍTULO VII
Estuvo estoica al día siguiente cuando el Licenciado Hareng, el
alguacil, con dos testigos, se presentó en su casa para levantar acta del
embargo.
Comenzaron por el despacho de Bovary y no registraron la cabeza
frenológica, que fue considerada como «instrumento de su profesión»; pero
contaron en la cocina los platos, las ollas, las sillas, los candelabros, y, en
su dormitorio, todas las chucherías de la estantería. Examinaron sus vestidos,
la ropa interior, el tocador; y su existencia fue apareciendo, hasta en sus
rincones más íntimos, como un cadáver al que hacen la autopsia, expuesta,
mostrada con todo detalle a las miradas de aquellos tres hombres.
El Licenciado Hareng, enfundado en una fina levita negra, de
corbata blanca y con trabillas muy estiradas, repetía de vez en cuando:
¿Me permite, señora?, ¿me permite?
Frecuentemente hacía exclamaciones:
¡Precioso! .... ¡muy bonito!
Después volvía a escribir mojando su pluma en el tintero de asta
que sujetaba con la mano izquierda.
Cuando terminaron con las habitaciones subieron al desván.
Allí guardaba ella un pupitre donde estaban cerradas las cartas
de Rodolfo. Hubo que abrirlo.
¡Ah!, una correspondencia dijo el Licenciado Hareng con una
sonrisa discreta . Pero permita, pues tengo que comprobar si la caja no
contiene algo más.
E inclinó los papeles ligeramente, como para hacer caer los
napoleones. Entonces ella se indignó viendo aquella gruesa mano, de dedos rojos
y blandos como babosas, que se posaba sobre aquellas páginas donde su corazón
había latido.
Por fin se fueron. Volvió Felicidad. Emma la había mandado que
estuviese al acecho para desviar a Bovary; a instalaron rápidamente bajo el
tejado al guardián del embargo, que juró no moverse de a11í.
Aquella noche Carlos le pareció preocupado. Emma lo espiaba con
una mirada llena de angustia, creyendo ver acusaciones en las arrugas de su
cara. Después, cuando volvía su mirada a la chimenea poblada de pantallas
chinas, a las amplias cortinas, a los sillones, en fin, a todas las cosas que
habían endulzado la amargura de su vida, le entraba un remordimiento, o más
bien una pena inmensa que exacerbaba la pasión, lejos de aniquilarla. Carlos
atizaba el fuego plácidamente con los dos pies sobre los morillos de la
chimenea.
Hubo un momento en que el guardián, aburrido sin duda en su
escondite, hizo un poco de ruido.
¿Andan por arriba? dijo Carlos.
No contestó ella , es una buhardilla que ha quedado abierta y
que mueve el viento.
A día siguiente, domingo, Emma fue a Rouen a visitar a todos los
banqueros cuyo nombre conocía. Estaban en el campo o de viaje. No se desanimó;
y a aquéllos que pudo encontrar les pedía dinero, asegurando que le hacía
falta, que se lo devolvería. Algunos se le rieron en la cara, todos la
rechazaron.
A las dos corrió a ver a León, llamó a su puerta. No abrieron.
Por fin apareció.
¿Qué te trae por aquí?
¿Te molesta?
No..., pero...
Y él le confesó que al propietario no le gustaba que se
recibiese a «mujeres». Entonces cogió su llave. Emma lo detuvo.
¡Oh!, no, allá, en nuestra Casa.
Y fueron a su habitación, en el «Hôtel de Boulogne».
Al llegar ella bebió un gran vaso de agua. Estaba muy pálida. Le
dijo:
León, me vas a hacer un favor.
Y sacudiéndolo por las dos manos, que le apretaba fuertemente,
añadió:
¡Escucha, necesito ocho mil francos!
¡Pero tú estás loca!
¡Todavía no!
Y enseguida, contando la historia del embargo, le expresó su
angustia, pues Carlos lo ignoraba todo, su suegra la detestaba, el tío Rouault
no podía hacer nada; pero él, León, iba a ponerse en marcha para encontrar
aquella cantidad indispensable.
¿Cómo quieres que...?
¡Qué cobarde estás hecho! exclamó ella.
Entonces él dijo tontamente:
¡Tú desorbitas las cosas! Quizás con un millar de escudos tu
buen hombre se calmaría.
Razón de más para intentar alguna gestión, era imposible que no
se encontrasen tres mil francos. Además, León podía salir de fiador.
¡Vete!, ¡prueba!, ¡es preciso!, ¡corre...! ¡Oh!, ¡inténtalo!,
¡prueba!, te querré mucho.
Él salió, volvió al cabo de una hora, y dijo con una cara
solemne:
He visitado a tres personas... ¡inútilmente!
Después se quedaron sentados, uno en frente del otro, en los dos
rincones de la chimenea, inmóviles, sin hablar. Emma se encogía de hombros y
pataleaba. Él la oyó murmurar:
Si estuviera en tu puesto, ya lo creo que los encontraría.
¿Dónde?
En tu despacho.
Y se quedó mirándole.
Una audacia infernal se escapaba de sus pupilas encendidas, y
los párpados se entornaban de una forma lasciva a incitante, de tal modo que el
joven se sintió ablandar bajo la muda voluntad de aquella mujer que le
aconsejaba un delito. Entonces tuvo miedo, y para evitar toda explicación, se
golpeó la frente exclamando:
Morel debe volver esta noche, espero que no se me negará (era un
amigo suyo, el hijo de un negóciante muy rico), y te traeré eso le dijo él.
Emma no pareció acoger esta esperanza con tanta alegría como él
se había imaginado. ¿Sospechaba el engaño? Él continuó enrojeciendo:
Sin embargo, si no he llegado a las tres, no me esperes,
¡querida! Tengo que irme, perdona, ¡adiós!
Le apretó la mano, pero la notó totalmente inerte. Emma ya no
tenía fuerza para ningún sentimiento.
Dieron las cuatro; y ella se levantó para regresar a Yonville
obedeciendo como una autómata al impulso de la costumbre.
Hacía bueno; era uno de esos días del mes de marzo claros y
crudos, en que luce el sol en un cielo completamente despejado. Los ruaneses
endomingados se paseaban con aire feliz. Llegó a la plaza de la catedral.
Salían de las vísperas; la muchedumbre salía por los tres pórticos, como un río
por los tres arcos de un puente, y, en medio, más inmóvil que una roca, estaba
el guarda de la iglesia.
Entonces recordó aquel día en que, toda ansiosa y llena de
esperanzas, había entrado en aquella gran nave que se extendía ante ella menos
profunda que su amor; y siguió caminando, llorando bajo su velo, distraída,
vacilante, a punto de desfallecer.
¡Cuidado! gritó una voz desde la puerta de un coche que se
abría.
Emma se paró para dejar pasar un caballo negro, que piafaba
entre los varales de un tílburi conducido por un caballero que llevaba un
abrigo de marta cibelina. ¿Quién era?
Ella lo conocía... El coche arrancó y desapareció.
Pero si era él, ¡el vizconde! Emma se volvió: la calle estaba
desierta. Y quedó tan abrumada, tan triste, que se apoyó en una pared para no
caer.
Después pensó que se había equivocado. De todos modos, no sabía
nada de esto. Todo en sí misma y fuera de ella la abandonaba. Se sentía
perdida, rodando al azar en abismos indefinibles; y al llegar a la «Croix
Rouge» casi le dio alegría encontrar al bueno del señor Homais, que miraba cómo
cargaban en «La Golondrina» una gran caja llena de productos farmacéuticos. En
su mano sostenía, en un pañuelo, seis cheminota para su esposa.
A la señora Homais le gustaban mucho estos panecillos pesados,
en forma de turbante, que se comen en la Cuaresma con mantequilla salada:
última muestra de los alimentos góticos que se remonta tal vez al siglo de las
cruzadas y de los cuales se llenaban antaño los robustos normandos, creyendo
ver sobre la mesa, a la luz de las antorchas amarillas, entre los jarros de
hipocrás y los gigantescos embutidos, cabezas de sarracenos que devorar. La
mujer del boticario los comía como ellos, heroicamente, a pesar de su
detestable dentadura; por eso, todas las veces que el señor Homais hacía un
viaje a la ciudad no se olvidaba de llevarle panecillos, que compraba siempre
en la fábrica de la calle Massacre.
Encantado de verla dijo tendiendo la mano a Emma para ayudarle a
subir a «La Golondrina».
Después colgó los cheminota en las mallas de la red y se quedó
con la cabeza descubierta y los brazos cruzados en una actitud pensativa y
napoleónica.
Pero cuando el ciego, como de costumbre, apareció al pie de la
cuesta, Homais exclamó:
No comprendo cómo la autoridad sigue tolerando cosas tan
vergonzosas. Deberían encerrar a esos desgraciados y obligarlos a hacer algún
trabajo. El progreso, palabra de honor, va a paso de tortuga. Estamos
chapoteando en plena barbarie.
El ciego tendía su sombrero, que se bamboleaba al lado de la
puerta del coche como si fuera una bolsa de la tapicería desclavada.
¡Ahí tiene dijo el farmacéutico una afección escrofulosa!
Y aunque conocía a aquel pobre diablo, fingió que lo veía por
primera vez, murmuró las palabras de «córnea, córnea opaca, esclerótica,
facies»; después le preguntó en un tono pa-ternal.
¿Hace mucho tiempo, amigo mío, que tienes esa espantosa
enfermedad? En lugar de emborracharte en la taberna más te valdría seguir un
régimen.
Le aconsejaba que tomase buen vino, buena cerveza, buenos
asados. El ciego continuaba su canción; por otra parte, parecía casi idiota.
Por fin, el señor Homais abrió la bolsa.
Toma, ahí tienes un sueldo, devuélveme dos ochavos; no olvides
mis consejos, te encontrarás mucho mejor.
Hivert se permitió en voz alta expresar dudas sobre su eficacia.
Pero el boticario certificó que le curaría él mismo con una pomada
antiflogística compuesta por él, y le dio sus señas:
Señor Homais, cerca del mercado, suficientemente conocido.
Bueno, en premio dijo Hivert , vas a hacernos la comedia.
El ciego se desplomó sobre sus piernas, y echando hacia atrás la
cabeza al tiempo que giraba sus ojos verdosos y sacaba la lengua, se frotaba el
estómago con las dos manos, mientras que daba una especie de aullido sordo,
como un perro hambriento. Emma, llena de asco, le envió por encima del hombro
una moneda de cinco francos. Era toda su fortuna. Le parecía hermoso arrojarla
así.
Ya el coche había arrancado de nuevo cuando de pronto el señor
Homais se asomó a la ventanilla y gritó:
Nada de farináceos ni de lacticinios. Ropa interior de lana y
vapores de bayas de enebro en las partes enfermas.
El espectáculo de los objetos conocidos que desfilaban ante sus
ojos poco a poco distraía a Emma de su dolor presente. Una insoportable fatiga
la abrumaba, y llegó a su casa alelada, desanimada, casi dormida.
¡Sea lo que Dios quiera! se decía.
Y además, ¿quién sabe?, ¿por qué de un momento a otro no podría
surgir un acontecimiento extraordinario? El mismo Lheureux podía morir.
A las nueve de la mañana la despertó un ruido de voces en la
plaza. Había una aglomeración alrededor del mercado para leer un gran cartel
pegado en uno de los postes, y vio a Justino que subía a un guardacantón y que
rompía el cartel. Pero en este momento el guarda rural le puso la mano en el
cuello. El señor Homais salió de la farmacia y la señora Lefrançois parecía
estar perorando en medio de la muchedumbre.
¡Señora!, ¡señora! exclamó Felicidad al entrar , ¡qué infamia! Y
la pobre chica, emocionada, le alargó un papel amarillo que acababa de arrancar
en la puerta. Emma leyó en un abrir y cerrar de ojos que todo su mobiliario
estaba en venta.
Se miraron en silencio. No tenían, la sirvienta y el ama, ningún
secreto la una para la otra. Por fin, Felicidad suspiró:
Yo en su lugar, señora, iría a ver al señor Guillaumin.
¿Tú crees?
Y esta pregunta quería decir:
Tú que conoces la casa por el criado, ¿es que el amo ha hablado
de mí alguna vez?
Sí, vaya, hará bien en ir.
Se vistió, se puso el traje negro con capota de cuentas de
azabache, y para que no la viesen (seguía habiendo mucha gente en la plaza), se
encaminó hacia las afueras del pueblo, por el sendero a orilla del agua.
Llegó toda sofocada ante la verja del notario; el cielo estaba
oscuro y caía un poco de nieve.
Al ruido de la campanilla, Teodoro, en chaleco rojo, apareció en
la escalinata; vino a abrirle casi familiarmente, como a una conocida, y la
hizo pasar al comedor.
Una amplia estufa de porcelana crepitaba bajo un cactus que llenaba
la hornacina, y en marcos de madera negra, colgados de la pared empapelada de
color roble, estaban la Esmeralda de Steuben con la Putiphar de Shopin. La mesa
servida, dos calientaplatos de plata, el pomo de cristal de las puertas, el
suelo y los muebles, todo relucía con una limpieza meticulosa, inglesa; los
cristales estaban adornados en cada esquina con vidrios de color.
Este sí que es un comedor pensaba Emma , como el que me haría
falta a mí.
Entró el notario, apretando con el brazo izquierdo contra su
cuerpo la bata de casa con palmas bordadas, mientras que con la otra se quitaba
y ponía rápidamente un birrete de terciopelo marrón, caído con presunción sobre
e1 lado derecho por donde salían las puntas de tres mechones rubios que,
recogidos en el occipucio, contorneaban su cabeza calva.
Después de ofrecerle asiento, se sentó a almorzar, pidiéndole
muchas disculpas por la descortesía.
Señor empezó Emma , yo quisiera pedirle...
¿Qué, señora? Dígame.
Emma comenzó a exponerle su situación.
El señor Guillaumin la conocía, pues estaba en relación con el
comerciante de telas, en cuya casa encontraba siempre capitales para los
préstamos hipotecarios que se hacían en su notaría.
Por tanto, conocía, y mejor que ella, la larga historia de
aquellos pagarés, mínimos al principio, que llevaban como endosantes nombres
diversos, espaciados a largos vencimientos y renovados continuamente, hasta el
día en que recogiendo todos los protestos, el comerciante había encargado a su
amigo Vinçart que hiciese en su nombre propio las diligencias necesarias, pues
él no quería pasar por un tigre ante sus conciudadanos.
Ella entremezcló su relato con recriminaciones contra Lheureux,
a las cuales el notario respondía de vez en cuando con una palabra
insignificante. Comiendo su chuleta y bebiendo su té, apoyaba el mentón en su
corbata azul cielo, atravesada por dos alfileres de diamantes unidos por una
cadenita de oro; y sonreía con una sonrisa singular, de una manera dulzona y
ambigua. Pero, dándose cuenta de que ella tenía los pies mojados:
Acérquese a la estufa... más arriba..., contra la porcelana.
Tenía miedo a ensuciarla. El notario exclamó en tono galante:
Las cosas hermosas no estropean nada.
Entonces Emma trató de conmoverlo, y, emocionándose ella misma,
llegó a contarle las estrecheces de su casa, sus dificultades, sus necesidades.
¡Él comprendía esto!, ¡una mujer elegante!, y, sin parar de comer, se había
vuelto completamente hacia ella, de tal modo que le rozaba con su rodilla la
botina, cuya suela se curvaba humeando al lado de la estufa.
Pero cuando Emma le pidió mil escudos, él apretó los labios,
después se declaró muy apenado por no haberse hecho cargo antes de la
administración de su fortuna, pues había cien medios muy cómodos, incluso para
una dama, de hacer producir su dinero. En las turberas de Grumesnil o en los
terrenos de El Havre habrían podido hacer, casi seguro, excelentes
especulaciones; y la dejó consumirse de rabia ante la idea de las sumas
fantásticas que sin duda podría haber ganado.
¿Por qué preguntó el notario no ha venido a verme?
No sé muy bien dijo ella.
¿Por qué, eh?... ¿Le daba miedo?
¡Soy yo, por el contrario, quien debería quejarse! ¡Si apenas
nos conocemos! Sin embargo, le tengo mucho afecto; ¿ya no lo pone en duda,
supongo?
Alargó su mano, tomó la de Emma, la cubrió con un beso voraz,
después la puso sobre su rodilla; y jugaba con sus dedos delicadamente,
diciéndole mil piropos.
Su voz sosa susurraba como un arroyo que corre, una chispa
brotaba de su pupila a través del reflejo de sus lentes, y sus manos se
adentraban en la manga de Emma para palparle el brazo. Emma sentía en su
mejilla el aliento de una respiración jadeante. Aquel hombre la molestaba
horriblemente.
Se levantó de un salto y le dijo:
Señor, estoy esperando.
¿Qué? dijo el notario, que de pronto se volvió extremadamente
pálido:
Ese dinero.
Pero...
Después, cediendo a la irrupción de un deseo demasiado fuerte:
Bueno, pues sí.
Se arrastraba de rodillas hacia ella, sin pensar en su bata de
casa.
Por favor, quédese, ¡la quiero!
La cogió por la cintura.
Una oleada de púrpura subió enseguida a la cara de Madame
Bovary. Se echó hacia atrás con un cara de espanto:
¡Usted se aprovecha descaradamente de mi desgracia, señor! Soy
digna de lástima, pero no me vendo.
Y salió.
El notario quedó estupefacto, con los ojos fijos en sus bonitas
zapatillas bordadas. Eran un regalo del amor. Aquella contemplación le sirvió,
por fin, de consuelo. Además, pensaba que una aventura semejante le habría
llevado muy lejos.
¡Qué miserable!, ¡qué grosero!, ¡qué infame! se decía ella,
huyendo con paso nervioso bajo los álamos de la carretera. La decepción del
fracaso reforzaba la indignación de su pudor ultrajado; le parecía que la
Providencia se obstinaba en perseguirla, y realzando su amor propio, nunca
había tenido tanta estima por sí misma ni canto desprecio por los demás. Un
algo belicoso la ponía fuera de sí. Habría querido pegar a los hombres,
escupirles en la cara, triturarlos a todos; y continuaba caminando rápidamente hacia
adelante, pálida, temblorosa, furiosa, escudriñando con los ojos en lágrimas el
horizonte vacío, y como deleitándose en el odio que la ahogaba.
Cuando divisó su casa, se apoderó de ella una especie de
embocamiento. No podía seguir caminando; sin embargo, era preciso; por otra
parte, ¿adónde huir?
Felicidad la esperaba a la puerta.
¿Y qué?
¡No! dijo Emma.
Y durante un cuarto de hora las dos estuvieron pasando revista a
las diferentes personas de Yonville que acaso estarían dispuestas a acudir en
su ayuda. Pero cada vez que Felicidad nombraba a alguien. Emma replicaba:
¡Es posible! ¡No querrán!
¡Y el señor que va a regresar!
Ya lo sé... Déjame sola.
Lo había probado todo. Ya no había nada que hacer ahora; y
cuando llegara Carlos ella le diría:
Retírate. Esa alfombra sobre la que caminas ya no es nuestra. De
tu casa ya no te queda ni un mueble ni un alfiler ni una paja, y soy yo quien
lo ha arruinado, ¡infeliz!
Entonces habría un gran sollozo, después él lloraría
abundantemente y, por fin, pasada la sorpresa, la perdonaría.
Sí murmuraba rechinando los dientes , me perdonará, él, que con
un millón que me ofreciera, no tendría bastante para que yo le perdonara el
haberme conocido... ¡jamás!, ¡ja-más!
Esta idea de la superioridad de Bovary sobre ella la exasperaba.
Además, confesara o no inmediatamente, luego, mañana, él no dejaría de
enterarse de la catástrofe; así que había que esperar esta horrible escena y
soportar el peso de su magnanimidad. Le dieron ganas de volver a casa de
Lheureux: ¿para qué?; de escribir a su padre, era demasiado tarde; y tal vez se
arrepentía ahora de no haber cedido al otro, cuando oyó el trote de un caballo
por la alameda. Era él, abría la barrera, estaba más pálido que el yeso de la
pared. Bajando a saltos la escalera, Emma se escapó rápidamente por la plaza; y
la mujer del alcalde, que estaba hablando delante de la iglesia con
Lestiboudis, la vio entrar en casa del recaudador.
Corrió a decírselo a la señora Caron. Las dos señoras subieron
al desván; y, escondidas tras la ropa extendida en unas varas, se situaron
cómodamente para ver toda la casa de Binet.
Estaba solo en su buhardilla, reproduciendo en madera una de
esas tallas de marfil indescriptibles, compuestas de medias lunas, de esferas
huecas metidas unas en otras, todo el conjunto erguido como un obelisco y que
no servía para nada; ya estaba empezando la última pieza, tocaba al fin.
En la penumbra del taller se veía salir de su herramienta un
polvillo rubio como un torrente de chispas bajo las herraduras de un caballo al
galope; las dos ruedas giraban, zumbaban. Binet sonreía, la barbilla baja, las
aletas de la nariz abiertas y parecía finalmente perdido en una de esas
felicidades completas que no pertenecen, sin duda, más que a las ocupaciones
mediocres, que divierten la inteligencia por dificultades fáciles y la sacian
en una realización más allá de la cual no queda sino soñar.
¡Ah!, ¡a11í está! dijo la señora Tuvache.
Pero el ruido del torno no dejaba oír to que Emma decía.
Por fin, aquellas señoras creyeron percibir la palabra «francos»
y la tía Tuvache sopló muy despacio:
Le pide que le aplace las contribuciones.
¡Eso parece! replicó la otra.
La vieron caminar de un lado para otro mirando en las paredes,
los servilleteros, los candelabros, los pomos del pasamanos, mientras que Binet
se acariciaba la barba con satisfacción.
¿Iría a encargarle algo? dijo la señora Tuvache.
Pero si él no vende nada objetó su vecina.
El recaudador parecía escuchar con los ojos desorbitados, como
si no comprendiera; Emma seguía en actitud tierna, suplicante. Se acercó; su
pecho jadeaba; ya no hablaban.
¿Es que ella le hace insinuaciones? dijo la señora Tuvache.
Binet estaba rojo hasta las orejas. Emma le cogió las manos.
¡Ah!, ¡eso ya es demasiado!
Y sin duda le proponía una abominación; pero el recaudador era,
a pesar de todo, un valiente que había combatido en Bautzen y en Lutzen(1),
hecho la campaña de Francia a incluso le habían «propuesto para la cruz»; de
pronto, como a la vista de una serpiente, se apartó muy lejos hacia atrás
exclamando:
Señora, qué ocurrencias!
1. Localidades de Sajonia, donde Napoleón venció a los prusianos
y a los rusos en 1813.
Habría que azotar a esas mujeres dijo la señora Tuvache.
¿Dónde está? replicó la señora Caron.
Pues durante aquella conversación Emma había desaparecido;
después, viéndola enfilar la Calle Mayor y girar a la derecha como para ir al
cementerio, se perdieron en conjeturas.
Tía Rolet dijo al llegar a casa de la nodriza , me ahogo...,
aflójeme el corsé.
Se echó sobre la cama; sollozaba. La tía Rolet la tapó con un
refajo y se quedó de pie delante de ella. Después, como no contestaba, la buena
mujer se alejó, cogió su rueca y se puso a hilar lino.
¡Oh!, ¡pare de una vez! murmuró ella, creyendo escuchar el torno
de Binet.
¿Quién la incomoda? se preguntaba la nodriza . ¿Por qué viene
aquí?
Había acudido a11í empujada por una especie de espanto que la
echaba de su casa.
Acostada sobre la espalda, inmóvil y con los ojos fijos,
distinguía vagamente los objetos, aunque aplicara su atención a ellos con una
persistencia idiota. Contemplaba los desconchados de la pared, dos tizones
humeando por las dos puntas y una larga araña que andaba por encima de su
cabeza en la rendija de la viga. Por fin, fijó sus ideas. Se acordaba... un
día, con León... ¡Oh, qué lejos...! El sol brillaba en el río y las clemátides
perfumaban el aire. Entonces, transportada en sus recuerdos como en un torrente
que hierve, llegó pronto a recordar la jornada de la víspera.
¿Qué hora es? preguntó.
Salió la tía Rolet, levantó los dedos de su mano derecha hacia
el lado donde el cielo estaba más claro, y volvió despacio diciendo:
Pronto serán las tres.
¡Ah!, ¡gracias!, ¡gracias!
Porque él iba a llegar. Era seguro. Habría encontrado dinero.
Pero iría quizás allí, sin sospechar que ella estaba aquí; y pidió a la nodriza
que fuese corriendo a su casa para traerlo.
¡Dése prisa!
Pero, mi querida señora, ya voy, ¡ya voy!
Se extrañaba ahora de no haber pensado en él primeramente; ayer
le había dado su palabra, no faltaría a ella; y se veía ya en casa de Lheureux
presentando sobre su mesa los tres billetes de banco. Después habría que
inventar una historia que explicase las cosas a Bovary. ¿Cuál?
Entretanto la nodriza tardaba mucho en volver. Pero como no
había reloj, Emma temía exagerar, tal vez, la duración del tiempo. Se puso a
dar paseos por la huerta, paso a paso; siguió el sendero a lo largo del seto y
volvió rápidamente pensando que la buena señora habría regresado por otro
camino. Por fin, cansada de esperar, asaltada por sospechas que rechazaba, sin
saber si estaba allí desde hacía un siglo o un minuto, se sentó en un rincón,
cerró los ojos y se tapó los oídos. La barrera chirrió: ella dio un salto;
antes de que hubiese hablado, la tía Rolet le dijo:
No hay nadie en su casa.
¿Cómo?
¡Nadie! Y el señor está llorando. La llama. La están buscando.
Emma no respondió nada. Jadeaba dirigiendo miradas a su
alrededor mientras que la campesina, asustada de verla así, retrocedía
instintivamente creyendo que estaba loca. De pronto se dio una palmada en la
frente, lanzó un grito, porque el recuerdo de Rodolfo, como un gran relámpago
en una noche oscura, le había llegado al alma. ¡Era tan bueno, tan delicado,
tan generoso! Y además, si vacilaba en servirla, ella sabría bien obligarle
recordando con un solo guiño de ojo su amor perdido. Salió, pues, hacia la Huchette,
sin darse cuenta que corría a ofrecerse a lo que hacía un instante la había
exasperado tanto, sin sospechar, ni por asomo, en aquella prostitución.
CAPÍTULO VIII
Por el camino se iba preguntando: ¿Qué le voy a decir? ¿Por
dónde empezaré?» Y a medida que se acercaba, reconocía los matorrales, los
árboles, los juncos marinos sobre la colina, el castillo a11á lejos. Se
reencontraba a sí misma en las sensaciones de su primer amor, y su pobre
corazón oprimido se ensanchaba tiernamente en él. Un aire tibio le daba en la
cara; la nieve, al fundirse, caía gota a gota de las yemas sobre la hierba.
Entró, como antaño, por la pequeña puerta del parque, después
llegó al patio de honor, que estaba bordeado por una doble fila de tilos
frondosos. Balanceaban silbando sus largas ramas. Los perros en la perrera
ladraron todos a la vez, y el estrépito de sus voces resonaba sin que
apareciese nadie.
Subió la amplia escalera recta, con balaustrada de madera, que
conducía al corredor pavimentado de losas polvorientas al que daban varias
habitaciones en hilera, como en los monasterios o las posadas. La suya estaba
al final, a la izquierda. Cuando llegó a poner los dedos en la cerradura sus
fuerzas le abandonaron súbitamente. Temía que no estuviese a11í, casi to
deseaba, y ésta era, sin embargo, su única esperanza, la última oportunidad de
salvación. Se recogió un minuto, y, armándose de valor ante la necesidad
presente, entró.
Rodolfo estaba junto al fuego, los dos pies sobre la chambrana,
fumando una pipa.
¡Anda!, ¿es usted? dijo él levantándose bruscamente.
¡Sí, soy yo!... Quisiera, Rodolfo, pedirle un consejo.
Y a pesar de todos sus esfuerzos, le era imposible abrir la
boca.
¡No ha cambiado, sigue tan encantadora!
¡Oh! replicó ella amargamente , son tristes encantos, amigo mío,
pues usted los ha desdeñado.
Entonces él inició una explicación de su conducta disculpándose
vagamente a falta de poder inventar algo mejor.
Emma se dejó impresionar por sus palabras y más aún por su voz y
por la contemplación de su persona; de modo que fingió creer, o quizás creyó,
en el pretexto de su ruptura; era un secreto del que dependían el honor a
incluso la vida de una tercera persona.
¡No importa! dijo ella mirándolo tristemente , ¡he sufrido
mucho!
Él respondió en un aire filosófico:
¡La vida es así!
¿Ha sido, por lo menos replicó Emma , buena para usted después
de nuestra separación.
¡Oh!, ni buena... ni mala.
Quizás habría sido mejor no habernos dejado nunca.
¡Sí..., quizás!
¿Tú crees? dijo ella acercándose.
Y suspiró.
¡Oh, Rodolfo!, ¡si supieras!... ¡te he querido mucho!
Entonces ella le cogió la mano y permanecieron algún tiempo con
los dedos entrelazados, como el primer día en los comicios. Por un gesto de
orgullo, Rodolfo luchaba por no enternecerse. Pero desplomándose sobre su
pecho, ella le dijo:
¿Cómo qúerías que viviese sin ti? ¡No es posible
desacostumbrarse de 1a felicidad! ¡Estaba desesperada!, ¡creí morir! Te contaré
todo esto, ya verás. ¡Y tú... has huido de mí!...
Pues, desde hacía tres años, él había evitado cuidadosamente
encontrarse con ella por esa cobardía natural que caracteriza al sexo fuerte; y
Emma continuaba con graciosos gestos de cabeza, más mimosa que una gata en
celo:
Tú quieres a otras, confiésalo. ¡Oh! ¡Lo comprendo, vamos!, las
disculpo; las habrás seducido, como me sedujiste a mí. ¡Tú eres un hombre!,
tienes todo lo que hace falta para hacerte querer. Pero nosotros reanudaremos,
¿verdad?, ¡nos amaremos! iFíjate, me río, soy feliz! ¡Pero habla!
Y tenía un aspecto encantador, con aquella mirada en la que
temblaba una lágrima como el agua de una tormenta en un cáliz azul.
Rodolfo la sentó sobre sus rodillas y acarició con el revés de
su mano sus bandós lisos, en los que a la claridad del crepúsculo se reflejaba
como una flecha de oro un último rayo de sol. Emma inclinaba la frente; él
terminó besándola en los párpados, muy suavemente, con la punta de los labios.
¡Pero tú has llorado! le dijo . ¿Por qué?
Ella rompió en sollozos, Rodolfo creyó que era la explosión de
su amor; como ella se callaba, él interpretó este silencio como un último pudor
y entonces exclamó:
¡Ah!, ¡perdóname!, tú eres la única que me gusta. ¡He sido un
imbécil y un malvado! ¡Te quiero, te querré siempre! ¿Qué tienes? ¡dímelo! Y se
arrodilló.
¡Pues estoy arruinada, Rodolfo! ¡Vas a prestarme mil francos!
Pero... pero... dijo levantándose poco a poco, miuntras que su
cara tomaba una expresión grave.
Tú sabes continuó ella inmediatamente que mi marido había
colocado toda su fortuna en casa de un notario, y el notario se ha escapado.
Hemos pedido prestado; los clientes no pagaban. Por lo demás, la liquidación no
ha terminado; tendremos dinero más adelante. Pero hoy, por falta de tres mil
francos, nos van a embargar. Es hoy, ahora mismo y, contando con tu amistad, he
venido.
«¡Ah! pensó Rodolfo, que se puso muy pálido de pronto , ¡por eso
has venido!»
Por fin, dijo en tono tranquilo:
No los tengo, querida señora mía.
No mentía. Si los hubiera tenido seguramente se los habría dado,
aunque generalmente sea desagradable hacer tan bellas acciones, pues de todas
las borrascas que caen sobre el amor, ninguna lo enfría y lo desarraiga tanto
como las peticiones de dinero.
A1 principio Emma se quedó mirándole unos minutos.
¡No los tienes!
Repitió varias veces:
No los tienes... Debería haberme ahorrado esta última vergüenza.
¡Nunca me has querido! ¡Eres como los otros!
Emma se traicionaba, se perdía.
Rodolfo la interrumpió, afirmando que él mismo se encontraba
apurado de dinero.
¡Ah!, ¡te compadezco! dijo Ernma . ¡Sí, muchísimo!...
Y fijándose en una carabina damasquinada que brillaba en la
panoplia:
¡Pero cuando se está tan pobre no se pone plata en la culata de
su escopeta! ¡No se compra un reloj con incrustaciones de concha! continuaba
ella señalando el reloj de Boulle ; ni empuñaduras de plata dorada para sus
látigos y los tocaba , ni dijes para su reloj. ¡Oh!, ¡nada le falta!, hasta un
portalicores en su habitación; porque tú no te privas de nada, vives bien,
tienes un castillo, granjas, bosques, vas de montería, viajas a París... ¡Eh!,
aunque no fuera más que esto exclamó ella cogiendo sobre la chimenea sus
gemelos de camisa , que de la menor de estas boberías ¡se puede sacar
dinero!... ¡Oh!, ¡no los quiero, guárdalos!
Y le tiró muy lejos los dos gemelos, cuya cadena de oro se
rompió al pegar contra la pared.
Pero yo te lo habría dado todo, habría vendido todo, habría
trabajado con mis manos, habría mendigado por las carreteras, por una sonrisa,
por una mirada, por oírte decir: «¡Gracias!» ¿Y tú te quedas ahí tranquilamente
en tu sillón, como si no me hubieras hecho ya sufrir bastante? ¡Sin ti,
entérate bien, habría podido vivir feliz! ¿Quién te obligaba? ¿Era una apuesta?
Sin embargo, me querías, lo decías... Y todavía, hace un momento... ¡Ah!,
¡hubieras hecho mejor despidiéndome! Tengo las manos calientes de tus besos, y
ahí está sobre la alfombra el sitio donde me jurabas de rodillas un amor
eterno. Me lo hiciste creer: ¡durante dos años me has arrastrado en el sueño
más magnífico y más dulce!... Y mientras, proyectos de viaje, ¿te acuerdas?
¡Oh!, ¡tu carta, tu carta, me desgarró el cora-zón!... ¡Y después, cuando
vuelvo a él, a él, que es rico, feliz, libre, para implorar una ayuda que
prestaría el primero que llegara, suplicándole y ofreciéndole toda mi ternura,
me rechaza, porque le costaría tres mil francos!
¡No los tengo! respondió Rodolfo con esa calma perfecta con que
se protegen como si fuera un escudo las cóleras resignadas.
Emma salió. Las paredes temblaban, el techo la aplastaba; y
volvió a pasar por la larga avenida tropezando en los montones de hojas caídas
que dispersaba el viento.
Por fin, llegó al foso delante de la verja; se rompió las uñas
queriendo abrir deprisa. Después, cien pasos más adelante, sin aliento, a punto
de caer, se paró. Y entonces, volviendo la vista, percibió otra vez el
impasible castillo, con el parque, los jardines, los tres patios y todas las
ventanas de la fachada.
Se quedó estupefacta, y sin más conciencia de sí misma que el
latido de sus arterias; le parecía oír como una ensordecedora música que se le
escapaba y llenaba los campos. El suelo se hundía bajo sus pies, y los surcos
le parecieron inmensas olas oscuras que se estrellaban.
Todas las reminiscencias, todas las ideas que había en su cabeza
se escapaban a la vez, de un solo impulso, como las mil piezas de un fuego de
artificio. Vio a su padre, el despacho de Lheureux, la habitación de los dos,
a11á lejos, un paisaje diferente. Era presa de un ataque de locura, tuvo miedo
y llegó a serenarse, aunque hay que decir de una manera confusa, porque no
recordaba la causa de su horrible estado, es decir, el problema del dinero. No
sufría más que por su amor, y sentía que su alma la abandonaba por este
recuerdo, como los heridos que agonizan sienten que la vida se les va por la
herida que les sangra.
Caía la noche, volaban las cornejas.
Le pareció de pronto que unas bolitas color de fuego estallaban
en el aire como balas fulminantes que se aplastaban, y giraban, giraban, para
it a derretirse en la nieve entre las ramas de los árboles. En medio de cada
uno de ellas aparecía la cara de Rodolfo. Se multiplicaron y se acercaban, la
penetraban; todo desapareció. Reconoció las luces de las casas que brillaban de
lejos en la niebla.
Entonces su situación se le presentó de nuevo, como un abismo.
Jadeaba hasta partirse el pecho. Después, en un arrebato de heroísmo que la
volvía casi alegre, bajó la cuesta co-rriendo, atravesó la pasarela de las
vacas, el sendero, la avenida, el mercado y llegó a la botica. No había nadie.
Iba a entrar, pero al sonar la campanilla podía venir alguien, y deslizándose
por la valla, reteniendo el aliento, tanteando las paredes, llegó hasta el
umbral de la cocina, en la que ardía una vela colocada sobre el fogón. Justino,
en mangas de camisa, llevaba una bandeja.
¡Ah!, están cenando. Esperemos.
Justino regresó. Ella golpeó el cristal. Él salió.
¡La llave!, la de arriba, donde están los...
¿Cómo?
Y la miraba, todo asombrado por la palidez de su cara.
¡La quiero!, ¡dámela!
Como el tabique era delgado, se oía el ruido de los tenedores
contra los platos en el comedor.
Decía que las necesitaba para matar las ratas que no le dejaban
dormir.
Tendría que decírselo al señor.
¡No!, ¡quédate aquí!
Después, con aire indiferente:
¡Bah!, no vale la pena, se lo diré luego. ¡Vamos, alúmbrame!
Y entró en el pasillo adonde daba la puerta del laboratorio.
Había en la pared una llave con la etiqueta Capharnaüm.
¡Justino! gritó el boticario, que estaba impaciente.
¡Subamos!
Y él la siguió.
Giró la llave en la cerradura, y Emma fue directamente al tercer
estante, hasta tal punto la guiaba bien su recuerdo, tomó el bote azul, le
arrancó la tapa, metió en él la mano, y, retirándola llena de un polvo blanco,
se puso a comer a11í con la misma mano.
¡Quieta! exclamó él echándose encima de ella.
¡Cállate!, pueden venir.
Él se desesperaba, quería llamar.
¡No digas nada de esto, le echarían la culpa a tu amo!
Después se volvió, súbitamente apaciguada, y casi con la
serenidad de un deber cumplido.
Cuando Carlos, trastornado por la noticia del embargo, entró en
casa, Emma acababa de salir. Gritó, lloró, se desmayó, pero Emma no volvía.
¿Dónde podía estar? Mandó a Felicidad a casa de Homais, a casa de Tuvache, a la
de Lheureux, al «Lion d'Or», a todos los sitios; y, en las intermitencias de su
angustia, veía su consideración aniquilada, su fortuna perdida, el porvenir de
Berta roto. ¿Por qué causa?..., ¡ni una palabra! Esperó hasta las seis de la
tarde. Por fin, no pudiendo aguantar más, a imaginando que ella había salido
para Rouen, fue por la carretera principal, anduvo media legua, no encontró a
nadie, aguardó un rato y regresó.
Emma había vuelto.
Se sentó ante su escritorio y escribió una carta que cerró
despacio, añadiendo la fecha del día y la hora. Después dijo con un tosco aire
solemne:
La leerás mañana; hasta entonces, te lo ruego, no me hagas ni
una sola pregunta:
Pero...
¡Oh, déjame!
Y se acostó a todo lo largo de su cama.
Un sabor acre que sentía en su boca la despertó. Entrevió a
Carlos y volvió a cerrar los ojos.
La espiaba curiosamente para comprobar si no sufría. Pero ¡no!,
nada todavía. Oía el tic tac del péndulo, el ruido del fuego, y a Carlos que
respiraba al lado de su cama.
«¡Ah, es bien poca cosa, la muerte! pensaba ella ; voy a
dormirme y todo habrá terminado.»
Bebió un trago de agua y se volvió de cara a la pared.
Aquel horrible sabor a tinta continuaba.
¡Tengo sed!, ¡oh!, tengo mucha sed suspiró.
¿Pues qué tienes? dijo Carlos, que le ofrecía un vaso.
¡No es nada!... Abre la ventana... ¡me ahogo!
Y le sobrevino una náusea tan repentina, que apenas tuvo tiempo
de coger su pañuelo bajo la almohada.
¡Recógelo! dijo rápidamente ; ¡tíralo!
Carlos la interrogó; ella no contestó nada. Se mantenía inmóvil
por miedo a que la menor emoción la hiciese vomitar.
Entretanto, sentía un frío de hielo que le subía de los pies al
corazón.
¡Ah!, ¡ya comienza esto! murmuró ella.
¿Qué dices?
Movía la cabeza con un gesto suave lleno de angustia, al tiempo
que abría continuamente las mandíbulas, como si llevara sobre su lengua algo
muy pesado. A las ocho reaparecieron los vómitos.
Carlos observó que en el fondo de la palangana había una especie
de arenilla blanca pegada a las paredes de porcelana.
¡Es extraordinario!, ¡es raro! repitió. Pero ella dijo con una
voz fuerte:
¡No, te equivocas!
Entonces, delicadamente y casi acariciándola, le pasó la mano
sobre el estómago. Emma dio un grito agudo. Carlos se retiró todo asustado.
Después empezó a quejarse, al principio débilmente. Un gran
escalofrío le sacudía los hombros, y se ponía más pálida que la sábana donde se
hundían sus dedos crispados. Su pulso desigual era casi insensible ahora.
Unas gotas de sudor corrían por su cara azulada, que parecía
como yerta en la exhalación de un vapor metálico. Sus dientes castañeteaban,
sus ojos dilatados miraban vagamente a su alrededor, y a todas las preguntas
respondía sólo con un movimiento de cabeza; incluso sonrió dos o tres veces.
Poco a poco sus gemidos se hicieron más fuertes, se le escapó un alarido sordo;
creyó que iba mejor y que se levantaría enseguida. Pero presa de grandes
convulsiones, exclamó:
¡Ah!, ¡esto es atroz, Dios mío!
Carlos cayó de rodillas ante su lecho.
¡Habla!, ¿qué has comido? ¡Contesta, por el amor de Dios!
Y la miraba con unos ojos de ternura como ella no había visto
nunca.
Bueno, pues a11á..., a11á... dijo con una voz desmayada.
Carlos saltó al escritorio, rompió el sello y leyó muy alto:
«Que no acusen a nadie.» Se detuvo, pasó la mano por los ojos, y volvió a leer.
¡Cómo!... ¡Socorro!, ¡a mi!
Y no podía hacer otra cosa que repetir esta palabra:
«¡Envenenada!, ¡envenenada!» Felicidad corrió a casa de Homais, quien repitió a
gritos aquella exclamación, la señora Lefrançois la oyó en el «Lion d'Or»,
algunos se levantaron para decírselo a sus vecinos, y toda la noche el pueblo
estuvo en vela.
Loco, balbuciente, a punto de desplomarse, Carlos daba vueltas
por la habitación. Se pegaba contra los muebles, se arrancaba los cabellos, y
el farmacéutico nunca había creído que pudiese haber un espectáculo tan
espantoso.
Volvió a casa para escribir al señor Canivet y al doctor
Lariviére. Perdía la cabeza; hizo más de quince borradores. Hipólito fue a
Neufchâtel, y Justino espoleó tan fuerte el caballo de Bovary, que lo dejó en
la cuesta del Bois Guillaume rendido y casi reventado.
Carlos quiso hojear su diccionario de medicina; no veía, las
líneas bailaban.
¡Calma! dijo el boticario . Se trata sólo de administrar algún
poderoso antídoto. ¿Cuál es el veneno?
Carlos enseñó la carta. Era arsénico.
Bien replicó Homais , habría que hacer un análisis.
Pues sabía que es preciso, en todos los envenenamientos, hacer
un análisis; y el otro, que no comprendía, respondió:
¡Ah!, ¡hágalo!, ¡hágalo!, ¡sálvela!
Después, volviendo al lado de ella, se desplomó en el suelo
sobre la alfombra y permanecía con la cabeza apoyada en la orilla de la cama
sollozando.
¡No llores! le dijo ella . ¡Pronto dejaré de atormentarte!
¿Por qué? ¿Quién te ha obligado?
Ella replicó.
Era preciso, querido.
¿No eras feliz? ¿Es culpa mía? Sin embargo, ¡he hecho todo to
que he podido!
Sí..., es verdad..., ¡tú sí que eres bueno!
Y le pasaba la mano por los cabellos lentamente. La suavidad de
esta sensación le aumentaba su tristeza; sentía que todo su ser se desplomaba
de desesperanza ante la idea de que había que perderla, cuando, por el
contrario, ella manifestaba amarlo más que nunca; y no encontraba nada; no
sabía, no se atrevía, pues la urgencia de una resolución inmediata acababa de
trastornarle.
Ella pensaba que había terminado con todas las traiciones, las
bajezas y los innumerables apetitos que la torturaban. Ahora no odiaba a nadie,
un crepúsculo confuso se abatía en su pensamiento, y de todos los ruidos de la
tierra no oía más que la intermitente lamentación de aquel pobre corazón, suave
e indistinta, como el último eco de una sinfonía que se aleja.
Traedme a la niña dijo incorporándose sobre el codo.
¿No te encuentras peor, verdad? preguntó Carlos.
¡No!, ¡no!
La niña llegó en brazos de su muchacha, con su largo camisón, de
donde salían su pies descalzos, seria y casi soñando todavía. Observaba con
extrañeza la habitación toda desordenada, y pestañeaba deslumbrada por las
velas que ardían sobre los muebles. Le recordaban, sin duda, las mañanas de Año
Nuevo o de la mitad de la Cuaresma cuando, despertada temprano a la luz de las
velas, venía a la cama de su madre para recibir allí sus regalos, pues empezó a
decir:
¿Dónde está mamá?
Y como todo el mundo se callaba:
¡Pero yo no veo mi zapatito!
Felicidad la inclinaba hacia la cama, mientras que ella seguía
mirando hacia la chimenea.
¿Lo habrá cogido la nodriza? preguntó.
Y al oír este nombre, que le recordaba sus adulterios y sus
calamidades, Madame Bovary volvió su cabeza, como si sintiera repugnancia de
otro veneno más fuerte que le subía a la boca. Berta, entretanto, seguía posada
sobre la cama.
¡Oh!, ¡qué ojos grandes tienes, mamá!, ¡qué pálida estás!, ¡cómo
sudas!
Su madre la miraba.
¡Tengo miedo! dijo la niña echándose atrás.
Emma le cogió la mano para besársela; la niña forcejeaba.
¡Basta!, ¡que la lleven! exclamó Carlos, que sollozaba en la
alcoba.
Después cesaron los síntomas un instance; parecía menos agitada;
y a cada palabra insignificante, a cada respiración un poco más tranquila,
Carlos recobraba esperanzas. Por fin, cuando entró Canivet, se echó en sus
brazos llorando.
¡Ah!, ¡es usted!, ¡gracias!, ¡qué bueno es! Pero está mejor.
¡Fíjese, mírela!
El colega no fue en absoluto de esta opinión, y yendo al grano,
como él mismo decía, prescribió un vomitivo, a fin de vaciar completamente el
estómago.
Emma no tardó en vomitar sangre. Sus labios se apretaron más.
Tenía los miembros crispados, el cuerpo cubierto de manchas oscuras, y su pulso
se escapaba como un hilo tenso, como una cuerda de arpa a punto de romperse.
Después empezaba a gritar horriblemente. Maldecía el veneno,
decía invectivas, le suplicaba que se diese prisa, y rechazaba con sus brazos
rígidos todo to que Carlos, más agonizante que ella, se esforzaba en hacerle
beber. Él permanecía de pie, con su pañuelo en los labios, como en estertores,
llorando y sofocado por sollozos que to sacudían hasta los talones. Felicidad
recorría la habitación de un lado para otro; Homais, inmóvil, suspiraba
profundamente y el señor Canivet, conservando siempre su aplomo, empezaba, sin
embargo, a sentirse preocupado.
¡Diablo!... sin embargo está purgada, y desde el memento en que
cesa la causa...
El efecto debe cesar dijo Homais ; ¡esto es evidence!
Pero ¡sálvela! exclamaba Bovary.
Por lo que, sin escuchar al farmacéutico, que aventuraba todavía
esta hipótesis: «Quizás es un paroxismo saludable», Canivet iba a administrar
triaca cuando oyó el chasquido de un látigo; todos los cristales temblaron, y
una berlina de posta que iba a galope tendido tirada por tres caballos
enfangados hasta las orejas irrumpió de un salto en la esquina del mercado. Era
el doctor Larivière.
La aparición de un dios no hubiese causado más emoción. Bovary
levantó las manos, Canivet se paró en seco y Homais se quitó su gorro griego
mucho antes de que entrase el doctor Larivière.
Pertenecía a la gran escuela quirúrgica del profesor Bichat, a
aquella generación, hoy desaparecida, de médicos filósofos que, enamorados
apasionadamente de su profesión, la ejercían con competencia y acierto. Todo
temblaba en su hospital cuando montaba en cólera, y sus alumnos lo veneraban de
tal modo que se esforzaban, apenas se establecían, en imitarle lo más posible;
de manera que en las ciudades de los alrededores se les reconocía por vestir un
largo chaleco acolchado de merino y una amplia levita negra, cuyas bocamangas
desabrochadas tapaban un poco sus manos carnosas, unas manos muy bellas, que
nunca llevaban guantes, como para estar más prontas a penetrar en las miserias.
Desdeñoso de cruces, títulos y academias, hospitalario, liberal, paternal con
los pobres y practicando la virtud sin creer en ella, habría pasado por un
santo si la firmeza de su talento no lo hubiera hecho temer como a un demonio.
Su mirada, más cortante que sus bisturíes, penetraba directamente en el alma y
desarticulaba toda mentira a través de los alegatos y los pudores. Y así andaba
por la vida lleno de esa majestad bonachona que dan la conciencia de un gran
talento, la fortuna y cuarenta años de una vida laboriosa a irre-prochable.
Frunció el ceño desde la puerta al percibir el aspecto
cadavérico de Emma, tendida sobre la espalda, con la boca abierta. Después,
aparentando escuchar a Canivet, se pasaba el índice bajo las aletas de la nariz
y repetía:
Bueno, bueno.
Pero hizo un gesto lento con los hombros. Bovary lo observó: se
miraron; y aquel hombre, tan habituado, sin embargo, a ver los dolores, no pudo
retener una lágrima que cayó sobre la chorrera de su camisa.
Quiso llevar a Canivet a la habitación contigua. Carlos lo
siguió.
Está muy mal, ¿verdad? ¿Si le pusiéramos unos sinapismos?, ¡qué
sé yo! ¡Encuentre algo, usted que ha salvado a tantos!
Carlos le rodeaba el cuerpo con sus dos brazos, y lo contemplaba
de un modo asustado, suplicante, medio abatido contra su pecho.
Vamos, muchacho, ¡ánimo! Ya no hay nada que hacer.
Y el doctor Larivière apartó la vista.
¿Se marcha usted?
Voy a volver.
Salió como para dar una orden a su postillón con el señor
Canivet, que tampoco tenía interés por ver morir a Emma entre sus manos.
El farmacéutico se les unió en la plaza. No podia, por
temperamento, separarse de la gente célebre. Por eso conjuró al señor Larivière
que le hiciese el insigne honor de aceptar la invitación de almorzar.
Inmediatamente marcharon a buscar pichones al «Lion d'Or»; todas
las chuletas que había en la carnicería, nata a casa de Tuvache, huevos a casa
de Lestiboudis, y el boticario en persona ayudaba a los preparativos mientras
que la señora Homais decía, estirando los cordones de su camisola:
Usted me disculpará, señor, pues en nuestro pobre país si no se
avisa la víspera...
¡Las copas! sopló Homais.
Al menos si estuviéramos en la ciudad tendríamos la solución de
las manos de cerdo rellenas.
¡Cállate!... ¡A la mesa, doctor!
Le pareció bien, después de los primeros bocados, dar algunos
detalles sobre la catástrofe:
Al principio se presentó una sequedad en la faringe, después
dolores insoportables en el epigastrio, grandes evacuaciones.
¿Y cómo se ha envenenado?
No lo sé, doctor, y ni siquiera sé muy bien dónde ha podido
procurarse ese ácido arsenioso.
Justino, que llegaba entonces con una pila de platos, empezó a
temblar.
¿Qué tienes? dijo el farmacéutico.
El joven ante esta pregunta dejó caer todo por el suelo con un
gran estrépito.
¡Imbécil! exclamó Homais , ¡zopenco!, ¡pedazo de burro!
Pero de repente, recobrándose:
He querido, doctor, intentar un análisis, y en primer lugar he
metido delicadamente en su tubo...
Mejor habría sido dijo el cirujano meterle los dedos en la
garganta.
Su colega se callaba, pues hacía un momento había recibido
confidencialmente una fuerte reprimenda a propósito de su vomitivo, de suerte
que este bueno de Canivet, tan arrogante y locuaz cuando lo del pie zopo,
estaba ahora muy modesto; sonreía continuamente, con gesso de aprobación.
Homais se esponjaba en su orgullo de anfitrión, y el recuerdo de
la aflicción de Bovary contribuía vagamente a su placer por una compensación
egoísta que se hacía a sí mismo. Además, la presencia del doctor le
entusiasmaba. Hacía gala de su erudición, citaba todo mezclando las cantáridas,
el upas, el manzanillo, la víbora.
E incluso he leído que varias personas se habían intoxicado,
doctor, como fulminadas por embutidos que habían sufrido un ahumado muy fuerte.
Al menos esto constaba en un excelente informe, compuesto por una de nuestras
eminencias farmacéuticas, uno de nuestros maestros, el ilustre Cadet de
Gassicourt.
La señora Homais reapareció trayendo una de esas vacilantes
máquinas que se calientan con espíritu de vino; porque Homais tenía a gala
hacer el café sobre la mesa, habiéndolo tostado, molido y mezclado él mismo.
Sacharum, doctor dijo ofreciéndole azúcar.
Después mandó bajar a todos sus hijos, pues deseaba conocer la
opinión del cirujano sobre su constitución.
Por fin, el señor Larivière se iba a marchar cuando la señora
Homais le pidió una consulta para su marido. La sangre se le espesaba de tal
modo que se quedaba dormido todas las noches después de cenar.
¡Oh!, no es le sens(1) lo que le molesta.
1. En francés las palabras sang: sangre, y sens: sentido, tienen
la misma pronunciación. El doctor hace, con un juego de palabras intraducible,
una broma a costa de la señora Homais. Se puede interpretar. «no es problema de
razón» o «no es problema de sangre».
Y sonriendo un poco por este juego de palabras inadvertido, el
doctor abrió la puerta. Pero la farmacia rebosaba de gente y le costó mucho
trabajo deshacerse del señor Tuvache, que temía que su esposa tuviera una
pleuresía, porque tenía costumbre de escupir en las cenizas; después, del señor
Binet, que a veces tenía unas hambres atroces, y de la señora Caron, que sentía
picores; de Lheureux, que tenía vértigos; de Lestiboudis, que tenía reúma; de
la señora Lefrançois, que tenía acidez. Por fin, los tres caballos arrancaron,
y todo el mundo coincidió en que el doctor no se había mostrado complaciente.
La atención pública se distrajo por la aparición del señor
Bournisien, que atravesaba el mercado con los santos óleos.
Homais, consecuente con sus principios, comparó a los curas con
los cuervos a los que atrae el olor de los muertos; la vista de un eclesiástico
le era personalmente desagradable, pues la sotana le hacía pensar en el sudario
y detestaba la una un poco por el terror del otro.
Sin embargo, sin retroceder ante lo que él llamaba «su misión»,
volvió a casa de Bovary en compañía de Canivet, a quien el señor Larivière,
antes de marchar, le había encargado con interés que hiciera aquella visita; a
incluso, si no hubiera sido por su mujer, se habría llevado consigo a sus dos
hijos, a fin de acostumbrarlos a los momentos fuertes, para que fuese una
lección, un ejemplo, un cuadro solemne que les quedase más adelante en la
memoria.
Cuando entraron, la habitación estaba toda llena de una
solemnidad lúgubre. Sobre la mesa de labor, cubierta con un mantel blanco,
había cinco o seis bolas de algodón en una bandeja de plata, cerca de un
crucifijo entre dos candelabros encendidos. Emma, con la cabeza reclinada
.sobre el pecho, abría desmesuradamente los párpados, y sus pobres manos se
arrastraban bajo las sábanas, con ese gesto repelente y suave de los
agonizantes, que parecen querer ya cubrirse con el sudario. Pálido como una
estatua, y con los ojos rojos como brasas, Carlos, sin llorar, se mantenía
frente a ella, al pie de la cama, mientras que el sacerdote, apoyado sobre una
rodilla, mascullaba palabras en voz baja.
El sacerdote se levantó para tomar el crucifijo, entonces ella
alargó el cuello como alguien que tiene sed, y, pegando sus labios sobre el
cuerpo del Hombre Dios, depositó en él con toda su fuerza de moribunda el más
grande beso de amor que jamás hubiese dado. Después el sacerdote recitó el
Mirereatur, y el Indulgentiam, mojó su pulgar derecho en el óleo y comenzó las
unciones, primeramente en los ojos que tanto habían codiciado todas las pompas
terrestres; después en las ventanas de la nariz, ansiosas de tibias brisas y de
olores amorosos; después en la boca, que se había abierto para la mentira, que
había gemido de orgullo y gritado de lujuria; después en las manos, que se
deleitaban en los contactos suaves y, finalmente en la planta de los pies, tan
rápidos en otro tiempo cuando corría a saciar sus deseos, y que ahora ya no
caminarían más.
El cura se secó los dedos, echó al fuego los restos de algodon
mojados de aceite y volvió a sentarse cerca de la moribunda para decirle que
ahora debía unir sus sufrimientos a los de Jesucristo y encomendarse a la
misericordia divina.
Terminadas sus exhortaciones, trató de ponerle en la mano un
cirio bendito, símbolo de las glorias celestiales de las que pronto iba a estar
rodeada. Emma, demasiado débil, no pudo cerrar los dedos, y el cirio, a no ser
por el señor Bournisien, se habría caído al suelo. Sin embargo, ya no estaba
tan pálida, y su cara tenía una expresión de serenidad, como si el Sacramento
la hubiese curado.
El sacerdote no dejó de hacer la observación: explicó incluso a
Bovary que el Señor, a veces, prolongaba la vida de las personas cuando lo
juzgaba conveniente para su salvación; y Carlos recordó un día en que también
cerca de la muerte, ella había recibido la Comunión.
«Quizá no había que desesperarse pensó él.»
En efecto, Emma miró a todo su alrededor, lentamente, como
alguien que despierta de un sueño; después, con una voz clara, pidió su espejo
y permaneció inclinada encima algún tiempo, hasta el momento en que le brotaron
de sus ojos gruesas lágrimas sobre la almohada.
Enseguida su pecho empezó a jadear rápidamente. La lengua toda
entera le salió por completo fuera de la boca; sus ojos, girando, palidecían
como dos globos de lámpara que se apagan; se la creería ya muerta, si no fuera
por la tremenda aceleración de sus costillas, sacudidas por un jadeo furioso,
como si el alma diera botes para despegarse. Felicidad se arrodilló ante el
crucifijo y el farmacéutico incluso dobló un poco las corvas, mientras que el
señor Canivet miraba vagamente hacia la plaza.
Bournisien se había puesto de nuevo en oración, con la cara
inclinada hacia la orilla de la cama, con su larga sotana negra que le
arrastraba por la habitación. Carlos estaba al otro lado, de rodillas, con los
brazos extendidos hacia Emma. Había cogido sus manos y se estremecía a cada
latido de su corazón como a la repercusión de una ruina que se derrumba. A
medida que el estertor se hacía más fuerte, el eclesiástico aceleraba sus
oraciones; se mezclaban a los sollozos ahogados de Bovary y a veces todo parecía
desaparecer en el sordo murmullo de las sílabas latinas, que sonaban como el
tañido fúnebre de una campana.
De pronto se oyó en la acera un ruido de gruesos zuecos con e1
roce de un bastón, y se oyó una voz ronca que cantaba:
Souvent la chaleur d'un beau jour
Fait réver fillette à l'amour '(2).
Emma se incorporó como un cadáver que se galvaniza, con los
cabellos sueltos, la mirada fija y la boca abierta.
Pour amasser diligemment
Les épis que la faux moissonne,
Ma Nanette va s'inclinant
Vers le sillon qui nous les donne(3).
2. Muchas veces el calor de un día bueno le hace a la niña soñar
con el amor.
3. Para recoger con presteza las espigas segadas por la hoz mi
Nanette se va inclinando hacia el surco que nos las da.
¡El ciego! exclamó.
Y Emma se echó a reír, con una risa atroz, frenética,
desesperada, creyendo ver la cara espantosa del desgraciado que surgía de las
tinieblas eternas como un espanto.
ill souffla bien fort ce jour là.
Et le jupon court s'envola!(4)
4. Sopló un viento muy fuerte aquel día y la falda corta se echó
a volar.
Una convulsión la derrumbó de nuevo sobre el colchón. Todos se
acercaron. Ya había dejado de existir.
CAPÍTULO IX
Siempre hay detrás de la muerte de alguien como una
estupefacción que se desprende, tan difícil es comprender esta llegada
inesperada de la nada y resignarse a creerlo. Pero cuando se dio cuenta de su
inmovilidad, Carlos se echó sobre ella gritando:
¡Adiós!, ¡adiós!
Homais y Canivet le sacaron fuera de la habitación.
¡Tranquilícese!
Sí decía debatiéndose , seré razonable, no haré daño. Pero
déjenme. ¡Quiero verla!, ¡es mi mujer!
Y lloraba.
Llore dijo el farmacéutico , dé rienda suelta a la naturaleza,
eso le aliviará.
Carlos, sintiéndose más débil que un niño, se dejó llevar abajo,
a la sala, y el señor Homais pronto se volvió a su casa.
En la plaza fue abordado por el ciego, quien habiendo llegado a
Yonville con la esperanza de la pomada antiflogística, preguntaba a cada
transeúnte dónde vivía el boticario,
¡Vamos, hombre!, ¡como si no tuviera otra cosa que hacer! Ten
paciencia, vuelve más tarde.
Y entró precipitadamente en la farmacia.
Tenía que escribir dos cartas, preparar una poción calmante para
Bovary, inventar una mentira que pudiese ocultar el envenenamiento y preparar
un artículo para El Fanal, sin contar las personas que le esperaban para
recibir noticias; y, cuando los yonvillenses escucharon el relato del arsénico
que había tomado por azúcar, al hacer una crema de vainilla, Homais volvió de
nuevo a casa de Bovary.
Lo encontró solo (el señor Canivet acababa de marcharse),
sentado en el sillón, cerca de la ventana y contemplando con una mirada idiota
los adoquines de la calle.
Ahora dijo el farmacéutico usted mismo tendría que fijar la hora
de la ceremonia.
¿Por qué?, ¿qué ceremonia?
Después con voz balbuciente y asustada:
¡Oh!, no, ¿verdad?, no, quiero conservarla.
Homais, para disimular, tomó una jarra del aparador para regar
los geranios.
¡Ah!, gracias dijo Carlos , ¡qué bueno es usted!
Y no acabó su frase, abrumado por el aluvión de recuerdos que
este gesto del farmacéutico le evocaba.
Entonces, para distraerle, Homais creyó conveniente hablar un
poco de horticultura; las plantas necesitaban humedad. Carlos bajó la cabeza en
señal de aprobación.
Además, ahora van a volver los días buenos.
¡Ah! dijo Bovary.
El boticario, agotadas sus ideas, se puso a separar suavemente
los visillos de la vidriera.
¡Mire!, a11í va el señor Tuvache.
Carlos repitió como una máquina.
Allí va el señor Tuvache.
Homais no se atrevió a hablarle otra vez de los preparativos
fúnebres; fue el eclesiástico quien vino a11í a resolverlo.
Carlos se encerró en su gabinete, tomó una pluma, y, después de
haber sollozado algún tiempo, escribió.
«Quiero que la entierren con su traje de boda, con unos zapatos
blancos, una corona. Le extenderán el pelo sobre los hombros; tres ataúdes, uno
de roble, uno de caoba, uno de plomo. Que nadie me diga nada, tendré valor. Le
pondrán por encima de todo una gran pieza de terciopelo verde. Esta es mi
voluntad. Que se cumpla.»
Aquellos señores se extrañaron mucho de las ideas novelescas de
Bovary, y enseguida el farmacéutico fue a decirle:
Ese terciopelo me parece una redundancia. Además, el gasto...
¿Y a usted qué le importa? exclamó Carlos . ¡Déjeme en paz!,
¡usted no la quería! ¡Márchese!
El eclesiástico lo tomó por el brazo para hacerle dar un paseo
por la huerta. Hablaba sobre la vanidad de las cosas terrestres. Dios era muy
grande, muy bueno; debíamos someternos sin rechistar a sus decretos, incluso
darle gracias.
Carlos prorrumpió en blasfemias.
¡Detesto al Dios de ustedes!
El espíritu de rebelión no le ha dejado todavía suspiró el
eclesiástico.
Bovary estaba lejos. Caminaba a grandes pasos, a lo largo de la
pared, cerca del espaldar, y rechinaba los dientes, levantaba al cielo miradas
de maldición, pero ni una sola hoja se movió.
Caía una fría lluvia, Carlos, que tenía e1 pecho descubierto,
comenzó a tiritar; entró a sentarse en la cocina.
A las seis se oyó un ruido de chatarra en la plaza: era «La
Golondrina» que llegaba; y Carlos permaneció con la frente pegada a los
cristales viendo bajar a los viajeros unos detrás de otros. Felicidad le
extendió un colchón en el salón, Carlos se echó encima y se quedó dormido.
Aunque filósofo, el señor Homais respetaba a los muertos. Por
eso, sin guardar rencor al pobre Carlos, volvió por la nothe a velar el
cadáver, llevando consigo tres libros y un portafolios para tomar notas.
El señor Bournisien se encontraba a11í, y dos grandes cirios
ardían en la cabecera de la cama, que habían sacado fuera de la alcoba.
El boticario, a quien pesaba el silencio, no tardó en formular
algunas quejas sobre aquella infortunada mujer joven, y el sacerdote respondió
que ahora sólo quedaba rezar por ella.
Sin embargo replicó Homais , una de dos: o ha muerto en estado
de gracia, como dice la Iglesia, y entonces no tiene ninguna necesidad de
nuestras oraciones, o bien ha muerto impenitente, esta es, yo creo, la
expresión eclesiástica, y entonces . .
Bournisien le interrumpió, replicando en un tono desabrido, que
no dejaba de ser necesario el rezar.
Pero objetó el farmacéutico ya que Dios conoce todas nuestras
necesidades, ¿para qué puede servir la oración?
¡Cómo! dijo el eclesiástico , ¡la oración! ¿Luego usted no es
cristiano?
¡Perdón! dijo Homais . Admiro el cristianismo. Primero liberó a
los esclavos, introdujo en el mundo una moral...
¡No se trata de eso! Todos los textos...
¡Oh!, ¡oh!, en cuanto a los textos, abra la historia; se sabe
que han sido falsificados por los jesuitas.
Entró Carlos, y, acercándose a la cama, corrió lentamente las
coronas:
Emma tenía la cabeza inclinada sobre el hombro derecho. La
comisura de su boca, que seguía abierta, hacía como un agujero negro en la
parte baja de la cara; los dos pulgares permanecían doblados hacia la palma de
las manos; una especie de polvo blanco le salpicaba las cejas, y sus ojos
comenzaban a desaparecer en una palidez viscosa que semejaba una tela delgada,
como si las arañas hubiesen tejido a11í encima.
La sábana se hundía desde los senos hasta las rodillas,
volviendo después a levantarse en la punta de los pies; y a Carlos le parecía
que masas infinitas, que un peso enorme pesaba sobre ella.
El reloj de la iglesia dio las dos. Se oía el gran murmullo del
río que corría en las tinieblas al pie de la terraza. El señor Bournisien de
vez en cuando se sonaba ruidosamente y Homais hacía rechinar su pluma sobre el
papel.
Vamos, mi buen amigo dijo , retírese, este espectáculo le
desgarra.
Una vez que salió Carlos, el farmacéutico y el cura reanudaron
sus discusiones.
¡Lea a Voltaire! decía uno ; lea a D'Holbach, lea la
Enciclopedia.
Lea las Cartas de algunos judíos portugueses(1) decía el otro ;
lea la Razón del cristianismo, por Nicolás, antiguo magistrado.
1. Obra del abate Antoine Guénée, publicada en 1769, y en la que
refuta los ataques de Voltaire contra la Biblia.
Se acaloraban, estaban rojos, hablaban a un tiempo, sin
escucharse; Bournisien se escandalizaba de semejante audacia; Homais se
maravillaba de semejante tontería; y no les faltaba mucho para insultarse
cuando, de pronto, reapareció Carlos. Una fascinación le atraía. Subía
continuamente la escalera.
Se ponía enfrente de Emma para verla mejor, y se perdía en esta
contemplación, que ya no era dolorosa a fuerza de ser profunda.
Recordaba historias de catalepsia, los milagros del magnetismo,
y se decía que, queriéndolo con fuerza, quizás llegara a resucitarla. Incluso
una vez se inclinó hacia ella, y dijo muy bajo: «¡Emma! ¡Emma!» Su aliento,
fuertemente impulsado, hizo temblar la llama de los cirios contra la pared.
Al amanecer llegó la señora Bovary madre; Carlos, al abrazarla,
se desbordó de nuevo en llanto. Ella trató, como ya lo había hecho el
farmacéutico, de hacerle algunas observaciones sobre los gastos del entierro.
Carlos se excitó tanto que su madre se calló, a incluso le encargó que fuese
inmediatamente a la ciudad para comprar lo que hacía falta.
Carlos se quedó solo toda la tarde: habían llevado a Berta a
casa de la señora Homais; Felicidad seguía arriba, en la habitación, con la tía
Lefrançois.
Por la tarde recibió visitas. Se levantaba, estrechaba las manos
sin poder hablar, después se sentaban unos junto a los otros formando un gran
semicírculo delante de la chimenea. Con la cabeza baja y las piernas cruzadas,
balanceaba una de ellas dando un suspiro de vez en cuando.
Y todos se aburrían enormemente, pero nadie se decidía a
marcharse.
Cuando Homais volvió a las nueve (no se veía más que a él en la
plaza desde hacía dos días), venía cargado de una provisión de alcanfor, de
benjuí y de hierbas aromáticas. Llevaba también un recipiente lleno de cloro
para alejar los miasmas.
En aquel momento, la criada, la señora Lefrançois y la señora
Bovary madre daban vueltas alrededor de Emma terminando de vestirla, y bajaron
el largo velo rígido que le tapó hasta sus zapatos de raso.
Felicidad sollozaba:
¡Ah!, ¡mi pobre ama!, ¡mi pobre ama!
¡Mírela decía suspirando la mesonera , qué preciosa está
todavía! Se diría que va a levantarse inmediatamente.
Después se inclinaron para ponerle la corona.
Hubo que levantarle un poco la cabeza, y entonces un chorro de
líquido negro salió de su boca como un vómito.
¡Ah! ¡Dios mío!, ¡el vestido, tened cuidado! exclamó la señora
Lefrançois . ¡Ayúdenos! le decía al farmacéutico . ¿Acaso tiene miedo?
¿Miedo yo? replicó encogiéndose de hombros . ¡Pues sí! ¡He visto
a tantos en el Hospital cuando estudiaba farmacia! ¡Hacíamos ponche en el
anfiteatro de las disecciones! La nada no espanta a un filósofo; a incluso, lo
digo muchas veces, tengo la intención de legar mi cuerpo a los hospitales para
que sirva después a la ciencia.
Al llegar el cura preguntó cómo estaba el señor, y a la
respuesta del boticario, replicó.
¡El golpe, como comprende, está todavía muy reciente!
Entonces Homais le felicitó por no estar expuesto, como todo el
mundo, a perder una compañía querida; de donde se siguió una discusión sobre el
celibato de los sacerdotes.
Porque decía el farmacéutico ¡no es natural que un hombre se
arregle sin mujeres!, se han visto crímenes...
Pero ¡caramba! exclamó el eclesiástico , ¿cómo quiere usted que
un individuo casado sea capaz de guardar, por ejemplo, el secreto de la
confesión?
Homais atacó la confesión, Bournisien la defendió, se extendió
sobre las restituciones que hacía operar. Citó diferentes anécdotas de ladrones
que de pronto se habían vuelto honrados, militares que habiéndose acercado al
tribunal de la penitencia habían notado que se les caían las vendas de los
ojos. Había en Friburgo un ministro...
Su compañero dormía. Después, como se ahogaba un poco en la
atmósfera demasiado pesada de la habitación, abrió la ventana to cual despertó
al farmacéutico.
Vamos, ¡un polvito de rapé! le dijo . Tómelo, le despabilará.
En algún lugar, a lo lejos, se oían unos alaridos
ininterrumpidos.
¿Oye usted ladrar un perro? dijo el farmacéutico.
Se dice que olfatean a los muertos respondió . Es como las
abejas: escapan de la colmena cuando muere una persona.
Homais no hizo ninguna observación sobre estos prejuicios, pues
se había dormido.
El señor Bournisien, más robusto, continuó algún tiempo moviendo
los labios muy despacio; después, insensiblemente, inclinó la cabeza, dejó caer
su gordo libro negro y empezó a roncar.
Estaban uno enfrente del otro, con el vientre hacia fuera, la
cara abotargada, el aire ceñudo, coincidiendo después de tanto desacuerdo en la
misma debilidad humana; y no se movían más que el cadáver que estaba a su lado,
que parecía dormir.
Cuando Carlos volvió a entrar, no los despertó. Era la última
vez. Venía a decirle adiós.
Las hierbas aromáticas seguían humeando, y unos remolinos de
vapor azulado se confundían en el horde de la ventana con la niebla que
entraba.
Había algunas estrellas y la noche estaba templada.
La cera de los cirios caía en gruesas lágrimas sobre las
sábanas. Carlos miraba cómo ardían, cansándose los ojos contra el resplandor de
su llama amarilla.
Temblaban unos reflejos en el vestido de raso, blanco como un
claro de luna. Emma desaparecía debajo, y a Carlos le parecía que,
esparciéndose fuera de sí misma, se perdía confusamente en las cosas que la
rodeaban, en el silencio, en la noche, en el viento que pasaba, en los olores
húmedos que subían.
Después, de pronto, la veía en el jardín de Tostes, en el banco,
junto al seto de espinos, en el umbral de su casa, en el patio de Les Bertaux.
Seguía oyendo la risa de los chicos alegres que bailaban bajo los manzanos; la
habitación estaba llena del perfume de su cabellera y su vestido le temblaba en
los brazos con un chisporroteo; y era el mismo, aquel vestido.
Estuvo mucho tiempo así recordando todas las felicidades
desaparecidas: su actitud, sus gestos, el timbre de su voz. Después de una
desesperación venía otra, y siempre, inagotablemente, cómo las olas de una
marea que se desborda.
Sintió una terrible curiosidad: despacio, con la punta de los
dedos, palpitante, le levantó el velo. Pero lanzó un grito de horror que
despertó a los que dormían. Lo llevaron abajo, a la sala.
Después vino Felicidad a decir que el señor quería un mechón de
pelo de la señora.
¡Córtelo! replicó el boticario.
Y como ella no se atrevía, se adelantó él mismo, con las tijeras
en la mano. Temblaba tanto, que picó la piel de las sienes en varios sitios.
Por fin, venciendo la emoción, Homais dio dos o tres grandes tijeretazos al
azar, lo cual dejó marcas blancas en aquella hermosa cabellera negra.
El farmacéutico y el cura volvieron a sumergirse en sus
ocupaciones, no sin dormir de vez en cuando, de to cual se acusaban
recíprocamente cada vez que volvían a despertar. Entonces el señor Bournisien
rociaba la habitación con agua bendita y Homais echaba un poco de cloro en el
suelo.
Felicidad había tenido la precaución de poner para ellos, sobre
la cómoda, una botella de aguardiente, un queso y un gran bizcocho. Por eso el
boticario, que no podía más, suspiró hacia las cuatro de la mañana:
¡La verdad es que de buena gana me tomaría algo!
El eclesiástico no se hizo rogar; salió para ir a decir misa,
volvió, después comieron y bebieron, bromeando un poco, sin saber por qué,
animados por esa alegría vaga que nos invade después de sesiones de tristeza; y
a la última copa, el cura dijo al farmacéutico, dándole palmadas en el hombro:
¡Acabaremos por entendernos!
Abajo, en el vestíbulo, encontraron a los carpinteros que
llegaban. Entonces Carlos, durante dos horas, tuvo que soportar el suplicio del
martillo que resonaba sobre las tablas. Después la depositaron en su ataúd de
roble que metieron en los otros dos; pero como el ataúd era demasiado ancho,
hubo que rellenar los intersticios con la lana de un colchón. Por fin, una vez
cepilladas, clavadas y soldadas las tres tapas, la expusieron delante de la
puerta; se abrió de par en par la casa y empezó el desfile de los vecinos de
Yonville.
Llegó el padre de Emma. Se desmayó en la plaza al ver el paño
negro.
CAPÍTULO X
No había recibido la carta del farmacéutico hasta treinta y seis
horas después del acontecimiento; y en atención a su sensibilidad, el señor
Homais la había redactado de tal manera que era imposible saber a qué atenerse.
El buen hombre cayó al principio como en un ataque de apoplejía.
Después pensó que ella no había muerto. Pero podía estarlo... Por fin se puso
la blusa, cogió el sombrero, sujetó una espuela a la bota y salió a galope
tendido, y a todo to largo de la carretera el tío Rouault, jadeante, se
consumía de angustia. Una vez, incluso, se vio obligado a bajar. Ya no veía,
oía voces a su alrededor, tenía la sensación de volverse loco.
Se hizo de día. Vio tres gallinas negras que dormían en un
árbol; se estremeció espantado por este presagio. Entonces prometió a la
Santísima Virgen tres casullas para la iglesia y que iría descalzo desde el
cementerio de Les Bertaux hasta la capilla de Vassonville.
Entró en Maromme llamando desde lejos a la gente de la posada,
derribó la puerta de un empujón, dio un salto sobre el saco de avena, echó en
el pesebre una botella de sidra dulce, volvió a montar en su caballo que sacaba
chispas con sus cuatro herraduras.
Se decía a sí mismo que sin duda la salvarían; los médicos
descubrirían un remedio, estaba seguro. Recordó todas las curaciones milagrosas
que le habían contado.
Después se le apareció muerta. Estaba allí, tendida sobre la
espalda, en medio de la carretera. Tiraba de las riendas y la alucinación
desaparecía.
En Quincampoix, para animarse, tomó tres cafés uno detrás de
otro.
Pensó que se habían equivocado de nombre al escribirle. Buscó la
carta en el bolsillo, la palpó, pero no se atrevió a abrirla.
Llegó a suponer que quizás era una «broma», una venganza de
alguien, una ocurrencia de algún juerguista, y, por otra parte, si su hija
hubiera muerto ¿se sabría? ¡Pues no!, el campo no tenía nada de extraordinario:
el cielo estaba azul, los árboles se balanceaban, pasó un rebaño de corderos.
Vio el pueblo, le vieron galopar deprisa inclinado sobre el caballo, al que
daba grandes latigazos y cuyas cinchas goteaban sangre.
Cuando volvió en sí, cayó envuelto en llanto en brazos de
Bovary:
¡Mi hija! ¡Emma!, ¡mi niña!, ¡explíqueme!
Y Carlos respondió sollozando:
¡No sé, no sé!, ¡es una maldición!
El boticario los separó.
Estos horribles detalles son inútiles. Ya informaré al señor.
Está llegando gente. Un poco de dignidad, ¡caramba!, un poco de resignación.
Bovary quiso parecer fuerte y repitió varias veces:
iSí!..., ¡valor!
Bueno exclamó el buen hombre , lo tendré, ¡rayos y truenos! Voy
a acompañarla hasta el fin.
Doblaba la campana. Todo estaba dispuesto. Hubo que ponerse en
marcha.
Y sentados en una silla del coro, uno al lado del otro, vieron
pasar y volver a pasar delante de ellos continuamente a los tres chantres que
salmodiaban. El serpentón soplaba a pleno pulmón. El señor Bournisien,
revestido de ornamentos fúnebres, cantaba con voz aguda; se inclinaba ante el
sagrario, elevaba las manos, extendía los brazos. Lestiboudis circulaba por la
iglesia con su varilla de ballena; cerca del facistol reposaba el ataúd entre
cuatro filas de cirios. A Carlos le daban ganas de levantarse para apagarlos.
Trataba, sin embargo, de animarse a la devoción, de elevarse en
la esperanza de una vida futura en donde la volvería a ver. Imaginaba que ella
había salido de viaje, muy lejos, desde hacía tiempo. Pero cuando pensaba que
estaba a11í abajo y que todo había terminado, que la llevaban a la tierra, se
apoderaba de él una rabia feroz, negra, desesperada. A veces creía no sentir
nada más, y saboreaba este alivio de su dolor reprochándose al mismo tiempo ser
un miserable.
Se oyó sobre las losas como el ruido seco de una barra de hierro
que las golpeaba rítmicamente. Venía del fondo y se paró en seco en una nave
lateral de la iglesia. Un hombre con gruesa chaqueta oscura se arrodilló
penosamente. Era Hipólito, el mozo del «Lion de d'Or». Se había puesto su
pierna nueva.
Uno de los chantres vino a dar la vuelta a la nave para hacer la
colecta y las grandes monedas sonaban, unas detrás de otras, en la bandeja de
plata.
¡Dense prisa! ¡Estoy que ya no puedo más! exclamó Bovary al
tiempo que echaba encolerizado una moneda de cinco francos.
El eclesiástico le dio las gracias con una larga reverencia.
Cantaban, se arrodillaban, se volvían a levantar, aquello no terminaba. Recordó
que una vez, en los primeros tiempos de su matrimonio, habían asistido juntos a
misa y se habían puesto en el otro lado, a la derecha, contra la pared. La
campana empezó de nuevo, hubo un gran movimiento de sillas. Los portadores
pasaron las tres varas bajo el féretro y salieron de la iglesia.
Entonces apareció Justino en el umbral de la farmacia. De pronto
se volvió a meter dentro, pálido, vacilante.
La gente se asomaba a las ventanas para ver pasar el cortejo.
Carlos, en cabeza, iba muy erguido. Parecía sereno y saludaba con un gesto a
los que, saliendo de las callejuelas o de las puertas, se incorporaban a la
muchedumbre.
Los seis hombres, tres de cada lado, caminaban a paso corto y
algo jadeantes. Los sacerdotes, los chantres y los dos niños de coro recitaban
el De profundis, y sus voces se esparcían por el campo subiendo y bajando con
ondulaciones. A veces desaparecían en los recodos del sendero, pero la gran
cruz de plata seguía irguiéndose entre los árboles.
Seguían las mujeres, tapadas con negros mantones con la capucha
bajada; llevaban en la mano un gran cirio ardiendo, y Carlos se sentía
desfallecer en aquella continua repetición de oraciones y de antorchas bajo
esos olores empalagosos de cera y de sotana. Soplaba una brisa fresca,
verdeaban los centenos y las colzas, unas gotitas de rocío temblaban al borde
del camino sobre los setos de espinos. Toda suerte de ruidos alegres llenaba el
horizonte: el crujido lejano de una carreta a lo largo de las roderas, el grito
de un gallo que se repetía o el galope de un potro que se veía desaparecer bajo
los manzanos. El cielo claro estaba salpicado de nubes rosadas; la luz azulada
de las velas refejaba sobre las chozas cubiertas de lirios; Carlos, al pasar,
reconocía los corrales. Se acordaba de mañanas como ésta, en que, después de
haber visitado a un enfermo, salía de la casa y volvía hacia Emma.
El paño negro, sembrado de lentejuelas blancas, se levantaba de
vez en cuando descubriendo el féretro. Los portadores, cansados, acortaban el
paso, y el féretro avanzaba en continuas sacudidas, cabeceando como una chalupa
a merced de las olas.
Llegaron al cementerio.
Los portadores siguieron hasta el fondo, a un lugar en el césped
donde estaba cavada la fosa.
Formaron círculo en torno a ella; y mientras que el sacerdoto
hablaba, la tierra roja, echada sobre los bordes, corría por las esquinas, sin
ruido, continuamente.
Después, una vez dispuestas las cuatro cuerdas, empujaron el
féretro encima.
Él la vio bajar, bajar lentamente.
Por fin se oyó un choque, las cuerdas volvieron a subir
chirriando. Entonces el señor Bournisien tomó la pala que le ofrecía
Lestiboudis; con su mano izquierda echó con fuerza una gran paletada de tierra,
mientras que con la derecha asperjía la sepultura; y la madera del ataúd,
golpeada por los guijarros, hizo ese ruido formidable que nos parece ser el de
la resonancia de la eternidad.
El eclesiástico pasó el hisopo a su vecino. Era el señor Homais.
Lo sacudió gravemente, y se lo pasó a su vez a Carlos, quien se hundió hasta
las rodillas en tierra, y la echaba a puñados mientras exclamaba: «Adiós.» Le
enviaba besos; se arrastraba hacia la fosa para sepultarse con ella.
Se lo llevaron; y no tardó en apaciguarse, experimentando
quizás, como todos los demás, la vaga satisfacción de haber terminado.
El tío Rouault, al volver, se puso tranquilamente a fumar una
pipa, lo cual Homais, en su fuero interno, juzgó poco adecuado. Observó
igualmente que el señor Binet se había abstenido de aparecer, que Tuvache se
«había largado» después de la misa, y que Teodoro, el criado del notario,
llevaba un traje azul, «como si no se pudiera encontrar un traje negro, ya que
es la costumbre, ¡qué diablo!». Y para comunicar sus observaciones, iba de
corro en corro. Todos lamentaban la muerte de Emma, y sobre todo Lheureux, que
no había faltado al entierro.
¡Pobre señora!, ¡qué dolor para su marido!
El boticario decía:
Sepan ustedes que, si no fuera por mí, podría haber atentado
contra su propia vida.
¡Una persona tan buena! ¡Y decir que todavía la vi el sábado
pasado en mi tienda!
No he tenido tiempo dijo Homais de preparar unas palabras que
hubiera pronunciado sobre su tumba.
De regreso, en casa, Carlos se cambió de ropa, y el tío Rouault
volvió a ponerse la blusa azul. Estaba nueva, y como durante el viaje se había
secado muchas veces los ojos con las mangas, había desteñido en su cara; y la
huella de las lágrimas hacía unas líneas en la capa de polvo que la ensuciaba.
La señora Bovary madre estaba con ellos. Los tres estaban
callados. Por fin, el buen hombre suspiró.
¿Se acuerda, amigo mío, que fui a Tostes una vez, cuando usted
acababa de perder a su primera difunta? En aquel tiempo le consolaba.
Encontraba algo que decirle; pero ahora...
Después, con un largo gemido que le levantó todo el pecho:
¡Ah!, para mí se acabó todo. ¡Ya ve usted! He visto morir a mi
mujer..., después a mi hijo..., y ahora, hoy, a mi hija.
Quiso volverse enseguida a Les Bertaux diciendo que no podría
dormir en aquella casa. Ni siquiera quiso ver a su nieta.
¡No!, ¡no!, sería una despedida demasiado dolorosa. Pero le dará
muchos besos. ¡Adiós!, ¡usted es un buen muchacho! Y, además, jamás olvidaré
esto dijo golpeándose el muslo ; no se preocupe, seguirá recibiendo su pavo.
Pero cuando llegó al alto de la cuesta volvió su mirada como
antaño la había vuelto en el camino de San Víctor, al separarse de ella. Las
ventanas del pueblo estaban todas resplan-decientes bajo los rayos oblicuos del
sol que se ponía en la pradera. Se puso la mano ante los ojos y percibió en el
horizonte un cercado de tapias donde había unos bosquecillos de árboles negros
diseminados entre piedras blancas, después continuó su camino a trote corto,
pues su caballo cojeaba.
Aquella noche Carlos y su madre, a pesar del cansancio, se
quedaron mucho tiempo hablando juntos. Hablaron de los días pasados y del
porvenir. Ella vendría a vivir a Yonville, regiría la casa, ya no se
separarían. Estuvo hábil y cariñosa, alegrándose interiormente de recuperar un
afecto que se le escapaba desde hacía tantos años. Dieron las doce. El pueblo,
como de costumbre, estaba en silencio, y Carlos, despierto, seguía pensando en
ella.
Rodolfo, que para distraerse había pateado el bosque todo el
día, dormía tranquilamente en su castillo, y León, a11á lejos, dormía
igualmente.
Había otro que a aquella hora no dormía.
Sobre la fosa, entre los abetos, un muchacho lloraba
arrodillado, y su pecho, deshecho en sollozos, jadeaba en la sombra bajo el
agobio de una pena inmensa más dulce que la luna y más insondable que la noche.
De pronto crujió la verja. Era Lestiboudis; venía a buscar su azadón que había
olvidado poco antes. Reconoció a Justino que escalaba la tapia, y entonces supo
a qué atenerse sobre el sinvergüenza que le robaba las patatas.
CAPTULO XI
A día siguiente, Carlos mandó que le trajeran a la niña. La niña
le preguntó por su mamá. Le dijeron que estaba ausente, que le traería
juguetes. Berta volvió a hablar de ella varias veces; después, con el tiempo,
se fue olvidando. La alegría de esta niña desconsolaba a Bovary, quien, además,
tenía que soportar los intolerables consuelos del farmacéutico.
Pronto volvieron los problemas de dinero, pues el señor Lheureux
azuzó de nuevo a su amigo Vinçart, y Carlos se empeñó en sumas exorbitantes;
porque jamás quiso dar permiso para vender el menor de los objetos que le había
pertenecido. Su madre se desesperó por esto. Carlos se indignó más que ella.
Había cambiado por completo. La madre abandonó la casa.
Entonces todo el mundo empezó a aprovecharse. La señorita
Lempereur reclamó seis meses de lecciones, aunque Emma jamás había tomado ni
una sola, a pesar de aquella factura pagada que había mostrado a Bovary: era un
acuerdo entre ellas dos; el que alquilaba libros reclamó tres años de
suscripción; la tía Rolet reclamó el porte de una veintena de cartas, y como
Carlos pedía explicaciones, ella tuvo que decirle:
¡Ah!, ¡yo no sé nada!, eran cosas suyas.
A cada deuda que pagaba, Carlos creía haber terminado, pero
continuamente aparecían otras.
Reclamó a sus pacientes el pago de visitas atrasadas. Le
enseñaron las cartas que su mujer había enviado. Entonces hubo que pedir
disculpas.
Felicidad llevaba ahora los vestidos de la señora; no todos,
pues Carlos había guardado algunos, a iba a verlos a su tocador, donde se
encerraba; ambas eran más o menos de la misma estatura; a menudo, Carlos,
viéndola por detrás, era presa de una ilusión y exclamaba:
¡Oh!, ¡quédate!, ¡quédate!
Pero por Pentecostés, Felicidad desapareció de Yonville, raptada
por Teodoro, y llevándose todo lo que quedaba del guardarropa.
Fue por entonces cuando la señora viuda Dupuis tuvo el honor de
participarle «el casamiento del señor León Dupuis, notario de Yvetot, con la
señorita Leocadia Leboeuf, de Bondeville». En la felicitación que le envió
Carlos escribió esta frase:
«¡Cuánto se habría alegrado mi pobre mujer!»
Un día en que, deambulando por casa sin ningún objeto, había
subido al desván, notó bajo su pantufla una bolita de papel fino. Abrió y leyó:
«¡Ánimo, Emma!, ¡ánimo! No quiero hacer la desgracia de su existencia.» Era la
carta de Rodolfo, caída al suelo entre cajas, que había quedado allí y que el
viento de la buhardilla acababa de empujar hacia la puerta. Y Carlos se quedó
inmóvil y con la boca abierta en el mismo sitio en que antes, aun más pálida
que él, Emma, desesperada, había querido morir. Por fin, descubrió una R
pequeña al final de la segunda página. ¿Qué era esto? Recordó las asiduidades
de Rodolfo, su desaparición repentina y el aire forzado que había mostrado al
volver a verla después dos o tres veces. Pero el tono respetuoso de la carta le
ilusionó.
«Quizás se han amado platónicamente se dijo.»
Además, Carlos no era de esos que penetran hasta el fondo de las
cosas; retrocedió ante las pruebas, y sus celos inciertos se perdieron en la
inmensidad de su pena.
Han debido de adorarla, pensó. Todos los hombres, sin duda
alguna, la desearon. Le pareció por esto más hermosa; y concibió un deseo
permanente, furioso, que inflamaba su desesperación y que no tenía límites,
porque ahora era irrealizable.
Para agradarle, como si siguiese viviendo, adoptó sus
predilecciones, sus ideas; se compró unas botas de charol, empezó a ponerse
corbatas blancas. Ponía cosmético en sus bigotes, firmó como ella pagarés. Emma
lo corrompía desde el otro lado de la tumba.
Tuvo que vender la cubertería de plata pieza a pieza, después
vendió los muebles del salón. Todas las habitaciones se desamueblaron; pero su
habitación, la de Emma, quedó como antaño. Después de la cena, Carlos subía
a11í. Empujaba hacia la chimenea la mesa redonda y acercaba su sillón. Se
sentaba enfrente. Ardía una vela en uno de los candelabros dorados. Berta, al
lado de su padre, coloreaba imágenes.
El pobre hombre sufría al verla mal vestida, con sus botas sin
cordones y la sisa de sus blusas rota hasta las caderas, pues la asistenta
apenas se preocupaba de ella. Pero la niña era tan dulce, tan simpática, y su
cabecita se inclinaba tan graciosamente dejando caer sobre sus mejillas rosadas
su abundante cabellera rubia, que un deleite infinito le invadía, placer todo
mezclado de amargura como esos vinos mal elaborados que huelen a resina. Carlos
le arreglaba sus juguetes, le hacía muñecos de cartón o recosía el vientre roto
de sus muñecas. Y cuando sus ojos tropezaban con la caja de la costura, con una
cinta que arrastraba o incluso con un alfiler que había quedado en una ranura
de la mesa, se quedaba pensativo, y parecía tan triste, que la niña se entristecía
con él.
Ahora nadie venía a verlos, pues Justino se había fugado a
Rouen, donde se empleó en una tienda de ultramarinos, y los hijos del boticario
visitaban cada vez menos a la niña, sin que el señor Homais se preocupase,
teniendo en cuenta la diferen'cia de sus condiciones sociales, por prolongar la
intimidad.
El ciego, a quien no había podido curar con su pomada, había
vuelto a la cuesta del Bois Guillaume, donde contaba a los viajeros el vano
intento del farmacéutico, a tal punto que Homais, cuando iba a la ciudad, se
escondía detrás de las cortinas de «La Golondrina» para evitar encontrarle. Lo
detestaba, y por interés de su propia reputación, queriendo deshacerse de él a
todo trance, puso en marcha un plan sercreto, que revelaba la profundidad de su
inteligencia y la perfidia de su vanidad. Durante seis meses consecutivos se
pudo leer en el Fanal de Rouen sueltos de este género:
«Todas las personas que se dirigen hacia las fértiles tierras de
la Picardía habrán observado sin duda, en la cuesta del Bois Guillaume, a un
desgraciado afectado de una horrible llaga en la cara. Importuna, acosa y hasta
cobra un verdadero impuesto a los viajeros. ¿Acaso estamos todavía en aquellos
monstruosos tiempos de la Edad Media, en los que se permitía a los vagabundos
exhibir por nuestras plazas públicas la lepra y las escrófulas que habían
traído de la cruzada?»
O bien:
«A pesar de las leyes contra el vagabundeo, las proximidades de
nuestras grandes ciudades continúan infestadas de bandas de mendigos. Algunos
circulan aisladamente y, quizás, no son los menos peligrosos. ¿En qué piensan
nuestros ediles?»
Después Homais inventaba anécdotas:
«Ayer, en la cuesta del Bois Guillaume, un caballo
espantadizo...» Y seguía el relato de un accidente ocasionado por la presencia
del ciego. La campaña resultó tan bien que encarcelaron al ciego. Pero lo
soltaron. Volvió a empezar, y Homais también recomenzó. Era una lucha. Venció
Homais, pues su enemigo fue condenado a una reclusión perpetua en un asilo.
Este éxito lo envalentonó, y desde entonces no hubo en el
distrito un perro aplastado, un granero incendiado, una mujer golpeada, de lo
que no diese inmediato conocimiento al público, siempre guiándose por el amor
al progreso y el odio a los sacerdotes. Establecía comparaciones entre las
escuelas primarias y los hermanos de San Juan de Dios, en detrimento de estos
últimos, recordaba la noche de San Bartolomé a propósito de una asignación de
cien francos hecha a la iglesia, y denunciaba abusos, tenía salidas de tono.
Era su estilo. Homais minaba; se hacía peligroso.
Sin embargo, se ahogaba en los estrechos límites del periodismo,
y pronto sintió necesidad del libro, de la obra literaria. Entonces compuso una
Estadistica general del cantón de Yonville, seguida de observaciones
climatológicas; y la estadística le llevó a la filosofía. Se preocupó de las
grandes cuestiones: problema social, moralización de las clases pobres,
piscicultura, caucho, ferrocarriles, etc. Llegó a avergonzarse de ser burgués.
Se daba aires de artista, fumaba. Se compró dos estatuitas chic Pompadour para
decorar su salón.
No salía de la farmacia; al contrario, se mantenía al corriente
de los descubrimientos. Seguía el gran movimiento de los chocolates. Fue el
primero que trajo al Sena Inferior cho ca y revalencia. Se entusiasmó por las
cadenas hidroeléctricas Pulvermacher(1); él mismo llevaba una, y por la noche,
cuando se quitaba su chaleco de franela, la señora Homais quedaba totalmente
deslumbrada ante la dorada espiral bajo la cual desaparecía su marido y sentía
redoblar sus ardores por aquel hombre más amarrado que un escita y deslumbrante
como un mago.
1. Era una cadena de cobre y zinc inventada por Pulvermaches,
cuyo principio era la utilización de la pila de Volta para fines médicos.
Tuvo bellas ideas a propósito de la tumba de Emma. Primeramente
propuso una columna truncada con un ropaje, después una pirámide, después un
templo de Vesta, una especie de rotonda..., o bien «un montón de ruinas». Y en
todos los proyectos, Homais se aferraba a la idea del sauce llorón, al que
consideraba como símbolo obligado de la tristeza.
Carlos y él hicieron juntos un viaje a Rouen para ver sepulturas
en un taller de marmolista, acompañados de un artista pintor, un tal
Vaufrylard, amigo de Bridoux, y que pasó todo el tiempo contando chistes. Por
fin, después de examinar un centenar de dibujos, pedir presupuesto y de hacer
un segundo viaje a Rouen, Carlos se decidió por un mausoleo que debía llevar
sobre sus dos caras principales «un genio sosteniendo una antorcha apagada».
En cuanto a la inscripción, Homais no encontraba nada tan bonito
como: Sta, Viator(2), y no pasaba de ahí; se devanaba los sesos, repetía
continuamente: Sta, Viator... Por fin, descubrió: amabilem conjugem calcas!;
que fue adoptada.
2. Sta, Viator: amabilem conjugem calcas: Detente, viajero:
estás pisando a una amante esposa.
Una cosa extraña es que Bovary, sin dejar de pensar en Emma
continuamente, la olvidaba; y se desesperaba al sentir que esta imagen se le
escapaba de la memoria en medio de los esfuerzos que hacía para retenerla. Cada
noche, sin embargo, soñaba con ella; era siempre el mismo sueño: se acercaba a
ella, pero cuando iba a abrazarla, se le caía deshecha en podredumbre entre sus
brazos.
Lo vieron durante una semana entrar por la tarde en la iglesia.
El señor Bournisien le hizo incluso dos o tres visitas, después lo abandonó.
Por otra parte, el cura volvía a la intolerancia, al fanatismo, decía Homais;
anatematizaba el espíritu del siglo, y no se olvidaba, cada quince días, en el
sermón, de contar la agonía de Voltaire, el cual murió devorando sus
excrementos, como sabe todo el mundo.
A pesar de la estrechez en que vivía Bovary, estaba lejos de
poder amortizar sus antiguas deudas. Lheureux se negó a renovar ningún pagaré.
El embargo se hizo inminente. Entonces recurrió a su madre, que consintió en
dejarle hipotecar sus bienes, pero haciendo muchos reproches a Emma, y le
pidió, en correspondencia a su sacrificio, un chal salvado de las devastaciones
de Felicidad. Carlos se lo negó. Se enfadaron.
La madre dio los primeros pasos para la reconciliación
proponiéndole llevarse consigo a la niña, que le ayudaría en la casa. Carlos
aceptó. Pero en el momento de partir no tuvo fuerzas para dejarla. Entonces fue
la ruptura definitiva, completa.
A medida que sus amistades desaparecían, se estrechaban más los
lazos de amor con su hija. Sin embargo, la niña le preocupaba, pues a veces
tosía y tenía placas rojas en los pó-mulos.
Frente a él se mostraba, floreciente y risueña, la familia del
farmacéutico, a la que todo sonreía en la vida. Napoleón ayudaba a su padre en
el laboratorio, Atalía le bordaba un gorro griego, Irma recortaba redondeles de
papel para tapar las confituras, y Franklin recitaba de un tirón la tabla de
Pitágoras. Era el más feliz de los padres, el más afortunado de los hombres.
¡Error!, una ambición sorda le roía: Homais deseaba la cruz(3).
No le faltaban títulos, se decía:
Primero, haberse destacado por una entrega sin límites cuando el
cólera. Segundo, haber publicado y por mi cuenta diferentes obras de utilidad
pública, tales como... (y recordaba su memoria titulada De la sidra, de su
fabricación y de sus efectos además, observaciones sobre el pulgón lamígero,
enviadas a la Academia; su volumen de estadística y hasta su tesis de
farmacéutico); sin contar que soy miembro de varias sociedades científicas (lo
era de una sola).
3 La cruz de la Legión de Honor Orden nacional creada por
Napoleón en 1802 para premiar los servicios civiles y militares prestados a la
nación.
¡Por fin exclamaba haciendo una pirueta , aunque sólo fuera por
haberme distinguido en los incendios!
Entonces Homais se inclinó hacia el poder. Hizo secretamente al
señor prefecto varios servicios en las elecciones. Finalmente, se vendió, se
prostituyó. Incluso dirigió al soberano una petición en que le suplicaba que le
hiciera justicia; le llamaba nuestro buen rey y lo comparaba a Enrique IV.
Y cada mañana el boticario se precipitaba sobre el periódico
para descubrir en él su nombramiento, pero éste no aparecía. Por fin, no
aguantando más, hizo dibujar en su jardín un césped figurando la estrella del
honor, con dos pequeños rodetes de hierba que partían de la cima para imitar la
cinta. Se paseaba alrededor con los brazos cruzados, meditando sobre la
ineptitud del gobierno y la ingratitud de los hombres.
Por respeto, o por una especie de sensualidad que le hacía
proceder con lentitud en sus investigaciones, Carlos no había abierto todavía
el compartimento secreto de un despacho de palisandro que Emma utilizaba
habitualmente. Pero un día se sentó delante, giró la llave y pulsó el muelle.
Todas las cartas de León estaban a11í. ¡Ya no había duda esta vez! Devoró hasta
la última, buscó por todos los rincones, en todos los muebles, por todos los
cajones, detrás de las paredes, sollozando, gritando, perdido, loco. Descubrió
una caja, la deshizo de una patada. El retrato de Rodolfo le saltó en plena
cara, en medio de las cartas de amor revueltas.
La gente se extrañó de su desánimo. Ya no salía, no recibía a
nadie, incluso se negaba a visitar a sus enfermos. Entonces pensaron que se
encerraba para beber.
Pero a veces algún curioso se subía por encima del seto de la
huerta y veía con estupefacción a aquel hombre de barba larga, suciamente
vestido, huraño y llorando fuertemente mientras paseaba solo.
Por la tarde, en verano, tomaba consigo a su hijita y la llevaba
al cementerio. Regresaban de noche cerrada, cuando no quedaba en la plaza más
luz que la de la buhardilla de Binet.
Sin embargo, la voluptuosidad de su dolor era incompleta porque
no tenía alrededor de él a nadie con quien compartirla; y hacía visitas a la
tía Lefrançois para poder hablar de ella. Pero la posadera le escuchaba a
medias, pues, como él, estaba apenada, ya que el señor Lheureux acababa de
abrir las «Favorites du Commerce», a Hivert, que gozaba de gran reputación como
recadero, exigía un aumento de sueldo y amenazaba con pasarse ua la
competencia». Un día en que Carlos había ido a la feria de Argueil para vender
su caballo, su último recurso, encontró a Rodolfo.
A1 verse palidecieron. Rodolfo, que sólo había enviado su
tarjeta, balbució primeramente algunas excusas, después se animó a incluso
llegó al descaro (hacía mucho calor, era el mes de agosto) de invitarle a tomar
una botella de cerveza en la taberna.
Sentado frente a él, masticaba su cigarro sin dejar de charlar,
y Carlos se perdía en ensoñaciones ante aquella cara que ella había amado. Le
parecía volver a ver algo de ella. Era una maravilla. Habría querido ser aquel
hombre.
El otro continuaba hablando de cultivos, ganado, abonos, tapando
con frases banales todos los intersticios por donde pudiera deslizarse alguna
alusión. Carlos no le escuchaba; Rodolfo se daba cuenta, y seguía en la
movilidad de su cara el paso de los recuerdos. Aquel rostro se iba enrojeciendo
poco a poco, las aletas de la nariz latían de prisa, los labios temblaban; hubo
incluso un instante en que Carlos, lleno de un furor sombrío, clavó sus ojos en
Rodolfo quien, en una especie de espanto, se quedó callado. Pero pronto
reapareció en su cara el mismo cansancio fúnebre.
No le guardo rencor dijo.
Rodolfo se había quedado mudo. Y Carlos, sujetando la cabeza con
sus dos manos, replicó con una voz apagada y con el acento resignado de los
dolores infinitos.
Incluso añadió una gran frase, la única que jamás había dicho:
¡Es culpa de la fatalidad!
Rodolfo, que había sido el agente de aquella fatalidad,
reconoció un buenazo en aquel hombre en tal situación, incluso cómico y un poco
vil.
A1 día siguiente, Carlos fue a sentarse en el banco, en el
cenador. A través del emparrado se filtraban unos rayos de sol, las hojas de
viña dibujaban sus sombras sobre la arena, el jazmín perfumaba el aire, el
cielo estaba azul, zumbaban las cantáridas alrededor de los lirios en flor, y
Carlos se ahogaba como un adolescente bajo los vagos efluvios amorosos que
llenaban su corazón apenado.
A las siete, la pequeña Berta, que no lo había visto en toda la
tarde, fue a buscarlo para cenar.
Tenía la cabeza vuelta hacia la pared, los ojos cerrados, la
boca abierta, y sostenía en sus manos un largo mechón de cabellos negros.
¡Papá, ven! le dijo la niña.
Y creyendo que quería jugar, lo empujó suavemente. Cayó al
suelo. Estaba muerto.
Treinta y seis horas después, a petición del boticario, acudió
el señor Canivet. Lo abrió y no encontró nada.
Cuando se vendió todo, quedaron doce francos setenta y cinco
céntimos que sirvieron para pagar el viaje de la señorita Bovary a casa de su
abuela. La buena mujer murió el mismo año; como el tío Rouault estaba
paralítico, fue una tía la que se encargó de la huérfana. Es pobre y la envía,
para ganarse la vida, a una hilatura de algodón.
Desde la muerte de Bovary se han sucedido tres médicos en
Yonville sin poder salir adelante, hasta tal punto el señor Homais les hizo la
vida imposible. Hoy tiene una clientela enorme; la autoridad le considera y la
opinión pública le protege. Acaban de concederle la cruz de honor.
FIN


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